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Full text of "Cortes de los antiguos reinos de Leon y de Castilla. Introduccion escrita y publicada de orden de la Real Academia de la Historia"

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COETES 

DE LEON Y DE CASTILLA. 



CORTES 



DE LOS ANTIGUOS REINOS 

DE LEON Y DE CASTILLA. 



INTRODUCCION 

ESCEITA y PUBLICADA 

DE ORDEN DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, 

POR SU INDIVIDUO DE NÚMERO 

DON MANUEL. COLMEIRO, 

del Consejo de Estado y Senador del Reino. 



PARTE PRIMERA. 




MADRID : 

ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE LOS SUCESORES DE RIVADKNEYRA , 
impresores de la Real Casa. 

Paseo de San Vicente, número 20. 

1883. 



PARTE PRIMERA. 

HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



CAPITULO PRIMERO. 

DE LOS CUADERNOS DE CORTES COMO FUENTE DE LA HISTORIA DE ESPAÑA. 

Dilatadas por la fuerza de las armas las fronteras de Asturias y So- 
brarve, nacen á la falda del Pirineo los reinos de Navarra y Aragón y 
el condado de Barcelona, entre tanto que á la parte del occidente se for- 
man y extienden por el llano los de León y Castilla. 

Las instituciones de todos los pueblos cristianos de la Península que 
se levantan sobre las ruinas de la monarquía visigoda, son semejantes, 
porque hay hechos generales que imprimen el sello de la unidad en la 
historia de España, á pesar de la desmembración de su territorio en di- 
versos estados independientes. Todos eran regidos por reyes ó condes 
soberanos con el concurso de la nobleza y del clero , y mas tarde tam- 
bién de las ciudades, celebrando juntas ó asambleas nacionales llama- 
das Cortes; y así las hubo en Navarra, Aragón, Cataluña y Valencia, 
como en León y Castilla, unas en lo esencial de la institución, aunque 
en lo accidental fuesen distintas. 

Si la historia ha de ser el eco fiel de los tiempos pasados, debe trans- 
mitir á la posteridad cuantas noticias pueda investigar relativas á la 
religión que fija el carácter moral de cada pueblo, á su forma de go- 
bierno, leyes, usos y costumbres, á la literatura que cultiva, á las artes 
que profesa y á todo lo que constituye su modo de ser y muestra su 
vida interna. 

Los sucesos prósperos ó adversos proceden de causas naturales supe- 
riores á la comprensión del vulgo ; pero no impenetrables á la profunda 
mirada de la crítica, si toma por guía la luz de nuevos documentos 



2 



HISTORIA DE LAS CORTE8 DE LEON Y CASTILLA. 



que le permitan seguir los pasos del hombre en quien se concentra el 
genio de la nación, desde el hogar doméstico hasta las regiones más 
altas de la sociedad y del gobierno. 

Por eso estiman los eruditos de suma utilidad para escribir la historia 
general de España el estudio de los fueros municipales y cartas de po- 
blación, y de los cuadernos, actas y procesos de las Cortes. 

Los fueros y cartas pueblas contienen importantes noticias acerca del 
tránsito del hombre de la servidumbre á la libertad y de la organiza- 
ción de la propiedad territorial, dos beneficios de la civilización na- 
ciente, que siguen la misma ley y obedecen al mismo impulso. En estos 
documentos se descubren los orígenes de muchas ciudades , villas y lu- 
gares, los ensayos del régimen municipal, la penosa formación del 
estado llano compuesto de labradores , artesanos y mercaderes cada vez 
más considerados por su número y riqueza , y los principios del sistema 
de legislar en lo civil y criminal por medio de privilegios , rom- 
piendo la unidad del derecho sostenida por la común observancia de la 
ley visigoda. 

Así como los fueros y cartas de población retratan la infancia de los 
reinos cristianos en los primeros siglos de la reconquista, así las actas 
y cuadernos de Cortes reflejan su vida adulta. La monarquía adquiere 
fuerzas conforme se va arraigando la sucesión hereditaria. Las juntas ó 
asambleas de la nación van perdiendo su carácter de Concilios , y se 
convierten en verdaderas Cortes del reino. Los reyes , con la voluntad 
ó el consejo de los estados militar, eclesiástico y civil, hacen leyes, 
fueros, constituciones y ordenamientos en donde se hallan las fuentes 
de nuestro derecho público y privado, la razón de muchos estatutos, la 
explicación de mil extraños sucesos , y todo ello realzado con variedad 
de cuadros muy curiosos é instructivos de costumbres contemporáneas. 

Si paramos la atención en los cuadernos de las Cortes celebradas en 
los antiguos reinos de León y Castilla, habremos de estimarlos como un 
rico tesoro de noticias que ilustran la historia de España, 

Nadie que no sea indiferente á su estudio , dejará de reconocer que la 
publicación de estos cuadernos abre nuevos horizontes al erudito, mos- 
trándole las vicisitudes de la monarquía , las ardientes querellas de la 
nobleza tan obstinada en conservar sus privilegios, las causas de la pros- 
peridad y decadencia de los concejos tan orgullosos con la posesión de 
sus franquezas y libertades , las relaciones entre la Iglesia y el Estado, 
los esfuerzos para mejorar la administración de la justicia, la desigual- 
dad y confusión de los tributos, las alteraciones de la moneda, las re- 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



3 



formas del lujo y las leyes protectoras de la agricultura y ganadería, 
de las artes y oficios , del comercio y navegación con otras materias de 
gobierno que en las Cortes se trataron y dieron origen á multitud de 
ordenamientos. 

En los cuadernos pugnan á cada paso la verdad con el error , y mu- 
chas veces triunfa el error de la verdad ; pero de los aciertos y desacier- 
tos de la humanidad desde que el mundo existe, se compone el tejido 
de la historia. 

Sobran ejemplos en la de España para probar el secreto enlace de los 
hechos referidos con sucesos de bulto que narran los historiadores , ca- 
llando las causas de que proceden. Una de las principales de las desven- 
turas de Alfonso el Sabio al acercarse el término de sus dias en su sola 
leal ciudad de Sevilla, fué haber mandado labrar moneda de baja ley, 
de donde vino la carestía, motivo de murmuraciones, quejas y alboro- 
tos que acabaron por levantarse los pueblos contra el Rey, y negarle la 
obediencia. La matanza de los Judíos en 1391 atribuida á la predicación 
del Arcediano de Ecija, fué preparada de léjos por los ordenamientos 
hechos en las Cortes contra la nación hebrea con ocasión de las usuras 
y de la cobranza de los pechos y derechos reales que avivaron el ddio 
de los cristianos y despertaron sus deseos de venganza ; y si Cárlos V 
hubiese obrado con más prudencia al pedir el servicio que mal de su 
grado le otorgaron los procuradores á las Cortes de Santiago y la Coruña 
de 1520 , tal vez no se habría encendido la guerra de las Comunidades, 
en cuya borrasca corrió grave riesgo su corona. 

Antes de exponer el contenido de los cuadernos de las Cortes de León 
y Castilla que publica la Real Academia de la Historia , pide el órden 
natural de las ideas referir el origen y las vicisitudes de esta institu- 
ción política , la primera en importancia después de la monarquía. 

CAPITULO II. 

DE LOS CONCILIOS DE ASTURIAS Y LEON. 

La fuerza de la tradición y las necesidades de la guerra obligaron á 
los Godos refugiados en las montañas de Asturias á elegir un Rey , y 
aclamaron á Pelayo en 718, es decir, tres ó cuatro años después de la 
invasión de España por los Moros. 

Era Pelayo descendiente de los Reyes godos, en lo cual están confor- 



4 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

mes todos los autores, si bien discrepan al deslindar su linaje. La elec- 
ción de Pelayo y su calificada nobleza prueban que cuando los mon- 
tañeses le alzaron por Rey, entendían dar un sucesor á Rodrigo ven- 
cido , sino muerto en la batalla de Guadalete. 

Sigúese de lo dicho que la monarquía de Asturias no significa la 
fundación de un estado con gente nueva, sino la continuación de la der- 
rocada en 714 por un revés de la fortuna. Todo era allí antiguo, pobla- 
ción, idioma, leyes, usos y costumbres, reyes, duques y condes, así 
como obispos y abades que participan del poder temporal juntamente 
con la nobleza; de suerte que el reino de Asturias es un eslabón de la 
cadena que une la monarquía visigoda con la de León y Castilla, salvo 
el breve interregno de tres ó cuatro años en el largo espacio de once si- 
glos, al cabo de los cuales llega la de España á la cumbre de su grandeza. 

Continuaron los sucesores de Pelayo la obra de la restauración , cui- 
dando ménos del gobierno que de hacer la guerra á los Moros. En 791 
subid al trono Alfonso II el Casto, Rey piadoso, guerrero y legislador. 

Fijó el asiento de su corte en Oviedo, y allí omnem Gothorum ordi- 
nem, sicuti Toleto fuerat, tam in Ecclesiam quam Palatio, in Oveto 
cunda statuü*. Desde aquel momento el hecho de la restauración fué 
reconocido y consagrado por el derecho. 

Si Alfonso II restableció todo el régimen de los Godos, tanto en lo es- 
piritual como en lo temporal , según habia estado en uso en Toledo , es 
llano que revivió en el pequeño reino de Asturias aquella monarquía 
electiva con sus Concilios de obispos y magnates, y con las demás ins- 
tituciones contenidas en el Forum Judicum, que no habia dejado de ser 
un solo instante la ley del pueblo cristiano desde el principio de la re- 
conquista. 

Así, pues, nada más natural que en el reino de Asturias se hayan 
celebrado Concilios en los siglos ix y x , unos que fueron verdaderos 
sínodos de la Iglesia, y otros asambleas mixtas ó juntas nacionales como 
los anteriores de Toledo. 

Existe entre aquellos y estos una semejanza tan perfecta, que no se 
puede dudar de su filiación. La convocatoria por el Rey, la asistencia 
de los grandes y prelados, la celebración sin época fija, las materias que 
se trataban, el orden en las deliberaciones y hasta las fórmulas de que 
se valían, todo era igual, siendo igual así mismo la confusión del im- 
perio y del sacerdocio. 

l Chron. Albeldense. V. Florez, España Sagrada, tova, xin, pág. 453. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 5 

Pocos fueron los Concilios celebrados en Oviedo y León en los si- 
glos ix y x , y aun de estos deben excluirse los verdaderos sínodos , las 
juntas de magnates que el Rey convoca accidentalmente para pedirles 
consejo en negocio determinado , y las que se reunían para designar 
persona que ocupase el trono vacante. 

Sínodos nacionales de la Iglesia Occidental son los Concilios de Oviedo 
de 832 (si lo hubo), y el de León de 974, como el I, II, IV, V y otros 
Toledanos. 

La reunión de los obispos jussu regís no altera su carácter , porque 
la convocación de los Concilios nacionales por el príncipe fué una cos- 
tumbre introducida en España después de haberse convertido los Sue- 
vos y los Godos á la fé católica , imitando en esto nuestros Reyes á los 
Emperadores de Oriente. 

Tampoco lo altera la asistencia de los condes y magnates, pues esta- 
ban allí solo ad videndum, sive ad audiendum verbum Domini, sin la 
menor participación en el ejercicio de la potestad espiritual. 

No son propiamente hablando Concilios las juntas ó asambleas de 
grandes y prelados que se celebraban para elegir Rey, como las de León 
de 914 y 974. Aquella dió la corona á Ordoño II y esta á Ramiro III. 

Estas juntas ó asambleas de magnates son los conventus pontijicum 
majorumque palatii vel popuü de que habla el Forum Judicum al de- 
terminar el modo de proceder en la elección de los Reyes 1 . No se reúnen 
por mandato del Rey, pues se halla el trono vacante : no asisten los 
obispos en representación de la Iglesia, sino como personas principales : 
no se hacen leyes , ni cánones, ni nada que suponga la existencia de un 
poder constituido ejerciendo funciones ordinarias. En suma, ni en la 
esencia, ni en la forma se confunden con los Concilios mixtos de Toledo. 

Menos todavía merecen este nombre las juntas de magnates que el 
Rey convoca á fin de tomar su consejo en las cosas de la guerra, como 
la de Zamora de 931 , cuando Ramiro II reunió á los caudillos de su nu- 
meroso ejército para deliberar si debia seguir adelante y ceñirse la co- 
rona de León, y la celebrada en dicha ciudad el año 933 para acordar 
el plan de campaña que el mismo Ramiro II emprendió después contra 
los Moros. Son actos propios de la milicia, en los cuales cabe ingerir 
alguna idea política, pero no procedimientos de gobierno. 

El único Concilio de Oviedo que reúne los tres caractéres distintivos 
de los Toledanos, á saber, convocado por el Rey, concurrido de condes 



1 Lex ii , tít. i De electione principum. 



6 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

y obispos y mixto en razón de las materias que se trataron , fué el cele- 
brado en el año 901, según la cuenta de Ambrosio de Morales, ocu- 
pando el trono de Asturias Alfonso III el Magno. 

Eran los tiempos calamitosos y los hombres más fuertes que las ins- 
tituciones. La historia de aquella edad solamente es conocida por breves 
crónicas de vária lección, y algunos privilegios cuya autenticidad no 
siempre inspira confianza á los eruditos. A falta de las actas délos más 
antiguos Concilios de Oviedo y León, no hay medio de averiguar la 
verdad que persuade y convence, y es fuerza contentarse con la escasa 
luz que nos envían las memorias relativas á una época tan remota. 

El verdadero punto de partida de la historia de nuestras Cortes no se 
puede fijar mas allá del Concilio de León de 1020. Todas las noticias 
que poseemos respecto á los anteriores son oscuras, incompletas o' dudo- 
sas , y solo sirven para probar que nunca llegó á romperse el hilo de la 
tradición visigoda. 

Suelen los autores que de esto escriben decir Concilio ó Cortes de León 
de 1 020, como si vacilasen entre uno y otro nombre. En realidad no hay 
motivo para alterar el de Concilio ó Concilium según el texto latino. El 
castellano , copiado de un códice del siglo xm , no autoriza la versión de 
la palabra Concilium en Cortes, sino en Congeyo. 

La cuestión no es de nombre, como á primera vista parece. El de 
Concilio significa que este de León conserva en toda su pureza los ca- 
ractéres propios de los antiguos de Toledo , mientras que la ambigüedad 
del título arguye al falso concepto que fué entonces cuando empezó á 
secularizarse la institución , lo cual no vino sino más tarde. 

Convocó el Concilio Alfonso V, y acudieron á la voz del Rey [Jussu 
Regís) omnes pontífices , adbales et optimates regni Hispanice como en 
los tiempos de Recaredo ó Recesvinto ; y en esta asamblea de grandes y 
prelados se determinaron várias cosas pertenecientes al gobierno espi- 
ritual y temporal del reino. 

Dos decretos sobre todo fijan la naturaleza del Concilio. In primis 
igitur censuimus (dice el uno) ui in ómnibus Conciliis que deinceps ce- 

lebrabunlur , cause ecclesie prius iudicentur Y el otro: Iudicato 

ergo ecclesie iudicio adeptaque iustitia, agatur causa regís, deinde po- 
pulorum*. 

Estos decretos recuerdan las palabras del Toledano IV : Post instiluta 
quadam ecclesiastici ordinis postreman nobis cunctis sacerdotibus 

i Concilium Legionense, i et ti. 



i 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 7 

sententia est, pro robore nostrorum rerjum et stabilitate gentis Gotho- 

rum , pontificóle ullimum ferré decretum Y más claro en el XVII: 

His igitur prcemissis caussis {Ecclesié) populorum negotia cum Dei 

timore prudentim vestrce commütimus dirimenda. Fácil seria aumentar 
el número de los ejemplos l . 

Comparando ahora ¡los decretos referidos con los pasajes copiados.se 
prueba hasta la evidencia que el Concilio de León de 1020 es un fiel 
trasunto de los famosos de Toledo. La perfecta conformidad de sus actas 
tiene una explicación tan natural y sencilla que salta á los ojos. 

Fué Alfonso V un Rey legislador, de quien escribe el Arzobispo Don 
Rodrigo : Leges gothicas reparavit , et alias addidit , qua in regno 
Legionis adhuc Jiodie observantur- K El monarca que, según Don Rodri- 
go, mostró tanto celo en el restablecimiento de las leyes godas, estaba 
llamado á restablecer así mismo los Concilios de Toledo , continuando 
la obra de la restauración iniciada por Alfonso el Casto, cuyos esfuer- 
zos en esta parte no fueron bien secundados por sus sucesores, excepto 
Alfonso el Grande, promovedor del celebrado en Oviedo el año 901. 

No hallamos nombre que convenga á la asamblea de obispos, abades, 
condes y caballeros en que fué coronado y ungido Fernando I el Magno 
en León el año 1037. Ambrosio de Morales la llama Cortes y ayunta- 
miento general, doble título que aumenta la duda. 

Pudiera pasar por junta de prelados y señores (Conventus) para coro- 
nar y ungir al Rey, sino fuese porque se hicieron leyes relativas al me- 
jor estado y concierto del reino que estaba estragado á causa de las 
guerras y la poca edad de Bermudo III. Concilio no es , porque no consta 
acto alguno de jurisdicción espiritual, ni tampoco verdaderas Cortes, 
pues si hemos de dar crédito á los historiadores antiguos, Fernando I 
entró en la ciudad de León por fuerza de armas y tomó la corona como 
vencedor 3 . 

Además de esto, el principio de las Cortes es el fin de los Concilios, 
porque secularizada la asamblea de los grandes y prelados del reino , no 
se retrocede al tiempo de los Godos , sino que por el contrario se avan- 
za en el sentido de constituir el estado temporal. 

Habría retroceso incompatible con las leyes de la historia , si admiti- 

1 Aguirre, Collectio máxima, t. III, p. 379 ; t. iv, pp. 322, 331, 341 , etc. 

2 Rod. Tolet. De rebus Hisp., lib. v, cap. xix. 

3 H¡3 peractis, prasfatus rex Fredenandua venit et obsedit Legionem, et post paucos dies 
ccepit eam, et intravit cum multitudine máxima militum, et accepit ibi coronam , et factus est 
rex in regno Legione et Castella. Pelagii ej>. Ovetensis Chron. 



S HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

das las Cortes de León de 1037, volviesen los Concilios; y en. efecto 
vuelven, habiendo convocado Fernando I el de Coyanza que se celebró 
el año 1050 con la asistencia de varios obispos y abades y todos los 
magnates del reino. 

El texto romanceado dice Conceyo, según queda advertido á propósi- 
to del Legionense de 1020. 

La presencia de los brazos eclesiástico y secular; los decretos que de 
allí salieron en parte leyes y en parte cánones; la protección que el 
Concilio dispensa á la persona y autoridad del Rey lanzando el rayo de 
la excomunión contra los desobedientes á lo mandado , son circunstan- 
cias dignas de tomarse en cuenta para probar que todavía estaba viva 
la tradición visigoda. 

No quitan fuerza á este juicio las juntas de magnates celebradas en 
León los años 1058 y 1064 ó 1065, la primera con el objeto de pedirles 
consejo acerca del rompimiento de las hostilidades con los Moros veci- 
nos al Ebro, y la segunda á fin de que aprobasen su resolución de par- 
tir el reino entre sus hijos. Las crónicas antiguas les dan el nombre ya 
repetido de Conventus , y no merecen otro, pues no hay sombra de Con- 
cilio ni de Cortes en donde falta la presencia simultánea de las altas 
dignidades del clero y la nobleza. 

Lo mismo decimos de la jura de Alfonso VI en Zamora el año 1073. 
Ambrosio de Morales y Fr. Prudencio de Sandoval suponen que se ce- 
lebró esta ceremonia en Cortes á las que concurrieron las ciudades y 
los ricos hombres. Mariana desdeñó la noticia, pues guarda silencio; 
pero aun admitida la jura del Rey en Zamora, se ofrecen dos reparos al 
nombre de Cortes, á saber, la ausencia de los prelados y la presencia de 
las ciudades , que todavía tardaron mas de un siglo en adquirir el de- 
re mo de enviar procuradores. 

Tampoco podemos llamar Cortes verdaderas la asamblea de la noble- 
za y dos solos prelados reunida en Toledo el año 1109, ante la cual de- 
claró Alfonso VI su voluntad de que le sucediese en la corona su hija 
Doña Urraca á falta de varón. El caso era nuevo, y para que nadie se 
negase á recibirla por Reina después de los dias del Rey, ni dejara de 
prestarle la obediencia debida, mandó llamar á los nobles y les hizo ju- 
rar que le guardarían fidelidad y la protegerían. 

La firme resolución de Alfonso VI, su mandato, el juramento y la 
exigua ó casi nula representación del clero, dan á esta junta de mag- 
nates grande importancia; pero no tanta que se haya de confundir con 
la institución compuesta de los dos brazos del reino, eclesiástico y mi- 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 9 

litar, que limitaron el poderío de los Reyes con su autoridad unas veces 
y otras con su consejo. 

El Concilio de Oviedo de L 1 15 es de la misma naturaleza que los de 
León de 1020 y Coyanza de 1050. La intervención directa de la Reina 
Doña Urraca, la asistencia de los obispos y grandes del reino y el ca- 
rácter mixto de los decretos son circunstancias comunes á los tres re- 
feridos. 

El estado seglar estuvo representado en el Ovetense no solo por la no- 
bleza, sino también por el pueblo. En los antiguos de Toledo solían los 
Padres congregar á los fieles y publicar en su presencia los decretos, 
non ui suffragium prceslarent, sed ut defender enb communem fidem 
edictis, legibus, et si opus fuissel, gladio. 

En el de Oviedo de 1115 se introdujo la novedad de prometer la ob- 
servancia de sus estatutos bajo la fe de un solemne juramento y suscri- 
bir las actas todos los hombres, así nobles como plebeyos, subditos de 
Doña Urraca, para mayor firmeza de lo acordado. 

La ventaja obtenida en esta ocasión por el pueblo (plebs), no carece 
de importancia , pues implica el reconocimiento de un estado llano que 
se prepara á intervenir en el gobierno de la nación juntamente con el 
clero y la nobleza, desde que confirma los decretos del Concilio con 
los grandes y los prelados. 

Las instituciones de la edad media se desarrollan con lentitud, por- 
que las reformas son obra del tiempo. Por eso es tan difícil determinar 
el momento en que los Concilios pierden su carácter mixto y son reem- 
plazados en el órden político por las Cortes. 

El ieinado de Alfonso VII es un período de la historia en que se mar- 
ca de un modo visible esta tendencia. Representan la tradición visigo- 
da las llamadas Cortes de Palencia de 1129 y León de 1135, que son en 
rigor verdaderos Concilios como los de Toledo, ya se atienda á la cali- 
dad de las personas que concurren á ellos, ya se consideren las mate- 
rias que en la asamblea de los obispos, abades, condes, grandes y ca- 
balleros se tratan y resuelven. 

Ni las muchas leyes que hizo d restableció Alfonso VII, ni el haber 
sido proclamado Emperador, ni la asistencia de varios reyes y condes 
soberanos que se reconocieron por sus vasallos, pueden borrar el doble 
carácter de una junta en la cual primero se cuida de lo perteneciente á 
la salvación de las almas de todos los fieles , y después de lo que impor- 
ta al bien de los pueblos. 

Coincidía con la celebración de estas asambleas mixtas la de varios 



10 IIISTOniA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

Concilios propiamente dichos ó sínodos de La Iglesia de España, algu- 
nos promovidos por el Romano Pontífice, y otros presididos por un Le- 
gado apostólico, á cuya voz acudían los prelados. La frecuente reunión 
de estos Concilios en los cuales no tomaba parte el Emperador sino en 
cuanto príncipe católico é hijo obediente de la Iglesia, tiene mas rela- 
ción con la historia de las Cortes de León y Castilla de lo que á simple 
vista parece. 

Es bien sabido que Gregorio VII consagró todos los momentos de su 
trabajoso pontificado á la grande obra de dar la libertad á la Iglesia 
oprimida por el poder temporal. De aquí la guerra de las investiduras 
que el Papa sostuvo con Enrique IV, Emperador de Alemania y Rey de 
Romanos. 

La causa de la independencia de la Santa Sede promovida por Gre- 
gorio el Grande, fué la causa del episcopado en todos los pueblos de la 
cristiandad. En España la abrazaron y defendieron con el mayor celo 
dos insignes prelados que florecieron en los siglos xi y xn, D. Bernar- 
do, Arzobispo de Toledo, y D. Diego Gelmirez, Arzobispo de Santiago. 

Nada se oponía tanto á la libertad de la Iglesia Española como la tu- 
tela de los Reyes apoyada en la práctica viciosa de celebrar Concilios en 
los cuales se legislaba indistintamente sobre las cosas divinas y huma- 
nas; y aunque los seglares no entendiesen en las materias de disciplina 
y costumbres, todavía pesaba al clero que fuese el príncipe quien con- 
vocase á los obispos, los presidiese y confirmase sus decretos. 

Para remover este obstáculo se ofrecía el medio de reunir á menudo 
verdaderos Concilios nacionales ó provinciales en donde se determinase 
lo conveniente al gobierno de la Iglesia sin la intervención de la po- 
testad civil, en cuyo número se cuentan los de Burgos de 1136, Valla- 
dolid de 1137, Palencia de 1148 , Valladolid de 1155 y otros menos co- 
nocidos. 

Desde que los obispos se encerraron en el círculo de su jurisdicción 
espiritual, faltó un motivo principal para reunir Concilios según la 
costumbre de los Godos; mas como la monarquía feudal necesitaba apo- 
yarse en el clero y la nobleza, los Reyes continuaron convocando las 
juntas de grandes y prelados á fin de resolver con su consejo los nego- 
cios árduos del reino. Secularizada la institución, los obispos formaron 
el brazo eclesiástico y los magnates el brazo militar llamados á las 
Cortes. 

No sucedieron las cosas de repente. Las primeras que merecen este 
nombre son tal vez las deNájera en 1137 ó 1138, porque así las llama- 



EISTOBIA DE LAS COBTES DE LEON Y CASTILLA. 11 

ron Alfonso Xí en el Ordenamiento de Alcalá y su hijo el Rey D. Pedro 
en el Fuero Viejo de Castilla. 

El estudio de ambos cuerpos legales suple en parte el silencio de la$ 
crónicas y la falta de documentos que nos ilustren acerca de lo que pasó 
en dichas Cortes. «El fin de ellas fué (dicen los doctores Asso y de Ma- 
nuel) establecer una buena y perfecta armonía entre las diferentes cla- 
ses de vasallos de su reino, y lograr poner en quietud los hijosdalgo y 
ricos homes. Por esta razón se arreglaron y publicaron entonces varias 
leyes relativas al estado de los nobles , á las cuales se unieron varios 
usos y costumbres de Castilla, y juntamente algunas fazañas » '. 

Esta fundada opinión corrobora la idea que las Cortes de Nájera nada 
tienen de común con los Concilios. Hubiesen ó no hubiesen concurrido 
los obispos , resulta que Alfonso VII legisló para los seglares en mate- 
rias de gobierno. 

Sucedió al Emperador en la corona de Castilla su hijo primogénito 
Sancho III. cuyo reinado fué tan breve, que apenas dió tiempo á cele- 
brar Cortes. Fernando II, también hijo del Emperador, le sucedió como 
Rey de León. 

Tuvo Cortes en Benavente el año 1176, en Salamanca el de 1178 y 
otra vez en Benavente en 1181. 

De las dos primeras se sabe que concurrieron los grandes y prelados; 
y aunque no consta lo mismo respecto de las últimas , puede suponer- 
se, porque no hay razón para dudarlo. 

De los asuntos que en dichas Cortes se trataron hay pocas noticias, 
pues solamente se sabe que hizo varias donaciones á iglesias, monaste- 
rios y órdenes militares , mercedes y privilegios debidos á la piedad del 
Rey , y actos propios de la gobernación del estado. 

Forman época en la historia de las Cortes las que Alfonso IX celebró 
en León el año 1188, hallándose presentes los obispos, los magnates y 
los hombres buenos elegidos por cada ciudad. Desde entonces ya no son 
dos sino tres los brazos del reino, á saber, el clero, la nobleza y los 
ciudadanos. Los documentos que poseemos relativos á las Cortes de Be- 
navente de 1202, León de 1208 y otros posteriores confirman la presen- 
cia de los tres estados en que la nación se dividia. 

Nótase en las de León de 1188 el uso de la voz latina Curia que sus- 
tituye á Concilium; y curia significa en romance palacio ó corte, esto 
es, el lugar donde el Rey tenia su residencia; y de aquí el nombre de 

1 Fuero Viejo de Castilla , disc. prelim., pág. xix. 



12 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



Cortes. La cuestión etimológica seria poco importante , sino fuese por- 
que contribuye á demostrar que la secularización de las asambleas de 
grandes y prelados iniciada en las Cortes de Nájera de 1137 ó 1138 llegó 
á su complemento en las de León de 1188 

El título de la elección que abre la puerta de las Cortes á los envia- 
dos por las ciudades (et cum electis civibus ex singulis cioitatibus) de- 
nota un grado superior de libertad debido al temprano desarrollo del 
régimen municipal; y la promesa del Rey de no hacer guerra, ni paz, 
ni tratado sin el consejo de los obispos , de los nobles y de los hombres 
buenos , es la primera ley que pone á la monarquía un límite en el con- 
curso de las Cortes. 

Entre tanto que esto pasaba en León, reinaba en Castilla Alfonso VIII, 
cuya minoridad fué muy borrascosa. Para sosegar las discordias civi- 
les tomó las riendas del gobierno cuando aun era niño, y pasado poco 
tiempo, convocó Cortes para Burgos en 1169. 

Cuenta la Crónica general que concurrieron á estas Cortes los condes, 
ricos hombres, prelados, caballeros y ciudadanos. Con todo eso la pre- 
sencia de los ciudadanos ó los concejos en dichas Cortes es inverosímil, 
ya porque la Crónica no inspira confianza á los eruditos, y ya porque 
si una vez hubiesen entrado, era natural que continuasen gozando del 
derecho adquirido en las de Burgos de 1177 y en las siguientes, lo cual 
no consta, por más que algunos historiadores particulares lo repitan de 
pasada, y sin fundar su opinión en documento fidedigno según las 
reglas de la buena crítica. 

La casual coincidencia de dos fechas dió motivo para creer que la 
entrada del estado llano en las Cortes fué simultánea en León y Casti- 
lla, es decir, en las de León de 1188 y en las de Carrion de los Condes 
del mismo año. Añadió fuerza á esta preocupación la presencia de los 
rnajores civüatum et villarum que Nuñez de Castro confundió con los 
procuradores de las ciudades y villas del reino 2 . 

Entre el major civitatis seu villa que los Godos llamaron villicus y 
en la edad media fueron conocidos con el nombre de merinos del Rey, 
de quien tenían el cargo de administrar justicia, y el electus civis por 
cada ciudad que asiste á las Cortes de León de 1188, media una distan- 
cia inmensa. 

Aquellos concurrieron á las Cortes de Carrion de 1188 per mandado 



1 In plena curia, dice el Judicium Regís AJ/onsi que corresponde al año 1202, y en cumplida 
corte, el texto castellano. 
' Crón. del Rey D. Alonso VIH, cap. xxxvm. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 13 

de Alfonso VIII para jurar la observancia de las capitulaciones matri- 
moniales ajustadas entre la Infanta Dona Berenguela y el Príncipe 
Conrado de Suevia : estos vinieron á las de León del mismo año libre- 
mente elegidos para intervenir en los negocios públicos. Los primeros 
eran ministros del Rey que respondían de la obediencia de los pueblos 
sometidos á su autoridad , y los segundos verdaderos mandatarios de los 
ciudadanos, distintos de las justicias y alcaldes que ejercían la juris- 
dicción civil y criminal. 

La mayor prueba de que el estado llano no tuvo tan pronto entrada 
en las Cortes de Castilla nos la ofrecen las de Toledo de 1211 á las cua- 
les, según el testimonio irrecusable del Arzobispo D. Rodrigo, sola- 
mente asistieron los magnates y prelados , diga lo que quiera el cronista 
Nuñez de Castro. 

Tampoco á las de Valladolid de 1217, en las cuales la Reina Doña Be- 
renguela renunció la corona en su hijo Fernando III, asistieron más 
que los grandes y caballeros [maynates et milites) , ni suenan presentes 
los hombres buenos hasta las Cortes generales celebradas en Sevilla el 
año 1250. Desde entonces así en Castilla como en León, tuvieron asiento 
en las Cortes el clero, la nobleza y los hombres buenos que llevaban la 
voz de las ciudades y villas, ó sean los tres estados del reino. 

Mas de medio siglo tardó Castilla en seguir el ejemplo de León que 
admitió á los elegidos por las ciudades en las celebradas el año 1188. 

El suceso no deja de parecer extraño tratándose de dos pueblos her- 
manos y en todo semejantes; y como el hecho se enlaza estrechamente 
con la historia de las Cortes, debemos esforzarnos á explicarlo. 

La mayor antigüedad del reino de León es la causa natural de que 
primero se lanzase por la senda de la reconquista y se poblase. La po- 
blación de los lugares ganados á los Moros dio origen á várias ciudades 
y villas que organizaron concejos para su gobierno y obtuvieron de los 
Reyes de León á título de fueros diversas libertades y franquezas. 

El engrandecimiento de Castilla empezó en los tiempos del Conde 
Fernán González, que murió el año 1070. Conquistó y pobló muchos 
lugares y también dió fueros y otorgó privilegios á sus pobladores; 
pero touo esto y más hizo Alfonso III el Grande cerca de dos siglos antes. 

A esta ventaja debieron los Leoneses que el concejo se arraigase y 
robusteciese al punto de mostrarse lozano y vigoroso en el Concilio de 
León de 1020, mientras que del concejo de Burgos, cabeza de Castilla, 
apenas hay vagas noticias que no se remontan más allá del año 941. 

Ala mayor lentitud que se observa en el desarrollo del régimen mu- 



14 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

nicipal en Castilla comparada con León, se añade otra circunstancia 
muy digna de tomarse en cuenta. Regia en León el Fuero Juzgo lla- 
mado también Leonés, y en Castilla el Fuero Viejo ó Castellano ; aquel 
más favorable á la extensión de la libertad civil , y este más ceñido al 
sistema feudal. De aquí una notable diferencia entre la condición de las 
personas con relación á las tierras de señorío que cultivaban. 

Mientras que Alfonso V en el Concilio de León otorga al forero la 
libertad de abandonar la heredad é irse á donde quisiere con la sola li- 
mitación de dejar la mitad de sus bienes, el Conde de Castilla D. San- 
cho García declara « que á todo solariego puede el señor tomarle el 
cuerpo , é todo quanto en el mundo ovier, é él non puede por esto decir 
á fuero ante ninguno, é los labradores solariegos que son pobradores de 
Castiella de Duero fasta en Castiella la Vieja, el señor nol' deve tomar 
lo que a, si non ficier por que, salvo sil' despoblare el solar, é se qui- 
sier meter só otro señorío <> *. 

Resulta que el forero de León era un hombre libre sin vínculo alguno 
indisoluble con la tierra que labraba, pues permanecer en ella ó no per- 
manecer dependía de su voluntad, entre tanto que el solariego de Cas- 
tilla estaba encadenado al terreno, y no hallaba amparo en la justicia 
para defenderse contra su señor, aunque le ofendiese en su persona, ó 
le tomase todos sus bienes. En resolución, el forero era un colono, y el 
solariego un siervo de la gleba. 

La condición tan próxima á la servidumbre de los labradores de Cas- 
tilla retardó la formación del estado llano que no podía existir sin liber- 
tad y sin propiedad. Habia ciertamente hombres libres villanos y pe- 
cheros en los lugares de realengo , siempre más favorecidos que los de 
señorío ; pero no bastaban para componer una clase respetable ó temible 
por su número y riqueza. 

La debilidad del estado llano se comunicaba á los concejos que no 
eran en Castilla una institución tan popular como en León , pues por 
gozar de los privilegios de la caballería , se obligaban los principales 
labradores á mantener armas y caballo y servir en la guerra lo mismo 
que los hidalgos. Estos plebeyos ennoblecidos, á la vez caballeros y 
hombres buenos , formaban un cuerpo híbrido que no daba fuerza á los 
concejos, sino en cuanto podían los Reyes disponer de una nueva milicia 
mejor disciplinada que los nobles por linaje, y no menos valerosos en 
las batallas reñidas con los Moros. 



1 Ley 1 , tít. vil', lib. i, Fuero Viejo. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 15 

Ningún título justo ni razón valedera habia para contar las ciudades 
y las villas entre los estados del reino, mientras los concejos de Casti- 
lla no alcanzasen la plenitud de la vida que ya se muestra , en cuanto 
á los de León, en el Concilio de 1020. Así que se hicieron comunes las 
libertades municipales , fueron los hombres buenos llamados á las Cor- 
tes, y el brazo popular tomó asiento en las asambleas de la nación con 
el clero y la nobleza. 

Obsérvase, comparando el progreso de las Cortes en ambos reinos, 
que León precede á Castilla en todo lo que de algún modo añade im- 
portancia al estado llano. Si los majares civitatum et villarum concur- 
rieron á las Cortes de Carrion de 1188 y juraron los capítulos matrimo- 
niales cuando se concertó el casamiento de la Infanta Doña Berenguela 
con el Príncipe Conrado, antes todos los hombres subditos de Doña Urra- 
ca habían jurado y confirmado los decretos del Concilio de Oviedo 
de 1115. 

Si á la curia nobilissima reunida en Burgos el año 1220 para honrar 
y festejar las bodas de Fernando III, asistieron con la flor de la nobleza 
de Castilla los primores civitatum, antes acudieron á las Cortes de León 
de 1188 los electi cives ex singulis civüatibus. 

Por último , si á las primeras generales celebradas en Sevilla el año 
1250 fueron presentes, además de los grandes y prelados, los caballeros 
«et homes bonos de Castiella et de León», no se olvide que el juramen- 
to de los civitatum concilio, allanó el camino á Fernando III para ocu- 
par el trono vacante por muerte de su padre Alfonso IX de León en 1230. 



CAPITULO III. 

LOS TRES ESTADOS DEL REINO. 

Las tradiciones de la monarquía visigoda, la guerra con los Moros 
y el régimen feudal aseguraban al clero y la nobleza de León y Casti- 
lla la participación en el gobierno por medio ya de los Concilios, ya de 
las Cortes. 

Al Concillo de León de 1020 concurrieron omnes pontífices , et adba- 
tes , et optimates regni RispanicB, y el de Coyanza de 1050 se celebró 
cum episcopis et abbatibus , et omnis regni optimatibus , es decir, los 
grandes y los prelados del reino. 

Mas tarde fueron llamados á las Cortes, juntamente con los condes 



18 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

y ricos hombres, los caballeros; novedad introducida en las de Burgos 
de 1169, á la que responde la presencia de los barones en las de León 
de 1208; y en las de Sevilla de 1250 suenan por la primera vez los 
maestres de las Ordenes militares. 

Solían acompañar al Rey la Reina, el Infante heredero ó el Príncipe 
y demás personas de su familia. La nobleza estaba representada por los 
duques, marqueses, condes, vizcondes, caballeros, escuderos é hijos- 
dalgo, según consta de las Cortes de Valladolid de 1385. 

En razón de su alta dignidad asistían el Condestable, el Almirante, 
el Canciller, el Justicia mayor y Adelantado mayor de Castilla, el Ma- 
yordomo, el Camarero y el Copero mayor, cargos palaciegos, los Ma- 
riscales, y el Alférez mayor del Rey y algunos otros. 

También asistían por sí ó por medio de procurador los reyes tributa- 
rios de la corona de Castilla. Al Concilio celebrado en León en el año 
1135 en el cual fué Alfonso VII proclamado y coronado Emperador, 
concurrieron el Rey D. García de Navarra, el sarraceno Zafadola, los 
Condes de Barcelona y de Tolosa y muchos condes y duques de Gascu- 
ña y Francia *. 

El Rey de Portugal debia venir á las Cortes de Castilla siempre que 
fuese llamado, hasta que Alfonso X le alzó el homenaje. Cuando Alha- 
mar, Rey de Granada, se hizo vasallo de Fernando III, se obligó á con- 
currir á las Cortes como uno de sus ricos hombres. 

La primera confirmación del ordenamiento otorgado por Fernando IV 
á los concejos de Castilla y de las marismas en las Cortes de Medina del 
Campo de 1305, dice: «Don Mahomat Abenazar, Rey de Granada, va- 
sallo del Rey. » Este Mahomat ó Mohammed III no estuvo en las Cortes, 
pero envió procurador. 

Enrique III llevó á las de Toro de 1371 «los oidores y alcaldes de la 
nuestra corte»; frase sustituida por Enrique III en las de Madrid de 
1391 con 4os del Consejo», y reformada en las de Madrid de 1419 por 
D. Juan II, diciendo «los doctores del mi Consejo.» 

En rigor los letrados no pertenecían al cuerpo de la nobleza; pero su 
elevada categoría en el orden de la magistratura, y la práctica de con- 
sultar los Reyes con ellos y con los grandes y prelados las respuestas á 
las peticiones de los procuradores, son títulos valederos para admitirlos 
en el número de los magnates. 

Llamaban los Reyes por sus cartas ó por mensajeros á los nobles con 

l Adef. Imp. Chron. V. España Sagrada, tom . xxi, pág. 345. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 17 

quienes querían comunicar los negocios que se habían de tratar en las 
Cortes, para resolverlos después con su acuerdo ó su consejo. No había 
regla establecida que limitase el prudente arbitrio del monarca, de 
cuya voluntad dependía que fuesen pocos y principales, ó muchos y 
de distinto grado desde el rico hombre hasta el hidalgo de Castilla. 

Nadie podía alegar derecho de asistir á las Cortes, si bien era cos- 
tumbre recibida y fielmente observada, cuando concurrían los nobles 
en corto número, que los ciertos ó algunos que estaban con el Rey, fue- 
sen de los mas calificados. 

Acudir á las Cortes, siendo llamados, era un deber de los vasallos y 
oficiales del Rey para honrarle, aconsejarle y servirle, y una ocasión de 
mostrarle obediencia y fidelidad, como se prueba con el ejemplo de los 
reyes tributarios, y se confirma con otros análogos. Llamado el Conde 
de Castilla Fernán González á las Cortes de León por Sancho I, con- 
sultó con los ricos hombres y caballeros lo que debia hacer; y como 
quiera que le aconsejaron que no fuese, les dijo : «Parientes, amigos y 
leales vasallos, yo no soy hombre que fago cosa que mal me está; é si 
agora dejase de ir á las Cortes, paresceria que me levantaba con el con- 
dado é quitaba la obediencia que al Rey debo » *. 

El maestre de Santiago D. Fadrique, hermano bastardo del Rey don 
Pedro, pidió á este licencia "que non fuese á las Cortes que se habían 
de facer en Valladolid» (1351), y se la dio, y le mandó retirarse á su 
tierra 2 . 

La asistencia del clero superior á las Cortes tenia el mismo origen 
que la de la nobleza. Mientras prevaleció la forma de los Concilios, la 
intervención de los obispos y abades de religión fué constante; mas 
después de la entrada del estado llano, quedaron los arzobispos, obis- 
pos y maestres de las Órdenes (institutos que participaban de lo mili- 
tar y lo religioso) representando al estado eclesiástico. 

Ni en las Cortes de León de 1188, ni en las de Benavente de 1202 y 
León de 1208, ni tampoco en las primeras generales de Sevilla en 1250 
se hace mención de los abades, sino de los grandes, prelados y maes- 
tres de Santiago, Calatrava, Alcántara y del Templo y del prior de 
S. Juan. 

Sin embargo, á las de Burgos de 1315 asistieron D. García, abad de 
S. Salvador de Oña, y D. Diego, de S. Millan de la Cogulla; pero de 

1 Crón. abrev., part. iv, cap. xxvi. 

2 Crón. del Bey D. Pedro , año n, cap. n. 



\ 



18 HISTORIA LE LAS CORTES DE LEON Y OASTILL 4 . 

aquí adelante se eclipsan ; y si alguna vez se citan como presentes los 
procuradores de las Órdenes, entiéndase militares, y no monasterios ó 
institutos religiosos , según consta del cuaderno de las Cortes celebra- 
das en Segovia el año 1386. 

Hay una notable excepción de la regla en las de Valladolid de 1527, 
á las cuales concurrieron los prelados y abades de las religiones. Nin- 
guna razón política determinó su llamamiento. Necesitaba Cárlos V 
dinero para la guerra, y discurrió el medio de reunir á los superiores 
de las órdenes monásticas á fin de que le sirviesen, como le sirvieron. 

Los arzobispos y obispos representaban sus iglesias y los abades sus 
monasterios. Cuando no podían ir á las Cortes, enviaban procuradores; 
y si estaba la silla vacante, los nombraban los cabildos. También 
solían enviar procuradores las Ordenes militares, si faltaban sus 
maestres. 

Era potestativo en los Reyes llamar á estos ó aquellos prelados, porque 
ninguna ley ni ordenamiento limitaban su libertad ; pero exigía la cos- 
tumbre convocar al Arzobispo de Toledo y á los arzobispos ú obispos 
que residían en la corte, unos sirviendo como letrados en la Audiencia 
6 en el Consejo, y otros, como privados ó ministros, participando del 
gobierno. En el siglo xvi fué caso muy frecuente que un arzobispo ú 
obispo presidiese las Cortes. 

Estaban los arzobispos y obispos obligados á presentarse en las Cor- 
tes cuando el Rey los llamaba, ya por la obediencia que le debían en lo 
temporal, y ya porque como señores de lugares y vasallos era su con- 
dición semejante á la de los ricos hombres. Solían además tener forta- 
lezas por el Rey, cuya merced imponía mayor obligación de ir á las 
Cortes para hacerle el pleito y homenaje según fuero de Castilla. 

Las ciudades y las villas formaban otro estado del reino , ó sea el bra- 
zo popular. La palabra civitas que se usa en el ordenamiento hecho en 
las Cortes de León de 1188, significa no solo el recinto murado {urbs) 
en que se alojaba la población urbana, sino también el conjunto de vi- 
llas, lugares y aldeas esparcidas por su término, en donde moraba de 
asiento la población rural. La ciudad, capul gentis , llevaba la voz de 
todos los habitantes del territorio sometido á su jurisdicción. 

En las Cortes de Benavente de 1202 se citan los «muchos de cada 
villa en mió regno en cumplida corte» 1 ; y en las de León de 1208 



1 Prassentibus episcopis et vasallis meis, et multis de qualibet villa regni mei in plena 
curia. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 19 

«la muchedumbre de las cibdades é ernbiados de cada cibdad por es- 
cote» f . 

Muestran los textos anteriores una marcada tendencia á igualar las 
villas con las ciudades, concediendo á las primeras la misma represen- 
tación que las segundas tenian en las Cortes. La tendencia fué crecien- 
do, y llegó á su término en las Cortes de Medina del Campo de 1302 
y 1305, á las cuales asistieron los hombres buenos de las ciudades, vi- 
llas y lugares, frase no siempre usada, pero sí muchas veces repetida. 

Coincide esta novedad con el vuelo que tomaron los concejos duran- 
te la minoridad de Fernando IV, siendo gobernadora del reino la ilus- 
tre Doña María de Molina. En efecto, como los concejos se extendieron 
y pasaron de las ciudades á las villas y lugares, y eran los concejos 
(civitaiitm concilla) los requeridos para que nombrasen los hombres 
buenos que debían llevar la voz de la comunidad en las Cortes, es llano 
que á la difusión del régimen municipal correspondía una mayor am- 
plitud del mandato popular. 

CAPITULO IV. 

CIUDADES Y VILLAS DE VOTO EN CORTES. 

Hizo Alfonso IX un llamamiento general á las ciudades de su reino, 
y cada una eligió el ciudadano ó ciudadanos que la representaron en 
las Cortes de León de 1188. Todas fueron convocadas sin excepción 
alguna. 

A las de Carrion de los Condes, también celebradas en 1188, asis- 
tieron los majores de cuarenta y ocho ciudades y villas, cuyo número 
es muy corto, dada la extensión del reino de Castilla en los tiempos de 
Alfonso VIII ; y no deja de causar extrañeza la omisión de los nombres 
de ciertas ciudades y villas tan conocidas como Burgos, Najera, Cas- 
trojeriz, Dueñas, Bribiesca, Molina, Santander y otras ciento. 

A las Cortes de Sevilla de 1250 concurrieron «homes bonos de Cas- 
tiella et de León», cuyas palabras de oscuro sentido, no autorizan sin 
embargo una interpretación estrecha. Era natural que hallando esta- 
blecida en León la práctica de convocar todos los concejos, la hubiese 
Fernando III aplicado á los de Castilla. 



1 Una nobiscum venerabilium episcoporum coetu reverendo, et totius regni primatum , et.. 
civium multitudine destinatoruin á singulis civitatibus considente. 



20 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

Según la Crónica del Rey D. Sandio el Bravo, los ricos hombres, las 
órdenes y todas las ciudades y villas hicieron en las Cortes de Sevilla 
de 1285 pleito y homenaje de recibir por señor y por heredero del rei- 
no, después de los dias de su padre, al Infante D. Fernando \ No es 
de presumir que la asamblea haya sido tan completa como refiere la 
Crónica; pero basta á nuestro propósito la convocatoria general de los 
enviados de las ciudades y las villas á las Cortes. 

Aclara mas este punto el cuaderno de la hermandad aprobada por los 
tutores de Alfonso XI en las de Burgos de 1315. Suscribieron el pacto 
ajustado en el ayuntamiento ó junta de Carrion, además de 112 caba- 
lleros, 200 procuradores de 100 ciudades y villas; y fué condición que si 
otros concejos quisiesen entrar en la hermandad, se les recibiese en ella. 

Convienen los historiadores en que las Cortes de Alcalá de Henares 
de 1348 fueron muy concurridas ; y en efecto consta que Alfonso XI 
mandó llamar á los procuradores de todas las ciudades, villas y lugares 
de su señorío. No gozan de igual fama las de Valladolid de 1351 con- 
vocadas por el Rey D. Pedro; y sin embargo consta de los dos cuadernos 
dados por él á los procuradores de los concejos que no fueron menos 
generales. 

No así las de Toro de 1369 á las que asistieron, además de los prela- 
dos, ricos hombres, infanzones, caballeros y escuderos hijosdalgo, los 
procuradores de algunas ciudades, villas y lugares de los reinos. La 
palabra algunas en sustitución de todas , no arguye aquí un cambio de 
sistema en la representación popular. Estaba Castilla muy conmovida 
con la encarnizada guerra civil entre el Rey D. Pedro y su hermano 
bastardo D. Enrique. El Rey habia sido muerto en el castillo de Mon- 
tiel el 23 de Marzo del mismo año en que se celebraron estas Cortes. La 
paz no se habia restablecido. Muchos pueblos rehusaban prestar obe- 
diencia al usurpador de la corona. Menudeaban los robos, las fuerzas 
y las muertes en los términos de las ciudades, villas y lugares y en los 
caminos; y en tal estado de confusión, no es mucho que fuese, no ya 
limitada, sino escasa, la concurrencia de los procuradores. 

La mayor prueba de que esta excepción fué pasajera, se halla en las 
Cortes de Madrid de 1391 celebradas durante la minoridad de Enri- 
que III, en las que volvieron las aguas á correr por su antiguo cáuce. 
En efecto, acudieron al llamamiento 125 procuradores de 49 ciudades 
y villas. 



i Cap. n. 



HISTORIA DE LAS CORTE9 DE LEON Y CASTILLA. 21 

En el reinado de D. Juan II abundan los ejemplos de Cortes celebra- 
das con los procuradores de algunas ó ciertas ciudades y villas 1 . Várias 
causas contribuyeron á que menguase á tal punto la representación po- 
pular en la primera mitad del siglo xv. 

Fueron tan continuas las discordias civiles durante la vida de este 
monarca negligente y perezoso , que apenas gozó un dia de paz desde 
que tomó la gobernación de sus reinos. Los Infantes de Aragón y los 
señores y caballeros de su parcialidad ocuparon repetidas veces con gen- 
te de guerra muchas ciudades y villas que no podian, aunque quisie- 
ran, elegir procuradores y enviarlos á las Cortes. 

El Rey las convocó á menudo, mas para pedir servicios sobre servi- 
cios, que para hacer buenas leyes y remediar los males de su pueblo. 
Los mejores ordenamientos no se cumplían, y las peticiones mas justas 
de los procuradores quedaban sin respuesta. La privanza de D. Alvaro 
de Luna, y la misma condición del Rey inclinado al poder absoluto sin 
mostrar voluntad de ejercerlo, todo persuade que la irregularidad res- 
pecto al número de las ciudades y villas que envian sus procuradores á 
las Cortes celebradas en este reinado, pues ya son muchas, ya son po- 
cas, mas bien es desórden que sistema. 

La mayor de estas irregularidades se advierte en las de Valladolid 
de 1425 en las que fué jurado heredero del reino el Príncipe ü. Enrique 
por los grandes , los prelados y los procuradores de doce ciudades en 
nombre de todas las ciudades y villas del reino. El hecho consta de la 
Crónica; pero no fué interpretado con recto criterio. 

Estando D. Juan II en Burgos por Diciembre del año 1424, mandó 
llamar procuradores de doce ciudades, á saber, Burgos, Toledo, León, 
Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, Zamora, Segovia, Avila, Salamanca y 
Cuenca, so pretexto de jurar á la Infanta Doña Leonor; «pero la inten- 
ción del Rey (dice la Crónica) era por entender en la división que se 
comenzaba entre él y el Rey de Aragón.» 

No llamó D. Juan II á Cortes, sino los procuradores de doce ciudades 
principales á consejo. Cuando ya estaban reunidos en Valladolid por 
Enero de 1425, sobrevino el nacimiento del Príncipe; y entonces man- 
dó el Rey que todas las ciudades enviasen nuevos poderes para jurarle, 
«é así se hizo. » 

Concluida la ceremonia, D. Juan II pidió á los grandes, prelados y 

i Cortes de Valladolid de 1440 y 1442, Burgos de 1444, Valladolid de 1447 y 1451, y Bur- 
gos de 1453. / 



22 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

procuradores su parecer acerca de si debia resistir la entrada del Rey- 
de Aragón en Castilla con gente de armas, ó adelantarse y romper 
la guerra \ 

La disimulación de D. Juan II cuando en Burgos « mandó llamar pro- 
curadores de doce cibdades de su reino», y la voz que esparció para 
ocultar el verdadero motivo del llamamiento, indican que la novedad 
respondía al deseo de acelerar el resultado ó guardar el secreto. 

Si el Rey hubiese formado el propósito de disminuir á tal punto la 
representación del estado general en las Cortes para debilitarlas, habría 
perseverado en su intento. Lejos de eso, prevaleció el uso de la fórmula 
«las ciudades y las villas», empleó menos veces la de «ciertas», y al- 
guna dijo «las ciudades, villas y lugares de mis reinos.» 

Así, pues, el llamamiento de los procuradores de las doce ciudades 
por vía de consejo no fué un acto de hostilidad á las Cortes. La irregu- 
laridad, y si se quiere, el abuso, consiste en mandar el Rey hacer la 
jura del Príncipe por los pocos procuradores allí presentes, y aun así, 
el de Burgos que habló primero, dijo que hablaba «en nombre de to- 
das las ciudades y villas del reino de Castilla, cuyo poder tenia» 2 . 

Después de veinte años de discordias civiles fomentadas por los Reyes 
de Aragón y Navarra, al fin hicieron la paz con el de Castilla en di- 
ciembre de 1437, y fué condición que los grandes, los prelados y las 
ciudades y villas de los tres reinos habían de aprobar, ratificar y jurar 
la concordia. 

Para cumplir este requisito se convino en designar por la parte de 
Castilla tres arzobispos, cuatro obispos, treinta y dos condes y ricos 
hombres, trece ciudades y nueve villas, á saber: las ciudades de Bur- 
gos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba, Cuenca, Zamora, Almazan, 
Murcia, Soria, Calahorra, Logroño y Cartagena, y las villas de Valla- 
dolid, Guadalajara, Madrid, Agreda, Molina, Requena, Alfaro, San 
Sebastian y Tolosa de Guipúzcoa 3 . 

Claro está que no se trata de ciudades y villas presentes álas Cortes; 
pero no carece de importancia conocer los nombres de las que en aque- 
lla solemne ocasión se reputaron principales. 

Hasta el tiempo de los Reyes Católicos todo lo relativo al número de 
las que nombraban procuradores es indeciso y variable. Ningún docu- 
mento que nos sea conocido lo determina: ninguna regla fija el modo 

1 Crón. del Rey D. Juan II, año 1424, cap. iv, y año 1425, cap. i y sig. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1425, cap. II. 

3 Crón. del Rey D. Juan II, año 1437, cap. vi. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON 1 CASTILLA. 23 

de proceder en materia tan grave , como era asentar la base de la repre- 
sentación del estado llano. El privilegio en algunos casos, la costumbre 
en muchos y el poder discrecional de los monarcas que mandaban ex- 
pedir las cartas de llamamiento de procuradores , y extendian ó limita- 
ban la convocatoria según la mayor ó menor gravedad de los negocios 
que se habian de tratar en las Cortes, impedian que se estableciese y 
arraigase una práctica constante. 

En ninguna parte se halla noticia cierta de las ciudades y villas de 
voto en Cortes hasta las de Toledo de 1480, en cuyo preámbulo se lée : 

" E nos, conosciendo que estos casos ocurrian al presente acordamos 

de enviar mandar á las cibdades é villas de nuestros reinos que suelen 
enviar procuradores de Cortes en nombre de todos nuestros reinos, que 
enviasen los dichos procuradores de Cortes, así para jurar al príncipe 
nuestro fijo primogénito heredero destos reinos, como para entender con 
ellos, é platicar, é proveer en las otras cosas que serán nescesarias de se 
proveer por leyes para la buena gobernación destos dichos reinos.» 

Prueba el pasaje anterior que ciertas ciudades y villas solían enviar 
procuradores á las Cortes en nombre de los reinos agregados á la corona 
de Castilla; pero no se determina el número, ni tampoco se declara 
cuales fuesen las que gozaban de esta preeminencia. 

La Crónica de los Re ¡jes Católicos disipa la -oscuridad con las pala- 
bras siguientes: «En este año del Señor de 1480, estando el Rey é la 
Reina en la cibdad de Toledo , acordaron de facer Cortes generales en 
aquella cibdad. Y enviáronlas notificar por sus cartas á la cibdad de 
Burgos, León, Avila, Segovia, Zamora, Toro , Salamanca , Soria, Mur- 
cia, Cuenca, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén, é á las villas de Vallado- 
lid, Madrid é Guadalajara, que son las diez é siete cibdades é villas que 
acostumbran continamente enviar procuradores á las Cortes que facen 
los Reyes de Castilla é de León » 4 . 

La frase del preámbulo «que suelen enviar procuradores de Cortes», 
coincide con la de Hernando del Pulgar « que acostumbran contina- 
mente enviar procuradores á las Cortes. » Desentrañando el sentido de 
ambos pasajes según su texto literal y comparándolas, resulta que ha- 
bía en 1480 ciudades y villas que habitual y constantemente nombra- 
ban procuradores, y otras que no siempre los nombraban. Todas podían 
ser llamadas, y muchas asistieron á las Cortes de Alcalá de 1348 , Ma- 
drid de 1391 y Valladolid de 1440; pero solamente algunas antiguas y 

1 Crón. de los Reyes Católicos, por Hernando del Pulgar , part. n, cap. xcv. 



I 



24 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

principales gozaban la preeminencia de resumir en los casos ordinarios 
la representación de los reinos de Castilla. 

De las diez y siete ciudades y villas que enumera Pulgar, siete, á 
saber, Burgos, León, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén y Toledo, eran 
cabezas de reino , y las diez restantes , esto es , Zamora , Toro , Soria, 
Valladolid, Salamanca, Segovia, Avila, Madrid, Guadalajaray Cuen- 
ca, grandes concejos con jurisdicción sobre un extenso territorio, lo 
cual les valió el título de cabezas de provincia. 

Estas diez y siete ciudades y villas de voto en Cortes que enviaron 
procuradores á las de 1480, suben á diez y ocho en las de Valladolid 
de 1506, porque después de la conquista de Granada los Reyes Católi- 
cos concedieron á dicha ciudad la prerogativa común á todas las cabe- 
zas de reino. 

Consta de los cuadernos de Cortes que las ciudades y villas de Astu- 
rias y las villas de las marismas ó de la marina tuvieron procurado- 
res en las de Zamora de 1301, Medina del Campo de 1305, Palencia 
de 1313 y Burgos de 1315. 

Oviedo envió uno á las de Madrid de 1391. Desde entonces desapare- 
ció el nombre de esta ciudad hasta que el Príncipe D. Alfonso, hermano 
de Enrique IV, en una junta de prelados y caballeros habida en Ocaña 
el año 1467, hizo merced á la tierra y principado de Asturias del voto 
en Cortes ; merced confirmada por los Reyes Católicos en 1499 

También estuvieron representadas las ciudades y villas de Galicia 
en las de Zamora de 1301 y Palencia de 1313. El cuaderno de la famosa 
hermandad aprobada en las Cortes de Burgos de 1315 fué suscrito por 
los procuradores de Orense, Lugo, Sarria y Rivadavia, y uno déla 
Coruña vino á las de Madrid de 1391. 

La verdad es que los antiguos reinos de Asturias y Galicia llegaron 
a formar un solo cuerpo con el de León , como se prueba con los cua- 
dernos de las Cortes de León de 1349, Valladolid de 1351 y Segovia 
de 1390, y sobre todo con el número de siete votos en Cortes antes de 
la conquista de Granada, y después ocho, por las ciudades cabezas de 
reino. 

La perfecta asimilación de los tres reinos unidos ofrece la seguridad 
de que las ciudades y villas de Asturias y Galicia , aunque no enviasen 
procuradores, estaban representadas en las Cortes por los de la ciudad 
de León. 

l Carballo, Antigüedades de Asturias, pága. 261 y 458 ; Martinez Marina, Teoría de las Cortes, 
tora, ni, apénd. xxxn, pág. 296. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 25 

Sin embargo, por una excepción inexplicable la ciudad de Zamora 
se alzó con el privilegio de hablar en las Cortes por el reino de Galicia. 
Contra esta usurpación reclamaron en las de Santiago de 1520 el Arzo- 
bispo D. Alonso de Fonseca y los condes de Villalba y Benavente , ale- 
gando que en tiempos pasados el reino de Galicia habia tenido voto en 
Cortes por su antigüedad y nobleza, y después, sin título alguno cono- 
cido, tomó su voz la ciudad de Zamora. El Emperador estaba de prisa, 
y no se cuidó de dirimir la contienda ; y así continuaron las cosas hasta 
que Felipe IV dió voto en Cortes á Galicia por real cédula de 13 de oc- 
tubre de 1623, expedida en juicio contradictorio con las ciudades y vi- 
llas de estos reinos 

Así terminó la ruidosa cuestión promovida en las Cortes de Santiago 
y la Coruña de 1520, dejando sepultado en la oscuridad el título en que 
Zamora fundaba su derecho de llevar la voz del reino de Galicia. Pro- 
bablemente no tenia otro que la posesión; pero en tal caso no era muy an- 
tigua, pues se sabe que D. Juan II convocó las Cortes de Zamora de 1432, 
para que las ciudades y villas de Galicia hiciesen el pleito homenaje de 
costumbre al Príncipe D. Enrique, por no haber enviado procuradores 
á las de Valladolid de 1425. 

Gozó la ciudad de Palencia la prerogativa del voto en Cortes hasta el 
reinado de Enrique III, si no antes, porque no tuvo procuradores en las 
de Madrid de 1391. La causa de haberlo perdido fué el pleito que se 
movió entre el obispo y la ciudad sobre el señorío que aquel pretendía 
en esta. 

Habia el Rey determinado que pendiente el litigio , los obispos nom- 
brasen los procuradores, respetando su posesión. Don Sancho de Rojas, 
prelado cortesano, se arrogó el derecho de hacer el pleito homenaje por 
la ciudad de Palencia, cuando D. Juan II fué jurado en Segovia al subir 
al trono el año 1407. 

La Reina Doña Catalina escribió al concejo de Palencia para que en- 
viase sus procuradores á las Cortes que se celebraron en Valladolid 
en 1412, y poco después le dirigió otra carta previniéndole que no obs- 
tante su llamamiento no los enviase, porque D Sancho de Rojas (por 
cuya mano pasaban todos los negocios del reino) alegó que «él habia 
hecho homenaje por la ciudad al Rey, cuando nuevamente fué ju- 
rado » 2 . 

De esta competencia entre el obispo y la ciudad resultó perder esta 

1 Colee, de docum. inéditos, toin. xvir, pág. 438. 

2 Pulgar, Hist. de Palencia, lib. m, cap. x. 



26 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

su antiguo voto en Cortes, porque los obispos no se cuidaron de nom- 
brar procuradores, y la ciudad no tenia declarado su derecho. Mientras 
la cuestión estaba en suspenso, Toro habló por Palencia sin título cono- 
cido, repitiéndose el caso de Zamora hablando por el reino de Galicia. 

Las necesidades del erario obligaron a las Cortes de Madrid de 1G50 
á prestar su consentimiento para que el Rey pudiese beneficiar dos vo- 
tos en favor de dos ciudades ; y en esta ocasión la de Palencia recobró 
el suyo mediante el servicio de 80.000 ducados que hizo á Felipe IV 
en 1656 l . 

Plasencia tuvo así mismo voto en Cortes, y en prueba de ello, consta 
que envió dos procuradores á las de Madrid de 1391. En 1442 D. Juan II 
hizo merced de la ciudad á D. Pedro de Zúfiiga, conde de Ledesma, á 
cuyo título añadió el de Plasencia. Poco después revocó la donación por 
ser excesiva y contra su voluntad ; pero la revocación no se llevó á 
efecto, y continuaron gozando del señorío de la ciudad el Duque D. Al- 
varo, hijo del Conde D. Pedro, y el Duque D. Alvaro su nieto. 

En 1488, informada Isabel la Católica de que la merced habia sido 
hecha por importunidad y revocada con justa razón, acordó restituir la 
ciudad al señorío real *. 

Desprendida Plasencia de la corona, perdió su voto en Cortes, por- 
que era el Duque quien ponia la justicia, los oficiales de la ciudad y el 
alcaide de su fortaleza; y no habiendo concejo libre, no podia nom- 
brar procuradores. Plasencia recobró su libertad ; pero no así el voto 
en Cortes, y continuó hablando por ella la ciudad de Salamanca. 

En suma, si á las diez y siete ciudades y villas cuyos nombres nos 
trasmite Hernando del Pulgar, se agregan Granada, Oviedo, Galicia y 
Palencia, resultan veinte y una las que tenían voto en Cortes, pues el 
segundo que las de Madrid de 1650 consintieron que el Rey vendiese, 
quedó por beneficiar. Mas tarde se dió este voto á la provincia de 
Extremadura y subieron á veinte y dos. 

Culpan algunos autores á los Reyes de haber reducido á tan corto nú- 
mero de ciudades y villas la representación nacional. La expresión es 
impropia y la censura apasionada. 

La división del territorio en reinos y el de Castilla en provincias fué 
una base estrecha de la representación del estado general; pero al fin 
denota la tendencia á sustituir con un principio aproximado á lajusti- 



1 Martínez Marina, Teoría de las Cortes, part. I, cap. XVI. 

2 Pulgar, Crón. de los Reyes Católicos, part. III, cap. cm. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 27 

cia y á la igualdad el llamamiento sin regla, y por tanto vicioso, como 
todo lo arbitrario. 

La costumbre de llamar á ciertas ciudades y villas se quebró por cul- 
pa de algunos concejos que dejaron de enviar sus procuradores cuando 
eran llamados , interrumpiendo con su descuido ó abandono la posesión 
de que gozaban. 

Otra causa (y es la principal) contribuyó sobremanera á encerrar el 
llamamiento de las ciudades y villas en límites tan angostos, á saber, 
el carácter de privilegio que se dió al voto en Cortes. Como los privile- 
gios tanto mas valen y se estiman, cuanto menos se extienden y comu- 
nican, fueron las ciudades y villas de voto en Cortes las que opusieron 
viva y tenaz resistencia á romper el círculo de las privilegiadas. 

La idea de ensalzar el privilegio nació en las Cortes de Ocaña de 1469 
al solicitar los procuradores la revocación de las exenciones de monedas 
y pedidos otorgadas por Enrique IV aciertas ciudades, villas y luga- 
res, «salvo (dijeron) las que sean dadas en las cibdades é villas que sue- 
len é acostumbran enviar procuradores á Cortes, las cuales suplica- 
mos... que por que sean ennoblecidas, les sea guardada la franqueza de 
los muros adentro dellas é non más.» 

Análoga á esta petición es la dada por los procuradores á las Cortes 
de Burgos de 1512 para que dichas ciudades y villas fuesen exentas de 
posadas, excepto en ciertos casos extraordinarios; todo lo cual prueba 
de donde partió la iniciativa y en donde estaba el empeño de convertir 
en un privilegio honroso y lucrativo el voto en Cortes. 

Por fortuna los Reyes, obrando con prudencia, se opusieron á todo 
conato de sembrar la discordia entre las ciudades y las villas del reino, 
estableciendo diferencias injustas y odiosas. Enrique IV, al revocar las 
mercedes de exención de tributos, no hizo distinción de ciudades y vi- 
llas que tenían ó no tenían voto en Cortes, y Fernando el Católico, en 
cuanto á las posadas , mantuvo la costumbre antigua y general de que 
todas participasen por igual de las cargas y los beneficios 

El amor al privilegio se avibaba, cuando los procuradores de las ciu- 
dades y villas de voto en Cortes llegaban á sospechar que otras solici- 
taban igual preeminencia. Entonces elevaban sus peticiones al Rey 
para que no les hiciese una merced tan contraria á las leyes y á la in- 
memorial costumbre, y que cedería en agravio y perjuicio de las ciu- 
dades y villas á las cuales favorecía la antigüedad. Estas peticiones 



1 Cortes de Ocafia de 1469, pet. 6, y Cortes de Burgos de 1512, pet. 10. 



28 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

fueron mejor acogidas que las anteriores. Don Felipe y Doña Juana 
en las Cortes de Valladolid de 1506 resistieron toda novedad, y D. Fer- 
nando el Católico, como gobernador de Castilla por su hija, respondió 
á los procuradores á las Cortes de Burgos de 1512, que «le placía de lo 
conservar así, porque la orden y costumbre antigua que en esto estaba 
dada era muy buena, é no entendía en la quebrantar » '. 

Las ciudades y villas de voto en Cortes no comprendieron que la ex- 
tensión de su preeminencia á otras favorecía su causa en vez de perju- 
dicarla. Cuanto mayor fuese el número de las ciudades y villas con voz 
y voto en Cortes, tanto mas hondas habrían sido las raíces de un pri- 
vilegio que alcanzando á muchas, llegaría con el tiempo á convertirse 
en una ley general. 

CAPITULO Y. 

NOMBRAMIENTO DE LOS PROCURADORES . 

En ningún cuaderno de Cortes del siglo xm se halla el nombre de 
procurador. Llamábanse los enviados de los concejos hombres buenos, 
personeros, mandaderos ó ciudadanos, esto es, moradores de las ciuda- 
des, cuyo título fué el primitivo, porque cives dijo Alfonso IX en las 
Cortes de León de 1188. 

Empieza el uso de la denominación « procurador del concejo » en 
las de Medina del Campo de 1305, y continúa con várias alternati- 
vas hasta que se fijó en las celebradas en la misma villa el año 1313. 
No deja de ser curioso que procuradores de las ciudades y las villas hu- 
biesen suscrito la carta de hermandad aprobada en las Cortes de Bur- 
gos de 1315. De todos modos á las Cortes y á la hermandad precedió el 
clero en el uso de la voz procurador, pues consta del ordenamiento de 
prelados dado en las de Valladolid de 1295 que concurrieron varios 
obispos y los procuradores de los ausentes, de los cabildos y de la cle- 
recía de todo el reino. 

La misma variedad ó incertidumbre se advierte respecto del número 
de procuradores de cada ciudad ó villa. Fernando III en el privilegio 
otorgado al concejo de Segovia en 1250 antes citado, dijo: «E mando 
é defiendo que estos (hombres buenos) que á mí enviáredes, que non 



i Cortes de Valladolid de 1506, pet. 33, y Burgos de 1512, pet. 19. 



HI6T0BIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 29 

sean mas de tres fasta cuatro, si non yo enviase por más» '. De este 
pasaje no se infiere que el número de tres ó cuatro procuradores fuese 
á la sazón la regla establecida. 

Al ayuntamiento de la hermandad de Burgos de 1315 asistieron 200 
procuradores de 100 ciudades y villas, es decir, dos por cada una de las 
confederadas; y á las Cortes de Madrid de 1391 concurrieron 49 ciuda- 
des que enviaron 125 procuradores. Hubo concejo que nombró varios, 
así como otros uno solo. 

En efecto , Burgos y Salamanca tuvieron 8 : Toledo y León 5 : Soria 
y Zamora 4 : Sevilla y Córdoba 3 : Murcia y Segovia 2, y 1 Astorga, 
Badajoz y Coruña. En fin, no hay regla fija; pero se advierte que mas 
de la mitad de los concejos nombraron 2. 

FuéD. Juan II quien determinó en las Cortes de Burgos de 1429 y 1430 
que las ciudades y las villas enviasen dos procuradores «é non más», 
quedando todas iguales en virtud de un ordenamiento que llegó á tener 
vigor y fuerza de ley 2 . Cada ciudad y villa de las diez y siete nom- 
bradas por Pulgar, envió dos personas por procuradores á las Cortes de 
Toledo de 1480 3 . 

La misma diferencia y confusión que hubo respecto al número de 
procuradores, existió en cuanto al modo de proceder en su nombra- 
miento. Los fueros, los privilegios y la costumbre suplían la falta de 
una ley común. La suerte, la elección y el turno eran los tres medios 
admitidos, guardando cierta analogía con la forma de proveer los ofi- 
cios públicos, según las ordenanzas por que se regia cada concejo. 

Aunque parezca extraño encomendar el nombramiento de los procu- 
radores á los caprichos de la suerte, debe considerarse como una caute- 
la para excusar los inconvenientes de toda elección disputada con calor, 
y tal vez con peligro de dividirse los vecinos en bandos y venir á las 
manos, de lo cual hay repetidos ejemplos en la historia de los conce- 
jos con ocasión de proveer los cargos electivos. 

Por otra parte , en el sistema del mandato imperativo que entonces 
estaba en uso, importaba poco la persona á quien tocase llevar la voz 
de la ciudad ó villa, pues el procurador debía ceñirse á poderes limita- 
dos, y á las instrucciones del concejo en los casos imprevistos. 

El libre nombramiento de los procuradores fué la práctica observada 
hasta muy entrado el siglo xv ; por lo menos de los cuadernos de Cor- 



1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxi, § xiv.' 

* Ley 4, tít. vn, lib. vi Recop. 

3 Crón. de los Reyes Qatólicos, part. ii, cap. xcv. 



30 HISTORIA. DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

tes nada consta en contrario. Con la privanza de D. Alvaro de Luna y 
con las discordias civiles que estallaron en el reinado de D. Juan II, coin- 
ciden las primeras quejas de los procuradores en las Cortes de Burgos 
de 1430, en las cuales presentaron al Rey una petición para que no 
nombrase, ni mandase nombrar otros procuradores, salvo los que las 
ciudades y villas entendiesen que cumplian á su servicio y al bien pú- 
blico , cuya petición dió origen á una ley que no remedió nada , pues se 
renueva la queja en las Cortes de Palencia de 1431 y Zamora de 1432 

El cuaderno de las celebradas en Valladolid de 1442 da noticia de 
que no solamente el Rey se entremetía en la elección de los procurado- 
res, sino también la Reina, el Príncipe y otros señores ya con ruegos, 
ya con mandamientos en favor de personas señaladas contra las liber- 
tades, privilegios, buenos usos y costumbres de las ciudades y villas. 

El mismo D. Juan II que en tantas ocasiones se mostró fiel guardador 
de la libertad de los concejos, no formó escrúpulo de responder á los 
procuradores de Cortes en las de Valladolid de 1447 que se abstendría 
de dar cartas de creencia para que enviasen personas señaladas, «salvo 
cuando otra cosa le pluguiese mandar por entender que así seria cum- 
plidero á su servicio» 2 . 

Esta holgada excepción derogaba virtualmente la ley de Burgos, y 
sometía los concejos á la voluntad del monarca, ó de quien quiera que 
gozase de su favor y tomase su nombre 3 . 

Fué Enrique IV esclavo de sus favoritos á quienes colmó de merce- 
des. Pródigo más que liberal , disipó el patrimonio de la corona, dando 
á unos tierras, lugares y fortalezas, á otros oficios públicos, casas de 
moneda y cédulas firmadas en blanco. 

No le bastó aumentar los cargos concejiles para tener que dar, ni 
apropiarse los que por fuero ó costumbre pertenecían á las ciudades y 
villas. Después de haber repartido con larga mano las alcaldías, los 
alguacilazgos y regimientos de los pueblos, hizo merced de las procu- 
raciones de Cortes á personas determinadas sin ninguna elección ni 
nombramiento de los concejos; abuso inaudito del cual se dolieron los 
procuradores á las de Toledo de 1462, cuya petición logró por respuesta 
que se guarden las leyes y ordenanzas hechas por mi señor y padre 
D. Juan II 4 . 

1 Cortes de Burgos de 1430, pet. 13; Palencia de 1431 , pet. 9; Zamora de 1442, pet. 19, y 
Valladolid do 1442, pet. 12. 

2 Pet. 60. 

3 Ley 5, tít. vn, lib. vi Recop. 
i Pet. 20. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 31 

Si culpa tuvieron los Reyes de haber oprimido con el peso de su auto- 
ridad á los concejos llamados á elegir procuradores, no fué menor la 
de los pueblos que no se pueden lavar de la mancha de haber corrom- 
pido el gobierno municipal. De la corrupción nacieron los bandos 
enemigos, los tumultos populares, el ascendiente de las personas pode- 
rosas, la usurpación de los oficios públicos y todos los abusos que coar- 
taban la libertad de los concejos. 

Los labradores y sesmeros «é otros ornes de pequenna manera» que 
según el ordenamiento dado por D. Juan lien las Cortes de Burgos de 1430 
no podian ser procuradores, se amotinaban por ir contra la voluntad de 
los concejos y vencer la resistencia de las ciudades y las villas, movían 
alborotos, y acontecía entrar la gente de tropel en la sala del cabildo, 
y arrancarle un acuerdo ó impedir la ejecución de otro con menospre- 
cio de la autoridad de los alcaldes y regidores. 

De estos habia algunos que se ablandaban al ruego, ó cedían á la 
amenaza, ó posponían el bien de la comunidad al deseo de alcanzar el 
favor de quien podía hacerles mercedes. Otros menos escrupulosos daban 
el voto por dinero, y llegd el escándalo al extremo de vender y comprar 
la procuración; abuso que D. Juan II calificó de mal ejemplo, y juzgó 
necesario reprimir y castigar declarando al culpado inhábil para obte- 
nerla «aquel año ni dende en adelante» 

La coacción que ejercían los Reyes y las personas poderosas, el atre- 
vimiento de los labradores y sesmeros, la venalidad de los alcaldes y 
regidores y el negociar la procuración con dádivas y promesas son he- 
chos ciertos y averiguados que corresponden á los reinados turbulentos 
de D. Juan II y D. Enrique IV, dos períodos de mala gobernación y de 
los peores que registra la historia. Cayó el poder en manos de privados 
y favoritos, á quienes convenían procuradores complacientes al punto de 
conceder todos los servicios que les pidiesen, ya por lisonjear al Rey 
con el aumento de sus rentas y tesoros, y ya para facilitarle los medios 
de hacer mercedes y cumplir los libramientos de las recibidas, porque 
así D. Juan II como D. Enrique IV las derramaron á manos llenas. 

La naturaleza de los abusos , las peticiones de los procuradores , las 
respuestas que obtuvieron y las leyes dictadas con el objeto de corregir 
las prácticas viciosas de los concejos prueban una de dos cosas; ó que la 
elección fué la regla general durante la mayor parte del siglo xv, ó 

4 Cortes de Toledo de 1436, pet. 13, y Valladolid de 1447, pet. 60.— Ley 7, tít. TO, lib. vi 
Kecop. 



32 HISTORIA DE LAS COUTES DE LEON Y CASTILLA. 

que el fallo de la suerte no era imparcial. En efecto, la falta de libertad 
en el nombramiento de procuradores se concibe cuando es cuestión de 
votos; pero no hay medio de coartarla, á no cometer falsedad, cuando 
se opta por el sorteo. 

La severa justicia de los Reyes Católicos infundia tal temor, que no 
debe extrañarse el silencio de los procuradores en materia de abusos 
electorales; mas en el reinado de Cárlos V renacen las intrigas para for- 
zar la elección de los que habían de concurrir á las Cortes de Santiago 
y la Coruña de 1520. 

Cuenta el cronista del Emperador que Chevres y otros cortesanos del 
partido de los Flamencos formaron empeño en que los procuradores de 
las ciudades y las villas fuesen personas que fácilmente otorgasen lo 
que en las Cortes se pidiese , para que no se renovasen las desagrada- 
bles escenas ocurridas en las anteriores de Valladolid de 1518, y prosi- 
gue : "Así hicieron en Burgos los dias que el Emperador allí estuvo, 
brava instancia por que el regimiento nombrase procuradores á su vo- 
luntad, y aunque entre los regidores hubo alguna discordia y compe- 
tencias, sacaron por procurador al Comendador Garci Ruiz de la Mota, 
hermano del obispo (de Badajoz) Mota, de quien he dicho lo que valia 
y la parte que en todos los negocios era, y del Consejo del Empe- 
rador» \ 

No filé esto solo. Irritado Cárlos V con la resistencia de los procura- 
dores de Toledo, quiso que la ciudad diese sus poderes cumplidos á 
otros , para lo cual llamó á la corte ciertos regidores que lo contrade- 
cían, «y en su lugar fuesen otros que andaban en la corte criados de su 
Magestad , porque sacando unos y entrando otros , se pudiese hacer lo 
que su Magestad mandaba» 2 . 

Los arrebatos de Cárlos V en las Cortes de Santiago y la Coruña 
de 1520 no concuerdan con el tenor de la carta de llamamiento que es- 
cribió á las ciudades y villas mandándoles enviar sus procuradores. En 
ella manifestaba el Emperador su respeto á la libertad de los ¿oncejos 
y á las formas del nombramiento ó elección 3 . 

1 Sandoval, Hist. del Emperador Cárlos V, lib. iii, § L. 

2 Ibid, lib. v, § xin. 

3 a Por la cual vos mando que luego como la recibierdos , junto vuestro cabildo é ayunta- 
miento, como lo haberles de uso é de costumbre, guardando vuestros estatutos é ordenanzas, 
usos é buenas costumbres é leyes distos reinos, elíjales é nombredes dos buenas personas de 
vosotros, cuales entendiérrfdes cumple á nuestro servicio é al bien é pro común desa dicha cib- 
dad (Burgos) por procuradores della, etc.» Cortes de los antiguos reinos de León y de Castilla, 
tom. iv, pág. 287. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 33 

Las palabras «elijades é nombredes», dirigidas á todas las ciudades 
y villas, deben interpretarse en el sentido que la elección y el nombra- 
miento estaban en uso al principio del siglo xvi según los estatutos y 
ordenanzas de cada concejo. 

La eleccioD ó el nombramiento de los procuradores era un acto pro- 
pio del gobierno municipal, cuya variedad se reflejaba en el diferente 
modo de constituir su mandato el concejo de cada ciudad ó villa de voto 
en Cortes. 

Burgos nombraba por sus procuradores dos regidores sacados por 
elección. 

León dos regidores por suerte. 
Granada dos veinticuatros. 

Sevilla un veinticuatro, alcalde mayor, y un jurado por suerte. 
Córdoba dos veinticuatros por suerte. 
Murcia dos regidores por suerte. 
Jaén dos veinticuatros por suerte. 
Toledo un regidor y un jurado por suerte. 

Zamora un regidor por suerte y un caballero por nombramiento de 
los hijosdalgo y del común. 
Toro dos regidores por suerte. 

Soria dos regidores de las doce casas ó linajes troncales de la ciudad 
por suerte. 

Valladolid dos caballeros, uno del linaje de los Tovares y otro de los 
Reoyos. 

Salamanca dos regidores por suerte. 

Segovia lo mismo. 

Avila dos regidores por turno. 

Madrid un regidor por suerte, y un caballero hijodalgo de las par- 
roquias de la villa. 

Guadalajara un regidor por suerte y un caballero entre doce que se 
elegían. 

Cuenca un regidor por suerte y un hijodalgo caballero aguisado ó 
apercibido de armas y caballo , ambos por suerte. 

Después que á estos diez y ocho votos que hubo en el siglo xvi se aña- 
dieron otros cuatro en el siguiente. 

Galicia enviaba á las Cortes dos diputados elegidos por las siete ciu- 
dades del reino 



1 Santiago, Coruña, Lugo, Orense, Betanzos, Tuy y Mondofiedo. 



5 



34 HISTORIA DE LAR CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

Oviedo... 

Palencia un regidor y un vecino contribuyente al servicio de los 
80.000 ducados que la ciudad hizo al Rey en cambio del voto por turno, 
empezando por suerte entre los oficios y las familias. 

Extremadura dos regidores por suerte. 

Habia también diferencias dentro de la elección , el turno ó la suerte. 
En Sevilla, por ejemplo, cada capitular votaba diez nombres en secre- 
to, y de los diez que reunian mayor número de votos, se sacaba uno 
por suerte. En Guadalajara nombraba el concejo doce caballeros, de los 
cuales escogía seis el corregidor, y solamente estos entraban en suerte 
para designar el segundo procurador. En Soria los doce linajes tronca- 
les, es decir, los descendientes de los doce principales caballeros que se 
avecindaron en la ciudad después de la reconquista y la repoblaron, 
elegian tres de los suyos que con el testimonio de la elección acudían 
al concejo ante el cual se sorteaban los dos procuradores, quedando el 
tercero de suplente '. 

Como se vé , la regla general era el nombramiento de los procurado - 
res por suerte, y la elección y el turno dos excepciones, por lo cual no 
dista mucho de la verdad la general creencia que los procuradores se 
sacaban por insaculación. Predominó la suerte como el medio seguro 
de evitar los inconvenientes tan comunes en las ciudades y las villas 
con ocasión de proveer los oficios electivos del concejo. 

No mostró Felipe II menos respeto que Carlos V á las formas estable- 
cidas para la elección ó el nombramiento de los procuradores. En la 
carta que envió á los corregidores mandándoles reunir los cabildos y 
ayuntamiento á fin de elegir los que concurrieron á las Cortes celebra- 
das en Madrid el año 1573, y en otras semejantes, les previno que no 
diesen lugar á que «en la dicha elección interviniesen ruegos ni sobor- 
nos, ni que ninguno comprase de otro la procuración, ni se hiciese otra 
cosa alguna de las prohibidas por las leyes del reino» 2 . 

Si el Rey hubiese deseado sinceramente la libre elección de los pro- 
curadores, debería también abstenerse de oprimir á los concejos con el 
peso de su autoridad. Lejos de eso, perseveró en la política de Carlos V 
que no estimaba las Cortes sino como el instrumento de su voluntad 

1 Estas noticias están tomadas de varios autores, y principalmente de dos curiosos mss. del 
siglo xvii, uno que pertenece á la Biblioteca Nacional (T. 188), y otro que se halla en el Ar- 
chivo de la Real Academia de la Historia (K. 69). 

El lector puede comprobarlas con varios pasajes de las Actas de las Cortes de Castilla publi- 
cadas por el Congreso de los Diputados. 

2 Actas de las Cortes de Castilla, tom. iv, pág. 501. 



♦ 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 35 

para obtener cuantiosos servicios ordinarios y extraordinarios, cuya 
opinión hallaba fácil acogida en el ánimo de muchos procuradores que 
se creian obligados á obedecer y servir al monarca en todo lo que les 
mandase. 

Felipe II , siempre disimulado y artificioso , se valió de los corregido- 
res para someter los concejos y ahogar el espíritu de la libertad en su 
misma cuna. Mucho se habia quebrantado con la venta de gran núme- 
ro de oficios públicos ; de suerte que los regidores perpetuos se alzaron 
con el gobierno de las ciudades y las villas acostumbradas á ser regidas 
por los electivos y anuales de tiempo inmemorial-, y aunque los procu- 
radores á las Cortes de Madrid de 1576 y 1579 representaron contra este 
abuso, porque los que compraron dichos oficios (decían) «verdadera y 
mas propiamente compraron el señorío y vasallage de los demás sus ve- 
cinos, de los cuales se han enseñoreado como si los ovieran comprado 
por vasallos-, la petición fué mal recibida y no se hizo novedad. 

Estaban los corregidores apoderados de los concejos, y les arrebata- 
ban la poca libertad que les quedaba, no atreviéndose nadie á resistir- 
les, por no parecer que se resistía á la autoridad del Rey de quien eran, 
asi en las cosas de la justicia como en las del gobierno, ministros muy 
calificados. 

Felipe II manejaba este resorte cuando ocurría la elección de procu- 
radores , para inclinar la balanza al lado del «buen suceso del negocio» , 
y ordenaba á los corregidores entenderse con los presidentes de las Au- 
diencias y Cnancillerías, á fin de que hablando á los del ayuntamiento 
que fuesen sus amigos y á las demás personas que juzgasen necesario, 
se encaminasen todas las diligencias á lo mejor. También solía adver- 
tirles que si se ofrecían dificultades, entretuviesen el negocio hasta que 
informado el Rey, determinara lo que habían de hacer, «tratando y ne- 
gociando en el entre tanto con las personas del ayuntamiento.» 

En una ocasión escribió al Conde de Tendilla para que mediase con 
algunos veinticuatros de Granada en vísperas de elegir los procurado- 
res á las Cortes de Madrid de 1573, y en várias mandó á los concejos 
que en las suertes que se echasen y elección que se hiciese , tuviesen 
por presentes á ciertos servidores suyos con voz y voto en el ayunta- 
miento, «no embargante cualesquiera leyes, ordenanzas ó costumbre 
en contrario» l . 

i Actas de las Cortes de Castilla, tom. II, pág. 475, tom. ni, pág. 426, tom. iv, pág. 521, 
y tom. v, págs. 7, 8 y 9. 



36 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

Cuando a pesar de estos manejos, el ayuntamiento acordaba enviar 
alguna persona á la corte para tratar cualquier negocio, los corregido- 
res no le permitían llevar el mensaje , si no era de su agrado, y de he- 
cho lo impedían, abuso contra el cual dieron una petición muy justa 
los procuradores á las Cortes de Madrid de 1579 , desestimada por Feli- 
pe II, como era de esperar '. No afirmaremos que hayan ejercido este 
acto de violencia con algún procurador; pero basta indicarlo para com- 
prender que los concejos carecían de libertad. Alguna vez dió el Rey 
licencia al procurador nombrado para ceder y traspasar el oficio á otro 
regidor de los que con él habian entrado en suerte, «el que él mas qui- 
siere- 2 . 

La mayor prueba de que en la elección de los procuradores no goza- 
ban los concejos de libertad, consiste en el número de criados del Rey, 
ministros de justicia y otras personas que llevaban gages de la Casa 
Real enviados por las ciudades y las villas á las Cortes. Es verdad que 
eran alguaciles ó alféreces mayores, veinticuatros ó regidores perpétuos 
con voz y voto en los concejos que los elegían procuradores; mas la 
circunstancia de estar al servicio del Rey daba fuerza á la sospecha que 
una voluntad superior les habia conferido la procuración. Las Cortes 
de Madrid de 1573 suplicaron al Rey «mandase que los susodichos no 
pudiesen ser, ni fuesen elegidos procuradores», á lo cual respondió se- 
camente Felipe II «que no convenia hacer en ello novedad» 3 . 

El mal fué en aumento y el abuso rayó muy alto en el siglo xvn ; de 
modo que si á la obediencia pasiva de los concejos se añade la poca li- 
bertad de los procuradores, en gran parte palaciegos, á nadie debe sor- 
prender la decadencia de las antiguas Cortes de Castilla que no se cele- 
braron una sola vez en el reinado de Carlos II *. 

1 Pet. 29. V. Actas de las Cortes de Castilla, tom. vi, pág. 833. 

2 Actas de las Corles de Castilla, tom. v, pág. 13. 

3 Otrosí, porque de venir por procuradores de Cortes algunos criados de vuestra Magestad 
y ministros de justicia y otras personas que llevan sus gages, se sigue que les parezca que tie- 
nen poca libertad de proponer y votar lo que conviene al bien del reino, y aun otro grande in- 
conveniente que es, que siempre son tenidos entre los demás procuradores por sospechosos, y 
causan entro ellos desconformidad; á vuestra Magestad suplicamos, pues cualquiera que vinie- 
re ha de mirar vuestro servicio, como es razón, mande que los susodichos no puedan ser, ni 
sean elegidos para el dicho oficio. — A esto vos respondemos que no conviene hacer en ello no- 
vedad.» Pet. 48. V. Actas de las Cortes de Castilla, iv, pág. 456. 

1 A las Cortes de Madrid de 1632, Burgos envió un procurador presidente del Consejo de 
Indias y gentil -hombre de la Casa del Rey. — León un caballerizo del Rey y un capitán de In- 
fantería. — Granada un vocal de la Junta de Aposento del Rey y su gentil hombre. — Sevilla un 
contador de la avería de la Casa de Contratación. —Murcia un gentil-hombre y maestre de cam- 
po de la milicia y batallón del reino de Valencia. — Zamora un mayordomo del Rey y gentil- 
hombre del Infante Cardenal. — Madrid un secretario del Rey y de la Cámara del Infante Car- 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



37 



CAPITULO VI. 

PODERES DE LOS PROCURADORES. 

Los procuradores de Cortes , en su calidad de mensajeros de los con- 
cejos, necesitaban cartas de creencia para ser reconocidos portales, con 
expresión de las facultades de que iban revestidos por las ciudades y las 
villas en cuyo nombre otorgaban al Rey los servicios, presentaban las 
peticiones generales ó particulares, hacían pleito homenaje y en fin 
cumplian los deberes propios- de su mandato. 

Por la primera vez en las Cortes de Sevilla de 1362 consta que los 
procuradores se presentaron «con procuraciones suficientes para facer 
lo que el Rey les mandase»; pero ya en el Ayuntamiento de Bubierca 
de 1363, en el cual fueron juradas herederas del reino, cada una en 
sucesión da la otra, las tres hijas de D. Pedro y Doña María de Padilla, 
se cambia la frase por la de «poderes bastantes» y esta es la que pre- 
valeció 

No es decir que antes no los tuviesen. La procuración era un oficio 
público que conferia el concejo, autorizando el acto los escribanos ma- 
yores á quienes competía dar fe de lo que pasaba ante ellos, según se 
desprende de un ordenamiento hecho en las Cortes de Zamora de 1432 2 . 

Llevaban los procuradores poderes especiales y limitados con instruc- 
ciones de los concejos, de las cuales no podían apartarse una línea, se- 
gún cumplía á su mandato imperativo , y en los casos imprevistos re- 
servaban su voto hasta consultar á las ciudades y villas que los habían 
enviado. Así lo hicieron los procuradores á las Cortes de Medina del 
Campo de 1430, cuando D. Juan II les pidió su parecer acerca de las 
medidas de rigor que convendría emplear contra los Infantes de Aragón 
rebelados en Alburquerque 3 . Todo esto guardaba perfecta armonía con 
la ficción legal que estaba el concejo presente ; de modo que si hablaba 
el procurador, era la voz de Burgos ó Toledo. 

denal y aposentador de su palacio. — Avila un contador del Tribunal Mayor de Cuentas, caba- 
llerizo del Rey y su gentil-hombre.— Toro un caballerizo del Rey. — Valludolid un gentil-hombre 
del Rey y caballerizo de la Reina. — Cuenca un caballerizo y un secretario del Rey. — Toledo un 
tesorero general del Rey. — Colee, ms. de Cortes de la Real Academia de la Historia, toua. xxvn, 
fólio 281. 

1 Cortes de Burgos de 1453, Salamanca de 1465 y otras. 

2 Pet. 51. 

3 Crón. uel Rey D. Juan II, año 1430, cap. III, 



38 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



Pedia suceder que el Rey convocase las Corles para tratar algún ne- 
gocio grave; y luego sobreviniendo otro acontecimiento de igual ó 
mayor gravedad , se pidiesen nuevos poderes por no ser los primeros 
"bastantes. Sirva de ejemplo el mismo D. Juan II que llamó los procurado- 
res á Valladolid por Enero de 1425 para jurar á la Infanta Doña Leonor; 
y como á poco hubiese nacido un varón , despachó sus cartas á todas las 
ciudades ordenándoles que les enviasen nuevos poderes , á fin de que 
jurasen, como juraron, al Príncipe D. Enrique. 

En otra ocasión prorogó los poderes á los procuradores y les mandó 
que usasen de sus procuraciones acabadas las Cortes, pues quería pe- 
dirles consejo en negocios que importaban á su servicio ; abuso notorio, 
pero no tan grave como parece, considerando que D. Juan II no gozaba á 
la sazón de toda su libertad. Tratábase de legitimar el atentado contra 
el Rey, conocido en la historia con el nombre de el caso de Tordesillas, 
y se urdió esta intriga para aprobarlo. 

Solía acontecer que la procuración viniese en discordia; y como no 
había ley ni costumbre establecida que determinase la autoridad compe- 
tente para dirimirla, era necesario fijar la regla conforme á los princi- 
pios del derecho público admitido en la edad media. 

Los procuradores pretendían para si la facultad exclusiva de conocer 
de los casos de discordia y decidir las cuestiones relativas á los poderes 
dudosos, con absoluta independencia del Rey y de otra justicia; pero 
D. Juan II no juzgó prudente desprenderse de esta prerogativa, sea que 
la estimase como un acto de soberanía, ó sea que no quisiese privarse 
de este medio de influencia en la elección de los procuradores ; y así les 
respondió en las Cortes de Valladolid de 1442, «quando la procuración 
viniere en discordia , el conoscimiento quede á mi merced para lo ver 
é determinar» *. 

Según el testimonio de Hernando del Pulgar cada una de las diez y 
siete ciudades y villas que concurrieron á las Cortes de Toledo de 1480 
envió « dos personas por procuradores con sus poderes bastantes para las 

cosas que se oviesen de contratar» 2 . Este pasaje unido al silencio 

de los cuadernos de Cortes, sino convence, persuade que seguía en 
observancia la práctica antigua respecto á los poderes de los procu- 
radores. 

No se sabe á quien se presentaban los poderes para su exámen y apro- 

i Pet. 12. 

8 Crón. de los Reyes Católicos, part. H, cap. xcv. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 39 

bacion, aunque del ordenamiento hecho por D. Juan II en las Cortes 
de Valladolid de 1442 se puede colegir que en estas diligencias nadie 
intervenía sino el Rey, y solo en el caso de discordia. 

Las de Burgos de 1515, convocadas por Fernando el Católico en 
nombre de Doña Juana, ofrecen la novedad de entregar los procura- 
dores sus poderes al secretario y al escribano de las Cortes por man- 
dado de su presidente D. Juan de Fonseca, obispo de Burgos, quien 
al siguiente dia, de acuerdo con los demás señores que componían lo 
que hoy llamamos la mesa, declaró ser « bastantes para tratar en Cor- 
tes.» Lo mismo pasó en las primeras que celebró Carlos V en Valla- 
dolid el año 1518. 

La revisión de los poderes por los señores, esto es, por el presidente 
y los del Consejo que con el título de asistentes y letrados representa- 
ban al Rey y eran los ministros de su autoridad en las Cortes, dió prin- 
cipio á una série de actos encaminados á cohibir la libertad de los con- 
cejos y de los procuradores. 

Abrió la campaña Cárlos V con la cédula de llamamiento á las Cor- 
tes de Santiago y la Coruña de 1520, en la cual mandaba á los corre- 
gidores : 1.° Que ordenasen á la ciudad ó villa de su jurisdicción pro- 
ceder a la elección y nombramiento de sus procuradores; 2.° Que con 
toda diligencia cuidasen de que fuesen buenas personas aceptas á su 
servicio y deseosas del bien público ; y 3.° Que llevasen el poder con- 
forme al traslado que les enviaba con la carta. 

Si la segunda cláusula repugna por sospechosa, la tercera debió pa- 
recer irritante á los pueblos á quienes el Emperador obligaba á romper 
con la antigua costumbre de otorgar poderes especiales y limitados, 
según lo pedia la naturaleza del mandato imperativo. No era una simple 
cuestión de forma: era un golpe de estado, porque los poderes genera- 
les absolutos y concordes variaron la constitución de los reinos de León 
y Castilla en un punto esencial. 

Antes de esta novedad participaban los consejos de la vida política 
al extremo que en las Cortes se reflejaban las libertades municipales: 
después, roto ó relajado el lazo de unión entre el concejo y los procu- 
radores que llevaban su voto, faltó á las Cortes la savia que las nutria 
y les comunicaba la fuerza necesaria para resistir á la voluntad del 
monarca. Las ciudades y villas, lejos del trono, daban instrucciones 
públicas ó secretas con plena libertad y sin ningún temor; mas los 
procuradores, en presencia del Rey, carecían de valor y fortaleza para 
oponerse á sus deseos, y tal vez se humillaban hasta obedecerle y 



40 I1ISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

servirle, «como se deben hacer los servicios de siervo á señor» ** 

Obedecieron los más de los concejos lo mandado acerca de los pode- 
res; pero algunos no se allanaron con tanta facilidad. Los procuradores 
de Córdoba y Jaén se excusaron de votar lo que se les proponía en 
nombre del Emperador con las instrucciones de sus ciudades: los de 
Valladolid tenían dos poderes, y los de Murcia y Madrid dijeron que 
los traían limitados. 

Duró esta porfía mucho tiempo, porque no solo en las Cortes cele- 
bradas en el reinado de Cárlos V, sino también en las posteriores, á 
pesar de la tenacidad de Felipe II , protestaron las ciudades y villas 
contra la nueva forma de los poderes , enviando procuradores sin la en- 
tera libertad que el Rey quería. 

Discurrióse el medio de tomarles juramento de no venir ligados con 
alguna palabra ó promesa que limitase sus poderes; obligóseles á ex- 
hibir al presidente de las Cortes cualesquiera instrucciones ó restriccio- 
nes que tuviesen ó esperasen recibir, y se dió órden á los corregidores 
para que negociasen con los concejos alzar todo pleito homenaje hecho 
por los procuradores, y enviasen al Rey los votos de los regidores, signa- 
dos del escribano del ayuntamiento. 

Continuó la resistencia más ó menos viva. Felipe II, lejos de apelar al 
rigor, optó por la tolerancia, y fueron admitidos varios procuradores 
que presentaron poderes limitados. En una ocasión mandó soltar á los 
regidores presos por desobedientes y reprendió al corregidor porque em- 
pleó con ellos la severidad , en vez de persuadirlos y atraerlos « usando 
de medios suaves sin hacerles vejación, molestia ni violencia.» 

Quedó el juramento llamado de la libertad de los poderes, y mejor 
dicho, del libre ejercicio de la procuración, como una de las primeras 
diligencias de los autos de Cortes , ó parte del ceremonial de todas las 
que se celebraron en los siglos xvi y xvn. 

No faltaba razón á los comuneros para suplicar al Emperador 
que cuando se hiciesen Cortes y fuesen llamados los procuradores 
de las ciudades y villas que tenian voto , no enviasen los Reyes á los 
concejos instrucción ni mandamiento sobre la forma de otorgar los 
poderes, sino que las ciudades y villas los otorgasen libremente de 

l Pronunció esta frase Cristóbal Pinelo, procurador por la ciudad de Sevilla en las Cortes de 
Santiago y la CoruBa de 1520, aunque era asistonte, y no regidor, y Sevilla debia enviar por 
procuradores un veinticuatro y un jurado por suerte ; lo cual no permite formar una idea muy 
ventajosa de la legalidad en la elección y nombramiento de los que concedieron el servicio pe- 
dido con tanto empeño por el Emperador. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y OASTILLA. 41 

su voluntad á las personas que les pareciere estar bien á su república *. 

Los comuneros defendían las antiguas libertades de Castilla contra 
los ministros flamencos obstinados en introducir novedades peligrosas. 

CAPITULO VIL 

SALARIOS DE LA PROCURACION. 

La cuestión de los salarios, aunque parezca cosa de poco momento, 
no carece de importancia, y acaso no la tiene menor que la de los po- 
deres, por su relación con la libertad de los procuradores. 

Estaban los oficios concejiles remunerados con mas ó menos largueza 
según las ordenanzas y costumbres de cada ciudad ó villa. Los alcal- 
des de Burgos, por ejemplo, percibían el salario anual de 1000 mrs., 
y los regidores el de 650 , en virtud de un privilegio concedido por 
Enrique III en 1404 2 . En otras partes gozaban los oficiales del con- 
cejo de mayor salario, pues ascendía á 2000 mrs. y á 3000 en To- 
ledo 3 . 

La procuración de Cortes era un oficio de regimiento, porque el pro- 
curador salía del concejo y le servia tratando con el Eey los negocios 
que importaban al bien general y al particular de la ciudad ó villa 
que le enviaba. Por este servicio merecía salario tanto mas crecido, cuan- 
to debían tomarse en cuenta los gastos del viaje á la corte, de la estan- 
cia y de la vuelta á su casa. 

No había ley ú ordenamiento que fijase el salario de los procurado- 
res. Cada concejo se regia por sus estatutos ó por la costumbre, de lo 
cual resultaba una grande desigualdad. Añadíase que unos eran ricos 
y otros pobres, unos mas y otros menos generosos, y algunos nunca 
tuvieron por conveniente obligarse á pagar salario á los que servían la 
procuración. 

Fernando III en el privilegio que did al de Segovia en 1250 , tasó el 
de los caballeros que le enviase «por cosas que oviere de fablar con 
ellos», en medio maravedí cada día, si hubiesen de ir hasta Toledo, y 
uno si fuesen «de Toledo contra la frontera» 4 . Esta es la mas antigua 

1 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. vil, § I. 

2 González Dávila, Hist. de Enrique III, cap. lxxiii. 

3 Cortes de Zamora de 1432, pet. 55, y Toledo de 1525, pet. 50. V. Cortes de León y Casti- 
lla, tom. ni, pág. 158, y tom. iv, pág. 426. 

' Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxi, § xm. 

y 6 



42 HISTORIA DE LAS CORTEE DE LEON Y CASTILLA. 

noticia que ha llegado á nosotros acerca del salario de los procuradores; 
pero el privilegio de Sevilla no tiene mayor alcance que el de una sim- 
ple ordenanza municipal. 

Continuaron los concejos pagando los salarios de la procuración como 
una carga de las ciudades y villas que enviaban procuradores á las Cor- 
tes, según consta del ordenamiento de los hijosdalgo dado por el Rey 
D. Pedro en las de Valladolid de 1351 Algunas que eran francas, 
se daban por agraviadas, entre ellas Burgos y Toledo; y de otras debe 
presumirse que por ahorrar la costa, dejaron caer en desuso el derecho 
de ser comprendidas por los Reyes en sus convocatorias. 

Don Juan II, celebrando Cortes en Ocaña el año 1422, acordó que los 
salarios de los procuradores fuesen pagados de sus rentas 2 . 

Era sin duda esta merced peligrosa. El mismo D. Juan II retiró á Mo- 
sen Diego de Valera que habia incurrido en su desgracia , los salarios 
de la procuración que se le debian, cuyo ejemplo basta para probar 
como las ciudades y villas, indiferentes á la estrechez de sus procurado- 
res, brindaban á los Reyes con la ocasión de minar sus libertades 3 . 

Cuentan algunos autores la nueva forma de pagar los salarios de la 
procuración entre las causas principales de la decadencia de las Cortes, 
sin considerar que la regla establecida por D. Juan II, si pudo inter- 
rumpir durante su reinado la costumbre antigua , no duró lo necesa- 
rio para desterrarla. 

En efecto, consta por documentos fidedignos que D. Felipe y Doña 
Juana escribieron una carta á la ciudad de Toledo mandándole pagar 
los salarios debidos á sus procuradores en las Cortes de Valladolid de 
1506 \ 

Las de Burgos de 1512 , al conceder un servicio de 150 cuentos de 
maravedís, añadieron 4 para salarios de los procuradores, introducien- 
do la novedad de pagar al reino lo que hasta entonces habia sido una 
carga exclusiva de las ciudades y villas de voto en Cortes, y una justa 
compensación de su privilegio 5 . 

En las siguientes, también celebradas en Burgos el año 1515, supli- 
caron los procuradores al Rey Católico, gobernador de Castilla por 
Doña Juana , que mandase dar cédulas para las ciudades y villas á fin 

1 Pet. 22. Cortes de León y Castilla, tom. II, pág. 140. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1422, cap. XX. 

3 Ibid., año 1448, cap. iv. 

i Burriel, Colee, diplomática. V. Bibl. Nacional, DD. 134, fols. 41 y 69. 
5 Cortes de León y Castilla , tom. iv, pág. 249. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEOH Y CASTILLA. 43 

de que les pagasen el salario de los dias empleados en ir y venir y estar 
«con lo demás que se suele acrescentar de ayuda de costa», y se queja- 
ron de la cortedad de los salarios *, petición renovada en las de San- 
tiago y la Coruña de 1520 y con frialdad acogida. 

Nacia la confusión de falta de ley ó costumbre que la supliese. El or- 
denamiento de D. Juan II era letra muerta : los concejos mostraban poca 
voluntad de pagar los salarios: los procuradores volvian los ojos al Rey 
y le instaban para que interpusiese su autoridad : el Rey, por hacerles 
merced, expedia cédulas á las ciudades y villas, y los regidores, libe- 
rales en extremo con los parientes y amigos , pecaban de mezquinos 
con los extraños, tal vez porque no habia sido libre su elección. 

Por otra parte los procuradores se quejaban de que por estar los sa- 
larios en una pragmática muy antigua, «eran muy poco para sufrir los 
gastos é costas que de presente se facen por los caminos», y suplicaban 
á Carlos V que los mandase crecer con moderación, «por manera que 
las cibdades é villas hallen quien solicite sus negocios sin perder de sus 
faciendas», temerosos de que si no los tasaba, darian los concejos por 
favor salarios excesivos gastando los propios en lo que no debian y era 
prudente reservar para atender á las necesidades de los pueblos 2 . 

Carlos V legó la cuestión de los salarios con todas sus dificultades á 
Felipe II. Las Cortes de Toledo de 1559 y las de Madrid de 1583 y 1586 
acordaron suplicar al Rey que mandase dar salarios á los procuradores 
que no los tenian , y aumentar los de aquellos que no los gozaban com- 
petentes. 

Verdaderamente los procuradores que no eran ricos , padecían nece- 
sidad; y los demás consumian su patrimonio en servir á las ciudades y 
villas que los enviaban á la corte. Las quejas fueron muy vivas desde 
que Felipe II introdujo la mala costumbre de alargar las Cortes, lle- 
gando á durar dos , tres ó mas años , carga penosa para los procurado- 
res que se ausentaban á su costa 3 . 

Tendian los procuradores al aumento é igualación de los salarios , y 
se quedaron cortos al pedir que las ciudades fuesen obligadas á darles 
cada dia otro tanto como era costumbre dar á los regidores de sus ayun- 
tamientos , cuando salían á entender en negocios del común Á . 

Felipe II los entretenía con buenas esperanzas sin tomar resolución 

1 Pet. 34. Cortes de León y Castilla, tom. IV, pág. 259. 

2 Cortes de Toledo de 1525, pet. 62. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 439. 

3 Las Cortes de Madrid do 1592 fenecieron en Noviembre de 1598. 

4 Cortes de Toledo de 1559, pet. 100. 



44 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

definitiva. Su política era hacerse de rogar, y contentar á cada procu- 
rador con 150 ó 200 ducados de ayuda de costa, considerando la cares- 
tía de los tiempos y la duración de las Cortes. 

El sistema que prevaleció fué añadir cuatro cuentos á los 450 que im- 
portaban los servicios ordinario y extraordinario , para gastos de Cortes; 
y de esta suma adicional ó de las sobras del encabezamiento (si las ha- 
bía) se hacían por la mano del Rey mercedes á los procuradores , des- 
cargando á las ciudades de voto en Cortes de su deuda y cargándola al 
reino '. 

Hubo procuradores escrupulosos que se negaron á recibir la parte que 
les correspondía de los 12.000 ducados de que el Rey les hizo grata do- 
nación, á cuenta del encabezamiento general, en las Cortes de Madrid 
de 1579. Otros, en las de Madrid de 1571 , se opusieron á toda petición 
de salarios y ayudas de costa, «porque cada ciudad (decían) tiene ya or- 
denado lo que han de llevar sus procuradores cuando vienen aquí , y lo 
traen entendido , y ansí lo aceptaron y aprobaron , pues vinieron á ser- 
vir.» La corriente los arrastró, y continuó Felipe II siendo el dispensa- 
dor de las mercedes que solicitaban los procuradores so color de salarios 
y ayudas de costa. No dijo como D. Juan II que se pagasen de sus rentas; 
pero aun saliendo «de los dineros del reino »•, no libraban los contadores 
mayores á los procuradores y escribanos de Cortes un maravedí sin su 
mandado. Felipe III opuso un «no conviene hacer novedad», á la peti- 
ción de los procuradores á las Cortes de 1607, para que se igualasen los 
salarios y los pagasen las provincias. Unos llevaban salarios diversos á 
costa de las ciudades , y otros ninguno ; de suerte que el temperamento 
adoptado por Felipe II fué de corta duración 2 . 

El instinto de la libertad dictó á los comuneros las siguientes pala- 
bras : «Item, que los procuradores de Cortes solamente puedan aver y 
llevar el salario que les fuere señalado por sus ciudades ó villas , y que 
este salario sea competente según la calidad de la persona y lugar y 
parte á donde fueren llamados para Cortes ; ó que este salario se pague 
de los propios é rentas de la ciudad ó villa que le enviare , é que se tase 
é modere por el concejo , justicia é regidores de la dicha villa» 3 . 

En esto, como en otras cosas, los comuneros que pasaron á la poste- 

1 Actas de las Cortes de Castilla, tom. i, pág. 54; tom. III, págs. 82, 140, 145, 272, 299 y 
438; tom. iv, págs. 88, 107, 236 y 381 ; tom. vi, págs. 306, 315, 319, 653 y 719 ; tom. va, pá- 
gina 47, y tom. vm , págs. 106, 134, 351 y 653. 

2 Pet. 22. Colee, ms. de la Acad. de la Historia, part. III, tom. xxvi, fol. 141. 

3 Sandoval, Hist. del Emperador Ckirlos V, lib. vn, § i. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



45 



ridad con la nota de novadores atrevidos, oponian al César, reformador 
de las antiguas leyes y costumbres de Castilla, el culto de la tradición. 

CAPITULO VIII. 

CELEBRACION DE LAS CORTES. 

Cuando los Reyes acordaban celebrar Cortes , escribian á los grandes 
y prelados mandándoles presentarse el dia señalado para tratar y resol- 
ver los negocios que cumplian al bien del reino. También escribian 
cartas de llamamiento á las ciudades y villas requiriéndolas que envia- 
sen sus procuradores , y acontecia repetirlas basta dos y tres veces , si 
por ventura no los enviaban en virtud de la primera. 

De esto ofrece la historia varios ejemplos ; pero basta citar el caso de 
Isabel la Católica que despachó segunda convocatoria ála ciudad de To- 
ledo , amonestándola que se hiciese representar en las de Valladolid de 
1475, y apercibiéndola que de lo contrario «las Cortes continuarían 
hasta fenecer, sin los mas llamar», y les pararía perjuicio lo que acor- 
dasen en su ausencia *. 

La convocación á Cortes era entonces como ahora un derecho inhe- 
rente á la soberanía de los Reyes ó una prerogativa esencial de la coro- 
na. Nadie podia convocarlas sino el Rey ó quien ejerciese la autoridad 
real en su nombre. Los tutores y gobernadores del reino, en caso de mi- 
noridad ó incapacidad del monarca, firmaban las cartas de llamamien- 
to por él, pero siempre empleando fórmulas repetidas en los cuadernos 
de Cortes, de las cuales aparecia que obraban por delegación. 

Así pasaron las cosas durante las minoridades de Fernando IV, Al- 
fonso XI y Enrique III, y siendo gobernador de Castilla por la Reina 
propietaria Doña Juana su padre el Rey Católico s . 

Porque faltó la convocatoria por autoridad legítima no merece el 
nombre de Cortes el Ayuntamiento de Valladolid de 1282 , á pesar del 
numeroso concurso de prelados , ricos hombres , caballeros y ciudada- 
nos, en el cual tomó para sí la corona el Infante D. Sancho en vida y 
contra la voluntad de su padre. En vano protestó Alfonso X contra 
aquella usurpación consumada en las pretendidas Cortes, «si acaso 

1 Burriel, Colee, diplomática : Bibl. Nacional, DD. 124, fols. 115, 132 y 194. 

2 V. Cortes de Valladolid de 1295 y 1299, Zamora de 1301 , Palencia de 1313, Burgos de 1315, 
Carrion de 1317, Medina del Campo de 1318, Madrid de 1391 y Burgos de 1515. 



46 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 



(dijo) se les puede dar este nombre» K Sancho IV fué Rey de Castilla y 
Alfonso X desheredado de todo; pero la excepción no forma regla, ni la 
fuerza corrige el derecho. 

Don Juan I ordenó en las Corles de Bribiesca de 1387 que el Consejo 
librase por sí varias cosas, y entre ellas las cartas de llamamiento para 
guerra ó para Cortes a . Esto no significa que el Consejo pudiese convo- 
carlas sin preceder mandato del Rey, sino que firmadas por tres del Con- 
sejo y un escribano de la Cámara, debían ser obedecidas y cumplidas. 

Sin embargo no vacilaron el Arzobispo de Toledo, el Condestable y 
el Almirante de Castilla en acordar que el Consejo convocase Cortes para 
Burgos en 1506, cuando con la muerte inesperada de Felipe I, la en- 
fermedad de doña Juana y la ausencia de D. Fernando el Católico, hubo 
peligro de discordia entre los grandes, y fundados temores de que se en- 
cendiese la guerra civil. De hecho estaba el trono vacante , y nadie con 
mas autoridad que el Consejo podia recoger las riendas del gobierno. 

Con todo eso el Duque de Alba fué de parecer que solo al Rey perte- 
necía el llamamiento á Cortes, y lo defendió con obstinación. 

Despacháronse las cartas, y se reunieron pocos procuradores, ha- 
biendo advertido las ciudades y villas que no llevaban la firma de la 
Reina. Tan arraigada estaba la opinión que de mas alto lugar debia ve- 
nir la convocatoria. 

Era natural conceder un plazo razonable para que los concejos pu- 
diesen elegir los procuradores y presentarse los elegidos en la corte. 
Ninguna ley ni costumbre lo fijaba, y así todo pendía del prudente ar- 
bitrio del monarca. Nadie se quejó del abuso de esta libertad hasta las 
Cortes de Toledo de 1525, en las cuales suplicaron los procuradores á 
Carlos V que diese mas término de treinta dias para que viniesen , y 
tuviesen tiempo de entenderse y concertarse con las ciudades y villas 
sobre el uso de su mandato. Tal vez fuese la razón contraria la que mo- 
vió al Emperador á estrecharlo. Lo cierto es que se limitó á prometer 
que cuando mandase llamar procuradores de Cortes, daria término 
convenible sin mas explicación 3 . 

Ordinariamente designaban los Reyes el día y el lugar en que se de- 
bían juntar las Cortes; pero también acontecía convocarlas para lugar 
incierto, empleando la frase «onde quier que yo sea» ú otra equivalen- 



1 Mondéjar, Mem. hisl. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. vi, cap. xix. 

2 Pet. 15. Cortes de León y Castilla, tom. II, pág. 383. 

3 Pet. 48. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 425. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



47 



te, de lo cual ofrecen varios ejemplos los reinados de D. Enrique III, 
D. Juan II y D. Enrique IV. 

En donde se hallaba el Rey, allí se celebraban las Cortes ; y si el Rey 
mudaba de residencia antes de despedir á los procuradores, le seguían, 
y las Cortes se continuaban y concluian en un lugar diferente de aquel 
en que habian empezado. 

En cualquiera ciudad , villa ó lugar podia el Rey tenerlas , lo mismo 
en ciudades cabezas de reino como Burgos, León ó Toledo , que en vi- 
llas de poca nombradla como Cuéllar, Carrion ó Santa María de Nieva. 
La costumbre propendía á escoger algún lugar de Castilla, y Felipe II 
acabó por fijarlas en Madrid. 

Por esta razón no agravió Carlos V á los castellanos al convocar las 
de Santiago y la Coruña de 1520. Podían quejarse de las incomodida- 
des del viaje y murmurar que Chevres las quería á la lengua del agua 
para poner en salvo su persona y bienes, si estallaba algún motín 
pero también debían recordar que el Rey D. Pedro las tuvo en Bubier- 
ca, lugar del reino de Aragón, en las cuales fueron juradas herederas 
sus tres hijas, cada una en sucesión de la otra, y que nadie protestó 
contra el derecho de Doña Constanza, ni puso en duda la legalidad del 
acto , ni pronunció una palabra de censura contra el Rey de Castilla por 
haber reunido en Aragón las Cortes 2 . 

Era costumbre celebrarlas en una misma ciudad ó villa para los cas- 
tellanos y los leoneses después de la reunión de ambas coronas en las 
sienes de Fernando III el año 1230. La práctica de llamar á Cortes ge- 
nerales ó comunes á los dos reinos hermanos, contribuyó sobremanera 
á formar un solo cuerpo político de aquellos estados en mal hora des- 
unidos á la muerte de Alfonso VII , y enemistados á causa de las guer- 
ras que hubo entre Alfonso VIII de Castilla por una parte, y por otra 
Fernando II y Alfonso IX de León. 

Algunas veces se faltó á esta regla , y se celebraron Cortes separadas 
para los castellanos y para los leoneses, como fueron las de Burgos y 
Zamora de 1301 , las de Medina del Campo de 1302 particulares de To- 
ledo , León y Extremadura , las de Valladolid y Medina del Campo de 
1318 y las de Burgos y León de 1342. 

Ordinariamente se dividían las Cortes «por guardarse de pelea»; pero 
á pesar de la excusa, no dejaron de suplicar los procuradores en las de 

1 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. v, §§ vil y xi. 

2 Crón. del Bey D. Pedro , año xiv, cap. ni. 



48 HISTORIA DE LAS OORTE8 DE LEON Y CASTILLA. 

Medina del Campo de 1302, que «cuando el Rey hubiere de hacer Cor- 
tes, las hiciese con todos los hombres de su tierra en uno», á cuya pe- 
tición respondió Fernando IV que le placia y la otorgaba 

Otra explicación muy distinta tiene la división de las Cortes en 1432. 
Deseaba Alfonso IX poner cerco á la villa de Algeciras y rendir la pla- 
za que estaba en poder de los Moros. Para atender á los gastos de la 
conquista discurrió imponer en todo el reino el tributo de la alcabala; 
y recelando que las Cortes no se lo concederían , optó por el medio de 
pedirlo primero en Burgos y después en León , persuadido de que le 
sería mas fácil vencer la resistencia de los grandes, prelados, caballe- 
ros y ciudadanos tomados separadamente, que si todos juntos formasen 
un haz, 

No habia plazo dentro del cual estuviesen los Reyes obligados á lla- 
mar á Cortes. Los sucesos, y no el tiempo , determinaban la necesidad 
de convocarlas. Algunos Reyes, como D. Fernando IV y D. Juan I, 
celebraron Cortes casi todos los años : otros cada tres ó cuatro , y no es 
raro que pasen diez ó mas sin reunirse. Túvolas D, Juan II á menudo, 
ya para consultar á los procuradores sobre los medios de reprimir las 
turbulencias de su reinado, y ya para pedirles servicios sin tasa. Los 
Reyes Católicos pusieron demasiada distancia entre las de Toledo de 1480 
y 1498, bien que en parte los disculpa la guerra de Granada. 

Carlos V y Felipe II las convocaron de tres en tres años , porque era 
costumbre conceder el servicio ordinario con sujeción á este período re- 
gular. No pidieron un plazo mas breve los comuneros en 1520. 

Si los tutores de Alfonso XI se obligaron á llamar Cortes generales 
cada dos años entre San Miguel y Todos Santos en las de Palencia de 
1313, fué una condición impuesta por los procuradores para saber «conio 
obraron en el tiempo pasado », y de ningún modo una ley perpétua del 
reino 2 . 

Llegado el dia fijado en la convocatoria, los grandes y caballeros, 
los arzobispos y obispos, los maestres de las órdenes, los procuradores 
de las ciudades y las villas y todos los demás á quienes se habían diri- 
gido cartas de llamamiento, se juntaban en el alcázar real, ó en una 
iglesia , ó en la sala capitular de algún convento ó monasterio , y em- 
pezaban las Cortes. Las de Madrid de 1391 se celebraron en una cáma- 
ra que estaba en el cementerio de la iglesia de San Salvador 3 . 

1 Pet. 6. Cortes de León y Castilla , tom. i , pág. 163. 

2 Orden. 11. Cortes de León y Castilla, tom. i , pág. 236. 

3 Cortes de León y Castilla, tom. n, pág. 483. 



HISTORIA DE LAS CORTES DB LEON Y CASTILLA. 49 

Autorizaba el Rey con su presencia el acto de dar principio á las Cor- 
tes. Don Juan II, cuya inclinación al fausto es bien conocida, revistió esta 
ceremonia de mayor solemnidad que la acostumbrada por sus anteceso- 
res. En una gran sala, tal vez un refectorio ó urca catedral, ponia en 
alto su asentamiento. Sobre cuatro gradas se levantaba la silla real cu- 
bierta de rico brocado , y á su derecha é izquierda tomaban asiento los 
tres estados del reino militar, eclesiástico y general. De aquí vino la 
frase "hacer asentamiento en las Cortes» ó «estando el Rey asentado en 
Cortes», para denotar que habló desde el trono cercado de la nobleza, 
el clero y el pueblo en una ocasión solemne, según pertenecía á un mo- 
narca dictando leyes con todo el aparato de la majestad. 

Cuando el Rey no podia asistirá las Cortes, diputaba persona muy 
allegada á él para que entendiese en todo como si fuese presente. Así 
es que el Infante D. Fernando suplid en las de Toledo de 1406 la falta 
de D. Enrique III á la sazón enfermo, y el Príncipe D. Felipe, goberna- 
dor de España, la del Emperador ausente en las de Valladolid de 1548. 

La primera diligencia de los procuradores debia ser mostrar los po- 
deres que tenían de las ciudades y las villas. Verificarlos y darlos ó no 
por bastantes era, al parecer, facultad exclusiva de los procuradores 
antes de las Cortes de Valladolid de 1442 , en las cuales se reservó Don 
Juan II el conocimiento de los casos de discordia *. 

En las de Burgos de 1515 convocadas por D. Fernando el Católico, 
se advierte la novedad de exigir el presidente á los procuradores jura- 
mento de guardar secreto en todo lo que allí se platicase. El Obispo de 
Burgos D. Juan de Fonseca, tuvo buen cuidado de añadir que lo pedia 
porque, «siguiendo esta costumbre», lo mandaba su Alteza. 

