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Full text of "Discurso sobre el influjo que ha tenido la critica moderna en la decadencia del Teatro Antiguo Español, y sobre el modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito peculiar;"

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sobre el influjo que ha tenido la cri- 
tica moderna en la decadencia 
del Teatro Antiguo Español, 
y sobre el modo con que debe ser 
considerado para juzgar conve- 
nientemente de su mérito peculiar. 

<£** Q. Jb. Q. 




CON licencia. 

Madrid : Imprenta de Ortega y Chutania* 
1828. 



3 



Ha sirio ciertamente funesta á la Glo- 
ria Patria y á la Literatura Española 
la ruina de nuestro antiguo Teatro, 
preparada y consumada por los crí- 
ticos Españoles del pasado y presen- 
te siglo, los cuales ciegamente preve- 
nidos á favor de doctrinas y princi- 
pios inaplicables al sistema Dramáti- 
co, de que fuimos inventores, lo- 
graron apagar Ja esplendorosa llama 
del genio nacional, que iluminaba á 
toda la Europa civilizada. Desde que 
se propagó entre nosotros la ridicu- 
la manía de querer medir las subli- 
mes creaciones dramáticas del SHo 
diez y siete, con el mismo compás y 
regla á que se adaptaban las de los 
Griegos, Romanos y Franceses, sir- 
vieron aquellas de irrisión al pe- 



4 

dantísmo antinacional, y cíe blanco 
á los sarcasmos del espíritu de par- 
tido , sin que hasta ahora , á mi ver, 
los pocos apologistas de nuestra esce- 
na se hayan valido de armas conve- 
nientes para rebatir los sofismas de 
sus contrarios. 

Mucho tiempo he vacilado antes 
de decidirme á tomar á mi cargo la 
defensa de nuestro antiguo Drama, 
ya casi abandonada entre nosotros, y 
á presentarla bajo el verdadero pun- 
to de vista en que debe mirarse : pe- 
ro al fin me he decidido á empreen- 
derla 5 pues parece poco decoroso que 
lo hayan hecho los estrangeros , y aun 
se ignoren generalmente en España 
las razones en que se funda la Euro- 
pa para mirar como bellezas inimita- 
bles muchas cosas que nuestros crí- 
ticos modernos tratan de escandalo- 
sos estravios. 

Al espresar mis opiniones en ma- 



5 

teria tan importante y del icaria , de- 
bo advertir que no es mi ánimo vul- 
nerar los principios inconcusos, que 
sirven de base al buen gusto en to- 
do genero de bellas letras; pero sí 
pretendo combatir la demasiada la- 
titud que se ba dado á varias reglas 
del teatro llamado clásico, aplicán- 
dolas para juzgar del mérito peculiar 
á un genero Dramático, que por lo 
común no puede admitirlas, tanto 
por ser distinto el origen de sus crea- 
ciones , como por ser diferente el mun- 
do ideal en que las forma, y el modo 
con que considera los objetos. La em- 
presa es muy superior á mis fuerzas; 
mas confio en la indulgencia de los 
verdaderos sabios que sabrán disimu- 
lar mis errores , y censurar este escrito, 
en cuanto lo merezca, con la urbani- 
dad y decoro propios de su noble pro- 
fesión, por desgracia tan poco comu- 
nes en nuestra República Literaria. 



6 

Pretendo demostraren el presen- 
te discurso: i.° Que el Drama anti- 
guo Español es por su origen y por 
el modo de considerar al hombre, 
distinto del que imita al Griego (i). 
a.° Que esta diferencia los constituye 
dos géneros diversos entre sí , los 
cuales no admiten del todo iguales 
reglas, ni formas en su espresion ; y 
3.° que siendo el Drama Español, mas 
eminentemente poético que el clási- 
co, debe regularse por reglas y licen- 
cias mas distantes de la verosimilitud 
prosaica, que aquellas que para el o- 
tro se hallan establecidas. 

Una empresa tan ardua y difícil 
debia desempeñarse por manos mas 
hábiles que las mias, y mas acostum- 
bradas á es presar por escrito los pen- 

( i ) A este género , para e\ ilar perífra- 
sis y rodeos , !e llamaremos Clásico desde 
ahora, y Romántico al anterior. 



7 
samientos con toda la gala y bizarría 
propia de nuestra rica y armoniosa 
lengua; mas por desgracia uno de los 
hombres á quien creo mas capaz de 
tratar dignamente esta materia, y á 
cuya amistad debo toda mi educa- 
ción literaria, se halla de continuo 
sabia y modestamente ocupado en la 
enseñanza de la juventud , y en o- 
bras mas importantes, que le impi- 
den dedicarse á esta. Asi, pues, el 
público habrá de carecer en la pre- 
sente de las gracias , de elocución 
y estilo, que él hubiera prodigado, 
y de todas las ideas sublimes que 
le hubieran sugerido su profundo sa- 
ber y la rica y abundante imagina- 
ción de que le dotó el Cielo. 

Puede gloriarse la España con jus- 
ticia de haber dominado largo tiem- 
po en Europa , no solo con sus armas 
triunfadoras, sino con el poder in- 
contrastable, y con la superioridad 



8 

obtenida en tocios los ramos del sa- 
ber , en los cuales sirvió de maestra 
y de modelo al resto de las naciones. 
Conquistada por los Árabes , des- 
pués de ochocientos años de una lu- 
cha tan noble y generosa , como en- 
cendida y tenaz, logró por fin con- 
finarlos á los ardientes climas del 
África ; mas supo aprovecharse , y 
conservar para sí las ciencias y las 
artes que sus conquistadores cultiva- 
ron en las escuelas de Toledo , Cór- 
doba y Sevilla, y difundieron por 
todo el ámbito de la Península. Los 
hijos de Ismael fueron en verdad ar- 
rojados del suelo Español; pero de- 
jaron á sus vencedores una gran par- 
te del saber; de los hábitos y costum- 
bres, y del lujo, que habían aporta- 
do del Oriente, y aclimatado en los 
países sometidos. 

La Europa entera se hallaba aún 
sumergida en las tinieblas de la igno- 



9 
rancia, cuando en España se culti- 
vaban y se hacian rápidos progresos 
no solo en las artes de imaginación y 
entusiasmo, sino también en las Cien- 
cias exactas y naturales, y basta en la 
sutil é indefinible Metafísica de los 
Peripatéticos. ( i ) Los amantes del 
saber en todas las naciones, acudie- 
ron á las escuelas españolas á doctri- 



(i) Es esto tanta verdad, que aun 
en el siglo actual se resiente, nuestro ca- 
rácter y nuestra Literatura , del entusiasmo 
desmedido con que los Árabes estudiaron, 
comentaron, y á veces estropearon á Aris- 
tóteles: por esta razón los poetas Proven- 
íales, que puede decirse estudiaron en Es- 
pana, formaron sus cantos sobre las suti- 
les y aun alambicadas distinciones de la Dia- 
léctica de los Peripatéticos; así es que á ve- 
ces se nota en su poesía mas argucia esco- 
lástica , y mas deseo de mostrar su agudeza 
de ingenio , que no el calor y veemencia pro- 
pios de las pasiones exaltadas. 



10 
liarse bajo la dirección de maestros 
Musulmanes, y los primeros poetas 
que hicieron resonar la Lira del Amor 
en el medio dia de la Francia, apren- 
dieron á modularla en Toledo, en 
Córdoba y aun en Sevilla. Después 
de la estincion de los Albigenses los 
cantos Provenzales se acogieron y re- 
sonaron en España, hasta que al fin 
los tronadores Catalanes y Aragone- 
ses vinieron á la corte del castellano 
Juan II., á mezclar y confundir Ja 
melodía sentimental y melancólica de 
su poesía, con la rica y ferviente i- 
maginacion de los Moros Andalu- 
ces. ( i ) La antorcha brillante del ge- 

( i ) En ningún país del Mediodía de la 
Europa, se formó el carácter nacional, tan- 
to como en España, de la mezcla exacta del 
de los pueblos del Norte y de el de los del 
Oriente; asi es que nuestra poesía es el a- 
malgama modificado de la de aquellos pue- 
blos. Si» ser tan exacta y filosófica como la 



il 

nio ardía, é inflamaba todos los cora- 
zones bajo el imperio de un monarca 
poeta y protector de cuantos hom- 
bres ilustraron su patria desde prin- 
cipios del siglo quince. El entusiasmo 
religioso , el culto del amor y la her- 
mosura , y la idolatría de las glorias 
de Marte, después de la conquista de 
Granada , absolvieron , por decirlo 
asi, toda la energia y actividad que 
los caballeros Españoles habian em- 
pleado en sacudir el yugo Agareno: 
mas el triunfo poético de la España 
no adquirió todo su esplendor hasta 
el siglo diez y seis , cuando reunidas 
las formas métricas de la poesía ita- 
liana, con la espresion sencilla y sen- 
timental de la de los pueblos del 



de los Franceses , es mucho mas rica , bri- 
llante y fluida ; y sin ser tan audaz y exage- 
rada como la de los Árabes, es mas verosí- 
mil y razonable. 



12 

Norte , y con la veemente y lírica 
imaginación de Jos Orientales , hizo 
Garcilaso resonar los armoniosos can- 
tos de nuestras Musas entre los hie- 
los del Septentrión. Con todos esto» 
recursos con taha nuestra poesía, cuan- 
do en el siglo diez y siete, sacudien- 
do el yugo de la imitación erudita, 
se creó nuestro teatro, formando la 
portentosa y admirable reunión de 
tantos medios poéticos y sublimes 
como van dichos. Desde Lope de Ve- 
ga á Calderón fue cada dia perfec- 
cionándose y aumentándose el brillo 
de nuestro drama. Las glorias patrias, 
los triunfos de sus guerreros , los de 
sus héroes cristianos, el amor delira- 
do y caballeroso, el punto de honor 
y los zelos, todo se referia, se canta- 
ba y ponia en acción sobre la escena 
nacional, que conservó todas sus be- 
llezas y superioridad hasta fines del 
mismo siglo ; en el cual abusando de 



13 

sus propias riquezas llegó á exagerar- 
las y prodigarlas de tal modo, que las 
convirtió en defectos, y los defectos 
en vicios intolerables. 

A la par que nosotros perdíamos 
terreno en todos los ramos del saber, 
la Francia bajo Luis XIV., levantaba 
su gloria política , militar y literaria 
á tal grado de esplendor , que en po- 
cos años supo vencer á la Europa , dic- 
tarla leyes y ofrecerla un teatro dig- 
no en su género de presentarse como 
modelo de buen gusto y perfección. 
Los críticos y poetas de esta época, 
sometieron la escena francesa á las 
reglas y preceptos dramáticos de la 
poética de Aristóteles , y á las elegan- 
tes formas del Teatro Griego; pero 
en vano lo intentaran si el genio y 
carácter nacional lo hubiera resisti- 
do ; pues debiendo ser el teatro en 
cada país la espresion ideal del mo- 
do de ver 9 sentir , juzgar y existir de 



14 

sus habitantes, es imposible que las 
naciones gusten en él de cosas poco a- 
comodadas al tipo característico de 
cada una. Felizmente el Pueblo Fran- 
cés, es decir, los Griegos de la mo- 
derna civilización, no podian menos 
de dar grata acogida á los Aristófa- 
nes, Sófocles y Eurípides de la anti- 
gua Atenas, ni dejar de reproducir 
estos grandes genios en los de los Mo- 
lieres, Corneillesy Racines, que imi- 
tando , y á veces escediendo á sus mo- 
delos han llegado á ser la emulación 
del mundo, y á constituir el mas her- 
moso título de gloria que puede pre- 
sentar la Francia. 

A tal grado de perfección habia 
llegado esta en el genero dramático, 
que adoptó para sí , cuando en la 
misma época, olvidándose la Espa- 
ña del que le era propio , substi- 
tuía al colmo de bellezas que le a- 
dornaban, aquel gusto mezquino y 



1* 

depravado, que degradó nuestra esce- 
na desde fines del siglo diez y siete has- 
ta mediados del diez y ocho. Todos los 
ramos de Literatura esperimentaron 
en nuestro país, igual mente que la 
Dramática , la vándala incursión de los 
Gongoristas y conceptistas ; pero a- 
quellos mas felices que estos, halla- 
ron acogida entre algunos sabios, que 
sabiendo apreciarlos, y queriendo res- 
taurar la buena poesía, reimprimie- 
ron los preciosos y ricos modelos que 
temarnos, tanto en la Lírica y Bucóli- 
ca , como en la Erótica y Satírica. 
Garcilaso , Herrera , Rioja , los Argen- 
solas, y aun el mismo Góngora, cir- 
cularon por todas partes y produge- 
ron en sus respectivos géneros de 
composiciones, muchos émulos dig- 
nos de su gloria. 

No tuvo nuestra Dramática tan 
buena suerte como las demás clases 
"de bella Literatura : abandonada lar- 



16 

go tiempo á'todos los estravios del mal 
gusto, no halló siquiera una benéfica 
mano para ayudarla á salir del caos 
y degradación donde los conceptistas 
la habian sumergido. Los críticos del 
6Íglo diez y ocho , mas atentos á lo 
que era , que á lo que habia sido y 
podia ser; atribuyeron á su esencia 
cuantos defectos la eran estraños ó 
accesorios , y se decidieron á destruir- 
la, y á substituir á ella la imitación 
de la francesa. Asi lograron reducir- 
nos, desde la gloria de haber creado 
un género original acomodado á nues- 
tro carácter y costumbres , á ser me- 
ros imitadores de una escena exótica 
y estraña , que nunca ha prosperado 
ni prosperará en nuestro suelo , ínte- 
rin seamos Españoles y no Fr anee- 
ees. ( i ) 

( i ) Si acaso alguna vez sucediese que 
nuestro modo de existir social, nuestros hki 



El espíritu de novedad , y la ad- 
miración servil de cuanto nos venía 
de Francia , formaron una muche- 
dumbre de pedantes, que sin enten- 
der á los Montianos y Luzanes, y sin 
la instrucción ni sensibilidad necesa- 
rias para discernir el mérito de los 
Gorneilles y Hacines , se creían dig- 
nos de obtener la magistratura del 
Parnaso , por la única y sola razón de 
que en nombre de Aristóteles y Boi- 
leau, cuyas obras acaso jamas leye- 
ron, se atrevían á detestar de los dra- 
mas de Lope y Calderón. Esta plaga 
de críticos, justamente llamados gali- 
cistas, menospreciando la originali- 

bitos y costumbres, y nuestro modo pecu- 
liar de sentir, se identifícase con el carácter 
de los Franceses , entonces seriamos tam- 
bién en el teatro tan clásicos como ellos, y 
el gusto público , mas bien que los precep- 
tos , obligaría á los Autores Dramáticos á 
seguir este impulso. 



