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Full text of "Colección de obras completas"

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AMOR DE CARIDAD 



OBRAS COMPLETAS 

DE 

RICARDO LEÓN 



L-^LIRA DE BRONCE (Possías) (2.» edioión). 
11— CASTA D£ HIDALGOS (Novela) (8.» ídem). 
IIL—COMEDÍA SENTIMENTAL (Novela) (7.* ídem). 

IV. -ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES (Novda) (7.* ídem). 

V. — EL AMOR DE LOS AMORES (Novela) (10.^ ídem). 
VL- ALIVIO D£ CAMINANTES (Poesías) (5.» ídem). 
VII.-LOS CENTAUROS (Novela) (4.» ídem). 
VIIL-LOS CABALLEROS DE LA CRUZ (Ensayos) 

(4.^ ídem). 

IX. — EURO? A TRÁGICA (Crónicas de la Guerra) (3 tomos: 

4.® ídem). 

X. — LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS (Df^ogos) 

(6.^ ídem). 

XL~LA VOZ DE LA SANGRE (Ensayos) (1 « ídem). 
XII.-AMOR DE CARIDAD (Nivela) (2.» ídem). 



RICARDO LEÓN 

DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 



COLECCION DE OBRAS COMPLETAS 

XII 

AMOR DE CARIDAD 

NOVELA 

(segunda edición) 




RENACIMIENTO 

SAN MARCOS. 42 
MADRID 
1922 



Imp. J. Pueyo. Luna. 23 * 
Teléf. 14-30.— MADRID 



JORNADA I^RIMERA 




I 



OR qué no se casa usted? — Y 
al preguntar así doña Rita 
clavó en mis ojos los su- 
yos, todavía alegres, pro- 
vocativos y burlones, con 
una mirada profunda y vo- 
luptuosa, tal como fué, sin 
duda, la que lanzó la primera hembra sobre el 
primer varón para inducirle al pecado. 

— Antes de contestar a esp, interrogación, un 
poco temeraria — repuse — , quiero preguntar a 
mi vez: ¿por qué se casan los demás? Fíjese us- 
ted en los matrimonios <iue conoce: ¿no le dan 

i 




RICARDO LEON 



risa o pesadumbre? ¿Qué razón tuvieron la ma- 
yoría, si no todos, para casarse? La de probar 
lo absurdo, lo irreflexivo y fatal de nuestra cie- 
ga naturaleza. Porque^ aquí, los más avisados 
se equivocan lo mismo que los necios.., 

— Pero ¡hombre de Dios! una sola parejita 
cabal y feli% vale por miles de matrimonios 
mal avenidos e infortunados... 

— Sí; como una sola mujer discreta y hermo- 
sa vale por millones de impertinentes y de feas.., 
Pero ¡váyales con tales argumentos a quienes, 
por tan injusta proporción, no son guapos, ni lis- 
tos, ni dichosos!... ¡Ay, doña Rita! Como el 
rnundo está lleno de paradojas (¡y qué aburrido 
sería sin ellas!), usted, que, según me dijo ra 
cierta ocasión, no es muy feliz en su estado, lo 
recomienda y encarece, mientras que yo, n^^^cido 
en un hogar ejemplarísimo, hurto el cuello a la 
dulce coyunda, aunque me la procuren tan do- 
nosamente las manos blancas y cariítosas de 
usted. Podría sospecharse, no siendo nsted tan 
noble y tan discreta, que, al aconsejar así, bus- 
caba el mal de muchos para consuelo do su error 
y desventura... 

— Es usted implacable, Eduardo: ¡cómo goza 
usted removiendo el puñal en las heridas! A 
8 



AMOR BE CARIDAD 



usted las irmjer^s no le inspiran ni amor ni com- 
pasión. ¡Así son los hombres! Por eso a la Vi- 
caría pocos van para bien... 

— ¡ Claro ! Como que ni el amor ni el conoci- 
miento suelen forjar esas cadenas. Hay quien 
se casa por compromiso, por lástima, por dine- 
ro, por lujo y hasta por higiene; muchos, por 
huir de sí mismos; no pocos, por huir de la 
patrona; éstos, porque se aburren; aquéllos, 
por que alguien los sufra; por rutina los más, 
y todos... "porque sí". A veces un dulce mirar, 
una sonrisa, un rizo, una palabra, un donaire, 
juntan dos vidas para siempre... Con harta fre- 
cuencia, lo más exterior, menudo y accesorio, 
un vestido que cae con gracia, un lindo peinado, 
unas medias de seda, un abanico juguetón, hi- 
cieron caer al más zahori... Pues si esto ocurre 
a los hombres, ¡figúrese usted a las mujeres! 
Conozco yo a una que se casó enamoradísima 
del frac de su novio, y este tributo de admira- 
ción al sastre la llevó m^uy ufana al pie del 
altar. Amarteladas conocí también de unos bi- 
gotes a la borgoñona, de una blanquísima den- 
tadura, de unos guantes olorosos, de una frivola 
destreza para jugar al balompié, regir un ca- 
ballo, gobernar un yate o ponerse una flor... 

9 



RICARDO LEON, 



Y es que en las mujeres, más todavía que en 
los hombres, se manifiesta esa atracción que 
sienten los salvajes y los niños hacia las apa- 
riencias y espejuelos de las cosas... 

— ¡ Ay, no me diga usted ! — exclamó doña Rita, 
con los ojos en blanco—. En punto al amor y 
al matrimonio, todos, hombres y mujeres, so- 
mos algo niños, un tanto salvajes... 

— Sobre todo en España... 

— Ya salió el patriota. Siempre renegando de 
España. Cualquiera diría que es usted francés. 
¡Merecía usted serlo! 

— ... Sobre todo en España, donde el amor es 
siempre una tragedia, en que se pierde la liber- 
tad o la vida; donde una mujer, como dice un 
amigo mío, cuesta una fortuna o una puña- 
lada... 

— Y eso ¿qué prueba sino lo mucho que va- 
lemos las españolas?... Pero, en resumen: con- 
forme a su opinión ¿no debería casarse nadie? 

— ^ Claro que sí ! El casamiento debería ser 
obligatorio para el vulgo, como el servicio mi- 
litar, como un imperioso deber atribuido a la 
masa común y grosera de los hombres... En 
cambio, si yo fuese legislador, prohibiría el san- 
to yugo a los varones ilustres y. singulares, a 
la 



AMOR DE CARIDAD 



cuantos tienen una misión augusta que cum- 
plir... ¿Concibe usted a Fidias casado con la Ve- 
nus de Milo, al Dante casado con Beatriz, a Rai- 
mundo Lulio con Ambrosia la genovesa, a Don 
Quijote con Dulcinea del Toboso? El matrimo- 
nio mata la poesía del amor, rompe las alas de 
los sueños, deshoja las flores de la juventud, 
nos hace cobardes, egoístas y ramplones, hunde 
las almas bajo el yugo de la esclavitud domés- 
tica, bajo la pesadumbre del tedio, de la vul- 
garidad y la rutina... 

— Pues ¿qué decir del celibato? — replicó doña 
Rita — , ¿ Quién más desapacible, más fastidioso y 
extravagante que un solterón? Un solterón es la 
flor y nata del egoísmo, del aburrimiento y la 
tristeza. ¡Dios nos libre de esos camastrones, 
cínicos o melindrosos qae andan por ahí sin en- 
contrar un árbol donde ahorcarse! ¡El diablo 
que los sufra ! El hombro que llega a los cuaren- 
ta inviernos sin haber hallado su media naran- 
ja, se pone más agrio y más duro que un limón: 
¡cualquiera le hinca el diente! Cásese usted, 
amigo Eduardo. Usted lo tiene todo para ser 
feliz : talento, reputación, salud y pesetas ; sólo 
le falta una mujercita cariñosa que le acompa- 
ñe y le endulce las horas, que le obsequie después 



R I C A R B o LEON 



con unos mgeMm como esos tan gitanos que 
pintó Murillo... ¿Qué hará usted, si no, cuando 
llegue a viejo y se vea solo, como casa vacía 
^ y llena de goteras, sin hogar y sin lumbre^íSin 
tener quien le quiera de verdad? ¡Valiente por- 
venir! Ahora, que es usted joven, todo va bien. 
Pero, ¿y el día de iiiañana? Ya sabe usted 
el dicho popular: —¡bonita conclusión! —aca- 
bar como las gallinas, a manos de la cocinera o 
de la zorra... 

— La com.paración no puede ser más delicada, 
señora doña Rita.., 

—Pero es la pura realidad, en la mayoría de 
los casos, y sobre todo cuando los solterone s son 
J poetas o filósofos... como usted. 

— Muchas gracias, señora. Observo que usted, 
lo mismo que su hija, le tiene muy mala volun- 
tad a los filósofos y a los poetas. 

— ¡ He conocido a tantos que, después de des- 
preciar con muchos melindres a las pollitas más 
tiernas y apetitosas, apechugaron con los hue- 
sos del arroyo! Dios nos libre de esos presumi- 
dos que se creen, como usted dice, "varones ilus- 
tres y singulares"... Yo no casaría a mi Clara 
con ninguno de ellos. Prefiero un tonto de ca- 
pirote.^e 
12 



AMOR DE C A B I D A U 



—Hace usted bien, amiga m&u Bienaveata- 
rados los simples porgue de ellos es la paz 
matrimomo««. 

-—¡Yo casar a mi hija con un "intelectual'*! 
¡Vade retro! Y con usted menos que con nadie. 

— ^¿Por qué, señora? Ya eso mereee una ex- 
plicación. 

— Porque la infeliz que se case con usted va 
a ser desgraciadísima... 

— Que se expliquen, que se expliquen esas pa- 
labras. 

—Porque usted, amigo mío, con ser en el 
fondo una buena persona, haría de su mujer 
una mártir. ¡Como si lo viera! Usted no sería 
jamás uno de esos maridos violentos, irascibles 
y tiranos que tratan a sus mujeres como a es- 
clavas, sino algo peor todavía: un ente desde- 
ñoso, taciturno, escéptico, reservón, desconfia- 
do de su mujer y de sí mismo; un hombre vo- 
luble, raro, pesimista, caviloso, incomprensible, 
lleno de escrúpulos y garambainas, incapaz de 
un sentimiento perdurable, de una pasión he- 
roica, de un sacrificio sostenido ; un hombre, en 
fin, empeñado en amargarse la vida y, lo que 
es más triste: en hacérsda imposible a los 
demás... 

13 



RICARDA LEON 



— Pero, usted, ¿qué sabe de mí? — repuse 
amostazado — • ¿Tiene usted la pretensión de 
conocerme a fondo? 

— ^¿Cómo de conocerle? Hijo mío, ¡si me le 
sé de memoria ! ¡ Tengo yo una experiencia del 
mundo y de la gente...! Usted es quien no sabe 
ni una palabra de sí mismo... Usted se figura que 
un portento, un "varón singular", un ver- 
dadero fenómeno. Y, con toda sinceridad, ami- 
guito; aunque usted no es guapo, todavía por 
dentro es usted más feo que por fuera... ¿Cómo 
feo? VerdMeramente horroroso... Perdone us- 
ted la libertad y la franqueza. Yo soy así... De 
una sinceridad salvaje. Al pan le llamo pan y 
al vino, vino. 

— Ya, ya lo veo. Lo mismo que su hija. Tan 
clara y tan gentil para soltar una fresca. 

— Ni mi hija ni yo somos gazmoñas. Es a 
la par nuestra virtud y nuestro defecto. Por 
eso cuando le cacimcKS algo agradable bien nos 
puede creer. Hoy, en cambio, me dió por empu- 
ñar la palmeta. Pero no se alarme usted. Cla- 
rita y yo reconocemos que, en el fondo, no es 
usted malo. ¿ Malo he dicho ? ¡ Si es usted un hom- 
bre muy bueno, una persona excelentísima, lo 
que se llama un infeliz! Preeisamente ahí está 
14 



a M o B D E € A B I D íl^ B 



el hilo del ovillo. Como suele decirse, lo que 
le caracteriza a usted es la falta de carácter. 
Usted no sentirá nunca uno de esos amores, 
uno de esos odios que duran toda la vida, que 
van más allá de la muerte. Si usted se casara, 
al poco tiempo ya estaría de su mujer hasta la 
coronilla. Se creería usted con derecho a des- 
preciarla y humillarla; a cada instante le haría 
usted sentir el peso de la petulancia masculina. 
Le daría usted un beso como quien da una li- 
mosna. Y por feliz que fuera, empezaría usted 
a aborrecer su felicidad, a destruir sus más ín- 
timas razones, a destrozar el corazón de su espo- 
sa, como los niños sus juguetes: para ver lo que 
tienen dentro... No, no se case usted, amigo mío : 
tiene usted razón de sobra ; el matrimonio no se 
ha hecho para los hombres como usted. Guarde, 
guarde su blanca mano; guárdela usted para 
mejor ocasión: que hasta para dar la mano a 
una mujer hace usted lo que los malos toreros : 
volver la cara y alargar el brazo... 



II 



Iba ya a responder, y no de muy buen talan- 
te, a la resuelta y parlanchína señora, cuando 
Clara, su hija, mi compañera de excursiones, 
caminatas y devaneos, entró de sopetón en el 
vestíbulo de la quinta donde a la sazón no» ha- 
llábamos. 

Garbosa, alegre, varonil, eon traje y arreos 
de amazona, chulescamente ladeado el hongo 
sobre los negros y copiosos aladares, una corba- 
ta roja sobre el blanco peto, una fu&ta en la 
mano derecha y en la siniestra un libro, atrave- 
só la estancia, muy presurosa, como si no nos 
viese, tarareando un pasodoble. 

—Hola, mamá. Adiós, Eduardo — dijo por fin, 
mas sin volver el rostro, con afectada indife- 
rencia. 

Dejó la fusta, el hongo y el libro sabue el 
piano, en el fondo del kaJl; í^smMÓM las bo- 
16 



AMOR DE CARIDAD 



tas con un plumero; dijo unas cuantas palabri- 
tas inglesas mezcladas con otras palabritas gi- 
tanas, como si hablase consigo misma, y, por 
último, siempre de espaldas a nosotros, se puso 
delante de un espejo para atusarse los primoro- 
sos rizos de las sienes. 

— ¿De qué hablabais, mamá? — dijo después, 
por decir algo, como si todo le importase un 
bledo. 

— Hablábamos del amor y del matrimonio — 
contestó doña Rita. 

— Shooking — murmuró Clara — . ¡Linda con- 
versación! Bien se ve que "estabais ustedes" 
aburridos... 

— No tal — repuse yo — . Precisamente su ma- 
má, sin duda para divertirse, y en labores pro- 
pias de su sexo, me estaba poniendo como hoja 
de perejil... 

— ¡ Oh, cuánto siento no haber llegado antes, 
para ayudar a mi mamá ! ¡ Con lo que a mí me 
gusta decir pestes de los hombres ! Sólo hay una 
cosa que me gusta más: decirlas de las mu- 
jeres. 

— No, hija mía; en eso nadie le gana a nues- 
tro amigo Eduardo. Figúrate que hace un mo- 
mento aseguraba este malandrín que el matri- 

2 17 



RICARDO L E O N¡ 



monío era cosa para gente grosera, no para gen- 
te de pro... 

— ¡Choquela usted, amigo Salazar! — repuso 
Clara, dando por hecho su tocado y volviéndo- 
se de pronto hacia mí, sonriente y fogosa como 
la amazona de Reynolds — . Alguna vez había- 
mos de coincidir usted y yo. El matrimonio es 
poco chic; el matrimonio es cursi ; el matrimonio 
es para el vulgo, para la clase de tropa; no para 
mí ni para usted... Por algo he jurado yo no 
casarme nunca... En fin, cambiemos de conver- 
sación; que eso del casorio hasta como tema 
aburre... Acompáñeme usted, Eduardo. Vamos 
a pasear por el jardín. 

Salimos a la terraza de la quinta y de allí 
bajamos a un espacioso vergel, puesto en suave 
declive desde la falda del monte a la ribera del 
mar. 

El mar ha sido siempre para mí, aun en aque- 
llos años de los que no quisiera acordarme, el 
más ferviente objeto de pura y amorosa con- 
templación. Aquel "sagrado mar de España'* 
"famosa playa serena" que arrulló mi cuna con 
el blando rumor de su oleaje; aquel cielo tem- 
plado y luminoso, el más alegre y azul que 
vieron los Ojos de los hombres; aquellas cum- 
18 



AMOR DE CARIDAD 



bres coronadas de olivos y naranjos, de sar- 
mientos y palmeras, to lavía me hablaban con 
mudas y potentes voces al corazón> cuando ya, 
solo en el mundo, perdida la fe, muerta la 
juventud, rota la nave, peregrino en mi pa- 
tria, forastero en mi tiera, olvidado de Dios, 
y de mis padres, me sentía desvinculado y 
sin raíces, ajeno y hostil a todo lazo familiar* 
Gustábame en los días primaverales, y aun 
en los días fronteros del estío, tenderme en si- 
tio apartado, a la luz ardentísima y deslumbra- 
dora de] sol; gozaba anegándome en este baño 
universal, desnudo en la falda de los montes, 
sobre el césped reseco y oloroso, recibiendo en 
mi carne, convaleciente aún de pasadas dolen- 
cias, las llamaradas de la luz, hasta cubrirse la 
piel de cálido rocío y arder la sangre y sentir 
en el cerebro los cliispazos de aquella lumbre 
magnífica. 

El amor a la naturaleza, a la naturaleza pró- 
diga y robusta del Mediodía ; el amor a las co- 
sas, tan agudo a veces como el instinto sexual; 
una especie de ciego y formidable panteísmo, 
exaltado por el recobro de la salud y de la fuer- 
za, era todo lo que me restaba entonces de mis 
ternuras juveniles ; lo que aun ligaba, sorda 

19 



RICARDO LEON 



y entrañablemente, a la tierra, a la sangre y 
al culto de mis mayores. 

—¿Qué piensa usted, señor filósofo? — me dijo 
Clara, al verme tan cerca y tan lejos de ella, sin 
advertir su compañía, absorto frente al mar* 

—Cuando estoy con usted — repuse como 
quien despierta de un sueño — no piensa nada 
el filósofo; es el poeta el que siente.., 

—¡Qué redondita le salió la frase...! — excla- 
mó riendo alborozada—. Pues hijo, no se le co- 
noce. Si usted fuese poeta de verdad, y sintiera 
tanto como dice, en vez de estarse ahí como 
un fantasma, ya me hubiera obsequiado con al- 
gunos versos, aunque fueran modernistas, o con 
algunas rosas del jardín, para mi gusto más lin- 
das aún que los versos... 

—En esa fineza de regalar con flores a las 
mujeres yo veo un rasgo de ironía cruel. ¿Hay 
nada m.ás triste, más desolador que las flores? 
Dar a una hermosa una rosa, ¿no equivale a 
decirle como Hamlet a Ofelia: "vete a un con- 
vento..."? Amiga Clara: por lo mismo que soy 
algo poeta y algo filósofo también, no me gusta 
obsequiar a una mujer hermosa, si es además 
inteligente y discreta, con esos encantadores 
símbolos de la fugacidad de su hermosura.., 

20 



54 M B DE C A R 1 D Tí D 



— ¡Jesús, qué alambicado y qué lúgubre! 
Pues, hombre, si tan tristes le parecen las ro- 
sas, regáleme usted claveles o siemprevivas. 
Mire usted allí qué de claveles reventones, más 
rojos que la sangre. Y esos, ¿qué le dicen a 
usted? 

— Me dicen, me díce?.i... 

— Nada, que no le dicen nada : la sangre gor- 
da que usted tiene... 

— En cambio la de usted es una pura candela. 

— ¿Le gusta a usted la de horchata? ¡ Ay, hijo 
mío; cualquiera diría que es usted andaluz! 
¡ que es usted nada menos que del Perchel ! ¡ Qué 
sangre, qué labia, qué imaginación...! ¡Ay, si 
yo fuera hombre, qué de cosas le diría a las 
mujeres! 

— ¡Hola, hola! ¿Preferiría usted ser hombre? 

—¡Vaya una preguntita! ¿Cabe mayor des- 
gracia que haber nacido mujer? 

— La desgracia, en todo caso, no consiste en 
ser mujer, sino en no conformarse con serlo. 

— Pero ¿hay alguna que no lo sea a regaña- 
dientes? 

— Sí que las hay... yo he conocido a muchas... 
— Que se resignan a su desgracia, sabiendo 
que es irremediable, y procuran sacar el mejor 

21 



B / C a B D o L E o N¡ 



partido... ¿Qué otro recurso les queda a las po- 
brecitas? Pero todas comprenden que esto de 
pertenecer al bello sexo es un negocio ruinoso... 
Prueba al canto. Pregúntele usted a cualquier 
hombre, que lo sea de verdad, si querría haber 
nacido mujer, y protestará indignado, como si 
hubiese oído una injuria. En cambio, ¿ha cono- 
cido usted alguna hembra, como no sea una 
pazguata, que no deseara haber nacido varón... ? 
Esto es un "plebiscito universaF'.,. Cuando yo 
era una chiquilla y apenas empezaba a conocer 
el mundo, le decía a mi madre: ¡Yo no quie- 
ro ser mujer! ¡Yo quiero llevar el pelo corto 
y ponerme los pantalones y hacer lo que me 
dé la gana !— Por cierto que mi madre, que tie- 
ne tan buen humor, solía decirme, riendo : ¡ Cá- 
llate, boba ! ¡ si eres una muñeca todavía ! Cuan- 
do seas mayor... Las mujeres no pueden llevar 
los pantalones hasta que se casan... 

— Pero usted, como era tan precoz, se los 
puso antes. 

—¡Miren el mosquita muerta! No, hijo, no. 
A pesar de mis humos varoniles, yo he nacido 
mujer, atrozmente mujer, y no he podido dejar 
de serlo nunca. Esto fué ^ar la llave a mi 
desveaitura. 
22 



AMOR DE CARIDAD 



— Y a sus encantos irresistibles. Pero, díga- 
me usted, ¿para qué querría ser hombre? 

— ¿Para qué? ¡Rayos y truenos! — dijo, ahue- 
cando la voz y alzando la gentil cabeza como 
una antigua emperatriz — . Para ser libre, para 
ser fuerte, para ser famosa, para hacer de mi 
capa un sayo, conquistar el mundo, revolver el 
cielo y la tierra. Yo sería más valiente que el 
Cid, más temerario que Hernán Cortés, más ga- 
llardo y calavera que Don Juan Tenorio. Lo que 
no sería nunca es un hombre como usted... ¡va- 
mos!, quiero decir como los hombres de ahora, 
irresolutos, vacilantes, prosaicos, egoistones, 
aburridos, sin voluntad ni corazón... 

— Muchas gracias... 

— No hay de qué. 

— Pero ¿tanto aborrece usted a los hombres? 
— No es que los aborrezca; los desprecio. 
— Repito las gracias... por la parte que me 
toca. 

— Los desprecio... colectivamente. ¡Suelen ser 
tan groseros, tan ordinarios, tan sucios, im- 
pertinentes, presuntuosos, glotones, desapaci- 
bles y, sobre todo, tan feos ! Cualquier animal, 
un caballo, un tigre, un león, es más hermoso 
que el hombre. Créame usted: los hombres, en 

23 



RICARDO E E O N 



general, me son absolutamente despreciables... 
—Pero uno a uno... 

— Le diré a usted. Algunos me son simpáti- 
cos... pero nada más. Les quiero un poquitín, 
pero como amigos solamente. En cuanto uno de 
ellos fuera mi esposo dejaría de ser mi amigo 
y le aborrecería de todo corazón. 

— ¡Bueno es saberlo! 

— No hay caso. Tengo hecho voto de no ca- 
sarme jamás. 
—¡Vaya unas teorías originales! 
— ¿Teorías? No, señor. Como hija de inglés, 
me gustan las cosas prácticas. El matrimonio, 
como usted dice, es un negocio absurdo: se hi- 
poteca la libertad sin más garantía que el 
acaso... , , 

— Pero ¿y el amor? ' \ 

— ¿Ahora salimos con eso? Cada minuto pien- 
sa usted una cosa distinta. ¡Es usted un hom- 
bre de convicciones... ! Pues el amor... sólo exis- 
te en las novelas. 

— ¿Nunca sintió usted amor? 1 
— A los hombres, jamás. 1 
— ¿Y a las mujeres? ■ 
— Shooking. El hombre es un animal odioso, 
pero la mujer es un animal ridículo. 
24 



AMOR DE C A R 1 D 'A D 



— ¡Bravo! Entonces ¿no ama usted nada en 
el mundo? 

— ¡ Si, ya lo creo ! Amo la libertad, como un 
esclavo. 

— ¿No ha pensado usted en el porvenir? 
— Algunas veces. 

— ¿Y no le espanta la idea de quedarse sola 
en el mundo, frente a la vida implacable, el 
egoísmo ajeno, la enfermedad, acaso la pobre- 
za, y, al fin, la vejez y la muerte? 

— Nada de eso me espanta. Yo soy más fuer- 
te y valerosa que usted. Me basto a mí misma. 
Practico el self government. 

— Self conceit, my dear. Una mujer de su 
educación y de sus gustos, necesita el brazo de 
un hombre, de un hombre inteligente, amable, 
comprensivo... 

— ¡Ay, Jesús! ¿A que concluye usted por 
hacerme aquí la apología del matrimonio ? ¿ Hase 
visto veleta semejante? ¡Y luego dicen de nos- 
otras! Yo no, yo no abdico jamás de mis opi- 
niones. Yo no me casaré nunca: lo he jurado. 
Me he propuesto vivir mi vida, poseer mi yo, 
sin hipotecárselo a nadie... ¿Piensa usted^ señor 
galán, que porque le hablo de amor estoy ra- 
biando por casarme, como esas infelices caza- 

25 



B l C Al E D o LEON 



doras de novios y maridos? Me gusta el flirt, 
me divierten el palique y la cháchara; pero el 
amor me aburre sobeiariamentis. ¡Mire usted 
que repetir las cosas que ha dicho ya todo el 
mundo, desde hace seis mil años, esas cosas tan 
cursis, tan resobadas, tan ñoñas! ¡Pensar que 
un hombre superior, una mujer original, en 
sus dulces coloquios, no hacen sino repetir esos 
lugares comunes, fiambres y trasnochados has- 
ta en las bocas de horteras y maritornes ! ¡ Oh, 
qué fastidio! No, no incurriré yo nunca en se- 
mejante ordinariez. Yo soy más fuerte y al 
mismo tiempo más delicada de lo que usted se 
figura. 

— ¡Ay, amiga mía! Usted, en el fondo, es 
una romántica terrible. Tiene usted la pasión 
de las novelas y se imagina vivir las novelas 
que lee. Pero la vida, Clara, no es una novela... 

— Según, amigo Eduardo. Para algunos la 
vida es un drama espeluznante; para otros, una 
comedia bufa, un sainóte; para muchos, una 
especie de fandango, con acompañamiento de 
palillos. . . 

—Para mí... 

—Para usted, una cosa horrible, urna losa de 
plomo; un libro de filosofía alemana, ¿Cabe 
26 



'AMOR D W CARIDAD 



algo peor? ¡Y aun habla usted de mis novelas! 
¡ Usted que es un tragalibros ; usted que padece 
una verdadra indigestión... intelectual! 

— En eso, mi encantadora amiga, nos parece- 
mos mucho usted y yo. , 

— Pero yo tengo más picardía que usted. Yo 
cuando leo un libro es para meterme con el 
autor. Para que alguno me convenza ya nece- 
sita hacer milagros. Estoy siempre en guardia 
contra los libros y los hombres. En cambio, us- 
ted es del ultimo que lee, del último que llega. 
Y como son muchos los que llegan no sabe usted 
con cuáles quedarse... ¿No sería mejor que se 
quedara usted con uno solo, y mejor todavía, 
con el suyo, con ese que todos escribimos, ya 
en el papel, ya en el magín? Esto es lo que 
hago yo y me va divinamente... 

— Divinamente cuando el libro nuestro no sea 
como el de muchos y el de muchas: una cala- 
midad. 

— Con que sea el de uno mismo ya es el me- 
jor de todos. 

— ¿Y se puede saber cómo es el suyo? 

— Mi libro es una novela preciosa, una novela 
relámpago. Verá usted,.. 



27 



lil 



"Un día, por la mañana muy tempranito, a 
la misma hora en que salió Don Quijote de su 
aldea, por los caminos de Montiel, salto yo de 
mi lecho y en lugar de los vestidos femeniles me 
pongo, con la mayor soltura y bizarría, un traje 
de varón : ropas holgadas de campo, unas botas 
recias, de montar, la airosa capa española y 
una especie de chambergo ladeado sobre la sien. 

"Pisando fuerte, con ademanes de gran se- 
ñor, me miro al espejo embelesada. ¿Quién dirá 
que soy una mujer? Con mi gentil estatura, 
mis formas esbeltas, mi talle brioso y ágil, mis 
remos duros, educados en los deportes, mi dis- 
fraz viril, ¿quién dirá que no soy un arrogante 
caballero, un Don Alonso, un Don Juan, que sale 
de aventuras por esos mundos de Dios? ¿Quién 
podría compararse conmigo? Ni la Monja Alfé- 
rez, ni aquella Feliciana de Silva que anduvo 
28 



AMOR DE CARIDAD 



con hábitos varoniles en la Universidad de Sa- 
lamanca, ni la Jorge Sand, me sirvieran a mí 
para escuderos... 

"¡ Con qué desdeñosa alegría rompo mis cár- 
celes para siempre, el hogar mezquino, el apo- 
sento burgués, las faldas opresoras, y montando 
a caballo como el jinete más cabal, con una pis- 
tola al cinto y unos dineros a prevención, me 
lanzo al galope, "cual pluma al viento'', por los 
caminos del mundo..,! 

"Adiós, para siempre, cancelas y celosías, 
agujas y dedales, trapos y moños de mujer, 
chapeos de plumas, peinetas y tacones; faldas 
ridiculas y humillantes, ya seáis largas o cor- 
tas; sayos de esclavitud, libreas de servidum- 
bre, corozas de escarnio, fililíes de harén y gi- 
íieceo: adiós para siempre, que yo rompí mis 
cadenas y mis grilletes de oro, cobré mi liber- 
tad, rescaté mi albedrío y me puse, por fin, los 
pantalones, para satisfacer mis deseos, para vi- 
vir mi vida, ir donde me dé la gana y hacer 
mi santísima voluntad! 

"Hombres pacatos y pusilánimes, hombres 
melindrosos y ruines, que ni siquiera tenéis la 
valentía de gritar en público: ¡vivan las cae- 
ñas!, y sin embargo las arrastráis en privado y 



RICARDO LEON 



aun las echáis al cuello de vuestras pobres mu- 
jeres... Hombres sin gallardía ni majestad que 
nos queréis esclavas porque teméis que el día 
de nuestra liberación, vosotros no sirváis ni 
para ser nuestros lacayos... Hombres sin fus- 
te, hombres peleles, que no sois ni chicha ni 
limoná, que sois hombres por la ropa, no por 
la inteligencia ni por la voluntad ni por el co- 
razón... A todos vosotros, que sois la mayoría 
de los que andan por el mundo, muy orgullosos 
de vuestros mostachos, muy satisfechos de ha- 
ber nacido, yo os regalo esas libreas desprecia- 
bles, mis faldas de mujer, mis arreos de escla- 
vitud, mis perifollos, mis ajorcas... Y ya que me 
puse los pantalones, con harto más derecho que 
vosotros, y también con más garbo y pulcritud, 
yo os diré de lo que es capaz una dama cuando 
se pone a dar lecciones de bizarría y de ma- 
jeza... 

"Pues, señor... Anda que anda, corre que vue- 
la, mi caballo me pone en Madrid en un san- 
tiamén. Llego a la villa y corte, y en llegando, 
me hago pasar por un príncipe extranjero, 
me reciben con grandes pleitesías en palacios 
y salones, me presentan a las mujeres más her- 
mosas, más linajudas y elegantes y... todas, to- 
m 



AMOR BE CARIDAD 



das, sin excepción, casadas, viudas y en estado 
de meriecer, jamonas y pollitas, rubias, mo- 
renas y castañas, se enamoran locamente de 
mí... i Como que hay quo verme, con los cabellos 
cortos, en melenas roi .ánticas de artista, con 
el chaquet o con el frac ;on mi cara de Apolo de 
Belvedere, guiñando u/ ojo al través del mo- 
nóculo, puesto en mi i ;ca un cigarrillo turco 
y una gardenia en el al ! Yo no sé qué hacer 
para librarme de este ¿.sedio... ¡Si aun los más 
graves varones se me acercan atraídos por una 
simpatía irresistible y singular...! En un peri- 
quete — no hay que olvidar que esto es una no- 
vela, y una novela relámpago — destrozo allí más 
corazones que Don Juan Tenorio. Todas me col- 
man de obsequios, todas me dan a entender, y 
algunas me lo dicen, que se mueren por mis pe- 
dazos, y hasta una de ellas, loca de amores, se 
empeña en que la rapte... ¡Jesús, qué horrible 
compromiso... ! 

"A todo esto, como soy varón, m partibus in- 
fidelmrriy alterno con varones, vivo con ellos y, 
como ellos, asisto a sus fiestas y tertulias, a to- 
das sus intimidades, y al empezar a conocerlos 
de cerca... ¡Dios mío, qué desengaño! Yo ya te- 
nía mala opinión de los hombres... pero lo que 

3Í 



RICARDO LEON 



es ahora... ¡ Qué necios, qué veleidosos, qué pre- 
sumidos, qué insolentes, qué falsos, qué grose- 
ros... y qué cobardes! Como voy siempre vestido 
de caballero y, por añadidura, me llamo Don 
Juan, tengo que dármelas de atrevido y valien- 
te... A las primeras de cambio tengo un lance 
de honor... Nada; esos lances entre caballeros 
son casi siempre una ridicula farsa. Mas, con 
ser una cosa de sainete, mi rival, un buen mozo, 
de cara hirsuta y aires dé Campeador, al ver 
mi valerosa actitud por poquito no se desmaya 
del miedo... 

"Con la desilusión de estos y otros muchos 
lances, y sin saber cómo salir de las uñas de 
tantas damiselas enamoradas, opto por huir... 
¡ Me canso tan pronto de las cosas ! A los pocos 
meses ya me aburre la corte, la vida de socie- 
dad... Yo no he nacido para estarme quieta, 
para ser igual hoy y mañana... Yo quiero ser 
algo nuevo todos los días, curiosear por todas 
partes, cambiar a cada paso de emociones, de 
ideas, de hábito y de oficio... Quiero ser hombre, 
pero no para serlo como lo son la mayoría: ho- 
múnculos, fantasmas de hombres, maniquíes, 
parodias, caricaturas de hombres. Eso es mu- 
cho peor que s^r mujer.- Quiero hombrearme 
32 



AMOR DE 



CARIDAD 



con los de pro, con los héroes, con los que alam- 
braron al mundo a fuerza de tener muchas al- 
mas... 

''Mi papel de Don Juan fué muy poco airoso. 
¿Qué seré yo ahora? En nuestro siglo es difícil, 
hasta en las novelas, hallar oficios y ocasiones 
en que un alma gran le se manifieste de pronto 
con heroísmo sublime. ¿Qué seré, pues? ¿Mili- 
tar? En nuestros tiempos las plumas embotan 
a las lanzas... Entonces, seré escritor. ¡ Dios me 
libre! Hoy los escritores suelen ser unos po- 
bres diablos con más vanidad que las mujeres. 
Para ser escritor holgaba el trabajo de poner- 
me los pantalones; con ser escritora, por el es- 
tilo de la Jorge Sand, ya me los hallaba puestos. 
Pues, ¿qué seré, Dios mío? ¡Yo que lo quería. 
ser todo, y ando ya, en mi primer salida, coñ 
más apuros que un muchacho para elegir carre- 
ra! Una profesión científica '^viste mucho", so- 
bre todo en este siglo en que las mujeres "bien" 
presumen más de sabias que de mujeres... Pero 
a mí la ciencia me aburre. Prefiero el arte. Pero 
el arte es tan largo y la vida tan corta... Y yo 
lo quiero todo aprisa, todo al vuelo... ¡Vamos! 
¿a que no sirvo para nada...? Pues hay que ser 
algo para ser alguien... ¿Y si me dedicara a la 

3 33 



RICARDO LEON 



escena? El teatro me gusta; yo sería una gran 
actriz..., mejor dicho, un gran actor... ¡ya se 
me olvidaban los pantalones! Por más que en 
el teatro, corno en el arte, quedamos en que ya 
no hay sexos... Y en punto a comedias no hay 
ninguna como la comedia humana... ¡Menudo 
papel estoy haciendo ahora... y con "un publi- 
quito" que ni en el polo Norte...! Será menester 
que me dedique a cosas más serias y eficaces.., 
¿Seré abogado? ¡ Jesús, qué peste de abogados; 
todo el mundo lo es! ¿Médico? No tal: ¡qué 
porquería! ¿Y político? ¡Porquería mayor...! 
Eso de ser cacique mandarín es bueno para 
los chinos o los caribes... ¿Y catedrático? Eso 
para los negros... 

"¡Nada, que no es por ahí!... Go ahead! Yo 
soy una mujer de acción... quiero decir, un hom- 
bre de acción... Seré marino, un lobo de mar, 
un terrible pirata... O, mejor todavía, me lan- 
zaré a los aires en un aeroplano... ¡Aviador! 
¡ * sto sí que me gusta y me seduce ! ¡ Volar, yo- 
h - como las águilas y los cóndores, cielo arriba, 
sobre todas las cumbres de la tierra! Ya di 
con mi verdadera vocación... 

'Tero hay que poner los pies en la tierra, 
como Anteo, para renovar los bríos: ni aun 
34 



AMOR D .W C A E l D A D 



en sueños se vive del aire. A tieiTa, pues. ¿E!n 
dónde? En el Nuevo Mundo, cerca de Nueva 
York. Aquí se vive más de prisa, más al vuelo 
que en ninguna parte, como a mí me gusta,.. 

''Heme aquí rey. Ahora sí que he dado con 
mi verdadera vocación. Heme aquí rey. Como 
en Europa ya todo huele a rancio y a podrido, 
me vine a las Américas, y en ésta del Norte, 
tan nuevecita y arrogantona, en que todo, el 
arte, la ciencia, el amor,, la gloria, la fortuna, 
el éxito, es una pura improvisación — ¡puff, 
bluff! — ^yo soy el rey del azúcar. ¿Hay nada 
más dulce que esto de tener muchos millones y 
derretirlos como terroncillos de azúcar en sen- 
das tazas de café? ¡Ay, sí: yo tengo vocación 
de millonario ! Quiero decir de hombre de nego- 
cios a la americana, de hombre de presa, por 
el estilo de Teodoro Roosevelt, el famoso ca- 
zador... 

"¡ Vengan aquí automóviles, navios y aeropla- 
nos y toda suerte de ingenios pera vivir de pri- 
sa, para correr y volar, para estrellarse y des- 
panzurrar al prójimo por sport! ¡Dadme, ¡oh, 
genios y diosecillos del oro!, palacios rutilan- 
tes, ínsulas encantadas, maravillosas monterías, 
fiestas de campo y de corte, espléndidos bañ- 
as 



RICARDO lé Mi O m 



quetes y pic-^iics, tales como son debidos a un 
rey cuya corona es de azúcar! ¡Azúcar!, ¡ésta 
es la vida chipén! 

"¡Ea! Ya estoy apaleando millones y mane- 
jando a mi gusto la humanidad, moviendo gue- 
rras, imponiendo paces, y... Pero, Dios mío, yí 
me metí en la política y la política es lo más 
feo y abominable de la tierra... No. Yo quiero 
los millones para cosas más bellas y más gra- 
tas. Yo amo el dinero, porque el dinero ei^, ante 
todo, libertad. Con dinero soy libre, hago lo que 
me da la gana y todo lo que hago le parece al 
mundo muy requetebién*- 

''A vivir, pues, a vivir, pero aprisa, muy apri- 
sa, todo con la celeridad del rayo. ¿Para qué 
vivir, si no, cuando se tienen tantos millones y 
se pueden satisfacer los más inverosímiles an- 
tojos? Ya el automóvil es para mí un cacharro 
inútil, un carricoche vulgar, un artefacto bur- 
gués, al alcance de todas las fortunas. Prefe- 
riría viajar en burro..» El aeroplano ya es otra 
cosa, pero luego de recorrer el mundo entero en 
todas clase de aeroplanos... concluyo por abu- 
rrirme también... Es el mundo tan chico, tan 
monótono, al lado de la imaginación y del de- 
seo... La naturaleza es siempre la misma hace 
X 



AMOR DE C A M I D X D 



muchos miles de años... Los hombres y las muje- 
res son en el fondo todos iguales, aunque tengan 
distinto color y vistan trajes diferentes... ¡Dios 
mío! Como dijo el Sabio, no hay nada nuevo de- 
bajo del sol... Si al menos tuviésemos alas, no 
como los pájaros, sino como los ángeles, para 
volar de mundo en mundo, de estrella en estre- 
lla, lejos de este planetilla tan poco original... 

