Skip to main content

Full text of "Historia de España y su influencia en la historia universal"

See other formats


"UírrjinráLnrAírrA 



^'^r^í^yyy^- 



Digitized by the Internet Archive 

in 2009 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/historiadeespa01ball 



HISTORIA DE FSPAÑA 

Y SU INFLUENCIA 

EN LA Historia Universal 



HISTORIA DE ESPAÑA 

Y SU INFLUENCIA 
EN LA HISTORIA UNIVERSAL 



^Da Antonio Ballesteros y Beretta 

INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 

CATEDRÁTICO DE HISTORIA UNIVERSAL Y DE HISTORIA DE AMÉRICA EN LA FACULTAD DE PILOSOFIA 

Y LETRAS DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL - CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL 

DE LA HISTORIA DE LOS ESTADOS UNIDOS DE VENEZUELA, ETC , ETC. 



TOMO PRIMERO 



BARCELONA 

CASA EDITORIAL P. SALVAT 

39-Calls ds MALLOitCA-51 

IQTQ 




Wn^'/t. 



I S l-KOriKOAD 



Copyrifíht, 1018, by P. Salvat, 



EkUbleclraUnto Tlpolttooráflco de P. SaLT^t. editor -u^rceloa» 






PROLOGO 



SON los estudios históricos algo progresivo, rectificándose de con- 
tinuo nuestros conocimientos por la incesante labor de los doctos; 
a unas teorías se suceden otras, y muy distinta es hoy la manera de 
considerar la Prehistoria que lo fué hace unos años; estimación ob- 
tienen los tan desdeñados tiempos medioevales, y nuevas orienta- 
ciones hacen varíe el concepto antiguo acerca de los períodos de la 
Edad moderna. Esto, por sí sólo, justificaría la aparición de una 
Historia de España con arreglo a los criterios del siglo xx, pero 
otras razones han venido a robustecer la citada consideración, mo- 
viéndonos a emprender una tarea que confesamos lealmente hubo 
de atemorizarnos en un principio ante la magnitud del proyecto y 
las ingentes dificultades de su realización. Insensato sería el pensar 
en una obra sobre las vicisitudes de nuestra patria, escrita con un 
carácter de investigación propia; el enunciarlo solamente indicaría 
que se desconocen los procedimientos de elaborar Historia original 
y constructiva. Un trabajo de esta índole únicamente puede ser el 
reflejo de investigaciones ajenas, no interviniendo el subjetivismo 
del expositor sino en la agrupación de los materiales y en señalar 
con discreción cuáles libros deben utilizarse, no teniendo en esto 
más norma que la documentación de las obras consultadas y el con- 
sagrado renombre de sus autores. 

Intentamos, por tanto, presentar una compilación honrada y 
científica, declarando los escritores que inspiran nuestros juicios y 
a quienes seguimos en los distintos pasajes de la exposición de 
hechos. Hemos de procurar con seriedad indicar las deficiencias y 
vacíos, donde los haya, sin acudir al gastado recurso de encubrir 
con sonoros períodos la falta de trabajos de consideración. No es, 
pues, la presente una Historia más, de esas personales, tan en boga 
en el siglo xix, en la cual el autor, con gran alarde de sentido histó- 
rico, exhibe sus juicios propios y sus ideas más o menos originales 
sobre los acontecimientos de relieve; nuestra misión es de meros 
informadores: queremos reunir un caudal de noticias interesantes, 



VI PRÓLOGO 

de datos bibliográficos y de resultados científicos, para que el lector 
pueda orientarse, ampliando y profundizando en puntos concretos 
que despierten su atención. 

Una obra que reúna los caracteres mencionados y cuyo fin no 
sea el deleitar con cuadros amenos y narración literaria, sino cum- 
plir un deber de utilidad práctica, creemos con sinceridad que no 
existía. La necesidad era cada vez más apremiante y no se hallaba 
satisfecha ni con los manuales, a causa de su exigua extensión y 
sucinto relato, ni con las obras de consulta, en su mayoría anti- 
cuadas y casi inservibles por la renovación completa de los estudios 
históricos y la abrumadora producción de estos últimos veinte años. 
Expuse mi proyecto a la casa Salvat y halló en ella mi propósito 
hidalga acogida, ofreciéndoseme la impresión con el lujo editorial 
de todas sus producciones. 

Las controversias, la polémica y los encontrados argumentos 
procuramos presentarlos con absoluta imparcialidad, evitando pre- 
juicios o simpatías, y si en contadas ocasiones aventuramos alguna 
apreciación, ésta se deslizará tímidamente, sin quitar fuerza ni valor 
a razonamientos más autorizados. Nadie que no haya convivido 
durante años con las fuentes históricas puede, sin atrevimiento teme- 
rario, emitir un juicio personal atinado y seguro, porque como la 
investigación, o sea la convivencia a que aludíamos, sólo podrá lo- 
grarse en un período histórico muy restringido y determinado, cla- 
ramente se deduce nuestra tesis de que es una empresa imposible la 
de una Historia general de España escrita por un solo autor, que 
haya investigado en cuantas épocas integran la vida nacional, desde 
remotos tiempos hasta nuestros días. 

No hemos querido alterar la clasificación tradicional de las 
Edades, si bien modificamos los límites o jalones convencionales, 
admitiendo dos períodos de transición. La España wisigoda no es 
en nuestro sentir el comienzo de la Edad media española; los bár- 
baros romanizados llegan a la península y son absorbidos por el 
ambiente hispano-romano, que impone a la monarquía una cultura, 
una religión y hasta un carácter legislativo genuinamente romanos. 
En cambio, la rota del Barbate marca de un modo indeleble un 
nuevo carácter; el pueblo semita trae elementos étnicos, creencias 
y civilizaciones orientales, pero, además, el germanismo, dormido, 
ahogado por los Padres de Toledo, resurge pujante en las nuevas 
dinastías cristianas, y de ello son prueba las costumbres caballe- 
rescas y los fueros municipales. Los Reyes Católicos es verdad que 
realizan la unidad religiosa y territorial, pero cumplen los ideales 
medioevales de la Reconquista, y durante su reinado se observan los 
mismos aspectos de la Edad media, que se van desdibujando, ya 



PRÓLOGO Vil 

lenta, ora rápidamente, para terminar en la casa de Austria, que, 
según opinamos, verifica la radical transformación nacional, ingre- 
sando España de lleno en el concierto europeo para ser un elemento 
de la gran política mundial ya iniciada en tiempos del Rey católico, 
pero que tiene su plenitud con Carlos V por las luchas germánicas, 
los asuntos de Italia y la guerra con el Turco. Cada volumen com- 
prenderá una de las Edades clásicas, Antigua, Media y Moderna. 

Por último, anhelamos hacer una obra española en el sentido 
de apreciar exactamente y sin viciosas exageraciones la parte debida 
a España en la evolución de la humanidad y en las diversas fases 
del dinamismo histórico. 

Algo y quizás mucho se habrá escapado a mis afanosas pesqui- 
sas; nos consuela el considerar que en esta clase de labor estos con- 
tratiempos son casi inevitables. 

« * 

Obras como la presente no pueden realizarse sólo con los libros, 
son necesario, además, indicaciones y consejos de los especialistas; 
ni aquéllas ni éstos nos han faltado. El profesor Obermaier, don 
Eduardo Hernández Pacheco, D. Pedro Bosch y Gimpera y el 
Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo nos facilitaron guía y orientación 
para la parte ilustrativa del texto, que hemos querido sea rigurosa- 
mente auténtica, prescindiendo casi en absoluto de caprichosas re- 
construcciones y excluyendo la iconografía fantástica o artística que 
no tuviera el carácter de documental. Tanto el citado marqués de 
Cerralbo como D. Juan Cabré y Aguiló y los señores D. Antonio 
Vives, D. José Ramón Mélida, Alvarez Ossorio y Gómez Moreno han 
tenido la singular amabilidad de autorizar la reproducción de ilus- 
traciones de sus monografías. Don Rafael Ureña, con su indiscu- 
tible competencia, ha tenido la bondad de revisar la parte jurídica 
de la época wisigoda. A todos expresamos nuestra gratitud en estas 
líneas. 

Sería injusto si dejase de consignar el especialísimo celo dedi- 
cado a la parte artística por D. Pablo Salvat, al cual debe la obra 
una erudita selección en sus láminas y grabados. 



Historia de España 

Y SU INFLUENCIA 
EN LA HISTORIA UNIVERSAL 



CAPITULO PRIMERO 

GKOr.RAFÍA Y COMIENZOS DE LA PREHISTORIA 



La geografía española y las nociones de los geógrafos antiguos.— 
Antes de conocer los hechos del hombre prehistórico, y coniu precedente 
necesario para narrar luego las manifestaciones de la actividad del hombre civi- 
lizado en la península, es preciso estudiar el medio donde han de exteriorizarse 
sus actividades, y si bien no determinan de una manera decisiva al sujeto histó- 
rico, es innegable que inclinan su voluntad e influyen en su actuación o dina- 
mismo las condiciones externas de clima, territorio, costas, lugares montañosos, 
ríos navegables y proximidad o lejanía del mar. 

La península ibérica, colocada hoy en tan ventajosa posición en el extremo 
de Kuroi)a como centinela avanzado entre dos mares y mirando al Nuevo Conti- 
nente, que un día fué teatro de las épicas hazañas de nuestros mayores, no pre- 
sentaba en la antigüedad esas ventajas y más bien era una tierra lejana, excesi- 
vamente occidental, donde llegaban las razas como alto final de prolongadas 
emigraciones. Unida al continente africano, antes del cuaternario, sus condicio- 
nes geográficas, desde que las razas históricas la habitaron, no han variado mu- 
cho hasta el presente. 

1^1 moderno geógrafo Sr. Dantin y Cereceda dice que España es un pro- 
montorio de unos 66o metros de altitud sobre el nivel del mar, de pentagonal 
periferia, bañado por el Mediterráneo en todo el litoral situado al oriente 
del estrecho de Gibraltar, y por las aguas del Océano Atlántico en el resto de 
sus costas. Todo el macizo ibérico está inclinado en masa al Océano, en suave 
pendiente, determinándose por esta circunstancia la dirección y desembocadura 
del rumbo occidental de la mayor parte de sus ríos más considerables ^ Los 
constitutivos de la península, según el citado autor, son varios. En primer lugar, 
la Meseta, núcleo primitivo de todo el territorio, limitado al N. por la in-la mon- 
tañosa canlábríca. al NE. por el borde ibérico, al S. por el escalón de Sierra 
Morena y al O. por la in-la mesozoiea />or/tigiu'sa. El segundo elemento es la 
depresión lateral Nli., llamada /¿va tectónica araí^onesa o depresión del Ebro. La 
depresión lateral SO. o depresiófi bélica (cuenca del Guadalquivir) y la orla 
ynesozoica portuguesa completan los elementos constitutivos de la península ^. 

HISTORIA DE ESHA.ÑA. - T. 1. I. 



2 UISKJUIA DK KSPANA 

Sus costas Sun numerosas y algunas accidentadas. Las septentrionales tienen 
una longitud de 600 km. y se desarrollan en tres trayectos hacia el Mare Can- 
tAhriciwi d<" ios latinos; el primer trayecto termina en el cabo Machichaco y 
contiene varios puertos (Deva, Motrico, etc.); en el segundo trayecto la costa es 
áspera al principio (ría y puerto de Bilbao, el abra de Santoña y la de Santan- 
der), luego las playas son más suaves (hasta el cabo de Peñas), y avanzando 
hacia O. sigue doblando los cabos de Ortcgal y Toriñana (Gijón, Aviles, las rías 
de Vivero, Vares y Santa Marta, y los puertos de Ferrol, Betanzos y Corufta). 
Las costas occidentales comien/an |)(»r una serie de escotaduras y rías granriiosa» 
y pintorescas separadas por penínsulas i)aralelas (Corcubión, Muros o Noya, 
Arosa, Pontevedra y Vigo), siguen las desembocaduras del Miño y del Duero 
(Oporto) hasta buscar el maravilloso estuario del Tajo después de las |)layas 
arenosas de Aveiro, las firmes de la boca del Mondego y las elevadas del cabo 
de l'eniche; a partir de la antigua 6>//¿7/í; la costa se.interrupjpe bruscamente 
en ángulo recto para correr luego paralela, aunque en sentido inverso, y des- 
cender por último al S., hasta el cabo de .San Vicente, l^s costas meridionales 
están bañadas por dos mares; las correspondientes al Atlántico forman dos gol- 
fos (Algarbe y Tluelva) y un arco saliente (Cádiz); las mediterráneas tienen 
en su parte occidental la bahía de Algeciras (peñón de Gibraltar), la costa 
sigue recta hacia levante y cambia de dirección en el cabo deKIiata, remontán- 
dose al NE. hasta el de Palos. Kl levante español es una línea C(m sinuosidades 
pronunciadas; seis pequeños golfos se suceden desde el cabo de Palos al de la 
Nao; desde éstos a la frontera francesa distinguen los geógrafos el golfo de Va- 
lencia, que termina en el delta del Kbro, la costa de Poniente desde allí hasta 
Barcelona y la de Levante hasta el cabo Cervera''. 

Dice Dubois que la península ibérica, en su composición geológica, está 
constituida por terrenos antiguos (primitivos y primarios) que ocupan casi toda 
la región situada al SO. de una línea que partiendo de Santander llegase a To- 
ledo V Cartagena. La meseta de Castilla, la Mancha, la región murciana, la 
cuenca del Kbro, Andalucía, el valle inferior del Tajo están formados por terre- 
nos terciarios. Los terrenos secundarios están en los Pirineos, en Navarra, en 
los montes ibéricos, en la cordillera Bética y en la sierra de la Estrella^. 

Interesante es la orografía española con grupos como el de los Pirineos 
franco-españoles, que alcanzan grandes alturas sólo superadas por Sierra Nevada. 
Los I'irineos peninsulares forman una línea de pequeñas ondulaciones que se 
extiende desde Navarra hasta el límite de Lugo; tienen una estrangulación nota- 
ble entre Vizcaya y Burgos y aparecen con otro rumbo los Pirineos que pueden 
denominarse Vasco-cántabro-astüricos (Picacho de Ansa, montes de Mendaur, 
Peña de Amboto, monte Valnera, Sierra Isar, Peña Labra). Galicia no está cru- 
zada por una sola cordillera, sino por una serie de montañas en disposición tan 
compleja y mezclada que forman, como dice el Sr. Blázquez, un verdadero labe- 
rinto. Muy importante es la llamada cordillera ibérica, que es un alineamiento 
dirigido hacia el SE., y llega desde el paso de la Brújula (camino de Burgos a 
Vitoria) hasta Sant Just, formando elevaciones de más de 2.000 metros en la 
sierra de la Demanda. Próxima a la costa mediterránea hay una serie de montes 
de gran elevación, aunque de poca cota sobre el mar, que pudieran constituir 
una cordillera denominada Wí'¿jí?V^;v-<i«í.'íZ ¿>/7>/z/a/. Se conoce con el nombre de 



geografía y comienzos de la l'RtlIlSTORIA 3 

Niulo de Albarracin una serie de enlaces de pequeñas cordilleras; forman parte 
del sistema los Montes Universales, en los límites de las provincias de Cuenca 
y Teruel, y el Nudo de Javalambre, entre esta última, Valencia y Castellón. La 
cordillera carpctana es una línea sinuosa de unos 800 km. de longitud, situada 
entre el Duero y el Tajo. Al sistema central pertenecen los Montes de Toledo, 
cuya mayor elevación está en la Sierra de Guadalupe. Comienza la cordillera 
Mariánica en la provincia de Albacete, llega al célebre puerto de Despeña- 
perros, sigue con las sierras Madrona y de Almadén y termina en el Risco de Pe- 
loche; existen otros bordes montañosos, uno de ellos llega al Guadiana. Los 
montes bético-murcianos están constituidos por varias series paralelas y ocupan 
desde la provincia de Alicante hasta el extremo occidental de la Sierra de Priego 
y Sierra de Martes. La Penibética se extiende desde Almería a Tarifa (Ciádor, 
Controviera, Almijara y Alhama)'*. (Lám. 1). 

Existen en España extensas llanuras en la meseta castellano-leonesa ; al 
Este de los montes Torozos. los valles de Cerrato son llanos y la tierra de Cam- 
pos surcada por ríos, siguiendo las tierras de León onduladas por cerros. El 
valle del Ebro forma un triángulo generalmente llano, del cual distan mucho las 
cumbres de las montañas. I -a llanura central comprende parte de las cuencas 
de los ríos Tajo, Guadiana y Jikar; la Mancha, como territorio geográfico, se 
extiende desde el paralelo de Aranjuez hasta el de Sierra Morena y desde el me- 
ridiano de Madrid hasta Albacete. El valle del Guadalquivir es característico, 
pues sólo cuenta con un lado llano, el de la orilla izquierda o meridional, y 
forma un triángulo cuyos vértices son Andújar, Sevilla y Antequera, con una 
prolongación hacia lluelva al O. y otra al oriente de la Vega de Granada. Hay 
en la península otras llanuras, como la Huerta de Valencia, la Plana de Caste- 
llón , el Panadés, el Ampurdán y al SE. el campo de Cartagena. 

En cuanto a la hidrografía, en la vertiente septentrional hay ríos poco 
caudalosos (Bidasua, Orio, Deva, .\ervión, Besaya, Sella y Nalón). La re- 
gión NO. está regada por ríos más importantes, como el Miño y el Sil, los otros 
son de poco caudal (Tambre y UUa). La vertiente occidental recibe ríos tan 
considerables como el Duen>, el Mondego y el Tajo, que desembocan en costas 
portuguesas. Desaguan en la vertiente S. el Guadiana, el Guadalquivir y otros 
de menos entidad (Guadiaro, Guadalhorce y Guadalfeo). Los ríos de la vertiente 
oriental son el Júcar, el Ciuadalaviar, el Palanca, el Mijares y el Ebro; existen 
otros de menos importancia. 

Respecto al clima afirma Dantín que sus características son: país de atmós- 
fera transparente y luminosa la mayor parte del año, templado, si bien haya 
cierta distancia entre las temperaturas extremas en la Meseta, y seco, excep- 
tiiandc» la orla montañosa cantábrica*. 



Es cierto que para la localización de los sucesos es, no sólo útil, sino im- 
prescindible el conocimiento del medio peninsular donde se han realizado acon- 
tecimientos de nuestra Historia; pero no es menos apremiante, tratándose de 
sucesos pretéritos, la noción exacta de la toponimia de las comarcas antiguas y 
su relación con los nombres actuales, para poder precisar sin error los sitios 



4 HISTORIA líK ESPAÑA 

donde ocurrieron los hechos históricos. Nada más pertinente para el efecto qur 
las noticias proporcionadas por los historiadores y geógrafos clásicos, teniendo 
en cuenta los esludios modernos sobre los textos griegos y latinos. 

Según liübner, las primeras noticias geográficas sobre l-.s]jaña aparecen en 
las leyendas míticas del titán Atlas y en la de (u'ryáneus, vencido ¡lor el Hér- 
cules tirio, por vez primera referida en la Teogonia de Hesiodo. Hay autores 
que opinan que ia ¡liada y la Odisea dan también indicaciones geíjgráficas; pero 
es lo cierto, como dice el Sr. Alemany^, (|ue el nombre de Iberia no figura ni 
una sola vez en todo el contexto de dichos poemas. Un periplo griego, de autor 
desconocido, que se aprovechó de noticias principalmente fenicias, da indica- 
ciones sobre el Occidente europeo en el siglo vi antes de Cristo; contiénense sus 
datos en el primer libro ile la Ora maritinia, de Rufo Festo Avieno". Kl carta- 
ginés Himilco (570-509) viaja por el S. de España y Avieno se encarga de trans- 
mitirnos fielmente .sus noticias". Hecateo Milesio (550-472) es aprovechado |)or 
Herodoto y Avieno, utilizándolo también el Lexicón de Estefano de iii;5ancio; 
Scilax de Carianda reseña el c(mtorno del Mare inlenmm '" en los años 513a 509; 
Dionisio proporciona algunos pormenores al sobredicho poeta latino, y, final- 
mente, en las postrimerías del siglo vi, encontramos a Herodoto de Heraclea, 
que cita a los pueblos kynetes, gletes, tartesos, elbisinios, mastienos y colpa- 
sios, conservándose detalles por él recogidos merced a la diligencia de Estefano 
de Bizancio y Constantino Porfirogeneta^^. De las obras del ateniense Euctemon, 
de Hellanico de Lesbos (495 a. J-C.) y Tucídides tenemos referencia por Avieno. 
Herodoto habla de Tarteso y de la isla Erythia, próxima al moderno Cádiz. 

Pytheas'-, el marsellés, viaja a mediados del siglo iv, escribe una obra sobre 
el Océano y recorre las costas españolas desde Gades hasta el Promontorio Sa- 
grado (punta Sagres de Portugal); Strabón nos ha conservado memoria de esta 
expedición. Eforos de Cumas ^•\ en su descripción de la tierra, menciona «la Ibe- 
ria ocupada por los celtas > ; Teopompo y Filisto hablan de los sicanos, proce- 
dentes de Iberia^*. El relato de Eratóstenes ha sido conservado en parte por 
Polibio y Artemidoro; hablaba de la Tartésida o región de Tarteso y señalaba 
la distancia de 6.000 estadios desde los Pirineos hasta el estrecho de Gibraltar. 

En el siglo 11 las noticias de nuestra península van siendo más precisas y se 
refieren a regiones más internas. Polibio de I\[egalópolis trata, en sus escritos, de 
Iberia (de las columnas de Hércules a los Pirineos), distinguiendo en ella la 
Celtiberia; nombra la Hética y Lusitania y menciona las regiones de los vacceos, 
carpesios y konios^^. Posidonio escribió una Historia y un tratado sobre el 
Océano; estuvo en Turdetania y habla de Celtiberia y de la riqueza minera de 
España ^^. También viajó por la península Artemidoro de Efeso, que escribió un 
periplo, conocido gracias a Strabón, en el cual se describe el SE. hispano. Cá- 
diz, Tarteso y Erythia son nombradas por Apolodoro en su Biblioteca, de la que 
hay numerosos fragmentos^'; alusiones a iberos y figures existen en el manual 
de geografía escrito en verso por PLscimno de Quios^®. En Turdetania explicó 
retórica Asclepíades Mirleano, que describe la región y nombra la ciudad de 
Odyseia. El gran geógrafo Strabón ^^ escribía en el siglo i los diez y siete Hbros que 
componían su FítoYpatptxwv; en esta obra se contienen muchas noticias sobre Es- 
paña, insi)iradas en fuentes fidedignas, habiéndose comprobado la filiación de 
algunas. Diodoro de Sicilia recoge en su Biblioteca histórica gran cúmulo de 



Historia de espaAa. - t. l 




¿Jl^lta: I. 




GEOGRAFÍA. Y COMIENZOS DE LA PREHISTORIA 5 

materiales geográficos, aunque sin crítica; describe las costumbres de los habi- 
tantes de la península y habla de la riqueza minera de España. En la primera 
mitad del primer siglo de la Era cristiana, el español Pomponio Mela com- 
puso su descripción de la península^, ocupándose minuciosamente de las cos- 
tas y apenas del interior; pasa por alto muchas {^oblaciones cuyos nombres in- 
dígenas creía habían de sonar mal en los cultos oídos romanos. Plinio consagra 
H España los libros III y IV de su Historia .Valural'^^, pero a pesar de su dili- 
gencia en buscar buena información, acepta relatos inverosímiles. Dionisio el 
Viajero escribe su Periegesis *^, en verso, que es de escaso valor científico, y 
Nicolás Damasceno y Tullo ^^^ nos legan algún fragmento de poca importancia. 

Aparece en el siglo ii la gran figura de Claudio Ptolomeo. Su obra es la 
rtu>YpafixY] 6ko|Y)oi5'**, en la cual describe toda España, y si bien tiene algunos 
errores, no se le puede negar mérito indiscutible, por su carácter científico, cla- 
sificando las regiones, nombrando las ciudades y aportando relatos valiosísimos 
del reino vegetal y animal. A este siglo pertenecen los Vasos Apolinares. 

Después de Ptolomeo, dice bien el Sr. Alemany, las producciones de los 
geógrafos carecen en absoluto de datos importantes. Sexto Rufo informa sobre 
la mtjdificación de la división provincial, y casi nada digno de mención encon- 
tramos en Julio Solino** (siglo III), Júnior**», Vibio Sequester*^ y Etico de Is- 
tria ^'*. Ya Eustacio, en su Colección \ comentarios a Dionisio, trata de Cádiz y de 
los iberos y cita nombres geográficos*^. De importancia es Rufo Festo Avieno 
en sus libros Ora marítima y Descriptio orbis terne, escritos en el siglo iv ; este 
j>rocónsul poeta se ocupa, en la segunda de las obras citadas, de las costas de 
España, siendo valiosa su información, pues es fiel reflejo de textos mucho más 
antiguos^. Con posterioridad son interesantes el Itinerario de Antonino Augusto 
CaracalLi^^, la Carta de Peutinger^*, el libro II del Periplo de Marciano de 
Heraclea^^, las indicaciones de Agathemero **, las noticias de Prisciano ^ y el 
Anónimo de Rávena (siglo vii), este último muy poco fidedigno. 

Muchas son las construcciones cartográficas modernas esparcidas en obras 
de eruditos ([ue se han ocupado de la época clásica; famt»sa entre todas es la 
obra de Kiepert, a la cual nos referiremos en el curso de este libro, y en lo que 
a la producción española se refiere, son dignos de nota el Mapa de la España 
romana en el siglo iv de la Era cristiana, publicado por Federico Botella en el 
Boletín de la Sociedad Geográfica (tomo XXI), y los trabajos de Joaquín Rodrí- 
guez sobre la Vettonia y el de José Viltaamil relativo a la provincia de Lugo'*, 
no pudiendo olvidarse los de Saavedra y Fernández Guerra en diversas mono- 
grafías. Completan la bibliografía sobre esta materia los trabajos de Fernández 
Palazuelos'*^, Cortés y López •^, Anchoriz**, Hübner***. Gutiérrez del Caño**, 
Daubrée", Poole*^ y Charencey^*. 

En los comienzos de la Edad media, el siglo v presenta fuentes geográficas 
en las Historias de Orosio, pero por desgracia no son originales, pues copió en 
todo las informaciones de Etico de Istria**. De esta época pasamos al siglo vii, 
en el cual San Isidoro Hispalense escribió sus justamente renombradas Etimo- 
logías; en los libros 13, 14 y 15 hay noticias geográficas relativas a España, 
pero se observa que el santo metropolitano está inspirado por Plinio. l-lxiste un 
Mapa Mundi con datos geográficos que el Sr. Blázquez atribuye a San Isidoro **'. 
Por último, aun se sigue discutiendo la autenticidad de \i\Hitación de Wamba*'. 



LA PREHISTORIA 



Campo restrinf^ido, incierto, y objeto de continuos desdenes por parte de los 
historiadores sesudos, fué la Prehistoria hace cuatro lustros; eruditos tan concien- 
zudos como D, Marcelino Menéndez y Pelayo plegaban sus labios con sonrisa 
de incredulidad cuando de épocas prehistóricas se trataba, y en cambio hoy, el 
caudal de conocimientos de esta disciplina aumenta de día en día, y es tal el 
cúmulo de investigaciones y la abrumadora bibliografía, que constituye uno de 
los palenques de mayor actividad científica, volviendo de su acuerdo aquellos 
mismos que dudaban con gesto escéptico de las enseñanzas prehistóricas*". 

Hemos de observar, sin embargo, como precedente necesario a la com- 
prensión de lo subsiguiente, que los estudios prehistóricos nuevos, moderní- 
simos, no pueden apreciarse con exacto conocimiento de causa, faltando una 
clasificación rigurosamente científica, por lo cual la hipótesis y la conjetura razo- 
nada son muy frecuentes para explicar los enlaces y concatenaciones sí)bre 
razas, orígenes, industrias, yacimientos, que no responden a una cronología bien 
determinada; ya se quejaba de esta falta el gran arqueólogo Hübner*^, y no ha 
de sorprender que existan dudas y vacilaciones en las primeras edades del hom- 
bre cuando en épocas bien recientes y en sucesos casi contemporáneos nos 
vemos obligados, en muchas ocasiones, a emplear ios métodos y operaciones 
lógicas tan censurados en Prehistoria. 

El Congreso internacional de Spezia del año 1865 propuso se diese a estos 
estudios el nombre de PaletJmologiOt contracción del vocablo Paleoethtiolo^ia, 
que expresa y significa la investigación de los orígenes del hombre. En verdad 
que este nombre llenaba las aspiraciones de los prehistoriadores, por cuanto 
el hombre, ya individual o colectivamente considerado, es el sujeto y factor de la 
Historia; pero a pesar de las ventajas de esta novísima denominación preferimos 
conservar el calificativo diS. prehistórico para todos aquellos datos, restos o refe- 
rencias que nos indiquen la presencia del hombre sobre la haz de la tierra antes 
de la aparición, del testimonio histórico escrito. 

Broca también ha querido distinguir entre lo antehistórico, que pertenece 
propiamente a la Prehistoria (correspondiendo a la edad de la piedra), y el pe- 
ríodo de transición [en el cual no aparece aún el testimonio, pero se reflejan 
algunos resplandores o indicios históricos todavía vagos e imprecisos; a este pe- 
ríodo llama Broca, Protohistoria (corresponde a los comienzos de la edad de los 
metales). Esta división no la conceptuamos de esencial importancia, puesto que 
el segundo período se halla incluido en la Prehistoria, por no haber aparecido 
aún el testimonio histórico y ser ésta la característica diferencial entre Historia 
y Prehistoria. 



LA l'KEHISTORIA 7 

Atisbos, indicaciones sobre l^rekisloria, se encuentran en el poema De na- 
tura rerum del poeta latino Lucrecio, que habla de las tres edades de la piedra, 
del bronce y del hierro. Sin embargo, varias naciones se disputan la primacía 
en los estudios prehistóricos; los alemanes afirman que el precursor fué Eckard 
en su obra De origine Germanoriwi, en la cual trata incidentalmente de la época 
del bronce (1750); Goguet, consejero del Parlamento, es reconocido, por los 
franceses, como el primero que se ocupó de la edad de los metales ( Ori^ne des 
lois, des arts el des sciences, lyjyS), y los ingleses recuerdan que la idea de las 
tres edades se halla ya indicada en la historia de Cornwall de Boulase. No 
debemos olvidar que, en el siglo xvi, Pero Antón Beuter hacía inferencias 
sobre unas calaveras atravesadas de piedras cotno hierros de lanzas y saetas, 
halladas cerca de Cariñena de Aragón en 1534. lü verdadero fundador de la 
ciencia prehistórica es el danés Thomsen, director de los museos etnográfico y 
arqueológico de Copenhague, el cual publicó, en las Memorias de la Sociedad 
de Anticuarios del Norte, nn trabajo sobre las antigüedades de la piedra^ (1833) 
y, ¡H)r fin, en 1836 dio a conocer su clasificación de los tiempos prehistóricos en 
edades de la piedra, bronce y hierro*'. Después se siguieron las investigaciones 
acerca del hombre fósil, los descubrimientos de las cavernas de Tournal (1828), 
las discusiones sobre el antiguo volcán de Denise (1844^, las polémicas de Boucher 
de Perthes sobre los aluviones cuaternarios (1847); en 1861, Eduardo Lartet 
estudiaba la gruta de Aurígnac (Alto Garona); en 1863, Carlos Lyell publicaba 
su libro: 7 he geological evidences 0/ the antiquity 0/ man, y el año siguiente 
G. de Mortillet fundaba un órgano mensual , titulado : J/a/ma«4' /owr /'/(/>/í>/>^ 
f^ositive et philosophiquc de rhomine. Después del Congreso de Spezia estas re- 
uniones periódicas se han sucedido sin interrupción y con gran solemnidad; 
España acudió mucho más tarde aportando sus investigaciones, pero los nom- 
bres de Vilanova, Mélida y el marqués de Cerralbo pueden competir con los 
más afamados del extranjero. 

Sería de todo punto imposible el enumerar ni aproximadamente todas la*» 
monografías particulares sobre asuntos prehistóricos que se han escrito en Es- 
paña en estos últimos tiempos, pero bueno será adelantar los nombres de algu- 
nos autores que han hecho una labor más general y menos particularista. Desde 
los antiguos y en parte equivocados textos de Ocampo''*, Juan Margarit^^, Am- 
brosio de Morales-*', Alderete*^, Huerta^, Velázquez^', Twis^, Pon/''" y Mas- 
deu*'*, la Prehistoria adquiere otro carácter con las exploraciones de Rada y 
Delgado y Juan Malibrán^', los estudios de Tubino**, Sales y Ferré ^^ y Cata- 
lina García*»^, los apuntes de Martorell^, los trabajos del P. Fita^ y el li- 
bro de Cartailhac*'^ sobre las edades prehistóricas de España y Portugal, No 
podemos olvidar al padre de la Prehistoria española, D. Juan Vilanova y Piera^*, 
ni a los beneméritos hermanos Siret'"', a quienes tanto deben los estudios pre- 
históricos españoles. Ya en este siglo se han publicado libros de más o menos 
valor científico, escritos por RuUan'^, Navarro Tarazona^^, por el sabio arqueó- 
logo francés Pedro París ^- y por el competente académico D. José Ramón Mé- 
lida ^^ a los cuales hay que añadir los de Rodríguez y Fernández'*, üntañón'* y 
Joulin'*'. El gran polígrafo D. Marcelino Menéndez y Pelayo"' dedicaba todo el 
primer volumen de la segunda edición de los Heterodoxos españoles a los asun- 
tos prehistóricos, que en la primera ocupaban escasas líneas. Recientemente, el 



8 HISTOKIA DR RSPA^A 

proípsor Hugo Oberniaier'** ha dado a la estampa un valiíjso libro cx|K>nifn<lo 
los últimos adelantos de la ciencia prehistórica. I'or i'iltimí», revistas como: 
/.eitschrift ftir Eíhnologie, Prdhis/onschc Zeiíschri/l, L'Anthrof>oU>f^it\ la Reimf 
des eludes anciennes y la Revne Arr/ieolofíiqne en el extranjero, y la Asociación 
Arlistico-Arqueoló^ica de Barcelona, el Bolelin de la Academia de la Historia, el 
de la Sociedad Esfyañola de Excursiones, la Revista de Archivos, la de Extrema- 
dura y otras de Madrid y provincias contienen numerosos artículos de cuestio- 
nes prehistóricas. 



Muchas han sido las clasificaciones de la Prehistoria en períodos determi- 
nados c¡ue facilitan su estudio, pero conviene tener en cuenta una clasificación 
que sirva de base y a la cual podamos referirnos. Atendiendo al criterio zooló- 
gico, Lartet ha señalado las siguientes épocas: del Auroch, del Reno, del Mam- 
muth y del (¡ran Oso, a las cuales agregó Garrigou la época del Iüef>has anti- 
qims; se caracterizan por la mayor abundancia predominante de uno de estos 
animales. Como lo más interesante para nosotros es el hombre, al criteri(i indus- 
trial será al que dediquemos preferente atención; la clasificación corriente es la 
de las tres edades de la piedra, del bronce y del hierro, dividiéndose la primera 
en dos periodos: /falcolitico, de la piedra tallada, y neolítico o de la piedra puli- 
mentada; pero siendo inseparable la (ieologia de la Prehistoria, por cuanto en 
terrenos o estratos, o yacimientos, aparecen los restos de la industria del hombre 
y hasta los vestigios humanos, debemos referirnos a una clasificación geológica, 
escogiendo la de Breuil, por ser hoy la vigente y científica. El paleontólogo fran- 
cés divide los tiempos de la tierra en terciarios y aialernarios : el atalernario se 
subdivide en cuaternario anticuo y en cttaternario actiuil. del antiguo es con- 
temporáneo el paleolítico y del actual el neolítico y las edades del bronce y del 
hierro. Autores más modernos dividen el cuaternario en antiguo o posplioceno, 
medio o pleisloceno y reciente u holoceno: el período paleolítico pertenece al 
cuaternario medio o pleistoceno y el neolítico y las edades del bronce y del 
hierro al holoceno. El paleolítico comprende diversas fases, caracterizadas por 
yacimientos o lugares conocidos que sirven para denominarlas, éstos son: el che- 
lense, achelense, musteriense, auriñaciense. solutrense, magdaleniense y aziliense, 
a los cuales tendremos ocasión de hacer referencia. Cartailhac dice, con razón, 
que todas las divisiones prehistóricas son absolutamente convencionales y hechas 
para la mayor comodidad de esta clase de estudios, pues se pasa insensiblemente 
por todas las etapas de la vida de la tierra ■'^. 

Época terciaria. — Corresponde a una de las grandes divisiones en que 
la Geología clasifica la historia de la formación de los terrenos. La costra terres- 
tre está formada por una sucesión de yacimientos terrosos o rocosos que se han 
comparado a las hojas de un libro; estos yacimientos contienen restos vegetales 
y animales, llamados /<?jí7^j, que han servido para distinguir y agrupar los terre- 
nos. Los terrenos se han dividido, atendiendo a la superposición, en primarios, 
secundarios, terciarios y cuater?iarios : desde el punto de vista zoológico, los 
primarios se caracterizan por los peces y reptiles, es la era de los animales infe- 



l.A IMíEMISTORfA ^ 

rieres; los secuiuiarios se distinguen por la gran cantidad de reptiles; en los ter- 
ciarios brillan por su multiplicidad los mamíferos placentarios, y, por último, en 
los terrenos aiaternarios aparece el hombre. 

Los terrenos terciarios se distinguen por el gran desenvolvimiento de las 
lormas superiores: plantas íanerógamas y mamíferos. Carlos l.yell propuso la 
división del /^;r/aríV» en eoceno {X.^xc\d>.x\o infeúoT), mioceno (terciario medio) y 
plioceno (terciario superior); algunos han agregado el oligoceno para designar 
los yacimientos intermedios entre el eoceno y el mioceno. Obermaier denomina 
terciario antiguo o Paleogeno al eoceno y oligoceno y terciario reciente o Neogeno 
al mioceno \ plioceno^. 

\\n los dos primeros períodos, Europa difería mucho de la actual por su 
forma, clima y fauna. Las llanuras del Ü. de Francia estaban sumergidas bajo 
las aguas del mar de Jüi/uns, y otro mar, el Malasio, ¡icnetraba, por el valle del 
Ródano, en el interior de Provenza hasta el pie de los Alpes; m.'ís que un conti- 
nente, venía a ser un conjunto de archipiélagos como los del mar de las Indias, 
(jozaba de un clima marítimo y dulce y de exuberante vegetación de formas 
americanas y asiáticas. Su fauna era la actual de las regiones tropicales y hasta 
en Groenlandia crecían los i)látanos, nogales y viñas. Kntre los animales se Cí»n- 
tal)aa el rinoceronte, difioterinm y mastodonte. 

A consecuencia de la elevación de terrenos y otras causas no bien cono- 
cidas el ambiente comenzó a ponerse seco y frío, bajando la temperatura lenta- 
mente hasta terminar el período y>//í)í.v//í) con las edades glaciales. La forma de 
Europa cambió, píisando de archi|)iélago a continente; los Alpes sa elevaron 
mucho e Inglaterra adquirió vastas llanuras, juntándose con Francia y casi con 
Escandinavia, la cual a su vez ganó tierras a los mares Báltico y Atlántico. Las 
faunas emigraban todas hacia el S., quedando deáertas las tierras boreales, co- 
menzando el apoge«» de los rumiantes con los antílopes, jirafas y gacelas. 

Las condicionéis de la vida eran tan análogas a las nuestras que todos los 
paleontólogos convienen en la tesis de que el hombre pudo existir en la época 
terciaria. Falconer, infatigable rebuscador de fósiles miocenos y pliocenos en la 
India, exhumaba tantos animales, organizados para vivir en un ambiente pare- 
cido al nuestro, que aguardaba de un momento a otro la feliz coincidencia de 
hallar los restos del hombre terciario; Vilanova sostiene idéntica afirmación en 
su libro de Protohistoria**'. Ahora surge la pregunta: ¿existió el hombre tercia- 
rio.^, ¿se han encontrado sus restos.^ Por nosotros van a contestar las investiga- 
clones de los sabios paleontólogos. 

En 1863, J. Desnoyers, bibliotecario del Museum, creyó encontrar restos 
humanos en las canteras de arena de Saini-Prest, cerca de Chartres (Eure-et- 
Loire); hubo de probarse que estos terrenos formaban la base del cuaternario, 
que los objetos de silex se hallaban juntamente con el Elephas meridionalis, 
animal que también pertenece al cuaternario, y que las huellas no eran produ- 
cidas por el hombre, sino por accidentes geológicos. El mismo fenómeno se 
repite en los yacimientos osíferos de Val ífArno y de San-Giovanni , en las are- 
nas orleanesas de A\'¡iiille y en las calcáreas de agua dulce de Billv y Gannat. 

Delaunay descubría en los faluns de la cantera de la Barriere, municipio 
de Chazé-Henri, cerca de /V7/^i«tv'(Mainc-et-Loire), los restos de un HaHthe- 
rium fósil con incisiones; al punto pensó que eran producidas por el hombre, 

HISTORIA ÜF. F.SPaRa. T. I. 2. 



10 HISTORIA UK KSPAÑA 

pero bien estudiadas se viim en conocimiento (jne dcbiaii atrihuirsr a los jjran- 
des carnívoros de la familia de los tiburones, por «'xistir en a(|uella ép<jca un 
mar y ser imposible la presencia del hombre en aquella región ; lo mismo puede 
decirse de los huesos con incisiones procedentes de Chava^nes-les-Eaux y del 
BaUcnoIns con entalladuras, descubierUj por (i. Capetlini en Moiile-Aperto: 
ambas han sitio producidas por los dientes de los (grandes cetáceos cuyos restos 
se han encontrado junto a los huesos en cuestión. 

(jarrigou, en la colina de Sansaii (mioceno inferior), creyó encontrar, en 
unos huesos rotos úv Dicroccnts cle^anx (pequeño cérvido), la intervención del 
hombre; se ha probatio que las roturas se deben a causas accidentales. Von Üüc- 
ker incurrió en el mismo error al examinar los huesos fósiles encontrados en el 
yacimiento de l'ikermi, caserío de la llanura de Maratón, en las faldas del l'enté- 
lico, a poca distancia de Atenas (mioceno superior). La herida del Mastodonte 
an<ernensis, gran proboscídeo pliocentj, estudiarlo por Bartolomé (jastaldi, e«, 
sin duda, f)roducida por una lucha entre animales de la misma raza; igualmente 
los dientes de Squalóide del género carcharodón de .Suflbik, presentado en 1872 
al Instituto Antropológico de la Gran Bretaña e Irlanda por Eduardo Charles- 
worth, mostraban incisiones que resultaron ser producidas ¡jor especies infe- 
riores de lilhoíiomos, oastcró/>odos o espongiarios. 

Prescindiendo del hombre fósil del bosque de Fontainebleau, impronta en 
un as])erón silíceo, Arturo Issel ha creído encontrar los restos del hombre ter- 
ciario en los yacimientos pliocénicos de Savona, cuando se hallaba en construc- 
ción la iglesia de Colle del Vento, pero estudios más detenidos han comprobado 
que se trataba de un enterramiento muy posterior; lo mismo puede decirse del 
casquete craneano y de los huesos encontrados por el profesor Ragazzoni en las 
arcillas verdosas de la colina de Castenodolo, cerca de Brescia (Italia). Esque- 
letos como el de las arcillas siderolíticas de Delémont (Suiza) y el de las arenas 
miocenas de Lamassas, municipio de Hautefage (Lot-et-Garona), son de distinta 
época que los yacimientos donde se descubrieron. La cuestión del cráneo del 
Campo de los Angeles o de Calaveras (América del Norte) es hoy considerada 
como una mixtificación. 

Se ha recurrido también a los restos de la industria humana, y Blake, 
profesor de mineralogía y geología en el Colegio de California, afirmaba haber 
encontrado las huellas del hombre terciario americano en los depósitos auríferos 
de CaUfornia y, sobre todo, en el condado de Tulumne, cerca de la villa de 
Sonora; los objetos hallados eran morteros, vasos de esteatita, grandes cucharas, 
puntas de lanza y flecha, anillos de piedra, y juntamente con ellos, restos de mam- 
muíh y mastodonte que señalaban su antigüedad. La dificultad se ha solventado 
al observar que en la otra vertiente de las Montañas Rocosas los depósitos cuater- 
narios y sus piedras de tipo chelcnse son menos perfeccionados que los de Cali- 
fornia, lo cual prueba la modernidad de éstos. Idéntica afirmación podemos 
formular respecto al lignito de Montaigu (Aisne), de los huesos de elefante y 
rinoceronte del plioceno de San Valentino, de la madera siHciada de Autry- 
Issards y del bosque silificado de la India; en ninguno de estos casos puede pro- 
barse la intervención del hombre, sino la de los agentes naturales. 

Pero la más sensacional discusión sobre el hombre terciario tuvo lugar por 
los descubrimientos del abate Bourgeois acerca de unos sílex en la caliza de 



LA. PREHISTORIA I I 

Beauce del yacimiento de Thenay, cerca de Pontlevoy (Loire y Cherj. 1.a me- 
moria presentada por el abate al Congreso internacional de antropología y 
arqueología, celebrado en París en 1867, produjo general sorpresa; los silex mio- 
cenos semejando rasjjadores, perforadores y puntas no fueron tomados en serio 
y al principio sólo Worsaae, director del Museo prehistórico de Copenhague, los 
admitió; después G. Mortillet, Valdemar Schmidt y Kaulin se unieron al parecer 
de Bourgeois. En el Congreso de Bruselas de 1872, ocho miembros se adhieren 
a la opinión de ser los silex de Thenay obra del hombre terciario. En la Expo- 
sición de Ciencias antropológicas de París (1878), los ejemplares presentados 
eran aún mejores y en algunos de ellos se observaban señales inequívocas de 
haber sufrido la acción del fuego. Muchas objeciones se han presentado a los 
famosos sílices de Thenay; es posible que los calores tropicales de una época 
en la cual florecía el plátano y la palmera hayan producido efectos parecidos al 
fuego; por otra parte, llama mucho la atención el que los silex trabajados sean 
tan pequeños y estén tan bien elaborados, cuando el hombre debía encontrarse 
muy atrasado; y siendo k»s silex pequeños, <¡>ara qué habían de servir? Son mu- 
chos, y entre ellos el Sr. Cotteau, los que niegan terminantemente la significa- 
ción que se ha pretendido dar a los descubrimientos de Thenay. 

Carlos Ribeiro, en Portugal, pretendió haber encontrado unos silex tallados 
en los cuales podía vislumbrarse la mano del hombre terciario; la primera noti- 
cia de los famosos silex de ütta se tuvo por una comunicación de Ribeiru a la 
Academia de Lisboa (1S71), al año siguiente presentaba unas muestras en el 
( ongreso internacional de antropología y arqueología prehistóricas de Bruse- 
las, pero obtuvieron muy poca aceptación. En la Exposición Universal de París 
(1878) figuró una nueva serie de silex lusitanos procedentes de los terrenos 
del valle del Tajo; por último, en el Congreso de l^isboa (1880) se trató deteni- 
damente la cuestión. Los congresistas se trasladaron a Otta, municipio situado a 
la derecha del valle del Tajo, cerca de la estación de Carregado; a 2 km. al E. de 
la población se eleva una pequeña montaña jurásica, llamada Monte Rotando; 
allí examinaron de visu los congresistas la formación de aquellos terrenos. Los 
pareceres lueron encontrados, pudiendo decir que sólo G. de Mortillet y Belluci 
se mostraron decididos partidarios de la autenticidad de los silex terciarios de 
Otta, según ellos trabajados conscientemente. El Congreso de Lisboa fué de 
excepcional importancia, por la calidad de los paleontólogo )s que asistieron; 
entre ellos el italiano Capellini, el inglés Evans, los franceses Cartailhac y Cotteau 
y el español Vilanova. Mucha importancia se dio también a los silex terciarios 
descubiertos por el geólogo j. B. Rames en Puy-Courny, cerca de Aurillac 
(Cantal); presentaban huellas de trabajo rudimentario. Por último, en 1907, 
A. Rutot informaba al mundo científico del descubrimiento de silex jjremiocenos 
en Boucelles, cerca de Lieja. 

Estas piedras de formas singulares, cuya talla especial fué atribuida al arte 
del hombre en aquella época, recibieron el nombre de eolitos, o sea piedríis per- 
tenecientes a la época de la aurora de la humanidad. Entre los eolitófilos se 
cuentan Ameghino, Boucher de Perthes, Capitán, G. y A. de Mortillet, Ribeiro, 
Rutot, Sergi, Yerworn y otros. Son contrarios a esta prueba indirecta de la exis- 
tencia del hombre terciario D'Acy, Boule, Breuil, Cartailhac, Déchelette, Evans, 
Hamy, Lapparent, Obermaier, II. Pacheco, R. R. Schmidt v Wernert. Sostienen 



12 II i VI OKI A iJir. KSl'ANA 

estos Últimos (|uc las fuer/ as |)urarn<Mitf (linámico-}í<oIó^{icas ¡nirdí-n explicar 
satisfactorianicnle í'i ori^jcn natural do los «-(jlitos, fundadfis, <*ntrr otras pruebas, 
en el estudio realizado (1905) en los molinos <ie creta de Gucrvillc (cerca de 
Mantés, junto al Sena); los Srrs. Obermaicr, A. Laville, M. iioule y K. Cartailhac 
observaron que la acción del a^ua corriente producía típicos eolitos, íormados 
por residuos de silex, procedentes de la operación de triturar la creta*', 

G. de Mortillef*^, gran enamorado de la tesis del hombre teríiario, declara, 
sin embargo, que las pruebas aducidas hasta el presente no son suficientí's para 
demostrar la existencia del hombre tal y como lo conocemos en épocas |)Oste- 
riores, pero por otra parte, según su opinión, no puede negarse la interven- 
ción de un ser más o menos inteligente que, de una manera muy nidimentaria 
e imperfecta, utiliza armas de piedra y hasta parece que conocía el fuego; en 
Consecuencia, dice Mortillet, es necesario reconocer la existencia del ante- 
cesor del hombre, siendo éste un mono y surgiendo la clasificación en tres espe- 
cies hasta ahora conocidas: el Ilomosimitis /hritri^eoisii {c\ úe.'\'\\c\\^'^-), Homo- 
simius Ribeiro (el de ütta) y el Ilomosiinius Rainesii {r^ de Puy-Courny). 

Obermaier opina que ni el l^roftiopithecns de Egipto (oligoceno) ni el PUo- 
pithcats, Dryo/>tfhcnts. An/hfo/>odus, Swa/>ttheais. PaUBosiniia. Palo'opitheiiis y 
Simia satynis (neogeno) son tipos en los cuales pueda encontrarse la forma pre- 
cursora del hombre**. YA año 1891 el médico militar holandés E. Dubíiis encon- 
traba cena de Trinil (Java central) un antropomorfo fósil, al que dio el nombre 
de Pilhecanthropus ciectm. considerándolo como perteneciente a la edad tercia- 
ria; M. Blanckenhorn estima que el yacimiento del Pitíiecanlhrofms es sincrónico 
del pr¡nc¡i)al período pluvial de Java y pertenece por lo tanto al cuaternario 
antiguo. Dice más el profesor Obermaier, pues insinúa que quizá este supuesto 
predecesor del hombre pudiera ser coetáneo del Hotno heidelber^etisis^. Hasta el 
presente son de poca consistencia las afirmaciones de Florentino Ameghino 
acerca de los monos fósiles de América del Sur^; sin embargo, concluye el citado 
doctor Obermaier que la distancia entre el Hombre y los Antropomorfos no es 
fan grande, pues así parece indicarlo el estudio comparativo del Hombre v lo^ 
Antropomorfos actuales ^^ 

El Cuaternario. — El hecho culminante del cuaternario es la aparición 
del hombre, por sí sola suficiente para marcar un jalón diferencial en las edades 
de la Tierra; pero como tan unida se halla la Prehistoria a la Geología y tan en- 
lazados los hechos de una y otra que puede afirmarse responden, en ocasiones, 
con la relación de causa a efecto, las condiciones geológicas influyeron no poco 
para que la presencia del hombre sobre la base del globo fuese viable. Al pe- 
ríodo plioceno sucedió una era glacial en que la tierra llegó a enfriarse en tal 
manera que en grandes extensiones hubo de convertirse en inmenso témpano**. 
Europa era una gran masa continental adherida al África por Gibraltar y Sicilia; 
sus montañas estaban cubiertas de espesas capas de hielo, cuya fusión alimen- 
taba ríos gigantes que inundaban vastísimas llanuras. El hecho de hallarse enton- 
ces extensos territorios del Planeta cubiertos por potentes masas de glaciares y 
de hielos fué causa de llamar a esta era Época glaciar^^ . Hoy es teoría casi uni- 
versalmente admitida la del poliglaciarismo, o sea la existencia de una serie de 
glaciaciones sucesivas entre las que se intercalan períodos interglaciares de clima 



LA PREHISTORIA 



13 




FiK. 1. 



Hacha alur^ada, de Puente Mocho. 
( Cabré y Wernert. » 



cálido; Pencky Brückncr dis- 
tinguen hasta cuatro períodos 
glaciares. 

En cuanto a España se 
refiere, importante fué la gla- 
ciación de los Pirineos, aun 
cuando los glaciares m> sa- 
lieron de la sierra, si bien el 
desarrollo de los «glaciares fué • 
más intensivo en la vertiente 
Norte (francesa) que en la 
vertiente Sur. Hubo también 
una serie de centros de gla- 
ciaciones locales en las altas 
regiones de la cordillera can- 
tábrica (Picos de Europa, Co- 
vadonga.í*); asimismo se for- 
maron peíjueños focos glacia- 
res en las montañas astúrico-leonesas (puerto y laguna de Leitariegos, Sierra 
Segundera y Peña Trevinca). Los hubo en la Sierra de Urbión (Montes Ibé- 
ricos), en la Sierra de Estrella (Portugal), siendo notables los glaciares de la 
Sierra Central, de la Sierra de Gredos y Sierra de Guadarrama (Peñalara, Hoya 
de Pepe Hernando). Importante es la glaciación de Sierra Nevada y a su estu- 
dio se han dedicado J. Macpherson, A. Penck (1894), E. Richter (1900), A. Ben- 
rath (1907), O. Ouelle (1908) y Carandell y Obermaier (1915). Existen algunos 
depósitos que se hallan fuera de las Sierras^. Paulatinamente la temperatura fué 
modificándose y al terminar los períodos glaciares comienza con propiedad el 
cuah'rnario antiguo y luego la edad de la piedra en su primera era o sea la 
paleolítica. 

Las investigaciones del sabio arqueólogo marqués de Cerralbo han dado 
por resultado el descubrimiento de la estación de Torralba en la provincia de 
Soria, término municipal de Fuencaliente, a 1.108 metros sobre el nivel del mar, 

en una estribación de 
Sierra Ministra. Cerralbo 
considera la estación de 
Torralba como la más 
antigua, no sólo de Es- 
paña, sino de Europa y 
tal vez del mundo, por- 
que yacimientos del pa- 
leo'Mico inferior existen 
bastantes ya descubier- 
tos, pero la rareza del to- 
rralbense es por ser el 
único en que se demues- 
tra la coexistencia del 
Chelense. Hacha de mano de San Isidro ( Madrid )• , . 1 r j 

(Obermaier: £-///o/n¿»rí'/»5í7.) hombre con la fauna de 





«4 



IIISTOKIA l)K KSHANA 




F¡(í. 3. El yacimiento de 1 Orralba. bjemplos de diferentes 
defensas de elefantes de Torríilba. ( Marqués de Cerralbo.) 



aquel priiiiitivísirno pe- 
ruxUi, o sra restos de 
l:lcphas meriiiionalis y 
anihjmis . Ii(¡uu¡¡ sU'tto- 
nis. Khiuocerosctruscus, 
yran l)óvi<l( (.jjrandc y |h*- 
«|iiefto ciervo, todo ello 
mezclado con la indus- 
tria del \\i^x\\\i\f preche- 
lensc^^. V.n lasíaldas de 
la sierra se íorma un in- 
menso anfiteatrr), donde 
existió, durante los co- 
mienzos del cuaternario, 
un gran lago; las tribus 
nómadas y caz afloras 
llegaron en su peregri- 
nación hasta cruzar la Sii-rra Miiiisira, prcliriendo entonces aquella altura con 
exposición N., en é|)oca de gran calor y humedad; además encontraron el in- 
menso lago do Torralba, que atraía a sus aguas salitrosas abundantísima caza, 
y establecieron su morada a la sf)mbra, entre las es|)esuras de sus bosque», 
desde donde acecharían a los animales llegados del África a Kspaña. Kl yaci- 
miento estuvo en las inmediaciones de sus arbóreas viviendas, en la meseta 
que se juntó a él, pero formaría una concavidad a la cual esa tribu arrojaría 
los restos de su comida en enorme kjokkenmoddmgs. o más bien sería como 
un temi)lo ()rimitiv(», un lugar totémico o sagrado^*. Se han encontiado en la es- 
tación de Torralba mandíbulas de lütphas weiidionalis o de ¡ilephas allanlicus 
y hachas de mano lanceoladas pre-chelenses, en cuarcita, en caliza y en cal- 
cedonia, con corte transversal. Obermaier es de jiarecer que la industria to- 
rralbense representa un cliclense ya bastante evolucionado y no cree en la pre- 
sencia del Elephas nieridionalis. afirmando que la mayoría de los molares pre- 
sentan claramente los caracteres del Elephas antiqmis^^ ( fig. 3 ). 

El 30 de Junif) de i8(32, Lartet, visitando, con Casiano de Prado y V'erneuil, 
las gravas del Manzanares al otro lado del río. en las canteras de San Isidro, le 
fué presentada por \\\\ obrero una piedra que parecía prehistórica y trabajada 
por el hombre; Lartet no tardó en reconocer al primer golpe de vista un trozo 
idéntico a los que se descubrían en los aluviones de Abbeville y Amiens; era 
una piedra grande y terminada en un corte ligeramente inclinado. Kste descu- 
brimiento tuvo una gran resonancia y fué el punto de partida de todos los 
demás verificados en España^*. Desde entonces los arenales de San Isidro fueron 
frecuentemente visitados por Casiano del Prado, Vilanova y otros. Sabemos, por 
Lartet, que las capas inferiores encierran restos de buey, caballo, rhinoceros y 
del elefante actual de África {Elephas p7'iinitiviis ) ; abundan las puntas de silex 
encontradas por Lartet, Yerneuil, Casiano del Prado, Vilanova y José Quiroga 
(lonzález (fig. 2 ). 

Yacimientos de} paleolítico antiguo son también el de Posadas^ de Córdoba; 
los elefantes de Andalucía, conocidos por los notables estudios de Calderón; 



LA PREHISTORIA 15 

los de la cueva del Castillo (Santander), descubierta por Alcalde del Río y ex- 
plorada por Breuil y Obermaier ^•'', los cuales encontraron útiles achelenses; la 
cueva de Furninha (Portugal), descrita por Delgad(j, donde se han encontrado 
hachas chelenses; la cueva de la Pedraza (Segovia) y el Collc (León) 9*. Según 
Falconer, en la caverna de Windmill, de Gibraltar, se hallaban el Rhinoccros 
Icptorhinus (Mercki), R. eínisats, Sits, Equus, un gran Bos, Ceri'us barbar us^ 
('. dama, dos especies de Ibex. Uyoena brnnnea, Félix leopardus. Ursus, Lefnis, 
Meles taxns, pájaros, tortugas y peces ^'. A la lase achelense pertenecen unas 
hachas de mano en cuarcita descubiertas por Rob. Shallcross en los alrededores 
del astillero de Santander; en San Kelices de Buelna encontraron otras H. Alcal- 
de del Río y H. Breuil. Otros yacimientos achelenses son los de Panes, Soto de 
las Regueras (Oviedo), Abrigo de la Cerrada de la Solana (Soria), Campos de 
(Jlivar de Puente Mocho (Jaén) (fig. i). Laguna de la Janda (Cádiz) y Constantí 
I Tarragona). 

Como tipo muskriense puede citarse la cueva del Casíillo (l*uente Viesgo), 
explorada por Obermaier, H. Alcalde del Río y Pablo Wernert; fué visitada 
por los señores Osborn, director del Museo de Historia Natural de New York, 
Mac Curdy, de New Haven (Kstados Unidos), el barón A. Blanc, de Roma, y 
Hernández Pacheco, profesor de la Facultad de Ciencias de Madrid. Comproba- 
ron estos investigadores que había trece yacimientos, de ellos once cuaternarios: 
el i)rimero miu^teriense^ hallándose en él restos de Rhinoceros Mercki; el segundo 
musteriense típico con restos del Mercki y un hnmems de bóvido, y el tercero 
musteriense superior^*. Pertenecen también a la fase musteriense la cueva de la 
Fuente del Francés (partido judicial de Santoña), en uno de sus niveles, el abrigo 
de San Vítores (cerca de .Solares), un nivel de la cueva de Cobalejos (Santander), 
descubierta por E. de la Pedraja (1914), y otro nivel de la cueva de Hornos de 
la Peña (partido judicial de Torrelavega). En Asturias hay un musteriense típico 
en la cueva del Conde, explorada i)or el conde de la Vega del Sella (191 5); de 
Andalucía podemos citar el yacimiento de la Puerta (Jaén), uno en la Laguna de 
la Janda (Cádiz) y el de Bobadilla (Málaga). Son asimismo yacimientos muste- 
rienses los de la cueva del Palomarict» y cueva de las Perneras, en la provincia 
de Murcia, y los de Aspe y cueva del Cuervo, en la región alicantina. 

El llamado paleolitico superior empieza con la fase auriñaaense, representa- 
da en l'lspaña por algunas localidades. El P. Lorenzo Sierra ha descubierto, en 
1903, el notable yacimiento auriiíaciense de la cueva del Salitre (provincia de 
Santander) y los de cueva El Mirón y cueva del Mar (Santander), probable- 
mente aurinacienses. En la cueva del Castillo hay niveles pertenecientes al 
auriñaciense superior y auriñaciense medio: también hay un nivel auriñaciense 
en la cueva de Caniargo. estudiado por Sautuola, S. Carballo y Lorenzo Sierra. 
Un nivel poco abundante del auriñaciense superior se halla en el Cueto de la 
Mina, del concejo de Llanes (Asturias). Es probablemente del auriñaciense el 
Abrigo de la Aceña, cerca de Santo Domingo de .Silos, descubierto en 191 2 por 
H. Breuil y el P. Saturio González^. 

Célebre yacimiento solutrense es el de la cueva de Altamira, en el municipio 
de Santillana del Mar (provincia de Santander). Su primer explorador fué don 
Marcelino de Sautuola, que hubo de visitarla en 1875 y luego en i879^°<>, practi- 
cando interesantes excavaciones; Vilanova acudió luego a reconocerla"**, y 



1 6 HISTORIA DE ESPAÑA 

Eduardo I larlé ^"*, ingeniero de caminos, Irancés, verilicó una minuciosa investiga- 
ción que tuvo por efecto el disi[>ar las dudas susrii.ul.is por las |.iii>!i< u Imp.-v ,|í- 
Sautuola y por los informes de Vilanova. 