1* 

dad característica, la rica y armonio- 
sa lengua , y la sublime poesía de 
nuestros antiguos poetas, infestó el 
Parnaso dramático Español , y llenó 
el teatro de toda cuanta escoria, aco- 
modada á lastres unidades, se ha visto 
dominar en él durante casi un siglo. 
Los necios é insensibles partidarios 
de la nueva crítica , prevenidos siem- 
pre de la regla y compás estrangero, 
y parapetados con una fría é indiges- 
ta erudición, acudian á los coliseos, 
no á prestarse á los dulces ó terribles 
movimientos que debian producir en 
el alma las creaciones de nuestros 
grandes ingenios , sino solo á examinar 
si cabian ó no en las mezquinas reglas 
áque pretendian deber reducirse. Asi 
fueron al fin proscriptos de la llama- 
da buena sociedad los nombres famo- 
sos de Lope, Tirso, Moreto &c. antes 
tan admirados y con razón aplaudi- 
dos. Con tales medios lograron el ver- 



19 
gonzoso triunfo de sofocar la genial 
belleza de nuestra Dramática; y de 
tal suerte, que desde entonces no ha 
vuelto la España á producir ninguna 
de aquellas sublimes creaciones , tan- 
tas veces envidiadas y admiradas por 
los pueblos cultos. En vano se busca- 
rá en nuestro Teatro Moderno aquel 
lujo de imaginación, aquella rica y 
hermosa poesía que en el antiguo en- 
canta deliciosamente el alma; en va- 
no aquel movimiento é interés nacio- 
nal que se comunicaba á los especta- 
dores como un fuego eléctrico ; y en 
vano aquellas ilusiones del entusias- 
mo que producian los mas indecibles 
placeres en cuantos hombres amaban 
á su Dios , á su Rey, á su Patria y á 
sus damas : pero en cambio tenemos 
en las obras de los críticos novadores, 
mucha razón puesta en rimas, mu- 
chos diálogos sin acción y sin vivaci- 
dad, mucha moral pedantesca, y en 



20 

fin mucha é insufrible prosa, á veces 
mas inverosímil que las exageradas 
invenciones de la fa.itasia 

Pero no es estraño cundiese en- 
tre nosotros esta antinacional manía 
de despreciar cuanto era privativa- 
mente producción de nuestros inge- 
nios; pues se propagó también por 
toda la Europa con la misma rapidez; 
y acaso con mas empeño. ¿Qué hicie- 
ron los Ingleses, Italianos, y Alema- 
nes durante un siglo, sino llenar su 
escena de imitaciones de piezas fran- 
cesas sin gracia y sin mérito? ¿No a- 
bandonaron también su poesía nacio- 
nal para copiar otra tan estraña á su 
carácter como á sus hábitos y cos- 
tumbres ? Entre las anomalías que 
presenta el hombre semi-instruido, 
no es la menos reparable laque le in- 
duce á sacrificar los goces reales y 
placeres efectivos á la liviana vanidad 
de ser tenido por sabio , ó la que le 



n 

arrastra á estimar las cosas de gusto 
mas bien por la opinión agena, 
que por el sentimiento individual y 
privativo de su corazón. E! amor á 
una falsa gloria, y Ja pereza de Ja re- 
flexión son las causas primarias de Jos 
errores, en que inciden cuantos en 
materias de belJas letras se adhieren 
sin examen y contra loque sienten á 
Jas decisiones críticas de los llamados 
eruditos. SoJo considerando Jas cosas 
bajo este aspecto podrá adivinarse la 
causa de que un público flemático 
por naturaleza, como lo es el Ale- 
mán, haya podido soportar Jos ges- 
tos de un Actor de su país cuando 
procuraba remedar Ja voluptuosa li- 
gereza de un comediante Francés; ¿Y 
qué sucederia en Italia cuando Ar- 
lequín trataba de revestirse de las 
formas y modales serios, y caracterís- 
ticos del Misántropo ó de Fiiinto? 
La violencia que con esto se hacía al 



22 
genio nacional , debía formar un con- 
traste ridículo , que propagándose 
desde la escena hasta el centro de la 
buena sociedad , constituía en ella una 
clase de hombres tan necios como pe- 
tulantes, y tan estraños á las glorias 
de su patria, como ridículos en la a- 
gena. Desgraciadamente en Europa 
ha cundido esta raza de tal mo- 
do, que convendría poner un lí- 
mite á sus invasiones, y esto no po- 
drá conseguirse hasta que todos se 
persuadan que mientras dure Ja mo- 
da de arreglar la literatura según se 
arreglan los trages, por los Figurines 
de Paris (i), nada creará el genio de 

(i) Los malos efectos qne prodúcela 
mania de imitar indistintamente cuanto 
viene de Francia , son bien manifiestos. Ya 
jio se trata de dramas clásicos ni román- 
ticos; la moda consiste en celebrar los mas 
innobles y patibularios espectáculos , á que 
concurren en París hasta los exaltados ad- 



23 
las naciones digno de aprecio ni por 
su grandeza, ni por su originalidad. 
Desengañémonos : ni los centones pre- 
ceptúanos,^ los clamores de los crí- 
ticos galicistas, ni sus sistemas dema- 
siado esclusivos han producido, ni 
producirán jamas las sublimes creacio- 
nes de un Shakspeare, de un Calderón, 
ó un Schiller ¿y porqué causa ? Porque 
el teatro debe ser en cada pais la es- 
presion poética é ideal de sus necesi- 
dades morales, y de los goces adecúa- 
dos a la manera de existir, sentir y 
juzgar de sus habitantes ; circunstan- 
cias todas que influyen poderosamen- 
te en el modo de la inspiración fatídi- 
ca y que nunca serán el resultado del 
arte ni del análisis metafísico ó erudi- 
to de obras estrangeras , y opuestas al 
carácter de cada pueblo. El verdade- 



miradores de Moliere y Corncille ¡Que cori<, 
traste ! 



\ ro entusiasmo procede del estasis y 
arrobamiento del alma, que despren- 
diéndose de las trabas del mundo 
real ó prosaico, se eleva á las idea- 
les regiones de la belleza poética, ar- 
rebatando , por decirlo asi , del celes- 
tial modelo un rayo de Luz divina, 
que no se presta á los cálculos exac- 
tos de la humana razón. Est Deas in 
nobis ; he aquí la divisa de todos los 
talentos- privilegiados, y sobre tfjdo 
la de los grandes poetas y oradores, 
cuyas inspiraciones están destinadas 
á dirigir el corazón humano, mas 
bien conmoviendo la imaginación y 
escitando sentimientos , qne no de- 
mostrando matemáticamente lo que 
no puede someterse al cálculo ( i ). 

( x ) Un sordo-mudo podrá sin duda por 
el sentido de la vista tener las ideas, que 
generalmente se adquieren por la palabra; 
pues no siendo esta mas que un signo que 
entra por el oido , es fácil sustituir otro 



Aunque los sabios y literatos a- 
mantes de nuestro antiguo drama, 



que se comunique por los ojos : pero el sor- 
do Jamas tendrá de los sonidos la misma i- 
dea que los que oyen bien ¿ Y por qué ? por 
qué carece del único instrumento á propó- 
sito para comunicársela al alma ; así sucede 
iambien con las facultades de esta ; la me- 
moria por egemplo no tiene los mismos u- 
sos que el entendimiento , ni este que la vo- 
luntad , aunque todas estas facultades con- 
tribuyan á la exactitud y perfección de la 
razón. Esto mismo es aplicable á los distin- 
tos géneros de verdades que el hombre pue- 
de conocer ; de ellas unas son de puro sen- 
timiento , tal es la de la existencia que solo 
se demuestra por el convencimiento indivi- 
dual que cada uno tiene de la suya : otras 
son de razón , como las que se consideran 
en las propiedades de la cantidad, las cuales 
se demuestran por el análisis matemático: sen- 
tado tal principio me parece debe inferirse que 
este úlimo género de análisis no es el instru- 
mento propio para conocer y dar idea exac- 
ta de las cosas de sentimiento y de imagina- 



26 

no opusieron un dique suficiente á 
contener la inundación de los nova- 
dores, la generalidad del público, di- 
rigida por sus propias impresiones, y 
por el íntimo sentimiento de sus go- 
ces , llenaba los coliseos cuando veía 
en la escena á Lope, Tirso, Calderón 
y Moreto ; y tal vez sus detractores 
salían del Teatro tan conmovidos co- 
mo avergonzados de haber participa- 
do del entusiasmo general , contra las 
ordenanzas de Aristóteles y del espí- 
ritu de partido. ¿Y cómo esplicaban 
estos hombres la contradicción entre 
su modo de juzgar y las emociones 
profundas y los indecibles placeres, 

cion , ni esta para demostrar las verdades 
matemáticas; mas no por eso se puede negar 
que hasta cierto punto la razón y la imagi- 
nación contribuyen á perfeccionar sus mu- 
tuas operaciones , del mismo modo que la 
voluntad y la memoria facilitan y comple- 
tan las del entendimiento. 



27 
que causaba en su alma la represen- 
tación de nuestros antiguos dramas? 
Muy fácilmente: lo atribuian á va- 
rios rasgos y bellezas casuales, que se 
hallaban en ellos, j Qué ceguedad ! ape- 
nas se encontrará uno entre tantos, 
que no escite y sostenga el interés y 
curiosidad del espectador desde la 
primera escena basta el último verso! 
No contento el partido literario anti- 
nacional, con baber faltado á su pro- 
pia conciencia en el modo de juzgar 
nuestro antiguo drama, llevó su obs- 
tinación basta el punto de olvidar en 
sus raciocinios los mas sencillos ele- 
mentos de la buena Lógica, atrevién- 
dose á promulgar que el Teatro an- 
tiguo Español era esencialmente ma- 
lo ; y dejando traslucir entre sus so- 
fismas y rodeos , que la única razón 
donde apoyaban tan aventurado aser- 
to no era otra que la de no avenirse 
con las formas del clásico ó francés, 



2* 

por mas que se empeñaban en ator- 
mentarle sobre el lecho de Procustes. 
El Drama Español (dicen) es ma- 
lo, porque no es lo mismo ni sigue la 
marcha del clásico, que está demos* 
trado ser bueno : tal es el inesacto y 
falso raciocinio en qne se fundaron 
los críticos del siglo diez y ocho, y 
los del diez y nueve para intentar 
sustituir entre nosotros la imitación 
de la escena Francesa , y proscribir la 
originalidad de la nuestra, aun antes 
de haber examinado las causas del 
gusto nacional, ni las de los efectos 
admirables producidos en el corazón 
humano por los medios dramáticos 
que usaban los antiguos Poetas Espa- 
ñoles. Si imparcialmente y de buena 
fe hubieran meditado la cuestión, 
¡con cuanta facilidad debieron adver- 
tir que el Teatro Español, tanto por 
la esencia de las cosas en que funda 
sus creaciones, como por el modo 



29 
que tiene de considerar los objetos 
dramáticos, es muy diverso del Fran- 
cés ó Clásico! De verdad tan clara y 
luminosa pudieron deducir: i.° que 
cada uno de estos teatros constituye 
de por si un género diferente , no so- 
lo en su origen y objeto, sino tam- 
bién por haber sido creados para na- 
ciones de distinto genio y carácter; 
y a.° que por lo mismo no era posi- 
ble tuviesen iguales formas, ni reglas 
idénticas en su espresion y composi- 
ción. Por no haber mirado las cosas 
bajo este aspecto , incurrieron en error 
no solo los contrarios de nuestro dra- 
ma , sino también sus defensores. No 
atreviéndose estos, ó no sabiendo con- 
trarrestar la inexacta aplicación que 
aquellos hacian del principio de las 
unidades , y no queriendo confesar 
paladinamente ser inaplicable al gé- 
nero adoptado en España , se conten- 
taron con presentar en su defensa tal 



30 

cual comedia de las que con mas 6 
menos exactitud se aproximan á las 

clásicas, asegurando que podrían com- 
petir en regularidad con las del mis- 
mo Sófocles , á poco que se tratase de 
corregirlas (a). Una defensa tan falsa 
como contraria al verdadero aspecto 
de la cuestión , en vez de destruir el 
sistema del partido opuesto 9 confir- 
maba mas y mas sus opiniones arbi- 
trarias; pues atrincherado en la con- 
cesión que se le hacía de la necesidad 
de las tres unidades para constituir 
la perfección de las composiciones 
dramáticas , se burlaba de los i- 
nútiles esfuerzos empleados por los 
refundidores en reducir nuestras an- 
tiguas piezas al principio clásico de 
Aristóteles y Boileau. Nada de esto 
hubiera sucedido , si adoptándose por 
todos la distinción de dos géneros 
dramáticos diversos entre si, capaces 
cada uno de su respectivo mérito y 



31 

bellezas , se hubiese visto que eran 
propios para inspirar en el corazón 
humano todo el interés y entusiasmo 
posible , aunque valiéndose de for- 
mas y medios diferentes. ¡ Parece ines- 
plicable el que no se haya adoptado 
esta idea feliz y conciliadora por am- 
bos partidos, cuando el Universo en- 
tero conspira á sugerirla! ¿Por ven- 
tura los jardines cuidadosamente a- 
dornados producen el mismo interés, 
y agradan con medios y formas idén- 
ticas, á las que presenta la inculta 
naturaleza observada desde las altas 
cumbres del Apenino? ¿Los trabajos 
mas esmerados del arte se presenta- 
rán mejor á las creaciones de la ima- 
ginación, ó serán mas grandiosas que 
las obras de la Omnipotencia ? Si los 
jardines cultivados con esmero a- 
lagan los sentidos, inspirando ideas 
de orden , simetria y gusto , el espec- 
táculo agreste de la ruda y magnífi- 



32 

ca naturaleza arroba el alma y la ele- 
va á los espacios de la creación. Los 
primeros como productos del arte 
pueden muy bien bailarse bajo el im- 
perio de la razón, del análisis y de 
la verosimilitud prosaica; mas el úl- 
timo, que es la becbura de un poder 
supremo é incomprensible, ¿quien 
se atreverá á buscarle fuera del seno 
de la inescrutable providencia , que 
le conserva entre sus mas escogidos 
dotes? ¿Y babrá quien pretenda to- 
davía que debemos renunciar á los 
sentimientos inspirados por estos su- 
blimes y magníficos cuadros, por no 
ser posible compreender su estructu- 
tura, y por no poder reducirlos ni 
encerrarlos en los límites del arte de 
la Jardinería? No: gocemos de los pla- 
ceres que procura el arte; pero nun- 
ca abandonemos los inefables gozes, 
que proporcionan las obras directas 
de la creación : abramos nuestra alma 



33 
á las emociones que inspiran > aun 
cuando no podamos analizarlas; sin- 
tamos, aunque las reglas lo contradi- 
gan ; pues al fin las sensaciones son 
hechos , y las reglas son abstracciones 
ó teorías que pueden ser mal aplica- 
das ó inexactas. 

Aplicando semejante raciocinio al 
asunto de que tratamos diré siempre 
que cuando un autor dramático lo- 
gra conmoverme, entusiasmarme é 
identificarme con el objeto de sus 
composiciones, jamas Je pediré cuen- 
ta de los medios de que para e- 
11o se haya valido; pues estoy bien 
seguro que si fuesen esencialmente 
falsos é inoportunos no hubiera conse- 
guido su fin. ¿Por qué tendré dere- 
cho á exigir que Racine en su Atalía, 
y Calderón en su Tetrarca se valgan 
de los mismos medios v formas para 
interesar mi corazón , si uno y otro 
lo logran con aquellos que respecti- 



3 



34 

vamente emp1ean?¿Ycuanto mas in- 
justa será ral exigencia , si se atiende 
á que los géneros adoptados por uno 
yorro no pueden acomodarse á igua- 
les reglas, y á que escribieron para 
dos naciones diferenres en su carác- 
ter , en su existencia social , y en 
sus necesidades morales? Tan incon- 
gruente sería acusar á estos grandes 
poetas por haber escrito cada uno sus 
piezas en su respectivo idioma, como 
lo es redargüirles por haber atempera- 
do la espresion de sus pensamientos al 
carácter y genio de sus compatriotas. 
Si se prigiese en principio que todos 
los edificios debian construirse bajólas 
formas de la arquitectura griega, des- 
de tal punto la gótica dejaría de exis- 
tir con todas sus bellezas y primores. 
¿Y no sería crasa necedad el derribar 
un magnífico templo del último gé- 
nero, por la sola razón de no admi- 
tir las columnatas, arquitrabes y fri- 



34 
sos que constituían la hermosura del 
de Minerva en Atenas, ó del de Dia- 
na en Efeso? Pues tal es exactamente 
lo que hicieron y hacen los críticos 
modernos respecto á nuestra Poesía 
Dramática. 