"Me aburro, me aburro como una ostra, o, 
para decirlo más poéticamente, me aburro como 
una madreperla. ¿De qué me sirven todos mis 
tesoros, mi juventud, mi hermosura, mi cono- 
cimiento de todas las cosas, mi experiencia de 
la vida y de los libros, mi salud, mi audacia, 
mis fueros, mi libeiiad? ¿Para qué me sirven, 
al fin, los pantalones? 

''Bhie devils. Un día de supremo fastidio, 
de odio supremo al mundo, a la naturaleza, a 
la libertad, al saber, al oro, a la civilización, 
a las ciudades, a los campos, a los hombres, a 
las mujeres, a mí misma, a todo lo habido y 
por haber, resuelvo hacer pedazos mi ridicula 
corona de azúcar y saltarme luego la tapa de 
los sesos... 

"Sí, debo morir : debo morir porque agoté 
la vida, la estrujé toda entera, como un racimo, 



B I C A B D o LEON 



por el ansia de gustarla de golpe, en un momen- 
to, a la luz de un relámpago. Debo morir porque 
la vida, cuando se la conoce plenamente, con 
todos los medios imaginables, pudiendo uno ha- 
cer cuanto le da la gana, es una solemne es- 
tupidez... 

''Quiero morir, pero de un modo original, 
apasionado, caballeresco, sublime, como un hom- 
bre, como un hombre de pro... Para ello es pre- 
ciso huir de estos países, donde los tronos son 
de azúcar, o, peor todavía, de carbón, o de pe- 
tróleo, y volver a España, a la tierra, única en 
el mundo, en que hasta los mendigos llevan de- 
bajo de su chapeo roto una corona de rey... 

"Ya estoy en Sevilla, en la patria del eterno 
Don Juan. ¡Sevilla! No hay en todo el orbe 
cielo mejor para abrir los ojos a la luz ni mejor 
tierra para sepultar los huesos... Aquí he de 
morir... 

"¿Dije morir? ¡Vengan aquí suicidas y abu- 
rridos, que hay en Sevilla cosas capaces de re- 
sucitar a los difuntos!... ¿Pues no hace apenas 
siete días que ando por las riberas del Guadal- 
quivir buscando un árbol donde ahorcarme, a 
guisa de Bertoldo, y ya comienzo a arrepentir- 
me? ¿Qué es esto que me pasa? ¿Qué ímpetus 
3B 



AMOR DE CARIDAD 



de vida nueva, ciné extraña ilusión, qué dulce 
y sabroso regustillo siento de repente, yo que 
juzgué agotadas para mí todas las cosas del 
mundo? 

"¡Jesús, mil veces Jesús! No soy la misma 
que era, soy otra mujer, una nueva mujer que 
ha nacido de pronto y con atroces bríos dentro 
de mí. ¿Pues no estuve hoy a punto de quitar- 
me los pantalones y todos mis arreos varoniles 
para ponerme una falda y un pañolón de Ma- 
nila? ¿Pues no me pasé anoche, casi toda la 
noche, llorando ? ¡ Llorando yo que no hice toda 
mi vida sino reir a carcajadas! Por fuerza es- 
toy loca, o el sol andaluz se me ha metido en 
la sangre, o, tal vez, la picara y deliciosa man- 
zanilla de esta tierra me hace delirar. ¿ Qué me 
sucede? 

''Much ado dboiit nothing. ¡Que estoy furio- 
samente enamorada! Que un hombre, no sé si 
mejor o peor que los demás, acaso peor que 
todos, se me ha entrado en el alma de sopetón, 
haciéndose dueño de mí, volviéndome loquita 
perdida, cambiándome en un santiamén toda 
mi persona, ideas, sentimientos, imaginaciones, 
propósitos, esperanzas... Me siento desgraciada 
y felicísima, triste y alegre, con ganas de vivir 

39 



RICARDO LEON 



y morir, de llorar, de cantar y reir otra vez a 
carcajadas. Y, sobre todo, me siento como nue- 
va, cual si tornase a la niñez, curiosa de cuanto 
veo, encantada de haber nacido, y a punto de 
creer que el mundo, antes, para mi esplín, tan 
odioso y aburrido, acaba de salir nuevecito y 
flamante de las manos de Dios... 

''¡Y yo que creía, necia de mí, que por ha- 
berme puesto los pantalones, y haber corrido 
en sueños muchas tierras y mares, y haber tra- 
gado muchos libros, y sentido la saciedad de 
muchas cosas, tenía ya en mis manos la vida 
entera, toda de golpe, conocida y estrujada como 
un racimo de uvas!... ¿Pues no me había olvi- 
dado del corazón? ¿Qué valen, cuando el cora- 
zón dice: ¡quiero!, todas las otras cosas del 
mundo? 

"¡ Fuera, fuera, de hoy para siempre, los pan- 
talones y los disfraces peregrinos, y las andan- 
zas heroicas y los ensueños errabundos, que ya 
encontré a mi Don Juan, y ante sus ojos ga- 
chones y sus mostachos viriles, me falta tiempo 
para tornar a mis faldas, a mis moños y plu- 
mas, a mis cancelas y celosías, donde se pela 
la pava y se convierte la tierra en cielo y el 
mundo todo parece acabadito de nacer! ¡Adiós,. 
4a 



AMOR DE C A R l U A R 



para siempre, caminos de la ñerra y áe la mar^ 
que yo cambié de vocación, pues voy a casarme 
para la Pascua de las Flores, y estoy gritando 
¡vivan las caenas! desde que tuve novio for- 
mal y me ceñí la pulsera de pedida y vi relucir 
el anillo de oro con el dulc3 letrero : ¡forget me 
not! ¡No me olvides!** ... - ^ • . 



Cuando acabó Clara Taylor de relatarme su 
ingeniosa novela no pude reprimir un ferven- 
tísimo aplauso y una sonrisa un poco irónica. 

—¡Bravo! — le dije—. Es usted una artista 
admirable... Tiene usted una imaginación vol- 
cánica... Pero su novela resulta una paradoja... 
una pura contradicción... Usted que, como yo, 
ama tanto la libertad ; usted que, como yo, abo- 
rrece el matrimonio; usted que, como yo, ha 
jurado no casarse nunca, viene a incurrir en 
"semejante ordinariez'', se casa de la noche a 
la mañana, renuncia de pronto a sí misma, a 
todas sus convicciones, y grita a voz en cuello: 
¡vivan las caenas! 

— Que es igual que decii' ¡viva la paradoja! 
Pues, precisamente, ahí e ta la gracia de mi 
cuento... ¿No se ha enterado usted todavía? 

u 



RICARDO LEON 



— Es que yo, aunque gusto también de las 
contradiccicnes, no llego al punto de usted. Soy 
amigo de lan paradojas, pero soy más amigo de 
la libertad... 

— ¡La libertad ¡—repuso Clara, con un gesto 
inefable — . ¡ Jesús, qué cosa más estúpida ! ¿ Para 
qué sirve la libertad sino para perderla? 



42 



IV 



Hallábame yo a la sazón en 1^ plenitud de 
mis treinta años, í .ierte y hermosa cumbre de 
la vida para los honbres de voluntad y de fe, 
conquistadores de sí mismos; "furosta edad de 
amargos desengaños", puerto de incertidumbres 
y tinieblas para los hombres apasionados o in- 
teligentes, que, ansiosos de poseer el mundo, 
aun no supieron poseerse a sí propiv^s ni hallar 
su camino, su afirmación y ;:u verda'l. 

Pasado habían, como nubes errantes, las mu- 
chas penas, las íntimas desventuras de mi an- 
gustiosa juventud. De todas las crueles pesa- 
dumbres que sacudieron mi coraz Jn, desper- 
tándole muy pronto a la implacabi ) dureza de 
la vida, sólo me quedaban ya uno^ recuer.^os 
ácidos, unas canas prematuras, un humor es- 
quivo y melancólico, un gusto cono de hiél 
dentro del alma, un hambre egoísta de sere- 

43 



RICARDO LEON 



nidad. Pobre y enfermo antaño, presa de hu- 
millaciones y torturas, niño precoz, mimado 
y caprichoso en un ambiente crudo y hostil, 
en un hogar desamparado y triste, habíame re- 
dimido — por la merced de Dios y por la heroica 
solicitud de mi madre — ^hasta lograr la salud y 
la fuerza, una vida independiente, un holgado 
peculio, un carmen deleitoso en los montes de 
mi país natal. Y aunque en aquella torre de 
marfil, soltero, casto y petulante, vivía desde- 
ñoso de las coronas de mirto, no por virtud, 
sino por flaqueza y orgullo, por el miedo egoís- 
ta de perder mi libertad y reposo, ya empeza- 
ban a rodear mis sienes las hojas del laurel. 

Poeta con ínfulas de renovador e iconoclasta; 
literato con pujos de intelectual; ensayista con 
presunciones de filósofo, creíame yo entonces el 
más cumplido, cabal y maduro ingenio de cuan- 
tos, a la par de mí, renegaban de todo lo espa- 
ñol y pretendían hacer nueva patria barriendo 
hasta las cenizas de la patria antigua, cerrando 
con siete llaves las tumbas de sus augustos fun- 
dadores. Sonaban ya mis libros con ecos de fama 
en los papeles del vulgo, aunque los tales li- 
bros, hoy con vergüenza los recato^ no eran 
sino ruines abortos de un magín, pobre y esté- 
44 



A MOR BE a A B I D A D 



ril, henchido, como cajón de mercader, con to- 
dos los lugares comunes, buhonerías y espejue- 
los de una generación infecunda, marchita en 
plena juventud. 

Era yo, en suma, uno de aquellos mozc^ de- 
sazonados y tristes que hicieron las primeras 
armas en tiempos del desastre nacional ; uno de 
aquellos escritores de la decadencia, sofistas con 
humos de intelectuales, llenos de pedantería, de 
presunción y de hiél, negadores de todo lo divi- 
no y lo humano, escépticos antes de saber pen- 
sar, pesimistas antes de saber vivir; jóvenes 
sin juventud, sin ideal, sin fe en Dios, en la 
patria ni aun en sí mismos, soñadores impoten- 
tes, al margen del ensueño y de la acción, que 
hogaño, ya en las fronteras de la senectud, lle- 
nos de canas precoces y de tardíos arrepenti- 
mientos, cejan y capitulan advertidos por la 
amarga experiencia de la vejez, arrollados por 
la corriente de las nuevas y audaces genera- 
ciones. 

¿Quién hubiese creído que el árbol secular, 
recio y frondoso de mi linaje, diera a la postre, 
en mi plena madurez, fruto como ese tan de- 
sabrido y tan agraz? ¿Quién, de todos los tetói- 

gos de mi infancia, de mi primera juventud, po- 

45 



R ¡ C A E D o L É O N 



dría adivinar entonces, en mis treinta años, du- 
ros, resecos, agostizos, como tierra segada y en 
rastrojos, aquella mi alborada lucentísima, la 
Merna y lluviosa primavera de mi mocedad? 

Fué mi padre un hidalgo extremeño, de traza 
arrogante y bizarra ; natural de Medellín, como 
Hernán Cortés, hizo profesión de militar a los 
quince años* En su noble rostro, curtido por la 
guerra, en su aire marcial y aseñorado, había 
como un fresco recuerdo de aquellos antiguos 
soldados españoles que parecían príncipes. 

Aún no se han borrado de mi memoria las 
impresiones de la vida militar que halagaron 
mi infancia, despertando en mi coraaión la voz 
leonina de la estirpe. Al romper la aurora vi- 
braban las cornetas tocando a diana; saltaba 
mi padre del lecho, dejando a mi madre dormi- 
da, y yo oía entre sueños la viva algazara, el 
despertar ruidoso del viejo cuartel, y evocaba 
preludios de batalla, vocerío de campamentos, 
bruscos toques de corneta bajo el viento frío 
del amanecer, ante un ejército enemigo... Sal- 
taban de sus duros lechos los soldados y bajo 
las arcadas conventuales, en las sonoras crujías, 
escuchaba yo el tumulto de las pisadas, las ron- 
cas toses, las voces de mando, el sordo galope 
46 



AMOR DE CARIDAD 



de aquella muchedumbre, saliendo de los dor- 
mitorios, formando en el patio, al aire libre y 
glacial de la mañana. 

Un día vi salir al regimiento en columna de 
viaje por la ancha carretera de ía estación. Yo 
oía hablar de tristes cosas que apañas entendía, 
de la patria, de la guerra, de países lejanos 
adonde nuestros soldados iban a morir, y no- 
taba una ansiedad extraña en todos los sem- 
blantes. Mi madre lloraba, queriendo en vano 
ocultarme sus lágrimas; mi padre, con el ros 
inclinado sobre los ojos, me estrechó en sus bra- 
zos y vi, por primera vez, empañado su rostro 
de tristeza. 

Crecido yo en el tumulto de la orte, vime 
más tarde en una ciudad triste y silei: úosa, cer- 
cada de viejas murallas, en una caíívma gran- 
de y vetusta, pedazo de un antiguo ri ionasterio. 
Durante mucho tiempo tuve la nostali;ia de Ma- 
drid, del bullicio y muchedumbre de sus calles, 
de aquellos paseos llenos de carruajes y de ni- 
ños, de aquel Retiro de añosos árboles donde 
jugar solía, de aquellos cochecillos infantiles, 
tirados por borriquitos llenos de cascabeles. Al 
cabo me hice a la tristeza de mi nuevo hogar. 
Mi madre, con una suave sonrisa que tenía de- 

41 



RICARDO LEON 



jos de llanto, sentábame en sus rodillas y me 
enseñaba las primeras letras. ¡Cómo recordar 
sin honda ternura c quellos días lejanos! Ante 
una gran ventana, . bierta sobre las frondosas 
ramas de un naran o que en el claustro había, 
escuchaba la voz tíi: rísima de mi madre. 

— A ver, hijo ^ ío — decíame sonriendo—, 
cuéntame la histoi i * de aquella reina que echó 
a los moros de Espí^ 

Y mi vocecita in. uitil repetía pausadamente 
la lección aprendida :e los labios maternales. 

— Isabel la Católica era una reina muy her- 
mosa y muy buena, un día vendió sus joyas... 

El descubrimiento del Nuevo Mundo, la con- 
quista de Granada, hxs hazañas de Hernán Cor- 
tés, todos los episodios de la gran epopeya de la 
raza, tomaban en mh labios de niño la sencillez 
y la ingenuidad de las viejas crónicas y los ro- 
mances populares. 

— Ahora un poqi ito de Geografía — decía- 
me mi madre—. ¿(Cuáles son las partes del 
mundo? 

— Son cinco, a ealer: Europa, Asia, Africa, 
América y Oceanía. 

— Bien; lee ahora estos versos... Con voz 
clara y haciendo las pausas con donaire... 



A, M O B DE CARIDAD 



¡Oh dulces prendas , por mi mal halladas, 
dulces y alegres cuando Dios queria,J 

Algunas veces, interrumpiendo yo las leccio* 
nes, preguntaba con tristeza por mi padre. 

— Pronto vendrá, hijo mío — contestaba mi 
madre con ternura y pena — , dicen que la gue- 
rra se acaba... — Y después me hablaba de la 
guerra mostrándome la obligación que todos 
tenemos de dar nuestra sangre a la Patria. 
— Por la Patria, hijo mío — decía con los ojos 
húmedos del llanto — , la vida, si es menes* 
ter... No lo olvides nunca. 

En el gran corazón de mi madre ardía el 
fuego antiguo de los héroes. Digna compañera 
de mi padre, jamás tuvo crepúsculos en su alma 
la noble idea del deber. Al recordarlo así, mi- 
rándome en el espejo de aquellos dos caracteres 
tan bien templados, siento vergüenza de mí 
mismo. f ^ M 

Yo tenía una precoz afición a la lectura. Mi 
padre, mientras estuvo a nuestro lado, escon- 
díame los libros, diciendo que él quería un hijo 
hermoso y fuerte y no un sabio mezquino y 
triste. Pero mi madre, halagada por tan tem- 
pranas aficiones, fomentaba mi curiosidad y 
me daba los libros en secreto, 

49 

4 



RICARDO LEON 



Aquella época de mi vida transcurrió casi 
toda en medio de una sosegada melancolía. Ju- 
gaba yo poco entonces con los niños de mi edad; 
era mi camarada de todas las horas una moci- 
ta de mis años, muy linda y delicada. Llamá- 
base Angeles, y vivía con su madre en la ve- 
cindad. Ricas ellas entonces y felices, nos sir- 
vieron de consuelo y compañía. Yo llegué a 
sentir por Angeles un precoz amorcillo de ado- 
lescente ; su recuerdo vivió mucho tiempo en mi 
alma como un puro aroma de violetas. 

Una tarde, que no podré olvidar jamás, nos 
trajo una nueva, irreparable desventura. Bor- 
daba mi madre junto a la ventana; escribía yo 
en mi pizarrita, trazando con el yeso letras 
gruesas como avellanas; el naranjo cuajado de 
azahar llenaba toda la estancia de intenso aro- 
ma... Llegó a esta sazón doña Araceli, la ma- 
dre de Angeles, y sentóse a nuestro lado, páli- 
da, temblorosa, queriendo en vano ocultar una 
profunda emoción. Habló de la guerra y sus 
ojos se llenaron de lágrimas. Ella también te- 
nía seres amados en la guerra. 

No sé qué cosas le dijo a mi madre; enta- 
blaron un diálogo, breve y nervioso, en voz 
baja; palideció mi madre intensamente, dió un 

50 



AMOR DE CARIDAD 



grito desgarrador y cayó sin sentido sobre la 
butaca. Lleno yo de terror, interrogué a aque- 
lla señora; besóme doña Áraceli con efusión, 
mojándome las mejillas de lágrimas... Más tar- . 

de comprendí al fin: mi padre había muerto. 

Vinieron tiempos de poi reza y dolor. Tenía 
yo trece años entonces, pero mi espíritu de niño, 
sacudido por estas sorpresas dolorosas, se ha- 
bía desarrollado con inaudita precocidad. Mi 
madre, fuerte y enérgica, era la única mujer 
capaz de levantar a pulso aquel hogar destruí- 
do y resistir el golpe de todas las desventu- 
ras que llegaron después. La rapacidad de unos 
parientes entró a saco en nuestro menguado 
patrimonio; quisieron despojarnos de la heren- 
cia de nuestros abuelos, y para colmo de males 
quebrantóse mi naturaleza, caí enfermo y há- 
lleme a punto de morir. 

Prestamente envejecida mi madre, parecía 
sacar alientos de su propia flaqueza y dispu- 
tarme a la miseria y a la muerle con ese he- 
roísmo callado y estoico ci\:e ha sido la virtud 
de toda mi raza. Vióse forzada a sostener un 
largo pleito y a trabajar en tanto para sostener 
nuestras pobres vidas; Ue^^óme a un sanatorio, 
donde mejor lograran curarme, y pasábase 

SI 



B 1 C Á « D o H B O m 



ella las noches en vela, contentándose con ver- 
me un momento por las tardes, teniendo fuer- 
zas todavía para sonreirme... 

Aún brilla en el fondo de mi alma la visión 
plácida de aquella casa de salud, donde se abrió, 
luciiando entre la vida y la muerte, la pálida 
rosa de mi juventud. Cuando cierro los ojos, 
veo el aposento donde yo donnía, con sus gran- 
des ventanas al campo y al mar; la galería, 
inundada de sol, hasta donde solía arrastrarme, 
apoyado en unas muletas; la gran sala de ope- 
raciones, llena de aparatos e instrumentos re- 
lucientes, que me producían singular terror. 
Allí me acostaron un día y abrió el acero mis 
carnes, en tanto dormía con profundo sueño, 
un sueño hermano del de la muerte. Jamás ol- 
vidaré el rostro grave de aquel cirujano, hom- 
bre famoso por su ciencia y su piedad, que me 
trataba con una ternura sólo semejante a la 
ternura de mi madre. Parecía que aquel hombre 
tenía en su semblante toda la tristeza del infor* 
tunio humano ; hablaba dulcemente, soñando 
siempre con una edad futura, una edad de oro 
en que los hombres morirían de viejos, sin do- 
lor, sin espanto ni rebeldía... 

Cuando yo torné a la vida comenzó mi madre 

92 



m M D B j) w c m m i D m p 



a caminar hacia la muerte. Miraba yo entonces 
el rostro todavía bello de mi madre, ungido por 
una santa palidez; contemplaba sus ojos, don- 
de las lágrimas habían dejado surcos de fuego, 
sus cabellos tocados de nieve prematura, sus 
mejillas marchitas, su expresión singular de 
ternura y aflicción, sus manos, sus pobres ma- 
nos, que fueron tan finas y delicadas, curtidas 
y deformes... Y en cada surco, en cada estigma 
de su tez veía la huella del dolor, la señal de un 
trabajo, el ultraje de tantos años de heroicas 
pesadumbres. 

Un día, cumplida ya la misión de rescatar- 
me de la miseria y de la muerte, abandonó, 
en mis brazos, la vida; cerró el sueño eterno 
aquellos ojos que tanto habían llorado por mí... 



53 



V 



Quedé rolo en el mundo, presa de amarga 
desolación, mas harto defendido por los fuer- 
tes aceros de la mocedad y de la salud, por los 
bienes, rescatados al fin, del patrimonio domés- 
tico, y por el otro caudal, mucho más pródigo 
y seguro, que me legaron mis padres con sus 
heroicos sacrificios, con sus abnegaciones y ter- 
nuras, con el ejemplo de sus vidas, tan espa- 
ñolas y cristianas. 

¿Qué hice yo entonces, ingrato y necio de 
mí, con los tesoros de tan sagradas herencias? 
¿Cómo aquel mozo ingenuo y sentimental, edu- 
cado en aulas tan generosas, traído desde la 
cuna en les fuertes y d ices brazos maternales, 
hecho a recibir, de.>de la blanda niñez, casi 
con la leche en los labios, las primeras leccio- 
nes de amor y caridad; cómo aquel rubio y 
gracioso infante que se dormía con el nombre 
54 



AMOR DE CARIDAD 



de Dios en la boca, en un hogar presidido por 
la Cruz de Cristo y la bandera de España, 
pudo llegar a convertirse en un hombre escép- 
tico, ridículo y egoísta, desarraigado de su pa- 
tria; de su hogar y tradición, indiferente u 
hostil a sus antiguas convicciones, a sus re- 
cuerdos más puros; en un escritorzuelo pedan- 
te, lleno de confusiones, de pesimismos y acri- 
tudes, lóbrego panteón de ideas peregrinas, 
pintado maniquí de modas forasteras, triste ca- 
ricatura de las virtudes intelectuales, del es- 
plendor del pensamiento y del orgullo viril? 

Hay almas de tan divina condición que ante 
los golpes de la adversidad se forjan, templan 
y deiauran, como los metales preciosos bajo el 
mar tillo del artífice; pero hay otras almas, y 
de éstas fué la mía, que, al sentir el dolor, se 
rinden, se avinagran y oscurecen, cobardes y 
rencorosas ante las aparentes sinrazones del 
Destino. Muy mozo todavía, apenas abrí los 
ojos a la luz del entendimiento, los problemas 
del mal, del dolor y la muerte, en sus aspec- 
tos más descarnados y visibles, se me impu- 
sieron con angustiosa realidad. Sentado a las 
puertas del Misterio, mudo de asombro y de 
tristeza al recibir en pleno corazón el trallazo 

55 



E I C A B D O E K O m 

de la primera adversidad, surgió del fondo de 
mi alma una pregunta sorda, un ¿por qué? 
rebosante de incertidumbres y rebeldías. Y 
aunque me daba la respuesta, junto a mi pro- 
pio corazón, el dulce, lastimado y valiente co- 
razón de mi madre, yo la buscaba en los li- 
bros, no en los claros y abiertos de la experien- 
cia familiar, de mi estirpe cristiana y españo- 
la, sino en aquellos otros, torpes, cerebrales y 
oscuros, de extraña y venenosa raíz, aduladores 
forasteros de nuestro ciego apetito, con cuya 
ociosa lectura empezaron a conmoverse todas 
mis convicciones infantiles, todas las piedras 
angulares de mi hogar. 

Después, a la pasión de los libros, prematu- 
ra y fogosa en mi niñez, exaltada luego en los 
años de enfermedad y quietud, a las lecturas 
atropelladas e indigestas, sin método ni prepa- 
ración, se juntaron los hervores de una rebel- 
de juventud, sin ley ni freno, penetrada de 
estímulos sensuales, bajo la capa de una posti- 
za intelectualidad; los humos y vanaglorias de 
un escritor pagado de fáciles laureles: cosas 
bastantes y aun sobradas para desorientar y 
confundir a un mozo de poco temple y de po- 
cos años, sin verdadera concienda de si mis- 

56 



a M o B DE C a R I D A D 



mo: para torcer o enmascarar su yo, y equivo- 
car sus pasos, tal vez para siempre, fuera de 
los caminos reales de la vida... 

Es harto frecuente, curioso y triste, el caso 
de los hombres que, apartándose de su propio 
destino, del que imperiosamente le señalan su 
herencia, su carácter, su vocación, sus incli- 
naciones y aptitudes, por ignorancia o por des- 
precio de ellas, toman como dechado, como 
ideal de sus vidas, un tipo de hechura diferen- 
te, un personaje real o fabuloso, una figura 
histórica, un héroe de teatro o de novela, un 
libro, una imagen, algo que hirió con fuerza el 
alma o los sentidos exteriores. Bajo la aguda 
sugestión de su modelo, esos hombres que as- 
piran a ser lo que no son, pero que creen serlo, 
viven como las máscaras, en un perpetuo car- 
naval, fuera de sí, disfrazados de un ideal que 
no es el suyo, de un semblante engañoso, de 
una falsa y torcida vocación. Es más: como 
los caracteres profundos y originales, arbitros 
y escultores de sí mismos, son tan pocos y ra- 
ros en el mundo, la mayoría de los hombres 
son "monos de imitación'', caricaturas y pa- 
rodias, simulacros de humanidad m que todo 
es ajen© y postiz#: «1 air«, el geste, la ac- 

57 



RICARDO LEON 



titud, ias acciones, la» palabras y las ideas... 

Pues, de este modo, se me antojaba enton- 
ces — hoy lo confieso humildemente — bajo la 
viva obsesión de novedades y lecturas, de fan- 
tasías y devaneos, ser una especie de "pequeño 
Moisés"— quiero decir un portador de nuevas 
tablas y de novísimos valores- — , y al niño poeta 
que yo llevaba dentro del corazón, niño román- 
tico, tímido y sensible, colgarte un disfraz de 
superhombre. Precisamente a la sazón empeza- 
ba a correr con fama universal el nombre de 
un filósofo tudesco de huraña catadura, mas 
de doctrinas seductoras, muy de perlas para 
hombres muelles y cobardes con presunciones 
de vigorosos y valie ites, para asnos y ciervos 
disíiazaaos con píelos de tigre o de león. 

Lleno yo todavía, al cumplir los malditos 
treinta años, de los rescoldos juveniles, de las 
obscuras y entrañables rebeliones, me embria- 
garon al -unto las relabras de aquella especie 
de Antier 'sto, de s^ael loco poeta: Federico 
Nietzsche. "^^i que i itonces alardeaba en mis 
libros de arremeter, como un precursor del fin 
del mundo, contra trio lo divino y lo humano, 
contra la patria, la religión, la sociedad y la 
familia; yo que pedía cerrar con mudias llaves 
58 



A MOR DE" C A R 1 D A B 



las tumbas de todos los difuntos y hacer tabla 
rasa de lo pasado, de la historia, de todo lo 
que fuera anterior a mi glorioso y prodigioso 
nacimiento, sentí en lo profundo de mi ser, le- 
yendo a Nietzsche, una estupenda revelación, 
un júbilo inefable. Yo me sentía el propio Za- 
rathustra, el forjador del superhombre; yo abo- 
rrecía también el miedo, la tristeza, la resig- 
nación, la piedad, manjares amargos de mi ni- 
ñez y juventud; amaba el ímpetu díonisíaco 
de la vida, sus paganos furores, su ética libre, 
más allá del bien y del mal. Yo creía sentir en 
mis entrañas un hombre fino y duro como el 
acero, un varón de voluntad y de fuerza, capaz 
de subvertir todas las leyes y los valores anti- 
guos, de construirm^e un mundo aparte, de edi- 
ficar mi torre de marfil. Yo im.aginaba, con 
pueril orgullo, haber roto, de entonces para 
siempre, los vínculos del pasado, las cadenas 
que nos atan a lo3 muertos, la servidumbre del 
ayer, todos los ñierros y las cárceles que nos 
sujetan al dolor, a la pobreza, al yugo de esa 
moral de impotentes que, con el nombre de ca- 
ridad, ha convertido el mundo en un horrible 
lazareto, en una hedentina de leprosos, de en- 
fermos, esclavos y m^idigo^.,. 

59 



RICARDO I¿ W ü U 



Así pensaba y escribía entonces, mas por de- 
bajo de esa dura corteza "filosófica", del impro- 
visado arnés de superhombre con que yo dis- 
frazaba mi condición pacífica y sensible, reñían 
arduo combate mis dos naturalezas: la adqui- 
rida, la segundona, la intrusa, y la prístina, la 
auténtica y original, la que nació del vientre 
de mi madre y se crió en sus brazos amorosos, 
junto a su dulce corazón crístianOc 

Por otra parte, muchas veces, rompiendo la 
costra de mi egoísta soledad, un sentimiento 
sutilísimo se adueñaba de mí. Como las som- 
bras de un sueño surgían del fondo de mis no- 
ches calladas y vacías la imagen de una mujer, 
la linda estampa de un niño, los interiores de 
un hogar. El genio de la especie, superior a 
todas las filosofías y artificios mentales, llama^ 
ba a las puertas de mi alcoba con misteriosos 
golpes que resonaban en el corazón. Yo no ha- 
bía amado seriamente todavía. Mis dolencias 
primero, mis tarde mi pesadmnbre y mi esqui- 
vez, habían i apartado de mis labios la dulcísi- 
ma copa. Después de aquel idilio de mi puber- 
tad con Angeles, guardado en las penumbras 
de la memoria como vago y suavísimo recuer- 
do, nunca volví a sentir un verdad^© amor. Mas 
60 



i4M0« DE G m l D A D 



le temía y deseaba, juntamente; vivía a^guap- 
dándole y al mismo tiempo recelando de él, como 
de una grave perturbación de mi vida, presin- 
tiéndole como el mayor peligro de mi reposo y 
libertad. El matrimonio, con sus penosos debe* 
res, sus responsabilidades y sus riesgos, ¿no era 
de todas las cadenas que yo creía haber roto 
para siempre la más dura y cruel, pues sólo S9 
>ompe con la vida? Crearme un nuevo hogar, 
¿no era abrir otra vez las puertas del dolor, 
uncirme a la ley de lo pasado, ai yugo inexora- 
ble de los muertos? 

Y, sin embargo, todas mis reflexiones con- 
vergían en ese temido vértice; mi continencia^ 
mi vida quieta y solitaria, eran como fuentes 
copiosas de salud y deseos. A pesar de mis bu- 
nios de filósofo, de superhombre en agraz, la 
Vida me tomaba en sus brazos y me daba a 
beber su ardiente vino y me ofrecía aus rojos 
labios de mujer, donde toda ettibriaguez y toda 
desventura tienen m nido... 

.... 



Oí 



VI 



Uu dia, paseando descuidadamente por los 
senderillos del monte, a la caída de la tarde, 
hube de hallar, sentada al pie de un árbol, le- 
j^endo un libro, la más encantadora mujer que 
vi jamás en mi vida. Al sentir el ruido de mis 
pasos, alzó la cabeza y me hirió fuerteinente 
en el corazón la peregrina hermosura de su 
rostrO; la mirada de sus ojos de águila que pa- 
re^cían absorber toda la dorada luz del sol po- 
niente. Quedé como clavado en tierra ante el 
imprevisto encuentro y sonrió ella al compren- 
der el efecto que su presencia me había causa- 
do. Saludé cortésmente y seguí mi camino 
pensando quién podría ser aquella gentilísima 
dama, amiga de la soledad y de los libros, que 
tan poéticamente se m^ había aparecido en una 
puesta de sol. 

¿Quién sería aquella mujer? Sentía yo un 

62 



A M o B D W G A U l D A D 



vehementísimo deseo de caberlo. Durante la 
primavera, singularmente, todos los lagares y 
haciendas de aquellos moi: 'es llenábanse de fa- 
milias de la ciudad que veían a pasar allí una 
temporada; muchas noche^ al cruzar por aque- 
llos caminos, vi el respla.: or de llameantes ho- 
gueras y oí el eco de ale^^ . zambras andaluzas, 
el rasguear de la guitan- y el gemido errante 
de una copla* Metido yo . n mi casa, sin trato 
ninguno con los extraños, permanecía ajeno a 
aquella sociedad bulliciosa que invadía los cam- 
pos y rompía el gi^ave silt acio con bailes y mo- 
ragas. 

Otra tarde, paseando p r el mismo sitio, vol- 
ví a ver, debajo del mismo árbol, a mi hermo- 
sa desconocida... 

Más veces la vi y llegó a enibafgarme el de- 
seo de saber quién era. Todos mis pujos de 
hombre solitario y esquivo vinieron a dar en 
un fuerte acceso romántico, al contemplar la 
hermosura de aquella mujer. ¡Oh terrible in- 
constancia! Desde aquella tarde fui peco a poco 
dejando de leer a Nietzsclie, y como todo en 
mí se resolvía en literaturas y veleidades, aca- 
bé por entregarme como un colegial a los ver- 
'sos de Alfredo de Musset-.o 

63 



RICARDO E O N. 



Clara Taylor ara una mestiza encantadora, 
una hija de inglés y de andaluza, fruto pere- 
grino del cruce de dos castas admirables. Te- 
nía como veinticinco años; alta de estatura, 
nerviosa de temperamento, esbelta, elegantísi- 
ma, era una extraña mezcla de atractivos nor- 
teños y meridionales. Su rostro oval y trigue- 
ño estaba teñido de luz andaluza; el cabello 
era negrísimo y rizoso, y peinábalo en dos cren- 
chas que le caíen sobre las sienes al modo de 
las gitanas; los ojos entre pardos y grises, con 
irisaciones vardea y estrellitas de oro, llenos 
de extraño ardor, cambiantes, enigmáticos, eran 
semejantes a los ojos de un felino; la nariz 
recta y pulida; la boca chiquita como una 
fresa. ' ' - ■ - - - ■ 

La extraña y fascinadora belleza de su sem- 
blante peregrino; el contraste del pelo de éba- 
no y las pupilas de tigre, la boca inocente y 
el mirar perverso, producían una impresión 
profunda. Tenía actitudes de una elegancia su- 
prema; gestos de malicia, de júbilo, de repug- 
nancia o desdén, con una gracia tan personal, 
con una tan refinada coquetería que trastorna- 
ban el seso. Hacía gala de una resolución ente- 
ramente varonil jr británica, gustátola vestir con 
64 



AMOR DE CARIDAD 



afectada sencillez, imitando las modas mascu- 
linas; pasear a caballo para lucir el traje de 
amazona y el sombrero hongo, jugueteando con 
la fusta, embriagándose con veloces correrías, 
poniendo al galope su bridón y bebiendo los 
vientos como un centauro. Y esta mujer tan 
varonil y resuelta, entregada a los deportes 
con ardor insaciable, aparecía en ocasiones 
mansa y dulcísima, hablando con arrullos de 
tórtola y asomando a los ojos una lumbre ce- 
lestial. Tenía de su casta británica el impe- 
rio, la energía y el orgullo, y de su casta an- 
daluza, una alegría impetuosa y alocada, mez- 
cla de sano júbilo y de malsana coquetería. 
Algunas veces la vi llena de cólera, pero de 
tristeza, jamás. 

Hablaba un castellano rápido y pintoresco, 
salpicado de frases exóticas y de muletillas gi- 
tanas, y llegaba en sus audaces conversaciones 
a los últimos límites del desenfado y la bi- 
zarría. 

Había nacido en Gíbraltar. Su padre era un 
inglés alto, seco, torpe y bonachón. Enamora- 
do en España de una moza de rumbo, casóse 
con ella y fué un esposo mártir. Su mujer, 
doña Ríía, conservaba todavía, a pesar d(& los 

a 



RICARDO L E O N¡ 



años, restos de marchita belleza; vestía con 
ostentación, pintábase el rostro como una vie- 
ja meretriz y, hasta yendo con su hija, presu- 
mía de hermosa. Perversa y dominante, tenía 
al pobre inglés metido en un puño y sólo guar- 
daba sus ternuras — ternuras de vieja cortesa- 
na — para la hija, para la amazona de los ojos 
de tigre. 

Vivía aquella original familia como si tu- 
viera grande caudal; es decir, la madre y la 
hija, pues Míster Taylor hacía gala de una ex- 
tremada sobriedad en todas sus cosas. Habían 
alquilado por una temporada la quinta de las 
Palomas, no lejos de mi casa, y nadie sabía a 
punto fijo de dónde venía la fortuna de aquel 
extraño hogar. Algunos murmuradores decían 
que en todo ello andaba la liberalidad de un 
potentado, antiguo amante de doña Rita; otros 
aseguraban que Míster Taylor tenía negocios 
de minas en el Transvaal, y no faltaba quien, 
puesto a soñar fantasías, hablaba de no sé qué 
asuntos de espionaje, del oro inglés y de la 
pérfida Albión. 

La soledad en que yo vivía; la vecindad de 
aquella mujer tan hermosa, a quien encontra- 
ba casi todas las tardes ; la curiosidad que sen- 
66 



AMOR DE CARIDAD 



tía de conocerla, y aun cierta irresistible afi- 
ción que se había apoderado de mí, fueron par- 
te a romper todos mis propósitos de aislamien- 
to y llegué a abrir las puertas de mi torre, de 
marfil a aquella amistad peligrosa. La familia 
de Taylor, apenas tenía trato con nadie; ro- 
deábales un ambiente de recelo y curiosidad 
malsana, y eran el pasto y comidilla de toda 
la colonia alegre de los montes. Quizá debi- 
do a esto, fui recibido en la hacienda de las 
Palomas con grande honor y fineza. Al pronto 
parecíame de perlas la amable compañía de 
doña Rita y de Clara, que se desvivían por 
agradarme; Míster Taylor hacía todo lo posi- 
ble por evitamos el disgusto de su presencia:, 
y llegué a tener con la madre y con la hiiú 
una considerable intimidad. 

Yo pensaba, oyéndolas hablar con tanta finu- 
ra y donaire, en la maldad de las gentes que 
a tal punto las había calumniado. Jamás pude 
ver en aquella casa indicio o prueba de las co- 
sas que las malas lenguas habían echado a vo- 
lar. Cada vez más prendado de la herm^osura 
de Clara, parecíame una mujer de extraordi- 
nario talento, sin las hipocresías que las mu- 
jeres tener suden. Alababa su desenfado, su 

er 



RICARDO L E O n 



educación varonil, su carácter franco, enérgi- 
co, impetuoso. Y sobre todo, gustábame por 
linda y por alegre. Puesto ya en camino de dis- . 
culparlo todo, juzgaba que doña Rita era una 
excelente señora, algo dominante nada más, y 
el inglés un pobre hombre de poco meollo y bo- 
nísimo corazón. Hasta llegó a parecerme bien 
que doña Rita se pintase, pues veía muy en 
su punto que pretendiese ocultar los estragos 
del tiem_po para agradar a su marido y aun 
por un espíritu de urbanidad delicada. Si hasta 
la naturaleza gusta de vestir la triste vejez de 
las cosas con yedras y pátinas gentiles, ¿por 
qué las ruinas humanas, que son las más tris- 
tes de todas las ruinas, no han de envolverse 
también con sobrios y delicados artificios? 



— Acabo de leer — ^me dijo un día Clara Tay- 
lor — algunos de sus libros: Luzbel y otros 
Poemas (¡ oh, qué precioso !) ; Finis Hispanisd 
(¡ qué pesimista !) ; Las tablas de los nuevos va- 
lores (eso ya lo leí en otra parte) ; La tristeza 
española (pero, hijo, ¿qué me dice usted?) ; 
Aires de París (¡vaya unos aires colados!)... 

— Muchas gracias, mi encantadora crítica. 

— ¿No le dije a usted que yo leo todos los 
libros para meterme con el autor? 

— Ya, ya se ve... 