La gruta estíí situada en la cumbre de una colina, con orieniaci«in N,, o ¡lea 
hacia el mar, del cual la sefjaran tres kilómetros. Los restos acumulados por los 
primitivos habitantes cubrían el suelo de la primera sala; se componían de una 
mezcla de huesos, conchas, instrumentos y piedras. I^ fauna la forman <*l ciervo 
claphc, el caballo, el buey, un pequeño rumiante desconocido y el zorro, este 
último sin duda reciente (M. Gaudry); las conchas son muy interesantes, y en 
cuanto a la flora, \zs patellas constituyen luia variedad «leí Patella vulgatii, V\i'V\- 
dose tamtiirn Ijllorina littorca de Linneo, Los instrumentos son de silex, piedra 
cuarzosa y hueso; los .sílex tallad(»s tienen forma de hojas y raspadores; exis- 
ten dos como puntas (» flechas arrojadizas, retocadas, del ti|>í) solnttense. \jq% 
huesos con incisiones son aún más característicos; los hay en forma de agujas 
largas y finas, o de |)untas de dardo, C(in base en bi.sel o punta de flauta, con 
líneas grabadas que impedían se escurriese el mango. No menos interesante es 
la punta incompleta en las dos extremidades, pero ofreciendo hacia el centro un 
grabado de flecha, semejante a la que adorna los dientes del oso y del león. I^ 
mayor parte de los huesos de la cueva de Altamira son de cérvidos. La segunda 
gruta, habiendo ofrecid<» la misma industria señalada y)or M. Perlro Alsiiis. ha 
sido igualmente estudiada por M. Harlé. 

Ultimas exploraciones efectuadas en u>i>s pui n .li^au- iiieuil «irirniiniaion 
de una manera precisa que los yacimientos de .Altamira no eran exclusivamente 
del magda/enicnse, como creía Harlé, siní) que pertenecían también claramente 
al solutrensc. Una de las notas características de la caverna son las pinturas parie- 
tales que tanto dieron que hablar en los primeros momentos del descubrimiento, 
produciendo general incredulidad por parecer inverosímiles en tan lejana edad; 
hoy, gracias a los descubrimientos de las cavernas de la iV¿?w//!r (Dordogne), 
Pair-non-Pair {Qixxondié)^ Combarelles, Font-de-(niumc, Chabot-a-Aigucsc (Ar- 
deche), Marsoulas (Haute Garonne), Mas <fAzi¿ (Ariége), Bcrnifal, Greze y 
Teijat (Dordogne)^'^'^, con pinturas o grabados parietales, se ha venido a con- 
firmar la autenticidad de los dibujos de la cueva de Altamira '**. El nivel supe- 
rior de la cueva es ya magdalenieiise. 

Han continuado las exploraciones en la provincia de Santander y hoy son 
muchas las grutas exploradas, aumentándose cada día el catálogo. iJon Eduardo 
de la Pedraja exploró las de Puente Arce y Fuente Francés y Sautuola la de 
Camargo ; el P. Lorenzo Sierra de Limpias ha encontrado en la del Valle un 
bastón de mando y un guijarral redondo y aplastado de cuarcita, pertenecientes 
al magdaleniense superior. Los yacimientos noveno y décimo de la cueva del 
('astillo son también del magdaleniense, encontrándose en el primero un omopla- 
to de ciervo y un bastón de mando de hueso de reno. Muy notable por sus pin- 
turas es la cueva de la Pasiega. Existen niveles solutrcnses en las cuevas cantá- 
bricas del Salitre (Santoña), Fuente del Francés (Santoña), Castillo del Pendo 
(Santander), Cobalejos (Santander), Hornos de la Peña (partido judicial de 
Torrelavega) y Peña de Carranceja (partido judicial de Torrelavega). En As- 
turias, el Cueto de la Mina posee un hermoso nivel solulrense'^^^ . 

La Bora gran den Carreras (gran gruta de Carreras) está muy cerca de la 



LA PREHISTOUIA 17 

población de Serinyá^^, a una altura de doscientos metros; es una especie de 
refugio, a unos cincuenta metros debajo de un riachuelo. El suelo es de un polvo 
fino, seco, sin consistencia; la gruta encierra huesos y piedras talladas esparcidas 
en gran cantidad. La fauna está formada por los restos siguientes: conejo, zorro, 
caballo, cabra, rumiante de la talla del corzo, ciervo, cerdo, avutarda grande, un 
fragmento de llalioiis tuberadata y tres fragmentos de Peden Jacoboeus. De 
huesos trabajados podemos citar: dos de forma plana con estrías paralelas bien 
grabadas, fragmentos de astas de ciervo, dos puntas de hueso pulimentadas, dos 
trozos de arpones; piedras talladas se hallan muchas: cuarcitas, ly diana y varie- 
dades de sílex. P'ormas corrientes son el raspador doble, pequeñas hojas con 
mella en el cortante y una docena de buriles que demuestran la industria mag- 
daleniense. Todos los huesos largos aparecen rotos, hecho que concuerda bien 
con lo que sabemos de los pueblos de esta fase de la civilización en Europa; 
tienen el carácter de yacimientos del reno, pero éste falta, y hace tiempo que 
se supone, sin razón, no franqueó este animal los Pirineos ^^^. El P. Lorenzo Sierra 
ha encontrado sus restos en la cueva del Valle y Eduardo Harlé "* ha señalado 
su presencia en las grutas de Serinyá (Gerona), Aitzbitarte (Guipúzcoa), Ojébar 
(Santander) y de las Palomas ( Santander) ^<>'. 

En 1865, Lartet, después de una visita infructuosa a las grutas de Vitoria, 
pasó revista a unas veinte en Sierra Cebollera, en los alrededores de Torrecilla 
de Cameros, Nieva de Cameros y Ortigosa. La gruta superior de Pefía la Miel, 
en el segundo de estos municipios, encerraba huesos de Rhinoceros tichorhinus, 
restos abundantes de un gran buey que pudiera ser el Bos primigenius, de 
ciervo y de corzo; entre estos huesos hay algunos que, por la forma de rotura, 
parecen indicar la intervención del hombre; pero esto no puede afirmarse sino 
como conjetura, pues en este yacimiento no se hallan silex tallados ni objeto 
alguno de la industria humana ni vestigio de habitación. A unos veinte metros 
debajo de este yacimiento y a treinta metros del lecho actual del río Iregua se 
abre la gruta inferior de Peña la Miel; en ella se han encontrado gran número 
de huesos rayados, con entalladuras hechas con un instrumento de corte grose- 
ro, y junto a estos huesos se hallaron pedazos de silex bréchóides tallados en 
forma irregular, pero, sobre todo, en disposición de obtener una parte cortante. 
En la superficie superior del limo yacían algunos vasos y silex en forma de raspa- 
dor y de cuchillo. Los restos animales son de herbívoros, como el Bos primige- 
nius, ya observado en la caverna precedente, el ciervo, el corzo y el caballo, que 
servían de alimento a los indígenas primitivos de España. 

En 1909 se descubría por Amador Romaní, cerca de Capellades (provincia 
de Barcelona), el llamado Abricli RanuviL explorado por el joven y malogrado 
geólogo Mosén Font y Sagué; en el Abrich se hallaron dos depósitos super- 
puestos, uno de la época magdaleniense y otro de la musteriana. En el primero 
se encontraron silex tallados, objetos de hueso (ciervo y caballo), el Xummulites 
atacica (fósil), la Cyprcea pyrum de Linneo y mariscos; Harlé encontró vestigios 
del Ursus, de la Hycena spelaa, del Canis lupus. Cervus elaphus, Eqtius caballus. 
Sus scropha, An'icola anjibius y lupus ainiadus. Se hallan en el depósito musle- 
riense los silex característicos de la época y la fauna correspondiente: Equus 
caballus, Cervus elaphus, Hycena spelcea, Felis pardina y Helix splendida. A 500 
metros de los yacimientos de Romaní está la estación de Agut, que tiene terre- 

HISTORIA DE ESPASa. — T. I. — 3. 



l8 lliSTOUIA DE ESFApA 




Fig. 4.— Parte alta del Fcñf'in del Tajo de las figuras. (Cabré y Hernández Pacheco.) 

nos e industria mustcricnsc y (}uizás achclcnsc^^^. Otra caverna notable es la de 
Gracia (Barcelona), en la cual no se han encontrado vestigios industriales de 
hombre, pero, en cambio, se halló abundante fauna cuaternaria, representada por 
el En'naceus curo/>cus, LtTí^omyí, Corsicanus, Arvícola, Rhinoceros Merckii, Cer- 
vus daphtis y el Testudo luncllcnsis^^^. 

Numerosos son los yacimientos del paleolítico superior en los cuales figu- 
ran niveles maodalcnienses. En Guipúzcoa existe la cueva de Aitzbitarte (Ren- 
tería), descubierta por el conde de Lersundi, y en Vizcaya las cuevas de 
Armiña y Balzola, exploradas por A. de Gálvez Cañero. Típicos niveles magda- 
Icuicnscs se hallan en las cuevas cantábricas del Valle (partido judicial de Ra- 
males), exploradas por el Institut de Paléontologic Hiumiinc (1909 y 191 1), la de 
Otero (partido judicial deLaredo), la del Salitre, la de Rascaño (partido judicial 
de Santoña), la citada de la Fuente del Francés, la de Truchiro (partido judicial 
de Santoña), la de Villanueva (1914 y 191 5), la del Pendo, la de Cobalejos, la 
mencionada de Camargo, la de Hornos de la Peña, la del Cuco, La Hermida y 
la Peña de Carranceja. De Asturias pueden citarse los yacimientos de Panes, 
cueva de Quintana, Cueto de la Mina, cueva de Fonfría, La Cuevona (Riba- 
desella), cueva de Viesca, cueva del Río (en Ardines), cueva del Conde (1915), 
cueva de Collubil (Cangas de Onís) y cueva de la Paloma (191 5) ^^^. 

El Sr. Sanz Arizmendi^^^ visitó el año 1908 un yacimiento prehistórico 
en la mina del Setior del Perdóti, sita en la carretera de Jerez de la Frontera, y 
allí encontró silex de los tipos musteriense y solutrense. De la cueva deí Peni- 
cial, en Asturias, se ocupó no hace mucho el conde de la Vega del Sella *^*; 
en ella se han encontrado útiles de formas achelaises, y Breuil halló en la cueva 
de Quintana, próxima a la anterior, restos magdalenienses. En Andalucía, el 
año 1914 se han explorado la cueva del Tajo de las figuras, la cueva del Arco, 
cueva de Cimeras y cueva de los Ladrones"'' (fig. 4). 



LA. PREHISTORIA 19 



Se ha creíd(j, por espacio de mucho tiempo, en la existencia de un ingente 
hiahis o gran interregno entre el Paleolítico y el Neolítico, durante el cual se 
habían despoblado grandes porciones de Kuropa. El profesor Obermaier opina 
de distinto modo, afirmando que la pretendida laguna va llenándose cada vez 
más con una serie de etai)as industriales. Se ha intentad»» agrupar las precitadas 
etapas con el nombre genérico de Mesolilico, inventado por Vilanova, denomi- 
nación rechazada por Obermaier, (4ue adopta el vocablo Epipaleolitico para 
indicar las fases aziliensc, tardcnoisicnse, asttiriense y maglenicñsiense nórdico, 
descendientes postumos del Paleolítico. Las cuatro etapas mencionadas son 
substituidas por el campiiiiense y por la civilización nórdica de los kjokken- 
móddings; estas dos etapas no están relacionadas con las anteriores por lazo 
alguno orgánico y vienen a instaurar un nuevo mundo de civilización completa- 
mente distinta, que puede denominarse Protoneolitico (Obermaier)"*^. 

Niveles azilienses se hallan en la región cantábrica comenzando por la 
cueva de Balzola (Vizcaya) y siguiendo con la de Villanueva, del Pendo, Esco- 
bedo-Camargo, La Hermida, cueva de Rascaño y cueva del Castillo (provincia 
de Santander). El más famoso de los yacimientos azilienses de España es el de 
la cueva del Valle (cerca de Racines-Gibaja), descubierta por el P. Lorenzo 
Sierra en 1903; allí se encontraron numerosos restos de Cen'us elaphus, Cennts 
capreoltis, Capella rupicapra, Rqutis caballus, Bos sp. y Sus scrofa ferus, y gran- 
des masas de Hclix, junto con discjuitos raspadores, buriles de punta lateral y 
retoque transversal, hojitas arqueadas y microUtos triangulares o semilunares. 
En Asturias se halla el aziliettse en la cueva de la Paloma. 

El auriñaciensc africano recibe el nombre de Capsiense , dividiéndose en 
capsiense inferior, que corresponde al auriñaciense europeo, y capsiense su[>erior» 
paralelo y sincrónico al solútreo-magdaleniense de nuestro continente. Varios 
yacimientos prueban la extensión del capsiense, sobre todo en la parte meri- 
dional de España, entre ellos la cueva de Ambrosio, la cueva Chiquita de los 
Treinta, abrigo de la Fuente de los Molinos, cueva del Serrón, cueva de Zá- 
jara y cueva Hermosa, en la provincia de Almería; en la región murciana pue- 
den citarse la cueva del Palomarico, la de las Perneras, cueva de la Bermeja, 
cueva de las Palomas, cueva de la Tazona, cueva Ahumada, cueva de los 
Tollos, cueva del Tesoro y abrigo El Arabi. En Valencia es capsiense la cueva 
de las Maravillas (191 3) y el abrigo de la Truche (191 3); también es capsiense 
la Cocinilla del Obispo, en la provincia de Teruel, y el famoso yacimiento de 
Cogul, cerca de Lérida. Ya el capsiense final es idéntico al tanienoisiense, del 
cual hay asimismo vestigios en España en los alrededores de Aguilar de Anguila 
y Alcolea del Pinar (Guadalajara), en la cueva Bermeja (Murcia) y en .Alpera 
(Albacete); debemos al mismo tiempo mencionar los kj'ókkenmóddings del 
valle del Tajo, en Mugen, que comprenden los cuatro yacimientos de Cabego 
da Arruda, Fonte do Padre Pedro, Cabero da Amoreira y Moita de Sebastiao, 
descubiertos en 1863 por F. A. Pereira da Costa''", y los del Cueto de la Mina 
(Asturias). 



20 



HISTORIA DE QSI'AÑA 



i 




-1 


• 




^- "^^. 


^^^^^Hl! * ^^^IHi 


-vAjT - SfiVfll 




■ií5( -^^ 


J 


JiSíi 


: -^ ,\ ' 


HT 






. 4 


^\ v; 




^ 


«sv- 


^WR 


íT 



Des|>u^-s «Irl a/.iii()-tar<lenoisicn' 
se aparece en ICsj^aña, hacia el NO., 
una civilización denominada, por 
(Jbermaicr, astnriense ; esta fase ha 
sidíj hallada por el conde de la Vejja 
del Sella en una serie de cavernas 
y abrigos, todos situados en la parte 
oriental de la provincia de Oviedo. 
I'ueden citarse como del asturiense 
las cuevas de Balmori, Arnero, Fon- 
fría, Mazaculos en la Franca, y los 
abrigos de Cueto de la Mina y del 
Penicial ; este último es el más tí[)ico 
y en él se han encontrado restos 
de hogar con jjatelas, litorinas, hue- 
sos do 1]quHS cahalltis, Cervus 
claphiis. Has y Cafara, juntamente 
con instrumentos de cuarcita, talla- 
dos de una manera muy caracterís- 
tica"* (fig. 5). Kn Francia, después 
del azilio-tardenoisiense, viene el 
llamado campiñitfise, y en cuanto al 
inaglcmoisicnsc es una etapa nórdica 
equivalente al azilio-tardenoisiense. 



FiK.5. 



Entrada a la cueva del Penicial (Asturias). 
( Conde de la Vega del Sella.) 



Razas paleolíticas. — Fs la 

Antropología un poderoso auxiliar 
de la disciplina prehistórica, no pudiendo, en muchos casos, prescindirse de sus 
resultados y teniéndose muy en cuenta sus hipótesis, pues la unión armónica de 
las conquistas de la Arqueología prehistórica con los datos antropológicos pro- 
duce el avance incuestionable de los conocimientos acerca de los primeros pasos 
del hombre en la tierra. 

Mortillet"^ trata extensamente de esta materia en su conocido libro de Prehis- 
toria ; el profesor Sergi^^^, investigador genial y novador en esta clase de estudios, 
ha publicado obras interesantísimas; entre los franceses pueden citarse Vogt**^, 
Ouatrcfages^^^, Nadaillac^^^ Lagneau^^*, Piette^^-'^ y Poiteau^^*»; notable es también 
el trabajo del italiano Zampa *-^. Los alemanes Berzhenberger'^^ y Steinmetz *^ 
publican monografías importantes, no pudiendo dejar a un lado las publicaciones 
de Abercromby ^^ y Morgan ^^^. En España gozan de reconocida fama, entre los 
pocos que a estas investigaciones se dedican, los nombres de Antón*^^, Hoyos ^^, 
Aranzadi^^ y Olóriz^^, pudiendo también mencionarse Vilanova^^, Gabaldón^^*, 
Guillen García ^^^, cuyo trabajo etnográfico no es desde el punto de vista antro- 
pológico ; la memoria de Puig y Larraz ^'^^, Apraiz '^^, Berlanga ^*^, Costa Ferrei- 
ra^*^. Las Barras de Aragón^*^, Juan Dantín y Cereceda^^^; aunque son obras de 
polémica y no de resultados científicos, bueno será tener en cuenta los discursos 
de Ureña ^^^ y Swiecicki i*^, el libro del P. Minguella ^*' sobre la unidad de la 
especie humana y el estudio de Fr. Fidel Faulín ^^^ acerca del Transformismo y 



LA PREHISTORIA 21 

la Antropología. Ossuna*^^ ha tratado sobre los primeros pobladores de Canarias, 
y Camps y Mercadal '^se refiere a sepulcros y cráneos en Menorca. De Portugal 
podemos citar a Pereira da Costa ^", Martins Sarmentó ^^2, Oliveira^^, Silva 
Picao ^^, Severo y Fonseca Cardoso '^. Recientemente se han publicado dos 
libros, uno de vulgarización, debido a la pluma de Márquez de la Plata 1^, y el 
otro resultado de investigaciones científicas, escrito por Hugo Obermaier *^^, y 
ya citado anteriormente. 

En Octubre del año 1907 se descubrió una mandíbula fósil cerca del pue- 
blo de Mauer, a unos 10 kilómetros al SE. de Heidelberg; la mandíbula se halló 
completamente aislada, sin ninguna huella de industria humana, pen) la presen- 
cia de los animales del segundo período interglacial la clasifica como preche- 
tcnse. Unos fragmentos de cráneo y mandíbula hallados en Piltdown (Inglaterra) 
por Ch. Dawson y A. Smith-Woodward (1913-1914) se estiman chelenscs o 
quizás más antiguos. Al áchclcnsc pertenece otra mandíbula inferior encontrada, 
en 19 1 4, en las tobas inferiores de Taubach, cerca de Welmar. Probablemente 
del mustcriensc inferior es el esqueleto de Le Moustier. De gran mérito, por su 
estado de conservación, es el esqueleto del miisteríense medio encontrado en la 
gruta petjueña y baja de La Bouffia-Bonneval, cerca de la Chapelle-aux-Saints; 
al mismo nivel pertenece el esqueleto de La Quina. Son del musteriense supe- 
rior un cráneo de niño de Pech de l'Azé, los restos de maxilares de Petit- 
Puymoyen y los trece dientes de La Cotte de Saint-Brelade de la isla Jersey 
(Inglaterra). 

Atendiendo al orden de importancia citaremos el descubrimiento de Xéan- 
dcrthal. Cerca de 1 lochdal, entre Dusseldorf y Elberfeld, en una pequeña que- 
brada de nombre Neanderthal (valle de Neander), sobre la ribera derecha 
del Düsselbach, a 18 metros sobre el nivel del agua, existía una terraza y en 
ella estaba una gruta de pequeñas dimensiones, llamada Fehihofer, donde, 
según los antropólogos, yacían los restos de un ejemplar de la segunda raza 
humana que pobló la tierra. Unos canteros trabajaban en la gruta, en Agosto 
de 1856, cuando encontraron un esqueleto extendido en posición perpendicular, 
ocupando toda la extensión de la gruta, con el cráneo hacia la entrada; inme- 
diatamente acudió el Dr. C. Fülhrott, de Elberfeld, logrando salvar una bóveda 
craneana, dos fémures intactos, los dos húmeros y los d<js cubitos casi enteros, 
el radio derecho, la cavidad del tronco, un fragmento de omoplato y cinco tro- 
zos de costillas. Se dudaba acerca de la época a que pudieran pertenecer estos 
huesos, pero en el mismo valle se descubrieron, en otra gruta, nombrada la 
Cámara (kl Diablo, restos de rhinoceros, del gran oso y de la hiena de las ca- 
vernas, sobre un terreno idéntico al de la gruta de Feldhofer; no cabía duda 
respecto a su contemporaneidad. Faltaba, sin embargo, averiguar si los preten- 
didos huesos del hombre primitivo eran realmente humanos o de un mamífero 
de especie inferior; parece ser que los estudios de Schaafthausen y Fülhrott no 
dejan lugar a duda, pero hay autores, como Bernard, Davis y Virchow, que, 
fundados en los caracteres del cráneo, de paredes espesísimas, de frente estre- 
cha y baja, con arcos superciliares enormes, afirman que el hombre de Nean- 
derthal es un caso patológico de microcéfalo e idiota. Obermaier opina que los 
restos de Neanderthal pertenecen al paleolítico inferior, sin que se pueda fijar 
fecha determinada. 



22 HISTOklA l)t KSI'ASa 

Quatrefayes y ilamy, cu su Crania cthnica (1882), (len(jminan la ra/a \n\- 
mitiva con el título de Canstadt, fundados en un estudio que en 1835 hi/<i <l 
paleontólo^'o Jiv^jer de un cráneo descubierto en una vitrina del Musco de Stuti- 
gart y procedente de unas excavaciones vcriíicadas el año 170*^ por el duque 
Eberhard-Ludwig de Wurtembcrg; ahora bien, Salomón Keissel, médico del 
duque, en una relación de las excavaciones hechas el mismo año del descubri- 
miento, dice no haberse encontrado ningún hueso humano y en la misma lorma 
se expresa Gessner, otro médico del duque. Por último, en 18 12, el gran natura- 
lista Cuvier declara que el terreno de ( ansladt había sido removido; por lo 
tanto, no se puede, según Mortillct, asegurar nada en concreto sobre un dato 
tan dudoso como el de la llamada raza de Canstadt. 

El hallazgo más sensacional fué el de los esqueletos de Spy, <le tanta impor- 
tancia que Sergi rotula la raza primitiva con el nombre de Náiniü'r-Spy. \'^ 
año 1886, Marcel de Puydt y Max Lohest, de Lieja, excavando en una gruu del 
municipio de Spy, no lejos del molino de Goyet, cerca del arroyo Ürneau, 
a 1.200 metros al SE. de la estación de Onoz, encontraron d()S esqueletos huma- 
nos en un terreno rico en sílices tallados y en restos de animales, particularmente 
de elefante; en el lecho donde se hallaron los esqueletos se ha demostrado más 
tarde que había muestras de Rhiiioccros tichorhinus. mamut común y algunos 
restos, aunque pocos, de ciervo y reno. Se ha probado también que el terreno 
no fué removido y la situación de los esqueletos probablemente se debe a un 
derrumbamiento. Los cráneos de S[)y presentan grandes semejanzas con los de 
Neanderthal: los tres ejemi)lares son dolicocdfalos, si bien los de S[>y presentan 
caracteres dolicofylaticéfalos, los frontales son idénticos y la i>arte posterior muy 
desarrollada. Los hombres de Spy, según Fraipont, debían ser de escasa esta- 
tura, análoga a la de los lapones modernos, y de músculos robustos. Übermaier 
estima que los dos esqueletos de Spy son del mustcrioise superior. 

Muy dudoso es el hallazgo de Brux, en Bohemia (1872), porque los restos 
humanos yacían en terreno con industria neolítica; la misma duda ofrece la man- 
díbula encontrada en Schipka (Moravia, 1881), que puede atribuirse a un niño 
gigante o a un enfermo; la bóveda craneana de Hamilton (Irlanda, 1898), de 
factura neanderthalesa, ofrece idénticas dificultades por ignorarse la situación del 
yacimiento. Por desgracia, deben rechazarse las indicaciones del cráneo braqui- 
céfalo de Nagy-Sap (Hungría, 187 1 ), hallado en terreno removido; el de la tumba 
familiar de Predmost (Moravia, 1804), pues se trata de un enterramiento poste- 
rior, como también el cráneo de Podbaba (Bohemia, 1883), por ser un caso de 
atavismo, y los de Stangenás (Suecia, 1844), a causa de no ser paleolíticos; 
en la misma categoría pueden incluirse los huesos humanos de Gaylenreuth 
(Franconia, 1774) y los de Lahr (Badén, 1823), los célebres cráneos de Engis 
(Bélgica, 1833) y de Maestricht (Holanda, 1823), el peroné de Victoria Cave 
(Inglaterra), el cráneo y huesos humanos de Galley-Hill (Inglaterra, 1888), la 
mixtificación de Moulin-Ouignon (Francia, 1863), el esqueleto de la avenida de 
Clichy, en París ( 1868), los restos humanos de Grenelle, en el recinto de la ca- 
pital de Francia, y la mandíbula inferior de Estalas (Francia, 1895). Los cráneos 
de Marcilly, Brechamps (Francia, 1883 y 1892) y Bury Saint -Edmunds (Ingla- 
terra, 1884) se hallaron en terrenos removidos; el cráneo de Eguisheim (Alema- 
nia, 1865) es considerado por G. Schwalbe como posterior al de Neanderthal; 



LA PREHISTORIA 




Fij{. tí. Cráneo de Uibraltar (tipo de Neanderthal). 
( Obermaier : El Hombre fósií.) 



de la mandíbula de 
Malarnaud (Francia, 
1889) no se puede 
precisar la época; por 
la misma razón no po- 
demos clasificar la 
mandíbula de la Nau- 
lette (Bélgica, 18G6); 
Obermaier lascla.s¡fica 
como del paleolítico 
inferior. Los restos de 
Denise (Francia, 1 844) 
pertenecen sin duda, 
dice Mortillet, a vícti- 
mas de una erupción 
volcánica, y el esque- 
leto de Tilbury (In- 
glaterra, 1883) es pro- 
bablemente el de un ahogado. Sergi cita otro cráneo, el de Krapina, del cnial 
hace un detenido estudio para probar su dolico o mesocefalia, en oposición a las 
opiniones de Gorjanovic-Krámberger, Schwalbe y Klaatsch, que lo hacen bra- 
quicéfalo; el tipo de Krapina (Croacia) es, según Sergi, un nuevo ejemplar de 
la raza Néander-Spy '■'^. Según Obermaier, los restos de Krapina son del muste- 
ricnse medio. 

Puede describirse esta raza primitiva del siguiente modo, formulado por Mor- 
tillet: cráneo dolicocéfalo de forma elipsoidal alargada, bóveda deprimida que 
produce su platicefalia, índice cefálico, que oscila entre 70, 72, 74 y 76; cerebro de 
circunvoluciones muy simples; yrtv/Zt' estrecha, baja y huida; prolongación oc- 
ci/>ifal; arcos superciliares enormes; ojos de órbitas redondas; nariz corta y 
ancha; mandíbula superior, fuerte y muy desarrollada; nuindibula inferior, sin 
mentón, con prognatismo y barl)illa escarpada y dirigida hacia atrás; dientes 
gruesos; costillas redondas, bruscamente arqueadas, indicando una gran poten- 
cia en los músculos torácicos; húmeros con crestas e inserciones musculares muy 
desarrolladas; cúbitus de curvatura acentuada; radius con curvatura aún más 
acentuada; la clavicula, omoplato y cavideui del trotico se distinguen por su ro- 
bustez; fémur pesado y espeso; tibia corta, pero fuerte; tnanos y pies gruesos y 
grandes, oscilando su talla entre i'6i3 y i'590. Todos estos caracteres hacen 
del hombre de Neanderthal un tipo de raza inferior, que lo separan y diferencian 
de las otras razas humanas. 

En lo que se refiere a ejemplares españoles de la raza Neanderthal, y pres- 
cindiendo de un hueso citado por Vilanova, procedente de San Isidro, sólo co- 
nocemos, como resto, el famoso cráneo de Gibraltar ^^'-'. El profesor Hoyos des- 
cribe el cráneo diciendo que es de una exagerada dolicocefalia occipital a la vez 
que frontal, de arcos superciliares de relieve pronunciado, de frente baja y reti- 
rada, de órbitas muy redondeadas y enormes, nariz ancha y achatada; por último, 
mandíbula superior alargada que cierra atrás, a modo de herradura. Solías, en 
un trabajo publicado en 1907, defiende que el cráneo de Gibraltar pertenece a la 



24 



IIIS'IORIA ¡>K ESPAÑA 




Fig. 7. 



Mandíbula de Bailólas. Vista lateral izquierda. 
(Hernández Pacheco y Obermaier.) 



I a/a (le NcatMlíTtlial, 
l'<'ro (tn cambio Sera'*' 
1 1 acá ettta afirmación, 
isteniendí» que en el 
« láneo <lc CJibraltar el 
fenómeno de la flexión 
(ie la base no 5e había 
|)r<jducido y, por el con- 
trario, debía existir una 
'xtensión de la base, 
>mo la observada entre 
los animales, compren- 
didos los antropomor- 
fos; además, el prog- 
natismo es leve, la j)arte 
inferior del cráneo es 
muy deprimida y el 
hueso timpánico está como aplastado, jírescntando una areta transversal semejan- 
te a la que se observa en e! gorila y chimpancé. Kl cráneo fué hallado en Forbe's 
Guarry y hoy es uno de los ejemplares más preciosos del museo del Colegio de 
Cirujanos de Londres; fué de.scubierto, sin estratigrafía bien definida, ni fósiles 
característicos, en 1848 y presentado ante el mundo científico en 1864. El exa- 
men de Boule determinó de una manera definitiva que pertenecía al antiguo tipo 
de Neanderthal '•'• (fig. 6). Recientemente, el Sr. Hernández Pacheco ha descrito 
este fósil diciendo: «El cráneo está incompleto, le falta la mandíbula, como tam- 
bién parte de la bóveda craneana, pero la cara se halla completa; es un cráneo 
muy dolicocéfalo, pequeño, de muy gruesas paredes, de cara ancha y maxilares 
salientes, aberturas nasales en extremo anchas, órbitas enormes, redondeadas y 
muy separadas, arcos superciliares abultadísimos en forma de visera, frente es- 
trecha, escapada hacia atrás; la fosa canina está substituida por una superficie 
convexa, como en los monos, siendo otro carácter simio la forma de herradura 
de la arcada dentaria. Este cráneo, de aspecto tan bestial, corresponde al sexo 
femenino o, si se quiere, a una hembra ^^^. » 

Muy interesante es la mandíbula de Bañólas, coetánea del musteriense y 
acerca de la cual los Sres. Hernández Pacheco y Obermaier han publicado una 
monografía i*'-''; fué descubierta, en 1887, en la toba caliza del llano de la For- 
miga, término municipal de Bañólas, por D. Pedro Alsius. La mandíbula apareció 
incluida en la toba lacustre del lago de Bañólas, a 5 metros de profundidad de la 
superficie actual. El cuerpo de la rama mandibular derecha es la parte que se halla 
en mejor estado de conservación; en cambio, la rama izquierda aparece rota en 
siete fragmentos, rotura producida cuando la extracción del fósil. Como carac- 
teres generales pueden apreciarse la gran robustez, la poca altura y la acentuada 
convexidad; es muy patente una depresión en el borde alveolar. Falta la emi- 
nencia correspondiente al mentón, y X^l placa vientoniana, en su porción inferior, 
presenta un débilísimo abombamiento y asciende con muy ligera obücuidad 
hasta el borde alveolar. La barbilla se indica por un triángulo apenas convexo 
que casi no se percibe; es el primer momento de esta parte tan desarrollada en 



LA PREHISTORIA 2y 

las razas superiores. Nada indica la existencia de una verdadera procminaicia 
mcntalis externa ; en su lugar hay una suave protuberancia media. El valor del 
ángulo de la sínfisis clasifica a la mandíbula en el tipo neanderthaloide. Con- 
serva completa su dentición y muy robusta. La apófisis coronoides está a la 
misma altura que el cóndilo y la escotadura sigmoidea es poco profunda; el 
ángulo mandibular es pequeño. Por último, parece ser que pertenece a un indi- 
viduo masculino ^'^*. Algunos caracteres secundarios, que apenas se inician, indi- 
can ya una ligera aproximación hacia la especie actual del hombre, siendo el 
más importante la barbilla naciente, en contra{)Osición a la falta absoluta de ella 
en otros ejemplares del Homo primigenius, como el descrito por el profesor 
Houle de La Chapelle-aux-Saints (Hernández Pacheco) (fig. 7 ). 

Todos los antropólogos convienen en la tesis de que a la primitiva raza de 
Neanderthal sucedió otra de tipo y caracteres distintos. Üurante mucho tiempo se 
ha creído que la segunda raza europea, en el orden del tiempo, era la de Cro- 
Magnon, en Tayac (Dordogne), estudiada por Luis Lartet; pero de su mismo es- 
tudio se deduce que el depósito nuigiialcniense donde se hallaron los esqueletos 
de Cro-Magnon, estaba removido, sosteniéndose hoy día, por Mortillet y Sergi, 
que se trata de una raza neolítica, si bien este último autor defiende, con ¡xjdero- 
sas razones, que las estirpes neolíticas ya existían al final del cuaternario. Algunos 
autores consideran anteriores al llamado viejo de Cro-Maf^on los cráneos dcLau- 
i^en'e y de Chaneelixde; el primero fué encontrado en 1872 por Massenat, en un 
yacimiento magdaleniense de Laugerie-Basse; el segundo ha sido descubierto 
por Hardy y Feaux, en 1888, al pie de las rocas de Raymonden, en el camino de 
Périgueux a Brantóme, en el municipio de Chancelade (Dordogne), donde exis- 
ten depósitos magdalenienses. Cartailhac, Lalande y Massenat observaron dete- 
nidamente el yacimiento del esqueleto de Laugerie, concluyendo que se trataba 
de un terreno magdaleniense no removido. El cráneo del esqueleto, aunque ha 
sufrido algo a causa de un desprendimiento rocoso, tiene el frontal redondeado, 
la parte superior bastante elevada, los sinus superciliares poco pronunciados, la 
mandíbula inferior fuerte y el mentón prominente; el índice cefálico es de 73,19 
y el fémur, de 451 milímetros, indica una estatura de 1*649. Sergi opina que el 
de Chancelade ofrece los mismos caracteres que el de Laugerie y ve, en ambos, 
ejemplares de la raza ettrafrícana, que procedente del Homus afn'ais, pasó de 
África a Europa, encontrándose gran uniformidad en las formas esqueléticas 
de los habitantes de cráneo alargado, tanto en la antigüedad como en los tiem- 
pos modernos, desde el Mediterráneo a la Escandinavia y hasta el país de los 
Somalis y el Atlántico *^. Testut dice del esqueleto de Chancelade que es de ca- 
beza voluminosa, con gran capacidad craneana, fuertemente dolicocéfalo, arcos 
superciliares no muy prominentes, órbitas altas, nariz estrecha y alargacTa, frente 
derecha, mandíbula inferior potente, mentón desarrollado, manos regulares, pies 
robustos, musculatura poco común y fémur arqueado. 

Dudosas son las indicaciones del cráneo de I' Olmo (Italia, 1863), pues Mor- 
tillet estima ha sufrido una deformación; los esqueletos humanos de Solntré 
no son hoy admitidos por todos como cuaternarios, ni el esqueleto humano 
de Booussé-Rotissé ni los huesos de Aurignac; algunos creen dudosos los datos 
aportados por el cráneo de Placará y el conocido cráneo braquicéfalo de Tru- 
<"A<*rí* (Saóne-et-Loire), encontrado en 1868 en las arcillas grises de los riba- 

HISTORIA DE ESPAÑA. - T. 1. - 4. 



26 



III.STOKIA DI. KSPANA 




Fig. 8. — Cráneo auriflaciense de Camargo ( raza de Cro-MaRnon). 
( Obermaier : El Hombre fósU.) 



/'}^ (Uú ."laoiia, muy ri- 
cos en restos de épo- 
cas diversas. Mucho se 
lia discutido sobre un 
nuevo tifio sub-braqui- 
< éfalo que recibió el 
nombre de rata de 
hurfúoz f)or haberse 
liallado en esta loca- 
lidad vanos cráneos 
|)rocedentes de Fron- 
tal (Héljjica). Quatre- 
lages y Ilamy, en su 
Crania ethnica, dan 
lu^ar muy importante 
a esta raza, pero Mor- 
tiilet la desdeña, diciendo que los hallazgos hechos por Dupont en la gruta se- 
pulcral belga, y frecuentemente citada como una sepultura magdaleniense, han 
sufrido el error inicial de tratarse de un depósito removido. Sergi, siguiendo 
a Verneau, cita un curioso tipo llamado de Grimaldi, que presenta caracteres 
nigroideos muy particulares y al que considera como anterior a Cro-Magnon ; 
curiosa es la presente aseveración, pues de ser cierta resultarla probada la exis- 
tencia en Europa de una raza negra en tan remota edad. 

Hoy es un hecho averiguado que las sepulturas del abrigo de Cro-Magnon 
(Dordoña) pertenecen al auriñaciense (Obermaier); contenían éstas los restos 
de un anciano y de una mujer con un feto. A la misma etapa pertenecen el es- 
queleto de Combe-Capelle (Perigord), los esqueletos de Solutré (Saóne-et- 
Loire), el esqueleto de Paviland (Inglaterra), la bóveda de cráneo de Ojcow 
(Polonia rusa) y las sepulturas de Grimaldi-Mentone. Son del solutrense el es- 
queleto de Laugerie-Haute, el de Neu-Essing Klause (Baja Baviera), el de Brünn 
(Moravia) y ios catorce esqueletos de Predmost (Moravia). Pertenecen al jnag- 
dalenieiise los esqueletos de Laugerie-Basse, Cap-Blanc (Dordoña), Raymonden- 
Chancelade (Dordoña), Duruthy (Landes), Les Hoteaux (Ain), como asimismo 
los cráneos de Mas-d'Azil (Ariége), Grotte des Hommes (Yonne), los restos 
de cráneo de Le Placard (Charente) y los dos esqueletos de Oberkassel (pro- 
vincia rhenana) '^^^. Deducimos de estos datos que los restos de Laugerie-Basse 
y Chancelade son posteriores al viejo de Cro-Magnon. 

En consecuencia, hay otra raza primitiva distinta de la de Neanderthal, lla- 
mada, por algunos, de Cro-Magno?i. Se diferencia de la raza de Neanderthal en 
que los arcos superciliares, tan desarrollados en ésta, sin desaparecer en la d' 
Laugerie, se suavizan notablemente; la frente es huida y se eleva, como tam- 
bién la parte superior de la cabeza, el mentón se halla bien pronunciado y la ti- 
bia es más Eilargada en la nueva raza. Pero esta raza, que podemos llamar, con 
Mortillet, de Laugerie, es como la de Neanderthal, dolicocéfala. 

Respecto a España también se han encontrado en ella restos humanos perte- 
necientes al paleolítico superior; así al auriñaciense corresponde el cráneo, bas- 
tante defectuoso, de Camargo (Santander), hallado por el P. Lorenzo Sierra (fig. 8). 



LA PREHISTORIA 27 

A la misma fase pertenecen una muela aislada de niño y una muela de adulto de 
la cueva del Castillo (Santander); además, en los niveles magdalenienses de esta 
gruta fueron encontrados pedazos, bastante grandes, de dos cráneos. Hernández 
Pacheco halló, en la cueva de la Paloma (Asturias), en el nivel magdaleniense , 
fragmentos de una mandíbula superior y de otra inferior y cierto número de 
dientes aislados pertenecientes a diversos individuos; también es del magdale- 
niense un diente aislado de la cueva de Cobalejos (Santander) '«'. 

El profesor Hoyos, Antón y otros, han considerado a la raza de Cro-Magnon 
como contemporánea del magdaleniense; sea de ello lo que fuere, el caso cierto 
es que en algunas cavernas de España y Portugal, como la Lóbrega en Torre- 
cilla de Cameros, la Solana y Novares de Ayuso (Segovia), de Torroella de Mont- 
grí (Gerona), de la Mujer en Alhama de Granada, del Tesoro (de Málaga), de 
Roca en Orihuela (Alicante), y en la llamada casa de Monta, en Portugal, se 
han encontrado huesos humanos que algunos autores dicen ser cro-magnanes. 
Don Manuel Antón y Ferrándiz señala en España otra raza, que apellida de Al- 
hama, fundando su tesis en unas observaciones hechas sobre cráneos encon- 
trados por el Sr. Mac-Pherson en la cueva de la Mujer y conservados en el 
Museo de Ciencias Naturales; en la cueva, el explorador halló objetos y lascas 
de pedernal, dientes perforados, un cráneo, un frontal, un fémur y una tibia. En 
otra galería superior halláronse un frontal y un parietal, pero la cerámica y unos 
objetos de metal allí encontrados hacen pensar al profesor Hoyos que la cueva 
es muy posterior a la época cuaternaria; a pesar de esto, sostiene luego cjue los 
cráneos son intermedios entre las razas de Neanderthal y de Cro-Magnon, a 
causa de su dolicocefalia, frente estrecha, altura vertical del cráneo, elevado ín- 
dice orbitario y leptorrimia muy pronunciada. 

Obermaier califica de inutilizables, por falta de indicaciones seguras sobre 
el yacimiento o la estratigrafía del hallazgo, los restos de San Isidro, con los de 
Perales (cerca de Madrid), los de la cueva de la Pileta (Serranía de Ronda), de 
la cueva de la Mujer (cerca de Alhama de Granada), de la cueva del Tesoro 
en el promontorio de Torremolinos (Málaga) y los del abrigo Agut de Cape- 
llades (Barcelona) ^^. Recientemente, el P. José M. Rodríguez Fernández ha 
encontrado, en la cueva de! Caballón (Burgos), trozos de cráneo dolicocéfalo, 
con índice 71*8, que cree pertenece a un individuo de la raza de Cro-Magnon, 
si bien afirma cjue es del período nuigdaleniense ^^. 

Es verdad que debe tenerse en cuenta la opinión de Mortillet acerca de 
la raza de Cro-Magnon, pero como también parece verosímil que razas de los 
primeros tiempos neolíticos hayan existido al final del paleolítico, como afirma 
Sergi, creemos no sería absurdo el admitir esta hipótesis para la raza de Cro- 
magnon, tanto más cuando se ha probado que los restos de Cro-Magnon son 
auriñacienses. Ahora bien, importantes son los trabajos realizados referentes a 
cro-magnones españoles, como los de Verneau, Antón, Fernández Casanova, Ca- 
brera y Díaz, Candau y Cañal, suponiendo este último que los emigrantes cro- 
magnones llegaron a la cuenca baja del Guadalquivir; algunos autores creen que 
la emigración de la raza siguió un itinerario.de irradiación desde el Perigord 
hacia Bélgica y Holanda, hasta el río Mosa, al O. y centro de Italia, y por 
los Pirineos penetraron en España, llegando luego a las Canarias. Estimamos 
de interés la hipótesis de la emigración ascendente en sentido inverso al an- 



j8 MISIOKIA I>K ESPARa 

terior, que concuerda con la luminosa conjetura de Scrjji respecto al hombre 
curafricano, y explica su presencia en Canarias por ser la raza de Cro-Magnon 
oriunda de África, pasando luego a Ms{)aña y al centro de Europa, rechazando, 
por tanto, esta opinión el origen hiíjerbóreo de los cro-magnones; Delmas y 
Hordier opinan que esta raza debía ser la que luego se llamó históricamente 
libio-i bera^ raza de genio artístico y de una mentalidad demostrada en sus obras 
desde la Dordoña francesa hasta el Egipto, que ocupó el SÜ. de Francia, 
gran parte de España, la Atlántida(?), las Canarias y el N. de África, siendo, 
en conclusión, guanches, atlantes, iberos, bereberes y libios una misma raza. 
Esta conjetura necesita aún de muchos datos para tener vLsos de admisible . 

Va\ Portugal, Oliveira y Quatrefages han estudiado una raza cuyos rí'stcjs se 
encontraron en los paraderos de los Cabemos del valle del Mugen, estableciendo 
el tipo Mullen o del perro, caracterizado i)or su braquicefalia, aunque a veces 
también presenta ejemplares dolicocéfalos. 

♦ 
* ♦ 

üe todo lo expuesto anteriormente, y atendiendo a las últimas investiga- 
ciones, el profesor Obermaier presenta interesantes conclusiones. El Paleolí- 
tico SUPERIOR, o sea las etapas auriñaciense, soltUrense y magdaUniense , están 
situadas cronológicamente en el último período glaciar y en sus fases postgla- 
ciares; el material antropológico correspondiente a este grupo presenta grandes 
analogías con el Hombre europeo moderno: el cráneo es largo y estrecho (doli- 
cocéfalo), la frente está muy desarrollada, la bóveda craneal es sumamente 
abombada, la capacidad de la caja craneana es de 1.600 cent. cúb. y la man- 
díbula es poco tosca y el mentón saliente. La talla del cuerpo varía y el re- 
borde superciliar {aráis supercili xris) se halla tan sólo en la mitad interna del 
borde superior de la órbita. Las diferencias entre los cráneos de este grupo 
son de poca entidad y responden más bien a variaciones individuales. Ober- 
maier da al grupo el nombre de Raza de Cro-Magnon, rechazando los de raza 
de Laugerie-Basse, de Chancelade y el de Homo atirigiiaciensis. Caracteres es- 
peciales de los esqueletos de la «Grotte des Enfants» hicieron que R. Verneau 
hablase de la raza negroide, llamada por él Raza de Grimaldi; Obermaier es 
de parecer que es prematuro hablar de una raza nueva y peculiar cuando no se 
conoce más que en este sitio y por dos esqueletos, de los que uno es muy 
joven y el otro es muy senil. Existe un grupo propio de Europa oriental repre- 
sentado por dos esqueletos de Predmost (Moravia), que constituirían la Raza 
DE Predmost, caracterizada por un verdadero torus siipraorbilalis. En general, 
todo este grupo del Paleolítico superior pudiera llamarse del Hoitio sapiens 
fossilis. : 

Hay otro grupo más antiguo, el del Paleolítico inferior, testimoniado 
por numerosos hallazgos musterienses, que corresponden al final del último 
período interglaciar y a la primera mitad del último período glaciar; este grupo 
está representado por el Homo neanderthalerisis u Homo primigeniíis. Su cráneo 
es grande, la porción facial está muy desarrollada, la frente es huida y apla- 
nada y sobre las grandes órbitas existe un rodete fuerte y continuo, llamado 
torus snhraorbitalis. La cara es prognata y le falta \2i fossa canitia: la mandíbula 



LA PREHISTORIA 29 

inferior es vigorosa y ia barbilla es rudimentaria. Los cráneos son estrechos y 
dolicocéfalos (La Quina, Spy, Neanderthal, La Chapelle-aux-Saints, Gibraltar), 
excepto el de Krapina, que parece braquicéfalo. La masa encefálica es absolu- 
tamente humana, pero le falta la organización fina y delicada, característica de 
tal órgano en el Hombre actual (Obermaier). Los huesos del esqueleto son 
toscos; la diáfisis del radio se halla fuertemente encorvada y la del cubito pre- 
senta una enrólenla muy característica. La tibia es maciza y el fémur fuerte y 
corto ; las vértebras del tronco son bajas y aplastadas. Su talla es relativamente 
pequeña, pues tiene 160 centímetros de altura por término medio. Boule y 
Schwalbe atribuyen el tipo de Neanderthal a una especie peculiar, no pudién- 
dose todavía asegurar si el Hombre actual procede directamente de su evo- 
lución, o si esta especie se extiende como rama lateral más antigua del árbol 
genealógico humano, sin dejar sucesores (Obermaier). Esta especie es real- 
mente humana, pero posee un conjunto típico de caracteres arcaicos, pitecoides, 
de los cuales carecen las razas actuales. 

£1 hallazgo de la mandíbula de Mauer ha dado lugar a la creación de otro 
grupo más primitivo, llamado del Homo heidelbergensis, que representa una 
etapa de la humanidad más antigua que el Hamo prímigenius. La mandíbula de 
Mauer no tiene ninguna anomalía patológica, pero sobrepuja en volumen a 
todas las mandíbulas primitivas; a su cuerpo grueso en exceso, corresponden 
unas ramas ascendentes extremadamente anchas. Falta en absoluto la barbilla 
y el retroceso del mentón es muy acentuado, por lo cual el fósil se parece, en 
su forma general, más bien a las mandíbulas antropomorfas que a las del Hom- 
bre. El individuo de Mauer era un verdadero Homo amentalis, mientras que el 
tipo de Neanderthal representa ya al Homo mentalis. Por último, A. Smith- 
Woodward califica al Hombre de Piltdown (Inglaterra) como un tipo nuevo pre- 
cursor del Homo sapiens y lo llama Eoanthropus Daivsoni. 

De acuerdo con las teorías expuestas i>or Obermaier, el profesor Hernán- 
dez Pacheco admite tres especies de hombres: Homo heidelbergensis {lA^nex), 
Homo neanderthalensis o pn'mii^enius (restos numerosos) y Homo sapiens (Gri- 
maldi, Cro-Magnon)^"**. 

Cultura del hombre paleolítico. — La leyenda ha referido que las razas 
primitivas fueron de gigantes, y nada más lejano de la verdad; el hombre de Nean- 
derthal y el de Laugerie eran de pequeña estatura, el color de su piel probable- 
mente obscuro y muy vellosos. El hombre paleolítico, al principio, no conoce el 
vestido, aparece en una época de temperatura dulce y no podía temer a las in- 
clemencias del tiempo; desnudo figura en los dibujos de Cogul (Lérida), Alba- 
rracín (Teruel), Alpera (Albacete; las cuevas del Queso y de /a Vieja). En cuan- 
to a su habitación, al principio, en el período chelense, vivía en las orillas de los 
ríos o de las corrientes de agua, refugiándose en los árboles durante la noche, 
buscando así amparo a los ataques de las fieras; los restos de su industria los 
encontramos en los aluviones fluviales. Frecuentaba también las mesetas, donde 
ha dejado numerosos ejemplares del hacha de mano; más tarde buscó abrigo en 
las cavernas, convirtiéndose en troglodita y abandonando sus hábitos nómadas 
para hacerse relativamente sedentario. Su principal alimento era la caza y su 
profesión distintiva la de cazador; Mortillet opina que la diferencia entre el hom- 



50 



HISTORIA DK ESPAÍ5A 




Fík. í). - Raspador ( Puente Mocho ). ( Cabré y Wernert.) 



bie de Nfandcrthal y el 
de Lautícrie es que el 
primero era trepador y 
el sejíundo corredor. 
Al principio cazó el ele- 
fante, con preferencia a 
otro animal, y después, 
en los últimos tiemfK)» 
cuaternarios, cazaba el 
reno y el caballo; ex- 
traía con una espátula 
o cuchara la médula o tuétano de los huesos. Quizá el mito de Prometeo indica, 
en su remota antigüedad, que el hombre fué dueño de la Creación cuando co- 
noció el fuego, y así suponemos que estas razas primitivas conocían el fuego 
(Torralba), pudiendo afirmarlo en absoluto de los últimos tiempos del paleolí- 
tico. En las cuevas de Alpera los dibujos representan cazadores con arcos y 
flechas en actitud de cazar ciervos, gamos y gacelas; van de cacería acompañados 
de animales cánidos y sus procedimientos recuerdan los empleados por los .sal- 
vajes de América en la época de la conquista'^' (hgs. i8 y 19). 

Dice Obermaier que el hombre de todo el paleolítico hacía una vida más 
o menos nómada, desconocía los metales y el arte de pulimentar la piedra, no 
disiioniendo de animales domésticos ni de cerámica. Durante el prethelettse, 
chelense y achelense el clima benigno hacía que el hombre del paleolítico infe- 
rior prefiriese la estancia al aire libre, acampando en las cuestas de los collados, 
al pie de los taludes o en los arenales de los ríos. En las orillas de los ríos 
encontraba los cascajos, que le proporcionaban nodulos de pedernal, guijarros 
de cuarcita, para confeccionar armas de piedra, talladas groseramente. Supone 
el citado profesor que existían armas de madera, las cuales, naturalmente, no 
han llegado hasta nosotros. Su ocupación era la caza de hipopótamos, elefantes 
y rinocerontes, de los cuales debía apoderarse por medio de trampas; el oso 
quizás lo cazarían encerrándole en sus cuevas, ahumando sus viviendas y ma- 
tándole luego. La caza de toros, 
caballos y cérvidos sería pro- 
bablemente por medio de ojeo 
o cerrando el paso a los anima- 
les en valles estrechos o en te- 
rrenos rocosos; las víctimas eran 
casi siempre animales jóvenes, 
hembras preñadas o individuos 
achacosos. La presa se prepa- 
raba en el mismo sitio donde 
sucumbió el animal; la parte 
utilizable era llevada al campa- 
mento de la tribu, abandonan- 
do el resto a las fieras. Cuando 

la caza escaseaba, la tribu se t,- ,^ -u. ^ -^ ■ ■.■ ,r. .. ^ . 

rig. 10. — Hacha ovoide muy primitiva ( Puente Mocho). 

trasladaba a otros territorios y (Cabré y Wemert.) 




LA PREHISTORIA 



31 




Fig. U. — Raedera ( Puente Mocho). 
(Cabré y Wemert.) 



el campamento abandonado era recubierto, 
con frecuencia, por los materiales depositados 
por los ríos al desbordarse, ocultándose de esta 
manera las huellas dejadas por el hombre 
siendo ésta la razón del hallazgo de utt n.silios 
y huesos en arenas y gravas *^^. 

La industria lítica sufre grandes modifi- 
caciones; comienza por la sencilla hacha de 
mano, primer utensilio de forma amigdaloida 
(fig- 13)) y ^1 rompe-cabezas, arma terrible del 
hombre chelense , y sigue por el perfecciona- 
miento en la talla del hacha de mano trabajada 
en dos facetas, constituyendo el tipo achelense 
(San Isidro y Torralba). YA achelense es la con- 
tinuación natural del chelense^ y así como éste 
toma su nombre del yacimiento de Chelles, 
pequeña población situada al E. de París, el 
achelense se denomina de este modo a causa 

de un barrio de Amiens llamado de Saint-Acheul; a los buriles macizos, raspa- 
dores, raederas con escotadura y raederas anchas (figs. 9 y 11), y utensilios de 
corte recto de tipo chelense, suceden el hacha fina triangular, el hacha lanceo- 
lada y las hachas-armas, que servirían de armas arrojadizas para la caza y para el 
combate (fig. 12). Es el chelense contemporáneo del Ilippopotamus ntajor, Ele- 
phas aníiquus, Rhinoceros Merckii, Equtis Stenonis y Trogontherium ; durante el 
achelense aparecen el Elephas primigenitis, el Rhinoceros tichorhinus y el Eqmis 
caballus en grandes manadas. En España existe un yacimiento, el de la cueva del 
Penicial (Asturias), que, según el conde de la Vega del Sella, pudiera representar 
un género de transición entre el achelense y el musteriense, constituyendo una 
forma arcaica perdurable a través de los tiempos, llegando hasta el paleolítico 
superior y quizás al neolítico *^^. 

Ya en la época musteriense comienza la decadencia del hacha de mano, dis- 
minuyendo en volumen y adoptando una forma triangular; aparecen otros tipos 
de forma subtriangular y cordiforme descuidadamente tallados, existiendo tipos 
de degeneración tosca y con forma casi chelense primitiva. Existen estratos de 
musteriense primitivo con un inventario muy sencillo de utensilios pequeños, y 
en el musteriense álgido se halla un conjunto industrial de esmerada ejecución 
en las formas pequeñas (fig. 15). Durante esta fase, la fauna cálida {Rhinoceros 
Merckii, Elephas aníiquus) se conserva en el S. de Europa, y en cuanto a Es- 
paña, en la parte septentrional. Gran influencia tuvo para el hombre el cambio 
de temperatura, los campamentos al aire libre se hacen cada vez más escasos y 
las tribus cazadoras se dispersan por las regiones montañosas, buscando abrigo 
en las cavernas ^^*. 

El paleolítico superior se desarrolla bajo un clima frío; el auriñaciense y 
solutrense representan una atenuación en el régimen climatológico, entre los 
dos máximos fríos del musteriense y magdaleniense (Obermaier). En este pe- 
ríodo el hombre vivía aún con frecuencia al aire libre, pero prefería por morada 
las cuevas. Cazaba el reno, el cual se presentaba en grandes manadas; su carne 



32 



HISTORIA DK ESPAÑA 




Achelense inferior. Hacha de mano de San Isidro (Madrid). 
( Obermaier : El Hombre fósil. ) 



y su (rrasa le servían de 
alimento, su sebo lo utili- 
zaba para el alumbrado y 
I al<'fa('ci<'»n, empleando su 
l»iel para cubierta y ves- 
tido; las astas y los huesos 
servían para hnes indus- 
triales y las tripas y ten- 
dones para li^ar y coser. 
Opina (Jbermaier cjue el 
r<Mio no fué domesticado. 
También eran objeto de 
caza el ciervo, el caballo 
silvestre y k)s bueyes sal- 
vajes, disminuyendo, en 
cambio, la caza de paqui- 
dermos. Ksto s<* explica 
j)or el cambio en los mé- 
todos de caza; la indus- 
tria del silex, más perfeccionada, construía armas arrojadizas de efecto contra 
la caza furtiva y fina, como asimismo producían el mismo resultado las lanzas con 
punta de hueso, asta o marfil, estando comprobado el uso del arco ( Alpera). 

Es el auriñaciense la primera fase del paleolítico superior y toma su nombre 
de la cueva de Aurignac (Haute-Garonne); tiene un primer matiz, llamado de 
Chatelperron (auriñaciense inferior), cuya industria tiene todavía aspecto mus- 
teriense. En el auriñaciense medio aparecen las grandes hojas con fuertes reto- 
ques marginales o totales, hojas con escotaduras simples o múltiples, buriles y 
en especial el buril de punta arqueada; son también tipos notables los raspa- 
dores aquillados, cónicos o gibosos. Además, surgen los instrumentos de asta 
y de hueso (punzones, alisadores, etc.), destacándose «la punta hendida auriña- 
ciense». Pertenecen al auriñaciense superior los buriles poliédricos y prismáticos 
y la punta pedunculada del tipo de la Font-Robert y la de la Gravette. Sigue 
al auriñaciense el solutren- 
se, cuyo nombre procede 
de la peña caliza de So- 
lutré (Saóne-et-Loire). El 
trabajo de la piedra llega a 
su perfección en la talla 
solutrensc porque se eje- 
cuta una labor por presión, 
resultando obras de gran 
finura y delicadeza que se 
distinguen por ser muy li- 
geras y elegantes; ejemplo 
de ello son las puntas en 

forma de hoja de laurel que ^. ,, ^.. , u u j ^ t ik /c^,oí 

■^ ^ Fig, 13.- Chelense. Hacha de mano de Torralba ( Soria ). 

se producen en el solu- {Ohermaitr: El Hombre fósil.) 




LA PREHISTORIA 

trense inferior, nivel llamado por esta causa « de la punta 
hoja de laurel» (fig. 14); este tipo va degenerando paulatina- 
mente hasta llegar en el solutrense superior a la « punta solu- 
trense de muesca». La industria del hueso sufre un estanca- 
miento y sólo al final aparece la aguja fina y provista de ojo. 
El mas^dalenicnse coincide con la última intrusión del 
frío del período j)Ost-glaciar; se extinguen el Ursus speUrus. 
Etcphas primi^cnins y Rln naceros tichorhiniis, prosperando 
considerablemente el reno y la demás fauna ártico-alpina 
Hacia la segunda mitad del magdaleniense superior s« 
hace notar un mejoramiento en el clima, los animales pro- 
piamente cuaternarios se extinguen y las especies supervi- 
vientes se reparten por sus actuales áreas de dispersión, p- 



33 




Cueva-abrigo 



de Cueto de la Mina. 
Tipos del solutrense 
superior. Puntas de 
hojas de laurel. 

(Obermaier: El 
Hombre fósil.) 



-omenzando en el centro y occidente de Europa el actual 
clima f(¿restal (Obermaier). Es el magdaleniense la fase 
culminante de la civilización del hombre de la época gla- 
ciar. Al fin del solutrense se opera, dice Mortillet, una gran 
revolución en la industria; la piedra es, en parte, substituida 
lH)r el hueso, el marfil y los cuernos de cérvidos; esta época se apellida magiui- 
lenieuse, y aunque la piedra subsiste en la fabricación de hojas, cuchillos, ras- 
padores y j)untas de flecha, el trabajo en marfil es tan abundante que Piette 
lia propuesto se llame a estos yacimientos lechos ebúrneos. El magdaleniense más 
antiguo tiene ejemplares de hueso y de asta en forma de azagayas macizas .y 
aplanadas, alisadores y varillas de asta. La mitad superior del magdaleniense se 
caracteriza por los arpones; al principio aparecen los arpones arcaicos provistos 
de dientes pequeños, después vienen los de una sola hilera de dientes punti- 
agudos y luego los ari)ones con dos hileras de dientes. Son también productos 
ilel magdaleniense las agujas finas, los delgados brazaletes, los cinceles cilíndriros 
los punzones, alisadores, propulsores y bastones de mando (fig. 16). 

Afirma Obermaier que el Paleolítico inferior se extendió por todo el globo, 
no sucediendo lo mismo con el Paleolítico superior, el cual parece ser una civi- 
lización mediterráneo- europea »'^ El comienzo de esta nueva civilización fué la 
resultante de la invasión de una ola de pueblos auriftacienses, que eliminaron 
por completo de Europa a la raza de Neanderthal. Algunos tratan de colocar el 

centro de formación de estos nuevos 
factores en la región mediterránea, 
pero este aserto no pasa de ser una hi- 
pótesis sugestiva. Comprende el au- 
riñaciense dos cuencas: la primera es 
la de Europa occidental y oriental, don- 
de está incluida España, y la otra es 
una provincia mediterránea que com- 
prende el NO. de África, constituyendo 
el auriñaciense africano, llamado Cap- 
sie7ise, que también se extiende ¡xjr la 

^•tu^",-^"^''^^^'-^ '"''"'"• península ibérica. Gracias a los descu- 

Utensilios musterienses. . ucat^u 

(Obermaier: El Hombre fósil.) brimientos de E. Hillebrand, sabemos 

HISTORIA llE FSPaSa. T. 1. - 5. 




