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Full text of "Discurso, [La lengua clásica y el espíritu y el espíritu moderno]; leído ante la Real Academia Española en la recepción pública del Sr. D. Ricardo Leon y Roman y contestación del Excmo. Sr. D. Antonio Maura y Montaner, celebrada el 17 de Enero de 1915"

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Ricardo León y Romein 

Discurso 
leido ante la Real Academia 
Española en la ^acepción 
Pública y contestación del 

Excrco.Sr. D.Antonio Kaura y 

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DISCURSO 



leído ante la 



REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

EN LA RECEPCIÓN PÚBLICA DEL 

SR. D. RICARDO LEÓN V ROMÁN 

Y CONTESTACIÓN DEL 

EXCMO. SR. D. ANTONIO MAURA Y MONTANER 

Celebrada el 17 de Enero de 1915. 



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MADRID 
IMPRENTA RENACIMIENTO 

Calle de San Marcos, núm. 12. 






DISCURSO 



leído ante la 



REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 



EN LA RECEPCIÓN PÚBLICA DEL 



5R. D. RICARDO LEÓN y ROMÁN 

Y CONTESTACIÓN DEL 

EXCMO. SR. D. ANTONIO MAURA Y MONTANER 

Celebrada el 1 7 de Enero de 1915. 










MADRID 

IMPRENTA RENACIMIENTO 

Calle de San Marcos, núm. 42. 



DISCURSO 

DEL 



SR. D. RICARDO LEÓN Y ROMÁN 



b¿ñores académicos: 



Ornatos apacibles del alma, virtudes propias de va 
nmes discretos, bien nacidos y cabales, parecieron siem- 
pre la gratitud y la modestia: cuantos llegaron aquí, per 
agudos que fueran sus ingenios, peregrinas sus obras, 
muchas sus canas, ilustre su linaje o condición social, 
todos sintieron al subir a tan insigne estrado el noble y 
honestísimo respeto, la blanda ternura que infunde al más 
ambicioso esta solemne consagración. ¿Qué no habré yo 
de sentir, mozo humilde, poeta novel, que ha pocos años 
vivía pobre y obscuro, sin codiciar, sin sospechar siquiera 
las altas honras presentes? A milagro de Dios me saben, 
a maravilloso privilegio de vuestras manos recibido; y si 
yo no temiese hablar mucho de mí, cosas más íntimas di- 
jera por las que mejor se viese cuan singular es mi caso, 
cuan extremada la merced que me hicisteis, cuan justa \ 
honda la emoción que desde entonces me abruma. Qui- 
siera derramar todas las efusiones de mi espíritu, no en 
turquesas de retórica elegancia, sino en términos de abso- 
luta sencillez, robustos, encendidos y vehementes como la 
carne y la sangre del corazón ; pero es ocioso encarecer 
con palabras y apurar con razones lo que tiene su escon- 
dida raíz en el sentimiento y su expresión más eficaz en 
las obras. Que sean las mías, de aquí en adelante, claros 
testimonios de gratitud y fervor; que nunca me reproche 
la conciencia dormir sobre laureles prematuros a la som- 



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bra de inmerecida fortuna. Ni receléis vosotros ahora que 
al subir tan de repente de mi antiguo estado a la cumbre 
\ señorío de esta Casa olvide yo lo que fui: antes bien, 
amigos y maestros generosos, al recordarlo mientras viva, 
como quien teme despertar de un sueño, repetiré las pru- 
dentísimas sentencias del príncipe Segismundo, cuando 
ponía por blasón de sus futuras glorias el duro escar- 
miento de sus antiguas prisiones: 

«A reinar, fortuna, vamos: 
no me despiertes, si duermo, 
v si es verdad, no me aduermas. 
Mas, sea verdad ó sueño, 
obrar bien es lo que importa 
si fuere verdad por serlo, 
si no, por ganar amigos 
para cuando despertemos...» 

Todavía, para aumentar mis confusiones y hacer más 
dulce propósito de humildad, evocaré el purísimo recuer- 
do de mi noble antecesor, la venerada memoria de aquel 
sabio, de aquel justo que se llamaba D. Eduardo Saave- 
dra. No tuve yo la fortuna de conocer al gran polígrafo 
sino por los resplandores de su gloria, ni a las muchas y 
altas disciplinas que él señoreó con su profundo ingenio, 
su docta diligencia, su vigorosa cultura, puedo yo acercar- 
me como no sea con pasos tímidos de admiración y reve- 
rencia profanas; pero si a los hombres de esta calidad se 
les conoce mejor por sus imágenes vivas, por las obras y 
frutos de su virtud y saber, y están aquí muy fijos y re- 
cientes los frutos y las obras del que fué vuestro amigo y 
compañero, bien podré, sin humos de osadía, bosquejar 
su semblanza con pocos y sencillos rasgos, pues no pre- 
tendo otra cosa ni la sufren mayor los límites de mi pobre 
discurso. 

Quede, para los que puedan y sepan, loar con el debido 
discernimiento las cualidades de tan austero varón, las 
virtudes de su sentido crítico, penetrante y sagaz, la rica 
mies de su investigación, original y perfecta, señalando 



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los progresos que le deben las Ciencias físicas y matemá- 
ticas, la Geografía y la Historia, cuyas anchas rutas vino 
a esclarecer con las antorchas de peregrinas indagaciones. 
En el renacimiento intelectual del siglo xix, en aquel si- 
lencioso amanecer de todos los estudios, caídos durante 
muchos años bajo el estruendo de las armas, tras la noble 
restauración científica del siglo xvm, figura el nombre de 
D. Eduardo Saavedra en lugar eminente como heredero 
de las altas lumbres con que Nebrija y Arias Montano, 
Pedro Núñez y Esquivel, Resende y Ambrosio de Mora- 
les, Caramuel y Omerique, Hervás y Feijóo, Ulloa y 
Jorge Juan, Capmany, Jovellanos y otros varones de tan 
recio temple ilustraron las lenguas y la historia, las cien- 
cias físicas y exactas, los términos geográficos y arqueo- 
lógicos en la edad de oro y en la edad de plata de la Mi- 
nerva española. Sobre tan múltiples doctrinas proyectó el 
maestro Saavedra los fulgores de un soberano entendi- 
miento, de una vasta erudición, de una febril actividad, 
facultades que recibían vigor y luz de las íntimas excelen- 
cias de su alma, tan fecunda en altos pensamientos como 
en acciones generosas. 

Ingeniero y arquitecto, matemático y geógrafo, histo- 
riador y orientalista, escritor abundante y castizo, llegó a 
sobresalir como un maestro en todas cuantas materias 
puso las manos y nunca por ocioso deporte sino por auste- 
ra y vehemente consagración a la Verdad, pues era la 
ciencia para él como un remanso de su profundo senti- 
miento religioso, de su viril patriotismo, del ansia procer, 
inextinguible, de conocer y de amar. Así, mostrando desde 
su juventud el dominio que tenía de las matemáticas puras 
y aplicadas en la construcción y proyecto de vías, puen- 
tes y faros, obras públicas e invenciones técnicas, dióse 
con gran afición al cultivo de la geografía española: sus 
investigaciones sobre el viejo solar de Castilla le llevaron 
fervorosamente al estudio de su historia y antigüedad ; 
mientras construía caminos nuevos por las llanuras celti- 
béricas, exploraba las vías romanas, los monumentos ára- 
bes, los vestigios de las muertas civilizaciones bajo la cor- 



teza rugosa de los campos castellanos. De manera que 
aquel ingeniero, insigne ya en sus mocedades por su peri 
cia en la ciencia de los números, aquel inventor de calza- 
das \ ferrocarriles, ducho en todas las industrias y artifi- 
cios de la materia \ de la fuerza, vino a convertirse por su 
gran espíritu, y merced a tan geniales aptitudes, en un con- 
sumado geógrafo, en un historiador sagacísimo, en un ar- 
queólogo lleno de noticiosa y fragante erudición. Am- 
pliando cada vez más los horizontes de sus estudios, ejer- 
citó el de Lenguas, y llegó a ser un excelente arabista. Y 
como aun le pareciesen angostas las fronteras de España 
para contener los ímpetus del numen, remontó los vuelos 
de su insaciable curiosidad a las regiones más extrañas y 
escondidas del mar y de la tierra. Las primorosas mo- 
nografías sobre «El Canal de Suez», «Las expediciones 
al Polo Norte» v las «Ideas de los antiguos sobre las 
tierras atlánticas» acreditaron su sapiencia y señorío en 
asuntos universales, así como las obras de historia y ar- 
queología celtibérica, romana y oriental, sus «Obras pú- 
blicas y monumentos de la España antigua», «La vía ro- 
mana de Uxama a Augustóbriga», «La invasión de los 
árabes en España» y sus estudios sobre la literatura al- 
jamiada (tema que eligió para su discurso de recepción 
en esta Real Academia), demostraron su caudaloso saber, 
sus admirables descubrimientos en las más secretas 
penumbras de la Historia peninsular. 

Añadid a esto sus numerosos trabajos sobre teorías y 
aplicaciones técnicas; su incesante labor en el campo y en 
la cátedra, en los institutos sabios y docentes, ya como 
profesor en la Escuela de Ingenieros, ya como individuo 
de número en las Academias de la Lengua, de la Historia, 
de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de la Sociedad 
Laográfica de Madrid, amén de muchas Corporaciones 
doctas de otros países que a honor tuvieron ofrecerle sus 
medallas, y de los cargos públicos que ejerció con recto 
espíritu civil: recordad, en conclusión, sus luminosas in- 
vestigaciones en el solar numantino, en las obras del 
('anal de Suez, donde puso muy arriba la bandera espa- 



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ñola, y habréis cabal resumen del espléndido horizonte 
que abarcaron la prodigiosa capacidad, la formidable cul- 
tura de D. Eduardo Saavedra. 

Tuvo por guías y apoyos para subir tan alto, no sólo 
las cualidades de su robusta inteligencia, sino también las 
alas de su cristiano corazón: juntos y felices vivían en tan 
limpio hogar la razón y la fe, la ternura y el conocimiento, 
desposados y acicalados por el velo pudoroso de la mo- 
destia, virtud en él tan pura y propia como el candor de 
un niño. Fué su vida, gloriosa y dilatada, prueba elocuen- 
te de que la Ciencia, sin los penachos del orgullo, vestida 
con los castísimos cendales de la modestia y sencillez, 
inflamada por el amor de Dios, corrobora el espíritu, 
aquieta las pasiones, mueve la fantasía, madura los pen- 
samientos, los purifica y los levanta a la cumbre de la be- 
lleza intelectual, allí donde se confunden la hermosura, la 
sabiduría y la virtud. 

Más que en sus días de mocedad y de gloria probó el 
Maestro la grandeza y el temple del ánimo en el cre- 
púsculo de su vejez, cuando por una triste dolencia perdió 
la luz de los ojos corporales. Al caer la sombra sobre sus 
pupilas, como un aviso y preparación de la muerte, res- 
plandecieron en su alma con más hermosa claridad todas 
las luces interiores: la entereza del caballero, la templan- 
za del sabio, la mansedumbre del justo. Cerró los ojos y 
la voluntad a los rayos del sol con la resignación y la paz 
de quien tenía dentro de su espíritu más puros y dichosos 
luminares; halló también hartas consolaciones en el amor 
de sus amigos y sus deudos, en los legítimos goces de su 
envidiable reputación, y pocos años más tarde fué su trán- 
sito de este siglo al «inmortal seguro» como un ocaso de 
luna en «la noche serena» de Fray Luis. Docto como él, 
como Salinas ciego, ¡cuan raudo traspasaría el aire todo 
hasta llegar «a la más alta esfera» y oir el son divino de 
«la inmensa cítara», la música «de números concordes», 
bajo la suave claridad del cielo donde jamás anochece! 
¡Con qué avidez y júbilo se abrirían entonces los ojos de su 
alma, tan despiertos en la sombra de los ojos mortales, 



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al fijo Sol de la Verdad suprema! Quien rastreó por los 
caminos del mundo con tan divina afición las claras cen- 
tellas de la Sabiduría, ¿qué gozo no habrá cuando se acer- 
que al ((principio cierto y escondido», a la morada de la 
Ciencia sin origen ni fin? 

«Aquí el alma navega 
por un mar de dulzura, y finalmente 
en él así se anejía, 
que ningún accidente 
extraño o peregrino oye ni siente...» 

Fácil conyuntura es ésta, ya que tengo en los labios la 
dulce y regalada miel de los versos de Fray Luis, para 
otear las flores donde sorbieron tan exquisito néctar los 
antiguos ingenios castellanos y catar sus panales de oro y 
aprender el arte sutil con que supieron emular a las abe- 
jas áticas del Himeto y del Hibla. Porque buscando yo 
un asunto decoroso y excelente que a guisa de noble man- 
to encubriese mi pobreza y desnudez, vine a discurrir so- 
bre «la lengua clásica y el espíritu moderno»; sobre el 
idioma de Fray Luis de León, de Cervantes, de San Juan 
de la Cruz, y ías corrientes espirituales de nuestro siglo. 
Parecerá presuntuoso que un ingenio lego se aventure a 
mantener temas que piden grande lujo de erudición y doc- 
trina, precisamente en el lugar insigne donde el saber tie- 
ne su cátedra; pero yo no pretendo escribir nuevos códi- 
gos ni romper moldes antiguos ni entrometerme en tesis 
filológicas, con irreverencia y desenfado juveniles, sino 
disertar llana y apaciblemente, a lo poeta, sobre cuestio- 
nes que se apovan por igual en la ciencia y en el arte, en 
la razón y la costumbre, en el maduro juicio de los sabios 
y en el ejemplo de los artistas. Con que yo me ponga a 
honesta distancia de los doctos y del vulgo, en ese térmi- 
no medio del escritor humilde y a la par independiente, 
que acata la ciencia de los eruditos y mide el gusto po- 
pular, sin ser partícipe de ambos , pero tomando de ellos 
lo que puede y debe adquirir un escritor de amena litera- 
tura; con mostrarme tal como soy, sin vanos alardes ni 



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escrúpulos sutiles, acaso logre cumplir la obligación que 
tengo de afrontar un tema literario y responder discreta- 
mente a la benevolencia de tan ilustre auditorio. 

¿Son de todo punto incompatibles, como suelen decir 
algunos ingenios contemporáneos, la lengua clásica y la 
sensibilidad moderna? Este puro, castizo y caudaloso ro- 
mance que discurre lleno de fuerza y de avidez, de majes- 
tad y hervor, como un ancho río de vida, en «Las siete 
Moradas», en la «Noche obscura», en «Los Nombres de 
Cristo», en los ((Diálogos de la conquista espiritual», en 
el «Quijote»; este idioma robusto, dulce y claro, que pa- 
rece invención de los ángeles para decir cosas eternas: ¿es 
impotente y viejo para engendrar nuevas criaturas inmor- 
tales, para sentir v comprender las emociones, las gallar- 
días, los orgullos y las ansias del espíritu moderno? Las 
obras príncipes del siglo de oro, ¿no son dechados vivos 
sino glorias muertas, mudos trofeos de glacial arqueolo- 
gía, estatuas yacentes sobre las rotas sepulturas del impe- 
rio español? ¿Es menester acaso cerrar esos libros con sie- 
te llaves como el sepulcro del Cid, según mandan ahora, 
y fundir la lengua de Castilla en nuevos crisoles para 
acuñar holgadamente las novedades de nuestro siglo? 