— No, no se enfade. Soy una admiradora de 
su talento, de su cultura, de su estilo, de su 
agudeza intelectual... ¿Son flores o no son flo- 
res?... Ya había yo leído alguna de sus obras, 
pero no le creía autor de tantas campanillas... 
Es usted un pequeño filósofo, un pequeño poe- 
ta, un pe^tóo crítico^ un pequeño rebelde.** 

69 



RICARDO L B O N 



¡Vamos, eso de pequeño es usted quien lo dice! 
A mí me parece usted un grandísimo... 

— No, no vacile; acabe de soltar la flor. 

— Usted, que todo se lo dice, ponga la flor 
que prefiera... 

— Es una delicia tener admiradoras como us- 
ted... y como su señora madre... ¡Siempre me 
están poniendo como un trapo ! 

— ^¿Yo? Dios me libre. Aunque usted me mo- 
teje de guasona, yo le tengo por un excelente 
poeta, por un excelentísimo filósofo... En serio, 
amigo Salazar*.. 

— Pero, ¿habla usted en serio alguna vez...? 
No, yo no tengo la pretensión de ser un filóso- 
fo, pero el dolor y la lucha me hicieron ahon- 
dar en la vida y adquirir mucha experiencia de 
las cosas... 

Clara rompió a reir al oirme. 

— ¿De qué se ríe usted? — la dije, ya picado. 

—De su experiencia, de sus humos... Pero, 
¿cómo y dónde ha luchado usted? ¡Miren el lu- 
chador, el superhombre! ¿Dónde y cómo pro- 
fundizó en la vida y en las cosas? ¿De qué le 
viene la experiencia si, como dijo más de una 
vez, vivió siempre en su torre de marfil, con las 
narices pegadas a los libros, sin correr por el 
70 



AMOR DE CARIDAD 



mundo, sin tratar a las mujeres, sin hacer 
otra cosa que darle a la pluma y al magín? 
Eduardo: es usted un niño; es usted un inge- 
nuo; usted no sabe nada de la vida... 

Decirme tal era entonces para mí, lector de 
Nietzsche a toda vela, como un agravio imper- 
donable. 

— ¿Que yo no soy un luchador? ¿Que no sé 
nada de la vida? ¡Y esto se atreve a decírmelo 
una mocita de pocos abriles, que sólo ha leído 
unas cuantas novelas y no ha visto el mundo 
más que por un agujero ! 

— ¡Alto ahí, señor mío! — repuso Clara, tor- 
ciendo la boca con un gracioso mohín — . Yo he 
viajado más que usted y he leído casi tantos 
librotes como usted y, además, soy, como us- 
ted, una "pequeña íilósofa'\.. 

— Sí; pero usted no ha sufrido; no ha llo- 
rado jamás. 

— ¿Cómo que no he llorado? ¿Pero usted 
piensa que yo no tengo mi corazoncito? 

— Sí ; ya lo creo, un "pequeño corazón", un 
corazón muy chiquitín, como los corazoncitos 
de los ruiseñores y de las alondras... 

—¡Miren el águila de los Alpes! 

—Cuando usted sufra lo que yo he sufrido, 

7/ 



RICARDO LEON 



y Dios quiera que ello no sea jamás, entonces 

aprenderá usted muchas cosas que usted no 
sabe y yo sé.,. 

~l Pero usted opina que para saber es pre- 
ciso sufrir? 

— Nada se alcanza sin el dolor. "Aquel que 
no pasó dolor, no tiene derecho a decir que ha 
vivido"... 

—¿Es de usted ese pensamiento? 

~No, señorita; es de Séneca. 

-—Pero, ¿ahora salimos con Séneca? Pues 
¿qué hizo usted del famoso y antipático Zara- 
thustra? 

—Yo creo en la virtud del dolor; pero no 

como fuente de piedad, sino como escuela de 
egoísmo y de fuerza. 

— ¡Vamos! Pero ¿también da usted en la 
flcr de juzgarse fuerte? 

—¿Quién lo duda? 

—Yo lo dudo. Yo, que le miro al fondo de 
su alma y le veo tan débil, tan voluble, tan 
cHqüito... ¡Por Dios, no se enfade usted! — y 
rn tomaba las manos y me decía unas cosas 
coa los ojos... — Yo soy así; digo cuanto se 
ma ocurre; hay que aceptarme como soy o de- 
jarme en paz y para siempre».. Usted se juz- 

72 



'AMOR DE CARIDAD 



ga un corazón de león porque a costal ajena 
logró usted salud y fortuna, y vive ahora, 
solo como un ermitaño, leyendo a Nietzschey 
regando, como el héroe de Voltaire, las flo- 
res de su jardín... ¡Vaya un superhombreci-^ 
to! Se cree usted fuerte, invulnerable, y es 
usted un infeliz, un pobre hombre... débil co- 
mo una mujer... débil. 

— Sí, porque las hay de armas tomar, de 
pelo en pecho... 

— Templadas, como yo. ¿No es eso lo que 
quería usted decir? 

— ¡Me gusta la franqueza! 

— Pues ¡claro!, como mi nombre. No como 
usted, que se quiebra de oscuro, de almido- 
nado y fantasmón, sobre todo cuando toma 
la pluma, cuando siente los "aires colados de 
París"... Como que yo, con haber nacido en 
Gibraltar y ser hija de inglés, soy más españo- 
la, más castiza, más de la tierra, que usted... 

Confieso que aquellas discusiones, con tan- 
ta sal y pimienta, me hacían muy poca gra- 
cia, concluían por impacientarme como a un 
niño. Clara Taylor, tan socarrona como su 
mamá, gozaba, como ella, tomándome el pe- 
lo, con su donaire andaluz y siempre con la 

73 



R I C A B D o L E O N 



perversa manía de juzgarme un pobrecillo, 
un infeliz, un poquita cosa... Y este afán de 
humillarme, de rendirme a sus píes, me saca- 
ba de quicio. 

— Pero, ¡qué empeño el suyo, amiga Clara, 
en ponerme cual no digan dueñas! Cualquie- 
ra diría que soy su marido de usted... 

— ¡Ay, Dios me libre! 

— Muchas gracias. ¿Tan mal le parezco? 

— Verdaderamente desastroso. ¿Quiere us- 
ted que le haga su retrato... al carbón? Verá 
usted: voy a ponerle su "vera efigies" delan- 
te de sí mismo, como en un espejo. Pero ha de 
prometerme, con toda solemnidad, no enfa- 
darse conmigo, ni rompérmelo: "arrojar la 
cara importa, que el espejo no hay por qué". 
No voy a pintar su cara exterior; esa no me 
parece mal, por aquello de que "el hombre y 
el oso, cuanto más feo más hermoso../' Voy 
a reproducir su estairpa interior, con todas 
sus luces y sombras... Fe aquí el dibujo en un 
santiamén: lo primero que se advierte es ad- 
mirable: sentimientos delicados, amorosas in- 
clinaciones, ternuras infantiles, virtudes ca- 
ballerescas... No dirá usted que no le echo re- 
quiebros*.. 
74 



AMOR D E C A I D ^ D 



— ^Eso se llama dorar la pildora. 

-—No, hijo, no. Es sencillamente iluminar 
el fondo de su alma, donde está lo mejor que 
todos tenemos, lo que sembraron en usted las 
manos de su madre, los sueños y las penas de 
su niñez y su juventud... ¿No es eso lo que us- 
ted mismo y casi con las mismas palabras me 
ha dicho algunas veces?... Pero, ya viene lo 
malo; junto a eso están el picaro egoísmo, la 
vanidad, la presunción, la poca fe, las muchas 
cavilaciones... Y, por encima de todo, en el úl- 
timo piso de su alma, está lo peor: una multi- 
tud de cosas revueltas y en desorden, como 
trastos viejos e inútiles en lo alto del desván... 
Libracos, ideas, que ha tragado usted con an- 
sia y que no ha digerido aún..., cosas de aquí 
y de allá, "tablas de viejos y de nuevos valo- 
res", "aires y modas de París"... En resu- 
men: que hay en usted un buen corazón, pero 
demasiadas literaturas. Sus primeros ímpe- 
tus son de muy buena ley, pero en vez de obe- 
decer a esos buenos repentes, a esas nobles 
corazonadas, empieza usted a darle vueltas al 
magín, a revolver libracos en su memoria, a 
desvirtuar sus primeros propósitos y, como 
de nada está seguro, ni siquiera de sí mismo, 

75 



RICARDO 



L w u m 



no sabe usted, hecho un mar de confusiones, 

a qué carta quedarse. Y concluye por no ha- 
cer nada, o por hacer alguna tontería... 

— Gracias mil, amable psicóloga. Gracias 
por su retrato... al carbón. Dibuja usted las 
almas asombrosamente. Cualquiera diría que 
para hacer mi semblante tomó usted rasgos 
del suyo. ¡Como en tantas cosas nos parece- 
mos usted y yo! 

— Claro que sí. Sólo es buen sastre el que 
conoce el paño. Y de ese paño me corto yo 
tantos vestidos... Yo también, aunque en mi 
vida escribí una cuartilla, soy unas miajas in- 
telectual y cavilosa; yo también me atraqué 
de librotes y me di a pensar en las musara- 
ñas... Pero, en este punto, yo soy una ermita, 
j usted es la catedral de Colonia... Además, a 
mí me absuelven mis veinticinco años (año 
más o menos), mi salud, mi franqueza, mi 
alegría, mi buen humor, mi palmito (dicho 
sea inmodestamente), mi sencillez; mi falta 
absoluta de gazmoñerías y melindres... En 
cambio, usted, mariposón, está lleno de canas, 
de alifafes, de afectaciones, de hipocresías, 
de artilugios... En esto parece usted una da- 
misela. ¡Vaya un partido para una mocita co- 
76 



AMOR DE CARIDAD 



mo yo! Por fuera, íeo como un oso; por den- 
tro... el arca de Noé. 

— Pues si tan mal le parezco — repuse im- 
paciente — , ¿por qué no huye de mí? ¿Por 
qué prefiere tan mala compañía, tan desapa- 
cible amistad, a la conversación y al cortejo 
de tantos como la siguen y pretenden, buenos 
mozos, hombres de pro, caballeros sin tacñas 
ni melindres, más advertidos y capaces para 
contentar y divertir a una mujer de tantas vir- 
tudes y de tan pocos años? 

— Voy a decírselo ahora mismo. Yo no me 
ando con tapujos. Pienso una cosa... y agua 
va. Soy más clara y más fresca que mi nom- 
bre. Pues le prefiero a usted, sí señor, dicho 
está, le prefiero, porque con todas sus faltas 
garrafales, me es usted, amigo mío, atroz- 
mente simpático. Y, además, porque esos ca- 
balleros de la Mesa Redonda, a que usted se 
refiere, valen, por dentro y por fuera, toda- 
vía menos que usted El género masculino, a 
pesar ñé sm muchas presuncionM, con ven- 
derse tan caro, ron twtar por bus nuBf», caáñ 
día es peor. 

— Pues ¿no decía usfeS antes que eran peo- 
res las mújmmJ 

n 



RICARDO LEON 



— Ahí está el quid, amigo mío. Hubo una 

edad de oro en que los hombres lo eran de 
verdad. Hoy, cada vez se parecen más a nos- 
otras; cada vez son más tímidos, más raines, 
más falsos y gazmoños, más ai ras de la tie- 
rra, más llenos de prejuicios, de suspicacias, 
de recelos, de vanidades y codicias... Cada 
vez se parecen menos al león, al gallo, al pe- 
rro y al corcel, al animal valiente y noble; 
cada día se parecen más al gato y a la zorra. 
Tienen las garras del tigre, pero no su ga- 
llardía. Todo lo tienen del toro, menos el ím- 
petu leal, la bella estampa y la nobleza.,. Per- 
done usted los símiles, si alguna parte le toca. 

— Yo estoy resigTiado, hace tiempo, a ocu- 
par modestamente la jaula que usted me de- 
signe en esa menagerie... 

— ¿Lo ve usted? Resignado, siempre resig- 
nado. ¿Y por qué resignarse, hom.bre de Dios? 
¡Cuando yo digo que es usted un infeliz! 

— Manos blancas no ofenden... más que a los 
novios, a los amantes y maridos... Y si las ma- 
nos no ofenden, ¿cómo ha de ofender el in- 
genio? ¡Tiene usted un donaire para dar bo- 
fetadas a los amigos a quienes prefiere! ¿Qué 
no hará usted con quien odie? 
78 



AMOR DE C él B l D A D 



— Pues, para indemnizarle, voy a hacerle una 
confesión. De tal manera le prefiero, amigo 
mío, que si yo no hubiese hecho voto de no 
casarme jamás, usted sería el único hombre 
con quien yo me casaría a gusto... No, no son- 
ría, no cante victoria. Esto que dije parece un 
magnífico piropo, una lisonja enorme, capaz 
de derretir la enorme vanidad de usted. Parece 
una declaración amorosa, pero en el fondo es 
otra bofetada, 

— No me lo explico. 

— ¿No? ¿No recuerda usted lo que me acaba 
de decir? Si a usted que no es mi novio ni mi 
dueño y solamente un amigo de mi mayor pre- 
dilección, le doy tan lindos remoquetes, ¿qué 
no le daría si cayese usted bajo mi férula? 

— Bueno es saberlo, por si acaso... Afortuna- 
damente... 

— Sobra el acaso. Ni usted ni yo nos casa- 
remos jamás. 

— ¿Quién puede decir: de este agua no be- 
beré? 

—Ya se desdice el muy... guasón. Yo, por mi 
parte, no he de bebería nunca. 

— Lo creo. De otra suerte no se gozaría us- 
ted enturbiándola. 

79 



RICARDO LEON 



— ¡Quia! Por eso no. Precisamente los bue- 
nos y sutiles bebedores suelen mirar el vaso 
al trasluz y aun agitarle, para ver el fondo. Si 
el fondo no está limpio ¿qué mucho que se en- 
turbie el agua? 



80 



VIH 



Poco a poco fui leyendo claro, si no en sus 
páginas secretas, en lo exterior y visible de 
aquel hogar, hasta comprender cuán incauta- 
mente me había en él introducido. Llegué a 
sentir un miedo sutil de tan extraña familia 
y, sin embargo, una afición irresistible, una 
especie de hechizo misterioso me ligaba a ella 
cada vez más. Tal vez mi carácter irresoluto, 
vacilante y muelle, enervado por la vida quie- 
ta, intelectual y solitaria, sentía la atracción 
de aquellas hembras varoniles, el imperio de 
sus dos firmes voluntades, como una íntima 
necesidad, más honda todavía que los estímu- 
los del amor y la hermosura. 

¿No estaba allí precisamente Míster Taylor, 
como un ejemplo curioso y lastimoso de cómo 
atraen a ciertos caracteres el yugo y las argo- 
llas, y cómo la flaqueza y la costumbre r^a- 

81. 

6 



RICARDO LEON 



chan el hierro mejor que todos los martillos? 

Aquel pobre hombre me inspiraba a la vez 
lástima y curiosidad. No concebía yo sino el 
tipo legendario del inglés, duro, arrogante, im- 
perioso, lleno de orgullo y de confianza en sí 
mismo, con esa glacial cortesía que usan los 
ci^ídadanos de la Gran Bretaña — igual que los 
ar iguos de Roma — por dondequiera que van, 
co no si el mundo entero fuese colonia suya y 
obediente regazo de sus naves. Acostumbrado 
a envidiar a esos aventureros de la casta agui- 
leña de Cecil Rhodes, Dick Seddon, Rudyard 
Kypling, soberbios hijos de una raza de do- 
minación y de fuerza, causábame gran mara- 
villa contemplar a este otro inglés tan dulce, 
tíraido y tembloroso, tan pobre de voluntad y 
de espíritu, enfrascado siempre en la lectnra 
de la Biblia, teniendo sólo para el desorden 
de su hogar una mirada amorosa, resignada y 
trir^e de sus ojos zarcos y melancólicos. 

Kra de estatura elevada, pero muy flaco, ma- 
cilento y convulso. Tenía los cabellos grises, 
el ostro afeitado y vestía siempre de negro, 
cono un pastor protestante, con una levita de 
color de ala de mosca y un recio y ancho som- 
brero que parecía una reliquia del propio Fox, 
82 ^ 



AMOR BE C A B i B Á B 



el viejo y loco puritano- A pesar de loa mu- 
chos lustros que llevaba en tierra española, 
hablaba el castellano muy torpemente y descu- 
bría en todos sus hechos y sus dichos igual fla- 
queza de voluntad que de memoria y entendi- 
miento. 

Su conversación favorita, por no decir única, 
era la de religión y moral. Descendiente de anti- 
guos puritanos, hacía gala de su austeridad de 
costumbres. El contraste de ellas con las de su 
mujer y su hija, daba al propio tiempo risa y 
compasión. ¿Cómo aquel triste cuáquero había 
venido a casarse con una medio gitana del Per- 
chel? 

Muchas tardes veía yo pasar a Clara con su 
madre, muy tocadas de plumas y terciopelos, 
camino de la ciudad en un coche de lujo, y poco 
después pasaba también el pobre señor Taylor 
con su levita parda, su sombrero raído y sus 
malparadas botas, con las manos metidas en los 
bolsillos, tomando el sol humildemente. 

Sentábase en mi jardín algunos ratos. No fu- 
maba, no bebía como no fuese agua pura, no 
comía ni siquiera lo preciso para el sustento, 
dormía sobre un jei^ón, no reía jamás y a tai 
punto llevaba la rigid€« y las ¡Mivaciones, que 

83 



R I G Á E D & B M O TÑ 



aun sus paseos solitarios, sus breves charlas 
conmigo, el caminar al sol, el respirar el aire y 
hasta el vivir como vivía, triste, encogido, ab- 
sorto, como si ya estuviera al pie de la sepul- 
tura, debían de parecerle cosas desatentadas y 
pecaminosas. 

Imagínese la vacuidad, el desamparo interior 
de aquel pobre hombre, ya de por sí tan huero 
y tan cobarde, nacido y educado en una secta 
de fanatismo seco y tenebroso, que rechaza como 
pecados de impureza las más naturales alegrías, 
los más humanos sentimientos, que ni aun le 
permite al corazón las emociones y las ternuras 
del culto, las prácticas religiosas, el rezo en co- 
mún, los cantos litúrgicos, la música sagrada, 
la poesía y el arte de los templos, y reduce la fe 
de Cristo, del Dios-Hombre, a una glacial abs- 
tracción, a una espera angustiosa de la gracia, 
a una moral sin alb^irío, a un vivir en tinie- 
blas y terrores, bajo la hoz de la Muerte, bajo 
la obsesión de la culpa, del fuego eterno, de la 
eterna condenación. 

Así el marido de doña Rita andaba siempre 
como una sombra del otro mundo, sin atreverse 
a levantar los ojos ni aun para mirar al cielo. 
Ganas me dieron, en más de una ocasión, de sa- 
84 



A M o B DE CARIDAD 



cudirle el alma, como quien sacude ropa vieja, 
y hacerle ver lo insensato de su conducta y de 
su vida, suicidio lento, fúnebre responso, acom- 
pañado por las risas, ias burlas y remoquetes 
de sus festivos y socarrones familiares, por la 
cruel indiferencia de su iiija, por el profundo 
desprecio de su mujer. Y aunque yo entonces, 
como ellas, vivía más como gentil que como cris- 
tiano, viendo al inglés se me ocurría decirle que 
de meterse en una religión, cosa a mi parecer, 
entonces, irrazonable y absurda, fuera a lo me- 
nos a la gloriosa y luminosa religión de mis 
mayores y no en aquel extravagante fanatis- 
mo, caricatura lúgubre de la íe católica. 

Pero al ir a decírselo me miraba el pobre 
con una dulzura, con una Immíídad inefables. 
Sentía yo entonces mucna compasión y no poco 
i desdén ; mirábale corno se mira a im perro trís- 
I te acurrucado a nuestras plantas, y oía con la 
i mayor paciencia sus tétricos y ridículos seimo- 
[ nes, en un castellano pésimamente traducido 
' del inglés. Porque el papá de Clara, cuando te- 
nía la suerte de tropezar con alguien como 3^0, 
que no se íe riese en sus propias narices, rom- 
pía un poco su habitual silencio, y le colocaba 
una especie de Bemioncito, siempre igual, siem- 

8á 



RICARDO LEON 

pre a manera de responso, plática incoheren- 
te, zurcida con versículos del Viejo Testamento 
y con algunas frases atormentadas y terribles 
de las que había leído en las obras de los an- 
tiguos puritanos, de aquellos "ángeles" sombríos 
y exterminadores ; en los discursos de aquel 
su homónimo Jeremías Taylor y de aquel otro 
Juan Bunyan, poeta y calderero, en las aren- 
gas de Oliverio Cromwell y de sus fieros y alu- 
cinados capitanes... 

— ¡Ay, señor de Salasar!— solía decirme, sin 
mirarme nunca a los ojos, clavados siempre 
' los suyos en las botas muertas de risa — . Us- 
ted, que es hombre espirituoso, comprenderme 
bien... Las gentes de esta tierra .piasen más 
reir, cantar, dansar, burlarse de toda cosa di- 
vina sin miedo a las cadenas eternas... ¡Oh, 
todo abominasión y pecado! El demonio en la 
silla del hogar... Lumbre infernal en las casas de 
los hombres... Los gusanos comer en vida a los 
hijos de la cólera,.. ¿Cómo se puede reir, señor 
de Salasar, en este mundo que todo es irse como 
la flor de la campaña, como las olas de las ma- 
res, y el Tiempo, ansiano sepultador, abre nues- 
tro foso y nos echa en cara los puñados de ar- 
silla?... Vivir, morir poco a poco, cada día un 



AMOR DE G A R I D^A D 



poquito más... Y no poderse dar un paseo por 
la tierra sin pisar los huesos de un muerto. 
Nosotros, mismamente, muertos somos que an- 
damos, que soñamos vivir... Un instante, y des- 
pués... la eternidad, el infierno'... ¡Despierta, 
hija de Sión, despierta, hija mía, de tus peca- 
dos y abominasiones!... 

Yo le dejaba despacharse a su gusto, no sin 
reirme por dentro, imaginando que todas aque- 
llas cosas se las decía in mente el pobre hom- 
bre a su mujer y a su hij a, a aquellas dos sim- 
páticas diablesas, damas de honpr en la corte 
de Lucifer... 

Y cuando al día siguiente, muy temprano, 
pasaba yo, como solía, junto a la quinta del in- 
glés, debajo de los balcones de Clara, que a 
pierna suelta dormía a tales horas, sentía unos 
deseos locos, recordando las pláticas de su pa- 
dre, de llamarla a voces, diciendo : 

— ¡Despierta, hija de Sión! 



81 



— Dígame, Eduardo: ¿cómo quisiera usted 
morir? 

— ¿Yo? Igual que Matusalén: de puro viejo. 
Pasar de los cien años y quedarme un día, de 
pronto, lo mismo que un pajarito... 

— -Pero, ¿le tiene usted miedo a la muerte? 

— ¡Ay, amiga Clara! Un miedo pánico, un 
miedo irresistible, un terror escondido que al- 
gunas noches me sacude como las garras de 
una fiera... 

— Miedo al am.or, miedo al dolor, miedo a la 
vida, miedo a la muerte... ¡Vaya una glosa pa- 
ra el Cantar de Mío Cid! 

— Ya empezamos a desbarrar... ¿Acaso a 
usted no le importa morirse? 

—¿A mí? Yo tengo el presentimiento deque 
he de morir joven,^ 

88 



AMOR DE CARIDAD^ 



Y al decir tal ponía Clara los ojos extravia- 
dos como una actriz de tragedia. 

— ¿Tal vez en un lecho de flores, envenena- 
da por el perfume de las rosas?... Sería muy 
novelesco... 

—Eso se queda para los poetas como usted. 
Yo preferiría, en todo caso, abrirme las venas 
como los antiguos estoicos. ¡Qué gran placer 
el de morir en un baño, sintiendo cómo huye 
la vida poco a poco, saboreando la muerte!... 
To die to sleep... — susurró con los ojos en 
blanco, fingiendo una expresión de suprema 
voluptuosidad. 

— ¡Hable usted mal ahora de los poetas! — 
dije, resistiendo la empecatada seducción. 

—Amigo mío, la flaqueza de usted es con- 
tagiosa. Ya me sentía morir... Es usted peor 
que la morfina... 

Y viendo el efecto que sus ojos diabólicos 
producían en mí, añadió, riendo desaforada- 
mente: 

— Ahora me explico la razón de su pánico... 
El día que usted se enamore de veras, aquel 
día, mi amigo, la diña usted... las paga todas 
juntas... se muere de amor, si antes no se mue- 
re del susto..» 

m 



RICARDO LEON 



— ¿Enamorarme yo?— dije con torpe enojo — . 
¡Está usted más fresca que una lechuga! A mí 
las mujeres me parecen peores que a usted.., 
A mí las mujeres me parecen buenas para en- 
gañarlas, para jugar con ellas al amor, para 
arrancarles el corazón, su corazón tamaño co- 
mo una almendra, y prendérmelo aquí, en el 
ojal, como una florecilla... 

Dije esto con tal brío, que Clara se puso se- 
ria. Dudó antes de contestarme. Después, rom- 
pió a reír con toda el alma. 

— A pesar de sus aires de león — dijo al cabo 
con perversa burla — ni siente usted lo que di- 
ce. ¡Pobre de usted, señor filósofo, el día en 
que el aroma de esa florecilla le embriague el 
alma y los sentidos!... ¡Cómo gozaré yo enton- 
ces, viendo al león convertido en un pobre pe- 
rrito de lanas! Le prometo a usted hacerle un 
lacito muy coquetón para que se lo ponga en el 
cuello. No faltará quien le adorne a usted más 
primorosamente todavía... 

Aquella alegre damisela me tenía embruja- 
do. La belleza picante de su rostro, la perfec- 
ción elegantísima de su cuerpo, su audacia, su 
desenfado, su coquetería, su ingenio, eran co- 
mo acicates de mi mal contenida madurez* To^ 
90 



A M O B i) B C A B i D A D 



dos mis humos de hombre fuerte se desván^ 
cían en la presencia de Clara. Ella sabía el do- 
minio que sobre mí ejercía y se gozaba ator- 
mentándome. 

Una vez, hallándonos como casi siempre, a 
solas, espoleado por una conversación libre y 
atrevida que sosteníamos, ardiendo en mi san- 
gre el sol y el deseo, prendí a Clara por el talle 
con violento ardor y robé a sus labios un beso. 
Apenas había gustado el sabor de su boca, 
cuando sentí en la frente un dolor agudísimo: 
me llevé la mano a la sien y me manché los de- 
dos de sangre. Habíame dado un golpe cruel 
con el pufío de acero del quitasol. Quedé clava- 
do en el suelo, lleno de vergüenza y de dolor. 
Clara, a pocos pasos de mí, en guardia, com.o 
una am.azona, reía a carcajadas. 

— ¡All right! He aquí una lucha de abejas — 
decía bromeando — . Usted me quiso picar en 
los labios y yo le he picado a usted en la frente. 

Y viéndome tan humillado, se acercó, mansa 
y mimosa, y me dijo, acariciándome con la voz 
y con los ojos: 

—Esto no es nada, pobrecito ; yo le curaré a 
usted. 

Y mojando su pañuelo de batista en el agua 

9i 



RICARDO L S O M 



de un arroyo que corría por allí cerca, me lo 
aplicó a la frente. Y yo la dejaba hacer, sia sa- 
ber qué decirle. 

Tenía razón la picara; yo era, completamen- 
te, un infeliz... 

Algún tiempo después paseábamos, juntos y 
solos, por el monte, y, parándose de pronto, n:e 
dijo riendo: 

— ¿Quiere usted que echemos un pulso? 

— ¿Un pulso? — dije pasmado, sin compren- 
der su intención. 

— Sí— contestó ella, extendiendo el brazo en 
ademán de reto. 

—¿Para qué? — la dije, cada vez más sor- 
prendido. 

—Para que se convenza usted de que tengo 
más fuerza. 

La miré asombrado. Ella se alzó la falda, 
sentóse en el suelo, quitóse el guante de lama- 
no derecha y apoyó el brazo en una roca. Sen- 
tí un voraz deseo de aquella mujer acurrucada 
como una gata en la tierra j^- temí, al propio 
tiempo, ser vencido otra vez. 

— ¡No quiero! — la dije con aspereza. 

— ¿No quiere usted estrechar mi mano?— 
dijo tendiendo sobre la roca el brazo medio 

9Z 



AMOR BE C 'A B 1 B B 



desnudo, un brazo lí^edondo de fuertes múscu- 
los, más blanco que la leche, surcado de grue- 
sas venas azules—. ¡ Cuántos le envidiarían se- 
mejante sport! 

Sentí la atracción de aquella mano. Rojo co- 
mo una cereza me arrodillé en el suelo y apo- 
yé mi codo en la roca. 

— ¡Vaya un brazo! — ^me dijo Clara, riendo 
cruelmente — . ¡Vaya un brazo de superhom- 
bre! ¡Haríale temblar el peso de una espada! 

Me alcé irritado. 

— ¡No consiento más burlas! — dije mirán- 
dola con un rencor infantil. Clara me clavó los 
ojos con imperio. 

— ¡Por última vez! ¿Quiere usted? 

Aquel quiere iLsted m« picó en la sangre y caí 
en tierra, otra vez, de rodillas. Apoyé el codo 
en la piedra, sentí el calor ardiente de su ma- 
no en la mía, que me subió hasta el corazón. 
Comenzó a apretar suavemente, como burlán- 
dose de mí, y, poco a poco, fué poniendo en ten- 
sión los músculos, encajando su mano en la 
mía, clavándome en el dorso su pulgar de ace- 
ro; sentía la presión de aquella diestra viril, la 
fuerza irresistible de aquel brazo de mujer 
más duro que el mío. Hubo un instante de va- 

m 



RICARDO LEON 



cilación; nuestros rostros se acercaban infla- 
mados; ardía en nii cara el aliento de su boca. 
La miré ai rostro y me pareció el semblante de 
una fiera salvaje y hermosísima. Hice un es- 
fuerzo supremo, pero la mano implacable se 
inclinó de nuevo, torció la mía y la tendí iner- 
te sobre la roca. 

Me levanté furioso, dolido de haberme pres- 
tado a aquel juego humillante. Ella me miró 
con una expresión diabólica, de lástima y de 
burla. Se levantó del suelo ágilmente, se arre- 
gló la falda, se calzó el guante con refinada co- 
quetería y se limpió con el pañuelo— aquel pa- 
ñuelo que se había manchado cx)n mi sangre— 
el sutior copioso que bañaba sus mejillas. 

— Ya ve usted— dijo al cabo—que soy aquí 
la más fuerte. No lo olvide usteü jamás. 

Y al poco rato, despidiéndose de mí, añadió 
con sorna: 

— Le advierto a usted que también conozco 
los secretos del boxeo y del jm-jitm. 



94 



¿Qué se proponía aquella mujer? — ^medita- 
ba yo entonces, desorientado y perplejo, sin 
lograr, con todo, sustraerme a la invencible 
sugestión. Su monstruosa coquetería me inspi- 
raba a la vez recelo y curiosidad, temor e in- 
trepidez, ciego y rabioso apetito. 

¿Qué esperaba de mí? Si me quería, ¿por 
qué se gozaba al verme padecer? Si me abo- 
rrecía, ¿por qué me buscaba con tanto afán? 
Si pretendió ser mi esposa, ¿por qué no es- 
condía sus uñas de tigre? Si procuró ser mi 
amante, ¿por qué respondía con golpes a mis 
besos? 

Jamás supe ver claro en el fondo de su cora- 
zón. Acaso ella misma se ignoraba también. 
Quizá en los adentros de su naturaleza miste- 
riosa, el principal resorte era el instinto, un 
instinto salvaje de fierecilla no domada, ese im- 

m 



RICARDO LEON 



pulso común al hombre y a los brutos en que 
algunos filósofos modernos pretenden asentar 
. las nuevas tablas de los novísimos valores ; filo- 
sofía de la edad de piedra, en cuyo nombre mu- 
chas personas refinadas, hombres y mujeres de 
nuestros siglos áureos, quieren "vivir su vida" 
esto es, ponerse el mundo por montera y hacer 
su santa voluntad. Bajo el fino barniz de su 
educación cosmopolita, bajo el bello esplendor 
de la cultura y del ingenio, bajo el disfraz da 
las ideas y de las modas más peregrinas, hay 
hogaño no pocas gentes — ^y así pienso que era 
Clara Taylor — enteramente salvajes, dispues- 
tas a convertir en seductores dogmas filosófi- 
cos, en teorías éticas o estéticas, en normas ci- 
viles o en gracia y mérito personal, sus más 
selváticos instintos. 

Y aunque yo, por entonces, en teoría a lo me- 
nos, de un modo platónico y literario, tiraba 
también hacia la selva oscura, llegué a sentir 
un miedo cerval de la amazona de los ojos de 
tigre. Aquel juego de amor y de guerra me es- 
taba ya quemando las entrañas. Presentía el pe- 
ligro de caer para siempre en los brazos duros 
y dominadores de la terrible coqueta; miraba el 
cuadro de su hogar, el semblante socarrón de do- 
Oí 



A M O B D E C A B I D ^ 13| 

fía Rita, la triste figura del inglés, y me aterraba 
imaginar que yo pudiese precipitarme en aquel 
abismo. Veía en Clara el vivo retrato de su ma- 
dre; los ojos burlones y crueles, la boca sen- 
sual, los gitanescos aladares, los movimientos 
felinos, la astucia, la seducción y el ingenio; 
mirábame ya en las garras de aquellas dos en- 
cantadoras diablesas, cautiva mi libertad de- 
bajo de un yugo insoportable, vencido al cabo 
— ^yo que triunfé del dolor, de la pobreza, de la 
enfermedad y de la muerte — por las manos 
hermosas y victoriosas de aquella bárbara y 
hechicerísima mujer. Hasta me pareció adver- 
tir que el propio Míster Taylor me miraba con 
ojos de profunda compasión... 

Pues sucedió otra tarde, ya para colmo de mi 
cobarde esclavitud, que paseando con Clara, 
según solíamos, después de charlar y de reirá 
mi costa, subiendo de punto en su extremada 
bizarría, conforme estábamos a solas, se me 
quedó mirando frente a frente, con una ex- 
presión indefinible, se me acercó de pronto... 
Y fué ella, entonces, la que me dió un beso, un 
beso de vampiro... Mas cuando fui a estrechar- 
la entre mis brazos, me dió, a renglón seguido 
de aquel beso, la más terrible y sonora boí^- 

97 



RICARDO LE O N¡ 



da que manos de mujer pusieron nunca en el 
rostro de un hombre. Me revolví como un león, 
echó a correr a campo traviesa, riendo a car- 
cajadas ; corrí detrás y cuando estuve a punto 
de asirla, sacó su pistola de salón y me obligó 
a detenerme. 

Todo aquello era ya para mí tan extraño, 
tan humillante y ridículo, que volví a mi apo- 
sento jurando no volver más a la quinta de las 
Palomas. Dióme el orgullo un latigazo en el 
rostro, más fuerte aún que la famosa bofeta- 
da, y me encerré en mi habitación, dispuesto a 
clavar sus puertas para siempre y aun a mar- 
charme al cabo del mundo con tal de no ver en 
m vida a semejante mujer. 

Pero, aun así, temía tropezar con ella si, de 
^Igún modo, que le doliese mucho, yo no daba 
por rota para siempre nuestra amistad. No 
¿acertaba con ningún arbitrio razonable. Tan 
; perdido estaba, en el fondo, por aquella loca de 
atar, que el recurso mejor que yo discurría pa- 
ra evitarla era el recurso de los cobardes: ja 
fuga. Pero después de cavilarlo mucho, de la 
manera desatinada y pueril con que solía re- 
solver todas mis cosas, acabé por escribirle 
esta epístola singular, que debió de producir 
S8 



AMOR ñ ñ c A ñ 1 n A n 



en la quinta de las Palomas un fcíorbotón de 

nuevas y alegres carcajadas: 

"Mi hermosa y pérfida enemiga: Manos 
blancas no ofenden, pero sellan agravios irre- 
parables que no se perdonan jamás. Si usted 
fuese un hombre yo respondería a la afrenta 
como caballero que soy. Pero aunque usted bla- 
sona de viril, es, al cabo, por mucho que le pe- 
se, una mujer, y con las hembras, en semejan- 
tes ocasiones, la valentía es dejar el campo li- 
bre. Eso hago yo; huir de usted para siem- 
pre... Pues aunque en lances y monterías de 
amor no huye el que se siente herido, sino que 
sigua con vivas ansias a quien le hiere, yo, me- 
nos insensato que usted, aun con estar herido 
por su hennosura y por su ultraje, huyo con la 
doble saeta cla-^^ada en el corazón. Ya ve usted, 
mi bella y valiení.^ cazadora, que soy galante y 
generoso hasta para despedirme de usted, pues 
todavía me confieso en.amorado y cautivo de 
sus gracias, arrojos y majezas, aunque, por su 
conducta incomprensible, yo tendría derecho 
a decir que tanto valen y tanto me importan 
sus bofetadas como sus besos. Pero no: que de 
unos y de otras guardaré en mi vida un recuer- 
do a la vez amargo y delicioso. Adiós: sea us- 

99 



R i Q m M u a ñ m a m 



ted muy feliz, aunque ello Habrá de ser a costa 
de algún desventurado que no sepa huir a tiem- 
po como yo... Suyo, hasta nunca, Eduardo Sa- 

Luego de escribir esta carta, que a mí me 
pareció de perlas, púseme a leer a Nietzsche 
con verdadera furia, atizando así en mi cora- 
zón las brasas del orgullo para raer y purificar 
^ alma de aquella peste amorosa que la había 
inficionado. 

Pasaron algunos días y ya me juzgaba sano 
y salvo de aquella peligrosa aventura: afron- 
taba sin grande turbación el recuerdo de la 
mestiza y aun me atreví a desafiar su presen- 
cia. Salí al campo una tarde; pasé junto a la 
quinta de las Palomas; vi llegar por un sende- 
ro a Clara con dofia Rita; las saludé sin dete- 
nerme, haciendo alarde — ¡ qué bien me salió ! — 
de una glacial indiferencia y cortesía; con- 
tinué mi camino sin volver el rostro. Hirióles 
sin duda mi altivez en el suyo; Clara me res- 
pondió con una mirada de cólera, y aun escu- 
ché a su madre motejarme de grosero y maí 
nacido. 

Sonreí, juzgándome victorioso; pero, otros 
días después, esi la soledad de mi aposento, en 
m 



M o B D E 



C A R I V 'A D 



aquella vana torre de marfil áoiwJe yo vivki, 
soltero, casto y petulante, presa de mis confu- 
sas imaginaciones, tornó a asaltarme el re- 
cuerdo de las dos mujeres ; vi, en la sombra de 
mi habitación, los ojos pérfidos de Clara, volup- 
tuosos y encendidos como dos alegres candelas, 
Y una noche de fiebre y de inquietud, de voraces 
y rabiosos deseos, volví a tirar los libros de 
Nietzsche a un rincón y me acosté llorando, 
rendida otra vez la voluntad a los pies de la 
gentil amazona d« lo» ojos de tigre... 

Al día siguiente, hallándome en tan flaca 
disposición de espíritu, recibí una visita pro- 
videncial. Estaba yo considerando de cuán po- 
co sirven literatura» ni filosofías para curar 
males de amor, pues casi todos los libros, aun 
los más graves y huraños, vienen a ser encu- 
bridores y terceros suyos, cuando entró un 
criado a decirme que me aguardaban en el jar- 
dín dos señoras. 

Sin esperar a saber quiénes eran y juzgando 
que fuesen Clara y su m?.dre— fan perdido te- 
nía yo el seso—corrí al jardín, resuelto a 
echarme a los pies d« aquellas dos encantado- 
ras sirenas y pedirlas mil perdones y hacerme 
su esclavo por toda la vida, a sa talanfe y sa- 

m 



Ríe a B D o 



E m a m 



bor. Quedé pasmado al ver que aqudlas dos se- 
ñoras no eran ni Clara ni doña Rita, 

Eran una anciana y una joven, muy envuel- 
tas en sendos mantos y en actitud de timidez y 
tristeza. Me incliné desencantado y respetuo- 
so, y Ies pregunté qué deseaban de' mí. 




JORNADA SEGUNDA 



A no »e acordará ustea de 
nosotras — dijo la anciana, 
mirándome con afán y me- 
lancoKii — . Han pasado mu- 
chos ^ aos... Pero esta car- 
ta, qi í- traemos para us- 
ted d- su amigo Castilla, 
le dirá quiénes somos... 

Tomé el papel con despego, recelando hallar 
bajo aquellas tocas neg/as una mendicidad 
vergonzante, Pero apenas puse los ojos en la 
carta, se iluminó mi alma de repente y estre- 
ché conmovido las manos de la andana. 