34 



lilSTOKIA DB KSPAÑA 



<liu' el soliitrensc nació en lüiropa oriental; desde llun^^ria se 
I)ropat¡ó a Polonia, Austria y Moravia; de allí pasó a la Kuropa 
central, siguiendo el curso del Danubio, extendiéndose luego 
hacia la Francia central y del SO., y pasando después a la parte 
sei)t(rntri()nal de Mspaña. Así como la dispersión del solutrcnse 
se verificó de Oriente a Occidente, la del magdaleníense parece 
haberse efectuado de O. a E. (í)bcrma¡er). Opina el abate Breuil 
que la aparición del magdaleniense se debe a nuevos ¡lueblos; 
probablemente se propagaría desde los Pirineos franceses al Pc- 
rigord y hacia las regiones cantábrica y catalana. Kl magdale- 
niense español tiene en su inventario de tipos, ar|>ones y dibujos 
sobre omoplatos (pie son exclusivamente propios de esta jiro- 
vincia. 

Sensiblemente progresiva es la civilización alcanzada por el 
Hombre del Paleolítico superior y más adelantada que la de los 
pueblos primitivos. En los últimos tiem[>os del paleolítico se en- 
cuentran morteros de granito y montones de ceniza con carbo- 
nes, producto de combustión, que nos demuestran, como de- 
cíamos antes, la existencia de verdaderos hogares. También apa- 
rece en esta época el vestido, como puede comprobarse por una 
pintura de \z cuaui de la Vieja (Alpera), en la cual se repre- 
senta a dos mujeres con traje talar, faldas acampanadas y 
singulares monteras; sin embargo, podemos afirmar que no 
debía ser general, pues en el mismo .sitio, y al lado de la pin- 
tura sobredicha, hay otras en que figuran cazadores desnu- 
dos. Al principio sus vestidos pudieron c )nsistir en pieles de 
animales, pero más tarde debieron tejer y coser fibras de 
plantas, y a esto responde el que se hayan encontrado agu- 
jas de hueso. No eran refractarios a presentarse con ador- 
nos que hiciesen más imponente su fisonomía o embelle- 
ciesen su natural tocado, y así, en la misma cueva de la Vieja, se notan dos fi- 
guras con plumaje en la cabeza; adornos asimismo eran los collares de conchas, 
arracadas, perlas y botones de hueso. Dice Obermaier que existe en esta época 
un afán por coleccionar rarezas, tales como guijarros redondos, piedras al)i<ja- 
rradas, minerales vistosos y fósiles. 

Respecto al estado social se cree que en la época cheleuse vivían por ffare- 
jas, pero sin formar agrupaciones estables, uniéndose solamente para Icis batidas 
y el reparto del producto de la caza. De la existencia de la familia tenemos no- 
ticia por una pintura rupestre de Minateta, en la cual figura una madre que con- 
duce a sus hijos de la mano. Claramente se observa en algunas pinturas rupes- 
tres la descripción de combates prehistóricos, y en estas escenas bélicas se 
ve luchar unas tribus contra otras . El Sr. Hernández Pacheco encontró, en La 
Paloma, un arma que califica de inventiva diabóHca, pues consistía en una punta 
de base ahorquillada que ajustaba con gran exactitud en un extremo doblemen- 
te biselado de otra pieza complementaria; la punta constituía el remate de una 
flecha que, al ser disparada por el arco, penetraba en el cuerpo del animal o del 
enemigo y la base profundamente ahorquillada no podía ya salir por la herida, 




Fig. 16. Cueva del 
Valle. Bastón de 
mando, ornamenta- 
do con grabados. 
Asta de ciervo. 
(Obermaier: El 
Hombre fósil.) 




LA PREHISTORIA 

por impedirlo el extremo bífido, pe- 
netrando más y más en el cuerpo de 
la víctima: también se halló un sil- 
bato prehistórico, fabricado con un 
trozo de costilla y que quizás fuese 
utilizado para congregar las huestes 
prehistóricas ^^^. Ya en la época tnag- 
daleniense debían existir pequeños 
núcleos al mando de un jefe, como 
lo jjrueban, según algunos autores, 

los famosos bastones de mando he- ^,.^ ,. _ ^^^^^^ ^ raspadores de cuarcita de la 
chos de cuerno de reno, muy seme- cueva del Penicial. (Conde de la Vega del Sella.) 
jantes a los usados por los caudillos 

entre los indios de América. Kstos «bastones perforados» (de mando), cons- 
truidos con astas de ciervo o reno, llevan un agujero y a veces varios en su ter- 
minación inferior; se encuentran en el auriñaciense, pero donde se hallan mejor 
trabajados es en el magdaleniense, pues en ocasiones aparecen decorados con 
grabados y esculturas. También han sido interpretados como mangos de hon- 
das, como estacas para las cuerdas de la tienda, como extensores de flechas y 
hasta como bastones mágicos. 

Sucede al magdaleniense la fase aziliense, llamada de este modo por la 
cueva tuneliforme tle Mas-d'Azil (Ariége, Francia), donde descubrió E. Piette, 
en 1887, estratos intermedios entre los niveles del magdaleniense y los del neo- 
lítico. La fauna está compuesta del Cenms elaf>hus y Sus seroja ferus. En cuanto 
a la industria, el inventario de sílices va degenerando de una manera extra- 
ordinaria, constando de hojas sencillas, hojas raspadores, raspadores toscos, 
buriles grandes de punta lateral y un considerable instrumental de objetos pe- 
queños, como disquitos raspadores, pequeños raspadores cuadrados, microlitos 
geométricos; también ha degenerado la industria del hueso, que comprende 
punzones y alisadores muy sencillos y arpones anchos y toscos. Durante el solu- 
trense y el magdaleniense, en la parte central y meridional de España reinaba el 
íV//>j/<v/Jí' superior; los tipos del capsiense inferior, que eran análogos a los del 
auriñaciense, al llegar el capsiense superior van perdiendo de tamaño y evolucio- 
nando hacia las formas geométricas. El capsiense final es idéntico al tardenoisien- 
se; se distingue por la serie de tipos geométricos de su industria pétrea, hasta lle- 
gar a los microlitos con sus formas trapezoidales características. Pereira da Costa 
descubrió, en el valle del Tajo, en Mugen, unos « kjoekkenmoeddings » consis- 
tentes en grandes amontonamientos de conchas marinas; entre ellas no se halla- 
ron animales domésticos, a excepción del perro, ni piedra pulimentada ni cerá- 
mica; la industria está representada por instrumentos sencillos de hueso y 
numerosos tipos de microlitos geométricos de forma trapezoidal. Este descu- 
brimiento induce a Obermaieri"'' a establecer la teoría de que las raíces del tarde- 
noisiense francés están contenidas en el capsiense final de España, el cual, refor- 
zado, probablemente, por elementos africanos, avanzó desde la península ibérica 
hacia Francia; una de sus ramas occidentales chocaría con el magdaleniense 
cantábrico, explicándose el origen del aziliense por la mezcla de ambas indus- 
trias. Después del aziUo-tardenoisiense surge en España una fase típica, la del 



<rsíiir/\-/iS(\ que .se caiactcriza por los ¡iistnimrnios de cuan iia <-m lorma de |>ico 
aguzado; otro tipo os el de un (auto aplastado, rn el i\\\v una [jarte del Xnnác 
ha sido tallado en liisel por un solo lado |»ara producir una porción cortante. 
Hoy puede afirmarse que el asluricnsc |>ertenece a una época |>ost-pa1eolítica y 
post-aziliensc, correspondiendo al c|)ipaleolítico; probablemente se trata d** una 
modalidad regional lostera circunscrita a la región asturiana, o tal v( / 
cantábrica'"" (lig. 17). 

El Arte y la Religión de los paleolíticos.— La nota más saliente del final 
de los tiemjios paleolíticos es el arte; brilla de manera esf)lendente e inusitada 
en tan remuta edad, y sus primeras muestras parecieron invención de los ar- 
(pieólogos y obra de artistas muy posteriores, pues no |>odía concebirse que el 
hombre magdaleniense tuviera tan pc)deroso instinto artístico para producir las 
magníficas 1 tinturas de las cuevas cantábricas y las hguras de Albarracín. de Al- 
bacete y de Cogul. Kstos frescos prehistóricos representan escenas de cacería, 
danzas primitivas, caballos, bisontes, cérvidos, jabalíes y signos indescifrables; la 
reina de las cavernas, en este sentido, es la de Allamira, siguiendo su misnu» 
estilo las cantábricas del Castillo y la Pasieí^a. Kn la gran bóveda de Altamira*'"', 
llamada por Dechelette la Capilla Sixtina del arte cuaternario, aparece grabado 
el gran ciervo elaphus, caballos en color rojo, bisontes en negro y rojo, galo- 
pando, mugiendo o en diversas actitudes (l/uu. II); los colores empleadfis eran 
el ocre rojo y amarillo, delimitando las figuras por medio del negro. Los objetos 
de hueso encontrados en las cuevas de pinturas rupestres re{)resentan, en sus 
grabados, dibujos iguale-; a los de las {)aredes. Salomón Reinach dice que lo más 
culminante en estas obras es el realismo con que están ejecutadas; el segundo 
carácter es la sobriedad, y, por último, gustaban de representar á los animales 
en actitudes vivas y pintorescas '**. 

Hoy ya no se pone seriamente en duda la autenticidad de las pinturas ru- 
pestres, sobre todo después de la noble retractación de Cartailhac respecto a la 
cueva de Altamira, publicando su famoso artículo titulado: I^ ^rotte cT Alia- 
mira, niea culpa cituí sceptiqíie^^^ y colaborando luego con H. Hreuil en la mag- 
nífica publicación debida a la munificencia del príncipe de Monaco '**'*. Además, 
es incontrovertible que se conoce un cierto número de cuevas cuyas entradas 
estaban completamente obstruidas y eran del todo inaccesibles a partir del final 
del período cuaternario, y una de ellas es la de Altamira (Obermaier); otras 
siempre estuvieron abiertas, pero sus ornamentaciones rupestres estaban sepul- 
tadas bajo un nivel de escombros cuaternarios intactos, cuyas capas superio- 
res son más recientes que las que ocultan los documentos paleolíticos. Argu- 
mento de importancia es el considerar que los dibujos de animales en las 
precitadas cavernas comprenden una serie de especies que han emigrado o se 
han extinguido desde la época glacial (mamut, elefante, rinoceronte, león de 
las cavernas, oso de las cavernas, bisonte y reno), por lo cual deben ser con- 
temporáneos de sus modelos. 

Obermaier, siguiendo a Breuil, intenta un avance de cronología en las cue- 
vas de la pvo\\nc\dL franco-cafildbrica. La primera fase se presenta en el auriña- 
ciense inferior con grabados digitales, dibujos de animales de carácter primitivo 
y dibujos toscos de animales grabados con silex; las pinturas son repioduc- 



Lámina II. 




Bisonte machu. Cueva de Altaniira. 




Bisonte hembra acostado. Cueva de Altamira. 



H. de E. - T. I. 



LA PREHISTORIA 




Fig. 18. — Pinturas rupestres de Alpera ( Albacete ). 



ciones rudimentarias de animales pintados con líneas rojas o negras (cueva del 
Castillo). Constituye la segunda fase el auriñaciense superior con dibujos de 
animales bastante perfeccionados y pinturas monocromas. Del solutrense nada 
se sabe acerca de arte. La tercera fase es la del magdaleniense inferior, carac- 
terizada por mara\ illosos grabados y pinturas de dibujos negros modelados con 
color. El magdaleniense medio forma la cuarta fase, que se distingue por los 
« graffittis » muy finos, los dibujos de tinta plana y los comienzos de la policro- 
mía. La cueva de Altamira rei)resenta la quinta fase, correspondiente al magda- 
leniense superior; en ella triunfa la policromía y los grabados son escasos, pero 
trazados ligera y finamente. Los signos antropomorfos de Altamira y Hornos de 
la Peña se remontan hasta un awiíiacivnse bastante antiguo. De la segunda fase 
hay gran número de testimonios, sobre todo en Altamira, el Castillo y hasta pu- 
diera incluirse el gran caballo de Hornos. A la tercera fase pertenecen ciertas 
representaciones del Castillo, los grabados de Pindal y las figuras en rojo de 
Novales. La cuarta tiene representaciones en Altamira, Castillo y Pindal. Ejem- 
l)lo de la fase quinta es el maravilloso bisonte acostado de la cueva de Altamira 
y, en general, el techo policromo de la sala de entrada en la misma caverna. 

Se hacen reparos a la clasificación anterior en un interesante libro sobre el 
arte rupestre, debido al infatigable rebuscador D.Juan Cabré y Aguiló**'^; el 



38 



il I SI ORIA DK ESPAÑA 




.\ 



Fig. 19. Caza de ciervos. 
Pintura rupestre de la cueva de la Vieja. 



mf^rito do esta publu ¡iciou ha sido sefia- 
lado en un clojíioso epíteto del Sr. Mé- 
lida'^, al denominarlo verdadero corfms 
de las pinturas rupestres españolas. Ca- 
bré sostiene (jue existen fases anteriores a 
las admitidas ¡lor lireiiil,de8(onocida.saún, 
fundando su aserto en la perfección del 
arte moviliar en el antiguo auriftaciense, 
I(j cual denota una evolución y anteriores 
^ etapas. Claro está (|ue pudiera objetarse 

^Jíf*'' í- ^^ '1^^ ^' parylPÍismo entre el arte moviliar 

del que nos ocuparemos luego) y el arte 
rupestre no sea un hecho, respondiendo 
el primero a un progreso más acelerado 
que el rupestre, [lor ( ansas i\wv claramente 
no se nos alcanzan. Duda Cabré de la con- 
sistencia de las bases para fundamentar cl 
tercer período y no incluye en su clasifíca- 
ción el quinto. Las más famosas cuevas o 
abrigos déla región cantábrica, con pintu- 
ras rupestres, son las siguientes: Altamira, 
Castillo, La Pasiega, Hornos de la Peña, Covalanas y Santián, en la provincia de 
Santander; Pindal y la Peña, en Oviedo; la Venta de la Perra, en Vizcaya, y la de 
Atapuerca, en Burgos. De la cueva del Castillo son las siluetas de manos y el 
elefante en rojo. La de Pindal fué descubierta por H. Alcalde del Río, en 1908; 
es renombrado el bisonte policromo y el elefante en rojo pintados en esta cueva. 
Fué descubierta La Pasiega por Obermaier y Wernert, en 191 1, hallando en ella 
un santuario con maravillosas galerías de pinturas y trono cuaternario en roca; 
son notables la figura grabada de caballo y los ciervos pintados en rojo. La de 
Atapuerca, cerca de Ibeas (Burgos), descubierta por H. Alcalde del Río (1910) 
y estudiada por H. Breuil y Obermaier, encierra una cabeza de caballo grabada 
y unos signos muy curiosos. Sobre estas cavernas cantábricas se han publicado, 
por el Instituto de Paleontología humana de París, hermosas monografías, cos- 
teadas por el príncipe de Monaco ^*^. 

Todavía tienen mayor interés las pinturas rupestres de estilo naturalista de 
España oriental y del Sureste, constituyendo una característica de esta región 
las representaciones hu- 
manas, formando, con las 
figuras de animales, ver- 
daderas composiciones. 
Las producciones son de 
escaso tamaño y se hallan 
en nichos abiertos en la 
roca al aire Hbre, si bien 
protegidas por el techo 
del abrigo (Obermaier). 
El abrigo de Cogul (Lé- pig. 20. - Frescos de Cogul, con ciervos y bueyes. 




WH 



LA PREHISTORIA 39 

rida) fué descubierto en 1908 por R. Huguet y estudiado más tarde por Ceferino 
Rocafort, L. Vidal, H. Breuil y J. Cabré; el paño de pared pintado representa 
animales de estilo naturalista y contiene un grupo de nueve mujeres, desnudo el 
busto, los pechos flácidos y con faldas acampanadas hasta la rodilla (fig. 21). En 
Alpera (Albacete) hay dos abrigos, la cueva de la Vieja y cueva del Queso, des- 
cubiertas por P, Serrano en 191 1; en dos nichos se destaca una numerosa fauna 
(cabra montes y ciervos, bueyes salvajes, cánidos y gamo) y entre ella más de 
setenta figuras humanas, casi todas masculinas y desnudas; hay individuos dis- 
parando el arco, otros parecen jefes, por su tamaño y por las cintas de adorno; 
algunos van tocados con plumaje; hay tres mujeres, una de ellas corpulenta y 
desnuda (fig. 18); Breuil cree ver entre los animales dos alces, pero Cabré opina 
son ciervos ^'*^. Don Carlos Esteban descubría, en 191 3, tres abrigos en Val del 
Charco del Agua amarga, cerca de Alcañiz (Teruel), estudiados, en 1914, por 
J. Cabré; son allí notables las escenas bélicas, las figuras de mujer y una repre- 
sentación tíi>ica de la caza del jabalí. En Calapatá (Teruel) descubrían J. Cabré y 
Breuil cuatro abrigos (1903); notables son las figuras de hombres disparando sus 
arcos, pintados en rojo, en el llamado Barranco deis (iascons (Calapatá), y los 
ciervos pintados en rojo obscuro de la Roca liels Moros (Calapatá). Aunque de 
menos importancia, debemos mencionar los toricos de Albarracín (Teruel) ^^'\ el 
abrigo de Tortosilla, Cantos de la Visera y Monte Arabí, cerca de Yecla (Murcia), 
y dos abrigos descubiertos en 191 2 por J.Zuazo y estudiados por H. Breuil, Miles 
Burkitt y J. Cabré. De 19 17 son los hallazgos de Tirig (Castellón). 

Distínguense en esta región, segiin Breuil, cinco fases sucesivas, caracte- 
rizada la primera por dibujos lineares, ya pequeños y rojos, ora grandes y ne- 
gros (auriñaciense). En la segunda aparecen dibujos rojos de trazo poco firme 
(magdaleniense inferior .>). La tercera fase se distingue por dibujos de color rojo 
unido, de muy buena técnica, y la cuarta es de dibujos pardos o semipolicromos. 
Por último, la quinta se caracteriza por los dibujos policromos como los de Al- 
barracín (magdaleniense superior). 

Convienen los prehistoriadores en considerar paleolíticas estas manifesta- 
ciones artísticas del Oriente de España, afirmando Obermaier, de acuerdo con 
Breuil, que las reproducciones de animales de esta provincia coinciden, en esen- 
cia, con las del arte cuaternario rupestre de la provincia cantábrica (fig. 20); ade- 
más, no se ha encontrado, en la mayoría de estos abrigos, ningún instrumento de 
piedra pulimentada y parece están representados elJt>isonte(Cogul) y el alce (Al- 
pera) 1^. Dice Obermaier que las diferencias que se notan con respecto a la región 
cantábrica se deben a hallarnos en presencia de otra provincia etnológica perte- 
neciente al capsiense verdadero. Cabré, en su obra, nunca hace referencia al 
período capsiense, nombrando en esta región el aiiriñadettse y el magdaleniense 
como fases industriales. 

El coronel Willougby Verner, en compañía de Breuil, Obermaier y Cabré, 
exploraron, en 1913, la aiei'a de la Pileta, en Benaoján (Málaga), siendo 
agradablemente sorprendidos por el hallazgo de pinturas cuaternarias; en ellas 
predominaban los colores amarillo, rojo y negro, representando meandros, bandas 
serpenteadas (amarillas), el ciervo, cabra montes y caballo salvaje (amarillos), 
bisontes, rinoceronte? y otras figuras que recordaban las cuevas del Castillo, en 
Puente Viesgo, y la Pasiega, demostrando que el arte cuaternario fué cultivado 



40 IIIMOKIA DE ESPASa 

por una ra/a (\uv se. extendía desdo las montañíts «antáhric as hasta la parte más 
meridional de la moderna Anrlalucía '**". Muy interesante es el estudio sobre las 
cuevas andaluzas del extremo Sur de Kspaña, publicado p<»r Cabré y Hernández 
Pacheco "«í. 

Sostiene el Sr. Hernández Pacheco que es muy difícil el precisar la edad de 
las pinturas de los numerosísimos abrij^os y covachas descubiertos en esta co- 
marca desde la Sierra de las Cabras hasta el mar y desde M( dinasidr)n¡a hasta 
cerca de Algeciras, pues se han sucedido las civilizaciones primitivas en esta 
rej^ión, enlace de dos continentes. Son también interesantes el abrigo <le Palo- 
mas, cerca de Facinas-Tarifa (Cádiz), descubierto por lireuil en 1913, y la Tabla 
de Pochico, cerca de Aldea(|uemada (Jaén), abrigo explorado en 191 5 píír 
Juan Cabré. 

En Kspaña occidental, la serie de dibujos más inferior de los diversos abri- 
gos de las Hatuecas recuerda, al menos, modelos cuaternarios ((Jbermaier). 

Respecto de la pintura, dice Hernández Pacheco ''•*' (|ue es un verdadero 
óleo, pues consiste, generalmentí' <•\^ ''•\'u]<« (le hif-rro ni'>íl<l;.<l<.v 1 on :.l<'iina 
grasa animal. 

Del arte epipaleolítico estilizado ya nos ocuparemos al tratar *1< I n<olit¡(jo, 
pues no sólo es post-paleolítico, sino quf lle^a v tr;isii:iv;:i uroli-ililciiu-nte la 
primera fase de la piedra pulimentada. 

En cuanto al arte moviliar, tan abundante en Iraní la, tu; o p<Aa uprcsen- 
tación en España. Pertenecen al arte moviliar las obras de arte libre, tales como 
esculturas, representaciones en relieve o dibujos de contomo en piedra, asta, 
hueso o marfil, así como también aquellas expresiones artísticas decorativas re- 
producidas en los objetos de uso o de culto, como los bastones de mando, pro- 
pulsores y armas (Obermaier). Naturalmente la escultura, y el arte moviliar en 
general, aparece en el paleolítico superior, sincrónicamente con el arte rupestre; 
en España no hay modelos tan extraordinarios como el torso y cabezas feme- 
ninas de Brassempouy (auriñaciense), la cabeza de caballo relinchando esculpida 
en asta de reno de la caverna de Mas-d'Azil, ni nada parecido al caballo escul- 
pido en marfil de la gruta de Espélugues, en Lourdes, ni a los bisontes mode- 
lados en arcilla de la gruta de Tuc d'Andoubert (Ariége). Podemos citar como 
españoles: un radio de pájaro adornado con figuras de caballo y cabezas de 
ciervo estilizadas y un bastón de mando ornamentado con grabados, ambos de 
la cueva del Valle; en la cueva del Castillo se halló un ciervo grabado sobre un 
bastón de mando, en asta de ciervo (magdaleniense), y un fragmento de omo- 
plato de ciervo, con grabado de cabeza de ciervo (magdaleniense); otros bas- 
tones de mando ornamentados fueron encontrados en la cueva-abrigo de Cueto 
de la Mina (magdaleniense), y en la cueva del Parpallo (Valencia) se encontró 
una plaquita caliza ornamentada con el grabado de una cabeza de lince (?). Es 
también notable el hueso grabado con cabezas de ciervo y de cabra hallado en 
el magdaleniense inferior de la cueva de la Paloma (Asturias). 

Han tratado del arte prehistórico: Perrot y Chipiez^^^, en su obra monu- 
mental sobre la Historia del Arte; el abate Breuil^^^, en numerosos artículos 
y publicaciones; Cartailhac ^'^^ en varios estudios; Juan Dantín y Cereceda^*'', 
Schuchardt 19^, y el erudito director del Museo de San Germán en Laye, Salo- 
món Reinach^^^. Respecto a la industria son dignas de mención las obras de 



LA PREHISTORIA 4 1 

Lapicque ^^*', Raymond '^*, Fulgosio ^'^^ , Thieullen ^^ y Fremont ***. Última- 
mente, Juan Cabré daba a la estampa su citado Arte rupestre y la Comisión Je 
Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas sigue editando, sin interrupción, 
interesantes monografías sobre nuevos descubrimientos. 



Mortillet y Hovelacque han defendido la irreligiosidad de las razas cuater- 
narias; el primero de estos autores dice que desde el chelense hasta el fin del 
magdaleniense no hay huella de ideas ni sentimientos religiosos, no observándo- 
se en su arte representaciones monstruosas que señalasen un panteón primitivo, 
ni siquiera el culto de los muertos puede indicárnoslo**^, üe opinión muy distin- 
ta son Dechelette y Salomón Reinach, que descubren vestigios de hábitos 
religiosos en los primeros habitantes trogloditas. El culto primitivo debió ser la 
zoolatría, adoración de los animales o totemismo^^\ Cartailhac y Breuil han 
estudiado este problema en la caverna de Altamira, sosteniendo que estos antros 
tro ^loditas eran sagrados refugios dedicados a la magia primitiva, como puede 
pensarse por las danzas representadas en los dibujos, en ciertos signos rojos 
naviformes y pecliformes, las manos rojas ( de la caverna de l'uente Viesgo), las 
figuras con los brazos levantados en actitud orante, las máscaras de caza figuran- 
do cabezas de animales totemisticos, como para atraerlos a las cuevas, o en de- 
manda de perdón, antes de sacrificarlos, i>or representar algún Tabú del clan o 
de la tribu. Los bastones de mando han sido también interpretados, no como 
insijínias de la dignidad de los jefes, sino como varilla mágica del hechicero pre- 
histórico. Concluye por esto Menéndez y Pelayo que las danzas y pantomimas 
sagradas de los personajes humanos con máscaras zoomórficais inducen ciertamen- 
te a creer que las grutas del período magdaleniano no fueron otra cosa que 
cámaras sagradas destinadas a ritos mágicos *^. La montaña escrita de Peñalba, 
con sus extraños signos y perfiles de hcmibre con los brazos en cruz, hace pen- 
sar en cultos primitivos. 

Curiosas son las observaciones que se han hecho de las sepulturas del 
Hombre del Paleolítico superior, pues se hallan en íntima relación con su psico- 
logía y creencias religiosas. En las sepulturas de Le Mousticr y de la gruta de 
La Bouffia-Bonneval, cerca de La Chapelle-aux-Saints (Corréze), los cadáveres 
aparecen en posición de sueño; en la sepultura familiar de la Ferrassie (Dor- 
dügne), descubierta por Peyrony entre 1909 y 1911 (musteriense), uno de los 
cadáveres presenta una posición forzadamente flexionada. En estas sepulturas 
se hallan instrumentos de piedra a guisa de objetos funerarios y restos de ani- 
males. Es posible que estemos en presencia de documentos de un antiquísimo 
culto a los muertos, juntamente con la creencia de ultratumba; quizás se trate 
también de ofrendas o banquetes fúnebres, y acaso los restos de animal signi- 
fiquen la protección del sepulcro por un animal tótem. El cadáver de la Quina 
(musteriense) indica, por el sitio en que se halló, que pertenece a un aho- 
gado; pudiera ser que existiese un rito funerario consistente en la exposición 
de los muertos en el agua. Los restos calcinados de Krapina (musterienses) indi- 
can una antropofagia probablemente basada en causas psíquicas. Muchos de los 

HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I. - 6. 



42 HIS70RIA DK ESPAÑA 

huesos encontrados quizás sean amuletos o talismanes de ma^ia o protección 
(Obermaicr )-"•«. 

Tratando del Hombre del Paleolítico superior, dice Obermaier, en cuanttj a 
los bastones de mando, que los tipos más anti^'uos es posible tuvieran un uso 
práctico, pero más tarde parece haber sido exclusivamente sa^^rado, pues l<^s 
bastones del magdaleniense eran obras demasiado estéticas y muy frágiles; con- 
viene, pues, el sabio profesor con S. Keinach, si-steniendo s(m bastones mágicíjs 
que responden a un fin de conjuro o c(msagración. De la misma categoría le 
parecen los pequeños proi^ulsores. Las estatuítas femeninas y masculinas (Bras- 
sempony, Mentone, Laussel) pueden ser ídolos o fetiches. 1^ |)intura riipestie 
de Cogul representa, en uno de sus extremos, una danza sagrada en la cual 
bailan nueve mujeres alrededor de un hombre pequeño desnudo; se ha inter- 
pretado como danza fálica, lo cual no le (juita el carácter sagrado, ixjríjue para 
los primitivos la procreación era un gran enigma y sus dibujos del falo tienen 
casi siempre una significación religiosa (fig. 21). Dice asimismo Obermaier**' 
que la exageración del i)ene en algunas figuras de Al{)era y Cogul obedet:e quizá 
al uso de fundas protectoras, llevadas por Kjs cazadores. Cree el citado autor 
que los dibujos de animales representan el tótem. 1.a figura antropomorfa de 
Hornos de la Peña, como otras del extranjero, son pníbablemente más( ¡n.iv 
rituales que forman parte de danzas sagradas, que tienen grandísima im|>(>rtaiH 11 
en los pueblos primitivos de América y Oceanía. I^as mismas pinturas rui>estres 
atestiguan la existencia de la magia en las siluetas negativas de las manos, de 
contornos rojos y negros, faltando a veces algún dedo, doblado por s-ignifica- 
ción mágica (auriñaciense), o amputado, como hacen ciertos indígenas de Aus- 
tralia, ora por sacrificio, ya por rito mágico. 

El culto de los muertos presenta nuevos caracteres en el Paleolítico supe- 
rior. En la cueva auriñaciense « Des Enfants » se halló un cadáver de mujer en 
cuclillas y restos de niños; en la gruta de Cavillon se encontraron huesos con 
ocre, y en otra sepultura magdaleniense de la Dordoña se encontró un esqueleto 
agachado y recubierto de ocre. Los cadáveres a veces estaban instalados en 
fosas, en el suelo o encima del hogar; con frecuencia se colocaban piedras sobre 
el finado o se le adicionaban sus adornos. La posición en cuclillas, lograda por 
medio de ligaduras, y el atado de los muertos lo emplean los pueblos primitivos 
actuales para impedir la vuelta al mundo del difunto, y por la misma razón los pre- 
históricos los cargaban de piedrcis o sepultaban al revés y boca abajo. El lecho 
mortuorio de ocre mineral es frecuente entre los narrinyeri (Australia). La cre- 
mación no está todavía probada. La inhumación en dos etapas explicaría el hallaz- 
go de cadáveres incompletos; la etnografía demuestra la existencia de una primera 
etapa en la cual se entierra el cadáver por algún tiempo, hasta su descompo- 
sición, se exhuman luego los restos, se limpian los huesos y se adorna el cráneo. 
De esta clase de inhumación dice Obermaier que deriva el culto del cráneo, no 
siendo imposible que los cráneos hallados hubieran sido antes cabezas momi- 
ficadas, preparadas y adornadas. Notables son las copas talladas en cráneos, 
como la del Castillo; acaso serían de amigos, parientes o enemigos, o héroes, 
sirviendo ya de trofeos, talismanes o cálices, o vasos de culto. La leyenda del 
cráneo de Cunimond, en el siglo vi (de J.C.), sería quizás una reminiscencia 
paleolítica. 



LA PREHISTORIA 43 




Fig. 21. — Frescos prehistóricos con figuras humanas, de Cogul ( Lérida \. 

Concluyente es Obermaier en su opinión acerca del arte parietal, pues 
afirma que el troglodita fué arrastrado a la prolongada noche de las cavernas 
por un encanto místico, que le llevó a practicar en tales sitios la magia de la 
caza. Hoy día, en Annam, es costumbre grabar en la arena el dibujo del animal 
fjue se quiere cazar y en las cavernas del Castillo y la Pasiega se ven colocadas, 
sobre representaciones de animales, flechas o azagayas pintadas, como testimo- 
nios de los conjuros efectuados sobre ellos. En los abrigos del Oriente y SE. de 
España las escenas de combate pueden ser ex votos; es ésta una zona etno- 
gráfica distinta, que no sentía temor en dibujar la figura humana y tener los san- 
tuarios al aire libre ^*. 

Sobre esta cuestión merecen consultarse las obras de Leite de Vasconce- 
llos209, Cartailhac»'», Roskoff^", Reville^is, Nissen^i», Le Roy*" y Dechelette"*. 

En un opúsculo reciente, Ismael del Pan y Wernert ^^^ estudian la ceremonia 
ritual de Cogul representada en sus pinturas, y que llaman danza procreativa, 
observando que las figuras masculinas, tanto en Cogul como en Alpera, jjresen- 
tan un adorno j>eculiar en las rodillas (|ue parece ser una especie de jarretera; 
este adorno se ha encontrado también en las sepulturas paleolíticas de las grutas 
de Carillón, Banna (¡rande y Baousse da Torre, y es un distintivo honroso lla- 
mado /í?//í;/- que el anciano de la tribu, entre los habitantes de Timor, coloca al 
cazador de cabezas; lo mismo sucede en Nueva Caledonia. De estos datos con- 
cluyen los citados autores que el baile de Cogul, en vez de ser una danza procrea- 
tiva, como ha sido denominada, sea, en cambio, una ceremonia de investidura 
de un cazador de cabezas, pues en Timor, como en la representación de Cogul, 
las mujeres salían al encuentro del cazador afortunado (fig. 21). En Timor la cere- 
monia estaba en relación con el culto de los cráneos, que existía también en la 
época paleolítica, y este culto está íntimamente enlazado cjn las máscaras ritua- 
les que aparecen en las pinturas rupestres. Además, en la cueva del Castillo 
(Santander) se descubrió un cráneo humano tallado en forma de copa y parece 
que el culto de los cráneos es una derivación de la caza de cabezas humanas, 
pues la an/ro/iojagia de los primitivos es debida, en parte, a ideas metafísicas 
acerca de las relaciones entre el cuerpo y el alma, queriendo, como los actuales 



44 



HISTORIA DE ESPAÑA 



pobladores de Borneo, que cl cs|)ír¡tu de los enemigos se haga propicio, convir- 
tiéndose de adversí) en guardián de sus rivales. Kn un trabajo reciente"^, ambos 
autores formulan la siguiente conclusión: «Kl cazador <• guerrero desnudo, pero 
con las jarreteras en las rodillas, es el representante de la civilización magdale- 
niense del cuaternario superior del occidente de Europa.» 

Pablo Werncrt'"*, en un interesante opúsculo, ha estudiado la religión de 
las razas paleolíticas y en especial el nianismo; distingue el citado autor varias 
fases. La primera corresponde al paleolítico inferior y al Homo ncaudcrlhalensis. 
Se observa en ella la existencia de hachas de mano chelenses de un tamaño ex- 
traordinario, que pudiera significar un antiquísimo culto al hacha, como el actual 




Fig. 22. — Escena de caza con disfraz, de los antiguos indígenas de América. 



de los primitivos Pangue de la Guinea española. Los restos humanos de Kra- 
pina, testigos de una comida canibalesca, representan quizás una idea mágica al 
creer que comiendo carne humana adquirían las cualidades del difunto. El ani- 
mismo está supeditado a la magia en esta fase paleolítica, pues tanto el esque- 
leto puesto en cuclillas (La Ferrassie) como los colocados en actitud natural 
de descanso responden, en un caso, al temor, y, en el otro, a la creencia de que 
las almas permanecían inmóviles en su cuerpo sin poder hacerles daño alguno, 
como sospechaban del alma del individuo su eto de propósito, o sea el esqueleto 
con ligaduras. En la segunda fase, o paleolítico superior, la raza primitiva de 
Neanderthal es substituida por otras razas, constituyendo el tipo del Homo sa- 
piens fossilis. La magia en esta fase tiene gran preponderancia, manifestándose 
en las manos humanas con dedos mutilados (ritos), animales con arma hincada 
(magia de caza), hembras preñadas (magia de reproducción, en relación con la 
magia de caza), danzas con disfraces animales (magia de caza), falos y vulvas 
(magia de reproducción), animales veloces sobre propulsores y otras armas arro- 
jadizas (magia de armas); al mismo círculo de ideas perienece el empleo del 
ocre y el uso de sus lápices como colgante, las copas talladas en cráneos y los 
enterramientos de cadáveres agachados (Wemert)^^^. 

El Hombre del paleolítico superior, por la mayor comunicación o a causa de 
la mayor densidad de la población, creía dotados de alma a los hombres, ani- 
males, plantas y árboles, el agua, la atmósfera, el sol, la luna, las estrellas, los ob- 
jetos de formas raras, peñas y montes, en fin, todos los elementos de la naturale- 



NOTAS 45 

za; algunos documentos pictográficos paleolíticos parecen representar el sol. Este 
animismo se manifiesta con más evidencia en el culto a los espíritus de los an- 
tepasados (manismo) y en el culto a los animales o anifnalismo. La veneración 
a los antepasados humanos, por lo menos desde el magdaleniense inferior, se 
prueba por la figura esquemática de la varilla de Lourdes y por la representa- 
ción del colgante de Saint-Marcel, ciertos cantos pintados y algunas pinturas 
rupestres. Son todas representaciones del pensamiento elemental, igual en todos 
los hombres y por razón del cual puede compararse la ideología de los paleo- 
líticos'con la de los primitivos actuales. Opina Wernert que el dibujo esculpido 
en la varilla de Lourdes representa a un antepasado y el amuleto de Saint-Marcel 
es una zumbadera o bull-roarer como los usados por los australianos contem- 
poráneos, representando también una figura humana vista de frente. Algunos 
cantos pintados presentan la estilización de la figura humana, como las chtiringas 
actuales australianas. Estas figuras deben ser consideradas, según Wernert, como 
testigos del pensamiento elemental y producidas por distintos grupos étnicos, en 
distintos centros geográficos y en épocas también distintas; explicando esta afir- 
mación el que se prolonguen durante la fase a/iliense, lleguen al neolítico y hasta 
la edad de los metales. El empleo de la varilla de Lourdes pudiera ser como 
talismán si se compara con los talismanes Korwar de los papuas actuales, que 
presentan la misma forma. Relacionada con el culto de los antepasados es la 
ofrenda de trofeos. El animalismo existe por la veneración de ciertos animales, 
que consideran como genios tutelares (el elefante de Pindal). Asimismo tuvo 
lugar el totemismo. La tercera fase comprende el epipaleolítico y es la época del 
Homo sapiens; en ella predominan las formas de religión del paleolítico superior 
( magia, animismo, manismo y totemismo ). 

De las máscaras paleolíticas ha tratado Waldemar Deonna; los descubri- 
mientos de Capitán en Dordoña llevan a Deonna a la afirmación de la existencia 
de máscaras cuaternarias, que pueden observarse también en Altamira y Cogul, 
y cuyas ceremonias convienen con las de los indios americanos o las de los primi- 
tivos actuales ^^ (fig. 22). Deonna cree que estas máscaras se deben a la inclina- 
ción natural de los hombres a la caricatura, llamándolos humoristas inconscientes; 
Luquet lo atribuye a la imperfección del dibujo en los paleolíticos y Breuil sos- 
tiene (lue las máscaras no las pintan por afán de contradecir o tergiversar lo 
natural, sino como reflejo de hallarse acostumbradas las imaginaciones al es- 
pectáculo de las mascaradas rituales, que comenzaron en pleno paleolítico con 
los disfraces de caza y los indumentos mágicos -^^ En Oña se han encontrado 
mascarillas formadas por las dos piezas superiores del hueso sacro ''^. 



NOTAS 

' Juan Dantín y Cereceda: Resumen Fisiogrático de la Península ibérica, Madrid, 1912, 
página 18. 

' Dantín : ob. cit., págs. '22 y 23. 

3 Antonio Blázquez y Delgado Aguilera: España y Portugal. Barcelona, 1914, págs. 10 y sigs. 

■* Marcelo Dubois, I. G. Kergomard y Lt'i« Laffitte: Précis de Géographie Économique, 
París, 1909, pág. 345. 

^ Blázquez: ob. cit., págs. 78 y sigs. 

" Dantín: ob. cit., pág. 217. 



46 HisrokiA i/i, I ,./! >A 

' Ai.iMAN\ \ Iíui.iiik; La neograrut de la Península ibérica en lua le^iui, de lou etcritort» 
fíriefíos, artículos piil)licad(>H en la Revista de Archivo», Hiblioteca» y Mumo», a/ion ISIWy 191(1. Hay 
una edición de 1912. 

" Tal es, al menos, la opinión de Müllenhoff ( Deutsche Aíterthumabitnde, I, Berlín, 1K70); hay, 
sin embarco, autores que no admiten ese parecer. 

" Anto.sio Bi.Xzgi'KZ: til Periplo de Himilco, Madrid, 1909. 

'" C. MOi.i.KR : De Sa/l<ix Canianüense, en el tomo I de Geographl graeci minore», edición 
Didot, París, 1H82. 

" (ieofíraphi graeci minores, tomo I, pá^. 3K¿. No citamos El l'eriplo de Hannún, pue» se 
refiere a las costas africanas del Atlántico: la escuadra de Hannón, sin embarco, salió de Cádiz. 
seKún Plinio. 

'* Antonio Bi.AzguKZ : Pyteas de Marsella, /i'studio de su exploración del Occidente de Europa. 
Madrid, 191.1. -V. Fn)Ki. Fita: juicio crítico (fíoletin de la Academia de la Historia, tomo I.XIi 
página 49'2 ). 

'■' frafrm. Iiist. uraec. ed. Didot, París, 1874, tomo I, pá({. 243, fraKmentos 38 y vi^uienteN 

'* Erufínt. hist. graec, ed. Didot, París, 1H74, fragmento 3. 

'•'■ Polibio en la ed. Didot. Hay una traducción de Rui Bamba en la Biblioteca Clásica. 

'" V. : Eranm., citados, ed. Didot, pá^s. 245 a 296. 

'" Eraam., ed. Didot. 

'" Qeofíraphi grueci minores, ed. Didot, tomo I. 

'" Ed. Didot, París, IKU y Teubner, LeipziK, IMIT). 

»" PoMPONio Mki.a : De Chorograp/iia libri tres. Recognoolt Carolas Prlck, Leipzig, IfíSO. De 
Situ orbis libri tres, LeipzÍKi Tauchniz, 1H.Í1. 

»' Ediciones Teubner, Tauchnitz y Panckoucke. La primera ofrece más varianteH y es posterior 
a las dos últimas. 

" Cjeoffraphi ffraeci minores, vol. 2, pá^. 101 de la ed. Didot. 

*' Pueden consultarse en los Eragm. hist. graec. 

** Claudio Ptolo.mf.o: Ed. Didot, París, 1883, preparada por C. MUiler; otra ed., 1901. 

*^' Julio Solino: Poli/histor., ed. de Florencia, 1.")I9. 

■' En Geographi graeci minores, tomo II. Hay dos traducciones de una obra Krie^a perdida, 
compuesta por un aficionado, que nació en Alejandría después del año 350 p. J.C. ; contiene ligeras 
noticias sobre España. 

*^ Trata de los ríos, lagos, bosques, pantanos, montes y gentes que mencionan los poetas; 
habla poco de España. Puede con.sultarse la edición de Florencia, 1519. 

* Aetici cosmographla... ex fíibliotheca P. Pithaei cum scftoliis Josiae Simleri. Basilea, 1575. 

* Geographi graeci minores. 

** Poetae latini minores, Bib. Lemaire. El texto geográfico de la primera obra ha sido publi- 
cado y traducido por D. Antonio Blázquez en El Periplo de Himilco. V. Reoue Archéolttgique. 
t. XV, págs. 54y81. 

*' Ed. de Berlín, 1848, preparada por ü. Parthey y M. Pinder. 

^ Publicada en 1591 por Marcos Velser. V. Reoue Archéologique, XI, 514; XII, 3W, y XX, 300. 

*' Ed. Didot. 

•" Ed. Didot, Geogr. gr. min. 

^ ídem, id. 

* Boletín de la Sociedad Geográfica, tomo VI. España y sus antiguos mares, 1895, Journal 
des Saoants. 

'" Antonio Fernández Palazuelos : Demarcación geográfica de la España Romana. 

*■ Miguel Cortés y López: Diccionario geográfico- histórico de la España Antigua, 1835. 

* J. M. Anchoriz: Ensayo de Geografía histórica antigua, Madrid, 1853. 
*" Hübner: Ephemeris Geographicce, Madrid, 1853. 

*' Marcelino Gutiérrez del CaSo: Motas para la Geografía histórica de España, Valladolid, 
1891 ; Elementos de Historia de la Geografía, Valladolid, 1895. 

*- M. A. Daubrée : España y sus antiguos mares. 1895; Journal des Scoants ( juicio crítico de la 
obra de Botella ). 

*' Reqinal Lañe Poole : Hístorical Atlas of modern Europe from the decline of the Román 
Empire, 1902. 

*• C. DE Charencey : Recherches sur les noms des points de l'Espagne, Caen, 1882. 

*^ Orosii : Historiantm libri septem... recensuít Sigebertus Hacercampus Lugduni Bataoo- 
rum, M.DCCXXXVIII. 

** San Isidoro de Sevilla. Mapa Mundi. Primera publicación en castellano de un libro de Geo- 
grafía del sabio Arzobispo español, por Antonio Blázquez y Delgado Aguilera, Madrid, 1908. 

*' La Hítación de Wamba. por Antonio Blázquez. Revista de Archivos, Bibliotecas y Mu- 
seos, 1907, tomo I, pág. 67. Hemos de consignar que esta segunda parte, relativa a los geógrafos que 
dan noticias de España, la hemos tomado de nuestro libro : Cuestiones históricas, Madrid, 1913, unas 
veces a la letra y otras adaptando el texto al fin perseguido en este epígrafe. Declaramos, además, 
que este estudio se debe exclusivamente a mi colaborador D. Pío Ballesteros, y por ello, previo su 
consentimiento, lo he hecho con más libertad. 

^ Marcelino Menéndez v Pelavo: Historia de los Heterodoxos españoles. Madrid, 1911. 

** Emilio Hübner : La Arqueología de España, Barcelona, 1888. 

^ Thomsen : Om Nordiske Oldsager af Steen en A'ordisk tidskríft for Oldhi/ndighed, tomo I, 
2." parte, 1833. 

5' Thomsen : Ledetrand til Nordish Oldkyndighed, 1836. 

"- Florián de Ocampo : Crónica, 1543. 

■•^- Iuan Marqarit : Hispanice libri decem ( Granada ), por Sancho Nebrija, 1545. 



NOTAS 47 

^ Ambrosio dk Morales: Antigüedades de España, 1577; Viaje de 1572. Ed. de Sangrador, 
Biblioteca Histórica Asturiana, Oviedo, 1864. 

'• Dr. Bernardo Alderete : Antigüedades de España y África, 1614. 
■•^ Huerta v Veua : España primitioa, 1738. 

* Luis José Velázquez, Marqués de Valdeelores: Anales de la nación española desde el 
tiempo más remoto hasta la entrada de los romanos, Málaga, 1759. 

" Richard Twis : Travels through Portugal and Spain, 1772-1773, Londres, 1775. 

* PoNZ : Viaje de España, Madrid, ¡barra, 1778. 
"" Masdeu: Historia critica de España, 1783. 

'■' Juan de Dios de la Rada v Delgaix), y Juan MalibkAn: Memoria que presentan al Excelentí- 
simo Sr. Ministro de Fomento, dando cuenta de los trabajos practicados y excavaciones hechas 
para el Museo Arqueológico Nacional, Madrid, 1871. 

«í TvHwo: Historia y progresos de la Arqueología prehistórica, Museo Español de Antigüe- 
dades, 1. 1, pág. 1. 

"" Manuel Sales v Ferré : Prehistoria y Origen de la Cioiliíación, Madrid, 18K). 

■>* Juan Catalina Gar(ía: El hombre terciario (Discurso leído en la Juventud Católica de 
Madrid en la apertura del curso de 1879 a 1880 por su presidente J. C. G.); La Edad de Piedra y el 
hombre terciario ( 1878-1879), Biblioteca de la Academia de la Historia. 

*' Francisco Martorell v PeSa : Apuntes arqueológicos, Barcelona, 1879, ordenados por don 
Salvador Sampere y Miguel, Gerona, 1879. 

'''' P. í-"iDEL Fita : El (ienindense y la España primitiva ( Discurso leído ante la Academia de la 
Historia), Madrid, 1879; ( carta sobre la svástica » en la 'Cantabria» de Fernández Guerra, Ma- 
drid, 1880); Prehistoria, Boletín de la Acad. de la Historia, II, 35, 351 ; IV, 166; XXII, 579. 

"• M. E. Cartailhac: Les Ages préhistoriques de I' Espagne et du Portugal, Preíace M. A. áe 
Quatrefages, París, Reiwuald, 1886. 

* Juan Vilanova v Pilra: Estudios sobre ¡o Prehistórico ^spoiio/, tomo I, «Museo de Anti- 
güedades), págs. 129-143, 18ífc!; Prehistórico español. Época neolítica o de la piedra pulimentada. En 
el mismo tomo del ' Museo », págs. ,'>41-óOO : Historia de nuestro planeta : Protohistoria (Discurso de 
recepción leído ante la Acad. de la Historia el 29 de Junio de 1889 i; Congreso de Antropología y 
Arqueología prehistóricas celebrado en París en Agosto de 1889, pág. lüH, tomo XVll del Bol. de la 
Acad. de la Historia; Artículos, en el Bol. Acad. de la H.», tomo XIV, págs. 16, 413; XV, 192, 194; 
XVII, 108, 113, 120, 350; XIX, 18, 512, 513; XX, 619; XXI, 188; XXII, 105, óflO; y con D. Juan de Dios de 
la Rada y Delgado: Geología y Protohistoria ibéricas, vol. de la Historia General de España, pu- 
blicada por el Progreso editorial, Madrid, 1893. 

"" Li'is SiRET : Orientaux et Occidentaux en Espagne anx temps préhistoriques. Revue des 
questions scientifiques. Bruselas, Octubre, 1906, y Enero, 1908 ( tirada aparte ); en la misma Revista, 
págs. 489-544, Octubre, 1893, un artículo sobre descubrimientos en España de la época neolítica; 
otros artículos en el B. A. H., tomos XI, págs. 283, XII, 90. 

'^ José Rullan y Mir: Ensayos de Agricultura y prehistoria, Sóller, imp. de «La Sinceri- 
dad», 1900. 

'• Eloy Navarro Tarazona: Lecciones de Historia primitioa, Zaragoza, 1901. 

'* Pedro París: Correspondant de l'Institut, professeur a l'université de Bordeaux, Essai sur 
l'Art et ¡'industrie de I' Espagne primitioe (dos tomos, 1903-1901, París, E. Leroux, editor); L'ar 
chéologle en Espagne et en Portugal, Bulletin Hispanique, Enero y Marzo, 1913, y Abril y Ju- 
nio, 1913. 

^ José Ramón Mélida : Iberia arqueológica ante-romana ( Discurso de recepción leído ante 
la Acad. de la Historia), Madrid, 1906. 

'•* Ildefonso Rodríguez y Fernández: Prehistoria. Ensayo de metodiíación, Madrid, 1906. 

" Juana OntaSón: Prehistoria, La Escuela Moderna, Septiembre, 1910. 

™ León Joulin : Les ages protohistoriques dans le sud de la Erance et dans la peninsule hispa- 
nique. Revue Archéologique, Julio-Agosto y Septiembre-Octubre, 1910. 

■" Marcelino Menéndez v Pelavo : Historia de los Heterodoxos españoles ( segunda edición 
refundida), Madrid, 1911. 

■" Huuo Obermaier : El Hombre fósil, Madrid, 1916. (Comisión de investigaciones paleontológi- 
cas y prehistóricas.) 

'» Cartailhac : Les ages préhistoriques de V Espagne et du Portugal, París, 1886. 

* Huuo Obermaier : El Hombre fósil, Madrid, 1916. 

*" Juan Vilanova y Piera y Juan de la Rada y Delgado: Geología y Protohistoria ibéricas 
(volumen de la Historia General de España, publicada por el Progreso editorial), Madrid, 1893. 

"** Hugo Obermaier : El Hombre fósil. Madrid, 1916, págs. 3 y 11. 

•" Gabriel y Adriano de Mortillet : Préhistoire, origine et antiquité de l'homme, París, 1910. 

** Obermaier : ob. cit., pág. 301 ; M. Schlosser : Les Sínges fossiles du Fayoum ( L'Anthropolo- 
gie, 1912, pág. 417 ). 

"^ E. Morgan : L'homme tertiaire, París, 1898 (de escaso valor) ; G. Schwalbe : Studien über 
Pithecanthropus erectas Dubois (Zeitschrift für Morphologie und Anthropologie, t. I, 1899 ); Mar. 
QUÉs DE Nadaillac: L' Homme et le Singe (Revue des questions scientifiques, Julio-Octubre, 1898); 
L. Manouvrier: A propos de la reconstitution plastique du Pithecanthropus (L'Anthropologie, 1901, 
pág. 263); V. Giuffrida-Ruggeri : La posizione del bregma nel cranío del Pithecanthropus erectus 
(Atti della Societá romana di Antropología, t. X, 1904); J. Deniker: L'áge du Pithecanthrope (L'An- 
thropologie, 1908, pág. 260); L'expedition de .Mme. Selenita a la recherche des restes du Pithecan- 
thropus (L' Anthropologie, 1911, pág. 551). 

** Florentino A.meühino: Montonera antropomorfa, un género de Monos hoy extinguido de la 
isla de Cuba (Anales del Museo Nacional de Buenos Aires, t. XX, 1910, pág. 317); La antigüedad 
del Hombre en la República Argentina (Atlántida, t. III, 1911). 



^8 HISTORIA DE ESPaSa 

"■ Obkhmaikk: ob. cit., púuí. Mft, Amoldo Brass (1914) neflaló lo defectuono dr la recon»frucción 
de Dubois y reconstruyendo de nuevo el fósil de Trinil, evitando todo defecto, renultó la cabeza de 
un verdadero hombre ( Jaimp PujnJLA, S. J. : iberia, lOK», póK- 1I0>. 

"" Nii.s Oi.oi' Hoi.st: i.e commencement et la fin de la per/odí' AT/oc/a/re, étude Keol»íKique 
L'AnthropoloRie, 19I.Í, póK. ÍTti. 

"> Obkrmaikr: ob. cit., pan. '2\. 

<*" Ohkrmaip.r : ob. cit., pá^s. 152 y ñ\s(ñ. 

•" Mah<íI!í:s di: Ci khai.mo: Torralha; la estación tiumana más anticua de F.urttfir- ■—•'■ ' •^ hoy 
conocidas (Conferencia leída, el día 19 de Junio de l!)l.í, en el siii<'m de actos d«'l ' Me- 

dicina de Madrid. Sección 4." Ciencias naturales. Asociación Kspañola para el ProK" ^ '*"- 

cias. Congreso de Madrid, tomo I, secunda parte ). 

" Boiii.h: I.'Anthrof)oloffie. tomos X y XI (se refiere a coHafi afines a ios yacimiento* de To- 
rralba ). F'omhi.: Monograpliies de /^ileontftoloffle publiées par le service de la Carie géologtqiu 
de l'Aluerie ( se relaciona con los descubrimientos de Torralba ). Josuti Dk mh.h tk : Aé»* fouUle» 
dii Marqiiis de Cerralbo, Comptes rendus des séances de l'année 1912 ;i |A( ad.-im.- Mis InKcription* 
et Belles-Lettres, F^arls, 1912. 

'" Obkrmaikr: ob. cit., póRs. 100 y 190. 

'" Cartaii-hac: ob. cit., pá^s. '¿4 y 25. - M.M. En. Vkrnhi'ii. y Loi.is L.vkii.i ; Tratan de un silex 
encontrado en el dilinniim de los alrededores de Madrid. Extrait du Bull. de la Société CiéoloRÍque 
de Frunce, 2." serie, tomo XX, páy. (i9K, sesión de 22 de Junio IH63. Casiano dk.i. Phaik): Descrip- 
ción física !i fíeolófíica de la provincia de Madrid. Madrid, lt*i4. Fran< is< o Tihino: /■studioa 
prefiistórici)s: /). Casiano del í'rado. HnWUn Revista de la Universidad de Madrid, tomo II, sec- 
ción 1.", 1870. - Cazurro: Hacha paleolítica y fósiles descubiertos en eigredón de los altos de San 
Isidro, Anales de la Soc. Española de Hist. Natural, 1880. 

"■■' Ht'do Obkrmaikr : l.'honime qiiaternaire dans la province de Santander (PT&hMorifiche Zeit»- 
chrift, Berlín, I); l.'hoinme qnaternaire en Hspagne ( Siociété Antliropologique de Vienne, XXXX ); 
La Psychologie de l'homme qualernaire ( KeKcnsbur«, I ». 

>* Harlé : Essai d'une Liste des mammiféres et oiseanx quaternaires connus ¡usqu'ici dans la 
Peninsule Ibérique (Presentado a la Sociedad Cieográfica de Francia en 8 de Noviembre de 1900 y 
en el Boletín de la Real Academia de la Historia, Diciembre, 1898). 

*'■ Cartaiijiac: ob, cit., páR. 32. 

* L'AnthropoloRie. 1913; La Pasiega á Pítente- Viesgo (Santander), por M.M. I'abbé H. Breuil 
et le Dr. H. Obermaier, et H. Alcalde del Río; Monaco, 1913, imp. a expensas de S. A. R. H Príncipe 
Alberto de Monaco, Institut de PaléontoloRíe humaine. 

>* Obkrmaikr: ob. cit., pÓRS. 167 y sigs. 

**^' Mahcklino Sai'tl'oi.a: Hreves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la proolncia 
de Santander, Santander, 1880. 

•*" Juan Vii.anova y Pikra: Conferencias dadas en Santander. Sept., 1880. 

•"» Eduardo Harlé: Les Matériaux pour l'Histoire primitive de l'homme. La grotte d'Altamira, 
tomo XVII. 

»" El doctor L. Capitán, profesor del Colegio de Francia y de la Escuela de Antropología, 
miembro de la Academia de Medicina; el abate Enrique Breuil, profesor de Prehistoria y Etno- 
grafía en la Universidad de Friburgo, y Peyrony, instituteur de Eyzies : La Caoerne de h'ont-de- 
Gaume aux Eyzies (Dordogne ), Monaco, 1910 (bajo los auspicios del Príncipe Alberto de Monaco); 
Eduardo Pikttk: ¡iiatus é Lacune. Vestiges de la periode de transition dans la Grotte du 
Mas D' Azii (Extrmi des Bulletins de la Société d'Anthropologie. Seances de 18 Avril 1895), Beau- 
gency, 1895. 

'** Emilio Cartailhac y el abate Enriquk Brkuil: Peintures et gravares murales des cavemes 
paleolithiqnes. La cáveme d'Altamira a Santillane (prés Santander. Espagne), Monaco, 1906. 

•<» Conde de la Vega del Sella : Paleolítico de Cueto de la Mina (Asturias). Madrid, 1916. 

"* Alsius y Torrent : Serinyá y Caldas de Malavella ( en el « Anuari de I 'Associació d ' Excur- 
sions catalana», pág. 531, año 1882); Manuel Cazurro: Las Cuevas de Serinyá y otras estaciones 
prehistóricas del A'E. de Cataluña. Anuari del Instituí d'Estudis Catalans, 1908; hay otra edición de 
Barcelona, 1910. En L'Anthropologie, pág. 685, año 1911, habla del trabajo de Cazurro sobre la cueva 
de Serinyá. 

'"• Cartailhac: ob. cit., pág. 38. 

•* E. Harlé: Ossements de Renne en Espagne (V año, 1908, pág. 573, L' Anthropologie ). 

'* H. Breuil y H. Obermaier : Les Premiers Traoaux de V Instituí de Paléontologie humaine, 
año 1912, pág. 1. L'Anthropologie. 

"" Luis M. Vidal: Abrich Romani. Estado Agut. Cova del Or o deis Encantáis. Estacions pre- 
hístóriques de les apoques musteriana, magdalenense y neolítica a Capellades y Santa Creu 
d'Olorde (provincia de Barcelona ). Anuari, pág. 267, 1911-1912, año IV, Barcelona. 

"' Jaime Al.menara y Bofill y Poch : Consideraciones sobre los restos fósiles cuaternarios de la 
Caverna de Gracia (Barcelona). Memorias de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelo- 
na, vol. IV, n.° 33, 1903. 

"- Obermaier: ob. cit., págs. 168 y siguientes. 

"' Claudio Sanz Ariz.mendi: Un nuevo yacimiento prehistórico (pág. 478, tomo XVIII, año 1908. 
Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos). 

'" Conde de la Vega del Sella : La Cueva del Penicial (Asturias), Madrid, 1914 ( publicado por 
la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas). 

"■■' Ju.AN Cabré, comisario de exploraciones (correspondiente de la Real Academia de la Histo- 
ria), y Eduardo Hernández Pacheco (jefe de Trabajos de la Comisión, catedrático de Geología de 
la Universidad de Madrid ) : Avance al Estudio de las pinturas prehistóricas del Extremo Sur de 
España (Laguna de lajanda), Madrid, 1914 (publicado por la Junta para ampliación de estudios e 



NOTAS 49 

investigaciones científicas); dicen que el grupo más antiguo de las figuras de la Cueoa del Tajo 
pudiera ser anterior a las de Cogul y Alpera. 

"" Obermaier : ob. cit., págs. 313 y 314. 

"'' Obermaier : ob. cit., págs. 324 y 325. 

'"* Obermaier: ob. cit., pág. V. ^ Conde ue la Vega del Sella: La Cueva del Penicia I (Astu- 
rias), Madrid, 1914. 

"" G. V A. DE MoRTiLLET : Lü Préhistoire. Origine et antiquité de l'homme, París, 1910, 

'* QiusEPPE Seroi : África. Antropoloffia de/la Stirpe Camitica (specie eurafricana), Torino, 
Fratelli Bocea, 1897; The Mediterranean Race; a stady of the Origin of European Peoples, Lon- 
don, 1901; Problemi di sciema contemporánea, Palermo, 1904; L'itomo secando, le Origini, l'anti- 
chitá, le Variazioni e la distrihmione geográfica, Torino, Fratelli Bocea, 1911. 

'*' VooT : Lefons sur l'homme, trad. francesa de Moulinié, París, 18ffi. 

'^ QuATREEAUhs: U Espéce humaine, París, 1877; Les cránes finnois, págs. 288, 345, 3&3, Journal 
des Savants, 1880, y págs. 319, 370, año 1883. Les Moas. 

'** Nadaillac : Les premiers hommes et les temps préhistoriques, París, 1881 ; Les premieres po- 
pulations de VEnrope. Le Correspondant, 23 Noviembre 1889. 

'** Laoneau : Ethnographie de la Peninsule du SO. de l'Europe, Memoires de la Société d'An- 
thropologie, '2.' serie. 

"^ EiK)iJARD PiETTE : Conséquences des mouvements sismiques des regions polaires, Angers, 
1902; Eludes d'ethnographie préhistorique, París, líXM; Sur une gravare du Mas-d'Aiil, París, 1903; 
Gravures du Mas-d'Aiil et statuettes de Mentón, Varis, \^tí>; Clasifications des sediments formes 
dans les cavernes pendant I' age du renne, París, 1904; Ecriture de I' age Glyptique, París, 1905; 
Salomón Reinach : La collecti<m Piette au .Musée de Saint-üermain, París, 19U2. 