Tales preguntas son otros tantos clarines, a cuyos vi- 
gorosos clangores se despiertan, como corceles de bata- 
lla, las eternas disputas de clásicos y modernos, de la imi- 
tación y la invención, del pensamiento y de la forma, con 
todo el estruendo v tropel de atabales y banderas, pasio- 
nes y bizarrías que las acompañaron siempre en los tor- 
neos de la historia literaria. Hogaño, igual que antaño, 
muchos ingenios desdeñan la forma v niegan su virtud y 
señorío en el arte. Otros, concediéndola su debida impor- 
tancia como cuerpo y expresión de las ideas, piden una 
forma independiente y libre, desgarrada de toda tradi- 
ción. Y aun hay, por fin, quienes llevando el ímpetu mar- 
cial a sangre y fuego, no sólo recusan la autoridad de los 
clásicos y rechazan el arte (es decir, las leves v discipli- 
nas de la forma, los preceptos y reglas de componer), 
sino que arremeten, a nombre del pensamiento, contra la 



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materia natural del arte \ de la forma, contra el lenguaje 

mismo, queriéndole someter al licencioso capricho indivi- 
dual. Acaso, de todas las rebeldías ésta es la más ciega \ 
perniciosa, pues socava y destruye, no ya las leyes vigen- 
tes de la expresión artística, sino el instrumento vivo de 
la expresión. 

La forma en el Arte es la púrpura de la Belleza, el 
símbolo de su estirpe y dignidad; con él no se esconde ni 
se obscurece el pensamiento, antes bien, se le rinde mayor 
v más público homenaje. Pues ¿quién dará mejores prue- 
bas de amar y esclarecer el pensamiento: quien le pasea 
por vías y plazas desaliñado, indigente, con tosca y ruin 
apariencia, ó el artista que procura traerle aseado y lim- 
pio, galán v bien compuesto, para que lleve tras sí, no sólo 
la admiración del vulgo en la calle, sino también la opi- 
nión de los doctos en paraninfos y bibliotecas? Mal pare- 
cen refinados manjares en pobres dornillos y pensamien- 
tos nobles con groseras palabras, que no medra la verdad 
por ir roñosa y mal vestida ni pierde por arrearse con gen 
tileza y pulcritud. Ni es sólo la forma gala y atavío del 
pensamiento, sino su carne y rostro, su estampa, su tro- 
quel, su cuerpo vivo y perenne por donde se muestra a la 
luz del mundo y a los ojos de los hombres. Fulguran los 
pensamientos a manera de relámpagos en la noche inte 
rior: inflaman nuestros sentidos, rigen la voluntad, go- 
biernan las acciones, pero no logran vida propia, vida in- 
dependiente, hasta que salen de nosotros, como criaturas 
sensibles, hechas carne por la virtud generatriz del espíri- 
tu en las entrañas de la Forma. Y cuanto más robusto y 
excelente sea el cuerpo de nuestros hijos espirituales, más 
años vivirán en la tierra y darán larga prueba de sí con 
fuerte y copiosa prole, por todos los siglos de los siglos. 
Porque la materia se trunca, los hombres pasan, las accio- 
nes se olvidan, los pensamientos se esparcen, pero la 
Forma queda. La generación de lo Bello responde a la 
misma ley de la vida: fenecen los individuos, las civiliza- 
ciones, las costumbres; evoluciona la humanidad, alumbra 
nuevas aguas, abre nuevos surcos, pero los tipos ideales 



— 13 — 

v las formas perfectas permanecen incólumes como supre- 
mos dechados, como efigies de la eterna Hermosura. 

Tan esencial como la forma en el arte es el arte para 
el dominio y posesión de la forma. Viejos son los errores 
y comunes las rebeldías contra las leyes del arte: hoy, 
como ayer, corren por libros y papeles, para lisonja y dis- 
culpa de los ingenios fáciles, atropellados y perezosos. En 
nombre de la naturaleza, del libre fuero individual, se 
pide romper todos los cánones, todas las leyes" recibidas 
por la experiencia y el ejemplo de los más gloriosos artí- 
fices. La gramática, la retórica, las artes de la elocuencia 
y del estilo fueron siempre enemigas personales de las ju- 
ventudes impacientes y ambiciosas. La Ley, garantía de 
toda libertad, ofende como un yugo a los amigos de la li- 
cencia. Es más cómodo y hacedero salir por atrios y lon- 
jas pregonando novedades v falacias, como los antiguos 
sofistas, que inclinar la frente, llena de fuego v de sudor, 
en el taller de las Musas y labrar el duro mármol a golpes 
de martillo y de cincel. Porque a todas las herejías contra 
el arte y la forma presiden casi siempre la pereza y una 
lóbrega confusión (origen de mil errores) entre la (¡con- 
cepción artística», que es absolutamente personal y libre, 
sin estorbos ni yugos, y la (¡ejecución técnica», la cual ar 
guye aprendizaje y orden, imitación y estudio de los bue- 
nos modelos, paciencia, sacrificio, vocación. Todas las 
artes tienen su fundamento y raíz en la naturaleza, mas 
de ello no se infiere la nulidad de la disciplina, pues las 
aptitudes naturales se ejercen con más pujanza y primor 
cuando las rige un prudente y luminoso magisterio. Nadie 
que esté en su sano juicio sofocará su propia valentía bajo 
la férrea pesadumbre de inútiles corazas; pero tampoco 
estará muy en sus cabales quien pretenda imponer a todo 
hierro de ley, de experiencia y autoridad los arrebatos del 
instinto, la temeridad y el arrojo. Contra la tiranía de los 
dictadores pongamos el ímpetu del numen; contra la li- 
cencia de los rebeldes, el noble ejemplo de los clásicos. 

Mentar el clasicismo es para el vulgo imaginar una 
estantigua, un dómine enjuto y senil, de recias gafas y ca- 



— 14 - 

bellos de nieve, con las narices corvas metidas en viejos 
infolios y el espíritu cerrado a los aires salubres de la 
vida. Este será, a lo sumo, el pseudo-clasicismo francés, 
el melindroso genio del prosaísmo y la rutina que acicala- 
ba los rizos de la peluca de Boileau ; pero jamás el puro y 
neto clasicismo, el fuego sagrado que inflamó las almas 
de Homero y Sófocles, de Virgilio y Dante, de Petrarca 
v Shakespeare, de Cervantes y Fray Luis, que nada tie- 
nen de común con las pelucas y almidones del «Hotel 
Rambouillet». El clasicismo es fuente de vida y arte, de 
sencillez y grandeza, de indómita pujanza, de hermosura 
viril ; es ansia de perfección, de belleza ideal, y a la vez 
realismo exaltado y vigoroso; es sentimiento de la natura- 
leza, amor a las costumbres, inspiración actual y perma- 
nente, libertad robusta y exuberante, rica y graciosa ju- 
ventud. La sangre helénica transfundida en las arterias 
de Roma, las puras formas del Ática, modelando el espíri- 
tu cristiano en las aulas del Renacimiento, viven aún en 
las literaturas presentes, y con más opulencia en las que 
son hijas o discípulas del genio latino. Existe, pues, una 
poderosa unidad en la historia de la cultura y una tradi- 
ción incontestable cuyas raíces se hunden bajo la tierra 
de la sacra Ilion. Nos alumbra todavía la luz del Rena- 
cimiento: sobre el polvo y el tumulto de las behetrías mo- 
dernas salta vencedora esa oleada perenne y eterna de la 
Hermosura que brota de las fuentes inmortales de la clá- 
sica antigüedad. Los más calificados innovadores, los más 
rebeldes románticos, los ingenios más independientes fue- 
ron, sin mengua de su libre inspiración, profundos cono- 
cedores e imitadores del arte antiguo. Encarnar en las 
formas de la belleza inmarcesible los pensamientos nue- 
vos, los sentimientos personales: tal hizo Andrés Chénier, 
levantándose con las alas de los poetas de la Antología 
sobre la retórica vulgar del siglo xvm. Escanció Leopardi 
sus ansias de lo infinito, su desesperada ternura, en ele- 
gantes vasos atenienses. Derritió Carducci, con la lumbre 
y vigor de sus emociones, la marmórea dureza del exáme- 
tro y ató los corceles del pensamiento a la noble carroza 



— 15 - 

del estilo. Pues ¿qué decir del Júpiter de Weimar, del 
más cabal y profundo poeta de los tiempos modernos? 
¿Dónde mayor pureza clásica? Nadie, como Goethe, reci- 
bió la influencia de su siglo para devolverla después con 
tan irresistible soberanía ; nadie en fin se elevó con tan glo- 
riosa embriaguez a las cumbres y nidos de las águilas del 
Parnaso. «Y no se diga — escribió a este propósito el clarí- 
simo autor de Pepita Jiménez — que quien en cierto modo 
reproduce lo antiguo, ni piensa ni siente como en el día, y 
que su poesía es anacrónica. La belleza de la forma es in- 
mortal ; no pasa de moda nunca, y por ella las antiguas 
imágenes, fábulas y alegorías renacen y cobran juvenil 
frescura, y adquieren significación más alta, cuando una 
fantasía valiente se hunde en el seno de las edades remo- 
tas, y de allí las trae a la vida actual y a la luz del sol que 
hoy nos alumbra. El que tiene mente y corazón y mira el 
espectáculo del mundo, de la historia en su largo proceso, 
y de la vida humana con sus sentimientos y pasiones, se 
pone en medio del raudal de los siglos, del movimiento 
incesante de las inteligencias, y cuanto dice es tan nuevo 
como puede y debe ser, aunque se revista de forma anti- 
gua, si hemos de llamar forma antigua a la forma bella». 
Harto lo mostró con el brío de su excelente ingenio quien 
escribió estas palabras y derramó en sus obras la exquisi- 
ta lengua de los místicos. Ejemplo también nos dan a bor- 
bollones todos los grandes poetas de Castilla, los más 
cultos y a la par los más originales. Pero ¿quién como el 
primero de todos, el inmortal Fray Luis de León 

«que virtió añejo vino en odres nuevos 

y la forma purísima pagana 

labró con mano y corazón cristianos?» 

Ya que cité los versos del divino montañés, cuya reciente 
pérdida lloran las Musas españolas con lágrimas de fuego 
y oro, ¿qué otra cosa hizo el Maestro Menéndez y Pelavo 
sino infundir en las puras formas clásicas el espíritu mo- 
derno de la erudición y de la crítica? Por eso fué, no sólo 
un sabio, pero también un admirable artífice. El estudio y 



- ió - 

familiaridad de los modelos clásicos educa el gusto, apa 
cunta los sentidos, nutre la fantasía de nobles imágenes, 
•adiestra la pluma, corrige los ímpetus de la emoción, da 
luces al juicio y alas al pensamiento. Quien los ignora 
suele caer en la extravagancia o recibir su influjo por se- 
gunda o tercera mano. ¡Cuan frecuentes son los ingenios 
que se juzgan originales porque nada conocen, y repiten, 
sin saberlo, aquello mismo que menosprecian! ¡Cuántos 
beben con avidez en cantaricos y orzas no muy limpias el 
agua que desdeñaron en la fuente ! 

Discernida, pues, la imitación como silla, freno y es- 
puela de la invención: ¿serán menos dignos de emularse 
los clásicos españoles que los griegos y romanos? Y no se 
tilde aquélla de imitación refleja y secundaria, pues los 
claros ingenios de Castilla jamás copiaron servilmente y 
fueron tan cabales, compitiendo con Horacio y Virgilio, 
como puede serlo ahora quien logre seguir y adelantar los 
pasos de los Medinas y Granadas, de los Cervantes y 
Leones. Porque lo propio y esencial, lo inimitable del 
poeta es el sentimiento. La originalidad no está precisa- 
mente en la forma, ni siquiera en las ideas, sino en la emo- 
ción que todo lo inflama, remoza y transñguia. Sin emo- 
ción el arte se congela en prismas duros, quebradizos e 
incoloros. La sensibilidad del artífice rejuvenece los an- 
tiguos moldes, los hinche de sangre y de espíritu, funde 
la materia en el horno de su corazón, la aquilata, golpea, 
dobla y repuja como blando hierro, y al imitar las formas 
de la naturaleza y del arte, vuelve a concebirlas y a traer- 
las en sus propias entrañas. Y estas creaciones son hijas 
del mimen del artista, como los frutos de la carne, aunque 
unos y otros están sujetos a la ley y estructura de las for- 
mas comunes a la especie. El más alto escritor, el más in- 
dependiente de cualquier siglo ; , aunque no quiera, no hace 
sino usar y perfeccionar las formas y materias artísticas 
heredadas de sus mayores, y sólo a condición de conocer- 
las y poseerlas profundamente puede llegar a superarlas 
y renovarlas, infundiéndolas vida y espíritu, realizando 
esa majestuosa evolución del arte que no se hace jamás 



- 17 - 

«por saltos», pero al mO|do de la naturaleza que del padre 
saca al hijo, de la simiente el fruto, de lo antiguo lo nue- 
vo. Apoyándose en la tradición para aprenderla y sobre- 
pujarla, escribían siempre nuestros clásicos: por eso eran 
a la vez innovadores y castizos. 

El sentimiento es la semilla preciosa del arte: nuestro 
corazón ama la belleza, pugna por alcanzarla, como el ave 
cautiva salta por subir al cielo. Pero la sensibilidad no es 
suficiente. Todos los hombres son más o menos sensibles, 
v, sin embargo, ¡ved qué pocos los poetas, qué pocos los 
artistas que merezcan nombre de tales ! Menos dichosa la 
criatura racional que las avecillas de la selva, no tiene 
como el ruiseñor un canto natural, no aprendido, para 
exprimir sus sentimientos. Todos los ruiseñores son artis 
tas. Pero no todos los hombres son poetas. La sensibilidad 
no les basta para serlo: la sensibilidad es el arpa de Béc- 
quer donde duermen las notas 

«como el pájaro duerme en las ramas 
esperando la mano de nieve 
que sabe arrancarlas...» 

Y esta «mano de nieve» es la emoción ; pero tampoco 
la emoción natural y abandonada a sí misma, sino la emo- 
ción templada, dirigida y gobernada por el arte. Sin el 
arte la emoción es una mano torpe y dura, no delicada y 
de nieve, que golpea y rompe las cuerdas de la sensibili- 
dad en vez de pulsarlas y tañerlas con movimientos divi- 
nos. Lo cual no contradice la sentencia de que «el poeta 
nace»; antes bien, la confirma y corrobora, pues el poeta 
es el ente privilegiado que nace para sentir las más puras 
y soberanas emociones, y por esto es esencialmente poe- 
ta, pero no canta como el ruiseñor por natural instinto, 
sino por modo más alto y complejo: por naturaleza y por 
arte. ¡Cuántos nacieron poetas que no escribieron un solo 
versó en su vida! Y ¡cuántos también llenaron de versos 
libros y papeles sin una sola centella de inspiración! Por 
donde se declara la eterna verdad del precepto de Hora- 



- 18 - 

fcío: nada vale el arte sin el ingenio ni el ingenio sin él 

arte. 

