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Full text of "Corazones y motores"

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Eugen Relgis 









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CORAZONES 



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MOTORES 



Edicionei "HUMANIDAD" 



E U G E N R E L 6 I S 



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rflotoreó 



Versión castellana 
de PABLO R. TROISE 



EDICIONES "HUNANIDáD" 



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"Cst* «UaMnlo nuevo d* la 
•medón mvcáaica". 

OCOROB tlLTIO 

Eugen Relgis conoce al hombre. Lo ha seguido 
'de cerca por el mundo, lo ha encontrado, sin duda, 
sobre el mundo. 

Por lo mismo, salvando las distancias que van 
desde lo efímero a lo eterno — o bien, a lo que pu«d« 
ser eterno — quiso hallar en la máquina inclemente 
su Verbo irrefrenable: su sentir, su pensar, su propio 
andar. 

No porque si ni ahora, sino ANTES: hace cua- 
renta, casi cincuenta años, cuando no era difícil escu- 
char en las penas y las sombras tan sólo "las roman- 
zas de los tenores huecos y el coro de los grillos que 
cantan a la luna". . . 

Y vino a comprender — ya lo sabia — que en la 
máquina el hombre fue dejando su propia libertad, 
todo el soplo del alma, y hasta el ser. 

Por eso el artesano y el poeta forjaron el estilo 
de Ciro andar para salvar esa alma y su destino, serena 
realidad del hombre en sí. 

Y sólo CORAZONES Y MOTORES —confundidos 
y frágiles los dos — se fueron alejando de sus manos 
tras el crisol del tiempo, tras ciudades viajeras y fe- 
briles, tras mineros de piedra, tras un mito, o entre 
los altos hornos de las fábricas. 

Entonces nació el verso. 

Del amor, del dolor. 

Con las formas extrañas y huidizas del mundo 
y de las gentes. 

Con el último grito del planeta crujiendo entre 
los dientes de la máquina. 

Con la emoción mecánica que deja, "por sobre 
la contienda", como un eco de olvido sin razón. 

Con el ritmo de un paso incomprensible que hace 
crecer la luz de la existencia hasta que cruza el pue- 
blo de la tierra, quedándose en el pueblo y en su his- 
toria 

"Antilíricamente". Así lo vemos en esta selección 
de sus poemas. ¿Cómo? "Sin serenatas", dijo Enrique 
Furtuna, compañero de letras de Eugen Relgis. 

Olvidando las torres de marfil. 

PABLO R. TROISE 

5 



OBRAS Y FABRICAS 



EL CANTO DE LA MAQUINA 

I 
En subterráneos olvidos 
estobo con mis fuerzas reprimidas, 
oculta en la negrura mineral. 
Transcurrían milenios ignorados 
irrefrenablemente transformados, 
cruzando el infinito sideral. 
El corazón ardiente del planeta 
latía con impulsos renovados. 

Hundido en los montañas gigantescas 
mi ser yacía sin formas. 
Tronaba sobre mí la pesadez, 
junto a la resistencia y la unidad. 
Pero ba¡o el abrazo de la muerte, 
mi vida palpitaba con furor 
en el juego tremendo de los átomos, 
pues mi misión se estaba preparando 
durante aquella espera interminable... 

Porque el tiempo ya es de la conciencia 
que busca sobre mí su perfección, 
así como su propia libertad 
ante la ley, severa e implacable. 

Y fue la luz, prudente y anhelante, 

tras los posos del hombre, 

hasta mis más recónditos secretos. 

Golpes firmes, valientes, 
me traspasaban, me desmenuzaban, 
y despertaban ecos dolorosos. 
¡Oh, lucho despiadado del Trabajo! 
En los hornos altivos 



mis fuerzas se aceraban, 

y mi esencia se iba reintegrando, 

escurriéndose pura por los moldes. 

El pensamiento y la necesidad 
encontraban por mí sus armas nuevas. 
La voluntad y el mito de la fuerza 
creaban, siempre aun sobre la muerte, 
ya despreciando la fatalidad. 

Mi poder se extendía 

lenta y seguramente 

bajo los esplendores de la luz, 

y dominaba a quien me sacó un día 

de las profundidades de la tierra, 

para darme las formas de la Máquina. 

II 

¡Hombre! Escucha mi canto 
mezclado con mil voces, y comprende 
que por mí hablan las potencias vírgenes. 
Resonante y frenético se alza 
el ímpetu creador buscando el cielo, 
y sin cesar los ruidos de las ruedas 
y de los engranajes 
trepidan bajo el sol como una nube 
de polvo iridiscente. 

¡Hombre! Mira mi rostro y reconoce 
que renacen por mí fantasmagóricos 
enemigos, y ancestros prehistóricos. 
Siempre estoy devorando: 
la matanza implacable de la bestia 
brilla en mis ojos sin pupilas y 
en mi boca de dientes rechinantes. 

¡Hombre! Mira mi cuerpo, 
mis ademanes y mis gestos rápidos, 
y piensa que mil veces 



se renuevan tus fuerzas agotadas. 
|Qué mezquina es tu arcilla 
al lado de mi torso de titán^ 
con nervios que satánicos ordenan 
mientras truena y aúllo el corozónl 

I Hombre, estremécete! 
Tu conciencia está en mí; 
tu orgullo de creador me hace tu amo, 
y las necesidades que te acosan 
ante mí te doblegan por entero, 
ya que por ese pan que yo te entrego, 
me dos toda tu hombría. 



Hombre, tú no te atreves 
a quebrar mi dominio rebelándote. 
Por los noches, de día, a todas horas, 
a mí te sacrificas como a un dios. 
Expías tu pecado: 

creaste ún mundo nuevo y te abalanzas 
de un horizonte al otro entre las cumbres 
. . . pero tu hambre es siempre renovada. 

Hombre, redímete, 
con humildad y con resignación. 
jYo te mecanicé! 

Anexo a mi unidad compleja, eres 
el esclavo que piensa pora mí; 
un creador sujetado o su creatura, 
que forjando destruye y aniquila, 
aplastando en el odio al propio amor. . . 

Hombre, tú has fundido 
el bien y el mol en mí, 
cuando en los esplendores de la luz, 
tú me diste los formas de la Máquina, 
entregándome al par tu vida misma. 



EL CANTO DEL ALBAÑIL 

I 

Desde lo alto de! liviano andamio 
mi vista abarca toda la ciudad, 
maciza y dura —como roca enorme 
que en la noche deforme se ocultaba. 

Y crece a pleno sol, 
subiendo lentamente, irresistible, 
al empuje de esfuerzos milenarios 
de pequeños titantes. 

Fulgen faros en lo alto de las torres 
como si fueran frentes poderosas 
irradiando la luz del pensamiento 
surgido desde abajo, 
en las casas febriles, 
donde los gestos ágiles y breves 
originan la vida de las cosas. 

Las calles no agotadas 
—cruzadas como red 
de ríos turbios- 
encauzan el oleaje de las gentes 
esparciéndolo luego 
allá donde palpita el sufrimiento, 
donde gime el deseo; 
donde se han de templar las voluntades, 
clamando las ideas que renuevan: 
allá donde los héroes 
plasman su sacrificio. 

Y las calles persisten vigiladas 
por los hornos candentes 

que lanzan a través de las alturas 

—hasta purificarlo— 

el hálito pesado y tenebroso 

del trabajo por siempre apresurado, 

dispersándolo así en la eternidad 

a que aspiran los hombres en el valle. 



10 



Y tantos ruidos útiles 
se unen en un cántico armonioso. 
I Oh, la voz de la tierra 
anhelando la paz que está en el cielol 
Desde el fondo de humildes corazones 
se elevo lo plegaria generosa 
de lo ciudad doliente 
. . .y glorifica 
la luz de su creación. 



il 

Aquí, en los livianos 
andamies 

yo trabajo en mi muro asiduamente 
desde que llego el alba hasta la noche. 
Cuando los pojarillos 
me rozan con sus alas en el vuelo, 
me estremecen las simas o mis pies, 
y siento lo alto 
que está aún el cielo. 
Pero mi trabajo 
me sirve de apoyo. 

I Un ladrillo y otrol 
AAi vertical no vacilo. . . 
Yo levanto al espacio lo materia 
y bebo el soplo frío 
del viento ávidamente. 
No tengo miedo cuando 
la tormenta —viniendo desde lejos- 
precipito su furia sobre el "monstruo" 
que anhelo hacia los astros. 

Aullando entre los pisos 
desiertos o gimiendo 
entre andamies vibrantes, 
prueba lo tempestad mi propia peno. 
|Un ladrillo y otro! 



11 



Mis cánticos ligeros 

perecen dispersados 

en polvo entre los nubes, 

cuando, de abajo, la ciudad me envía 

su ánimo viril y persistente. 

Porque la vida se renueva siempre 
con las horas del día. 
Le da aspectos cambiantes, 
inesperados estremecimientos. . . 
Mi trabajo también es renovado. 
¡Y el muro sube! 

—¿Hasta dónde? 
yo me pregunto en el anochecer, 
cuando a mis ojos la ciudad se esfuma 
ocultada en la noche 
de las grandes estrellas. 

Y al fin, al descender 

de mi cielo al reposo que me espera 

—prometiéndole dones a mi pena 

y a mi acción de hombre alegre 

que piensa con firmeza— 

entonces yo me digo: 

—Mañana más arriba 

levantaré mi muro. . . 

¿Pero hasta dónde? —¡Siempre más arriba! 

Quiero alzar mi aliento joven 
más alto que las torres más altivas; 
quiero que mi vista abarque 
horizontes más vastos cada día, 
y que mi sueño lúcido 
me lleve hacia el cénit. 

Y quiero que mi canto se abalance 
triunfal donde los pájaros 
no llegan a subir: 
quiero que la ciudad tenga su eje 
alrededor del cual pueda creer 
que gira sin cesar la tierra entera. 



12 



EL CANTO DEL JORNALERO 

Yo soy el más humilde 
de aquellos sometidos o lo fatalidad, 
sintiendo que el vivir 
es el padecimiento en esta tierra: 
en lugar de los muertos, es la vida, 
el tributo exigido duramente 
por el instante que en nosotros lote, 
y que se pierde luego en lo infinito. 

Soy el más pobre de los que nacieron 
en la gleba desnuda. 
Mi cuerpo es más templado 
que el de la propia máquina, que a prisa 
teje su odio en la canción de ruedas. 
Sé que llevo tesoros sobre mí, 
pero no los codicio y no pregunto 
de dónde vienen, ni para quién son . . . 

Yo soy el más hambriento 
de aquellos hermanados en el dolor, y arranco 
la fuerza de mí mismo, 
manteniéndome firme 
con esa voluntad de los ilotas 
heredada y guardada, 
igual que la dureza del diamante, 
entre lo escoria impura. 

Yo soy el más callado 
de aquellos sometidos a escuchar 
los mandatos de siempre, 
y los misterios de lo redención. 
|Oh, olma mío, sigues soportándome, 
y no me pides nunca que golpee 
a quien me está agobiando, 
porque ya no sé odiar. . . 

Estoy tan resignado 
como tal vez lo está lo eternidad 
bajo un cielo sin límites. 



13 



con mundos que renacen sin cesar. 
Sobre mis hombros llevo tantas cargas, 
que me parece que no soy el mismo 
cuando descanso ba¡o las estrellas. . . 

¡Oh, mi trabajo 
de jornalero! 
Lo quiero con la hombría 
que todavía permanece en mí. 
Yo siempre, siempre, llevaré mi carga 
. . .Y ni aún cuando muera 
me creeré librado: 
yo siento que mi vida 
perdurará en mil cosas 
que sorbieron mis fuerzas —y en los hijos 
que engendrara en mis penas y penurias. 

Y sé también que otra carga 
—cuando retorne a la tierra- 
ha de pesar nuevamente, 
pero con más bondad . . . 



44 



LEYENDAS MODERNAS 



Al Ing. S. Soru 
\n memoriam. 

I 

EL ídolo de hierro 

Enlr* lom labradio« «• conalruv* uiva lAbriea. 
abundando las inl«a«a anira loi horUonl— . 
Loa palaaiat axtlandan su ballasa aaraaa 
ba]o lánguidaa olaa que va volcando al aoL 

Trepida la pesada hormigonera, 
envuelta en polvaredas de cemento 
y su vientre, girando, se derrama 
en carretillas de chirriar agudo. 

Exige, exige más y siempre exige. 
|Qué tremenda es la máquina que mando! 
("Un hombre", y otros más, están llenando 
a toda prisa su acerada copa). 

Todos trabajan a su ritmo duro 
desde el amanecer hasta el ocaso. 
Es tan pesada la monotonía 
del mismo trajinar mecanizado. . . 