'*• Francisco Poiteau : L'homme préhistorique. Les decouvertes archéologiques de 1908, Revue 
Agustinienne, Marzo, UI09. 

"• R. Zami'a: Crania itálica velera. iMemorie della Pontificia Accademia dei Nuovi Lincei, 
tomo Vm. 1891. 

'** A. Berzhenberoeh : Vorgeschichtliche Anulekten Zeitschrift für Ethnologie, 1908. 

'*' S. R. Steinmetz: Bibliographie systématique de I' ethnologie Jusqu'a l'année 1911, Bru- 
selas, 1913. 

'*' J. Abercromby : The Journal ofthe anthrop. Instituí Seto, series, vol. VIH. 

'■*' J. DE Morüan: Les premiers civilisateurs. 

'=*- Manuel Antón Ferrándiz: Sobre algunas especies del género Cypsoa, tomo X, 1881. Anales 
de la Sociedad Española de Historia Natural; Sobre una carta del Sr. [). Miguel Morayta acerca 
de los enanos del valle de Pibas, tomo XV, 1890; Pintaderas regaladas al Museo de Madrid por el 
Doctor l'é'r/íí'fl//, tomo XIII, 1884; en los tomos XIII y XV se hallan trabajos sobre las islas Cana- 
rias; Cra/zeos Ao/Zaí/ojí en Navares de Ayuso (Segovia), tomo XIII, pág. 76, año 18í^; La raza 
de Crotnagnon en España, tomo XIII, 1884; identidad étnica de los guanches y de la raza de Cro- 
magnon, tomo XVI, 188(j; S'uevos cráneos de Cromagnon en España, tomo XXVI, 1897; Obser- 
vaciones sobre la cueva de Santillana, tomo XV, 1886; Razas y naciones de Europa (Discurso 
inaugural de la Universidad Central, 1895); Cráneos antiguos de Ciempozuelos, Boletín de la Aca- 
demia de la Historia, tomo XXVIII, 1896, y tomo XXX, pág. 4tí7; Programa razonado de Antropo- 
loííia, Madrid, 1897; Antropología o Historia natural del hombre, Madrid, 1903; Razas y tribus de 
Marruecos, Madrid, 1903. 

'** Luis Hoyos Sainz : Notas sobre Geología y Antropología de Campóo, 1891 ; ¿Vi avance a la 
Antropología de España (en colaboración con Aranzadi), Madrid, 1892; Los campurrianos. Estu- 
dio antropológico. Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, 2." serie, pág. I(j0, tomo 

XXII, 1893; Etnografía prehistórica. 2." edición, 1900; Caracteristique genérale des cránes espagnols. 
L'Anthropologie, pág. 477, 1913; Lecciones de .Antropología (4 tomos), Madrid, lí!99-19U) (en co- 
laboración con Aranzadi»; Asociación Española para el Progreso de las Ciencias; Congreso de 
Granada , Notas para la Historia de las Ciencias antropológicas en España, Madrid ; Congreso de 
Granada, Unidades y constantes de la crania hispánica (en colaboración con Aranzadi), Madrid; 
Congreso de Zaragoza, Los yacimientos prehistóricos de Sepúlveda, Madrid ; Caracteres généraux 
de la crania hispánica Généve, 1912; Cránes préhistoriques de Sepúlveda ( Espagne), Généve, 
1912: Notes preliminaires sur la Crania hispánica, Bulletin et memoires de la Société d'Anthropolo- 
gie de París (en colaboración con Aranzadi). 

'" Teleskoro Aranzadi :£■/ /JHí'6/o euskulduna. Estudio de Antropología, San Sebastián, 1889; 
Observaciones antropométricas en los cacereños. Anales de la Sociedad de Historia Natural, tomo 

XXIII, pág. 2, 1891; Consideraciones acerca de la raza basca, Euskal-Erria, 1896, en la misma 
revista, 1898, La raza basca; ¿ Existe una raza de euskaros ? Sus caracteres antropológicos, San 
Sebastián, 1905; La flora florestal y la toponimia euskara, San Sebastián, 1905; Cuestiones de Pre- 
historia, España Moderna, 1913. 

' '•' Federico Oloriz : Estudio de una calavera antigua perforada por un clavo, encontrada en 
itálica, pág. 256, tomo XXXI. Boletín de la Academia de la Historia. El cráneo se parece más a los 
de la raza cuaternaria de Neanderthal que a los del tipo de Cro-Magnon ; Distribución geográfica 
del Índice cefálico en España, Madrid, 18^. 

'^ Juan Vilanova y Piera : Origen, naturaleza y antigüedad del hombre, Madrid, 1872. 

"■ Luis Gabaldón Campoy : Primitivos pobladores de Lorca, Revista Contemporánea, 1897, pá- 
ginas 56 y sigs., 155 y sigs.. Abril y Mayo, 

'•« Guillermo J. de Guillen García: ¿En el sitio que hoy ocupa Tarragona hubo en remotos 
tiempos un pueblo de la edad de piedra como se ha supuesto ? Revista de la Asociación artístico- 
arqueológica Barcelonesa, n.°7; Una nota de Antropología, en la misma Revista, 1897. 

'*' Gabriel Puig y Larraz: Ensayo bibliográfico de antropología histórica' ibérica. Memorias de 
la Real Academia de Ciencias exactas, físicas y naturales, de Madrid, tomo XVII. 

historia de espaSa. t. i. 7. 



50 HISTORIA DE ESPAÑA 

'*' Julián Ai-kaiz : ri Cristianos o prehistóricos ? Eu«kal-Erria, 10 Febrero 1901 ( hallazKo de do* 
cadáveres en el caserío de Ufarte, nu lejos de Vitoria ). 

'<' Bkri,an(ía : Los Vascones y la Prehistoria. Revista de Archivos, Bibliotecas y Mumoh, páKi- 
na 370, tomo II, 3." época. 

'" A. A. DA Costa Fkhhkiha: A (iulUa e as provincias portuunf^os do Minho e Tras-us-Monte», 
contrlhti¡c<'io paro o estado das relai'oes antropológicas entre Purtiiffal e t'apanha, Reviata de la 
Universidad de Coimbra, páRs. 86-90, tomo II, I!)I3. 

'^' Las Bakkas dk Akaoón : Alcanas medidas e índices de dos esqueletos hallados en ¡as sepul- 
turas fenicias de CádU, Boletín de la Real Sociedad Kspañola de Historia Natural, Diciembre 19IÜ; 
i.'AnthropoloKle, páR. ."ViO, I!(I3. 

'" Juan DantIn y Ckkcc kda : /:7 hombre // el relieve terrestre de la I'eninsula, f-Ntudio, páK». '/¿I>- 
244, tomo I, 1013; Resumen fisloffrá/lco de la Península Ibérica, Madrid, 1012, Estudio, tom«> I, páKÍ- 
nas 16, 229, t»)l, aflo 1013; Acerca del hombre prehistórico. Estudio, póR- 3G2, tomo II, 1913; Más 
(latos acerca del hombre prehistórico, Ivstudio, pá»í. O, tomo lil, 1013. 

'*' R Ah AKI. UhkiJa V Smknjaii) : Observaciones hlstórico-étnlcas sobre la composición de la raía 
española (Discurso de contestación a Oliver y E.steller). 

'*" Constantino, condh ok Swihck ki : Disertación critico-histórico-cronológlca sobre los pri- 
meros pobladores de España ( Discurso de recepción, 27 de Enero de 1707 ). 

'" ToHmio Minoiiklla : Unidad de la especie humana probada por la Flloloffin, Madrid, 1889. 

^** Rdo. P. Fk. FiriKL Faiü.ín : Hl Transformismo ;/ la Antropolofíia ( I > i la apertura del 

curso 1801-92 del Colegio de El Escorial ), Ciudad de Dios, año XII, n." IH- M. 

'*' Ossuna: Primeros pobladores de Canarias, Revista (ieoKráfica, ii una. 2 y 3, 07-102, 

aflo 1013. 

™ Francisco Camps y Mercadai, : Sepulcros y Cráneos, Revista de Menorca, núms. I al VIII, 
año 1809. 

'" M. F. A. Pf.reira da Costa : Noticia sobre os esqueletos humanos descobertos no Cabero da 
Arruda, Lisboa, 1865. 

"' Martins Sarmentó: Os Lusitanos. Questoes d' Etnología, Porto, ISíK). 

"^ Francisco Paula v Oliveiha: Note sur les ossements humalnes exlstants dans le Musée de 
la Commlssion des travaux ffeologlques, Communicagoes da Commision dos trabalhos geológicos 
de Portugal, Lisboa, tomo II, 1888-1802. 

'^ Rocha Pf.ixoto : Etnofjrafia portuf^uesa : os otarlas de Prado; José, de Silva Picao: Etnogra- 
fía do Alto .Mentejo. Portugalia, fase. 2.", ISKtO. 

'** Ricardo Severo y Fonseca Cardoso: Nota sobre os restos humanos da caverna neollthica 
dos Algarves. Observa^oes sobre os restos humanos da necropole de Nossa Senhora do Deste- 
rro, Portugalia, tomo I, fase. 30, 1901. 

'■'■" Fernando Márquez de la Plata v Echenique: Estudio acerca de loa orígenes del pueblo 
español, Madrid, 1016. 

"• H. Obermaier : El Hombre fósil, Madrid, 1916. 

>*" Q. Ser(!i : Europa. L' Origine del popoll europel e loro relazloni coi popoli d" África, d Asia 
e d'Oceania, Torino, 1908, pág. 103. 

159 ¿;i cráneo de Gibraltar, pág. 246, L'Anthropologie, 1910; Sobre el descubrimiento del cráneo 
de Gibraltar, pág. 623, L'Anthropologie, 1011. 

"" Sera: Di alcuni caratteri importanti sinora non rilevatl sul cranio di Gibraltar. Atti della 
Societá Romana di Antropología, vol. XV, fase. 2; Nuooe osseroazionl e induzioni sul Cranio di 
Gibraltar; Archivio per l'Antropologia e l'Etnologia, vol. XXXIX, fase. 34, Firenze, 1910; Franck 
Carner y Paul Raymond: Le cráne de Galley-Hiil íBull. et Mém. de la Soe. d'Anthrop. de Paris, 
5." serie, tomo X, 1909, pág. 487); M. Keitk: The early Hlstory ofthe Gibraltar cranicum (en La Natu- 
re. Véase año 1911, pág. 623, L'Anthropologie); W. L. H. Duck-Worth: Cave exploratlon at Gibral- 
tar in Mí ( The Journal of the Royal Anthrop. Institute of Great Britain and Ireland, vol. XLII, 1912, 
págs. 515-528. Véase aflo 1914, pág. 130, L'Anthropologie). 

'*' Obermaier : ob. cit., pág. 276. 

'*^ E. Hernández Pacheco : Estado actual de las Inoestigaciones en España respecto a Pa- 
leontología y Prehistoria. Discurso inaugural del Congreso de Valladolid (Asociación Española 
para el Progreso de las Ciencias), pág. 21. 

"*' E. Hernández Pacheco y Hugo Obermaier : La Mandíbula néanderthaloide de Bañólas, Ma- 
drid, 1915. 

'*• E. Hernández Pacheco y Obermaier: estudio cit., págs. 26, 27, 31 y 33. V. Iberia: año 1916, 
pág. 149, artículo muy interesante de M. Boule sobre la mandíbula de Bañólas (no está completa- 
mente seguro que se pueda atribuir al Homo Neanderthalensis). 

"^ Sergi : Europa, pág. 180. 

"*' Obermaier: ob. cit., págs. 265 y siguientes. 

'®^ Obermaier : ob. cit., págs. 276 y 277. 

■* Obermaier: ob. cit., pág. 277. 

*® José M. Rodríguez Fernández, S. J. : El hombre prehistórico en Oña (Burgos); La Cueca 
del Caballón, artículo de la revista Iberia, pág. 381, año 1916. 

"" E. Hernández Pacheco : Estado actual de las investigaciones en España respecto a Paleon- 
tología y Prehistoria, Madrid, 1915? 

>•> Les Peintures rupestres d'Espagne, Breuil, Serrano Gómez y Cabré Aguiló, pág. 529. L'An- 
thropologie, 1912. 

'"- Obermaier : ob. cit., págs. 76, 77 y 78. 

"^ Conde de la Vega del Sella : La Cueva del Penicial (Asturias), Madrid, 1914. 

'"^ Obermaier : ob. cit., págs. 93 y 95. 

'"* Ober.maier: ob. cit., pág. 123. 



NOTAS 5 1 

'■" E. Hernámjkz Pacheco : Estado actual de las inoestigaciones en España respecto a Paleon- 
tología y Prehistoria, Madrid, 1915, págs. 30, 31 y 32. 
"' Obermaier : ob. cit., págs. 32(3 y 327. 
*™ Obermaier: ob. cit., pág. 336. 

1™ Francisco Quiroqa y Rafael Torres CA.MPOS : La cueva de Altamira, Bol. de la Institución 
libre de Enseñanza, Madrid, 1880, tomo IV. ~ Marcelino S. de Saltlola: Breves apuntes sobre al- 
gunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, Madrid, 1880; Las cavernas de Santan- 
der, n." 1 del «Museo Antropológico >, Madrid, 1881. Nuevas cavernas visitadas (cueva del Cuco, 
cueva de San Pantaleón, cueva de Cobaiejos). Mioi kl Rodríguez Ferrer: La cueva de Altamira, 
«La Ilustración Española y Americana", 1880, páginas 206-210; Más sobre la cueva de Altamira, 
«Museo Arqueológico», Madrid, 1881, números 4.°, 5." y 6.". —Juan Vilanova y Fiera: Conferencias 
dadas en Santander, Septiembre, 1880, y Torrelavega, 1881; Les peintures des grottes de Santi- 
llana. En el Compte rendu de rAs.sociation Fran^aise pour l'avancement des Sciences. Argel, 1881, 
págs. 765, y La Rochelle, 1882, pág. 669. G. de Mortillet trata de la gruta de Altamira en la 
pág. 20 de la Revue mensuelle de l'Ecole d'Anthropologie de París, 1881. — Actas de la Sociedad 
Española de Historia Natural : La gruta de Altamira, Madrid, 1886.— E. Riviere trata de la caverna 
de Altamira en el Bulletin de la Société d'Anthropologie de París, 1897, págs. 138 y 319. E. Car- 
TAiLHAc: La grotte d' Altamira, mea culpa d'un sceptique, «-L'Anthropologiei», pág. 34í<, París, 1902; 
Les peintures prehisloriques de la grotte d' Altamira á Santillana ( Espagne ). Acad. des Inscrip- 
tions et Belles Lettres, Mayo-Junio, 1903, París; y el mismo, en colaboración con M. l'abbé En- 
rique Breuil: Xote sur les peintures de la grotte d' Altamira. En e\ «Compte rendu de l'Acad. des 
Inscriptions», pág. 256, 1ÍK)3; otra nota sobre lo mismo en el «Compte Rendu de l'Acad. des Scien- 
ces >', 1903, pág. 1534; Les peintures et gravures murales des caoemes pyrenéennes. Altamira de San- 
tillane et Marsoulas (tirada aparte de « L'Anthropt)logie », tomo XV, págs. 62f>m4, 1904, y tomo XVI, 
págs. 432-443); Peintures et gravures nútrales des cavernes paleolithiQues. l.< it' Altamira a 
Santillane, prés Santander (Espagne). Míuiaco, 1906. - M. E. Breiil: /.'<;- tures d' Alta- 
mira. Revue Prehistorique, pág. 237, París, 1906. - Martel: Reflexions sui .; /. En el Con- 

grés Prehistorique de France, 1." sesión, pág. 112, Perigueux, 1905; Sur la grotte de Altamira, Bull. 
de la Société Prehistorique, pág. 82, 1906. — Hermilio Alcalde del Río: Las Pinturas y grabados de 
las cavernas prehistóricas de la provincia de Santander ( Altamira, Cooalanas. Hornos de la Peña 
y Castillo). Revista «Portugallia», Oporto, 1906, y nueva tirada en Santander, 1906. Lotus Pe- 
ralté: Reflexions d'une artiste sur les dessins de ¡a Cáveme d'. Altamira, París, E. Sansot, 1900. 
Enrique de Aguilera y Gamboa, Marqués de Cerralbo : Las primitivas pinturas rupestres. Estu- 
dio sobre la obra La caverne d' Altamira, de MM. Cartailhac et Breuil, Madrid, Fortanet, 1909; La 
caverna de Altamira, Bol. de la Academia de la Historia, tomo 54, pág. 441.— Henry de Variuny: 
Les peintures de la caverne d' Altamira ( año 1909, tomo 11, pág. 124, Revue ^Archéologique). — 
G. H. LuQUET : Sur les caracteres des figures humaines dans l'art paléolithique, L'Anthropologie, 
1910, pág. 409. — Fierre París : Promenades Archéologiques en Espagne. Altamira, Le Cerro de 
los Santos, Elche, Carmona, Osuna, Numance, Tarragona, París. E. Leroux, editor, 1910. 

'"" Salomón Reinach : Apolo. Historía general de las Artes plásticas, traducción de R. Domé- 
nech, Madrid, 1905, págs. 5 y 55. 

"" Cartailhac: L'Anthropologie, París, 1902, pág. 348. 

"•- Emilio Cartailhac (Correspondiente de l'Institut), el abate Breuil (Profesor de la Univer- 
sidad de Friburgo): Peintures et gravures murales des Cavernes paleolithiques. La Caverne d' Alta- 
mira prés Santander (Espagne), Monaco, 1906. 

"" Juan Cabré Auuiló : El Aríe rupestre en España (regiones septentrional y oriental). Pró- 
logo del Excmo. Sr. Marqués de Cerralbo, Madrid, 1915. Comisión de investigaciones paleonto- 
lógicas y prehistóricas. V. en el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural, Mayo 
de 1916, pág. 253, un artículo de E. Breuil juzgando el libro de Cabré y las opiniones del marqués 
de Cerralbo en forma correcta, pero un tanto agria. 

"*^ José Ramón Mélida : Cronología de las antigüedades ibéricas ante-romanas ( Conferencias 
pronunciadas, en Mayo de 1916, en el Ateneo de Madrid), Madrid, 1916. (Publicación de la Revista 
Filosofía y Letras). 

"^ H. Alcalde del Rio, H. Breuil y P. L. Sierra : Les Caoemes de la Región Cantabrique (Es- 
pagne), Monaco, 1912; H. Ober.maier, H. Breuil y Alcalde del Rio: La Pasiega, Puente Viesgo 
(Santander, Espagne), Monaco, 1913. 

"•' J. Cabré: ob. cit., pág. 203. 

'"" H. Breuil y J. Cabré: Les peintures mpestres d'Espagne, año I9l\, pág. 6M, L'Anthropo- 
logie. V. un artículo de R. Verneau en L'Anthropologie del mismo año. 

'** Obermaier: ob. cit., pág. 243. 

'«' L'Anthropologie. 1913. 

"*> Juan Cabré y Eduardo Hernández Pacheco : Avance al estudio de las pinturas prehistóricas 
del extremo Sur de España ( Laguna de la Janda ), Madrid, 1914. 

"" E. Hernández Pacheco: Estado actual de las investigaciones en España respecto a Paleon- 
tología y Prehistoria. Discurso inaugural del Congreso de Valladolid. Asociación Española para el 
Progreso de las Ciencias, pág. 46. 

^^ Perrot et Chipiez : Histoire de l'Art dans l'antiquité. 

'" L' Abbé Breuil : La dégenerescence des figures d'animaux en motifs ornamentaux a Vépoque 
durenne, Academie des Inscriptions et Belles Lettres, Enero-Febrero, 1905, París; ¿'efo/ü/Zo^ rfí- 
l'art quaternaire et les travaux d'Eduard Piette, Revue Archéologique, París, 1909; S'ouvelles dé- 
couvertes en Espagne, París, 1910; L' age des cavernes] et roches ornees de France et d'Espagne, 
Revue Archéologique, Marzo-Abril, 1912. 

'** E. Cartailhac: Gravare inédite de I' age du renne, L'Anthropologie, Marzo-Abril, 1903; en 
colaboración con Breuil: Comparaisons ethnographiques. L'Art des prímitifs actuéis. 



52 HISTORIA DE ESPA.^A 

"* Juan Dantín v Ckrf.cf.da : HI arte prehistórico en Hspana, Rntiidio, páR. 3h, tomo II, I9I3. 

"* C. Síhikhardt: Das technlsche Ornament in den Aufantíen der Kunst. PraehlütorUcHe 
Zeitachrlft. \m). 

"^ Salomón Reinach : Repertoire de l'art quaternaire, F'arís, HM.l. 

"■ Luir Lapicque: L'Homme préhistnrique demontre par son Industrie, Melun, Irtip AdminÍK- 
trative, 1905. 

"• P. Ravmond: La polnte de fleche a hase semt-tunalre, Revue Prehisturique, 19l(i. 

*«' Fernando Fiii.oosio : Armas // utensilios del hombre primitivo, tomo I, páK- 73, del Museo lis- 
pañol de AiitiKÜedHdes. 

*" A. Thikiji.lkn: Les néritattles instniments usuels de Vúf(o de la pierre, Par«i». IHflt*. 

** Ch. Frkmont: Les Oulils préhistoriques. Leur évolution, París, I!*»?. 

"• MoHTii.i.KT : La Préhistoire, pan. ■^^-í y 8ÍK«- ! Oriuine du cuite des morís, les sepultares préhi*- 
toriques, París, 1914. 

*•♦ Salomón Rkinacm: L'Art et la Magíe, articulo de L'AnthropoloKie, 1903; OrpA<v«. ///!«/o/rr 
frénérale des Kelifílons, Paria, 1900, páR. 13. 

*'■ Makci UNO Mhnínokz V Ppi.avo: Historia de los Heterodoxos españoles, tomo I, Madrid, 1911 
(2.* ed., refundida ). 

**' Obkkmaii'.k: ob. cit., páR. 107. 

*" Obermairr: ob. cit., pág. I3G. 

*•■ Obkrmaikr : ob. cit., págs. 245 y 24C. 

""' Lritk OK Vasconcellos: Tradicóes populares de Portuffal, Oporto, \MS¿; O Detis Hracaren- 
se. PonfíoenahiafíHs ( Contribui(,'ao para o conhocimento das relifiióes antigás da Lusitanla), Lis- 
boa, 1804 ; Relifíióes da Lusltania, Imp. Nacional, Lisboa, IH97 ; Reltglóes da Lusitanla na parte que 
principalmente se refere a Portngal. 

■'" E. Cahtailhac : Age de la pierre dans le souoenir et les superstitions populaires, París, 1878. 

^" Roskokh: Das Religionswesen der Rnhesten Naturoñlker, LeipzÍR, 1H88. 

'" Alberto Rívillk: Prolégoménes de l'histoire des religions, 4.* ed., París, Tischbacher, 1886. 
Histoire des Religions, I. Les Religions des peuples non citulisés. Parí», 1883; II. Les Religions du 
Mé.xique, de l'Amérique Céntrale et du Pérou, París, 1885. 

*'■' H. NissEN : Orientation. Studien zar Geschichte der Religión, Journal des Savants, p. 103, 1908. 

•" A. Le Roy : La religión des primitifs, París, Beauchesne, 1900. 

'"'^ DÉrHELETTK : Le cuite du Soleil aux temps préhistoriques, Revue ArchéoloKique, tomo I, pá- 
gina 305, 1909, tomo II, páR. 94, IfWO. 

»'*' Ismael del Pan y Pablo Wernert: Interpretación de un adorno en las figuras humanas mas- 
culinas de Alpera y Cogul, Madrid, Fortanet, 1915. 

*" I. DEL Pan y P. Wernert: Datos para la cronología del arte rupestre del Oriente de Es- 
paña, Octubre, 1916, pág. 400, fíoletin de la Real Sociedad Española de Historia Natural. 

*"* Pablo Wernert: Representaciones de antepasados en el arte paleolítico, Madrid, 1916, 
Comisión de investigaciones paleontológicas y prehistóricas. 

-'9 Pablo Wernert: folleto cit., pág. 59. 

"^ W. Deonna: Les masques quaternaires, año 1914, págs. 106 y 597, L'Anthropologie, Breuil, 
pág. 420. 

**' H. Breuil: Observations sur les masques paléolithiques, año 1914, pág. 300, Revue Ar- 
chéologique. 

«* Ibérica, 16 Septiembre de 1916, articulo de J. M. Rodríguez Fernández, pág. 190. 



bibliografía suplementaria 



Geografía. — G. Bowles: Introducción a la Historia Natural de España, 3." ed., Madrid, 1789.— 
MoRiTz WiLLKOMM : Díe Pyrenáische Halbinsel, lt*4. — Th. Fiscmek : Die Iberische Halbinsel.— Sal- 
vador Calderón: Hsquisse géologique de I tspaffne, París, 188C. — J. Maiphersos: Breve noticia 
acerca de la especial estructura de la Península Ibérica ( Anal, de la Soc. Esp. de Hist. Natural, 
tomo VIH). — L. Fkrná.ndez Navahho: Las costas de la Península Ibérica (Asociac. Esp. para el 
Progreso de las Ciencias, Congreso de Zaragoza, tomo IV). — R. Torres Ca.hpos: AV/fi/ros ríos 
(Bol. R. Soc. Geográfica de España, tomo XXXVII, 1895). —A. Blázqlez: El clima de España 
(Bol. R. Soc. Qeog. de España, tomo XXX, l.er semestre, 1891 ). —Joaquín Costa: La cuestión del 
Rio de Oro en la antigüedad i Boletín de la Academia de la Historia, tomo X, pág. 87 ). — Fran- 
cisco CoEixo Y Qlesada : La Península Española, Madrid, I8tíü. — Gabriel Piiu y Larraz : Catálogo 
geográfico y geológico de las cavidades naturales y minas primordiales de España ( Anales de la 
Soc. de H.» Nat., tomos XXV y XXVI, lAadrid, l*^); Cavernas y simas de España, descripciones 
recogidas, concordadas y anotadas ( Boletín de la Comisión del Mapa Geológico, Madrid, 1896). 

El terciario. — Bourüeois: Étude sur des sílex travaillés de Thenay ( C. R. Congr. intem. 
d'Anthrop. et d'Archéol. préhistor. Session de Paris, 1867 ). — P. H. Mahoi deau et L. Capitán : La 
(/uestion del'homme tertiaire á Thenay ( Revue mensuelle de l'Ecole d'Anthropologie de Paris, 1901 ). 

— C. RiBEiRo: L'ftomme tertiaire en Portugal ( C. R. Congr. intern. d'Anthrop. et d'Archéol. préhist. 
Lisbonne, 1880). — Boilay (L'abbé): L'ancienneté de l'homme d'aprés les sciences naturelles, 
Lille, 1894. — Ernesto Haeckel : Etat actuel de nos connaissances sur l'origine de l'homme ( Pre- 
face et trad. par Dr. Laloy, París, 1900 ). V. artículo de L'Anthropologie, lUOO, pág. 237. — A. Rutot : 
Sur l'homme préc/uaternaire (Extr. du Bull. de la Société d'Anthropologie de Bruxelles, tomo XIX, 
1900). V. artículo de L'Anthropologie, 1901, pág. 432. Nadaii.lac : Le Cráne de Calaveras ( Revue 
des Questions scientifiques, Oct. 1900). - M. Thomas Wilson: La haute ancienneté de l'homme 
dans I' Amérique du Nord (habla del cráneo de Calaveras). \. L'Anthropologie, 1901, página 297. 

— Rutot: L'état actuel de la question de l'antiquité de l'homme (Extr. du Bull. de la Société 
Belge de Geologie, tomo XVII, 1903). — Dr. Francois Holssay: L'CEuvre de l'abbé Bourgeois, 
Paris, 1904. V. L'Anthropologie, 1905, pág. 317 (artículo de M. Boule). — Alphonse Cels: Conside- 
rations retrospectives relatives a l'homme tertiaire de Spiemens ( Belgique ) ( Bull. et Mém. de la 
Soc. d'Anthrop. de Bruxelles, tomo XXII, 1903-1904, Bruxelles, 1904). - L. Mayet: La Question de 
l'homme tertiaire (Note sur les aluvions a «Hipparion Gracile » de la región d'Aurillac et les gi- 
sements d'éolithes du Cantal-Puy de Boudiu, Puy Courny), L'Anthropologie, 1906, pág. 641.— 
H. Obermaier: Der Mensch der Vorieit, Berlín, 1912. — E. Hernández Pacheco yj. Dantín: Geología 
y Paleontología del mioceno de Patencia, Madrid, 1915. 

El cuaternario. — H. Ober.maier: Le quaternaire dans les Alpes et la théorie glaciale du pro- 
fesseur Penck {año 190H, L'Anthropologie); Die Steingeráte des franzósischen Altpaláolithiltums, 
Viena, 1908 (Sobre estratificaciones y periodos cuaternarios). V. tomo I, año 1908, pág. 305, Revue 
Archéologique. — Del mismo altor : Les Formations glaciaires des Alpes et l'Homme paléolithique 
( año 1909, pág. 497, L' Anthropologie ). — Del mismo aitor : Estudio de los Glaciares de los Picos 
de Europa, Madrid, 1914 (Trabajos del Museo de Ciencias naturales); Contribución al estudio del 
Glaciarismo cuaternario de la Sierra de Gredos, en colaboración con Juan Carandell ; Los glacia- 
res cuaternarios de Sierra S'evada, en colaboración con Juan Carandell. — N. S. Krischtaeowitsch : 
Sur la derniére période glaciaire en Europe et dans V Amérique du Xord en rapport avec la ques- 
tion de la cause des periodes glaciaires en general ( trad. del ruso por M. W. P., Bull. de la Soc. 
Belge de Geologie, tomo XXIV, 1910, págs. 292-303 >. — A. Penck: La période glaciaire dans les Pyré- 
n^í-s (Bull. Soc. Hist. Nat. de Toulouse, tomo XIX, 1885). -James Gerkre: The Classífication of 
European Glacial Deposits (Journal of Geology, tomo III, Chicago, ISíS). — Geer: Chronologie 
post-glaciaire (V. Revue Archéologique, tomo I, 1911, pág. 330). — Carlos Ribeiro: Descripfao do 
terreno quatemario das bacías dos ríos Te/o e Sado. Lisboa, ISG6; Les kiokkenmoeddíngs de la 
vallée du Tage ( C. R. del Congreso Internacional de Lisboa, 1880 ). — G. de .Mortillet : Musée pré- 
historique, París, 1881.— J. Déchelette: Manuel d'archéologie préhistorique, celtique et gallo- 
romaine, tomo I, Archéologie préhistorique, París, 1908. — Marqués de Saporta ( V. Revue des 
Deux-Mondes, 15 Septiembre y 15 Octubre de 1881, Estudio interesante sobre los tiempos cuaterna- 
rios). F. P. Oliveira : Xouvelles fouilles faites dans les kiokkenmoeddíngs de la vallée du Tage 
(Comm. dos Trabalhos geol. de Portugal, 1882-92). — Vilanova y Piera (V. tomo XIX, pág. 455 del 
Boletín de la Academia de la Historia. Se refiere a ciertos hallazgos en Arganda del Rey, de unas 
hojas de la fase solutrense?). — E. Cartailh-ac: Quelques faits nouveaux du préhistorique anden 
des Pyrénées (año 1894, pág. 1, L' Anthropologie). — Arturo Augusto de Fonseca: Nota sobre uma 
estacao chellense no valle d' Alcántara (Revista de Sciencias naturaes e sociaes, vol. III, n.°9, 
Porto, 1894. V. L'Anthropologie, año 1894, pág. 459 ). — Pedro Alsius : Serinyá, Gerona, 1895. — 
L. Capitán : Les divers instruments chelléens et acheulléens compris sous la dénomination uníque 
de coup-de-poing (año 1901, pág. 111, L' Anthropologie ). — O. Schoetensack : A quoi servaient les 
bátons de commandement ? (V . año 1901, pág. 140, ¿'^/i//iropo/oé^/e>.— Gregorio Chil y Naranjo: 
La edad de la piedra en las islas Canarias.- F. Maspons v Anglasell: Comunicaciones: Las 



54 IllSrOKIA DE ESPAÑA 

Joyas paleolillciis de Hlu'is {Uvv. de la Asoc. Art.-Arqueí»l, HHrccIoníi, jiiliu-Sí-pt., HMl,}). H. B«i i;n.: 
La (iiwstion <iiinjL,'naiifnn(^. lituüe critlífiw de slratlurapfi'c co/ii/xinu' (í-.xtr. de la Revtie pré- 
hlsíoriqíw, WVl ). M. V. Commont: Lea Industrien de ¡'Ancien Saird-Acheul (V. íifto HtOH, pá- 
gina 527, L'Anthropoloffie). M. Bouki.an : L'industrie des fo¡iers siiperieiirs aii Moustíer ( Eíxtr. de 
la Reviie préhistorU/iie. ÜHO). F. Ahhntz: PalaeoUthiv chn»n<>lt>uu. Krisfinnía. H»ll ( V. aflo IHll, 
tomo II, páií. 47'¿, Reoue Archéolonitine). H. BkKt-ii.: L'Aue des Caoernes et Roche» ornee» de 
L'rance et d'hlspanne (año 1012, tomo I, páK- l!).V Revtie ArchéoUtnique). (V. en el hAo l<H'.¿, pá- 
gina f)!)!, di' L'Anlhroptílitule, la sesiim del Congreso de (iinebra en la cual el marqin ' ' tbo 
da cuenta de los hallazgos de Torralba ). M. Hwi i ii y H. Obkmmaik*: Instituí de 'le 

Humaine: Premiers traiuiux Iranaiix exécutés en líH'J Travaux de I'anmU' 101 í .XIII 

[lí)12], XXIV tlí>l3], XXV [lilll], L'Anthropolof/ie). Joacmim Fontf.h: l-stuiuo paieolithica do 
Cassal do Monte, lAshiui, l!)l(). OKKSTks Cknohkko: Resumen de los t>astones perforados déla 
provincia de Santander; Noticia de dos nuevos yacimientos prehistóricos de la pnn ^nn- 

/í/«í/<'r, Madrid, 1!) 15. Dki. mismo autor: HI alirino de San Vítores, cerca de Solan :>r) 

(año IDlf), pág. .12¿, ll>eria). Juan Cabri'. y F^abi.o Whínfr? : HI f'aletditico infa i nte 

/MocAo, Madrid, lOKi; C(miisi(')n de Investigaciones paleontológicas y prehiHtóricas, ' ira 

de voces técnicas y de instrumentos típicos del Paleolítico, Madrid, 1!(H}. Lkitk i* \ <*: 

Objetos paleolíticos do Cassal do Monte ( Acad. das SciCncias de Lisboa, Bol. de .segunda Llai*e, 
tomo VIH, Coimbra, lOlf»). - Joacmim Fontf.s: Contrihution á l'étude de la période paléolithiQue en 
Portuf^al {Sivpt. Congr. préhist. de Franco, Sess. de Nimes, lílll ). 

Razas paleolíticas. - A. dh Qiatrhpauks et E. T. Hamv: Cranla tJthnica, Farín, 1SH2. 
M. Boui.i;: L' Hotnnie fossile de La Chapelle-aux-Saints, Paris, 1913. - T. df. Ahanzadi: Los ultimo» 
descubrimientos del hombre fósil en Huropa ( Bol. de la Real Soc. Ksp. de Hist. Nat., Madrid, lf)0»). 

— MiQUKi. Bombarda: Contribu^ao para o studo dos Microcephalos, Lxsboa, IHíM. R. Vfknfau: 
Un nouveau crúne hiimaln d'iine cité lacustre (año IHÍW, pág. 6\, L'Anthropolof(ie). Scmhubsau.: 
Crania from Tenerife ( Extr. from the Proceedings of the Cambridge Philosofical Society, 1912). — 
T. di; Aranzadi: Etnoi^rafío. Roias negras, amarillas y blancas, Madrid, líKXt; Materiaes para o 
estado do pono portuguei. Porto (en Portuiratia. V. año 1!)()1, pág. 4.'>1, L'Anthropolof¡ie). 
Q. Scuwalbk: /Vr AWí«í/t'r//»rt/sc/ir?í/í'/(Boiiner Jahrbücher, Heft, lüíJl ). H. Obkr.maihr: Les res- 
tes humains quaternaires dans l'Hurope Céntrale ( año 1905, pág. 385, L'Anthropolonie). — A. Doi- 
uNF.Au: Notes d'archéoloffie préhistorique. Nos ancétres primitifs, París, lílOG (V. articulo de Car- 
tailhac muy interesante, año 1905, pág. 321, L' Anthropologie ). — P. Hkrmant: Les coutumes et les 
conditions économiques des peuples primitifs ( Bull. Soc. Voy. de (ieog. de Bruxelles, 1901). - 
P. Adi.off: Die Zahne des Homo primiffenius von Krapina, dí (tomo X, fase. 2, pág. 197, Zeitschrift 
für Morpholofíie und Anthropolofíie). Los abates A. y J. BfjrvssosiK y L. Barík)!;: Decouoerte 
d'un squelette humain mousterien a la Houffia de la Chapelle-aux-Saints ( Corréze ), en el aflo 190H, 
pág. 513, L'Anthropoloffie. — VJ. J. Sou.as: On the cranial and facial characters of the Nean- 
derthal race (Extr. de Philos. Trans. of the Royal Society of London, serie B., vol. 199, págs. 281- 
339, 1907 ). — Otto Schoktensack : Der Unterkiefer des ' Homo Heidelbergensis * aus den Sanden 
von Mauer bei Heidelberg, Leipzig, 190(S. Fonskca Cardoso : O Poveiro b'studo anthropologico 
dos Pescadores da Povoa de Var¿im (Portugalia, 1908). - W. J. Sollas: Palceolithic races and 
their modern representatives (Extr. Science Progress, 1910). — Gilffrida-Rl(kíf;rí: Homo sapiens, 
Leipzig, 1912. — T. de Aranzadi: De una relación antropométrica tradicional en Indo-China y 
Alcarria, 1912; A propósito de algunos tapones y castellanos, 1910. — G. Sf.rgi: Fatti e ipotesi su 
l'origine dell'Uomo (Extr. de la Rivista di Antropología, vol. XVII, fase. III, 1912); Le Origini 
umane, Torino, 1913. — W. L. H. Duckworth: Prehistoric man, Cambridge, 1912. —Juan Gf Alberto 
DE Barras e Cunha : Contribucóes para o estudo da Antropología Portuguesa : O índice facial nos 
Portugueses ( Extr. de la Revista de la Universidad de Coimbra, 1914). — Enrique Equren y Ben- 
QOA : Estado actual de la Antropología y Prehistoria vascas. Estudio antropológico del pueblo 
vasco. La Prehistoria en Álava, Bilbao, 1914. — T. de Aranzadi : Dimensiones de la calvaría de 
España, 1915. — Manuel Antón: Los Orígenes de la Hominación, Madrid, 1917. 

Cultura paleolítica. El Arte. — Piette: Notes pour servir á l'histoire de l'art prinútif 
( año 1894, pág. 128, L'Anthropologie). — M. Boule: Les gravares et peintures sur les parois des 
cavernes ( año 1901, pág. 671, L'Anthropologie). — S. Reinach : L'Art et la Magie a propos des pein- 
tures et des gravures de l'áge du renne ( año 1903, pág. 257, L'Anthropologie). — E. Cartailhac et 
H. Breuil: Les Peintures et gravures murales des cavernes pyrénéennes (año 1904, pág. 265, L'An- 
thropologie, y 1905, pág. 431, y 1908, pág. 15). — E. T. Hamy : La Figure humaine chez le sauvage et 
ches l'enfant ( conferencia pronunciada en el Museum National d'histoire naturelle). — Breuil y 
Cabré: Les Peintures rupestres du Bassin inferieur de l'Ebre (año 1909, pág. 8, L'Anthropologie). 

— E. Hernández Pacheco: Adornos de piedra de los antiguos habitantes de Lanzarote (año 1908, 
Bolet. de la Real Soc. Esp. de Hist. Nat. ). — E. Hernández Pacheco y J. Carandell: Investigaciones 
prehistóricas en la caverna de la Peña, San Román (Asturias) ( Bol. de la Real Soc. Esp. de His- 
toria Nat., Madrid, 1914). — Franck Delage: L'Art des cavernes chez les Troglodites, un art mis- 
térieux (Mercure de France, Sept., 1910). — H. Breuil, Pascual Serrano Gómez y Juan Cabré 
Aquiló : Les Peintures rupestres d'Espagne (Les abrís del Bosque a Alpera , artículo de L'An- 
thropologie, 1912, pág. 529). — A. Lacassagne: La signification des tatouages chez les peuples prí' 
mitifs et dans la civílísatíon mediterranéenne (Extr. des Archiv. d'Anthrop. crim., Oct. y Nov., 1912). 
H. Breuil y Federico Pérez Motos: Les Roches á figures naturalistes de la región de Vélez-Blanco 
(Almería), artículo de U Anthropologie, 1915, pág. 332. — Pierre Mille : Les debuts de Varí ( año 1913, 
pág. 125, Revue Archéologique). — G. H. Luquet : Les problemes des origines de Varí et l'arí paleo- 
lithique (Extr. de la Revue /%/7oso)9A/<7we, 1913, págs. 471-485). —J. Cabré y Carlos Esteb.an : La 
Val del Charco del Agua amarga y sus estaciones de Arte prehistóríco, Madrid, 1915. — H. Breuil 
y Miles Burkitt : Les Peintures rupestres d'Espagne (Les abrís peínts de Monte Arabí, prés Veda- 



BIBLIOGRAFÍA SUPLEMENTARIA 55 

Murcie), año 1915, pág. 313, L'Anthropologie. H. Breuil: Nouvelles roches peintes de lo región 
d'Aipera-Albacete {año \Q\5, pág. 3(£), L'Anthropologie). — EvgesiiszFrwkowski: Lo lucha entre 
el hombre y los espiritas malos por la posesión de la tierra y su usufructo ( año 1916, Octubre, 
página 408, Bol. de la Real Soc. de H." Nat. ). — P. Barreiro : Contestación a Pan y Wernert sobre 
obseroaciones a « Un capitulo de etnografía comparada» (año 1916, Mayo, pág. 224, Bol. de la 
Soc. Esp. de H." Nat. ). - Ismaki. Pan y Pablo Wernkrt : Contestaciones acerca de uno nota bi- 
bliográfica de P. A. Barreiro titulada: « Un capítulo de Etnografía comparada» (año 1916, Enero, 
pág. 101, Bol. de la Soc. Esp. de H.* Nat. ). Constancio Bernai.do dk Qi iros: Una supervivencia 
paleolítica en la psicología criminal de la mujer ( año 1916, Oct., pág. 3ÍM, Bol. de la Soc. Espa- 
ñola de H." Nat.). — Giuffrida-Ri xkíkri: Animaux totems et animaux medicinaux (Extr. des Atti 
della Societá Romana di Antropologia, tomo IX, Roma, 1903) (V. L'Anthropologie, 1903, pág. 355).— 
G. H. LuguET : Sur les caracteres des Figures humaines dans l'art paléolithique ( V. año 1910, pá- 
gina 409, L'Anthropologie). - Conde de la Ve«a del Seh.a : Paleolítico de Cueto de la Mina (Astu- 
rias), Madrid, 1916. - Nota de La Vanguardia, de Barcelona, de 3 Mayo 1917, acerca de once cuevas 
con notables pinturas rupestres, descubiertas en Tirig, cerca de Albocácer ( Castellón ). 




Fig. 23. La cueva de Men^a t Antegutra ). 



CAPITULO II 



EL neolítico y la EDAD DEL BRONCE 



Periodo neolítico. — Escasas eran las iu.Uv.ius vn \ai iiiiriiUi> t>ijañoIes de 
los tiempos neolíticos l'.ace media centuria, y la principal razón de esto era 
que la mayoría de los monumentos considerados hoy contemporáneos de la pie- 
dra pulimentada, fueron, durante muchos años, incluidos entre los productos de 
la civilización celta. 

Cartailhac atribuye a los comienzos del neolítico o al final del período cua- 
ternario antiguo la existencia de los kj'ókkenníóddings o paraderos, constituidos 
por grandes acumulaciones de restos de cocina, conchas, huesos, instrumentos 
de piedra, arenas y maderas carbonizadas; algunos se hallan en Portugal, pero 
en España todavía nt) se han encontrado, si bien pudieran tener este carácter los 
lechos de cenizas, depósitos de muebles y restes de vasos, y utensilios des- 
cubiertos por Lartet en la Ciiaa Lóbreoa (Sierra Cebollera) y los hallados por 
Obermaier en el Cueto de la Mina (Asturias). 

De pleno período neolítico son los pala filos o ciudades lacustres y las gran- 
des construcciones megaUticas. Subsisten las cuevas, pero no las utilizan como 
habitación, sirviendo, en cambio, de sepultura, y aparecen las grutas artificiales, 
hipogeos y criptas megalíticas. Los monumentos megalíticos conservan los nom- 
bres del primer error céltico, que los atribuía a este pueblo, y así se llama nien- 
hires {mcn, piedra; hir, largo) a los obeliscos formados por una piedra ver- 
tical; cromlechs {crom, curvo, y lec'li, piedra), grupos de /wí'«///>-/'.í en círculo; 

HISTORIA DE ESPaSa. - T. I. 8. 



5« 



HISTORIA DE ESPAÑA 



alineamiciilos, reunión de menhircs 
colocados en línea; dólmenes ( dol. 
mesa, y mea, piedra), grandes pie- 
dras sostenidas por dos <» más pilas- 
tras, destinadas a contener varias 
tumbas; //////ím. comi)uestos por dos 
mcnhires que sostienen una tercera 
piedra en forma de dintel, y cistas, 
especie de cofres de jiiedra que con- 
sisten í-n una caja cuadran^ular, ce- 
rrada por los cuatro lados con pie- 
dras '. Son también de esta época las 
piedras trémulas u oseilalorios. I.os 
dólmenes cx\ i'ortujjal se llaman aulas 
y los montículos que suelen recubrir- 
los en Galicia reciben el nombre de 
mámoa y en Andalucía el de moli- 
llas; según varios autores, son igual- 
mente de esta época \()seastros galle- 
gos, especie de recintos fortificados. 
Vamos ahora a intentar exponer 
un cuadro de los monumentos neo- 
líticos cx{)lorados en la península. 

Andalucía. — i>un Aureliano 
Fernández Guerra dio noticia del 
menhir llamado piedra de las Vírge- 
nes, entre Baena y Bujalance, y del 
Ir Hilo (?) de Luque. Góngora y Mar- 
tínez^ trata, en un conocido libro, del dolmen del Dilar (dos leguas al S. de Gra- 
nada), de un campo de sepulcros en el camino de los baños de Zújar y varios mo- 
numentos megalíticos entre Illora y Alcalá la Real. La más famosa de las sepul- 
turas neolíticas de esta región es la Curoa de los Murciélagos, cercana a Albuñol, 
entre Granada y el mar; en ella se descubrieron, en 1857, tres cuerpos; ciñendo la 
frente de uno de los esqueletos se halló una diadema de oro, el cadáver yacía 
vestido con una túnica fina de esparto (figs. 24 y 25). En un recodo más profundo 
exhumaron tres cuerpos más; uno de ellos llevaba un bonete de esparto, adornos 
de conchas y una bolsa también de esparto. Más lejos, una serie de esqueletos 
rodeaban el de una mujer, la cual tenía un collar de conchas marinas perforadas 
y dientes de Sus trabajados en forma de arracada; con los esqueletos se ha- 
llaron hojas de silex, hachas pulimentadas, una cuchara de madera y vasos de 
tierra. Aun en el fondo de la caverna se descubrieron hasta cincuenta esqueletos 
más, todos con los vestidos hechos jirones y sandalias de esparto -^ 

Don Antonio Machado* y D. Francisco María Tubino^ dan cuenta de nue- 
vos dólmenes en las inmediaciones de Morón, en Jerez y en el campo de San 
Roque. En Gibraltar es importante la gruta de la Genista, donde se han hallado 
restos humanos. Célebres son los Alcores de Carmona. ilustrados por D. Jorge 




Fig. 24. Diadema de oro y otros objetos encontra- 
dos en la cueva de los Murciélagos. (Góngora: 
Antigüedades de Andalucía.) 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



59 



Bonsor, y las once molillas del Ace- 
buchal, en una de las cuales, la más 
antigua, los esqueletos aparecieron 
sentados, con la cabeza junto a las 
rodillas, en la misma forma de los 
esqueletos egipcios predinásticos, 
llamados por FlindersPetrieírrtríW- 
[>ics. Existe otro túmulo de inhu- 
mación colectiva en /yaícarró/i, entre 
Mairena y Alcalá de Guadaira. 

Don Rafael Mitjana señalaba, en 
1847, al N. de Málaga, a la derecha 
de la población de Antequera, el 
más hermoso de los sepulcros mega- 
líticos de España y uno de los más 
bellos de Europa, según frase de Car- 
tailhac. El nombre popular de esta 
cripta es Cueiui de Menga ; las pie- 
dras son de fuerte talla y bien esco- 
gidas entre la calcárea jurásica de la 
región. Tres pilares aseguran la so- 
lidez de la bóveda; la cámara mide 
24 metros de largo por una anchura 
máxima de 6' 15 metros, variando su 
altura entre 270 y 3 metrt)S (fig. 23). 
En Castilleja lic Guzmán, cerca de 
Sevilla, fué explorado, por Tubino, 
otro túmulo, donde se descubrió una 
gran piedra y debajo de ella una 
cripta. Don Guillermo Mac-Pher- 

son« exploró, en los alrededores de Granada, la Ciwia de la Mujer ( 1870 a 1871); 
son notables en ella Va'á piedras ceranniasode rayo y objetos de alfarería primitiva. 

En Vélez Blanco (Almería), el abate Breuil y Hugo Obermaier, con la co- 
operación de Federico Mt)tos, han descubierto otras grutas entre la Cur^'a de los 
Letreros y la primera gruta de Fuente de los Molinos; en la montaña de Maimón 
están la Yedra y la Solana de Maimón. Los mismos Breuil y Obermaier han ex- 
plorado los límites septentrionales de Andalucía, encontrando rocas pintadas 
en el Piruetanal, el Escorialejo (cercano a la Piedra Escrita), la Serrezuela, 
Murrón del Pino, Cun'a Melitón, la CepcKa, la Cuei'a de Ambroz, Tabernera, 
Marmellado, el Collado de Águila, el Peñón Amarillo, la Cai'atilla del Raba- 
nero, el Mo?ije, la Osa, el Criadero de los Ubos, la Cucharilla y la gruta de la 
Sierpe. 

No hace muchos años, un curioso descubrimiento ha enriquecido nuestro 
arte prehistórico con el hallazgo de la cueva del Romeral, muy cerca de la ya 
mencionada de Menga (Antequera); en la cueva del Romeral aparece la timiba 
de cúpula, que recuerda el arte miceniano. Garios CañaF habla de los túmulos de 
El Judio, La Alcantarilla y Ims cuci'as de la Batida, en territorio de Carmona ; 




Fig. 25. ~ Objetos de esparto hallados en la cueva 
de los Murciélagos. (Góngora: /4/i//^ü&(/(i</^s </«> 
Andalucía. ) 



fio HISTOHIA I)K ESPAÑA 

en el sitio llamado el Alamillo, cerca de Lebrija, se encontraron varios tiimulin 
y otros tambi('>n se han hallado en Villantieva del Kí<> y en (anillas. Cuevas 
existen en ('antillana y construcciones me^aliticas en (^a/alla de la Sií-rra. Kl 
más famoso de Iíís túmulos es el de Castilleja de (juzmán, conocido con el nom- 
bre vulgar de Cueva de la Pastora, y el cual es considerado, por Cañal, Ci)vn>> 
más moderno que la cueva de Menga y mostrando inequívocas señales de in- 
fluencia oriental. Kl Sr. (andan " trata de las Cuecas de Sania Lucia, situadas 
al oriente de Mairena, y, contra el parecer de Cañal, no se decide a señalar la 
}>resencia de dólmenes en Cazalla de la Sierra; en cambio, menciona los imjíor- 
tantes yacimientos llamados Curca de Sittitias^o y (iiex'a de San Francisco, ex\ 
termino de Guadalcanal. 

Es conveniente tener en cuenta, en Id referente a la Prehistoria andaluza, 
los trabajos de Navarro-' sobre la Ctwva del Tesoro, Demetrio de los Ríos'" 
acerca de las cuevas de Osuna, Guichot** respecto a la Montaña de los Andeles, 
y las producciones de Berlanga'*, Folache y Orozco", Bordiu", Martínez de 
Castro^'', Duckworth "*, Gómez Moreno'", Cerralbo"* y Victorino Molina'*; re- 
cientemente se ha ])ublicado un artículo en la revista catalana l'.studio tratando 
de un nuevo dolmen de la provincia de Huelva***, Las últimas exploraciones de 
los Sres. Cabré y Hernández Pacheco han dado por resultado el encontrar 
[)inturas del neolítico en las truevas andaluzas de las (inieras. ('ueva Aliunuuüi 
y I^ja de los Hierros'^^. 

Aragón. — No son muy numerosos los descubrimientos neolíticos de esta 
región, pero podemos citar los efectuados por el presbítero D. Román Andrés 
de la Pastora 2* en el partido de Molina de Aragón, en el pueblo de Pedregal, 
donde apareció un gran enterramiento. Los cadáveres encontrados yacían con la 
cabeza mirando al Oriente, los brazos extendidos en toda su longitud, pegados 
a los costados y rodeados de unas pequeñas losas, y entre éstas y los huesos de 
los esqueletos se descubrió una gran porción de clavos, que parecían indicar 
haber estado como hundidos en las partes carnosas del sepultado, por cuantr» 
algunos, redoblados por ambas partes en forma de asa, fueron extraídos del sitio 
que correspondía al vientre; había otros hacia las orejas y cuello, siendo lo más 
singular que en su mayor parte los cráneos se ven penetrados perpendicular- 
mente por un clavo más largo. Sabido es como Pero Antón Beuter encontró, en 
1 5 34, cerca de Cariñena, unas calaveras atravesadas de piedras como hierros de 
lanzas y saetas. En el siglo xviii fueron hallados diez cadáveres con cráneos per- 
forados con clavos en la Mancha Alta; Loperraez halló otro y en Sigüenza y 
Medinaceli también se encontraron. 

Cabré y Aguiló -^ ha 'practicado fructuosas excavaciones en el monte .San 
Antonio de Calaceite (Teruel), continuadas hoy por el joven arqueólogo Bosch 
y Gimpera, que ha encontrado en Mazalón y Calaceite notables objetos de cerá- 
mica estudiando las Cisias. última fase de los sepulcros megalíticos ^^. El mismo 
Cabré descubrió importantes yacimientos en Albarracín. De la estación pre- 
histórica de Albero-Alto (Huesca) ha tratado Ricardo del Arco ^, como asi- 
mismo de la nueva estación de Jenzano, donde se halla un enorme monolito 
rematado con un bloque de piedra. 



El- NEOLÍriCO Y LA EDAD DEL BRONCE 



6l 




Fig. 26. ~ Naveta situada en el predio d'es Tudons. a unos cuarenta kilómetros de Mahón. 

Asturias. — Parece muy extraño que, dada la semejanza étnica entre asturia- 
nos y gallegos, no existan en las comarcas asturianas tantos restos prehistóricos 
como en la región gallega. Sin embargo, pueden señalarse algunos, como la cueva 
que sirve de cri|)ta a la pequeña iglesia de Santa Cruz de Cangas de Onís, cuya 
existencia ya señaló Ambrosio de Morales*®. Pedro Canel Acevedo indicó la 
existencia de verdaderas mámoas en los concejos del Occidente, y moderna- 
mente D. Bernardo de Ace\ edo habla de rastros y piedras abaladoiras u oscilan- 
tes; en la llanura de Campos, a cinco kilómetros de la villa de Tapia, existen un 
dolmen y una piedra movediza. Muy pocas noticias prehistóricas de esta región 
hay en la obra antigua de Carvallo-' y en las más modernas de Aramburu=**, 
Barrois29 y Gago Rabanal''^. Recientemente, los Sres. Hernández Pacheco, 
Cabré y conde de la Vega del Sella han descrito el ídolo neolítico pintado en 
Peña Tú'". 



Baleares. — Loiuraíia nm la región anterior el número de monumentos de 
las islas Baleares. Abunda asimismo la bibliografía desde las obras del siglo xviii 
de Armstrong^- y Vargas Ponce^', continuando con líis ya rancias de comienzos 
del siglo XIX, escritas por Ramis**, y el Viaje a Cerdeíia de La Mármora^; si- 
guiendo luego las de Muñoz y Romero^, Oleo^', el archiduque Luis Salvador 
de Austria^ y el libro de Ouadrado^, se llega al bien documentado trabajo de 
Cartailhac ***, excelente para su época. Debemos mencionar también los ar- 
tículos de Francisco Camps*^ Hernández Sanz*-, Benjamín y Saura*^ Eduardo 



r)2 



IIISTOKIA Dt lol'ANA 




Fig. 27. — Tauia en el predio Telatide Dalt, a unos cuatro kilómetro» de Mahón. 



Saavedra ^*, Hübner ^•\ Vidal Perera **», Franklin ^^, Flaquer y Fábregas ** y 
Wetelin«. 

En 1752, el oficial inglés Jorge Armstrong se había fijado en los talayots, 
laidas y C(n>as; más tarde, Vargas Ponce habla de los Clapers de gegafiís de Ma- 
llorca, y el viajero sardo, conde Alberto de La Mármora, observa la semejanza 
entre los nuraghcs de Cerdeña y los monumentos prehistóricos de las lialeares. 
Juan Pons y Soler y Francisco Martorell y Peña dan medidas y planos de varios 
talayots, navetas y altares, y las magníficas publicaciones del archiduque Luis 
Salvador son una enciclopedia geográfica del archipiélago balear (mapas y dibu- 
jos de los monumentos megalíticos). Modernamente, el académico D. Antonio 
Vives ^0 ha escrito un estudio muy interesante sobre los monumentos baleáricos 
con el título de: El Arte egeo en España. Dice el citado autor que se conservan 
en las islas Baleares, Menorca y Mallorca, una serie de monumentos construidos 
con grandes piedras, puestas, por lo general, en aparejo sencillo y en hiladas ho- 
rizontales; estos monumentos son los talayots (torre de forma de cono truncado), 
circtdos, laidas (formadas por dos piedras en forma de T), cátnaras o tiui'as tne- 
galiticas, galerías, navetas (en forma de herradura prolongada), salas hipóstilas 
y cuevas labradas en la roca. Los talayots más importantes son los de Son Carla 
y Son Agusti; de taulas son de interés la llamada Torre Troncada y el Telati 
de Dalt (fig. 27) ; en cuanto a las cuevas, puede citarse la erróneamente llamada 
Naveta de Son Merce de Baix y la galería de la Torre den Gaumes : Vives cita, 
entre las navetas, las de Els Tudons (fig. 26), Rafal Rubí, Biniach, Torrellisá y 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



63 



Fonsrcdones de Baix. La ma- 
yor parte de estos monumen- 
tos probablemente no perte- 
necen a la Edad de la pie- 
dra, pero aún la cuestión está 
en litigio y no completamente 
deslindada; lo cierto es que 
nada se había encontrado en 
las islas Baleares que fuera un 
vestigio de la Edad de la pie- 
dra, ni nada que correspon- 
diera a los dólmenes. Acerca 
del destino de estas construc- 
ciones y de la civilización que 

quizás representan, trataremos más adelante. El Sr. Vives nos comunica que 
recientemente se han hallado algunos, aunque pocos, instrumentos uticos en 
Menorca. 




Fík. 28. — Menhir de Vallvenera ( Gerona ). 



Canarias. — Mucho se ha estudiado la raza prehistórica y la geología del 
archipiélago canario por isleños, peninsulares y extranjeros. Ya el año 1553 apa- 
recía el libro de Cadamosto^^, alguna referencia se halla en la obra de Thamara^-, 
siguiendo sin interrupción las i)ublicaciones sobre asuntos canarios durante los 
siglos XVI, XVII y XVIII con los libros de Fr. Alonso de Espinosa ^^ Viana**, 
Núñez de la Peña ^, P. Anchieta ^, Sprats ^^, Glas ^, Viera y Clavijo ^ y Bory 
de Saint- Vincent*'*^, ésta última dada a la estampa en 1802; en la jjrimera mitad 
del siglo XIX se publican los estudios de Berthelot^* y á éstos siguen los trabajos 
de Graciliano Alfonso ^^ Abren Galindo<^, Castillo Ruiz de V^ergara", Fr. José 
de Sota"'', Martínez de Escobar *^6, Fritsch '^', Henry Mayor ^, Gravier^^ ChiP^ 
Locher '', Verneau^^, Sedeño "^ Gómez Escudero '*, Marín y Cubas ^^ y Calderón 
y Arana''*'. El año 1889 publicaba Ossuna" un interesante folleto sobre la ins- 
cripción de Anaga en Tenerife, siendo asimismo importante el libro del marqués 
de Bute^^ sobre la lengua primitiva de los naturales de Tenerife y la //ñ7<Wí? 
general de las Islas Canarias, de Agustín Millares ^^. No prescindiremos, para 

completar la información, de 
un curioso artículo sobre 
Antigüedades canarias, pu- 
blicado por Juan Bethen- 
court*^, ni de otro sobre 
conchas prehistóricas de 
Tenerife^*, comentado en el 
Boletín de la Academia de 
la Historia. 



Castilla. — Famosa es 
la estación neolítica de la 
Ciiei'a Iu)brega^'-, en Sierra 
Cebollera, cerca del Iregua, 




Fig. 29.-Dolmen de Romanyá: restos del corredor ( Gerona ). 



G4 



HISrOKIA DE KSPANA 



u H>) metros sobre el nivrl d<? sus a{¿uas; 
J.artet encontró en ella huesos de bueyes 
pequeños, de cabras, cerdo, jabalí, ciervo, 
corzo y perro sin d«imesticar. Había en ella 
placas de asperón c(»n señales de haber su- 
frido la acción del fuego, restos de carbón 
de encina, huesos trabajados, en forma de punzones y proba- 
blemente destinados a preparar las pieles y a su transforma- 
ción en vestidos, agujas y restos de alfarería tosca, ennegre- 
cida, sea i<oi el humo o por la introducción de la pasta de ma- 
terias orgánicas que se carbí^nizaron durante la cocción "'. Muy 
importante es tambi('-n la caverna de Scf!;óbri^a*^ (Cabeza de 
Griego, provincia de Cuenca), estudiada por el jesuíta Padre 
Kduíirdo Capelle; pueden también citarse las cuevas de Pe- 
rales de Tajuña*^-' {\)ro\\núix de Madrid; y la estación ner»!í- 
tica de Ciempozuelos^, célebre por su cerámica. 

lín el € Homenaje a Menéndez Pelayo» publiíu Juan (sar- 
cia'*'' unos estudios sobre Antigüedaties Montañesas, donde 
describe dólmenes y cuevas; Sainz de Baranda'*'* se ocupó 
hace años de los llamados sepulcros de Gayangos, en la pro- 
vincia de Burgos, y Benito Delgado*** y Juan Vilanova**' tra- 
taron de la estación prehistórica de Valdegefta (Soria) y de las 
terranuires. Félix Navarro** publicó en 1908 los descubrimien- 
tos arqueológicos realizados en las inmediaciones de Santa 
María de Huerta, y el marqués de Cerralb*)**, al año siguiente, 
su magistral monografía sobre I(js descubrimientos del Alto 
Jalón. De Inocente Hervás y Buendía*^ es un estudio sobre 
la motilla de Terral ba; Juan Cabré y Aguiló*^, en 191 o, daba 
a conocer la montaña escrita de Peñalba con dos interesantes 

túmulos, y Lorenzo Sierra*^ escribía en 1912 acerca de los 
Fig. 30. — Hacha de . .. . „. /<- . 

piedra con mango descubrimientos arqueológicos en Riotuerto (Santander j, des- 
de madera (Gerona), cribiendo la gruta del cerro de Los Lámbanos y la cueva de 
La Jana; por último, Orestes Cendrero*^ en 191 5 ha publi- 
cado un trabajo sobre dos nuevos yacimientos prehistóricos hallados en la 
provincia de Santander. 