La verdad es que la costumbre de guardar secreto no se compadecía 
con la expresión «Cortes públicas» varias veces repetida en las crónicas 
y en los cuadernos 2 . Una sola vez propusieron los procuradores delibe- 
rar en secreto sobre la respuesta que habían de dar á la Reina Doña Ca- 
talina y al Infante D. Fernando, tutores de D. Juan II, cuando pidie- 
ron á las de Guadalajara de 1408 sesenta cuentos de mrs. para la 

1 ... «é bí caso será que algunos procuradores vengan en discordia, que el conoscimiento sea 
de los procuradores, é non de vuestra sennoría, nin de otra justicia.» Pet. 12. Cortes de León y 
Castilla, tom. lü, pág. 407. 

2 « Et todo esto juramos é prometemos en la manera que dicha es , el dia que se asentare nues- 
tro sennor el Rey (Enrique III) en Cortes públicas.» Cortes de Madrid de 1391. 

«En la villa de Madrit... estando en el alcázar... el muy alto é poderoso é muy elustrísimo 
Príncipe é Sennor nuestro Sennor el Rey D. Enrique asentado en Cortes públicas generales, etc.» 
Cortes de Madrid de 1395. V. Cortes de León y Castilla, tom. II, págs. 494, 495 y 524. 

7 



50 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

guerra de los Moros; pero ni la iniciativa partió de los tutores, ni hubo 
juramento, ni se guardó secreto, ni manifestó nadie la intención de ex- 
tenderlo á todo lo que se tratase ; de donde resulta que tal costumbre 
no existia al principio del siglo xv. Tampoco hay noticia de haberse in- 
troducido en las Cortes posteriores del siglo xvi , á pesar de la marcada 
tendencia á modificar las antiguas instituciones de Castilla que apunta 
en las de Valladolid de 1506, y fué la constante política de los Reyes 
de la casa de Austria. 

El juramento formó parte del modo de proceder en los autos de Cor- 
tes en los reinados de Carlos V y sus sucesores. Juraban los procurado- 
res el primer dia que se juntaban guardar el secreto de todas las cosas 
tocantes al servicio y estado de su Majestad y bien de estos reinos que 
se tratasen y platicasen , y que no lo descubrirían ni revelarían por sí 
ni por interpósita persona de cualquier estado y calidad hasta ser aca- 
badas las Cortes, salvo si por su Majestad ó por el señor Presidente otra 
cosa fuere acordada *. 

Asentado el Rey en Cortes , manifestaba á los grandes , prelados y 
procuradores las causas que le habían movido á convocarlas, exponía 
las necesidades del reino y depositaba su confianza en la buena inten- 
ción y lealtad de los tres estados, esperando que le servirían como fieles 
vasallos á su señor natural. 

Esta habla ó razonamiento se hizo con mayor solemnidad desde las 
Cortes de Burgos de 1515, en las cuales su presidente D. Juan de Fon- 
seca, en nombre de D. Fernando el Católico, mandó leer un escrito á los 
procuradores para enterarles del estado de los negocios públicos en Ita- 
lia, de la opresión y despojo de la Iglesia, de los aprestos militares del 
Rey de Francia, y en fin de la necesidad de conceder algún servicio, 
pues era llegada la ocasión de apercibirse á la guerra. 

Presidió las Cortes de Santiago y la Coruña de 1520 D. Pedro Ruiz 
déla Mota, Obispo de Badajoz, y él fué quien, sentado Carlos V en su 
silla real , hizo el habla por su mandado á los procuradores. Este docu- 
mento abraza muchos puntos relativos á la política interior y exterior, 
y en todo se parece á un discurso de la Corona de nuestros dias. 

En conclusión, el Obispo de Badajoz pedia al reino un servicio por 
tres años para los gastos del viaje y de la coronación de Carlos V como 
Emperador de Alemania, sembrando al descuido halagos, esperanzas 
de alivio y promesas de agradecerlo en general y en particular. Car- 

1 Cortes de Madrid de 1563. Actas de las Cortes de Castilla, tom. I, pág. 33. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



51 



los V confirmó en breves palabras lo dicho por el presidente de las 
Cortes. 

Este documento que abre el proceso de todas las celebradas en los 
reinados posteriores, recibió el nombre de proposición, de la cual da una 
idea exacta la que hizo Felipe II en las de Madrid de 1563. «Procura- 
dores de Cortes destos reinos de Castilla (les dijo) : Yo os he mandado 
venir aquí para daros cuenta del estado de mis negocios, y porque son 
de calidad que requieren que los entendáis particularmente, mando 
que se os digan por escrito. » Luego los mandó cubrir, y el secreta- 
rio de las Cortes empezó la lectura de la proposición. Acabada de leer, 
los procuradores respondieron agradeciendo al Rey que hubiese tenido 
á bien darles cuenta del estado de sus negocios, y protestando la volun- 
tad que tenían de servirle conforme á la posibilidad del reino; pero 
conviene suspender la relación del proceso de las Cortes á fin de re- 
coger algunas noticias necesarias á la cabal inteligencia del resto 

CAPITULO IX. 

PROSIGUE EL MISMO ASUNTO. 

De los tres estados en que se dividía el reino, á saber, el militar ó de 
los hijosdalgo, el eclesiástico y el general, llamado también real, el 
primero fué por mucho tiempo el preponderante. La vigorosa organi- 
zación del feudalismo y la continua guerra con los Moros daban al or- 
den de la nobleza la justa superioridad que pertenece, cuando impera 
la fuerza, á los hombres ejercitados en las armas. 

Una clase tan poderosa en la edad media debia ocupar un lugar pre- 
eminente en las Cortes. Mientras fueron dos los brazos del reino, lla- 
maban los Reyes á los grandes y prelados para consultar con ellos los 
negocios graves y árduos que se ofrecían , y después de la entrada del 
estado llano respondían á las peticiones de los procuradores con su 
acuerdo ó su consejo. 

Unas veces concurren á las Cortes los principales de la nobleza, y 
otras los de menor rango y fortuna ; pero todos forman un solo cuerpo, 
muy celoso en la defensa de los privilegios y franquicias de la hi- 
dalguía. 



1 Actas de las Cortes de Castilla, tom. I, pág. 18. 



52 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 



El ascendiente que poco á poco fueron cobrando los procuradores , so- 
bre todo desde que la famosa Doña María de Molina llegó á comprender 
que para salvar el trono vacilante de su hijo Fernando IV necesitaba 
ganar la voluntad de los concejos, amenguó el influjo de la nobleza en 
las Cortes. Los Reyes pudieron olvidarla en sus convocatorias, cuando 
las llamaban para pedir pechos y servicios , desde que en las de Valla- 
dolid de 1307 otorgó Fernando IV que «no los echaria desaforados en 
la tierra», es decir, sin demandarlos álos procuradores de las ciudades 
y villas que debian llevar la carga de los tributos \ 

Así se observa que en los siglos xiv y xv se celebran Cortes á las 
cuales no concurren los grandes ni los prelados, sino solamente los 
procuradores, y otras á las que asisten en corto número, como deno- 
ta la frase « algunos ó ciertos condes , perlados , ricos homes é ca- 
balleros » 2 . 

Era la primera voz en Cortes, hablando por la nobleza, el Señor de 
la casa de Lara, privilegio que ganó para sí y sus descendientes el Con- 
de D. Pedro en las de Burgos de 1177, al resistir la imposición de cin- 
co mrs. por cabeza que Alfonso VIII pedia á los hijosdalgo á fin de es- 
trechar el cerco de Cuenca, tan largo y porfiado. 

El Conde estaba en el campo de Gamonal cerca de la ciudad al fren- 
te de tres mil caballos, cuando envió al Rey un mensaje diciéndole que 
allí tenían el tributo en la punta de sus lanzas y podia salir á cobrar- 
lo. Como la franqueza de pechos distinguía á los nobles de los plebe- 
yos, agradecieron los hijosdalgo al Señor de Lara la defensa que hizo 
de su mas estimado privilegio y vincularon en su casa la voz en Cortes 
por la nobleza castellana. 

Con este título habló el primero en las de Toledo de 1406 el Infante 
D. Fernando, y su primogénito D. Alonso en las de Guadalajara de 
1408 , y el Infante D. Juan en el Ayuntamiento de Tordesillas de 1420 3 . 

La intervención del clero superior en las Cortes no fué menos activa 
que Ja de la nobleza, á juzgar por el número de ordenamientos de pre- 
lados de que hay noticia, pues no son menos de siete, por uno solo de 
hijosdalgo dado por el Rey D. Pedro en las Cortes de Valladolid 
de 1351 . 

1 Pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 187. 

2 Ayuntamiento de Medina del Campo de 1370, Cortes de Burgos de 1429 , Medina del Campo 
de 1430 y 1431 y Zamora de 1432, Ayuntamiento de Medina del Campo de 1434 y Cortes de 
Toledo do 1462. 

3 Crónica del Rey D. Juan II, año 140G, cap. ni, año 1408, cap. HI, y año 1420, cap. xvil. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



53 



Cuando no eran llamados los grandes, tampoco los obispos y maes- 
tros de las Órdenes , en cuyo caso no se tenían por Cortes generales. 
Los procuradores á las de Valladolid de 1295, orgullosos con su impor- 
tancia, no quisieron que el arzobispo, ni los obispos, ni los maestres 
entendiesen en lo que ordenaban, y enviaron decir á Doña María de Mo- 
lina que los mandase á sus casas, «ca si estudiesen, non vernian en 
ninguna guisa, é que luego se irian para sus tierras. E la Reina con su 
buen entendimiento (prosigue la Crónica) fabló con ellos, é rogóles que 
se fuesen para sus posadas fasta que pasase aquello » *. 

Del cuaderno de las Cortes referidas consta que la Reina otorgó las 
peticiones de los procuradores con el consejo de los maestres de Santia- 
go y Calatrava, prelados, ricos hombres y otros hombres buenos «que 
y eran connusco» 2 ; pero también consta por un documento auténtico 
y fidedigno que el Arzobispo de Toledo D. Gonzalo por sí y en nombre 
de varios prelados, ricos hombres é hijosdalgo protestó contra la fuerza 
que se les hizo al apartarlos , extrañarlos y sacarlos de las dichas Cor- 
tes, en las cuales (añadió) «non fué la cosa fecha con nuestro conseio... 
nin con nuestra voluntad, nin consentiemos nin consentimos en ello» 5 # 

La segunda voz en Cortes era el Arzobispo de Toledo, primera dig- 
nidad del estado eclesiástico , á quien pertenecía hablar por su Iglesia 
y por todos los prelados del reino así presentes como ausentes. Estos, 
por no perder su derecho ni faltar á la obediencia debida al Rey, solían 
dar sus poderes á otro prelado y constituirle su procurador. 

Hubo vivas contiendas entre ciertas ciudades sobre la precedencia en 
los asientos, la prerogativa de hablar por el estado general, la priori- 
dad en el juramento, en el pleito homenaje y demás actos de Cortes. 
Hasta las de Alcalá de Henares de 1348, la ciudad de Burgos estuvo en 
la quieta y pacífica posesión de ocupar el primer lugar y llevar la voz 
de todas. En aquella ocasión pretendió la de Toledo el primer voto y el 
mejor asiento, fundándose en su mayor antigüedad y nobleza y en ha- 
ber sido la corte de los Reyes godos. 

Contradijo Burgos la pretensión alegando la posesión no interrumpi- 
da y la honra y preeminencia que merecía conservar por su calidad de 
cabeza de Castilla. Alfonso XI aplacó la discordia de los procuradores 
manteniendo á la ciudad de Burgos en la posesión de su privilegio sin 
descontentar demasiado á los de Toledo con las palabras tan sabidas : 

1 Crón. de D. Fernando el IV, cap. i, tom. i, pág. 10. 
"i Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 131. 
3 Crón. de D. Fernando el IV, tom. n, pág. 40. 



54 HISTORIA DE LAS COKTES DE LEON Y CASTILLA. 

«Los de Toledo farán lo que yo les mandare, é así lo digo por ellos, é 
por ende fable Burgos» *. 

Renovóse la porfía en las Cortes de Valladolid de 1351 , y el Rey 
D. Pedro sosegó á los procuradores de ambas ciudades rivales pronun- 
ciando la fórmula usada por Alfonso XI en las de Alcalá de 1348. 

Juntamente con la cuestión de primera voz en Cortes por las ciuda- 
des y villas, se habia suscitado la del asiento. Burgos ocupaba el pri- 
mero del banco destinado á los procuradores , y á los de Toledo señaló 
el Rey otro en medio de la sala fronterizo á la silla real. 

Rayó el altercado en tumulto en las Cortes de Toledo de 1402 ó 1403, 
y tanto fué el calor de los procuradores , que casi llegaron á las manos. 
Intervino Enrique III levantándose airado de su silla y arrancando del 
asiento reservado para los de Burgos á los de Toledo que se liabian an- 
ticipado á ocuparlo 2 . 

En las Cortes de Toledo de 1406 hubo gran discordia, porque entre 
los procuradores de Burgos, Toledo, León y Sevilla se disputó el dere- 
cho de hablar primero , «é comenzaron á dar tales voces, que ni los 
unos ni los otros no se podían entender.» El Infante D. Fernando, como 
tutor de D. Juan II, se abstuvo de fallar el pleito; mas se sabe por lo 
que dijo el canciller, que regia la costumbre de hablar primero Bur- 
gos, en seguida León, Sevilla, Córdoba, y después las demás ciudades, 
y el rey por Toledo 3 . 

Cuando fué jurada por heredera de los reinos de Castilla la Princesa 
Doña Juana en las Cortes de Madrid de 1442 , se renovó la contienda 
entre los Burgaleses y los Toledanos. Enrique IV, «por quitar la por- 
fía», mandó que los de Segovia hiciesen primero el pleito homenaje; y 
al llegar todos los procuradores delante de él , concluido aquel acto, 
dijo : «Yo hablo por la cibdad de Toledo : hablen los de Burgos é los de 
León» 4 . 

También Granada, honrada y favorecida por los Reyes Católicos, an- 
teponiendo su nombre al de Toledo en la enumeración de los títulos 
reales, tuvo la pretensión de preceder á la ciudad imperial en voz y 
asiento en las Cortes, pero sin fruto, pues no se hizo novedad. 

1 Orón, del Rey D. Pedro, año II, cap. xvi. 

2 González Dávila, Hist. del Rey D. Enrique III, cap. lxxi. 

3 Crón. del Rey D. Juan II, afio 1406 , cap. v. 

* Etiriquez del Castillo, Crón. del Rey D. Enrique IV, cap. XL. 

Explica Colmenares la excepción hecha por Enrique IV en favor de Segovia en el pasaje si- 
guiente : « Crióse en nuestra ciudad desde cuatro años de su edad , y poseyóla desde catorce con 
tantas muestras de amor, que siendo de condición retirada para el pueblo, en el nuestro era 
mas ciudadano que rey.» Hist. de Segovia, cap. xxxi, § i. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 55 

Repitiéronse semejantes escenas en todas las que después se celebra- 
ron, porque como el pleito entre Burgos y Toledo quedó pendiente, 
cada vez que se encontraban sus procuradores, resucitaba la contienda 
sobre la primera voz y el primer asiento en las Cortes. Todavía en las 
de Madrid de 1566 y 1570 , leida la proposición , los de Burgos y Tole- 
do se levantaron en pié y á la par, y comenzaron juntos á querer res- 
ponder á su Magestad. Felipe II los sosegó pronunciando estas pala- 
bras : «Toledo Liará lo que yo mandare: hable Burgos» *. 

Templóse con el tiempo el ardor de unos y otros , y quedó el simula- 
cro de la reyerta como parte del ceremonial de las Cortes y para re- 
cuerdo del amor que las ciudades tenian á sus antiguos privilegios. El 
culto ardiente de la tradición paró en daño de las libertades públicas, 
porque impidió que se transformasen y acogiesen al amparo de una ley 
común. 

En suma, era la primera voz en Cortes por las ciudades y villas con 
voto , Burgos , y la tercera cuando se juntaban los tres estados del reino. 
En orden á los asientos Burgos ocupaba el primer lugar, y luego se- 
guían León, Granada, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén. Toledo for- 
maba excepción , pues hablaba el Rey por la ciudad , cuyos procurado- 
res se sentaban en un banco aparte. 

Estas son las ocho ciudades cabezas de reino de voto en Cortes. Las 
restantes, á saber, Zamora, Toro, Soria, Valladolid, Salamanca, Se- 
govia, Avila, Madrid, Guadalajara, cabezas de provincia, á las que 
se agregaron después Oviedo, Galicia y Palencia, no guardaban entre 
sí órden alguno 2 . 

Para responder al razonamiento ó proposición del Rey, sobre todo en 
lo tocante á la concesión del servicio, deliberaba cada estado por sí; 
pero ni faltan ejemplos de una. deliberación común, pues juntos, ó por 
lo menos de conformidad los tres brazos del reino hicieron el cuaderno 
de peticiones generales en las Cortes de Valladolid de 1351 , sin que 
el Rey D. Pedro pensase en estorbarlo, ni la separación impedia que se 
comunicasen y concertasen los acuerdos , como sucedió en las de Va- 
lladolid de 1506 cuando los procuradores se entendieron con el Almi- 
rante de Castilla D. Fadrique Enriquez para oponerse al encierro de la 
Reina Doña Juana en la fortaleza de Mucientes. 

En las de Valladolid de 1527 deliberaron los tres estados separada- 

1 Actas de las Cortes de Castilla, tom. i , pág. 32, y tom. m, pág. 24. 

J Ms. perteneciente á la Real Academia de la Historia, y Actas de las Cortes de Castilla, tom. i, 
página 16. 



56 



HISTORIA LE LáS COBTE8 DE LEON Y CASTILLA. 



mente acerca del servicio extraordinario que les pidió el Emperador; y 
en las generales y muy concurridas de Toledo de 1538, aunque por dos 
veces solicitaron los grandes y caballeros la licencia necesaria para que 
los procuradores de las ciudades se juntasen con ellos á fin de platicar 
y conferir lo conveniente acerca del tributo de la sisa , la tentativa se 
estrelló contra la política de Carlos V, obstinado en mantener el jura- 
mento de guardar secreto para debilitar las Cortes separando la causa 
de los tres brazos *. 

Solian ser largos y acalorados los debates de los procuradores, ir y 
venir mensajes cuando con venia hablar al Rey, hacerse proposiciones, 
nombrarse comisarios y al fin tomar acuerdos. Votaban las ciudades y 
villas por el órden de sus asientos , y regulaban los votos los escribanos 
mayores de las Cortes. 

Duraban estas el tiempo necesario para tratar y resolver los negocios 
que habian obligado á convocarlas. Felipe II las alargó al extremo de 
durar muchos meses y aun años enteros, lo cual justifica la petición de 
los procuradores para que se redujesen á un plazo mas breve, á fin de 
excusar las grandes costas y gastos que se hacian con tan larga asis- 
tencia 2 . 

Concluidas las Cortes, los procuradores se retiraban á sus lugares; y 
aunque no consta de ninguna ley ú ordenamiento la obligación de dar 
cuenta al concejo del uso que habian hecho de sus poderes , era esto 
muy conforme á la naturaleza del mandato imperativo. 

La experiencia confirmada en las Cortes de Santiago y la Coruña de 
1520 sugirió á los comuneros la idea de suplicar al Emperador, entre 
otros capítulos acordados en Tordesillas, que acabadas las Cortes, dentro 
de cuarenta días fuesen obligados á ir personalmente á sus ciudades *y 
dar cuenta de lo que hubieren fecho , so pena de perder el salario y el 
oficio» 3 . 

Pagó por todos Rodrigo de Tordesillas, procurador de Segovia, que 
otorgó el servicio tan disputado en dichas Cortes. Tal vez se rindió como 
leal vasallo á la voluntad del Emperador; pero el haber negociado para 
sí un buen corregimiento le hizo sospechoso. Quiso la mala ventura de 
este pobre caballero que la furia popular se ensañase con él , y la gente 
amotinada, sin oir sus disculpas , le arrastró por las calles, y medio 
muerto fué colgado de la horca. Mas hubiera valido abrir un severo 

• Sandoval, Hist. del Emperador Garlos V, lib. xxiv, § vm. 

2 Pet. 31. Actas de las Cortes de Castilla, tom. vn, pág. 811. 

3 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. vn, § i. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



57 



juicio de residencia á cada procurador, y aplicar al débil ó culpado las 
penas establecidas en la ley, que dar pretexto con el silencio de la jus- 
ticia á tan bárbaras ejecuciones. 

CAPITULO X. 

FACULTADES DE LAS CORTES. 

Conocidas son las palabras de Alfonso IX en las Cortes de León de 
1188 : Promissi etiam quod non faciam guerram , vel pacem , vel pla- 
citum , nisi cum concilio episcoporum , nobilium et bonorum hominum, 
per quorum consilium debeo regí Hé aquí el texto más antiguo que 
se puede invocar para exponer las facultades de las Cortes. Alfonso IX 
no se despojó de su soberanía al prometer que no haria la guerra , ni la 
paz, ni celebraría tratado sino con el consejo de los obispos, de los no- 
bles y de los hombres buenos de su reino. Eran tres casos graves por el 
peligro que habia de comprometer la seguridad del Estado, y acaso la 
existencia de la nación. 

Prometió el Rey pedir consejo , pero no se obligó á seguirlo , y quedó 
libre y exenta de toda traba su potestad para determinar y resolver lo 
conveniente respecto á la administración de la justicia y al gobierno 
de los pueblos. 

Antes de la entrada del estado llano en las Cortes , y miéntras fué la 
monarquía electiva, tuvieron los grandes y prelados tanta participa- 
ción en los negocios públicos como los obispos y magnates en los Con- 
cilios de Toledo. La nobleza y el clero elegían los Reyes, y cuando la 
monarquía se hizo hereditaria por la costumbre, regularon el órden de 
suceder en la corona. Si las hembras podían ceñirla á falta de varón ; si 
para asegurar los derechos del hijo después de los dias del padre , se in- 
trodujo la práctica de jurar al infante heredero; si por ser el Rey de me- 
nor edad era necesario nombrarle tutor; si el testamento de los Reyes 
habia de tener validez; si ocurría algún caso de sucesión dudosa; si es- 
tallaban discordias civiles á propósito de la tutoría; si se trataba de ha- 
cer la guerra á los Moros , ó pretendía el Monarca dar mayor fuerza y 
vigor á las leyes, interponían su autoridad la nobleza y el clero juntos 
en Cortes. 

1 Cortes de León y Castilla , tom. i , pág. 40. 

8 



58 HISTORIA DE LAB CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

Después que hubo procuradores de las ciudades y las villas , las Cor- 
tes cobraron nueva vida, y la institución adquirid una importancia 
muy superior á la que tuvo ántes de ser llamados los concejos. 

Lo primero que ocurre averiguar es cuándo ó con qué motivo debian 
los Reyes convocar las Cortes. Ninguna ley ú ordenamiento lo declara 
de un modo terminante , salvo el caso de « echar pechos ó servicios en 
la tierra», pues D. Fernando IV se obligó á pedirlos, respondiendo á 
una petición que le dieron los caballeros y hombres buenos de las ciu- 
dades y las villas en las Cortes de Valladolid de 1307 '. 

Los procuradores á las de Madrid de 1419 suplicaron á D, Juan II que, 
pues sus antecesores siempre habían acostumbrado , cuando algunas 
cosas generales ó arduas querían ordenar , hacer Cortes con ayunta- 
miento de los tres estados del reino , no fuese contra esta buena cos- 
tumbre , ni contra la razón y el derecho , y les hiciese saber primero lo 
que cumplía á su servicio para determinar lo conveniente, «habiendo su 
acuerdo é consejo con ellos »; á cuya petición respondió el Rey, «que 
en los fechos grandes é árduos así lo había fecho, é lo entendía facer en 
adelante» 2 . 

Una vez que D. Enrique IV se apartó de la antigua amistad y confede- 
ración que los Reyes de Castilla tenían con el de Francia para formar 
alianza con el de Inglaterra, los procuradores á las Cortes de Ocaña de 
1469 le recordaron las leyes del reino, según las cuales, «cuando ha- 
bía de hacer alguna cosa de gran importancia , no lo debia hacer sin el 
consejo y sabiduría de las principales cibdades é villas», y áun se lo 
reprendieron sin faltar al respeto que merecia la persona del Monarca, 
pero también sin dejar de hablarle con franca libertad 5 . 

Resulta de los textos citados que , salvo el caso de la concesión de pe- 
chos y servicios, prerogativa esencial de los procuradores de las ciuda- 
des y villas , autorizada por la costumbre y reconocida por Alfonso X 
en las Cortes de Burgos de 1269, y después de él respetada por sus su- 
cesores, quedó al prudente arbitrio de los Reyes calificar los hechos 
grandes y árduos, ó las cosas de mayor importancia que requerían la 
intervención de los tres estados del reino. 

Solamente la historia de las Cortes puede darnos luz en medio de la 
oscuridad á que nos condena el vacío del derecho escrito. Adoptado este 

* Pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 187. 
J Pet. 19. Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 21. 
3 Pet. 29. Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 809. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 59 

criterio, no será difícil enumerar, sino todas, las principales facultades 
de las Cortes. 

Asentado el orden de suceder en la corona por derecho hereditario, 
era natural que cuando un nuevo Rey ascendia al trono, los grandes y 
caballeros, los prelados y maestres de las Órdenes, y los hombres bue- 
nos de las ciudades y villas se apresurasen á reconocerle por su señor 
y otorgarse por sus vasallos. Alfonso el Sabio, en el Libro de las Siete 
Partidas, así lo ordenó y así se practicó en diferentes ocasiones ! . Las 
Cortes de Segovia de 1407 hicieron á D. Juan II el pleito homenaje, 
«que segunt los derechos é costumbres de los reynos de Castilla se debe 
facer al Rey nuevo cuando reina», es decir, cuando empieza á reinar 2 . 

Sienten algunos autores que á la muerte del príncipe reinante debían 
celebrarse Cortes generales, y añaden que después de constituida la 
monarquía hereditaria, la nación conservó la regalía de juntarse para 
protestar con este hecho que , si habia cesado en las funciones de elegir, 
no por eso renunciaba absolutamente este derecho. Dicen más: si la 
nación consentía que los Reyes fuesen elevados al trono de sus mayores, 
ántes de ceñir á sus sienes la corona, debían jurar la observancia de las 
leyes , el respeto á las costumbres pátrias y la conservación y fiel cus- 
todia de los derechos del pueblo y de las libertades nacionales 3 . 

Semejante opinión tiene un sabor demasiado moderno para que sea 
aplicable á sucesos que pasaron en tiempos antiguos , y , por otra parte, 
no se compadece con el testimonio de la historia. 

No esperaban los Reyes llamados á suceder en la corona en virtud del 
derecho hereditario , el consentimiento de las Cortes para sentarse en el 
trono de sus mayores; y, al contrario, solían darse prisa á mandar que 
alzasen pendones por ellos , y á proclamarse y coronarse , sobre todo 
cuando podia haber peligro en la tardanza. 

En Avila recibió Sancho IV la noticia del fallecimiento de su padre 
Alfonso X, y allí mismo se hizo aclamar y tomar por Rey. En seguida 
partió para Toledo, en donde se hizo coronar, y luégo corrió á Sevilla, 
en cuya ciudad los ricos hombres y los vecinos le reconocieron por Rey 
y señor y le juraron obediencia. Ni en Avila ni en Toledo hubo enton- 
ces Cortes ; y si se celebraron en Sevilla el año 1254, no fueron ge- 
nerales. 

El Rey D. Pedro subió al trono en 1350, así que finó D. Alfonso XI 

1 Ll. 29 y 30, tít. xm, part. n. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 1. 

3 Martínez Marina, Teoría de las Cortes, part. II, cap. IV, núm. 1 , y cap. vi, núm. 1. 



60 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



en el Real de Gibraltar, y basta Mayo ó Junio de 1351 no celebró las 
Cortes de Valladolid, las primeras de su reinado , según La Crónica K 

Los grandes del reino, que se hallaban en Valladolid á la sazón que 
murió D. Juan II en 1454, alzaron por Rey á su hijo primogénito 
D. Enrique IV. Poco después se celebraron las Cortes de Cuéllar para 
tratar de la guerra de los Moros y no para otra cosa. 

Los Reyes Católicos tomaron posesión del trono vacante por su pro- 
pia autoridad. Los prelados, los grandes y caballeros y los procura- 
dores de algunas ciudades y villas acudieron, unos en pos de otros y 
sin dia fijo á darles la debida obediencia, después de su proclamación 
en Segovia el año 1474. 

Mucho más constante es la práctica de juntar Cortes á la muerte de 
un Rey, cuando el derecho de suceder en la corona recae en su hijo 
menor de edad. Confirmar los tutores nombrados en el testamento, 
tomar otros en caso necesario , imponer condiciones al ejercicio de su 
autoridad , pedirles juramento de guardar la persona del Rey y los pri- 
vilegios , buenos usos y costumbres , franquezas y libertades del reino, 
y en fin, decidir todas las cuestiones relativas á la tutoría, y tal vez apa- 
gar el fuego de la guerra civil, son facultades privativas de las Cortes, 
de las que hicieron uso muy frecuente en las minoridades de Fernan- 
do IV, Alfonso XI, Enrique III y Juan II; y así es que la elevación al 
trono de estos Reyes va seguida de la inmediata celebración de Cortes 
generales. 

Las que seguían al advenimiento de un Rey á quien favorecía el de- 
recho hereditario, significaban por una parte la confirmación de su tí- 
tulo á suceder en la corona mediante el pleito y homenaje de los tres 
estados del reino, y por otra la facultad de recibirle el juramento que 
en tales casos se acostumbraba. El de obediencia y fidelidad que pres- 
taban los prelados y maestres de las Órdenes, los grandes y caballeros 
y los procuradores de las ciudades y las villas era un acto de vasa- 
llaje templado con la condición de respetar el Rey los derechos de sus 
vasallos. 

En efecto, jurábanlos Reyesal subir al trono guardar los fueros, 
privilegios, franquicias y libertades otorgadas por sus antecesores. 
Cuando el Rey era menor de edad, solia jurar por él su tutor, como lo 
hizo el Infante D. Enrique en nombre de Fernando IV, según consta 



1 «E después que el regnara, estas eran las primeras Cortes que ficiera. » Orón, del Rey Don 
Pedro , año 2 , cap. xn. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 61 

del cuaderno de las Cortes de Valladolid de 1295 *. Enrique III, estan- 
do aun en tutoría, prestó el juramento, «puestas las manos en una cruz 
de la espada que le tenían delante », en las Cortes de Madrid de 1391 2 . 

A la antigua fórmula del juramento se añadió la cláusula de no dis- 
minuir, enajenar ni separar de la corona ciudades, villas, aldeas, lu- 
gares, términos ni jurisdicciones, salvo con el acuerdo del Consejo y de 
seis procuradores de seis ciudades , con lo cual quedó declarado que to- 
das las cosas pertenecientes al señorío de la corona fuesen inalienables 
é imprescriptibles para siempre jamás, en virtud de una ley hecha por 
D. Juan II en las Cortes de Valladolid de 1442, confirmada por D. En- 
rique IV en las de Ocaña de 1469 y por los Reyes Católicos en las de 
Madrigal de J476 3 . 

Gran ruido y escándalo movió el doctor Zumel, procurador de Bur- 
gos, en las de Valladolid de 1518, con inducir á los demás á que no 
jurasen al Rey mientras él no jurase al reino guardar sus libertades, 
privilegios, usos y buenas costumbres, y especialmente los capítulos 
otorgados por el Rey Católico en las Cortes de Burgos de 1512, que 
prohibían dar oficios y dignidades á extranjeros y habilitarlos para 
obtenerlos concediéndoles cartas de naturaleza *. 

La disputa se encendió en términos que los ministros de Carlos V 
amenazaron con la prisión al doctor Zumel, y aun se atrevieron á de- 
cirle que había incurrido en pena de muerte y perdimiento de bienes. 
Al fin, y después de muchas idas y venidas, la mayor parte de los pro- 
curadores juró antes que el Rey, y solamente un corto número se obs- 
tinó en seguir á Zumel. En resolución , los procuradores hicieron el 
pleito homenaje de costumbre, y luego Carlos V juró guardar y cum- 
plir lo concertado con ellos 5 . 

En esta acalorada disputa había algo mas que una cuestión relativa 
al ceremonial de las Cortes. Jurar al Rey antes de ser reconocido y acla- 
mado era volver los ojos á la monarquía electiva, como jurar después 
del pleito homenaje era confirmar el derecho hereditario. Martínez Ma- 
rina pretende que procedía lo primero según la tradición recibida en 
Castilla, como si no hubiese cambiado el espíritu de los tiempos ; y por 
tan errado camino vá su juicio , que seria muy difícil rebuscar textos y 

1 Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 132. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. II, pág. 512. 

3 Cortes de Valladolid de 1442, pet. 1 ; Ocafia de 1469, pet. 4, y Madrigal de 1476, pet. 8. Cor- 
tes de León y Castilla, tom. ni, págs. 394 y 773, y tom. iv, pág. 59. 

i Cort. cit., pet. 1. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 235. 
5 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. IH, §§ vm y ix. 



62 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



ejemplos mas decisivos que los alegados por él mismo para probar lo con- 
trario de lo que intenta 1 . La opinión del doctor Zumel hubiera preva- 
lecido contra el enojo de Carlos V y la resistencia del partido flamenco, 
si el animoso procurador de Burgos la hubiese podido fundar en la ob- 
servancia de las leyes y antiguas costumbres del reino. 

Bastante mas fácil es determinar la intervención de las Cortes en la 
jura del inmediato sucesor. Esta práctica que se remonta al principio 
del siglo xii, fué constante y llegó hasta nuestros dias. No la desdeñó 
la monarquía absoluta, porque, como dice el historiador de Felipe II, 
«de presente da nuevo derecho, y en lo venidero aprovecha para el plei- 
to que se moviere sobre la sucesión - 2 . Sin este pleito homenaje antici- 
pado, es probable que Sancho IV no hubiese ceñido á sus sienes la coro- 
na de Castilla contra las pretensiones de los Infantes de la Cerda, ni 
logrado Fernando IV sostenerse en el trono , ni ganado Isabel la Cató- 
lica el pleito sobre la sucesión de Enrique IV. 

Pocos Reyes de Castilla ocuparon el sólio que no fuesen antes jura- 
dos herederos según buenas costumbres de Cortes. Entre los pocos se 
cuentan Carlos II por haber fallecido Felipe IV cuando ya estaban con- 
vocadas las que debieron reunirse en Madrid para jurarle el año 1665, 
Felipe V, heredero mas que sucesor de Carlos II, y Carlos III, hermano 
de Fernando VI, muerto sin descendencia legítima en 1759. 

Regularon las Cortes el órden de suceder en la corona , pues no solo 
haciendo pleito homenaje al infante heredero consagraron el derecho 
de primogenitura, sino que también reconocieron el de las hembras á 
falta de varón elevando al trono de Castilla á Doña Urraca en las de To- 
ledo de 1109, y á Doña Berenguela en las de Valladolid de 1217. Al- 
fonso el Sabio redujo á escritura en el Libro de las Partidas, y pasó con 
esto á ser ley del reino , la costumbre introducida y autorizada por las 
Cortes. 

Nada mas natural que interviniesen en las renuncias de la corona, 
para velar sobre la fiel observancia de las leyes de sucesión. Así acep- 
taron la que hizo Doña Berenguela en favor de su hijo Fernando III, 
heredero del reino. 

Rompió Carlos V el hilo de la tradición abdicando en Felipe II sin el 
concurso de las Cortes ; y aunque estaba muy poseído de la grandeza 
de su poder «como Rey que en lo temporal no reconocía superior», no 

1 Teoría de las Cortes, part. II, cap. vi. 

2 Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. v, cap. vil. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 63 

dejó de formar algún escrúpulo , ni de prevenirse para desvanecerlo, 
insertando en la carta de renuncia la cláusula «queremos que sea ha- 
bida, tenida y guardada por todos por ley, como si por nos fuese fecha 
en Cortes á pedimento y suplicación de los procuradores de las ciuda- 
des , villas y lugares de los dichos nuestros reinos , estados y señoríos 
de la nuestra corona real de Castilla y León» *. 

Felipe V también abdicó en Luis I que falleció á poco de ocupar el 
trono. A pesar de la solemne renuncia de sus derechos y de su firme 
resolución de recogerse á la vida privada , empuñó de nuevo el cetro 
cediendo al ruego de los altos cuerpos del Estado. 

De la abdicación dijeron los legistas que no era válida, porque Feli- 
pe V tomó esta grave determinación sin el acuerdo de sus vasallos, que 
tenian derecho á ser regidos por aquel príncipe á quien juraron fideli- 
dad , no mediando impotencia legítima para el gobierno, ni edad de- 
crépita que no pudiera tolerar el trabajo; y consultado el Consejo Real, 
añadió que de rehusar el Rey lo que con tantas veras le suplicaban, fal- 
taría al recíproco contrato que por el mismo hecho de haber jurado los 
reinos celebró con ellos , sin cuyo asenso y voluntad comunicada en las 
Cortes, no podia hacer acto que destruyese semejante sociedad \ 

Solían los Reyes llamar á Cortes para con su acuerdo hacer la guer- 
ra, y prevenirse de dinero á fin de sostener la campaña con ventaja. 
Alfonso VIII tuvo consejo con los grandes de su reino y los obispos an- 
tes de romper las hostilidades con el Miramamolin de Africa, á quien 
venció en la batalla de las Navas de Tolosa 5 . Alfonso XI, si no celebró 
Cortes generales en Sevilla el año 1340, convocó los prelados, ricos 
hombres, caballeros , hijosdalgo y muchas gentes de las ciudades , villas 
y lugares de sus reinos para tratar de la guerra con los Moros, que termi- 
nó gloriosamente con la victoria del Salado 4 . Enrique III pidió á las Cor- 
tes de Toledo de 1406 su parecer y consejo acerca de si la guerra que 
pensaba hacer al Rey de Granada era justa, y en tal caso, qué número de 
gente de armas y peones debería llevar consigo, y qué suma de dineros 
seria necesaria para aquella entrada 5 . Fernando el Católico en las Cor- 
tes de Burgos de 1515, Carlos V en las de Valladolid de 1523 y Feli- 
pe II en las de Madrid de 1563 y demás que celebró durante su reinado, 

1 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. xxxn, § xxxviii. 

2 Comentarios de la guerra de España por el Marqués de San Felipe, año 1724. 

3 Rod. Tolet. De rebus Hisp., lib. vn , cap. xxxvi. 
* Crón. de D. A Ifonso el XI, cap. ccxlvi. 

5 Crón. del Rey D. Juan II, año 1406, cap. n. 



64 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

cuidaron de dar cuenta á los procuradores de las cosas pertenecientes á 
la guerra, porque así cumplía para mejor vencer cualquiera resistencia 
á la concesión del servicio que se les demandase, excusando el gravá- 
men con la razón de estado que obligaba á tomar las armas. 

En algunas ocasiones juntaban los Reyes las Cortes para pedirles su 
parecer y consejo acerca del otorgamiento de treguas ó celebración de 
las paces. Don Juan I sometió á la aprobación de las de Bribiesca de 1387 
el tratado ajustado en Bayona con el Duque de Lancáster *. Don Juan II 
consultó con los procuradores si debia hacer las treguas que le deman- 
daba con instancia el Rey de Granada, y no concluyó la paz perpétua que 
solicitaba el de Portugal sin el acuerdo de los de su Consejo y de los pro- 
curadores de las ciudades y villas ; y por último, firmaron los capítulos 
de la concordia asentada con los Reyes Alonso V de Aragón y Juan II 
de Navarra varios prelados , condes y ricos hombres y los procuradores 
de veintidós ciudades y villas de los reinos de León y Castilla 2 . 

Pocas veces desde las Cortes de Madrid de 1329 dejaron los procura- 
dores de apremiar á los Reyes para que negociasen con el Papa á fin de 
que proveyese los beneficios, canonjías y dignidades de las Iglesias Ca- 
tedrales en naturales de estos reinos con exclusión de los extranjeros. 
Las razones que se fundaban se exponen en otro lugar. 

Aunque los Reyes siempre dieron respuestas favorables á peticiones 
tan justas y conformes á la antigua disciplina de la Iglesia de España, 
continuaron los abusos denunciados por los procuradores, y todavía se 
introdujo la mala práctica de conceder con demasiada facilidad cartas 
de naturaleza, habilitando así á los extranjeros para obtener cargos pú- 
blicos eclesiásticos , como si hubiesen nacido en estos reinos. 

Los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1447 representaron á 
D. Juan II que por haber dado cartas de naturaleza á muchos extranjeros 
gozaban de pingües beneficios y rentas en fraude de las leyes ; á lo cual 
respondió que no libraría ninguna en lo sucesivo, y mandaría hacer 
información acerca de las otorgadas para proveer lo conveniente 3 . 

No se corrigió el mal con esto , según consta del cuaderno de las Cor- 
tes celebradas en Santa María de Nieva de 1473 4 . El mismo Enrique IV, 
que dió por nulas y de ningún valor ni efecto las cartas de naturaleza 

1 Crón. del Rey D. Juan I, año x, caps, i y n. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1429, cap. ni ; año 1431, cap. xxv, y año 1437, cap. vi. 

3 Pet. 32. Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 535. 
* Pet. 12. Cortes de León y Castilla , tora. III, pág. 855. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



65 



concedidas ligeramente por él , y prometió no concederlas en adelante 
sino mediando justa causa vista y averiguada por los de su Consejo, 
cometió la flaqueza de rendirse á la voluntad de sus favoritos, cuyos 
ruegos é importunidades prevalecieron contra la ley de Nieva. 

En las Cortes de Madrigal de 1476 suplicaron los procuradores á los 
Reyes Católicos que revocasen todas las cartas de naturaleza dadas por 
Enrique IV antes y después de dicha ley, y que prometiesen y jurasen 
no librarian ninguna, salvo á persona de grandes servicios á pedimen- 
to de los procuradores de Cortes; petición que hallaron justa y razona- 
ble 1 . Esta ley de Madrigal fué confirmada por los mismos Reyes Cató- 
licos en las de Toledo de 1480 2 . 

Una reñida contienda que duró mas de dos siglos sobre la provisión 
de los beneficios y dignidades eclesiásticas en naturales de estos reinos 
con exclusión de los extranjeros, dió origen á la facultad de las Cortes 
de intervenir en el otorgamiento de las cartas de naturaleza ; y este 
precepto legal imprimió una huella tan honda, que se halla repetido 
en la Constitución de 1812 s . 

El acrecentamiento inmoderado de los oficios públicos, sobre todo en 
los borrascosos reinados de D. Juan II y D. Enrique IV, despertó el celo 
de los procuradores, que suplicaron repetidas veces á los Reyes que los 
redujesen á su número antiguo. Tan lejos estaban de pensar en aumen- 
tarlos, que no perdian ocasión de proponer que se consumiesen las 
vacantes. 

La procuración de Cortes era uno de tantos oficios públicos , pues al 
fin el procurador no dejaba de ser un mensajero del concejo. Agregá- 
base á esto la tenaz resistencia de las ciudades y villas de voto en Cor- 
tes á todo conato de extender á otras su prerogativa; de suerte que am- 
bas causas concurrían á encerrar la representación del estado general 
en los angostos límites de un privilegio. 

El solo rumor de que algunas ciudades y villas solicitaban de los 
Reyes la merced del voto en Cortes , puso en alarma á los procuradores 
á las de Valladolid de 1506 y Burgos de 1512 que alegaron contra la 
pretensión de las excluidas las leyes que prohibian el acrecentamiento 
de los oficios, la confusión que se seguiría y el agravio y perjuicio que 

1 Pet. 12. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 69. 

2 Orden. 70. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 143. 

3 «Es también ciudadano el extranjero que gozando ya de los derechos de español, obtuviere 
de las Cortes carta especial de ciudadano.» Art. 19. 

9 



66 HISTORIA DE LAS COETE8 DE LEON Y CASTILLA. 

se causaría á las diez y ocho llamadas á gozar de esta preeminencia des- 
de tiempo inmemorial *. 

Cerraron el proceso las Cortes de 1632 y 1649 al imponer por condi- 
ción de la próroga del servicio de millones en la forma ordinaria, que 
el Rey no concederia nuevos votos sin el consentimiento del reino jun- 
to en Cortes; por lo cual necesitó Felipe IV obtener el de las celebra- 
das en Madrid el año 1650 para beneficiar la venta de los dos que se 
dieron , el uno á la provincia de Extremadura, y el otro á la ciudad de 
Palencia *. 

Dice Martinez Marina que las leyes, para ser valederas y habidas 
como leyes del reino, se debían hacer precisamente en Cortes genera- 
les, ó por los miembros de la gran junta, ó á propuesta y con acuerdo y 
consejo de los representantes de la nación l . Apura el docto jurisconsul- 
to las fuerzas de su ingenio para probar un imposible , á saber, que en 
la edad media , como en nuestros dias , la potestad legislativa residia 
en las Cortes con el Rey. 

Por mas grato que nos fuese reconocer la antigüedad de este princi- 
pio constitucional, no puede el mejor deseo prevalecer contra la verdad 
de la historia , ni toda la autoridad de Martinez Marina basta para obli- 
garnos á interpretar los textos antiguos contra su recto y natural 
sentido. 

Si Alfonso X en las Cortes de Zamora de 1274, Alfonso XI en las de 
Alcalá de 1348, Enrique II en las de Toro de 1371, Juan I en las de 
Burgos de 1379 y Guadalajara de 1390 y Enrique III en las de Segovia 
de 1396 dieron leyes con el consejo y tal vez con el acuerdo de los pre- 
lados, maestres, condes, ricos hombres, caballeros y procuradores de 
las ciudades y las villas del reino , otras muchas veces legislaron los 
Reyes de su propia autoridad asentados en Cortes 6 por sí solos *. 

El mismo Alfonso X que en las de Zamora de 1274 dio' leyes con el 
consejo de los prelados , religiosos , ricos hombres y alcaldes de Casti- 
lla y León, escribid en el Libro de las Partidas: «Emperador ó Rey 
puede facer leyes sobre las gentes de su sennorío , é otro alguno non ha 



1 Cortes de Valladolid de 1506, pet. 33, y Burgos de 1512, pet. 19. Cortes de León y Castilla, 
tomo iv, págs. 233 y 242. 

2 Cortes de Madrid de 1632, escrit. de millones, cond. 80, y Madrid de 1649, escrit. de mi- 
llones, cond. 78. 

3 Teoría de las Cortes, part. n, cap. xvil. 

* Cortes de León y Castilla, tom. i, págs. 87 y 500, y tom. II, págs. 189, 284, 424 y 533. 



HISTOBIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 67 

poder de las facer en lo temporal, fueras ende si lo ficiere con otorga- 
miento dellos» *. 

Alfonso XI que hizo el Ordenamiento de Alcalá, también con el con- 
sejo de los prelados, ricos hombres, caballeros y hombres buenos que 
estaban con él en aquellas Cortes , afirmó que al Rey pertenece hacer 
fueros y leyes , declararlas, interpretarlas y corregirlas, cuando viere 
que cumple á su servicio 2 ; y Juan I, que en las de Burgos de 1379 tomó 
consejo de los prelados, ricos hombres, Órdenes, caballeros, hijosdalgo 
y procuradores de las ciudades , villas y lugares , se reservó allí mismo 
la facultad de dar cartas desatando los ordenamientos hechos en Cortes, 
ó dejarlos en su estado, lo cual era arrogarse la plenitud de la potestad 
legislativa 3 . 

Hacer leyes en Cortes no supone la participación necesaria en este 
acto de soberanía de los tres brazos del reino. Juan I hizo varios é im- 
portantes ordenamientos sin el acuerdo ni el consejo de las Cortes en 
las de Bribiesca de 1387 y en las de Guadalajara y Segovia de 1390, 
y las promulgó con toda solemnidad en presencia de los grandes, pre- 
lados, caballeros y procuradores que rodeaban el trono 1 . Fernando el 
Católico publicó en las Cortes de Toro de 1505 las leyes de este nombre 
consultadas con los de su Consejo y oidores de sus Audiencias, según 
consta del cuaderno de las empezadas en Toledo el año 1502, continua- 
das en Madrid y fenecidas en Alcalá el de 1503 5 . Las muchas pragmá- 
ticas dadas por los Reyes Católicos para la buena gobernación del reino, 
recopiladas é impresas por Juan Ramírez en 1503 , no fueron obra de las 
Cortes, sino de la fecunda y vigorosa iniciativa de aquellos ilustres 
monarcas tan persuadidos de su poderío real absoluto , que comunicaron 
á su última voluntad fuerza y vigor de ley con expresa derogación «de 
cualesquiera leyes, é fueros, é derechos, é costumbres, é estilos, é fa- 
zañas que lo pudiesen embargar»: cláusula exorbitante no inventada 
por ellos, sino autorizada con el ejemplo de D. Enrique III y D. Juan II 6 . 

La única limitación de la potestad legislativa de los Reyes fundada 
en un texto legal se halla en cierto ordenamiento de D. Juan I dado en las 
Cortes de Bribiesca de 1387 que dice: «Et otrosí es nuestra voluntad 

1 L. 12, tít. i, part. i. 

2 Cortes de Alcalá de 1348, cap. LXrv. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 542. V. 1. i, tí- 
tulo xxviii. Orden, de Alcalá. 

3 Pet. 37. Cortes de León y Castilla, tom. n, pág. 299. 

i Cortes de León y Castilla, tom. n, págs. 362, 378, 449, 459 y 471. 

5 Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 194. 

6 Testamento de la Reina Católica. V. Dormer, Discursos varios de historia, págs. 366 y 367. 



G8 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEOÜ Y CASTILLA. 



que los fueros valederos, é leyes, é ordenamientos que non fueron re- 
vocados por otros, non sean perjudicados sinon por ordenamientos fe- 
chos en Cortes, maguer que en las cartas oviese las mayores firmezas 
que pudiesen ser puestas 1 . 

Esta ley que contradice la respuesta del mismo D. Juan I á la petición 
de los procuradores en las Cortes de Burgos de 1379, tuvo por objeto 
desterrar el abuso de librar cartas contra derecho, cediendo ála impor- 
tunidad de las personas que las demandaban y obtenian en perjuicio 
de tercero. La cláusula ordinaria de las cartas «no embargante ley, d 
derecho, d ordenamiento», fué suprimida por respeto á la justicia. 

Asentado el principio que los fueros , leyes y ordenamientos no revo- 
cados por otros no podian ser perjudicados sino por ordenamientos he- 
chos en Cortes , desde aquel momento quedó limitada la potestad legis- 
lativa de los Reyes á los casos nuevos, pues dejaron de tenerla para 
anular ó reformar por sí solos los fueros, leyes y ordenamientos que es- 
taban en observancia. 

Esta ley de Bribiesca fué confirmada por D. Juan II en las Cortes de 
Valladolid de 1442. Quejáronse los procuradores al Rey de las exorbi- 
tancias de derecho que ponía en sus cartas, tales como «y mando que se 
guarden y cumplan no obstante leyes , ordenamientos y otros dere- 
chos», d bien "lo mando de cierta ciencia y sabiduría y poder real y 
absoluto, y revoco, caso y anulo las dichas leyes, etc.» 

El Rey, respondiendo á tan justa petición, prohibió el uso de estas 
exorbitancias y cláusulas derogatorias en las cartas que fuesen entre 
partes ó sobre negocios privados, para que floreciese la justicia, se guar- 
dase su derecho á cada uno y nadie recibiese agravio , pero sin llegar 
D. Juan II á donde llegó D. Juan I en la ley de Bribiesca, pues se abs- 
tuvo de reconocer por necesario el concurso de las Cortes en el caso de 
perjudicar los fueros, leyes y ordenamientos no revocados 2 . 

Razonando los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1506 una 
petición presentada á D. Felipe y Doña Juana, dijeron : «Y por esto los 
reys establecieron que cuando oviesen de hacer leys. .. se llamasen Cor- 
tes é procuradores y entendiesen en ellas; y por esto se estableció ley 
que no se ficiesen ni revocasen leys sino en Cortes»; por lo qual les su- 
plicaban que «quando leys se ovieren de hacer, mandasen llamar sus 
reinos é procuradores dellos... porque fuera de esta orden se han fecho 

1 Tractado III, cap. ix. Cortes de León y Castilla, tom. II, pág. 371. 

2 Pet. 11. Cortes de León y Castilla, tom. III, pág. 406. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



69 



muchas premáticas de que vuestros reinos se sienten por agraviados...» 
y así mismo mandasen reverlas, y proveyesen y remediasen los agra- 
vios que las tales pragmáticas tenian 1 . 

A varias reflexiones convida la petición anterior. La afirmación que 
los Reyes establecieron llamar á Cortes para hacer leyes está desnuda de 
pruebas y es tan vaga, que el testimonio de los procuradores no puede 
prevalecer contra el silencio de todos los cuadernos conocidos. Que ha- 
bia una ley para que no se hiciesen ni revocasen leyes sino en Cortes, 
es una alusión trasparente á la de Bribiesca, pero forzando su sentido 
hasta llegar á donde no llegó la intención de su autor, y las pragmáti- 
cas que se citan son las de los Reyes Católicos publicadas como un nue- 
vo cuerpo legal por Ramirez. 

Tenian razón los procuradores al pedir que no se hiciesen ni revoca- 
sen leyes sino en Cortes, y no la tenian al fundar su petición en pre- 
cedentes que en un solo caso y para un solo efecto registra la historia. 

Por otra parte , al principio del siglo xvi se deslizaba la monarquía 
por la rápida pendiente del poder absoluto , y poco habrían adelantado 
los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1506 con lograr de Don 
Felipe y Doña Juana una respuesta favorable, porque toda limitación 
á la potestad legislativa de los Reyes desaparecía ante la fórmula «quie- 
ro y mando que lo contenido sea habido y guardado por ley, y tenga 
fuerza y vigor de tal como si fuese fecha y promulgada en Cortes á 
pedimento y suplicación de los procuradores»; fórmula usada por Car- 
los V en dos ocasiones solemnes de su vida , esto es , al renunciar la co- 
rona y al otorgar testamento , y adoptada como una feliz invención por 
todos los Reyes que después de él ocuparon el trono 2 . 

No por eso dejaban las Cortes de tener participación en la obra del 
legislador presentando peticiones al Rey en las cuales denunciaban los 
males que padecían los pueblos y proponían los remedios convenientes. 
El Rey daba sus respuestas, que si eran favorables, equivalían á una 
sanción y estaba hecho el ordenamiento ; y si por el contrario rehusaba 
otorgar la petición, se pasaba á otra cosa sin mas efecto. 

La práctica de formar cuadernos de peticiones seguidas de las res- 
puestas oportunas empezó en las Cortes de Valladolid de 1293 y se arrai- 
gó después de las celebradas en Carrion en 1317. 

Aunque casi siempre partía la iniciativa de los procuradores, hay 

1 Pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 225. 

2 Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, tom. II, págs. 605 y 656. 



70 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 



ejemplos de haber dirigido peticiones al Rey el clero ó la nobleza por 
separado para obtener la confirmación de sus privilegios y promover 
sus intereses; y de aquí los ordenamientos de prelados y de los hi- 
josdalgo que no pasan del siglo xiv 1 . 

Comunmente hacían los procuradores peticiones generales; pero tam- 
bién las hacían especiales ó particulares á ciertos concejos ó villas, y 
tal vez á una sola ciudad. Las primeras, ó sean los capítulos generales, 
daban origen á leyes del reino; y las segundas, también habidas por 
leyes, no tenían fuerza obligatoria sino para los vecinos y moradores 
de la ciudad y los lugares de su término como toda ordenanza mu- 
nicipal 2 . 

Por humilde que parezca esta facultad de las Cortes , es lo cierto que 
el discreto ejercicio del derecho de petición contribuyó sobremanera á 
satisfacer quejas, corregir abusos, reformar la administración de la jus- 
ticia y mejorar el gobierno de los pueblos. Muchas de las leyes debidas 
á la solicitud de los procuradores han merecido y continúan merecien- 
do las alabanzas de la posteridad, y no sin causa, porque su espíritu 
vive en la legislación vigente como fruto de la experiencia de los si- 
glos; y cuando no vive, son rayos de luz que podrán servir de guia á 
quien se proponga estudiar las vicisitudes de nuestro derecho al través 
de la historia. 

Alzadas las Cortes se libraba á los procuradores que lo pedían el cua- 
derno de las peticiones y respuestas para llevarlo á sus respectivos con- 
cejos. Don Juan II, cuyo reinado fué funesto á las antiguas libertades de 
Castilla, dió á sus sucesores el mal ejemplo de diferir las respuestas á 
los capítulos generales, de lo cual se quejaron con sobrada razón los 
procuradores á las Cortes de Valladolid de 1440, con cuyo motivo le 
suplicaron que mandase ver en un plazo breve todas las peticiones pre- 
sentadas en las anteriores desde su salida de la tutela en 1419, pues de- 
cían) «hay peligro en la tardanza» 3 . Otra petición semejante hicieron 
al Rey Católico ios procuradores á las Cortes de Burgos de 1512 4 . En 

1 Diéronse ordenamientos de prelados en las Cortes de Valladolid de 1295, Burgos de 1315, 
Valladolid de 1322, 1325 y 1351, Toro de 1371 y Guadalajara de 1390. De los hijosdalgo sola- 
mente es conocido el que hizo el Key D. Pedro en las de Valladolid de 1351. 

* Ordenamiento otorgado á las villas de Castilla y de la marina en las Cortes de Burgos de 
1301. — Id. otorgado á los concejos de los lugares de Castilla y de la marina en las Cortes de 
Medina del Campo de 1305. — Id. á los concejos de las Extremaduras y del reino de Toledo en 
las mismas. — Id. á la ciudad de Sevilla en las de Toro de 1371. Cortes de León y Castilla, to- 
mo i, págs. 145, 172 y 179, y tom. n, pág. 249. 

3 Pet. 14. Cortes de León y Castilla, tom. III, pág. 389. 

i Pet. 23. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 243. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 71 

las de Toledo de 1525 suplicaron á Carlos V mandase ver y proveer, 
« primero que en ninguna otra cosa se entienda, después de otorgado el 
servicio», los capítulos generales y particulares de las ciudades, por- 
que de no hacerlo así se dejaban de ordenar muchas cosas, y se iban 
los procuradores con respuestas generales sin llevar conclusión de lo 
necesario 1 . 

También Felipe II tuvo por costumbre dilatar la contestación á los 
capítulos generales y particulares , quedando muchas veces por resolver 
los suplicados en unas Cortes hasta después de celebrar las siguientes ú 
otras más tarde 2 . Los Reyes de la casa de Austria adoptaron la política 
de suspender toda resolución miéntras los procuradores no concedían el 
servicio que se les demandaba ; y no es caso raro que , logrado este de- 
seo, descuidasen el otorgamiento de los capítulos suplicados. De aquí 
provino la contienda sobre si la concesión del servicio debía preceder á 
la respuesta que esperaban los procuradores ó al contrario , contienda 
que adquirió grandes proporciones en las Cortes de Santiago y la Co- 
ruña de 1520 , y no fué ajena á la exaltación de los pueblos que prece- 
dió á la guerra de las comunidades , según dirémos mas adelante. 

Nunca las leyes y ordenamientos hechos en Cortes fueron guardados 
y cumplidos con el necesario rigor , como lo prueba la circunstancia 
que casi todos los cuadernos se parecen en el contenido de las peticiones 
y respuestas. Aparte de algunas que guardan relación con los sucesos 
graves y extraordinarios que coinciden con la celebración de las Cortes, 
sino la provocan, las demás versan sobre un corto número de materias 
de justicia y gobierno casi siempre las mismas ó semejantes. 

La flojedad en la ejecución de las leyes subió de punto en los reina- 
dos de D. Juan II y D. Enrique IV, y llegó al extremo de que los procu- 
radores formaban el cuaderno de las peticiones y los Reyes daban las res- 
puestas por fórmula. Este culpable abandono dió origen á poner en duda 
si debían ó no debían ser habidas por leyes las hechas en las Cortes de 
Salamanca de 1465 , porque no se publicaron ni se usaron en todo el 
tiempo que medió hasta las de Ocaña de 1469. El mal echó tan hondas 
raíces , que dos veces , en iguales términos , suplicaron á Cárlos V los 
procuradores á las Cortes de Santiago y la Coruña de 1520 , que man- 
dase guardar los capítulos prometidos y jurados en las de Valladolid 
de 1518 3 . 

1 Pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 407. 

2 Cortes de Madrid de 1563, 1571 , 1573 etc. Actas de las Cortes de Castilla, tom. i, páginas 
53 y 81 ; tom. ni, pág. 347, y tom. iv, pág. 112. 

3 Pets. 13 y 61. Cortes de León y Castilla, tom. iv, págs. 324 y 334. 



72 HISTORIA DB LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



CAPITULO XI. 

CONCESION DEL SERVICIO. 

De todas las facultades de las Cortes ninguna puede compararse en 
importancia con el otorgamiento de pechos al Rey para conllevar las 
cargas del Estado. Ninguna es más antigua ni opuso más viva resisten- 
cia á los excesos de la monarquía absoluta durante la dominación de la 
casa de Austria. 

El origen de la concesión del servicio por las Cortes se pierde en las 
tinieblas de la edad media. Fué sin duda una de las libertades que si- 
guió de más cerca al llamamiento de los procuradores. Consta de un 
privilegio dado por D. Alfonso X en 1273 que las Cortes de Burgos de 
1269 le otorgaron seis servicios «que eran tanto como seis monedas, 
para cumplir fecho de la frontera» 

Pasó la costumbre á ser derecho escrito en las Cortes de Valladolid 
de 1307 , en las cuales prometió D. Fernando IV «no echar servicios nin 
pechos desaforados en la tierra», añadiendo; «pero si acaesciere que pe- 
chos oviere mester algunos , pedir gelos hé , et en otra manera no echaré 
pechos ningunos en la tierra» 2 . 

Confirmó D. Alfonso XI este ordenamiento en las de Madrid de 1329, 
obligándose á «non echar ni mandar pagar pecho desaforado ninguno 
especial nin general en toda la tierra» sin llamar primeramente á 
Cortes 3 . 

Resulta de los textos citados que los Reyes de Castilla no podian im- 
poner tributos á su voluntad , que debian pedirlos á sus vasallos , y que 
exigirlos sin su consentimiento era contra fuero. 

Cuando las Cortes de Madrid de 1391 ordenaron el regimiento del 
reino durante la minoridad de D. Enrique III, cuidaron de dictar condi- 
ciones que limitasen la autoridad de los tutores , á quienes hicieron pro- 
meter y jurar entre otras cosas, «que no echarian pecho ninguno más 
de lo que fuere otorgado por Cortes é por ayuntamiento del regno ; pero 
si fuere caso muy necesario de guerra, que lo pudiesen facer con el 
consejo é otorgamiento de los procuradores de las cibdades é villas que 

1 Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 85. 

2 Pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 187. 

3 Pet. 68. Cortes de León y Castilla , tom. i , pág. 428. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 73 

estovieren en el consejo; é esto que sea en monedas, é non pedidos, nin 
empréstidos en general nin especial» *. 

En las siguientes de Madrid de 1393, las primeras que celebró Don 
Enrique III entrado en su mayor edad , le concediéronlos procuradores 
un cuantioso servicio , «con tal que nos prometades é jurades luego (le 
dijeron) que non echaredes ni demandaredes mas mr. nin otra cosa al- 
guna de alcabalas, nin de monedas, nin de servicio, nin de emprésti- 
do..... por menesteres que digades que vos recrecen , á ménos de ser pri- 
meramente llamados é ayuntados los tres estados que deben venir á 
vuestras Cortes é ayuntamiento , segunt se debe facer é es de buena 
costumbre antigua» 2 . 

Los dos textos citados no son, sin embargo, tan decisivos como los 
anteriores. El primero no tiene más fuerza que una simple cautela con- 
tra los abusos de autoridad que podrían cometer los once señores , ricos 
hombres y caballeros, y los trece procuradores elegidos para gobernar 
el reino; y el segundo carece de la sanción del Rey, ó por lo ménos no 
consta que D. Enrique III hubiese prometido y jurado la condición del 
otorgamiento; pero si no son leyes que confirmen las hechas en Cortes 
por D. Fernando IV y D. Alfonso XI, son actos públicos y solemnes 
de los cuales se desprende que estaba viva y arraigada la tradición. 

Don Juan II interrumpid la buena costumbre antigua mandando co- 
ger en 1419 ocho monedas sin ser otorgadas por los procuradores de 
las ciudades y villas del reino; y aunque se disculpó con que habia 
peligro en la tardanza , pues se trataba de hacer átoda prisa una gruesa 
armada para socorrer al Rey de Francia contra el de Inglaterra, toda- 
vía dijeron al Rey en las de Valladolid de 1420, «que sentían muy 
gran agravio al presente, é muy grant escándalo é temor en sus cora- 
zones de lo que adelante se podría seguir por les ser quebrantada la 
costumbre é franqueza tan amenguada é tan común por todos los sen- 
nores del mundo , así de católicos como de otra condición , la cual toda 
su actoridad é estado sería amenguado é abajado , non quedando otro 
previllejo nin libertad de que los súbditos puedan gozar quebrantado 
el sobredicho.» 

Tan notorio era el agravio y tan justa y razonable la petición, que 
D. Juan II hubo de responder á los procuradores que, por caso alguno 
que acaeciere, «non mandaría coger los tales pechos sin ser primero 



1 Córtesele León y Castilla, tom. n, pág. 489. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. n , pág. 527. 



ID 



74 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



otorgados», y ademas prometió que cuando algunos menesteres vinie- 
sen , cuidaría de hacérselos saber ántes de echar ni derramar los pechos 
necesarios, guardando todo lo que los Reyes, sus antecesores, acostum- 
braron guardar en los tiempos pasados 

No fué muy escrupuloso D. Enrique IV en la observancia de esta ley 
del reino , pues si bien es verdad que no llegaron hasta nosotros las 
quejas de los procuradores, tenemos noticia de que entre los capítulos 
contenidos en la sentencia ó compromiso de Medina del Campo de 1485, 
hay uno en el cual deciden los árbitros que el Rey no eche , ni reparta, 
ni demande pedidos ni monedas sin otorgamiento délas Cortes, y que 
sus oficiales no sean osados de repartir más dineros de los que fueren 
otorgados por los procuradores , so pena de perder los oficios 2 . 

Isabel la Católica encargó en su testamento que se hiciese una infor- 
mación acerca del origen délas alcabalas, y se averiguase «si la impo- 
sición fué temporal ó perpétua , ó si ovo libre consentimiento de los 
pueblos para se poder poner y llevar y perpetuar como tributo justo é 
ordinario» , añadiendo que si hallaren que no se podian llevar ni per- 
petuar justamente , hiciesen luégo juntar Cortes para sustituirlas con 
otro tributo con beneplácito de los súbditos de los reinos 3 . 

Cárlos V , á petición de los procuradores á las de Valladolid de 1518, 
prometió y juró no poner ni consentir que persona alguna pusiese nue- 
vas imposiciones 4 . No obstante esta solemne promesa confirmada con 
el juramento, las comunidades de Castilla suplicaron en 1520 al Em- 
perador que les otorgase , entre otros capítulos, que no se pudiese echar 
servicio alguno en ningún tiempo , ni poner imposiciones ni tributos 
extraordinarios sin consentimiento de las Cortes 5 . En las de Valladolid 
de 1523 ratificó Cárlos V lo prometido y jurado en las de 1518, respon- 
diendo á los procuradores «que no entendía pedir servicio, salvo con 
justa causa y en Cortes, é guardando las leyes del reino» 6 . 

En las de Madrid de 1566 recordaron los procuradores á Felipe II las 
leyes antiguas , según las cuales no era lícito crear ni cobrar nuevas 
rentas , pechos, derechos, monedas ni otros tributos, particular ni ge- 
neralmente sin junta del reino en Cortes, y le suplicaron tuviese por 
bien aliviar á los pueblos de las nuevas rentas y derechos y del creci- 

1 Pet. 2. Cortes de León y Castilla, tom. III, págs. 25 y 29. 

2 Colee, de Cortes, ms. déla Academia de la Historia, tom. xv , fóls. 250 y 253. 

3 Dormer, Discursos varios de historia, pág. 382 y 383. 
1 Pet. 4. Cortes de León y Castilla, tom. IV , pág. 262. 

5 Sandoval, ffist. del Emperador Cárlos V, lib. VII, § I. 

6 Pet. 42. Cortes de León y Castilla, tom. IV, pág. 378. 



E1ST0BIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 75 

miento de los demás, guardando lo establecido por los Eeyes sus prede- 
cesores. Felipe II se disculpó con las necesidades de la guerra, y de- 
claró que en adelante se holgaría de tomar el consejo y parecer del 
reino, cuando se ofreciese la ocasión de servirse y ayudarse de él para 
proveer á las cosas precisas y forzosas que conciernen al sostenimiento 
del Estado Real *. 

Los procuradores á las Cortes de Madrid de 1576 renovaron la peti- 
ción con más viveza en vista de que la anterior fué sin fruto, y supli- 
caron que todas las nuevas rentas y arbitrios que se habían creado ó 
impuesto y se cobraban sin llamar á Cortes y sin el otorgamiento de 
los procuradores , cesasen , se quitasen y redujesen al estado que tenían 
antes de esto ; á cuya petición dió Felipe II una vaga respuesta 2 . In- 
sistieron los procuradores á las Cortes de Madrid de 1579, 1583, 1586 
y 1588; pero las nuevas imposiciones no se quitaron, los crecimientos 
subsistieron y los arbitrios continuaron, alegando siempre las mismas 
excusas 3 . 

Todavía en los reinados de Felipe III y de Felipe IV se respetó la 
costumbre de pedir el consentimiento de las Cortes para prorogar el ser- 
vicio de millones; pero Doña Mariana de Austria, Reina gobernadora 
durante la minoridad de su hijo Cárlos II , no se cuidó de llamarlas una 
sola vez, prefiriendo obtener la prorogacion de las mismas ciudades, 
cuyo voto solicitaba por medio de cartas so pretexto de ahorrarles el 
gasto de enviar procuradores; y como estaban los concejos debajo de la 
autoridad de los corregidores, el Gobierno les comunicaba instruc- 
ciones secretas á fin de reducir los cabildos á la obediencia y obligarlos 
á conceder el servicio que el Rey esperaba de sus fieles y leales vasa- 
llos. Así fué prorogado el de millones por la primera vez en 1667, y 
después en 1680, 1684 y 1686. 

Duró esta facultad de las Cortes cuatro siglos desde que pasó la cos- 
tumbre á ser derecho escrito en las de Valladolid de 1307; pero reco- 
nocida la existencia del principio , falta saber como se cumplió el pre- 
cepto legal. 

No siempre gozaron los procuradores de completa libertad para con- 
ceder ó no conceder el servicio que el Rey les demandaba. Las necesi- 

1 Pet. 3. Actas de las Cortes de Castilla, tova, n , pág. 414. 

2 Actas de las Córtesele Castilla, tom. v, pág. 18. 

3 Cortes de Madrid de 1579, pet. 4 y 1583, pet. 47. Actas de las Cortes de Castilla, tom. VI, 
pág. 81 1 , y tomo vil , pág. 823.— Cortes de Madrid de 1586 , pet. 2 y 1588 , pet. 8. Colee. , ms. de 
la Academia de la Historia, fóls. 207 y 386. 



7tí 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



dades de la guerra, el mantenimiento del estado y Casa Real, el pago 
de las lanzas, las mercedes á grandes y caballeros y otros gastos seme- 
jantes daban motivo á grandes debates entre los procuradores. 

Ordinariamente proponian los Reyes la suma que deseaban les fuese 
otorgada por las Cortes, reduciendo los cuentos de mrs. á cierto núme- 
ro de servicios y monedas ó un pedido y varias monedas. Enrique III, 
en las de Toledo de 1406 , cometió á los procuradores que «pusieran nom- 
bre á los hombres de armas, é ginetes, é peones que él debia llevar á 
la guerra (de Granada), porque según el número que ellos pusieren, él 
les demandara lo que le pareciera ser para ello necesario» *. Don Juan II, 
en las de Medina del Campo de 1418, mandó á los procuradores que se 
juntasen con los de su Consejo, y viesen lo que para socorro al Rey de 
Francia, su hermano y aliado, era menester 2 . Otras veces se mostra- 
ban los Reyes mas confiados, y se limitaban á pedir algo sin determinar 
cantidad, ó bien «declaraban sus menesteres por menudo » , y recomen- 
daban á los procuradores que o catasen la manera donde se compliesen 
lo mas sin dapno de los reinos» 3 . 

Rara vez dejaban de hallar la suma exorbitante atendida la pobreza 
de los pueblos, ó considerando los muchos tributos que pagaban, los 
recios temporales ó los estragos de la guerra. Entonces, protestando que 
tenian la mejor voluntad de servir al Rey como buenos y leales vasa- 
llos, discutian lo que montaba el gasto, y proponian diferentes arbitrios 
para hacer la carga mas llevadera. Unos suplicaban al Rey que manda- 
se pagar los mrs. que le debian sus recaudadores y tesoreros : otros que 
castigase con todo rigor á los que se atrevian á embargar sus rentas : 
ya que pusiese la mayor diligencia en cobrar las albaquías ó rezagos de 
cuentas y tributos, y ya en fin que se formase nueva relación de los 
fuegos ó humos y se redujese el número de los excusados de pechar á 
fin de fatigar menos á los pueblos con injustas exenciones agravadas 
con la desigualdad de los repartimientos. 

Usaron de esta libertad los procuradores exigiendo que se les diese ra- 
zón de lo que rendían todos los pechos, derechos y pedidos otorgados 
por las Cortes. A D. Juan I dijeron en las de Palencia de 1388 que no 
sabiendo como tan crecidas sumas se gastaban, «era muy grand ver- 
güenza prometer más», y le rogaron «que quisiese ver esto é poner regla 
en ello»; y el Rey, agradeciendo el consejo, mandó que cierto número 

1 Crón. del Rey D. Juan II, año 1406, cap. VIH. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1418, cap. VIII. 

3 Cortes de Madrid de 1393. Cortes de León y Castilla, toin. H, pág. 525. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 77 

de prelados, señores, caballeros y procuradores examinasen sus libros 
y le propusiesen la reformación de los gastos según entendiesen que 
cumplía á su servicio y al bien de sus reinos i . El mismo D. Juan I, ac- 
cediendo á lo que distintas veces le suplicaron, encomendó á una 
junta de grandes , caballeros y procuradores que viesen las nóminas 
de los vasallos que debian servirle en la guerra con alguna ó algunas 
lanzas, por cada una de las cuales pagaba 2.500 mrs. de sueldo 2 . 

Los procuradores á las Cortes de Madrid de 1393 suplicaron á Enri- 
que III que ordenase los gastos y restableciese la hacienda disipada por 
sus tutores, de suerte que «todo se tornase á debido estado é buena re- 
gla», para que no se destruyesen y despoblasen con el exceso délos tri- 
butos los lugares de sus reinos 3 . 

Pocas veces hubo tan porfiados debates entre los procuradores sobre 
la cuantía del servicio , como en las Cortes de Toledo de 1406. La suma 
que pedia Enrique III para salir á campaña contra el Rey de Granada, 
ascendia á 100 cuentos y 200.000 mrs. que los procuradores reduje- 
ron á 45 cuentos, con los cuales hubo el Rey de contentarse 4 . 

El mal gobierno de D. Juan II, sus inmoderadas mercedes, las discor- 
dias civiles y el sistema de corrupción empleado por D. Alvaro de Luna 
durante su larga privanza, todo conspiró á empobrecer al Rey y á hun- 
dir á los pecheros en tan extrema necesidad, que no era posible servir- 
se de sus haciendas. 

Las Cortes de Valladolid de 1447 pintan al desnudo el desorden que 
el Rey toleraba en la administración y cobranza de sus rentas y la mi- 
seria de los pueblos fatigados con la continua exacción de pedidos y 
monedas. En su afán de igualar «la data con la recepta», los procura- 
dores suplicaron á D. Juan II que pusiese coto á su prodigalidad y mi- 
rase por su hacienda, acortando tan grandes gastos, y principalmente 
excusase »las ayudas de costa, é vestuarios, é mantenimientos, é ayu- 
das de bodas, é salarios de pesquisidores é otras muchas cosas extraor- 
dinarias» que cada dia se libraban 3 „ 

Toda la grandeza de Carlos V no impuso silencio á los procuradores 
á las Cortes de Valladolid de 1523 que censuraron, aunque blandamen- 
te, el gasto excesivo de la Casa Real en oficios, raciones y plato, además 

1 Pet. 1. Cortes de León y Castilla, tom. n, pág. 408. 

2 Orden, de alardes Lecho en las Cortes de Guadalajara de 1390. Cortes de León y Castilla, 
tomo ii , pág. 460. 

3 Cortes de León y Castilla, tom. ri, pág. 526. 

* Crón. del Rey D. Juan II, año 1406, capa. XI y xii. 
5 Pet. 5. Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 506. 



78 



HISTORIA VE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



de las «inmensas pensiones» que daba. Comparaban el fausto y osten- 
tación de la corte del Emperador con la vida modesta y sencilla de los 
Reyes Católicos , y se dolian de que tan pronto se hubiesen olvidado las 
buenas costumbres de la Casa de Castilla K 

Solían los procuradores imponer condiciones al otorgar el servicio, lo 
cual era un modo de limitar la facultad que tenia el Rey de aplicar el 
rendimiento de los pedidos y monedas. Esta intervención de las Cortes 
iba acompañada de cautelas tales, que los Reyes pudieron con razón 
ofenderse de la poca confianza con que eran acogidas sus promesas mas 
solemnes. 

Don Juan I empeñó su palabra y fé real en las Cortes de Palencia 
de 1388 de no tomar cantidad alguna del servicio que le otorgaron 
para pagar su deuda al Duque de Alencastre, pues toda, según la vo- 
luntad de los procuradores , se debia invertir en aquel menester 2 . En 
las de Valladolid de 1411 juraron la Reina Doña Catalina y el Infante 
D. Fernando, tutores de D. Juan II, que los 48 cuentos que les habian 
concedido «no se despendiesen salvo en la guerra de los Moros» 3 . 

Los procuradores á las Cortes de Medina del Campo de 1418 acorda- 
ron servir á D. Juan II con doce monedas, obligándose el Rey y los de su 
Consejo conjuramento «á que este dinero no se gastase en ál, salvo en 
la armada para ayudar al Rey de Francia» 4 ; y en las de Palenzuela de 
1425 pusieron por condición que se depositasen en dos personas los 38 
cuentos de mrs. otorgados , que de ellos no se tomase cosa alguna sino 
para la guerra de los Moros ú. otra grande necesidad, y que el Rey y 
los de su Consejo así lo prometiesen y jurasen, como lo hicieron 5 . 

Si cerrásemos aquí este capítulo , diria el lector que seguramente los 
siglos xiv y xv son la edad de oro de las libertades de Castilla , pues 
siendo la concesión del servicio la primera y principal entre todas, se 
hallaba bien amparada y defendida con la eficaz intervención de las 
Cortes. Sin embargo, las apariencias distan mucho de la realidad; y si 
la historia ha de ser el espejo de los tiempos pasados, debe referir lo 
bueno y no ocultar lo malo de la vida humana, imitando á la pintura 
que traslada al lienzo la luz y las sombras. 

Si hay ejemplos de la varonil entereza de los procuradores llamados 

1 Pet. 4. Cortes de León y Castilla, tom. IV, pág 367. 

2 Pet. 3. Cortes de León y Castilla, tom. II, pág. 409. 

3 Crón. del Rey D. Juan II, afio 1411, cap. vi: Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 7. 

4 Crón. del Rey D. Juan II, año 1418, cap. vm. 

5 Crón. del Rey D. Juan II, año 1425, cap. x. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



79 



para otorgar los servicios, también los hay de indiscreción ó debilidad 
que no siempre admiten disculpa. Los Reyes solian excederse al man- 
dar á los procuradores que les concediesen el servicio, y los procurado- 
res cedían, «pues al fin era forzado de se hacer lo quel Rey mandase» *. 
Otras veces consintieron la exacción de tributos sin llamar á Cortes por 
evitar á las ciudades y villas la costa de enviar procuradores 2 . 

Rayó su mansedumbre en humildad, cuando á la demanda de un 
nuevo servicio, respondieron muy graciosamente á D. Juan II en Sala- 
manca el año 1430, «que todo se haría como su merced mandase, ofre- 
ciendo á las cibdades é villas que los habían enviado , é quanto en el 
mundo tenían», sin prorumpir en una queja contra la mala goberna- 
ción del Rey y el desorden de su hacienda 3 . Estaba el reino asolado á 
causa de la guerra con los Reyes de Aragón y Navarra y de la discor- 
dia civil que atizaban los Infantes D. Enrique y D. Pedro: gemían los 
pueblos oprimidos con la carga de los tributos y empréstitos forzosos: 
menudeaban las exacciones violentas, las injusticias y los cohechos, y 
con todo eso otorgaron aquellos procuradores 45 cuentos de mrs. sin 
que un grito de dolor ó una palabra de censura hubiesen salido de sus 
labios. 

No hacemos memoria de Rey alguno que haya puesto en duda el prin- 
cipio de la concesión del servicio por las Cortes; pero en cambio dis- 
currieron diferentes medios mas ó menos ingeniosos de eludir el pre- 
cepto legal. 

Estrechado Enrique II por la necesidad de pagar una suma muy cre- 
cida á Beltran Claquin que le ayudó á conquistar el trono , y no bas- 
tándole las rentas ordinarias de la corona ni los cuantiosos servicios 
otorgados por las Cortes, resolvió pedir al reino un empréstito general. 
Los procuradores á las de Burgos de 1373 le hicieron presente que con 
esto habia quebrantado los privilegios de los hijosdalgo, caballeros, es- 
cuderos , dueñas y doncellas que no tenían obligación de pechar ; á lo 
cual respondió el Rey «que el emprestado non es pecho, ca todo orne 
es tenudo de emprestar, é demás que gelo han de pagar, é por esto mas 
se quebrantan sus privillegios » i . 

También D. Juan I hubo de acudir á un empréstito para pagar la 
deuda contraída con el Duque de Alencastre; pero las Cortes de Pa- 

1 Crón. del Rey D. Juan II , año 1406, cap. xm. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1406, cap. xm. 

3 Crón. del Rey D. Juan II, año 1430, cap. xvi. 

1 Pet. 1. Cortes de León y Castilla, tota, n, pág. 257. 



80 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



lencia de 1388, considerando que era pecho, le impusieron la condición 
de guardar su franqueza á los caballeros, escuderos, dueñas, doncellas 
é hijosdalgo de solar conocido, «et que es notorio que son fijosdalgo» *. 

Las Cortes de Madrid de 1391 y 1393 igualaron el empréstito con el 
pecho para el efecto de requerir el consentimiento de los procurado- 
res 2 . Sin embargo, D. Juan II mandó tomar alguna plata de las iglesias 
y monasterios por via de préstamo «con intención de ge la tornar»; pero 
ni la volvió á los templos despojados de «las cosas dadas á Dios é depu- 
tadas para su servicio», ni se ablandó su corazón á «las muy grandes 
quejas é sentimientos por las premias» que hizo á los prelados remisos 
en acudir al socorro de sus necesidades. 

Con mas rigor todavía trató el Rey á las ciudades y villas á las que 
demandó empréstitos; facultad no disputada por los procuradores á las 
Cortes de Burgos de 1430, pues se limitaron á pedirle que enviase tales 
personas que tratasen benignamente á los pueblos y evitasen las pri- 
siones y los escándalos 3 . Tampoco reclamaron contra el abuso de exi- 
gir dinero á título de préstamo á los particulares, lo cual, en materia 
de tributos, es lo sumo de lo arbitrario 4 . 

Si mal parada quedó la prerogativa de las Cortes de otorgar los 
servicios con haber prevalecido la opinión que el empréstito forzoso no 
es pecho, peor librada salió de la tolerancia del mismo D. Juan II con sus 
contadores y oficiales, á quienes acusaron los procuradores en las Cor- 
tes de Valladolid de 1447 de haber repartido mayores cuantías que las 
otorgadas, lo cual (dijeron al Rey) «ellos non podían nin debían facer, 
nin es vuestro servicio» 5 . El agravio era notorio, y cabe sospechar que 
D. Juan II lo autorizaba ó consentía, pues consta del cuaderno de las 
Cortes siguientes de Valladolid de 1451 que mandaba añadir leyes y 
condiciones á lo consentido y acordado por los procuradores en per- 
juicio de los pueblos 6 . 

Las alcabalas otorgadas al Rey Alfonso XI por las de Burgos y León 
de 1342 «por tiempo cierto durante la guerra de los Moros», ¿no se per- 
petuaron sin la aprobación de las Cortes? ¿No dejó ordenado Isabel la 
Católica en su codicilo que sus sucesores juntasen luego Cortes para 
ver y determinar si la imposición fué temporal ó perpetua, si hubo li- 

1 Pet. 1. Cortes de León y Castilla, tom. n, pág. 408: Crón. del Rey D. Juan II, año x, cap. III. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. II, págs. 489 y 527. 

3 Pets. 8, 9 y 10. Cortes de León y Castilla, tova. II, pág. 83. 
i Pet 40. Ibid., pág. 97. 

5 Pet. 48. Cortes de León y Castilla, tom. ni, pág. 552. 

6 Pet. 4. Cortes de León y Castilla, tom. m, pág. 585. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 81 

bre consentimiento de los pueblos, y si se pudieron perpetuar como tri- 
buto justo y ordinario? Pues nada de esto se hizo, y los Reyes de España 
continuaron cobrando la renta de la alcabala sin el menor escrúpulo 
acerca de la legitimidad del titulo en virtud del cual la llevaban *. 

Carlos V prometió en las Cortes de Toledo de 1525 no demandar ser- 
vicio alguno salvo con justa causa y en Cortes, ó por mejor decir, con- 
firmó lo prometido en las de Valladolid de 1523 2 . En efecto, no tomó 
ningún servicio que no le fuese otorgado por los procuradores; pero 
aumentó con sus guerras por la gloria del Imperio las necesidades, 
empeñó las rentas de la corona , enajenó otras, impuso nuevos tributos, 
inventó los estancos, y, en fin, cedió «á D. Juan II de Portugal por la 
suma de 350.000 ducados las islas de la Especería ó las Molucas contra 
la ley hecha por D. Juan II en las Cortes de Valladolid de 1442, cuya 
fiel observancia habia jurado el Emperador en las de Valladolid de 
1518 , burlando las esperanzas y deseos de los procuradores á las de 
Madrid de 1528 3 . 

Felipe II siguió las pisadas del Emperador. Ni una sola vez durante 
su largo reinado dejó de cumplir la formalidad de obtener el consenti- 
miento de las Cortes para cobrar los servicios ordinario y extraordina- 
rio; mas tampoco dejó de crear arbitrios á su voluntad. Los procurado- 
res le recordaron en várias ocasiones que , según las leyes del reino, no 
se podian establecer nuevas rentas, pechos, monedas ni otros tributos, 
ni aumentar los antiguos particular ni generalmente sin la asistencia 
de las Cortes, y siempre se excusó con la necesidad. 

Felipe II, disimulado y artificioso , prefirió usar de medios indirectos, 
que sangran la vena de la riqueza pública con ménos dolor del contri- 
buyente. Ademas de repartir por razón del servicio mayor suma de la 
otorgada por los procuradores , estancó varios mantenimientos y mer- 
caderías, cargó nuevos derechos de almojarifazgo, aumentó los ya car- 
gados en la sal, las lanas, los naipes y labor de la moneda, estableció 
aduanas en los puertos en donde no las habia, vendió cartas de hidalguía 
á quien quiso comprarlas , creó oficios perpétuos con voto en los cabil- 
dos y ayuntamientos para sacar dinero , agravó las rentas antiguas , y 

1 Orón, del Rey D. Alfonso XI, caps, cclxiv y cclxv. 

2 Cortes de Valladolid de 1523, pets. 5, 27 y 42 , y Toledo de 1525,, pet. 9. Cortes de León y 
Castilla, tom. iv, pá?s. 378 y 408. 

3 Cortes de Valladolid de 1523, pets. 27 y 42; Valladolid de 1525, pets. 5 y 6 ; Madrid de 
1528 , pete. 23 y 60, y Segovia de 1532 , pets. 95 y 96. Cortes de León y Castilla tom. iv, págs. 373, 
378,406, 407,461, 476 y 569. 

íi 



82 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



en fin, oprimió á los pueblos con toda suerte de arbitrios y de imposi- 
ciones no acostumbradas 

Tal fué la política de los demás Reyes de la Casa de Austria, mien- 
tras no se desvaneció la sombra de las Cortes en el reinado de Cárlos II. 
Las últimas convocadas para conceder el servicio en la forma ordinaria 
se celebraron en Madrid el año 1660. Los tributos y gabelas que se in- 
ventaron ó aumentaron en el siglo xvn fuera de Cortes , no tienen nú- 
mero; y en esto vino á parar la libertad , escudo de todas las libertades 
de Castilla , que consistia en no deber á los Reyes pechos desaforados, 
es decir, no consentidos por el reino. 

Aunque se dijo y repitió que no se podían exigir pechos ni servicios 
que no fuesen otorgados por las Cortes , ó sea por los tres estados del 
reino, es lo cierto que solamente á los procuradores de las ciudades, 
villas y lugares en donde habitaban los pecheros, pertenecía hacer la 
concesión. Esto explica porque algunas veces se celebraron Cortes sólo 
con procuradores 2 . 

La nobleza no los otorgaba , porque no pechar era un privilegio de 
la hidalguía. Por una excepción á que obligaba la necesidad , concedie- 
ron las Cortes generales de Eribiesca de 1387 á D. Juan I un servicio 
extraordinario del cual nadie fué excusado ; y á pesar de haberlo con- 
sentido los ricos hombres, caballeros y escuderos allí presentes, fueron 
tantas las quejas de los hijosdalgo, que «ovo el Rey de catar otra ma- 
nera de cobrar la quantia que avia á pagar al Duque de Alencastre» 3 . 

Tampoco el clero intervenía en el otorgamiento de los servicios, 
salvo cuando el pecho era general, pues la Iglesia gozaba de inmuni- 
dad en razón de sus bienes en virtud de antiguos ordenamientos he- 
chos en Cortes , de las leyes de las Partidas y de la que dió D. Juan I 
en Guadalajara el año 1390 , que empieza : «Esentos deben ser los sacer- 
dotes é ministros de la Iglesia entre toda la otra gente , de todo tributo 
segund derecho» *. 

Los prelados que concurrieron á las Cortes de Toledo de 1406 , dije- 

1 Cortes de Madrid de 1566 , pet. 3 ; Madrid de 1571 , pets. 3 y 81 ; Madrid de 1576 , pets. 1 y 
5, y Madrid de 1579, pets. 4 , 5 y 6. Actas de las Cortes de Castilla, tom. n, pág. 414 ; tom. III, 
págs. 356 y 414 ; tom. v, págs. 17 y 23 , y tom. vi, págs. 811, 812 y 813. 

2 Las de Medina del Campo de 1370 y 1431, las de Burgos de 1515, Valladolid de 1523 
y otras. 

3 Pet. 2. Cortes de León y Castilla, tom. n, pág. 402. Crón. del Rey D. Juan TI, cap. x, ca- 
pítulos i y ni. 

i Orden, de prelados hecho en las Cortes de Valladolid de 1295; Cortes de Palencia do 1388, 
pet. 14; Orden, de prelados hecho en las de Guadalajara de 1390; ley 55, tít. VI, part. i, etc. 
Cortes de León y Castilla, tom. i,pág. 134 y tom. n, págs. 418 y 451. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 83 

ron que no estaban obligados á contribuir para la guerra contra los 
Moros; á lo cual replicaron los procuradores que, pues la guerra se ha- 
cía á los infieles, no solamente debían contribuir, mas poner las ma- 
nos en ello, «é así se hallará, si leer querrán las historias antiguas, 
que los buenos perlados, no solamente sirvieron á los reyes en las guer- 
ras que contra los moros hacían, mas pusieron ende las manos, é hi- 
cieron la guerra como esforzados y leales caballeros» No declárala 
Crónica si los prelados se dejaron convencer de su error ; pero sí consta 
que otorgaron al Rey 45 cuentos los procuradores. 

El exámen de los cuadernos de las Cortes celebradas en toda la edad 
media no arroja ninguna luz acerca de la cantidad y duración del ser- 
vicio como práctica generalmente recibida y observada por el tiempo 
necesario para adquirir la fuerza de una costumbre digna de respeto. 
Los procuradores á las dePalencia de 1388 concedieron á D. Juan I la 
alcabala de un dinero por mr. con destino á la guerra de Portugal du- 
rante dos años ; y en las de Madrid de 1391 otorgaron á D. Enrique III 
la alcabala de tres meajas de cada mr. , y además cinco monedas por 
aquel año 2 . En resolución las Cortes socorrían al Rey cuando no bas- 
taban las rentas ordinarias para los gastos extraordinarios que sobreve- 
nían, como bulas de dispensación, pago de deudas crecidas, dote de 
las infantas , aprestos de guerra y otros semejantes , y la suma era pro- 
porcionada á las necesidades y obligaciones del monarca y á la posibi- 
lidad del estado general. 

Las Cortes de Burgos de 1512 otorgaron al Rey Católico 150 cuen- 
tos de mrs. , lo mismo que las siguientes de 1515. Igual servicio con- 
cedieron á Cárlos V las de Valladolid de 1518 con la condición de re- 
partirlo en tres años. Las de Santiago y la Coruña de 1520 lo proroga- 
ron por otros tres , y esta es la razón porque el Emperador , y después 
de sus dias Felipe II, cuidaron de convocar las Cortes cada trienio. 

Dice Cabrera de Córdoba que «los procuradores de Cortes (1599) han 
concedido á S. M. el servicio ordinario , que son 150 cuentos y otros 150 
cuentos para los chapines de la Reina»; y en otra parte : «Dentro de 
dos dias después (1602) le concedieron el servicio ordinario , que son 
150 cuentos que se pagan de tres en tres años dejando para después 
el concederle el extraordinario, que es la mitad» 3 . 

Todo induce á suponer que el autor de las Relaciones escribió como 

1 Crón. del Rey D. Juan II, año 1406, cap. xi. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. II, págs. 410 y 511. 

3 Relaciones de las cosas sucedidas en la córte de España desde 1599 hasta 1614, págs. 5 y 132. 



84 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

testigo de vista bien informado , y todo persuade que la suma de 150 
cuentos de mrs., fijada por las Cortes de Burgos en 1512 no tuvo au- 
mento ni disminución , por lo ménos hasta el año 1602, convertida en 
servicio ordinario. 

Y sin embargo es forzoso rendirse á la evidencia. Las de Madrid de 
de 1563 otorgaron á Felipe II un servicio ordinario de 304 cuentos y 
150 de servicio extraordinario , y todas las siguientes hasta las de 1586 
á 1588 inclusive , concedieron el uno y el otro en la forma acostum- 
brada *. 

Descontados cuatro cuentos de que el Rey hacia merced al reino para 
gastos de Cortes y salarios de los procuradores, resulta que la suma del 
servicio ordinario se elevó al doble en el siglo xvi, y se añadió el ex- 
traordinario, que importaba justamente la mitad; por manera que en 
vez de pagar los pueblos 50 cuentos, pagaban 150 cada año. 

Muy reñida contienda se promovió en las Cortes de Santiago y la 
Coruña de 1520 sobre si debia otorgarse el servicio ántesó después que 
el Emperador respondiese á los capítulos generales y particulares de las 
ciudades. 

Decían los procuradores que otorgado el servicio se alzarian las Cor- 
tes , y quedarían, como otras veces, muchas cosas importantes y áun 
necesarias al Gobierno y la justicia por proveer y despachar, y se de- 
fendían con las instrucciones que limitaban sus poderes. Cárlos V ale- 
gaba lo que siempre se había hecho con los Reyes sus antepasados, la 
preeminencia Real , la seguridad de que daría cumplida respuesta á los 
capítulos y memoriales de las ciudades, y en fin, se oponía resuelta- 
mente á toda novedad contraria á la costumbre de Cortes. 

Prevaleció la voluntad del Emperador; y aunque se renovó la cues- 
tión en las de Yalladolid de 1523 y Toledo de 1525, pasó primero el 
servicio, y quedó para después responder á las peticiones de los procu- 
radores 2 . El resultado fué que los procuradores , cansados de esperar, 
«se iban con respuestas generales sin llevar conclusión de lo necesa- 
rio» 3 . Lo mismo hizo Felipe II. En vano acordaban las Cortes los capí- 
tulos generales y particulares ; en vano instaban los procuradores para 
que el Rey se dignase verlos y tomar alguna resolución en negocios 
de tanto ínteres para el bien universal de sus reinos. Otorgado el servi- 

1 Actüs de las Cortes de Castilla, tom. i , págs. 74 y 107, tom. n, págs. 96 y 217, etc. 

2 Cortes de León y Castilla, tom. iv, págs. 300 y 357. 

3 Cortes de Toledo de 1525 , pet. 6. Cortes de León y Castilla, tom. IV , pág. 407. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 85 

ció, no importaba la tardanza, y acontecía juntarse nuevas Cortes sin 
haber el Rey respondido á los presentados en las anteriores. 

Sin duda fué costumbre antigua conceder el servicio ántes de res- 
ponder á las peticiones de los procuradores. Nada turbó" esta confianza 
de las Cortes en el Rey y del Rey en las Cortes hasta las de Valladolid 
de 1447, en las cuales dijeron los procuradores á D. Juan II «que le 
pluguiese non demandar ningunas cuantías de mrs. con que le sir- 
viesen fasta tanto que primeramente á vuestra alteza por nosotros 

fuesen esplicadas é relatadas , é por ella vistas é puestas en ejecución 
algunas cosas que por solo acatamiento de su servicio é bien é pro co- 
mún de sus reinos le entendemos pedir é suplicar». 

Este único precedente no bastaba para dirimir en favor de los pro- 
curadores su viva controversia con Cárlos V. Toda la razón estaba de 
parte del Emperador, cuando sostenía que el otorgamiento del servicio 
debía preceder al despacho de los capítulos generales y particulares de 
las ciudades, fundado en el ejemplo de los Reyes sus predecesores, y 
en la costumbre establecida, según el modo de proceder en las Cortes 
pasadas. El temor de los procuradores era justo , como luégo lo acreditó 
una triste experiencia ; pero había sonado la hora de las grandes mo- 
narquías y del poderío real absoluto de los monarcas. 

Las Cortes, concedido el servicio ordinario y extraordinario, supli- 
caban humildemente al Rey que les hiciese la merced de responder á 
sus peticiones. Don Cárlos y Doña Juana, en las Cortes de Toledo de 
1525, otorgaron á suplicación de los procuradores que, ántes de aca- 
barse las pendientes , mandasen responder á todos los capítulos genera- 
les y particulares que por el reino les fueren dados l . Este ordenamiento 
dió origen á la ley, en la cual dijeron «somos tenudos de oir benigna- 
mente á los procuradores y recebir sus peticiones, así generales como 

especiales , y les responder á ellas y las cumplir de justicia antes 

que las Cortes se acaben» 2 . 

Mas tarde insistir los procuradores en que el Rey respondiese á los 
capítulos y memoriales de las ciudades, pareció importunidad. En las 
de Madrid de 1579, suplicaron que , pues daban sus capítulos habiendo 
precedido trato y comunicación particular sobre cada uno de ellos y 
gastado mucho tiempo y trabajo en su conferencia y ordenación, y en 
limarlos y reducirlos solamente á lo necesario, fuese Su Majestad ser- 

1 Pet. 6. Cortes de Leony Castilla, tom. iv , pág. 407. 
1 Ley 8, tít. ra, lib. vi. Kecop. 



86 HISTORIA DE LA8 CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

vido de mandar que á los presentados y á los que en adelante se presen- 
taren , se respondiese ántes que las Cortes se disolviesen , porque de or- 
dinario se dejaban de proveer casi todos, y venía á no ser de efecto la 
ocupación y trabajo que el reino tomaba , y á quedar sin remedio mu- 
chas cosas que lo habían menester. A tan justa petición dió Felipe II la 
vaga respuesta que procurarla satisfacer los deseos del reino en todo lo 
que hubiere lugar *. 

Cobraron los procuradores el servicio , primero por costumbre auto- 
rizada por el Rey Católico en las Cortes de Burgos de 1512 y 1515, con- 
firmada por Carlos V en las de Valladolid de 1518 , Toledo de 1525 y 
Segovia de 1532, y al fin incorporada como ley del reino en la Re- 
copilación 2 . Cada procurador tomaba á su cargo la receptoría de las ciu- 
dades, villas y lugares comprendidos en las provincias ó partidos en 
cuyo nombre habia otorgado el servicio. La ley recopilada disponía que 
las receptorías del servicio se diesen á los procuradores de Cortes « en 
que el servicio se ficiera y no á otra persona alguna » 3 . 

No se cumplió la ley con fidelidad escrupulosa, pues en las de Ma- 
drid de 1566 se registra una petición para que se den enteramente á 
los procuradores las receptorías del servicio por quien hablan, á lo cual 
respondió Felipe II que «cerca de algunas receptorías que tienen otras 
personas ó están en otra forma proveídas», mandaría que se viese luégo 
para determinar lo que fuere justo i . Estéril promesa, porque Felipe II, 
que enajenaba todos los oficios públicos que podia para allegar dinero, 
habia ya vendido á la sazón veintiuna receptorías que, en rigor, eran 
propiedad del reino 5 . Renovada la petición para que se cumpliese la ley 
ya recopilada en las Cortes de Valladolid de 1602 , ni fueron restituidas 
al reino las de Toledo, Salamanca, Zamora y otras ciudades que ha- 
bian sido desmembradas , ni se dió satisfacción á la queja de los pro- 
curadores 6 . 

Dar las receptorías á los procuradores en cambio déla ventaja de evi- 
tar los agravios que hacían á los pueblos otras personas cualesquiera 

1 Pet. 1. Actas de las Cortes de Castilla, tom. vi, pag. 809. 

2 Cortes de Burgos de 1512, pet. 28; Burgos de 1515, pet. 33; Valladolid de 1518, pet. 87; 
Toledo de 1525, pet. 26 y Segovia de 1532, pet. 113. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pági- 
nas 244, 258, 284, 418 y 576. 

3 L. 9, tít. vil, lib. vi , Recop. 

* Pet. 54. Actas de las Cortes de Castilla, tom. II , pág 456. 

5 Cortes de Madrid de 1563, pet. 30. Actas de las Cortes de Castilla, tom. i, pág. 320, y 
tom. ii , pág. 259. 

6 Pet. 49. Colee, ms. de la Aco.d. de la Historia, part. m , tom. xxvi , fól. 114. L. 9 , tít. vil, 
lib. vi, Recop. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 87 

encargadas de cobrar el servicio, según dijeron en las Cortes de Toledo 
de 1525, ofrecía varios inconvenientes que no deben pasar inadvertidos. 

Los procuradores no decian toda la verdad. Callaban que, al obte- 
ner las deseadas receptorías, recibían una merced codiciada de otros, 
pues se compraban. Con esto dependían de los contadores mayores, es 
decir, del Rey, en los negocios relativos á la cobranza del servicio, 
tales como esperas de pago , cuentas y finiquitos. Despacharlos pronto 
ó despacio , bien ó mal , apremiarlos ó despedirlos eran medios de coar- 
tar su libertad en la concesión del servicio. Harto pesaba sobre su con- 
ciencia la autoridad de monarcas tan poderosos como Carlos V y Feli- 
pe II, sin que las receptorías los obligasen á mostrarse cada vez más 
sumisos y complacientes. 

CAPITULO XII. 

PRIVILEGIOS DE LA PROCURACION Y MERCEDES Á LOS PROCURADORES. 

No ha sido justa la posteridad con D. Fernando IV á quien todavía el 
vulgo apellida el Emplazado. Este Rey, digno de mejor fama, fué 
amigo verdadero de las Cortes. Los concejos le sostuvieron en el trono, 
y sea virtud, ó sea política, les pagó el servicio favoreciendo la causa 
del estado llano. 

A D. Fernando IY pertenece la gloria de haber dado el primer orde- 
namiento para que no se impusiesen pechos desaforados , es decir , no 
consentidos por los hombres buenos ; y él fué también autor de otro 
ordenamiento hecho en las Cortes de Medina del Campo de 1302, en el 
cual otorgó que los «ornes buenos vengan seguros á las Cortes, é que 
les den posadas en las villas» i ; y todavía dispensó un grado más alto 
de protección á los personeros de los concejos en las de Medina del 
Campo de 1305, al mandar que, cuando fuesen á él, gozasen de com- 
pleta seguridad en sus personas y en lo que llevaren, así en la venida 
como en la morada y en la ida desde que saliesen de sus casas hasta su 
vuelta á ellas; é «tenemos por bien (añadió) que qualquier ó qualesquier 
que contra esto pasaren matando, ó firiendo ó en otra manera cual- 
quier, que muera por ello» 2 . 

1 Pet. 7. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 163. 

2 Pet. 2. Cortes de León y Castilla , tom. i , pág. 2. 



88 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



Este privilegio de los procuradores que hoy parecerá extraño, porque 
la seguridad de las personas y de los bienes es la ley común, debió es- 
timarse en mucho en aquel tiempo de rudas costumbres y de discordia 
civil, cuando los viajantes corrían grandes peligros en los caminos y 
despoblados infestados de malhechores á quienes no alcanzaba el rigor 
de la justicia. La prueba más clara de su valor es que la hermandad de 
Carrion lo incluyó en su cuaderno aprobado en las Cortes celebradas en 
dicha villa el año 1317 *, 

Todavía fué más generoso el Rey D. Pedro, que en las de Valladolid 
de 1351, no solamente confirmó, pero también amplió las garantías 
otorgadas á los procuradores, prohibiendo que «sean demandados nin 
presos fasta que sean tornados á sus tierras , salvo por los mis derechos 
(dijo) ó por maleficios ó contractos, si algunos aquí fecieren en la mi 
corte»; y en otra parte : « salvo por las mis rentas é pechos é derechos, ó 
por maleficios ó contractos, si aqui en la mi corte algunos ficieron des- 
que aquí vinieron , ó si fué dada sentencia contra alguno en pleito cri- 
minal» 2 . 

Nada más justo que ofrecer completa seguridad á los procuradores 
para que pudiesen ejercer libremente su mandato. La ley los defendía 
de sus enemigos y áun de sus legítimos acreedores hasta que, cumplido 
su deber, vclvian á sus casas. La inmunidad de los procuradores, tal 
como era , denota que en el siglo xiv florecían las libertades públicas, 
sin que á los Eeyes se les hubiese aun ocurrido el mal pensamiento de 
levantar la monarquía á mayor altura con menosprecio de las antiguas 
instituciones. 

Eenovada en las Cortes de Tordesillas de 1401 la petición para que 
los procuradores fuesen y tornasen salvos y seguros , y nadie se atre- 
viese á prenderlos ni embargar sus bienes por deudas de los concejos 
cuyos poderes tenían, respondió D. Enrique III que «non sean prenda- 
dos por debda del concejo; mas si la debda fuese suya propia, que lo 
pague, ó envíen procurador que no deba debda alguna» 3 . 

Parece que el ordenamiento hecho en las Cortes de [Valladolid 
de 1351 habia caído en desuso, pues se renueva la petición. Don Enri- 
que III, naturalmente inclinado á la severidad, pudo abrigar la inten- 
ción de cercenar el privilegio de los procuradores , posponiendo su 

1 Pet. 56. Cortes de León y Castilla, tom. i, pág. 322. 

2 Cuaderno i, pet. 34, y cuad. it, pet. 26. Cortes de León y Castilla, tom. K, págs. 20 y 62. 

3 Pet. 8. Cortes de León y Castilla, tom. H, pág. 541. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



89 



inmunidad al amor de la justicia igual para todos, según las palabras 
«si la debda fuese suya propia»; pero sea como quiera, la ley de Va- 
lladolid halló cabida en la Recopilación * s 

Pasaron dos siglos sin que se volviese á tratar en las Cortes de la in- 
munidad de los procuradores, hasta que en las de Yalladolid de 1602 
y Madrid de 1607 se reprodujo con alguna variedad la ya olvidada 
petición. 

En aquellas suplicaron los procuradores á Felipe III que la ley que 
prohibía fuesen reconvenidos en juicio durante las Cortes y miéntras 
el Rey no las disolviese, se extendiese á cualquier lugar en donde se 
hallasen, en tanto que no cesasen en el ejercicio de la procuración; y 
en éstas dijeron que no pudiesen ser convenidos en via ordinaria, ni en 
sus tierras ni en otra parte, salvo el caso de perderse la acción por 
tiempo , en el cual se permitiese contestar á la demanda, mas no pro- 
seguir el pleito 2 . 

Daban por razón que estando en la corte no podian acudir fuera de 
ella á seguir los que les moviesen durante la procuración ; pero el Rey 
no la estimó bastante poderosa para hacer novedad. 

La ley de Valladolid tenía por objeto ofrecer á los procuradores ga- 
rantías de independencia en el uso de su mandato , dándoles la segu- 
ridad de no ser molestados en su persona y hacienda por causa de 
contrato ó delito miéntras no volviesen á sus hogares, y perdido su ca- 
rácter público no entrasen de nuevo en la vida privada. Habia en la ley 
algo parecido á la inviolabilidad de nuestros diputados á Cortes, por lo 
ménos en cuanto al principio en que se fundaba. Las peticiones dadas 
á Felipe III significaban una excepción del derecho común en favor de 
los procuradores limitada á lo civil, quedando expedita la acción de la 
íusticia en cuanto á lo criminal ; y esto basta para probar que ningún 
pensamiento de restauración política turbó la serenidad de aquellas 
Cortes. 

Mandó D. Juan I «dar posadas convenibles e barrio apartado» á to- 
dos los procuradores que fueren llamados á celebrar Cortes. Este orde- 
namiento hecho en las de Burgos de 1379 extendió á los procuradores 
la merced del hospedaje de que participaban los del Consejo y otras 
personas del séquito ó comitiva del Rey , cuando la corte mudaba de 



l L. 10, tít. vil, lib. vi. Recop. 

5 Cortes de Valladolid de 1502, pet. 50, y Madrid de 1607, pet. 55. Colee, ms. de la Acade- 
mia de la Historia, part. ra, tom. xxvi, fóls. 114 y 149. 

12 



90 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

asiento. En el Libro de las Partidas se consigna la obligación que los 
pueblos tenían de dar posadas al Rey y á los de su compaña '« 

Al ordenamiento de Burgos aluden los árbitros para componer las 
diferencias entre D. Enrique IV y los alterados, en el compromiso de 
Medina del Campo de 1465; bien que hayan cometido el error de atri- 
buir al Rey D. Enrique el Viejo una ley dada después de su muerte 
Como quiera, reclamaron su observancia, lo cual prueba que no se 
cumplía. 

Debió continuar el desuso , á juzgar por la petición hecha á Cárlos V 
en las Cortes de Toledo de 1525 para que fuesen bien aposentadas las 
personas de los procuradores, sus criados y cabalgaduras , á lo cual res- 
pondió el Emperador que -serán bien tratados y aposentados», cuya 
benigna respuesta se halla entre las leyes recopiladas y publicadas por 
la primera vez en 1567 de drden de Felipe II 3 . 

También esta nueva ley fué letra muerta ó poco ménos, pues los 
procuradores á las Cortes generales celebradas en Valladolid el año de 
1602, se quejaron á Felipe III de la mucha costa que se les seguía de 
no tener casa en que vivir. Por la carestía de los tiempos había subido 
con exceso el precio de las casas de la corte; y aunque solían dar á los 
procuradores 150 ó 200 ducados para aposento, montaba el alquiler 
más de otro tanto. El Rey se disculpó con el tiempo y las ocasiones, y 
ofreció «tener cuenta de hacer con los procuradores lo que fuere razón» A . 
Como nada se hizo, la ley de Toledo dió escaso fruto , y los procurado- 
res se vieron obligados á pagar, sino el todo, la mayor parte del al- 
quiler de sus casas, si querían estar alojados conforme á su calidad y 
familia. 

Además de los privilegios inherentes á la procuración , recibían los 
procuradores cuantiosas mercedes generales y especiales de la mano de 
los Reyes , agradecidos á la buena voluntad con que les otorgaban el 
servicio. 

En las Cortes de Valladolid de 1506 suplicaron á D. Felipe y Doña 
Juana que los oficios públicos de las ciudades y las villas, vacantes por 
muerte de los procuradores que los tenían , se diesen á alguno de sus 

1 Pet. 5. Cortes deLeon y Casiilla, tova, II, pág. 287. L. 15, tít. ix, part. II. 

2 Murió D. Enrique II el 29 de Mayo de 1379, y el ordenamiento acerca de las posadas á 
los procui adores se halla en el cuaderno de las Cortes de Burgos celebradas reinando D. Juan I, 
cuya data es del 10 de Agosto siguiente. No reparó en este anacronismo Martínez Marina en su 
Teoría de las Cortes, part. i, cap. xxv. 

3 Pet. 48. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 425. L. 3, tít. vn, lib. vi. Recop. 

4 Pet. 48. Colee, ms. de la Acad. de la Historia, part. III, tom. xxvi, fól. 113. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



91 



hijos ó nietos, y no los habiendo, al heredero ; petición despachada favo- 
rablemente por aquella sola vez, y no por via de regla general 

Alentados con esta merced, se atrevieron á rogar á Cárlos V en las 
de Valladolid de 1518 que les concediese licencia y facultad para re- 
nunciar los que tenian de por vida en quien quisiesen y por bien tuvie- 
sen, con dispensa de la ley de Toledo que declaraba nula toda renuncia 
de oficio concejil en el artículo de la muerte, ó dentro de los veinte dias 
anteriores á la defunción 2 . 

La petición traspasaba los límites de la modestia, y sin embargo halló 
gracia ante Cárlos V , porque era costumbre hacer mercedes extraordi- 
narias á los procuradores cuando se juntaban las Cortes para recibir el 
juramento del nuevo Rey, ó prestarlo al inmediato sucesor 3 . 

No hubo semejante motivo en las de Santiago y la Coruña de 1520, 
en las cuales se repitió la merced; y aunque el Emperador dio por pre- 
texto de su generosidad el trabajo de los procuradores en andar tan lar- 
go camino, bien se trasluce la intención de premiar el celo de los que 
le otorgaron el disputado y aborrecido servicio á riesgo de sus vidas 4 . 

Lograron asimismo los procuradores que las mercedes que los Reyes 
les hiciesen fuesen irrevocables; y todavía suplicaron á Cárlos Vque no 
se pudiesen revocar las hechas en Cortes por los Reyes Católicos y el 
Rey D. Felipe. En efecto, Cárlos V prometió respetar las gracias y fa- 
cultades concedidas por los Reyes Católicos á los procuradores de Cor- 
tes, para que pudiesen renunciar sus oficios cuando fueron jurados por 
Príncipes D. Felipe y Doña Juana, y las que éstos dispensaron cuando 
fueron recibidos por Reyes. También prometió guardar inviolablemen- 
te las que hiciere á los procuradores que le juraron por Rey en las Cor- 
tes de Valladolid de 1518, sin obligarse á más 5 . 

Era otra merced general librar á los procuradores de las ciudades, 
villas y lugares presentes en las Córtes el cuaderno de las peticiones y 
respuestas quitos de Cnancillería , es decir, libres délos derechos de 
sello que al canciller y otros oficiales se pagaban. Empezaron á gozar 
de esta franqueza en las de Madrid de 1339, y desde entónces, si no 
siempre, casi siempre les fué reconocida. 

1 Pet. 32. Cortes dé León y Castilla , tom. iv, pág. 233. 

2 Cortes de Toledo de 1430, orden. 62. Cortes de León y Castilla , tom. iv, pág. 139. 

3 Pet. 72. Cortes de León y Castilla, tom. IV, pág. 280. 
1 Pet. 43. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 330. 

5 Cortes de Burgos de 1515, pet. 24 ; Valladolid de 1518, pet. 47, y Santiago y la Coruña de 
1520, pet. 40. Cortes de León y Castilla, tom. IV, págs. 256, 273 y 329. 



92 HISTORIA. DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

En las de Burgos de 1512 solicitaron la exención de los derechos que 
los contadores mayores les llevaban cuando daban las cuentas de sus 
receptorías; pero el Rey Católico mandó guardar la costumbre « que se 
ha tenido quando ovo semejante servicio Mejor acogida la petición por 
Cárlos V en las Cortes de Valladolid de 1518, fueron dispensados de pa- 
gar derechos en razón de los finiquitos 2 . 

En pos de las mercedes generales limitadas por la severidad de los 
Reyes Católicos, vinieron las especiales, al principio pocas, y luégo 
tantas, que hubieron de parecer escandalosas. Todavía resistió Cárlos V 
á la importunidad de los procuradores, que le suplicaron en las mismas 
Cortes de Valladolid de 1518 hiciese merced á algunos de ellos de reci- 
birlos en su Real Casa en el estado de gentiles hombres 3 ; pero depuso 
todo escrúpulo en las de Santiago y la Coruña de 1520 al instar á los 
procuradores por que le otorgasen aquel servicio con liberalidad y pres- 
teza, ofreciendo «tener memoria de ello perpetuamente, para lo reconos- 
cer siempre en general y particular»; y la tuvo, pues ántes de su parti- 
da distribuyó entre los grandes y los procuradores cédulas de merced 
por valor de muchos ducados. Esta intempestiva liberalidad pareció cor- 
rupción á los comuneros, que pidieron al Emperador les otorgase con 
otros capítulos de reforma « que los procuradores no puedan haber re- 
ceptoría por sí ni por interpósita persona, por ninguna causa ni color 
que sea, ni recibir merced de los Reyes, de cualquier calidad que sea, 
para sí ni para sus mujeres, hijos ni parientes, so pena de muerte y per- 
dimiento de bienes porque estando libres de codicia y sin esperanza 

de recibir merced alguna, entenderán mejor lo que fuere servicio de 
Dios y de su Rey y bien público, y en lo que por sus ciudades y villas 
les fuere cometido » i . 

No eran infundados los temores de los comuneros, sino justos recelos 
de que el abuso de las mercedes á los procuradores anulase el poder de 
las Cortes, y reducidas á la obediencia de los Reyes pereciesen las liber- 
tades de Castilla. Así fué, y la prueba más clara del peligro que cor- 
rían es que las mercedes crecieron en proporción que las Cortes avanza- 
ron en el camino de la decadencia. 

Fenecidas en 1575 las Cortes que empezaron en Madrid el año 1573, 
Felipe II repartió entre veinte y seis procuradores 1.080,000 mrs. en 

1 Pet. 28. Cortes de León y Castilla , tom. IV, pág. 244. 

2 Pet. 79. Cortes de León y Castilla, tora, iv, pág. 283. 

3 Pet. 77. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 282. 
* Sandoval, Hist. del Emperador Carlos V, lib. vil, § I. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 93 

mercedes de por vida, y además dos hábitos de Santiago en premio de 
su lealtad y servicios. A unos cupieron 70.000 mrs. de renta, librados 
cada año en las del Reino; á otros 50, 40 ó 30, y el que ménos sacó 
de la procuración 20.000 *. 

Seamos indulgentes con nuestros antepasados, si queremos que el 
juicio de la posteridad no sea demasiado severo con nosotros. Habia 
procuradores tan escasos de bienes de fortuna, que solicitaban empleos 
en la Casa Real, y cuando no, licencia para vivir con señores , pues les 
estaba prohibido. Las Cortes duraban dos, tres ó más años, los salarios de 
la procuración eran pequeños é inciertos, y todo modesto patrimonio, 
al cabo de tan largo tiempo se gastaba y consumía. 

Por otra parte, conceder al Rey lo que pedia, era servirle como fiel 
vasallo, y el Rey, concluidas las Cortes, hallaba justo premiar al pro- 
curador solícito por su servicio. 

CAPITULO XIII. 

DECLINACION DE LAS CORTES 

Muchas y muy diferentes causas contribuyeron á la decadencia y 
completa ruina de las antiguas Cortes de León y Castilla. Entre estas 
causas hay unas que pertenecen á la historia general de España, y otras 
á la particular de nuestro derecho público. Las primeras se adivinan 
por su relación con las segundas. 

A tiempo que subieron al trono los Reyes Católicos, todo conspiraba 
á levantar una grande monarquía. La nobleza castellana, tan altiva y 
orgullosa durante la edad media, rudamente castigada por Alfonso XI 
y el Rey D. Pedro, herida de muerte por Enrique II y Juan II, atentos 
á fortalecer la justicia, reprimida con mano dura por Enrique III, inso- 
lente y revoltosa en los reinados de Juan II y Enrique IV, estaba que- 
brantada como poder del Estado, desde que el régimen feudal le negó 
las fuerzas necesarias para defender su predominio. 

Poco á poco la fué reemplazando en las altas esferas del gobierno la 
milicia togada, compuesta de letrados que penetraron en el Consejo de 
los Reyes, en las Audiencias y Cnancillerías ; hombres modestos y sen- 
cillos , versados en el Derecho Romano y en el Canónico, intérpretes de 



1 Actas de las Cortes de Castilla, tova, iv, pág. 564. 



HISTORIA DE LAB CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



la ley, é inclinados por la índole de sus estudios á robustecer el princi- 
pio de autoridad, porque las Pandectas y las Decretales eran los libros 
que más habían contribuido á formar su espíritu y apasionarle por la 
unidad en la monarquía, á semejanza de la unidad en el Imperio y el 
Pontificado. 

Los concejos, florecientes en el siglo acra, de tal suerte abusaron de su 
libertad, que degeneró en licencia intolerable. Los vecinos y morado- 
res de las ciudades y las villas principales del reino se dividieron en 
bandos que se disputaban con las armas el gobierno municipal. Cada 
elección era un tumulto, y cada cabildo un rebato. Nadie obedecía la 
ley, ni guardaba respeto á los magistrados populares. Alfonso XI, Rey 
justiciero, castigó algunas ciudades reemplazando los alcaldes, regido- 
res y jurados electivos con otros á su voluntad ; y para extirpar de raíz 
los abusos, instituyó los corregidores, ministros de la justicia, y autori- 
dades superiores á los concejos en todo lo perteneciente al gobierno de 
los pueblos. 

En esta política de someter los concejos á severa disciplina persevera- 
ron los sucesores de Alfonso XI, y singularmente Enrique III, Juan II 
y los Reyes Católicos, que en 1480 acordaron enviar corregidores á las 
ciudades y villas en donde no los había, cumpliendo una ley política 
que el buen sentido dicta á los monarcas, á saber, la ubicuidad de su 
presencia por medio de la delegación. 

Así como la decadencia del régimen feudal fué minando poco á poco 
el poder de la nobleza, así también la debilidad de los concejos se co- 
municó á las Cortes, cuya vida era la vida de las libertades muni- 
cipales. 

Dejaron los concejos de ser libres de elegir sus procuradores, de otor- 
garles sus poderes y darles sus instrucciones. Ni áun les fué permitido 
corresponderse con las ciudades y las villas sin licencia del Rey. En re- 
solución, los procuradores servían al Rey como buenos vasallos en las 
Cortes, y no á las ciudades y villas que los enviaban. 

La unión de las coronas de Castilla y Aragón , la conquista de Gra- 
nada, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la incorporación de Navar- 
ra, del Rosellon y la Cerdaña, de Nápoles y Sicilia, todo formaba de Es- 
paña bajo el cetro de los Reyes Católicos una de las monarquías más 
poderosas de la tierra. Cárlos V dilató sus dominios con la agregación 
de los estados de Flándes y el Bravante, la conquista de Méjico y el 
Perú, y con haberse ceñido la corona del Imperio de Alemania que le 
abrió las puertas de la Lombardía. Reinó Felipe II en España y Portu- 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



95 



gal, en los Países-Bajos, en una gran parte de Italia, en una multitud 
de islas esparcidas por el Océano y el Mediterráneo y en la inmensidad 
de las Indias. 

La grandeza de la monarquía española en el siglo xvi , compuesta de 
tanta diversidad de estados y provincias sin coherencia, clamaba por un 
poder central enérgico y activo que velase por la defensa de un territo- 
rio tan extenso y mal trabado, y emplease la política ó la fuerza, según 
los casos, para conservarlo unido. 

La diplomacia requería un gobierno dueño de sus movimientos, y la 
guerra pedia una potestad ilimitada, á fin de levantar ejércitos, salir á 
campaña con presteza y medir las armas con habilidad y fortuna. 

Fué natural consecuencia de esta libertad de acción, que los monar- 
cas más poderosos de Europa en los siglos xvi y xvn se esforzaron á sa- 
cudir el yugo de las Cortes ó Parlamentos en materia de tributos , cu- 
yas facultades recogió el cuerpo de la magistratura representada en 
España por los Consejos. 

•< Hacían de república el gobierno de monarquía real los ministros 
absolutos, y más los profesores de letras legales, en quienes estaba la 
universal distribución de la justicia, policía, mercedes, honras, cargas, 
en el colmo de poder y autoridad, entonces grandes dificultadores délo 
político, en lo que se pretendía hacer sin escrúpulo, demasiadamente 
(áun en casos de necesidad) ceñidos con la letra de las leyes, y por cos- 
tumbre y posesión tenían por yerro todo lo que no hacían ó mandaban 
ellos » *. 

Además de estas causas generales, otras particulares á España con- 
currieron á trasformar la antigua monarquía de Castilla, templada du- 
rante la edad media con la participación en el poder de los tres estados 
del reino. 

La prematura muerte del príncipe D. Juan, primogénito de los Reyes 
Católicos, ocurrida el año 1497, cortó la sucesión de los Reyes nacidos 
y criados en Castilla, en quienes por naturaleza ó por hábito se refleja- 
ba el carácter nacional. Poca huella dejó el breve reinado de Felipe I, 
marido de Doña Juana; pero su hijo Cárlos V la imprimió muy honda. 
Vino á España en 1517, rodeado de ministros y consejeros flamencos, 
tan ignorante de las leyes, usos y costumbres de Castilla, que los pro- 
curadores á las Cortes de Valladolid de 1518, hubieron de suplicarle les 
hiciese la merced de hablar castellano 2 . 

1 Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. i, cap. VIII. 

2 Pet. 8. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 264. 



96 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 



En estas mismas Cortes (las primeras que celebró Cárlos V) estalló 
la discordia entre los naturales y los extranjeros. El doctor Zumel, pro- 
curador de Burgos, celoso defensor de las libertades de Castilla, fué ame- 
nazado con la pena de muerte y perdimiento de bienes por el desacato 
de resistirse, é inducir á otros procuradores á que se resistiesen á prestar 
el juramento de fidelidad al Rey, si ántes el Rey no juraba guardar las 
leyes, privilegios, buenos usos y costumbres del reino. « También se 
platicó (dice Sandoval) de enviar á mandar á Burgos que enviase otro 
procurador á Cortes, y revocase el poder que tenia el Doctor.» Media- 
ron algunos del Consejo que lo tuvieron por inconveniente «parecién- 
doles que sonaria mal en el reino , cuando se supiera la causa por que 
procuraban quitarle el poder» *. 

No hay ejemplo en la historia de nuestras Cortes de que los Reyes hu- 
biese maltratado, ni aun de palabra, á ningún procurador, salvo Mosen 
Diego de Valera que escribió una carta muy atrevida á Juan II , por lo 
cual « estuvo en gran peligro, é fué mandado que le non fuese librado 
ninguna cosa que del rey habia, ni ménos lo que se le debia de la pro- 
curación»-. Todavía existe una muy notable diferencia entre ambos ca- 
sos, pues Diego de Valera incurrió en el enojo de Juan II por un acto 
extraño á las Cortes, y el Doctor Zumel recibió agravios de los minis- 
tros de Cárlos V, que no respetaron en la persona ofendida la libertad 
del procurador. 

