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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


DERROTA MUNDIAL 


Salvador Borrego E. 


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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


DERROTA MUNDIAL 

• ORÍGENES OCULTOS DELA II GUERRA MUNDIAL 
• DESARROLLO DE LA GUERRA 
• CONSECUENCIAS ACTUALES DE LA GUERRA 


DÉCIMA EDICIÓN 

MÉXI CO 
1961 


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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


Derechos Reservados © 
por el autor. Registro Número 18438 
de 15 de mayo de 1954. 

la Edición: Diciembre de 1953 —2,000 Ejemplares 
2a " Marzo de 1955 —5,000 Ejemplares 
3a " Diciembre de 1956 —4,000 Ejemplares 
4a " Octubre de 1957 —5,000 Ejemplares 
5a " Enero de 1959 —4,000 Ejemplares 
6a "Julio de 1959 —4,000 Ejemplares 
7a " Abril de 1960 —5,000 Ejemplares 
8a " Noviembre de 1960 —5,000 Ejemplares 
9a " Marzo de 1961 —5,000 Ejemplares 
10a " Septiembre de 1961 —5,000 Ejemplares 


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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


EL CONTENI DO DEL Ll BRO ES EL SI GUI ENTE: 
Prólogo a la Segunda Edición 

Capítulo IAurora Roja 

69 Años de Lucha I ncansable 

Los Dos Elementos que formaron el Bolchevismo 

Alemania, Meta I nmediata del Marxismo 

Paréntesis de Guerra 

Factor Secreto en la Derrota Alemana 


Capítulo 11Hitler Hacia el Oriente 

Cambio de Rumbo para Alemania 
El Primer Partido Anticomunista 
Bautizo de Fuego del Nacionalsocialismo 
DJugashvile, El Hombre de Acero 
Hitler y Stalin Cara a Cara 
El Comunismo es Derrotado en España 


Capítulo III.- Occidente se I nterpone 

Lo que podía esperarse de Berlín y de Moscú 
Pueblos lanzados a los brazos de sus enemigos 
I nglaterra Valladar contra la Marcha hacia Moscú 
El Trono del Oro empuja a Occidente 
Profundas raíces en el alma colectiva 
Zanjando las viejas rencillas con Francia 
El Talón de Aquiles del Nacionalsocialismo 
Despeje del Flanco Derecho 
A cuatro horas del derrumbe interior 
Cerrojo en el camino a Moscú 
Engañar es más eficaz que dinamitar 


Capítulo IV.- La Guerra que Hitler no quería 

Si la guerra no empezaba en Occidente, Rusia 
lucharía sola 

Hablando el mismo lenguaje de las armas 
Ni con su silencio pudo ayudar Italia 


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Derrota Mundial 


En las orillas del abismo 

Otra vez Hitler tiende la mano 

La Mampara del Idealismo 

La debilidad de la franqueza 

La terrible grandeza de la guerra 

La desigual guerra en el mar 

Noruega, primera línea de la lucha terrestre 

Francia, empujada a sangriento abismo 

Las panzer dejan escapar a los ingleses 

El derrumbe de Francia 


Capítulo V.- De nuevo hacia el Oriente 

Otros dos ofrecimientos de paz a I nglaterra 
Terrorismo en vez de solo lucha entre soldados 
Francia también rehúsa la reconciliación 
Complicidad de Occidente con la expansión del 
Marxismo 

Carne de cañón para frenar el golpe contra la URSS 
Alarma de la reina de los mares 
4.000 sepulturas en Meleme 

Un esfuerzo más para hacer la paz con I nglaterra 


Capítulo VILa guerra que Hitler sí quería 

El plan estratégico de Hitler contra Rusia 

La más grande lucha en la historia de las armas 

El primer "Cannas" de Rusia en 1941 

Segunda embestida de Von Bock 

Hitler ordena virar hacia el Sur 

Orgía de sangre en Leningrado (Frente Norte) 

La dureza del soldado ruso 
La que parecía ser la última batalla 
Moscú trepida bajo el cañoneo 

De los albores de la victoria a las orillas del desastre 


Capítulo VIISalvando al Bolchevismo 

Brazos israelitas en auxilio de la URSS 
La coalisión más grande de la historia 


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No existió el eje Roma-Berlin-Tokio 

Guerra a muerte entre nazis y judíos 

Diluvio de fuego sobre Alemania 

Los 6 frentes contra Alemania en 1942 

La batalla del Atlántico; 7 millones de toneladas de 

barcos 

A pique en 1942 

Un lastre y no un aliado 

Occidente al servicio de la URSS 

De Kertsch a Sebastopol y de Sebastopol a 

Leningrado 

De Crimea a las montañas del Cáucaso 

700 kilómetros de avance hasta Kalatsch 

El 6to. Ejército alemán se abre paso hacia su tumba 


Capítulo VIII.- Oscilación de la victoria 

La herencia del 6to. Ejército 
Pequeño margen de la derrota al triunfo 
Sangre a raudales en el frente Oriental 
16 millones de bajas en la URSS hasta 19=13 
Matanza de prisioneros 

El frente aéreo contra Alemania (1942/ 1943) 

Desastre alemán en la batalla del Atlántico 

Armas secretas contra superioridad numérica 

Sabotaje, guerrillas y golpe de Estado 

Los amigos de Rooseveit 

Italia cae al primer soplo de la guerra 

Caída y rescate de Mussolini 

Cinco meses ante Cassino 


Capítulo IX.- Las más altas cumbres del esfuerzo 
humano 

La cualidad más preciosa del hombre 
Forjando las armas de venganza 
Abren las puertas del mundo al Bolchevismo 
La invasión aliada de Europa Occidental 
Los recursos de Hitler contra la invasión 
Transformación de la Flota Submarina 


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Supremo esfuerzo de soviéticos y alemanes 
Más fuerte que nunca, la Luftwaffe agoniza 
Los dos últimos golpes en el Oeste 
El Bolchevismo irrumpe en Alemania 
Un ejército no vencido por ningún otro 


Capítulo X.- El fin de Hitler 

Dos peligros que conocía de nombre 
Hasta la última gota de sangre 
Hitler en su última batalla 
I ncondicionalmente hasta la muerte 
Occidente dinamita el Valladar Antibolchevique 
Desmantelamiento de Alemania 
Trato "Humanitario" a los prisioneros 
¿Resurrección en masa de J udíos? 


Capítulo XIDerrota mundial 

Se Consumó la Victoria, pero ¿Victoria de quién? 
Se Recontruyó a la URRS corno Potencia 
Manejan el Juego de los Partidos Políticos 
La Extraña Muerte de José David Stalin 
Desde Georgia hasta Cuba y Nicaragua 
Eisenhower hizo Comunista a Cuba 
Síntesis Panorámica 
La Transmutación del Marxismo 

Bibliografía 


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Prólogo a la Segunda Edición 

La obra de Salvador Borrego E., que hoy alcanza su segunda 
edición, es una de las más importantes que se hayan 
publicado en América. Causa satisfacción que un mexicano de 
la nueva generación, haya sido capaz de juzgar con tanto 
acierto los sucesos que conocemos bajo el nombre de la 
Segunda Guerra Mundial. 

Colocados nosotros del lado de los enemigos del poderío ale¬ 
mán, es natural que todas nuestras ideas se encuentren 
teñidas con el color de la propaganda aliada. Las guerras 
modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como 
en las páginas de la imprenta. La propaganda es una arma 
poderosa, a veces decisiva para engañar la opinión mundial. 

Ya desde la primera guerra europea, se vio la audacia para 
mentir, que pusieron en práctica agencias y diarios que 
disfrutaban de reputación aparentemente intachable. La 
mentira, sin embargo, logró su objeto. Poblaciones enteras de 
naciones que debieron ser neutrales, se vieron arrastradas a 
participar en el conflicto, movidas por sentimientos fundados 
en informaciones que después se supo, habían sido 
deliberadamente fabricadas por el bando que controlaba las 
comunicaciones mundiales. 

Y menos mal que necesidades geográficas o políticas nos ha¬ 
yan llevado a participar en conflictos que son ajenos a 
nuestro destino histórico; lo peor es que nos dejemos 
convencer por el engaño. Enhorabuena que hayamos tenido 
que afiliarnos con el bando que estaba más cerca de 
nosotros; lo malo es que haya sido tan numerosa, entre 
nosotros, la casta de los entusiastas de la mentira. 
Desventurado es el espectáculo que todavía siguen dando al¬ 
gunos «intelectuales» nuestros, cuando hablan de la defensa 
de la democracia, al mismo tiempo que no pueden borrar de 
sus frentes la marca infamante de haber servido dictaduras 
vernáculas que hacen gala de burlar sistemáticamente el 
sufragio. Olvidemos a estos seudo-revolucionarios, que no 
son otra cosa que logreros de una Revolución que han 
contribuido a deshonrar, y procuremos despejar el ánimo de 


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aquellos que de buena fe se mantienen engañados. 
«Durante seis años, dice Borrego, el mundo creyó luchar por 
la bandera de libertad y democracia que los países aliados 
enarbolaron a nombre de Polonia. Pero al consumarse la 
victoria, países enteros, incluyendo Polonia misma, perdieron 
su soberanía bajo el conjuro inexplicable de una victoria cuyo 
desastre muy pocos alcanzaron a prever». 

La primera edición del libro de Borrego se publicó hace dos 
años escasos y en tan corto tiempo, el curso de los sucesos 
ha confirmado sus predicciones, ha multiplicado los males que 
tan valientemente descubriera. 

Ya no es sólo Polonia; media docena de naciones europeas 
que fueron otros tantos florones de la cultura cristiana 
occidental, se encuentran aplastadas por la bota soviética, se 
hallan en estado de «desintegración definitiva». Y el monstruo 
anticristiano sigue avanzando. Detrás de la sonrisa de 
Mendes-France, siempre victorioso, dicen sus secuaces; de¬ 
trás de esa enigmática sonrisa, seis millones de católicos del 
Vietnam, fruto precioso de un siglo de labor misionera 
francesa, han caído dentro de la órbita de esclavitud y de 
tortura que los marxistes dedican a las poblaciones cristianas. 
El caso contemporáneo tiene antecedentes en las invasiones 
asiáticas de un Gengis-Kan, que esclavizaba naciones; tiene 
antecedentes en las conquistas de Solimán, que degollaba 
cristianos dentro de los templos mismos que habían levantado 
para su fe. El conflicto de la hora es otro de los momentos 
angustiosos y cruciales de la lucha perenne que tiene que 
librar el cristianismo para subsistir. 

En el libro de Borrego, penetrante y analítico, al mismo 
tiempo que iluminado y profético, se revelan los pormenores 
de la conjura tremenda. 

La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patrió¬ 
tico en todos los pueblos de habla española. Herederos, 
nosotros, de la epopeya de la Reconquista que salvó el 
cristianismo de la invasión de los moros, y de la Contra- 
Reforma encabezada por Felipe II, que salvó el catolicismo de 
la peligrosa conjuración de luteranos y calvinistas, nadie está 


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más obligado que nosotros a desenmascarar a los hipócritas y 
a contener el avance de los perversos. La lucha ha de 
costamos penalidades sin cuento. Ningún pueblo puede es¬ 
capar en el día, a las exigencias de la historia, que son de 
acción y de sacrificio. 

La comodidad es anhelo de siempre, jamás realizado. La 
lucha entre los hombres ha de seguir indefinida y 
periódicamente implacable, hasta en tanto se acerque el fin 
de los tiempos, según advierte la profecía. 

JOSÉ VASCONCELOS 
(Febrero de 1955) 


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Derrota Mundial 


I ntroducción 

Es una neutra remembranza volver la mirada a los días extra¬ 
ordinarios de la segunda guerra mundial únicamente con el 
prolijo escrúpulo de citar fechas y relatar sucesos. Es un lujo 
de ociosidad volver la mirada al pasado sin el empeño de 
obtener luces para el presente. Pero conociendo mejor el 
origen de lo que ocurrió y de lo que ahora ocurre, más podrá 
preverse lo que está por ocurrir. Sin esta función específica 
toda aportación a la historia —y aun la Historia misma— se 
reducirían a simple curiosidad o pasatiempo. 

Es un hecho que aún no silenciado del todo el fuego que du¬ 
rante seis años mantuvo vivo ese siniestro organismo de 
muerte que fue la segunda guerra mundial, el mundo se halló 
súbitamente en el umbral de otra guerra más destructora e 
incierta. Durante seis años la humanidad se creyó luchando 
por la paz definitiva, mas los acordes de su victoria fueron 
ensombrecidos por la amenaza de un cataclismo todavía 
mayor. 

Durante seis años el mundo creyó luchar por la bandera de 
libertad y democracia que los países aliados enarbolaron a 
nombre de Polonia. Pero al consumarse la «victoria», países 
enteros —incluyendo Polonia misma— perdieron su soberanía 
bajo el conjuro inexplicable de una VICTORIA cuyo desastre 
muy pocos alcanzaron a prever. 

Un asombroso y súbito resultado, después de seis años de 
aparente lucha por la libertad y la democracia y la paz 
definitiva, sorprendió al mundo: ya no era la libertad de los 
polacos —libertad perdida totalmente, pese a la 
«VICTORIA»— la que se hallaba en riesgo, sino la libertad del 
mundo entero; ya no era simplemente la conquista de 
mercados entre las grandes potencias la que se balanceaba 
en juego, sino el destino del pueblo norteamericano, y en 
cierta forma el de América; el- destino de Alemania y la Gran 
Bretaña, y así el de Europa entera también. 

En los orígenes del conflicto armado que empezó la 
madrugada del primero de septiembre de 1 939 palpitaron ya 
los gérmenes de lo que ahora ocurre y de lo que está por 


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Derrota Mundial 


venir. En lo acontecido entonces se filtran ya las sombras de 
lo que el futuro nos reserva. 

En el reverbero de la segunda guerra mundial hay 
relámpagos que alumbran los decenios y quizás los siglos por 
llegar. 

Mucho se ha hablado de la guerra. Un mar de datos casi in¬ 
agotables abruman y abrumarán por mucho tiempo a los 
historiadores. La mayor parte de estos datos son jeroglíficos; 
incluso los hechos y las cifras, pese a lo concluyente de su 
calidad concreta, son frecuentemente apenas símbolos o 
frontispicio de realidades más profundas. Querer entender 
esta guerra y el monstruoso engaño que el mundo sufrió con 
ella, viendo simplemente ese mar de datos, es lo mismo que 
contemplar, clasificar o relatar apariencias de inscripciones 
cuneiformes y suponer que ya con esto se CONOCIÓ la 
civilización sumeria. Entre los símbolos y su significación 
media un abismo. Y en el caso concreto de la guerra pasada 
este abismo se ha hecho más oscuro porque los adelantos 
que la técnica ha puesto al servicio de la difusión del 
pensamiento —radiogramas, cablegramas, libros, películas, 
folletos, etc.— tienen su anverso positivo de orientación y su 
reverso negativo de confusión, según el sentido en que se les 
utilice. En la guerra y después de ella se les ha utilizado para 
confundir. 

Un diluvio de crónicas con dosificada intención; de libros apa¬ 
rentemente históricos, de radiodifusiones y de películas bajo 
la influencia intangible de los mismos ocultos inspiradores, 
oscurecen situaciones, infiltran deformaciones. Nada tiene así 
de extraño que aun los espíritus más serenos, objetivos e 
imparciales —para no hablar de masas carentes de opinión 
propia— lleguen a conclusiones erróneas. Por eso muchas 
conciencias firmes han hecho insensiblemente suya la forma 
ajena y capciosa de plantear el problema internacional de la 
segunda guerra. Una vez dado ese primer paso en falso, los 
siguientes son erróneos también, y por eso es tan frecuente 
que hombres de profunda comprensión y sólido criterio 


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Derrota Mundial 


confiesen ahora su desconcierto ante los sucesos 
internacionales. 

Un nuevo examen de lo que ocurrió, y por qué ocurrió, puede 
aclarar los sucesos presentes y ayudar a prever los futuros. 
El monstruoso engaño que el mundo padeció al inmolar 
millones de vidas y al consumir en fuego esfuerzos incon¬ 
mensurables, para luego quedar en situación incom¬ 
parablemente peor que la anterior, no es obra del azar. Si el 
resultado sólo fuera desorden quizá nada habría de sos¬ 
pechoso. Pero en la bancarrota que el mundo occidental 
afronta ahora se oculta un admirable tejido de aconteci¬ 
mientos. Dentro del aparente desorden hay un 
eslabonamiento ad-mirable de hechos que obedecen a un 
mismo impulso y que marchan hacia una misma meta. 
Detrás de todo esto hay una inteligencia y una fuerza. La 
situación actual no es el resultado fortuito del desorden, sino 
la notable culminación de una serie de actos que se enlazan 
siguiendo una secuencia y un camino. Occidente se halla de 
pronto en el momento más comprometido de su historia, pero 
su desgracia no ha descendido de accidentales sucesos. Ha 
sido labrada minuciosamente y escrupulosamente. 

Examinando los orígenes y el desarrollo de la segunda guerra 
surgen luces que explican el presente. Tal es el objeto de este 
libro. 

Muchos de los que vieron desaparecer las falanges 
macedónicas; de los que presenciaron la caída de Alejandro, 
el asesinato del César, la capitulación de Napoleón, crían 
asistir a acontecimientos comunes y corrientes, pero estaban 
presenciando los fulgores que encienden cada zig-zag de la 
historia. 

Lo que ahora tenemos a la vista es algo más que fulgor de un 
simple cambio; es el incendio inconmensurable de una cultura 
que casi sin saber por qué presiente las pisadas del peligro 
mortal. 


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CAPITULO I 

Aurora Roja (1848-1919) 

69 Años de Lucha Incansable. 

Los dos Elementos que Formaron el Bolchevismo. 
Alemania, Meta Inmediata del Marxismo. 
Paréntesis de Guerra. 

Factor Secreto en la Derrota Alemana. 


69 AÑOS DE LUCHA INCANSABLE 

En la segunda mitad del siglo pasado los umbríos bosques y 
las extremosas estepas de Rusia guardaban ya tan celosa¬ 
mente como ahora la enigmática mística del alma rusa. Fuera 
de sus fronteras sólo unas cuantas mentes, moduladas para 
escuchar el paso de los siglos por llegar, lograban entrever 
algo. 

Entre esas pocas mentes que sobre el hombro de una época 
vislumbraban destellos del futuro político, Nietzsche preveía 
en 1886: 

«Es en Francia donde la voluntad está más enferma. La fuer¬ 
za de voluntad está más acentuada en Alemania y en Ingla¬ 
terra y en España y Córcega por las duras cabezas de sus 
habitantes, pero está más desarrollada en Rusia, donde la 
fuerza del querer por largo tiempo acumulada espera la 
ocasión de descargarse, no se sabe si en afirmaciones o en' 
negaciones. Yo desearía que la amenaza rusa creciera para 
que Europa se pusiera en defensa y se uniera en una 
voluntad duradera y terrible para fijarse una meta de 
milenios. Pasó el tiempo de la política menuda: el próximo 
siglo nos promete la lucha por el dominio del mundo»[l]. 
En ese entonces Rusia se debatía en sangrienta turbulencia, 
que una extraña mezcla de nihilistas y revolucionarios 
marxistas trataban de encauzar mediante un secreto Comité 
Ejecutivo. La espina dorsal de ese audaz movimiento la 
formaban esforzados e inteligentes israelitas, miembros de 
comunidades que a través de muchas generaciones habían 


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Derrota Mundial 


soportado severos sufrimientos en el duro ambiente de Rusia. 
Desde los primeros años de nuestra Era ya se habían 
instalado emigrantes judíos en los territorios que siglos más 
tarde formarían parte de la Rusia meridional. Dolorosas 
vicisitudes vivieron desde entonces, pero jamás perdieron su 
cohesión racial. En 1648 los cosacos se lanzaron furiosamente 
contra ellos y después de sangrientos choques prohibieron 
que en Ucrania radicaran comunidades israelitas. En general 
la población era hostil a huéspedes tan reacios a la fusión de 
sangre y de costumbres. 

Pero las tierras rusas, prometedoras de esplendoroso futuro 
gracias a sus inexplotadas riquezas y enorme extensión, 
seguían atrayendo incesantemente a comunidades judías 
emigradas de la Europa occidental. La emperatriz Elisabetha 
Petrovna se alarmó ante ese fenómeno y en 1743 se negó a 
admitir más inmigrantes. Sin embargo, cincuenta años más 
tarde la anexión de territorios polacos convirtió a millares de 
judíos en súbditos de Rusia. 

En esa forma las comunidades israelitas aumentaron 
considerable-mente, no sin sufrir hostilidades y perse¬ 
cuciones, tal como les había ocurrido a sus ancestros en todos 
los tiempos y en todos los pueblos. El zar Alejandro I (que 
gobernó de 1801 a 1825) trató con benevolencia a la 
población judía y sufrió un completo fracaso al pretender que 
se asimilara a la población rusa. 

El siguiente zar, Nicolás I (1825-1855) se impacientó ante la 
renuencia de las comunidades israelitas a fusionarse con la 
población rusa y redujo sus derechos cívicos, además de que 
les hizo extensivo el servicio militar obligatorio que ya regía 
en el Imperio. Esto causó trastornos y descontento entre los 
judíos, pero una vez más lograron conservar sus vínculos 
raciales y sus milenarias costumbres. 

Al subir al trono Alejandro II (1855) la situación de los israe¬ 
litas volvió a mejorar y no tardaron en prosperar en el 
comercio, la literatura y el periodismo; varios diarios judíos se 
publicaron en San Petersburgo y Odesa. Precisamente en ese 
entonces —girando alrededor de la doctrina comunista 


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delineada en 1848 por los israelitas Marx y Engeis—, se 
vigorizó en Rusia la agitación revolucionaria. En 1880 los 
israelitas Leo Deutsch, P. Axeirod y Vera Zasulich, y el ruso 
Plejanov, formaron la primera organización comunista rusa. Y 
un año después varios conspiradores, encabezados por el 
judío Vera Fignez, asesinaron al zar Alejandro 11. El hijo de 
éste, Alejandro i 11, tuvo la creencia de que las concesiones 
hechas por su padre habían sido pagadas con ingratitud y 
sangre; en consecuencia, expulsó a los judíos de San 
Petersburgo, de Moscú y de otras ciudades, y les redujo más 
aún sus derechos cívicos. Los crecientes desórdenes y 
atentados los atribuyó a la influencia de ideas extrañas al 
pueblo ruso y ordenó enfatizar el nacio-nalismo y reprimir las 
actividades políticas de los intelectuales hebreos. 

La inteligente población israelita se mantuvo estrechamente 
unida en esos años de peligro. Sufrida, inflexible en sus 
creencias, celosa de la pureza de su sangre, ya estaba 
ancestralmente acostumbrados a sobre-ponerse a las 
hostilidades que su peculiar idiosincrasia provocaba al entrar 
en conflicto con las ajenas. Ya antes había demostrado con 
arte magistral que a la larga sabía aprovechar en beneficio de 
su causa las reacciones desfavorables con que tropezaba en 
su camino. Es esta habilidad una de sus creaciones más 
originales y con ella ha demostrado que ningún pueblo está 
verdaderamente vencido mientras su espíritu se mantenga 
indómito. 

Lo mismo que le había ocurrido en otros países, esa raza vio 
cómo miles de sus hijos —emigrados a las tierras rusas, 
prometedoras de esplen-doroso futuro debido a sus 
inexplotadas riquezas y enorme estén-sión— chocaban con el 
brusco carácter del pueblo ruso y eran luego objeto de 
hostilidades y persecuciones. El régimen de Alejandro 11 i fue 
duro con sus huéspedes. Y éstos se protegieron mime- 
tizándose con las nacio-nalidades de los más variados países 
de donde procedían, aunque en el fondo seguían siendo una 
misma raza, una sola religión y un mismo espíritu. 
El mismo año en que fue asesinado el zar Alejandro 11 (1881), 
el ministro zarista Pobodonosteff calculó en seis millones el 


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número de judíos residentes en Rusia y proyectó una acción 
enérgica para convertirlos forzosamente al cristianismo y 
expulsar por lo menos a dos millones de ellos. Aunque su plan 
no llegó a practicarse, hubo muchos detenidos y numerosos 
exiliados. A estos últimos los auxiliaban sus hermanos de raza 
radicados en Nueva York, tales como J acobo Schiff, Félix 
Adier, Emma Lazarus, Joseph Seligman, Henry Rice y otros 
muchos, según refiere el rabino Stephen Wise en su libro 
«Años de Lucha» (Algunos de ellos eran prominentes ban¬ 
queros). 

La población judía de Rusia era ya tan importante que el is¬ 
raelita james Parkes afirma: 

«En lo cultural y en lo religioso, puede decirse que el país de 
Israel se había transportado a Europa oriental. Los judíos 
representaban la décima parte de la población. La gran 
mayoría de los gentiles eran campesinos que habitaban 
aldeas donde no había judíos, salvo tal vez un hotelero y un 
comerciante. Los judíos habitaban en pueblos y duda des. En 
los primeros constituían a veces el 95% de la población y en 
las segundas más del 50%[2]. 

La situación se hizo todavía más tirante para los israelitas y 
sus compañeros rusos revolucionarios cuando Alejandro Ilitch 
Ulianov, hijo de la judía Blank, falló en su intento de asesinar 
al zar Alejandro III. Ulianov fue detenido y luego ahorcado 
junto con cuatro de sus cómplices. Pero su hermano Vladimir 
guardó para sí el odio que alentaba contra el régimen y 
sorteó esa época de peligro portándose como estudiante 
disciplinado y pacífico. (Más tarde se convertía en jefe 
revolucionario, bajo el nombre de Lenin, en el reivindicador 
de las minorías israelitas y en el creador de un nuevo 
régimen). 

Por el momento, él y toda la población hebrea pasaron en 
Rusia años sombríos y difíciles, mas acrecentaron sus fuerzas 
en el infortunio y vigorizaron sus creencias ante la hostilidad. 
Por supuesto, no olvidaron su meta revolucionaria, que el 


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rabino Caleb había esbozado así en la tumba de Simeón Ben 
J hudá, en Praga: 

«Conviene que, en la medida de lo posible, nos ocupemos del 
proletariado y lo sometamos a aquellos que manejan el 
dinero. Con este medio levantaremos a las masas... Las 
empujaremos a las agitaciones, a las revoluciones, y cada 
una de estas catástrofes significará un gran paso para 
nuestras finalidades» 

A la muerte de Alejandro III, en 1894, subió al trono Nicolás 
II. De tendencias moderadas y escuchando las quejas de los 
israelitas, ordenó suavizar el trato que se les daba. Ya para 
entonces el antisemitismo había cundido tanto en la masa del 
pueblo que no era fácil extirparlo del todo. De origen ruso es 
la palabra «progrom», nombre que se dio a los cruentos 
movimientos populares contra los judíos. De todas maneras, 
los israelitas disfrutaron de más garantías y libertades. 

Por ese entonces corrosivas fórmulas ideológicas —no nacidas 
en Rusia— volvieron a propagarse con renovado impulso para 
agitar a las masas rusas. Una vez más iba a manifestarse en 
la historia el gigantesco poder de una idea cuando se la utiliza 
en el terreno propicio y del modo adecuado. Esa idea era una 
mezcla de nihilismo y de marxismo que inquietaba aún más a 
las ya descontentas masas proletarias. 

Hablando de esa época, el historiador judío Simón Dubnow di¬ 
ce que «el mismo año en que se fundó en Basilea la 
Organización Sionista, formóse en Wiino una asociación 
socialista secreta denominada Bund (1897). Desarrolló el 
Bund una propaganda revolucionaria entre las masas judías 
en su lengua, el yidisch, lo cual constituyó, en un principio, el 
único síntoma nacional de ese partido... Además del Bund 
nacieron partidos mixtos de sionistas y socialistas, los Polae 
Sión y los Sionistas Socialistas. Estos partidos libraron una 
lucha abierta contra el gobierno ruso, particularmente en la 
revolución de 1905. Los revolucionarios israelitas participaron 
asimismo en los partidos socialistas rusos, en las 


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manifestaciones estudiantiles, en las huelgas obreras y en los 
actos terroristas contra los gobernantes»[3] 

La renovada agitación degeneró en graves disturbios obreros 
en 1899. El Partido Social Revolucionario tenía una sección 
terrorista a cargo del sagaz judío Gershuni, cuyos agentes 
mataron al ministro ruso Sipyagin, al gobernador 
Bogdanovich, al premier Plehve, al gran duque Sergey y al 
general Dubrassov. El zar Nicolás II pensó que había dado un 
paso en falso al suavizar el trato para los israelitas y 
restableció algunas de las limitaciones que años antes les 
levantara. Numerosos propaladores del marxismo, entre ellos 
el judío León Davidovich Bronstein (posteriormente conocido 
como León Trotsky) fueron deportados a Siberia. (Trotsky 
estaba casado con una hija del financiero judío Giovotovsky). 
Las turbulencias parecieron amainar. Incluso surgió una 
escisión entre los mismos agitadores; no en cuanto a su 
meta, sino en cuanto a la mayor o menor impetuosidad para 
alcanzarla. No era que unos hebreos se lanzaran contra otros, 
sino que diferían de opinión respecto a la táctica de lucha. Así 
surgieron los bolcheviques (los del programa máximo) y los 
mencheviques (los del programa mínimo). Vladimir Ilitch 
(Lenin) se hizo líder de los primeros. 

Aunque la severa represión oficial alcanzó a muchos 
agitadores ju-díos que se movían entre los trabajadores, dejó 
intacta la estructura secreta que gestaba la revolución. 
Creyendo haber sido ya suficientemente severo, o buscando 
una transacción con ellos, en 1904 el régimen suavizó su polí¬ 
tica hacia los israelitas. Pero éstos inmediatamente reforzaron 
su actividad revolucionaria y en 1905 organizaron motines 
más grandes que los anteriores. Entonces el zar Nicolás II se 
alarmó e hizo nuevas concesiones al conglomerado judío, 
cuya fuerza política era ya un hecho innegable. 

Con esto el marxismo cobró mayor brío. Inútilmente los zares 
habían querido evitar la agitación reprimiendo a los que 
directamente alentaban el descontento popular nacido de la 
miseria, pero sin anular a los ocultos conspiradores, que eran 


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los que dirigían todo el movimiento para subvertir el orden. 
Además, poco hacía el régimen por aliviar la miseria misma y 
por destruir la forma capciosa y oropelesca en que explotaban 
esta circunstancia los agitadores marxistes. Ante la sutil 
técnica de la conspiración marxiste los zares fueron incapaces 
de una acción coordinada y firme para liquidarla. 

Frecuentemente titubearon y en ocasiones llegaron a 
concebir el absurdo de que los brotes de desorden podrían 
conjurarse mediante concesiones. Pero resulta que hacer 
concesiones a un adversario que busca la victoria total es sólo 
facilitarle su camino. 

Lenin y algunos de sus colaboradores emigraron para ponerse 
a salvo de las redadas de revolucionarios que de tiempo en 
tiempo hacía el régimen zarista. Por eso en 1908 los israelitas 
Appelbaum Zinovief, Rosenfeid Kamenef (cuñado de Trotsky) 
y Lenin se reunieron en París a planear una nueva etapa de 
agitación «No es un azar que hayan ingresado a las huestes 
revolucionarias rusas tantos israelitas —dice Pierre Charles en 
«La Vida de Lenin»—. Por lo pronto, si se hace abstracción de 
las masas rusas, poco propicias para el reclutamiento de 
políticos, hay que reconocer que el porcentaje de judíos en 
Rusia no era tan exiguo como se decía. Y además, ¿no era 
fatal que su febril actividad, contrastando con la población 
rusa, debía exagerar enormemente su papel en la revolución? 
Y su espíritu hereditariamente aguzado por el Talmud ¿no 
debía sentirse cómodo en las controversias de las escuelas 
socialistas? En fin, los sufrimientos que les endurecieron bajo 
el régimen zarista los acercaban a su sueño de palingenesia 
social». (Resurgimiento y hegemonía del pueblo judío). 
Uno de los métodos con que los revolucionarios hebreos 
trataron de ponerse a cubierto de la represión oficial, fue tan 
sencillo como eficaz. En grupos más o menos numerosos se 
trasladaban a Estados Unidos, se nacionalizaban 
norteamericanos, regresaban a Rusia y hacían valer su nueva 
ciudadanía como hijos de una nación poderosa. En esto eran 
ayudados por la numerosa colonia israelita radicada en 
Norteamérica, que en aquel entonces casi llegaba a tres 
millones y que influía ya en los círculos financieros y políticos. 


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«En San Petersburgo —dice Henry Ford en El Judío Interna¬ 
cional-llegó a haber 30,000 judíos de los cuales sólo 1,500 
se ostentaban como tales». Las autoridades rusas no tardaron 
en tratar de frustrar ese inusitado procedimiento de 
protección y esto dio origen a que numerosos órganos de la 
prensa americana protestaran contra la falta de respeto a las 
ciudadanías recién concedidas por los Estados Unidos. Con 
esa ejemplar hermandad que los israelitas practican desde 
uno al otro confín del mundo, «el 15 de febrero de 1911, 
estando Taft en el poder —agrega Henry Ford— los judíos 
j acobo Schiff, j acobo Furt, Luis Marshall, Adolfo Kraus y 
Enrique Goldfogle le pidieron que como represalia contra 
Rusia fuera denunciado el Tratado de Comercio». 

Aunque en un principio Taft se rehusó, israelitas de todo el 
país enviaron cartas a senadores y diputados, gestionaron 
apoyo de gran parte de la prensa, pusieron en movimiento el 
Comité judío Americano, a la Orden B'irit y a otras muchas, 
filiales o afines. El influyente político Wiison, que después 
llegó a ser Presidente de EE.UU., presionó resueltamente en 
favor de los judíos y durante un discurso en el Carnegie Hall 
afirmó: 

«El gobierno ruso, naturalmente, no espera que la cosa llegue 
al terreno de la acción, y en consecuencia, sigue actuando a 
su placer en esta materia, en la confianza de que nuestro 
gobierno no incluye seriamente a nuestros compañeros de 
ciudadanía judíos entre aquellos por cuyos derechos aboga: 
no se trata de que expresemos nuestra simpatía por nuestros 
compañeros de ciudadanía judíos, sino de que hagamos 
evidente nuestra identificación con ellos. Esta no es la causa 
de ellos; es la causa de Norteamérica». 

Finalmente, el Tratado de Comercio suscrito ochenta años 
atrás fue denunciado el 13 de diciembre de 1911. Por primera 
vez un zar —en ese entonces Nicolás II— sintió que los 
descendientes de aquellos israelitas que 50 años antes 
rehuían temerosos la violencia rusa, ya no estaban tan solos. 
Aunque la inmensa mayoría eran nacidos en las estepas, y 
aunque eran hijos y nietos de otros también nacidos allí, ni el 


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medio ambiente ni la convivencia de siglos los hacían clau¬ 
dicar de sus metas políticas ni de sus costumbres. Tal parecía 
que conservando sin mezcla su sangre conservaban igual¬ 
mente sin mezcla su espíritu. 

Cierto que el Imperio Ruso era aún poderoso y que la lejana 
represalia de la denuncia del Tratado de Comercio americano 
no bastaba para revocar las limitaciones impuestas a los 
israelitas, mas sin embargo, constituía un incómodo incidente 
que en grado imponderable influyó para que se suavizara el 
trato oficial a los judíos. Y aunque ese mismo año de 1911 se 
estableció que los judíos no podían ser electos conséjales, en 
la práctica se les trató con mayor consideración. 

Entre tanto, el llamado Comité Ejecutivo seguía ocultamente 
atizando el descontento y propiciando la rebelión. Las series 
de huelgas sangrientas que se iniciaron en 1905 adquirieron 
incontenible impulso en 1910 al estallar doscientos paros 
obreros. Tres años más tarde las huelgas se contaban por 
millares. 

El descontento de las masas iba siendo crecientemente 
aprovechado como instrumento revolucionario marxista. 
En ese entonces el Imperio Ruso se hallaba ya tan minado 
que malamente podía afrontar una guerra internacional. Por 
eso fue tan insensato y hasta inexplicable que se lanzara a 
una aventura de esa índole en 1914, para apoyar a Servia en 
contra de Austria-Hungría. El zar dio contraorden a fin de que 
no se realizara la movilización general y evitar el choque con 
Alemania, pero el Ministro de la Guerra, Sujofinov, y todo el 
Estado Mayor presionaron al zar y se consumó la 
movilización. Alemania apoyó entonces a su aliada Austria- 
Hungría y entró en guerra con Rusia. No obstante que la 
patria rusa libraba entonces una lucha internacional, el 
movimiento revolucionario no cesó su propaganda para 
debilitar las instituciones. Además, aprovechó la anormalidad 
de la situación y proclamó que los obreros no tenían patria 
que defender, según la tesis marxista (comunista) de que la 
idea de patria debe extirparse de las nuevas generaciones. 
El gobierno ruso consideró que los judíos influían poderosa- 


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mente en esta oposición al régimen y ordenó nuevas medidas 
de coerción. Muchos que por nacimiento o naturalización 
ostentaban las más diversas nacionalidades, e incluso la rusa, 
se habían mezclado en el campo y en las fábricas y hacían 
cundir la agitación. 

Poco después de iniciada la contienda, el diario ruso «Ruscoic- 
Snamia» abogaba por las más severas represalias contra los 
israelitas, a quienes se les achacaban los desórdenes 
internos, y hasta llegó a alentar los «progroms». No obstante 
que el ambiente oficial era propicio a estos extre-mismos, el 
régimen no quiso complicar más la situación, prohibió el 
diario y mantuvo a raya el antisemitismo, aunque sin poder 
suprimirlo del todo. 

En Suiza se encontraba entonces desterrado, junto con otros 
jefes judíos del movimiento marxiste, Vladimir Ilitch (Lenin) y 
desde allí dirigía la agitación en la retaguardia del ejército 
ruso que combatía contra Alemania. Sesenta y siete años 
después de que dos hebreos —Marx y Engeis— habían dado a 
la publicidad por primera vez el manifiesto comunista, otros 
miembros de la misma raza luchaban denodadamente por 
materializarlo en realidad política. 

Junto con los judíos Apfelbaum y Rosenfeid (conocidos bajo 
los nombres rusos de Zinovief y Kamenef), Lenin alentaba 
desde el destierro a los revolucionarios para que 
contribuyeran a la derrota de Rusia en la guerra que sostenía 
contra Alemania y Austria. En su periódico «Social 
Demócrata» del 27 de julio de 1915 daba la siguiente 
consigna: «Los revolucionarios rusos deben contribuir 
prácticamente a la derrota de Rusia». Proclamaba que esto 
abriría el Camino a la revolución. 

Fierre Charles, biógrafo de Lenin, afirma que en ese entonces 
«Lenin se entregó en cuerpo y alma a su odio por todo pa¬ 
triotismo... Toda defensa de la Patria —decía— es chau- 
cinismo». 

Tanto fue así que los alemanes le permitieron pasar por Berlín 
para que se internara subrepticiamente en Rusia y aun le 
ayudaron económicamente ya que su labor debilitaba al 


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ejército ruso. Así fue como Lenin pudo llegar a San 
Petersburgo, donde un núcleo de 30,000 israelitas, 
acaudillados por Trostsky, habían organizado el cuartel 
general del movimiento marxiste revolucionario. Y desde ahí 
hizo circular esta proclama: 

«Es necesario, sin demora, educar al pueblo y al ejército en el 
sentido derrotista. ¡Soldados, fraternizad en las trincheras con 
vuestros camaradas llamados 'enemigos'!» 

Poco después Lenin celebraba secretos acuerdos con los jefes 
revolucionarios. Charles[4] refiere que asistían «Kamenef, 
hombre pequeño, de ojos vivaces bajo el lente; Zinovief, que 
se había cortado completamente el cabello ondulado de su 
gruesa cabeza; Ouritsky, delgado y nervioso, que más tarde 
aterrorizaría a Petrogrado durante algunas semanas; los tres 
eran de raza judía». 

No tardaron en reunírseles Stalin y Trotsky. La siembra 
marxista iniciada décadas atrás, halló en 1917 el clima más 
propicio para fructificar. La ya minada retaguardia del ejército 
ruso se debilitó aún más y el desconcierto cundió hasta las 
líneas avanzadas del frente de guerra; la propaganda 
derrotista hallaba ciertamente coyunturas en la miseria y en 
las bajas causadas por la contienda. La promesa de que al 
triunfar la revolución se repartirían tierras a todos los 
proletarios fue tan halagadora «que las tropas querían dejar 
de pelear para llegar al reparto». Coordinadamente las 
doctrinas bolcheviques agitaban a los militares hablándoles de 
los «derechos del soldado», según los cuales «los oficiales 
deberían ser nombrados por selección, de entre los soldados, 
y éstos podían discutir las órdenes de aquéllos». Desde ese 
momento quedó rota la disciplina, dice el Tte. Corl. Carlos R. 
Berzunza en su «Resumen Histórico de Rusia». Y así comenzó 
la última etapa del fin de la Casa Imperial Rusa. Tatiana 
Botkin[5] dice que acerca de la realeza y particularmente de 
la Emperatriz, circulaban versiones que indignaban al pueblo 
y alentaban al derrotismo. 


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«Frecuentemente se encontraba uno con personas que se 
habían formado un concepto completamente falso sobre la 
familia real. Entre nosotros sólo se propagaba lo malo y nadie 
sabía lo bueno que en realidad existió... No podía creer que 
los mismos soldados, soldados rusos, en el momento de una 
guerra de tal magnitud, se amotinaran y mataran a su 
comandante y ofendieran a la familia real... Así era, 
desgraciadamente. En las calles de Retrogrado sucedía algo 
increíble. Los soldados, borrachos, sin correas, con los 
capotes desabrochados, unos con rifles, otros desarmados, 
corrían como poseídos saqueando todas las tiendas». 
El descrédito de la casa de los Romanof; la consigna leninista 
de que la derrota en el frente de guerra abriría el camino al 
triunfo de la revolución; las crecientes bajas y la miseria; la 
promesa de que un nuevo régimen daría tierras al 
proletariado; el relajamiento de la disciplina; las doctrinas de 
igualdad y supresión de las jerarquías, etc., convergieron por 
fin en el estallido de la revolución. La mecha que encendiera 
el polvorín podía haber sido cualquier cosa. Como en el 
conocido fenómeno físico de la sobrefusión, cuando la mente 
de un pueblo llega a su tensión máxima basta el más 
insignificante incidente para producir el estallido. 
Tatiana Botkin refiere así el principio del fin del imperio: 
«En Kronstadt —precisamente en las cercanías del cuartel 
general que los caudillos israelitas del marxismo habían 
formado secreta-mente en San Petersburgo— empezó la 
bestial matanza de oficiales. Una vez muertos, los cubrían con 
heno, los rociaban con petróleo y les prendían fuego. Metían 
en los ataúdes personas aún con vida junto a cadáveres, 
fusilaban a los padres a la vista de sus propios hijos, etc. En 
el frente, los soldados fraternizaban con los alemanes y 
retroce-dían, a pesar de los enormes contingentes reunidos 
antes de la revolu-ción... el sepelio de las víctimas de la 
revolución en Retrogrado, fue una mascarada. Los 
revolucionarios recogieron cuerpos de descono-cidos, muertos 
de frío o por accidente, incluso unos chinos que habían 
fallecido de tifo, los colocaron en los ataúdes forrados de rojo. 


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los trasladaron al 'Campo de Marte' y erigieron un gran 
túmulo». 

Esto alentaba la agitación y servía de bandera a los 
revolucionarios. 

Por otra parte, en ningún momento los iniciadores del 
marxismo en Rusia carecieron de solidaridad y aliento de sus 
hermanos de raza ni en el extranjero. El 14 de febrero de 
1916 se celebró en Nueva York un Congreso de las 
Organizaciones Revolucionarias Rusas, alentadas e inspiradas 
por inteligentes israelitas. El magnate judío-americano Jacobo 
Schjff era uno de los que costeaban los gastos de estos 
trabajos políticos; ayudaba particularmente a León Trotsky, 
también israelita. Otros banqueros judíos, tales como Kuhn 
Loeb, Félix Warburg. Otto Kahn, Mortimer Schiff y Olef 
Asxhberg, daban también su ayuda económica desde Nueva 
York. 

Pese a todo lo que en apariencia hubiera de inexplicable en 
esas relaciones entre los marxistes revolucionarios de Rusia y 
los magnates israelitas de América, en el fondo regía la 
profunda solidaridad de la raza y el anhelo común de la 
reivindicación hebrea. Unos la buscaban con el instrumento 
que su compatriota Marx les había heredado en el Manifiesto 
Comunista de 1848 y otros la procuraban con el instrumento 
del oro y las finanzas. Dos distintos medios, pero un mismo 
fin. Y si el destino del mundo iba a jugarse en dos barajas de 
política internacional —el super capitalismo y el marxismo—, 
tener ases en ambas era asegurar el triunfo de la causa 
común, cualquiera que fuese el resultado de la gran lucha. 
Los pacientes esfuerzos de los caudillos marxistas y de 
quienes los ayudaron desde el extranjero desembocaron el 7 
de noviembre de 1917 en el estallido de la revolución 
comunista. 

El zar fue detenido y entre las primeras rectificaciones 
políticas figuró la abolición de las restricciones jurídicas 
impuestas a los judíos. El camino a los puestos públicos 
quedó abierto para ellos. Toda tendencia política perjudicial al 
judaismo fue declarada fuera de la ley por decreto de julio de 


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1918. Entre las tropas del general Budieny ocurrieron actos 
violentos contra los judíos y fueron severamente reprimidos. 
A ese respecto el escritor judío Salomón Resnick dice en su 
libro «5 Ensayos Sobre Temas J udíos»: 

«Pronto sobrevino una vigorosa reacción contra tales 
desviaciones: 138 cosacos, entre ellos varios comandantes, 
fueron condenados a muerte y se impuso a todo soldado rojo 
la obligación de luchar contra el antisemitismo, esa herencia 
vergonzosa, criminal y sangrienta». 

La casa de los Romanof fue exterminada. Tatiana Botkin 
refiere así el final del Zar, de la Zarina, del Zarevich y de las 
princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia: 

«En la prisión —casa de Ipatiev— de Ekaterimburgo, la familia 
real sufría mil vejaciones. La situación de todos empeoró al 
ser nombrado otro comisario, el judío Yurovsky. El trato de 
los guardias se convirtió en un verdadero martirio, que sus 
majestades soportaban con verdadera resignación cristiana. 
Por comida les daban las sobras de los guardias, quienes 
además escupían en los platos. Luego les servían la comida y 
se las arrebataban cuando empezaban a comer. En la noche 
del 3 de julio de 1918 fueron bárbaramente asesinados. 
»Cuando penetró Yurovsky con 12 soldados, de los cuales 
sólo dos eran rusos (los demás judíos y letones), Yurovsky se 
encaró con el emperador y le dijo: 'Usted se ha negado a 
aceptar la ayuda de sus familiares (en el extranjero) por lo 
que tengo que fusilarlo'. El emperador se persignó, abrazó a 
su hijo con toda serenidad y se arrodilló. La emperatriz hizo lo 
mismo. Sonaron unos disparos. Yurovsky disparó sobre el 
emperador; los soldados sobre los demás. Dieron vuelta a los 
cadáveres y los asaetearon con las bayonetas. Después de 
esta carnicería los cadáveres fueron despojados de cuanto 
llevaban, arrojados a un camino y de ahí conducidos a un 
bosque cercano, donde fueron incinerados en dos hogueras: 
una de fuego y la otra de ácidos» 

Inútilmente Nicolás II, lo mismo que su padre Alejandro III, y 
su abuelo Alejandro II, se habían empeñado en reprimir a 
quienes encabezaban o coordinaban el descontento de las 


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masas, pero sin lograr nada decisivo para suprimir el 
descontento mismo. Mientras por un lado el malestar público 
crecía con la pobreza, por el otro las autoridades se 
esforzaban superficialmente en suprimir a quienes se valían 
de ese malestar como instrumento para una magna 
revolución. 

Sesenta y nueve años después que Marx y Engeis habían 
creado su magistral fórmula de agitación, sus descendientes 
raciales lograban que un gran imperio se viniera abajo. Era 
ese el primero de sus fabulosos triunfos. (A la revolución 
bolchevique siguió una violenta contrarrevolución encabezada 
por los generales Antón Ivanovitch, Deniken, Kolchak, 
Wrangel y Yudenitch. Llegaron a arrebatarles a los rojos 
territorios con más de un millón de kilómetros cuadrados y se 
aproximaron amenazadoramente a Leningrado y Moscú. 
Deniken esperaba ayuda de los gobiernos inglés y francés, 
pero no la obtuvo. En contraste, los bolcheviques sí lograban 
ayuda de los israelitas del extranjero y vencieron a las 
fuerzas de Deniken). 

El judío Alejandro Kerensky (originalmente apellidado Adier), 
que se había infiltrado en el gobierno del zar para ayudar 
secretamente al triunfo de los comunistas, emigró después al 
Occidente para presentarse como «anticomunista». Bajo ese 
disfraz mantuvo contacto con los rusos exiliados, 
auténticamente enemigos del comunismo, y fue un factor 
decisivo para neutralizar sus esfuerzos. 

LOS DOS ELEMENTOS QUE FORMARON EL BOLCHEVISMO 

Es siempre costumbre que el triunfo tenga muchos autores, 
auténticos o no, y que en cambio todos rehuyan la paternidad 
de los fracasos; pero el triunfo de la revolución rusa es una 
de las excepciones de esa regla. Por lo menos hasta ahora 
sólo se ha atribuido fragmentaria y tenuemente a la 
comunidad israelita. Y esto no obstante la evidencia de que la 
base ideológica de la revolución rusa la crearon los judíos 
Marx y Engeis; la pusieron en movimiento social Lenin, 
Zinoviev, Kamenev, Bronstein y otros israelitas; la solapó y 


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ejecutó a medias el hebreo Kerensky; la ayudaron 
económicamente desde EE. UU. los magnates Kuhn Loeb, 
Félix Warburg, Otto Kahn, Mortimer Schiff y Olef Asxhberg, y 
la hicieron posible agitando a las masas proletarias un 
sinnúmero de comisarios israelitas, como judíos eran — 
simbólicamente— 10 de los 12 revolucionarios que ejecutaron 
a la familia real de los Romanof. 

Uno de los modernos profetas del semitismo, Teodor Herzl, ya 
había advertido antes del triunfo de la revolución rusa: 
«Somos una nación, un pueblo... Cuando los judíos nos 
hundamos, seremos revolucionarios, seremos los suboficiales 
de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros subirá 
también el inmarcesible poder del dinero judío» («Un Estado 
judío»). 

Son numerosísimas las huellas que los israelitas dejaron en la 
preparación y la consumación de la revolución rusa, pero por 
uno u otro motivo la difusión de estos hechos ha sido tan 
lenta y fragmentaria que generalmente suenan a 
inverosímiles o fantásticos cuando se les conoce en toda su 
magnitud. 

Ni la universalmente reconocida seriedad de Henry Ford libró 
a esas revelaciones de las dudas que lógicamente producen: 
«Una Rusia Soviética hubiese sido sencillamente imposible — 
dice Henry Ford en El Judío Internacional—, a no ser que un 
90% de los comisarios fueran judíos. Otro tanto hubiera 
ocurrido en Hungría, de no ser judío Bela-Khun («El Príncipe 
Rojo») y con él 18 de sus 24 comisarios... El Soviet no es una 
institución rusa, sino judía». 

Agrega que al triunfar la Revolución bolchevique, el nuevo 
régimen fue integrado preponderantemente con israelitas y 
cita el siguiente cuadro: 


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HwntFiiicidiS 

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ComlsaíKlo di PiT&virpdaí 

23 

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91 

Peoocüslns (PingcnM 

41 


ICO 


«Cuando Rusia se hundió —afirma—, inmediatamente surgió 
el judío Kerensky. Como sus planes no fueron suficientemente 
radicales, le sucedió Trotsky. Actualmente, en Rusia (1920), 
en cada comisario hay un judío. De sus escondrijos irrumpen 
los judíos rusos como un ejército bien organizado... Todos los 
banqueros judíos en Rusia permanecieron sin ser molestados, 
mientras que a los banqueros no judíos se les fusiló... El 
bolchevismo es anticapitalista sólo contra la propiedad no 
judía. Si el bolchevismo hubiese sido realmente anti¬ 
capitalista, hubiera matado de un solo tiro al capitalismo 
judío. Pero no fue así... Sólo a los judíos se les pueden remitir 
víveres y auxilios de otros países, en Rusia». 

El mismo autor hace una cita del Dr. Jorge A. Simons, sacer¬ 
dote cristiano, que escribió: 

«Centenares de agitadores salidos de los barrios bajos del 
Este de Nueva York se encontraron en el séquito de Trotsky... 

A muchos nos sorprendió desde un principio el elemento 
marcadamente judío de aquél y se comprobó muy pronto que 
más de la mitad de todos esos agitadores del llamado 
movimiento sovietista eran judíos». 

Asimismo cita a William Huntington, agregado comercial ame¬ 
ricano en Retrogrado durante la revolución, quien declaró que 


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«en Rusia todo mundo sabe que tres cuartas partes de los 
jefes bolcheviques eran judíos». 

Coincidiendo con todo lo anterior, el periódico ruso «Hacia 
Moscú», de septiembre de 1919, dijo: «No debe olvidarse que 
el pueblo judío, reprimido durante siglos por reyes y señores, 
representa genuinamente el proletariado, la internacional 
propiamente dicha, lo que no tiene patria». 

Y Cohan escribía en «El Comunista», de abril de 1919: 
«Puede decirse sin exageración que la gran revuelta social 
rusa fue realizada sólo por manos judías El símbolo del 
judaismo, que durante siglos luchó contra el capitalismo, se 
ha convertido también en el símbolo del proletariado ruso, 
como resulta de la aceptación de la estrella roja de cinco 
puntas que como es sabido fue antiguamente el símbolo del 
sionismo y del judaismo en general». 

Desde un punto de observación muy distante, el investigador 
Schubart se refiere a este mismo asunto en los siguientes 
términos[l]: 

«También la nacionalidad de los jefes bolcheviques, entre los 
cuales hay un gran contingente de judíos, lituanos y 
grusinios, indica el carácter extraño, no ruso, de este 
movimiento. El marxismo no tiene más que una peculiaridad 
que encuentra afinidad de sentir en el ruso: es el meollo 
mesiánico de la doctrina. Lo sintió el alma eslava con fino 
olfato, y lo tomó por punto de partida... El occidental siente 
latir más fuerte su corazón al pasar revista a sus bienes; en el 
ruso está vivo el sentimiento de que las posesiones nos 
poseen a nosotros, de que el poseer significa ser poseído, de 
que en medio de la riqueza se ahoga la libertad espiritual». 
Schubart no es el único en considerar que en la idiosincrasia 
rusa había propicias coyunturas para que el marxismo teórico 
y utópico ganara adeptos que luego se convirtieran en 
instrumento para los organizadores judíos. Oswaido Spengler 
apuntó en «Decadencia de Occidente»: 


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«El alma rusa, alma cuyo símbolo primario es la planicie 
infinita, aspira a deshacerse y perderse, sierva anónima, en el 
mundo de los hermanos... La vida interior del ruso, mística, 
siente como pecado el pensamiento del dinero». 
Otro filósofo, el Conde de Keyserling[2], coincide con los dos 
anteriores: «Los rusos son tan profundamente religiosos en el 
alma que incluso el materialismo, el ateísmo, la 
industrialización y el plan quinquenal les sirven de iconos». 
Igualmente, el sacerdote jesuíta norteamericano E. A. Waish, 
que vivió en la URSS en 1923, opina en su libro «imperio 
Total»; 

«El mujik ruso, cuando está impregnado de vodka, revela una 
sórdida grosería y una torpe animalidad sólo limitada por la 
capacidad física. Pero, terminada la orgía, llorará con su 
prójimo en fraterna comprensión, perdonará a los ladrones, 
cobijará a los asesinos con compasión y manifestará 
instantánea simpatía hacia todos sus compañeros de 
peregrinación en este valle de lágrimas, y al arar exclamará: 
'Dios, ten piedad'». 

Otto Skorzeny, que como oficial alemán conoció a los rusos 
durante cuatro años de lucha, da el testimonio de que: 
«el soldado que fue a la guerra por el materialismo dialéctico 
posee, en realidad, un idealismo religioso... Casi puede 
decirse que el ruso, en cuanto a alcanzar su objetivo ideal, es 
un enemigo de lo posible: necesita objetivos lejanos y 
fantásticos»[3]. 

Son innumerables los investigadores que habiendo estudiado 
la psicología del ruso coinciden en que bajo su dureza 
acorazada por el sufrimiento de siglos y que bajo su crueldad 
propia de los caracteres primitivos, late un vigoroso 
sentimiento místico. Y es precisamente en este sentimiento, 
espontáneo y de distinta índole que el pensamiento lógico, 
donde el marxismo israelita se injertó; donde el marxismo 


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encontró un punto de apoyo para erigirse en fuerza 
gigantesca. 

El empuje indiscutible del bolchevismo surgió de dos factores: 
la fórmula alucinante y utópica de Marx y el sencillo 
misticismo de las almas rusas. Y fueron judíos quienes 
combinaron ambos factores como se combinan la glicerina y 
el ácido nítrico para obtener la dinamita. 

El bolchevismo cundió luego con su propia dinámica y no 
requirió razones para subsistir; incluso pudo hacerlo pese a 
las realidades que lo contradecían. Tal es el mecanismo de los 
movimientos sociales que llegan a erigirse en creencias 
místicas o seudomísticas. 

Algo de esto señala Max Eastman al afirmar: «El comunismo 
es una doctrina que no puede ser científica, pues es 
exactamente lo contrario: religión»[4]. 

Y algo muy semejante señala Gustavo Le Bon en «Ayer y 
Mañana»: 

«Las creencias de forma religiosa, como el socialismo, son 
inconmovibles porque los argumentos no hacen mella en una 
convicción mística... Todos los dogmas, los políticos sobre 
todo, se imponen generalmente por las esperanzas que hacen 
nacer y no por los razonamientos que invocan... La razón no 
ejerce influencia alguna sobre las fuerzas místicas». 

Así se explica que pese a su procedencia extranjera, pues el 
marxismo no era ruso ni sus propagadores tampoco, grandes 
masas del pueblo lo hicieron entusiastamente suyo, por lo 
menos en la etapa inicial. Lo captaron por una de sus fases, 
por la fase mística de la reivindicación del indigente, y para 
esta espontánea adhesión no necesitaban ni investigar 
orígenes ni razonar sobre las bases científicas del 
movimiento. Durante milenios el hombre ha anhelado barrer 
el abuso de los poderosos y disfrutar de justicia social. Al 


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Derrota Mundial 


prometer la satisfacción de ese viejo anhelo, los creadores 
israelitas del comunismo lograron un formidable triunfo 
psicológico y político. Dentro de sus propias filas raciales la 
minoría judía de Rusia carecía de la fuerza del número, pero 
la conquistó entre las masas no semitas —e inclusive 
antisemitas— gracias a las promesas populares que el 
comunismo hacía. Y a fin de garantizar que esta poderosa 
arma política se mantuviera siempre dirigida por sus 
creadores, se le dio el dogma de la internacionalización, de tal 
manera que se cometía una herejía al querer servir al 
proletario sin la consigna emanada de Moscú, sede del 
marxismo-israelita. 

Todo movimiento social que se atreviera a violar ese dogma 
era objeto de la más violenta hostilidad, no porque sirviera 
mejor o peor los intereses del proletariado, sino porque se 
sustraía al control de los creadores del marxismo. 
Apenas afianzado el nuevo régimen en el Poder, una súbita 
lucha antirreligiosa comenzó a realizarse con extraordinaria 
eficacia. Como si fuera obra de factores no rusos, esa lucha 
era sistemática y carecía de la imprevisión y de la 
desorganización!,) propias del ambiente moscovita. En su 
implacable eficacia se advertía el sello de una mano extraña. 
«En la fachada del Ayuntamiento de Moscú, en vez de la 
imagen que se veneraba, se inscribió la frase de Lenin: La 
religión es el opio del pueblo»[5]. 
Frecuentemente se ha visto que un movimiento religioso, 
nutriéndose de su propia fe, se lance contra otro movimiento 
religioso y trate de proscribirlo. Religión contra religión es un 
fenómeno muchas veces presenciado en la historia. Pero que 
en un medio eminentemente religioso nazca un movimiento 
inflexiblemente ateísta, dirigido contra todas las religiones, es 
un fenómeno nuevo. ¿De dónde un movimiento político, que 
oficialmente se apoya en masas religiosas, extrae la 
inspiración y las energías necesarias para constituirse 
fanáticamente en un movimiento antirreligioso? 


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Ha sido también más o menos frecuente que por 
conveniencias políticas un régimen hostilice a una religión y 
se apoye en otras. Pero en Rusia, por primera vez con 
inconfundible claridad y con extraordinario celo, todas las 
religiones empezaron a ser perseguidas en cuanto triunfó el 
bolchevismo. 

Lo que el cristianismo padeció en la época antirreligiosa del 
Imperio Romano tenía la explicación de que se trataba de una 
religión nueva sin muchos adeptos en la masa del pueblo. En 
cambio, en Rusia, los sentimientos religiosos eran ya 
populares cuando el Bolchevismo comenzó a imperar. 929 
años antes Rusia se había convertido al cristianismo. Que en 
un pueblo sin religión se combata una nueva religión, parece 
explicable; pero que en un pueblo religioso surja un régimen 
intransigentemente antirreligioso, es un fenómeno de 
orígenes extraños al pueblo mismo. Y tal fue lo que sucedió 
en Rusia. 

El teniente coronel Carlos R. Berzunza dice en su resumen 
histórico: 

«Numerosas iglesias fueron convertidas en teatros. La 
revolución inició luego la lucha contra todas las religiones, por 
todos los medios... Se prohibió la enseñanza religiosa a 
menores de 18 años. La iglesia protestó. De 900 conventos 
fueron arrasados 722». 

La resistencia de los fieles fue casi pulverizada y 29 obispos y 
sacerdotes pagaron con su vida la oposición al régimen y 
fueron las primeras víctimas de una serie de ejecuciones 
bolcheviques que más tarde recibieron el nombre de 
«purgas». Para el 7 de noviembre de 1923 la primera ola de 
«purgas» había aniquilado a 6,000 profesores, 9,000 
médicos, 54,000 oficiales, 260,000 soldados, 70,000 policías, 
12,000 propietarios, 355,000 intelectuales, 193,290 obreros y 
815,950 campesinos, en mayor o menor grado culpables de 
oposición. Esta furia aparentemente ciega tenía por objeto 


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aniquilar a la clase pensante y a los núcleos que podían 
inspirar y organizar la resistencia al nuevo régimen. 

En cuanto a los orígenes antirreligiosos del bolchevismo son 
evidentes. Supuesto que no residían en las masas populares, 
ni tampoco en ninguna otra religión con predominio en Rusia, 
se hallaban exclusivamente entre los organizadores israelitas 
del movimiento revolucionario, quienes seguían la sentencia 
de Marx: «El judaismo es la muerte del cristianismo»[6] 
Ciertamente la masonería también fue un factor en esa lucha 
antirreligiosa, pero en última instancia la masonería es sólo 
uno de los brazos del judaismo. Este creó en Egipto las 
primeras células secretas en el siglo XV antes de nuestra era, 
cuando los judíos necesitaron protegerse y ayudarse 
eficazmente bajo el dominio de los faraones. Siglos después 
esa sociedad se hizo extensiva a los no judíos, con objeto de 
aprovecharlos para los fines políticos israelitas, y se le dio un 
aspecto de fraternidad y liberalismo. Persistió, sin embargo, 
el ambiente de misterio bajo el cual había nacido la 
masonería, y todavía un enorme número de masones ignora 
hoy su vinculación con el movimiento político judío, a pesar 
de que son de origen hebreo todos los nombres de sus 
grados, sus símbolos y sus palabras de paso, como Jehová, 
Zabulón, Nekam Nekar, Adonai, etc. Esto puede comprobarlo 
cualquier «iniciado» que conozca a la vez la historia judía[7]. 
Por eso es que desde el grado tercero de la masonería se 
designa con símbolos judíos a Jesucristo, a la iglesia y a los 
cristianos, como la «ignorancia», el «fanatismo» y la 
«superstición», respectivamente, (Jubelás, J ubeiós y 
Jubelum) y se plantea simbólicamente la lucha contra ellos. 
Ya en 1860 el español Vicente de la Fuente había escrito en 
«Historia de las Sociedades Secretas»: 

«Esa sociedad proscrita en todas partes, y que en todas 
partes se halla sin patria, que en tal concepto desprecia las 
ideas de nacionalidad y patria, sustituyéndolas con un frío y 
escéptico cosmopolitismo, ésa tiene la clave de la 


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francmasonería. El calendario, los ritos, los mitos, las 
denominaciones de varios objetos suyos, todos son tomados 
precisamente de esa sociedad proscrita: el judaismo. 
»La francmasonería en su principio es una institución peculiar 
de los judíos, hija del estado en que vivían, creada por ellos 
para reconocerse, apoyarse y entenderse sin ser sorprendidos 
en sus secretos, buscarse auxiliares poderosos en todos los 
países, atraer a sí a todos los descontentos políticos, proteger 
a todos los enemigos del cristianismo. 

»Es público que todos los periódicos más revolucionarios e 
impíos de Europa están comprados por los judíos, o reciben 
subvenciones de ellos y de sus poderosos banqueros, los 
cuales a la vez son francmasones». 

Este paralelismo del judaismo político y de la masonería lo 
confiesa el propio israelita Trotsky en su biografía, al referirse 
a su encarcelamiento de 1898: 

«Hasta entonces —dice— no había tenido ocasión de 
consultar las obras fundamentales del marxismo. Los estudios 
sobre la masonería me dieron ocasión para contrastar y 
revisar mis ideas. No había descubierto nada nuevo». («Mi 
Vida». —León Trotsky). 

Todo lo anterior explica el carácter furiosamente antirreligioso 
de la época actual de la historia rusa. Una época 
categóricamente materialista y antirreligiosa, tal como la 
delineó Marx en su «Introducción a la Filosofía del Derecho, 
de Hegel», al afirmar que sólo existe la materia. Una época 
tal como la planeó Lenin al afirmar que «el socialismo, por 
medio de la ciencia, combate el humo de la religión». 

En 37 diversas dependencias de las primeras fases del Estado 
Soviético figuraron 459 dirigentes de origen judío y 43 rusos, 
cuyos nombres y cargos aparecen especificados en el libro 
«La Gran Conspiración J udía», de Traían Romanesco. 