RICARDO LEON 



— ¡Quién pensara, stóora, que fuese usted! 
— la dije lleno de asombro y de efusión — . ¿Có- 
mo no la conocí al llegar? ¡Doña Araceli, la 
mejor amiga de mi madre! 

— ¿Te acuerdas, Eduardo?— mé dijo ella, 
echándome los brazos al cuello y sin poder ata- 
jar las lágrimas. 

— ¿Y ésta es su hija? ¿Esta es Angeles?— 
pregunté mirando a la joven, que me sonreía 
tímidamente. 

Le tendí la mano, y al estrechar la suya sen- 
tí que temblaba como la hoja de un árbol. 

— '¡Qué emoción más honda y más dulce! — • 
exclamé con sincero júbilo — . Paréceme que al 
verlas a ustedes vuelvo a ver a mi madre, 
vuelvo a mirarme niño y torno a vivir en el 
hogar lejano, donde pasamos juntos muchas ho- 
ras. ¿Te acuerdas tú, Angelines? ¿Te acuerdas 
de aquel aposento, de aquella ventana donde 
charlábamos los dos, junto a las ramas del na- 
ranjo?... Todo el ayer viene de pronto a mí me- 
moria: las penas de nuestras familias, la dul- 
zura de nuestra amistad, la guerra, la muerte 
de mi padre... ¡ Qué consuelo nos prestaron us- 
tedes entonces! 

Uha niebla de ternura y de melancolía nos 

106 



AMOR DE CARIDAD 



envolvió a los tres. Hubo una pausa dolorosa. 
En el silencio manso del monte y del jardín 
parecían haberse quebrado las palabras. El 
fresco oreo de la tarde traía, con el murmullo 
de las olas, el hervor más lejano de la ciudad, 
los silbidos de un tren, el doble de una cam- 
pana. 

Angeles, muda y pensativa, como absorta, 
alzaba los ojos, unos ojos suavísimos, al cielo; 
gentil, esbelta, recatada,, ceñida severamente 
por el luto, me pareció una imagen de retablo. 
Mas con estar en plena madurez, todavía el 
semblante, de expresión aniñada y humilde, 
las pupilas de color de miel, la nariz graciosa y 
aguda, los labios finos y bermejos, la frente in- 
genua, coronada de rizos castaños, el aire, a la 
par austero y pueril, de toda su persona, recor- 
daban al punto su antiguo retrato de la infan- 
cia, su linda y primorosa adolescencia. 

Hice entrar a mis amigas en la casa. Nos 
sentamos en mi despacho, lleno de cuartillas y 
librotes, junto al balcón, mirando hacia la mar. 

—Todo es nuevo aquí — ^dije observando la 
curiosidad con que miraban la habitación—. 
Todo es nuevo m mi casa y e^a mi espíritu. A 
fuerza de sufrinüentó, dé altivez y ñe refle- 

m 



RICARDO LEON 



xión—añadí con petulancia inoportuna — ^he lo- 
grado rehacerme, vivir mi vida, cerrar los vie- 
jos sepulcros, romper todas las cadenas del pa- 
sado. Soy libre, y no digo feliz, porque un hom- 
bre consciente, un espíritu crítico, lleno de avi- 
dez intelectual, no pueden ser nunca felices. 
Pero esta misma inquietud, esa lucha interior, 
nacida de mi propia libertad— concluí, echan- 
do la llave a mi presuntuoso discurso — chacen 
que me sienta al cabo máa orgulloso de mí 
mismo..» í \ - j > . í ! 

Callaron doña 'Araceli y su hija, no sin mi- 
rarse y mirarme con natural extrañeza. 

— Sin embargo— rectifiqué un poco— al ver- 
las a ustedes, el alma antigua, el niño triste y 
desgraciado que ustedes conocieron, llora como 
entonces. Llora y se alegra a la vez al estre- 
char sus manos, al acercar mi corazón a los 
suyos... Pero no hablemos más de mí. Ya cono- 
cen mi historia... 

— Sí. ya sabemos — recalcó doña Araceli con 
una sonrisa — que eres un hombre de letras, un 
escritor famoso... 

—¿Y ustedes? — ^repuse — . ¿Qué ha sido de 
ustedes en tantos años? 

Me contó sus cuitas, largas y lastimosas, toda 



ü M o B Si m c £ m i D 5í a 

un calvario de adversidades y humillaeiones, 
soportadas con heroico sufrimiento : la ruina de 
su casa, la viudez, el hambre, la enfermedad, 
el desamparo, una d^ esas tragedias íntimas y 
silenciosas, tan frecuentes en sociedades que se 
dicen cultas y cristianas, en donde el hombre 
es un lobo para @1 hombre y, sobre todo, para 
la mujer. 

Miraba yo escrito cuanto la pobre doña Ara- 
celi me refería entre lágrimas, con su rostro 
pálido y señoril, cincelado de arrugas doloro- 
sas, ultrajes más que del tiempo de las penas; 
en sus manos deformes, todas huesos y piel, 
seco dibujo de la Muerte; en su cuerpo marchi- 
to y vacilante, inclinado con pesadumbre hacia 
la tierra; y veía a la par, sobre la tez dorada 
y mate de su hija, mirándola más despacio ; en 
sus ojos acariciadores y dulcísimos, en la boca 
plegada con tristeza, en toda su expresión, a 
un tiempo majestuosa y pueril, una sombra in- 
terior, una profunda palidez, una huella ine- 
fable de contenido sufrimiento. 

Y en tanto hablaba su madre, rota la voz por 
los sollozos, sentía ya como un eco de la voz 
y las penas de la mía ; tomaba a padecer los in- 
fortunios de mi propio hogar, a vivir las luchas 

m 



H I c A B I) ü n n u B 



heroicas d« mis padres, a verlos delante de mis 

ojos, llenos de lágrimas también, como si todo 
el pasado surgiera del presente, sobre el haz 
de los abiertos sepulcros... 

— No quiero apenarte más, Eduardo— con- 
cluyó doña Araceli — , con el cuento de nuestras 
largas desventuras. Ultimamente caí enferma 
en Madrid. Angeles tuvo que apelar a traba- 
jos superiores a sus fuerzas, i Pobre hija mía!... 
Recobré por ella la salud, logramos al fin hacer 
unos ahorros, quitándonos hasta el pan de la 
boca... Me decían los médicos que buscase un 
clima apacible, que viniese junto al mar, que 
necesito aire puro, mucho sol y mucho reposo. 
Tu amigo Víctor Castilla, que fué más de una 
vez nuestra providencia, sabiendo que estabas 
aquí, me dijo: "Lleven esta carta para Eduar- 
do Salazar, que es un hombre de corazón, un 
poeta, ya le conocen ustedes, y, como tal, sen- 
sible y afectuoso; él las buscará alojamiento 
en aquella tierra y las dará el calor de su amis- 
tad y compaña". Y aquí llegamos, hijo mío, sa- 
cando fuerzas de nuestra flaqueza, buscando 
un poco de reposo, de cariño y de sol... 



W 



II 



La llegada de las dos forasteras parecía píi\.- 
videncial. Sus almas delicadas y amorosas ve- 
nían a traerme como un dulce mensaje de mis 
muertos: el aroma desvanecido de la infancia, 
la ternura exquisita del pasado penetraba con 
ellas en mi vacío hogar de s.^terón. Y este pro- 
fundo y melancólico sentimiento era más eficaz 
que todos los libros y todas las íiI?sofías para 
curarme la torpe afición de Clara Taylor. 

Movido a piedad por aquellas dos peregrinas 
que llegaban a pedir refugio a las puertas de 
mi corazón, las acogí con grande solicitud, les 
hallé buen acomodo en una casita cercana y 
llené mis horas de egoísta soledad con su dulce 
trato y amable compañía. Puse a sus órdenes 
a Lucas, mi criado más fiel; les di algunos de 
mis muebles y sentábalas a mi mesa de cuan- 



R 1 c A R R a m n o a 



do en cuando, gozoso al compartir con ellas el 
pan y la sal. 

Tanto por olvidar a la mestiza como por la 
vehemencia de mis primeros impulsos, ciegos 
y fuertes cuanto desordenados y fugaces, pro- 
curaba con excesivo afán la dulce presencia de 
la joven; charlábamos a solas como en otros 
días metiéndome poco a poco sin darnos cuen- 
ta, ni ella ni yo, en los cerrados aposentos de 
su alma; venciendo su reserva y timidez con 
esos "fuegos de artificio", con esos mismos 
arranques generosos, que, como decía Clara Tay- 
lor, con su agudo ingenio, con su admirable 
intuición femenina, brotan del corazón como co- 
hetes, y al llegar a lo alto, a la cabeza, saltan 
en chispas de muchos colores y caen al fin con- 
vertidos en lágrimas y pavesas. 

El tipo de la amiga de mi infancia, tipo ani- 
ñado y humilde, angelical como su nombre — re- 
verso de la medalla de "la otra" — inspirábame 
una delicadeza suma, un romántico ardor. Re- 
creábase ella en el jardín, buscábame también 
a todas horas, oíame callando, casi siempre con 
tácita y fervorosa ternura, mas no sin delatar 
en los ojos, en sus ojos de color de miel, gran- 
des, rasgados y mansísimos, la mjida elocuencia 

112 



AMOR n E CARIDAD 



de su alma, el sordo y profundo oleaje de sus 
amores y dolores en silencio. Viéndonos juntos 
de esta suerte, paseando, como dos novios, por 
el jardín, bajo el dosel de las palmeras, doña 
Araceli sentía, sin duda, una santa felicidad. 

Todos mis planes de egoísmo y de orgullo se 
habían transformado súbitamente en una ardo- 
rosa compasión. Juzgaba ahora como un dulce 
y sagrado deber el de amparar la desventura 
de aquellas dos tristes mujeres, y agradecíanlo 
ellas con un sentimiento delicadísimo de amor 
y timidez. En más de una ocasión sorprendí 
los ojos de Angelines clavados en mí con tan 
honda ternura, que me dieron ganas de estre- 
charla en mis brazos, contra mi corazón, y be- 
sarla en la frente, como cuando éramos niños- 
Una mañana de fiesta salía de mi casa, como 
tenía por costumbre todos los días, para dar un 
paseo por los montes, cuando al llegar al cama- 
no, junto a la Ermita de la Victoria, me hallé 
con Angelíes y su madre. 

— ¿Adónde bueno tan de mañana? — les pre- 
igunté sorprendido, pues acababa de salir el sol 
—Vamos a misa— me contestó doña Araceli—. 
¿Quieres venir con nosotras? 
—i A mísa?-HréRiuse perplejo—. Bien, no ten- 



RICARDO II m a n 



go inconveniente — añadí persuadido por la mi- 
rada de Angeles — . Con tal de acompañar a us- 
tedes... 

— Pero, hombre — replicó la anciana — , ¿sólo 
por acompañamos? ¿Tú no vas nunca a la 
iglesia? 

— Psé...~respondí con un gesto indiferen- 
te—. Ya hace tiempo que perdí la costumbre... 

— ¡Por Dios, Eduardo! — exclamó doña Ara- 
celi, con severidad cariñosa—. Perdiste la cos- 
tumbre... ¿No será que perdiste la fe? 

No me atreví a contestar. Doña Áraceli, dis- 
cretamente, mudó la conversación y echamos a 
andar los tres hacia la Ermita de la Victoria. 

Pocos días más tarde, no recuerdo por qué, 
suscitóse de nuevo el tema religioso. No eran 
la buena anciana ni su hija de esas hembras 
ociosas, intransigentes y parleras que, al tro- 
pezar con un escéptico, le hacen la cruz, como 
al diablo, o le traen al punto a singular inqui- 
sición y disputa. 

Cristianas fervorosas y prudentísimas, lle- 
nas de caridad, lo mismo que mi madre, apenas 
me dijeron sino unas palabras cariñosas, que 
trascendían a maternal reproche. Pero bastó 
lo poco y muy en su punto que me dijeron, 
114 



4 M. O R DE CARIDAD 



para soliviantar mi "espíritu crítico", mi pre- 
sunción y pedantería; para romper en un ins- 
tante, por ventura pasajero, nuestra apacible 
convivencia. - j \ i " I ] 

— Haga usted el favor, doña Araceli — dije 
con tono doctoral — , de eludir el tema. Las mu- 
jeres no saben de esas cosas... 

— ¡Ay, hijo mío! — repuso la anciana llenos 
de lágrimas los ojos — . Yo soy una ignorante, 
dices bien. Tú, en cambio, sabes mucho; eres 
un hombre de letras, un escritor insigne. Pero 
esas cosas, Eduardo, no se aprenden en los li- 
bros ; sólo las sabe el corazón... Creer, amar, su- 
frir, son ciencias de vida que saben mejor que 
nadie las mujeres... De las mujeres las apren- 
den los niños, aunque después las olviden los 
hombres... Perdona, hijo mío, perdona a esta po- 
bre viejecita, que te quiere con todo su corazón, 
como quiso a tu madre... tu madre, aquella san- 
ta que te enseñó a creer, que te enseñó a rezar, 
que te enseñó a sufrir con alegría, por el amor 
de Dios y por el tuyo. No olvides nunca esas lec- 
ciones de mujer: valen más que todas las lec- 
ciones de los sabios... 

— ¡Sufrir! — exclamé, rechazando el influjo 
de aquella blanda ternura, pugnando por aho- 

//* 



n l C A n D o B »ON 



gar, como SK)lía entonces, todos los sentimientos 
del corazón, todas las voces de la sangre, bajo 
el orgullo de la inteligencia, de una presuntuosa 
inteligencia henchida de fantasmas librescos — . 
¿Y por qué sufrir? La vida no debe ser ni cár- 
cel ni calvario... Yo me rebelo, señora, contra 
esas falsas ideas que contribuyen a ensombre- 
cer las almas de los hombres, a convertir la tie- 
rra en un suplicio y el mundo entero en un valle 
de lágrimas... El sufrimiento, la resignación, la 
humildad, son hierros de esclavitud, virtudes 
enfermizas y mortales... La vida es lucha y 
agresión, protesta y rebeldía... Yo no quiero las 
sombras de la fe, las ceguedades del amor, las 
mansedumbres del esclavo... Busco la luz del co- 
nocer, la claridad del pensamiento, las alegrías 
viriles de la fuerza. Quiero luchar contra el des- 
tino, quiero ser libre, quiero ser sano y alegre; 
hacer del mundo un lugar dichoso, donde na- 
die sufra, donde nadie suplique, donde nadie 
llor^... • ; : '^v---:-'--m:wm 

Lágrimas inefables derramaban doña Ara- 
ccli j su hija cuando yo terminé mi discur- 
so ; lágrimas que eran el más dulce y, al mismo 
tiempo, €l más severo mentís a mis crueles y so- 
físticas razones. ¿Acaso fueron nunca piadosas, 

U6 



iáiMOB ME. G m m í n m n 

justas ni verd^eras las «ue hicieron llorar a 
una madre? 

—¡Dios mío! — clamó doña Araceli con angus- 
tiosa pesadumbre— . ¿Quién lo dijera, Señor? 
¿Quién dijera que aquel niño tan dulce y tan 
hermoso, que se dormía por las noches con la 
oración en los labios, hubiese de decir ahora lo 
que dice? ¡ Ay, si sus padres levantaran la cabe- 
za!... Pero ven aquí, Eduardo de mi alma: ¿es 
eso lo que aprendes en los libros?... Perdona a 
una triste viejecilla, que no conoce más que el 
libro de los años, la amarga experiencia del do- 
lor... su pobre libro, ya en las últimas hojas, cer- 
ca ya de la muerte... Perdóname que te diga... lo 
mismo que te diría tu madre, si viviera... El 
mundo no se mejora con razones, sino a fuerza 
de caridad y amor. Eduardo: ¿no tienes la 
prueba en ti mismo? El amor de aquella que te 
dió la vida, te dio también la salud, te dió, con 
sus oraciones y sus lágrimas, con su paciencia 
y su ternura, todo lo bueno que hay en ti. No 
reniegues de esas virtudes ; sin ellas, el mundo 
sería una jaula de fieras, acosadas por el ham- 
bre y la sed... ¿Qué sería de ti, sí tus padres hu- 
bieran pensado como tü? Afortunadamente, aun 
toí inismO;t Rensando eoma RÍMisa», cA^ras como 

117 



ti í C A R D o ¡2BaN 



pensaron ellos. ¿No estamos aquí nosotras co- 
mo testigos de tu ternura y caridad? Hijo mío: 
tú eres muy bueno y generoso ; tienes el mismo 
corazón de tu madre ; fué la más rica de tus he- 
rencias; consérvala con amor hasta la muertec 
Y oye, por fin, un consejo, un consejo que sólo 
sirve para los hombres de buen fondo como tú : 
son palabras que le oí decir, ¿sabes a quién?, a 
tu padre, que tenía mucho talento natural : pro- 
cura poner de acuerdo en tus palabras y accio- 
nes el corazón y la cabeza, y si no pudieses, ha- 
bla con la cabeza, pero obra siempre con el co- 
razón... 



US 



III 



A pesar del influjo creciente que sobre mí 
ejercían estas dos buenas amigas de mi alma, 
el recuerdo de "la otra" todavía me hurgaba 
muy adentro, me escocía muy hondo, como heri- 
da entreabierta, sensible al más leve roce. 

No había vuelto a ver a Clara ni a tener noti- 
cias de la quinta de las Palomas. Extrañábame 
no haber encontrado nunca más en mis paseos 
por el monte a Míster Taylor ni a Clara ni a 
doña Rita. Me aventuré una tarde, cerca del 
hotel, con ciego, irresistible impulso, hassta aso- 
marme a la cerrada verja del jardín. Me dio un 
vuelco el corazón. En las ventanas de la casa, 
desierta, vi blanquear unos albaranes. La puer- 
ta estaba cerrada también ; todo era allí soledad 
y silencio. 

— Se han marchado — me dijo un cabrerillo 

119 



B 1 CAED O 



n m a ñ 



que solía sestear por aquellos vericuetos — . Se 
han marchado a América, según dicen... 

La brusca nueva me produjo una impresión 
desoladora, un desconsuelo infantil. Apenas pu- 
de contener el llanto. Se fué... — pensaba con 
profunda emoción — . Se fué por mi culpa... La 
ofendí con mi carta... La empujé a marchar... 

Ante la triste evidencia, comprendí que la 
amorosa herida, lejos de estar cicatrizada, ver- 
tía sangre a borbotones, más abierta que nanea. 

Mientras tuve a mi alcance el fruto peregrino 
y delicioso; ante la viva presencia de aquella sin- 
gular y encantadora criatura, cuyos audaces co- 
queteos, burlas y mofas, alegrías y donaires, ade- 
rezados con la sal del diablo, eran, sin duda, 
otras tantas maneras de ofrecérseme, anduve 
distrayendo el apetito, pesando el pro y ei con- 
tra, refrenando mis impulsos juveniles con la 
más despierta y vigilante reflexión. Pero así que 
adquirí la certidumbre de su ausencia, de su par- 
tida irreparable; cuando vi que la había perdido 
para siempre, entones supe, no sin dolor y pesa- 
dumbre, cuán de veras estaba enamorado. 

Pude, por razón de mi orgullo, de mi petulan- 
cia intelectual, desconocerlo hasta entonces y 
aun apartarme con egoÍKsta prudencia de tan pe- 



m u o M n w 'c m m % n m m 



ligroso rumbo ; pude también divertir la imagi* 
nación y el sentimiento, más todavía viue con los 
libros, con el nuevo y dulcísimo trato de mis ami- 
gas de la infancia ; mas, siendo achaque de todos 
los hombres, y singularmente de los hombres co- 
mo yo, desconocer o desdeñar las cosas cuando 
están al alcance de la mano, para querer y perse- 
guir desaforadamente las fugaces o inasequibles, 
ante el mudo jardín de Clara Taylor, ante la ca- 
sa desierta, se encendió con nuevos y maravillo- 
sos resplandores la imagen de la mestiza, depu- 
rada por el recuerdo, engrandecida y sublimada 
por la ausencia, más codiciable cuanco má.s leja- 
na, convertida por fin en an^orosa y dolorosa ob- 
sesión. 

Todas sus gentilezas, sus donosuras, sus atrac- 
tivos, tomaron en mi ardient^j fantasía desmesu- 
radas proporciones ; aun sus defectos, como gra- 
ciosos lunares, se me antojaban dignos de admi- 
ración y de perpetua memoria. Recordaba con 
tristeza y deleite los rasgos peculiares de sa her- 
mosura lucentísima, de su genio festivo, impetuo- 
so, franco, dominador; los claroscuros y contras- 
tes de su rostro y de su alma: los ojos acerados, 
felinos y alegres bajo las ondas negras de los 
cabellos cauda^IoscwB j los labios húmedos, borme- 

121 



n t ^ R n o t¡ e a m 

jos y sensuales, llenos de risa y de áal, de besos 
latentes y de atrevidos decires; el cuerpo duro y 
vigoroso de un púgil con la nerviosa elegancia de 
una figura de salón ; la actitud indómita, resuel- 
ta y varonil de una mujer del Norte, con toda la 
gracia y la molicie de la mujer del Mediodía; el 
corazón osado, la voluntad imperiosa, el enten- 
dimiento sutil, henchido de ambiciones y deseos, 
de curiosidades y avideces, debajo de un disfraz 
exótico y deslumbrador de ligereza infantil, de 
ironía andaluza, de flirt inglés, de loca, universal 
y desbordante alegría... Y al recordarla así, tan 
extremadamente fascinadora y codiciable, pues- 
ta en las nubes de la imaginación y del deseo, hu- 
biera dado entonces mi libertad y mi fortuna 
por encontrarla allí otra vez, para arrojarme en 
sus brazos, hermosos y peligrosos, como quien se 
arroja a una hoguera, como quien se arroja al 
mar... 

De tal suerte, a pesar de mis humos intelec- 
tuales, piafaban los instintos y las pasiones, 
igual que potros cerriles, dentro del corazón, tan 
pronto esclavo de los ciegos impulsos de la car- 
ne como pechero servil de las ideas postizas. ¡ Y 
aún me juzgaba libre, orgulloso y fuerte cuando 
al romper los vínculos de toda autoridad y tradi- 
122 



AMOR E CARIDAD 



ción vivía a merced de los vientos y de las olas, 
en el mar tenebroso, como nave sin rumbo ni 
gobierno, rotos el timón y la aguja, perdida en la 
noche, lejos de la ensenada familiar! 

Cuando volví a mi casa aquel día, luego de llo- 
rar a las puertas de la cerrada quinta de las Pa- 
lomas, entró mi criado a decirme que doña Ara- 
celi estaba enferma, que le había dado un ataque 
y se hallaba a punto de morir. 

Alcé los ojos, húmedos todavía, y... ¿podrá 
creerse?... abrumado por el recuerdo de Clara, 
lleno yo aún del violento y malsano perfume de 
esta mujer, sonaron en mis oídos el nombre de 
doña Araceli, el nombre de Angeles, como nom- 
bres extraños que nada decían a mi pensamiento 
ni a mi corazón... 



m 



— Señorito — me aecía el buen Lucas, entran- 
do en mi aposento una mañana — , ¿Sabe usted 
que pienso que doña Araceli no tiene ninguna de 
esas cosas que dicen los médicos que tiene? 

— ¡ Hombre ! — exclamé, con la sorpresa de ver 
a mi criado metido en tales honduras—. ¿Eres, 
quizá, curandero? 

— Jamás lo fui, señorito, ni sé palabra de esas 
artes. Pero tengo alguna experiencia por mis 
años y, sobre todo, sé por desgracia el mal que 
padece doña Araceli, por haberlo yo padecido 
más de una vez en este picaro mundo,.. 

— ¿Qué me cuentas, Lucas? 

— Como usted lo oye. A doña Araceli la están 
matando a fuerza de drogas. Y doña Araceli lo 
que tiene es... - 

—I Pilo, hcmhm ! 
m 



H¡ af o B D ti GARIO 'A D 



— Me da un gran sentimiento decirio... Y, ade- 
más, pudiera usted pensar que yo... 

— l Acabarás de una vez ? ■ 

—Mire usted, señorito ; yo voy todos los días, 
por mandado suyo, a la casa de esa señora, y he 
visto cosas que me han dado mucha compasión. 
Aquella cocina no se enciende casi nunca... Allí 
donde tanto abundan las medicinas que usted 
manda a manos llenas, no hay señal de esas otras 
medicinas... que... ¡vamos!... a mí me parecen 
mejores... Un buen hogar, un buen puchero, la 
carne, el vino... 

— Luego, ¿tú crees? 

— Creo, señorito, que esa pobre gente se está 
muriendo de hambie. Las pobrecitas creo que 
no comen más que cuando vienen aquí... 

—¿Es posible? 

— Ellas, como son tan delicadas, no lo dicen... 
Pero yo lo he visto con estos ojos que se ha de 
comer la tierra... Capaces son las infelices de mo- 
rir entrambas, sin d ocir esta boca es mía. Ya 
sabe ustBvl que les mandaban una pequeña pen- 
sión de Anérica; pues hac€ ya tiempo que no re- 
ciben la pi nsión... Dona Araceli no quería tocar 
los ahorror qiie tiene, porque esos dineros ñksé 
Kim son pam su hija ^\ día de mafiana^.. lia ga- 
las 



RICARDO LEON 



ñorita Angeles se pasa las noches en vela junto 
a la máquina de coser, pero el trabajo de las po- 
bres mujeres, cuando son honradas, apenas da 
para vivir... Y doña Araceli se quita el pan de la 
boca para dárselo a la señorita Angeles... Al fin la 
pobre señora no ha tenido más remedio que pe- 
llizcar lo que guarda en la alcancía, y está la in- 
feliz comiéndose por dentro al ver que ese dine- 
ro, que es sagrado, se le va. Y cada moneda que 
cambia le cuesta una calentura... Eso es lo que 
tiene, y no lo que dice el médico. Los médicos no 
saben de estas cosas... 

Al oir tal, sentí un remordimiento vehementí- 
simo. ¡ Cómo yo, criado en esta escuela de pobre- 
za y de dolor, no había comprendido la triste 
certidumbre! Allí, al lado de mi hogar, bien 
abastado, aquellas almas fraternales estaban su- 
friendo semejantes tribulaciones... ¡Otra vez, 
ante mis ojos indiferentes, Henos todavía de la 
imagen de la mestiza, se estaba repitiendo el 
viejo drama,^ el drama de mi casa, aquel dolor 
de mi madre enferma, de mi madre olvidada, de 
mi madre sufriendo hambre y angustia! 

Corrí a la casa de doña Araceli. La dije, ocul- 
tando la verdad, que el médico consideraba mal- 
sana aquella vivienda y que era preciso trasladar- 



AMOR V, E CARIDAD^ 



se a mi carmen^ el mejor de aquellos montes. Ven- 
cí su resistencia delicada; le pinté los peligros 
de vivir solas en medio del campo; llamé aparte 
a su hija, la encarecí que su madre podía morir 
una noche en aquella casa sin auxilio humano. 
Les hablé con todo mi corazón : era preciso do- 
minar el pudor de la adversidad, esa timidez 
que los tristes sienten ante las dádivas, la ver- 
güenza de aceptar la compasión ajena... Doña 
Araceli quiso asirse a un último escrúpulo... En 
mi casa no' había más que hombres ; las gentes 
dirían que... — Usted, señora, que tanto valor tie- 
ne — repuse — ¿ha de sacrificar su salud y la de 
su hija, por el miedo de una dudosa calumnia?... 
Y si una calumnia llegase hasta nosotros, yo soy 
un hombre de honor y sabría repararla... 

Hablaba yo con mucha gallardía, poniendo en 
las palabras el alma entera. Sentía un fuego ín- 
timo de caridad. Olvidado de mis viejas filoso- 
fías del egoísmo, mirábame capaz de las más al- 
tas abnegaciones. 

— ¡Qué bueno eres! — balbució la triste seño- 
ra. Y queriendo expresar en una sola frase toda 
su inmensa gratitud, no hacía más que repetir: 
¡Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga! 

Vinieron al cabo a mi casa. Las aposenté en 

127 



R 1 m m m u f¡ m u n 



las mejores habitaciones; me complací en ro- 
dearlas de toda suerte de comodidades y regalos, 
envolviéndolas en una atmósfera de solicitud y 
cariño. Una lástima desgarradora se había apo- 
derado de mi corazón ; todo me parecía poco pa- 
ra endulzar las horas de aquellas dos tristes 
mujeres. Doña Araceli lloraba de emoción y 
gratitud : mirando su rostro doliente y estraga- 
do, estrechando sus manos sarmentosas, se en- 
cendía más viva en mí aquella lumbre de cari- 
dad. Y en los ojos de Angeles, más elocuentes 
que sus labios, en aquellos ojos hermosos y tris- 
tes, leía yo un amor profundo, una gratitud tan 
honda, que nife ponía a punto de decirle : — ¡ Yo 
también te quiero con toda mi alma! 

Pero un impulso más fuerte me sellafea enton- 
ces los labios y d cora2ón..o 



12t 



V 



A pesar de mis cuidados, doña Aracdi hallá- 
base cada vez peor. Hacía ya tiempo que no po- 
día levantarse del lecho. Era aquel un derrum- 
bamiento triste y definitivo de su naturaleza, 
tan duramente castigada. 

Angeles, abrumada también por el presenti- 
miento de aquella fatalidad, parecía un sima en 
pena. Sentíala yo pasar por las estancias pisan- 
do quedo, con el temor de hacer ruido, llena de 
dolor y timidez, evitando encontrarme por la 
vergüenza y el recelo de serme gravosa; adivi- 
naba su semblante al escuchar sus tímidos pa- 
sos, y veía su rostro de niña teñido de pena y 
de rubor, sus ojos acariciadores empañados por 
las lágrimas, todo su cuerpo gentil y gracioso, 
de natural elegancia, temblando, como el de una 
corza, al pasar por la puerta de mi aposenk). 
Quería huir de mí y esto me atraía hacia ella 

9 m 



RICARDO LEON 



más y más. Sentía una necesidad imperiosa de 
verla, de escuchar su voz dulcísima, de con- 
templar sus ojos grandes, profundos y pensa- 
tivos, de escrutar en su semblante fatigado las 
huellas del dolor, los surcos de las lágrimas, la 
delicada palidez que en él habían puesto la zo- 
zobra y las vigilias. A su lado despertaban to- 
das mis antiguas penas, se abrían todas mis 
viejas llagas; sentía én el corazón el suave de- 
rretimiento del llanto. 

En su madre contemplaba yo la imagen de 
la mía; consideraba que en su callado y mansí- 
simo dolor resucitaba el dolor añejo que había 
puesto una veladura de amor y melancolía so- 
bre mis primeros años, y miraba en la lumbre 
de aquellos ojos tristes, encendidos por la fie- 
bre, la lumbre, no apagada aún, de los ojos de 
mi madre. Y con todo esto, sufría yo, callada- 
mente también, aceptando aquel dolor ajeno 
como un eco del propio, metiéndome cada vez 
más adentro de aquel drama humano que había 
erjtrado por mis puertas, como una nueva fa- 
tal i dad... 

Pero pasó mucho tiempo y sentí, al cabo, una 
re^^cción en mi espíritu contra aquel dolor fo- 
ra tero que había llegado a serme propio. 

m 



AMOR 131 É C A E l D A D 

—Bien que yo las socorra jr las ampare x 
les dé cuanto hayan menester para aliviar su 
desventura — decía yo reflexionando con acri- 
tud—, pero no hay razón para que me interese 
por el pesar ajeno, al punto de aceptarlo en mi 
hogar para siempre y tenerlo clavado en mi 
alma a toda hora. Esto pasa ya los límites de 
la caridad. 

Como si Angeles adivinase mis duros pensa- 
mientos, escondíase en su estancia o en la de 
su madre y cuando se hallaba en mi presencia 
subíale la vergüenza hasta los ojos y le tembla- 
ban las palabras en los labios. 

Rebelábame, cuando me hallaba solo, conti*a 
la crueldad inconsciente de aquella pena extra- 
ña que había plantado sus reales en mi hogar; 
me alzaba colérico, lleno de indignación, pen- 
sando, con helado egoísmo, que aquella gente 
triste no tenía derecho a encarcelar mi juven- 
tud, redimida a tan duro precio, ni a tender 
de nuevo sobre mi lecho las negras colgaduras 
que el tiempo piadoso había rasgado. Encerrá- 
bame en mi cuarto, pensando en tan extraña 
situación, resentido contra aquellas dos impru- 
dentes mujeres que habían caído sobre mí, que 
habían hecho presa en mí corazón, DábaBiiia 

131 



R I C A R D O LEON 



crueles impulsos de echarles en cara su impru- 
dencia, de cerrar mi puerta a sus gemidos y 
tapiar mi alma a toda luz de compasión. Pero 
al pensar de esta suerte, poniaseme aelante 
de Tos ojos el rostro de Angeles, sonriendo con 
triste y callado amor, y veía también a su ma- 
dre, juntando sus manos en ademán de súpli- 
ca y diciéndome a todas horas : 

— ¡Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga! 

Y parecíame entonces que era mi propia ma- 
dre que resucitaba, pidiendo un poco del dulce 
amor de caridad. Y la lucha de todos estos sen- 
timientos, que se adueñaban de mí como una 
obsesión, traíame inquieto y dolorido, quebra- 
da la color, perdido el sueño, llorando la muer- 
te de mi egoísta libertad. 

— No podemos seguir así, Eduardo — resolvió 
Angeles un día, como si hubiera escuchado la 
voz de mi pensamiento — . Es preciso que nos 
marchemos de esta casa. Estamos abusando de 
ti... y yo me voy a morir de vergüenza... ~Y 
se tapaba el rostro deshecho en lágrimas. 

—¿Qué es lo que dices. Angeles? — la contes- 
té yo, sintiendo en lo hondo de la conciencia la 

puñalada de un remordimiento — . ¿Qué es lo 
Í32 



AMOR DE CARIDAD 



que estás diciendo? ¿Tan poca ley me tienes 

que piensar huir de mí? 

—¡Huir de ti, Eduardo!— y al decir así mi- 
rábame con tal expresión de amor y de ternu- 
ra, que me llegó al corazón — . Es que no te- 
nemos derecho a entristecer tu vida, a amar- 
gar tu juventud... Es que estamos haciendo con- 
tigo una infamia... Es que yo no puedo vivir 
de esta manera ni un día más... 

—Pero... piensa que tu madre está enferma. 

—La llevaré a un hospital. 

— ¿Qué dices, por Dios?... ¡Angeles! — pro- 
nuncié con energía — . No hables más de eso... 
¡te lo prohibo!... Antes que vosotras, me iría 
yo de esta casa... ¿Lo oyes? 

Los sollozos la impedían hablar. Pude enton- 
ces, con unas pocas palabras, hacer feliz a aque- 
lla angelical criatura. ¿Podía yo dudar que ella 
me amaba? Harto me lo decían sus ojos; yo 
había leído el dulce secreto, muchas veces, en 
sus hermosos ojos tristes... Y sin embargo, aho- 
ra, viéndola llorar así, viéndola retorcerse en 
un temblor de angustia y de vergüenza, no tuve 
la caballerosidad, la fácil resolución de abrir 
mis brazos a aquella mujer que tan dulce y ca- 
lladamente se me ofrecía.». 

m 



Media noche era por filo... Revolvíame en mi 
lecho sin poder conciliar el sueño, escuchando 
en el silencio grave de la casa el gemido lejano 
de la enferma. De repente se iluminó mi estan- 
cia con un resplandor vivísimo, semejante a una 
llama de azufre. Me incorporé aterrado, y vi 
surgir de los muros a un hombre de extraña 
catadura, vestido con larga hopalanda. Sus ojue- 
los grises, de color de acero, mirábanme con 
expresión penetrante y glacial, Parecióiíie una 
sombra de ultratumba; quise huir y no pude; 
acercóse lentam.ente a mi lecho y apoyó la mano 
hirsuta y recia en mi hombro. Su rostro hura- 
fío y amarillo que parecía despertar del sueño 
de la muerte, iluminado por aquella luz sinies- 
tra, tenía, sin embargo, cierta hermosura, una 
hermosura trágica, semejante a la del Angel 
del Mal Sus miradas tenían la fijeza y el brillo 

m 



AMOR D¡ E CARIDAD 

extraño de la mirada de un loco. Temblábale 
la mandíbula inferior y todo su semblante ar- 
día con el fuego de una calentura espiritual. 

De pronto habló y sus palabras vibraron pro- 
fundas y tonantes con un extraño timbre me- 
tálico. 

■■ — ¡Yo soy el Anticristo! — dijo sentenciosa- 
mente—. Yo soy Federico Nietzsche, el hiper- 
bóreo... 

Temblé al oir aquel nombre familiar. Una 
curiosidad trágica me hizo clavar los ojos en 
el espectro. 

— ¿Por qué tan blando, amigo mío? — siguió 
diciendo la sombra, con voz más dulce — . Hazte 
duro, como el pedemaL Mírame cara a cara, 
Yo soy aquel que ha descubierto el camino. Pn- 
mum Ínter owMes. Yo estoy más allá del bien 
y del mal... Vengo a traerte las tablas da los 
nuevos valores; no la paz, sino la lucha, no 
la virtud, sino el valor, no la piedad, sino la 
fuerza... 

Confieso que al escuchar estas palabras, a 
pesar de lo extraño de mi situación, me sentí 
confortado y valiente. 

— La piedad es depresiva— volvió a decirme 
el Anticristo — , la piedad es una virtud de es- 

135 



RICARDO LEON 



clavos. Compadecer es sentirse débil, es perder 
energía, es renegar de la vida y de la fuerza. 
El sufrimiento es contagioso como la piedad: 
el débil consuelo que podemos prestar a nues- 
tros semejantes, no compensa la pérdida de las 
energías vitales que en el acto de la compasión 
se pierden. La caridad es una virtud nihilista, 
un sentimiento enfermizo que las razas anti- 
guas, las razas hermosas y fuertes, no conocie- 
ron. Veinte siglos de caridad corrosiva nos han 
traído a este punto de decadencia, de miseria 
moral; el mundo es hoy una clínica en vez de 
ser un vasto circo, un palenque, un hermoso 
anfiteatro... 

Quise hablar yo, a mi vez, agitado por ex- 
traños pensamientos, pero la mano imperiosa 
del Anticristo asió la mía. 

— Te veo humano, demasiado humano, ami- 
go mío... Yo quiero salvarte. Arroja de tu co- 
razón esas semillas de caridad. Que en tus en- 
trañas se cuaje el superhombre... Yo soy la 
verdad y la fuerza... 

Calló el espectro y su sombra se evaporo 
prestamente. Quedó en tinieblas mi aposento. 
V olví a escuchar en el silencio de la casa los 
q-]ejidos débiles de la enferma... Quise dormir,. 



A M o R D E CARIDAD 



pero el recuerdo terrible de la extraña pesadi- 
lla y los gemidos de doña Araceli, espantaban 
el sueño de mis párpados. Al fin logré cerrar 
los ojos y aletargarme un poco, mas otra vez 
se iluminó mi estancia y desperté sobresaltado. 

Una luz blanca, seráfica, suavísima, luz de 
crepúsculo, bañaba la habitación. Vi el balcón 
abierto, de par en par, y afuera un monte que 
se perdía en los cielos, y en el monte un áspero 
camino lleno de malezas, y en el camino un 
fraile que subía trabajosamente. Llevaba los 
pies heridos, a juzgar por las huellas de sangre 
que en la penosa breña iba dejando; y a pesar 
de sus heridas el frailecico cantaba alegremen- 
te, con voz dulcísima que parecía rumor de 
fuentes y gorjeo de ruiseñores. Aquel monte y 
aquel camino estaban muy lejos de mí; mirá- 
balos a través del balcón abierto, a la luz de 
la tarde que caía, allá, en lontananza; y, sin 
embargo de esto, veía yo y escuchaba al pere- 
grino divinamente, como si mis sentidos se ha- 
llasen dotados de maravillosa claridad. 

Vestía el peregrino hábitos del Carmelo: era 
bajo de estatura, delgado de cuerpo, pálido de 
rostro, y, a pesar de su enfermiza apariencia, 
^daba, andaba, sin señal de fatiga, con los 

m 



RICARDO LEON 



pies heridos y la frente bañada de sudor, rien- 
do y cantando. Al volver un recodo del camino, 
le vi mejor el rostro y admiróme la peregrina 
belleza de su semblante, delicado como el de 
una mujer. 