Mayor fué el atentado que el Emperador cometió en las Cortes de San- 
tiago y la Coruña de 1520, cuando dictó la fórmula de los poderes que 
debían otorgar á las ciudades, y mandó á los corregidores que no con- 
sintiesen otros. La fórmula excluía las instruciones que solían dar los 
concejos á sus procuradores, las limitaciones, las consultas en los casos 
imprevistos y dudosos, y, en fin, trasformaba el mandato imperativo en 
libre y absoluto. 

A los procuradores de Salamanca que no quisieron prestar el juramen- 
to ordinario sin que primero respondiese el Emperador á los capítulos 
que de parte de su ciudad le habían suplicado, negaron la entrada en 
las Cortes. Por la misma causa salieron desterrados de Santiago los de 
Toledo. Con esto quedaron reducidas á diez y seis las ciudades presentes, 
de las cuales solamente ocho y un procurador de Jaén concedieron el 
servicio. Si los de Toledo y Salamanca hubiesen sido admitidos, no ha- 
bría alcanzado el Emperador tan mezquina victoria, ni tenido el Obis- 

1 Hist. de Cárlos V, lib. ni, § ix. 

2 Crón. del Rey D. Juan II, año 1448, cap. iv. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 97 

po de Badajoz ocasión de celebrarla diciendo que S. M. aceptaba de muy 
buena voluntad el que la mayor parte de las ciudades le habian fecho. 

De estas Cortes partió la chispa que encendió la guerra de las Comu- 
nidades de Castilla. Los comuneros odiaban á los Flamencos, pretendian 
apartarlos del lado del Emperador á quien extraviaban con sus conse- 
jos, y se pusieron en armas por defender las libertades del reino. Casi 
todos los capítulos acordados por la Junta de Avila en Tordesillas se 
fundan en antiguos ordenamientos de Cortes. 

Juzgan mal á Juan de Padilla y sus compañeros de infortunio los 
escritores políticos que celebran su memoria como precursores y márti- 
res de la libertad moderna. No; los comuneros fueron los conservadores 
de su tiempo. Las novedades venían de Chévres, Croy, Gatinara y otros 
ministros y privados del Emperador extranjeros. 

En Villalar fueron vencidos los concejos. El alboroto de los pueblos 
durante el hervor de las Comunidades hizo comprender á Cárlos V la 
necesidad de poner corregidores perpétuos en las ciudades y las villas, 
aunque no los pidiesen ó los repugnasen. Habian los comuneros invoca- 
do las leyes del reino que encomendaban la administración de la justi- 
cia y el gobierno de las ciudades y las villas á sus alcaldes ordinarios. 
Los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1523 las recordaron; pero 
Cárlos V perseveró en su política de enviar corregidores que representa- 
sen su persona y fuesen los instrumentos de su autoridad. 

Pasaron algunos años tranquilos. De ordinario las Cortes se reunian 
de tres en tres para prorogar el servicio. El lenguaje de los procura- 
dores fué cada vez más respetuoso y casi humilde. Habia gran descui- 
do en ver y determinar los capítulos generales y particulares de las ciu- 
dades. Los que se proveían no se guardaban, y los que se dejaban en 
suspenso hasta platicar con el Consejo, no merecían respuesta ni en las 
Cortes siguientes, ni en las otras, ni más tarde. En las de Segovia de 
1532 suplicaron los procuradores al Emperador mandase que los capítu- 
los contenidos en las Cortes de Valladolid de 1523, Toledo de 1525 y 
Madrid de 1528, se determinasen y cumpliesen por ser todos muy pro- 
vechosos para estos reinos y buena gobernación de ellos 1 . 

Las generales de Toledo de 1538 forman época en la historia. Con- 
currieron muchos prelados , grandes , señores y caballeros , además de 
los procuradores de las ciudades y villas acostumbradas. Reunidos los 
tres estados, hízose la proposición á nombre del Emperador, para que el 



1 Pet. 1. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 525. 



n 



98 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

reino concediese medios extraordinarios á fin de cumplir las obligacio- 
nes que imponían las necesidades de la guerra, apurados ya los recur- 
sos ordinarios. 

Deseaba el Emperador que las Cortes le otorgasen un tributo nuevo, 
llamado la sisa, que debia alcanzar á todos. El estado eclesiástico se 
allanó con la condición que la sisa fuese temporal, moderada y en co- 
sas limitadas, y precediese licencia y mandato de Su Santidad. 

Los grandes y señores hallaron que la sisa era muy dañosa y perju- 
dicial, y alegaron contra la generalidad del tributo sus antiguos privi- 
legios, « porque la diferencia que de hidalgos hay á villanos en Castilla 
(decían) es pagar los pechos y servicios los labradores y no los hidal- 
gos, que nunca sirvieron á los reyes con dalles ninguna cosa, sino con 
aventurar sus personas y haciendas en la guerra. >• 

En resolución, la nobleza negó la sisa al Emperador, y el Emperador 
negó á la nobleza el permiso de comunicarse con los procuradores. Apa- 
rentó Cárlos V serenidad; pero bien dejó conocer su enojo, cuando al 
saber la resolución de los caballeros, dijo que aquellas no eran Cortes, 
ni habia brazos, y que pedia ayuda de presente y no consejo; y todavía 
se cuenta que mediaron palabras muy pesadas entre el Emperador y el 
Condestable D. Pedro Fernandez de Velasco , á quien amenazó con su 
venganza, pues no pudo con su justicia 1 . «Con esto (añade el cronista) 
se disolvieron las Cortes, quedando el Emperador con poco gusto, y con 
propósito, que hasta hoy dia se ha guardado, de no hacer semejante 
llamamiento ó juntas de gente tan poderosa 2 .» 

El Emperador escribió á las ciudades y envió mensajeros que trata- 
sen de reducir á los concejos á socorrer sus necesidades con algún servi- 
cio; y si con la fuerza de estos apremios no consiguió todo lo que desea- 
ba, logró por lo ménos una parte de lo que pedia. 

Desde las Cortes de Toledo de 1538 no volvieron á reunirse los tres 
estados del reino, ó no hubo brazos, como dijo Cárlos V. Los Reyes de 
Castilla y León se entendieron solamente con los procuradores á quienes 
pertenecía otorgar los servicios, subsistiendo la costumbre de dar peti- 
ciones á las cuales no siempre seguían de cerca, ni aun de lejos, las 
respuestas. 

* « Oí decir á quien me crió y se halló en estas Cortes que el Emperador habia dicho al 

Condestable algunas pesadumbres, á las cuales respondió el Condestable con valor, cortesía y 
discreción ; y diciéndole el Emperador que le echaría por un corredor donde estaban, respondió 
el Condestable : «Mirarlo há mejor V. M , que si bien soy pequeño, peso mucho.» Sandoval, 
Hibt. del Emperador Cárlos V, lib. xxiv, § VIII. 

2 Ibid. 



HISTORIA DE LAS CORTES DB LEON Y CASTILLA. 



99 



No obsta que hayan sido generales las Cortes de Madrid de 1573 y 
1583, en las cuales fueron jurados sucesores en la corona los Príncipes 
D. Fernando y D. Felipe, porque cumplido este acto de fidelidad y obe- 
diencia por los tres estados, continuaban las Cortes ordinarias. 

La exclusión ó expulsión de la nobleza, en castigo de su resistencia 
á la voluntad del Emperador, arrastró al clero, que corrió la misma 
suerte. Cárlos V alteró la forma de la monarquía, apartando para siem- 
pre de su lado á los grandes y los obispos, que desde el tiempo de los 
Godos fueron los compañeros del Rey en el gobierno. 

Es verdad que se relajó este principio introducida la costumbre de 
convocar solamente algunos grandes y caballeros y algunos prelados; 
pero además de frecuentes interrupciones, como se observa en las 
Cortes de Toledo de 1480 y otras, no ocurrió ningún acto que derogase 
la antigua prerogativa del clero y la nobleza, basta que el Emperador 
dijo « no hay brazos», sentencia de expulsión que tuvieron por cosa 
juzgada todos sus sucesores. 

Quedaron los procuradores solos enfrente del trono , más para conce- 
der los servicios con la humildad propia de leales vasallos, que para mo- 
derar la potestad real con reverentes peticiones. El pueblo se quejaba de 
que se dejaban corromper con dádivas y promesas; y cuando así no 
fuese, eran los Reyes dueños de los concejos que los enviaban á las 
Cortes por medio de los corregidores *. 

Perdieron los procuradores el arrimo de los grandes y caballeros que 
con razón llamó Sandoval gente poderosa, y ya no volvieron las aguas 
á correr por su antiguo cauce. 

Vencidos los comuneros y despedida la nobleza, fueron llanas como 
nunca las Cortes ; y si por acaso alguna vez formaron escrúpulo los pro- 
curadores de conceder servicios extraordinarios ó se disculparon con la 
limitación de sus poderes, apelaron los Reyes á las ciudades y villas, to- 
davía más rendidas á la voluntad del Monarca que los mandatarios de 
su elección. 

La aspereza con que el Emperador trató al Condestable, justicia ma- 
yor délos grandes y caballeros y obligado defensor de los privilegios 
de la hidalguía, anunciaba á los concejos lo poco que debían fiar en la 
inmunidad de los procuradores, y la determinación de pedir el servicio 
á las ciudades mostraba la senda tortuosa, por la cual se podia llegar á 
la supresión de las Cortes ; y en efecto, el ensayo dió origen á un sistema. 



Mariana, De Rege et Regis institutione, cap. vin. 



100 HISTORIA DE LA8 CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

La política interior y exterior de Felipe II fué continuación de la se- 
guida por Carlos V, que impuso su voluntad á todos los Reyes de la 
Casa de Austria. Felipe II, como Cárlos V, convocaba las Cortes cada 
tres años para que le prorogasen el servicio, las alargaba hasta can- 
sar y aburrir á los procuradores, recibia sus peticiones y dilataba las 
respuestas. 

Los corregidores dominaban los concejos, yá veces recibían instruc- 
ciones para pedir a los regidores sus votos por escrito y enviarlos al Rey 
á fin de allanar los ayuntamientos, y reprimir con el temor del castigo 
todo conato de libertad *. 

Sucedió en las Cortes de Madrid de 1563 que, estando sentados en su 
banco los procuradores de Burgos el dia de la proposición, llegaron los 
de Toledo á quererlos levantar por fuerza, sin guardar respeto al Rey ni 
al Príncipe que se hallaban presentes. 

Esta querella era muy antigua; pero siempre lograron los Reyes apla- 
car los ánimos sin usar de rigor. En esta ocasión no pasaron las cosas 
de igual modo, pues se dió á los caballeros procuradores de Toledo la 
córte por cárcel, si bien el Rey les alzó luego la carcelería á petición 
del reino 2 . 

Francisco Fustel, procurador de Murcia en las de Madrid de 1573, 
estuvo encarcelado en su casa de orden de los alcaldes ; y como Fustel 
fuese un caballero principal, regidor y alférez mayor de aquella ciu- 
dad, y como por otra parte hubiese el reino solicitado y conseguido su 
inmediata soltura , hay fundados motivos para creer que el Rey aten- 
dió más á la calidad de la persona y al ruego de los procuradores que 
á los fueros de la procuración 3 . 

Yerta la mano poderosa que regia la nave del Estado al través de 
tantos escollos , áun siendo combatida de las más recias tempestades, 
empezó el período de la decadencia de la monarquía española con el si- 
glo xvii. Fueron los Reyes débiles, se dejaron gobernar por sus privados, 
y esta debilidad se comunicó á todo el reino, como al cabo sucede 
siempre que los hombres ocupan el lugar de las instituciones. 

Recogió Felipe III la herencia de Felipe II, gravada con deudas enor- 
mes. Para cumplir de algún modo las necesidades y obligaciones que 

1 Actas de las Cortes de Castilla, tom. i, pág. 426. 

2 Actas de las Cortes de Castilla, tom. i , págs. 34 y 37. 

S Actas de las Cortes de Castilla, tom. iv, pág. 41, ley x, tít. vil, lib. vi. Recop. 
Otro procurador de Murcia, D. Pedro Guill Riqueline, fué preso en su casa, y debió su soltura 
ála intervención del reino junto en las Cortes de Madrid de 1571. Ibid., tomo III, pág. 284. 



HISTORIA DE LA8 CORTES DE LEON Y CASTILLA. 101 

le abrumaban, no habia otro camino que el de imponer nuevos y ma- 
yores tributos. Apremiados los procuradores á las Cortes de Madrid 
de 1617, concedieron un servicio de 18 millones que el Rey pedia con 
urgencia, protestando que tomaban aquella resolución por voto consul- 
tivo, es decir, que no habia de tener efecto sin preceder la aprobación 
de las ciudades y villas de voto en Cortes. 

Así se hizo; pero la dilación pareció dañosa á la seguridad del esta- 
do, sobre todo en tiempo de guerra; por lo cual mandó Felipe IV en 
las de Madrid de 1632, que los procuradores votasen definitivamente, 
como era su obligación, pues tenian poderes independientes y absolu- 
tos, y les prohibió dar cuenta de negocio alguno ásus ciudades *. 

Al renunciar los procuradores el voto decisivo dieron una muestra de 
flaqueza. Carecían de valor para conceder el servicio y para negarlo, y 
y en esta perpleja tribulación remitieron la causa á las ciudades y vi- 
llas que los habían nombrado. Por el contrario, Felipe IV halló más fá- 
cil, breve y expedito entenderse y negociar con los procuradores, que 
tratar por escrito con las ciudades, empleando muchos meses en deman- 
das y respuestas; y no le faltó razón al obligar á los procuradores áque 
votasen resolutivamente conforme á sus poderes , y no de otra manera. 

Después de esto, poco significan dos de las condiciones de la escritu- 
ra de millones con que el reino sirvió á Felipe IV en las Cortes de Ma- 
drid de 1632 á 1636 y 1638 á 1643, á saber; que solamente el reino es- 
tando junto en Cortes, pudiese conceder algún servicio nuevo, y que 
nadie sino el mismo reino, junto en Cortes, pudiese dispensar, alterar, 
revocar ó interpretar en todo ó en parte las condiciones del otorgado, no 
obstante cualquiera causa grave ó gravísima que se ofreciere 2 . 

Las Cortes tocaban á su término. Los hechos grandes y árduos que 
obligaban á los Reyes á reunirías y tomar consejo de los tres estados del 
reino, quedaron reducidos á la jura del inmediato sucesor, el pleito y 
homenaje al nuevo Rey , y la concesión del servicio de Millones. Los 
dos primeros llegaron á convertirse en actos de obediencia ciega y pa- 
siva, y el último, que no carecía de importancia á pesar de la humildad 
de los procuradores, como un resto de las antiguas y venerandas li- 
bertades de Castilla, desapareció entre las ruinas de las Cortes después 
de las empezadas en Madrid el año 1660 y fenecidas en 1664. 

1 Colee, de Cortes, ms. de la Acad. de la Historia, tom. xxvi, fóls. 360 y 364, y tom. xxvm, 
fóls. 2 y sig. 

2 Qolec. de Cortes, ms. de la Academia de la Historia, tom. xxviu, fóls. 78, 83, 209, 215, 257, 
396, 402, 511 y 517. 



102 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

La muerte de Felipe IV impidió la celebración de las que habia con- 
vocado para jurar al Príncipe D. Carlos, y debieron reunirse en Madrid 
el año 1665. Doña Mariana de Austria, gobernadora del reino durante 
la minoridad de su hijo Cárlos II, escribió á las ciudades que no envia- 
sen procuradores, pues habiendo cesado la causa de la convocatoria, "no 
es necesaria esta función (dijo) sino solo la de alzarse los pendones en la 
forma que se acostumbra y lo tengo mandado.» 

Tampoco fueron llamadas las Cortes para prorogar el servicio de Mi- 
llones en 1668 y 1674. La Reina gobernadora prefirió entenderse con 
las ciudades á ejemplo de Carlos V después de las celebradas en Toledo 
el año 1538, y tal vez recordando la pronta voluntad con que se des- 
prendieron del voto decisivo las de Madrid de 1617. 

Los corregidores recibieron instrucciones poco honrosas para manejar- 
se con los cabildos, y reducir á la razón á los regidores disidentes. De- 
bian emplear su buena disposición y maña, á fin de vencer las dificul- 
tades que se les ofrecieren; hacer votar el servicio cuando lo tuviesen 
seguro ; alzar el cabildo sin dar lugar á que se acabase de votar sino en 
favor, y en suma, poner todos los medios y esfuerzos posibles hasta 
rendir á la voluntad del gobierno la mayor parte de los regidores *. 

Además de conceder los servicios, intervenian las Cortes en su admi- 
nistración y cobranza por medio de la Diputación del Reino, que debió 
su origen á Cárlos V en las de Toledo de 1525 *. En las de Valladolid de 
1543 otorgó el Emperador á los dos diputados en corte, ámplias facul- 
tades para conocer de todo lo relativo al encabezamiento general con 
absoluta independencia de los contadores 8 . 

La Diputación del Reino continuó ejerciendo estas facultades hasta el 
año 1632 en que fueron creados los servicios de Millones, cuya admi- 
nistración, cobranza y empleo se encomendaron á una comisión forma- 
da de cuatro ministros nombrados por el Rey, y cuatro comisarios de- 
signados por el Reino, según las ordenanzas dadas por Felipe IV en 1656. 

Los comisarios se sacaban por suertes echadas entre todos los procu- 
radores, estando el Reino junto en Cortes. 

La Comisión de Millones fue agregada al Consejo de Hacienda, con el 
nombre de Sala de Millones, prévio el consentimiento de las Cortes de 
Madrid de 1655 á 1658 *. 

1 Real cédula de 25 de Julio de 1667. 

2 Pet. 16. Corles de León y Castilla, tom. iv, pág. 413. 

3 Pet. 16. Cortes de León y Castilla, tom. iv, pág. 413. Ley 13, tít. Vil, lib. vi, Recop. 

* Colee, de Cortes, ms. de la Academia de la Historia, tom. xxvi, fól. 425, tom. xxvm, folios 
330 y 559, y tom. xxix, fóls. 12, 160 y 338. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON T CASTILLA. 103 

La Diputación del Reino, aunque compuesta de dos solos procurado- 
res, era más libre y de mayor autoridad que la Comisión de Millones. 
Los procuradores en corte recibían sus poderes y las instrucciones con- 
venientes de las Cortes que los elegían, y entendían en la administra- 
ción y cobranza de los servicios, sin que ministro alguno interviniese 
sus actos, ni respondiesen de su gestión sino á las Cortes mismas , de 
las cuales procedía su nombramiento. 

En la Comisión de Millones entraban cuatro caballeros procuradores, 
sacados por suerte, cuya libertad coartaba la presencia de otros tantos 
ministros puestos por el Rey, y probablemente escogidos por mejores 
entre los más devotos al servicio del Monarca. 

Incorporada la Comisión de Millones en el Consejo de Hacienda, per- 
dió su carácter de una delegación permanente de las Cortes, no obstan- 
te que, de un modo ó de otro, continuase el sistema de la renovación 
por medio del sorteo. 

La política de los Reyes de Castilla en el siglo xvn, tendió constan- 
temente á excusar todo lo posible la celebración de Cortes, pedir la pro- 
rogacion de los servicios á las ciudades, y anular la representación del 
reino en la Comisión de Millones. 

Ni una sola vez, durante los treinta y cinco años que reinó Cárlos II, 
fueron llamadas las Cortes. Al advenimiento de Felipe V al trono de 
España, los grandes del reino, llevando su voz el Marqués de Villena, 
juzgaron que era llegada la ocasión oportuna de convocar las Cortes 
para estrechar los vínculos del nuevo Rey con su pueblo. 

Decían que importaba corregir muchos abusos, establecer leyes según 
las necesidades del tiempo, promulgarlas de acuerdo con el reino á fin 
de que fuesen mejor guardadas y cumplidas, con lo cual podría el Rey 
esperar mayores tributos y más órden en la cobranza; y por último, 
que era justo observase el Rey los fueros de la nación, lo cual empeza- 
rían á creer los pueblos, cuando con juramento lo prometiese, y esto 
confirmaría los ánimos en el amor, fidelidad y obediencia á Felipe V. 

Consultados los Consejos de Estado y de Castilla, se opusieron á la 
convocatoria, ponderando el peligro de encender las pasiones, la impor- 
tancia de conservar ilesa la autoridad del Monarca , el temor de abrir 
una feria á la ambición, sedienta de mercedes casi todas desproporcio- 
nadas al mérito de los pretensores, el recelo de que el vulgo pasase de 
la mansedumbre á la insolencia con menoscabo de la dignidad real, la 
turbación consiguiente á las quejas y disputas sobre cualquiera decreto 
tachado de contrario á las leyes establecidas, la dificultad de obtener 



104 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

por este medio mayores tributos, pues las Cortes ántes procurarían el 
alivio que aumentarían la carga de los pueblos, y en suma, que con ta- 
les beneficios, en vez de obligados, se crearían descontentos. 

Todas las razones expuestas por ambos Consejos, en los cuales pesaba 
mucho el voto de los ministros togados, son una verdadera alegación 
en favor del poder absoluto, á cuya forma de gobierno se inclinaron 
siempre los letrados desde que los Reyes Católicos adoptaron la política 
de servirse de ellos con preferencia á la nobleza. La magistratura, or- 
ganizada en Consejos y Tribunales, fué enemiga de las Cortes, ya por 
el culto que rendía al principio de autoridad , y ya porque aborrecían 
toda institución capaz de hacerle sombra. 

Felipe V, educado en la escuela de Luis XIV, siguió el parecer de los 
Consejos contra el más discreto de los grandes ; pero á pesar de su re- 
suelta determinación de gobernar sin Cortes, hubo de convocar las de 
Madrid de 1712 y 1713 para ratificar la renuncia de sus derechos 
eventuales á la corona de Francia , cumpliendo la condición impuesta 
por las potencias signatarias del tratado de Utrech, y asimismo para dar 
mayor firmeza á la pragmática sanción que varió el órden de suceder 
en la de España. En efecto, con el consentimiento de todas las ciudades 
en Cortes, del cuerpo de la nobleza y del estado eclesiástico , sin cuyo 
requisito la nueva ley fundamental de la Monarquía no seria válida, 
fueron excluidas las hembras de la sucesión 1 . 

La necesidad del consentimiento del Reino junto en Cortes para la 
validez de la pragmática sanción del 10 de Mayo de 1713, es opinión 
de un historiador contemporáneo de autoridad reconocida, corroborada 
con el parecer de los grandes y el decreto del Rey expedido en 1701 en 
vista de lo consultado por los Consejos, declarando que por entónces no 
serian convocadas, lo cual parece que fué más bien diferirlas que ne- 
garlas, é indudablemente después de la aprobación y confirmación por 
las Cortes de la renuncia que hizo Felipe V de sus derechos á la corona 
de Francia por sí y en nombre de toda su descendencia 2 . 

Tres veces más hubo Cortes en el reinado de Felipe V, á saber, en 
Madrid, los años 1701, 1709 y 1724; las primeras para prestarle jura- 
mento de obediencia y fidelidad; las segundas para jurar por inmedia- 

1 Comentarios de la guerra de España por el Marqués de San Felipe, año 1713, tom. II, pági- 
nas 96 y 97. 

2 Comentarios de la guerra de España, por el Marqués de San Felipe, afio 1701, tora. I, página 
47, y Colecc. de los tratados depaz, alianza y comercio, tom. i, pág. 153. Madrid, 1796. 



HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 105 

to sucesor al Príncipe D. Luis y para jurar al Príncipe D. Fernando 
las terceras. 

Las de 1701 son las más importantes, pues si bien el juramento de 
obediencia y fidelidad al Rey distaba mucho de tener la misma signi- 
ficación que el pleito y homenaje en la edad media , al fin se obligó 
Felipe V á guardar los fueros y privilegios de Castilla. 

Como sus derechos á la corona de España eran dudosos , y el testa- 
mento de Carlos II un título no reconocido en las leyes que regulan el 
modo de suceder en las monarquías hereditarias , el voto de las Cortes 
resolvió la cuestión de la legitimidad, 

En el doble juramento del Rey y del reino fundó el Consejo Real su 
opinión que fué nula la renuncia que Felipe V hizo en 1724 de todos 
sus estados y señoríos en el Príncipe D. Luis, para decidir al padre á 
ocupar de nuevo el trono, vacante por la muerte del hijo en edad 
temprana. Aquellos graves magistrados dijeron, en respuesta á una 
consulta de Felipe V, cuando su ánimo se hallaba más perplejo entre 
volver ó no volver á tomar las riendas del gobierno, « que faltaría el 
Rey al recíproco contrato que por el mismo hecho de haber jurado los 
reinos celebró con ellos, sin cuyo asenso y voluntad comunicada en las 
Cortes, no podia hacer acto que destruyese semejante sociedad» 

Hablaron no como políticos, sino como jurisconsultos ; pero de cual- 
quiera modo asentaron la doctrina que entre el Rey y el reino existia 
un vínculo de derecho que solamente las Cortes podían desatar ; confe- 
sión preciosa, arrancada á los más ardientes defensores de la monarquía 
absoluta en un momento de tribulación y de peligro para la patria. 

Entretanto que las Cortes solamente entendían en algunos hechos, 
pocos en número, y cada vez más ceñidos á la política aconsejada por 
el interés de la familia reinante , nadie se acordaba de la Comisión de 
Millones, y del modo de proceder en la concesión de este servicio. Las 
ciudades de Castilla lo otorgaban por seis años, y nombraban sus comi- 
sarios ó diputados en corte por medio de cartas circulares de los Vireyes 
en unión con las Audiencias, sin dar lugar á que se juntasen procu- 
radores. En Galicia se guardó más tiempo la costumbre de reunirse los 
de las siete ciudades de aquel reino para otorgar el servicio y nombrar 
los diputados, hasta que Fernando VI acabó con la excepción en 1752. 



* Comentarios de la guerra de España, por el Marqués de San Felipe, año 1724, tom. f, pági 
na 323. Martínez Marina, Teoría de las Cortes, part. n, cap. x, núm. 30. 

14 



4 



106 HISTORIA DE LAS CORTES DE LEON Y CASTILLA. 

En la corte se hacia el sorteo entre los nombrados, á fin de renovar la 
Comisión de Millones *. 

Cárlos III celebró Cortes en Madrid para jurar al Príncipe de Asturias, 
después Cárlos IV, y éste convocó las de 1789, en las cuales fué jurado 
heredero del reino su hijo primogénito D. Fernando VIL Allí quedó 
acordado derogar la pragmática sanción de 1713, y restablecer las leyes 
de Partida que admiten las hembras á falta de varón en la sucesión de 
la corona 2 . 

Las últimas celebradas en la forma antigua fueron las de Madrid de 
1833, para reconocer y jurar por Princesa heredera de estos reinos á la 
Infanta Doña María Isabel Luisa, que ocupó el trono de España con el 
nombre de Isabel II 3 . 

Las Cortes se muestran en toda su grandeza y esplendor en los siglos 
xii, xiii y xiv. Don Enrique III pesó con mano dura sobre ellas : Don 
Juan II las estimó en poco, y D. Enrique IV en ménos. Los Reyes Ca- 
tólicos las levantaron muy altas al principio de su reinado ; pero luégo 
cesaron de reunirías con frecuencia. Cárlos V les dió batalla y las ven- 
ció, y vencidas las toleró para que le otorgasen los servicios, cuya polí- 
tica fué también la de Felipe II. En el siglo xvn son heridas de muer- 
te, trasladando á las ciudades el derecho de prorogar los servicios, con 
lo cual se excusaba el llamamiento de procuradores ; y en el xvm se 
reunieron rara vez para ofrecer humildemente su voto al Rey en todas 
las ocasiones en que tomaba algún acuerdo grave que si importaba á 
la nación, más aún importaba á la dinastía. 

Cuéntase que el Cid ganó batallas después de muerto; tal era el ter- 
ror de su nombre. También la fama de las Cortes sobrevivió á la trans- 
formación de la monarquía tradicional de Castilla, templada con la par- 
ticipación en el poder de los tres estados del reino, en monarquía abso- 
luta ó débilmente limitada por la autoridad de los Consejos en las mate- 
rias de justicia y de gobierno. 

Aquella fórmula tan sabida , empleada por los Reyes más celosos de 
su soberanía, « y quiero y mando que esta ley tenga fuerza y vigor de 
tal, como si fuese hecha y promulgada en Cortes » , es una confesión 
paladina de que debían ser llamadas para legitimar con su concurso to- 
da resolución de gravedad y consecuencia. 

1 Ley 13, tít. vm, lib. m. Nov. Recop. 

2 Ll. 1 y 2, tít. xv, part. ir. 

3 Eeales decretos de 4 de Abril y 10 de Mayo de 1833. 



HISTORIA DE LAS CORTES PE LEON Y CASTILLA. 107 

En vano desapareció de la Novísima Recopilación la ley de la Nueva, 
mandando « que sobre los fechos grandes y árduos se hayan de ayuntar 
Cortes, y se fagan con consejo de los tres estados del reino», porque ni 
esta ley fué nunca derogada, ni dejó de tener la sanción de los siglos, 
ni se borró jamás de la memoria de los Castellanos 1 . 



i Ley 2, tít. vn, lib. vi. Recop. 



PARTE SEGUNDA 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



CAPITULO PRIMERO. 

CONCILIOS CELEBRADOS EN LOS PRIMEROS SIGLOS DE LA. RECONQUISTA. 



No se puede afirmar, aunque graves autores lo dan por cierto, si Al- Concilio 
fonso II, el Casto, mandó celebrar Concilio en Oviedo el año 832. Am- de 0viedo en 832 - 
brosio de Morales escribe que , edificada la iglesia principal , trató de 
consagrarla con gran solemnidad, con cuyo motivo mandó juntar Con- 
cilio de obispos y abades con los condes y magnates de la corte. Funda 
la noticia en un privilegio antiguo ; pero el silencio de los cronicones y 
de otros documentos de no menor autoridad que el privilegio, en los 
cuales se ofrecía la ocasión de citar el Concilio, inclina el ánimo á la 
duda, y así pasa por sospechoso. Ademas de esto, como Ambrosio de 
Morales apénas da razón de las cosas que allí pasaron, en el caso de ad- 
mitir por verdadero el Concilio, deberíamos reputarlo Sínodo de la 
Iglesia '. 

Mayor fundamento tiene la noticia de haberse celebrado un Concilio Concilio 
en la misma ciudad el año 901, reinando Alfonso III, el Magno. 

En efecto, cuenta Sampiro que , después de consagrada la iglesia de 
Santiago, llegó el Rey á Oviedo, en donde juntó en Concilio á los obis- 
pos y los condes, para ordenar várias cosas importantes al servicio de 
Dios , y luégo tractaveruni ea qucd pertinent acl salutem toiius regni 
Hispanice 2 . 

* Crónica general de España, lib. xm, cap. xliv. 

En el citado privilegio se nombra al Papa Juan, cuando ocupaba la silla de San Pedro Gre- 
gorio IV. Risco fija la fecha de este Concilio en el año 811, y presume que está viciado el texto 
por error del copiante que" escribió Joannis por Leonis. España Sagrada, t. xxxvii, p. 170. 

2 Sampiri, episc. Astoricensis Chronicon. V. Sandoval. Cinco obispos, pág. 59. 



de Oviedo en 901. 



110 F.XÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

La fecha de este Concilio también es incierta, pues Sainpiro no la de- 
termina con claridad, acaso por hallarse viciado el texto. Sandoval 
fija el año 876, Ambrosio de Morales el 901, y ambos interpretando á 
Sampiro *. 

Según la narración del cronista, espide el Rey la convocatoria, pre- 
side la asamblea de los obispos, condes y altas dignidades del reino [po- 
testates), exhorta á los grandes y prelados allí reunidos á que pongan 
remedio á los males que padece la Iglesia, y confirma los decretos que 
los concurrentes escuchan en un silencio religioso , y aplauden al fin 
de la lectura con las palabras placel, placel ómnibus. Después de acor- 
dar lo necesario al bien espiritual, delibera el Concilio sobre diversas 
materias relativas al gobierno temporal de los pueblos. 

Poco versado debe ser en la historia de la monarquía visigoda el lec- 
tor á quien el pasaje de Sampiro no recuerde eXjubente Rege de los Con- 
cilios de Toledo , el tomo régio , la asistencia de los obispos y abades 
juntamente con los séniores Palatii ó illustres Aulm Regice viri, la frase 
omni populo assentiente, y sobre todo, aquel pasaje de las actas del xvn 
que á la letra dice : His igitur prcemissis causis {Ecclesié) populorum 
negotia vestris auribus intímala, cum Deitimore prudenlim vestrce 
committimus dirimenda 2 . 

Fueron sin duda los Concilios de Toledo una institución que al mis- 
mo tiempo servia á la Iglesia y al Estado , y en la cual se reflejaba la 
confusión del sacerdocio y del imperio tan arraigada en la monarquía 
visigoda. El docto Ambrosio de Morales dice que eran Concilios y jun- 
tamente Cortes del reino: «todo se trataba allí junto (añade), lo ecle- 
siástico y lo seglar, y los presentes debían consultar y decretar en 
todo» 5 . Lardizabal no vacila en calificarlos de nacionales, porque á ellos 
concurría la nación representada por los dos brazos eclesiástico y secu- 
lar, unidos al príncipe como cabeza suprema del Estado , á quien perte- 
necía convocarlos, proponer los asuntos que se habían de tratar, con- 
firmar y dar la sanción real y legal á los decretos conciliares 4 . 

Otras autoridades podrían citarse en apoyo de esta opinión; y aunque 
los teólogos y canonistas insisten todavía en tenerlos por Sínodos de la 
Iglesia española sin mezcla de elemento alguno político ó civil, la 
simple lectura de los textos prueba el doble carácter de los Concilios de 

1 Sandoval, Cinco obispos, pág. 245 ; Ambr. de Morales, Orón, general, lib. xv, cap. xxvx. 

2 Aguirre, Collectio máxima Conciliorum, t. IV, pág6. 322, 381, 341. 
5 Crónica general, lib. XII, cap. liv. 

4 Discurso sobre la legislación de los Visigodos, pp. iv y xxvin. Este Discurso precede á la 
edición del Fuero Juzgo por la Real Academia Española, en Mairid, año 1815. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 111 

Toledo al punto que la crítica ha cerrado ya el proceso con un fallo in- 
apelable 

Restablecido en Oviedo por Alfonso el Casto el régimen de los Go- 
dos, y ordenado el gobierno de Asturias, así en lo espiritual como en lo 
temporal, al uso de Toledo, resulta averiguado que los Concilios Ove- 
tenses son de hecho y derecho la continuación de los Toledanos , que 
unos y otros por su esencia y su forma representan la misma institu- 
ción, y en suma, que aquéllos y éstos eran Sínodos de la Iglesia y Cor- 
tes del reino con potestad de establecer cánones y leyes, porque su au- 
toridad alcanzaba lo mismo á las cosas divinas que á las humanas 2 . 

Muerto el Rey de León, D. García, hijo y sucesor de Alfonso III, los Asamblea 
prdceres del reino, esto es, los obispos, abades, condes y magnates, re- ^ad^e^LeoT" 
unidos en asamblea general y solemne, aclamaron á Ordoño II y le ci- Año 914. 
ñeron la diadema 3 . 

Esta junta de altos dignatarios de la Iglesia y del Estado, recuerda 
el conventus jpontificum majorunque jpalatii vel popalí del Fuero Juzgo, 
en el cual, según el vm Concilio de Toledo, recayó el derecho de la na- 
ción visigoda de elegir el Rey 

El Doctor Martínez Marina no vacila un momento en calificar la 
asamblea de grandes y prelados reunida en León el año 914 para ele- 
gir, aclamar, coronar y ungir á Ordoño II, de verdaderas Cortes del 
reino 3 . Fué sin duda un congreso á que concurrieron el clero y la no- 
bleza como á los Concilios, con la diferencia de que se limitaron al solo 
objeto de proveer la vacante del trono, y muy notable, porque ofrece 
el primer ejemplo, después déla entrada de los Moros en España, de 
una asamblea política, principio de la secularización del gobierno, me- 
diante la separación de lo espiritual y lo temporal ó el deslinde de am- 



1 Cuneta vero qute in canonibus vel legum edictis depravata consistunt reducite. Conc. xvi. 

Varia quoque populorum negotia, eseteraque sceleratorum hominum gesta, fidei sanctfe con- 
traria, ita vestri exaininatione judicii, canonicé ac legaliter firmantur. Ibicl. 

Hic (Chintila) Conciliura Toletanum habitum , ubi no solum de rehus mundanis, verum 

etiam et de divinis, multa ignaris mentibus illuminat. Pacense. 

Hic ( Recesvintus) crebra Coneilia egit et non solum de mundanis actibus , verum etiam 

de Sancta; Trinitatis misterio, ignorantes animas instruit. Ibid. 

2 Es sabido que Alfonso II, el Casto, fijó el asiento de su corte en Oviedo , et ornnen Gotho- 
rum ordinem, sicuti Tolelo fuerat, tani in Ecclesian, quam in Palatio, in Oveto cuneta statuit. 
Chron. Albeldense: V. Florez, España Sagrada, tom. xnr, pág. 453. 

3 Omnes siquidem magnates, episcopis, abbates, comités, prioris, facto eolemniter generali 
conventu, eum (Ordonium) acclamando sibi constituunt. Silensis Chronicon. Florez, España Sa- 
grada, t. xvii, p. 287. 

4 Lex. 2, tít. i, For. Judicum. 

5 Ensayo histórico, lib. ni, núm, 2, y Teoría de las Cortes, part. i, cap. x. núm. 3. 



112 EXÁMEN de los cuadernos de cortes. 

bas potestades ; pero si no hay violencia en llamarle nacional , consi- 
derando que aparte del Rey, la nobleza y el clero eran la únicos poderes 
del Estado, la hay en decir que fueron verdaderas Cortes del reino, pues 
ni aun el nombre de Concilio le cuadra. Conventus y Concilium no son 
lo mismo según el Fuero Juzgo. 
Junta Afirma el doctor Martínez Marina que se celebraron Cortes en Zamo- 

dC 'zamora. 8 ^ ra e * año ^31, para aprobar la renuncia y cesión de la corona que hizo 
Año 931. Alfonso TV, el Monje, en favor de Ramiro II, su hermano, como asegu- 
ran (añade) D. Rodrigo y el Tudense'. 

Refiere este suceso Sampiro, y dice : Venit quidem Ranimirus in Ze- 
moram cum omni exercitu maynaiorum suorum, el suscepit regnum*. 
D. Rodrigo escribe: Ranimirus, audilo nuntio, cum magno exercitu ve- 
nit Zamoram, et Aldefonso regni régimen resignante, Ranimirus subs- 

tituilur fratri suo : \ Y el Tudense: Adefonsus missit nuncios pro 

fratre suo Ramiro.... dicens quod vellet a regno disceder e el fratri suo 
daré. Ramirus autem, ut audivit, cum exercitu magno venit Zemoram, 
et regnum suscepit *. 

La justa autoridad de que goza el doctor Martinez Marina , cuyas 
obras derraman tanta luz sobre los puntos más oscuros de la historia le- 
gal de los reinos de León y Castilla, nos obligan á citar los pasajes an- 
teriores para justificar nuestra opinión contraria á la celebración de 
unas Cortes en Zamora el año 931. En efecto, la venida de Ramiro II á 
dicha ciudad con grande ejército, según D. Rodrigo y el Tudense, prue- 
ba que subió al trono como legítimo sucesor de su hermano , y por la 
voluntad de éste al renunciar la corona B . Sin duda la alcanzó con el au- 
xilio de sus magnates ; pero no hay Cortes ni sombra de ellas en una 
junta de caudillos á que no concurren los obispos, ni son llamados los 
condes, ni áun se hallaron presentes todos los magnates del reino, pues 
los de Asturias no fueron convocados, de lo cual se dieron por ofendi- 
dos, y trataron de rebelarse e . 
Junta Tampoco llamarémos Cortes ni Concilio al consejo de magnates que 

de magnates en e j m j smo Ramiro II celebró en León el año 930 según el Tudense, y se- 

Leon. ° v 

Año 933. 



t Ensayo histórico, lib. III, núm. 2, y Teoría de las Cortes, part. II, cap. x, núm. 13. 

2 Sandoval, Los cinco obispos, p. 66. 

3 De rebus Hispanice, lib. v, cap. iv. 

* Chronicon mundi. V. Hispania illustrata, t. IV, p. 83. 

5 Et fratri suo (regnum) tribuere. Sampiri Chron. Sandoval, Los cinco obispos, p. 66. 

6 Astures enim indignati, eo quod in cessione Aldefonsi et substitulionc Ranimiri non fue- 
rant evocati, rebellionem hujusmodi factitabant. Rod. Tolet. De rebus Hispania , lib. v, cap. v. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 113 

gun Sainpiro el 933 (fecha más probable) para acordar el plan de cam- 
paña contra los Moros 1 . 

Muerto D. Sancho el Gordo, su hijo D. Ramiro III, niño á la Sazón de Concilio de Leou. 
cinco años, le sucedió en el reino. Nuestros antiguos historiadores, y Año 974. 
otros que sin ser antiguos les siguen en el orden de los tiempos, como 
Ambrosio de Morales y el P. Juan de Mariana, no dicen si los gran- 
des y prelados tuvieron intervención en este primer caso de minoridad. 
Hallan muy natural que el hijo hubiese reemplazado al padre en el tro- 
no, atribuyendo una fuerza que no tenia á la sucesión hereditaria. 

Martinez Marina advierte que « en el año 974 se celebraron Cortes 
generales en León con asistencia de los prelados y grandes y del pue- 
blo, para deliberar sobre quién habia de suceder en la corona á D. San- 
cho el Gordo, y todos de común acuerdo elidieron á su hijo, el niño Ra- 
miro, tercero de este nombre, en consideración á los méritos y virtu- 
des de su tia Doña Elvira » *. 

Hay en esto un error notorio , pues según Sampiro , á quien siguen 
Ambrosio de Morales y el P. Mariana, Ramiro III sucedió á Sancho I el 
año 967 , por lo cual no pudo haber Cortes generales en León el 974 
para elevarle al trono. 

El hecho á que alude Martinez Marina, consta de una escritura pu- 
blicada por el P. Risco, de la que aparece cómo Ramiro III fué elegido 
Rey en Concilio, no obstante su tierna edad, ya porque no habia á la 
sazón pretendiente de sangre real que le disputase la corona, y ya por 
la suma confianza que á todos inspiraban las virtudes de la monja doña 
Elvira, tia del Rey niño, señora de altas prendas, en cuyo poder estuvo 
lo principal del gobierno durante aquella larga y trabajosa minoridad 3 . 

Lo que no declara el documento es el número y la calidad de las 
personas que asistieron al Concilio ; de modo que faltan las pruebas ne- 
cesarias para calificarlo. 

No diremos lo mismo de la junta de todos los obispos, magnates y 
pueblo celebrada en León el año 974, para suprimir la sede episcopal 
de Simancas creada por Alfonso IV, y reintegrar á la iglesia de dicha 
ciudad en la posesión del territorio que con este motivo se habia des- 
membrado de su diócesis , según la escritura ya citada , pues conside- 



1 Ramirus securus regnans, consilium iniit eum ómnibus magnatibus regni sui, qualiter Chal- 
díeorum terram invaderet. Chron. mundi. V. Hisp. illusir. t. iv, p. 83; Sandoval, Los cinco obis- 
pos, p. 66. 

2 Ensayo histórico, lib. ni, núm. 2. 

3 España Sagrada, tom. xxxiv, cap. xx, pág. 466. 

15 



114 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

rando la naturaleza del único asunto que allí se trató, y el corto núme- 
ro de seglares que firman como testigos, por Sínodo le tenemos, y no 
por Concilio ó Asamblea nacional, y ménos aún por Cortes del Reino \ 
Padeció Martínez Marina el descuido de confundir el fidtlis concilius 
( sic ) que se cita en la escritura, con el Concilio de León celebrado en 
el año 974 á que llama Cortes generales, y se excedió al enaltecerlas, 
porque en ellas se hizo la elección de Ramiro III, lo cual dista mucho 
de la verdad. 

Tan corto es el caudal de noticias fidedignas que hemos podido ras- 
trear, registrando cuidadosamente las crónicas antiguas , acerca de los 
Concilios ó Cortes de los Reinos de Astúrias y León durante los prime- 
ros siglos de la reconquista. En este laborioso período de la historia 
eran los cuidados de la guerra obstáculo permanente á la constitución 
de un gobierno ordenado y regular. Celebrábanse juntas más ó ménos 
numerosas, cuando la necesidad lo pedia, ya de obispos y magnates, ya 
sólo de magnates, y fueron raras las asambleas semejantes á los Conci- 
lios de Toledo. 

No se conservan de esta época actas ni cuadernos auténticos, cuyo 
valor hubiera estimado en mucho la Real Academia de la Historia en 
razón de su antigüedad. Da principio á la Colección que ahora publica, 
con el primer documento de esta clase conocido, pues ni la diligencia 
ni la fortuna le han permitido remontar la corriente más allá del punto 
en que se fija. 

CAPITULO II. 

REINADO DE DON ALFONSO V. 
Concilio ó Cortes de León de 1020. 

Es Alfonso V un Rey de grata memoria por sus altas dotes de guer- 
rero y legislador. Repobló la ciudad de León destruida y arrasada por 
Almanzor, reedificó sus muros, dobló sus puertas, la fortificó con di- 
versas obras de defensa, y dió buenos fueros á sus moradores. 

De este Rey cuentan las crónicas que restableció las leyes de los Go- 

1 Omnes pontífices, omnes magnati vel cunctus promiscuus populas advenere, et in Conci- 
lio regis et regina?, alii qusestus proprios exponentes, etc. 

Confirman la escritura, además del Bey y Doña Elvira, cuatro obispos, un abad, cinco presbí- 
teros, ocho diáconos y doce seglares. Risco, España Sagrada, t. xxxiv, apénd. xx, p. 466. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 115 

dos, y añadió otras para que la ciudad y todo el Reino se gobernasen 
por ellas hasta el fin del mundo 

Hízose famoso y pasó su nombre muy honrado á la posteridad , sobre Concilio de León 
todo por haber celebrado el Concilio ó las Cortes de León de 1020. Con- 
cilio ó Cortes , suelen decir con alguna impropiedad los historiadores, 
pues participó aquella memorable asamblea de lo eclesiástico y lo se- 
glar al uso de Toledo 2 . 

Reunióse por mandado del Rey {jussu ipsius Regis) en su presencia 
y en la de doña Elvira, con asistencia de todos los obispos, abades 
y proceres del Reino de España , cuyas firmas no son conocidas de la 
posteridad, 

Entre las leyes ó decretos establecidos en el Concilio Legionense hay 
dos dignas de mención particular , porque renovando la práctica piado- 
sa constantemente seguida en los Toledanos, ordenan que en todos los 
que se celebren , primero se traten los negocios de la Iglesia, después lo 
perteneciente al Rey , y por último , lo relativo al gobierno de los 
pueblos. 

Esta observación no pasará inadvertida para los curiosos que se com- 
placen en notar las semejanzas entre los Concilios anteriores y los pos- 
teriores á la invasión de los Arabes, ni tampoco dejará de contribuir 
á fijar la opinión respecto al título que más conviene al Legionense. 

Confirma el precepto con el ejemplo , empezando el Concilio por de- 
cretar que sea respetada la jurisdicción de los obispos sobre las personas 
del orden eclesiástico dentro de sus diócesis, y por reconocer la propie- 
dad perpétua de la Iglesia en los bienes adquiridos en virtud de testa- 
mento. Asimismo ordena que nadie sea osado á despojar á la Iglesia de 
cosa alguna que le pertenezca, sopeña de' restitución y calumnia según 
la costumbre de la tierra. 

La ley visigoda De donationibus Ecclesiis daiis, establecía que las 
ofrendas de los fieles á las santas basílicas de Dios fuesen perpétuas é 
irrevocables, considerando acto de impiedad retirarlas de las manos 



1 Dedit Legioni praecepta et leges. quas sunt servandse usque mundus iste liniatur. Sampiri 
Chron. V. Sandoval, Los cinco obispos, p. 64. 

Leges Gothicaa reparavit, et alias addidit, qua? in regno Legionis etiam hodie observantur. 
Rod. Tolet. De rebus Hisp., lib. v, caq. xix. V. Hisp. illuslrata, t. nr, p. 111. 

Dedit ei ( Legioni) bonos foros et mores, quos debet babere tam civitas, quatn totum Legio- 
nense regnum á Ilumine Pisorga usque ad extremam Gallicise partem in perpetuum. Lucas Tu- 
densis, Chron. mundi. V. Hisp. illustr., t. iv, p. 89. 

2 «Juntó alli unas muy solemnes Cortes, que en aquellos tiempos llamaban Concilios». Am- 
brosio de Morales, Crónica general, lib. xvn, cap. xxxix. 



116 ex Amen de los cuadernos de cortes. 

del obispo que las había recibido y aceptado en nombre del Señor 1 . 

El Concilio Legionense amplió el derecho constituido, y declaró per- 
pétua la propiedad de los bienes que la Iglesia poseia , ó en cualquier 
tiempo llegase á poseer mediante la última voluntad de los fieles, igua- 
lando en sus efectos la donación y el testamento. 

Viene en seguida de estos decretos conciliares cierto número de leyes 
generales, relativas al estado de las personas y á la administración de 
la justicia. En cuanto á las primeras, ofrece el Concilio Legionense ma- 
teria de estudio á quien se proponga seguir al hombre paso á paso por 
el camino de la servidumbre á la libertad. 

Eran fórmulas muy usadas en las escrituras de los siglos ix y x, h<z- 
reditates et criationes , villas cum familiis , villas cum servos y otras 
del mismo tenor. Para declarar el sentido de estas frases conviene saber 
que habia en los primeros siglos de la edad media solares poblados y 
por poblar, es decir, tierras de labor con personas que habitaban en 
ellas y tenían obligación de cultivarlas, y otras sin población rural 
aplicada á su servicio. 

Tan estrecho era el vínculo del hombre con la tierra, que el solarie- 
go no podia desamparar el solar, que el hijo nacía solariego como su 
padre, y que cuando la heredad cambiaba de dueño, las familias desti- 
nadas á su cultivo mudaban también de señor. 

La condición del solariego distaba poco de la servidumbre. El Conci- 
lio Legionense la mitigó, y otorgó al mancebo forero (júnior) la li- 
bertad de morar ó no morar en la heredad según quisiese , dejando en 
ella la mitad de sus bienes, excepto aquellos cuyos padres ó abuelos ha- 
bían acostumbrado labrar las heredades del Rey, que continuaron en la 
obligación de prestar el mismo servicio que sus ascendientes. 

Los hombres de behetría fueron declarados libres de ir y venir con 
todos sus bienes, de arraigarse ó abandonar la heredad sin sujeción al- 
guna. Eran el núcleo del gremio de los labradores , porque gozaban de 
libertad y propiedad , y anunciaban una transformación social , pues 
reunidos con los artesanos y mercaderes llegaron á constituir el estado 
llano. 

Por mezquinas que hoy nos parezcan estas concesiones , no dejan de 
ser importantes juzgadas con el criterio propio del siglo xi. No es du- 
doso que el Concilio Legionense mejoró la condición del solariego, rom- 
piendo la cadena de la servidumbre territorial. Desde entonces fué á los 
ojos de la ley persona y no cosa ó parte integrante del fundo. 

1 Lex. I, tít. i, lib. v, For. Jad. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 117 

Celebra la Historia al Conde de Castilla Sancho García , contempo- 
ráneo de Alonso V, y trasmite su nombre á la posteridad que le conoce 
por el título de el Conde de los buenos fueros. Como autor de las primi- 
tivas leyes contenidas en el Fuero Viejo de Castilla , escribid: « Que á 
todo solariego puede el señor tomarle el cuerpo , e todo quanto en el 
mundo ovier; e él non puede por esto decir á fuero ante ninguno » 

Digna de respeto es la memoria del Conde de Castilla como legislador; 
pero ofenderíamos la del Rey de León si callásemos que los solariegos 
leoneses hallaron en el Concilio de 1020 más justicia y piedad que sus 
vecinos los castellanos en el Fuero Viejo. 

Siguen diversas leyes sobre delitos y penas, no mejores ni peores que 
tantas otras contenidas en nuestros fueros municipales. Admite el Con- 
cilio las multas d composiciones, y la purgación por medio del agua ca- 
liente, reminiscencia de la legislación visigoda*. Del mismo origen 
procede la ley en la cual se ordena que haya en León y demás ciuda- 
des, y en todos los alfoces, jueces elegidos por el Rey, á quien perte- 
nece la administración de la justicia por sí d por los ministros de su 
autoridad \ 

Comprende la última parte de las actas de este Concilio el fuero par- 
ticular de León. Otorga el Rey no pocas franquezas y libertades á los 
moradores de la ciudad, á fin de repoblarla y levantarla de sus ruinas, 
que á tan miserable estado la redujeron los Moros en los tiempos de 
Bermudo II. 

Es por demás curioso é interesante el conjunto de providencias rela- 
tivas al gobierno propio de la ciudad y su comarca. Ordena el Concilio 
que los mantenimientos se vendan por peso ó medida legal, castigando 
á los falsarios; dicta penas severas contra los perturbadores de la paz 
en el mercado público, que según antigua costumbre se celebraba en 
León el miércoles de cada semana ; atribuye al concejo la facultad de 
escarmentar á los infractores de las reglas de policía, y dispone que to- 
dos los moradores se reúnan en junta ordinaria ó cabildo abierto el pri- 
mer viernes de cuaresma en la iglesia de Santa María para establecer 
el peso y la medida del pan, del vino y las carnes, y el precio de las la- 
bores del campo, y para acordar qualiíer omnis civitas teneat justitiam 
in illo anno. 

Mucho ilustran estas noticias la historia de nuestro régimen munici- 

1 L. 1, tít. vn, lib. i. 

2 L. 32 , tít. i, lib. II. For. Jud. 

3 Regia jussione, aut ex consensu partium. L. 15, tít. I, lib. II. For. Jud. 



118 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

pal. Consta del Concilio Legionense que ya en el año 1020 había asam- 
bleas de vecinos, derecho de sufragio, un concejo con atribuciones de 
justicia, gobierno y policía y magistrados populares. Probablemente no 
sería el de León el único, ni acaso el primero del Reino. Las institucio- 
nes que derivan su fuerza de la tradición, no se se improvisan, ni nacen 
con aquel grado de perfección que después alcanzan. Un concejo tan 
lozano y floreciente como el leonés , supone la obra lenta de los si- 
glos ix y x, en los que, á la sombra de los fueros y cartas de población, se 
agrupan los moradores de un lugar, forman comunidad con sujeción á 
ciertas reglas para el gobierno inmediato de los vecinos, y en fin, se 
restablecen las antiguas costumbres favorables al renacimiento del mu- 
nicipio, que tan hondas raíces tenía en la historia de un pueblo de orí- 
gen romano. 

CAPITULO III. 

REINADO DE DON FERNANDO I, EL MAGNO. 
Concilio ó Cortes de Coyanza de 1050. 

Por muerte sin sucesión de Bermudo III, ocupó el trono vacante Fer- 
nando I, casado con Doña Sancha, hija de Alonso V y hermana del úl- 
timo Rey de León. Ya prevalecía en fuerza de la costumbre el derecho 
hereditario, natural consecuencia del principio que eran los reinos patri- 
moniales. 

Gobernaba á la sazón Fernando I el antiguo condado de Castilla con 
título de Rey, y como príncipe extranjero halló resistencia en los Leone- 
ses; mas se entró por el Reino con ejército victorioso, rindió sus ciuda- 
des y castillos, y se apoderó de aquel Estado en nombre de su mujer, 
con la osadía propia de un vencedor. 

Es verdad que fué aclamado, coronado y ungido en la iglesia de San- 
ta María de Regla por el obispo de León, según unos, con suma alegría 
de los ciudadanos, y según otros en Cortes generales que se celebraron 
en dicha ciudad el año 1037. 

Los antiguos cronistas guardan silencio acerca de la intervención de 
los grandes y prelados en esta solemne ceremonia ; pero el diligente 
Morales da tan puntuales noticias de la fecha, del número, calidad y 
nombres de los obispos, abades, condes y caballeros allí presentes , que 
debemos creerle, y creer también que el Rey de León y Castilla « con- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 119 

firmó las leyes que los antiguos Godos de España habían tenido para 
se gobernar, y puso el Reino en el mejor estado y concierto que pudo, 
que por causa de las guerras y la poca edad de D. Bermudo estaba muy 
estragado '. 

El P. Mro. Florez dice que en esta ocasión « á los aplausos con que 
se suele recibir al sol que nace , añadieron los grandes y prelados de 
España el dar á D. Fernando el título de Emperador 2 . 

La autoridad de que justamente gozan los dos historiadores nombra- 
dos robustece su testimonio, é inclina nuestro ánimo á la opinión que 
hubo Cortes ó Concilio de León en 1037 ; mas de lo que allí se trató sólo 
sabemos lo referido bajo la fe de quienes debieron tener á la vista docu- 
mentos de autenticidad nada dudosa. 

En Coyanza, ó sea Valencia de Don Juan, se celebró un Concilio el Concilio ó Cortes 

. . . -íii n ¿te Coyanza 

año 1050, al cual asistieron nueve obispos, varios abades y los grandes {le 1050 
del Reino. Fué esta asamblea de carácter mixto, porque además de con- 
currir ambos brazos, eclesiástico y secular, se tomaron acuerdos relati- 
vos al gobierno espiritual y temporal de los pueblos. 

En cuanto á lo primero, decretó el Concilio que cada obispo, con sus 
clérigos, administrase y mantuviese la disciplina en su iglesia; que en 
los monasterios se observase la regla de San Benito, y los abades y aba- 
desas fuesen obedientes al diocesano ; que ningún seglar ejerciese auto- 
ridad sobre las iglesias y los clérigos; que los presbíteros y diáconos no 
usasen armas, ni tuviesen mujeres en su casa, salvo madre, hermana, ó 
tia, hermana de padre ó de madre; que los cristianos no morasen con 
los Judíos ni comiesen con ellos; que las iglesias no perdiesen sus pose- 
siones por el trascurso de tres años, sino que las conservasen y recobra- 
sen en todo tiempo según lo establecido en los cánones y la ley góti- 
ca, etc. 

En cuanto á lo segundo, manda que los condes y merinos hagan jus- 
ticia y no opriman á los pobres; que en Galicia, Astúrias y Portugal 
se juzgue por las leyes del Rey D. Alfonso, y en Castilla por las del 
Conde D. Sancho; que el cultivador de tierras ó viñas en litigio, coja 
los frutos y los entregue al verdadero dueño, si fuere vencido en juicio; 
que si algún delincuente se hubiese refugiado en la iglesia , no sea ar- 
rancado por fuerza del asilo, y que en esto se proceda según manda 
la ley de los Godos ; y por último , que los mayores y menores sean 



1 Historia de los Reyes de Castilla y de León, p. 5. 

2 Clave historial, p. 208. 



120 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



Junta 
de magnates en 
León. 
Año 1058. 



1 



Junta 
de magnates en 

León. 
Año 1004 ó 10G5. 



fieles y obedientes al Rey, así como el Rey debe guardarles justicia. 

Confirmó Fernando el Magno sus fueros á los moradores de León, 
aprobó lo acordado por el Concilio, y se disolvió la asamblea en la forma 
ordinaria. 

Prosiguiendo el Rey la guerra que sin cesar hizo á los Moros, se apo- 
deró de Coimbra, visitó el sepulcro del Apóstol Santiago en reconoci- 
miento de las mercedes recibidas, y de regreso en León, celebró consejo 
con sus magnates para llevar sus armas victoriosas á los pueblos situa- 
dos en ambas orillas del Ebro. 

Observa Martinez Marina que este monarca convocó á los grandes y 
señores para deliberar sobre la continuación de la guerra, y no vaciló 
en admitir las Cortes de León de 1058 ^ Funda su opinión en un pasaje 

del Silense, que dice así: Rexvero Fernandus ad Legionensem ur- 

bem revertitur, ubi magnatorum suorum generalem habens conventum, 
slatuit barbaros bello aggredi' 2 . 

Debemos ser cautos en reconocer por Cortes ó Concilio las asambleas 
de magnates sin la asistencia de los obispos , porque el clero y la no- 
bleza eran entónces los dos brazos del Reino. Las juntas de condes y se- 
ñores que los Reyes convocaban con frecuencia para resolver un nego- 
cio árduo ó confirmar una donación ó privilegio, suplían la falta de un 
consejo permanente, como el Aula regia del tiempo de los Godos, que 
nunca se confundió con los Concilios. En suma ; las palabras del Silense 
magnatorum suorum generalem habens conventum, no prueban que Fer- 
nando el Magno haya celebrado Cortes en León el año 1058. El silencio 
de los cronistas é historiadores de los siglos xu y xm, tratándose de 
un hecho memorable y notorio , robustece nuestra opinión contraria 
á la de Martinez Marina. 

Por las mismas razones negamos la celebración de otras Cortes ó Con- 
cilio en León el año 1064 ó 1065, para aprobar la división del Reino 
por el mismo Fernando el Magno entre sus hijos. Es verdad que, según 

el Silense, habito magnatorum generali conventu suorum regnum 

suum filiis suis dividere placuit 3 ; pero ni los historiaderes antiguos, 
ni otros más modernos y de grande autoridad, como Ambrosio de Mo- 
rales y el P. Mariana, ni la palabra conventus en vez de Concüium, 
permiten admitirlas por verdaderas Cortes 4 . 

1 Ensayo histórico, lib. ni, núm. 24. 

2 Florez, España Sagrada, t. XVII, p. 313. 
5 España Sagrada, t. xvii, p. 320. 

4 Florez dice junta de señores. Reinas Católicas, t. i, p. 153. Martinez Marina escribe : «Jun- 
tó en la corte de León todos los grandes de la monarquia ». Ensayo histórico, lib. ni, núm. 24. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



121 



Había sobrado motivo para juntar los estados del Reino á fin de apro- 
bar el testamento del Rey, por ser aquella partición opuesta á la ley vi- 
sigoda, y muy perjudicial á los cristianos en guerra con los Moros; pero 
ya estaban arraigadas las ideas del Reino patrimonial y de sucesión 
hereditaria, y cediendo á la fuerza de la corriente, juzgó Fernando el 
Magno que bastaba el consentimiento de la nobleza para la validez del 
acto. 



CAPITULO IV. 

REINADO DE DON ALFONSO VI. 

La desastrosa muerte de Sancho II de Castilla abrió el camino del 
trono á su hermano Alonso VI, á la sazón fugitivo y huésped honrado 
y favorecido de Almenon , Rey moro de Toledo. Apénas el vencido y 
despojado Rey de León tuvo noticia de la traición de Vellido Dolfos, 
cuando hizo su entrada en Zamora, en donde fué recibido con grandes 
demostraciones de alegría por su hermana la Infanta Doña Urraca, y 
con gozo de toda la ciudad. 

Así refieren el suceso historiadores fidedignos. El arzobispo D. Ro- 
drigo cuenta que ómnibus acclamantibus vivat , vivat , omnes ei com- 
muniter juraverunl, el accepit ímpetu diadema 1 ; y su contemporáneo 
D. Lúeas de Tuy confirma la narración anterior con estas palabras: 
Legionenses auiem, Gallad el Astures, audientes regis Adefonsi ad- 
ventum, ei cum magna Imtitia Zemoram oceurrere, sibi eum regem ac 
dominum aclamantes 2 . 

El obispo de Pamplona, D. Fr. Prudencio de Sandoval, añade que Cortes 
luégo llamaron las ciudades y ricos hombres del Reino á Cortes en Za- 
mora, para que jurasen al Rey 5 . Toiró la noticia, y la copió" fielmente 
de Ambrosio de Morales, que la da sin citar escritura ni autoridad que 
la compruebe 4 . Por esta sola razón tendríamos por muy dudosas las lla- 
madas Cortes de Zamora de 1073 ; y la reunión de esta asamblea pare- 
ce tanto ménos verosímil, cuanto áun no habían tomado asiento en fas 
juntas d ayuntamientos del Reino con el clero y la nobleza, los procu- 
radores de los concejos ó el brazo popular. 

1 De rebus Hispanice, lib. vi, cap. xx. 

2 Chronicon mundi. V. Hisp. illustrata, t. iv, p. 99. 

3 Los cinco reyes, fol. 38 vto. 

* Historia de los Reyes de Castilla y de León, p. 124. 

ís 



de 

Zamora en 1078. 



122 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Cortes Después que Alfonso VI recobró la ciudad de Toledo, cuidó de poblar- 

Toledo en 1086. la» guarnecerla y ordenar su gobierno según convenia al lugar esco- 
gido para establecer su trono, y á la multitud de cristianos que allí se 
avecindaron. Restablecida la antigua sede arzobispal, convocó á los 
grandes, obispos y abades del Reino para que eligiesen arzobispo, ha- 
biendo recaido la elección en D. Bernardo, abad de Sahagun, aunque 
extranjero *. 

Fué sin duda el ánimo de Alfonso VI , restituir á su pasado esplen- 
dor la urbs regia de los Godos, y juzgó conveniente convocar y reunir 
con toda solemnidad una asamblea que renovase la memoria de los an- 
tiguos Concilios. 

Cortes Estaba Alfonso VI cansado de tantas guerras y trabajos, cuando cayó 

Toledo en 1109. enfermo de peligro en dicha ciudad. Sintiendo que se acercaba la hora 
de la muerte, « presentes D. Bernardo, arzobispo de Toledo, D. Pedro, 

obispo de Palencia, y casi todos los nobles y condes de España dejó 

el señorío de su Reino á Doña Urraca, su hija » -. 

De lo demás que se hubiese tratado en esta junta de grandes y prela- 
dos no tenemos noticia; pero las pocas trasmitidas á la posteridad son 
de importancia. El Anónimo de Sahagun calla lo que consta de la His- 
toria Compostelana, á saber, que Alfonso VI declaró á la asamblea su 
voluntad de que le sucediese Doña Urraca , con la cláusula de que si 
contrajese segundas nupcias, su hijo D. Alfonso reinase en Galicia, 
hasta que por fallecimiento de la madre recayesen en él por derecho 
hereditario todos los estados del abuelo 3 . 

Resulta que en aquella ocasión se dió el primer ejemplo de una mu- 
jer ocupando por derecho propio el trono de Castilla, y titulándose 
Reina propietaria ; que Alfonso VI instituyó, en presencia del clero y 
la nobleza á Doña Urraca, heredera de sus Reinos , acto que algunos 
autores señalan como el origen de la solemne ceremonia de jurar al in- 
mediato sucesor; que en el breve espacio de una generación, esto es, 
desde Fernando I hasta Alfonso VI , se robusteció y consolidó la idea 
del reino patrimonial, y que por tanto se asentó el orden de suceder 
en la corona por derecho hereditario. Nohabia ley que así lo establecie- 
se; pero estaba generalmente admitida y consentida la costumbre. 

1 Rod. Tolet. De rebus Eisp., lib. vi, cap. xxm ; Ambr. de Morales, Eist. de los Reyes de Cas- 
tilla y de León, p. 244; Sandoval, Los cinco reyes, fól. 75. 

2 Anónimo de Sahagun, cap. xiv. El autor cuida de añadir : « á lo cual me hallé presente. » 

3 Eist. Compostelana, lib. I, cap. lxiv. V. Florez, España Sagrada, t. xx, p. 115. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS D3 CORTES. 123 



CAPITULO V. 

REINADO DE DOÑA URRACA. 
Concilio de Oviedo de 1115. 

Con el cristiano deseo de restablecer la paz y poner remedio á los mu- Concilio 
chos y graves males que padecian los Reinos de León y Castilla, asóla- „ , . de , 11ia 

J ° * * . Patencia de 11 lo. 

dos por tantas y tan sangrientas discordias durante el reinado de Doña 
Urraca, convocó D. Bernardo, arzobispo de Toledo, el Concilio provin- 
cial de Palencia de 1113. 

Aspiraba el insigne prelado á restablecer la paz , dirimiendo la cues- 
tión del matrimonio incestuoso de la Reina con el Rey de Aragón, Don 
Alfonso I el Batallador, y á reintegrar á la Iglesia en la plenitud de sus 
derechos violados, con menosprecio de toda santidad y del culto divi- 
no. El Concilio entendió que su jurisdicción no alcanzaba tanto, y acor- 
dó que se celebrase otro general con asistencia de todos los obispos de 
España, abades, duques, príncipes, condes y demás señares del Reino. 

Hacemos mención del Palentino, ya porque algunos autores suponen Concilio 

„ , . , . _ , . de León en 1114. 

sin fundamento que en el mismo ano, y como a su impulso, se reunie- 
ron Cortes en Burgos, y ya porque en efecto dió origen al de León 
de 1114, en el cual se ordenaron várias cosas tocantes á la disciplina 
eclesiástica, y de un modo indirecto se decidió la causa pendiente entre 
los reales consortes, habiendo los Padres allí reunidos decretado que 
los matrimonios legítimos no se separen ; pero los contraidos por pa- 
rientes en grado prohibido, omnino separeniur , aui communione pri- 
veniur i . 

No deja de ser curioso y digno de notarse, que el Concilio de Palen- 
cia de 1113 haya tomado la iniciativa en la celebración del futuro nacio- 
nal, y no como legítima expresión de una esperanza ó un deseo de res- 
tablecer la paz, sino por via de precepto 2 ; siendo así que sólo al Rey 
estaba reservada la facultadad de convocar las asambleas de grandes y 
prelados para resolver los negocios árduos y graves por su conexión con 
el bien espiritual y temporal de los pueblos. 



* Hist. Compostelana, lib. i, cap. ci. 

2 Placuit eis tantee rei diffínitionem producere, et ia futuro generaliter concilium celebrare, etc. 
Ibid. cap. lxxxvjii. 



124 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Explican este olvido de los derechos inherentes á la soberanía real la 
turbación délos tiempos y la supremacía del clero, la clase más mori- 
gerada é inteligente de la sociedad en aquel siglo de hierro en que el 
poder se confundía con la fuerza. Sin embargo, el Concilio nacional no 
se celebró, ni el de León de 11 14 traspasó los límites de su competencia: 
prueba clara de que fué reconocido el abuso, y la voz de los Padres con- 
gregados en Palencia no tuvo eco. 
Concilio otro Concilio se reunió el año siguiente en Oviedo, cuyas actas son 

de 

Oviedo en 1115. conocidas. Tuvo el carácter de provincial en razón de su objeto, pues 
se trató de reprimir la audacia de los malhechores que infestaban las 
Astúrias [in Asturiarum partibus) , violaban la propiedad de las igle- 
sias y escandalizaban á la gente piadosa con sus sacrilegios. 

Los estatutos del Concilio Ovetense de 1115 no pasan de tres. Con- 
currieron varios obispos de España y Portugal cum principibus et plebe 
pr&dictce regionis; y en efecto suscriben las actas el conde Don Suero, 
y algunos caballeros de Astúrias, cuyas firmas van seguidas de un gran 
número de otras de personas de menor estado en representación de los 
territorios á que pertenecían. 

Más adelante aparecen las de diversos condes y caballeros de León, 
Astorga, Zamora, Galicia y Castilla, que sin duda no fueron presentes, 
pero aprobaron lo acordado en el Concilio , como acerca de las subscrip- 
ciones de los arzobispos y obispos observa el P. Risco, teniendo por 
cierto que son posteriores á su celebración 1 . 

Asimismo confirman los decretos la Reina Doña Urraca y sus her- 
manas las Infantas Doña Elvira y Doña Teresa con sus hijos é hijas, et 
cum ómnibus hominibus sibi subditis, á que responde la multitud de 
nombres oscuros contenidos en las actas: 

La asamblea de obispos y magnates habida en Oviedo el año 1115 
pertenece por la calidad de las personas y de los negocios que allí se 
trataron, á las juntas de carácter mixto llamadas Concilios. Los tres 
decretos confirmados por la Reina Doña Urraca tienden á restablecer la 
paz en bien de la Iglesia y del Estado , y á conservarla con el rigor 
de la justicia robustecida con la doble sanción de la pena corporal y del 
anatema. 

Si el Concilio fué al principio solamente provincial , elevóse después 
á nacional, en virtud de las adhesiones de los arzobispos, obispos , con- 
des y caballeros que no pertenecían al clero ni á la nobleza de Astú- 



i España Sagrada, t. xxxvnr, p. 259. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 125 

rias, y sobre todo desde que Alonso VII confirmó sus estatutos en 1124, 
y mandó tuviesen fuerza obligatoria ómnibus hominibus habitantibus 
in omni regno ejus; de suerte que el Concilio de Oviedo de 1115 reúne 
todas las condiciones necesarias para merecer el título y la autoridad 
de una asamblea ó junta del Reino, como los de León y Coyanza de 
igual naturaleza. 

Por la primera vez toman parte activa en el Concilio, juntamente 
con el clero y la nobleza, los hombres del estado llano, y no como tes- 
tigos mudos, sino para confirmar los decretos conciliares, y corroborar- 
los mediante un público y solemne juramento. No es decir que el esta- 
do llano hubiese en esta ocasión adquirido el derecho de entrar en las 
Cortes del Reino , pero sí que llamaba á la puerta reservada á las clases 
superiores y privilegiadas. No hubo en el Concilio de León de 1115 ver- 
dadera representación popular, bien que haya asistido el pueblo de As- 
turias distribuido en territorios ó comarcas, ó por lo ménos se hubiese 
contado con los principales moradores de las villas y lugares del Reino 
para firmar las actas. 

CAPITULO VI. 

REINADO DE DON ALFONSO Vil, EL EMPERADOR. 

Concilio de Palencia de 1129. 

Consta de la Historia Compostelana, que Alfonso VI instituyó here- 
dera de todos sus estados y señoríos á su hija Doña Urraca, y al hijo de 
ésta D. Alfonso, niño á la sazón de tres años , dejó el Reino de Galicia, 
si la madre maritum susciperet x . 

Cumplida la condición , pudo el nieto ascender al trono y tomar el 
título de Rey jure hereditario. Así lo comprendieron el obispo de San- 
tiago D. Diego Gelmirez, el conde D. Pedro de Trava, ayo del Infante, 
su hijo D. Rodrigo, Pedro Arias, Ares Pérez, Fernán Sánchez, Alvaro 
Ordoñez y otros caballeros gallegos que se confederaron para levantar 
y aclamar por Rey á D. Alfonso VII de León y Castilla. 

En la Iglesia Compostelana, al pié del altar mayor, el obispo don 
Diego, revestido de pontifical, le ungió, le entregó la espada y el cetro, 
y le ciñó la corona el año 1110. Fué solemne la ceremonia, grande el 



1 Lib. i, cap. lxiv. V. Florez, España Sagrada, t. xx, p. 115. 



Concilio 
ó Cortes de Pa- 
tencia de 1129. 



126 EXÁMEN DE LOS CÜADERN08 DE CORTES. 

concurso de gente, y el suceso de suma importancia para la nación, y 
con todo eso pasó sin sombra de Cortes. 

La nobleza de Galicia adicta al nuevo Rey, de acuerdo con los gran- 
des y caballeros de Astúrias, León y Castilla, descontentos de Doña Ur- 
raca, resolvieron coronarle segunda vez en la ciudad , antigua corte de 
sus mayores. Con el favor de los que seguian su bandera, convocó Alon- 
so VII á los obispos et omnes barones regni suiin Legione, et fecit impo- 
ndré sibi coronam secundum legem Dei el consuetudinem regum jprio- 
rum l . Ambrosio de Morales y Sandoval, que en esto como en otras mu- 
chas cosas fielmente le sigue, dicen que se juntaron el conde D. Pedro 
de Trava, D. Gutierre Fernandez de Castro, D. Gómez de Manzanedo 
y otros muchos ricos hombres del Reino, hallándose presente como ca- 
beza de este ilustre ayuntamiento el obispo de Santiago D. Diego Gel- 
mirez 2 . La narración de los tres historiadores referidos concuerda en lo 
esencial con el testimonio de otro coetáneo 3 . 

Esta numerosa asamblea del clero, la nobleza y el pueblo para solem- 
nizar la segunda coronación de Alfonso VII, no tuvo el carácter de Con- 
cilio ni de Cortes, como algunos autores suponen. Fué en todo igual á 
la primera coronación en la Iglesia Catedral de Santiago. Repítese la 
ceremonia de aclamar al Rey y ungirle ante el altar según la costum- 
bre de los Godos. Así, pues, cualquiera que sea la opinión vulgar, no 
hubo Concilio ó Cortes de León el año 1120; y en esto seguimos la del 
erudito Ambrosio de Morales que la califica de ilustre ayuntamiento, y 
nos apartamos de la del doctor Martínez Marina que la tiene por 
Cortes *. 

Deseando Alfonso VII pacificar el Reino y cicatrizar las heridas de 
una guerra civil tan porfiada y sangrienta, al paso que mejorar su cau- 
sa con hacer notorios los agravios que del Rey de Aragón recibía, de - 
terminó convocar un Concilio en la ciudad de Palencia el año 1129, al 
cual asistieron todos los obispos ds España, los abades, condes, grandes 
y caballeros. 

Esta asamblea de altos dignatarios de la Iglesia y del Estado perte- 



1 Luc. Tud. Chron. V. Hisp. illustrata, t. iv, p. 103. 

2 Ambr. de Morales. Hist. de los Reyes de Castilla y de León, pág. 36 ; Sandoval, Los cinco re- 
yes, fól. 119. 

3 Verumtarnen cum fama ejus advenientis adventum legionensibus civibus nuntiasset, episco- 
pus Didacus cum universo clero populoque obviam cum magno gaudio, sicut regi, processit, el 
ad ecciesiam S. Marías in Regem, die constituto, declaraverunt recto tramite surrexit, vexillum 
fleduxerunt. Adef. Imp. Ckronicon. V. España Sagrada, tova, xxi, pág. 321. 

* Teoría de las Cortes, párt. i, cap. x, núm. 4. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 127 

nece á la clase de las vulgarmente conocidas con el doble título de Cor- 
tes ó Concilio, ya por que tuvieron igual representación ambas potesta- 
des, y ya porque sus estatutos se descomponen en cánones y leyes. 

Son reglas de disciplina eclesiástica los decretos que tienden á robus- 
tecer la jurisdicción de los obispos, restituir á las iglesias y monaste- 
rios los bienes usurpados, desterrar las concubinas de los clérigos, re- 
coger en las casas de su orden á los monjes vagabundos, y reformar 
las costumbres, que con la licencia de los tiempos andaban estragadas. 

Son providencias de buen gobierno perseguir y castigar á los malhe- 
chores, proteger á los débiles y defenderlos contra los poderosos que 
los tiranizaban so color de hacer justicia, amparar en despoblado á los 
monjes, clérigos, viajeros, mercaderes y peregrinos, no consentir más 
portazgos que los establecidos en vida de Alfonso VI , desterrar el abu- 
so de labrar moneda falsa, dar la paz al Reino, y por último, mandar 
que todos prestasen de buena fe y con sencilla voluntad obediencia al 
Rey, so pena de excomunión \ 

Sin duda este Concilio Palentino de 1129 nos recuerda los Toledanos 
de la monarquía visigoda, continuando en el siglo xn la confusión del 
sacerdocio y del imperio, y el pacto de alianza entre la Iglesia y el Es- 
tado. Así se observa que Sandoval aplica á la asamblea del clero y la 
nobleza habida en aquella ocasión, los nombres de Concilio y Cortes 
indistintamente. Martínez Marina dice Cortes generales 2 . 

Por más solemnes , concurridas y famosas se cuentan las de León Cortes 
de 1135, en las que Alfonso VII fué proclamado Emperador. Asistieron deLeon de 
los arzobispos, obispos, abades, condes, príncipes y duques del Reino, 
y particularmente constan los nombres de la Reina Doña Berenguela, 
de la Infanta Doña Sancha, del Rey de Navarra D. García, del Rey mo- 
ro Zafadola y de los condes de Barcelona y Tolosa y otros de Gascuña 
y de Francia que daban párias al Emperador, y se reconocían por sus 
vasallos. 

Duraron estas Cortes ó Concilio tres dias. En el primero, los obispos, 
abades, monjes de la órden de San Benito y la clerecía tractaverunt 
quodad salutem animarwm omnium fideliitm sunl convenientia z . En el 
segundo, le impusieron la corona del Imperio y le entregaron el cetro, 
símbolos de su alta dignidad. En el tercero, juntó alrededor de su trono 



1 Hist. Compostelana, lib. m, cap. vir. V. España Sagrada, t. xx, p. 485. 

í Sandoval, Los cinco reyes, fól. 144, y Martínez Marina, Ensayo histórico, lib. m, núm. 25. 

3 Adef. Imp. Chronica, 28. Florez, España Sagrada, t. xxi, p. 346. 



128 ex Amen de los cuadernos de cortes. 

á los grandes y prelados, et tractaverunt ea quce pertinent ad salutem 
regni, et totius Hispanim*. 

Refiere la Crónica que el Emperador restableció las leyes dictadas 
por su esclarecido abuelo, Alfonso VI; que mandó restituir los bienes 
usurpados á las iglesias ; que ordenó se poblasen de nuevo los lugares 
que con tantas guerras se habian despoblado; que encomendó álos jue- 
ces la recta administración de la justicia sin miramiento á la persona 
del culpado, sino á la culpa misma, mostrándose benignos con los po- 
bres ; y por último, previno álos alcaides de Toledo y á los habitantes 
de toda la Extremadura que se apercibiesen y armasen para proseguir 
con vigor la guerra contra los Moros 2 . 

Esto es todo lo que sabemos de las Cortes ó Concilio de León de 1135, 
cuyas actas no existen , ó no han logrado descubrir los eruditos. Sin 
embargo, las escasas noticias que la Crónica del Emperador nos trasmi- 
te, bastan para comprender que subsiste el doble carácter de las asam- 
bleas de la nación, sobre todo, considerando el doble efecto de sus deli- 
beraciones y acuerdos, los unos relativos á la disciplina de la Iglesia, y 
los otros pertenecientes á la gobernación del Estado. 
Cortes deNájera Los doctores Asso y de Manuel dicen que el Emperador juntó Cortes 

ele 1137 '1138 

en Nájera el año 1138, en las cuales se hicieron várias leyes relativas 
al estado de los nobles , á las que se unieron varios usos y costumbres 
de Castilla, y juntamente algunas fazañas ó sentencias pronunciadas en 
los tribunales del Reino. 

Estas leyes, usos y costumbres, los fueros dados por el Conde D. San- 
cho García y el Ordenamiento de Alcalá, son los materiales que el Rey 
D. Pedro recopiló y publicó con el título de el Fuero Viejo de Castilla. 
De la celebración de estas Cortes, aunque los cronistas no las nombran, 
no puede dudar el crítico más escrupuloso. « Este es fuero de Castilla, 
que fué puesto en las Cortes de Nájera », dice el Viejo de Castilla; y en 
otra parte : « Esto es fuero de Castilla , que establesció el Emperador 
D. Alonso en las Cortes de Nájera», prueba que no admite contradicción 3 . 

Confirma la noticia el prólogo del tít. xxxi del Ordenamiento de Al- 
calá con las palabras siguientes : « Porque fallamos que el Emperador 
D. Alfonso en las Cortes que fizo en Nájera, establesció muchos ordena- 

1 Adef. Imp. Chronica, 28. Florez, España Sagrada, t. xxi, p. 346. 

2 Adef. Imp. Chronica, 28; Atnbr. de Morales, Hist. de los Reyes de Castilla y de León, p. 159; 
Sandoval, Los cinco reyes, fól. 156. 

3 Ley 2, tít. i, y ley 1, tít. v, lib. i. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 129 

inientos á pro comunal de los perlados, e ricos homes, é fijosdalgo, é de 
todos los de la tierra; é nos viemos el dicho Ordenamiento, etc. » 

Del número y calidad de las personas que fueron presentes á las Cor- 
tes de Nájera nada se sabe, y tal es la oscuridad de los tiempos, que no 
es bien conocida la fecha. Los doctores Asso y de Manuel callan los fun- 
damentos de su opinión al fijar el año 1138. 

Consta por una donación, según Ambrosio de Morales, que el 19 de 
Octubre de 1137 se hallaba el Emperador en Nájera, y de otra semejan- 
te que el 19 de Noviembre del mismo año estaba en el Real Monasterio 
de Oña con la Emperatriz Doña Berenguela. Desde entonces se pierden 
los pasos de Alfonso VII hasta el mes de Mayo de 1138 en que reapa- 
rece en Toledo al frente de un poderoso ejército, con el cual tomó el ca- 
mino de Andalucía. 

La Crónica refiere cómo el Emperador, después de haberle cedido el 
campo el Rey D. García de Navarra, se vino á Nájera muy gozoso con 
el triunfo, y luégo pasó á Castilla, en donde hizo pregonar que todos 
los caballeros é infantes de su Reino acudiesen á dicha ciudad en el mes 
de Mayo siguiente para proseguir la guerra. Mediaron los grandes y se 
ajustó la paz, y el Emperador movió sus armas contra los infieles *. 

No dice la Crónica que hubiese vuelto á Nájera, ni es probable que 
pusiese los ojos en la frontera de Navarra en todo el año de 1138, cuan- 
do tantos cuidados le llamaban á Castilla y Andalucía; por cuyas razo- 
nes tenemos por verosímil que las Cortes de Nájera se habrán celebrado 
durante la estancia del Emperador en aquella ciudad, entre el 19 de Oc- 
tubre y el 19 de Noviembre de 1137. 

Carecemos de una copia fiel y auténtica del Ordenamiento de Nájera; 
mas por fortuna suple en gran parte esta falta el tít. xxxn del de Alcalá, 
en donde se insertan sus leyes con alteraciones que no es posible deter- 
minar, pues el Rey D. Alfonso XI no las determina. « E Nos viemos el 
dicho Ordenamiento (dice), é mandamos tirar ende algunas cosas que 
non se usaban, e otras que non complian á los nuestros fijosdalgos, nin 
á los otros de la nuestra tierra , é declaramos algunas cosas de las que 
en dicho Ordenamiento se contienen , que fallamos que eran buenas é 
provechosas , é á pro comunal de todos los sobre dichos , é sennalada- 
mente á onrra é guarda de los nuestros fijosdalgo, etc. » 2 . 

A pesar de este inconveniente, no es difícil formar juicio de las leyes 

1 Post hoec Imperator et omnia castra sua, reversus est in Najaram civitatem suam cum mag- 
no triumpho et gaudio. Adef. Imp. Chronica, lib. i, núm. 35. 
* Prólogo del tít. xxxn del Orden, de Alcalá. 

17 



130 EXÁMEN BE LOS CDADEBNOS DE COKTES. 

hechas en las Cortes de Nájera. El objeto del Emperador fué reprimir 
la licencia de los nobles y someterlos á cierto grado de disciplina. Com- 
prendió que su autoridad no sería respetada , si las leyes pugnasen con 
las costumbres , y aparentando que mejoraba los fueros de la nobleza 
de Castilla, procuró enfrenarla, mediando el Rey como arbitro en sus 
discordias. Castigó á los promovedores de asonadas , prohibid que nadie 
retase á otro sin decirlo primero al Rey, impuso pena de muerte y per- 
dimiento de bienes á los traidores , mandó guardar las treguas entre 
bandos enemigos , y en fin , encerró la guerra privada en los límites 
más angostos que pudo. 

Reprimió la codicia de los hidalgos que oprimían á los labradores con 
servicios y pedidos en tiempo de paz y de guerra y fatigaban á los pue- 
blos con exacciones arbitrarias, y protegió á los solariegos estable- 
ciendo que « ningunt sennor que fuere de aldea ó de solares do oviere 
solariegos, non les pueda tomar el solar á ellos, nin á sus fijos, nin á 
sus nietos, nin aquellos que de su generación vinieren, pagándoles los 
solariegos aquello que deben pagar de su derecho » \- ley que no debe 
pasar inadvertida , pues determina el tránsito del labrador siervo de la 
gleba á colono libre , y encierra el gérmen de toda una revolución so- 
cial. Este generoso impulso fué secundado por otras que confirmaron y 
extendieron las libertades y franquicias de los moradores en las villas 
y lugares de behetría. 

Puso el Emperador órden en la administración de la justicia estable- 
ciendo merinos y jueces ordinarios para librar los pleitos , y pesquisi- 
dores , ministros ambulantes y celosos que llevaban la voz del Rey á 
todos los pueblos , áun los más humildes y remotos. 

Merecen particular atención por su novedad la ley que reserva las 
aguas y pozos salados , salvo los concedidos por privilegio ó ganados 
por tiempo, y los atribuye al Rey como una renta de la corona; la que 
prohibe labrar sin permiso del Rey las minas de oro , plata , plomo ú 
otros cualesquiera metales , asentando ya el principio del dominio del 
estado en que hoy se funda nuestra legislación minera; la que provee á 
la seguridad de los caminos de Santiago, de una á otra ciudad ó villa y 
de las ferias ó mercados públicos ; la que protege el comercio marítimo 
concediendo franquezas « á los navios de otras tierras ó de otros regnos 
que vinieren á los nuestros con mercaduría » ; y por último , la que 
manda á los cabildos eclesiásticos y demás personas á quienes según 



l Ley 13, tít. xxxn, Orden, de Alcalá. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 131 

derecho ó costumbre pertenece la elección de prelado , arzobispo ú 
obispo , hagan saber al Rey la vacante , y no elijan otro sin su noti- 
cia ; * é otrosí que todo perlado desque fuere confirmado é consagrado 
por do debe, ántes que vaya á su Eglesia, que venga á facer reveren- 
cia al rey » *. 

En estas Cortes de Nájera se hizo la primera ley general de amorti- 
zación , según los autores que tratan la materia , si bien la palabra ca- 
rece de propiedad. En fin , dice el Fuero Viejo : « Este es fuero de Cas- 
tiella que fué puesto en las Cortes de Nájera : Que ningund eredamiento 
del Rey que non corra á los fijosdalgo, nin á monesterio ninguno , nin 
lo dellos al Rey >• *. 

La razón de la ley no fué pener coto á la adquisición de bienes raíces 
por manos muertas, sino evitar donaciones y ventas de heredades «onde 
el Rey a de aver suos pechos, ó los avrie de aver, e los podrie perder 
por aquella carrera», respetando los privilegios de las clases y corpo- 
raciones exentas de tributos 1 . Más adelántela cuestión mudó de aspecto 
y tomó grande incremento, renovándose con calor en casi todas las 
Cortes que se celebraron en el largo período de cuatro siglos. 

Al través de las Cortes celebradas reinando Alfonso VII se vislumbra 
el estado social de España en la primera mitad del siglo xn. Eran ru- 
das las costumbres, y á pesar del gran celo del Emperador por la jus- 
ticia, y de que procuró corregir los abusos y reprimir con mano dura 
los actos de violencia , no se vieron cumplidos sus deseos. 

Los estatutos reiterados para que fuesen respetadas las personas y co- 
sas eclesiásticas, castigados los delincuentes, amparados los desvalidos, 
reformadas las costumbres y los jueces se mostrasen benignos con los 
pobres , son claros indicios de que era tibia la obediencia á las leyes, 
prevaleciendo sobre el derecho constituido el imperio de la fuerza. 

España , como todas las naciones de Europa durante la edad media, 
pasó su infancia bajo la tutela del clero. El ascendiente del sacerdocio 
en la sociedad de aquel tiempo se fundaba en la supremacía moral é 
intelectual de una clase versada en las letras divinas y humanas en 
oposición á una turbulenta nobleza , cuya única ciencia consistía en el 
ejercicio de las armas, y su virtud más preciada en el valor probado en 
los combates con Moros y Cristianos. Por eso el Emperador prestó aten- 
to oido á los consejos del Arzobispo de Santiago D. Diego Gelmirez, del 

1 Leyes 47 y sig. , tít. xxxn , Orden, de Alcalá. 

2 Ley n , tít. i , lib. i. 

3 Ibid , ley ni. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

de Toledo D. Bernardo y su sucesor D. Ramón, y cedió con humildad 
á las amonestaciones de los Romanos Pontífices Calisto II , Honorio II, 
Inocencio II y Eugenio III, y promovió ó autorizó la celebración de los 
Concilios de Burgos en 1136, Valladolid de 1137, Palencia de 1148 y 
Valladolid de 1155. 

Concilio Consta que asistieron á ellos muchos prelados de España, y que al de 
Burgos^e 1136 Bur g° s se nall( * presente el Emperador; mas no se citan nombres de 

y otros. grandes y caballeros, ni se da noticia de acuerdos relativos al gobierno 
temporal de los pueblos ; motivos suficientes para tenerlos por sínodos 
de la Iglesia española sin mezcla de Cortes generales , apartándonos de 
la opinión de graves autores que denominan Cortes el Concilio de Pa- 
lencia de 1148 1 . 

Es sabido que Alfonso VII dividió entre sus dos hijos los estados que 
poseía a título hereditario y había acrecentado por derecho de conquis- 
ta. Al primogénito D. Sancho nombró Rey de Castilla, Toledo y Extre- 
madura, y á D. Fernando Rey de León y Galicia'. 

No se tiene certeza de cuando ocurrió un suceso tan digno de memo- 
ria. La Crónica del Emperador guarda silencio. El Toledano D. Rodrigo 
y D. Lucas el Tudense atestiguan el hecho sin referir pormenores que 
hoy estimaríamos de importancia 3 . Mariana lo fija en el año 1135, poco 
después de haber el Emperador tomado este título ; pero según docu- 
mentos fidedignos, fué poco ántes del fallecimiento de la Emperatriz 
Doña Berenguela en 1149 4 . Lo que más importa es averiguar si la par- 
tición de los Estados y señoríos de Alfonso VII se hizo con el concurso 
de las Cortes. 



1 «En este año de la era 1186 celebró (el Emperador) Cortes en la ciudad de Palencia, y 
mandó juntar todos los prelados del reino á manera de Concilio, para que viesen un edicto que 
el Papa Eugenio III habia enviado, llamando á Concilio general que se habia de tener en la 
ciudad de Reims por causa de Gilberto Porretano, etc.» Ambrosio de Morales, Hist. de los Reyes 
de Castilla y de León, p. 283. 

Sandoval copia este pasaje á la letra, y más adelante escribe : « El santo Emperador, con zelo 
de servir á nuestro Señor, bizo la Junta que el privilegio dice de perlados en Palencia.» Los 
cinco reyes, fól. 176. 

2 Mariana, Hist. general de España, lib. x, cap. xiv ; Ambr. de Morales , Hist. de los Reyes de 
Castilla y de León, p. 286. 

3 Post hoc consilio quorundam comitum , Amalarici de Lara et Fernandi de Transtamarim, 
discidia seminare volentium , divisit regnum duobus filiis, Sancio et Fernando.» Rod. Tolet., 
lib. vil , cap. vil, 

«Priusquam vero moriretur , divisit imperium suum duobus filiis suis, Sancio scilicet et 
Fernando. Sancio quidem dedit bellalricem Castellana, et Fernando fidelem Legionem et Ga- 
llasciam. Luc. Tud. V. Hisp. illustr., tom. iv, pág. 105. 

i Mariana, Hist. general de España , lib. x, cap. xvi ; Ambr. de Morales, Hist. de los Reyes de 
Castilla y de León , pág. 286. 



exímen de los cuadernos de cortes. 133 

Nada autoriza esta suposición. El Arzobispo D. Rodrigo escribe que 
el Emperador dividió el reino entre sus dos hijos, Sancho y Fernando, 
por consejo de algunos condes. Por otra parte la división en vida del 
padre y el título de Reyes que ambos hijos usaron , significan su aso- 
ciación al Imperio, al mismo tiempo que su designación por inmedia- 
tos sucesores. La asociación tenía repetidos ejemplos en la monarquía 
visigoda. Liuva asoció al gobierno á su hermano Leovigildo, y reinaron 
juntos hasta que por muerte del primero quedó el segundo único po- 
seedor del trono. Leovigildo asoció á sus hijos Hermenegildo y Recare- 
do, y Chindasvinto á Recesvinto, supliendo con el tácito consentimien- 
to del clero y la nobleza la falta del expreso mediante la elección. 

Así sucedió en el caso presente, como lo prueba una escritura del 
año 1153 en cuya data se lee : regnanie ipso Jmperatore cum filio suo 
rege Sancio in tota Hispania, y así también se acredita la opinión del 
erudito Ambrosio de Morales que escribe : « Gobernaba el Rey D. San- 
cho en Castilla , hacia mercedes , dotaba iglesias y monasterios en estos 
años (1154), como si verdaderamente hubiera heredado »> i . 

La fuerza que en el siglo xn habia adquirido el derecho hereditario; 
el espíritu de familia poderoso á romper la magnífica unidad del Im- 
perio; la más bien contenida que' aplacada discordia de los grandes y 
caballeros ; los precedentes de la antigua monarquía , que por su nú- 
mero y conformidad podían interpretarse legítima costumbre, todo 
contribuye á suponer que Alfonso VII dividió el reino entre sus hi- 
jos con el consejo de algunos condes, pero sin la intervención de las 
Cortes. Asimismo, es probable, contra la presunción del Marqués de 
Mondéjar, que D. Sancho y D. Fernando no fueron coronados ni reco- 
nocidos de sus vasallos por Reyes en vida de su padre el Emperador 2 . 
La ceremonia de la coronación en aquella coyuntura, implicaba el pleito 
homenaje de los Castellanos y Leoneses representados por los altos dig- 
natarios del clero y la nobleza; y esta asamblea, convocada y presidida 
por el Emperador para jurar obediencia y fidelidad á sus hijos, equi- 
valdría al llamamiento y celebración de Cortes. 

1 Hist. de los Reyes de Castilla y de León , págs. 303 y 321. 

2 Memorias históricas del rey D. Alonso VIII , cap. v. 



134 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



CAPITULO VII. 

REINADO DE D. FERNANDO II DE LEON. 

Cortes Escasas, y por demás oscuras, son las memorias relativas á la cele- 

de Benavente de bracion de Cortes en el Reino de León en vida de Fernando II, hijo se- 

1176 

gudo del Emperador. Consta de la donación que el Rey hizo del castillo 
de Cauriel ó Coriel á la Orden de Santiago, que las hubo en Benavente 
el año 1176 con asistencia de los grandes y prelados, según la escri- 
tura de que da noticia el diligente Salazar y Castro '. 
Cortes De otras celebradas en Salamanca en 1178, da razón un privilegio 

de Salamanca de ^ m i smo R e y j concediendo varios lugares, iglesias y monasterios á la 
Sede episcopal de Lugo 2 . 
Cortes Sábese también por testimonio auténtico que tuvo Fernando II nue- 

de Be j 1 1 a J 1 ente de Ya & Cortes en Benavente el año 1181. « Concedo y confirmo ( dijo el Rey) 
todos los bienes referidos á la caballería de Santiago perpétuamente, 
desde el tiempo en que tuve mis Cortes con mis barones en Benaven- 
te (1176) donde mejoré el estado de mi reino, é hice recoger todas las 
encartaciones, y las confirmé con aquel derecho que cada una debe te- 
ner. Liberto, pues, estas heredades y las demás que adquieran de mí (el 
Maestre y caballeros de la Orden) de todo derecho y voz real, de suerte 
que hagan de ellas como cada uno pudo hacer de cada una de las he- 
redades referidas » 3 . 

En esta cláusula se funda el Conde de Campomanes para suponer 
que en las Cortes anteriores de Benavente se dió la ley, prohibiendo 
que los bienes de realengo ó de seglares y pecheros pasasen á manos 
muertas, á cuya autorizada opinión se adhieren los doctores Asso y de 
Manuel, pero no así el doctor Martínez Marina l . 



1 Post Beneventi Concilium quo máxima pars regni sui pontificatus L. et ecclesiarum prela- 
torum, caíterorumque regni sui illustrium ac nobilium virorum conventum, una cuín domino re- 
ge F. habere dignoscitur. Hist. genealógica de la casa de Lara, lib. xvi, cap. n. 

2 Ego itaque rex Fernandus , inter caetera quas cum episcopis et abbatibus regni nostri, et 
quampluribus aliis religiosis, cum comitibus terrarum et principibus et rectoribus provincia rum 
toto posse tenenda statuimus apud Salmanticam, anno regni nostri vigésimo primo, Era mccxvii, 
etc. Risco, España Sagrada, t. xli, cap. xix, p. 3B0. 

3 Bullar. Ord. S. Jacobi ad an. 1245, script. xxin, p. 157. V. Campomanes, Tratado de la re- 
galía de amortización, cap. xix, núms. 99 y 100. 

* Asso y de Manuel, nota á la ley 2.", tít. i, lib. i del Fuero Viejo de Castilla. Martínez Marina, 
Ensayo histórico, lib. in, núm. 29. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 135 

Preocupado Campomanes con su idea, sutilizaba al interpretar los tex- 
tos legales más ó ménos concernientes á la regalía de la amortización. 
La prohibición absoluta de « trasladar por título oneroso ó lucrativo to- 
da especie de bienes raíces sin licencia real en manos muertas » , des- 
cansa en una simple conjetura, débil argumento en materia tan grave 1 . 

Lo único cierto es que así en las Cortes de Benavente de 1176, como en 
las de 1181, se estableció la regla general que, no embargante cuales- 
quiera enajenaciones, cada heredad fuese exenta ó tributaria, según el 
derecho que debia tener, y sólo por excepción declaró el Rey libres las 
que poseía la ínclita Orden de caballería de Santiago, y las que adqui-' 
riese en lo sucesivo. Ambas leyes son fiscales. 

CAPITULO VIII. 

REINADO DE D. ALFONSO VIII, EL NOBLE. 

Poco tiempo ocupó el trono de Castilla Sancho III , conocido en la 
historia por su condición benigna, con el sobrenombre de el Deseado. 
Reinó por sí solo un año después déla muerte del Emperador Alfonso VII, 
su padre. 

A D. Sancho sucedió en la corona su hijo D. Alonso , entre los Reyes 
de Castilla el VIII. Tenia á la sazón dos años. Su tierna edad dió origen á 
que algunos escritores le hayan designado con el epíteto de el Pequeño. 

La minoridad de Alfonso VIII fué muy borrascosa. Dos bandos pode- 
rosos , el de los Castros y el de los Laras , disputaban con encarniza- 
miento la tutoría y el gobierno de Castilla. Avivó el fuego de la dis- 
cordia Fernando II de León, quien en aquel rio revuelto vió la ocasión 
oportuna para apoderarse del Rey niño y de su Reino, estimando en po- 
co los lazos de la sangre. 

Referir los tumultos, sediciones y lances de la guerra entre los Cas- 
tellanos y Leoneses, sería obra larga é impropia de este lugar. Una cir- 
cunstancia, sin embargo, resalta en medio de las turbaciones de Casti- 
lla durante la minoridad de Alfonso VIII, al punto que sería culpable 
descuido pasarla en silencio. 

Cuando el Rey Pequeño andaba fugitivo por no caer en las manos de 
los parciales de su tio D. Fernando de León, abrazaron la causa del 

1 Tratado de la regalía de amortización, cap. xix, núm. 104. 



13G EXÁMEN de los cuadernos de cortes, 

huérfano los vecinos de Soria. De esta ciudad le trasladaron á Segovia, 
en donde fué asimismo acogido con amor, y luégo hizo asiento en Avi- 
la, que le guardó y defendió con una constancia digna de memoria 
La Crónica general encarece la lealtad de que en aquella ocasión dieron 
tan señaladas pruebas los avileses diciendo : « E andaban así con él, fas- 
ta que lo llevaron á Avila, e allí lo criaron , e allí moró fasta que ovo 
doce años » 2 . 

Sin duda hubo muchos grandes y caballeros que guardaron fidelidad 
al Rey niño, y cuando jóven le ayudaron á recobrar su Reino por fuer- 
za de armas ; pero hubo también buen número de ciudadanos que á la 
voz de los concejos salieron á campaña. 

Así empezó el reinado de Alfonso VIII, apareciendo ya lleno de vida 
el estado llano, y vigorosamente constituido el régimen municipal en 
la segunda mitad del siglo xn. Sea que el Rey agradeciese los buenos 
servicios de los caballeros de las ciudades, ó sea que recelase nuevas pe- 
sadumbres de la condición intratable y de los hábitos de indisciplina 
de la nobleza feudal, siempre mostró particular inclinación á la de se- 
gundo orden 3 . 

Por este tiempo tomaron una parte activa en las guerras las milicias 
concejiles. Alonso VII fué asistido en las que tuvo con los Moros de las 
de-Toledo, Guadalajara, Talavera, Madrid, Avila, Segovia y otras ciu- 
dades ó villas. Los concejos de Avila, Segovia y Maqueda siguieron á 
Alfonso VIII desde su primera salida á visitar su Reino y rescatarlo del 
poder délos Leoneses. Algunos historiadores notan la presencia de las mi- 
licias concejiles en la desgraciada batalla de Alarcos, y citan los pendo- 
nes de Segovia, Avila y Medina con otros cuyos nombres no trasmite 
la historia, en la memorable de las Navas de Tolosa. 

Cuanto más se medita sobre el reinado de Alfonso VIII, tanto más 
claro se ve que Castilla atraviesa un período de transformación social, 
cuyo término es el advenimiento á las Cortes del estado llano ó brazo 
popular, favoreciendo el Rey la causa de los concejos, y allegándose los 
concejos al Rey, protector generoso de sus fueros, franquezas y liber- 
tades. 

1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xvn, § vil. 

2 Parte iv, fól. 382. 

3 « E D. Diego, señor de Vizcaya, e los fijosdalgo non estaban pagados del rey, porque dijera 
que tan buenos eran los caballeros de las villas de Extremadura como los fijosdalgo, e tan bien 
cavalgaban, é que facian tan bien armas como ellos, e por ende no le ayudaron en aquella lid 
(en la batalla de Alarcos) como debian, ca non eran sus corazones dellos con el Rey, porque 
tovieron que les dijera gran deshonra ». Crón. general, parte IV, fól. 393. 



Burgos de 1169. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 137 

Celebró Cortes Alfonso Yin en Toledo según unos, y según otros en cortes 
Burgos el año 1169. No están de acuerdo los autores en determinar cuá- _ de 
les fueron las primeras. Alguno pretende que las de Burgos corres- 
ponden al año 1170. La opinión más segura es que hubo Cortes en 
Burgos el año 1169, y que las de Toledo son muy dudosas *. 

Dice la Crónica general que llegó el Rey á Burgos, « e los condes, é 
los ricos ornes, e los perlados, e los cavalleros, e los cíbdadanos , e mu- 
chas gentes de otras tierras fueron y, e la corte fué y muy grande ayun- 
tada : e muchas cosas fueron y acordadas e ordenadas e establecidas, 
e los ricos ornes que tierra tenien del Rey, entregarongela luego, e 
sobre todo acordaron del pecho del Rey D. Fernando de León , e el 
corrimimiento que contra el Rey D. Alfonso, su señor, fizo en su crian- 
za, e de la de dar ende la rebidada. » 

« En estas Cortes de Burgos (prosigue la Crónica') vieron los conce- 
jos e ricos ornes del reino que era ya tiempo de casar su Rey, e acorda. 
ron de enviar demandar la fija del Rey D. Enrique de Inglaterra (Doña 
Leonor) que era de doce años, porque sopieron que era muy fermosa, e 
muy apuesta de todas buenas costumbres » 2 . 

La Crónica general, escrita en un siglo poco versado en la crítica, no 
inspira una ciega confianza, y por eso no debe admitirse sin reserva la 
noticia que á las Cortes de Búrgos de 1169 concurrieron los ciudadanos 
ó los concejos. Acrecienta la sospecha ó probabilidad de inexactitud, 
que la misma Crónica supone presentes á las Cortes de León de 1135, 
en las cuales fué Alfonso VII coronado Emperador de las Españas «quan- 
tos ornes buenos, e perlados, e arzobispos, e obispos, e abades avie »; y 
aunque há lugar á la duda si el cronista entendió por « ornes buenos » 
los « altos ornes » como dice en otro lugar, también podia entenderse 
que estuvieron representadas en aquella solemne ceremonia las ciuda- 
des 3 . No consta así de la Crónica de Alfonso VII, pues, entre las per- 
sonas del estado seglar que cita, solamente suenan los condes, prínci- 
pes y duques del Reino. 

Aparte de esta dudosa novedad, ofrecen sumo interés las Cortes de 



1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xvu, § x; Nuñez de Castro, Crónica deD. Alonso VIII, 
cap. xi ; Mondejar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Noble, cap. xvu. 

2 Part. iv, f 61. 387. Mondejar prueba que la Reina Doña Eleonor tenia diez años cuando se 
desposó con el Rey D. Alfonso VIII, que contaba poco más de trece. Mem. hist. de D. Alonso el 
Noble, cap. xx. 

3 Garibay, Compendio historial, lib. xu, cap. xx ; Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xvu, § xv; 
Nuñez de Castro, Crónica deD. Alonso VIII, cap. xxil ; Mártir Rizo, Hist. de Cuenca, part. i, 
cap. vi. 

18 



138 ex Amen de los cuadernos de cortes. 

Burgos, áun siendo poco lo que de ellas se sabe. Hicieron ordenamientos 
tocantes al gobierno de Castilla en tiempo de paz, y prestaron fuerza al 
Rey para continuar la guerra con el de León, que no cesaba de inquie- 
tar las tierras comarcanas. Los grandes de su parcialidad se resignaron 
á la obediencia debida á su señor natural, y Alfonso VIII recobró los 
lugares y castillos de que á favor de las discordias civiles se habian apo- 
derado. 

Es la primera vez que las Cortes tratan del casamiento del Rey como 
negocio de estado, y no por vía de consejo, sino con cierto grado de au- 
toridad. Una iniciativa tan resuelta tiene fácil explicación en la corta 
edad del Monarca. El ejemplo fué seguido en lo principal, bien que las 
Cortes no perseveraron en la práctica de casar al Rey, encerrando su in- 
tervención dentro de límites más angostos y prudentes. 
Cortes Dicen varios autores que Alfonso VIII congregó otras Cortes en Bur- 

Burgos de 1177. gos el año 1177, en las cuales pasaron sucesos dignos de saberse. De- 
jemos hablar al que con más extensión lo refiere. 

« El año de 1176 acompañó el conde (D. Ñuño Pérez de Lara) al Rey 
en la famosa conquista de Cuenca, que con su rendición se acabó en 21 
de Setiembre de 1177; y como para remediar las necesidades de aquel 
porfiado sitio quisiese el Rey echar á los hijosdalgo el tributo de cinco 
maravedís por cabeza, le resistieron ellos, capitaneados de los señores de 
Lara. Y dice una memoria antigua que, juntándose para esto tres mil 
caballeros en el campo de Gamonal, cerca de Burgos, donde se celebra- 
ban Cortes y estaba el Rey, envió el Señor de Lara á decirle que aque- 
llos hidalgos, en nombre de todos los demás de Castilla , tenían allí el 
tributo en la punta de las lanzas , que saliese á cobrarlo y lo pagarían 
como sus pasados, sin perder, no obstante, la reverencia que debían á 
su soberano, con lo cual cesó el intento, y nunca más se ha pensado en 
que la nobleza contribuyese con cosa semejante.» 

« Esta memoria dice que el tributo no era de cinco, sino de ocho ma- 
ravedís. También hay alguna equivocación en atribuir este hecho á don 
Ñuño, VI señor de Lara, porque no fué sino D. Pedro. También adver- 
timos que, agradecidos los hijosdalgo á la fineza de la casa de Lara, 
concedieron á su señor un yantar cada año en todos sus solares , y la 
preeminencia de ser devisero de mar á mar ; prerogativas que conser- 
varon siempre los descendientes del Conde D. Ñuño, con la calidad de 
tener en las Cortes la voz del brazo de la nobleza castellana » '. 



1 Salazar, Eist. genealógica de la casa de Lara, lib. xn, cap. i. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 139 

Mártir Rizo pone la escena en las mismas Cortes, de las que salid ai- 
rado el Conde de Lara, seguido de gran número de nobles determinados 
á defender con las armas la franqueza ganada por ellas con el esfuerzo 
de sus antepasados. 

Sea de uno ú otro modo, no hay motivo para negar la existencia de 
las Cortes de Burgos de 1 177 , ni se resiste creer el intento del Rey, la 
indignación de la nobleza y el arrebato del Conde D. Pedro, tan orgu- 
lloso como todos los Laras. No, no es la narración anterior una despre- 
ciable conseja, cuando el Obispo de Sigüenza, en el razonamiento que 
hizo al Infante D. Fernando, hermano de Enrique III, en las Cortes de 
Toledo de 1406, dijo: « Todos los presentes suplican á vuestra señoría 
que ansí por quien él es, como por ser Señor de la casa de Lara, e juez 
mayor de los hijosdalgo de estos reinos , quiera primero en estas cosas 
responde^ porque la costumbre de estos reinos es que la primera voz 
en Cortes sea el Señor de Lara » 

Lo tratado en estas Cortes fué sin duda arbitrar medios para prose- 
guir el cerco de Cuenca, y lo resuelto nada, según se colige del tumul- 
to que las cerró con ofensa del Rey. Los nobles no podían resignarse á 
ser de igual condición que los pecheros, y fué temeridad pedir el me- 
nor tributo á los hidalgos, porque desde los tiempos del Conde D. San- 
cho García, la franqueza era honra y privilegio de los caballeros caste- 
llanos. 

A estas Cortes de Burgos sucedieron las de Carrion de los Condes Cortes 
en 1188, famosas y memorables. En ellas Alfonso VIII armó caballero Carr¡on d ¿ e 
al Rey de León Alfonso IX , de quien dicen los historiadores que besó 
la mano al de Castilla en reconocimiento de vasallaje. También reci- 
bió caballería de Alfonso VIII el príncipe Conrado de Suevia (hijo del 
Emperador Federico Barbarroja) que había venido de Alemania á cele- 
brar su desposorio con la infanta Doña Berenguela. 

Ajustáronse las capitulaciones matrimoniales, y juraron su observan- 
cia el Arzobispo de Toledo, los Obispos de Búrgos , Avila y Calahorra, 
varios condes , señores y caballeros y los mayores de cuarenta y ocho 
ciudades, cuyos nombres expresa la escritura -. 



1 Crónica de D. Juan II, año 1406, cap. ni. 

2 Toledo, Cuenca, Huete, Guadalaj ara, Coca, Portillo, Cuéllar, Pedraza, Hita, Salamanca, Uce- 
da, Buitrago, Madrid, Escalona, Maqueda, Talavera, Plasencia, Trujillo, Avila, Segovia, Aréva- 
lo, Medina del Campo, Olmedo, Palencia, Logroño, Calahorra, Arnedo, Tordesillas, Simancas, 
Torrelobaton, Montealegre, Fuentepura, Sahagun, Cea, Fueutiduefia, Sepúlveda, Aillon, Made- 



140 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Dice el cronista Nuñez de Castro que á las Cortes de Carrion de 1188 
concurrieron los procuradores de las ciudades y villas arriba citadas. La 
expresión no es exacta , pues las palabras de la escritura son las si- 
guientes : Eme sunt nomina civiiatum et mllarum quorum majores ju- 
raverunt , Toletum, Concha, etc. 

Los mayores de las ciudades y villas eran los jueces y gobernadores 
de los pueblos , también llamados majorini, y en romance merinos del 
Rey según el texto castellano del Concilio de León de 1020 y de Co- 
yanza de 1050. 

Las capitulaciones que dieron ocasión á convocar y reunir estas Cor- 
tes contenian cláusulas muy graves relativas á la sucesión en el reino 
de Castilla de la Infanta en unión con su marido, y á los derechos de la 
legítima descendencia del futuro matrimonio. Asi mismo se estipuló 
que « después de legítimamente casados los barones de Castilla presta- 
rían juramento de fidelidad á Doña Berenguela y á Conrado con ella ». 

Y finalmente (decia la escritura), « si ántes de la venida de Conrado 

sucediere morir el señor Rey los barones, los príncipes del reino, los 

gobernadores, las ciudades, el Maestre de Calatrava con sus freiles, el 
comendador de Uclés con sus hermanos estén obligados al juramento y 
promesa que hicieron de recibir á Conrado y de entregarle por mu- 
jer á la dicha Berenguela.... y dar el reino á la misma mujer suya, y á 
Conrado con ella » *. 

Para mayor firmeza de lo pactado obtuvo el Emperador Federico del 
Rey de Castilla que jurasen su fiel observancia el clero superior, la no- 
bleza , las órdenes militares y las ciudades y villas. No tuvieron los 
majores civitalum et villarum una intervención directa y positiva en el 
casamiento de la Infanta con el Príncipe , ni en las capitulaciones ma- 
trimoniales. Juraverunt en las Cortes de Carrion de 1188, lo cual nos 
trae á la memoria que también juraverunt los plebeyos de Asturias la 
observancia de las leyes hechas en el Concilio de Oviedo de 1115 , rei- 
nando Doña Urraca. 

Convienen grandes historiadores en que Alfonso VIII reunió otras 

ruelo, San Estéban, Osma, Caracena, Atienza, Sigüenza, Medinaceli, Berlanga, Almazan , Soria y 
Valladolid. 

Publicó este curioso documento D. Antonio Suarez de Alarcon en bus Relaciones genealógicas, 
apend. escrit. xcix, y lo insertaron el P. Sota en sus Príncipes de Asturias, pág. 678, y Monde- 
jar en sus Memorias históricas del Rey D. Alonso VIII, cap. lvi y ap. II. Nuñez de Castro da 
también razón extensa de dicha escritura. Crónic. de D. Alonso VIII, cap. xxxvm. 

i Mondéj ar, Mernor. hist. del Rey D.Alonso VIII, cap. lvi. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 141 

Cortes en la villa de Carrion , aunque no están conformes en la fecha: 
quien dice 1192, quien 1193 y aun 1194 *. 

El objeto de estas Cortes fué resolver la guerra á los Moros, y el pri- 
mer paso convocar todas sus ciudades y villas , obispos y ricos hombres 
para acordar los medios de formar y prevenir mantenimientos con que 
sustentar á los soldados 2 . Así lo refiere Nuñez de Castro hablando á lo 
moderno , por lo cual no debe acogerse sin recelo la noticia relativa á la 
presencia del brazo popular. Estos preparativos de guerra tuvieron un 
triste desenlace en la sangrienta jornada de Alarcos. 

Con igual propósito que las anteriores congregó Alonso VIII las Cor- Cortes 
tes de Toledo de 1211. « No fueron para establecer leyes (escribe el ero- Toledo de 1211 
nista poco ha nombrado), sino para que todos los príncipes, prelados, 
ciudades y villas del pueblo cristiano se animasen para aplacar á Dios, 
preparándose con ayunos, oraciones y procesiones públicas, pidiendo 

al cielo les diese victoria contra los bárbaros Agarenos Hechas estas 

disposiciones como buen católico, nuestro Príncipe, para granjear los 
auxilios divinos , acudió después á los medios humanos, escribiendo 
cartas advocatorias á todos los cristianos de la Europa para que le favo- 
reciesen con gente, armas y caballos, representando á todos la justa 
guerra que intentaba , en que era interesada toda la cristiandad <> 3 . 

La mas antigua memoria de estas Cortes se halla en el libro que acer- 
ca de las cosas de España escribió el Arzobispo de Toledo D. Rodrigo 
Jiménez de Rada , actor en muchas pertenecientes al reinado de Alfon- 
so VIII , su consejero íntimo y siempre testigo veraz y bien informado. 

Dice pues el Arzobispo D. Rodrigo, que el Rey de Castilla determinó 
hacer la guerra á los Moros con el consejo de los prelados y magnates, 
sin pronunciar una palabra que preste el menor fundamento á la noti- 
cia de Nuñez de Castro en cuanto á la presencia en las Cortes de Toledo 
de 1211 de todos las ciudades y villas del reino 4 . 

Concluidas estas Cortes á que concurrieron según la antigua cos- 
tumbre solamente el clero y la nobleza , publicó el Rey un edicto para 

* 1192 según Mariana, Hist. general de España, lib. xi, cap. xvni, y Colmenares, Hist. de 
Segovia, cap. xvni, § ix. 1193 según Garibay, Compendio historial, lib. xn, cap. xxv, y Mon- 
déjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso VIII, cap. lxi. 1194 en el Catálogo de las Cortes de los 
antiguos reinos de España, pág. 9. 

2 Crón. del Rey D. Alonso VIII, cap. xliv. 

3 Crón. del Rey D. Alonso VIII, cap. lxvi. 

i Aldefonsus vero rex nobilis, habito cuín Archiepiseopo , Episcopis et inagnatibus consilio 
diligenti, ore ejus, universis acclamantibus, estprolatum, nielius esse in bello voluutatem 
cceli sub discrimine experiri, quam videre mala patrias et Sanctorum. De rebus Hisp., lib. vn, 
cap. xxxvi. 



14=2 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

que los soldados de á caballo y á pié , dejando los vestidos supérfluos, 
las guarniciones de oro y otros cualesquier ornatos inútiles al ejercicio 
militar, se fortaleciesen con armas útiles y convenientes para la guerra. 

Tal vez fuese el edicto un acuerdo tomado en aquellas Cortes ; pero 
sea ó no sea así , no tiene el carácter de ley suntuaria , sino de discipli- 
na militar y voto religioso. 

Las Cortes de Toledo de 1211 preceden poco tiempo á la campaña que 
cerró el Triunfo de la Cruz en las Navas de Tolosa. 

CAPITULO IX. 

REINADO DE D. ALFONSO IX DE LEON. 

Cortes de León de 1188.— Cortes de Benavente de 1202.— Cortes de León de 1208.— Cortes 

de León en año incierto. 



La gloria de haber dado entrada en las Cortes al estado llano , sin 
duda pertenece al Rey de León Alfonso IX. Es verdad que Alfonso VIII 
de Castilla llamó á los majores civitatum et villarum á las de Carrion 
de los Condes de 1188; pero no consta que hayan sido elegidos, ni te- 
nido voz ni voto en aquella asamblea , ni fué su presencia un acto de 
posesión desde entonces no interrumpida , del asiento que ocuparon á 
la par del clero y la nobleza ; al contrario , todo nos inclina á creer 
que á las de Carrion de 1192 ó 1193 y á las de Toledo de 1211 no asistid 
el brazo popular. 

Cortes No sucedió lo mismo en el vecino reino de León. Apenas subió al tro- 

de León de 1 188. no Alfonso IX, reunió las Cortes en dicha ciudad el año de 1188 cum 
archiepiscopo , et episcopis, et magnatibus regni mei (dicen las actas), el 
cum eleclis civibus ex singulis civitatibus. 
Cortes De las siguientes de León de 1189 hay vaga noticia ; pero de nuevo 

de Be j2Q2 ntede aparece el Bey con su mujer la reina Doña Berenguela y su hijo don 
Fernando, celebrando Cortes en Benavente el año 1202, presentibus 
episcopis, et vasallis meis , et multis de qualibet villa regni mei in 
plena curia. 

Cortes Por último, en 1208 Alfonso IX convoca otras Cortes en León, con- 
de León de 1208. ven ^ en i^ us una nobiscum venerabilium episcoporum cetu reveren- 
do, et iotius regni primatum et baronum glorioso conventu, civium mul- 
titudine destinatorum d singulis civitatibus considenle. 
Esta sucinta exposición de los hechos prueba que el estado llano pe- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 143 

netró en las Cortes de León ántes que en las de Castilla, ó por mejor 
decir, que fué una novedad introducida en Castilla, dando el ejemplo 
León ; y asi mismo prueba que las ciudades y villas del reino enviaron 
procuradores, y se arraigó la práctica de la representación popular me- 
diante el sufragio. 

Partió la iniciativa del pueblo que menos sentía la dureza del régi- 
men feudal ; pues mientras en el reino de León se observaban el Fuero 
Leonés y el Gótico confirmados por Fernando el Magno en las Cortes ó 
Concilio de Coyanza de 1050, regian en Castilla el Fuero Viejo y el de 
Nájera tan ricos en privilegios que robustecian el poder y alimentaban 
el orgullo de los ricos hombres é hijosdalgo. 

Alguna notable diferencia de genio ó costumbres existia entre los dos 
reinos hermanos , cuando el Tudense al referir como el Emperador 
Alonso VE dividió sus estados entre sus dos hijos , escribe : Sancio 
dedil bellatricem Castellam , cí Fernando fidelem Leyionem et Galla- 
ciam*. La bellatrix Castella era la nación oprimida por una altiva y 
turbulenta nobleza : la Jidelis Legio era el pueblo pacífico y tranquilo, 
bastante dueño de sí mismo para disfrutar de instituciones populares. 

Murió Fernando II en Benavente el año 1188, el mismo en que su 
hijo Alfonso IX congregó las Cortes de León con las cuales inauguró 
su reinado. 

Fueron estas Cortes las primeras generales que se celebraron en León, 
porque por la primera vez concurrieron los tres brazos del reino. Su 
objeto se manifiesta con toda claridad en las últimas palabras del texto, 
ad tenendam justitiam, et suadendam pacem in toto regno. En efecto, 
según una antigua y loable costumbre, cuando los Reyes subían al tro- 
no, llamaban las Cortes para proveer á la administración de la justicia 
y á la gobernación del estado con prudentes reformas 2 . 

Dijo un escritor contemporáneo que las Cortes de León de 1188 tie- 
nen la importancia de una constitución política al uso moderno ! . La 
observación es atinada y discreta, porque limitan y moderan la auto- 
ridad del monarca , ofrecen garantías á las personas y propiedades, re- 
conocen la inviolabilidad del domicilio , asientan el principio que cada 
uno acuda al juez de su fuero y castigan al que deniega la justicia ó 
maliciosamente dicta sentencia contra derecho. 

Prometió el Rey no hacer guerra , ni paz, ni tratado sino en junta 

1 Lucee Tud. Chron. V. Hisp. illustr., t. IV, p. 105. 

2 Martínez Marina, Teoría de las Cortes, parte u, cap. xn. 

3 Muñoz y Romero, Colee, de fueros municipales , t. I, p. 103. 



t 



144 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTE8. 

de obispos, nobles y hombres buenos, por cuyo consejo declara que 
debe guiarse *. 

Este decreto significa : 1.° Que á las Cortes futuras serán llamados 
los tres brazos del reino : 2.° Que el Rey entiende convocarlas y reunir- 
las para resolver ciertos negocios graves : 3.° Que se impone la obliga- 
ción de consultar al clero, nobleza y pueblo en semejantes casos : 4.° Y 
por último, que al asociar los tres estamentos al gobierno, no renuncia 
parte alguna de su soberanía , pues le concede la voz consultiva , pero 
no el voto deliberativo , es decir , que las Cortes de León en el siglo xn 
eran por via de consejo. 

Juró el Rey no hacer daño á nadie en su persona y hacienda sin ser 
oido en juicio, prohibid las asonadas, amenazó con el castigo á quien 
se atreviese á ofender la propiedad ajena, ó prendar el cuerpo del la- 
brador ó su ganado, encomendó la reparación de los agravios á las jus- 
ticias y alcaldes, renovó el precepto de acudir los acusados al llama- 
miento de los jueces, dictó reglas eficaces para que la pena siguiese al 
delincuente fugitivo como la sombra al cuerpo, mandó que á nadie se 
molestase citándole ante el tribunal del Rey y compeliéndole á presen- 
tarse en juicio en León , salvo si lo pidiese la naturaleza de la causa se- 
gún el fuero de su domicilio, y retiró al poseedor de una heredad por la 
cual pagase tributo al Rey , la libertad de enajenarla en favor de cual- 
quier orden ; ley, al parecer, de carácter puramente fiscal. 