ALEMANIA, META INMEDIATA DEL MARXISMO 


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En la segunda mitad del siglo pasado, mientras que en Rusia 
se abrían paso las doctrinas revolucionarias marxistas, el 
Imperio Alemán resurgía en 1871 forjado en la victoria de 
Sedán, bajo Guillermo I. Este segundo Reich era la cúspide de 
fuerzas cuya inquietud brillaba precisamente entonces en 
diversas ramas del saber: Goethe en la literatura; Beethoven, 
Mozart y Wagner en la música; Kant y Schopenhauer en la 
filosofía; Von Moltke en la milicia; Kirchhoff y Bunsen en la 
física y la química, y Nipkow en la mecánica. Sin embargo, en 
el campo de la política el alemán no tenía nada nuevo bajo la 
férrea forma de su imperio, y esto hizo creer a los 
propulsores israelitas del marxismo que sería fácil asentar en 
Alemania la primera base de la «revolución mundial». 

En efecto, KarI Marx (judío originalmente llamado Kissel 
Mordekay) y su compatriota Frederik Engeis, quisieron que el 
marxismo se materializara en régimen político primero en 
Alemania y después en Rusia. En su «Manifiesto Comunista» 
de 1848, ambos israelitas especificaron: 

«A Alemania sobre todo es hacia donde se concentra la 
atención de los comunistas, porque Alemania se encuentra en 
vísperas de una revolución burguesa y porque realizará esta 
revolución en condiciones más avanzadas de la civilización 
europea y con un proletariado infinitamente más 
desarrollado». 

Pero un año después de publicado el Manifiesto Comunista, el 
marxismo sufrió un golpe inesperado en Alemania. Su primer 
intento para apoderarse de las masas proletarias fracasó en 
junio de 1849. La disciplina y el nacionalismo inculcados por 
la milicia eran una barrera ante la revolución interna¬ 
cionalizada del marxismo. El general Helmuth von Moltke 
señalaba que esa «cólera moral» fascinaba a los demócratas 
y se extendía por toda Europa reclutando en sus filas 
«abogados, literatos y tenientes echados del servicio». En 
1864 Marx fundó la Primera Internacional para impulsar la 
agitación internacional, particularmente en Alemania y Rusia. 


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El comunismo anhelaba el control de Alemania por sus 
capacidades industriales y guerreras y el de Rusia por sus 
vastos recursos naturales y humanos. Ya en 1,776 el judío 
alemán Adán Weishaupt había creado la secta masónica de 
los Iluminados de Baviera, que con el señuelo de dar el 
dominio político mundial a los germanos pretendió utilizarlos 
para extender todos los principios que más tarde aprovechó 
Marx en sus teorías. Pero esta secta fue prohibida y no 
alcanzó sus metas en Alemania, aunque sí fue uno de los 
movimientos precursores de la Revolución Francesa[8]. 
Más tarde, Lenin insistía en el sueño de Weishaupt y de Marx 
y les decía a sus legionarios que la tarea inmediata era 
«unir el proletariado industrial de Alemania, Austria y 
Checoslo-vaquia con el proletariado de Rusia creando así una 
poderosa combinación industrial y agraria desde Vladibostock 
hasta el Rhin». 

Y varios intentos se realizaron con este objeto. «Lenin dijo un 
día[9] que si era preciso sacrificar la revolución rusa a la 
revolución alemana, que representaba muchas más 
probabilidades de buen éxito, no dudaría en hacerlo. Las 
riquezas agrícolas de Rusia y las riquezas industriales de 
Alemania formarían una potencia gigantesca». 

El propio Lenin dijo también al general Alí Fuad Bajá, primer 
embajador turco en la URSS: 

«Si Alemania acepta la doctrina bolchevique me trasladaré 
inmediatamente de Moscú a Berlín. Los alemanes son gente 
de principios y permanecen fieles a las ideas una vez que han 
aceptado su verdad. Proporcionarán un medio mucho más 
favorable para la propagación de la revolución mundial que 
los rusos, cuya conversión exigirá mucho tiempo»[10]. 
Pero el arraigado patriotismo del alemán era un obstáculo 
para eso. Aun abrazando el marxismo, lo privaba de su sello 
intemacionalista. John Plamenats refiere que Lasalle, judío 


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fundador del Partido Socialista Alemán, no pudo llegar a 
proclamar abiertamente el comunismo. Sin embargo, la 
doctrina hacía progresos y Plamenats afirma que el «Partido 
Democrático Socialista Alemán adoptó un programa 
completamente marxiste en espíritu. Entre tanto, la industria 
alemana se desarrollaba rápidamente, y en poco tiempo este 
partido se convirtió en el más grande del Estado. Lenin creía 
que con ayuda de los trabajadores alemanes, los rusos 
podrían evitar los peligros que de otro modo se derivarían de 
una Revolución prematura»[ll]. 

En vísperas de la primera guerra mundial el marxismo 
luchaba con igual denuedo en Rusia y en Alemania, si bien 
con distinta táctica. El más alto nivel cultural y económico del 
pueblo alemán impedía progresos tan rápidos como los 
logrados entre las masas analfabetas y paupérrimas de Rusia. 
En Alemania había mejor información sobre los orígenes de 
las diversas tendencias políticas y esto impedía que muchos 
cayeran en redes hábilmente tendidas. El periodista Marr, el 
historiador Treitschke, el pastor Stoecker, el filósofo Duehring 
y el profesor Rohiing llamaron frecuentemente la atención 
sobre la secreta influencia del judaismo y habían gestionado 
con Bismarck que se le refrenara. Pero de todas maneras el 
Partido Democrático Socialista Alemán, con inspiración 
marxista, iba ganando terreno en los sindicatos. 

Años más tarde —a principios de 1913—, un joven 
descendiente de aldeanos, de 20 años de edad, que de peón 
había ascendido a acuarelista, reflexionaba en Munich que: 
«...la nación no era —según los marxistes— otra cosa que 
una invención de los capitalistas; la patria, un instrumento de 
la burguesía, destinado a explotar a la clase obrera; la 
autoridad de la ley, un medio de subyugar al proletariado; la 
escuela, una institución para educar esclavos y también 
amos; la religión, un recurso para idiotizar a la masa 
predestinada a la explotación; la moral, signo de estúpida 


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resignación, etc. Nada había, pues, que no fuese arrojado en 
el lodo más inmundo». 

Ese joven artesano, llamado Adolfo Hitler, era partidario del 
sindicalismo, pero no bajo la inspiración intemacionalista de 
Marx, sino bajo el ideal nacionalista de Patria y de Raza: 
«Esta necesidad —la de los sindicatos y su lucha— tendrá que 
considerarse como justificada mientras entre los patrones 
existan hombres no sólo faltos de todo sentimiento para con 
los deberes, sino carentes de comprensión hasta para los más 
elementales derechos humanos... El sindicalismo, en sí, no es 
sinónimo de 'antagonismo social'; es el marxismo quien ha 
hecho de él un instrumento para la lucha de clases... La 
huelga es un recurso que puede o que ha de emplearse 
mientras no exista un Estado racial, encargado de velar por la 
protección y el bienestar de todos, en lugar de fomentar la 
lucha entre los dos grandes grupos —patrones y obreros— y 
cuya consecuencia, en forma de la disminución de la 
producción, perjudica siempre los intereses de la comunidad». 
Concebía entonces que en el futuro: 

«...dejarán de estrellarse los unos contra los otros —obreros 
y patrones— en la lucha de salarios y tarifas, que daña a 
ambos, y de común acuerdo arreglarán sus divergencias ante 
una instancia superior imbuida en la luminosa divisa del bien 
de la colectividad y del Estado... Es absurdo y falso afirmar — 
decía— que el movimiento sindicalista sea en sí contrario al 
interés patrio. Si la acción sindicalista tiende y logra el 
mejoramiento de las condiciones de vida de aquella clase y 
constituye una de las columnas fundamentales de la nación, 
obra no sólo como no enemiga de la patria o del Estado, sino 
nacionalmente en el más puro sentido de la palabra. Su razón 
de ser está, por tanto, totalmente fuera de duda». 
Con la impetuosidad propia de su edad, y además de su 
carácter, Hitler trataba de persuadir a sus compañeros de que 
la defensa del proletariado no era la meta del marxismo, ya 
que si el proletariado llegaba a satisfacer sus propias 
necesidades, desaparecería como instrumento de lucha de 
quienes acaudillaban el marxismo. Ahondando en esta 


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hipótesis, iiegó a un punto que habría de ser eiemento básico 
en ia génesis dei nacionaisociaiismo, sistema poiítico que 
iuego se divuigó con ei apócope de «nazi». Por ese entonces 
—según posteriormente refirió— creía que ios judíos nacidos 
en Aiemania sóio se diferenciaban en ia reiigión. 

«Ei que por eso se persiguiese a ios judíos como creía yo, 
hacía que muchas veces mi desagrado frente a exciamaciones 
deprimentes para eiios subiese de punto... Tuve una iucha 
para rectificar mi criterio... Esta fue sin duda ia más 
trascendentai de ias transformaciones que experimenté 
entonces; eiia me costó una intensa iucha interior entre ia 
razón y ei sentimiento. Se trataba de un gran movimiento que 
tendía a estabiecer ciaramente ei carácter raciai dei judaismo: 
ei sionismo... Tropecé con éi inesperadamente donde menos 
io hubiera podido suponer; judíos eran ios dirigentes dei 
Partido Sociai Demócrata. Con esta reveiación debió terminar 
en mí un proceso de iarga iucha interior. Examiné casi todos 
ios nombres de ios dirigentes dei Partido Sociai Demócrata; 
en su gran mayoría pertenecían ai puebio eiegido; io mismo si 
se trataba de representantes en ei Reichstag que de ios 
secretarios de ias asociaciones sindicaiistas, que de ios 
presidentes de ias organizaciones dei Partido, que de ios 
agitadores popuiares... Austeriitz, David, Adier, Aiienbogen, 
etc. 

»Un grave cargo más pesó sobre ei judaismo ante mis ojos 
cuando me di cuenta de sus manejos en ia prensa, en ei arte, 
en ia iiteratura y ei teatro. Comencé por estudiar 
detenidamente ios nombres de todos ios autores de inmundas 
producciones en ei campo de ia actividad artística en generai. 
Ei resuitado de eiio fue una creciente animadversión de mi 
parte hacia ios judíos. Era innegabie ei hecho de que ias 
nueve décimas partes de ia iiteratura sórdida, de ia triviaiidad 
en ei arte y ei disparate en ei teatro, gravitaban en ei debe de 
una raza que apenas si constituía una centésima parte de ia 
pobiación totai dei país. 


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»Ahora veía bajo otro aspecto la tendencia liberal de esa 
prensa. El tono moderado de sus réplicas o su silencio de 
tumba ante los ataques que se le dirigían debieron 
reflejárseme como un juego a la par hábil y villano. Sus 
críticas glorificantes de teatro estaban siempre destinadas al 
autor judío y jamás una apreciación negativa recaía sobre 
otro que no fuese un alemán. El sentido de todo era tan 
visiblemente lesivo al germanismo, que su propósito no podía 
ser sino deliberado». 

PARÉNTESIS DE GUERRA 

Tal fue, en síntesis, el proceso del nacimiento del 
nacionalsocialismo: frente al carácter intemacionalista del 
marxismo, un categórico nacionalismo apoyado en las ideas 
de patria y de raza; frente al exclusivismo autoritario de la 
doctrina de Marx, un exclusivismo nacional —igual o mayor 
que aquél—; frente al origen político-israelita de la doctrina, 
un antisemitismo político[12]. 

Los gérmenes del nuevo movimiento se habían perfilado ya, 
pero tan sólo en la mente del oscuro acuarelista. El estallido 
de la guerra de 1914 lo sacó de sus disquisiciones. La víspera 
que el conflicto armado se generalizara con la declaración 
inglesa de guerra contra Alemania, Adolfo Hitler se enroló 
como voluntario en el 16o. regimiento bávaro de infantería, el 
3 de agosto de 1914. 

Luego combatió en el frente de Flandes y después en el 
Somme, donde fue ascendido a cabo y ganó la «Cruz de 
Hierro», que es el máximo orgullo del soldado alemán. El 7 de 
octubre de 1916 cayó herido y se le trasladó a un hospital 
cercano a Berlín. Según sus propias palabras, desde allí pudo 
darse cuenta de que el «frente férreo de los grises cascos de 
acero; frente inquebrantable, firme monumento de 
inmortalidad», no tenía igual solidez en la retaguardia, donde 
el creciente marxismo socavaba el espíritu de resistencia. 
Esa situación empezó a hacer crisis a principios de 1918 al 


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estallar una huelga de municiones, que aunque prematura y 
fallida, causó un efecto desastroso en la moral. 

«¿Por qué el ejército seguía luchando si es que el pueblo 
mismo no quería la victoria? ¿A qué conducían entonces los 
enormes sacrificios y las privaciones? El soldado peleaba por 
la victoria y el país le oponía la huelga[13]. 

»Las nuevas reservas arrojadas al frente —añade— 
fracasaron completamente. ¡Venían de la retaguardia!... El 
judío internacional Kurt Eisner comenzó a intrigar en Baviera 
contra Prusia. No obraba ni en lo más mínimo animado del 
propósito de servir intereses de Baviera, sino llanamente, 
como un ejecutor del judaismo. Explotó los instintos y 
antipatías del pueblo bávaro para poder, por ese medio, 
desmoronar más fácilmente a Alemania». 

Y así comenzó a repetirse en Alemania aquella agitación 
marxista que un año antes minó a Rusia y la hizo capitular en 
la guerra internacional para sumirla en la revolución 
bolchevique. La base naval alemana de Kiel fue el escenario 
del primer levantamiento, tal o la base naval de Kronstadt 
había sido el del primer levantamiento formal de los 
soviéticos. 

«Así —dice la Enciclopedia Espasa— toda resistencia resultaba 
imposible, aunque de haberla podido prolongar unos días 
hubiera dado a Alemania la posibilidad de una paz mejor... En 
Baviera proclaman la república... Fórmanse consejos de 
obreros y soldados. Los soldados desarman a los oficiales y, si 
resisten, los matan... La bandera roja ondea en todos los 
arsenales alemanes... Alemania toma un aspecto bolchevique. 

El emperador abdica (día 9 de noviembre de 1918) quedando 
proclamada la república con un carácter francamente radical y 
pareciendo un remedo de la república rusa». Entre tanto, el 
cabo Hitler había vuelto al frente, había sido alcanzado por el 
gas británico «cruz amarilla» y casi ciego fue internado en el 


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hospital Pasewaik, de Pomerania. «El 10 de noviembre — 
refiere en «Mi Lucha»— vino el pastor del hospital para 
dirigirnos algunas palabras... parecía temblar intensamente al 
comunicarnos que la Casa de los Hohenzollern había dejado 
de llevar la corona imperial... Pero cuando él siguió 
informándonos que nos habíamos visto obligados a dar 
término a la larga contienda, que nuestra patria, por haber 
perdido la guerra y estar ahora a la merced del vencedor, 
quedaba expuesta en el futuro a graves humillaciones, 
entonces no pude más. Mis ojos se nublaron y a tientas 
regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi 
lecho, ocultando mi confundida cabeza entre las almohadas. 
»Desde el día en que me vi ante la tumba de mi madre, no 
había llorado jamás. Cuando en mi juventud el destino me 
golpeaba despiadadamente, mi espíritu se reconfortaba; 
cuando en los largos años de la guerra, la muerte arrebataba 
de mi lado a compañeros y camaradas queridos, habría 
parecido casi un pecado el sollozar. ¡Morían por Alemania! Y 
cuando finalmente, en los últimos días de la terrible 
contienda, el gas deslizándose imperceptiblemente, 
comenzara a corroer mis ojos, y yo, ante la horrible idea de 
perder para siempre la vista, estuviera a punto de 
desesperar, la voz de la conciencia clamó en mí: jlnfeliz! 
¿Llorar mientras miles de camaradas sufren cien veces más 
que tú? Y mudó soporté el destino. 

»Pero ahora era diferente porque ¡todo sufrimiento material 
desaparecía ante la desgracia de la patria! Todo había sido, 
pues, inútil; en vano todos los sacrificios y todas las 
privaciones, inútiles los tormentos del hambre y de la sed, 
durante meses interminables; inútiles también todas aquellas 
horas en que entre las garras de la muerte, cumplíamos, a 
pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el sacrificio 
de dos millones de vidas. ¿Acaso habían muerto para eso los 
soldados de agosto y septiembre de 1914 y luego seguido su 
ejemplo en aquel otoño, los bravos regimientos de jóvenes 
voluntarios? ¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes 
aquellos muchachos de 17 años?... »Guillermo II había sido el 
primero que, como emperador alemán, tendiera la mano 


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conciliadora a los dirigentes del marxismo, sin darse cuenta 
de que los villanos no saben del honor; mientras en su diestra 
tenían la mano del Emperador, con la izquierda buscaban el 
puñal... 

»¡Había decidido dedicarme a la política!» Como consecuencia 
del tratado de paz, se privó a Alemania de 70,580 kilómetros 
cuadrados de territorio metropolitano, con 6.475,000 
habitantes; además de 2.952,600 kilómetros cuadrados de 
colonias, y se le fijaron reparaciones por valor de 90,000 
millones de marcos oro. Lo que había sido el II Reich quedó 
reducido a 472,000 kilómetros cuadrados (poco menos que la 
cuarta parte de México), con 68 millones de habitantes. 
Aprovechando el malestar de la guerra perdida —tal como 
ocurrió en Rusia— el marxismo hizo un supremo esfuerzo en 
Alemania por restablecer el Estado soviético. Los motines y 
los paros se utilizaron pródigamente para atemorizar y 
dominar, pero los revolucionarios tropezaron con una 
oposición nacionalista más poderosa y consciente que la 
habida en Rusia. 

Los agitadores israelitas KarI Liebknecht y Rosa Luxemburgo 
lucharon frenéticamente estableciendo soviets en diversas 
poblaciones hasta que fueron muertos por un soldado. En 
Munich, el israelita Eisner proclamó en 1919 un régimen 
francamente soviético, pero después de cuatro semanas fue 
derrocado en sangrientas luchas callejeras. El ejército 
repudiaba al bolchevismo y como la gran masa del pueblo 
seguía queriendo y respetando al ejército, los marxistes 
tuvieron que limitar sus ambiciones. En Berlín fueron 
dominados después de que hubo más de mil muertos. 
Friedrich Ebert, que en plena guerra había votado por la 
continuación de la huelga en las fábricas de municiones, logró 
escalar la Presidencia de la Nueva República y establecer un 
régimen que aunque todavía muy distante del radicalismo 
soviético, le seguía los pasos a prudente distancia. Toda la 
maquinaria oficial adquirió cierto matiz anticristiano y 
benevolente tolerancia hacia el marxismo, actitudes que 
hasta entonces no había adoptado ningún gobierno alemán. 


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En 1918 la nueva Constitución alemana fue «delineada por un 
jurisconsulto judío, Hugo Preuss», según dice el israelita 
Salomón Resnick, en «Cinco Ensayos Sobre Temas J udíos». 


FACTOR SECRETO EN LA DERROTA ALEMANA 

La revolución marxiste soviética de 1917 y la revolución 
marxiste alemana de 1918 tuvieron un mismo origen. Desde 
1848 era público que Marx y Engeis buscaban la conquista del 
proletariado germano; luego Lenin, Trotsky y otros israelitas 
proclamaron como meta la unificación e internacionalización 
de las masas rusa y alemana. Al caer el Emperador Guillermo 
II, como cuando en Rusia cayó el zar, los israelitas 
aumentaron su influencia en Alemania: 

«Al terminar la guerra —dice Henry Ford— los gananciosos 
fueron los judíos... En Alemania (1918) controlaron: 
Rosenfeid el Ministerio de Gracia y Justicia; Hirsch, 
Gobernación; Simón, Hacienda; Futran, Dirección de 
Enseñanza; Kastenberg, Dirección del Negociado de Letras y 
Artes; Wurm, Secretario de Alimentación; Dr. Hirsch y Dr. 
Stadhagen, Ministerio de Fomento; Cohén, Presidente del 
Consejo de Obreros y Soldados, cuyos colaboradores judíos 
eran Stern, Herz, Loswemberg, Frankel, Israelowitz, 
Laubeheim, Seligschen, Katzenstein, Lauffenberg, Heimann, 
Schiesinger, Merz y WeyI. Nunca la influencia judía había sido 
mayor en Alemania, y se erigió mediante la ayuda del 
bolchevismo disfrazado de socialismo, del control de la 
prensa, de la industria y de la alimentación. »Los judíos- 
alemanes Félix y Paul Warburg cooperaban en Estados 
Unidos, en el esfuerzo bélico contra Alemania. Su hermano 
Máximo Warburg alternaba, entre tanto, con el gobierno 
alemán. Los hermanos se encontraron en París, en 1919, 
como representantes de «sus» respectivos gobiernos y como 
delegados de la paz... —Mediante empréstitos, los judíos se 
infiltraron en las cortes, lo mismo en Rusia que en Alemania o 


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Inglaterra. Su táctica recomienda ir derecho al cuartel 
general. 

»Más coincidencias: Walter Rathenau, judío, era el único que 
poseía la comunicación telefónica directa con el Kaiser. En la 
Casa Blanca de Washington influían también varios judíos... 
»AI Estado Judío Internacional que vive secretamente entre 
los demás Estados, le llaman en Alemania 'Pan-Judea'. Sus 
principales medios de dominación son capitalismo y prensa. 
La primera sede de 'Pan-Judea' fue París; luego pasó a 
Londres, antes de la Guerra, y ahora parece que se trasladará 
a Nueva York (1920). Como Pan-Judea dispone de las fuentes 
de información del mundo entero, puede ir preparando la 
opinión pública mundial para sus fines más inmediatos... 
»EI Berliner Tageblatt y la Munchener Neuste Nachrichten 
fueron durante la guerra órganos oficiosos del gobierno 
alemán, y sin embargo, defendían decididamente los 
intereses judíos. La 'Frankfurter Zeitung', de la que dependen 
muchos otros diarios, es genuinamente judía». Muy distante 
del fabricante norteamericano de automóviles que hacía estas 
observaciones, el general Ludendorff, estratega alemán, «no 
se explicaba la derrota de 1918 y presintió que allí actuaban 
fuerzas ocultas que no encajaban en los cálculos del Estado 
Mayor». Después de hacer estudios e investigaciones en este 
sentido, afirmó que las fuerzas responsables de la derrota de 
Alemania constituían el poderío secreto del mundo, formado 
por judíos y masones. Con base en diversos documentos 
aseguró que éstos habían estorbado la producción de guerra y 
fomentado la desmoralización en la retaguardia. En su 
testamento recomendaba a los alemanes un esfuerzo 
supremo, económico, militar y psicológico, a fin de sacudir la 
influencia del poderío secreto del mundo. («La Guerra 
Total»). 

Entre tanto, con el uniforme de cabo, Adolfo Hitler ya no 
pensaba en la arquitectura —que fue su ambición anterior a la 
guerra—, sino en la política. Le había impresionado 
sobremanera el triunfo total del marxismo en Rusia y los 
progresos arrolladores que hacía en Alemania. Lenin 


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anunciaba que las dos primeras etapas del movimiento se 
habían cumplido ya, dentro de Rusia, y las siguientes se 
desarrollarían hacia el exterior mediante el apoyo de la 
dictadura erigida en la URSS. Polonia, inmediatamente, y 
Alemania después, eran los objetivos más cercanos. Hitler 
argumentaba que las derrotas militares no habían sido la 
causa de la capitulación, porque eran mucho menores a los 
triunfos alcanzados. Tampoco creía que la economía fuera la 
culpable de la rendición, pues el esfuerzo bélico de cuatro 
años se apoyó más en factores espirituales de heroísmo y 
organización que en bases económicas. Y concluía que todo 
se había comenzado a minar ya desde años atrás y que la 
capitulación de 1918 era sólo el primer efecto visible de esa 
lenta corrosión interior. 

Sin duda algo flotaba en el ambiente y era percibido por 
todos. Lo que Henry Ford denunciaba desde Norteamérica 
como hegemonía israelita, el general Ludendorff lo 
identificaba entre sus documentos de Estado Mayor como 
«poderío secreto del mundo», y un cabo desconocido lo 
refería así desde su punto de vista de hombre de la masa del 
pueblo: 

«¿No fue la prensa —decía— la que en constantes agresiones 
minaba los fundamentos de la autoridad estatal hasta el 
punto de que bastó un simple golpe para derrumbarlo todo? 
Finalmente, ¿no fue esa misma prensa la que desacreditó al 
ejército mediante una crítica sistemática, saboteando el 
servicio militar obligatorio e instigando a negar créditos para 
el ramo de guerra?... 

»Karl Marx fue, entre millones, realmente el único que con su 
visión de profeta descubriera en el fango de una humanidad 
paulatinamente envilecida, los elementos esenciales del 
veneno social, y supo reunirlos cual un genio de la magia 
negra, en una solución concentrada para poder destruir así 
con mayor celeridad, la vida independiente de las naciones 
soberanas del orbe. Y todo esto, al servicio de su propia 
raza... 


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»Adquiriendo acciones entra el judío en la industria; gracias a 
la Bolsa crece su poder en el terreno económico... Tiene en la 
francmasonería, que cayó completamente en sus manos, un 
magnífico instrumento para cohonestar y lograr la realización 
de sus fines. Los círculos oficiales, del mismo modo que las 
esferas superiores de la burguesía política y económica, se 
dejan coger insensiblemente en el garlito judío por medio de 
los lazos masónicos... Junto a la francmasonería está la 
prensa como una segunda arma al servicio del judaismo. Con 
rara perseverancia y suma habilidad sabe el judío apoderarse 
de la prensa, mediante cuya ayuda comienza paulatinamente 
a cercenar y a sofisticar, a manejar y a mover el conjunto de 
la vida pública... »Políticamente —añadía Hitler— el judío 
acaba por substituir la idea de la democracia por la de la 
dictadura del proletariado. El ejemplo más terrible en ese 
orden lo ofrece Rusia, donde el judío, con un salvajismo 
realmente fanático, hizo perecer de hambre o bajo torturas 
feroces a treinta millones de personas, con el solo fin de 
asegurar de este modo a una caterva de judíos, literatos y 
bandidos de Bolsa, la hegemonía sobre todo un pueblo». 
Y el hecho de que el triunfo marxiste no fuera tan definitivo 
en Alemania, se lo explicaba así en 1920: 

«El pueblo alemán no estaba todavía maduro para ser 
arrastrado al sangriento fango bolchevique, como ocurrió con 
el pueblo ruso. En buena parte se debía esto a la 
homogeneidad racial existente en Alemania entre la clase 
intelectual y la clase obrera; además, a la sistemática 
penetración de las vastas capas del pueblo con elementos de 
cultura, fenómeno que encuentra paralelo sólo en los otros 
Estados occidentales de Europa y que en Rusia es totalmente 
desconocido. Allí, la clase intelectual estaba constituida, en su 
mayoría, por elementos de nacionalidad extraña al pueblo 
ruso o por lo menos de raza no eslava. Tan pronto como en 
Rusia fue posible movilizar la masa ignara y analfabeta en 
contra de la escasa capa intelectual que no guardaba contacto 
alguno con aquélla, estuvo echada la suerte de este país y 
ganada la revolución. 


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»EI analfabeto ruso quedó con ello convertido en el esclavo 
indefenso de sus dictadores judíos, los cuales eran lo 
suficientemente perspicaces para hacer que su férula llevase 
el sello de la dictadura del pueblo... 

»La bolchevización de Alemania, esto es, el exterminio de la 
clase pensante nacionairacista, logrando con ello la 
posibilidad de someter al yugo internacional de la finanza 
judía las fuentes de producción alemana, no es más que el 
preludio de la propagación de la tendencia judía de conquista 
mundial. 

»Cómo tantas veces en la historia, Alemania constituye 
también en este caso el punto central de una lucha 
gigantesca. Si nuestro pueblo y nuestro Estado sucumben 
bajo la presión de esos tiranos, ávidos de sangre y de dinero, 
el orbe entero será presa de sus tentáculos de pulpo; mas si 
Alemania alcanza a librarse de ese atenazamiento, podrá 
decirse que para todo el mundo quedó anulado uno de los 
mayores peligros». 


[1] «Europa y el Alma del Oriente». —Por Walter Schubart — 
Profesor de Sociología y Filosofía de la Universidad de Riga, 
Letonia. 

[2] «Vida Intima». —Conde de Keyserling. 

[3] «El Soldado Ruso». —Otto Skorzeny. 

[4] «La Rusia de Stalin». —Por Max Eastman, Profesor de 
Filosofía de la Universidad de Colombia. 

[5] «Resumen Histórico de Rusia». —Tte. Coronel Ing. Carlos 
R. Berzunza, y Cap. 1° Bruno Galindo. Escuela Superior de 
Guerra. —México. 

[6] «El Problema J udío». —KarI Marx. — Por cierto que Marx 
dio forma a la teoría del comunismo, pero los principios 


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seudocientíficos de éste ya eran manejados por el judaismo 
desde muchos años antes. Marx recibió ayuda de los 
banqueros judíos Rothschild. 

[7] Diccionario Enciclopédico Abreviado de la Masonería. —Por 
Lorenzo Frau Abrines, Maestro Masón, Grado 33. 

[8] «Revolución Mundial». — Nesta H. Webster. 

[9] «Hitler Contra Stalin». — Víctor Serge, marxista. 

[10] «Memorias». — Franz Von Papen. 

[11] «El Marxismo y sus Apóstoles». — John Plamenats. 

[12] Debe discernirse claramente que una cosa es la lucha 
política contra el movimiento político judío y otra muy distinta 
es la hostilidad injusta contra el pueblo judío en masa, sólo 
por ser judío. 

[13] «Mi Lucha». — Adolfo Hitler. 


[1] «Más Allá del Bien y del Mal». — Federico Nietzsche. 


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[2] Contribución del Ghetto Europeo. — Por el Dr. James 
Parkes. Tribuna Israelita, marzo 1956. 

[3] «Manual de Historia J udía». — Simón Dubnow. — Editorial 
J udaica. 

[4] «Vida de Lenín». — Por Fierre Charles. 

[5] «Vida, Martirio y Sacrificio de los Zares». — PorTatiana 
Botkin, hija del médico de la familia imperial. 



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CAPITULO II 

Hitler Hacia el Oriente 

( 1919 - 1936 ) 

Cambio de Rumbo para Alemania. 

El Primer Partido Anticomunista. 

Bautizo de Fuego del Nacionalsocialismo. 

Djugashvili, el Hombre de Acero. 

Hitler y Stalin Cara a Cara. 

CAMBIO DE RUMBO PARA ALEMANIA 

Apoyándose en la miseria y en la predisposición mística de las 
masas rusas, en 1919 el marxismo ya había logrado derrocar 
el imperio de los zares y apoyándose en los obreros alemanes 
socialdemócratas y en el malestar provocado por la guerra 
,ya había conseguido abatir la Casa Imperial de los 
Hohenzollern. Su plan de conquista —llamada por los propios 
marxistas revolución mundial— se había anotado dos triunfos 
importantes. 

El cabo Hitler comenzó entonces a proclamar en improvisados 
mitines que Alemania debería zanjar definitivamente sus 
querellas con Inglaterra y Francia (es decir, con el Mundo 
Occidental), y encaminar todo su esfuerzo a aniquilar al 
comunismo. Veía en esta dictadura el peligro peor y más 
auténtico contra Alemania y Europa entera. 

Así nació el pensamiento básico que determinó la doctrina po¬ 
lítica de Hitler, primero, y luego de Alemania toda. Hitler 
consideró al pueblo ruso un conglomerado de razas ignaras 
dominadas por la fuerza de un núcleo marxista-judío y 
convertidas en un instrumento para el dominio de otros 
pueblos. Y consideró que Alemania debería luchar contra la 
URSS en defensa propia. El crecimiento del Reich a costa del 
suelo soviético sería la compensación material de esa lucha. 
El mismo año de 1919 llegó a creer que tal política contaría 
con el apoyo de las naciones occidentales, también 
amenazadas por la «revolución mundial» que anunciaban 


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Lenin y los demás exegetas del marxismo. Desde entonces 
comenzaron, pues, a delimitarse los campos de la nueva 
contienda. Hitler y sus partidarios se declaraban categó¬ 
ricamente enemigos del movimiento político judío repre¬ 
sentado en el Oriente por el marxismo, y a la vez se 
declaraban enemigos de las masas soviéticas, a las que 
consideraban ya como instrumento de aquel movimiento, 
carentes de voluntad y destino propio. Es curioso observar 
que en 1886 Nietzsche había previsto en «Más Allá del Bien y 
del Mal»: 

«Alemania está indigesta de hebreos... Los hebreos son sin 
disputa la raza más tenaz y genuina que vive en Europa. 
Saben abrirse paso en las peores condiciones, quizá mejor 
que en las condiciones favorables... Un pensador que medite 
sobre el porvenir de Europa deberá contar con los hebreos y 
con los rusos como los factores más probables y seguros en la 
gran lucha» 

Y ambos factores, que iban a probar su eficacia en «la gran 
lucha», fueron precisamente los dos enemigos que desde 
1919 escogió Adolfo Hitler. Ya en 1912, siendo entonces 
acuarelista, consideraba que el problema del crecimiento de 
Alemania no debía resolverse restringiendo la natalidad, como 
lo proclamaba el médico israelita Magnus Hirschfeid; la 
colonización interior era sólo un calmante; y en cuanto a la 
colonización ultramarina, la juzgaba inconveniente porque 
daría lugar a choques con el Imperio Británico. Esto se 
hallaba en pugna con su idea básica de marchar contra la 
URSS y no contra Occidente. 

«En consecuencia —decía—, la única posibilidad hacia la 
realización de una sana política territorial reside para 
Alemania en la adquisición de nuevas tierras en el Continente 
mismo... Y si esa adquisición quería hacerse en Europa, no 
podía ser en resumen sino a costa de Rusia. Por cierto que 


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para una política de esa tendencia, había en Europa un solo 
aliado posible: Inglaterra»[l]. 


Posteriormente, al escribir la segunda parte de «Mi Lucha», 
Hitler entró en más pormenores respecto a su idea de frustrar 
la absorción marxista de Rusia y de que el crecimiento de 
Alemania se hiciera a costa de las vastas extensiones 
territoriales soviéticas. 

«La pretensión —añadía— de restablecer las fronteras de 
1914 constituye una insensatez política de proporciones y 
consecuencias tales, que la revelan como un crimen. 
»No debe olvidarse jamás que el judío internacional, soberano 
absoluto de la Rusia de hoy, no ve en Alemania una aliado 
posible, sino un Estado predestinado a la misma suerte 
política. Alemania constituye para el bolchevismo el gran 
objetivo de su lucha. Se requiere todo el valor de una idea 
nueva, encarnando una misión, para arrancar una vez más a 
nuestro pueblo de la estrangulación de esta serpiente 
internacional... 

»Confieso francamente que ya en la época de la anteguerra, 
me habría parecido más conveniente que Alemania, 
renunciando a su insensata política colonial y, consi¬ 
guientemente, al incremento de su flota mercante y de 
guerra, hubiese pactado con Inglaterra en contra de Rusia y 
pasado así de su trivial política cosmopolita, a una política 
europea resuelta, de tendencia territorial en el continente». 


EL PRIMER PARTIDO ANTICOMUNI STA 

El ejército alemán —reducido a cien mil hombres por el 
Tratado de Versalles—, veía con creciente inquietud cómo 
proliferaba el marxismo. Aunque los militares no podían 
actuar en política, algunos jefes se esforzaban cuando menos 
por mantenerse al tanto de los planes de las organizaciones 


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izquierdistas. Era natural que para ellos, que como soldados 
se habían formado en el culto de la Patria, de la bandera y de 
la propia nacionalidad, resultaran particularmente repug¬ 
nantes las doctrinas izquierdistas que consideraban la Patria 
como un mito y la internacionalización del proletariado como 
la muerte del ideal nacionalista. Tanto era así que muchos 
militares fueron como voluntarios en 1919 a combatir a los 
bolcheviques en Letonia y Lituania, hasta que las potencias 
aliadas hicieron presión sobre Alemania para que prohibiera 
esas actividades. Nadie se explicó entonces esa medida que 
favorecía al comunismo soviético. 

El cabo Adolfo Hitler fue comisionado en enero de 1919 para 
observar las actividades de algunos nacientes «consejos de 
soldados», similares a los soviets de Rusia. Con el mismo fin 
visitó la asamblea del naciente Partido Obrero Alemán. Fue 
ése un instante pleno de futuro. 

Propiamente el partido no existía más que en la mente de sus 
proyectistas Harrer y Antonio Drexier. Una escasa y 
heterogénea concurrencia escuchaba planes. Entre los 
oradores figuraban un profesor que abogaba por la 
desmembración de Alemania, de acuerdo con las ideas que 
había propalado el israelita Kurt Eisner, consistente en que 
Baviera debería desligarse de Prusia. 

Olvidando su papel de neutro observador, Hitler pidió la 
palabra. Fue tan violento su discurso que el profesor 
abandonó la sala. Terminada la sesión, Hitler averiguó más 
detalles acerca del naciente partido. No había nada: 
«Ni un volante de propaganda; se carecía de tarjetas de 
identificación para los miembros del partido; por último, hasta 
de un pobre sello. En realidad, sólo se contaba con fe y buena 
voluntad. Desde aquel momento —escribió Hitler— 
desapareció para mí todo motivo de hilaridad y tomé las 
cosas en serio». 

Aunque desde el 10 de noviembre de 1918, cuando decidió 
dedicarse a la política, Hitler alentaba la idea de formar un 


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partido y decía que era más fácil forjar algo nuevo que 
rectificar lo existente, accedió a ingresar al Partido Obrero 
Alemán como miembro número siete. De acuerdo con sus seis 
compañeros procedió luego a redactar invitaciones en 
máquina, para buscar nuevos adeptos. 

«Recuerdo todavía cómo yo mismo en aquel primer tiempo, 
distribuí un día personalmente, en las respectivas casas, 
ochenta de esas invitaciones, y recuerdo también cómo 
esperamos aquella noche la presencia de las masas populares 
que debían venir. Pero las masas no llegaron y la sesión se 
efectuó con los siete miembros de costumbre». 
Mediante un aviso en el «Munchener Beobachter», más tarde 
logramos reunir 111 personas en el «Hofvrauhaus Keller», de 
Munich. Los partidarios aumentaban con exasperante lentitud. 
Entretanto, los organizadores se reunían en una cervecería a 
cambiar impresiones. Harrer era partidario de proceder con 
suma cautela y de que ciertos principios no fueran 
proclamados públicamente, sino difundidos en secreto, a fin 
de evitar inminentes represalias. Hitler se opuso rotunda¬ 
mente a esta política. 

«Todo hombre que está enterado de una cosa —decía—, que 
se da cuenta de un peligro latente, y que ve la posibilidad de 
remediarlo, tiene necesariamente la obligación de asumir en 
público una actitud franca en contra del mal, en lugar de 
concretarse a obrar silenciosamente». 

Su punto de vista se impuso al siguiente año, en 1920; 
Harrer renunció como presidente y lo substituyó Drexier, y 
Hitler asumió el cargo de secretario de propaganda. Organizó 
luego el primer mitin, si bien con grandes temores de que 
resultara un fracaso. Poco antes de la hora fijada «mi corazón 
saltaba de alegría, pues el enorme local se hallaba 
materialmente repleto de gente en un número mayor a 2,000 
personas». 

Entre los asistentes había numerosos comunistas que al 
principio siseaban a los oradores: 


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«Media hora después —dice Hitier refiriéndose a su .propio 
discurso—, ios apiausos comenzaron a imponerse a ios gritos 
y exciamaciones airadas y, finaimente, cuando exponía ios 22 
puntos de nuestro programa, me haiiaba frente a una saia 
atestada de individuos unidos por una nueva convicción, por 
una nueva fe y por una nueva voiuntad. Quedó encendido ei 
fuego cuyas iiamas forjarán un día ia espada que devueiva ia 
iibertad ai Sigfrido germánico y restaure ia vida de ia nación 
aiemana». 

Sin embargo, aqueiios pequeños éxitos no trascendían. Ni 
siquiera ia prensa de ia iocaiidad se ocupaba de eiios, o bien 
io hacía en forma desairada. «Daba mucho qué pensar — 
agregaba Hitier— ei hecho de que frente ai poderío de ia 
prensa judía, no existiese ningún periódico nacionaiista de 
importancia efectiva». En consecuencia, su siguiente meta fue 
hacerse de un periódico; en diciembre de ese año iogró que ei 
partido adquiriera ei «Voeikischer Beobachter», e introdujo ia 
reforma de que ei diario procurara su propio financiamiento, 
en vez de pretender sostenerse con cuotas de ios proséiitos. 
Hitier mismo creó ia bandera dei movimiento nazi. Ei rojo 
significaba ia idea sociai; ei bianco, ia idea nacionaiista; y ia 
swástica, «ia misión de iuchar por ia victoria dei hombre ario 
y por ei triunfo de ia idea dei trabajo productivo, idea que es 
y será siempre antisemita». 

Asimismo creó ias «tropas de orden» para repeier en ios 
mítines ias perturbaciones de ios izquierdistas y esas tropas 
se convirtieron más tarde en «sección de asaito». Mediante 
estos progresos fue posibie ceiebrar ei 3 de febrero de 1921, 
en ei Circo Krone, ei más grande de ios mítines nacionaiistas, 
con 6,500 asistentes. En ei verano de 1922 iogró reunir en 
Munich 60,000 personas, aunque muchas de eiias no 
pertenecían ai partido. 

Ese año organizó ei primer desfiie en Coburgo, donde ios 
jefes israeiitas, resentidos por ios ataques, hicieron un 
iiamado a ios «camaradas dei proietariado i nternacionai» 
para frustrar ia marcha. 


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Rápidamente Hitler iba erigiéndose en el principal inspirador y 
director del partido y logró que éste proclamara todos sus 
principios políticos, que en síntesis eran los siguientes: 

1. No existe más que una doctrina política: la de nacionalidad 
y patria. Tenemos que asegurar la existencia y el incremento 
de nuestra raza y de nuestro pueblo, para que nuestro pueblo 
cumpla la misión que el Supremo Creador le tiene reservada. 

2. El Estado es el recipiente; el pueblo es el contenido. El 
Estado tiene su razón de ser sólo cuando abarca y protege el 
contenido. El Estado no es un fin en sí mismo. 

3. El parlamentarismo democrático no tiende a constituir una 
asamblea de sabios, sino a reclutar más bien una multitud de 
nulidades intelectuales, tanto más fáciles de manejar cuanto 
mayor sea la limitación mental de cada uno de ellos. Sólo así 
puede hacerse política partidista en el sentido malo de la 
expresión. 

En oposición a este parlamentarismo democrático está la 
genuina democracia germánica de la libre elección del 
Fuehrer, que se obliga a asumir toda la responsabilidad de 
sus actos. La democracia del mundo occidental de hoy es la 
precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. 
Es la democracia la que en primer término proporciona a esta 
peste mundial el campo de nutrición de donde la epidemia se 
propaga después. 

En el parlamentarismo no hay ningún responsable. La idea de 
responsabilidad presupone la idea de la personalidad. 

4. El fuerte es más fuerte cuando está solo. Una ideología que 
irrumpe tiene que ser intolerante y no podrá reducirse a jugar 
el rol de un simple partido junto a otro. El Cristianismo no se 
redujo sólo a levantar su altar, sino que obligadamente tuvo 
que proceder a la destrucción de los altares paganos. El 
futuro de un movimiento depende del fanatismo, si se quiere 
de la intolerancia con que sus adeptos sostengan su causa y 
la impongan frente a otros movimientos de índole semejante. 


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5. Pueblos de la misma sangre corresponden a una patria 
común. El derecho humano priva sobre el derecho político. 
Quien no está dispuesto a luchar por su existencia o no se 
siente capaz de ello es que ya está predestinado a 
desaparecer, y esto por la justicia eterna de la Providencia. El 
mundo no se ha hecho para los pueblos cobardes. 

6. Pueden coartarse las libertades siempre que el ciudadano 
reconozca en estas medidas un medio hacia la grandeza 
nacional. 

7. El obrero de Alemania debe ser incorporado al seno del 
pueblo alemán. La misión de nuestro movimiento en este 
orden consiste en arrancar al obrero alemán de la utopía del 
internacionalismo, libertarle de su miseria social y redimirle 
del triste medio cultural en que vive. 

El sistema nacionalsocialista (nazi) practica el socialismo 
como un instrumento de justicia social, pero no como un 
instrumento de influencia judía. Al privarlo de esta venenosa 
característica, automáticamente se convierte en enemigo del 
falso socialismo internacional. 

8. La exaltación de un grupo social no se logra por el 
descenso del nivel de los superiores, sino por el ascenso de 
los inferiores. El obrero atenta contra la patria al hacer 
demandas exageradas; del mismo modo, no atenta menos 
contra la comunidad el patrón que por medios inhumanos y 
de explotación egoísta abusa de las fuerzas nacionales de 
trabajo, llenándose de millones a costa del sudor del obrero. 

9. Nuestro movimiento está obligado a defender por todos los 
medios el respeto a la personalidad. La personalidad es 
irreemplazable. Las minorías hacen la historia del mundo, 
toda vez que ellas encarnan, en su minoría numérica, una 
mayoría de voluntad y de entereza. 

No es la masa quien inventa, ni es la mayoría la que organiza 
y piensa; siempre es el individuo, es la personalidad, la que 
por doquier se revela. Deberán colocarse cabezas por encima 


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de las masas y hacer que éstas se subordinen a aquéllas. La 
ideología nacionalsocialista tiene que diferenciarse 
fundamentalmente de la del marxismo en el hecho de 
reconocer la significación de la personalidad. 

10. Establecer mejores condiciones para nuestro desarrollo. 
Anulación de los depravados incorregibles. En el teatro y en el 
film, mediante literatura obscena y prensa inmunda, se vacía 
en el pueblo día por día veneno a borbotones. Y sin embargo, 
se sorprenden los estratos burgueses de la «falta de moral» 
como si de esa prensa inmunda, de esos films disparatados y 
de otros factores semejantes, surgiese para el ciudadano el 
concepto de la grandeza patria. El problema de la 
nacionalización de un pueblo consiste, en primer término, en 
crear sanas condiciones sociales. 

11. Supresión de la influencia extranjera en la prensa. 
Aquello que denominamos «opinión pública» se basa sólo 
mínimamente en la experiencia personal del individuo y en 
sus conocimientos; y depende casi en su totalidad de la idea 
que el individuo se hace de las cosas a través de la llamada 
«información pública», persistente y tenaz. 

12. La misión educadora no consiste sólo en insuflar el 
conocimiento del saber humano. En primer término deben 
formarse hombres físicamente sanos. En segundo plano está 
el desarrollo de las facultades mentales, y en lugar 
preferente, la educación del carácter, y sobre todo, el 
fomento de la fuerza de voluntad y de decisión, habituando al 
alumno a asumir gustoso la responsabilidad de sus actos. 
Como corolario viene la instrucción científica. Las ciencias 
exactas están amenazadas de descender cada vez más a un 
plano de exclusivo materialismo; la orientación idealista 
deberá ser mantenida a manera de contrapeso. 

13. Así como la instrucción es obligatoria, la conservación del 
bienestar físico debe serlo también. El entrenamiento corporal 
tiene que inculcar en el individuo la convicción de su 
superioridad física. El ejercicio físico no es cuestión personal 


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de cada uno. No existe la libertad de pecar a costa de la 
prole. 

Basta analizar el contenido de los programas de nuestros 
cines, variedades y teatros para llegar a la irrefutable 
conclusión de que no son precisamente alimento espiritual 
que conviene a la juventud. Nuestra vida de relación tiene 
que ser liberada del perfume estupefaciente, así como del 
pudor fingido, indigno del hombre. 

14. El Estado debe cuidar que sólo los individuos sanos 
tengan descendencia. Debe inculcar que existe un oprobio 
único: engendrar estando enfermo. 

No debe darse a cualquier degenerado la posibilidad de 
multiplicarse, lo cual supone imponer a su descendencia y a 
los contemporáneos de éstos indecibles penalidades[2]. 

15. Los hombres no deberán preocuparse más de la selección 
de perros, caballos y gatos, que de levantar el nivel racial del 
hombre mismo. 

16. El matrimonio deberá hacerse posible a una más 
temprana edad y han de crearse los medios económicos 
necesarios para que una numerosa prole no se reciba como 
una desventura. 

17. El Partido permitirá al niño más pobre la pretensión de 
elevarse a las más altas funciones si tiene talento para ello. 
Nadie debe tener automáticamente derecho a un ascenso. 
Nadie debe poder decir: «ahora me toca a mí». Precedencia al 
talento. No hay otra regla. 

18. La mezcla de sangre extraña es nociva a la nacionalidad. 
Su primer resultado desfavorable se manifiesta en el 
superindividualismo de muchos[3]. 


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19. Los partidos políticos nada tienen que ver con las 
cuestiones religiosas mientras éstas no socaven la moral de la 
raza; del mismo modo, es impropio inmiscuir la religión en 
manejos de política partidista. 

Las doctrinas e instituciones religiosas de un pueblo debe 
respetarlas el Fuehrer político como inviolables: de lo 
contrario, debe renunciar a ser político y convertirse en 
reformador, si es que para ello tiene capacidad. 

20. Quien ama a su patria prueba ese amor sólo mediante el 
sacrificio que por ella está dispuesto a hacer. Un patriotismo 
que no aspira sino al beneficio personal, no es patriotismo. 
Los burras nada prueban. 

Solamente puede uno sentirse orgulloso de su pueblo cuando 
ya no tenga que avergonzarse de ninguna de las clases 
sociales que lo forman. Pero cuando una mitad de él vive 
en,condiciones miserables e incluso se ha depravado, el 
cuadro es tan triste que no hay razón para sentir orgullo. Las 
fuerzas que crean o que sostienen un Estado son el espíritu y 
la voluntad de sacrificio del individuo en pro de la 
colectividad. Que estas virtudes nada tienen de común con la 
economía, fluye de la sencilla consideración de que el hombre 
jamás va hasta el sacrificio por esta última, es decir, que no 
se muere por negocio, pero sí por ideales. 

21. Luchar contra la orientación perniciosa en el arte y en la 
literatura. 

22. Es cuestión de principio que el hombre no vive pendiente 
únicamente del goce de bienes materiales. Es posible que el 
oro se haya convertido hoy en el soberano exclusivo de la 
vida, pero no cabe duda de que un día el hombre volverá a 
concillarse ante dioses superiores. Y es posible también que 
muchas cosas del presente deban su existencia a la sed de 
dinero y de fortuna, mas es evidente que muy poco de todo 
esto representa valores cuya no existencia podría hacer más 
pobre a la humanidad. 


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Derrota Mundial 


Estos eran los principios básicos del movimiento «nazi» por lo 
que se refería a la política interior de Alemania. En cuanto a la 
política exterior, la idea fundamental era combatir el 
marxismo entronizado en Rusia y obtener territorios 
soviéticos para el crecimiento de Alemania. Por lo tanto, ésta 
ya no buscaría más su expansión en ultramar ni interferiría la 
política colonial de Inglaterra y Francia. En otras palabras, 
Hitler buscaba zanjar las viejas querellas con el Mundo 
Occidental y marchar hacia el Oriente. 

Mientras tanto, el marxismo crecía con aspiraciones de 
dominio universal y se vigorizaba mediante sus instrumentos 
de lucha de clases e internacionalización del proletariado. 
Consecuentemente, en todo el mundo iban surgiendo partidos 
comunistas con ramificaciones de la central de Moscú. En 
franca oposición con este sistema, el nacionalsocialismo 
alemán no era ni podía ser una doctrina de exportación. Al 
enfatizar categóricamente los valores de patria, nacionalidad 
y raza, se circunscribía a sus propias fronteras raciales. Si un 
estadista extranjero quería emular esa doctrina en otro país 
(como ocurrió en España) tendría automáticamente que 
buscar contenidos y formas propias, ya que la esencia del 
sistema «nazi» residía en la afirmación y acentuación de la 
patria y de la raza. Era ésta su mística y su fuerza dinámica. 
No internacionalización, sino nacionalización; no una lucha 
para imponer mundialmente un régimen, sino una lucha para 
impedir que el marxismo se impusiera mundialmente. 
En resumen, el nacionalsocialismo propugnaba cierto 
socialismo como instrumento de justicia para el pueblo, pero 
lo condenaba como instrumento internacional de influencia 
política. El movimiento de Hitler coincidía con la aparente 
finalidad del socialismo teórico en el milenario y justo anhelo 
de barrer el abuso de las minorías y llevar la justicia social a 
las masas del pueblo, pero proclamaba enfáticamente que 
esto debería hacerlo cada nación en forma soberana, según 
sus costumbres, sus tradiciones, su religión y su idiosincrasia, 
sin atender consignas internacionales emanadas de Moscú. 


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Derrota Mundial 


Por eso el movimiento de Hitler se llamó nacionalsocialismo, 
término que se condensó en el apócope de «nazi». 

Naturalmente, en esa forma el nacionalsocialismo desvirtuaba 
la característica internacional del bolchevismo y privaba de 
influencia mundial al núcleo israelita de la URSS. Los 
revolucionarios judíos sintieron que tal cosa era frustrarles su 
invención y furiosamente insistieron en la internacionalización 
del proletariado. Sin esa condición su movimiento político no 
alcanzaría las metas anheladas, ya que para los fines políticos 
hebreos nada significaba que las masas proletarias de cada 
nación lograran beneficios, si entretanto se sustraían a su 
control. De esa manera no podían ser aprovechadas para los 
objetos ulteriores de la llamada «revolución mundial». 
Así las cosas, el marxismo comenzó a extenderse por todo el 
mundo, ya que el dominio del orbe era la meta de su acción, 
en tanto que el nacionalsocialismo se circunscribió a una 
lucha dentro de Alemania. Su acción hacia el exterior sólo se 
orientaba en contra de Moscú, que era la sede del movimiento 
judío-marxista universal. 

Entretanto, el movimiento comunista internacional hizo un 
nuevo esfuerzo para estrechar los vínculos entre alemanes y 
soviéticos. El Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, 
Walter Rathenau, judío, concertó con los jefes israelitas de 
Moscú el llamado Tratado de Rapallo, que era un paso más en 
el sueño de los israelitas Marx, Engeis y Lenin para integrar 
una poderosa organización marxista con las masas agrícolas 
de Rusia y los contingentes obreros y técnicos de la 
industrializada Alemania. Mediante el Tratado de Rapallo 
fueron enviados ochocientos peritos militares e industriales 
alemanes a vigorizar la maquinaria soviética, modernizando el 
Ejército Rojo y creando nuevas industrias. Poco después el 
israelita Rathenau fue muerto a tiros por nacionalistas 
alemanes y quedó así de manifiesto que el comunismo no 
podía dar todavía ningún paso firme en Alemania. 

Allí se veía cabalmente el peligro del marxismo y los 
influyentes generales Ludendorff y Hoffman se habían puesto 


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Derrota Mundial 


desde 1923 en contacto con el mariscal Foch, de Francia, con 
miras a forjar una alianza occidental contra esa amenaza. 
Foch se mostraba bien dispuesto, pero surgieron muchos 
obstáculos diplomáticos, tanto en Inglaterra como en Francia, 
el general Hoffman murió en forma extraña y la alianza no 
llegó a formalizarse. 

En esa agitada situación Hitler trataba de sacar adelante su 
Partido, que afrontaba enormes dificultades. La derecha 
conservadora veía con desconfianza la inclinación del 
nacionalsocialismo por los desheredados, en tanto que los 
revolucionarios izquierdistas lo combatían furiosamente. En 
realidad el partido de Hitler era una nueva dirección que ni 
marchaba con las injusticias de los conservadores ni 
comulgaba con la tendencia internacional del marxismo 
israelita. 

Ante las dificultades de esa lucha nueva, Hitler argumentaba 
que no es tarea del teorizante allanarle el camino a una idea, 
sino procurar la exactitud de ésta. En la segunda etapa 
corresponde al ejecutor práctico vencer las dificultades. 


BAUTIZO DE FUEGO DEL NACIONALSOCIALISMO 

Hitler mismo se encargó de esa segunda etapa. Tras de darle 
a su partido —como teorizante— la estructura ideológica, lo 
lanzó a la calle y a los mítines y lo encabezó en la lucha para 
ganar prosélitos. Pronto tuvo que hacer frente a una escisión 
provocada por judíos que indirectamente suscitaron una 
pugna entre católicos y protestantes. Apenas superada esa 
crisis se encontró ante la dificultad de que: 
«era difícil —decía— refutar entre las masas obreras la 
doctrina de Marx, por la curiosa circunstancia de que los 
fundamentos mismos eran desconocidos para las masas, cuya 
adhesión al marxismo era más un movimiento utópico e 
irreflexivo que una convicción política. Entre cien mil obreros 
alemanes no hay, por término medio, cien que conozcan la 
obra de Marx, obra que desde un principio fue estudiada mil 


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Derrota Mundial 


veces más por los intelectuales y ante todo por los judíos que 
por los verdaderos adeptos del marxismo situados en las 
vastas esferas inferiores del pueblo; ya que tampoco esta 
obra fue escrita para las masas, sino exclusivamente para los 
dirigentes intelectuales de la máquina judía de conquista 
mundial». 

Pero además de esas dificultades, el tropiezo más grave del 
Partido Obrero Alemán ocurrió el 9 de noviembre de 1923 
cuando Hitler —alegando que en su vocabulario no existían 
las frases «no es posible», «no debemos aventurarnos», «es 
todavía muy peligroso»— organizó en Munich un movimiento 
revolucionario a fin de asumir el poder. En pocas horas 
fracasó, hubo varios muertos y Hitler y sus principales 

colaboradores quedaron detenidos en la prisión de Landsberg. 
Allí permaneció un año y ocho días, tiempo que aprovechó 
para escribir «Mi Lucha». 

«Mis trece meses de prisión —escribió posteriormente Hitler— 
me habían parecido largos, con mayor razón porque creía que 
estaría allí seis años. Me sentía poseído de un frenesí de 

libertad. Pero sin mi época de cárcel, "Mein Kampf" no 

hubiera sido escrito. Aquello me dio la posibilidad de 

profundizar en conocimientos... También en la cárcel adquirí 
esta fe impávida, este optimismo, esta confianza en nuestro 
destino, que en adelante .nada podría quebrantar». 
El Partido Obrero Alemán permaneció disuelto todo ese 
tiempo y cuando Hitler recuperó la libertad inició la tarea de 
resucitarlo y reorganizarlo. Detrás de su visible fracaso, sin 
embargo, contribuyó imponderablemente a trastornar los 
planes del movimiento marxiste alemán, que en ese entonces 
era el más poderoso de Europa Occidental y superior al soviet 
en diversos aspectos de organización. Muchos esperaban que 
en ese año el comunismo diera el golpe decisivo y que 
Alemania se convirtiera en otro estado bolchevique, como lo 
había previsto Lenin. 


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Derrota Mundial 


[1] «Mi Lucha». — Adolfo Hitler. 

[2] Naturalmente no estamos de acuerdo con los errores 
doctrinarios de Hitler, como los que en la práctica se 
desprendían de este enunciado aparentemente justo. (N. del 
A.) 

[3] Otro grave error doctrinario del nazismo (N. del A.). 



Justicia social, pero con bandera, tradiciones y fronteras propias, sin un 
amo internacional, sin una consigna venida del extranjero. Es decir 
nacionalsocialismo. Al oponerse a la internacionalización marxista, Hitler 
se convierte automáticamente en el peor enemigo del marxismo. Aquí 
aparece en uno de los primeros actos públicos de su partido. 


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Pero los comunistas no sintieron que el camino estuviera libre 
y titubearon. El líder marxiste Víctor Serge dice que en 1923 
la crisis inflacionista situó a Alemania al borde de la 
revolución, «pero la clase obrera estaba dividida y no actuó; 
los socialdemócratas retrocedieron ante la oportunidad de 
asaltar el poder». (Su libro «Hitler contra Stalin»). 

Era evidente que la desintegración moral de Alemania no se 
había obtenido en grado suficiente (en parte debido al 
nacionalismo alentado por Hitler) y los jefes del marxismo 
siguieron el consejo de Lenin: «La más juiciosa estrategia en 
la guerra es posponer las operaciones hasta que la 
desintegración moral del enemigo haga posible y fácil asestar 
el golpe mortal». 

El resultado fue que el comunismo alemán perdió entonces su 
mejor oportunidad y el nacionalsocialismo comenzó a resurgir 
con más bríos. 

En ese mismo año de 1923 las altas esferas políticas del 
Kremlin sufrieron una conmoción. El líder bolchevique judío 
Vladimir Ulianov (conocido mundialmente como Lenin) 
enfermó de parálisis y se suscitó una crisis en el poder. El 
judío Bronstein (Trotsky), creador del Ejército Rojo y 
precursor de la revolución, comenzó a perder influencia y 
acabó por ser lanzado al exilio; pero no se trataba de una 
persecución antisemita, como en el extranjero pudiera 
creerse, sino simplemente de una división interna. 
Muchos años antes Trotsky había militado temporalmente con 
los mencheviques, partidarios de los mismos principios 
marxistes que los bolcheviques, pero inclinados a frenar el 
movimiento para no exponerlo a una prueba prematura. Al 
enfermar Lenin, la solapada división volvió a recrudecerse; 
Trotsky y los suyos fueron desplazados y entonces se 
erigieron como amos de Rusia, Stalin y los judíos Kamenev, 
Radek y Zinoviev. 

DJ UGASHVI Ll, EL HOMBRE DE ACERO 


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Derrota Mundial 


Cuando Adolfo Hitler, de 35 años de edad, quedaba libre en 
1924 e iniciaba la reorganización de su partido nacionalista, 
José Vissarionovich David Nijeradse Chizhdov Djugashvili, de 
45 años, llevaba meses de ser dictador absoluto de la URSS. 
Había adoptado el apelativo de Stalin, que en ruso significa 
«acero». 

Stalin —que había sido empeñosamente preparado en política 
marxista por el profesor judío Noah Jordania— acababa de 
dar a conocer su «plan de operaciones básico» en la más alta 
institución educacional del bolchevismo, la «Tverskaia», y ese 
plan consistía en utilizar como palanca la dictadura soviética 
para ir implantando el marxismo en todos los países. El 
proletariado de cada uno de éstos sería el punto de apoyo[l]. 
Poco después ratificó este plan al publicar su libro «Problemas 
del Leninismo», en el que precisa así la tercera etapa del 
bolchevismo: 

«Consolidar la dictadura del proletariado en un país (Rusia), 
empleándolo como medio auxiliar para derribar el 
imperialismo en todos los demás. La revolución sobrepasa las 
fronteras de una sola nación, iniciándose la época de la 
revolución mundial. Fuerza principal activa de la revolución: 
dictadura del proletariado en un país y movimiento 
revolucionario del proletariado en todos los demás». 

Es decir, una vez más quedaba de manifiesto que el 
marxismo era una doctrina política con ambición mundial; su 
ámbito no era la URSS, sino el mundo entero. Y los primeros 
pasos comenzaron a darse desde luego. 

La provincia de Georgia —de donde era originario Stalin— 
había rechazado violentamente el bolchevismo en 1917 y 
ante el reconocimiento de todo el mundo se declaró 
independiente; su tradicional civilización cristiana chocaba 
profundamente con el marxismo. Sin embargo, su libertad 
duró poco porque Stalin no tardó en someterla por la fuerza y 
anexarla a la Unión de Repúblicas Soviéticas. 
Los pueblos libres de Azerbaiján y Armenia corrieron igual 


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Derrota Mundial 


suerte. La anexión se extendió además a otros cinco estados: 
Kasakstán, Uzbakistán, Turkmenia, Tacjikia y Kirghisia. A este 
respecto el marxiste Víctor Serge admite (en Hitler contra 
Stalin) que «las cinco repúblicas nacionales de Asia Central 
constituyen un vasto conjunto cuya unidad geográfica, étnica 
e histórica no es por nadie puesta en duda... Los kasaks, los 
turkmenos, los uzbeks, los tadjiks, los kirguises, tienen, a 
pesar de sus lenguas y orígenes diferentes, una cultura 
común, debida sobre todo a los mundos árabe y del Irán. Son 
musulmanes en su mayoría». Estos ocho pueblos anexados a 
la URSS se componían de 25 millones de habitantes de las 
más diversas razas, religiones y costumbres; súbitamente 
fueron privados de su independencia, de sus instituciones y 
de su viejo modo de vivir. La revolución mundial preconizada 
por el marxismo israelita no reconocía fronteras raciales, ni 
religiosas ni políticas. 

La expansión bolchevique barrió con tantas fronteras que 
todavía en 1935 se editaban en la URSS libros de primera 
enseñanza en 165 idiomas y dialectos diferentes, según 
reveló el emabajador norteamericano en Moscú William C. 
Bullit, en «La Amenaza Mundial» El terrorismo fue común 
denominador para la sarcástica dominación de pueblos a 
nombre de la «dictadura del proletariado». Pero el 
proletariado ciertamente nada tenía que ver con la extraña 
mezcla de gobernantes y comisarios rusos y judíos. 
Aunque durante muchos años fue entusiasta partidario de la 
URSS, Mr. Bullit dio luego un valioso testimonio del terror 
soviético y refirió: 

«Para colectivizar la agricultura, Stalin barrió con los 
pequeños propietarios. Si protestaban —y millones lo 
hicieron— se les fusilaba o se les condenaba a trabajos 
forzados en Siberia. La primera consecuencia de este ataque 
en el frente agrícola fue el hambre». 

Sobre el mismo punto el líder Víctor Serge hizo notar que si el 
ministro Molotov había manifestado en «Pravda» del 28 de 
enero de 1935 que 5.500,000 pequeños propietarios agrícolas 
sufrieron expropiación de tierras y fueron deportados a 


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Siberia, la cifra real debía de ser muy superior. Y como 
testigo presencial de los hechos añadía que en las granjas 
colectivas había hambre y descontento. La promesa de 
repartir tierras, que líderes bolcheviques utilizaron para atraer 
masas, se esfumó al implantarse la «dictadura del 
proletariado». Igual suerte corrió la promesa de tratar a los 
delincuentes como enfermos sociales «susceptibles de 
regeneración». Por el contrario, el castigo se extendió a los 
parientes de los reos políticos y a los vecinos[2] y en esta 
forma se creó automáticamente la más vasta red de 
espionaje y delatores que país ninguno había soñado tener. El 
que no denunciaba a un vecino sospechoso de conspirar o de 
ser un oposicionista, se hacía culpable de los mismos delitos. 
Arthur Koesoler refiere pormenorizadamente en «El Mito 
Soviético y la Realidad», cómo el Kremlin abandonó sus 
promesas iniciales y el 7 de abril de 1935 extendió la pena 
capital a los jóvenes de 12 años y estableció la deportación a 
Siberia de los parientes de quienes eludieran el servicio 
militar o escaparan al extranjero. 