Cataluña. — Abundantes son los restos megalíticos en esta región, princi- 
palmente en la provincia de Gerona, donde D. Manuel Cazurro ha realiza- 
do recientes exploraciones. Ascienden a 37 los dólmenes y 22 los menhires 
encontrados en la citada provincia; entre los más importantes pueden enume- 
rarse: Sweda de Falp, Torre del Sastre. Taula deis Lladres (cerca de Puerto de 
la Selva), Taballera, Cendrera, Llobas de Pus (Ampurdán), Cabana Arqueta 
(término de Espolia), Gutina (término de San Clemente), Devesa de Torrení 
(Espolia), Arrengayats (Espolia), Mas Boleta (La Junquera), Quera Fumat 
(Campmany), Barraca del Lladre (Estrada), Mas Puig (Darnius), Roca del agid 
(Fitor), Puig de las Forcas (Palamós), menhir derribado de Murtra (Romanyá 
de la Selva), galería cubierta y cromlech de la Cova d'en Dayna (Romanyá de la 



EL NEOLÍTICO Y I.A EDAD DEL BRONCE 65 

Selva, fig. 29) y el mcnhir de la Pedra de las Gojas de Vallvenera (fig. 28). El 
más importante es el dolmen de la Creu d'en Cuberlella, cerca de Rosas; forma una 
cámara 'enjalbegada de 5*20 de largo por 2*45 de ancho y una altura de 2'T4. Los 
apoyos de esta cámara los forman grandes monolitos de una roca que parece 
gneiss; la cubierta la constituyen dos lajas relativamente pequeñas de 1*55 por 
2'66 y sobre ellas hay una gran losa que lo cubre todo y mide 5'io por 3'55^^. 

Los dólmenes suelen llamarse eoi>as dalarbs y también arcas, son notables 
la Roca encantada (Lérida) y la Pedra arca o Pedra arqueta, en Arenys d'AvalI 
(provincia de Barcelona). 

üe los monumentos megalíticos en Cataluña se han ocupado el conde de 
Belloch^Sj Vidal **^ y Carreras y Candi*****; Manuel Cazurro *•** ha explorado los de 
la provincia de Gerona y Neuville*®* ha publicado un artículo sobre el impor- 
tante dolmen de Rosas. Además han estudiado la estación prehistórica de Caldas 
de Malavella los prehistoriadores Chía***^ y Pujol y Camps**^, este último con 
Alsius y Torrent'*"^ publicó un trabajo sobre la provincia de Gerona con curio 
sidades prehistóricas; VidaP*^ dio a la estampa un libro sobre las cuevas pre- 
históricas de Lleyíia; de Villanueva y Geltrú se ocuparon Coroleu***^ y Llanas*** 
y acerca de los monumentos primitivos de Espolia imprimió un trabajo Bal- 
manya ***^ en las memorias de la Asociación Catalanista de Excursiones; Guillen 
García*'** trató de Barcelona prehistórica, no pudiendo omitirse los nombres de 
Vilanova***, Canibell***, Arabía**^, Texidor *'* y Fernando de Sagarra*** ni las pu- 
blicaciones del Anuario del Instituto de Estudios Catalanes, pues unos y otros 
han contribuido al conocimiento de la Prehistoria de Cataluña ***'. Son también 
notables los trabajos y publicaciones del joven catedrático de la Universidad de 
Barcelona, D. Pedro Bosch y Gimpera**". 

Galicia. — Existen tradiciones gallegas sobre ciudades lacustres, conserva- 
das por el licenciado Molina, Boan y el P. Gándara ; se refieren a la laguna de 
Santa Cristina y a las lamas de Reiris, Antela, Carragal y Doniños, en los 
juncales próximos a Betanzos. Abundan en esta región las piedras oscilatorias, 
llamadas pedras ítem hade, tnoi'entes, abaladoiras, cabaleuias o eabaleiradas ; en 
das Fachas hay un cromlech de dudosa autenticidad. Característicos de la arqueo- 
logía prehistórica gallega son los castras y las mámoas, sistemáticamente des- 
truidas por los buscadores de tesoros ***. 

Muchos son los autores que se han ocupado directa o indirectamente de las 
mámoas gallegas desde las antiguas obras de Molina **^, Gándara *^, Sarmiento ***, 
Verea *2^, Martínez de Padín *2^, Murguía *-* hasta los libros más modernos de Sa- 
ralegui *2^ Villaamil y Castro *-^, Barros **^, Maciñeira *^^, Vázquez Núñez *^, Ro- 
dríguez Gallego***, Iglesia *3*, Alonso*'- y Verín*''; en algunos de ellos, como 
en los de Villaamil y Castro, se hallan preciosas noticias y observaciones atendi- 
bles. El P. Fidel Fita, director de la Academia de la Historia, ha tratado de la 
caverna de Picosagro, cercana a Santiago de Compostela *^. 

Extremadura. — D. José Viu (1852) dio a conocer túmulos y antas en Va- 
lencia de Alcántara y en la dehesa de Mayorga; otros fueron explorados en 
Garrovillas por el presbítero D. Jerónimo de Sande. Barrantes da cuenta de un 
dolmen, trilitos y menhires en Erguijuela; de las Jurdes se dice hay una cueva 11a- 

HISTORIA DE ESPASa. — T. I. - 9. 



66 HISTORIA DE ESPAÑA 

mada de las Cabras piuladas. Existen también piedras uscilatorias, como una de 
la sierra de Montánchez, que el vulgo llama el cancho que se menea •*•'*. Reciente- 
mente D. José Ramón Mélida ha publicado un interesante trabajo s<jbre los dól- 
menes de la provincia de Badajoz '•'"■'. Ya en el año 1889 Vilanova'*' daba cuenta 
de las anlas o j^an'sas de Valencia de Alcántara, y modernamente, en Septiem- 
bre de 191 3, Ramón Martínez de Pinillos *'**' ha publicado un interesante artículo 
sobre objetos del período neolítico encontrados en Valencia de Alcántara; hallóse 
un dolmen y un menhir, sesenta hachas, punzones, gubias de piedra pulimen- 
tada, cucharas de barro cocido, tres silbatos de barro en forma de aves, jjesos 
de telares y nudos de honda. 

León. — Escasas son las noticias que tenemos de la región leonesa, del terri- 
torio del antiguo reino de León y de las comarcas comprendidas en una absurda 
división administrativa que se creyó basada en la Historia, cuando pugna con el 
sentido geogreífico de los tiempos medioevales. Se halla, por desgracia, inédito 
el eruditísimo trabajo del Sr. Gómez Moreno sobre la provincia de Zamora, si 
bien algo ha publicado este escritor sobre arqueología primitiva de la región del 
üuero^''^. En Mucientes^*® se hallaron restos de civilización neolítica; Gago Ra- 
banaP*' publicó en 1910 un estudio sobre la provincia de León y García Rey'** 
dio a la imprenta, en 191 2, unas investigaciones personales efectuadas en el 
Bierzo. 

Murcia. — Desde D. Juan de la Rada y Delgado'** hay noticia de hallazgos 
prehistóricos en esta región; el citado académico encontró en Monteagudo de 
Murcia, en una propiedad del marqués de Monistrol, unas antigüedades i>areci- 
das a las exploradas por los hermanos Siret en Almena. Más tarde publicaba 
Vilanova^''* un artículo sobre los monumentos protohistóricos de Jumilla. El 
P. Furgús ^^^ ha publicado numerosos estudios sobre la prehistoria de Orihuela 
y de las estaciones prehistóricas de Lorca se ha ocupado Mención '^'^. 

Navarra. — Ha estudiado la prehistoria de Navarra Juan Iturralde"' y el 
padre Fita ^^* ha publicado una interesante reseña sobre dólmenes navarros. Flo- 
rencio Ansoleaga y Julio Altadín ^^^ dan cuenta de los monumentos megalíticos 
explorados por Iturralde en el valle de Aralar; son éstos los dólmenes de 
Pamplonagañeko-lrego-arriya, situados en una estribación de la legendaria 
sierra de Aralar; el de Aranzadicko-lrego-arriya o dolmen del Alto Aranzadic; 
el Pasage-trego-arriya, el Ziibeinttako-trego-arriya, el Arizabalko-trego-arriya . 
el Urdcnasko-trego-arriya, el Seacoaiako-trego-arriya, el Churichoberriko-trego- 
arriya, el Annendako-trego-arriya y el famoso Erroldan-arriya o piedra de 
Roldan, a la cual está unida una fabulosa leyenda caballeresca. Los vocablos 
Irego y arríya significan respectivamente reposo y piedra, indicando que eran 
piedras sepulcrales. Dicen los citados autores que era natural que existiesen en 
Navarra cuando los había en Álava, y podía suponerse que el territorio navarro 
fué el camino por donde llegó el pueblo de los dólmenes. Existen, además, en 
tierra navarra las cuevas de Bazterroco y Gentillen. En 1911 se descubrieron 
nuevos dólmenes en la misma sierra, llamados de San Dónalo, de las Minas, de 
Echave, otro pequeño, cerca de los anteriores, y los de Olaverla, Liyarrandi y 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 67 

Luperta ; la noticia sobre estos monumentos fué publicada por D. Fermín Istúriz 
y Albistur y reproducida por ei P. Fita, que se inclina a creerlos monumentos 
célticos. 

Portugal. — Leite de Vasconcellos trata de las tVf/>//!íW portuguesas ; las 
grutas naturales más conocidas son las de Cesareda (Casa de Moura y Lapa Fu- 
rada), la de Cascaes, Pasto Corvo (montaña de Cintra), Carvailhal y la de Fur- 
ninha. Las artificiales, debidas a la mano del hombre, son Palmella, Folhadas, 
Barradas y Monje, siendo también importante la anta de Monte Abrahao. El mis- 
mo Leite ha estudiado los dólmenes de Villa Pouca d'Aguiar, el de Satao y el de 
Villarinho '■'^. Los dólmenes o antas de Portugal han sido objeto de una mono- 
grafía de Pereira da Costa ^^^ y el Algarbe prehistórico fué tratado por Estacio 
da Veigai"^-; de Figueira se ocupó el Dr. Santos Rocha *^; de los dólmenes de 
Villarreal trata Botelho *^ y de las antas de Maehédes, César Pires ^^; del túmulo 
de Ariaes, Pereira Lope '^ y del anta de Aljezur, Pedro Azevedo *". Notables 
son también la monografía de José Brenha***, sobre Villa Pouca d'Aguiar, y 
la de Ricardo Severo '•'•^, sobre las necrópolis dolménicas de Traz-os-Montes. 

Valencia. — En la provincia de Castellón, el abate Antonio Sans y Lande- 
rer ^^ señalaron un recinto fortificado de tiempos prehistóricos sobre la meseta 
del Maestrazgo, en un macizo llamado Muela de Chert. Hay grutas en Parpalló. 
situado en el flanco de la montaña cretácea de Mondúber (provincia de Valencia); 
otra es la Cova Negra (entre el río Bellus y Játiva) y Avellaneda (en la ladera 
del Matamón, provincia de Valencia). Interesantes son las Antigüedades z^a/w- 
«'í7;/<7Ji", de Fr. Josef Teixidor '***, publicadas por D. Roque Chabás; no pueden 
omitirse los artículos de Juan Vilanova ^*'-, uno de ellos sobre la estación prehis- 
tórica de Bolbaite. Es de Delgado ^^ un informe sobre las antigüedades de Mur- 
viedro, y de Tramoyers *^ un trabajo acerca la cueva de Bocairente. Además, el 
Boletín de la Academia se ocupa de la necrópolis de l'iles'^. 

Vascongadas. — Dólmenes importantes en la provincia de Álava son los de 
Eguilaz y Arrízala, en el llano de Salvatierra; el primero es en forma de herra- 
dura, su cámara estaba recubierta de una sola piedra de 570 sobre 4*50 metros. 
El de Arrízala es de menores proporciones y los euskaros lo llaman, en su len- 
gua, Sorguiñeche (casa de las brujas). Los exploradores de estas provincias ase- 
guran que desde Albaina a Marquínez hay varias grutas artificiales. 

El año 1 87 1 publicaba D. José Amador de los Ríos^^ sus Esttuüos Monu- 
mentales y Arqueológicos sobre las provincias vascongadas. Después daba a la 
imprenta Ramón Adán de Varza**^' su Descripción física v geológica de la provin- 
cia de Álava. Más tarde, Harlé *** exploraba las grutas de Landarbaso, en Rentería, 
y Soraluce^^^ describía la cueva de San Valerio, en Mondragón. En 1905, Julián 
Apraiz''*^ publica un discurso sobre los dólmenes alaveses, y de 1908 es la mono- 
grafía de Areitio^'^i acerca de los sepulcros de Arguineta. Se quejaba, en 191 1, 
el vocal de la Comisión de Monumentos de Vizcaya, D. Pablo Alzóla y Minon- 
do "2 de la poca labor realizada en tierra vizcaína, y como reparando esta in- 
curia, publicaba Gálvez-Cañero i''^, en 1913, una Xota acerca de las cavernas de 
Vizcaya . 



G8 HISTOKIA l)K RSI'AÑA 

Razas neolíticas. — Al tratar <lc la Ktnograíía neolítica hemos (ie referir- 
nos preferentemente a la obra magistral de Birkner''*. Ya no se trata de razat» 
primitivas rudimentarias con caracteres distintivos, que las separan radicalmente 
de las razas actuales, sino de la tipología etnográfica histórica, (\ue no ha variado 
hasta el presente. En el período de transición del jjaleolítii o al neolítico afiarece 
la llamada raza de Ofnet, descubierta en el azüiense de esta localidad (junto a 
Nordiingen, Baviera) [)or R. R. Schmidt y estudiada por Obermaier y Schliz; en 
los cráneos examinados hay df)s formas, una de cabeza larga y otra de cabe/a 
corta. 

Así como en la época de la piedra tallada, incluyendo el azUu'iisc, el nú- 
mero de cráneos es relativamente escaso, durante el neolítico los restos de 
esqueletos aumentan considerablemente; F. Salmón pudo estudiar 688 cráneos 
procedentes de Francia y territorios comarcanos, deduciendo que la mayoría de 
los cráneos neolíticos franceses son dolicocéfalos y mesocéfalos, pues sólo '/» de 
los mismos muestra braquicefalia. Entre estos dolicocéfalos distingue Salmón dos 
tipos, el de Beaumes- Chandes y el de Genay ; los braquicéfalos están representa- 
dos por el tipo de Grenelle. Los cráneos mesaticéfalos, de índice "¡(y-yf), son, para 
Salmón, un producto mixto de cráneos dolico y braquicéfalos, y constituyen el 
tipo Furfooz, hallado en las tumbas neolíticas del valle de Maas (Bélgica). 
Fr. Sprater examinó 64 cráneos neolíticos de la Europa central, distinguiendo 
dos zonas geográficas, una se|)tentrional, en la que predomina la dolicocefalia, y 
otra alpina, donde preponderan los braquicéfalos. En la costa ligur (Monaco) 
hallaron R. Verneau y L. de Villeneuve la gruta de Bas-Moulins, con los restos 
de 60 individuos, en su mayoría braquicéfalos. Al encolitico pertenecen los ente- 
rramientos de Remedello (Brescia), y en ellos, según R. Zampa, dominan los 
dolicocéfalos; lo mismo ha podido observar Schliz en los restos del Museo de 
Chierici (Reggio-Emilia). En Suiza, Th. Studer y Bannwarth han encontrado 
dos tipos, uno braquicéfalo y otro dolicocéfalo. A P. Bartels y a Kohl se deben 
las exploraciones de las cercanías de Worms, en Rheingewan, y junto a Rhein- 
dürkheim, en donde existían tumbas de la llamada cerámica espiral-meándrica; 
los cráneos hallados en estas tumbas tienden, en mayor o menor grado, a la 
dolicocefalia; en cambio, los cráneos de la Edad del bronce de Adlerberg y de 
Westhofen son, en su mayoría, braquicéfalos. De la población neolítica de Sue- 
cia se ha ocupado G. Retzius, demostrando que la población sueca de la Edad 
de piedra resultó de varios elementos raciales. 

Según Schliz, el último desenvolvimiento de la forma de Neanderthal a la 
de los hombres actuales se manifiesta en tres formas característicamente dis- 
tintas, que constituyen la base de las diferencias específicas de los tipos cra- 
neales prehistóricos: I.^ en la cabeza larga, ancha, plana, de cara corta, de la 
raza de Cro-Magnon ; 2.^, en la cabeza larga, estrecha, plana, de cara alta, de la 
raza de Brünn I; 3.^, en la cabeza corta, ancha, alta, de cara baja, de la raza de 
Grenelle. 

Durante el neolítico se notan cinco tipos craneales, pertenecientes a dis- 
tintos grados de civilización : A. El tipo de construcciones sobre pilastras o 
palafitico, caracterizado por la forma de pera del contorno craneal básico, con 
frente estrecha, arqueada, lados muy divergentes y occipucio ancho, poco re- 
dondeado; la curva frontal asciende sobre pequeñas prominencias ciliares de 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 69 

un modo rápido. B. Se denomina el segundo tipo: de la cerámica de bandas. 
correspondiendo a esta fase de la cultura neolítica; su cráneo tiene la forma 
de capullo de gusano de seda, frente redondeada y occipucio redondo. A pro- 
tuberancias ciliares poderosas, [¡ero delicadamente modeladas, sigue una frente 
que surge recta. C. El tipo megalitito de Alemania del NO. y de Escandinavia 
tiene cráneo plano, a un tiempo largo y ancho, con frente aplastada y occipucio 
cónico. D. Llámase de R'óssen el cuarto tipo y se diferencia del anterior por 
tener la frente menos plana y el occipucio redondeado. E. El último es el tipo 
craneal de la población de Zonenbecher, de cráneo corto con doble círculo por 
planta ^^^. 

Respecto a la península, convienen casi todos los autores en la continuidad 
de las últimas razas paleolíticas en la época neolítica; este es el caso de la estirpe 
de Cro-Magnon, que alcanza suma importancia en España por los estudios de 
los antropólogos hispanos. Los caracteres físicos del hombre de Cro-Magnon 
son los siguientes: estatura 178 por término medio; cráneo largo y estrecho, 
cara corta y ancha, bóveda pentagonal, frente alta y de curvatura elegante, sa- 
liente occipital, índice cefálico 7376; la cara muy baja, de índice 66; órbitas 
de poca altura, gran leptorrimia, nariz larga y afilada, barbilla desarrollada, hue- 
sos grandes, músculos robustos y fémur en columna. Es una raza fuerte y vi- 
gorosa ^'''^. 

Dos teorías opuestas se disputan la primacía en la explicación de la etno- 
grafía neolítica. Los antropólogos franceses sostienen la llegada de nuevas razas 
de tipo braquicéfalo, que al mezclarse con los dolicocéfalos produjeron una raza 
mesocéfala; otros creen, siguiendo a Bogdanow y Niederle, en una transforma- 
ción craneana del tipo alargado en el ancho y corto. Sergi expone un sistema 
razonado por el cual no existe tal mezcla entre braquicéfalos y dolicocéfalos 
para producir el tipo intermedio mesocéfalo, sino que éste es a su vez un tipo 
étnico independiente, afirmando que los dolicocéfalos y mesocéfalos constituían 
la raza eurafricana, tantas veces defendida por el profesor italiano en luminosos 
trabajos. Esta raza, ya en Europa, y dominando principalmente en sus costas, 
había de formar para Sergi la estirpe mediterránea; rechaza este autor la dificul- 
tad morfológica de los cráneos elipsoidales, avoidalh y pentagonales, pues de- 
fiende que son variedades que, por sí solas, no pueden constituir razas diferentes, 
tls probable que en la época neolítica surgiesen nuevas invasiones procedentes 
del continente africano ; los nuevos emigrantes cruzaban el Mediterráneo frente 
a Grecia, Italia y España para proseguir hacia el septentrión y mezclarse con las 
jirimitivas razas cuaternarias. Un detenido estudio de los cráneos ha hecho ver 
al antropólogo italiano la analogía física entre las llamadas razas neolíticas euro- 
peas de la cuenca mediterránea con los egipcios prehistóricos, los libios y otros 
l)ueblos del interior de África i^"'. Los cráneos de Cro-Magnon y de Beaumes- 
Chaudes son dolicocéfalos como los de Long Barroivs (Inglaterra) y L'Homnw 
Mort, pero según el profesor Hoyos hay otro tipo braquicéfalo, el de Round 
Barrows; este autor, sin precisar itinerario, sostiene la llegada de nuevas razas 
de Oriente. 

En España se hallan tipos que se han creído nuevos, como son los atlantes 
y bereberes, venidos por el estrecho de Gibraltar desde Libia y Egipto, como 
afirma el Sr. Antón, conviniendo tácitamente con la doctrina de Sergi. Ejempla- 



;o HISTORIA DK KSPANA 

res notables son los explorados i>or (ióngora, <n Anílalucía, los d»* las Lio- 
metas de Alicante y uno del valle de Mena, üel yacimiento de Ciempozuelos se 
extrajeron cráneos, estudiados por los Sres. Rada y Guerra y más tarde por 
Antón; uno de los cráneos es de mujer y es de índice c< fálico 83*3, frente baja 
y ancha, fuertes pómulos, órbitas altas, índice nasal 47'9. Su tipo es parecido al 
de Mugen, en Portugal. El marqués de Costa ha e.studiado los restos humanos 
de Setubal, que cree de cromagnones '^". 

Los cráneos de Cueva Vella, Alcoy, .Solana, Gibrallar y Cesareda presentan 
los caracteres de la raza de Cro-Magnon, que se conservó pura en estas regiones 
hasta la Edad del bronce; lo mismo podemos decir de los cráneos de la cueva 
de Enguera observados por Antim. Cráneos neolíticos son en Cataluña l<»s del 
dolmen de la Masia Nova, cerca de Villanueva y Geltrú, cuyo estudio se debe 
al escolapio P. Llanas; los índices cefálicos son 72, 73*8 y 73*9. El P. Ca- 
pelle, exjilorador de la cueva de Se^obrif^a, señaló dos ra/as dist.ntas: la una 
caracterizada \\dx un exagerado prognatismo del maxilar superior, dientes muy 
proclives en la mandíbula inferior, caninos aguzados, faltando los discos verte- 
brales en todos los ejemplares; la otra raza es de cráne(j braquicélalo, grande y 
pesado. Los cráneos de Carmona son neolíticos; sus índices varían de 74*1 
a 84*2. Hoyos encontró en la necrópolis de Espinilla (Santander) un cráneo de 
esta época dentro de un cisto; mide 1*40 de longitud ■^^. 

Cultura neolítica. — Dice Siret que la historia de la humanidad en Occi- 
ilente se divide en dos grandes épocas; la más larga corresponde a los tiempos 
cuaternarios, la segunda comienza en el neolítico y majrca una orientación nueva 
en la manera de vivir'**. Ninguna revolución ha tenido cambios tan importantes; 
es un grave error el considerar al neolítico como el final de una época o de una 
edad, la Edad de piedra; es el neolítico, en cambio, el comienzo de una era, la 
era actual. A ella debemos, según Siret, los procedimientos elementales de nues- 
tra alimentación, la aparición de las primeras ideas religiosas y hasta las fases 
embrionarias de nuestra organización social; los tiempos cuaternarios nada nos 
han legado, sin que dejemos de reconocer su arte admirable. En cuanto a la re- 
ligión, debemos rectificar el parecer de Siret, recordando los cultos paleolíticos. 

Difícil ha sido la cuestión del paso entre el paleolítico y el neolítico. El gran 
acontecimiento que señala el comienzo del neolítico es la introducción de la 
agricultura con las costumbres, las industrias y la religión, que son su obligado 
acompañamiento; aparecen ya las aglomeraciones humanas en l'orma de pobla- 
ciones, compuestas de chozas y almacenes subterráneos, empiezan a fabricarse 
casas e instrumentos agrícolas elaborados en madera. No faltan las hachas de 
piedra, las tijeras, azuela de carpintero y los molinos de brazo con movimiento 
alternativo; utilizan fibras de plantas para tejer paños y surge el arte del alfa- 
rero. La agricultura lleva en germen todos los adelantos de las edades poste- 
riores; la domesticación de los animales, cuyo desarrollo es propio de esta edad, 
y la religión, la cual, como veremos más adelante, tiene grandes puntos de con- 
tacto con la agricultura. 

La nueva corriente no ha suprimido ni los hombres ni las costumbres exis- 
tentes; razas e industrias indígenas y extranjeras han vivido juntas y se han 
fusionado. En los iiltimos tiempos del cuaternario, los útiles de silex, tanto en 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAü DEL BRONCE 



ff6ÍÍ 



Fig. 3L Hachas de anfibolita, serpentina, fibrolita y hienita 
y un buril de diorita [5J. {Museo Arqueológico Nacional.) 



Iberia como en Italia, 
eran de una pequenez 
extrema, sobre todo en 
el Mediodía de España; 
en la época post-cua'er- 
naria puede observarse 
el mismo fenómeno, es 
la misma industria ton 
ligeras modificaciones y 
algunos instrumentos 
nuevos, como jiequeños 
trapecios cortados en 
forma de hojas, sirvien- 
do probablemente de 
puntas de flechas. Los 
yacimientos caracterís- 
ticos de estos útiles minúsculos son los kjokkenmoiüimgs de Portugal {Cabero 
if Amida, Cabero d'Anwreira, moita de Sebastiao y Villa Nova de Mil Joules ). 
En muchos yacimientos se hallan, mezclados con los más antiguos productos 
del neolítico, pequeños sílex cuaternarios. Siret ha encontrado un vaso lleno de 
conchas más o menos trabajadas; unas en forma de disco y otras en figura de 
arracada, unas en busto y otras formando collar, juntamente con pequeños nú- 
cleos de silex, hojas diminutas, punzones para perforar las perlas, un pequeño 
sílex en forma de trapecio y una azuela de fibrolita. F. de Motos descubrió un 
vaso semejante en Vélez Blanco. 

La primera industria es la de la piedra, que aparece pulimentada, caracte- 
rizando este período ; la talla ya no es en astillas, sino por percusión lenta, des- 
pués regularizada con el uso y aguzada en el corte, dando así lugar al pulimento. 
Ya no emplean sólo el silex, sino rocas crupti\as, como la diorita u otras del 
género de la fibrolita (figs. 31, 32 y 33); en cuanto a los silex, no hay progreso 
en su manera de labrarlos, las hojas son un poco más grandes, pero las pequeñas 
anteriores son tan perfectas en la elaboración como las nuevas. Es un error el 
creer que la piedra pulimentada denota un perfeccionamiento; el puUmento es 
sólo cuestión de })aciencia, mucho más difícil es la labor astillada. Los cuaterna- 
rios, tan hábiles en tallar las armas chelenses y solutrenses, no han pulimentado 
porque no les ha hecho falta ; la idea del procedimiento y la operación misma son 
tan elementales que no puede sostenerse otro criterio. La piedra pulimentada 
no es un arma, como se ha creído, sino que responde a las nuevas industrias 
para cortar maderas, fabricar habitaciones, etc., pues si se pensase en armas, 
mucho más formidable es la piedra tallada, por sus mismas anfractuosidades. 

Por consiguiente, la industria del silex es la continuación de la del post- 
cuaternario indígena con una importación insignificante del exterior (Siret); su 
pieza típica es la ñecha trapezoidal, que revela la importancia dominante de la 
clase de alimentación. La industria de la piedra pulimentada no tiene, con la an- 
terior, ningún punto de enlace; responde al trabajo en madera, corolario indis- 
pensable de la agricultura. Según Siret, no ha nacido en Iberia y aparece per- 
fecta desde su introducción. Entre las puntas de ñecha cita Dechelette unos 



HISTORIA l)K KSPAfÍA 




Fig. 32. - I. Hacha de diorita ( Córdoba ). 2. Hacha de diorita ( norte 
de Robles- Albacete). 3. Hacha de hornablenda (Sádaba- Aragón ). 
( Museo Arqueológico Nacional. ) 



ijcnijilares de tiran í s- 
cíítadura y barbas afi- 
ladas procedentes de 
la península ibérica '*". 
Otro dato es la apa- 
rición de la cerámica, 
la ctial aparece desde 
los comienzos con un 
grado de perfección 
bastante protjresivij; 
las formas son variadas 
y muchas de ejecución 
difícil; lassui)erfi' ' 
veces son lisas, < ■ ■ 
están cubiertas de in- 
cisiones (fig. 35). l'lsto 
rlemuestra la existen- 
cia de un arte en po- 
sesión de numerosos 
lecursos, habiendíj ya 
pasado de la infancia. 
Del tejido no podemos decir otro tanto, tínicamente comjtrobamos su exis- 
tencia ¡)or la Cueva de los Murciélagos y también por las pequeñas esferas llama- 
das/usatolas. Los vestidos de la citada cueva son de fibra de esparto, junco muy 
abundante en el Mediodía de España. Los cereales, afirma Siret, no son autóc- 
tonos en Iberia; se encuentran carbonizados en los más antiguos yacimientos 
neolíticos, como también en los molinos de triturar. La agricultura es, por tanto, 
una importación. La domesticación de animales era conocida por los cuaterna- 
rios, pero hasta el neolítico no aparecen los pueblos pastores ; por lo tanto, la 
ganadería puede ser considerada como un bien aportado por la nueva civili- 
zación. Dechelettc no cree que el hombre paleolítico domesticase los animales. 

Los hombres del cuaternario se pintan de rojo, pero se adornan moderada- 
mente con plumas; en cambio, en el neolítico abundan los brazaletes de piedra 
y de concha, como también los collares hechos de granos. El gusto por el ornato 
personal parece asimismo ser de importación exterior. El hombre neolítico 
posee ídolos y entierra sus muertos en las mismas cavernas que habían servido 
de abrigo a sus antepasados; la costumbre es algo anterior al neolítico, pero se 
generaliza en esta época y se construyen, además, fosas y cavernas artificiales, 
destinadas a recoger a los muertos. Se fjuede, por tanto, decir que el neolítico 
aporta nuevas ideas sobre la otra vida ^^2. 

Siret clasifica el neolítico, atendiendo a los restos, en dos tipos de civili- 
zación: i.°, la más antigua, caracterizada por los pequeños útiles de silex (en 
Portugal), durante ella el hombre neolítico come moluscos y acumula los restos 
de su comida; es un nivel social miserable; 2°, la época del silex, de la piedra 
pulimentada, se cultivan los cereales, el hombre domestica los animales, apa- 
rece la cerámica, el tejido, los trabajos de carpintería; los neolíticos se agrupan 
en burgos, nacen el culto religioso y los ritos funerarios. La poesía homérica 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



71 




Fig. 33. — Hachas: 1, de Calzadilla de Coria (anfibolita); 2, de Torrijos (fibrolita); 3, de Elche 
(diorita); 4, de Navares de Ayuso (anfibolita); 5, de Cuenca (diorita); 6, de procedencia des- 
conocida. (Museo Arqueolóffico Nocional.) 



guarda el recuerdo de estos diferentes estados sociales; designa los pueblos por 
su sistema de alimentación, los civilizados son los que comen pan. 

Todas las conclusiones de Siret vienen a coincidir en que la aparición de la 
civilización neolítica en Iberia no es efecto de una evolución local, sino una apor- 
tación del exterior. Los miserables habitantes del país no estaban dispuestos 
para resistir; los extranjeros, gracias a su superioridad, han debido establecerse 
sin dificultad, pues traían todos los beneficios de una civilización superior. Es 
probable que las estaciones mixtas sean las de los indígenas, en el instante en 
que, sin renunciar a sus hábitos propios, habían adoptado los progresos del ex- 
tranjero. Debemos, por tanto, hacer constar que la civilización neolítica vino 
a ser contemporánea y a convivir con la cuaternaria del último período. 

¿Cuál es el origen de esta nueva civilización? ¿Quién es el pueblo invasor 
que llega con ella a la península? Enigmas son que la crítica histórica trata de 
dilucidar, acudiendo, para lograrlo, a hipótesis más o menos verosímiles, que 
tienen por base y apoyo argumentos arqueológicos. Las investigaciones de los 
hermanos Siret en el Mediodía de España les han dado cierta autoridad en estas 
cuestiones, reseñando uno de ellos, en un libro reciente, una serie de conjeturas, 
algunas atrevidas y temerarias, pero otras atinadas y admisibles, rectificadas por 
la sagacidad del gran arqueólogo Dechelette, quien, por conocer con más am- 
plitud las corrientes civilizadoras antiguas de la cuenca del Mediterráneo, es 
de gran peso en la contienda. ^ 

Siret encuentra semejanzas entre la civilización neolítica ibérica y la de los 
yacimientos de Hissarlik, descubiertos por Schliemann ; conviene en este punto 
Dechelette, pero afirma y puntualiza que la referencia debe hacerse a los más 
antiguos recintos de Hissarlik. 

HISTORIA DE ESPASa. — T. I. — 10. 



74 HISTOBIA IJE ESPAÑA 

Trata de probar Siret su tesis fijándose en la industria de la piedra pulimen- 
tada, cuyos instrumentos de silex son en llissarlik en forma de hojas, análogas 
a las de España, La cerámica hispánica es inferior, penj muy semejante, pues la 
componen muchos vasos globulares, esféricos u ovoideos con cuello, y precisa- 
mente son los mismos tipos de la colección Schliemann; recipientes en forma 
de huevo o de tonel y \o% pithoi, (jue en España no tienen las dimensiones de los 
de llissarlik, pero indican los mismos usos, siendo la ornamentación con de- 
corado de incisión y motivos parecidos. En cuanto a las fusaiolas, Schliemann 
cuenta con 20.000 ejemplares; también se encuentran en Iberia. Por último, los 
ídolos presentan caracteres de gran afinidad en Iberia e llissarlik. 

Siret tiene cierta opinión algo aventurada acerca de una figura de pulpo que 
pretende encontrar en los ídolos de Iberia; dice que el pulpo es un símbolo con- 
vencional del Océano y más i)rincipalment(' del principio húmedo fecunda<lor; el 
hacha, para el citado escritor, es la representación de la tierra fecunda. Deche- 
lette rechaza esta interpretación diciendo que el pulpo de Siret es de la catego- 
ría de seres imaginarios a que pertenece la lechuza de Schliemann. 

Las diferencias con el arte de Hissarlik estriban en la inferioridad de los ob- 
jetos ibéricos y en la presencia de los metales en la Troada; esta diferencia quiere 
Siret explicarla a causa de la superioridad de la cultura en Asia Menor, creyendo 
posible, por otra parte, que los inmigrantes en Iberia no habrían trasladado los 
metales, enton es poco generalizados. Debemos, sin embargo, recordar que en la 
Ciieixi de los Murciélagos se ha encontrado una diadema de oro, y el empleo del 
oro y las diademas metálicas constituye una de las características de los descu- 
brimientos de Schliemann y una aproximación entre España y la Troada. Res- 
pecto a este último punto decimos, con Dechelette, que conviene no confundir la 
fase micénica de la sexta ciudad de Hissarlik con el período industrial anterior. 
Siret atribuye esta civilización a los iberos y en nuestro sentir los argumentos 
expuestos por el sabio arqueólogo indican que en este aserto quizás no se halle 
muy descaminado ^^^. La tradición, dice el citado autor, nos habla de los iberos 
como del pueblo más antiguo establecido en España; Varrón, citado por Plinio, 
afirma « llegaron a España los iberos, los persas, los fenicios, los celtas y los 
púnicos 1**», por lo tanto los iberos no son los habitantes primitivos, sino colonos 
invasores. Si observamos los restos arqueológicos, el hombre de la piedra puli- 
mentada se alimenta con pan, mientras que el autóctono del período anterior 
comía ostras, cazaba pequeños animales y era un verdadero salvaje; los neo- 
líticos responden por tanto a la primera condición que conviene al pueblo ibero: 
son los primeros civilizados que ocuparon la península. La civilización neolítica 
ha dejado vestigios extraordinarios, abundantes y uniformes; adquiere un gran 
desarrollo y su duración fué muy larga; éste es otro carácter de la raza que ocupó 
todo el país. Los iberos, además, extendieron su imperio más allá de la penín- 
sula, como se admite generalmente por casi la totalidad de los autores. Siret 
reconoce la existencia de un lapso de tiempo en el cual aparece un cambio 
industrial caracterizado por la estación d^ Tres Cabezas, en una meseta donde 
se hallan vasos y numerosas hachas pulimentadas; el silex está representado 
por algunas hojas y fragmentos astillosos. Aparece la punta de flecha trapezoidal 
que se convierte en triángulo prolongado, y en los ídolos, el llamado pulpo figura 
unido al signo del hacha. * 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 





Fig. 34.— Puntas de lanza 
neolíticas. 



La última fase del neolítico es el eneolítico ; hasta 
ahora ha existido una relativa identidad entre los ob- 
jetos de Iberia y del Oriente; en este momento va- 
mos a comprobar como hay algo más, pues existe el 
transporte de objetos de uno a otro confín y el co- 
mercio entre ambas regiones. Los progresos materiales 
que marca el advenimiento del eneolítico son el em- 
pleo del cobre, que lleva consigo la decadencia de la 
piedra pulimentada, y la perfección en utilizar el silex. 
La cultura que sobreviene en la última etapa del 
eneolítico la atribuye Siret a los fenicios'***, opinión 
rudamente combatida por Dechelette. 

Examinemos los caracteres del eneolítico. La ma- 
nera de tallar el silex denota una revolución completa comparada con la época 
anterior; las hojas son largas, regulares y presentan ejemplares admirables, las 
flechas son de todas formas y las hay maravillosas; los puñales simétricos están 
hermosamente trabajados. La decadencia de la industria del silex se había ini- 
ciado al final del cuaternario y ahora, en cambio, recobra nuevos bríos, por tanto 
parece que debió ser una cultura importada. Este es un punto de contacto con 
Egipto. Lo mismo puede decirse de los vasos de piedra, cuya cuna es egipcia, y de 
la pintura mural ; Leite de Vasconcellos ha señalado pinturas rojas aphcadas di- 
rectamente sobre la piedra, como en Egipto. Los huevos de avestruz se han descu- 
bierto en Iberia y en Egipto. El marfil de elefante es otro lazo de unión, aunque éste 
puede ser simplemente africano. Se han hallado en Iberia cúpulas funerarias, cons- 
trucciones monomegaliticas, una estatua femenina de alabastro de estilo egipcio, 
azuelas funerarias como en Egipto; por último, representaciones figuradas de los 
signos del agua, de la lluvia y de la tierra. También en Iberia existe la escritura 
sagrada, jeroglífica e ideográfica semejante a la egipcia (Siret). De Asiría procede, 
según Siret, el culto a la palmera, que aparece en dibujos toscos de triángulos 
superpuestos; es la palmera mítica figurada en Nínive. El bétylo de las sepulturas 
his})ánicas es también un simulacro primitivo de troncos de palmeras. La ima- 
ginación ardiente del arqueólogo francés lo lieva a conclusiones arriesgadísimas 
y poco seguras. De Arabia proceden los perfumes, ungüentos y cosméticos. 
El mobiliario eneolítico encierra frecuentemente botellitas de hueso o de alaba.s- 
tro, adornadas como lo están algunos de nuestros frascos de perfumes; además 
tienen un cuello donde puede fijarse una piel, como sobre los recipientes que 
contienen materias grasicntas. La antigüedad ha atribuido siempre los perfumes 
al Oriente. Siret asegura que los huesos pintados o grabados presentan carac- 
teres de analogía con las pinturas de los vasos de Chipre, parecidos éstos a su 
vez a los de Susa; afirma además que la aparición de estos vasos coincide en la 
isla con sus relaciones egipcias. 

De la cuenca egea proceden los llamados, por Siret, pulpos y las bipennes 
simbólicas. Dechelette defiende la teoría egea, afirmando que las aseveraciones 
de Siret son debidas al conocimiento incompleto de los descubrimientos egeos, 
pues gracias a las exploraciones de Evans puede pensarse hasta en una influen- 
cia cretense o egea en el antiguo y primitivo Egipto. 

Del Oriente, en general, tomó Iberia su sistema de fortificación. Los sitios 



76 HISTORIA DE ESPASa 

que caracterizan la civilización exótica del eneolítico están situados t()dos en las 
riberas de corrientes de afjua, (\ue constituyen los caminos y c<jmunicacioní*s na- 
turales entre el mar y el interior del país. Estos establecimientos se hallan dekii- 
didos por un sistema de fortificaciones muy ingenioso; fostís, terraplenes, muros 
flanqueados de tfjrrcs o bastiones y puertas cuyas entradas í-stán bien defendidas. 
No Cí)nocenios nada igual en la ('•poca precedente y esta ciencia estratégica ha 
venidíj de fuera con los colonos, los huevos de avestruz, el marfil de hipopótamo 
y los perfumes. En el i)aís de origen existen ciudades igualmente fortificadas y a 
ellas se llega por el mar (Siret). 

Respecto a los conocimientos metalúrgicos diremos, con Siret, que en la es- 
tación de Almizaraque (Almería) la metalurgia del cobre presenta una fjarticula- 
ridad importante; los minerales recogidos en las ruinas de las moradas son fre- 
cuentemente argentíferos, mientras que los objetos elaborados no contienen 
cantidades apreciables de i)lata; hay plomo argentífero fundido y ambos metales 
no se encuentran en los muebles funerarios de esta época. 

En cuanto a la pintura sobre cerámica aparece en Iberia en compañía de 
todas las innovaciones eneolíticas y desaparece en la Edad del bronce; reapa- 
rece débilmente representada en la colonización tiria y abunda en la éjjoca de 
la preponderancia cartaginesa, que importó a la península gran cantidad de vasos 
griegos. La decoración principal es el dibujo en zigzag, que para .Siret represen- 
ta el signo del agua egipcio. 

También llegaban importaciones del Occidente, entre ellas el calláis, fosfato 
de aluminio verde; su procedencia ha querido buscarse en Oriente, pero Siret 
opina que proviene de los aluviones estañíferos occidentales. Del mar Báltico 
llegaba el ámbar, de Inglaterra el jais. Como objetos propios de Iberia pueden 
citarse los vasos con decoración de incisiones, los instrumentos de piedra pu- 
limentada, el cobre y los minerales de plomo argentífero. 

Concluye Siret con la observación de los siguientes fenómenos: exportación 
de metales preciosos, universalidad de los caminos comerciales, un poder maríti- 
mo innegable, diversidad de tipos de ídolos y ausencia de brazaletes y joyas 
metálicas ^**^ (sólo un brazalete se ha encontrado en Villaricos). 

Cree Dechelette que la civilización eneolítica corresponde al período ciclá- 
dico o de Amorgos. Sin embargo, el mismo autor admite la influencia egipcia 
con estas palabras: «Si a nuestro parecer no puede admitirse ninguna relación 
directa entre los habitantes de Egipto o los de Asia y las tribus neolíticas de 
Europa occidental, no es menos incontestable que ciertas vías comerciales se han 
abierto desde remotos tiempos entre las diversas regiones de Europa, » y sigue : « Las 
principales corrientes de civilización que han seguido las citadas vías, creemos se 
dirigieron de N. a S. y de E. a O. Como la cuenca oriental del Mediterráneo, 
desde los tiempos neolíticos, estaba en relación con el Egipto prefaraónico, siempre 
rechazando las hipótesis de relación directa, nos es permitido colocar en Oriente el 
principal centro de difusión de los progresos sucesivos de la civilización occiden- 
fal'^^'^.^ Esta es precisamente la tesis de Siret y hemos consignado las anteriores 
palabras para recalcar la importancia que tiene la coincidencia de ambos ilustres 
arqueólogos. 

Ahora bien, si Egipto no se comunicó directamente con Iberia, debemos 
forzosamente admitir la existencia de un pueblo de marinos y comerciantes que 



EL NEOLÍTICO V LA EDAD DEL BRONCE 77 

pusiera en relación ambas civilizaciones. Para Siret el pueblo introductor en 
Iberia de esta civilización neolítica y de las artes, industrias y culto que la cons- 
tituyen es el pueblo /cfii fío. Este pueblo es conocido por haber estado en con- 
tacto íntimo y prolongado con Asiría, Arabia, Egipto y la cuenca egea; además, 
según la tradición, colonizó de muy antiguo la Iberia y comerció con el país del 
estaño y del ámbar. 

Bajo la XVIII dinastía los egipcios inauguraron la era de conquistas, domi- 
naron la Mesopotamia y las ciudades fenicias cayeron bajo el poder de los farao- 
nes. Los fenicios se convirtieron en vasallos fieles, y con la protección de Egipto 
fundaron una marina poderosa, superior a todas las thalassocracias anteriores. 
Saliendo de los puertos egipcios explotaban, naturalmente, la costa africana que 
conducía al estrecho de Hércules y a Iberia, el país de los metales. La destruc- 
ción de la preponderancia cretense les dejaba el mar libre; el mundo se hallaba 
ávido de riquezas, de oro, de plata y estaño, que el Occidente virgen guardaba 
en cantidad inagotable. El Egipto y Oriente conocen el bronce antes de la XVIII 
dinastía, pero este metal era raro, porque siendo una aleación de cobre y estaño 
los yacimientos de éste eran muy pobres, superficiales, fácilmente agotados y 
olvidados. Según Wiedemann, citado por Siret, sólo bajo la XVIII dinastía los 
egipcios efectuaron la aleación del estaño con el cobre para obtener el bronce. 
Sea lo que fuere, sólo desde esta época el bronce se convirtió en Egipto en un 
metal industrial de uso corriente, reemplazando al cobre y al silex; es el co- 
mienzo de la verdadera Edad del bronce. En todo el Mediterráneo oriental se 
comprueba este fenómeno: la brusca abundancia de metales preciosos y del 
ámbar, seguidamente a las conquistas de la XVIII dinastía, que hicieron de los 
fenicios los agentes marítimos de Egipto. La única explicación, por tanto, es el 
descubrimiento de ricos yacimientos en países nuevos, fáciles de explotar, y un 
comercio activo y bien organizado con estas comarcas. Deducción: los fenicios 
llevaron a Iberia los productos de Egipto y de Oriente explotando las minas de 
Occidente. 

Sea transmisor del arte egeo cicládico o de Amorgos, según la opinión de 
Dechelette, o del egipcio prefaraónico, siguiendo la teoría de Siret, el hecho de 
que un pueblo sirvió de intermediario para comunizar esa civilización a Iberia, o 
que ésta hubo de relacionarse directamente con los civilizadores sin interven- 
ción de terceros, es cuanto claramente se desprende de los razonamientos 
anteriores. 

Los defensores de una expansión occidental de la civilización egea se fun- 
dan en los portentosos descubrimientos de Evans en Creta, dando a conocer un 
mundo nuevo y una cultura neolítica en los maravillosos palacios de Phestos, 
Cnossos y Haghia -Triada con la sorprendente alfarería de Kamarés, que para 
algunos ha sido el modelo de la neolítica ibérica. El arqueólogo italiano Mosso*^* 
llega a más, pues sostiene declaradamente que los cretenses de la época minoica 
llegaron a España trayendo el culto del hacha sagrada, y modernizando las pin- 
turas de Cogul, cree ver en ellas influencias egeas. El profesor D. Antonio 
Vives, aunque tímidamente, insinúa la opinión de una corriente egea al estudiar 
los monumentos baleáricos i^. 

Siret apoya su hipótesis en la falta de noticias tradicionales acerca de los 
dominios de la tkalassoa acia cretense y, en cambio, le parecen claras las rtoti- 



7« 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fig. J5. Vaso Ue barro ( época eneolítica ). 
( Museo Arquí'oíóffico Nacional ) 



cias de los fenicios, atacando con argu- 
mentos y respuestas más o menos inge- 
niosas las razones df Dechelette, que se 
funda en la semejanza de las alfarerías pin- 
tadas, de los ídolos femeninos, /V/y/í».». 
vasos de piedra y jmntas de obsidiana de 
civilización egea encontrados en Iberia. 
l'rolongaríamos demasiado esta polémica 
interesantísima si al por menor fuésemos 
siguiendo sus vicisitudes; basta con lo di- 
cho para darnos cuenta del estado de la 
cuestión, otro vmxxúh) en la narración sería 
impertinente y fuera de propósito. 
Resta inquirir el alcance de una afirmación en extremo interesante, p«ji leic- 
rirse a colonos históricos de nuestra península, cuyo nombre suena hoy en con- 
jeturas de arqueólogos nada menos que en la Kdad de piedra. Donosamente 
combate Uechelctte este extremo de su contrincante, demostrando su asombro 
por la llegada a España de un elemento semita en tan remota edad. En verdad 
que la sospecha parece justificada, pero si observamos la época a que Siret se 
refiere, o sea la de la conquista egipcia durante la XVIII dinastía, la región que 
luego se llamó Fenicia entonces era conocida por tierra de Ka/ti y de Za/ii, no 
siendo, probablemente, sus habitantes semitas, sino camitas, como sus vecinos 
los Khati, y sólo luego, pasados bastantes años, una invasión semita del Pount o 
de la Arabia hizo que predominase la estirpe semita *^. Por tanto, sin prejuzgar 
nada, si fuese cierta la aseveración de Siret, se referiría no a los fenicios históri- 
cos semitas, sino a sus ascendientes camitas, fieles servidores del poder egipcio. 



Arte y Religión de los neolíticos. — El artista de la piedra pulimentada 
huye del naturalismo y tiende a dar a sus imágenes una representación, al pare- 
cer, simbólica e ideológica; por eso creemos que las pinturas rupestres son cada 
vez más estilizadas, hasta llegar al grado sumo de esquematización ^^*. E^tas 
pinturas abundan, sobre todo, en la región meridional de la península; en 1913, 
Hernández Pacheco y Cabré observaron, en el yacimiento prehistórico del Tajo 
de las figuras, signos y estilizaciones superpuestas a las pinturas paleolíticas; en 
una cueva de la garganta del Cuervo (Sierra Momia) hallaron signos neolíticos, 
en la Laja de los hierros (Sierra Zanona) una composición neolítica, de 25 me- 
tros de extensión, y en la Cueva Ahumada la representación estilizada de una 
danza fálica^^^. En el peñón de la Tabla de Pochico, cercdi de Aldeaquemada 
(Jaén), hay unas estilizaciones humanas de tipo neolítico ^^^ y en las cuevas de 
Los ladrones y de La Pileta son también notables las pinturas neolíticas. No 
faltan tampoco en el oriente de España, particularmente en Alpera, en la Cueva 
de la Vieja, donde hay representado un animal estilizado en forma geométrica ; 
en el segundo abrigo de los Cantos de la Visera estudió Cabré unt^s signos que 
parecen representar la faz de un ídolo neolítico y dos estilizaciones humanas ^^*. 

Como afirma Hernández Pacheco, las pinturas prehistóricas de este grupo 
existen decorando los peñones de cuarcita en las escabrosidades de Sierra Mo- 
rena y se extienden por Extremadura hacia Portugal ^^^. Dice Cabré que, parte 




Fig. 36. 



Cerámica de las estaciones neolíticas 
del Sur y Sureste de España. 



I. Cueva de los Tollos (Almería). '>. Cueva del Tesoro (Málaga). 
3. Tres Cabezas ( Almería ). 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 

de los modelos de las pic- 
tografías estilizadas se ha- 
llan en el interior de los 
dólmenes: en los deBeira 
Alta, Monte de Barbanza 
(Coruña) , mámoa de Lijó, 
dolmen de Cangas de unís 
y dolmen de Jerez de los 
Caballeros. El mismo 
aserto se comprueba en 
las grutas artificiales de 
Merendilla y Cihuela y en 
la piedra tumular de As- 
turias (Museo Arqueológico). Famosas son las pictografías de Cáchelo da Ra[>a, 
estudiadas, en el siglo xviii, por Contador de Argote, y la de Eira ¿tos Mouros, 
en la jjrovincia de I'ontevedra; de ellas ha escrito recientemente un folleto el 
señor Cabré ^^. Kl mismo autor estudiaba los grabados rupestres de la torre de 
Hércules, en La Coruña i^', y Hernández Pacheco verificaba una exploración en 
Albuquerque, descubriendo curiosas pinturas prehistóricas^**. 

Se consideran también pinturas neolíticas las de Fuente de los Molinos, 
Cueva de la Solana del Matnión y Covacha del Arroyo, en Vélez Blanco (Alme- 
ría); las de la Cueva de la Reina Mora, en Benaoján (Málaga); las de El Retamo- 
so, Cueva de la Niebla, Cueiui de la Morceguilla, BarrafKO de la Cueva y Cueva 
de los Mosquitos, en la provincia de Jaén; asimismo son de la época de la piedra 
|)ulimentada las de Cueva de los Letreros. Batanera, Cuevas del Peñón amarillo, 
Collado del Águila, Rabanero y El Monje, en la provincia de Ciudad Real, y 
Iais Batuecas y Garcibuey, en la provincia de Salamanca. Cabré afirma que 
pasan de trescientas las localidades españolas de arte rupestre que no perte- 
necen al paleolítico; Breuil exploraba, en 1913, las de Sierra Morena, donde 
son muy abundantes. 

Debemos a indicaciones paiiicmares del Sr. Cabré el poder atirmar existen 
esculturas neolíticas esj tañólas muy curiosas, acerca de las cuales prepara el citado 
arqueólogo un trabajo importante. Leite de Vasconcellos ^^ escribió algo sobre 
las halladas en Portugal. En el Museo Provincial de Pontevedra hay dos proce- 
dentes de las orillas del río Tambre (Coruña); son del tipo de los menhires. 
Otro género de esculturas del final del neolítico son las del interior de las grutas 
artificiales de Marquínez (Álava), visitadas por Adara de Yarza,Breuil y Cabrea 
Una de las manifestaciones del arte peculiar del neolítico es la cerámica. 
En la fase de los kj'ók- 
kenmóddings se en- 
cuentran restos de vasos 
hechos a mano, con ba- 
rro muy grosero y de 
forma más o menos es- 
férica y alargada. Para 

Mélida, el vaso'más pri- 

•*■• A -c - 1 Fig. 37. 1 y 2. Vasos incisos de Los Millares ( Almería ). 

mitivo de íí.spana es la 3. vaso pintado de la cultura de Los Millares. 




8o IIISIÜRIA UE ESl'ANA 

escudilla o i)latillo de la estación de Argccilla (Guadalajara); a esta cerámica 
grosera de formas sencillas (cas(|uetes esféricos) corresponden el vaso de Caniles 
(Granada, fig. 39) y otros. Contemporánea de los sepulcros de cúpula es la cerá- 
mica llamada de Palmella (Setubal, Portugal) o de C ¡em|>ozuclos; es una ce- 
rámica de formas más complicadas y bellas, constituida por casquetes esféricos, 
especies de cazuelas y vasos campaniformes con decorat iones de zonas en zigzag, 
y otros motivos incisos y rellenos de pasta blanca (fig. 38). L.as tulipas tle Pal- 
mella fueron halladas en una gruta se[>ulcral y los vasos de Ciempozuelos fueron 
descubiertos por D. Antonio Vives el año 1894, en una necrópolis de la men- 
cionada localidad. Peculiar de las cuevas es la cerámica de ornamentos clabo- 






2 3 t 

Fig. 38. — Cerámica de Ciempozuelos. 
1. Vaso campaniforme.— 2. Casquete esférico, — 3 y 4. Cazuelas. 

rados con cordones de barro e impresiones wiyii.m >. l,n los pol^lado^ <]»• la pro- 
vincia de Almería se han descubierto tipos especiales de cerámica, como la de 
los vasos de panza esférica con cuello cilindrico, idénticos a los de las estaciones 
neolíticas del Mediterráneo occidental ( fig, 36). Ya en pleno eneolítico, en la 
estación de Los Millares aparece la cerámica de vasos campaniformes y otras for- 
mas en las cuales hay decoraciones de animales y otros motivos incisos o pinta- 
dos 201. (fig. 37). Han tratado de cerámica prehistórica Mélida^*, Fondrignier*^-', 
Raymond^*^^ y Franchet^*'^; el Boletín de la Academia de la Historia^^ se ha 
ocupado, en varios artículos, de la cerámica de Ciempozuelos. El conde de Cedillo 
ha dado a conocer un catino de Burujón del mismo tipo de Ciempozuelos, ha- 
biéndose encontrado objetos cerámicos de la misma tipología en Barciense y 
Belvis de la Jara (provincia de Toledo) ^í''?. También se ha encontrado cerámica 
de Ciempozuelos en las provincias de Soria y Logroño, y recientemente Luis 
Mariano Vidal la ha descubierto en Cova fonda, a poca distancia de Tarra- 
gona^*'^. El marqués de Cerralbo trató de la cerámica de la caverna de Somaén 
(Soria) y de la del Atalayo, de la misma factura de Ciempozuelos^^. Lo* mismo 
podemos decir de la cerámica encontrada en Talavera y de la descubierta por 
Bonsor en los Alcores. En Abril del año 191 2, en la dehesa de Majazala, cer- 
cana a Toledo, se descubrió un catino del tipo de Ciempozuelos '^^^. 

Si en cierto sentido el neolítico es inferior al hombre del paleolítico en 
instinto pictórico, en cambio, es un artista en arquitectura, demostrándolo así la 
fase megalítica; como dice Dechelette, los cazadores de reno ignoraban el arte 
de construir 2^^. Aquí lo artístico se enlaza con la religión; los monumentos de 
que vamos a tratar tienen carácter funerario, son tumbas y su construcción res- 
ponde probablemente a la creencia en la vida iiltraterrena. Estos monumentos 
se hallan esparcidos por toda la península ibérica, especialmente en Portugal y 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



8l 





Fig. 3y. Vaso de Caniles. 
(Museo Arqueológico Nacional.) 



en la región cántabro-pirenaica. El grupo 
más interesante es el de los dólmenes; es el 
dolmen una sepultura formada por varias 
piedras informes, las cuales sostienen otra 
que sirve de cubierta, siendo su planta 
cuadrangular, redonda o poligonal. Este 
tipo constructivo evoluciona y aparece el 
dolmen de corredor incipiente, y el verda- 
dero sepulero de corredor, formado por un 
dolmen de construcción más regular, ge- 
neralmente redonda, al cual se agregan dos 
series de losas paralelas, que constituyen el 
corredor. Las galerías aibierlas son cá- 
maras rectangulares alargadas, construidas 
de la misma manera, con grandes losas ver- 
ticales y otras planas, sostenidas en las 
primeras y formando cubierta (Cueva de 
Menga). Aparecen luego los sepulcros de 
falsa cúpula, formados por una cámara de 

planta circular que a las veces tiene anejas otras más pequeñas (El Romeral); 
las paredes no son ya grandes losas, sino piedras más pequeñas que sobresalen 
las unas de las otras, hasta ir cerrando la cámara y formar la llamada falsa cú- 
pula, especie de bóveda a la cual sirve de clave una piedra plana, en ocasiones 
sostenida en una columna fabricada con grandes losas de piedra. La última fase 
está rei)resentada por el tipo sepulcral de la cista, caja de piedra hecha con 
losas bien talladas y que ya pertenece al período del cobre. Estas construcciones 
se hallaban ocultas bajo un túmulo artificial, hecho con tierra o piedras y situado 
a veces dentro de un círculo de piedras; generalmente el túmulo hoy ya no 
existe *^^ (fig. 44). 

Del dolmen primitivo hay ejemplares en Gerona, Navarra, Vascongadas, 
Asturias, Galicia y Portugal, no faltando tampoco en Andalucía; en cuanto a los 
sepulcros de falsa cúpula se encuentran solamente en el Mediodía, desde el 
Algarbe hasta Almería. En la provincia de Badajoz, cerca de Mérida, en el lla- 
mado prado de Lácara, hay un dolmen especialísimo, en el que para cerrar la 
cúpula se han cortado las piedras de propósito, como los gajos de una na- 
ranja *^^. Hernández Pacheco ha descrito, en un trabajo reciente, las antas de la 
Vega del Peso, de la Cerca de En medio (sepulcro de corredor), del Careo de 
Anta y Turma (sepulcro de corredor) y la del Careo de Cuesta, todas en la 
región de Albuquerque ^^^. De los dólmenes descubiertos por Mélida en Extre- 
madura pueden citarse el de la Dehesa de Mayorga (corredor iniciado), el de 
la Cueva del Monje, el de la Cerca de Marzo (Magacela), el de la Dehesa de los 
Arcos, el del Ramo, el del Campillo, el de la Cañada de la Murta, el de la 
Dehesa del Hospital, el de Garracha, el del Conde Galeote, el de Manchones y 
el de la Granja de Toniñnelo (Jerez de los Caballeros) ^i^. Jorge Bonsor ha es- 
tudiado las motillas eneolíticas de la necrópolis del Acebuchal ^^^, y Gómez Mo- 
reno ha encontrado en la región granadina sepulcros de cúpula en Gor, dól- 
menes en Acci y tumbas megalíticas en Montefrío, hallando diversos tipos de 

HISTORIA DE ESPaSa. — T. I. — 11. 



82 



HISTORIA PE ESPAÑA 




FiK. 40. 



Grabados rupestres del peñón del Polvorín. 
( Cabré : La Torre de Hércules.) 



construcción en un mis- 
mo sitio; opina este ar- 
(|ucólo^o que el dolmen 
sencillo es una degene- 
ración, apareciendo an- 
tes la sepultura de cú- 
pula»". 



1^ religión del hom- 
bre neolftico es una 
( ucstión clara y deter- 
minada en cuanto a su 
existencia, prolongan 
dose el culto idolátrico 
durante el eneolítico y 
los |)rimeros períodos 
de la Edad de los me- 
tales. Aparece el ídolo en su figura más grosera, parecida a los ídolos de lorma 
de violón de Hissarlik; el ejemplar típico es el ídolo de piedra de El Gárcel 
(Almería). Sigue luego el ídí)lo de piedra de íorma humana encontrado en Al- 
mizaraque (Almería) y el vaso de Los Millares (Almería), en el cual, esquema 
ticamente, están representados los ojos, la 'nariz 
y las mejillas; la figura de este ejemplar sugirió a 
Siret la idea del i)ulpo (fig. 37-1). Probablemente 
son posteriores los ídolos en placas de pizarra gra- 
bados como el de Garrovillas de Alconetar (Cáce- 
res) y el de Idanha-a-Nova y otros de Portugal; 
Hernández Pacheco descubrió uno de esta clase 
en el dolmen de la Vega del Peso, en San Vicente 
de Alcántara (fig. 41). Opina Dechelette que el 
motivo principal en las representaciones de estos 
ídolos son dos círculos en forma de sol; estos soles 
son, para el citado autor, los ojos degenerados de 
la diosa femenina egea, divinidad funeraria que 
pareció a Schliemann una lechuza y a Siret un 
pulpo; la forma originaria era la de una mujer des- 
nuda con las mejillas coloreadas de rojo^*^. 