Y es más penosa en tardes de verano 
con horizontes abrasados, cuando 
lo tierra desparramo aromos fértiles, 
llamando al sueño y aflojando el ímpetu. 

En su polo se apoya el hombre y mira 
lo blanca lejanía, vagamente, 
y oye el zumbido de uno trilladora, 
aunque a su lado —más potente— lanzo 

la hormigonera su rugido hambriento. . . 
El soñador se mece en el okido; 
sus párpados se cierran — |y helo allí, 
apresado por brazos despiadadosl 



U 



Hondo penetra el hierro al cuerpo ¡oven, 
y el aullido de muerte 
es el aullido 

que ha podido lanzar la vida misma, 
victoriosa, por obro de la máquina. 

La hormigonera 
se sacude y muerde, 
rechina por sus ruedas, 
sus dientes, su motor. . . 
Y con su vientre giratorio, inmenso, 

parece que quisiera digerir 
muy rápido su presa —y vomitarla 
después, entremezclada con arena, 
guijarros y cemento, 
santificando con el alma humana 
la materia, maldita desde siempre. 

Y los peones, 
los pobres labradores que dejaron 
la gleba por la máquina imponente, 
quedan petrificados un instante 
—cinco, diez— sin pensar: 

—¿huir? ¿ayudar?. . 
y con sus herramientas en las manos. 
Sólo un perro ladra 
con lástima humana 

—saltando hacia la bestia ensangrentada— 
por la vida de aquel que soñó un día, 
mirando el horizonte 
lejano 
de su propia Libertad . . . 



16 



II 

"HECHOS DIVERSOS" 

Cr*c* un palacio nuavo 
Jualo an al Cantro da la CapUal. 
Mha ¿quién plansa an al rancho, 
donda yaca al dolor dal arrabal? 



Trabaja "un hombre" como tontos otros, 
y su tarea es simple: en sus espaldas 
debe llevar ladrillos hacia arribo, 
donde está canturreando el olbañii. 

Sube otro vez lo escolo en espiro!. 
"En mi último día ¿cuántos veces. .?" 
Presentimiento brusco. ¡Ahí —y el viejo 
empieza o vacilar bajo su carga. 

Con coda poso, incesontemente, 
aumenta el peso sobre sus espaldas. 
Lo siente tan cruelmente confundido 
con su cuerpo agotado, que parece 

que él también o sí mismo se levonto. 
¡Es tan triste, perdido en su pensar! 
El va mirando todo su destino, 
siempre en un marco sin revoque: rojo. . . 

jOh, ladrillos, lodrillos y lodrillos 
que ho llevado durante cuarenta oñosl 
Lo pesadez aumento, pero él quiere 
—en el último elán— ir hosto orriba. 

Los sienes le palpitan obrosodos, 
y los lágrimos brotan de sus ojos. 
Un peldaño... uno más... Sobre sus hombros 
magullados levanto uno montoño. 

La obra y el orgullo de su vida 
se fijan en lo hora del delirio. 
|EI último peldoñol ]Su victoriol 
...Y él jadea en su esfuerzo empecinado. 



17 



Pero da un paso más allá y lo engulle 
aquel abismo que se hundía astuto 
entre los siete pisos, sepultándolo 
su macizo silencio subterráneo. . . 

Al otro día en las noticias breves 
de los sucesos de la Capital, 
esas gacetas que lo saben todo 
hablaban algo acerca de "un suicida 

viejo y desconocido". . . 

III 

EL CONSTRUCTOR 

"¡Cuidado!" 
Con su cielo nublado y encogido, 
el otoño cansado ha descendido 
sobre el silo que están por terminar. 

Y en inmensos montones, en el patio, 
yacen granos, tesoros recogidos 
en las vastas campiñas generosas. 

Llegan trenes y carros desbordantes 
y crece la montaña de los frutos 
que en lo neblina del otoño lento 

esperan nuevas celdas 
—colmenas gigantescas de hormigón— 
y la boca insaciable del molino. . . 



I' 

Y el que grita va arrojando 
presuroso, invisible, sobre el patio 
cosas menudas, tablas y despojos. 

Es un siervo y parece un dios extraño 
que libra de sus moldes 
a un horrendo monstruo de hormigón. 



18 



Coen trozos de hierro y de modero; 
resuenan sordomente en lo llovizno. 
En el cielo hoy lejío, y borro obojo... 



"iCuidodol" 
Yo es un refrán indiferente y ronco. 
"Un hombre" miro su creoción y piensa 
en su duro trobojo —y uno barro 
se clavo bruscomente en su cobezo. 

¿Venganza? ¿Azor? ¿Destino? ¿Poro qué 
preguntar algo o lo Fotalidod? 
Ello tiene su fin y su elegido, 
y el peso de los cosos le obedece. 

...Siete dios. Lo muerte lo desgorra 
con sus dientes de fiero. 
Pero la vida ruge en él: ¡él quiere! 
Se hunde en lo noche, vuelve o despertar. . . 

Con su pobre cerebro destrozado 
aún tiene lo fuerzo de los héroes: 
su ciencia triunfa —y él, en su delirio, 
concibe nuevas obros, nuevos rumbos. . . 

IV 

EPILOGO 

{Oh, anónimos muertos de los obros 
que ensongrenton todo ímpetu o ios ostros 
con las cargos que siempre están coyendol 
Nadie los glorifica. A veces surge 

un rebelde pensar contra el destino 
que hacemos deslizar nosotros mismos 
en ladrillos, maderos, hierro, piedras... 
Ignoramos lo ley que soportamos: 



19 



pagamos el tributo de la sangre, 
y no entendemos esa voz silente 
de las cosas —mas todos comprendemos 
y hasta amamos el cuento del pasado.,. 

Nuestros ancestros se sacrificaban 
con firme fe por levantar los templos, 
y enmurallaban vivas a sus hijas 
por animar las piedras con su llanto. 

Y en el áspero paso de la vida, 
subiendo alto, más alto, con estéril 
corazón, arrastramos la leyenda 
desde Adán hasta hoy, con nuestros mártires, 



20 



UN día en el puerto 



LOS ALBORES 

Es la hora, en la noche, cuando reina el olvido 
en lo Ciudad inmenso; cuando el silencio grave 
recorre con la brisa los nfuelies susurrando 
a los seres exhaustos sus voces de consuelo. 

En la cerradas sombras de tonos sepulcrales 
parecen más lejanos los aspectos del puerto 
—perdidos bajo vastos desiertos estrellados, 
y en los siglos que el hombre no ha podido contar. 



Es la hora en que todos los misterios palpitan 
bajo formas plasmados por el sueño pesado 
de los siervos que sueñan que también ellos tienen 
sus instantes felices. . . 

Y en el aire grisáceo de pálidos matices, 
los barcos en el puerto parecen respirar 
—siguiendo el ritmo suave de iguales balanceos— 
mientras la noche pleno se destrama en el mor 

Es la hora en que algo se preonuncia mediante 
señales —signos mudos apenas percibidos— 
que llegan de algún rumbo, creciendo en todos partes 
el terror de lo vida, invencible y horrenda. 

Bajo el derramamiento de las diáfanas olas, 
los fantasmas del puerto se van reincorporando, 
y es así que resaltan los destinos humanos. . . 
—Los siervos del Trabajo despiertan otra vez. 



21 



Es la hora del áureo nacimiento del día, 
cuando los rayos surgen en chorros poderosos 
que trazan en las casas la faz de la locura, 
y en las máquinas dejan las muecas del dragón, 

Ya los mundos serenos desplómanse silentes 
en los que despertaron y arrastran el andar 
con pasos lentos hacia 

donde los ctros mandan, 

mientras las ruedas cantan y aullan las sirenas. 



22 



DUERME UN HOMBRE 

Cae el calor, pesado, desde el cielo 
que ya no gira en amplios horizontes 
ni en los nubes de vagos resplandores, 
pues parece abrasado por mil soles. 

Fluido y claro, cargado de espejismos 
yace el calor cual bloque gigantesco, 
y con sus naves naufragadas, rotas, 
se hunde el puerto en el fondo del Atlántico. 

En el cansancio de la tierra vibra 
la eternidad; los miasmas se desprenden 
desde las lentas descomposiciones, 
bajo el diluvio de los áureas olas. 

Sobre el muelle, entre viejas herramientas, 
hay alguien con aspecto de gorila, 
con los brazos cruzados, encorvado, 
al lado de uno pila de carbón. 

Manchado de hollín, aceite y poh^o, 
en su semblante magro y arrugado 
luce la gruta roja de la boca, 
reflejándose el sol en ello mismo. 

Y su descanso es cruento entre las piedras 
y los cabos y el hierro, sin soberlo; 
sus fuerzas prietas gimen ciegamente; 
su olvido soberano desafía 

la inmensidad del cielo de verano. 
En esa espera se suceden siglos; 
mas, habituado al peso de los mundos, 
él respira inmutable, como un dios. 

Surge un espanto blanco en el silencio 
y apaga el gesto vivo de la fuerzo: 
bajo la angustia ardiente de la muerte, 
el puerto implora su resurrección... 



23 



Pero bajo el sudario 
del abandono cruel va la certeza 
de la fatalidad ávida: el Trabajo, 
que siempre desengaña a la esperanza. 

Cuando el grito burlón de la sirena 
traspase al Hombre, se erguirá de un salto, 
y ha de llevar de nuevo, lentamente, 
la misma carga dura y aplastante. 

Porque es inagotable 
la pila de carbón, 
y eternamente habrá de ser el Hombre 

su esclavo de arcilla... 



24 



EL CIELO DEL TRABAJO 

Cercaron este cielo chimeneos y mástiles, 
con nubes de humo y vohos de enfermizos coloras; 
triste, como el trabajo de buques y de fóbricos, 
por lo que ya no vemos el cielo de uhromor. 

Quedo el cielo pagano de puertos extendidos: 
uno cárcel fantástico; allí los jornaleros 
olvidan lo victoria que exige el porvenir: 
lo cumbre solitario donde apenas los héroes 

llegan de vez en cuando desde su anhelo puro. 
|Oh, este cielo estrecho del trabajo mecánico; 
el de pensar estéril y mudo corazón, 
que su dolor no puede llorar hacia los astros! 

Esperan los novios repletos — |A zarpar, 
hacia otros países con los mismos destinosl 
(Aullan las sirenas en el anochecer, 
y el mundo es el que grito su hambre y su pereza. . .) 

En el cielo velado por mástiles y grúas 
se encienden pobres lumbres, cual ojos lagrimeantes. 
Titilan en guirnaldas, dispersas —esperanzas 
quebrados y olvidados en cosos y en collejas, 

cerco de los callados y de los muy sufridos, 
que hoy ignoran del cielo lo bóveda infinita 
—con millares de estrellas que brillan sin cesar, 
como esperando el tiempo en que abajo los rebeldes, 

visionarios, señalen a los hombres las fuentes 
de lo iluminación, 
alzando hacia ios astros los cantares 

de lo liberación . . . 



25 



NOCHE EN EL PUERTO 

Como en la calma de una cripta vieja 
bajo lu palpitante noche pálida, 
en su anhelante espera 
van taladrando el agua 
las rojas luminarias. 

Y se convierten en columnas largas 
hundidas en un lago de betún 
sosteniendo en sus cimas oscilantes, 
cada una, un barco fantasmal. 

De los cuatro horizontes, 
en círculo gigante, 
esos alucinantes 
navios empujados 
por ciegas tempestades, 
han prendido las garras de sus anclas 
en la rada olvidando 
abismos y naufragios 
que los fueron cercando 
en cadena infernal. 

Aquí duermen los barcos agotados... 
Debajo de los velos funerarios 
me parecen sarcófagos 
milenarios con miles de carroñas 
abandonadas por la Vida errante 
en los desiertos movedizos. Y 
—despacio— los instantes del olvido 
con ecos vagos van acompañándose. . . 

Aún duermen los barcos en el puerto; 
la candela en lo alto de los mástiles 
es una araña entorpecida entre 
las velas distendidas. También ella 
se ha cansado de otear el horizonte 
que yace, siempre el mismo, en altamar. 
—Oh, viento, ¿por qué suspiras 
sobre un mundo derrotado? 



26 



Una sirena dio su grito largo 
e hizo estremecer lo noche plena. 
Y los ruedas ocultas reinicioron 
su cántico en sordina... 
—Con el albor del día, 
¿hacia qué tierras, 
por qué rumbos secretos partirán 
estos barcos altivos, 
derramando su luz 
sobre el oleaje eterno de lo Vida?. . 