Otro minucioso observador de la vida y las leyes del Kremlin, 
Pedro González Blanco, explica documentalmente en 
«Tigrocracia Staliniana» cómo se esfumó la promesa marxista 
de igualdad de clases: 

«Un policía —dice— ganaba dos o tres veces más que un 
obrero. El máximo jornal soviético, según "Pravda" del 26 de 
diciembre de 1935, era, para los obreros, de 145 rublos y 
mucho menos para los campesinos. El kilo de pan valía 5 
rublos; el de mantequilla, 20; el de carne de buey, 12; un par 
de zapatos, 70; un vestido ínfimo, 255. El obrero común no 
pasaba de ganar 100 rublos mensuales ni el adelantado 145. 

Altos jefes del partido, hasta 5,000 rublos mensuales». 
González Blanco cita a Walter Citrine, secretario general de 
«Trades Unions», que a su regreso de Rusia escribió en 
Londres: 


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Derrota Mundial 


«No hay la menor duda de que reina un régimen de opresión. 
Los obreros no tienen libertad para poder hablar, como en 
Inglaterra. No pueden luchar contra el Estado, contra el 
Sindicato, contra el comité de fábrica o la célula comunista». 
La famosa «dictadura del proletariado» era sólo una fórmula 
propagandística para encubrir la dictadura extraña impuesta 
al proletariado ruso. Era evidente que el comunismo teórico 
había hablado de redención del proletariado para atraer a las 
masas, pero una vez controladas éstas, el comunismo 
práctico resultaba ser algo muy distinto. Era, en suma, un 
imperialismo dirigido y apuntalado por los jefes y los 
comisarios judíos de la URSS. 

Esta opresión material tenía también sus equivalentes en el 
campo espiritual. Todos los ancestrales sentimientos 
religiosos del pueblo fueron fanáticamente combatidos; se 
prohibió la enseñanza religiosa a menores de 18 años, en la 
seguridad de que a esa edad las nuevas generaciones ya 
habían sido suficientemente predispuestas en la escuela para 
no asimilar la religión de sus antecesores. Según refiere 
González Blanco, un Manual Antirreligioso para los obreros 
circuló profusamente en las fábricas; la obra Educación 
Antirreligiosa fue libro de texto en las escuelas; Quince años 
de Ateísmo Militante en la URSS fue diseminado en todos los 
sectores, y en 1925 se fundó la asociación «Sin Dios», 
particularmente para niños y jóvenes. Además, un nuevo 
himno fue oficial en las escuelas: 

«La estrella de Belén 
ya se ha extinguido. 

Mas entre nosotros brilla eterna 
la estrella de cinco puntas[3]. 

La cruz y los iconos, todas estas antiguallas 
las hemos arrojado a la basura, 
porque todos estos trebejos 
ensombrecen nuestra ruta. 


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Derrota Mundial 


Los Sin Dios abatieron 

toda esa credulidad putrefacta». 

Lo más grave de este sistema de vida era que no se trataba 
precisamente de un organismo nacional con fronteras 
claramente establecidas, sino de un movimiento marxiste con 
aspiraciones universales enfáticamente expresadas en su 
fórmula de «revolución mundial», mil veces ratificadas por 
Lenin, Stalin y todos los exegetas del marxismo israelita. 
«Pravda» del 15 de noviembre de 1921 decía[4]: «En estos 
cuatro años transcurridos queda demostrado que no puede 
haber paz entre el reino de la burguesía y el reino del 
proletariado. No caben fronteras pacíficas entre un Estado 
Socialista y un Estado Burgués». Y posteriormente el órgano 
oficial bolchevique «Izvestia» auguraba aún más categórico: 
«No está lejano el tiempo en que los ejércitos de obreros y 
campesinos, definitivamente organizados, pasarán como un 
huracán de una punta a otra de la tierra». 

Precisamente en ese entonces hubo una crisis terrible en la 
URSS, por la escasez de víveres, y el régimen bolchevique fue 
apuntalado desde el exterior, pues en Estados Unidos los 
cómplices del comunismo invocaron razones humanitarias 
para enviarle ayuda. 

HITLER Y STALI N CARA A CARA 

Y no obstante esa evidente amenaza que ya entonces se 
cernía palpablemente sobre los pue-blos de Europa y 
América, numerosos estadistas occidentales y los 
monopolizadores judíos de importantes servicios informativos 
propiciaban una placentera inconsciencia en el Mundo 
Occidental. Ante esa amenaza, en Occidente surgía sólo una 
fuerza categóricamente resuelta a enfrentársele, y esa fuerza 
era el movimiento nacionalsocialista de Hitler. 

Mientras en Moscú se afianzaba el bolchevismo y Stalin 
trituraba con mano de hierro todo intento de oposición, en 
mayo de 1928 Hitler lograba 12 escaños parlamentarios en el 


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Reichstag; dos años más tarde obtenía 107 curules y 
arrastraba consigo seis millones trescientos mil electores, con 
lo cual su partido era ya el segundo de Alemania. 

El 30 de enero de 1933 Hitler era nombrado Canciller, aunque 
supeditado a la presidencia de Hindenburg. Sin embargo, 
desde ese momento se volvió oficial la lucha a muerte entre 
el nacionalsocialismo alemán y el marxismo judío. Hitler 
prohibió inmediatamente el partido comunista, el 
socialdemócrata y todos los demás que le eran afines o que 
representaban sólo tímidos primeros pasos hacia el 
bolchevismo. De acuerdo con su fórmula de que al terror rojo 
sólo podía combatírsele eficazmente mediante otro terror, 
relegó a campos de concentración a los dirigentes 
intelectuales del movimiento marxiste en Alemania. 
Los principios del nacionalsocialismo concebidos por Hitler se 
convirtieron automáticamente en la política interior y exterior 
de Alemania. Respecto a la política exterior, la orientación era 
evidente y precisa: 

1. Alemania se declaraba enemiga de la doctrina marxista 
materializada en el bolchevismo soviético. 

2. Contra el marxismo presentaba la doctrina 
nacionalsocialista, contraria a la internacionalización del 
proletariado. En vez de internacionalización, sentimiento de 
patria y de nacionalidad. 

3. Alemania desistía del viejo intento de crecer a costa de 
Occidente. No quería entrar en conflicto con los imperios 
británico y francés buscandAdominios ultramarinos. Su 
crecimiento sería hacia el Oriente, a costa de la URSS. 

Nunca en la historia habían sido anunciados con tanta 
anticipación y tan crudamente los más trascendentales planes 
de un Estado. Hitler reveló en «Mi Lucha» esos tres puntos 
fundamentales desde 1923; luego los reiteró en 1926; los 
repitió en innumerables discursos y finalmente los elevó a 


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Derrota Mundial 


política oficial en marzo de 1933, una vez que su 
nombramiento de Canciller fue ratificado por plebiscito[5]. 

Stalin sabía desde ese momento a qué atenerse. 
Trotsky dijo en el destierro que el ascenso de Hitler al poder 
era motivo suficiente para que la URSS decretara una 
inmediata movilización militar. Y la movilización se inició, 
aunque calladamente. 

Al mismo tiempo el marxismo internacional se aprestó a 
agitar masas para utilizarlas en la defensa de la URSS y 
obtuvo significativos progresos en Francia, Bélgica y España. 
El Frente Popular conquistó en Francia una aplastante 
mayoría bajo la inspiración del hábil israelita y maestro 
masón León Blum. En España la desbordante progresión 
bolchevique recibió un discreto apoyo de los gobernantes de 
Inglaterra y Francia, aunque luego fue dominada por la 
reacción nacionalista encabezada por Franco, que a su vez 
recibió apoyo de Hitler y Mussolini. 

El marxismo internacional se alarmó y movilizó sus 
contingentes en todo el mundo, en un esfuerzo psicológico 
para hostilizar al nuevo régimen alemán. La lucha se 
circunscribía a discursos, propaganda y mutuas 
recriminaciones, pero ya era el presagio de la gran contienda 
para la cual estaban forjándose armas y voluntades. 
Dentro de Alemania misma, el internacionalizado movimiento 
obrero trató de presentar combate. El partido comunista 
alemán contaba con dos millones de miembros, además de la 
parcial adhesión de cuatro millones de socialdemócratas. 
Aunque severa, la represión no había logrado aniquilar todas 
las redes ocultas de los organizadores marxistes y éstos 
prepararon un golpe de Estado en 1935. 

Esa fue la más palpable evidencia de que los comunistas de 
un país son siempre un peligro latente para la Patria, porque 
en última instancia sus jefes son extranjeros. Naturalmente, 
las órdenes de éstos no se ajustan al interés de la 


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nacionalidad de sus súbditos, sino a los fines internacionales 
que el marxismo persigue. 

Curt Riess refiere en «Gloria y Ocaso de los Generales 
Alemanes» que varios dirigentes comunistas creyeron 
haberse ganado al general Von Rundstedt, comandante de 16 
divisiones, y ofrecieron depositar en un Banco suizo 
1.250,000 francos para la rebelión. El 11 de julio (1935) el 
general Von Witzieben se presentó a nombre de Von 
Rundstedt a recoger el cheque; tomó fotografías y volvió a 
depositarlo. 

«Al siguiente día —añade Riess— se desató sobre Alemania 
una ola de detenciones y cayeron presos muchos antiguos 
dirigentes de federaciones obreras, así como varios políticos 
que habían combatido en las filas de la oposición al nazismo. 
En la misma noche los SS (tropas selectas alemanas) hicieron 
su aparición por las calles, por primera vez desde el 30 de 
junio de 1934. Inicióse una persecución que en los próximos 
días alcanzó el máximo de desenfreno. El día 15 —fecha 
fijada para la insurrección— pasó sin que Rundstedt se 
levantara en armas». 

Y es que Rundstedt, aunque indiferente hacia el movimiento 
nazi (nacionalsocialismo), había fingido estar de acuerdo con 
los conspiradores y mantuvo al tanto a Hitler de lo que 
tramaban. Este acontecimiento destrozó los planes de la 
Internacional Comunista para frustrar desde la retaguardia la 
marcha hitlerista hacia el Oriente, o sea hacia la URSS. 

Como contrapartida, Berlín acogía a los oposicionistas 
soviéticos que lograban cruzar la frontera y los alentaba en 
sus planes encaminados a provocar una revolución 
antibolchevique en Rusia. Desde 1933 el líder alemán 
Rosenberg se encargó de celebrar juntas con exiliados rusos, 
entre quienes figuraba el general Pavel Skoropadsky. La 
esposa de Rosenberg, una joven rusa llamada Vera Schuster, 
se hallaba al tanto de estas actividades y a principios de 1936 
desapareció misteriosamente. Según dice Curt Riess, las 
potencias occidentales descubrieron después que la joven era 


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Derrota Mundial 


espía de la policía soviética y que llevó a Moscú pistas 
precisas de los conspiradores. 

La magistral espía soviética no fue el único factor del triunfo 
del contraespionaje stalinista. Churchill revela en sus 
Memorias que en el otoño de 1936 Alemania hizo un llamado 
al presidente Benes, de Checoslovaquia, para que se le uniera 
en la lucha antimarxista, y le insinuó que algo muy 
importante iba a ocurrir pronto en la URSS. «Mientras que 
Benes meditaba acerca de esta sugestión —dice Churchill— se 
dio cuenta de que estaban cruzándose comunicaciones al 
través de la embajada soviética en Praga entre importantes 
personajes rusos y el gobierno alemán. Esto formaba parte de 
la llamada conspiración militar y de los comunistas de la vieja 
guardia para derrocar a Stalin... Benes se apresuró a 
comunicar a Stalin todo lo que había podido saber... Vino 
después la implacable, pero tal vez no innecesaria purga 
militar y política en Rusia... No baja de cinco mil el número de 
funcionarios y oficiales con el grado de capitán para arriba 
que fueron liquidados». 

Para sorpresa de los espectadores del mundo occidental, la 
«purga» alcanzó a algunos líderes judíos, como Zinoviev y 
Kamenev. Por segunda vez —después del destierro de 
Trotsky— pudo creerse en el extranjero que se trataba de una 
persecución antisemita, pero los acontecimientos posteriores 
demostraron palmariamente que nada había más falso que 
esa suposición. El hecho de que entre los eliminados figuraran 
también funcionarios hebreos que por incapacidad o 
negligencia habían fracasado en su tarea, era una de las 
características fanáticas del régimen, mas nada se había 
modificado en su estructura fundamental. Caían Zinoviev y 
Kamenev, pero subían sus hermanos de raza Litvinov, 
Zdanov, Kalinin y Vishinsky. El diluvio de sangre —más de 
cinco mil ejecuciones según Churchill— acabó con los sueños 
de los conspiradores rusos, con muchos de los funcionarios 
incompetentes que no habían advertido el peligro y con el 
plan alemán para provocar la caída del marxismo soviético 
mediante un movimiento interior en Rusia. 


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Derrota Mundial 


En esos juicios que costaron la vida a más de cinco mil 
militares rusos fungió como fiscal el israelita Andrés 
lanurevich Vishinsky, que posteriormente fue delegado ante la 
ONU. Y los fusilamientos estuvieron a cargo de la policía 
mandada por el israelita Heinrich Yago-da, que a su vez fue 
juzgado incompetente y ejecutado años más tarde por el jefe 
judío Nicolás Yezov. 

Después de esas gigantescas purgas los comisarios judíos 
afianzaron mejor el control del Ejército Rojo. Y como en todos 
los países donde una minoría activa y audaz tiene el Poder en 
la mano, las grandes masas fatalistas del pueblo ruso nada 
sabían ni podían hacer para modificar su destino. 
Terminó así en un empate el primer choque indirecto entre el 
marxismo israelita asentado en la URSS y el 
nacionalsocialismo que Hitler creó para combatir a aquél. 


[1] «A Puertas Cerradas». — Almirante Ellis M. Zachanas, del 
Servicio Secreto Norteamericano.[2] «La Rusia de Stalin». — 
Max Eastman, Profesor de Filosofía en la Universidad de 
Colombia. 

[3] Símbolo judío. (Cada punta representa un dominio: el 
político, el económico, el del proletariado, el de la prensa y el 
de Palestina. Una sexta punta simboliza el dominio absoluto 
mundial). 

[4] «Tigrocracía Stalíniana». — Pedro González Blanco. 

[5] En 1939, recién iniciada la guerra, Hitler dijo que su 


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mayor error había sido la revelación de su política exterior en 
su libro "Mi Lucha", en 1923. ("Memorias" de Von 
Ribbentrop). 



Hitler poco después de tomar el poder. Lo acompañan Hess (a su 
izquierda) y el Gral. Brauchitsch. Forman valla las tropas S.S., de 
uniforme negro. 


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CAPÍTULO III 
Occidente se interpone 
(1933 - 1939 ) 

Lo que Podía Esperarse de Berlín y de Moscú. 
Pueblos lanzados a los Brazos de sus Enemigos. 
Inglaterra, Valladar Contra la Marcha Hacia Moscú. 
El Trono del Oro Empuja a Occidente. 

Profundas Raíces en el Alma Colectiva. 

Zanjando las Viejas Rencillas con Francia. 

El Talón de Aquiles del Nacionalsocialismo. 

Despeje del Flanco Derecho. 

A Cuatro Horas del Derrumbe Interior. 

Cerrojo en el Camino a Moscú. 

Engañar es más Eficaz que Dinamitar. 


LO QUE PODÍA ESPERAR SE DE BERLÍN Y DE MOSCÚ 

Dos ideologías se hallaban frente a frente. De un lado el 
marxismo con públicas pretensiones de dominio universal. Del 
otro, el nacionalismo alemán, con específicas y públicas 


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ambiciones de abatir al marxismo israelita y de crecer 
territorialmente a costa de la URSS. Francia, Inglaterra, 
Estados Unidos —todo el Occidente— representaban un tercer 
grupo de fuerzas. ¿Qué ofrecía el marxismo soviético a estos 
países occidentales? Sus intenciones eran bien claras y 
populares: anunciaba la «revolución mundial» para establecer 
el marxismo en todo el orbe. Es decir, la aniquilación de los 
sistemas políticos, ideológicos y religiosos que desde hace 
siglos imperan en Occidente[l]. 

¿Y cuál era la actitud del nacionalsocialismo alemán frente a 
los países occidentales? Proponía «zonas de influencia» para 
cada potencia: Alemania no interferiría los intereses de 
Estados Unidos en América, ni los de Inglaterra y Francia en 
sus respectivos imperios coloniales. Pero aniquilaría al 
marxismo imperante en la URSS y crecería a costa de 
territorio soviético. 

Es decir, las instituciones políticas, ideológicas y religiosas de 
los países occidentales no solamente quedaban al margen de 
la lucha de Berlín contra Moscú, sino que indirectamente se 
fortalecían porque al desaparecer el bolchevismo 
automáticamente desaparecía el enemigo principal de esas 
instituciones. 

Todo evidenciaba, pues, que si entre el nacionalsocialismo de 
Hitler y el Mundo Occidental existían discrepancias 
ideológicas, a la vez había muchos puntos de contacto y hasta 
de mutua conveniencia. Y en cambio, entre el marxismo de 
Moscú y los pueblos occidentales sólo existían insalvables 
abismos de diferencias políticas, ideológicas y religiosas. La 
forma extraordinariamente sangrienta en que el bolchevismo 
conquistó y afirmó el poder en Rusia; lo inusitado de sus 
doctrinas que niegan los principios milenarios de nacionalidad 
y patria; su mortal encono contra la propiedad privada; su 
categórica posición ateísta; su implacable persecución 
religiosa y su declarada ambición de extender estos sistemas 
a todo el orbe mediante la «revolución mundial» profetizada 
por Marx, fueron factores más que suficientes para que los 


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pueblos de Occidente vieran a la URSS con recelo y 
hostilidad. 

¿Cómo fue entonces posible que esos países occidentales no 
secundaran la acción contra el enemigo común bolchevique? 

En menor grado, ¿cómo fue posible que ni siquiera 
conservaran su neutralidad ante el ataque alemán a esa 
amenaza común? Y por último, ¿cómo fue posible que dichos 
países occidentales no reservaran sus fuerzas en expectante 
espera, a fin de determinar la suerte del mundo una vez que 
el choque Berlín-Moscú se hubiera decidido en un mutuo 
destrozamiento? 

Todas estas incógnitas se despejan en seguida al observar el 
desarrollo de los hechos y al ver cómo los países occidentales 
fueron empujados sucesivamente en favor de los intereses 
judío-marxistas. Este increíble proceso encierra ya los 
gérmenes de la terrible crisis que ahora conmueve a la 
Civilización Occidental. La abrumadora amenaza de hoy 
comenzó a forjarse en aquel entonces. 


PUEBLOS LANZADOS A LOS BRAZOS DE SUS ENEMIGOS 

A consecuencia del cataclismo económico que sufrió Estados 
Unidos en 1929 (el cual muchos peritos atribuyen a los 
financieros judíos) hubo miles de quiebras, quedaron cesantes 
once millones de trabajadores, fue devaluado el dólar y perdió 
fuerza el Partido Republicano, entonces en el poder. En esas 
circunstancias se presentó la candidatura de Frankiin D. 
Rooseveit, del Partido Demócrata. Rooseveit se hallaba 
cordialmente relacionado con todas las esferas israelitas, pero 
como por algunos momentos sus partidarios temieron un 
fracaso, montaron una campaña de prensa en que se 
aparentaba que los banqueros de Wall Street eran enemigos 
de aquél. Por ese solo hecho millares de ciudadanos 
resentidos contra los autores del cataclismo económico se 
volvieron a favor de Rooseveit. 


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Rooseveit llegó al poder y llevó consigo a un grupo de 
colaboradores llamado el Trust de los Cerebros, encabezado 
por el banquero israelita J. Warburg. Uno de los primeros 
actos del nuevo Presidente fue entrevistarse con el ministro 
soviético de Relaciones, Maxim Litvinov (cuyo original apellido 
judío era Finkelstein) y luego reconocer al gobierno 
bolchevique de la URSS, cosa que Estados Unidos se había 
negado a hacer durante 16 años. Este reconocimiento ayudó 
incalculablemente al régimen soviético en momentos en que 
se afrontaba una grave oposición interna debido al hambre 
que sufría la población rusa. 

Al iniciarse las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin, 
en septiembre de 1933, Hitler asumía el poder en Alemania, 
suprimía el Partido Comunista y elevaba sus principios 
antimarxistas a la categoría de política oficial de su país. 
William C. Bullit, primer embajador norteamericano en Moscú, 
revela que el reconocimiento de la URSS se hizo a condición 
de que ésta dejara de dirigir al Partido Comunista americano. 
Pero esa condición fue sólo un engaño para suavizar la 
repugnancia con que la opinión pública de Estados Unidos 
juzgaba cualquier entendimiento con los preconizadores 
soviéticos de la «revolución mundial» bolchevique. 
«No obstante —añade Bullit en La Amenaza Mundial—, en 
1935 se reunió en Moscú el Vil Congreso Mundial de la 
Internacional Comunista y asistieron no sólo jefes 
prominentes de los comunistas norteamericanos, sino que se 
dieron determinadas direcciones al partido comunista 
estadounidense... Rooseveit llegó a la conclusión de que el 
interés de los Estados Unidos exigía ignorar temporalmente la 
violación del compromiso que Stalin contrajo con él». 
Así empezó a ser engañada la opinión pública 
norteamericana... 

Entretanto, era una evidencia innegable que Alemania y Rusia 
marchaban hacia la guerra. Las intenciones antibolcheviques 
de Hitler, proclamadas desde 1919 y reiteradas en «Mi 
Lucha», tuvieron una enésima e indudable confirmación en 
1934, cuando el señor Messersmith, embajador de Estados 
Unidos en Austria, comunicó a Washington que Alemania 


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tenía los ojos fijos en la frontera oriental (hacia la URSS) y 
que abrigaba «la esperanza de conseguir la Ucrania para el 
excedente de población alemana». Este testimonio consta en 
el libro «Paz y Guerra» del Departamento de Estado 
Norteamericano. 

El pueblo estadounidense preveía ese conflicto europeo y 
deseaba vivamente mantenerse al margen; esta preocupación 
popular determinó que el Congreso americano prohibiera en 
agosto de 1935 la venta de armas a cualquier beligerante. 
Entonces el Presidente Rooseveit inició una intensa 
propaganda para derogar ese acuerdo y proclamó que 
Alemania era una amenaza inminente contra los Estados 
Unidos, Sus discursos fueron subiendo de tono y el 5 de 
octubre de 1937 llegó a decir que «la situación política del 
mundo era para causar grave preocupación» y que «el reino 
del terror y del desafuero internacional había llegado a tales 
extremos que amenazaba seriamente las bases mismas de la 
civilización. Advirtió que era insensato creer que América 
podría escapar de esta amenaza o que no se atacaría al 
hemisferio occidental»[2] 

¿Estaba Rooseveit refiriéndose a la URSS, que preconizaba la 
«revolución mundial» para establecer el comunismo en todo 
el mundo? ¿Estaba refiriéndose al marxismo judío empeñado 
en suprimir toda ideología o religión ajena a él? No, 
ciertamente; Rooseveit se refería sólo al nacionalsocialismo 
alemán que se erigía contra el marxismo. 

Ya entonces era un hecho palpable que todos los preparativos 
militares de Alemania se hallaban enfocados a una guerra 
contra la URSS y que no existía ningún síntoma de que 
estuviera creando una flota de invasión, ya no digamos para 
atacar a América, a 7,000 kilómetros de distancia, ni siquiera 
a la Gran Bretaña a escasos 40 kilómetros de la costa 
europea. Pero una artificial psicosis de guerra estaba siendo 
creada como requisito previo de la inconcebible tarea de 
interponer a Occidente entre Alemania y el marxismo, en 
provecho exclusivo de este último. 


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No obstante todos los esfuerzos oficiales para crear y 
acrecentar esa psicosis, Mister Hull reconoce en «Paz y 
Guerra» que en 1937 «se desarrolló un considerable 
sentimiento público en los Estados Unidos que pedía una 
enmienda constitucional que hiciera necesaria la votación 
popular como requisito previo a toda declaración de guerra». 
Requisito tan auténticamente democrático en un asunto tan 
serio como una nueva guerra, parecía ser lógico en una 
democracia, pero «tanto el Presidente Rooseveit coma el 
Secretario de Estado —agrega Hull— expresaron en varias 
ocasiones su decidida oposición». Mediante resueltos 
esfuerzos del Presidente, la proposición fue rechazada por el 
estrecho margen de 209 votos contra 188. En ese mismo año 
de 1937 —dos años antes de la guerra— el embajador 
norteamericano William C. Bullit se enteraba de que 
«fueron cerradas diez mil iglesias en Rusia... Se afirma que la 
NKVD cuenta en estos momentos con 600,000 hombres. 

Hasta el Ejército Rojo —añade en «Amenaza Mundial»— está 
sujeto a su control. En los campos de concentración y 
cárceles de la NKVD el número de prisioneros no habrá sido 
nunca inferior, durante los pasados 15 años, a 10 millones, 
trabajando medio hambrientos». 

El sacerdote Waish, que formando parte de una misión de 
ayuda social había estado dos años en la URSS, informó 
pormenorizadamente a Rooseveit de la forma en que eran 
perseguidas las religiones en Rusia. Sin embargo un velo de 
indulgente silencio oficial se tendía sobre estos hechos. Pero 
muy distinta había sido la actitud de Rooseveit cuando en 
julio de 1935 las autoridades alemanas habían capturado a 
varios israelitas conectados con el golpe de estado que von 
Rundstedt hizo fracasar. Y sobre todo, el disgusto de 
Rooseveit adquirió proporciones de ira cuando en noviembre 
de 1938 Alemania impuso una multa de 400 millones de 
dólares a la Comunidad Israelita, como represalia por el 
asesinato del diplomático alemán Ernest von Rath, 
consumado en París por el judío Herschel Grynszpan. 
Ciertamente que hubo también sinagogas dañadas y cristales 
rotos en los comercios judíos (tantos que el suceso es 


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conocido como «la noche de cristal»), pero el gobierno 
alemán impidió que la indignación degenerara en ataques 
personales contra los hebreos. 

Rooseveit se apresuró entonces a decir (15 de noviembre de 
1938): «Apenas puedo creer que esas cosas ocurran en la 
civilización del siglo XX». 

Cosas mil veces peores que multar con 400 millones de 
dólares a una comunidad judía —poseedora entonces de 
3,200 millones de dólares en Alemania— estaban ocurriendo 
en la URSS; pero de eso no se hablaba. Para la camarilla de 
Rooseveit era un delito inconmensurable que Hitler enviara a 
campos de concentración a cientos de agitadores 
bolcheviques, pero le parecía natural e inobjetable que el 
Kremlin encarcelara a millones de anticomunistas. A raíz de la 
multa impuesta a la comunidad judía de Alemania, Rooseveit 
retiró a su embajador Hugh Wiison y alentó a Inglaterra a 
declarar combinadamente una guerra comercial contra el 
Reich. 

El primer paso para la ruptura y para la guerra armada se 
había dado ya. 

A continuación Rooseveit agregó que «las tempestades en el 
extranjero amenazaban directamente a tres instituciones 
indispensables para los americanos, la religión, la democracia 
y la buena fe internacional». 

Era extraordinario que Rooseveit —masón 33— presentara a 
Alemania como un peligro para la religión y que nada dijera 
respecto a la URSS. Berlín acababa de firmar el 20 de julio de 
1933 un Concordato con el Vaticano, que incluso concedía 
libertad completa a las escuelas confesionales, cosa que rige 
en muy contados países. Además, Hitler proclamaba 
enfáticamente que «las doctrinas e instituciones religiosas de 
un pueblo debe respetarlas el Fuehrer político como 
inviolables... Los partidos políticos nada tienen que ver con 
las cuestiones religiosas». Y en contraste con todo esto, en 
Rusia estaba prohibida la enseñanza religiosa para jóvenes 
que no hubieran cumplido los 18 años, período durante el 
cual el Estado les inculcaba un profundo sentimiento ateísta. 


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concretado en la conocida frase leninista de que «la religión 
es el opio del pueblo». 

Era igualmente extraordinario que Rooseveit presentara a 
Alemania como una amenaza para la democracia y nada 
dijera de la URSS, en donde el sistema dictatorial era 
primitivo y sangriento, con el agravante de que no se trataba 
de una dictadura instaurada pacíficamente mediante 
plebiscito —corno la de Hitler—, sino mediante purgas 
sangrientas. 

Y también era extraordinario que Rooseveit se refiriera a 
Alemania como «amenaza a la buena fe internacional» —a 
pesar de que la política alemana se orientaba específicamente 
contra la URSS—, y que el propio Rooseveit enmudeciera ante 
la bien clara intención bolchevique de imponer su sistema de 
gobierno a todo el orbe. El primer paso en este sentido lo dio 
el marxismo al integrar la Tercera Internacional Comunista en 
todos los países de Occidente. Y estas células, avanzadas de 
la «revolución mundial», ostentaban públicamente los 
símbolos bolcheviques (bandera roja, hoz, martillo y canto de 
la Internacional) y recibían instrucciones del Kremlin. 
Pero todo esto era soslayado deliberadamente por Rooseveit, 
según refiere el diplomático Bullit, quien durante muchos 
años fue en Estados Unidos el adalid de los que pugnaban por 
el reconocimiento de la URSS. Sin embargo, más tarde se 
alarmó ante la política pro-soviética de Rooseveit. 

Si en estos tres puntos —religión, democracia y buena fe 
internacional— carecía de fundamento la acusación de 
Rooseveit contra Alemania, en cambio sí era un hecho que en 
la URSS no se combatía al movimiento político judío (del cual 
el marxismo ha sido uno de sus más poderosos tentáculos) y 
en Alemania sí se le exhibía y se le retaba. 

La eliminación de contados israelitas durante las «purgas» 
soviéticas, era sólo un fanático castigo de los timoratos o los 
incompetentes, pero no un ataque fundamental al 
movimiento político. Caía el hebreo Kerensky, pero surgía el 
judío Trotsky; caía Trotsky, pero cobraba más poder el 


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hebreo Zinoviev; caía Zinoviev, pero se vigorizaban Litvinof, 
Kaganovich y todos sus colaboradores. 

En cambio, el nacionalsocialismo de Hitler sí era enemigo del 
movimiento político israelita. Por eso un discurso de Hitler 
condenando las ambiciones de esa conjura causaba más 
indignación y alarma entre los círculos israelitas, que la 
eliminación de unos cuantos judíos en Rusia, hecha por otros 
de su misma raza y en nombre de su propia causa. 
Según podrá ratificarse luego con innumerables pruebas, 
Rooseveit se hallaba ligado estrechamente a intereses judíos 
y era ésta la causa —oculta e inconfesable— de que 
protestara vehementemente cuando en Alemania rompían los 
cristales de los comercios judíos y de que a la vez guardara 
silencio acerca de las matanzas de cristianos que se 
realizaban en Rusia. En el primer caso se trataba de un 
incidente incruento, pero de honda significación antisionista, y 
en el segundo de un fanático afianzamiento del marxismo 
judío. 

Cuando los nazis multaban con 400 millones de dólares a la 
Comunidad Israelita por el asesinato de un diplomático, 
Rooseveit se indignaba y decía que apenas podía creerse que 
tales cosas ocurrieran en el siglo veinte, pero con benevolente 
silencio, pasaba de largo las matanzas que padecía el pueblo 
ruso bajo el régimen judío-marxista. 

El líder comunista español Víctor Serge huyó de Rusia 
indignado de esas carnicerías humanas y refirió que muchos 
de los acusados admitían ser culpables para salvar a sus 
familias. 

«Muchos más —dice en «Hitler contra Stalin»— se indignan y 
acusan: sus gritos son ahogados en las cárceles o se les fusila 
sin proceso alguno. El número de fusilados asciende 
probablemente a cien mil. Jamás ningún Estado ha destruido 
sus cuadros con semejante ensañamiento y de una manera 
tan completa. Gobierno y comités han sido renovados por lo 
menos dos veces en dos años. Tan sólo el Ejército perdió 
30,000 de los 80,000 oficiales». 


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Estos desmanes, peores que apedrear vitrinas, también 
ocurrían en el siglo veinte, pero a Rooseveit no le parecían 
increíbles ni condenables. Y es que en realidad nadie podía 
acusar en esa época a Stalin de atacar básicamente al 
movimiento israelita. 

El periodista norteamericano William L. White acompañó a 
Eric Johnston, Presidente de la Cámara de Comercio de 
Estados Unidos, a una gira por numerosas provincias 
soviéticas y dio el siguiente testimonio: 

«Una de las cosas admirables del régimen soviético es su 
actitud hacia cualquier forma de prejuicio de raza, que 
contiene con mano firme sin ocuparse de discutir con el 
pueblo ruso, en el cual el antisemitismo ha sido tradición de 
siglos... El Gobierno ha realizado un gran esfuerzo para 
reducir el antisemitismo, con el resultado de que en Rusia su 
importancia es similar a la que tiene en Estados Unidos, 
aunque las condiciones en este sentido no son tan excelentes 
como las que existen en I nglaterra»[3]. 

Esa generosidad era explicable porque el judaismo había 
participado como factor decisivo en la génesis del régimen 
bolchevique y seguía siendo su director intelectual. 
La participación del judaismo en ese régimen determinó el 
estrecho entendimiento entre Rooseveit y la URSS y fue 
asimismo la causa de que los pueblos occidentales —contra 
sus propios intereses— fueran lanzados a aniquilar a 
Alemania para salvar al marxismo. 

Entre el pueblo norteamericano —amante de la libertad, 
creyente, respetuoso de la vida humana— y el régimen 
sanguinario y ateísta de Moscú, no existía ningún punto de 
contacto. Pero sí lo había entre el marxismo judío del Kremlin 
y los prominentes israelitas que rodeaban a Rooseveit. La 
lista es interminable, pero entre los más conocidos e 
influyentes, figuraron su inseparable consejero Bernard M. 
Baruch; el secretario del Tesoro, Henry Morgenthau; James P. 
Warburg, dueño del Banco Internacional Aceptance Bank Inc., 
de Nueva York; Félix Frankfurter, Brandéis y Cardozo en el 


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Tribunal Supremo; Sol Bloom en la Comisión de Relaciones 
Extranjeras de la Cámara; Samuel Untermeyer en la 
presidencia de la Federación Mundial Económica Judía, Sam 
Rosenman, el rabino Stephen Wise y otros muchos. 
El escritor norteamericano Robert E. Sherwood colaboró 
íntimamente en la Casa Blanca y refiere[4] que el más 
cercano colaborador de Rooseveit era Harry Hopkins, educado 
políticamente por el israelita Dr. Steiner, y fue «la segunda 
personalidad individual que de hecho dominó en los Estados 
Unidos durante el más crítico período de la guerra... Hopkins 
no vacilaba en aprovechar su íntimo contacto con el 
Presidente para favorecer sus intereses propios o los de las 
instituciones con las que tenía personal relación... Hopkins fue 
el hombre que gozó de la máxima confianza de Frankiin D. 
Rooseveit. Por espacio de varios años fue los ojos, los oídos, 
y las piernas del Presidente, el instrumento casi anónimo de 
la voluntad de Rooseveit». 

Su influencia llegó a ser tan decisiva en asuntos capitales que 
el general Marshall le confesó a Sherwood que su 
nombramiento de Secretario de Estado se lo debía 
«primordialmente a Harry Hopkins». Otro escritor 
norteamericano, John T. FIynn, revela lo siguiente en «El Mito 
de Rooseveit» 

«Rooseveit compró al pueblo norteamericano con el dinero 
del propio pueblo y ganó todas las elecciones. Tengo cuatro 
millones de hombres —decía Hopkins— pero por amor de Dios 
no me pidás que te diga en qué trabajan... Hopkins fue el 
instrumento principal de Rooseveit en esta grandiosa empresa 
de derroche y corrupción. Él organizó el sistema de las 
limosnas con dinero público, de tal manera hechas que los 
subsidios sólo les tocaban a los demócratas, a los fieles de 
Rooseveit que votaban por él... Hopkins se instaló en la Casa 
Blanca como favorito oficial y fue, después de Rooseveit, el 
hombre más poderoso de los Estados Unidos». 
Según Sherwood, Rooseveit pasaba temporadas en la casa de 
su consejero israelita Bernard M. Baruch, conocido como el 


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«estadista número uno» y como consejero de presidentes 
desde la época de Woodrow Wiison. Baruch es jefe del 
Consejo Imperial de la Gran Masonería Universal. Después de 
la primera guerra mundial se le acusó a Baruch de haber 
influido ilegalmente para que el país entrara en la guerra, 
pero la investigación no prosperó. 

Sherwood fue también testigo de que otro israelita: 
«Sam Rosenman, se movía en el foro del Palacio a guisa de 
guardia pretoriano. Siempre hubo críticas para aquellas 
personalidades extraoficiales... Hopkins, Rosenman y yo 
trabajamos activamente en todos los principales discursos de 
Rooseveit». 

Rosenman, juez de la Suprema Corte del Estado de Nueva 
York, era el enlace entre la Casa Blanca y los jefes israelitas 
de Nueva York[5]. 

Félix Frankfurter, judío nacido en Austria descendiente de 
rabinos, era también del grupo íntimo e influyente de 
Rooseveit. Desde muchos años antes se le identificó como 
decidido partidario del marxismo; dirigía la Harvard Law 
School, vivero de jóvenes pro-soviéticos a los que luego 
acomodaba pródigamente en las diversas dependencias de la 
administración. Además aconsejaba a la «American Civil 
Liberties Union», que era otro centro de izquierdistas 
disfrazados. 

El influyente juez Brandéis, también judío, mantenía 
constante contacto con Rooseveit y se afirma que fue el padre 
intelectual del «New Deal» (plan económico-político de 
Rooseveit para asegurar sus reelecciones mediante el dinero 
del pueblo). El rabino Stephen Wise también formaba parte 
de ese grupo, como que desde septiembre de 1914 había 
apoyado decididamente a Rooseveit en sus primeros pasos 
políticos. 

Ahora bien, según el árbol genealógico investigado por el Dr. 
H. Laughiin, del Instituto Carnegie, Frankiin D. Rooseveit 
pertenecía a la séptima generación del israelita Claes 
Martensen van Rosenveit, emigrado de España a Holanda en 


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1620, como consecuencia de la expulsión de los judíos. Este 
informe fue publicado en 1933 en el «Daily Citizen», de 
Tucson, Arizona. Posteriormente el «Washington Star» dio 
una información parecida al morir la madre de Rooseveit, 
Sarah Delano. Y el israelita A. Slomovitz publicó en el «Detroit 
Jewish Chronicle» que los antepasados judíos de Rooseveit en 
el siglo XVI residían en España y se apellidaban Rosa 
Campo[6]. 

Rooseveit contaba también con los jefes del movimiento 
obrero americano, tales como los líderes judíos Sidney 
Hulmán (CIO). John L. Lewis, Ben Gold, Abraham Flexner, 
David Dubinsky y otros muchos discípulos del también líder 
obrerista judío Samuel Gompers, fundador de la American 
Federation of Labor. El líder Hillman, israelita originario de 
Lituania y emigrado a los Estados Unidos en 1907, había 
organizado en 1922 una corporación industrial 
rusoamericana, en la que su lema era: «Tenemos la 
obligación moral de ayudar a Rusia a resurgir». Hulmán era 
aconsejado por el influyente rabino Stephen Wise, según este 
mismo lo afirma en su biografía «Años de Lucha». Entre los 
dirigentes de los obreros norteamericanos han figurado 
siempre muchísimos judíos. La lista ocuparía varias hojas, 
pero además de los antes nombrados pueden citarse a los 
muy conocidos Arthur J. Goldberg, Frank Rosenblum, Jacob 
Potofsky, Dan Tobin, Walter Reuther, Jacob Reuther y Albert 
Fitzgerald. 

Cuando el líder obrero norteamericano J ohn P. Frey denunció 
ante la comisión parlamentaria de actividades anti¬ 
norteamericanas la labor comunista de dichos líderes judíos, 
fue violentamente censurado por escritores y periódicos 
prosoviéticos. Y Rooseveit dijo al Senador Martín Dies: 

«¿Cómo se le ha ocurrido permitir esta campaña de 
difamación contra el CIO?... No es absolutamente el caso de 
dar tanta importancia al comunismo». Por algo el periódico 
judío «Jewish Life», de Nueva York, había dicho el primero de 


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mayo de 1939 que «los aliados más fíeles del judaismo son 
los partidos comunistas». 

Así las cosas, en el fondo resultaba muy explicable por qué 
Rooseveit pugnaba por alinear a Occidente en defensa de la 
URSS y por qué alentaba a la juventud norteamericana hacia 
el marxismo. En el congreso juvenil de Washington, en enero 
de 1940, dijo: 

«Hace ya más de veinte años, cuando la mayoría de ustedes 
eran unos niños muy pequeños, yo sentía la misma simpatía 
por el pueblo ruso. En los primeros días del comunismo 
entendí que muchos de los dirigentes de Rusia estaban 
proporcionando mejor educación, y mejor salud... Se dice que 
algunos de ustedes son comunistas. Este adjetivo, hoy, es 
muy impopular. Como norteamericanos, tienen ustedes, si 
quieren, perfecto derecho legal y constitucional a definirse 
como comunistas»[7]. 

Marx, Engeis, Lenin, Kamenev, Zinoviev, Trotsky y los demás 
adalides israelitas del bolchevismo soviético habían logrado 
un triunfo sui géneris en la Casa Blanca de Washington, y 
este triunfo había sido magistral obra de filigranas políticas en 
las hábiles manos de los israelitas Wise, Baruch, Rosenman y 
otras eminencias del llamado «poder secreto del mundo». 
El pueblo norteamericano veía con inquietud que se le quería 
mezclar peligrosamente en el conflicto europeo y que se le 
empujaba hacia el campo bolchevique. La política 
rooseveltiana del «New Deal» se identificaba cada vez más 
con Moscú. Sherwood refiere que los epítetos «comunista y 
bolchevique se lanzaban enérgicamente a la faz de la 
administración rooseveltiana, y sobre todo, a Hopkins. Martín 
Dies, presidente de la Comisión Investigadora de Actividades 
Antinorteamericanas, anunciaba en el Congreso que pediría 
presupuesto para investigar el manejo de fondos y que haría 
expulsar a Hopkins, a Haroid Ickes y a otros comunistas... 
Cuando se nombró a Hopkins Secretario de Comercio, el 
"Chicago Tribune" dijo: Esta designación es la más 


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incomprensible y la menos defendible de cuantas ha hecho el 
Presidente». 

Pero confiado en sus influencias y en las de quienes lo 
sostenían, Hopkins decía; «Habrá impuestos y más 
impuestos, gastos y más gastos y seremos elegidos una y 
otra vez»[8]. Y así fue. Los auténticos intereses del pueblo 
norteamericano habían pasado ya a un lugar secundario 
desde el cual no podían normar el destino del país. El Estado 
judío, dentro del Estado norteamericano, era en ese momento 
el que imponía el derrotero. Y lo más admirable —por su 
habilidad política— fue que con el dinero de los propios 
contribuyentes norteamericanos se compraran indirectamente 
los votos para las reelecciones de Rooseveit, que garantizaron 
la continuidad de la influencia, judía, contraria a los mismos 
contribuyentes. El instrumento de esta maniobra se llamó 
«New Deal» (Nuevo Trato). 

La comisión senatorial de investigaciones antiamericanas, 
presidida por Martín Dies, conmovió al pueblo con sus 
denuncias. Había descubierto que funcionaban 10 editoriales 
que hasta 1938 llevaban distribuidos 15 millones de 
ejemplares de propaganda pro-soviética y que existían nexos 
comunistas en numerosos periódicos, en las ligas de nudistas, 
en sociedades defensoras de negros y hasta en agrupaciones 
que tendían la mano a los cristianos. El padre Coughiin 
hablaba por radio para denunciar muchas de estas 
maniobras. El general Pershing, de la Legión de Antiguos 
Combatientes, lanzó asimismo una voz de alerta ante la 
infiltración bolchevique, pero en todas partes había células 
rojas que ahogaban estas denuncias, y el propio Rooseveit 
paralizó a la Comisión Dies. 

Por ese entonces progresaba en España la rebelión 
anticomunista, que fue también un reactivo que puso en 
evidencia las fuerzas mundiales pro-tectoras del marxismo. 
La Conferencia Central de Rabinos americanos se reunió el 30 
de mayo de 1937 en Colombo, Ohio, y declaró: «Esta confe¬ 
rencia expresa su vigorosa condenación de los insurgentes 


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españoles» Al año siguiente el rabino Stephen Wise abogaba 
públicamente por los comunistas hispanos. El CIO de los 
líderes judíos Lewis Hillman, Gold, Dubinsky, etc., promovió 
la formación de la brigada «Abraham Lincoln», que llevó a 
3,200 hombres a pelear en el bando comunista español. En 
esta brigada pereció el hijo del rabino Levinger. 
Significativamente, en el comité Central del partido comunista 
español figuraban como delegados de Moscú los judíos 
Neuman y Margarita Neiken. Y la Asociación Hispano-Hebraica 
lanzó una proclama pidiendo que en cada país y en cada 
ciudad se creara «un Comité de ayuda al pueblo republicano 
español que lucha por la fraternidad universal». (Y una de las 
formas de esa lucha fue la de matar a siete mil sacerdotes y 
religiosos, incluso 12 obispos, según recuento final del que 
informó monseñor Antoniutti, Nuncio en España). 

También es significativo que las logias masónicas españolas 
fueran la espina dorsal del régimen comunista de Azaña. 
Durante todo el tiempo de la lucha armada estuvieron 
gestionando desesperadamente que Rooseveit y su camarilla 
judía intervinieran directa y decisivamente en la Península, 
pero el Poder Israelita de la Casa Blanca consideró que una 
acción de ese género ponía en peligro lo más por lo menos. 
John M. Cowles, masón de Washington, enviaba fondos a sus 
hermanos de España y les explicaba que la masa católica 
norteamericana era todavía un obstáculo muy grande para 
intervenir en España: «Si los católicos votan en masa por los 
demócratas, vencen, y si votan por los republicanos, vencen 
también. Al menos este es el caso general por lo que ambos 
partidos políticos hacen continuamente lo que pueden por 
conseguir el voto de los católicos». Esa fue la causa de la 
neutralidad de Washington durante la guerra de España[9]. 
Por cierto que el marqués de Merry del Val dirigió una carta a 
Rooseveit preguntándole por qué no mostraba ninguna 
compasión hacia los millares de católicos asesinados en 
España por las brigadas internacionales bolcheviques. Poco 
antes Rooseveit se había mostrado muy impresionado y 
altamente indignado cuando los alemanes dañaron 


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escaparates de judíos, y había retirado su Embajador en 
Berlín y declarado que apenas podía creer que tales sucesos 
ocurrieran en el siglo veinte. Del Val le decía que los vidrios 
rotos en los comercios judíos de Alemania eran cosas «bien 
pequeñas, por deplorables que sean, al lado de los sucesos de 
España», hacia los cuales Rooseveit no había mostrado la 
más ligera desaprobación. Estos también ocurrían en el siglo 
veinte. 


INGLATERRA, VALLADAR CONTRA LA MARCHA HACIA MOSCÚ 

Desde antes de la primera guerra mundial Adolfo Hitler 
pensaba que Alemania debería rehuir el conflicto con 
Inglaterra y Francia, desistiendo de su expansión en ultramar, 
a cambio de adquirir nuevos territorios en la Europa Oriental. 
Consideraba que si Inglaterra —después del aniquilamiento 
de España y los Países Bajos como potencias marítimas— 
concentró a principios del siglo XIX sus energías contra 
Francia, lo hizo exclusivamente porque Napoleón I puso en 
peligro la hegemonía británica. Y creía que si otra potencia 
europea volvía a interferir el dominio inglés en las colonias, 
sería igualmente combatida por la Gran Bretaña. Alemania no 
debería correr esa aventura. 

Años después, ya como jefe del naciente movimiento 
nacionalsocialista, Hitler repitió muchas veces esa idea en sus 
discursos, y en 1923 la proclamó así en «Mi Lucha» y acusó 
categóricamente a la prensa judía de que alentaba en 
Alemania el rearme naval y luego hacía de esto un motivo de 
agitación en Inglaterra, a efecto de sabotear la amistad 
germanobritánica. Agregó que Alemania no debería 
querellarse más con Inglaterra, sino «hacer frente con fuerzas 
concentradas» al movimiento judío-marxista y a las masas 
bolcheviques convertidas en ciego instrumento de éste. 
Más explícito al escribir en 1926 la segunda parte de «Mi 
Lucha», Hitler reiteraba así su determinación de no combatir 
contra el pueblo británico: 


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«Por propia experiencia sabemos nosotros hasta la saciedad 
cuan difícil es llegar a reducir a Inglaterra. Aun prescindiendo 
de esto, yo como germano preferiré siempre, a pesar de todo, 
ver la India bajo la dominación inglesa que bajo otra 
cualquiera». 

A la luz de esas consideraciones, que eran asimismo procla¬ 
madas por el movimiento nazi, no tenía nada de extraño que 
Hitler tratara de ganarse la amistad de Inglaterra y Churchill 
aun antes de que llegara a la Cancillería del Reich. Así lo 
reconoce el propio Churchill en sus memorias: 

«El verano de 1932 —un año antes de que Hitler asumiera el 
Poder y siete años antes de la guerra— estuve en Munich. Fui 
visitado por Herr HanfstaengI, enviado de Hitler. Trataba de 
hacerse simpático. Después de la comida tocó todos los aires 
musicales de mi predilección. Me dijo que debería conocer al 
Fuehrer. Hitler venía al hotel todas las tardes y tenía 
seguridad de que me vería con agrado. En el curso de la 
conversación se me ocurrió preguntar: ¿Por qué el jefe de 
ustedes se muestra tan violento con los judíos?... Más tarde, 
cuando se había vuelto omnipotente, habría yo de recibir 
varias invitaciones de Hitler. Pero ya entonces habían ocurrido 
muchas cosas y tuve que excusarme». 

Fueron entonces las primeras veces que Churchill dejó a 
Hitler con la mano tendida. Y no habrían de ser las últimas... 
La enemistad entre el judaismo y el movimiento 
nacionalsocialista de Hitler se levantaba como escollo 
insalvable de la amistad entre Alemania y el pueblo británico. 
Parecía absurdo e inverosímil, pero así era. Ya en 1920 Henry 
Ford había hablado en «El Judío Internacional» acerca de la 
increíble prepon-derancia que los israelitas lograron 
secretamente en Inglaterra desde media-dos del siglo pasado, 
cuando el judío Disraeli fue Primer Ministro y jefe político de 
los conservadores. Después han figurado prominentemente 
Lord Reading, en el Gabinete; Lord Rotschild, en las finanzas; 
Lord Northcliffe, o sea Isaac Harmsworth, en la prensa; Harry 
Pollit y Arthur Horner, en la organización de células 
comunistas; Norman Montagu, como director del Banco de 


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Inglaterra; Sidney Silverman en el Parlamento; Samuel Hoare 
(conocido corno visconde Templewood) en diversos 
ministerios, y otros muchos. Se considera que cien familias de 
la alta nobleza británica, en su mayor parte de origen judío, 
son las que dirigen la política del reino[10]. 

No era conveniente para el pueblo británico —como ahora 
puede ver-se palpablemente que no lo fue— que entrara en 
dificultades con Alemania si ésta quería lanzarse contra la 
URSS, pero sobre los auténticos intereses del pueblo inglés 
privaban los intereses del judaismo. En este punto los 
británicos se hallaban en idéntica situación que los norte¬ 
americanos. El judío se había infiltrado también hábilmente 
en la Gran Bretaña e hizo de las finanzas uno de los 
principales reductos, de tal manera que luego su influencia 
era decisiva. Incluso muchas prominentes familias inglesas 
han tenido la creencia de que son sucesores de las doce 
tribus de Israel, y aunque no lo proclaman públicamente, sus 
actividades siguen el sendero común del mo-vimiento 
político-judío. Northcliffe, conocido como el «Napoleón de la 
Prensa», llegó a controlar los principales diarios británicos y a 
través de ellos a la opinión pública. Por muchos conductos la 
mano israelita ha veni-do influyendo en el Parlamento y en la 
política exterior inglesa. Ese sello, ajeno al pueblo inglés, es 
el que inspiró el mote de «la pérfida Albión». 

Hasta qué grado Churchill encontró apoyo en esas fuerzas 
invisibles, pero poderosas, para su política exterior que 
llevaba al Imperio Británico a interponerse en el camino entre 
Berlín y Moscú, o hasta qué grado Churchill fue ciego 
instrumento de esas fuerzas, es un punto histórico muy difícil 
de precisar, pero los acontecimientos demuestran la 
existencia de ese factor. 

Entre los reiterados esfuerzos de Hitler por fincar una firme 
amistad con Inglaterra figura el Acuerdo Naval Anglo- 
germano, firmado el 18 de junio de 1935. Según ese 
convenio, Alemania se comprometía a no construir una flota 
de guerra que fuera mayor del 35% de la flota británica. 


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Hitler quería así que la Gran Bretaña continuara siendo la 
primera potencia marítima, en tanto que Alemania se 
convertía en una potencia terrestre para luchar contra la 
URSS. El historiador inglés F. H. Hinsley, de la Universidad de 
Cambridge, examinó después de la guerra los archivos 
alemanes y llegó a la siguiente conclusión: 

«En particular, (Hitler) no tenía la menor intención de 
disputar a Inglaterra la supremacía naval... Ninguna de las 
pruebas de que podemos disponer en la actualidad y que 
hacen referencia a las negociaciones navales anglogermanas 
contradicen eso»[ll]. 

Después del acuerdo naval anglogermano, Hitler quiso 
entrevistarse con el Premier inglés Mr. Baldwin, pero éste dio 
largas al asunto y no resolvió nada. 
«Cuando se lo comuniqué así a Hitler —dice Von Ribbentrop 
en sus 'Memorias'—, su desengaño fue todavía mayor que el 
mío. Permaneció callado bastante tiempo, después levantó la 
vista hacia mí. Finalmente me dijo que durante años había 
tratado de conseguir un entendimiento entre Inglaterra y 
Alemania, que había resuelto la cuestión de la Flota de un 
modo favorable para ellos y que estaba dispuesto a hacer 
cualquier cosa en común con aquel país, pero que por lo 
visto, Inglaterra no quería comprender su actitud». 
Sin embargo, en agosto de 1936 Hitler hizo otro intento de 
acercamiento con la Gran Bretaña y envió a Londres a Von 
Ribbentrop para que gestionara un pacto de amistad. Ambos 
confiaban en la buena voluntad del Rey Eduardo VIII, que no 
simpatizaba con el marxismo y que deseaba un acuerdo con 
Alemania. Pero precisamente en esos días tomaba fuerza una 
conjura política para hacerlo dimitir, apoyada en una 
campaña de prensa por su matrimonio con la señora 
Simpson. El rey abdicó en diciembre y el pacto de amistad 
anglogermano no pudo concertarse. Seis años después Hitler 
dijo en una conversación privada: 

«El golpe de gracia para el duque de Windsor creo que fue su 
discurso a los excombatientes, en el que dijo que la meta de 


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SU vida era la conciliación de Inglaterra y Alemania. Toda la 
campaña belicista fue montada por Churchill y pagada por los 
judíos con la colaboración de los Edén, Vansittart y compañía. 
Los judíos lograron su intentona de apoderarse de toda la 
prensa. Para agarrar a Rothermere le suprimieron los 
recursos de la publicidad. Una nación que no elimina a los 
judíos acaba, tarde o temprano, siendo devorada por ellos». 
El capitán Russell Grenfell, historiador inglés, considera 
nefasta para el mundo la obstinación con que Churchill se 
negó a recibir la amistad que Hitler le brindaba a Inglaterra. Y 
también juzga absurda la indignación con que Churchill se 
refería a la «tiranía nazi», al mismo tiempo que cortejaba a la 
tiranía bolchevique, mil veces peor. («Odio Incondicional». 
Cap. R. Grenfell). 

Una y otra vez era evidente que Alemania no quería conflicto 
con Inglaterra. En cambio lo quería y lo buscaba 
específicamente con la URSS. Von Ribbentrop tuvo la 
oportunidad de ser Ministro de Relaciones antes de ser 
Embajador de Alemania en Londres, pero le pidió a Hitler este 
último puesto a fin de hacer esfuerzos personales para 
estrechar la amistad con los británicos. 

Churchill así lo admite en sus Memorias y lo refiere con las 
siguientes palabras textuales: 

«Cierto día en 1937 —dos años antes de que se iniciara la 
guerra— tuve una entrevista con Von Ribbentrop, Embajador 
de Alemania en Inglaterra. La conversación duró más de una 
hora. Ribbentrop era sumamente cortés. La parte medular de 
su declaración fue que Alemania buscaba la amistad de 
Inglaterra. Dijo que pudo haber sido Ministro de Negocios 
Extranjeros en Alemania, pero que había pedido a Hitler que 
le permitiera venir a Londres a fin de presentar el caso 
completo a favor de una "entente" y hasta de una alianza 
anglo-germana. Alemania respaldaría al Imperio Británico en 
toda su grandeza y extensión. Posiblemente pediría la 
devolución de las colonias alemanas, pero eso evidentemente 
no era un punto cardinal. Lo que se requería era que la Gran 
Bretaña diera a Alemania manos libres en el oriente de 


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Europa... La Rusia Blanca y la Ucrania eran indispensables 
para la vida futura del Reich alemán, con más de 70 millones 
de almas. Nada menos se consideraría suficiente. Todo lo que 
se pedía de la Comunidad Británica de Naciones y del Imperio 
en general era una actitud de no intervención». 

Una vez más quedó así expuesta la más grave y fundamental 
decisión de Hitler y de Alemania: atacar a la URSS y 
arrebatarle la Rusia Blanca y Ucrania para que Alemania — 
miembro clave de la civilización occidental— creciera a costa 
del Oriente y no del Occidente. 

Churchill dejó una vez más a Hitler con la mano tendida. Su 
respuesta fue la siguiente, según lo dice en sus Memorias: 
«Le dije sin vacilar, que estaba seguro de que el Gobierno 
británico no convendría en dar a Alemania libertad de acción 
en la Europa Oriental. Era verdad que nos hallábamos en 
malos términos con la Rusia soviética y que aborrecíamos al 
bolchevismo tanto como Hitler mismo, pero podía estar 
seguro de, que aun cuando Francia quedaba salvaguardada, 
la Gran Bretaña nunca se desinteresaría de la suerte del 
Continente hasta un extremo que permitiera a Alemania 
ganar la dominación de la Europa Central y Oriental... 

»No estime usted a Inglaterra en menos de lo que vale. Tiene 
mucha habilidad. Si nos hunden ustedes en otra guerra, hará 
que el mundo entero se ponga contra Alemania, como la 
última vez. Al oír esto, el embajador se puso de pie muy 
acalorado y dijo: Inglaterra podrá ser muy hábil, pero en esta 
ocasión no colocará al mundo contra Alemania». 
En este punto Ribbentrop estaba equivocado. 


EL TRONO DEL ORO EMPUJ A A OCCI DENTE 

Había otro factor también interesado en que «el mundo 
entero» se alineara en contra de Alemania. Ese factor era el 
Trono del Oro. Ahí el judaismo se movía con ancestral 
destreza y mediante abstrusas teorías seudocientíficas 
disfrazaba su dominio sobre las fuentes económicas. 
La influencia de ese trono acababa de ser proscrita en Berlín. 


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Hitler había proclamado que la riqueza no es el oro, sino el 
trabajo, y con la realidad palpable de los hechos estaba 
demostrándolo así. 

Lentamente iba quedando al descubierto la ruin falacia de que 
el dinero debe privar sobre las fuerzas del espíritu. El hecho 
de que así ocurriera no era prueba concluyente de que así 
debería seguir ocurriendo. La economía nacionalsocialista de 
Hitler se aventuró resueltamente por un nuevo camino ante 
los ojos incrédulos del mundo. Había recibido una Alemania 
exhausta por la última guerra, y de la miseria resurgía como 
una potencia internacional. 

Con un territorio 19 veces mayor que Alemania y con 
recursos naturales y económicos infinitamente más grandes, 
Rooseveit no había dado empleo a sus once millones de 
cesantes. Pese a sus vastos recursos coloniales, los imperios 
británico y francés tampoco se libraban de ese crimen del 
trono del oro. En cambio, en la minúscula Alemania, no 
obstante la carencia de vastos campos agrícolas, de petróleo, 
de oro y de plata, la economía «nazi» había dado trabajo y 
pan a los 6.139,000 desocupados que le heredó el antiguo 
régimen. 

Si los sabihondos de la «ciencia económica» erigida en «tabú» 
alegaban que cierto terreno no podía abrirse al cultivo ni 
acomodarse ahí determinado número de cesantes, debido a 
que no había dinero, esto parecía ser una razón suficiente. La 
economía nazi, en cambio, se desentendía de que en el banco 
hubiera o no divisas o reservas de oro; emitía dinero papel, 
creaba una nueva fuente de trabajo, daba acomodo a los 
cesantes, aumentaba la producción y ese mismo aumento era 
la garantía del dinero emitido. En vez de que el oro 
apuntalara al billete de banco, era el trabajo el que lo 
sostenía. En otras palabras, la riqueza no era el dinero, sino 
el trabajo mismo, según la fórmula adoptada por Hitler. 
Si en un sitio había hombres aptos para trabajar y obras que 
realizar, la economía judaica se preguntaba si además existía 
dinero, y sin este tercer requisito la obra no se iniciaba y los 
cesantes permanecían como tales. La economía nazi, en 


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cambio, no preguntaba por el dinero; el trabajo de los 
hombres y la producción de su obra realizada eran un valor 
en sí mismos. El dinero vendría luego sólo como símbolo de 
ese valor intrínseco y verdadero. 

Por eso Hitler proclamó: «No tenemos oro, pero el oro de 
Alemania es la capacidad de trabajo del pueblo alemán... La 
riqueza no es el dinero, sino el trabajo». Los embaucadores 
del trono del oro gritaban que ésta era una herejía contra la 
«ciencia económica», más Hitler refutaba que el crimen era 
tener cesantes a millones de hombres sanos y fuertes y no el 
violar ciertos principios de la seudo-ciencia económica 
disfrazada con relumbrantes ropajes de disquisiciones 
abstrusas. 

«La inflación —dijo Hitler— no la provoca el aumento de la 
circulación monetaria. Nace el día en que se exige al 
comprador, por el mismo suministro, una suma superior que 
la exigida la víspera. Allí es donde hay que intervenir. Incluso 
a Schacht tuve que empezar a explicarle esta verdad 
elemental: que la causa esencial de la estabilidad de nuestra 
moneda había que buscarla en los campos de concentración. 
La moneda permanece estable en cuanto los especuladores 
van a un campo de trabajo. Tuve igualmente que hacerle 
comprender a Schacht que los beneficios excesivos deben 
retirarse del ciclo económico. 

»Todas estas cosas son simples y naturales. Lo fundamental 
es no permitir que los judíos metan en ellas su nariz. La base 
de la política comercial judía reside en hacer que los negocios 
lleguen a ser incomprensibles para un cerebro normal. Se 
extasía uno ante la ciencia de los grandes economistas. ¡Al 
que no comprende nada se le califica de ignorante! En el 
fondo, la única razón de la existencia de tales argucias es que 
lo enredan todo... Sólo los profesores no han comprendido 
que el valor del dinero depende de las mercancías que el 
dinero tiene detrás. 

»Dar dinero es únicamente un problema de fabricación de 
papel. Toda la cuestión es saber si los trabajadores producen 
en la medida de la fabricación del papel. Si el trabajo no 


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aumenta y por lo tanto la producción queda al mismo nivel, el 
aumento de dinero no les permitirá comprar más cosas que 
las que compraban antes con menos dinero. Evidentemente 
esta teoría no hubiera podido suministrar la materia de una 
disertación científica. Al economista distinguido le importa 
sobre todo exponer ideas envueltas en frases sibilinas... 
»Demostré a Zwiedineck que el patrón oro, la cobertura de la 
moneda, eran puras ficciones, y que me negaba en el futuro a 
considerarlas como venerables e intangibles; que a mis ojos 
el dinero no representaba nada más que la contrapartida de 
un trabajo y que no tenía por lo tanto valor más que en la 
medida que representase trabajo realmente efectuado. 
Precisé que allí donde el dinero no representaba trabajo, para 
mí carecía de valor. 

»Zwiedineck se quedó horrorizado al oírme. Me explicó que 
mis ideas conmovían las nociones más sólidamente 
establecidas de la ciencia económica y que su aplicación 
llevaría inevitablemente, al desastre. »Cuando, después de la 
toma del poder, tuve ocasión de traducir en hechos mis ideas, 
los economistas no sintieron el menor empacho, después de 
haber dado una vuelta completa, en explicar científicamente 
el valor de mi sistema»[12]. 

«Toda vida económica es la expresión de una vida psíquica», 
escribió Oswaido Spengler en < ^Decadencia de Occidente^ >. Y 
en efecto, el nacionalsocialismo modificó la economía de la 
nación en cuanto logró orientar hacia metas ideales la actitud 
psíquica del pueblo. La falsificación judía de la Economía 
Política, según la cual el trabajo es sólo una mercancía y el 
oro la base única de la moneda sana, quedó evidentemente al 
descubierto. 

Muchos incrédulos investigadores fueron a cerciorarse con sus 
propios ojos de lo que estaba ocurriendo en Alemania. 
«Radcliffe Collage» de Estados Unidos, envió a Berlín al 
economista antinazi Máxime Y. Sweezy. Entre sus 
conclusiones pub licadas en el libro (« La) (Economía) 
(Nacionalsocialista^ figuran las siguientes: 


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«El pensamiento occidental, cegado por los conceptos de una 
economía arcaica, creyó que la inflación, la falta de recursos, 
o una revolución, condenaban a Hitler al fracaso... Mediante 
obras públicas y subsidios para trabajos de construcción 
privada se logró la absorción de los cesantes. Se cuidó de que 
los trabajadores de determinada edad, especialmente 
aquellos que sostenían familias numerosas, tuvieran 
preferencia sobre los de menor edad y menores 
obligaciones... Se desplazó a los jóvenes desocupados hacia 
esferas de actividad de carácter más social que comercial, 
como los Cuerpos de Servicio de Trabajo, de Auxilios 
Agrícolas y de Trabajo Agrícola Anual. 