El más famoso de los hallazgos neolíticos es 
el realizado en Peña Tú (Puertas, Oviedo), siendo 
los felices descubridores de un ídolo neolítico 
pintado los Sres. E. Hernández Pacheco, Juan 
Cabré y conde de la Vega del Sella. Mide el ídolo 
asturiano un metro de altura por 62 centímetros de ^S/ieriotnl^n^^et Vega'de" 
anchura máxima; la figura está primero grabada Peso, en San Vicente de Alcán- 

^c j .. • j 1 1' j 1 L 1 tara (Badajoz). (Hernández 

protundamente y encima de la linea del grabado Pacheco.) 




EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



83 




Fig. 42. 



Reconstitución del ¡dolo 
de Peña Tú. 



1. Cara. - 2. Cabellera. - 3. Túnica. — 
4. Manto interior. - 5. Manto exterior. 
—6. Corona. - 7. Pies. (Hernández Pa- 
checo y Cabré.) 



pintada en rojo obscuro. A pesar de la esque- 
matización se distinguen en él la cara, bien de- 
terminada por los ojos y la nariz, la cabellera de 
líneas radiales, la túnica ceñida al cuerpo, dos 
mantos, uno exterior y el otro interno, una su- 
puesta corona y los pies (fig. 42). Si bien perte- 
nece a la familia de los ídolos franceses y espa- 
ñoles, tiene el de Peña Tú una j)ersonalidad bien 
manifiesta. A la derecha del ídolo, y en tamaño 
mucho más pequeño, aparecen unas figura» 
humanas estilizadas representando una danza 
ritual; junto al ídolo hay un dibujo interpre- 
tado por unos como un puñal y por otros como 
sepultura ^'^. Creen los investigadores del ídolo 
de Peña Tú (jue significa un monumento de- 
dicado a la memoria o ei\ honor de algún jefe 
guerrero, o quizás se trate de un monumento 
nacional del pueblo que habitó la comarca, 
siendo un santuario de la tribu. 

Al describir Cabré los grabados rupestres 
de e¿ Altar de Monte Vicos o Punta Herminia 
y el peñón del Polvorín (fig. 40), ambos cerca de 
la torre de Hércules, en La Coruña, da nuevas 
interpretaciones de carácter religioso; el de 

Monte Vicos representa figuras estiUzadas de mujer que forman parte de una 
danza ritual funeraria. En el peñón del Polvorín existe, según Cabré, otra danza 
y en la parte inferior una figura cuadrúpeda con su jinete, que hace suponer al 
citado autor que se trata de un monumento erigido en memoria de un jefe de 
tribu comparándolo con otros análogos de la cueva de Ganforros de Peñaranda 
(Sierra Morena), Cuevas de Marquínez (Álava), Sierra Alto Rey (Soria) y Cueva 

del Mediodía 
(Yecla). La dan- 
za ritual funera- 
ria la enlaza Ca- 
bré con el culto 
del falo. Pueden 
compararse es- 
tos grabados 
con los descu- 
biertos en Amé- 
rica, atribuidos 
a los indígenas 

(fig. 43)- 

En el cerro 

de Mataquintos, 

cercano al pue- 
Fig. 43. — Piedra con grabados antiguos que se halla en el valle v.\ a r \ A 

de La Caldera, prov. de Chiriqui (Rep. de Panamá). blo de l^orral de 




«4 



IIISTOKIA liR KSI'ANA 









¿^^i'^ 



-CD 



(P 



o 



^.s:^ 






Caracuel, se hallaron unos objetos 
neolíticos descritos por D. Antonio 
lilázquoz y juzj»a(lf)S por I). Ángel 
Cabrera como amuletos, talismanes 
o varitas de virtud; son de (>iedra, 
largos, estrí'í hf)S y fusifurmes. Abo- 
na la opinión del Sr, Cabrera el es- 
tudio de unos objetos iguales o muy 
parecidos usados por los indígenas 
(le la América del Nortf y conocidos 
tradicionalmente como objetos de 
carácter religioso**'. 

Cuestión a discutir es el des- 
tino de los menhires, sobre ello 
abundan las hipótesis; unos los creen 
ídolos primitivos o símbolos religio- 
sos, otros suponen que se erigieron 
para conmemorar un acontecimiento 
notable, hechos de guerra o tra- 
tados, acaso sirvieran para marcar 
los confines de un territorio o de 
indicadores de una necrópolis. De- 
chelette es de parecer que están 
unidos a los antiguos cultos litolá- 
t ricos ^'". 

Respecto al culto a los muertos 
se observa que, tanto en las diver- 
sas clases de dólmenes como en las 
grutas naturales o artificiales, el 
hombre neolítico sepultaba a sus muertos con los objetos que habían sido de su 
uso diario y quizás pensaba en una supervivencia del espíritu. Se cree que los 
neolíticos descarnaban los cadá\ eres para enterrar solamente el esqueleto, y son 
indicios de esta conjetura el reducido espacio de ciertas sepulturas colectivas, y 
el colorear los huesos con cinabrio, limonita o hematita. Los cadáveres, por lo 
general, eran inhumados, al menos en España no hay pruebas de incineración 
durante la Edad de piedra. Algunos autores han hablado de la trepanación neo- 
lítica ritual o religiosa respondiendo a una superstición, y hay escritores que de- 
fienden, en cambio, la trepanación quirúrgica, suponiendo que la cirugía en el 
neolítico, por las operaciones practicadas, había llegado a un grado de gran 
progreso. 




Fig. 44.— La evolución de los megalitos. 

Dolmen sencillo.— 2. Dolmen con corredor incipien- 
te. — 3. Sepulcro de corredor. —4. Galería cubierta. 
Cueva de Menga (Antequera).— 5. Sección y cúpula 
de la Cueva del Romeral (Antequera).— 6. Sección 
del sepulcro de cúpula de Los Millares (Almería). 



La hipótesis egea y sus contradictores. — Entre las vacilaciones con- 
tinuas que producen los hallazgos prehistóricos hay uña conjetura dibujada de 
una manera más precisa en las modernas publicaciones, y es la de admitir un pe- 
ríodo de civilización que nace en la Edad de la piedra y quizás se prolonga hasta 
bien entrado el período de los metales, admitiendo una coincidencia o corrientes 
orientales que modifican el medio peninsular, reflejándose este fenómeno en las 



EL NEOLÍTICO Y LA. EDAD DEL BRONCE 85 

construcciones. Han dado lugar a esta hipótesis los trabajos de Evans ^'^, Xor- 
disk^^a^ Myres224^ Blinkenberg^=*^, Schliemann y Dorpfeld^^e^ Dussaud^^^, Mosso^*^ 
y Dieulafoy ^^, que descubren los secretos de una civilización prehelénica en la 
cuenca oriental del Mediterráneo, defendiendo algunos de ellos la existencia de 
una thalassocracia cretense. 

En España atacó con valentía el problema D. Manuel Gómez Moreno ^^, en 
su precioso artículo sobre la Arquitectura tartesia; el mismo año, Velázquez 
Bosco^^^ publicaba un estudio sobre Ims tumbas antequeranas y José Ramón 
Mélida 2^2 unas notas sobre la arquitectura miceniana en Iberia. El académico 
don Antonio Vives "^'^ daba a la estampa su opúsculo: El Arte egeo eti España, 
habiendo precedido a los anteriores Martins Sarmentó*^ y Leite de Vasconce- 
llos236^ apoyando el mismo aserto el P. Fita=*^, Castillo Quartillers*^^, Blázquez^^ 
y Chabret^^^; Siret-*^, aunque habla de alfarería pseudo-miceniana, en uno de 
sus numerosos artículos, admite la hipótesis. 

Describe el Sr. Gómez Moreno los sepulcros llamados la cueva de Menga, 
clasificada erróneamente como templo druida por Mitjana ^*^ la cueva de Viera y 
la del Romeral, en término de Antequera; en esta última hace observar la gran 
analogía que existe con los sef)ulcros con cúpula de Grecia, cuyo tipo es el 
llamado tesoro de Atreo en Micenas. Hay una porción de sepulcros semejantes, 
aunque más pequeños, esparcidos por toda la Andalucía alta, desde Tíjola, Baza, 
Guádix, por oriente, hasta Jaén y Luque, por el N., y Ronda y Morón por O., 
quedando hacia el centro los de Antequera, Zafarraya, Montefrío y Dilar. El del 
Romeral se repite con gran insistencia, como forma corriente de sepulcros en 
cierta época, desde Almería al Algarbe y hasta la desembocadura del Tajo, pu- 
diendo citarse, en Andalucía, los de los Alcores sevillanos, en la sierra de Cons- 
tantina cerca de Gandul, en Canillas del Serrano (Guillena), la cueva de la 
Pastora (Castilleja de Guzmán) y la necrópoHs de Los Millares (cerca de Gador). 
En Portugal se hallan la necrópolis de Alcalar, en el Algarbe, explorada por 
Estacio de Veiga, los sepulcros del valle de San Martinho (cerca de Cintra) y los 
de Folha das Barradas, Aljezur, Torre dos Frades (Algarbe), Marcella, Arrife, 
Nora, Campiña y Serró do Castello. Roso de Luna hace referencia a hipogeos 
semejantes en Miajadas (Extremadura). Se agrupan, en gran número, en la re- 
gión del Alemtejo, alrededor de Evora, y hasta el Guadiana, cruzándolo con di- 
rección a los grupos extremeños de Zafra, Usagre y Azuaga; otro foco mantiene 
la sierra de Cintra y luego ocupan vasto territorio por Beira y Tras -os -Montes 
hasta el Miño, corriéndose, Duero arriba, hacia Vitigudino, Ciudad Rodrigo y 
Sáyago ^^^. Reaparecen en las vertientes cantábricas, aunque con menos densi- 
dad, en la ría de Arosa, Asturias, Álava y Bajos Pirineos. 

Sostiene Gómez Moreno que de España el megalitismo se extendió por 
Francia, Inglaterra y Alemania, siendo la península el punto de partida de la ex- 
pansión neolítica. Encuentra el citado autor concordancias orientales y, sobre 
todo, griegas, de lo griego más primitivo que nos ha revelado la colina de His- 
sarlik; sostiene que la cerámica negra, con decoración rectilínea incisa y empos- 
tada de Ciempozuelos , Talavera, Carmona, Almería y Setubal, es de origen 
egipcio o caldeo y constituyó una industria primitiva en Grecia, Chipre y Etru- 
ria. Curiosa es asimismo la semejanza entre la vajilla de Los Millares y los primi- 
tivos vasos y /usaiolide Hissarlik y otros de Toscana. Velázquez Bosco dice que 



86 HISTORIA DE KSI'ANA 

el túmulo del Romeral pertenece, de una manera más o menos directa, a gente» 
procedentes de Grecia y establecidas en España, sea en época que precedió a 
la historia de aquel pueblo y a la vuelta de los Heráclidas o invasión del I'elo- 
poneso por los Dorios, sea por la emigración provocada j>or este acontecimien- 
to 2'*''. Añade el citado autor (jue las tumbas de Atreo, en Micenas; de Minias, 
en Orcomeno; la de Medini, en el Ática; la de Vaphio, en la I^conia, y la de 
Heraon, en la Argólida, tienen una disposición análoga a la del Romeral. 

Don José Ramón Mélida hace suya, en este respecto, la ojjinión de Deche- 
lette y admite las influencias del pueblo que él llama antehelénico, sosteniendo 
que la última fase dolménica, o sea la tumba de cúpula, tiene origen oriental; 
estas corrientes civilizadoras que parten de Oriente se continúan hasta en épo- 
cas consideradas hoy como muy posteriores al neolítico. Supone Mélida*** que 
a la arquitectura de tipo miceniano corresponden las construcciones de la acró- 
polis de Tarragona, que presenta grandes semejan/as con la ciudadela de Ti- 
rinto, teniendo sus murallas signos de cantería, como los observados por Warren 
y Wilson en el muro de las lamentaciones del templo de Jerusalén. Considera 
también monumentos de carácter miceniano las murallas de Gerona, la acró- 
polis de ülérdola, los restos de las murallas de Sagunto, el llamado castillo de 
Ibros (Jaén), el Caserón del Portillo (N. de Cabra), el Acebuchal, el dique 
ciclópeo de Peñaflor y las ruinas de Berruecos (Teruel). El P. Fita, al hablar 
sobre Arcos de la Frontera, dice que las ruinas del mal llamado pago de Turdeto 
y los muros de Casinas denotan construcción pelásgica, entendiendo con esta 
denominación el tipo arcaico de las murallas de Tarragona. Rodolfo del Castillo 
y Quartillers trata de unos objetos egipcios encontrados en Tarragona, y Anto- 
nio Blázquez de unas construcciones ciclópeas halladas en el cerro de Alarcos. 

Respecto a las islas Baleares, dice Vives que las construcciones megalíticas 
tienen allí carácter ciclópeo; los muros de piedra ofrecen un aspecto muy pare- 
cido al de las murallas de Tirinto, Micenas e Ilios (en el oriente del Mediterrá- 
neo), Malta y Cerdeña (en el centro), Tarragona, Gerona y Olérdola (en el occi- 
dente). La analogía de tales construcciones no es fácil averiguar si es efecto de 
pertenecer a un período de arte o si su semejanza acusa origen común, o son de 
un mismo estilo, llamado Pelásgico, Miceniano o Fenicio. Cartailhac, Hübner y 
Vives convienen en que los talayots o navetas de las Baleares son monumentos 
funerarios. 

Pero, ¿quién era el pueblo constructor de estos monumentos? Hernández 
Sanahuja^'*^ dice que en Tarragona se trata de una colonia comercial; D. Eduardo 
Saavedra "^^^ opina lo mismo; Martorell y Peña ^*^ y Sampere y Miquel 2** sostie- 
nen que son iberos. El P. Cara^*^, en su libro sobre los hetheos, defiende que la 
civilización neolítica de los dólmenes es ibérica y de procedencia africana, ex- 
tendiéndose luego por toda Europa, y además hace suyas las conclusiones de Siret 
cuando afirma la gran analogía entre la civilización oriental de Hissarlik y de 
Chipre con la del neolítico español. Apoyándose en la opinión del sabio jesuíta, 
cuya teoría estuvo de moda un tiempo, pero que hoy ya ha decaído, sostuvo 
en España el Sr. Guillen García -'"^ que los hetheos habían colonizado Cataluña, 
suponiendo naturalmente la construcción ciclópea tarraconense como posterior 
al neolítico andaluz. Por último, el Sr. Gómez Moreno es de parecer que la raza 
de los dólmenes no es otra que la Tartcsia. 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRON'CE 87 

Coincide con el anterior el profesor Schulten, pero determinando que los 
íartesios son iberos. Se refiere el autor germánico a la cultura neolítica encon- 
trada por los hermanos Siret en la provincia de Almería, que va siguiendo un 
paralelo igual a la cultura del Oriente y que alcanza al tercer Evo (2500 a 2300 
antes de J.C); sostiene, pues, Schulten la existencia de un activo comercio en 
el cual ejercen un papel preponderante los navegantes cretenses y la famosa 
íhalassocracia minoana. 

El gran defensor de la tesis oriental ha sido José Dechelette, muerto el 
año 1914 en el campo de batalla, siendo su desaparición una pérdida irreparable 
para la Arqueología prehistórica. Dechelette no exagera la tesis, pero admite 
influencias mediterráneas y orientales en el desenvolvimiento de la civilización 
europea occidental 2^'. Al hablar de la cuei'a de Menga sostiene la semejanza 
del monumento antequerano con las construcciones ciclópeas o micenianas del 
territorio helénico ^^^ ; los megalitos europeos, a pesar de lo tosco de su aspecto 
recuerdan las colosales pirámides que cobijan las cámaras funerarias de los 
faraones egijjcios ^"''^. Afirma el arqueólogo francés que los prototipos de la fase 
inicial del bronce proceden del SE. de Europa, extendiéndose por el O. y N. eu- 
ropeos; la vía que siguieron fué la marítima, bordeando las costas africanas, 
surcando el estrecho de Gibraltar para llegar por las costas atlánticas a las islas 
Británicas y a Escandinavia. Examina luego el origen de los megalitos y con- 
cluye que las semejanzas de estructura y las coincidencias típicas, como las losas 
perforadas y la cúpula, denotan un cercano parentesco entre los monumentos 
orientales y los dólmenes del Occidente. Rechaza, además, la suposición de una 
concepción esi)ontánea de diferentes pueblos al tratarse de construir un abrigo 
funerario y contesta que si los dólmenes españoles son más toscos y primitivos 
que los de Grecia, es que éstos a su vez tuvieron probablemente un modelo ru- 
dimentario hasta el presente desconocido, que tal vez se halle pronto, como se 
ha descubierto el dolmen de Edfú, constando, además, que el Sudán posee me- 
galitos*^^. También defienden la tesis oriental Montelius *^^, Sophus MüUer^^'' y 
lloernes*^^. 

Hoy el grupo de los que podemos llamar occüientalistas , de parecer diame- 
tralmente opuesto al de los anteriores, crece ¡de día en día. G. Wilke sostiene, 
contra Montelius, que los más antiguos tipos de dólmenes y de galerías cubier- 
tas se encuentran en España y Francia; en cambio, la arquitectura dolménica 
de la Grecia prehistórica representa un desenvolvimiento muy posterior, por lo 
cual se deduce que la civilización megalítica ha caminado de Occidente a 
Oriente; todavía no se puede determinar el centro de difusión, basta decir que 
debe buscarse en el SO. de Europa ^^^. Schuchardt es otro de los paladines del 
üccidentalismo; hace resaltar los íntimos lazos que unen el neolítico antiguo de 
la Europa occidental con el paleolítico, de suerte que las supervivencias de esta 
época excluyen la hipótesis de las influencias orientales y convierten la con- 
traria en algo verosímil. La cerámica, derivando del vaso de cuero (Beutel), ha 
p:isado a Oriente desde las regiones occidentales, lo mismo que el largo puñal 
metálico, imitado del puñal de sílex, de forma semejante. El enterramiento de 
cadáveres encogidos no se encuentra en todas partes en la misma época; se com- 
prueba primero en Europa occidental durante la época cuaternaria (España 
Galia e Itaha). 



88 IIISTOKIA DK ESI'ASa 

También en (3ccidente nacen las ideas sobre la vida lniui.i, (im- .icusan los 
dólmenes, y notoriamente, sef^ún Scluichardt, los menhires ; además, las casas 
circulares y los of>puia (desconocidos en Creta), se han ex|)andido del O. hacia 
el E. ^'*^. Se inclinan a esta opinión Penka y Salomón Keinach ='*'", 

El representante de esta teoría en España es el catedrático de la Univer- 
sidad de Barcelona, Sr. Bosch y Gimpera, discípulo de Hubert Schmidt y tra- 
ductor de interesantísimos artículos sobre el particular, escritos por el sabio 
arcjueólogo alemán. Dice Bosch en un libro reciente: Comenta if abrirse caml 
una al Ira opimo, que siiposa que lliir patria originaria deina es ser /'oesi ifíiu- 
ropa'^"^^. Insinúa la dificultad de probar cumplidamente ninguna de las dos ojiinio- 
nes, a causa de no existir investigaciones metódicas acerca de gran parte de los 
mcgalitos situados en extensos territorios; sin embargo, la tesis occidental 
tiene a su favor la mayor riqueza de formas megalíticas en el O,, pudiendo 
seguirse mejor la evolución tipológica desde el dolmen sencillo (imitación de 
la cueva natural) hasta las formas complicadas (sepulcro de corredor y de falsa 
cúpula). 

Las razones expuestas por Hubert Schmidt'**'* son de positivo valor. Para 
este autor, la industria del bronce de los yacimientos del SE. de Esfiaña, tanto 
por su origen como por su evolución, es algo independiente; las formas princi- 
pales de las armas de El Argar encuentran sus modelos en el período anterior, 
o sea en el eneolítico. El puñal evoluciona hacia la espada corta y hacia la larga 
espada cortante con absoluta independencia de influencias extrañas; aparecen las 
hoces de bronce, y la alabarda, desde este centro cultural, se difunde f>or toda 
Europa, pasando a Italia, Gran Bretaña e Irlanda y de la parte septentrional de 
la península apenínica al centro europeo. Es verdad que llegan a España en 
esta época mercancías extranjeras (adornos de marñl, peines, agujas, botones, 
amatista, turquesa, ámbar), pero no es preciso derivar la arquitectura mega- 
lítica del Oriente, ni buscar modelos orientales para los más antiguos objetos 
de metal; el círculo del Egeo no ha podido servir de intermediario entre el 
Oriente y Occidente, aun cuando el marfil, la turquesa y la amatista sean de 
origen oriental. En Oriente faltan los modelos de los tipos occidentales de se- 
pulcros e instrumentos y las formas occidentales son más antiguas que las 
egeas. 

España con Francia y Gran Bretaña constituye el gran círculo de la cultura 
del Oeste durante la última fase de la Edad de la piedra, manteniendo una 
relación cultural con Baleares, Cerdeña, Pantelleria y Malta, incluyendo en sus 
límites orientales a Sicilia e Italia ; en este círculo la arquitectura megalítica des- 
arrolla formas del todo independientes las unas de las otras y aproximadamente 
contemporáneas (talayots, navetas, miraghes, sesi, tambe dei giganti ^ santua- 
rios) 2^. 

También caracteriza al círculo del O. el vaso campaniforme (Remedello, An- 
ghelu Ruju, Villafrati, Ciempozuelos, etc.); los precedentes de este vaso no se 
hallan ni en Egipto ni en Asia Menor. 

Explican el comercio de objetos de marfil, turquesa y amatista la gran ri- 
queza metalúrgica de España; los extranjeros no venían a enseñar una civili- 
zación, que ya existía, sino a traficar con un país rico en metales preciosos. El 
bronce no es una importación de países extranjeros, sino un producto español 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 8g 

en la temprana edad del metal. Uno de los argumentos de más fuerza para pro- 
bar la independencia de la cultura del SO. es el origen de la alabarda, cuyos 
primitivos modelos en sílex ha encontrado Schmidt en los dólmenes de Monte 
AbrSo (Bellas), Villas de Niza (Alemtejo), Granja do Márquez (Cintra) y en el 
sepulcro de Folha-das-Barradas; asimismo puede interpretarse como alabarda 
la gran hoja de sílex de Garrov illas (Cáceres). En cuanto a la célebre cerámica 
del vaso campaniforme de Ciempozuelos, Los Millares, Palmella y Los Alcores 
es completamente indígena, teniendo como punto de partida el cuenco apla - 
nado en forma de casquete esférico; la forma evolucionada del cuenco se halla 
en los sepulcros megalítirri^ <lc rfírtugal. 

La escritura prehistórica.— Ls éste uno de los problemas de más interés 
que encierra la Prehistoria, por ser la escritura una manifestación de la cultura 
de las tribus primitivas, al consignar sus ¡deas por medio de signos gráficos y el 
querer tal vez comunicarse con sus semejantes y quizás transmitir sus hechos 
bélicos. 

Ojiina Gómez Moreno *** que los grabados y pinturas de Dordoña y San- 
tander representan una clase de pictografía rutinaria, sumaria y torpe, alejada 
de lo natural, que respondía a las ideas evocadas mediante figuras, es decir, 
que son signos y no imágenes y han de atribuirse a una sociedad algún tanto 
avanzada, con sistema de escritura más o menos embrionario. Estas representa- 
ciones abundan por todo el mundo, como fase transitoria hacia el sistema jero- 
glífico y sus simplificaciones lineales, solamente abolido con la invención muy 
posterior y localizada del alfabeto'***^. En España existen, según el citado autor, 
dos escuelas pictográficas: la occidental, que se relaciona con los grabados de 
megalitos bretones e irlandeses, a la cual pertenecen la peña de San Jorge de 
Sacos (Pontevedra), los grabados rupestres del monte Carras (Orense), citados 
por Hübner, y otros en la Beira alta y as Lettras de Anciáes (Tras-os-Montes), 
según informe de Leite de Vasconcellos en sus Religiones de Lusitania. La 
segunda u oriental cuenta, entre sus monumentos típicos, las pinturas de la 
cueva de la Graja, en Jimena (Jaén), parecidas a las «piedras escritas» délos 
tuareg berberiscos, en el desierto de Oran y en Marruecos; las vasijas de Los 
Millares (Almería), con grabados y pinturas; las de Fuencaliente, en Sierra More- 
na, donde existen peñas y cuevas llenas de pinturas ^^; la peña del valle del 
Ladrón, cerca de Tarragona, y la cueva santanderina del Castillo^'. No ofrecen 
mucha fe, para Gómez Moreno, las pinturas de Vélez Blanco (Almería), seña- 
ladas por Góngora, pues sus reproducciones son descuidadas y vagas. De todo 
ello concluye Gómez Moreno que no puede, sin embargo, inducirse un sistema 
de escritura fijo, comparable ni aun de lejos a los jeroglíficos orientales; por lo 
general, la repetición y desorden en que aparecen hace creer que expresan 
conceptos simples, coordinados o no, pero en modo alguno palabras y menos 
aún sonidos. 

Numerosas son las investigaciones modernas sobre pinturas prehistóricas y 
todas son aprovechables, siguiendo la teoría del Sr. Gómez Moreno, para estu- 
diar la primitiva escritura de aquellas tribus paleolíticas o neolíticas. Como obras 
generales, deben tenerse en cuenta las del marqués de Nadaillac ^^®, la de Ber- 
gej.269 y el trabajo de Luquet^"'^ sobre el arte neolítico y las pinturas rupestres 

HISTORIA DE ESPaSa. — T. I. — 12. 



(jO HrSTOKIA l)K ESI'AÑA 

en España. De las cavernas prehistóricas (ie la provincia de Santander se han 
ocupado Alcalde del Río'"', lircuil y el P, Lorenzo Sierra; importante, por lo 
relacionado con el anterior, es el estudio de Cartailhac y Breu¡l="* acerca de 
las cavernas pirenaicas, l'.l año 1902, el Dr. (Capitán '''•\ en colal>oración con 
Hreiiil, publicaba en /m Xaturc los Orígenes del Arte y los grabados de las 
grutas |>i ("históricas. Interesantes son los trabajos arerca de la escritura pre- 
histórica en las Canarias, y entre ellos los <ie Kaidhcrbe *^*, Herthelot *^'^' y Os- 
suna*^^. En 1909 publicaba Vicente Paredes*" un artículo en que habla de la 
región de las Batuecas y del sitio Uamadí» de las Cabras pintas, en el camino del 
Ladrillar a la l'cr^a. Sobre Alpera hay un estudio publicado en 1 .' Anthropologie 
por Breuil, Serrano Gómez y Juan Cabré Aguiló*^*'; asimismo Breuil y Cabré*** 
dieron a la estampa en esta revista la descripción de las pinturas rupestres de la 
cuenca inferior del Ebro. De Cogul han tratado Kocafort^', Vidal ^* y Breuil***. 
En estos últimos años se han publicado artículos y opúsculos a cual más inte- 
resantes; así Horacio Sandars *"•', en 1914, explora las piedras letreros de la pro- 
vincia de Jaén, en plena Sierra Morena, y el mismo año Cabré y Hernández 
Pacheco '^'^ dan a conocer las pinturas i)rehistóricas del extremo S. de España y 
en especial las de la Laguna de la Janda, y los mismos, con la colaboración del 
conde de la Vega del Sella***, i)ublican las pinturas prehistóricas de Peña Tú; 
por último, el mismo Juan Cabré y Aguiló, en Junio de 1915, trata, en la Re- 
vista de Archivos, de los grabados rupestres de la Torre de Hércules, en La 
Coruña*"*^. Además, el año 191 1 IJ Anthropoloí^ie había publicado las pinturas 
rupestres de Albarracín y las Batuecas**'. 

Si bien son muchos los contradictores de la llamada escritura hemisférica, 
a título de curiosidad es conveniente dar algunas noticias sobre ella. Sus defen- 
sores la definen como aquella cuyo signo esencial, grabado en la roca viva, en 
los bloques errátiles, lajas y guijarros de terrenos de acarreo, consiste siempre 
en una oquedad hemisférica semejante a una escudilla o cazoleta, sola o en rela- 
ción con otras aisladas, <» bien reunidas por medio de rayas o cordoncitos menos 
profundos que dichas concavidades hemisféricas, y alguna vez brotando de ellas 
sin alcanzar a otras, a manera de filamentos desprendidos de una media cascara 
de huevo; ésta era la forma adoptada en la época de piedra; en la del bronce la 
invención gráfica progresa, ideando nuevos signos y enlazando los sobredichos 
mediante cruces, estrellas, pies y manos y representaciones de hombres, anima- 
les, naves e instrumentos. Labraban esas cazoletas sin acudir al metal, pues 
bastaba el pedernal engastado en un torno de palo o sujeto a él con tosca correa 
y al que daba vuelta sobre la roca reblandecida con agua y desgastada con el 
girar y arañar de la arena *^^. Entre nosotros no ha dado señales de vida este 
ramo de la epigrafía prehistórica hasta que el coronel inglés Rivett-Carnac ex- 
puso a la Academia de la Historia los descubrimientos que había hecho en el 
Museo Arqueológico Nacional ^89^ de lo cual han tomado ocasión para notificar 
sus hallazgos en Galicia, Extremadura y Portugal respectivamente los señores 
Maciñeira *^, Roso de Luna ^^ y Alves Pereira *^*. Opina Cartailhac ^^ que esta 
escritura es privativa de las edades de piedra y bronce; Rivett-Carnac, Terrier 
de Lacouperie ^*, Bertrand ^^^ y Rau -^^ creen lo contrario. En España, Roso de 
Luna ^"^ y el marqués de Cerralbo *^* consideran estas inscripciones como repro- 
ducciones de la carta celeste. Notable es la obra de Antonio Magni^^ titulada: 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 9 1 

Ntiove pietre cupelliformi tiei dintortii di Como, que cita el libro más antiguo 
sobre la materia, cuyo autor es Barailon^*^; en la península se han publicado 
estudios, además de los citados, pudiendo mencionarse el del P. Furgús*^^ que 
habla de la escritura de cazoletas en Alicante; igualmente Siret^* ha creído 
encontrar esta escritura en Almería. 

Muy parecida a la anterior, pero probablemente más auténtica, es la llamada 
escritura ógmtca, de la cual se ha encontrado inscripción bilingüe que permite 
apreciar sus caracteres ; sus elementos constitutivos son las cazoletas y los trazos. 
Conocida ya por noticias de los escritores irlandeses de la Edad media, que la 
llamaban ogham, corresponde a un sistema gráfico digital reductible al género 
scriptura digilum, ya mencionado en el siglo xiii por el venerable Beda**^; las 
cazoletas se esculpen sobre la arista del diedro formado por dos caras de un 
bloque y representan unas u otras vocales, según su número; las consonantes 
son incisiones largas en una u otra cara o en dos a la vez, admitiendo este alfa- 
beto hasta veinte letras***. Kl ejemplar más antiguo de esta escritura en China es, 
según parece, el libro Yh King, compuesto de una página de diagramas tal vez 
astronómicos, grabados en una roca hacia 2852 (a. de J.C.). Algunos han iden- 
tificado las inscripciones ógmicas con las hemisféricas. El mejor trabajo español 
es el del P. Fita**^; siguen los trabajos, a veces un poco ligeros, de Rose» de 
Luna*^ y uno interesante de Spencer üodgson*^'. 

Tesis importantísima es la expuesta el año 1913 por el joven arqueólogo 
Pedro Bosch y Gimpera'*^, que daba a conocer en España la opinión de algunos 
sabios alemanes que defendían un tema de sumo interés para nosotros. Se refie- 
re el problema a la propagación de la escritura en Europa. Durante mucho 
tiempo han sido tenidos los fenicios como los inventores del alfabeto, pero el 
estudio de la escritura silábica de Chipre y los descubrimientos de Evans en 
Creta han puesto a los arqueólogos sobre otra pista. Evans descubrió en territo- 
rio cretense dos sistemas de escritura que correspondían a la edad minoica; uno 
era jeroglífico y el otro linear, con dos variedades. La semejanza, dice Bosch, de 
estos signos con algunos de los fenicios y con los chipriotas hizo ver en los 
cretenses el origen de ambos alfabetos. Chipre recibió una población cretense, y 
en cuanto a los fenicios, usaban en el siglo xiv a. de J.C. la escritura cuneiforme, 
i orno sabemos por la correspondencia de las tablillas de Tell-el- Amarna ; en el 
siglo XII se establecen al Sur de Canaán los filisteos, pueblo de origen cretense, 
y éste probablemente llevaría el alfabeto, de quienes lo tomaron los fenicios 
del Norte y los sábeos del Sur. Ahora bien, se pregunta Bosch, ¿la escritura li- 
neal cretense es indígena o importada?; a esto contesta Wilke *>* inclinándose 
por la importación de la escritura cretense. Veamos ahora de dónde procedía. 

En España se conocían restos de escritura en Andalucía, Valencia y Portu- 
gal, sin contar los tardíos caracteres celtibéricos de época más reciente. No se 
podía precisar la fecha de un vaso procedente de la cueva de los Murciélagos 
(.'Mbuñol), que tiene unos signos alfabéticos, cuando se descubrieron los dólme- 
nes de Villa Pouca de Aguiar, en Traz-os-Montes. Son dólmenes del tipo primi- 
tivo, se encuentran restos de cerámica y de instrumentos de piedra y falta el 
metal, pero lo más curioso son unos signos que tienen todos los caracteres de un 
sistema de escritura. Aparecen unas veces aislados, otras en unión de figuras de 
animales y otras alineados en grandes grupos, lo que permite hablar de verdaderas 



92 



HISTORIA DK ESI'ANA 




K<p ^ 



• b c de 



1^1 



M. d. A 



a> 



M. d. A 




ít 



b c d 




a b c d e 



I 



M. d. A. 



inscripciones^'*'. La más 
curiosa es la que se en- 
cuentra en una piedra 
procedente de un dol- 
men de AIv¿»». I^7s sig- 
nos de Alváo presentan 
analogía con los alfabe- 
tos ibéricos posteriores, 
c<»n los caracteres linea- 
les de la escritura mi- 
noica, con los chiprio- 
tas, fenicios, griegos y 
hasta con los rúnicos. 
Ksta semejanza fué no- 
tada por Severo y por 
el barón de Lichten- 
ber^. La civilización de 
los dólmenes de Villa 
I'ouca de Aguiar es neo- 
lítica, anterior a la de 
Palmella y Los Millares, 
l'or otra parte, los alfa- 
betos ibéricos, conser- 
vados con insistencia 
frente a los romanos, 
jjarecen de procedencia 
indígena. Strabón habla 
de la escritura antiquí- 
sima delosturdetanos y 
que mediante ella con- 
signaban sus leyes y su 
poesía. De todo esto 
deducimos que no pa- 
rece inverosímil el afir- 
mar que bien pudieron 
los cretenses tomar del O. la escritura. Lo más probable es que ambos países 
estuvieron en relación directa o indirecta, concluyendo el barón de Lichten- 
berg que los descubrimientos de Portugal demuestran que en el occidente 
europeo hay que buscar el precedente de todos los alfabetos, siendo el de Alváo 
el tipo primitivo de la escritura aria. Por esta razón, dice Bosch, la península ad- 
quiere una gran importancia en la evolución de las primeras civilizaciones. 

El estudio de los « cantos pintados > de la cueva de Mas-d'Azil ha dado 
lugar a una nueva teoría, sustentada por Breuil y übermaier; se refiere a un 
grupo de estos cantos que, según el citado autor, tiene signos alfabetiformes 
de verdadero valor gráfico. (Lám. III.) Forman parte del arte esquemático del 
neolítico, y esos signos son los descendientes estilizados de la figura humana 
del antiguo estilo naturalista ^^^ (fig. 45). 



Tt#-í-i- 



b c d e 



«ítXn 



$ 



M. d. A. 




iVL 



Fig. 45.— Petroglifos de España y sus analogías 
con los cantos pintados de Mas-d'Azil ( Ol>ennaier). 



Lámina 111 




Cantos pintados azilienses. Cueva de Mas-dAzil, Francia. (Obermaier.) 



H. deE.-T. I. 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 93 

Los problemas cronológicos. — Dice, con razón, Dechelette que, a 
pesar de los constantes .esfuerzos de los prehistoriadores, la determinación pre- 
cisa de los jalones cronológicos del neolítico de la Europa occidental es uno 
de los problemas todavía no resueltos. Las indicaciones estratigráficas, tan abun- 
dantes en los tiempos cuaternarios, son en el neolítico insuficientes, porque las 
tumbas constituyen vastos osarios donde los huesos humanos y las ofrendas 
funerarias yacen en desorden, y las inhumaciones han sido múltiples y suce- 
sivas. En las edades del bronce y del hierro, los objetos llegados del S. y fe- 
chados por la arqueología clásica nos facilitan preciosas indicaciones crono- 
lógicas; pero el neolítico, aún mal conocido en las regiones egeas, no suministra 
datos jjrecisos. Debemos, por tanto, recurrir a la tipología y estudiar las trans- 
formaciones sucesivas de cada tipo de objeto, es decir, el desenvolvimiento 
industrial; los tipos antiguos y los más modernos, pero es difícil señalar un 
cuadro sistemático de subdivisiones cronológicas^'^. 

Para Suecia, Osear Montelius admite, después de los kjókkenmóddings, cua- 
tro subperíodos: I, el de las sepulturas en fosas y hachas de forma triangular; 
II, de dólmenes sencillos y hachas rectangulares; III, de galerías cubiertas, 
hachas gruesas y cuchillos de sílex; IV, de cofres de piedra y hachas-martillo 
perforadas. Sophus Müller reconoce dos grandes divisiones del neolítico: la de 
los paraderos y la de los monumentos megalíticos, Heierli y Gross mencionan 
tres fases neolíticas en Suiza, y Rutot, en Bélgica, admite cinco niveles distintos. 

En cuanto a España se refiere, sostiene Dechelette que las cámaras sepul'- 
crales, la escultura de Los Millares ( Almizaraque, Campos), las grutas naturales 
(como la cueva de los Murciélagos), la necrópolis de inhumación de Ciempo- 
zuelos, las sepulturas en silos del Acebuchal (cerca de Carmona), las grutas 
funerarias y los monumentos megalíticos de Portugal han suministrado los res- 
tos de una civilización eneolítica que recuerda la civilización egea (cerámica 
pintada, ídolos femeninos, betylos, vasos de piedra, puntas de obsidiana). Hay 
que rejuvenecer un tanto el pulpo micénico de Siret, pues, según Dechelette^ 
se trata de la antigua civiHzación de Hissarlik y no de la micénica; por lo tanto, 
es menester retrasar i.ooo años la cultura ibérica del eneolítico, haciéndola 
contemporánea de las primeras grutas funerarias de Sicilia y Cerdeña y de los 
vasos caliciformes adornados con zonas grabadas e incisas. Dechelette coloca 
también en el eneolítico los pequeños túmulos descubiertos por Bonsor en el 
valle del Guadalquivir. Siret afirma que el bronce fué introducido en Iberia por 
invasores procedentes de la Europa central, vanguardia de los celtas, ocurriendo 
este hecho hacia el siglo xii a. de J.C.; Dechelette, por el contrario, dice que 
la civilización de El Argar corresponde, por sus cementerios, al primer período 
de la Edad del bronce, contemporáneo de los yacimientos II-V de Hissarlik, y 
data probablemente del tercer milenio o de comienzos del segundo -^'^ 

Ya conocemos las teorías de Siret, sólo falta el indicar las fechas por él 
señaladas. En interrogante, y de una manera indefinida, coloca la época de la 
piedra pulimentada en España, durante la cual una corriente venida de la cuenca 
del mar Egeo civiliza el Occidente. En cambio, el eneolítico comienza, para Siret, 
entre i/oo y 1200 a. de J.C.^'*. El Sr. Mélida, en un trabajo del año 191 3, decía 
que «los tipos (megalíticos) perfeccionados, o sea el de la cueva de Menga y 
la tumba de cúpula, han debido ser introducidos más tarde, durante la coloni- 



94 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fig. 4(j. Copa de la Edad del bronce (Uúii- 
gora) encontrada en Caniles (Granada). 
(Museo Arqueolápico Nacional.) 



/ación fenicia, y posiblemente por media- 
ción de los mismos fenicios"'*;» según las 
anteriores palabras, parece estar de acuer- 
do con Siret, pero, sin embargo, admite, 
para el comienzo del bronce, la fecha se- 
ñalada por Dechclettc y reconocida gene- 
ralmente, o sea 25ÍX) (a. de J.C.)'*", 

Vamos a examinar ahora los argu- 
mentos de Hubert Schmidt para funda- 
mentar una cronología del neolítico espa- 
ñol partiendo de su indepen<lencia de la 
civilización oriental. La base de su argu- 
mentación está en los sincronismos de los 
grupos de cultura. El eneolítico de la pe- 
nínsula ibérica, con sus sepulcros megalí- 
ticos plenamente desarrollados, los prime- 
ros productos de metal y los vasos campani- 
formes, debe suponerse paralelo a la época 
eneolítica de Italia; en cambio, Sicilia, en el 
primer período sicúlico, con sus caracterís- 
ticas grutas sepulcrales, se corresponde con la temprana Edad del bronce de 
España (grado de El Argar). A su vez, ciertos hallazgos demuestran la contem- 
l)0raneidad del primer período sicúlico con las capas premicénicas de Troya en 
el segundo periodo de la segunda ciudad. Ahora bien, la cultura premicénica de 
Troya (II-V), con su más antigua época de florecimiento durante la segunda 
ciudad (Troya II), corre paralela con toda la cultura de las Cicladas, sincrónica 
también de la cultura cretense del minoico primitivo III y contemporáneo éste 
de los sepulcros de la VI dinastía egipcia. El descubrimiento en Kahún (Fayum) 
de la cerámica cretense de Kamarés señala cronológicamente otro sincronismo 
con la dinastía XII egipcia (Usertesen II). 

Con los anteriores precedentes fluyen inmediatamente las conclusiones. 
Primero hemos de consignar el principio, ya conocido, que la cultura del vaso 
campaniforme (eneolítico) es anterior al grado de El .Argar y concluiremos, con 
Schmidt, que el círculo del Mediterráneo occidental debe ser más antiguo que 
la II ciudad de Troya, más antiguo que la más antigua fase de la cultura ciclá- 
dica premicénica, más antiguo que las épocas minoicas media y primitiva de 
Creta (minoico medio I y minoico primitivo III), y, finalmente, debe ser tam- 
bién más antiguo que la época de la Dinastía VI de Egipto. Por lo tanto, no se 
puede afirmar existiese influencia de estos círculos orientales en el eneolítico 
español del vaso campaniforme, que es anterior, y menos puede soñarse en una 
influencia de la cerámica de kamarés, contemporánea de la XII dinastía. 

Schmidt, aceptando la cronología egipcia de Eduardo Meyer^^^, fija las si- 
guientes fechas: 3300-2500, en que coinciden los sepulcros megalíticos del N. de 
Europa (períodos 3.° y 4.°), la cerámica de Palmella y Los Millares, las grutas 
de Anghelu-Ruju (Cerdeña), el grado de Remedello (Italia), la cultura de la 
primera ciudad de Troya, la cerámica pintada de Tesalia y las necrópolis de las 
más antiguas dinastías egipcias (I-V); 2500-2360 es la fecha en que concuerdan 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



95 



cronológicamen- 
te la Edad del 
bronce nórdico, 
el grado de El Ar- 
gar, el primer pe- 
ríodo sicúlico, el 
minoico primiti- 
vo III (Creta), la 
cultura de la se- 
gunda ciudad de 
Troya, la cultura 
más antigua de 
las Cicladas y la 
VI dinastía egip- 
cia ^^8. 

Bosch, en una 
rescensión de un 
libro de E.Meyer, 
dice lo siguiente: 
«La civilización 
mcgalítica, los se- 
pulcros de cúpula 
y los monumen- 
tos de las Balea- 
res y Malta conti- 
núan comparán- 
dose a los sepul- 
cros de cúpula mi - 
cénicos, pero sin 
tener en cuenta 
los hechos que 
fundamentan una 
verosímil crono- 
logía, la cual es- 
tablece la anterioridad de tales monumentos en el O. con respecto a los de Mi- 
cenas y, por lo tanto, la imposibilidad de que fueran éstos el prototipo de los 
primeros ^i^.> 

Con esa data terminal intentaremos exponer un cuadro completo del neo- 
lítico español, siguiendo las indicaciones del sabio arqueólogo español Bosch y 
Gimpera. La fase inicial la constituyen los kj'ókkenm'óddings portugueses, con- 
temporáneos del campiñiense francés, y las estilizaciones artísticas. Sigue el 
pleno neolítico o puro neolítico con los dólmenes sencillos de Portugal, los mi- 
crolitos y la cerámica rudimentaria; a esta fase corresponden el neolítico anti- 
guo y el medio, de Almería, señalados por Siret. En la evolución del dolmen 
viene luego la fase del dolmen sin corredor y las cuevas con microlitos; después 
surge el sepulcro de corredor y entramos en el eneolítico con la galería cu- 
bierta y el sepulcro de cúpula. Aparece entonces la cerámica de Palmella (Por- 




rtr. tttKji 



Fig. 47. — Cráneos de El Argar. ( H. y L. Siret.) 



cjG 



HISTORIA \>K I.SI'ANA 




FiK. 48. 



Fuente Álamo. Sepultura de la Edad del bronce. 
( H, y L. Siret.) 



tu^alj, la (Je C iempo- 
zuelos (Centro), las 
cuevas andaluzas y ca- 
talana.s (Murciélagos, 
(Je la MujíT, del Te- 
soro, de Ser¡nyá)y al 
cultura de Los Millares 
(Almería); es la época 
de las hachas bien pu- 
limentadas, de las pun- 
tas de flecha retocadas 
y del cobre. Kn las 
cuevas se encuentran 
los cuchillos de sílex 
y la cerámica con cor- 
dones e impresiones 
digitales. La Edad del 

bronce comienza en Portugal con las cistas y en el SE. de España con el grado 

de El Argar (2500 años antes de J.C.)^^®. 

Edad del bronce. — Las minas de cobre son numerosas y ricas en España, 
pero contienen generalmente el cobre en estado de sulfuro y el tratamiento me- 
talúrgico es muy complicado; hay otros minerales de cobre, como el oxidulado 
y el carbouatado, verde y azul (malaquita o azurita), que no eran tampoco fáci- 
les de extraer, cuanto más que los filones de cobre están frecuentemente ocultos 
en las profundidades de terrenos y recubiertos de una capa considerable de 
minerales de hierro. Sin embargo, los primitivos hispanos fueron tan hábiles que 
consta positivamente explotaron algunas minas peninsulares. 

A ocho kilómetros de Córdoba están las minas de cobre de Cerro Muriano y 
allí Casiano del Prado, Vilanova y Tubino recogieron entre las escorias martillos 
de diorita. En la mina de Milagro, a seis kilómetros de Covadonga, se han encon- 
trado los mismos martillos fabricados de cuarcita; otros se hallaron en la mina 
Filipina, en el municipio de Villanueva del Rey, a dos horas de Belmez, y en la 
de Ruy Gomes, de Alemtejo (Portugal). Donjuán Vilanova ^^i trata en el Boletín 
d£ la Academia de la Historia de dos nuevas estaciones del período del cobre 
en las Aguzaderas. Garay y Anduaga^^^ encontró objetos de cobre en la provin- 
cia de Huelva y D. Luis Villanueva ^^^ otros en una estación prehistórica de la 
provincia de Badajoz. Uno de los grandes defensores de la Edad del cobre es el 
marqués de Nadaillac^^^, que sigue las huellas de Much^^^ y Richter^^^; en España, 
Antonio María Fabié '^'^"^ escribió un artículo sobre este asunto y la obra de Cañal 
demuestra su existencia en Andalucía. Por último, la revista Portiigalia publica 
el año 1900 un interesante trabajo sobre la época del cobre en las cercanías de 
Figueira^^^ y Jullian^^^ dice que la existencia de una edad del cobre puro, como 
precedente de la del bronce, parece hoy fuera de duda. 

Las minas de estaño también estaban explotadas desde la más remota anti- 
güedad, como la de Salabé, en la costa del mar Cantábrico, a 7 km. de Ribadeo, 
y la de Ablaneda, a 5 km. al S. de Salar y a 35 de Oviedo, donde hay vestigios de 



EL neolítico y LA EDAD DEL BRONCE 



97 




Fifí. 49.- El Argar. Utensilios hallados en varias sepulturas 
de la Edad del bronce. (H. y L. Siret.) 



una explotación antiquí- 
sima. Los indígenas te- 
nían los elementos para 
la aleación del bronce, 
pero debemos hacer 
constar que, por causas 
que examinaremos lue- 
go, el cobre y el estaño 
eran conocidos de los 
naturales, pero jx.ro 
utilizados. 

Yacimiento impor- 
tante de la Edad del 
bronce es el de Konte 
da Rupituca, cerca de 
Setubal (Algarbe); allí 
se han encontrado un punzón rectangular, una hoz y un cuchillo fabricados en 
bronce. Ajustrel se ha hecho célebre por una tabla de bronce en la cual estaba 
grabada una ley romana; en Porto de Mos se ha descubierto un pequeño depó- 
sito de objetos oxidados, entre ellos un fragmento de espada. Otro escondrijo de 
esta época se descubrió en el río de Alviella, próximo a Santarem, y presenta 
los caracteres de una fundición prehistórica. Interesante es también en Portugal 
la llamada espada de Evora, groseramente fundida. Ya en España cita Cartailhac 
una espada del Museo de Córdoba y otras cuatro del Museo de Madrid; las dos 
más pequeñas i)roceden de Betera, a dos leguas de Sagunto, la más larga de Si- 
güenza y la otra de Tortosa. En el mismo Museo se conservan puñales de her- 
mosa factura. 

Respecto a las hachas, el Museo de Alemtejo posee una del distrito de 
Beja, de las minas de cobre de Juliana, y otra que procede de la mina de Mila- 
gro (Asturias). Las hachas llamadas de talón se han encontrado en Rodriz, 
Minho (Beira Alta), en la sierra do Marao, en Crasto de Madeiro, cerca de Mon- 
talegre, y en Orándola. 
En España, enumera 
Cartailhac, Santiago de 
Galicia, Oviedo, Cangas 
de Tineo y otras locali- 
dades de Asturias; en 
la sierra de Baza, Cani- 
les, Viezma de Granada, 
Almedinilla, y en los 
alrededores de Cór- 
doba 3;^'. 

La Edad del bronce 
ha sido muy estudiada 
en el extranjero, como 
lo prueban los nombres 
de Desor ^^i, Chantre ^^^ , 

HISTORIA DE ESPASa.— T. I. — 13 




Fig. 50. 



- El Argar. Utensilios hallados en una sepultura 
de la Edad del bronce. ( H. y L. Siret.) 



9^ HISTORIA DE tSl'A?3A 

Evans^^^ Mcrtliclot •*", Montelius •'•'•\ Teet ='^\ Kouycniunl ^•'^ Abercromby •*, 
Chassaigiie •'•■'", 1 loernes •''^*', Schmidt^', Colini*^* y Leite de Vasconcellos **'. En 
Es|)aña son notables los artícuhjs publicados por el nianiués de Castrofuerte*** 
sobre objetos de bronce hallados cerca de Cáceres, de Fita y Juan X'ilanova***'* 
acerca de la necrópolis deVilars, y los estudios de Villaamil y Castro**" tratando 
de la época del bronce en Galicia; de la provincia de Orense se ocupa Vázquez 
Núñez'*^^, siendo interesantes un trabajo i>ubl¡cado en el «Anuario de Estudios 
Catalanes » '^^^ y la nionografia de Vives y Escudero*^'' sobre la moneda en la Edad 
del bronce. 

El conocimiento de la Edad del bronce en España se ha extendido notable- 
mente gracias a los trabajos realizados por los hermanos Siret entre Cartagena y 
Almería^'^. La primera estación im|)ortante que se nos presenta es la de (ierun- 
dia, en la ribera izquierda del río Antas, donde se han encontrado objetos de me- 
tal. Cerca de Sierra Almagrera, en las riberas del Mediterráneo, está Paraztielos, y 
allí, próximo a la Rambla del Ramonete, se hallaron también objetos de meta!; 
lo mismo decimos de la Cnroa dv Lucas, situada en las cercanías. Más imjjortante 
es la estación de Campos, donde se hallaron un hacha plana de cobre, seis tijeras» 
cinco brochas del mismo metal y tres brazaletes de bronce. Qucremina es un 
lugar situado a algunos centenares de metros al S. de Cabezo María (provincia 
de Almería), cerca de un manantial llamado Püarico; allí se descubrieron ocho 
brazaletes ovalados de bronce, cuatro anillos redondos de bronce y catorce 
granos de collar también de bronce. Caldero de Mojacar^ Barranco Hondo y 
Fuente fíenneja son asimismo estaciones donde se han encontrado metales y la úl- 
tima es interesante por sus sepulturas. Lugarico Viejo está en la ribera derecha del 
río Antas y en este sitio han explorado los hermanos Siret doce tumbas y en ellas 
descubrieron armas de cobre. En Ifre (fig. 51) y en I.,as Anchuras se han encon- 
trado objetos de metal y en Zapata 38 sepulturas con adornos de í)lata y bronce. 

La estación más interesante, que por sí sola puede dar nombre a un período, 
es la de i:7^4/;j^'vzr. Siguiendo la corriente del río Antas desde la estación de Fuen- 
te Bermeja se llega en media hora al pueblecillo de Antas; el aspecto del poblado 
es miserable, el terreno, en dulce pendiente del lado del pueblo, ofrece por el 
otro lado una serie de taludes cortados a pico. Como en otras partes de la misma 
región, hay mesetas formadas por margas terciarias, cubiertas de gravas y conglo- 
merados recientes; una de estas mesetas se llama El Argar. De cualquier sitio 
de la meseta se dominan los alrededores: al N. y al O. un cordón de montañas, 
al S. el ^Mediterráneo bañando las faldas pintorescas de Sierra Cabrera, y hacia 
Levante unas colinas tercianas ocultan la fértil llanura del Real y Vera. El pri- 
mer descubrimiento fueron unos muros construidos con piedras rodadas de 
torrente. 

Pueden clasificarse en dos categorías los objetos encontrados en El Argar: 
los que estaban fuera de las sepulturas y los contenidos en éstas. En cuanto a los 
primeros son hachas pulimentadas, instrumentos de sílex, piedras de afilar, discos 
con orificios, anillos de piedra, muelas, morteros, alisadores y martillos. Los ob- 
jetos de hueso y marfil son muy notables y suman la cifra de 650. Hay también 
conchas marinas, granos de collar y objetos de tierra cocida figurando vacas y 
toros. El metal encontrado fuera de las sepulturas es muy escaso. 

Las sepulturas son en número de 950, situadas, en su mayor parte, a i'5o o 



EL NEOLÍTICO V LA EDAD DEL BRONCE 



99 



2 metros de 
profundidad 
de la superficie 
actual; el cuer- 
po está rodea- 
do de piedras 
en forma de 
pequeño mu- 
ro. Inhumaban 
el cadáver en 
una cavidad 
formada por 
seis losas o era 
introducido en 
una urna tapa- 
da de diversas 
maneras; la di- 
mensión máxi- 
ma de las losas 
era de un me- 
tro de largo 
poro'90 de an- 
cho y o' 5 5 de 
profundidad; 
el cadáver es- 
taba, por lo 
tanto, encogi- 
do. La mayo- 
ría de los es- 
queletos ya- 
cían en gran- 
des urnas de 
tierra cocida 
que tenían la 
forma de un 
huevo con una 
extremidad 
truncada *'•' 
(figs. 53 y 54). 
Dentro de las 

tumbas se han encontrado algunos objetos de piedra, hueso y marfil. La cerámica 
es abundante y en forma de copas y otros recipientes variados. De vestidos 
sólo había pequeños pedazos de lino. Objetos de metal se descubrieron muchos: 
cuchillos-puñales, en su mayoría de cobre, dos espadas de hoja ancha y redon- 
deada, unas cincuenta hachas todas de cobre, alabardas, punzones de cobre, una 
flecha de metal, brazaletes de cobre, bronce y plata, pendientes de cobre, bronce, 
plata y oro y cuatro diademas de plata (figs. 48, 49 y 50). Hallazgo curioso ha 




Fig. 51. — ¡fre. Objetos de la Edad del bronce. 
( H. y L. Siret: Les premieres ages du metal dans le sudest de l'Espagne.) 



ion 



II is I ORIA [lE ESPA-ÍA 




Fig. 52. - Piedra encontrada en el castro de Solana de Cabanas 
( Logrosán ). Edad del bronce. (Museo Arqueológico Nacional.) 



sido el <J<- linos crá- 
iicos pintados de 
rojo por medio del 
( inabrio (fig, 47); 
<-ste fenómeno se 
repite en las sepul- 
turas de El Oficio y 
l-iiitilc Alomo. Kn 
Cultas los infatiga- 
t)leshermanosSiret 
han descubierto se- 
¡(ulturas y objetos 
<le bronce que re- 
presentan, segiín 
su ojíinión, una 
muestra de la civi- 
lización de El Ar- 

gar; idéntica afirmación puede hacerse para Cabezo de El Oficio y Eiienle Álamo. 
En la época del bronce adquieren al parecer gran importancia los castros y 
citanias, cuyas construcciones proceden algunas de ellas de la época lítica, por 
lo cual algunos las atribuyen más remota fecha y perduran hasta bien entrada la 
Edad del hierro, siendo ésta la razón de que haya arqueólogos que las crean más 
modernas. El elemento característico del castro es la fortificación de un terreno, 
de forma elíptica, y de extensión, [)or término medio y en general, de 25 áreas; 
tiene un foso y un parapeto, utilizando además las condiciones favorables del 
terreno, como elevación y escarpamiento de las vertientes, el mayor aisla-niento 
de los montes inmediatos, sin otra unión con ellos que un pequeño istmo y la 
proximidad a riachuelos que dificultasen el paso, al propio tiempo que prove- 
yesen la indispensable agua potable. Se han encontrado en los castros alhajas de 
oro, piedras, armas y utensilios de bronce y hierro (fig. 52). De los castros galle- 
gos, llamados allí croas, se han ocupado Villa-amil *^2, Maciñeira^-' y Castillo Ló- 
pez 2^. En Portugal publicaron trabajos sobre esta materia Leite de Vasconce- 
llos^^, Santos Rocha ^^, Ferreira Lopo*^^ y Alves Pereira *'**. Un artículo de Juan 
Sanguino y Michel^'' trata del castro de Sansueña, en la provincia de Cáceres. 
Luis Hoyos Sainz^^, D. Juan Catalina García ^^ y Castaños Montijano^^ han 
estudiado el cerro del Bú, en Toledo, donde se pretende ha podido existir un 
castro. Don Manuel Gómez Moreno 2^^, en un interesante artículo, ha descrito la 
arqueología primitiva de la región del Duero y allí habla también de castros. 

Mélida opina que algunos castros guardan analogía con las acrópolis de Orien- 
te, no sólo en el aparejo de los muros y en el pavimento de alguna calzada que 
se parece bastante a una de Troya, sino que se revela de un modo más preciso y 
elocuente en la ornamentación de algunos trozos arquitectónicos y de la cerámica. 
Respecto a las citanias, puede decirse que son ciudades serranas, cuyos 
restos subsisten en la provincia de Miño (Portugal), de las cuales la de Sabroso 
se cree fué la más antigua y la de Briteiros la mayor. El descubrí -niento de las 
citanias del Miño es un timbre de gloria para el arqueólogo portugués Martins 
Sarmentó ^^^. Las citanias se dice que no pertenecen en rigor a la Prehistoria, o 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 101 

a lo menos no pertenecen totalmente a ella, puesto que se han encontrado ins- 
cripciones romanas con nombres indígenas latinizados; pero esto sólo demuestra 
que continuaron siendo habitadas en los tiempos clásicos. La más antigua, la de 
Sabroso, no tiene vestigios de influencia romana, y puede admitirse, en concepto 
de Cartailhac, que fué primero una estación neolítica. Las díanias son en gran- 
de lo que los castras en pequeño: recintos fortificados en altos cerros, que encie- 
rran detrás de murallas megalíticas restos de habitaciones, de forma circular, 
cuadrada u oblonga, divididas entre sí por calles estrechas empedradas; en este 
sentido. Roso de Luna dice que la Xumancia que conocieron los romanos 
era una citania. Las colosales excavaciones de Martins Sarmentó han descu- 
bierto el esqueleto de la ciudad entera de Briteiros; en ella se ha encontrado la 
famosa Svástica o cruz gammada. Algunos arqueólogos han reconocido el paren- 
tesco del arte de Briteiros con el de Micenas. 

El gran arqueólogo Hübner^ publicó el año 1879 un artículo sobre cita- 
/lias y Dechelette ^•5" en 1909 dio a la estampa otro. En España ét grupo de 
citanias más importante es el extremeño y de él han tratado el marqués de 
Monsalud367, Roso de Luna3««, Felipe Guerra^, Sanguino y Michel »'» y Vicente 
Paredes ^'^ 

Vives opina que la civilización de los talayots de las Baleares es de la época 
del bronce, pero como estas construcciones probablemente se utilizaron hasta 
épocas posteriores, de ellas nos ocuparemos al tratar de la Edad del hierro. 
Afirma Vives que los objetos de bronce hallados en Mallorca y Menorca, como 
las cabezas de Costig y otras análogas, los cuernos votivos con palonias, la ca- 
beza de toro con el hacha de dos filos colocada sobre el testuz, los vidrios y la 
cerámica baleárica son otras tantas pruebas de la influencia egea y en particular 
del reflejo de los emblemas religiosos de los cretenses 3'». Mélida cree también 
de esta época las construcciones ciclópeas de España (murallas de Tarragona, 
Gerona, Sagunto y Barcelona, castillo de Ibros, el de Santa María de Huerta, la 
ciudad fortificada de Fregenal de la Sierra y el castillo de Magacela)'". 

Cultura de la Edad del bronce. — Siret distingue dos períodos en esta 
edad, cuya nota diferencial la constituye el rito funerario; los hallazgos arcaicos 
corresponden a la raza indígena, que continúa enterrando los muertos bajo dól- 
menes; la más reciente es una raza nueva que introduce en iberia la civilización 
del bronce. 