27 



NOCHE SOBRE EL MAR 

La ciudadela viajera sigue avanzando en la noche; 
surca muy hondo la senda que se cierra tras de sí, 
y en susurros miríadaríos del fondo del mar se alza 
—confusa y apasionado— una plegaria de amor. 

Desde estrellas que parecen los ojos de tristes hadas, 
dejan las sombras avaras gotear apenas la luz 
sobre un quimérico mundo, sin rocas y sin campiñas, 
que se agita desde siempre en su propia inmensidad. 

Y en él flota victoriosa la isla humana llevando 
en sus entrañas al pueblo que agotado de soñar 
y de luchar, soportando los heridas de lo vida, 
duerme. . . cuando sólo se oyen los zumbidos del motor. 

A veces cruza uno llamo -lejos, lejos— anunciando 
con sus destellos rojizos que alguna otro ciudad 
va flotando lentamente, también viajero, perdiéndose 
hacia otros puertos soleados, por otras rutas del mar. 

Mar Negro, 1914. 



28 



MITOS 



LA PIRAAAIDE 

El felo¡ va orrastrando su cansancio 
desde el amanecer, por la canícula 
del desierto. 
Su visto está fijada 
en horizontes de espejismos cruentos, 
y en codo poso, al vacilar, recuerda 
esos naufragios lentos 
de caravanas extraviadas en 
el mor de arenas arremolinados. 

¡Helo allí! Parece que 
su grito desesperado 
orrancó de la muerta lejanía 
al obro —porque ya en el horizonte 
uno cima perfilo su firmeza. 

Y sus posos se vuelven más ligeros, 
palpitando en su seno 

hundido 
la pujanza. 

Y lo áspero cima 

se ensancho y se levanta 
cuando más cerco de ella está el viajero 
y extiende en el desierto 
la fascinante alfombro del ensueño 
—su triónguio de sombra. 



Yace en su sueño el redimido exhausto, 
abajo, junto a lo pirámide: 
montaña traspasando el infinito, 
tan firme que parece 
enclavado en el seno de la tierra; 
ton mudo que parece 
ser el refugio mismo del sileruHo; 



29 



tan seca que parece 

más árida y estéril que el desierto; 

tan corroída que parece 

más vieja que la propia eternidad.., 

Pero el fela¡ prolonga 
su sueño sin saberlo, y de lo hondo 
del corazón regresan los ancestros: 
el desierto existía, 
pero sin la montaña de granito. 
Y él ve cómo se ha erguido 
la montaña hacia el sol. 

Y en el crepúsculo, 
sobre la broncínea 
pantalla del cielo, 
en la agonía lenta 
del tiempo sojuzgado, se perfila 
un extraño racimo gigantesco: 
tantos cuerpos 

sobre un abismo de desesperanza, 
con sus manos crispadas 
se prenden de la gruesa soga atada, 
a través de estridentes 
poleas, a una viga 
montada en lo más alto. . . 

Se contraen los músculos, y crujen 
las articulaciones; 
centellean miradas 

y brotan lágrimas entre los párpados, 
y los dientes rechinan, 
esparciéndose ardiente 
el vaho del esfuerzo. . . 

El racimo humano 
se tuerce en la tortura del cansancio: 
lo aterroriza el grito del que manda. 
Reposa sobre aquella viga negra 



30 



un bloque de granito 

pesado, tan pesado 

y tan grande, 

que parece sin limites sobre ellos 

—y ellos sin tregua 
tiran hacia abajo, 
pues deben levantarlo 
despacio, despacito, más arriba 
y siempre más arriba; 
deben crecer los muros 
de la pirámide 
en lo que reinará 
real e invisible 

el dios terreno, el faraón, el amo 
altanero y feroz 
—eternizado 

por el sudor, las penas y la sangre— 
que desde su palacio subterráneo 
va a desafiar al estrellado cielo 
con la montaña pétrea 
de los sacrificados. 

Y ese racimo demasiado vivo 
se tuerce y se retuerce 
exprimiendo su savia, 
mientras que, en la sombra, 
con mirada sangrienta el rojo esbirro 
acaricia contento 

—como si fuera un viejo compañero— 
su látigo: 
la fina 

y pulida serpiente 
que ha mordido insaciable 
dejando tantos surcos en los carnes 
de los esclavos negros y cobrizos. 



31 



LOS MINEROS 
I 

PAISAJE MINERAL 
Horizonte abrasado 
de irradiaciones, en el que las nubes 
se funden y perecen. 
Salida del sol, que empieza 
un día más —triunfante y renovado— 
subiendo al infinito, como un héroe 
del cosmos saturado de tragedias 
ocultas tros doradas ilusiones 
recreadas por el hombre soñador. 

Bajo el o¡o solar y fascinante 
se acercan todas las nubes 
en quimérico entrevero, 
hasta que desaparecen 
en el horrendo foco celestial. 
Un cielo cristalino 
y vibrante 

se extiende ante el astro fecundante. 
La tierra entera, libre de tinieblas, 
largamente parece suspirar, 
mientras que los efluvios de la fuerza 
penetran en el seno 
colmado por las obras de la muerte. 

La aridez mineral reina extendida 
sobre el etéreo muro 
de un horizonte circular que ciñe 
o un país: 

no engañan los paisajes, 
y, sin cesar, recuerdan al destino. 
¡Oh, en ninguna parte los misterios del bosque, 
ni el festín de colores y de aromas 
de la Naturaleza 
que desconocería 
el odio y el furor. .1 



32 



Desiertos calcinados y revueltos, 
y páramos de piedra y de carbón. 
Pirámides enormes, levantadas 
sobre los cementerios 
del trabajo y las penas ancestrales 
bajo el látigo ciego de la vida. 
—Y en esa gloria que en el cielo vibra, 
se derraman las olas 
grosientas, renegridas, de los hornos 
que flamean frenéticas, 
sin tregua, 
alrededor 
de la mina infernal e inagotable. . . 



II 



EL NUEVO TEMPLO 

Al Este se perfila una colina 
como un monstruo asirio gigantesco; 
apoyado err sus patos 
oprime con su peso la tierra árida 
bajo un horizonte de coral. 
—Está echado, feroz, con la arrogancia 
del amo que ve todo por los dos 
grutas hundidas en su centelleante 
cabeza de granito. 

Su boca —con colmillos 
de acero— está al acecho, 
abierta en un bostezo horrendo y ancho, 
mientras que los vapores y el humo se entretejen 
como velos enlutados, 
manando desde su frente 
manchada de hollín. 

Parece 
que está allí desde milenios 
bajo 
un sol devorodor y alegre. 



33 



Está desde los tiempos de los reyes-tiranos: 
el terror de los ídolos 
dominaba a los pueblos. 

Es el monstruoso templo de Boa!, 
en el que penetraban 
solemnemente 
los adoradores, 

sacrificándose en su vientre ardiente 
—o sufriendo el castigo 
que proclamaban los clarividentes... 

Parece el mismo: inmóvil 
entre ios ilusiones de la gloria, 
y entre las tormentas de la historia; 
por su boca voraz, unas tras otras, 
fueron entrando las generaciones, 
pues la fatalidad del sacrificio 
domina a toda civilización, 
y un dios bárbaro, el mismo, les ordena 
la misma adoración. . . 

Entre los altos hornos encendidos 
los espera la mina, 
el dragón despiadado 
con centelleos de oro 
y horrores invencibles. 

Por caminos de escorias y de asfalto 
vienen —siervos, 
los padres y los hijos- 
como en las procesiones ancestrales 
que sin odio 
y sin desesperanza 
siguen llegando desde todas partes 
con pasos lentos, pasos resignados. . . 
No resuenan más los cánticos 
de los ancestros extáticos 
que al instante a las llamas se arrojaban 



34 



sin vacilar. 

—Ellos vienen 

con sus pasos lánguidos, 

pues ya no tienen fe. 

Su vida es sólo 
una vana y absurdo 
dispersión en la Nada. 

Por la amplio boca abierto 
como una herida, entran los mineros; 
se hunden en la noche 
subterránea 
y se agotan, 
sacrificándose, 
desierto el corazón: 
sin los ídolos, sin los sacerdotes 
de antaño— 

avanzando 
con lo peno incesante del ilota 
¿hasta dónde? ¿hosto cuándo? 
o través deT laberinto 
de lo mino infernal e inagotable. . . 



35 



36 



LA GRÚA 

Estrépito de cables y cadenas, 
chirrido de engranajes. 
Un pescuezo de acero 
trepidando, 

en su vértice un pico abierto y curvo 
que reluce en el sol, 
se inclina sobre el muelle. 
Cual jirafa 

que hunde su cuello en las tupidas matas, 
el pescuezo de acero 
entra al bosque de mástiles 
castigados por todas 
las tormentas del mar. 

Estrépitos más cruentos, 
más chirriar de engranajes. 
Y llevando en el pico una gran presa, 
sube hacia el sol el cuello 
de aquel monstruo mecánico, 
hasta quebrarse 
otra vez, girando 
titánico y volver a levantarse 
con el pico vacío 
encorvado: 

los barcos llegan sin cesar y el hambre, 
interminablemente, pide, pide... 

Bajo el cielo cercado, 
febril y nebuloso 

por el jadear del mundo subterráneo 
—cargado por las penas 
del trabajo del hombre— 
la grúa se parece 
a un ser milenario 
dominando un país 
inmenso: 
un dios 

surgido de potencias tempestuosas, 
quimérico y feroz, 
clavado en 
el seno de la Tierra dolorida... 



Bajo las nubes lívidas 
de reflejos dorados, 
Ella gira cruelmente: 
plesiosaurio 

con sus huesos de hierro, 
sus nervios acerados, 
su carne de cemento . . . Gigantesco 
como el ancestro de las selvos vírgenes, 
engendrado en los ciegos 
excesos de la vida; 
un tirano insaciable y furibundo 
de un mundo artificial e incomprendido 
por los callados y los resignados. . . 

Y rugiendo y chirriando, 
trepidando sus cables y cadenas, 
la grúa, dueña sin nombre 
de la edad de la máquina y el oro, 
recoge los tributos 
que llegan por mar desde 
los cinco continentes del planeta . . . 

Y la Ciudad, tan vasta, 
con sus bocas de fuego, 
con dársenas y usinas, 
con bancos y mercados, 
rascacielos y plazas, aparece 
horrenda y unitaria: 
cuerpo fantasmagórico 
del ídolo de acero 

que, rugiendo, se inclina acompasado 
y vuelve a levantarse irrefrenable, 
haciendo relucir bajo el sol las 
inagotables cargas arrancadas 
a las entrañas de los barcos- 
inapreciables cargos recogidas 
por la creadora esclavitud de esta 
humanidad, la eterna despojada, 
y templado desde hoce miles de oños 
en sus padecimientos... 



37 



EL TREN 

En monótono estruendo 
un inmenso miriápodo de hierro 
—de cabeza 
humeante y abrasada- 
traspaso fantasmal los lejanías 
arrastrando su cuerpo segmentado 
en treinta vértebras. 

A través de los bosques esqueléticos 
—que levantan millares 
de brazos a las nubes cenicientas, 
perseguidas por el 
húmedo viento 

de octubre en las campiñas giratorias, 
despojadas de mieses, 
con algún ojo de agua 
en el que llora el cielo— 
el infinito canta por las ruedas 
sobre las cuerdas siempre paralelas. 

Y la noche crece 
pesada 
y deforme, 

mientras jadea el monstruo empecinado. 
Con él, al lado de él, sobre la tierra, 
se desliza una hilera 
de luminosas lápidas, 
y fantasmas huidizos 
tiemblan en los cristales. 
Adentro, los viajeros 
se duermen o vigilan, 
quebrados sobre sí mismos 
como los condenados o los acróbatas 
—mientras que en mí taladra el insaciable 
comején del deseo. 

Vanamente la luna lasciva 
desgarra las nubes, 
al reir a través del pentagrama 



38 



saltarín 

de los hilos del telégrafo, 

componiendo la vaga sinfonía 

de un astro yermo 

y obsesionante. 

Trepidante, el cortejo del Destino 
corre siempre 
en la canción mecánico. 
Buscando la quimera 
de la felicidad, 

oculta más allá del horizonte, 

lo humanidad anhela 

en su cárcel de hierro 

donde relampaguea el pensamiento, 

y donde el corazón va repitiendo 

su triste melopeyo 

hacia los fascinantes 

abismos estrellados. 

Y cuando en la alborada se escurría 
—como de una herida— la luz rojo 
del Oriente encendido por el sol, 
estremecidos 
fueron despertando 
los hambrientos viajeros de la vida. 