»En el otoño de 1936 ya no existía duda alguna sobre el éxito 
del primer plan cuatrienal. La desocupación había dejado de 
ser un problema e inclusive se necesitaban más obreros. El 
segundo plan cuatrienal quedó bajo la dirección del general 
Goering, cuya principal meta era independizar a Alemania de 
todos los víveres y materias primas importadas... Con 
proteínas de pescado se manufacturaron huevos en polvo; los 
autobuses fueron movidos por medio de gas; se usó vidrio 
para fabricar tubería y material aislante; se implantó la 
regeneración del hule y la purificación del aceite usado y el 
tratamiento de la superficie de metal contra el moho. Se 
almacenó aserrín para transformarlo en una harina de madera 
que también se usó como forraje; el pan se elaboró, en parte, 
de celulosa; las cubiertas de las salchichas se usaron de 
celofán; se transformaron las papas en almidones, azúcares y 
jarabes. 

»En Fallersieben se inició la construcción de no sólo la fábrica 
de automóviles más grande del mundo sino de la fábrica más 
grande del mundo de cualquier clase. El Volksauto (auto del 
pueblo) costaría mil ciento noventa marcos (más de dos mil 
pesos) en abonos de cinco semanarios. »En seis años los 
nazis terminaron 3,065 kilómetros de carreteras, 
parcialmente, 1,387 kilómetros más, e iniciaron la 
construcción de otros 2,499 kilómetros. »La estabilización de 
precios que resultó de la intervención oficial nazi debe 
conceptuarse como un éxito notable, único en la historia 


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económica desde la revolución industrial... Esta experiencia 
permitió que prosiguiera la guerra sin que el problema de los 
precios preocupara a Alemania»[13]. 

¿Cómo había sido lograda esa milagrosa transformación si 
Alemania carecía de oro en sus bancos, si carecía de oro en 
sus minas y de divisas extranjeras en sus reservas? ¿De qué 
misteriosas arcas había salido el dinero para emprender obras 
gigantescas que dieron trabajo a 6.136,000 cesantes 
existentes en enero de 1933? ¿Había logrado, acaso, la piedra 
filosofal buscada por los antiguos alquimistas para 
transformar el plomo en oro? 

La fórmula no era un secreto, pero sonaba inverosímilmente 
sencilla entre tanta falacia que la seudociencia económica 
judía había hecho circular por el mundo. Consistía, 
básicamente, en el principio de que «la riqueza no es el 
dinero, sino el trabajo». En consecuencia, si faltaba dinero, se 
hacía, y si los profetas del reino del oro gritaban que esto era 
una herejía, bastaba con aumentar la producción y con 
regular los salarios y los capitales para que no ocurriera 
ningún cataclismo económico. 

El investigador norteamericano Sweezy pudo ver cómo se 
daba ese paso audaz y escribió: 

«Los dividendos mayores del 6% debían ser invertidos en 
empréstitos públicos. Se considera que el aumento de billetes 
es malo, pero esto no tiene gran importancia cuando se 
regulan los salarios y los precios, cuando el Gobierno 
monopoliza el mercado de capitales y cuando la propaganda 
oficial entusiasma al pueblo». 

Sweezy relata también que la economía nazi ayudó a los 
hombres de negocios a eliminar a los logreros de la industria; 
se ampliaron las subvenciones para las empresas productoras 
de bienes esenciales; se implantó un espartano racionamiento 
y el comercio internacional se rigió a base de trueque. 
Mediante el Frente Alemán del Trabajo «la ilusión de las 
masas se desvió de los valores materiales a los valores 


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espirituales de la nación»; se aseguró la cooperación entre el 
capital y el trabajo; se creó un departamento de «Fuerza por 
la Alegría»; se agregó otro de «Belleza y Trabajo»; se 
implantó el mejoramiento eugenéfico y estético de los centros 
de trabajo. Para reducir las diferencias de clase, cada joven 
alemán laboraba un año en el «Servicio de Trabajo» antes de 
entrar en el ejército; se trasladaron jóvenes de las ciudades a 
incrementar las labores agrícolas; se movilizó a los ancianos a 
talleres especiales; a los procesados se les hizo desempeñar 
trabajos duros; a los judíos se les aisló del resto de los 
trabajadores, «con objeto de que el contagio fuera mínimo»; 
y las ganancias de los negociantes se redujeron a límites 
razonables. 

El ex Primer Ministro francés Paul Reynaud dice en sus 
«Revelaciones» que «en 1923 se trabajaban en Alemania 
8,999 millones de horas y en Francia 8,184 millones. En 1937 
(bajo el sistema nazi que absorbió a todos los cesantes) se 
trabajaban en Alemania 16,201 millones de horas, y 6,179 
millones en Francia». Como resultado la producción industrial 
y agrícola de Alemania llegó a sextuplicarse en algunos ramos 
y así la realidad trabajo fue imponiéndose a la ficción oro. Un 
viejo anhelo de la filosofía idealista alemana iba triunfando 
aun en el duro terreno de la economía. En sus «Discursos a la 
Nación Alemana» Juan G. Fichte había dicho en 1809 que «al 
alumno debe persuadírsele de que es vergonzoso sacar los 
medios para su existencia de otra fuente que no sea su propio 
trabajo». 

Naturalmente que esto entraba en pugna con los intereses de 
una de las ramas judías que halla más cómodo amasar 
fortunas en hábiles especulaciones, monopolios o 
transacciones de Bolsa que forjar patrimonios mediante el 
trabajo constructivo. Esta implacable ambición que no se 
detiene ante nada ya había sido percibida años antes por el 
filósofo francés Gustavo Le Bon, quien escribió en (« La) 
(Civilización de los Árabes» ) 

«Los reyes del siglo en que luego entraremos, serán aquellos 
que mejor sepan apoderarse de las riquezas. Los judíos 


lio 







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poseen esta aptitud hasta un extremo que nadie ha igualado 
todavía». 

Ciertamente Hitler repudiaba a esos reyes del oro y desde 
1923 había escrito que el capital debe hallarse sometido a la 
soberanía de la nación, en vez de ser una potencia 
internacional independiente. Es más, el capital debe actuar — 
decía— en favor de la soberanía de la nación, en lugar de 
convertirse en amo de ésta. Es intolerable que el capital 
pretenda regirse por leyes internacionales atendiendo 
únicamente a lograr su propio crecimiento. En la democracia 
la economía ha logrado imponerse al interés de la 
colectividad, y si para sus conveniencias utilitarias es más 
atractivo financiar a los especuladores que a los productores 
de víveres, puede hacerlo libremente. De igual manera puede 
ayudar más a los capitales extranjeros que a los propios, si 
en esa forma obtiene dividendos mayores. El bien de la patria 
y de la nacionalidad no cuentan para nada en la «ciencia 
económica» del Reino del Oro. 

Naturalmente, ese egoísmo practicado y propiciado por el 
judío fue barrido implacablemente en Alemania. Y una vez 
afianzada la economía nacionalsocialista, Hitler pudo anunciar 
el 10 de diciembre de 1940: 

«Estoy convencido de que el oro se ha vuelto un medio de 
opresión sobre los pueblos. No nos importa carecer de él. El 
oro no se come. Tenemos en cambio la fuerza productora del 
pueblo alemán... En los países capitalistas el pueblo existe 
para la economía y la economía para el capital. Entre 
nosotros ocurre al revés: el capital existe para la economía y 
la economía para el pueblo. Lo primero es el pueblo y todo lo 
demás son solamente medios para obtener el bien del pueblo. 
Nuestra industria de armamentos podría repartir dividendos 
del 75, 140 y 160 por ciento, pero no hemos de consentirlo. 
Creo que es suficiente un seis por ciento... Cada consejero — 
en los países capitalistas— asiste una vez al año a una junta; 
oye un informe, que a veces suscita discusiones. Y por ese 
trabajo recibe anualmente 60,000, 80,000 ó 100,000 marcos. 


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Esas prácticas inicuas las hemos borrado entre nosotros. A 
quienes con su genio y laboriosidad han hecho o descubierto 
algo que sirve grandemente a nuestro pueblo, les otorgamos 
—y lo merecen— la recompensa apropiada. ¡Pero no 
queremos zánganos!» 

Muchos zánganos de dentro y de fuera de Alemania se 
estremecieron de odio y de temor. 

Así se explica por qué el 7 de agosto de 1933 —seis años 
antes de que se iniciara la guerra— Samuel Untermeyer, 
presidente de la Federación Mundial Económica Judía, había 
dicho en Nueva York durante un discurso: 

«Agradezco su entusiasta recepción, aunque entiendo que no 
me corresponde a mí personalmente sino a la "Guerra santa" 
por la humanidad, que estamos llevando a cabo. Se trata de 
una guerra que debe pelearse sin descanso ni cuartel, hasta 
que se dispersen las nubes de intolerancia, odio racial y 
fanatismo que cubren lo que fuera Alemania y ahora es 
hitlerlandia. Nuestra campaña consiste, en uno de sus 
aspectos, en el boicot contra todas sus mercancías, buques y 
demás servicios alemanes... El primer Presidente Rooseveit, 
cuya visión y dotes de gobierno constituyen la maravilla del 
mundo civilizado, lo está invocando para la realización de su 
noble concepto sobre el reajuste entre el capital y el 
traba] o» [14]. 

Es importante observar cómo seis años antes de que se 
encontrara el falso pretexto de Polonia para lanzar al 
Occidente contra Alemania, ya la Federación Mundial 
Económica Judía le había declarado la guerra de boicot. La 
lucha armada fue posteriormente una ampliación de la guerra 
económica. 

Carlos Roel añade en su obra citada: 

«La judería se alarmó, pues siendo el acaparamiento del oro y 
el dominio de la banca sus medios de dominación mundial, 
significaba un grave peligro para ello, el triunfo de un Estado 
que podía pasarse sin oro, y además, desvincular sus 


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instituciones de crédito de la red internacional israelita, ya 
que muchos otros se apresurarían a imitarlo. ¿Cómo evitar 
ese peligro? No habría sino una forma: aniquilar a Alemania». 
Agrega que esos amos del crédito realizan fabulosas 
especulaciones a costa del pueblo; fundan monopolios y 
provocan crisis y carestías. Y como están en posibilidad de 
elevar o abaratar los valores de Bolsa a su arbitrio, sus 
perspectivas de lucro se vuelven prácticamente infinitas. 
También Henry Ford habla de esto y refiere cómo los 
americanos fueron testigos durante 15 meses de una de esas 
típicas maniobras: «El dinero —dice— se sustrajo a su 
objetivo legal y fue prestado a los especuladores al seis por 
ciento, quienes a su vez volvieron a prestarlo al 30%». 
Era, pues, tan bonancible la situación de los reyes del oro, 
que naturalmente se aprestaron con odio incontenible a 
combatir al régimen nazi. El ejemplo de éste desacreditaba la 
sutil telaraña de seudociencia económica tras la cual se 
hallaban apostados los magnates judíos al acecho de sus 
víctimas. 

El sistema alemán de comerciar internacionalmente a base de 
trueque y no de divisas era también alarmante para esos 
profesionales especuladores. En respuesta a las críticas contra 
el trueque, Hitler dijo el 30 de enero de 1939: 

«El sistema alemán de dar por un trabajo realizado 
noblemente un contrarrendimiento también noblemente 
realizado, constituye una práctica más decente que el pago 
por divisas que un año más tarde han sido desvalorizadas en 
un tanto por ciento cualquiera[15]. 

»Hoy nos reímos de esa época en que nuestros economistas 
pensaban con toda seriedad que el valor de una moneda se 
encuentra determinado por las existencias en oro y divisas 
depositadas en las cajas de los bancos del Estado y, sobre 
todo, que el valor se encontraba garantizado por éstas. En 
lugar de ello hemos aprendido a conocer que el valor de una 
moneda reside en la energía de producción de un pueblo». 
La demostración de ese principio ponía automáticamente en 


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evidencia el engaño que padecían otros pueblos. El judaismo 
se sintió así herido en dos de sus más brillantes creaciones: 
en el Oriente, su Imperio marxiste se hallaba en capilla; en el 
Occidente, su sistema económico supercapitalista de 
especulaciones gigantescas estaba siendo desacreditado ante 
los ojos de los pueblos occidentales que eran sus víctimas. 
Y de ahí nació la entonces tácita alianza entre el Oriente y el 
Occidente para aniquilar a la Alemania nazi. Ni los 
yugoeslavos, ni los belgas, ni los franceses, ni los ingleses, ni 
los americanos, tenían por qué lanzarse a esa lucha, mas 
para los intereses israelitas era indispensable empujarlos. 
¡Con los mismos pueblos que en cierto modo eran sus 
víctimas, el judaismo político iba a afianzar su hegemonía 
mundial! 

Henry Ford escribió en 1920 que «existe un supercapitalismo 
que se apoya exclusivamente en la ilusión de que el oro es la 
máxima felicidad. Y existe también un supergobierno 
internacional cuyo poderío es mayor que el que tuvo el 
I mperio Romano». 

Pues bien, ese supergobierno iba a realizar la fabulosa tarea 
de lanzar a los pueblos occidentales a una guerra que era 
ajena a los intereses de esos pueblos e incluso perjudicial 
para ellos. 


PROFUNDAS RAICES EN EL ALMA COLECTIVA 

Las realizaciones del nacionalsocialismo eran la cúspide de 
una montaña de fuerzas psicológicas que asentaban sus 
cimientos en el alma colectiva del pueblo alemán. 
Aunque los gobiernos influyen en los pueblos y los encauzan, 
es el alma de la nación la que les infunde o no el toque de 
grandeza. Cuando ese espíritu falta, las instituciones son 
simples «gerencias» administrativas, más o menos toleradas 
o más o menos populares, pero carentes del fuego que arde 
en los movimientos históricos que graban épocas milenarias 
en el Destino de los pueblos. 


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El movimiento nazi encontró cualidades populares— 
rezumadas a través de siglos y de generación en generación— 
que hicieron posibles sus centelleantes realizaciones. No era, 
por tanto, un movimiento de exportación. Muchos años antes 
había comenzado a abonarse el terreno mediante la típica 
disciplina alemana en la escuela y el cuartel. De ella nacieron 
o se acrecentaron en Alemania las cualidades de orden, de 
atención concentrada, de paciencia y de minuciosidad. Desde 
siglos antes el servicio militar había inculcado reverente culto 
por la Patria y la nacionalidad; las universidades habían 
abierto todas las puertas del conocimiento humano a una 
enorme masa de ciudadanos. Hitler se encontró así a un 
pueblo culto, pero que gracias a sus reservas vitales —y al 
ejercicio de la fuerza de voluntad desde la escuela hasta el 
cuartel— no había caído en la degeneración libresca del 
intelectualoide que repudia la acción, el esfuerzo, el sacrificio 
y la disciplina. Este último disfraza su pereza con sapiencia, 
pero en vez de una acción sostenida sólo realiza un estéril 
mariposeo de idea en idea. 

Por otra parte, la dictadura de Hitler en Alemania tenía un 
significado muy distinto a las dictaduras habidas en otros 
países, donde los dictadores imponen su dominio y el de su 
camarilla, pero no imponen métodos para realizar ideales. Es 
esta una fundamental diferencia. 

Cuando un pueblo ansia sustraerse al dominio de un grupo 
político, ese anhelo es una fuerza libertadora. Por eso 
Spengler dice que en esencia «la libertad tiene algo de 
negativo; desata, liberta, defiende; ser libre es siempre 
quedar libre de algo». Pero en Alemania nacionalsocialista el 
pueblo no deseaba sustraerse a su ideal de grandeza y a su 
aspiración de adquirir espacio para vivir. No deseaba 
libertarse de su ideal nacionalista; y supuesto que Hitler 
implantaba una dictadura para realizar esos ideales, el pueblo 
estaba con él. La dictadura la llevaba el pueblo en su propia 
alma y era la dictadura de sus ideales. Por eso Hitler —que 
fue símbolo viviente y bandera humana de esos anhelos — 
arrastró multitudes. 


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Esto constituía la característica específica, diacrítica, propia, 
de la dictadura nacionalsocialista. La dictadura es un 
instrumento, no una «cosa en sí»; puede ser buena o mala, 
querida u odiada, según el fin a que se oriente. 458 años 
antes de nuestra Era, cuando los romanos se hallaban 
aflictivamente sitiados por los ecuos, recurrieron a Lucio 
Quínelo Cincinato y lo nombraron dictador. Cincinato organizó 
nuevos ejércitos, restableció la confianza y derrotó a los 
ecuos. 

Frecuentemente se ha visto en la historia que los pueblos en 
zozobra recurren a la voluntad de un hombre para encontrar 
su propio camino y cuando en esos momentos aflictivos 
hallan a ese hombre resuelto a asumir la responsabilidad de 
todos, la tensión disminuye y la esperanza resurge. La 
dictadura es una necesidad esporádica en la historia de la 
humanidad. Si en el caso de Alemania se la vilipendió tanto, 
fue por intereses partidistas, más no porque en realidad fuera 
un régimen contrario a la voluntad popular. 

La dictadura nazi irrumpió duramente en la vida de Alemania. 
Hitler mismo lo advirtió así: «El nacionalsocialismo no es 
ninguna doctrina de quietud; no es una doctrina de goce, sino 
de esfuerzo y de lucha». Y sin embargo halló adhesión 
entusiasta porque no era molicie lo que el pueblo deseaba. 
Así lo revelaban ya los pensadores alemanes después de 1918 
al quejarse de que «ahora vivimos el happy end de una 
existencia sin contenido, a través de cuyo aburrimiento la 
música de jazz y los bailes negros entonan la marcha fúnebre 
de una gran cultura. Hacemos el muerto como insectos 
humanos». (Spengler). Pero a partir de 1933 en que los nazis 
adquirieron el poder, la disciplina y el esfuerzo fueron 
materializando nuevas instituciones y poniendo en juego las 
inactivas energías de la nación. Se establecieron centros 
juveniles como el de Sonthofen, para crear jóvenes 
«rectangulares de cuerpo y alma». «Los hombres no deberán 
preocuparse más de la selección de perros, caballos y gatos, 
que de levantar el nivel racial del hombre mismo». 


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Ciertos observadores extranjeros se escandalizaban —quién 
sabe por qué— de que en las escuelas alemanas se les 
inculcara a los educandos: «muchachos; tienen que ser duros 
y resistentes... duros como el acero; ¡el Fuehrer lo quiere!» 
Desde los catorce hasta los 18 años los muchachos alemanes 
pertenecían a la Juventud de Hitler, dotada de secciones de 
aviación, de fusileros, etc., y se les impartían conocimientos 
de política que en otros países difícilmente logran incluso los 
adultos. 

Contra la internacionalización del obrero proclamada por el 
marxismo se instituyó el Frente de Trabajo y se alentó el 
sentimiento de la comunidad nacional. El trabajador no era ni 
un paria respecto a las demás clases ni un privilegiado 
aristócrata de overol. El frente del trabajo imponía al patrón 
«el deber de ser considerado y justo con el obrero». Para esto 
funcionaba el Tribunal de Honor Social, pero naturalmente su 
eficacia no se fincaba sólo en bellos reglamentos, sino en la 
espontánea disposición de patrones y obreros a cooperar al 
resurgimiento de la nación. La indemnización por despidos 
injustos ascendía a un año de salario. Pero más que las 
sanciones, lo que acercaba a las diversas clases y las fundía 
en un mismo bloque de trabajo era el ideal de una patria 
grande. Despertar estas fuerzas psicológicas tiene mucho más 
valor en la práctica que expedir leyes cuya evasión es 
siempre factible. 

En tres años se construyeron en las ciudades 701,552 
viviendas populares, con alquiler no mayor de la quinta parte 
de los ingresos del inquilino. Para evitar amontonamientos 
deprimentes las viviendas eran de una sola planta y tenían 
jardín. Además, el Frente del Trabajo terminó en dos años 
21,301 casas de colonos y 59,000 más se hallaban en 
construcción[16]. 

El Frente cuidaba también de los obreros temporales como los 
de la construcción, que incluso tenían derecho a vacaciones. 
«El número de obreros con derecho a vacación en Alemania 
es más del doble del de los demás países. El promedio de 


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vacaciones es también mayor... Una dependencia del FAT, la 
Fuerza por la Alegría, atiende a la inversión del ocio. Ningún 
otro Estado presenta una institución de recreo semejante. 
Más de 5 millones de personas que no habían salido o habían 
salido raramente de los muros de su ciudad, han podido 
conocer lo más hermoso de la patria alemana»[17]. 

Las crecidas utilidades obtenidas por un sector no se 
interpretaban como síntoma de auge nacional, sino como una 
irregularidad económica que debía ser corregida en beneficio 
del bienestar colectivo, pues «la economía próspera debe 
apoyarse en un alto nivel de vida de la masa». 

En la obtención de trabajo era factor decisivo el número de 
miembros de la familia. Y el seguro social, establecido por 
Bismarck en 1880, alcanzó en 1937 el primer lugar del 
mundo. La beneficencia pública recurría a la colecta del Plato 
Único en la comida del domingo; lo economizado por cada 
ciudadano se destinaba a ayudar a la colectividad. En tres 
años las colectas ascendieron a 1,095 millones de marcos. 

Hitler no quería —dice el Dr. Rauecker— que esto fuera 
sustituido por impuestos, pues sostenía que «el sentimiento 
de responsabilidad social del individuo no debe debilitarse por 
medio del impuesto». En vez de una ayuda mecanizada y 
forzosa se apelaba a los sentimientos de camaradería y 
justicia. Carlos Roel cita — («Hitler y el Nazismo») — que el 
departamento de Fuerza por la Alegría, cuya tarea consistía 
en hermosear el medio ambiente de los obreros en las 
fábricas y hacerles su tarea menos fastidiosa, les decía: 
«No prometemos las utopías del marxismo. No; nosotros 
decimos al hombre que trabaja y crea, que la vida es dura y 
está llena de dificultades de las cuales no podemos librarlo, 
porque no hay poder en el mundo capaz de ello. Le decimos, 
empero, que lo esencial no es que desaparezcan los 
inevitables trabajos del hombre, sino que éste tenga la fuerza 
suficiente para afrontarlos. Y esa fuerza queremos dársela por 
medio de la alegría y la comunidad». 


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Todo este movimiento constructivo era naturalmente 
contrario a la demagógica agitación marxista que divide en 
vez de unir y que Oswaido Spengler sintetiza así en «Años 
Decisivos»: 

«Para el comunismo no se entiende por pueblo a la nación 
toda, sino a la parte de la masa ciudadana que se rebela 
contra la Comunidad. El trabajador pasa a ser el obrero 
propiamente dicho, el sentido y el fin de la historia, de la 
política y de la preocupación pública. Se olvida que todos los 
hombres trabajan y que hay otros que rinden más: el 
inventor, el ingeniero, el organizador. Pero nadie se atreve ya 
a acentuar la categoría, la calidad de un rendimiento. Sólo el 
"trabajador" halla compasión, sólo él es auxiliado, protegido y 
asegurado. Más aún, es elevado a la categoría de santo e 
ídolo de la época. El mundo gira en torno suyo, todos los 
demás son haraganes; sólo él no... Los representantes del 
pueblo viven de esta leyenda, han acabado por persuadir de 
ello a los propios asalariados, quienes se sienten realmente 
maltratados y miserables, hasta perder todo criterio de su 
verdadero valor. El que ha provocado esto no es el 
trabajador, sino el vagabundo, como se le llama en la 
correspondencia entre Marx y Engels... Ninguno se atreve ya 
a declarar que quiere representar a otras partes de la nación 
que al obrero. A éste lo tratan como clase privilegiada, por 
cobardía o en espera de éxitos electorales». 

Pero volviendo al examen de lo que era el Estado Nazi cabe 
citar que en el ramo de la producción intelectual se 
publicaron... 25,439 libros tan sólo en 1938, según dice el 
investigador americano Máxime Y. Sweezy, en «La Economía 
Nacionalsocialista». 

Refiriéndose a las realizaciones de su régimen, Hitler pudo 
anunciar el 30 de enero de 1939: 

«Esquilmado por el resto del mundo durante 15 años, 
cargado de de-udas enormes, sin colonias, el pueblo alemán 
es alimentado y vestido y no tiene cesantes. Y la pregunta es: 
¿Cuál de las sedicentes grandes democracias estaría en 
condiciones de lograr una cosa tan difícil?» 


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Esta era una respuesta a la campaña que se había iniciado en 
Occidente contra Alemania, pero Hitler quiso enfatizar que se 
trataba de una simple réplica, y precisó: «No exportamos el 
nacionalsocialismo ni tenemos motivos para combatir a otros 
pueblos porque sean demócratas». 

Cada nación es libre de escoger su propio sistema de 
gobierno; al reconocer esa libertad para los demás, Alemania 
reclamaba igual derecho para sí. 

ZANJANDO LAS VIEJAS RENCILLAS CON FRANCIA 

Al finalizar la primera guerra mundial, Alemania fue mutilada 
y reducida a 472,000 kilómetros cuadrados (la cuarta parte 
de México), y perdió el dominio sobre 6 millones y medio de 
alemanes, los cuales en contra de su voluntad fueron 
anexados a otros países. 

Además, se la obligó a desmilitarizar el Sarre y la Renania. 
Que un país se vea forzado a prescindir de la soberanía 
nacional, aun dentro de sus propias fronteras, es un hecho 
humillante que no puede durar indefinidamente. Por eso en 
enero de 1935 se efectuó un plebiscito en el Sarre para saber 
si la población alemana quería seguir perteneciendo a 
Alemania o no. La respuesta fue afirmativa en un 90% 
(477,000 contra 48,000 votos) y en consecuencia se 
restableció la soberanía nacional alemana sobre aquella zona 
del país que había estado siendo administrada con 
intervención de Francia. Con tal motivo, Hitler anunció el 15 
de ese mes: 

«Compatriotas alemanes del Sarre: su decisión me da hoy la 
posibilidad de declarar que una vez efectuada su 
reincorporación al territorio del Reich, Alemania no hará ya 
ninguna reclamación territorial más a Francia. Esta es nuestra 
contribución histórica y de sacrificio en pro de la tan necesaria 
pacificación de Europa. Nosotros no luchamos hoy por una 
posición de poderío mundial; luchamos simplemente por la 
existencia de nuestra patria, por la unidad de nuestra nación 
y por el pan cotidiano para nuestros hijos. Si partiendo de 
este punto de vista tratamos de buscar aliados en Europa, 


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sólo dos Estados deberán tomarse en cuenta: Inglaterra e 
Italia». 

Hitler refrendaba así su propósito de no buscar querella con 
Occidente. Desde el 2 de noviembre de 1933 el embajador 
alemán en Washington, Luther, había notificado al 
Departamento de Estado que Hitler prometía no pedir jamás 
la devolución de AIsacia y Lorena, provincias que en la guerra 
de 1914 le fueron quitadas al Reich y anexadas a Francia. 
Sin embargo, ese propósito de zanjar dificultades con Francia 
tuvo inmediatamente después una hostil respuesta por parte 
de los gobernantes franceses, quienes el 2 de mayo (1935) 
concertaron un tratado con la URSS para cercar a Alemania. 

Otro convenio semejante fue firmado el día 16 entre 
Checoslovaquia y Rusia. No obstante, Hitler continuó su 
política de acercamiento con Francia e Inglaterra. 

El 7 de marzo de 1936 Alemania dio otro paso más para 
recuperar su soberanía dentro de sus fronteras y militarizó su 
propio territorio de la Renania. El acuerdo adoptado en 1918 
para que Alemania no tuviera soldados en esa provincia suya, 
no podía ser sino una medida transitoria de emergencia, pero 
no una claudicación definitiva. ¿Podrían tolerar 
indefinidamente otros países la exigencia de no tener tropas 
en determinadas regiones de su propio suelo? 

Pero tal acontecimiento fue difundido en el mundo entero 
como principio de una espantosa amenaza sobre Occidente. El 
31 de marzo de 1936 Hitler anunció su plan de paz, 
significativamente dirigido al Mundo Occidental; pedía 
igualdad de derechos para todos los países europeos y 
prometía que Alemania respetaría las fronteras en el Oeste. 

Nada remotamente parecido ofrecía respecto a las fronteras 
de Oriente, concernientes a la URSS. En noviembre de ese 
mismo año hizo más patente su actitud antibolchevique y 
firmó el Pacto Antikomintern con el Japón, al cual Mussolini se 
adhirió un año más tarde. Francia e Inglaterra tenían así 
pruebas inequívocas de que Hitler no marchaba contra ellas, 
sino contra Moscú. 


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Una vez resuelto que el Sarre y la Renania (por ser provincias 
alemanas), quedaban sujetas al control soberano del Estado 
alemán, la atención de Hitler se volvió hacia su provincia 
natal de Austria, cuya unificación con Alemania era un viejo 
sueño de la población germana. En efecto, al finalizar la 
primera guerra mundial, la Asamblea Nacional Austríaca había 
decidido el 12 de noviembre de 1918 que Austria se 
incorporaría a la comunidad de Estados Alemanes. Pero este 
acuerdo fue inmediatamente contrarrestado por las potencias 
aliadas, las cuales prohibieron esa fusión, según el artículo 88 
del Tratado de Paz de Saint-Germain. Tal prohibición violaba 
el principio de la libre autodeterminación de los pueblos, 
proclamado por los propios aliados. 

La asamblea Nacional Austríaca protestó porque no se le 
permitía su unión con Alemania, pero su protesta fue desoída. 
Tres años después, en 1921, la Asamblea Nacional Austríaca 
organizó un referéndum en el que cada ciudadano contestaría 
a la siguiente pregunta: «¿Debería el Gobierno Federal 
solicitar el permiso del Consejo de la Liga de las Naciones 
para la unión de la República Austríaca con el Reich Alemán?» 
Inmediatamente Francia y Yugoslavia hicieron presión para 
que el plebiscito se suspendiera, de tal manera que sólo pudo 
realizarse en el Tirol y en Saizburgo, con 243,848 votos en 
favor de la unificación y 2,682 en contra. 

Lazos de sangre, de idioma, de religión, de costumbres, de 
confraternidad en las armas, hacían de Austria esencialmente 
una provincia alemana. El hecho mismo de que Hitler, 
austríaco, hubiera sido elevado en 1933 a la categoría de 
Fuehrer de Alemania, era la mejor demostración de que no se 
trataba de dos pueblos, sino de uno solo —el pueblo alemán- 
cuya total unificación reclamaba la incorporación de Austria. 

A principios de 1938 hizo crisis el deseo popular de que 
Austria se incorporara a la comunidad de Estados Alemanes. 

Entonces el Canciller austríaco Schuschnigg, aconsejado por 
el Ministro francés Puaux, lanzó sorpresivamente una 
convocatoria para realizar un plebiscito en el término de tres 
días. Como no había padrones recientes y una gran parte de 


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Derrota Mundial 


la población creyó que se trataba de una maniobra 
fraudulenta, comenzaron a ocurrir desórdenes y 
manifestaciones. 

Hitler pidió que el plebiscito se pospusiera a fin de que se le 
preparara convenientemente, y al no conseguirlo ordenó que 
las tropas entraran en paz entraran en Austria. Esto ocurrió el 
12 de marzo (1938) y la población recibió con frenéticas 
muestras de simpatía a sus hermanos del Norte. Ese mismo 
día Hitler llegó a Viena. El antiguo ejército austríaco desfiló 
junto con sus compatriotas del 8o. ejército alemán al mando 
del general Von Bock. 

[1] «La Revolución Comunista, por consecuencia, no será una 
revolución puramente nacional. Se producirá al mismo tiempo 
en todos los países civilizados... Será una Revolución mundial 
y deberá tener, en consecuencia, un terreno mundial». — 
Principios de Comunismo. —Engels. — 1848. 

[2] Paz y Guerra. — Cordell Hull, Secretario de Estado 
Norteamericano. 

[3] Mi Informe Sobre los Rusos. — William L. White. 

[4] Rooseveit y Hopkins. — Robert E. Sherwood. 

[5] En Nueva York se encuentra el Kahal, gobierno judío, y el 
Templo Emanu-EI, Sinagoga Catedral del país. En 1900 había 
500,000 hebreos en Nueva York, y en 1937 ascendían a 
2.035,000, sin contar los que se ocultan bajo otra 
nacionalidad postiza. 

[6] El historiador judío Emil Ludwíg admite (en su libro «Vida 
de Rooseveit») que Frankiin D. Rooseveit era descendiente 
del israelita Claes Martensen, emigrado de Holanda a E.U. en 
1650. 

[7] En esa época la mano pro-soviética de Rooseveit logró 
asimismo un artificial florecimiento del marxismo en 


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Latinoamérica. Sin el apoyo de las esferas oficiales hubiera 
sido imposible ese brote comunista en el Continente, como el 
del cardenismo en México. 

[8] Rooseveit y Hopkins. — Por Robert E. Sherwood. 

[9] Lo que España debe a la Masonería. — Eduardo Comín, 
Prof. de la Escuela General de Policía de Madrid. 

[10] En 1291 los judíos fueron expulsados de Inglaterra, por 
considerárseles dañinos para la nación. En 1649 Menaseben 
Israel gestionó y obtuvo autorización para que regresaran, y 
desde entonces pudieron establecerse libremente en todas las 
ciudades británicas. 

[11] «Hitler no se Equivocó». — F. H. Hinsley, Profesor de 
Historia de la Universidad de Cambridge. 

[12] Conversaciones de Hitler Sobre la Guerra y la Paz. — 
Martín Bormann. 

[13] Durante cinco años de guerra el costo de la vida en 
Alemania subió un doce por ciento, y los salarios en un once 
por ciento. 

Alemania gastó en la guerra (sin incluir indemnizaciones a los 
aliados) 670,000 millones de marcos, aproximadamente dos 
billones y diez mil millones de pesos mexicanos. (El 
equivalente del presupuesto actual de México en 251 años). 

[14] Hitler y el Nazismo.—Carlos Roel. 

[15] Años más tarde Latinoamérica y otros países conocieron 
en carne propia tales especulaciones, pues habiendo vendido 
materias primas a equis precio, una desvalorización forzosa 
de sus divisas hizo que el beneficio de tales ventas 
disminuyera en casi un 50%. 

[16] Acerca de construcciones de casas, Hitler proyectaba: 
«No solamente hace falta que los jardines de la infancia estén 


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Derrota Mundial 


próximos a las casas... Nada de basuras que bajar, nada de 
combustibles que subir. Hay que conseguir incluso que el 
timbre del despertador ponga en movimiento el aparato 
eléctrico que hacer hervir el agua del desayuno. Tengo un 
hombre, Robert Ley, a quien bastará que confíe esta misión. 
Una señal, y lo pone todo en marcha». 

[17] La política Social en la Nueva Alemania. Dr. Bruno 
Rauecker. (1937). 


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Hitler es recibido en Viena al consumarse la unión de Austria. El hecho 
de que Hitler, austríaco, hubiera sido elevado a la categoría de jefe de 
Alemania, era la mejor demostración de que se trataba de un solo 
pueblo. 


En 1912, siendo un muchacho de 23 años, Hitler 
«aspiraba a estar entre aquellos que tendrían la suerte de 
vivir y actuar allí donde debía cumplirse un día el más 
fervoroso de los anhelos de mi corazón: la anexión de mi 


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querido terruño a la patria común: el Reich Alemán». 
Y 26 años más tarde, ya como Fuehrer, Hitler proclamaba en 
Viena el 15 de marzo de 1938: 

«Es esta la hora más feliz de mi vida, en la que puedo 
anunciar a la Historia, como Presidente y Canciller de la 
Nación Alemana y del Reich, la incorporación de mi país natal 
al Reich Alemán. Alemania, pueblo alemán, partido Nacional 
Socialista ¡salud y victoria!» 

El diplomático Von Papen, en muchos aspectos opositor a 
Hitler, refiere así aquellos momentos: 

«La fantástica ovación había llevado a estos jefes de partido, 
ya cur-tidos, a un estado de éxtasis. Era una experiencia 
extraordinaria, y la repetición incesante del grito triunfal: 
"¡Heil, Heil, Sieg Heil" sonaba en mis oídos como un toque de 
somatén. Cuando Hitler se volvió hacia mí para hablarme, su 
voz parecía ahogada por sollozos: ¡Qué tarea inmensa 
tenemos ante nosotros, Herr von Papen; nunca debemos 
separarnos hasta que nuestro trabajo esté terminado!». 
Aunque fotografías y noticieros de las más diversas fuentes 
captaron como testimonio viviente el júbilo con que la 
provincia austríaca se adhería a la comunidad alemana, y 
aunque los corresponsales extranjeros informaron de ese 
estado de ánimo, una corriente propagandística mundial no 
tardó en referirse a Austria como a un país inicuamente 
sojuzgado, aunque quedaba sin explicación el hecho de que 
los «sojuzgados» aclamaran gozosos en las calles a sus 
«sojuzgadores» y de que no hubiera ni un tiro, ni un acto de 
sabotaje, ni una protesta. 

El plebiscito efectuado el 10 de abril de ese mismo año de 
1938 arro-jó un resultado de 4.273,000 votos en favor de la 
fusión y 11,000 en contra. 

La incorporación de Austria a Alemania era mil veces menos 
objetable y discutible que la anexión de Georgia, Azerbaiján, 
Armenia, Kaskastán, Uzbakistán, Turkmenia, Tadjikia y 
Kirghisia a la URSS, ya que estas ocho provincias o países 
soberanos totalizaban 25 millones de habitantes que en su 


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mayoría ni siquiera hablaban el ruso. Entre ellos y sus 
anexadores no había lazos de sangre, ni de religión, ni de 
costumbres. Su incorporación no fue en todos los casos 
pacífica e incruenta, sino realizada bajo el persuasivo recurso 
del terror y de las «purgas». 

No obstante, un discreto manto de silencio, apenas descorrido 
en esporádicos y comedidos relatos «objetivos», había 
solapado la expansión de la URSS, en contraste con la forma 
sensacionalista y capciosa con que se pretendía hacer del 
caso austríaco un motivo de agitación mundial contra 
Alemania. 

Y es que estaba ya erigiéndose el escenario para lanzar a 
Occidente a una guerra ajena y hasta perjudicial a sus 
intereses. 

EL TALÓN DE AQUI LES DEL NACIONALSOCIALISMO 

El nacionalsocialismo había surgido como la llama de un 
movimiento ideológico opuesto al marxismo-israelita. Sus 
enemigos naturales eran Moscú y los círculos judíos de 
Occidente. Estos se hallaban empeñados tanto en ayudar a la 
URSS como en evitar que el nacionalsocialismo siguiera 
poniendo al descubierto los sistemas de explotación del Reino 
del Oro. 

Tales eran los enemigos exteriores de la Alemania de Hitler. 
Más en el interior había un punto débil, un talón de Aquiles, y 
paradójicamente este punto débil lo formaban los 
conservadores y la mayoría de los generales. Eruditos y 
eficientes en su profesión, muchos de los generales eran 
esencialmente apolíticos, quizá hasta la exageración. No 
concebían que los nuevos tiempos reclamaran de un país la 
más firme y absoluta unidad; unidad de pensamiento y de 
acción. Creían que la nueva doctrina debería limitarse a la 
calle y a los partidos, pero sin absorber a la tropa. Su criterio 
extraordinariamente especializado llegó a creer que el ámbito 


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militar debería formar un mundo diferente y autónomo dentro 
de la nación[l]. 

Y es curioso que en su afán de apolíticos a ultranza muchos 
generales cayeran en el error de hacer una política blanca, 
aséptica; una política carente de meta nacional. La campaña 
de vacío que trataron de formar para el ejército fue 
consecuentemente el primer punto débil del movimiento nazi. 
Así fue como en mayo de 1933 la presión de los generales 
evitó que el partido nazi absorbiera a los militares. Y así fue 
como el general Werner von Fritsch, comandante en jefe del 
ejército, daba a sus subalternos un ejemplo de desprecio 
hacia el nuevo movimiento político. Su sucesor, von 
Brauchitsch, mantenía lazos con los social-demócratas, que 
no eran sino la bifurcación más desleída y timorata de los 
izquierdistas, y llegó a participar en juntas antinazis 
tendientes a un golpe de Estado, cosa que dejó de hacer 
hasta que Hitler vigorizó su posición tras la unión pacífica de 
Austria[2]. 

Y así fue también como el general Ludwig Beck, que hasta 
octubre de 1938 ocupó el cargo de jefe del Estado Mayor 
General, sustentaba la irrealizable tesis de que el ejército 
alemán no debería combatir contra nadie. Era este un general 
y un alemán muy extraño; de todo lo que significara guerra 
no quería ni oír hablar; gustaba más de París que de Berlín y 
su hija se educaba en Francia. 

Beck fue el primero de los grandes conspiradores que tuvo 
Alemania en la Segunda Guerra. Siendo todavía jefe del 
Estado Mayor General hizo un extenso memorándum en el 
que analizaba el estado del ejército alemán y su probable 
desarrollo; durante un viaje a París se llevó una copia y la 
entregó a unos amigos extranjeros, quienes a su vez llevaron 
el documento a Nueva York, según dice el historiador Curt 
Riess. 


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El general Beck tenía amigos israelitas y condenaba el 
«antisemitismo» de los nazis. Posteriormente, ya en plena 
guerra, todavía sostenía correspondencia con el extranjero. 
En «Gloria y Ocaso de los Generales Alemanes», Riess dice 
que «empleaba en su correspondencia un lenguaje 
incomprensible para los secuaces de Hitler. Acaso al último se 
cansaron de leer sus cartas para pensar que el hombre estaba 
descentrado. Pero Beck no estaba descentrado, ni mucho 
menos... »Simplemente era un enemigo del régimen y seguía 
revelando secretos. Durante seis años trabajó hábilmente en 
su conspiración y no fue descubierto sino hasta 1944, a 
finales de la guerra, cuando participó decisivamente en la 
conjura para asesinar a Hitler. 

Los generales von Fritsch y von Brauchitsch no llegaron a 
esos extremos, pero en compañía de otros generales trataban 
de mantener al ejército fuera de la influencia de Hitler, a 
quien no consideraban de su clase y veían despectivamente 
como «el cabo». Sus incipientes actividades de conspiración 
cesaron por un tiempo al ver que la anexión de Austria se 
había realizado pacíficamente. Von Fritsch se decepcionó y le 
dijo al general Halder: «Es inútil. Este hombre es el sino de 
Alemania, y este sino debe seguir su camino hasta el fin». 
Por otra parte, los generales Von Hammerstein-Equord y 
Schieicher (ex Ministro de la Defensa) simpatizaban con los 
círculos izquierdistas y mantenían relaciones sospechosas con 
extranjeros. La Gestapo intentó capturar a Schieicher, pero 
éste opuso resistencia y fue muerto. 


[1] Años después, terminada la guerra, el general Von 
Manteuffel escribió contra ese error: «El estrecho ligamen de 


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las acciones políticas y el despliegue del poder militar en el 
sistema bolchevique obliga, si es que se confía en poder 
oponer una resistencia a este poder, a echar por la borda el 
concepto anticuado de un ejército apolítico». 
[2] El proceso de Nurembeirg. — Broadcasting Corporation. 



Hitler llega a Viena el día de la anexión, 15 de marzo de 1938. «Es ésta 
la hora más feliz de mi vida, en la que puedo anunciar a la historia la 
incorporación de mi país natal al Reich alemán... » 

Pero el más extraordinario de los conspiradores, que logró 
conservar hasta fines de la guerra su estratégico puesto de 


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Jefe del Servicio Secreto Alemán, fue el Almirante Guillermo 
Canaris, hijo de la inglesa Auguste Amélie Popp y 
descendiente de griegos o de italianos por la rama paterna. 

Según el escritor antinazi Kurt Singer, en la primera guerra 
Canaris facilitó la captura de la espía alemana «Mata Hari» 
(Margarete Gertrude Zelle) mediante el discreto recurso de 
usar en un mensaje una clave que ya había sido descifrada 
por los franceses. Pero su traición pasó inadvertida y durante 
muchos años estuvo haciendo méritos hasta que durante el 
régimen de Hitler fue ascendido a Jefe del Servicio Secreto, 
donde disponía de quince mil subordinados. 

Una de las primeras actividades de Canaris fue trazar un plan 
para derrocar a Hitler, pero no pudo realizarlo debido a los 
triunfos que logró el Fuehrer en los primeros años de su 
Gobierno. Los principales colaboradores del Almirante, mayor 
Hans Oster, coronel Piekenbrok y teniente coronel 
Groscourth, eran también conspiradores. Para la Delegación 
del Servicio Secreto en Viena, Canaris seleccionó al coronel 
Marogna-Redwitz, igualmente enemigo de Hitler. Fue tan 
hábil Canaris para ganarse la confianza de sus superiores 
(contra los cuales conspiraba), para seleccionar colaboradores 
que no comprometieran su movimiento y para presentar en 
su favor pequeños triunfos y deslizar imperceptibles 
traiciones, que bien puede ser considerado como uno de los 
más finos conspiradores que conoce la Historia. 

En el lejano sector de las finanzas el Dr. Horace Greeley Hjal- 
mar Schacht encabezaba un tercer grupo conspirador, bien 
encubierto. Fingiéndose amigo de Goering, primero, y luego 
de Hitler, actuó como Presidente del Reichsbank desde marzo 
de 1933 hasta enero de 1939; como Ministro de Economía 
desde julio de 1934 hasta noviembre de 1937, y como 
ministro sin cartera hasta enero de 1943. El caso de Schacht 
es extraordinario. En 1908 se hizo masón, siguiendo la 
tradición de su familia, pues su abuelo Christian Ulrich había 
figurado entre los grandes «maestres» de su época. A través 
de la masonería Schacht se vinculó con numerosos judíos 


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banqueros internacionales, quienes lo ayudaron a prosperar 
en su carrera. 

En 1923 el israelita Montagu Norman, Gobernador del Banco 
de Inglaterra, prácticamente le dio el espaldarazo a Schacht, 
facilitándole un triunfo profesional que comenzó a hacerlo 
famoso en Alemania. Posteriormente Montagu Norman fue 
padrino de un nieto de Schacht, al que se puso por nombre 
Norman. 

En 1933 Schacht se vinculó en Nueva York con influyentes 
«hermanos» masones judíos, tales como David Sarnoff 
(emigrado de Rusia a EE. UU.), James Speyer, y el rabino 
Wise. Según el mismo Schacht dice en sus «Memorias», 
consideró más efectivo trabajar contra el movimiento de 
Hitler estando dentro del Gabinete que fuera de él. Y en 
efecto, así fue. Inteligente y capaz en su profesión, siempre 
encontraba pretextos lógicos para retardar y sabotear los 
planes económicos de Hitler, muy particularmente todo lo que 
se refería al armamento del ejército. 

Este banquero, al que periodistas judíos bautizaron como «el 
mago de las finanzas», estuvo secretamente al servicio de la 
«Internacional Dorada» (el reino del oro montado por las 
finanzas judías), y dentro de Alemania conservó estrechos 
nexos con los banqueros israelitas von Mendeissohn, 
Wassermann, Warburg y otros menos conocidos. En 1938 
trabó contacto con los generales von Witzieben y Halder (jefe 
del Estado Mayor General), tratando de dar un golpe para 
derrocar a Hitler, pero la anexión pacífica de Austria frustró 
esa conspiración. Sin revelar entonces el motivo, Schacht se 
Schacht acompaña a Hilter, mientras conspira contra él 
Almirante Canris, también conspirador, formaba parte del 
gobierno de Hitler nada menos que como jefe del Servicio 
Secreto. 


Habilidad extraordinaria. 

General Ludwing Beck, conspirador. Conocía intimamente el 
Estado Mayor General y enviaba informes al extranjero. Fue 


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descubierto hasta 1944 y trató de sui- cidarse. separó de su 
primera mujer, Luisa, porque ésta era sincera partidaria de 
Hitler[l]. 

Por otra parte, alrededor de Franz von Papen (antecesor de 
Hitler en la Cancillería y reservado opositor de éste) se formó 
un cuarto grupo enemigo del Fuehrer, integrado por Bose, 
Ketteler, Kageneck, Tschirschky y von Haeften. Ketteler 
realizó preparativos para asesinar a Hitler, pero la Gestapo lo 
descubrió y lo ejecutó. Respecto a Tschirschky también tuvo 
sospechas la Policía, mas von Papen lo ayudó y logro huir al 
extranjero. El mismo von Papen refiere («Memorias») cómo 
se valió de Kageneck para enviar sus archivos secretos al 
Banco de Zurich, y cómo recurría al Almirante Canaris en 
demanda de protección para sus ayudantes a quienes ya la 
Policía les pisaba los talones. 

El ex jefe del Estado Mayor General, general Ludwig Beck; el 
jefe del Servicio Secreto, Almirante Guillermo Canaris, y el 
Ministro de Economía, Hjalmar Schacht, eran en 1937 y 1938 
jefes de los tres grupos más poderosos de conspiración. 
Detrás de ellos, como máximo coordinador y alentador, 
actuaba en las sombras el Dr. Goerdeler, quien desde 1933 
comenzó a recibir dinero del extranjero y «pudo tomar 
contacto con los estadistas más importantes del mundo, el 
presidente Rooseveit y Churchill», según investigaciones 
publicadas por el historiador antinazi Walter Goerlitz[2]. 
Habiendo tantos conspiradores, y tan encumbradamente 
acomodados, el régimen de Hitler se salvó, por muy estrecho 
margen, de caer en 1938. 


DESPEJE DEL FLANCO DERECHO 

Para mediados de 1938 todo el servicio diplomático y la 
prensa oficial alemana se hallaban empeñados en reiterar que 
Alemania no tenía propósito ninguno de lesionar los intereses 
de los países occidentales. Después de veinte años Hitler 


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conservaba la misma política expuesta durante sus primeras 
actuaciones públicas. Las viejas rencillas con Francia habían 
sido zanjadas, por parte de Alemania, con el restablecimiento 
de la soberanía alemana en los territorios del Sarre y la 
Renania y con la renunciación a las provincias de AIsacia y 
Lorena. Concluido ese ajuste en su frontera con Occidente, 
Hitler cambió su atención hacia la provincia austríaca del sur. 
Y una vez lograda su anexión inició resueltamente el viraje de 
todos sus dispositivos hacia el gran encuentro con la URSS. 
Fue entonces cuando Hitler trató de poner las bases para 
asegurar en el sureste el flanco derecho de su marcha hacia 
el Oriente. En el sureste se hallaba Checoslovaquia. Era un 
Estado pequeño pero relativamente muy poderoso desde el 
punto de vista militar. Checoslovaquia había sido inventada a 
raíz de la terminación de la guerra de 1918 y para formarla 
fue necesario obsequiarle una parte del territorio alemán y 
dos millones de habitantes alemanes. Hitler reclamaba la 
devolución de esos contingentes y este fue el principio de un 
nuevo incidente. 

El Presidente Benes, de Checoslovaquia, había recibido en 
1936 una invitación de Hitler para resolver amistosamente 
sus dificultades; es más, se le reveló el secreto de que 
Alemania esperaba grandes acontecimientos en Rusia (un 
golpe de Estado antibolchevique) y de que desearía un 
armonioso arreglo germano-checoslovaco, a fin de tener las 
manos libres para alentar la esperada rebelión antisoviética. 
Pero Benes se colocó entonces de parte de Stalin, rechazó la 
amistad de Alemania y se apresuró a poner sobre aviso a 
Moscú, según lo dice Churchill en sus Memorias. 
Con este acto Benes prestó un enorme servicio al 
bolchevismo y en gran parte frustró la ayuda alemana a los 
rusos anticomunistas. (Cuando años más tarde Benes creyó 
que recibiría una recompensa, sufrió la más terrible decepción 
y vio cómo la URSS absorbía íntegramente a Checoslovaquia 
y aplastaba todo vestigio de autonomía nacional. Su error le 
costó la vida). 

Era evidente que Alemania no podía atacar a la URSS 
mientras no conjurara la amenaza que Checoslovaquia ejercía 


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contra el «bajo vientre» del sur de Alemania, que era una de 
sus regiones más vulnerables. De ahí la gran importancia de 
ese pequeño país; no se trataba de sojuzgar o no a una 
nación débil, sino de evitar que ésta fuera aprovechada como 
punto de apoyo para meterle zancadilla a una acción alemana 
contra Rusia. 

Checoslovaquia tenía una alianza con Stalin. También tenía 
otra con Inglaterra y Francia. A Hitler no le interesaba que 
debido al problema checo se hicieran más tensas sus 
relaciones con Moscú, pero sí quería evitar a todo trance una 
dificultad con Inglaterra y Francia. Precisamente por eso 
Hitler buscó por todos los medios posibles que el conflicto con 
Checoslovaquia se arreglara mediante la amistosa 
intervención de Inglaterra y Francia, mas no con la de Rusia, 
y por eso invitó a Chamberlain (Premier británico) y a 
Daladier (Premier francés), para discutir ese problema. 

Esto dio lugar a que se celebrara la conferencia de Munich, a 
la que asistieron Chamberlain, Daladier, Mussolini y Hitler, 
pero no Stalin. Hitler enfatizaba de este modo que «Alemania 
quiere aproximarse a todos los Estados, menos al imperio 
soviético», según lo había dicho en el Reichstag el 20 de 
febrero de 1938. Asimismo refrendaba lo escrito en «Mi 
Lucha»: «Paramos la eterna expedición alemana hacia el Sur 
y el Occidente de Europa, y dirigimos la mirada hacia el gran 
país del Oriente» (Rusia). 

Mientras Hitler y Chamberíain conferenciaban en Godesberg, 
el Presidente Benes anunció por inalámbrica la movilización 
general. «A pesar de esta desdichada provocación —dijo 
Hitler a Chamberlain[3]— cumpliré por supuesto mi promesa 
de no proceder contra Checoslovaquia durante las 
negociaciones... No es preciso que haya diferencias entre 
nosotros; nosotros no nos interpondremos en el camino de 
ustedes hacia la consecución de sus intereses extraeuropeos 
mientras ustedes puedan, sin perjuicio, dejarnos manos libres 
en el Continente, en la parte central y sudoriental de 
Europa». 


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De esas negociaciones efectuadas a fines de septiembre de 
1938, surgió la fórmula para que Checoslovaquia devolviera a 
Alemania la región de los Sudetes y la población alemana que 
la habitaba. Además, se concertó un acuerdo 
germanobritánico que le aseguraba a Inglaterra su 
hegemonía en los mares. Chamberlain y Hitler declararon el 
30 de septiembre: 

«Consideramos el acuerdo suscrito en la tarde de ayer y el 
acuerdo naval germanoinglés como expresión simbólica del 
deseo de nuestros dos pueblos de no volver a hacerse jamás 
la guerra. Estamos decididos a tratar también otros 
problemas que afecten a nuestros dos pueblos, de acuerdo 
con el método de las consultas». 

El júbilo en Alemania, en Inglaterra y en Francia era 
indescriptible. Parecía que al fin se habían disipado los 
nubarrones de guerra y que si ésta llegaba a estallar, sería 
sólo entre alemanes y soviéticos. El mismo Churchill escribe 
que «entusiastas turbas fueron a dar la bienvenida a Mr. 
Chamberlain en el aeropuerto», y lo mismo ocurría con 
Daladier en París. Era aquélla la expresión auténtica de la 
opinión pública, pero las secretas fuerzas judías redoblaron 
sus esfuerzos para desorientar, envenenar y utilizar en su 
provecho a los pueblos occidentales. 

Churchill, que ya en varias ocasiones había rechazado todo 
acercamiento de Alemania a Inglaterra, se apresuró a decir 
en el Parlamento: «Hemos sufrido una derrota total y no 
mitigada». La posible caída del bastión checoslovaco que se 
interponía a la vera del camino entre Berlín y Moscú, era 
presentada así como una derrota para Londres y no para 
Moscú. 

Días más tarde Churchill recibió el poderoso apoyo de 
Rooseveit y del grupo judío que se movía detrás de éste; fue 
invitado a visitar los Estados Unidos y declaró a través de la 
radio: 

«¡Tenemos que rearmarnos!... No puede existir duda alguna 
de que tenemos que rearmarnos. La Gran Bretaña 
abandonará sus seculares costumbres e impondrá a sus 


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habitantes el servicio militar obligatorio... ¿Es esto una 
llamada a la guerra? Declaro que esto representa la única 
garantía para la paz». 

El tiempo demostró, sin embargo, que esos preparativos no 
podían conducir hacia la paz, sino hacia la más desastrosa de 
las guerras en que se hubiese empeñado el Imperio Británico. 
En cuanto Alemania comenzó a resolver favorablemente el 
problema de Checoslovaquia, el 2 de septiembre de 1938 el 
Embajador soviético en Londres, o sea el judío Ivan Maisky, 
visitó a Churchill para gestionar que la base militar 
checoslovaca fuera mantenida como una posición de flanqueo 
contra Alemania. Angustiado, el ministro israelita de 
Relaciones Exteriores de Rusia, Litvinov, hizo otro llamado 
semejante. Churchill los atendió y redobló su campaña para 
desacreditar el acuerdo germanobritánico y frustrar así la 
amistad entre Inglaterra y Alemania. Bernard Baruch, el 
israelita consejero de Rooseveit y jefe del consejo imperial de 
la Masonería Universal, fue a Londres a vigorizar al grupo de 
Churchill. 

Entretanto, Checoslovaquia y sus 38 divisiones (21 de 
primera línea y 17 en proceso de movilización), y sus fábricas 
Skoda, que producían tanto armamento como la Gran 
Bretaña, constituían una fuerza poderosa frente a las 40 
divisiones que entonces tenía Alemania. La sorda lucha 
alrededor de aquella base militar continuó librándose tras la 
cortina diplomática. Simultáneamente poderosas agencias 
internacionales de propaganda presentaban el asunto de 
Checoslovaquia como un punto básico para los intereses 
británicos, en vez de confesar que se hallaba esencialmente 
ligado con la pugna Hitler-Stalin. En esta forma creaban una 
artificial agitación en el pueblo inglés. 

El historiador británico Russel Grenfell, de la Marina Real, da 
el testimonio de que se realizó entonces una desenfrenada 
propaganda antialemana en Inglaterra, para predisponer los 


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ánimos del pueblo contra la amistad que seguía ofreciendo 
Alemania[4]. 

Durante esos días ocurrió el asesinato del diplomático alemán 
von Rath, a manos del judío Grynszpan, y en represalia vino 
la llamada «noche de cristal» en que los alemanes 
apedrearon aparadores de los comercios israelitas. Estos 
acontecimientos dieron pie a una violenta declaración de 
Rooseveit y a sus gestiones para realizar juntamente con 
Inglaterra un boicot contra el comercio alemán. Todo lo que 
Hitler había logrado en el acuerdo germanobritánico de 
amistad quedó prácticamente anulado. 

A pesar de esto, poco después Hitler hizo otro llamado a la 
Gran Bretaña. «El pueblo alemán —dijo el 30 de enero de 
1939— no siente odio alguno contra Inglaterra ni contra 
Francia, sino que quiere su tranquilidad y su paz, y en cambio 
esos pueblos son incitados constantemente contra Alemania 
por los agitadores judíos o no judíos... Alemania no tiene 
reivindicaciones territoriales que presentar a Inglaterra y 
Francia... Si hay tensiones hoy en Europa, hay que atribuirlas 
en primer término a los manejos irresponsables de una 
prensa sin conciencia que apenas deja pasar un día sin 
sembrar la intranquilidad en el mundo... Creemos que si se 
logra poner coto a la hostigación de la prensa y de la 
propaganda internacional judía, se llegará rápidamente a la 
inteligencia entre los pueblos. Tan sólo estos elementos 
esperan medrar en una guerra... Nuestras relaciones con los 
Estados Unidos padecen bajo una campaña de difamación, 
que bajo el pretexto de que Alemania amenaza la 
independencia o la libertad norteamericana trata de azuzar a 
todo un Continente al servicio de manifiestos intereses 
políticos o financieros». 

A todo trance, y no obstante que corría el riesgo evidente de 
que Stalin se preparara mejor, Hitler dejaba diáfanamente 
claro que su objetivo ideológico y militar seguía siendo el de 
aniquilar al régimen bolchevique de la URSS. La historia no 
puede pasar por alto tantos hechos que lo evidencian así. 


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El ex Primer Ministro francés Paul Reynaud dice en sus 
«Revelaciones» que «el 24 de noviembre de 1938 se redactó 
un documento en el que Hitler declaraba que entre Alemania 
y Francia no existían diferencias de importancia. Entonces 
Joaquín von Ribbentrop, vino a París y dejó la impresión, 
posteriormente expresada con una Nota especial a nuestros 
embajadores, de que la política alemana se dirigía contra el 
bolchevismo». 

Por todos los medios, lo mismo antes de asumir el poder que 
una vez en él, Hitler revelaba que su enemigo era el 
marxismo israelita. En ningún pueblo de Occidente el 
marxismo tenía arraigo popular; y sin embargo, en Francia, 
en Inglaterra y en Estados Unidos influyentes estadistas y 
poderosas agencias informativas de propaganda presentaban 
falsamente a Alemania como enemiga de Occidente y en 
cambio soslayaban que era enemiga declarada del 
comunismo. 

Cuando la situación de Checoslovaquia tuvo una segunda 
crisis en marzo de 1939, esa propaganda la aprovechó para 
alentar la zozobra en Occidente. Resulta que Checoslovaquia 
había sido inventada artificialmente en 1919, pero carecía de 
cohesión racial y psicológica. La artificial amalgama de 
pueblos diversos y la conmoción política determinada por un 
cambio de régimen, motivó que en marzo de 1939 las 
provincias de Eslovaquia y Ucrania Carpática se declararan 
autónomas. Ante esa emergencia el Dr. Hacha, Presidente de 
Checoslovaquia, y su Ministro de Relaciones Chavikosky, 
acordaron poner el país bajo la custodia de Alemania. El 14 
de marzo hicieron la siguiente declaración: 

«El Presidente del Estado de Checoslovaquia declara que 
confiadamente encomienda los destinos del pueblo y el país 
checos al cuidado del caudillo del Reich alemán». 
Así se conjuraba la posibilidad de que dicha nación se 
convirtiera en un campo de batalla entre las grandes 
potencias, pues Rusia y el bloque aliado apoyaban el 
sometimiento de Eslovaquia y de la Ucrania Carpática, en 
tanto que Alemania propiciaba la libre determinación de esas 


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provincias. La fórmula adoptada por el Presidente Hacha no 
era agradable, pero cuando menos de ese modo 
Checoslovaquia no iba a derramar la sangre de sus hijos — 
como después ocurrió en Polonia— sólo para servir de 
pretexto a las manipulaciones judías internacionales. En otras 
palabras, se negaba a sacar las castañas del fuego. 
Pero la nerviosidad y la confusión habían abonado ya el 
terreno y Churchill adquirió más influencia política y con él la 
falsa tesis de que para Occidente era imprescindible 
exterminar a Hitler, antes que dejarle manos libres para que 
se lanzara sobre la URSS. 

Ese inconfesable propósito de interponer a Occidente entre el 
Nacionalsocialismo alemán y el bolchevismo soviético, tenía 
además otra clara manifestación en las negociaciones que 
Francia e Inglaterra realizaban para celebrar una alianza 
activa con Stalin. Si estos esfuerzos no cristalizaron de 
momento fue porque Moscú pidió una inmediata sojuzgación 
de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia —cosa que 
Occidente no podía entonces conceder públicamente— y 
porque no le satisfizo a Stalin el potencial bélico movilizado 
hasta esa fecha por los anglofranceses (Memorias de 
Churchill). 

A CUATRO HORAS DEL DERRUMBE INTERIOR 

Cuando a mediados de 1938 se aproximaba la crisis en 
Checoslovaquia, el ejército alemán aún requería por lo menos 
dos años de crecimiento y rearme a fin de quedar capacitado 
para la campaña de Rusia. En ese entonces sólo disponía de 
40 divisiones. 

La situación era precaria, pero Hitler la afrontaba con 
optimismo y confianza creyendo que Occidente entendería 
que Alemania no buscaba contienda con él. Pensaba que a la 
postre Inglaterra, Francia y Estados Unidos no interferirían los 
planes antibolcheviques del nacionalsocialismo. Algunos 
ministros le reforzaban esa confianza. 


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Pero numerosos generales, faltos del entusiasmo fanático del 
movimiento nazi, abrigaban graves temores. Así como se 
habían alarmado en vísperas de la anexión de Austria, se 
alarmaron en vísperas de la anulación de Checoslovaquia 
como base militar contra el desguarnecido sur de Alemania. 
Su inquietud los llevó al extremo de caer en la red de los 
conspiradores. 

Por distintos caminos esos generales y la quinta columna 
marxisto-judía fueron un frente común de resistencia a la 
política de Hitler. Los conspiradores natos (encabezados por 
el Dr. Goerdeler, el Almirante Canaris y el general Beck) 
hacían todo lo posible por sacar provecho al descontento de 
los generales de rancio abolengo. 

El jefe del Estado Mayor, general Beck —que tenía conexiones 
muy extrañas con círculos extranjeros de París y Nueva 
York— trató de enfrentar al ejército con Hitler, cosa que 
determinó que fuera sustituido por el general Franz Halder. 
Inmediatamente el Almirante Canaris (el más sutil de los 
conspiradores), trabó contacto con Halder y comenzó 
lentamente a minarle la moral con informes discretamente 
matizados de propaganda. El hecho de que esos informes 
partieran de Canaris, Jefe del Servicio Secreto y 
aparentemente amigo de Hitler, les daba pleno crédito a los 
ojos de Halder y de los demás generales. 

Halder no compartía las conexiones extranjeras que cultivaba 
su antecesor, general Beck, pero no tardó también en 
participar en la conjura. Churchill refiere en sus Memorias que 
entre los conspiradores figuraban los generales Stueipnagel, 
Witzieben (comandante de la guarnición dé Berlín), Brockdorff 
(comandante de la guarnición de Postdam), y Von Heldorff, 
jefe de la policía de Berlín. Dice que 
«Brauchitsch (comandante del ejército) fue informado y dio 
su aprobación. La tercera división panzer, mandada por el 
general Hoeppner, estaba lista al sur de Berlín para dar el 
golpe a las 8 de la noche del 14 de septiembre, pero a las 4 
de la tarde de ese día se supo que el Primer Ministro 
británico, Neville Chamberlain, había accedido a discutir con 


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Derrota Mundial 


Hitler la amistosa resolución del problema checoslovaco. 
Entonces Halder dijo a Witzieben que si Hitler había tenido 
éxito en el 'blof, no procedería justificadamente como jefe del 
Estado Mayor al descubrir la verdadera situación. En tal virtud 
se pospuso el golpe». 