Es sobremanera curioso el estatuto que castiga con rigor los actos de 
violencia conocidos en nuestra legislación criminal con el nombre de 
allanamiento de morada. Jura el Rey no invadir por fuerza , ni consen- 
tir que otro invada la casa ajena; y si alguno , cometiendo este atenta- 
do, matase al dueño ó ála dueña de la casa, manda que sufra la pena 
del aleve y traidor ; y si el dueño , la dueña ú otra persona , haciendo 
armas en defensa de la morada, diesen muerte á los invasores , no res- 
pondan (dice) del homicidio ni del daño. 

Tan rica es la suma de libertades otorgadas por Alfonso LX á su pue- 
blo en las Cortes de León de 1188; y decimos á su pueblo, porque la 

' Promissi etiam quod non faciam guerram, vel pacein , vel placitum nisi cum consilio, etc. 
Curia habita apud Legionem, anno 1188, cap. III. 

La fiel traducción de la voz latina placitum ofrece sus dificultades por la variedad de acep- 
ciones que tiene, según el Glossarium de Ducange. Una de las más comunes es conventio, pac- 
tum. En este sentido se halla usada con mucha frecuencia en el Forum Judicum. V. Ll. 5, 7, 8 
y 9, tít. v, lib. ii ; 2, tít. iv, lib. ni; 9, tít. vn, lib. V; 11 y 12, tít. i, lib. x. El texto se refiere 
visiblemente á pactos internacionales. 



de Benavente de 
1202. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 145 

nobleza y el clero bien honrados y favorecidos estaban con sus privi- 
legios. 

Al través de estas actas se perciben los latidos de la vida municipal. 
La frecuencia con que se citan las justicias y los alcaldes de las ciuda- 
des y sus alfoces ; la autoridad que se les concede y los indicios de un 
régimen electivo envuelto en la oscuridad de los tiempos, prueban que 
el concejo alcanzó un alto grado de prosperidad en el período que se- 
para las Cortes de León de 1020 y las de 1188. Así se explica el adveni- 
miento del estado llano á la participación del gobierno en León ántes 
que en Castilla, y la fuerza y autoridad del brazo popular en las Cor- 
tes , alta y gloriosa institución que nuestros mayores estimaron como 
un concejo general y superior á todos los concejos del reino, á cuyo 
poderoso influjo se debería, andando el tiempo , acercarse la nación á la 
unidad , asegurarse en la posesión y velar por la defensa de las liber- 
tades municipales. 

Otras Cortes generales celebró Alfonso IX en Benavente el año 1202. Cortes 
Sus actas llevan el título de Judicium regís Alfonsi el aliorum regni 
sui, y tienen el carácter de una concordia entre el Rey y los caballeros 
y otras personas que no se expresan. 

Fueron presentes los obispos « é mis vasallos ( dice el texto roman- 
ceado), é muchos de cada villa en mió regno en cumplida corte », y se 
hicieron siete leyes, de las cuales las cinco primeras establecen la dife- 
rencia que debe haber entre las heredades de realengo , abadengo y se- 
ñorío particular y las cargas ó tributos á que habrán de estar afectas. 

Gozaban las iglesias y monasterios del privilegio de la inmunidad 
real, es decir, de la exención de pechos por los bienes raíces que poseían. 
No así los caballeros y ciudadanos que por los suyos hacían el fuero ó 
pagaban los tributos de costumbre. 

El Rey se propuso resolver la multitud de cuestiones que suscitaba el 
movimiento de la propiedad territorial en virtud de contratos pasados 
entre los caballeros y los cabildos. El criterio de los jueces, ó sea de los 
arbitros para dirimir estas discordias, fué ajustado á derecho. Cuando los 
bienes de realengo se hacían de abadengo ó vice-versa mediante un tí- 
tulo traslativo de dominio, mudaban de fuero, porque cambiaban de 
naturaleza ; mas si se transmitía solamente la posesión, como en los ca- 
sos de préstamo ó peno, continuaban pagando los mismos tributos. 

Los bienes del patrimonio particular de los clérigos y los que adqui- 
riesen por compra no pasaban á realengo , ni tampoco eran tenidos por 
de abadengo mientras no los diesen á la Iglesia. 

19 



• 



146 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

En estas Cortes se aviva la querella de los dos estados , eclesiástico y 
seglar , á propósito de la ley llamada de amortización , querella que duró 
toda la edad media , y dió motivo á reiteradas instancias de los procu- 
radores para que los heredamientos del Rey no corriesen á las iglesias, 
ni á los monasterios , ni á los institutos religiosos. 

Dice Martínez Marina que son célebres las Cortes de Benavente de 
1202 por la ley de amortización ; pero según resulta de las actas, Al- 
fonso IX no prohibió á las iglesias , ni á los monasterios , ni á las órde- 
nes adquirir bienes raíces. De otro modo las juzga el mismo autor al 
observar que sus leyes tienen por blanco que no se confundan ni me- 
noscaben los derechos del fisco 

Las dos últimas leyes de las Cortes de Benavente de 1202 establecen 
que el Rey pueda reformar la moneda, y que todos los de su reino la 
deben recibir, añadiendo que si quisiere venderla , las gentes de la tier- 
ra no estarán obligados á comprarla. 

El texto es oscuro ; pero bien se colige la potestad real de mudar la 
moneda ó alterarla , como si su valor fuese arbitrario y dependiente de 
la voluntad del príncipe; error común que dió origen á quejas mil ve- 
ces repetidas en los cuadernos de Cortes , sin excluir las celebradas en 
el siglo xvn. 

En la segunda parte de la ley ó decreto se alude , al parecer, á la mo- 
neda forera , tributo que se pagaba de siete en siete años en reconoci- 
miento de señorío natural y se cobraba de distintas maneras. Decir que 
« el Rey vendió sua moneda á las gentes de la tierra de Duero por siete 
años , recibiendo por cada uno dellos por compra desta moneda sendos 
maravedís », podría significar que hizo con sus vasallos un contrato al- 
zado , mediante el cual le anticiparon cierta cantidad en equivalencia 
del total importe del tributo pagado en el plazo ordinario. 
Cortes Los ocho primeros capítulos de las Cortes de León de 1208 contienen 

on de 1208. var i os privilegios que el Rey otorga á las iglesias y monasterios , á sa- 
ber : que los bienes del obispo finado sean puestos bajo la custodia de 
guardadores y entregados al sucesor ; que los clérigos de las catedrales 
y de las aldeas estén exentos de tajas ó pedidos; que los hombres que 
por precio ó de grado acarrean pan, vino ú otras cosas necesarias á los 
obispos ó los clérigos sean libres de portazgo ; que el clérigo no sea ci- 
tado á juicio ante el merino ú otro juez seglar en pleito de que según 
el derecho civil y canónico deba conocer la autoridad eclesiástica , y se 

l Ensayo histórico, lib. ni, núms. 30 y 31. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 147 

observe la regla que el demandante siga el fuero del demandado, etc. 

Las demás leyes versan sobre la administración de justicia y el go- 
bierno de los pueblos , siendo curiosa la última estableciendo que , « los 
fijosdalgo que han barraganes (hijos de barragana), si los recibieren 
por fijos, sean tenudos á responder por ellos como por los de bien» ; es 
decir, que los naturales reconocidos por el padre, vivan bajo su protec- 
ción y amparo, como los habidos de legitimo matrimonio. 

Suponen algunos autores que Alfonso IX congregó otras Cortes en 
León , cuya fecha no está averiguada. El texto latino no es conocido. La 
copia romanceada empieza : «Era mccxx vgt. in mense man....» que cor- 
responde al año 1182 descartada la abreviatura. Que hay error en la fe- 
cha es indudable , pues Alfonso IX subió al trono por muerte de su pa- 
dre ocurrida en 1188. 

Martinez Marina, descifrando la abreviatura vgt, lée: «Era mccxxvii » , 
es decir, año 1189, lo cual, si no fuese probable, por lo ménos seria 
posible. 

Otra duda se ofrece todavía mas grave. Después de la fecha siguen 
estas palabras : « Don Alfonso , por la gracia de Dios , Rey de León e de 
Gallicia, á todos los de su regno, perlados e principes e a todos los 
pueblos salut » : encabezamiento más propio de una pragmática real 
que de un ordenamiento hecho en Cortes. No se halla en el texto una 
sola frase alusiva á su celebración , ni á la presencia de los brazos del 
reino para acordar en unión con el Rey las leyes que promulga. 

El documento tiene el sabor de la época y todos los caractéres de la 
autenticidad , y esto basta para que la Academia lo haya incluido en 
su Colección. 

Es una novedad la fórmula « Rey por la gracia de Dios » que desde 
ahora en adelante se usa en todos ó casi todos los ordenamientos de las 
Cortes. La antigua costumbre de consagrar los Reyes que observaron 
los Godos, continuada en los reinos de Asturias, León y Castilla, aun- 
que no fué constante , contribuyó sobremanera á propagar la idea que 
debían ser honrados y obedecidos como ungidos del Señor. Por otra 
parte Gregorio VII proclamando en el siglo xi y difundiendo por la 
cristiandad la doctrina que toda potestad viene del cielo, y que los prín- 
cipes están sometidos á la autoridad del Romano Pontífice , vicario de 
Dios en la tierra , prestó nuevo fundamento á la máxima que los Reyes 
rigen y gobiernan los pueblos por derecho divino. Germinó esta semi- 
lla durante el siglo xn , y el título de Rey por la gracia de Dios que Al- 
fonso IX se arrogó en la ocasión presente , prueba que el principio po- 



148 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

lítico-religioso de la monarquía de institución divina , aceptado como 
un dogma en la edad media , empezaba á dar sus frutos. 

Los doce capítulos que contiene el ordenamiento se refieren princi- 
palmente á sosegar el reino reprimiendo los atentados contra las perso- 
nas y la propiedad que se sucedían con menosprecio de la justicia, sin 
respetar las tierras del Rey , ni los derechos reales , ni los serviciales ó 
labradores que moraban en sus casares. Tiene este ordenamiento mu- 
chos puntos de semejanza con el de las Cortes de León de 1118,1o cual 
aumenta las probabilidades en favor de la fecha de 1189 ya indicada. 

Establece el último capítulo que «los hijos de los villanos pertene- 
cientes á nuestro derecho ( habla el Rey ) los padres de los quales no 
fueron caballeros , ninguno non ose facerlos caballeros, nin haberlos 
por caballeros , mas sean dejados al sennorio de aquel que tiene la 
tierra. » 

Miéntras los Reyes de Castilla admitían á los labradores al estado de 
los caballeros , cuando de su voluntad militaban con armas y caballo, 
los de León no permitían que el hijo del villano dejase de ser villano 
como su padre , y sin embargo era mayor la dureza del régimen feudal 
en Castilla que en León. Explica esta anomalía la historia de las Cortes 
en los dos últimos reinados. 



CAPITULO X. 

REINADO DE D. ENRIQUE I. 

Pocos dias sobrevivió la reina Doña Leonor á su marido, el vencedor 
del Miramamolin en la batalla campal de las Navas de Tolosa. Sucedióle 
en la corona de Castilla su hijo primogénito Enrique I de este nombre, 
á la corta edad de once años. 

Huérfano el Rey , hizo las veces de madre su hermana Doña Beren- 
guela, Reina de León, aunque apartada de Alfonso IX, su consorte. 
Tomó á su cargo la guarda de la persona de D. Enrique y el gobierno 
de sus estados ; pero dejándose persuadir y llevar de palabras engaño- 
sas , con deseo de su quietud ó recelo de peligros para la paz pública, 
acordó reunir Cortes en Burgos el año 1215 y tomar consejo sobre la re- 
nuncia de sus derechos en favor de los tres hermanos y Señores de Lara 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



149 



D. Alvaro, D. Fernando y D. Gonzalo, hijos de D. Ñuño, en quienes la 
ambición se hizo hereditaria *. 

A estas Cortes acudieron los grandes y prelados según la antigua cos- 
tumbre de Castilla, es decir, el clero y la nobleza sin las ciudades. Los 
ricos hombres y caballeros alcanzaron de Doña Berenguela que D. Al- 
varo, el mayor de los tres Laras , tuviese la persona del Rey y el gobier- 
no del reino , prometiendo antes y haciendo homenaje de no quitar las 
tierras á ninguno de los señores sin ser oido en justicia, no ir contra los 
fueros de las ciudades , villas y lugares , no hacer guerra á los pueblos 
vecinos , ni derramar nuevos tributos , ni hacer cosa importante sin 
consejo y mandato de Doña Berenguela, á quien el de Lara se obligó 
con juramento á respetar y servir « como señora natural , é fija de su se- 
ñor natural » 2 . 

Es la primera vez que de un modo claro y manifiesto intervienen las 
Cortes en la cuestión de la minoridad del Rey , y fijan las condiciones á 
que los tutores deben someterse al tomar á su cargo el gobierno del rei- 
no. Los precedentes repetidos formaron costumbre que penetró en el 
derecho público de León y Castilla. 

La violencia de los señores de Lara rayó en los límites de la tiranía. 
D. Alvaro convocó á los ricos hombres , y se celebraron Cortes en Va- 
lladolid el mismo año 1215. Descontentos y arrepentidos muchos de su 
parcialidad, volvieron los ojos á Doña Berenguela y la instaron para que 
recobrase el poder que con demasiada facilidad habia renunciado. En 
medio de estas discordias sobrevino la temprana muerte de Enrique I, y 
un príncipe de prendas superiores y extremadas virtudes , entre las cua- 
les resplandecían la justicia y la prudencia, ciñó á sus sienes la doble 
corona de León y Castilla. 



Cortes 
de 

Burgos de 1215. 



Cortes 
de Valladolid de 
1215. 



CAPITULO XI. 

REINADO DE D. FERNANDO III, EL SANTO. 

Asentado el órden de suceder en el reino de Castilla por derecho he- 
reditario , fué llamado á ocupar el trono vacante por muerte de Enri- 

1 Rod. Tolet. De rebus Hisp. lib. ix, cap. i; Garibay, Compendio historial, lib. n, cap. xxxix. 
Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xx, § ii; Nufiez de Castro, Crón. del Rey de Castilla D. En- 
rique I , cap. ni ; Mariana, Hist. general de España, lib. xn, cap. v. 

La Crónica general dice que la Reina «mandó llamar toda la tierra á Cortes á Burgos» ; pero 
nada apunta que permita sospechar la presencia de «los ornes buenos de los concejos», como 
en otras ocasiones. Part. iv, fól. 400. 

2 Crónica general , part. iv, fól. 400. 



150 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

que I su hermana mayor Doña Berenguela. Aclamada por los ricos 
hombres y caballeros , admitid la corona , no para retenerla , sino para 
renunciarla en su hijo el Infante D. Fernando. 

Alzaron estandartes por el nuevo Rey primero en Nájera, y poco des- 
pués con mayor solemnidad en Valladolid ante un concurso numeroso. 

Dice el Arzobispo D. Rodrigo que allí la Reina, filio regnum tradens 

ómnibus approbantibus ad regni solium sublimatur K 

d V n'dTd d eS ^ a ocas * on se ce l eDraron l as Cortes de Valladolid de 1217 , que 

1217. el P. Mariana apellida generales. 2 Sin embargo, no consta la asistencia 
del brazo popular, pues el Arzobispo D. Rodrigo, narrando los sucesos 
que precedieron y acompañaron á la elevación de Fernando III al solio 
de sus mayores, únicamente cita los magnates et milites ; y la Crónica 
general suministra poca luz al referir que « vinieron y los ricos ornes e 
los ornes buenos de las Extremaduras d'allende los puertos » 3 . La falta 
de conformidad entre ambos testimonios y la fácil crítica del autor de la 
Crónica son razones poderosas que aconsejan poner en duda la presen- 
cia del estado llano en las Cortes de Valladolid de 1217, á lo menos con 
la autoridad que á los hombres buenos de León daba el mandato expre- 
so de las ciudades. 

Contribuyeron estas Cortes á fijar dos puntos principales de nuestro 
derecho público , á saber , la sucesión de las hembras en defecto de va- 
ron, y la intervención de los brazos del reino en los casos extraordina- 
rios de renunciar la corona. 

Sin duda , antes que Doña Berenguela , ocupó el trono de Castilla 
Doña Urraca, pero no sin contradicción de la nobleza, á la cual repug- 
naba prestar obediencia á una débil mujer. « Tú no podrás retener ni 
gobernar el reino de tu padre ( le dijeron los condes y nobles castella- 
nos), si no tomares marido, y así te damos el consejo que tomes por 
marido al Rey de Aragón » 4 . 

Ninguna dificultad , ni la mas leve resistencia opusieron las Cortes 
de Valladolid al reconocimiento de Doña Berenguela como Reina pro- 
pietaria y legítima sucesora de su hermano Enrique I, muerto sin des- 
cendencia. La hija primogénita de Alfonso VIII ascendió al sólio en de- 



1 De rebus Hisp. , lib. ix , cap. v. 

2 Mariana, Hist. general de España, lib. XII, cap. vil; De Manuel Rodríguez, Memorias his- 
tóricas para la vida del Santo Rey D. Fernando , cap. ix; Martínez Marina, Teoría de las Cortes, 
part. ii, cap x, etc. 

3 Part. iv, fól. 403. 

4 Anónimo de Sabagun. V. Escalona, Hist. de Sahagun, ap. i, cap. xv. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 151 

fecto de varón , sin que una voz se levantase á contradecirlo ; prueba 
clara de cuánto se habia arraigado en el espacio de un siglo la sucesión 
hereditaria, desvanecidos los últimos escrúpulos por razón del sexo. 

La abdicación supone siempre , si es la monarquía electiva, el con- 
sentimiento de la nobleza o' del pueblo que tienen derecho de proveer 
la vacante del trono. Si los reinos son patrimoniales, no puede el prín- 
cipe reinante abdicar sino en su inmediato sucesor ; de suerte que en 
ambos casos, aunque por diferentes motivos , fué antigua costumbre la 
intervención de las Cortes. En las de Valladolid de 1217 se confirmó la 
práctica observada en los reinos de Asturias y León, cuando renuncia- 
ron la corona Bermudo I , el Diácono , Alfonso III , el Grande, y Alfon- 
so IV, el Monje. 

Pretende algún historiador que Fernando III, poco después de las 
Cortes de Valladolid de 1217, celebró otras en Burgos sin fijar la fe- 
cha La noticia no está comprobada, y por tanto debe tenerse por sos- 
pechosa. 

Volvió el Rey á Burgos en 1220 para recibir á su futura mujer Doña 
Beatriz, hija de Felipe, Emperador de Alemania. Esperábala Fernan- 
do III cum magnatibus et nobilibus el civitatum primoribus , y se cele- 
braron las bodas con gran solemnidad , con cuyo motivo fecit ibi curia 
nobilissima, assistentibus totius regni magnatibus, dominabus , et fere 
ómnibus regni militibus, el primoribus civitatum' 1 . 

No seria acertado traducir la palabra curia diciendo Cortes , sino mas 
bien corte; mas sea como quiera , conviene advertir que todavía rige el 
uso de Castilla de concurrir á la presencia del Rey, juntamente con los 
grandes y caballeros, los principales de las ciudades. 

No fué inadvertencia del historiador al escribir primores civitatum, 
pues narrando como falleció Alfonso LX de León en 1230, añade que su 
hijo, por consejo de Doña Berenguela, se puso en camino para tomar 
posesión de aquel nuevo reino que Dios le daba, quod ei de mandato 
patris pontifices , magnates et civitatum concilia jurarant~°. 

La mala voluntad que siempre tuvo Alfonso IX á D. Fernando, le 
inspiró la idea de nombrar por herederas á las Infantas Doña Sancha y 
Doña Dulce, hijas habidas en su primer matrimonio. Era una cuestión 
de la mayor gravedad para Castilla, pues corría el peligro de hallarse 
estrechada por los reinos de León y Aragón , si llegaba á tener efecto el 

1 De Manuel Rodríguez, Memorias hist. para la vida del Santo Rey D. Fernando, cap. v. 

2 Rod. Tolet. De rebus Hisp., lib. ix, cap. x. 

3 Rod. Tolet. De rebus Hisp., lib. ix, cap. xiv. 



152 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

proyectado casamiento de Doña Sancha con Jaime I el Conquistador. 
Los ricos hombres no estaban del todo llanos : algunos seguían la voz 
de las Infantas ; pero al fin ciñóse la corona D. Fernando con el apoyo 
que prestaron á su causa los prelados y los concejos. 

Mientras en Castilla suplían la ausencia del estado general en las 
Cortes y en otros actos solemnes á que concurrían el clero y la nobleza 
los primores civitatum, en León llevaban su voz los civitatum concilla. 
No es una vana cuestión de nombre ó de forma, sino de principio, por- 
que la asistencia de los «enviados de cada cibdad por escote», como 
dice el texto castellano de las Cortes de León de 1208, suponía un man- 
dato del concejo, entretanto que los principales de las ciudades signi- 
fican los caballeros avecindados en las mismas , según se infiere de un 
privilegio concedido por Fernando III al concejo de Segovia en 1250 
que dice así : « E mando é tengo por bien que quando yo enviare por 
ornes de vuestro concejo que vengan á mí por cosas que ovierede fablar 
con ellos, é quando quisiéredes vos á mi enviar vuestros homes bonos 
por pro de vuestro concejo, que catedes caballeros á tales , quales to- 
vierdes por guisados de enviar á mi. Et á aquellos caballeros que en 
esta guisa tomáredes para enviar á mi, que les dedes despensas de con- 
cejo en esta guisa, etc. •> 

Este curioso documento prueba que en el concejo de Segovia, y segu- 
ramente en otros de Castilla, la calidad de caballero no excluía la de 
hombre bueno y vice-versa, ó que habia concejos en los cuales domi- 
naba una nobleza de segundo drden y formaba la clase superior del 
vecindario ó los primores civitatum 2 . 

Contribuyeron á ennoblecer los concejos de Castilla Alfonso VI ex- 
tendiendo el privilegio de la caballería á todo labrador vecino de Toledo 
y su tierra que se obligase á mantener caballo de batalla y salir á cam- 
paña en caso de apellido, y Alfonso VIII dispensando favor á los caballe- 
ros de las ciudades y las villas que tan buenos servicios le habían pres- 
tado en la guerra con Fernando II de León, entretanto que los hidalgos 
seguían la voz de los Castros ó los Laras y despedazaban el reino. 

Rendida Sevilla en 1248, y ordenado el gobierno político y eclesiás- 
tico de la ciudad arrancada al poder de los Moros por las armas de los 
cristianos, resolvió Fernando III juntar las Cortes allí mismo. 

1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. XXI , § xiv. 

2 Escribe Tácito que Augusto nombró herederos en primer lugar á Tiberio y Livia : en el se- 
gundo á sus sobrinos y nietos, y en el tercero llamó á los primores civitatis ; palabras que Don 
Carlos Coloma tradujo los más principales de la ciudad. Anales, lib. i, § i. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 153 

En efecto, consta de un documento que copia á la letra Diego de Col- Cortes 
inenares, la celebración de Cortes en Sevilla el año 1250, con asistencia Sevil iade 1250. 
de D. Alfonso, primogénito del Rey, del Infante D. Alfonso, de otros 
personajes, varios prelados, maestres de las órdenes, ricos hombres, ca- 
balleros y hombres buenos de Castilla y León f . 

El diligente historiador de Sevilla se remite en este punto á la auto- 
ridad del grave historiador de Segovia, añadiendo que da á entender 
que en dichas Cortes y con su acuerdo se estableció el gobierno de la 
ciudad, y tuvieron principio las Hermandades Viejas de Castilla, cuya 
institución se atribuye á San Fernando 2 . 

Un escritor más moderno, también recomendable por su erudición y 
amor á la verdad, dijo: « Dispuesto el gobierno de la ciudad, juntó el 
Rey las Cortes, sin duda entre otras causas, para confirmar lo dispuesto 
y perpetuar el fuero. En ellas parece se instituyeron las Hermandades 
Viejas de Castilla, según la tradición de haberlas erigido San Fer- 
nando » 3 . 

De todo esto , lo único cierto y averiguado es la celebración de las 
Cortes referidas, porque la noticia se funda en un instrumento cuya au- 
tenticidad está fuera de controversia; mas que con acuerdo de las Cor- 
tes se hubiese establecido el gobierno de la ciudad, no pasa de una con- 
jetura de Ortiz de Zúñiga interpretando un pasaje de Colmenares que 
el lector más atento no fijará con certidumbre. 

Es la conjetura tanto ménos verosímil, cuanto se sabe que D. Fernan- 
do III otorgó á Sevilla y su tierra el fuero de Toledo en 15 de Junio 
de 1250, «en uno con la Reina Doña Juana nuestra mugier, y con el 
Infante D. Alonso nuestro fijo, primero heredero, y con nuestros fijos 
D. Fadric é D. Henrique » ; acto que parece algunos meses anterior á la 
celebración de las Cortes , pues áun no se habian derramado el 22 de 
Noviembre. Que en ellas se hubiese confirmado el fuero de Sevilla, es 
una presunción destituida de fundamento, ya porque no hay la menor 
noticia en que se apoye, y ya porque solian los Reyes otorgar y confir- 
mar fueros sin el concurso de las Cortes 4 ; y que allí con esta ocasión 
hubiesen tenido principio las Hermandades Viejas de Castilla, lo es- 

' Hist. de Segovia, cap. xxi, § xin. 

2 Ortiz de Zúfliga, Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, lib. i, año 1250, núm. 4. 

3 De Manuel Rodríguez, Memorias para la vida del Santo Rey D. Fernando, part. i, capítulo 

LXXXI. 

* De Manuel Rodríguez, Memorias para la vida del Santo Rey D. Femando, part. i, cap. LXXXI, 
páge. 145 y 148. 



154 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTEP. 

cribe Ortiz de Zúñiga, acogiendo una tradición recibida con descon- 
fianza, sino desechada por los eruditos 1 . Mal pudieron tener principio 
allí y en aquella ocasión, cuando parece probable que á la Hermandad 
Vieja de Toledo concedió privilegios Alfonso VIII, confirmados por Fer- 
nando III en 1220 2 . 

Son las Cortes de Sevilla de 1250 por varios títulos memorables , por 
que se cuentan las primeras entre las celebradas en Andalucía; y tam- 
bién las primeras generales ó comunes á los dos Reinos , después de su 
incorporación definitiva bajo el cetro de San Fernando. Viéronse por la 
primera vez reunidos los prelados, grandes, caballeros y hombres bue- 
nos de León y Castilla ; práctica casi siempre observada en las pos- 
teriores, y medio oportuno de constituir la unidad política, y formar un 
sólo estado con ambos pueblos. 

CAPÍTULO XII. 

REINADO DE D. ALFONSO X, EL SABIO. 

Cortes de Valladolid de 1258. — Ayuntamiento de Jerez de 1268. — Cortes de Burgos de 1269. 

Cortes de Zamora de 1274. 

No fué escaso Alfonso X en llamar á Cortes , pues además de los or- 
denamientos que se incluyen en esta Colección, hay noticias ciertas de 
haberlas celebrado otras diez ó doce veces por lo ménos. Explican la 
frecuencia de las Cortes en los treinta y dos años que reinó" D. Alfonso 
el Sabio , la creciente prosperidad de los concejos en el siglo xni, las 
graves cuestiones que se promovieron , y las querellas domésticas que 
atormentaron al Rey, cuya autoridad fué desconocida en el mar revuel- 
to de las discordias civiles. 

Alfonso X, como príncipe docto, se complacía en hacer leyes y orde- 
namientos para el mejor gobierno de los pueblos y la recta administra- 
ción de la justicia; y por otra parte el deseo de calmar los alborotos que 

1 Esta tradición, que de padres á hijos ha llegado á nuestros tiempos, padece la enfermedad 
que es inevitable á todas, pues no habiendo privilegio que la asegure, está expuesta á que nie- 
gue el hecho quien sólo quiere confesar evidencias.» Memorias para la vida del Santo Rey Don 
Fernando, part. i, cap. lxxxi, pág. 148. 

2 Salazar de Mendoza escribe: «El principio de esta Hermandad Vieja fué en los tiempos del 
Rey D. Alonso el Bueno, que ganó la batalla de Ubeda.» Monarquía de España, ,lib. ni, tít. vn, 
cap. xv ; Pisa, Descripción histórica de la Imperial ciudadde Toledo, lib. I, cap. xxm. 

Inserta el privilegio de Fernando III confirmando los otorgados por Alfonso VIH á la Her- 
mandad Vieja de Toledo, ó mejor dicho, á los Coimeros de Toledo, el autor de la Historia de la 
Guardia Civil, pág. 41. 



EXÁUEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 155 

promovían los ricos hombres conjurados contra él ántes y después de 
abrazar la causa del Infante D. Sancho, le obligó á emplear todos los 
medios de restablecer la concordia de los ánimos alterados ; y no siendo 
posible sosegarlos, prevenirse con asegurar la voluntad de los que per- 
manecían fieles, y confirmarlos en su obediencia. 

Armóse caballero Alfonso X, coronóse y fué aclamado en Sevilla con Cortes 
las ceremonias acostumbradas el año 1252. No consta que hubiesen in- „ . de . 

^ _ Segovia de 

tervenido las Cortes en el acto de la coronación. Túvolas en Segovia el 
año 1256, cuando ya empezaban las alteraciones en el reino descon- 
tento, porque, según dice la Crónica, el Rey D. Alfonso, en el comien- 
zo de su reinado, mandó deshacer la moneda de los pepiones, «éfizo la- 
brar la moneda de los burgaleses. » 

Era la nueva moneda falta de ley, por lo cual subieron los precios de 
todas las cosas á una altura hasta entonces no conocida. La general ca- 
restía excitó murmuraciones y quejas de los pueblos, y para tratar del 
remedio convocó las Cortes de Segovia, en donde se pregonaron tasas 
sin efecto, porque como observa juiciosamente Colmenares, lo que án- 
tes se podia comprar por precio, aunque alto, después no se hallaba por 
ninguno. El mal creció de suerte que una escritura de Sevilla de este 
mismo año, dice: « Non se fallaban paños por la laceria é carestía, é por 
la falencia de la moneda que consomian los averes de los oínes ». En fin, 
desengañado el Rey de la eficacia de aquel arbitrio , determinó alzar el 
coto 1 . 

No perdonó la injuria del tiempo el ordenamiento hecho en las Cor- 
tes de Segovia de 1256, que debia ser curioso , sobre todo en los porme- 
nores relativos á la industria, comercio y monedas de Castilla en la 
edad media. A falta de noticias mas circunstanciadas, será fuerza con- 
tentarse con lo referido, y concluir con las palabras del P. Mariana, 
juzgando severamente la determinación de batir un nuevo género de 
moneda, así de cobre como de plata, de menor peso que lo ordinario, y 
de más baja ley, que tuviese el mismo valor que la de ántes : « Resultó 
desta traza un nuevo daño, es á saber, que se encendió más el odio que 
públicamente los pueblos tenían concebido contra el Rey <> 2 . 

1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxn, § v ; Ortiz de Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares 
de Sevilla, lib. n, año 1256, núm. 7; Mondéjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Sahio,\\b. n, 
cap. vil. 

«Sobre lo qual (dice la Crónica) el Rey hobo de tirar los cotos, y mandó que las cosas se ven- 
diesen libremente, y por los preciosque fuese avenido éntrelas partes.» Crón. de D.Alonso el Sa- 
bio, cap. v. 

2 Hist. general de España, lib. xiv, cap. v. 



156 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Cortes Siguieron á estas Cortes las de Valladolid de 1258, á las que asistie- 

(le V& i258 lld de ron l° s arz °bispos, obispos, condes, ricos hombres y hombres buenos de 
las villas de Castilla, Extremadura y tierra de León. El ordenamiento, 
que por fortuna se conserva, muestra que el principal objeto de Alfon- 
so X fué moderar el gasto de su casa, y el que hacian los particulares 
en la mesa y los vestidos, en las bodas y los lutos. Son las primeras leyes 
suntuarias autorizadas por las Cortes , y vienen después de alzadas las 
tasas, intentando el Rey seguir otro camino para remediar los males 
cuya raíz estaba más honda que el lujo, pues era la causa de todos la 
imprudente alteración de la moneda. 

Alcanzaba el rigor de estas leyes á los ricos hombres, caballeros, es- 
cuderos y personas de humilde condición, á los clérigos y Jegos, á los 
cristianos, Moros y Judíos ; y pareciendo al Rey que la reformación de 
los gastos dejaba algo que desear, desterró de la corte á toda la gente 
ociosa y baldía, y mandó librar en breve plazo los pleitos de los quere- 
llosos, á fin de que se volviesen pronto á sus lugares. 

Debe la crítica ser indulgente con los autores de las leyes de Valla- 
dolid , pues la desarma la consideración que subsisten y prevalecen co- 
mo providencias de buen gobierno en el siglo xvn, y son defendidas, y 
muchas veces reclamadas por los escritores repúblicos de mayor renom- 
bre Cuando el error logra acreditarse y afirmar su imperio por tanto 
tiempo, ó no es tan grande considerado el modo de ser de los pueblos 
que lo aceptan sin protesta, ó merece disculpa quien se deja ir con la 
corriente de la opinión. 

Prohibir á los ricos hombres que tomasen sin derecho conduchos, 
asaduras, portazgos y montazgos en los lugares de realengo y de behe- 
tría, y proteger á los pueblos indefensos contra la rapacidad de los po- 
derosos, era conforme á la justicia y á las fazañas y albedríos recopila- 
dos en el Fuero Viejo de Castilla. 

En estas Cortes se puso coto á las usuras de los Judíos, y es la prime- 
ra vez que se hacen leyes sobre ello. Alfonso X igualó á los cristianos, 
Moros y Judíos que diesen dinero á logro, salvando los privilegios rea- 
les, y procedió con más cordura y templanza al reprimir la codicia de 
los Hebreos que muchos de sus sucesores, como se verá en otros orde- 
namientos. 

Con exquisita prudencia prohibió las ligas ó cofradías y malos ayun- 
tamientos que solían hacerse en daño de la tierra y en mengua del se- 
ñorío del Rey, como si previese que las hermandades de los nobles y los 
concejos habían de contribuir en gran manera á que terminase sus dias 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 157 

en Sevilla abandonado de todos, despojado del Reino y empeñada su 
corona. 

Asimismo prohibió que los mercaderes y menestrales se concertasen 
para poner precio á las mercaderías, medio más eficaz de promover la 
baratura que la tasa ; y por temor de la carestía vedó la saca de caba- 
llos y ganados de sus reinos. 

A la fecunda iniciativa de Alfonso X se debe la primera ley que cas- 
tiga á quien pone fuego á los montes, y también las primeras de caza y 
pesca. Sorprenden por su novedad la veda en razón de la caza menor 
desde Carnestolendas hasta San Miguel, y el precepto «que ninguno 
non eche yerbas nin cal en las aguas, nin otras cosas ningunas por que 
mueran los peces ». 

No se desmintió la sabiduría de Alfonso X como legislador en las 
Cortes de Valladolid de 1258. La mayor alabanza de la posteridad se 
cifra en que van pasados ocho siglos, y todavía algunas de aquellas le- 
yes forman parte de nuestro derecho vigente. Eran preludios del código 
de las Partidas que no feneció hasta el año 1263, al principio del doce- 
no de su reinado. 

Los merecidos elogios que no escaseamos al ordenamiento de Valla- 
dolid , no excluyen las censuras por el rigor de las penas, que algunas 
veces rayan en los límites de la crueldad. Castigar á quien prende fue- 
go á un monte con echarle dentro , y á los mercaderes y menestrales 
que se confabulan en daño de los pueblos con la pérdida de todos sus 
bienes, quedando los cuerpos á merced del Rey para que haga de ellos 
según su voluntad, y establecer penas iguales ó semejantes para escar- 
mentar á los que de otro modo quebrantasen las reglas ó posturas allí con- 
tenidas, por mas que la» leyes hayan sido hechas con acuerdo y con- 
sejo de las Cortes , acreditan el juicio del P. Mariana al reprender en 
Alfonso X su inclinación á la severidad extraordinaria. Sin duda la filo- 
sofía del derecho penal es una ciencia de cuya luz no gozaron los legis- 
ladores de la edad media; pero hay una razón natural que muestra á los 
hombres los caminos de la justicia. 

En Sevilla celebró Cortes Alfonso X el año 1260, según consta de una Cortes 
escritura que cita Ortiz de Zúñiga en sus Anales. Entiende el analista 
que « se hizo este año lo que cuenta la Crónica de la conclusión de las 
leyes de las Partidas , y el principio de hacerse todas las escrituras pú- 
blicas en romance , aunque ya antes se hacían en él muchas » *. 



de 

Sevilla de 1260. 



1 Anales ecles. y sec. de Sevilla, lib. II , año 1260, núm. 2. 



158 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

El erudito Marqués de Mondéjar prueba que el código Alfonsino no 
fué acabado hasta el mes de Junio del año 1263 ; de suerte que no coin- 
ciden , como se pretende , la terminación de la obra y la reunión de es- 
tas Cortes. En cuanto á los privilegios, es cierto que mandó cesar el uso 
antiguo de escribirlas en latin para pulir y enriquecer la lengua caste- 
llana; pero ni se fija la fecha, ni es cosa pertinente á las Cortes *. En 
resolución, lo que se trató en las de Sevilla de 1260 no se sabe: tal vez 
prevenciones para llevar adelante la guerra contra los Moros. 

Duraban los efectos de la alteración de las monedas , é iban en au- 
mento los clamores de los pueblos cansados de esperar el remedio. Con 
los males propios de la escasez y carestía de todas las cosas necesarias á 
la vida, coincidieron las espléndidas bodas del Infante D. Fernando con 
Doña Blanca de Francia, que se celebraron el año 1268 en Jerez de la 
Frontera. Murmuróse del gran dispendio de las rentas reales ya con- 
sumidas , y de la prodigalidad del Rey cuya magnificencia empobrecia 
el reino. La comparación del fausto de la corte con la miseria pública 
alteró los ánimos , y no contribuyó poco á avivar la llama origen de un 
terrible incendio. 

Ayuntamiento E n medio de estas desfavorables circunstancias provocó Alfonso X un 
erez en . ^y Un ^ am i en f. 0 ¿ e mercaderes y hombres buenos de Castilla, León, Ex- 
tremadura y Andalucía , con los infantes , prelados y ricos hombres , á 
fin de pedirles consejo sobre lo que con venia hacer para « que se tollese 
la carestía é tornase la tierra en buen estado. » Ayuntamiento, y no Cor- 
tes de Jerez de 1268 debe decirse, porque fué una junta ó reunión de 
personas principales y otras, sino de calidad, competentes, llamadas 
por el Rey á deliberar y proponer los medios más eficaces y oportunos 
á fin de restablecer la abundancia y baratura de las mercaderías , como 
los pueblos con tanta razón deseaban. Ni el Rey dió nombre de Cortes 
á la junta, ni lo fueron, porque no hubo llamamiento de las ciudades. 

Las providencias dictadas por Alfonso X en aquella ocasión son con- 
formes al espíritu del ordenamiento hecho en las Cortes de Valladolid 
de 1258. Fijó el valor de la moneda de oro, plata y cobre; puso precio 
á los metales , á las ropas de lana y seda , á las pieles , cueros y coram- 
bres, á las armas y jaeces , á los caballos, asnos, mulos , corderos, ove- 

i Mondéjar, Memorias hist. de D. Alonso el Sabio, lib. iv, caps, vi y vn y lib. vil, capítu- 
los iv, vi y vil. 

«El fué el primero de los reyes de España que mandó que las cartas de ventas y contratos y 
instrumentos todos se celebrasen en lengua española con deseo que aquella lengua, que era 
grosera , se puliese y enriqueciese.» Mariana, Hist. general de España, lib. xiv, cap. vil. 



i 



examen de los cuadernos de cortes. 159 

jas, cabras, lechones y aves; tasd los jornales de los mozos de casa y 
campo, peones , carpinteros y albañiles-, moderó el lujo de los vestidos 
y los gastos de las bodas ; confirmó las leyes sobre los trajes de los Mo- 
ros y Judíos ; prohibid sacar del reino ganados, seda, lana , vino y vian- 
das, y matar bueyes sino por vejez ú otra causa que los inutilizase para 
labor ; reiteró lo mandado acerca de la caza y la quema de los montes; 
impuso pena al corredor que comprase mercaderías para revenderlas; 
situó guardas en los puertos que impidiesen sacar del reino las cosas ve- 
dadas ; condenó por segunda vez las confabulaciones de los menestrales 
y mercaderes y las juras malas y malos ayuntamientos ; limitó las usu- 
ras de los Moros y Judíos al cuatro por cinco, y nada estableció respecto 
de los cristianos , < ca tengo que los cristianos ( dijo el Rey) non deben 
dar á usuras por ley nin por derecho » ; desterró las tafurerías en donde 
se jugaba á los dados, autorizó las tablas y el ajedrez, y formó empe- 
ño en dar fuerza á la justicia. 

Casi todas estas leyes carecían de novedad , y las pocas nuevas que 
contiene el ordenamiento de posturas hecho en Jerez, obedecen al mis- 
mo principio y responden al mismo sistema. La repetición arguye que 
el de Valladolid de 1258 no estaba en observancia, y que al descuido ó 
flojedad de los ministros de la justicia se imputaba la poca ó ninguna 
eficacia del remedio. 

Algunas de ellas , sin embargo , merecen particular atención , como 
la que empieza con las palabras : « Las medidas, é los pesos , é las varas 
sean todas unas. »> 

Fué Alfonso X infatigable promovedor de esta reforma , si hoy con- 
veniente , entonces necesaria por la infinita variedad de pesos y medi- 
das introducidas por la costumbre y autorizadas por los fueros mu- 
nicipales. 

Mostró por la primera vez su resolución de igualar todas las que esta- 
ban en uso al publicar el Fuero Real , libro que dió en Burgos el año 
1255 á los concejos de Castilla para que se rigiesen por sus leyes y se 
preparasen los ánimos á recibir un código general, aspirando á consti- 
tuir la unidad política mediante la unidad de la legislación. Dice el 
Fuero Real : « Mandamos que los pesos é las medidas por que venden é 
compran que sean derechos é iguales á todos , también á los extraños 
como á los de la villa » *. 

No desaprovechó el Rey la ocasión de promover y acelerar la reforma, 

1 Ley 1. a , tít. x, lib. m. 



IGO EXÁMEN CE LOS CUADEBN08 DE CORTES. 

cuando al conceder un privilegio á la ciudad de Toledo en 1261 mani- 
festó su firme voluntad de llevarla á cabo, dando por razón que « pues 
su señorío era uno , fuesen también unas las medidas y los pesos de sus 
reinos *. 

Ofrecen también cierta novedad las leyes que prohiben á la mujer 
cristiana vivir con Judío ó Judía ó con Moro ó Mora , servirlos y criar 
sus hijos, así como á la mujer Mora ó Judía « criar á su leche fijo do 
cristiano. » Ya en las Cortes de Valladolid de 1258 habia Alfonso X pro- 
hibido que la cristiana criase hijo de Moro ó Judío y la Mora ó Judía 
hijo de cristiano ; pero en este ordenamiento de Jerez de 1268 se inculca 
más todavía el ódio de raza y de religión que separaba á los tres pue- 
blos entre los cuales contaba el Rey de Castilla numerosos vasallos. 
Aquí tuvo origen una multitud de rigorosas providencias contra la na- 
ción judáica y los mudejares que representaban dos elementos de la ci- 
vilización y cultura de España en la edad media. De Moros y Judíos se 
valió Alfonso el Sabio para componer sus famosas Tablas astronómicas 
y para traducir al castellano varios libros de las lenguas orientales ; y 
con todo eso, el príncipe que formó tanto empeño en que fuesen unos 
los pesos y medidas de sus reinos , cedió al clamor insensato de la mu- 
chedumbre obstinada en pedir libertades, franquezas y privilegios para 
sí, y para los infieles, aunque hijos de una misma patria y vasallos del 
mismo Eey, leyes de cólera y venganza. 

Contiene el ordenamiento de posturas de Jerez un caudal no despre- 
ciable de noticias tocantes al comercio exterior de España en el si- 
glo xni. Sábese por él que de Francia, los Países-Bajos é Inglaterra ve- 
nían tejidos de lana y seda, tales como paños pardo, prieto, tinto y 
grana, escarlatas, blanquetas, valancinas , frisas , sargas , camelines, 
tiritañas, befas y otros géneros procedentes de Montpeller, Reims, Rúan, 
Estampas , Casteldun , Blaos ó Blois , Lille , Gante , Cambray , Duai, 
Iprés, Brujas, Valenciennes, Santomer y otras ciudades florecientes por 
su industria en la edad media. 

En Segovia se fabricaba paño conocido con el nombre de segoviano, 
y en Zamora lo imitaban : Ávila labraba banquetas y bureles , y de 
Navarra venían á Castilla paños tintos y blanquetas, tejido basto de 
lana. 

Fué el año 1270 triste y aciago para Alfonso X, porque en él tuvie- 
ron principio sus desgracias. Estaban los ricos hombres descontentos, y 



1 Burriel, Informe sobre la igualación de pesos y medidas, pág. 7. 



exímen de los cuadernos de cortes. 161 

haciendo cabeza de todos D. Ñuño González de Lara, se juntaron en 
Lerrua con buen número de caballeros, todos resueltos á negar la obe- 
diencia al Rey , si no daba cumplida satisfacción á sus agravios. 

Procuró Alfonso X calmar á los conjurados con la promesa de oir sus 
quejas y emendar las cosas según se lo pedian, para sosegar á los que ya 
estaban en armas. 

Siete eran los capítulos que formaron , á saber : 

1. ° Que las villas á las que otorgaba el Rey diferentes fueros ó pri- 
vilegios , los extendían é imponian á los lugares de los hijosdalgo y á 
sus vasallos. 

2. ° Que el Rey no llevaba en su corte alcaldes de Castilla que juzga- 
sen á los hijosdalgo. 

3. ° Que con los prohijamientos ó adopciones que hacian los ricos 
hombres del Rey y de los Infantes, quedaban los parientes desheredados. 

4. ° Que los servicios concedidos al Rey por tiempo limitado se redu- 
jesen á menos años y ofreciese no prorogarlos. 

5. ° Que no se demandase á los hijosdalgo la alcabala concedida á la 
ciudad de Burgos para el reparo de sus murallas. 

6. ° Que eran grandes los desafueros que cometian los merinos y pes- 
quisidores. 

7. ° Y queseseguian muchos perjuicios á los ricos hombres de León 
y Galicia de las poblaciones que hacia el Rey con menoscabo de sus 
rentas y vasallos. 

Á estas verdaderas peticiones respondió Alfonso X : 
1.° A lo que querellaban del fuero, que tuviesen los hijosdalgo el suyo 
según lo tuvieron en tiempo de los otros Reyes ; y que si él diese á al- 
guno su villa con la cual comarcasen , que los hijosdalgo no fuesen juz- 
gados por él , si no quisiesen. 

2° En cuanto á los alcaldes , que traia buenos alcaldes en su corte, 
pero que tenia por bien tomarlos de Castilla. 

3. ° Que era de fuero y antigua costumbre prohijar los hombres á 
quien quisiesen , y que no podian privar de este derecho á sus hijos; 
mas respecto á sí mismo, no tenía por bien que ningún rico hombre le 
prohijase. 

4. ° Que los servicios se los habían otorgado para los gastos de la 
guerra con los Moros, y porque pudiesen allegar los medios necesarios 
á su coronación como Emperador de Alemania, reconociendo que no se 
los dieron , ni él los tomaba por fuero. 

5. ° Que allí estaban ellos cuando otorgó el derecho de la alcabala el 

21 



1G2 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



Cortes 
de 

Burgos de 1271. 



concejo de Burgos y lo consintieron, y pues de esto se agraviaban, que 
tenía por bien que los hijosdalgo no pagasen. 

6. ° Que sobre los merinos, pesquisidores y cogedores mandaría pro- 
veer , y si hiciesen lo que no debian , los escarmentaría, y emendaría 
sus yerros. 

7. ° Y por último, que no habia mandado hacer población alguna en 
heredad ajena, sino en la suya con arreglo á fuero; mas que si lo te- 
nian por agravio, pondría la cuestión en manos de los hijosdalgo, y de 
villas y clérigos ; y si hallasen que otros Reyes no las hicieron , que 
las desharía. 

Con las respuestas favorables del Rey acalló las voces de los descon- 
tentos, quienes , para mayor seguridad y firmeza de lo pactado , le pi- 
dieron por merced que « mandase ayuntar Cortes y les dijese aquellas 
cosas por Cortes »; á lo cual dijo Alfonso X que » le placia de lo hacer; y 
envió luego por los prelados y procuradores de todas las villas de los 
reinos que fuesen en Burgos hasta el dia de San Miguel» 1 

Tales son los sucesos que prepararon la celebración de las Cortes de 
Burgos de 1271. En ellas confirmó Alfonso X lo otorgado por bien de 
paz á los confederados en Lerma. Sea que desconfiáran de las promesas 
del Rey y temiesen su justicia ó su venganza, sea que las ventajas ob- 
tenidas hubiesen aumentado el atrevimiento de los rebeldes, léjos de 
sosegarse y deponer las armas , le pidieron cosas nuevas , rehusaron 
toda avenencia, se desnaturalizaron según fuero de Castilla y ofrecie- 
ron sus servicios al Rey moro de Granada. 

En estas Cortes de Burgos restituyó Alfonso X á la nobleza su anti- 
guo Fuero castellano , y condescendió con el ruego de los ricos hombres 
é hijosdalgo que pedian con ahinco ser juzgados por el que tuvieron en 
tiempo de los otros Reyes ; y todavía les otorgó que « ninguno non ho- 
viese poder de los juzgar si non home hijodalgo, y que para esto hoviese 
dos alcaldes hijosdalgo en la corte del Rey» 2 . Aquel dia fué anulado el 
Fuero del Libro ó Real recobrando su vigor el Viejo ó primitivo de 
Castilla, como observan los Doctores Asso y de Manuel con gran copia 
de erudición y buena crítica. 3 . Así se trastornaron los planes del Rey 



1 Crónica del Rey D. Alonso el Sabio, caps, xxn y xxni ; Mondéjar, Memorias hist. del Rey 
D. Alonso el Sabio, lib. v, caps, xm y xiv. 

2 Crón. del Rey D. Alonso el Sabio, cap. XXIII. 

3 Discurso preliminar al Fuero Viejo de Castilla, pág. XXXI. 

Los Doctores Asso y de Manuel suponen que las Cortes de Burgos se celebraron el año 1270, 
y no fué sino en 1271 según la Crónica, fecha que no ofrece la menor duda al escrupuloso Mar- 
qués de Mondéjar. 



BXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 163 

Sabio , estrellándose la voluntad de establecer un código general con- 
tra obstáculos invencibles , á pesar de su genio superior y la obstina- 
ción de su ánimo en pugna con las impetuosas corrientes del siglo. 

Continuaban el año 1273 las alteraciones del reino. Los ricos hombres 
y caballeros apartados del servicio del Rey no cesaban de conmover los 
pueblos y de persuadirlos á que se rebelasen. Esparcian rumores acaso 
no infundados. Decian que era necesario minorar el tributo concedido 
cuando se celebráronlos desposorios del Infante D.Fernando, sobre 
todo por el temor de que el Rey lo perpetuase, y reducir la décima que 
habia cargado en las mercaderías á su entrada y salida del reino á lo 
que ántes pagaban. 

Por quitar estos motivos ó pretextos de rebelarse los vasallos, tuvo 
Alfonso X un Ayuntamiento de algunos caballeros de las ciudades y vi- 
llas, en el cual renunció dos servicios de los seis concedidos en Burgos 
el año 1269, y en cuanto á los diezmos de los puertos, ofreció tomarlos 
solamente los seis primeros años á contar desde la fecha del privilegio 
de Toledo, confirmando las gracias otorgadas en el Ayuntamiento de 
Almagro. 

No hubo verdaderas Cortes de Almagro en 1273, sino junta de algu- 
nos vasallos fieles al Rey, y algunos caballeros de las ciudades y villas 
que mandó llamar, según refiere la Crónica, faltando la flor de la no- 
bleza de Castilla, que estaba en Granada, y sobre todo los concejos, de 
suerte que nadie llevó allí la voz del estado llano. 

Siguió á este Ayuntamiento otro en Avila el mismo año , calificado 
de Cortes por Colmenares, sin que la Crónica, ni el propio Alfonso X 
nos autoricen para tanto 1 . 

Cuenta la historia que « el Rey vino á Avila con los del Reino de 
León y con los de las Extremaduras, que eran ahí juntados por su carta 
de llamamiento, y estando ahí mostróles el hecho de la guerra que ha- 
bia con los Moros, é otrosí el tuerto é desaguisado que le hicieron 
D. Felipe (el Infante, hermano del Rey) y los ricos homes que estaban 
en Granada » 2 . 

Alfonso X, en una carta que escribió á su hijo primogénito D. Fer- 
nando á raíz del suceso, le dice: « Sabed que quando estas cartas me 

llegaron, yo era en Avila por fablar con los concejos de León y Extre- 
maduras » 3 . 

* Hi8t. de Segovia, cap. xxn, § xvi. 

2 Crónica del Bey D. Alonso el Sabio, cap. xlvii. 

3 Mondéjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. v, cap. xx. 



1C4 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

En ninguno de estos pasajes suena el nombre de Cortes, ni deben to- 
marse por tales cualesquiera juntas que los Reyes convocan por vía de 
plática ó consejo, sin guardarla forma de la representación ordinaria de 
los tres brazos del Reino. 
°°de B Cortes verdaderas son las de Zamora de 1274, pues aunque la Cróni- 

Zamora de 1274. ca omite en su descuidada narración la noticia, no cabe ponerla en duda 
á la vista del ordenamiento que allí se hizo , y que por fortuna se salvó 
de la injuria del tiempo. 

En efecto, consta la asistencia de prelados, religiosos, ricos hombres 
y alcaldes de Castilla y León, y áun la fecha de 20 de Julio, poco ántes 
de salir D. Alfonso de Toledo y emprender su jornada por Francia á 
tomar posesión del Imperio de Alemania. Sábese, por lo menos, que ca- 
minaba despacio, y se halló en Barcelona en compañía del Rey de Ara- 
gón, Jaime I el Conquistador, al principio del año 1275. 

Obsérvase en estas Cortes de Zamora que representan á las ciudades 
y villas sus alcaldes, circunstancia que recuérdalos majores civiiatum et 
villarum de las Cortes de Carrion de los Condes en 1188 ; como si toda- 
vía continuase rigiendo la costumbre de Castilla, y León hubiese per- 
dido la de elegir los ciudadanos que debían llevar su voz, perseverando 
en la práctica establecida en las de Bena vente del mismo año. Lo cierto 
es que miéntras no aparezca el enviado del concejo , no se puede afir- 
mar la existencia de un sistema electivo común á los dos reinos, funda- 
do en el principio del mandato popular. 

La contrariedad que experimentó Alfonso X cuando en las Cortes de 
Burgos de 1271 se vió obligado á retirar el Fuero Real y volver á la 
observancia del primitivo castellano, dejó un gran vacío en la legisla- 
ción respecto á la administración de la justicia. La necesidad de colmar- 
lo por un lado, y por otro el amor entrañable que profesaba á las refor- 
mas legislativas inspiradas por la sabiduría, inclinaron su ánimo á in- 
troducir en el ordenamiento de Zamora leyes relativas á los deberes de 
los alcaldes, abogados y escribanos, y establecer reglas determinando 
la jurisdicción del Rey y el modo de librar los pleitos en su corte ó tri- 
bunal: reminiscencias del Fuero Real, ensayo de una legislación gene- 
ral y única que reemplazase á la confusa multitud , variedad y rudeza 
de los fueros municipales \ 

La muerte inesperada del Infante D. Fernando , primogénito de Al- 



l Fuero líeal, lib. i , tít. vn, Del oficio de los alcaldes : tít. vin, De los escribanos públicos : 
tit. ix, De los boceros. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 165 

fonso X, acaecida el año 1275 en Villa Real (hoy Ciudad Real), suscitó 
la gravísima cuestión de quién tenía mejor derecho á suceder en la co- 
rona, si los Infantes de la Cerda, hijos procreados en el matrimonio de 
aquel Príncipe con la Princesa Doña Blanca, hija de San Luis, Rey de 
Francia, ó el Infante D. Sancho. 

Favorecían á los primeros ser descendientes del hijo mayor del Rey, 
y como tales, venir á ellos por línea recta el derecho de primogenitura. 
D. Sancho alegaba el parentesco más cercano, en cuanto era el hijo se- 
gundo de Alfonso X, y la antigua costumbre de la monarquía. En efec- 
to, no fué desconocida esta forma de llamamiento en Asturias, ni en 
León, ni tampoco en Castilla, repitiéndose los casos de heredar el 
Reino el hijo con preferencia al nieto de mejor línea. 

En resolución, el pleito era dudoso, porque no había ley que lo deci- 
diese, ni tribunal que lo fallase fuera de las Cortes. Don Sancho instaba 
al Rey su padre para que le declarase sucesor en la corona : el Rey va- 
cilaba y consultaba á su consejo privado, no ménos suspenso é irresoluto, 
y al fin se adoptó el expediente de convocar las Cortes que se celebraron 
en Segovia el año 1276. 

Concurrieron los estados (dice Colmenares) , ventilóse la duda ( como Cortes 
si hubiera alguna), D. Sancho tenía granjeados los ánimos de los vasa- gegovia^e 1276 
líos, y dispuesto el de su padre, que por amor ó temor le declaró here- 
dero, y él hizo que los tres estados del Reino le jurasen sucesor de su 
padre, dando principio á este homenaje en Castilla que continúa hasta 
hoy, previniendo y asegurando la sucesión » 

Algo difiere la narración de Colmenares de lo que cuenta la Crónica, 
sobre todo respecto al juicio que debe formar la posteridad de estas Cor- 
tes tan famosas en la historia 2 . 

A la verdad no se tenían grande amor el padre y el hijo ; pero en fin, 
aunque Alfonso X en el secreto de su corazón prefiriese á los Infantes 
de la Cerda, pudo más con él la razón de estado, y declaró, « catando el 
derecho antiguo y la ley de razón, según el fuero de España », que de- 
bía sucederle en la corona su hijo mayor D. Sancho. Era para esto el 
camino tan llano, que no necesitó ganar voluntades. 

1 Hist. de Segovia, cap. xxu, § xvm. 

2 «Llegado el Rey á la ciudad de Segovia, vinieron ahí los infantes, y los maestres, y todos 
los ricos houaes é infanzones y caballeros, y los procuradores de los concejos de las ciudades y 
villas de los reynos, y el Rey mandóles que hiciesen pleito homenaje al infante D. Sancho, su 
hijo primero heredero, que después de los dias del Rey D. Alonso que le oviesen por su Rey y 
señor, y todos hicieron lo que el Rey les mandó. Crónica del Rey D. Alonso el Sabio, cap. lxv. 



166 exímen de los cuadernos de cortes. 

Hizo más Alfonso X, y fué mandar que los tres brazos del Reino ju- 
rasen al sucesor, ó, como dice la Crónica, le hiciesen pleito homenaje 
de recibirle por Rey y señor después de sus dias. Sigúese de aquí que 
las Cortes de Segovia de 1276 no resolvieron la cuestión, pues ya estaba 
resuelta por Alfonso X, persuadido de su autoridad para dirimir la con- 
tienda, y de la fuerza del derecho hereditario. No solicitó el voto de las 
Cortes por vía de aprobación ó consentimiento que legitimasen el acto : 
mandó á los estados que prestasen el juramento de fidelidad y obedien- 
cia á que estaban obligados los prelados, ricos hombres y hombres bue- 
nos de los concejos en su calidad de vasallos. 

Pretende Colmenares que en estas Cortes de Segovia tuvo principio la 
costumbre de jurar al inmediato sucesor constantemente observada has- 
ta nuestros dias, de cuya opinión participan Salazar de Mendoza y otros 
graves historiadores. La costumbre venía de más lejos. A las honras 
que hicieron al Rey Alfonso VI, muerto el año 1109, fueron presentes el 
Arzobispo de Toledo , el Obispo de Palencia « y casi todos los nobles y 
condes de España, los quales todos oyéndolo, dejó el señorío de su reino 
á Doña Urraca su hija, á lo qual ( dice el anónimo de Sahagun ) me ha- 
llé presente » *. 

Una cosa semejante pasó cuando Sancho III, postrado en el lecho, en- 
comendó su hijo Alfonso VIII á los nobles de su Reino que tenían tier- 
ras de él, hasta que el Rey niño cumpliese la edad de quince años, « é 
de allí adelante que se aviniesen con él así como con su señor» 2 . 

La Infanta Doña Berenguela, hija primera de Alfonso VIII, fué jura- 
da por heredera del Reino en Burgos el año 1170, «é fué fecho ende 
privillegio, é dado en fieldad é en guarda en el monesterio de las Huel- 
gas » . 

«En pos desta Doña Berenguela (prosigue la Crónica) o vieron fijo 
varón que dijeron D. Sancho, é á quien ficieron omenage luego los 
de la tierra, é lo recibieron por heredero ; más luego á pocos dias finó é 
ficieron.... otra vez omenaje á la sobredicha Doña Berenguela los del 
Reino otorgando su privilegio » 3 . 

Todavía Enrique I fué jurado y recibido por heredero «después que 
finase su padre »; y si no bastan los ejemplos referidos ó parecen sospe- 
chosos, valga el testimonio del mismo Alfonso X, quien en vísperas de 
su partida en demanda del Imperio, al despedirse de los infantes, ricos 

1 Cap. xiv. V. Escalona, Hist. de Sahagun, ap. i. 

2 Crón. general, £61. CCCLXXX. 

3 Crón. general, fól. cccxc; Mondéjar, Memorias hist. del Bey D. Alonso el Noble, cap. xxn. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 167 

hombres , infanzones y caballeros de Castilla y León congregados en 
Toledo, les dijo que «fincaba en los reinos el Infante D. Fernando su 
hijo primero heredero por señor y por mayoral de todos en su lugar del 
Rey, y que bien sabían como le habían rescibido por Rey y por señor 
después de sus días, y si del algo acaesciere deste camino, que les man- 
daba que toviesen y guardasen á D. Fernando el pleyto y el homenaje 
que le hicieron 1 . 

Así pues, no lleva razón Colmenares al observar que en las Cortes de 
Segovia de 1276 tuvo principio este homenaje en Castilla, siendo cier- 
to y probado que, ántes de la jura deD. Sancho, otros hijos de Reyes 
fueron reconocidos y recibidos por herederos de sus Reinos 2 . 

Sin embargo, no se puede negar que desde entónces la costumbre se 
arraigó é hizo constante, y que el acto se revistió de cierta solemnidad 
y grandeza, según el espíritu de las monarquías. Siempre desde enton- 
ces cuidaron los Reyes de llamar las Cortes para jurar al inmediato su- 
cesor ; y si bien establecido el derecho hereditario la jura no daba el tí- 
tulo de sucesión en la corona, declaraba la ley en los casos dudosos, y 
confirmaba el que estaba fuera de controversia. 

Estalló la discordia mal reprimida entre Alfonso X y D. Sancho. El 
Rey «avia mucho en corazón» á su nieto D. Alonso de la Cerda, y ce- 
diendo á las instancias de Felipe de Francia y Cárlos de Sicilia para que 
« oviesse alguna cosa con que viviese », ofreció darle el reino de Jaén 
con la condición de hacerse vasallo y tributario de la corona de Castilla. 

Con el deseo de terminar esta enojosa cuestión por avenencia y de C< ^ es 
allegar dinero á fin de proseguir la guerra contra los Moros, reunió las Sevilla de 1281. 
Cortes en Sevilla el año 1281. Acudieron al llamamiento los tres brazos 
del Reino, á los cuales propuso el Rey hacer dos monedas, una de plata 
y otra de cobre para facilitar la contratación de todas las mercaderías 
grandes y pequeñas », «y porque el pueblo fuese mantenido y oviese 
abastamento de moneda, y por ella oviesen las cosas que oviesen me- 
nester. Y ellos diéronle por respuesta, más con temor que con amor, que 
hiciese lo que tuviese por bien, y que les placía >» 3 . 

Aquella mala sazón escogió Alfonso X para revelar áD. Sancho el se- 
creto « del pleito de D. Alonso, hijo del Infante D. Fernando », con áni- 
mo de obtener su consentimiento, y iuégo el de las Cortes, á fin de nom- 
brarle sucesor de una parte de sus reinos. Don Sancho respondió que «non 



1 Crón del Rey D. Alonso el Sabio, cap. lvi. 

2 Mondéjar, Mem. hist. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. v. cap. xxxiy. 

3 Crón. del Rey D. Alonso el Sabio, cap. lxxii. 



1G8 EXÁMEN DE LOS CÜADEUNOS DE CORTES. 

avia en el mundo cosa porque en ello consintiese » ; y replicándole el 
padre, le dijo que « pues él non lo queria hacer, que él lo queria hacer, 
y que non lo dejaría de hacer por él, ni por el homenaje que los de la 
tierra le avian hecho y que él le hiciera, y que él le desheredaría » 

La Crónica no declara si el Rey hizo á las Cortes la proposición 
de dividir el Reino. Ortiz de Zúñiga lo indica, añadiendo que hubo con- 
ferencias, repugnancias y descontento, y Mondéjar resueltamente afir- 
ma que la pública manifestación de su voluntad de ceder el Reino de 
Jaén al príncipe D. Alonso de la Cerda, su nieto, acabó por enajenarle 
la de sus vasallos 2 . El caso es dudoso en cuanto á la proposición; mas si 
la hubo, puede asegurarse que no se tomó ningún acuerdo. Ortiz de 
Zúñiga escribe que D. Sancho contradijo abiertamente á su padre, y 
haciendo cabeza y seguido de los que tenian su voz, se pasó á Córdoba. 

La sospecha se cambia en certidumbre al observar que el Rey no in- 
vocó el recuerdo de las Cortes de Sevilla en la sentencia pronunciada el 
año 1282 contra D. Sancho, desheredándole y declarándole incapaz de 
suceder en la corona, ni en su primer testamento, que corresponde 
al 1283, ni en el segundo de 1284; tres ocasiones á cual más oportunas 
de aludir á la cesión del Reino de Jaén en favor de D. Alonso de la Cer- 
da, si hubiese sido bien recibida y adoptada. 

El Rey, según Mariana, hizo llamar á Cortes para la ciudad de Tole- 
do; por ver si en alguna manera podia aplacar la cólera de su hijo y de 
la gente principal, y excusar la ocasión de poner, mano á las armas; 
pero no afirma que se hubiesen celebrado 3 . 

Más resuelto Colmenares, dice : « Con pretesto de sosegar la nobleza 
alborotada convocó el Rey Cortes en Toledo, y D. Sancho, declarán- 
dose del todo , las convocó para Valladolid. Acudieron pocos señores á 
Toledo, y muchos á Valladolid » 4 . 

Uno ú otro de estos graves historiadores escribe mal informado, si no 
ambos, pues Colmenares pone el suceso en el año 1281 , y Mariana en 
el siguiente. Lo seguro es que tales Cortes de Toledo no se celebraron, y 
acaso no fueron convocadas. 

Siguiendo los pasos de Alfonso X , y tomando por guia su Crónica, 
resulta que el año 1281 asistió en Burgos á las bodas de sus hijos los 

1 Orón, del Rey D. Alonso el Sabio, cap. Lxxn. 

2 Ortiz de Zúñiga, Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, lib. II, año 1281 , núm. l.° ; Mon- 
déjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. V, cap. Lvn. 

3 Hist. general de España, lib. xiv, cap. V. 
* Hist. de Segovia, cap. xxn, § xxi. 



EXAMEN de los cuadernos de cortes. 169 

Infantes D. Pedro y D. Juan; que se vió con el Rey de Aragón en Ta- 
razona, que en Junio entró en son de guerra por la vega de Granada; 
que pasó á Córdoba, y luégo tuvo Cortes en Sevilla. 

En 1282 fué con el Rey de Fez, Abu Yussuf, seguido de numeroso 
ejército, á Ecija, Castro y Córdoba; de allí á Andújar, Jaén y Ubeda, 
y volvió á Sevilla en 1283, en donde falleció el año siguiente de 1284; 
y como las Cortes de Toledo debian ser posteriores á las de Sevilla 
de 1281, es llano que no se celebraron ni pudieron celebrarse, porque 
desde el mes de Junio de dicho año permaneció el Rey en Andalucía. 

Procede el error de los historiadores de un pasaje déla sentencia pro- 
nunciada por Alfonso X contra D. Sancho, en el cual dice el Rey para 
apartarle de su yerro y acordar lo que se habia de hacer á fin de resta- 
blecer la paz, que se viniese con los grandes y con todos los que quisiese 
y le pareciesen útiles y á propósito para regular el buen gobierno del 
estado, á Toledo ó Villa Real ú otro cualquiera lugar que gustase esco- 
ger *. La entrevista se frustró; pero aunque así no fuese, nada tendría 
de común esta conferencia de padre é hijo asistidos de una parte de la 
nobleza, con la celebración de unas Cortes generales. 

Por Abril de 1282 (y no 1281, según Colmenares) convocó el Infante Ayuntamiento 
D. Sancho Cortes en Valladolid, como dicen nuestros historiadores. Vi- de Vaiiadolid de 
viendo el Rey era un acto de rebelión declarada. Entre los agravios de 
que Alfonso X se queja, y en los cuales funda la sentencia de deshere- 
dación de su hijo, ninguno daba causa tan legítima á una protesta; y 
en efecto, el Rey, ofendido en su persona y humillado en su dignidad, 
protestó diciendo: «Después de todo lo cual, no pudiendo (D. Sancho) 

ocultar más el mal intento que tenía concebido contra nos envió 

cartas y mensajeros por todo nuestro dominio para convocar en Valla- 
dolid á los prelados así seculares como religiosos, á los barones y caba- 
lleros y á las ciudades y pueblos, y celebró en aquella villa Cortes ge- 
nerales, si acaso se les puede dar este nombre » 2 . 

El juicio de la posteridad es todavía más severo que el del padre y 
Rey á quien se hizo la injuria reprobada por el Marqués de Mondéjar 
en los términos siguientes: «Al exceso de detener los embajadores de 
su padre , no sólo se siguió el de no responder á la propuesta que en 
nombre suyo le habían hecho, sino el más horroroso y execrable , cual 



1 Mondéjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. vi, cap. xix. 

2 Ibid. 

22 



170 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE C0RTE8. 

fué el de solicitar inmediatamente la convocación del conciliábulo, án- 
tes que legítimas Cortes para la ciudad de Valladolid, etc.» *. 

En efecto, faltaban dos requisitos esenciales al Ayuntamiento de Va- 
lladolid de 1282 para merecer el título de verdaderas Cortes del Reino, 
á saber, la convocatoria legal y su celebración de acuerdo con el Rey ó 
la persona que le representase. El clero, la nobleza y el estado llano 
eran tres poderes subordinados á otro más alto, pues en las monarquías 
de la edad media la potestad suprema residía exclusivamente en el mo- 
narca. 

A estas mal llamadas Cortes de Valladolid acudieron prelados, ricos 
hombres, caballeros y ciudadanos en representación de los concejos de 
Castilla y León, «y acordaron que se llamase Rey el Infante D . Sancho, 
e que le diesen todo el poder de la tierra ». La Crónica añade que « él 
nunca lo quiso consentir que en vida de su padre le llamasen Rey de 
los sus reinos » ; pero si formó escrúpulo de usar del nombre , no lo 
tuvo de ejercer la autoridad, pues admitid lisa y llanamente la justicia, 
se hizo entregar las fortalezas y tomó para sí los pechos y servicios debi- 
dos al Rey por razón de señorío 2 . 

Es verdad que Alfonso X acusó á su hijo de haber intentado llamar- 
se Rey de Castilla, de León y de Andalucía, « desheredándonos (dice) 
en todo, y usurpando en sí el honor y dominio que no le tocaba, y que 
nos quitó y quita, no sólo violenta, sino también engañosamente» ; pero 
hablaba el padre lleno de justa indignación por la ingratitud y atrevi- 
miento del hijo, y es fácil que la pasión le cegase; así por lo ménos lo 
persuaden las palabras de D. Sancho, cuando al llegar las nuevas de que 
su gente habia sido desbaratada en las cercanías de Córdoba por los fie- 
les al Rey, prorumpió en estas palabras: «¿Quién les mandó á ellos sa- 
lir contra el pendón de mi padre, que bien sabían ellos que non salgo 
yo á él, nin vo contra él? Más estudiéranse quedos en su villa , que yo 
non quiero lidiar con mi padre, mas quiero tomar el Reino para mí, que 
es mió >» 3 . 

En fin, D. Sancho, sin el título de Rey , se apoderó del Reino con la 
voluntad de los vasallos de Alfonso X, que sobrevivió poco tiempo á su 



2 Crón. del Rey D. Alonso el Sabio, cap. lxxiv. 

Estando D. Sancho en Avila, tuvo noticia de la muerte de D. Alonso, y « tomó el nombre de 
Eey, de que hasta entónces se habia abstenido por respeto y reverencia de su padre». Mariana, 
Hist. general de España, lib. xiv, cap. vili. 

3 Mondéjar, Memorias hist. del Rey D. Alonso el Sabio, lib. vi, cap. IX y xxiv. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 171 

infortunio, y murió pobre y triste en « la su sola leal cibdad de Sevilla» 
el año 1284. 

CAPITULO XIII. 

REINADO DE DON SANCHO IV, EL BRAVO. 
Cortes de Palencia de 1286.— Cortes de Haro de 1288.— Cortes de Valladolid de 1293. 

Apénas llegó á la ciudad de Avila la noticia de la muerte del Rey, 
cuando Sancho IV tomó con toda diligencia el camino de Toledo , en 
donde se ciñó la corona con la pompa y ostentación en tales actos acos- 
tumbradas. «Los pueblos (dice Mariana), los grandes, toda la gente de 
guerra le juraron por Rey, y Doña Isabel, hija del nuevo Rey, de edad 
de dos años, fué declarada y jurada heredera del Reino de consenti- 
miento de todos los estados, caso que su padre no tuviese hijo varón» *. 

Rodea cierta oscuridad el principio de este reinado. Si la narración 
del P. Mariana es conforme á la historia, se celebraron Cortes en Toledo 
el año 1284. Ortiz de Zúñiga refiere que Sancho IV se hizo aclamar en 
Avila con la Reina Doña María y la Infanta Doña Isabel, hasta entón- 
ces única heredera en defecto de varones, y pasando á Toledo fué coro- 
nado por mano de su Arzobispo 2 . 

El Doctor Martinez Marina escribe que muerto D. Alonso, todos los 
estados aclamaron en Avila por Reyes á D. Sancho y á su mujer Doña 
María , declarando al mismo tiempo por heredera de estos reinos á su 
hija la Infanta Doña Isabel en defecto de sucesión varonil 3 . Si esta opi- 
nión prevaleciese, sería forzoso admitir unas Cortes de Avila en 1284, 
porque se concibe la aclamación sin su concurso , pero no el reconoci- 
miento y la jura del inmediato sucesor. 

No hay medio de concordar estos testimonios. La Crónica, á pesar de 
su concisión, y de los errores y descuidos que notaron los críticos, des- 
vanece algunas dudas. Estando D. Sancho en Avila (dice ), y sabida la 
muerte de su padre, « llamóse heredero de los reinos, é fizo tomar por 
Reina á la Reina Doña María su mujer, é hizo tomar por heredera á la 
Infanta Doña Isabel, si hijo varón no oviese Yluégo fuese para To- 
ledo, é hízose coronar á él y á la Reina Doña María Y luégo salió el 

1 Hist. general de España, lib. xiv, cap. vni. 

* Anales eclesiásticos y seculares ele Sevilla, lib. ni, año 1284, núm. 7. 
3 Teoría de las Cortes, part. II , cap. iv , núm. 7. 



Cortes 
de 

Sevilla de 1284. 



Cortes 
de 

Sevilla de 1285. 



172 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Rey dende (de Córdoba) y fuese para Sevilla, y luégo lo tomaron los 
de Sevilla por Rey y por señor » *. 

« El Infante D. Juan y todos los otros ricos ornes, y las órdenes y to- 
das las ciudades y villas de los reinos vinieron (á Sevilla en 1285), y 
tomaron por señor y por heredero al Infante D. Fernando, é hiciéronle 
mucho homenaje que después de los dias del Rey su padre, que fuese 
su Rey y su señor» 2 . 

Resulta que Sancho IV, su mujer Doña María y su hija Doña Isabel, 
fueron aclamados Rey, Reina y heredera á falta de varón , en Avila el 
año 1284, sin que en esta ceremonia hubiesen intervenido las Cortes, 
que tampoco se celebraron en Toledo para solemnizar la coronación de 
los Reyes: que en Sevilla reconocieron á Sancho IV por Rey, y le pres- 
taron obediencia así los ricos hombres que se habían mantenido fieles 
á su padre, como los habitantes de la ciudad el mismo año: que 
no consta la declaración de heredera del Reino y la jura de la Infanta 
Doña Isabel hecha en Cortes; y por ultimo, que el Infante D. Fernando 
fué recibido y jurado sucesor después de los dias del Rey en las de Se- 
villa de 1285. 

Es verdad que á éstas precedieron otras también de Sevilla celebra- 
das en 1284, en las cuales , según la Crónica, revocó D. Sancho muchas 
mercedes que la necesidad de los tiempos le habia obligado á conceder 
para ganar voluntades, cuando se apoderó del Reino en vida de Alfon- 
so X, y luégo consideró inmoderadas ó ruinosas para la corona, y no 
repugna suponer que hubiese aprovechado la ocasión de hacer jurar por 
heredera á su hija, pues la proclamación en Avila no declaraba el dere- 
cho de sucesión con igual eficacia que el pleito homenaje de la nobleza, 
del clero y de los concejos, prévio llamamiento del Rey á Cortes gene- 
rales. Esto no pasa de una conjetura más ó ménos verosímil, cuyo valor 
no llega al de una verdad probada según las leyes de la historia. 

Hubo Cortes en Sevilla para jurar por heredero al Infante D. Fernan- 
do, si merece entera fé la Crónica. Sin embargo, Colmenares refiere que 
el primogénito de Sancho IV fué jurado en Zamora sucesor de estos rei- 
nos 3 . Ortiz de Zúüiga cuenta que el Infante nació á 6 de Diciembre (de 
1285), y que el Rey le dió muy luégo á criar á D. Fernán Pérez Ponce 
de León, que lo llevó á Zamora donde tenía su casa 4 ; y para mayor con- 



1 Qrón. del Rey D. Sancho el Bravo, cap. I. 

2 Ibid, cap. ii. 

3 Eist. de Segovia, cap. xxm, § i, 

* Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, ¡ib. III, año 1285, núm. 7. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 173 

fusión, dice Martínez Marina que Sancho IV hizo jurar á su hijo pri- 
mogénito D. Fernando en las Cortes de Burgos de 1286 

¿A quién creer? La Crónica se hace sospechosa de error, ya porque 
un historiador tan diligente como Ortiz de Zúñiga no da la menor no- 
ticia de la celebración de Cortes en Sevilla el año 1285 , y ya porque 
faltaba el tiempo necesario para convocarlas y reunirías entre el 6 y el 
31 de Diciembre, si todas las ciudades y villas de los reinos habian de 
enviar sus mandaderos. 

De las Cortes de Zamora de 1286 no se halla rastro sino en el libro 
de Colmenares, quien, contra su costumbre, no cita documento alguno 
que conserve esta memoria. Tal vez funda su presunción en la circuns- 
tancia que apénas nacido el Infante se lo llevó á Zamora su ayo ó amo, 
como entonces se decia, D. Fernán Pérez Ponce de León. 

Tampoco Martinez Marina cita escritura ó privilegio en el cual se ha- 
ga memoria de las Cortes de Burgos del mismo año 2 ; por cuya razón 
cabe sospechar si tomaron por tales el Ayuntamiento de prelados y ricos 
hombres que hizo el Rey en dicha ciudad para obtener medios con que 
abrir nueva campaña contra los Moros. 

En medio de tantas dudas y perplejidades, el partido más seguro es 
atenerse á la Crónica, y admitir las Cortes de Sevilla de 1285. El Padre 
Mariana dice que el año próximo siguiente de 1286 fué el Infante don 
Fernando jurado en Cortes por heredero del reino, guardando silencio 
sobre la ciudad ó villa en que ocurrió el suceso 3 . Acaso sean ambas 
fechas aplicables á éstas de Sevilla, suponiendo que fueron convocadas 
en 1285 y se celebraron en 1286, ó si empezaron en Diciembre de aquel 
año, no se hizo la jura hasta Enero del siguiente. 

En Diciembre de 1286, estando el Rey en Palencia, llamó cerca de sí 
á hombres buenos de las villas de Castilla, León y Extremadura, á quie- 
nes mostró su gran voluntad de hacer merced á todos los concejos de 
sus reinos. Requeridos para que expusiesen las quejas y manifestasen 
los agravios recibidos á fin de enmendarlos, acordaron cierto número de 
peticiones que, otorgadas de buen grado por el Rey, dieron origen á un 
ordenamiento curioso en extremo. 

Antes de analizar las leyes que comprende, bien será determinar el 

1 Teoría de las Cortes, part. II, cap. II, núm. 3. 

2 Dice el Mro. Gil González Dávila que «en el año de 1285, reinando el Rey D. Sancho el IV, 
se celebraron Cortes (en Burgos) , y de ellas resultó el tomar cuentas á su privado Gómez Gar- 
cía, abad de Valladolid», y no añade una sola palabra acerca de la jura del Infante heredero 
de la corona D. Fernando. Teatro eclesiástico, tom. m, pág. 30. 

3 Hist. general de España, lib. xiv, cap. x. 



174 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

carácter de la junta celebrada en Palencia el año 1286. A la verdad, no 
hay razones bastante poderosas para darle el nombre de Cortes. 

Dice el preámbulo de este cuaderno : « sepades que yo fablé agora con 
ornes buenos que eran y conmigo de las villas de Castiella, é de León, 
é de Extremadura, etc. », de lo cual se infiere la presencia de los man- 
daderos délos concejos, y la ausencia de los prelados, grandes y caba- 
lleros del Reino. Añádese que cuando ocurre citar los acuerdos tomados 
en Palencia, así en el cuaderno de las Cortes de Valladolid de 1293, co- 
mo en las de 1307, se usan siempre las palabras ordenación y ordena- 
miento sin adición alguna. 

Los Doctores Asso y de Manuel citan el ordenamiento de Palencia; y 
aunque hablan de los procuradores, á cuya solicitud lo hizo el Rey don 
Sancho IV, se abstienen de pronunciar el nombre de Cortes *. 

Sería temeridad afirmar que en ninguna parte se emplea otro lengua- 
je; pero no lo es decir que á pesar de muchas y prolijas diligencias, no 
hemos descubierto un solo documento que autorice el título de Cortes 
de Palencia de 1286. 

La primera merced otorgada por Sancho IV á los concejos, fué la re- 
vocación de las cuantiosas donaciones que siendo Infante habia hecho 
álas órdenes, á los hidalgos y á otras personas, porque aquellas cosas 
pertenecían al Reino, y porque semejantes liberalidades menguaban la 
justicia del Rey y le empobrecían privándole de tierras, rentas y vasa- 
llos con grave detrimento de los pueblos. Esto equivalía á confirmar lo 
determinado en las Cortes de Sevilla de 1284, salvo que los personeros 
de las villas se guardaron muy bien de pedir la revocación de las mer- 
cedes del Rey á los concejos y hermandades, aunque no pocas fueron 
hechas « por premia » *. 

La suspicacia del estado popular llegaba al extremo de tener por fue- 
ro diversas ciudades y villas no admitir por vecino á ningún rico hom- 
bre, hidalgo ó caballero, ni consentir que edificasen casa dentro de sus 
muros, ni que, tolerando su vecindad, ejerciesen cargo concejil. El or- 
denamiento de Palencia prohibe que rico hombre, ó rica dueña ó infan- 
zón compre heredades foreras ó pecheras ó de otra clase en los pueblos 
de realengo, y que los hidalgos obtengan oficios de república, excepto 
los naturales, vecinos y moradores del lugar, y en fin, no consiente que 

* Discurso sobre el estado de los Judíos en España. V. El Fuero Viejo de Castilla, pág. 153. 
Los autores referidos incurren en un error, fijando la fecha del ordenamiento de Palencia en 
1288 en vez de 128G. 
2 Crónica del Rey D. Sancho el Bravo, cap. i. 



EXÍMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



175 



sean recaudadores ni arrendadores de los tributos. Refleja esta ley el es- 
píritu receloso de la democrácia , porque democrácia hubo en la edad 
media, sobre todo en los pueblos de behetría , en los cuales no sólo se 
gozaba de mayor libertad, pero también se acariciaba la igualdad, pues 
era una especie de gobierno entre hermanos. 

Nada más regular ni puesto en razón que los concejos hubiesen pedi- 
do al Rey que no mudase ni alterase la moneda , recordando los traba- 
jos pasados á causa de la escasez y carestía de todas las cosas necesarias 
á la vida en el reinado anterior. 

Según la ley visigoda y la antigua costumbre, todos los jueces debían 
ser nombrados por el Rey; principio de derecho confirmado en el Con- 
cilio de León de 1020, y en el Fuero Viejo de Castilla de no menor au- 
toridad *. 

Esta regla general padecía sus excepciones , porque algunos pueblos 
gozaban el privilegio de elegir alcaldes vecinos del lugar ; de suerte 
que la jurisdicción ordinaria estaba en manos de magistrados popula- 
res que formaban parte del concejo, y no en las de ministros de la jus- 
ticia cuya fuente era el Monarca. 

Sancho IV puso en las villas alcaldes mayores ó guardianes , de lo 
cual se agraviaron los concejos, aunque no todos tenían razón para que- 
jarse, sino solamente aquellos que alegaban ser contra fuero; y de aquí 
tomó origen la petición otorgada por el Rey en el ordenamiento de Pa- 
lencia, allanándose á confiar la administración de lajusticiaá hombres 
buenos de cada villa, con notorio menoscabo de la potestad real. 

Los guardianes del reinado de Sancho IV fueron más tarde conocidos 
con el nombre de corregidores, cuya institución se atribuye al Rey Al- 
fonso XI, siendo así que hubo jueces de salario mucho ántes. Que guar- 
dianes y corregidores , alcaldes veedores y jueces de salario vengan á 
ser lo mismo, se demostrará á su tiempo, y por ahora bastará observar 
que Sancho IV prometió retirar los guardianes , salvo si algunas villas 
entendieren (dijo) que les cumple juez, justicia ó alcalde, y me lo pi- 
dieren el concejo ó los más del lagar; fórmula adoptada por sus suceso- 
res, y de la cual no se apartaron los Reyes Católicos al extender los cor- 
regimientos por todas las ciudades y villas de sus reinos. 

1 LI. 13, 16 et 25, tít. i, lib. II, For. Judicum. 

Mandavimus ut in Legione seu ómnibus creteris civitatibus, et per omnes alfoces, habeantur 
judices electi á rege, qui judicent causas totius populi. Conc. Leg., cap. xviii. 

Estas cuatro cosas son naturales al señorío del Rey, que non las Jeve dar á ningund orne, 
nin partir de sí, ca pertenescen á él por razón de señorío natural: justicia, moneda, f onsadera é 
8uos yantares. L. 1, tít. i, lib. I. Fuero Viejo. 



17G EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Era el yantar una prestación feudal con que los pueblos acudían á la 
manutención del Rey y su familia cuando iban de viaje ó visitaban la 
tierra. Los concejos solicitaron y obtuvieron la conmutación del servi- 
cio en tributo anual, y esta reforma prevaleció y adquirió fuerza y vi- 
gor de ley general en las Cortes de Alcalá de Henares de 1348 *. 

Aligeró Sancho IV en el ordenamiento de Palencia el gravámen que 
los Reyes imponían á los concejos, cuando sin gran necesidad los lla- 
maban á hueste ; moderó los excesos de las pesquisas generales, y man- 
dó que los acusados fuesen oidos en juicio y juzgados según el fuero 
del lugar; corrigió ciertos abusos que solían cometer los merinos, y pro- 
metió nombrar cogedores ó encargados de la cobranza de los tributos y 
pechos debidos al Rey entre los hombres buenos de las villas, con ex- 
clusión de los alcaldes y personas de oficio concejil. 

Mostró Sancho IV suma prudencia al aplazar la resolución de las ár- 
duas cuestiones sobre el regalengo y el abadengo iniciadas en las 
Cortes de Nájera de 1137 ó 1138; y la prueba de que estas y otras leyes 
semejantes no respondían á la idea de la amortización, sino á un propó- 
sito fiscal, se halla en las palabras del Rey « porque lo que fué enajena- 
do de los términos de las mis villas sea á ellos tornado, porque me pue- 
dan mejor dar los míos pechos. » 

Por la primera vez en la historia de nuestras Cortes se entrevé la re- 
sistencia de los pueblos á todo rompimiento de tierras que limite el uso 
común. Sancho IV alza las penas impuestas á los que labraron los sali- 
dos de los concejos ; pero los complace ordenando que las villas los ha- 
yan libres y quitos como en tiempo de su padre y de su abuelo. 

Gozaban los Judíos del privilegio que todo pleito civil ó criminal que 
entre ellos se suscitase, se hubiese de librar por jueces propios y confor- 
me á las leyes de su nación 2 . Los concejos suplicaron á Sancho IV que 
los Judíos no tuviesen alcaldes apartados, y el Rey otorgó que los hom- 
bres buenos á quienes fiase la justicia de las villas, les librasen sus plei- 
tos apartadamente « en manera (dijo) que los cristianos ayan su dere- 
cho é los Judíos el suyo »; de forma que si no les quitó sus leyes, les pri- 
vó de su fuero. 

Tal es en suma el ordenamiento de Palencia de 1286 hasta ahora mé- 
nos conocido de lo que merece, pues marca el principio de una época 
de prosperidad páralos concejos, á cuya sombra florecieron las institu- 

1 Ley 55, tít. xxxn, Orden, de Alcalá. 

2 LL 87, 88, 89 y 90. Del Estilo. 



exímen de los cuadernos de cortes. 177 
ciones populares. Sin la preponderancia de los concejos no habrían al- 
canzado tan grande autoridad como alcanzaron las Cortes en el siglo xiv, 
que fué la edad de oro del estado llano ; pero no anticipemos los sucesos 
y sigamos la narración por un momento interrumpida. 

Nuevas alteraciones de la nobleza obligaron á Sancho IV á cercar la 
villa de Haro y combatirla con furia, de suerte que sus defensores hu- 
bieron de entregarla. Miéntras duró el cerco se celebraron Cortes que 
se citan en varios documentos de distinto modo, pues unas veces dicen 
Cortes de Villabona ó Villabuena, lugar oscuro en las cercanías de Ha- 
ro, otras Cortes celebradas en el Real sobre Haro, y otras más brevemen- 
te Cortes de Haro, Optamos por esta última denominación, pues se halla 
autorizada en los ordenamientos hechos en las de Valladolid de 1298 
y 1299, y en el privilegio de Fernando IV confirmando los buenos usos 
y costumbres de que gozaban los ricos hombres, infanzones, caballeros 
y hombres buenos de Castila, librado en las de Burgos de 1301 

Corresponden las Cortes de Haro al año 1288. No consta quiénes fue- 
ron allí presentes, ni por tanto si concurrieron los tres brazos del Eeino, 
aunque la averiguación de la verdad no parece tarea dificultosa. Claro 
está que había grandes y caballeros en el Real sobre Haro, de suerte que 
se celebraron las Cortes con asistencia de la nobleza. Debieron también 
asistir los mandaderos de los concejos según se colige del ordenamien- 
to, pues el Rey motiva las mercedes que hace en la promesa « de nos 
dar cada anno un servicio fasta en diez annos », y esto nadie podia pro- 
meterlo sino los hombres buenos de las villas en nombre de los vecinos 
pecheros. Faltó el clero superior, porque refiere la Crónica que el Rey 
se fué de Haro á Medina del Campo, « y ayuntó todos los perlados de la 
su tierra, y pidióles que le diesen servicio y ayuda para ir á cercar á Al. 
gecira, y de los servicios que le habían mandado los de su tierra en la 
hueste de Haro por diez años, pagó todos sus hijosdalgo, y llevó de los 
perlados un cuento y quatrocientas veces mil maravedís >» 2 . Si los pre- 
lados hubiesen concurrido á las Cortes de Haro , en ellas habrían otor- 
gado el servicio que el Rey les pidió en Medina del Campo. 

Sancho IV, en compensación del servicio por diez años, alivió á todas 
las clases del estado de diferentes cargas, y las absolvió de ciertas res- 
ponsabilidades en materia civil y criminal. Es de presumir que la libe- 
ralidad del Rey tuvo un fin político, porque no faltaban, sobre todo en- 

1 Memorias de D. Fernando IV de Castilla, por D. Antonio BeDavides, t. II, págs. 158, 182 
y 255. 

J Crón. del Rey D. Sancho el Bravo, cap. vm. 

23 



178 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

tre la nobleza, parciales de los Cerdas, y para afirmarse en el trono juz- 
gó conveniente ganar voluntades. 

Renunció su derecho á los bienes de realengo enajenados en favor de 
las iglesias, monasterios, prelados, ricos hombres, infanzones, caballe- 
ros, hijosdalgo, hospitales, cofradías, cabildos, concejos,, clérigos y hom- 
bres buenos de las ciudades y villas haciendo de todos barato ; desistid 
de las demandas pendientes para recobrarlos; perdonó los tributos atra- 
sados por más de dos años, así como las deudas al Rey, y las posteriores 
al perdón concedido en Toledo por su padre; alzó las penas en razón de 
las tafurerías, de la saca de las cosas vedadas, de los alfolíes de la sal y 
del quebrantamiento de los privilegios y cartas reales; condonó á los 
ricos hombres, infanzones y mesnaderos las soldadas que no habían ser- 
vido; ofreció no hacer mudanza en la moneda, ni labrar otra alguna en 
toda su vida ; no arrendar los pechos y servicios ; no poner Judíos por 
cogedores, sino hombres buenos abonados ; no prender á ningún hom- 
bre abonado ni tomarle sus bienes sin ser oido y juzgado conforme á 
derecho y al fuero de su lugar ; declaró excusados de pechar á los caba- 
lleros, las dueñas, los clérigos y todos los privilegiados, y en fin, el or- 
denamiento de las Cortes de Haro de 1288 confirma una buena parte del 
de Palencia de 1286, sobre todo en lo relativo á la moneda y los tri- 
butos. 

Cortes Después de estas Cortes, convocó Sancho IV otras generales en Va- 

de Va i293 Hd de U^olid- e l añ0 1293, las cuales dieron origen á dos distintos ordena- 
mientos, e 1 uno para los concejos de Castilla, y para los del reino de 
León el otro . 

Concurrieron los prelados y maestres de las órdenes , los ricos hom- 
bres é infanzones y los caballeros y hombres buenos en representación 
de las ciudades y villas. Atento el Rey á robustecer su causa con el apo- 
yo de los concejos, cuidó de advertir que les hacía bien y merced en 
recompensa de sus muchos y buenos servicios, y señaladamente porque 
la Reina Doña María, su mujer, y el Infante D. Fernando, su hijo y 
primer heredero se lo pidieron « muy afincadamente», con ánimo de 
que, después de sus dias, hallasen favor en el pueblo contra las preten- 
siones de D. Alonso de la Cerda, el Desheredado. 

Ensalza la posteridad la memoria de la Reina Doña María de Molina, 



l Dice Colmenares que el Key, celebrando Cortes en Valladolid en 1293, concedió a Segovia 
muchas franquezas en galardón de los buenos servicios que prestaron, así dicha ciudad, como los 
demás pueblos de Extremadura en el cerco de Tarifa que ganaron los cristianos el año 1292. 
Hist. de Segovia, cap. xxm, § vm. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 179 

porque con su prudencia y fortaleza hizo rostro á tantos y tan grandes 
peligros que rodearon el trono de Fernando IV durante su borrascosa 
minoridad. Sería injusto negar á la ilustre viuda de Sancho IV el tri- 
buto de alabanzas que le concede la historia; más los escritores que en- 
careciendo su mérito, le atribuyen el pensamiento de estrechar los vín- 
culos de la monarquía con las instituciones populares , olvidan que no 
fué la iniciadora, sino la continuadora de la política de allegarse á los 
concejos y favorecer la preponderancia del estado llano en las Cortes. 
No sin razón dijo Mariana de Sancho IV que fué grandemente astuto y 
sagaz. 

En estas Cortes de Valladolid de 1293 empieza la práctica de expo- 
ner el contenido de las peticiones que se hacían al Rey seguidas de las 
respuestas ; de suerte que cada ordenamiento parece un diálogo entre 
los personeros de los concejos y el Rey, de cuya libre voluntad depende 
la sanción, acto esencial de la potestad legislativa. 

Empieza el ordenamiento otorgado á los concejos de Castilla confir- 
mando Sancho IV los privilegios , libertades y mercedes de que esta- 
ban en posesión y debían á los Reyes sus progenitores. 

Grande era la confusión de los pueblos á causa de la diversidad de 
los fueros de las villas. En unos lugares regia el Fuero Viejo, y en 
otros se observaba el Fuero Real ó de las Leyes, pues aunque Alfonso X 
restituyó en las Cortes de Burgos de 1271 el primitivo de Castilla á los 
castellanos, en León, Galicia, Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia y otras 
partes adoptaron los pueblos con más facilidad el nuevo código alfon- 
sino. Déla variedad del derecho resultaba la desigualdad en la admi- 
nistración de la justicia; además de que las leyes antiguas no guarda- 
ban la necesaria armonía con las costumbres, por lo cual suplicaron los 
personeros de los concejos al Rey que las corrigiese y enmendase; peti- 
ción razonable lisa y llanamente otorgada. 

Los veinticinco capítulos restantes de los veintisiete que contiene 
el ordenamiento de estas Cortes, se refieren á seis puntos principales, á 
saber: quejas de los concejos que reciben agravios de los ricos hombres 
y caballeros; reformas en la adminisiracion de la justicia; extirpación 
de los abusos en materia de pechos y servicios ; leyes tocantes á los 
Moros y Judíos; enajenación de heredamientos de realengo, y por últi- 
mo, provisión de los oficios de escribano público. 

En cuanto á lo primero prometió el Rey no dar sus castillos y forta- 
lezas á guardar sino á personas tales que no causasen vejación alguna á 
los pueblos vecinos ; no consentir que los ricos hombres y caballeros de 



180 EXÁMEN de los cüadernos de coktes. 

la compañía del Rey, de la Reina ó de sus hijos tomasen posadas en las 
aldeas sino aquellas que les diesen los alcaldes, y no tolerar que pusie- 
sen impedimento á los hombres del alfoz que según fuero y costumbre 
debian seguir la seña ó pendón de la villa, cuando el Rey llamaba al 
concejo á su servicio. 

Respecto de la justicia encargó Sancho IV á los merinos de la tierra 
castigar á los malhechores que robaban y prendaban á los hombres bue- 
nos que iban de camino á las ferias, mercados, puertos de mar ú otros 
lugares ; otorgó que los merinos pusiesen en libertad á los presos por su 
mandado dando fiadores, si fuesen reclamados por los alcaldes á quienes 
per tenecia juzgarlos ; prohibió á los de Extremadura y de León empla- 
zar y juzgar á los moradores de Castilla; asimismo prohibió las quere- 
llas entre los concejos de que resultaban muchos daños y algunas veces 
muertes, ordenando que se demandasen por el fuero correspondiente ; 
accedió á que los clérigos por regla general no librasen las alzadas en 
Castilla, y estableció que si algún rico hombre , caballero ó hijodalgo 
tuviese querella con vecino de realengo, que le demanden por su fuero 
ante los alcaldes del lugar, absteniéndose de molestarle y cohecharle 
en las ferias y caminos. 

En materia de tributos moderó los yantares debidos al Rey, á la 
Reina y al Infante heredero, ofreciendo que no los pediria sino cuando 
fuere en hueste, ó tuviese alguna villa ó lugar cercado , ó hiciere Cortes 
ú ocurriere alumbramiento de la Reina; concedió que no diesen los pue- 
blos yantar á ningún merino, salvo el mayor de Castilla; prohibió que 
fuesen cogedores y arrendadores de los pechos los ricos hombres, caba- 
lleros, alcaldes y merinos en la tierra de su jurisdicción, y los Judíos, 
limitó las pesquisas en razón de los pechos á los casos en que « non han 
cabeza cierta » ; corrigió los abusos de tomar prendas y hacer embargos 
de bienes raíces, y venderlos para el pago de los tributos, así como los 
que cometían los cogedores con exacciones indebidas, y mandó que los 
ricos hombres, caballeros é hijosdalgo se abstuviesen, de tomar condu- 
cho en los lugares de realengo 1 . 

Confirmó los ordenamientos hechos por Alfonso X acerca de los 
Moros y Judíos vasallos del Rey en las Cortes de Valladolid de 1258 y 
en el Ayuntamiento de Jerez de 1268 , reduciendo las usuras al tres 

1 Conducho era una prestación real que consistía en suministrar al señor de la tierra los co- 
mestibles que pedia. Andando el tiempo se reformó la prestación en lo que tenía de arbitrario, 
y se impuso al señor la obligación de pagar los víveres á los precios señalados en la tasa, ó á 
los que regulasen los peritos. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 181 

por cuatro al año, y añadió que si el acreedor no reclamase la deuda 
dentro de treinta dias después de vencido el plazo, no devengase inte- 
rés, salvo si la carta fuese [renovada; limitó la duración de estas car- 
tas de deuda á seis años ; ratificó el ordenamiento hecho en el Ayun- 
tamiento de Palencia de 1286 sobre que los Judíos y los Moros no tu- 
viesen alcaldes apartados; prohibió que adquiriesen por compra, do- 
nación ú otro título cualquiera heredamientos de cristianos, excepto 
si les fuesen adjudicados por vía de pago, y aun así con la obligación 
de venderlos dentro de un año, y renovó lo mandado por Alfonso X 
acerca de la forma de los contratos de prenda entre los Moros y Judíos y 
los cristianos. 

A la petición de los personeros de los concejos con motivo de haber 
pasado los heredamientos de realengo á los abadengos, solariegos y be- 
hetrías ó viceversa, respondió el Rey, como le suplicaron, que se guar- 
dase el ordenamiento de Villabona, esto es, de las Cortes de Haro de 
1288. 

También le rogaron les hiciese la merced de permitir que los conce- 
jos pusiesen los escribanos públicos por sus fueros y fuesen naturales de 
las villas, á lo cual no condescendió el Rey , ántes se reservó nombrar- 
los «para cada lugar de nuestra casa (dijo), é naturales de las villas, que 
sepan muy bien guardar el nuestro señorío é el oficio, é sean en pro é 
guarda de la tierra.» 

Por último, representaron los personeros que por la Cancillería del 
Rey se despachaban cartas contra los privilegios, franquezas, mercedes 
y libertades de los concejos con la cláusula de que no dejasen de obe- 
decerlas y cumplirlas á pesar de sus fueros. Sancho IV se guardó de 
prometer que no habría más cartas desaforadas, y otorgó solamente que 
se las enviasen á mostrar, y no usasen de ellas hasta verlas y resolver 
conforme á derecho. 

El ordenamiento hecho en estas mismas Cortes y dado á los concejos 
del reino de León tiene muchos puntos de semejanza con el anterior, 
y algunas diferencias que proceden del mayor vuelo del régimen mu- 
nicipal. 

Principia con la fórmula de costumbre confirmando los fueros, bue- 
nos usos, privilegios, franquezas y libertades de los pueblos, y más ade- 
lante suplican los mandaderos de los concejos al Rey que también les 
confirme el ordenamiento hecho en el Ayuntamiento de Palencia 
en 1286, todo lo cual les fué otorgado. 

Si habia confusión en Castilla, á causa de regir á un tiempo el Fuero 



182 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Viejo y el Real, no era menor en León en donde coexistían el Real ó de 
las Leyes y el Fuero Juzgo, Los doctores Asso y de Manuel suponen 
que la reforma legislativa iniciada por Alfonso X al publicar y poner 
en observancia el Fuero Real no halló resistencia en León, Galicia, Se- 
villa, Córdoba, Murcia, Jaén, Badajoz, Baeza y el, Algarbe 1 . Esta afir- 
mación tan absoluta no se compadece con la petición de los mandaderos 
de los concejos en las Cortes de Valladolid de 1293 para que los alcal- 
des « j udgassen en nuestra casa los pley tos é las alzadas que y venie- 
sen por el Libro Judgo de León, é non por otro ninguno.» Sancho IV 
lo tuvo por bien y lo otorgó ; y desde aquel dia cesó la observancia del 
Fuero Real en el Reino de León. 

Asimismo otorgó el Rey, en cuanto á la justicia, que quitaría los jue- 
ces de salario ó de fuera, y encomendaria la jurisdicción civil y crimi- 
nal á los alcaldes y jurados de cada villa, como lo habia ofrecido en 
el Ayuntamiento de Palencia de 1286. Dijo más, y mandó que los jue- 
ces de fuera de cinco años acá vayan á los lugares en donde sirvieron el 
oficio, y estén allí treinta dias á cumplir derecho y responder á los que- 
rellosos ante dos hombres buenos, uno designado por el que fué juez y 
otro por el concejo. Este es el origen del juicio de residencia de uso tan 
frecuente en nuestros tribunales hasta el año 1799, y que todavía sub- 
siste en la Recopilación de Indias. 

Encomendó Sancho IV á los concejos la guarda de sus términos y 
la persecución de los malhechores ; mandó que cada uno fuese deman- 
dado ante el alcalde de su lugar y juzgado por su fuero; estableció 
que si una persona de cualquiera condición fuese muerta por justicia, 
pasasen los bienes á sus herederos, salvo si los debiese perder confor - 
me á derecho, y declaró exentos de toda responsabilidad á los que der- 
ribasen casa ó torre, cortasen viñas ó causasen otros daños obedeciendo 
al Rey. 

Suplicaron los personeros á Sancho IV que no diese á rico hombre, 
rica hembra, infanzón ó hijodalgo casas ni heredamientos de los conce- 
jos ó sus aldeas, y les fué concedido, exceptuando lo perteneciente al 
Rey « que lo podemos nos dar á quien quisiéremos. » También suplica- 
ron que prelados , ricas hembras é infanzones no comprasen hereda- 
mientos en las villas de realengo y sus términos , petición hecha en el 
Ayuntamiento de Palencia de 1286 , á la cual respondió el Rey que lo 
tenía por bien en cuanto á los prelados, ricos hombres y ricas dueñas; 



i El Fuero Viejo de Castilla, disc. prelim., p. 32. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 185 

mas no así respecto de los infanzones, caballeros é hijosdalgo, allanán- 
dose y sometiéndose al fuero de aquella vecindad, y no de otro modo. 
Acerca de los agravios que los concejos recibían de los ricos hombres, 
caballeros y personas que tomaban prendas en un lugar por razón de 
los pechos y las llevaban á vender á otro , otorgó Sancho IV á los del 
reino de León la merced contenida en el ordenamiento dado á los de 
Castilla en estas mismas Cortes. 

Tampoco hay notable diferencia en materia de tributos ; muy escasa 
la que resulta de la comparación de ambos ordenamientos en la parte 
relativa á los notarios y escribanos públicos , y ninguna en lo tocante 
á cartas contra fuero y á las leyes sobre deudas, usuras, alcaldes y he- 
redamientos de Moros y Judíos. 

Es muy antigua en España la costumbre de ir con los ganados á ex- 
tremo, ó de mudar de pastos según las estaciones. Los Romanos condu- 
cían sus rebaños de la Apulia á Samnio en donde veraneaban, gozan- 
do de las aguas frescas, de las yerbas y anchuras espaciosas de la mon- 
taña, y bajaban á invernar en la llanura buscando la templanza de los 
aires y el abrigo contra los rigores del frió. 

Los Moros observaron la misma práctica en el siglo x. Sábese que el 
Califa de Córdoba Alhaken II, muerto en el año 976, fomentó con esme- 
ro todos los ramos de la riqueza pública. En su tiempo prosperó nota- 
blemente la ganadería, y eran muchos los pueblos que trasladaban sus 
rebaños de una á otra provincia , prefiriendo en el verano las alturas 
del norte ó del oriente, y en el invierno las tierras bajas del poniente 
6 del mediodía. 

Tal vez conservaron los cristianos la pascendi ratio del Imperio : tal 
vez tomaron ejemplo de los Moros, ó acaso (y es lo más verosímil) las 
necesidades de un mismo clima dieron origen en España y en Italia á 
la ganadería trashumante. 

Sea como quiera, en el ordenamiento de las Cortes de Valladolid de 
1258 se prohibe tomar más de un montazgo de todos los ganados que 
vinieren á extremo. En estas de 1293 otorgó Sancho IV que no tomasen 
servicio de los ganados que no saliesen de sus términos para ir á extre- 
mo é invernasen en la tierra , ni pidiesen ronda de los que cada ve- 
cino trajere para su servicio y lleváre á su cabaña. 

Todavía es más curioso el ordenamiento en el cual se da noticia de 
los agravios que hacían los entregadores de los pastores, por cuyo mo- 
tivo mandó el Rey que los alcaldes de los lugares librasen los pleitos 
con los entregadores ; que aquéllos no consintiesen á éstos traspasar el 



184 examen de los cuadernos de cortes. 

límite de su fuero ; que los entregadores fuesen hombres buenos y 
cuantiosos, y abonados los procuradores de los pastores. 

Resulta que en los últimos años del siglo xm habia en el reino de 
León gremio de pastores con alcaldes que ejercian una jurisdicción pri- 
vilegiada, y procuradores instituidos para defender los ganados y recla- 
mar contra los agravios que se les hiciesen. Los alcaldes llamados en- 
tregadores eran puestos por el Rey, y duraron hasta muy cerca de nues- 
tros dias 1 . En suma, no se puede afirmar que existiese la Mesta, pero 
sí algo semejante. De todos modos, de aquí data el principio de las con- 
tinuas querellas entre los labradores y los pastores, que dieron origen á 
multitud de peticiones de Cortes. 

Falleció Sancho el Bravo en Toledo el año 1295. Estando ya enfermo 
de peligro en Alcalá de Henares, y conociendo que su vida por momen- 
tos se acababa, did á su mujer Doña María la tutoría de su hijo el Infan- 
te D. Fernando, y la guarda del reino hasta que tuviese edad cumpli- 
da para gobernarlo por su persona; « é desto (añade la Crónica) le hizo 
hacer pleito y homenaje á todos los de la tierra • 8 . 

No por eso debe entenderse que juntó Cortes, aunque habia sobrado 
motivo para llamarlas. Ordenó el Rey su testamento en presencia del 
Arzobispo de Toledo y varios obispos, de su tio el Infante D. Enrique 
y otros ricos hombres y los maestres de las Órdenes ; es decir , de una 
parte del clero superior y de la flor de la nobleza, sin la intervención 
en este acto solemne del estado llano. Así, pues, no fueron todos, sino 
algunos de la tierra, los que hicieron el pleito y homenaje. 

1 Fueron suprimidos por Real cédula de 29 de Agosto de 1796. V. ley 11, tít. xxvn, lib. vil, 
Nov. Recop. 

2 Crón. del Rey D. Sancho el Bravo, cap. xi. 



exímen de los cuadernos de cortes. 



185 



CAPITULO XIV. 

REINADO DE D. FERNANDO EL IV. 

Ordenamiento de las Cortes de Valladolid de 1295. — Ordenamiento de prelados, hecho en las Cortes de 
Valladolid de 1295. — Ordenamiento de las Cortes de Cuéllar de 1297. — Ordenamiento de las Cortes 
de Valladolid de 1298. — Ordenamiento de las Cortes de Valladolid de 1299. — Ordenamiento otorgado 
á los del Reino de León en las Cortes de Valladolid de 1299. — Ordenamiento otorgado á las villas de 
Castilla en las Cortes de Burgos de 1301. — Ordenamiento otorgado á las villas de León, Galicia y As- 
turias en las Cortes de Zamora de 1301. — Ordenamiento otorgado á los del Reino de Toledo, León y 
Extremadura en las Cortes de Medina del Campo de 1302. — Ordenamiento sobre la moneda hecho 
en las Cortes de Burgos de 1303. — Ordenamiento otorgado á los del Reino de León en las Cortes de 
Medina del Campo de 1305. — Ordenamiento dado á los concejos de. Castilla en las Cortes de Medi- 
na del Campo de 1305. — Ordenamiento otorgado á los concejos de las Extremaduras y del reino de 
Toledo en las Cortes de Medina del Campo de 1305. — Ordenamiento otorgado á los caballeros y 
hombres buenos de los reinos de Castilla, León, Toledo y las Extremaduras en las Cortes de Va- 
lladolid de 1307.— Ordenamiento de las Cortes de Valladolid de 1312. 

Diez y siete años cumplidos y algunos meses reinó Fernando IV , y 
diez y seis veces llamó á Cortes durante su reinado. Una larga mino- 
ridad, el gobierno de una mujer, los bandos de la nobleza y la necesidad 
de agradar á los concejos para empeñarlos en la defensa de una coro- 
na mal segura y combatida de tantos enemigos poderosos , explican la 
frecuente reunión de las Cortes como un medio de estrechar las amista- 
des, y fortificar los vínculos de la obediencia. 

Apénas dieron sepultura al cadáver de Sancho IV, cuando empezaron 
los movimientos y alteraciones que con sumo trabajo logró sosegar la 
noble Reina Doña María. El Infante D. Enrique, el Viejo, tio mayor 
del Rey ó hermano de su abuelo, « gran bolliciador» según la Crónica, 
trataba de ganar á los concejos, y persuadirles á que le tomasen por tu- 
tor. El Infante D. Juan, hijo tercero de Alfonso X, también los alboro- 
taba y halagaba para que le ayudasen á coronarse Rey de León y Cas- 
tilla, favoreciendo su pretensión el de Portugal. Don Alfonso de la Cerda 
se llamaba Rey de Castilla y de León , se confederaba con los de Ara- 
gón, Portugal y Granada, y seguido de muchos ricos hombres , se dis- 
ponía á esforzar su derecho con las armas. 

La valerosa Doña María hizo rostro á la tempestad. El primer acto de 
su gobierno fué enviar cartas á las ciudades y villas del Reino , notifi- 
cándoles como era muerto D. Sancho, mandándoles que alzasen por Rey 
y señor á su hijo D. Fernando, confirmándoles sus fueros , y quitándo- 
les el pecho de la sisa, tributo nuevo de que se agraviaba toda la tierra. 

Esta sencilla narración basta para comprender que el triunfo de una 

24 



de Valladolid 
de 1295. 



186 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

ú otra cansa estaba en manos de los concejos. Así lo entendió la discre- 
ta Doña María de Molina, y por eso no perdonó medio de inclinar á su 
lado la balanza de las fuerzas populares, en cuyo concurso libró la sal- 
vación del trono disputado con tanto encarnizamiento á su hijo. 
Cortes La convicción de su poder hizo á los concejos orgullosos, y de aquí 

la política de contemplarlos llamándolos á menudo á Cortes. A tal ex- 
tremo llegó su soberbia, que los personeros de las ciudades y villas pre- 
sentes en las Cortes de Valladolid de 1295 , en las cuales fué recibido 
por Rey Fernando IV, «non quisieron que el Arzobispo, nin los obispos, 
nin los maestres fuesen en lo que ellos ordenaban, é enviaron desir á 
la Reina que los enviase (despidiese) de su casa, ca si estudiesen, non 
vernian en ninguna guisa, é que luego se irían para sus tierras.» La 
Reina les rogó que « se fuesen para sus posadas fasta que se pasase 
aquello», y fuéronse, y se celebraron las Cortes sin la asistencia del 
clero y la nobleza, contra lo cual protestó el Arzobispo de Toledo Don 
Gonzalo Gudiel en público instrumento *. No le faltaba razón al Pri- 
mado de las Españas, pues en las verdaderas y legítimas Cortes de 
aquel tiempo tenían y debían tener voz y voto los tres brazos del Reino. 

Asentóse la concordia entre la Reina y el Infante D. Enrique en estas 
Cortes, cuya decisión fué « que oviese la guarda de los Reinos D. Enri- 
que con la Reina, é ella que criase al Rey é lo tuviese en su guarda « 2 ; 
en lo cual mostraron que rayaba á grande altura su potestad , pues no 
sólo dirimieron la cuestión pendiente entre dos personas de la real fami- 
lia acerca de la tutoría del Rey y gobierno del Reino, sino que revoca- 
ron la cláusula del testamento de Sancho IV, nombrando tutora única 
y única gobernadora á su mujer Doña María. 

Hicieron la Reina y el Infante en las Cortes de Valladolid de 1295 
dos ordenamientos, uno general y otro de prelados. El primero confir- 
ma á los concejos sus fueros, privilegios, cartas, franquezas , libertades, 
usos y costumbres que tenían de los Reyes pasados, «los mejores, é de 
los que más se pagaren » ; alarde de liberalidad muy oportuno. 

1 Crónica del Rey D. Fernando el IV, cap. í. 

«Protestamos que desque aqui venimos non fuimos llamados á conseio, ni á los tratados so- 
bre los fechos del regno, ni sobre las otras cosas que hi fueron tractadas é fechas, et sennala- 
damiente sobre los fechos de los conceios de las hermandades, et de las peticiones que fueron 

fechas de su parte mas ante fuimos ende apartados et estrannados, et sacados expresamionte 

nos, et los otros perlados et ricos bornes et los fijosdalgo , et non fué hi cosa fecha con nuestro 
conseio etc. » Memorias de D. Fernando IV de Castilla, t. II, p. 40. 

Los prelados á quienes se alude, además del Arzobispo de Toledo , son los obispos de Astor- 
ga, Tuy, Osma, Avila, Coria y Badajoz. 

2 Crónica del Rey D. Fernando el IV, cáp. 1, 



i 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 187 

Las demás concesiones hechas á los concejos en estas Cortes llevan 
el mismo sello de complacencia, tales como que los arzobispos, obispos y 
abades vayan á sus iglesias, y no anden con el Rey más clérigos que 
sus capellanes; que los privados del Rey D. Sancho dén cuenta de lo que 
llevaron de la tierra ; que los oficios de la Casa Real se den á hombres 
buenos de las villas ; que hombres buenos de las villas sean cogedores de 
los pechos, y no judíos ni personas revoltosas, y que se arrienden, 
que se restituyan á los concejos los heredamientos ó las aldeas que sin 
razón y sin derecho les fueron tomadas por los Reyes D. Alfonso ó Don 
Sancho ; que no haga el Rey merced de ninguna villa realenga á in- 
fanta, rico hombre, rica hembra, orden ú otro Jugar; que no se expi- 
dan cartas de creencia ni blancas, y no se cumplan, si alguno las pre- 
senta, siendo contra fuero ; que cuando el Rey vaya á una villa no tome 
vianda sin mandarla pagar ; que se confie la guarda de los castillos y 
alcázares á caballeros ú hombres buenos de cada lugar, y que los meri- 
nos mayores de Castilla, León y Galicia no sean ricos hombres, y escoja 
el Rey para estos cargos personas que amen la justicia. 

Si algo faltase al primer ordenamiento de las Cortes de Valladolid 
de 1295 para acreditar la tendencia del estado llano á la dominación 
favorecida por los tutores recelosos de la tibia voluntad del clero y la 
nobleza, se hallaria la prueba en la ámplia confirmación de las herman- 
dades de las villas de Castilla, León, Galicia, Extremadura y Toledo 
« así como las ficieron ». 

El ordenamiento de prelados responde á las quejas de algunos obis- 
pos y de los procuradores de otros, y de los cabildos y clerecía del Rei- 
no en razón de los agravios que experimentaban, tomándoles los Reyes 
y las personas poderosas sus bienes, frutos, ganados, dinero, joyas y 
vestiduras, embargándoles sus rentas , apremiando á los cabildos para 
que hiciesen elecciones de prelados y provisión de dignidades y bene- 
ficios contra su voluntad, exigiendo á las iglesias y sus ministros pechos 
con menosprecio de sus franquezas y libertades, y prendiendo á los clé- 
rigos, robándolos y matándolos sin guardar fuero ni derecho como era 
debido. Los tutores hallaron justas las peticiones del clero, y las otor- 
garon. 

Breves fueron las Cortes de Cuéllar de 1297 , cuya reunión provocó 
el Infante D. Enrique, pues andaba la guerra civil muy encendida á 
tiempo que la hueste del Rey apretaba el cerco de la villa de Paredes. 
El Infante entendió « que la estada en aquel lugar non era buena, é que 
se levantasen ende é se fuesen ( D. Diego y D. Juan Alonso de Haro), é 



Cortes 
de 

Cuéllar de 1297. 



188 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

catasen carrera como oviesen algo para mantener la guerra, é que ayun- 
tasen todos los concejos en un lugar » 

Acudieron los personeros á Cuéllar, y desbaratada por la prudencia 
de la Reina la intriga de haber dinero vendiendo la plaza de Tarifa al 
Rey de Granada, concedieron un servicio en toda la tierra para pagar 
las soldadas de los caballeros , con lo cual, y otorgadas algunas peticio- 
nes de los concejos, se acabaron las Cortes, prevaleciendo la opinión de 
Doña María contra las falsas promesas de D. Enrique , acogidas por los 
personeros con suma facilidad, porque (dice la Crónica) «quando los 
ornes son muchos ayuntados, ligeramente son de engañar. » 

Contiene el ordenamiento de Cuéllar várias providencias de buen go- 
bierno, á saber: que se ponga mejor recaudo en labrar la moneda; que 
los clérigos pechen por los heredamientos realengos que compraren co- 
mo los demás vecinos ; que los encubridores de los enemigos del Rey 
sufran la misma pena que merecen los que andan en su deservicio ; que 
si éstos no viniesen á la merced del Rey en el plazo de tres meses, sean 
castigados derribándoles las casas y las torres , cortándoles las viñas y 
asolándoles las huertas y todo cuanto hubieren , « salvo lo que yo he 
dado hasta aquí. » 

De este ordenamiento se colige que seguían la corte doce hombres 
buenos que dieron al Rey y sus tutores las villas de Castilla para acon- 
sejarlos y servirlos « en fecho de la justicia, é de todas las rentas, é de 
todo lo al que me dan los de la tierra, é como se ponga en recabdo, é se 
parta en lugar que sea mió servicio, etc.» 

Ni en la Crónica, ni en las Memorias del reinado de Fernando IV, ni 
en los cuadernos de las Cortes anteriores á las de Cuéllar de 1297 hay 
noticia de este singular consejo, cuya existencia no debe sin embargo 
ponerse en duda. La intervención del estado llano en el gobierno se ex- 
plica considerando el influjo poderoso de los concejos, fuertes de por sí, 
y más fuertes todavía con la robusta organización de las hermandades; 
y su participación en el manejo de los caudales públicos, es probable 
como una consecuencia del principio que eran los hombres buenos de 
las ciudades, villas y lugares del Reino quienes otorgaban los servicios 
por medio de sus personeros y pechaban. Con todo eso nada autoriza 
para reconocer en el consejo de los tutores de Fernando IY una institu- 
ción de carácter permanente. 
Cortes Las perentorias necesidades de la guerra, y el peligro cada vez mayor 

de Valladolid 
de 1298. 

l Crónica de D. Fernando el IV, cap. r. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 189 

que corría el trono de su hijo, obligaron á la Reina Doña María á convo- 
car las Cortes de Valladolid de 1298. En ellas renovó el Infante D. En- 
rique sus pláticas sobre entregar la plaza de Tarifa al Rey de Granada, 
y la Reina sus tratos con los personeros de las villas para que no consin- 
tiesen semejante agravio á toda la cristiandad. En fin , dieron las Cor- 
tes al Rey dos servicios para pagar sus vasallos, y el Rey, ó los tutores 
en su nombre, hicieron el ordenamiento de costumbre. 

Mandaron que los fieles servidores del Rey culpados de algún robo, 
fuesen obligados á la reparación, y si los robadores militasen bajo la 
bandera de los rebeldes, no alcanzasen perdón miéntras no desagravia- 
sen al ofendido ; ofrecieron por segunda vez indulto á los enemigos del 
Rey , si se acogiesen á su merced en cierto plazo ; mas si perseverasen 
en la desobediencia, deberían ser arrasados sus castillos, sus heredades 
destruidas y todos sus bienes confiscados; establecieron que los pesqui- 
sidores y entregadores fuesen buenos hombres ; que no pedirían yanta- 
res hasta averiguar como se daban en tiempo de Fernando III ; que se 
guardase justicia según el derecho de la tierra; que hubiese en la Casa 
Real alcaldes y escribanos convenientes al servicio ; que los ricos hom- 
bres , infanzones y caballeros no tomasen nada de lo suyo á los concejos, 
dándoles los de la tierra lo que solían darles ; que no se hiciese pesquisa 
cerrada en razón de la saca de cosas vedadas , y que el merino mayor de 
Castilla procediese conforme á derecho contra los autores de los robos, 
prisiones, muertes y otros delitos cometidos al abrigo de la guerra civil 
y los castigase, «é lo que fuere en nos (dijeron), nos lo mandaremos 
emendar así como toviéremos por bien é falláremos por derecho é cos- 
tumbre, así como lo otorgamos en los privillegios que tienen de nos 
que les dimos aquí en Valladolid » 1 . 

Por último, en cuanto á las cuestiones pendientes sobre pasar los he- 
redamientos de realengo al abadengo, se remitieron los tutores á lo or- 
denado en las Cortes de Haro, añadiendo que « daqui adelante non pasen 
de realengo á abadengo, nin el abadengo al realengo, si non así como 
fué ordenado en las Cortes sobredichas. » 

Continuaba la guerra más viva que nunca. El Infante D. Juan, apo- 
derado de la ciudad de León , pretendía con las armas en la mano los 
reinos de León y Galicia. Don Alfonso de la Cerda, alojado en la villa 
de Dueñas, aspiraba, con el auxilio de sus parciales, á ceñirse la coro- 

1 Aluden á la confirmación de los fueros, franquicias y libertades de los ricos hombres, pre- 
lados, caballeros y concejos en las Cortes de Valladolid de 1295. V. Memorias de D. Fernan- 
do IV de Castilla, pág. 22. 



4e Valladolid 
de 1299 



190 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

na de Castilla. El Rey de Portugal, concertado el casamiento de su hija 
Doña Constanza con Fernando IV, llegó con su hueste á Toro, resuelto, 
al parecer, á unir sus fuerzas con las de Doña María de Molina; pero 
dando oidos al Infante D. Enrique , cuya lealtad era menor que su co- 
dicia, formó empeño de atajar la discordia haciendo pedazos la herencia 
de D. Sancho el Bravo. Su noble y esforzada viuda, ganada la volun- 
tad de los concejos « en quienes fiaba que querian servicio del Rey », 
no consintió en la partición. Ofendido el Portugués de la respuesta, mo- 
vió su campo y repasó la frontera. 
Cortes Cercada de enemigos Doña María, y sin esperanza de socorro exterior, 

volvió de nuevo los ojos á las Cortes, é hizo llamamiento á los ricos 
hombres y hombres buenos de los concejos que enviaron sus personeros 
á las de Valladolid de 1299, notándose la ausencia del brazo eclesiás- 
tico, que tampoco fué presente á las de 1298, á pesar de la protesta 
del Arzobispo de Toledo de que dimos noticia discurriendo sobre las 
de 1295. En estas de 1299 se hicieron dos ordenamientos, el uno de 
capítulos generales, y el otro respondiendo á las peticiones de los hom- 
bres buenos de las villas y lugares del Reino de León. 

En ambos se confirman muchas providencias tocantes á la justicia y 
al gobierno adoptadas en las Cortes anteriores, como en las posteriores 
se verá con demasiada frecuencia; prueba clara de que las leyes no se 
observaban por la flojedad de los monarcas, ó porque no se sentían con 
la fuerza necesaria para exigir su cumplimiento. 