Porque no canta más el infinito 
sobre cuerdas de acero, entre las ruedas: 
—en el blanco país del silencio, 
o del petrificado 
Nirvana, todos bajan 
del tren con gestos lentos 
y pesados de tonto vanidad . . . 
En el instante de inmovilizarse 
—ellos también— en el silencio eterno, 
miran con ojos cansados, 
asombrados o espantados, 
las oscuras montañas del Dolor 
que a lo lejos parecen ser un largo 
y apacible 
convoy de dromedarios. . . 



PAISAJE EN LA ESTACIÓN 

Señales verdes, 
rojas 

y doradas, 
anaranjadas: 
rubíes fríos, 
brillos de baile, 
de carnaval, 

aparecen los unos tras los otros 
en la pesada noche... 
Y deslizando 
la mirada fija 
sobre rieles de hierro 
—paralelos- 
esperan a la luna, 
alto, 
en el cielo. 

Mientras yo estoy 
soñando tiempos ¡dos. 

Rápido, 

fragoroso, 

corre el tren 

—un dragón 

de ojos ardientes 

y de escamas doradas. 

Al lado, abajo, 
entre ¡uncos, 
corre el río 
sigiloso, 
susurrando 
presuroso, 
de ola en ola 
entre las dos orillas. 

Y el río lleva 
sin cesar 
sus ondas 
—su multitud de ondas apretadas— 



40 



con su lamento largo hacia el revuelto 

cementerio 

del mar. 

El tren se lleva 
a los viajeros, 
siervos de las penas 
y del trabajo 
hacia ilusorios rumbos, 
atravesando el páramo 
yermo del olvido. 

Me quedo resignado 

soñando 

tiempos idos. 

Señales verdes, 

rojos 

y doradas, 

anaranjados: 

se multiplican, 

y al desprenderse 

giran 

y se enlazan, 

centelleando en lo bóveda del cielo. 

Y otra 
multitud 
multicolor 
de grandes astros 
en el campo eterno, 
se arraigo. 
Viejas estrellas 
— pequeñitos, 
deslucidas, 

de a dos, de o tres- 
titilan todavía, 
como los ojos cansados 
y enfermos de las esfinges, 
como los ojos fijos 
de muertos bienamados... 



41 



LA SEPARACIÓN QVE VNE 

I 

EN LA ESTACIÓN 

Ya llegan los viajeros desde la ciudad triste, 
tendida entre colinas, resignada 
bajo el peso de los absurdos dramas 
urdidos por el hombre 
acosado 

por el afán frenético de lo salvación, 
a través de la grandiosa 
indiferencia del mundo. 

Ya llegan los viajeros 
desde la ciudad triste, saturada 
por sus riquezas de Metrópoli: 
el sino de un país la está oprimiendo, 
la corroe la vida trepidante 
que ansia y ruge, que domina y creo 
y llora, rie y canto, bailando sobre tumbas. 

Ya llegan los viajeros 
a la estación, de prisa, y la ciudad 
bajo los astros brilla tristemente. 
La misma despiadado tiranía 
encadeno las fuerzas rebelados- 
pero nadie se quedo 
en la vasta y pagano Capital: 
siempre consigo mismo, ello está sola, 
amonte de un día —y de todos, 
en el flujo y reflujo peregrino. . . 

En vano enciende su fascinación 
en los calles, los teatros, los bares, las vitrinas. 
En vano ondeo su olvido 
y hoce resaltar dones, recompensas; 
en vano oculta lo implacable red 
de fábricas que exigen los nuevos sacrificios; 
en vano sube ol cielo 
paro que no se vean los otras lejanías: 



ellos siguen llegando, siempre llegan, 

como en el fin de su Calvario largo; 

se agolpan en la puerta 

maciza, aherrojada, 

detenidos, cual olas, por un dique. 

Bajo la ahumada bóveda aletea, 
como cuervos en vuelo, la impaciencia— 
y luminarias pálidas vigilan en lo alto, 
compadecidas como 
los ojos de una madre... 

Cuerpo con cuerpo, ellos se penetran, 
desde que los efluvios de la vida 
van de uno al otro, insensiblemente. 
Sorben el soplo ajeno, agrio como la niebla, 
y sienten que, interminablemente, 
una ley rige al mundo antagónico y febril. 

Cuerpo con cuerpo, son desconocidos- 
pero las brasas de las ansias arden 
en el pecho, en los ojos. Y, callados, 
se confiesan los unos a los otros 
la misma cruenta maldición terrena. 

Cuerpo con cuerpo, son un solo hombre. 
Unidos por tenazas de impaciencia, 
su voluntad se agita, empecinada; 
piden un horizonte más sereno, 
nuevas luchas, derrotas o victorias... 
La vida en cada uno está aspirando 
hacia visiones nunca desmentidas, 
y cada uno quiere 

esquivar su destino, ciego, absurdo, tiránico. . 
!Oh, la vida de uno —y de todos, 
se rebela y empuja 
a la Fatalidad, que se ha forjado 
cual la puerta maciza, aherrojada, 
pidiendo sin cesar su Libertad. .! 



i44 



ir 

EL 

EL —un joven que encierra su universo 
en el corazón ávido, obrosodo, 
en el cerebro herido por preguntas, 
y en músculos que vibron en su empeño. 
El, hijo de la humanidad sangrante, 
lleva su soledad lúcidamente 
a través del embate de la vida. 

El, luchador que quiere 
cumplir con su destino 
de átomo en la eternidad, 
anhelo 

hacia cimas irreales. 
Pero sabe 

ir abriendo los rumbos de la tierra; 
coda hecho es un himno a lo armonía 
que creo y recrea en lo infinito 
sus mundos estrellados. 

El, que sabe la herencia 
que transmitieron los generaciones, 
él, que se esfuerza por acrecentarla 
manteniéndose firme 
entre las tentaciones; 
él, abarcando 
en su ser humilde 
lo humanidad entera, 
él cree 

en el áspero sentido 
de la existencia y busca tenazmente 

la verdad en el vasto torbellino 

de apariencias 

y cree 

que sólo él es el amo y el guío de su vida 

henchida por los fuerzas 

que en luces se convierten. 

El, uno —libre y collado— crea 
bajo los resplandores del abismo, 
cual los héroes alegres de lo Acción. 

4r 



III 

ELLA 

ELLA —una ¡oven en la que se encarnan 
ínapagadas búsquedas, 
tantos anhelos sin desesperanza . . . 
Virgen en que la vida renovada 
aún sigue palpitando 
como en el corazón de los ancestros, 
y en la que la pasión canta las ansias 
que tan sólo se cumplen con la unión... 

Ella, la flor humana y solitaria 
ha crecido en el lujo de su mundo severo— 
un nido de consuelos y de ensueños, 
eternidad de esperas 
perdidas en desiertos de silencio! 

Fuente de almas purísimas, 
jardín de las leyendas 
soleadas, 
y de dulces 
secretos alumbrados 
por el mirar tendido 
hacia visiones de felicidad. . . 

¡Oh, sombra fascinante la del anochecer, 

cuando su pensamiento 

se teje y se destrama susurróndole 

melodías de olvido! 

¡Oh, la noche estrellada que agoniza 

cuando ella, sin voz, 

llama al Desconocido 

que lucha enardecido 

en lejanías arremolinadas! 

Pero Ella espera en lánguido silencio; 
nadie puede entenderla, vigilada 
en el estéril fasto de su severo mundo. 



-46 



Y van creciendo en ella 

las llamaradas de la adoración, 

mientras que en su mirada 

llorosa y vaga 

tiemblan 

los espejismos de la Ensoñación. . 



IV 

RECONOCIMIENTO 

Bajo la bóveda 
retumba la impaciencia 
de los seres humildes 
fundidos en un cuerpo fantasmagórico, 
delante de la puerta maciza, aherrojada. 

Y las pálidas luces 

siempre están vigilando encima de ellos, 
como compadecidas. 

Señales y silbatos, y el fragor de las ruedas. 
¡Es el instante de la redención! 
Pero la puerta engaña su alegría, 
despertando, febril, la nueva espera— 
y parece inflamarse la locura 
en el tormento oscuro de la ira. 

De pronto El se estremece, fulminado 
por una dulce aparición surgida 
—purísima- 
entre los cuerpos rudos, 
cual la flor en las grietas de las rocas. 

Y El mira fijamente aquel milagro, 
y en él gritan heridos los sentidos, 
palpitando en sus sienes y en su pecho 
la tempestad surgida de su vida. 

Todo su ser se lanza 
hacia Ella, anhelando 
su propia salvación, cuando en sus ojos 
asombrados 
refulgen 
las alucinaciones del Amor. . . 

* í! * 

Ellos se miran, y en el aleteo 
de los párpados muestran 
sus ojos encendidos 
lo más profundo: 



48 



su pensar, su alma, 

el posado, el presente, vislumbrando 

los instantes supremos. cc^v- 

¡Ah, grito silencioso 
de corazones que, predestinados, 
se encuentran en lo ciega confusíónl 
Ellos vienen, se acercan con certeza, 
sin saber que esperando 
en un lugar 
— aquí— 

en lo puerta que oculta el porvenir, 
impulsados por fuerzas 
irrefrenables, ellos 
se reconocerán. 

Como dos héroes de lo vida anónima, 
todo el destino de la muchedumbre 
que en la puerta de hierro aguanta y gime, 
se encarna en ellos mismos. 

I Se reconocen! 

Y se acercan más. 

Y los hombres los cercan . . . 

La mono de Ello está en lo de El, tan suave, 
tibia —y el cerco vivo los aprieta, 
y ellos dos se penetran con lo mirada ardiente; 
sus latidos, su aliento, 

se confunden —y siempre 

se dicen, sin palabras, 

su secreto, 

sus añoranzas— 

siempre. . . 

"Eres la que he buscado 

en vanos espejismos 

en luchas y en andanzas". 

¡Se reconocen! 

Y su unión collada 
es un grave salmodio 



49 



—y la nostalgia 
se disipa, cual nube, bajo el sol. 

"Eres el que esperaba 

en mis años vacíos 

y en las tinieblas hondas". 

¡Se reconocen! 
Ella, la hija del Ensueño, 
y El, hijo de la Acción. 
E inmovilizados por el hechizo, escuchan 
los dos el mudo cántico de la adoración. 



Fragor de ruedas, señales, 
silbatos, trepidar, cerca, más cerca 
. . .Y la puerta de hierro 
se desliza de pronto 
como ante un gesto mágico. 

Y un aullido resurge victorioso 
de gargantas quemadas 

por la sed de salvarse. 

Y como el río que deshace un dique 

precipítense, aplástense 

todos los torturados por las garras 

de la impaciencia hacia otras lejanías 

y hacia otras victorias 

o hacia otras derrotas. 

Retumba largamente 
bajo la bóveda 
el engaño de la liberación. 

Y aquel torrente humano 

corre arrastrando a la pareja unida. 

Ellos, los condenados 

a una vida sufrida desde siempre, 

arrastran su tesoro— 

sus elegidos— ellos, los errantes 

y los desconsolados. 



50 



Á 



que parecen 

llevarlos o lo gloria 

—más allá de la muerfe^ 

y a océanos de olvido, 

en las eternidades del Amor 

sellado por el beso 

con el cual ellos vencen oí destino 

y con el cual 

se dicen la palabra inquebrantable 

que une al cielo y la tierra en la armonía 

primera 

y de siempre. . . 



91 



V 

LA SEPARACIÓN QUE UNE 

Fragor de ruedas, señales 
y los trenes 
con sus ojos 
rojos, fijos en negras lejanías... 

Y las sombras humanas 
se buscan y se ocultan 
con sus anhelos vanos. 

Y ios trenes, 
los dragones de acero, parpadean 
al Norte, al Sur 
y esperan 

con tantas cargas vivas, 
por lanzarse en la noche sideral. 

Ella se apoya en una ventanilla 
—el marco de su imagen- 
lagrimea y sonríe 
irradiando su rostro 
una felicidad 
dolorida. 

Y abajo. El, con la mismo 
felicidad sonríe. . . 

Rebosa en su silencio la luz del corazón: 
"Desde siempre eres mía, 
para siempre. . ." 

¡Un grito! 

Y los traspasa el grito de la máquina. 
Ellos sonríen, pero el grito hace 

que su drama resalte 
profundamente oculto en la sonriso, 
detrás de las visiones de lo felicidad. 
"Desde siempre eres mío, 
para siempre. . ." 



52 



Arranca el tren, se aleja 
rumbo al Sur. 
Un aleteo blanco. 
Bajo un cielo pagano y serenado, 
llevan los celadores 
hacia las ricas playas 
a aquello virgen de la ensoñación. 