El general Halder comentó: «¿Qué nos queda por hacer? Todo 
sale bien»... Brauchitsch estuvo de acuerdo en que ya no 
procedía el golpe. Von Fritsch, antiguo comandante del 
ejército, dijo que ya no se podía hacer nada y que Hitler era 
el destino de Alemania en lo bueno y en lo malo. El general 
JodI —uno de los pocos que seguían fielmente a Hitler— anotó 
entonces que era «muy triste que todo el pueblo apoyara al 
líder, con excepción de los generales destacados que seguían 
considerándolo un cabo». Refiriéndose al arreglo de 
Checoslovaquia, agregó: «Es de esperar que los incrédulos, 
los pusilánimes y los indecisos queden convertidos con esto». 
Por un escaso margen de cuatro horas el régimen hitlerista se 
había escapado del derrocamiento. Paradójicamente, los 
generales seguían siendo su Talón de Aquiles, el punto más 
vulnerable de la nación. Aunque de momento suspendieron 
sus actividades subversivas, siguieron siendo cultivados por 
los directores intelectuales del movimiento de resistencia. 
Por ejemplo, Beck continuó ampliando contactos, incluso con 
antiguos agitadores izquierdistas como Guillermo Leuschner. 
El Almirante Canaris retardaba y obstruía las órdenes 
superiores, e incluso llegó a proteger a varios israelitas 
incorporándolos subrepticiamente al Servicio Secreto[5]. El 
economista Schacht retardó nueve meses el plan del 
industrial Voegler para aumentar la producción de gasolina 
sintética, y lo hizo tan diestramente que Hitler creyó que se 
debía sólo a falta de visión. También obstruyó 
económicamente el crecimiento del ejército. Y el doctor 
Goerdeler prosiguió indirectamente explotando la 
animadversión que entre los generales aristócratas causaba el 
hecho de que Hitler fuera jefe de ellos. 


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Derrota Mundial 


CERROJ O EN EL CAMI NO A MOSCÚ 

Alemania no tenía fronteras con la URSS. Su provincia más 
cercana al territorio soviético era Prusia Oriental, pero se 
hallaba artificialmente incomunicada del resto de Alemania 
mediante una faja de terreno adjudicada a Polonia en 1919. 
Hitler no podía realizar su proyectada marcha hacia Rusia 
mientras careciera por lo menos de una ruta terrestre que 
uniera el corazón de Alemania con su provincia de Prusia 
Oriental. Por lo tanto, pedía a Polonia que a través del 
territorio que había sido alemán, se le permitiera construir un 
ferrocarril y una carretera para comunicarse con Prusia. 
Alrededor de este punto giró, básicamente, todo el conflicto 
germanopolaco. 

Había otros motivos de fricción, pero Hitler nunca los colocó 
en primer término, pese a lo mucho que significaban para la 
soberanía de Alemania. Por ejemplo, en 1919 se le 
adjudicaron a Polonia territorios del Reich ocupados por 
2.100,000 alemanes y esta población siempre fue hostilizada 
por los polacos. Sin embargo, su reincorporación no fue 
exigida por Hitler. 

A raíz de la paz de 1918, Polonia obtuvo el puerto alemán de 
Dantzig, pese a que allí la población polaca representaba sólo 
el 3.5 por ciento. En Danziger Niederum el porcentaje era sólo 
de 1 %, y en Marimburgo, del 3%. El 10 de abril de 1923 el 
Presidente del Consejo de Ministros polaco, general Sikorski, 
anunció un programa para «la liquidación de los bienes 
alemanes y la desgermanización de las provincias 
occidentales». Todo esto, necesariamente, habría de provocar 
fricciones entre Alemania y Polonia. 

El mariscal polaco Piisudski era partidario de llegar a una 
transacción con Alemania y las relaciones mejoraron mucho, 
pero murió antes de terminar esa obra. El poder pasó 
entonces a manos del grupo de Sikorski, enemigo de toda 
reconciliación. La antigua enemistad de Polonia hacia 
Alemania fue inmediatamente explotada por todos los 
intereses internacionales que le cerraban a Hitler el camino 
hacia la URSS. Como Checoslovaquia ya no era una amenaza 


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Derrota Mundial 


de flanqueo en la marcha alemana hacia el Oriente, Polonia 
constituía el último cerrojo en la ya entonces existente 
Cortina de Hierro. 

El poderoso comercio israelita de Polonia alentó las 
diferencias germanopolacas y colaboró así con las 
comunidades judías que en Alemania y en otros países de 
Occidente también se oponían a Hitler. Desde mediados de 
1937 los comerciantes y obreros alemanes radicados en 
Polonia comenzaron a ser hostilizados mediante boicot y 
ceses. Las consiguientes protestas de Alemania eran 
presentadas por la prensa como agresivas provocaciones a la 
Soberanía de Polonia, y paso a paso las relaciones 
germanopolacas iban enturbiándose y amenazaban romperse. 

El 24 de octubre de 1938 Alemania le hizo a Polonia dos 
peticiones: 

1. Que Dantzig, ciudad poblada en su mayor parte por 
alemanes, volviera al Reich. 

2. Que a través del corredor polaco, antiguamente alemán, se 
le permitiera a Alemania construir un ferrocarril que la 
comunicara con su provincia de Prusia Oriental. 

A cambio, Alemania ofrecía lo siguiente: 

1. Reconocimiento de las fronteras comunes, olvidando los 
territorios que en 1919 habían sido mutilados a Alemania y 
anexados a Polonia. 

2. Acceso libre de Polonia al puerto alemán de Dantzig. 

Polonia repuso que las dificultades políticas interiores 
impedían aceptar esa proposición. 

El 5 de enero de 1939 Hitler comunicó al gobierno polaco que 
Alemania y Polonia tenían intereses comunes ante la amenaza 
comunista soviética, y que Alemania deseaba una Polonia 
fuerte y amiga («Libro Blanco Polaco»). 

En febrero de ese mismo año de 1939 se agravaron las 
relaciones ger-manopolacas al iniciarse manifestaciones 
antialemanas en Polonia. El 24 de marzo Polonia acordó la 


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Derrota Mundial 


movilización de los jóvenes nacidos en 1911, 1912, 1913 y 
1914. La prensa azuzaba al pueblo haciendo coro a los cable¬ 
gramas de agencias judías y pedía severas medidas contra la 
población ale-mana que desde 1919 se hallaba forzadamente 
formando parte de Polonia. Esa corriente de opinión recibió un 
poderoso apoyo moral el 31 de marzo al anunciar Inglaterra 
que «todos los auxilios que del Imperio Británico dependan», 
serán puestos al servicio de Polonia para repeler a Alemania. 
Con anticipación, Rooseveit había alentado también a los 
jefes polacos para que se negaran a llegar a un acuerdo con 
Alemania. El origen secreto de esa política, al parecer 
inexplicable, fue confidencialmente revelado el 1 2 de enero 
de 1939 por el Embajador polaco en Washington, Conde jerzy 
Potocki, quien informó a su Ministro de Relaciones: 
«El ambiente que actualmente reina en Estados Unidos se 
caracteriza por el creciente odio contra el fascismo, y muy 
especialmente concentrado en la persona del Canciller 
Hitler... La propaganda se halla sobre todo en manos de 
judíos, los cuales pertenecen en casi un ciento por ciento a la 
radio, cine y revistas. No obstante hacerse esta propaganda 
muy groseramente, poniendo a Alemania todo lo mal posible, 
tiene efectos muy profundos, ya que el público de aquí no 
tiene los menores conocimientos de la real situación 
europea... Un detalle muy interesante en esta campaña es 
que se efectúa principalmente contra el nacionalsocialismo y 
se elimina casi por completo a la Unión Soviética. Si se alude 
a ella se hace de modo amistoso, como si la URSS estuviera 
adherida a lo que las naciones democráticas persiguen. 

Gracias a esta hábil propaganda las simpatías del pueblo 
americano estaban con los rojos españoles... En esta acción 
—propagandística— participaron algunos intelectuales judíos, 
como Bernard M. Baruch; el Gobernador del Estado de Nueva 
York, Lehmann; el recién nombrado juez del Tribunal 
Supremo, Félix Frankfurter; el Secretario de Estado 
Morgenthau y otros íntimos amigos del presidente 
Rooseveit» [6]. 


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Derrota Mundial 


Cuatro días después el mismo Embajador Potocki remitió otro 
informe confidencial sobre su entrevista con Bullit, Embajador 
norteamericano en París. Bullit le dio seguridades de que los 
Estados Unidos combatirían en contra de Alemania. Esto 
tendería a vigorizar la resistencia de Polonia a un 
entendimiento con Hitler. 

Por otra parte, Jules Lukasiewicz, Embajador polaco en París, 
el 29 de marzo de 1939 informó a su Ministerio de Relaciones 
que había conversado con Bullit y que le había manifestado 
que era «infantil, ingenuo y al mismo tiempo desleal proponer 
a un Estado que se encuentra en la situación de Polonia, que 
comprometa sus relaciones con un vecino fuerte, como 
Alemania, y lance sobre el mundo la catástrofe de una guerra 
sólo para poder atender las necesidades de la política interior 
inglesa». 

El 28 de abril de 1939 Hitler habló ante el Reichstag y expuso 
las dos peticiones que había hecho a Polonia y las dos ofertas 
que le brindaba a cambio. Esto constituye, dijo, «la más 
considerable deferencia en aras de la paz de Europa». Estaba 
dispuesto a olvidar los territorios perdidos y a reconocer las 
fronteras entonces existentes si se le permitía la comunica¬ 
ción con Prusia a través del Corredor Polaco. Además, a 
cambio de ese acceso a Prusia, cedería otro igual para Polonia 
hacia el puerto de Dantzig. 

En este mismo discurso (y pese a la desairada actitud que sus 
ofrecimientos de amistad habían hallado siempre en los 
estadistas británicos partidarios de Churchill) Hitler enfatizó 
bien que sus ambiciones se enfocaban hacia el Oriente. 
«Durante toda mi actuación política he mantenido siempre la 
idea del restablecimiento de la estrecha amistad y 
colaboración germanobritánica... Este deseo de una amistad y 
de una colaboración germanoinglesa no sólo está conforme 
con mis sentimientos, sino también con mi opinión sobre lo 
importante que es la existencia del Imperio británico en 
interés de toda la humanidad... »EI pueblo anglosajón — 
agregó— ha llevado a cabo en el mundo una inmensa obra 
colonizadora. Yo admiro sinceramente esa labor. Desde un 


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Derrota Mundial 


elevado punto de vista humano, el pensamiento de una 
destrucción de esa obra me pareció y me parece solamente 
un caso de erostratismo... Yo estimo que es imposible 
establecer una amistad duradera entre el pueblo alemán y el 
anglosajón si no se reconoce también del otro lado que no 
sólo hay intereses británicos sino también intereses 
alemanes. Cuando Alemania se hizo nacionalsocialista e inició 
así su resurgimiento, yo mismo he hecho la propuesta de una 
voluntaria imitación de los armamentos navales alemanes. 
Esa limitación presuponía la voluntad y el convencimiento de 
que entre Alemania e Inglaterra no debería ser ya jamás 
posible una guerra. Todavía hoy tengo esa voluntad y esa 
convicción». 

Hitler fue increíblemente pertinaz en sus recelos y en sus 
esperanzas. Y así como jamás creyó posible transigir con el 
marxismo israelita, tampoco nunca perdió la esperanza de 
que se evitaría la guerra entre Alemania y los países 
occidentales encabezados por Inglaterra, Francia y los 
Estados Unidos. Sus reiterados fracasos en este propósito 
nunca los creyó definitivos. Siempre confío en que si 
Alemania luchaba contra el bolchevismo, acabaría esto por 
tranquilizar al resto del mundo y que esa lucha se vería como 
un acontecimiento benéfico para la civilización Occidental, 
cuyas características de propiedad privada, religión, culto a la 
familia, sentido de nacionalidad, etc., tenían ciertamente 
muchos más puntos de contacto con Alemania que con el 
bolchevismo. 

El conciliador discurso de Hitler fue ridiculizado por casi toda 
la prensa de Inglaterra y el gobierno le dio una respuesta 
hostil cuando el 12 de mayo (ti 939) firmó un pacto con 
Turquía para completar el bloqueo de Alemania. Días más 
tarde los gobernantes franceses redoblaron sus esfuerzos a 
fin de concertar también una alianza antialemana con Stalin, 
pero éste continuaba cautelosamente esperando a que el 
conflicto armado se iniciara primero entre Alemania y el 
Occidente. 


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Derrota Mundial 


La actitud de Hitler ante esos síntomas ominosos no varió, y 
aprovechaba todo acto público para insistir en que Alemania 
no demandaba nada que pudiera ser lesivo para los pueblos 
occidentales. En consecuencia —infería— no había ningún 
obstáculo para llegar a una firme amistad, como no fueran las 
secretas manipulaciones del judaismo. El 13 de marzo (1939) 
se efectuó una ceremonia oficial en el Cementerio de 
Stahnsdorf, ante las tumbas de 1,800 británicos muertos en 
Alemania durante la primera guerra mundial; el Almirante 
Erich Raeder, jefe de la Marina alemana, llevó una ofrenda «a 
la memoria de nuestros caballerosos adversarios —dijo— que 
cayeron cumpliendo su deber de soldados de su país». 
Pero todos esos esfuerzos de conciliación eran rápidamente 
saboteados. Precisamente en esos días se acentuó la 
propaganda para agitar a inconscientes grupos polacos que 
creían actuar en beneficio de su patria provocando 
desórdenes contra las minorías alemanas. La vieja amistad 
poíacogermana estaba siendo exhumada por intereses 
internacionales para ahondar el abismo entre Polonia y 
Alemania. Moscú era el único beneficiario. 


ENGAÑAR ES MÁS EFICAZ QUE DINAMITAR 

El general Ludendorf decía que la propaganda oportuna surte 
más efecto que cien toneladas de altos explosivos. En su 
cálculo se quedó corto. Y es que en su época la técnica del 
engaño no alcanzaba aún el auge que en los últimos 30 años 
hicieron posible los alquimistas israelitas de la propaganda. 
Es ésta una de las armas más eficaces del movimiento político 
judío, y como las masas no pueden identificarla, tampoco 
están en posibilidad de eludirla. 

Al enemistarse con el movimiento político judío, Hitler y 
Alemania se convirtieron en blanco de esa arma poderosa. 
Alrededor de Rooseveit se movía la camarilla de Hopkins, 
aleccionado por el judío Dr. Steiner, y de los israelitas Wise, 
Morgenthau, Frankfurter, Baruch, Unterrneyer, Rosenman, 
que querían salvar al marxismo soviético y aniquilar a 


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Derrota Mundial 


Alemania. La meta de esa camarilla era impopular, carecía de 
apoyo entre los pueblos occidentales. Entonces la eficaz 
maquinaria propagandística se puso en marcha. Funcionarios 
de la Casa Blanca ayudaron en esa tarea sobornando a 
periodistas, periódicos, revistas y escritores no hebreos. 
(Muchos de estos sobornos fueron posteriormente 
investigados por el Senado en 1953). 

Los israelitas de las altas esferas políticas eran una especie de 
palanca, y sus hermanos de raza que dirigían la propaganda 
suministraban el punto de apoyo —en la forma de una 
engañada opinión pública— para que esa palanca política 
moviera a los pueblos occidentales hacia el rumbo deseado. 
En esta forma una minoría relativamente insignificante de 
judíos engañó y movió una inmensa masa de contingentes no 
judíos, de la misma manera en que el débil brazo de un 
hombre puede levantar miles de kilos mediante el auxilio de 
palanca y un punto de apoyo. 

Como requisito previo para usar la fuerza de los países 
occidentales, el movimiento político judío los engañó y 
desorientó. Con razón Schopenhahuer dijo el siglo pasado que 
«el judío es el maestro de la mentira». Con esa maestría ha 
conseguido que sus propias víctimas le sirvan, naturalmente 
que sin saber a quién sirven, y hasta con la ilusoria creencia 
de que se sirven a sí mismas. 

Estos alquimistas del engaño concentraron su acción en 
cuatro puntos: 

1. Opacaron la evidencia de que Alemania marcharía contra la 
URSS. Así propiciaron que Occidente luchara, engañado, en 
beneficio del marxismo. 

2. Dieron la falsa impresión de que Alemania atacaría al 
Occidente y no al marxismo-israelita del Oriente. 
En esta forma agitaron a los pueblos inglés, francés y 
norteamericano. 

3. Crearon la idea de que la pugna entre nazis e israelitas era 


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una rareza de Hitler, sin más fundamento que la aversión 
contra un conglomerado religioso. 

Así se ocultaba el hecho de que esa comunidad no era sólo 
una inocente secta religiosa, sino un núcleo político con 
influencia internacional. 

4. Presentaron a Alemania como un país antirreligioso. 
De esta manera se facilitó que el mundo cristiano se dejara 
arrastrar a una lucha en beneficio del bolchevismo ateo. 

Respecto a los dos primeros puntos, la investigación histórica 
encuentra miles de pruebas de que Hitler siempre orientó su 
lucha contra el marxismo. Jamás hizo demandas lesivas para 
los pueblos inglés, francés o norteamericano, y siempre trató 
de ganarse su amistad. 

Respecto al tercer punto, la pugna entre nazis e israelitas, 
Hitler anunció el 30 de enero de 1939 que estaba en la mejor 
disposición de que los países democráticos se llevaran a los 
judíos que vivían en Alemania, y que les dispensaran todas 
las prerrogativas y consideraciones que reclamaban para 
ellos. Hizo observar que algunos países disponían de 10 
habitantes por kilómetro cuadrado, y que Alemania, en 
cambio, necesitaba alimentar a 140 personas por kilómetro 
cuadrado. 

«Cierto es que Alemania —dijo— fue durante siglos lo 
suficientemente buena para acoger a esos elementos... Lo 
que ese pueblo posee lo ha adquirido en su mayor parte con 
las peores manipulaciones a costa del pueblo alemán, no tan 
astuto. »¡Qué agradecidos deberían estarnos por dejar en 
libertad a esos magníficos portadores de cultura y ponerlos a 
disposición del resto del mundo! Ese mundo, según sus 
propias declaraciones, no puede aducir una razón que 
disculpe la negativa a aceptar en sus países a esa gente 
valiosísima. »Los pueblos no quieren volver a morir en los 
campos de batalla para que esta raza internacional sin 
raigambres se beneficie con los negocios de la guerra, o para 
que satisfaga su ancestral deseo de venganza cuyo origen se 


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remonta al Antiguo Testamento. Sobre la consigna judaica; 
proletarios de todos los países, únanse, ha de triunfar una 
visión más elevada, a saber: trabajadores de todas las 
naciones, reconozcan a su enemigo común». 

Y respecto al cuarto punto, el de que Alemania era enemiga 
de la religión, Hitler dijo en ese mismo discurso del 30 de 
enero de 1939: 

«Uno de los cargos que en las llamadas democracias se 
levanta contra Alemania es que somos un Estado enemigo de 
la religión. Primero, en Alemania no se ha perseguido hasta 
ahora ni se perseguirá tampoco a nadie a causa de sus 
convicciones religiosas. Segundo, desde el 30 de enero de 
1933 el Estado Nacionalsocialista ha puesto a disposición de 
ambas Iglesias las siguientes sumas producto de los 
impuestos públicos: 


Año 

Monto 

1933 

130 millones de marcos 

1933 

170 millones de marcos 

1934 

2Í0 millones de marcos 

1935 

320 millones de marcos | 

1936 

400 millones de marcos | 

1937 

ÍOO millones de marcos 

TOTAL 

1770 miUones de marcos^ 


[1] Esas aportaciones subieron luego a 700 millones de 
marcos anuales (casi 2,800 millones de pesos al año). Y 
siguieron entregándose hasta que terminó la guerra. 


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»Por otra parte, las iglesias son las mayores propietarias de 
inmuebles después del Estado (cosa que en muy raros países 
existe). El valor de sus haciendas y propiedades rurales pasa 
de la suma de diez mil 


[1] Hitler llegó a recelar de Schacht, pero sus sospechas 
nunca se precisaron. Hablando con los miembros de su 
Cuartel General, el Fuehrer dijo el 20 de agosto de 1942: 
«Cuando se trataba de engañar a la gente, Schacht era 
incomparable. Pero jamás ha sido capaz de dar pruebas de 
entereza. En esa clase de asuntos los francmasones se 
engañan entre sí. Cuando disolví la francmasonería fue 
cuando Schacht comenzó a poner entorpecimientos». 

[2] «El Estado Mayor Alemán». — Walter Goerlitz. 

[3] Informe Secreto Desde Atrás de la Cortina de Adolfo 
Hitler. — Dr. Paul Schmidt, jefe de intérpretes de la 
Wilhelmstrasse. 

[4] Odio Incondicional. — Por Russell Grenfell. 

[5] El Almirante Canaris. — KarI H. Abshagen, antinazi. 

[6] Documentos Diplomáticos Confidenciales. — Ministerio de 
Relaciones Exteriores de Polonia (capturados por Alemania). 


»Por otra parte, las iglesias son las mayores propietarias de 
inmuebles después del Estado (cosa que en muy raros países 
existe). El valor de sus haciendas y propiedades rurales pasa 
de la suma de diez mil millones de marcos. Los ingresos de 
estas propiedades se pueden calcular en 300 millones de 
marcos anuales. 

«En consecuencia —dicho sea con suavidad— es una 
desvergüenza que especialmente ciertos políticos extranjeros 


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Derrota Mundial 


se atrevan a hablar de hostilidad religiosa en el Tercer Reich. 
¿Cuáles son las cantidades que durante este mismo espacio 
de tiempo han entregado Francia, Inglaterra o los Estados 
Unidos a sus respectivas Iglesias, de los fondos públicos? El 
Estado Nacionalsocialista no ha cerrado ninguna iglesia, ni ha 
impedido ningún servicio religioso, ni ha ejercido la más 
mínima influencia sobre la forma en que éstos se realizan. 
»En el momento en que un sacerdote se coloque fuera de la 
ley, el Estado le obligará a rendir cuentas como a cualquier 
otro ciudadano alemán. Si ahora el extranjero defiende con 
tanto afán a ciertos sacerdotes —que estaban actuando en la 
esfera política— esto no puede obedecer más que a razones 
políticas, puesto que estos mismos estadistas demócratas 
callaron cuando en Rusia se sacrificaron cientos de miles de 
sacerdotes y callaron cuando en España decenas de miles de 
sacerdotes y monjas fueron asesinados de la manera más 
bestial o quemados vivos. Los extranjeros sólo se interesan 
por los enemigos interiores del Estado alemán, no por la 
religión»[l]. 

Precisamente cuando Hitler afirmaba esto, en Rusia 
culminaba una etapa de exterminio de las instituciones 
religiosas. El autorizado diplomático norteamericano William 
C. Bullit había informado sobre el particular a Roosevelt. 
«En 1937 —dice Bullit en "La Amenaza Mundial"— fueron 
cerradas 10,000 iglesias en Rusia; a fines de 1 939 se había 
aniquilado definitivamente el espíritu de resistencia de la 
mayoría de los sacerdotes, y no quedaban con vida más que 
unos pocos o sea los adictos a Stalin». 

Por eso Hugo Wast pone en boca de los propagandistas 
israelitas las siguientes palabras: 

«Dominamos la mayoría de los grandes diarios[2] y de las 
agencias de publicidad, y gobernamos los nervios de la 
humanidad. Asesinen cristianos en México, en España, en 
Rusia; eso no tiene importancia, no lo trasmiten nuestras 
agencias ni lo publican nuestros diarios. Atropellen un judío 


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Derrota Mundial 


en Alemania o en Polonia, y escucharán la grita del mundo; 
intolerancia, progrom, antisemitismo. Y el mundo, que no ha 
llorado el martirio de un millón de cristianos en Rusia, rasgará 
sus vestidos porque a un profesor israelita le han quitado en 
Berlín una cátedra». 

En efecto, el monopolio informativo judío tornó a repetir sus 
estudiados puntos de propaganda para engañar y azuzar a los 
pueblos occidentales. Y es un fenómeno infalible en la técnica 
publicitaria que una verdad expuesta esporádicamente se 
olvida y desacredita, en tanto que una mentira repetida sin 
cesar acaba en cierto tiempo por ser aceptada. 
«El lector se entera de lo que debe saber —decía Oswaido 
Spengler respecto a los diarios europeos 21 años antes de la 
guerra— y una voluntad superior informa la imagen de su 
mundo... ¿Qué es la verdad? Para la masa, es la que a diario 
lee y oye. Ya puede un pobre tonto recluirse y reunir razones 
para establecer la verdad, seguirá siendo simplemente su 
verdad. La otra, la verdad pública del momento, la única que 
importa en el mundo efectivo de las acciones y de los éxitos, 
es hoy un producto de la prensa. Lo que ésta quiere es la 
verdad. Sus jefes producen, transforman, truecan verdades». 

Y eso fue lo que ocurrió con la opinión pública de las 
potencias occidentales. Mediante el siniestro engaño de que 
ellas estaban en peligro mortal, y no el marxismo judío, 
fueron arrojadas a la espalda de Alemania cuando ésta se 
preparaba para su lucha contra la URSS. [1] 

Desde enero de 1934 los obispos evangélicos tuvieron una 
entrevista con Hiíler e hicieron pública su adhesión al Tercer 
Reich, condenando «las maquinaciones contra el Estado». 

Y el 20 de agosto de 1935 la conferencia de obispos católicos 
alemanes reunida en Fulda, telegrafió a Hitler: «Los obispos 
reunidos en Fulda envían al Fuehrer del pueblo alemán el 
sentimiento de fidelidad y respeto que según la ley divina 
debemos al poder y dignidad más elevada del Estado». 
[2] En Inglaterra, Estados Unidos y otros países es frecuente 


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Derrota Mundial 


que hasta el 40% de los ingresos de numerosos periódicos 
importantes provenga de anunciantes israelitas. Disgustarlos 
equivale a cerrar el periódico. 


CAPÍTULO IV 

La Guerra que Hitler no Quería 
( 1939 - 1940 ) 

Si la Guerra no Empezaba en Occidente, Rusia Lucharía Sola. 
Hablando el Mismo Lenguaje de las Armas. 

Ni con Silencio Pudo Ayudar Italia. 

En las Orillas del Abismo 
Otra vez Hitler Tiende la Mano. 

La Mampara del Idealismo. 

Debilidad de la Franqueza. 

La Terrible Grandeza de la Guerra. 

Desigual Guerra en el Mar. 

Noruega, Primera Línea de la Lucha Terrestre. 

Francia es Empujada a Sangriento Abismo. 

Las Panzer Dejan Escapar a los Ingleses. 

El Derrumbe de Francia. 

SI LA GUERRA NO EMPEZABA EN OCCIDENTE, RUSIA 
LUCHARÍA SOLA 

A mediados de 1939 la crisis de Polonia se aproximaba a su 
climax y Stalin veía que ese último oí táculo para la em¬ 
bestida alemana contra Rusia estaba a punto de desaparecer. 

Su acertada evaluación de las circunstancias era s mejante a 
la que hacían los consejeros israelitas de Rooseveit: si ib 
guerra se iniciaba exclusivamente entre Alemania y la URSS, 
sería luego punto menos que imposible persuadir al mundo de 
que debería acudir en auxilio del marxismo. Rusia tendría 
entonces que luchar sola... y sola, ¡estaba perdida!... En 
cambio, si se lograba que el Occidente entrara en guerra 


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Derrota Mundial 


contra Alemania antes de que ésta atacara a la URSS, 
entonces quedaría automáticamente garantizado que el Oc¬ 
cidente combatiría en el mismo bando del bolchevismo. Y así 
fue. Una vez comprometidos en la lucha contra Alemania, 
ningún inglés, francés o norteamericano rechazaría el 
concurso armado de la URSS. 

En consecuencia, el Kremlin extremó su cautela a fin de 
retardar el ataque alemán y le ofreció a Hitler un pacto de no 
agresión. El 10 de marzo de 1939 Stalin pronunció un 
discurso en el que significativamente no lanzó ataque a 
Alemania, y por el contrario, dijo que no sacaría las castañas 
del fuego a las potencias occidentales, lanzándose a una 
aventura contra el Reich. 

Hitler tomó con desconfianza y hostilidad ese extraño cambio, 
pero las ofertas soviéticas se repitieron por diversos 
conductos y los diplomáticos alemanes creyeron que ésta era 
una gran oportunidad. 

Consultando archivos capturados después de la guerra, el 
historiador inglés F. H. Hinsley precisa que las negociaciones 
ruso-germanas empezaron a iniciativa rusa, el 17 de abril de 
1939. El 3 de mayo siguiente, el Ministro israelita de 
Relaciones Exteriores de Rusia, Maxim Litvinoff (originalmente 
llamado Maxim Moiseevich Vallakh Finkelstein), fue relevado 
de su puesto a fin de suavizar la desconfianza de Hitler. 

Ante la crisis de Polonia y la amenaza de guerra de la Gran 
Bretaña y Francia, Alemania aceptó el ofrecimiento soviético. 
El Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Ribbentrop, 
llegó a Moscú el 23 de agosto de 1939 y en horas, con 
inusitada facilidad, se firmó el pacto, como que era lo que 
precisamente quería el Kremlin. Veinte horas después de su 
arribo a Moscú, Ribbentrop ya volaba de regreso a Berlín. 
Ante aquella suavidad de la URSS se ocultaba algo 
enormemente benéfico para el marxismo. Poco después pudo 
verse que Hitler no había alcanzado a comprender que el 
pacto no evitaría que las potencias occidentales le declararan 


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la guerra, pues tal pacto era simplemente una trampa 
soviética tendida de acuerdo con la camarilla israelita de 
Occidente. Sin embargo, esto no era visible de momento y 
Hitler aceptó el tratado con la esperanza de ganar tiempo 
mientras despejaba la amenaza que se cernía desde 
Occidente. 

«No creemos equivocarnos —dice Hinsley— al afirmar que si 
sólo hubiera dependido de Hitler, las negociaciones hubieran 
terminado en un fracaso». Agrega que el Fuehrer confiaba en 
que ese paso alejaría el peligro de guerra con la Gran Bretaña 
y Francia. 

Ese tratado fue una sorpresa para el mundo, más no para 
Rooseveit y sus consejeros israelitas, que día a día estuvieron 
siendo informados de la cautelosa política de Stalin para 
lograr la secreta meta común de que Alemania se viera 
envuelta en una guerra con las naciones occidentales antes 
que con la URSS. 

El diplomático norteamericano William C. Bullit dice[l] que 
desde 1934 Rooseveit fue informado de que Stalin 
«deseaba concertar un convenio con el dictador nazi y que 
Hitler podía tener un pacto con Stalin cuando lo deseara. El 
Presidente Rooseveit fue informado con precisión, día tras 
día, y paso tras paso, de las negociaciones secretas que 
tuvieron Stalin y Hitler en la primavera de 1939... En verdad, 
nuestra información concerniente a las relaciones entre Hitler 
y Stalin era tan excelente, que habíamos notificado al 
Gobierno soviético que esperase un asalto a principios del 
verano de 1941 y habíamos comunicado a Stalin los puntos 
principales del plan estratégico de Hitler». 

En consecuencia —como este aviso era dado en 1939—, 
quedaban dos años de margen para empujar a los países 
occidentales hacia la guerra contra Alemania, no en provecho 
de ellos, sino en anticipada defensa del marxismo israelita 
que se encontraba ya en capilla. Tales informes recibidos por 


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Derrota Mundial 


Rooseveit y transmitidos a Stalin resultaron absolutamente 
exactos. 

El general Beck, ex jefe del Estado Mayor General alemán, 
conservaba nexos ocultos con sus amigos israelitas. Por su 
conducto salieron de Alemania valiosos secretos, vía París, y 
eran ya del dominio de Rooseveit y Stalin. Este último sabía 
con certeza, como lo confirma Bullit, que la ofensiva alemana 
contra la URSS sería en 1941. Para entonces el Kremlin 
esperaba contar ya con una masa abrumadora de tropas, y 
mientras tanto rehuía a todo trance que el Ejército Rojo se 
enzarzara prematuramente en la lucha con el Ejército 
Alemán. Tal fue el significado del pacto ruso-germano de no 
agresión firmado el 23 de agosto de 1939. 

En esos días Alemania se esforzaba en lograr la anuencia de 
Polonia para construir un ferrocarril y una carretera que 
unieran a Berlín con su provincia de Prusia Oriental. Era este 
el último obstáculo que se interponía para la proyectada 
ofensiva contra el bolchevismo. Después del conflicto 
germanopolaco figuraba ya la lucha armada con la URSS. 
El movimiento político judío decidió asirse firmemente del 
último obstáculo y convertirlo en un «casus belli» para 
desencadenar la guerra entre Alemania y los países 
occidentales. La comunidad israelita radicada en Polonia jugó 
en esa maniobra un papel decisivo. Su influencia había 
quedado asegurada en el artículo noveno de la Conferencia de 
Versalles de 1919, mediante el apoyo de estadistas judíos con 
influencia en Estados Unidos, el Imperio Británico y Francia. 
En ese artículo se especificó que de todas las prerrogativas 
concedidas a la Comunidad Judía se hacía «no una cuestión 
de libre albedrío de Polonia», sino «una exigencia de la 
Sociedad de las Naciones». 

Mediante propaganda, agitación e influencias secretas, la 
opinión pública polaca fue desorientada y se la alentó al 
desorden como la forma más segura de evitar todo arreglo 
pacífico entre Polonia y Alemania. El 3 de mayo hubo un 
desfile polaco durante el cual las «porras» gritaban: «¡A 


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Derrota Mundial 


Dantzig, a Berlín...!» Se hizo correr la versión de que las 
tropas alemanas estaban hambrientas y no resistirían. La 
población alemana anexada a Polonia en 1919, sufrió 
sangrienta hostilidad en 1939. Ya para el 21 de agosto de ese 
año el número de fugitivos que cruzaron la frontera 
germanopolaca, ascendía a 70,000. Según posteriormente 
pudo establecerse 12,857 cadáveres de alemanes fueron 
identificados como victimados por la persecución, en tanto 
que 45,000 alemanes más desaparecieron[2].Representantes 
de agencias informativas internacionales —como Mr. 
Oechsner, de la United Press—, fueron invitados por Alemania 
para que dieran fe de esos hechos. 

La provocación de esos acontecimientos dio los nefastos 
frutos que se esperaban de ellos: el conflicto germanopolaco 
perdió toda coyuntura de arreglo amistoso y se volvió un 
polvorín. El 15 de agosto del mismo año de 1939 el Gobierno 
francés notificó a Alemania que en caso de un choque armado 
germano-polaco, Francia daría todo su apoyo a Polonia. Cosa 
igual anunció Inglaterra una semana después. Hitler 
conferenció entonces con el embajador británico, Neville 
Henderson, para hacerle ver que Inglaterra estaba prefiriendo 
cualquier cosa antes que un acuerdo pacífico. 
«En su voluntad de aniquilar —le dijo— se había dirigido a 
Francia, a Turquía, a Moscú... Alemania nunca había 
emprendido nada en perjuicio de Inglaterra, a pesar de lo 
cual Inglaterra se había colocado contra Alemania». 
En seguida Hitler se dirigió al Premier británico Neville 
Chamberlain, en los siguientes términos: 

«...He empleado toda mi vida en luchar por una amistad 
germanoinglesa, pero la actitud de la diplomacia británica — 
por lo menos hasta ahora— me ha convencido de la falta de 
sentido de este intento. Si ello cambiara en el porvenir, nadie 
podría ser más feliz que yo». 

En respuesta, la prensa inglesa azuzaba a la opinión pública 
para forzarla a la movilización militar, que seguía siendo 


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Derrota Mundial 


popularmente rechazada porque el pueblo juzgaba inútil una 
nueva guerra contra Alemania. 

El 25 de agosto Hitler volvió a tender amistosamente la mano 
a Inglaterra y hasta le propuso una alianza germanobritánica. 


[1] «Cómo los EE. UU. Ganaron la Guerra y por qué Están a 
Punto de Perder la Paz» 

[2] «Los Horrores Polacos». Ministerio de Relaciones 
Exteriores del Reich. 



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(Al recuperar la soberanía en los territorios alemanes del Sarre y la 
Renania (1936), Hitler anunció que no tenía ya ninguna demanda que 
hacer a las potencias occidentales. Su atención se desvió a la unificación 
de Austria y a la neutralización de Checoslovaquia (1938) como bastión 
de la URSS. Por último, en 1939 se lanzó resueltamente hacia el Oriente 


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para unir por tierra a su provincia de Prusia Oriental y preparar así la 
ofensiva contra el marxismo entronizado en Moscú.) 


Hablando con el embajador inglés le dijo que estaba 
dispuesto «a concluir acuerdos con Inglaterra, los cuales 
garantizaran por parte de Alemania en todo caso la existencia 
del Imperio británico y de ser necesario, la ayuda alemana 
dondequiera que esta ayuda sea precisa... Por último, el 
Fuehrer asegura de nuevo que no tiene interés en los 
problemas occidentales y que se halla fuera de toda 
consideración una rectificación de fronteras en el Oeste». 
Pero ese mismo día los gobernantes ingleses —es justo 
precisar que el pueblo era ajeno a esas maquinaciones- 
dieron otra despectiva respuesta al llamado de Hitler y 
firmaron con Polonia un pacto para prestarle ayuda militar si 
era atacada por Alemania, pese a que sabían perfectamente 
que esa ayuda era imposible. Polonia corría como caballo 
desbocado hacia el abismo y los estadistas occidentales le 
apretaban más las espuelas. 

El historiador británico capitán Liddell Hart afirma en su libro 
(«Defensa de Europa») que la promesa de ayuda militar a 
Polonia fue inmoral porque era imposible cumplirla. 
«Si los polacos —dice— se hubieran dado cuenta de la 
imposibilidad militar de Inglaterra y Francia para salvarlos de 
la derrota, es probable que no hubieran presentado tan terca 
resistencia a las originalmente moderadas demandas de 
Hitler: Dantzig y el Corredor Polaco». 

Pero los polacos no podían darse cuenta de la forma criminal 
en que se les estaba usando como mecha de la guerra; 
previamente la propaganda informativa judía los había 
engañado y soliviantado. 

«He sido por mucho tiempo y muy de cerca, observador de la 
Historia contemporánea —agrega el historiador Hart— para 
que no me queden ilusiones acerca de las bases morales de 


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Derrota Mundial 


nuestra política exterior. Cuando alguien me dice que de 
pronto reaccionamos ante la amenaza que el sistema nazi 
representaba para la civilización, lo único que me queda es 
sonreír tristemente». 

Así, pues, los gobernantes ingleses empujaron a Polonia al 
suicidio a sabiendas de que no podrían salvarla, Y los 
gobernantes franceses hicieron otro tanto. El 26 de agosto 
Francia le reiteró a Alemania que daría todo su apoyo militar 
a Polonia. Hitler le repuso que Alemania no tenía ningún 
motivo de fricción con Francia y que esa actitud germanófoba 
carecía de fundamento. 

Inesperadamente el día 28 Inglaterra le aconsejó a Alemania 
que entablara negociaciones con Polonia. Hitler repuso que 
las negociaciones habían sido interrumpidas en julio con la 
movilización polaca y que todas las propuestas alemanas para 
un arreglo habían sido desoídas. Sin embargo, Hitler agregó 
que Alemania estaba en la mejor disposición de aceptar la 
mediación británica: 

«El Gobierno del Reich quiere dar con ello al Gobierno de Su 
Majestad británica y al pueblo inglés una prueba de la 
sinceridad del propósito alemán de llegar a una amistad 
duradera con la Gran Bretaña. En estas condiciones está, por 
consiguiente, conforme el Gobierno del Reich en aceptar la 
propuesta mediación del Gobierno de Su Majestad para enviar 
a Berlín una personalidad polaca provista de plenos poderes. 
Espera que dicha personalidad llegue el miércoles 30 de 
agosto de 1939». 

Pero el miércoles 30 de agosto, a las 4.30 de la tarde, en vez 
del negociador pacífico llegó la noticia de que Polonia acababa 
de decretar la movilización general. Además, Inglaterra se 
retractó de su ofrecimiento de mediadora y comunicó que no 
podía recomendarle a Polonia el envío de un representante. 

Hitler entregó entonces al embajador británico, Henderson, 
las proposiciones que había preparado para ese negociador 
polaco que no llegó. Consistían, fundamentalmente, en la 
construcción de una carretera y un ferrocarril que unieran a 


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Prusia, a través del territorio alemán anexado a Polonia en la 
primera guerra mundial. 

A las 6.30 de la tarde del 31 de agosto el Embajador polaco 
se presentó en la Cancillería del Reich, pero sin poderes para 
negociar. A las 21 horas Alemania comunicó a Inglaterra que 
la mediación británica del día 28 había sido aceptada, que 
Alemania había estado esperando al plenipotenciario y que 
éste no había llegado. En consecuencia, consideraba que 
también en esta ocasión habían sido prácticamente 
rechazados sus propósitos de llegar a un arreglo pacífico. 

A las 23 horas de ese mismo día 31 de agosto la radio polaca 
anunciaba: «La respuesta ha sido las disposiciones militares 
tomadas por el Gobierno polaco». 

HABLANDO EL MISMON LENGUAJE DE LAS ARMAS 

En la azulosa claridad del amanecer del día siguiente, 44 
divisiones alemanas se desbordaron en una aurora de fuego 
sobre la frontera polaca. 36 divisiones polacas, enardecidas 
de orgullo y alentadas por el prometido apoyo militar de las 
potencias occidentales, les salieron al encuentro. Un millón 
doscientos mil hombres chocaron en la mortal aventura de la 
guerra[l]. 

Hitler habló ese día: 

«Una cosa es, empero, imposible: exigir que se solucione por 
medio de la revisión pacífica una situación insostenible, y a la 
vez negarse tercamente a toda revisión pacífica... Me he 
decidido a hablar con Po-lonia el mismo lenguaje que Polonia 
emplea con nosotros hace meses. Yo he prometido 
solemnemente, y lo repito ahora, que nosotros no exigimos 
nada de esas potencias occidentales, ni lo exigiremos nunca. 
Yo he manifestado palmariamente que los límites entre 
Francia y Alemania constituyen un hecho definitivo. Yo he 
ofrecido siempre a Inglaterra una amistad sincera, y en caso 
necesario, hasta la más íntima colaboración. Pero el amor no 
puede ser una cosa unilateral. 


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»Desde las 5.5 se le contesta a Polonia también con fuego. No 
pido de ningún alemán más de lo que yo estuve dispuesto a 
hacer en todo momento durante más de 4 años (en la 
primera guerra). Desde ahora es cuando mi vida pertenece 
verdaderamente en absoluto al pueblo. No quiero ser ahora 
más que el primer soldado del Reich. Por ello he vestido de 
nuevo aquel uniforme que fue para mí el más sagrado y el 
más querido. Sólo me lo quitaré después de la victoria, o 
bien, no viviré este final... Sólo hay una palabra que no he 
conocido nunca y es: capitulación». 

Testigo de aquel momento, José Pagés Llergo refiere: 

«Los civiles pálidos, temblorosos por la emoción, se 
enjugaban las lágrimas; los diplomáticos, asidos fuertemente 
del brazo del asiento, contemplaban estáticos, electrizados, la 
pequeña figura que allá en la distancia se erguía en éxtasis; 
los militares gritaban, casi aullaban. Afuera, medio millón de 
personas levantaban un murmullo sordo, aterrador, cuando 
Adolf Hitler hundía los puños sobre la mesa del Reichstag y 
rojo, descompuesto, el pelo tirado en desorden sobre la 
frente, gritaba con los ojos bañados en lágrimas: 
»¡En estos momentos no quiero ser más que el primer 
soldado del Reich!» 

»Sus brazos se elevaban lentos, teatrales, hacia el cielo. En 
aquella actitud de pedir silencio, el tigre que hace unos 
momentos había sido, se transforma, genial, fantástico, en un 
apóstol del germanismo que va predicando, con rara 
modulación de voz, su verdad, la verdad de su pueblo... 

»A mi lado una mujer solloza, conmovida. Los hombres 
apenas si respiran: con sus caras cetrinas, los ojos cansados, 
la frente bañada de sudor por el sacudimiento nervioso, yacen 
extenuados en sus asientos. En una fracción de segundos 
Hitler hace vibrar el auditorio hasta el agotamiento. Su voz no 
es fuerte, pero la modula en tal forma, que sabe hacerla 
gemir, sabe hacerla dulce, suplicante, fiera. 

»EI grito de 'Heil' se va extendiendo tenue, impreciso, desde 
la plataforma del Reichstag hasta el anfiteatro, para 


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convertirse en un grito ensordecedor, salvaje, que llena el 
edificio y trasciende hasta la calle». 

Entretanto, ese mismo día de septiembre el Soviet 
Supremo votó una ley de servicio militar que implicaba una 
movilización total de la juventud rusa. Sus aprestos bélicos se 
aceleraron. 

Al día siguiente, dos de septiembre, Mussolini hizo una 
gestión ante Alemania, Polonia, Inglaterra y Francia, para 
concertar un armisticio germano-polaco y buscar un arreglo 
pacífico. Hitler aceptó y el primer ministro francés también, 
pero Inglaterra rechazó la proposición y luego logró que 
Francia hiciera lo propio. Un mensaje de la agencia francesa 
«Navas», referente a la aceptación de las pláticas, fue 
cablegráficamente anulado desde París. 

Goering, el segundo de Hitler, trató de volar a Inglaterra para 
insistir en un arreglo pacífico. Hitler aprobó el plan y el 
general Bodenschatz preparó un avión especial. 
Cablegráficamente se solicitó la anuencia de Londres para el 
viaje, pero el gobierno inglés contestó negándose a recibir a 
Goering. 

El 3 de septiembre Inglaterra envió un ultimátum a Alemania 
exigiéndole que para las once horas de ese día retirara sus 
tropas de Polonia o de lo contrario se considerara en guerra 
con el Imperio Británico. En Francia aún era muy viva la 
resistencia de la opinión pública a la guerra y el Gabinete tuvo 
momentos de indecisión; un ultimátum igual al inglés se 
envió hasta las 12.30. 

El embajador británico Neville Henderson se presentó en la 
Cancillería de Berlín a entregar el ultimátum con 
apercibimiento de guerra. El documento fue recibido por el 
Dr. Paul Schmidt, jefe de intérpitetes de la Wilhelmstrasse, 
quien en seguida se lo entregó a Hitler. Schmidt refiere así lo 
ocurrido[2]: 

«Hitler se quedó petrificado en su asiento, con la vista fija 
hacia adelante. No daba muestras de confusión, como se ha 


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dicho, ni tampoco se encolerizó, como otros refirieron. Se 
quedó sentado, completamente silencioso, inmóvil. Tras de un 
intervalo, que a mí me pareció un siglo, se volvió hacia 
Ribbentrop, que había permanecido rígidamente en pie junto 
a la ventana. ¿Y bien? —preguntó Hitler con una mirada 
penetrante a su Ministro de Relaciones, como para indicar que 
Ribbentrop le había informado mal acerca de la actitud de 
Inglaterra—. Ribbentrop repuso tranquilamente: "Presumo 
que los franceses nos entregarán un ultimátum semejante 
dentro de una hora"». 

Minutos después Hitler dictó la siguiente respuesta al 
gobierno inglés: 

«El Gobierno del Reich y del pueblo alemán se niega a recibir, 
aceptar o cumplir las exigencias con carácter ultimativo del 
Gobierno británico». 

Una contestación semejante fue entregada más tarde al 
representante de Francia. A las 11 de la mañana del 3 de 
septiembre de 1939 Inglaterra declaró la guerra a Alemania y 
Francia hizo lo propio a las 5 de la tarde de ese día. 
Era esta la guerra que Hitler no quería... 


NI CON SU SILENCIO PUDO AYUDAR ITALIA 

Cuando el 3 de octubre de 1935 Mussolini inició la invasión de 
Etiopía y atrajo hacia sí un ruidoso boicot de la Liga de las 
Naciones, Hitler lo apoyó resueltamente. Y es que desde 1923 
Hitler admiraba a Mussolini como creador de la doctrina 
fascista, esencialmente opuesta al bolchevismo. Años más 
tarde nació el Eje Berlín-Roma corno una alianza contra la 
URSS. 

Y cuando en 1939 Alemania trataba de abrir el camino hacia 
Moscú y esto le ocasionó el conflicto con Polonia, Italia dio un 
cauteloso paso atrás y decidió ser neutral. Hitler le pidió que 
no revelara esa decisión sino hasta el último momento. Tenía 
la esperanza de que si Inglaterra y Francia ignoraban que el 
Eje Berlín-Roma no era tan firme como parecía, no 
intervendrían activamente en el conflicto. 


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Sin embargo, la neutralidad de Italia fue conocida por 
Inglaterra y Francia antes de que estallara la guerra 
germano-polaca. Y es que el Ministro de Relaciones, Galeazo 
Ciano, les había revelado este secreto. Ciano odiaba a 
Alemania, aunque no lo manifestaba categóricamente, y era 
marido de Edda Mussolini, hija de Mussolini y de una judía 
rusa. Pero esto no lo supo Alemania sino hasta cuatro años 
después, en 1943. 

La frágil alianza germano-italiana se revela en el propio Diario 
de Ciano, quien el 20 de marzo de 1939 escribió: «El rey se 
muestra cada vez más antigermano. Al referirse a los 
alemanes llegó a calificarlos de mendigos y canallas». 

El 26 de agosto de ese mismo año agregaba: «El Duce y yo le 
enviamos un mensaje a Hitler diciéndole que Italia no puede 
ir a la guerra si no cuenta con abastecimientos. Grandes 
demandas». En efecto, era tanto lo que pedía que se 
necesitarían 17,000 trenes para transportarlo. 
Y el 21 de agosto: «Le aconsejo al Duce que rompa el pacto y 
se lo arroje por la cara a Hitler». 

Las cosas no llegaron a tanto, pero la alianza de Italia no 
tenía más apoyo que la vacilante actitud del Duce. 

EN LAS ORILLAS DEL ABISMO 

Alemania no estaba preparada en 1939 para una guerra 
contra Francia y el Imperio Británico; en primer lugar porque 
Hitler no quería ni buscaba esa contienda. El 3 de sep¬ 
tiembre, cuando en contra de todo lo esperado recibió las 
declaraciones de guerra de París y Londres, el ejército alemán 
constaba teóricamente de 98 divisiones, pero 21 de ellas no 
habían terminado aún su organización y tenían un alto 
porcentaje de personal mayor de 40 años, por lo cual no eran 
de primera línea. Cuarenta y cuatro de las mejores divisiones 
se hallaban empeñadas en Polonia (y 1 2 más adscritas como 
reserva para ese frente). Sólo quedaron 23 divisiones 
completas y 12 deficientes para el frente occidental, ante las 
fuerzas anglo-francesas, estimadas en 110 divisiones. 


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Por consiguiente, la situación militar de Alemania en ese 
momento era casi desesperada. Hitler exigió del ejército una 
«blitzkrieg —guerra relámpago—» para terminar cuando 
antes la campaña de Polonia y afrontar la amenaza de 
I nglaterra y Francia. 

El general Alfred JodI, en esa época jefe del Estado Mayor del 
Alto Mando, declaró posteriormente que en esos días 
«Alemania no sufrió una derrota porque las 23 divisiones del 
oeste no fueron atacadas» por las 110 divisiones francesas 
dispuestas contra Alemania. Y es que los estadistas an- 
glofranceses ya habían ido bastante lejos al declarar una 
guerra impopular y de inmediato no tenían listo su plan 
ofensivo, además de que los 3,000 fortines de la Línea 
Sigfrido fueron un factor psicológico paralizante para el 
ejército francés, que decidió esperar la llegada de refuerzos 
británicos. 

En el frente polaco, Hitler cifraba sus esperanzas en las seis 
nuevas divisiones blindadas del ejército alemán y en su 
aviación. Alemania contaba con 1,553 bombarderos y 1,090 
cazas, o sea un total de 2,643. En la campaña polaca utilizó 
1,500 incluyendo 500 cazas. En esta arma sí era muy 
considerable la superioridad sobre Polonia, la cual disponía de 
580 aviones de primera línea, incluyendo 250 cazas. 
Las fuerzas alemanas se desplegaron de la siguiente manera: 
por el norte, los ejércitos 3o y 4o, de von Kluge y von 
Küchier, ambos a las órdenes de von Bock. Y por el sur, los 
ejércitos 8o, 10o y 14, de los generales Blaskowitz, von 
Reichenau y List; los tres a las órdenes de von Rundstedt. De 
los cinco jefes de ejército sólo von Reichenau había sido 
simpatizador del movimiento nazi y a él se le encomendó el 
ejército más poderoso, con 17 divisiones[3]. 

Los dos grupos de ejércitos, o sea el de von Bock por el norte 
y el de von Rundstedt por el sur, formaron gigantescas 
tenazas cuya meta era Varsovia. Dentro de esos dos 
tentáculos de fuego quedaba la masa del ejército polaco, que 


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debería ser cercada y destruida. Varios generales, incluso el 
Jefe del Estado Mayor, General Franz Halder, no confiaban en 
ese plan, pero Hitler insistía en que obtendría éxito. 
En vez de desplegar las fuerzas frente a las del adversario, 
cosa que podía dar lugar a una guerra de trincheras más 
larga, el ejército alemán pasó por alto muchos puntos 
fortificados, a veces cruzando zonas que parecían 
intransitables, y se infiltró resueltamente hacia el corazón de 
Polonia. Por su parte, los polacos cometieron el error de 
quererlo «cubrir todo» desplegando sus fuerzas en un largo 
frente y esto aceleró su derrota. El ariete blindado de los 
tanques del 10 ejército de von Reichenau se clavó 
profundamente en el corazón de Polonia. 

Pese al margen de superioridad en tanques, y al margen más 
amplio de superioridad en el aire, Alemania realizó la 
campaña de Polonia en una comprometida situación militar. 
Claro que Polonia se hallaba en situación más desesperada 
aún, pero cegada por la propaganda, exacerbada en su 
orgullo y confiada en el apoyo total que Inglaterra y Francia le 
habían prometido, el pueblo no se daba cabal cuenta del 
abismo al que se le empujaba con los ojos vendados. Algunos 
exaltados polacos decían que en 1840 habían derrotado a los 
alemanes en Tannenberg y que volverían a derrotarlos en 
Berlín. Hasta el inteligente diplomático Lipski, embajador 
polaco en Alemania, fue cegado por la criminal propaganda 
que se hacía en su patria y dijo que a los primeros combates 
ocurrirían levantamientos en Alemania y que el ejército polaco 
saldría vencedor. Sin embargo, poco antes de las hostilidades 
algunos generales abrigaban la esperanza de que se pudiera 
evitar la guerra con el Reich y de que Polonia y Alemania se 
enfrentaran juntas a la URSS. 


[1] Nominalmente había asignadas al frente polaco 56 
divisiones alemanas, pero 12 eran todavía deficientes y no 
participaron en la lucha. En teoría el ejército polaco tenía 50 


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divisiones, incluyendo reservas, pero sólo 36 se hallaban ya 
listas en el frente. 

[2] «Informes Secretos Desde Atrás de la Cortina de Adolfo 
Hitler». Dr. Paul Schmidt. 

[3] Cada división tenía 15,000 hombres. Aproximadamente 
dos o tres divisiones formaban un cuerpo de ejército. Diez o 
más divisiones formaban un ejército, o sea aproximadamente 
150,000 soldados. Y dos o tres ejércitos integraban un 
«grupo de ejércitos». A grandes rasgos, este era el modo de 
mover, abastecer y dirigir a masas tan enormes de 
combatientes. 

Eran frecuentes grupos de ejércitos formados por quinientos 
mil hombres. 


171 




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Derrota Mundial 



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(Al recuperar la soberanía en los territorios alemanes del 
Sarre y la Renania (1936), Hitler anunció que no tenía ya 
ninguna demanda que hacer a las potencias occidentales. Su 
atención se desvió a la unificación de Austria y a la 
neutralización de Checoslovaquia (1938) como bastión de la 
URSS. Por último, en 1939 se lanzó resueltamente hacia el 
Oriente para unir por tierra a su provincia de Prusia Oriental y 
preparar así la ofensiva contra el marxismo entronizado en 
Moscú.) 


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Muchas unidades polacas combatieron con ardor y destreza, y 
en diversos sectores ocasionaron pérdidas extra¬ 
ordinariamente altas entre la oficialidad alemana que para 
alentar a la tropa «había entrado en acción con el mayor 
fervor», según declaración del general Guderian. Veteranos 
combatientes, como el teniente coronel Lindeman, dicen que 
«una de las impresiones más fuertes que uno recibe cuando 
se enfrenta al enemigo por primera vez es la de sentir miedo. 

La única diferencia entre un hombre valiente y uno cobarde 
es que el valiente es capaz de controlar su miedo... El frente 
de batalla es visto en colores más obscuros y más lleno de 
peligro que lo que verdaderamente es... No se ha encontrado 
nada que calme el ánimo en la batalla como estar cerca de 
alguien que no esté poseído del miedo o del pánico». 

Y como parte de la infantería alemana estaba aún 
deficientemente preparada, sus oficiales se lanzaban en 
primer término para infundir confianza. En los primeros días 
de lucha perecieron un hijo del general Adam, uno del coronel 
von Funk y otro del Secretario de Estado, barón von 
Weizsacker. Mientras, este último se dedicaba a crear una 
célula de conspiración en el Ministerio de Relaciones 
Exteriores, en connivencia con el general Beck y el doctor 
Goerdeler[l]. Por esos mismos días el Almirante Canaris, Jefe 
del Servicio Secreto Alemán, accedía subrepticiamente a 
servir al movimiento judío internacional, rescatando a un 
prominente rabino polaco para enviarlo a Estados Unidos. 
Sobre el particular había tenido pláticas privadas con el cónsul 
Geist, comisionado de Roosevelt[2]. 

Además, el ministro sin cartera Hjalmar Schacht y el 
almirante Canaris, Jefe del Servicio Secreto, trataban de 
ganarse al general Brauchitsch (jefe del Ejército) para que 
desobedeciera a Hitler. Y el general von Hammerstein- 
Equord, marxista, tramaba la captura del Fuehrer. La 
situación interna de Alemania seguía pendiendo de un hilo. 
Entretanto, la propaganda inspirada por los judíos hizo del 


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caso Polonia un motivo de agitación mundial. Recién iniciadas 
las operaciones, el 3 de septiembre se difundió que el 
Santuario Nacional de la Virgen de Polonia, en Czestochova, 
había sido destruido por los nazis. AIsiguiente día los 
alemanes llevaron a los periodistas extranjeros a Czestochova 
y éstos pudieron dar fe —entre ellos L. P. Lochner, de la 
Associated Press— que el Santuario se hallaba intacto. Así lo 
declaró también el Prior Norbert Motziewsky. Sin embargo, 
los rumores alarmistas se difundían ampliamente en extensos 
mensajes, en tanto que las rectificaciones se ministraban en 
insignificantes boletines que sólo en mínima parte borraban la 
mala impresión causada por la versión original. 
El pueblo polaco sufría espantosamente los rigores de la 
guerra y no se daba cuenta de que estaba siendo manipulado 
como instrumento de secretas maniobras internacionales. Se 
le lanzó al sacrificio en la forma más despiadada y siniestra. 
Para mantener ese engaño, el 5 de septiembre el diario 
«Kujer Poznaski» anunció a los polacos que todas las fuerzas 
francesas de tierra, mar y aire habían entrado en acción. Esto 
no era cierto. El día 6, para que el ánimo no decayera, la 
radio de Varsovia anunció que la línea alemana Sigfrido había 
sido rota por los franceses. En realidad, ni siquiera se 
combatía allí. 

El 11 de septiembre la campaña germano-polaca estaba 
llegando a su punto culminante. Los ejércitos alemanes de 
von Küchier habían ya flanqueado a Varsovia por el norte, en 
tanto que el ejército de von Reichenau hacía lo propio por el 
sur. Los principales contingentes polacos se hallaban casi 
copados entre ambas tenazas y sin esperanzas de salvación. 
Ese día la propaganda internacional dijo al pueblo polaco que 
«el avance francés que había sido detenido momen¬ 
táneamente por la contra-ofensiva alemana, se reinició el 10 
de septiembre», y así se le daban falsas esperanzas. En 
realidad no existía ni la ofensiva francesa ni la contra-ofensiva 
alemana en el frente occidental, pero con estas falsedades se 
exprimía a Polonia hasta el último centigramo de resistencia. 
El 17 de septiembre la campaña polaca estaba prácticamente 
decidida con más de medio millón de polacos prisioneros o 


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dispersos. Hitler habló en Dantzig el día 19 y precisó que 
Alemania nada pedía ni a Inglaterra ni a Francia, y que la 
contienda en el Occidente no tenía razón de ser. El régimen 
de Daladier repuso que Francia «continuará la guerra hasta 
obtener la victoria definitiva», en tanto que el Premier inglés, 
Mr. Chamberlain, contestó despectivamente diciendo que «el 
ofrecimiento de paz de Hitler no cambia en nada la 
situación». Mientras fallaba este esfuerzo diplomático para 
hacer la paz en Occidente, el mando alemán pidió la 
capitulación de Varsovia a fin de ahorrarle inútiles sacrificios a 
la población civil, pero el comandante polaco se empeñó en 
convertir la plaza en parapeto y presentó combate. Ocho días 
después Hitler intervino en las operaciones militares y ordenó 
que Varsovia fuera capturada a sangre y fuego. El general 
Blaskowitz, comandante del 8o ejército, manifestó su 
inconformidad por la intervención de Hitler y de sus tropas 
selectas (las SS). Poco después se le relevó del mando. La 
oposición de los generales seguía siendo el punto más débil 
de Alemania. 

El día 26 la aviación alemana arrojó volantes sobre Varsovia 
pidiendo que se rindiera. Ante la negativa polaca, esa noche 
se inició el ataque directo, que culminó el día 28 con la 
capitulación. Al concertar ésta, Hitler «dejaba a salvo el honor 
militar de un adversario que había sucumbido luchando 
valerosamente». A los oficiales se les permitió conservar sus 
espadas y a la tropa se le dejó en libertad después de 
desarmarla. 

Toda la campaña polaca terminó en 27 días, después de un 
doble envolvimiento de los flancos enemigos. 13,981 soldados 
alemanes habían muerto; 30,322 habían caído heridos. «El 
ejército de Polonia que nominalmente estaba integrado por 
dos y medio millones de hombres había dejado de existir 
como fuerza organizada», escribió Churchill. 
Hitler entró en Varsovia. Un mexicano —José Pagés Llergo— 
fue testigo de aquel momento. 

«Las doctrinas sociales —le dijo Hitler— son como las plantas: 
nacen y se desarrollan en climas propicios. El nazismo, que 


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ha sido la respuesta a los males que padecía Alemania, 
posiblemente no encuentre en la América de ustedes el abono 
conveniente para que germine... Veinticinco minutos —añade 
Pagés— he estado a su lado. Cuando se retira para pasar 
revista por el Bulevard Piisudsky a cinco divisiones 
victoriosas, el grito de "Heil" se levanta ensordecedor, 
siniestro, cubre Varsovia y se propaga por toda la Rosa de los 
Vientos como la palabra de reto de un pueblo que ve en un 
hombre la materialización de su revancha». 

OTRA VEZ HITLER TI ENDE LA MANO 

Un hecho de la más extraordinaria importancia había ocurrido 
en las postrimerías de la campaña germano-polaca. El 15 de 
septiembre, cuando ya el ejército polaco se encontraba 
copado entre los dos grupos de ejércitos de von Bock —en el 
norte— y von Rundstedt — en el sur—, y cuando Varsovia 
había sido flanqueada, la URSS invadió a Polonia por el 
oriente. El Ejército Rojo avanzó sin resistencia en la 
retaguardia de los polacos y ocupó la mitad del país. 
La invasión alemana se había originado en el desacuerdo 
germano-polaco sobre la vinculación de Prusia Oriental con el 
resto de Alemania, esencial para la proyectada campaña 
alemana contra la URSS. ¿Y cuáles eran los orígenes de la 
invasión soviética de Polonia? Precisamente en ese año de 
1939 Stalin publicó un libro, «Problemas del Leninismo», 
reiterando la meta marxista de la dominación mundial. Decía 
que la victoria del régimen bolchevique en Rusia no era sino 
el preludio de otras victorias en todos los demás países de la 
tierra. Citaba las siguientes palabras de Lenin: 

[1] «Recuerdos de un soldado». — General Heinz Guderian. 

[2] «El Almirante Canaris». — KarI H. Abshagen. 


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(Concentración de cien mil hombres en el Estadio de 
Nuremberg. Hitler insiste en que no quiere guerra con 
Occidente.) 

«Vivimos no sólo en un Estado, sino en un sistema de 
Estados, y es inconcebible la existencia de la República 
Soviética por un tiempo largo, junto a Estados imperialistas. 
A la postre, aquélla habrá de vencer a éstos, o éstos a 
aquélla». 

Inglaterra y Francia habían iniciado la guerra bajo la bandera 
de que estaban defendiendo a Polonia. Cuando Stalin atacó 
por la espalda a los polacos vencidos y les arrebató la mitad 
de su país, un sospechoso silencio se hizo en Occidente. Ese 
hecho lo refiere Churchill en sus Memorias con una suavidad 
de terciopelo: 

«El gobierno británico se encontró desde el principio con un 
dilema. Habíamos ido a la guerra con Alemania como 


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resultado de la garantía que dimos a Polonia... Y Rusia se 
negaba a garantizar la integridad de Polonia». 

¿Podría creerse en la sinceridad de los estadistas occidentales 
cuando hablaban de defender principios de libertad si los 
polacos eran atacados por los alemanes, y callaban si los 
atacantes eran bolcheviques? ¿Podría creerse en esa 
sinceridad cuando se empeñaban en cerrarle a Hitler el paso 
hacia Moscú y en cambio no tomaban ninguna providencia 
contra la amenazante expansión del marxismo soviético hacia 
el mundo occidental? 

Con una inconsciencia sólo explicable por su odio personal 
contra Hitler —odio que se evidenció desde el verano de 
1932, cuando por primera vez se negó a hablar con él—, 
Churchill hasta se regocijó en cierto modo por la invasión 
soviética de Polonia y escribió: «Los rusos han movilizado 
fuerzas muy grandes y han demostrado capacidad para 
avanzar lejos y con prontitud». No procedía Churchill como 
estadista, porque la cualidad elemental del estadista es 
buscar el beneficio de su patria, y no podía ser benéfico que 
la URSS se desbordara sobre sus fronteras, ya que 
esencialmente la doctrina bolchevique era contraria al Imperio 
Británico. Mil veces menos dañoso para Inglaterra era el 
movimiento alemán hacia el Oriente, con sus metas 
claramente proclamadas: conquistar territorio soviético, 
cimentar la amistad con el Imperio Británico e incluso 
concertar una alianza con él. 