Los preceptistas del siglo pasado 
tienen alguna disculpa en su error; 
pues viendo el mal estado de nuestro 
Teatro y la perfección en que se ha- 
llaba el francés , pudieron creer ven- 
tajoso y fácil aclimatarle entre noso- 
tros ; mas los que en el actual han es- 
crito y escriben contra aquel, des- 
pués de haber los Alemanes tratado 
la materia con tanta claridad , y de- 
mostrado la esperiencia cuan perjudi- 
ciales son en Literatura los sistemas 
esclusivos¿qué disculpa hallarán á su 
torpeza? ¿No han palpado Jos efectos 
de sus amargas diatrivas, y la ruina 
de nuestra literatura causada con eo- 
lias? ¿Adonde pretenden conducir- 



nos con sus doctrinas? Si escriben 
preceptos cíe poesía lírica apenas se 
les vé citar á Herfcr*, Rtoja y León 
sino para escudriñar sus defectos ; pe- 
ro en desquite ponderan las bellezas 
de Píndaro, Horacio y Konsard. Si ha- 
blan del Apólogo no citaran segura- 
mente los buenos de Samaniego y de 
Triarte; pero llenarán páginas de los 
deFedro y laFontaíne. En poesía dra- 
mática serán Racine v Corneille mo- 
delos de todas las bellezas , y Lope y 
Calderón egemplos de todo lo malo. 
Quiero yo suponer por un momento 
que sea en todo justa su crítica; con- 
cédoles que no tengamos en género 
alguno una composición perfecta: pe- 
ro á lo menos no podrán negar ha- 
llarse nuestra literatura llena de tro- 
zos hermosísimos, que pueden servir 
de modelos para todos los tropos, fi- 
guras y preceptos de la poética. Aho- 
ra bien, si escriben sus obras para los 



37 
españoles ¿por qué en vez de esco- 
ger toda la escoria de mal gusto en 
los escritos de sus compatriotas , no 
buscan y publican los hermosos tro- 
zos de imaginación, filosofía, buen 
gusto y exactitud en que abundan 
nuestros autores? ¿No nos importa- 
rá mas el saber cuando, cómo y de 
qué modo fue Calderón buen dramá- 
tico, que el examinar estas cualida- 
des en Racine? No pretendo por lo 
dicho censurar que admiren, respe- 
ten y veneren á los Griegos, Roma- 
nos y Franceses; pero sí quisiera que 
los poetas nacionales ocupasen el lu- 
gar de que son dignos; pues cuantos 
se le niegan parece están únicamente 
dirigidos por un odio inmortal con- 
tra todo lo que es y pertenece á su 
patria ; ciegos para ver lo mucho bue- 
no que contiene , y prontos á des- 
mentir todo cuanto puede honrarla. 
¡Qué imparcialidad tan noble ! Sin 



embargo yo no puedo persuadirme 
á que siempre los dirija en sus jui- 
cios la odiosa mania de deshonrar el 
pais de su nacimiento; mas sí estoy 
persuadido á que en general los hom- 
bres esclusivamente dedicados á la á" 
rida erudición y á la amarga crítica 
llegan á embotar su sensibilidad, y 
son poco capaces de juzgar conve- 
nientemente en materias de gusto y de 
imaginación, para lo cual se requie- 
re un tacto muy fino y delicado y u- 
lía esquisita sensibilidad. Estos hom- 
bres pretenden someter la poesía al 
mismo análisis que un anatómico ú- 
earia con el cadáver de una muger 
hermosa: armados de sutilezas meta- 
físicas, como aquel de un escalpelo, 
empiezan por destruir todas las par- 
tes que constituyen la ilusión de lo 
bello, y acaban por reducirá un hor- 
roroso esqueleto lo mismo que an- 
tes de caer entre sus manos seducia y 



39 
encantaba los sentidos. Aquiles y A- 
yax, Eneas y Tumo, despojados de 
las Hurones de la poesía, y reducidos 
áespresion prosaica, podrían ser con- 
siderados como hombres comunes y 
aun patibularios, y no como héroes 
dignos de la Epopeya. Yo en vista de 
lo espresado estoy por decir que los 
críticos de ahora han reducido su cien- 
cia al arte insulso de bacer Parodias, 
y asi no es de estrañar que Lope , Val- 
buena, (6) Calderón v Moreto, no se 
hayan librado de esperimentar la mis- 
ma suerte que Homero , Píndaro , Vir- 
gilio, el Taso y Racine han sufrido 
de sus rivales, de sus envidiosos, ó 
de sus críticos, que habiendo hecho 
para juzgarlos una tan inexacta como 
poco conveniente aplicación de cier- 
to género de análisis, han incurrido 
en infinitos errores. 

¿Mas qué diremos de unos hom- 
bres tau rígidos, que sacrificando Ja 



40 

ilusión poética á la exactitud prosai- 
ca, se olvidan hasta de los primeros 
elementos del raciocinio , siempre que 
el espíritu de su parcialidad se lo or- 
dena? Según ellos dicen, si íes ingle- 
ses se entusiasman con Shakspeare y 
los españoles con su Calderón , y no a- 
precian ni gustan tanto de las imitacio- 
nes ó traducciones del teatro francés, 
consiste en que dichas naciones estau 
todavia en un estado muy próximo 
á la barbarie. ¿Y por qué? Por que 
unos y otros no han nacido en las ri- 
beras del Sena , y tienen la desgracia 
de divertirse y recrearse con lo mis- 
mo que detestan , según dicen, los 
cultos parisienses. Si yo fuese tan par- 
cial como ellos, si no admirase tan 
de buena fe la perfección sabia de los 
clásicos franceses, y en fin si adopta- 
se la idea de no existir mas de un gé- 
nero digno de aprecio en poesía dra- 
mática, podría muy bien deducir u- 



41 
na consecuencia contraria, de las pre- 
misas de su argumento ; mas como no 
pertenezco á partido alguno , me con- 
tentaré con decir que la diversidad 
del gusto de las naciones en materias 
de teatro , procede de Ja diferencia de 
sus necesidades morales , y de sus 
modos de existir , juzgar y sentir', á 
cuyas modificaciones tienen los poe- 
tas , que acomodar la espresiou y for- 
mas de sus pensamientos , sin que por 
esto deba creerse que se hallen en di- 
verso estado de ilustración. La Espa- 
ña, la Inglaterra y la Alemania se ha- 
llan en el dia cuando menos tan civi- 
lizadas como la Francia , sin haber 
por ello perdido su primitivo gusto á 
su respectiva escena nacional , siendo 
bien seguro que los verdaderos sabios 
de estos países veneran, respetan y 
admiran á los padres de su teatro. 
¿Cómo, por egemplo, el culto autor 
del Catón 5 Adisson, se negaría á las 



42 
impresiones enérgicas y sublimes que 
produce la representación de Mak- 
bet? ¿ Y cómo nuestro Moratin pre- 
senciaría tibia y fríamente las hermo- 
sas escenas del Desden con el Desden; 
y la veracidad científica de pincel con 
que en el Valiente Justiciero descri- 
be el carácter del Rey don Pedio el 
Cruel ? ( i ) Pues bien; lo que Addis- 



( i ) Debe advertirse que Addisson era na 
buen trágico, y Moratin es uti escelente ió- 
nico, y asi no es estrado que supiesen uno 
y otro apreciar lo que ni aun sentir saben 
los meros escritores de teorías y preceptos. 
Moratin , por ejemplo, condenaría en el Va- 
liente Justiciero la aparición de un muerto; 
pero no ignoraría el partido Romántico , que 
hubiera sacado Moreto si hubiese usado de 
ella como base del drama, y como una cs- 
presion de la fatalidad, que en virtud de un 
crimen cometido, perseguía por todas par- 
tes al culpado y le conducta á su funesto fin. 
CJn Crítico moderno solo hubiera reparado 



43 
son yMoratin admiran y respetan, es 
precisamente lo que los críticos Gali- 
cistas han destruido sin haber logra- 
do poner en su lugar lo que quisie- 
ron substituir. El estro poético y el 
genio creador han desaparecido ya y 
la fecunda , rica y dulce vena de las 
creaciones se ha agotado en nuestro 
suelo. ¿Y qué nos queda? Frialdad, 
y pobreza. ; Gócense si pueden los cau- 
sadores de tan triste estado, en su pe- 
dantesco triunfo ! Debieron haber pre- 
visto los innovadores tan lastimosa 
ruina con solo volver los ojos á la 
historia de nuestra literatura en los 
dos precedentes siglos. En ella pudie- 
ron notar los reiterados esfuerzos con 

en la incongruencia de Moreto t y por es- 
to solo detestarla de la pieza ; mas un Mo- 
ratin la habría conocido trasluciendo al mis- 
mo tiempo la sublime intención del autor, 
y llorando que hubiese equivocado los me- 
dios de aprovecharse de ella. 



44 

que Pérez de Oliva y otros sabios in- 
tentaron aclimatar en nuestro sue- 
lo, con nombre de drama erudito, 
el que estaba sometido á las reglas 
de las unidades y debieron asi mis- 
mo reparar que no lo consiguie- 
ron ni con el egemplo ni los precep- 
tos, sin embargo de bailarse nuestra 
escena en la infancia , y el público 
mas dispuesto á recibir el impulso 
que los sabios intentaban darle. Pue- 
de que alguno de los críticos moder- 
nos se atreva á decir que los anti- 
guos Poetas Españoles no entendie- 
ron ni compreendieron el espíritu de 
la poética y literatura Griega, pues 
no practicaron sus reglas. ¿ Luego Ar- 
gensola, Villegas y Cervantes habían 
de ignorar los mismos principios que 
con tanto tesón defendieron, y á que 
faltaron tan á sabiendas ? ¿ Luego Cue- 
va , Yirues , y Lope no entendían 
lo que estudiaron en las cátedras de 



4$ 
Ilumanidades? \ Cuan obcecado estará 
quien piense asi ! A todos consta que 
Lope, desconociendo su propio méri- 
to en haber hallado una nueva senda 
de creaciones poéticas, lloraba amar- 
gamente el haberse separado , para se- 
guirla , de la que dejaron abierta los 
Sófocles y los Eurípides. Lo dicho 
prueba hasta la evidencia que este gran 
talento entendia y estaba empapado 
en las teorías clásicas de los antiguos, 
y que si las abandonó en la práctica, 
no fue por no haberlas entendido, 
sino por que la nación para quien 
componía sus dramas, no quería ad- 
mitir nn género tan distante y dis- 
corde del modo de ver, sentir, juz- 
gar , y existir del de los pueblos don- 
de prosperó el clasicismo. Los poetas 
no pueden obligar á los pueblos á 
gustar de un género de teatro que no 
esté en armonía con su carácter , con 
sus necesidades morales y con el íí- 



46 
po original de cada una ; y como el 
género clásico se hallaba en este caso 
respecto á la España, por eso nunca 
ha prosperado en ella. Si al contrario 
hubiese acaecido ¿quien duda que an- 
ticipándose los grandes genios de un 
Lope y un Calderón , casi un siglo á 
los de un Gorneille y un Racine los 
hubieran superado en el mismo gé- 
nero de teatro que estos adoptaron y 
cultivaron ? 

Fue pues el gusto público , y no 
la ignorancia ó la propia voluntad , el 
que obligó á nuestros dramáticos del 
siglo diez y seis y diez y siete á abrir- 
se el camino por donde marcharon 
con tanta gloria suya como admira- 
ción de los estrangeros. En vano se 
pretenderá oscurecer su fama dicien- 
do ser tan fácil el género adoptado 
por ellos como difícil el que los fran- 
ceses siguieron. Si asi fuese ¿ cómo se 
esplicará la causa de que los españo- 



47 
les podemos presentar un Moratin en 
parangón de un Moliere, y los fran- 
ceses no pueden señalar uno solo en- 
tre los muchos que trataron de com- 
petir con Lope, Calderón y Moreto, 
que pueda ni remotamente compa- 
rarse con estos? ¿No se halla la Fran- 
cia mucho mas lejana de la perfec- 
ción Romántica , que nosotros de la 
Clásica ? Desengañémonos y digamos 
de una vez, que es un desatino el 
pretender aprisionar al genio de las 
naciones, obligándole á la imitación 
indirecta de la naturaleza; pues en- 
tonces con la independencia pierde 
también la elevación y magnificencia 
de sus creaciones originales. "Shaks- 
»peare decia D # * es un enorme co- 
loso sin gracias y lleno de rudeza. Y 
»si ese coloso, replicó V ## arrancán- 
dose de su pedestal con semblante 
» indignado , se dirigiese hacia tí , ama- 
» gando tu exterminio ¿ qué dirías? 



48 

*>Pues tal es el trágico de los íngle- 
»ses;" y yo añado: tal es aun la na- 
ción que lo admira, y para quien es- 
cribió sus dramas. 

Si Lope desconoció los motivos 
de su celebridad , y siguió como por 
instinto el impulso del gusto públi- 
co, á nosotros no nos será difícil ha- 
llar la causa de ella, buscándola en la 
naturaleza del corazón humano. Las 
investigaciones metafísicas y filosófi- 
cas pueden servir muy bien para es- 
to, aunque solo la inspiración poéti- 
ca sea el instrumento á propósito pa- 
ra crear las obras de imaginación, 
siendo muy raro hallar reunidas en 
un mismo sujeto las teorías regla- 
mentarias con el entusiasmo fatídico; 
por lo cual es de creer que si Home- 
ro hubiera escrito la Poética de Aris- 
tóteles, jamas se habria hecho cele- 
bre con la Iliada. Mas dejando esto 
aparte continuaremos lo empezado. 



49 
Lo que llamamos espíritu nacio- 
nal es casi tan esclusivo como el im- 
pulso que dirigiría á los hombres 
considerados aisladamente y líbresele 
los vínculos sociales. Los individuos 
de cada sociedad lo refieren todo á 
las glorias , religión é historia de a- 
quella á que pertenecen , y poco ó 
nada á la erudición , jamas estensiva 
á la generalidad de un pueblo ente- 
ro. Por esto cada nación desdeña en 
su teatro las formas ó costumbres que 
no están en armonía con su carácter, 
ó que no puede compreender. ( i ) 



( i ) Un hombre dedicado esclusivamen- 
le á las matemáticas jamas concebirá el mé- 
rito de Jas obras de imaginación , así como 
tampoco el que solamente se haya ejercita- 
do en estas compreenderá bien el mérito de 
aquellas. El uno dirá que la poesía nada prue- 
ba , y el otro sostendrá que el cálculo fasti- 
dia. Mas ninguno tendrá absolutamente ra- 
eon, aunque la tengan relativamente. El 

4 



De aquí emana , por egemplo que en 
España, para agraciar al público en 
el teatro era preciso que la mitología 
é historia antigua se revistiesen de la 
espresion y galantería de los siglos 
medios, cuyas costumbres eran y son 
aun familiares, y están en armonía 
con el carácter y erudición nacional: 
por esto los poetas no tomaban otra 
cosa de las historias y fábulas anti- 
guas , sino los nombres y hazañas de 



uno debia decir, que no siente las bellezas 
de la imaginación, y el otro que no conoce 
ni entiende las abstracciones del cálculo. Por 
igual motivo las naciones Románticas en li- 
teratura deben decir: no gustamos del géne- 
ro clásico , por que no nos mueve tanto co- 
mo el nuestro ; y las clásicas espresar que el 
Román licismo no las agrada porque cboca 
con la verosimilitud, que buscan en el suyo 
y á que están babituadas. El considerar como 
absoluto lo que es casi siempre relativo es la 
causa de muchos errores. 



tí 

los héroes Griegos ó Romanos , que in- 
tentaban poner en escena ; y esto te- 
niendo mucho cuidado de hacerlos o- 
brar y producirse como si fuesen ca- 
balleros españoles ( i ). Con tales da- 

( i ) Puede observarse esto mismo en la 
comedia de Calderón titulada , las Armas de 
ta Hermosura , que es la historia de Coriola- 
no. En ella el héroe , resuelto á destruir la 
patria, desprecia los ruegos de sus parien- 
tes, amigos y ciudadanos , y no deja su em- 
presa hasta que su madre , su esposa y las 
matronas romanas vienen á suplicarle que 
desista de su rigor. Cede Coroliano en fin ¿ pe- 
ro á quien cede? A la hermosura, al amor 
y á la cortesanía. Levanta el sitio de Roma, 
y á esto no le mueven razones de política, 
sino la generosidad de los principios caba- 
llerosos. Nada estipula para sí , todo es en 
favor de las damas, exigiendo de sus conciu- 
dadanos que supriman las leyes ofensivas al 
bello sexo , y le concedan los privilegios que 
mas pueden lisongearle. ¡Qué inconsecuencia, 
que anacronismo de costumbres ! esclamarán 
los críticos. Tienen mucha razón; pero pongan 



52 

tos tenían que contar nuestros dra- 
máticos cuando trabajaban para el 
público, y laesperiencia les había de- 
mostrado que solo asi podían agradar 
y ser entendidos. Quisiera yo ahora 
preguntar á los eruditos y preceptis- 
tas clásicos Jo que en tal caso hubie- 
ran hecho. Ilustrar al público, di- 
rán , poner en cada aldea escuelas de 
poética, de humanidades, de histo- 

á Coriolano el nombre de Amadis, muden 
los tiempos y las localidades, y asi desapa- 
reciendo á su vista las ideas asociadas de la 
historia romana, desaparecerá también la 
incongruencia que tanto escándalo les causa. 
Mas justamente se hubiera quejado el públi- 
co español si Calderón hubiera puesto en la 
escena un verdadero Coriolano; pues en- 
tonces le hubiera presentado una existencia 
republicana y gentílica, incompreensible á 
una nación monárquica y cristiana , la cual 
para apreciarla necesitaba estudiar muy de- 
tenidamente la Historia de liorna y la filoso- 
fía de sus costumbres. 