¡Un gritol 
Y resuena largamente 
el grito de la máquina 
que o El también lo lleva 
rumbo al Norte, 

hacia el país de los montañas altas: 
él parte hacia parajes solitarios 
a preparar su triunfo 

mediante sacrificios que yerguen nuevos templos 
en este mundo hambriento, triste y cruel. 

Y los trenes, 
con bárbaro fragor, 

corren en los tinieblas giratorias 

hacia el Norte, 

hacia el Sur. . . 

Pero Ello y El 

se sienten siempre cerca uno del otro, 

mientras bajo sus párpados 

arden los mismas lágrimas. 

Y los trenes 
surcan 

los campiñas vastos 

al ritmo de los ímpetus oscuros. 

En El y en Ella late lo certeza 

de que en otro país, yo sin fronteras, 

volverán a encontrarse 

sus caminos contrarios. 

Y los trenes 
corren 

veloces en la noche de la vida. 



53 



y llevan a los otros, 

los agobiados 

y los sin consuelo 

que tal vez también sueñan 

con derrotar a la fatalidad, 

cuando pronto despierten 

en lo gloria del alba... 



54 



MVNDO VIEJO 



Signo que surgió en El aguna vez, 
perdido en las tinieblas, 
y que elevó su frente, traspasado 
por el primer impulso fabuloso. 

Garra que siempre acecha al hombre desde 
todos los horizontes. 
Cetro de los prolíficos misterios, 
y hoz de pensamientos. 

Cortina de humo destramado en fábricas, 
hogares y volcanes; 
arco de piedra sobre los abismos, 
y yugo en las mazmorras del tirano. 

Jolón cojo a través del infinito 
encerrado en sombrías bibliotecas. 
Gancho que se nos clava en la conciencia 
o oleteando como los murciélagos. 

Serpiente que se enrosca en el amor, 
y látigo de fuego pora los eremitas; 
centellea en los ojos de la esfinge, 
los ojos de los muertos y los astros. . . 

Aliento hacia las cúspides divinas, 
y lazo que arrostro hacia el infierno: 
eterna interrogante de lo vida 
perfilada en lo Nada triunfante. 



55 



PICADILLY 

Vanidad del pensar 

en la terraza de la vanidad. 
Inmenso patio cuadrado 
entre fachadas simétricas, 
cubierto por un cielo despejado 

—campana de cristal 

sobre un invernadero, 

en el corazón de 

la Capital. 

Allá, en la pereza del domingo, 

los siervos elegantes de los Bancos, 

misioneros del Tráfico, 

hienas enmascaradas 

de la Lujuria, 

maniquíes-jóvenes, 

efebos-deportistas, 

fósiles 

como galvanizados por recuerdos, 

se han reunido en las mesas 

de la abundancia. 

Allá, los luchadores 

remedan gestos de convalescientes, 
mientras los eruditos 
de mirada cansada, aún parecen 
leer en los semblantes y en las copas. 

Las edades se mezclan 

en el calidoscopio horizontal 

de la terraza que ya está girando 

alrededor del palco de la orquesta, 

eje de la 

mediocridad pulida, 

los destinos anónimos 

y los dramas sin fin. 

Terraza 

inundada 



56 



por olas luminosas y candentes, 

y atravesada a veces por corrientes 

artificiales, 
donde lo montaña 

y el mor y la campiña, 
se vislumbran fugaces 

—visiones bajo frentes sudorosas. 

Los corazones laten impulsados 
por resortes de acero, 
y los cuerpos hinchados del Provecho 
—heridos, taladrados por los vicios— 
sucédense en las mesas sin cesar. 

Oleaje de cabezas en plana perspectiva, 

sobre el que se deslizan brazos sacerdotales 
llevando las bandejas del rito elemental: 

polícromos fulgores 

de copas de cristal, 

y aromas desprendidos de los platos 

del hartazgo, que sigue 

sorbiendo y masticando 

en el zumbido múltiple 

de voces alterados, 

y en la estridencia de uno comestible 
música tarifoda . . . 



Vanidad del pensar 

en la terraza de la vanidad. 
Florida de mujeres 

como una pradera salpicada 

de colores. 

Mujeres 

enigmáticas, felinas, 

entre los sedas de lo Sensación, 

entre las tentaciones 

translúcidas, 

desnudas, 

detrás de su hermetismo acicalado. 



Mujeres por las cuales se cruzan las miradas 
cual redes en el lago vibrante de la vida... 
mujeres modeladas 

por los dedos febriles del deseo, 

talladas por ideales engañosos, 
mimadas por ingenuos soñadores, 

y heridas por las garras 

de la pasión . . . 

Mujeres 

reinando en cada mesa, con su séquito 
de tiranos sarcósticos 
y de siervos atentos. 

Mujeres por las cuales 

palpita la terraza 

en el aburrimiento corrosivo 

y devorador —como 
la canícula estéril del desierto. 

Mujeres. . . 

Y los hombres 

con los brazos cruzados 

pero listos 

para extenderlos ante la primera 

sonrisa mentirosa del amor, 

o para levantarlos 
ante la falsa mueca del rencor, 

prosiguiendo la lucha 

más allá de esta ínsula-terraza, 

en el corazón de 

la Capital; 
lejos de estas geométricas fachados» 
en alcobas pletóricas 

de triunfos y derrotas, 

en las calles tortuosas 

por los que van las olas 

humanas, 
y en la jungla ensangrentada 



58 



del entrevero multitudinario, 
tras la obsesión frenética 
del sexo y de la gula. 

Oh, cruenta vanidad del pensamiento 
en este ritmo lánguido del verso 

que tropieza con cantos sincopados 
en la terraza de la vanidad... 



59 



LA MUERTE DE DON JUAN 

Un hilo negro cruza como un rayo 
a través de un abismo su pasado 
en la hora postrera del sentir, 
y se enhebran las unas tras las otras 
—extrañas— en el hilo 
cada vez más pesado, 
las cuentas del Amor. 

Son las cabezas blondas 
de las hadas soñadas 
en tiempos de inocencia; 
las vírgenes que siempre 
lloraron su deseo silencioso, 
mientras otras, paganas, 
hacían rechinar su odio estéril. 

Y muecas de lujuria 
surgen junto a los rostros de sonrisas serenas- 
avecinándose el dolor que quiebra 
y la ignorancia pálida, 

al ensueño y al ansia que se encubre con sangre, 
a la risa ingenua y al calmo pensar. 

Cabezas vislumbradas 
en el balcón 
en sombras. 
Miradas enlutadas 

que se escurren después tras las cortinas. 
Frentes empecinadas 
—y las máscaras viejas del salón, 
al lado de la mártir 
muerta en el lupanar. 

Semblantes de mujer, 
unos tras otros, 
alargan el secreto 
renovado en el hilo del recuerdo 
por el ardor de amar, 
consumido en las cumbres solitarias 
por el pesar que fuera vanidad. 



<60 



Y el collar de Afrodita serpentea en su torno 
al unirse derrota y sacrificio, 
pues don Juan siente cómo 
crece la Nada en él; 

cómo se acerca, 
fatal la que faltaba 
en el collar de rostros 
que miran —con sus ojos 
encendidos o fríos— 

cómo Ello, la invencible, 
se inclina levemente 
para darle el beso 
que adormece su amor eternamente... 



61 



LA CALLE 
I 

Brota calmo el crepúsculo 
de los nichos, los arcos, las cornisas, 
inundando el inmenso 
cauce del río 
de altos muros rectos, 
con millares de máscaras de piedra 
que, desde hace siglos, 
se miran cara a cara 
inmóviles y duras, 
orgullosos, 

con trágicos secretos —abyectos o siniestros— 
que acechan en mil grutas 
superpuestas, profundas, paralelas... 

Abajo, en el fondo 
grisáceo y cristalino, 
como cantos rodados, 
está la muchedumbre 
guiada y azuzada por las parcos; 
siluetas deformadas, ondeando cual fantasmas 
y velos funerarios, 
procesiones anónimas 
que van hacia misterios insondables, 
hacia lo salvación siempre callada 
y siempre más lejana— 
hacia los mores del silencio eterno. 

Y en esa cenicienta multitud 
cada uno es una onda, 
coda uno es un susurro, 
y todos juntos tienen lo tristeza 
de un río 

extraviado en plena noche. 
Arriba serpentea 
el cielo deslucido 



62 



como una herido lívida 
abierto en lo Infinito, 
orlado por frontones, 
mansardas y cornisas. 

Y el río de 
la humanidad en sombras, 
sigue corriendo en olas renovadas, 
pareciendo la calle 
un camino excavado 
por sandalias errantes 
o troves de desiertos de granito- 
abismo del dolor, 
hondo, más hondo... 

Parece que lo vida no es distinta 
al río sojuzgado, 

y parece que el hombre, como él mismo, 
avanzo sin descanso, 
sin que pueda 

mirar los deslumbrantes espectáculos 
de los riberas, 
ni opiacor 

su hambre en algún puerto, 
ni aliviar con el azul del cielo 
lo sed del corazón martirizado. . . 
Apenas el suspiro 
perdido entre los ecos del olvido, 
lo acompaña hermanado al milenario 
pecado de soñar y de pensar. . . 

II 
El gesto miriadario 
de un semidiós proteico 
va destramando el velo de la noche. 
Las olas blancas corren 
sobre el oscuro oleaje, 
y en los máscaras pétreas 
se encienden ojos rojos 
mirando cara a cara, fijamente. 



.^ 



sus almas ignoradas. 

Y las grutas repletas 

de un aire dorado, 

de una polvareda 

de plata, centelleante, 

abren su ser arcano 

—superpuestas, profundas, paralelas— 

y muestran los tesoros 

de las generaciones 

a siervos y amos, todos sometidos 

a las mismas codicias... 

Y la fascinación va desbordando 
con sus incandescentes 
collares, 
con sus nuevas 
pupilas ciegas o metálicas; 
y vibran espejismos en las cúpulas 
en las cornisas y los frontispicios; 
y penden en lo alto de los postes 
los soles 
rodeados 
de satélites, 
y multitud de estrellas 
tiemblan multicolores y perdidas 
en este laberinto 
que antes parecía subterráneo, 
y que ahora parece 
aéreo ba¡o 
lo magia de la luz. . . 

En su cauce profundo y milenario 
se aclara el río de la humanidad. 
Se extiende y crece, 
y las ondas-hombres 
se libran de los velos desgarrados 
de la noche— 
y los unos tras los otros, 
se desploman los diques del destino. . . 



64 



En el océano de luz, codo uno, 
vencedor de lo vida, 
ya es un soberano que deambula 
por cavernas dorados 
—palacios que retumban con canciones, 
y por los galerías 
de lo kermesse desencadenada, 
adornadas con guirnaldas, 
con lampiones y banderas 
flameando en las vitrinas del deseo, 
y en los tabernas repletas 
de la lujuria triunfante. . . 



JíTiT A| 



% 



FINAL DE INVIERNO 

En las calles tortuosas como el mismo 
dolor de tantas almas sojuzgadas, 

se derramaba desde el viejo sol 

el ansia de las vidas renovadas. 

Y surcos enfangados en la nieve 

de la miseria de los arrabales, 
como una gangrena se extendían 
desdibujando rostros infernales. 

De los aleros bajos resbalaban 

las gotas de la nieve derretida; 

caían reluciendo como gemas 

sobre la tierra siempre empobrecida. 

Y siempre, cual las cuentas del rosario, 

se enhebraban— y luego parecía 
que una mantilla etérea y azulada 
se entretejía y se deshacía. 

En el gotear soleado 

lloraban Ig injusticia y la ignorancia, 
la sed y el hambre de las muchedumbres 

que los diosos hcbícn olvidado. 

Y la esperanza perduraba aún 

en ese despiadado destramar, 
consolando a los hombres 

y susurrando apenas un cantar, . . 



66 



HABLA EL TIRANO DERROTADO 

"Glorificad con cánticos al pueblo 
que ha invadido mi palacio de oro, 
y me ha forzodo a irme con el séquito 
que me coronó siempre con laureles. 

"Glorificad al vencedor sin nombre 
del país de lo antigua esclavitud, 
que despertó para crear un mundo 
en el lugar del mundo nuestro en ruines. 

"No os lamentéis vosotros del desastre, 
los nobles, que ignoráis el sufrimiento. 
Glorificad conmigo o! nuevo astro 
que alumbrará con otra luz al hombre. 

"He sofocado en mí la pesadumbre 
por los viejos altares derrumbados. 
Los siervos levantaron, fuerte y digna, 
la Verdad que gemía en el silencio. 

"No lloraré en las ruinas de grandezas 
porque el pasado yo no resucita. 
No me rebelo en contra del destino 
que dispersa entre todos mi riqueza. 