Es indiscutible la habilidad de Churchill como líder y como 
orador. Pero su ceguera o su mala fe como estadista es un 
hecho que la Historia no podrá soslayar. Es un hecho que está 
sufriendo en carne propia el mismo Imperio Británico, el cual 
al terminar la guerra comenzó a desgajarse como si fuera un 
vencido y no un vencedor. Al concluir la campaña polaca, y 
por fin ya en la frontera de la URSS, Hitler hizo otro llamado 
de amistad a Francia y a la Gran Bretaña, que un mes antes 
le habían declarado la guerra. En sus palabras no había el 
menor rastro de odio y sí un visible deseo de que el Occidente 
se reconciliara con Alemania, cuyo propósito no era otro que 


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combatir el bolchevismo, o sea el auténtico enemigo de la 
Civilización Occidental. El 6 de octubre de 1939 Hitler dijo: 

«Ofrecí a los detentadores del poder en Varsovia dejar salir 
por lo menos a la población civil... Ofrecí después no 
bombardear un barrio entero de la ciudad, el de Praga, 
reservándolo para la población... No obtuve respuesta. 
Entonces ordené para el 25 de septiembre el comienzo del 
ataque... 

»La devolución del Sarre era la única exigencia que 
consideraba yo como una condición plena e ineludible para un 
acuerdo germano-francés. Una vez que Francia misma ha 
resuelto ese problema, desapareció toda exigencia alemana a 
Francia. Hoy no existen más exigencias de esta especie ni 
volverán a hacerse valer nunca... Francia lo sabe así. Es 
imposible que se levante un hombre de Estado francés y 
pueda manifestar que he planteado jamás una exigencia a 
Francia cuyo cumplimiento hubiese sido incompatible con su 
honor o sus intereses. En lugar de una exigencia tal, lo que 
he dirigido siempre a Francia ha sido el deseo de enterrar 
para siempre la vieja enemistad. He hecho todo lo posible 
para extirpar del pueblo alemán la idea de una enemistad 
hereditaria e ineludible, inculcándole en lugar de ella el 
respeto por los grandes hechos del pueblo francés y de su 
historia, y todo soldado alemán guarda el máximo respeto por 
las proezas del ejército francés. 

»No menores han sido mis esfuerzos para llegar a un acuerdo 
germano-inglés e incluso a una amistad germano-inglesa... 
Nunca ni en ningún lugar me he opuesto realmente a los 
intereses británicos. Si este esfuerzo mío ha fracasado, ha 
sido porque había en algunos hombres de Estado y 
periodistas británicos una enemistad personal contra mí. 
»Es también perfectamente claro para mí que cierto 
capitalismo y periodismo judaico-internacional no sienten en 
absoluto el compás de los pueblos cuyos intereses dicen 
representar, sino que, como Eróstratos de la sociedad 
humana, ven el máximo éxito de su vida en la provocación de 
un incendio. 


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»¿Alemania ha hecho a Inglaterra alguna reclamación que 
amenace quizá al Imperio británico o ponga en duda su 
existencia? No; al contrario. Ni a Francia ni a Inglaterra les 
hizo Alemania reclamaciones semejantes... Esta guerra en el 
Oeste no arregla ningún problema ni mucho menos, a no ser 
el de las malparadas finanzas de algunos industriales de 
armamentos». 

Respecto a Polonia, Hitler estaba anuente en que resurgiera 
como país libre mediante la previa resolución del problema de 
las minorías alemanas, y mediante la comunicación de Prusia 
y la solución del problema judío. 

Refiriéndose a la guerra que Francia e Inglaterra habían 
declarado a Alemania, agregó: 

«El mantenimiento del actual estado en el oeste es 
inconcebible. Un día quizá Francia bombardee por primera vez 
Saarbruck y la deje demolida. La artillería alemana, por su 
parte, destruirá en represalia Mülhausen... Se instalarán 
después cañones de más alcance y la destrucción se irá 
haciendo mayor... Y el capital nacional europeo reventará en 
granadas y la energía de los pueblos se desangrará en los 
campos de batalla. Y un día, empero, volverá a haber una 
frontera entre Alemania y Francia, pero en vez de ciudades 
florecientes se extenderán por ella campos de ruinas y 
cementerios. 

»En la historia no ha habido jamás dos vencedores y muchas 
veces no ha habido más que vencidos. Ojalá que tomen la 
palabra los pueblos y los gobernantes que son del mismo 
parecer. Y que rechacen mi mano los que creen ver en la 
guerra la mejor solución». 

Su mano fue rechazada. No ciertamente por los pueblos, que 
querían la paz, sino por los estadistas occidentales; por 
Rooseveit, por Churchill y por Daladier. Incluso el Intelligence 
Service Británico organizó una minuciosa conjura para 
asesinar a Hitler en la Cervecería de Munich, durante la 
ceremonia del 8 de noviembre. Pero el acto duró menos de lo 
que se suponía porque Hitler sintió una indefinible premura y 


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salió del edificio minutos antes de que estallara la bomba de 
tiempo colocada para matarlo. 

Churchill refiere en sus memorias que ciertamente Hitler se 
había visto sorprendido por la declaración de guerra de 
Francia y la Gran Bretaña, con quienes no quería pelea, pero 
que había supuesto que al terminar rápidamente la campaña 
de Polonia, su oferta de paz brindaría a Mr. Chamberlain y a 
Daladier la oportunidad de llegar a un arreglo decoroso. 
«Nunca se le ocurrió, ni por un momento —añade Churchill—, 
que Mr. Chamberlain y el resto de la comunidad de naciones 
que forman el Imperio Británico, tenían la resolución 
inquebrantable de darle muerte o perecer en la demanda». 
En verdad era difícil suponer que el odio contra una persona 
—en este caso Hitler— fuera más poderoso en Londres que la 
conveniencia del Imperio Británico, y que se prefiriera 
aniquilar a Alemania, aunque nada pedía de Inglaterra, que 
dejarle el camino libre para que se lanzara contra la URSS, 
cuya doctrina marxista era hostil a todo principio de libertad, 
hostil al Imperio Británico y declaradamente enemiga del 
mundo occidental[l]. 

Churchill fue cegado por ese odio y automáticamente se 
convirtió en instrumento de otras fuerzas que desde la Casa 
Blanca de Washington trataban a todo trance de salvar a la 
URSS. Sobre este punto el escritor norteamericano Robert E. 
Sherwood dice en su libro («Rooseveit y Hopkins») que cuando 
la guerra empezó, Rooseveit evidenció una grave preocu¬ 
pación de que fuera a llegarse a una paz negociada. 

Transmitió esa inquietud al gobierno inglés e inició su 
«histórica correspondencia con Winston Churchill». Y es que si 
Alemania llegaba a una paz negociada contra Inglaterra y 
Francia, quedaba con las manos libres para realizar su 
anunciada ofensiva contra el marxismo. 

El pueblo americano no quería la guerra. El propio Sherwood 
dice[2] que ya fuera por la experiencia de 1918 o por 
simpatía a la ciencia alemana, el sondeo de Roper reveló en 


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1939 que sólo un 2.5% de la población de Estados Unidos 
deseaba la intervención occidental contra Alemania, e incluso 
había un movimiento que proclamaba a Hitler como el adalid 
del antibolchevismo. Pero a pesar de que Estados Unidos era 
una democracia, Rooseveit no actuaba de conformidad con su 
pueblo, sino siguiendo los consejos prosoviéticos del grupo 
israelita que lo rodeaba: Wise, Baruch, Morgenthau, 
Frankfurter, Untermeyer, Rosenman, etc. 

Y los inconfesables propósitos de este grupo son parcialmente 
revelados por el mismo Sherwood, quien agrega que el 
consejero Hopkins «afirmó que la cuestión de Polonia no era, 
en sí, tan importante por sí misma como por representar un 
símbolo de nuestra posibilidad de entendernos con la Unión 
Soviética. Dijo que nosotros no teníamos ningún interés 
especial en Polonia, ni propugnábamos allí una clase concreta 
de Gobierno». 

Polonia era sólo un buen pretexto para defender al marxismo 
judío que desde 1917 reinaba en la URSS. 
Naturalmente que la defensa de Polonia no era lo que se 
buscaba, y los acontecimientos posteriores así lo evidenciaron 
claramente. No se permitía que Alemania construyera una 
ferrovía a través del Corredor Polaco, pero sí iba a permitirse 
que Rusia absorbiese al país entero. El embajador 
norteamericano en Polonia, Arthur Bliss Lañe, se dio cuenta 
de la inconcebible maniobra y renunció para escribir 
libremente («Yo vi traicionar a Polonia») donde refiere cómo 
Rooseveit, Churchill y Stalin se confabularon para subyugar al 
pueblo polaco. Dice que «El 90% de la población polaca se 
opone al comunismo, pero un Gobierno pelele hecho en 
Moscú fue trasplantado a Varsovia». Agrega Bliss Lañe que él 
se esforzó por que se garantizara el resurgimiento libre de 
Polonia, pero que «fue objeto de desaires que equivalían a 
insultos premeditados a Estados Unidos». Y sin embargo, 
Washington no lo apoyaba. 

Los polacos Jan Chiechanowski y Stanislaw Mikolajoyk 
también refieren pormenorizadamente que los estadistas 
occidentales sacrificaron a Polonia para favorecer los 


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intereses de la URSS. ¿Era acaso que había relaciones 
espirituales o raciales entre el pueblo norteamericano y el 
bolchevismo soviético? Evidentemente no. Pero sí había 
relaciones espirituales y raciales entre los israelitas de la Casa 
Blanca y los que habían impuesto al pueblo ruso la doctrina 
del israelita Marx. 

Aunque la tradición le impedía jugar por tercera vez como 
candidato presidencial, Rooseveit lo hizo disfrazado de 
pacifista para engañar a los votantes. Y hablando de paz, 
porque al fin las palabras no son actos, pero actuando para 
precipitar a Occidente a la guerra, volvió a burlar al pueblo 
americano. Un testigo de ese doble juego, testigo valioso por 
su prominente ingerencia en el Gobierno Norteamericano, 
dice[3]: 

«Sus consejeros de la Casa Blanca lo convencieron (a 
Rooseveit) de que si decía la verdad perdería en las 

elecciones de 1940. El Presidente sabía que la guerra se 
acercaba —supuesto que él mismo la propiciaba-—, pero en 
su discurso de campaña política, dijo: "Ahora que hablo a 
ustedes, madres y padres, les diré algo más que los 

tranquilizará: he dicho esto antes, pero lo repetiré una y otra 
vez: los hijos de ustedes no serán enviados a ninguna guerra 
en el extranjero". La moralidad presidencial llegó así a su 
nivel mínimo, pero el señor Rooseveit ganó las elecciones (2a. 
reelección)» 

Además, cada día destinaba mayores cantidades del 

presupuesto para nutrir el «New Deal» y creó la WAP, que 
teóricamente serviría para ayudar a los cesantes, pero que en 
la práctica era un arma disfrazada a fin de asegurarse la 
reelección. Hopkins (el discípulo del judío Dr. Steiner) 

manejaba los fondos de esa institución, pese a que según 
confiesa Sherwood, compañero de aquél en la Casa Blanca, 
«no cabe atribuir a Hopkins las virtudes de un hombre sano 
en cuestiones de manejo de dinero...» 


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Pero seguro del «Poder Secreto del Mundo», Hopkins decía: 
«Habrá impuestos y más impuestos, gastos y más gastos, y 
seremos elegidos una vez y otra». 

LA MAMPARA DEL IDEALISMO 

Los móviles secretos de la guerra anglo-francesa contra 
Alemania se encubrieron bajo una mampara de «idealismo» y 
«libertad», que el monopolio informativo internacional erigió 
mediante costosa propaganda para cegar a los pueblos. 
Era perfectamente claro que el movimiento bolchevique se 
había impuesto la tarea de extender mundialmente su 
doctrina marxista. El primer paso lo había dado ya por medio 
de la Tercera Internacional, que reclutaba elementos radicales 
dispuestos a servir a la conspiración intemacionalista de 
Marx. Los partidos comunistas se nutrían en todo el mundo 
de utopistas bien intencionados, de intelectuales librescos, de 
intelectualoides soñadores, de bohemios descentrados, de 
mujeres viriloides y de fracasados resentidos, y lentamente 
iban ganando terreno en las masas carentes de criterio 
propio. 

Geográficamente, Rusia es el corazón de la tierra firme. Es el 
sitio desde donde todos los Continentes quedan a la menor 
distancia posible: Asia y América por el Oriente; Europa por el 
Occidente, África y Oceanía por el Sur. El marxismo eligió 
bien su principal base de operaciones. También era 
perfectamente claro que el marxismo no confiaba únicamente 
en esa heterogénea penetración ideológica. Contaba 
particularmente con los enormes recursos naturales de Rusia 
que le permitían levantar una gigantesca fuerza armada de 
agresión. Ya en 1904 el geógrafo británico Sir Halfor 
Mackinder describió a Rusia como el corazón del mundo por 
ser el sitio desde el cual todos los Continentes quedan a la 
menor distancia posible, y advirtió que era «la mayor 
fortaleza natural del planeta». Hizo notar que su extensión y 
recursos eran tan vastos que organizados propiamente 
permitirían a su poseedor aventajar a todo el orbe. Rusia 


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posee la sexta parte de la superficie terrestre, los más 
variados climas y todas las materias primas imaginables. 

«Quien rige sobre el Corazón dé la Tierra, domina la Isla del 
Mundo; quien rige sobre la Isla del Mundo domina el Mundo», 
concluyó Mackinder. Por eso el marxismo escogió a Rusia 
como su principal base de operaciones. 


[1] Hitler decía a su Ministro Speer: «La forma en que 
Inglaterra se ha deslizado hacía la guerra, es algo singular. El 
hombre que llevó toda la intriga es Churchill, títere de la 
judería que mueve los hilos. Al lado suyo, el pretencioso 
Edén, bufón sediento de dinero, y el ministro judío de la 
Guerra, Hore Belisha» 

[2] Rooseveit y Hopkins. Robert E. Sherwood. 

[3] «Cómo los Estados Unidos Ganaron la Guerra y Por qué 
Están a Punto de Perder la Paz». — William C. Bullit. 


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Geográficamente, Rusia es el corazón de la tierra firme. Es el 
sitio desde donde todos los Continentes quedan a la menor 
distancia posible: Asia y América por el Oriente; Europa por el 
Occidente, África y Oceanía por el Sur. El marxismo eligió 
bien su principal base de operaciones.) 


Y a pesar de esa evidente amenaza, el acrecentamiento del 
bolchevismo fue soslayado en 1939 por las naciones 
occidentales. La URSS no tenía ningún Tratado con el 
Occidente; su Cortina de Hierro era ya tan palpable como 
Churchill la vio seis años después, y los métodos tiránicos que 
imperaban en Moscú eran mil veces más drásticos que la 
dictadura de Hitler en Berlín. Pero acerca de esto nada decían 
ni Rooseveit, ni Churchill, ni Daladier. 

Rooseveit se «abochornaba» de que en Alemania fueran 
apedreados algunos comercios de israelitas o de que ciertos 
personajes de esa comunidad fueran expulsados, tales como 
Thomas Mann, Sigmund Freud, Eric María Remarque y Stefan 
Zweig, pero su humanitarismo enmudecía si actos más 
crueles eran cometidos por el bolchevismo soviético. 
Ninguno de los estadistas occidentales ignoraba la índole del 
régimen bolchevique. Sus complacencias con él no podían 


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Derrota Mundial 


explicarse como ignorancia y sí en cambio como una secreta 
complicidad. Los informes diplomáticos eran incluso más 
precisos que los relatos de los comunistas decepcionados que 
esporádicamente lograban escapar de la URSS. 

Se sabía perfectamente, como lo dijo el general comunista 
español Valentín González — («La Vida y la Muerte en la) 
(URSS») — que «el Estado es la NKVD; es un Estado policiaco, 
único en su género, como no ha existido otro jamás. En la 
Alemania nazi ejercía la Gestapo una vigilancia severa y se 
esforzaba en destruir toda oposición al régimen; era como la 
OVRA italiana, una institución represiva al servicio del poder 
totalitario. Pero en la URSS interviene la NKVD en la vida de 
todos los individuos sin excepción». 

Igualmente se sabía que la tiranía bolchevique impedía que 
un ciudadano viajara sin previa autorización, y que salvo muy 
contadas excepciones, a nadie se permitía salir de la URSS ni 
entrar en ella. En el país de la «sociedad sin clases» existían 
hasta seis clases de obreros; un tercio de los salarios era 
retenido por el Estado; se castigaba con prisión cualquier falta 
injustificada al trabajo; el 60% de la burocracia ganaba 
menos de 200 rublos mensuales; el kilo de frijol costaba 35 
rublos y un par de botas hasta 500, en el mercado libre. Los 
estadistas occidentales sabían asimismo que si los obreros de 
la URSS eran pobres siervos en las fábricas, los campesinos 
vivían en peores condiciones, pues el 50% de su producción 
era para el Estado, el 40% para la burocracia y sólo el 10% 
para ellos. Tampoco era un secreto que en los campos de 
trabajo forzado se consumían en condiciones infrahumanas 
18 millones de desafectos al régimen. Y que cuando en 
alguna región había síntomas de descontento o rebeldía, la 
«ingeniería social» bolchevique entraba en acción para 
desarraigar del lugar a miles y aun millones de habitantes, 
que eran dispersados y canjeados por los de otras regiones. 

El ex Embajador americano en Rusia William C. Bullit, 
enumeraba que Alemania había cometido 26 violaciones a 
pactos internacionales, y la Unión Soviética 28, y se mostraba 
sorprendido de cómo el mundo occidental parecía ignorar la 


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Derrota Mundial 


gigantesca amenaza del bolchevismo. Ya entonces había 
ocurrido la «purga» de los famosos «procesos de Moscú», 
durante la cual más de cinco mil personas fueron aniquiladas. 
La religión era sistemáticamente combatida por el régimen y 
en las escuelas se enseñaba a odiarla. 

No obstante todo esto, Rooseveit y sus propagandistas judíos 
ocultaban su complicidad con el marxismo —y 
consecuentemente su criminal traición a los pueblos 
occidentales— bajo la falsa actitud de luchar por la libertad, 
por la dignidad humana y por las creencias religiosas. 

Igualmente falsa era la actitud de los gobernantes británicos. 
Se proclamaron defensores de la libertad, pero mantenían 
bajo su dominio a 470 millones de habitantes de sus colonias; 
se decían idealistas, pero habían hecho una guerra a China 
para asegurar el comercio del opio, que anualmente 
enriquecía a veintenas de magnates ingleses y mataba a 
600,000 chinos; se ostentaban como abanderados de la 
integridad de Polonia, pero no tenían ninguna objeción si 
media Polonia era anexada a la URSS. 

Inglaterra siempre había sabido encontrar en los vericuetos 
de la hipocresía diplomática el camino de la propia 
conveniencia. Para esto había necesitado mantenerse 
impasible e indiferente ante los ideales, la sinceridad y la 
lealtad, como cuando quemó viva a Juana de Arco y como 
cuando asesinó a 27,000 boeres en el Transvaal. Pero en 
1939 no pudo conservar su frío cálculo utilitarista. Churchill 
se dejó cegar por el despecho y el odio hacia un vecino 
europeo que prosperaba, Alemania, y automáticamente se 
convirtió en dócil instrumento de intereses internacionales no 
británicos. 

En ese odio que Churchill sintetizó al decir que si tuviera que 
asociarse con el diablo lo haría, con tal de vencer a Hitler, el 
Imperio Británico dio un paso hacia la ruina. Se apartó de su 
antigua ruta, que oscura y tortuosa, había sido no obstante 
eficaz y fructífera para su propio beneficio, y se dejó empujar 
por intereses ocultos que habían penetrado profundamente en 
el egoísta, pero sano instinto vital del Imperio Británico. 


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Con un intervalo de 19 años comenzaba a cumplirse un 
augurio hecho por Henry Ford en 1920: 

«El judaismo tolerará incluso a monarcas, mientras pueda 
sacar provecho de ellos. Probable es que el último de los 
tronos que se derrumbe sea el inglés, porque si de un lado el 
sentir inglés se da por muy honrado al servir de protector del 
judaismo, participando asi de las ventajas que de ello se 
derivan, representa, según criterio judio, una ventaja 
sumamente importante poder utilizar tal potencia mundial 
para sus objetivos particulares. Un clavo saca otro clavo, y 
esta sociedad limitada durará exactamente hasta que el judio 
decida lanzar a la Gran Bretaña a la ruina, lo cual puede 
hacerse en cualquier momento. Existen indicios de que el 
judaismo se halla próximo a emprender esta tarea». 
La simbiosis británico-judia ha existido preponderantemente 
desde hace siglos. El rabino Aarón Weisz decia a su hijo 
Stephen: «En tanto Inglaterra viva, el judio está a salvo». Y 
el profeta israelita Teodoro Heriz afirmaba en 1904: «De Gran 
Bretaña llegará un gran bien para Sión y para el pueblo 
judio»[l]. 

Al calor de las prestigiosas palabras de «libertad», 
«democracia», «religión», el movimiento politico judio 
infiltrado en la Casa Blanca tendió una mampara de 
idealismo, utilizó el odio de Churchill contra Hitler para lanzar 
a Inglaterra a la contienda, y con Inglaterra fue arrastrada 
Francia, mediante los firmes lazos masónicos. 

La guerra que los pueblos francés y británico no querian; la 
guerra que Hitler se esforzó tanto en conjurar, estaba 
firmemente apuntalada por el poder secreto del movimiento 
judio. La impopularidad de esa contienda fue barnizada de 
idealismo, pero no perseguia ninguna de las metas que 
proclamaba. Su finalidad era empujar a Occidente para que 
combatiera contra Alemania antes de que se iniciara la lucha 
germano-soviética, pues de lo contrario seria punto menos 
que imposible convencer a los occidentales de que acudieran 
en defensa del marxismo israelita. 


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Y así fue rechazada, una vez más, la mano de paz que Hitler 
tendió a Inglaterra y a Francia el 6 de octubre de 1939, un 
mes después de que le habían declarado la guerra[2]. 

LA DEBILIDAD DE LA FRANQUEZA 

La Naturaleza da al tigre la fuerza de sus garras; al águila, la 
de sus alas; a la gacela, la defensa de su agilidad, pero no 
reúne todas estas ventajas en un mismo ser. Siempre a una 
fuerza corresponde una debilidad. El pueblo alemán es fuerte 
en su capacidad de trabajo, fuerte en su sentido del deber y 
del sacrificio; fuerte en su franqueza. No oculta su 
pensamiento ni su manera de ser, y a estas fuerzas 
corresponde una debilidad: carece por completo del arte de la 
diplomacia. 

En gran parte la diplomacia es engaño, ocultamiento, ficción, 
apariencia. La falta de tacto diplomático ha sido uno de los 
factores determinantes de que Alemania haya perdido dos 
guerras decisivas, a pesar de tener fuerzas tan formidables 
para ganarlas. 

En cierta forma la enorme franqueza y sinceridad del régimen 
nazi, que nada ocultaba, fue una de sus más grandes 
debilidades. Desde su nacimiento en 1920 esbozó su lucha 
contra el judaismo político y contra la URSS. Con muchos 
años de anticipación sus planes fueron conocidos por sus dos 
enemigos. 

Es muy antigua la idea de que la diplomacia tiene mucho de 
feminidad y de que se basa en la habilidad de ocultar lo que 
se piensa y de hacerle creer a los contrarios lo que se desea 
que crean para volverlos menos peligrosos. La diplomacia 
inglesa, por ejemplo, hacía creer al mundo en 1920 que iba a 
civilizar y a ennoblecer al Irak, cuando en realidad sólo iba a 
extraer el petróleo de Mosul; en 1899 hacía creer que iba a 
redimir a los salvajes del Transvaal, pero en verdad fue a 
aniquilar a los boeres para arrebatarles las minas de oro; 
hacía creer a Grecia que debería luchar contra Turquía, por el 


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cristianismo, y lo que en realidad buscaba era debilitar la 
influencia turca sobre la zona petrolera de Mosul[3]. 
La enumeración de triunfos similares es interminable. Fue 
precisamente esa diplomacia de inspiración israelita la que le 
valió a Inglaterra el mote de la «Pérfida Albión», pues si el 
inglés tiene grandes facultades diplomáticas, el judío lo 
supera con un enorme margen. El judío es el mejor 
diplomático del mundo; es ésta su más grande fuerza. Con 
razón Schopenhauer lo llamó el «maestro de la mentira». Y 
en contraste, el alemán es el peor diplomático del mundo. Es 
ésta su más grande debilidad[4]. 

«La diplomacia que no engaña no es diplomacia», y Alemania 
no logró engañar jamás a sus enemigos, cosa que les dio 
opción a prevenirse con mucho tiempo y a mover sus grandes 
fuerzas de apoyo. 

No solamente carece el alemán de habilidades diplomáticas, 
sino hasta de refinamiento de cortesía, y es que en gran dosis 
la cortesía es ocultamiento de las íntimas opiniones o 
exageraciones del afecto hacia el prójimo. Es decir, en la 
cortesía interviene el engaño, si bien es cierto que se trata de 
un engaño que el beneficiario se hace la ilusión de disfrutar 
como algo auténtico. 

Schubart señala que precisamente la virtud de los franceses 
que más les granjea la simpatía del extranjero es la cortesía, 
o sea ese mínimo de respeto que se debe al prójimo. «El 
alemán —añade— no admite ni siquiera este mínimo». Y 
analizando el odio a los alemanes agrega que ciertamente la 
propaganda ha jugado un papel importante, pero que 
«es también un hecho que ha encontrado terreno propicio. Al 
alemán no le preocupa que lo odien... Muchos llegan a mirar 
el odio anti-alemán con cierta satisfacción. Ven en él la 
confirmación indirecta de su propio valor. Otro grupo 
considera que lo malo del mundo odia en el alemán lo bueno 
del mundo. Un tercer grupo dice: no nos conocen; si nos 
conocieran, no nos odiarían... por su apego fanático a las 


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cosas despoja de su natural belleza, alegría y plenitud de vida 
al mundo y lo transforma en una ergástula del deber... 
»Se ha culpado a los alemanes de ser brutales, pero en 
realidad no lo son más que cualquier otro pueblo en guerra. 
Por el contrario, su sentido de la disciplina los frena más 
eficazmente que a ningún otro... Ciertamente el alemán no 
coincide por completo con la imagen que de él se forman 
otros pueblos. Pero les ofrece para la misma los principios. 
Les suministra los elementos del odio que se le tiene. Lo que 
la envidia y el cálculo político añaden con exageración ha de 
cargarse no ya en la cuenta del odiado, sino de los que 
odian». 

Y fue en esos puntos impopulares del carácter alemán en 
donde la habilidad diplomática se apoyó para comenzar a 
mover pueblo tras pueblo contra Alemania, aun con perjuicio 
para los propios pueblos movilizados, como Polonia, Francia e 
I nglaterra. 

La falta de flexibilidad diplomática del alemán ha sido 
observada por muchos. El mariscal italiano Badoglio dice que 
el embajador von Mackensen mostraba una «expresión muy 
dura» aun sin proponérselo y que hasta en los momentos en 
que creía decir una frase amable su tono resultaba seco. Y 
Dimitri Merejkovsky refiere que Napoleón estuvo a punto de 
ser asesinado cerca de Viena por un joven alemán de 18 años 
llamado Friedrich Staps. Napoleón le prometió dejarlo libre si 
se retractaba de lo que había pretendido hacer, pero Staps 
respondió: 

«No quiero el perdón; lo que siento es no haber podido hacer 
lo que pensaba... Napoleón le ofreció perdonarlo, pero él le 
repuso que no por eso dejaría sus ideas. El joven fue 
ejecutado. Al llegar al lugar de la ejecución gritó: "¡Viva la 
libertad; viva Alemania!»[5] 

Esa posesión tan completa de sí mismo, con absoluta 
indiferencia del medio ambiente, frecuentemente le ha 


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granjeado al alemán un odio irreflexivo. Guisa y Acevedo dice 
en («Hispanidad y Germanismo») 

«El alemán sabe vencerse a sí mismo. Tiene, no cabe duda, el 
arte inimitable de hacer de su propio yo lo que él quiera. 
Domina su cuerpo y su espíritu y nunca sabemos de lo que es 
capaz... Su práctica de la vida y el uso que hace de las cosas 
son actos de brutos... Acabar con Alemania es acabar con la 
barbarie». 

Y ese odio llevó a Guisa y Acevedo al extremo de afirmar, 
contra sus propias convicciones religiosas: 

«Rusia, con sus bolcheviques, es la que defiende con más 
fervor y con mayores sacrificios nuestra civilización... Que 
Alemania cuente con los mejores químicos, los mejores 
físicos, los mejores marinos, etc., esto prueba que es más 
bárbara y por lo mismo más temible y digna de odio». 
Precisamente ese odio, carente de fundamentos racionales, 
pero poseedor de fuerzas destructivas, fue campo propicio 
para que la habilidad diplomática alineara a casi todo el 
mundo en contra de Alemania. Como contrapartida, Alemania 
carecía de habilidades diplomáticas para neutralizar esa 
maniobra. Sólo tenía su franqueza, anunciada una y mil veces 
en sus propósitos de luchar contra el marxismo judío y de 
afianzar su amistad con Occidente. Pero el melifluo engaño de 
un bando fue más eficaz para arrastrar pueblos al abismo que 
la áspera franqueza del otro para detenerlos en su insensata 
aventura. Así se consumó el absurdo de que los países 
occidentales —sin saberlo— lucharan en contra de sus propios 
ideales y hasta de su propia existencia. 

Días después del llamado de paz que Hitler hizo el 6 de 
octubre de 1939, quedó patente que Inglaterra y Francia no 
querían ninguna fórmula de arreglo. Churchill dice que el 
Gabinete inglés tenía «la resolución inquebrantable de darle 
muerte (a Hitler) o perecer en la demanda». Francia seguía 
sus pasos. Y Rooseveit, por su parte, vivía esos días bajo el 


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temor de «que se llegase a una paz negociada», y a fin de 
evitarla inició su personal correspondencia con Churchill[6]. 


LA TERRI BLE GRANDEZA DE LA GUERRA 

Todavía con la esperanza de encontrar posteriormente una 
transacción, Hitler inició los preparativos para librar la guerra 
que no quería con Occidente y la guerra que sí quería, contra 
el Oriente. Ya en la encrucijada, ante el mortal peligro de los 
dos frentes, Alemania afrontó la guerra con serenidad y con 
entereza. 

Como observó Schubart, ningún pueblo ha hablado tanto de 
la vivencia de la camaradería propia de la guerra como el 
alemán: 

«Solamente la guerra, con sus sombras de muerte, tiene el 
poder de romper la coraza del alma con que se cubre el 
alemán en el plano individual. La mónada sobrecargada de 
responsabilidad personal, que es el alemán, respira cuando la 
atomizadora vida burguesa desemboca en el estado unitivo 
de la guerra... Cuanto más herméticamente nos encerramos 
en la propia personalidad, tanto más violento es a veces el 
afán de librarnos de la cárcel de la persona. Aquí tenemos la 
fuente del entusiasmo alemán por la guerra, fuente que 
emana de las capas más profundas del alma». 

Mucho se ha hablado en contra de la guerra. Pero 
evidentemente no todo es negativo en ella. Es en la lucha 
donde se remueven las más profundas vetas de la 
personalidad de los pueblos; es en la lucha donde aflora lo 
mejor de sus valores y lo peor de sus defectos; es en el 
momento supremo del «ser o no ser» cuando se ve lo que en 
realidad contiene un pueblo y lo que guarda celosamente 
como tesoro no de todos los días. 

Más antiguo que el deseo de paz es el deseo de guerra. Paz 
es cesación de lucha; paz es el reverso de un estado 
exacerbado de actividad y combate por la existencia. La 


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ausencia de lucha es la «paz», es decir, paz es falta de algo. 
Todo lo que vive, lucha. 

La guerra es una amplificación gigantesca del espíritu de los 
pueblos y de los hombres, en la que afloran vivencias ocultas. 
En ella no solamente hay el significado de un conflicto entre 
dos gobiernos o entre dos pueblos: hay también significados 
más profundos e invisibles; quizá por eso es una necesidad 
esporádica de los pueblos y de la humanidad misma. No 
simplemente por un capricho irreflexivo, sino por una 
necesidad potente y misteriosa, es por lo que grandes masas 
de hombres en la plenitud de su existencia salen al encuentro 
de la muerte. 

Paradójicamente, pese a sus cenizas de destrucción, la guerra 
es también creadora. No fueron los reposados y sabios 
senadores los que forjaron el Imperio Romano, sino la espada 
de César y el empuje de sus legiones; no fueron sólo los siete 
sabios de Grecia los que hicieron de Grecia el corazón de una 
época y de una civilización, sino el arrojo espartano de sus 
guerreros. 

Los pueblos crecen y se hacen grandes y maduros al golpe de 
sus luchas a través de la historia. Y esa lucha es dolorosa, 
pero inevitable y sagrada; es la que va forjando el futuro por 
más que pacifistas de etiqueta y sabios de salón se empeñen 
en hacer un mundo sin guerras. En la naturaleza todo es 
lucha y el hombre no puede sustraerse de la vida superior de 
la cual es apenas trasunto y brizna. 

En el campo de batalla se descorre toda cortina de 
diplomacia; dejan de ser válidas las apariencias, la palabrería 
insidiosa y el doblez político y sólo queda en pie la profunda y 
auténtica voluntad de la lucha, el peso de la convicción, el 
valor del sacrificio para morir por lo que se proclama. 
Ahí sólo rige la entereza de marchar hasta el final; ahí se 
esfuma lo que era apariencia vocinglera y se libera de ropajes 
engañosos lo que era auténtica realidad. 

Por más que los intelectuales se empeñen abstractamente en 
afirmar lo contrario, la fuerza de las armas en guerra es un 


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hecho solemne e incontrastable; siniestro, pero grandioso. 
Que los países desarmados hablen de pacifismo vestidos de 
frac y que ensalcen el derecho internacional, como el máximo 
coordinador entre los pueblos, es tan explicable como que el 
gusano menosprecie la rapacidad del águila y como que el 
haragán adule a los que puedan arrojarle algunas migajas. 
Pero todo pueblo con sanos instintos no rehuye jamás el 
sacrificio de la lucha suprema para asegurar sus derechos que 
ninguna ley internacional le garantiza. Así ha ocurrido en toda 
la historia de la humanidad. 

Para los pueblos jóvenes y fuertes la guerra siempre ha sido 
siniestra, pero honrosa; sombría y trágica hasta el extremo 
de la miseria y de la muerte, pero gloriosa hasta el sacrificio o 
el brillar de la victoria. En ella el hombre se encara ante la 
muerte no por el camino desfalleciente de la enfermedad, ni 
por el apacible sendero de la vejez, sino por la puerta 
luminosa de un ideal que trasciende los límites personales del 
individuo y de una generación y vive en los individuos y en las 
generaciones que aún están por llegar. 

A pesar de los pacifistas sinceros o hipócritas —y de los 
representantes de una época debilitada y en proceso de 
desintegración— seguirá imperando el relámpago de la 
espada como signo que escriba en el firmamento de los siglos 
la historia profunda y arcana de las culturas. 

El Conde de Keyserling precisa en (« La) (Vida) (íntima») 
«Desde el punto de vista de la vida terrestre, el derrotista no 
vale nunca nada —y la vida de los pueblos es sólo terrestre—. 
Quien no admite el principio de la conquista y de la supresión 
del derecho vigente, rehúsa ipso facto admitir el progreso; de 
lo que se deduce desgraciadamente, que es para siempre 
imposible abolir la guerra, pues siempre habrá momentos en 
que sólo el empleo de la fuerza permitirá romper los 
estatismos caducos o contrarios al instinto vital de una nación 
dada». 

No es por casualidad, ni por caprichos del azar, por lo que 
tantos hombres han percibido esa dolorosa grandeza de la 
guerra. 


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«Deben amar la paz como un medio de guerras nuevas, y la 
paz corta mejor que la larga. Que el trabajo de ustedes sea 
una lucha, ¡que su paz sea una victoria!... No su piedad, su 
bravura es la que salvó hasta el presente a los náufragos», 
dice Nietzsche en Así Habló Zaratustra. 

Y añade en El Crepúsculo de los Dioses: 

«Los pueblos que han tenido algún valor no lo han ganado 
con instituciones liberales; el gran peligro los hizo dignos de 
respeto». 

El Dr. Gustavo Le Bon, en («La Civilización de los Árabes») 
reconoce la grandeza de las fuerzas que en el choque de las 
guerras van fraguando la silueta de los pueblos: 

«Se ha de ser cazador o caza, vencedor o vencido. La 
humanidad ha entrado en una edad de hierro en la cual todo 
lo débil ha de perecer fatalmente... Los principios de derecho 
teórico, expuestos en los libros, no han servido jamás de guía 
a los pueblos; y la historia nos enseña que los únicos 

principios que han obtenido el respeto son aquellos que se 

hacen prevalecer con las armas en las manos». 

Contestando un folleto pacifista del Instituto de Derecho 
Internacional von Moltke dijo: 

«La paz perpetua es un sueño, y ni siquiera un sueño 
hermoso. La guerra forma parte del orden universal creado 
por Dios y en ella se desarrollan las más nobles virtudes del 
hombre: el valor, el espíritu de sacrificio, la lealtad y la 
ofrenda de la propia vida. Sin la guerra el mundo se hundiría 
en el fango del materialismo». 

Juan Fichte, en Discursos a la Nación Alemana, habló del 
poder aglutinante de la guerra: 

«Se llega a la unidad perfecta cuando cada miembro mira 
como suyo propio el destino de los demás. Cada cual sabrá 
que se debe enteramente al todo y que con él será feliz y 
sufrirá... Sólo reposan los que no se sienten bastante fuertes 
para luchar». 

Oswaido Spengler, en (Años Decisivosr ) 


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«Muy pocos soportan una larga guerra sin que su alma se 
corrompa; nadie una larga paz... La lucha es el hecho 
primordial de la vida, es la vida misma, y ni siquiera el más 
lamentable pacifista consigue destruir, desterrar de su alma 
el placer que despierta. Por lo menos teóricamente quisieran 
combatir y aniquilar a los adversarios del pacifismo». 

Y Spengler mismo añade, en (Decadencia de Occidente^) 
«La guerra es la creadora de todas las cosas grandes. Todo lo 
importante y significativo en el torrente de la vida nació de la 
victoria y de la derrota... Los derechos del hombre, la libertad 
y la igualdad son literatura, pura abstracción y no hechos. El 
pensamiento puro, orientado hacia sí mismo, ha sido siempre 
enemigo de la vida, y por tanto, hostil a la historia, 
antiguerrero, sin raza. Antes muerto que esclavo, dice un 
viejo proverbio aldeano de Frisia. Lo contrario justamente es 
el lema de toda civilización postrera... La vida es dura, si ha 
de ser grande. Sólo admite elección entre victoria y derrota, 
no entre paz y guerra. Toda victoria hace víctimas. Sólo es 
literatura la que, lamentándose, acompaña los 
acontecimientos... La guerra es la política primordial de todo 
viviente, hasta el grado de que en el fondo lucha y vida son 
una misma cosa y el ser se extingue cuando se extingue la 
voluntad de la lucha. »La raza es algo cósmico, una dirección, 
la sensación de unos signos concordantes, la marcha por la 
historia con igual curso y los mismos pasos. Y de una idéntica 
pulsación nace el amor real... Contemplad una bandada de 
pájaros volando en el éter; ved cómo asciende siempre en la 
misma forma, cómo torna, cómo planea y baja, cómo va a 
perderse en la lejanía; y sentiréis la exactitud vegetativa, el 
tono objetivo, el carácter colectivo de ese movimiento 
complejo, que no necesita el puente de la intelección para 
unir el yo con el tú... Así se forja la unidad profunda de un 
regimiento cuando se precipita como una tromba contra el 
fuego enemigo; así la muchedumbre ante un caso que la 
conmueve, se convierte de súbito en un solo cuerpo que 
bruscamente, ciegamente, misteriosamente, piensa y obra. 
Quedan anulados aquí los límites del microcosmos... Un sino 
se cierne sobre todas las cabezas». 


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Y así el pueblo alemán en armas, ante la imposibilidad de 
eludir la guerra en Occidente y ante su necesidad ideológica 
de hacer la guerra al Oriente bolchevique, cruzó el umbral de 
la paz y se internó en la siniestra grandeza de la guerra. Con 
sereno entusiasmo su juventud lo sacrificó todo y se precipitó 
desde las frías tierras de Noruega hasta los candentes 
desiertos de África, y desde las floridas campiñas de Francia 
hasta las polvosas estepas de Rusia. 

LA DESIGUAL GUERRA EN EL MAR 

El choque entre Alemania y las potencias occidentales 
principió en el mar. Inglaterra y Francia, con Estados Unidos 
en la reserva, tenían las flotas más poderosas del mundo. La 
Gran Bretaña se enorgullecía de ser la Reina de los Mares. 
Alemania había sido privada de toda su marina de guerra en 
1918 y se le impuso la condición de que no volvería a forjar 
una flota de primera línea. Hitler mismo no era partidario de 
hacerlo; desde 1923 había anunciado que Alemania no tenía 
por qué competir con Inglaterra en los mares ni en las 
colonias: sus miras estaban puestas en la URSS. Y en 
consonancia con esa política había firmado el 18 de junio de 
1935 un Tratado con la Gran Bretaña comprometiéndose a 
que la flota alemana no llegaría a ser nunca mayor que el 
35% de la flota inglesa. El convenio fue denunciado casi en 
vísperas de la guerra, pero ya entonces la desventaja armada 
en el mar era irreparable. 

Al principiar el conflicto con Occidente, Alemania se hallaba 
prácticamente inerme ante las flotas combinadas de 
Inglaterra y Francia. La flota inglesa contaba con 272 barcos 
de primera línea y la francesa con 99, en tanto que la flota 
alemana se componía de 54 naves. En cuanto a submarinos, 
Inglaterra y Francia agrupaban un total de 135, contra 57 de 
los alemanes. Por eso estas dos potencias escogieron el mar 
como la primera línea de batalla y establecieron un bloqueo 
total contra Alemania para impedir que recibiera víveres y 
materias primas. Tenían la esperanza de vencerla por 
hambre. 


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Esa política no se hallaba ciertamente de acuerdo con los 
tratados internacionales de Ginebra respecto a la forma 
humanitaria de librar la guerra, pues en vez de orientarse la 
acción contra las fuerzas armadas se dirigía contra toda la 
población civil. Los estadistas occidentales evidenciaban así 
que su amor a los tratados, al derecho internacional, al 
humanitarismo, etc., no pasaba de ser el ropaje de idealismo 
con que se cubrían los inconfesables móviles de la guerra 
promovida por el movimiento político judío. 

Alemania contestó el bloqueo total que sufría en el mar con 
un bloqueo parcial de las rutas marítimas inglesas, y para 
esto utilizó submarinos, bombarderos y minas. Sus inventores 
acababan de producir ingeniosos modelos de minas e 
inmediatamente comenzaron a ser usadas. Entre ellas, 
figuraba una mina magnética, de 545 kilos, capaz de partir en 
dos un barco de regular calado. Al contrario de las antiguas 
minas flotadoras de superficie —claramente visibles para el 
enemigo, sujetas al azar de las corrientes marinas y 
pendientes de la contingencia de que el barco enemigo las 
embistiera o no—, la nueva mina magnética alemana era 
atraída por el casco de las embarcaciones desde una distancia 
de diez metros. Además, podía ser anclada y fijada en lugares 
previamente elegidos, bajo la superficie del agua, o 
depositada en el fondo del mar, en sitios no muy profundos, o 
sea de 25 a 35 metros. El poder destructivo de esta arma se 
había decuplicado. Naturalmente la siembra de minas era una 
labor peligrosísima para los submarinos porque tenían que 
realizarla en las entradas de los puertos británicos, 
generalmente bien patrulladas. 

Igualmente produjo Alemania una mina acústica, atraída por 
el ruido de los motores de los barcos. Y luego introdujo un 
«contador de barcos», que permitía a ciertas minas no 
estallar cuando se aproximaban las primeras embarcaciones, 
sino al acercarse la décima, decimoquinta o vigésima. Esto 
tenía por objeto burlar a las naves barreminas que iban a la 
vanguardia de los convoyes. Otro novedoso dispositivo hacía 
que la mina permaneciera «estéril» durante cierto tiempo y 
que adquiriera su poder explosivo en determinada fecha. 


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En el Almirantazgo inglés hubo profunda alarma ante la 
efectividad de esas minas y llegó a temerse la paralización del 
tráfico mercantil. Fue altamente venturoso para Inglaterra 
que los alemanes comenzaran a usar esas armas en muy 
pequeña escala, por no esperar a producirlas en gran 
cantidad. Esa precipitación hizo que los ingleses descubrieran 
y adoptaran ciertas defensas antes de que la siembra de 
minas magnéticas y acústicas se generalizara en las aguas de 
26 puertos británicos. La impaciencia del mando alemán fue 
evidentemente un error táctico que restringió la capacidad 
destructiva de tales inventos. Inglaterra llegó a perder un 
total de 577 embarcaciones (296 mercantes y 281 de guerra) 
debido a la acción de más de cien mil minas, y es 
incuestionable que esa cantidad hubiera sido mucho mayor en 
caso de una súbita siembra de minas en grande escala. 

Por otra parte, en el Almirantazgo británico había la creencia 
de que sus nuevas armas defensivas neutralizarían 
totalmente los ataques submarinos. El detector «Asdic» era 
sensible a ondas ultrasonoras que atravesaban el agua y 
delataban la proximidad del sumergible. Además, existía la 
circunstancia de que el submarino en inmersión sólo 
desarrollaba 13 kilómetros por hora y no podía permanecer 
mucho tiempo así, pues sus acumuladores eléctricos se 
descargaban y necesitaba salir a la superficie para volverlos a 
cargar con motores diesel que consumían oxígeno. 

Pero muchas de estas debilidades del arma submarina habían 
sido contrarrestadas por el severo entrenamiento de las 
tripulaciones alemanas recién formadas por Doenitz. De 
noche navegaban en la superficie hasta aproximarse 
peligrosamente al enemigo y sólo recurrían a la inmersión 
profunda en casos de emergencia. El disparo de torpedos se 
hacía a no más de seiscientos metros de distancia. 
El tipo más usual de sumergible alemán en 1939 era el Vil, 
de quinientas toneladas de desplazamiento, con 14 torpedos 
y capaz de navegar 6,200 millas y sumergirse en 20 
segundos. La nueva flota submarina alemana había 
comenzado a ser construida 4 años antes por el veterano 
submarinista Doenitz y apenas tenía 57 naves. Este dato lo 


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confirma Churchill. Dice Doenitz que el resultado de la 
contienda hubiera sido muy diferente de haber tenido 300 
submarinos al empezar la guerra. Pero Hitler no contaba con 
una guerra contra la Gran Bretaña y fue hasta 1939, después 
de que fallaron sus frecuentes intentos de una amistad 
germano-británica, cuando ordenó producir más y mejores 
sumergibles, pero ya entonces se había perdido mucho 
tiempo. 

El vicealmirante Kurt Assmann refiere que todavía en la 
primavera de 1939 Hitler dijo al Alto Mando de la Marina que 
no cabía ni pensar en una guerra contra la Gran Bretaña. 
Igual cosa le dijo a Doenitz el 22 de julio cuando éste se 
quejaba de la escasez de submarinos. 

Cuando las hostilidades estallaron en septiembre con la 
guerra que Hitler no quería, la exigua flota de sumergibles fue 
lanzada a la lucha. Del total de 57, sólo 27 eran capaces de 
largos recorridos y de operar en acciones contra Inglaterra. 
Ahora bien, como por cada submarino en acción de guerra en 
el Atlántico había dos en «punto muerto» (ya sea de regreso 
a su base, reabasteciéndose o en camino hacia el campo de 
combate), solamente 9 sumergibles se hallaban diariamente 
en acción de guerra. 

Uno de los primeros triunfos de los submarinos alemanes 
ocurrió el 18 de septiembre de 1939, cuando el U-12 del 
capitán Schuhart maniobró durante dos horas para situarse 
favorablemente a través de la escolta enemiga y hundió al 
portaaviones «Courageous», de 22,000 toneladas, que era 
uno de los barcos capitanes de la Flota Británica. El U-12 fue 
perseguido durante seis horas y difícilmente logró escaparse a 
las cargas de profundidad descendiendo sesenta metros, no 
obstante que la resistencia teórica del submarino era para 
cincuenta metros. 

Otro golpe más espectacular ocurrió el 14 de octubre del 
mismo año en la fortificada base británica de Scapa Flow, 
corazón mismo de la Reina de los Mares. Un submarino 
alemán logró burlar las defensas y hundir al acorazado Royal 
Oak. 


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Gunther Prien, de 31 años de edad, cauteloso y audaz 
comandante del submarino U-47, había sido escogido por el 
Almirante Doenitz para realizar esa incursión, en la que el 
capitán Emsmann había muerto en la primera guerra mundial. 
Prien zarpó de Kiel el 8 de octubre. Varios mercantes 
enemigos fueron pasados por alto y la tripulación supuso 
entonces que se iba en busca de un «pez gordo». 

El 13 de octubre el submarino se hallaba a la vista de las 
montañas que rodean Scapa Flow. Prien se sumerge y posa la 
nave en el fondo del mar, a 30 metros de profundidad. 
Ordena a sus 38 tripulantes dormir o guardar absoluto reposo 
para economizar oxígeno y luego les anuncia: «Mañana 
entraremos en Scapa Flow». Un silencio de incertidumbre y 
esperanza sobrecoge a la tripulación. Al anochecer de ese día 
el submarino emerge de nuevo. Prien duda un instante: hay 
claridad en el cielo y la incursión resulta así más peligrosa, 
pero 24 horas de espera pueden debilitar la moral de sus 
hombres. Decide atacar. 

La entrada menos arriesgada es la del canal de Kirk Sound. El 
U-47, de 500 toneladas, navega en la superficie y todos 
saben que estará perdido en caso de ser descubierto. Entre 
dos barcos hundidos que bloquean el paso hay un cable 
contra submarinos. El costado de babor del U-47 rechina al 
rozar el cable; el motor de babor desacelera y el de estribor 
acelera; la nave pasa lentamente. Son segundos de profunda 
expectación. 

La luz de una bicicleta que camina cerca de la costa es visible 
para los tripulantes. El submarino se sumerge de nuevo y 
avanza hacia los muelles. Es la una de la madrugada. 
Al principio sólo se distinguen dos barcostanque. Prien siente 
que todo su esfuerzo ha sido inútitl, pero segundos después 
distingue la silueta de dos acorazados. Son la presa más 
valiosa que submarino alguno se atreva a buscar. 

El U-47 se sitúa en posición de tiro, Prien da la orden de 
«¡Fuego!» Salen disparados cuatro torpedos, pero sólo uno 
estalla. Una columna de agua se levanta entre el submarino y 
el acorazado. La escena es confusa y el éxito no parece 


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logrado. En las entrañas del submarino la tripulación se 
mueve febrilmente cargando nuevos torpedos. Entretanto, en 
las defensas de la base naval las primeras explosiones han 
puesto a todos alerta. Churchill refiere que «los primeros 
disparos que fallaron, se atribuyeron a causas internas, pues 
todos se creían seguros en Scapa Flow contra ataques 
enemigos». 

Transcurrieron veinte minutos —que para los tripulantes del 
U-47 eran una eternidad—. Prien volvió a dar la orden de 
«¡Fuego!» Lo que ocurrió entonces lo anotó él mismo en su 
libro de bitácora: 

«De súbito —dice— ocurre algo que quienes lo vieron, jamás 
lo olvidarán. Frente a nosotros, una cortina de agua se eleva 
hacia el cielo. Parece que todo el mar se levanta de pronto. 
Suenan detonaciones en rápida sucesión como el cañoneo 
durante una batalla. Se confunden en un solo y ensordecedor 
estallido. Se elevan llamas azules, amarillas, rojas. Enormes 
piezas del mástil, del puente, de las chimeneas, vuelan por el 
aire. Debimos haber logrado un blanco directo en uno de los 
depósitos de municiones» 

En dos minutos el coloso «Poyal Oak», de 33,500 toneladas, 
cuya construcción había importado un equivalente de 562 
millones de pesos, se hunde en su propia base con sus 786 
tripulantes. Los reflectores hurgan el cielo y el mar; los caza¬ 
torpederos y los destructores zarpan en busca del enemigo. 
Un destructor con reflectores encendidos enfila directamente 
hacia el U-47, que se siente ya descubierto y hace esfuerzos 
desesperados por escapar, pero súbitamente el perseguidor 
vira y se aleja. Ahora toda la base se halla alerta. Prien 
decide intentar la salida por otro sitio; en vez de pasar entre 
los dos barcos hundidos del canal de Kirk Sound lo hace entre 
uno de los barcos y la costa. El submarino libra por 
centímetros. Ya en alta mar, después de la increíble aventura 
de dos horas, Prien transmite su parte: «Un acorazado 
hundido; un acorazado torpedeado». 

La pequeña flota alemana ha infligido un golpe humillante a la 
Reina de los Mares y simbólicamente ha vengado a las 


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prisioneras naves alemanas que en 1918 fueron hundidas en 
Scapa Flow por los ingleses. Churchill admite, con franqueza 
que lo honra: «El acto de Prien debe considerarse como una 
gran hazaña de armas»[7]. 

Entretanto, otro episodio de la desigual guerra en el mar 
comienza a desarrollarse en el Atlántico del Sur. El acorazado 
alemán de bolsillo «Graf Spee», de 10,000 toneladas, burla el 
bloqueo franco-británico y sale a cazar barcos enemigos. 
Después de hundir a varios que navegaban aisladamente se 
encuentra a una flotilla de tres. Son los cruceros británicos 
«Exeter» (de 8,390 toneladas), «Ajax» (6,985) y «Achilles» 
(7,030), que totalizan 22,405 toneladas. Durante una hora y 
veinte minutos se bate contra ellos. 

[1] «Años de Lucha». — Rabino Stephen Wise. (Muestra del 
mimetismo de numerosos israelitas: Stephen, hijo de Aarón 
Weisz, cambió su apellido Weisz por el de Wise, al emigrar de 
Hungría a EE. UU. Así le dio apariencia norteamericana. Esto 
lo describe como «la adopción de una grafía más sencilla»). 

[2] El historiador inglés R. Grenfell dice que las sucesivas 
negativas de Churchill para examinar las propuestas de paz 
de Alemania coincidieron «con una estridente propaganda de 
que los ingleses eran los amantes de la paz y los alemanes 
los excitadores de la guerra». Añade que tal cosa no era muy 
exacta, pues de 1815 a 1907, Inglaterra había emprendido 10 
guerras, Rusia 7, Francia 5 y Alemania 3. 

[3] «Oro Líquido». — Essad Bey. 

[4] Hitler decía acerca de sus diplomáticos: «Entre ustedes el 
valor se mide por la altura de los tacones. Si uno de nuestros 
diplomáticos tuviera que alojarse en un hotel de tercera 
categoría o se viese en la precisión de coger un taxi ¡qué 
deshonor! Y sin embargo, a veces tiene interés conocer todos 
los ambientes... Nuestros propios diplomáticos ¿qué utilidad 
tuvieron para nosotros? ¿De qué nos enteraron?» Muchos 


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coincidieron en que el Ministro de Relaciones Exteriores, von 
Ribbentrop, carecía de tacto y de amabilidad. 

[5] «Vida de Napoleón». — Dimitri Merejkovsky. 

[6] «Rooseveit y Hopkíns». — Robert E. Sherwood. 

[7] 12 años antes el ex capitán alemán Alfred Wehring, 
disfrazado de relojero, se radicó cerca de Scapa Flow bajo el 
nombre de Albert Vertel. Al estallar la guerra comunicó al 
Almirante Doenitz que las entradas orientales de Scapa Flow 
carecían de redes antisubmarinas y sólo tenían pontones 
espaciados. Estos datos fueron decisivos para Prien. 



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(Gunther Prien, capitán del submarino «U-47», que penetró 
en la base británica de Scapa Flow y hundió al acorazado 
«Royal Oak». «Se elevan llamas azules, amarillas, rojas... ») 

El «Exeter», a 25 kilómetros, recibió más de cien impactos y 
5 de sus 6 cañones grandes quedaron inutilizados. Entretanto 
los otros dos cruceros se le habían acercado al «Graf Spee» 
hasta una distancia de 7 kilómetros y lo hostigaban desde 
diversos ángulos. El barco alemán volvió el fuego contra ellos, 
pero las granadas los atravesaban de un lado a otro sin 
tiempo de estallar. Ocurrió luego un mutuo alejamiento, 
aunque sin perderse de vista. 

Churchill refiere en sus Memorias que «el Exeter recibió un 
proyectil que lo dejó temporalmente fuera de control al 
volarle su torrecilla B. A las 7.25 de la mañana las dos 
torrecillas del Ajax también habían sido destruidas. Asimismo 
el Achules sufrió daños». 

Por su parte el «Graf Spee» tenía 36 muertos a bordo, 60 
heridos graves y averías que le impedían seguir navegando, 
máxime que era acosado desde tres diversas direcciones, y 
buscó refugio en Montevideo a fin de hacer reparaciones de 
urgencia. Para entonces ya los tres barcos ingleses habían 
pedido refuerzos y acudían a toda máquina el crucero 
«Cumberland», el acorazado «Renown», el acorazado «Ark 
Royal», el crucero «Neptune» y tres destructores. A 
continuación la fuerza «H» fue también movilizada y 
acudieron los cruceros «Shropshire», «Cornwail» y 
«Gloucester» y el portaaviones «Eagle». 

Aunque tales naves todavía no llegaban a las cercanías de 
Montevideo, los ingleses se valieron de un ardid de 
propaganda para hacer creer que ya habían llegado. Por su 
parte, Uruguay apremiaba al «Graf Spee» a que zarpara. 
Fuera lo esperaban teóricamente más de diez barcos de 
guerra: 200,000 toneladas contra 10,000. Hitler ordenó al 
comandante Langsdorff que hundiera la nave. El «Graf Spee» 
zarpó, caminó un poco por el Río de la Plata, puso a salvo en 


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lanchas a sus 965 tripulantes y se voló a sí mismo con 
bombas de tiempo. Los marinos se refugiaron en Buenos 
Aires, donde el capitán escribió el 19 de septiembre una carta 
explicando que las granadas no le bastaban para ningún 
combate formal. Y agregaba: 

«He resuelto afrontar las consecuencias de mi decisión, pues 
un Capitán pundonoroso sabe que su destino está ligado 
indisolublemente al de su barco. Ya no podré tomar parte 
activa en la lucha actual de mi patria. Ahora sólo puedo 
probar por medio de mi muerte que los servicios de combate 
del Tercer Reich se encuentran siempre prestos a morir por el 
honor de la bandera. Asumo toda la responsabilidad de haber 
echado a pique el acorazado de bolsillo Almirante Graf Spee. 
Me complace pagar con mi propia vida cualquier desdoro en el 
honor de la bandera. Me enfrentaré con mi destino abrigando 
una fe firmísima en la causa y en el porvenir de la nación y de 
mi Fuehrer». Esa misma noche se dio un tiro. 

Era la antigua y solemnemente siniestra tradición de la 
marina de que el capitán y su barco forman un mismo ser. 
Ninguno sobrevive al otro. 

Entretanto, la pequeña flota submarina alemana seguía 
apegándose al reglamento de presas, según el cual deberían 
detener a los barcos enemigos de carga y hundirlos después 
de que sus tripulantes se hubieran puesto a salvo. Pero no 
obstante esto, la propaganda inglesa difundía que los 
mercantes eran hundidos sin previo aviso y que perecían 
mujeres y niños. (Al terminar la guerra, la Gran Bretaña 
reconoció todo lo contrario). 

El 26 de septiembre (1939) Churchill ordenó que todos los 
mercantes fueran artillados y que sus tripulantes presentaran 
resistencia a los submarinos, de tal manera que éstos ya no 
pudieran seguir practicando la guerra limitada que se les 
había ordenado. 

El 30 de octubre el submarino U-56, del capitán Zahn, se jugó 
peli-grosamente la existencia burlando la protección de diez 


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destructores y lo-gró acercarse al acorazado británico 
«Nelson», en el que hizo blanco con tres torpedos, pero 
inexplicablemente ninguno estalló. (Posteriormente se supo 
que en ese acorazado viajaba Churchill). Toda la tripulación 
del sub-marino regresó a su base profundamente deprimida 
por el extraño fracaso. 

Durante los meses de invierno los sumergibles se vieron 
sujetos a duras pruebas: el hielo tapaba los escapes de los 
motores o afectaba las cualidades de sumergibilidad. En sus 4 
primeros meses de lucha hundieron barcos con un total de 
505,000 toneladas. El U-49 del capitán von Gossier, se vio en 
una ocasión tan duramente perseguido por los destructores 
ingleses que descendió a 148 metros de profundidad. Fue un 
experimento que nadie había hecho hasta entonces porque se 
calculaba que a esa profundidad la enorme presión del agua, 
equivalente a la de 15 atmósferas, haría trizas al submarino. 
Por su parte, la flota agio-francesa fue estrechando el 
bloqueo. En marzo de 1940 otro submarino alemán penetró 
en un puerto inglés, el de Kirkwail, y hundió al barco 
«Corneta». El mercante «AItmark» burló el bloqueo y regresó 
a Kiel. La superioridad numérica anglo-francesa no lograba 
satisfactorios progresos ni siquiera en el mar y Churchill 
decidió arrojar por la borda todo principio de legalidad, 
aunque era precisamente la legalidad lo que decía defender. 
La noche del 30 de marzo (1940) Churchill anunció que 
Inglaterra no reconocía ya como neutrales «los actos que a 
pesar de que se apeguen al Derecho Internacional, puedan 
favorecer a Alemania». 

Entretanto, en el invierno de 1939-1940 la URSS ha atacado 
a Finlandia. Pero Inglaterra y Francia no mueven ni un dedo 
para defender a los finlandeses. Si Alemania ataca a Polonia, 
es eso un acto salvaje que debe precipitar a Occidente en una 
guerra, pero si la URSS ataca también a Polonia y luego a 
Finlandia, el judaismo logra que Occidente se lave 
silenciosamente las manos. 


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La flota inglesa y la flota francesa violan el Derecho 
Internacional e incursionan en las aguas de Noruega para 
impedir que lleguen materias primas a Alemania. El bloqueo 
anglo-francés ya no reconoce la neutralidad de ningún país 
débil. El 31 de marzo Londres anuncia que no se permitirá 
más el comercio entre México y Alemania, ni tampoco entre 
Noruega y Alemania. Un nuevo sesgo en la guerra está a 
punto de estremecer al mundo. 


NORUEGA, PRIMERA LINEA DE LA LUCHA TERRESTRE 

El 16 de diciembre de 1939 Inglaterra comenzó a preparar la 
invasión de Noruega. Es éste un hecho que ahora parece 
sorprendente, porque la propaganda hizo creer que Alemania 
se había lanzado cruel e innecesa-riamente contra ese país 
débil y neutral en un loco y suicida intento de do-minar al 
mundo. Pero la verdad fue otra. Churchill asienta en sus 
Memorias «la parte final de un memorándum que presenté 
fechado el 16 de diciembre de 1939, decía: Es necesario 
considerar el efecto de nuestra acción contra Noruega... No 
habrá infracción técnica del Derecho Internacional mientras 
que lo que vaya a hacerse no se encuentre acompañado de 
alguna forma de inhumanidad... Las naciones pequeñas no 
deben atarnos las manos». 

Y consecuentemente el 16 de febrero de 1940 Churchill 
ordenó que el barco alemán «AItmark» fuera abordado por 
fuerzas del «Cossack», a pesar de que navegaba en aguas 
neutrales noruegas. 

El historiador británico capitán Liddell Hart dice que el asalto 
inglés al «AItmark» en aguas noruegas hizo pensar a Hitler 
que si Churchill estaba dispuesto a violar la neutralidad de 
Noruega para atacar al «AItmark», estaría más deseoso de 
hacer lo mismo a fin de cortar los abastecimientos de hierro 
que tan vitales eran para Alemania, pues para 1940 
ascendían a once millones de toneladas. 


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El mismo Churchill confirma que el 3 de abril de 1940 el 
Gabinete in-glés autorizó que la flota minara las aguas 
noruegas a partir del 8 de abril. Simultáneamente estaba 
siendo preparado el Plan Stratford para la ocupa-ción 
anglofrancesa de los puertos noruegos de Stavenger, Bergen 
y Trond-heim. Así se flanquearía a Alemania y se haría más 
efectivo el bloqueo de hambre[l]. 

El Primer Ministro de Francia, Paul Reynaud, dice en sus 
«Revela-clones» que cuando se planeaba la ocupación aliada 
de Noruega, el almi-rante francés Darían advirtió que se 
provocaría una reacción alemana. «Churchill llegó a París el 5 
de abril —añade Reynaud— y se aprobó la colocación de las 
minas, pero la maniobra fue aplazada para el 7 y esta demora 
permitió a Hitler tener conocimiento del asunto y preparar un 
golpe en contra». 

Es un hecho indiscutible, aceptado por Reynaud y Churchill, 
que Inglaterra y Francia preparaban la invasión de Noruega 
para estrechar el bloqueo de hambre contra el Reich. La 
invasión alemana simplemente se anticipó a conjurar los 
planes anglofranceses. 

Sin embargo, al iniciarse esa operación la noche del 9 de abril 
de 1940, el monopolio de la información internacional la 
aprovechó para dar la impresión de que Alemania devoraba 
cruelmente a un país débil y que las potencias aliadas se 
aprestaban a defenderlo. La historia cinematográfica del 
villano y del héroe se aplicó al caso de Noruega. Pero la 
verdad carecía de esos adornos heroicos; simplemente 
consistía en que las potencias occidentales trataban de 
estrechar el bloqueo contra Alemania, desde las bases 
noruegas, y Alemania se adelantaba a conjurar ese golpe. La 
víctima de esta lucha entre dos colosos era un país débil, pero 
ninguno de los dos bandos tenía interés específico en él, ni 
para atacarlo ni para defenderlo. 