En extremo notable es el primero de los capítulos generales, en el 
que ofrece el Rey hacer justicia igual á todos, no matar á persona algu- 
na, ni agraviarla sin ser oida y vencida en juicio, no tomar los bienes 
de los que fueron presos, ni prohibir que les dén de lo suyo lo que hu- 
bieren menester, ni alargar el tiempo de las prisiones, sino librar en 
un plazo breve las causas pendientes según fuero y derecho. 

Este capítulo tiene estrecha relación con un pasaje de la Crónica. 
Hallábase la Reina en Valladolid por Noviembre del año 1298, cuando 
llegó allí el Infante D. Enrique, y la dijo que iba á Zamora • para ma- 
tar é despechar los ornes buenos del pueblo. » Esforzóse la Reina á di- 
suadirle de tan mal pensamiento, representándole que hiciese pregonar 
«que viniesen á querellar los que quisiesen, é desque las querellas fue- 
sen dadas, que llamasen aquellos de quien querellasen, é que respon- 
diesen, é que si por aventura no se salvasen como era fuero é derecho, 
que librasen sobre ello aquello que mandase el fuero de la villa.» 
Todo fué en vano. Tomó D. Enrique el camino de Zamora, llegó y 



exímen de los cuadernos de cortes. 191 

dió principio á una pesquisa « sobre todos los ornes buenos que avia en 
la villa, é quando esto vieron, toviéronse por muertos. » Algunos se aco- 
gieron presurosos á la protección de la Reina que los salvó del peligro, 
cebándose la codicia y la venganza de D. Enrique en los ménos diligen- 
tes ó más confiados, á quienes mandó prender y matar sin ser oidos, y les 
tomó sus bienes 

El suceso era tan ruidoso como reciente para que se hubiese borrado 
de la memoria de Doña María de Molina, á quien puede razonablemen- 
te atribuirse la iniciativa de esta ley, según se infiere de la comparación 
de sus advertencias y consejos al Infante con el texto del primer capítu- 
lo general del ordenamiento. 

Confirmaron los tutores lo mandado acerca de los alcaldes y escriba- 
nos de la corte y de los privilegios y cartas de la cancillería ; declara- 
ron exentos de fonsadera y yantares á los concejos que según fuero y 
costumbre antigua , no tenían obligación de prestar dichos servicios; 
renovaron y dieron mayor fuerza á lo establecido en razón de las cartas 
desaforadas; ratificaron la merced concedida á los concejos de nombrar 
los escribanos públicos ; prohibieron que los bienes de realengo pasasen 
al abadengo, remitiéndose á lo ordenado en las Cortes de Nájera de 1137 
ó 1138 y en las de Haro de 1288; corrigieron el abuso de avocar á sí los 
jueces eclesiásticos el conocimiento de pleitos entre seglares; excusaron 
á los pastores de Extremadura de pechar ronda por sus ganados ; inter- 
pusieron su autoridad para que los ricos hombres y caballeros que tenían 
tierras ó castillos del Rey no tomasen á los concejos cosa alguna por 
fuerza, y reiteraron la promesa de encomendar la cobranza de los pechos 
á hombres buenos y abonados de las villas. 

En el segundo ordenamiento otorgan los tutores á los concejos del 
reino de León que mandarían guardar sus fueros y privilegios y cas- 
tigarían á quien los quebrantase ; que acordarían lo más conveniente al 
servicio del Rey en cuanto á la guerra ; que harían justicia según dere- 
cho, y no consentirían que persona alguna fuese presa, muerta ó des- 
pojada de sus bienes sin ser oida en juicio ; que no mandarían hacer 
pesquisa general en ningún lugar sino á pedimento del pueblo ; que el 
notario del Reino de León sería natural del mismo Reino, y no entende- 
ría en más negocios que los pertenecientes á su oficio ; que ordenarían 
mejor el servicio de la Cancillería; que nombrarían tantos alcaldes y 
escribanos cuantos cumpliesen , y prohibirían á éstos llevar dinero por 



1 Crónica de D. Fernando el IV, cap. iv. 



192 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE COETES. 

las cartas y los registros ; que darían alcalde que oyese las alzadas en la 
corte, y que los ganados de la tierra de León gozasen de la franqueza 
de ronda como los de Extremadura. 

Suplicaron además los personeros que los tutores reprimiesen los ex- 
cesos de las autoridades eclesiásticas , pues se atrevian los obispos , los 
deanes, los cabildos y sus vicarios á lanzar sentencias de excomunión 
sobre los concejos por cosas temporales. La respuesta á una petición tan 
justa fué evasiva. « Tengo por bien (dijeron) que como pasastes con 
ellos en tiempo de los otros Reyes onde yo vengo, que pasedes agora 
así.» La prudente Doña María juzgó peligroso mover querellas al clero 
é indisponerse con el Papa , miéntras negociaba la dispensación de su 
casamiento con Sancho IV, y la consiguiente declaración de legitimi- 
dad en favor de los hijos habidos en aquel matrimonio. Expidió la bu- 
la tan deseada Bonifacio VIII en Setiembre del año 1300; y por alean ~ 
zar de la corte de Roma las cartas de legitimación del Rey y de sus her- 
manos, disimuló en Abril de 1299 lo que de pronto no podía impedir ni 
remediar. 

Mejoró en virtud de estas Cortes la condición de los Judíos, porque 
otorgaron los tutores que tuviesen dos alcaldes para librar sus pleitos 
en unión con los del lugar, « en guisa que cada una dellas partes 
aya su derecho, é los Judíos ayan bien paradas sus debdas, é pue- 
dan á mi complir los mios pechos », y confirmaron lo establecido en 
tiempo de los Reyes D. Fernando III y D. Alfonso X en órden á las 
apelaciones de los Judíos contra los cristianos y viceversa. Por último, 
rehusaron conceder que las deudas en favor de los Judíos se declarasen 
extinguidas , si no las reclamasen de los cristianos en el plazo de cua- 
tro años fijado en los ordenamientos de Valladolid de 1258 y Jerez 
de 1268, subsistiendo el de seis señalado por Sancho IV en las Cortes 
de Valladolid de 1293. 

Reuniéronse de nuevo las Cortes en Valladolid el año siguiente 
de 1300. La Crónica dice 1301 ; pero es un error de fecha manifiesto, 
no sólo porque todos los sucesos que refiere corresponden al año ante- 
rior, sino también porque disipan la duda las palabras del ordenamien- 
to de Zamora de 1301, « bien saben ellos que en las Cortes que yo fiz 
antanno en Valladolit, etc. » ; y para mayor claridad alude el Rey á los 
cinco servicios « así como los pecharon antanno » ; y en efecto, cinco 
fueron los otorgados en aquella ocasión. 

A falta del cuaderno relativo á las Cortes de Valladolid de 1300, es 
forzoso seguir la Crónica , y tener por cierto que « ordenaron de dar al 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 193 

Rey todos los de la tierra cuatro servicios, é demás un servicio para pa- 
gar en la corte de Roma la legitimación del Rey é de sus hermanos, 
que estaba ya otorgada, porque el casamiento del Rey D. Sancho é de 
la Reina fuera en pecado, é todos los de la tierra lo otorgaron de buena 
mente » *. 

A estas breves noticias se añade según el citado ordenamiento de Za- 
mora, que allí, accediendo el Rey á la petición de los personeros de las 
villas, se alargó tres años el plazo de seis fijado á las deudas de los Ju- 
díos, en razón de la guerra y para alivio de los pueblos. 

Corría el año 1301. El Rey de Aragón Jaime II, salió á campaña y 
entró por el Reino de Murcia , favoreciendo con sus armas la causa de 
D. Alonso de la Cerda que se llamaba Rey de Castilla contra Fernan- 
do IV. Acudió presurosa la Reina Doña María con buena hueste; pero 
estorbaron la derrota del aragonés las intrigas de los Infantes D. Enri- 
que y D, Juan. 

Volvióse la Reina con gran pesar, « y luego que llegaron todos á Al- 
caraz, acordaron que se viniese el Rey á facer Cortes á Burgos con los 
castellanos, é después que fuese á faser Cortes á tierra de León » 2 . 

De aquí el ordenamiento dado á las villas de Castilla y de la marina 
en las Cortes de Burgos de 1301 , y el otorgado á los personeros de las 
villas de la tierra de León, Galicia y Astúrias en las de Zamora del mis- 
mo año. 

Así, pues, no se celebraron Cortes generales sino particulares, en 
Burgos para los castellanos, y en Zamora para los leoneses. Disculpaban 
la separación diferencias de leyes , usos y costumbres entre los dos pue- 
blos hermanos ; pero dividirlos era retardar el momento de la consolida- 
ción de la unidad nacional. Esta práctica fué siempre mal recibida, y 
dió motivo á diversas peticiones para que cesase. 

Fueron ayuntadas las Cortes de Burgos (dice la Crónica), é la noble Cortes 
Reina Doña María mostró á todos los que fueron y ayuntados el estado Burgos*^ 130 i 
de la tierra.... é que avia menester algo, lo uno para pagar las soldadas 
á los fijosdalgo, é lo otro para pagar la legitimación de la corte de Roma 
para el Rey é páralos otros sus fijos. E los de la tierra, veyendo como 
la Reina obraba muy bien, tovieron todos por muy grand derecho de 



1 Crónica del Eey D. Fernando el IV, cap. vi. 

2 La Crónica da la razón porque se celebraron Cortes separadas en los términos siguientes : 
«Esto fasian porque entre D. Juan Nuñez, é el Infante D. Juan, é D. Diego (López de Haro) 
avia muy gran desamor, é por guardarse de pelea, por eso partían las Cortes en esta guisa.» 
Cap. vi. 

25 



194 EXÁMEN de los cuadernos de cortes. 

faser quanto ella mandaba como era aguisado é con rason. E luego die- 
ron al Rey quatro servicios para pagar los fijosdalgo , é uno para pagar 
la legitimación del Rey é de los otros sus fijos , ca esta legitimación 
nunca la pudiera ganar el Rey D. Sancho en su vida » *. 

Acaso repare el lector atento que ya las Cortes de Valladolid de 1300 
habían otorgado un quinto servicio para satisfacer los gastos de la legi- 
timación; más como poco después vino á la merced del Rey el Infante 
D. Juan que se llamaba Rey de León, y renunció á su demanda, y no 
fué escaso en pedir la recompensa de su tardía lealtad, « ovieron de to- 
mar para él del aver que tenían para la dispensación, é diéronle la ma- 
yor parte del, é lo al tóvolo D. Enrique para sí. E asi non pudo la Reina 
enviar el aver aquel año para la dispensación >» 2 . 

No asisten los prelados á las Cortes de Burgos, pero sí á las de Zamo- 
ra de 1301 ; irregularidades propias de la turbación de los tiempos que 
trastornaba el equilibrio de las instituciones. El poder estaba allí en don- 
de residía la fuerza, es decir, en los caballeros, cuya profesión eran las 
armas, y en los concejos que daban los servicios necesarios para mante- 
ner la guerra. 

Ambos ordenamientos versan sobre las materias contenidas en los an- 
teriores, y por no repetirlas, bastará llamar la atención del lector hácia 
algunas cosas que por su novedad merecen particular exámen. 

Estableció el de Burgos que si los merinos no procediesen conforme 
á razón y derecho y dejasen de cumplir los mandatos del Rey, « que lo 
pechen con sus cuerpos é con lo que ovieren, et que sean tenidos de 
pechar el danno que en las sus merindades se ficiere , si non ficieren 
justicia ó escarmiento de los malos fechos. » 

El precepto era rigoroso, pues la responsabilidad de los merinos por 
sus actos relativos á la administración de la justicia podia llegar hasta 
incurrir en la pena de muerte y confiscación de bienes ; de lo cual se 
colige que los abusos eran muchos y graves , y los medios ordinarios 
insuficientes para extirparlos. 

Prohibe el ordenamiento que « los ornes sean presos por los mios pe- 
chos % aunque no tengan bienes con qué responder, y que les embar- 
guen por esta causa el grano en las eras, las mieses en el campo, y los 
ganados de labor mostrando otra prenda equivalente. De aquí tomó 
origen la ley del Ordenamiento de Alcalá, limitando los casos en que 



' Crónica de D. Fernando el IV, cap. VII. 
2 Ibid. cap. vi. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 195 

era lícito prendar «los bueyes é bestias de arada, ó los aparejos dellos 
que son para arar, é labrar, é coger el pan, ó los otros frutos de la tier- 
ra » La filiación se demuestra comparando ambos textos, en los cuales 
se emplean á veces las mismas palabras. 

Es notable el capítulo que manda á los concejos * non sean osados de 
poner coto en sus logares que non saquen ende el pan nin las otras 
viandas de un logar á otro, mas que lo saquen é lo lieven de un logar 
á otro en todo mío sennorio.» Aquí lucha el poder central en defensa 
del bien público interesado en mantener la libertad del comercio inte- 
rior de frutos y demás mantenimientos, con la inclinación de los con- 
cejos á la autonomía y el insensato egoísmo de los pueblos que por mie- 
do al hambre ó la carestía estancaban las producciones del suelo, im- 
pedían los cambios, dificultaban la nivelación de los precios, y conver- 
tían en necesidades permanentes las pasajeras que una mala cosecha 
puede excitar. En este ordenamiento apunta el régimen económico co- 
nocido con el nombre de policía de los abastos , floreciente en la edad 
media, y tan arraigado en la opinión de los hombres más doctos y en el 
ánimo de los gobiernos, que perseveró por espacio de algunos siglos. 

Los favores concedidos al comercio interior alcanzaron en parte al 
exterior, pues si bien no se hizo en el ordenamiento de Burgos de 1301 
alteración esencial en las leyes relativas á la saca de las cosas vedadas, 
á lo ménos se mandó que los mercaderes no fuesen registrados ni mo- 
lestados en el camino hasta llegar á los puertos, sin perjuicio de usar 
de rigor con los que fueren descaminados ó pasaren los vados, y princi- 
palmente con los que sacasen caballos del reino por ser tan necesarios 
para la guerra contra los Moros. 

Mandaron los tutores derribar todas las fortalezas levantadas sobre 
los castillares viejos que estaban despoblados y otras cualesquiera edifi- 
cadas durante la confusión de las discordias civiles, porque eran guari- 
das de malhechores que al reparo de sus muros se acogían. Tal vez fue- 
se un medio indirecto de arrojar de sus nidos á ciertos ricos hombres 
turbulentos, cuya fidelidad al Rey no inspiraba la mayor confianza á 
Doña María de Molina. Los asedios retardaban el progreso de las armas 
de Fernando IV ; y obligar á sus enemigos á combatir en campo abier- 
to, en donde la hueste real podia disputar con ventaja la victoria, era 
un acto de previsión que más tarde imitaron los Reyes Católicos. 

1 Ley 2, tít. xviii. Sin embargo, algo parecido á esto mandó Alfonso X en las Cortes de Je- 
rez de 1268. « E ninguno (dijo) non sea osado de prendar bestias, nin bueyes de arado, nin deste- 
jar casas, nin levar las puertas dellas, nin por los mios pechos, nin por otra cosa ninguna.» 



I 



196 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Queda advertido en su lugar que la prohibición de pasar los bienes 
de realengo al abadengo no tenía por objeto poner coto á la amortiza- 
ción, sino aliviar á los pecheros cada vez más agobiados con la carga 
de los tributos. Confirma este juicio el ordenamiento de Burgos al man- 
dar que las heredades realengas y pecheras no pasen al abadengo, ni 
las compren los caballeros, hidalgos, clérigos, hospitales ni comunes, 
añadiendo que lo adquirido por compra , donación ú otro titulo cual- 
quiera desde las Cortes de Haro de 1288, peche como ántes de la trasla- 
ción del dominio. Los muchos servicios que los concejos hubieron de 
dar al Rey para acudir á los gastos de la guerra y la ausencia de pre- 
lados en las Cortes de Burgos de 1301, explican el creciente rigor de la 
ley sobre «el heredamiento que finque pechero.» 

Suplicaron los personeros de las villas que en adelante les hiciese el 
Rey la merced de no celebrar Cortes en Castilla separadamente de León 
y Extremadura, y que aquel caso no lo tomase por uso; á cuya discreta 
y oportuna petición respondió Fernando IV, « tengo que piden mió ser- 
vicio, é otorgo de lo facer así como ellos me lo pidieron.» 

En todo tiempo convenia observar la costumbre de reunir Cortes ge- 
nerales para acreditar la existencia de un solo cuerpo político; pero en- 
tdnces habia necesidad de protestar contra cualquiera conato de dividir 
los reinos, cuando estaba tan fresca la memoria de la partición conve- 
nida entre el Infante D. Juan y D. Alonso de la Cerda, el uno alzándose 
con los de Castilla, Toledo, Córdoba, Murcia y Jaén, y el otro apoderán- 
dose de León, Galicia y Sevilla. El ejemplo de celebrar Cortes parti- 
culares se repitió todavía; mas siempre fué una excepción mal vista. 

Lo demás que contiene el ordenamiento de Burgos acerca de los es- 
cribanos públicos de los concejos, de las deudas de los Judíos y las car- 
tas desaforadas carece de novedad , pues todo se reduce á confirmar lo 
que en Cortes anteriores se habia mandado. 

Si el estado de Castilla exigía pronto remedio, el de León lo reclama- 
ba con igual ó mayor urgencia. De aquella ciudad y muchos lugares 
de la comarca se hizo dueño el Infante D. Juan en 1296, conservándo- 
los en su poder hasta que reconoció por Rey y señor á D. Fernando IV 
en 1300. En este período tuvo allí ménos asiento la paz que la guerra, 
y con el tumulto de las armas vinieron la relajación de las leyes , la ti- 
ranía de los grandes, las exacciones violentas, la flojedad de la justicia, 
el robo é incendio de muchos pueblos y la dispersión de sus moradores 
Cortes con 0 t ros excesos áun más odiosos. 

de 

Zamora de 1301. El ordenamiento de Zamora de 1301 refleja los males que á la sazón 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE COKTES. 



197 



padecían León, Galicia y Asturias, porque los pintan al vivo las peti- 
ciones de los personeros de las villas cuya lejanía demandaba mayores 
esfuerzos de la autoridad llamada á protegerlas. 

Suplicaron en razón de los tributos , que no fuesen cogedores ni ar- 
rendadores de los servicios y monedas los ricos hombres , infanzones, 
caballeros, clérigos, ni Judíos, sino los hombres buenos de las villas y 
los vecinos de los lugares reales ; petición que el Rey otorgó de buen 
grado, exceptuando los pechos foreros, pues en cuanto á ellos (dijo) 
" pondré y quien toviere por bien que me los recabde non faciendo tuer- 
to.» Asimismo suplicaron, y les fué concedida la confirmación de los 
privilegios de no pechar mañería ni nuncio, prestaciones feudales de 
que habia excusado el Rey D. Sancho á los del reino de Galicia 1 ; de no 
dar fonsaclera los pueblos exentos por merced, fuero ó costumbre 2 ; de 
no pagar tributo los hijos miéntras viviesen en la compañía de sus pa- 
dres, á no tener bienes propios, en cuyo caso pagarían una cáñamo, 3 , y 
por último, obtuvieron que los hombres buenos de las villas no fuesen 
presos por deudas de pechos, ni embargadas las mieses ni los frutos en 
las eras, ni los bueyes de labranza habiendo otra prenda, ni la ropa del 
deudor, ni la de su mujer, ni la de sus lechos, y así lo otorgó el Rey, 
excluyendo á los cogedores de sus pechos y rentas, si resultaren alcan- 
zados. 

No estaba la justicia muy bien parada, cuando los personeros de las 
villas hubieron de pedir al Rey que no pusiese en su casa por alcalde á 
ningún malhechor ni encubridor de malhechores ; que los oficiales á su 
servicio no emplazasen ante la corte á los moradores de las villas , sino 
que los demandasen por su fuero ; que castigase con rigor á los que ame- 
nazaban á los merinos, jueces y alcaldes, ó los desafiaban dándose por 
agraviados de sus actos de j usticia ; que nadie fuese preso ni privado de 
sus bienes por denuncia ó querella presentando fiadores, á menos de ser 
oido y librado según fuero y derecho ; que hiciese severo escarmiento 
en los jueces y alcaldes de los lugares desobedientes al Rey, pues no 
respetaban sus cartas de merced, confiando que los querellosos no acu- 
dirían á la corte por evitar los gastos del proceso, etc. 



1 Mañería era el derecho que tenía el Rey de heredar á su vasallo que moría sin sucesión le- 
gítima ab intestato. Mincio, micion ó nuncio, tributo que cuando moría un vasallo se pagaba al 
señor, y consistía en una de las mejores cabezas de ganado. 

2 Fonsadera, tributo en sustitución del servicio en la hueste del Rey, á que llamaban ir en 
fonsado. 

3 Pagar una cáñama significa pagar por una casa, un fuego, un hogar. 



198 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

La jurisdicción real ordinaria estaba cohibida por la eclesiástica. Los 
clérigos y personas de orden llamaban á los legos á sus tribunales en 
virtud de cartas de Roma para juzgar y sentenciar los pleitos sobre bie- 
nes y cosas temporales, y era frecuente el abuso de excomulgar los 
obispos y vicarios y poner entredicho en las villas , cuando cumplian 
las cartas y mandamientos del Rey los jueces seculares. El ordenamien- 
to de Zamora prohibe lo primero, y respecto de lo segundo confirma lo 
mandado por Alfonso X en Cortes, con acuerdo de los prelados, ricos 
hombres y hombres buenos de todos sus reinos , á saber, que los obis- 
pos y jueces de las iglesias no embarguen la jurisdicción temporal, ni 
pronuncien sentencias de excomunión contra los que la ejercen; y si 
algún agravio les fuese hecho, que lo pongan en noticia del Rey hasta 
tres veces, y si hallare el Rey que las autoridades eclesiásticas no tienen 
razón, les ruegue que alcen el entredicho, y no lo haciendo, les apre- 
mien á ello ocupándoles las temporalidades l . 

Condescendió Fernando IV con el deseo de los personeros de las vi- 
llas, prometiendo que les dejaria sus alcaldes de fuero y no pondría en 
ningún lugar juez de salario , á no pedirlo todo el concejo ó su mayor 
parte. Asimismo les confirmó las donaciones de aldeas y castillos que 
Reyes anteriores habían hecho á los concejos, y mandó que les fuese 
restituido lo usurpado por las órdenes y personas poderosas en la confu- 
sión de la guerra, y prohibió que los caballeros de las villas por quere- 
llas que tuviesen entre sí, matasen á los labradores, robasen, cortasen 
los árboles, arrancasen las viñas, prendiesen fuego ó tomasen el gana- 
do. Tan grande fué la licencia de los tiempos que ordenó el Rey, á pe- 
tición de los personeros, no tuviesen oficios de alcalde, juez ó merino 
los enemigos de su causa incendiarios de las villas , y las derribadas ó 
quemadas por los malhechores se repoblasen con hombres útiles y con- 
venientes á su servicio. 

Renovaron los personeros la cuestión del realengo, esforzando sus ra- 
zones con la autoridad de las Cortes de Benavente en 1202, según los 
cuales las casas y heredamientos de los lugares del Rey y de los conce- 
jos, aunque pasen á poder délas iglesias, de las órdenes ó de los ricos 
hombres « finquen foreros » ; á cuya petición respondió Fernando IV 
mandando guardar lo establecido en las de Haro de 1288. 

No plugo al Rey que los concejos nombrasen los escribanos públicos, 



1 El ordenamiento de Alfonso X á que se refiere el de Zamora de 1301 no es conocido, ni si- 
quiera podemos citar las Cortes en que fué hecho, pues no se halla en ninguno de los cuadernos 
contenidos en esta Colección. 



EXAMEN Dfi LOS CUADERNOS DE CORTES. 199 

aunque mucho lo deseaban, ántes les dijo que siempre sus progenitores 
los habían puesto en las villas y lugares, « ca las notarías son quitas de 
los Reys, et es gran pro é guarda de los conceios de los poner yo. » Con- 
este motivo respondió á la petición que los de las iglesias no pusiesen 
notarios que signasen é hiciesen fe, no obstante cualesquiera privile- 
gios, ni usasen de la notaría los nombrados, guardando la costumbre 
establecida. 

Confirma el ordenamiento de Zamora la protección á los ganados, 
prohibiendo que se les pidan servicios en las ferias y mercados y en 
los caminos, sino en los puertos en donde se solían tomar, y lo mismo 
en cuanto á los diezmos y montazgos, corrigiendo el abuso de exigir de 
los pastores medio diezmo de los corderos, de los quesos y la lana. 

En cuanto á las deudas de los Judíos no introduce novedad sustancial; 
y respecto de las cartas desaforadas, mandó el Rey que si fuere la tal car- 
ta para prender á un hombre, no le prendiesen dando fiadores según el 
fuero de cada lugar hasta que se lo mostrasen ; y si para matarle, y es- 
tuviere preso , « que lo non maten sin ser oido por do devier. » 

Obsérvase en el ordenamiento de Zamora de 1301 que va recobrando 
sus fuerzas la monarquía con la sumisión del Infante D. Juan , de don 
Juan Nuñez de Lara y otros ricos hombres y caballeros de su parcialidad. 
Aunque seguía la guerra con D. Alonso de la Cerda, á quien ayudaba 
el Rey de Aragón , « lo más del peligro avia pasado. » Por eso los tutores 
no se muestran tan condescendientes con los concejos, pues c onforme 
adelanta la obra déla pacificación, así va creciendo el influjo del clero 
y la nobleza, y por tanto, la autoridad del Rey, que era entónces como 
ahora en ciertas monarquías templadas, el fiel de la balanza. 

Las primeras Cortes celebradas después que Fernando IV , á los diez Cortes 
y siete años de edad, sacudió el yugo de la tutoría y empezó á gober- Me( j ina d ( ] e el c a ¡ 
nar por su persona, fueron las de Medina del Campo de 1302. Concur- po de 1302. 
rieron los tres brazos del reino ; más no son generales , sino particula- 
res de Toledo, León y Extremadura. La Crónica nos dice que no vinie- 
ron á estas Cortes los hidalgos ni los concejos de Castilla, callando el 
motivo de la ausencia 1 . Tan pronto y sin causa conocida se dió al olvi- 
do el ordenamiento hecho en las de Burgos de 1301 en el cual prome- 
tieron los tutores en nombre del Rey no llamar á Cortes en Castilla se- 
paradamente de León y Extremadura. 

Otorgaron las de Medina del Campo cinco servicios ; el uno para el 



i Crónica del Rey D. Fernando el IV, cap. vm. 



200 KXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Rey, y los cuatro para pagar las soldadas de los fijosdalgo , y luego los 
personeros de las villas formaron, según la costumbre recibida, el cua- 
derno de peticiones, no muchas en verdad, pero entre ellas algunas 
nuevas é interesantes. 

En materia de tributos renovaron sus quejas contra el arrendamiento 
délos pechos y los cogedores moros y judíos, las pesquisas sobre las 
cuentas , las multas ó caloñas y los embargos ó prendas ; y es singular, 
en cuanto á lo primero, que el Rey en vez de dar una respuesta lisa y 
llana, hubiese eludido toda satisfacción y áun burlado toda esperan- 
za, diciendo: «Bien saben ellos la mi facienda, é la priesa en que estd, 
é las nuevas que me legan cada dia de la frontera, é á esto yo cataré 
carrera, si Dios quisiere, porque la frontera sea acorrida, é yo sea servi- 
do , é sea el mayor pro é la mayor guarda que pueda ser. » Realmente 
va tan lejos del sentido de la petición la respuesta, que sería fundada 
la duda si hay ó no vicio de copia. 

Del ordenamiento hecho en estas Cortes se colige que unos pechos se 
pagaban por renta y otros por cabeza ; que los concejos y los pecheros 
derramaban entre sí los tributos para lo que habían menester y algo 
más de lo justo, y en fin, que no se cumplían las leyes encaminadas á 
corregir tantos excesos y extirpar tantos abusos. Causa pena observar, 
estudiando la historia de nuestras Cortes, como, á pesar de las continuas 
quejas y clamores de los pueblos , los males y los vicios de la sociedad 
se perpetuaban, convertidos en vanas fórmulas los remedios. 

Otorgó el Rey que las cartas contra fuero ó privilegio libradas por su 
Cnancillería, no fuesen cumplidas, y ofreció tomar hombres buenos que 
anduviesen en la corte y cuidasen de recogerlas , y de ponerlo en su 
noticia para resolver conforme á derecho. 

Prometió llamar á caballeros buenos de las villas «que anden conmi- 
go (dijo), é sean en librar los fechos, así como lo ficieron los otros Re- 
yes donde yo vengo » ; y añadió : « esto les gradesco mucho é téngolo 
por bien, é ante que me lo ellos pidiesen, lo tenía ordenado de lo facer. » 
Buenas palabras pronunciadas ya en las Cortes de Cuéllar de 1297, que 
también ahora se llevó el viento. 

Los dos capítulos más importantes del ordenamiento de Medina del 
Campo son sin disputa los relativos al modo de celebrar Cortes , y á la 
protección debida á los personeros de las villas é mandaderos de los 
concejos. 

En efecto, pidieron al Rey que cuando hubiere de reunir Cortes, 
que las hiciese « con todos los ornes de la tierra en uno» ; á lo cual res- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 201 

pondió Fernando IV « esto me place é otórgogelo , é lo que fasta agora 
fice, fícelo por partir peleas é reyertas que pudieran y acaescer. >» Tal 
fué la razón por que se celebraron por separado las de Burgos y las de 
Zamora de 1301, según refiere la Crónica; mas no arroja ninguna luz 
sobre las causas que obligaron á separar las de Medina del Campo y las 
de Burgos de 1302. El Rey dice por partir peleas ; pero más parece dis- 
culpa y alusión á lo pasado, que razón valedera y explicación de lo pre- 
sente. 

Asimismo le suplicaron que los hombres buenos viniesen seguros á 
las Cortes, y que les diesen posadas en las villas, y les fué otorgado; 
y de aquí tomó origen la inmunidad de nuestros antiguos procuradores. 

Tuvo por bien el Rey confirmar los privilegios y cartas de merced, 
como se lo pidieron los hombres buenos de las villas, y mandó que les 
valiese y fuese guardado « lo que fuere fecho é otorgado en las otras 
Cortes de que yo regné acá, sobre las peticiones que los de la tierra me 
ficieren generalmientre , especialmientre cada concejo en lo que era de 
su concejo. » 

De este pasaje se desprende que los personeros de las villas formaban 
de común acuerdo los cuadernos de peticiones tocantes al bien de los 
Reinos de Castilla y León, y de aquí los capítulos generales, distintos 
de las cartas otorgadas á los concejos concediéndoles ó confirmándoles 
privilegios, franquezas ó mercedes singulares. 

En resolución, el ordenamiento de Medina del Campo de 1302 con- 
tiene principios de nuestro derecho piíblico que habrían sido más fe- 
cundos, si los sucesores de Fernando IV se hubiesen creído ligados con 
la promesa de « lo mejor guardar ». 

Sucedieron inmediatamente á estas Cortes las de Burgos del mismo año. Cortes 
La Crónica dice: « E otrosí porque los concejos de Castilla non vinieron „ d< ; 

i t Burgos de 1302. 

á estas Cortes de Medina, acordó el Rey de ir á faser otras Cortes á Bur- 
gos. » Lo primero que en ellas se trató fué de dar al Rey, « é diéronle 
los de Castilla otros cinco servicios, así como ge los mandaron en las 
Cortes de Medina, é mandó pagar sus soldadas á D. Diego (López de 
Haro), é á los otros fijosdalgo que eran sus vasallos» *. 

En las Cortes de Burgos de 1302 se hizo un ordenamiento sobre la 
moneda que algunos atribuyen á otras celebradas en la misma ciudad 
el año siguiente. Los escritores que las admiten fundan su opinión en 
las palabras del referido ordenamiento comunicado al concejo de Illes- 



1 Crónica de D. Fernando el IV, cap. vin. 



2G 



202 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

cas: «sepades que agora, quando fui en Burgos á estas Cortes en que 
fueron aj untados ricos ornes, etc. * Lleva la carta la fecha de 10 de Mar- 
zo de 1303. 

La frase « agora quando fui en Burgos», indica la proximidad del 
suceso; por lo cual parece que alude el Rey, no á las de 1302, sino á 
otras posteriores é inmediatas. No se puede negar la fuerza del racioci- 
nio; mas por vehemente que sea el indicio, no resiste á la prueba en 
contrario. 

Según la Crónica y los documentos que la ilustran , pasó Fernan- 
do IV la fiesta de la Navidad del año 1302 en la ciudad de León s en 13 
de Enero de 1303 estaba en Benavente, camino de Valladolid : en 14 de 
Febrero se hallaba la corte en Cuéllar, y allí seguia el 20 , y el 10 de 
Marzo firmaba la carta al concejo de Illescas en Toledo. ¿ Cuándo, pues, 
celebró ni pudo celebrar Cortes en Burgos, si no entró en la ciudad ca- 
beza de Castilla en Enero, ni en Febrero del año 1303? » 1 . 

Resulta averiguado que tales Cortes no existieron, y que el Rey hizo 
el ordenamiento sobre la moneda en las celebradas en Burgos durante 
el mes de Julio del año 1302. 

Lejos de haber cesado la corrupción de la moneda, triste legado de Al- 
fonso X, siguió en aumento, y llegó al punto « que la non querian to- 
mar los ornes por la tierra, por la cual razón venían muchas muertes é 
muchas contiendas. » Creció la confusión desde que empezaron á circu- 
lar monedas contrahechas, malas y falsas no labradas en las casas del 
Rey. 

Para poner algún remedio á tan grave desórden, mandó Fernando IV 
tajar todas las piezas viciosas, afinar los metales por peritos en el arte, 
venderlos en las tablas de cambio de las villas por cuenta de los dueños, 
y prohibió sacar el oro y la plata del reino, sopeña de muerte y perdi- 
miento de bienes. Restableció la circulación legal de la buena moneda, 
fijó su valor relativo, dictó reglas acerca del pago de las deudas, y pro- 
hibió desechar las piezas por pequeñas, machacadas, mal acuñadas, fe- 
bles, escasas, gastadas ó ludidas, «salvo si fuere pedazo ménos, ó que 
sea quebrado fasta al tercio. » Puso guardas para escoger las monedas 
buenas entre las malas é impedir que las llevasen á vender y fundir en 
otras partes, y prohibió que corriesen los dineros tajados bajo penas se- 
veras. Tal es en sustancia el ordenamiento sobre la moneda hecho en las 
Cortes de Burgos de 1302. 



l Crónica de D. Fernando el IV, caps, vin y ix 



examen de los cuadernos de cortes. 203 

Tres años después llamó de nuevo el Rey á los brazos del Reino, y ce- Cortes 
lebró las de Medina del Campo de 1305, muy concurridas de prelados, Medina del Cam- 
ricos hombres, caballeros y ciudadanos de las villas de Castilla y León. po de 1305. 
Habló Fernando IV con los hombres buenos de los concejos, les mostró 
el estado de los negocios, y les manifestó « como avia menester algo para 
pagar las soldadas de los caballeros, é diéronle entonces cinco servicios, 
uno para él é quatro para pagar las soldadas, é el Rey libró á los conce- 
jos sus peticiones, é enviólos á sus tierras » 

Entre los ricos hombres presentes se halló « D. Ferrando, mió coer- 
mano, fijo del Infante D. Ferrando», uno de los llamados de la Cerda, 
cuyo principal D. Alonso, « que se llamaba Rey de Castilla », se redujo 
á la obediencia de D. Fernando IV en Agosto del año anterior 1304. 

De estas Cortes salieron tres distintos ordenamientos , uno otorgado 
á los del reino de León, otro á los concejos de los lugares de Castilla 
y de la marina, y el tercero á los de las Extremaduras y del reino de 
Toledo. 

Suena en el primero por la primera vez el nombre más tarde tan re- 
petido de procurador del concejo, en sustitución de personero, manda- 
dero ú hombre bueno de las villas que estaban en uso. Sin embargo, la 
nueva voz, como si se hubiese deslizado de los labios ó de la pluma en 
un momento de descuido, no se puso en boga desde aquel dia, pues pre- 
valecen las denominaciones antiguas en los ordenamientos que siguen 
á éste de cerca. 

Dió Fernando IV el cuaderno de que se trata, respondiendo á las peti- 
ciones generales de los concejos del reino de León, sin perjuicio de «las 
especiales de los procuradores, apartadamiente cada unos por su conceio», 
como dice el texto. 

La esterilidad de las promesas de aliviar la carga de los pueblos mejo- 
rando las leyes relativas á la imposición y cobranza de los tributos, 
justifica las peticiones para que no se tomen yantares indebidos , ni los 
jueces sean arrendadores de los pechos, ni paguen el quinto servicio 
caballeros, dueñas, viudas ni doncellas, personas que en Cortes anterio- 
res fueron excusadas. La misma esterilidad se observa respecto de la ad- 
ministración de la justicia, por lo ménos en cuanto á los emplazamien- 
tos para la corte y al nombramiento de jueces de salario contra la vo- 
luntad de los concejos, cada vez más celosos por la conservación de sus 
alcaldes de fuero ; ni se cumplió lo mandado acerca de las fortalezas le- 

1 Crónica de D. Fernando el IV, caps, x y xi. 



204 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

yantadas sobre las ruinas de los antiguos castillos , pues se renueva la 
petición para que sean derribadas. 

Alguna novedad ofrecen los capítulos pertenecientes á las notarías de 
las villas y á las cartas libradas por la Cnancillería de que se daban los 
concejos por agraviados. Suplicaron los procuradores en cuanto á lo pri- 
mero, que el Rey las proveyese en hombres buenos, vecinos y morado- 
res de las villas y abonados, con la condición de servirlas por sí, atajan- 
do el abuso de arrendarlas ; y acerca de lo segundo, que mandase á los 
jueces y alcaldes puestos por él no cumplir las que fuesen contra los 
privilegios, cartas, fueros, usos y costumbres, franquezas y libertades 
de los concejos, y así les fué otorgado. 

Confirmó D. Fernando IV lo acordado en las Cortes de Medina del 
Campo de 1302, ofreciendo plena seguridad á los hombres buenos de las 
villas llamados á la corte en sus viajes de ida y vuelta, y otorgó una 
petición nueva é importante , á saber : que las mercedes hechas y 
demás cosas concedidas por el Rey en aquellas Cortes, « non se revoca- 
sen á ménos de quando fecier otras Cortes. » 

No se debe inferir de aquí que las leyes para ser valederas y habidas 
como leyes del reino, se debían hacer precisamente en Cortes genera- 
les *. Este ordenamiento, hecho en las Cortes de Medina del Campo 
de 1305, fué dado á los concejos del reino de León, sin participación al- 
guna de Castilla, Toledo y las Extremaduras. Además, no pidieron los 
procuradores que las mercedes otorgadas por el Rey en las Cortes no se 
revocasen, salvo en otras, sino «aquellas mercedes é aquellas cosas que 
les otorgase en estas Cortes » ; es decir, que no fué una regla, sino una 
excepción. Así, pues, no hay razonable fundamento para afirmar que 
desde entonces se dividió la potestad legislativa entre las Cortes y el 
Rey, ya porque el ordenamiento de Medina del Campo de 1305 no tuvo 
el carácter de ley de general observancia , y ya porque áun siendo así, 
solamente se necesitaría el concurso de las Cortes para revocar las mer- 
cedes, más que las leyes, hechas en aquella ocasión. 

La verdad es que desde los tiempos de la monarquía visigoda el Rey 
legislaba y continuó legislando , sin coartar su facultad las peticiones 
generales ó especiales de mercedes que le presentaban los personeros de 
las villas á modo de memoriales. 

El ordenamiento otorgado á los concejos de los lugares de Castilla y 
de la marina en las Cortes de Medina del Campo expresa que concur- 

i Martínez Marina, Teoría de las Cortes, parte n, cap. xvu, núin. 3. 



EXAMEN de los cuadernos de cortes. 205 

rieron la nobleza, el clero y « los ornes buenos que vinieron á estas Cor- 
tes por personeros de los concejos de las cibdades, et de las villas, et de 
los logares de Castilla et de las marismas », dando al olvido el nombre 
de procuradores. 

A tal punto llegaba la aspereza de costumbres de los castellanos al 
principio del siglo xiv, que ni se guardaban las leyes, ni la justicia era 
temida de los poderosos. En la edad media, sobre todo en los pueblos 
en que más profundas raíces habia echado el régimen feudal, poco valia 
el derecho contra la fuerza. De aquí « las muertes, et los robos, et fuer- 
zas, é coechamientos et otros muchos males » , la despoblación de las vi- 
llas y lugares asolados por alcaldes y escribanos que ponían los ricos 
hombres y caballeros , y la abierta protección que los infantes, ricos 
hombres y caballeros dispensaban á los malhechores que en poblado 
y despoblado andaban por la tierra robando y matando, sin que los me- 
rinos, ni los alcaldes pudiesen cumplir en ellos justicia. 

No desoyó Fernando IV las peticiones de los personeros, antes las aco- 
gió con benignidad, y lograron favorables respuestas. Mandó que los 
adelantados y los merinos , los alcaldes y los jurados procediesen con 
todo rigor contra los criminales, autorizando á Jos ministros de la jus- 
ticia á prenderlos en la propia casa del Rey. También ofreció sentarse 
uno ó dos dias á la semana para oir las querellas, así de los particulares 
como de los concejos, loable costumbre de nuestros monarcas general- 
mente practicada. 

Continuando la exacción violenta de yantares por los infantes , ricos 
hombres y caballeros , el Rey dictó providencias tal vez poco eficaces 
para precaver este abuso ó remediarlo, y asimismo otorgó á los persone- 
ros de las villas que los Judíos no fuesen cogedores, ni sobrecogedores, 
ni arrendadores de los pechos , ni tampoco los ricos hombres, ni los 
caballeros, « pues por esta razón se hermaba la tierra.» 

No se introdujo novedad en cuanto á los notarlos de las villas, es de- 
cir, que continuaron siendo de provisión real , salvo si el nombramiento 
de los escribanos públicos perteneciese al concejo por su fuero. 

Para evitar que saliesen de la Cnancillería cartas desaforadas, otorgó 
el Rey que el notario mayor de Castilla tuviese bajo llave los sellos, y 
confirmó los anteriores ordenamientos para que no se cumpliesen , si á 
pesar de esta cautela las diere. 

Tal vez no era buena la moneda labrada en los tiempos de Fernan- 
do IV ; pero aun siéndolo, se hizo mala á causa de la contrahecha y fal- 



206 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

sificada que la codicia puso en circulación. La alteración de los precios 
llegó al extremo « que todo lo más del mueble que habia en la tierra 
era perdido por esta razón»; por lo cual pidieron los personeros de los 
concejos, y el Rey les ofreció no mandar labrar otra moneda, y dejar 
que la corriente se apurase y consumiese. 

Grandes eran las vejaciones y molestias que los guardas de los puer- 
tos causaban á los mercaderes. No se contentaban con exigirles el diez- 
mo de los paños y mercaderías, sino que también les obligaban á tomar 
guía por la cual pagaban cerca de otro tanto como importaban los dere- 
chos reales. A ruego de los personeros mandó el Rey « que non den guía 
nenguna á orne nenguno.» 

En materia de heredamientos pecheros confirmó Fernando IV los or- 
denamientos de su padre el Rey D. Sancho en las Cortes de Haro de 1288 
y Valladolid de 1293. 

Asimismo, respondiendo á la petición que los hombres buenos de Cas- 
tilla llamados por el Rey á su corte « vayan et vengan seguros ellos, et 
lo que tragieren devenida, et de morada, et de ida desde que salieren 
de su casa fasta que tornen », no sólo confirmó el ordenamiento de Me- 
dina del Campo de 1302, sino que dobló el rigor de la sanción penal, 
mandando que quien los matase, hiriese ú ofendiese de cualquier modo, 
muriese por ello y perdiese la mitad de sus bienes , y que en ningún 
tiempo fuese perdonado, ni se volviesen los bienes á sus herederos. Sin 
duda las vidas y haciendas de los personeros de las villas corrían peli- 
gro, pues no bastaba la protección ordinaria de la justicia para que fue- 
sen y volviesen seguros, cuando acudían al llamamiento del Rey con 
el mandato de los concejos. 

El ordenamiento dado á los de las Extremaduras y reino de Toledo en 
estas Cortes de Medina del Campo de 1305 no difiere sustancialmente 
del anterior. Casi todas las peticiones son las mismas, é iguales las res- 
puestas; y si bien está alterado el órden de los capítulos, cotejados am- 
bos cuadernos, salta á la vista que los personeros de las villas de Casti- 
lla y los de Toledo y Extremadura se comunicaron y procedieron de 
acuerdo. Hay peticiones y respuestas copiadas á la letra. Cual de los 
dos documentos sea el original, y cual la copia, no es posible averi- 
guarlo, porque son de la misma data. 

Estando Fernando IV en Valladolid acordó enviar « por ornes buenos 
de toda la tierra, é que ficiesen Cortes en la villa, é fueron las cartas á 
toda la tierra , é fueron y todos ayuntados , también los infantes é los 



EXÁMEN DE LOS CUADÉRNOS DE CORTES. 207 

perlados, é los ricos ornes, como todos los otros ornes buenos de todas 
las villas de Castilla, é de León, é de las Extremaduras, é de Anda- 
lucía » *. 

En efecto, hubo Cortes generales en Valladolid el año 1307, de las 
que da breve noticia el diligente Colmenares 2 . La Crónica ilustra algo 
más este suceso , pues refiere que otorgaron al Rey tres servicios para 
pagar las soldadas á los fijosdalgo, y añade que los hombres buenos 
« acordaron con la Reina las peticiones que querían faser al Rey. » 
Treinta y seis contiene el cuaderno, cuyo número basta para explicar 
las palabras del Rey « porque estas peticiones que me ficieron son tan- 
tas que me non podría acordar de todas» . 

Encomendó el Rey á la Reina su madre, á su tio el Infante D. Juan, 
y á los hombres buenos presentes en Valladolid, que ordenasen las res- 
puestas á cada cosa que le demandaban, y así lo hicieron, y se lo mos- 
traron y lo tuvo por bien. El Rey « mandó que viniesen todos á su pa- 
lacio é desque fueron ayuntados, mandó que ge lo leyesen, é fueron 

todos pagados, é tuviérongelo en merced, é mandóles dar ende sus car- 
tas á cada uno » 3 . 

La mocedad de Fernando IV, la inquieta ambición del Infante Don 
Juan, y la codicia insaciable de los ricos hombres de Castilla daban 
pábulo á la discordia encendida al principio de este reinado. Para res- 
tablecer la paz pública era preciso reprimir el desórden con mano dura 
y áun sangrienta; y no sin razón dijeron los personeros de las villas al 
Rey que una de las cosas que ellos entendían por que la tierra estaba 
pobre y agraviada, era por que en la corte y en los reinos « no ha jus- 
ticia según debe. •> 

Dejábase el Rey guiar por los consejos de sus privados y favoritos, en- 
cubriéndose de la Reina su madre. Creció con el mal gobierno la 
licencia de los nobles, y fueron cada vez más amargas las quejas de los 
pueblos. 

Cuando iba el Rey de camino, la gente de su séquito asolaba las vi- 
llas y aldeas del tránsito. Suplicaron los personeros que el Rey pusiese 
coto al abuso de quemar la madera de las casas , cortar las viñas y las 
mieses, tomar por fuerza el pan, el vino, la carne, la paja, la leña y to- 
do cuanto hallaban, de suerte que quedaban yermos los lugares. 

Si algún infante ó caballero tenia querella con su concejo, no le de- 



* Crónica de D. Fernando el IV, cap. xn. 

2 Historia de Segovia, cap. xxnr, § xvn. 

3 Crónica de D. Fernando el IV, cap. xm. 



208 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

mandaban por su fuero, sino que se hacían justicia por su mano sin 
respetar el derecho ni la autoridad de los alcaldes , y si los ricos hom- 
bres y caballeros promovían asonadas , exigían viandas de los pueblos 
que corrían ó en los cuales se juntaban. Fernando IV, á ruego de los 
personeros, prometió reprimir y castigar estas violencias intolerables. 

Los castillos, cortijos y casas fuertes, levantadas durante la minori- 
dad del Rey continuaban dando abrigo á los malhechores que hacían 
muchos males, robos y fuerzas. También de los alcaides que tenían por 
el Rey los castillos, alcázares y fortalezas de las villas, recibían daños 
los paciñcos moradores ; agravios que motivaron dos peticiones segui- 
das de dos respuestas favorables. 

Instaron los personeros para que el Rey mejorase la administración 
de la justicia, poniendo hombres buenos de las villas por alcaldes que 
anduviesen de continuo en la corte , sentándose un dia á la semana á 
oír y sentenciar los pleitos, vigilando los jueces y alguaciles, y casti- 
gando á los que no cumpliesen la justicia según el fuero de cada lugar, 
obligando á los ricos hombres, infanzones y caballeros á presentar sus 
demandas á los alcaldes del fuero de su vecindad , no procediendo con- 
tra nadie por denuncia sin ser oido conforme á derecho, no desaforan- 
do á persona alguna, y no mandando hacer pesquisas cerradas. Todo lo 
otorgó de buen grado el Rey ; pero la justicia continuó perezosa ó des- 
cuidada. 

Aumentáronse en estas Cortes las cautelas para que no saliesen de la 
Cnancillería cartas contra las libertades y franquezas , buenos fueros, 
usos y costumbres , mercedes y privilegios de los pueblos ; abuso que 
debia tener muy hondas raíces, pues era tan difícil extirparlo. 

Aunque repetidas veces habia ofrecido el Rey no poner jueces de fue- 
ra en las villas y lugares de sus reinos, salvo cuando se los pidiese todo 
el concejo ó su mayor parte, no se guardaba el ordenamiento. Los per- 
soneros recordaron á Fernando IV lo mandado en las Cortes pasadas, y 
fué confirmado. Igual ó parecida contienda mediaba entre el Rey y los 
concejos á propósito de las notarías y escribanías délas villas, aquél 
empeñado en proveerlas, y éstos obstinados en resistirlo. La cuestión 
estaba ya resuelta en ordenamientos anteriores , reconociendo el dere- 
cho del Rey, salvo el fuero en contrario , y así quedó asentado en las 
presentes Cortes, obligándose Fernando IV á nombrar para tales oficios 
hombres buenos cuantiosos, naturales del lugar, que los sirviesen por 
sí, y no los diesen en arrendamiento. 

También suplicaron contra los excesos de la jurisdicción eclesiástica, 



exímen de los cuadernos de cortes. 209 

atreviéndose los arzobispos , los obispos y otros prelados' á emplazar á 
los legos en pleitos foreros y demandas relativas á cosas temporales , y 
á compelerlos con excomuniones en detrimento del señorío real. La res- 
puesta fué: « Tengo de saber como se usó en tiempo del Rey D. Alfonso 
mió abuelo, é facerlo he así guardar, é esto saberlo hó luego.» Vana 
promesa que no llega á lo acordado en las Cortes de Zamora de 1301. 

Ofrece novedad y sumo interés la petición recomendando al Rey que 
averiguase cuánto rendían las rentas foreras y los derechos debidos á la 
corona, que tomase para sí lo que por bien tuviese, y partiese lo restan- 
te, según fuere su merced, entre los infantes, ricos hombres y caballe- 
ros, y no echase servicios ni pechos desaforados en la tierra. El Rey lo 
otorgó añadiendo : « pero si acaesciese que pechos oviere mester algu- 
nos, pedirgelos he, et en otra manera no echaré pechos ningunos en la 
tierra. » 

Tal era la antigua costumbre de origen incierto , algunas veces vio- 
lada ó interrumpida. No ha llegado á nuestra noticia ordenamiento an- 
terior á este hecho en las Cortes de Valladolid de 1307 , en virtud del 
cual el derecho consuetudinario sobre pedir el Rey los tributos y con- 
cederlos el estado llano, hubiese constituido derecho escrito. Desde aquel 
dia fueron las Cortes una institución necesaria á la monarquía de Cas- 
tilla y León, y en aquel momento se firmó el pacto solemne del Rey 
con el pueblo representado por los concejos. La fuerza del principio que 
el impuesto debe ser otorgado por el contribuyente, se acredita con sólo 
observar que hoy mismo es condición esencial de todos los gobiernos 
más ó menos populares. 

Quejáronse los personeros de los infantes, ricos hombres y caballeros 
que exigían yantares y conducho en los lugares de realengo y abaden- 
go sin derecho ; abuso que también cometían los oficiales del Rey, 
cuando la corte se mudaba, y pidieron que fuesen cogedores de los tri- 
butos caballeros y hombres buenos de las villas cuantiosos que guar- 
dasen la tierra de daño. El Rey ofreció poner por cogedores hom- 
bres buenos de las villas, ricos y abonados, y no consentir que Ju- 
díos lo fuesen, ni tampoco arrendadores de los pechos según estaba 
ordenado. 

Asimismo suplicaron que fuesen restituidas á los concejos las aldeas 
y términos que el Rey les habia tomado para darlos en heredamiento á 
quien quiso hacer merced, y que en adelante no enajenase de la corona 
los pechos y derechos de los lugares pertenecientes á las villas en fa- 
vor de los infantes, ricos hombres, órdenes, infanzones, ricas hembras, 

27 



210 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTE?. 

caballeros ú otras personas, porque se menguaba la jurisdicción real y 
perdian de su haber los monarcas, y también les fué otorgado. 

No se mostró Fernando IV tan condescendiente con los personeros de 
las villas, cuando le instaron para que mandase volver al realengo todo 
lo que habia pasado al abadengo contra los ordenamientos hechos en las 
Cortes de Nájera de 1137 ó 1138, y en las de Benavente de 1202. El Rey 
se excusó de responder á esta petición diciendo que los prelados alega- 
ban privilegios de Sancho IV, y además que no se hallaban presentes 
todos los interesados en la causa, por lo cual les fijaba plazo para venir 
á la corte y mostrar su derecho antes de resolver la cuestión en térmi- 
nos de justicia. 

Renovóse en estas Cortes la prohibición de sacar del reino cosas ve- 
dadas, y se confirmaron los ordenamientos de Alfonso X y Sancho IV 
acerca de las deudas y usuras de los Judios. 

Reclamaron los personeros contra los agravios que los pueblos reci- 
bían de los entregadores de los pastores , y se adelantaron á pedir al 
Rey que los quitase, y que los alcaldes y jueces de los lugares de donde 
fueren los pastores, oyesen sus querellas y las ventilasen según derecho. 
La petición no fué estimada en todas sus partes, porque no era cosa lla- 
na revocar los antiguos privilegios de la ganadería, por lo cual Fernan- 
do IV se limitó á confirmar el ordenamiento de su padre Sancho IV en 
las Cortes de Valladolid de 1293. 

Por último, hállase en este cuaderno, por la segunda vez usado , el 
nombre de procurador. « Otrosí (dice) á lo que me pidieron por mer- 
ced que este ordenamiento é los otros que cada uno de los procuradores 
de los conceios levaren de estas Cortes etc. >• La voz destinada á preva- 
lecer, se va introduciendo poco á poco en el lenguaje oficial. 
Cortes El año siguiente de 1308 hubo Cortes en Burgos á las cuales concur- 

d ! ,„o rieron el clero, la nobleza « e muchos ornes buenos de las villas.» 

jos de 1308. 

Del ordenamiento que allí se hizo sólo poseemos un fragmento; de 
suerte que lo poco que de estas Cortes se sabe consta de la Crónica y del 
códice , en el cual se contienen algunas leyes nuevas establecidas en 
aquella ocasión por Fernando IV 

Era el Rey bondadoso y liberal en extremo. Tal vez hacia mercedes 
excesivas por evitar mayores males; pero lo cierto es que de grado ó 
por fuerza enriquecía á los infantes , ricos hombres y caballeros empo- 
breciéndose él y el reino. 



1 Este códice existe en la Biblioteca del Escorial, y se halla impreso en la Colección diplomó 
tica de la Crónica de D. Fernando el IV, tom. II, pág. 605. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 211 

Llevando la voz de los descontentos el Infante D. Juan y D. Juan Nu- 
ñez de Lara, hablaron con la Reina Doña María y la dijeron que el Rey 
«traia su facienda muy mal, é los de la tierra estaban muy querellosos 
dél, señaladamente porque se servia de muy malos ornes en el su con- 
sejo ». La queja, si bien promovida por la envidia más que por el celo 
del bien público, no dejaba de ser justa. 

Por su parte, Doña María, siempre inclinada á favorecer la causa de 
los concejos, trató con los hombres buenos de las villas de la necesidad 
de « enderezar el estado de la tierra » , empezando por averiguar « las 
rentas del reino quantas eran, é las quantías que tenían los fijosdalgo 
que eran muy grandes, mas de quanto ellos solían tener en tiempo del 
Rey D. Sancho » 4 . 

El deseo de poner orden en la hacienda disipada con tanta prodigali- 
dad, cundid al punto de levantarse un clamor general, cuyo eco fué una 
petición hecha por los personeros de las villas en las Cortes de Vallado- 
lid de 1307. Cada vez que Fernando IV llamaba á Cortes, debían los 
concejos recelar que les demandaría nuevos servicios , y en esto no se 
engañaban. 

Tal es el conjunto de circunstancias que precedieron á la celebración 
de las de Burgos en 1308. « Desque fueron todos ayuntados (dice la Cró- 
nica), entraron en su ayuntamiento, é cataron todas las rentas del Reino 
por menudo, é quien las tenía ; é desque supieron quanto montaba lo 
cierto, otrosí cataron todas las quantías que tenían los grandes ornes, é 
los infantes, é los caballeros, é fallaron que montaban mucho más las 
quantías que tenían de quanto montaban las rentas , é o vieron á dejar 
todos cada uno según su estado de la quantía que tenían. É desque lo 
ovieron todo contado por menudo é por granado, fallaron que avia me- 
nester para pagar cada año las soldadas de los fijosdalgo, é para en co- 
mer del Rey, é para tenencia de los castillos, demás de las rentas, qua- 
tro cuentos é medio. E desque la cuenta ovieron encerrada, fablaron 
donde podrían sacar este aver. E como quier que la Reina é todos los 
más quisiesen que catasen alguna manera como los de la tierra lo die- 
sen para adelante, el Infante D. Juan dijo que él non seria en esto, más 
quél mostraría al Rey donde oviese esta quantía para pagar un año, é 
trajo un escripto de demanda que el Rey avia contra los ornes de la tier- 
ra en esta manera : los concejos de los sus pechos, é los que sacarían las 
cosas vedadas del Reino, é la demanda de las usuras, é otros artículos 



1 Crónica de D. Fernando el IV, cap. xni. 



212 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

muchos semejantes destos, é consejó al Rey que muy mejor era deman- 
dar estas cosas que non echar otro pecho ninguno de nuevo. E la Reina 
dijo al Rey que como quier que estas demandas eran derechas, pero que 
de tal naturaleza eran, que nunca el avria la mitad de esta quantía, nin 
cosa que le entrase en pro ; é demás los de la tierra se agraviarian ende 
mucho, é que mas les pesaria con estas demandas, que non por les echar 
servicios como solia , é que rescelaba que entenderían todos que mas se 
faria por mal que por bien-, pero porque vió que el Infante D. Juan por- 
fiaba este fecho, no pudo al facer, é ovo de ir en pos el consejo que le 
diera, é luego metió en renta todas estas demandas » *, 

Disculpan lo largo de la cita su importancia y lo incompleto del or- 
denamiento. La Crónica revela que devoraban y consumian la hacien- 
da del Rey los infantes, ricos hombres y caballeros; que áun modera- 
das las mercedes de Fernando IV, no alcanzaban las rentas á sufragar 
los gastos públicos ; que por no gravar á los pueblos con nuevos ser- 
vicios, se inventaron arbitrios acaso más onerosos ; que los concejos no 
eran muy exactos y puntuales en el pago de los pechos; que las multas 
ó penas pecuniarias representaban una parte principal de los ingresos; 
que el Rey acordó arrendar su producto, por más que los pueblos abor- 
recían á los arrendadores de los pechos y derechos reales, y por último, 
que al principio del siglo xiv tenian las Cortes grande autoridad en 
materia de tributos, lo cual les abría el camino para extender su influjo 
á todas las esferas del gobierno. 

El ordenamiento hecho en estas Cortes de Burgos de 1308, aunque 
mutilado, merece ser conocido. Pudiera sospecharse al leerlo con aten- 
ción, que cansado Fernando IV de tolerar tantos daños y fuerzas, resol- 
vió emplear la severidad para reprimir la licencia de las costumbres de 
su tiempo, dando nuevas y mejor templadas armas á la justicia. 

Mandó que el adelantado y merinos de León y las Extremaduras se 
abstuviesen de ejercer jurisdicción en Castilla, y los de Castilla en tier- 
ra de León y las Extremaduras ; que los adelantados , merinos, jueces, 
alcaldes y demás oficiales puestos por el Rey tomasen residencia á los 
jueces, alcaldes y demás oficiales de las villas y lugares pasado el año 
de su servicio, así como los adelantados debian cumplir de derecho por 
ante el Rey sin plazo á los querellosos ; que fuesen seguras las casas de 
los infantes, prelados, órdenes, ricos hombres, hidalgos y otras perso- 
nas cualesquiera, salvo caso de justicia, bajo pena de ser el agresor 



1 Crónica de D. Fernando el IV, cap. xiv. 



exímen de los cuadernos de cortes. 213 

echado del reino sin esperanza de perdón contra la voluntad del ofendi- 
do ; que fuesen derribadas las fortalezas levantadas en suelo ajeno, ó en 
castillares viejos de realengo sin permiso del Rey, ó en iglesias y ce- 
menterios, excepto las construidas por los concejos con licencia de los 
prelados ; que las gentes de la Casa del Rey no anduviesen por la villa 
con armas vedadas, salvo la compañía del alguacil, so pena de perder- 
las y prisión por la vez primera ; que nadie se atreviese á sacar ballesta 
ó mover pelea en la corte bajo pena de muerte; que quien matase ó 
hiriese en la villa ó en el lugar donde el Rey estuviese, ó en el radio de 
cinco leguas á desafiado ó enemigo ú otra persona sin derecho, murie- 
se por ello. 

Ordenó asimismo que no se pidiesen tributos indebidos, y confirmó 
lo ordenado en Cortes anteriores sobre no prendar por yantares los ga- 
nados de labor, ampliando el privilegio á los que pidiesen con derecho 
los infantes, prelados, ricos hombres, infanzones, caballeros, adelanta- 
dos y merinos. 

Revocó las donaciones de pechos y derechos de algunos lugares, y las 
de heredamientos ajenos en favor de varios concejos, y dictó la prime- 
ra providencia que se registra en los cuadernos de Cortes contra los 
hombres baldíos ú ociosos á quienes desterró de la corte ; « é si después 
y tornar (dijo ), que el mió alguacil lo eche dende á azotes.» Aquí tuvo 
principio la serie de ordenamientos relativos á la mendiguez y la va- 
gancia, que dieron origen á una reñida controversia entre los teólogos 
y los jurisconsultos del siglo xvi l . 

Sosegadas las alteraciones del Reino, derribadas muchas fortalezas, y 
castigados muchos malhechores, acordó el Rey romper la guerra con los 
Moros, para lo cual juntó Cortes en Madrid el año 1309 , á las cuales 
pidió « que le diesen algo para las soldadas de los ricos ornes é de los 
fijosdalgo. E todos veyendo (prosigúela Crónica ) que avie buena en- 

tincion é que quería comenzar buen fecho mandáronle para este año 

cinco servicios, é para adelante para cada año tres servicios » 2 . 

No hay más noticias de estas Cortes , las primeras que se celebraron 
en la villa de Madrid, como así lo advierte Jerónimo de Quintana 3 . 

Las Cortes de Valladolid de 1312 cierran el reinado de Fernando IV, 
y el ordenamiento que en ellas se hizo puede considerarse en cierto mo- 
do como el testamento político de un Rey á quien asaltó la muerte 



Cortes 
de 

Madrid de 1309. 



Cortes 
de Valladolid de 
1312. 



1 Memorias de D. Fernando TV de Castilla, tom. II, pág. 605. 

2 Crónica de D. Fernando el IV, cap. xiv. 

3 Historia de la antigüedad y nobleza de la villa de Madrid, lib. III, cap. Vil. 



214 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

cuando más títulos iba reuniendo para que su nombre pasase á la pos- 
teridad con fama de justiciero. 

En efecto, si el ordenamiento de Burgos de 1308 anunciaba que el 
corazón le crecia con la edad, el de Valladolid de 1312 revela la forta- 
leza de su espíritu á los veinticuatro años. En este período de la vida 
cesaron las debilidades de su juventud, y el cielo le arrebató á Castilla 
segando en flor lisonjeras esperanzas. 

Es el cuaderno de dichas Cortes un verdadero ordenamiento para la 
administración de justicia, en el cual se acometen grandes y útiles re- 
formas. La mayor parte de los capítulos que encierra, responde al deseo 
« que se faga derechamente así como se debe, é como lo ficieron é lo 
facen los buenos Reys, é los que la mejor mantienen » . 

De este celo por el bien público da saludable ejemplo el Rey, ofre- 
ciendo sentarse pro tribunali los viérnes de cada semana á oir y librar 
los pleitos y querellas ; « y si por alguna gran necesidad que excusar 
non pueda (dijo) non me pudier asentar el dia del viérnes, que me 
asiente otro dia sábado » ; loable costumbre observada por espacio de al- 
gunos siglos al amparo de la religión. 

Nombró por alcaldes, con obligación de residir en la corte, doce hom- 
bres buenos legos, abonados y entendidos, cuatro de Castilla, cuatro de 
tierra de León y cuatro de las Extremaduras , seis de los cuales habían 
de servir el oficio medio año, y el otro medio año los seis restantes. Se- 
ñaló á estos alcaldes quitación y soldada convenientes , y les prohibió 
recibir dones por razón de los pleitos que librasen , so pena de echarlos 
por infames, y declararlos inhabilitados para obtener cargo alguno de 
honra en la Casa Real, ni en la tierra. 

Puso escribanos de cámara cerca de sí, y dióselos á la Reina su ma- 
dre, á los notarios mayores de Castilla , León y las Extremaduras , al 
canciller y alcaldes de corte y á los adelantados, y estableció que pres- 
tasen juramento de usar fielmente de su oficio, so pena de incurrir en la 
nota de infames y perjuros, y en las penas con que amenazó á los jue- 
ces prevaricadores. 

Creó un notario en la corte para escribir y autorizar con su firma y 
signo las cartas que le mandase , y le hizo único depositario de la fe 
pública para todos los reinos en esta clase de documentos. 

Nombró un procurador de pobres que los defendiese en sus pleitos, y 
particularmente á los huérfanos y las viudas , y le señaló soldada con 
prohibición, bajo severas penas, de tomar nada de ellos. 

A los abogados mandó « razonar los pleitos derechos é non los otros»; 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 215 

y si alguno « fuer fallado que mantiene pleito tuerto (dijo), quesea por 
ende perjuro, é infamado, é echado de la corte, é que nunca sea más 
abogado, nin haya oficio de honra en ningún tiempo en la mi Casa, nin 
en la mi tierra » . 

Amonestó Fernando IV á su alguacil que se guardase de prender per- 
sona alguna sin razón y sin derecho ; que entregase los presos á los al- 
caldes mostrando el motivo de la prisión ; que fuese obediente á los al- 
caldes en soltarlos ó retenerlos, y que no les diese tormento « nin mala 
presión, nin les faga otra crueza, asi como non debe, so pena de la mia 
merced ». 

Cuide mi alguacil (añadió) que en los lugares por donde yo andu- 
viere ó en las villas en donde morase , nadie reciba daño en sus casas, 
ni en sus panes , ni en sus viñas : no consienta tomar cosa alguna por 
fuerza : ronde noche y dia con gente armada para partir las peleas y 
prender á los alborotadores : destierre de la corte á los hombres baldíos 
y á las mujeres dañosas: deshaga los agravios de que le dieren queja, 
y en fin, cumpla las obligaciones propias de su oficio fielmente. 

Resistir al alguacil era resistir á la justicia del Rey, por lo cual or- 
denó Fernando IV que nadie, por poderoso que fuese, amparase y de- 
fendiese á quien el alguacil quisiese prender. En caso necesario podia 
requerir el auxilio de la guardia de los ballesteros , y áun de toda la 
mesnada del Rey. 

A los adelantados recomendó que fuesen « mucho ansiosos en facer 
justicia, cada uno en su adelantamiento » ; que deshiciesen las asonadas, 
siendo preciso, á viva fuerza; que recorriesen de continuo el territorio 
de su jurisdicción, y escarmentasen á los malhechores ; que pusiesen 
merinos entendidos y abonados bajo su responsabilidad ; que no toma- 
sen yantares no debidos, ni molestasen á los pueblos con pesquisas ge- 
nerales ; que oyesen á los querellosos en justicia; que sirviesen el oficio 
por sí mismos y no por excusador ó sustituto, y que si en vez de admi- 
nistrar justicia se diesen al robo y al cohecho y llevasen en su com- 
pañía malhechores que talasen y destruyesen la tierra , fuesen castiga- 
dos á la merced del Rey. 

A los alcaldes y jueces de las villas y á los ministros de la justicia 
mandó que la hiciesen bien y derechamente, y no consintiesen alargar 
los pleitos : que diesen cuenta al Rey de los robos, muertes y demás de- 
litos que se cometiesen en sus términos siempre que les fuere pedida y 
de los castigos impuestos, y que en todo guardasen su servicio , so pena 
de escarmentarlos en los cuerpos y en cuanto hubieren. 



216 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Los falsificadores de cartas ó sellos; los que hiriesen ó matasen á otro 
en la corte y su rastro de cinco leguas, aunque el culpado se refugiase 
en sagrado ó se acogiese á la casa de un infante ó rico hombre, y los que 
sacasen del Reino caballos, rocines ó cualquiera cosa vedada, incurrían 
en la pena de muerte. Y para que la justicia fuese más temida , empe- 
ñó Fernando IV su palabra de no perdonar á los reos en dias de indul- 
gencia, ni en los de fiesta, ni á la entrada en sus villas por ruegos, ni 
por otra razón alguna. 

Moderó Fernando IV el uso de las pesquisas generales ó cerradas, 
bárbaro procedimiento que hacía responsable á todo un concejo de los 
delitos cometidos en el territorio de su jurisdicción; prohibió tomar 
prendas á los vecinos de las villas ó sus concejos por demandas que hu- 
biese contra ellos, ordenando que los querellosos acudiesen á los alcal- 
des, y ofreció que cuando los hombres buenos de las villas fuesen á la 
corte por sus pleitos, los despacharía luégo, y entre tanto les daría bue- 
nas posadas, y mandaría á los oficiales de su Casa que les hiciesen mu- 
cha honra y mucho placer. 

Confirmó los anteriores ordenamientos sobre no poner en las villas 
alcaldes y jueces de fuera ni de salario salvo á pedimento del concejo 
ó de la mayor parte del concejo, y no librar por la Cancillería carta al- 
guna contra fuero ó derecho. 

En materia de tributos mandó observar lo establecido para corregir 
el abuso de pedir yantares no debidos ó tomarlos repetidas veces los 
infantes, ricos hombres, caballeros, adelantados y merinos; declaró 
exentos de pechos á los caballeros y hombres buenos de Castilla y 
León sino allí en donde fueren moradores por algo que tuviesen en otro 
lugar ; prohibió que los escuderos y peones lanceros anduviesen por 
las villas y las aldeas exigiendo víveres ó dinero y amenazando á 
quien les oponía resistencia ; prometió que, pudiendo excusarlo , no to- 
maría acémilas para sí, ni para la Reina su madre, ni para la Reina 
su mujer, ni para los Infantes, « porque desto viene mucho mal á 
todos los de la tierra», y no lo pudiendo excusar, que mandaría pa- 
garlas, y amenazó con la pena de muerte y perdimiento de bienes á 
los merinos que apremiasen al pago de los pechos prendiendo los cuer- 
pos de los deudores , porque (dijo Fernando IV) « es cosa contra Dios 
é contra derecho. » 

Renovó el ordenamiento sobre el derribo de las casas fuertes « onde 
se ficieron ó facen muchas malfetrias, porque es una de las cosas que se 
mas yerma é se astraga la mi tierra » , y prometió no dar fortalezas á 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 217 

malhechores, sino á personas abonadas y tales que defendiesen los lu- 
gares y guardasen el servicio del Rey. 

Moderó las soldadas de los infantes, ricos hombres, caballeros y de- 
mas gente pagada, para no gravar los pueblos con mayores tributos; 
ratificó la prohibición de pasar el heredamiento de realengo ó behetría 
al abadengo ó solariego ; castigó con durísimas penas los juegos de azar, 
y dió respuesta favorable á la petición que le hicieron denunciando el 
abuso de repartir con injusta desigualdad los pechos de las aljamas, re- 
sultando exentos por privilegio los Judíos ricos , y muy agraviados y 
oprimidos con cargas excesivas y enormes usuras los más pobres. 

Tal es en resumen el ordenamiento hecho en las Cortes de Vallado- 
lid de 1312, hasta ahora no bien conocido, ni por tanto estimado en lo 
que vale. Las leyes relativas á la administración déla justicia merecen 
la atención de los eruditos que consagran sus vigilias al estudio de la 
historia particular del derecho, y las que versan sobre diferentes mate- 
rias de gobierno ilustran muchos puntos de política y administración 
según se entendían al principio del siglo xiv. 

En conjunto este ordenamiento arroja viva luz de que puede servirse 
la crítica para juzgar del estado social de los reinos de Castilla y León 
en los tiempos de Fernando IV, porque las crónicas dan curiosas noti- 
cias de la vida de los Reyes, de sus hechos más notables, de las guerras 
y conquistas y otros sucesos de gran bulto ; pero sólo en los cuadernos 
de las Cortes se hallan los materiales necesarios para escribir la historia 
íntima de los pueblos, cuya unión dió origen á la monarquía de España. 

CAPITULO XV. 

REINADO DE D. ALFONSO XI. 

Cortes de Palencia de 1313.— Cortes de Burgos de 1315.— Cortes de Carrion de 1317.— Cortes de Medi- 
na del Campo de 1318.— Cortes de Valladolid de 1322.— Cortes de Valladolid de 1325.— Cortes de 
Madrid de 1329.— Cortes de Burgos de 1338.— Cortes de Madrid de 1339.— Cortes de Alcalá de He- 
nares de 1315.— Cortes de Burgos de 1345. — Cortes de Alcalá de Henares de 1348. — Cortes de León 
de 1349. 

El más grave inconveniente de las monarquías hereditarias es que 
puede recaer la corona en un príncipe de tierna edad, incapaz de go- 
bernarse á sí mismo, y con mayor razón de gobernar un reino. Abier- 
to el campo á la ambición, acuden los pretendientes á la tutoría 
alegando cada uno su derecho, solicitando el favor de los amigos 
ó remitiendo su causa á la fortuna de las armas. Por eso fueron 

28 



218 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

siempre las minoridades turbulentas, y algunas veces borrascosas. 

Si basta una minoridad para asolar un reino cuando las institucio- 
nes no son más fuertes que los hombres, dos deben consumar su ruina, 
sobre todo si entre una y otra no media el tiempo necesario para apa- 
ciguar los ánimos domando las pasiones rebeldes, ó para sustituir con 
otros los personajes que figuran como principales actores en la escena 
del mundo. 

Muerto Fernando IV, recayó la corona en su hijo Alfonso XI que te- 
nía á la sazón poco más de un año. Dos parcialidades disputaban la per- 
sona del Rey y el gobierno del reino, siendo cabeza de la una el bulli- 
cioso Infante D. Juan, hermano de Sancho IV, á quien seguian la Reina 
madre Doña Constanza, D. Juan Nuñez de Lara y otros señores y caba- 
lleros, y del bando opuesto era caudillo el Infante D. Pedro, hermano de 
Fernando IV, cuya pretensión favorecianla abuela del Rey, Doña María 
de Molina, su hermano D. Alfonso, D. Juan Alfonso de Haro, y muchos- 
ricos hombres y caballeros que abrazaron por mejor esta causa. 
Ayuntamiento Fué tornando cuerpo la desavenencia hasta el punto de armarse am- 

Sahagun de 1313 k as parcialidades, moverse en son de guerra, y crecer por momentos el 
peligro de empeñarse una reñida y sangrienta batalla. Sin embargo, 
prevaleció el deseo de la concordia, y se juntaron los grandes con los 
procuradores de Castilla y tierra de León de la parcialidad del Infante 
D. Juan en Sahagun, para resolverla cuestión de la tutoría en las Cor- 
tes que habían de celebrarse el año 1313 en aquella villa y monasterio. 
Pensaron las cabezas de los partidos atajar los males en dicho Ayunta- 
miento ; pero (dice el P. Escalona) nada se remedió en estas Cortes 1 . 
Cortes Frustrado el intento de asentar la paz entre los dos bandos enemigos, 

P l ' d< d i i conv i n i eron a 1° ménos en reunir Cortes generales en Palencia para que 
eligiesen tutor ó tutores con acuerdo de todos, « et non por discordia » 2 . 
Estaban los procuradores de las villas tan divididos, que no fué posible 
congregarlos. Los prelados y procuradores de los concejos de la parcia- 
lidad de D. Pedro y Doña María se juntaron en el convento de San Fran- 
cisco, y en el de San Pablo los que se habían declarado por D. Juan y 
Doña Constanza: aquellos tomaron por tutores al Infante D. Pedro y la 
Reina Doña María su madre, y éstos al Infante D. Juan solo. 
Entónces ofreció Castilla el nuevo y extraño espectáculo de celebrar 

1 Historia de Sahagun, lib. v , cap. n. El P. Escalona llama Cortes al Ayuntamiento de Sa- 
hagun, y no lo fueron, porque además de no concurrir los parciales de la Reina Doña María y 
del Infante D. Pedro, faltaban los procuradores de las villas de Extremadura. 

2 Crónica del Rey D. A lomo XI, cap. vn. 



examen de los cuadernos de cortes. 219 

Cortes por separado las dos parcialidades en que el Reino se dividía, 
alojadas ambas en la misma ciudad, sin llegar á entenderse y sin co- 
municarse, legando á la posteridad el triste ejemplo de unas Cortes ban- 
derizas que alimentan la discordia al extremo de provocar la guerra 
civil, cuando era llegada la ocasión de dirimirla contienda sobre la tu- 
toría, y de obligar á los pretendientes á deponer las armas. Siempre 
fueron las Cortes el árbitro supremo de estas y otras querellas semejan- 
tes, porque faltando el Rey, ó no pudiendo gobernar por su persona, 
en la nación legalmente representada por los tres brazos del Reino re- 
sidían el derecho y la fuerza necesaria al propósito de constituirse para 
defenderse y salvarse. 

Las dobles Cortes de Palencia de 1313 dieron origen á dos distintos 
ordenamientos, el uno otorgado por el Infante D. Juan, como tutor de 
Alfonso XI, á los concejos de Castilla, León, Extremadura, Galicia y 
Asturias, que eran de su parcialidad, y el otro autorizado por la Reina 
Doña María y el Infante D. Pedro, como tutores de dicho Rey, y librado 
á petición délos concejos de Castilla, León, Toledo, las Extremaduras, 
Galicia, Asturias y Andalucía. De ambos cuadernos consta la presen- 
cia del clero, de la nobleza y de los hombres buenos de las villas; pero 
todavía se vislumbra que D. Juan llevaba alguna ventaja en el número 
ó calidad de los prdceres, asi como Doña María y D. Pedro en prelados, 
maestres de las Ordenes y concejos. 

Así pues, parece que la mayor y más sana parte de la gente que te- 
nía voz y voto en Cortes, seguía esta bandera; por lo ménos, en opi- 
nión de Colmenares, los parciales de la Reina abuela eran los mejor 
intencionados 1 . 

Como la cuestión de la tutoría quedó en suspenso , nada importa dis- 
currir sobre cuáles deben reputarse verdaderas y legítimas Cortes, si 
las reunidas en el convento de San Francisco ó las celebradas en el de 
San Pablo. Sin embargo, conviene advertir que el cuaderno dado por 
Doña María y D. Pedro lleva los sellos del Rey y de ambos tutores, y el 
otorgado por el Infante D. Juan únicamente el suyo; de donde se coli- 
ge que estaba la Cancillería en poder de los primeros, y por tanto la 
justicia soberana y el centro del gobierno. 

El cuaderno que el Infante D. Juan mandó dar al concejo de la ciu- 
dad de León, muestra bien claro el deseo de hacerse popular y ganar 
voluntades á su causa. Muchas é importantes son las concesiones con 



1 Historia de Segovia, cap. xxiv, § i. 



220 EXÁMEN DE LOS CÜADEENOS DE CORTES. 

que procura ¡satisfacer y contentar á los hombres buenos de las villas á 
expensas del señorío del Rey, ó como boy se dice, de las prerogativas 
de la corona. Aspiraba el Infante á gozar del poder á título de usufructo; 
y á pesar de su protesta de guardar y defender todos los derechos de su 
Real pupilo, no regateaba el otorgamiento de mercedes que Alfonso XI 
en su mayor edad revisó con escrúpulo, y no siempre confirmó, usan- 
do de la parsimonia que cumplía á un Rey propietario. 

Acordaron los congregados en San Pablo encomendar la crianza del 
Rey niño á su madre la Reina Doña Constanza, asistida de cuatro caba- 
lleros hijosdalgo, vasallos de la corona, dos por Castilla y dos por León. 
Además autorizaron al Infante D. Juan para escoger diez y seis caba- 
lleros y hombres buenos de las villas , cuatro por el reino de Castilla, 
cuatro por el de León, cuatro por las Extremaduras y otros tantos por 
Andalucía que formasen su guardia, debiendo residir de continuo en la 
corte diez , y relevarse cada medio año ; y pusieron la condición que el 
concejo de la villa en donde estuviere el Rey habia de hacer pleito ho- 
menaje á la Reina, al Infante y á los caballeros y hombres buenos aso- 
ciados á los tutores, que no lo sacarían ni dejarían sacar de la población 
sin su consentimiento. 

Obedecían estas precauciones al intento de apoderarse de la persona 
del Rey que se hallaba en la ciudad de Avila, cuya prenda disputaban 
con vivo empeño las dos parcialidades. Esperaba el Infante hacerse due- 
ño del hijo por medio de la madre , y una vez cumplido su deseo , rete- 
ner á la una y al otro como si fuesen sus prisioneros , con la apariencia 
de custodiarlos. Por lo demás los caballeros y hombres buenos de las 
villas que debían rodear la cuna del Rey no participaban del poder ni 
áun por vía de consejo, pues no se habia descuidado el ambicioso Infan- 
te de sugerir á sus amigos la cláusula que « yo non parta la tutoría con 
Reina, nin con Infante, nin con rico orne, nin con otro orne ninguno.... 
et se lo fecier, que la pierda. »> 

La idea del reino patrimonial dominante en la edad media se refleja 
en las condiciones aceptadas por el tutor nombrado en la junta reunida 
en el convento de San Pablo. Obligóse D. Juan á guardar el señorío y 
todos los derechos de Alfonso XI, y todas las ciudades, villas, castillos, 
aldeas y demás cosas que le pertenecían á título hereditario, y prometió 
no tomar para sí, ni dar, cambiar ó enajenar á persona alguna dichas 
cosas, sino, por el contrario, recobrar las enajenadas y vendidas en 
cuanto pudiere. 

Aunque las Cortes de Palencia de 1313 son tan irregulares, no deja- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



221 



ron de seguir ambas parcialidades la práctica de nombrar tutores, reci- 
bida y autorizada por la tradición. Los fieles al Infante D. Juan pusie- 
ron límites á su autoridad, obteniendo del tutor que no pediria servi- 
cios, pechos ni empréstitos desaforados , y que los diezmos de los puer- 
tos serian los de costumbre en tiempo del Rey D. Fernando que ganó á 
Sevilla. Asimismo pidieron, y les fué lisa y llanamente otorgado, que 
el tutor no daria la justicia en las villas y lugares apartados á infante 
ni rico hombre, sino que la harian los merinos mayores en Castilla, 
León y Galicia, y los adelantados en la frontera , allí donde se hallase 
establecido por fuero. 

Confirmó" el Infante D. Juan los ordenamientos hechos en las Cortes 
de Valladolid de 1312 acerca del alguacil, los alcaldes y escribanos de 
la Casa del Rey, ofreció escoger merinos que fuesen hombres buenos, 
abonados y naturales de la comarca sujeta á su jurisdicción, y no dar 
á las villas alcaldes y jueces de fuera sino á petición de todos los veci- 
nos ó su mayor parte, y áun así que los alcaldes habían de ser natura- 
les del lugar, y los jueces del reino á que la villa ó el lugar pertene- 
ciesen. 

Otorgó que las llaves de los sellos reales estuviesen en poder de dos 
hombres buenos legos con autoridad para revisar las cartas que saliesen 
de la Cancillería, que no hubiese sello de la puridad ó secreto , y no se 
librasen cartas de creencia, ni blancas, ni albaláes contra fuero. 

Renovó los antiguos ordenamientos sobre cogedores y arrendadores 
délos pechos, y contra la exacción de conduchos por infantes, ricos 
hombres ó personas poderosas, prometió en nombre del Rey no tomar 
vianda, cuando pasare por alguna villa, sin pagarla, moderó el tributo 
de los yantares, y ratificó las cartas de perdón ó quitamiento de deudas 
por rentas reales ó derechos percibidos de que los recaudadores no ha- 
bían dado buena cuenta. 

Obligóse el tutor á confiar la guarda de los alcázares de las ciudades 
y villas á caballeros y hombres buenos de las mismas, «porque estas 
(dijo) son posadas de los Reys», y halagó al partido popular mandando 
derribar las casas fuertes levantadas después de la muerte de Sancho IV, 
así las que estaban en el realengo, como las situadas en lugares de aba- 
dengo ó de behetría. El ordenamiento no era nuevo, pero si más ri- 
goroso. 

Reiteró la prohibición de sacar del reino las cosas vedadas, entre las 
cuales enumera los Moros y las Moras, los metales preciosos, el vellón de 
cambio, y en general todo haber amonedado. Es curioso este ordena- 



222 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

miento, porque da una idea de las diversas especies de moneda, nacio- 
nales y extranjeras, que circulaban en los reinos de León y Castilla al 
principio del siglo xiv. 

Continuando las quejas de los pueblos en razón de los agravios, da- 
ños y males que recibían de los alcaldes y entregadores de los pastores, 
confirmó el tutor el ordenamiento de Fernando IV en las Cortes de Va- 
lladolid de 1307, y áun fué más allá, porque suprimió esta jurisdicción 
privilegiada, mandando « que los pleitos que acaecieren entre los pasto- 
res los libren los alcaldes del lugar ó del término do acaecier el pleito, 
é que non ayan los pastores otros alcalles é entregadores apartados.» 

También confirmó lo mandado acerca de la restitución á los concejos 
de las aldeas ó heredamientos que les habian sido tomados sin razón y 
sin derecho, y mandó que ningún concejo ó vecino de las villas del 
Rey, que comprase de allí en adelante casa ó heredamiento de hijodal- 
go ó dueña, fuese desapoderado sin ser oido y librado según fuero y de- 
recho. 

Imitando el Infante D. Juan á Sancho IV, que empleó las hermanda- 
des para levantarse con el reino de su padre , otorgó y confirmó las que 
se habian formado en Castilla, León, Asturias, Galicia y las Extrema- 
duras, y las favoreció mostrando deseo de convertirlas en una institu- 
ción permanente. «E plazme (dijo) que vos ajuntedes cada anno, se- 
gunt que lo avedes puesto, et otorgo que vos non pase contra ellas en 
ninguna manera.» 

La concesión, si buena para alcanzar el poder, para conservarlo era 
peligrosa. Así lo consideró el Infante al restablecer los ordenamientos 
de los Reyes anteriores contra las asonadas , « que son muy dannosas en 
guisa que la mayor partida de losregnos es estragada por ellas.» Parece 
que poner recaudo en las asonadas era una cautela del Infante temeroso 
de la nobleza ; mas por huir de este peligro, arrostraba el de consentir 
hermandades y quedar el tutor á merced de los concejos. 

Ninguno de los anteriores ordenamientos iguala á este de Palencia en 
el rigor con que trata á los Moros y Judíos vasallos del Rey. 

Aparte de confirmar la prohibición de estipular un interés superior 
al tres por cuatro al año, mandó el Infante D. Juan que los Judíos lle- 
vasen una señal de paño amarillo en el vestido para distinguirse de los 
cristianos, y no usasen adornos de oro ni de plata, ni aljófar , ni cabos 
dorados, ni plumas blancas, so pena de que cualquiera pudiese tomar- 
los ; que los Moros se cercenasen el cabello en derredor, y no lo hacien- 
do, que fuese lícito quitarles las ropas que llevasen ; que ninguna cris- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 223 

tiana criase hijo de Moro 6 Judío, ni viviese con ellos; que los Judíos 
no fuesen almojarifes, arrendadores de pechos, tomadores de cuentas ni 
escribanos, ni tuviesen oficio en la Casa del Rey, ni en la del tutor; que 
ninguüo de su nación fuese excusado de pechar por carta ó privilegio 
que mostrase, y lo peor de todo, por ser contrario á la justicia, ofensivo 
á la dignidad del hombre, y en extremo vejatorio para el pueblo hebreo, 
que valiese el testimonio de cristiano de buena fama en pleito con Judío, 
y no el de Judío en ningún pleito civil ó criminal con cristiano. Corría 
la opinión por este cáuce, y el Infante se cuidó más de halagarlas grose- 
ras pasiones del vulgo á trueque de saciar su ambición y codicia, que 
de hacer leyes sabias y justas, y de impedir el empobrecimiento de los 
Judíos, perdiendo el Rey la pingüe renta de las aljamas. 

Muy superior al ordenamiento dado por el Infante D. Juan es el otor- 
gado por la Reina Doña María y su hijo el Infante D. Pedro en las mis- 
mas Cortes de Palencia de 1313. Todas ó casi todas las materias de jus- 
ticia y gobierno que en él se tratan , se resuelven con la prudencia y 
discreción habituales en la ilustre viuda de Sancho IV. 

El primer cuidado de los tutores y de sus parciales los prelados , ca- 
balleros y hombres buenos personeros de los concejos de las villas y lu- 
gares de Castilla, León, Toledo, las Extremaduras , Galicia, Asturias y 
Andalucía congregados en el convento de San Francisco , fué velar por 
la seguridad y crianza de D. Alfonso XI. Hallábase en la ciudad de Avi- 
la, « logar sano é de buena gente, que siempre guardó verdad , é leal- 
tad , é servicio de los Reyes » , y acordaron que permaneciese allí dos 
años, hasta la celebración de nuevas Cortes, debiendo los Avileses guar- 
dar su señor natural, no darlo á hombre del mundo, y no permitir que 
saliese á ninguna parte. 

Asimismo acordaron, luego que el Rey hubiese cumplido tres años, 
ponerle por ayo un caballero hidalgo de padre y madre y de buenas 
costumbres , y rodearle de personas de sana intención y conciencia es- 
crupulosa. 

Nombrados los tutores, ordenaron un concejo compuesto de cuatro 
prelados y diez y seis caballeros y hombres buenos, cuatro por Castilla, 
cuatro por León y Galicia, cuatro por Toledo y Andalucía, y otros tan- 
tos por las Extremaduras, « escogidos quales deben ser, y no por vo- 
luntad. » 

Ocho de estos consejeros habían de residir constantemente cerca de 
los tutores, alternando en el servicio cada medio año. Sin su consejo, 
nada grave debían resolver los tutores , para que teniendo libertad de 



224 EXÁMEN DE LOS CDADEBNOS DE CORTES. 

obrar bien, no la tuviesen de hacer mal al Rey ni al reino; y fué con- 
dición que no pudiesen partir con nadie la tutoría, y que así ellos como 
los prelados y los consejeros prestasen juramento de « mantenerlas gen- 
tes en derecho é en justicia sin cobdicia é sin bandería , á cada uno 

según el fuero que oviere. » 

Es el primer caso que ofrece la historia de nuestras Cortes de un con- 
sejo de regencia con participación en el gobierno, dando entrada, y en 
cierto modo asociando á los tutores, el clero, la nobleza y el estado llano. 

No se desmintió en aquella ocasión la prudencia política de Doña Ma- 
ría de Molina, pues con habilidad consumada opuso á la tutoría perso- 
nal del Infante D. Juan la suya y del Infante D. Pedro en unión con 
los tres brazos del Reino ; á la guardia popular, instituida para tener al 
Rey cautivo, la ciega confianza en la lealtad del concejo de Avila, y á 
la dominación absoluta de un príncipe ambicioso la autoridad de dos 
personas de sangre real que se someten á la vigilancia y censura de las 
Cortes. 

En efecto, se obligaron los tutores á convocarlas cada dos años entre 
San Miguel y Todos-Santos y darles cuenta de su gobierno , siendo 
condición que si no viniesen á ellas, perdiesen la tutoría, y los conseje- 
ros hiciesen llamamiento á toda la tierra á fin de nombrar otro tutor. 

También deberían las Cortes nombrar otro tutor, si acordasen variar 
las condiciones establecidas, y la Reina y el Infante no quisiesen usar 
de la tutoría ó falleciesen; pero si uno solo de los dos fuese el finado, 
quedase por único tutor el sobreviviente. 

Para mayor seguridad y firmeza de lo prometido otorgaron los tuto- 
res que ellos y cincuenta de sus vasallos jurarían y harían pleito home- 
naje de guardar y cumplir todo lo contenido en el cuaderno; y si al- 
guna cosa menguasen, « que nuestros vasallos nos lo fagan tener, é 

complir, é guardar, et si non, que se partan de nos é que sean con- 
tra nos fasta que lo cumplamos.» 

La obligación de convocar Cortes generales cada dos años, no supone 
un ordenamiento definitivo, sino una cautela transitoria que debe con- 
tarse en el número de las condiciones de aquella tutoría. Por lo demás, 
la intervención directa y activa de las Cortes en las diversas cuestiones 
tocantes á la custodia del Rey y á la gobernación del Reino durante su 
minoridad pasaron á nuestro derecho público, y subsistieron largo 
tiempo como parte integrante de nuestra constitución histórica ó tra- 
dicional. 

Establecieron los tutores en las Cortes de Palencia de 1313 que en la 



exámen de los cuadernos de cortes. 225 

Casa del Rey hubiese buenos alcaldes para administrar justicia sin pa- 
sión, y librar los pleitos según el fuero de cada lugar y Gonforine á de- 
recho; que no fuesen merinos en Castilla, León ni Galicia infantes ni 
ricos hombres ; que las penas por muertes , heridas ó fuerzas acaecidas 
entre los cristianos y los Judíos ó los Moros se ajustasen al fuero del lu- 
gar en donde se hubiese cometido el delito; que en estos procesos va- 
liese el testimonio de dos hombres buenos cristianos ; que no se hicie- 
sen ni tolerasen pesquisas cerradas, y por último, se impusieron la 
obligación de visitar anualmente los reinos, acompañando á los tutores 
sus consejeros, para observar si la justicia se cumplía, y emendar los 
agravios de los jueces. Asimismo se obligaron á no poner alcaldes, y á 
no perdonar á los culpados sin el consentimiento de sus consejeros. 

Juraron los tutores sobre la Cruz y los Santos Evangelios no dar car- 
tas contra los fueros, privilegios, franquezas y libertades, usos y cos- 
tumbres délas villas y lugares, y poner en la Cancillería, de acuerdo 
con sus consejeros, hombres buenos, prudentes y virtuosos, para que to- 
das fuesen libradas según derecho. 

Prometieron no tomar los alcázares y castillos á los alcaides que los 
tenían por el Rey , salvo si les hiciesen la guerra ó robasen la comarca 
al abrigo de sus muros ; no dar las tenencias que vacaren sino á caba- 
lleros naturales y moradores de las mismas villas cuyas fueren las for- 
talezas , y no consentir que morasen en las casas en donde posaba el 
Rey cuando iba de viaje, caballero, escudero, ni persona poderosa. Tam- 
bién mandaron demoler todas las casas fuertes edificadas sobre castella- 
res del Rey sin sus cartas ó privilegio. 

Respondían estas providencias al justo deseo de mantener la paz pú- 
blica, reprimiendo los excesos de la nobleza sin maltratarla ni ofender- 
la. Otras dictaron en favor de los concejos, solícitos por obtener la con- 
firmación de ciertas libertades y franquezas muy estimadas, como la de 
nombrar sus jueces y alcaldes de fuero ; la de proveer las escribanías pú- 
blicas de los lugares que lo tenían por costumbre , y la fiel observancia 
de ciertas leyes relativas al modo de ser y al pleno goce de la propie- 
dad comunal, y principalmente que ningún rico hombre ó rica hembra, 
infanzón ó infanzona pudiesen adquirir por compra ú otro título, salvo 
el casamiento , heredad en las villas ó sus términos , y las adquiridas 
que las vendiesen. Ordenaron asimismo que álos arraigados por razón 
de casamiento les fuese prohibido labrar casas fuertes en las villas , y 
que se las derribasen, si las hiciesen ; que se restituyesen á los conce- 
jos las aldeas, términos y heredamientos que les habían usurpado, y 

29 



226 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE COBTES. 

prometieron no dar villa, castillo, término, ni pechos, ni derechos de 
ningún lugar, ni enajenar cosa alguna perteneciente al Rey. 

En materia de tributos otorgaron los tutores que en unión con sus 
consejeros distribuirían las rentas del Rey y los pechos foreros, y se 
abstendrían de pedir pechos desaforados, pusieron órden en el núme- 
ro y calidad de las personas excusadas de pechar, y confirmaron los or- 
denamientos hechos en Cortes anteriores sobre cogedores, yantares, 
viandas y otros servicios. 

También ratificaron la prohibición de que los heredamientos de rea- 
lengo pasasen al abadengo por compra ó donación , dejando á mer- 
ced de los tutores y del Rey en su dia , revocar las enajenaciones con- 
sumadas. 

En utilidad del comercio establecieron que los guardas de las cosas 
vedadas no cumpliesen su oficio en las ferias ni en los mercados, sino 
en los puertos y demás lugares acostumbrados desde el tiempo de 
Alfonso X. 

En cuanto á los ganados que iban á los extremos, confirmaron la exen- 
ción de ronda, castilleria y asadura otorgada por los Reyes D. Alfonso 
y D. Sancho, así como el ordenamiento de Valladolid de 1307 sobre que 
« non hayan los pastores alcalles apartados » , y añadieron que los gana- 
dos no saliesen de las cañadas antiguas, ni entrasen por los panes y las 
viñas con grave perjuicio de los labradores. 

Consta de este pasaje que eran tres las cañadas á la sazón conocidas, 
á saber: la de León, la Segoviana y la de la Mancha de Monte- Aragón, 
que los pastores pretendian llevar sus ganados á los extremos , pasan- 
do por Jos términos de Valladolid, Olmedo y Medina, y que los pue- 
blos resistían la imposición de la servidumbre. 

Clamaron los personeros de las villas contra las usuras , y pidieron á 
los tutores que mandasen guardar « una constitución que el Papa fizo 

agora nuevamente poniendo en ella muy grant pena de maldición 

é descomunión á los que fueren en fecho ó en conseio de dar á usuras», 
lo cual les fué otorgado. 

Ocupaba el solio pontificio Clemente V, quien condenó la usura 
en 1311, y declaró herética la afirmación sostenida con pertinacia, que 
el usurero no comete pecado. A esta solemne declaración aludían los 
hombres buenos personeros de los concejos en las Cortes de Palencia 
de 1313 



1 Corpus jur. can. : Clement., lib. v, tit. v. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



227 



Continuó el rigor contra los Judios y los Moros, ya excluidos de cier- 
tos cargos públicos y de todos los oficios de la Casa Real. Sin embargo, 
prevaleció el principio de justicia que en caso de muerte ó herida por 
reyertas entre ellos y los cristianos, fuesen juzgados por el fuero del lu- 
gar en donde se hubiere cometido el delito. La única novedad que se 
advierte, es la prohibición impuesta á los Moros y Judios de usar nom- 
bres de cristianos, so pena de ser tratados como herejes. 

El cuaderno extendido en el convento de San Francisco de PaleDcia 
el año 1313, revela la existencia de una lucha sorda en el seno de las 
villas entre el pueblo y la nobleza. Los concejos , revestidos de cierta 
potestad tribunicia, amparaban y protegian á la gente vulgar y plebe- 
ya que temia por sus libertades. Recelábanse de los nobles y no los que- 
rian por vecinos, ni por partícipes en los bienes de la comunidad, y mu- 
cho ménos por señores dictando la ley desde sus casas fuertes. No les 
faltaba razón á los concejos al precaverse de los peligros que encerraban 
la vecindad y el arraigo de los ricos hombres y caballeros en las villas, 
pues, en efecto, su predominio en el gobierno municipal acabó por cor- 
romper las instituciones populares. Aconsejaba la prudencia política no 
perder amigos ni hacerse enemigos, y por eso la Reina Doña María con- 
cedió á los concejos cuanto pudo, sin dar motivo á los nobles para que- 
jarse de agravios. 

Dice la Crónica que en este mismo año de 1313 el Infante D. Juan 
con la Reina Doña Constanza se fueron á Sahagun, «et estando y ayun- 
tados los procuradores de las villas de Castiella et de León , adolesció y 

la Reina et murió » , y añade que la Reina Doña María y el Infante 

Don Pedro enviaron por los procuradores de la tierra, y por los prela- 
dos y maestres de las Órdenes de su tutoría, y los llamaron á Vallado- 
lid. Entretanto D. Juan convocó á los procuradores de los concejos que 
seguían su parcialidad, y los reunió en Carrion. Doña María se vino al 
Monasterio de Palazuelos, y allí se ajustó una concordia entre ellos, que 
puso término á la cuestión de la tutoría , « et esto fué propuesto et fir- 
mado por todos los concejos de la una parte et de la otra, et por los per- 
lados que eran y» '*. 

La abreviada narración de estos sucesos basta para comprenderla va- 
riedad de los juicios acerca de la celebración de Cortes en Sahagun, 
Palazuelos, Vallad olid ó Carrion en 1313. El nuestro es que no hubo 
Cortes de Sahagun en aquella fecha, sino un Ayuntamiento de los pro- 



* Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. ix. 



228 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

curadores de ciertas villas de Castilla y León sin el concurso del clero 
y la nobleza. La Crónica por lo ménos lo calla, así como se abstiene de 
pronunciar el nombre de Cortes. 

Tampoco hay motivo para suponer que las hubo en Valladolid , si 
bien consta que fueron convocados los procuradores, los prelados y los 
maestres de las Ordenes por Doña María y D\ Pedro ; ni en Carrion, á 
donde acudieron los procuradores de los concejos de la parcialidad del 
Infante D. Juan. 

Cortes Las verdaderas Cortes de aquel tiempo se celebraron en Palazuelos en 

de Pakzuelos de D j ciembre del año 1313 , AUí fué puesto el pleito entre log tutores « y 

acordaron « que el Rey que lo cobrasen , et la crianza dél que la oviese 
la Reina Doña María su agüela, et non otro nenguno ; et que la Cnanci- 
llería del Rey que esto viese con el Rey, et que non usasen de aquellos 
sellos que traían, et que los quebrasen, et que tomase cada uno cartas 
blancas para los pleitos que librasen en las villas onde cada uno dellos 
fuese tutor, et que cada uno dellos usasen en las villas á do lo tomaron 
por tutor » 

No fué poco transigir la cuestión de la tutoría, allanando muchas di- 
ficultades la muerte de Doña Constanza, de cuyo ánimo se habia apo- 
derado el Infante D. Juan. Falto de este arrimo, se halló sin fuerzas pa- 
ra insistir en sus pretensiones al gobierno, y aceptó el partido de ser 
uno de los tres tutores. Es verdad que los concejos de su bando le im- 
pusieron la condición de no partir con nadie la tutoría , condición tam- 
bién impuesta á la Reina Doña María y al Infante Don Pedro por los 
prelados, caballeros y hombres buenos de su parcialidad ; pero lo esta- 
blecido en las Cortes de Palencia de 1313 pudo ser revocado por las de 
Palazuelos del mismo año, y en efecto lo revocaron y firmaron los pre- 
lados y personeros de las villas para mayor solemnidad y firmeza de la 
concordia. 

No hay cuaderno de las peticiones hechas en las Cortes de Palazuelos 
de 1313, ó si lo hay no ha llegado á nuestra noticia. 
Cortes Siguieron á estas Cortes las de Burgos de 1315, las cuales dieron orí- 

d , c ,„„r gen á tres ordenamientos, uno aprobando la carta de hermandad que 

Burgos de 1315. x t / 

los caballeros hijosdalgo y hombres buenos de los reinos de Castilla, 
León, Toledo y las Extremaduras formaron para oponerse á los desma- 
nes de los tutores; otro para sosegar las nuevas discordias sobre el ejer- 
cicio de la tutoría, y tomar algunas providencias tocantes á la gober- 



1 Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. ix. 



BXÍ.MEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 229 

nación del Estado, y otro, en fin, respondiendo los tutores á ciertas pe- 
ticiones de los prelados. 

A pesar de lo pactado en Palazuelos, no se apaciguaron los ánimos 
como debia esperarse del general cansancio después de tantas inquie- 
tudes y alborotos. No estaban los tutores bien avenidos, ni los ricos 
hombres y caballeros sin recelo, ni conformes los concejos, y « tomaron 
manera nueva que querían rehenes de los tutores por ser dellos segu- 
ros. » El Infante D. Juan favorecia en secreto la causa de los desconten- 
tos, «como quier que lo non daba á entender en plaza» ; y de aquí el 
Ayuntamiento de prelados, ricos hombres y personeros de los concejos 
en Carrion el año 1317, el cual comenzó pidiendo á los tutores cuenta 
de lo que montaban las rentas del Rey, y acabó proponiendo algunos 
que todos tres dejasen la tutoría y fuese nombrado un solo tutor. Eran 
los parciales del Infante D. Juan que aspiraba a ser único en el mando, 
los que llevaban la voz de los más bulliciosos 1 . 

La Crónica dice unas veces Cortes y otras Ayuntamiento de Carrion Ayuntamiento 
como si el cronista vacilase entre ambos nombres. El primero no con- de 

. -, . , , . , Carrion de 1317. 

viene á un congreso reunido sin preceder legitima convocatoria, y el 
segundo es el propio de las juntas periódicas que solían celebrar las her- 
mandades á modo de Cortes. 

Según el cuaderno de la aprobada por los tutores de Alfonso XI en las 
de Burgos de 1315, los caballeros, hijosdalgo y hombres buenos procu- 
radores de las ciudades y villas del reino se confederaron para defen- 
derse de los agravios que recibían de los poderosos, á cuyo fin hicieron 
pacto de amarse y quererse bien, y ser « todos en uno de un corazón é 

de una voluntad para guardar sennorio á servicio del Rey é para 

guarda de nuestros cuerpos , é de lo que avernos , é de todos nuestros 
fueros é franquezas é libertades, é buenos usos é costumbres, é privi- 
llegios é cartas é quadernos que avernos... é mercedes de los Reyes que 
tenemos é devemos aver con derecho , et para que se cumpla é se faga 
la justicia en la tierra como debe, meior que se non fizo fasta aquí etc.» 

Resalta el carácter popular de la hermandad, considerando que es una 
liga defensiva de la nobleza de segundo orden y ciudadanos contra los 
poderosos; es decir, contra los tutores, infantes y ricos hombres que se 
hacían cruda guerra y repartían entre sí los despojos. Formaban los 
confederados causa común para salvar en aquel mar revuelto de las dis- 
cordias civiles, sus vidas, sus libertades y sus haciendas; y es de notar 



i Crónica del Rey D. Alonso XI, caps. XII y XIII. 



230 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

que los concejos están representados por procuradores, vocablo que va 
poco á poco introduciéndose y reemplazando al de personeros hasta pre- 
valecer definitiva y exclusivamente en el estilo de las Cortes. No deja 
de ser curioso observar la parte que en este cambio de nombre tuvie- 
ron las hermandades. 

Suscribieron el pacto 112 caballeros y 200 procuradores de 100 ciu- 
dades y villas de los reinos, entre ellas muchas principales , como Bur- 
gos, León, Oviedo, Avila, Segovia, Zamora y Salamanca. 

Convinieron en primer lugar negar la obediencia al tutor ó tutores 
que mandasen matar ó lisiar sin fuero y sin derecho á cualquier hidal- 
go ú hombre bueno de la hermandad. Si los Infantes D. Pedro ó D. Juan 
fuesen los autores del agravio, deberian nombrar otro tutor que go- 
bernase con la Reina ; y si esta y el nuevo tutor los ofendiesen, quitar- 
les la tutoría y dársela á quien todos ó la mayor parte de los confedera- 
dos eligiesen en su reemplazo. 

Lo mismo capitularon para el caso de ser despojados de sus casas, he- 
redamientos ó bienes muebles, si pidiendo la reparación, los tutores no 
la acordasen en el término de treinta dias; y si la acordasen y no fue- 
sen obedecidos de los alcaldes, merinos, alguaciles ó jueces del Rey, 
que perdiesen los oficios y pechasen el daño doblado. 

Ordenaron que anduviesen de continuo con los tutores seis caballeros 
y hombres buenos de la hermandad la mitad del año, y seis la otra mi- 
tad, á saber: dos con el Rey y la Reina, dos con el Infante D. Juan y 
dos con el Infante D. Pedro. De estos, uno debia ser caballero y otro 
hombre bueno de las villas, los cuales debian recibir las quejas de los 
desaforados, y reclamar la emienda de los tutores. 

Pusieron alcaldes de la hermandad con jurisdicción civil y criminal, 
que se extendia á corregir los actos de los merinos y demás oficiales de 
justicia del Rey, é imponer en los casos graves la pena de muerte. 

Establecieron que los hidalgos de la hermandad no matasen ni man- 
dasen matar á otro hidalgo, ni caballero, ni hombre de las villas; y si 
hubiere entre ellos querella, que el querelloso desafiase á su enemigo, 
y si este no emendase el daño, que las justicias del Rey le matasen ó los 
alcaldes de la hermandad, y no pudiendo ser habido, que le derribasen 
las casas que tuviere, y le destruyesen cuanto le hallaren. Toda la her- 
mandad en armas prestaba auxilio á sus alcaldes. 

Fué condición que si algunos concejos de otras villas quisiesen entrar 
en la hermandad, los admitiesen mediante juramento de guardar y 
cumplir lo contenido en su cuaderno. También abrieron la puerta á los 



EXAMEN' DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 231 

caballeros; más si los caballeroso los concejos déla hermandad se apar- 
tasen de ella, acordaron que fuesen tenidos por alevosos y perjuros, y 
estragasen todos sus bienes por mandado de los tutores á los oficiales 
del Rey que lo debían hacer so pena de perder los oficios. 

Ordenó la hermandad que los tutores administrasen justicia según fue- 
ro y derecho, y no perdonasen al matador de hombre ó mujer sin con- 
sentimiento de los parientes del muerto; que el alcalde, merino, algua- 
cil ó juez que matare ó lisiare á hombre ó mujer de la hermandad por 
carta desaforada del Rey ó sus tutores , perdiese la vida ; que si algún 
infante, rico hombre ú otra persona tomase sin fuero y sin derecho algo 
de lo suyo á alguno de los hermanos, el querelloso lo denunciase al al- 
calde de la hermandad, y este requiriese al merino ú oficiales del Rey 
para que mandasen reparar el agravio, y si no lo hiciesen, todos los va- 
sallos del ofensor se apartasen de él, y fuesen sus casas derribadas y des- 
truidos sus bienes. Si los querellosos se acogiesen á la hermandad, los 
tutores deberian darles las soldadas que solian recibir de su señor, so 
pena en caso contrario de no reconocer los hermanos su autoridad, y sin 
perjuicio de indemnizar á los ofendidos á costa del infante d rico hom- 
bre. La hermandad tomaba bajo su protección á los débiles y oprimi- 
dos, y los defendia contra los poderosos, aunque los amparasen y favo- 
reciesen los tutores. 

Dictaron los confederados severas providencias para evitar los robos 
y fuerzas y hacer justicia de los malhechores. El procedimiento ordina- 
rio era pedir el castigo del criminal á los merinos ó alcaldes de la co- 
marca , y si los querellosos no eran oidos , acudir á los alcaldes de la 
hermandad. Si los culpados se encerraban en alguna villa, castillo ó 
casa fuerte , estaban obligados los hermanos á ir sobre ella , cercarla y 
no levantar el campo hasta rendirla y obtener la restitución de lo roba- 
do ó la reparación del daño á los querellosos. 

Prohibieron los confederados que nadie se atreviese á tomar castillo 
ó casa fuerte de persona alguna de la hermandad sin el merino ó la jus- 
ticia del Rey. Si lo hicieren, todos los de la hermandad que fueren lla- 
mados (dice el cuaderno) «que vayamos, é que llamemos al merino de 
la comarca, d á los oficiales de los lugares, y la tomemos y la tornemos 
á aquel cuya era, é si pudiéremos tomar aquel ó aquellos que la roba- 
ron, los matemos por ello, é les derribemos las casas que o vieren, é 
les astraguemos todo quanto les falláremos » . 

Acostumbraban las hermandades celebrar juntas generales cada año, 
á que concurrían los procuradores de los concejos para dar cuenta de los 



232 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

hechos que ocurrían y tomar los acuerdos convenientes al bien común. 
No descuidó este punto la de Burgos de 1315, introduciendo la nove- 
dad que llevasen la voz de los concejos los alcaldes de la hermandad, 
y hubiese Ayuntamientos particulares por comarcas ; de forma que los 
alcaldes de Castilla, Toledo y Extremadura se reuniesen una vez al año 
en Valladolid por San Martin el mes de Noviembre; los de Castilla que 
tuviesen otro Ayuntamiento en Burgos mediada la cuaresma, y los de 
León, Galicia y Asturias, dos, uno por San Martin de Noviembre en 
Benavente, y otro en León mediada la cuaresma. 

Acordaron hacer dichos Ayuntamientos « para saber las cosas é los 
fechos como pasan en las comarcas, é que trayan cada uno dellos lo que 
pasare en su comarca para que pongan y aquel cobro que entendieren 
que cumple, é otrosí para saber quáles entran en esta hermandad, para 
que los puedan ayudar en las cosas que acaescieren.» 

Todos los hermanos llamados por los tutores, merinos ú oficiales del 
Rey, ó por los alcaldes de la hermandad, ó que acudiesen á estos Ayun- 
tamientos debían ser salvos y seguros á la ida, estada y venida , como 
los personeros de las villas convocados á Cortes ; y si cualquiera los 
ofendiese en su persona ó hacienda por enemistad ú otra causa , incur- 
ría en la pena de muerte. 

Tal es en resúmen el cuaderno de la famosa hermandad aprobado por 
los tutores de Alfonso XI en las Cortes de Burgos de 1315. Los tutores 
juraron guardar, mantener y cumplir en todas sus partes lo convenido, 
« é de non venir nin pasar contra ello en ninguna manera » , disculpan- 
do la debilidad de Doña María la discordia de los Infantes, la anarquía 
profunda y la condición intratable de la nobleza. 

Enfrente del gobierno instituido , de un Rey niño y de la autoridad 
de las Cortes, se alza un poder de hecho, que se arroga la facultad de 
quitar y poner tutores, usurpa la jurisdicción civil y criminal, levanta 
fuerza armada, celebra Ayuntamientos anuales, juzga á los merinos y 
alcaldes ordinarios, los destituye y priva de sus oficios ó los mata, y en 
fin, que no reconoce otra ley que su potestad arbitraria. Si la herman- 
dad se hubie se encerrado en los límites de la defensa, podría el caso 
parecer ménos grave; pero invade el terreno de la justicia y no se de- 
tiene al tocar los términos de la venganza. Domina el elemento popular 
representado por los procuradores de los concejos, y aunque no se pro- 
clame, ejerce una soberanía absoluta el estado llano. 

El segundo ordenamiento, ó sea el cuaderno de peticiones otorgado 
por los tutores de Alfonso XI en las Cortes de Burgos de 1315, ofrece 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 233 

poca novedad. Fueron convocadas para atajar la discordia por el parti- 
miento de la tutoría, como si nada hubiese pasado en las de Palazuelos 
de 1313, y por segunda vez acordaron que todos tres, á saber, la Reina 
y los Infantes D. Pedro y D. Juan, fuesen tutores ; que los dos primeros 
hiciesen justicia en las villas y lugares que los habían reconocido por 
tales, y el último asimismo en los que llevaron su voz; que si alguno 
finase, quedasen los dos por tutores; si muriesen dos, fuese único tutor 
el sobreviviente , y si los tres falleciesen ántes de entrar el Rey en la 
mayor edad, « todos los de la tierra ayuntadamiente puedan tomar otro 
tutor con concordia. >< 

Resuelta la cuestión principal empiézala enojosa relación délos ma- 
les ya sabidos, á los que aplican los tutores los sabidos remedios : fórmu- 
las vanas, peticiones inútiles y ociosas respuestas, mientras los Reyes 
no renunciasen á la facultad de conceder privilegios ó cartas de gracia 
incompatibles con la observancia de los ordenamientos generales. 

Que los infantes y ricos hombres no puedan hacer justicia, salvo los 
merinos mayores ; que los adelantados y merinos no prendan , ni ma- 
ten, ni maltraten á los hombres de las villas, sino que sean juzgados 
por los alcaldes del lugar según fuero ; que no hagan grandes moradas 
en las villas y lugares pequeños que no pueden sufrir la costa, y limi- 
ten su estancia á diez dias, excepto si mediare el consentimiento del 
concejo; que infante, rico hombre, caballero ó persona alguna tome 
prenda á concejo ó particular por querella que hubiere, sino que los de- 
mande conforme á derecho; que los prelados y vicarios no embarguen 
la jurisdicción del Rey; que ningún lego se atreva á emplazar á otro 
lego ante los jueces de la Iglesia en pleito sobre cosas temporales, y que 
no manden los tutores hacer pesquisas cerradas sobre hombres ni mu- 
jeres. 

Confirmaron los tutores los ordenamientos de Valladolid de 1312 y 
Palencia de 1313 acerca de los alcaldes de la Casa del Rey, y del nom- 
bramiento de los merinos, alcaldes y jueces de los lugares según fuero. 

Otorgaron que la Cancillería fuese una, que hubiese cancilleres de 
Castilla y León, y que no librarían carta de creencia, ni blanca, ni al- 
balá, remitiéndose á lo ordenado en las Cortes de Palazuelos. 

Acordaron que los tutores diesen las notarías á quienes tuvieren por 
bien siendo legos, y lo mismo las escribanías, salvo en los lugares cu- 
yos concejos debían proveerlas por fuero ó privilegio. 

Prometieron no enajenar ciudades, villas, castillos ni aldeas, sino 
conservar el señorío del Rey y todos sus derechos; restituir á los conce- 

30 



234 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

jos los heredamientos que les habían sido tomados; no despojarlos de 
los adquiridos por compra á hidalgos ó dueñas sin ser oidos en derecho; 
no excusar de la jurisdicción del lugar de donde fueren naturales á los 
que servian á infanzones y caballeros poderosos moradores de las villas, 
y no consentir que infante, rico hombre ó rica hembra ú otra persona 
alguna tuviesen bienes raíces en ellas ó en sus términos sino por ra- 
zón de casamiento , ni labrasen casas fuertes, todo conforme al orde- 
namiento dado por la Reina Doña María en las Cortes de Palencia 
de 1313. 

Ofrecieron confiar la guarda de los alcázares y castillos á caballeros 
y hombres buenos de las ciudades y villas á que pertenecieren, y no dar 
sus tenencias á extraños por temor de robos y fuerzas, y mandaron der- 
ribar, y autorizaron á los concejos para que derribasen, si los merinos 
del Rey ó las justicias de los lugares no lo hiciesen, las casas fuertes, 
según lo establecido en anteriores ordenamientos. 

Prohibieron las asonadas, renovando lo mandado por Alfonso X en 
las Cortes de Valladolid de 1258 y Jerez de 1268. 

Determinaron que las heredades realengas que por compra ó dona- 
ción se habían convertido en abadengas ó pasado á las órdenes , volvie- 
sen á ser como eran ántes de la enajenación. 

En cuanto á las cosas vedadas de sacar del reino no hicieron nove- 
dad, y se limitaron á encargar la observancia de los ordenamientos de 
Alfonso X en las Cortes de Jerez de 1268 y Sancho IV en las de Haro 
de 1288. 

Tampoco innovaron cosa alguna respecto á los privilegios de la ga- 
nadería trashumante, á las servidumbres pecuarias y á las perpétuas 
querellas éntrelos labradores y los pastores, remitiéndose á lo manda- 
do por Alfonso X en las Cortes de Valladolid de 1258. 

En materia de tributos acordaron los tutores partir las rentas ciertas 
y los pechos foreros, obligándose á no echar servicio ni pecho desaforado 
en la tierra; á tomar por cogedores hombres buenos moradores de las 
villas, abonados y cuantiosos, con exclusión de los caballeros, clérigos 
y Judíos «y otros ornes revoltosos »; no poner arrendadores ; no prendar 
á los concejos por mengua de dineros, bajo la promesa de escarmentar 
al que lo hiciere « como á aquel que roba >» ; no consentir que infante, 
rico hombre, ni persona alguna exigiese conducho en las villas del Rey 
ni en sus términos; no tomar vianda para el Rey sin pagarla, ni yantar 
sino con sujeción á fuero ; no excusar de pechos á los monederos sino 
siendo naturales de padre ó abuelo y sabiendo labrar moneda, ni á los 



examen de los cuadernos de cortes. 235 

ballesteros , reduciendo la merced á los tantos « que finquen en cada 
villa, porque el Rey se sirva dellos quando fuere mester», ni á los pa- 
niaguados de infante, rico hombre, rica hembra, prelado, infanzón, 
infanzona, caballero, escudero, dueña, doncella, clérigo ó religioso sino 
en virtud del fuero del lugar ó de privilegio. 

Una buena parte de este ordenamiento trata de los Moros y Judíos, y 
principalmente de las usuras y las deudas que pesaban sobre los cristia- 
nos. Los tutores confirmaron los anteriores ordenamientos, y áun lle- 
varon su respeto al extremo de insertar en el cuaderno los de Alfon- 
so X en las Cortes de Valladolid de 1258 y Jerez de 1268, y Sancho IV 
en las de Valladolid de 1293. Sin embargo, algo nuevo añadieron nada 
conforme con la justicia, y fué remitir á los cristianos la tercera parte 
de sus deudas á los Judíos; ejemplo várias veces repetido en las Cortes 
posteriores y causa de mayor acrecentamiento de las usuras. Lo cierto 
es que no debe la autoridad pública intervenir en los contratos particu- 
lares , y si interviene agrava los males en vez de precaverlos ó reme- 
diarlos. 

Cerraremos el análisis del cuaderno llamando la atención del lector 
hácia dos capítulos que también versan sobre deudas, el uno prohibiendo 
á los legos otorgar cartas de deuda y celebrar contrato alguno entre 
sí ante los vicarios ó los notarios de la Iglesia, los cuales no hacen fe 
( dijeron los tutores) sino « en la eglesia entre los clérigos », y el otro, 
más singular todavía, mandando que « ningunos de los debdores que se 
non defiendan de pagar por buida nin por decretal del Papa, nin por 
otra razón ninguna, si non que paguen segunteste ordenamiento. » Sin 
duda hubo en aquel tiempo deudores que se acogieron á la bula de Cle- 
mente V condenando las usuras para no pagar sus deudas alegando que 
debían su origen á préstamos usurarios ; y en cuanto á la obligación de 
satisfacerlas sin excusa, nótese la contradicción del precepto con la re- 
ducción á los dos tercios de los créditos de los Judíos contra los cristia- 
nos. La justicia es una y siempre igual, y no debe hacer diferencia en- 
tre las personas so pretexto de religión ó raza. 

El tercer ordenamiento hecho en las Cortes de Burgos de 1315, es el 
de prelados, el cual contiene ciertos capítulos relativos á las personas 
eclesiásticas que los tutores mandaron guardar á petición de un arzo- 
bispo, nueve obispos, el prior de la Orden de San Juan, los abades de 
San Salvador de Oña y San Millan de la Cogulla, y los procuradores de 
los maestres de la Caballería y prelados de otras iglesias y monasterios 
que no fueron presentes. 



236 EXÁMEN DE LOS CDADEBNOS DE CORTES. 

Suplicaron en primer lugar la confirmación de los privilegios, cartas 
y libertades según lo kabian jurado los tutores en Palazuelos y Valla- 
dolid el año 1313. Quejáronse de los ricos hombres, caballeros y demás 
personas que usurpaban los bienes de las iglesias y monasterios, y mo- 
lestaban con exacciones á los clérigos y á los vasallos de los obispos y 
abades, los despojaban de sus señoríos, les embargaban sus rentas y de- 
rechos y los prendaban, no siendo más respetuosos y comedidos los ade- 
lantados y merinos mayores de Castilla. 

Representaron contra el abuso que solían cometer los ricos hombres, 
caballeros, escuderos, personas poderosas y concejos, cuando de su pro- 
pia autoridad tomaban lo suyo á los obispos, abades , priores , clérigos, 
órdenes ó sus vasallos, si tenían pleito con ellos, en vez de entablar la 
demanda correspondiente, y esperar que el demandado fuese vencido en 
juicio. 

Reclamaron la observancia del privilegio que gozaban algunos luga- 
res de no entrar merino á merinar, y pidieron que ningún lego hicie- 
se pesquisa sobre clérigos ni religiosos, y si algunas se habían hecho, 
« que non valan, é sean rotas é sacadas de los registros. » 

Instaron para que los infantes, ricos hombres, infanzones, caballeros 
y personas poderosas no levantasen fortalezas en los lugares , ni en las 
heredades, ni en los términos de los prelados, iglesias, órdenes, conce- 
jos y villas, y fuesen derribadas las posteriores ála muerte del Rey don 
Sancho, y rogaron á los tutores que no consintiesen á los hidalgos y 
caballeros de las villas comprar casas ni heredamientos en las aldeas 
pertenecientes á las iglesias catedrales, á los prelados ó á los monaste- 
rios, y mandasen devolver á sus primeros dueños lo comprado, pues 
(decían) « por esta razón se les yerman los vasallos.» 

Temeroso el clero de las hermandades , se acogió á la protección de 
los tutores á quienes hicieron formal petición para que prohibiesen á 
los ricos hombres, caballeros, concejos ú otras personas cualesquiera 
concertarse para atentar contra las iglesias ó los monasterios y sus li- 
bertades. Asimismo les suplicaron tuviesen por bien mandar « que non 
posasen los caballeros en los hospitales que fueron fechos para los po- 
bres é para los enfermos, ca quando y venían posar, echan los pobres 
fuera é mueren en las calles, porque non han do entrar. « Esta es la pri- 
mera ley de beneficencia que se halla en nuestros cuadernos de Cortes. 

Los tres ordenamientos dados en las de Burgos de 1315 reflejan 
al vivo el estado miserable de Castilla al comenzar el siglo xiv. Era 
el Rey niño, y sus tutores carecían de autoridad para reprimir las faccio- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



237 



nes. Cualquiera convocaba Cortes, y ninguno tenia la fuerza necesaria 
para constituir un gobierno ordenado y regular. La nobleza vejaba y 
oprimía los concejos, y éstos se defendían oponiéndoles las hermanda- 
des. El clero estaba á la mereed de los poderosos que le tomaban sus 
bienes sin el menor escrúpulo de conciencia. Como nadie temia la jus- 
ticia, menudeaban los robos, las heridas y muertes, las exacciones ar- 
bitrarias , y todos los actos propios de una guerra civil en tiempos de 
barbarie. 