"Llevo mi orgullo herido, serenado. 
No nocí pora uncir lo multitud. 
Lo vida en cada uno se enaltece 
por las obras que alejan las tinieblas. 

"Yo glorifico al pueblo liberado. 
jSe inflama el olma por amor al hombre! 
... Y por primera vez, estremecido, 
voy hermanado al vencedor sin nombre. . . 



67 



MARTE 

Pies de acero. Con cada paso suyo 

va aplastando hormigueros 

humanos. 

Atrás quedan 

cementerios revueltos. 

Adelante, ciudades incendiadas 

y campos devastados. 

El no tiene cabeza —la boca entre los hombros, 
babas rojas surgiendo entre las muelas 

que quiebran testas 

cual si fueran huevos, 

y muslos firmes, y pechos 

hinchados de leche. 

Y vientres 

con fetos que esperaban 
su término. 

Y muchachas 
temblando cual palomas, 

y jóvenes partidos como el pan 

o exprimidos 

como las uvas bajo 

sus plantas de granito... 

Engulle todo: huesos y cristales, 

campanas, microscopios, cuadros, libros, 
estatuas y motores. 

Destruye todo: aplasta 

con el puño una aldea, 

echa abajo las torres y arruina catedrales; 
hunde los transoceánicos, hurgando 
con sus garras filudas en tesoros 
reunidos durante siglos 
o extendidos en los campos, 
en los prados, los bosques y jardines. 

Cruza sobre las fronteras 



68 



—huracán que pulveriza 

vidas, arremolinándolas 

en trombas hasta el cielo, 

o hundiéndolas en ciénagas y abismos. 

Con el talón taladra una montaña, 

y torna a los ciudades en un montón de escombros 
y de astillas. 

Lo que él toca, estalla y arde, 

se funde, se marchita y se deshace. 

Todo es polvo, ceniza, veneno y podredumbre- 
es la muerte sin rostro 
y sin sentido. 

Porque él no tiene cabezo— es apenas una boca 
un cuerpo gigantesco siempre hinchado, 

entumecido siempre, 
e hirviendo como un cáncer 
—un plesiosourio ciego, irrefrenable, 

crecido entre los pueblos, 

que devora y devora 

desde hace miles de años. . . 

Su aliento ahoga y fulmina; 
su pecho enorme truena 

echando llamas 

y relámpagos, 
brotando de sus poros los hedores 
que corroen, sofocan y disuelven: 

de los ojos hermosos 

se escurre el pus, 

mezclándose en el fango 

un cerebro genial. . . 

En su torno hay nubes negras 

de langostas y quimeras 

zumbando como los hélices, 

y monstruos trepidantes, epilépticos. 



69 



arañas, escorpiones y fieras embriagados 
y pulpos y dragones, 
los engendros que crecen miriadarios 
entre los torbellinos del horror. 

La horda escalofriante 
del Odio y de la Muerte 

lo acompaña —un séquito feroz, 

cadena de matanzas y desastres 

a lo largo y lo ancho 

de un mundo perdido 

en su noche de azufre, 
en tórridos desiertos calcinados 
y en días plomizos en que los gusanos 

pululan y envenenan 

la tierra, el agua, el aire. . . 

Volcánico, recorre los países, 
saltando de uno al otro continente 

y se atasca insaciable; 

ru¡e, aulla, 

baila en un píe- 
se mece, 

y vuelve a devorar. . . 
Escupe huesos, hiél, sangre 
y vomita 

sobre 

enloquecidas muchedumbres, 

hasta tragarlas otra vez, gruñendo 

y abarcando el planeta 

con sus brazos de hierro 

golpeando en delirante 

embriaguez, 

con el sexo ulcerado —catapulta 
que derrama sus gérmenes estériles 
en las entrañas sangrientas de lo Tierra... 



70 



MUNDO NUEVO 



EL PROFETA 

Un hombre que medita 
solitario en la gruta 
profetiza: 

"En olas rojos 

y lívidas, 

con aullidos 

de linces hambrientos, 

en bárbaros canciones 

centenarios 

y en rugidos 

que ruedan 

por montañas rocosas— 

por diez sendas, 

diez valles, 

el torrente 

vasto de la locura, 

la guerra, 

el saqueo 

y la lujuria, 

se ha desencadenado 

y ho anegado 

la ciudad viejo 

con el templo sonto 

de aquellos elegidos 

por el Único 

para reinar 

con el espíritu 

en lo tierra: 

para clamor 

en coro 

su amor 

con voz potente; 

paro hocer resonar 



71 



3U ]usticia 
con trompetas 
de bronce, 
y paro proclamar 
su eternidad, 
su reino, 
su poder; 
para anunciarnos 
el día de la gloria, 
que ha de llegar 
a iluminar 
la mente 
y el alma 
de los otros: 
de tantos 
engañados 

por los malos pastores; 
de tantos 
corrompidos 
en la riqueza, 
o de los que se arrastran 
con sus cargas, 
adorando 

los dioses de madera, 
de piedra 
y de oro. . . 



Ay, ellos hoy 
los necios 

y los dementes 
beben 

en viejas calaveras, 
con largos 
carcajadas, 
la sangre 
exprimida 
del corazón 
de aquellos elegidos 



72 



por el Único 
poro reinar 
con el espíritu 
en lo tierra. 

Pero, ay— una vez 
y no muy tarde, 
de algún lugar 
algún 

enviado nuevo, 
profeta y héroe, 
con relámpagos 
en sus monos, 
sus ojos 

y su boca, 
ha de llegar 
con el albor del dio. . . 

Será un nuevo 
diluvio 
de fuego: 
los ciegos 

y enbriagodos 
y los envenenados, 
los codiciosos 

y ávidos, 
todos los extraviados, 

revolverán 
y morderán 
aullando 

y llorando 
la tierra 
lleno 
de cizaña 

y ruinas. . . 

Ay, cruelmente 
los golpeará el profeta 
cuando llegue, 
y los castigará 
los castigará, 
los castigará . . . 



/3 



Entonces 
los otros, 
los elegidos 

y sacrificados, 
van a resucitar 
por El que es Uno 
sobre todos, 
pisando 
—renovados, 
recompensados— sobre 
carroñas 
de verdugos fulminados". 

Y el hombre, delirando 
solitario en la gruta, 
sigue profetizando. . . 



74 



ANTE UNA TUMBA 

Aquí estoy otra vez, podre, o tu lodo. 

Ante tu negro lápida, qué bueno es desconsar. 
Al regresar del mundo en que he vagado, 

tus consejos fielmente he de escuchar. 

Caminé mucho y mucho me he esforzado 
por países y cumbres y valles sin igual. 

Apoyo, compañero y escudo, me ha alentado 
tu nudoso cayado de nogal. 

Cuando te detuviste, me lo has dado, 

como mi abuelo te lo dio una vez; 
después, pora mi hijo habrá quedado, 

porque es signo de unión, señal de fe. 

Aquí estoy nuevamente, más cercano 

o los dominios del silencio eterno. 
A veces se estremece tu cayado en mi mano: 

por él sube tu espíritu ton tierno. 

Reanimado, mi cuerpo se endereza. 

Mis ojos miran lejos: no ha cambiado el destino. 
Sólo hay otro horizonte, y todo empieza 

con cada hombre en el áspero camino 

que de padres a hijos recorremos. . . 



75 



LA PAZ 

Una flor ignorada, 
arraigada en la roca más estéril y dura, 
se levanta del odio en torbellino 
sobre el mar tenebroso de la vida. 

Y crece solitaria, abre los pétalos 
de su luz en serenas alboradas 
—más blanca que una aparición divina— 
hasta encerrarse en sueños en el anochecer. 

Espera suplicante 
que la abracen las olas de la vida; 
que la arranquen del páramo 
de la desolación, 
encendiendo la noche con su luz. 

Pero las olas huyen de la flor de la Paz 
que llama sin cesar desde la roca: 
No espumarán de odio. . . 

Tienen miedo 
del encanto del sol y del amor. 



76 



INSCRIPCIONES 

I 

Metálicas cascadas en la noche- 
una canción en su rodar potente; 
y en centelleantes lejanías, montañas 

que bajan en un sueño acurrucado. . 
En el ritmo frenético del tren, 

que deambula de día y de noche, 
puedo escuchar la nueva melopeyo 

del tiempo cruel y avaro. 
Y los viajeros yacen a mi torno 

esculpidos en sombras y en secretos, 
como presas raptadas en su huida 

por dioses victoriosos e insaciables. 
El tren desciende 

hacia la llanura 

con su cresta humeante... 
Los aldeas se pierden humilladas 

con sus ensangrentados corazones. 
Vanamente levantan las ciudades 

sus represas eléctricas y anchos. 
Las ruedas, otra vez, con fragor bárbaro, 

por las rutas de acero se abalanzan 
desafiando lo paz de los estrellas; 

y moliendo los granulos del hambre, 
están más cerco de la Capital. 



Pero tu sien descansa en mi hombro, 

ligera, suavemente. 
De los siervos del tren soy un hermano— 

y se elevan y vuelan mis pensares. . 
Yo vigilo el ensueño que en ti late, 

y sé que otro victoria 
se enraizo y crece 

en mí. . . 



n 



II 

Frente a frente 

—nuestro pensar se hermana. 

La mano con la mano 

—y corre nuestra sangre 

como en un solo cauce. 
Los ojos en los ojos 
—y no obstante miramos 

cada uno en sí mismo. 
Alegría y dolor 
emparentados 
como el día y ia noche del cielo palpitante, 

sin límites y estrecho, 

sereno y tormentoso, 
saciado y ávido: 
plasma de éter y fango 
como el corazón nuestro... 

III 

En la mano que inscribe palabras nunca dichas, 

en mi arrugada frente, 

brisa suave. 

Las hojas de las lilas, prisioneras, 

aletean queriendo 

llegar al sol paterno. 

Entre la copa azul del duraznero 

el sol nos mira —y nos ampara en nuestra 

nostálgica plegaria, en la quietud 

y el silencio vibrante 

de los cánticos, 

en la fecunda paz, como en los campos 

—y en nuestra propia efímera existencia, 

orlada por la aureola de lo eterno... 



IV 



¿La rosa más roja? 

Pides 

la más hermosa 

flor del jardín. 



78 



—Perdona, mas no puedo 

dártela. . . 

— ¡Un obsequio ton simple, 

modesto y natura II 

—Pero mi gesto es noda más que muerte: 

¿Por qué motar? 

¿No hoy ocaso una vida 

también en esto flor? 

¿No languidece un almo 

serena o quizás triste y abrasada 

en la envoltura de los pétalos? 

—Pero ella se deshoja 

volando con el viento. 

—Alguna vez. . . 

¡Y sin embargo, ahora, yo la moto! 

Perdóname y permíteme 

ofrecerte sencilla, humildemente, 

otro flor: 

no es escaso, 

ni tan siquiera hermosa, 

pero es rojo, 

sumisa, sin espinas, 

sin engaños: 

lo roso de mi olma. . . 

V 

Con pasos lentos, iguoles, 

en el secular bosque del Silencio, 

vamos juntos los dos, los olmas puros- 
entre lo sombra fresca del Olvido, 

hermanados en sueños y en espíritu 
bajo las verdes bóvedas 

de la Eternidad. 

A veces, un alto cerca de lo fuente 

que susurra en lo gloria del Amor. . . 

VI 

Pensares sobre rocas fulminadas 

planean cual las águilas 
bajo los nubes. 



7¥ 



En el horizonte, 
fortalezas del mundo 

con crestas corroídas por los siglos, 
A través de los seres, 

ímpetus 
irguiénclose en los bosques de la Vida.. 

Simas de luz y sombra 

se abren y respiran en nosotros 
y en torno nuestro, sucediéndose 

como el día y la noche, desde siempre: 
nos unen en la paz y en el sosiego 

que vence la presencia de la Muerte... 

Vil 

Una vez hemos caminado ¡untos, 

y no nos conocimos. 
Por senderos contrarios 

nos separó en silencio 
el anhelo hacia metas diferentes, 

y en la vida vagamos olvidando 
que el Destino esquivado 

no perdona. . . 

Y cuando ahora, repentinamente, 

nos miramos los dos con amargura 
y nos reconocemos, como ciegos 

que nuevamente ven, 

el pesar —nueva herida- 
cruelmente nos desgarra: 

—¿Es demasiado tarde? 
—Todo en vano. . . 

Y no obstante nuestra alma se redime, 

pues sabemos qué quiere 
el Amo silencioso, 
y qué unidos iremos 
—milagro insospechado— 

por las rutas contrarias 
que aún nos quedan para recorrer. . . 