Maravillado de todas aquellas apariciones, 
salté del lecho y, como un sonámbulo, me arre- 
bujé en mi capa y me asomé al balcón. Debió 
de verme el peregrino, porque suspendió sus 
canciones y paró, breve rato, en la áspera su- 
bida. Yo le llamé sin darme cuenta de lo que 
hacía ni decía. Y vino a mí, velozmente, como 
si volase. Y al parar su vuelo de paloma, le 
miré al pie de mi balcón. 

—¡Hermano! — le dije — . Perdonad si, indis- 
creto, interrumpí vuestro camino. Vuestros pies 
están manchados de sangre. ¿Estáis herido? Yo 
puedo daros posada y medicina... ¿Quién sois 
y adónde vais? 

—Me llaman Juan de Yepes— contestó con 
voz angélica— y soy natural de la villa de On- 
tiveros. Hice ha poco profesión en la Orden 
del Carmelo y desde entonces he tomado por 
nombre Juan de la Cruz... 

Y, como si no hablara eonmigO;, sigmó di- 
m 



AMOR DE CARIDAD 



ciendo, clavando en la altura los ojos henno- 
sísimos : 

— ¡ Oh, dichosa llaga, hecha por quien no sabe 
sino sanar! ¡ Oh, venturosa y muy dichosa llaga, 
pues no fuiste hecha sino para regalo y deleite 
del alma! ¡Oh, fuego de amor infinito! ¡Oh, 
dulcísimo cauterio de amor y caridad! ¡Oh, 
mano blanda! ¡Oh, toque delicado!... 

Al oir estas palabras inmortales, caí de ro- 
dillas. Turbáronse mis ojos, vaciló la tierra, 
desaparecieron de mi vista el cielo, el monte, 
el camino, la imagen del- santo carmelita. Vime 
de nuevo en mi lecho, en la sombra. Pensé que 
todo había sido sueño, pero en mis oídos so- 
naban como una canción de los ángeles las pa- 
labras del peregrino, cantando esta dulcísima 
pastorela : 

Un pastorcico solo está penado^ 

ajeyio de placer y de contento, 

y eji su pastora puesto el pensamiento 

y el pecho del amor muy lastimado. 

No llora por haberle amor llagado, 
que no le pena verse así afligido 
vor mAs que sienta el corazón herido; 
llora porque le tienen olvidado. 

Que sólo de pensar que está olvidado 
de su bella pastora, con gran pena 
se deja maltratar en tierra ajena, 
el pecho del amor muy lastimado, 

m 



n l C A R D o LEON 



Y dice el pastorcico: ¡Ay^ desdichado 
de aquel que de mi Amor vive en ausencia 
y no quiere gozar la mi presencia 
ni el pechOf por su amor, tan lastimado! 

El divino pastor ya se ha encumbrado 
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos, 
y muerto se ha quedado, asido de ellos, 
el pecho del amor muy lastimado,,. 



VII 



1 



Comenzaba otra vez a conciliar el sueño cuan- 
do escuché unos golpes a la puerta de mi es- 
tancia. 

Oí también el rumor de un sollozo. Me eché 
fuera de la cama, me vestí aceleradamente y 
al abrir la puerta se me ofreció la imagen de- 
solada de Angeles, mal ceñidas las ropas, suel- 
tos los cabellos, ronca la voz en la garganta. 

— ¡Oh, Dios mío! ¡Mi madre se muere!... 
¡Ven, Eduardo, por caridad!... — Y se agarraba 
a mi brazo, llorando y temblando al mismo 
tiempo. 

Me lancé a la alcoba de doña Araceli. Me 
acerqué a su lecho y no pude reprimir un mo- 
vimiento de terror. El semblante de la enfer- 
ma, desencajado y lívido, revelaba una insu- 
frible angustia. Convulso todo el cuerpo, cris- 
pados los puños, muy abiertos los ojos y la 

i4t 



B 1 c A B B o t¡. m O n 



boca, sofocada por el dolor y; la disnea, pare- 
cía a punto de morir. 

Perdida el habla, pero harto cabal y lúcido 
el pensamiento, fijo y absorto en las pupilas, 
entre la niebla azul de la cianosis, apenas me 
vio junto a sí, tomándole el pulso, me asió la 
mano con fuerza, para estrecharla contra su 
adolecido y amoroso corazón. 

Al sentir las violentas vibraciones, las sa- 
cudidas fugaces de aquella piadosa y maternal 
entraña, ya sin medida ni ritmo; al percibir 
la suma gravedad de la enferma, estuve a pun- 
to de desfallecer. La idea de la Muerte, clavada 
en mí desde niño como una obsesión, la vecin- 
dad de la implacable Segadora, en las tinie- 
blas de la noche sin fe, de la noche del alma 
sin estrellas, me infundía un espanto irresisti- 
ble. Veía yo además en el rostro de doña Ara- 
celi, en la expresión de agudo sufrimiento, mez- 
cla de lucidez y de sombra, de tortura física y 
de energía moral, el lúgubre y pavoroso retrato 
de mi madre moribunda (perenne en los ojos 
de mi alma) cuando sin habla ya, mirándome 
ansiosamente con las pupilas absortas, pugna- 
ba también por asirme la TP%no para ^^^ercár- 
sela al corazón... 
142 



A M o B DE C A E l D A D 



Llamaron al sacerdote y al médico^ La pobre 
Angeles, con una entereza maravillosa, lo dis- 
puso todo, reprimiendo sus lágrimas, harto más 
serena y valiente que yo. 

Pasada la media noche se advirtió una con- 
siderable mejoría. Recobró la enferma la pala- 
bra y el espíritu. Fué una pausa apacible de 
grandísimo provecho para el alma de la piado- 
sa doña Araceli. Desde que recibió al Señor, 
sintió un descanso muy dulce. Durmióse blan- 
damente y al despertar, poco después, no ha- 
cía sino repetir las palabras del Salmo : 

— Dispuesto está mi corazón, Dios mío... Dis- 
puesto está... 

Luego, como viese llorar a su hija, la repren- 
dió mirándonos a ella y a mí* 

— ¿Por qué lloras? Ya veis, hijos míos, que yo 
estoy contenta... Dicen que el dolor es una cosa 
insufrible... Eso lo dicen los cobardes... No te- 
máis vosotros al dolor ni a la muerte... ni a 
nada de este mundo... Sólo a Dios hay que 
temer... 

Era la noche de otoño, clara y dulce. Desde 
la alcoba en silencio se oyó el gemido amoroso 
de una copla que cantaban 9Íuer«, en el cami- 
no de la ciudad. 



R I C A R D O LEON 



— Dios da cantares para la noche — murmuró 
la enferma al oir la dulcísima copla — . Recemos 
nosotros, hijos... 

Próximo ya el amanecer, solos allí Angeles y 
yo, tornaron las angustias de la cruel dolencia, 
de tal suerte que concluyó toda esperanza. 

Los ojos de doña Araceli, hundidos y nubla- 
dos, miráronme por última vez con horrible an- 
siedad ; la lengua se le salía de la boca ; los la- 
bios, azules y contraídos, temblaban aon violen- 
to espasmo; bajo las ropas del lecho dibujába- 
se el pobre cuerpo convulso, agitado por fuertes 
sacudidas; un leve estertor comenzó a hervir 
en su garganta... 

Hice salir a Angeles de la habitación, a viva 
fuerza. Y me encerré en aquella lúgubre alcoba, 
solo con la moribunda, refrenando con ímpetu 
viril mi torpe miedo. 

La tomé el pulso ; cori ía la sangre al galope, 
desbocada, estremeciendo el vaso como un f ario- 
so torrente. Después calmáronse las convulsio- 
nes y empezó el delirio, un delirio trágico, que 
me crispaba los nervios. Llamaba a su hija, me 
llamaba a mí ; mezclaba nuestros nombres, nues- 
tros recuerdos, nuestras pasadas desventuras: 
todo salía a pedazos de su boca sombría, como 
Í44 



AMOR DE CARIDAD 



un vómito del alma.,. La idea de abandonar a su 
hija y dejarla sola en el mundo se atravesaba en 
su delirio, aún más aguda que la guadaña de la 
Muerte- 
Al oir las voces de su madre, Angeles pugnaba 
por entrar, golpeando la puerta, pidiendo, entre 
sollozos, que la abrieran. Sufría yo un tormento 
indecible. 

Al fin cesó el delirio. Las últimas palabras se 
evaporaron en finos estertores. Parpadearon sus 
ojos por última vez y cayó en el síncope mortal. 

Cuando volvió el médico todo había concluido. 
Angeles comprendió la terrible verdad y se abra- 
zó sollozando al cadáver de su madre. 



10 



145 



yiii 



La muerte de doña Araceli me produjo una 
impresión desgarradora. Pasé unos días de estu- 
por, sin fuerzas ni luces para consolar a la pobre 
huérfana. Volví a vivir la muerte de mi madre, a 
sentir, hondo y reciente, aquel hachazo brutal. 
Por la noche, al retirarme a mi alcoba, al apagar 
la lámpara, veía en las tinieblas dibujarse el fú- 
nebre lecho, y sobre el lecho, debajo del sudario, 
la rígida silueta del triste cuerpo yacente. Me- 
droso, febril, insomne, tornaba yo a contemplar 
y a padecer, con nuevas y sutiles congojas, la en- 
fermedad de mi madre, su larga y cruel agonía, 
la heroica lucha de su naturaleza de hierro, la 
ternura desesperada con que me asía las manos 
y abría los nublados ojos, ya con las ansias de la 
muerte, para despedirse de mí... 

Angeles apenas se daba cuenta de sí misma. 
Sin pronunciar una palabra, sin comer apenas, 
146 



AMOR DE CARIDAD 



seco el llanto en los ojos, entregada a una deses- 
peración silenciosa y patética, mirábame sin ver- 
me, como si sus pupilas se hubiesen cerrado a la 
luz de este mundo. 

Su presencia, su soledad, su dolor, me desper- 
taron al fin a la realidad. ¿Qué iba a ser de aque- 
lla pobre criatura? ¿Qué iba yo a hacer de ella? 
Yo tenía la obligación moral, imperiosa, ineludi- 
ble, de ampararla, de darle mi nombre, de hacer- 
la mi esposa, para que, dignamente, pudiera se- 
guir viviendo en mi hogar. Pero... ¿la amaba yo a 
tal punto? ■ ; 

Una dulce ternura me ligaba a ella desde la ni- 
ñez ; la m-uerte, ahora, el común dolor, su desam- 
paro, su pobreza, consagraban, fortalecían el 
vínculo : era como ub mandato providencial, con- 
firmado por todos los sucesos. Al morir doña 
Araceli, al juntar nuestros nombres en sus la- 
bios, al partir de este mundo desde mi hogar, de- 
jándome en él a su hija, ¿no la fiaba, tácitamen- 
te, si no a mi amor, a mi caballerosidad? 

Pensando de esta suerte, viendo a la triste 
huérfana, sentía impulsos de estrecharla en mis 
brazos, de hacerla mía, de borrar con mis besos 
los surcos de sus lágrimas; pero a la par me re- 
volvía contra la idea de casarme, de reildime a 



R I C A B D Q E a a N 



la fuerza de las cosas, perder para sietnpris mi 
libertad y doblarme, al cabo, a las imposiciones 
del Destino. ¿Por qué someterme a una mujer en 
nombre de una enfermiza compasión y poner mi 
vida, mi inteligencia, mi albedrío, a los pies de la 
ciega Fatalidad? 

Desvelado, impaciente, lleno de incertidüm- 
bres y de tinieblas, pugnaba por rehuir el cum- 
plimiento de aquella sagrada obligación. 

— En vano — decía colérico — pretendí redimir- 
me de los viejos sollozos, de las antiguas cade- 
nas, y echar siete llaves a las tumbas. Lo pasado 
vuelve, la esclavitud retoraa, los muertos se al- 
zan de sus sepulcros y vienen a sentarse junto a 
mi lecho, imponiéndome su ley... Pues ¡ no ! ¡ No 
quiero servidumbres, no quiero obligaciones, no 
quiero atar mi vida al destino de esa mujer, tris- 
te y llorosa, que parece la imagen del Dolor! ¡ Yo 
quiero la salud, la libertad y la fuerza ! 

Mas así que pasaban estas ráfagas y veía de- 
lante de mis ojos la esbelta y seductora figura de 
Angeles, más bella y más dulce que nunca, ungi- 
da de lágrimas silenciosas, llena de espíritu, de 
elegancia y de armonía interior, como una ima- 
gen de la Dolorosa, volvía yo a sMitir, en lo más 
profundo y sensible de mí naturaleza, una íer- 

148 



a M o K 'DE c :e B I D. W V 



nura irresistible, un deseo vivísimo de mtmñxwt- 
la en mis brazos, de secar con mis besos el man- 
so rocío de sus ojos... 

Y vacilando así, cobardemente, con la perpe- 
tua veleidad y contradicción de todos mis pensa- 
mientos y emociones, dejaba pasar los días, hur- 
tándome a la pi'esencia de Angeles, aguardando 
yo no sé qué, frío, perplejo, irresoluto, en aquel 
extravagante hogar donde sonaban a un tiempo 
la voz metálica y siniestra de Nietzsche y las di- 
vinas querellas del Pastor que busca a sus perdi- 
das ovejuelas 

el pecho del amor muy lastimado.,. 



Í49 



IX 



"Eduardo de mi alma : No he tenido valor para 
despedirme de ti. Me marcho furtivamente de es- 
ta casa, donde no debo permanecer ni un día más. 
Harto sufriste con nuestras desventuras, y sería 
un abuso intolerable que yo pretendiera seguir 
viviendo al amparo de tu compasión y a costa de 
tu libertad. ¿ No comprendes y sufres también la 
violencia de nuestra situación? Soy joven, tengo 
salud, puedo y quiero vivir de mi trabajo, pobre 
y honradamente como antes viví. 

"Pero al marcharme de tu casa me dejo en ella 
el corazón. Te quiero, siempre te quise, como tú 
no lo puedes sospechar. Tú has sido el único 
amor de mi vida, después del santo amor de mi 
madre. Ahora, que me voy para siempre, bien 
puedo decírtelo como un desahogo de mi alma. 

''Eduardo: Dios te pague con creces todo el 
bien que nos hiciste, el genioso afecto con que 
m 



AMOR DÉ CARIDAD 



tu caridad iluminó los últimos días de mi madre. 
Ella te bendecirá desde el cielo ; yo rogaré a Dios 
por ti desde la tierra mientras me dure la vida. 
Sé libre, sé feliz, vive colmado de salud y de glo- 
ria. Tuya, con eterno recuerdo, con eterna gra- 
titud, • 

Angeles." 

Leí esta carta conmovedora, puesta encima de 
la mesa de mi despacho, y sentí de repente un do- 
lor agudísimo, como si unas manos invisibles me 
desgarrasen el corazón. 

Movido entonces de un doble y soberano im- 
pulso de pena y de hidalguía, corrí acelerada- 
mente al aposento de Angeles. Todo estaba allí, 
como siempre, limpio y en orden, pero triste y 
vacío, semejante a la alcoba de doña Araceli. So- 
bre el lecho, que parecía intacto, flotaba el sutilí- 
simo perfume de aquella pobre y amorosa juven- 
tud, a la que hurté el refugio de mis brazos, re- 
gateándole, fría y mezquinamente, amor y ca- 
ridad. 

Llamé a Lucas. 

—La señorita — dijo — salió esta mañana con 
el sol. Me figuré que iba a misa... 
— Huyó...— repuse constmiado — . Voy en su 

busca. No pararé hasta encontrarla... 

151 



B I C A B ü o L W O N 



Fuíme corriendo a la ciudad, resuelto a no vol- 
ver sin la triste, determinado a casarme con ella 
y reparar así mi ingrato desamor. De pronto, ba- 
jo las vivas emociones del momento y a merced 
de los ímpetus cordiales, me pareció que con ella 
se me escapaba también el corazón, y que de ha- 
llarla estaban pendientes la vida, la salud, la feli- 
cidad... -^^-.:].\^^^] \isf'U 

Muchos días anduve fuera de casa, pero sin lo- 
grar mi propósito. Las más sagaces y discretas 
indagaciones fueron inútiles para dar con el ras- 
tro de aquella pobre criatura. Parecía que al 
huir de mí no había dejado más huellas que las 
alas de una paloma en el aire. Llegué a pensar 
que estaba ya muy lejos, acaso en Madrid, tal 
vez fuera de España, por los caminos de la mar, 
con rumbo a países remotos. 

Hube de volver a mi casa, rendido, desespera- 
do, con aquella pena, cada vez más fuerte, clava- 
da como un hierro en el corazón. Nunca hasta en- 
tonces sentí el vacío y la soledad de mi vida con 
tan abrumadora pesadumbre, el tedio y el frío de 
mi orgullosa torre de marfil, la profunda tristeza 
de mi inútil libertad. Niño y cobarde en el fondo 
de mi alma ; hecho a vivir, desde mis primeros 
años, entre faldas y ternuras de mujer, parecía- 

152 



aafOB DE CARIDAD 



me ya imposible^ eon todas mis vanaglorias de 
superhombre, volver a mis callados aposentos, a 
mi huraña existencia de solterén y de sefista, me- 
tido entre libros y falacias... 

Ya por dos veces le había cerrado la puerta al 
amor que llegaba a mis umbrales ; una por miedo 
de sus risas, otra por miedo de sus lágrimas. 
¿ Qué me restaba, pues, sino morir? Cerrar la 
puerta al amor, ¿no era cerrar la puerta a la vi- 
da, hecha de carcajadas y sollozos? ¿Qué eran, al 
fin, mi presuntuosa esquivez, mis humos intelec- 
tuales, mis perpetuas indecisiones, todas mis va- 
nas paradojas, sino flaqueza y miedo, miedo al 
amor, miedo al dolor, miedo a la vida, miedo a la 
muerte, según me dijo con agudeza singular 
quien supo conocerme bien? 

Y al meditar así, juzgando al amor ya lejos, 
como una ventura inaccesible, más vivamente lo 
deseaba yo, con más fuerza y virtud se me impo- 
nía, mirándome y encendiéndome con los ojos 
mansos y dulcísimos de Angelines, llenos de luz 
y de tristeza, perdidos ya para siempre y para 
siempre también grabados a fuego en mis en- 
trañas... 



153 



X 



— ¡Vete, Eduardo, vete; déjame, por Dios! — 
decíame entre sollozos, arrodillándose a mis pies, 
retorciendo sus manos pequeñitas, cruzadas en 
ademán de súplica ardorosa, con el rostro moja- 
do y encendido, lleno de rubor y de lágrimas—. 
Déjame en paz aquí... Sigue, sigue tu camino; 
que yo ya encontré mi refugio, mi verdadera vo- 
cación. 

Por una extraña y feliz casualidad, cuando 
menos imaginaba conocer el paradero de Ange- 
les, habíala encontrado al fin, lejos de mi tierra, 
en una ciudad levantina, ejerciendo el áspero no- 
viciado de la Caridad y dispuesta a ceñir la toca 
de las benditas Hermanas en un hospital de in- 
curables. 

Al verme allí, de súbito, cuando ya se creía se- 
gura y libre para siempre de todo íasso profano, 
fué tan aguda su emoción, que, al entrar en la sa- 
Í54 



A M Q B DE CARIDAD 



la de visitas, donde yo la aguardaba, previamente 
anunciado como deudo suyo, tuve que sostenerla 
para que no cayese al suelo. Muda, pasmada, 
temblorosa, cubierto el rostro con una palidez 
mortal, me miró con los ojos muy abiertos, con 
un mirar indefinible, absorto, henchido de sor- 
presa, de azoramiento, de ansiedad, de júbilo, de 
angustia, de muchos sentimientos juntos, mal 
avenidos y contrarios. Todo en ella decía la lu- 
cha heroica, el oleaje interior que mi presencia 
había levantado en su pecho. 

Mas sus primeras palabras, al recobrarse un 
poco, fueron para decirme: 

— ¡ Vete, vete, por Dios ! 

— ¡ Te quiero ! ¡ Te quiero ! — repuse, levantán- 
dola en mis brazos y repitiendo apasionadamen- 
te, con un arranque de suprema sinceridad: — 
¡ Te quiero con toda mi alma ! 

Estábamos solos a la sazón, solos y como fue- 
ra de este mundo, en aquella estancia severa y 
espaciosa, de anchura y silencio monacales. Por 
la ancha puerta del fondo se veía un gran patio 
de columnas, lleno de arbustos y de flores, un vie- 
jo y primoroso claustro conventual y, entre las 
flores, como una paloma al emprender el vuelo, 
las alas blancas de una toca monjil. 

155 



B / C a B 2> D 



ü W O M 



— No es amor, Eduardo— me respondía la po- 
bre Angeles, sin atajar el lloro, mas sonriendo 
al través de sus lágrimas con ironía desgarra- 
dora, con desolada convicción — . ¿No lo com- 
prendes, tú también? Es compasión lo que sien- 
tes por mí. Es lástima, es misericordia, es amor 
de caridad... 

—¡Te juro, te juro que te quiero! ¡Yo te lo 
juro por la memoria de nuestras madres! 

Díjelo así en un rapto de inmensa ternura, sin- 
tiéndolo entonces muy hondo, "con toda mí 
alma", sin la menor reserva, húmedos los ojos 
también, absolutamente abandonado a los im- 
pulsos de la emoción. 

— ¡Eduardo, qué sabes tú!— me replicó la 
triste, con un tono de amargo desaliento, con 
unas palabras sutiles que no he podido olvi- 
dar — . Hoy lo crees así... Yo lo creo también... 
Eres sensible, tierno y generoso; me quieres 
ahora con todo tu corazón; lo adivino... Pero 
¿y después? ¿y mañana? Soy una pobrecilla, 
una infeliz; sin embargo, veo en tu corazón 
tantas cosas... 

—¿Aún dudas de mí, tontuela?— dije, que- 
riendo bromear—. ¿Tan veleidoso me juzgas? 

—Las mujwes, eomo vivimos del sianMmien- 
156 



AMOR DTE G A R I D A D 



to, como juzgamos por intuición, vemos estas 
cosas muy claras. Perdóname, Eduardo, pero 
es cierto: dudo mucho de ti. Nadie mejor que 
yo conoce tu bondad, tu nobleza... Pero... 

— ¡Yo te querré siempre^ yo te querré siem- 
pre con toda mi almal 

— Siempre... siempre... — murmuró Angeles 
como en sueños — . ¿Hay algo que dure siempre 
en este mundo? 

Tomé sus manos trémulas en mis manos; 
las apreté con ímpetu. 

— Sí; el amor, cuando el amor sabe elevarse 
por encima del mundo y de la muerte. ¡ El amor 
que es eterno como la vida! 

— Eduardo... 

La vehemencia de los afectos que ambos sen- 
tíamos, al encender nuestros corazones, apagaba 
la luz de la reflexión. Angeles enmudeció desfa- 
llecida. Las palabras se le quebraron al nacer. Al 
fin, pugnó por desasirse; yo la estreché en mis 
brazos; puse mi boca en la suya fría y dulce. 

—¡Eres mía— pronuncié con orgullo—, mía 
para siempre! 

Irguióse, rechazándome con fuerza, toda en- 
cendida como un ascua. 



n l C A Ti D o LEON 



— ¡Vete! — repitió — ^. ¿Por qué viniste?, ¿por 

qué te escuché, faltando a todos mis deberes? 

Y recobrando su energía interior, deslizán- 
dose hacia la puerta del claustro, donde revo- 
laban las blancas tocas, añadió con firmeza y 
con dulzura: 

— Yo me quedo aquí; me quedo con los míos, 
con los enfermos, con los tristes, con mis her- 
manos en el dolor y la pobreza, en el amor de 
Cristo, el solo amor que va más allá del mundo 
y de la muerte. No soy una mujer; soy una 
hermana de la Caridad... 

^ — Pues ¿quién más pobre, más triste, más 
desamparado que yo? — clamé, con lágrimas en 
los ojos, descubriendo, ya sin disfraces, con 
nueva y vehemente sinceridad, el fondo nativo de 
mí alma, de mi alma de niño, llena de sombras, 
de contradicciones y flaquezas — . ¡Angeles! Si 
buscas amores y dolores, ¿por qué huyes de los 
míos? Si tantas cosas ves en mi corazón que 
te den pena, ¿por qué no vienes a remediarlas? 
Yo ya no puedo vivir sin ti. He cambiado mu- 
cho... La soledad me es insoportable... ¡Sólo 
cuando te fuiste comprendí que tu amor me es 
absolutamente necesario! 

m 



A M B BE CARIDAD 



— No — repuso, queriendo disimular su pesa- 
dumbre, ya en el umbral de la puerta — . Eres 
hombre, eres rico y eres libre. No necesitas de 
mí. Yo sería en tu hogar una sombra, la som- 
bra de los muertos amados, y los muertos, se- 
gún tu dices, pesan como una carga sobre el 
corazón... Hay que cerrar con siete llaves los 
sepulcros... Yo, en el fondo de mi carácter, no 
soy triste, pero llevo conmigo la tristeza de 
tantas memorias... Tú persigues eso que llamas 
"alegría de vivir" y que yo no te puedo dar, 
porque no sé lo que es... Yo sería el vivo re- 
cuerdo de lo pasado... ¡Y tú prefieres olvidar!... 
¡Adiós! — dijo por fin, conteniendo un sollozo — , 
¡te quiero y me muero!... Adiós... Rezaré por 
ti a todas horas. Ofreceré mi sacrificio por tu 
felicidad... ¡Que Dios te bendiga, como te de- 
cía mi madre!... Adiós... 

Y echó a correr, pálida como la cera, transi- 
da, vacilante. Su esbelta y graciosa figura se 
perdió en el fondo del claustro, como una som- 
bra entre las flores. 



1S9 



TERCERA JORNADA 



II 



L mundo parecía otro, más 
claro, más apacible, más ri- 
sueño, cual si tomase a las 
fuentes de la vida, a su pri- 
mera y graciosa juventud. 
Las cosas exteriores, puros 
y fidelísimos espejos de las 
sensibles del alma, que con ella se avivan u os- 
curecen, mudan de semblante y de luz, vestidas 
de su tristeza o de su júbilo; el mar, el cielo, el 
sol, el paisaje, tenían un reposo, una suavidad, 
un resplandor como de templadísimo alborecer 
ante los pechos sosegados, ante los ojos serenos 
de las primeras criatura». 

163 




RICARDO L É O N 



Yo también parecía otro. Hechas las paces 
entre el ayer y hoy ; dada tregua a mis muchos 
y sutiles enemigos interiores; juntos en un 
abrazo estrechísimo el pensar, el sentir y el que- 
rer, tal como suelen, siquiera por breve tiempo, 
cuando al Amor le place, yo me juzgaba feliz, 
satisfecho y seguro de mí mismo, lleno, como las 
cosas exteriores, de claridad y de calma, 

Al fin había logrado traer, con la ovejuela es- 
condida, el manso amor a mi redil, la dulce com- 
pañera a mi casa, la luz del cielo a mis ojos, la 
felicidad a mi corazón. Tras lucha heroica entre 
el amor divino y el humano, y a pesar de su fir- 
me actitud, d« su sincero propósito, Angeles — 
sin duda estaba de Dios — se había ca«ado con- 
migo. ■ ! 

Embelesada, suspensa, más todavía que yo, 
ante la peregrina realidad, fruto para ella tan 
nuevo, desconocido y sabroso, tantas veces so- 
ñado y rehusado, se abandonaba también al fá- 
cil curso de las horas presentes, pero con una 
especie de turbación y deslumbramiento, con 
esa felicidad contenida, un poco temerosa y 
apocada de aquellos que amaron y padecierop 
mucho. 

Desde el primer día de nuestras bodas moa 
164 



AMOR U E CARIDAD 



tróme Angeles una conmovedora gratitud, una 
vivísima adoración, un verdadero, culto manifes- 
tado con inefables delicadezas, exquisitos fervo- 
res, solicitudes y desvelos maternales ; mas todo 
ello como empalidecido por aquella profunda 
cortedad, mezclada de mansedumbre y de me- 
lancolía. 

Era el suyo uno de esos caracteres tímidos, 
reconcentrados y sensibles, de honda vida inte- 
rior, sedientos de ternura, mudos y absortos por 
de fuera, que necesitan para revelarse calor y 
ambiente propicios, hallar quien poco a poco 
sepa ganar su intimidad y confianza, romper el 
hielo que los defiende y los oprime al dulce con- 
tacto de unas entrañas amorosas. La adversi- 
dad, la humillación y la pobreza, soportadas con 
admirable sufrimiento, redoblaron en la triste 
joven su natural reserva y timidez, a la par que 
afinaron y enriquecieron las virtudes ocultas en 
lo secreto del corazón, fuente sellada, henchida 
y caudalosa bajo apariencias de humildad. 

¿Podía yo ser el hombre que, a fuerza de dis- 
creción y prudencia, de solicitud y constancia, 
de respeto y cariño amparadores, llegase al fon- 
do de su carácter hasta comprenderla bien? 
¿Era yo capaz de introducirme en los últimos 

m 



RICARDO E E O N 



aposentos de su alma, sin herir su pudorosa de- 
licadeza, sin profanar el sagrado de su vida in- 
terior, y granjearme su intimidad, su confian- 
za, y romper el hielo de la sellada fuente para 
descubrir su caudal? 

Yo, al principio, no paraba mientes en ello. 
Teníame entonces por dichoso, y la dicha, es sa- 
bido, no se razona; se siente. A la luz románti- 
ca de mi luna de miel todo a mis ojos era noche 
apacible, suave penumbra, cielo estrellado y 
azul. Vivía del corazón, distraído el pensamien- 
to, cerrados los libros, ausentes las memorias, 
apaciguadas las inquietudes con la ilusión y la 
dulzura de mi nueva existencia, resuelto a ser 
feliz, a procurar ante todo que lo fuese mi es- 
posa. Cuanto hay en mí de niño y de poeta, de 
tierno y de sensible, de generoso, de hidalgo y 
aun de trivial e imprevisor, manifestábase en- 
tonces por encima de mi segunda y cruel natu- 
raleza — ^como alegre espuma sobre las ondas 
amargas — con el ímpetu y facilidad que siem- 
pre tuve para dejarme arrebatar y aturdir por 
las impresiones del momento. 

Durante algunos meses viajamos a placer con 
el despejo y bizarría de dos novios de veinte 
años, esparcidos en caminatas y solaces^, curio- 
166 



AMOR DE CARIDAD 



sos de la vida exterior, de las tierras ilustres y; 
peregrinas por donde paseábamos nuestra co- 
mún embriaguez. Y en tales recreos y deleites, 
más que de mi propio gusto me holgaba de la 
felicidad de Angelines, de sus agudas emocio- 
nes, de los regalos y alegrías con que yo procu- 
raba resarcir mis egoísmos y sus adversidades. 

Pero así que tornamos a la quietud de nuestro 
hogar, lleno de sombras y de recuerdos ; así que 
a las ciegas y fáciles satisfacciones de la luna de 
miel se impuso la vida cotidiana, la humilde pro- 
sa de la vida común ; llegado el momento crítico 
y difícil del matrimonio, con todos sus riesgos, 
sus desencantos, sus duras pruebas, sus impe- 
riosos deberes, comencé a sentir en el fondo de 
mi felicidad un no sé qué indefinible, un extraño 
vacío, una secreta depresión. 

Quise al punto sobreponerme a tan importu- 
nas flaquezas, mas avezado ya desde mi primera 
juventud al análisis destructor y cruel de todos 
mis sentimientos, díme a inquirir los motivos de 
aquellas declinaciones y menguantes. De esta 
suerte me puse a celar los tímidos pasos del 
Amor, cercándole de espías y de escuchas ; le 
abrí la puerta a las ociosas cavilaciones, al vano 
orgullo, a todos los monstruos de mi triste ma- 

167 



RICARDO LEON 



gín; hice experiencia y; anatomía de nuestra 
felicidad, escudriñando y desmenuzando pensa- 
mientos, acciones y palabras, siempre cauteloso 
de mi mujer y de mí mismo, hasta convertirme 
en áspero juez, en esbirro implacable de mi co- 
razón y del suyo. 

¡ Cuan ajena estaba entonces mi esposa de to- 
do aquello que se cocía dentro de mí, tan contra- 
rio a su noble sinceridad, a su ingenua senci- 
llez, a su abnegación y ternura! Mas, ¿podría 
tardar en advertirlo con la natural agudeza, con 
la intuición sutil que en su espíritu de mujer 
enamorada y fervorosa compensaban harto la 
falta de experiencia y de malicia, de cultura in- 
telectual? 

No era Angeles precisamente una "mujer 
culta", como suele decirse de las marisabidillas 
y pedantes, confundiendo en tal caso la cultura 
(que es ante todo cultivo y educación de la sen- 
sibilidad y no plenitud de la inteligencia, ni me- 
nos embarazo de la memoria), con el orgullo 
presuntuoso de quien tragó muchos libros sin 
asimilárselos bien. Era instruida, sí, en las co- 
sas necesarias; mas, sobre todo, tenía una ex- 
quisita discreción, un juicio muy recto, pocas 
ideas, pero justas, y una absoluta lealtad, un 



AMOR II E C A R l D A U 



claro sentido de la vida, una singular nobleza y 
elevación de sentimientos. Sana, apacible, equi- 
librada, veraz, exenta de artificios y melindres, 
feencilia en sus razones, en sus costumbres, en 
sus gustos, firm.e y transparente como el cristal 
de roca, era, en suma, lo más opuesto a mí que 
pudiera imaginarse. 

Yo, entonces, no veía esto bien ; no conocía el 
fondo de su alma. Fué mi desgracia y la suya 
que, a pesar de mis hiunos de intelectual o, me- 
jor dicho, a causa de esos humos, ignorase tan 
rudamente a mi mujer — con tenerla tan cerca 
desde niña, con ser su pecho de cristal — y la 
juzgase a través de mis ruines pensamientos, 
de mis fatuas imaginaciones, una criatura in- 
ferior, una hembra vulgar "que no sabía com- 
prenderme".,. ; ; 

Desatinando así acabé por achacarle mi pro- 
pio error y ceguera, por atribuirle a ella sola 
todas las culpas de aquella extraña inquietud, 
de aquel vacío interior que ya empezaba a do- 
lerme. ¿Cómo, sin conocer a mi esposa; cómo, 
ignorándome a mí mismo, era posible que yo 
supiera ni midiera la distancia que había de su 
alma, toda ternura y abnegación y claridad, a 
la mJa, llena de sombras y veleidades y preocu- 

16Q^ 



RICARDO LEON 



paciones, ahita de presunción y de soberbia? 
¿Cómo había yo de advertir que en esa distan- 
cia precisamente estaba la razón de aquello que 
comenzaba a separarnos de un modo sutil, a po- 
ner como un muro invisible entre los dos? 

Pero aún existían, otras razones de creciente 
vacío y frialdad. La timidez y pulcritud de An- 
geles, el predominio del sentimiento sobre todos 
los demás impulsos de su naturaleza, su grave 
honestidad, su mansa vida interior, eran como 
recios escudos en que chocaban y se rompían 
mis arrebatos sensuales, mis apetitos licencio- 
sos, mi concepto, nada cristiano ni espiritual, 
de la vida y del amor. Ante aquella actitud, fría 
y dulce a la par, dócil y complaciente, pero a la 
vez pasiva y resignada, yo me sentía cohibido y 
triste, defraudado y hostil, sin la ilusión, la in- 
timidad, la mutua franqueza del matrimonio 
entre iguales. Todo el fervor espiritual de mi 
esposa, cada día más dulce, más patente, más 
desvelado por mí; la sumisión y ternura de su 
pecho, su maternal solicitud, no eran bastantes 
a llenar aquel vacío. 

Finalmente, sus convicciones religiosas, las 
virtudes íntimas de caridad y oración, que yo 
tampoco sabía discernir sino en sus apariencias 

170 



AMOR E CARIDAD 

superficiales, pugnaban con todas mis ideas y 
opiniones, con todos mis hábitos de escéptico, de 
escritor a la última moda intelectual, discípulo 
de Níetzsche, comentador de Zarathustra, ala- 
bardero de Anatolio Franco, pregonero de los 
ya rotos bordoncillos del "superhombre", de "vi- 
vir mi vida", los "valores nuevos" y la "alegría 
de vivir"... Y aunque sólo con mucha delicade- 
za y timidez había procurado mi esposa "con- 
vertirme", yo la juzgaba en este punto aún me- 
nos "comprensiva" que en los otros, aún más in- 
ferior y vulgar. 

Procuré, no obstante, disimular mis decepcio- 
nes, encubrir mis pensamientos, retener en mis 
brazos al Amor que huía. Pero a la aguda pene- 
tración de Angeles no pudo escapar, al fin, esta 
mansa y creciente divergencia. Tal vez la vio 
surgir antes que yo. ¿No la había predicho en 
cierto modo al despedirme en los umbrales del 
claustro, con la desgarradora elocuencia de sus 
adioses y sus lágrimas? ¿Acaso podía, conocién- 
me y conociéndose, fiar sin riesgo su ventura a 
semejantes bodas? ¿No vino a mi hogar des- 
pués de cruel incertidumbre entre el amor di- 
vino y el humano, arrastrada por mí, pero sa- 
biendo, como ella misma decía, que el escoger 

m 



RICARDO LEON 



amores era escoger sacrificios? ¿No rehusó, des- 
de el primer instante, aquel apasionado sím- 
p7^e con que yo quise desmentir la fuga del tiem- 
po y de las cosas? ¿No mostró, aun en los días 
más dulces de nuestra luna de miel, una reserva 
interior, una felicidad contenida, un mudo pre- 
sentimiento del porvenir? ¿No fué ella quien 
dijo: "¿Qué sabes tú? Hoy, sí; pero, ¿y des- 
pués? ¿Y mañana?*' 



Una vez, tornando a casa, después de breve 
excursión a la ciudad, donde solía ir más a me- 
nudo, me sorprendió al cruzar el jardín que no 
saliese Angeles, como tenía por costumbre, a 
recibirme. 

Subí a su aposento, sin hacer ruido, lleno de 
inquietud y zozobra; mas como vi la puerta ce- 
rrada y todo en grande silencio, me puse a mi- 
rar por el ojo de la cerradura. Sentada en su si- 
llón, delante de un lienzo de la Dolorosa, Ange- 
les estaba llorando. 

Di un leve golpe en la puerta, y al sentir mi 
voz. Angeles corrió a abrir. 

— ¿Qué tienes? — le pregunté con dulzura—. 
¿Por qué lloras? 

— Si no lloro... — ^respondió intentando son- 
reír—. Es que estuve leyendo,., y era lo que leía 
tan triste... 

m 



B I C A B D O J3 M Q U 



De repente se me echó en los brazos con ner- 
vioso afán, juntó a mi cara la suya y rompió en 
un sollozo. 

— Por Dios, Angeles — exclamé — ¿Qué tie- 
nes? ¿Por qué lloras? ¿Qué es lo que te hace su- 
frir? 

— ¡Si no es que sufro... es que te quiero! — 
añadió con voz desesperada — . ¡Es que te quie- 
ro como tú nunca lo sabrás ! 

— I Yo también ! — repuse enternecido. Pero 
mi voz me sonó en la conciencia como la voz de 
un extraño — . ¡Yo también te quiero con toda 
mi alma! ¡Soy tuyo, ¿te acuerdas?, tuyo para 
siempre! 

— Para siempre... — repitió Angeles como un 
eco. Y la palabra siempre se le quebró en la gar- 
ganta. 

Estas crisis, frecuentes al principio, me lle- 
naron a la par de compasión, de remordimien- 
to y de angustia. Al verla en mis brazos, tem- 
blorosa, inerme, rota la voz por los sollozos, sen- 
tía una lástima corrosiva, un violento afán de 
hacerla feliz, pero en lo oscuro de mi alma cada 
vez me sentía más distante, cada vez era más 
hondo el vacío, cada vez más flaco el amor. Y, al 
comprobarlo, al padecerlo así, bajo los £ádjtoa 
174 



AMOR PE C A E I D A D 



reproches de mi esposa, cuya vehemencia de es- 
píritu contrastaba con la timidez de su carác- 
ter, con la frialdad de su naturaleza, pasiva 
siempre a mis deseos, me embargaba una sorda 
irritación, como si ella tuviese la culpa de que 
ambos fuésemos tan diferentes y contrarios, y 
aun de que yo no acertase a conocerla bien. 

Cuanto más comprendía mi desamor, más hu- 
milde se mostraba conmigo, más desvelada y 
afanosa; me miraba en silencio, con la mirada 
triste y leal, llena de mansedumbre, de un le- 
brel; muy abiertos los ojos para adivinarme, 
pero sellados los labios por una timidez inven- 
cible, y acaso por el miedo de romper a llorar. 