En la facies arcaica hay metales de bronce y estaño, y entre los objetos 
de cobre se han hallado algunos que tienen arsénico y a veces antimonio: la 
materia prima es, por lo tanto, una especie de bronce de calidad inferior. La 
forma de estos objetos se asemeja a la de los oieolíticos, parece una industria en 
sus comienzos; lo atribuye Siret a la falta de estaño, pues el cobre aleado con el 
arsénico y el antimonio es inferior al bronce, lo mismo en cuanto a la calidad de 
los productos que en la fabricación de los instrumentos. Los otros metales pre- 
dominantes son la plata sola o en aleación con el oro y el plomo dorado; éstos 
son productos locales y el estaño puede decirse que no existía en el S. de España, 
pues sólo se halla en un yacimiento de Cartagena. No subsisten las hermosas 
hojas de sílex tallado; las piedras de afilar son plaquitas de esquistos alarga- 
dos, con perforación de un orificio en cada extremidad, caracterizando la Edad 



I02 



MISIORIA DE ESPAÑA 




Fig. 53.— £■/ Argar. Sepultura de la Edad del bronce. 
(H. yL. Siret.) 



del bioiK «•, y qtif c(<ii.siituyen un 
elemento muy sej^uro para la clasi- 
ficación de un descubrímiento. Se 
encuentran también botones de 
marfil, perlas de concha, de hucv» 
y de ¡jiedras locales; la clase más 
importante es la de los brazaletes, 
.sortijas, jifndientes y ({ranos de 
collar de metal. Nótase que los bra- 
zaletes de piedra y concha son 
muy abundantes en las estaciones 
indígenas hasta el final del eneo- 
litic<j; su brusca abundancia cons- 
tituye una innovación. La cerámica 
* se diferencia de la eneolítica; des- 

aparecen las incisiones tanto decorativas como simbólicas, no hay pinturas de 
esta clase, las formas son nuevas, la técnica se ha perfeccionado y aparecen las 
superficies negras y lisas. El Sr. Bonsor ha encontrado cerca de Carmona copas 
de una forma propia de la Edad del bronce, pero decoradas con incisiones que 
pertenecen al estilo neolítico; es un caso curioso de contacto de dos civilizacio- 
nes. En estay'íZiVi'j- no hay ya substancias exóticas, ni existen relaciones comer- 
ciales, habiendo desaparecido los símbolos religiosos. 

Examinemos ahora \difacies reciente. Sus vestigios han sido recogidos en 
las ruinas de numerosas ciudades edificadas generalmente en sitios admirables, 
bien defendidos por la naturaleza. Las sepulturas se encuentran en el interior de 
las poblaciones, en el suelo de las casas; son simples sarcófagos de piedra o alfa- 
rería, conteniendo un solo cadáver o a lo más dos. La diferencia entre ambas 
f lides es el rito funerario; la abundancia de sepulturas individuales caracteriza 
Idifades reciente. Coexistieron los indígenas con los extranjeros y fueron adop- 
tando poco a poco sus ritos funerarios, como lo demuestran Fuente Bermeja y 
Lugarico, que encierran pocas sepulturas. Respecto a lo demás, la comparación de 
los objetos puede convencernos de la identidad absoluta de los diversos objetos 
corrientes en las dos facies del bronce; la segunda posee formas más variadas 
y perfectas, ésta es la única diferencia (Siret). 

La substitución completa de la civilización del bronce en relación con la 
cneolitica implica la entrada en escena de un pueblo nuevo. Por de pronto ese 
pueblo ha debido introducir sus ritos funerarios; la Edad del bronce ha sido, 
pues, inaugurada en la península por un pueblo que enterraba sus muertos en 
sarcófagos individuales. Debió haber lucha y esto lo demuestra la construcción de 
innumerables acrópolis en rocas casi inaccesibles, que es una de las característi- 
cas de la Edad del bronce. El aspecto más primitivo del mobiliario y la ausencia 
del bronce de estaño, entre los indígenas, tiene su justificación en la inferioridad 
de éstos frente a los invasores, que importaban todos los progresos de una civili- 
zación más adelantada (Siret). 

Comparemos la Edad del bronce con el eneolítico. Respecto a la religión, los 
ídolos, los amuletos y símbolos sagrados que se encuentran en el eneolítico faltan 
en la Edad del bronce; ninguno encontramos en las sepulturas y solamente entre 



EL NEOLÍTICO Y LA EDAD DEL BRONCE 



103 




Fig. 5i. ti Argar. Sepultura 
de la Edad del bronce. ( H. y L. Siret.) 



los muebles de la casa figura tXphalus 
y el altar bicornuto. Los ritos fune- 
rarios los diferencian en absoluto. 
Destruyen los invasores el comercio 
que existía; hasta el estaño y el ám- 
bar aparecen en pequeñas porciones, 
pues los recién llegados no debían 
tener comun'caciones marítimas con 
los pueblos de donde procedían estos 
productos. La cerámica del eniolili'co, 
espléndida por sus incisiones y dibu- 
jos, desaparece en la Edad del bron- 
ce, siendo substituida por los vasos 
monocrotnos de superficie negra \ 
lisa. No se conocen los vasos de jjie- 
dra del eneolítico; los invasores no 
emplean perfumes. La arquitectura 
megalítica y las cúpulas funerarias 
de los eneolíticos son reemplazadas, 
dice Siret, por los dólmenes de la 

época arcaica del bronce. Las casas eneolíticas estaban construidas con arcilla o 
de ladrillos y columna central de madera; esta fabricación no se da en la Edad 
del bronce. La arquitectura militar también se diferencia; las fortalezas eneo- 
líticas poseen verdaderas murallas flanqueadas de torres y bastiones; tienen 
fosos, restos de puentes y puertas cuyo acceso estaba defendido. Las acrópolis 
de la Edad del bronce, literalmente encaramadas sobre rocas, se hacen inexpug- 
nables por los macizos de albañilería, adaptándose a las anfractuosidades del te- 
rreno. Desaparece el sílex tallado y se nota la ausencia de las puntas de flecha, 
en cambio se encuentran entre los muebles de las acrópolis hachas con reborde 
y una especie de alabardas se halla con frecuencia en las sepulturas. Los meta- 
les preciosos faltan por completo en el eneolítico porque eran exportados; abun- 
dan en la Edad del bronce porque los nuevos invasores querían hacer de la pe- 
nínsula su nueva patria. La estrategia de los eneolíticos era preferir para su esta- 
blecimiento las corrientes de los ríos, situándose en sus orillas, y esto se explica 
por comunicarse con el mar y con facilidad dar salida a los productos del país 
donde sólo tenían factorías; los hombres de la Edad del bronce buscaban habita- 
ción en sitios escarpados y agrestes para defenderse de los naturales, que se opo- 
nían a la invasión. Esto indicaba, siguiendo a Siret, el carácter de los importadores 
neolíticos, comerciantes de temperamento astuto y pacífico de mercaderes, y la 
condición bélica y dominadora de los invasores del bronce. 

Manuel Gómez Moreno ha mostrado a Siret en el Museo de Granada puños 
de espadas y puñales; entre los objetos más interesantes había un grupo descu- 
biertti en 1869 en una sepultura del Tocón, dos embudos de plata, uno de ellos 
prolongado en forma de tubo con superficie ondulada; parecen revestimientos de 
dos empuñaduras de madera, probablemente de dos armas. Siret también había 
encontrado dos pequeños embudos, uno de plata y otro de oro. 

¿Pero quién era el pueblo conquistador que traía a la península la noción de 



104 



HISTORIA DE ESPAÑA 



jÉlkL 


^^m ^^Kr ^^^^^K. 


j^k L^,^ ^t^^^H 





Fig, 55. - El Arfíar. Cráneo con diMdema 
de plata. ( H. y L. Siret.) 



los metales? De nue\;o surgen las hipótesi» 
en el palenque arqueológico, y frente a la 
opinión de .Siret, (jue afirma Síjn los celtas, 
.se presenta Dechelette combatiendo tam- 
bién esta teoría al afirmar que en los pri- 
meros tiempos del bronce sigue la influencia 
cgea''^*. 

Los argumentos de Siret son los si- 
guientes: en jjrimer término, la brusca inte- 
rrupción de la civilización eneolítica substi- 
tuida por otra completamente nueva. Los 
signos religiosos, como el phalus y el altar 
bicornuto y la comida para el difunto, coin- 
ciden con los antiguos cultos galos descritos 
por César. La cerámica característica de la 
lidad del bronce es la misma de los países 
de la Europa Central y sobre todo de Bohe- 
mia; esta cerámica ha durado las Edades 
del bronce y del hierro y ha llegado a la época romana y a los primeros siglos 
de nuestra Era, haciendo sentir su influencia hasta en Etruria con el imcchero 
Itero. Así, pues, la cerámica del bronce con sus superficies negras corresponde 
en Iberia, como en las otras ¡icnínsulas meridionales, a un avance de las ten- 
dencias artísticas del Norte. Explica Siret la no existencia de la columna, del re- 
voque en yeso y de las pinturas murales por ser de origen oriental; asimismo 
la desaparición del silex tallado es una consecuencia de la ruina de las colonias 
fenicias eneolíticas. Las alabardas se encuentran también en Irlanda, Escocia, 
Escandinavia y Alemania del Norte; son poco comunes en Inglaterra e Italia y 
muy raras en Hungría y Francia. Las formas de puños de metal descubiertos en 
Iberia son muy frecuentes en el norte y centro de Europa durante la primera 
parte de la Edad del bronce; se encuentran en Suecia, Dinamarca, Austria-Hungría 
e Italia Superior; luego se convierten en ovalados, sus extremidades se levantan 
y acaban por enroscarse en volutas. En Iberia, como en el Norte, las empuña- 
duras anulares y los pomos en forma de embudo caracterizan la primera Edad 
del bronce, siendo coevos de las sepulturas de inhumación, mientras que con las 
empuñaduras más recientes aparecen las urnas cinerarias. 

Al llegar la nueva raza a España termina el comercio del estaño con Oriente, 
y la crisis producida por la falta de este elemento, indispensable para la produc- 
ción del bronce, hace que por necesidad en Oriente surja la Edad del hierro, 
que es, por lo tanto, contemporánea de nuestra Edad del bronce. Los autores 
de este brusco cambio en la civilización oriental son los celtas, y aunque se 
objete que las primeras noticias históricas que de ellos tenemos son muy tardías, 
pues las más antiguas datan del siglo v, hace observar Siret que se trata de los 
celtas históricos, sin que esto sea óbice para que la raza, antes del testimonio de 
los historiadores, hubiese verificado sus invasiones. 

Para Dechelette, la civilización de El Argar, Zapata, Ifre, El Oficio y 
Fuente A lamo zcusai, como también la de Los Millares, la influencia egea, y afirma 
debemos recurrir a los descubrimientos premicenianos para explicar sus caracte- 



EL NEOLÍTICO V LA EDAD DEL BRONCE IO5 

res. La alfarería de la primera época del bronce ibérico es semejante a los vasos 
cretenses del niinoico primitivo y estos mismos están emparentados con los del 
Egipto prefaraónico. De consiguiente, las influencias egeas, tan marcadas en la 
península durante el eneolítico, continúan sin interrupción en la aurora de la 
Edad del bronce. La disposición de las sepulturas y la inhumación corrientes en 
la Grecia continental y en el archipiélago en los tiempos premicenianos, cuando 
la aparición del cobre y del bronce, es otro argumento en favor de la tesis egea- 
Más sugestivo es aún el estudio comparativo de las sepulturas enjarras, conoci- 
das en Caldea, Egipto prefaraónico, Palestina, Troada, Creta y Liguria; otra 
gran necrópolis española, la de San Antón, cerca de Orihuela, ha presentado los 
mismos ritos funerarios y los mismos muebles que la de El Ar^ar. Pero lo curioso 
es que la alfarería de estas dos necrópolis ibéricas es idéntica a la de Bohemia, te- 
niendo ésta también igual rito funerario. Dechelette resuelve la difícultad diciendo 
que no existe influencia ninguna entre Bohemia y España, porque entre estos 
dos países se extiende una extensa región en la cual falta la cerámica de El 
Argar. La única explicación aceptable es que tanto Iberia como España han 
bebido en las mismas fuentes de la civilización egea, pues ambas estaban situa- 
das en las dos grandes vías comerciales por donde los países helénicos se comu- 
nicaban con el norte de Europa; una de las vías era terrestre y la otra marítima. 
Por último, Dechelette ve una razón de mucho peso en los signos religiosos 
llamados «cuernos de consagración», según él, de evidente origen cretense"*. 

Difícil es pronunciarse en uno u otro sentido en la anterior contienda. 
Hechos ciertos son la transformación del medio peninsular en los comienzos de 
la Edad del bronce, pero es posible que no sea el cambio tan radical ni tan 
brusco como quiere hacerlo Siret, y que si no llega a la península gran abundan- 
cia de objetos orientales, quizás la persistencia de algunos de ellos sea todavía 
título suficiente para defender la corriente oriental, respondiendo el progreso 
del arte peninsular a una civilización más perfeccionada en la cuenca egea, trans- 
misora de sus efluvios civilizadores a la lejana Iberia. Es probable que los celtas 
llegaran a España mucho antes de la noticia histórica que de ellos se tiene, y bien 
pudiera ser que la resistencia opuesta a la invasión por las razas de la Italia Sep- 
tentrional fuese más tenaz y poderosa que la sostenida por los iberos peninsula- 
res, sobre todo si coincidía con la ruina del tan decantado imperio ibéricoligur. Por 
otra parte, la llegada de los celtas y su penetración bélica nada menos que hasta 
el SE. de la península parece pugnar con las tradiciones antiguas que nos pintan 
al ibero pactando con el celta en el centro de España y, muy al contrario, nos 
presentan al ibero como poblador de casi toda la península, confundiéndose 
con el celta en las regiones centrales para formar el pueblo celtibero. Ya conoce- 
mos la opinión de los occidentalistas, expuesta al tratar de la hipótesis egea. 
Hubert Schmidt, siguiendo a Keinecke^'^ es de parecer que las jarras de Bohe- 
mia y sus afinidades con las de España demuestran una procedencia ibera (El 
Argar), suponiendo que una rama de la civilización que floreció entonces en la 
península ibérica haya penetrado por las gargantas y valles de los Alpes lle- 
gando a Bohemia; este hecho no sería sin precedente en la Edad del bronce. 

Los siguientes períodos del bronce han dado hasta el pre ente pocos ejem- 
plares en España, existiendo hoy en la arqueología española un verdadero hiatus 
entre el primer período del bronce y las primeras fases de la Edad del hierro. 

HISTORIA DE ESPaSa. — T. I. — 14. 



NOTAS 

' Mi'.NÍNDP.z Pri.ayo: Heterodoxos, etc., páu. lU"), (.'d. cit. 

' Manukl i)R Gón(kjha V Martínf.z: Antiuüedades prehistóricas de Andalucía. Monumentog, ins- 
cripciones, armas, utensilios y otros importantes of)/etos pertenecientes a ios tiempos más remo- 
tos de su población. Madrid, imp. a carno dv C. Moro, IHÍW; Carta-, acerca de alffunos nuevos des- 
cubrimientos prehistóricos, "La Ilustración de Madrid", tomr) I, 1K70. 

'' (¡óiiKor^i señala además (itras Krutas: MorlKulla, de los Claoos, de la Botica, de las Ptña» 
de los Gitanos, del Puerto, liscrltas, Carchena y t'uencallente. 

* Antonio Ma( haiki: í'ublicó varios artículos sobre prehistoria en la Rev. de Filo»í)fía, Litera- 
tura y Ciencias de Sevilla ( IHÍKHK74). 

" Fhancisco MakIa Ti bino: ¡estudios prehistóricos, Madrid, 1868; Los monumentos megalltlcos 
de Andalucía, ¡Extremadura u Portugal y los aborígenes ibéricos, Museo E»p. de AntiKüedadea, 
tomo Vil, páKs. 303-3Ü4, IHTü. 

" Guii.i.KHMo Mac-Phhrson : La Cueva de la Afi//«r, Rev. Mensual de Literatura y Ciencias de 
Sevilla, tomo II, 1870, y tomo III, 1K71. 

' Caki-os CaSai. : Seoílla Prehistórica, yacimientos prehistóricos de la provincia de Sevilla, 
Sevilla, IM!M; Yacimientos prehistóricos de la provincia de Sevilla. Madrid, 18Ü6 (extracto de los 
Anales de la Soc. de Hist. Natural ). 

" Feliciano Caniiau v Pizarro : Prehistoria de la Provincia de Sevilla. Madrid, IHíM. 

" Eduardo Navarro: Listadlo prehistórico sobre la Cueva del Tesoro. Málaga, 18>W. 

'" Drmktrio i)k ios Ríos : Las cuevas de Osuna y sus pinturas murales. Museo Esp. de Antigüe- 
dades, tomo X, páR. 271. 

" GiiicHOT : La Montaña de los Angeles, Sevilla, 1895. 

" Manuri. Rodríoükz i)k Bkri.an<ía : Herrerías y Vltlarlcos. listadlos históricos. II. Prehistoria. 
Cronología y Concordancias, Rev. de la Asoc. Art.-Arqueol. Barcelonesa, Enero-Abril, 1909. 

" Antonio Foi.ache v Orozco: Protohlstorla de la provincia de Almería, Ciudad Real, 1910. 

" C.^oHunr. La estación arqueológica de Zela (Tíjola), Rev. de la Soc. de Estudios Alme- 
rienses, Dic. 1910. 

'• Juan A. Martínez de Castro: Protohistoría de la actual provincia de Almería. Almería, 
Tip. de J. Martínez, 1911. 

'" DucKWORTH ( W. L. H. ): Cove exploratíon at Gibraltar, The Journ. of the Royal Anthropol. 
Institute of Ureat Britain and Ireland, vol. XLI, 1911. 

Gómez Moreno: La caverna de la Graja, cerca de Jimena (Andalucía). VAnthropologie, 
pág. 685, 1911. 

•* Marqués de Cerralbo: Estación arqueológica de Villacarrillo, Bo\. Acad.H'tst., tomo 6\, 
pág. 129. 

'* Victorino Molina : Arqueología y prehistoria de la provincia de Cádiz, en Lehríja y .Medina- 
sldonla ( Cueva de las figuras ), tomo 62, pág. 554, B. A. H. En el « Diario de Cádiz » se publicó no- 
ticia de un descubrimiento en la Cueva de Algar, en el límite entre Medinasidonia y Vejer de la 
Frontera. Se trata de un cementerio prehistórico, tomo 40, pág. 367, Bol. Acad. Hist. 

" Sobre un nuevo dolmen en la provincia de Huelva, pág. 405-2-1915, Estudio. 

" Juan Cabré (Comisario de exploraciones, Cor. de la R. A. de la H. ) y Eduardo Hernández 
Pacheco (Jefe de trabajos de la Comisión, Catedrático de Geología en la Universidad de Madrid y. 
Avance al estudio de las pinturas prehistóricas del extremo Sur de España ( Laguna de la Janda), 
Madrid, 1914. 

" Román Andrés de la Pastora : Antigüedades prehistóricas del partido de Molina de Aragón 
tomo III, pág. IM, y tomo XVII, pág. 246, Bol. A. H. 

"' Juan Cabré y Aguiló : Excavaciones practicadas en el monte de S. Antonio de Calaceíte, 
partido de Valderrobles, provincia de Teruel; Nuevos descubrimientos de Juan Cabré en España: 
Albarracin, Batuecas, Torralba, L'Anthropologie, págs. 242 y 369, 1910. 

»» Iberia, 1914-2, pág. 387. 

^ Ricardo del Arco: Una estación prehistórica en Albero-Alto (Huesca), pág. 150-54, vol. 63, 
B. A. H., 1913; Nueva estación prehistórica de Jenzano (Huesca), pág. 288, tomo 64, B. A. H, 

** Menéndez Pelavo : Heterodoxos, pág. 128, ed. cit. 

*" P. Luis Alfonso de Carvallo, S. J. : Antigüedades y cosas memorables del Principado de 
Asturias (escrita en 1613, publ. en 1695), reimp. en la <f Biblioteca Histórica Asturiana», Oviedo. 
1864, tomo I. 

»* Félix de Aramburu y Zuloaga : Monografía de Asturias, Oviedo, 1899. 

=» Carlos Barrois : Recherches sur les terrains anclens des Asturies et de la Gallee, Lille, 1882. 

^ Elías Gago Rabanal : Apuntes para la Historia de España primitiva. Estudios de Arqueo- 
logía, Protohlstorla y Etnografía de los Astures lancíenses (hoy leoneses), 1902. 

*' Eduardo Hernández Pacheco (Jefe de trabajos de la Comisión, Catedrático de Geología en 
la Universidad de Madrid); Juan Cabré (Comisario de exploraciones, Correspondiente de la Real 
Academia de la Historia) y el Conde de la Vega del Sella: Las Pinturas Prehistóricas de Peña Tú. 
Madrid, 1914. 

'-' Jorge Armstrong: : The history of the island of Mínorca, 2.^ ed., con adiciones del autor, 
impresa en Londres por L. Davis y C. Reymers, 1756. 

^^ Vargas Ponce : Descripciones de las Islas Plthlusas y Baleares, Madrid, 1787. 

•" Juan Ramis : Antigüedades célticas de la Isla de Menorca desde los tiempos más remotos 
hasta el siglo iv de la Era cristiana, imp. Serra, Mahón, 1818; Antonio Ramis: Noticias relativas a 
la Isla de Menorca, Mahón, 1826 a 1829; Inscripciones relativas a .Menorca y noticia de varios mo- 
numentos descubiertos en ella, Mahón, 1836. 



NOTAS 107 

*^ Conde Alberto de La Mármora : Voyage en Sardaigne, París-Turin, 1840. 

* Tomás MuSoz y Romero: se publicó un artículo sobre « célticos > en Menorca, en el Sema- 
nario Pintoresco Español, año XII, 1847, con las iniciales correspondientes a este autor. 

'' Rafael Oleo v Quadrado: Historia de la isla de Menorca, Ciudadela, 1876. 

"■ Archiduque Llis Salvador de Austria : Die Insel Minorca, Leipzig, 1890; Die Balearen in 
Wort und Bild gescfíildert, Leipzig, 1882-1891 ( siete vols.). 

'■■' José María Quadrado : Islas Baleares, en la col. « España, sus monumentos y artes,» Bar- 
celona, 1888. 

*" Emilio Cartailhac : Misslon scienti fique du Ministére de l'/nstruction Publique. Monuments prí- 
mitifs des lies Baleares, Toulouse, ed. Privat, 1892, y en el Bol. de la Acad. de la Hist., tomo XXIV, 
pág. 97. 

*' Francisco Camps v Mercadal: Itinerario de los talayots de Perrerías y San Cristóbal de 
Menorca, Rev. de Menorca, Nov. y Die, 1896. 

" Francisco Hernández Sanz : Notas arqueológicas acerca de algunos monumentos megali- 
ticos de Menorca, 1896, Rev. de Menorca ; Xoticias generales sobre los monumentos megaliticos de 
la isla de Menorca y reseña detallada de los existentes en el predio Telati de Dalt, Barcelona, 1898, 
y en la Rev. de la Asoc. Art.-Arqueol. Barcel., Enero-Feb., 1890; en la misma Rev. pág. 17, 1899, y pá- 
gina 702, 1902, sobre Bibliografía de los Talayots de Baleares; ¿as mamoas o nauetas de Menorca, 
Rev. de Menorca, Abril, 1910; Monumentos primitivos de Menorca, Mahón, 1910, 2.* ed. corregida 
y aumentada, Mahón, M. Sintes Rotger, 1911. 

" J. Benjamín vSaura: Monumentos megaliticos de Son Mortal, Ciudadela, Re\. át í\tnox- 
ca, 1896. 

** Eduardo Saavedra : S'ueva hipótesis sobre los talayots de las Baleares, 1886. 

*'•" Hübner: Monumentos prehistóricos de Mallorca y Menorca, Bol. Acad. H.*, tomo XXIV, 
pág. 97. 

*' Augusto Vidal Pereha : Obseroaciones sobre los monumentos megaliticos de Menorca, Rev. 
de Menorca, núms. I al VIII, 1899. 

*' Franklin (i. Smith, trad. de Juan Flaquer v Fábkeuues : Talayots. taulas y nauetas: Los mo- 
numentos prehistóricos de las Islas Baleares, Rev. de Menorca, Agosto, 1907. 

*^ Juan Flaquer v Fábreüues : La S'aueta de Cotayna. Rev. de Menorca, Mayo, 1910. 

*" L. Ch. Wetelin : Contribution a l'étude des monuments primitifs des lies Baleares, Rev. Ar- 
chéologique, Nov.-Dic, 1909. 

^ Antonio Vives y Escudero: El arte Egeo en España, en «Cultura Española*. 

*' Aloisio de Cadamosto : Delle sette isole delle Canarie e delli loro costumi ( publicado en la 
Colección de «Viajes y Navegaciones de Ramusio»), Venecia, 1553. 

*' Bachiller Francisco de Thajhara : El libro de las costumbres de todas las gentes del Mundo 
y de las Indias (traducido y copilado por el Bachiller... Cathedrático de Cádiz). En Anvers, en casa 
de Martín Nució, 1556. 

'■^' Fr. Alonso de Espinosa : Del origen y milagros de N. 5." de Candelaria, que apareció en la 
isla de Tenerife, con la descripción de esta isla, imp. en Sevilla, 15W, reimp. en Sta. Cruz de Tene- 
rife, 1R18, imp. y libr. Isleña. 

^ Bachiller Antonio de Viana: Antigüedades de las Islas Afortunadas de la Gran Canaria. 
Conquista de Tenerife y aparescimiento de la Imagen de la Candelaria, en verso suelto y octava 
rima. En Sevilla, por Bartolomé Gómez, 1604. Reimp. en 1883 por la Sociedad Literaria de Stuttgart, 
Der Kampf von Teneriffa. Dichtung und Geschichte oon Antonio de I iana herausgegeben ron Fram 
von Loher... Tubingen, 1883 (tomo CLXV de la «Bibliothek des Litterarischen Vareins.). Hay 
otras dos ediciones de Sta. Cruz de Tenerife de 1854 y 18K3; son malas, la mejor es la última, publi- 
cada con las iniciales J. R. M. en La Laguna, 1905, según el ejemplar de Sevilla. 

" Licenciado Juan NúSez de la PeRa : Conquista y antigüedades de ¡as islas de la Gran Cana- 
ria y su descripción, con muchas advertencias de sus privilegios, conquistas, pobladores y otras 
particularidades en la muy poderosa isla de Tenerife. Madrid, Imp. Real, 1676, reimp. en 1H47, Santa 
Cruz de Tenerife, imp. Islei^a. 

^ P. Anchieta (bajo el seudónimo Cristóbal Y'ér^iáe\C)\T'\sXo\: Excelencias y antigüedades 
de las siete islas de Canaria. Primera parte, en que se comprenden las excelencias de estas islas 
con los renombres que les dio la antigüedad. Xerez de la Frontera, Juan Antonio Tarazona, 1679. 

'•''• Sprats: en History ofthe Royal Society publicó una relación sobre costumbres de las islas 
Canarias, 1682. 

^ JoRCE Glas: History ofthe discovery and conquest ofthe Canary Islands, 1767. 

=* José Viera y Clavijo : Xoticias de la Historia General de las islas Canarias. Madrid, 1772- 
1783, por Blas Román; 2.» ed. Sta. Cruz de Tenerife, imp. Isleña, 1858-1863; reimpresión en el «Dic- 
cionario de Historia Natural de las islas Canarias». Las Palmas, 1866-1869. 

■* BoRY de Saint-Vincent : Essai geographique sur le genre humain ; Essai sur les lies Fortu- 
nées et l'antique Atlantide. ou Précis de T Histoire genérale de l'Archipel des Cañarles, París, Bau- 
doin. Germinal, an. XI ( 1802). 

"' Sabin Berthelot : Ethnografia y anales de la Conquista de las islas Canarias, 1&42, tra- 
ducción castellana por D. Juan Arturo de Malibrán, Sta. Cruz de Tenerife, Imp. de la Biblioteca 
Isleña, 1849; Memoria sobre las islas Canarias en el Bulletin de la Societé de Geographie de París, 
tomo IX, 6." serie, 1875, y tomo XII de la misma serie, 1876; Antiquités Canariennes ou annotations 
sur l'origine des peuples qui occupérent les iles Fortunées, depuis les premiers temps ¡usqu' á 
l'époque de leur conquéte, París, Plon, 1877; Antiquités Canariennes. tomo II, pág. 354, Bol. Acad. 
de la Hist. ; en colaboración con Barker-Web : Histoire des iles Canaríes, obra publicada bajo los 
auspicios de M. Girot, ministro de Instrucción pública, París, 1836-1840; Elias Zerolo: en su obra 
Legajo de Varios, París, Garnier, 1897, se halla una bibliografía de las obras de Berthelot. 

** Graciliano Alfonso: El Juicio de Dios o la Reina Ico, tradición canaria, 1841. 



I08 HISTORIA DE ESI'aSa 

* Fr. Juan dk Ahhi'u (Jai.inih): Historia de la Conquisla <le las siete i>i'i^ 'i- (-r.it, t ,,„,,,,,, 
Sta. Cruz de Tenerife, Inip. Isleña, l(i.W-lH4H; Trad. de Jor^e (ilas, bantantr 
tory of the Discooery and vonquest of the Canary ¡slands. transía ted from 
(ofjuan Ahreu de Galindo) lateley found in l/ie /stand of Palma, Londren, IHA, reiinp. 17i<7. 

*" PK,f)H() AdirsTlN DKi, Castm.i.o Riiz iii \'i k<iARA : Descripción histórica 1/ /,'f<*/f f aflea de laa 
islas de Canaria, que dedica y consaffra al Principe A'. 6', í). I'ernando de IU>rl)ón, Sta. Cruz de 
Tenerife, Imp. Isleña , 1H4M. 

"•^ P^R. Josí; iiK Sota: Topofíraria de la isla afortunada (irán Canaria, caheia del partido de 
toda la provincia, comprensina délas siete islas llamadas oulffarmente Afortunadas, escrita en 
la M. N. y muy leal Ciudad Real de las Palmas, por un hi/o suyo, en este año de ItfJH, Sta. Cruz 
de Tenerife, imp. Isleña, 1h4!). 

*" Emiliano Maktíniz oh. Escobar : F'iiblicó una descripción de mumias halladas en la* Canaria*. 
en El Ómnibus, Las Palmas, IHTx'). 

*' Carlos Fritsíh: Mitteilunuen aus Justus Perthes (ieoffraphis cher Anstalt üher H 
neue Erforschuntfen auf dem (iesammtf;el)iete der (Jeoffraphle von Dr. A. Petermann ( I 
zunffsheft n. 22); Dr. K. von h'ritsch, Reisel)ilder von der Canarischer Inseln, (iotha , ixr?. 

"" Rkhar» Hknrv Major: The Cañarían, or, book of the conquest and conversión ofthe Ca- 
narians in the Year 1402 by messire Jean de Hethencourt, translated and edited, Lond(»n, 1W2, Prin- 
ted for the Habryt' Society, lK7'i-H0. 

'"' (JAKRiKL (íRAvii-R : Lo Canuríen, IJore de la Conquéte et Conversión des Cañarles (14K-N22) 
par Jean de Hethencourt, Gentilhome Cauchóla, Publié d'aprés le manuacrit orifrinal aoec Introduc- 
tlon et notes, Rúan, 1«74. 

^' (iRKooRio Chil V Naranjo: Estudios históricos, climatoló/f icos y patológicos de las Isla» 
Canarias, Las Palmas de la (íran Canaria, IK7G-180I. 

•' Francisco dk.Lohkr: Los germanos en las islas Canarias, en «Das Allíícmeine ZeitunK » 
de AuKsburRo, trad. castellana en la Revista «Europa*, tomo IX, primer semestre de 1K77 (tirada 
aparte ) ; Das Kanierbuch, Geschichte und Gesittung der Germaner auf den Kanarischen Inseln, 
Munich, 1895. 

'• Verneau: De la pluralité des races anciennes de VArchioel Canarien. Bulletin de la Societé 
d'Anthropologie de París, IK70; Sur les sémites aux //es CanaA/t-s. en el mismo Bulletin, 1881: en 
los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, tomo XII, i*«, trata de antitíüedades con- 
servadas en el Museo Canario de Las Palmas ; Rapport sur une mission scientiftque dans íArchipel 
Canarien, París. 1KK7: Habitations, sepultares et aeux sacres oes unaeruTLanariens. Parí», 1889: 
Cinq^ onnees de se/'our aux lies Cañarles, París, 1891. 

"' Antonio SkiieSo : Breve resumen e Historia muy verdadera de la Conquista de Canaria, * El 
Museo Canario». 

'__* Pedro Gómez Escudero : Historia de la Conquista de la Gran Canaria. 

'■' TomAs Marín y Cubas: Historia de las siete islas de Canaria, origen, descubrimiento y con- 
quista (dividida en tres libros), crónica publicada toda o una parte en «El Museo Canario». 

™ Salvador Calderón v Arana : Los primitivos habitantes de las Islas Canarias. Boletín de la 
Institución Libre de Enseñanza, tomo VIII, 1884. 

~ Manuel Ossuna y van den Heede : La Inscripción de Anaga ( Tenerife), Santa Cruz de Te- 
nerife, Imp. de Anselmo J. Benítez, 1889. 

™ Marqués de Bute: On the ancient language of the Natioes of Tenerife. A paper contributed 
to the Anthropological section of the British Association for the .adoancemeni ofscience, London, 
J. Masters, 1891. 

™ Agustín Millares : Historia General de las Islas Canarias, Las Palmas, 1893-1895 (10 tomos ) ; 
Historia de la Gran Canaria. Las Palmas, 1860-1861 (2 vols.). 

^ Juan Bethencourt Alfonso : Publicó un artículo sobre antigüedades canarias en <■ Revista 
de Canarias», tomo III, pág. 355. 

*' Conchas prehistóricas de Tenerife, pág. 506, tomo 42. Boletín de la Acad. de la Hist. : Fl 
Valle, periódico del Puerto de la Cruz, n." del 22 de Marzo 1903. 

^ LuisLartet: Descripción de algunas cuevas de la provincia de Logroño, en el partido de 
Torrecilla de Cameros, exploradas en 1864; en la Revue Archéologique, tomo XIII. Ju.an Qarín v mo- 
det: Nota acerca de algunas e.vploraciones practicadas en las cavernas de la cuenca del rio Iregua, 
provincia de Logroño (Bo\etin del Instituto (ieológico de España, tomo XIII, segunda serie, 1912). 

* Cartailhac : Les ages prehistoriques de VEspagne et du Portugal, pág. 61, ed. cit. 

** Eduardo Capelle, S. J. : Notes sur quelques decouvet tes prehistoriques autourde Segobriga 
dans l'Espagne Céntrale (Cuenca), Madrid, 1895; La estación prehistórica de Segobriga. Bol.de 
la Soc. Española de Excursiones (Mayo, 1897), tomos 3 y 5; La cueva prehistórica de Cabeza de 
Griego (Cuenca), Boletín Acad. Hist., pág. 241, tomo XXIIl (cráneo^, huesos, instrumentos de pie- 
dra y hueso, instrumentos de metal, vasijas); Pela yo Quintero: Excursión a Segobriga, tomo i, 
Bol. de la Soc. Española de Excursiones. 

^ Ignacio Martín: El risco de las Cuevas, publicadoTen La Esperanza, 1880 (es el Drimero 
que se ocupó de las cuevas de Perales del Tajuña); Juan Catalina García: Cuevas protohistóricas 
de Perales de Tajuña ( Madrid ), B. A. H., tomo XIX, págs. 123 y 131 ; Mélida : Las.cueoas de Perales 
de Tajuña, 5 Enero 1882, B. A. H., tomoiXIX; P.F.F\t\: Noticia sobre las cuevas" de Perales de 
Tajuña, en la pág. 456, tomo XIX, B. A. H. ; Romualdo Moro : exploraciones [arqueológicas en Pe- 
rales de Tajuña, pág. 226, tomo XX, B. A. H. 

* Juan F. Riaño, Juan de Dios de la Rada y Delgado y Juan Catalina García: Hallazgo prehis- 
tórico de Ciempozuelos, tomo XXV, Bol. Acad. Hist. ; Juan de la Rada y Delgaik) : Hallazgo pre- 
histórico en Ciempozuelos, tomo XXV, p. 436, B. A. H. 

*" Juan García: Antigüedades Montañesas, Aborígenes, Cuevas, Dólmenes, Etimologías 
( Homenaje a Menéndez y Pelayo ), pág. 841, tomo I. 



NOTAS 109 

* Antolín Sainz de Baranda : Antigüedades prehistóricas de Gayangos, provincia de Burgos, 
tomo IX, pág. 228, y tomo X, pág. 215, Boletín de la Academia de la Historia. 

* Francisco Benito Delgado: Estación prehistórica de V'aldegeña, en la provincia de Soria, 
tomo XX, pág. 615, y tomo XXI, pág. 188, Boletín de la Academia de la Historia. 

* Juan Vilanova: Hatntaciones palustres de la provincia de Soria, pág. 619, tomo XX. Boletín 
de la Academia de la Historia; Estación protohistórica de Valdegeña ( provincia de Soria), pági- 
na 188, tomo XXI, del mismo Boletín. 

"' Félix Navarro: Descubrimientos arqueológicos (en las inmediaciones de Santa María de 
Huerta), Ateneo, Septiembre 1908. 

■'- Marqués DE Cerralbo: El Alto Jalón. Descubrimientos araueológicos. Discurso leído en la 
Academia de la Historia, Madrid, 1909; Estaciones prehistóricas del Mo Jalón, pág. 588, tomo 63, 
Boletín de la Academia de la Historia. 

*' Inocente Hervás y Biendía : La Motilla de Torralba. 

"' Juan Cabré Aouiló: La Montaña escrita de Peñalba (2 túmulos), pág. 3*1, tomo 56, Boletín 
de la'Academia de la Historia, 1910. 

'■^ Lorenzo Sierra : Descubrimientos arqueológicos en Riotuerto (Santander), pág. '3S1, tomo 61, 
Boletín de la Academia de la Historia, 1912. 

"" Orestes Cendrero : Resumen de dos nuevos yacimientos prehistóricos de la provincia de 
Santander, Madrid, Fortanet, 1915. V. Iberia, 1915, t. I, pág. 322, sobre la gruta de Villanueva. 

"' Manuel Cazurro: los monumentos megalitic" ■'■■ '■■ ■"■-■'■ria de Gerona, publicado por la 
Junta para ampliación de estudios. Centro de estudi. iles, Madrid. 1912. 

* Cosme m. ñEi.i.ocH: Descripció de dos monuní, . cromlech, cercles de pedra o 
íumulus de la segona época de la edat de la pedra poUdu. Meinuridl de l'Associació Catalanista de 
Excursions Científicas, Barcelona, 1K79, tomo III, págs. 138-144. 

•" Luis Mariano Vidal: .t/íis w/M'; //í/coi en Cara/u/io, Memorias de la Real Aca- 

demia de Ciencias Naturales de Bar. 

"«' F. Carreras v uasdi: Dólmeiu^ ... ,, lilasar. Bol. de la Real Acad.de Buenas Letras 

de Barcelona, Abril a Junio, 1903. 

"" M. Cazurro : ob. cit. y además un artículo publicado en « La Lectura », Junio de 1914. 

'"* H. Neuville : Le Dolmen de Rosas et les monumenta meealithiaues de la orovince de Gerona 
(Espagne). L'Anthropologie, tomo XXIV, págs. 391-398. 1913. . . 

"» Manuel de Chía : Estación prehistórica de Caldas de Malavella, Rev. de Ciencias Históri- 
cas, tomo II, págs. 520-526, Barcelona, 1881. 

"** Celestino Pujol y Camps : Descubrimientos arqueológico-prehistóricos de Caldas de Mala- 
vella, Bol. de la Real Academia de San Fernando, tomo I, págs. 137-141, Madrid, 188i. 

"" Alsius y Torrent : Serinyü y Caldas de .\falavella Anuari de l'Associació d'Excursions 
Catalana, pág. 531, 1882; el mismo en colaboración con Pujol v Ca.%ips: S'omenclatoi geográftco- 
historico de la provincia de Gerona, Gerona, 1883. 

""' Luis Mariano Vidal : Coves prehistóriques deja provincia de Ueyda, Bulletí del Centre Ex- 
cursionista de Catalunya, n." 13, 1891. 

"*' José Coroleu: Descubrimientos en Villanueva y Geltrú, Bol. Acad. Historia, tomo II, página 
218. 1882. 

'* P. Eduardo Llanas: La estación prehistórica de Villanueva y Geltrú. Crónica Científica, 
tomo VIII, págs. 84-87, Barcelona, 1885. _ 

"•• Antonio Balmanya : .Monuments orimitius de Espolia, Memorias de l'Associació Catalanista 
d'Excursions Científicas, tomo III, págs. 224-226, Barcelona, 1879. 

"" QuiLLER.HO J. DE GuiLLÉN Gahcía : Burcelonu prehistórica, pág. 449, tomo 46, Bol. Acad. Hist. 

'" JuA.N Vilanova : Necrópolis de Piles ( Tarragona), pág. 105, tomo XXII, Bol. Acad. Hist. 

'" Eduarimí Canibell : £'.rcMrs<o oo//f c/iüíi fl/ cos/W/ d'Aramprunyá.HuW. de l'Assoc. d'Excur- 
sions Catalana, tomo I, pág. 219, Barcelona, 1878-79. 

'" Ra-sión Arabia .■ Solanas : Pedrafita (menhir) de Ayguafreda de Dalt, Bull. Assoc. Exc. Ca- 
talana, tomo IV, pág. 173, 1882. 

'" Texidor y Cos: Descubrimientos prehistóricos en Cataluña (monte de la torre deis Encan- 
táis, en Caldetas). Memorias de la Real Academia de Ciencias Naturales de Barcelona, 3.* época, 
tomo I, págs. 477-484, 1884. 

"^ Ferrán de Sagarra: Descubriments arqueolóeichs de Puig-Castellar, terme de Santa Colo- 
ma de Gramanet. Bol. de la R. Acad. de Buenas Letras de Barcelona, Octubre-Noviembre, 1905. 

""^ Manuel Cazurro : Las Cuevas de Serinyü y otras estaciones prehistóricas del .\E. de Cata- 
luña Institut d'Estudis Catalans. Secció Arqueológica, vas. 43. Aruari MCMVIII. Barcelona. En el 
mismo año en el Institut, pág. ¡>43, se publicó: Monuments megalitichs de la regió de Sant Feliu de 
Guixols. 

"■ Pedro BoscH V Gimpera : Sepulcre de Santa María de Miralles (Anuari del Inst. d'Est. Ca- 
talans, V, 1913-1914, Crónica, págs. 811 y siguientes); S'ecrópolis de Sant Genis de l'ilassar (Anua- 
ri V, Crónica, págs. 806 y siguientes); Sepulcre a Guissona (Anuari V. Crónica, págs. 812 y 
siguientes); Els dolmens de la Serra del .Arca ( .Ayguafreda), Anuari V, págs. 804 y siguientes ; 
Dolmens de la comarca de Solsona (La Veu de Catalunya, 2 Agosto 1915). 

"* Menéndez Pelayo : Heterodoxos, pág. 126, ed. cit. 

"' El Licenciado Molina : Descripción del Reyno de Galisia y de las cosas notables del, imp. en 
casa de Agustín de Paz, terminado el 2 de Agosto, Mondoñedo. 1550. 

'*^ Felipe de la Gándara : El Cisma Occidental canta las palmas y triunfos de Galicia, obra 
postuma, Madrid, sin año (1678). 

'" P. Sarmiento : Sobre la voz Oleyros publicó en el Semanario Erudito, de Valladares, tomo XX, 
página 71, Madrid, 1781. 

'^ Verea y Aguiar: Historia de Galicia, Ferrol, imp. de Taxonera, 1838. 



no HISTORIA ÜE ESPAÑA 

"" Lkoi'oldo MartInkz ijk PadIn : Historia política, rell/flona y úescriptioa de (Jalida, Ma- 
drid, IMO. 

"^ Manukl Murquía: Historia de Oalicla, imp. Soto Freiré, Lugo, 1866; '2.* ed., muy refundida, 
La Curuña, 1001, lib. de Carré; Galicia, en la Col. «Espafta y suh monumento»*, Barcelona, ed. Cor- 
tezo, 1888. 

"^ Lkandho df. Sarai.eoui y Mfdina : Kstudios sobre la época céltica en Galicia, Ferrol, 18fl7, 
imprenta de Taxonera; 3." ed., Ferrol, 181)4. 

'"• Vn.i.AAMii. y Castro : Ántiyüedades prehistóricas u célticas de Galicia, Luko, imp, de Soto 
Freiré, 1873; Los castros y las mamoas de Galicia, tf)mos III y VI del Museo Eupaflol de AntÍKÜe- 
dades y tomo Vil del mismo, páK^- 1 '.Mi a 237, 1K7«; Pohlaclones, monumentos y caminos anillo» 
del Norte de la pronincla de Liifí'), Hol. de la Sociedad (¡eoKráfíca de Madrid, tomo V, páK*. 8I-13B, 
1878; La edad prehistórica de Galicia, (lalicia, tomo I, pá»<. 7.'), La Coruña, 1887. 

"" Barros Sivf.lo: Antiffiiedades de Galicia, La Corufla, I87r>. 

'* Ff-Ofríco MaciRkira y Pardo: /nvestlyaciones prehistóricas en Galicia (do« artículos en La 
Ilustración Artística de Barcelona, 4 y 25 Febrero 185)5 ) ; fíurun, Ferrol, HW< (juicio crítico en el 
Boletín de la Acad. de la Hist., tomo 5i, pá^. 107 ); Hedra oscilante de Samarugo, La Voz de íiali- 
cia, 14 Agosto I8!K); sobre esto hay un articulo de HUbnerenelBol.delaAcad.de la Hintoría, 
tomo 40, páRS. 547-740. 

""' Arturo VXzqükz NúfiF.z: Estudios prehistóricos. Las Mamoas. lio\. áe\aCom\i\ón provin- 
cial de Monumentos históricos y artísticos de Orense, n." 20, Junio, 1901. 

'* José Rodríuuf.z Qallruo: Galicia prehistórica, Madrid, 1905. 

'" Santiaoo i)h 1.a Iglesia : Catáloffo de la Sección de prehistoria gallega, Ferrol, 1907. 

"* Benito F. Alonso: Galicia prehistórica. Bol. de la Comisión provincial de Monumentos his- 
tóricos y artísticos de Orense, 15)08, Noviembre-Diciembre. 

'** Manukl Antonio VfrIn v Skijks: Reseña topográfica, histórica y etimológica de la muy 
noble y antigua ciudad de Metamos. — En el Boletín de la Acad. de la Hist., tomo 47, páR. 408, se 
encuentra noticia sobre las madorras gallegas, llamadas también mamoas. 

'** Fidel Fita: La gran caverna de Plcosagro, dos leguas al Oriente de Compostela. Nueoo 
estudio (tomo LIX, año 1911, pág. 27(i, Boletín de la Academia de la Historia ). 

'** Noticia de la piedra oscilante de Montánchet, puede servir para ilustrar un texto de Artemi- 
doro, citado por Strabón, pág. 75), tomo XI, Bol. Acad. de la Hist. 

'*• Josí. Ramón Mélida : Arquitectura Dolménica ibera. Dólmenes de la Procincla de Badajot, 
Revista de Archs. Bibl. y Museos, Enero, Febrero 1913, Madrid, 1914. 

"" Juan Vilanova y Fiera : Valencia de Alcántara en el concepto protohistórlco ( pág. 192, 
tomo XV, Boletín Academia de la Historia). 

■** Ramón Martínez de Fimllos : Estación prehistórica cerca de Almendralejo ( Badajoz ), Ilus- 
tración Española y Americana, 8 de Septiembre de 1913. 

'* Manuel Gómez Moreno : Sobre arqueología primitiva de la reglón del Duero, tomo XLVI, 
página 250, Boletín de la Sociedad Geográfica. 

'*" Múdenles ( Valladolid). Objetos protohlstóricos, tomo XXIII, pág. 461, Boletín de la Acade- 
mia de la Historia. 

'*' Elias Qaqo Rabanal : Arqueología. Estudios retrospectloos de la provincia de León. Tiem- 
pos geológicos. Primeras edades de la Historia, León, 1910. 

'" Capitán D. Vecardo García Rey : Una excursión en el Blerzo. Errores geográficos y conje- 
turas históricas, Madrid, 1912. 

'^ Juan de la Rada y Delgado : Antigüedades prehistóricas encontradas en Monteagudo, Bole- 
tín de la Academia de la Historia, tomo X, pág. 417. 

■" Juan Vilanova : Protohistoria de Jumilla, pág. 18, tomo XIX del Boletín de la Academia de 
la Historia, y Monumentos protohlstóricos de Jumilla. pág. 512, en el mismo tomo del Boletín. 

'^ P. Julio Furgús : La edad prehistórica en Orihuela, pág. 43, tomo IV, 1902, y págs. 316 y 484, 
tomo V, 1903, de Razón y Fe, reimpreso en el apéndice III de la Historia de Orihuela, por D. Ernesto 
Gisbert y Ballesteros ; Sobre una necrópolis neolítica, pág. 93, tomo VI, 1903, Razón y Fe; Necró- 
polis prehistórica de Orihuela, pág. 355, tomo 54, Boletín de la Academia de la Historia ; Breve ex- 
ploración arqueológica, pág. 213, tomo IX, I90i, Razón y Fe ; Tombes prehistoriques des environs 
d'Orihuela, province d' Alicante, Annales de la Société d'Archéologie de Bruxelles, 1905; Sepulturas 
prehistóricas de la provincia de Alicante, Boletín de la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales, 
tomo V, n.° 10, 1906 (hay tirada aparte). 

'^ José Mención Sastre : Estaciones prehistóricas de la ciudad y región de Lorca, pág. 483, 
tomo 52, Boletín de la Academia de la Historia. 

"• Juan Iturralde Suitz: La Prehistoria en Navarra, Pamplona, 1911 ; juicio critico de B. N. en 
L'Anthropologie, tomo XXIV, pág. 270, 1903, sobre La Prehistoria en Navarra, de Iturralde y Suitz. 

'** P. Fita : Nuevos Dólmenes en Navarra, tomo 59, pág. 432, Bol. Acad. Hist. 

"^ Florencio Ansoleaga y Julio Altadín: Monumentos megaliticos de Navarra (pág. 197, 
tomo LVIII, Marzo de 1911, B. A. de la H. ); Florencio Ansoleaga: Polémica arqueológica a propó- 
sito de una Granja de Sangüesa, Pamplona, 1911. 

150 Leixe de Vasconcellos : Dolmens do concelho de Villa Pouca de Aguiar; Noticia de un 
dolmen neolítico en el concejo de Satao, O Archeologo Portuguez, núms. 10 y 11, 1896; Dolmen de 
Villarinho, O Arch. Port., 1898. 

'^> Pereira da Costa : Nogóes sobre o estado prehistórico da térra e do homen. seguidas 
da descripcáo de algums dolmens ou antas de Portugal, Mem. de la Acad. Real das Sciencias, 
Lisboa, 1868. 

•^'^ Estacio da Veiga: Portugal. Carta archeologica do Algarve. lempos prehistóricos repre- 
sentando o periodo neolithico o trancigao d'este periodo para a idade do bronze, esta idade e a 
idade do ferro, Lisboa, 1883; Antiguidades monumentaes do Algarve, 1886-1891. 



NOTAS I I I 

'^ Antonio dos Santos Rocha Phixoto : Antiguidades prehistóricas do Concelho da Figueira, 
Coimbra, 1888; con el mismo titulo, en Coimbra, 1895; Mobiliario neolithico disperso no districto de 
Leiria, Portugalia, tomo I, fase. 3.", I90I ; Esta<;oes pre-romanas da idade do ferro ñas oisinhan^as 
da Figueira, en la misma Rev., tomo II, fase. 3."; sobre el mismo asunto, eon igual título, en Portu- 
galia, tomo VI, fase. 4.", 1908; A goioa de pedra ñas estatúes neolithicas das cercanías da Figueira. 
O Areheologo Portuguez, n." 7, 1899-1900. 

' "^ Enrique Botelho : Dolmens no concelho de Vilíarreaí, O Areheologo Portuguez, Diciembre 
de 1896; Antas e castros do concelho de Alijó, núms. 10 y 11 de la misma Rev., 1896; Dolmens no 
concelho de Villarreal, O Areheol. Port., Agosto a Diciembre 1901. 

'" César Pires: Antas dos arredores de Machéde, O Areheol. Port., núms. 10 y 11, 1896. 

'^ Albino Pereira Lopo : O túmulo de Ariaes, O Areheol. Port., 1898; O cerro de Penhas Juntas, 
en la misma Rev., Abril y Mayo, 1902. 

■'" Pedro N. de Azevkdo: Ruinas prooaoies de urna anta, próximo de Aljezur, Agosto a Diciem- 
bre 1901, O Areheol. Portuguez. 

'^ José Brenha: Dolmens ou antas no concelho de Villa Pouca d'Aguiar, Portugalia, tomo 1, 
fascículo 4.", 1903. 

'* Ricardo Severo : As necropoles dolmenicas de Traz-os- Montes, Portugalia, tomo 1, fase. 4.°, 
1903. O Areheologo Portuguez, de Octubre a Diciembre 1905, trata de la prehistoria en Eteira y 
de los dólmenes de Murija. 

"•' Juan José Landerer : Fl Maestrazgo en los tiempos prehistóricos. Ilustración Española y 
Americana, páginas 402 y 403, tomo 11 , 18HÜ. 

'"" Fr.Josek Teixidor: Antigüedades Valencianas (dos tomos de la colección: f Monumentos 
históricos de Valencia y su Reino», dirigida por D. Roque Chabás, Valencia, 1895 y 1896). 

"" Vii.ANOVA : Estación prehistórica de Hothaite ( Valencia >, .anales de la Sociedad Española de 
Historia Natural^ tomo VIII, pág. 73, b: cia, serie 

cuaternaria. Boletín de la Sociedad Ue. 

"" Dei.(íado: Informe sobre las an¡ífi,.c,.i,^c „^ .....,...«,.., i-...vi.,, ^^ ... .»^....v ...... Je la His- 
toria, tomo 1, pág. i'Jtí. 

'"** Liis Tramovers Blasco: Las Cueoas de Bocairente, Revista de Archivos, Bibliotecas y 
Museos, tomo III, 3.» ép., pág. 138, 1899, y en la misma Revista, afto 1900. 

irts Necrópolis de Piles ( Valencia). Boletín de la Academia de la Historia, tomo XXII, pág. 106. 

'* José Amador de los Ríos : Estudios monumentales y arQueológicos, Las Provincias Vascon- 
gadas, Revista España, tomo XXI, pág. 15, 1K71. 

'"' Ramón Adán de Varza : Descripción física ygeológicode la provincia deÁlava, Madrid, 1885. 
loAQuÍN Pavía y Birminqhan: El país vasco en las edades geológicas, por D. Ramón Adán de Varza, 
San Sebastián, 1905. 

'"" Eduardo Harlé : Les grottes d'Atti-bitarte, ou Landarbaso. a Rentería, prés de San Sebas- 
tián, pág. 339, tomo LII, Boletín de la Academia de la Historia; Las cuevas de Aitibitarte, por Ibíjka- 
ribat, Euskal-Erria, 10, líO, 30 Junio, 10, ÍÍO, 30 Julio, 1901; Las cuevas prehistóricas de Aitibitarte, 
dentro del término de Rentería, cerca de la frontera de Savarra, en Landarbaso, pág. 270, tomo LII, 
Boletín de la Academia de la Historia. 

'"" Raeael Saraluce: La Caverna de San Valerio en Mondragón, Euskal-Erria ( núms. 666 
y 678), 1899. 

'•" Julián Apraiz: Discurso acerca de los dólmenes alaveses, San Sebastián, l9D5.—Jo\(ivis 
Pavía v Birminühan : Discurso acerca de los dólmenes alaveses por D. Julián Apraiz, San Sebas- 
tián, 1905. 

"' Darío Areitio: Los sepulcros de Arguineta. Bilbao, 1908. 

'" Pablo Alzóla v Minondo : Plan para organizar en Vizcaya la exploración de las cavernas, 
Bilbao, 1911 (se lamenta de que en Vizcaya no se haya hecho nada). Euskal-Erria, 1912. 

'" A. DE Gálvez CaSero: Xota acerca de las Cavernas de Vizcaya. Madrid, 1913. 

'■' F. Birkner: Die Rassen und Vólker der Menschheit. Berlín, 1913, y especialmente e! Die 
Rassen Europas in der Vergangenheit. 

'■' Birkner : ob. cit., pág. 402. 

'•" Hoyos : EtnograHa. tomo III, pág. KM, ed. cit. 

'" Serüi: ¿"«ropo, pág. 227, ed. cit. 

"^ O .Areheologo portuguez, vols. IX y X, 1904 y 1905, Lisboa. 

™ Hoyos: Etnografía, tomo III, pág. 145, ed. cit. 

'* Luis Siret: Questions de Chronologie et d'Ethnographie IberiQues. tomo I (de fines del 
cuaternario a fines del bronce ), París, 1913. 

'■*' Dechelette : ob. cit., t. I, pág. 498. 

*■** Siret : ob. cit., pág. 14. 

'*' Siret: ob. cit., pág. 21. 

'** In universam Hispaniam .Sí. Varro pervenisse Iberos, et Persas, et Phaenicos, Celtarque et 
Pcenos tradit. 

'■^' Siret: ob. cit., pág. 28. 

"" Siret : ob. cit., pág. 39. 

'"• Dechelette : .Manuel d' Archéologie préhistorigue celtique et gallo-romaine, París, 1908, 
tomo I, pág. 313. 

'* Anqel Mosso: Escursioni nel Mediterráneo e gli scavi di Creta, Milán, 1910, tomo 1, pá- 
gina 281. 

'* Antonio Vives, catedrático de Numismática y Epigrafía en la Universidad Central : El Arte 
Egeo en España, publicado en la revista <' Cultura Española », y otro trabajo eon el mismo título 
publicado en la «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos», Madrid, 1910; continuación del 
anterior. 



112 HISTORIA DE ESI'ANA 

'» (i. Masi-kho: Histuire Ancienne des peuples de l'Oríenl. F'aris, 1900, pág. 2*. 
'»' P. B()8( M V (íimi'KHa: L'Hdat de la l'edra, Barcelona, 1!II7, pát{. 'Jüi. 

"« E. HcKNÁNDKZ Pa< HK o y Ji AN Caii«i»: Lu depresión del tíarbate y sus estacloiu» pretustó' 
ricas (Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural, Julio 1915). 
"" CABHf, : El Arte rupestre, pá^. líil. 
"•* Cahhí! : El Arte rupestre, pííks. 'M) y 20f). 

'•« HkknAndkz Pa(hh((): Estado actual de las Inoestlfiaclone» en España respecto a Palean- 
toloffia !i Prehistoria (Congreso de Valladolid ), páj?. 156. 

»"' Juan Cabkí; A<íi ii.ó: Arte rupestre ualleuo i/ portu/fués, Lisboa, 1916 (memorias publicadas 
por la Socicdade í^ortu^ueza de Sciéncias Naturais). 

'" Juan Cabkí y Jksús Cjonzái.kz dri. R(o : ¿os ffrafiados rupestres de la Torre de Hércules (La 
Coruña), Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año 1915, tomo I, páR. 450. 

"" E. HkrnXndkz Pachkco: Pinturas prehistóricas y dólmenes de la renión de AllMtquerque 
(Extremadura), Bol. de la Real Soc. Española de Historia Natural, Febrero, lítHi. 

"• Leite de Vasc 0NIE1.L08 : Esculpturas prehistóricas do Museu Ethnoluffico portufiét, Lis- 
boa, 1010. 

"» Todas estas noticias nos fueron facilitadas por la amabilidad de D. Juan Cabré, que pre- 
paraba una monoKrafia titulada : Esculturas prehistóricas de la Península /Ac'r/ca, que presentó al 
Congreso para el Progreso de las Ciencias que se celebró en Sevilla (1917). 
*" Bosc H : ob. cit., págs. 32 y 33. 

*™ José Ra.món Méiipa : Cerámica prehistórica de ¡a Península ibérica. Nuestro Tiempo, 1!, 1902, 
pág. 903. 

"" Eduardo FoNDRiciNrER : Ceramof^raphie prehistorique. Le Mons, 1005. 
"*• P. Ravmond: La ceramique incrustée et peínte, Revue Prehistorique, IflOH. 
** L. Franchet: Ceramique primitive. Introduction a l'etude de la technolouie. París, lf»ll. 
** Boletín de la Academia de la Historia, tomo XXV, pág. 43(), y tomo XXX, pág. 44«. 
*" Conde de Cediu-o: Catino prehistórico de burujón (Toledo), Bol. Acad. de la Historia, 
tomo L, pág. 463. 

** Luis Mariano Vidal: Cerámica de Ciempozuelos en una cueca prehistórica del NE. de 
España, Barcelona, 1016, ¡hería, año 1916, pág. 207. 

** Marqués de Cerraibo: El Alto Jalón. Descubrimientos arqueológicos, D\%. tAnáúá, \^IOd. 
""" fíoletin de la Comisión de .Monumentos históricos de Navarra, 4." trimeste de 1916, tomo 7, 
n." 28, Pamplona. 

*" Dechelette : ob. cit. I, pág. 373. 
»"* BoscH : ob. cit., págs. 27, 28 y 29. 

'" José Ramón Mélida : Cronología de las antigüedades ibéricas ante-romanas, Madrid, 1916. 
^* E. Hernández Pa(-heco: Pinturas Prehistóricas y dólmenes de la región de Albuquerque 
(Extremadura), Madrid, 1016. 

"' Mélida: Arquitectura dolménica ibera. Dólmenes de la provincia de Badajoz (Revista áe 
Archivos, año 1013, I, pág. 1, II, pág. 317). 

*'" J. Bonsor: Les colonies agricoles pré-romaines de la callee du Bétis ( Revue Archéolo- 
gique, 1809, pág. 126). 

-'■ Manuel Gó.mez Moreno : Granada y su provincia. Monumentos arquitectónicos de España, 
Madrid, 1907. 

*'* Dechelette: ob. cit., 1. 1, pág. 601. — G. H. Luquet: Les Représentations humaines dans le 
Neolithique ibérique (Revue des Etudes Anciennes, 1011, pág. 437). 

"* E. Hernández Pacheco, Juan Cabré, Conde de la Vega del Sella : ¿os Pinturas prehistó- 
ricas de Peña Tú, Madrid, 1914. 

** Antonio Blázquez : Instrumento neolítico de Corral de Caracuel. — Anoel Cabrera : Sobre 
ios instrumentos neolíticos de Corral de Caracuel, Madrid, 1015. 
"' Dechelette: ob. cit., I, pág. 430. 