$3 

ría &c. &c. Celebrarla sus pensa- 
mientos á ser posible realizarlos. ¿Y 
para qné tanto ruido? Para enseñar, 
no como se componen buenos dra- 
mas, sino á detestar los que existen; 
no para proporcionar nuevos goces 
intelectuales, sino para privarnos de 
los presentes; no para realzar la bue- 
na poesía , si no para escudriñar de- 
fectos; y en fin, no para facilitar los 
placeres, y recreos, sino para hacer 
difícil ó imposible el obtenerlos. Mas 
después de todo este boato ¿lograrían 
educar eruditamente á todo un pue- 
blo? No: jamas. La culta Francia es 
buen testigo; ni Moliere, ni Racine, 
ni autor alguno de los mas famosos 
atraen tanta concurrencia , ni tantos 
espectadores, como el mas prosaico de 
los melodramas, y mucho mas invero- 
símil que la mas desarreglada de nues- 
tras comedias. ¿Y por qué asi? por- 
que las grandes masas de hombres se 



54 

prestan mejor á las ilusiones de la i- 
maginacion , que no á los cálculos 
del raciocinio y á la delicadeza del 
estilo. Para apreciar estas últimas cua- 
lidades es preciso haber recibido cier- 
to grado de educación, que no está 
al alcance de todos, en tanto que con 
facilidad se conmueven los hombres, 
cuando se los exalta Ja pasión, pre- 
sentándoles situaciones que están en 
armonía con los sentimientos del al- 
ma, y que no fundan su belleza úni- 
ca en el mérito de la dificultad ven- 
cida. La próvida naturaleza no quiso 
hacer difíciles los medios de conmo- 
ver el corazón humano. 

Con lo dicho arriba no es mi áni- 
mo hacer la apología de los melodra- 
mas, ni de la inverosimilitud anti- 
poética que en ellos se observa, ni 
mucho menos de la ignorancia que 
los tolera; solamente pretendo refe- 
rir un hecho , y probar lo difícil , y 



u 

aun imposible, que es el formar to- 
da una nación de eruditos, y lo per- 
judicial que seria el verificarlo; pues 
entonces nunca, ó casi nunca, podrían 
gozarse en ella los placeres sencillos 
y fáciles, que con mucha sensibilidad 
y sin tanto saberse disfrutarian. 

Al manifestar los errores de los 
críticos modernos , tampoco es mi in- 
tento privarles ú oscurecer los servi- 
cios importantes que hicieron á la 
literatura en general. Ya desde fines 
del siglo diez y siete se habia corrom- 
pido la nuestra de tal modo , que a- 
penas dejaba rastro de su primitiva 
brillantez. Por esta causa fue muy 
conveniente, que entonces se opusiese 
el dique de una vigorosa y severa crí- 
tica al torrente de mal gusto, que 
arrasaba nuestro Parnaso ; y si Mon- 
tiano y Luzan, mas avisados del mu- 
cho mérito del antiguo drama espa- 
ñol, y menos ofendidos de sus defectos. 



M 

no hubiesen confundido lo esencial 
con lo accesorio , entonces, dedicando 
sus sabias tareas á su corrección , y 
no á su esterminio, ¿quién duda que 
les deberiamos el haberle perfeccio- 
nado , sin tener motivo de atribuirles 
la ruina de nuestra originalidad, ni 
la del género dramático de que fui- 
mos inventores? 

La manía de imitar la dramática 
Francesa, y de odiar la nacional, rei- 
nó casi un siglo en toda la Europa. 
En los teatros no se veian mas que 
imitaciones de Racine , Cor nei lie, Mo- 
liere &c. , disfrazados ya de un modo 
ya de otro. La noble poesía arrastra- 
ba las cadenas de la servil é indirecta 
imitación de la naturaleza, sin atre- 
verse á sacudir el ominoso yugo que 
la oprimía é impedia alzar su vuelo 
libre y desembarazado á las regiones 
de la imaginación y de Ja idealidad: 
el genio lleno de trabas empleaba to- 



do su vigor y energía , no en conce- 
bir y pintar los grandes y sublimes 
pensamientos, sino en reducirlos pro- 
lija y penosamente á formas y reglas 
en que no cabian. A tal grado de mi- 
seria se hallaba reducida la literatura 
dramática en todas partes, cuando á 
principios de este siglo algunos sabios 
alemanes se atrevieron en fin á pro- 
clamar la emancipación literaria de la 
Europa, y á elogiar y admirar las 
grandiosas Creaciones de los dramáti- 
cos españoles. Resonó tan lisongera 
voz por el ámbito del Orbe, y los ver- 
daderos sabios, recurriendo á los si- 
glos heroicos de la edad media, su- 
pieron hallar en ellos el germen de 
las sublimes bellezas que contienen 
las creaciones Románticas. Desde es- 
ta época se han empezado á exami- 
nar las cosas bajo otro aspecto, y á 
concebir, que pues existen infinitas 
piezas dramáticas, que sin observar el 



dogma de las unidades clásicas pro- 
ducen sin embargo un admirable e- 
fecto , puede consistir en que no 
hay solamente un medio esclusivo pa- 
ra lograr el fin general de conmover 
el corazón humano. De aqui se ha 
deducido la necesidad de admitir dos 
géneros dramáticos distintos, los cua- 
les deben tener reglas y formas diver- 
sas. Conocida esta diferencia era con- 
siguiente conocer también la dema- 
siada latitud dada por los críticos ga- 
licistas á la aplicación de sus princi- 
pios; pues intentando someter á ellos 
todos los modos y géneros dramáti- 
cos, nos ponian en la dura necesidad 
de renunciar á las bellezas y emocio- 
ciones del género romántico, por la 
sola razón de ser inadaptable á su sis- 
I tema, y á las estrechas y semiprosái- 
«as reglas de las tres unidades, acaso 
tan arbitrarias como mal interpreta- 
das de la poética de Aristóteles. 



69 
Siendo pues cierta la existencia 
de un sin número de composiciones 
dramáticas no sometidas á dichas re- 
glas, y llenas sin embargo de mas in- 
terés y sublimidad que las mejores 
del teatro francés ¿ por qué no confe- 
saremos que por si constituyen un gé- 
nero particular y susceptible de cuan- 
ta perfección es propia á las formas y 
modos que le son adaptables? ¿Acaso 
el género Dramático que se funda so- 
bre la espiritualidad religiosa y el re- 
gimen de las sociedades modernas , de- 
berá ser idéntico al que procede del 
orden político y de la idolatría de los 
pueblos antiguos? Cuando se ha re- 
novado por entero la faz del Univer- 
so ¿ se pretenderá que solo las formas 
dramáticas sean eternas, é invariable 
el modo de presentar y considerar 
los objetos? En estas razones se han 
fundado los alemanes para admi- 
tir dos géneros distintos de literata- 



60 
ra , llamando Clásico al que procede 
de las existencias políticas y religiosas 
de los pueblos antiguos, y Romántico 
al que eleva sus creaciones en el nue- 
vo modo de existir, emanado de la 
espiritualidad del cristianismo, de las 
costumbres heroicas de los siglos me- 
dios, y del modo diverso que tiene 
de considerar al hombre. Examine- 
mos, pues, nosotros los motivos de 
la diferencia de estos géneros. 

La organización social adoptada 
por la Europa en los siglos medios ó 
caballerosos, los nuevos hábitos y cos- 
tumbres adquiridos con ella por los 
pueblos, y sobre todo la universali- 
dad de la Religión Cristiana descu- 
brieron al hombre un inmenso teso- 
ro de ideas hasta entonces descono- 
cido , dieron nueva dirección al pen- 
samiento, y abrieron á la imagina- 
ción un dilatado campo para las crea- 
ciones poéticas, fundadas en el espi- 



61 
ritualismo. Al desplomarse entera- 
mente los antiguos gobiernos , arras- 
traron tras si y sepultaron bajo sus 
ruinas hasta la memoria de lo que 
fueron. La adoración de la Naturale- 
za personificada fue justamente pros- 
cripta como idolatría , y los dioses 
del paganismo fueron mirados por los 
cristianos como formas de que se re- 
vestía el espíritu rebelde para la per- 
dición del género humano: asi pues, 
la Teogonia , y Mitología de aquellos 
pueblos se vio despojada y desnuda 
de las ilusiones con que cautivaba el 
corazón del hombre , el cual empezó 
á mirarlas bajo el horroroso aspecto 
de la mentira y falsedad. Igual suerte 
tuvo la historia que la antigua reli- 
gión, ( i ) pereciendo con ella hasta 



( i ) El no haberse aun descubierto el 
arte de imprimir, Ja dificultad de propor- 
cionarse los manuscritos , y sobre todo el po<* 



62 
los recuerdos y reliquias de los go- 
biernos republicanos; siendo conse- 
cuencia de esta catástrofe , el que las 
existencias sociales tomasen otro giro 
y se separasen en gran manera del to- 
do homogéneo, que constituía la esen- 
cia de las sociedades fundadas sobre 
teorías republicanas ó sobre institu- 
ciones procedentes de ellas. De aqui 
resultó que á los goces y ocupación 
de tomar mas o menos parte en Ja 
dirección del estado , substituyeron 
]os hombres los placeres mas tranqui- 
los é individuales, que proporciona 
el régimen monárquico en el nuevo 
orden social , y acostumbrados á tan 
dulce y pacífico género de vida em- 

co número de personas que supiesen leer, 
fueron las causas del olvido en que yacie- 
ron largos siglos las obras de los antiguos, 
á lo cual también contribuyó no poco, el 
horror que se profesaba por los fieles 4 
cuanto tenia conexión con la idolatría. 



63 
pezaron á dar mas importancia á su 
existencia como individuos, dedican- 
do en pro de la vida doméstica todos 
los cuidados, y el tiempo que antes 
esclusivamente empleaban en asistir 
á la tribuna y en favor de la causa 
pública. 

A este modo de regeneración so- 
cial contribuyó sobre todo el espíritu 
del cristianismo ; es decir , el de la Re- 
ligión Divina, que desprendiendo al 
hombréele los intereses terrenales, le 
eleva á su Criador , y le ennoblece so- 
bre todos los seres creados. El hijo 
del Omnipotente humanado , pade- 
ciendo y muriendo por su criatura es 
el espectáculo mas grandioso , tierno 
é interesante de amor que se presen- 
tó jamas al Universo; y el hombre re- 
dimido del pecado no pudo ya me- 
nos de engrandecer sus pensamientos 
con la esperanza de una vida inmor- 
tal ; pues la sangre del hijo del Éter- 



64 

no no hubiera regado la tierra por 
menos precio , que por el rescate de 
su propia semejanza. 

; Qué imaginación, aun la mas pers- 
picaz, podrá abarcar la inmensa dis- 
tancia que media entre las creaciones 
poéticas, inspiradas por tan sublime 
creencia, y aquellas á que se presta la 
mitología gentílica? En esta todo se 
personifica y materializa, en aquella 
es todo espiritual é indefinible: en la 
una todo se vé y es palpable, en la 
otra todo es fé, é idealidad : allí la 
hermosura, la guerra y la ciencia e- 
ran entes personificados, y aquí cuan- 
tos bienes y males reinan en el Uni- 
verso, son distribuidos por una sabia 
providencia para provecho de los 
hombres. Bajo el imperio de un dog- 
ma tan elevado y magnífico , las rela- 
ciones de individuo á individuo, y 
hasta las mismas pasiones, participan 
en su espresion del carácter profun- 



m 

do y religioso que inspira la caridad 
cristiana; por eso aun el amor huma- 
no es tan delicado entre nosotros , que 
se asemeja á una especie de culto, don- 
de se exige el sacrificio de los place- 
res físicos del amante en obsequio del 
decoro y pureza del amado. 

La espiritualidad religiosa, y el 
carácter caballeroso de los conquista- 
dores del imperio de Occidente, sua- 
vizando las costumbres y leyes anti- 
guas, constituyeron las sociedades de 
tal modo, que desde entonces fue im- 
posible no reconocer en el bello sexo 
un influjo que jamas habia obtenido 
entre los pueblos antiguos. Prevaleci- 
da la muger de todas cuantas gracias 
y dulzura la dotó naturaleza , llegó á 
ser la piedra fundamental de Ja feli- 
cidad doméstica , único fin á que as- 
piraba el pacífico ciudadano, desde 
que la monarquía tomó á su cargo el 

gobierno y régimen de la sociedad. 

5 



65 
Compañera , y no esclava del hombre 
participaba igualmente que él de los 
bienes y males , de los placeres y de 
las penas. 

Constituida la civilización social 
en bases tan diversas de las antiguas, 
era preciso que apareciese un vasto 
campo de ideas, sensaciones y senti- 
mientos tan nuevos como ella misma. 
El dogma del libre alvedrio dio á la 
moral una sanción tan positiva y e- 
nérgica , como débil y vaga era la que 
presentaba la idolatría; y asi el hom- 
bre se vio obligado á luchar á brazo 
partido contra las pasiones, los vicios, 
y aun contra los malos pensamientos; 
pues persuadido de su libertad, no 
podia hallar ya la disculpa de sus ac- 
ciones en el inexorable fatalismo. 

Considerándose el cristiano co- 
mo peregrino en la tierra, desapare- 
cen ante sus ojos los intereses mun- 
danos , y solo fija sus miradas en el 



67 
término de su viage , que debe ser el 
de su eterna salvación ó condenación. 
En cualquiera de estas circunstancias, 
su creencia divina le persuade á te- 
ner siempre en menos los bienes y 
males de sentido , comparados con 
los espirituales, que han de servirle 
en la otra vida de premio ó de casti- 
go de sus acciones en esta. La priva- 
ción de Dios, la roedora envidia, (i) 
el inútil remordimiento, la imposi- 
bilidad de amar, y la precisión de a- 
borrecer, atormentarán el alma del 
reprobo infinitamente mas que todos 
los males corporales i la caridad ar- 

(») Santa Teresa de Jesús dijo del espí- 
ritu rebelde, intentando ponderar su desgra-* 
cia : "¡ Desventurada criatura que no puede 
» amar! ^ ¡Cuanta verdad respira este dicho 
sublime y místico, inspirado por una ardien- 
te y fogosa caridad! ¿Qué desgracia podrá 
compararse con la de un ser inteligente, que 
no puede amar y siempre está devorado de 
envidia? 



63 

diente y deliciosa, el divino amor y 
la contemplación del Todo Poderoso 
en su gloria y magestad , serán el mas 
apetecible premio del justo, y le a- 
negáran en un mar inefable de pla- 
ceres y delicias espirituales. 