Todo esto se me hacía insoportable. Yo que- 
ría un amor de otra suerte: un amor jubiloso, 
dionisíaco, lleno de alegres coqueterías, de pa- 
sión y de fuerza, que saciase mis hondos apeti- 
tos, que estremeciese hasta las últimas raíces 
del árbol robusto de la Vida (tal escribí una vez, 
recordando a Nietzsche) ; yo quería una esposa 
que supiera ser mi amante, en cuyas fértiles en- 
trañas se pudiese engendrar el "superhom- 
bre"... 

Huyendo de mi casa, íbame a la ciudad con 
frecuencia, y allí buscaba a todo trance la feris- 

175 



RICARDO LEON 



te "alegría de vivir". Con varios pretextos au- 
sentábame de mi hogar ; cuando volvía me en- 
traba un gran remordimiento; conforme veía a 
mi mujer, muda, sumisa, con su aire de soledad 
y mansedumbre, sin preguntarme nada, con las 
ojeras del llanto y del insomnio, sentía yo al 
propio tiempo una protesta sorda por aquella 
actitud, por aquel dulcísimo reproche de los ojos 
de color de miel. 

Yo, orgulloso; yo, egoísta y cobarde, sensual 
con pujos de intelectual, asno con pieles de león, 
hubiera querido hallar frente a mí, en vez de 
aquellos ojos dulces y tristes, una mirada de 
cólera, una voz enérgica, algo, en fin, que me 
aliviase de la compasión y el remordimiento. 
Me acordaba entonces de Clara Taylor y prefe- 
ría, en lo íntimo de mi voluntad miserable, aque- 
lla mujer varonil que se gozaba hiriéndome, que 
dejaba en mi mano vencida la huella de sus uñas 
de tigre, a esta criatura angelical, toda fervor 
del espíritu, que había nacido, sin duda, para 
querer y sufrir en silencio. ¿No hay muchos 
hombres como yo? 

Durante aquellas ausencias, cada vez más lar- 
gas y frecuentes, con que yo pretendía volver 
por los antiguos fueros de mi egoísmo y libertad, 
176 



AMOR RE CARIDAD 

Angeles se entregaba al ardentísimo culto de 
sus creencias y memorias, resarciéndose de mi 
abandono en el constante ejercicio de la caridad 
y la oración. El santo recuerdo de su madre, uni- 
do al de la mía, era en su pedio solitario una 
fuente de lágrimas piadosas, de sufrimiento he- 
roico, de cristiana virtud. 

Aun esto me producía enojo, me inspiraba \m 
desprecio singular. 

— Yo pensé — decía para mí — casarme con una 
mujer y heme aquí con una monja; quise un 
hogar y me metí en un claustro... 

Disimulando mi acritud con aires de regocijo 
y de ironía, se lo di a entender no pocas veces, 
cuando al entrar en su aposento la sorprendía 
de hinojos y revolviendo entre sus dedos de mar- 
fil las cuentas del rosario. 

Yo no podía comprender entonces el consuelo 
inefable de la oración ni hasta qué punto la ca- 
ridad y la fe nutren, iluminan y alegran a las 
almas sin ventura, a aquellas que padecen males 
de soledad y abandono; yo no podía ni quería 
saber que la felicidad, como no es de este mun- 
ro, no hay que buscarla fuera de nosotros, sino 
muy adentro, en esas moradas interiores adosr 

12 177 



RICARDO LEON 



de llega con la fe la luz del sol que no se pone 
jamás. 

Y yo, que por ello, por no saber estas cosas, 
las únicas necesarias para vivir y para ser di- 
choso, vivía ignorante y fallido, sin otras luces 
que las visibles y exteriores del mundo, las abo- 
rrecía en mi hogar, las despreciaba en mi mu- 
jer, creyéndome, precisamente por ignorarlas, 
por despreciarlas y aborrecerlas, un hombre su- 
perior, un espíritu fuerte y comprensivo. 

Así, en mis conversaciones con Angeles, en 
nuestros diálogos mustios, cada vez más difíci- 
les por su timidez y mi acritud, no consentía que 
aludiese a tales cosas, y aun me irritaba cuando 
su amorosa ternura las traía envueltas en nues- 
tros vivos recuerdos familiares, de los que huía 
también, armado siempre de ingratitud y de 
egoísmo, siempre afanoso de olvidar, de romper 
con todo lo pretérito, destruir hasta los sepul- 
cros y hacer tabla rasa del corazón... 

— ¿Para qué — solía de ir, con mis habituales 
bordoncillos — , para qué torturarse con las tris- j 
tes memorias, con los recuerdos crueles, con todo j 
aquello que fué, que ya no existe? Lo pasado es 
una carga intolerable que debemos sacudir de | 
nuestros hombros. Hay que sepultar los recuer- | 
178 



A M o E n E CARIDAD 



dos, como se entierra a los difuntos, y echar mu- 
chas llaves a sus tumbas... 

— ¡Por Dios, Eduardo! — replicaba mi esposa 
con timidez — . Recordar es tan dulce y tan pia- 
doso... Es como volver a vivir... En cambio el 
olvido es peor que la muerte. 

—Pues yo — le decía con mal refrenada cóle- 
ra— quiero a todo trance olvidar... Nuestro ayer 
es un campo lleno de ataúdes... y a mí mo me 
atraen los cementerios... Odio el dolor, me re- 
pugna la tristeza, me enojan los lutos y las lá- 
grimas, me llena de terror la muerte... Yo amo 
la vida, la felicidad, el placer... 

— ¡Ay, Eduardo!... Lo que yo siento es que, 
a pesar de tus teorías, no eres feliz... ¡ Eduardo 
de mi alma ! — concluyó con desesperada actitud, 
rompiendo, como solía en estas ocasiones, su ha- 
bitual reserva — . ¡No eres feliz! ¿Por qué no 
quieres serlo? 

— ¿Y tú? — dije, esquivando responder, con un 
dejo de mofa y de ironía. 

— ¿Yo? No me siento desgraciada. Casi me 
siento dichosa... — contestó sonriendo levemente. 

— Entonces, ¿por qué lloras tanto? 

—Las lágrimas no si^pre significan pena, 

179 



R I C A R B ® LEON 



También se llora de gozo. Dios da lágrimas a 
los suyos... 

— Pues yo prefiero la risa: la risa es sagrada 
también. l 

—Eso — respondió agudamente — es según se 
ría o se llore... Pero, ven acá— me dijo después 
acariciándome como a un niño—, ¿por qué no 
quieres ser feliz? 

—¿Pues no he de querer ?~repuse con forza- 
da galantería, dándole un beso, un beso triste, 
de caridad sin amor — . Yo quiero ser muy di- 
choso... quiero que lo seas tú... Pero no a fuerza 
de sacrificios, de renunciamientos y de lágrimas, 
sino de placer y alegría, con el orgullo y la em- 
briaguez de vivir y olvidar... ¿A qué amargarse 
la existencia con preocupaciones de ultratumba, 
con el recuerdo de los antiguos dolores? Deja 
a los santos en sus altares y a los muertos en 
sus sepulcros... Para ser felices hay que amar, 
ante todo, la vida, amar las cosas, y sentir la 
ambición de poseerlas... 

—¿Y qué valen las cosas de este mundo? Po- 
seerlas es aprender a despreciarlas. ¿No es el 
amor la más sublime? Pues en el amor ¿qué 
vale poseer? Para quien ama de veras la felici- 
dad consiste en entregarse... Por eso, Eduardo, 

180 



a M o B Bf 2? C A B l D A ü 

yo soy feliz, más feliz que tú... a pesar de todo... 
¿Por qué no aprendes tú a serlo? 

Hablaba mi esposa en delicado tono y recogi- 
da actitud, mas con el íntimo fervor de sus pro- 
fundas convicciones. Replicábala yo al principio 
queriendo desviar la plática y prevenir sus ries- 
gos, mas, poco a poco, sentía dentro de mí, agui- 
jados por la mansa contradicción, levantarse el 
orgullo, el menosprecio y la cólera. 

— En fin — pronuncié, con ademán autorita- 
rio — , dejemos esta conversación. ¿Por ventura 
pretendes enseñarme a vivir? ¿Qué sabes tú de 
la vida, qué sabes tú de esas cosas? Eres una 
infeliz, llena de prejuicios, de ideas falsas, de 
escrúpulos monjiles... ¿Qué sabes tú de este mun- 
do... ni del otro? 

— Yo no sé nada... — murmuró humildemen- 
te — . ¡Sólo sé que te quiero — añadió con súbita 
vehemencia — , que daría mi vida por la tuya, 
mi alma por tu eterna felicidad! 

— Sólo aspiro — repuse, con frío sarcasmo— a 
la felicidad de este mundo... Soy más modesto 
y más razonable que tú... Esa es la dicha que 
puedes y debes procurar. Mas para esa dicha no 
basta el corazón... y a veces sobra... Es preci- 
so exaltar la inteligencia, esgrimir los aceros 

m 



RICARDO L E O K 



de la voluntad, deleitarse a la vez con las ale- 
grías del alma y de la carne; huir de los sen- 
timientos deprimentes: la compasión, la triste- 
za, la melancolía, la ternura, la gratitud ; sepul- 
tar en nosotros los recuerdos, los seres idos, las 
pasiones muertas, las horas fenecidas y pasa- 
das; castigar, en fin, al corazón, como a una 
criatura rebelde, para que no grite, para que 
no llore... í ' ^ 

— ¿Por qué dices esas cosas tan duras — me 
replicó Angeles — si no las sientes de veras, si 
tú, en el fondo, eres tierno y sensible como 
un niño? 

Era verdad : yo no sentía aquellas cosas, pero 
las pensaba, las repetía a cada instante como 
una torpe lección aprendida de memoria, em- 
peñado en sustituir mi natural afectuoso y be- 
névolo por una discorde multitud de ideas fal- 
sas y contrahechas. Y a fuerza de pensarlas y 
repetirlas a todas horas las iba incorporando 
poco a poco a mi voluntad y a mis acciones, en 
contra de mis más hondos y espontáneos senti- 
mientos, hasta crearme una segunda naturale- 
za, extraña, despótica y cruel... 



182 



III 



Por fin un día estalló, con toda su refrenada 
violencia, el agudo conflicto de nuestra vida con- 
yugal. Bastó un liviano motivo, ni aun recuerdo 
cuál fuese, y una aspereza de Angeles, que hasta 
los más pacientes y humildes tienen sus horas 
de acritud, para que yo, de súbito, desatara mi 
enojo y con altivo menosprecio, con palabras 
irreparables y ruines, descubriese cuanto había 
disimulado hasta entonces, y declarase la quie- 
bra de nuestra pobre felicidad, la ruptura de 
nuestro malaventurado matrimonio, el divorcio 
moral en que vivíamos, con toda la ingratitud, 
la fealdad y la miseria que en mí habían su- 
plantado a los impulsos generosos del Amor, ya 
muerto. 

Al escuchar mis sinrazones, al advertir la 
hostilidad, el rencor, el fondo amarguísimo y 
cruel de mis bellacos pensamientos, cayó des- 

183 



RICARDO L E O N 



fallecida en una butaca, presa de HorriBle an- 
gustia, rota la voz por los sollozos. 

Cuando la vi de esta suerte, ya desfogada mi 
cólera y satisfecho mi orgullo, sentí en la con- 
ciencia un latigazo, un remordimiento agudísi- 
mo, una entrañable contrición. 

Me acerqué a mi esposa, la levanté en mis 
brazos, la estreché en ellos con fuerza, pidién- 
dole con lágrimas en los ojos que me perdona- 
se, haciéndole juramento de que, a pesar de cuan- 
to dije, yo la quería, yo la queríti con todo mi 
corazón. 

Y en aquel instante ello era verdad: yo lo 
sentía junto con el dolor de mi conciencia, coil 
toda la pesadumbre de mi alma, al estrechar 
en mis brazos a la infeliz criatura. Contra mis 
vanos pensamientos, contra mis malas razones, 
se levantaba el corazón y con él las memorias 
más vivas y más dulces, el recuerdo de nuestras 
n^adres, la tronchada ilusión de nuestras bo- 
das, y contemplándola a mi merced, tan débil 
y tan triste, con más tristeza aún del desamor 
que del ultraje, me derretía de lástima, dolíame 
su dolor inmenso como duelen sin duda en la 
otra vida los dolores que causamos aquí. 

Mas no hay remordimiento que pueda repa- 

134 



m: m o k h e c ^Jt e i u m d 

rar en este mundo el dafio de palabras y accio- 
nes que hieren a un alma para siempre, q^ie 
rompen y destruyen las raíces de su amor y íe- 
licidad. 

—Yo te perdono el mal que me has hecho... 
— dijo al fin, ya un poco más serena, con una 
voz muy feble, con un aire de infinita desola- 
ción — . Yo te perdono... Que Dios te perdone 
también... 

Pero a partir de aquel día, los últimos apo- 
sentos de su alma se me cerraron definitivamen- 
te. No por su voluntad, sino por la mía, quedé 
condenado desde entonces a no conocer ya nun- 
ca lo más hondo y precioso de su espíritu, a ig- 
norar para siempre las facetas de aquel purí- 
simo diamante, su maravillosa diafanidad y ter- 
sura, la claridad y limpieza de sus aguas y 
luces, vivos reflejos de los eternos resplandores. 

Viviendo a ciegas, como siempre viví; desapa- 
cible y turbio por la perenne contradicción de 
mis ideas y sentimientos, de mis propósitos y 
emociones ; iracundo ahora, arrepentido más tar- 
de, perplejo después, nunca feliz, desconcertado 
siempre, concluí por hacer de mi hogar y ma- 
trimonio un insufrible cautiverio. 

Sufríalo, con todo, mi esposa calladamente, 

185 



RICARDO LEON 



ya sin reproches y sin lágrimas,, resuelta a lle- 
var la cruz de su dolor y de su amor hasta la 
cumbre del calvario. 

Yo hubiera preferido, ¡necio y triste de mí!, 
ver en ella una actitud de rebeldía, un gesto de 
altivez, una palabra de enojo, que de alguna ma- 
nera justificase mi crueldad ; pero sú eterna man- 
sedumbre, su resignada tribulación, su inagota- 
ble ternura, me sacaban de quicio. ¿No eran, 
acaso, el más agudo reproche que yo podía sen- 
tir? Jamás volvió a dar en mi presencia seña- 
les de dolor o sobresalto; usaba siempre con- 
migo de una afectuosa naturalidad, encerrán- 
dose en un heroico silencio cuando la nube de 
mis cóleras rompía sobre su frente serena. To- 
dos mis ímpetus se estrellaban en vano contra 
la roca viva de aquella paciencia formidable. 

¡Pobres mujeres!, ¡cuánto las hacemos sufrir! 
Contra el orgullo, la dureza, la brutalidad mas- 
culina, ellas, las buenas, las amorosas y pacien- 
tes, no tienen más arma ni escudo que el cora- 
zón. El corazón es él centro y el eje de su vida; 
por él viven y sufren; él es su reino y su ca- 
dalso, su gloria y su martirio. Nacidas para el 
sentimiento, para la fe, el amor y la ternura, 
¡qué crueles desengaños, qué de infortunios y 
186 



AMOR E CARIDAD 



pesadumbres les reservan la infidelidad y el 
egoísmo viriles, el desamor, la doblez, la intem- 
perancia y la crudeza de los hombres! ¿Cuál 
de nosotros podrá ufanarse de no haber hecho 
llorar a una mujer, si aun el más noble y ca- 
balleroso ya le costó a su madre no pocas lá- 
grimas? ' 

¡ Pobres mujeres, tristes criaturas, tiernos re- 
centales destinados al apetito de los hombres, 
peores a veces que los lobos; graciosas y amo- 
rosas ninfas lanzadas como fácil presa al an- 
tojo grosero de los faunos! ¿Qué madre no tem- 
blará de inquietud, de incertidumbre, de lásti- 
ma, al dar a la luz de este mundo, lleno de 
iniquidad y violencia, el flaco y desnudo cuerpo 
de una hija, si aun la que fuere más dichosa, 
la que halle refugio envíos brazos de amante y 
fervoroso dueño, no estará libre de traición y 
de angustia? 

Cada vez más distante, más apartado yo de 
mi esposa, cada día más lejos de su alma, tomé 
a "vivir mi vida", buscando inútilmente la fe- 
licidad en los libros, en mis añejas ambiciones 
intelectuales. Me puse a trabajar con vehemen- 
cia, mas como siempre, sin fruto, en un "en- 
sayo" — tal le llamaba al modo inglés — acerca 

m 



RICARDO m m 'ñ m 



"del amor y las mujeres'*.,. Yo que apenas sa- 
bía del amor, yo que ignoraba a las mujeres, 
empezando por la propia, díme a filosofar so- 
bre ambos temas, con la mayor petulancia, tra- 
yendo al magín y a la pluma cuantos lugares 
comunes corrían entonces por libros y revistas, 
fáciles tópicos y estribillos que, como las frases 
de Nietzsche, ya comenzaban a pasar de moda 
fuera del vulgo intelectual. 

Y cuando la tensión de aquel trabajo tan es- 
téril me fatigaba con exceso; cuando el ímpetu 
de la sangre me estremecía los pulsos, partíame 
del hogar y sacudía el fastidio, la pesadumbre 
de mi vida inútil y sedentaria, en viajes y de- 
vaneos por la ciudad y por el campo, mas sin 
placer ni alegría, ya a punto de frustrarse en 
mí para siempre la voluntad, el corazón y la 
inteligencia. . 

Un día de invierno, de júbilo, de sol, pasean- 
do mi hastío, mi petulancia y desabrimiento por 
la calle mayor de la ciudad, sentí en el alma 
su súbito golpazo. Envuelta en una suntuosa 
capa de armiño, que parecía un manto real, no 
muy lejos de mí, por la misma acera de la calle, 
vi de repente a Clara Taylor... 

188 



IV 



Sola, muy elegante, arrogantísima, Clara Tay- 
lor venía lentamente por la ancha vía, llena de 
tiendas, curioseando los escaparates, moviendo 
al pasar un sordo runrún de admiraciones, de 
comentarios y piropos. Desenfadada como siem- 
pre, más hermosa que nunca, tocada con una es- 
pecie de chambergo, de grandes y blanquísimas 
plumas, iba como en triunfo, envuelta en su 
manto de armiño con la majestad de una empe- 
ratriz. 

Apenas la vieron mis ojos me dio un vuelco te- 
rrible el corazón. Puse entonces los pasos a com- 
pás de sus fuertes latidos y corrí al encuentro de 
la dama, no sin vencer la timidez que me impo- 
nía un lugar tan público, tan lleno de gentes 
ociosas, harto soliviantadas ante la maravillosa 
aparición de aquella realísima Hembra. 

La cual, sin responder a mis saludos f ennien- 

¡89 



RICARDO LEON 



tes, me miró de alto a bajo con fría y desdeñosa 
altivez, fingiendo que no se acordaba de mí. 

—Pero, Clara, por Dios — la dije, con mezcla 
de pesadumbre y despecho — . ¿Es posible que ya 
no se acuerde usted? Yo soy Eduardo Salazar, 
su amigo de antaño, casi su novio, aquel poeta... 

— Eduardo Salazar... — repuso ella, entornan- 
do los hermosísimos ojos, con muchos melindres, 
como quien hace un gran esfuerzo — . Eduardo 
Salazar... ¡ Ah, sí! Ya voy recordando... Uno que 
fué vecino del jardín de las Palomas... Uno que 
me hacía el amor... ¡Sí, sí! Ya me acuerdo per- 
fectamente. Un pobre señor con humos de super- 
hombre... 

Y al decir tal, me tendía su mano, riendo co- 
mo una loca. 

— Perdone, amigo Salazar. Francamente: me 
había olvidado de usted. Cómo ha pasado algún 
tiempo desde entonces... Como he corrido mu- 
chas tierras y he conocido muchas gentes y he 
vivido tan al galope en estos años... 

— Yo también, y con todo no pude olvidarla 
nunca. Pero,, ¿qué digo olvidarla? ¡Si es usted 
mi obsesión, mi pesadilla, mi tormento, la luz y 
la sombra de mis días lúgubres, de mis noches 
eternas! ¡Si es usted el único amor de mi vida! 
190 



AMOR D( E C A R I D A D, 



— Hijo, por Dios; lo dice usted como si fuera 
verdad... ; " 

— Se lo digo con toda mi alma. ¡ El único 
amor, el único amor de mi vida ! 

— ¡Hombre, cállese usted, hable más bajo, que 
nos está oyendo la gente ! 

— ¿Qué me importa la gente? ¿Qué me impor- 
ta el mundo entero? Sólo me importa usted en el* 
mundo. "■^^'VST 

— ¡ Qué atrocidad ! Pues no se le había conoci- 
do hasta ahora... ¡ Vaya, vaya ! Estos poetas son 
terribles... í T j 

— ¿Se burla usted de mí? ¿No me quiere us- 
ted creer? ^ - 

— Pero, ¿cómo voy a creerle, hombre de Dios? 
Hubo un tiempo... ¡ahora sí que lo recuerdo 
bien!... un tiempo delicioso en que yo le tenía, 
amigo Eduardo, un poco de voluntad... acaso un 
mucho. Pero usted, que era un terrible maripo- 
són, me huía lindamente... Y entonces supe, gra- 
cias a usted, que la coquetería, la veleidad, la in- 
constancia, todos esos defectos que dicen feme- 
ninos, son tan comunes a los hombres como a las 
hembras... Yo me marché de allí, sin otro re- 
cuerdo de usted que unas hermosas calabazas, 
envueltas bonitamente en divagaciones filosófi- 

Í91 



n 1 C A B P o LEON 



cas. Pues cuando yo me marché, ¿que hizo eJ 
poeta chirle, el trapacero galán, el remilgado 
superhombre, sino olvidarme y divertirse para 
ofrecer al fin su blanca mano a otra mujer? 
Harto lo dice esa alianza que le brilla en el dedo 
del corazón... Ahora mismo iba usted por la ca- 
lle, tranquilamente, muy satisfecho de haber na- 
cido... ¡Si yo le guipé hace media hora!... Iba us- 
ted hecho un brazo de mar (ojos que no ven, co- 
razón que rio siente) ; pero, de súbito, al verme 
venir, al tenerme delante de sus ojos y persua- 
dirse de que no me he muerto ni me han estro- 
peado las viruelas, ni me ha faltado por ahí 
quien me engarce en oro y en platino, se acuerda 
usted de repente... ¡oh, poeta romántico!, ¡oh, 
filósofo idealista!... de que yo soy el único amor, 
la única mujer que le importa en el mundo... 
¡ Quite allá, so farsante, so embustero ! 

—Clara— le dije, lleno de aviesa compunción, 
miserablemente fascinado por su hermosura y 
mi avidez—. No me juzgue tan mal... Tiene us- 
ted razón al reprochar mi conducta. ¡ Merecía 
que usted me aborreciese! Mas yo repito, yo ju- 
ro, que, en el fondo de mi alma, la he querido a 
usted siempre, la he deseado con verdadero fre- 
nesí ; más de una vez su recuerdo me llenó de lá- 

Í92 



AMOR DE C A E I D A a 

grimas los ojos. En aquel tiempo felicísimo» 
cuando pasábamos juntos aquellas horas inolvi- 
dables, yo sentía por usted una pasión inmensa; 
yo veía en usted, hecho alma y carne, juventud 
y hermosura, cuanto más amaba y codiciaba en 
el mundo: la libertad, la salud, la fuerza, el in- 
genio, el placer y la alegría de vivir; era usted 
la Venus de la Edad futura, la encarnación de 
todas mis ideas, la mujer redimida del pasado, 
libre de los prejuicios seculares; la musa del ge- 
nio de la especie, el dulce espíritu de la risa, la 
embriaguez del deseo iluminado por un resplan- 
dor intelectual... 

— ¡Vamos, una superhembra con toda la 
barba! 

— ¡ Clarita! No se burle usted de mí... Yo la 

quiero apasionadamente desde el punto y hora 
de conocerla, desde que vi en sus ojos claros res- 
plandecer todas las lumbres y las fruiciones de 
la Vida... Yo la amaba como a mi propio ser, co- 
mo a mi propio vivir, con hambre de amor y fe- 
licidad... Pero al mismo tiempo, se lo digo since- 
ramente, yo le tenía a usted, como al amor y a la 
vida, un poco de miedo... Usted se gozaba ator- 
mentándome, me buscaba- y me huía,, títn prouto 
amorosa como huraña y sob^erte... 

193 



RICARDO E E O H 



: —Pero, hombre, ¿no comprendía usíed que 
todo ello era amor, que todos eran lazos y redes 
y artílugios para cazarle? ¿No hacen lo mismo, 
unas veces mejor, otras ] eor, todas las mujeres? 
Pero usted era tan tímiclo, tan irresoluto y co- 
barde... Yo quería amar 7 ser amada, no como 
todas, sino de un modo nuevo y original.., a la 
manera de Nietzsche, pero llevando yo el látigo.., 
Y usted, que no es precisamente el Cid Campea- 
dor, se moría de miedo al amenazarle con la fus- 
ta o la pistola... ¿Cabe algo más ridículo? Si us- 
ted sentía esa pasión tan terrible,^ ese culto al 
amor, a la vida y a la fuerza, ¿por qué no lucha- 
ba usted conmigo ; por qué no hacía por vencer- 
me, si no por fuerza, con maña? Yo no lo había 
de hacer todo... 

— Tiene usted razón, amiga mía : fui un men- 
tecato, un cobarde... Pero harto lo lloré luego, 
cuando usted se marchó... i Cómo me arrepentí 
de haber dejado escapar la felicidad ! ¡ Cuántas 
lágrimas, cuántas amarguras desde entonces! 

— Por eso, sin duda, para consolarse... i pobre- 
eáto !, se casó usted... 

— ¡Ay, Clara! — repuse con innoble tristeza, 
queriendo justificar así mi infame deslealtad — . 
Soy un desventurado... Yo me casé sin amor; yo 
194 



A M O R D K C A E l DA U 

arrastro la cadena Sel matrimonio como un ga- 
leote : ni enteramente malo para romperla ni en- 
teramente bueno para sufrirla, vivo en una in- 
fernal esclavitud, martirizando a mi mujer y 
atormentándome a mí mismo... JE/ia— añadí, sin- 
tiendo la baja necesidad, el vil deseo de zaherir 
a mi esposa, de menospreciarla delante de otra 
mujer — es incapaz de comprenderme; es una 
infeliz, llena de prejuicios, de escrúpulos monji- 
les, hecha a pasar la vida rezando y llorando, 
más bien educada para la penitencia que para 
el amor... 

— ¡Pobrecilla! — exclamó la superhembra, con 
un irónico mohín — . Pues métala usted en un 
convento 

— ¿Qué más convento que mi casa? — continué 
con la secreta y miserable satisfacción de aque- 
llas felonías — . Allí se está con el alma en un pn* 
ño, como en esos refectorios donde, a la hora de 
comer, ponen junto a la pitanza una cruz y una 
calavera... Mi hogar es "la casa de los muertos"... 

— ¡Pues sí que vive usted divertido!... — ^inte- 
rrumpió la "Venus de la Edad futura" con una 
alegre carcajada — . ¡Bien empleado le está por 
imbécil, por no hacerme caso, por huir de mi, que 
soy el reverso de la medalla, por huir la guin- 

m 



RICARDO L E O Ni 



ta de las Palomas, que era "la casa de los tívos*\., 

—No haga usted remoquete de mis penas. Us- 
ted no sabe lo desventurado que soy... 

— ¡ Vaya, no se aflija ! No hay mal ni bien que 
cien años dure. ¿Quién es siempre dichoso en 
este mundo? Eso de la alegría de vivir es un 
cuento de las mil y pico de. noches... Aquí donde 
usted me ve, también paso mis ducas y mií 
achares... ¡Yo también soy muy desgraciada! 

—¿Usted? 

— Sí — repuso con los ojos en blanco — . Desde 
mi primer matrimonio... 
— Pero, ¡cómo! ¿También usted se casó? f 
—Sí, amigo mío: me casé.,, dos veces nada 
menos. Por fortuna para mí... me quedé viuda... 
las dos veces. 
— Y en tan pocos años... ¡ 
— Me quedé sola... Walk over... j 
— Pero, ¿no decía usted que no había de ca- j 
sarse nunca? | i t 

— Sí, lo mismo que usted. Ambos tenemos eA m i 
valor de nuestras convicciones.., Pero, despuéai ■ j 
de todo, la vida es una perpetua contradicción. I ¡ 
Deseamos las cosas para darnos después, cuan- ¡I 
do ya las tenemos, el postín de despreciarlas. 
Amamos la vida, la libertad, para perderlas eii 



AMOR IJ( E CARIDAD 

un momento de embriaguez. Al cabo y a la pos- 
tre, como yo me digo, ¿para qué sirven todas 
esas cosas sino para darse el gusto o el disgusto 
de perderlas?... En fin, amigo mío — concluyó la 
"Musa del genio de la especie'* — somos dos filó- 
sofos de la vida y del amor... Cuando usted quie- 
ra filosofaremos juntos... como antaño... 

AI decir así, con una sonrisa inefable, terció 
su capa de armiño, y abriendo el bolso con las 
preciosas manos enguantadas, me dió una tar- 
jeta. 

— Ya sabe usted dónde vivo... ¡Eduardo, fot 
ever! 

Se alejó de prisa por la calle adelante, mien- 
tras yo me quedaba con los pies clavados en el 
suelo, fuera de mí mismo, triste y alegre, hu- 
milde y orgulloso, presa a la vez de vivas ansia» 
y de profundos remordimientos. 

La seguí con los ojos, dudando si correr tras 
€lla o correr al cabo del mundo para escapar al 
riesgo de tan infame traición, hasta que al fin se 
perdieron de vista, en el fondo de la calle, las 
garzotas blancas de su magnífico chambergo... 



197 



— ¡Eduardo, for ever! — ^reiteró la mestiza, 
cuando al día siguiente, después de una noche 
de insomnio, de trágica lucha en el fondo de mi 
conciencia, me presenté en su casa, un hotelito 
flamante recién construido a la vera del mar. 

— ¡For 6^er/™repetí yo como un eco, besan- 
do su fuerte y primorosa diestra, cuajada de 
piedras preciosas — . Aún es posible la felici- 
dad — añadí, envalentonado y encendido por la 
presencia de Clara, por su arrogante hermosu- 
ra, por su toilette provocativa y elegante, por 
los íntimos refinamientos de su alegre y delicio- 
sa mansión. 

— Alquilé este retiro para descansar una tem- 
porada — me dijo sonriendo al advertir mi ad- 
miración y sorpresa — ^. Es más pequeño, pero 
más lindo que el de las Palomas. El jardín, so- 
bre todo, es una preciosidad. Luego comeremos 
m 



AMOR DE CARI D A B 



en la terraza, si a usted le place... Como le espe- 
raba a usted hoy... todo lo tengo dispuesto... 

—Pero, ¿me esperaba usted hoy? — repuse 
maravillado. 

— ¡Naturalmente! Aunque usted no lo dijo, 
yo me conozco a mis clásicos... Tenía por seguro 
que vendría... ¿cómo no? Si hasta adivino que 
ha pasado usted una noche toledana... Sin duda, 
ayer, cuando me vio, tan de súbito, se le revol- 
vieron en e] alma y en la sangre todos los re- 
cuerdos... ¡Ay, amigo Eduardo! — añadió con un 
suspiro muy hondo — . Y a mí, también... Los 
recuerdos, aunque usted no lo crea, tiran mu- 
cho del corazón... Y nosotros tenemos tanto que 
recordar... Al verle a usted aquí, todo se me figu- 
ra un sueño ; vuelven las cosas que pasaron y 
se deshacen como la espuma estos últimos años 
de mi vida... Imagino que torno a mis tiempos 
de soltera, en la quinta de las Palomas... Pare- 
ce que fué ayer... 

— El tiempo no existe... — encarecí, trémulo 
de emoción — ^. ¿Qué importan los años, qué im- 
portan todas las cosas del mundo, si al fin lo- 
gramos hacer esclava nuestra a la felicidad?... 
Pero cuénteme usted, Clarísima, ¿qué fué de su 
persona lejos de mí? ¿Dónde estuvo? ¿Cómo y 

199 



R I C 'A R D O LEON 



cuándo se casó? Ayer m« dijo usttó había 
sido muy desgraciada... 

— Sí, amigo mío ; aunque no he perdido el hu- 
mor, pues tengo el genio alegre y lo tendré hasta 
morir, he perdido casi todas mis ilusiones... Yo 
quise hacer de mi vida una novela... ¿se acuerda 
usted?... y, en efecto, la hice, pero resultó una 
novela disparatada, un poco triste, un mucho 
aburrida, como lo son la mayor parte de las que 
Be viven y se escriben... Escuche usted... Yo, que 
era, como usted sabe, muy fMsofa, me declaré 
emancipada, independiente, dueña de mí, antes 
de casarme. Fiel a mi voto de seguir soltera, sin 
ley ni amo, anduve sola por esos mundo», luego 
de perder a mis padres, viviendo mi vida, ha- 
ciendo mi santa voluntad, hoy aquí, mañana allí, 
puestos los pantalones, verdaderamente encan- 
tada de haber nacido... Me paseé por toda Euro- 
pa ; hice mil correrías por América ; también es- 
tuve en Oriente; fui periodista, viajante de oo- 
mercio, actriz, maestra de equitación y hasta 
domadora de leones... Pero, ¿se ríe usted? Pues 
todo ello es verdad como el sol que nos alumbra. 
Todo lo vi y lo gusté con una curiosidad devora- 
dora. Tras mucho discurrir por bibliotecas y mu- 
seos, luego de engullir libros y libros, de ensayar 
200 



a M o B E CARIDAD 



uo pocas profesiones, me dio por la vida salva- 
je; a punto estuve de convertirme en piel roja... 
Desgraciadamente, el amor, el picaro amor me 
trajo de nuevo a la vida civilizada, que es la vi- 
da más absurda, la más cursi, la más desprecia- 
ble de todas las vidas posible». En una de mis 
excursiones por América tropecé con un joven 
doctor, medio alemán, medio yanqui, un hombre 
guapísimo, riquísimo, eruditísimo, correspon- 
diente de no sé cuántas Academias, y del cual me 
enamoré como una loca. ¡ Ay, amigo mío ! Yo no 
había vuelto a amar desde que a usted, in ilh 
tempore, le quise unas miajitas. Mi buen doctor, 
con todas sus prendas exteriores, también tením 
en el fondo una invencible timidez ; pero yo e»- 
toncGS, con más experiencia de la vida, le fui ca- 
melando poco a poco hasta que le hice hincar al 
pico... ¡All right! Concluyó por ofrecerme ra 
blanca mano, sus dólares, sus títulos académi- 
cos... Total : que nos casamos al fin. ¡ Oh, qué 
equivocación más espantosa! Mi marido no era 
un hombre : era un... intelectual. ¡ Un intelec- 
tual! ¿Hay algo más aburrido, más despreciable 
en el mundo? (No, no se ofenda usted; los inte- 
lectuales de por acá son mucho má» divertidos 
que lo3 otros) Afortunadamente, mi buen doc- 



R I c a K p a E m o N 



tor, que con todas sus palmas académicas, su 
erudición, su timidez, era un glotón incorregi- 
ble, se murió el pobrecito de un cólico misere- 
re... Quedé viuda por primera vez; mucho más 
libre que antes; joven, rica, feliz, independien- 
te... ¿Feliz? No, por cierto; yo no era feliz. ¡ Ay, 
amigo mío! El corazón del hombre es una sel- 
va oscura, un abismo de paradojas, ridiculeces 
y tinieblas. Pues ¿qué decir del corazón de la 
mujer? Yo había reaíizadp entonces todos los 
ideales, todas las ventajas del más exaltado fe- 
minismo. Libertad absoluta^ independencia eco- 
nómica, horizontes intelectuales, honda expe- 
riencia de la vida, voto de calidad para elegir... 
no a un candidato cualquiera, sino a un bajá 
de siete colas... Pero con todo esto y mucho 
más, yo me abarría soberanamente... yo no era 
feliz... yo padecía un fcedio horrible de mi albe- 
drío, de mi juventud, de mi belleza, de mi sexo... 
un desencanto cruel de todas las cosas: la liber- 
tad, el oro, los viajes, los libros, la inteligencia, 
la vida..* Y es que la mujer ha nacido para el 
amor, para ser reina y esclava del amor, para 
vivir, para morir de amor... Me daban envidia 
todas las otras mujeres, las pobres, las igno- 
rantes, las siervas, las que pasaban junto a mí, 
m2 



51 M o R DE C A B I D A D 



hai-ío más didaosas que yo, cautivas de un bra- 
zo fuerte y viril, agobiadas algunas por el dulce 
peso de la maternidad.., ¡Oh, no se ría usted, 
no sea imbécil; que ahora sí que le hablo en 
serio! ¿Cree usted acaso que yo no tengo cora- 
zón, que no soy en el fondo. muy mujer?... Tan- 
to, que, muchas veces, yo maldecía mi educa- 
ción libre y sin rienda, mi juventud emancipa- 
da y varonil, mis fueros, mis bríos, mi carác- 
ter. Piafando como un potro en tan espléndido y 
aburrido aislamiento, yo hubiera preferido en- 
tonces ser una hembra como las demás, dócil, 
cobarde, infantil; chiquita, para meterme toda 
en un corazón; débil, para rendirme al imperio 
de otros brazos; yo padecía en lo más íntimo 
al verme tratada como "una mujer excepcional'', 
a quien se admira a ratos, a quien se teme siem- 
pre, a quien no se ama nunca ; yo estaba dispues- 
ta a perder cuanto poseía, todas mis "excepcio- 
nes'', mi libertad, mi posición, mis privilegios, 
con tal de enam.orarme, con tal de ser amada 
"como una mujer cualquiera", por un hombre de 
verdad y de pro, que no fuese como mi primer 
marido, como tantos hombres de ahora, un des- 
preciable muñeco... ¡Dios mío! ¿Qué no hubiese 
dado por un amor de corazón^ único, firme, leal, 

295 



RICARDO m m N 



de esos que dulzan toda la vida y van más allá 

de la muerte? iQué no sacrificara yo con tal de 
sentir en mis entrañas el dulce latido de una 
vida nueva, de una vida en la que yo pusiese lo 
mejor de mi carne y de mi espíritu!... Sí, ami- 
go Eduardo; no se pasme usted... Veo su cara 
de asombro, de extrañeza, tal vez de increduli- 
dad; le parece imposible que yo hable de esta 
suerte; yo, tan libre, tan bachillera, tan filóso- 
fa; yo, la altiva, la alegre, la veleta... No, no 
me diga nada... ¿Para qué se va a molestar? Us- 
tedes, los hombres, no acaban nunca de compren- 
der a las mujeres... Yo valgo más de lo que us- 
ted se figura ; la peor de nosotras vale harto más 
que el más presumido caballero, ya sea intelec- 
tual o de la clase de tropa... Usted, con todos 
sus humos de psicólogo, no comprenderá nunca 
lo desgraciada que yo soy. Escúcheme sin prisa^ 
que hoy es día de confidencias... Y perdone lo 
descosido de las mías; yo no puedo tener orden 
ni aun para hablar; todo se atrepella en mí: 
idea'S, sentimientos, emociones y palabras.., 
"¡ Ay, infeliz de la que nace hermosa" — ^ya sabe 
usted que soy harto inmodesta— y, además de 
hermosa, es inteligente y apasionada y precoz, 
y siendo así no eneu^tra un hombre en su ca- 
204 



A M O B DE CARIDAD 



mino, un hombre de veras, que la sepa guiar 
y; comprender! ¡Esta fué mi desgracia, cabal- 
mente! Porque aquí de mi tema: la mujer ne- 
cesita del hombre por mucho que ella se eman- 
cipe y se rebele. ¿Cómo del hombre? Una mu- 
jer tiene absoluta necesidad de tres hombres.,. 
No, no se alarme usted... Tres hombres son ne- 
cesarios para que una mujer no sea un demonio 
con faldas: primero un padre; luego un ma- 
rido; después un hijo... un hijo varón. Preci- 
samente los tres hombres que me han faltado a 
mí: por eso yo soy tan desdichada, Mi padre 
fué el pobrecito un Juan Lanas. Dios le tenga 
en su santo Limbo, aunque mi madre, que aún 
era de peor genio que yo, hizo todo lo posible 
por que él ganase la Gloria... Mi primer marido, 
ya lo sabe usted, era a» inteiecfcual, completa- 
mente chirle... 
— ¿Y el segundo? 