Después de las Cortes de Burgos de 1315 vienen las de Carrion de 1317. Cortes 
Dice la Crónica que se reunieron en esta villa por el mes de Setiembre n . d j 

^ r (Jamón de 

los prelados, ricos hombres y personeros de los concejos, y luégo que 
fueron todos ayuntados, comenzaron á tomar la cuenta de las rentas del 
Rey á los tutores, « et estudieron en la tomar bien quatro meses», y 
prosigue que acordaron dar cinco servicios *. 

El breve período que separa las unas de las otras Cortes , y el mes de 
Setiembre en que empezaron las de Carrion, recuerdan el compromiso 
contraído por la Eeina Doña María y el Infante D. Pedro en las de Pa- 
lencia de 1313, cuando ofrecieron convocarlas cada dos años entre San 
Miguel y Todos-Santos, según queda referido. 

El ordenamiento de las Cortes de Carrion no conviene en todo con las 
noticias de la Crónica; por lo ménos no consta la presencia de los pre- 
lados, sino tan sólo de los ricos hombres, caballeros, escuderos, hijosdal- 
go y hombres buenos procuradores de las ciudades y villas de los rei- 
nos. Nótese de paso la importancia política de la nobleza de segundo 
orden, avecindada en las ciudades y las villas que formaba causa co- 
mún con él pueblo ; caballeros modestos y los mejores vecinos de cada 
lugar, cuya voz se unia con la de los ciudadanos de condición más hu- 
milde para defender las libertades de los concejos. 

El cuaderno de peticiones presentado á los tutores de Alfonso XI en 
estas Cortes, es el mismo formado por la hermandad en los Ayunta- 
mientos de Cuéllar y Carrion, y en efecto, lleva bien impreso el sello 
de su origen popular. Además deben notarse dos circunstancias, á 
saber, que prevalece la denominación de procuradores en lugar de 
personeros, y que empieza el uso de la fórmula d esto respondemos con 
la cual contestaron los Reyes á las peticiones , si no en todas , en casi 
todas las Cortes celebradas en adelante. 

Merece ser citada por lo poco respetuosa y lo atrevida la primera pe- 



1 Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. xiu. 



238 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

ticion de la hermandad , para que « el caballero que diemos por ayo á 
Nuestro Señor el Rey, ande con él de cada dia, et si non podier ó non 
quisiere.... que nos pongamos y otro caballero que sea para ello.... et 
que lo guarde, et lo castigue, et lo acostumbre muy bien. » 

Los tutores respondieron con demasiada humildad que el ayo del Rey 
era un caballero bueno para ello ; más si no quisiese ó no pudiese cum- 
plir como debia, que nombrarían otro con acuerdo délos ricos hombres, 
caballeros y procuradores de los concejos. La Reina Doña María respon- 
dió por sí con algún enojo que en Palazuelosle habían confiado la crian- 
za del Rey y concedido la libertad de escoger las personas convenien- 
tes para guardarle y defenderle, en cuya seguridad habia dado rehenes, 
y no siendo asi ( dijo), « que me fagan quitar los arrahenes, é que pon- 
gan quales quisieren.» 

Eran los rehenes los fiadores de los tutores. Si alguno de éstos incur- 
ría en falta, los rehenes de los otros dos se juntaban y juzgaban á los 
del tutor acusado de eludir las obligaciones contraidas al aceptar la tu- 
toría. La hermandad que no entendía de templar la justicia con la mi- 
sericordia, decretó la muerte con perdimiento de todos los bienes mue- 
bles y raíces, y prohibición absoluta de entregar cosa alguna á los he- 
rederos, contra los rehenes que no se reuniesen para juzgar á los del 
tutor culpado, añadiendo que si todos tres lo fuesen, los alcaldes juzga- 
sen los rehenes, y si no quisiesen, los matase la hermandad, y les to- 
mase « todas las heredades et quanto en el mundo les fallaren para el 
Rey, como si fuese en cosa juzgada. » Tan duros eran los tiempos, que 
los tutores lo otorgaron, y dieron fuerza y vigor á estas leyes de cólera 
y venganza. 

Asimismo acordaron que si tomasen las tierras á los ricos hombres, 
infanzones y caballeros, ó les quitasen los dineros señalados á cada uno 
en el Ayuntamiento de Carrion, ó no castigasen á los que hiciesen daño 
en las tierras del Rey ó de los hermanos, ó si los Infantes D. Pedro y 
D. Juan no partiesen las que les cupieren con los naturales del Reino 
sino con extraños, ó no matasen á los alcaides , alcaldes y oficiales de 
las villas que dieren muerte ó lisiaren sin fuero y sin derecho á persona 
alguna, debían perder y perdiesen la tutoría. 

Confirmaron el cuaderno de la hermandad y prometieron no ir en 
todo ni en parte contra lo pactado yjurado en Valladolid con las emien- 
das hechas en Torquemada y Villa Velasco, y más tarde en Burgos, 
Cuéllar y Carrion, prestando nuevo juramento de guardar y cumplir 
lo entónces ofrecido y lo añadido en aquellas Cortes. 



EXÁ1ÍEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 239 

Ordenaron que si algo importante ocurriese en Castilla, que lo hicie- 
sen saber á la ciudad de Burgos; y juzgando su concejo necesario tener 
Ayuntamiento de hermandad, llamase á todos los de la tierra. Si el su- 
ceso alterase los reinos de León ó Toledo, deberia ser el Ayuntamiento 
en sus capitales, y si en las Extremaduras, en la cabeza del obispado. 
Impusieron pena pecuniaria al rico hombre , caballero ó escudero que 
convocado al Ayuntamiento no acudiese, « salvo ende si mostrasen es- 
cusa derecha tal que sea de recibir », y renovaron las leyes para que 

los alcaldes de la hermandad, los personeros y las gentes de su compa- 
ñía fuesen salvos y segures de ida, estada y venida , incurriendo en la 
pena de muerte los que atentasen contra sus vidas y haciendas, así 
como los alcaldes de las comarcas que les negasen protección y auxilios. 

Aprobaron los tutores que la hermandad tuviese dos alcaldes en las 
ciudades y villas, uno de los hijosdalgo y otro de los hombres buenos, 
que también los pusiese en los lugares y fuese obligatorio servir estos 
oficios. La jurisdicción de los primeros anulaba la de los merinos mayo- 
res y menores y demás ministros de la justicia, porque los compelían á 
emendar los agravios al extremo de venderles sus bienes muebles y 
raíces para satisfacer á los querellosos. 

Verdaderamente, estaba el gobierno en manos de la hermandad más 
que en las de los tutores. La hermandad celebraba juntas , formaba sus 
cuadernos, concurría á las Cortes, imponía condiciones á los tutores, 
nombraba alcaldes, administraba justicia y disponía de fuerza armada, 
con cuya vigorosa organización lograba ser respetada y temida. La his- 
toria de la minoridad de Alfonso XI no desciende á estos sucesos , y sin 
embargo contribuyen á explicar el carácter de este gran Rey, y discul- 
pan ciertos actos de severidad que le valieron el renombre de el Ven- 
gador según unos, y según otros el Justiciero. 

Los demás capítulos del ordenamiento hecho en las Cortes de Carrion 
de 1317, versan sobre distintas materias de gobierno, y ofrecen menos 
novedad. Acordaron que los alcaldes y escribanos de la Casa del Rey y 
los que anduvieren con los tutores, fuesen hombres de buena concien- 
cia, naturales de cada reino y amadores de la justicia; que no diesen 
cartas contra fueros, privilegios, libertades, usos y costumbres de los 
pueblos, ni contra los cuadernos de la hermandad; que los hijosdalgo 
de Castilla fuesen juzgados por alcaldes hijosdalgo, y que se pusiese dr- 
den en las alzadas ó apelaciones al Rey y á los tutores. 

Establecieron que los oficios de la Cancillería fuesen dados á personas 
hábiles y competentes, resistiendo los tutores á la hermandad obstinada 



240 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

011 excluir á los clérigos y en poner legos de su cofradía para poder 
tomar los cuerpos y todo lo que hubieren, si hiciesen algún yerro, y que 
los sellos estuviesen bajo cuatro llaves, las tres en las manos de los tres 
tutores, y la cuarta en poder del mayordomo. 

Ordenaron que si algún oficial de las villas cumpliese carta desafora- 
da mandando matar ó lisiar á persona alguna, que muriese por ello , y 
si en virtud de tal carta le tomase algo de lo suyo, lo restituyese do- 
blado. La pena de muerte alcanzaba al escribano de cámara que libra- 
se carta de justicia sin mandado de los tutores, y á los alcaides, alcal- 
des y oficiales de las villas que mataren ó lisiaren sin fuero y sin de- 
recho. 

Obtuvieron los procuradores de los concejos la revocación de todas 
las cartas dadas después de las Cortes de Burgos de 1315 contra los fue- 
ros, privilegios, usos y costumbres de las ciudades y villas de la her- 
mandad, prévio exámen de su contenido por los tutores, con acuerdo de 
los hombres buenos de la misma. 

Suplicaron los procuradores en razón de la justicia que emendasen los 
robos y las fuerzas hechas durante las contiendas sobre la tutoría, así 
como los tuertos y desafueros que habían recibido los de la hermandad 
de los merinos y otros oficiales de las villas y comarcas en muertes, ca- 
sas derribadas y despojo de bienes contra derecho, y que en lo sucesivo 
fuesen castigados los alcaldes del Rey que cometiesen semejantes ex- 
cesos sin ser oidos enjuicio los agraviados, y confirmaron los tutores los 
ordenamientos que prohibían poner alcaldes y jueces de fuera, salvo si 
lo pidiesen todos d la mayor parte de los del concejo. 

Reformaron el servicio de la fonsadera, y ofrecieron los tutores aten- 
der la petición relativa á la tenencia de las fortalezas; y en efecto, re- 
querían maduro consejo esta y otras de los procuradores de las ciudades 
y villas, en las cuales se deja entrever que muchas veces posponían el 
bien público á los particulares intereses de los caballeros y hombres 
buenos de la hermandad. 

En materia de tributos, nada pidieron que en diferentes Cortes no 
se hubiese ya pedido y otorgado. Lo único en que los procuradores in- 
sistieron y dio" origen á quince capítulos por lo ménos, fué la absolu- 
ción de las demandas « en fecho de las cuentas. » 

En el mar revuelto de las discordias civiles, todos fueron solícitos pes- 
cadores. Unos tomaron y otros recaudaron rentas, derechos y pechos fo- 
reros, sin exceptuar los concejos ni los austeros defensores de la causa 
popular. Los procuradores de la hermandad no formaron escrúpulo de 



KXAMEN de los cuadernos de cortes. 241 

pedir á los tutores que cesasen las pesquisas y valiesen las cartas de 
perdón y quitamiento concedidas á los deudores, aunque las hubiesen 
perdido, y alcanzase esta merced á sus herederos, excluyendo á los que 
cogieron y recaudaron de la tierra alguna cosa más de los dos servicios 
y las tres ayudas otorgadas en las Cortes de Burgos de 1315. La lección 
es provechosa para los laudatores temporis acli. 

Reclamaron los procuradores que fuesen mejor guardados los ordena- 
mientos sobre la saca de las cosas vedadas, y obtuvieron la confirmación 
de los relativos á las deudas que los cristianos habian contraido con los 
Judíos, y principalmente el dado en dichas Cortes de Burgos de 1315, 
rebajando la tercera parte. 

De nuevo se encendió la discordia entre los tutores, « bulliciendo (el 
Infante D. Juan) quanto podia con los de la tierra contra el Infante don 
Pedro. » Medid la Reina Doña María, <• et asosegó este pleyto », á lo mé- 
nos en la apariencia, y luego < acordaron de facer Cortes. Et porque los 
de la Extremadura ( prosigue la Crónica) estaban desacordados et des- 
avenidos de los de Castiella por algunas escatimas que recibieron dellos 
en el Ayuntamiento de Carrion , posieron con los de la tierra de León 
de se non ayuntar con ellos; et por esta razón llamaron á los de Cas- 
tiella que veniesen á Cortes á Valladolit, et á los de Extremadura et 
de tierra de León que veniesen á Cortes á Medina del Campo, etdiéronle 
y cinco servicios, et una moneda forera » *. 

De estas Cortes de Valladolid de 1318 hace mención Colmenares, pero cortes 
sin dar la menor noticia de lo que en ellas se trató. También se citan en de Valladolid de 

1318 

un documento publicado por Escalona con igual oscuridad 2 . Lo verosí- 
mil es que en Valladolid, lo mismo que en Medina del Campo, se hubiesen 
concedido á los tutores servicios para emprender la guerra con los Mo- 
ros. No parece probable, como algunos suponen, que estas Cortes hayan 
sido convocadas para atajar las diferencias entre los Infantes D. Pedro 
y D. Juan con motivo de la gracia que el Papa hizo al primero de las 
tercias, décimas y cruzada para aquella guerra, de lo cual pesó mucho 
al segundo, pues los avino la prudente Doña María, y áun concertó 
« que fuesen amos á dos á la guerra de los Moros » , cuyos sucesos son 
anteriores á la convocatoria. La falta del ordenamiento de Valladolid 
deja la puerta franca á todo linaje de conjeturas. 

Compensa en parte esta pérdida el de Medina del Campo del mismo Cortes 

de 

Medina del Cam- 

1 Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. xv. P° de J 318. 

2 Historia de Segovia, cap. xxiv, § ni ¡ Historia de Sahagun, ap. ni, escrit. cclxxxvii. 

31 



242 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

año 1318, á cuyas Cortes fueron presentes varios prelados, ricos hom- 
bres y caballeros, el maestre de Santiago y los procuradores de las ciu- 
dades y villas de León, Toledo y las Extremaduras, 
La primera de las peticiones que contiene el cuaderno dice « que quan- 

do fuesen llamados á Cortes, que fuesen allí do el Rey estoviese.» 

Nada más natural y puesto en razón ; mas para ello era preciso evitar 
las discordias entre castellanos y leoneses, que obligaron á los tutores 
á convocarlas y reunirías en Valladolid y Medina del Campo , no obs- 
tante los ordenamientos hechos en las de Burgos de 1301 y Medina del 
Campo de 1302, por los cuales se obligó Fernando IV á que « cuando 
hubiere de hacer Cortes, las haria con todos los comunes de la su tierra 
en uno. » 

Pidieron los procuradores que se pusiese mayor cuidado en la admi- 
nistración de la justicia, y sobre todo, freno á la licencia de los hidalgos 
que sin causa amenazaban á los moradores de las villas y los lugares, 
y se quejaron de los excesos de la jurisdicción eclesiástica, pues cada dia 
citaban los jueces de la Iglesia á los legos, y los obligaban á presentar- 
se á juicio ante ellos, y pronunciaban sentencias en pleitos sobre cosas 
temporales con mengua del señorío real, á cuya petición respondieron 
los tutores que dañan sus cartas para las justicias á fin de remediarlo. 

Reclamaron contra las compras y donaciones de heredamientos que 
pasaban del realengo al abadengo, con lo cual perdía el Rey sus pechos 
y se empobrecía el reino. Los tutores otorgaron que no lo consentirían 
en adelante, «salvo en aquellos lugares de las iglesias en donde los 
prelados lo han por privilegio que les vala. » 

No se mostraron tan recelosos de los caballeros y hombres buenos 
que tenían casas fuertes, pues se contentaron con exigirles fiadores en 
seguridad de que á nadie ofenderían, y si algún daño hiciesen lo emen- 
darían , llevando la templanza al extremo de no pretender que dichas 
casas fuesen derribadas « á ménos de ser oidos aquellos cuyas sean según 
fuero. » 

Solían los pecheros del Rey avecindarse en lugares de otros señoríos, 
y negarse á contribuir con los pechos foreros en razón de las heredades 
que conservaban; y si los concejos se las vendían, les tomaban en des- 
quite cuanto podían haber á las manos. Los tutores mandaron, como era 
justo, que pechasen en los lugares por lo que allí tuviesen , sin admitir 
la excusa de la nueva vecindad. 

En cuanto á los servicios , acordaron que pechasen los pueblos como 
quisiesen, por cabezas, padrón ó pesquisa, es decir, por habitante, hogar 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 243 

ó repartimiento, si no interpretamos mal el texto. Asimismo declararon 
que todos pechasen la parte que les cupiese de los últimos concedidos 
para ir á la frontera, sin perjuicio de guardar en adelante sus privile- 
gios á los excusados. 

También suplicaron los procuradores que no anduviesen por la tier- 
ra á vender sal de otro lugar sino de las salinas de Atienza, y que los 
tutores no diesen cartas en contrario. 

Desde tiempos lejanos el monopolio de la sal constituyó una renta de 
la corona. Alfonso X prohibió á los particulares hacer alfolíes de la sal, 
y fijó el precio á que debia venderse, según consta de los ordenamien- 
tos dados en las Cortes de Valladolid de 1258, y confirmados en las de 
Haro de 1288 y Palencia de 1313. Los procuradores de la hermandad, 
en las de Burgos de 1315, pidieron que « ninguno non faga bodega nin 
alfolí de la sal, nin la saque fuera del regno », so pena de perderlo todo, 
« é demás que muera por ello. » Los tutores se limitaron á mandar en- 
tonces como ahora , que se guardase lo establecido en los precedentes 
reinados. 

En esta ocasión prometieron los tutores no librar cartas contra las 
exenciones y privilegios de los ganados, ni contra los ordenamientos 
hechos en las Cortes de Burgos de 1315 y Carrion de 1317 sobre las 
deudas de los cristianos á los Judíos. 

Por último, confirmaron los tutores los fueros, privilegios, cartas, 
usos, costumbres , franquezas y mercedes así de las villas como de los 
pueblos y lugares en general, y especialmente el cuaderno de la her- 
mandad. 

Esta cláusula ú otras semejantes se hallan repetidas en casi todos los 
ordenamientos, porque prevalecía la opinión que lo otorgado por el Rey 
no obligaba en rigor de derecho á sus sucesores. Los fueros, privilegios, 
etc., tenían semejanza con ciertas donaciones, las cuales, según cos- 
tumbre antigua de España y ordenamientos de Cortes, no se considera- 
ban perpétuas, sino valederas tan sólo durante la vida del Rey que las 
hacía 1 . Equivalían á un pacto entre el señor y sus vasallos que se 
renovaba y fortalecía en virtud de repetidas confirmaciones. 

Las Cortes de Medina del Campo de 1318 fueron juiciosas y tranqui- 
las. La hermandad se mostró más sumisa, y los tutores empuñan con 
más firmeza las riendas del gobierno, sin duda porque las querellas 
entre los castellanos y los leoneses les ofrecían la ocasión de ejercer 
mayor grado de autoridad. 

* Ley ni, tít. xxvii, Orden, de Alcalá. 



244 EXÁMHSí DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

La muerte casi simultánea de los Infantes D. Pedro y D. Juan en la 
vega de Granada , encendió de nuevo la mal extinguida llama de la 
discordia. Las vacantes de los dos tutores despertaron la insaciable am- 
bición de los grandes que pretendian hacerse dueños del gobierno, 
siendo los principales el Infante D. Felipe, D. Juan Manuel y D. Juan 
el Tuerto, todos allegados al Rey, y en vasallos y riquezas poderosos. 

En nada estimaban las razones de Doña María, única tutora después 
de la inesperada muerte de D. Pedro y D. Juan, según el ordenamiento 
hecho en las Cortes de Burgos de 1315. No se cuidaban de remitir 
á otras generales sus pretensiones á la tutoría, si era conveniente re- 
formar el gobierno. Lejos de eso solicitaban el favor de los concejos que 
tomaban la voz ya del uno, ya del otro. 

Seguían la parcialidad de D. Juan Manuel algunos concejos de To- 
ledo y las Extremaduras, y dos ciudades tan principales como Córdoba 
y Segovia. Los reinos de León, de Sevilla y Jaén se declararon por don 
Felipe, y abrazaron la causa de D. Juan, hijo del Infante D. Juan, los 
concejos de Castilla , y más tarde la ciudad de Zamora. Para colmo de 
ingratitudes é injusticias, la hermandad de Castilla y León se mostró 
contraria á Doña María, á cuyos esfuerzos inauditos se debia no haber 
llegado las cosas á mayor rompimiento. 

En medio de aquel tumulto no dejaron los mal llamados tutores de 
convocar los concejos de su bando para pedirles cuantiosos servicios; y 
de aquí los Ayuntamientos de Cuéllar, Burgos, Carrion, Segovia y Ma- 
drid de que hace ligera mención la Crónica. 

La Reina Doña María, siempre advertida y discreta, propuso llamar 
á todos los concejos de la tierra, y celebrar Cortes en Palencia, á cuyo 
fin envió « cartas del Rey para todos los ornes bonos , et para todos los 
maestres délas caballerías de las órdenes, et para todos los de las ciub- 
dades et villas de los regnos... que veniesen... ocho días andados del 
mes de Abril de 1321. No llegaron á reunirse, acaso porque sobrevino 
á Doña María la enfermedad de que falleció en 1 .° de Junio del mismo 
año *. Fué Reina de tres Reyes (escribe Colmenares): reinó con su ma- 
rido D. Sancho, peleó por su hijo D. Fernando , y padeció por su nieto 
D. Alonso ; ilustrísimo ejemplo de matronas en todos estados, fortunas 
y siglos 2 . 

1 Crón. del Rey D. Alonso XI, caps, xxvm y xxx. 

2 Hist, de Segovia, cap. xxiv, § v. 

El historiador de Segovia fija este suceso en el 1.° de Junio de 1322. Mariana así lo refiere en 
su Historia general de España, lib. xv, cap. xvn. FJorez se acerca más á la verdad, diciendo por 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 245 

Roto el único freno de tantas y tan desapoderadas ambiciones , se 
agravaron á lo sumo los males de Castilla. La Crónica pinta muy al 
vivo el desdrden de aquellos tiempos. Todos los ricos hombres y caba- 
lleros ( dice) vivían de robos y tomas que hacian en la tierra, y los tu- 
tores se lo toleraban, porque no abandonasen su partido. Si algunos se 
apartaban de la amistad de un tutor, el ofendido destruia los lugares y 
se vengaba en los vasallos del tornadizo á voz de justicia. Las villas y 
los lugares estaban divididos en bandos enemigos, reconociendo unos á 
un tutor, otros á su rival , y tal vez á ninguno. Era frecuente usurpar 
las rentas del Rey y exigir pechos desaforados, lo cual irritaba á ios la- 
bradores al extremo de levantarse á voz de común , matar á los tiranos 
y tomarles ó destruirles todos sus bienes. En ninguna parte se adminis- 
traba justicia con derecho, y llegó la tierra á tal estado, « que non osa- 
ban andar los ornes por los caminos sinon armados, et muchos en una 
compaña, porque se podiesen defender de los robadores. Et en los loga- 
res que non eran cercados, non moraba nenguno ; et en los logares que 
eran cercados manteníanse los más dellos de los robos et furtos que fa- 
cían et tanto era el mal que se facía en la tierra, que aunque fa- 
llasen los ornes muertos por los caminos, non lo avian por extraño 

Et demás desto los tutores echaban muchos pechos desaforados et ser- 
vicios en la tierra... et por estas razones veno gran hermamiento en las 
villas del regno, et en muchos otros logares de los ricos ornes et de los 
caballeros » i . 

La narración anterior ilustra los ordenamientos hechos en las Cortes Cortes 
celebradas durante la borrascosa minoridad de Alfonso XI, y muy par- 
ticularmente el cuaderno de las habidas en Yalladolid el año 1322 para 
reprimir « los muchos dannos de fuerzas é de muertes de ommes é de 
mujeres, é de tormentos, é de prisiones, é de quemas, é de especha- 
mientos, é de robos, é de deshonras é otras muchas cosas contra 
justicia é contra fuero que se fezieron é se fazen por la tierra desque 
los tutores que eran de nuestro sennor el Rey finaron acá. » 

Ardia la guerra civil con furia implacable en toda la extensión de 
los reinos de Castilla , León , Extremadura y Andalucía. Ni D. Juan, 
hijo del Infante D. Juan, ni D. Juan, hijo del Infante D. Manuel, deja- 



de Valladolid de 
1322. 



Julio de 1321. Reinas Católicas, tom. II, pág. 601. El año 1321 se comprueba con el cuaderno de 
las Cortes de Valladolid, fecho á 8 de Mayo de 1322, en donde se lee : «Et quanto en las villas 

que fueron de la Reina Doña María Et agora la Reina Doña María que Dios perdone Fas- 

ta que finaron los tutores D. Johan é D. Pero, é la Reina Doña María etc.» 

1 Qrón. del Rey D. Alonso XI, cap. xl. 



246 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

ban de esforzar sus pretensiones á la tutoría con las armas en la mano. 
El Infante D. Felipe, más diligente ó más poderoso, convocó y reunió 
en Valladolid buen número de concejos, que no habian tomado tutor ó 
lo habian tomado « sin ser ayuntada la corte de todos los lugares del se- 
ñorío del Rey » , y logró ser recibido por tal bajo el juramento de guar- 
dar al Rey su señorío « en todo é por todo», conservar y defender sus de- 
rechos, ciudades, villas, castillos y aldeas, hacer justicia en la tierra, 
confirmar los fueros, franquezas, libertades, buenos usos y costumbres, 
cartas y privilegios de las villas y lugares allí presentes, y no avenirse 
con otro tutor en razón de la tutoría, ni darle parte en los pechos ni en 
los derechos del Rey, ni en cosa alguna tocante al gobierno. 

El cuaderno de peticiones librado en estas Cortes de Valladolid 
de 1322, contiene pocas novedades, porque los concejos sedientos de paz, 
no pensaban en reformar las leyes , sino en reprimir la licencia del 
clero, la nobleza y el pueblo, volviendo el rio á su antiguo cáuce. Así 
es que los procuradores renovaron las demandas relativas al ayo del 
Rey y á la custodia de su persona , otorgadas en las Cortes de Bur- 
gos de 1315 y Carrion de 1317. 

Pidieron ademas que el tutor pusiese mejor recaudo en los sellos y en 
los oficios de la Cancillería, los cuales no habian de darse en adelante 
á prelados, clérigos ni Judíos, sino á legos de las villas del Rey, para 
que se pudiese hacer justicia de ellos hasta matarlos, si sellasen cartas 
sin verlas. 

Suplicaron que los alcaldes de la corte fuesen veinte y cuatro, seis de 
las ciudades y villas de Castilla , seis por las del Reino de León, seis 
por las de Extremadura, y otros tantos por las de Andalucía ; que ocho, 
esto es, dos de cada parte, anduviesen con el Rey cuatro meses de con- 
tinuo ; que los tomase el tutor de las ciudades y villas de los reinos y los 
nombrase con acuerdo de los caballeros y hombres buenos que forma- 
ban la escolta y el consejo del monarca; que los castellanos oyesen y 
librasen los pleitos de Castilla , y así los demás, y por último , que no 
diesen cartas contra los fueros, privilegios, libertades, buenos usos y 
costumbres de los pueblos, so pena de perder el oficio, ni mandasen li- 
siar ó matar sin derecho á persona alguna, ni la privasen de sus bienes, 
bajo la de muerte en el primer caso , y la de restitución del valor do- 
blado en el segundo, si las cartas fuesen cumplidas. Con igual rigor 
debían ser castigados los escribanos de la Casa del Rey que diesen car- 
tas de justicia sin mandamiento del tutor, si por ellas hubiese sido muer- 
ta ó lesa alguna persona. Las cartas desaforadas ó contra fuero y con- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 247 

tra derecho, así como las blancas y de creencia del Rey ó del tutor, 
constituían un abuso que diversas Cortes condenaron y se propusieron 
extirpar, y siempre sin efecto. En las presentes otorgó el Infante don 
Felipe que dichas cartas no fuesen obedecidas ni cumplidas por los con- 
cejos. 

Suplicaron los procuradores que el tutor no encomendase la justicia á 
infante ni rico hombre, sino á los merinos mayores en Castilla , León y 
Galicia, y en el reino de Murcia á los adelantados de la frontera ; que 
no mandase hacer pesquisas cerradas; que los pleitos y las querellas en- 
tre particulares se ventilasen según fuero ; que no se ejecutase senten- 
cia alguna sin ser el demandado oido en juicio ; que mandase asegu- 
rar á los concejos de las ciudades, villas y lugares del Rey desafia- 
dos ó amenazados por ricos hombres, infanzones, caballeros, escuderos 
li otras personas ; que restituyesen lo robado ó reparasen lo destruido 
los hombres poderosos , autores de las fuerzas y daños cometidos en las 
villas y lugares del Rey durante las contiendas sobre la tutoría, y que 
los malhechores fuesen perseguidos y castigados por las justicias de los 
pueblos en donde cometieren los delitos , sin admitirles la excusa de 
pertenecer á otras jurisdicciones, ni acogerlos en casas fuertes, ni per- 
donarlos. 

Atrevíanse los jueces eclesiásticos á conocer de los pleitos entre legos 
sobre cosas temporales, abuso contra el cual reclamaron los procurado- 
res en otras Cortes, y señaladamente en las de Medina del Campo de 
1318. En estas de Valladolid de 1322 se hizo nuevo ordenamiento pro- 
hibiendo á los prelados y sus vicarios y á los comendadores usurpar la 
jurisdicción del Rey, y mandando á los alcaldes y jueces seglares que 
no consintiesen á los de las iglesias ir contra ello so pena de multa y 
prisión en caso de insolvencia. También se prohibió á los legos celebrar 
contratos ante los vicarios y notarios de las iglesias, « por razón que es- 
tos vicarios é notarios non deben fazer fe si non en la eglesia entre los 
clérigos. » 

Los merinos, según el cuaderno otorgado por el Infante D. Felipe, de- 
bían ser hombres buenos, naturales de la comarca, dar fiadores abona- 
dos , tener buenos alcaldes que anduviesen con ellos , y administrar 
justicia con arreglo á fuero. No podían prender, matar ni despechar, ni 
tomar á nadie lo suyo sino en virtud de juicio y sentencia de los alcal- 
des de cada lugar ó de los que anduviesen en su compañía, ni entrar en 
las villas que gozaban del privilegio de no acogerlo. En estos lugares 
estaba la justicia en manos de los alcaldes propios, y ofreció el tutor no 



248 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

ponerlos de fuera, salvo si todos los del concejo ó su mayor parte lo pi- 
diesen, nombrándolos de villa, fuero y señorío del Rey, es decir, cas- 
tellano para Castilla, leonés para León, etc. 

En cuanto á las asonadas fué confirmado el ordenamiento de Alfon- 
so X en las Cortes de Valladolid de 1258 y Jerez de 1268, y además se 
mandó que si los bulliciosos tomasen ó robasen algo á los personeros de 
los concejos, emendasen el agravio á vista de dos hombres buenos del 
lugar, y «que se lo cuenten luégo (al agraviado) sin condición nin- 
guna. » 

También confirmó el tutor los ordenamientos sobre la tenencia de los 
alcázares y castillos en las villas del Rey, y sobre el derribo de las ca- 
sas fuertes que daban abrigo á los malhechores , sin exceptuar los per- 
tenecientes á los prelados y á las órdenes militares, situados en territo- 
rio de los concejos de los lugares reales. 

Algunas donaciones que parecieron contrarias á razón y derecho fue- 
ron revocadas, y otras quedaron pendientes del acuerdo que tomase el 
tutor, oidas las partes, procurando el servicio del Rey y el sosiego de la 
tierra. El ánimo de las Cortes se inclinó visiblemente á mantener y con- 
servar en el señorío del Rey las tierras, villas, lugares, castillos y casas 
de propiedad de la corona. Por eso solicitaron los procuradores que los 
heredamientos reales adquiridos por las iglesias ó las órdenes, .en vir- 
tud de compras ó donaciones, tornasen del abadengo al realengo, dando 
mayor fuerza y vigor al ordenamiento hecho en las Cortes de Haro de 
1288. 

Muchos son los capítulos de este cuaderno, relativos á los tributos, 
en los cuales se manifiesta á las claras el predominio del estado llano 
en aquella asamblea de procuradores de los concejos. Las Cortes de Va- 
lladolid de 1322 no se distinguen á la verdad por una iniciativa ori- 
ginal y fecunda, sino más bien por el deseo de restablecer la obser- 
vancia de las leyes escarnecidas ú olvidadas en la confusión de las dis- 
cordias intestinas. Apénas intentaron en materia de tributos y gabelas 
otra cosa que resucitar los antiguos ordenamientos. 

A petición de los procuradores otorgó el Infante D. Felipe, en nombre 
del Rey, que no exigiría pechos ni servicios desaforados, observando lo 
establecido por Fernando IV en las Cortes de Valladolid de 1307, y con- 
firmado en las de Palencia de 1313; que no serian cogedores clérigos, 
Moros ni Judíos, ni caballeros, alcaldes ni oficiales del Rey , sino hom- 
bres buenos de las villas, cuantiosos y abonados; que no fuesen prenda- 
dos los concejos en razón de los tributos, ni áun el deudor, « salvo por 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 249 

lo quel cupiere pechar según estuviere empadronado » , y guardando 
las formas del apremio , embargo y venta de sus bienes determinadas 
en anteriores ordenamientos, so pena de escarmentar al cogedor, «como 
aquel que roba la tierra del Rey» ; que los encargados de la cobranza 
diesen cuenta fiel de lo recaudado con las excepciones admitidas en las 
Cortes de Palencia de 1313 y Carrion de 1317 ; que no habría arrenda- 
dores de pechos y derechos reales, procedimiento siempre odioso y abor- 
recido de los pueblos; que ni los ricos hombres, ni otra persona alguna 
exigiría conducho en las villas y lugares del Rey, ni en sus términos; 
que el Rey no tomaría vianda sin pagarla, ni yantares en dinero, ni con- 
sentiría que demandasen este servicio en su nombre; que se pondría coto 
al abuso de conceder tantos privilegios y cartas de merced por las cua- 
les era grande el número de los excusados de pechos sin causa, en per- 
juicio de los más pobres á quienes no alcanzaba esta gracia, etc. 

Confirmó el tutor en estas Cortes los dos ordenamientos hechos en las 
de Carrion de 1317 acerca de la foDsadera , el uno excusando de dicho 
servicio á las ciudades y villas que de fuero ó en virtud de privilegio, 
uso ó costumbre no estaban obligadas á prestarlo, y el otro declarando 
que si el Rey ó el Infante fuesen á la hueste, hubiesen la fonsadera los 
caballeros de cada lugar, y la partiesen entre sí como en los tiempos de 
los Reyes D. Sancho y D. Fernando. 

Asimismo confirmó á petición de los procuradores los ordenamientos 
hechos en las Cortes de Medina del Campo de 1318 relativos á la gabe- 
la de la sal, y por tanto renovó la prohibición de tener bodega ó alfolí 
en donde se vendiese, y con más rigor la de sacarla del reino, pues im- 
puso al contraventor la pena de muerte. 

Fueron los concejos absueltos de toda responsabilidad en razón de los 
pechos y derechos del Rey que habían tomado é invertido en pro de las 
villas, y alcanzaron la valiosa merced de no dar cuenta de lo derramado: 
fueron reintegrados en la posesión de las villas, aldeas y heredamientos 
que les habían usurpado: se les reconoció el derecho de proveer las es- 
cribanías y otros oficios menores, y obtuvieron que los vecinos no fue- 
sen desapoderados sin ser oidos y librados por derecho de las casas, tier- 
ras ó lugares comprados á hidalgos ó dueñas, ó que comprasen en ade- 
lante. 

Eran cada vez más vivas las querellas entre los labradores y los pas- 
tores, por lo cual el Infante D. Felipe hubo de confirmar los ordena- 
mientos dados en las Cortes de Valladolid de 1258 y 1307, Palencia de 
1313 y Burgos de 1318 acerca de las servidumbres pecuarias y franque- 

32 



250 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

zas de la ganadería sin menoscabo de la protección debida á la agricul- 
tura, y de la jurisdicción especial de los alcaldes entregadores para- oir 
y librar en unión con los de las villas y lugares los pleitos de esta natu- 
raleza. 

También confirmó el tutor los ordenamientos de Valladolid de 1313, 
Burgos de 1315, Carrion de 1317 y otros anteriores relativos á la saca 
de las cosas vedadas, así como los que hicieron Alfonso X, Sancho IV y 
Fernando IV en razón de las usuras, de las deudas de los cristianos á los 
Moros y Judíos, y de la administración de la justicia civil y criminal 
entre ellos, con los demás pormenores tocantes al modo de ser y de vi- 
vir de ambos pueblos infieles que nuestros Reyes contaban en el núme- 
ro de sus vasallos. 

Da noticia el cuaderno de estas Cortes de la feria de Valladolid, y de 
la protección que el tutor dispensó á las personas que acudían á aquel 
centro de contratación con su ganado, rayo de luz no despreciable para 
esclarecer la historia económica de España; y para formar juicio de las 
costumbres del siglo xiv, no deja de ser curiosa la ley cont ra la biga- 
mia. « En algunas tierras ( dice) hay ommes que casan dos vegadas , se- 

yendo viva la mujer primera — é estos átales deben perder quanto 

han, é debe ser de sus fijos, si los ha, ó nietos; et si non oviere fijos nin 
nietos, debe ser del Rey, é non de arzobispo, nin de otro ninguno. » 

Por último, confirmó el Infante los ordenamientos para que los men- 
sajeros de los concejos fuesen á la corte y volviesen salvos y seguros, la 
particular jurisdicción de los alcaldes de la hermandad, y los fueros, 
franquezas, libertades, buenos usos y costumbres y privilegios que go- 
zaban las villas por merced del Emperador Alfonso VII, Alfonso VIII, 
Fernando III y Alfonso X, y de los otros Reyes después de éstos de quie- 
nes conservaban los pueblos grata memoria. 

Consta que el cuaderno de las Cortes de Valladolid de 1322 fué dado 
al concejo de la ciudad de León en 8 de Mayo ; es decir, que en esta fe- 
cha las Cortes estaban acabadas, y conviene recordarlo para enlazar el 
ordenamiento que allí se hizo con otro otorgado por D. Juan, hijo del 
Infante D. Juan, á petición de los abades y abadesas del reino de Cas- 
tilla que reconocían su autoridad como tutor, también en Valladolid á 
17 dias del mes de Junio. 

Resulta del cotejo de ambos cuadernos, que á un mismo tiempo, so- 
bre poco más ó ménos, se celebraron en Valladolid Cortes por la parcia- 
lidad de dos distintos tutores, continuando la discordia entre ellos, bien 
que hubiese tregua, para seguir el ejemplo de las de Palencia de 1313. 



EXÁMEN* DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 251 

A las segundas Cortes de Valladolid de 1322 acudieron , si merece 
entera fe la palabra del tutor D. Juan, infantes, prelados, ricos hombres, 
caballeros y hombres buenos de las ciudades y villas , principalmente 
« para ordenar el fecho de la tutoría. » 

La omisión de los nombres propios induce á sospechar que la reunión 
no fué muy numerosa, ni la gente muy calificada. 

El ordenamiento dado á petición de los abades y abadesas es corto 
y de escasa importancia. Después de ofrecer el tutor que guardaría por 
su parte, y mandaría guardar las libertades y franquezas de los monas- 
terios, confirmó la exención concedida por Fernando IV en el ordena- 
miento de prelados hecho en las Cortes de Valladolid de 1295 « en ra- 
zón de las muías y de los vasos de plata que los adelantados é merinos 
mayores de Castilla les demandaban.» 

Cumplió Alfonso XI en 13 de Agosto de 1325 catorce años. Al entrar Cortes 

, . , i / a ,i i j , i • -i i i de Valladolid de 

en ios quince , el decimocuarto de su reinado , tomo las riendas del 132 5 
gobierno, y uno de sus primeros actos fué convocar y reunir en Valla- 
dolid Cortes generales con asistencia de D. Felipe, D. Juan y D. Juan 
Manuel, de los prelados, ricos hombres y caballeros, y de los procu- 
radores de los concejos. En estas Cortes resignaron los tutores la tuto- 
ría, y entregaron los sellos que usaban. Los brazos del Reino, de común 
acuerdo y buena voluntad, otorgaron al Rey cinco servicios y una mo- 
neda, y el Re}* en cambio les confirmó sus fueros, privilegios, franque- 
zas y libertades '. 

Dos son los ordenamientos hechos en las Cortes de Valladolid de 1325; 
el uno respondiendo á las peticiones de los procuradores de las ciudades, 
villas y lugares de los reinos de Castilla, León y Toledo y de las Extre- 
maduras, y el otro otorgado á los prelados, abades, priores, iglesias, 
monasterios y órdenes militares. 

El primero consta de cuarenta y dos capítulos relativos á diversas 
materias de gobierno. Las peticiones de los procuradores y las respues- 
tas del Rey son tan conformes á lo establecido en las Cortes anteriores 
acerca de los oficios de la Corte y Casa Real, la administración de la 



< Crón. del Rey D. Alonso XI, caps, xli y XLin. 

La cronología de la Crónica está muy viciada. El P. Mariana no fija la fecha de las Cortes, y 
áun puede creerse que las anticipa dos años. Hist. general, lib. xv, cap. xvm. Colmenares dice: 
« Este mismo año ( 1325) cumpliendo el Rey catorce años en 3 de Agosto, determinando tomar 
en sí el gobierno, convocó Cortes generales en Valladolid », y es lo cierto, salvo que Alonso XI 
no cumplió los catorce años el 3, sino el 13 de Agosto, pues consta que nació el dia de San Hi- 
pólito. Hist. de Segovia, cap. xxiv, § viu. Ortiz de Zúñiga es más puntual y exacto. Anales ecle- 
siásticos y sec. de Sevilla, lib. V, año 1325, núm. 2. 



252 EXÁMEN LE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

justicia, la conservación del órden público, las libertades de los conce- 
jos, la moderación en los tributos, etc., que no merecen repetirse por ser 
ya conocidos del lector. Una observación, sin embargo, se desprende 
del exámen de este cuaderno. Los procuradores suplicaron al Rey hicie- 
se á los cristianos la merced de « les quitar el tercio » de las deudas con- 
traidas con los Judíos; petición ya otorgada en las Cortes de Valladolid 
de 1315 y Carrion de 1317. Alfonso XI no accedió al perdón del tercio, 
pero sí al de la cuarta parte, en lo cual se trasluce el influjo del Almo- 
jarif judío que la Crónica nombra D. Yuzaf de Ecija, y de quien dice 
« que ovo grand logar en la Casa del Rey , et grand poder en el regno 
con la merced que el Rey le facia » ! . 

Mayor interés ofrece el ordenamiento de los prelados. Si no todos, sus 
principales capítulos versan sobre la protección debida á las personas 
y cosas eclesiásticas. La piedad de los Reyes habia colmado de favores 
las iglesias, los monasterios y las órdenes , y Alfonso XI no se mostró 
ménos piadoso y liberal que sus antepasados. 

Otorgó que los merinos amparasen y defendiesen á los prelados y sus 
vasallos de los daños y robos que les hacían; mandó desembargar y en- 
tregarles los bienes ocupados por fuerza; prohibió que los ricos hom- 
bres, caballeros y personas poderosas, así como los concejos, tomasen á 
los prelados lo suyo, ni lo perteneciente ásus vasallos de propia autori- 
dad, pues abierto tenían el camino de la justicia, si alguna demanda 
quisieren entablar conforme á derecho ; vedó levantar fortalezas en 
los lugares, heredades y términos de las iglesias, monasterios y órdenes, 
é hizo derribar las levantadas desde los tiempos de Sancho IV ; reprobó 
las ligas ó confederaciones contra los institutos religiosos y sus liberta- 
des, y declaró nulas y sin valor cualesquiera cartas que el Rey, los in- 
fantes ó los ricos hombres diesen y redundasen en menoscabo de su pro- 
piedad. 

No se mostró Alfonso XI ménos solícito por el bien de las iglesias, 
monasterios y órdenes vejadas y oprimidas por los ricos hombres, caba- 
lleros y merinos que no cesaban de pedirles yantares y otros servicios 
sin tasa y sin dolerse de la ruina de los pueblos. La codicia de los pode- 
rosos no tenía freno. Demandaban á los vasallos de las órdenes, iglesias 
y monasterios «servicio bueno é granado, et si non ge lo dan (dijeron 
los prelados), luego los mandan robar é tomar quanto les fallan; et si 
desto querellan á los merinos, non fallan derecho nin cobro ninguno. » 



l Crón. del Rey D. Alomo XI, cap. xlii. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 253 

¡ Flaquezas del corazón humano ! Los mismos hombres que á cada ins- 
tante ponian á riesgo su vida en defensa de la religión cristiana , no 
formaban escrúpulo de enriquecerse con los despojos de la Iglesia , por 
la cual derramaban toda su sangre. 

Confirmó el Rey los privilegios de los lugares en donde por uso ó 
costumbre no debian entrar los merinos y demás ministros de la justi- 
cia, y otorgó que « no se hiciesen pesquisas sobre clérigos ni sobre reli- 
giosos por legos » , pero no sin añadir una severa amonestación digna de 
un principe, si piadoso, también celoso de su autoridad. « Mando que 
se guarde por honra de la Eglesia (respondió á la petición ) ; pero sepan 
los prelados que los mios oficiales se me querellan que algunos clérigos 
facen muchas malfetrías, é dígoles que manden facer escarmiento é jus- 
ticia en aquellos que lo ficieren, é si non que me tornaré á ellos por 
ello. » 

Prudente y discreto Alfonso XI más de lo que podia esperarse de sus 
pocos años, respetó la jurisdicción eclesiástica sin mengua de la real 
ordinaria, y renovó los ordenamientos para que los hidalgos y los con- 
cejos que no eran del señorío de las iglesias y de las órdenes, no com- 
prasen heredades pecheras y foreras en sus lugares, porque con esto per- 
día el Rey los servicios y monedas, y se quebrantaban los fueros y de- 
rechos de unas y otras y de sus vasallos. No accedió á la petición relati- 
va á prender y castigará los descomulgados de treinta días en adelante, 
y privarles de todos sus bienes, aplicando la mitad al Rey y la mitad al 
prelado que hubiese dictado la sentencia , y otorgó lisa y llanamente 
que los caballeros no posasen en los hospitales « que fueron fechos para 
los pobres é para los enfermos <> confirmando lo ordenado en las Cortes 
de Burgos de 1315. 

Finalmente, extendió á los vasallos de las iglesias, monasterios y ór- 
denes la gracia y merced otorgada á los procuradores de los concejos en 
razón de las deudas de los Judíos. 

En resolución, las Cortes de Valladolid de 1325, sin modificar las le- 
yes á la sazón existentes , revelan el amor á la justicia y el deseo de 
afirmar la paz pública que más tarde habían de ilustrar el reinado de 
Alfonso XI. Apénas entrado en los quince años, no era tiempo de mos- 
trar las dotes que la posteridad le reconoce como político, guerrero y le- 
gislador; pero ya se vislumbran la rectitud de ánimo y la fortaleza de 
corazón de un príncipe capaz de imprimir el sello de su voluntad al si- 
glo xiv, y de abrir camino á sus sucesores para que levantasen una ro- 
busta monarquía sobre las ruinas del feudalismo. Siendo todavía muy 



254 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

jóven, tuvo el arrojo de reprimir con mano dura, y á veces sangrienta, 
la indisciplina de la nobleza de Castilla, como en su edad provecta cor- 
rigió" los hábitos de licencia que se habían introducido en los concejos 
á la sombra de las libertades populares. 

Cuenta la Crónica, que salió el Rey de Soria y se vino á Madrid, por- 
que habia enviado llamar á todos los prelados , ricos hombres y procu- 
radores de las ciudades y villas de su reino, con quienes celebró Cortes 
el año 1329. Fueron generales y solemnes, pues concurrieron, además 
de la flor del clero y la nobleza, los procuradores de Castilla, León, Ga- 
licia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, el Algarve y los condados de Viz- 
caya y Molina. 

Lueg) que todos se hallaron reunidos, les dijo entre otras cosas que 
habia resuelto trabajar en servicio de Dios , haciendo guerra á los Mo- 
ros, para lo cual, y para armar la flota, necesitaba grandes quantias de 
maravedís; y por esto les rogaba que le diesen los servicios y moneda 
en todos sus reinos, demanda que le fué de buena voluntad otorgada 1 . 

Extenso es el cuaderno de las Cortes de Madrid de 1329 , cuyas peti- 
ciones y respuestas versan principalmente sobre la administración de la 
justicia. Lo primero que hizo Alfonso XI, fué ordenar la Casa Real, y 
reformar los oficios de la corte con el firme propósito de asentar la base 
de un buen gobierno. Dió ejemplo á los jueces al imponerse la obliga- 
ción de visitar la tierra para hacer justicia, dar audiencia pública los 
lunes y los viernes para oir las demandas y querellas que le presenta- 
ren, y sentenciar los pleitos guardando á cada uno su fuero y derecho: 
condenó el abuso de servir una misma persona varios oficios, y amena- 
zó con el castigo á los que empleaban el cohecho por alcanzarlos. 

Otorgó que los alcaldes de la corte fuesen personas de recta concien- 
cia, y tales que usasen de su oficio sin codicia, so pena de apartarlos 
de su lado como infames y perjuros ; vedó á los abogados razonar pleito 
torticioso según su intención , y á los clérigos ser abogados y alcaldes 
en la corte; moderó la autoridad del alguacil de su Casa, encargándole 
que no consintiese robo, ni hurto, ni delito alguno en los lugares en 
donde el Rey estuviese ni en su rastro, que no tolerase los juegos de 

1 Crún. del Rey D. Alonso XI, cap. lxxxiii. Colmenares fija la fecha de estas Cortes en 1330 
y no lleva razón, porque así el cuaderno dado al concejo de Plasencia, como el del concejo de 
Niebla, están datados á« nueve dias de Agosto, era de mil é trescientos é sesenta é siete annos», 
Historia de Segovia, cap. xxiv, § X. Ortiz de Zúfiiga escribe que duraban las Cortes de Madrid á 
principio del año 1330, «causa de que en él las refieran los más historiadores)); lo cual no es 
exacto, pues el cuaderno de Plasencia las da por concluidas. Anales ecl. y sec. de la ciudad de 
Sevilla, lib. v, año 1330, núin. 1. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 255 

azar, y no diese á los presos « malas prisiones , nin tormentos , nin les 
ficiese premia , nin los cohechase nin despechase » ; estableció que los 
merinos mayores de Castilla, León y Galicia fuesen naturales de las 
comarcas, entendidos y abonados , y les prohibió arrendar los oficios y 
servirlos por tercera persona, pedir yantares indebidos, prender, soltar, 
despojar de sus bienes, atormentar ó matar á nadie sin previo juicio, dar 
fortalezas á malhechores y tomar alcaldes que no fuesen hombres bue- 
nos de las villas ó hidalgos según el fuero de cada lugar. 

Asimismo prohibió á los merinos menores poner jurados en los pue- 
blos que no lo hubiesen por uso ó costumbre, prender á los emplazados 
y llevarlos presos por la tierra, cohecharlos y cometer otros desmanes 
y desafueros, so pena de pechar el doblo y de hacer rigorosa justicia de 
ellos en sus cuerpos. 

Semejantes prevenciones hizo á los adelantados de la frontera, cargo 
que participaba de la administración de la justicia en donde no había 
merinos mayores. 

Otorgó un perdón general en razón de los delitos cometidos durante 
su minoridad, salvos los casos de alevosía, traición y herejía, como si 
quisiese dar al olvido las pasadas discordias. 

Reprimió los excesos de la jurisdicción eclesiástica, castigando á los 
legos que citasen y emplazasen á otras personas del estado seglar ante 
los jueces de la Iglesia por causas pertenecientes al órden temporal; abu- 
so no desterrado todavía de los tribunales, á pesar de los ordenamientos 
hechos en las Cortes de Burgos de 1315, Medina del Campo de 1318, y 
Valladolid de 1322 y 1325. 

Eeformó la Cancillería que andaba muy desordenada, confirmó lo 
mandado en razón de las cartas contra fuero, dictó nuevas reglas para 
la provisión de las escribanías, prohibió á los clérigos dar fe en escritu- 
ras sobre pleitos temporales y cuestiones tocantes á legos, y procuró 
corregir las malicias de los notarios de cámara y escribanos públicos, 
de cuyos agravios se quejaron al Rey los procuradores. 

Ofreció castigar á los promovedores de asonadas, porque cuando las 
hacen (dijo Alfonso XI) « queman é roban todo lo que fallan, en mane- 
ra que yerman é despueblan toda la mi tierra» , y no encomendar la te- 
nencia de los castillos y fortalezas sino á naturales de sus reinos, ni los 
castillos y alcázares de las ciudades y villas sino á caballeros y hom- 
bres buenos vecinos y moradores de las mismas, «en quanto la su mer- 
có fuere. » También ofreció proceder según fuero y derecho contra los 
malhechores que solían refugiarse en las casas fuertes , y mandó derri- 



256 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

bar los castellares viejos, y destruir las peñas bravas y las cuevas he- 
chas y pobladas sin licencia del Rey. 

La firme voluntad de Alfonso XI, resuelto á mantener la paz pública 
y exigir la debida obediencia á las leyes , dio pronto sazonados frutos, 
pues « tanta era la justicia en aquel tiempo en los logares do el Reyes- 
taba, que en aquellas Cortes en que eran ayuntadas muy grandes gen- 
tes, yacian de noche por las plazas todos los que traian las viandas á 
vender, et muchas viandas sin guardador, sinon solamiente el temor de 
la justicia quel Rey mandaba facer en los malfechores >• *. Este pasaje de 
la Crónica responde al ordenamiento, de nuestras Cortes de Madrid 
de 1329 que dice así : - Daquí adelante entretanto que se ayuntan las 
Cortes que agora manda el Rey ayuntar é sean acabadas, que cualquier 
orne que sea de qualquier condición, quier sea orne fijodalgo, quier non, 
que matare á otro en la su corte ó en el su rastro, que muera por ello; é 
si furtare é robare é le fuese probado, ó lo fallaren con el furto ó con el 
robo, que muera por ello. » No sin razón pasó á la posteridad, y se per- 
petuará en el curso de los siglos el renombre de Alfonso XI , el Justi- 
ciero. 

Confirmó el Rey los ordenamientos hechos en Cortes anteriores en fa- 
vor de los concejos, respetando los fueros, privilegios, usos y costum- 
bres de cada lugar, y abrió camino á los mensajeros de las ciudades y 
las villas para que pudiesen con facilidad llegar hasta él , oirlos y li- 
brar sus negocios ; pero guardó cierta prudente reserva al responder á 
diversas peticiones de los procuradores, como quien se previene á re- 
primir el exceso de las libertades populares , que rayaban en los límites 
de la licencia. 

A los procuradores que le pidieron no diese á las villas y lugares al- 
caldes, justicias, merinos ni jueces de fuera, salvo si los concejos los 
demandasen, y que nombrase aquellos que le enviasen á pedir, respon- 
dió con lo otorgado en las Cortes de Valladolid de 1325. A lo suplicado 
en razón de ciertas cuantías de maravedís de las rentas reales de que al- 
canzaron perdón los concejos por merced de la Reina Doña María, dijo 
que mostrasen los recaudos, y libraría estos pleitos según cumpliese. 
Al ruego para que mandase restituirles los ejidos, montes , términos y 
heredamientos que el Rey les había tomado, dió la respuesta que fuesen 
tornados á los concejos cuyos eran con la condición de no labrarlos, 
venderlos ni enajenarlos , « mas que sean para pro comunal de las vi- 



1 Crón. del Rey D. A lonso XI, cap. lxxxiii. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 257 

lias ó logares donde son ; et si algo han labrado ó poblado, que sea lue- 
go desfecho é derribado. » Alfonso XI conocía bien los hombres de su 
tiempo. Comprendió que algunos intereses particulares se disfrazaban 
con capa de bien público, y cuidó de poner en salvo los derechos de la 
comunidad. 

Otorgó el Rey que no echaria ni mandaría pagar pecho desaforado 
ninguno especial ni general en toda la tierra sin llamar primeramente 
á Cortes, confirmando lo ordenado en las de Valladolid de 1307. Ade- 
más procuró mejorar las rentas reales, ya arrendando por pregones los 
almojarifazgos, y ya poniendo coto en lo posible á las exacciones arbi- 
trarias. Su celo y amor á la justicia en materia de tributos llegó al pun- 
to de formar una junta de hidalgos y caballeros á la cual sometió el 
exámen de los libros de cuenta y razón á fin de partir é igualar las car- 
gas « en tal manera (dijo) que quepan todos en la mi merced, é que ha- 
ya cada uno segunt que meresce é el solar que há » ; cuya ley es la pri- 
mera hecha en Cortes consagrando el principio de la contribución pro- 
porcional. 

Ofreció solemnemente guardar para la corona todas las ciudades, vi- 
llas, castillos y fortalezas de su señorío, porque consideró que la excesi- 
va liberalidad de los Reyes debilitaba su poder tanto como empobrecía 
el reino, y renovó á este propósito lo contenido en el cuaderno de las 
Cortes de Valladolid de 1325. 

Suprimió las rondas, castillerías y pasajes que dificultaban el comer- 
cio, y amenazó á los que tomasen portazgos no debidos con la pena de 
muerte y perdimiento de bienes. 

Suplicaron los procuradores que fuese guardado á las villas y Inga- 
res de los puertos de mar el privilegio de no dar galeras, ni naves, ni 
maravedís por ellas, á cuya petición respondió el Rey que mostrasen 
las cartas de merced que tenían de sus antepasados D. Alfonso, D. San- 
cho y D. Fernando, y mandaría guardarlas. Es la primera noticia que 
se halla en los cuadernos de Cortes relativa al servicio naval, cuya apli- 
cación á la guerra con los Moros data de la conquista de Sevilla. 

Opinan graves autores que la novedad de proveer el Romano Pontí- 
fice las altas dignidades y los beneficios eclesiásticos en los reinos de 
Castilla, tomó origen de las discordias civiles que los agitaron en los 
tiempos del Rey D. Pedro. A nuestro juicio esta extensión de facultades 
de la Sede Apostólica en perjuicio del Real Patronato , empezó á intro- 
ducirse en el siglo xn, y cuando ménos debe reconocerse que la nueva 
disciplina ya estaba en uso en vida de Alfonso XI. 

33 



258 exámen de los cuadernos de cortes. 

En efecto, pidiéronle los procaradores en estas Cortes de Madrid 
de 1329, que representase al Papa contra el agravio de dar las digni- 
dades, canonjías y beneficios délas iglesias del reino á personas ex- 
tranjeras, olvidando á los naturales, á cuya petición respondió que lo 
tenia por bien y así lo haria, porque era su servicio. Aquí tuvo princi- 
pio una larga serie de quejas de los procuradores y promesas de los 
Reyes, todas encaminadas á defender los derechos de la corona, y asen- 
tar la concordia entre ambas potestades. 

Las leyes que excluían á los Moros y Judíos de los oficios de la Casa 
Real y de los cargos de cogedores y arrendadores de pechos y derechos, 
no fueron confirmadas sin reserva en cuanto á la primera parte. La mis- 
ma política observó el Rey respecto de las usuras y deudas de los cris- 
tianos y de los testimonios en los pleitos civiles y procesos criminales. 
A la petición para que los Judíos no tuviesen heredad alguna salvo 
las casas de su morada, según lo ordenado por los Reyes D. Alfonso y 
D. Sancho, respondió que se guardasen los ordenamientos citados. El 
primero es desconocido : el segundo consta del cuaderno de las Cortes 
celebradas en Valladolid el año 1293, confirmado en las de Medina del 
Campo de 1305 y Burgos de 1315. 

Las de Madrid de 1329 son memorables por su importancia, sobre to- 
do en lo tocante á la administración de la justicia, á la provisión de los 
beneficios eclesiásticos, á la historia de nuestra marina y á la igualación 
de los tributos. En el órden político no interesan ménos los ordenamien- 
tos dirigidos á reprimir los excesos de la nobleza y los abusos de la li- 
bertad, ó sea la licencia de los concejos; y honra mucho la memoria de 
este monarca la confirmación de la ley dada en Medina del Campo el 
año 1328, que imponia la pena de muerte á los perturbadores de la paz 
pública de cualquier estado ó condición que se atreviesen á hurtar, he- 
rir ó matar á persona alguna en la corte ó su rastro, « entretanto que se 
ayuntan las Cortes que agora manda el Rey ayuntar, é sean acabadas»; 
aludiendo á las que debían celebrarse y se celebraron en Madrid el año 
siguiente 1329. 

Fué Alfonso XI un Rey severo, á quien no absuelve de la nota de ri- 
goroso en demasía, el juicio de la posteridad. Discúlpanle la rudeza de 
costumbres y los hábitos de indisciplina de su tiempo. Aspiraba á res- 
tablecer la paz , robusteciendo la monarquía , para lo cual necesitaba 
ser temido. En las Cortes de Madrid de 1329 dió muestras de prudente 
en el gobierno y de futuro legislador. 

Era jóven Alfonso XI y de corazón esforzado, y ardía en deseos de se- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 259 

ñalarse con algún hecho de armas rompiendo la guerra con los Moros. 

Tenía pocas fuerzas para resistirle Mahomed, Rey de Granada, en cu- 
yo aprieto tomó la determinación de pasar al Africa y acogerse á la pro- 
tección de Albohacen, poderoso Rey de Marruecos. Concertóse la alian- 
za, y corrió España nuevo peligro de perderse como en los tiempos de 
Alfonso VIII. 

No es propio de este lugar referir los lances de aquella guerra que 
terminó alcanzando Alfonso XI una completa victoria en la sangrienta 
batalla que dió á los Reyes de Granada y Marruecos , cerca de Tarifa 
sobre el rio Salado. Lejos de eso, importa volver los ojos á los preparati- 
vos de la campaña. 

Como prudente y advertido, cuidó Alfonso XI de sosegar los ánimos 
y pacificar el reino, todavía no recobrado de los grandes torbellinos de 
tempestades y discordias civiles que estallaron al principio de su reina- 
do l . La Crónica relata los sucesos de suerte que cumple á nuestro pro- 
pósito trasladar el siguiente pasaje. «Et porque entre los fijosdalgo de 

Castiella avia grandes omeciellos et contiendas el Rey, estando allí 

en Burgos , fizo mandamiento que todos los omeciellos pasados fuesen 
perdonados, et en lo adelante fizo ordenamiento en qual manera pasa- 
sen, porque los omeciellos se escusasen: et otrosí ordenó que dejasen to- 
das las casas fuertes etcastiellos que avian los fijosdalgo et otros cua- 
lesquier en seguranza del Rey Et porque en las sus ciubdades et vi- 
llas et logares facían grandes costas en el vestir, et en adobos de paños, 
et en viandas, et en otras cosas, fizo ordenamientos sobre ello provecho- 
sos á todos los de la su tierra. Et para facer estos ordenamientos tomó 
consigo algunos perlados, et ricos ornes, et algunos caballeros de los hi- 
josdalgo, et caballeros et otros ornes de las ciubdades et villas Et 

desque fueron acabados, el Rey fué á la iglesia mayor de Señora Sanc- 
ta María de Burgos : et estando y con él todos los ricos ornes et fijosdal- 
gos del su regno, et muchas gentes de las cibdades, et villas et logares, 
fizo leer los ordenamientos que avia fecho, et mandó que fuesen guar- 
dados en todos sus regnos. Et todos los del su señorío tovieron que en 
aquellos ordenamientos ficiera el Rey muy sanctas leyes , et provecho- 
sas á todos los de la su tierra >» 2 . 

No es posible dar más clara explicación del ordenamiento hecho en 
Burgos el año 1338, ni se necesita otra prueba para demostrar que no 



Ayuntamiento 
de 

Burgos de 1338. 



1 Mariana, Hist. general de España, lib. xv, cap . xn. 

2 Crónica del Rey D. Alomo XI, cap. clxxxix. 



Cortes 
de 

Madrid de 1339. 



260 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

tuvo origen en Corles, sino en el Ayu atamiento de algunos prelados y 
ricos hombres, y algunos caballeros y otros hombres de las ciudades y 
villas. A esta asamblea no precedió convocatoria , ni concurrieron los 
brazos del reino por sí ó mediante procuración. La Crónica se abstiene 
de darle el nombre de Cortes 

El texto del ordenamiento confirma las noticias anteriores. Consta de 
dos partes, la una que tiene por objeto « tirar las contiendas entre los 
fijosdalgo, é que de aquí en adelante vivan en paz é en sosiego - quitan- 
do la ocasión de tantas muertes, heridas prisiones y deshonras en de- 
servicio de Dios y daño del reino ; y la otra determina cómo han de 
servir los vasallos del Rey por las soldadas que reciben en tierras ó en 
dinero, cuántos peones armados deben acompañar á cada caballero, la 
gente que debe seguir cada pendón , las armas y caballos que corres- 
ponden al rico hombre, caballero ó escudero por sus libramientos, el 
sueldo del hombre á caballo y á pié según fuere lancero, escudero ó ba- 
llestero , la pena en que incurre el que sin excusa cierta no acude al 
apellido ó llega tarde á la hueste, etc. 

Después de estas prevenciones militares, tan propias de un prudente 
capitán en vísperas de hacer la guerra, vienen algunas leyes moderan- 
do los gastos en el comer y el vestir del Rey, de los prelados, ricos hom- 
bres, escuderos y hombres buenos que traen pendones, de las dueñas y 
doncellas. 

No una sola, sino varias veces, discurrieron los historiadores sobre 
las semejanzas y desemejanzas que resultaban de comparar la batalla 
del Salado con la de Ubeda, ó sea de las Navas de Tolosa, y no cayeron 
en la cuenta de que así como Alfonso VIII juzgó necesario reprimir el 
lujo antes de abrir la campaña contra los Almohades, publicando el 
edicto que siguió de cerca á las Cortes de Toledo de 1211 , así también 
Alfonso XI se apercibió para combatir á los Beni-Merines haciendo le- 
yes suntuarias que incluyó en el ordenamiento de Burgos de 1338. 

De las Cortes de Madrid de 1339 no da razón la Crónica, tal vez por- 
que pareció al cronista que no lo fueron, sino un Ayuntamiento de pro- 
curadores de los concejos de las ciudades, villas y lugares de los reinos 2 . 

1 El Rey de Castilla era ido á Burgos á hacer Cortes, en que con deseo de reformar el grande 
exceso que se via estar introducido en el comer y vestir, promulgó leyes que moderaban estos 
gastos. Historia general de España, lib. xvi, cap. vi. El P. Mariana padeció aquí el error de su- 
poner que se celebraron Cortes en Burgos el año 1338. 

4 Cita estas Cortes Fernandez en su Historia de Plasencia. 

Ortiz de Zúñiga hace mención de otras que Alfonso XI estaba celebrando en Alcalá de Hená- 
res por Enero de 1339, en lo cual cometió un error de nombre ó de fecha. Anales ecles. y secula- 
res de la ciudad de Sevilla, lib. v, año 1389, núm. 1. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 261 

Era grande , sin duda, la importancia del estado llano en el siglo xiv; 
pero no tanta que anulase la participación de la nobleza y el clero en el 
gobierno. Prestaban fuerza á la monarquía, y por eso no habia Cortes 
regulares sin el concurso de los ricos hombres, caballeros y prelados; y 
faltando los dos brazos más antiguos del reino , no merecian el nombre 
ni tenian la autoridad de Cortes generales. Sin embargo, pasaban por 
Cortes, y no pasaban los Ayuntamientos de prelados y grandes, 
siendo la razón de esta diferencia que solamente los procuradores otor- 
gaban los servicios. 

Pidieron al Rey los que fueron presentes á las de Madrid de 1339, que 
tuviese por bien sentarse un dia ó dos en cada semana á oir á los que 
ante él viniesen; prueba clara de que no cumplía lo ofrecido en las de 
Madrid de 1329, á lo menos con exactitud escrupulosa. 

Las cartas blancas y albaláes que algunos ganaban de la Cancillería, 
ya para prender, lisiar ó matar á ciertas personas, ya para emplazarlas 
y compelerlas á presentarse en la corte ó dispensarlas de rendir cuenta 
de los tributos como arrendadores ó cogedores de los pechos y derechos 
del Rey, ó bien obligando á pagar moneda y fonsadera á quienes no las 
debían, dieron motivo á peticiones y respuestas confirmatorias ó decla- 
ratorias de ordenamientos anteriores. 

Los desafueros que cometían los merinos, el rigor con que trataban á 
los presos y el abuso de arrendar las merindades con agravio de la jus- 
ticia, fueron denunciados y reprimidos. 

Arrendaba el Rey las escribanías con peligro de la fe pública y de 
extraviarse los registros en que se tomaba razón de los contratos. Los 
procuradores suplicaron al Rey que las arrendase á hombres buenos 
cristianos, arraigados y abonados, y que si hubiesen de poner excusa- 
dores, eligiesen hombres buenos de las villas, hábiles y suficientes para 
ello, los cuales, cumplido el plazo del arrendamiento, entregasen los 
libros de su oficio á los alcaldes, y así les fué otorgado. 

Renováronse las quejas contra los excusados de pechar por cartas que 
las iglesias y las órdenes ganaban de la Cancillería callada la verdad, 
y con infracción de los privilegios que algunas ciudades, villas y luga- 
res tenian de ser quitos de fonsadera ó de tener los servicios en cabeza 
de cierta cuantía. También suplicaron los procuradores al Rey que no 
mandase á los de su Casa tomar acémilas ni bestias sino por su alqui- 
ler, porque «por esta razón (dijeron) encarecen las viandas», y que 
fuese guardado el ordenamiento acerca déla sal, y denunciaron los 
abusos, cohechos y tiranías de los recaudadores y arrendadores délos 



I 



262 E.XÁMEN DE L08 CUADERNOS DE CORTES. 

tributos, á cuyas peticiones dió Alfonso las respuestas acostumbradas, 
más ricas en promesas que en esperanzas de remedios eficaces. 

Asimismo insistieron los procuradores en que hombres buenos de las 
ciudades, villas y lugares tuviesen los alcázares, fortalezas y castillos á 
devoción y servicio del Rey; y aunque exceptuaron los fronteros y es- 
forzaron la petición, añadiendo que así le costaria la tenencia ménos de 
la mitad que si fuese encomendada á «los que non son vecinos dende», 
respondió, Alfonso XI que se guardase lo mandado en el otro cuaderno, 
esto es, en el mismo de las Cortes de Madrid de 1339 no emendado. 

A los concejos ordenó que les fuesen restituidos los términos que les 
habían sido tomados para darlos á otros concejos ó á ciertas personas en 
virtud de cartas del Rey ó por su mandado , siempre que le mostrasen 
cuáles eran, para deshacer el agravio, si lo hubiese, conforme á derecho. 

Los aragoneses y navarros sacaban pan y ganados de Castilla pagan- 
do el diezmo, de cuya franqueza no disfrutaban los naturales del reino, 
á quienes obligaban los ordenamientos sobre la saca de las cosas vedadas. 
Los procuradores reclamaron contra esta injusta desigualdad, y el Rey 
respondió « que lo pasen los del vuestro regnoasí como los otros.» Decla- 
ró lícito vender en las ferias los caballos y rocines, « salvo á orne defuera 
del reyno sin su carta ó albalá» por evitar la ocasión de sacarlos, y fa- 
voreció la ganadería alzando las gabelas no autorizadas por el uso ó la 
costumbre de cada lugar. No se tome montazgo, servicio , ronda ni pa- 
saje de los ganados que van á extremo á la salida (dijo), sino á la en- 
trada de la tierra en las cuales hubieren de herbajear. 

Reformó Alfonso XI la jurisdicción de los alcaldes de los pastores, y 
prohibió abrir nuevas cañadas por aldeas ó lugares poblados, ni por vi- 
ñas, ni por huertas plantadas, y mandó en cambio conservar las abier- 
tas y conservar libre y expedito el uso de esta antigua servidumbre 
pecuaria, en cuyo ordenamiento suena por la primera vez el nombre de 
la Mesta. No se entienda, sin embargo , que arguye novedad, pues ya 
en un privilegio concedido por Fernando IV en 1300, se cita el Concejo 
de la Mesta de los pastores de la cañada de Cuenca 1 . Lo único que hay 
de nuevo es la introducción de dicha voz en los cuadernos de Cortes. 

Doliéronse los procuradores de la pobreza de los cristianos y de la ma- 
licia de los Judíos que les habían prestado crecidas sumas de dinero con 
enormes usuras, concluyendo con suplicar al Rey hiciese á los deudores 
merced de quita y mayores plazos de espera. 

1 Memorias de D. Fernando IV de Castilla, tomo II, pág. 222. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 263 

También pidieron que los poseedores de los bienes vendidos ó de cual- 
quier modo enajenados para pagar las deudas á los Judíos, no fuesen 
despojados sin ser oidos. No parece temeridad sospechar que eran ena- 
jenaciones en fraude de los acreedores. 

Alfonso XI alargó los plazos, prohibid que las deudas no satisfechas 
devengasen intereses, y otorgó que no fuesen inquietadas las terceras 
personas en cuya posesión se hallaban los bienes enajenados sin ser 
oidas según fuero y derecho ; pero añadió que los alcaldes ante quie- 
nes se ventilasen estos pleitos procediesen « de llano, sin fegura de 
juicio. » 

Reclamaron los procuradores contra las leyes suntuarias establecidas 
en las Cortes de Burgos de 1338, porque (decian) muchos caballeros, é 
ornes bonos, é duennas, é doncellas de las cibdades, é villas, é lugares 
de vuestros regnos que ante deste ordenamiento tenían é tienen pannos 
é siellas, é frenos con adobos é guarnimientos de muchas maneras non 
osan usarlas et por esta razón pierden muy grand algo, é menosca- 
ban mucho de lo suyo, et esto non es vuestro servicio. » El Rey se mos- 
tró indulgente respecto de las penas ; mas no accedió á modificar ni sus- 
pender lo mandado, considerando «que es grand su pro dellos é guarda 
de sus faciendas.» 

En extremo curiosa es la petición relativa á las cartas de manda- 
miento para que una doncella ó viuda se casase contra su voluntad ó la 
de sus padres ó parientes con la persona que el Rey designaba. Al- 
fonso XI respondió que no podia excusarse de hacer merced de ciertos 
casamientos á algunos de sus criados; mas que nunca habia dado ni da- 
ría carta de mandamiento ni de premia, sino de ruego en semejantes 
casos; vana disculpa, porque el ruego del poderoso equivale á un pre- 
cepto cuyo rigor no atenúa la suavidad de la forma. Levantó Alfon- 
so XI de su postración la monarquía ; pero no se contuvo dentro de los 
límites de la prudencia al penetrar en el hogar doméstico , y someter 
los derechos de la familia á su potestad arbitraria. 

Cuenta la Crónica que después del triunfo alcanzado sobre los Moros Cortes 
en la famosa batalla del Salado, «tomó el Rey su camino para venir al T , d ° 

J r Llerena de 1340. 

Arena á fablar con los procuradores de las ciubdades, et villas et luga- 
res de los sus reynos que eran y yuntados por su mandamiento, ca des- 
de las otras Cortes que fizo en Madrid en la era de 1367, non fizo otras 
Cortes nin Ayuntamiento fasta estas » 1 . 



1 Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. CCLVI. 



264 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

El nombre de Arena, tres veces repetido en la Crónica, debe susti- 
tuirse con el de Llerena, lugar de la Orden de Santiago, no léjos del 
teatro de la guerra 1 . De estas Cortes de Llerena de 1340 sólo hay vagas 
noticias. Sábese que el Rey necesitaba crecidas sumas para satisfacer las 
soldadas de los ricos hombres y caballeros que debian salir con él á cam- 
paña contra los Reyes de Granada y Marruecos; « et como quier que él 
avia menester muy grandes quantías de dineros... quiso ante catar el 
gran afincamiento en que eran todos los de la tierra, que non el su grand 
menester, et pidióles poca quantía en servicios et en monedas »> 2 . 

Era la villa de Algeciras en poder de los Moros la puerta de comuni- 
cación entre España y la vecina cosía africana. En Algeciras pensaba 
Albohacen tomar tierra con el poderoso ejército destinado á vengar la 
humillación de sus armas cerca de Tarifa, á cuyo fin aparejaba una 
gran flota que de nuevo ponia en peligro la cristiandad. Alfonso XI 
concibió el pensamiento de cercar la villa y conquistarla, á pesar de ser 
fuerte la plaza, y estar bien guarnecida y abastecida. 
Coi-tes P ara llevar é feliz término una empresa tan larga y dificultosa, nece- 
de sitaba medios y recursos extraordinarios, pues los ordinarios, además de 
Burgos e . j nsu g c j en ^ es ^ se Rabian ya gastado y consumido. Apremiado por las 
circunstancias, convocó el Rey algunos prelados, ricos hombres , caba- 
lleros, hidalgos y ciudadanos en Burgos el año 1342, y les pidió « que 
le diesen cosa cierta por alcabala en todo el su regno de todas las cosas 
que los ornes comprasen ». Los ciudadanos consultaron á los concejos, 
- y la respuesta fué tal, « que el Rey entendió dellos que non era de su 
voluntad de lo facer. » Insistió Alfonso XI representándoles el peligro 
que habia en dejar la villa de Algeciras en poder de los Moros, « et des- 
que oyeron esta razón otorgáronle lo que les avia pedido; pero que 

lo otorgaban por tiempo cierto durando la guerra de los Moros, et el 
Rey otorgó de lo tomar en aquella manera 3 . 

Dice el P. Mariana, y siguen su opinión muchos autores, que aquí 
tuvo principio la alcabala, nuevo pecho ó tributo, cuyo nombre se tomó 
de los Moros 4 . Pecho ó tributo nuevo en cuanto general bien puede ser, 



1 Asi lo entendió Ortiz de Zúfiiga escribiendo : « Al fin de este afio celebró Cortes en Llerena, 
en órden á las disposiciones de la continuación de la guerra. Anales ecl. y secul. de la ciudad de 
Sevilla, lib. v, afio 1340, nona. 7. Eütrena dijo el P. Mariana. Eist. general de España, lib. xvi, 

cap. ix. 

2 Crónica del Rey D. Alonso XI, cap. CCLVIII. 

3 Crónica del Rey D. A lonso XI, caps. CCLxm y CCLXIV. 
* Eist. general de España, lib xvi, cap. ix. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 265 

pues como local ya existia mucho áutes, según consta de documentos 
fidedignos de los siglos xn y xm *. 

Salió el Rey de Burgos hácia el fin de Enero , y se fué á León en Cortes 
donde reunió algunos prelados, ricos hombres, caballeros , hidalgos y Leon J e m¡¿ 
ciudadanos de aquel reino, habló con ellos, « et otorgáronle todas los al- 
cavalas segund ge las avian otorgado en Burgos. » De Leon pasó á Za- 
mora para tratar del mismo asunto con el Arzobispo de Santiago , el 
obispo de aquella diócesis y ciertos ricos hombres, caballeros é hijosdal- 
go de los reinos de Castilla, Leon y Galicia, y últimamente « fué á Avi- 
la por fablar con los desta ciubdat, et con algunos de las otras ciubda- 
des et villas de la Extremadura que eran y venidos por su mandado >» 2 . 

En resolución , Alfonso XI celebró Cortes por separado en Burgos, 
Leon, Zamora y Avila el año 1342, si el nombre de Cortes merecen. 
Fueron tan irregulares, que ademas de traspasar el límite vedado en los 
ordenamientos de Burgos de 1301 y Medina del Campo de 1302, repro- 
bando las particulares de Leon y Castilla, se observa que concurren al- 
gunas personas del clero y la nobleza y algunos ciudadanos, y tal vez, 
como en Zamora, no se halla presente ningún procurador que lleve la 
voz del estado llano. La anomalía sube de punto al considerar que no 
obstante ser Burgos cabeza de Castilla y Leon del reino de su nombre, 
acuden á Zamora ricos hombres, caballeros é hijosdalgo castellanos y 
leoneses apartadamente de los que concurrieron á las Cortes celebradas 
en dichas dos ciudades. Apunta la explicación de tan extraños sucesos 
Colmenares cuando dice que para solicitar los medios de arrancar á los 
Moros la plaza de Algeciras, anduvo Alfonso XI visitando por su perso- 
na casi todas las ciudades de su reino 3 . Temió sin duda la resistencia 
de los tres brazos reunidos en Cortes generales, y halló más fácil ven- 
cerla ganando el terreno palmo á palmo ; y si no fuese porque en Bur- 
gos, Leon, Zamora y Avila se otorgó la alcabala, debería entenderse que 
se celebraron allí dos veces Cortes particulares y dos Ayuntamientos. 

Breves son los cuadernos relativos á las de Alcalá de Henares y Bur- Cortes de Alcalá 
gos de 1345; mas no por eso carecen de importancia, siendo muy de y( í e .„, [ . 

A j: ^ Burgos de 1345. 

1 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxn , § xv. V. Hist. de la economía política en España, 
tomo i, cap. xlix. 

Alcabala es vocablo de origen arábigo, equivalente en nuestro idioma á impuesto ó tributo. 
Según varios autores, esta palabra significa la adjudicación de una tierra ú otro objeto cual- 
quiera mediante un tributo que el adjudicatario se obligaba á pagar al fisco á modo del cánon 
en el censo ; y de aquí que hubiese llegado á significar el tributo mismo. 

J Crónica del Rey D. A lonso XI, caps, colxv y cclxvi. 

3 Hist. de Segovia, cap. xxiv, § xv. 

34 



266 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

reparar que el Rey en uno y otro se abstiene de darles el título de Cor- 
tes. « En este Ayuntamiento ( dice ) que nos agora fecimos.... con al- 
gunos perlados é ricos ornes de la nuestra tierra que eran y connus- 
co, et otrosí procuradores de algunas cibdades é villas é logares del 
nuestro sennorio etc. » ; palabras solemnes y tan explícitas que exclu- 
yen toda interpretación dudosa. Sin embargo , es tan propio de unas 
Cortes verdaderas la segunda concesión de la alcabala, que nos obliga 
á dar este título á dichos Ayuntamientos, cerrando los ojos á los vicios 
de la forma. 

En efecto, provocó el llamamiento de los procuradores la necesidad de 
prorogar el nuevo tributo otorgado por las ciudades, mal de su grado, 
para ocurrir á los gastos del cerco de Algeciras , y por tanto extraordi- 
nario y transitorio. Temían, no sinrazón, que una vez concedido llega- 
ra á perpetuarse, y dió origen á la gabela un pacto condicional. 

Rindióse la plaza en Marzo de 1344 , al cabo de diez y nueve meses 
de sitio, y gozaron los pueblos, cansados de la guerra , un momento de 
reposo; mas no por eso cesó la alcabala, pues Alfonso XI obtuvo de 
las Cortes de Alcalá de Henares y Burgos de 1345 que se la otorgasen 
de nuevo los brazos del Reino por seis años, para la costa que avernos á 
facer (les dijo), é á mantener á Algecira é á los otros castiellos fronte- 
ros, é para las otras cosas que cumplen á nuestro servicio. » 

La primera y la segunda concesión de la alcabala fueron tan irre- 
gulares, y tan artificiosa la política de Alfonso XI al imponerla, que 
no es maravilla si la Reina Isabel la Católica, cercana á la hora supre- 
ma, concibió escrúpulos acerca de la legitimidad del tributo , según lo 
acredita el codicilo otorgado en Medina del Campo el año 1504, en el 
cual ordena que después de sus dias se haga información y se procure 
averiguar el origen que tuvieron las alcabalas, el tiempo, cómo, cuán- 
do y para qué se pusieron, si el gravámen fué temporal ó perpétuo, si 
hubo libre consentimiento de los pueblos para se poder poner y llevar 
y perpetuar como tributo justo y ordinario ó como temporal, ó si se ha 
extendido á más de lo que al principio fué puesto *. 

Habia alcaldes de las alcabalas que entendían en los pleitos relativos 
á su cobranza. Los procuradores á las Cortes de Alcalá de Henares 
de 1345 pidieron que ejerciese esta jurisdicción un alcalde ordinario 
elegido por el concejo, á cuya petición respondió el Rey otorgando lo 
primero , mas que fuese « qual escogier el cogedor. » 



• Dormer, Discuraos varios de historia, pág. 381. 



exámbn de los cüadernos de cortes. 267 

Quejáronse de los recaudadores y arrendadores de las alcabalas, por- 
que obligaban á los vecinos á cobrarlas sin salario , y luégo les apre- 
miaban y levantaban muchos achaques, perdiendo por esto los ornes sus 
faciendas »; y el Rey consintió que los concejos nombrasen los cogedo- 
res, «é si los non dier, que los tome el cogedor » , y les diese el salario 
acostumbrado, á saber, treinta maravedís el millar. 

Notable es la petición contra el nombramiento de alcaldes veedores 
que habia puesto en las ciudades, villas y lugares de sus reinos, «para 
que viesen los fechos de la justicia é los pleitos criminales» , por ser 
contra los fueros, privilegios y cartas de merced que de los Reyes ante- 
riores tenían los pueblos. El Rey dió á los procuradores una larga res- 
puesta, motivando el envío de estos alcaldes en la necesidad de hacer 
justicia, ofreciendo castigar á los negligentes , y tomando á su cargo 
pagarles el salario para que « no se hiciese costa á la tierra, » 

Eran los alcaldes veedores instituidos por Alfonso XI, verdaderos cor- 
regidores, aunque todavía no suena este nombre. Antes de ahora solían 
los Reyes enviar á las ciudades y villas alcaldes de salario en oposición 
álos de fuero, cuando la paz pública lo demandaba ó la administración 
de la justicia se apartaba del camino de la rectitud y severidad. Los 
concejos siempre repugnaron la institución de estos magistrados no ve- 
cinos del lugar, ya porque devengaban salario, y ya porque llevaban 
la voz del Rey, y defendían su autoridad contra los excesos de la liber- 
tad municipal. De aquí la propensión natural de la monarquía á exten- 
derse y hacerse representar en todas partes, y la tenaz resistencia de los 
concejos á recibir jueces de fuera de la ciudad ó de la villa, pues se ha- 
llaban bien con la justicia llamada de compadres. 

Tampoco fué Alfonso XI muy condescendiente en drden á las notarías 
y escribanías que tomó para sí, no obstante los fueros, privilegios, usos 
y costumbres de tiempos antiguos que invocaron los procuradores 
para pedirle que las mandase tornar á los pueblos despojados. El Rey se 
excusó de lo pasado « con el grand mester que ovo», y en cuanto á lo 
venidero ofreció « ver los recabdos » y librar la cuestión en la manera 
que fuese debida. 

Corrigió algunos abusos que cometían los arrendadores de las tercias 
reales ; pero no accedió al ruego de suprimirlos nuevos alfolíes de la sal: 
prometió no tomar almojarifazgo de los ganados que iban por las caña- 
das, siempre que los lugares le mostrasen sus privilegios, así como res- 
petar la exención de ronda y montazgo, acreditando los concejos que la 
habían por fuero, privilegio, uso ó costumbre : confirmó el ordenamien- 



268 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTEI». 

to de Burgos de 1338 acerca de la saca de las cosas vedadas : condonó 
á las ciudades, villas y lugares el sueldo que llevaron de más por los ca- 
balleros y escuderos que sirvieron en la hueste estando el Rey sobre 
Algeciras : concedió un año de espera á los deudores de los Judíos , y 
mandó guardar la ley del cuaderno otorgado en las Cortes de Madrid 
de 1329, declarando extinguidas todas las deudas de los cristianos que 
no les fuesen demandadas por los Judíos durante seis años, conforme á 
derecho . 

Cortes ei ordenamiento de las Cortes de Burgos de este mismo ano 1345 no 

do 

Burgos de 1345. difiere gran cosa del anterior. Sin embargo , hay algo nuevo sobre lo 
cual la crítica no debe guardar silencio. 

Razón tenía Isabel la Católica, cuando en descargo de su conciencia 
ordenaba se procurase averiguar el origen de las alcabalas, y si podían 
perpetuarse. Los procuradores á las Cortes de Burgos de 1345 suplicaron 
al Rey « que en el tiempo questa alcabala durase, non aya otros pechos 
ni pedidos ni moneda forera, salvo la moneda de siete en siete annos, é 
fonsadera acaesciendo mester por qué » y no quisiese «questa alca- 
bala se cogiese más en la tierra, ni fuese habida por pecho, ni por uso, 
ni por costumbre de los seis annos adelante , é porque los que regnaren 
después de él, lo oviesen é lo demandasen por pecho aforado.» La res- 
puesta de Alfonso XI fué que era su voluntad guardarlo así. La muerte 
del Rey, ocurrida en 1350, no permitió poner á prueba la sinceridad de 
la promesa; pero sus sucesores continuaron percibiendo la alcabala, como 
si tal ordenamiento no hubiese existido. 

Los jueces de salario que en las Cortes de Alcalá de Henáres se desig- 
naron con el nombre de alcaldes veedores, en estas de Burgos llevan el 
de emendadores, acercándose más al título de corregidores, que preva- 
leció en definitiva. Los procuradores se quejaron de los muchos agravios 
y cohechos que cometían, al extremo de hacer presente al Rey que «los 
ornes fuyen de la tierra por no ser presos, maguer que no sean culpa- 
dos », á cuya petición dió igual respuesta que á propósito de los veedo- 
res habia dado. 

Reformó Alfonso XI algunos abusos tocantes á la administración de 
la justicia, tales como librar cartas de emplazamiento contra fuero, tur- 
bar en la posesión de sus bienes á los que están en ella sin ser oidos ni 
demandados conforme á derecho, y conceder perdón general á los mal- 
hechores, aunque ofreció ser piadoso en « los fechos de la justicia anti- 
gua » que habían de ser juzgados en la corte. No accedió á proceder con 
el rigor que deseaban los procuradores para reprimir los excesos de los 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 269 

prelados y sus vicarios que se entremetian en conocer de los pleitos ci- 
viles, y pronunciaban sentencias de excomunión contra los jueces se- 
glares; pero ofreció tomar un acuerdo á fin de que la jurisdicción ordi- 
naria fuese mejor guardada. 

A lo que pidieron los procuradores en razón de las heredades realen- 
gas que por compra ó donación pasaban cada dia á poder de prelados, 
seglares, monasterios, cabildos, conventos, órdenes, clérigos singulares 
y Judíos con mengua de los pechos y derechos reales y daño de la tier- 
ra, y por tanto, que prohibiese semejantes enajenaciones en adelante, y 
por los bienes adquiridos pechasen sus dueños, « como eran tenidos de 
pechar por ellos los legos quando los avien », respondió que se cumplie- 
sen los ordenamientos hechos en las Cortes de Medina del Campo de 1318 
y Madrid de 1329. 

Suplicáronle asimismo que tuviese por bien hacer á los mercaderes 
la merced de dispensarles del pago del diezmo miéntras durase la alca- 
bala, porque « los más dellos (dijeron) quieren dejar la mercadería por 
no se poder mantener »; á lo qual respondió Alfonso XI « questo é lo al 
que nos dan lo avernos todo mester.» En efecto, mucho debia padecer el 
comercio, si á los diezmos y portazgos se anadia la alcabala, tributo que 
por sí solo importaba la veintena del precio de todo lo que se vendía, 
fuesen bienes muebles, semovientes ó raíces. La carga era pesada, si bien 
disculpan al Rey los gastos de la guerra con los Moros á quienes, des- 
pués de la conquista de Algeciras, se propuso vencer de nuevo arreba- 
tándoles la plaza'de Gibraltar. Para acometer y llevar á feliz término 
tan grandes hazañas, aumentó el peso de los tributos y no dispensó ali- 
vio alguno á su pueblo, cuyos gemidos acusaban la dureza de la mano 
fiscal. Fué Alfonso XI un Rey que si alcanzara más larga vida, desar- 
raigára de España las reliquias que en ella quedaban de los Moros ^ mas 
(fuerza es decirlo) á costa de nuevos tributos y gabelas que se perpe- 
tuaron, y transmitieron á la posteridad la memoria de un príncipe ilus- 
tre, de altas prendas como guerrero y legislador, pero ménos amado 
que temido por su inclinación á la excesiva severidad. 

La petición de los procuradores para que Alfonso XI hiciese á varios 
concejos la merced de confirmarles los privilegios otorgados por dife- 
rentes Reyes de no ir en fonsado, dió motivo á una respuesta importan- 
te. En sustancia, dijo que el fonsado era « debdo de naturaleza », cuan- 
do el Rey salia á campaña, y que los privilegios concedidos por sus 



1 Mariana, Hist. general de España, lib. xvi, cap. xv. 



270 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

antepasados necesitaban de confirmación para ser valederos, pues este 
servicio « non lo puede quitar un "Rey por otro.» El principio estaba en 
armonía con la idea del reino patrimonial ; mas no dejaba de ser peli- 
groso para la estabilidad de todos los derechos adquiridos y de todas las 
libertades. De aquí la práctica de pedir la confirmación de los fueros, 
privilegios, libertades, franquezas, buenos usos y ^costumbres cada vez 
que se reunían las Cortes, y la de prestar los Reyes, cuando subían al 
trono, el juramento de guardar y cumplir lo referido en cambio del 
pleito homenaje. De aquí también la renovación de peticiones y res- 
puestas, porque la palabra de un Rey apénas tenía más fuerza y valor 
que una obligación personal. 

La saca del pan y del ganado, aunque vedada por antiguos ordena- 
mientos, fué tolerada por Alfonso XI , porque « rendía una quantía de 
maravedís que tenían de él algunos vasallos.» Los procuradores le re- 
presentaron que el muy fuerte temporal de grandes nieves y hielos ha- 
bía causado gran mortandad en los ganados, por cuya razón « las carnes 
son muy encarecidas é los ornes non las pueden aver, é el pan é las car- 
nes encarecen de cada dia » ; y concluyeron suplicando que <• non aya 
saca fasta que Dios dé más mercado de carne é de pan.» El Rey suspen- 
dió por un año el uso de las mercedes otorgadas. 

Estaban los caballos en el número de las cosas vedadas. Los procura- 
dores pidieron al Rey que alzase la prohibición de sacarlos del reino, 
salvo á tierra de Moros, « porque los ornes puedan criar más caballos, é 
porque no anden á pesquisa » ; pero Alfonso XI respondió con entereza, 
que sería gran deservicio permitir la saca, « é tenemos (dijo) que deben 
excusar de nos facer esta petición.» 

La anterior, relativa al pan y al ganado, revela la opinión de los pro- 
curadores favorable á la policía de los abastos iniciada por Alfonso X en 
las Cortes de Valladolid de 1258 : la posterior, concerniente á los caba- 
llos, muestra la prudencia de Alfonso XI, que cuida de estar apercibido 
para la guerra. 

Rogaron los procuradores que otorgase el Rey espera de tres años en 
razón de las deudas de los cristianos á los Judíos, y Alfonso XI la con- 
cedió solamente por uno, considerando que los Judíos «están muy pobres, 
é non pueden complir los pechos que nos han á dar, é áun nos deben al- 
gunas quantías dellos»; y asimismo que no accediese á la petición de 
los hidalgos para que sus heredades no fuesen vendidas en pago de sus 
deudas, ya porque sería contra fuero y derecho, uso y costumbre de toda 
la tierra, y ya porque no pudiendo venderse, «no cobrarían los ornes 



EXÍMEN DE L03 CUADERNOS DE CORTES. 271 

sus debdas »; á lo cual respondió el Rey « que nos non ficieron sobre es- 
to peticiones los fijosdalgo.» Ya empezaban á temer los cristianos que 
les aplicasen las leyes solicitadas por ellos contra los Judíos , sin guar- 
dar respeto á la fe de los contratos : ya presentían el peligro que encer- 
raba el abuso déla fuerza con violación del derecho de propiedad. 

Quejáronse los procuradores de los vecinos de Bayona, porque duran- 
te la tregua con los lugares marítimos de Castilla, les habían tomado 
una nave y robado su cargamento de paños, joyas, oro y plata, y supli- 
caron al Rey, que pues se hallaban á la sazón en Burgos los mandade- 
ros de Eduardo III de Inglaterra, « catase manera como los naturales 
oviesen cobro é emienda deste mal que rescibieron sin razón é sin de- 
recho. » 

Es la primera vez que las Cortes dan noticia de las guerras marítimas 
entre los vascongados y los ingleses en el siglo xiv, dos pueblos rivales 
en el comercio, la pesca y la navegación : guerras porfiadas y sangrien- 
tas, en las cuales se disputaba el dominio de los mares con armadas po- 
derosas . 

Tuvo Alfonso XI Cortes en Ciudad-Real el año 1346, en las cuales 
formó un ordenamiento de leyes , conocido con el nombre de Leyes de 
Villarreal , que no pasan de diez y seis, incorporadas en otro ordena- 
miento que añadido y aumentado se publicó en las de Segovia de 1347 *. 

En efecto, dice el diligente historiador de Segovia que en 1347 cele- 
bró Alfonso XI Cortes en aquella ciudad , en las cuales se promulgaron 
rigorosas penas contra los jueces que se dejaban cohechar, y contra los 
ministros que con autoridad de justicia molestaban á los pueblos; « y 
por que estos no se desenfrenasen, se estableció pena de muerte á la re- 
sistencia, y que en todas las jurisdicciones se cumpliesen las requisitorias 
porque los delincuentes no hallasen á poca distancia amparo de sus de- 
litos. Favorecieron con privilegios la agricultura (prosigue), siempre 
decaída en España, y ajustáronse los pesos y medidas, defraudados con 
el estrago de los tiempos 2 . 

La Crónica no da la menor noticia de estas Cortes ; pero el erudito 
Burriel cita el ordenamiento que fijó como unidad de peso el marco de 
Toledo, de medida para los áridos la fanega, para los líquidos la cánta- 
ra, y de longitud la vara castellana 3 . Secundando el pensamiento de 



Cortes 
de Ciudad-Real 
de 1346. 



Cortes 
de 

Segovia de 1347. 



1 Asso y de Manuel, Orden, de Alcalá, disc. prelim. pág. 6; Burriel, Informe de la Imperial 
ciudad de Toledo sobre igualación de pesos y medidas, parte i, núm. 6. 

2 Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xx iv, § xix. 

3 Informe de la Imperial ciudad de Toledo sobre igualación de pesos y medidas, parte i, núm. 6. 



Cortee 
de 

Alcalá de 1348. 



272 examen de los cuadernos de cortes. 

Alfonso X, formó empeño Alfonso XI en uniformar las medidas y los pe- 
sos de todos sus reinos. 

Son las Cortes de Alcalá de Henáres de 1348 las más famosas y me- 
morables del reinado de Alfonso XI, porque en ellas se hizo el Ordena- 
miento que basta para perpetuar su memoria como Rey legislador. Mé- 
nos sabio que el autor de las Siete Partidas, le aventaja en prudencia 
aplicada al gobierno, y con habilidad consumada logró que el código 
alfonsino fuese aceptado sin repugnancia, abriendo así el camino á la 
reforma de la legislación que debia sustituir con un derecho común 
la multitud y diversidad de los fueros municipales. 

Juzgar el Ordenamiento de Alcalá en cuanto sistema general de le- 
yes ó cuerpo de doctrina que refleja el espíritu del siglo xiv, es más pro- 
pio de los jurisconsultos que de los historiadores. Por otra parte la ma- 
teria ha sido tratada largamente, y poco podría adelantar la crítica, si 
el discurso se hubiese de ceñir á los puntos que tienen relación con la 
historia particular de nuestras Cortes. Mejor se sigue el movimiento del 
derecho público y el desarrollo de las instituciones enlazadas con la 
monarquía de Alfonso XI, examinando el cuaderno de las peticiones y 
respuestas que le hicieron los prelados , los ricos hombres y caballeros 
y los procuradores en estas de Alcalá de 1348. 

Confirmó el Rey los fueros, privilegios, mercedes, libertades, buenos 
usos y costumbres que tenían los brazos del reino, salvo ( dijo) «• los no 
confirmados de nos, que nos los muestren, é que mandaremos confirmar 
é guardar aquellos que fuere razón de se confirmar »; en lo cual se deja 
ver cómo estaba arraigada en ei ánimo de Alfonso XI la idea del poder 
absoluto y el principio de autoridad. 

Prometió sentarse un dia de la semana en audiencia pública, y fijó 
los lunes; corrigió algunos abusos que se cometían apremiando los de- 
mandantes á los pueblos con cartas de la Cancillería para que oyesen sus 
demandas, y « faciendo á las gentes perder sus labores é sus faciendas», 
y ofreció declarar cuáles pleitos debían pertenecer á la jurisdicción se- 
glar y cuáles á la eclesiástica, á fin de cortar de raíz las contiendas en- 
t re los prelados y jueces de la Iglesia y los alcaldes de las ciudades, vi- 
llas y lugares del reino. 

Ordenó que los merinos no pidiesen yantares indebidos, y que no en- 
trasen en los lugares que gozaban de esta libertad por fuero ó privile- 
gio, ó por uso y costumbre, y moderó la jurisdicción de los corregido- 
res de los pleitos de la justicia, pronunciando por la primera vez el 
nombre que prevaleció para designar dichos magistrados, llamados jue- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 273 

ees de salario, alcaldes veedores y ernendadores en otros cuadernos de 
Cortes. 

A los señores otorgó la justicia en sus lugares, aunque no la tuviesen 
por privilegio, si la usaron por tiempo inmemorial, de suerte que hu- 
biesen adquirido el derecho de administrarla en virtud de prescripción, 
no obstante las leyes en contrario ; que los vasallos no pudiesen quere- 
llarse de sus señores, «cuidándoles facer perder los lugares que han», 
si fuese la querella maliciosa ; que no daría cartas de seguro general á 
los vasallos, pero sí especiales, cuando alguno demandare ó se quejare 
del señor, y tuviere recelo de padecer agravio; que no pagasen moneda, 
y en cuanto á la exención de fonsadera, que se ventilase la contienda 
entre los hijosdalgo y los de las villas conforme á derecho ; que ningún 
hidalgo fuese sometido á cuestión de tormento, ni preso por deudas, 
salvo «si fuer cogedor ó arrendador de los pechos reales, porque él se 
pone á lo que non es su mester, ó se quebranta su libertad mesma»; 
que gozasen de las tierras que tenían del Rey sin mengua y sin des- 
cuento; que nc pagasen derechos de Cancillería por los castillos que re- 
cibían en tenencia; que pusiesen personas « que viesen facienda del con- 
cejo como ponían los otros oficiales en los lugares de su señorío», y ofre- 
ció hacerles mayores mercedes á fin de que estuviesen bien apercibidos 
de armas y caballos para la guerra. 

En materia de tributos reformó ciertos abusos que se cometían por al- 
gunos ballesteros ó porteros encargados déla cobranza; perdonó los al- 
cances de las fonsaderas y medias fonsaderas, sueldos y medios sueldos 
de la gente que habia servido en el cerco de Algecira; moderó la pres- 
tación de yantares ; templó el rigor de la exacción de las alcabalas en 
razón de las malas cosechas, y confirmó los ordenamientos de las Cor- 
tes de Burgos y Alcalá de 1345 para que los alcaldes ordinarios librasen 
los pleitos sobre alcabalas y almojarifazgos; prometió poner orden en el 
repartimiento de la sal, y corrigió algunos excesos de los cogedores y 
arrendadores de los pechos y derechos reales. 

Mandó Alfonso XI guardar el ordenamiento de las Cortes de Madrid 
de 1329, para que fuese, respetado el derecho de los concejos á proveer 
las escribanías públicas, si lo tenían por fuero, privilegio, uso ó costum- 
bre, y que las soldadas de los regidores que enviaba á las ciudades, vi- 
llas y lugares de sus reinos se abonasen de los propios , y en donde no 
los hubiese, que las pagasen los que solían pagar todas las cosas que 
eran para pro comunal. 

Esta es la primera vez que en los cuadernos de Cortes se hace men- 

35 



274 EXAMEN DE L08 CUADERNOS DE CORTES. 

cion de los bienes de propios de los pueblos, y del nombramiento de re- 
gidores por el Rey, dando Alfonso XI á sus sucesores el ejemplo de con- 
vertir los oficios electivos por su naturaleza en cargos á merced real. No 
contribuyó poco á la decadencia de los concejos la transformación de 
buen número de magistraturas populares en empleos reservados á la 
provisión de la corona, que empezaron siendo temporales , luégo se hi- 
cieron vitalicios y más tarde se perpetuaron en ciertas familias podero- 
sas, sucediendo en ellos el hijo al padre por juro de heredad. 

Disculpan la política de Alfonso XI los bandos de las ciudades, las 
asonadas con motivo de las elecciones, y los alborotos y escándalos de 
los cabildos abiertos ó ayuntamientos generales de vecinos llamados á 
deliberar en los negocios graves y de mayor importancia para la comu- 
nidad ; pero si era necesario reprimir la licencia de los concejos y some- 
terlos á rigorosa disciplina, no era justo ni prudente atentar contra la 
vida de una institución cuya fuerza viene de su origen electivo , sin el 
cual carecen de sólido fundamento las libertades municipales. 

La granjeria de prestar dinero á logro practicada por los Judíos, cun- 
dió por los cristianos, de suerte que hidalgos, ciudadanos, labradores y 
áun clérigos se aficionaron á la usura con menosprecio de las leyes di- 
vinas y humanas. Alfonso XI, á petición de los brazos del reino, prome- 
tió hacer un ordenamiento, renovando la prohibición establecida en los 
anteriores, « porque se escarmiente lo pasado, é se guarde lo porvenir. » 

En cuanto á los Moros y Judíos reiteró lo mandado acerca de los con- 
tratos usurarios ; pero al mismo tiempo trató al pueblo hebreo con be- 
nignidad , recibiéndole en su guarda y defendimiento , dispensándole 
la protección de la justicia, y habilitándole para adquirir y poseer he- 
redades en todas las ciudades, villas y lugares de realengo y transmi- 
tirlas á sus herederos, además de sus casas de morada ó de las que los 
hijos de Israel tuviesen en las juderías hasta cierta cantidad. 

Sin embargo , por hacer merced á la tierra y por saber que muchas 
cartas de deudas eran engañosas y notadas con malicia para burlar las 
leyes contra la usura, dió por quitos á los cristianos de la cuarta parte 
de lo que debían á los Judíos, y fijó nuevos plazos para pagar el resto. 

Respondió Alfonso XI en términos favorables á las peticiones para 
que corrigiese los abusos de los arrendadores del servicio de los gana- 
dos que pasaban de un lugar á otro, y los males y cohechos de los al- 
caldes de la Mesta de los pastores, de cuyos agravios se quejaron en 
alta voz los brazos del reino. 

Habia grandes contiendas entre los pueblos sobre sus términos respec- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



275 



ti vos, y el pacer y cortar y demás aprovechamientos comunes. El Rey 
prometió mandarlo ver á fin de guardar á cada uno su derecho. 

Continuaban más vivas que nunca las hostilidades entre los morado- 
res de la costa de Cantabria y los vasallos del Rey de Inglaterra. Los 
de Bayona, á pesar de la tregua asentada entre las ciudades y villas ma- 
rítimas de una y otra parte, interrumpían el comercio de Castilla con 
los puertos de Francia y de Flándes. En cierta ocasión enviaron naves 
armadas en guerra contra las nuestras mercantes y apresaron algunas, 
y especialmente dos de Castrourdiales, cargadas de mercaderías que ro- 
baron dando muerte á los hombres que las tripulaban. 

Este acto de piratería dio motivo á una sentida petición de los procu- 
radores, á quienes respondió Alfonso XI que habia pedido satisfacción 
y emienda del agravio al Rey de Inglaterra. No por eso cesaron las hos- 
tilidades, pues se sabe que los ingleses y los vascongados riñeron una 
sangrienta batalla naval cerca de Vinchelle en 1350. 

La noticia es curiosa para la historia del comercio exterior de España 
en la edad media, y para formar idea del poder marítimo de los pue- 
blos de la costa de Cantabria, tan experimentados en el arte de navegar, 
que ya en el siglo xiv visitaron las islas Canarias, y recorrieron las pla- 
yas vecinas del continente africano. 

Las necesidades del erario obligaron al Rey á juntar oro y plata « para 
algunas cosas (dijo) que non podemos excusar.» Con este propósito em- 
bargó los cambios de las ciudades, villas y lugares del reino en grave 
perjuicio de los mercaderes, de los romeros que iban á Santiago y de 
los viandantes, «por razón que non fallaban tan presto el cambio quan- 
do les era mester. » Alfonso XI respondió á la petición de los brazos que 
pasada la urgencia por la cual habia mandado tomar los cambios para 
sí, volverían á correr con entera libertad. 

Prohibió bajo severas penas armar cepos grandes en los montes para 
cazar venados, osos, puercos ó ciervos por el peligro de « caer en ellos 
ornes ó caballos», y confirmó el ordenamiento hecho en las Cortes de 
Madrid de 1339 sobre las cartas de ruego para que algunas dueñas, don- 
cellas, viudas ú otras mujeres contrajesen matrimonio con personas de- 
terminadas. 

Añadió Alfonso XI al cuaderno de peticiones y respuestas treinta le- 
yes encaminadas á fomentar la multiplicación de los caballos, impo- 
niendo á unos la obligación de mantenerlos, prohibiendo ó limitando á 
otros el uso de las muías, concediendo franquezas y libertades por vía 
de estímulo y recompensa, y promulgó no ménos de cuarenta y cinco 



276 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTE8. 

moderando el gasto en ropas, banquetes, bateos, bodas, dotes, entierros 
y lutos. Dejóse ir con la corriente del siglo, y pudo más el ejemplo de 
Alfonso el Sabio que la experiencia propia, pues harto acreditaba la va- 
nidad de las leyes suntuarias el escaso fruto, si alguno, del ordenamien- 
to publicado en Burgos el año 1338. 

Fueron estas Cortes de Alcalá de Henáres de 1348 tan generales, que 
ademas de los prelados, ricos hombres, hijosdalgo y caballeros de las 
órdenes, concurrieron los procuradores de todas las ciudades , villas y 
lugares del reino; y es singular que los tres brazos de consuno hubie- 
sen formado y presentado al Rey el cuaderno de las peticiones especia- 
les contra la ordinaria costumbre de llevar la voz por separado. 

Esta rara circunstancia explica el hecho de haber dado cabida en el 
cuaderno á diversas peticiones del estado de la nobleza seguidas de res- 
puestas favorables, como si de un ordenamiento particular de fijosdalgo 
se tratase. Alfonso XI perseveró toda la vida en sus planes de guerra 
y conquista, y los hubiera llevado adelante hasta expulsar de España 
los Moros , favoreciendo la fortuna las armas cristianas vencedoras en 
el Salado, si la muerte no hubiese atajado sus pasos. 

Como Rey prudente y advertido, apénas cerraba una campaña, cuan- 
do ya se apercibia para otra. Al cerco de Algeciras siguió el de Gibral- 
tar. De aquí las grandes sumas que Alfonso XI gastaba en sueldos y 
acostamientos, su decidida protección á la caballería, su amor á la dis- 
ciplina militar, el empeño de desterrar el fausto y la ostentación incli- 
nando el ánimo de los hidalgos al continuo ejercicio de las armas, con 
las demás prevenciones de guerra que en el cuaderno de estas Cortes 
abundan ; y de aquí también la confirmación y ampliación de los pri- 
vilegios de la nobleza, el nervio de la milicia entre Moros y cristianos. 

La petición de los hijosdalgo para que los señores tuviesen la justicia 
en los lugares de su señorío, aunque no les hubiese sido concedida por 
privilegio, sino ganada por uso y costumbre » de tanto tiempo que non 
sea memoria de ornes en contrario» , sugiere una reflexión de importan- 
cia y muy digna de tomarse en cuenta por los doctos jurisconsultos, y 
sobre todo por los autores versados en la historia de nuestro derecho. 

Es bien sabido que Alfonso XI publicó en estas Cortes de Alcalá 
de 1348 el Libro de las siete Partidas , cuyas leyes adquirieron desde 
entonces, en virtud de un acto tan notorio y solemne, fuerza de obligar 

Ahora bien : el Fuero Real ó de las Leyes dice que ninguna cosa per- 



1 Ley i, tít. xxviii, Orden, de Alcalá. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 277 

feneciente al señorío del Rey se pueda perder en ningún tiempo, « mas 
quando quier que el Rey ó su voz la demandare, cóbrela » 1 . 

Las leyes de Partida establecen que señorío para facer justicia non 
lo puede ganar ningund orne por tiempo, maguer usase della alguna 
sazón, fueras ende si el Rey ó el otro señor de aquel logar que o viese 
poder de lo facer, ge lo otorgase señaladamiente » 2 . 

Los hijosdalgo presentes á las Cortes conocían estas leyes, y temían 
perder la jurisdicción en sus lugares si se les aplicaban, porque funda- 
ban su derecho á la justicia en el título de la prescripción. 

Resta averiguar si el temor nacia de la ley del Ordenamiento arriba 
citada, ó tenía más hondas raíces en la historia del derecho escrito ó 
consuetudinario de los reinos de León y Castilla. 

No se puede poner en duda que la observancia general de las Parti- 
das empezó en las Cortes de Alcalá de Henáres de 1348, recordando las 
palabras de Alfonso XI, « como quier que fasta aquí non se falla que sean 
publicadas por mandado del Rey, nin fueron habidas por leys. » Por 
otra parte conviene advertir que el Ordenamiento de Alcalá fué dado á 
28 dias del mes de Febrero, y el cuaderno de las Cortes librado á 8 de 
Marzo siguiente. Así pues, todo persuade que los hijosdalgo se alarma- 
ron al tener noticia del lugar que Alfonso XI señalaba al Fuero Real y 
al Código de las Partidas entre las « leys ciertas por dó se libren los 
pleitos é las contiendas. » 

Y sin embargo, queda algún escrúpulo difícil de desvanecer. Razo- 
nando los hijosdalgo su petición, observan que «antiguamente los Re- 
yes é los sennores non paraban mientes á las palabras de las Partidas é 

del Fuero de las Leyes» ; que «los Reyes fasta aquí nunca.... usaron 

de lo que dicen las Partidas en esta razón », y que Alfonso XI les guar- 
dase en esto lo que les guardaron sus antepasados , « non embargando 
las leyes de la Partida é del Fuero de las Leyes quel Rey D. Alfonso fi- 
ciera en gran perjuicio, é desafuero, é deseredamiento de los de la 
tierra.» 

El razonamiento de los hijosdalgo es capcioso. Por mejorar su causa 
aplican el mismo criterio al Fuero Real y al Libro de las siete Partidas, 
lo cual, si no es un sofisma, es un error manifiesto. Alfonso XI dijo, 
« maguer que en la nuestra corte usan del Fuero de las Leys, é algunas 
villas de nuestro sennorio lo han por fuero » ; de suerte que al peso de 



1 Ley vi, tit. xxi, lib. II. 

2 Ley vi, tit. xxix, Part. ni. 



278 EXÁMEN DE LOS CÜADEBN08 DE CORTES. 

todas las pruebas históricas ya conocidas, se añade el de un testimonio 
de la mayor autoridad. En cuanto á las Partidas de Alfonso el Sabio 
cabe la sospecha si tuvieron alguna antes del Ordenamiento de Alcalá, 
pues las palabras de los fijosdalgo no la desvanecen por entero. 

Encerrada la cuestión en términos precisos y concretos , se reduce á 
lo siguiente: «Señor (dijeron los hidalgos al Rey), sabemos que según 
el Fuero de las Leyes y las de Partida, la justicia no se puede adquirir 
por prescripción, sino en virtud de privilegio; pero los Reyes vuestros 
progenitores, nunca las aplicaron en esta razón. Por tanto, os pedimos 
que mandéis guardar el uso y la costumbre establecida de tiempo inme- 
morial á falta de privilegio, no embargante el Fuero de las Leyes y las 
de la Partida, que tan mal recibidas fueron en estos reinos.» 

Alfonso XI respondió á la petición « que lo tenemos por bien , é áun 
por les facer más merced, que las leyes de las Partidas , é del derecho, 
é de los fueros que son contra esto, que las templarémos é declararémos 
en tal manera que ellos entiendan que les facemos más merced de como 
lo ellos pidieron, é que les sea valedero é guardado para siempre.» 

En resolución, si las leyes contenidas en el Libro de las siete Parti- 
das nunca fueron publicadas ni habidas por leyes hasta las Cortes de 
Alcalá de Henáres de 1348, parece opinión bien fundada que tenian 
autoridad como cuerpo de doctrina legal. Siguiendo el hilo del discurso 
de los hidalgos autores de la petición, se forma juicio del valor que 
atribuian al argumento apoyado en el texto, «señorío para facer justi- 
cia non lo puede ganar ningund orne por tiempo.» 

Confirma esta opinión la respuesta del Rey. No les dice que las leyes 
de las Partidas carecieron de fuerza y autoridad hasta entónces , sino 
que las templará y declarará en su favor, refiriéndose á la obra inmor- 
tal del Rey Sabio tal como salió de sus manos, por lo ménos en la parte 
relativa á la justicia imprescriptible, porque el texto citado no fué de 
los «requeridos, concertados y emendados » por mandado de Alfonso XI 
ántes de publicarlas. Enhorabuena empiece la observancia general de 
las leyes de las Partidas en las Cortes de Alcalá; mas no se imagine que 
eran letra muerta ántes de su publicación solemne, porque al fin « fue- 
ron sacadas de los dichos de los Santos Padres , é de los derechos , é de 
fueros, é de costumbres antiguas de Espanna» *. 
Cortes Celebró Alfonso XI Cortes por la última vez en León el año 1349. 

>n de 1349 fueron particulares de este reino, y concurrieron algunos prelados y 

* Ley i, tít. xxvni, Orden, de Alcalá. 



exímen de los cuadernos de cortes. 279 

ricos hombres con los procuradores de las ciudades , villas y lugares. 
Ni el número y calidad de las personas, ni la importancia ó gravedad 
de los negocios que allí se trataron y resolvieron, exceden del nivel or- 
dinario. La mayor parte de las peticiones y respuestas son la fiel repro- 
ducción de ordenamientos anteriores. 

Suplicaron los procuradores al Rey que tuviese por bien sentarse en 
audiencia pública para administrar justicia á los querellosos, y Alfon- 
so XI accedió á este ruego, promesa repetidas veces heclia, y otras tan- 
tas olvidada. También suplicaron que quitase los adelantados y merinos 
que lejos de cumplir la justicia, vejaban á los pueblos con agravios y 
cohechos, á lo cual respondió el Rey que mandaría poner recaudo, á fin 
de que los merinos menores fuesen hombres buenos, abonados y de bue- 
na fama. 

Quejáronse de los jueces de salario, porque usaban del oficio con gran 
codicia y daño de las ciudades y villas de su jurisdicción, y rogaron al 
Rey que no los enviase, salvo si todos los del concejo ó su mayor par- 
te los pidiesen; petición otorgada con la cláusula « ó quando entendié- 
remos que cumple á nuestro servicio por algund menguamiento que 
haya en alguna villa de la nuestra j usticia » ; portillo abierto para nom- 
brar con entera libertad estos magistrados, á pesar de los fueros que lo 
contradecían. 

La repugnancia de los pueblos tenía ademas otro origen. No les fal- 
taba razón al decir al Rey que pues los enviaba sin pedírselos, les diese 
de lo suyo ; y en efecto , se avino á pagar el salario de los veedores 
miéntras sirviesen el oficio; pero no consintió que los Moros y los Ju- 
díos, moradores de las ciudades, villas y lugares del reino de León par- 
ticipasen del grayámen; «porque (dijo) bien saben como los Judíos son 

apartados en los pechos así que non es petición que les debemos 

otorgar.» 

Las necesidades de la guerra obligaron á Alfonso XI á tomar muchas 
escribanías públicas y arrendarlas, arbitrio que paró en grave daño 
de los pueblos, porque los arrendadores, « por dar la renta é ganar en 
ellas, facían muchas sinrazones.» El Rey se excusó con los gastos de 
construcción de la Atarazana , y prometió examinar los fueros y privi- 
legios de los concejos, y respetarlos en lo debido. 

Asimismo dio respuesta favorable á las peticiones para que los obis- 
pos, los cabildos y las personas poderosas no embargasen la jurisdicción 
real en ciertos lugares sin tener privilegio de los Reyes sus antepasados, 
y reprimiesen el abuso de los jueces eclesiásticos al excomulgar á los 



280 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE C0RTE8. 

jueces legos cuando mandaban prender y castigar á los malhechores 
que se llamaban clérigos «non habiendo órden sacra. » 

Reclamaron los procuradores contra las cartas desaforadas que salian 
de la Cancillería; y el Rey, después de manifestar que algunos con 
atrevimiento, « non catando lo que deben , non obedescen las nuestras 
cartas, ansí por las nuestras rentas é derechos, como por las otras cosas 
que mandamos de derecho complir», y de reprobar el atrevimiento 
no menor de protegerlos, ordenó que si algún concejo, persona pode- 
rosa ó autoridad incurriesen en esta falta de respeto , pagasen la pena 
de seiscientos maravedís , y triple suma , si otro cualquiera « por su fe- 
cho especial feciere ampara.» 

Estaban tan arraigados en la nobleza los hábitos de indisciplina, que 
los ricos hombres, infanzones y caballeros solían tomar lugares , térmi- 
nos y heredades de las iglesias y los concejos sin derecho ó con título 
dudoso, atrepellando los fueros de la justicia; licencia de costumbres 
que Alfonso XI ofreció corregir. 

En materia de tributos procuró contener, ya que no alcanzase á des- 
terrar, la codicia de los cogedores y arrendadores; suprimió los portaz- 
gos en los lugares exentos por privilegio conforme al ordenamiento he- 
cho en las Cortes de Madrid de 1329 ; concedió que no pediría el diez- 
mo de las viandas que entrasen por los puertos de Astúrias y Galicia, 
sin renunciar el de las mercaderías; moderó los excesos de los arrenda- 
dores de las alcabalas, remitiéndose al ordenamiento dado en las Cortes 
de Burgos de 1345, y declaró exceptuadas de esta gabela las ventas del 
pan y del vino para fuera del reino, sin abrir la mano á « las encobier- 
tas que se facen. » 

A la petición concerniente al robo de naos y bajeles con grandes ha- 
beres de Galicia y Astúrias que los procuradores imputaban á los de Ba- 
yona, estando los nuestros en tregua con ellos , respondió el Rey como 
en las Cortes de Alcalá de Henáres de 1348. 

Renovó el ordenamiento contra las usuras otorgado en las de Madrid 
de 1329; y á lo suplicado por los procuradores para que diese plazo de 
espera por dos años en razón de las deudas de los cristianos á los Judíos, 
satisfizo concediendo uno solo. 

Suya es la ley para que los bienes de la mujer no respondan de las 
obligaciones contraidas por sus maridos cuando salieren fiadores, corri- 
giendo en esta materia del derecho civil el Libro de las siete Partidas 1 . 



i L1.2 y 3, tít. xii, Pait. v. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 281 

Por último, pidieron los procuradores al Rey les hiciese la merced de 
encabezar las cartas que salieren de la Cancillería, anteponiendo el 
nombre de León al de Toledo, so pena de haberla por desaforada y no 
cumplirla; á lo cual respondió que en las cartas para el reino de León 
ó fuera del reino * se ponga primero León que Toledo. » 

Más adelante, en el mismo cuaderno, se reproduce la petición por los 
prelados, ricos hombres, caballeros y procuradores en términos más ge- 
nerales, á saber que mandase el Rey poner primero León que Toledo en 
las cartas á cualesquiera ciudades, villas y lugares de su señorío, á la 
cual dió Alfonso XI la respuesta siguiente : « Tenemos por bien que en 
las cartas que fueren á Toledo, é las cartas que fueren á las villas é lu- 
gares que son de la notaría de Toledo, que se ponga primero Toledo que 
León ; é las cartas que fueren á todas las cibdades, é villas é lugares del 
nuestro sennorio, otrosí las que fueren fuera del nuestro regno, que pon- 
gan primero León que Toledo.» 

Esta cuestión de preeminencia tuvo su origen en las Cortes de Alca- 
lá de Henáres de 1348. Movióse entónces la contienda entre Burgos y 
Toledo acerca del asiento y la voz que pertenecían á sus procuradores. 
Pretendían el primer lugar y hablar primero los de Burgos, fundándo- 
se en que aquella ilustre ciudad era cabeza del reino de Castilla y esta- 
ba en posesión de tan honroso privilegio. Contradecíanlo los de Toledo 
alegando su mayor nobleza y dignidad como ciudad más antigua, ca- 
beza de las Españas y silla de los Reyes godos. 

Alfonso XI, por cortar los grandes debates y diferencias entre los pro- 
curadores, y no descontentar á unos ni á otros, pronunció sentencia, di- 
ciendo : « Los de Toledo harán lo que yo les mandare , y así lo digo yo 
por ellos: hable Burgos. » Sus procuradores conservaron el asiento que 
tenían á la derecha del Rey, y á los de Toledo se les dió un banco en el 
centro de la sala, frontero al trono , con lo cual se aquietó la discordia. 

Esta escena se repitió cada vez que se juntaron Cortes, pasando á ser 
ceremonial lo que al principio fué viva controversia. El Rey D. Pedro 
mandó librar á los de Toledo carta sellada declarando que por cuanto el 
Rey D. Alfonso su padre « en las Cortes que fizo en Alcalá de Henáres 
tuvo por bien fablar por Toledo, por esto yo tuve por bien de fablar en 
las Cortes que yo agora fice aquí en Valladolid, primeramente por To- 
ledo El privilegio y las Cortes á que se refiere corresponden al año 
1351. 

* Pisa, Descripción de la Imperial ciudad de Toledo, lib. i, cap. xxix. 

36 



282 bxímen de los cuadernos de cortes. 

Un suceso tan reciente resonó en las de León de 1349; y aunque por 
ser particulares á este reino no hubo ocasión de renovar la competencia 
délas dos principales ciudades de Castilla, cundió el ejemplo, y la de 
León disputó á Toledo el lugar preeminente que su nombre ocupaba en 
las cartas reales, ya que no su voz y asiento en la sala de las Cortes. 
Alfonso XI, por no agraviar á ninguna de las dos, medió la partida como 
en Alcalá de Henáres, igualándolas en la honra, pues era poca la ventaja. 

Semejantes cuestiones parecen hoy pueriles ; pero si nos trasladamos 
con la imaginación á la edad media, llegaremos á persuadirnos de su 
gravedad, porque cada una de estas contiendas dejaba entrever el fondo 
de un estado social en que tanta parte tenian el amor del privilegio y 
la fuerza de la tradición. 



CAPITULO XVI. 

REINADO DE DON PEDRO DE CASTILLA. 

Primer cuaderno otorgado á petición de los prelados, ricos hombres, órdenes de la caballería, hijosdal- 
go y procuradores á las Cortes de Valladolid de 1351. — Segundo cuaderno otorgado á petición de los 
procuradores á las Cortes de Valladolid de 1351. — Ordenamiento de menestrales y posturas dado á 
las ciudades, villas y lugares del Arzobispado de Toledo y Obispado de Cuenca en las Cortes de Va- 
lladolid de 1351.— Ordenamiento de menestrales y posturas dado á las ciudades, villas y lugares del 
Arzobispado de Sevilla y Obispados de Córdoba y Cádiz en las Cortes de Valladolid de 1351. — Orde- 
namiento de menestrales y posturas dado á las ciudades, villas y lugares de los Obispados de León, 
Oviedo y Astorga y del reino de Galicia en las Cortes de Valladolid de 1351. — Ordenamiento de me- 
nestrales y posturas dado á las ciudades, villas y lugares de Burgos, Castrojeriz, Palencia, Villadie- 
go, Cervato, Valle de Esgueva, Santo Domingo de Silos, Valladolid, Tordesillas, Carrion y Sahagun 
en las Cortes de Valladolid de 1351.— Ordenamiento de prelados otorgado en las Cortes de Vallado- 
lid de 1351.— Ordenamiento de fijosdalgo otorgado en las Cortes de Valladolid de 1351. 