Tan divina, tan noble y tan her- 
mosa creencia , arrancando al mortal 
del mundo perecedero, le sublimó á 
las regiones de la inmaterialidad y del 
infinito , y abriéndole su amoroso se- 
no le hizo hallar en la inspiración re- 
ligiosa el tipo de lo bello ideal , que 
antes de conocerla solo podia buscar 
en la alegoría de la naturaleza. Ya el 
aliento fatídico se remonta y sostiene 
en un Universo tan distante de los 
sentidos, que en vano pretenderia el 
hombre concebir su existencia, sino 
por el sentimiento instintivo de ella, 
por la fee divina y por la revelación. 
El trastorno causado en las ideas 
por el sistema político y religioso fue 



69 
y debió ser trascendental á todos Jos 
ramos de poesía ; pues esta no es otra 
cosa que el modo ideal de espresar 
los sentimientos humanos, (c) Trans- 
formado ya el hombre de republica- 
no en monárquico, y de gentil en 
cristiano, era consiguiente que la es- 
presión de la espiritualidad , sucedie- 
se á la de la simetría y armonía per- 
sonificadas: aquella debía, por preci- 
sión, ser mas vaga é indefinible; pero 
mas profunda que esta , pues se fun- 
da en existencias que no obran inme- 
diata ni directamente en los senti- 
dos, ni puede ser coucebida por la 
razón humana sin los auxilios de la 
Fée; por lo cual es imposible espre- 
sarla fija y constantemente en ningún 
idioma. De esta imposibilidad ema- 
nan, y ella es la razón de las metáfo- 
ras atrevidas 3 de las comparaciones 
remotas y de las analogías impercep- 
tibles con que se reviste y adorna la 



70 

poesía de los siglos medios, y á las 
que los insensibles críticos llaman á 
veces, sin razón, falta de gusto y de. 
verosimilitud. No pensarían asi , si hu- 
bieran advertido que en todas las len- 
guas del mundo, cuando se carece 
de medios para espresar cierta clase 
de ideas poco conocidas , ó por su e- 
sencia inanalizables, hay que recur- 
rir á las metáforas y á las compara- 
ciones para esplicarlas. Pues si esto a- 
caece, aun cuando sean materiales los 
objetos que se quieren espresar ¿qué 
será cuando se hayan de reducir á la 
palabra y á la frase las ideas de cosas 
que no existen en el mundo visible, 
y que están fuera de los límites á don- 
de los sentidos pueden alcanzar ? La 
mitología antigua, reducida toda á 
sensaciones, fácilmente podia acomo- 
darse á una espresion no muy distan- 
te de la verosimilitud prosaica, pues 
su bello ideal solo consistia en el con* 



71 
junto de las perfecciones materiales 
de la naturaleza : pero como entre los 
cristianos todo es sentimiento ínti- 
mo , todo conciencia y todo fee, la 
espresion de la belleza los arrebata al 
universo de las idealidades, el cual 
no puede ser definido ni analizado 
con los cortos medios que presta Ja 
humana razón. ¿Y cómo á tal modo 
de existir, siempre íntimo, sublime y 
poético, se le aplicarán las mismas y 
reducidas formas que usaron los poe- 
tas de Atenas para manifestar sus i- 
deas? 

En esta manera de ver las cosas y 
de considerar el Universo eleva la lite- 
ratura Romántica el magnífico monu- 
mento de sus creaciones. El objeto que 
el poeta se propone describir en ellas 
no es ciertamente al hombre abstrac- 
to y esterior, es sí al individual é in- 
terior: ( i ) en los repliegues y en el 

( i ) También el poeta romántico suele 



72 
mas oculto secreto de la conciencia 
es donde busca el mérito y motivo de 
las acciones; pues aunque estas apa- 
rezcan buenas , podran no obstante 
ser viciosas, y aun criminales, si lavo- 

proponerse pintar un siglo ó una nación en- 
tera, presentando un protagonista ideal ó 
histórico, al cual atribuye y reviste, no de un 
■vicio ó una virtud aislada, sino de todas a- 
quellas pasiones , hábitos y costumbres que 
pueden caracterizar la época ó nación que 
trata de retratar. Eslo lo han hecho asi to- 
dos nuestros autores dramáticos respecto á 
los siglos y costumbres de España , parlicu- 
cularmente en las comedias de capa y es- 
pada. Después de ellos los ingleses y ale- 
manes han llevado aun mas allá el sistema 
Romántico, poniendo en él mas verdad y fi- 
losofía ; pero acaso menoi belleza y cultu- 
ra. Shakspeare , Biron , Walter Scott , Schi- 
11er &c. han escrito en este géuero y han 
admirado la Europa. Las ideas de esta no- 
ta deberán desenvolverse en otro discurso, 
donde se demuestren los progresos que ha 
liecho el romanticismo en el siglo diez y 
nueve. 



73 
luntad del bien y la gracia Divina no 
han presidido á ellas. 

Al contrario; en la literatura clá- 
sica se mira ai hombre por sus actos 
esteriores solamente, y sus virtudes y 
vicios se consideran en abstracto, pres- 
cindiendo siempre del sujeto á quien 
se aplican ; por lo cual el Protagonis- 
ta de ellas carece de toda individua- 
lidad, que le caracterice y distinga 
esencialmente de los demás hombres 
dominados de cierta y determinada 
pasión: asi es que el Avaro, el Misan- 
tropo y el Hipócrita del teatro clási- 
co, pueden muy bien reputarse como 
si fuesen la Avaricia, la Misantropía 
y la Hipocresía personificadas. Resul- 
ta pues de esta teoría , que como el 
poeta clásico trata solo en sus fábulas 
de describir caracteres generales se 
propone y tiende siempre á un fin 
moral, fijo y determinado; en tanto 
que el romántico mira este último 



74 

punto como accesorio ; pues pre- 
tendiendo únicamente la formación 
y retrato de caracteres individuales? 
la moralidad mas ó menos vaga que 
se deduzca de sus invenciones, debe 
resultar de los actos singulares egecu- 
tados por los personages que intervie- 
nen en ellas. 

Habiéndose descrito las bases di- 
versas sobre que se fundan la litera- 
tura clásica y la romántica, y estan- 
do examinadas las diferencias esencia- 
les de la poesía dramática á que ca- 
da una dá origen , parece que ya de- 
beremos convenir en que una y otra 
de por sí constituyen un género parti- 
cular, tanto considerándolas en sus 
formas como en su esencia. No res- 
ta pues ya mas que reasumir cuanto 
va dicho, repitiendo: que el teatro 
clásico procede del sistema social y 
religioso de los antiguos Griegos y Ro- 
manos; y que su objeto está reduci- 



n 

do á la descripción del hombre este- 
rior, y á la pintura en abstracto de 
las virtudes y de los vicios. Este gé- 
nero toma su idealidad en el conjunto 
de lo bello visible , y en la personifica- 
ción de los atributos de la naturale- 
za, presentándolo todo en cuadros, 
que con facilidad pueden limitarse á 
una verosimilitud muy próxima a la 
verdad prosaica. 

También recordaremos haber di- 
cho que el teatro Romántico proce- 
de de las costumbres caballerosas a- 
doptadas en la nueva civilización de 
los siglos medios, de sus tradiciones 
históricas ó fabulosas , y de la espiri- 
tualidad del Cristianismo; así es que 
aunque los protagonistas en esta cla- 
se de composiciones se hayan toma- 
do de la historia y mitología antigua, 
aparecen siempre en la escena moder- 
na revestidos del tipo original y ca- 
racterístico de los tiempos heroicos 



7* 
de la caballería, ó del heroísmo reli- 
gioso que inspira el Evangelio. El ob- 
jeto y fin que se proponen los poetas 
románticos, no es la descripción del 
hombre esterior y abstracto, ni de los 
vicios y virtudes aisladas, en cuya pin- 
tura se prescinde de los accidentes y 
asociaciones que modifican los carac- 
teres; es sí el de retratar al hombre 
individual dominado con mas ó me- 
nos vehemencia de las pasiones , vicios 
ó virtudes de que es capaz el cora- 
zón humano; es en fin el de formar 
la historia del hombre interior consi- 
derado como individuo , en cuya con- 
ciencia íntima ha de penetrarse para 
juzgar del motivo y mérito de sus ac- 
ciones (¿¿), y cuya verdad histórica 
ó ideal se desenvuelve haciéndole o- 
brar en muchas ó en todas las circuns- 
tancias de su vida. 

Repetiremos finalmente que la 
sublime é ideal belleza de >este últi- 



77 
mo género se alimenta y sostiene en 
los inmensos espacios fie la eternidad, 
en la sumisión del entendimiento hu- 
mano á la Fee divina, y en la noble 
y generosa galantería de los siglos me- 
dios; de suerte que el mayor ó me- 
nor entusiasmo religioso ó caballeres- 
co que pretende inspirar, ó de que 
se halla inspirado el poeta, es el úni- 
co límite que éste impone á sus au- 
daces metáforas y á sus grandes y su- 
blimes pensamientos. 

De lo dicho se infiere fácilmente 
ser imposible encerrar la comedia ó 
drama romántico en cuadros circuns- 
criptos en las tres unidades: lo pri- 
mero por que los caracteres indivi- 
duales no son abstracciones , ni re- 
sultado de una sola pasion,vicio ó vir- 
tud, sino el del conjunto de muchas 
que mutuamente se modifican. Lo 
segundo , porque el desenvolvimiento 
graduado de los afectos de un indi- 



78 
viduo , no puede con verosimilitud 
verificarse en el corto término de 
veinte y cuatro horas; y lo tercero, 
porque el retrato del hombre inte- 
rior nunca se deducirá de un solo ac- 
to ó circunstancia de su vida. Tam- 
bién sería inverosímil en este género 
el que variando, como varían á cada 
paso las situaciones y modo de exis- 
tir del hombre individual, y ponién- 
dole en contacto con personages de di- 
versos principios, educación y carác- 
ter , se esplicasen todos de la misma 
manera que el protagonista, oque es- 
te sostuviese siempre igual tono de 
espresion cuando hablase con un Rey 
ó con un Doméstico, con un sabio ó 
con un ignorante. Por esta causa , y 
para conservar la verosimilitud pro- 
pia del género , el poeta presta á los 
interlocutores el lenguage adecuado 
á las circunstancias, carácter y situa- 
ción de cada uno , valiéndose á veces 



79 
de esta diversidad de tonos para for- 
mar el contraste entre la idealidad 
poética y la verdad prosaica. De aqui 
procede que los modos de espresion 
trágico, lírico, bucólico, satírico y 
cómico se hallan admitidos y amalga- 
mados en el drama romántico. 

Constituyendo este , como va 
dicho, un género distinto del clá- 
sico , y no pudiéndosele aplicar las 
mismas reglas de verosimilitud del 
último, es claro que necesita de otras 
licencias , concesiones y formas , (e) las 
cuales sin dificultad pueden inferirse 
del objeto que se propone, y de lo 
que se ha dicho en el párrafo ante- 
rior. Esta empresa es digna de mejor 
pluma que la mía, y asi la dejo al cui- 
dado de los verdaderos sabios y eru- 
ditos , pues no me creo capaz de des- 
empeñarla. Por loque toca á los par- 
tidarios esclnsivos de las unidades, con- 
vengo con ellos, y les confesaré, que 



80 
el drama español ó romántico no es 
la tragedia , ni la comedia de los Grie- 
gos, Romanos ni Franceses : también 
les concederé , pues lo pretenden , que 
dicho género de composiciones no es 
muchas veces otra cosa que unas no- 
velas puestas en acción ; pero insisti- 
ré siempre en que constituyen de por 
si una clase de teatro susceptible de la 
mayor perfección , y colmada de belle- 
zas tan encantadoras , que acaso jamas 
podrían obtenerse iguales en el tea- 
tro clásico, ó reduciendo á las reglas 
de Boileau y Aristóteles los cuadros 
románticos de nuestros dramas. 

Si los críticos modernos españo- 
les hubiesen mirado la cuestión por 
el aspecto que se ha presentado, y ba- 
jo el punto de vista en que hoy dia 
se la considera en toda la Europa, en 
vez de destruir nuestro antiguo tea- 
tro, le hubieran perfeccionado fiján- 
dole las reglas convenientes , y pur- 



81 
gándole de los defectos , que le a- 
fean, no por ser inherentes al géne- 
ro á que pertenecen , sino por ser 
propios del mal gusto del siglo en 
que se inventó. Si Montiano y Luzan 
hubiesen dedicado sus tareas y talen- 
tos á esta empresa, hubieran sin du- 
da conseguido conservar la originali- 
dad , las bellezas y el tipo caracterís- 
tico de nuestro drama, hermanando 
con tan preciosas cualidades las del 
gusto fino y delicado que se adquie- 
re en el estudio de las humanidades 
y las bellas letras. Tal era el importan- 
tísimo servicio que aquellos hombres 
severos pudieron prestar á la literatura 
nacional si hubiesen sido tan sensibles 
como eruditos, y tan linces para per- 
cibir las bellezas de nuestra dramáti- 
ca como lo fueron para sus defectos; 
mas por desgracia no sucedió así y se 
preocuparon tan ciegamente á favor 
de un sistema esclusivo é inaplicable, 



82 

que abrieron puerta franca á la per- 
secución del genio creador, que des- 
pués ha sido sepultado bajo las rui- 
nas de su magnífico templo. ¿Y para 
qué? Para substituirle un edificio 
pobre , mezquino y caduco , fundado 
sobre drena movediza, y estraño á 
los hábitos , costumbres , creencia y 
modo social de existir de sus compa- 
triotas. Tal es el resultado que han 
obtenido los esfuerzos de los críticos 
del siglo pasado y el presente, y el 
partido antinacional. El edificio que 
levantaron flaquea desde los cimien- 
tos, y la España no tiene hoy dia mas 
títulos á la gloria dramática , que los 
restos del noble monumento derroca- 
do por ellos , y la esperanza de reedi- 
ficarlo. Los nombres de Lope , Tirso, 
Calderón y Moreto, á pesar de la en- 
vidia que los persigue hasta en el cen«> 
tro de los sepulcros , atraviesan raa- 
gestuosamente la serie de los siglos, 



83 
en tanto que los de sus injustos de- 
tractores yacen én el olvido , ó si a- 
caso dejan alguna memoria es como 
la del que incendT6\el templo de E- 
feso. 

¿Mas para qué cansarnos? La me- 
jor apología que pudiera hacerse de 
nuestros autores dramáticos del siglo 
diez y siete , seria la de publicar , no 
solo aquellas de sus obras que por su 
asunto tienen alguna analogía con el 
Drama Clásico, sino las que por su e- 
sencia y objeto pertenecen esclusiva- 
mente al Romántico nacional. Hecho 
esto, la juventud estudiosa hallaría én 
nuestros dramas mas recursos , modelos 
é instrucción que en todos los centones 
preceptúanos publicados hasta ahora; 
pues es bien cierto que la lectura de 
Homero inspiró á Virgilio mas belle- 
zas de imaginación que la de la poé- 
tica de Aristóteles. Asi , pues , es de 
esperar que las obras dramáticas de 



84 
Lope, Tirso, Calderón, Moreto &c. 
puestas al alcance de todo el mundo 
vuelvan á resucitar el entusiasmo de 
nuestra juventud , cuya fantasía se ha 
marchitado por las escesivas trabas 
que se la han impuesto durante un 
siglo , obligándola con ellas á aban- 
donar y aun á despreciar la senda al- 
mena de creaciones, y originalidad, 
que abrieron y siguieron los subli- 
mes ingenios de los tiempos de Car- 
los V. y Felipe IV. Publicándose una 
colección (/) de Piezas Dramáticas de 
nuestros antiguos, ya no les será po- 
sible á los críticos sistema ticos, aluci- 
nar al público afectando menosprecio 
de todo aquello, que mirado con im_ 
parcialidad, constituye nuestra glo- 
ria literaria; ni podran tampoco con 
su acostumbrada mala fee presentar 
los defectos de nuestra literatura ais- 
lados de sus muchas bellezas. 