Cusas son éstas pueriles y olvidadas de puro sabidas, 
por 1<> cual conviene recordarlas; pues las más bellas y 
útiles invenciones suelen nacer de las recias, sanotas y fe 
cundas verdades de Pero Grullo. Por olvidar que la con 
cepción y la expresión artísticas son cosas diversas, como 
el arte y el ingenio, la imitación y la invención, el clasicis- 
mo y el arcaísmo, el pensamiento y la forma; por enredar 
v confundir estas madejas se dicen tantas sinrazones, lo 
mismo en los mentideros del vulgo que en las tertulias de 
las gentes algo letradas. Hoy retoñan los errores del si- 
glo xvni y pugnan por convertir el siglo xx en un erial de 
prosaísmo y pedantería; desamparamos la generosa tradi- 
ción castellana para irnos de bureo con el ingenio francés, 
que así le pega al español como a un Santo Cristo un par 
de pistolas. 

Decir arte clásico nacional es decir arte realista; pero 
ni el realismo es la servil imitación de la naturaleza ni el 
clasicismo la imitación servil de los libros; no se alcanza 
la investidura de clásico sino a condición de expresar la 
vida, y no se expresa artísticamente la vida sin el conoci- 
miento y posesión del arte. Quien repudia sus leyes y ejer- 
cicios e ignora las Musas griegas y latinas y desprecia las 
castellanas ; quien destruye la materia natural del arte y 
de la forma, el puro y castizo lenguaje; se atiborra de li- 
bros forasteros; piensa en francés para hablar en español, 
y aborrece las glorias antiguas, sin conocerlas ni estudiar- 
las, no podrá escribir mas que dislates, sin la disculpa de 
escribirlos bien. 

Preciso es que el poeta viva a compás de su tiempo ; 
mas no como esclavo de sus modas ni coribante de sus 
danzas, sino como escrutador profundo de lo que vive cla- 
ro y permanente bajo las ondas turbias de lo actual. Si 
desdeñando el hervor y oleaje del siglo busca en sus en- 
trañas silenciosas y toca el eterno fondo, será, no sólo un 
hombre de su tiempo, sino de todos los tiempos, porque el 
hervor se enfría, las espumas fenecen, las ondas van a la 



— 19 — 

mar; pero el cauce es siempre el mismo y permanece in- 
mutable bajo el estéril vocerío de las aguas. 

Una literatura nueva y original, de honrada inspira- 
ción, amante de la naturaleza, nutrida con todos los au- 
mentos de las ciencias y las artes, no puede ser enemiga 
de la literatura clásica ni incompatible con la lengua del 
siglo de oro. El clasicismo castellano es la más dichosa y 
fecunda unión que se ha hecho en el mundo de las dos 
grandes corrientes estéticas de la historia: del helenismo 
y el cristianismo, de la hermosura de las formas y la pro- 
fundidad de los sentimientos. Ambas poderosísimas co- 
rrientes, mezcladas en un solo raudal, constituyen la san- 
gre y el espíritu de la cultura moderna, del arte contempo- 
ráneo, de nuestras letras, usos y costumbres. Creer que las 
revoluciones de los dos últimos siglos han desviado, han 
agotado aquel eterno manantial y que las mayores nove- 
dades presentes no son hijas legítimas o espúreas del Re- 
nacimiento, es vivir de espaldas a la historia. 

El tiempo actual, sobre todo en España, está plagado 
de ficciones, de leyendas y de equívocos, de farsas licen- 
ciosas que transcienden con grosero impudor de la políti- 
ca al arte. Y una de las ficciones más insensatas es la que 
pretende torcer y recabar para sí el sentido del progreso, 
el sentido de la cultura, el sentido de la civilización. Por- 
que llaman algunos civilización, cultura y progreso a cosas 
tan viles y embusteras que, de ser así, habría para negar y 
aborrecer nuestro siglo y pedir una nueva invasión de bár- 
baros jóvenes y puros que barriesen hasta los últimos ras- 
tros de la libertad. Pero no: no es el progreso el jacobino 
codicioso, ignorante de la historia, que hace tabla rasa del 
arte y de la ciencia ; no es la cultura el menosprecio de las 
leyes, ni la civilización es la ingratitud ; no es el genio es- 
pañol de nuestros días el ímpetu negativo y brutal de las 
semanas sangrientas, sino el honrado numen continuador 
de las gloriosas tradiciones: el numen que inspiró a Don 
Eduardo Saavedra, a D. Marcelino Menéndez y Pelavo, 
a muchos otros varones, lumbre y honor de la nueva cien- 
cia española. 



— 20 - 

En nombre del espíritu moderno, interpretado y defi- 
nido a merced del gusto caprichoso de ciertos hombres, 
suelen motejar de trasnochados \ arcaizantes, en literatu 
ra lo mismo que en política, a cuantos no doblan su albe- 
drío v su criterio al yugo impertinente de las modas pasa- 
jeras, al último patrón aderezado por los pérfidos y fala- 
ces modistos del pensamiento y la palabra. En nombre del 
espíritu moderno se niega la autoridad, se reniega de la 
historia, se escarnece la tradición, se ultraja el sentimiento 
religioso, se da rienda suelta a todas las pasiones, como 
si sólo fueran legítimos y modernos el desorden, la igno- 
rancia, el escepticismo y la anarquía; como si el mal y el 
bien no los trajesen, como carga y blasón, todos los siglos. 
No seré yo quien calumnie al nuestro rebajando sus gene- 
rosas ansias al nivel de tales heces ; lícito orgullo y exqui- 
sita gloria de la presente Edad son sus progresos jurídicos 
y sociales, la noble preocupación de los problemas éticos 
y metafísicos, las peregrinas invenciones de la ciencia ex- 
perimental y esta sed del espíritu, nunca satisfecho, esta 
trágica exaltación de las almas, que aun las hundidas en 
el error y la violencia se sienten hoy más desgarradas, más 
dolorosas y religiosas que nunca. 

Cuando la corriente inexorable del tiempo arrastre al 
eterno mar las impurezas de nuestro siglo, quedará éste a 
la consideración de lo porvenir como uno de los más pro- 
fundos y espirituales de la historia. Bajo las vanas espu- 
mas de la superficie, corre en lo hondo la pura linfa, el 
raudal de salud que vino de las fontanas de Nazareth y 
bañó los mármoles griegos y latinos y se cercó de rosas v 
azucenas en los remansos de España. Aun late en nues- 
tros corazones modernos la tradición castiza y vive la len- 
gua de Cervantes con su antiguo sabor, no sólo en el 
«Quijote», sino en boca del pueblo (que es su señor natu- 
ral), fuera de los centros urbanos, donde la destrozan 
bárbaramente para que sirva mejor a los altos fines de la 
sensibilidad y del progreso, conforme sentencian estas 
cosas los que las miran al revés. 

Porque lo que llaman «sensibilidad», y yo entiendo 



— 21 — 

como facultad de sentir, y más ampliamente todavía, 
como capacidad del sentimiento para las grandes y exqui- 
sitas emociones, para la compasión, la ternura, la caridad 
v la belleza es para muchos como sinónimo de «sensuali- 
dad», y aquí sí que llevan razón los tales, pues el idioma 
de Castilla, forjado por hombres fuertes y varoniles, no 
sabe expresar con exótica finura pensamientos livianos: 
blanda y regalada para decir las cosas del corazón, ele- 
gante y sutil para declarar puros afectos, es torpe, áspera 
y cruda si desciende a satisfacer viles pasiones. 

No soy enemigo de novedades forasteras cuando se 
acomodan al genio peculiar de nuestra raza, cuando res- 
ponden a estímulos vehementes de la necesidad o la cul- 
tura, cuando se asimilan, como sabrosos alimentos, a 
nuestra sangre y espíritu. Ni me gusta poner diques a la 
evolución de las cosas; antes bien, quiero impulsarla; 
pero sin saltos ni ficciones, a ejemplo de la madre natura- 
leza. Doy por supuesto que se ha progresado de Cervan- 
tes acá, no en capacidad sensitiva — pues la sensibilidad 
de un español del siglo xx, de un poeta de ahora, el más 
exquisito de todos, no me parece superior a la sensibilidad 
de Fray Juan de los Angeles, de Santa Teresa de Jesús o 
el Príncipe de los Ingenios — , pero sí, nadie puede negar- 
lo, en horizontes intelectuales, en variedad y copia de sa- 
ber, en ciencia y recursos económicos. Pero las nuevas ne- 
cesidades que esto acarrea ¿exigen una transformación 
del idioma? Entiéndase: cabe renovación, y la hav de fijo, 
no por el antojo de los escritores ni aun por la autoridad 
de los maestros, sino por la libre voluntad del uso, por el 
oleaje de la creciente léxica, del caudal de voces, que son 
al habla lo que las ondas al río; pero quienes buscan des- 
truir el cauce, la arquitectura de la lengua, su índole propia 
y castiza, su forma clásica, so pretexto de enriquecerla y re- 
novarla, se conducen a la manera del insensato que here- 
dase un cofre lleno de onzas peluconas y para rehacer su 
peculio principiase por tirar las onzas. 

Rasgo esencial es del genio español la virtud que tie- 
ne para juntar el realismo más crudo y humano con las 



— 22 — 

efusiones más sublimes del idealismo espiritual. Esta es 
la clave con que acertamos a comprender su historia, su 
arte, su literatura, su filosofía, sus costumbres, su idioma, 
en fin. Patente vemos tan admirable facultad en los hé- 
roes, como el Cid Ruy Díaz y San Ignacio de Loyola; en 
los místicos, como Santa Teresa y San Juan de la Cruz; 
en los grandes pintores, como Velázquez y Murillo; en los 
filósofos, como Raimundo Lulio y Juan Luis Vives; en 
los altos ingenios, como Cervantes y Lope. No hay un es- 
pañol de buena casta, fraile o seglar, santo o poeta, artis- 
ta o teólogo, noble o pechero, que no traiga este don, a la 
vez divino y profano, en lo más hondo y vivaz de sus en- 
trañas, a modo de cifra y símbolo de la fecunda naturale- 
za del hombre, cuyas raíces se hunden en la tierra para 
elevarse al cielo con más ímpetu y esplendor. Acrisolada 
la lengua de Castilla por almas y brazos de tan puro tem- 
ple, amasó también idealismo y realismo en su inmortal 
encarnadura, y fué apta, recia y sensible para decir con las 
palabras más comunes los más complejos e ideales pensa- 
mientos. Sin otro tesoro que las razones del vulgo, con- 
certadas por el arte de los doctos y enardecidas por el 
fuego del corazón, supieron expresar Alonso de Cabrera, 
Juan de Pineda, Pedro de Valderrama y otros tales las 
más encumbradas teologías, los más alambicados primo- 
res del entendimiento v la sensibilidad. 

Muchos y diversos afluentes se juntaron para henchir, 
hermosear y enriquecer la lengua del gran siglo, subién- 
dola a las cumbres de su trono, orgullosa, robusta, des- 
bordante de vida y de color, derramándola después por 
ambos mundos al paso militar de los ejércitos, tras las 
banderas imperiales. Uno de aquellos manantíos fué la 
vena caudalosa del Renacimiento que llenó majestuosa- 
mente los álveos de oro de Garcilaso y León, de Granada 
y Herrera por el influjo magistral de los humanistas y po- 
lígrafos. Otro, más español y profundo, fué el realismo 
castellano, la tradición genuinamente castiza, que vino a 
retratarse, como en anchos espejos, en el teatro y la nove- 
la. Ambas corrientes, la influencia erudita y el empuje 



— 23 — 

vulgar, viva y gloriosamente mezcladas, nutrieron la ins- 
piración v modelaron el idioma, acentuándose, como es 
lógico, el realismo en los géneros populares, en las obras 
de Lope de Rueda, en «La Celestina», en el «Lazarillo», 
en el agua fuerte de Mateo Alemán, y la tendencia culta 
en las obras doctrinales en «Los Nombres de Cristo», en 
la «Guía de Pecadores», en el ((Discurso» del Maestro 
Medina, en los ((Diálogos» de Juan de Yaldés, hasta venir 
hirvientes, torrenciales, á desaguar en el hondo piélago 
del «Quijote», inmenso depósito de los raudales clásicos, 
de las tradiciones heroicas, de las linfas itálicas, de las 
vertientes novelescas, de los libros de caballería, del Ro- 
mancero y del Teatro, de las fuentecillas paremiológicas, 
de todo, en fin, cuanto nutrió la cultura y la lengua del 
siglo xvi. Todo lo granjeó Cervantes, de todo sacó parti- 
do para superarlo todo, para cifrarlo, transfigurarlo y en- 
grandecerlo, para cimentar así su rotunda creación y ofre- 
cer a la posteridad el más puro modelo del arte literario y 
del idioma artístico. 

Es muy frecuente decir: ¿cómo escribiría Cervantes 
si viviese ahora? Y se me ocurre contestar: pues escribiría 
como escribió en su tiempo, como los propios ángeles. 
Hay en la factura del ((Quijote», según es notorio, dos 
aspectos inconfundibles: el que refleja la observación po- 
tente de la vida, los tipos y costumbres, el habla común y 
saladísima del vulgo, y otro de erudita elegancia, con el 
dejo sutil de la docta antigüedad. Pues ¿acaso podía 
quien era tan cabal artífice desmentir la ley del arte y 
crear algo cuvas formas no tuviesen raíz ni antecedente? 
Si en la profunda concepción del «Quijote» el libre genio 
cervantino voló a las cumbres de la inmortalidad sin otras 
alas que las suyas aguileñas, fué, en la expresión artística 
de la obra, como todos los grandes poetas de su tiempo, 
un cultivador dichosísimo de la lengua heredada, el que 
supo traerla con más garbo, elocuencia y hermosura. 

Pues a escribir ahora seguiría el mismo procedimiento 
que usó entonces: fundiría en el crisol de su arte el habla 
vulgar, el habla de los campesinos castellanos y andalu- 



-- 24 — 

ees — que es hoj con pocas diferencias la misma cid siglo 
de oro — v el idioma culto, el idioma literario recibido de 
los maestros. Lo que no haría Cervantes si volviese a na- 
cer es tomar por gigantes los molinos, las bacías por yel- 
mos, por escuadrones los rebaños y confundir la ciencia 
con la pedantería, la realidad con la ficción, el espíritu 
con la letra, como suelen muchos ahora, creyendo a cierra 
ojos que tiene color y sabor de romance castellano el que 
priva en los mentideros de la ciudad y en las mesas de los 
cafés, el mestizo idioma que corre por libros y papeles 
bajo la pluma de algunos escritores, tan distantes del pue- 
blo español como la Selva Negra del río Guadalquivir. 
Aborrecer de esta suerte la pulcritud de la forma y escri- 
bir a cien leguas de la realidad y la tradición es volver la 
espalda a las dos realidades, a las dos tradiciones en que 
se apoya la literatura de todos los tiempos: el arte clásico 
y el buen sentido popular. 