80 



AMOR 

Nunca alabé el amor, 
y no he cantado 

a medianoche suaves o tristes serenatas; 
no he glorificado 
en un alejandrino 

el tesoro, el hechizo de los ojos azules, 
ni la luna, ni el sol, ni los estrellas, 
ni el céfiro, lo flor, ios golondrinas... 
Con nado he comparado los encantos 
de su ser, 
ni he lanzado 
un solo grito ditirámbico 
cuando por vez primera 
tímidamente vino a sonreirme— 
y no he suspirado con hondo desaliento 
cuando ayer no la he visto en su ventana. . 

Cuando nos hemos visto 
—también nosotros— por primera vez, 
nos hemos conmovido los dos en el ocaso; 
en los ojos brillaban 
todas nuestras preguntas, 
y con los mismos gestos 
nos hemos contestado: 

nuestro abrazo abarcaba el mundo entero, 
y nuestro himno supremo era el silencio. 

Y cuando la neblina del olvido 

—páramo de deseos engañados— 

crecía día a día rodeando el horizonte, 

guardé en mí 

al dolor 

cual gema vivo 

y refrené las lágrimas estériles, 

siendo el himno supremo el del silencio. 

Sin embargo, yo canto 
siempre al amor: 
en la perseverancia del atiento. 



•1 



en el latir del prieto corazón, 

y en el espectáculo 

de la magia terrestre: 

en la hoja de hierba que brota de lo nieve, 

en ondas que reflejan las nubes del verano, 

en los bosques que lloran 

en el otoño, deshojándose, 

y en las cimas nevadas que brillan a la lejos. 

Yo lo canto entornando 
la mirada en mí mismo, 
cuando busco el misterio 
del más allá; 

cuando en la noche espero 
el alba, el sol, 
o cuando estoy hojeando 
amarillentos libros. 

Lo canto al empeñarme en la creación, 
cuando en mí siento la resurrección; 
cuando busco la flor inmarchitable, 
y cuando escucho cómo 
susurra en mí el silencio. 

Nunca alabé el amor, 

y sin embargo siempre estoy cantándole... 



82 



RENOVACIÓN 

Me abraza, como en cercos de reptil«s« 
el entorpecimiento tropical; 
me oprime, aplastándome, y enciende 
bajo mi frente 
uno llamarada 

como en un templo, en el que los ídolos 
ahuyentaron la fe. 

Corre la sangre hirviendo por las venas, 
choco bajo las sienes 
y palpito en el pecho. 
Pero lo languidez, muro de plomo, 
me tiene prisionero. . . 

Siento que crece en mí la rebelión, 
firme, impetuosamente 
contra el No Ser, lo Nada fascinante, 
disipando Jos ansias de la vida 
y fundiendo los seres y los cosos 
bajo el orco estrellado 
de lo eternidad pura, 
de la desolación o del olvido. 

Siento que en mi cabezo se renuevan 

como en una retorta, 

pensamientos creadores; 

que el corazón —el mágico alambique— 

yo destila mi esencia gota o goto. 

Y otra vez me levanto, 

con los brazos abiertos hacia el sol, 

por cumplir en la Tierra mi destino... 



ABETOS Y ROCAS 
I 

Subimos por las sendas desfondadas 
hacia el frío corazón del bosque. 

El olvido nos lleva lentamente 

por los vastos secretos del silencio. 

Cuando creemos vislumbrar la cima 
postrera de la vaga claridad, 

el sendero se tuerce y se levanta 
hacia otros olvidos y silencios. 

Y con sus pechos múltiples 

el bosque crece a nuestro alrededor, 
ceñido por barrancos y quebradas, 
firme con sus abetos majestuosos. 

Entre las enredadas columnatas 
atravesadas por el tibio sol, 

subimos en la hipnosis de lo eterno 
que suele susurrar entre el ramaje. 

¿De dónde hemos venido, solitarios, 
extraviados en viejas soledades? 
¿Adonde vamos, como dos destinos 
iguales y hermanados? 

Quedamos asombrados un instante— 

ni un eco nos responde: 
la ciudad es el sueño de un tirano 

abandonado con su ley de hierro. 

Y de nuevo partimos, renovados; 

en nosotros un mundo está latiendo 

como en los tiempos del principio: puro, 

sereno como el cielo entre el follaje. 

Sigue creciendo el bosque, 
pero siempre es el mismo. 

Y nosotros, creyentes redimidos, 
subimos, con los pasos de lo eterno, 

hacia otros olvidos y silencios... 
84 



11 

El obelo más olto, helo allf. 

Apenas si lo abarcan nuestros brazos reunidos. 

Una columna negra 

surcada por los años 

nos parece de piedra— 
aún sigue creciendo hacia las nubes, 

saeta estriado 

hacia el vértice, 

con su tierno penacho 

meciéndose triunfal. 

Nos detenemos ¡unto o este abeto: 
su raíz se bifurca, 

y el lecho blando de las' ho¡as yertas 
nos llama en su quietud, 
como el nido que atrae 
o los pájaros ebrios 
de horizontes soleados. 

Los dos estamos acostados bajo 
la bóveda translúcida. 
El bosque horada el cielo con mil lanzas; 
el infinito cierne 
sobre nosotros 
copos 

azules y plateados, 
y los eternidades susurran con la brisa. 

Nuestras miradas giran, persiguiendo en las romos 
a fantasmas que ondean 
y que desaparecen 
hacia mundos astrales 
a través de celestes ventanillas. 

Las mirados se prenden a visiones huidizas 
que de cuatro horizontes 
suben en remolinos 
encima de nosotros: 



•5 



los cisnes en bandadas 

que desgarra la voluptuosidad; 

los ciervos en hileras 

que se van destramando en arabescos, 

y rebaños de seres 

apocalípticos, 

aplastados, fundidos en la brasa del sol... 

¡Oh, las nubes proteicas, 

en la gloria de días y de noches 
flotando encima de nosotros mismos 
como una incesante bendición! 

Acostados los dos 

entre las viejas raíces del abeto, 

nuestros corazones laten 

cual pájaros que piden en sus jaulas 

alas para elevarse 

en su ímpetu 

hacia la purísima 

felicidad del sueño y de la luz. 

Y nuestros corazones 

palpitan como el propio corazón de la tierra. 

En nuestro lecho suave nos hundimos 

cual semillas que arraigan; 

y así sentimos que fructificamos 

con la tierra entera, 

por el ardiente beso del amor. 

Y sentimos que nuestra esclavitud 
es una dicha llena de nostalgias; 
y que morimos y resucitamos 
con cada instante, 

como aquellas nubes 
que cuajan y perecen sin cesar 
en los serenos reinos vislumbrados 
a través del follaje. 



86 



Allí quedamos, en la tumba que es 
a lo vez una cuna, 
mientras giramos con la tierra entera 
en torno al árbol más alto: 
eje viejo como el tiempo 
—y joven como el instante- 
ai que los corazones solitarios 
se aferran como náufrogos a un mástil 
inquebrantable 

y flotan 
—victoria entre derrotas- 
en el estrellado océano 
de la vida y de la muerte. . . 

III 

Sin saber hacia dónde 

partimos hechizados por el bosque, 

los centelleos del sol 

y por los aleteos del ensueño, 
entre interminables columnatas. 

Y ahora, por el duro sendero retorcido 

—ya trepando, saltando, 
hemos reconocido en coda poso 
lo orden de una lucha despiadada. 

Subimos la montaña 
rebelde: 

en los cuerpos hermanados, 

sólo una voluntad. 
A la derecha, abismos; 
doblamos, y a la izquierdo, murallas y peñascos. 

Ciudadelas de árboles 

siguen creciendo oKivas, silenciosas, 

como fatalidades 
fríos. . . 

Pero nosotros 

ascendemos —ceñidos, 
fortalecidos— 



87 



en el rostro, el alma. 
Escudo es nuestro amor, y el pensamiento 
nos templa: 

en cada paso 

vencemos a la roca de la Muerte, 
Con las manos crispadas, 
como el roble que prende sus raíces 
en el pecho combado 
del mundo, 

nos asimos 

y subimos, 

latiendo el corazón 
en su plegaria y en su sacrificio. 

¡Más alto! 

Y nos queman 

las olas de la sed. 
jMás alto! 

Y las garras del hambre 
nos hieren con fiereza. 
¡Más alto! 

Y como en sueños 
nos enrosca el pavor. 

Siempre avanzamos 

—los dientes apretados 

y los puños cerrados— 
con el alma tendiendo 
hacia la redención, cual los abetos 
lanzados en su empuje hacia la luz. . . 

Pero alrededor nuestro están las sombras; 
nos penetran las sombras: 

bajo los pies, las piedras 

se desprenden astutas 
rodando en las tinieblas del abismo. 
Las ramas ciegas nos están mordiendo 
y en el sudor ardiente 
la angustia nos ahoga y nos corroe. 

¡Ja, ¡a! 

¡Ja, ja!— y la risa 
resuena miriadaria 
88 



en el bosque collado 
como el terror que asoma 
desde los precipicios: 

subimos otra vez, 

y alejamos la noche 

con nuestra luz, con rayos 

surgidos de nosotros, 

cual surge un manantial 
entre los rocas. . . 

—¿Hacia dónde? 
¿Hasta cuándo? 
—Sabemos que marchamos 
hacia 

alguna parte, 
y que la ruta nuestra 
ha de encontrar su fin alguno vez... 

Y subimos, subimos. 

El bosque se raleo lentamente. 

Se extiende sobre los rocas 

el musgo blando, sumiso 

bajo los pisodos firmes. 
Una aureola se arquea 
suave en el mediodía, 

y he allí lo victoria, recibiéndonos 

con sus dones. 

Milagro de lo luz: 

o nuestro alrededor, los lejanías 

piérdanse en resplandores... 

Saludamos con gritos fraternales 

a las montañas contempladas 

desde 

sus plantos a los cumbres. 

Y allí, 

de cora al mundo, 

con sus aguas, 

sus aldeas, 

sus mieses, 
con lo línea de acero del Pensar, 



89 



con los hornos ardientes del Traba¡o, 

allí 

en el círculo 

de la creación humana, 

cercado por el cielo 

de la ofra creación, bajo el diluvio 

glorioso de la luz 

en que cuajan los sueños, 

allí 

extendió los brazos 

hacia cuatro horizontes 

en bendición suprema 

—como dos alas— 

nuestra soledad. 

De peldaño en peldaño, el cielo nos atrajo 
con su pureza hacia la eternidad: 

Los dos hemos llevado 
la vida arriba, sobre la montaña 
de rocas y de abismos. 
Y ahora nos sentimos 
fijados en la cima 
de nuestro triunfo-. 

dos estatuas vivas 
por las cuales la arcilla ve y respira. 
Recibimos del cielo 

plateado 

y dorado 

la corona 
de la gran recompensa: 
dos águilas aparecen 
con su vuelo circular, 
cual señal de otras victorias 
en otros 

mundos ocultos en algún lugar 
que ya conoceremos 
cuando nuestro camino 
llegue a encontrar su fin 

alguna vez. . . 



90 



índice 

Prólogo 8 

Obras y Fábricas: 

El canto de la Máquina 7 

El canto del Albaftil 10 

El canto del Jornalero IS 

Leyendas modernas: 

I — El Ídolo de hierro 15 

II — "Hechos diversos" 17 

III — El constructor 18 

rv — Epllogro 19 

Un día en el puerto: 

Los albores 21 

Duerme un Hombre 2S 

El cielo del Trabajo 35 

Noche en el puerto 96 

Noche sobre el mar 38 

Mitos: 

La pirámide 29 

Los mineros: 

I — Paisaje mineral S2 

II — El nuevo templo 3S 

La grúa 36 

El tren 38 

Paisaje en la estacián 40 

La separación que une: 

I — En la estación 43 

II — EL 46 

ni — ELLA 46 

IV — Reconocimiento 48 

V — La separación que une 52 

Mundo viejo. . . 

? SS 

P'iccadúiy " ." .' .' .* ." ." .* .' .' .' .' ." .' .' .* ." ." ." .' ." .* .* .' * .' .' .* .' ." * ." .' * .* .' .' .' ." ." .' * ." 56 

La muerte de Don Juan 60 

La calle 62 

Final de invierno 66 

Habla el tirano derrotado 67 

Marte 68 

Mundo nuevo: 

El Profeta 71 

Ante una tumba 75 

La Paz 76 

Inscripciones 77 

Amor 81 

Renovación 83 

Abetos y Rocas 84 



Aunque lo grueso de 1m obrM de Eugen ReJgls «cU escrito 
en prosa, inició su carrera como poeta y lo sigue siendo. .. Cierto* 
ensayos y especialmente sus libros de viaje contienen una proas 
tan rica, variada y Úrica, que se advierte en seguida que son loe 
productos de un temperamento esencialmente poético. Y la vena 
puramente poética, interrumpida por loi acontecimientos •.•Agicos 
en Europa antes y después de la SMunda Guerra Mundial, ha 
vuelto a aparecer en América. — W&LIAM ROSE. New York. 