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[1] El comandante Quisling, ex ministro de Guerra de 
Noruega, se enteró de los planes aliados de invasión y dio 
aviso a Hitler. Explicaba entonces que en sus años de residir 
en Rusia había conocido el bolchevismo, que Alemania era el 
único baluarte contra esta amenaza mundial y que por eso le 
prestaba tal servicio. La propaganda aliada ha hecho del 
apellido Quisling un sinónimo de infamia y traición 





«y 






UCRANIA 


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(Los alemanes capturaron Oslo, Trondheim y Narvik. Tres días después 
los anglofranceses desembarcaron en Nanisos y Andaisnes. Fuerzas 
alemanas del área de Oslo batieron en Dombas a las fuerzas aliadas 
desembarcadas en Andaisnes y el plan aliado se derrumbó.) 

El anticipado contragolpe alemán fue una desagradable 
sorpresa para Inglaterra y Francia porque debido a su 
dominio absoluto del mar se creían al margen de esa 
contingencia. El Almirante Erich Raeder, jefe de la Marina 
Alemana, afirmaba que frecuentemente las operaciones 
militares que violan todos los principios de la técnica de la 
guerra salen airosas a condición de que se ejecuten por 
sorpresa. Así lo confirmó una vez más la invasión de Noruega. 
La pequeña flota alemana operó con increíble audacia, burló 
la vigilancia aliada y conduciendo una fuerza de desembarco 
de sólo 8,850 hombres se acercó a los puertos noruegos de 
Kristiansand, Stavenger, Bergen, Trondheim y Narvik, casi 
bajo las narices de los barcos francobritánicos. 

Semanas antes de que se iniciara la acción en Noruega, el 
almirante Guillermo Canaris (jefe del Servicio Secreto Alemán 
y encubierto cons-pirador) inició un discreto sabotaje moral 
contra la operación, mediante un-merosos y alarmantes 
informes sobre los riesgos de las contramedidas alia-das. Esto 
hizo titubear a varios jefes militares, quienes incluso pidieron 
a Hitler que la operación se pospusiera. El general Alfred JodI 
escribió en-tonces en su Diario que la voluntad de actuar se 
estaba debilitando y que el 26 de marzo Hitler intervino 
decisivamente para alentarla. Pero la intriga siguió adelante y 
el mayor Hans Oster, uno de los principales colaboradores de 
Canaris, pidió el 3 de abril al agregado militar holandés, Sas, 
que co-municara a los aliados el plan alemán de ataque. El 
investigador Abshagen dice que ese informe fue transmitido a 
funcionarios noruegos, pero que no lo creyeron. «Oster 
confiaba en que si no se alcanzaba a parar toda la em- 


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presa... por lo menos se lograría, mediante una advertencia, 
apresurar el fracaso de la operación en una primera fase»[l]. 

El Almirante Canaris había dicho a sus cómplices que la 
frustración de la victoria «debe ser nuestro objetivo y 
propósito esencial». Y todo este grupo de conspiradores 
trabajó con tal sutileza que no dejaba huellas a la Gestapo. 

Según el Vicealmirante Kurt Assmann[2], la invasión aliada 
de Noruega (iniciada 72 horas después que la alemana) se 
demoró debido a que a última hora el mando británico ordenó 
un aplazamiento a fin de averiguar hacia dónde se dirigía la 
flota alemana que había zarpado de sus bases en el Mar 
Báltico. Un incidente imprevisto jugó importante papel en esa 
demora: ocurrió que los barcos alemanes que deberían 
atracar en Trondheim llegaron a las cercanías con bastante 
anticipación y para hacer tiempo dieron media vuelta y 
enfilaron hacia el poniente, lo cual fue visto por un avión 
británico, cuyo reporte desorientó a los aliados. Cuando horas 
más tarde los ingleses tuvieron la certeza de que la operación 
se dirigía hacia Noruega, ya habían perdido la delantera. 

Coordinadamente con la operación naval, una compañía de 
paracai-distas fue enviada por aire a capturar los aeropuertos 
de Oslo y Stavenger, a los cuales llegaron más tarde 
transportes bimotores de tropas. En esta misión se utilizaron 
550 aviones. La ocupación previa de Dinamarca se realizó 
como punto de apoyo obligado para la campaña de Noruega. 
«El golpe más atrevido —dice Churchill en sus Memorias— fue 
el que se dio en Narvik. Diez destructores llevaron 200 
soldados cada uno, apoyados por el Scharnhorst y el 
Gneisenau —cruceros de batalla—; llegaron a Narvik el 9 de 
mayo muy temprano. La noche del 7 de abril la RAF denunció 
tales movimientos en el Skagerrak. En el Almirantazgo se 
creía imposible que aquella fuerza se dirigiera a Narvik». 


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Churchill juzgó impracticable esa audaz maniobra; tuvo 
tiempo para impedirla, pero el arrojo triunfó sobre la fuerza 
numérica. La pequeña floti-lla alemana se escurrió 
zigzagueando hasta los puertos noruegos sin hallar más 
obstáculos que el destructor inglés «Glowworm» que fue 
hundido. Días más tarde ocurrió otra batalla naval en la que 
fueron hundidos el portaaviones inglés «Glorious», dos 
destructores y dos naves pequeñas, cuando los nazis trataban 
de aligerar la presión naval sobre Narvik. 

Aunque en aquel momento parecía que Alemania desplegaba 
grandes contingentes que por su peso numérico estaban 
imponiéndose en Noruega, y aunque la propaganda así se 
empeñaba en hacerlo creer, la verdad es que se trataba de 
una extraordinaria lucha en que el arrojo y la sorpresa se 
imponían sobre enemigos muy superiores en número. 
El general Faikenhorts, comandante de las fuerzas alemanas, 
inicialmente sólo disponía de 8,850 hombres, que después 
fueron reforzados por 10,000 más. El teniente coronel James 
A. Bassett[3] confirma que en la operación de Noruega 
participaron «poco menos de 20,000 hombres», distribuidos 
en pequeños grupos a todo lo largo del accidentado territorio 
noruego, aún cubierto de nieve. 

Setenta y dos horas después de iniciada la invasión alemana 
de Noruega los ingleses y los franceses descargaron su golpe, 
al que Hitler se había adelantado. El general Auchinleck dirigió 
la invasión aliada conforme al madurado Plan Stratford. Los 
objetivos inmediatos eran Narvik, en el norte, y los puertos 
de Namsos y Andaisnes, en la cintura de Noruega. 
Los submarinos alemanes recibieron la misión de estorbar el 
desembarque de los aliados en Noruega. Varios de ellos 
lograron burlar los barcos de escolta y situarse 
apropiadamente para el tiro, pero luego comenzaron a ver 
con gran decepción que los torpedos pegaban en el blanco y 
no estallaban. El capitán Prien tuvo cerca de Narvik en 
posición de tiro a tres grandes transportes de tropas y a dos 


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cruceros, pero la carga explosiva de los torpedos fallaba una 
y otra vez. En el mando de los submarinos se recibían más y 
más reportes en el mismo sentido. Nueve sumergibles vieron 
así invalidados sus penosos esfuerzos para acercarse al 
enemigo. Prien se quejaba amargamente diciendo que los 
habían mandado a combatir con fusiles de palo. Las fallas de 
los torpedos ascendían al 66%. 

En un principio los técnicos pensaron que el torpedo 
magnético que estaba en uso —y que corría a bastante 
profundidad sin dejar estela delatora en la superficie— no 
estallaba porque el magnetismo disminuía cerca del Círculo 
Polar Ártico. Se ordenó entonces usar únicamente torpedos 
de percusión, pero también fallaban. Más tarde, cuando ya 
muchas oportunidades se habían perdido, una investigación 
descubrió que los torpedos eran entregados por la fábrica con 
un desajuste que ya hacía tiempo se había ordenado 
enmendar, pero que inconcebiblemente estaba volviendo a 
ocurrir, ¿Negligencia o sabotaje? 

Los contingentes anglofranceses desembarcados en Namsos y 
Andaisnes formaban una tenaza que tenía por meta cerrarse 
en Trondheim y aniquilar a los 1,700 alemanes que horas 
antes la habían ocupado. Esto dio lugar a una de las dos 
batallas decisivas de la campaña de Noruega. La guarnición 
alemana de Trondheim se defendió desesperadamente, en 
tanto que otras fuerzas avanzaban desde el sur en su auxilio. 
Cerca del empalme ferroviario de Dombas se libró la batalla 
clave. Los anglo-franceses disponían en esa área de 14,000 
hombres, contra 5,000 ó 6,000 alemanes. Iban ahí a 
enfrentarse por primera vez en esta guerra. El entonces 
Primer Ministro de Francia, Paul Reynaud, confirma tales 
cantidades en sus «Revelaciones», con las siguientes 
palabras: 

«El 20 de abril los aliados tenían al norte de Namsos 8,000 
soldados británicos y franceses y 4 batallones de noruegos, y 
en el sur (Andaisnes) 5,000 ingleses y noruegos. Los 


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alemanes sólo tenían 5,000 ó 6,000 hombres en esa región y 
hallábanse casi rodeados». 

Tropas británicas seleccionadas figuraban en esos 
contingentes cuya superioridad numérica sobre los alemanes 
era de más de dos a uno, y por momentos pareció que éstos 
serían arrojados de Noruega, El choque decisi-vo ocurrió al 
sur de Trondheim, cerca del empalme ferroviario de Dombas, 
donde los británicos fueron sorprendidos por la acometividad 
y rapidez de maniobra de las tropas alemanas y por la 
iniciativa de sus oficiales. Al cabo de una semana de lucha las 
fuerzas aliadas fueron destrozadas y sus restos se 
reembarcaron hacia Inglaterra. Churchill confiesa en sus 
Memorias: 

«En esta campaña de Noruega, nuestras mejores tropas, o 
sean las de la Guardia Escocesa y las de la Guardia Irlandesa, 
se quedaron atónitas ante el vigor, el espíritu de empresa y el 
entrenamiento que tenían los jóvenes que militaban por 
Hitler». 

En la otra de las dos batallas decisivas, la de Narvik, el 
resultado se tardó más, pero fue el mismo. La flota británica 
se recuperó de la sorpresa y se congregó frente al puerto. 
Cuatro destructores alemanes sucumbieron en desigual 
batalla tratando de impedir el desembarque de 20,000 
soldados aliados. A continuación la lucha se desarrolló en 
tierra. La guarnición alemana y los náufragos de los cuatro 
destructores ascendían a 6,000 hombres. La superioridad 
aliada era de más de 3 a 1. 

Churchill refiere: «En Narvik una fuerza alemana mixta e 
improvisada de escasos 6,000 hombres tuvo a raya durante 
seis semanas a unos 20,000 soldados aliados, y aunque se 
vio expulsada de la población, sobrevivió para ver marcharse 
a sus enemigos... Los alemanes cruzaron en siete días el 
camino de Narnsos a Mosjoen, que los ingleses y franceses 
habían declarado que era imposible. A pesar de que teníamos 
el dominio absoluto del mar, nos tomó la delantera el 


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enemigo que avanzaba por tierra a través de distancias muy 
largas y en medio de todos los obstáculos». 
Todavía sin ocultar su disgusto por el anticipado contragolpe 
alemán, Churchill añade: 

«La rapidez con que Hitler llevó a cabo la conquista noruega 
fue una notable hazaña de guerra y política y un ejemplo 
imperecedero de la minuciosidad, de la maldad y de la 
brutalidad alemanas». 

3,692 soldados alemanes dieron la vida en ese ejemplo de 
eficacia militar y 1,604 cayeron heridos. La marina perdió 3 
cruceros, 10 destructo-res, 6 submarinos y 16 naves 
auxiliares. Allí se evidenció la fuerza incalcu-lable del espíritu 
de sacrificio sobre las fuerzas materiales de la superiori-dad 
numérica. La campaña duró un mes. Tuvo tan relevantes 
características de arrojo que constituye un ejemplo histórico 
de cómo un poderoso espíritu de lucha logra superar 
obstáculos que el cálculo frío juzgaría insalvables. 


FRANCIA, EMPUJADA AL SANGRIENTO ABISMO 

El pueblo francés padecía graves problemas internos que lo 
incapacitaban para una contienda internacional. La disipación, 
el materialismo y el vicio habían debilitado profundamente 
sus fuerzas psicológicas y hasta sus recursos físicos, tanto así 
que en el segundo semestre de 1938 hubo 40,000 
nacimientos menos que el total de defunciones. Pero los 
gobernantes servían intereses masónicos cada día más 
apremiantes y empujaban al pueblo a una guerra en la que el 
pueblo nada tenía que ganar. 

Esos gobernantes, hechura de la masonería, eran a la vez 
políticamente presionados por la Alianza Israelita Universal 
(con sede en París), la cual tiene en Francia un poder 
decisivo, pues además de su brazo masónico influye en la 
Bolsa de Valores, en casi toda la prensa y en la mayoría de 
las organizaciones obreras. Judíos han sido los dirigentes y 
políticos León Blum, Maurice Thorez, Jacques Duelos, J ules 


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Derrota Mundial 


Moch, Edgar Faure, Mendes-France, René Mayer, Maurice 
Schuman y otros muchos. 

Un oscuro político llamado Paul Reynaud, que en México se 
había enriquecido como dueño de «Las Fábricas Universales», 
se fingió derechista para lograr cierto apoyo popular: con la 
ayuda secreta de la masonería escaló después el puesto de 
Primer Ministro de Francia y una vez seguro reveló sus 
tendencias izquierdistas. A continuación trató de agitar al 
pueblo francés para que asumiera la ofensiva contra 
Alemania. 

Casi siete meses después de declarada la guerra, Reynaud 
hizo el 26 de marzo de 1940 una belicosa excitativa durante 
la cual afirmó: «Uno de los deberes más grandes de Francia 
es hacer la guerra». Al día siguiente presentó su Gabinete a la 
nación como un «Gobierno de guerra puramente y que tiene 
una sola meta: vencer al enemigo». 

Sus arrestos bélicos tenían los siguientes fundamentos 
militares: Francia se hallaba poderosamente acorazada por su 
Línea Maginot y disponía ya de 110 divisiones; la Gran 
Bretaña le había enviado un Cuerpo Expedicionario de 12 
divisiones y estaba por enviar algunas más. El flanco 
izquierdo de la Maginot lo resguardaban las fortificaciones 
belgas, las defensas acuáticas holandesas y 33 divisiones de 
Bélgica y Holanda. Inglaterra y Francia confiaban en esos dos 
países porque la Casa Real de Holanda tenía parentesco con 
la Casa Real Británica y porque el Rey Leopoldo de Bélgica ya 
había accedido incluso a que los ejércitos anglo-franceses 
atravesaran territorio belga para atacar a Alemania, según lo 
admite el propio Reynaud en sus «Revelaciones». En 
consecuencia, los aliados disponían de un total de 155 
divisiones (2.325,000 combatientes). 

En cambio, Alemania sólo había podido movilizar 130 
divisiones (1.950,000 hombres) y la amenaza bolchevique le 
impedía utilizarlas todas en el frente occidental 
correspondiente a Francia. Por esta circunstancia Reynaud se 


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Derrota Mundial 


sentía seguro: sus peritos militares calculaban que un ataque 
frontal alemán sobre la Línea Maginot sería imposible porque 
necesitaría sacrificar un millón de hombres para perforarla. Y 
si Alemania atacaba por el flanco, automáticamente 
aumentaría el número de sus enemigos al enzarzarse también 
en una lucha con Holanda y Bélgica. 

Fue éste, precisamente, el peligroso riesgo que Hitler se 
resolvió a correr, y es que no quedaba ninguna otra 
alternativa. Su esperanza era poder repetir la guerra 
relámpago que realizó en Polonia, aunque en este caso iba a 
enfrentarse con un enemigo tres veces más poderoso y con 
defensas incomparablemente mejores. Los franceses se 
daban cuenta de esta ventaja y el agregado militar en 
Varsovia informó a su Gobierno —según dice Reynaud— que 
en Polonia los alemanes habían gozado de un frente muy 
extenso, pero que en Francia la situación sería distinta. 
Encajonado en los angostos sectores de penetración posible, 
el ejército alemán podía ser aniquilado por las reservas 
estratégicas anglo-francesas. 

Por dos distintos conductos Reynaud y Churchill conocieron 
los lineamientos generales del plan militar de Hitler. Aunque 
Mussolini era aliado de Alemania, el 26 de diciembre de 1939 
ordenó a su Ministro Galeazzo Glano que revelara dicho plan a 
los representantes diplomáticos aliados, cosa que Glano hizo 
el 2 de enero, según lo anotó en su «Diario Secreto». Por otra 
parte, el mayor alemán Helmut Reimberger, comisionado 
para llevar a un cuartel el plan operativo de la ofensiva, 
desvió la ruta de su avión, aterrizó en Bélgica y los 
documentos le fueron «capturados». Parece que esta 
maniobra la preparó el Almirante Ganaris, el cual era 
conspirador y hábilmente había logrado encumbrarse corno 
Jefe del Servicio Secreto Alemán. 

Aunque ante el mundo no lo parecía, la situación interna del 
frente de Hitler era gravísima. Disponía de menor número de 
tropas que sus enemigos; se hallaba enfrascado en una 
guerra que no había querido contra el Occidente; persistía la 


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mortal amenaza del Oriente; su plan estratégico lo conocían 
ya en París y en Londres, y por último, la mayoría de sus 
generales no lo apoyaba. Eran profesionales eficientes, pero 
carecían de la llama del ideal nacionalsocialista que había 
galvanizado la voluntad de las juventudes; además, su origen 
aristocrático los distanciaba de Hitler, a quien en el fondo 
seguían viendo como el simple cabo que fue en la primera 
guerra mundial. 

Brauchitsch, el comandante en jefe del ejército, no creía 
posible una victoria en Francia. Otros muchos de sus 
compañeros compartían sus dudas. El general Blumentritt, 
que entonces fungía como jefe del Estado Mayo de Rundstedt, 
reveló posteriormente al historiador Liddell Hart: «Hitler era 
el único que creía posible una victoria decisiva». Entre los 
generales jóvenes sólo Manstein y Guderian consideraban 
realizable una campaña relámpago. El general Von 
Stüeipnagel formuló un estudio según el cual era necesario 
esperar 3 años para lanzar la ofensiva sobre Francia. 
De izquierda a derecha: Hitler y los generales Von Reichenau, 
Jold, Rundstedt, Von Brauchitsch (jefe del ejército) y Halder 
(jefe del Estado Mayor General). Estos dos últimos juzgaban 
imposible la campaña en Francia y estuvieron a punto de 
derrocar a Hitler. 


[1] «El Almirante Canaris». — KarI H. Abshagen. 

[2] «La invasión de Noruega». — Por Kurt Assmann. 

[3] La Invasión de Noruega. Tte. Cor. James A. Bassett, 
Instructor de la Escuela de Comando y Estado Mayor de 
Leavenworth, EE. UU. 


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(De izquierda a derecha: Hitler y los generales Von Reichenau, Jold, 
Rundstedt, Von Brauchitsch (jefe del ejército) y Halder (jefe del Estado 
Mayor General). Estos dos últimos juzgaban imposible la campaña en 
Francia y estuvieron a punto de derrocar a Hitler.) 


Aunque desorganizada, la oposición de los generales creaba 
una atmósfera de escepticismo e inseguridad en los altos 
escalones del ejército. El general Ritter von Leeb, comandante 
de un grupo de ejércitos, instaba el 31 de octubre (1939) al 
general Brauchitsch a que hiciera prevalecer su opinión contra 
los planes de Hitler. Schacht, exministro de finanzas, se valía 
del general Von Thomas y del Almirante Canaris para influir 
negativamente sobre el general Halder, jefe del Estado Mayor 
General. Durante algunos días Halder pensó en hacer un 
llamamiento al ejército para derrocar a Hitler, y su compañero 
el general Von Stüeipnagel hizo algunos sondeos y luego le 
dijo que el llamado no daría resultado porque la tropa y los 
jefes jóvenes apoyaban al Fuehrer[l]. Por su parte, el coronel 
general von Hammerstein-Equord simpatizaba con el 
comunismo y llegó a trazar un plan para capturar a Hitler[2]. 
( 2 ) 


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Por esos mismos días (fines de 1939) el Almirante Canaris y 
sus principales colaboradores en el Servicio Secreto Alemán, 
tales como Oster, Dohnanyi y Gisevius, tejían discretos hilos 
de enlace entre los oposicionistas y enemigos de Hitler, 
particularmente entre los generales Beck, Halder y Witzieben; 
el ex ministro Schacht; los diplomáticos Weizsacker y von 
Papen; el conde de Helldorf, jefe de la policía berlinesa, y el 
general Nebe, de las SS (tropas selectas). Al mismo tiempo 
Canaris protegía a diversos jefes del movimiento israelita 
para que no fueran aislados por la Gestapo, y sólo en 
apariencia secundaba las órdenes de Hitler «simulando el 
despliegue de una gran actividad, pero en el fondo no se 
hacía nada para cumplirlas». 

«Cada plan del Estado Mayor —dice el historiador antinazi 
Goerlitz—, era acompañado por otro plan contrario, del 
mismo Estado Mayor, destinado a oponerse a las 
consecuencias del primero y sabotear la conducción de guerra 
de Hitler». 

El general Alfred JodI, jefe del Estado Mayor del Alto Mando y 
uno de los pocos leales íntegramente a Hitler, escribía en su 
Diario que «era muy triste» que todo el pueblo apoyara al 
Fuehrer, menos los generales destacados que seguían 
«considerándolo un cabo y no el mayor estadista habido en 
Alemania desde la época de Bismarck». 

El Primer Ministro inglés, Sir Neville Chamberlain, recibía 
amplia información confidencial sobre la oposición de los 
generales contra Hitler. Según Goerlitz, en Inglaterra se 
juzgaba ya inminente un golpe de Estado en Alemania. 
Churchill confirma parte de esto en sus memorias. 

El 23 de noviembre (de 1939) Hitler tuvo una acalorada 
conferencia con los generales y ante la oposición de ellos para 
atacar a través de Holanda y Bélgica, les echó en cara su 
«falta de coraje». ¿Cómo iba a ganarse una guerra sin 
atacar? 

Y ¿cómo iba a ganarse si el enemigo llegaba a convertir el 
reducido territorio alemán en campo de batalla? Según los 


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fríos cálculos numéricos y sin tomar en cuenta las fuerzas 
psicológicas, la ofensiva en Francia auguraba limitadas 
probabilidades de triunfo, pero aún había menos esperanzas 
en el hecho de cruzarse de brazos. Ya muchas veces había 
ofrecido una paz negociada y Occidente la rechazaba. Ese día 
Hitler habló también del peligro que representaba la URSS. 
«Las guerras —dijo— siempre han terminado con la 
destrucción del enemigo. Todo aquel que crea lo contrarío, es 
un irresponsable... El tiempo trabaja en favor de nuestros 
adversarios». Y enfatizando más su decisión de combatir, 
Hitler agregó: «Me mantendré o caeré en la lucha. Nunca 
sobreviviré a la derrota de mi pueblo...» 

El general Westphal refiere que después de esa junta Hitler 
exclamó: «¿Qué clase de generales son estos a los que hay 
que empujar a la guerra, en lugar de ser ellos los que lleven 
la iniciativa?»[3] 

Liddell Hart ha logrado establecer que a raíz de esa 
conferencia entre Hitler y sus generales, el general von 
Brauchitsch, comandante del ejército, y el general Franz 
Halder, jefe del Estado Mayor General, «hablaron de la 
necesidad de ordenar a las tropas de Occidente que 
marcharan sobre Berlín para derrocar a Hitler», pero el 
general Fromm, comandante de las fuerzas domésticas, hizo 
notar que las tropas tenían fe en el Fuehrer y que 
probablemente el golpe fracasaría. 

Este titubeo del general Fromm fue uno de esos 
insignificantes acontecimientos que producen gigantescos 
efectos porque bastó para congelar la académica conspiración 
de los generales Brauchitsch y Halder. Los esfuerzos de 
Canaris y Schacht para alentar a los conspiradores fallaron 
una vez más. Un año antes Schacht había incluso saboteado 
económicamente el crecimiento del ejército y luego había 
pedido a banqueros israelitas británicos que Inglaterra 
aumentara su presión contra Alemania, a fin de acosar a 
Hitler desde fuera y desde dentro. En esos días Alemania se 
salvó milagrosamente de un desplome interior, la situación 


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del Fuehrer volvió a consolidarse y se acataron sus órdenes 
para lanzar la ofensiva en el oeste. 

Hitler había intentado lanzar su ofensiva el 9 de octubre de 
1939, pero el mal tiempo lo impidió. Pensaba entonces que el 
grupo de ejércitos de von Bock llevara el centro de gravedad 
del ataque y que buscara el envolvimiento de los aliados 
avanzando por la costa. El grupo de ejércitos de von 
Rundstedt, más al sur, realizaría la cobertura de tal 
operación. Pero después decidió modificar este plan porque 
ya era del conocimiento de los anglofranceses. 
«Soldados del Frente Occidental: ¡Su hora ha llegado!...» 
Cien divisiones alemanas (millón y medio de combatientes) se 
lanzaron contra los ejércitos aliados de Francia, Inglaterra, 
Holanda y Bélgica, con un total de 155 divisiones (2.325,000 
soldados). 

[1] «El Estado Mayor Alemán visto por Halder». — Peter Bor. 

[2] «El Estado Mayor Alemán». — Walter Goerlitz, antinazi. Y 
«Ejército en Cadenas», por Siegfried Westphal, antinazi. 

[3] Respecto de la aristocracia, de la que ciertos generales 
eran escrupulosos representativos, Hitler decía que no debía 
convertirse en una «sociedad cerrada». «¿Qué papel puede 
jugar un país dirigido por esa clase de gentes que lo pesa y lo 
analiza todo? No es posible forjar historia con gentes así. Me 
hacen falta seres rudos, valientes, dispuestos a ir hasta el fin 
de sus ideas, pase lo que pase. La tenacidad es simplemente 
cuestión de carácter. Cuando a esta cualidad se añade la 
superioridad intelectual el fruto es maravilloso». 


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(«Soldados del Frente Occidental: ¡Su hora ha llegado!...» Cien 
divisiones alemanas (millón y medio de combatientes) se lanzaron 
contra los ejércitos aliados de Francia, Inglaterra, Holanda y Bélgica, con 
un total de 155 divisiones (2.325,000 soldados). 


En ese cambio aceptó las sugestiones del general von 
Manstein, del Estado Mayor de von Rundstedt, para que el 
grupo de ejércitos de este último se encargara del 
envolvimiento penetrando con una masa de tanques por las 
Ardenas, hacia Sedán. El grupo de ejércitos de von Bock 
trataría de engañar al enemigo haciéndole creer que era el 
encargado de envolverlo. 

Para hablar de este plan, von Manstein se entrevistó con 
Hitler y dice sobre el particular: 

«Tampoco es imposible que se le ocurriera espontáneamente 
a Hitler la misma idea, puesto que a veces nos desconcertaba 
con su certero instinto de las posibilidades tácticas... Eché de 
ver al momento la extraordinaria presteza con que se 


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compenetraba en los puntos de vista que el grupo de ejércitos 
trataba de imponer desde hacía meses, así como que en todo 
se mostraba de acuerdo con nosotros». 

Adoptado el nuevo plan de ataque, la madrugada del 10 de 
mayo de 1940, cien divisiones alemanas escucharon la 
proclama de Hitler, en la que todavía se traslucía que su 
intención no había sido la de combatir contra Occidente: 
«El pueblo alemán no fomenta ningún odio ni ninguna 
enemistad para con los pueblos británico o francés. El pueblo 
alemán, sin embargo, está hoy en día frente al problema de si 
desea vivir o sucumbir.... ¡Soldados del frente occidental: su 
hora ha llegado!... Cumplan ahora con su deber. El pueblo 
alemán siempre está con ustedes con sus mejores deseos». 
Minutos después la batalla más grande de la historia 
iluminaba el firmamento y los bosques de las Ardenas. 
«Entre la oscuridad —dice Churchill— salían de pronto 
innumerables grupos de ardorosas tropas de asalto... Mucho 
antes de que apuntara el día, 240 kilómetros del frente se 
hallaban en llamas». 

El golpe principal se había descargado en los bosques de las 
Ardenas, precisamente donde los Estados Mayores inglés y 
francés juzgaban impracticable la operación, como también lo 
creían en gran parte el jefe del ejército alemán, general 
Brauchitsch, y el jefe del Estado Mayor General, Franz Halder. 
El sistema fortificado de Eben Emael, en Bélgica, era la 
primera gran muralla. Su fuego no dejaba ángulos muertos a 
su alrededor y según todos los cálculos el avance procedente 
de la frontera alemana era imposible. Pero el teniente Witzig, 
con 78 ingenieros paracaidistas, descendió a las cuatro de la 
mañana en el corazón mismo de las fortificaciones. Algunos 
planeadores bajaron silenciosamente en los prados y un 
pelotón aterrizó en el exterior para llamar la atención. 
Mientras tanto, los hombres de Witzig se acercaban a las 
aspilleras de las casamatas y atacaban a los artilleros con 
lanzallamas, bombas de mano y paquetes de trilita. Los 
grandes cañones estaban siendo vencidos como monstruos 
prehistóricos por osadas hormigas. El coronel Ricardo Munaiz 


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(«Operaciones Aerotransportadas») califica este ataque de 
«espectacular e increíble». 

«En cuestión de minutos —dice H. R. Kurz en "La Captura del 
Fuerte Eben Emael"— las dotaciones de las armas antiaéreas 
habían sido vencidas y eliminadas. Los Stukas bombardeaban 
entre tanto, la zona circundante de la fortificación con 
bombas de 500 kilos. Inmediatamente después los alemanes 
reforzaron las tropas de asalto con paracaidistas que 
descendieron sobre la fortaleza. Con ese contingente los 
atacantes ascendían aproximadamente a 300 hombres para el 
amanecer (la guarnición belga constaba de 1,185 
defensores). Para el 11 de mayo prácticamente todas las 
armas de defensa exterior estaban fuera de combate... Los 
alemanes habían construido en Hildesheim un modelo exacto 
de Eben Emael para ensayar el ataque. En su asalto 
verdadero hasta pasaron por alto las cúpulas simuladas». 
Después de treinta y dos horas y media de lucha, Eben Emael 
cayó a las 12.30 del 11 de mayo. A la vez otra operación de 
paracaidistas y tropas aerotransportadas se realizaba para 
capturar posiciones en el Canal Alberto y facilitar el paso de 
las tropas. Suprimidos los peores obstáculos fronterizos para 
el despliegue de las fuerzas alemanas, divisiones blindadas y 
de infantería comenzaron a precipitarse hacia las masas 
estratégicas del enemigo. 

El grupo de ejércitos de von Bock, con los ejércitos 18o., 6o. 
y 4o. integrados por 28 divisiones (420,000 hombres), se 
clavó profundamente en el norte de Bélgica. Hacia el sur, el 
grupo de ejércitos de von Rundstedt, con los ejércitos 12o., 
16o., 9o. y 2o. integrado por 44 divisiones (660,000 
hombres), formaba el otro extremo de las tenazas que 
premiosamente trataban de cercar al enemigo. 

En el extremo norte del frente, o sea en Holanda, siete 
divisiones se empeñaban en otra operación de audacia. 
Cuatro mil paracaidistas descendieron cerca de la capital 
holandesa, seguidos de una división aerotransportada de 
12,000 hombres y simultáneamente una solitaria división 


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blindada se lanzó en su apoyo y penetró 144 kilómetros por 
un sector poco defendido. 

«Las fuerzas alemanas se enfrentaban a una abrumadora 
superioridad numérica —dice Liddell Hart en su libro ("La) 
(Defensa de Europa"—,) pero la estocada tan profundamente 
asestada al corazón de Holanda ocultó la debilidad de los 
invasores y creó una confusión paralizante... Este golpe triple 
(el de Eben Emael, el del Canal Alberto y el de Holanda) fue 
una idea personal de Hitler y su realización había sido puesta 
en duda por la mayoría de sus generales». 

En efecto, el general Student, comandante de los 4,500 
paracaidistas de que disponía Alemania, dice que la idea de 
tales operaciones fue de Hitler y que él solo se encargó de 
trazar el plan en detalle, contra la opinión de los generales 
von Reichenau y von Paulus, que juzgaban irrealizable la 
maniobra. Ciertamente la primera oleada de paracaidistas y 
transportes aéreos sufrió muy grandes bajas. Hubo unidades 
que perdieron el 42% de sus oficiales y el 28% de sus tropas, 
pero en conjunto la audaz operación forzó la capitulación de 
Holanda a los cinco días de lucha. 

Entre tanto en el extremo sur del frente, el general Ritter von 
Leeb desplegaba 17 divisiones del Mosela a Suiza y trataba de 
acosar y fijar en sus posiciones a los contingentes franceses 
de las principales fortificaciones de la Línea Maginot. 
Pero propiamente dicho, la batalla se libraba en la parte 
central del frente, en la tenaza de von Rundstedt. Era ahí 
donde al mando del general von Kleist se habían concentrado 
las diez divisiones blindadas del ejército alemán. Dice 
Blumentritt que estas 10 divisiones se hallaban densamente 
agrupadas, pero que en despliegue podían formar una 
columna de 1,100 kilómetros (de México a Torreón). Fue una 
hazaña del Estado Mayor situar y coordinar para el ataque a 
la enorme masa de 660,000 combatientes del grupo de 
ejércitos de von Rundstedt, en la estrecha frontera con 
Bélgica y Luxemburgo. 


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El grupo de ejércitos de von Bock y el de von Rundstedt formaron dos 
tentáculos que envolvieron a los ejércitos inglés y belga, y parte del 
francés. Los ingleses se reembarcaron por Dunkerque. Cayeron 
prisioneros 330,000 franceses y belgas. Fue ésta la batalla de Flandes. 


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destruidos en sus aeródromos, con lo cual la Luftwaffe 
conquistó el dominio del aire. Esto le costó a la aviación 
alemana mil aparatos, según el coronel Paquier, del ejército 
francés («Conceptos) (Alemanes) (Sobre) (@ (Superioridad) 
(Aérea»). ) 

Entretanto, las 23 divisiones del ejército belga recibieron el 
primer impacto. Inmediatamente acudieron en su auxilio los 
ejércitos franceses lo., 7o. y 9o. y el Ejército Expedicionario 
I nglés. 

«Cuando llegó la noticia de que sobre toda la extensión del 
frente el enemigo avanzaba —dijo después Hitler— me 
hubiera puesto a llorar de alegría: ¡habían caído en la trampa! 
Estaba bien calculado lanzar el ataque sobre Lieja. Había que 
hacerles creer que seguíamos fieles al viejo Plan Schiieffen». 
En efecto, al precipitarse tres ejércitos franceses y el ejército 
inglés hacia el Norte, en dirección a la tenaza de von Bock, 
hacían posible que la tenaza de von Rundstedt penetrara 
hacia el Sur y los envolviera por el flanco y la retaguardia. 
Contrariamente a lo que el público sabía en aquellos días, los 
tanques franceses eran superiores en número. Sin embargo, 
dice el general von Bechtoisheim, combatían en forma 
estática y desperdiciaban así su ventaja inicial. La infantería 
alemana y sus secciones especializadas de lucha antitanque 
se encargaron de neutralizar buena parte del blindaje francés, 
en tanto que los tanques alemanes se infiltraban penetrando 
arriesgadamente en territorio enemigo. Por su parte, el arma 
antitanque francesa operó desde larga distancia y fracasó; le 
faltaban la suficiente disciplina y espíritu de sacrificio para 
aguardar serenamente a que los tanques alemanes se 
aproximaran. 

A los siete días de combate, en vísperas ya de cristalizar un 
gran triunfo, estuvo a punto de ocurrir un grave trastorno en 
la ofensiva alemana. El general von Kleist se presentó en la 
vanguardia de los tanques y sin saludar siquiera al general 
Guderian le echó una dura reprimenda por su impetuoso 
avance y le ordenó detenerse para esperar a que llegara la 
infantería. Von Kleist trataba así de imponer las ideas del 


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general Halder, jefe del Estado Mayor General, quien incluso 
era partidario de dispersar las fuerzas acorazadas entre las 
divisiones de infantería. 

Guderian alegó que eso era derrochar la movilidad de las 
divisiones blindadas, protestó ante von Rundstedt y pidió ser 
relevado si no se continuaba el plan que ya estaba en práctica 
y que Hitler mismo había aprobado. Von Rundstedt lo apoyó y 
el avance pudo continuar. Tres días después el batallón 
Spitta, de la 2a. división blindada, alcanzó la costa francesa 
de Noyelles, después de avances diarios hasta de 45 
kilómetros. El envolvimiento de todas las fuerzas belgas, 
francesas y británicas que operaban en Bélgica se había 
consumado... 

El general francés Touchon refirió así lo ocurrido en los 
primeros días de lucha: 

«La súbita revelación surgió como una horrible sorpresa. Los 
hom-bres quedaron atontados, bombardeados por Stukas 
cuyas bombas zumbantes eran más aterradoras que 
destructivas. Nuestros artilleros quedaron atontados cuando 
vieron los tanques alemanes avanzar sobre los cañones que 
aún estaban disparando a un objetivo calculado a varios 
kilómetros de distancia. Los oficiales quedaron atontados 
cuando las Panzer súbitamente aparecieron en sus puestos de 
mando como primera indicación de que el frente había sido 
perforado». 

Los audaces golpes iniciales estaban así abriendo las puertas 
de la «blitzkrieg» al ejército alemán y las del desastre a los 
ejércitos francés, belga y británico. Nuevamente las 
imponderables fuerzas del espíritu alteraban los previsibles y 
lógicos resultados que auguraban las cifras de los cálculos. 
Nuevamente Moltke tenía razón: «En la guerra todo es 
incierto; cierto es sólo la voluntad y el espíritu que el 
estratego lleva en su propio pecho». 

A los cinco días de lucha —dice Churchill en sus Memorias— 
Rey-naud le habló por teléfono. Sus arrestos bélicos se 
habían esfumado: «He-mos sido derrotados; hemos sido 
derrotados —le dijo—; hemos perdi-do la batalla. El frente 


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está roto cerca de Sedán y por allí se precipitan grandes 
masas con tanques y carros blindados...» Reynaud pedía más 
ayuda a Churchill y éste a Rooseveit, como el principal 
alentador moral y proveedor material que era de la guerra 
anglo-francesa contra Alemania. 

Entretanto, la tenaza de von Rundstedt, con Guderian en la 
vanguardia, atravesaba todo el norte de Francia envolviendo 
a los ejércitos belga, francés y británico. La síntesis que 
Clausewitz había hecho de la táctica de Napoleón estaba 
dando sus más brillantes resultados: «marchar y combatir, 
combatir y marchar». Un gigantesco Cannas se iba forjando 
implacablemente. En la clásica batalla de Cannas (216 antes 
de nuestra era) Aníbal envolvió con 50,000 cartagineses a 
72,000 romanos y los aniquiló. En la nueva y gigantesca 
lucha de envolvimiento, conocida como la batalla de Flandes, 
945,000 ingleses, franceses y belgas estaban siendo 
cercados. 

El general JodI anotó en su Diario que el 20 de mayo, al llegar 
la noticia de que las tropas anglo-francesas habían sido 
envueltas en Flandes, Hitler dijo fuera de sí de alegría, que 
pronto podría hacer las paces con los ingleses. Creía que 
después de aquel descalabro aceptarían la amistad que hacía 
tiempo les brindaba. 

El 22 de mayo la tenaza de von Rundstedt llegó hasta el 
puerto de Boulogne, y el 23 a Calais. Las divisiones blindadas 
de Guderian estaban a punto de cerrar la trampa de Flandes. 
A las tropas aliadas no les quedaba más escapatoria que el 
mar, por el puerto de Dunkerque, y fue allí donde ocurrió uno 
de los más espectaculares hechos de la guerra. Churchill 
proclamó como un triunfo que el ejército inglés, aunque 
perdiendo el equipo, hubiera salvado la vida. Lo que no se 
supo entonces fue que Hitler había hecho posible esa 
salvación en un nuevo intento para llegar a un acuerdo con 
I nglaterra. 

El historiador militar británico Liddell Hart dice que el 23 de 
mayo las divisiones blindadas alemanas llegaron hasta el 
Canal Aa, en Gravelines, a 16 kilómetros de Dunkerque; el 


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Cuerpo del general Reinhardt avanzó hasta el Canal Aire St. 
Omer-Gravelines, donde sólo había un batallón de los aliados. 
Las blindadas establecieron cabezas de puente sobre el Canal, 
el día 23, después de lo cual no quedaba obstáculo ninguno. 
Pero cuando la trampa iba a cerrarse en Dunkerque mediante 
un factible golpe de las panzer, llegó la orden terminante de 
«hacer alto». «Esta orden expedida por el Alto Mando 
enemigo —dice Hart— preservó al ejército británico cuando 
no había nada que lo salvara». 

Von Kleist, el comandante de las fuerzas panzer, refiere que 
al recibir la orden le pareció que no tenía sentido. Guderian, 
comandante de un Cuerpo de Ejército Blindado, agrega que 
protestó contra la «maldita orden», pero que ésta fue 
repetida. Asimismo especifica que la orden fue recibida por él 
a las seis de la mañana del 21 de mayo y «quedarnos sin 
habla», pero no hubo más remedio que acatarla. «¡Lo hice 
con gran dolor de mi corazón!», refiere en sus memorias. 
Después de la 10a. división blindada llegó la 2a., el 
«Leibstandarte Adolfo Hitler», y luego otra más, todas las 
cuales fueron quedando ociosas y estacionadas, casi frente a 
Dunkerque. El general von Brauchitsch, comandante del 
ejército, le explicó a Guderian que la orden era de Hitler. 

Liddell Hart dice que el general von Thomas, que acompañaba 
a Guderian, divisó Dunkerque y varias veces pidió al Alto 
Mando permiso para avanzar, pero se lo negaron. 
«Los comandantes alemanes —añade Hart— tuvieron que 
sentarse y ver cómo los británicos se les escapaban delante 
de sus narices... El general Siewert, ayudante de Brauchitsch, 
asegura que Hitler personalmente ordenó el alto, pese a la 
oposición de Brauchitsch y Halder». 

Churchill atribuye a von Rundstedt la orden de ese extraño 
freno a las divisiones blindadas que podían impedir la 
escapatoria de los ingleses por Dunkerque, pero Liddell Hart 
dice que no hay evidencias históricas de tal afirmación. Por el 
contrario, el mismo von Rundstedt declaró que él deseaba 
proseguir el ataque, pero que Hitler dio órdenes específicas 
de cesar todo avance (orden que von Rundstedt simplemente 


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transmitió) y sólo permitió que se utilizara la artillería como 
fuego de hostigamiento. Hart agrega que tampoco hay 
evidencia de que la defensa transitoria de Calais hubiera 
salvado a Dunkerque —como insinúa Churchill—, pues la 
división blindada alemana que atacó a Calais era sólo una de 
las siete que había en el área y que no tenían nada que 
hacer. 

El general Blumentritt, jefe del Estado Mayor de Rundstedt, le 
refirió a Liddell Hart que «La orden de Hitler tenía origen 
político... Al visitar el cuartel general de Rundstedt en 
Charleville, Hitler se encontraba de muy buen humor... Opinó 
que la guerra se terminaría en seis semanas. Después de 
haber deseado llegar a una paz razonable con Francia, el 
camino estaría libre para llegar a un acuerdo con la Gran 
Bretaña. Luego nos sorprendió —sigue diciendo el general 
Blumentritt—, al expresarse con admiración del Imperio 
Británico, de la necesidad de su existencia y de la civilización 
que la Gran Bretaña había introducido al mundo... Comparó el 
Imperio Británico con la Iglesia Católica diciendo que ambos 
eran elementos esenciales para la estabilidad del mundo. Dijo 
que todo lo que quería de Inglaterra era que reconociera la 
posición de Alemania en el Continente... y que hasta apoyaría 
a la Gran Bretaña si ésta se viera envuelta en dificultades... 
Concluyó que sus miras eran las de hacer la paz con Gran 
Bretaña sobre una base que ella considerara aceptable y 
compatible con su honor». 

Blumentritt dedujo que Hitler no quería enardecer más al 
pueblo británico. Dejando escapar a las tropas 
expedicionarias actuaba conforme a su viejo anhelo de lograr 
que Alemania y la Gran Bretaña llegaran a ser amigas. «Su 
indiferencia hacia la posibilidad de invadir Inglaterra —añade 
el mismo general alemán— comprobaba lo anterior» . 

Hitler fue partidario de audaces planes militares y esto le 
causó frecuentemente dificultades con su Estado Mayor 
General. Al ordenar el «alto» frente a Dunkerque parecía que 
de súbito se había vuelto torpemente cauteloso. La 
explicación de ese aparente absurdo es que no procedía 


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Derrota Mundial 


entonces por razones militares, sino políticas, y una vez más 
creyó que evitando el enardecimiento de los ánimos en 
Inglaterra sería posible que se aceptara un nuevo 
ofrecimiento de paz que ya tenía en mente. 

Entre tanto, Churchill había ido a París el 22 de mayo a 
gestionar que la lucha prosiguiera, pese a la evacuación 
inglesa de Dunkerque, y para asegurar la escapatoria de su 
derrotado ejército utilizó a las tropas belgas y francesas en 
las líneas de retaguardia. Reynaud advirtió esa maniobra 
impropia de un aliado y se lo reconvino a Churchill el 24 de 
mayo, echándole en cara que por una parte había prometido 
desarrollar una acción conjunta y por la otra estaba retirando 
a las tropas inglesas hacia Dunkerque, en vez de participar en 
un contraataque de los franceses para romper el cerco 
alemán. 

Pero Churchill se mantuvo inflexible y la retirada de las 
maltrechas fuerzas británicas siguió adelante. El ejército 
belga, al igual que el francés, se vio también abandonado por 
los ingleses. Había hecho un esfuerzo tan grande que los 
soldados belgas se dormían sobre sus cañones en medio de la 
batalla, y el rey Leopoldo consideró injusto seguir llevando 
casi todo el peso de la lucha y el 26 de mayo comunicó a sus 
aliados que el límite de la resistencia belga estaba llegando a 
su fin. Sin embargo, no recibió ninguna ayuda. Al siguiente 
día advirtió a los anglo-franceses: 

«El ejército belga ha cumplido su misión. Sus unidades son 
incapaces de volver mañana al combate. La retirada hacia 
Yser no puede ser porque contribuiría a congestionar el 
espacio que ocupan las fuerzas aliadas, ya mortalmente 
cercadas entre Yser, Calais y Cassell». 

El día 28 el rey Leopoldo capituló junto con sus tropas. 
Entonces Reynaud y Churchill cometieron la ingratitud de 
acusarlo de traición, y el monopolio de la propaganda 
internacional hizo un coro gigantesco a esa calumnia. 
En la evacuación de Dunkerque se emplearon 850 barcos, de 
los cuales 700 eran ingleses. Churchill admitió que 230 fueron 
hundidos y 43 averiados. 


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Derrota Mundial 


«En Dunkerque —dice en sus Memorias— se perdió todo el 
equipo del ejército inglés: 7,000 toneladas de municiones, 
90,000 rifles, 120,000 vehículos, 8,000 cañones y 400 armas 
antitanque». 

Prácticamente sólo la aviación alemana intervino en 
operaciones de acoso sobre las playas e impidió que las 
tropas británicas se llevaran su equipo bélico. Es tan evidente 
que Hitler no quiso violentar más al pueblo británico 
aniquilándole o capturándole a sus tropas expedicionarias, 
que el general inglés Desmond Young aporta el siguiente 
testimonio en su libro («Rommel») 

«Speidel era jefe de la sección primera del 9o. Cuerpo en 
Dunkerque y confirma que fue la orden de Hitler la que evitó 
que von Bock usara los dos cuerpos blindados de Guderian y 
de von Kleist contra los ingleses que se embarcaban. Si 
hubieran sido usados, ni un solo soldado inglés hubiera 
podido salir de las costas de Francia». 
Otro valioso testimonio al respecto es el del Teniente Coronel 
francés De Cossé Brissac, quien afirma: 

«Hitler, especialmente, cometió el grave error de detener 
súbitamente la acción de las fuerzas blindadas alemanas 
contra la cabeza de puente aliada, que se hallaba debilitada 
en extremo» . 

Por último, el capitán inglés Liddell Hart concluye: 
«La escapada del ejército británico en Francia ha sido 
frecuentemente llamada el milagro de Dunkerque... Aquellos 
que lograron escapar, muy a menudo se preguntan cómo es 
que pudieron arreglárselas para haberlo conseguido. La 
respuesta es que la intervención de Hitler fue lo que los salvó 
cuando no había nada que fuera posible que los salvara. Una 
orden repentina detuvo a las fuerzas blindadas exactamente 
cuando éstas se encontraban a la vista de Dunkerque». 

La salida de 338,226 soldados británicos terminó el 4 de junio 
(1940). Ese día un recuento parcial alemán hacía ascender los 
prisioneros franceses y belgas a 330,000 y el Alto Mando 
anunció: «La gran batalla de Flandes y del Artoís ha 


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Derrota Mundial 


terminado. Será inscrita en la historia de la guerra como la 
más grande batalla de aniquilamiento hasta la fecha». 

Y mientras esa batalla tocaba a su fin, Francia echaba mano 
de todas sus reservas para improvisar un nuevo frente a lo 
largo del río Somme. Reynaud pidió ayuda a su aliado 
Churchill y éste repuso que cinco escuadrillas de caza (135 
aviones) «volando continuamente, era todo lo que podía 
hacer». La situación se había agravado para Francia con la 
pérdida de 370,000 de sus soldados, muertos o capturados 
en la batalla de Flandes, y con la retirada hacia Inglaterra de 
las doce divisiones británicas (180,000 hombres), y todos sus 
servicios hasta totalizar 338,000. 

La segunda gran batalla, la del Río Somme, se inició la 
madrugada del 5 de junio con la siguiente proclama de Hitler 
a sus tropas: 

«¡Soldados!, muchos de ustedes han sellado su lealtad con la 
vida. Otros han resultado heridos. Los corazones del pueblo, 
con profunda gratitud, están con ellos y con ustedes. Los 
gobernantes plutocráticos de Inglaterra y de Francia que han 
jurado por todos los medios impedir el florecimiento de un 
mundo mejor, desean la continuación de la guerra. Su deseo 
se realizará. ¡Soldados! En este día el frente occidental vuelve 
a marchar. Toda Alemania está de nuevo con ustedes. Por 
esto ordeno que durante ocho días ondeen en toda Alemania 
las banderas. Esto debe constituir un homenaje en honor de 
nuestros soldados. Ordeno además que durante tres días 
repiquen las campanas. Que su eco se una a las oraciones 
con las cuales el pueblo alemán deberá desde ahora 
acompañar a sus hijos, pues hoy por la mañana las divisiones 
alemanas y las escuadrillas aéreas han reanudado la batalla 
por la libertad y el futuro de nuestro pueblo». 

En ese mismo frente Hitler había combatido como cabo 24 
años antes y había caído herido. Ahora era el jefe absoluto de 
Alemania y quizá muchas veces recordó los combates de 
septiembre de 1916, que relató como «monstruosas batallas 
de material, cuya impresión difícilmente se puede describir; 
aquello era más infierno que guerra». La historia se repetía 


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Derrota Mundial 


en junio de 1940 y la batalla era más monstruosa aún. Pero 
así como ardía con mayor fuerza, más pronto llegaba a su fin; 
era la «blitzkrieg», guerra relámpago, que Hitler había pedido 
a sus generales basándose en los estudios de von Moltke, de 
Schiieffen y de Ludendorff. 

En medio de un sofocante calor y espesas polvaredas, a 112 
kilómetros al Norte de París, dos millones de combatientes 
eran confusamente movidos por sus estados mayores que 
anhelosamente buscaban la victoria. El generalísimo francés 
Máxime Weygand sustituyó a Gamelin y el 7 de junio decía 
patéticamente a sus tropas: «El futuro de Francia depende de 
la tenacidad de ustedes... ¡Afiáncense con firmeza al suelo de 
Francia!» 

Pero mayor era aún la firmeza de los atacantes. El Alto Mando 
Alemán anunció poco después: «La línea Weygand fue rota en 
toda su extensión y profundidad». Era ésta la alborada de la 
victoria. División tras división se precipitó entonces por las 
brechas hacia el corazón de Francia. 

Reynaud (Primer Ministro de Francia) había telefoneado el 5 
de junio a Rooseveit para pedirle premiosamente más 
cañones y aeroplanos. Aunque Rooseveit carecía de 
facultades para hacer que Estados Unidos interviniera en una 
guerra ajena, ordenó que le fueran enviados. El consejo 
supremo del Rito Escocés acababa de reunirse en Washington 
(31 de mayo) y había acordado que el país debería intervenir 
cuanto antes en la guerra. Y el 10 de junio, en un esfuerzo 
desesperado por apuntalar el frente antigermano, Rooseveit 
exhortó a los franceses a desplegar «un valeroso esfuerzo» y 
prometió: «Pondremos a la disposición de los enemigos de la 
violencia las fuentes de ayuda material de esta nación y 
activaremos al mismo tiempo los recursos de estas fuentes». 
Ese mismo día Weygand volvió a exhortar a sus tropas 
«para que no solamente desplieguen más valor, sino la más 
obstinada resistencia, iniciativa y espíritu de lucha de que son 
capaces. El enemigo ha sufrido fuertes pérdidas; pronto habrá 
de terminar su esfuerzo. Hemos llegado al último cuarto de 
hora. ¡Sosténganse!» 


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Derrota Mundial 


El día 13 Rooseveit volvió a intervenir y cablegrafió a 
Reynaud que: 

«mientras los gobiernos aliados continúen resistiendo, este 
gobierno redoblará sus esfuerzos para mandarles aeroplanos, 
artillería y municiones». 

Pero al día siguiente cayó París. 



(Rota la Línea Weygand, la infantería alemana se precipitó por las 
brechas... Entre tanto, el comandante francés decía a sus tropas: 
«Hemos llegado al último cuarto de hora. ¡Sosténganse!») 


El desmoronamiento de Francia era ya incontenible. La batalla 
iniciada el día 5 en el río Somme degeneraba ya el día 15 en 
una general persecución. Tan sólo una división blindada 
alemana, la 7a. de Rommel, capturó 97,000 prisioneros, 
incluyendo un comandante de Cuerpo de Ejército y 4 
comandantes de división, y destruyó y capturó 456 tanques y 
4,400 vehículos. 


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Reynaud fue depuesto y sustituido por el Mariscal Petain, 
quien el día 20 anunció qué había solicitado el armisticio por 
conducto de España «porque la situación militar no respondía 
a nuestras esperanzas después del fracaso sufrido en las 
líneas sobre los ríos Somme y Aisne... Saquemos la lección de 
la batalla perdida —añadió—. Desde el comienzo de la guerra 
la tendencia a divertirse era mayor que la disposición para el 
sacrificio. Se quiso evitar cualquier esfuerzo. Hoy tenemos la 
desgracia. Estuve con ustedes en los días de gloria y 
permaneceré con ustedes también en estos días funestos». 
Petain estaba así coincidiendo con un augurio del filósofo 
Scnubart, quien años antes de la guerra había dicho que el 
pueblo francés se hallaba en peligro por su inclinación a los 
placeres temporales: «Quien no quiere más que gozar de la 
vida no triunfará de ella». Sin embargo, otro importante 
factor que debilitó también la resistencia fue que a los 
franceses se les empujó a una guerra no deseada. La 
enemistad entre Hitler y Stalin, y el forcejeo del primero por 
abrirse paso a través de Polonia, era un asunto lejano que en 
nada afectaba la integridad de Francia. 

Churchill y Rooseveit se esforzaban por convencer a Petain 
para que abandonara al pueblo a su suerte, se trasladara a 
África y continuara la lucha. Pero Petain no se dejó persuadir 
«Si no he podido ser su espada —dijo a los suyos—, seré su 
escudo», y se quedó con ellos a procurar que las condiciones 
del armisticio fueran lo más benignas posible. Consiguió 
muchísimo para su pueblo, pero este rasgo no se lo 
perdonaron jamás los estadistas de Occidente. Ciertamente la 
guerra no se había iniciado atendiendo a los intereses del 
pueblo francés, y quien se detuviera a reflexionar en ellos 
traicionaba automáticamente la secreta causa internacional. 
Posteriormente Petain iba a pagar con prisión perpetua su 
lealtad al pueblo francés y su temporal deslealtad a las miras 
internacionales de la guerra. 

La aventura bélica a la cual fue lanzada Francia a fin de evitar 
que Alemania se abriera paso a través de Polonia para su 
lucha contra la URSS, se epilogó en el armisticio firmado en el 
bosque de Compiegne, en el mismo carro de ferrocarril donde 


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22 años antes Inglaterra, Francia y Estados Unidos habían 
dictado el armisticio a Alemania. Hitler estuvo presente en la 
ceremonia cuando fueron recibidos los representantes 
franceses encabezados por el general Huntziger. 

Contrastando con la ceremonia del armisticio de 1918, en la 
cual los representantes alemanes saludaron y no obtuvieron 
respuesta, ni ninguno de los presentes se puso de pie para 
recibirlos, Hitler sí se paró al entrar la delegación francesa. 
Hicieron lo mismo el general Keitel, jefe del Alto Mando 
Alemán, y el general Brauchitsch, comandante del ejército. A 
continuación se dio lectura a una declaración a nombre del 
Fuehrer, en que se hacía constar que Francia había 
presentado una resistencia heroica y que «por lo tanto, 
Alemania no tiene la intención de dar a las condiciones del 
armisticio o a las negociaciones sobre dicho armisticio rasgos 
de insultos frente a un adversario tan valiente». Se agregaba 
que el único propósito de Alemania era terminar el conflicto 
con la Gran Bretaña y restablecer la paz en Europa. 

Después de esos conceptos que abrían a Francia las puertas 
de la reconciliación, Alemania habló con hechos y por tanto en 
las condiciones del armisticio no pidió territorio francés, ni 
colonias francesas y ni siquiera la flota francesa. La condición 
más dura, pero ineludible, consistía en ocupar temporalmente 
la costa de Francia, mientras se resolvía la guerra con el 
Imperio Británico. No ocuparla habría equivalido a dejar las 
puertas abiertas para que los ingleses regresaran. 

Contrastando también con el armisticio de la primera guerra, 
se permitió a la delegación francesa que se comunicara 
telefónicamente con su gobierno. Veintidós años antes se 
había puesto a los representantes alemanes en la disyuntiva 
de contestar «sí» o «no» a las condiciones, sin opción de 
consultar. 

Con todas estas diferencias, en momentos en que los 
vencedores podían haber hecho gala de altanería y venganza, 
Hitler estaba demostrando una vez más que no abrigaba 
ningún sentimiento de enemistad hacia los países 
occidentales. Las negociaciones del armisticio, que estuvieron 


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muy lejos de ser una democrática «rendición incondicional», 
terminaron el 22 de junio y las hostilidades cesaron a la 1.35 
del día 24. La ceremonia final se desarrolló de la siguiente 
manera: 

«En todas las caras se refleja la seriedad y la grandeza de 
esta hora. Los delegados franceses con dificultad logran 
disimular su intensa emoción. Han venido como soldados a 
Compiegne para recibir las condiciones del armisticio. Ahora 
deben declarar si Francia depone o no las armas. En el salón 
donde se llevan a cabo las negociaciones no se oye el menor 
ruido. Todos miran hacia Huntziger, quien preside la 
delegación francesa, y que ahora, frente al coronel general 
Keitel, declara: 'al poner la firma la delegación francesa, por 
orden del gobierno francés, al pacto del Armisticio, los 
plenipotenciarios franceses consideran necesario hacer la 
siguiente declaración: Bajo el imperativo del destino forjado 
por las armas, que obliga a Francia a abandonar la lucha en la 
cual se encontraba inmiscuida al lado de su aliada, Francia ve 
que le han sido impuestas rigurosas demandas en condiciones 
tales que aumentan considerablemente el peso de éstas. 
Francia tiene el derecho a esperar que en las futuras 
negociaciones Alemania se dejará guiar de un espíritu que 
haga posible a los dos grandes pueblos vecinos el vivir y 
trabajar en paz. El presidente de la delegación alemana, 
como soldado, comprenderá muy bien la amarga hora y el 
doloroso destino que a Francia le esperan'.» 

El coronel general Keitel (jefe del Alto Mando Alemán) 
contestó: 

«Confirmo la declaración recibida aquí respecto a la 
disposición de firmar el armisticio por orden del gobierno 
francés. A las declaraciones que el señor general ha 
agregado, solamente puedo dar la contestación de que 
también es honroso para un vencedor el honrar al vencido en 
la forma que le corresponde». 

A continuación Keitel rogó a todos los delegados que se 
pusieran de pie en honor de los caídos, mientras decía: 


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Derrota Mundial 


«Todos los miembros de las delegaciones francesa y alemana 
que se han puesto de pie, cumplen en este momento con el 
deber que el valiente soldado alemán y el francés han 
merecido. A todos los que han derramado su sangre y que 
han sufrido por la patria, les rendimos honores al ponernos de 
pie». 

El Dr. Paul Schmidt, Jefe de Intérpretes de la Wihelmstrasse, 
reveló posteriormente: 

"Después de la firma del armisticio, sólo Keitel, Huntziger y 
yo permanecimos en el histórico carro. Keitel dijo entonces al 
general francés Huntziger: 'No quiero dejar, como soldado, de 
expresarle a usted mi simpatía por el triste momento que 
como francés, ha experimentado usted. Su pena puede 
aliviarse ante el convencimiento de que los soldados 
franceses lucharon valerosamente, según yo deseo 
expresamente manifestarle'. El alemán y el francés estaban 
de píe, silenciosos; ambos tenían los ojos llenos de lágrimas. 
'Usted, general —añadió Keitel—, ha representado los 
intereses de su patria con gran dignidad en estas difíciles 
negociaciones', y le dio a Huntziger un apretón de manos». 

Era aquella una paz entre soldados... 

Muy ajeno estaba Keitel de imaginar que cuando cinco años 
más tarde la suerte lo colocara en el lugar del vencido, no 
habría para él ningún rasgo de caballerosidad. La 
«democrática» rendición incondicional, la horca y la 
dispersión de sus cenizas era el fin que le esperaba 
Tras la rendición, a Francia se le permitió conservar su flota y 
sus instituciones gubernamentales. Sus archivos, su historia, 
sus métodos escolares, sus relaciones diplomáticas, no fueron 
interferidos. Paradójicamente, en la desventura de su 
capitulación tuvo más que sentir de sus aliados que de sus 
vencedores. Por ejemplo, a medida que la batalla de Francia 
iba siendo ganada por los alemanes, la propaganda 
internacional fue forzando más sus métodos para desfigurar 
la verdad. Al iniciarse la ofensiva alemana el 10 de mayo, esa 
propaganda dijo que los nazis arrojaban paracaidistas 
disfrazados de sacerdotes y monjes y que sus éxitos se 


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debían al increíble número de traidores y quintacolumnistas. 
Numerosas publicaciones militares francesas y el historiador 
británico Hart, niegan enfáticamente esos embustes. 
Cuando tales infundios fueron ya insostenibles y el avance 
alemán proseguía, la propaganda dijo que los nazis utilizaban 
8,000 tanques y que superaban numéricamente a los 
franceses. La revista francesa «I llustration» y el teniente 
coronel De Cossé Brissac C«La Campaña de Francia») , niegan 
rotundamente esa afirmación. Coincidiendo con los 
anteriores, la «Revue Historique de L'Armée», dice que el 
tanque francés «Somua» era más poderoso que el Panzer III 
de los alemanes, pero que éstos tuvieron «mejores planes de 
fuego, de maniobra y de transmisiones, y sus tripulantes iban 
imbuidos de mejor espíritu de lucha». 

Después de prolijas investigaciones históricas el capitán inglés 
Liddell Hart confirma todo lo anterior y añade en su libro «La 
Defensa de Europa»: 

«No es cierto que Hitler obtuvo la victoria porque contaba con 
fuerzas abrumadoramente superiores. De hecho, Alemania no 
movilizó tantos hombres como sus oponentes... Lo que 
decidió la contienda fueron las rápidas embestidas de sólo 10 
divisiones blindadas escogidas —el 8% del Ejército— antes de 
entrar en acción el grueso de las fuerzas. 

»Tampoco tenía el ejército alemán mucho mayor número de 
tanques que los aliados, como la gente creía en aquella 
época... Alemania empleó sólo 2,800 tanques en la fase inicial 
y decisiva de la invasión. Ahora bien, los empleó de la manera 
más provechosa posible». 

La división blindada (panzer) era una afinada amalgama de 
todas las armas. Su gran potencia de fuego, su extraordinaria 
movilidad, su cuidadosa coordinación mediante centenares de 
radiotransmisiones y el espíritu combativo de sus integrantes 
la hacían terriblemente eficaz para perforar defensas y 
penetrar hasta la retaguardia enemiga. Cada división blindada 
(participaron 10 en la ofensiva contra Francia) constaba de un 
regimiento acorazado de 220 tanques, un regimiento de 
fusileros motorizados, un batallón de motociclistas, un 


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regimiento de artillería motorizada, un batallón acorazado de 
reconocimiento, un batallón antitanque, un batallón de 
ingenieros, un batallón de transmisiones, un batallón 
motorizado de artillería antiaérea y una escuadrilla de 
reconocimiento aéreo. Las panzer, en combinación con los 
aviones de vuelo picado, formaban la espina dorsal de la 
«blitzkrieg». 

Contra los 2,800 tanques alemanes lanzados en la campaña 
de Francia, el ejército francés enfrentaba 2,361 tanques 
modernos y 600 antiguos y disponía de 584 más en la 
reserva, según recopilaciones hechas por el teniente coronel 
Gonzalo D. de la Lastra, del ejército español. Este dato lo 
comprueban indirectamente las autorizadas publicaciones 
francesas «La Revista de Defensa Nacional» y la «Revue 
Historique de L'Armée», las cuales revelaron que según los 
archivos oficiales franceses no existía superioridad de tanques 
alemanes. Las dos revistas afirman que los efectivos eran 
más o menos iguales por parte de los alemanes y los 
franceses. Añadiendo los tanques ingleses y belgas, las 
fuerzas blindadas aliadas eran numéricamente superiores. 

Las cantidades de aviones también fueron escandalosamente 
exageradas. La Luftwaffe apenas igualaba en número a las 
aviaciones combinadas de Inglaterra, Francia, Holanda y 
Bélgica (alrededor de 3,000 aparatos de cada bando), si bien 
las superaba en algunos aspectos de calidad, organización y 
espíritu de combate. 