La decadencia y laxitud creciente de la lengua culta 
nos exige a todos — pues todos somos algo pecadores — la 
obligación de tornar a las fuentes de su pureza nativa: el 
habla común y los modelos de antaño. Sacar a luz los 
libros del siglo de oro no es galvanizar difuntos ni remo- 
ver escombros y cenizas ; porque el idioma purísimo y ro- 
zagante del «Lazarillo», del «Guzmán» y del «Quijote)) 
vive no sólo en esas obras perennes, sino también, con 
ruda lozanía, en la boca del vulgo, del generoso vulgo es- 
pañol, en las riberas del Tajo y del Guadiana, del Ebro 
y del Tormes, del Bétis y del Genil. Lo que sucede es que 
así como en estos picaros lustros de vocinglera demago 
gia se van perdiendo todos los caudales, todas las ricas 
herencias del pueblo español, sus vínculos de raza, su or- 
gullo viril, sus costumbres y fueros democráticos (los cua- 
les en otro tiempo juntaban familiarmente al vulgo y a los 
doctos en la vida y en los libros, en las acciones y en el 
habla), vemos ahora cada vez más en pugna y en divorcio 
a los letrados y al pueblo, hasta el punto de vivir como dos 
castas incompatibles sobre el mismo solar. Y esta profun- 
da separación entre el vulgo v los elementos intelectuales 



— 25 — 

v directores — que dio origen a todos los desastres del si- 
glo xix — inflige no pocos daños a la vida civil y a la re- 
pública de las letras: uno de ellos es que ambos, los cultos 
v la plebe, no sólo se desprecian, porque mutuamente se 
ignoran, sino que tienden a usar dos idiomas distintos. 
¡Cuan lejos estamos de aquella augusta democracia espa- 
ñola en que al ornato y brío de la elocuencia no eran po- 
bres ni angostos ni plebeyos los límites del romance que 
todo el mundo hablaba y entendía; cuando una ((plática 
familiar de vieja castellana junto al fuego» bastaba a con- 
tener holgadamente, no sin primor y elegantísima hermo- 
sura, los más altos conceptos del Amor divino! Ahora, los 
artistas de la palabra, huyendo por lo común del vulgo y 
de sus puras tradiciones,' raíces todas de la patria, se for- 
jan a su sabor otro lenguaje, lleno de presunción y altane- 
ría, para hallarse más a compás, según ellos dicen, del es- 
píritu moderno. 

¡El espíritu moderno! Pero ¿existe tal vez un espíritu 
actual, extrínseco, independiente de la inmutable natura- 
leza humana, una especie de anima temporis, superior a las 
almas substanciales y eternas de los hombres? Esto que, 
en absoluto, en pura filosofía, es contradictorio, pues el 
hombre no cambia de naturaleza, es siempre el mismo en 
sus rasgos íntimos y fundamentales, parece un hecho en el 
orden relativo de la historia. Cada estado social, cada siglo 
y aun cada pueblo o comunidad de hombres tiene su índo- 
le propia, una fisonomía, una vocación dominante, un 
modo peculiar de conocer y sentir la vida, a todo lo cual 
suele llamarse espíritu, no con entera exactitud, pues lo 
que el tiempo muda, lo que el progreso labra, lo que la 
ciencia y el arte rectifican o descubren no es la esencia, el 
espíritu de las cosas, sino sus formas y fenómenos, sus re- 
laciones y sus leyes, y aquello en que una sociedad difiere 
de otra en el transcurso del tiempo no es en el espíritu sino 
en sus modos de actividad u orientación. Debería, pues, 
decirse en vez de alma o espíritu y otras expresiones (ma- 
terialistas y viciosas aplicadas a lo temporal), genio o ca- 
rácter, como más propiamente decían los antiguos. 



— 26 - 

Mas, despejando esta cuestión de fórmulas y de nuin 
jres, fácil es advertir cómo, en un campo relativo y con 
fronteras no bien determinadas, toda nueva cultura ofrece 
un nuevo modo de interpretar la vida y acomodarse en 
ella, de donde nacen códigos, instituciones, costumbres, 
artes y ciencias más o menos puros que a su vez modifican 
la condición moral y hasta el semblante físico de los hom 
bres y de los pueblos. Sobre el fondo común de la natura- 
leza humana, sobre ese modelo inalterable, ¿quién no ad- 
vierte el matiz de cada siglo? ¿Quién, sin ser poeta, no se 
figura las edades y civilizaciones como bultos o retratos 
de singular fisonomía, como imágenes de hombres que, 
aun siendo tales, aun teniendo todos el aire de la familia, 
de la especie, acusan la poderosa diferencia del rasgo in- 
dividual? Hombres fueron, y en el más alto y duradero 
sentido, Platón y San Agustín, Aristóteles y Kant: nadie 
podrá confundir sus nombres ni sus vidas. Egipto y Gre- 
cia, Cartago y Roma, la Edad Media y el Renacimiento, 
son formas históricas del espíritu eterno de los hombres; 
mas ¿quién osará decir que son iguales? 

Ahora bien: ¿qué rasgos caracterizan a nuestro tiempo 
y le hacen diferente de los otros e inconfundible en la his- 
toria? Antes de responder a esta pregunta es preciso aqui- 
latar nuestro tiempo, saber cuál debemos circunscribir en 
la serie de los últimos siglos como época singular y provi- 
sionalmente moderna. Conviene concretar mucho estas 
cosas porque de su confusión nacen innúmeros errores. 
Moderno es distinto de contemporáneo ; mas la mayor par- 
te de los que se llaman a sí mismos hombres modernos 
quieren decir que son contemporáneos, esto es, actuales 
en el sentido más próximo, limitado y torpe de la palabra. 
Ser moderno de esta manera es no ser nada espiritualmen- 
te, pues, por una parte, sólo implica el hecho natural de la 
existencia en el momento que se dice, y, por otra parte, la 
ciega sumisión a lo más fugitivo, externo y superficial de 
la vida presente, por cuanto ésta sólo adquiere fijeza, sig- 
nificación rotunda, así que concluve de elaborarse, cuando 
logra sustraerse al crudo rabión de lo inmediato. Por eso 



- 27 — 

abundan los hombres que se juzgan modernísimos al ser 
esclavos de la moda, y se apresuran a adoptar, según diji- 
mos, el nuevo figurín, la última postura, aun a riesgo de 
parecer ridiculos y añejos en cuanto salta el aire de otra 
moda v cambia la veleta de la movible actualidad. Para 
ser íntima v verazmente moderno conviene huir de las co- 
rrientes superficiales del siglo y descender a las capas se- 
renas y profundas que, siendo actuales y vivas, son tam- 
bién de todos los tiempos, porque entrañan la historia sin 
solución de continuidad. Sólo de esta suerte, desdeñando 
el instante que huye, para abarcar de golpe lo pasado y lo 
porvenir, se es hombre moderno y, a la par, hombre de es- 
píritu. Así, Cervantes, al sacudir las espumas de su época, 
fué el más moderno de 'sus contemporáneos y sigue sién- 
dolo en nuestros días y lo será por todos los siglos de los 
siglos. Mas ¡cuántos escritores, entre sus coetáneos, por 
seguir la moda pseudo caballeresca de entonces hallaron 
su propia mortaja en los flamantes arreos de la engañosa 
actualidad! 

A esta luz no me parece difícil conocer la índole de 
nuestro tiempo y apartar de su rostro los afeites y percibir, 
tras los falsos barnices, los rasgos agudos y característi- 
cos, los que descubren su peculiar condición, aunque sea 
de un modo aproximado, pues tal estudio sólo puede ha- 
cerlo, clara v definitivamente, la posteridad. Tres vivas in- 
clinaciones, a mi entender, singularizan nuestra época y le 
dan carácter impetuoso y bizarro; tres fuertes impulsos 
cuyas raíces, aunque son bien robustas y antañonas, hallan 
más dócil tierra y más viciosa nutrición en el suelo abona- 
do y ardiente de nuestro siglo. Ello es, al fin, que la Edad 
presente, aun advirtiendo cuan artificiales v movedizas 
son las fronteras cronológicas, puede reducirse, desde el 
último tercio del siglo xvni, a tres grandes movimientos: la 
democracia en la sociedad ; el criticismo en la ciencia ; el 
romanticismo en el arte. Explicar la convivencia de prin- 
cipios tan contradictorios y discernir cómo su recia pugna 
y perenne conflicto producen la inestabilidad y perpetua 
fluctuación de todas las cosas modernas, sería labor inte 



— 28 - 

cesante, pero ajena al fin y proporciones de mi discurso. 
Así, conforme entiendo, Rousseau, Kant y Goethe son los 
hombres representativos de la época; el Contrato social, 
la ( ntica de la razón pura v el // rrtlwr las fuentes aun no 
agotadas, los veneros embriagadores de nuestro siglo 
igualitario \ a la ve/ individualista, negador de todo y an 
sioso de afirmaciones, cristiano y pagano, siervo de la ex- 
periencia v soñador de lo infinito, apologista del derecho 
y rebelde a toda ley, romántico hasta en el clasicismo más 
docto y en el naturalismo más vil, egoísta y sensible, ma- 
terialista ciego e idealista fanático, incrédulo y místico, 
monstruo colosal de herejías y de glorias, como nieto, al 
fin, aunque desfigurado, del Renacimiento. 

Al ordenar en lo posible las frondosas ramificaciones, 
los frutos peregrinos de este árbol de vida y de ciencia 
vemos: que las teorías absorbentes y democrático-socialis 
tas del Estado traen, junto a los más groseros ímpetus de 
la barbarie jacobina, no pocas leyes de generosa protec- 
ción, nobles instituciones de caridad y enseñanza, de pre- 
visión y de ahorro, el concepto cada día más justo del de- 
ber y del derecho, la progresión creciente de la vida civil ; 
la crítica implacable de los antiguos instrumentos de co- 
nocer ha producido el desarrollo insigne de las ciencias de 
aplicación, y, al mismo tiempo, una inquietud, un pesimis- 
mo vagabundo que, al cabo, después de errar y gemir en 
las tinieblas, torna a las luces inmortales con ansias vivas 
de conocimiento y de amor; la libertad romántica de los 
artífices y poetas ha ensanchado los horizontes del numen, 
ha enriquecido las artes, ha puesto cerca de nosotros las 
lejanías históricas, las razas forasteras, los ideales anti- 
guos y, a vuelta de muchos errores y complacencias mal- 
sanas, se le debe, sin duda, una mayor comprensión de la 
naturaleza, una más honda piedad, el amor al paisaje, a la 
música, a los goces del entendimiento, esa ternura tan de- 
licada, esa simpatía del niño y la mujer que transciende, 
si no a la vida pública, a lo menos en los papeles y en los 
libros de ahora. Pero todo, el bien y el mal, surge revuelto 
y confuso, alterado por extrañas fermentaciones, lejos, tal 



— 29 — 

vez para siempre, de la serenidad y proporción de otras 
edades que hoy, acaso por la poética distancia, nos pare- 
cen más bellas y dichosas. 

No se me oculta lo temerario y escabroso de estas sin 
tesis cuando no las precede un cauto y minucioso análisis ; 
pero es tan amplio y sugestivo el tema, tiene tantos aspec- 
tos interesantes, raíces tan fuertes y tan finas, sugiere tan- 
tas ideas que nacen, al correr de la pluma y la palabra, 
como vegetación maravillosa, que temo agotar vuestra pa- 
ciencia y escribir un libro en lugar de un discurso apenas 
me pare a razonar las más elementales proposiciones. 

Y ahora ¿cómo someter este espíritu moderno, indis- 
eiplinado> contradictorio, multiforme, a una ley clásica, a 
un instrumento riguroso, fijo, en cuanto puede serlo un 
idioma? ¿Cómo conciliar ese genio rebelde, ansioso, cos- 
mopolita, ultra-romántico, ondulante, con una forma ela- 
borada en otros tiempos para expresión de otras diversas 
generaciones? La dificultad, a mi juicio, es sólo aparente 
y se funda, no en una cierta oposición y discordancia de la 
lengua antigua y del espíritu nuevo, sino en la confusión 
que, como antes dije, suelen establecer entre la materia y 
la forma, entre el pensamiento y la expresión. Desde un 
punto de vista general y filosófico las palabras son los 
símbolos de las ideas, no las ideas mismas; merced a lo 
cual cambian las ideas, pero sin destruir por ello las pala- 
bras, antes bien, vivificándolas al henchirlas de conceptos 
nuevos. Las voces latinas virtus, humanitas, libertas y 
otras tales no han fenecido al desvanecerse las nociones 
antiguas que expresaban: ahí están perennes (como esos 
vasos marmóreos del Museo Vaticano), tan dóciles al 
pensamiento de Virgilio como al genio de la Iglesia cató- 
lica. Ambos, la palabra y el vaso, contuvieron un día muy 
distinto licor; ambos, ahora, son útiles y bellos en virtud 
de su nuevo y sabroso contenido. ¿Quién osa decir que ha 
muerto la lengua inmortal de Roma y de la Iglesia, el 
verbo preferido de la ciencia y la fe? ¿Qué poeta se atre- 
vería a afirmar que no caben sus altas efusiones en el 
idioma de Cicerón? 



— 30 — 

Viniendo a nuestro romance castellano, aun es más 
fácil conciliar su genio con el espíritu del siglo. De los 
tres caracteres que en el mundo moderno sobresalen, dos 
de ellos, la índole popular, democrática, y el romanticismo 
individualista \ peregrino, íueron siempre rasgos peculia- 
res v profundos de la sociedad española en todo tiempo: 
acuñados están con vigorosos troqueles en la castiza tra- 
dición, en las costumbres y el idioma, desde el I'ocma del 
( 'id hasta los Episodios Nacionales. Pocas literaturas 
habrá en que, sin mengua del magisterio clásico, abunden 
con tan indómita lozanía los escritores independientes, los 
curiosos, andariegos y «pelegrinos», las vidas novelescas 
y desgarradas, los audaces innovadores, los guerrilleros 
de la pluma, en cuyos trotes y lances no es raro descubrir 
algunas hembras, como aquella poetisa Doña Feliciana, 
herida de amores, que anduvo en hábitos de varón por las 
aulas salmantinas. El fuero popular, origen de la moder- 
na democracia; la libertad en el arte, esencia del romanti- 
cismo, son cosas tan nuestras, tan españolas, que a cada 
paso ofrecen el más rotundo testimonio, desde las obras 
de ambos Arciprestes, Juan Ruiz v Alfonso Martínez, 
hasta las comedias de Lope. Cuanto a la tendencia críti- 
ca y psicológica en la especulación intelectual, si no con 
las actitudes rencorosas y disolventes que adoptó en los 
enciclopedistas y filósofos, allende las fronteras, tuvo en 
España insignes representantes en su edad de oro, hartos 
ejemplos de bravia entereza, de libre juicio, de famosa in- 
trepidez. El órgano nuevo de lord Bacon, el método car- 
tesiano, la escuela escocesa, la crítica poderosa de Kant, 
hubieron aquí muchos y audaces precursores. No es pre- 
ciso apelar a esas figuras tempestuosas, umbrías o infortu- 
nadas de los heterodoxos, de los Servet y Molinos para 
hallar ejemplos de libertad científica: Vives, Suárez, Gó- 
mez Pereira, Huarte, y aun los teólogos, como Francisco 
de Vitoria y Melchor Cano, esgrimieron con robusto em- 
puje la nueva palanca del espíritu crítico. Hasta los gra- 
máticos y preceptistas más severos, desde Nebrija, el Pin- 
ciano y el Brócense, a Caramuel y Feijóo, dejaban siem- 



— 3Í — 

pre a salvo el libre arbitrio individual, los derechos del 
numen, pues tales fueron las tradiciones de la escuela es- 
pañola a partir de los siglos de Quintiliano y de Marcial. 
Pero esos alardes y otros muchos de orgullo democrático, 
de brío filosófico, de romanticismo batallador, acertaron 
casi siempre, por raro y noble privilegio, a armonizarse con 
la fe católica y con las leyes del arte clásico y eterno, so- 
metiéndose todos, sin mengua de su pujanza españolísi- 
ma, en el orden de la filosofía moral, a las admoniciones 
de la Iglesia, y, en la filosofía de lo bello, a las doctas en- 
señanzas del mundo antiguo. 