Propagándose y facilitándose asi 



8* 
la lectura y el estudio de los buenos 
Dramas españoles , se desengañará el 
público y verá que el mérito de sus 
autores no consiste , como algún crí- 
tico pretende, en solo hacer buenos 
y armoniosos versos , sino también en 
ser acaso los mayores poetas del mun- 
do á pesar de sus defectos. ¿Quién, 
por egemplo , podrá competir con 
Lope en fecundidad é invención? 
¿Quién á Calderón podrá negarle la 
primacía en el arte de combinar los 
planes, de dirigir y sacar el mayor 
partido de las situaciones, en la per- 
fección de las narraciones, en el mo- 
do de presentar sus ideas , eminente- 
mente poéticas, y en el noble artifi- 
cio con que supo hacer el verso oc- 
tosílabo ó Romance, digno y capaz 
de espresar los mas sublimes pensa- 
mientos? (g) ¿Quién no admirará en 
Tirso la armoniosa riqueza de rimas, 
la elegancia del lenguage , las gracias 



<? 



\86 
de elocución y las sales cómicas que 
abundan en sus obras dramáticas ? ¿Y 
qué diremos del ingenioso Moreto, 
el primer poeta que supo poner en 
la escena la verdadera comedia de ca- 
rácter , y desempeñarla con tanta 
perfección como pudo hacerlo el fa- 
moso Moliere? Pues todos estos i- 
lustres ingenios fueron discípulos, i- 
mitadores y aun á veces copiantes de 
Lope ; y asi se vé en sus obras el tipo 
de su escuela , aunque á veces corre- 
gido y castigado. Moreto , en particu- 
lar, se apropió é hizo suyas infinitas 
de las situaciones y combinaciones 
dramáticas que Lope habia indicado 
ó desenvuelto en sus comedias ( i ). 



( i ) La idea de la comedia del Desden 
con el Desden la tomó Moreto de Jos Mila* 
gros del Desprecio y de la Hermosa fea : la 
de De Fuera vendrá quien de casa nos lie- 
chara, de la de De cuando acá nos vino ; la 



M 

Los poetas franceses han hecho de 
todo el teatro antiguo Español , con 
mas ó menos buen éxito, el mismo 
uso que los nuestros del de Lope (i). 

de No puede ser guardar una muger , de la 
del Mayor imposible ; la del Rico hombre de 
Alcalá , de la del Infanzón de lllescas , y en 
fin otras muchas que no se mencionan. 

( i ) La primera buena tragedia , y la 
primera comedia de carácter que tuvo el 
teatro francés son el Cid y el Embustero de 
Corneille, la primera la tomó de las Moce- 
dades del Cid , de Guillen de Castro , tradu- 
ciendo de ella muchos trozos que acaso son 
los mejores de su tragedia. La segunda es 
casi una traducción exacta de la Verdad sos- 
pechosa de Ruiz de Alarcon. JE l don Japhet 
d' Armenie es traducción de la del Marques 
del Cigarral , de. Rojas ; el Jíeraclius , de Cor- 
neille está tomada de la de En esta vida io- 
do es verdad y todo es mentira t de Calderón; 
la del Festín de Pierre , de Moliere , y la de 
Tomas Corneille , son la del Convidado de 
Piedra , de Zamora; la de La Princessse d* 
Elide, de Moliere, es el Desden con el Des- 



*8 
Guillen cíe Castro, Tarrega, Aguilar^ 
Boil, Turia, Rniz de Alarcon , Bel- 

den, de Moreto; El Jodelel , de Scarron es- 
tá traducido de la comedia de Rojas, titula- 
da Donde hay agravios no hay celos ; asi co. 
mo la de. Les Engttgemens du Hazard t la de 
Le Feint Artrologue, la de don Deltran du 
Cigarral, la de L ' Amour d la Mode, y la 
de Le Citarme de la Voix , todas de Tomas 
Corneille , son traducciones de la de Los Em- 
peños de un acaso , y de la del Astrólogo fin- 
gido , de Calderón las dos primeras ; la ter- 
cera lo es de la de Entre bobos anda el jue- 
go , de Rojas ; la cuarta, de la del Amor al 
uso de Solís , y la quinta, de Lo que puede 
la aprensión , de Moreto Si el espacio de una 
nota lo permitiese, podríamos citar muchas 
mas piezas francesas tomadas enteramente 
del teatro español antiguo; y sería preciso 
escribir un grueso volumen para formar un, 
catálogo de todos ¡os trozos, escenas , situa- 
ciones, combinaciones dramáticas y pensa- 
mientos que honran la escena francesa, y 
pertenecen originalmente á la española; pu- 
diendo asegurarse que muchas veces quedan 



89 
monte , Montalvan , Velez de Gue- 
vara, Diamante , Solís, Rojas, Ma- 
tos &c. &c. &c. han proporcionado á los 
estrangeros una mina inagotable de 
invenciones poéticas , de que los Fran- 
ceses particularmente se han aprove- 
chado con oportunidad y buen gusto, 
mientras nosotros, pobres en medio 
de la abundancia, nos olvidábamos de 
tanta riqueza , y comamos en pos de 
los restos de un género casi agotado, 
que ni era ni podía ser el nuestro pro- 
pio y peculiar. Esta manía nos ha re- 
ducido á tal estado de nulidad , que 
en el espacio de un siglo solo han flo- 
recido en nuestra escena tres ó cua- 
tro hombres dignos del Laurel poéti- 
co , acaso mas bien por el gusto fino 
y delicado con que imitaron á los clá- 

infinitamente inferiores á los originales las 
traducciones ó imitaciones , en gracias , sales 
cómicas y en verdadera poesía. 



90 
6icos franceses , que por el mérito ele 
la invención, y por su originalidad. 

Al terminar mi discurso debo de- 
clarar cuan penoso me ha sido el em- 
prender discusiones demasiado meta- 
físicas; mas era indispensable hacerlo 
asi para investigar y discernir las cau- 
sas de la decadencia de nuestro anti- 
guo teatro y la diferencia de los dos 
géneros de literatura dramática, que 
en el siglo presente se disputan en 
Europa la primacía. Nuestra España 
abunda en traducciones y compila- 
ciones de elementos de literatura; pe- 
ro todos escritos en el sentido del cla- 
sicismo , sin que hasta ahora se haya 
tratado de dar á nuestra juventud u- 
naidea de lo que es el género Román- 
tico ; á pesar de que en Alemania, 
Francia é Inglaterra está casi termi- 
nada la discusión sobre la materia. A- 
caso lo que yo creo negligencia en 
nuestros literatos será efecto de su sa- 



91 
biduría , y asi no habrán querido tra- 
tar este asunto , pareciéndoles tan des- 
preciable como yo lo creo importan- 
te. Por lo que á mí toca estoy muy 
poco satisfecho de mi trabajo , y asi 
no estrañaré , ni me incomodaré de 
que los hombres deduzcan de él mi 
poco talento y escasa instrucción; 
pues en este punto no han de tener 
una opinión mas austera que la mia. 
Los verdaderos sabios apreciarán el 
impulso patriótico, que me ha mo- 
vido á emprender este trabajo, sen- 
tirán que mis fuerzas hayan sido in- 
feriores á mis deseos: los críticos y li- 
teratos de profesión y per empleo, 
se vengarán de la envidia que les cau- 
se lo poco bueno que tenga mi escri- 
to, ridiculizando, satirizando y escar- 
neciendo lo mucho malo que conten- 
ga, sin perdonar acaso mi persona; 
pero yo agradeciendo los nobles sen- 
timientos de los primeros , y despre- 



92 

ciando las intenciones dañadas de los 
segundos , responderé á todos : No sé 
mas. 



93 
ANOTACIONES. 

(a) Ofrece Balbuena en el Poema del 
Bernardo inimitables trozos dignos de pre- 
sentarse á la juventud, por modelos de es- 
celente poesía y versificación: de ellos ci- 
taremos la transformación de una Ninfa en 
fuente, que puede leerse en el libro n desde 
la octava 162 á la 181, y la personificación 
del Pirineo, libro 24, desde la 19 á la 31. 
Ademas insertaremos las siguientes octa- 
vas del mismo poema que compiten, sino 
esceden, á lo mejor que se ha escrito. 

Libro 2. , octava 124. 

La fresca vid , al álamo sombrío 
Sus ramos dulcemente encadenaba, 

Y á costa del humor del manso rio 
De una inmortal frescura le adornaba, 
Donde el ardiente Sol, el blando frió 
Con pardas frescas sombras convidaba 

Y á contemplar en su cristal profundo 
Otro bosque , otro cielo y otro mundo. 

Libro S , octavas 53 y 54. 

No está mas firme á los combates fieros (1) 

(z ) Aunque esta octava está superiormente ver- 



94 

Del cierzo helado la montaña de Oca 
Cuando peñascos y árboles enteros 
Su soplo vuela, y su rigor apoca: 
Ni en sus cumbres y cerros altaneros 
Antigua encina ó carcomida roca 
Que asi entera se libre y se defienda 
De un torbellino y su áspera contienda; 

Como la casta niña (1) á las blanduras, 
Y amenazas del bárbaro enemigo 
Sin que de hierro las prisiones duras, 
Ni del tierno regalo el trato amigo 
Hiciese mella en las entrañas puras, 
Ni en ellas otro amor hallase abrigo, 
Que el de su honestidad ; y del precioso 
Retrato vivo de muerto esposo. 

Lib. fí , octava 102. 

Cual parda encina de trofeos cargada, 
Al blando soplo de un delgado viento 
Las ojas tiemblan, y ella en encrespada 
pompa se eriza al fresco movimiento 
Asi &c. 



sificada, y llena de imágenes poéticas, es preciso con- 
fesar que no hay gradación en la serie de ideas. 
( i ) Vá hablando de Santa Alodia virgen y mártir^ 



9* 

Lib 10, octava 83. 

Cual rayo en nube ardiente congelado, 
Ya rebatido del contrario yelo, 
De roncos truenos y de horror cercado 
Rompiendo sale con su furia el Cielo j 
Si de la roja mies fértil sembrado 
Tierno se ofrece á su violento vuelo, 
Las cañas arden, huyen los pastores 
Y el mundo tiembla al ver sus resplandores: 

Nadie juzgará &c. 

Libro 11, octavad y 49. 

Cual entre secas y agostadas cañas 
De roja mies en pérsico sembrado 
Rompiendo vá las frágiles marañas 
Un receloso Ciervo el cuello alzado: 
Al tierno bramo con que amor le engaña , 
( Que no hay estorvo á un pecho enamorado) 

Y por lo mas cerrado y mas espeso 
Mejor camino y paso deja impreso *■ 

Asi por la confusa selva espesa 
El monstruo iba rompiendo los jarales, 

Y cual turbio raudal rota la presa, 
Peñascos lleba, encinas y animales: 

Y en la senda que al bosque deja impresa 
Matas, robles y fresnos hace iguales; 
Ni le es del pino mas la enhiesta viga, 



96 

Que al segador la caña de la espiga. 

Libro 14, octava 1. 

Cual bello cisne , sobre el crespo vado 
De Meandro, sin que en el se le consuma 
Del blanco pecho el tumbo levantado, 
Cercos engarza de liviana espuma; 
Y en remolinos de cristal cuajado 
Humedeciendo vá la hueca pluma 
Hasta que al fin entre la juncia verde 
Al suave son de su cantar se pierde. 

Así luchando el español Guerrero 
Por las saladas hondas discurría &c. 

Libro 16, octava Í6- 

Es fama que de un rayo poderoso 
En aquellas cabernas soterrado 
Está el gigante Encelado espantoso 
De todo el monte altísimo cargado (1) 
Del pecho resoplando caluroso 
Fuego, humo, y azufre requemado 
y al anhelar del pecho, que rehierve 
La tierra tiembla en torno, y el mar hierve. 



( i ) El Etna , que es un Volcan. Aquí el poeta hj 
imitado á Virgilio y luchado con el de modo que es* 
tá dudosa la victoria. 



97 

Libro 16 , octava 68. 

Los montes de un alegre abril manchados, 
De frescas yervas olorosas llenos , 
De laurel verde y cedros encrespados 
Los sombríos bosques teje mas amenos: 
Cárdenos lirios, alhelís morados, 
Rojos claveles, y en los hondos senos 
De sus valles, tomillo y rojo acanto 
El fértil trébol, y el romero santo. 

Libro i , octavas 211, 212, 213. 
Es el cielo una masa soberana 
Limpia, clara sutil sin mezcla alguna 
Mas que el aire sutil y mas liviana, 
Sin impresión ni alteración ninguna, 
Por donde vuela el sol cada mañana, 

Y las estrellas corren tras la luna, 
Como las aves por el fresco viento 
En vuelo igual, y sesgo movimiento. 

Asi las islas Cianes moverse 
Solian sobre el Bosforo de Tracia 

Y con nuevas riberas estenderse 

Háciá el crespo Carambe, ó la Sarmacia; 

Y sin undir las olas , ni esconderse 
Medir con su constante pertinacia 
Del un polo y del otro las anchuras 
A su libres y sueltas aventuras. 

7 



98 

Y as! también por el delgado cielo 
Volando vemos ir los globos de oro, 
O bien como ahora en sosegado vuelo, 
O cual sospechan en cantar sonoro, 
Lloviendo en barajado curso al suelo 
De sus varias vislumbres el tesoro 
Y midiendo los afios y los dias 
Con luz ardiente ó con tinieblas frías. 

Libro 20, octava 55. 

Asi tal vez se vio pino lozano, 

Beldad y sombra del vecino otero, 

Que á un estallido por el suelo llano 

Su duro tronco hecho rayo ligero: 

Al dar en tierra , el segador cercano, 

Que á ampararse á su sombra iba primero, 

Suspenso, ni se acerca ni retira, 

]Vlas asombrado y triste calla y mira. (1) 

Libro 22, octavas 11, 12 , 13. 

Ya Febo sobre el mar del pardo moro 
Templaba al rojo carro las centellas, 
Desguarneciendo al mundo del tesoro 
De su luz, y bordándolo de estrellas. 
Del yugo ardiente las coyundas de oro 
Las rubias horas, y las ninfas bellas 

( i ) Apenas se hallará en el mismo Homero ua 
trozo de poesía mas hermoso. 



99 

Le desatan y puestas en contorno 
de magestad le sirven y de adorno. 

Quien las riendas le toma de la mano 
Cargadas de encendida pedrería, 
Quien la corona, quien el manto ufano 
Que el cielo y tierra visten de alegría j 
Quien peina á su cabello soberano 
La luz de adonde al mundo nace el dia , 
Quien le alivia el calor, quien Ja maraña 
De oro en rocíos de olor le templa y baña. 

Quien el fogoso pértigo levanta 
Al carro que anda trastornando sinos, 
Quien los caballos dá , quien los enmanta, 
Frenos tascando de diamantes finos: 
Quien de los piensos de Ambrosia Santa 
A sus pesebres dá colmos divinos, 

Y quien le carga á la encubierta noche 
De dulce sueño el enlutado coche. 

Libro 24 , octava 89. 

Retumba el hueco valle á los acentos 
Del ronco y triste son de las espadas, 
Hieren las voces los confusos vientos, 

Y el romper de las armas encontradas: 
Corren del monte horrible, rios sangrientos 
Volcando arneses, grevas y celadas 

* 



100 

A los vecinos valles, ya cubiertos 

De enteros escuadrones de hombres muertos. 

Tal es Bilbuena cuando se halla inspira- 
do. En las octavas que se copian de él, ape- 
nas se hallará un defecto grave, y solo se 
advertirán los pequeños lunares que están 
marcados con letra cursiva. Bien se pudie- 
ran citar ademas otro gran número de octa- 
vas llenas de entusiasmo, vigor, armonía y 
fuerza de imaginación; pero las que se pre- 
sentan son bastantes para probar lo que va- 
le este poeta, y cuanto mas fácil es el pre- 
sentar modelos de buena poesía de nuestros 
Autores, que buscarlos entre los estran- 
geros. 