— ¡ Ah, el segundo !... era el reveso del otro... 

era un francés de músculos de bronce, un bár- 
baro en toda la extensión de la palabra... Ya 
sabe usted que los franceses no tienen término 
medio: o .^on espirituales como un griego del 
siglo de Pericles, o son más brutos que Atífe, 
Y mi marido, además de francés, era boxeá- 
is 



RICARDO H W O N 



dor... Al casarme con él, di con la horma de mi 

sapato. i Lo que yo sufrí ! Sólo de acordarme se 
me sube el corazón a la garganta... ¡Si no se 
muere tan a tiempo yo le hubiera. tenido que 
dar mulé!... Como era el campeón del mundo... 
¡claro!... podía más que yo; tenía unos puños 
de hierro, y un alma de pedernal ; excuso a us- 
ted decirle... ¡Qué horror!... ¿Ve usted estos 
dos dientes y estas tres muelas de oro?, ¿ve us- 
ted esta cicatriz en la sien? Pues todas estas 
señales y otras que no le puedo enseñar, son 
reliquias de los zarpazos de aquella fiera... Qui- 
se escaparme de él, pero no me dejaba ni a 
sol ni a sombra y cuando salía me encerraba 
con siete llaves y una docena de cerrojos... Afor- 
tunadamente, un día, en Nueva York, un ne- 
gro de más puños le quitó el campeonato y la 
cabeza... Quedé viuda por segunda vez, sin acer- 
tar adonde iría con mis huesos, desencantada ya 
de todas las cosas de este mundo... Pero ai fin y 
al cabo sentí de nuevo la querencia de España. 
Y aunque yo no siento el patriotismo, que es una 
estupidez... según dicen ustedes los intelectua- 
les... ¿no es así, mi amigo y superhombre?... 
y aunque por haber nacido yó en Calpe, de un 
inglés y una gibraltareña, no soy en este pun- 
206 



AMOR D E C A B I D A D 



to ''ni chicha ni limoná", ¡qué diablo! el sol 

andaluz y la alegría de esta tierra y los recuer- 
dos del pasado me trajeron aquí... donde usted 
me ve... cansada de luch ar y de vi . ir, sin más 
estímulos ya, sin más d ofensas que mi genio 
alegre y mi figura gentil Sobre todo el genio, 
que vale más que el palmito; antes quisiera mo- 
rirme que perder mi buen carácter... ¡Alegría!, 
¡alegría! Parodiando al rey de Francia, podría 
yo decir: Todo lo he perdido menos el humor... 



207 



VI 



Días después tornaba yo a mi hogar por los 
caminos del monte, nunca para mí tan fatigo- 
sos y tan duros como en aquel áspero trance de 
laxitud, perplejidad y remordimiento. La idea 
de ver a mi esposa — ^ya consumada la traición, 
torpes aún el alma y los sentidos por la recien- 
te embriaguez — me producía una turbación in- 
decible. Yo hubiera preferido entonces que algo, 
por lúgubre que fuese, me impidiera arrostrar 
aquel momento. Sentía unos locos impulsos de 
retroceder en el camino, de abandonar para 
siempre mi casa, de esconderme, de huir. Ideas 
y propósitos inconfesables me perseguían como 
obsesiones, incapaz yo a un tiempo de resistir 
al mal y de afrontar sus consecuencias. 

Ni en el mal ni en el bien hallaba yo descanso. 
Una inquietud sombría, una ansiedad morbosa, 
enconaban todos mis deleites. Aun con el gusto 

m 



AMOR DE CARIDAD 



de ellos sentía en los labios el amargor de la 
tiiera. Al furioso apetito de gozar se juntaba 
en mi corazón la incapacidad para el goce. ¿ Pue- 
de llegar a más triste punto la miseria humana? 

Eran los días cortos del invierno; ya comen- 
zaba a anochecer y ¿a la profunda serenidad 
del cielo andaluz tem !aban las primeras estre- 
llas. Me senté un poí al borde del camino, se- 
ñoreando el mar que con blando oleaje, rom- 
pía en la graciosa oi la. La hermosura y tem- 
planza de la noche, la serenidad del mar, la bea- 
titud y el sosiego de todas las cosas, lejos de apa- 
ciguarme el espíritu le colmaban de angustia y 
de estupor. Pensamientos, emociones, instintos, 
hervían dentro de mí en la más apretada lo- 
breguez. 

Miré al cielo, para mí vacío; miré al paisa- 
je, lleno de sombras enigmáticas; miré al mar, 
todavía más hondo y misterioso; busqué en las 
cosas exteriores algo que me aplacase y compu- 
siese, que diera un peco de luz y de concierto 
al caos de mis fantasmas interiores: mas no 
hallé voz ni semblante en la naturaleza que no 
estuviese niudo y cerrado como la boca de la 
Esfinge. Sentíame descaecido y medroso, ajeno 
al mundo exterior y ajeno también a mí mismo, 

209 

14 



R I C A E D o LEON 



en absoluta soledad, frente al enigma de las 
cosas. 

— ¿Dónde está el bien? — ^me dije, tomando a 
mis amargas dudas y deseoso al mismo tiempo 
de justificar mis desórdenes — . ¿Dónde está la 
verdad? — añadí, clavando los ojos y la inquie- 
tud en el abismo del formidable universo — . 
¿Dónde hallar una certidumbre en este furioso 
torbellino de las cosas, en este mar de realidades 
y apariencias, en este fluir eterno de la Vida, 
inasequible a la razón? Todo se nos escapa en 
la naturaleza, todo huye de nosotros, impasi- 
ble u hostil, convertido para el triste saber de 
los hombres en un puñado de fenómenos, en 
otro puñado de símbolos convencionales. ¿Qué 
son en sí todas las cosas que vemos, las que 
sentimos y pensamos, todas las que nos hacen 
vivir, gozar y padecer y morir? ¿Quién podrá 
saberlo jamás? Conocer se reduce a descubrir 
de qué manera lo que está en nosotros percibe 
lo qu#. está fuera de nosotros, lo cual no es co- 
nocer lo exterior ni conocernos a nosotros mis- 
mos. Saber es comprobar cómo vemos, sentimos 
y razonamos, y no es otra cosa, y no es nada- 
Todo se me volvía ceniza en las manos en 
el corazón. 
210 



A M o M D V ü m m l D Sí B 



Seguí mi camino y, cerca ya de mi hogar, 
distinguí en la sombra de la noche, por la ven- 
tana abierta, la luz del aposento de Angeles. 
Aquella tímida luz, que guiaba mis pasos tor- 
pes en lo oscuro, como faro constante y apaci- 
ble, como lumbre amiga y leal, avivó mi re- 
mordimiento, mi confu:sión y mi tristeza. 

Penetré en mi casa, mudo turbado, receloso, 
lo mismo que un ladrón. Crucé el vestíbulo en 
silencio y al llegar a las habitaciones de Ange- 
les me acerqué de puntillas. La puerta estaba 
entornada. Desde la penumbra del corredor vi 
al punto, bajo la suave luz del aposento, la dul- 
ce figura de mi mujer, de rodillas, ante su ima- 
gen de la Dolorosa, con el rostro escondido en- 
tre las manos. 

Sentí un impulso repentino de entrar allí, de 
arrojarme a sus pies, de llorar su infortunio y 
mi vileza. Pero otro impulso más fuerte me em- 
pujó a la vez por el pasillo adelante. . 

Mas ella, sin duda, oyó el rumor de rttis pa- 
sos. Corrió a la puerta y al verme, o más bien 
al adivinarme, se quedó suspensa. 

—¡Eduardo!— dijo poc fin-—. ¿Eres tú? 

—Sí... — ^pronuncié con una voz extraña que 
no parecía salir de mí mismo. 

2ií 



RICARDO LBOJV 



Y queriendo recobrar mi aplomo me acerqué 
a mi esposa, en la onda de luz de la puerta. 

Callamos los dos sin acertar qué decirnos. 
Ella mostraba en su semblante un noble y pro- 
fundo sufrimiento. Yo descubría, en cambio, 
toda mi ruin turbación. 

El silencio pesaba sobre nosotras como la 
losa de un sepulcro. 

— Me soiprendí al verte... — ^pronunció Ange- 
les, ya dueña de sí, rompiendo con su admirable 
naturalidad la violencia de aquella situación — . 
No te sentí llamar; oí tus pasos y como esta- 
ba sola... Lucas salió al jardín; las chicas sa- 
lieron también; las mandé a la capilla de la 
Virgen... Mañana... — concluyó con desgarradora 
tristeza — , mañana hará dos años que murió mi 
madre... 

El recuerdo de aquella fecha, que yo tenía 
olvidada, puso más de relieve a mis propios 
ojos lo indigno de mi conducta. Pero al mismo 
tiempo la familiaridad amistosa con que An- 
geles me recibía, fué parte a serenar la hol- 
gada conciencia. Con todo, la humillación y el 
peso de la culpa me sellaban los labios y me 
tenían sin sosiego. Harto suponía yo, aunque 
entonces ignoraba de todo punto a mi mujer, 
212 



AMOR DE CARIDAD 



que su agudeza natural, su clara y viva intui- 
ción, me adivinaban los pensamientos y las ac- 
ciones; que leía en el fondo de mi alma con 
más lucidez que yo mismo. Y cuando no, mi 
ausencia, mi abandono, mi semblante empañado 
y turbio, envejecido prematuramente, las tur- 
baciones íntimas retratadas en él, la descubrie- 
ron mi interior. Todo ello hacía más violenta 
y difícil mi situación en el hogar. 

Cenamos juntos aquella noche, dispuesto yo 
a acompañarla en su triste aniversario. Des- 
pués de cenar, como la noche era deliciosa, nos 
salimos al jardín. 

Lucas tejía la armazón de una corona que 
al día siguiente había de llevar al próximo cam- 
posanto. En el rostro noble y señoril de mi vie- 
jo servidor, al saludarme gravemente, advertí 
unas lágrimas y un gesto de vivo y callado re- 
proche. 

Bajé la cabeza y seguí los pasos de Angeles 
por las penumbras del jardín. Ibamos los dos 
silenciosos, mas al poco rato, al llegar a una 
glorieta, llena de antiguos recuerdos, Angeles 
se apartó de mí ; ocultóse en la sombra, pero no 
pudo reprimir un sollozo... 

— i Angeles I— clamé, acercándome a ella, mas 

2i,a 



R I Q ^ B M U UIQN 



sin atreverme a tocarla por un instintivo res- 
peto — . No llores, por Dios... Aunque el recuer- 
do de tu madi'e... 

— ¡ Por mi madre, no lloro ! — replicó vivamen- 
te, mostrando a la luz de las estrellas el bellí- 
simo rostro con el rocío de su llanto — . Por los 
que son felices no se Hora... Por quien lloro es 
por ti... 

Callé miserablemente, sin saber qué con- 
testar. 

— Algún día — repuso — llorarás tú también... 

Aquella súbita y desesperada ternura me con- 
movió agudamente, pero no hallé lágrimas en 
mis ojos ni voces amorosas en mi lengua ni 
cosa alguna en mi corazón que no fuese oscu- 
ridad y desconcierto. 

—¡Sí! — dije al cabo, en uno de aquellos ím- 
petus fugaces que de repente me sacudían como 
una ráfaga de vendaval — . Te hago sufrir... Soy 
un miserable... Y, sin embargo, no puedo de- 
jar de ser como soy... Es la fatalidad de mi 
destino... 

— Ya veo que no puedes...— repuso con mortal 
tristeza — porque no quieres... Harto lo sufro y 
lo lloro... 

—No puedo.** no i>iiedoi.ay~rói)etí como un in- 

2Í4 



AMOR DE CARIDAD 



sensato, mientras sentía en el corazón una du- 
reza creciente — . Nunca acerté a ser feliz ni a 
hacer felices a los demás... Soy un monstruo... 
Tienes derecho a despreciarme... 

—¿Despreciarte yo? — dijo aquella santa con 
inmensa dulzura — . ¡Si más te quiero cuanto 
más me haces sufrir!... A veces me avergüen- 
zo yo misma de esta voluntaria esclavitud... de 
este amor que se nutre de humillaciones y de 
lágrimas... Pero ¿qué voy a hacerle? El amor 
es mucho más grande que todo... más grande 
todavía que la propia dignidad... Yo nací para 
esto: para querer con toda mi alma, para que- 
rer hasta la muerte, por mucho daño que me 
hagan... y tú no sospechas el daño que me es- 
tás haciendo... aunque es mayor todavía el que 
te haces a ti mismo... Yo no sé aborrecer, no 
sé despreciar; no conozco la ira ni el desdén 
ni siquiera la indiferencia... Nací para sufrir 
y amar... que es para lo que nacemos casi to- 
das las mujeres... Mi destino fué siempre pa- 
decer, padecer en silencio... Ya estoy bien acos- 
tumbrada... Pero en medio de mis tribulaciones 
tengo una hermosa certidumbre, una satisfac- 
ción que me consuela: a nadie hice sufrir en 
este mundo.^ Soy una pobreciUa, una igno- 

2!5 



RICARDO LEON 



rante; sólo sé una cosa: dar bien por mal... 
Toda la pena de su vida, todo el amor de su 
alma, todas las virtudes ocultas en su soledad 
y desamparo, vibraban am voces tiernas y cor- 
diales rompiendo, a golpes de emoción, el hielo 
transparente de su dura paciencia, de su cons- 
tante humildad y timidez. 

— ¡Ay, si pudiera — concluyó, mirándome con 
ansia — redimirte a costa de mi vida! ¡Cuán- 
tas veces se la ofrezco a Dios por tu feli- 
cidad! 

¿Qué hice yo entonces, monstruo de mí, al 
escuchar palabras semejantes, al ver abierto a 
mis ojos el cielo purísimo de su alma, al ver 
delante de mi razón tenebrosa la verdad, el bien 
que en vano buscaba en los abismos de la 
naturaleza en las ciegas pupilas de los as- 
tros, en los mudos mist' nos del mar y de la 
noche? 

Quise responder con mis lágrimas, abrir para 
siempre los brazos y el corazón... Mas no sé 
qué torvo pensamiento, qué tenacísima raíz, qué 
amargo regosto de mis pasiones traidoras, ce- 
rraron las fuentes de mis ojos, me ataron la 
lengua, el corazón y los brazos. Y respondí con 
unos tristes balbuceos, con unas razones secas 
m 



AMOR DE CARIDAD 



y triviales. Y entonces se plejgó también, como 
una pobre violeta, el alma de mi esposa, y un 
gran silencio se abrió de nuevo entre nosotros, 
como un abismo, en el umbroso jardín, bajo las 
claras pupilas de las estrellas... 



21,1 



VH 



Cuando recuerdo la época de mi vida que 
os voy a cantar (este libro de mis tristes me- 
morias es a la vez confesión y penitencia) sien- 
to un profundo bochorno, un áspero remordi- 
miento qu3, lejos de templarse con los años, 
perdura en mi corazón como eterno castigo. La 
pluma tiembla en la mano al manchar el blanco 
papel con las vergüenzas ds aquellos días y toda 
mi alma se estremece a la par como si oyera 
k voz acusadora, el reproche sin palabras de los 
muertos. No sé si ellos me habrán perdonado; 
de mí sé decir que no me he perdonado todavía... 

Sucedió al fin que, prendido en los lazos se- 
ductores de aquella mujer, la de los ojos y las 
uñas de tigre, y en las redes mortales de mi 
propia sensualidad, caí de bruces en el fango de 
una pasión afrentosa, de una ciega y cobarde 
esclavitud. Hundido en él sin remedio, sorda ya 

218 



AMOR DE g A B I D A D 



el alma a todas las voces interioi es, in^aí)az 
también de sufrir la prienda da m¿ €^ppsa, 
muda reprobación de mi conducta, acabé por 
huirme del hogar y echarme definitivamente en 
los brazos de Ciara, que fué despeñarme en la 
sima de mi oprobio. 

Entonces conocí los profundos abismos eat que 
puede caer una hembra sin pudor, sin fpeno, 
sin sentido moral, hermosa, inteligente j per- 
vertida, sedienta de goces y de lujos, hambrien- 
ta de novedades y emociones, precozmente 
adulterada por una educación libre, cosmopoli- 
ta, varonil, por devaneos, cavilaciones y lectu- 
ras, presa de todos los apetitos, de todas las cu- 
riosidades, siempre voluble entre la pasión y el 
tedio, la burla y la cólera, la coquetería y la 
crueldad; entonces supe, 2, mi c^stfi, d« lo que 
es capaz una mujer cuando rompe con todo lo 
humano y lo divino, cuando se lanza, llena de 
locos frenesíes, sin una norma espiritual, a to- 
dos los deleites del mundo exterior, ansiosa de 
"vivir su vida'', competir en licencia con los 
hombres, hacernos sus esclavos y veiagar en 
nosotros ásperamente a todas la^s mujeres re- 
signadas, honestas y apacibles, víctimas dél or- 
gullo masculino^ de la brutalidad viríL 

219 



RICARDO LEON 



Entonces supe también, y fué todavía peor, 

a qué bajos aguantes, a qué inauditas vilezas 
puede llegar un hombre cuando, ciegos los ojos 
de su alma, inficionado el juicio por las ideas 
más absurdas, torcidos los sentimientos, rotos 
el corazón y la voluntad por el análisis arbitra- 
rio y devastador de las cosas, embotada la sen- 
sibilidad por el desorden de la inteligencia y el 
tumulto de las pasiones, toda su vida la reduce 
a la bruta satisfacción del instinto, al hambre 
y al hartazgo de una grosera felicidad, sin fon- 
do y sin objeto, como el tonel de las Danaidas... 

Aún me estremece recordar los tajos som- 
bríos en que yo me precipité. Cuanto hice su- 
frir a mi pobre Angeles, hube de purgarlo en- 
tonces, y con hartas creces, bajo la tiranía im- 
placable de aquella terrible vengadora, en cu- 
yos brazos, tan hermosos y tan duros, era yo 
un triste juguete, un siei'vo a merced de todas 
las afrentas, un niño depravado y cobarde a 
quien se harta de besos y de golpes. Cada vez 
más hundido en el caliente lodo, disueltas en él 
la voluntad y la razón, ya todo carne y deleite, 
vil y gustosa esclavitud, obedecía m.aquinal- 
mente al menor gesto de mi daifa. Ella, viéndo- 
me así, haito pagada de mi debilida^d y de su 
22a 



AMOR DE CARIDAD 



fuerza, se complacía en humillarme, en abatir- 
me, en hacerme sentir toda la inmensa pesa- 
dumbre de su despótica privanza. Su agudo in- 
genio, su inteligencia sutil, sus donosas burlas, 
su clara risa de cristal, con todos los resplando- 
res y los brillantes barnices que a su hermosura 
me tenían cautivo, no se empleaban nunca sino 
para fustigarme y escarnecerme. ¡Cómo se mo- 
faba de mí; con qué humillaciones y desdenes 
pagaba todas mis caricias; cómo ponía delante 
de mis ojos toda mi abyección y servidumbre; 
con qué descarnada insolencia glosaba las con- 
versaciones de antaño, gozándose, con una risa 
loca, de ver al superhombre convertido a sus 
pies en un pelele! 

— Con razón — me decía — te tuve siempre por 
un infeliz, por un snob con puntas y alamares 
de chalao... ¡Y aún te las das con tu mujer de 
superior y de lince! Pero conmigo no te valen 
majezas ni posturas... Así sois los hombres: 
unos pobres diablos, orgullosos y duros con los 
débiles, pero mansos y humildes con quien os 
sabe domar. He aquí el sexo fuerte, el homo sa- 
piens, el que hizo la ley del embudo, el que nos 
condenó a perpetua esclavitud. He aquí el león 
üe las selvas, el gallito de todas las mujeres, el 

221 



n I € A E D E » O N 

torito furioso y rampante. .Ved aquí al super- 
hombre, al terrible dominador de las gentes: 
miradle aquí a ©uatro patas delante de una mu- 
jer, esclavo de unos ojos gachones, de unos ri- 
zos gitanos, de una boquita de fresa, de una cin- 
tura juncal.., ¡Arre, burro! No te me asustes, 
rey de la creación; no seas imbécil, rey de los 
animales... Saca las ufias, alza los cuernos, yer- 
gue los espolones, híspete, brama, rozna, crida, 
muge, rtbu5ma, gallea.., ¡quiquiriquí! 

Traigo a las mientes y a la pluma estos "do- 
naires" clavados para siempre en mi memoria, 
p©r penitencia de mis antiguos pecados y para 
que mejor se vea hasta qué punto llegué de pos- 
tración y rebajamiento. Algunas veces, movido, 
más que por la dignidad, por la ira, pretendí le- 
vantarme de aquella torpe servidumbre. Em 
eierta ©t^sión, flagelado el rostro por una inju- 
ria soéz, me erguí con un arranque de locura, 
resuelta a ahogar entre mis brazos a la pérfida. 
Mas revolvióse al punto, cual irritada leona, y 
me sentí de nuevo, como en otros días, mancha- 
do de sangre, vencido en lucha vil, derribado a 
sus pies lo mismo que un fantoche. 

—¡Mire» el Cid Campeador — exclamaba ella 
riendo — , y eómo pretendía pegarle a una mu- 



AMOR DE € A R I D A D 



jer! Pero aquí se han vuelto las tomas... ¿ Aca- 
so no sabes que soy más fuerte que tú? lAh, ei 
yo fuera débil, si yo fuera cobarde, cómo abu- 
sarías de mí ! ¡ Con qué sañuda crueldad me im- 
pondrías entonces el derecho del más fuerte ! 
¡ Y que no sabéis vosotros, los caballeros, ser ga- 
lantes con las señoras ! Ya lo decía tu compadre 
Nietzsche: "¿Vas con las mujeres? Pues no ol- 
vides el látigo". ¡Admirable filosofía: para vos- 
otros, los* besos; para nosotras, las lágrimas! 
Para el varón, el orgullo, la libertad y la fuer- 
za; para la mujer, la ternura, la sumisión, la es- 
clavitud... ¿No es así? Pues bien, amiguito: 31a 
es hora de que los hombres den con la horma 
de su zapato. Y yo, que soy feminista, a mi ma- 
nera, cumplo con mi deber dándote estas peque- 
ñas lecciones... 

Rachas tempestuosas de aborrecimientt y de 
bochorno me empujaban otras veces a huir de 
semejante mujer, a matarla o matarme en un 
acceso de furor; pero el terrible hechizo de su 
belleza, de su ingenio, de mi profunda sensua- 
lidad, que ella sabía encender con todas las ar- 
tes del deleite; las mil agudas seducciones de 
tan extraña pasión y hasta los gritos, las bur- 
las y los latigazos con que me hada sui&ab' 



RICARDO LEON 



aquella bárbara domadora, me tenían tan de- 
pravado y cautivo, que al fin tornaba a sus pies 
más dócil, más vil y muelle que nunca, ciego, 
tembloroso, abúlico, arrastrando conmigo por 
los suelos los últimos jirones de mi estragada y 
rota dignidad. 

He de abreviar, por fuerza, estos tristes ca- 
pítulos de mi vida, porque toda el alma se me 
resiste a seguir publicando los secretos de tan 
infame afición, cuyas últimas abyecciones, hon- 
radamente, no se pueden decir. Y por si todo 
ello aún fuera poco, sucedió que aquella mujer 
devoradora hizo presa en mi fortuna con tal 
arte, que me trajo a las puertas de la ruina. 
Salud, honra, dinero : todo se me iba en las ma- 
nos de semejante vampiro. 

Y cuando supo que me hallaba así, cuando 
vio que conmigo estaba ya a punto de perderlo 
todo, **hasta el humo^ '', huyó de mí, tomó las de 
Villadiego y fuese do. nuevo a América en la 
rumbosa compañía dr un torero mejicano, fa- 
moso por sus proezas, sus volapiés y sus amo- 
res, tanto en la vieja como en la nueva España. 



224 



VIH 



Jamás un hombre se vio más triste, más de^ 
rribado y miserable que yo. Semejante al mor- 
finómano a quien de súbito le quitan su delicio- 
so veneno, sentí una especie de locura, una agi- 
tación insufrible, las ansias frenéticas del tósi- 
go, peores que las ansias de la muerte, la avi- 
dez morbosa de mi perdida y vil felicidad. Pre- 
sa de horribles accesos, de extrañas alucinacio- 
nes, caí después en un abatimiento absoluto, en 
un helado estupor. 

Ya todo estaba muerto dentro y fuera de mí. 
La vida interior y la exterior eran como la ima- 
gen de la Nada, la noche universal, el hundi- 
miento de todas las cosas en el triple vacío de la 
materia, del pensamiento y del corazón. Al tor- 
pe influjo de mi escepticismo, a la flaqueza de 
mi carácter, a mi astenia moral, se unió, para 

15 225 



RICARDO LEON 



acabar de aniquilarme, la aguda intoxicación 
de las pasiones. 

Durante muchos años, desde mi primera ju- 
ventud, habíame yo puesto a secar las fuentes 
de la vida (malavezado por el orgullo intelec- 
tual) , a romper las tablas de los eternos valores 
y sofocar mi verdadero ser, hasta consumir 
aquellos purísimos manantiales de mi infancia, 
los de la vida afectiva y profunda, y convertir- 
me en un ente ridículo y absurdo, empeñado, 
según me dijo doña Rita, en amargarse la 
existencia y hacérsela imposible a los demás. 

Las tribulaciones de mi niñez, la acritud de 
aquellos años, la muerte de mis padres, aguza- 
ron en mí, con ímpetu precoz, la inteligencia y 
el sentimiento. Lanzado al galope de la primera 
juventud, solo en el mundo, ignorante de todas 
las cosas, presa de aguda curiosidad, lleno de 
confusiones, de avideces y ternuras, dado a la 
vida sedentaria, a los libros y al pensamiento 
vagaroso, perdida la fe en lo divino y en lo hu- 
mano, me refugié en mi "torre de marfil", en 
mi caverna platónica, en esa especie de agnos- 
ticismo intelectual y sentimental por donde se 
llega fatalmente a la atonía de las fuerzas vita- 
les, a la vejez prematura del corazón, al ener- 

226 



AMOR DE CARIDAD 



vamiento de la voluntad, a la bancarrota de to- 
dos nuestros motivos de vivir. 

El dolor y la muerte son los dos ojos del 
alma por donde se asoma a las realidades supre- 
mas, a los inmensos horizontes del más allá. 
Desde que comenzamos a vivir se nos impone a 
todos, con el dolor y la muerte, esa contempla- 
ción a la par elevada y angustiosa. ¿ Quién no 
recuerda su primera desventura, la primera 
vez que en los años infantiles sintió el latigazo 
de la adversidad o vió, mudo de asombro y de 
tristeza, la agonía de un ser querido? En esos 
lúgubres instantes, cuando se nos revelan y de- 
claran las más hondas razones de la vida, los 
más oscuros problemas y, sobre todos, el del 
bien y el mal, nuestros ojos mortales se alzan 
llenos de lágrimas al cielo, con la inquietud de 
ese impaciente y afanoso porqué, llave y espue- 
la de toda filosofía. 

Mas, cuando en tales horas, el que pregunta 
no halla respuesta en su razón ni en su fe; 
cuando levanta los ojos al cielo y le cree vacío3 
mira al sepulcro y sólo ve gusanos, siente él 
dolor y no conoce su ley, padece el mal y no sa- 
be por qué existe, una de dos: o es un espíritu 
ramplón y se conforman con negarlo todo, con 

227 



RICARDO LEON 



cerrar los ojos a todo y se acuesta en el blando 
cenagal de un sensualismo torpe y egoísta, o, 
si no es un necio enteramente, vive en perpe- 
tua contradicción, condenado a presencial:, con 
desesperada zozobra, en las tinieblas de sí mis- 
mo, cómo luchan y se hacen pedazos entendi- 
miento y corazón. 

Ambas cosas me sucedieron a mí, demasiado 
susceptible para no padecer tales angustias y 
lo bastante necio para hundirme en el fango 
hasta los ojos. Y una vez hundido y sepultado, 
ciego, insensible al fin hasta a mis luchas inte- 
riores, me quedó únicamente el hambre grosera 
del deleite, la sed rabiosa de aquel opio en que 
buscaba ese falso vivir, esa ficticia voluptuosi- 
dad con que los laxos y cobardes se consuelan 
de su ineptitud para la vida y para el goce. 

¿Qué me restaba, pues, al arrancarme, con 
el amor de mi coima, el último sostén, mi vital 
y dulcísimo veneno? ¿Qué me restaba ya sino 
morir? 

La idea del suicidio se me clavó en el alma 
como un remate de mi angustia, como un pu- 
ñal de misericordia. Solo, arruinado, enfermo, 
sin más hacienda ya que el triste carmen de 
los montes ; sin esperanza, sin salud, sin un 

228 



AMOR DE CARIDAD 



amigo leal, hubiérame dejado morir de inani- 
ción y de tristeza a no venir en mi socorro un 
pariente de Lucas, del viejo criado de mi casa, 
patrón de jábega en la costa, hombre acomo- 
dado y muy de bien, que me llevó consigo a su 
barraca playera, cuando en el lindo hotel des- 
amparado, lleno aún de los recuerdos y el per- 
fume enervante de mi cómplice, desfallecía yo 
a solas, resuelto a morir en el odioso lupanar 
vacío antes que llevarle a mi esposa los miserar- 
bles restos de mi abyección y de mi ruina. 

La bancarrota moral ya no tenía remedio, 
mas sí la quiebra económica en tanto se acu- 
diese con urgencia a liquidar los relieves de mi 
fortuna. Era preciso a todo trance vender mi 
hacienda de los montes, aquella "quinta de las 
lágrimas", donde mi pobre esposa lloraba nues- 
tra común adversidad, e imponer un orden nue- 
vo de vida que nos salvase a los dos de la indi- 
gencia. Pero incapaz yo también de acudir a 
tan heroicos arbitrios, languidecía en mi cobar- 
de actitud, reacio a todo esfuerzo vital, a todo 
instinto de conservación, humillado y enfermo 
en la noble y sana hospitalidad de la casita 
playera. 

Un día sentí en el corazón el golpe de gracia, 

229 



RICARDO LEON 



el doble filo de aquel puñal de misericordia con 
que esperaba rematar mi vida inútil y deshe- 
cha. Recibí una carta en cuyo elegante sobre re- 
conocí al punto, con terrible emoción, la letra 
varonil de Clara Taylor. 

"Chiquito — me decía, como solía deciime 
con una mezcla de cariñosa familiaridad e ín- 
timo desprecio — . Antes de partir para siem- 
pre con rumbo desconocido, quiero despedirme 
de ti. Como supongo tu sorpresa, tu desespe- 
ración y tu ira; como sospecho también que a 
estas horas me habrás puesto de pérfida, de in- 
grata y de Qtras cosas todavía peores, cual no 
digan dueñas ni cañís (todo de antemano te lo 
perdono), voy a demostrarte que no soy tan 
perversa como pudiera creerse, que yo también 
tengo mi alma en mi almario y mi corazoncito 
en el pecho. No pienses que mi resolución de 
abandonarte fué una locura, un acto irreñexi- 
vo y desleal; antes bien (¿no se dice así en cas- 
tizo?), fué una cosa premeditada y consciente, 
como cumple a una ultrahembra como yo, y a 
un superhombre como tú. Créelo, chiquito. Al 
punto que habían llegado las cosas no había 
otra solución. Ni tú ni yo éramos felices... feli- 
ces de verdad. Tú estabas agotado y corrompi- 
230 



AMOR DE CARIDAD 



do hasta los tuétanos. Yo iba a perder contigo 
lo poco que me queda de alegría, de buen humor 
y de salud. Esta es la chipén... Más pronto o 
más tarde hubiera reventado la mina y... la 
debácle . O tú me matas a mí o te mato yo a ti, 
o nos matamos los dos juntos, como en los fo- 
lletines y en las crónicas de sucesos... Y, fran- 
camente, chiquito, eso de morirse debe dejarse 
para cuando Dios quiera... Todavía es tiempo 
de evitar la catástrofe. Tú tienes un hogar y 
una mujer que, de seguro, te aguarda con los 
brazos abiertos. A mí me quedan también, como 
a Don Quijote, unas camisas limpias y unos po- 
cos dineros, con más algunas alhajas y, sobre 
todo, mi persona, que no es grano de anís> 
mi salud, mi humor y mi palmito... La felici- 
dad, como tú decías, aún es posible para los 
dos, cada cual con la suya y Dios sobre la de 
todos... Ya ves que te hablo en cristiano. Yo 
nunca fui mora ni judía, aunque me lo llames 
tú ; pero desde que he padecido a tu vera las de- 
licias de no creer en nada ni en nadie, los en- 
cantos de tu superación de la vida, estoy por 
hacerme católica, apostólica, romana y aun por 
meterme en un convento... En fin, chiquito, me 
da mucha lástima de ti. Yo te quise y todavía fe 

231 



RICARDO LEON 



tengo muy buena voluntad. Perdóname ia tris- 
teza que, forzosamente, y no sin pesadumbre 
mía, habré de causarte. ¡Eduardo, for ever! 
Que seas muy feliz, como lo desea de todo cora- 
zón tu amiga, 

Clara/' 

Las injurias más soeces, los ultrajes más 
afrentosos, la bofetada más cruel, no me hubie- 
sen dolido tanto como allí me dolieron aqurillag 
irónicas razones. Lloré bárbaramente, estrujé 
en mis puños el papel, me revolví en el humil- 
de y hospitalario aposento como enjaulada 
fiera. 

Todo había acabado para mí: la juventud, 
el amor, la felicidad, la esperanza y hasta el 
orgullo. Me sentía irremisiblemente fallido, en 
una espantosa ridiculez y miseria, cual si me 
hallase de bruces en una yacija de estiércol. Lo 
que no pudo conseguir la dignidad lográbalo 
ahora la desesperación: el súbito conocimiento 
de mí mismo, la vergüenza de mi pasada escla- 
vitud, la certidumbre de mi inferioridad, la es- 
tupidez grotesca de mi vida de escritor y de 
hombre. 

Este era el único, el verdadero, inestimable 
232 



AMOR DE CARIDAD 



bien que yo debía a mi loca pasión y al me- 
nosprecio de Clara. Que al rebajarme, al humi- 
llarme, al abatir a sus pies mi orgullo, mi afec- 
tación y mi dureza, me enseñó a conocerme y 
aprendí, poco a poco, de qué ruindades y ab- 
yecciones era capaz aquel que se creía un espíri- 
tu superior, un revolucionario, un intelectual, un 
superhombre en fin, y no era otra cosa que un 
vulgar escéptico adulterado por los libros, un 
solemnísimo pedante, un egoísta feroz, un sen- 
sual con humos y presunciones de filósofo... 

Al verlo así, entonces más claro que nunca, 
al verme derrumbado, huero, chiquito, despre- 
ciable, en trágica parodia, en fraudulenta quie- 
bra, digno de burla y de sarcasmo, convertido 
a la postre en objeto de lástima y chacota, en 
el hazmerreír de una mujer, se me hincó de nue- 
vo en el alma la idea de la muerte, con tan cie- 
go y desesperado impulso, que corrí a la puer- 
ta para arrojarme de cabeza al mar. 

Pero en aquel momento se abrió la puerta y 
apareció mi esposa. 



233 



ULTIMA JORNADA 




MPEZABA a insinuarse la pri- 
mavera precoz del Mediodía. 
Cubríanse los huertos de un 
fonje tapiz, mullido y oloro- 
so; en los naranjos apunta- 
ba el azahar y hasta en los 
cauces secos de los arroyos 
invernizos se abrían las primeras hojas: un 
verde claro, tierno, infantil, asomaba en las co- 
pas de los árboles y ponía, sobre el verdor as- 
cético y oscuro de las hojas perennes, de las pi- 
nochas norteñas, los risueños matices de un fe- 
brerillo loco y andaluz. De los alegres cármenes 

¿37 



RICARDO LEON 



subía un denso olor de frutos y de flores, el vaho 
de las tierras húmedas y calientes, el generoso 
rezumo de la savia nueva, semejante a la dul- 
ce transpiración de un seno maternal. 

Yo también comenzaba a revivir. Salvado de 
la doble muerte, material y moral, merced al 
amor y al heroísmo de mi esposa; juntos al fin 
los dos en nuevo y modestísimo hogar, en nue- 
va y humilde existencia, convalecía yo poco a 
poco de mis pasados males, absorto al sentir- 
me renacer cuando ya me creía definitivamen- 
te aniquilado. 

Es maravillosa la virtud del cuerpo y del es- 
píritu para sobrevivir a los reveses más hondos, 
para restituirse y repararse de las lesiones y 
los quebrantos más duros. Con las angustias de 
la muerte, con el cuchillo en las entrañas, sa- 
liéndose el alma por la boca, ausentes la volun- 
tad y la razón, ya en los umbrales de la eterni- 
dad, todavía podemos, cuando Dios lo quiere 
levantarnos a la luz del sol y restañar la san- 
gre, cicatrizar las heridas, componer el alma 
desgarrada, cobrar el sentido, la salud y el de- 
seo, volver a vivir con nueva y delicada frui- 
ción. 

Tal me ocurría a mí entonces, por la miseri- 
238 



AMOR DE CARIDAD 



cordia de Aquel a quien negué tantas veces; 
por la piedad y solicitud de mi esposa, que, fiel 
a su antigua vocación, me sostuvo en sus bra- 
zos como a un niño enfermo, curó las llagas de 
mi espíritu, veló mis noches angustiosas, rezó 
a mi triste cabecera como una hermana de la 
Caridad. 

¿Quién hubiera creído que esta mujer, que 
parecía tan poquita cosa, tuviera en el fondo de 
su timidez y mansedumbre semejante nervio, 
tal energía interior, una voluntad inflexible y a 
la par un sentido práctico, una tan fácil aptitud 
para los negocios de este mundo? 

Porque ella fué también la que, resuelta y va- 
lerosamente, dejando entonces por ociosas las 
lágrimas de sus ojos y las cuentas de su rosa- 
rio, afrontó nuestra crisis económica, mantuvo 
en sus hombros el hogar, hizo vender la finca 
de los montes y, liquidando Jos restos de la des- 
baratada fortuna, los redujo a fáciles valores 
que nos bastasen para vivir con modestia. Bus- 
có y halló una casita, cerca de la playa, en aque- 
llos mismos aledaños, y con parte de los anti- 
guos muebles aderezó un nuevo nido que, con 
ser humilde y pequeño, tenía más gracia y más 
intimidad que el otro. 

239 



RICARDO LEON 



En tales milagros anduvieron también, según 
supe más tarde, aquellos tristes ahorros de 
doña Araceli, los relieves de la mermada alcan- 
cía que la pobre señora dejó al morir, los cua- 
les representaban no pocos años de sacrificios y 
privaciones. 

La actitud de Angeles, aquellos rasgos suyos 
de abnegación, de valentía, de esforzada pru- 
dencia, empezaron a abrirme los ojos y a derre- 
tirme el duro corazón. Viendo a mi esposa tan 
por encima de mí, siempre callando, perdonan- 
do siempre, reedificando el hogar después de 
salvarme la vida y la honra, y todo ello con la 
mayor sencillez, "como quien no hace nada''^ 
como quien cumple una vulgar obligación, sen- 
tí amanecer en mi alma, con el asombro, la gra- 
titud y el arrepentimiento, un nuevo mundo de 
ideas, en cuyos anchos y luminosos horizontes 
era la vida más dulce, más claro y recto el pen- 
sar, más fino y hondo el sentir, más noble y fir- 
me el querer, más cierto y seguro el juicio de 
todas ias cosas. 