España, hay que decirlo de una manera rotunda, 
enérgica y concluyente, es el país de vida más intensa, 
profunda y espiritual de cuantos forjaron el mundo mo- 
derno. ¿Cómo han de ser ajenas a su idioma y condición 
las novedades de nuestro siglo? Si hoy yace caída al pie 
de sus pasadas glorias, no por eso es menos patente su vo- 
luntad de vivir. Porque todo español ama la vida, ésta de 
abajo, y más codiciosamente la de arriba, la eterna. Por 
esto, por la pasión heroica y entrañada de la vida, no crea- 
mos sistemas filosóficos sobre el cimiento exclusivo de la 
razón ; más ambiciosos, más grandes, sabemos forzar con 
los ímpetus del querer el secreto del eterno vivir, y funda- 
mos la filosofía, no sólo en la glacial inteligencia, sino en 
la carne viva del corazón enamorado, que hiende lo Infi- 
nito con las alas de la voluntad. En estas divinas efusio- 
nes, en estos fuegos de amor se ha fundido y aquilatado 
nuestra castiza lengua: ¿cómo no ha de ser apta para ex- 
presar mejor que ninguna las ansias del siglo? La idea 
más profunda, la abstracción más difícil, el más tenue 
matiz, pueden hallar en nuestro viejo castellano la más 
perfecta expresión, sin que pierda un átomo de su esencia 
metafísica, ganando con las palabras en transparencia y 
nitidez. Claro está que si se juzga por algunas de esas tra- 
ducciones de filósofos modernos.que suelen hacer en el es- 
pañol indigente de nuestras aulas de hogaño. es fuerza de- 
clararse vencidos por el adusto alemán v hasta por el men- 
euado francés. 



— 32 - 

Cuando el lenguaje se vicia de tal modo que amenaza 
corromperse \ parar en dialecto, sin razones sociales o his- 
tóricas que lo disculpen o justifiquen, hay que volver a las 
canteras maternales, a los libros viejos, a la rústica plebe, 
v limpiar en esos crisoles el idioma, si no preferimos per- 
der con él la más firme garantía de independencia, la más 
noble corona de nuestro imperio espiritual. La lengua clá- 
sica, la lengua de Cervantes y Fray Luis de León: he 
aquí el tipo ideal, el hermoso y resplandeciente dechado 
que debemos tener ante los ojos ; este es el sol de la gran- 
deza española que aun no se ha puesto en el horizonte, 
cpie aun permanece fijo en el cielo, como lumbre y guía 
de cien millones de almas. Aquí perduran los vivos rescol- 
dos de la edad antigua, las luces del remoto Oriente, las 
antorchas de griegos y latinos, las hogueras de Cides y 
Almanzores, los incendios gloriosos del Renacimiento, 
las luminarias del pueblo castellano, en la cumbre y sobe- 
ranía de su esplendor y madurez. 

Forjada en tantos yunques, derretida en tales hornos, 
vino a ser la Lengua, lo mismo que la Raza, libre, copio- 
sa y multiforme, dentro de su robusta unidad. Y así como 
la Raza al derramarse por el mundo, llena de fe y de am- 
bición, supo vencer y descubrir tierras y mares para las- 
trar sus bajeles de peregrinos tesoros, también la Lengua, 
avasallando imperios, se engalanó con todo aquello que le 
plugo y trajo á Castilla, con el oro y la plata, muchas pie- 
dras preciosas de diverso origen. Asentó sus cimientos en 
las ruinas de las primeras hablas peninsulares, puso el pie 
sobre las fuertes raíces del eúskaro, labró los rotos már- 
moles latinos, atavióse con elegancia helénica, supo emu- 
lar los apasionados acentos del Yemen, apacentó sus mís- 
ticas ternuras en la sacra lengua de Israel, llena de tropos 
y aspiraciones, de sonidos misteriosos y guturales, imitó 
las melodías del italiano, las voces compuestas del ale- 
mán; pero sin perder nunca su ser propio, tomando las 
cosas nuevas o extrañas para hacerlas suyas con invenci- 
ble señorío, acomodándolas antes a su genio y virtud. 

Tuvo a gala imprimir la libertad y la fuerza en todas 



-33 - 

sus formas gramaticales, sugerir, al modo moderno, mu- 
cho más de lo que expresan las palabras; sacar éstas de 
su lógico asiento para mejor resplandecer en el período; 
repetirlas con arte para declarar la vehemencia de los 
afectos; entretener la oración con incisos y paréntesis, 
como en plática familiar, prestándole animación y vida; 
esparcir a manos llenas sobre los surcos de la dicción las 
llores agrestes de la fantasía popular, con tanto donaire \ 
originalísimo gracejo que nunca se pueden traducir, ni 
aun por aproximación, a otros idiomas. 

Pues todo el patrimonio de la sintaxis nacional, rique- 
za de profundo valor artístico y humano, todo el acopio 
léxico de nuestra raza vencedora van perdiéndose, van se- 
pultándose bajo la capa de un dialecto medio español, 
medio francés, torpe, seco, duro, frío, con humos y lampa- 
rones de pedantería intelectual. Es decir, que en contra 
de lo que llaman servidumbre académica y en nombre de 
lo que fingen espíritu moderno, destruyen la soberanía de 
la Lengua, cuya gramática oficial, lejos de ser un código 
de represión, es un espléndido fuero de amplitud demo- 
crática, pues siempre, con el hierro y con la pluma, quisie- 
ron los antiguos castellanos vivir libres y señores. 

Sin negar las cualidades de claridad, finura y correc- 
ción del idioma francés, que no es preciso difamar lo aje- 
no para ensalzar lo propio, está bien patente y manifiesto 
que entre las modernas lenguas latinas parece la de Fran- 
cia como la más prosaica, enjuta y uniforme de todas. 
Sólo por el acre pesimismo que acobarda y abate a mu- 
chos hombres de este tiempo, sólo por la incultura y ane- 
mia de sus espíritus se concibe esta burda manía de atar 
el hermoso corcel de la lengua española, tan fogoso en sus 
galopes y escarceos, tan fino y ágil en sus vueltas, tan 
bravo y marcial en sus ímpetus, al freno y esclavitud de 
la sintaxis galicana, y aun al duro compás de su monóto- 
na prosodia. Si Pablo Verlaine hubiera nacido en España 
¡qué versos no hiciera con este idioma nuestro tan blando 
y flexible para el matiz, tan rico en harmonías imitativas. 
tan dulce para el gusto musical! 



^ 



— 34 — 

¿Cómo encarecer su feliz combinación de sonidos 
fuertes y suaves, rotundos y misteriosos, voces largas y 
breves, la encantadora melodía de sus números y caden- 
cias, el hoiato de su léxico y, sobre todo, la libérrima cons- 
trucción, el donaire y desembarazo con que huye de las 
repeticiones y estorbos, y cabalga a rienda suelta como 
elegante amazona llena de orgullo y bizarría? 

Lejos de la mesura y proporción del francés, admite 
muchos tonos contrapuestos, revienta de salud y fuerza 
plástica, luce formas redondas y turgentes, sin que le fal- 
ten arrullos y melindres cuando lo, pide la ocasión ; tan 
pronto se amartela y llora como se alza con el látigo en el 
puño para defender su noble honestidad, y hasta se burla 
a veces de la lógica, haciéndole donosas morisquetas 
con retruécanos, burlerías e idiotismos. Y cuando para 
humillar a pobres envidiosos abre las arcas de sus cauda- 
les y muestra el insolente lujo de sus vestidos y sus joyas, 
el Potosí de sus cofres, el fulgurante aparador de su rico 
diccionario, no hay lengua en el mundo que no desmaye, 
avergonzada y triste. 

Pero nq es el derroche léxico, repito, la mayor virtud 
de los clásicos del siglo de oro, sino la riqueza sintáctica, 
la novedad, el garbo, la plenitud y maestría de las oracio- 
nes, la variedad gallardísima de los giros, la osadía de las 
metáforas, el desenfado y robustez con que mueven la 
pluma, como dueños y señores de la materia y de la for- 
ma. Ya aplican la espuela en torneo y simulacro marcial, 
atajando muchas razones con pocas y fuertes palabras; ya 
enfrenan la ardiente boca del fogoso corcel metiéndole 
despacio y con elegantes rodeos por la gran muchedum- 
bre de las ideas; aquí se sqlazan al pie de las frondas y 
las fuentes, soltando la rienda del estilo oratorio, lleno de 
imágenes y valientes figuras; allí recogen las florecillas 
del campo, los refranes y agudezas, requiebros y compa- 
ranzas del vulgo, y subiendo el tono, acullá, encendidos 
en el fuego de la inspiración y de la fe, remontan las alas 
del lenguaje humano a las vertiginosas cumbres de lo 
divino. 



— 35 — 

¿Qué género del arte, qué primor del espíritu moder- 
no serán incompatibles con la lengua clásica? ¿La 
poesía? Válganos la memoria de Fray Luis. ¿La novela? 
Cuando no viviese el Hidalgo inmortal acudirían en bu- 
llicioso tropel, los picaros de Tormes y Alfarache, con 
toda la caterva de buscones y escuderos, Celestinas, Jus- 
tinas y Doroteas de sabrosa invención. ¿El teatro? Los 
manes de Lope y Tirso nos acorran. ¿La política? Ven- 
gan aquí los Torres y Guevaras, los Quevedos y Nava- 
rretes, Juan Márquez y Saavedra Fajardo. ¿La historia? 
Sed testigos, vosotros, Padres Marianas y Sigüenzas; 
claros varones de aguileñas plumas, Gomaras y Mendo- 
zas y Mejías, Garcilasos -y Melos, Moneadas y Solís. ¿La 
ciencia que llaman positiva? Descanse en paz el vocabu- 
lario científico español, tan gráfico y vigoroso en otras 
centurias, muerto ya bajo la triste pesadumbre del tec- 
nicismo de ultrapuertos. ¿La filosofía? Ose quien pueda 
demostrar que el verbo candente y misterioso donde cua- 
jó «la más alta y generosa filosofía que los hombres ima- 
ginaron», no sirve para traducir las ansias del espíritu, las 
vislumbres de la razón, los deseos entrañables y obscuros 
de nuestras almas calenturientas. 

Si, como dicen todos, el rasgo principal del espíritu 
moderno es la inquietud, la rebusca angustiosa de lo In- 
finito, ¿dónde habrá una lengua que exprese la inquietud 
y el ardor como la lengua española, acostumbrada a es- 
crutar en las tinieblas de la Noche los relámpagos de la 
eterna Luz, elevándose a las más puras contemplaciones 
de la Verdad? Si hay un idioma en el mundo que tenga 
bríos para subir tan alto es este de Castilla, el de San 
Juan de la Cruz, el que ascendió «por la secreta escala» 
y oyó en la dulce ((soledad sonora» «el silbo de los aires 
amorosos» y conjuró con voces inmortales 

«á las aves ligeras 

leones, ciervos, gamos saltadores, 

montes, valles, riberas, 

aguas, aires, ardores, 

y miedos de las noches veladores ..» 



-36- 

¡óh lengua peregrina que igual supiste caminar por 
la tierra entre picaros y galeotes, cuadrilleros y mozas del 
partido, durmiendo en cárceles, mesones y burdeles, 
como subir a los palacios y a los pulpitos y escalar el 
cielo con manso vuelo de paloma! ¿Perdiste ya las alas 
y los bríos? 

¡Oh, tú, Poeta del siglo xx, quienquiera que seas, ba- 
turro ó manchego, astur o montañés, navarro o andaluz, 
español, en suma, que vale tanto como latino o griego: si 
pretendes arrancar a las Musas un eterno laurel, no bus- 
ques fuera del solar dechados ; usa la lengua que Dios te 
deparó, la noble lengua castellana! Por grande y sutil que 
fuere tu espíritu, por alto que frisen tus pensamientos, 
¿qué no podrás decir con el idioma de Cervantes y San 
fuan de la Cruz? Porque si quieres hablar de amores y de 
ternuras, a lo mimoso y roncero, ¿dónde hallarás expre- 
siones más suaves y regaladas, más carantoñas y fiestas, 
más lindos piropos, más infantiles diminutivos, más de- 
rretidas mieles? Y si te diera por lo rotundo y marcial, 
¡qué de voces bárbaras y crudas, qué de roncos y férvidos 
sonidos para describir el horror y tumulto de la guerra, el 
estruendo y tropel de las batallas, los retemblores y es- 
tampidos de la pólvora, el áspero rodar de los carros, el 
espantoso choque de la carne y el hierro, las corazas ro- 
tas, los salvajes relinchos, la tierra que treme, el cañón 
que retumba, el huracán que pasa, la sangre, la noche, el 
trágico silencio de la derrota y de la muerte!... Pues si tu 
mansa condición te inclina a más apacibles horizontes, 
arrullo te darán las ondas de los graciosos manantiales y 
habitación las selvas, y correrá el estilo puro y claro como 
el agua destilada y serenísima de los recónditos neveros. 
Y, por fin, cuando pretendas revelar mociones de la vida 
interior, este idioma tan carnoso y turgente se adelgazará 
en tus manos como tejido inconsútil, como tela viva y 
sensible de impalpables nervios, donde se sienta la vibra- 
ción de tu alma y dibujen los dedos de los ángeles mara- 
villosas alegorías. 

Famosa urdimbre es esta del romance español, bro- 



— 37 - 

chada y recamada por santos poetas y místicos artífices: 
palio del sumo Verbo, púrpura de Reyes, toca de vírge 
nes, velo de custodias, brocado de casullas, lienzo de ban- 
deras, paño de altar, vestidura honestísima de pensamien- 
tos limpios y veraces, airosa capa de corte castellano, rica 
en hombros de hidalgos caballeros, garbosa al talle de los 
chisperos de Madrid, manto imperial ceñido al vigoroso 
cuerpo de nuestra raza insigne. 