(b) Los dramas antiguos, que los de- 
fensores de nuestro teatro, citan como muy 
capaces de reducirse á las reglas clasicas, 
pertenecen en general á Ift clase de come- 
dias de capa y espaJa , y á la de las de fi- 
gurón ó caricatura. Las primeras pueden 
considerarse en algún modo como comedias 
de costumbres, y las segundas como de ca- 
rácter : asi es que unas y otras tienen ma- 
yor analogía que las propiamente románti- 
cas , con las del género clasico. No obstan- 
te , estoy muy lejos de pensar con Huerta 



101 

que puedan aquellas acomodarse á la ley 
de las uni.lades sin perder el interés y ori- 
ginalidad que las constituye propias del gé- 
nero á que pertenecen. El impulso dado á 
la poesía, en lossiglos medios fue todoRo- 
mántico j asi es que todas las clases de dra- 
mática participaron de él desde el drama 
serio y heroico hasta el satírico y el cómi- 
co, cuyo rumbo siguieron en España tam- 
bién las comedias de capa y espada y las 
¿e carácter, por el solo hecho de ser Ro- 
mánticas y considerar al hombre bajo el as- 
pecto inherente al género del teatro que a- 
doptó la nación y crearon sus poetas. 

(c) ¡Y la Francia, se dirá, no ha es- 
perimentado iguales vicisitudes políticas y 
religiosas en los s : glos medios, que el res- 
to de la Europa, y no por eso se ha resis- 
tido á la aclimatación del genero clásico, 
ni ha tolerado el romántico? La historia de- 
berá resolver esta cuestión , y dirá que ha- 
biéndose formado la escena francesa cesde 
casi la mitad del siglo diez y siete á la del 
diez y ocho, cuando aq-iel país habia mo- 
dificado en gran manera la existencia social 
proveniente de los siglos medios, no es es- 
traño que la literatura parrcipase de las al- 
teraciones del carácter nacional. En efecto 



102 
en la citada época fue la Francia teatro de 
una multitud de guerras civiles y revolucio- 
nes, que separando al pueblo de la obe- 
diencia pasiva (elemento esencial en las mo- 
narquías absolutas) le acostumbraron á la 
discusión de los asuntos políticos y religio- 
sos dejándole una parte mas ó menos activa 
en el gobierno y en el manejo del estado. 
Asi fue la nación acostumbrándose en me- 
dio de la monarquía, á cierta libertad semi 
republicana que permitía ó toleraba á los in- 
dividuos de ella la censura y discusión de 
todas las opiniones. Introducido ya y gene- 
ralizido el espíritu de análisis, que es tan 
favorable á las ciencias de hecho como per- 
judicial á las de imaginación y sentimiento 
íntimo, el pueblo francés se separó cada 
dia mas del espíritu monárquico y del entu- 
siasmo religioso y caballeresco de los siglos 
heroicos de la edad media. El estudio de la 
historia y literatura Griega y Romana influ- 
yó mucho en estas modificaciones sociales, 
pues habiéndose generalizado, se difundie- 
ron tanto las ideas y noticias á cerca de los 
usos y costumbres de sus antiguas repúbli- 
cas que apenas habia un francés regularmen- 
te educado que no se preciase de conocer 
mejor la vida de un Bruto ó de un Casio que 



103 
la de Duguesclin, y la del caballero Ba- 
yardo. De todas estas causas reunidas re- 
sultó que el pueblo francés se dirigió á u- 
na existencia social diversa de la de las 
demás naciones Europeas, donde las vicisi- 
tudes políticas habian seguido otro rumbo. 
En tal situación se hallaba la Francia cuan- 
do Corneille y Racine formaron su teatro 
acomodándose al nuevo carácter adquirido 
por su nación ; y estos dos grandes hom- 
bres, aunque cortesanos de Luis XIV. , y 
sinceramente religiosos, como poetas y li- 
teratos pertenecían á los siglos de Atenas 
y de Roma. El mal ya estaba hecho á la 
monarquía, y en los reinados posteriores cre- 
ció con tanta rapidez, que las ideas republi- 
canas y antireligiosas cundieron desde las 
mas altas hasta las mas infinitas clases, y 
los escritores siguiendo el mismo impulso 
llegaron á convertir el teatro en una tribu- 
na de arengas y máximas políticas, prepa- 
rando asi la catástrofe espantosa y sangrien- 
ta que estalló poco después, y llenó de lu- 
to y armrgura á los Pueblos y a los Reyes. 
Sucedió á dicha época la de Buonaparte y 
á esta la de la restauración del trono; pe- 
ro una y otra se han visto forzadas á con- 
servar mas ó menos las formas representan- 



104 
vas', y á tolerar muchos de los intereses 
creados por la revolución. Es pues fácil in- 
ferir de lo dicho que si el teatro francés no 
ha sido nunca Romántico, es por que nació 
en épocas y circunstancias en que ya la na- 
ción no lo era tampoco, y habia perdido el 
carácter religioso y caballeresco que tuvo 
cuando entusiasmada oia los cantos de sus 
trobadores, y leía ansiosamente las cróni- 
cas de los Amadises, Esplandianes y Caba- 
lleros de Febo. 

Nada de lo sucedido en Francia pasó en 
España. Reducida por Fernando el Cató- 
lico á una Monarquía sólida y compacta, 
este gran Rey supo con medios políticos y 
religiosos, sofocar el germen de la reforma 
protestante, y librar a sus subditos y vasa- 
llos de las atroces discordias civiles, que a- 
solaron é inundaron de sangre á todo el res- 
to de la Europa. Después de él , Carlos V 
y Felipe II. completaron la obra , y suje- 
tando el uno á Padilla y el otro á Lanuza, 
ahogaron casi enteramente las formas re- 
presentativas, y consolidaron la Monarquía 
absoluta. Desde tal momento, el Español, 
privado de toda discusión política y religio- 
sa , se vio libre del germen de Jas discor- 
dias , y conserva aun la opinión monárqui- 



10* 

ca y cristiana que le distinguía en los si- 
glos XVI y XVII. Esto es tan cierto, que 
á pesar de las últimas vicisitudes, apenas 
se hallará un individuo entre el pueblo, á 
quien no se le presente la idea de Repúbli- 
ca como la de un monstruo cuya existencia 
no puede concebir, pues tampoco cree que 
haya un gobierno sin Rey donde se viva en 
paz y quietud. Estamos les Españoles con 
la imaginación muy cercanos á la conquista 
de Granada para haber olvidado los nobles 
recuerdos de los caballeros Árabes y los 
Cristianos que peleando en el campo del ho- 
nor , se disputaban el premio en generosi- 
dad , cortesía y amores. ¿ Y por qué no ha 
de ser así? ¿Por ventura, la imagen del 
asesino de César , será mas grata, mas no- 
ble y mas hermosa que la del Maestre de 
Santiago batallando en defensa de la inocen- 
te y calumniada esposa de Boadil Rey de 
Granada? Por mi Dios, por mi Rey, y 
por mi Dama , es aun la divisa del noble 
Castellano, y sobre ella han girado todas las 
creaciones poéticas donde brilla el genio na- 
cional, desde principios á fines úq\ siglo 
XVII. Si los estrangeros nos llevan algu- 
nas ventajas en industria, podemos nosotros 
gloriarnos á lo menos de conservar todo el 



106 

entusiasmo patriótico y religioso que no pu- 
do hollar impunemente el que dominó á la 
Europa entera t y envanecernos de conser- 
var ileso y lleno de honor el lema que nos 
distingue : Por mi Dios, por mi Rey, y 
por mi Dama. 

(d) La metafísica de las pasiones y los 
monólogos largos, son por esta causa indis- 
pensables al género Romántico , pues sin 
ellos no podrían ni retratarse los sentimien- 
tos íntimos del alma , y de la conciencia, 
ni graduarse la marcha imperceptible de los 
movimientos que á cada paso modifican al 
hombre individual. En el género clásico, 
donde no se necesita marcar las diferencias 
esenciales que distinguen la individualidad 
de una misma pasión aplicada á personas dis- 
tintas, el espectador prevee la catástrofe y 
no exige niéspera grandes emociones, ni 
combate alguno profundamente interior has- 
ta el desenlace de la pieza, el cual se ve- 
rifica regularmente por un arrebato de pa- 
sión. Orosmán, por egemplo, es en la Jaira 
el hombre zeloso ; ó casi una personifica- 
ción de los zelos, reducidos en su espre- 
sion á los actos estemos con que se mani- 
fiestan en la generalidad de los hombres, 
cuando se hallan poseídos de este afecto en 



107 

el sentido trágico j así es que no tiene que 
hacer ninguna de aquellas confidencias de 
íntima, conciencia que solo se comunican al 
público suponiendo que el Protagonista ha- 
bla consigo mismo. Un cuadro concebido y 
egecutado bajo estos principios es muy fá- 
cil reducirlo á las reglas de las unidades; 
¿ pero sucedería lo mismo si tomásemos por 
egemplo el Tetraca de Jerusalende Calde- 
rón, y quisiésemos encerrar esta hermosa 
creación Romántica en los límites de una 
tragedia Clásica? El resultado sería enton- 
ces presentar una fria é insulsa Mariene, 
como la que tienen los Franceses en su tea- 
tro. 

Si consideramos bien las cosas, ¡quédi- 
feriencia tan grande no debe existir para la 
espresion de sus respectivos sentimientos, 
entre Orosmán y el Tetrarca ! El uno todo 
clásico representa los afectos zelosos , co- 
mo pasión inherente al corazón humano, es- 
presándolos con acciones que en igual caso 
y situación harian todos los hombres. El 
otro los reconcentra dentro de su alma , y 
retrata los tormentos y combates que la des- 
pedazan interiormente, no solo como per- 
teneciente á la especie humana , sino como 
cierto y determinado individuo de ella. To- 



108 

dos los hombres celosos se reconocerán en 
Orosman •, solo el Tetrarca puede sentir, o- 
brar y pensar como el Tetrarca. 

Para sospechar Orosman de la fidelidad 
de su querida, es precis") que ella le ins- 
pire desconfianza con sus acciones inocen- 
tes, es verdad , pero equívocas, que pudo 
haber evitado. Jaira , sin dejar de ser Jaira, 
podia tranquilizar á su amante , mientras 
Mariene sin dejar de ser hermosa, muger, 
amante, virtuosa y amada, no podia librar- 
se de los celos de su esposo. Jaira motiva 
las sospechas del suyo formando una intri- 
ga clandestina semejante á las de amor ; y 
con decir una sola palabra puede acabir con 
ellas; al contrario, Mariene es inocente, no 
solo á los ojos del espectador, sino á los 
del mismo Herodes; y la ocasión de los zelos 
de este desgraciado, no debe buscarse fuera 
de él mismo porque reside en el centro de 
su alma , circula por sus venas, y en fin es- 
triva en cuanto constituye su existencia mo- 
ral. Así para deci iir la catástrofe en esta 
sublime tragedia, no es necesario que Ma- 
riene apare7.ca criminal á los ojos de su es- 
poso j bástale á este saber que es muger, 
que es hermosa y que nadie puede verla 
sin amarla , y sospechar aun remotamente 



109 

que puede ser inconstante. El Tetrarca de 
Cal.'eron no será, enhorabuena, el mismo 
Herodes de la Palestina : será si se quiere 
un Español pues:o en iguales circunstancias 
á aquellas en que la historia nos le pinta. 
Calderón nes presenta en él un personage 
histórico, pero revestido de un carácter pro- 
fundamente ideal y nacional en la espresion 
de sus sentimientos intimes é individuales. 
I Quién desconocerá en el Héroe, ó el Tira- 
no de Jerusaien , los vestigios de la sangre 
Árabe , y las reconcentradas y furiosas pa- 
siones que se alvergan en el corazón de los 
habitantes del África, que tantos siglos do- 
minaron en Fspaña ? 

Aparece Herodes en la escena ciega- 
mente enamorado de su esposa : para él no 
hay en la naturaleza otro placer que esce- 
da al de amar, sino el de ser correspondi- 
do: nada le turba ni dfá^rae de su pasión: 
los anuncios siniestros que le cercan solo 
sirven para proporcionarle medios de mani- 
festar su ternura á Mariene ¡ Feliz mientras 
aun ignore que r.lverga escondido en su co- 
razón el monstruo implo que ha de devorar 
sus dichas, y clavar el agudo acero en el se- 
no inocente de su amada! Cuando los furio- 
sos vientos aprisionados en hórridas caver* 



Í10 

ñas dejan la mar en dulce y apacible cal- 
ma el novicio navegante duerme tranquilo 
y sin recelo de las crueles tempestades; 
mas si desencadenado fcl rudo Aquilón se 
precipita sobre los procelosos mares, si ro* 
tos los mástiles y perdido el timón sirve la 
nave de juguete á Jas furiosas olas, enton- 
ces el descuidado pasagero despierta des- 
pavorido de su letargo para conocer su hor- 
rible situación, y para saborear penosamen- 
te la muerte que le amaga. Tal aparece He- 
rodes á la vista del espectador reposando 
en el regazo halagüeño de su querida , y en 
la confianza de su amor, sin sospechar ape- 
nas que pueda alvergarse en su alma apasio- 
nada el crudo afecto de los zelosj pero al 
ver realizados en parte los presagios funes- 
tos que antes despreciaba , al mirarse pri- 
sionero de Augusto, y condenado á morir, 
cuando llega á temer que un poderoso rival 
disputándole el corazón de su amada, con- 
siga acaso ser correspondido j entonces se 
abandona todo á las roedoras sospechas, en* 
tonces las pasiones se desencadenan en su 
pecho, entonces se enciende una obstinada 
lucha entre el amor propio, el honor y el 
cariño, y entonces en fin conoce los esce- 
sos á que pueden los rabiosos zelos condu- 



ílí 

cirle. i Y el hombre que pocos momentos 
antes hubiera sacrificado su existencia por 
libertar de una leve molestia al objeto de 
su amor, es el mismo que ahora inexorable 
le destina una muerte horrorosa y sangrien- 
ta? Luchan en su pecho el amor y los ze- 
los , la lucha es obstinada y profundamente 
interior, el alma es el campo de batalla, y 
allí, allí y no en otra parte es donde el es- 
pectador busca y encuentra siempre al des- 
dichadp Herodes. Ausente del objeto de su 
cariño y de sus penas, destronado, próxi- 
mo á subir á un cadalso, el Tetrarca es un 
héroe sobrehumano, y tal aparecería siem- 
pre si las pasiones que devoran y despeda- 
zan sus entrañas no diesen á conocer que es 
hombre. ¡Pero que hombre! ¡Cuan sublime 
é ideal es la espresion de sus pensamientos! 
¡Cuan noble y espiritual la de sns afectos! 
No es su pena mayor el contemplar á Ma- 
riene en otros brazos : pero no puede so- 
portar la idea de ser olvidado y abor- 
recido. A tal estremo le reduce este pen- 
samiento, que ya nada le importa su é- 
xistencia ni la de su esposa : y en tan du- 
ra situación solo atiende a que esta ignore 
la mano de donde parte el golpe que la 
destina, para no ser odiado de ella ni un 



113 

solo momento su vida. El amor es para el 
Tetrarca una pasión del alma, y por lo tan- 
to cree que es tan eterno como ella. 

En el teatro clásico se hubieran puesto 
en relación la mayor parte de las hermosas 
escenas motivadas por las situaciones de esta 
tragedia; pero como en el Romántico todo 
debe ser acción y desenvolvimiento, el es- 
pectador solo se interesa por Herodes, á 
él vé en todas partes, á él escucha sus mas 
íntimos seatimientos, él mismo es quien re- 
trata los combates de su alma, y él en fin 
el que le confia y manifiesta los dolores y 
amarguras que abriga su inflamado corazón. 
Con tal interés ¿habrá un solo hombre que 
se halle en estado de reparar si la escena es 
siempre la misma , ó si la acción cabe en u- 
no ó muchos dias? El que sea capaz de re- 
pararlo será muy á propósito para calcular 
la cuadratura del circulo j pero no para sen- 
tir ni juzgar el mérito de la verdadera y 
buena poesía. 