Don Pedro, el único de este nombre entre los Reyes de Castilla, á quien 
el vulgo, según el P. Mariana, dió en apellidar el Cruel, sucedió en la 
Corona al esforzado y venturoso en guerras Alfonso XI , que finó en el 
real sobre Gibraltar el año 1350. 

No fueron los tiempos tan bonancibles que le hubiesen permitido ce- 
lebrar Cortes con frecuencia-, mas con sólo recordar las de Valladolid 
de 1351 hay lo bastante para reconocer sus altas prendas de legislador. 

La posteridad debe esta justicia al Rey D. Pedro. Si Alfonso XI ilus- 
tró su reinado publicando el Ordenamiento de Alcalá en 1348, el hijo 
emuló la gloria del padre , mandando concertar y añadir las antiguas 
leyes de Castilla, y publicarlas en el estado en que hoy las vemos com- 
piladas en el Fuero Viejo ó Fuero primitivo castellano, á cuya obra dió 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 283 

cima en 1356. La Crónica guarda silencio acerca de un hecho tan glo- 
rioso y digno de toda alabanza, por más que sea bien minuciosa al con- 
tar los rigores de la justicia con nota de crueldad de este Rey , á quien 
el cronista nada perdona para que mejor resalten la fiereza de su con- 
dición y la liviandad de sus costumbres ; sutil manera de lisonjear á su 
afortunado enemigo 1 . 

Así como la pintura, imitando á la naturaleza, debe distribuir con 
arte la luz y la sombra, así la historia por amor de la verdad debe de- 
cir lo bueno y lo malo de cada personaje, siquiera sea un tirano. 

Dice la Crónica que el Rey se vino á Valladolid « ca tenía llamados Cortes 
todos los grandes de su reyno que viniesen allí á las Cortes que él man- de Val 1 1 g^ lid d * 
dára y facer, é ya eran y ayuntados, é después que él regnára, estas 
eran las primeras Cortes que ficiera , é allí fueron fechos muchos orde- 
namientos » 2 . La Crónica no es puntual al omitir que á las Cortes de 
Valladolid de 1351 concurrieron, ademas de los ricos hombres y fijos- 
dalgo, los prelados, los de las órdenes de la Caballería y los procuradores 
de todas las ciudades, villas y lugares « de toda la mi tierra ». 

Asegura Colmenares que estas Cortes se juntaron con dos principales 
motivos, á saber , tratar del casamiento del nuevo Rey y deshacer las 
behetrías 3 . En efecto, poco después de reunidas , envió D. Pedro emba- 
jadores al Rey de Francia con poderes para desposarle con su sobrina 
Doña Blanca, hija del Duque de Borbon; y en cuanto á las behetrías, 
consta que D . Juan Alfonso de Alburquerque propuso que se repartiesen 
entre los caballeros de Castilla; y si no consintieron en ello fué por 
recelo de que no se repartirían con igualdad, ó porque hubo algunos que 
se opusieron como naturales de las behetrías , é interesados en conser- 
var aquella naturaleza 4 . Con todo eso , al considerar que son ocho los 
ordenamientos dados en las Cortes de Valladolid de 1351, parece ra- 
zonable conjetura que fueron varios los motivos de su celebración. 

Dos son los ordenamientos en respuesta á las peticiones dirigidas al 
Rey, hechos en las Cortes de Valladolid de 1351; el primero de peticio- 
nes generales, y de peticiones especiales el segundo. Estos títulos no 



t « Venció D. Enrique y acreditóse con elogios su fama : perdióse D. Pedro y disfamóse su 
memoria, haciéndose lisonja al vencedor su oprobio ; pero hubo siempre desapasionados ánimos 
que disintieron de la vulgar opinión ; y si no bastaron á calificarle las acciones, bastaron á cul- 
parlo ménosen algunas.» Ortiz de Zúñiga, Anales ecles. y seculares de la ciudad de Sevilla, 
lib. vi, año 1369, núm. 2. 

2 Crónica del Rey D. Pedro, por D. Pedro López de Ayala, cap. XII. 

3 Eist. de Segovia, cap. xxv, § i. 

* Crónica del Rey D. Pedro, caps, xiii, xiv y xv. 



284 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

son arbitrarios, pues se fundan en el texto de ambos. En efecto, dice 
Don Pedro que mandó llamar á Cortes, en las cuales le hicieron peti- 
ciones generales que cumplian á toda la tierra; y en otra parte que res- 
ponde á las especiales de los procuradores que cumplian á los concejos 
de las ciudades, villas y lugares de los reinos de Castilla, León, Tole- 
do, Galicia, Extremadura, Andalucía y Murcia allí presentes. 

Siguiendo el ejemplo de sus antepasados, confirmó el Rey, respon- 
diendo á las peticiones generales, los fueros, privilegios, buenos usos y 
costumbres, libertades, franquezas y cartas de donación que gozaban 
sus vasallos en cuanto no fuesen contra las leyes contenidas en el Or- 
denamiento de Alcalá, prevaleciendo de nuevo la mayor autoridad del 
derecho común sobre la diversa legislación municipal. 

Mostró D. Pedro de Castilla grande amor á la justicia, no solamente 
en aquellas memorables palabras, « porque los reys é los príncipes vi- 
ven é regnan por la justicia, en la cual son tenudos de mantener é go- 
bernar los sus pueblos, é la deben cumplir é guardar sennaladamiente 
entre todas las cosas que les Dios encomendó por el estado é lugar que 
dél han en la tierra», sino en actos tales como la reforma de los abusos, 
la vigilancia continua y la persecución y castigo de los malhechores. 

Ofreció el Rey sentarse dos dias de la semana , los lunes y los vier- 
nes, en audiencia á oir las peticiones de su pueblo ; no mandar ni 
consentir que se hiciese pesquisa general en ciudad alguna, villa ó lu- 
gar del reino ; no permitir que los alcaldes de su casa, instituidos para 
administrar justicia en Castilla y León, librasen los pleitos del reino de 
Toledo, « por quanto los alcalles de cada una de las comarcas saben me- 
jor los fueros é las condiciones que cada una desús villas han; » no despo- 
jar á nadie de los bienes de que estuviese en posesión sin forma de jui- 
cio'; respetar los fueros y privilegios, usos y costumbres establecidos 
acerca de las alzadas ante el Rey, y declaró é interpretó la ley del Or- 
denamiento de Alcalá sobre la contestación de los pleitos en el plazo de 
nueve dias, habilitando los feriados, permitiendo acudir al juez en cual- 
quier lugar de su jurisdicción en donde se hallare, y en caso de ausen- 
cia, contestar ante un escribano público con testigos « á la puerta de 
las casas do morare el juzgador, ó del mi palacio, si el pleito fuere en la 
mi corte » 1 . 

A los merinos prohibió mermar en los lugares exentos por fuero, 
privilegio, carta de merced, uso ó costumbre; prender, lisiar, atormen- 

* Ley única, tít. VII. Orden, de Alcalá. 



EXÁMEN PE LOS C0ADERNOS DE CORTES. 285 

tar, ni matar á persona alguna sin razón y sin derecho; ejercer sus ofi- 
cios contra lo mandado por Alfonso XI en el Ordenamiento de Alcalá, 
y nombró hombres buenos con cargo de hacer cada año pesquisa de los 
hechos de los merinos menores puestos por los mayores y los adelan- 
tados 

Puso coto á los derechos de libramiento que llevaban los escribanos 
de la Real Cámara ; confirmó los ordenamientos sobre que los escribanos 
públicos fuesen hombres buenos, abonados y de buena fama , naturales 
de las villas y sabidores, y que sirviesen los oficios por sus personas y 
no por excusadores, amenazando con el castigo á los incorregibles. 

Asimismo confirmó la libertad de las ciudades y villas de poner ofi- 
ciales entre sí, prometiendo no dárselos de fuera sino encaso de desave- 
nencia y á pedimento de los pueblos, y áun entonces nombrar un mo- 
rador de Castilla para los lugares de este reino, de León para los de 
León, etc. 

Defendió la real jurisdicción contra los jueces de la Iglesia que se 
atrevian á descomulgar á los seglares cuando conocían de pleitos civi- 
les ó criminales, siendo los demandados « ornes que se llaman clérigos, 
no aviendo órdenes, é otros que son bigamos é sus familiares , é viven 
con ellos, é moran con algunos clérigos , é se llaman sus familiares. » 
El Rey dió muestras de prudencia exquisita y de respeto á la Iglesia, 
así como de dignidad, respondiendo: « mando é ruego á los prellados que 
los non defiendan ; é otrosí mando á las mis justicias que fagan dellos 
justicia é compremiento de derecho, segund farian de otras personas 
qualesquier. » 

Lo más nuevo y original que con relación á la justicia contiene el 
primer cuaderno de las Cortes de Valladolid de 1351 , es sin duda el 
ordenamiento para perseguir y prender á los malhechores en poblado y 
despoblado. Si en alguna ciudad, villa ó lugar se cometía una muerte, 
robo, quebrantamiento de iglesia, fuerza de mujer ú otro delito, el con- 
cejo estaba obligado á prestar auxilio á los ministros de la justicia so 
pena de seiscientos mrs. Si acaecía el delito en camino ó lugar yermo, 
los alcaldes, merinos, alguaciles y demás oficiales de la justicia, dada 
la querella y sabida la verdad , mandaban tocar las campanas á rebato 
en aquel lugar y en los comarcanos. Los vecinos armados debían acu- 
dir al apellido, é ir en pos de los malhechores hasta lograr su captura. 
Para que estuviesen más prestos á salir al apellido , mandó el Rey que 



1 Ll. vil, viii y ix, tít. xx. Ordenamiento de Alcalá. 



286 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

las ciudades y villas mayores diesen veinte hombres de á caballo y cin- 
cuenta de á pié, y en las poblaciones menores la cuarta parte de su com- 
pañía. Cuando la gente iba á sus labores llevaba lanzas y armas, « por- 
que donde les tomar la voz, puedan seguir el apellido.» La fuerza que 
emprendía la persecución no descansaba basta arrojar á los malhecho- 
res del término del lugar, si el radio era más largo de ocho leguas, y 
si más corto, hasta recorrer aquella distancia, al cabo de la cual daba 
el rastro á la gente de otro lugar que la reemplazaba , y así los demás 
miéntras no se lograba la aprehensión de los fugitivos. Ningún señor 
debia acogerlos en villa, lugar ó casa fuerte-de su señorío, y áun los al- 
caides de los castillos del Rey estaban obligados á entregarlos. 

Es curioso y digno de notarse que los oficiales de la justicia la cum- 
plían en los malhechores « en aquella manera que fallaban por fuero é 
por derecho»; de .modo que D. Pedro el Cruel no admitió para escar- 
miento de los malhechores jurisdicción especial, trámites breves, ni pe- 
nas extraordinarias ; más templado en esto que los Reyes Católicos al 
establecer la Santa Hermandad con cuya institución tenía la organiza- 
ción militar de las fuerzas populares destinadas á la persecución de los 
foragidos, ciertos puntos de semejanza. 

Confirmó el Rey D. Pedro los antiguos ordenamientos contra las car- 
tas desaforadas para prender , lisiar, matar ó privar de sus bienes sin 
audiencia de la persona acusada, y las de ruego para que ciertas dueñas 
ó doncellas casasen contra su voluntad ó la de sus parientes con per- 
sona determinada, así como las de apremio que solían librar los Reyes 
y los prelados, para que las gentes de un lugar acudiesen á otro , y los 
pueblos se juntasen en las iglesias á oir sermones, «non los dejando ir 
á sus labores, nin facer sus faciendas» , é impuso penas pecuniarias á 
los que las ganasen quebrantando las leyes hechas por Alfonso XI en 
las Cortes deValladolid de 1325, Madrid de 1329 y Alcalá de 1348. 

Ofreció hacer mercedes de oficios, tierras y dinero como sus antepa- 
sados, y mandó derribar algunos castillos y casas fuertes en que solían 
hallar abrigo los malhechores. Ordenó que los llamados á las Cortes de 
Valladolid de 1351 no fuesen demandados ni presos hasta volver á sus 
hogares, salvo por los derechos reales, ó por contratos celebrados ó de- 
litos cometidos en la corte , y ratificó la tregua de veinte años conveni- 
da entre el Rey de Inglaterra y los pueblos de las marismas de Castilla 
y Guipúzcoa y villas del condado de Vizcaya. De estas continuas que- 
rellas entre ingleses y vascongados, hay noticia en los cuadernos de las 
Cortes de Burgos de 1345 y Alcalá de 1348. 



exímen de los cuadernos de cortes. 287 

Las garantías otorgadas á los procuradores en aquella ocasión no son 
tan cumplidas ni tienen el carácter de una ley general como las otor- 
gadas por Fernando IV y Alfonso XI en las Cortes de Medina del Cam- 
po de 1305 y Valladolid de 1322. En cuanto á la tregua de veinte años 
entre las villas marítimas del reino de Castilla y condado de Vizcaya 
por una parte, y por otra Eduardo III de Inglaterra después déla batalla 
naval librada contra los ingleses por los vizcaínos en 1350 , debe repa- 
rarse el sumo grado de libertad que en el siglo xiv alcanzaron las po- 
blaciones mercantiles de la costa de Cantabria, pues ajustaban tratados 
de paz y comercio con príncipes extranjeros y con las ciudades asenta- 
das en las orillas del golfo de Gascuña , cuya vecindad convidaba á la 
navegación. 

No descuidó el Rev D. Pedro la reforma de los abusos tan frecuentes 
en la edad media en cuanto á la imposición y cobranza de los pechos 
y servicios. Moderó el gravámen de los yantares; respetó é hizo respe- 
tar los privilegios que gozaban ciertos pueblos exentos de la fonsadera; 
reprimió los excesos de los cogedores y arrendadores de las rentas y de- 
rechos de la Corona; castigó los cohechos; ofreció * mandar facer algund 
egualamiento é abajamiento •• de las cargas públicas; confirmó lo orde- 
nado por Alfonso XI en las Cortes de Madrid de 1339 para poner coto 
á los agravios de los arrendadores de las tercias reales; mandó y rogó 
á los prelados que prohibiesen á los clérigos de su jurisdicción exigir 
diezmos personales allí en donde fuese costumbre satisfacer los pre- 
diales ; dictó providencias relativas al abundante surtido de los alfo- 
líes y al mejor repartimiento de la sal, y por último, no le pareció ajeno 
á su dignidad negociar con Carlos II de Navarra la supresión de un 
portazgo. 

Favoreció el Rey D. Pedro la ganadería confirmando sus privilegios 
y exenciones, y defendiendo á los pastores contra los agravios de los que 
pedían sin razón montazgo del ganado que ibaá extremos. Habiéndose 
renovado en estas Cortes la cuestión de las cañadas cuya conservación 
tanto importaba á los pastores por ser una de las principales servidum- 
bres pecuarias, y cuya extensión contradecían los labradores amena- 
zados en sus huertas y plantíos , reprodujo el ordenamiento de Alfonso XI 
en las de Madrid de 1339, añadiendo que, si para abrir las cañadas in- 
vadidas por el cultivo ó desviarlas de los lugares poblados ó plantados 
de árboles ó viñas hubiere necesidad de tomar tierra de alguno , la 
apreciasen hombres buenos bajo juramento, y pagasen los interesados 
al dueño el valor de la tierra ; 'respeto á la propiedad que encierra el 



288 EXÁMEN I'E LOS CUADERNOS DE CORTES. 

principio déla enajenación forzosa por causa de utilidad pública me- 
diante indemnización. 

Subsistieron las leyes que prohibian la saca de las cosas vedadas, tales 
como pan, oro, plata, caballos de guerra y madera, por temor de que 
fuesen talados los montes y faltase la necesaria para la construcción na- 
val. Las mercaderías extranjeras pagaban el diezmo en los lugares de 
costumbre, y mostrado el albalá, no debian ser molestados sus conduc- 
tores. Cinco leguas después de la última guardia, no se podia tomar lo 
que se introdujese en el reino por descaminado; y en cuanto al comer- 
cio interior otorgó que « el pan , é el vino , é las otras viandas que lo pue- 
dan sacar sueltamente de una villa á otra, é de un llugar á otro alí do lo 
oviere menester, é que lo non vieden de sacar daquí adelante» , prohi- 
biendo á los prelados, los señores y los concejos «facer ordenamiento 
nin defendimiento sobresto. » 

Los cambios que Alfonso XI tomó para sí en todo el reino, hizo li- 
bres su hijo , de suerte que todos pudieron usar de ellos como solían án- 
tes del estanco. 

Representaron al Rey los concurrentes á las Cortes que los menestra- 
les de diversos oñcios y mercaderes hacían cofradías apartadas y postu- 
ras para no trabajar de noche, y obligaban á mozos sobre quienes no 
tenían autoridad á que los sirviesen cierto número de años. Dijeron que 
no permitían ejercer oficio determinado sino á los de su cofradía y po- 
nían coto entre sí para vender todos á un precio , resultando que hacían 
peor labor y cara; por lo cual suplicaron que mandase desatar dichas 
posturas y cofradías y las prohibiese en adelante , de forma que « libre- 
miente pudiesen mostrar los oficios los que los sopieren , é aprenderlos 
los que los quisieren aprender sin carta del servicio de los annos é del 
tiempo cierto»; y el Rey lo otorgó como se lo pidieron, castigando el 
abuso con penas graves. 

Este ordenamiento es curioso en extremo y arroja un rayo de luz so- 
bre la historia de los gremios de las artes y oficios. En efecto, resulta 
que no siempre la necesidad de una protección común les dió origen; 
que no siempre lo tuvieron en el favor de los Reyes , ni tampoco brota- 
ron siempre al abrigo de los fueros municipales. Hubo gremios funda- 
dos por los mismos mercaderes y menestrales con espíritu de codicia y 
hostiles á la libertad del trabajo. En el siglo xm se organiza el munici- 
pio de la industria, y en el xiv se robustece, aspira á la independencia 
y pretende el monopolio. 

Al Rey D. Pedro pertenece el primer ordenamiento contra la vagan- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 289 

cia. Andaban por la corte y por las ciudades, villas y lugares de sus 
reinos « muchos ornes baldíos que son sanos (dice la petición), épodrian 
servir é non quieren, é por non afanar, dejan algunos menesteres que 
saben por do podrian bevir, é porque non pueden escusar de comer, 
pónense á furtar , é á robar , é á facer otros muchos males andando bal- 
díos. » El Rey dió por respuesta « que non anden ornes baldíos en lamí 
corte, nin en los otros lugares del mi sennorio que non ayan sennores, 
é que usen todos de sus maesteres é de sus oficios los que los sopieren, 
é los que non ovieren maesteres nin supieren oficios , que labren á jor- 
nales en qualesquier llabores. » 

No fué el Rey D. Pedro un modelo de severas costumbres, y sin em- 
bargo, hizo en las Cortes de Valladolid de 1351 ordenamiento contraías 
barraganas de los clérigos que « non catan revelencia nin onra á las 
dueñas onradas é mugeres casadas » ; alzó las penas en que según dere- 
cho incurrían las viudas que pasaban ¿segundas nupcias antes de cum- 
plir el año siguiente á la muerte del primer marido, y prohibió el jue- 
go, « que es grant pecado, porque es manera de usura», tolerado por los 
Reyes sus antepasados ménos escrupulosos, y á veces favorecido como 
origen de la renta de las tafurerías. 

No extremó el rigor de las leyes suntuarias, y si bien moderó el gas- 
to de los convites, las reglas que dictó son breves, sin añadir sanción 
alguna. Su indulgencia en este punto se mostró á la clara al remitir «las 
penas é calomnias en que cayeron todos aquellos é aquellas que non 
guardaron el ordenamiento quel Rey mió padre fizo en razón del vestir 
é de las faldas. » 

Tampoco fió demasiado en la eficacia de las leyes relativas al uso de 
los caballos y las muías , pues si confirmó el ordenamiento de Alfon- 
so XI para que quien « oviere cierta quantía de mrs. mantoviese caballo 
é armas >», también abolió la parte que trata de las yeguas y de las mu- 
las, mutilando la obra del Rey su padre en las Cortes de Alcalá de He- 
nares de 1348. 

Mejoró la policía de los montes y amenazó con la muerte al que cor- 
tase , desarraigase ó quemase pinos en los pinares ó encinas en los enci- 
nares de los concejos para hacer sembrados; pena rigurosa por cierto, 
mas sin la nota de crueldad en la ejecución, de que no está limpia la 
establecida por Alfonso X en las Cortes de Valladolid de 1258. 

Procuró el Rey poner en paz los pueblos partiendo sus términos y fa- 
llando sus contiendas sobre el pacer y el cortar, es decir, deslindando 
el derecho de cada comunidad de vecinos á los aprovechamientos co- 

37 



290 exímen de los cuadernos de cortes. 

muñes, en lo cual no introdujo novedad , salvo la promesa de dar hom- 
bres buenos que juzgasen los casos dudosos, confirmando en lo demás 
el ordenamiento de Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de 1348. 

Por último , á pesar de su recia condición , fué D. Pedro de Castilla 
más benigno con los Judíos que otros Reyes de la edad media. Su polí- 
tica con relación al pueblo hebreo no se apartó mucho de la senda tra- 
zada en anteriores ordenamientos inspirados por el odio de raza y la pa- 
sión religiosa que tan sañuda hizo la justicia de los cristianos; pero 
todavía cerró los oidos al clamor general que le pedia nuevas leyes de 
cólera y venganza. Aquellas nobles palabras: « los Judíos son giente ira- 
ca é que han menester defendimiento >» , denotan que en el corazón del 
Rey hallaban cabida la piedad y mansedumbre contra la opinión del 
vulgo, siempre duro con los hijos de Israel, é implacable en su dureza. 
Por eso escribe Colmenares (y no ciertamente con ánimo de enaltecer la 
memoria de este Rey )• «quiso y favoreció tanto á los Judíos, que lo 
nombraron su patrón y amparo *.>• Contaban con la protección del Te- 
sorero mayor á quien apellida la Crónica D. Simuel el Levi; pero si el 
privado dió el impulso, fué el Rey D. Pedro el único autor délas leyes. 

Templando la justicia con la misericordia, renovó los ordenamientos 
que prohibían ei trato familiar de mujer cristiana con Moro ó Judío, y á 
éstos tomar nombres de cristianos y vestir como ellos; otorgó que los Ju- 
díos morasen en barrios y calles ciertas y apartadas, siempre que hubie- 
se mediado avenencia ó composición con los concejos ó los prelados, y 
no como ley general y de forzosa observancia; no accedió á la petición 
sobre que los Judíos no pudiesen comprar ningunas heredades, remi- 
tiéndose á lo mandado por Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de 1348; 
revocó y deshizo las posturas frecuentes en las aljamas, por las cuales 
se obligaban los Judíos á no pujar los alquileres de las casas de los cris- 
tianos que otros sectarios del judaismo habitaban, y para que gozasen de 
la protección de la justicia en sus personas y haciendas, restituyó al 
pueblo israelita sus alcaldes propios, y permitió que los Judíos de cada 
ciudad ó villa tomasen un alcalde de los ordinarios según fuero ó cos- 
tumbre, para oir y librar sus pleitos conforme á derecho. 

Mantuvo la prohibición de prestar á usura; pero resistió conceder nue- 
vas moratorias, dando por razón que « por estas tales esperas facen á las 
vegadas á los cristianos grandes dapnos renovando é alzando las cartas 
á mala barata, non teniendo mientes que pues han espera, que jamás 

l Historia de Segovía, cap. xxv, § xiv. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 291 

las han á pagar ; e otrosí porque los Judíos son astragados é proves por 
non cobrar sus debdas fasta aquí.» En fin, dictó providencias discretas 
y oportunas para evitar las maliciosas excepciones con que los cristia- 
nos entorpecían el curso de los pleitos sobre el pago de las cantidades 
recibidas de los Judíos á título de préstamo, considerando (dijo el Rey) 
que « son companna fracca, é á las vegadas los oficiales non les facen 
tan ayna compremiento de derecho, nin les facen entrega de las debdas 
que les deben como cumple. » 

Hubo en estas Cortes grandes reyertas entre los procuradores de Bur- 
gos y los de Toledo sobre cuáles debían responder en nombre del brazo 
popular á las palabras del Rey después que tomó asiento en el estrado. 
El Rey, vista la porfía, recordó lo pasado en las de Alcalá de 1348, y 
como su padre Alfonso XI había dirimido la discordia; «é él mismo 
fallaba agora que debia facer así, mandar á los procuradores de Toledo 

é Burgos que callasen, é que el Rey dijese Los de Toledo farán todo 

lo que yo les mandare, é así lo digo por ellos, é por ende fable Burgos» l . 

El cuaderno de las peticiones generales hechas en las Cortes de Va- 
lladolid de 1351 es muy notable y honra sobremanera al legislador. La 
organización de una fuerza armada y siempre apercibida para salir al 
campo en seguimiento de los malhechores; la firmeza unida á la pru- 
dencia con que defendió la jurisdicción real contra los abusos de la ecle- 
siástica ; la protección que dispensó á la ganadería sin agravio de los la- 
bradores; la libertad relativa que otorgó al comercio interior y exterior; 
la severa represión del monopolio que aspiraban á ejercer los gremios 
de las artes y oficios; el rigor empleado en perseguir y refrenar la va- 
gancia; la flojedad en la aplicación de las leyes suntuarias y el espíritu 
de justicia templada con la misericordia que resplandece en las perte- 
necientes á los Judíos, son claros indicios de una inteligencia superior 
que abre nuevos horizontes á su siglo, y títulos de gloria que D. Pedro 
de Castilla puede someter con orgullo al fallo de la posteridad. 

Es cierto que concurrieron á formar los ordenamientos de aquellas 
Cortes D. Juan Alfonso, señor de Alburquerque, Canciller mayor del 
Rey y su privado, así como el Notario mayor del Reino de León , don 
Vasco, Obispo de Palencia, promovido después al Arzobispado de Toledo, 
prelado docto y de santa vida, que fué más tarde desterrado á Portugal, 
en donde le alcanzó la muerte el año 1360 ; pero en las antiguas mo- 
narquías el Rey eclipsaba la fama de los ministros de su autoridad, y al 



1 Crónica del Rey D. Pedro, año n, cap. xvi. 



292 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Rey se atribuían todos ios sucesos prósperos ó adversos de su tiempo. 

El cuaderno de las peticiones especiales dado en estas mismas Cortes, 
respondiendo el Rey á las que le hicieron los procuradores de los conce- 
jos, versa principalmente sobre materias de gobierno que miran de cer- 
ca álos pueblos. Diríase que, bien considerado, es un cuerpo de leyes re- 
lativas en su mayor parte á la administración municipal. 

La inmunidad de los procuradores á las Cortes de Valladolid de 1351, 
no fué, al parecer, muy respetada. « Algunos por mal querencia, et otros 
por facer mal é danno á algunos de los procuradores que aquí son veni- 
dos, les facen acusaciones maliciosamente, é les mueven pleitos aquí en 
la corte por los cohechar.» La respuesta del Rey en poco se aparta de la 
que dió con igual motivo y se contiene en el cuaderno délas peticiones 
generales. 

Moderó D. Pedro de Castilla la autoridad de ciertos adelantados que 
«usaban de sus oficios muy sueltamente», y reprimió los excesos de 
algunos prelados, caballeros y otras personas poderosas del reino de Ga- 
licia que usurpaban la jurisdicción de las ciudades, villas y lugares á 
cuyos concejos pertenecía en virtud de cartas reales y privilegios, y 
mandó al adelantado de Galicia y pertiguero de Santiago ampararlos y 
defender su posesión. 

Representaron los procuradores contra el abuso de pasar las hereda- 
des realengas al abadengo sin fuero ni tributo, miéntras los abadengos 
no tornaban al realengo, « ca dicen que siempre finca el sennorio pro- 
pio al abadengo.» En efecto, varios ordenamientos hechos en las Cortes 
de Medina del Campo de 1318, Madrid de 1329, Burgos de 1345 y Al- 
calá de 1348, prohibían que pasase heredamiento de realengo, solariego 
ó behetría á lo abadengo; ley en tiempos normales mal cumplida, y 
peor cuando sobrevino la gran mortandad á causa de la peste que inva- 
dió los reinos de Castilla y León en 1347. Entónces se avivó la devoción 
de los fieles, r y fueron muchos los que « mandaron grant parte de las 
eredades que avien á las eglesias por capellanías é por aniversarios »; 
con lo cual la jurisdicción y los derechos del Rey vinieron muy á mé- 
nos. El perjuicio era notorio y la violación de la ley manifiesta. Sin 
embargo, prevaleciendo los consejos de la prudencia, respondió el mo- 
narca: «Yo mandaré facer sobresto en tal manera que mío servicio sea 
guardado é pro de la mi tierra, et a la Eglesia su derecho. » 

Confirmó el Rey D. Pedro el privilegio que tenían diversas ciudades 
y villas de escoger oficiales entre sus vecinos, salvo cuando los pueblos 
con la mayor parte del concejo y de los caballeros se los pidiesen, pues 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 293 

entónces se los daría tomando moradores de Castilla para las ciudades y 
villas de este reino, de León para las de León, y lo mismo en Extrema- 
dura y Toledo. 

Ofreció" emendar los agravios de que se quejaron los pueblos por do- 
naciones de villas, aldeas y otros lugares que habían hecho los Reyes, 
cuidando de añadir que semejantes mercedes estaban autorizadas por el 
uso y la costumbre. 

No accedió al ruego de los procuradores para que encomendase la 
guarda de los alcázares, castillos y fortalezas de las ciudades y villas á 
caballeros, hijosdalgo y hombres buenos délas mismas; pero empeñó 
su palabra de escarmentar á los alcaides, si cometiesen algún acto de 
violencia en daño de los vecinos. 

Prohibió á los prelados, ricos hombres y personas poderosas tomar 
yantares, usar de la jurisdicción real y tener encomiendas de vasallos 
sin derecho en los alfoces y aldeas de su señorío, y dió las llaves de las 
ciudades, villas y lugares de la Corona á los concejos ó á los oficiales 
puestos por el Rey según uso y costumbre. 

Amparó la propiedad de las ciudades, villas y lugares en las aldeas, 
casas y heredades adquiridas por compra, cambio, donación ú otro tí- 
tulo derecho contra toda usurpación ; prometió considerar y resolver lo 
conveniente acerca de la petición relativa á restituir á la Corona las 
ciudades, villas, lugares, aldeas y jurisdicciones que habiendo sido de 
realengo pasaron á otros señoríos por irerced de los Reyes, y no enaje- 
narlas en lo venidero; declaró su voluntad de emendar los agravios que 
cometían algunos señores de lugares abadengos, solariegos y behetrías 
al tomar y embargar las casas, heredades, frutos, rentas y esquilmos de 
los vecinos que iban á morar á otros lugares, siendo de uso y costum- 
bre la libertad de mudar de domicilio, pagando la infurcion y pecho 
forero al señor; ordenó que los prelados y los hijosdalgo se abstuviesen 
de derramar pechos y usar de la justicia en los alfoces y aldeas perte- 
necientes á la jurisdicción real contra la voluntad de los concejos en cu- 
yos términos se hallaban, y prohibió labrar y adhesar los egidos de los 
pueblos para que se conservasen los aprovechamientos comunes. 

En materia de pechos halló justa la petición de que si hiciese á algu- 
no la merced de excusarle de pagarlos, se entendiese de los pechos y de- 
rechos reales, y no de los concejiles; desterró el abuso impío de exigir 
diezmo y medio de la cuantía del rescate al cristiano cautivo en tierra 
de Moros, cuando pasaba la frontera en donde se cobraban los derechos 
del almojarifazgo; mandó que pagasen los pechos concejiles « muchos 



294 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE COHTEP. 

ornes legos que son casados et otros que lo non son, que beben las aguas 
é pacen las yerbas de los exidos con sus ganados , é cortan los montes, 
et que se aprovechan de los lugares onde moran», y se negaban y re- 
sistían á pechar como los vecinos ; limitó la responsabilidad por deudas 
de pechos á los verdaderos deudores, y mandó guardar su fuero á los 
lugares exentos. 

Prohibió el Rey á los oficiales de su Casa y á los demás de las ciuda- 
des, villas y lugares de su señorío arrendar las rentas de la Corona; 
mantuvo el derecho de los arrendadores contra la petición que si los 
concejos de las ciudades , villas y lugares se allanasen á darle « tanta 
quantía en quanto fueren arrendados», se deshiciesen los arriendos, 
guardando la fe de los contratos; ofreció ser piadoso con los arrendado- 
res y sus fiadores presos ó huidos por insolventes, hallando razón para 
hacerles gracia, y resolvió que los pueblos del mar fuesen excusados de 
fonsadera el año que bogasen en galera ó lo pagasen , mas no de mone- 
das ni servicios. 

Dispensó el Rey D. Pedro protección á la ganadería, prohibiendo la- 
brar y adehesar en los ejidos de los pueblos para que paciesen los gana- 
dos, según queda advertido; pero no con ofensa de los labradores, te- 
niendo en fiel la balanza entre la industria agrícola y la pecuaria. Por- 
que amó la justicia prestó atento oido á las quejas de los procuradores 
que denunciaron el abuso de los prelados, hijosdalgo y otros hombres 
poderosos de Galicia, cuyos ganados mayores y menores vagaban libre- 
mente por el campo sin pastores que los guardasen. Seguíanse de este 
abandono muchos daños en las labores, en los panes y en las viñas , de 
suerte que los pobres labradores « perdían de cada anno grant parte de 
los frutos de la tierra. >< Acudió D. Pedro de Castilla al remedio del mal 
ordenando « que el sennor ó sennores cuyos fueren los ganados pechen 
el danno que ficieren á los duennos de las vinnas, é de los otros panes, 
é délas otras sembradas, segunt se contiene en el fuero de León que 
ellos han.» 

Pasan de diez los ordenamientos relativos al comercio interior y ex- 
terior que contiene el cuaderno de peticiones especiales dado en las 
Cortes de Valladolid de 1351. De antiguo los mercaderes bretones fre- 
cuentaban los puertos de Galicia y Vizcaya y acudían á las ferias que 
se celebraban tierra adentro, y aun se avecindaban en los lugares de 
contratación para la mayor comodidad de sus negocios. El progreso de 
las armas cristianas durante el siglo xm, abrió al comercio los puertos 
de Andalucía, que fueron visitados por mercaderes franceses, ingleses, 



exámen de los cuadernos de cortes. 295 

flamencos é italianos con sus naves cargadas de géneros que vendían, 
comprando en cambio los frutos del país. El movimiento mercantil se 
acelera en el siglo xiv. La ciudad de Sevilla, merced á los privilegios 
que con mano liberal le habían otorgado los Reyes, y á su ventajosa si- 
tuación á la orilla del Guadalquivir, « estaba en grandísima opulencia, 
llena de nobleza y llena de pueblo, con la fertilidad de los campos y con 
la ayuda del comercio de naciones extranjeras abundante y rica » 1 . 

La creciente prosperidad de los reinos de León y Castilla se refleja en 
los ordenamientos de las Cortes. El Rey D. Pedro protegió «á los mer- 
caderes é viandantes que usan de levar mercaderías é viandas á la cib- 
dat de Sevilla é á las otras cibdades é villas de su sennorío >- contra las 
vejaciones de los roderos y portazgueros de quienes recibían agravios, 
ya en tomarles lo que llevaban, ya en fijar precios muy altos á los gé- 
neros y frutos al pasar por los puertos para que el diezmo fuese mayor, 
y tal vez superior á lo que costaban, ademas de muchos embargos y 
detenimientos. Respetó el privilegio de los lugares quitos de portazgo, 
y la antigua costumbre de no pagarlo el vecino ó morador de la villa 
ó lugar en donde tenían su vecindad constituida. A la ciudad de San- 
tiago hizo la merced de alargar de tres á quince dias el plazo de las 
dos ferias que tenía cada año. 

Era costumbre que si un mercader empleaba el diezmo que pagaba 
al entrar mercaderías extranjeras en comprar otras nacionales que saca- 
ba del reino, no pagase nuevo diezmo cá la salida, á lo cual llamaban 
retorno. El Rey dió por respuesta á la petición de los procuradores ene- 
migos de la libertad de sacar sin diezmo, «fallo que non deven aver 
retorno. » 

No relajó la prohibición de sacar caballos, ni la de introducir el vino 
de Aragón y Navarra en Castilla, * porque averán por ende manera de 
se labrar las eredades.» No consintió que exigiesen diezmo del vino que 
se cargaba en los puertos de Galicia para vender, ni del retorno en vian- 
das, paños y otras mercaderías, asomando en todo esto confusamente el 
sistema protector. 

Declaró que no pagasen diezmo los dueños de las naves y navios que 
de Flandes y otras partes se refugiaban en Castrourdiales y se amarra- 
ban á las peñas para resistir los peligros de los vientos de la mar brava, 
dando fiadores en seguridad de no descargar allí, sino que se irían pa- 
sada la tormenta, y descargarían en puerto en donde hubiese diez mero. 

1 Ortiz de Zúñiga, Anales ecl. ysec.de la ciudad de Sevilla, lib. v, año 1327. 



296 EXÁMEN DE LOS CÜADERNOS DE CORTES. 

Por último, los procuradores hicieron saber al Rey que algunos caba- 
lleros y personas poderosas de Galicia empleaban los medios de fuerza 
para compeler á los serviciales y yugueros que moraban en sus lugares 
á ciertas labores del campo. Si se resistían, los amenazaban ó prendian, 
y áun les tomaban sus bienes. El Rey D. Pedro condenó el abuso, y man- 
dó al merino mayor de Galicia y al pertiguero de Santiago que proce- 
diesen contra los culpados de violencia según fuero y derecho. 

Hubo en Castilla siervos obligados á trabajar para el señor algunos 
dias del año. Unos araban , cavaban ó sembraban , y otros entendían 
en la poda ó la siembra. Estas prestaciones personales fueron desapare- 
ciendo á medida que fué mejorando la condición de los siervos rurales, 
convertidos en vasallos solariegos , y más tarde en colonos libres. 

Alfonso X en las Partidas y Alfonso XI en el Ordenamiento de Alca- 
lá dieron fuerte impulso á la emancipación. Asturias y Galicia, situa- 
das en un extremo de la Península, alejadas de las nuevas poblaciones 
que convidaban con la libertad y sustraídas por su lejanía á la vigilan- 
cia de los Reyes, soportaron por más tiempo el yugo de la nobleza y la 
opresión del régimen feudal; y así se explica cómo todavía en la mitad 
del siglo xiv se ofreceá D. Pedro de Castilla la ocasión de hacerse popu- 
lar. Galicia se le mostró fiel en la desgracia. 

El cuaderno de las peticiones especiales es un claro testimonio del 
amor que el Rey D. Pedro tenía á su pueblo y de la protección que le 
dispensaba, aun á riesgo de perder la amistad de los grandes. No sola- 
mente defiende á los hombres del estado llano de los agravios de la no- 
bleza, pero también favorece los concejos y otorga al comercio liber- 
tades muy tempranas. 

Siguen á este cuaderno cuatro ordenamientos de menestrales y pos- 
turas dados en las mismas Cortes de Valladolid de 1351. Todos cuatro 
concuerdan en lo esencial. Las diferencias nacen délas particulares cir- 
cunstancias de cada una de las comarcas á las que fueron otorgados, á 
saber : 1.° arzobispado de Toledo y obispado de Cuenca : 2.° arzobis- 
pado de Sevilla y obispados de Córdoba y Cádiz : 3.° obispados de 
León, Oviedo y Astorga y reino de Galicia : 4.° territorios de Burgos, 
Castrojeriz, Cerrato, Valle de Esgueva, Santo Domingo de Silos, Va- 
lladolid y Tordesiilas , Carrion y Sahagun. 

El Rey expone las razones que le determinaron á dar los cuatro orde- 
namientos. Los brazos del reino presentes en las Cortes de Valladolid 
de 1351 se quejaron de la escasez y carestía del pan y del vino y demás 
cosas necesarias á la vida. Era la causa (según ellos), que vagaban por 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 297 

la tierra muchos hombres y mujeres que no querían labrar, y los que 
labraban pedían tan altos precios , soldadas y jornales, « que las here- 
dades non las podían complir, et avian á fincar yermas et sin lavo- 

res.» Los menestrales vendían las cosas de sus oficios á voluntad y por 
mucho mayores precios que valían. Para remediar tamaño desórden, 
« queriendo et amando el provecho comunal de los que viven en los 
mios regnos», hizo el Rey D. Pedro los ordenamientos de menestrales y 
posturas , cuya síntesis consiste en leyes preceptivas del trabajo y mo- 
deradoras de los precios ó la tasa. 

En cuanto á lo primero , reprodujo lo mandado en el cuaderno de pe- 
ticiones generales acerca de los hombres baldíos, y lo extendió á las mu- 
jeres para que todos viviesen de la labor de sus manos y no anduviesen 
pidiendo ó mendigando , « salvo aquellos et aquellas que oviesen tales 
enfermedades et lisiones ó tan grand vejez que lo non puedan facer, et 
mozos et mozas menores de edad de doce annos.» 

Ordenó que los labradores y labradoras y demás personas que lo pu- 
diesen y debiesen ganar, labrasen las heredades continuamente, y los 
peones « que andan á jornal» , sirviesen por los precios establecidos. 

Los menestrales «que se suelen alogar», debían salir cada dia en que- 
brando el alba á la plaza del lugar de donde eran moradores con sus 
herramientas y viandas, y trabajar de sol á sol. Todo menestral estaba 
obligado á usar de su oficio á la continua y hacer sus labores bien y 
lealmente. 

Los que tuviesen necesidad de labradores, peones y hombres baldíos 
podían tomarlos en donde los hallasen , interviniendo las justicias de 
los pueblos para obligarlos á trabajar por los precios señalados en cada 
ordenamiento. En cambio, los que tomaban maestros carpinteros, alba- 
ñiles ú hombres ó mujeres, no podían demorar la paga «en ninguna 
manera contra la voluntad de los jornaleros. -> 

Prohibió el Rey á los hombres y mujeres hacer cofradías, cabildos 
ni ordenamientos en daño del pueblo sin los oficiales de cada lugar, mo- 
dificando la ley contra las cofradías y posturas de los menestrales y mer- 
caderes que contiene el cuaderno de las peticiones generales. La prohi- 
bición dejó de ser absoluta, pues las cofradías, los cabildos y ordena- 
mientos son posibles con la aprobación de la autoridad local. 

Respecto á lo segundo, ó sea la tasa, el ordenamiento fija el precio de 
distintas labores, así del campo como pertenecientes á las artes y oficios, 
y aun el de ciertos servicios domésticos está limitado. La relación su- 
ministra un caudal no despreciable de noticias útiles para tejer la his- 

88 



298 KXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

toria económica de España, y contribuye á formar idea de la vida ín- 
tima de nuestro pueblo en el siglo xiv. 

La tasa fué un error profesado como un axioma de la política durante 
la edad media, y de raíces tan hondas, que el tráfico libre, ó sea el co- 
mercio y venta de los objetos de primera necesidad en todos los pue- 
blos del reino, data de ayer; por lo cual sería injusto culpar á D. Pedro 
de Castilla de haber seguido la corriente de la opinión recibida sin el 
escrúpulo más leve por sus contemporáneos. Todavía merece alabanza 
en dos cosas, á saber: que en vez de un solo ordenamiento de menestra- 
les y posturas general y extensivo á todo el reino, hizo cuatro, conside- 
rando que los precios no podían ni debían ser iguales; y que se abstuvo 
de fijar el de otras muchas cosas, encomendando este cuidado á los al- 
caldes, alguaciles ó merinos, « et á los que han de veer las faciendas de 
los lugares Comprendió la imposibilidad de extender la tasa en vir- 
tud de una ley hecha en Cortes á la multitud de pormenores y á los va- 
riables accidentes de la vida municipal. 

El ordenamiento de prelados que dió el Rey D. Pedro en las de Va- 
lladolid de 1351 , contiene las respuestas á las veinte peticiones del bra- 
zo eclesiástico relativas á negocios que le cumplían. En la fórmula 
acostumbrada de confirmación de sus fueros, libertades, franquezas, 
privilegios, donaciones , buenos usos y costumbres, cuidó el Rey de 
añadir la cláusula que fuesen guardadas las leyes de su padre Alfonso XI 
en las Cortes de Alcalá de Henáres de 1348: tanto velaba por su fiel ob- 
observancia. 

Suplicaren los prelados que confirmase y defendiese la inmunidad 
personal y real del clero escrita en los libros de la Partida y en los cua- 
dernos délas Cortes que se celebraron en León el año 1208, en las de Va- 
lladolid de 1235 y en otras, y sin embargo muchas veces violada. El Rey 
tuvo á bien mandar que los clérigos y religiosos no fuesen demandados 
ante los jueces seglares , « salvo en aquellas cosas que deven de derecho»; 
que los adelantados, los merinos y los oficiales de las ciudades y villas 
respetasen la jurisdicción que las iglesias y las Ordenes tenían en ciertos 
lugares; que en éstos no entrasen los jueces del Rey, silos prelados es- 
tuviesen en posesión de la justicia, ni los merinos, salvo en virtud de 
privilegio, fuero, uso ó costumbre, y que no se librasen por la Can- 
cillería cartas para que compareciesen en la corte los vasallos de las 
iglesias y los freires de las Órdenes siendo demandados, sino que los 
demandantes ejercitasen su derecho ante los jueces naturales. 

No debió padecer grande menoscabo la inmunidad real del clero ó la 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 299 

exención de tributos, pues no la reclaman los prelados, cuyas peticio- 
nes se limitan á la emienda de algunos agravios que recibían. El Rey 
prometió hacerles merced de la mitad de los servicios, moneda, fonsa- 
dera y demás pechos que hubiesen de pagar sus vasallos , en donde go- 
zasen de estos privilegios; no permitir á los ricos hombres, caballeros 
é hidalgos poderosos que tomasen yantares, viandas ni acémilas en los 
lugares de abadengo, como solían sin razón y sin derecho ; ni tampoco 
escoger en dichos lugares mayordomos, pastores ó aparceros, y á título 
de sus paniaguados, excusarlos de tributos; ni «lanzar pechos álos va- 
sallos», porque con tantas exacciones y violencias los empobrecían y se 
les yermaban sus poblaciones. 

Otorgó el Rey, á ruego de los prelados, la restitución á las iglesias y 
Ordenes de las heredades y posesiones de que habían sido depojadas du- 
rante las tutorías de Fernando IV y Alfonso XI y por mucho tiem- 
po ocultas, siempre que averiguada la verdad procediese según fuero y 
derecho. 

Renovaron los prelados la petición de los procuradores contenida en 
el cuaderno de las especiales, para que los heredamientos realengos, de 
abadengo ó de behetría no pasasen de una á otra jurisdicción , y supli- 
caron al Rey con ahinco que hiciese sobre esto nuevo ordenamiento, 
porque era muy frecuente el abuso de comprar los caballeros, escude- 
ros y hombres de las ciudades, villas y lugares realengos, heredades y 
posesiones pertenecientes á las iglesias y las Órdenes contra las leyes. 
Los prelados añadieron que el Rey Alfonso XI en el Ayuntamiento que 
hizo en Burgos el año 1345, habia mandado que los compradores fuesen 
obligados á vender dichas heredades y posesiones dentro de cierto pla- 
zo á hombres que pechasen por ellas, y que de allí en adelante no com- 
prasen más. Venció el plazo, los compradores no querían venderlas, y 
las enajenaciones continuaban; por lo cual pidieron que los dueños de 
aquellos bienes raíces los perdiesen, cediendo en beneficio de las igle- 
sias y de las Ordenes, «et que daquí adelante non puedan comprar, nin 
compren, nin ganen y otras heredades é posesiones , et si las compraren 
ó ganaren, que las pierdan et sean para ellos.» Fué la respuesta poco 
favorable, pues se limitó el Rey D. Pedro á mandar que se cumpliesen 
las leyes y ordenamientos dados por Alfonso XI en esta razón ; aludien- 
do sin duda á lo establecido en las Cortes de Burgos de 1315, Medina 
del Campo de 1318, Valladolid de 1325, Burgos de 1345 y Alcalá 
de 1348. 



300 EXÁMEN DE L08 CUADERNOS DE CORTES. 

Es un hecho constante en la historia la analogía entre el estado de 
las personas y la organización de la propiedad territorial. La afinidad 
se comprueba observando que así como las heredades de realengo, aba- 
dengo, solariego ó behetría debían pertenecer siempre al mismo se- 
ñorío, así también los labradores y otros hombres de condición humil- 
de , vecinos de lugares realengos ó abadengos , no podían hacerse vasallos 
de persona alguna poderosa, ni ganar vecindad en villas ó lugares pri- 
vilegiados por excusarse de pagar pechos. El vasallaje era una segunda 
naturaleza. Los prelados reclamaron contra la libertad de romper el 
vínculo del hombre con la tierra, y el Rey otorgó la petición á la me- 
dida de su deseo. 

Finalmente representaron los prelados « que los Judíos et Moros me- 
nestrales, cada uno en su oficio , labran públicamente los domingos 
et las otras fiestas que los christianos guardan por el anno , et que 
esto es en prejuicio et escándalo de los christianos» , y suplicaron al 
Rey mandase que no labrasen públicamente en los dias sobredichos, «et 
que si labrar quisieren, labrasen en sus casas, las puertas cerradas»; 
cuya razonable petición les fué fácilmente otorgada. 

Aparte de esta petición que mira al bien espiritual del pueblo católi- 
co, todas las demás se refieren á los intereses del clero como brazo del 
reino, y sobre todo á la conservación y extensión de los privilegios lu- 
crativos de los obispos, abades y maestres de las Ordenes de caballería 
en cuanto eran uno de los altos poderes del Estado. Menos atendieron á 
defender la jurisdicción eclesiástica, que á obtener del Rey la confirma- 
ción de las leyes que declaraban á los clérigos y religiosos exentos de la 
real ordinaria en sus pleitos y negocios temporales. Ciertas costum- 
bres licenciosas del clero inferior, reprobadas en las Cortes de Zamora 
de 1301, Valladolid de 1325, Alcalá de 1348 y otras anteriores y pos- 
teriores al reinado de D. Pedro de Castilla, no provocaron la menor 
queja ni la más leve censura. 

Ocupa el último lugar entre los ordenamientos hechos en las Cortes 
de Valladolid de 1351, el de fijosdalgo, que contiene las peticiones y res- 
puestas concernientes al brazo de la nobleza. 

Cuidaron los ricos hombres, caballeros é hijosdalgo allí reunidos, lo 
primero, de pedir al Rey les confirmase sus fueros y privilegios, buenos 
usos y costumbres, así como «las cartas de donaciones é compras que 
ovieron é han •>; y no contentos con la fórmula de estilo al principio del 
cuaderno, todavía le suplicaron con mayor instancia que les otorgase, 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 301 

confirmase y guardase las peticiones que Alfonso XI les habia otorga- 
do « en las Cortes é Ayuntamientos que fizo en quanto reinó» ; y en efec- 
to, obtuvo cumplida satisfacción su ruego. 

Largo fué el capitulo de las mercedes. La nobleza de aquellos tiempos 
nunca se hartaba de riquezas ; y así no es maravilla si solicitó del Rey 
« de les mandar crescer en las tierras é en las quantías » á los que las 
tenían, y librar á los que no tenían tierra, « porque todos los fijosdalgo 
del vuestro sennorio se puedan mantener, é estar guisados de cavallos é 
de armas para vuestro servicio » ; y el Rey prometió ver las tierras y las 
rentas como estaban, y repartirlas con igualdad entre ellos. 

También pidieron que les fuesen puestas las tierras en su justiprecio, 
y no en mayor quantía ; que valiese la primera carta de merced de tier- 
ra, sin necesidad de sacar otra ú otras cada año ó cada tercio; que no 
les quitasen los lugares, vasallos ó heredades de las Ordenes que poseían 
por sus vidas ó por cierto tiempo ántes de vencer el plazo de las dona- 
ciones, y que al hacer libramiento á los ricos hombres y caballeros de 
los reinos de Castilla y León, no fuesen olvidados los que moraban en 
las ciudades, villas y lugares de la frontera, cuyas peticiones fueron se- 
guidas de respuestas favorables. 

Otorgó el Rey D. Pedro que los hijosdalgo que habían comprado ó 
comprasen en adelante heredades en las behetrías de que no eran na- 
turales, pagasen lo debido según fuero; que si los compradores fue- 
sen hombres de las villas, ó de las Ordene^ ú otros cualesquiera no 
hijosdalgo, «que gelo entren»; es decir, que les tomen los bienes com- 
prados; que se partiesen con igualdad las behetrías entre sus natu- 
rales, recibiendo cada uno lo que le cupiere por solariego, y hacién- 
dole merced de lo perteneciente al Rey, á saber, la justicia, una parte 
de las martiniegas, la infurcion, mañería y otras rentas, y que fue- 
sen amparados y defendidos los moradores de las behetrías, condados 
é infanzonazgos que fijaban su vecindad en los lugares de realengo ó 
abadengo por ser así de fuero y costumbre. 

Las continuas querellas de los hijosdalgo y las fuerzas que hacían á 
los pueblos, obligaron al Rey Alfonso XI a deslindar los derechos de 
behetría y solariego en el Ordenamiento de Alcalá, cuyas leyes en esta 
razón prohiben, en cuanto á las personas, que ningún señor torne al 
solariego labrador de behetría, y respecto de las tierras, que nadie com- 
pre heredades de behetría sino el natural de ella '. 



1 Orden, de Alcalá, tít. xxxn, 11. xxvi y xxvu. 



302 EXÁMEN DE LOS CUADKKNOS DE CORTES. 

Los hijosdalgo alcanzaron del Rey D. Pedro la excepción por las ca- 
sas y heredades de behetría compradas, al mismo tiempo que pedían la 
observancia de la ley, siendo el comprador solariego, prevaleciendo la 
codicia de los nobles sobre el elevado criterio de Alfonso XI cuando es- 
tableció por ley del Ordenamiento de Alcalá que « todas las cosas, etlos 
logares , et las heredades de los solares non puedan ser vendidas nin 
enajenadas sinon con aquella carga que han los sennores en ellas * l . 

Recordando el empeño de D. Juan Alfonso de Alburquerque en partir 
las behetrías entre los hijosdalgo, porque esperaba ganar muchos luga- 
res, ya por los derechos de su mujer Doña Isabel, hija de D. Tello de 
Meneses, y ya porque la muerte de D. Juan Nuñez de Lara le hizo po- 
seedor de otros muchos también de behetría, fácilmente se adivina que 
empleó su privanza con el Rey D. Pedro en inclinar y mover el cuerpo 
de la nobleza á pedir la partición convidándola con los despojos. Sin 
embargo (dice la Crónica), las behetrías « non se partieron, é fincaron 
como primero estaban » 2 . 

Resulta que el privado tuvo arte para imponer su voluntad á la no- 
bleza, y que la nobleza se mostró débil y complaciente al acordar una 
petición que le fué otorgada por el Rey, mas no cumplida, por la resis- 
tencia de los mismos á quienes el cuaderno atribuye la idea del reparti- 
miento. 

Reclamaron los hijosdalgo contra las enajenaciones de heredades pe- 
cheras á favor de iglesias, clérigos ó caballeros, denunciando con este 
motivo las ventas fingidas y las donaciones para fundar capellanías, co- 
fradías y aniversarios, de lo cual resultaba la despoblación de sus luga- 
res, la disminución de sus rentas y la pérdida de sus derechos; á cuya 
petición satisfizo el Rey mandando que los señores de las behetrías y de 
las heredades y lugares solariegos pudiesen entrar y tomar lo que ha- 
bía sido dado ó mandado á las iglesias y abadengo según fuero. 

También concedió á los hijosdalgo la facultad de entrar y tomar las 
heredades vendidas por sus solariegos á hombres de las villas ó de las 
Ordenes, si los que á la sazón las poseían habían dejado correr el plazo 
de tres años sin venderlas á labradores solariegos ó de behetría, pues 
era de fuero el entramiento. 

Recordaron el ordenamiento hecho por Alfonso VII en las Cortes de 
Nájerade 1137 ó 1138, y apoyados en tan buena autoridad pidieron al 



• T.. xxvii, tít. xxxii. 

2 Crónica del Rey D. Pedro, año II, cap. Xill. 



EXÁMBN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 303 

Rey que las heredades solariegas, de behetría, condado ó infanzonazgo 
no pasasen á realengo ni abadengo, y así les fué otorgado. 

Instaron los hijosdalgo que, pues eran muchas las mandadas ó dona- 
das á las iglesias por capellanías ó aniversarios en tiempo de la mor- 
tandad, pagasen los herederos el valor que tenían al tiempo que Alfon- 
so XI estaba en el cerco de Gibraltar y las recobrasen; y si no quisie- 
sen rescatarlas, ni hubiese quien las comprase, las adquiriesen los con- 
cejos para que. guardando á la Iglesia su derecho, "fincasen regalengas. » 
El Rey dió por respuesta que mandaría hacer sobre esto ordenamiento 
« en tal manera que mió servicio sea guardado é pro de la mi tierra é 
á la iglesia su derecho. » 

Confirmó el Rey D. Pedro á los hijosdalgo la exención de fonsadera 
y demás pechos de que eran excusados por privilegio de la hidalguía, 
exceptuando á los que moraban en las ciudades , villas y lugares de la 
frontera, « porque han á. servir por las heredades que han según los fue- 
ros con que las ovieron » , y ofreció no pedir yantares en los pueblos de 
su señorío, así de lo que fué de regalengo, como en lo que tienen por 
su vida de lo abadengo. 

Enfermó el Rey en Sevilla por Agosto del año 1350, y llegó á punto 
de morir. Todos le contaban por muerto, con lo cual empezaron á mo- 
verse alteraciones, discurriendo unos sobre quién debería sucederle en 
la corona, preparándose otros á tomarla, y aprovechando los caballeros 
la ocasión que les brindaba con los pechos y derechos reales á riesgo de 
incurrir en graves penas. En estas Cortes de Valladolid de 1351, el Rey 
perdonó á los hijosdalgo el atrevimiento; y olvidando la culpa, se dió 
por satisfecho con que rindiesen la cuenta de lo usurpado. 

Otorgó á la nobleza licencia para edificar casas fuertes en sus tierras, 
sin agravio ni perjuicio de los lugares realengos, abadengos ú otros 
cualesquiera, ni de persona alguna en particular, manteniendo, sin em- 
bargo, el Ordenamiento de Alfonso XI en las Cortes de Valladolid 
de 1325 en cuanto á lo que mandó derribar. 

Otorgó el Rey D. Pedro dos peticiones relativas á la administración 
de la justicia, á saber, que si un hijodalgo de Castilla hubiere de litigar 
en la corte con otro de su misma calidad y naturaleza , le demandase 
ante el alcalde de los hijosdalgo ; y que las querellas que dieren contra 
ellos labradores de las behetrías ó de los lugares realengos, abadengos 
ó solariegos, se ventilasen ante los alcaldes de las comarcas en donde 
radicaban las heredades y según su fuero. 

Llevaron mal los hijosdalgo las peticiones de los procuradores para 



304 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

que cuando el Rey hubiese de dar oficiales á las ciudades ó villas por 
desavenencias entre sus vecinos, hubiesen de ser moradores de los lu- 
gares y comarcas y no otros algunos, porque (decían) los Reyes acostum- 
braron hacerles merced de estos oficios, « é que esta petición que ge la 
non quiera otorgar, i El Rey les respondió con gran cordura que guar- 
daría á las villas sus fueros, y á los hijosdalgo haría mercedes con 
derecho ; claro indicio de la pugna latente y continua del pueblo y la 
nobleza, aquel codicioso de libertades y ésta obstinada en la defensa de 
sus privilegios. 

Suplicaron al Rey que pusiese coto convenible al trabajo de los la- 
bradores y menestrales, cuya careza era causa de quedar yermas las más 
de las heredades; á lo cual respondió el Rey que habia hecho ordena- 
miento sobre ello, aludiendo á los cuatro de menestrales y posturas da- 
dos en las mismas Cortes. 

Dos peticiones de los hijosdalgo merecen particular atención. Quejá- 
ronse al Rey de que después de haber recibido las peticiones generales 
los prelados, las Ordenes y las ciudades, villas y lugares se juntaban 
cada dia para hacer otras « cada uno á su parte», siendo algunas contra 
los hijosdalgo y en su perjuicio, por lo cual le suplicaron que no las li- 
brase ni mandase librar sin ser primeramente llamados y oidos como 
era debido, y así les fué otorgado. 

De aquí resulta que una deliberación común, ó cuando ménos, un 
acuerdo de los tres brazos del reino, procedió á la redacción del cuader- 
no de las peticiones generales en las Cortes de Valladolid de 1351, y 
que cesó la concordia desde el momento en que los prelados, los hijosdal- 
go y los procuradores de los concejos resolvieron hacerlas especiales. 

Era difícil conciliar los intereses del clero, la nobleza y el pueblo, 
cuando no formaban un verdadero cuerpo político, sino tres clases del 
estado separadas por la confusa multitud é infinita variedad de los pri- 
vilegios. Si no faltaba razón á los caballeros para quejarse de las ciu- 
dades y villas, porque de sus peticiones especiales recibían agravio, 
tampoco les faltaba á las ciudades para sentirse de los caballeros, por- 
que se oponían á que el Rey les diese oficiales moradores del lugar ó 
su comarca. 

La segunda petición, notable y curiosa, es la relativa á los salarios 
de ios procuradores, asunto bien ajeno por cierto á lo que tiene ó debe 
tener de especial el ordenamiento de los fijosdalgo. 

Según el texto del cuaderno fué y era á la sazón merced del Rey dar 
á los procuradores llamados á las Cortes de Valladolid de 1351, cierta 



exAmen de los cuadernos de cortes. 305 
cuantía de mrs. para su costa, • á cada uno fasta que tornen á las ciu- 
dades, villas é lugares que los acá enviaron », concluyendo que les man- 
dase « facer alguna merced con que lo pasen » ; álo cual respondió: « yo 
fablaré con ellos é con los de la tierra que aquí son , é cataré como les 
faga merced. » 

Por la primera vez se mencionan en los cuadernos de las Cortes de 
León y Castilla los salarios de la procuración, aunque no con bastante 
claridad para poder afirmar que en el reinado de D. Pedro se introdujo 
la costumbre de percibirlos « en los lugares onde (los procuradores) 
venieron.» Las palabras de la petición - fué mi merced é es», no se 
compadecen con la respuesta del Rey que rehusa delicadamente otor- 
garla, y endulza la negativa con la vaga promesa de premiar los servi- 
cios de los procuradores. 

Como práctica observada en algunos pueblos, consta de un privilegio 
dado por Fernando III á la ciudad de Segó vía, que ya eran conocidos 
en el siglo xm los salarios de los mensajeros de los concejos á la corte, 
con la diferencia que no los pagaba el Rey, sino cada concejo á los 
que enviaba '. 

A las Cortes memorables de Valladolid de 1351, sucedió el Ayun- Ayuntamiento 

J de 

tamiento de Burgos de 1355, del cual da breve noticia la Crónica. Llegó Burgos de 1355. 
el Rey D. Pedro á Segovia, y « dende á pocos dias fuese para Burgos, 

é fizo Ayuntamiento de fijosdalgo, é de algunos de las cibdades é 

querellóse delante todos de como fuera preso é detenido en Toro, é 
díjoles que le ayudasen á facer venir á su obediencia á la Reina su ma- 
dre .... é otrosí al Conde D. Enrique, é á D. Fadrique, Maestre de San- 
tiago , é á ü. Tello sus hermanos, é á D. Ferrando de Castro que se le 
eran alzados é le facían guerra. Otrosí pidió á las cibdades é villas que 
le sirviesen con dineros é con gentes para esto ; é todos le dijeron que 
les placía, é así lo ficieron » 2 . 

Obsérvese que el cronista se guarda de llamar Cortes á la asamblea 
de Burgos de 1355, bien calificada de Ayuntamiento En efecto, no 
consta la asistencia de los prelados, y por otra parte el brazo popular 
estuvo mal representado por los procuradores de algunos concejos; de 

1 « E quando quit-iéredes vos á mí enviar vuestros homes bonos por pro de vuestro Concejo, 
que catedf-s cavalleros a tales, quales tovierdes por guisados de enviar á mí. Et a aquellos cava- 
lleros que en esta guisa tomáredt-s para enviar á mí, que les dedes despensas de Concejo en esta 
guisa : que quando vinieren fasta Toledo, que dedes á cada cavallero medio maravedí ca la día, 
é no más ; é de Toledo contra la frontera, que dedes á cada cavallero un maravedí cada dia.» 
Fecha la carta en Sevilla el 22 de Noviembre de 1250. Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxr, 
§xiv. 

J Crónica del Rey D. Pedro, año vi, cap. II. 

39 



306 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



Cortes 
de 

Sevilla de 1362. 



Ayuntamiento 
de Bubierca de 
1363. 



forma que no fueron verdaderas Cortes, y ménos todavía Cortes genera- 
les. Sin embargo, sirvieron al Rey D. Pedro con dinero para hacer 
frente á los gastos de la guerra civil que asomaba 1 . 

De nuevo llamó el Rey á Cortes, y las juntó en Sevilla el año 1362. 
Concurrieron : 

Los prelados , los grandes señores del reino que allí se habían reunido 
para salir á campaña contra los Moros, y « las ciudades y villas por sus 
procuradores con procuraciones suficientes para facer lo que les el Rey 
mandase »> 2 . 

Fueron estas Cortes famosas, porque el Rey ü. Pedro declaró en ellas 
que ántes de su casamiento con Doña Blanca de Borbon habia contraí- 
do matrimonio por palabras de presente con Doña María de Padilla (que 
ya era muerta), de quien hubo un hijo y tres hijas, todos legítimos, á 
saber, D. Alfonso, Doña Beatriz, Doña Constanza y Doña Isabel. El Rey 
mandó aquel dia que llamasen á Doña María de Padilla la Reina Doña 
María, á D. Alfonso Infante, é Infantas á sus hermanas ; y luego orde- 
nó « que o viesen é jurasen al dicho D. Alfonso, su fijo, por Infante he- 
redero después de sus dias en los regnos de Castilla é de León, é ficiéron- 
lo todos así » 3 . 

Con las mudanzas de la fortuna resultaron vanos los propósitos de 1 
Rey D. Pedro; mas siempre quedará vivo el ejemplo de la grande au- 
toridad de las Cortes para fijar el derecho de suceder en la Corona, aun 
siendo la legitimidad de los hijos del Rey dudosa. 

Hizo D. Pedro de Castilla por la última vez Ayuntamiento de señores 
y caballeros, y de procuradores de las ciudades y villas « que mandara 
y venir con poderes bastantes » , el año siguiente de 1363 en Bubierca, 
un lugar del reino de Aragón. El motivo fué la jura de sus tres hijas 
por herederas del reino por muerte del Infante D. Alfonso, « cada una 
en sucesión de la otra, en guisa que Doña Beatriz fuese la primera; é si 
desta non fincase heredero, que heredase el regno Doña Constanza, é 
después sus herederos legítimos; é si della non fincasen legítimos he- 
rederos, que heredase después Doña Isabel é sus herederos legítimos é 
descendientes; é esto se entendiese non aviendo el Rey fijo varón legí- 
timo para heredar el regno. E ficiéronlo así é juráronlo todos los 

del regno que allí eran » 4 . 

1 Cortes llaman á'este ayuntamiento de Burgos, Mariana, Hist. general de España, lib. XVI, 
caps, xx y xxi, y Ortiz de Zúfiiga, Anales ecl. y secul. de la ciudad de Sevilla, año 1355, núui. 1. 

2 Crónica del Rey D. Pedro, año xiu, cap. VIII. 

3 Orón. ibid. 

•* Crónica del Rey D. Pedro, año xiv, cap. m. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTEP. 307 

A varias é importantes reflexiones da motivo este suceso. Nótase la 
ausencia de los prelados en aquel Ayuntamiento, su celebración en un 
lugar oscuro del reino vecino, y la nueva forma de jurar al heredero 
ó heredera de la Corona, pues fueron recibidas por tales tres Infantas 
en un solo acto, cada una en su grado según la edad, y ceñido el dere- 
cho á la sustitución. 

Las causas de tan extrañas novedades son conocidas. Hallábase el Rey 
de Castilla en guerra con el de Aragón. Juntó el castellano un grueso 
ejército, y rompiendo por la tierra del enemigo, rindió á Calatayud y 
asentó sus reales más adelante hácia Borja, en cuya comarca se halla el 
humilde lugar de Bubierca. Aprovechando la ocasión de militar en su 
compañía la flor de la nobleza, llamó á los procuradores de los conce- 
jos y no á los prelados , acaso considerando la distancia y su pacífico 
ministerio. Retroceder á Castilla para celebrar Cortes, era perder todas 
las ventajas de la campaña; y como por otra parte no reparaba el Rey 
D. Pedro en escrúpulos de estricta legalidad, tuvo allí aquel Ayunta- 
miento. 

La forma irregular de la jura obedecía á los peligros que cercaban al 
Rey en medio de sus rápidas victorias. Habíase alzado en armas contra 
él su hermano bastardo el Conde D. Enrique, y bien se traslucía que 
aspiraba al trono. A la ambición del Conde de Trastamara opuso D. Pe- 
dro de Castilla la triple barrera del juramento prestado en Bubierca, y 
no sin fruto. 

En resolución, no hubo verdaderas Cortes de Bubierca en 1363. Fué, 
como dice la Crónica, un Ayuntamiento de dos brazos del reino en ter- 
ritorio extranjero. Es verdad que ninguna ley obligaba á reunirías en 
los términos de León ó Castilla; pero así lo requería la esencia de la 
institución. El caso, por ser único, no constituye precedente de valor 
apreciable en la historia de nuestras antiguas Cortes. Sin embargo , la 
presencia de los procuradores de las ciudades y las villas dió bastante 
fuerza á la jura del inmediato sucesor para que, andando el tiempo y 
por bien de paz, una nieta del Rey D. Pedro compartiese el trono con 
un nieto de su afortunado rival D. Enrique de Trastamara. 



308 



•EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



CAPITULO XVII. 

REINADO DE D. ENRIQUE II, EL BASTARDO. 



Ordenamiento de peticiones otorgado en las Cortes de Burgos de 1366. —Ordenamiento otorgado á pe- 
tición de loscaballeros y hombres buenos de la ciudad de T ledo en las mismas. — Ordenamiento de 
las Cortes de Toro de 1369. — Ordenamiento hecho en el Ayuntamiento ó Cortes de Medina del Cam- 
po de 1370.— Ordenamiento para la administración de justicia dado en las Cortes de Toro de 1371. 
— Ordenamiento en respuesta á las peticiones generales hecho en las mismas.— Ordenamiento de 
Cancillería hecho, según se cree, en Isa mismas. — Ordenamiento dado á petición de los prelados en 
las mismas. — Ordenamiento otorgado respondiendo á las peticiones particulares de la ciudad de Se- 
villa en las mismas. — Ordenamiento hecho en las Cortes de Burgo s de 1373. — Ordenamiento de 
Cancillería que se presume otorgado en las Cortes de Burgos de 1374. — Ordenamiento hecho en las 
Cortes de Burgos de 1377. 



Corría el año 1366. El conde D. Enrique, seguido de fuertes compa- 
ñías de aventureros reclutados en Francia, á las que se agregó buen nú- 
mero de sus parciales, entró en Castilla por Alfaro , y llegado á Cala- 
horra, levantando el velo de su ambición, tomó el título de Rey. En 
Burgos fué coronado con las ceremonias de costumbre, y allí mismo le 
hicieron pleito homenaje muchos caballeros é hijosdalgo, el concejo y 
buen número de procuradores de las ciudades y villas del reino. 

Casi todos los pueblos se rindieron á su obediencia. Dió villas, luga- 
res y castillos por juro de heredad á los ricos hombres y caballeros en 
premio de sus servicios , y concedió grandes mercedes á los de menor 
estado. Elogian los autores la liberalidad de un Rey que empobreció la 
Corona, y fuera más justo compadecerle, porque la codicia de los nobles 
y el deseo de ganar voluntades le obligaron á ser dadivoso. 
Cortes Antes de espirar el año llamó á Cortes que celebró en la antigua ca- 

i3o^ U y g i°367 e V^ 3 ^ de Castilla, y alcanzaron al siguiente de 1367. Cuenta la Crónica 
como « fueron y llegados todos los más honrados é mayor es del regno»; 
y aunque hay críticos á quienes el testimonio de Pérez de Avala, por 
su ódio al Rey D. Pedro, parece en muchas ocasiones sospechoso, en la 
presente no se aparta un punto de la verdad. 

Ademas del cuaderno en que se citan los nombres del hijo y herma- 
nos de Enrique II, de los arzobispos, obispos, maestres, ricos hombres, 
caballeros, escuderos é hijosdalgo que acudieron al llamamiento con los 
procuradores de las ciudades, villas y lugares del reino, consta de un 
privilegio dado por el nuevo Rey á la iglesia catedral de Segovia , « en 



EXÁMEN DE L03 CUADERNOS DE CORTES. 30? 

las Cortes de la muy noble ciudad de Burgos, cabeza de Castiella « el 
dia 26 de Enero de 1367, que el concurso fué escogido y numeroso 

El mero hecho de reunirse estas Cortes por convocatoria de Enri- 
que II. bastaba á legitimar su proclamación en Calahorra y su corona- 
ción en Burgos, absolviéndole de la usurpación y dispensándole la bas- 
tardía. Fué Enrique II elevado al trono por el voto del clero, la nobleza 
y el pueblo, y no llamado á ocuparlo por derecho de sucesión con ar- 
reglo al Libro de las Siete Partidas. La verdadera legitimidad, depues- 
to el Rey D. Pedro á quien hi ieron aborrecible los rigores de su justi- 
cia, estaba representada en su hija primogénita Doña Beatriz, jurada 
heredera de los reinos de Castilla y León en las Cortes de Bubierca de 
1363. Prevaleció la fuerza sobre el derecho, sin ser extraño, porque las 
contiendas entre pretendientes á una Corona no se libran por los juris- 
tas ante los tribunales, sino por la gente de guerra en los campos de 
batalla. 

A pesar de todo cuidó Enrique II de que fuese recibido y jurado he- 
redero del reino su hijo el Infante D Juan según la antigua costum- 
bre. Las necesidades de la guerra le obligaron á pedir á las Cortes nue- 
vos tributos, « é otorgáronle la decena de todo lo que se vendiese un 
dinero al maravedí, é rindió aquel año diez é nueve cuentos, é este fué 
el primer año que esta decena se otorgó 2 . Era una modificación de la 
alcabala, doblado el gravamen de la veintena concedida al Rey Alfon- 
so XI en las Cortes de Burgos y León de 1342. 

Dos son los ordenamientos hechos en las de Burgos de 1366, el uno 
de peticiones generales , y el otro á ruego de los caballeros y hombres 
buenos de la ciudad de Toledo, ambos breves. Estaba el Rey de priesa 
(dijo) « por tener que facer é librar otras cosas algunas que son nues- 
tro servicio, é pro é onra de nuestros regnos. » 

En efecto, asomaba el nublado por las cumbres del Pirineo. La entre- 
vista del fugitivo Rey D. Pedro con el Príncipe de Gales en Bayona; 
su concierto para entrar en Castilla, como entraron por el puerto de 
Roncesvalles con «la flor de la caballería de la cristiandad »; el alza- 

1 Confirman el privilegio cinco infantes, Mahomat (Mohammed) Rey de Granada, los Arzo- 
bispos de Toledo, ¡Sevilla y Santiago, 25 Obispos, los Maestres de Santiago y Calatrava, el 
Prior de San Juan y 30 ricos hombres y caballeros principales. Colmenares, Hist. de Segovia, 
cap. xxv, § xi. 

2 Crónica del Rey D. Pedro, año xvil, cap. xix. 

Escribiendo el Rey D. Pedro al concejo de Murcia, decia que en el Ayuntamiento de Burgas 
que llamaban Cortes, demandó los cinco servicios y dos moneias y una alcabala, á pesar de ba- 
bor protestado «que su intención no era de echar ni pedir pechos, ui tributos algunos.» Cásca- 
les, Discursos hist. de Murcia, disc. vi, cap. xn. 



310 EXÁMBN DE L08 CUADERNOS DE CORTES. 

miento de la ciudad de Zamora; la fe dudosa del Rey de Navarra, todo, 
en fin, debia inspirar cuidado á Enrique II, y persuadirle á que no era 
aquella sazón oportuna de legislar despacio, sino de salir á campaña 
con diligencia. 

Encabeza el primer cuaderno la confirmación ordinaria de los fueros, 
privilegios , libertades , franquezas, cartas de merced , buenos usos y 
costumbres de los prelados y clérigos, hijosdalgo, caballeros y escude- 
ros, órdenes y ciudadanos, y promete Enrique II guardarlos y cum- 
plirlos y hacerlos guardar y cumplir bajo la religión de un solemne 
juramento, salvo « los previllejos que dió aquel malo tirano que se lla- 
maba Rey. » 

Tan franco y generoso se muestra Enrique II al otorgar esta petición, 
y tan espontáneo al corroborar su promesa con el juramento, que no 
parece un Rey sentado en el trono de sus mayores y seguro de su dere- 
cho, sino un usurpador de la corona temeroso de perderla, y que por 
conservarla se humilla. 

La excepción de los "privilegios concedidos por el Rey D. Pedro tiene 
la excusa de ser la ley de los vencidos, y la oferta de repartir sus despo- 
jos entre los vencedores es la presa con que pretende hartar la codicia 
de los nobles, que tanto contribuyó al encarnizamiento de laguerra ci- 
vil. Las palabras « malo tirano que llamaron Rey», con frecuencia re- 
petidas en estas Cortes y otras posteriores, revelan el odio y la saña que 
no se aplacaron en el pecho de Enrique II ni aun después de consumar 
el fratricidio. 

Con mejor acuerdo y más templanza de ánimo confirmó los ordena- 
mientos de Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de 1348, las Partidas de 
Alfonso el Sabio y «las leyes que fueron fechas en el tiempo de los Re- 
yes onde nos venimos », dando asiento á la legislación establecida. Hizo 
con estudio caso omiso del Fuero Viejo de Castilla por no honrarla me- 
moria del Rey D. Pedro, á quien no cita una sola vez por su nombre en 
los cuadernos de Cortes], ni tampoco recuerda las celebradas en el rei- 
nado anterior, si bien no forma escrúpulo de copiar á la letra algunos 
de sus ordenamientos. 

Suplicaron los brazos del reino á Enrique II que perdonase á los mu- 
chos prelados, ricos hombres, caballeros, escuderos, hijosdalgo y hom- 
bres buenos de las ciudades, villas y lugares que habian sido contra él 
ofendiéndole de palabra, de hecho ó con su consejo, y disculpan á los 
autores de los maleficios , robos y muertes con el miedo que tenían al 
tirano. 



EXÁMEN le los cuadernos de cortes. 311 

La clemencia del Rey se limitó á los que abandonaron la causa de su 
enemigo en la adversidad y volvieron el rostro al sol naciente. Hicieron 
la petición los tornadizos, y se cerraron las puertas de la misericordia 
para los fieles servidores de la causa vencida , á quienes se mostró le- 
vantada en alto la espada de la justicia ó de la venganza. 

Declaró traidores é incursos en la pena de muerte y perdimiento de 
bienes á los hombres y mujeres, cristianos, moros ó judíos, clérigos, 
religiosos ó legos de cualquier estado ó condición que llevasen cartas 
del Rey D. Pedro, ó las recibiesen ú ocultasen, ó fuesen en dicho, en 
hecho ó en consejo defensores de su causa, y á propuesta de las Cortes 
juzgando lo dió por sentencia: caso nuevo y fórmula inusitada, según 
la cual los reos de traición debian ser ejecutados sinseroidos y sin figu- 
ra de juicio. Don Pedro el Cruel está absuelto. Los rigores de sujusticia 
hallan indulgencia ante una proscripción general autorizada por una 
ley escrita con sangre. 

Mandó Enrique II restituir á sus verdaderos dueños los bienes toma- 
dos por el Rey D. Pedro y dados por él ásus parciales, y si los hubie- 
sen vendido á terceras personas, ordenó que los compradores ó sus he- 
rederos los entregasen, pagando los desposeídos el precio, y ademas el 
valor de las mejoras incorporadas en el predio. Los compradores hicie- 
ron suyos los frutos y rentas percibidas, pues gozaron de los bienes con 
buen título. Exceptuó de la regla los bienes de los leales á su bandera 
que le habían seguido al destierro, cuyos servicios premió con la resti- 
tución lisa y llana, « sin pagar ninguna cosa por ellos.» 

Quejáronse los brazos del reino de «los muchos robos, é males, é dan- 
nos, é muertes de ornes por mengua de justicia», porque los merinos y 
adelantados mayores ponían «merinos que non eran abonados, é ven- 
dían la justicia que habían de facer por dineros », y suplicaron al Rey 
que mandase hacer hermandades para perseguir á los malhechores, 
prenderlos y entregarlos á los jueces de quienes debian recibir elmere- 
recido castigo. El Rey dictó algunas providencias encaminadas á cor- 
regir los abusos denunciados ; pero como advertido y cauteloso , se guar- 
dó bien de consentir la formación de hermandades peligrosas al ejercicio 
de la autoridad real en tiempos normales, cuanto más á la posesión tran- 
quila de un trono vacilante. 

Pidieron las Cortes y otorgó el Rey que nombraría un Consejo com- 
puesto de dos hombres buenos por Castilla , dos por León , dos por Ga- 
licia , dos por Toledo , dos por las Extremaduras y otros dos por Anda - 
lucía, es decir, doce en representación de todo el reino, á quienes señaló 



312 EXÁMEN DE LOS ODADKRKOS DE COBTE8. 

el salario de ocho mil inrs. cada año, sin perjuicio de hacerles merced. 
No consta la parte que este Consejo habia de tener en la justicia ó en el 
gobierno, pero sí que fué vana la promesa. 

Confirmó Enrique II los ordenamientos sobre no poner alcaldes de 
fuera sino á pedimento de los concejos, y aun así dar los oficios á los 
naturales de Castilla para los castellanos, á los de León para los leone- 
ses, etc., excluyendo á las personas poderosas y á los privados del Rey, 
« por quanto estos átales facían cohechos, é sobervias, é non derecho 
ninguno. » 

Los estragos de la peste y de la guerra habían empobrecido los pue- 
blos al extremo que no podian llevar la carga de los tributos. Perdida 
la esperanza de aliviar su peso, las Cortes suplicaron al Rey que los 
igualase, « porque está (dijeron ) toda la tierra muy desegualada de los 
pecheros », á lo cual respondió que daria igualadores para que « la tierra 
se eguale en la manera que deba. » Á la petición sobre que los clérigos 
pagasen los pechos que les cupiesen por las heredades de los legos que 
habian comprado ó comprasen en adelante, dió por respuesta la confir- 
mación de lo establecido y observado en el tiempo de Alfonso XI, refi- 
riéndose, al parecer, á los ordenamientos hechos en las Cortes de Medi- 
na del Campo de 1318, Madrid de 1319, Burgos de 1345 y otras. 

También confirmó el relativo á la igualación de los pesos y las medi- 
das dado por el Rey su padre en las de Alcalá de 1348 , y renovó la pro- 
hibición de sacar del reino pan, ganados y caballos. 

Estaban los Judíos en posesión del favor de los Reyes con descontento 
de los cristianos, envidiosos de su buena acogida en la corte y de su 
prosperidad. Los brazos del reino suplicaron á Enrique II que ni en su 
Casa, ni en la de la Reina, su mujer, ni en la de los Infantes, sus hijos, 
fuesen oficiales, ni físicos, ni desempeñasen otro cargo alguno. El Rey 
respondió con despego que « nunca á los otros Reyes que fueron en Cas- 
tilla fué demandada tal petición» ; pero al fin prometió no darles entra- 
da en su gran Consejo, ni conferirles tal poder que redundase en daño 
de la tierra. 

Asimismo le suplicaron las Cortes que tomase para sí y confiase á 
cristianos las fortalezas que tenían los Moros y los Judíos, y mandase 
derribar las cercas de las juderías formando barrio apartado en algunas 
ciudades, villas y lugares como en Toledo, á lo cual contestó el Rey 
que lo haría, si de ello no viniese algún deservicio, y en otro caso «non 
es razón de lo facer, ca se destruirían los Judíos», prevaleciendo la po- 
lítica de tolerancia seguida por los dos Reyes anteriores. 



IXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 313 

Á la petición concerniente á las deudas de los cristianos , para que el 
Rey les hiciese la merced de reducir á la mitad los créditos de los Ju- 
díos, suponiendo que el logro importaba tanto como el principal, y 
alargase hasta tres años el plazo del pago, respondió Enrique II otor- 
gando la rebaja de la tercera parte de las deudas y una moratoria de dos 
años. 

La mala fe de los cristianos deudores á los Judíos hallaba justa com- 
pensación en la mala fe de los Judíos deudores á los cristianos. Habia 
entre éstos mercaderes de joyas, paños y otras cosas que aquéllos les 
compraban al fiado para revender y no pagaban, burlando á sus acreedo- 
res con la ocultación de los bienes muebles en la seguridad de no ser 
presos , porque lo vedaban sus privilegios. Enrique II se desembarazó 
de la petición relativa á la prisión por deudas de Moros y Judíos , como 
de otras no menos desagradables , remitiéndose á lo usado y acostum- 
brado en tiempo del Rey D. Alfonso, su padre. 

Finalmente, otorgó que los Moros y Judíos pagasen los pechos debi- 
dos por las heredades que habían comprado ó en adelante comprasen á 
los cristianos, aprovechándose del beneficio que les concedió Alfon- 
so XI, á saber, que pudiesen adquirir para sí y sus herederos bienes 
raíces en todas las ciudades, villas y lugares de realengo hasta la cuan- 
tía de treinta mil maravedís cada uno, teniendo casa propia acá del 
Duero, y veinte mil en las demás comarcas ». 

El ordenamiento dado á petición de los caballeros y hombres buenos 
de la ciudad de Toledo en estas mismas Cortes de Burgos de 1366, aun- 
que particular, contiene algunas noticias dignas de memoria. 

Aprovechando los toledanos la ocasión de un Rey nuevo, pidieron la 
confirmación de sus privilegios, cartas de merced y donaciones de Re- 
yes anteriores, y suplicaron que les fuesen otorgadas las libertades y 
franquezas de los hijosdalgo de Castilla , entre ellas la exención del pago 
de rentas y derechos , gracia que les otorgó Enrique II, « porque están 
mejor guisados para nuestro servicio. >< También les otorgó la merced de 
recibirlos en su guarda y encomienda como allegados á la Casa del Rey 
y á la de su hijo y heredero el Infante D. Juan; y que « por quanto To- 
ledo non ha pendón nin senna, siempre aguardasen al nuestro cuerpo, 
énon á otro alguno <>, saliendo en hueste á su apellido. 

Que una ciudad tan antigua, noble y principal como era Toledo, 
no tuviese pendón ni seña, se explica considerando que allí no habia 



1 Ley ii, tít. xxni, Orden, de Alcalá. 



to 



314 EXÁMEN de los cuadernos de cortes. 

concejo, sino ayuntamiento de vecinos para entender en los negocios 
propios del gobierno municipal. Databa esta irregularidad del tiempo 
de la reconquista, porque siendo muchos los Moros que se hicieron va- 
sallos de Alfonso VI y pocos los cristianos domiciliados en Toledo, fá- 
cilmente se juntaban con el alcalde, el alguacil mayor y los fieles que 
representaban el estado de los caballeros y el de los ciudadanos, y deli- 
berando en cabildo abierto, gobernaban por si mismos la ciudad. Sin 
concejo no habia milicia concejil, ni bandera militar ; y por eso los to- 
ledanos seguían al Rey en la hueste, formando un cuerpo de guardia 
cerca de su persona, para defenderle á costa de su sangre en los trances 
más rigorosos de las batallas. 

Pidieron también á Enrique II que les diese algunos lugares de la 
comarca para aumento « del su propio », que era muy pequeño ; que les 
hiciese mercedes en emienda ó compensación de las tomas, robos, da- 
ños y perjuicios que habian recibido en sus heredades de los franceses 
ó compañías blancas, gente esforzada en las armas, pero al fin extraña 
y codiciosa como mercenaria y aventurera ; que mandase restituirá sus 
dueños los bienes tomados por el tirano; que perdonase alguna parte de 
las rentas debidas al Rey y cobradas , aplicando su monta á labrar los 
muros déla ciudad, cuyo estado de ruina exigía urgentes reparos, y que 
tuviese á bien, concederles licencia para hacer ordenamiento « en razón 
de los ornes é otrosí de las bestias que pasasen por la puente sobre el rio 
Guadarrama, que pagasen cosa cierta, segund pagaban en las otras 
puentes que se fecieron é facen en las comarcas de enderredor ». El Rey 
otorgó algunas de estas peticiones , y otras negó con palabras blandas, 
ó satisfizo con dudosas promesas. La licencia para establecer el pontaz- 
go que los toledanos pedían era necesaria según el Ordenamiento de 
Alcalá; y es curioso de saber que Enrique II, al concederla, limitó la 
imposición del derecho en la cantidad y en el tiempo, añadiendo : « et 
esto que lo paguen fasta que la dicha puente sea fecha, et desque fuer 
fecha é acabada, que lo non paguen dende adelante nenguno que por 
ella pasaren» 

Dos peticiones y respuestas merecen ser notadas por el desenfado de 
los toledanos y la paciente disimulación del Rey. Pidiéronle que un ca- 
ballero ó escudero sirviese una de las alcaldías de los hijosdalgo en la 
corte , y asimismo que otro caballero ó escudero de Toledo hubiese la 
portería de aquel reino. No contentos con esto, suplicaron ademas que 



1 Ley única, tít. xxvr, Orden, de Alcalá. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 315 

de allí en adelante agregase á la corte un alcalde natural de Toledo «de 
los ornes bonos dende, por quanto Toledo es la mas noble cibdatqueha 
en todos los nuestros regnos, é fué é es cabeza de imperio. >» El Rey dio 
la vaga respuesta que lo vería y guardaría su honra á los de Toledo 
como en tiempo de sus progenitores. 

La otra petición tenía por objeto obtener la declaración que los gana- 
dos de los de Toledo fuesen libres y quitos de todo derecho, «por quanto 
pasó así fasta aquí; et aunque non pasase así, que fuese la nuestra mer- 
cet que se guardase así de aquí adelante, por facer mercet á Toledo »; á 
lo cual respondió Enrique II, «que fasta que nos salgamos deste mester 
en que estamos , que non vos podemos responder á ello. » 

Con exceso de cautela aplazó Enrique II la respuesta á otras dos peti- 
ciones justas y razonables que al punto debieron ser otorgadas según el 
criterio del derecho civil. Habíase introducido el abuso de reclamar al- 
gunas comunidades religiosas las mandas contenidas en los testamentos 
en favor de personas inciertas, y los toledanos suplicaron que se cum- 
pliesen en los lugares designados por los bienhechores. El Rey se excu- 
só de responder diciendo que « esto es agora cosa nueva», y lo mandaría 
averiguar. 

En el torbellino de la guerra civil quedaron muchas mujeres reduci- 
das á la mayor pobreza por la culpa de sus maridos. Pensando con rec- 
titud los toledanos , suplicaron que si alguno cometiese yerro grave por 
el cual mereciese perder sus bienes, los de su mujer no fuesen tomados 
por esta razón , y ademas se la reconociese el derecho de reclamar y re- 
cobrar de los de su marido lo que éste tuviese obligación de darle por 
arras, dote ú otro título cualquiera, y lo mismo se entendiese con las 
personas á quienes asistiese acción legítima contra la hacienda confis- 
cada/El Rey declinó la respuesta procedente en rigor de justicia. 

No censura, sino alabanza, merece Enrique II por haberse negado á 
la reducción de las deudas de los cristianos á los Judíos, va reducidas en 
el cuaderno de las peticiones generales, y al eludir la respuesta ala es- 
pecial de los toledanos « en fecho de las salinas », pues las querían libres 
como las tuvieron hasta Alfonso XI. Mal podia condescender al ruego de 
los caballeros y hombres buenos de la ciudad de Toledo un Rey que aca- 
baba de confirmar en las Cortes de Burgos el Ordenamiento de Alcalá, 
en el cual se registra una ley atribuyendo á la Corona « todas las aguas 
é pozos salados que son para facer sal » *. 



1 Ley xlviii, tít. xxxn. 



316 EXÁMEN de los cuadernos de cortes. 

Las Cortes de Burgos de 1366 y 1367 reflejan el estado de Castilla en 
aquel tiempo. Ardía la guerra civil con furor, dividido el reino en dos 
parcialidades, defendiendo cada una con las armas el Rey de su devoción. 

Enrique II, aclamado en Calahorra, coronado en Burgos y celebran- 
do Cortes en dicha ciudad , parecía tener segura la victoria, y sin em- 
bargo, todavía halagó la fortuna al Rey D. Pedro en la batalla de Náje- 
ra , y de nuevo le sentó en el trono. En el ardor de una lucha tan 
encarnizada menudeaban los robos , las muertes y las traiciones, porque 
la incertidumbre del resultado avivaba la tentación de pasar de uno á 
otro campo, según que la balanza se inclinaba á uno ú otro de los prín- 
cipes rivales que peleaban por la corona y por la vida. En aquellos tiem- 
pos borrascosos la misma justicia tomó el color de la venganza. 

Enrique II, en las Cortes de Burgos de 1366 y 1367, se muestra com- 
placiente y disimulado, indulgente con los traidores, con los fieles ásu 
causa, liberal, y con los leales á D. Pedro no menos cruel que su herma- 
no. Cuando niega una petición se disculpa, y cuando vacila, responde 
con una promesa que jamas llega á cumplir. Ni el Rey ni las Cortes si- 
guen una línea recta, sino que caminan con paso incierto por senderos 
tortuosos. La política del Rey no se afirma, miéntras él mismo no se 
afirma en el trono , y aun después suele pecar de vacilante y artificiosa. 

El puñal fratricida cortó los dias del Rey D. Pedro en el castillo de 
Montiel en Marzo de 1369, con cuya muerte enriquecieron unos y em- 
pobrecieron otros: tal es la usanza de la guerra, y más de la civil. To- 
das las cosas en un momento se trocaron en favor del vencedor *. Enri- 
que II, apoderado de la mayor parte de Castilla, llamó á Cortes que 
celebró en Toro en los últimos meses del mismo año. 
Cortes ^a Crónica da pocas noticias así de las personas que acudieron al Ha- 

de mamiento, como de los negocios que allí se trataron. Del cuaderno dado 
al concejo de León consta que fueron presentes la Reina Doña Juana, el 
Infante D. Juan primero heredero , los Condes D. Tello y D. Sancho, 
hermanos del Rey, el Arzobispo de Toledo y los Obispos de Oviedo, Pa- 
lencia y Salamanca con otros prelados que no se nombran, ricos hom- 
bres, infanzones, caballeros y escuderos hijosdalgo que tampoco se de- 
signan, y procuradores de algunas ciudades, villas y lugares del reino. 
Todo induce á creer que no merecen muy alto lugar entre las generales 
y concurridas. 

Motivaron la convocatoria la necesidad de poner órden en la admi- 



Toro de 1369. 



• Mariana, Hist. general de España, lib. xvu, cap. xrv. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 317 

nistracion de justicia, y coto al precio de las viandas y otras cosas de 
uso frecuente en la vida, sin excluir el trabajo de los labradores y me- 
nestrales, para aliviar los padecimientos del pueblo, cuya pobreza lle- 
gaba al extremo de la miseria con la general carestía. 

En cuanto á lo primero, hizo Enrique II nuevos ordenamientos y res- 
tableció los antiguos acerca de los robos, fuerzas y muertes en la corte 
ó en el término de las ciudades y villas ó en despoblado; aumentó el ri- 
gor de las penas y facilitó los medios de exigir la responsabilidad á los 
jueces y alcaldes negligentes; mandó á los alcaldes de corte que cum- 
pliesen justicia bien y verdaderamente, y les prohibió recibir dones, bajo 
las penas señaladas por Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de Hena- 
res reformó las ordenanzas de los alguaciles, notarios y escribanos, y 
dictó acertadas providencias para extirpar inveterados abusos que in- 
ventó la codicia; mejoró el servicio de la Cancillería, y añadió cautelas 
á fin de que los albalás y cartas contrarias al derecho fuesen obedecidas 
y no cumplidas; estimuló el celo de los merinos y adelantados mayores 
en lo perteneciente á sus oficios , y conminó con todo el rigor de la 
justicia á los alguaciles y merinos, si por desobediencia á los alcaldes 
de las ciudades, villas y lugares del reino dejasen de ser presos y cas- 
tigados los delincuentes. 

En materia civil declaró é interpretó la ley que hizo Alfonso XI en las 
Cortes de Alcalá y versa sobre la contestación de los pleitos 2 , callando 
que copiaba á la letra un ordenamiento del Rey D. Pedro en las de Va- 
lladolid de 1351 , para que todo lo bueno de aquel triste reinado se bor- 
rase de la memoria de los hombres. 

La segunda parte del cuaderno contiene la tasa del pan, del vino, de 
los paños, de las labores del campo y ios obrajes délos carpinteros, her- 
reros, freneros, acicaladores y otros menestrales. Enrique II se guarda 
muy bien de confesar que sigue las huellas de su antecesor, porque en 
efecto, todo es una copia servil de los cuatro ordenamientos de menes- 
trales y posturas hechos en las Cortes de Valladolid sobredichas. No los 
cita Enrique II, porque si los citase, no podría excusarse de confirmar- 
los, lo cual implicaría el reconocimiento expreso de una legitimidad 
vencida, y la tácita confesión de haber usurpado la corona. Dejar se- 
pultado en el olvido el reinado de D. Pedro era imponer perpétuo si- 
lencio á las peligrosas disputas sobre el mejor derecho ála sucesión. 



1 L. 1, tít. xx, Orden, de Alcalá. 

* Ley única, tit. vn, Orden, de Alcalá. 



318 EXÁMEN DE LOS ODADEBNOS DE CORTES. 

Entre el ordenamiento de Toro y los de Valladolid media la diferen- 
cia que en aquél son los precios más altos que en éstos, y á veces dobla- 
dos. La razón es muy sencilla. 

Llegado el dia de licenciar las compañías extranjeras que habia to- 
mado á sueldo , faltaba el dinero necesario para hacer tan grandes pa- 
gas. Enrique II, por no enojar álos pueblos con nuevos ó mayores tri- 
butos, acordó labrar moneda de baja ley con el nombre de reales y 
cruzados, dándoles el valor de tres maravedís y un maravedí. Ademas 
arrendó las casas de la moneda, «é montó grandes quantías. » 

Alterar la moneda bajando su ley debia trastornar el órden y concier- 
to de la vida humana; y encomendar su labor por una cantidad alzada 
á particulares , mezclándose en el negocio mercaderes genoveses, era 
darles carta blanca para hacer moneda falsa. Adoptó Enrique II el más 
dañoso y ruin de todos los arbitrios fiscales, pues si de presente le apro- 
vechó y pagó á Mosen Beltran y á los aventureros que tuvo á su servi- 
cio, más tarde vinieron los tiempos calamitosos , « ca llegaron las cosas 
á muy grandes precios , en guisa que valia una dobla trescientos mara- 
vedís, é un caballo sesenta mil maravedís, é así las otras cosas» \ 

Á la general carestía sucedieron los clamores del pueblo pidiendo el 
remedio , y de aquí la tasa que agravaba el mal con una escasez verda- 
dera. Es de agradecer á Enrique II la intención de que la tasa fuese 
temporal, y no más que por un año ; pero como en tan corto plazo no 
se habia de consumir la moneda adulterada, quedando la causa en pié, 
forzosamente habían de subsistir los efectos. 

Previendo Enrique II las dudas y pleitos sobre cumplimiento de obli- 
gaciones contraidas ántes [de labrar la nueva moneda, mandó que los 
deudores pagasen en ella , « é non en otra moneda menuda, aunque se 
oviesen obligado de pagar en otra moneda , salvo aquello que fué dado 
en guarda ó en fialdat, que lo torne el que lo rescebió en aquella mone- 
da que lo rescebió ó en su valía. » Así respetan los Reyes monederos fal- 
sos la fe de los contratos. 

Ordenó también con mejor acuerdo que las viandas circulasen libre- 
mente por todo el reino, sin que los concejos ni otras personas les pu- 
siesen embargo ; ordenamiento tomado del cuaderno de peticiones ge- 
nerales hecho en las Cortes de Valladolid de 1351. 

En estas de Toro de 1369 acordaron los procuradores de las ciudades 
y villas allí presentes hacer al Rey algunas de escasa importancia, y 



1 Crón. de D. Enrique II, año iv, cap. xi; Cáscales, Discursos kist. de Murcia, disc. VII, cap. II. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 319" 

sólo por guardar la forma. Eran pocos y complacientes. Temerosos de 
parecer importunos se limitaron á recordarle la promesa de tomar para 
su Consejo doce hombres buenos de las ciudades, villas y lugares de sus 
reinos, pendiente desde las Cortes de Burgos de 1366, y le suplicaron 
que pusiese emienda en los abusos y cohechos de los merinos ; que no 
enviase jueces de salario á los pueblos que los tenían de fuero, salvo si 
todos ó la mayor parte de sus moradores se lo pidiesen, y áun entonces 
que fuesen naturales de la tierra ; que á título de monederos no se ex- 
cusasen de pechos concejales, ni de velas, ni de rondas muchos vecinos; 
que los pesos y las medidas fuesen uniformes ; que moderase el rigor de 
la tasa del pan y del vino en beneficio de los lugares de acarreo, y que 
prorogase el plazo concedido á los cristianos en las Cortes de Burgos 
para pagar las deudas contraidas con los Judíos; á cuyas peticiones, por 
haberlas ya otorgado, ó por versar sobre materias definidas en las leyes, 
dió Enrique II respuestas generalmente satisfactorias. 

Partió el Rey de Toro, y fué á cercar Ciudad-Rodrigo que estaba en 
poder del Rey D. Fernando de Portugal. Desde all 1 anunció en una car- 
ta escrita en 9 de Marzo de 1370 al concejo de Murcia, su deseo de ha- 
cer Ayuntamiento y Cortes en Medina del Campo. En 6 de Abril escri- 
bió otra desde dicha villa al mismo concejo. El cuaderno de peticiones 
y respuestas dado en Medina del Campo lleva la fecha del 13 de Abril, 
de suerte que en un mes, sobre poco más ó ménos, se libraron todos los 
negocios. 

No merece el nombre de Cortes la junta ó Ayuntamiento de Medina Ayuntamiento 
del Campo en 1370. Ni el clero ni la nobleza fueron presentes ; todo pa- Medina d d e el Can , 
só entre el Rey y los procuradores de las ciudades, villas y lugares del p0 de 1370. 
Reino 

Las palabras del Rey tomadas de la primera carta, « queremos luego 
hacer Ayuntamiento y Cortes en Medina del Campo » , y las del cuader- 
no, « los mensajeros é procuradores que nos enviastes aquí á Medina á 
este ayuntamiento que fecimos » encierran cierta ambigüedad que aña- 
den peso y dan fuerza á nuestra opinión. 

Escribe el P. Mariana que lo principal que resultó fué un gran so- 
corro y servicio de dineros que los procuradores dieron al Rey para que 
acabase de allanar el reino, por ser ya consumido lo que montaron los 
intereses que se sacaron de las monedas de cruzados y reales.... gasta- 



1 La Crónica las apellida Cortes: «E allí (en Medina del Campo) fizo sus Cortes, que estaban 
y los procuradores del regno por quien avia enviado.» Año v, cap. i. El P. Mariana dice : «Tuvo 
Cortes en aquella villa.» Historia general de España, lib. xvn, cap. xv. 



323 exámen de los cuadernos de cortes. 

dos en pagar sueldos y premiar capitanes, y en satisfacer su demasiada 
codicia 1 . Confirma esta noticia Diego de Colmenares al referir que las 
Cortes de Medina del Campo sirvieron con gran suma á Enrique II, con 
que despachó gente á las fronteras de Aragón y Navarra, y á Galicia 
contra Portugal 2 . La Crónica guarda silencio. 

La corta duración del Ayuntamiento se refleja en lo exiguo del cua- 
derno. No pasan de seis las peticiones de los procuradores, si bien mere- 
cen algunas ser conocidas por su novedad y trascendencia. 

Perdida la esperanza de reprimir y castigar por los medios ordinarios 
los robos, fuerzas y daños que se cometían , sobre todo en los caminos, 
pidieron los procuradores licencia para formar hermandades en cada 
comarca y defenderse de los malhechores. El mismo Rey que negó 
esta petición en las Cortes de Burgos de 1366, la otorgó ahora, y man- 
dó que cada comarca diese tantos hombres de á caballo y de á pié cuan- 
tos fuesen necesarios para guardar la tierra y velar por la seguridad de 
los caminos, añadiendo que anduviese con los de la hermandad un al- 
calde con poder de hacer justicia, la misma que haria el Rey, si estu- 
viese presente. Era el embrión de la Santa Hermandad, de cuya milicia 
popular tan buen partido acertaron á sacar los Reyes Católicos. 

Confirmó los ordenamientos que prohibían la salida del reino de las 
cosas vedadas con el propósito de oponer la abundancia á la carestía, y 
accedió al deseo manifestado por los procuradores de labrar moneda me- 
nuda, alzando el mandato de vender la plata y el cobre « á ciertos pre- 
cios é so ciertas penas.» 

También confirmó la promesa de no dar juez de fuera á las ciudades, 
villas y lugares, sino cuando se lo pidieren en la forma establecida, y 
por último, y esto es lo principal que hizo Enrique II en el Ayunta- 
miento de Medina del Campo, revocó á ruego de los procuradores el or- 
denamiento hecho en las Cortes de Toro de 1369 «en razón de los pre- 
cios de las viandas é de las otras cosas» , no sin mostrar repugnancia, 
porque (decía) « la fecimos con acuerdo de perlados, é de ricos homes, 
é de procuradores de las cibdades, é villas, é lugares de los nuestros reg- 
nos.» Pronto vino el desengaño, y acreditó la experiencia la vanidad de 
las tasas y posturas para corregir el desórden de los precios, principal- 
mente si dimana de la corrupción de la moneda. 
Corte8 Al año siguiente 1371, Enrique II llamó de nuevo á Cortes, que ce- 

de 

Toro de 1371. 

< Hist. general de España, lib. xvu, cap. XV. 
5 Historia de Segovia, cap. xxvi, § i. 



EXÍMEN n¡E LOS CUADERNOS DE CORTES. 321 

lebró en Toro, generales y concurridas de la nobleza, clero y ciudada- 
nos. Hizo en aquella ocasión cinco ordenamientos : uno parala adminis- 
tración de justicia, otro en respuesta á las peticiones generales de los 
brazos del reino, otro de Cancillería, el cuarto de prelados, y el último, 
respondiendo á las peticiones particulares de los procuradores por la ciu- 
dad de Sevilla. 

En el primero no tuvieron parte las Cortes, si bien lo formó el Rey 
con el consejo de los prelados, ricos hombres, órdenes, caballeros hijos- 
dalgo y procuradores allí reunidos , y con los oidores y alcaldes de la 
corte, pero no con su acuerdo, que era la fórmula acostumbrada en los 
cuadernos de peticiones. 

El consejo denotaba que el Eey legislaba molu proprio, si bien con- 
sultaba con los tres estados en que la nación se dividía, y oido su pare- 
cer, publicaba con toda solemnidad la ley en las Cortes. El acuerdo su- 
ponía la intervención directa de los estados en el ejercicio de la potes- 
tad legislativa, pues legislaban de conformidad con el Rey , y esto era 
lo más frecuente. 

La mejor prueba de que el ordenamiento para la administración de 
justicia dado por Enrique II es obra del Rey, no habiendo tenido par- 
te en él las Cortes sino por vía de consejo, nos la suminístrala presen- 
cia de los oidores y alcaldes de corte, cuyo voto consultivo podia su- 
marse con el de los obispos, nobles y ciudades, mas no siendo delibera- 
tivo, porque no llevaban la voz de clase alguna en las Cortes *. 

Resuelta esta cuestión de prerogativa según el criterio de la historia, 
debe la posteridad rendir tributo de merecidas alabanzas á Enrique II 
por el ordenamiento que organizó los tribunales de justicia y deslindó 
su competencia apartando lo civil de lo criminal. 

Creó una Audiencia en su palacio, compuesta de siete oidores, obis- 
pos y letrados no alcaldes, para que más desembargadamente pudiesen 
usar de sus oficios. La Audiencia abria sus puertas á los querellosos tres 
días á la semana , los lúnes , miércoles y viérnes , y suplía la persona 
del Rey sentado pro tribunali. Conocía la Real Audiencia de los pleitos, 

* Muy de otro modo piensa y escribe el docto Martínez Marina al mismo propósito ; y de pa- 
so obaervarémos que padeció un notable descuido al dar por cierto que Enrique II «convocó las 
ciudades y pueblos para las Cortes de Toro, donde, con acuerdo y consejo de los representantes 
de la nación, hizo el insigne ordenamiento de leyes publicadas allí á 4 de Setiembre de 1371.» 
Teoría de las Cortes, parte II, cap. xvn , núm. 9. 

Precisamente las palabras del monarca que copia, son : «.con consejo de los perlados, et ricos 
ornes, de las Ordenes, et cavalleros fijosdalgo, et procuradores de las cibdades et villas é logares 
de los nuestros regnos, etc.» y así dice el cuaderno. 

41 



322 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

y los libraba breve y sumariamente sin figura de juicio, como los al- 
caldes de las alzadas de la corte , ante quienes no se alegaban razones 
nuevas, sino que fallaban en vista de lo alegado y contestado por cada 
parte y de la sentencia 

Así ordenada la justicia en lo civil, nombró ocho alcaldes que no po- 
dían ser oidores, dos de Castilla, dos de León, uno de Toledo, dos délas 
Extremaduras y uno de Andalucía, y ademas dos del rastro , los cuales 
debían ir los mártes y los viérnes de cada semana á las cárceles, y li- 
brar los pleitos criminales de los presos. Un alcalde de los hijosdalgo 
entendía en las querellas y contiendas de un hijodalgo con otro. 

Los oidores y los alcaldes estaban incapacitados para ser abogados en 
los pleitos que se seguían en la corte. 

Reformó Enrique II el servicio del alguacil mayor y le concedió la 
facultad de poner por sí dos oficiales ó alguaciles menores. Eran minis- 
tros auxiliares de la justicia que rondaban de dia y de noche, á fin de 
evitar que se cometiese atentado alguno contra las personas y la propie- 
dad en la corte y su rastro, ó en el lugar en donde estuviesen el Rey ó 
la Reina. Partían las peleas, prendían á los revoltosos y amparaban y 
defendían á los que llevaban pan, vino ú otros bastimentos. 

Dio nuevas ordenanzas á los notarios mayores de Castilla, León, To- 
ledo y Andalucía, fijó en cuatro el número de los escribanos de la Real 
Cámara, prohibió á unos y otros arrendar sus oficios y puso tasa á los 
derechos que podían exigir por las cartas de merced , privilegios roda- 
dos, sentencias y escrituras que pasaban ante ellos. 

Honró la Cancillería mandando que á donde quiera que llegase, la 
señalasen buenos barrios en que hubiese « buenas posadas et pertenes- 
cientes á los tales oficios » y que los albaláes de justicia y de perdón fue- 
sen al canciller para sellarlos, sin cuyo requisito no tenían valor. Y 
porque acontecía que muchas veces por importunidad « ó peticiones 
muy afincadas», otorgaba y libraba el Rey cartas ó albaláes contra de- 
recho, fuero ú ordenamiento, mandó también que fuesen obedecidos y 
no cumplidos. 

A los adelantados y merinos mayores mandó que no pusiesen otros 
en su lugar, sino que sirviesen los oficios por sí , salvo cuando saliesen 
en hueste ó á la frontera; que escogiesen merinos entendidos y abona- 
dos y les exigiesen buenos fiadores ; que tomasen alcaldes y escribanos 
de los naturales de las ciudades, villas y lugares del reino, los que el 



l Ley i, tít. xiv, Orden, de Alcalá. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 323 

Rey les diese; que los merinos menores no pusiesen otros por sí, ni em- 
plazasen á los hombres, ni los trajesen emplazados ni presos por la tier- 
ra, ni menos los prendasen, cohechasen ó matasen sino mediante juicio 
de los alcaldes, salvo si alguno «fuere cotado ó encartado, que el me- 
rino lo pueda matar por justicia segunt que debe de derecho » , confir- 
mando los ordenamientos de Alfonso XI en las Cortes de Madrid de 1329 
y 1339. 

Encargó con severas palabras á los jueces y alcaldes de los pueblos 
que administrasen justicia; y para asegurarse Enrique II de cómo 
los adelantados, merinos, alcaldes y demás oficiales guardaban de- 
recho á las partes y los caminos de robos y males , escogió hombres 
buenos de las ciudades, villas y lugares á quienes dió comisión de vi- 
sitar el reino y observar si las provincias estaban bien regidas y go- 
bernadas en justicia y derecho. Al cabo del año debían acercarse al Rey 
y darle cuenta « de lo que han fecho y fallado , por que nos sepamos el 
estado é el regimiento de los nuestros regnos. » 

Constituidos los tribunales, y distribuidos por las provincias y ciu- 
dades los ministros de la justicia, les ordenó que guardasen y cumplie- 
sen bien y lealmente « sin cobdicia mala alguna » , las leyes hechas por 
Alfonso XI en las Cortes de Valladolid de 1325, Madrid de 1329 y 1339 
y Alcalá de 1348; confirmó la declaración é interpretación dada á la 
del Ordenamiento de Alcalá , fijando el plazo para contestar á las de- 
mandas, según lo establecido en las Cortes de Toro de 1369, y ántes en 
las de Valladolid de 1351 ; facilitó el acceso de los querellosos á la per- 
sona del Rey, para que más pronto lograsen el despacho de sus mensa- 
jerías y negocios; impuso graves penas á los caballeros y escuderos po- 
derosos que cometiesen algún robo ú homicidio, autorizando á los jue- 
ces y alcaldes para proceder contra los delincuentes « la verdad sabida 
y la pesquisa fecha <> ; mandó que los merinos y adelantados pechasen el 
doblo de los robos y daños ocurridos en sus merindades y adelantamien- 
tos, « porque lo non guardaron, nin lo castigaron » ; prohibió acoger á 
los malhechores en castillo ó casa fuerte; hizo derribar los castellares 
viejos, las peñas bravas, las cuevas y los oteros poblados sin licencia 
del Rey, guaridas de la gente de mal vivir y desalmada , y recordó la 
ley dada por Alfonso XI en las Cortes de Madrid de 1339 , condenando 
á muerte al que robase, hiriese ó matase á persona alguna en la corte ó 
su rastro, no siendo la herida ó la muerte causadas en defensa propia. 

Tal es en sustancia el famoso ordenamiento para la administración de 
justicia publicado por Enrique II en las Cortes de Toro de 1371 , y no 



324 exámen de los cuadernos de cortes. 

sin razón calificado de insigne por el docto jurisconsulto Martínez Ma- 
rina. Es el primer paso para la organización de los tribunales, determi- 
nando su respectiva competencia, y sustituyendo la monstruosa confu- 
sión de la edad media con un órden judicial en que predominan los le- 
trados. El Rey aparece como fuente de la justicia y centro de toda ju- 
risdicción civil y criminal según la letra y el espíritu de la ley del 
Fuero Viejo de Castilla, prevaleciendo la tendencia favorable a la uni- 
dad en el poder, simbolizada en la monarquía, sobre la desmembración 
de la soberanía á título de libertades populares ó privilegios de la no- 
bleza. 

El cuaderno de las peticiones generales que hicieron á Enrique II los 
brazos del reino en las Cortes de Toro de 1371, refleja al vivo la calma 
renaciente de un pueblo que después de violentas discordias civiles as- 
pira á gozar del reposo. La templanza del Rey contribuye á restablecer 
la paz pública refrenando el celo insensato de los vencedores en la úl- 
tima contienda que pretenden llevar la persecución al extremo de poner 
fuera de la ley álos vencidos. 

Cuando le pidieron que por excusar peleas en los pueblos prohibiese 
á los fieles servidores del Rey D. Pedro entrar en los lugares en donde 
moraban sus contrarios y avecindarse en ellos, y si quebrantasen esta 
prohibición, que los alcaldes y oficiales de los dichos lugares los pren- 
diesen y matasen por justicia, respondió Enrique II «que non deman- 
daban razón nin derecho » y solamente otorgó que « si alguna demanda 
ó querella ovier contra los tales » , se lo enviasen á decir y mostrar para 
proceder con arreglo á las leyes. 

Restablecido el órden en Castilla, las instituciones recobraron su na- 
tural asiento. Las Cortes volvieron ásus peticiones, y el Rey á dar sus 
respuestas, girando unas y otras en un círculo estrecho. Las reformas en 
la administración de la justicia preocupaban siempre á los brazos del 
reino, y sobre todo á los procuradores de los concejos, porque más ne- 
cesidad tenían del amparo y protección de los jueces las personas del 
estado llano, por lo común, gente de condición humilde, que los nobles 
ricos y poderosos. 

A la petición para que el Rey ordenase la de su casa y corte, de suer- 
te que los reinos fuesen mantenidos y regidos según derecho , respon- 
dió Enrique II que ya habia hecho ordenamiento sobre ello en las mis- 
mas Cortes, como lo verían en aquel cuaderno. 

Quejáronse los brazos al Rey de las muchas mercedes de juzgados de 
ciudades y villas á caballeros y hombres poderosos « que sabían mejor 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 325 

usar de sus armas que non leer los libros de los fueros é de los derechos», 
por cuya razón ponían otros en su lugar que vendían la justicia con 
agravio de los pueblos, y suplicaron que quitase estos oficios á quienes 
los tenían, y de allí adelante los diese á hombres buenos, llanos, abona- 
dos y capaces de ejercerlos, por un año no más, al cabo del cual se les 
pidiese estrecha cuenta de cdmo los habían servido ; petición otorgada 
con alguna reserva. 

Como restos de las turbulencias pasadas quedaron algunos abusos que 
cedían en menoscabo de la jurisdicción real. Los nobles no consentían 
que los alcaldes de la corte , en cuanto tribunal superior , conociesen de 
las alzadas contra las sentencias dictadas por los alcaldes de los lugares 
de su señorío, ni de las querellas por no guardar su derecho á cada una 
de las partes, ni de los pleitos de las viudas, huérfanos, pobres y demás 
personas miserables. En resolución, los señores pretendían ejercerla 
justicia como soberanos. 

Por otra parte, solían los legos emplazar á legos ante los jueces ecle- 
siásticos en cuestiones pertenecientes al órden temporal , y los notarios 
y escribanos al servicio de la Iglesia, autorizar escrituras públicas rela- 
tivas á contratos seglares. 

Denunciados estos abusos en las Cortes como una mengua y una con- 
travención á las leyes del reino, prometió Enrique II corregirlos y de- 
fender la jurisdicción y señorío real con no ménos celo y calor que sus 
antepasados. 

En favor de los querellosos que solicitasen audiencia del Rey para 
obtener pronto despacho de los mensajes y negocios de sus concejos, 
confirmó lo establecido en el ordenamiento reformando la administra- 
ción de la justicia, y á las ciudades, villas y lugares ofreció respetar sus 
alcaldes de fuero, y abstenerse de ponerlos extraños, salvo si todos los 
vecinos ó su mayor parte se los pidiesen, y áun entónces que serian 
hombres buenos ciudadanos ó de villa competentes para el oficio, natu- 
rales del reino á que perteneciese el pueblo y solamente por un año; en 
lo cual no hizo Enrique II sino confirmar la libertad ya por él mismo 
reconocida en las Cortes de Burgos de 1366, Toro de 1369 y Medina del 
Campo de 1370. 

Con habilidad esquivó la respuesta directa á la petición relativa á 
formar un Consejo de hombres buenos, naturales de las ciudades, villas 
y lugares del reino, entendidos y competentes, diciendo que ya tenía 
oidores y alcaldes en la corte que eran de su Consejo. La verdad es que 
los oidores y alcaldes desempeñaban cargos de justicia y no funciones 



326 BXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

de gobierno ; y no deja de ser notable la arrogancia del estado llano 
que aspira á competir con el clero y la nobleza , pidiendo un Consejo 
de hombres buenos, ya que no tenian entrada en el alto y supremo 
Consejo de los monarcas sino personas de calidad en representación de 
los dos brazos privilegiados del reino. 

La seguridad de las personas y el respeto á la propiedad no gozaban 
de tan sólidas y eficaces garantías que hiciesen innecesaria la petición 
al Rey para que no mandase prender, lisiar ni matar á nadie, ni despe- 
charle, ni tomarle sus bienes sin ser llamado, oido y vencido en juicio 
según fuero y derecho. Enrique II lo otorgó así, confirmando lo orde- 
nado por Alfonso XI en las Cortes de Valladolid de 1325. 

Análoga á esta petición es la relativa á que el Rey se abstuviese de 
dar cartas apremiando á personas determinadas para que comprasen «al- 
gunas cosas, aunque se vendiesen por los nuestros mrs., fallando quien 
las adquiriese por precio aguisado » , añadiendo que las compras y ven- 
tas hechas por mandado del Rey D. Pedro fuesen valederas. Enrique II 
respondió que le placía « salvo las que se fecieron de los bienes que fue- 
ron tomados é vendidos de aquellos que andaban connusco en nuestro 
servicio fuera de los nuestros regnos » conforme á lo mandado en las 
Cortes de Burgos de 1366. 

Suplicaron las de Toro al Rey que confiase la guarda de los castillos 
y fortalezas de las ciudades, villas y lugares á personas leales y segu- 
ras, y no consintiese levantar casas fuertes sin su licencia « con acuer- 
do de los regnos.» No se allanó á tanto Enrique II; pero en fin prome- 
tió que seria « con acuerdo de los del Consejo, é de algunos de la co- 
marca donde se mandare facer la fortaleza . » 

Daban los Reyes tierras y dinero á los ricos hombres y caballeros con 
la obligación de asoldar gente prevenida de armas y caballo y pronta á 
salir en hueste al primer apellido. Las Cortes denunciaron el abuso que 
muchos cometían tomando sueldo para mantener cierto número de hom- 
bres á punto de guerra y no cumplían el servicio como era debido, pues 
no llegaba su contingente al cuento cierto según el sueldo que el Rey 
les daba. Enrique II admitió la queja, y mostró su voluntad de ordenar 
la caballería de modo que se evitasen estos fraudes. 

En razón de los tributos prometió refrenar la codicia de los arrenda- 
dores, y no tolerar que á título de monederos se excusasen de pagar pe- 
chos concejiles los vecinos más ricos y abonados: reprimió la licencia 
de los caballeros y escuderos que demandaban pasaje del pan, del vino 
y de las demás cosas al transitar por sus lugares, y prohibió á los recau- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 327 

dadores de lo mostrenco apoderarse del ganado que hallasen en el cam- 
po sin pastores al pasar de un lugar á otro ó de una á otra cabaña, or- 
denando que lo tuviesen de manifiesto por espacio de sesenta dias, y lo 
pregonasen públicamente en los mercados de costumbre para que su 
dueño pudiese recobrarlo. 

Alzó el Rey todas las penas pecuniarias pertenecientes á la Real Cá- 
mara por hacer merced á ciertos moradores de las ciudades, villas y lu- 
gares, inclusas las en que habian caido los obligados á mantener caba- 
llo; pero no otorgó la petición que las Cortes le hicieron contra el or- 
denamiento de Alfonso XI en las de Alcalá de 1348 , ántes mandó que 
• qualquier que oviera quantía de treinta mil mrs. en mueble ó en 
raíz, sacando la casa de su morada, mantuviese un caballo de valor de 
tres mil mrs.» 

Algo nuevo ofrece la petición cien veces renovada , para que no se 
permitiese sacar del reino las viandas, los ganados , y en general las 
cosas vedadas. Dijeron las Cortes de Toro de 1371 que por falta de bue- 
na guarda en los puertos, « los regnos eran menguados de ganados, é de 
caballos, é de todas las otras viandas, é los otros regnos que solian ser 
menguados, eran agora ahondados dello ; et otrosí que por esta razón 

andaba mucha moneda mala é falsa, é que la buena moneda que era 

en estos regnos, ó la mayor parte della que la avien sacado por lo 

qual eran encarecidas las viandas é todas las otras cosas, etc. » Ni el Rey 
ni las Cortes comprendieron que no estaba la raíz del mal en la saca de 
las cosas vedadas ni de la moneda, sino en su alteración , habiéndola 
labrado de baja ley en 1369. 

La Crónica ilustra el punto que el cuaderno de las Cortes deja en com- 
pleta oscuridad. « Era ya tan dañada la moneda (dice), que non valia 
nada; é por esta razón las viandas, é armas, é caballos, é joyas, é plata 
eran en tal quantía, que se non podían comprar, ca valia un caballo 
bueno ochenta mil maravedís de aquella moneda, é una muía quarenta. 
mil maravedís » *. 

Prosigue la Crónica y añade que Enrique II ordenó en estas Cortes 
de Toro de 1371, «que fasta que él oviese más tesoro para labrar otra 

1 Si el precio ordinario de un caballo de batalla era 3.000 mrs. según se colige del ordena- 
miento hecho en estas Cortes de Toro que imponía la obligación de mantenerlo á quien poseye- 
se una fortuna de 3.000 en adelante, resulta que en 1371, según la Crónica, costaba cerca de 
veintisiete veces más pagado en la moneda nueva, que si se pagase en la vieja ; es decir que el 
valor de la mala moneda era veintisiete veces inferior al de la buena, ó sea, á la que estaba en 
curso ántes de su alteración en 1369. Bien dijo el cronista que la moneda de reales y cruzados 
« non valia nada.» 



328 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

moneda, que tornase el real que valia tres maravedís, á valer uno ; é el 
cruzado que valia un maravedí, que valiese dos cornados; é con esto 
emendóse el fecho por algund tiempo, fasta que después lo ordenó de 
otra guisa » *. Así, pues, redujo el valor corriente del real á su tercera 
parte, y otro tanto el de los cruzados , porque seis cornados liacian un 
maravedí. 

La fuerza de la verdad inclinó el ánimo del Rey á corregir, hasta don- 
de pudo, el desórden de la moneda, y fué este remedio más eficaz , que 
poner guardas fieles y celosos en los puertos, como lo prometió respon- 
diendo á la petición relativa á la saca de las cosas vedadas. 

Las muchas y cuantiosas mercedes de tierras, aldeas, lugares, villas, 
y áun ciudades, fortalezas y castillos, pechos y derechos que hizo Enri- 
que II á naturales y extranjeros á quienes debia la corona, dieron mo- 
tivo á tres peticiones en las cuales le recordaron los brazos del reino lo 
ordenado con tanta prudencia y sabiduría por Alfonso XI en las Cortes 
de Valladolid de 1325, y su solemne promesa de no enajenar cosa algu- 
na perteneciente al señorío real. 

Dolíanse todos de la excesiva liberalidad del Rey, y le suplicaron 
que no diese ciudades, villas, lugares ni castillos á nadie, y recobrase 
é incorporase de nuevo en la Corona los enajenados. El Rey se disculpó 
con la necesidad de premiar grandes servicios, y ofreció que en lo veni- 
dero se guardaría cuanto pudiese de hacer semejantes donaciones, aña- 
diendo que , si algunas hiciese , sería consultando su servicio y el bien 
de sus reinos. 