¡Con qué orgullo y, a la par, con qué profunda confu- 
sión me acerco yo ahora a los umbrales de su morada y 
arribo al templo solemne consagrado a su culto, mantene- 
dor de sus antiguos esplendores! Digna es esta Real Aca- 
demia del singular tesoro que le fué confiado. Merced a 
su dignidad, sabiduría y tolerancia señoreó majestuosa, 
incólume, las ardientes disputas, las fluctuaciones del 
gusto, recibiendo por igual en sus sillas a clásicos y ro- 
mánticos, a eruditos y poetas, a los humildes y a los pro- 
ceres, con la serenidad augusta de las instituciones in- 
mortales. Atenta sólo á defender la honra y soberanía del 
lenguaje español permanece ha dos siglos en su glorioso 
puesto, ajena a todas las facciones, inmune a todos los 
contagios, cumpliendo su misión bienhechora bajo las 
lumbres claras y perennes de la Ciencia y la Tradición, de 
la Autoridad y el Progreso. Al inclinarme, lleno de grati- 
tud y reverencia, ante sus puros blasones, envío también 
una efusiva salutación a las nobles Academias america- 
nas, a los generosos hispanistas extranjeros y a cuantos 
desde lejanas tierras dedican sus luces y estudios al es- 
plendor de nuestra Reina y Señora, la Lengua Cas- 
tellana. 



CONTESTACIÓN 

DEL 

EXCMO. SR. D. ANTONIO MAURA Y MONTANER 



8 



cnores: 



Por primera vez me loca dar en nombre de todos la 
bienvenida fraternal a un nuevo Académico, expresando 
la satisfacción con que acogemos su colaboración y su 
compañía. Siempre me agradaría el honroso cometido, y 
en cumplirle hallo hoy complacencia doblada porque con- 
sidero el ejemplo hermoso y alentador que ofrece la entra- 
da en esta Casa de D. Ricardo León. 

Desde que publicó su primer libro, Casia de Hidalgos, 
blasón inicial de su escudo literario, transcurrieron cuatro 
años, no más, hasta el día en que la Academia se halló 
unánime, cqn espontánea conformidad, para elegir al no- 
vel escritor, todavía mozo, de modesta aunque honradísi- 
ma condición social, cuyo único valimiento era el de sus 
obras, sin otras alas que su pluma para remontar el vuelo. 

Los demás votos se allegarían sin duda como el mío, 
de que puedo dar testimonio. Había el Sr. León publica- 
do Casta de Hidalgos, Comedia sentimental y Alcalá de 
los Zegríes durante los años 1908 y 1909, mientras estaba 
yo atenido a rigurosa abstinencia de tan regalados manja- 
res. Desconocía al autor y a los libros ; una tregua vera- 
niega me deparó ocasión para leerlos, y cuando desde le- 
jana soledad campestre expresé mi pobre juicio, en carta 
dirigida al que entonces era nuestro Secretario, me contes- 
tó poseído de igual admiración y tan determinado como 
yo para llamar sin tardanza al seno de la Academia al 
autor de obras tales, que, lejos de sendas trilladas, se apa- 



— 42 — 

recia de improviso por la más alta cumbre. No hubo per- 
plejidad; el acuerdo precedió a la deliberación. 

La significación ostensible del hecho que así se cum- 
plió excede las más encarecidas frases laudatorias, con la 
otra ventaja de tener auténtica e insuperable ingenuidad; 
porque un buen afecto ha podido y siempre podrá sugerir 
alabanzas que, siendo sinceras, no guarden justa propor- 
ción con los méritos, mientras que constan por entalladu- 
ras en la realidad viva, no deliberadas ni casi advertidas 
al tiempo de abrirlas, los títulos literarios con que nuestro 
nuevo compañero viene a su sillón; y hablo de la esponta- 
neidad y la presteza del veredicto que iba implícito en la 
votación unánime de la Academia, antes de invocar el tes- 
timonio principal, que está en las áureas páginas de sus 
libros. 

Ellas acreditan sensibilidad exquisita y consumada 
maestría en el desembarazado manejo de nuestro idioma 
para declarar, matizar, perfumar y ennoblecer los concep- 
tos ; muestran, además, a tiro de ballesta haberse formado 
el escritor con algo más que felicísimas disposiciones na- 
turales, ejercitadas en el comercio asiduo con los mejores 
modelos. Ni aun de la más privilegiada vocación literaria 
pudiera el cultivo obtener frutos tan tempranos y sazona- 
dos si a D. Ricardo León hubiese faltado el almo y adusto 
magisterio del dolor y la adversidad. 

Primero que él naciese reveses de fortuna alojaron en 
su hogar la tristeza, y quebrantos de su propia salud le 
dieron la dolencia corporal por hermana gemela, que le 
acompaña todavía. El Cielo no le negó el santo acogi- 
miento del maternal regazo ni la guía paterna en la prime- 
ra formación del espíritu, aunque antes de completar- 
la sobrevino la orfandad. Piedades fueron que deja- 
ron salvo el corazón ; pero lo demás de su vida ha consis- 
tido en aspereza y desabrimiento, ruda prueba de la cual 
salió mostrando ser su alma de las escogidas; no de aque- 
llas que el infortunio avinagra, solivianta y emponzoña, 
sino de estas otras que jamás olvidan su originaria y defi- 
nitiva patria, permaneciendo para ellas siempre lejanos y 



— 43 — 

subalternos los casos y accidentes del trajín mundanal, 
las cuales con íntimas dulzuras y con acendradas delica- 
dezas toman desquite de la inclemencia exterior y, ha- 
llando anublada la vida terrena, con ansias redobladas se 
nutren, se exaltan y se recrean al calor de los luminares 
radiantes en el firmamento espiritual. 

Para almas de este temple está reservada la maravi- 
llosa inmunidad que las mantiene plácidas en la tortura y 
vigorosas en la paciencia, como si en ellas se embotase el 
aguijón acerbo del dolor. El sufrimiento no les enturbia 
las perspectivas luminosas y alegres en la vida, ni ser aje- 
nas estas venturas les estorba para tratarlas con optimista 
benignidad ; tienen aprisionadas sus tristezas como deste- 
llos de linterna sorda;" para la vida exterior se transfigu- 
ran, sin que de la secreta amargura ni una lágrima empañe 
su visión ni una gota se mezcle con la tinta en que mojan 
su pluma. ¡ Heroico vencimiento de un batallar cuyo testi- 
go único es el Dios que reflejan las conciencias limpias! 

Por haberse forjado en tan duro yunque el alma de 
D. Ricardo León tienen sus libros un sello singular. No 
tan solamente admiramos la fidelidad acuciosa con que 
observa y la perspicacia con que desentraña las realidades 
en cosas y personas; la sobriedad y firmeza de los trazos 
con que vigorosamente describe, inundando de luz y color 
sus cuadros, así en el orden material como en el moral ; la 
sensibilidad con que se le comunica la muda elocuencia 
de la Naturaleza y acierta luego á verter fresco, rumoroso 
y perfumado con sus agrestes aromas, en el ánimo del 
lector, este raudal inagotable de poesía; la limpieza y 
sanidad del criterio con que forma sus juicios, siempre no- 
bles y honrados, y la bondadosa blandura de que están 
impregnadas todas sus advertencias ; el cautivador ambien- 
te de sinceridad, habitual en quienes nada recelan de la luz 
y le dan entrada franca hasta los últimos repliegues del 
sentir y el pensar; en suma, cualidades y primores cuya 
consideración, cuando se hace con designio de crítica lite- 
raria, evoca y empareja, naturalmente, recuerdos y nom- 
bres de otros escritores y otros libros contemporáneos. 



- 44 - 

hasta sugerir pronunciamientos que resultarán más o 
menos favorables, según sean las tendencias y predilec- 
ciones inevitables, ante la frágil imparcialidad de cada 
lector. Mas las obras de León ostentan otra fase que nos 
desvía de hacer paralelos y las caracteriza con sello pe- 
culiar. 

Para explicárnoslo no bastaría su asiduo trato con nues- 
tros grandes escritores místicos y ascéticos, del cual nece- 
sitaron comúnmente por su artística afición literaria mo- 
vidos y para completar el estudio del habla, aun los disi- 
dentes que con mayor vehemencia repudian el fondo 
substancial de semejantes libros. La huella de estas lec- 
turas se hace visible en los más, si no en todos los cultiva- 
dores de nuestra literatura, por lo que atañe al manejo del 
idioma, en su léxico y en sus giros y galanuras. Mas Ri- 
cardo León no es tan sólo poseedor del caudal artístico que 
manejan cuantos benefician la cantera; tampoco hace imi- 
tación cuidadosa, reproductora de antiguas joyas: es re- 
nuevo lozano y fructífero de la vieja raíz, henchida de 
savia imperecedera y pujante. No es un discípulo, sino un 
místico más, en quien los «angélicos concibimientos» de 
mayor elevación y de más acendrada piedad brotan, no á 
guisa de ejercicio profeso, sino con espontaneidad osten- 
sible, como del pedernal las chispas, al contacto de los ca- 
sos, los conflictos y las peripecias de la palpitante vida 
moderna, que mira y trata con plena crudeza. 

Señaladamente en Casia de Hidalgos, en Alcalá de los 
Zegrícs y en El amor de los amores, pero de buena razón 
débese decir que en todos sus libros, con las más diversas 
ocasiones, rodeado del mundanal ruido que le atruena y le 
exalta, D. Ricardo León discurre, siente y escribe como 
ingenuo y actual proseguidor, por cuenta propia, de aque- 
lla gloriosa raza literaria, radicando la conformidad entre 
el contemporáneo y los predecesores, mucho más que en 
el texto, en la inspiración y el íntimo nervio de los con- 
ceptos. 

Porque no son remedos, sino efusiones, y porque 
arrancan de lo más íntimo, las páginas ascéticas y místicas 



- 45 - 

resultan quizás aventajadas entre todas las suyas; cálidas, 
vibrantes y luminosas, extremado prodigio de destreza en 
quien la maneja y de docilidad en el habla que resulta ca- 
paz para comunicar ideas tan levantadas, delicadezas tan 
tenues y transiciones tan portentosas, desde horrores trá- 
gicos y sobrenaturales hasta ternuras que parecerían ine- 
fables si no las viésemos expresadas con realce insupera- 
ble, sin haber perdido la transparencia incorpórea de lo 
sentido y callado. 

Puestos aparte quienes hacen profesión de estos asun- 
tos, para no hablar, como la ocasión pide, sino de escrito- 
res laicos, de la pluma de nuestro nuevo compañero flu- 
yen copiosas las sublimes intimidades del alma creyente; 
nuevo afloramiento de una corriente literaria que parecía 
extinguida, no pudiendo estarlo porque perdurará mien- 
tras sea española la literatura de España. 

Españolismo; he aquí otro rasgo fisonómico que tiene 
vigoroso relieve en cualesquiera páginas del nuevo Aca- 
démico. Me guardaré de poner su amor patrio en paran- 
gón con el de quienquiera ; a nadie postergaré en cosa tan 
santa y tan común a todos; pero hay sin duda diferentes 
modos de sentir afectos y practicar virtudes que con unos 
mismos v solos nombres se designan. El patriotismo de 
Ricardo León es honda y genuínamente español. Una vo- 
luntad firme de conservar este carácter no preserva de fla- 
quezas en que el alma del escritor haya podido caer, sedu- 
cida por prestigios exóticos. Depurar el habla, tampoco 
excluye verter con ella sentimientos o ideas que resulten 
descabalados en el común sentir español ; porque los crite- 
rios con que se considera la vida, las estimaciones con que 
se miden y ponderan cosas y personas, así como los enla- 
ces mentales y éticos que se estilan en lo individual y en 
lo colectivo, imprimen carácter a los pueblos y definen su 
ser histórico' más y mejor que el ángulo facial y los mati- 
ces del cabello o la pupila. No faltan quienes juzgan no- 
civa una rigurosa persistencia en el espíritu o en la forma 
literaria o en ambas cosas; pero D. Ricardo León no en- 
tra en el número ; tan netamente español en el sentir como 

; 



— 46 — 

en el hablar, la lectura de sus obras deja en incierto si es 
más castizad fondo o el lenguaje; en todo caso esta cabal 
conformidad realza el españolismo, tanto del estilo como 
del discurso. 

Siguió con fidelidad las mejores tradiciones de nues- 
tra novela, ateniéndose a ejemplares selectos de la vida 
que pudo observar allí donde hizo larga mansión, ilumi- 
nándolos con su ingenio, imbuyéndoles la poesía de su pro- 
pia sensibilidad y glosándolos desde la cumbre de su crítica 
para atribuirles perenne ministerio educador. Quien antes 
conocía, como yo, la Santillana del Mar, pondrá en su 
punto la asombrosa fidelidad con que Casia de Hidalgos 
perpetuó las perspectivas de sus calles, sus edificios taci- 
turnos y sus rincones, dejándoles, como todavía están, po- 
blados de memorias errabundas y sugestivas; y también 
perpetuó las agonías desgarradoras de un estado social, 
sobre firmes cimientos asentado, de recia contextura, ergui- 
do con altivez prestigiosa y señoril, a quien la vulgaridad 
sofoca por inundación, sin alcanzar a sustituirle ni aun a 
quitarle primero la vida. En contadas páginas de Comedia 
sentimental se contienen las semblanzas contrapuestas de 
dos maneras de vivir y de animar la vida, trazadas con in- 
superable sencillez, privilegio de quien acierta a captar y 
cuajar el ambiente impalpable y difuso de dos comarcas 
y dos humanas agrupaciones, españolas ambas, pero tan 
divergentes que causa maravilla advertir al final que nin- 
guna rebasa el marco de la realidad ni siquiera queda gra- 
duada en plano distinto de la otra. Más brusca contrapo- 
sición es la que en El amor de los amores se muestra, qui- 
zás sin curarse de respetar en ninguno de ambos extremos 
las lindes ordinarias del vivir humano, y propendiendo tan 
sólo a ahondar un surco entre la bestial avidez de los ape- 
titos y los transportes de abnegación y de ternura en que 
se termina la piedad más sublime y acendrada, como si el 
autor recelase que páginas ascéticas y místicas, con ser in- 
superable su belleza, necesitarían, para ser generalmente 
leídas, el patrocinio de la curiosidad novelesca. 

Una incoherencia social, por desdicha muy verdadera, 



- 4? - 

en la cual desconcertadamente conviven insubordinacio- 
nes atávicas, indómitos albedríos y pasiones africanas, 
truncando, subvirtiendo y aprovechando para sus bravios 
empeños las instituciones mal establecidas, incluseras, em- 
bobadas y utópicas del Poder público, cuya traza legal 
queda en realidad escarnecida; espectáculo netamente 
español, pintoresco y trágico a la vez, de excepcional y 
palpitante interés humano, se describe con vigoroso colo- 
rido en Alcalá de los Zcgríes; también en Los Centauros, 
aunque esta novela, comienzo de nueva serie, mayor re- 
lieve da a otro azote que los pueblos sufren, y es la acu- 
mulación fortuita de riquezas divorciadas del trabajo y de 
la virtud, ruedas locas cuyas descompasadas revoluciones 
esparcen corrupción y escándalo en vez de cumplir el mi- 
nisterio ético y social a que están por ley divina hipoteca- 
dos los bienes de fortuna. 