(e) Sin embargo de no ser el géne- 
ro clásico tan eminentemente poético co- 
mo el romántico, necesita muchas conce- 
siones ó licencias, sin las cuales sería todo 
prosa. Tal es la del uso del verso, la de 
Ja espresion ideal y siempre sostenida por. 



113 

los personages escénicos; la de que estos 
hable» la misma lengua de los espectadores 
aunque pertenezcan á diferente nación ; la 
de suponer que sucede en tres horas sola- 
mente, una acción que en el mundo real 
tiene que durar muchas; la de reunir en un 
solo protagonista las acciones y pensamien- 
tos que caracterizan Jas pasiones , vicios ó 
virtudes que están diseminados entre mu- 
chos hombres é individuos, y en fin otras 
que se omiten. Todas estas licencias se han 
tomado los Clásicos para constituir en poe- 
sía la verdad prosaica y real. \ Pues porqué 
razón se han de negar á los Románticos las 
concesiones convenientes y necesarias para 
la espresion y formas del genero que han 
inventado? Negáranseles en hora buena, si 
el objeto que se proponen pudiera produ- 
cirse bajo las leyes del clasicismo. Pero si 
esto es imposible , ¿ por que se nos ha de 
privar del entusiasmo y placer que produ- 
ce por egemplo el teatro Español , sin otra 
causa que la de no ser idéntico al Francés, 
y sí mucho mas noble, y poético? Con- 
vengamos ya , finalmente, en que y unototro 
constituyen de por sí dos géneros distintos, 
sin mas punto de contacto que el fin gene- 
ral de interesar al espectador, lo cual se 

8 



114 

consigue por ambos, aunque con diversos 

modos, y con objetos presentados bajo un 
aspecto diferente. Asi pues cuando un poeta 
logra entusiasmar á los oyentes, y condu- 
cirlos al mundo ideal, que concibió en su 
mente, ha hecho ya cuanto podía apetecer, 
pues el hombre conmovido se presta con fa- 
cilidad á todas las ilusiones, y mientras lo 
esté no le es dado apreciar el mérito de la 
dificultad vencida. Ademas de esto no de- 
bemos olvidar que la noble poesía habla 
siempre con el sentimiento íntimo, con el 
instinto y con la imaginación, y nunca será 
una ciencia analítica y de mero raciocinio 
en el sentido de las matemáticas puras. 

(/) De la Colección General de Co- 
medias escogidas, que hoy dia se está pu- 
blicando, se pueden esperar muchas venta- 
jts, pues sus apreciables editores reúnen 
todas las circunstancias intelectuales nece- 
sarias para perfeccionar la empresa que han 
tomado á su cargo. 

(g ) Nuestros Romanceros antiguos están 
llenos de composiciones en verso octosíla- 
bo a^onantado, anteriores á la perfección 
que le dio Calderón, y que apesar de esto 
son dignos por todos títulos de competir con 
las mejores obras líricas escritas en versos 



lis 

endecasílabos ó mezclados con otros me- 
tros. Para probar este aserto, copiaremos 
el Romance de Angélica y Medoro, com- 
puesto por Góngora en 1602, y lo analiza- 
remos sucintamente, sin pretender por es- 
to que nuestro romance octosílabo asonan- 
tado, pueda ser bueno para escribir un poe- 
ma épico de veinte y cuatro cantos \ pues 
semejante idea no creemos le haya ocurri- 
do á ningún hombre sensato, y por consi- 
guiente sería inoportuno el combatirla , lle- 
nando inútilmente mucho papel. 

ROMANCE. 

En un pastoral alvergue; 
Que la guerra entre unos robles 
Lo dejó por escondido 
O lo perdonó por pobre ¿ 

Do la paz viste pellico, 

Y conduce entre pastores 
Obejas del monte al llano, 

Y cabras del llano al monte, 
Mal herido, y bien cuidado 

Se alverga un dichoso joven, 
Que sin clavarle amor flechas 
Le coronó de favores. 

Las venas con poca sangre, 



116 

Los o]o! con mucha noche , 
Lo halló en el campo aquella 
Vida y muerte de los hombres. (1) 

Del palafrén se derriba, 
No porque al moro conoce 
Si no por ver que la yerba 
Tanta sangre paga en flores. (2) 

Limpíale el rostro, y la mano 
Siente al amor, que se esconde 
Tras las rosas, que la muerte 
Va violando sus colores. (3) 

Escondióse tras las rosas 
Porque labren sus arpones 
El diamante de Cantay (4) 



( i ) Es una alusión á Angélica. 

<*) La sangre de Adonis produjo rosas Aunque 
este pensamiento es mas feliz, no por eso desluce al 
de Gongora. Si quisiéramos destruir la ilusión poéti- 
ca de tan bellas imágenes bastaba ponerlas bajo la 
férula de los críticos-analíticos-prosáiccs; al punto 
se vería que eran falsos estos pensamientos, pues las 
plantas regadas con mucha sangre, acaso «secarían 
ó enfermarían mas bien que producir rusjs ni otras 
flores. ¿Pero si se analizasen asi las obras de imagi- 
nación como quedaría la poesía? 

(3) ¿No puede competir esta estrofa con las me- 
jores de AoacreonV 

(4) Alusión á la dureza del corazón de Angélica, 
que resistió á los tiros del amor antes de conocer á 
Medoro. El pensamiento de esta estrofa no está bien 
apresado , y es ademas muy alambicado y sutiL 



£17 

Con aquella sangre noble. 

Ya le regala los ojos, 
Ya le entra sin ver por donde 
Una piedad mal nacida. 
Entre dulces escorpiones. ( 1 ) 

Yerbas le aplica á sus llagas, 
Que si no sanan entonces, 
En virtud de tales manos 
Lisongean los dolores. 

Amor le ofrece su venda j 
Mas ella sus velos rompe 
Para ligar sus heridas.... 
Los rayos del Sol perdonen. (2) 



(i) Lástima es que este último verso disminuya 
la ilusión que causa la imagen de los tres primeros. 

(a) Que sensibilidad tan interesante y noble res- 
pira esta estrofa y la anterior. La mano delicada de 
un amante sino cura las heridas del amado , á lo me- 
nos adormece y lisongea los dolores. ¿Qué hombre 
sensible no ha esperimentado alivio eu sus males 
cuando ha obtenido los solícitos cuidados y la esme- 
rada asistencia de una madre tierna ó una esposa 
querida? En la segunda estrofa supore el autor que 
el mismo Cupido se interesa tanto por los amantes 
que ofrece hasta su venda para ligar las heridas de 
Medoro. i Qué delicadeza de sentimiento y ternura 
llena el corazón de Angélica! Nadie, ni los dones del 
mismo Dios de Amor deben contribuir al alivio de sn 
Medoru. Rasga sus vestidos, destroza sus galas, que- 
da destocada ¿y para qué Y para vendar las heridas 



113 

Los últimos nudos daba 
Cuando el Cielo la socorre 
De un villano en una yegua 
Que iba penetrando el bosque. 

Enfrénanle de la bella 
Las tristes piadosas voces, 
Que los firmes troncos mueven 
Y las sordas piedras oyen ( i ) 

Y la que mejor se halla 
En las sslvas, que en la corte 
Simple verdad, al pió ruego 
Co-tesmente corresponde (2) 



de su amante. Analicemos prosaicamente este noble 
y elevado pensamiento tan lleno de ternura y sensi- 
bilidad , y veremos que el amor es un ente moral, que 
no tiene venda y que por lo tanto ni el puede ofre- 
cerla ni ella servir de vendage. También se verá que 
siendo el sol un ser inanimado no puede reseutirse de 
que el rostro de Angélica quede descubierto en su 
presencia ; siendo ademas un pensamiento falso el 
que resulta de la comparación inconexa del rostro de 
una muger con los rayos del Sol. Solo á las almas de 
pedernal puede ocurrir el aplicar este género de aná- 
lisis á las obras de imaginación. 

(i) Que tal quedaría esta estrofa si se analizase 
geométricamente! Los árboles y las piedras son en- 
tes inanimados y no pueden ni moverse por si solos, 
ni oir ni compadecerse de nada. Es cierto que el en- 
tusiasmo, la imaginación y la sensibilidad animan, 
dan calor y vida á cuanto nos rodea. Esto, esto es 
poesía , lo otro es prosa , y aun mala prosa. 
(2) ¡Qué pensamiento tan profundo y moral, y 



Humilde se apea el villano 

Y sobre la yegua pone 

Un cuerpo con poca sangre 
Pero con dos corazones. (1) 

A su cabana los guia 
Que el Sol deja el Orizonte, 

Y el humo de su cabana 

Los va sirviendo de Norte : (2) 

Llegaron temprano á ella 
Do una labradora acoge 
Un mal vivo con dos almas 

Y una ciega con dos soles. ( 3 ) 
Blando heno en vez de pluma 

Para lecho les compone, 
Que será tálamo luego 



119 



que bien espresndo en cuatro hermosos versos octosí- 
lavoi asonontados\ Obsérvese el giro de la frase poé- 
tica en esta estrofa. 

( i ) ¡Con dos corazones ! Si , si, aunque les pese á 
los críticos galicistas. La sensibilidad y el amor hacen 
este milagro en moral, asi como la insensibilidad y 
la torpe?a hace que ellos vivan sin ninguno, ó les so- 
bre el que tienen, pues esrán condenados á no perci- 
bir las bellezas de la poesía, y ú convertir en disgus* 
tos cuanto debia producir placeres esquisitos. 

( 2 ) i Qué preciosa y divina imagen ! Todo en ella 
respira el brillo apacible de una imaginación rica, 
original y pintoresca. 

( 3 ) Es demasiado sutil y afectado el pensamien- 
to de este último verso. 



120 

Dó el garzón sus dichas logre. 

Corona un lascivo enjambre (1) 
De cupidillos menores 
La choza, bien como abejas 
Hueco tronco de alcornoque. 

¡Que de nudos le está dando 
A un áspid la envidia torpe 
Contando de las palomas 
Los arrullos gemidores! (2) 

¡Qué bien la destierra amor 



( i ) Desde esta estrofa , ó por mejor decir desde la 
de Blando heno en vez de pluma hasta la última , se 
presenta el mas rico , brillaute, enérgico y hermoso 
trozo de poesía que puede hallarse entre los antiguos 
y modernos. No hay en todo él una palabra ociosa, una 
imagen inoportuna , un verso mal hecho, ni un pen- 
samiento que no sea noble, feliz, interesante y digno 
de U pluma del mayor poeta. Esceptuamos, sin em- 
bargo los dos últimos versos de la estrofa que empie- 
za. El pie calza en lazos de oro, y el cuarto de la que 
comienza, Todo sirve á los amantes. 

(2 ) ¿ Que bella personificación de la envidia contie- 
ne esta estrofa ! ¡ que actitud tan pintore ca se halla en 
el cuadro ! La envidia puesta en contraste con las pa- 
lomas, imágenes del arnur y de la dulzura , y obligada 
á contemplar sus arru.los, anuda entretanto deses- 
perada y rabiosa un áspid de los que la despedazan* 
y se venga en él de los tormentos que la causan las 
dichas agenas ¡ Que oportuno es el epíteto gemidores 
aplicado á los arrullos de las palomas. 



Í2Í 



Haciendo la cuerda azote, (1) 
Por que el caso no se infame 

Y el Jugar no se inficione! 
Todo es gala el africano, 

Su vestido espira olores, 
El lunado arco suspende, 

Y el corbo Alfange depone. 
Tórtolas enamoradas 

Son sus roncos atambores , 

Y los volantes de Venus 
Sus bien seguidos pendones. 

Desnuda el pecho anda ella, 
Vuela el cabello sin orden j 
Si lo abrocha es con claveles, 
Con jazmines si lo coge ■* 

El pie calza en lazos de oro 
Por que la nieve se goce 

Y no se huya &c. 

Todo sirve á los amantes j 
Plumas les baten veloces 
Airecillos lisonjeros 
si no son murmuradores. 

Los campos les dan alfombras, 
Los árboles pabellones, 
La apacible fuente sueño, 



(i) La de su arco. 



122 

Música los ruiseñores*, (1 # ') 

Los troncos Jts dan cortezas, 
En que se graven sus nombres 
Mejor que en tablas de marmol, 
O que en laminas de bronce. 

No hay verde fresno sin letra 
Ni blanco chopo sin mote j 
Si un valle Angélica suena, 
Otro Angélica responde &c. (2) 

(i) La belleza de esta estrofa es mas para sentida 
que para analizada. ¡Cuanta riqueza de poesía pinto- 
resca se halla en ella ! ¡Quién no respira al leerla el 
aire puro que vivifi-a las campiñas en una deliciosa 
mañana de primavera ! ¡Qué cuadro tan magnífico! 
Aquí la menuda yerba sirve de rica alfombra, las 
copas de los árboles son los doseles, el susurro apaci- 
ble de una fresca y clara fuente, inspira un dulce 
sueño, y los ruiseñores con melodiosos trinos encan- 
tan y alhagan el oído de los amantes. Vístase este 
cuadro como se quiera, siempre sera un modelo de 
poesía. ¿Y porqué no se ha de presentar como tal 
cuando se escriban preceptos para nosotros, y se pre- 
tenda enseñarnos á. ser poetas y oradores? Sería mo- 
tivo suficiente para despreciar este hermoso roman- 
ce, el estar escrito en el mismo metro que los de 
Francisco Estevan, y las coplas del Caballo mió care- 
io': Pues á fé que si valiese esta razón, deberíamos 
proscribir el Quijote, porque se han escrito en mala 
prosa muchas novelas ó poemas detestables: y Raci- 
oe hizo muy mal en tal caso , de usar hermosos ver- 
sos Alejandrinos, porque en ellos escribió Pradon 
sus dramas. 

( 2 ) Esta estrofa termina divinamente el cuadre» 



123 
Veáse por este egemplo si nuestro Ro- 
mance octosílabo puede también , como 
cualquiera otro género de metro, espre- 
sar con dignidad y energía las ideas mas 
sublimes y los pensamientos mas nobles. 
Uno de los hombres mas sabios y de los 
mejores poetas del presente siglo ha dicho, 
con razón , que en nuestros romances se ha- 
llan mas espresiones bellas y enérgicas, mas 
rasgos delicados é ingeniosos que en el res- 
to de nuestra poesía. Libres del yugo de la 
imitación eran la espresion inspirada de los 
sentimientos y del instinto , aunque en ge- 
neral carecían de la elevación y aparato de 
la oda ; pero eran propiamente nuestra poe- 
sía Lírica , y en fin mas flexibles que los 
otros géneros, se plegaban á toda clase de 
asuntos , se valían de un lenguage rico y 
natural , se vestían de una media tinta a- 
mable y suave, y presentaban por todas 
partes aquella facilidad , aquella frescura, 
propias solamente de un carácter original 
que procede sin violencia y sin estudio. Tal 
es el juicio, acaso demasiado severo , que 

campestre empezado en las dos anteriores. Suprimi- 
mos las otras dos que siguen á la Ultima, por evitar 
proligidad, y por que acaso debilitarían las que pre- 
ceden. 



Í24 

formaba de nuestro Romance, no un pre- 
ceptista, no un autor de centones, sino un 
verdadero poeta lleno de sensibilidad y do 
entusiasmo, pero quizá contenido y aprisio- 
nado con las embarazosas ligaduras de la o- 
pinion facticia, formada por los críticos. Si 
la estension de una nota, ya demasiado lar- 
ga, nos lo permitiese, insertaríamos aquí in- 
finitos romances cuya lectura hiciese olvi- 
dar al hombre mas obcecado y acostumbra- 
do al estilo tabernario, la asociación de i- 
deas que pudiera escitar en su imaginación 
]a costumbre de oír en las tabernas las ha- 
zañas de los facinerosos en metro de ocho 
silabas } pero ya basta lo dicho. 



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fag. Mí. fin. 2¿1sct; cuidado: íttíAt CitraMe 



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