Realmente se trata de un trabajo ("Locura y Siete nntiíAbu» 
las") llamado a sorprender y a conmover a quien -honesta» 
mente — siga de cerca el curso de las letras americanas y mun- 
diales. — J. D. "E3 Plata". Montevideo. 

Obras de mocedad arraigadas en un fondo panteista de inquie- 
tudes por la emancipación social. Relgls. en sus aAoa tiernoa. 
escudriñn fenómenos y presencias con tendencias a la renovación 
constante desde los aleteoa prístinos de la Ilusión Ingenua, hasta 
©1 ideal recio, con aspiraciones colectivas y un espíritu altruista 
templado en el ytmque de las tragedias humanas. — VOLCA 
MARCOS, 'Umbral". Paris. 

Las siete antifábulas (en "Locura") necesitan ser meditadají 
detenidamente y todo lo que se diga sobre ellas ser¿ poco. Re- 
presentan un conjunto coral de belleza Inmarcesible que posible- 
mente nunca haya sido presentado, de una manera tan original y 
acabada, en todas sus partes... 

Nos es grato dejar una vez más constancia de la estrecha 
compenetración que entre Troise y Relgis, en el caso de estos 
poemas, se destaca, para bien de los lectores amantes de \n bello. 
Esperamos que esta unidad de sentimientos entre autor y tra- 
ductor se siga manteniendo, y, si posible fuera, amalgamando 
más aún. para que nuestro idioma se enriquezca, positivamente, 
con estas claras y edificantes versiones de los poemas de Eugen 
Relgis. — COSME PAULES. "Cénit". Toulouse. 

La nostalgie de son pays ratal (en "En un lugar de los An- 
des") s'harmonise admirablement dans la poésle de notre com- 
patriotc avec la reverle languissante qu'insplre au Sud-Am¿ricain 
sa terre. — Rev. "LA NATION ROUMAINE". Parts. 

Como coroa de doirados louros descobrimos en "Locura y .«icte 
antifábulas" sob o titulo "El cuer%'o". urna das obras mas perfel- 
tas d.i literatura. O corvo, em suas adunc.ns e agressivas garras. 
]á arrancou versos de notáveis celebridades: lembremos o "corvos" 
de Edgard Poé que todo mundo conhere e. estarrecido. rocorda. 
Mas o "Cuervo" de Relgls voa ás alturas Intelectuais e sobrehu- 
manas que nenhun outro poeta Jamáis logrou... E absolutamente 
incoercivel o ponto de exclamapao que colocamos sobre estas tres 
páginas cujo conteúndo constitui imprescindivel dever como leí- 
tura de que m tiver mesmo a minima dnse de sensibüidade artís- 
tica. — FERNANDO NOBRE, supl. lit. de "Jornal do Commerclo", 
Rio de Janeiro. 

...Lasciamo infine ai lettori sensibli di gustare Veffusione lí- 
rica di un sentimento estético amalgamato alia medltazinne idéale, 
con soggetti originali. del libro "En un lugar de los Andr«". — 
EDMONDO MARCUCCI, "Llncontro", Torino. 

Baluarte del pensamiento europeo en lengua castellana, no ha 
cedido en sus a.spiraciones de la juventud. Frente a él se han 
estrellado los ejércitos, y encendido los corazones al recuerdo de 
Zweig. de Toller, de .Alfredo González Prada, de los aniquilador 



'en los campos de concentración del mundo, de los inadaptados. 
Por boca de Relgis cobran universalidad las tres palabras porta- 
doras de la buena nueva anunciada por Ghandi. Al revés de Ge- 
rard Hauptman, Eugen Relgis no ha renunciado a su ascendiente 
y pensamiento de origen que ennobleció y de los que hizo poesía 
y expresó ideas en todas las lenguas que le son comunes. — CAM- 
PIO CARPIÓ, Buenos Aires. 

Poesía que amaneció en idioma rumano en tres versiones 
(1914, 1915 y 1926), y cuya traducción castellana debemos a Pablo 
R. Troise. Es fijando el casi medio siglo de procedencia de estos 
versos, como aquilatamos su aporte sustancial a la cosmovisión 
que, de ahí en adelante, se enseñoreó de las rutas poéticas. Hay, 
como en toda la obra de Relgis, un predominio o predilección de 
la Naturaleza sobre la Civilización. — MANUEL SUAREZ MIRA- 
VAL, "Idea", Lima, Perú. 

Para Eugen Relgis, la seguridad de mi total admiración, mi 
amistad verdadera pero silenciosa,... y mi atención permanente 
a su trayectoria de luz. — JUANA DE IBARBOUROU, Montevi- 
"deo, 30 de Julio de 1962. 

Eugen Relgis, fecundo escritor rumano vastamente conocido, 
que ha fijado su residencia en la capital uruguaya, maduró en la 
juventud su espiritualidad a la luz de aquellos ideales de reden- 
ción humana que, nunca dormidos en la historia, cobraron mag- 
nífico vigor en las esperanzas e ilusiones nacidas en el seno de la 
primera conflagración mundial. Admirador y amigo de Romain 
Rolland y en relación cordial con otras nobles figuras surgidas 
en los primeros lustros de este siglo (Stefan Zweig le prologó la 
novela "Mirón el Sordo") se ha vuelto Relgis el apóstol del espí- 
ritu humanitarista del creador de "Juan Cristóbal", quien ponía 
en él su confianza en el ocaso de la vida, para trasmitir al por- 
venir su pensamiento pacifista y universalista. — ROBERTO F. 
GIUSTI, "La Prensa", Buenos Aires. 



BN ITN LUGAR DE LOS ANDES 
d« Eugen Relfls. Poemas d« ma- 
durez, dentro de lo narrativo -des- 
criptivo. Sabe incorporar el paisaje y 
k> social al intimo sentir de perso- 
nales experiencias. Se nota algo nue- 
vo, diferente, que no existe en el 
mundo hispánico, seguramente por 
no ser el autor nativo de Hispano- 
américa. Pero admiro el dominio del 
lenguaje y la segura cuptaclón de 
realidades nuevas. — ALFREDO RO- 
GOLANO. director de la "Revista 
Iberoamérica nía", University of lowa, 
EE.UU. 

Poemas inspirados en la captación 
del paisaje y en la meditación sobre 
los hombres, todo ello aflorado dt*. 
profundo venero espiritual y delicado 
de Relgis, cuya firmeza de carácter 
y limpieza de alma hacen atractiv(.t 
los temas que poco se atreven a des- 
cribir en estos tiempos. — MARÍN 
CIVERA. Méjico. 

"En un lugar de los Andes" nos 
causa la rara impresión de encontrar- 
nos de pronto con un buril prodigioso 
entre las manos. Un buril capaz de 
penetrar mágicamente en el corazón 
geológico de los siglos para mostrar- 
nos los orígenes y ia creación de una 
América que el poeta acaba de des- 
cubrir. — C. VEGA ALVAREZ, "Cum- 
bres", Sevilla, EspafU. 

Ces poémes sont écrits en espagnol, 
ce qul nous rend difflcile leur diffu- 
sion. Souhaitons qu'un traducteur, qui 
devrait étre aussi poete, ncus les 
rende accessibles. La barriere des lan- 
gues est cepcndant impuissantc á tuer 
certaines harmonics. — FRANCOIS 
LAUGIER, "Cahiers du Pacifisme ', 
Francia. 

El poeta saluda al Continente Nue- 
vo que ha descubierto... Y retorna 
a la poesía, con el toque de un li- 
rismo en donde la nostalgia del exi- 
lio, y la conciencia de su propia con- 
dición humana y la de los otros hom- 
bres, le confiere a su palabra una 
altitud de trascendencia universal. — 
JULIO ARISTIDES. director Rev. 
"Euterpe", Buenos Aires. 



Imagino que no podría encontrarM 
un lector que, dMpué* de iMr a Rel- 
gis, no se sienta reconfortado y no 
desea darle las gradas por lo que ha 
escrito. Yo, en todo oaso. lo hago 
desde aqui. — VÍCTOR ALBA. CNT. 
México. 

El peregrino de Europa ha sabido 
captar en sus poemas la voz y el 
alma de América mejor que muchos 
poetas vernáculos. — R. CANSINOS 
ASSENS, Madrid. 

Magnifico poemarlo "En un lugar 
de los Andes" en el cual ha trasla- 
dado, con gran fuerza coheehra. las 
técnicas de la pintura a la armooioaa 
arquitectura del verso. — ALBERTO 
RUSCONI. Montevideo. 

Creo que Pablo R. Troise ha reali- 
zado una obra maestra con la versión 
cnstellana de "En tin lugar de los 
Andes", ooema épico, grandioso y es 
tremeceUor. que conmueve en lo he- 
roico y nos da. me atrevo a decir, 
aproximadamente, la estatura y el 
eco de la voz profetice y solemne de 
Relgis. Eso sólo, ya vale su breve 
libro. — A. MONTIEL BALLESTE- 
ROS, Montevideo. 

"Sn un lugar de los Andes" vemos 
al escritor preocupado por describir 
—en extensión y profundidad — el 
panorama americano, observado con 
penetrantes ojos europeos y sewHdo 
con corazón universal. Impulso páni. 
co, aliento vltalista. virttial aprehen- 
sión de lo telúrico conforman la dfra 
de su gratitud americana, reconoci- 
miento que, como en todos los grah- 
des espíritus, asume la forma de un 
"acto de amor". — ANTONIO RE- 
QUENI, "La Prensa". Bs. Aires. 

Reíais muéstranos en esta ocasión 
una faceta de su creación intelectual 
poco conocida en el idioma esfuAol 
como es su producción poética, que 
ya en su Juventud la comenzara coa 
acentos originales, allá en su Ruma- 
nia natal, hace 49 afioa cuando apa- 
reció su libro de poesía "La locura". 
— V. FUENTEALBA, "Nueva Senda". 



NOV 
6 ' 



OBRAS DE EUGEN RELGIS 

Diario de Otoño. 

Mirón el Sordo, novela, con prólogo de 

Stefan Zweig. 
Las Amistades de Mirón. 
Melodías del Silencio, poemas en prosa. 
En un lugar de los Andes, poemas. 
Locura y siete antifábulas, poemas. 
Corazones y Motores, poemas. 
El triunfo del No Ser, fantasías. 
Sol Naciente, cuentos y leyendas. 
Sendas en Espiral. 

Doce Capitales Peregrinacioneíí europeas. 
Romain RoUand. 

Stefan Zweig, Cazador de Almas. ^ , 

Los últimos años de Stefan Zweig en ¿ 

Sudamérica. _^^ 

Profetas y Poetas, ensayos. Q, \t_i %jl¿ V! 

Testigo de mi tiempo ■**■ (j ivixi-k 

La Paz del Hombre. V 

La Columna entre Ruinas, ensayos. 
El Espíritu Activo, ensayos. \y>^^ 

El Humanitarismo, con prólogo del Prof. 'éj Jf t' j^ 

G. Fr. Nicolai. * •" ^ 

(Premio Min. Instr. Pública, 19S6) 
Humanitarismo y Socialismo. 
Historia Sexual de la Humanidad, (ed. H, 

aumentada). 
Cosmometapolis. 
Albores de Libertad. 

La Literatura, el Arte y la Guerra. 
Perspectivas Culturales en Sudamérica. 

(Publicaciones de la Universidad de 

la República. Montevideo, 1958). 
(Premio Min. Instr. Pública 1959). 
El Hombre Libre frente a la Barbarie 

Totalitaria. "Anales de la Universidad", 

Montevideo. 
De mi Calendario. 

AGOTADAS 

De mis Peregrinaciones Europeas. 
Bulgaria Desconocida. 

Freud, freudismo y las verdades sociales. 
George Fr. Nicolai, un sabio y \m hombre 

del porvenir. 
Individualismo, Estética y Humanitarismo. 
Humanitarismo y Eugenesia. 
Los Principios Humanitaristas, con prólogo 

de Albert Einstein. 
Tres Conferencias. 
La Internacional Pacifista, con prólogo de 

Romain Rolland. 



Pedidos: EDICIONES "HUMANIDAD"^ 
Montevideo, Gaboto 903, ap. 7, teléf. 

40 51 53. 
Buenos Aires, Lavalle 2862, p. 3, ap. 9,. 

teléf. 88 32 57. 



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