Siempre siente y escribe el Sr. León como poeta, ora 
ciña sus inspiraciones con las vestiduras de la rima, ora 
deje fluir limpia, clara y numerosa su habla castiza. Dul- 
zor de madrigales, placidez de égloga, efusión lírica, brío 
y cadencia de poema tienen las más de sus páginas narra- 
tivas. En Casta de Hidalgos acontece que pasajes enteros 
están escritos en endecasílabos libres, tan sin artificio que 
el lector tarda en advertirlo y no parece tomado el cauce 
de la métrica sino para enfrenar la pujanza nativa del rau- 
dal. No causa, por tanto, sorpresa la facilidad y galanura 
de los versos coleccionados bajo el título Alivio de cami- 
nantes, de plácida serenidad, como de Musa «remansada 
en huertos castellanos», como de admirador rendido de 
nuestros grandes líricos, como de quien no pulsa la lira 
intentando truculentas revoluciones literarias, sino para 
efusiones de fe y de dolor que al alma alivian en las aspe- 
rezas del camino. 

En rigor se ha de decir otro tanto de sus páginas en 
prosa, tan asemejadas a sus rimas: casi todas parecen des- 
ahogos del espíritu del autor. Rara vez se hace la violen- 
cia de cederles la palabra a personajes que sean inhábiles 
para su propia dicción digna y pulcra ; cuida poco de ate- 



— 48 - 

sorar voces, imágenes y giros peregrinos que andan en 
boca del pueblo y merecen gran estima, pero no hacen a su 
intento. Contempla la realidad, la ronda y la visita no 
más que para libar la miel, sin plegar sus alas ni abatir su 
vuelo ; esta realidad misma, no quiméricos fantasmas ni 
vagarosas alegorías, le atrae y le cautiva; pero tan sólo 
atento a sustraer de ella las esencias perfumadas y las ra- 
diaciones luminosas, espiritualizándola para darnos su 
versión poética. Profesa y practica nuestro realismo here- 
ditario, no el exótico; el que mira el cielo al trasluz de la 
vida y no el que con la mirada hiende la vida hasta clavar- 
se y reposarse en el cieno. 

Me abstengo de copiar, en abono de mis juicios, párra- 
fos ni estrofas, porque no acierto a entresacarlos, tantos 
son los que a porfía merecen preferencia; atestiguarán en- 
teros los libros, muy leídos, del nuevo Académico, sin de- 
tenerme más. El principal fin de la presente solemnidad 
estaba cumplido cuando comencé mi lectura, y caigo en 
ello demasiado tarde, pues aún no he dicho palabra del 
tema elegido para el discurso que acabamos de aplaudir. 

Lo trata él con tanta pericia y galanura que propendo 
no a insistir, sino a reflexionar sobre el hecho, alarmante 
en verdad, de haber sido elegido tal tema sin causarnos 
novedad su elección. Algún desconcierto grave debe de 
aquejarnos para que hallemos puesta en tela de juicio la 
supervivencia perenne, en integridad y pureza, del habla 
que tantos ingenios peregrinos ennoblecieron y glorifica- 
ron ; habla cuyos dominios resultan más duraderos y más 
extensos que los de la soberanía política, no rjbstante lo 
cual la vemos sospechada de que no les sirva o no les bas- 
te a los españoles de hoy o a los de mañana. 

De duda semejante me preservaría a mí el concepto 
que tengo de un idioma nacional, aun sin considerar sus 
intrínsecas excelencias ni las calidades que le den venta 
ja en parangón con otros ; aspectos del asunto considera- 
dos luminosamente por el Sr. León. El idioma de un pue- 
blo no parece cosa que éste pueda tomar o dejar, sino par- 
te consubstancial de su ser propio; está asociado histórica- 



— 49 - 

mente a la formación y las vicisitudes del pueblo mismo, 
y si miramos a lo futuro conocemos que no se perdiera ni 
de pronto se alterara, aun cuando el pueblo fuese expul- 
sado del territorio que le sustenta, o cayese en servidum- 
bre, o le aviniese otra cualquiera de las mayores imagina- 
bles catástrofes. En la contextura radical, en la copia léxi- 
ca, en las inflexiones, los matices y las galas de la lengua 
patria están representados los orígenes étnicos y las sin- 
gularidades fisiológicas, y las influencias del suelo y del 
clima, y el fondo religioso, y la vocación colectiva, y las 
costumbres, y las vicisitudes de apogeo o decadencia, de 
paz o guerra, de prosperidad o penuria con que la Patria 
misma se formó y anduvo las jornadas de su existencia. 

Todavía más claramente se refleja en el idioma pecu- 
liar la fisonomía espiritual de las gentes que le hablan, así 
los rasgos perennes que la caracterizan como sus variantes 
circunstanciales de lugar o tiempo. Según el genio propio 
de cada humana colectividad, distinta y definida entre 
las otras, acontece que los avances de su cultura, los des- 
pliegues de su acción y las peripecias de su vida, ocasio- 
nan, tanto y más que el advenimiento de nuevas voces y 
no usados giros, la atribución incesante de significados 
que antes no tenían las palabras ; acepciones traslativas 
las más de ellas. En este continuo desdoblamiento del 
heredado caudal idiomático es donde con mayor viveza 
fulgura la imaginación e imprime su sello privativo el 
alma de cada pueblo. 

Hácese patente esta verdad comparando el lenguaje 
de unas con el de otras regiones españolas, muy diversas 
por la sobriedad o la opulencia de la fantasía ; y todavía es 
de mayor enseñanza confrontar con el de lenguas extran- 
jeras de otras razas el caudal de imágenes, metáforas y 
aun verdaderas pinturas que colecciona nuestro Dicciona- 
rio. Es gran parte y la más característica del lenguaje. 

Tan ingenua, tan íntima, tan efusiva e indeliberada es 
la corriente donde con el hablar van fundidos el sentir, 
pensar, sufrir, gozar, pujar o ceder, que no veo resquicio 
por donde pueda meter sus raíces la duda de si algún día 



-- 50 - 

se divorciarán el alma y la lengua de la Nación. Sólo la 
muerte desintegra la unidad orgánica de los seres que 
alientan. 

Sospechar que la lengua castellana sea o llegue a ha- 
cerse inadecuada para los españoles presentes o venideros 
equivale a recelar un niño que no le valdrá su brazo para 
las proezas que acometerá en su edad madura. Automáti- 
camente se emparejan y acomodan el idioma y la vida, 
salva una diferencia: que aquél enriquece su caudal y le 
depura, mejorando su flexibilidad y su elegancia a com- 
pás de los progresos que en su cultura logra, por grandes 
v portentosos que sean ; mientras que al sobrevenir las de- 
candecias perdura, no obstante, el esplendor léxico y lite- 
rario de sus días grandes, como los soberanos retienen tí- 
tulos de dominios que perdieron, aunque las gentes ya no 
acierten a llenar la majestuosa vestidura y las galas des- 
medidas del idioma pronto caigan en desuso. Quiero de- 
cir que en épocas de adversidad excederá el idioma las 
necesidades espirituales del pueblo ; pero es ley natural 
que en tiempo alguno se le pueda notar de escaso ; le 
enriquecerá y habilitará el mismo impulso vital que 
traiga nuevas y mayores necesidades de expresión ó de 
atildamiento. 

Nos lo enseña nuestra experiencia propia. La forma- 
ción del castellano retrata la historia nacional, y en ello 
consiste la ejecutoria de su primogenitura. Según iban fra 
guando tras la insegura línea fronteriza de la accidentada 
reconquista nexos de comunidad entre las gentes de va- 
rios orígenes que poblaban la tierra cristiana, se formaban, 
intercalados con híbridos balbuceos, los distintos roman- 
ces peninsulares, entre quienes se operaba a la vez otra 
fusión, hasta que rompió a hablar Castilla en los aflora- 
mientos épicos que como tributarios encauzó el Poema del 
mió Cid. A aquel romance cuajado ya fué traducido el 
/■ itero juzgo, y Berceo marcó sus adelantos. Luego el Fue- 
ro real, las Siete partidas, la Crónica General y el Saber de 
la Astronomía, durante el reinado de Alfonso X, refleja- 
ron, como en claro espejo, la ya por entonces definitiva y 



- 51 - 

robusta complexión de la Monarquía Castellana. Porque 
un reino cristiano se había constituido en definido cuerpo 
de nación, hallábase poseedor de adecuado idioma, sin 
haber ido a conquistarle ni aun advertido su natural y 
coetánea germinación. 

Tomados como término de comparación aquellos mo- 
numentos literarios del siglo decimotercero, la realidad 
histórica, que es haberse alterado durante las dos subsi- 
guientes centurias mucho menos que variaron en las dos 
pasadas el estado social y político de la España cristiana, 
transciende paralelamente al lenguaje y la literatura; tam- 
poco señalan novedad proporcionada con el lapso del 
tiempo, el Doctrinal de Caballeros de Alonso de Cartage- 
na, el Libro de las claras y virtuosas mujeres del Condes- 
table infortunado, ni las obras imperecederas del Marqués 
de Santillana y de Juan de Mena. 

En cambio, por ser época de transición aquel siglo de- 
cimoquinto, durante el cual parece remansada la corrien- 
te, sobrevinieron de seguida Gómez Manrique, Jorge 
Manrique y Fernando de Rojas, precursores cercanos y es- 
clarecidos del copioso y espléndido florecimiento que ilu- 
minó el siglo decimosexto, tan magnífico, que su indica- 
ción, por liviana que fuese, me detendría con exceso ha- 
blando a quienes hablo. Por entonces se remataban en Gra- 
nada la reconquista, y, en Italia, la dominación que la 
Corona Aragonesa tenía adelantada, a la vez que era des- 
cubierto el Nuevo Mundo. Estos recuerdos indistinta- 
mente evocan, bien el apogeo de la grandeza nacional o 
bien la no superada opulencia literaria de los siglos xvi 
y xvn, experimentándose una vez más la hermandad de 
que vengo hablando. 

La cual hermandad perduró en las subsiguientes épo- 
cas que así fueron de decadencia política como de perver- 
sión y pobreza literaria ; porque la ley natural se hubo de 
cumplir igualmente en los adversos y en los prósperos 
días, quedándonos enseñanza clarísima de que cuando 
quiera que un pueblo tenga necesidades nuevas de expre- 
sión léxica o literaria para declarar, difundir o engalanar 



— 52 — 

las concepciones de sus teólogos, sus filósofos, sus físicos, 
sus mercaderes, sus agricultores, sus fabricantes, sus as- 
trónomos, sus navegantes, sus conquistadores, sus capita- 
nes, sus cortesanos, sus ascetas, sus místicos y sus artistas 
en todos los ejercicios de las nobles Artes, se hallará po- 
seedor de adecuados medios sin haber advertido siquiera 
cómo y por dónde los adquiría ; cual crece automática- 
mente la radiación con los grados del calor, y pasa la ola 
bajo la quilla, como domada y allanada, siendo ella misma 
quien levanta el navio. 

Mera abstracción mental es confrontar estados sucesi- 
vos en la historia de un idioma o una literatura, los cuales 
evolucionan realmente ateniéndose al ritmo de la vida 
popular. Esto implica un no interrumpido e inacabable 
advenimiento de voces, de acepciones y de formas grama- 
ticales o literarias. Cúmplese esta renovación a semejanza 
de la que nutre el cuerpo humano, adaptándose la nueva 
substancia a las formas plásticas, a las funciones dinámi- 
cas y a toda la orgánica complexión del idioma ; castellani- 
zándose lo extraño por inflexiones y desinencias, y habili- 
tándose para el concertado giro, según el carácter peculiar 
del idioma y según sus leyes internas. Porque juntas 
alientan, avanzan y crecen, no están en contingencia de 
descabalarse la lengua y el alma que de ella se vale para 
definir sus concepciones y comunicarlas. 

Reconozco, sin embargo, que estamos en trance muy 
ocasionado a obscurecer estas verdades, hasta sugerir el 
presuntuoso recelo de que no nos baste la lengua heredi- 
taria. La faz del mundo, en lo material y en lo moral, está 
desconocida, y la renovación de las cosas y las ideas ha 
sido muy súbita. Investigaciones felices subvierten a cada 
paso leyes de las que por más averiguadas tenían las cien- 
cias físico-químicas, sin que las sucesoras osen ocupar la 
sede vacante en espectativa de otras venideras. Aplicacio- 
nes cotidianas de los descubrimientos científicos remudan 
así los procesos y resultados de las industrias como las cos- 
tumbres más inveteradas entre gentes de toda condición. 
Aproximados y mezclados, unas veces hasta íntima convi- 



— 53 — 

vencia v otras veces en irritante conflicto y enardecida ri- 
validad, se ven ahora pueblos que vivían extraños unos a 
otros. Muchedumbres innúmeras están removidas y arre- 
molinadas por anhelos, cuidados, intereses, coligaciones y 
empresas, que solían quedar entre pocos hombres. Orga- 
nismos de la rinanza, de la producción y del tráfico, agi- 
gantada su armazón, espoleada su actividad y dilatada su 
órbita en universal comunidad, que es otra nueva señal de 
los tiempos, imponen efectivo vasallaje no tan sólo a los 
mercados, sino a las soberanías mismas, del uno al otro con- 
fín de la tierra. Por todos lados brotan, frenéticas y contra- 
puestas, ansias de goce, de poderío, de dominio, de exclu- 
sión. La riqueza mundial ha tenido fabuloso crecimiento y 
el crédito la multiplica ; pero todavía ha crecido más la avi- 
dez con que se la disputan multitudes desasosegadas. So- 
bre el formidable estrépito de este vertiginoso bregar y este 
codicioso vivir se cierne un florecimiento amplísimo, nun- 
ca igualado, de la espiritualidad, aunque no por todos ni 
siempre se advierta. Las Ciencias, las Letras, las Bellas 
Artes, la Religión misma, con cuantas obras y propagan- 
das ella sugiere, sustenta y multiplica, no tan sólo se cul- 
tivan con ahinco, sino que se divulgan con profusión ja- 
más conocida. ¿Valdrá la lengua rancia y castiza de núes 
tros clásicos para el desaforado trajín? Las fronteras na- 
cionales, aportilladas por tan diversos modos, ¿permane- 
cerán incólumes tan sólo para diversificar las lenguas? 

Notemos que todas las lenguas vivas están en caso 
igual, a un tiempo sobrecogidas por las novedades; advir- 
tamos también que tan solamente es excepcional la dimen- 
sión o el ritmo de la mudanza. El proceso interno, natural, 
que cada lengua siguió para formarse, articularse y embe- 
llecerse, ha consistido en satisfacer día por día la perenne 
necesidad de nuevas denominaciones para las cosas, nue- 
vas calificaciones para los aspectos de ellas y nuevas in- 
flexiones para sus modalidades y sus conexiones; repre- 
sentaciones inéditas, en fin, de formas nuevas que el espí- 
ritu humano, en su ascensión indefinida, va proyectando 
sobre el yermo exterior, donde yace aletargado lo venide- 



— 54 - 

ro del léxico y la literatura. Grandísima parte de labor tan 
maravillosa hizo siempre el pueblo anónimo, sin intentar- 
lo de propósito; y se puede afirmar que este aluvión que 
no podríamos acotar con ningún nombre prestigioso, ni 
autorizado, ni conocido siquiera, resulta más genial, más 
ajustado y más perdurable que la otra colaboración de 
doctos que explotan canteras abandonadas de lenguas 
muertas, aclimatan elementos exóticos y señaladamente 
mejoran el sistema gramatical y la estética literaria. Todos 
a una contribuyen, y son recíprocas las influencias, siquie- 
ra la de los eruditos, para consolidarse y hacerse definiti- 
va, necesite aceptación del popular, sobre quien conservan 
mero y mixto imperio las leyes íntimas y geniales de cada 
idioma. 