Si fué Enrique II liberal en vida, también lo fué en la hora de la 
muerte, pues mandó en su testamento guardar y cumplir las gra- 
cias y mercedes otorgadas á sus fieles servidores, y confirmadas en las 
Cortes de Toro con la cláusula que «las ayan por mayorazgo, é fin- 
quen en el fijo legítimo mayor de cada uno dellos ; é si moriesen sin 
fijo legítimo , que se tornen los sus logares del que asi moriere á la 
Corona 2 .» 

Estas son las famosas mercedes enriqueñas , tan celebradas entre los 
jurisconsultos como principio de los mayorazgos , aunque consta de es- 
crituras auténticas que ya fueron conocidos en el reinado de Alfonso X, 
y este el origen de apellidar á Enrique II el de las Mercedes, porque, 
en efecto , dejó memoria de franco y dadivoso. 

1 Crónica de D. Enrique II, año vi, cap. VIII. 

2 Orón, de D. Enrique II, pág. 116. Madrid, 1780. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 329 

Las peticiones de las Cortes de Toro en odio á los Judíos dan curiosas 
noticias acerca de la gran soltura y poderío que á la sazón alcanzaba 
el pueblo hebreo en los reinos de Castilla. Gozaban de grande influjo 
en la corte y en las casas de los ricos hombres y caballeros por los ofi- 
cios y favores que obtenían. Todos los cristianos los obedecían y temían, 
y todos los concejos les estaban sujetos y cautivos; « por la qual razón 
los dichos Judíos , así como gente mala é atrevida , enemigos de Dios é 
de la cristiandad, facían con grand atrevimiento muchos males é mu- 
chos cohechos , en tal manera que todos los regnos ó la mayor parte 
dellos estaban destruidos é despechados por los Judíos. » 

Dijeron también las Cortes que, abusando los Moros y Judíos del 
privilegio en virtud del cual no valía el testimonio del cristiano contra 
ellos, si no se confirmaba con el de alguna persona de su misma ley, se 
encubrían muchos hurtos, robos y maleficios , perdiendo los cristianos 
su derecho, porque no hallaban testigo moro ó judío que declarase la 
verdad en los pleitos de unos con otros ; y por último, suplicaron al 
Rey prorogase el plazo otorgado en las Cortes de Burgos de 1366 , para 
satisfacer las deudas que los Judíos demandaban mostrando sus contratos. 

Enrique II concedió que los Moros y Judíos no tomasen nombres 
cristianos y usasen una señal en sus ropas para ser conocidos ; que va- 
liese el privilegio del testimonio en los pleitos civiles , pero no en los 
criminales , siendo los testigos cristianos hombres de buena fama, y que 
fuesen pagadas las deudas dentro de los quince dias siguientes á la lle- 
gada de los procuradores á sus ciudades, villas y lugares, sopeña de no 
gozar los deudores de quita alguna y pagarlas luégo enteramente. En 
cuanto á los demás capítulos respondió con su habitual cautela que 
« pasen las cosas segund que pasaron en tiempo de los Reyes nuestros 
antecesores, é del Rey D. Alfonso, nuestro padre. » 

Renovóse en estas Cortes de Toro la cuestión del repartimiento de las 
behetrías, ya promovida en las de Valladolid de 1351. Entonces, como 
ahora , no se hizo novedad por la discordia de los caballeros , recelosos 
de que algunos grandes parientes ó privados del Rey se alzasen con la 
mayor parte de los lugares en cuya posesión estaban , en perjuicio de 
los naturales á quienes asistía mejor derecho. Enrique II oyó las razones 
de unos y otros, y conocida la voluntad de los caballeros, «non quiso 
en ello más fablar» *. 
Pasando por alto el Ordenamiento de la Cancillería, que es un aran- 

1 Orón, de D. Enrique II, año VI, cap. vni. 

42 



330 EXÁMEN DE LOS CUADEBN08 DE CORTES. 

cel de los derechos que debían pagarse por las cartas y privilegios rea- 
les al recogerlos después de registrados y sellados en aquella oficina, 
será bien dar alguna noticia del Ordenamiento de Prelados, el cuarto 
de los que hizo Enrique II en las Cortes de Toro en 1371. 

Las costumbres no eran tan suaves, ni los hombres tan timoratos que 
no diesen á los prelados justos motivos de queja. Los arzobispos y 
obispos expusieron al Rey los agravios que recibian de los concejos y 
las personas poderosas , solicitaron su protección y reclamaron la fiel 
observancia délos privilegios, franquicias, libertades, sentencias, cos- 
tumbres y donaciones á las iglesias y monasterios , abogando por la 
causa del clero secular y regular , así superior como inferior. 

Decían los prelados que los legos no prestaban la debida obediencia 
á sus cartas y mandamientos; que no los temían, ni cumplían, ni de- 
jaban cumplir en sus tierras y lugares de su señorío ; que los señores y 
los concejos embargaban la jurisdicción de la Iglesia en lo espiritual y 
temporal, prohibiendo acudir á los emplazamientos de los jueces ecle- 
siásticos , y obligando á los clérigos á someterse á los seculares ; que 
los concejos usurpaban la jurisdicción civil propia de las iglesias y mo- 
nasterios situados en sus alfoces , siendo así que solamente tenían la 
criminal; que se apropiaban los bienes, rentas y derechos de los cabil- 
dos, comunidades religiosas y personas eclesiásticas; que los hombres 
poderosos quebrantaban las iglesias y monasterios , entraban en los 
templos « muy sin reverencia ni temor de Dios » , robaban sus ornamen- 
tos y cuanto hallaban , de suerte que « son en mayor asolación agora 
por mengua de justicia, que fueron en tiempo alguno del mundo»; que 
los señores y los concejos hacían pagar á los clérigos grandes quantías 
por pechos y pedidos; que los merinos les demandaban yantares, no 
teniendo jurisdicción sobre ellos ; que los regidores , jueces y alcaldes 
de las ciudades , villas y lugares descargaban á los legos del servicio de 
posadas y lo cargaban á los clérigos , sin respeto á las libertades y 
franquezas de su estado ; que no se cumplía la ley de Alfonso XI en las 
Cortes de Valladolid de 1325 contra los descomulgados pertinaces , á 
quienes por poco precio alzaban las penas pecuniarias á ruego de algu- 
nas personas, y finalmente, movidos los prelados á compasión al ver 
con cuanta desigualdad se repartía el peso de los tributos , suplicaron 
al Rey que diese igualadores, porque era «servicio de Dios é pobra- 
miento de los lugares.» 

Las respuestas de Enrique II fueron todas favorables. 

El cuaderno de las peticiones particulares de la ciudad de Sevilla, 



EXAMEN de los cuadernos de cortes. 331 

aunque no interesa tanto como los que contienen leyes de general ob- 
servancia, todavía merece ser citado, siquiera para ejemplo de mala 
administración de justicia, no obstante los ordenamientos hechos en las 
Cortes con la recta intención de mejorarla. Parece imposible que en una 
ciudad tan populosa y principal , y tan rica en libertades, de cuyo con- 
cejo formaban parte seis alcaldes ordinarios y cuatro mayores con 
jurisdicción civil y criminal bajo la superior del adelantado de Anda- 
lucía asistido de cierto número de jueces de las alzadas, se cometiesen 
y tolerasen abusos y desafueros que suponen la carencia absoluta de 
todo orden legal. 

El alcaide del alcázar y el de las atarazanas prendían por deudas á 
los vecinos y moradores de Sevilla y su término, y los retenían en la 
prisión largo tiempo, sin cuidarse de llevarlos ante el juez. Los clérigos 
y ministros de la Iglesia también los prendían por deudas á clérigos ó 
sus iglesias , y los tenían presos sin razón y sin derecho hasta que los 
obligaban á pagar empleando este medio de tortura. Los alcaldes ma- 
yores prendían á las mujeres por las deudas de sus maridos, y les to- 
maban sus bienes cuando aquéllos habían salido fiadores de otras per- 
sonas por cosas pertenecientes al Rey. 

No eran casos raros ganar cartas reales para despojar á los vecinos y 
moradores de la ciudad de los bienes de que estaban en pacífica pose- 
sión , sin ser llamados , oidos y vencidos por fuero ó por derecho ; ni 
suscitar pleitos pidiendo los hijos ó parientes de alguno las heredades 
que vendió , no habiéndolas adquirido por derecho de abolengo sino á 
título de compra , donación ó permuta , como si procediese el retracto 
gentilicio ó de sangre , cuando hay traslación de dominio en virtud de 
un contrato celebrado con personas de distinto linaje; ni emplazar para 
que compareciesen en Toledo á dar cuenta de las rentas , pechos y de- 
rechos reales los recaudadores que ya las habían rendido y estaban ab- 
sueltos de toda responsabilidad mediante sus quitamientos en forma; ni 
abrir nuevo juicio contra las leyes después de cerrado el pleito con el 
fallo definitivo en el recurso de suplicación sin guardar el respeto de- 
bido á la santidad de la cosa juzgada *. Enrique II dió satisfacción cum- 
plida á los mandaderos de Sevilla , y si no corrigió tan graves desórde- 
nes en materia civil , por lo ménos mostró su voluntad de corregirlos. 

Á la petición sobre contar ó no contar los días feriados entre los nue- 
ve fijados para contestar á la demanda (motivo de grandes contiendas 



* Ll. 1 y 2, tít xiv, Orden, de Alcalá. 



332 examen de los cuadernos de cortes. 

entre los alcaldes de Sevilla ) , respondió el Rey con « el nuestro orde- 
namiento general que nos agora ficimos aquí en estas Córtes de Toro» *; 
y á otra en que los mandaderos suplicaban que los hijos de los vecinos 
y moradores de la ciudad que mantuviesen caballo y armas año y dia, 
muertos sus padres , gozasen de la exención de monedas hasta cumplir 
la edad de diez y siete años, y las hijas hasta contraer matrimonio, y 
que ademas los que mantuviesen armas y caballo no fuesen presos por 
deudas, ni les embargasen ni tomasen sus caballos y armas , salvo por 
las rentas , pechos y derechos reales , dió el Rey respuesta propicia, 
otorgando ambos privilegios á los moradores de la ciudad «de los muros 
adentro, é non en otros lugares ningunos. » 

Tales fueron las Cortes de Toro de 1371 , prolijas y fecundas en orde- 
namientos. Son , sin duda , las más importantes de todas las que se ce- 
lebraron en el reinado de Enrique II, á quien retratan con vivos colo- 
res; de suerte, que no le juzgará bien la posteridad, si no funda su 
criterio en el estudio de los cuadernos que suplen el silencio ó esparcen 
alguna luz, que si no disipa, minora las tinieblas de la Crónica. 

Las leyes dadas por Enrique II en estas Cortes de Toro revelan su 
ardiente deseo de restablecer la paz pública, su moderación en el ejer- 
cicio del poder real, la prudencia en el gobierno , el celo por la justicia, 
la inclinación á corregir los abusos, el disimulo con que procuraba 
fortalecer el trono sin descontentar á los grandes ni lastimar á los con- 
cejos, la perplejidad de su ánimo vacilante entre la blandura y el rigor 
al legislar sobre la condición de los Judíos, y, en fin, una política am- 
bigua y tortuosa con la cual pretendía cicatrizar las profundas heridas 
abiertas en el cuerpo de la nación por una guerra civil tan larga , por- 
fiada y sangrienta. 

En cambio, no perdonará la historia á Enrique II haber encendido 
la llama de las discordias intestinas y haberla apagado comprando en 
ciento veinte mil doblas la sangre de su hermano, infamia seguida de 
un fratricidio; su deslealtad como vasallo; su ambición siendo bastardo, 
y por tanto, sin derecho á suceder en la Corona; sus secretas maquina- 
ciones, que despertando la cólera del Rey D. Pedro, le precipitaron en 
los extremos de la justicia y provocaron los furores de su venganza; el 
mal ejemplo de tomar á sueldo las compañías blancas, mezclando en 
las turbaciones de Castilla tropas extranjeras; el empobrecimiento del 
reino á causa de las sumas inmensas que empleó en pagar sus servicios; 

1 V. 1. única, lit. vil, Orden, de Alcalá. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



333 



la falsificación de la moneda; la general carestía; la fe de los contratos 
violada y la honda perturbación del comercio ; la liberalidad excesiva 
que dejó exhausto el tesoro y desprendió del señorío real ciudades, vi- 
llas, lugares, rentas, tributos, tierras y vasallos; la usurpación del 
trono que hizo revivir el principio electivo , cuando ya estaba recono- 
cido y asentado el derecho hereditario , retrocediendo la monarquía há- 
cia su nacimiento, ni la semilla de una nueva guerra de sucesión que 
estalló en el reinado de su hijo D. Juan I. Fallando el proceso de D. En- 
rique II de Castilla, según lo que arroja el estudio profundo de los 
ordenamientos dados en las Cortes de Toro, es dudoso si debemos 
confirmar ó no el juicio de los historiadores, cuya benevolencia llega 
hasta los términos del elogio. 

Hubo un Ayuntamiento á modo de Cortes en Burgos el año 1373. 
Ayuntamiento dice el cuaderno, y no sin razón, porque sólo concur- 
rieron los procuradores de las ciudades, villas y lugares, y no todos 
los que solían ser llamados, ni acaso muchos, pues las palabras del Eey 
están envueltas en cierta oscuridad sospechosa 

Como el brazo popular se vió dueño del campo , desató su lengua y 
prorumpió en quejas exponiendo los agravios que recibía del clero y 
la nobleza, y no descuidó la ocasión de pedir reformás en la adminis- 
tración de la justicia y el ensanche de sus libertades. 

Suplicó contra el abuso de emplazar ante los alcaldes de la corte á 
los vecinos de las ciudades, villas y lugares, sin ser primeramente de- 
mandados ante los de su fuero, oidos y vencidos en juicio, según lo 
ordenado por Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de 1348 2 , y ¡contra el 
no menor de perseguir á los deudores y tomarles sus bienes sin ser ci- 
tados y preguntados si tenían excepción de «paga, quita ú otra razón 
derecha» que oponer; y aunque después mostrasen «carta de pago ó 
quitamiento ú otra razón derecha», los oficiales de la justicia no deja- 
ban por eso de proseguir la ejecución , como si « la entrega fuese ver- 
daderamente debida» ; á lo cual respondió el Rey según cumplía. 

Eeclamaron que pusiese coto y enmienda al abuso no ménos grave de 
librar cartas « para que algunos diesen sus fijas é parientas que casasen 
con personas determinadas », y mandase castigar á ciertos hombres po- 
derosos y á las justicias y oficiales de algunos lugares « que las facían 
casar por fuerza con sus ornes é parientes, é esto que venia por dar el 



Ayuntamiento 
de 

Burgos de 1373. 



1 Ortiz de Zúñiga escribe que «por Octubre celebraba el Rey Cortes en Toro». Anales ecles. 
y secul. de la ciudad de Sevilla, lib. vn, año 1373. Es un error manifiesto. 

2 Ll. i y ii, tít. II, Ordenamiento de Alcalá. 



334 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DK CORTES. 

Rey los oficios é las justicias á ornes grandes poderosos. » Por más que 
lo intentó Enrique II, no logró desvanecer el cargo. Negó que hubiese 
librado cartas de apremio en esta razón; pero añadió en seguida que no 
podia negar las de ruego en favor de sus criados ; y en cuanto á la 
fuerza que hacian las justicias y los grandes, respondió: «que fasta 
aquí nunca tal cosa nos fué dicho ni querellado. » Don Enrique, el de 
las Mercedes, no podia resignarse á perder esta ocasión de hacerlas á 
sus buenos servidores á costa ajena. 

A la petición para que respetase los privilegios de las ciudades, villas 
y lugares que siempre habían pertenecido á la Corona y no podian ser 
dados a infanzones, ricos hombres, caballeros, escuderos ni ricas due- 
ñas, respondió disculpándose por lo pasado, y ofreciendo guardarlos 
en ló venidero. 

Confirmó el ordenamiento dado en las Cortes de Toro de 1369, en el 
cual prometió no poner jueces de fuero en las ciudades, villas y luga- 
res sino á petición de todos ó la mayor parte de los vecinos; mas no sin 
la cautela - que nos mandarémos saber la verdad, si les cumple juez de 
fuera ó non , é farémos sobre ello lo que entendiéremos que cumple á 
nuestro servicio , é pro , é guarda de la villa ó del logar donde esto 
acaesciere», que fué un modo artificioso de minorar la libertad de los 
concejos, constituyéndose el Rey en árbitro de las contiendas entre los 
vecinos , y un medio indirecto de restaurar las fuerzas de la monarquía 
debilitada. 

A ruego de los procuradores prohibió Enrique II la acumulación de 
los oficios concejiles, porque habia personas que eran á la vez regido- 
res, jueces ó alcaldes, y ademas recaudadores ó arrendadores de las 
rentas de los concejos, con lo cual tiranizaban á los pueblos que no se 
atrevían á pedir justicia contra sus opresores, pues si dejaban el juzga- 
do ó la alcaldía, conservaban la regidoría para encubrir sus maldades 
y vengarse. 

Quejáronse los procuradores de los ricos hombres, caballeros y es- 
cuderos que se apropiaban los términos de las ciudades, villas y luga- 
res, y levantaban en sus comarcas casas fuertes en perjuicio de los ve- 
cinos ; que exigían tributos desaforados en donde nunca se habían co- 
nocido ; que por tener algunos vasallos en ciertos lugares , pretendían 

la justicia en ellos, «é cada que iban les comían quanto les fallaban 

é los robaban », y que en otros, so color de ejercer la jurisdicción civil 
y criminal, « lanzaban pedidos é yantares é otros desafueros muchos », 
embargaban las aldeas , no pagaban los pechos concejiles y asolaban 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 335 

la tierra y la despoblaban. Enrique II satisfizo á los procuradores con 
vagas respuestas, tales como mandaría guardar á cada uno su derecho, 
manteniendo indecisa la balanza entre el estado llano y la nobleza. 

No se quejaron con ménos amargura de los obispos, de los cabildos 
y los clérigos , porque daban sus lugares en encomienda á hombres po- 
derosos , para que los defendiesen contra las usurpaciones de los conce- 
jos. Los encomenderos, prevalidos de su fuerza, agoviaban á los pueblos 
con tributos; por lo cual se acogieron á la protección del Rey que or- 
denó no hubiese otro encomendero sino él, es decir, la justicia. 

Reclamaron contra las exenciones de pechos concejiles, porque eran 
muchos los que se excusaban de pagarlos, unos alegando privilegios, y 
otros su calidad de paniaguados de clérigos, y cuando se los exigían, 
los prelados descomulgaban á las justicias de los pueblos. Con este mo- 
tivo se movió la cuestión de si los pechos concejiles se debian aplicar 
á la reparación de las cercas y puentes y compra de términos, ó habia 
de entenderse que se derramaban para servicio del Rey y procomún de 
las ciudades , villas y lugares. También se renovaron las peticiones con- 
tra los arrendadores de los pechos, servicios, monedas y alcabalas, 
siempre odiosos , porque siempre vejaban á los contribuyentes con mil 
suertes de cohechos y agravios. Enrique II consoló á todos, no con re- 
formas que extirpasen el mal de raíz, sino con buenas esperanzas. 

Al confirmar el Rey, según la costumbre recibida, los fueros, fran- 
quezas y libertades de las ciudades , villas y lugares del reino, así como 
los privilegios de la nobleza, otorgó que los hijosdalgo, caballeros, 
escuderos, dueñas y doncellas no pechasen; pero rehusó conceder que 
no prestasen, porque (dijo) « el emprestado non es pecho, ca todo orne 
es tenudo de emprestar, é demás que ge lo han de pagar, é por esto non 
se quebrantan sus privilegios. » Ya empezaba á fijarse la atención en el 
crédito para suplir la falta de dinero. 

Fué notable novedad ocurrida en el Ayuntamiento de Burgos, haber 
el Rey abandonado la idea de sujetar á una tasa general las labores y 
poner precio á los jornales, sin tomar en cuenta el de las viandas en 
cada comarca. Enrique II, á petición de los procuradores, ordenó «que 
los concejos, ó los ornes que han de ver las faciendas de los concejos, 
cada uno en su lugar, con los alcalles del logar», señalasen los precios 
convenientes y razonables. No era renunciar á la tasa, pero sí templar 
su rigor haciéndola variable , y por tanto, más equitativa, como asunto 
propio del gobierno municipal. 

Ratificó el Rey los diversos ordenamientos de Alfonso XI, y princi- 



336 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



Ayuntamiento 
de 

Burgos de 1374. 



Cortes 
de 

Soria de 1375. 



pálmente el dado en las Cortes de Burgos de 1345 sobre prescripción 
por tiempo de seis años de las cartas de deuda entre Moros ó Judíos y 
cristianos, «á ménos de ser llamada la parte é oida en su derecho >■. 

Por último, hállase en este cuaderno la primera noticia que se con- 
tiene en los de nuestras antiguas Cortes acerca del voto de Santiago, 
y el de San Millan por lo que hace á Castilla y Extremadura. 

Consistia el primero en una medida de pan ó una cántara de vino por 
cada yunta de bueyes de labor, y en un dinero por cada casa el se- 
gundo. Pleiteaban el arzobispo, deán y cabildo de la Iglesia de Santiago 
con la ciudad de Avila , la cual se negaba á pagar aquella primicia, 
alegando que el privilegio solamente era reconocido en algunos luga- 
res del reino de León , y entre otras razones que los procuradores pre- 
sentes en Burgos hacian valer ante el Rey, dijeron « que Dios non 
queria que ninguno diese limosna contra su voluntad. » Enrique II res- 
pondió con buen acuerdo que el pleito estaba pendiente, y á los oidores 
de su Audiencia cumplia librarlo « según que fallaren por derecho.» 

Ni en la Crónica ni en las historias de aquel tiempo se halla rastro 
ni vestigio de otras Cortes celebradas en la misma ciudad de Burgos el 
año siguiente 1374. El nuevo ordenamiento de la Cancillería dado por 
Enrique II á seis dias del mes de Abril de dicho año , no autoriza la 
menor sospecha de que tales Cortes se hayan reunido, ó el Ayunta- 
miento de 1373 se hubiese prolongado. Lo más cierto es que Enrique II 
hizo uso de su potestad legislativa para completar la reforma de la 
Cancillería iniciada de su propia autoridad en las de Toro de 1371. 

Por otra parte, el ordenamiento de 1374 ofrece poco interés, pues no 
importan mucho los pormenores del servicio de la Cancillería, ni el 
arancel de los notarios, escribanos, porteros, etc. Una sola circunstancia 
es digna de reparo, á saber : que el Rey hace mención en este cuaderno 
de « los dos nuestros contadores mayores »; primera noticia que los do- 
cumentos de semejante naturaleza suministran acerca del origen del 
Tribunal de Cuentas del Reino. 

Tampoco son ciertas, ni siquiera probables, las Cortes de Soria de 
1375. Es verdad que Enrique II vino á esta ciudad á celebrar las bodas 
del Infante D. Juan, su hijo primogénito , con la Infanta Doña Leonor, 
hija del Rey D. Pedro de Aragón, con cuyo motivo hubo fiestas y ale- 
grías que duraron todo el mes de Mayo. También es verdad que mandó 
á todos los grandes señores y caballeros de su reino que estuviesen á 
las bodas; y en efecto, allí se juntó la flor de la nobleza castellana y 
aragonesa; pero no consta la presencia de los procuradores, ni que en 



» 



examen de los cuadernos de cortes. 337 

aquellos dias de público regocijo se hubiesen reunido Cortes 1 . El 
silencio de historiadores tan graves y diligentes como Mariana, 
Colmenares, Ortiz de Zúñiga y otros que dan razón cumplida del 
suceso principal de que fué teatro la ciudad de Soria, persuade y 
convence de la inexactitud de esta noticia, apoyada en un solo tes- 
timonio 2 . 

Por la última vez celebró Enrique II Cortes generales en Burgos el Coñes 
año 1377, concurridas de clero, nobleza y ciudadanos, aunque poco Burgos de 1377. 
nombradas. El cuaderno que se salvó de la injuria del tiempo , no per- 
mite dudar de su celebración. Fueron breves y no carecen de importan- 
cia, sobre todo por los ordenamientos relativos á la condición ó estado 
civil de los Judíos, contra quienes se mostraron los brazos del reino pre- 
venidos, y el Rey débil en la defensa del pueblo hebreo tan odioso á los 
cristianos. 

Eemitió la tercera parte de las deudas de estos á los Judíos, conside- 
rando que en los contratos aparecían prestadas mayores sumas que las 
recibidas, y señaló nuevos plazos para el pago de los dos tercios restan- 
tes. Sin embargo, exceptuó el Rey el caso de afirmar el acreedor que la 
deuda era toda realmente principal sin mezcla de usura, y se remitiese 
á la declaración jurada del deudor, y éste así lo confesase , pues enton- 
ces debia pagarlo todo sin quita alguna. 

Confirmó Enrique II el ordenamiento de Alfonso XI , ya confirmado 
por él mismo en el Ayuntamiento de Burgos de 1373, sobre prescrip- 
ción de las deudas á favor de los Judíos por tiempo de seis años. 

Para evitar toda ocasión de burlar las leyes contra la usura, prohibió 
á los Moros y Judíos hacer carta alguna de obligación con cualquier 
cristiano, concejo ó comunidad, reconociendo deuda de dinero, pan, vi- 
no ó cera ú otra cosa á título de préstamo , compra , venta , depósito ó 
renta ; de forma que si quisiesen celebrar un contrato de compra ó ven- 
ta, el comprador debia dar luego el precio , y el vendedor entregar el 
objeto vendido, siendo nulas y de ningún valor las escrituras en las cua- 
les se contuviese la obligación de dar ó pagar algo á plazo. 

Ordenó que el pan prestado por algunos cristianos y Judíos á labra- 



1 Orón, del Rey D. Enrique II, año x, cap. i y II. 

2 Afirma que se celebraron Pinel y Monroy en su Retrato de un buen vasallo, pág. 218, donde 
dice que fueron las últimas á que asistieron los procuradores de Moya, y que del ordenamiento 
hecho en estas Cortes existia copia auténtica en el archivo de la villa. El ordenamiento no se 
ha descubierto, á pesar de las vivas diligencias de la Academia de la Historia. Todo induce á 
creer que Pinel y Monroy padeció alguna equivocación. 

43 



338 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

dores que viéndose en necesidad á causa de la mala cosecha, se obliga- 
ron á devolver tres ó cuatro cargas por una , lo pagasen en moneda al 
precio que valía cuando lo recibieron. 

Otorgó la petición acerca de prohibir á los Judíos que fuesen almo- 
jarifes 6 mayordomos de los caballeros y escuderos, 6 tuviesen otro oficio 
alguno en su casa, porque con el poder de los señores á quienes ser- 
vían, hacían muchos agravios y cohechos á los labradores y á toda clase 
de personas ; mas no accedió á prohibirles que viviesen con ellos, como 
le pidieron las Cortes. 

Cuando ocurría la muerte violenta de Judío ó Judía en los términos de 
alguna ciudad, villa ó lugar y no era conocido el matador, los adelan- 
tados, los merinos ú otros oficiales de la justicia exigían á los vecinos 
seis mil mrs. por el homecillo ú homicidio. Enrique II, á ruego de los 
brazos del reino, alzó esta pena en que incurrían los concejos; pero si 
los oficiales del lugar (dijo) fueren negligentes en cumplir el derecho 
« finque en la nuestra merced de levar de los dichos oficiales la dicha 
pena, si quisiéremos. » 

La multitud de leyes dictadas con el buen deseo de reformar la admi- 
nistración de la justicia eran impotentes contra la fuerza de las costum- 
bres ásperas y rudas de la edad media. Los merinos continuaban em- 
plazando maliciosamente á los hombres por cohecharlos, y les tomaban 
cuanto tenían sin hacerles justicia ; los alcaldes de las monedas y alca- 
balas arrendaban sus oficios contra derecho y en daño de los pueblos; 
los señores y los jueces puestos por ellos en los lugares de su señorío, 
negaban la apelación de sus sentencias ante los alcaldes de la corte por 
notorios que fuesen los agravios , y por último , era práctica recibida 
apremiar á ciertas personas y obligarlas á comprar los bienes de los deu- 
dores al Rey, cuando se vendían en pública subasta. Instado Enrique II 
para que corrigiese este abuso, respondió según el deseo de las Cortes, 
-< si fallare quien los comprase razonablemente, que entonce non man- 
darémos comprar por fuerza; pero quando non fallare non podre- 
mos excusar que les nos mandemos apreciar é dar compradores de 

los más ricos é abonados do esto acaescier. » Tan claras eran las nocio- 
nes de justicia y propiedad en el siglo xiv. 

Suplicaron las Cortes al Rey que intercediese con el Papa á fin de 
proveer los beneficios eclesiásticos en naturales de estos reinos, y no en 
extranjeros, pues ademas de estar las iglesias mal servidas, los beneficia- 
dos sacaban mucho oro de Castilla, con lo cual se aumentaba la carestía 
de todos los géneros y frutos. El Rey otorgó sin dificultad la petición 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 339 

por hallarla buena y justa, á ejemplo de su padre Alfonso XI en las Cor- 
tes de Madrid de 1329. 

También suplicaron la fiel y rigorosa observancia de los ordenamien- 
tos contra la saca de las cosas vedadas, según lo mandado por Alfonso XI 
y por el mismo Enrique II en las de Burgos de 1338, Madrid de 1339, 
Burgos de 1345 y Toro de 1369 y 1371. 

No atendió con igual benevolencia las quejas que le dieron de los se- 
ñores y caballeros enriquecidos con sus mercedes , cuya codicia no se 
hartaba con los pechos y derechos ordinarios que llevaban de sus luga- 
res, sino que « les echaban muy grandes pedidos é pechos desaguisados. » 
Enrique II, siempre tímido cuando se ofrecia la ocasión de interponer 
su autoridad para reprimir los excesos de la nobleza que habia seguido 
su bandera contra la del Rey D. Pedro, toleró lo que no podia remediar, 
porque en frente de una legitimidad vencida, no se atreve á mucho la 
usurpación victoriosa. 



CAPITULO XVIII. 

REINADO DE DON JUAN I. 



Ordeaamiento hecho en las Cortes de Burgos de 1379. — Cuaderno de peticiones otorgado en las mis- 
mas. — Cuaderno de peticiones otorgado en las Cortes de Soria de 1380. — Ordenamiento sobre Judíos 
y lutos hecho en las mismas. — Cuaderno de leyes y peticiones dado en las Cortes de Valladolid de 
1385. — Ordenamiento hecho en las Cortes de Segovia de 1386. — Ordenamiento sobre la baja de la 
moneda de los blancos dado en las Cortes de Bribiesca de 1387. — Ordenamiento de leyes hecho en 
las mismas. — Ordenamiento de peticiones hecho en las mismas. — Ordenamiento sobre un servicio 
extraordinario hecho en las mismas. — Cuaderno primero de peticiones dado en las Cortes de Palen- 
cia de 1388. — Cuaderno segundo de peticiones dado en las mismas. — Ordenamiento sobre la baja de 
la moneda de los blancos dado, según se cree, en las mismas. — Cuaderno de las Cortes de Guadala- 
j ara de 1390.— Ordenamiento de sacas hecho en las mismas. — Ordenamiento de prelados hecho en 
las mismas. — Ordenamiento sobre alardes, caballos y muías dado en las mismas. — Cuaderno de las 
Cortes ó Ayuntamiento de Segovia de 1390. 

Breve fué el reinado de D. Juan I, hijo y sucesor de D. Enrique II Cortes 
en la corona de Castilla, pero fecundo en ordenamientos, porque llamó fe 
á Cortes casi todos los años que gobernó libre de los cuidados é inquie- 
tudes de la guerra. Subió al trono en Mayo de 1379, y en los primeros 
dias de Julio ya celebraba Cortes en Burgos, en las cuales se hallaron 
presentes los prelados, ricos hombres, órdenes, caballeros, hijosdalgo 
y procuradores de las ciudades, villas y lugares de sus reinos. 

En estas Cortes de Burgos de 1379 hizo un ordenamiento con el con- 
sejo de los tres brazos allí reunidos y el de sus oidores y alcaldes de la 



Burgos de 1379. 



340 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 



corte, y otorgó un cuaderno de peticiones generales de los procuradores 
á las que respondió con el consejo del clero y la nobleza « élos del nues- 
tro Consejo.» 

Nótese que por la segunda vez tienen los del Consejo entrada y par- 
ticipación directa en las tareas de las Cortes, como si fuesen parte inte- 
grante de la asamblea. La primera ocurrió en las de Toro de 1371, en 
las cuales declaró Enrique II que los oidores de su Audiencia y los al- 
caldes de su casa y corte eran su Consejo, excusándose de crear otro no 
tan dócil compuesto de hombres buenos. La novedad prevaleció y con- 
tribuyó á robustecer la autoridad real en el seno de las Cortes, sobre todo 
en el siglo xvi. 

El nuevo Rey, de condición apacible y naturalmente benigno, cuan- 
do algún árduo negocio se le ofrecia, se mostraba perplejo é irresoluto. 
Carecia de vigorosa iniciativa y firme voluntad para tomar una deter- 
minación y ejecutarla por sí solo con mano fuerte; dotes necesarias en 
aquellos tiempos en que podian más los hombres que las instituciones. 
Por eso dice la Crónica «que se pagaba mucho de estar en Consejo » f . 

En el preámbulo del ordenamiento protesta el Rey de su amor á la 
justicia, y la ensalza al proclamar que «es la más noble é alta vertud 
del mundo, ca por ella se rigen é mantienen los pueblos en paz é en 
concordia » ; hermosa sentencia que promete mucho más de lo poco que 
allí se contiene. 

Confirmó las leyes y ordenamientos que su glorioso abuelo Alfon- 
so XI hizo en las Cortes de Madrid y Alcalá de Henáres, así como to- 
das y todos los de su padre Enrique II, y particularmente lo mandado 
y establecido por él en las de Burgos y Toro , sin expresión de fechas 
para fijarlas y distinguirlas 2 . 

El ordenamiento de Burgos consta de siete capítulos, de los cuales 
cinco son de carácter suntuario , á saber : que los caballeros armados 
puedan usar paños y joyas de oro, y lo mismo los doctores y oidores de 
la Real Audiencia; que los ciudadanos puedan vestir ropas de lana con 
armiños, plumas, cintas y estoques dorados; que las mujeres de caba- 
lleros, escuderos ú otras personas de cualquier estado « traigan dorado 
ó como quisieren»; que no se consientan llantos desordenados por los 
muertos, ni duren los lutos más de cierto número de dias, etc.; y ter- 

1 Crónica del Rey D. Juan I, año xn, cap. XX. 

2 Si vale el criterio de la importancia y se toma en cuenta el órden cronológico, parece razo- 
nable conjetura que en este pasaje se alude á las Cortes de Madrid de 1329 y 1339, Alcalá de 
1348, Burgos de 1356 y 1357 y Toro de 1371. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 341 

mina el cuaderno prohibiendo á los oficiales del Rey pedir cosas des- 
aguisadas en razón de sus oficios, cuando la corte se trasladaba á cual- 
quiera ciudad, villa ó lugar, y limitando los derechos que deben pagar 
los concejos al que lleva el pendón real. 

En resolución, el ordenamiento que Juan I hizo en las Cortes de Bur- 
gos de 1379, no responde á las esperanzas que tal vez excita la lectura 
de un preámbulo tan solemne; pero, en fin, debe estimarse como docu- 
mento útil para la historia del lujo, y para el estudio de nuestras cos- 
tubres. 

Todo ó casi todo el interés de aquellas Cortes se concentra en el cua- 
derno de las peticiones generales de los procuradores que llevan la voz 
de los concejos, y son los fieles intérpretes de las necesidades y deseos 
del estado llano sobre quien pesaban las cargas públicas, cuya debilidad 
reclamaba la protección de la justicia, y era el nervio más sensible á 
los vicios de las leyes y á las faltas y errores de los gobiernos. 

Otorgó D. Juan I que se diesen posadas convenibles y barrio apartado 
á todos los procuradores que viniesen á las Cortes, y fuese entregado el 
barrio al primero que llegase para repartirlo de buena manera. No tuvo 
por bien otorgar otra petición denunciando el abuso de ganar cartas 
para desatar los ordenamientos hechos en Cortes , por lo cual suplicaron 
los procuradores « que las tales cartas fuesen obedescidas é non cumpli- 
das , é lo que fuese fecho por Cortes ó por Ayuntamientos que non se 

pudiese desfacer salvo por Cortes.» La respuesta debió parecer seca 

y desabrida , pues dijo el Rey que las cartas ganadas contra derecho 
fuesen obedecidas y no cumplidas , « fasta que nos seamos requeridos 
dello; pero en razón de desatar los ordenamientos ó de los dejar en su 
estado , nos farémos en ello lo que entendiéremos que cumple á nuestro 
servicio. » 

Malparadas quedaron las Cortes sin autoridad , pues no tenían fuerza 
ni valor los ordenamientos que los Reyes hacían de acuerdo con los 
brazos del reino, sino en cuanto era la voluntad del monarca mantener- 
los ó revocarlos. Por fortuna, el mismo D. Juan I, luégo que vió su co- 
rona en peligro , halló prudente halagar al pueblo concediéndole ma- 
yores libertades. 

Prometió sentarse en audiencia para librar las peticiones de los que- 
rellosos, dos veces á la semana, como si no hubiese oidores y alcaldes 
de córte instituidos por Enrique II en las de Toro de 1371 ; limitó la 
jurisdicción de éstos á conocer de los pleitos del rastro , prohibiéndoles 
oir las apelaciones de las sentencias dictadas por los de las provincias; 



342 exámen de los cuadernos de cortes. 

corrigió el abuso de emplazar los demandantes á sus contrarios para la 
córte, tpor enojarlos é facerles mal édanno» ; mandó guardar el fuero 
y costumbre de no enviar jueces de salario sino cuando todos ó la ma- 
yor parte de los vecinos de la ciudad ó villa se lo demandasen , y ofre- 
ció rogar á los arzobispos y obispos que pusiesen jueces en lugares con- 
venientes á fin de evitar las grandes molestias que se causaban á los 
legos, citándolos para comparecer en juicio á muchas leguas de dis- 
tancia. 

Otorgó un perdón general , por honra de su coronamiento y comien- 
zo de su reinado , á los culpados de cualquier delito, exceptuando los 
casos de alevosía , traición y muerte segura , y condonó las penas de 
cámara. 

Dio respuesta favorable á la petición para que agregase á su Consejo 
hombres buenos de las ciudades , villas y lugares ; ordenó que la Can- 
cillería siguiese la persona del Rey y se situase en tal lugar que fuese 
comunal á todos los reinos; moderó los derechos de los notarios y es- 
cribanos , y á la queja de los procuradores denunciando al Rey que te- 
nían las notarías mayores de la corte «ornes poderosos é non sabidores 
de los oficios» , respondió « que los notarios pusiesen por sí tales oficia- 
les que fuesen pertenecientes para los dichos oficios. » 

Habia personas que andaban en hábito de legos , con corona abierta 
sin ser ordenados , que se casaban en secreto y pretendían exención de 
los pechos y tributos que pagaban los seglares. Los procuradores de- 
nunciaron el abuso al Rey , quien mandó que el clérigo de órdenes 
menores , casado ó casando con doncella , pechase por los bienes tempo- 
rales ; que el clérigo de grados, permaneciendo soltero y trayendo co- 
rona y vestiduras clericales , gozase del privilegio de la Iglesia ; mas si 
no trajese corona abierta, ni usase vestidura eclesiástica, y tres veces 
amonestado por el prelado no renunciase á su vida mundana y á su 
ropa laical , perdiese el privilegio de su fuero y pechase como seglar. 

Dictó Juan I en estas Cortes acertadas providencias para reprimir la 
codicia de los recaudadores y arrendadores de las alcabalas y de las ter- 
cias, fijó el procedimiento contra los deudores al Rey y sus fiadores 
hasta vender en pública subasta todos sus bienes muebles y raíces en 
pago de las deudas, y mandó que fuesen rematados en la mayor cuantía 
que dieren y adjudicados al mejor postor , reservándose dar comprado- 
res cuando la postura más ventajosa no alcanzase á cubrir la cantidad 
«que debieren é ovieren de dar.> 

Ordenó Alfonso XI hacer alfolíes de sal y repartirla por cabezas, cxi- 



exAmen de los cuadernos de cortes. 



343 



giendo su importe en razón de las fanegas que cabían á cada lugar y 
no del consumo. Los procuradores á estas Cortes de Burgos de 1379 re- 
presentaron á Juan I los agravios que los pueblos recibian del reparti- 
miento arbitrario de la sal , y el Rey prometió reformar la renta , cum- 
plido el plazo durante el cual estaban arrendadas las salinas, y asimismo 
que en adelante no se cobraria por cabezas el servicio de la moneda. 

E» cuanto á poner remedio al desorden de la circulante, dijo que 
para corregir su falta habia ordenado que se labrase en ciertas ciuda- 
des; «é por que mejor se pueda facer (añadió) avernos soltado el nues- 
tro derecho del facer de la dicha moneda, segund que lo ovieron los 

otros Reyes onde nos venimos. » El arbitrio no era bueno , pues no se 
remediaba el mal con labrar mucha , si no tenía el peso y ley conve- 
nientes ; y renunciar el Rey á su vigilancia en estas labores equivalía 
á cerrar los ojos al peligro de la inundación de la moneda falsa. 

En razón de los montazgos que se cobraban de los ganados y de los 
agravios que recibian los pueblos de los alcaldes de la Mesta , confirmó 
los ordenamientos de Alfonso XI en las Cortes de Alcalá de 1345 y 1348. 

También confirmó las hermandades autorizadas por Enrique II en el 
Ayuntamiento de Medina del Campo de 1370 , y accedió á la petición 
para que no se proveyesen arzobispados , obispados, dignidades ni be- 
neficios sino en personas naturales de estos reinos, ni se consintiese sacar 
oro ni plata á los beneficiados extranjeros. Más justo y generoso que su 
padre, admitió que fuesen obedecidas , pero no cumplidas, cualesquiera 
cartas para que «casasen mujeres viudas ó doncellas, hijas de hombres 
buenos de las ciudades , villas y lugares con algunas personas contra su 
voluntad , borrando este odioso vestigio del régimen feudal. » 

Reprimió el frecuente abuso de hacerse los pecheros hijosdalgo me- 
diante informaciones de falsos testigos, exigiendo la intervención de un 
procurador del Rey y otro del concejo del lugar de donde el interesado 
fuese vecino , y concediendo á los concejos recurso de apelación á la 
Audiencia establecida en la corte , y ordenó que no anduviesen hombres 
ni mujeres vagando y pidiendo limosna, sino que los alcaldes délos 
pueblos apremiasen á los que pudiesen trabajar, para que se ocupasen 
en las labores del campo , ó aprendiesen oficio ó viviesen con señores y 
no estuviesen baldíos. 

Lejos de otorgar las peticiones relativas á no enajenar los lugares de 
la Corona empobrecidos con tantas mercedes, no encomendar á ex- 
tranjeros la tenencia y guarda de las fortalezas, y no obligar á mante- 
ner caballo á las personas cuya fortuna no llegase á cierta cuantía 



344 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

confirmó los ordenamientos de su padre, «porque (dijo) así cumple á 
nuestro servicio. » 

Por último , suplicaron los procuradores que valiese contra el Judío el 
testimonio de dos cristianos abonados y de buena fama, ó de escribano 
público , aunque no hubiese testigo judío ; que á éstos les fuese retirado 
el privilegio de no dar otor de las cosas hurtadas ó robadas que se ha- 
llaren en su poder \ y que renovase la prohibición de prestar á logro, 
pues los Judíos continuaban celebrando contratos usurarios con menos- 
precio de las leyes y con grande osadía; á todo lo cual respondió el Rey 
que se guardase el ordenamiento hecho por su padre en las Cortes de 
Burgos de 1377. 

Cortes Á las Cortes de Burgos de 1379 siguieron las de Soria de 1380, curió- 

la de 1380 sas en ex ^ remo ' porque pintan al vivo las costumbres licenciosas de los 
clérigos y los legos en el siglo xiv. 

Estaba el Rey de Castilla en Soria por el mes de Setiembre. Allí re- 
cibió á los mensajeros del Rey D. Fernando de Portugal, y se concertó 
el casamiento del Infante D. Enrique, primogénito de D. Juan I, con 
la Infanta Doña Beatriz, heredera del reino vecino. Celebráronse las 
Cortes y fuése el Rey á Medina del Campo, en donde reunió á todos los 
prelados y letrados de sus reinos para que le aconsejasen sobre cuál de 
los Papas elegidos, Urbano VI ó Clemente VII, debía ser reconocido por 
legítimo sucesor de San Pedro. 

Todo esto ocurrió en el plazo de tres meses , precipitación que indujo 
á error al sensato Colmenares , quien , haciendo caso omiso de las Cortes 
de Soria , supone que el Rey las convocó para Medina del Campo 2 . Es 
verdad que le disculpa haber seguido la opinión del P. Mariana, por ser 
grande su autoridad 3 . Lo cierto es que D. Juan I tuvo Cortes en Soria 
el año 1380, y no en otra parte. 

El cuaderno de las peticiones generales que hicieron al Rey en estas 
Cortes los procuradores de las ciudades y villas, dan una idea bien triste 
del fruto recogido después de tanto afán por mejorar la administración 
de la justicia. Ni los jueces se enmendaban, ni los malhechores los te- 
mían, ni se desterraban los abusos en el manejo de los caudales públicos. 

El Rey , de acuerdo con las Cortes , hizo un severo ordenamiento para 



1 No dar otor do las cosas robadas significa no tener obligación de nombrar la persona de 
quien las recibió el Judío. Los cristianos estaban obligados á dar otor, conforme al derecho 
común. 

2 Hist. de Segovia, cap. xxvi , § vi. 

3 Hist. general de España^ lib. xvm, cap. IV. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 345 

reprimir y castigar la osadía de algunas personas nada escrupulosas, 
que se apoderaban de los bienes muebles ó raíces que dejaba á su muer- 
te cualquier hombre ó mujer, so pretesto de hallarse vacantes , aunque 
hubiese hijos ó parientes del difunto ú otros herederos legítimos en 
virtud de testamento 6 abintestato,j mandó á los jueces poner en pací- 
fica posesión de dichos bienes á los derecho-habientes de un modo su- 
mario y sin figura de juicio. 

También amparó en su propiedad á los compradores en pública su- 
basta de los bienes vendidos á los recaudadores y arrendadores de los 
pechos y rentas reales ó sus fiadores , aunque les ofreciesen los anti- 
guos dueños su justo precio, ya porque los adquirieron contra su 
voluntad apremiados por el fisco , y ya porque se vieron obligados 
á celebrar contratos onerosos al tomar prestado el dinero con que los 
pagaron. 

Prohibió bajo graves penas cortar ó quemar árboles por malque- 
rencia, derribar casas, arrancar viñas, quebrantar naves grandes ó 
pequeñas, desjarretar ganados, robar iglesias, prender labradores ó 
mercaderes sino por justicia , y asimismo matar, herir, robar y llevarse 
mujeres casadas ó desposadas ú otras por fuerza, dar abrigo á los mal- 
hechores en castillos , alcázares ó casas de señores eclesiásticos y segla- 
res, y negarse á entregarlos á los oficiales del Rey cuando los reclama- 
ban para castigarlos según merecían por sus delitos. 

Mandó que los clérigos y demás personas de abadengo pechasen al 
Rey y á los concejos por los bienes de realengo que comprasen ó adqui- 
riesen por otro título cualquiera; que tampoco fuesen excusados los frai- 
les de la tercera regla de San Francisco, en la cual entraban muchos 
que estaban en sus casas gozando de sus bienes como los otros legos; ni 
ménos las personas que llevaban corona y eran casados, porque todas las 
referidas supercherías se empleaban para sacudir la carga de los tri- 
butos. 

Prohibió á los prelados , beneficiados, alcaldes, alguaciles , merinos 
y jueces arrendar las rentas reales y las de los concejos en los lugares y 
villas en donde tuviesen sus dignidades ú oficios ; reprimió el abuso de 
los arrendadores de las tercias, que dejaban pasar tres ó cuatro años sin 
cobrarlas , y después las pedían haciendo la cuenta según el valor que 
alcanzaron los frutos en aquel plazo cuando los precios fueron más al- 
tos ; corrigió el exceso de los caballeros y escuderos que tomaban en 
arriendo las alcabalas y luégo las derramaban en sus lugares como si 
fuesen pedidos , y ordenó que los alcaldes ordinarios oyesen y librasen. 

44 



346 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

los pleitos de las monedas y alcabalas, suprimiendo la jurisdicción es- 
pecial de los alcaldes apartados. 

Respetó los de fuero en los lugares en donde los había por privilegio 
ó costumbre ; á los de la Mesta limitó la distancia hasta donde los em- 
plazados debian seguir el emplazamiento; prometió no dar cartas de 
merced de los oficios de alcalde , escribano , notario ú otros hasta que 
finasen las personas que los tenían, por los grandes escándalos que re- 
sultaban de proveerlos sin estar vacantes , y también ofreció no darlas 
ni consentir que los prelados las diesen , para encerrar á los pueblos y 
apremiarlos á oir los sermones, pues «facen á los labradores estar ocho 
dias é mas encerrados en las eglesias, por que non puedan ir labrar por 
pan nin por vino fasta que les manden alguna cosa.» 

Ordenó Juan I, á petición de los procuradores, que los hijos que los 
clérigos hubiesen en sus barraganas no heredasen los bienes de sus 
padres ni parientes, ni los pudiesen adquirir á título de manda, dona- 
ción ó venta, porque con esto daban ocasión «para que otras buenas 
mujeres, así viudas como vírgenes, sean sus barraganas é hayan de 
facer pecado »•; y á fin de distinguir las mancebas de los clérigos de las 
mujeres casadas, dispuso que llevasen pública y continuadamente por 
señal un prendido de paño bermejo encima de las tocas * en manera 
que se paresca. >» 

Renovó el antiguo ordenamiento para que ninguna cristiana criase 
hijo ó hija de Judío ó de Moro; pero no prohibió que los cristianos ó 
cristianas viviesen con ellos, «porque hayan quien les labre sus here- 
dades é los acompañen de una parte á otra, por que de otra guisa mu- 
chos se atreverían á ellos por los matar é deshonrar»: impuso penas á 
los que ofendiesen á los conversos ó cristianos nuevos con palabras in- 
juriosas , y confirmó lo mandado por Enrique II en las Cortes de Bur- 
gos de 1377, excluyendo á los Judíos de las casas del Rey, de la Reina, 
de los Infantes , prelados , caballeros ú otras personas , de suerte que no 
pudiesen tener oficio alguno en la corte ni al servicio de los particula- 
res, sobre todo el de almojarife, siempre odioso á los cristianos. 

El ordenamiento sobre Judíos y lutos es breve , y en parte una am- 
pliación del otorgado en las Cortes de Burgos de 1379. Prohibió el Rey 
al pueblo hebreo decir sus oraciones en pié según manda el talmud, 
maldiciendo á los cristianos, á los clérigos y á los finados; quitó la ju- 
risdicción criminal á los rabíes, viejos y adelantados de los Judíos, de- 
jándoles solamente la civil para librar los pleitos entre ellos, y castigó 
con la pena de pérdida de la libertad á los que convirtiesen á su ley y 



de 

Segovia de 1383. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 347 

circuncidasen á los Moros ó infieles de otras sectas, tolerando el judais- 
mo, pero no su propaganda. 

En cuanto á los lutos , confirmó la prohibición de hacer llantos y 
duelos excesivos por los muertos, desfigurar el rostro, usar vestiduras 
negras más tiempo del fijado por el Rey según la calidad de las perso- 
nas y el grado de parentesco, etc. La sanción penal es rigorosa, y al- 
canza á los oficiales de la ciudad , villa ó lugar negligentes á quienes 
conmina con la privación de sus oficios. 

En 1383 « vínose el Rey para la cibdad de Segovia , é allí fizo sus Cortes 
Cortes, é muchas leyes é ordenamientos, de las quales pocas se guar- 
daron , salvo una ley que fizo en que mandó que se non pusiese en las 
escripturas la era del César , si non el año del nascimiento de nuestro 
Salvador Jesu-Christo » 1 . Cáscales dice que el Rey quiso hacer Cortes 
en León , para lo cual envió á los reinos sus cartas convocatorias , y 
cita los nombres de los procuradores de la ciudad de Murcia que con- 
currieron á ellas 2 . 

El historiador de Segovia , cuyo testimonio en el caso presente , áun 
guardando silencio la Crónica, sería de mucho peso y autoridad, dice: 
■«Recién casados los Reyes, vinieron con la corte á nuestra ciudad, 
donde, por el mes de Setiembre, se celebraron Cortes generales de Cas- 
tilla, y entre otras se estableció aquella celebrada ley de que dejada la 
cuenta en el tiempo de la era del César, Emperador gentil, que en Cas- 
tilla habia permanecido mil cuatrocientos veinte y un años , se contase 
por los del nacimiento de Jesu-Christo, Dios y hombre, redentor del 
mundo. Francisco Cáscales, en su Historia de Murcia, puso á la letra 
esta ley , aunque no refiere dónde la halló •> 5 . 

Resulta averiguado que Juan I convocó para León las Cortes que 
después celebró en Segovia el año 1383 ; que en dichas Cortes se hicie- 
ron várias leyes , las cuales, por los negocios que sobrevinieron, no 
pudo el Rey mandar que se llevasen á efecto, según él mismo lo de- 
claró en el cuaderno de peticiones otorgado en las siguientes habidas 
en Valladolid el año 1385; y, por último, que en aquellas ordenó la 
sustitución de la era del César con la cristiana , novedad introducida, 
según Cáscales, en las de Sevilla de 1384, de las que ni la Crónica, ni 



1 Orón, del Rey D. Juan I, año v, caps, v, yi y vn. 

2 Discursos históricos de Murcia, disc. vui, caps, iv y y. 

3 Hist. de Segovia, cap. xxvi, § vi. 



348 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

los historiadores más diligentes, ni documento alguno fidedigno hacen 
memoria ni dan la menor noticia 1 . 

Fué el año 1385 infausto para Castilla, pues en 14 de Agosto gana- 
ron los portugueses la memorable batalla de Aljubarrota con pérdida 
« de muchos é muy buenos señores é caballeros ■ leoneses y castella- 
nos 2 . Perdióse la batalla, no sin culpa del Rey, por mal orden y mal 
consejo. 

Cortes Afligido Juan I con tal desastre, y previendo el peligro de perder la 

de Vaikdoiid de coronaf porque el Rey de Portugal llamaba á toda prisa al Duque de 
Alencastre ó Lancaster, casado con Doña Constanza, hija del Rey don 
Pedro, para que viniese á Castilla é hiciese valer su derecho por la vía 
de las armas, ofreciéndole todo favor y ayuda en la guerra, apénas 
llegó á Sevilla, vistió luto y acordó reunir Cortes en Valladolid el dia 
1.° de Octubre siguiente, 

En el preámbulo del cuaderno dice Juan I: « Por quanto á los Reyes 
é á los príncipes que han poder de facer é ordenar leyes para que los 
subditos en tiempo de paz se hayan de regir por las leyes que fablan 
de los estados que pertenecen á cada uno otrosí facer é ordenar le- 
yes que son necesarias en tiempo de guerra, etc. » 

De este pasaje se infiere que no es tan fácil probar, como pretende 
Martínez Marina , que desde el origen de la monarquía hasta el adve- 
nimiento de la Casa de Austria al trono de España todas las leyes se 
hacían en las grandes juntas del reino, ó por los brazos del estado, ó 
por el Rey con acuerdo, consentimiento y consejo de la nación; y es 
mucho más difícil todavía mostrar con pruebas sacadas de la historia, 
que « las leyes , para ser valederas y habidas por leyes del reino , se 
debían hacer precisamente en Cortes generales » 3 . No lo entendía así 
D. Juan I al afirmar que á él pertenecía la potestad legislativa en abso- 
luto, según lo entendió D. Alonso el Sabio, y lo declaró en su código 
memorable *. 

Poseído de su autoridad como legislador y Rey en la plenitud de su 

1 Discursos históricos de Murcia , disc. vni , cap. xn. 

Para negar la celebración de Cortes en Sevilla el año 1384, bastan el silencio de la Crónica, y 
sobre todo el más significativo del puntual y minucioso Ortiz de Zúñiga. V. Anales ecles. y secul. 
de la ciudad de Sevilla, año 1384, núms. 1 y 2. 

En cuanto á la ley relativa al nuevo cómputo del tiempo, Cáscales insertó á la letra un tras- 
lado que hizo el escribano público Bartolomé Tallante «de una ley y cuaderno donde está escri- 
ta. » Probablemente seria el cuaderno de las leyes hechas en las Cortes de Soria de 1383. 

2 Crón. del Rey D. Juan I , año vn, cap. xv. 

3 Teoría de las Cortes, part. II, cap. xvu. 

4 Ley 12, tít. i, Part. i. 



t 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 349 

soberanía, mandó D. Juan I guardar y cumplir las leyes ordenadas en 
las Cortes de Segovia de 1383 , recibiendo entónces la sanción de que 
carecian. De estas leyes ya se sabe que no hay noticia circunstanciada, 
habiéndose salvado de la oscuridad y el olvido la concerniente al modo 
de contar los años por la era de Cristo y pocas más , pues consta de or- 
denamientos posteriores que hizo una reprimiendo los excesos de los 
jueces eclesiásticos que usurpaban la jurisdicción real, otra para que 
pechasen las heredades realengas que pasaban al abadengo , otra conce- 
diendo alguna merced á los cristianos deudores de los Judíos, y, en 
fin , otra moderando el servicio de acémilas y carretas que aprontaban 
loe pueblos cuando iba el Rey de viaje ó alguna persona principal de 
la corte. 

El primer cuidado del Rey fué poner sus reinos en estado de defensa, 
para lo cual decretó un armamento general , extensivo á todos los va- 
rones mayores de veinte años y menores de sesenta, clérigos y legos, 
de cualquiera ley ó condición que fuesen; fijó el equipo militar de cada 
uno , guardada proporción con su hacienda ; señaló épocas para hacer 
los alardes, é impuso graves penas á los que no se presentasen aperci- 
bidos para la guerra. 

Procuró el aumento de la caballería, nervio délos ejércitos en la 
edad media, dictando providencias encaminadas á facilitar la repro- 
ducción de los caballos, y otras dirigidas á restringir la multiplicación 
y uso de las muías. 

Considerando que además de hombres necesitaba dinero para soste- 
ner la campaña contra el enemigo , conminó con la responsabilidad del 
cuatro tanto á los concejos y personas de cualquiera ley ó estado que 
dijesen, hiciesen ó aconsejasen algo por lo cual las rentas y derechos 
del Rey valiesen ménos; y con relación á los particulares prohibió á 
los acreedores tomar los bienes de sus deudores sin licencia del juez 
competente , y á los recaudadores y arrendadores de los tributos « dar 
ponimentos baldíos", y llevar por esto cohechos. 

Las peticiones generales , prescindiendo de las relativas á los Judíos, 
no son numerosas. Pidieron los brazos del reino al Rey « dar su presen- 
cia real y asentarse en audiencia un dia á la semana , porque los na- 
turales se pudiesen querellar y mostrar los agravios que recibían » ; 
hacer justicia de los malhechores, no obstante la mala costumbre de 
acogerse á los lugares de señorío ; prohibir á los alcaldes y merinos 
arrendar sus oficios , porque (decían) « es fuerza que el que tiene la cosa 
por renta , haya de catar como saque lo quel cuesta della , é mucho 



350 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE COETE8. 

más >•: peticiones fácilmente otorgadas como otras veces lo habían sido. 

Las relativas á los pechos suministran noticias curiosas é interesan- 
tes acerca del influjo que en el estado social de León y Castilla tuvie- 
ron las mercedes enriqueñas, muy superior al que les atribuyeron los 
jurisconsultos para quienes toda su importancia se cifra en haber dado 
origen á los mayorazgos. 

La ponderada liberalidad de Enrique II debilitó el poder real y ro- 
busteció el de la nobleza al punto que ni el monarca dadivoso , ni su 
hijo, se atrevieron á enfrenarla. Los grandes y caballeros, favorecidos 
con tan crecidas mercedes, juzgaron que todo les era permitido, porque 
todo era corto premio ásus servicios. Despertóse en su pecho la codicia, 
y sin temor al Rey que habian sentado en el trono , apénas se vieron 
señores de ciudades, villas y lugares casi por derecho de conquista, no 
perdonaron medio de enriquecerse empobreciendo á sus vasallos, y 
asolando los pueblos con exorbitantes y desusados tributos. 

En proporción que aumentaba la pobreza y se hacía más dificultoso, 
cuando no imposible , pagar los pedidos , crecían los rigores del apre- 
mio, y llegaron hasta el despojo y la tortura. 

Si el morador de un lugar mudaba de domicilio , le tomaban los 
bienes que dejaba en el de su anterior vecindad, ó se los vendían. A 
las personas « de pro que habian alguna facienda, levantábanles mu- 
chos achaques por los cohechar , é por los facer perder quanto en el 
mundo habian »; si alguna mujer "de las bien andantes enviudaba, ó 
alguno tenía su fija, por fuerza é contra su voluntat el sennor facía 
casar á los sus escuderos é á los ornes de ménos estado con ellas»; á los 
pobres , « fasta que les diesen lo que non tenían , facían facer cartas á 
logro en Judíos premiosamente de las quantías que ellos querían, en 
manera que mientre vivan , nunca se podrán quitar» ; otras veces para 
pagar los tributos tomaban las cruces, los cálices, las campanas y 
todos los ornamentos de las iglesias y hospitales, y los vendían ó em- 
peñaban ; por último , cuando el señor agotaba sin fruto los medios or- 
dinarios del apremio , •< prendía los ornes , é metíalos en cárceles, é non 
les daba á comer, nin á beber, así como á cautivos. » 

Clamaron estas Cortes de Valladolid por el remedio á tanto desdrden 
y tiranía, y el Rey reprimió el abuso de los casamientos forzosos y áun 
manifestó el deseo de emendar los otros agravios ; pero en razón de los 
pedidos dió por respuesta que entendía hablar con los caballeros y man- 
darles que en adelante hiciesen de modo que ellos lo pasasen bien. La 
promesa era estéril por lo ambigua. Enrique II y Juan I , Reyes de la 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 351 

nobleza, rodearon el nombre de D. Pedro de Castilla de cierta aureola 
popular. 

Como no habia riesgo de disgustar á los caballeros, no vaciló el Rey 
en acceder á la petición contra los excesos de los arrendadores de las 
alcabalas y monedas. Emplazaban á los vecinos de las ciudades, villas, 
lugares y aldeas, y en compareciendo, no les demandaban nada aquel 
dia ante los alcaldes ordinarios , para tener ocasión de emplazarlos de 
nuevo, fatigarlos y cohecharlos. 

No fué el Rey tan animoso y resuelto con los señores de lugares por 
merced de su padre, cuando las Cortes se quejaron de su osadia al pro- 
hibir á los vecinos que arrendasen á los recaudadores las rentas, para 
tomarlas ellos después á mala barata en perjuicio de los pueblos y de la 
corona; á lo cual respondió que habia mandado hacer ley sobre ello. 

Igual debilidad mostró con los prelados y clérigos que también so- 
lian tomar en arrendamiento las alcabalas, monedas, tercias y otras 
rentas reales; y cuando los alcaldes ordinarios, fieles á los deberes pro- 
pios de su oficio, procedían contra ellos y les embargaban y vendían 
sus bienes, se interponían los jueces eclesiásticos con sus cartas de en- 
tredicho y excomunión , de suerte que no se cumplía el derecho. Juan I, 
en vez de reprimir con mano dura este abuso, que cedia en mengua de 
la jurisdicción real, se limitó á prohibir á los recaudadores y arrenda- 
dores de sus rentas que las arrendasen á clérigos ó personas eclesiásti- 
cas, salvo si diesen buenos fiadores legos, cuantiosos y abonados, sin 
atreverse siquiera á confirmar los repetidos ordenamientos hechos en 
Cortes que inhabilitaban al clero para mezclarse en esta clase de ne- 
gocios. 

No ménos de nueve son los ordenamientos relativos á los Judíos en 
los cuales se recapitula, si no todo, lo principal que acerca del pueblo 
hebreo se hallaba establecido en Cortes anteriores. Que los cristianos 
no vivan continuadamente de noche y de dia con los Judíos ni con los 
Mores, comiendo y bebiendo con ellos cosas vedadas; que los Judíos y 
los Moros no tengan oficios en la Casa del Rey, ni de la Reina, ni de 
los infantes, condes, caballeros, dueñas ni doncellas, ni sean contado- 
res , ni cogedores de rentas ni tributos ; que sean obligados á ciar otor 
de las cosas hurtadas, no obstante privilegio en contrario; que prescri- 
biesen por tiempo las cartas de deuda otorgadas por los cristianos á fa- 
vor de los Judíos; que no pusiesen entregadores ó porteros apartados 
para hacer efectivos sus créditos por trámites de justicia; que conce- 
diese el Rey alguna quita y espera á los cristianos deudores á los Ju- 



352 EXÁMBN DE LOS CÜADEBNOS DE CORTES. 

dios; que compareciesen ante los alcaldes ordinarios, y no lo tuviesen 
propio, para librar los pleitos entre unos y otros, tales son, en suma, las 
peticiones que los brazos del reino hicieron al Rey en estas Cortes de 
Valladolid de 1385. 

Don Juan I las otorgó casi todas, debiendo agradecerle el pueblo ju- 
dáico la conservación de sus entregadores apartados, la confirmación 
de la ley declarando que en los pleitos civiles no valiese contra el Ju- 
dío el testimonio del cristiano sino cuando fuese corroborado con el de 
otro Judío, y la negativa á conceder perdón ni moratoria de las deu- 
das, sobre la merced que hizo á los deudores en las Cortes de Segovia 
de 1383. 

Termina el cuaderno de las peticiones generales con una larga y 
sentida oración del Rey á las Cortes explicando las causas del luto que 
vestía. Había empezado á reinar con voluntad de hacer justicia, y des- 
mayó su ánimo ante la resistencia invencible de las malas costumbres. 
El propósito de aliviar la carga pesada de los tributos se desvaneció 
ante las apremiantes necesidades de la guerra que le obligaban á con- 
servarlos y aumentarlos, La muerte de tantos y tan grandes y tan bue- 
nos caballeros en la batalla de Aljubarrota llenó de pesar y amargura 
su corazón. 

Agradeciendo á las Cortes la petición para que dejase las vestiduras 
de duelo , condescendió con su ruego , pero desterró el lujo en señal de 
penitencia y humildad , de forma que en esta leyjse mezcla y confunde 
lo suntuario con lo piadoso. 

Los cuidados de la guerra absorbían su atención , y no pudiendo pres- 
tar la debida á la gobernación del estado , ordenó un Consejo compues- 
to de doce personas, á saber, cuatro prelados, cuatro caballeros y cuatro 
ciudadanos que siempre habían de seguirle y acompañarle adonde 
quiera que fuese. 

El Consejo debía « librar todos los fechos del regno » , salvo las cosas 
pertenecientes á la Audiencia y las que el Rey se reservaba y eran pro- 
visión de los oficios de la Casa Real y plazas de oidores , tenencias de 
fortalezas y castillos, adelantamientos, alcaldías y alguacilazgos no 
de fuero, merinos de las ciudades y villas, corregidores, jueces, escri- 
banos mayores , presentaciones de beneficios eclesiásticos, tierras, gra- 
cias , mercedes y limosnas y perdón de los homicidas , y todavía ofreció 
consultar al Consejo en todas estas cosas. 

Motivó el Rey la institución del Consejo en los fechos de la guerra, 
«los quales (dijo) son agora muy más é mayores que fasta aquí», y ade- 



examen de los cuadernos de cortes. 353 
mas en otras tres razones principales : su enfermedad, «la qnal, segund 
vedes, nos recrece mucho á menudo» ; el aumento de los tributos, « por 
que todos los del regno vean claramente que á nos pesa de acrescentar 
los pechos , é que nuestra voluntad es de non tomar más de lo necesario» , 
y t por que de nos se dice que facemos las cosas por nuestra cabeza é sin 
consejo é agora de que todos los del regno sopieren en como habe- 
rnos ordenado ciertos perlados, é caballeros é cibdadanos para que oyan 
é libren los fechos del regno , por fuerza haberán de cesar los dicires, é 
ternán que lo facemos con consejo. » 

Resulta que Juan I es el fundador del alto Consejo de los Reyes de 
Castilla, de tan grande autoridad en los tiempos posteriores, si bien, al 
crearlo , no le dió el carácter de una institución permanente. Lo que no 
recabaron las Cortes de él , ni de Enrique II, ni de otros monarcas, lo 
consiguieron las quejas y murmuraciones del vulgo, que no perdonaba 
al Rey el desastre de Aljubarrota *. 

En Julio de 1386 surgió el Duque de Alencastre con grande armada 
en el puerto de la Coruña. ■< Traia consigo su mujer Doña Constanza, 
que era fija del Rey D. Pedro, é una fija que habia della, que decian 
Doña Catalina 2 . Titulábase Rey de Castilla y de León, y venía resuel- 
to á confiar á la suerte de las armas su derecho á la corona » 3 . 

Apercibióse D. Juan I para la guerra, y salvadas las apariencias con 
demandas y respuestas por medio de heraldos y mensajeros, empezaron 
los tratos secretos para ajustar el casamiento del Infante heredero Don 
Enrique con la hija única del Duque y Doña Constanza. 

Miéntras el Rey negociaba y se esforzaba á vencer la resistencia de Cortes 
su enemigo con la oferta « de grand quantía de oro » , continuaron los segovia de 1336. 
aprestos militares , á cuyo fin convocó Cortes en Segovia, que celebró 
por Noviembre de 1386, las cuales le sirvieron con gente y dinero i . 

No se muestra Juan I tan ufano y engreido con su autoridad en estas 

1 «Los más cuerdos querían se excusase la batalla... pero prevaleció el voto de los que como más 

mozos, tenían más caliente la sangre, por ser de más reputación A este parecer se arrimó el 

Eey , si bien el contrario era más prudente y más acertado.» Mariana, Hist. general de España, 
libro xviii, cap. ix. 

2 Crún. del Rey D. Juan I, año vm, cap. vi. 

3 Doña Beatriz, bija mayor del Rey D. Pedro y Doña María de Padilla, tomó el hábito y pro- 
fesó en el convento de Santa Clara de Tordesillas, por lo cual recayó su derecho de sucesión en 
la hija segunda Doña Constanza. 

i Colmenares, Hist. de Segovia, cap. xxvi , § IX. 

« Repiquetes de broquel para en público , que de secreto el prior (de Guadalupe, D. Juan Ser- 
rano) de parte de su Rey movió otro partido más aventajado al Duque, de casar su hija y de 
Doña Constanza con el Infante D. Enrique, que por este camino se juntaban en uno los derechos 
de las partes. Mariana , Hist. general de España, lib. xvm, cap. x. 

45 



354 exámen de los cuadernos de cortes. 

Cortes como en otras anteriores, cuando no perdona ocasión de insinuar 
que las reúne y escucha por vía de consejo. El peligro del momento 
quebrantó el orgullo del monarca, y la prudencia le obligó á moderar- 
se para rodear su trono vacilante de todas las fuerzas de la nación, 
cuya voluntad solicita ligando la causa del Rey con la del pueblo. Los 
descontentos (y había muchos) podían alistarse en las banderas del Du- 
que vengador de la muerte de D. Pedro. 

No eran vanos estos temores , pues Doña Constanza y Doña Catalina 
hallaron en Galicia acogida favorable. Santiago, cabeza de aquel esta- 
do y reino , se rindió sin combate á los ingleses, y á su ejemplo casi 
toda la tierra. Algunas personas principales se arrimaron al partido de 
Alencastre , como si estuviesen pesarosos y arrepentidos de la obedien- 
cia que dieron á Enrique II, después de haberle resistido con mano ar- 
mada , muerto ya el Rey D. Pedro, por espacio de dos años. 

La mejor prueba de que se urdían tramas contra el Rey y peligraba 
su corona , la suministran los dos "últimos ordenamientos del cuaderno 
dado en estas Cortes , imponiendo penas severas á los que decían pala- 
bras y razones muy malas y feas en ofensa de las personas reales, de 
los del Consejo , ministros y grandes del reino, ó fingían é inventaban 
« nuevas non verdaderas sobre algunas cosas que son en nuestro deser- 
vicio » , y mandando poner guardas á las puertas de cada ciudad , villa 
ó lugar que debían tomar las cartas mensajeras y entregarlas al conce- 
jo, dos de cuyos oficiales las abrían é interceptaban si contenían pala- 
bras ó razones dignas de igual censura. 

Las peticiones generales de los procuradores á estas Cortes de Sego- 
via de 1386 versan sobre las materias de gobierno más comunes y ordi- 
narias. Para perseguir á los malhechores autorizó el Rey la formación 
de hermandades entre los concejos; mandó que cada ciudad, villa ó 
lugar levantase cierto número de hombres de á caballo y de á pié, que 
habían de estar prestos al servicio por tres meses; dispuso que los alcal- 
des, merinos, alguaciles ú otros oficiales de justicia, tan pronto como 
llegasen á tener conocimiento de alguna muerte, robo, ó en general de 
cualquier delito cometido en el término de su jurisdicción , hiciesen to- 
car á rebato , y á campana herida saliesen los vecinos de los lugares co- 
marcanos en persecución de los criminales hasta prenderlos y entregar- 
los al juez de quien debían recibir el merecido castigo; en fin, adoptó 
todos los medios principales de mantener la paz pública imaginados por 
el Rey D. Pedro en las Cortes de Yalladolid en 1351, recatándose de 
nombrarle. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 355 

Hizo más por mejorar la administración de la justicia, pues prohibió 
á los alcaldes , jueces y escribanos que fuesen abogados en los pleitos 
que pasasen ante ellos; ofreció poner remedio á la tardanza de los oido- 
res en librar los que se ventilaban en la Audiencia, y confirmó el orde- 
namiento hecho en las Cortes de Segovia de 1383 contra los prelados, 
vicarios y demás jueces eclesiásticos que usurpaban la jurisdicción real 1 . 

A ruego de los procuradores templó el rigor de la justicia con la mi- 
sericordia, convidando con el perdón á los homicidas y malhechores 
que andaban huidos ó estaban ocultos, si se presentaban á lajusticiaen 
el plazo de tres meses y declaraban sus delitos, salvo los reos de alevo- 
sía , traición y muerte segura. 

El mayor número de peticiones se refiere al arreglo de los tributos , y 
de aquí diversos ordenamientos limitando el de los excusados de pechos 
reales y concejiles; declarando que se guardase la ley hecha en las Cor- 
tes de Segovia de 1383 en razón de las heredades realengas que pasa- 
ban al abadengo ; prohibiendo tomar y vender las armas en pago de 
monedas ú otras deudas reales, privilegio limitado á «este año primero 
que viene » , para que todos los hombres estuviesen apercibidos al com- 
bate; resistiendo la pretensión de que se descontase á los pueblos el im- 
porte de los robos y daños causados en sus términos por los caballeros ú 
otras personas, ya fuesen naturales , ya extranjeros, como si los veci- 
nos quisiesen prevenirse contra las exacciones consiguientes al estado 
de guerra ; reprimiendo el abuso de algunos que se ordenaban de corona 
■ é non de orden sacra » , y luego se acogían á la protección de los pre- 
lados y jueces eclesiásticos para no pechar, ó hacer otras donaciones 
fingidas de todos sus bienes á iglesias ó clérigos con el mismo objeto; 
otorgando á los concejos que pusiesen por recaudadores hombres buenos, 
abonados y cuantiosos que se encargasen de la cobranza de los tributos 
mediante cierto salario ; mandando que la mudanza de vecindad de un 
lugar de realengo á otro de señorío no dispensase de pechar en razón 
de las heredades que cada uno conservase en la tierra del Rey; impo- 
niendo á las aldeas, aunque fuesen de señorío , la obligación de contri- 
buir á la reparación de los adarves y cavas de las ciudades , villas y 

1 El cuaderno dice «el ordenamiento que fizimos en las dichas Cortes de Soria. » La copia del 
Escorial pone Segovia. Las Cortes de Soria que aquí se mencionan no pue len ser las de 1375 
celebradas por Enrique II, que murió en 1379, pues las palabras «que fizimos» prueban que 
Juan 1 alude á otras que celebró él mismo. En las de Soria de 1330 no hay tal ordenamiento, por 
cuya razón debe leerse Segovia de 1333, en las que hizo varias leyes, de las cuales una sola es 
bien conocida. 



356 exámen de los cuadernos de cortes. 

lugares en cuyos términos se hallaban, si se aprovechaban de sus pas- 
tos, y por último, prometió el Rey guardar justicia y derecho en el 
modo de coger el diezmo del pan y del vino , que no querían los abades 
tomarlo en especie sino en dinero, apreciando los frutos en mucho más 
de lo que valían en la doble exacción con el nombre de rediezmo, y en 
las demandas excesivas y contrarias á la costumbre á título de voto de 
Santiago. 

Con iguales esperanzas de remedio acalló las quejas de los procurado- 
res contra la tiranía de algunos condes, caballeros, dueñas y otras per- 
sonas favorecidas con mercedes de ciudades, villas y lugares, cuyos 
señores hacían á los vecinos muchos agravios y sinrazones, «tomándo- 
les de lo suyo , levándoles achaques é echándoles pedidos de dinero, é 
de pan , é de vino é de otras cosas, é tomándoles los oficios que habían 
por fuero, privilegio ó costumbre » , exigiéndoles portazgos en donde 
nunca se habían pagado miéntras fueron los lugares de realengo , así 
como las muías, acémilas y carretas. Decían más los procuradores á las 
Cortes , que mandase el Rey « desatar todos los tales agravios á los di- 
chos lugares é sennorios, por que se non hermasen, por que ellos non 
se osaban querellar por miedo de los sennores. » La respuesta no fué más 
decisiva y animosa que la referida al tratar del mismo asunto en las 
Cortes de Valladolid de 1385. Los Trastamaras deseaban hacer justicia 
y favor al pueblo , pero no se atrevían á descontentar la nobleza que los 
ayudó á escalar el trono. 

Instando los procuradores, arrancaron á Juan I la promesa de no pe- 
dir á personas señaladas préstamo alguno de dinero , pan , vino, carne 
ú otras cosas , ni demandar galeotes. 

En cuanto á las deudas de los cristianos á los Judíos , confirmó el Rey 
el ordenamiento que hizo en las Cortes de Segovia de 1383 

En razón de los beneficios eclesiásticos que gozaban los extranjeros, 
respondió que el ordenamiento de Medina del Campo citado por los 
procuradores , « non fué fecho , nin lo pudimos facer de derecho , é que 
nos enviaremos sobre esto nuestras cartas de ruego al Papa» 2 . Mostró 

1 El cuarlerno dice Soria, y en las celebradas en dicha ciudad el año 1380 no se hizo ley al- 
guna relativa á la materia. La copia del Escorial dice Segovia, y es lo cierto , como se prueba 
con el cuaderno de las Cortes di Valladolid de 1385, en donde se leen las palabras siguientes: 
«por quanto nos (liemos quita de la tercia parte, é espera de lo al de quince meses en las Cortes 
que fe/dmoí en S •govia(l383 / i.»Á esta ley alude la respuesta del Rey á la pet. 14 hecha en estas 
otras de Segovia de 1386. 

2 Los procuradores se referían al Ayuntamiento de Medina del Campo de 1380, para « enten- 
der en el fecho de la Iglesia 1 !) , en el cual se trató de al^o mis que del cisma ; pero no consta que 
se hubiese tomado ningún acuerdo sobre la provisión de beneficios eclesiásticos. 



EXÁMEN DE LOS CUADEENOS DE CORTES. 357 

voluntad de reprimir los cohechos de los guardas de las sacas de las co- 
sas vedadas por las fronteras; mandó que cuando los ganados pasasen 
de unos á otros lugares por recelo de la guerra, fuesen salvos y segu- 
ros , « guardando pan , é vino , é prados , é dehesas cotadas » , y prome- 
tió atajar los abusos que cometían los pastores de la Mesta no querien- 
do ir por sus cañadas, aprovechando el rocío de las yerbas en perjuicio 
de los dueños de las heredades y de los concejos, poniendo alcaldes entre 
sí que se entremetían á librar por vía ordinaria los pleitos que se origi- 
naban á causa de las posturas y grandes penas arbitrariamente impues- 
tas á las ciudades, villas y lugares, y haciendo otros daños á los vecinos 
con mengua de la justicia , la propiedad y la agricultura. 

En estas Cortes de Segovia de 1386 hizo Juan I un largo razonamien- 
to para probar su mejor derecho á la corona que Doña Constanza, mu- 
jer del Duque de Alencastre é hija del Rey D. Pedro. La fuerza de la 
argumentación estriba en que descendía de los Infantes de la Cerda , á 
quienes pertenecía el reino como legítimos herederos de Alfonso X, de- 
clarando Reyes intrusos y usurpadores del trono á Sancho IV , Fernan- 
do IV, Alfonso XI y D. Pedro que lo ocuparon desde el año 1295 hasta 
el de 1369, habiendo sido recibidos y jurados por las Cortes. Además 
de estos títulos de legitimidad , mediaba la renuncia de D. Alonso de la 
Cerda, hijo del Infante D. Fernando, aceptada la sentencia que dieron 
como árbitros los Reyes de Aragón y Portugal, en cuya virtud hizo 
pleito homenaje á Fernando IV. 

El argumento de más valor que los consejeros de D. Juan I pusieron 
en sus labios, fué que Doña Constanza y su hermana Doña Isabel 
eran hijas de ganancia, por cuanto las hubo el Rey D. Pedro en su 
manceba Doña María de Padilla durante su matrimonio con Doña Blan- 
ca de Borbon. Por último, dijo que su padre Enrique II tuvo muy gran- 
des derechos en el reino por algunas razones, señaladamente «por 

que fué rescibido é tomado por Rey é por sennor en este regno , después 
que los del regno fueron contra el Rey D. Pedro por non aver derecho 
en el regno , é por sus merescimientos. » 

Declarar la validez ó nulidad del matrimonio de D. Pedro y Doña 
María era una cuestión árdua y ajena á la competencia del Rey que 
en esta causa se mostraba juez y parte. El Rey D. Pedro dijo en las 
Cortes de Sevilla de 1362 que Doña Blanca de Borbon « non fuera su 
mujer legítima, porque ántes que se desposase con ella se avia des- 
posado por palabras de presente con Doña María de Padilla, é la res- 
cibiera por su mujer." Las Cortes lo oyeron, y todos los allí presentes, 



358 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

así prelados como grandes señores y procuradores de los concejos, ju- 
raron al Infante D. Alfonso por heredero de los reinos de Castilla y 
León después de los dias de su padre. Muerto á poco D. Alfonso, el 
Rey D. Pedro hizo jurar á las Infantas Doña Beatriz, Doña Constan- 
za y Doña Isabel , cada una en sucesión de la otra , en el Ayuntamiento 
de Bubierca el año 1363 '. 

Enrique II se consideró siempre legítimo sucesor de Alfonso XI, muer- 
to su hijo primogénito. En los cuadernos de las Cortes celebradas du- 
rante su reinado, se encuentran á cada paso las frases «el Rey D. Alfon- 
so , nuestro padre, los Reyes onde nos venimos» y otras semejantes 
que denotan cuan persuadido y convencido estaba del derecho heredita- 
rio que le asistia. En 1371 hizo llevar el cuerpo de Alfonso XI á la ciu- 
dad de Córdoba desde Sevilla, en donde yacía enterrado, cumpliendo 
la voluntad de aquel Rey que quiso recibir sepultura al lado de la esco- 
gida por su padre Fernando IV. Este acto de piedad filial confirma que 
se reputaba descendiente de Alfonso X por Sancho IV, lavando la 
mancha de su bastardía las Cortes de Burgos de 136G. 

Don Juan I renegó de sus abuelos por evitar el escollo de la ilegiti- 
midad y borrar la nota de usurpación que le arrojaba al rostro el 
Duque de Alencastre. Tan mala era su causa y tan mal la defendía, que 
todos los argumentos rebotaban contra él. Si alegaba que Doña Cons- 
tanza era hija de ganancia de D. Pedro y Doña María de Padilla, naci- 
da viviendo Doña Blanca de Borbon, el partido contrario le replicaba 
que su padre fué hijo bastardo de Alfonso XI y Doña Leonor de Guz- 
man, viviendo la reina Doña María. Si recordaba que Enrique II habia 
sido recibido por Rey en las Cortes de Burgos de 1366, le respondían 
que antes habia sido Doña Constanza, jurada heredera del reino en 
las de Bubierca de 1363. Estaban las razones en fiel, y por eso optó 
Juan I por el medio de eKhumar los títulos ya olvidados y anulados de 
los Infantes de la Cerda. 

La posteridad ventila esta y otras cuestiones semejantes con ánimo 
sereno. Los contemporáneos no ignoraban que una cuestión tan reñida 
sobre la posesión de un reino, no se habia de resolver por las alegacio- 
nes de los jurisconsultos, pues más tarde ó más temprano los adversa- 
rios habían de llegar á las armas. 
Cortes A las Cortes de Segovia de 1386 sucedieron las de Bribiesca de 1387 2 . 

de Bribiesca de 
1387. 

1 Crón. del Rey D. Pedro de Castilla, año Xin, cap. vm, y año xiv, cap. ITX. 

2 La Crónica pone estas Cortes en el año 1388 ; pero todos los cuadernos dados en la villa de 
Bribiesca llevan las fechas dentro del mes de Diciembre de 1387. 



exímen de los cuadernos de cortes. 359 
Cuatro son los ordenamientos que en ellas se hicieron, y todos de im- 
portancia; de suerte que deben contarse en el número de las principa- 
les y más famosas que celebró Juan I. 

«•En estas Cortes (dice Cáscales) quedó asentado que el Infante don 
Enrique se llamase de allí adelante Príncipe de Asturias, y la Infanta 
Doña Catalina, su esposa, Princesa. Desde este tiempo se llamaron 
Príncipes los primogénitos de los Reyes de Castilla y León, asignándo- 
les por patrimonio de su principado las Asturias, y después á Jaén, 
Ubeda, Baeza y Andújar A pesar del respeto que merece Cáscales como 
historiador grave y fidedigno, no sería prudente afirmar que el princi- 
pado de Asturias hubiese tenido origen en las Cortes de Bribiesca de 
1387. Esta alta dignidad vinculada en el primogénito del Rey, fué ins- 
tituida á consecuencia de los tratos de paz que mediaron entre Juan I 
y el Duque de Alencastre, y se firmaron en Bayona el año 1388 2 . Es 
probable que las Cortes conociesen las condiciones del concierto; pero 
no consta su aprobación, á lo ménos de un modo expreso. El Rey nego- 
ciaba, tenía seguridad del éxito y solamente reunió las Cortes para 
que « catasen que manera se fallaría de aver tan grand quantía como 
aquella que el Rey avia tratado ó acordado de pagar al Duque de Alen- 
castre e á su mujer la Duquesa Doña Constanza » 3 . 

Las necesidades de la guerra obligaron á Juan I á labrar moneda de 
baja ley durante los años 1385 y 1386, y así es que en 1387 corrían la 
moneda vieja y la nueva, ésta ménos estimada que aquella. Hecha la 
paz, aunque no firmada, pudo el Rey corregir, y corrigió en parte el 
desorden de los precios; y de aquí el Ordenamiento sobre la baja de la 
moneda de los blancos dado en las Cortes de Bribiesca, reduciendo á seis 
dineros novenes el valor de los blancos , en vez de un maravedí ó diez 
dineros. 

Restaba dictar reglas para desvanecer las dudas y evitar los pleitos 
que se originaban al pagar las deudas contraidas en virtud de présta- 

1 Discursos hist. de Murcia, disc. vin, cap xvt. 

Colmenares escribe : « Pasáronse las Cortes á Palencia, donde se celebraron los desposorios del 
Príncipe D. Enrique con Doña Catalina de Alencastre con señorío y título de Príncipes de Astu- 
rias, que hasta hoy se continúa en los herederos.» Bist. de Segovia, cap. xxvi, § xr. 

2 «Otrosí pusieron é ordenaron los dichos rey D. Juan é Duque de Alencastre en sus tratos, 
que el dicho infante D. Enrique oviese título de se llamar Príncipe de Asturias, é la dicha Doña 
Catalina, Princesa.» Crónica del Mey D. Juan I, año x, cap. III. 

Mariana no reconoce la intervención de las Cortes en la creación del principado de Asturias. 
Hist. general de España, lib. xvin, cap. xii. 

3 o E el Rey, teniendo que el dicho trato se faria en todas guisas, fizo Cortes en la villa de 
Bribiesca....» Crónica del Bey D. Juan I, año x, cap. i. 



360 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

mos, compras, ventas, alquileres y arrendamientos anteriores á la acu- 
ñación de la moneda blanca, y las estableció consultando la equidad 
más que la rigorosa justicia. 

No se remedió el mal del todo, porque los blancos valían ó debían 
valer cinco dineros; de suerte que continuaban siendo moneda de baja 
ley, y dando ocasión á la carestía. Otros Reyes procuraron la baratura 
por medio de la tasa. Juan I se limitó á prohibir la regatonería en la 
corte y cinco leguas en contorno , para que fuese « más abastada de 
viandas . » 

Hizo también en dichas Cortes un Ordenamiento de leyes dividido 
en tres tratados el primero lleno de zelo religioso, el segundo relativo 
á las rentas, pechos y derechos reales, y el último que abarca diversas 
materias de gobierno. 

En el tratado primero prohibe que salga el clero en procesión con la 
cruz á recibir al Rey, á la Rema ó los Infantes más allá de la puerta de 
la iglesia, y que este recibimiento con cruz se haga á otro señor tem- 
poral alguno; manda que cuando el Rey, la Reina ó los Infantes « to- 
páremos en la calle con el cuerpo de Dios, que seamos tenudos de lo 
accompannar fasta la eglesia donde salió, é ñncar los ynoios (hinojos) 
á le facer reverencia, é estar así fasta que sea pasado, é que non nos es- 
cusemos de lo facer por lodo, nin por polvo, nin por otra cosa », prác- 
tica piadosa que todavía se observa ; que nadie hiciese figura de cruz ni 
de santo ó santa en sepultura, manto ó tapete para ponerlo en lugar que 
pudiese ser hollada con los piés; que nadie se atreviese á renegar de 
Dios ó denostarle, ni á Santa María, ni á los santos del paraíso ; que los 
aposentadores de la corte no diesen posadas en las iglesias, en las cuales 
se alojaban muchos con sus bestias, caso feo y deshonesto; que no se 
tolerasen artes malas « defendidas é reprobadas por Dios, así como es 
catar en agüeros, é adevinanzas, é suertes, é otras muchas maneras de 
sorterías, « castigando á los agoreros, é adevinos é otros que se facían 
astrólagos »; que ninguna persona de cualquier estado ó condición la- 
brase, ni hiciese labores, ni tuviese tienda abierta en dia de domingo; 
que los Moros y Judíos no labrasen en público, ni en paraje «donde se 
pueda ver ó oir que labran >», y confirmó y encargó la fiel observancia 
y rigorosa aplicación de las leyes establecidas contra los hijos desobe- 
dientes á sus padres ó madres. 

Ordenó el Rey en el segundo tratado que nadie fuese osado « de facer 
arte, nin fabla, nin amenaza, nin encobierta, nin otra cosa alguna » por 
la cual sus rentas y derechos valiesen ménos; que los arrendadores hi- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 361 

ciesen saber álos recaudadores, y en su caso al Rey, á los de su Conse- 
jo ó á los contadores cualquiera toma de las rentas, pechos y derechos 
de la corona por caballeros, hombres poderosos ú otras personas; que 
los arrendadores pagasen á los recaudadores lo que debiesen pagarles en 
los plazos establecidos, ó cuando más en los cinco dias siguientes; que 
todo concejo ó aljama que no pagase los pechos y derechos reales en el 
término señalado, fuese compelido con el apremio de cinco mará vedis 
por millar cada dia; que los recaudadores cobrasen y pagasen en dine- 
ro, é hiciesen las entregas á quien les fuere mandado dentro de un mes 
á lo más, sopeña de igual apremio; que cualesquiera personas sabedoras 
de que en tal ciudad, villa ó lugar en donde morare, ó en su término, 
existia algún tesoro, ó bienes ú otra cosa perteneciente al Rey, lo pu- 
siese en conocimiento de la justicia por medio de escribano público, re- 
cibiendo la quinta parte por galardón, y que los concejos se abstuviesen 
de proveer las vacantes de oficios pertenecientes al Rey, so pretexto de 
que las personas nombradas no eran hábiles para desempeñarlos, á no 
mediar licencia ó mandato especial del Rey mismo. 

Las leyes contenidas en el tercer tratado son más heterogéneas, por- 
que unas miran á la administración de la justicia y otras á la policía y 
reforma de las costumbres. 

Renovó Juan I la prohibición de tener en su casa persona alguna de 
estos reinos Judío ó Moro que no fuese cautivo, ni conferirle oficio, para 
que no ejerciesen autoridad sobre los cristianos, « salvo el de físico en 
tiempo de necesidad >•; prohibió á los casados tener mancebas pública- 
mente, y agravó las penas contra las de los clérigos; persiguió á los va- 
gamundos y holgazanes, «los quales (dijo ) non tan solamente viven 
del sudor de otros sin lo trabajar é merescer, mas aún dan mal esiem- 
plo álos otros que les ven facer aquella vida, por lo qual dejan de tra- 
bajar é tórnanse á la vida dellos, é por ende non se pueden fallar labra- 
dores, é fincan muchas heredades por labrar é viénense á hermar. » La 
sanción penal era curiosa y nueva. Cualquiera podia tomar por su au- 
toridad á los vagamundos y holgazanes, y servirse de ellos un mes «sin 
soldada, salvo que les den comer é beber.» 

Condenó el juego de los dados «en público y en escondido », concedió 
al perdidoso el derecho de demandar al ganancioso lo que le hubiere 
ganado, si se lo reclamase dentro de ocho dias , y castigó con extrema 
severidad el delito de bigamia, porque ademas de las penas ordinarias 
mandó « que cualquier que fuere casado ó desposado por palabras de 
presente, se casare ó desposare otra vez (siendo su primera mujer ó es- 

46 



362 EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

posa viva), que lo fierren en la fruente con un fierro caliente que sea 
fecho á sennal de 9 (sic ). » 

No se desmintió en esta ocasión el amor de Juan I á la justicia, y dic- 
tó acertadas providencias para corregir los abusos que viciaban el pro- 
cedimiento en lo civil y criminal. 

Ordenó que las cartas contra derecho fuesen obedecidas y no cumpli- 
das, « no embargante que en ellas se faga mención especial ó general 
de la ley, fuero ó ordenamiento contra quien se dé, ó de las cláusulas 
derogatorias en ellas contenidas » ; que los emplazadores de ligero para 
la corte comparezcan por sí ó por medio de procurador en el tiempo de- 
bido á proseguir el emplazamiento, so pena de ser condenados en las 
expensas que el emplazado hiciere « en venida, é en estada, é las que 
podría facer á la tornada » según tasación del juez; que por malicia de 
algunos abogados é imprudencia de algunos jueces no se alargasen los 
pleitos, á cuyo fin abrevió los trámites, atajando el abuso de presentar 
« muy luengos escriptos en que los letrados ó procuradores no dicen cosa 
alguna de nuevo, «salvo replican por menudo dos, é tres, é quatro é 
áun seis veces lo que han dicho é está ya escripto en el proceso , é áun 
demás disputan allegando leyes, é decretales, é partidas é fueros porque 

los procesos se fagan luengos é ellos hayan mayores salarios » ; que 

si alguno se sintiere agraviado por la sentencia del juez de las alzadas 
de la corte y suplicare de ella, se presentase á los oidores dentro de 
diez dias para seguir la suplicación; que la mujer no fuese presa 
por las deudas del marido; que si alguno condenado á muerte ó per- 
dimiento de miembro en rebeldía, fuese después preso ó se presen- 
tase en la prisión, le oigan los alcaldes en juicio, como si no hubiese 
sido « dado por fechos», y que no valiesen las cartas de perdones á no 
ir acompañadas de ciertos requisitos, ni se prodigasen, «porque de 
facer los perdones de ligero se sigue tomar los ornes osadía para facer 
mal.» 

Confirmó Juan I los ordenamientos y leyes de su padre Enrique II, 
los quales (dijo) fasta aquí non fueron guardados», y mandó guardar- 
los y cumplirlos en adelante, salvo en aquellas cosas que fueren con- 
trarias á las leyes deste nuestro ordenamiento , é de los otros ordena- 
mientos que nos avernos fecho. » 

Una frase contiene el tratado tercero digna de seria atención. A pro- 
pósito de las cartas contra derecho, dijo el Rey: « Et otrosí es nuestra 
voluntad que los fueros valederos, é leyes, é ordenamientos que non 
fueron revocados por otros, non sean perjudicados sinon por ordena- 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 363 

mientos fechos en Cortes, maguer que en las cartas oviese las mayores 
firmezas que pudiesen ser puestas.» 

Desde este punto las Cortes participan de la potestad legislativa, por- 
que en virtud de tan grave concesión de Juan I, los Reyes dejaron de 
tener autoridad para revocar por sí solos los fueros, leyes y ordenamien- 
tos no revocados, dándoles una estabilidad, fuerza y valor de que care- 
cían. De aquí se sigue que ningún ordenamiento hecho en Cortes podia 
ser anulado ó derogado sino mediante otro hecho asimismo por el Rey 
de acuerdo con los tres brazos del reino. 

j Quien lo dijera! El Rey que á la petición de los procuradores á las 
de Burgos de 1379 para que « lo fecho por Cortes ó por Ayuntamientos 
non se pudiese desfacer salvo por Cortes», dio la desabrida respuesta 
que en su lugar se refiere ; ese Rey es quien en las de Bribiesca de 1387 
lo otorga motu proprio, y con mayor liberalidad que en otro tiempo se 
le había pedido. La razón es llana. Desde el año 1385 habia la fortuna 
vuelto las espaldas á Juan I. Los gastos de la guerra le obligaban á so- 
licitar el auxilio de las Cortes. El Duque de Alencastre y su aliado el 
Rey de Portugal penetraron en Castilla. Galicia se habia rebelado, y 
en la escuela del infortunio llegó á comprender Juan I que tenia hon- 
das raíces la causa de la legitimidad personificada en Doña Constanza, 
hija del Rey D. Pedro. Solamente las Cortes podían fortalecer el trono 
ocupado por los Trastamaras, y el peligro les impuso como ley de su 
propia conservación, la necesidad de contentarlas. 

Por lo demás, las leyes de Juan I, contenidas en este ordenamiento 
de Bribiesca, son, por lo general, discretas y oportunas. Basta con de- 
cir en su elogio que, al cabo de cinco siglos, muchas forman parte de 
nuestro derecho constituido y están en plena observancia. Pudo haber- 
se desvanecido la letra, pero quedó vivo el espíritu que encarnó en la 
legislación vigente. 

El ordenamiento de peticiones de los hijosdalgo, prelados y procura- 
dores de los concejos es otra prueba de la benignidad y mansedumbre 
del Rey en su afán de ganar voluntades. Nada más blando y lisonjero 
que sus palabras al dirigirse á los brazos del reino en el preámbulo del 
cuaderno de peticiones. «Todavía vos rogamos (les dijo) que si nos tan 
complidamente non vos respondiéremos á este escripto, que paredes 
mientes que es por dos cosas : la una por el pequenno espacio que ave- 
rnos para vos responder, é la otra por la flaqueza de nuestro entendi- 
miento, que non podríamos responder á tantas buenas cabezas como vos 



364 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

ayuntastes á facer el dicho escripto , tan complidamente como era me- 
nester. » 

Cuatro son los puntos que sobresalen en este ordenamiento de Bri- 
biesca, á saber, La administración de la justicia , la organización de la 
Audiencia, la del Consejo y la gestión económica sometida a la regla 
de la moderación en los gastos. Los demás capítulos no los igualan en 
el número ni en la importancia. 

La promesa del Rey de asentarse públicamente en palacio tres dias 
á la semana y dar audiencia los lunes, miércoles y viernes era un me- 
dio de librar las peticiones que le hiciesen y oir «las cosas que le quisie- 
ren decir de boca. » Las Cortes empezaban á reconocer la necesidad de 
una magistratura versada en el derecho , cuyas funciones fuesen dis- 
tintas de las del gobierno, y por eso pidieron al Rey que no se mezclase 
en «librar ningunos fechos de justicia ceviles nin criminales , é que 
los remitiese todos a la Abdiencia •» , y así les fué otorgado. 

Suplicaron también las Cortes que «por quanto la justicia no era cosa, 
si non hay quien la ponga en obra é faga della esecucion , que la man- 
dase hacer reciamente.» No habia llegado el dia de la delegación abso- 
luta, y por eso se reservó el Rey la facultad de mandar á los adelantados 
y merinos que hiciesen justicia , si la Audiencia tardaba en adminis- 
trarla. 

De los ocho alcaldes de corte cuatro debían servir sus oficios seis me- 
ses del año, y cuatro los otros seis, so pena de perder sus quitaciones, 
y lo mismo ordenó respecto á los dos alcaldes de los hijosdalgo que de- 
bían turnar entre sí cada seis meses. 

Los notarios mayores debían ser hombres de buena fama , letrados y 
discretos , y desempeñar sus cargos por sí, prohibiéndoles arrendarlos 
y poner sustitutos. Si no lo hiciesen , los oidores de la Audiencia propo- 
nían al Rey otros á quienes encomendase dichos oficios. 

Los alcaldes de las ciudades y villas fueron obligados á obedecer y 
cumplir las cartas de la Audiencia. En caso contrario , debían ser pre- 
sos para que la Audiencia los juzgase conforme á derecho, guardando á 
las ciudades y villas sus privilegios. 

Á ruego de las Cortes encargó el Rey á los prelados que se juntasen 
y ordenasen lo conveniente á fin de hacer justicia de los clérigos y de- 
terminar quiénes debían ó no debían gozar del privilegio del fuero ó de 
la corona. 

Reformó la Audiencia elevando de siete á ocho el número de los oi- 



exámen de los cuadernos de cortes. 365 

dores, dos de los cuales habían de ser prelados , para que siempre hu- 
biese uno que la presidiese, y á todos impuso la obligación de asistir al 
tribunal bajo pena pecuniaria. Nombró un letrado de buena fama pro- 
curador fiscal, primera vez que suena este nombre en los cuadernos de 
Cortes, y un hombre discreto, bueno y de autoridad , alguacil. 

La Audiencia debia estar en Medina del Campo los meses de abril, 
mayo y junio; julio, agosto y setiembre en Olmedo ; octubre , noviem- 
bre y diciembre en Madrid , y en Alcalá enero , febrero y marzo. 

Encomendó á los oidores «que pensasen quantas maneras se podían 
catar, quantas leyes se podian facer para acortar los pleitos é escusar 
las malicias » ; que llevasen un registro escrupuloso de las sentencias, 
expresando la opinión de cada uno, y que administrasen la justicia con 
rectitud y severa imparcialidad, bajo penas rigorosas. Á las atribucio- 
nes ordinarias de la Audiencia , añadió la de presentar al Rey tres per- 
sonas para proveer las vacantes de oidores y alcaldes , debiendo propo- 
ner otros tres el Consejo. 

Queda advertido en su lugar que este alto Cuerpo consultivo del 
monarca tuvo origen en las Cortes de Valladolid de 1385 , para conlle- 
var la carga del gobierno cuando estaba más encendida la guerra. En 
las de Bribiesca de 1387 aparece ya con el carácter de una institución 
permanente, y lo fué, sin duda, desde entonces hasta nuestros dias en 
que viraos extinguirse el antiguo Consejo de Castilla, de tan grande 
autoridad por espacio de cinco siglos. 

Atento el fundador del Consejo á perfeccionar su obra , le dió nuevas 
ordenanzas , mandando que se compusiese de grandes , prelados , caba- 
lleros, letrados y otras personas de buenos entendimientos ; que siguie- 
sen siempre al Rey, por lo ménos, algunos de sus individuos; que 
todos jurasen guardar fidelidad y secreto; que hablasen primero los 
menores, luego los medianos y en último lugar los mayores, y que uno 
de los presentes asentase las razones de la opinión que cada cual sus- 
tentase, y escribiese los nombres de los que votasen en pro y en contra. 

El Consejo debia reunirse todos los dias en el palacio una vez por la 
mañana, y, siendo necesario , otra por la tarde. El Rey determinó los 
negocios que se proponía librar por sí solo, como dádivas, mensajerías, 
oficios de la Casa Real y limosnas , y los que entendía no despachar sin 
consulta, tales como tenencias, tierras y mercedes de juro de heredad, 
oficios de ciudades y villas que no fuesen de elección, etc. La provi- 
sión de adelantamientos , alcaldías, juzgados y cargos de merinos y re- 
gidores de las ciudades y villas debia hacerse oyendo al Consejo. Las 



366 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE COSTES. 

vacantes de oidores y alcaldes de corte por muerte, renuncia de los 
oficios, ó porque los perdiesen sus titulares, debían proveerse presen- 
tando el Consejo tres personas dignas, y otras tres la Audiencia. 

Las cartas del Consejo debían ser obedecidas en todo el reino. El des- 
obediente, conducido preso á la corte , era castigado con severidad. En 
cambio, mandó el Rey á los de su Consejo que no menguasen ni acre- 
centasen sus atribuciones, « so pena (dijo) de la nuestra merced, é de 
ser privados de la honra de nuestro Consejo.» 

Suplicaron las Cortes á Juan I que reformase la Casa Real, por cuan- 
to en mercedes, raciones, quitaciones y mantenimientos había muchas 
cosas supérfluas á las cuales debia poner remedio, « considerando que 
salían de cuestas é sudores de labradores * ; que no tuviese « la mano tan 
larga en dar como fasta aquí lo avia fecho» ; que no fuesen iguales en 
raciones y quitaciones los que servían y no servían, y por último , que 
mandase mostrarles «en que se despendió aquello con que le sirvieron 
los reinos aquel año. » El Rey se disculpó de las larguezas pasadas con 
la necesidad de premiar buenos servicios , prometió ordenar las merce- 
des en lo venidero de acuerdo con el Consejo, y en general satisfizo los 
deseos de los brazos del reino en sus complacientes respuestas. 

Quejáronse los hidalgos y caballeros de que el Rey daba catorce cuen- 
tos en tierra para mantener «muy grande gente de armas, siendo la 
mayor parte de dicha suma como dinero perdido » , porque « contra los 
enemigos non se fallaba la gente que cumplía» , y le pidieron que «or- 
denase el servicio de las lanzas de modo que fuesen ciertas é bien man- 
tenidas , é se escusasen las burlas que fasta agora andaban.» En efecto, 
hízose un nuevo repartimiento de lanzas entre los grandes, caballeros y 
escuderos puestos en la nómina , obligándoles á pagar á sus vasallos y 
gente de armas con el sueldo que cada uno recibía del Rey en tiempo de 
guerra. 

Asimismo suplicaron las Cortes que pues el reino servia al Rey cum- 
plidamente para sus menesteres, ordenase cómo sus vasallos y los ofi- 
ciales de la Casa Real fuesen bien pagados , « é non lo perdiesen como 
fasta aquí.» El Rey lo otorgó lisa y llanamente según era de justicia. 

Renunció la alcabala del diezmo y las seis monedas que las Cortes le 
concedieron , y también la tercera parte de las penas que en todas las 
ciudades y villas le pertenecían; y en cambio, manifestó su esperanza 
y deseo de que todos los hijosdalgos de sus reinos se allanasen de grado 
á prestarle la suma con que le querían servir «en manera que sea em- 
préstido, é que nos que ge lo paguemos lo mas aína que pudiéremos con 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 367 

la merced de Dios. » Tenía confianza en la paz ; y para pagar seiscientos 
mil francos por una vez, y cuarenta mil más cada año al Duque de 
Alencastre , necesitaba Juan I allegar dinero de pronto sustituyendo con 
un medio expedito la penosa lentitud de la cobranza délos tributos. Tal 
fué la idea del Rey coronada de un triste desengaño. 

Por debilidad ó malicia, los alcaldes de sacas no daban buena cuenta 
de sus oficios. El Rey, á petición de las Cortes, acordó poner hombres 
poderosos que guardasen el provecho común de los reinos, y agravólas 
penas contra los que sacasen cosas vedadas hasta la pérdida de tocios 
sus bienes. 

Notable en extremo es uno de los últimos ordenamientos , en el cual 
otorgó Juan I á cualesquiera personas de sus reinos la libertad de cavar 
en sus tierras y heredades, ó en otros lugares, sin licencia de los due- 
ños, no causando perjuicio al hacer estas labores, en busca de minas de 
oro , plata , azogue y demás metales. 

Estableció el Rey que , sacada la costa de todo lo que se descubriese, 
se hiciesen tres partes, dos para él y una para el descubridor, añadien- 
do : «E tenemos que si los ornes quisieren trabajar en cavar, que se 
seguiría dello gran provecho á nuestros regnos , otrosí á las faciendas 
de los que lo ficieren , por quanto estos nuestros regnos son los más pre- 
ciosos de minerar que pueden ser. » 

Derogó Juan I una ley de Alfonso XI y asentó principios que áun hoy 
tienen cabida en la legislación vigente *. 

No se puede disputar á este Rey débil la gloria de legislador. Amó 
la justicia, estuvo bien aconsejado é hizo leyes cuya bondad acredita 
la rara circunstancia de haber prevalecido contra la corriente de las 
ideas de los filósofos y jurisconsultos que abrieron nuevos cauces á la 
ciencia del derecho. 

El cuarto y último ordenamiento hecho en las Cortes de Bribiesca 
de 1387 versa sobre el servicio extraordinario que le otorgaron. Necesi- 
taba el Rey seicientos cuarenta mil francos, y aunque algunos lo con- 
tradijeron , quedó asentado que «echase pecho por todo elregno, del 
qual non fuese escusado clérigo, nin fijodalgo, nin otro de cualquier 
condición que fuese » 2 . 

El cuaderno dado con este objeto establece la proporción del servicio 

1 « Todas las mineras da oro , e" de plata, é de plomo, é de otra guisa qualquier que minera sea 
en el sennorio del rey, ninguno non sea osado de labrar en ella sin mandado del Rey. a L. Xlvii, 
título xxxii. Orden, de Alcalá. 

2 Crún. del Rey D. Juan I, año x, cap. i. 



368 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

y contiene algunas reglas para proceder al repartimiento. El servicio 
no se cobró, y tuvo el Rey que arbitrar otro medio de juntar el dinero. 
Cortes De Bribiesca se trasladó el Rey á Patencia para celebrar los desposo- 

. de , , nnn rios de los Príncipes D. Enrique y Doña Catalina, á cuya ciudad se pa- 

Palencia de 1388. . . " A 

saronlas Cortes 1 . En éstas, impropiamente llamadas dePalenciade 1388, 
porque no fueron sino la prorogacion de las de Bribiesca de 1387, die- 
ron los procuradores al Rey ciertos capítulos concernientes al servicio 
extraordinario. 

Pidiéronle que la cuantía de los francos otorgada por el reino para 
satisfacer la deuda al Duque de Alencastre, se repartiese á las ciudades 
y villas, clerecías, aljamas de Judíos y lugares de Moros « con el abono» 
es decir, por vía de empréstito, pues lo habia de descontar de los pechos 
y rentas venideras; que no pagasen caballeros, escuderos, dueñas, don- 
cellas é hijosdalgo desolar conocido ; que el Rey daria cuenta délo que 
habían rendido todos los pechos, derechos y pedidos demandados desde 
que le fueron concedidos en las Cortes de Segovia de 1386; que la pre- 
sentase al Obispo de Calahorra y cinco caballeros que los procuradores 
designaron y revistieron de poder cumplido; que el Rey empeñase su 
fe y palabra de no tomar cosa alguna de los francos para otro menester, 
y mandase ver lo que habían rentado las casas de la moneda desde la 
última labrada, « non lo poniendo en luenga nin en olvido» pues «de 
aquí podemos aver pedazo de dinero para relevamiento de los vuestros 
regnos. » 

Juan I no estaba en disposición de querellarse con las Cortes, sino 
muy al contrario tan estrechado por la necesidad, que hubo de some- 
terse á todas las condiciones del servicio, no obstante su dureza. Enton- 
ces rayó á grande altura la autoridad de las Cortes, cuya mayor fuerza 
consistía en el otorgamiento de los tributos. 

La Crónica ilustra este período de la historia de nuestras antiguas 
Cortes. Desde que las cartas del Rey para cobrar el pecho fueron en- 
viadas á todo el reino , « ovo grand movimiento, especialmente en los 
fíjosclalgo, é dueñas, é doncellas á quien lo pedían, en tal guisa que non 
se cobraba dinero. » Vista por el Rey la resistencia, imaginó seguir el 
ejemplo de su padre Enrique II, cuando rescató del poder de Beltran 
Claquin la ciudad de Soria, las villas de Almazan, Atienza, Deza y otros 
lugares de que le habia hecho merced en premio de sus servicios, y op- 



1 Ortiz de Zúñiga dice: «La dificultad prolongó estas Cortes (de Bribiesca) que se pasaron 
á Piasencia » Debe ser yerro de imprenta. Anules ecles. y seculares de Sevilla, año 1358, nú- 
mero 1. 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 369 

tó por el arbitrio de pedir al reino un empréstito ó anticipo á buena 
cuenta de los pechos y rentas áun no vencidas. Hízolo así, no incluyen- 
do en la derrama los prelados, clérigos, hidalgos, dueñas ni doncellas, 
de suerte que el gravámen alcanzó solamente á las personas y lugares 
« que fallaron que avian pagado en la compra de Soria » '.Es bien cier- 
to que las dos generaciones de Reyes del linaje de los Trastamaras, con 
sus mercedes excesivas y la agravación de los tributos para pagar sus 
deudas, empobrecieron y arruinaron los reinos de Castilla, sobre todo 
á la gente común y vulgar, cuyos hombros eran demasiado flacos para 
resistir sin el poderoso auxilio del clero y la nobleza, tantas y tan pesa- 
das cargas. 

El cuaderno de las peticiones generales versa sobre distintas mate- 
rias relativas á la gobernación del estado ; pero dominando siempre la 
idea fiscal. De la justicia se trató poco y por incidencia, al suplicar los 
procuradores al Rey que mandase saber cómo se cumplía en las ciu- 
dades , villas y lugares del reino , y prohibiese emplazar ante los tri- 
bunales de la córte á los vecinos de pueblo alguno sin ser ántes de- 
mandados, oidos y vencidos en juicio por su fuero. El Rey otorgó la 
primera petición , y en cuanto á la segunda remitió la determinación 
al Consejo. 

También suplicaron al Rey que se fuese á la mano en conceder privi- 
legios excusando de pagar pechos á los oidores y oficiales de la Casa 
Real , prelados , clérigos , iglesias y monasterios ; que los tesoreros , re- 
caudadores y arrendadores de los pechos se abstuviesen de vejar á los 
vasallos contribuyentes y agraviarlos al hacer la cobranza ; que no se 
tomasen acémilas, carretas, muías ni otras bestias de silla ó albarda 
para el Rey ni persona alguna de la córte, según estaba ordenado desde 
las Córtes de Segovia de 1383 ; que tuviese á bien ver los libros de las 
mercedes y dádivas á naturales y extranjeros , «por que si se podiese 
escusar de se non facer tan grandes costas, que se escusen ; » que man- 
dase satisfacer á las villas , lugares ó personas los daños recibidos en sus 
bienes, descontando su importe á los causantes que gozaban sueldo del 
Rey , y que no consintiese sacar cosas vedadas, especialmente oro, plata 
ni cabalgaduras. 

En vísperas de romper la guerra con el Duque de Alencastre , ofreció 
Juan I hacer hijosdalgo y conceder las mismas franquezas y libertades 
que tenían los hijosdalgo de solar conocido, á todos los que se alistasen 

1 Crónica del Rey D. Juan I, año x, cap. til. 

41 



370 exAmen de los cuadernos de cortes. 

en sus banderas y le sirviesen durante dos meses á su costa, presentán- 
dose armados y apercibidos para entrar en batalla. Hecha la paz, se mo- 
vieron grandes querellas entre estos privilegiados y los pecheros de los 
lugares de donde eran vecinos, sobre si debia valerles la merced pro- 
metida ó habían de pechar como ántes. El Rey, fiel á su palabra, decla- 
ró que gozasen de todos los fueros de la hidalguía. 

Renovaron los procuradores la petición relativa á los beneficios ecle- 
siásticos con cierta novedad que merece ser conocida. Dijeron que de 
dar los beneficios y dignidades de las iglesias del reino á personas ex- 
tranjeras, se seguían muchos daños, como el « grand fallescimiento.de 
oro é plata», estar el culto mal servido y desatendidas las letras, por- 
que « los estudiantes nuestros naturales no pueden ser proveídos de los 
beneficios que vacan por razón de las gracias que nuestro sennor el Papa 
face á los cardenales é á los otros extranjeros »; por lo cual suplicaron á 
Juan I que quisiese tener en esto tales maneras como tienen los Reyes 
de Francia , é de Aragón, é de Navarra que non consienten que otros 
sean beneficiados en sus regnos, salvo los sus naturales. » El Rey pro- 
metió remediarlo, pero con tibieza, como si comprendiese la dificultad 
de una negociación con la corte de Roma en materia tan árdua. 

Por último, á la petición para que los cristianos extinguiesen sus 
deudas á los Judíos pagándoles « el principal y no más », respondió el 
Rey que si los deudores probasen que los contratos fueron usurarios, 
cumpliesen pagando el principal sin las usuras; pero si los Judíos pro- 
basen por su parte que el contrato era todo de verdadera deuda sin usu- 
ras, que los cristianos pagasen toda la deuda en él contenida ; y en el 
caso que ni lo uno ni lo otro llegára á probarse, que se redujesen las 
deudas á los dos tercios, dando á los deudores plazo de espera hasta el 
dia de San Juan del año siguiente de 1389. 

Sigue al cuaderno de peticiones generales un ordenamiento amplian- 
do y declarando el anterior sobre la baja de la moneda de los blancos. 

Confirmó el Rey el valor de seis dineros que atribuyó á dicha mone- 
da en las Cortes de Bribiesca de 1387, de lo cual resultó el encareci- 
miento de las viandas, « et esto (dijo) non sabemos si se fizo por sim- 
pleza ó nescedat ó por malicia de los que venden las cosas.» No sabía 
Juan I que la carestía era el efecto de haber labrado moneda de baja ley 
ó haber subido su valor, que viene á ser lo mismo. 

En el nuevo ordenamiento se fija el cambio de las monedas, se dictan 
reglas para pagar el servicio extraordinario otorgado en las Cortes de 
Bribiesca, y se resuelven de antemano las dudas y cuestiones que siem- 



EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 371 

pre se suscitan sobre el cumplimiento de los contratos cuando se altera 
el valor de la moneda. 

Lo más curioso y peregrino es que el Rey, después de haber trastor- 
nado los precios labrando moneda de baja ley, prohibid cerrar malicio- 
samente las tiendas y dejar de vender las viandas , los paños y demás 
mercaderías como ántes, so pena de privación del oficio por la primera 
vez, y de una crecida multa, si lo volviese á usar, «por cada vegada». 
Huyendo de la tasa cae en un extremo no ménos vicioso, cual es hacer 
el trabajo obligatorio con pérdida ó con ganancia. 

Verdaderamente fueron notables las Cortes de Bribiesca de 1387, así 
por su larga duración como por el número, diversidad é importancia de 
los asuntos que en ellas se trataron. Todas las aflicciones del Rey y to- 
das las miserias del reino en aquellos tiempos de tristeza imprimen á las 
peticiones y respuestas un sello de melancolía que hace penosa la lectu- 
ra de los cuadernos. 

En cambio el ánimo se recrea en la contemplación de un Rey solíci- 
to por la justicia y sabio legislador. Las leyes de Juan I son dignas de 
toda alabanza y parecen obra de una inteligencia nutrida con buena 
doctrina que no se alcanza sin el estudio del derecho. Concediendo al 
Rey el mejor deseo y un recto criterio para discernir lo justo de lo in- 
justo, lo conveniente y oportuno de lo intempestivo y perjudicial, toda- 
vía debemos atribuir el progreso de la legislación á la magistratura aso- 
ciada al gobierno desde la creación de la Audiencia por Enrique II y la 
institución del Consejo en el siguiente reinado. Fueron el padre y el 
hijo los autores de una reforma, origen de un nuevo sistema político 
que plantearon los Reyes Católicos y desenvolvieron CárlosV, Felipe II 
y sus sucesores, llamando á los negocios la clase de los letrados. 

De las Cortes de Segovia de 1389 casi nada se sabe. Cuenta la Cróni- c ° rtes 

° de 

ca que estando D. Juan I en Burgos, determinó ir á Segovia. «é que Segoviade 1389. 
allí viniesen los del regno, é los procuradores de las ciudades é villas, 
por acordar con ellos algunas cosas que complian á su servicio» 1 . Col- 
menares, tan diligente escudriñador de las noticias relativas á la his- 
toria de su ciudad favorita, da la de haberse celebrado Cort3S en ella 
el año 1389, sin añadir circunstancia alguna que nos permita entrever 
su objeto 2 . 



< Crónica del Rey D. Juan I, año xt, cap. iv. 

2 Hist. de Segovia, cap. xxxvi, § xi. También da la noticia con igual ó mayor sequedad Ortiz 
de Zúñiga en sus Anales ecl. y sec. de Sevilla, lib. vm, año 1389. 



372 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Cortes Mucho más conocidas son las de Guadalajara de 1390, y no ménos 

le 1390 memora M es <l ue ^ as famosas de Bribiesca de 1387. 

Cuatro son los ordenamientos hechos en estas Cortes: uno de leyes 
por la iniciativa del Rey, otro de sacas, otro á petición de los prelados, 
y el último de alardes, caballos y muías. No consta que hubiese otorga- 
do ningún cuaderno de peticiones generales ó especiales respondiendo 
á las de los procuradores ; y aunque pudiera sospecharse que el tiempo 
lo consumió ó se extravió, no parece probable, ya porque los autores 
más diligentes lo desconocen, y ya porque, según la Crónica, fueron los 
prelados, grandes y caballeros quienes privaron con el Rey en aquella 
ocasión. Los procuradores tuvieron bastante en qué entender con moti- 
vo de los pechos nuevos que el Rey les pedia, además de los derechos 
antiguos ó rentas viejas y foreras. 

Nótase en el primer ordenamiento una circunstancia digna de aten- 
ción por su novedad. « Estando presentes (dice) el Príncipe D. Enrique, 
primogénito heredero en los nuestros regnos de Castilla é de León, é el 
Infante D. Ferrando, mis fijos, etc.» Es la primera vez que el título de 
Príncipe fué reconocido por las Cortes. Al decir la primera vez, aludimos 
á los documentos de esta clase que hoy son del dominio de la historia. 
Conviene advertir que uno de los capítulos de la concordia de D. JuanI 
con el Duque de Alencastre decia «que fasta dos meses primeros si- 
guientes del dicho trato, ficiese el Rey Cortes, é jurar en ellas á los di- 
chos Infantes D. Enrique su fijo, é Doña Catalina, así como su mujer, 
por herederos suyos de Castilla é de León » *. 

Entrado el año 1388 envió el Rey de Castilla sus mensajeros al Du- 
que de Alencastre, que estaba en Bayona de Francia para dar la última 
mano á los tratos de paz en que andaban, y allí se firmó la concordia. 
Hallábase el Rey en Burgos el 25 de Julio : trasladóse á Palencia, á don- 
de también se pasaron las Cortes empezadas en Bribiesca el año ante- 
rior: llegó la Princesa Doña Catalina: celebráronse las bodas concerta- 
das, y continuaban las Cortes abiertas por el mes de Setiembre. 

Ahora bien: comparando las fechas, resulta que D. Juan I fué á Pa- 
lencia para recibir á Doña Catalina, solemnizar los desposorios y hacer 
jurar á los Príncipes herederos del reino dentro de los dos meses conve- 
nidos con el Duque. Por eso dice Cáscales que en estas Cortes de Bri- 
biesca ó Palencia de 1388, « quedó asentado que el Infante D. Enrique 



1 Crónica del Rey D. Juan I, año x, cap. II. 



EXAMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 373 

se llamase de allí adelante Príncipe de Asturias, y la Infanta Doña Ca- 
talina, su esposa, Princesa 

La Crónica guarda silencio acerca déla jura; pero también pasa por 
altólo demás que ocurrió en aquellas Cortes. El acto solemne de jurar 
á los Príncipes y recibirlos por herederos de los reinos de Castilla y León 
era el cumplimiento de una condición pactada entre el Rey y el Duque 
como prenda de paz y firme garantía de los derechos de ambas familias. 
Entonces obtuvo el principado de Asturias la sanción de las Cortes; y, 
cuando así no fuese, cada vez que la ceremonia se repite, se confirma el 
título inherente á la primogenitura, sobre todo desde que D. Juan II de- 
claró el principado mayorazgo del primogénito; de suerte que por mi- 
nisterio de la ley pertenece al hijo mayor del monarca reinante , es de- 
cir, al Infante llamado en primer lugar á la sucesión como heredero 
necesario de la corona. 

Viniendo al Ordenamiento de leyes hecho en Guadalajara , consta 
por las palabras del Rey su recta intención de aclarar algunas dudas y 
ordenar algunas cosas nuevas á fin de que los subditos viviesen en paz 
y sosiego, « é los pleitos se librasen más aína.» 

En efecto, en cuanto á lo primero, prohibió las ligas y ayuntamien- 
tos á los infantes, maestres, priores, marqueses, duques, condes, ricos 
hombres, comendadores, caballeros, escuderos, oficiales, regidores, 
concejos y personas de cualquier estado y condición , aunque protesta- 
sen que las hacían « so color é bien, é guarda de su derecho, é por com- 
plir mejor el servicio del Rey» ; y prohibió asimismo bajo severas pe- 
nas, que por enemistades ó malquerencias entre los prelados, ricos hom- 
bres, órdenes, hijosdalgo, caballeros ú otras personas, fuesen los labra- 
dores y vasallos del enemigo presos, heridos ó muertos, despojados de 
sus bienes ó maltratados al punto de derribarles ó quemarles sus casas, 
procurando extirpar de raíz estos hábitos de barbarie, restos de la licen- 
cia de costumbres á que daban pábulo las guerras privadas. 

Respecto de lo segundo, ordenó cómo se debia hacer la relación de los 
pleitos ante la Audiencia, para evitar que los relatores de mala fe in- 
dujesen á engaño á los jueces, y mandó á los señores de los lugares 
otorgar las alzadas al Rey, sin poner embargo á los querellosos , á fin 
de que pudiesen con libertad seguir su derecho en los tribunales de la 
corte, porque era frecuente el abuso de encarcelar, herir, matar ó des- 
pechar de cualquier modo á los apelantes. 



* Cáscales, Discursos hist. de Murcia, disc. vnr, cap. xvi. 



374 EXÁMEN DE LOS CUADERNOS DE CORTES. 

Nacia la resistencia de que los grandes y caballeros, favorecidos por 
Enrique II y sus antecesores con cuantiosas mercedes de villas y luga- 
res, entendían poseerlos con mero y mixto imperio ó con toda la voz 
real, por cuya razón no se allanaban á reconocer el señorío del Rey, pre- 
tendiendo ser ellos soberanos. 

Dictó D. Juan I reglas de estrecha responsabilidad y justo rigor contra 
los arrendadores de las rentas reales morosos. Sus excusas y defensas no 
debían ser oidas, salvo pocas y legítimas excepciones; sus bienes mue- 
bles y raíces, y los de su