Por último, cuando Francia se desplomó y se hizo patente que 
100 divisiones alemanas habían derrotado y eliminado como 
fuerza combatien-te a 155 divisiones aliadas, la propaganda 
realizó un supremo esfuerzo para oscurecer y empequeñecer 
este triunfo a fin de no desmoralizar a otros pueblos que a su 
turno deberían ser lanzados también a la contienda. En esa 
tarea para deformar la verdad, la propaganda no se detuvo 
en arrojar lodo sobre Francia atribuyéndole toda la 
responsabilidad del desastre. Y así fue como el 18 de junio 
Churchiíl culpó de la derrota a los franceses y dijo —porque a 
posterior! es muy fácil prescribir remedios ya imposibles— 


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que debían haber ordenado una retirada al ser roto el frente 
de Sedán. 

El Alto Comisionado de Propaganda de Francia, Jean Prevost, 
refutó el 25 de ese mes: 

«Pedimos a nuestros amigos de América que traten de 
comprender bien toda la tristeza inmensa de Francia... 
Quisiéramos que nuestros amigos ingleses respetasen nuestro 
dolor e hiciesen su propio examen de conciencia... Los 
gobiernos de Daladier y de Reynaud no cejaron en su empeño 
de demostrar al gobierno de la Gran Bretaña la dificultad que 
teníamos en mantener sobre las armas hombres de 48 años 
de edad, mientras que Inglaterra no llamaba siquiera a sus 
jóvenes de 26 años». 

Churchill guardó silencio ante esa fundada réplica. En cambio, 
ordenó que la flota británica del Mediterráneo se acercara 
sigilosamente a la base de Mers-el-Kevir, en África, y 
cañoneara por sorpresa a la flota francesa, que había sido 
respetada por Hitler. Los marinos franceses no tuvieron 
siquiera oportunidad de defenderse, anclados como se 
hallaban, y mil de ellos perecieron. Churchill pudo entonces 
vanagloriarse de esta hazaña de guerra. 

Ahí se tenía a la Inglaterra, escribió, «descargando implacable 
un tremendo golpe contra sus más queridos amigos de ayer y 
asegurándose así el indiscutible dominio de los mares. Se hizo 
patente para todos que el Gabinete de Guerra de la Gran 
Bretaña nada temía, ni se detenía ante nada». 
En el juego de la política internacional —manejada por el 
movimiento político judío— el pueblo francés era ya un limón 
a medio exprimir. Sus antiguos aliados le volvieron la espalda 
con desdén. De cada cuatro franceses movilizados para la 
guerra, uno había caído en la batalla o había sido capturado. 
Esta proporción parecía insignificante a los antiguos aliados 
de Francia, por lo cual no cesaban de recriminarla. 

Al sangriento precio de 70,000 muertos y 318,000 heridos, el 
Ejército Francés había ocasionado al Ejército Alemán 156,465 
bajas (27,047 muertos, 18,384 desaparecidos y 111,034 
heridos). Pero esto no se le tomaba en cuenta a Francia 


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Derrota Mundial 


porque había desoído la consigna internacional y pactado el 
armisticio. 

No tardarían en buscarse conductos ocultos para aprovechar 
los recursos franceses que habían quedado en pie. La defensa 
del marxismo demandaba esfuerzos incesantes en todos los 
confines de Europa. 


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Derrota Mundial 


Resumen: 


El 1 de septiembre de 1939, las fuerzas armadas alemanas 
invaden Polonia; los gobiernos Ingles y Francés habían 
pactado una alianza con Polonia, por lo que, el 3 de 
septiembre le declararon la guerra a la Alemania Nazi. 

Así comenzaría la segunda guerra mundial, la más violenta, 
exterminadora y destructiva de cuantas guerras ha conocido 
la historia. 

Duro 6 años y arrastró en su torbellino ha muchos de los 
países del mundo. 

- Las bajas totalizaron aproximadamente cincuenta millones 
de muertos y cincuenta y cinco millones de heridos y 
mutilados. 

- Los gastos militares directos de los beligerantes se expresan 
en la cifra realmente astronómica de un billón ciento 
diecisiete mil millones de dólares. 

- La segunda guerra fue engendrada por el sistema capitalista 
y fue resultado de un drástico endurecimiento de los 
antagonismos imperialistas. 

- Alemania, Japón e Italia habían llegado tarde al reparto del 
mundo del siglo XIX... 

- Y les toco realmente muy poco territorio para conquistar y 
colonizar. 

- Alemania solamente alcanzo su unidad nacional en 1870, lo 
mismo que Italia. 

- Japón, también por esas fechas salió de su aislamiento de 
Estado feudal e inicio su proceso de modernización en todos 
los sentidos. 

- El imperio alemán perdió sus colonias, la guerra y su 


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Derrota Mundial 


condición de imperio al ser uno de los principales perdedores 
de la primera guerra mundial. 

- Japón e Italia fueron de los ganadores en esa contienda, 
pero en el posterior reparto del mundo por las principales 
potencias no fueron favorecidos como esperaban y se 
sintieron defraudados. 

- Todos los vencedores tenían su propio programa de violenta 
redistribución del mundo. 

- Se enfrentaron inicialmente a este bloque o eje Berlín, 
Tokio, Roma parte de la coalición vencedora en la primera 
guerra mundial. El imperio Ingles y La república Francesa. 

Posteriormente entro en el conflicto al ser agredida por 
Alemania la Unión Soviética (URSS), un país formado por los 
restos del imperio Ruso, uno de los perdedores de la primera 
guerra mundial, y poco después se unió Estados Unidos al ser 
agredidos por el Imperio Nipón. 

De hecho desde 1931 existía un estado de guerra entre el 
Imperio Japonés y China, por lo que ya había una guerra de 
regular intensidad en el Pacifico, antes de 1939. 

Además en 1936 el Imperio Italiano agredió y conquisto a 
Etiopía, un país independiente del África Oriental. 

-Causas y Antecedentes;. 

Primera Guerra Mundial 

Una de las principales cusas de la Segunda Guerra Mundial 
(1939-1945) fue la Primera guerra mundial (1914-1918) y 
sus resultados: se podría afirmar que la Primera Guerra 
Mundial fue la guerra de los "Imperios". 

Básicamente los imperios Austro-Húngaro, Alemán y 
Turco,llamados"!mperios Centrales", contra el Imperio Ruso, 
Británico, Italiano y Japonés, Francia y Estados Unidos, dos 
repúblicas Imperialistas. 


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Derrota Mundial 


El resultado Final de esa primera gran conflagración del siglo 
XX fue la desaparición como unidades políticas de los 
imperios Alemán, Austro-Húngaro, Otomano y Ruso y la 
aparición en escena de numerosas naciones estado formadas 
con parte de los restos de estos Imperios: Finlandia, Lituania, 
Estonia, Latvia, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Croacia, 
Bosnia, Servia, Monte negro y Macedonia 

J apón 

Japón en 1931 ocupo de manera violenta a Manchuria la más 
rica, extensa y norteña de las provincias chinas creando allí 
un "estado títere" denominado Manchukuo, cuyo emperador, 
impuesto por los japoneses fue Henry Pu Yi, el ultimo 
emperador de china de la dinastía Manchu, (por ser originaria 
de Manchuria), depuesto hacia ya algunos años por los chinos 
republicanos... 

Posteriormente en 1937 militares japoneses insubordinados 
del llamado ejercito japonés de Kwangtung provocaron un 
violento incidente del cual culparon a una unidad cercana del 
ejercito chino,lo cual fue el pretexto para una guerra abierta y 
más o menos formal pero no declarada del Imperio Japonés 
contra la República China misma que se caracterizo por las 
rápidas y sangrientas victorias de las fuerzas armadas 
japonesas sobre los chinos. 

Muchas de las principales ciudades chinas como Beijing, 
Shangai y Nanking fueron tomadas y ocupadas por los 
japoneses. 

Japón se convirtió en un país imperialista agresivo, no 
obstante hacia fines de los treintas Japón tenía solamente el 
décimo lugar como país industrializado, aunque contaba con 
un gran y moderno ejercito, fuerza aérea y armada, además 
de una marina mercante numerosa y bien equipada. 

Las ambiciones imperiales de los militares japoneses eren 
extraordinarias y desproporcionadas con la capacidad real del 
país para hacer una "guerra moderna" pues Japón no era 
autosuficiente en materia alimentaría y la mayor parte de las 


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Derrota Mundial 


necesarias materias primas para su industria eran 
importadas, dependiendo para ello del comercio exterior y del 
transporte marítimo adecuado. 

Esto era más que evidente en lo que se refiere a petróleo, 
mineral de hierro y chatarra para su industria siderúrgica, 
algodón y lana para su industria textil, cobre, cromo, 
manganeso y níquel para la producción de metales 
industriales, etc.: Japón tenia que exportar/ importar o morir 
en los treintas, por lo que cualquier medida de bloqueo o 
boicot por parte de los imperios occidentales era de gran 
impacto negativo y desde luego, considerada como un 
deliverado acto hostil. 

Y eso mismo ocurrió ya a finales de los treintas y principios de 
los cuarentas cuando el Imperio Británico, Estados Unidos y 
Francia iniciaron una especie de "Guerra Fría", bloqueando su 
comercio exterior con Japón, debido a las agresiones contra 
los intereses de esas potencias en China y contra China en si 
cuando la guerra no declarada que se inicio en 1937 era ya 
un proceso en desarrollo. 

Japón por lo tanto, ocupo puertos y terminales ferroviarias 
chinas que permitían el abastecimiento de material bélico de 
los chinos por parte de los ingleses, franceses y 
norteamericanos... 

No obstante esas efectivas acciones bélicas China continuo 
recibiendo cierto auxilio en material bélico por parte de la 
URRS, mismo que recibían los chinos por largas y peligrosas 
rutas terrestres, por lo que estos suministros nunca fueron 
muchos y mucho menos, suficientes. 

Estados Unidos por su parte, ya en un estado de Guerra fría 
contra Japón desde 1940 traslado la mayor parte de su flota 
de guerra del Pacifico de su base principal que era en San 
Diego, California a la base naval de PearI Harbor en Hawai, y 
reforzó considerablemente su guarnición militar en su 
posesión de las islas Filipinas. 

El Imperio Británico hizo lo mismo y pese a estar ya en plena 
guerra contra Alemania,ya desde 1940 reforzó su gran base 


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Derrota Mundial 


naval de Singapur y también su guarnición en la posición 
británica de Malasia, desde entonces importante productor y 
exportador de hule y de estaño. 

Tanto Estados Unidos como el Imperio Británico vendieron 
una buena cantidad de aviones de combate al Imperio 
Holandés en Indonesia, que entonces era una colonia 
holandesa, cuyo principal producto que Japón necesitaba para 
sus afanes bélicos era petróleo y hule... 

Para la economía de guerra de Japón ya en 1940 o 1941 era 
necesario importar/ exportar o perecer pues su aviación y 
blindados no tendría gasolina, ni hule para los neumáticos, ni 
acero para todo tipo de material bélico, de continuar el 
bloqueo por parte de Estados Unidos e Inglaterra. 

Por lo mismo Japón decidió atacar a ambas potencias con la 
intención de ocupar Indonesia, Malasia, Birmania para poder 
seguir contando con el petróleo y Hule necesarios para 
continuar su guerra en China... 

Italia 

El cobeligerante reino de Italia salió de la primera guerra 
mundial profundamente frustrado por los pocos beneficios 
territoriales a expensas del fenecido imperio Austro- Húngaro 
que recibió después de la primera guerra mundial. 

Además, reinaba una profunda crisis económica y política, con 
graves problemas de desempleo y endeudamiento, todo lo 
cual estimulo el surgimiento de una nueva ideología que 
retomaba elementos del anterior proceso de unificación como 
el orgullo nacionalista,y la herencia del Imperio Romano unido 
al sentimiento de superioridad cultural y racial, la fuerza 
militar y la existencia de un líder capas de integrar los 
intereses te los diferentes sectores sociales, donde el líder o 
"duce" los encausaría hacia metas propiamente nacionales 
como seria la defensa de la patria y la constitución de un 
nuevo I mperio. 

La nueva ideología, "futurista", fue el fascismo tomado del 
nombre de una organización creada por Benito Mussolini, Los 


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Derrota Mundial 


"fascios di combatimiento", tomando como modelo los 
cuerpos militares de la antigua Roma organizados bajo el 
símbolo de las fasces-haces o conjuntos de varas que 
portaban los ministros romanos. 

Después del éxito "De la Marcha sobre Roma", que que 
realisada en 1922 para demostrar su poder, por Mussolini y 
muchos "fascios di combatimiento", uniformados y armados, 
desde el norte industrial de Italia, el Rey Vittorio Emmanuel 
III otorgo el poder a Mussuolini para que formara un nuevo 
gobierno capaz de frenar la violencia y anarquía desatada por 
los elementos socialistas y/ o comunistas que "tomaban" 
fabricas ayuntamientos y demás edificios públicos por toda 
Italia. 

Mussolini domino gradualmente todos los mecanismos del 
gobierno, hasta llegar a detentar poderes casi absolutos a 
pesar de que el monarca seguía siendo jefe de estado. 

El Duce acumulo los títulos de Jefe de Gobierno, Primer 
Ministro, Secretario de Estado y caudillo del partido fascista, 
podiendo además legislar personalmente por decreto. 

El reino de Italia se transformo en un Estado Fascista: el 
poder supremo estaba en manos del Gran Consejo Fascista, 
al que pertenecían los altos cargos del partido y cuyo 
presidente era el Primer Ministro-EI Duce-y este organismo 
elegía a los candidatos a la cámara de diputados y tenia la 
prerrogativa de ser consultado sobre cualquier asunto 
considerado importante. 

El gobierno fascista inicialmente se vio favorecido por el 
cambio positivo en la economía mundial lo que permitió la 
consolidación de la política económica y social del régimen en 
cuestiones tales como el aumento del nivel de ingresos la 
reducción del desempleo el crecimiento cualitativo y 
cuantitativo importante en la industria, el comercio y la 
agricultura, en buena medida promovida por el régimen y se 
alcanzó un sano equilibrio en las finanzas del estado. 

Con el logro del orden interno y las importantes mejoras en la 
economía, Mussolini justificaba ante la ciudadanía las medidas 


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dictatoriales. 

Un triunfo diplomático e ideológico de Mussolini fue la 
solución al llamado "Problema Romano" que consistía en 
reanudar las relaciones entre el gobierno de Italia y el 
Vaticano, interrumpidas desde la época de la unificación. 

De esa manera obtuvo Mussolini el apoyo ideológico de la 
Iglesia Católica que ayudo a consolidar su régimen. 

El tratado de Letrán fue el concordato que reconoció la 
soberanía del Papa con dominio exclusivo sobre la ciudad del 
vaticano y se declaraba al catolicismo como la religión oficial 
del Estado Italiano. 

Se permitía además que la educación religiosa continuara en 
las escuelas publicas primarias e incluso en las secundarias, 
aunque se establecía que la iglesia no tendría ingerencia 
alguna en aquellos asuntos cuyo manejo se reservaba el 
estado. 

La política exterior del régimen fascista 

En la política exterior de Mussolini anterior a la alianza con 
Alemania en 1936 hay dos etapas. 

La primera, entre 1922 y 1930 fue un intento para conseguir 
para Italia la hegemonía en la región balcánica y 
mediterránea. 

- En 1923 ocupó la isla de Corfú, situada al noroeste de 
Grecia. 

- Un hecho que provocó la protesta inútil de la Sociedad de 
Naciones. 

- En 1924 firmo un tratado de amistad con Yugoslavia por el 
que renunciaba Italia a sus aspiraciones sobre la costa 
Dálmata a cambio de la zona y puerto de Fiume. 

- También ese año ocupo la totalidad de Somalia basándose 
en un tratado de 1889. 

- Por ultimo, intervino en los asuntos internos de Albania y el 
1927 convirtió a este reino prácticamente en un protectorado 
italiano. 


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Derrota Mundial 


La conciliación con el Vaticano significo para Mussolini contar 
prácticamente con la bendición Papal para sus acciones y el 
perfilarse como el principal defensor de la lucha europea 
contra el comunismo. 

Tan buena era su relación con el Imperio Británico y Francia 
que en 1935 en la Conferencia de Stressa, condeno junto con 
estos países el expansionismo Alemán. 

- Incluso movilizó tropas hacía la frontera con Austria, 
amenazando con intervenir cuando en 1934 este país sufrió 
un primer intento de anexión por parte de la Alemania 
Hitleriana. 

La segunda fase de la política exterior fascista entre 1935 y 
1936, estuvo marcada por la pretensión de Mussolini de 
reconstruir al antiguo Imperio Romano cuando se trataba de 
desviar la opinión publica para olvidar o relegar los problemas 
económicos derivados de la Gran Depresión. 

- Los hechos imperiales se concretaron con la conquista de 
Libia y Etiopía. 

Sobre Libia, los tratados Internacionales reconocían el 
derecho Italiano, pero la ocupación nunca se logro 
plenamente. 

- En 1925 se llego a un acuerdo fronterizo y, en 1935, Italia 
ocupo Libia de manera efectiva y total. 

Respecto a Etiopía, fue atacada sin previa declaración de 
guerra en el otoño de 1935. 

- Pese a la resistencia Etiope en mayo de 1936 los ejércitos 
Italianos ocuparon Addis Abeba la capital, y proclamaron al 
rey de Italia Vittorio Emmanuel III como emperador de 
Etiopía... 

- Este hecho imperialista fue el primer caso de agresión, de 
una nación sobre otra realizado después de los tratados de 
Paz, a pesar de todos los intentos por evitar nuevas 
violaciones al derecho internacional. 


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Derrota Mundial 


La protesta de los Países Miembros de la Sociedad de 
Naciones- Dirigida por Francia y Gran Bretaña- fue unánime 
pero el organismo fracaso en su intento por castigar al reino 
de Italia y sólo consiguió la aprobación de un boicot, de echo 
poco efectivo internacional, de echo poco efectivo, que 
impedía vender a este país armas y carburantes, además de 
prohibir el concederle créditos. 

El fascismo se anoto así sus primeros triunfos en su carrera 
imperialista para posteriormente dar comienzo a una nueva 
aventura bélica, junto con la Alemania de Hitler cuyos 
resultados serian sumamente cruentos además de implicar 
finalmente la desaparición del régimen fascista y la muerte 
violenta de Mussolini. 


Alemania 

El ex-imperio Alemán fue el segundo perdedor de la primera 
guerra mundial, perdió el Imperio y el ser Imperio además de 
que fue obligada a pagar costosísimas y extensas 
reparaciones de guerra que Alemania no estaba en 
condiciones de pagar, incluían además del pago en especie la 
entrega a los aliados de su flota mercante, los ferrocarriles y 
parte de su producción de carbón y hierro. 

Las exigencias eran exorbitantes sobre todo por las 
circunstancias de Alemania que devastada por la guerra veía 
reducidas sus zonas industriales y disminuida su población 
como resultado de la cesión de territorios a que fue obligada 
por los acuerdos internacionales de paz. 

Alemania desde luego que se resistió a cumplir lo imposible, y 
posteriormente se negociaron arreglos que disminuyeron los 
pagos y dieron más tiempo para hacer los mismos. 

Puede esperarse un profundo descontento popular por los 
resultados de la primera guerra mundial siendo este mucho 
mayor en los excombatientes que no solo deseaban vengarse 
de los extranjeros, sino además se sentían traicionados por 
los partidos políticos alemanas- socialdemócrata, demócrata y 


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Derrota Mundial 


centro católico- que integraron el nuevo gobierno republicano 
al terminar la guerra y a quienes toco aceptar el humillante 
Tratado de Versalles. 

Obligados por su propio gobierno ha abandonar las fuerzas 
armadas para dar cumplimiento al acuerdo de paz 
muchísimos soldados alemanes se habían quedado sin 
ocupación y constituían lo que se llamo el sector social de los 
desclasados por no pertenecer a una clase social definida, sin 
encontrar el modo de ganarse la vida fuera de las actividades 
propiamente militares. 

El pueblo Alemán tenia un profundo orgullo nacionalista 
fundamentado no solo por las victorias obtenidas durante el 
siglo XIX por el poderoso ejercito prusiano, sino también en 
mucha de la filosofía y la literatura alemana que en esa época 
se distinguieron por la fuerza de su nacionalismo basado en la 
pretensión de la supuesta superioridad racial del pueblo 
germano sobre todos los demás pueblos. 

El nacional socialismo (o nazismo) fue un movimiento político 
ultanacionalista iniciado en 1920 con la creación del partido 
Nacional Socialista Alemán del Trabajo—Nationalsozialistche 
Deutsche Arbeiter- Patrtei, NSDAP-, También conocido como 
partido Nazi, tenia muchos puntos en común con el fascismo 
Italiano pero sus raíces ideológicas eran típicamente 
Alemanas así como los acontecimientos que le dieron origen. 

Formado en la región Baviera sobretodo por excombatientes 
entre los cuales destaco Adolfo Hitler, nacido en una pequeña 
localidad austríaca próxima a la frontera con Alemania: en la 
zona de encuentro de los dos estados Alemanes cuya unión 
era el sueño de las jóvenes generaciones. 

Después de la guerra Hitler se traslado a Munich, Alemania 
ingresando en el Partido Obrero Nacional (DAP) alemán, 
donde destaco por su capacidad de orador político y por 
algunos actos de espionaje exitosos. Al elaborar el DAP un 
programa de 25 puntos en cuya redacción intervino Hitler, fue 
nombrado jefe de propaganda del partido. Dicho programa 
anticipaba muchos de los objetivos fundamentales del 
Nazismo: 


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Derrota Mundial 


V Lucha contra el Tratado de Versalles 

V Constitución de la Gran Alemania, desde luego incluyendo a 
Austria 

V Expansión Imperial para obtener el necesario espacio vital 

V Antisemitismo-ningún judío podía ser miembro de la nación 
alemana 

V Xenofobia étnica- se pedía a todos los no arios abandonar 
Alemania 

V Limitación de la libertad de prensa y de arte 

V Rearme y constitución de fuerzas armadas del tamaño y la 
calidad adecuadas 

En 1920, el DAR se transformo en el NSDAP tras unírsele 
otros tres partidos políticos pequeños siendo Hitler el jefe del 
nuevo partido desde Agosto de 1921. 

Pronto se estableció una nueva táctica para efectuar la lucha 
callejera contra los partidos democráticos y se formaron las 
"tropas de asalto" (SA) llamadas también "camisas pardas" 
por el uniforme de corte militar que portaban además, el 
Partido Nazi adquirió un periódico diario como su portavoz, y 
comenzó a utilizar como símbolo la bandera con la cruz 
gamada o suástica. 

En 1923 ya con unos cincuenta mil afiliados por lo que Hitler 
considero que el partido era lo suficientemente fuerte como 
para intentar un "Golpe de Estado" contra el débil gobierno de 
la república de Weimar. El movimiento rebelde fracaso, y 
Hitler fue encarcelado. 

Durante su breve estancia en prisión, Hitler escribió un libro 
en el que definía su doctrina al que titulo Mein Kampf (Mi 
Lucha) en el afirma su creencia en la superioridad de los 
arios, la raza alemana, cuya fuerza debía apoyarse en la 
debilidad de las razas inferiores- la judía y la eslava-, que de 
una manera u otra habían usurpado los territorios 


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Derrota Mundial 


correspondientes al lebensraum- espacio vital- de los 
alemanes. Alemania debería dominar y colonizar todos los 
países situados en la cuenca del rió Danubio y además 
proponía colonizar Rusia y los países de la Europa Nororiental 
absorbiendo o de plano eliminando físicamente a la población 
de esas regiones según la conveniencia de los intereses 
germanos consideraba indispensable destruir por completo 
cualquier grupo o persona que pudiera ser obstáculo para el 
logro de esos propósitos. Se refería en especial a los 
comunistas y a los judíos, atribuyendo a estos últimos mucha 
de la responsabilidad en las desgracias ocurridas 
recientemente al pueblo alemán. 

Al comenzar la década de los treintas los problemas de 
Alemania se agravaron por la crisis económica originada en 
EUA. ya que fue afectada más rápidamente y en forma más 
grave que otras naciones europeas. 

La producción industrial alemana disminuyo notablemente y 
solo sobrevivieron algunos de los grandes consorcios que a su 
vez absorbieron algunas de las pequeñas y medianas 
empresas en quiebra, lo cual trajo como consecuencia un 
gran aumento de la desocupación incluso en los sectores 
comercial y agrícola. 

El gobierno de la república de Weimar, conformado por tres 
facciones ideológicas distintas fue bastante incapaz de 
resolver la crisis económica lo que aumento 
considerablemente el descontento popular, situación que fue 
aprovechada por los nazis para atraerse la simpatía de los 
obreros al prometerles un verdadero socialismo que acabara 
con el desempleo y consiguiera el bienestar para la clase 
trabajadora. 

Fue desde entonces cuando el gobierno por el partido nazi 
empezó a ser considerado como una posibilidad de solución 
para los problemas económicos y sociales que agobiaban a 
Alemania. 

Apoyado en la ignorancia de las mazas y en el odio y temor 
de las clases capitalistas sentían por el socialismo, el partido 


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Derrota Mundial 


nazi fue consiguiendo el apoyo de estas al igual que el de la 
clase media. 

Su objetivo era muy claro: Reprimir el Movimiento obrero 

Luchar en contra del gobierno republicano que había 
provocado el descontento de esos grupos sociales al no haber 
podido acabar con los desordenes en el país las calles fueron 
sangrientos campos de batalla entre los comunistas y los 
camisas pardas, que resultaron beneficiados ante la opinión 
publica como los únicos capees de enfrentarse con éxito al 
terror rojo. 

El miedo al comunismo llevo al partido nazi al poder de tal 
manera que el presidente Von Hindenburg para que formara 
un gabinete de coalición presidido por Hitler lo que sucedió el 
3 de enero de 1933: así el líder del partido nazi obtuvo el 
cargo de canciller lo que fue el primer paso para lograr el 
control total de Alemania. 

Una vez en el gobierno, Hitler tomo una serie de medidas 
destinadas a controlar el poder político: creo la GESTAPO 
como policía secreta destinada a identificar y reprimir a los 
enemigos del nacional socialismo, estableció campos de 
concentración para reeducar por medio del trabajo forzado a 
las personas contaminadas por ideas marxistas , obtuvo el 
control absoluto de los medios de comunicación , y elimino 
físicamente a los enemigos del nazismo . Creo también los SS 
una especie de ejercito del partido Nazi con entrenamiento, 
equipo y uniforme militar. 

Al morir en agosto de 1933 el presidente Hindenburg, Hitler 
sin dejar la chancillería se proclamo presidente del Reich, 
llamándose así mismo reichs-führer , o sea concentrando en 
su persona las dos jefaturas, la del estado y la de gobierno 
del estado. Esta acción fue respaldada por un plebiscito que 
aprobó el auto-nombramiento con 88% de los votas 
ciudadanos. 

Ya con plenos poderes otorgados por el parlamento a Hitler, 
Alemania fue encaminada hacia el estado totalitario de 
partido único que se imponía en forma absoluta sobre los 


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Derrota Mundial 


indeviduos y en el que no existía más que una forma de 
actuar y de pesar más que la del Führer. 

Política exterior 

La política exterior de Hitler estaba dirigida al cumplimiento 
de sus tres principales objetivos: 

1. Rearmar a Alemania 

2. Reunir a todas las personas de habla alemana en una sola 
nación 

3. Conquistar el espacio vital necesario para alcanzar el 
proyecto de la gran Alemania 

En 1933-1934 los movimientos iniciales del movimiento de 
Hitler fueron cautelososo: Firmo un tratado comercial con 
Gran Bretaña, un concordato con el Vaticano y con Polonia un 
pacto de no agresión por 10 años , También suspendió de 
Manera unilateral el pago de las reparaciones de Guerra y las 
declaro saldadas pero la acción más seria fue el primer 
intento para lograr el anschiuss, la unificación de Alemania y 
Austria. En julio de 1934 un pequeño grupo Nazi pretendió 
dar un golpe de estado a la sede del gobierno en Viena 
aparentando actuar por su cuenta pero en el intento los 
rebeldes asesinaron a Engelbert Dolifus, el canciller austríaco. 
Hitler fingió no estar enterado de los planes subversivos de 
los nazis contra el gobierno austríaco y reprobó el golpe de 
estado sin poder realizar la anexión de Austria. Tal hecho 
provoco la movilización de tropas Italianas en la frontera con 
Austria para evitar una posible agresión Alemana, ya que en 
esa época Mussolini se oponía a la política del anschiuss, ya 
que el mismo estaba interesado en la anexión de Austria a 
Italia. 

El año de 1935 se inicio con un hecho favorable para 
Alemania: se logro reincorporar a Alemania el territorio del 
Sarre. De acuerdo al Tratado de Versalles, las minas de 
carbón de la zona pasaban a ser propiedad exclusiva de 
Francia durante un periodo de 15 años, en compensación por 
la destrucción de las minas francesas durante la primera 
guerra mundial. También se disponía que a final de dicho 
periodo se celebrara un plebiscito para determinar el futuro 


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Derrota Mundial 


político del territorio, cuando el plebiscito se realizo, más del 
90% del electorado voto a favor de la reincorporación a 
Alemania en esta segunda fase Alemania acelero su rearme 
se acucio la creación de una poderosa Luftwaffe (Fuerza 
aérea)- que el tratado de Versalles prohibía expresamente-, 
así como el reestablecimiento del servicio militar obligatorio y 
la adopción del plan cuatrienal, por medio del cual Alemania 
debería de estar preparada para hacer la guerra en cuatro 
años además de estas acciones, Hitler repudio formalmente el 
Tratado de Versalles. 

Todo esto alarmo al resto de las potencias europeas por lo 
que en abril de 1935 se reunieron en Stressa, Italia, los 
representantes de Francia y Gran Bretaña creando el Frente 
Común de Stressa que concluyo un acuerdo para garantizar la 
integridad del Territorio Austríaco, en Mayo de 1935 Francia 
firmo un pacto con la Unión Soviética y este país con 
Checoslovaquia buscando prestarse ayuda mutua en caso de 
agresión externa. 

También en 1935 Hitler estableció un acuerdo naval con Gran 
Bretaña por el que Alemania podría aumentar su flota, pero 
solo hasta un tercio de la Británica. 

En 1936 se dio un gran cambio en las relaciones entre Italia y 
Alemania. Hitler que admiraba a Mussolini y deseaba 
establecer una alianza con su gobierno apoyo la invasión 
Italiana a Etiopía y rompió el boicot internacional contra 
Italia. 

La guerra civil que estallo en España en 1936 permitió un 
gran acercamiento de los dos dictadores que juntos 
decidieron apoyar a Francisco Franco contra las fuerzas 
democráticas de la Replublica Española. 

Con la alianza entre Hitler y Mussolini nació el Eje Berlín- 
Roma que se concreto en con el "pacto de acero" firmado por 
Italia y Alemania en Mayo de 1939, en el cual se 
comprometían a ayudarse mutuamente en caso de guerra y a 
colaborar para conseguir el "espacio vital" que buscaban 
ambas naciones. 


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Derrota Mundial 


El 13 de marzo de 1938 se aprueba una Ley sobre la 
integración de Austria en el Reich alemán. El Anschiuss 
consumaba así la aspiración de una Gran Alemania. 
Resuelta la cuestión de Austria el objetivo más inmediato de 
Hitler era ahora el territorio checoslovaco de los Sudetes. 
Tras el colapso del Imperio Austro-Húngaro en 1918 se formó 
un nuevo estado en el centro de europa: la República de 
Checoslovaquia. En ella convivían checos, eslovacos, polacos, 
húngaros, rutenos y algo más de tres millones de alemanes 
en los Sudetes. 

El SdP (Partido de los Sudetes Alemanes), financiado por 
Hitler y dependiente de Berlín comienza a reivindicar la 
autonomía de los Sudetes. Esta postura se va radicalizando 
hasta pedir abiertamente la unión con Alemania. 
El 28 de Marzo, en Berlín, a puerta cerrada, Henlein, líder del 
SdP negocia con Hitler, Hess y Ribbentrop durante tres horas. 
Hitler expone a Henlein el programa: el SdP debe plantear 
exigencias inadmisibles para el gobierno checo. El verdadero 
objetivo de Hitler está decidido desde el 5 de noviembre de 
1937: acabar con Checoslovaquia e integrar a su pueblo en el 
Reich Alemán. 

El 21 de abril de 1938, seis semanas después de que Goring 
diera su palabra de honor a Mastny, Hitler discutía con Keitel 
el "Plan Grün", nombre cifrado para una operación de efecto 
rápido contra Checoslovaquia. 

El 12 de junio Hess proclama en una gran concentración 
celebrada en Stettin que: "Checoslovaquia, que debe su 
existencia a la trampa del Tratado de Versalles, se ha 
convertido en un foco peligroso para la paz en Europa". 
La opinión pública francesa es cada vez más afín a los 
intereses alemanes. "No se pueden sacrificar 10 millones de 
seres humanos en una guerra para luego prohibir a 3 millones 
de alemanes que se unan a su país", afirmó Bonnet, ministro 
francés de asuntos Exteriores. 

En los Sudetes estalla un alzamiento. El Gobierno de Praga 
proclama el estado de excepción y envía tropas. El primer 
ministro francés, Daladier, insta a Chamberlain a que se 
ponga de acuerdo con Hitler. 


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Derrota Mundial 


Incitada por Berlín, Polonia pedía el 21 de septiembre un 
referéndum en la parte de Checoslovaquia habitada por la 
importante minoría polaca. Las tropas polacas se 
concentraron en la frontera. Hungría a su vez envió tropas a 
la frontera con Checoslovaquia. En toda Europa se palpaba 
una enorme inquietud. 

El 22 de septiembre Hitler se reúne con Chamberlain y 
presenta un ultimátum: "Los checos deben abandonar todos 
los territorios pertenecientes a otras minorías antes del 28 de 
septiembre". Chamberlain logró que Hitler aplazase el día X 
hasta el 1 de octubre. Hitler le prometió además: "Es mi 
última reivindicación territorial en Europa". 

El 29 de septiembre acuden a una Conferencia en Munich los 
representantes británico, francés, italiano y alemán. Al 
representante checo no se le dejó participar en la discusión. 
Tras la reunión, Francia, Gran Bretaña e Italia accedían a 
todas las pretensiones alemanas y se lo comunicaban al 
representante checo que luchaba por contener las lágrimas. 
"Hemos salvado la paz de nuestra época", gritó Chamberlain 
a la jubilosa muchedumbre que lo recibió en Londres a su 
regreso de Munich. "Hemos sufrido una derrota total" afirmó 
Churchill en el Parlamento Británico entre abucheos. 

El 1 de octubre de 1.938 las tropas alemanas entraron en 
Karisbad y Piisen; ocupando los más importantes polos 
industriales checoslovacos. Polonia ocupó la parte checa y 
Hungría recibía 12.000 Kilómetros cuadrados de Eslovaquia. 
El resto de la República Checo-Eslovaca (como empezó a 
llamarse) recibió un gobierno pro-germano y de tendencia 
fascista bajo la presidencia de Hacha. 

El 15 de marzo de 1939, Hacha firma en el despacho de Hitler 
la sentencia de muerte de su agonizante país. El comunicado 
alemán al respecto reza: "El Führer ha dado a conocer su 
decisión de tomar bajo la protección del Reich Alemán al 
pueblo checo, garantizándole, de acuerdo con sus 
peculiaridades, un adecuado desarrollo de vida autónoma". 

El 16 de marzo de 1939 Hitler anunciaba en Praga la 
formación del "Protectorado de Bohemia y Moravia". 


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Derrota Mundial 


Eslovaquia escapaba del Protectorado y pasaba a convertirse 
en Estado satélite estrechamente ligado al Reich. Francia y 
Gran Bretaña se limitaron a enviar notas de protesta. 


Desarrollo:. 

Guerra Relámpago contra Polonia 

El 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas invaden 
Polonia. El 3 de septiembre, Gran Bretaña y Francia, que no 
habían reaccionado a raíz de la anexión de Austria y que, en 
la Conferencia de Munich, el 30 de septiembre de 1938, 
habían consentido un primer desmembramiento de 
Checoslovaquia, declaran la guerra a Alemania. 

En Italia, Mussolini, de acuerdo con Hitler, declara el estado 
de no-beligerancia; Estados Unidos proclama su neutralidad; 
la Unión Soviética y Japón firman un pacto de no-agresión; la 
Commonwealth se alinea al lado de Gran Bretaña. 
En tres semanas, Polonia es puesta fuera de combate por la 
infantería y los ejércitos blindados alemanes en combinación 
con el uso masivo de la artillería y aviación. Es la guerra 
relámpago o blitzkrieg. 

Por otra parte, el 17 de septiembre, la Unión Soviética ocupa 
la porción oriental de Polonia, que le ha sido reservada a 
título de zona de influencia por el Pacto germano-soviético. 
Stalin alegó que ocupaba dicha zona para "defender a los 
bielorrusos" y que no constituía acto de guerra porque el 
Estado polaco había "virtualmente dejado de existir". 

La rendición de Polonia se producirá el 27 de septiembre de 
1939. El 28 de septiembre, una ligera modificación fronteriza 
completa los acuerdos secretos para el reparto de Polonia 
entre Hitler y Stalin: Alemania cede Lituania a la URSS y ésta 
acepta que la frontera germano-soviética retroceda 
ligeramente hacia el Este. 


La Guerra de Invierno Ruso-Finlandesa 


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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


En noviembre de 1.939, la URSS declara la guerra a 
Finlandia. Es la llamada Guerra de Invierno. A costa de unas 
tremendas pérdidas de hombres y material, la URSS consigue 
que Finlandia firme la paz en marzo de 1940 y ceda el 
territorio de Carelia. Los japoneses avanzan en China. 
Durante el invierno 1939-1940, mientras las tropas franco- 
británicas permanecen inactivas, Hitler traslada la guerra a 
los países escandinavos. 


Ocupación de Dinamarca y Noruega 

Para asegurar a la industria alemana el suministro de mineral 
de hierro de Escandinavia, Hitler ordena ocupar Dinamarca e 
invadir las costas de Noruega. Los contingentes franco- 
británicos desembarcados en Narvik no consiguen 
mantenerse en su puesto. La Kriegsmarine (Marina de 
Guerra) alemana dispone ahora de valiosos puertos para la 
salida o abastecimiento de sus navios, incluidos los temidos 
U-Boote (submarinos) que operaban en el Atlántico contra 
intereses y abastecimientos británicos. 


Ofensiva en el Oeste 

El 10 de mayo de 1940 empieza un violento ataque alemán 
desde la frontera holandesa hasta AIsacia. A partir del 15 de 
mayo, la resistencia holandesa es aplastada. En Bélgica, los 
blindados aliados resisten difícilmente a los tanques 
alemanes, mucho más numerosos. 

En el extremo Norte de la defensiva Línea Maginot, en el 
sector comprendido entre Namur y Sedán, a través de las 
Ardenas, las divisiones acorazadas alemanas irrumpen, 
cruzan el Mosa y abren una brecha de 100 km de ancho en el 
frente francés; remontando hacia el norte, hacia el Canal de 
la Mancha, atacan por la retaguardia, en Bélgica, a las tropas 
aliadas, que, por Dunkerque, son evacuadas a Inglaterra, a 
pesar de los incesantes bombardeos de la aviación. El 4 de 
junio la operación estaba terminada. 

En el norte de Francia, Weygand, que ha sustituido a Gamelin 


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Derrota Mundial 


como comandante en jefe, es impotente para detener la 
embestida de las tropas motorizadas alemanas, la aviación 
ametralla las carreteras repletas de civiles y militares, que 
huyen ante el enemigo. 

El 10 de junio, Italia declara la guerra a Francia el 14 de 
junio, los alemanes entran en París cuyo gobierno se ha 
trasladado a Tours, y luego a Burdeos; a continuación 
franquean el Loira, ocupan todo el oeste y este de Francia y 
avanzan hacia el sudoeste. 

El 17 de junio, el mariscal Pétain, nombrado jefe del Gobierno 
francés, instalado en Vichy, anuncia la apertura de 
negociaciones con vistas a un armisticio que será concluido en 
Rethondes el 22 de junio. Desde Londres, el 18 de junio, el 
general De Gaulle pide a todos los franceses que se unan a él 
para continuar la lucha al lado de Gran Bretaña. 


La Batalla de Inglaterra 

Dueño de Noruega, Holanda, Bélgica y Francia, Hitler prepara 
la invasión de Inglaterra: su aviación se empeña en la 
conquista del dominio del aire con vistas a un desembarco de 
tropas. A partir del 8 de agosto, una enconada batalla aérea 
se entabla sobre el cielo inglés: cada día, varios centenares 
de aviones bombardean la costa inglesa y la desembocadura 
del Támesis y, a partir del 24 de agosto, Londres y las 
principales ciudades industriales. 

Más de dos millones de inmuebles fueron destruidos o 
dañados. Pero la aviación de caza inglesa, aunque inferior en 
número, causa pérdidas enormes a los bombarderos 
alemanes: más de 2.000 son destruidos. A principios de 
octubre, perdida la "Batalla de Inglaterra", Hitler pospone su 
proyecto de invasión indefinidamente. 


Intervención en los Balcanes, el Mediterráneo y África 
Italia lanza desde sus bases en Albania un ataque contra 


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Salvador Borrego 


Derrota Mundial 


Grecia. Los griegos no solo repelen la invasión sino que 
contraatacan e incluso se internan profundamente en 
territorio albanés. El ataque italiano a Grecia es el pretexto 
que necesita Gran Bretaña para mandar un cuerpo 
expedicionario a Grecia y comenzar a operar en el 
Mediterráneo. La aventura italiana se salda con un completo 
fracaso. 

Hitler se ve abocado a socorrer a su aliado y reconducir la 
situación en los Balcanes y el Mediterráneo oriental. El 2 de 
marzo de 1941, sus tropas entran en Bulgaria; del 6 a 13 de 
abril se apoderan de las ciudades de Yugoslavia, se lanzan 
luego contra Grecia, que sólo puede resistir algunos días, y 
ocupan la isla de Creta. 

Italia ataca desde sus posesiones en Eritrea a la Somalia 
Británica. Aunque en un primer momento el ataque italiano se 
salda de forma favorable a Mussolini, los ingleses se 
reorganizan y comienzan un contraataque. Los británicos son 
menos numerosos pero están mejor equipados, comandados 
y mantienen alta la moral. En poco tiempo han destruido o 
capturado a la mayor parte del ejército italiano de África. 
Hitler debe de nuevo enmendar la plana a su aliado y manda 
a Libia el Deutcsche Afrika Korps (D.A.K.), Cuerpo de Ejército 
África Alemán, al mando del General Rommel, para intervenir 
al lado de los italianos; en junio de 1941 Rommel ha dado un 
vuelco a la situación y se halla en las fronteras de Egipto, y 
sus aviones bombardean Malta, Alejandría y Suez. El objetivo 
es El Cairo y el canal de Suez. 

Los navios británicos deben contornear Africa por el cabo de 
Buena Esperanza. Pero la resistencia del 8^ Ejército Británico 
(apoyado por el contingente de la Francia Libre, llegado de 
Chad con Leclerc y Larminat) impedirá finalmente que el 
Afrika Korps se apodere de Egipto y del canal y le obligará a 
retroceder hasta Tunicia. 


Guerra en el Este 

Al mismo tiempo, Hitler emprende la invasión de la URSS. A 
pesar del pacto de no-agresión, el 22 de Junio de 1941, un 


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Derrota Mundial 


ejército numeroso y poderosamente equipado franquea las 
fronteras de la URSS, avanza hasta Leningrado, que es 
sitiado, llega a las puertas de Moscú, ocupa Kiev, Jarkov y la 
cuenca del Donets. Pero el ejército ruso (con recursos 
humanos casi inagotables) no es aniquilado, y el invierno, de 
un rigor excepcional, paraliza las operaciones alemanas. 
Se reemprenden las operaciones a comienzos del verano de 
1942; están jalonadas por la conquista de la región de los 
pozos de petróleo, en las proximidades del Cáucaso. Sin 
embargo, las tropas alemanas no consiguen adueñarse de 
Stalingrado antes del invierno. 

La ciudad será objeto de una lucha encarnizada, que 
terminará el 2 de febrero de 1943 con la capitulación del VI 
ejército alemán al mando de Von Paulus. A partir de este 
momento, lentamente, el ejército ruso, superior en hombres, 
pasa a la ofensiva arrollando al ejército alemán. Los 
alemanes, aunque mejor dirigidos, se ven superados por un 
enimigo que los supera en una proporción de cinco a uno. 
En la primavera de 1944 ha liberado casi todo el territorio de 
la URSS; luego penetra en Finlandia, que ha tomado las 
armas de nuevo, en Polonia y en Rumania 


El Pacífico en llamas 

Mientras se desarrollan estas operaciones en Europa, Japón 
prosigue la conquista de China, y, con el acuerdo del gobierno 
de Vichy, envía tropas a Indochina. 

Previendo la oposición de Estados Unidos a su política de 
dominación de Asia, bombardea y echa a pique, por sorpresa, 
a más de la mitad de la flota norteamericana anclada en la 
rada de PearI Harbor, en las islas Hawai (7 de diciembre de 
1941), y ocupa en pocas semanas Hong Kong, Singapur, 
Siam, Birmania, las islas Filipinas, una parte de las Indias 
Neerlandesas y amenaza a Australia. 

En marzo de 1942, su avance es bloqueado por una batalla 
aeronaval en el mar del Coral, donde sufre importantes 
pérdidas. Puesto que Estados Unidos, después de PearI 
Harbor, ha declarado inmediatamente la guerra a Japón, sus 


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Derrota Mundial 


aliados Alemania e Italia declaran asimismo la guerra a 
Wstados Unidos. 


Intervención Estadounidense 

Desde entonces, los norteamericanos ponen al servicio de la 
guerra contra las potencias del Eje su enorme potencial 
industrial y económico, así como un ejército numeroso y 
poderosamente equipado. Suministran material a sus aliados 
y en especial a la URSS. 

Sus bombarderos gigantes, con bases en Gran Bretaña, 
emprenden la destrucción sistemática de fábricas, vías férreas 
y centros vitales del enemigo en Alemania, Francia e Italia. 
Una dura batalla se entabla contra los submarinos alemanes, 
que surcan el Atlántico y los mares de Europa, y desde el 
otoño de 1942 los aliados ganan esta batalla de las 
comunicaciones. 

El 8 de noviembre de 1942, importantes contingentes 
desembarcan en África del Norte; con la ayuda de las tropas 
francesas que, por orden de Vichy, habían tratado primero de 
resistir, expulsan a los alemanes de Túnez, cuya liberación 
tiene lugar en mayo de 1943 . 

En julio desembarcan en Sicilia y, de allí, pasan a la Italia 
meridional. Mussolini es detenido, y el mariscal Badoglio firma 
la capitulación italiana el 3 de septiembre. Sin embargo, los 
alemanes son todavía dueños de Roma y de toda la Italia 
central y septentrional, donde Mussolini, liberado, proclama la 
república y sigue la lucha. 

Durante todo este período se han organizado movimientos de 
resistencia en los países ocupados, con unidades de combate 
que intervienen contra los grupos enemigos aislados y 
aseguran el servicio de información para los aliados. 


El desembarco de Normandía 

El 6 de junio de 1944, bajo la dirección del general 


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Derrota Mundial 


norteamericano Eisenhower, jefe de los ejércitos aliados, se 
efectúa un desembarco en las playas de Normandía. Se abre 
así el reiteradamente pedido por Stalin "segundo frente" en 
Europa. 

La acción de los grupos de Resistencia en el interior de 
Francia retrasa considerablemente la llegada de los refuerzos 
alemanes; se establece una sólida cabeza de puente y los 
ejércitos aliados emprenden la liberación de Normandía y del 
oeste de Francia. 

El 15 de agosto de 1944 tiene lugar un segundo desembarco 
en las costas de Provenza, bajo el mando del general De 
Lattre de Tassigny; las tropas norteamericanas y francesas 
empujan a los alemanes hacia el norte. 

El 25 de agosto, París es liberado; el 1 de octubre, los aliados 
han alcanzado la frontera alemana de Bélgica y Holanda; en 
AIsacia, al sur, las tropas francesas han penetrado por la 
fisura de Belfort y, el 21 de noviembre, se apoderan de 
Muihouse; al norte, entran en Estrasburgo el 23 de 
noviembre. 

Durante este tiempo, Hitler, que, el 20 de julio de 1.944 se ha 
salvado de un atentado contra su persona, emplea contra 
Inglaterra una nueva arma: las bombas volantes VI y V2. La 
eficacia real de estas armas en relación con su coste fue 
mínima. Para estas fechas, la otrora triunfante y orgullosa 
Luftwaffe alemana ha sido prácticamente borrada de los cielos 
europeos. 


El asalto al Reich 

Las tropas alemanas siguen por todas partes batiéndose con 
fanático encarnizamiento; en diciembre de 1944 lanzan una 
última ofensiva en un intento de recuperar la iniciativa en el 
Oeste. Es la ofensiva de las Ardenas. El avance alemán es 
reprimido con gran dificultad por los norteamericanos, hasta 
ser definitivamente detenido en febrero de 1945 gracias en 
gran parte a su aplastante superioridad aérea. 


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Derrota Mundial 


Entonces los ejércitos aliados franquean el Rhin y se dirigen al 
encuentro del ejército soviético. Desde el Este, el rodillo 
soviético aplasta toda resistencia alemana. Se combate ya en 
el propio territorio del Reich. Hitler da orden de resistir 
fanáticamente hasta el último cartucho. Se movilizan para la 
lucha a niños y ancianos. 

El 30 de abril de 1945, Hitler se suicida en su búnker en 
Berlín, invadido por las tropas rusas. El 7 de mayo en Reims, 
y al día siguiente en Berlín, generales alemanes firman la 
capitulación sin condiciones de todos los ejércitos del Reich 
Alemán. 


Fin de la guerra en el Pacífico 

La guerra aún continuaba en el Pacífico. El 6 de agosto, un 
bombardero estadounidense arroja sobre Hiroshima la 
primera bomba atómica de la Historia, que destruye por 
completo la ciudad y se lleva la vida de 250.000 seres 
humanos. El 9 de agosto, se arroja una segunda bomba 
atómica sobre Nagasaki. El 14 de agosto de 1.945, el 
gobierno japonés se rinde incondicionalmente. 


Hongo nuclear Hiroshima Bomba "Littie Boy" 

.: Holocausto:. 

El Holocausto fue la persecución y el asesinato sistemático 
burocráticamente organizado de aproximadamente seis 
millones de judíos por el gobierno nazi y sus colaboradores. 
"Holocausto" es una palabra de origen griega, que significa 
"sacrificio por fuego." Los nazis, que tomaron el poder en 
Alemania en enero de 1933, creían que los alemanes eran 
una "raza superior" y que los judíos, considerados 
"inferiores", no merecían vivir. Durante el Holocausto, los 
nazis también tuvieron en su mira a otros grupos por razón 
de su percibida "inferioridad racial": los romas (gitanos), los 
discapacitados, y algunos grupos eslavos (polacos, rusos, y 
otros). Otros grupos fueron perseguidos por razones políticas. 


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Derrota Mundial 


religiosas o de orientación sexual: comunistas, socialistas, 
testigos dejehová y homosexuales. 

En 1933, la población judía de Europa pasaba de nueve 
millones. La mayoría de los judíos europeos vivían en países 
que Alemania ocuparía o dominaría durante la Segunda 
Guerra Mundial. Para 1945, dos de cada tres judíos europeos 
habían sido ejecutados como parte de la llamada "Solución 
Final" de los nazis - el asesinato de los judíos de Europa. 
Aunque los judíos fueron las victimas principales del racismo 
nazi, entre sus otras victimas se cuentan decenas de miles de 
romas (gitanos). Más de doscientos mil incapacitados (física o 
mentalmente) fueron asesinados en el Programa de 
Eutanasia. Con la expansión de la tiranía nazi sobre Europa, 
millones de otras personas fueron perseguidas y ejecutadas. 
Más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos 
fueron asesinados o murieron de hambre, enfermedad, 
descuido, o maltrato. Los alemanes mataron a los 
intelectuales polacos y deportaron a millones de ciudadanos 
polacos y soviéticos a los campos de trabajos forzados de 
Alemania o de la Polonia ocupada. Desde el inicio del gobierno 
nazi, los homosexuales y otros cuyos comportamientos eran 
juzgados socialmente inaceptables también fueron 
perseguidos, entre ellos miles de disidentes políticos (como 
comunistas, socialistas, y sindicalistas) y religiosos (como 
testigos dejehová), fueron el blanco de la persecución nazi. 
Muchos murieron como resultado de su encarcelación y 
maltrato. 

Aun antes de que la guerra estallara en 1939, los nazis 
crearon campos de concentración para encarcelar judíos, 
romas, otras victimas de su odio étnico y racial, y oponentes 
políticos del nazismo. Durante la guerra, los nazis y sus 
colaboradores crearon ghettos, campos de detención 
temporaria, y campos de trabajos forzados. Después de la 
invasión nazi de la Unión Soviética en junio de 1941, 
Einsatzgruppen (equipos móviles de matanza) cometieron 
asesinatos masivos de los judíos, romas y oficiales del estado 
soviético y del partido comunista ruso. Más de un millón de 
hombres, mujeres y niños judíos fueron asesinados por estos 
equipos. Entre 1942 y 1944, los nazis deportaron millones de 
judíos de los territorios ocupados a los campos de exterminio. 


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Derrota Mundial 


donde fueron ejecutados en instalaciones diseñadas 
especialmente para tales fines. 

En los últimos meses de la guerra, los prisioneros de los 
campos fueron llevados por tropas de las SS en marchas 
forzadas, o "marchas de la muerte", en las que muchos de 
ellos murieron, en un fútil intento de prevenir la liberación de 
gran cantidad de prisioneros por los Aliados. A medida que las 
fuerzas aliadas avanzaban a través de Europa en una serie de 
ofensivas contra Alemania, empezaron a encontrar y liberar 
prisioneros de campos de concentración, muchos de los 
cuales habían sobrevivido las marchas de la muerte. La 
Segunda Guerra Mundial terminó en Europa con la rendición 
incondicional de las fuerzas armadas alemanas en el oeste el 
7 de mayo, y en el este el 9 de mayo de 1945. 


.: Consecuencias:. 

Con la capitulación japonesa, el mundo inició una nueva etapa 
a la que llegaba con un espectacular cambio de panorama 
respecto a la situación de 1939. En 1945, el mundo tenía 
abiertas graves heridas, la posición de cada uno de los 
principales componentes de la comunidad internacional era 
distinta y ésta pretendía organizarse de acuerdo con reglas 
nuevas. 

La cifra de muertos como consecuencia de la Segunda Guerra 
Mundial no puede determinarse de forma absolutamente 
precisa pero es muy posible que llegase a alcanzar los 60 
millones de personas, al menos cuatro veces más que el 
número de muertos producidos durante el conflicto de 1914- 
1918. Como es lógico, este balance debe ponerse en relación 
con la potencia destructiva de las armas y el carácter de 
guerra total que tuvo desde el mismo momento de su 
iniciación o en un momento inmediatamente posterior. 

Si se examinan esas cifras contabilizándolas por naciones, el 
resultado puede parecer algo sorprendente porque alguno de 
los vencedores cuenta entre quienes más padecieron en el 
conflicto. La cifra de ciudadanos de la URSS muertos como 
consecuencia de la guerra se eleva a 20 millones de personas 


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Derrota Mundial 


(y quizá incluso un 25% más) de los que tan sólo un tercio 
serían militares. Porcentualmente, esa cifra supondría al 
menos el 10% del total de los habitantes de la URSS, pero en 
el caso de Polonia los seis millones de muertos representan 
todavía una cifra muy superior, el 15%. En esos porcentajes 
se incluye la población judía de ambos países. El tercer lugar 
en el grado de sufrimiento producido por la guerra 
corresponde a Yugoslavia, cuyo número de muertos (de un 
millón y medio a dos) derivó de la existencia de una guerra 
civil en la que el componente étnico jugó un papel primordial. 
Estos tres países pueden ser considerados entre aquellos que 
resultaron vencedores en la guerra. Los demás que se 
alinearon en ese mismo bando tuvieron un número mucho 
más reducido de muertos. Francia, ocupada en su totalidad 
por los alemanes, experimentó 600.000 muertos, mientras 
que Gran Bretaña sufrió 500.000 pérdidas. La gran diferencia 
respecto a los padecimientos de la Primera Guerra Mundial de 
estos dos países radica en el número de muertos civiles. Gran 
Bretaña, que no los tuvo en 1914-1918, ahora, en cambio, 
padeció unos 60.000 como consecuencia de los bombardeos. 
Del conjunto de los aliados, los Estados Unidos resultaron ser 
los mejores parados, con 300.000 muertos, todos ellos 
militares. 

De los países vencidos en la contienda, el mayor número de 
muertos le correspondió a Alemania, con algo menos de cinco 
millones. El peso del Ejército en este número de bajas se 
aprecia en el hecho de que existió durante mucho tiempo un 
mayor número de mujeres que hombres en Alemania (todavía 
en 1960 existían 126 mujeres por cada 100 hombres). Dos 
millones de japoneses murieron como consecuencia de la 
guerra, una cifra inferior también en términos porcentuales. 
La población civil japonesa tan sólo padeció la guerra en los 
meses finales de la misma. 

Las muertes producidas por la guerra constituyen tan sólo 
una parte de sus consecuencias. Como resultado de la misma 
hubo, principalmente en Europa, 30 millones de desplazados, 
un tercio de los cuales fueron alemanes que sufrieron de 
forma directa las consecuencias de la doctrina que les había 
llevado a lanzarse a una nueva expansión hacia el Este. 
Quienes habían expulsado a la población autóctona (por 


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Derrota Mundial 


ejemplo, en los Sudetes checos) se vieron, a su vez, 
obligados a emigrar ahora. También una cifra elevada de 
japoneses pasó por idéntica experiencia. Ambos países 
descubrieron en la posguerra que podían lograr un lugar 
mucho más confortable en el mundo de la posguerra 
renunciando a la expansión territorial e intentando un 
desarrollo económico que resultaría espectacular en ambos 
casos. 

Sin embargo, por el momento la situación en que se 
encontraron esos dos países no tenía nada de reconfortante 
porque la destrucción padecida fue muy superior a la que 
sufrieron los beligerantes durante la Primera Guerra Mundial. 
En Alemania, el nivel de producción industrial se 
retrotrajo a las cifras de 1860, mientras que en el Ruhr, la 
zona más castigada, quedó limitada al 12% de las cifras de la 
etapa prebélica. Japón sólo se vio afectado de manera 
decisiva por la guerra en su fase final pero la producción se 
redujo en un tercio. La Flota mercante quedó reducida a una 
dieciseisava parte del tonelaje de 1941. Un 40% de la 
superficie urbana quedó destruida, como consecuencia de los 
bombardeos norteamericanos, especialmente destructivos 
cuando las bombas se empleaban ante una frágil arquitectura 
como la existente en el archipiélago. 

Pero las consecuencias de la guerra no fueron crueles 
solamente para los vencidos, sino también para los 
vencedores y ello en los más diversos terrenos. Francia, 
primero derrotada y luego vencedora, pudo considerar 
arruinadas aquellas instituciones que durante muchos años no 
sólo ella sino la totalidad del mundo había podido considerar 
como la ejemplificación señera de la libertad política. Al 
concluir la guerra, había muerto la Tercera República, cuyas 
instituciones necesitaban transfigurarse por completo para 
adaptarse a la realidad de un mundo nuevo. Gran Bretaña 
había sido quien, con su decisión durante el verano de 1940, 
consiguió detener el avance nazi en el momento mismo en 
que todo el mundo la consideraba derrotada. Nunca, sin 
embargo, recuperaría ni tan siquiera la sombra de su poder 
de otros tiempos. En los instantes finales de la guerra estaba 
en la ruina: su deuda equivalía al triple de la renta nacional 
anual y por vez primera en mucho tiempo carecía de partidas 


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Derrota Mundial 


invisibles con las que compensar una balanza comercial 
deficitaria porque las había liquidado en los años precedentes. 
Poco tiempo pasaría hasta que se hiciera patente de forma 
abrumadora la necesidad de considerar inevitable la 
liquidación del Imperio. 

Frente a la decadencia de estas dos potencias europeas, dos 
gigantes estaban destinados a dominar el mundo de la 
posguerra. Los Estados Unidos no representaban más que un 
7% de la superficie del globo, pero producían tanto como el 
resto en conjunto. Incluso en aquellos sectores en los que con 
el paso del tiempo se demostraría su debilidad relativa (como 
el petrolífero) el porcentaje de su producción se acercaba a 
un tercio de la mundial. De este modo, el mundo posterior a 
1945 tenía que ser el de la hegemonía norteamericana. 
También fue el mundo de la hegemonía soviética, aunque 
ésta en realidad fue mucho más aparente que real. En efecto, 
por grandes que fueran los temores a su expansión, lo cierto 
es que la URSS había padecido mucho más que el resto de los 
vencedores. Por otro lado, en esta guerra, la Unión Soviética 
perdió el monopolio de su condición de única potencia 
revolucionaria del mundo: aunque eso de momento pudo 
parecer no tan grave. Con el transcurso del tiempo. China (y, 
en menor grado, Yugoslavia) se convertirían en rivales, más 
que en colaboradores. La URSS, cuyo protagonismo en la 
guerra fue decisivo, salió de ella con una convicción en su 
capacidad de liderazgo e incluso con el convencimiento de 
que podría llegar a superar a su adversario capitalista. Sólo 
con el transcurso del tiempo acabaría descubriendo que podía 
competir en el terreno militar, pero que era incapaz de 
hacerlo en otros campos a la larga mucho más decisivos, 
como el económico y el tecnológico. 

Por último, hay que tratar de los cambios territoriales que 
tuvieron lugar en el mundo como resultado de la guerra. Este 
conflicto, en efecto, supuso escasas modificaciones de las 
fronteras, en comparación con los de otros tiempos, aunque 
tuviera una repercusión mucho más duradera en la 
configuración global del mundo. 

La última de las reuniones de los grandes líderes mundiales 
aliados tuvo lugar en Potsdam, durante la segunda quincena 


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Derrota Mundial 


de julio de 1945, cuando estaba reciente la derrota de 
Alemania pero todavía se pensaba que la japonesa podía 
resultar remota. Estuvo presente Truman, sustituyendo a su 
predecesor Rooseveit, y, a la mitad de la conferencia, debió 
retirarse Churchill a quien, por decisión del elector británico, 
le era negado el poder de moldear el futuro, después de 
haber tenido tan decisivo protagonismo durante toda la 
contienda. Ya se ha mencionado la relevancia de esta reunión 
en lo que respecta a la intervención soviética contra Japón y 
al descubrimiento de la bomba atómica por los norte¬ 
americanos, que Stalin conocía ya. Pero Potsdam supuso 
también una solución a la cuestión decisiva para la posguerra, 
la de Alemania, que, sujeta a un tratado de paz posterior, 
quedó contenida en una fórmula definitiva. En efecto, se 
acordó hacer retroceder su frontera oriental hasta la línea 
marcada por los ríos Oder y Neisse y se toleró en la práctica 
que los soviéticos empezaran a aplicar, por su cuenta y 
riesgo, un plan de reparaciones sobre la parte que le había 
correspondido. 

Lo primero supuso una emigración masiva hacia Occidente de 
millones de alemanes y ello, a su vez, trajo como 

consecuencia que se abandonara cualquier veleidad de 
convertir a Alemania en un país exclusivamente rural. El 
mantenimiento de la industria resultaba imprescindible para 
la subsistencia de la población, por mucho que la solución 
citada pudiese resultar tentadora. Por otro lado, los soviéticos 
se apoderaron de las fábricas de su zona de ocupación en el 
Este de Alemania y, en muchos casos, las trasladaron a su 
propio país. La ausencia de sintonía entre las potencias 
democráticas y los soviéticos hizo imposible un acuerdo 

definitivo en éste y otros muchos puntos, por lo que los 
acuerdos sólo pudieron ser parciales, provisionales o 
incompletos. Se previó la existencia de una conferencia de 
ministros de Asuntos Exteriores, que se reunió en Moscú en 
1945 y en Nueva York en 1946. En la capital francesa se 

suscribieron los tratados de paz relativos al Este de Europa e 

Italia, mientras que hubo que esperar hasta 1951 para que en 
San Francisco se firmaran los relativos al Japón, momento en 
que ya no estuvieron presentes los nuevos países comunistas. 
Los cambios territoriales en la Europa Oriental resultaron 
relativamente modestos, aunque ratificaron e incrementaron 


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las ventajas que la Unión Soviética había logrado por los 
acuerdos con Hitler de 1939. Basta decir que la URSS obtuvo 
el Norte de la Prusia Oriental (que le proporcionaba una salida 
al Báltico), la Carelia finlandesa, la zona de Petsamo (que le 
aportaba una frontera con Noruega) y una base temporal 
(Porkkala) en territorio finés. Además, los soviéticos se 

anexaron Rutenia, el extremo oriental de Checoslovaquia. En 
cuanto a Italia, perdió sus colonias, que se independizaron 
(Libia, Somalia) o fueron incorporadas a otros países: Eritrea, 
a Abisinia; las islas del Dodecaneso, a Grecia. 

En el resto del mundo, los cambios fueron también, en 
apariencia, pequeños. En el Medio Oriente, por ejemplo, 

Líbano y Siria lograron su independencia, mientras que la 
llegada de oleadas de inmigrantes judíos askenazis, 
procedentes de Europa del Este, tuvo como consecuencia que 
el Estado de Israel tuviera una condición mucho más 

beligerante que antes respecto a la población palestina. Lo 

decisivo, de todos los modos, fue el impulso inicial dado a la 
descolonización, movimiento un tanto contradictorio por el 
momento, pues a las promesas de japoneses y norte¬ 
americanos de independencia para las colonias se sumó, en 
esta circunstancia, la victoria de las potencias colonizadoras. 
De ahí que, por ejemplo, Filipinas consiguiera la indepen¬ 
dencia y que, por el contrario, los norteamericanos, después 
de haber apoyado la de Indochina, acabaran por apoyar el 
mantenimiento de la presencia francesa en aquellas tierras. 
Japón volvió a sus fronteras de mediados del siglo XIX, 
cediendo Formosa, Corea, Manchuria y las islas del Pacífico. 
Pero, mucho más importantes que estas nuevas fronteras 
territoriales, fueron las consecuencias de la división ideológica 
del mundo en dos partes enfrentadas. 


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Salvador Borrego 


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Bibliografía:. 

Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial, Tomo 1, De 
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Asi Fue la segunda guerra mundial, editoriales Anesa, Noguer, 
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