En el alma humana, criada para la vida en sociedad, 
son tan congénitas la facultad de razonar, sentir e imagi- 
nar, como la aptitud para comunicarse ; a tal punto que la 
íntima concepción no está acabada hasta que se define, 
como si tomase carne, con expresiones propias para exte- 
riorizarla, cada vez adecuadas a la substancia, al matiz y 
al cálido aliento de la concepción misma. Por testimonio 
de conciencia sabemos que si nos faltase este don de co- 
municación, condenado nuestro espíritu a reclusa mudez, 
habría Dios alojado en cada criatura humana, en vez de 
una noble imagen suya, un antro de torturas infernales. 

Todo cuanto conocemos, sentimos o fantaseamos se 
nos representa definido espontáneamente con palabras, y 
naturalmente se congregan al conjuro interno de cada 
concepto, de cada aleteo de la inspiración, las voces del 
idioma peculiar, que son las que pacientemente asisten al 
alma como desveladas azafatas. Lucidez del discurso, vi- 
veza del sentimiento, delicadeza originaria y educado re- 
finamiento del gusto, contribuirán a que estas expresiones 
resulten intensas, diáfanas, atildadas, de sentido directo o 
figurado, más o menos felices y armoniosas: el comercio 
de los espíritus mejorará las que necesiten enmienda, puli- 
mento o conformación idiomática, y embellecerá las que 
admiten mayor galanura. Lo que jamás acontecerá es ca- 



— 55 — 

rccer la idea de expresión congénita, siquiera latente, si- 
quiera viciosa. 

Cosas nunca vistas, aspectos inesperados, juicios in- 
versos de lo que habíamos considerado antes, no detienen 
la ley natural, antes dan ocasión para su observancia. Ocu- 
rrirán en número desmedido neologismos y adopciones de 
voces exóticas señaladamente para el tecnicismo de ar- 
tes y ciencias donde aprovecha una general uniformidad , 
pero siempre las nuevas cosas pidieron nombres nuevos, 
sin perderse por esto la individualidad castiza que impri- 
me carácter a cada idioma en el modo de formar o terminar 
cuando menos las palabras, en las flexiones, en la cons- 
trucción y en los giros.. El Castellano aventaja a muchos 
para su fácil adaptación en este proceso evolutivo, merced 
a la riqueza del léxico, la flexible holgura de su sintaxis y 
la extensión de su escala fónica, propicia tanto para la so- 
lemnidad enfática como para la festiva travesura, rica de 
armonía imitativa hasta la onomatopeya. Bien acreditadas 
tiene estas excelencias porque a cuantos escritores de la 
raza tuvieron algo que decir les abasteció copiosamente de 
lo que apetecieron: locuciones exactas, imágenes animadas 
y luminosas, graves sentencias, giros amplios y gallardos, 
alambicadas sutilezas, laconismos extremados hasta pecar 
de conceptuosos, o livianos y ágiles donaires. 

Se acabará de conocer cuan conciliables son el hondo 
y brusco cambio que se está operando en todos los órde- 
nes de la vida y la permanencia en su integridad del idio- 
ma castizo que ennoblecieron y esmaltaron nuestros escri- 
tores clásicos, si se evoca el recuerdo de otra culminante 
crisis en la cultura europea, con advertencia de la huella 
que imprimió en nuestro lenguaje y nuestra literatura. El 
remate y la coronación de la Reconquista de Granada y la 
reunión de los Reinos de Castilla y Aragón, sucesos fue- 
ron cuyas colosales consecuencias acuden por sí solas a 
nuestra mente. No fueron menores las de la Reforma lu- 
terana, frente a la cual y a las pasiones que desencadenó, 
las controversias que suscitó y los conflictos que ensan- 
grentó, asumió España una representación principal y una 



— 56 — 

acción tenaz. Én la Península trajo -van novedad el Re 
nacimiento clásico. Al otro lado de los mares, descubri- 
mientos portentosos, conquistas y colonizaciones, que no te- 
nían ejemplar en la Historia y establecían nuestro contacto 
con razas y civilizaciones inauditas. Las guerras de Italia 
extendían v consolidaban otra diversa convivencia ponién- 
donos en intimidad con la cultura más prestigiosa y más 
atractiva. Muy luego eran ampliadas al país flamenco las 
guerras que por largo tiempo formaron el nudo principal 
de la política europea, llevando a convivir o pelear con las 
más diversas naciones nuestros tercios y nuestras gentes 
de todas las condiciones y clases sociales. Sería imposible 
hallar v hasta imaginar concurrencia en mayor número de 
causas más poderosas para que otra innovación de la vida 
nacional en el curso de nuestra Historia sea comparable 
con el espectáculo presente. Detengamos un instante nues- 
tra consideración sobre lo que Castilla era delante de tan 
anchos mundos, para medir la contingencia en que estuvo 
de quedar desfigurada y anonadada. Sin embargo, notadlo 
bien, la décimasexta centuria marca para el habla castella- 
na el apogeo de sus castizo esplendor, no tan sólo en los 
monumentos literarios, también en el uso vulgar del 
pueblo. 

Aquellos españoles, en vez de descastar y corromper 
el idioma hereditario, repudiándole innoblemente por cau- 
sa de pobreza ; en vez de trocarle por una lengua mestiza, 
con el maridaje de las usadas por tantas naciones como 
eran las sojuzgadas por sus armas o venidas a su intimi- 
dad, se mantuvieron fidelísimos al habla de Castilla y la 
enriquecieron y acicalaron, legándola espléndida y con 
todo su originario carácter a la pléyade que durante el si- 
glo decimoséptimo había de completar la gloria de nues- 
tra literatura. No fué herencia reservada a los doctos; la 
pureza y la hermosura del Castellano generalizadas que- 
daron en campos, suburbios y ciudades, donde luego hi- 
cieron rico acopio los novelistas, dramaturgos y eclesiás- 
ticos de nuestra edad de oro. 

Entre los escritores que en el curso de los siglos, con 



— 57 - 

avances desiguales, tal vez recobrándose de retrocesos 
transitorios, cooperaron a la formación y al atildamiento 
del idioma, ninguno fué criado ni adiestrado para clásica; 
profesión nunca conocida, ni aun de los encargados de ar- 
bitrar tributos sobre los más peregrinos modos del traba- 
jar humano. La posteridad es quien llama clásicos á quie- 
nes, por haber sido más felices en el goce y aprovecha- 
miento comunal del idioma patrio, merecieron ser tomados 
como modelos. Mas su imitación no consiste en sacrificar 
sabiduría, ingenio, ni sentimiento propios para coincidir 
con lo que supieran o sintieran aquellos hombres de otras 
edades, remotas o cercanas ; tampoco consiste en parodiar 
las vestiduras literarias que lucieron. Sencillamente se lo- 
gra usando el lenguaje con la propiedad, naturalidad, lim- 
pieza y gala de que fueron dechado. No cabe destituir clá- 
sicos, porque ellos han solido vivir y morir en humilde con- 
dición de subditos, las más veces cargados con rigores de 
pobreza desvalida v faltos de estimación entre sus contem- 
poráneos. Ni siquiera cabe incluirles, como a los ricos, en- 
tre los envidiados, porque fueron pródigos y su caudal 
apenas les procuró otra satisfacción sino diseminarle y 
transmitirle con ingenua liberalidad. 

El habla de los clásicos no es sino el castellano que si- 
glo tras siglo la raza entera, en mayor medida el pueblo 
que los doctos, hizo verbo de su espíritu. Selecta por la 
propiedad, lucidez, limpieza y galanura con que sirve siem- 
pre la varia intención de los escritores, nadie puede tratar- 
la como hechura de éstos, ni aun data de su tiempo. Quien 
quiera dispondrá sin tasa del léxico que poseyeron, más 
las creces ulteriores, más las antiguas enseñanzas que ha- 
bían heredado y supieron aprovechar ; pero será libre, libé- 
rrimo de repudiar los ejemplos o tomar de ellos lección. 
Los clásicos no fueron preceptistas, sino cumplidores fieles 
de leyes idiomáticas que les antecedieron y les sobreviven. 
El escritor contemporáneo que opte por emanciparse y ol- 
vidarles, apenas se le acabe el pueril regocijo de su fácil 
manumisión, se verá en la disyuntiva de expresarse o no 
en castellano; y la afirmativa le conducirá a proceder de 



- 58 — 

Igual manera que si fuese secuaz fervoroso de los repudia- 
dos maestros, quienes dejaron renombre, no por merced 
ajina, sino porque acertaron a valerse del habla nacional 
sacando las ventajas que cual otra alguna ofrece para co- 
municarse entre sí con j listeza, transparencia y efusión las 
almas españolas. 

Lo mejor que le podrá acontecer al escritor redimido 
de toda veneración clásica es atinar otra vez por propio 
esfuerzo, y cuando lo haya conseguido vendrá él mismo a 
ser, conózcalo o no, otro clásico, aunque silvestre; así 
como también pararía en burgués odioso el heredero que 
por aversión al capital hubiese repudiado la sucesión, si 
emprendía con feliz suceso labrar por sí una hacienda. 

Saco en conclusión que el toque no está en deficiencias 
de nuestro idioma, progresivo y adaptable, tanto y más 
que otro alguno, ni en arcaísmo de los modelos clásicos, 
que se habrían de renovar aun queriendo huir su imitación 
mientras españoles escriban castellano; el toque estará en 
la estimación que se haga de las fronteras y de la singula- 
ridad castiza de la lengua materna. He aquí cómo el asun- 
to penetra en el cono de luz trágica a cuyos siniestros des- 
tellos el concepto íntegro del patriotismo, aliento mágico, 
centro de la vida, rutila hoy ante el mundo horrorizado. 

Pocos meses ha abundaban las señales, seductoras 
para no pocas gentes, de que, con efecto, muchas comu- 
nidades internacionales de intereses, pasiones o doctrinas 
iban mitigando la tradicional contraposición de pueblos y 
soberanías, bien que estas señales anduvieron mezcladas 
siempre con alarmantes preliminares del conflicto. Tal 
cual le vemos planteado ahora resultaría pueril disertar 
sobre la vanidad de aquellas apariencias de pacifismo y 
de confraternal aproximación. Cuando la sangre humana 
vertida a torrentes aviva los colores de las banderas que 
flamean sobre inmensos campos de batalla, no necesita en- 
carecimiento la significación que para quienes se conser- 
ven sanos ha de tener y tiene el idioma patrio, bandera 
siempre enhiesta, tejida con fibras del corazón popular. 
La lengua es, más que representación, exteriorización 



59 — 

directa del alma misma de un pueblo o una raza. La indi- 
ferencia ante la degeneración mestiza de la lengua nacio- 
nal, muestra de modo inequívoco tibieza del amor patrio, 
el cual se amortigua a veces por una sugestión falaz que 
adormece el remordimiento y esquiva el sonrojo. El enga- 
ño consiste en pensar que los desvíos tan sólo implican 
anhelos de redención, de progreso o de gloria, sin adver- 
tir que estos bienes, para no dejar de serlo, han de venir 
sobre la patria misma, ser viviente con individualidad in- 
deleble entre sus congéneres, y se han de alcanzar sin de- 
generarla, ni trastrocarla ni desfigurarla. 

Es grave yerro y no menor desventura que cuando 
hijos de España lastimados notan en torno suyo atraso, es- 
terilidad, desconcierto y cualquiera otra inferioridad o 
desventaja, no todos unánimes conozcan que el único re- 
medio eficaz y consolador consiste en poner juntos para 
la enmienda propia Un conato decidido y fervoroso, sin 
que nadie caiga en la flaqueza de seguir su loable afición 
al bien, desentendiéndose de que éste sea exótico, y no 
advirtiendo, tras el señuelo, que transfiere á tercero 
una adhesión reservada exclusivamente por ley natural 
para la propia madre, que siempre es única y siempre 
santa. 

Entre cien deplorables caídas de análogo estilo descue- 
lla la que refluye contra la pureza del habla propia, a cau 
sa de ser ésta el atributo más íntimo, más inalienable y de 
mayor significación para el alma nacional. Las diversas 
colectividades humanas constituidas en cuerpos de nación, 
como todas las cosas, se definen por sus contrarias ; la con- 
fusión es una manera de anonadamiento. Limpieza de san- 
gre en persona natural, tiene su paridad en la conserva- 
ción del habla castiza para el pueblo o la raza a quien sirve 
de verbo. 

Por dicha, no siendo el idioma hechura arbitraria tic 
los hombres, tampoco acaban con él las ofuscaciones de 
éstos. En pasados tiempos otras crisis padeció la pureza 
del idioma y tuvieron correctivo natural en el arraigo po- 
pular, y también en el asentado prestigio de los grandes 



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escritores, cuyas plumas han hecho imperecedera la radia- 
ción del genio peculiar del Castellano. La compenetración 
del idioma con el espíritu de la raza le atribuye vigor in- 
génito para eliminar tarde ó temprano lo que no admite 
asimilación orgánica ; la pestilencia nos parece agrandada 
alarmándonos con exceso porque se ceba en las gentes más 
rumorosas y locuaces. No faltan, en cambio, ni escasean, 
cual en otras épocas escasearon, cultísimos escritores, sin 
contar a la Real Academia, que aman, conservan y acre- 
cientan la lengua y la literatura castizas. Señalado y glo- 
rioso ejemplo, entre muchos, nuestro nuevo compañero. Y 
cuando la adversidad extremare el rigor hasta privarle al 
habla cervantina de estos aristocráticos valedores, queda- 
ríale siempre el dilatado imperio de las muchedumbres, 
que le son tan fieles como al terruño, las cuales siglo tras 
siglo se preservaron de contaminaciones, así de las erudi- 
tas que venían abonadas por alcurnia prestigiosa, como de 
las que simplemente son pedantescas. 

Díjelo antes, y quiero terminar repitiéndolo: la lengua 
castiza de Castilla es todavía más imperecedera que una 
soberanía política y que una nacionalidad; es nexo congé- 
nito y verbo común de toda una raza, sin cuyos altos he- 
chos la Historia resultaría incomprensible o quedaría sub- 
vertida durante muchos siglos ; raza sujeta, como todas, a 
grandes fluctuaciones, pero cuya vitalidad es tan vigoro- 
sa y tiene raíces tan hondas en el universal complejo hu- 
mano, que, siglo tras siglo, vienen frustrándose adversi- 
dades que parecen capitales; aun aquellas que pudieran 
tener vislumbres de suicidio. 




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