— Cuanto veo en Angeles — consideraba yo. 
experimentando a cada minuto su caridad, su 
ternura, su fortaleza, su fe, todas estas virtu- 
des que antes yo no veía, o si las veía las juz- 
240 



AMOR DE C A B I D A D 



gaba desatinadamente— son realidades profun- 
das, ciertas e infalibles: aquí no cabe negación, 
incertidumbre ni sospecha» Una acción genero- 
sa, un sacrificio, un rasgo heroico, son hechos 
de valor absoluto, de inmediata y fecunda ver- 
dad. Ser bueno es imponer una afirmación, tal 
vez la más rotunda y verdadera de todas. Sí : el 
deseo y el acto de hacer bien, la voluntad de 
hacer felices a nuestros semejantes, constituye 
la única verdad inconmovible y sólida. No cabe 
duda. La verdad, la eterna verdad está aquí : en 
el sentimiento puro, en el amor desinteresado 
y activo. — Todo está en el corazón — como decía 
la Santa. Sean cuales fueren el sentido de la 
vida, nuestra misión en la tierra, un alma liona 
de amor va derecha a su fin, no se equivoca 
nunca. Viene a ser el centro de gravedad de to- 
das las cosas... Pero— (todavía el demonio de la 
duda, el Mefistófeles de la razón disecadora y 
falaz, enemiga a muerte de la vida, me hurga- 
ba en el picaro magín)— pero el concepto del 
bien, ¿tiene acaso un sentido absoluto? ¿No va- 
ría con los siglos, con los pueblos y con los 
hombres? Lo que era el bien, lo que era la vir- 
tud para un hijo del Atica ¿podía serlo para 
un cristiano de la Edad Media? El pensamiento 

i6 241 



RICARDO LE O N, 



de la felicidad, el sentimiento del amor, ¿no eran 
harto distintos en el alma de Sócrates y en el 
alma de San Francisco de Asís? Y aun supo- 
niendo que todos los siglos y los hombres se 
hallasen de acuerdo en estas cosas, y que los 
conceptos puros de la virtud y del bien, del amor 
y la felicidad, fueran siempre en la tierra idén- 
ticos e inmutables, ¿quién me asegura que, en 
lugar de ser un resultado fortuito de las rela- 
ciones humanas, tienen un valor absoluto fuera 
de aquí, en todos los mundos existentes y posi- 
bles? ¿Qué importan al cabo las acciones buenas 
o malas, de toda la humanidad, al formidable 
juego de la Vida?... Por otra parte, si hacemos 
del bien la esencia, el eje y el motor del uni- 
verso, igual razón nos asiste para hacer del mal 
el principio y el alma del mundo... Pero el mal, 
como el bien, es cosa de ética humana; ambos 
son ficciones nuestras, concepciones nuestras, tan 
útiles para vivir como el instinto de conserva- 
ción, e incorporadas a la vida sentimental y a 
los impulsos naturales... Se es bueno sin razonár 
el bien, porque sí, como se pudiera ser malo, o 
se es bueno por reflexión, es decir, por interés, 
Y de todas suertes en el fondo del bien que 
hacemos late el ansia de nuestra propia felici- 
242 



AMOR DE C A E I D A D 



dad, más o menos disimulada ; en las raíces del 
amor al prójimo tiembla el amor de nosotros 
mismos, más o menos consciente— 

Así, todavía, con todos los ejemplos y casti- 
gos que tenía delante de mis ojos, tomaba en 
ocasiones a mis ruines hábitos, a este morboso 
afán de disolver en la conciencia, y en nombre 
del pensamiento y de la vida, los motivos funda- 
mentales del pensar y el vivir, con la delecta- 
ción venenosa del escéptico al creer que nada es 
verdad, que todo miente, que ni aun existe ^1 
sol que nos alumbra. Y para már> horrible pa- 
radoja venía a fundar mis negaciones, mis 
infames dudas, precisamente sol)re el hecho 
vivo, inmediato de la virtud de nü Angeles; 
sobre la afirmación heroica de su amor; so- 
bre la realidad del bien, de las mercedes su- 
mas que yo acababa de recibir por su mano. 
¡Maldita contradicción, siniestra paradoja, quo 
parecía forjada en los abismos del lugar en don- 
de no se ama, por el odio y la desesperación 
de Luzbel! 

Afortunadamente nada valen sofismas ni pa- 
radojas contra la formidable realidad de los he- 
chos. Cuando la razón cree haber destruido al 
mundo, el mundo subsiste, lo mismo que ante.b^ 

243 



Ríe A R m E m # »í 



todo entero, por encima de la r&zón. Como docía 
el Poeta, 

De las estrellas blasfemé iracundo^ 
por blasfemar de Dios hasta en sus huellas; 
y, hui/endo de El y de ellofi, 
me arrojé a lo profundo; 

¡ij ahondé!,., ¡y ohondéL, ¡Y, atravesando el mundo 
hallé sobre mi frente las estrellas! 

¿Cómo dudar del bien si estaba allí pr^ente, 
en el dulcísimo corazón de Angeles? ¿Cómo pen- 
sar que no existía ese bien cuando yo acababa 
de recibirlo y gozarlo? ¿Dónde otra prueba me- 
jor de su existencia y certidumbre? 

—Cuando te fuiste de casa, cuando me aban- 
donaste cruelmente — me había dicho mi espo- 
sa — caí en horrible desesperación. Te vi perdido 
sin remedio para ti y para mí... Llena de indig- 
nación y de tristeza, me sentí ofendida y lasti- 
mada en lo más hondo y puro de todos mis sen- 
timientos... Y aunque yo no sé odiar, creí que 
había dejado de amarte para siempre... Pero, 
después, cuando supe tu situación, cuando supe 
que estabas humillado y enfermo, poco menos 
que de limosna en casa del sobrino de Lucas, 
¡ me dió una lástima tan grande !... Tuve el pre- 
sentimiento de tu muerte, de la perdición de tu 

244 



AMOR DE G A R I D ^ V 



alma... Y entonces corrí desolada a buscarte y, 
una vez más, conforme corría hacia ti, yo le 
ofrecí al Señor mi vida por la tuya... 

Tal me había dicho mi esposa, con delicada 
sencillez, con aquella su activa caridad, su since- 
ra ternura, tan diferentes de mi enfermiza com- 
pasión, de mi torpe sensiblería; tal me dijo al 
rescatarme y volverme al hogar desamparado y 
en quiebra. Entonces, al oir semejantes pala- 
bras, yo, ingrato, cobarde, fementido y ciego, no 
vi de golpe la verdad, no caí de rodillas a sus 
pies, no se me hizo pedazos el corazón. Mas 
poco a poco, las palabras sublimes y, más aún, 
las eficaces y patentes obras, venían abriéndose 
camino dentro de mí, penetrando y esclarecien- 
do la cerrazón de mi alma. 

— Sí — afirmé al cabo, con íntima y rotunda 
persuasión — . El hecho de la virtud, la obra del 
bien, sean cuales fueren los conceptos más o 
menos relativos en que se apoyen ; los actos pu- 
ros de la voluntad que determinan el heroísmo, 
la abnegación, el rasgo sublime, el sacrificio de 
sí, no admiten duda ni sospecha: son absolutos 
y categóricos en el orden del ser trascendental, 
y en todos los siglos y los pueblos, en todos loe 
mundos existentes y posibles. Dar bien a cambio 



R 1 C A n D o ti W o N 



de mal, ofrecer la otra mejilla a quien nos da 

una bofetada, perder la vida, la felicidad o la 
honra en holocausto del amor al prójimo, no son 
conceptos artificiales y vacíos, no son la con- 
secuencia fortuita del instinto, del interés o del 
cálculo : son acciones libres, heroicas y sobrehu- 
manas, las más augustas y culminantes de nues- 
tro ser moral,.. Cuando mi esposa me dijo: 
^*Yo le ofrecí al Señor mi vida por la tuya", 
exprimió, un saberlo, en esta frase, todo el zumo 
del bien, toda la esencia del amor... que es la 
verdad. 



246 



11 



Cundía entretanto la dulce, la impetuosa pri- 
mavera. El esplendor de la montaña y de la cos- 
ta, el júbilo del paisaje y la marina, la serenidad 
de los cielos, la perfumada dulzura del ambiente, 
la suave respiración del mar, templaban el cuerpo 
y el espíritu, levantándolos con nueva y descono- 
cida resolución, a los puros deleites de la salud, 
de la paz, de la buena y amorosa conciencia. Sólo 
el que aprendió a sufrir, el que aprendió a que- 
rer, el que halló base firme en que fundar to- 
dos sus pensamientos y emociones, puede go- 
zar de esta suerte la verdadera alegría de 
vivir. 

Caía el sol a plomo sobre la tierra y sobre 
el mar; bajo el raudal de luz, erguían los mon- 
tes sus agudos perfiles, de atrevido y gracio- 
so dibujo, sus cimas verdes, rojas, cenicientas, 

¿^7 



RICARDO LEON 



ocres, blancas algunas con la blancura de la 
caL Los más lejanos aparecían en grandes ma- 
sas de color violeta, embozados en una dorada 
niebla de sol. Aquí y allá brotaban chispas de 
luz; todo el paisaje estaba como constelado de 
va vivo centelleo. 

La ensenada, transparente y azul, rizada por 
iatenso hervor, resplandecía como lumbre. Al 
golpear un. remo las ondas hería los ojos la viva 
centella de aquel agua de sol. Tan aguda y co- 
piosa era la reverberación del mar y del paisa- 
je, que las cosas de la tierra parecían tener luz 
propia e iluminar el cielo más bien que reci- 
bir su luz. 

Tumbado yo en la arena, junto a mi nueva ca- 
sita de la playa, entre los montes y las olas, 
veía también a lo lejos, en el fondo de la bahía, 
el apiñamiento gracioso de la ciudad, ' coronada 
de sus torres y belvederes, de sus chimeneas 
h umeantes ; la blanca mole del faro, los brazos vi- 
gorosos del puerto, los mástiles de los buques, 
todo ello como ceñido por los senos y contra- 
fuertes de la vecina y azulada sierra. Las rá- 
fagas del viento ponentino traían hasta mí los 
alegres rumores de la urbe, el vocerío de sus 
mercados, el traqueteo de sus fábricas, el sil- 
243 



7Í M o R D E C ^ K í D a D 



bato de sus trenes, el tañer de sus campanas, la 
respiración de sus anchos pulmones sorbiendo 
las brisas del mar. 

Cerca de la ciudad nativa, bajo el cielo azul, 
purísimo, fulgurante; en aquella tierra cálida 
y enjuta, enamorada del sol, cubierta de sar- 
mientos, de naranjos y palmeras, sentía el goce 
de revivir, me asía con avidez a la esperanza 
de una nueva y mejor felicidad, semejante a 
uno de aquellos árboles, torcidos y desnudos, 
pero tenaces y valientes, asidos a los peñascos 
de los montes, que perforaban con sus raíces 
la entraña de la roca buscando el agua viva de 
los profundos manantiales... 

¡ Con qué delicadeza, con qué suavidad y dis- 
creción me ayudaba mi esposa a dar con la 
fuente de las aguas vivas! ¡Cómo, bajo la blan- 
da tutela de aquella singular criatura, comencé 
yo (niño cobarde, veleidoso y muelle) a vivir 
al cabo como un hombre, a refrenar mi adulte- 
rada naturaleza, y recobrar mi propio ser, el 
que forjaron amorosamente las manos y el co- 
razón de mi madre! ¡Cuán claro y justo prin- 
cipiaba yo a ver en las honduras y tumultos de 
mí mismo; cómo aprendía a conocerme y a co- 
nocer a mi no merecida compañera, al ángel de 

249 



RICARDO LEON 



los cielos que, por misericordia de Dios, vino 
a las puertas de mi casa, de mi casa adusta, 
llena de libros y pensamientos extraños, cerra- 
da ai aire y a la luz de la vida (de la vida ver- 
dadera), cárcel hostil a todo lo que fuese cari- 
dad y amor! ¡ Cómo empezaba a comprender en- 
tonces, analizando las cosas afectuosamente, con 
humildad y con ternura, sin pedantería ni or- 
gullo, sin violentarlas ni torcerlas, antes amán- 
dolas y alumbrándolas con las luces del entendi- 
miento y del corazón; qué agudamente comen- 
zaba a intuir sus esencias, sus realidades pro- 
fundas, mirando en los espejos de nuestras vi- 
das, el de mi esposa, tan puro y reluciente, el 
mío, tan turbio, roto el alinde y el cristal! 

Si por el fruto se conoce el árbol, si por las 
obras al hombre, si por la acción al pensamien- 
to, ¿qué frutos, qué obras de verdad y de amor 
podía yo oponer a las acciones de mi esposa? 
¿De dónde nacía en mí tanta flaqueza y oscuri- 
dad e incertidumbre, la ansiedad o el hastío, las 
emociones desordenadas o ficticias, los ensueños 
vagabundos y estériles, la ineptitud para pen- 
sar a derechas, para sentir sinceramente, para 
querer con rectitud y energía, para vivir como 
Dios manda? Y ¿de dónde le nacían a mi es- 
250 



A M o R D E CARIDAD 



posa, con ser mujer y no de muchas letras, su 
claridad de entendimiento, su rectitud de juicio, 
su maravillosa intuición, la fina y fuerte sen- 
sibilidad, la inagotable ternura y todas sus ín- 
timas virtudes, muy hondas, muy recatadas, 
pero nunca ociosas o inertes, sino fecundas y 
activas, prestas a derramarse afuera en obras 
y frutos de bendición? 

—El bien, la virtud — me decía al fin, abra- 
zando amorosamente la verdad, viéndola ante 
mis ojos, como a la luz de un relámpago — , no 
son vagas ensoñaciones, ni conceptos intelec- 
tuales, más o menos firmes y Seguros ; son fuer- 
za y actividad y energía. Todas esas virtudes se 
cifran en una sola palabra, en un solo impulso : 
la caridad. Y la caridad es ante todo acción, 
Pero la acción, en orden a la virtud, sólo se nu- 
tre de la fe. La duda agnóstica, la que nos trae 
a decir : . todo es nada, seca las fuentes activas, 
destituye la voluntad y el corazón sepultándolos 
bajo un cobarde para qué. ¿Para qué vivir en una 
noche universal en donde todo es nada, en donde 
todo miente, en donde todo está hueco, aniquila- 
do y vacío? Unicamente la fe mueve con brío 
la voluntad y la proyecta en la acción. La ac- 
ción y la fe son el anverso y el reverso de la 

25í 



RICARDO LEO N 



misma medalla: creer es, en potencia, obrar, 
como obrar es, en acto, creer. Así cuando la 
creencia, sea cual fuere, se agota, el entusiasmo 
se enfría, se atajan todos los móviles y se detie- 
ne la acción, o gira, como una rueda, en las 
tinieblas de la noche donde todo es nada. ¿No 
es esto lo que me sucedió a mí? 

Pensando de esta suerte — aunque las nuevas 
persuasiones todavía flotaban perezosas en mi 
vida interior, sin trascender al orden práctico — 
iba acercándome, cada vez más, al luminoso es- 
píritu de mi mujer. Conociéndolo ella sentía un 
gozo inefable, redoblaba su esfuerzo y su ternu- 
ra, abriéndome y alumbrándome los caminos de 
amor que conducen al puro conocimiento. Sin 
nieve ya las cumbres, fundida al claro sol nues- 
tra común reserva, juntos en apacible y más se- 
gura intimidad, volvieron a enlazarse nuestros 
brazos y nuestras almas. 

Fué aquella una profunda y silenciosa recon- 
ciliación. Tácitamente, yo confesaba mis culpas ; 
mansa y calladamente. Angeles me las perdo- 
naba. Y como si Dios quisiera perdonar tam- 
bién, al poco tiempo escuché de labios de mi 
esposa una dulcísima confidencia que me llenó 
de gratitud y de al^ía. 
252 



AMOR DE C 4 E 1 D A D 



La felicidad llamaba al fin con recio golpe, 
con súbito alborozo, a la puerta de mi humilde 
casa. El hondo y secreto deseo de los dos, el 
no logrado afán de tener un hijo, iba a reali- 
zarse. 

Lloré con lágrimas nuevas que a la par me 
encendían y purificaban el corazón. El instin- 
to de la paternidad, el misterioso anuncio de 
aquel cercano amanecer, acabaron de abrir mi 
alma a la verdad. Yo había yacido hasta en- 
tonces a espaldas de ella y de la vida, sin sa- 
ber lo que fuesen, absorto en simulacros y fic- 
ciones, al margen del mundo y de mi propio 
ser, ajeno a las realida.des íntimas y a las reali- 
dades exteriores ; ignorando, por ignorarlo todo, 
que quien se aferra al egoísmo, que es el ver- 
dugo del amor, y a la duda, que es la ponzoña 
de la fe, cuando piensa que sabe mucho no 
sabe nada... Con sencilla evidencia lo veía yo al 
fin, sintiendo en las entrañas de Angeles el fru- 
to más dulce del amor y de la vida. 

iCuán activa y sinceramente experimentaba 
yo entonces la alegría de creer, el gozo de amar 
y de vivir! ¡Con qué afanosa vehemencia rene- 
gaba de mi oscuro ayer y me ponía de hiño- 
jos ant« el porvenir, cifrado en el tierno fruto! 



RICARDO LEON 



¡ Cómo se esforzaba mi alma por compensar a 
mi esposa de todo el mal que la hice! Un fue- 
go vivísimo de ternura, de caridad y atrición 
me transformaba y encandecía. Un hombre nue- 
vo surgía dentro de mí. 

Con todo, algunas veces me asaltaba un es- 
condido terror, el miedo crudelísimo de que Dios 
castigase mis pecados negándome aquella feli- 
cidad que Angeles prometía. Me embargaban 
tenaces presentimientos; veía a mi mujer con 
un extraño abatimiento, quebrada su salud y 
fortaleza, vuelto su natural equilibrio en un hu- 
mor m_elancólico. Mirábala triste y pensativa, tal 
vez recelando lo mismo que yo, temiendo lasti- 
mar con el más leve roce aquella vida que se 
cuajaba en sus entrañas maternales. 

Pero al cabo, dichosamente, dio a la luz del 
mundo un niño, rubio como las candelas, sano 
y hermoso como un angelote de Rubens. 



2§4 



III 



Incorporada sobre el lecho, sostenida por las 
almohadas, satisfecha y gozosa, Angeles sonreía. 
Sus ojos, mansos y profundos, cercados de un 
misterioso livor, me miraban como en éxtasis. 

Le estreché la mano, le besé la frente y sen- 
tí con aguda zozobra que estaban ardiendo. 

— ¿Qué tal, Angelines? — pregunté lleno de 
inquietud y de ternura — . Parece que tienes 
fiebre... \ 

— Estoy mejor... estoy bien... — repuso con voz 
desfallecida — . ¿Y el niño? ¡Quiero ver al niño! 

Se lo trajeron muy aderezado en sus pañales, 
rubio y hermoso como un sol. Agitaba las son- 
rosadas piernecitas, los brazos, chiquitines y ro- 
llizos, señalados de hoyuelos, y nos miraba fija- 
mente, muy grave y absorto, sin llorar ni reír, 
abriendo los ojos rasgados y oscuros, hondos y 
humildes como los de su madre. 

255 



RICARDO L M O H 



—Es un niño triste — dijo la nodriza que le 
tenía en brazos—. No rie ni llora... Parece que 
tiene miedo... 

— ¡ Qué ha de ser triste ! — repliqué yo, con ín- 
tima ansiedad — . Es un niño de genio dulce y 
amoroso... un ángel de Dios. 

— ¡ Hijo mío ! — exclamó su madre, tendiéndole 
los brazos en un esfuerzo penoso — . ¿A quién 
se parece? — ^preguntó. 

—A usted, señorita — replicó el ama. 

— Es tu vivo retrato, Angeles — dije yo a mi 
vez — . Es como tú, hermoso y bueno. 

Angeles suspiró entrañablemente. 

Una oleada de luz, el claro sol del Año Nue- 
vo, triunfante en la pura y azulada atmósfera, 
penetraba con ímpetu por los balcones, en la 
limpia y alegre habitación. Todo era allí blan- 
co y luminoso; todo parecía vestido de júbilo 
y de fiesta, en los semblantes y en las cosas. 
Pero en el fondo de mi corazón vagaba la in- 
quietud de aquella fiebre que encendía el ros- 
tro y las manos de Angeles. Con oculta an- 
siedad esperaba al médico, entreteniendo a 
mi esposa con tiwnas caricias y animadoras 
palabras. 

— ^¡Año nuevo, vida nueva !~exclamé, cuando 
256 



AMOR DE CARIBAL 



se llevaron al niño — . Vida nueva... Nunca se 
pudo decir con más razón... 

— Sí... — murmuró pensativa y melancólica — . 
Vida nueva para todos... 

— Pero ¿por qué t( pones triste? — le pregun- 
té, sobresaltado por a extraña melancolía de 
sus palabras y su voz . ¿Es que te sientes mal? 

— No — repuso — , ¡si me siento mejor! Es que 
mirando al niño, sin saber por qué, me dio 
una lástima muy grande... ¡ Es tan humilde, tan 
tierno, tan dulce!... ¡Quién sabe lo que le guar- 
da el porvenir! 

— ¿Temes acaso que por ser bueno y humilde 
no sea dichoso? 

— ¡ No, eso no ! — replicóme con viveza — . Si la 
bondad y la dicha fuesen incompatibles, yo pre- 
feriría mil veces que fuera desgraciado... No es 
eso... Es que... ¡pueden ocurrir tantas cosas!... 

— Pero Angeles, por Dios ; tú siempre tan con- 
fiada y optimista, ¿vas a sentir ahora recelos 
del porvenir? ¿No es el presente felicísimo? 

—Pues por eso, Eduardo: le tengo miedo a 
la felicidad de este mundo... ¡Suele durar tan 
poco! j 

A esta sazón llegó el médico. 

Hícele entrar y después de reconocer a la pa- 

17 ,¿57 



RICARDO LEON 



cíente salíme con él afuera para preguntarle 
con avidez: 

— ¿Cómo está? ¿qué tiene? 

— Su estado es delicadísimo — respondió — . Nos 
hallamos en presencia de una infección de curso 
lento, pero de carácter grave... La naturaleza de 
la enferma está muy agotada... Con todo, aún 
es posible la curación... 

Caí en una silla, descaecido, atónito, como si 
el mundo entero se hubiese desplomado sobre 
mí. Para esconder la horrible pena me encerré 
en mi aposento y allí mezclé las oraciones con 
los sollozos. 

— ¡Angeles! — decíame a solas, presa de una 
ternura lacerante — , ¡qué razón tenías!, ¡qué 
poco dura la felicidad de este mundo !... ¡ Ahora 
que empezábamos a vivir! 

Con un esfuerzo indecible, y asido por fin a 
la esperanza que el médico dejaba entrever, 
compuse mi semblante, refrené mi angustia y 
volví al cuarto de mi esposa. 

Entonces, como ya conocía su mal, advertí 
mejor y con más grave pesadumbre la palidez 
y turbación de su rostro, la mustia expresión 
de sus miradas, la sombra y el livor de sus oje- 
ras, todos los síntomas de la ci^uel enfermediad. 
^58 



AMOR DE CARIDAD 



Y tuve que hacer un esfuerzo heroico para no 
descubrir mi profunda desesperación. 

— Eduardo, ¿eres tú? — ^me dijo, como en otro 
tiempo, al sentir mis pasos en la estancia, nu- 
blos ahora sus ojos, y desfallecida en un prin- 
cipio de sopor — . Tengo sed.^. — añadió — , tengo 
mucha sed... 

Bebió, ávidamente, una limonada y, como si 
aquel refrigerio templase la calentura, se animó 
nuevamente, se incorporó un tanto y me miró, 
acariciándome con una dulcísima sonrisa. 

— Estoy mejor — repuso — , ¿no lo ves?... Ya 
no tengo recelos del porvenir... Ya estoy segura 
de la voluntad de Dios... 

Dijo estas palabras con grave y extraño acen- 
to que me llenó a la par de admiración y de 
congoja. ¿Qué era lo que quería decir? 

— Bendita sea su santa voluntad... — concluyó, 
haciendo la señal de la cruz. 

A la mañana siguiente se atenuaron los sín- 
tomas un poco. Remitió la calentura, cobró un 
tanto sus fuerzas y aprovechó la ocasión para 
llamar a un sacerdote. Con este aliento moral 
ella redobló sus bríos y yo mis vivas espe- 
ranzas. 

Pero al caer la tarde se acentuó la fiebre y 

2S9 



RICARDO 'h W. O N 



tornaron la sed, la angustia y el abatimiento. 
Sin apartarme de su eabecera, rezando y llo- 
rando en mi corazón, mas sonriendo, cuando ella 
volvía los ojos kacia mí, para que nada me 
conociese, vi llegar la noche con medrosa in- 
quietud. 

Guardaba yo un gran silencio por no fati- 
gar a mi Angeles. Pero ella, sacudiendo de 
pronto su morbosa languidez, me habló de esta 
manera : 

— Yo le ofrecí al Señor mi vida por la tuya 
—dijo blandamente, volviendo hacia mí su ros- 
tro palidísimo, iluminándome con una mirada 
singular que no parecía de este mundo — . Y el 
Señor me oyó... 

— ¡Angeles! — clamé conmorido — , ¿qué es lo 
que estás diciendo? No pienses en cosas tris- 
tes... Piensa en el porvenir, en nuestra felici- 
dad... Cuando te pongas buena... 

— Pues en el porvenir estoy pensando — ^me in- 
terrumpió con misteriosa dulzura — , en tu por- 
venir, en tu felicidad..., que es lo que me im- 
porta. 

—¿Y la tuya? 

— La mía... — ^respondió gravemente — ^va a 
cumplirse muy i^ronto».. 
260 



AMOR DE CARIDAD 



Comprendí lo que quería d^eirme y exclamé, 
con la voz empapada d« llanto: 

— ¡Amor de mi alnta! No digas eso... Ya te 
pondrás buena... ¡Si ya te sientes mejor! El 
médico asegura... 

--¿Qué saben los médicos de estas cosas? 
— interrumpióme al punto — . Más sabe el co- 
razón... 

— Pues a mí el corazón me dice que vas a 
recobrar la salud, que vamos a ser muy di- 
chosos. 

—No— repuso, estrechándome la mano con la 
suya ardiente y febril — , no puede ser... Ya es 
tarde... Mi voto va a cumplirse... Dios lo quiere, 
Dios lo dispone en su infinita misericordia... 
para bien tuyo... Ten fortaleza y resignación... 
Abre tu alma a la fe, abre tus ojos a la ver- 
dad... No te olvides nunca de mí... No cierres 
el corazón a la memoria de los muertos... 

Calló, fatigada y exangüe, con invencible lan- 
guidez, vencida la bella y noble cabeza sobre 
las almohadas. Pero, al poco rato, como me sin- 
tiese llorar, volvió a su idea fija y aseveró, con- 
templándome con una mirada profunda : 

— ¡ Sí, Eduardo ; es preciso que yo muera para 
que vivas túi 

26Í 



IV 



Era la víspera del Día de los Reyes cuando 
trajeron a nuestra casa al Señor. 

— ¡Qué buena estrella! — exclamó Angeles al 
saberlo — . ¡Qué hermoso día para caminar!... 

Inflamado su espíritu por ardor mucho más 
fuerte que el de la calentura corporal, se im- 
puso entonces con invencible señorío a todas 
las angustias y las flaquezas de la carne. Su 
voz tornóse clara y dulce, resplandecieron sus 
ojos, el alma entera se asomó a las pupilas, 
bañadas de una luz que yo no había visto jamás. 

Y así que llegó el Santísimo la dieron tales 
ímpetus de amor, que parecía querer saltar 
del lecho para recibirle. Todo el semblante se 
le puso encendido como el fuego, más hermoso 
y luminoso que nunca, lleno a la vez de lágri- 
m.as y sonrisas, de ternura y de paz. Como el 
cisne que canta paa*a morir, cantó suavísima- 

262 



AMOR DE CARIDAD 



mente el fin de sus días, acompañando las ora- 
ciones del rito con palabras tan fervorosas, edi- 
ficantes y sutiles que partían el corazón. 

De hinojos en el suelo, puesta también el 
alma de rodillas, abierta y desbordada la fuen- 
te de las lágrimas, desfallecía yo, sostenido por 
el brazo leal del viejo Lucas, sintiéndome trans- 
figurado y rendido, colmado de fervor y de 
angustia, como si la vida y la muerte fueran 
en mí una misma cosa. 

— ¡ Padre y Señor de mi alma ! — decía Ange- 
les, en tanto, con inefable dulzura — . Cúmplase 
vuestra voluntad... Tened compasión de mí en 
la otra vida... Y que no les falte a quienes amo 
en la tierra este alimento para el camino... 

Después de recibir el Viático, pidió la Extre- 
maunción, con que acabó de prevenirse para el 
tránsito, desasiéndose y purificándose de la vida 
mortal. Y luego quedó por mucho espacio como 
absorta, con una expresión de beatitud y sere- 
nísima calma. 

¿ Cómo tuve yo fuerzas para resistir estas su- 
premas emociones sin que estallasen dentro de 
mi pecho todo el amor, todo el dolor en él ca- 
llados y contenidos? 

Todo aquel día lo pasó mi esposa en un ali- 

2^3 



RICARDO LEON 



vio sorprendente. Llegué a creer con ansia viva 
que aun se podría salvar. Pero el médico, sin 
responder, me miraba con pesadumbre, y An- 
geles, cuando yo la animaba, repetía: 

—No, Eduardo; es preciso que yo muera para 
que vivas tú... 

Mandó que trajesen al iño, y al tenerlo jun- 
to a sí ya no pudo reprimir la fuerza de sus 
lágrimas. 

— ¡Hijo mío!, ¡hijo mío! 

Le besó muchas veces y mirándome luego me 
dijo así: M 

— Vive para él... Edúcale de manera que no 
sea desgraciado por culpa suya... que haga tam- 
bién felices a los demás... Que nunca niegue a 
Dios ni a su madre... Que sea bueno ante todo... 
que sepa creer y amar... 

A partir de aquella noche, x\ngeles se agravó 
de tal suerte que ya perdí toda esperanza. Sen- 
tado junto a su cabecera, fijos el pensamiento, 
el corazón y los ojos en su demacrado semblan- 
te, pálido ya como una hostia, contemplaba en 
él la trágica lucha de la vida la muerte. Su 
debilidad era tan grande que al menor esfuer- 
zo se desvanecía. Agitábase a ratos con dolo- 
rosas contracciones y terribles náuseas; abría 

264 



AMOR DE CARIDAD 



los párpados desmesuradamente y luego toma- 
ba a caer en un profundo sopor. Y entonces yo 
la sentía delirar con delgadas y misteriosas vo- 
ces que parecían venir del otro mundo, de la 
insondable eternidad. 

— Eduardo... mi hijo— tu hijo... Para siem- 
pre... para siempre... Tengo sed... Agua, agua, 
dame agua... No, de esa no... que está llena de 
gusanos... Abre la puerta... la puerta de la cár- 
cel... ya veo el camino... Es la alegría... la ale- 
gría de vivir... 

Aun en aquel estado de agotamiento físico y 
de excitación espiritual, así que despertaba un 
poco, su inextinguible ternura me vigilaba siem- 
pre. Cuando ya la suma postración no le consen- 
tía moverse ni hablar, todavía posaba en mí los 
ojos llenos de sombras y de nieblas, con una 
mirada singular, como si con ellos quisiera de- 
cirme toda su fe, todo su amor. 

Yo, en tanto, sostenido por la bárbara ten- 
sión de los nei-vios y del espíritu, la veía caer 
poco a poco en el abismo trágico; veía en su 
rostro grave, dulce y angelical, cada vez más 
agudos los rasgos y los perfiles de la Muerte. 
Contraído todo mi ser en una muda y seca de- 
sesperación, agotados mis gemidos y mis lágri- 

265 



RICARDO LEON 



mas, sentíame ya solo en el desierto del mun- 
do, incapaz de vivir en adelante con la abru- 
madora pesadumbre de mis culpas, de mi do- 
lor, de mi vacío desamparo. Comprendía enton- 
ces ¡cuán tarde, cuán a deshora! el inmenso 
valor de aquella felicidad que perdía, de aquel 
sumo bien que en otro tiempo había yo desco- 
nocido y ultrajado. Veíame ya, próximo tam- 
bién a las puertas de la vejez y de la muerte, 
en una soledad tristísima, sin una ternura pro- 
tectoMr'sm una mano fraternal, sin un apoyo 
firme, sin un pecho amigo al que fiar los pen- 
samientos y las penas, abandonado de aquel no- 
bilísimo corazón que yo desgarré tantas veces 
y que, tan tierno y valeroso, había sabido sa- 
crificarse hasta el fin. 

¡Cuán implacablemente, padecía en lo más 
entrañado de mi alma todas estas cosas y mu- 
chas más, patentes y sensibles como nunca, 
para torcedor y castigo de mi conciencia y 
mis pecados! Y ¡de qué manera los recorda- 
ba todos, uno por uno, con toda su horrible 
desnudez: mi dura impiedad, mi insensato 
orgullo, mi egolatría, mi altivo menosprecio, 
mi desamor, mi ingratitud, mi felonía, mi 
baja y cobarde sensualidad! ¿Cómo podría vi- 
m 



AMOR DE CARIDAD 



vir en lo futuro, yo tan indigno de sosiego y 
de perdón, sin otra compañía en mi alma que 
las memorias de los antiguos y despreciados bie- 
nes, sin otro refugio en mi conciencia que las 
sombras de aquellos monstruos de mis actos? 
¿ Qué haría yo en adelante de mi triste libertad, 
de esta desamparada libertad que con ruin de- 
seo codicié otros días, cuando juzgaba mi ma- 
trimonio una cadena tan dura, si ahora que- 
daba amarrado para siempre a la esclavitud del 
remordimiento y del dolor? 

Todavía, en presencia de mi esposa moribun- 
da y a pesar de su ejemplo y de mi pena, con- 
sideraba estas cosas de un modo interesado y 
ruin, a la sombra de mi egoísmo, no a la luz de 
la caridad y la fe ; con más dolor de mi dolor pre- 
sente, de mi cerrado porvenir, que de mis pa- 
sadas culpas. ¡ Con cuánta razón había dicho mi 
pobre Angeles: "es preciso que yo muera para 
que vivas tú"! 

Sí: eran menester su ausencia, mi desampa- 
ro y soledad para que yo acabase de redimirme 
y de clavar los ojos en la Cruz. Era preciso que 
Angeles muriese en este valle de lágrimas para 
que yo alcanzase con ella la verdadera vida, él 
inmortal seguro... 

1^ 



RICARDO LEON 



Tan ciega, tan miserable y tenebrosa es la 

existencia aquí abajo, que sólo con el dolor y 
la muerte nos abre los ojos a los hombres. Hay 
que perder los bienes de este mundo para sa- 
ber lo que valen : es menester la desventura para 
conocer la felicidad; es necesaria la dolencia 
para estimar la salud. Era forzoso que la muer- 
te, la gran reveladora, me descubriese todo el 
valor del bien perdido, para que yo aprendiera 
del todo a conocer y amar el bien... 

Trabajado por lúgubres ideas, no más crue- 
les y obstinadas que la realidad de aquella ago- 
nía interminable, empecé a sentir, juntamente 
con las torturas del espíritu, el cansancio cor- 
poral de tantas noches de emoción y de vigilia. 
Ya de madrugada, habíame quedado solo con 
la enferma, que parecía dormir apaciblemente, 
con suave respiración. Cerca del amanecer la 
invencible fatiga me rindió al cabo. Sin darn^e 
cuenta me quedé traspuesto, con la cabeza apo- 
yada al borde de las almohadas. 

Me despertó la luz del día entrando por los 
balcones. Me alcé con horrible sobresalto. Miré 
a mí esposa, que aún parecía dormida. Toqué 
sus manos y estaban como la nieve. Puse mis 
labios en su rostro y me dió la sensación del 
2m 



AMOR DE C A E I D A D 



mármol. Sentí un vértigo y proferí un grito 
desgarrador. Estreché en mis brazos el pobre 
cuerpo de Angeles ; la llamé con voces, rotas por 
los sollozos... 

Sólo esto me faltaba para eterno remordi- 
miento de mi conciencia. Como si aquella már- 
tir quisiera llevar hasta el último suspiro su 
caridad y abnegación, habíase dejado morir ca- 
lladamente en medio de la noche sin romper mi 
cobarde sueño. Ni aun en el momento de aban- 
donar la tierra desmintió su ternura y su hu- 
mildad : f uése con alas de paloma, volando man- 
samente para no despertarme... 



269 



V 



Desde que aquella santa partió de este mun- 
do voy caminando por la tierra como un peni- 
tente, con el hijo de mi dolor y de mi amor en 
los brazos, el alma puesta de rodillas y los tris- 
tes ojos en el cielo. 

¡ Cuán lejos ya de mí las falsas ideas, las ve- 
nenosas dudas, los pensamientos egoístas, las 
presunciones intelectuales de antaño ! ¡ Cuán re- 
motos ya los ímpetus rebeldes, la desazón áe 
los deseos, la soberbia de las pasiones, la va- 
nidad de los libros, la perenne inquietud del 
corazón ! 

El hombre nuevo que había empezado a vi- 
vir sobre los despojos mortales de la perdida 
felicidad, crecía dentro de mi alma, escarmen- 
tado y humilde, conforme a la voluntad de Dios, 
obediente a sus designios, consagrado a la fe 
y al recuerdo, encendido en las íntimas hogue- 

m 



AMOR DE CARIDAD 



ras de la caridad, la renunciación y el desen- 
gaño, a cuyas vivas luces todas las cosas se 
transfiguran y esclarecen. 

Así llegué al puro, al inmaculado conocimien- 
to de la verdad, de esa verdad que en vano per- 
seguía mi menguada razón al través de las co- 
sas exteriores y que estaba dentro de mí, dur- 
miendo en las calladas sombras de la con- 
ciencia... 

Vivimos a oscuras, en el hondo abismo de iií- 
comprensión y de ignorancia que aisla y opri- 
me a todos los seres del mundo. Vivimos a cie- 
gas de los demás y de nosotros mismos. Nues- 
tra orguUosa razón sólo conoce por símbolos y 
abstracciones; tiene que convertir las cosas en 
cifras y alegorías para hacerse la ilusión de 
que las penetra y comprende. Pero esa triste 
ciencia de números, ese álgebra de la vida, para 
nada o muy poco le sirve al corazón. Y es por 
el corazón, más que por la inteligencia, por lo 
que vivimos y comprendemos. Sólo el amor y 
la fe, las intuiciones del corazón, aciertan a ilu- 
minar esa callada sombra de la conciencia (en 
donde duerme lo más profundo y misterioso 
de nosotros mismos), a abrazar la vida de 
golpe y a darle un sentido a la par divino y 



RICARDO LEON 



humano, el sentido del bien... que es la verdad. 

Creer, amar, sufrir, compadecer: he aquí lo 
positivo y cierto. Fe, ternura, caridad: he aquí 
las tres virtudes del corazón, las tres lámparas 
de la vida. Caminar por la tierra mirando al 
cielo, dar bien por mal, hacer dichosos a nues- 
tros semejantes; derramar, a manos llenas, con- 
suelo y felicidad en el mundo: este es el colmo 
de la sabiduría, de la certeza humanas. Toda 
bondad, por melancólica y humilde que fuere, 
es una verdad inmediata y segura. ¿Qué va- 
len todos los orgullosos pensamientos, las so- 
berbias razones, las más alambicadas pedante- 
rías, ante un sencillo y manso corazón que sabe 
amar, que sabe creer, que sabe sufrir y, en úl- 
timo termino, sacrificarse por nosotros? 

Tal fué el dulcísimo corazón de mi esposa; 
tal fué el ejemplo, la riquísima herencia que me 
dejó al partirse de mí aquel espíritu singular, 
uno de los más santos y hermosos de cuantos 
la gracia de Dios tuvo por suyos en este valle 
de lágrimas; tal fué aquella noble criatura, dul- 
ce y angelical como su nombre, con la que in- 
dignamente compartí el pan, el lecho y el amor; 
a quien traté, sin embargo, como a enojoso 
huésped, como a desapacible forastero, sin co- 
272 



AMOR DE CARIDAD 



nocerla nunca, yo tan pagado de mi, pero tan 
ciego y sordo; sin comprederla jamás, mien- 
tras no vinieron a descubrírmela y arrebatár- 
mela el Dolor y la Muerte. 

Otra herencia me dejó en el mundo: este 
hijo, grave y humilde en su niñez, que, en el 
semblante y en el alma, es un clarísimo espejo» 
un vivo retrato de su madre. 

Sus ojos dulces, rasgados y oscuros, su voz 
de blando metal, su carácter apacible, tímido 
y amoroso, evocan maravillosamente la fisono- 
mía de Angeles, sus palabras, sus virtudes in- 
teriores y aun aquella santa y suave melanco- 
lía de sus penas. 

La entrañable ternura de mi hijo, su presen- 
cia y su voz en el hogar desamparado y silen- 
cioso, junto a la noble solicitud del viejo Lu- 
cas, son para mí un consuelo y un reproche: 
sufro y gozo mirándoles... 

En mi hijo he cifrado todas las nuevas es- 
peranzas de mi ya próxima senectud: en él se 
dibujan ya, con todas las excelencias de su ma- 
dre, las virtudes antiguas de sus abuelos. Mi 
hijo no será — Dios me oiga — ^lo que su padre 
fué: un extranjero en su patria, un enemigo 
en su hogar, un triste maniquí de todas las mo- 

i8 j?7a 



RICARDO LEO N 



das intelectuales y extrañas: mi hijo no será un 
"fracasado", un "abúlico", un escritorzuelo pe- 
simista, infecundo y presuntuoso; mi hijo, en 
fin, no será un "superhombre", sino un hombre 
de veras, en toda la noble y cabal acepción de 
la palabra: un caballero, muy español y muy 
cristiano... 

Plísele por nombre Juan de la Cruz : su nom- 
bre dice también amor de caridad. 



I 



ES PROPIEDAD DEL AUTOR 

QUEDAN HECHAS LAS INSCRIPCIONES 
QUE MARCAN LAS LEYES PARA LAS 
REPÚBLICAS AMERICANAS 



COPYRIGHT, 192?, BY RICARDO LEÓN