'■^^ Evans : The annual of the British School at Athens. 1903-1904 ; Les civilisations protohísto- 
riques dans les deux bassins de la .Mediterranée, L'Anthropol., tomo XVII, 1006; Compte-rendu du 
Congrés d'Anthropologie et d'ArchéoIogie prehistorique de Monaco, tomo VI, 1006; Procedings of 
the Soc. ofAntiq. of London. Second Series, vol. XXII, n.° 1, Nov. 1007, Junio, 1908; Mycenoean tree 
and pillar cult. 

"3 NoRDisK Tidskrift: La cioilisation mycenienne et Homere, Rev. Catholique de Rennes 
(20 Abril 1897). 

^ J. Myres : Textile Impressions on an Early Clay Vessel from Amorgos. 
^ Blinkenberg : Antiquités prémycéniennes, Copenhague, 1806. 
^ ScHLiE.MANN, W. DoRPFELD : Troja und Ilion, 1002. 

^ Rene Dussaud: L'Ile de Chypre, Rev. de TEcole d'Anthropologie, 1907; Les ciciíisations pré- 
hélleniques dans le bassin de la mer Egée, París, 1910. 

*** Ángel Mosso: Le Origini della Civiltá mediterránea; The palaces o f Crete and their buil- 
ders; La Preistoría. Escursioni nel Mediterráneo e gli Scavi di Creta, Milano, 1910. 
^ P. Dieulafoy : Uacropole de Suse. 

**> Gó.MEZ Moreno : Sobre la Cueva del Romeral en Antequera, Julio - Sept. 1905, Bol. Acad. Hist.; 
Arquitectura tartesia: la necrópolis de Antequera, pág. 81, tomo XLV^II, B. A. H., 1905. 

^' Ricardo Velázquez Bosco : Las tumbas de Antequera, tomo IX, Rev. de A. B. y M., 1905 ; Cá- 
maras sepulcrales descubiertas en el término de Antequera, pág. 413, t. XII, Rev. de A. B. y M., 1905. 
^^ Mélida : Nota sobre la Arquitectura miceniana en Iberia. La Acrópolis de Tarragona, Rev. 
de Arquitectura y Construcción, Enero y Feb., 1905. 

^ Antonio Vives y Escudero : Et Arte egeo en España, Cultura Española, n.° 12, pág. 1033, Rev. 
de A., B. y M., 1910. 



NOTAS 1 1 3 

*" F. Martins Sarmentó: A arte mycenica do noroeste de Hispania, Portugalia, tomo I, fas- 
cículo 1.", págs. 1-12, 1899. 

*'^ J. Leite de Vasconcellos : Sepulturas prehistóricas de carácter miceniense, O Archeologo 
Portuguez, tomo VIII, 1902. 

*** P. Fita: Véase la pág. 428 del tomo XXIX del Bol. de la Acad. de la Hist., 1898. 

**■ Rodolfo del Castillo y Quartillers: Objetos egipcios encontrados en Tarragona, Madrid, 
Fortanet, 1909, 

**• Blázquez : Construcciones ciclópeas en el cerro de Atareos, pág. 501, tomo 65, B. A. H., 1914 

** Chabret : Historia de Sof^unto. 

*^ Luis Siret : A propos des poteries pseudo-myceniennes, L'Anthropologie, pág. 277, tomo 
XVIII, 1907. 

*" Rafael Mitjana y Ardison : Memoria sobre el templo druida hallado en las cercanías de la 
ciudad de Antequera, provincia delMálaga ( leída en la Com. Provincial de Monumentos el 20 de 
Noviembre 1847); Málaga, imp. de J. Martínez de Aguilar, 1847. — Cristóbal Fernández: Historia 
de Antequera desde su fundación hasta el añu 1800, que recuerda su remota antigüedad, heroicas 
hazañas, gloriosos combates // célebres monumentos que ha saleado de los estragos del tiempo, 
V abraza las de Archidona, Valle de Abdelazis, Atura y otros pueblos comarcanos. Madrid, 1842. 

"" Gómez Moreno: artículo citado, pág. 114. 

*** Ricardo Velázquez Bosco: art. cit., pág. 414. 

*" Mélida : Xota sobre la arquitectura miceniana en iberia. La Acrópolis de Tarragona, pági- 
nas 6 y 38 de la revista « Arquitectura, Bellas Artes, Decoración, Industria, Arte Moderno, Ingenie- 
ría y Construcción,» tomo IX. Año 1905. 

''*^ Hernández Sanahdja : Memorias de la Academia de Buenas Letras, Barcelona, 1863. 

*** Eduardo SAA\EimA: Discurso de recepción, 18üt¿. Boletín de la Academia de la Historia, 
página 422. Año 1899. 

"■ Martorell y PeSa : Apuntes arqueológicos, pág. 102. 

"* Salvador Sa.mpere v Miquel : Contribución al estudio de los monumentos megaliticos ibé- 
ricos. Revista de Ciencias históricas, Diciembre, I88Ü, a Marzo, 1881. 

"" P. César A. De Cara: GU Hethei-Pelasgi. Ricerche di Storia e di Archeologia oriéntale, 
greca ed itálica, pág. 144, vol. 3.", Roma, 1902; del mismo: Della identitá degli Hethei e de Pelasgi 
dimostrata per la cerámica pre- fenicia e pre-ellenica. Congreso internacional de Orientalistas, 
Londres, Septiembre, 1891. Puede consultarse, además, Wright: The empire ofthe Hittites, 1886. 

'^ J. Guillen García: Les Héthéens ont-ils colonisé la Catalogne? Acropole Cyclopéenne d* 
Tarra^one, Friburgo, 1899; E. Saavedra y Moragas analiza la obra anterior y dice que las excava- 
ciones permiten admitir una colonia comercial que tanto hubo de engrandecer a Tarragona, como 
fundada por pelasgos del Asia Menor, cuando, expulsados por los helenos de las islas del Medite- 
rráneo, en el siglo xii a. de J.C., buscaron refugio en las tierras occidentales y ocuparon la parte 
de Italia que luego se llamó Etruria; Saavedra cree a Tarragona tirrena, admitiendo la expresión de 
Ausonio, pág. 331, tomo XXXV, B. A. de la H. ; Josepm Brunet Bellet : Los Hetheus: notas criticas 
a propósit ü'un opúscol en que se tracto s'ils hetheus colonisaren Catalunya. Revista de la Aso- 
ciación Artístico-Arqueológica Barcelonesa ( .Marzo-.Abril l'imti; Torrit-nis <//•. Hetheus. en la misma 
Revista (Julio-Octubre 1900). 

'^' Dechelette: ob. cit.. I, pág. 342. 

*'- Dechelette: ob. cit.. I, pág. 419. 

--' Dechelette: ob. cit.. I, pág. 423. 

**» Dechelette : ob. cit.. I, págs. 420, 424 y 426. 

*^ Óscar Montelius: Der Orient und t'uropa. Estocolmo-Berlin, 1899. 

*^' SoPHUS Müller : L'rgeschichte Europas. 1905. 

**• Moritz Hoernes: L'rgeschichte der bildenden Kunst in Europa. Viena, 1898; Die Kuttur der 
Urzelt (vol. I de la serie: Der Mensch aller Zeiten ), Berlín-Munich, Viena. 

*** WiLKE : Sudwesteuropáische Megalithkultur und ihre Beziehungen lum Orient, WQrzburg, 
año 1912. 

*" Carlos Schuchardt: Westeuropa ais alter Kulturkreis. Berlín, 1913. 

**' S. Reinach: Le .Mirage oriental (L'Anthropologie. 1893, pág. 715). 

"' Pedro Bosch: L'Edat de Pedra, Barcelona, 1917, pág. 30. 

*" Dr. Hubert Sch.midt: Der bromefund oon Canena ( Bezirk //a//í'>, Prahistorische Zeits- 
chrift, 1, 1909, págs. 113 y siguientes; Der Dolchstab in Spanien (en Opuscula arcoeologica Osear 
Montetio septuagenario dicata, Estocolmo, 1913); Zur Vorgeschichte Spaniens (Zeitschrift für 
Ethnologie, 1913, pág. 238); Estudios acerca de los principios de la Edad de los Metales en 
España, traducción y adaptación de los anteriores artículos por Bosch y Gimpera, Madrid, 1915 
(Comisión de Investigaciones paleontológicas y prehistóricas). 

*** Hubert Schmidt : artículos cits. trad. Bosch, pág. 18. 

*" Manuel Gómez Moreno: Pictografías andaluzas, pág. 89, año 1902. Institut d'Estudis Cata- 
lans, Anuari. 

*" Qó.HEZ Moreno : artículo citado, pág. 93. 

*^ Jeroglíficos de Euencaliente (autor anónimo); Semanario Pintoresco Español, páginas 
24143, IRttj. 

*■ Alcalde del Rio : Las pinturas y grabados de las cuevas prehistóricas de la provincia de 
Santander, 1906.-G. H. Luquet: Les representations humaines dans le Séolithique iberique ( Revue 
des Etudes Anciennes, tomo n.° 4, 1911 ). 

^'^ Marqués de Nadaillac : Figures peints ou incisés sur les parois des grottes prehistoriques, 
datant de la fin du paleolithique ou des debuts du néolithique, publicado en la Revue des Questions 
Scientifiques, 3." serie, págs. 67-96, Lovaína, Julio, 1904; juicio sobre este trabajo en el Bol. de la 
Academia de la Historia, tomo 49, pág. 499, 1906. 

historia de ESPAÑA. — T. I. — 15. 



I 14 mSTÍJKIA DK ESPAflA 

"* F". BiKciKK : Hlstoire de líüriíure üuns l'anliqulté, ParíB, lí«2. 

''" (í. H. Li'QUKT : Art neollthique et peintures rupestres en Espa/fne, Bulletin Hiapanique, tomo 
XVI, páK. 1-14, aflo 1914. 

'^' Hkhmii.io Alcaldh i>ki. Rfo: Las piriliiras y firahados de las canernas ii'^ 
provincia de Santander ( Altarnira, Coralanas. Hornos de la Peña, Caatillo). Su' 

milio Alcalde del Río, Oirecteurde l'Ecole des Arts et Metier» de Torn' •' ' 

professeiir d'Etliiionraphie preliistorique a l'Institut de Haleoiitdioiíie I 
Lorenzo Sierra, Superieiir dii ColléRC de Limpias. Planches et figures p 
res et ^'rapares murales des cavernes paleolitfiiques, Monaco, 19IÜ. 

'''•' CAKTAn.HAcyBHHt'ii,: Les peintures et ffravures murales des caoernespyrénéennes.PBxx 
'• ' Dr. Caimtan y Abatk Brruii. : Origines de I' Art. Les Grarures sur les paráis des urottes prv- 
historiques anciennes. La Nature, 1902. 

'"* Fau)hkhbk: Carta desde Lila, 10 Octubre de !W(i, sobre los jcr""''*'"--- '!<■ la isla de Hierro, 
publicada ese mismo uño en Noviembre. Bulletin de la Sí)ciété de Cíe" Parí»; se repro- 

dujo con el tituU): Jerofflificos de la isla de f Herró, en e\ tomo I, pan. > •!. de la Sf)ciedad 

QeoRráfica de Madrid. 

'""' Sabin Bhrthei.ot : Noticias sobre ios caracteres ¡erofflificos grabados en tas rocas oolcá- 
nicas de las islas Canarias, Bol. de la Sociedad Geográfica de Madrid, tomo I, pág. 2flO, 1K77. 

*'" Maniüíi. i>k Ossi'NA y Van dkn Hikdk : La inscripción de Anafia < Tenerife), Sta. Cruz de Te- 
nerife, 1889; t'scritura pre/iistórica en las islas Canarias, pág. 491, tomo 50, Bol. de la Acad. de la 
Hist., 1907. 

'" Vicente Paredes : Sociedad excursionista extremeña y algo de Pretiistoria de Extremadura 
(artículo sobre esto en la Revista de Extremadura ), Cáceres, 1909, tomo XI, páR. 437. 

*" L'abbé H. Breuil, Pascual Serrano Oómez, Juan Cabr^. Auuu.ó: Les peintures rupestres d'Es- 
pagne. Les Abrís del Bosque á Alpera (Albacete), L'AnthropoloKie, tomo XX, pág. 1; tomos XXII 
yXXIII, páRs. 641 y 529. 

*'» Breuil y Cabré : Les peintures rupestres du bassin inferieur de l'Ebre, L'Anthropologie, 
tomo XX, París, 1909. 

** Ceferino Rocafort : Les peintures rupestres de Cogul. Butlleti del Centre Excursionista de 
Catalunya, Marzo 1908, pág. 574; Institut d' Estudis Catalans, Anuari. 

^' Luis Mariano Vidal: Les pintares rupestres de Cogul, Pínuaú de linstitut d'Estudis Cata- 
lans, Barcelona, 1909, págs. 4-10. 

**' Breuil: Les peintures cuaternaires de la roca de Cogul, Butlleti del Centre Excursionista 
de Lleyda, Octubre 1908, pá». 574; Institut d'Estudis Catalans, Anuari. 

*" Horacio Sandars : ¿as piedras letreros de la proinncia de Jaén { Sierra Morena, al poniente 
de Baños de la Encina), pág. 596, tomo &t. Bol. Acad. Hist., 1914. 

*^ Juan Cabré y Eduardo Hernández Pacheco : Aoance del estudio de las pinturas prehistóricas 
del extremo Sur de España ( Laguna de la Janda ), Madrid, 1914; La Lectura, 1914. 

*^ Eduardo Hernández Pacheco, Juan Cabré y Conde de la Veoa del Sella : Las pinturas pre- 
históricas de Peña Tú, Madrid, 1914; La Lectura, 1914. 

*** Juan Cabré AauíLó : Los grabados rupestres de la torre de Hércules ( La Corana), Revista 
de Archivos, Mayo-Junio, pág. 450, 1915. 

^' Pinturas rupestres en Albarracin y las Batuecas, L'Anthropologie, pág. 119, 1911. 

** Extracto de la obra de Magni, hecho por Fita en el tomo XLIX, pág. 46, año 1906, Bol. de la 
Academia de la Historia. 

-*' J. H. Rivett-Carnac : Cup-marks as an archaic form of inscription ( monografía ) ; La piedra 
de la coronación en la abadía de Wéstminster y su conexión legendaria con Santiago de Compos- 
tela, pág. 430, tomo XL, Bol. de la Academia de la Historia, 1902; sesión en que Rivett-Carnac habla 
de la escultura hemisférica (31 Enero 1902), págs. 271 y 360, tomo XL, Bol. Acad. Hist., 1902. 

*" Federico Macií5eira Pardo de Lama : La Silla de la Coronación de Inglaterra y la Piedra de 
Scone, La Coruña, 1911; Ejemplares gallegos y portugueses de la escritura hemisférica, pág. 439, 
tomo XL, Bol. Acad. Hist., 1902 (Galicia y Portugal). 

*" Mario Roso de Luna : Cazoletas en la provincia de Cáceres, pág. 564, tomo XL, 1902, y 
tomos XLIV y XLV, 1904, Bol. Acad. Hist. 

^ Félix Alves Pereira : Noticias sobre la escritura hemisférica, pág. 464, tomo XL, 1902, Bole- 
tín Acad. Hist. 

^^ E. Cartailhac : La France prehistorique d'aprés les sepultares et les monuments, 1889. 

*" Terrier de Lacouperie : Beginnings of Writing in Central and Eastern Asia or Notes on 4óO 
embryo-writings and scripts, Londres, 1894 (se ocupa de esta escritura en Asia). 

*^ Bertrand : Nos origines. La religión des Gaulois, les druides et le druidisme, París, 1897. 

** Ch. Rau : Department of the Interior; United states, Geographical Survey ofthe Rocky Moun- 
tain Región. Observation on the cup-shaped and other lapidarían Sculptures in the oíd World and 
in America, tomo V, pág. 33, Washington, 1881. 

*" Mario Roso de Luna: ¿Atlantes extremeños? Simbolismos arcaicos de Extremadura, 
Nuestro Tiempo, Junio de 1905. 

^ Marqués de Cerralbo : El Alto Jalón, pág. 105. 

^ Antonio Magni: Nuove pietre cupelliformi nei díntorní di Como, Como, 1901. La única obra 
impresa en español que cita Magni es de un argentino, N. Quiroga, y se titula: El Símbolo de la 
Cruz, apareciendo publicada en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino, Buenos Aires, 1898. 

^ Barailon : Recherches sur la cité celtique de Toull, 1881. 

«" P. Julio Furgús : Razón y Fe, tomo IV, Septiembre 1902, V y VI, Marzo-Abril-Mayo 1913. 

^' Luis Siret: Memorias de la Real Academia de la Historia, tomo XIV, Madrid, 1906. 

^ Beda : De temporum ratione en Migne, Patrología latina, tomo 40, París. 1862. 

*** Puede verse el alfabeto en el tomo XXII del Boletín de la Academia de la Historia, pág. 379 



NOTAS 1 1 5 

(año 1893). La Encyclopaedia Britannica (Cambridge, 1910), tomo I, pág. 729, y tomo V, pág. 614, lo 
transcribe también. 

'^ P. Fidel Fita : El vascuence en las inscripciones ógmicas, Madrid, 1893, tomo XXII, Bol. de 
la Academia de la Historia; Epigrafía euskara, pág. 537, tomo XXII, Bol. Acad. Hist., 1893. 

*** M. Roso UE Luna : La escritura ógmica en Extremadura, pág. 357, tomo XLIV, Boletín de 
la Academia de la Historia, 1904, y pág. 352, tomo XLV, 19(M. Defiende que la escritura ógmica y la 
hemisférica coinciden a veces con las americanas; véase su artículo: La ciencia hierdtica de los 
Mayas, en el B. A. de la H., tomo LVIII, pág. 434, año 1911. 

'■"'' Eduardo Spencer Dodoson: Antigüedades coruñesas. Sobre escritura ógmica, pág. 408, 
tomo LVIII, Bol. Acad. de la Hist., 1911. Lo referente a las escrituras hemisférica y ógmica lo 
hemos tomado de nuestro libro: Cuestiones históricas, reconociendo que la principal labor en este 
punto concreto se debe a D. Pío Ballesteros. 

** Pedro Bosch Gimpera : El problema de la propagación de la escritura en Europa y los signos 
alfabéticos de los dólmenes de Alvao, pág. 301, Marzo 1913, Estudio y Revista de Archivos, 1913. 

**• Dk. Joroe Wilke: Südwesteuropáische Megalithkultur und ihre Betiehungen zumOrient, 
Würzburg, 1912. 

" " Bosch : artículo citado, pág. 5. 

"' Obermaier : El Hombre fósil, págs. 317 y 329. 

■"" Dechelette : ob. cit.. I, págs. 332 y 333. 

'" J. Decheiette: Essal sur la Chronologie Préhistorique de la Pénlnsule ibérique (Revue 
Archéologique, año 1908, tomo II, págs. 218 y 390, año 1900, pág. 15). — Luis Siket: Essai sur la 
chronologie protohistorique de l'Espagne (Revue Archéologique, año 1907, tomo II, pá- 
gina 373). 

*'* Luis SiRET : Essai sur la chronologie protohistorique de l'Espagne ( Revue Archéologique, 
4." serie, tomo II, 1907, págs. 373-395). 

^'^ Melida : Arquitectura dolménica ibera. Dólmenes de la prooincia de Badajot, Revista de 
Archivos, 1913, t. XVIII, pág. 325. 

^"' Mélida : Cronología de las antigüedades ibéricas ante-romanas, Madrid, 1916, pág. 41. 

"' E. Mever: Aegyptische Chronologie ( Abhandiungen Berliner Akad. Phil.-Hst. Kl. ), 1904. 

""• H. ScHMiüT : trad. Bosch, págs. 29, 30 y 31. 

*'* Pedro Bosch: Recensión del libro de Eduardo Meyer: Geschichte des Altertums I, Die 
áltesten geschichtlichen l'ólker und Kulturen bis ium secHstehnten Jahrhundert, Stuttgard y Ber- 
lín, 1913. Estudio, año II, n." 16, pág. 187. 

^*" P. Bosch y Gi.mpera : Sumari de llissons de Prehistoria general. Programa inédito facilitado 
al autor. 

'*' Juan ViLANOVA V Piera: Protohistoria : Dos nuevas estaciones españolas del periodo del 
cobre, pág. 413, tomo XIV, Bol. Acad. Hist. 

"* Recaredo Garay y Anduaga : Antigüedades prehistóricas de la provincia de Hueloa ( anillos 
de oro, plata y cobre), pág. 392, tomo II, Bol. Acad. Hist. 

^=" Luis ViLLANUEVA : Estucíón prehistórica de tíadajoi. pág. 379, tomo XXIV, Bol. Acad. Hist. 
(piedras calcinadas, huesos humanos, cerámica, cobre). 

^" Mar^iiés de Nadaillac : La edad del cobre, Revue de» Questions Scientifiques, 20 Julio, 
Lovaina, 1902. 

'" MucH : Die Kupferieit in Europa, Viena, 1886. 

^* Ohnefalsch Richter: S'eues über die aufGyperu. Verhandlungen der Berl. Gesellscb. fur 
Anthr. Eth. u. Urg., 1899. 

"*" Antonio M.* Fabié : La Edad del cobre, pág. 332, tomo 30, Bol. Acad. Hist. 

^* A'ovo vestigio da epocha do cobre ñas visinhancas da Figueira. Primeiras epochas dos 
metaes, Portugalia (2.° fase, 1900 ). 

^*' JuLLiAN : Histoire de la Gaule, pág. 170. 

**" Cartailhac: pág. 235, ob. cit. 

*" Desor : Le bel Age du brome lacustre en Suisse, 1874. 

^ Chantre : Age du brome, 1875-76. 

^ Evans : L'.Age du brome, trad. Buther, París, 1882. 

*" Marcelin Berthelot : .Ages de cuivre et de brome, Journal des Savants, pág. 567, 1880. 

^ Montelius: L'áge du brome en ¿j^í/píí", L'Anthropologie, 1890; L' age du brome en Suéde, 
Compte-rendu du Congrés de Monaco, tomo II; Die Chronologie der áltesten Bronzezeit in Sord- 
Deutschland und Scandinavien ( Archiv für Anthropologie, tomo XXV, 1898; tomo XXVI, 1899). 

'*' Eric Peet : The stone and brome ages in Italy and Sicdy. 

*'■ Rouqe.\\ont : L'.Age du brome ou les semites en Occident. 

™ J. Abercromby : The Oldest Brome-.Age Ceramic Type in Brítain, The Journal of the Anthro- 
polog. Institut of Grand Britain and Ireland, vol. X.XXII, 1902. 

^ Chassaigne y Chauvet : Analyses de bronzes ancíens, 1903. 

■"" HoERNEs: Die Hallstattperiode, Archiv für Anthropologie, 1905. 

**' H. ScH.MiDT : Der Bromefund von Canena, Praehistorische Zeitschrift, 1909. 

*" Q. CoLiNi : La Civiltá del Bromo in Italia. 

'^ J. Leite DE Vasconcellos : Estados sobre a época do bromo em Portugal, O Archeologo 
Portuguez, pág. 179, 1906. 

*" Marqués de Castrofuerte : Objetos antiguos hallados cerca de Cáceres, tomo IX, pág. 393, 
Bol. Acad. Hist. 

^ P. F. Fita y Juan Vilanova : Espolia y Colera. Antigüedades protohistóricas e históricas de 
aquella región pirenaica en la provincia de Gerona, pág. 120, tomo XVII, Bol. Acad. Hist. La ne- 
crópolis de Vilars es necrópolis de la Edad del bronce, y mejor, del período del bronce. 

^^ J. ViLLA-AMiL y Castro: Adornos de oro encontrados en Galicia, Museo Español de Antigüe- 



Il6 HISTORIA DE KSl'ANA 

dades, tomo III, páK. 545, 1K74, y en el tomo IV, páK- 50, 1875, Armas, utenaiUoé y aiiurnos de bronce 
encontrados en Galicia. 

"' Ahtdro VXzquez NiJfiEz : testadlos protohistóricos. La edad del bronce en el Aíuaeo Provin- 
cial de Orense, Julio-AKOSto I9W, Bol. de la Comisión provincial de Monumentos históricos y 
artísticos de Orense. 

"" Una destral de les primerea edats del bromo, p&K. 544, Institut d'Estudis Catalans, Anua- 
ri MCMVIII, Barcelonfi. 

**" Antonio Vivhs y Escudero : La moneda en la Hdad del bronce, Cultura Espaftola, n." 4, 
Noviembre líXXi. 

**> Hknki kt Louis SiRKT : Lea premiérea áffea du metal daña le aud-est de VF.npapnp, Resulta!» 
des fouilles faites par les auteurs de 1881 a 1887 (con prefacio del P. Van I > 

etnológico del Dr. V. Jacques), Anvers, 1887. Esta obra la tradujo al cast«l 

dina, Barcelona, 1890; LuisSikkt: Noiwelle campaffne de recherches archei,,"^, ,/•,,-, , -■ /.,//.,*,/<.'. 
La fln de l'époque neolithiqne, L'AntliropoloKÍe, tomo III, pii^j. 38Í), París, \Kf2. 

^' Hknki kt Loüis Sihkt (iniíenieurs): Les premieres ufies du metal dans le sud-est de l'tspaffne. 
página 128. OuvraKe couronné au Concours Martorcll de Barcelone (prix: 20.000 frs. ), Anvers, 18K7. 

*>* Josí; Vii.i.A-AMii. Y Castro : Los Castros y las Mamoaa de Oalicia. 

»"" Federico MaciRkira v Pardo : Castros prehistóricos de Galicia, Revista critica de Historia y 
Literatura portuguesas e hispano-americanas, Abril 1807 y Noviembre-ÍJiciembre 1869, Madrid ; 
El Castro de San Saturnino, Ortigueira, 1905. 

■^ Anokl dki. Castillo López : Castros célticos hallados cerca de Santiaffo de Galicia, Boletín 
de la Academia de la Historia, tomo X, pájí. 416; Protohistoria. Los Castroa gallegoa, 2." ed., La 
Coruña, 1898, y Cultura Española, Noviembre 1908. 

■^ JoAgulN Leite de Vasconcellos : Archeologo portuguez. Diciembre 1896; Caatro de Avellaa. 

•■"* A. DOS Santos Rocha : As langas pintadas do Castro de Santa Olaya, O Archeologo portu- 
guez, nums. 10 y 11, 1896. 

^' Albino Ffrreira Lopo: Castro do Lombeiro de Maquieiros en Gondesende fhra/fanfaj, 
O Archeologo portuguez, 1900. 

^ Félix Alves Pereira : Nodo material para o eatudo da Eatatuaria e Archltectura doa caa- 
tros do Alto-Minho, Lisboa, 1909. 

="' Juan Sanguino v Michel: Castro de Sansueña CCdc^r^s/ pág. 68, tomo LX 1 1, Bol. Acad. 
de la Historia. 

*» Luis Hoyos Sainz : La Arqueología prehlatórica de Toledo, Boletín de la Sociedad Arqueo- 
lógica de Toledo, n.° I, 1900. 

"' Juan Catalina García : Exploraciones arqueológicas en el cerro del fíú ( Toledo), pág. 438, 
tomo XLV, Boletín de la Acad. de la Historia; Antigüedades halladas cerca de Toledo, tomo XIV, 
pág. 270, Bol. Acad. Hist. 

"'* Manuel CastaSos v Montijano : El cerro del Bú y la Comisión de Monumentos de Toledo, 
pág. 447, tomo XLVI, Bol. Acad. Hist.; Excavaciones en el cerro del Bú de Toledo, Toledo, imp. de 
Vda. e hijos de J. Peláez, 1905. 

*° M. Gómez Moreno : Sobre Arqueología prímitioa en la región del Duero, pág. 147, tomo XLV, 
Bol. Acad. Hist. 

*^ F. Martins Sarmentó: Trabajos sobre «Citanias» que publicó en la «Revista de Guima- 
raens», fundada en 1885; antes en el periódico «A Renascenga> ( 1878 y 1879). 

*^ Hübner : Publicó, en portugués, un trabajo sobre « Citanias » en « Archeologia artística », fas- 
cículo V, Porto, 1879, y, en alemán, en «Hermes», tomo XV, 1880. 

**' Déchelette: En la «Revue Archéologique», Enero a Junio, 1909, publicó un artículo sobre 
« Citanias ». 

"'• Marqués de Monsalud: Prehistoria de Extremadura, La vega de Harmina en Almendralejo, 
Revista de Extremadura, tomo II, págs. 193-201, Cáceres, 1900; Citanias extremeñas, Rev. de Ex- 
tremadura, tomo III, págs. 6-13, Cáceres, 1901. 

"*' Mario Roso de Luna : Protohistoria extremeña, pág. 140, tomo LII, Bol. Academia de la His- 
toria; en el mismo Boletín, pág. 507, tomo XLV, Sobre las Citanias extremeñas; ¿Votas arqueoló- 
gicas. Revista de Extremadura, tomo VII, págs. 417-448, y tomo VIII, págs. 433-439, 1906; Ruinas 
protohistóricas de Logrosán, Santa Cruz y Solana de Cabanas, Rev. de Extremadura, tomo III, 
págs. 249-255, Junio 1901 ; Excavaciones en la Sierra de Santa Cruz. 

*» Felipe L. Guerra : Notas a las antigüedades de Extremadura de D. José Viu, Coria, 1883, 
imp. de Montero. 

^'^ F. Sanguino y Michel : Tumulus ? Antigüedades descubiertas y otras ya conocidas. Re- 
vista de Extremadura, Agosto, 1906; alude el nombre a túmulos de la Edad de piedra en la Vega de 
Garrote, formada por el Guadaucil. 

'•' Vicente Paredes : De la Sociedad Excursionista Extremeña y algo de Prehistoria de Ex- 
tremadura, Rev. de Extremadura, Sept. y Oct. 1909. 

'^ Antonio Vives : El Arte Egeo en España. 

3" Mélida : Cronología de las antigüedades ibéricas ante-romanas, pág. 44. 

'"* Déchelette: Manuel d'Archéologie, tomo II, págs. 80 y 81. 

^"5 Déchelette : Manuel d'Archéologie, tomo II, pág. 470. 

^■« Reinecke : Beitráge sur Kenntnis der frühen Bronzeseit Mitteleuropas, Mitteilungen d. K. 
Anthr. Qesellschaft in Wien, 1902, págs. 104-129. 



\ 



bibliografía suplementaria 



Período neolítico. — Estacio da Veiqa : Antiguidades monumentaes do Algaroe, Lisboa, 1886- 
1891. — C. RiBEiKo: Estudos prehistóricos en Portugal. Noticia de algunas estagoes e monumentos 
prehistóricos (Memorias de la Academia de Sciencias de Lisboa, VI, I, 1881). — Itlkralde: La Pre- 
historia de Navarra, Pamplona, 1914. J. M. Barandiakán: Prehistoria vasca. Monumentos del 
Aralar guipuícoano (Euskalerriaren alde, n.° 139, año I91ü). ~ Piia y Lakraz: Cavernas y simas 
de España (Boletín de la Comisión del Mapa j{«?ológico, XXI). - Pelayo Quintero: i'clés, Cá- 
diz, 1913. — GiBERT : Tarragona prehistórica y protohistórica, Barcelona, 1909. — Pellicer y Paqés : 
Estudios histórico-arqueológicos sobre lluro, Mataró, 1887. — Martorell y PeSa : Apuntes arqueo- 
lógicos, Barcelona, 1879. — Massot: Estado Taller de Ciurana ( Anuari de l'lnstitut de Est. Cat., III, 
1909-10, págs. 2(33 y siguientes ). — F. Kessler : ¿a Prehistoire des lies Baleares ( Période mégalithi- 
que), Congr. Prehist. de Francia, 1914. 

Antropología. — Pereira da Costa : Da existencia do homen em epochas remotas no palle 
do Te/o. Noticia sobre os esqueletos humanos descobertos no Cat>eco ctArntdo ' wK-.^j 1865.— 
Verneai; : La race de Cromagnon, ses migrations, ses descendants ( Revue d'Ain 3.* se- 

rie, tomo IX, 1886». - Pahlo Broca: Sur la trepanation du cráne et les anwh cnnes a 

l'époque néolithique (Revue d'Anthropologie, tomo VI, 1877). — R. Lehmann NiTstjtt; Les lésions 
bregmatiques des cranes des lies Cañarles, et les mutilations analogues des cranes néolithiques 
franjáis (Bull. Soc. Anthrop., I serie, tomo VI, fase. 3, 1905). - Darío Areitio: Los Sepulcros de 
Arguineta, Bilbao, lí)()8. Cándido Ri iz Martínez: La invasión negra. Sevilla, 1911. — Dr. Llciaso 
Mayet : Les Néolithiques de Montouliers ( L'Anthropologie, 1912, pág. 53). — Pero Antón Belteh: 
Primera parte de la Crónica general de toda España y especialmente del Reyno de Valencia, Va- 
lencia, 1604. M. Antón y Ferrándiz: Los orígenes étnicos de las nacionalidades libio-ibéricas. 
Madrid, 1910. - E. Eulren y Benooa : Estado actual de la Antropología y Prehistoria Vasca. Estu- 
dio antropológico del pueblo vasco. La Prehistoria en Álava, Bilbao, 1914. 

Cultura neolítica. — Bosch y Gimfera : Cistas encontradas en Calaceite y Mazaleón (Iberia, 
1914-2, pág. 3X7).- Oláis Maiínis: Gentium Septentrionalium Historiae Breviarium, Lugduni Batavo- 
rum apud Adrianum Wigngaerde et Franciscum Moiardum, 1645. — Manlei. de Assas: Nociones 
fisionómico-históricas de la .Arquitectura en España ( Semanario Pintoresco Español, monumentos 
célticos , 1857).— Faidhekbe : .Mémoires sur les dolmens d'Afrique et collection d'inscriptions numi- 
diques (lybiques), París, 1870. - E. Desor: Les pierres a écuelles, 1878. - José Fortes: A propos 
des sculptures sur les mégalithes du Portugal. Le Mans, 1907. — Hirmenech : .Menhirs et obelisques. 
Mastabas et Dolmens. Contribution a l'histoire des monuments celtiques. Le Mans, 1907. — E. Folh- 
driql'e: Poteries dolmeniques. Le Mans, 1907. - L. Zirk: Det Nordeuropaeiske Dysse-Territoriums 
Stengrave og dyssemes L'dbrevelse I Europa, Copenhague, 1901. — L. Ch. Watelin: Contribution 
a l'étude des monuments primitifs des iles Baleares (Revue Archéologique, 1909, tomo 11, pág. 333). 
—A. DE Paniauua : Les monuments mégalithiques. Destination. Signification, París, 1912.— G. Oriolx: 
L'ne page de l'histoire des réligions. La destination des monuments mégalithiques ( Revue du 
Clergé franjáis, 1913). — J. Pei.áez: Traba/o sobre motillas (La Andalucía .Moderna, periódico de 
Sevilla, 25 de Julio 1893).— Delgado: Noticia acerca das Grutas da Cesareda, Lisboa, 1867.— 
Vieira Natividade : Relatorio das trabalhos de esploracao ñas diversas estacoes neolith. de Aleo- 
baca, Portugalia, I, fase. 3, pág. 431, Porto, \9\3. ~ Li:\sSiret: Réligions néolithiques de I' Iberie 
(Revue Préhistorique, 1908).— Juan Cabré Aoliló: Las pinturas rupestres de Aldeaquemada, 
Madrid, 1917.— Arti:?ano: artículo sobre cerámica en la Revista de Coleccionistas. 

Hipótesis egea. — Ronald M. Birrows : The Discoveries in Creta and their bearing on the 
History ofancient civilisation, London, 1907. — Dietrich Fimmen: Zeit und Dauer der kretisch my- 
kenischen kultur. Leipzig, 1905.— Dr. Reinhold Freiherr von Lichtenberg: Die ágáische kultur, Leip- 
zig, 1911. — E. Reisinger: Kretische Vasenmalerei von Mamares bis íum Palaststil, Leipzig, 1912. — 
A. J. Evans: Scripta .Minoa. rf, Oxford, 1909. — P. Bosch Gimpera : Grecia y la Civiliíación crético- 
micénica, Barcelona, 1914.— F. Martins: A arte mycenica no Noroeste de Hespanha (Portugalia, 1, 1). 

Escritura prehistórica. — Roigé: Origine égyptien de Talphabet phénicien. París, 1874.— 
Lenormant: Essai sur la propagation de l'alphabet phénicien dans I' anclen monde, París, 1874. 
— Mairv (artículo de la Revue des Deux Mondes, tomo V, 1876). — Luis Joseph Velázqlez: Ensayo 
sobre los alphabetos de las letras desconocidas que se encuentran en las más antiguas Medallas 
y .Monumentos de España, Madrid, 1752. — León de Rosny : Les écritures flguratives et hiérogly- 
phiques des differents peuples anciens et modemes, París, 1860. — Carlos Fallmann : Das Buch 
der Schrift enthaltend die Schriftzeichen und Alphabete. Viena, 1880. — E. Clodd, trad. de E. No- 
BiLi: Storia delV Alfabeto, Turin, 1903. — R. Weill: La Question de Tecriture linéaire dans la Me- 
diterranée primitive (Revue Archéologique, 1903, I, pág. 213). — E. Piette: Les écritures de I' age 
glyptlque ( L'Anthropol., 1905, pág. 1 ). — A. Reinach : .4 propos de l'origine de l'alphabet (Extr. de 
la Revue Epigraphique, 1914, contiene indicaciones sobre los dólmenes y piedras grabadas de Es- 
paña y Portugal).— E. Stlcken: L'origine de l'alphabet, trad. del alemán, Leipzig, 1913.— A. Magni: 
Pietre a Scodelle (Riv. Arch. di Como, fase. 51-52, Abríl 1906). 



Il8 HISTORIA DK espaíJa 

Cronología. — Rapaci. Ai.varhz Smíkix: f-'echaa prehlatóricas, Madrid, IWS. - Botan.: Eéuil 

de C/irori()l<>uit' fie'' temps préhlstoriques, París, l!M)ü. 

Edad de los metale*. — H. Hkkuii.: L'úue üu brome dann le baaaln de Pnrls (l/Anthr., l'WO 
1907). - A. DOS Santo» R<M HA : Muteriaea para d estado da idade do cohi 
Marqués dk Nadaiu.ac: L'áfíe du cuivre ( Extr. de la Kevue des CjuestiotiH mi 
—León Coutil : L' industrie primitive du cuiore et du brome en J^ormundie (1 
— Dhchklhttk: Les sepaltures de Vñne du brome en ¡''ranee ( L'Anthr., lii" 

Dues destruís de l>rome trovades a Catalunya i AnuHTiEnt. Cul.,V, V.ili-\, , >-n 

(¡avarrós), — P. Bosch üimpkra: Troballes del princlpi de l'edat déla metalla ( Aiiu<iri E. C, lUli-U, 
pÓR. 821 ). 




Fig. 56. Tres estelas funerarias con relieves ibéricos. (Lara de los Infantes.) 



CAPITULO III 



IOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



Ligures e iberos. — Pocos temas habrá de tan copiosa y abrumadora biblio- 
grafía como el referente a estos primeros pobladores de la península. La 
hipótesis vasca y su identificación con la raza ibera fué vislumbrada ya por La- 
rramendi* y defendida como tesis por Guillermo Humboldt* en su famoso 
libro publicado en Berlín el año 1821; desde esa fecha los estudios vascos, con o 
sin tendencia al iberismo, han sido cultivados con creciente afán por Oihe- 
nant^, Chaho^ MicheP, Inchauspe^ Pruner Bey', Bladé*, Rodríguez Ferre^^ 
Cerquund*", Vinson^S Arana ^^, Campión ^^ O'Shea", Gerland*^ Aranzadi*^ 
Wentworth Webster *^ Schuchardt **, Sallaberry ^3, Chudeau *, Trueba *i, Aiz- 
purua 22, Herelle ^3, Echegaray ^*, Areitio ^^, Fita ^, Spencer Dodgson *', Pirala *•*, 
Charencey^, Michel^ y Bordes ^^. Defienden el origen asiático de los iberos el 
antiguo trabajo de Hoflmann^*, Góngora y Martínez ^3, L. Bonaparte**, Rodríguez 
Berlanga^, Teófilo Braga 3*' y Fernández y González. Gana terreno la hipótesis 
beréber, sostenida por autores de prestigio como Niebuhr^^ Oliveira Martins^, 
Garrigaud*-*, Hannoteau y Letourneaux *^ Pereira de Lima*^, Antón**, Algier*^, 
Fischer^^, Tubino^, Giménez Soler ^^ Costa *^ Sergi** y Mélida*^, pudiendo ci- 
tarse también la monografía de Martín Mínguez^. En nuestros días el profesor 
Schulten apoya la hipótesis beréber, y en cambio un autor francés, Philipon^S 
se inclina a defender un origen ario-europeo. 

El problema sobre el pueblo ibero ha preocupado en todas las épocas ; así 
don José de Corn¡de^=* trata de él en el tomo III de las memorias de la Acade- 
mia de la Historia; aunque de soslayo se encuentran noticias en el discurso de 
recepción de D. José Oiiver y Hurtado ^^ y de una manera más clara en las pro- 
ducciones de D. Aureliano Fernández Guerra^. Veían la luz en 1880 los trabajos 



12ü IIISIORIA l)h KSI'ASa 

de Samjjcre y Miquel'"' sobre los iberos, conteniendo también preciosas noticias 
la Historia del Ampurdán, de Pella y Forjas '^. Comenzaba el año 1897 la publi- 
cación en Euskal-Erria de unos interesantes artículos ríe C'ampión*^ En años 
sucesivos han ido apareciendo las producciones de Pclliccr v P.itx's'*. Poiitcs''-', 
Ossuna6«, Gago»', Rodón" y Beltrán y R6zpide«^. 

Notables son las obras extranjeras que de una manera directa o indirecta 
nos dan informaciones sobre los uleros. Kntre las Irancesas puede mencionarse 
la de Pictet'"*^, dada a la estampa en 1859; siguen a ésta, en época más reciente, los 
libros de Blandé^'^, Lagneau •'<■', Sacaze"', Gozetche"", d'Arbois de Jubainville*. 
Hertrand^^y Siret"'; el año 1905 publicaba Jullian ^* unos jugosos artículí>s en 
el Bulletin Hispanique, y p(jsteriormente aparecían los artículos de Thiers", 
Cantacuzene ^* y Dechelette'^. Obras alemanas de importancia son las de Kie- 
per''<^, Phillips", Nissen^^ Fertig^^, Schulten**", Ihnc**', Müller*'^ Forbigers '*^ y 
Zeus**. De los autores italianos que tratan este asunto pueden mencionarse Ga- 
rofalo*'"'^ y Feliciani **^; interesantes son las investigaciones del inglés Horacio 
Sandars*'' y las obras de los portugueses Coelho ^, Leite do Vasconcellos** y 
Fortes 90. 

Hoy despierta la curiosidad científica el i>ueblo iigur y de él jjarticularmente 
se ocupan Celesia^i, Cuno^^ Maury^^ Schiaparelli'^*, lsseP\ Sarmento»6,Pauli9^ 
Deniker^s, Kretschmer»», Müllenhoff»^ y Belloqueti'^'. 

En cuanto a los iberos, el sólo enunciar este pueblo, que dio nombre a la 
península, suscita, como apuntamos, el recuerdo de mil controversias y opinio- 
nes divergentes a cual más tenazmente defendidas. A pesar de los argumentos 
esgrimidos por una y otra parte, el enigma queda aún por descifrar y las hipótesis 
se suceden sin que los arqueólogos e historiadores puedan definitivamente acep- 
tar un parecer predominante. 

Ya el año 1879 el P. Fita^^^ defendía el asianismo de los iberos, sosteniendo 
que el vascuence, por su estructura, se enlaza con el ibérico oriental o geor- 
giano, conviniendo ambos en el artificio turánico fundamental y demás particu- 
laridades gramaticales. Confirma Fita la opinión de Margarit, que acepta los tes- 
timonios de Josefo cuando habla de Yóbelos y Tóbelos ('ló^-riXoc 'Ió?yjXoo<; ... 'l^r^pt-: 
x«Xo5vtai. Antiq., I, 6), y de San Jerónimo en su pasaje acerca de Thubal y los 
iberos ( Thubal Ibeñ, qiii et Hispani licet quidain ítalos siispicentur, Lib. hebraic. 
quaest. in Gen. X). Alega también un pasaje de Megástenes, el cual dice que 
Nabu codonosor transportó a la Iberia oriental colonias de la occidental, lo cual 
explica, al decir de Fita, la afirmación de Sócrates cuando cuenta la conversión 
de los iberos del Cáucaso al cristianismo bajo el imperio de Constantino, decla- 
rando eran colonos enviados allá por la Iberia española. 

Don Francisco Fernández y González, en su discurso de recepción en 
la Academia Española, sostiene la tesis, ya defendida por Humboldt, de ser la 
lengua eiiskara un residuo del primitivo lenguaje ibérico, identificando a iberos 
y escal dunas. Afirma de paso las analogías antropológicas entre los esqueletos 
de Zarauz y las osamentas africanas de Beni-FIasán; pero su argumento principal 
estriba en las semejanzas morfológicas, fonéticas y sintácticas del vocabulario 
eúskaro con el sumir-accadio, el berberí, el galla, el antiguo egipcio, el asirio, el 
turco, el samoyedo y el nahualt. Su estudio en lo que se refiere al turco y al 
vasco es notabilísimo e importante, por ser, según el citado autor, el turco mo- 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



121 



derno reconocido vásta<¿o del antiguo idioma turanio ^"^. Esta teoría lingüistica 
viene a coincidir con la opinión moderna que hace de los iberos representantes 
de la raza chamita llegados a España y una rama frondosa de ese gran tronco 
chamitico que tiene sus famosos e históricos representantes en los egipcios, 
caldeos e hittitas. 

El mismo Sr. Fernández y González sostiene en otra obra y con eruditos 
argiimentos la procedencia oriental de los iberos ; puede colegirse de sus afirma- 
ciones que la invasión no fué étnicamente de una sola raza antropológicamente 
l)ura, sino de un pueblo formado por varias capas étnicas donde existiese un 
elemento predominante, c(»mo sucedió en muchas emigraciones antiguas, por 




Fig. 57. - Espafia hacia el aflo 500 a. de J.C. Iberos, celtas y ligures ( Schulten). 



ejemplo, la de los husos en Egipto. De todas las ra/unes expuestas por el sabio 
catedrático de la Universidad Central se deduce la probabilidad de que la emi- 
gración ibera se verificase de S. a N., penetrando en España desde África por el 
Mediodía de la península. 

En asuntos de orígenes de pueblos y de primitivas emigraciones es muy 
peligroso dar fe incondicional a Icis aseveraciones de historiadores que vivieron 
muchos siglos después de ocurridos los sucesos, y sólo pueden admitirse a dis- 
cusión los textos cuando presentan caracteres de verosimilitud, por ser el reflejo 
fiel de añejas tradiciones, recogidas de relatos muy anteriores, que a su vez se 
inspiraron en el recuerdo perenne conservado en las regiones por donde pasa- 
ron los emigrantes o dejaron huellas de su paso; reuniendo estos requisitos, 
podemos examinar con cuidado los dichos de los citados historiadores, puesto 
que se trata, no de acontecimientos aislados o de corta duración, sino de largas 
andanzas de pueblos, que duraban muchos años. Más atendibles y serios son 
K>s argumentos basados en la Antropología y Filología, pues de continuo pode- 
mos volver sobre ellos y examinarlos a nuestro sabor para extraer nuevos datos 
y puntos de vista que afirmen o cuarteen nuestras convicciones. 

Poco firmes y confusas parecen las opiniones de los geógrafos clásicos, que, 



HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I. 



16. 



122 iiiskjkia uk ksi'aSa 

comí) Dionisio í'ericgcto y Avicno, nos hablan de cliof^cs /iipcrhóreos, hespérida 
y fnacro/'/os en las regiones dominadas por el tabul(*so dcrión; igualmente in- 
cierto es el parecer de Aben-Jaldun, recogido qui/ás de alguna crónica antigua 
de España, acerca de ciertos Ttihalistas, hermanos de Atlante o Atlas, |>crte- 
necientes al linaje de los iberos. Cayo Crispo Salustio, que habla consultado 
libros púnicos para escribir su Bello luglmrtino, cita a Hércules llegando a Es- 
paña con un ejército de mciios, persas y armenios, coincidiendo en parte con la 
opinión de Marco Terencio Varrón cuando habla de los persas entre los pue- 
blos invasores de España. Fundados en estos historiadores, algunos modernos 
han defendido la teoría de la llegada de estas razas orientales a la península; 
el Sr. Fernández y González argumenta sobre la posibilidad de esta tesis por 
los utensilios de piedra pulimentada en que se muestra la jadeita, nefrita y jade 
oriental, substancias de que no se hallan criaderos en las regiones de Europa, 
con ser tan copiosas en la provincia de Ju-thian, o tierra del jade, y hacia la 
cuenca y valle del río Jarkand (Tur(}uestán), así como las perlas de zafiro ca- 
láis, abundantes en antiguas sei)ulturas de Provenza, Flspaña y Portugal, las cua- 
les se traían a Europa, en los tiemj)os de Plinio, del Cáucaso "^, donde estaba 
la antigua Iberia. No pugna con los cánones de la verosimilitud, como hem<js 
indicado antes, el que otras razas acompañasen a los iberos, lo mismo que, en 
el siglo viii de nuestra Era, árabes, sirios y bereberes de distinta estirpe étnica 
invadieron nuestro suelo. 

En las estribaciones occidentales del Atlas situaba Ptolomeo un pueblo de 
Neciberes, dato que puede servir de apoyo a los partidarios de la hipótesis beré- 
ber o libiotuareg, que cuenta con tan esforzados paladines como Tubino, don 
Joaquín Costa y Oliveira Martins. 

Vislúmbrase en la copiosa erudición del Sr. Fernández y González una mar- 
cada tendencia hacia el origen turanio de los iberos y a probar sus peregrinacio- 
nes desde Asia. Estudia primeramente con razones filológicas la semejanza del es- 
caldimac con los dialectos bereberes y la explica por la estancia de los emigran- 
tes o por afinidad étnica; mayor es, según este autor, la analogía entre el anti- 
guo medo, el turco, el temul, los idiomas del N. de Asia, el húngaro y el lapón 
con el vasco. Otro lazo de unión lingüístico es la mutua semejanza del eúskaro y 
de los idiomas turanios con las lenguas americanas que produce la conclusión ló- 
gica de parentesco entre los dos primeros. La lengua vascongada aparece difundida 
en la península en época anterior a la alcanzada por los geógrafos e historiadores 
clásicos, como se demuestra con los nombres geográficos de ríos y lugares muy 
apartados entre sí pertenecientes a España y Portugal ^*^. Concluye el docto aca- 
démico, fundado en las investigaciones de Oppert, Maspero, Gerland y Fritz 
Hommel, que existen estrechas afinidades, no sólo entre el turan y eúskaro, 
sino también entre el georgiano o ibero antiguo, en que se escribieron leis ins- 
cripciones de Van, con el sumir accadio y demás miembros lingüísticos de la 
familia turania. 

Oliveira Martins defiende la procedencia africana de la raza apoyándose en 
la afinidad de los pueblos primitivos de España con las tribus del África septen- 
trional, demostrada por la antropología y arqueología prehistóricas. Leibnitz y 
Niebuhr ya sostenían en su tiempo el origen africano de los iberos. La dolico- 
cefalia común a iberos, habitantes de Córcega y razas del África del N., fué 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 123 

encontrada por Morton entre iberos y americanos; esta hipótesis combinada con 
la unión continental de Europa y América por la Atlántida, haría de los iberos, 
dice Oliveira, una raza terciaria, y de los vascos de hoy, sus representantes, los 
pobladores más antiguos de Europa ^^*'. Algo aventurada es por cierto la última 
afirmación del publicista portugués sobre la raza terciaria, si bien el origen afri- 
cano por él defendido sea verosímil. 

José Sergi, hablando de los iberos, dice que existen hoy documentos irre- 
fragables respecto a sus caracteres físicos: los kj'ókketunoíidings de Mugen, las 
grutas de Maura y los descubrimientos de los hermanos Siret en el SE. de 
líspaña han dado tipos de cráneos que no dejan lugar a duda acerca de su origen 
africano. El profesor italiano descubre en ellos caracteres ya observados en 
Hissarlik, en el África septentrional, Etiopia, Egipto, Italia y Grecia; es el tipo 
especial denominado pelásgico, con las formas ovoidales y elipsoidales distintivas 
y características desde el mar Rojo a la Somalia. Los estudios de Broca sobre 
los vascos y los de Thurnam han mostrado, según Sergi, hasta la evidencia como 
persiste el ti[)0 primitivo ibérico en medio de los cruzamientos, mezclas e inva- 
siones sufridos por España. Puede, pues, afirmarse que los elementos predomi- 
nantes en la península son los ibéricos primitivos. Este pueblo, que de tiempo 
inmemorial ocupó España, era de origen africano, con cráneo de hermosas formas, 
(le bella faz, moreno de piel, de ojos y pelo negro, caracteres que aún conserva. 
Defensor Sergi de la famosa estirpe mediterránea dice que es la misma raza, 
cuya existencia ha podido comprobar desde el mar Rojo a la Propóntide y desde 
Egipto al estrecho de Gibraltar i*^^. En España, Giménez Soler sostiene la hipó- 
tesis de Sergi ^"®. 

Un moderno autor francés, Philipon, ha querido combatir la teoría del 
alemán Huniboldt sobre la identidad de los eúskaros con los antiguos iberos. La 
tesis tiene por base el introducir en la etnografía hispana una nueva raza de 
estirpe egea, los lartesios, distintos de los iberos; la raza ibera para Philipon 
es indogermánica. Sus razonamientos, aparte de una serie de etimologías que 
pueden ser muy deleznables, son los siguientes: desde Hecateo hasta Ptolomeo 
pasaron seis o siete siglos durante los cuales transcribieron los antiguos los nom- 
bres geográficos de la península sin que indicasen tuvieran mayores dificul- 
tades para traducirlos al latín o griego que las denominaciones tracias, ligures, 
celtas o ilirias ^^. Razón tiene Philipon al mencionar la para él falsa creencia 
en la unidad étnica peninsular de los pueblos anteriores a la invasión celta; es 
muy probable que la peregrinación ibera fuese como la de los Reyes Pas- 
tores, cuando invadieron Egipto diversas razas acaudilladas por una estirpe tu- 
rania, chamita o africana. Para probar más tarde que existían razas indo-europeas 
en el Norte de África, habla el citado publicista del culto de Atlas, la gran divi- 
nidad de los pelasgos, y de este pueblo, sin tener en cuenta que las estirpes 
pelásgicas acaso fueran, según el P. Cara, de origen hetheo-camita. Sostiene Phi- 
lipon que los iberos peninsulares proceden de los iberos asiáticos del Cáucaso y 
describe su itinerario diciendo llegaron a España después de haber recorrido las 
regiones septentrionales del Asia Menor, pasado el Hellesponto, atravesando la 
Tracia y penetrando luego en la península itálica; allí se dividieron en dos 
ramas, la de los iberos-sicanios, que conquistó Italia, y la que, continuando hacia 
Occidente, penetró en la península hispánica por los Pirineos, estableciéndose. 



124 HISTORIA DK ESPAÑA 

después (le haber dernjladfí a los libio- tartesios, en Liguria y Aíjuitania, ( onquw- 
tando sus tierras. Kn nuestro sentir, un argumento puede esgrimirse contra el sis- 
tema filológico-erudito de Philipon, y es que siendo verdad por casi todos admi- 
tida la diferencia étnica esencial y prolünda entre celtas e iberos, y conviniendo 
todos los historiadores en que las estirpes célticas son indoeuropeas, no puede 
sostenerse de una manera verosímil la opinión del escritor francés, que daría por 
resultado inevitable una identificación de iberos y celtas no admitida por la 
crítica. 

Mélida discurre sobre la discrepancia entre etnólogos, que patrocinan la 
venida de los iberos por el N., con arqueólogos y antropólogos, conformes en 
reconocer los restos de una raza mediterránea (juc dan fundamento a señalar su 
entrada en España por el S. Pudieron ser dos inmigraciones, dando lugar a la 
piedra tallada y a la pulimentada, y esta última acaso fuera una repercusión 
occidental de la invasión de los hicsos*^*^ Ya hemos mencionado la opinión de 
Siret, que hace de los iberos pobladores neolíticos de la península, parecer, en 
parte, muy en armonía con el del Sr. Mélida. 

Para nosotros, la tesis ibera quizás peque de exclusivista por afán de no 
ver más que una estirpe étnica en la emigración de los pueblos primitivos, cuan- 
do la Historia nos enseña otra cosa muy distinta; el nombre de raza ibera acaso 
sea genérico y comprenda bajo esta denominación varias razas que peregrinaron 
juntas, dirigidas por una estirpe dominante, ya fuera ésta turania, chamita, afri- 
cana o tuareg. Con esta hipótesis tendría cumplida explicación la teoría de los 
que, apoyándose en un texto dudoso del historiador judío Josefo, pretenden que 
descendientes de Jafet fuesen los iberos establecidos en España. 

Resta examinar la probabilidad de un imperio libio -ibero del que nos 
hablan los autores clásicos; es posible que los relatos de Platón en el Critias, 
reproduciendo ideas ya expuestas por Solón en un poema perdido, y aumenta- 
dos con hechos que le refirieron los sacerdotes egipcios, fueran, en medio de sus 
fantásticas y fabulosas narraciones sobre los Atlantes y las Amazonas, residuos 
de una tradición de poderío, en el cual figuraban como protagonistas gentes 
libio-africanas e ibero-hispanas. Apoyan esta conjetura la similitud en los nom- 
bres geográficos africanos con otros de Francia, Italia y España. 

La Prehistoria en Iberia se prolonga hasta la época de las primeras colonias 
griegas, empezando la Historia, o mejor dicho, las primeras noticias escritas y fide- 
dignas, cuando ya los grandes imperios del Asia han tenido siglos de existencia y 
el africano Egipto brillaba por su civilización extraordinaria a orillas del Nilo. Así 
juntamente con los iberos o después de ellos, de otra estirpe, como piensa Phili- 
pon, o de la misma raza, según el parecer de Strabón (Lib. III, c. I, ed. Didot, 
MüUer, pág. 115), llegaron a España los tartesios o turdetanos, que ocuparon 
la región meridional, los cuales, si atendemos a la referencia de Asclepiades 
Mirleano, citado por el geógrafo de Amasia, era pueblo culto que tenía poemas 
en verso de 6.000 años de antigüedad, cifra un tanto exagerada. Luchando con 
los faraones aparecen los shardanas, afines de los tartesios, y Hecateo de Müeto, 
citado por Esteban de Bizancio, nos habla de los inastienos, que vinieron a esta- 
blecerse en España con otras gentes líbicas, de las cuales trata con ingeniosas 
inducciones el erudito académico 1). Francisco Fernández y González i". Supone 
este autor que hubo una lucha entre los tartesios, auxiliados por shardanas y 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 12 5 

tur shas (tirrenos), contra las tribus libias que habían invadido España. El his- 
toriador Filisto dice que los sicanos, pobladores de Sicilia, eran iberos y pro- 
cedían de España; Antíoco Siracusano, citado por Dionisio de Halicarnaso, 
sostiene que iberos, ausones y ligures eran el mismo pueblo, explicando esta 
afirmación la existencia remota de un gran imperio ibero-líbico-ligur, que domi- 
nó ambas Hesperias, las islas y la costa africana. Cree también el Sr. Fernán- 
dez y González que los tyrrhenos o turshenos. túseos o etruscos estuvieron en 
Iberia, atribuyendo a tartesios y tirrenos la floreciente civilización de que ha- 
blan los antiguos, cultura que explica los epítetos de magnánimos y ricos iberos, 
aplicados a los habitantes de España por Dionisio el Periegeta, Avieno y Pris- 
ciano. Siguiendo la conjetura, podría pensarse en una hegemonía marítima ejer- 
cida en la cuenca occidental del Mediterráneo por tartesios y tirrenos. 



Camilo JuUian ^^^ en su excelente Historia lie la Galia defiende la tesis ligur; 
para este autor el pueblo primitivo en Francia y en España anterior a los celtas 
y a los iberos es el ligur, llamado Aí^mc por los griegos y raza de los Uguses <• 
ligures por los latinos. Estaban divididos en tribus, pero la unidad lingüística v 
ciertos caracteres generales dieron la impresión de una misma raza a sus con- 
quistadores de siglos después, que no distinguieron los matices diferenciales. Se 
extendían desde las llanuras y montañas de Germania hasta las islas del Medite- 
rráneo, de los Alpes a los Pirineos y de éstos al Océano, llegando hasta la 
apartada Irlanda. Apoya el autor francés lo que llama hipótesis de la raza y len- 
gua ligur, en textos clásicos, pero advierte muy acertadamente y con penetrante 
visión crítica, que las denominaciones de los antiguos, al hablar de pueblos, no 
son étnicas ni definen los caracteres físicos de un grupo de hombres, sino los |k>- 
líticos, geográficos o lingüísticos; así, iberos, egipcios, etruscos o númidas signi- 
fican tribus que habitaban una misma región, que se relacionaban entre sí o que 
hablaban la misma lengua *'^. Por tanto, considera a los ligures como los ha- 
bitantes de la Europa occidental antes de las conocidas invasiones de celtas 
o iberos; son el término, la consecuencia de las mezclas y transformaciones su- 
fridas por las generaciones que se sucedieron desde el hombre de las cavernas, 
que dibujó en las grutas, que talló y pulimentó luego la piedra y descubrió des- 
pués el empleo de los metales. Enumera Juliian las opiniones de Belloguet, 
que hace a los ligures bereberes; de Sergi, que los cree egipcios; de Schiaparelli, 
que los clasifica entre los galos, vascos o iberos; el mismo Juliian, con Cuno y 
Maury, se inclina a creerlos indo-europeos, o sea celtas, antes de emplearse la 
palabra celta. 

Estudia luego juliian el temperamento moral y las condiciones físicas de los 
ligures; eran hombres rudos, que vivían en países pobres, mal alimentados, pero 
con una fibra interna sorprendente en aquellos individuos de pequeña estatura y 
de aspecto débil. Esto decían de ellos los que comerciaron y trataron con los 
últimos restos de la raza ligur establecidos en la parte septentrional de Italia. 
Sufridos y trabajadores, podían soportar todas las fatigas gracias a su fuerte 
constitución y a sus músculos de hierro. Moralmente fueron despreciados por los 
romanos, que los consideraban merodeadores y falaces, siendo proverbial el 



126 HISTORIA DE ESI'aRa 

engaño como patrimonio de la raza ligur"*. No sabemos si este retrato coíks- 
pondería exactamente a los ligures contemporánects <le quienes nos lo transmi- 
tieron, y menos podemos asegurar si eran asi los primitivos ligures que poblaron 
la Galia y Es[)aña. 

Su religión cree Jullian que era naturalista: adoraban las fuentes, las corrien- 
tes de agua, las montañas, los picos elevados, los bosques, las encinas, el Sol» 
la Tierra, el Fuego, la Luna y la Estrella de la Noche; los galios adoptaron su 
culto cuando invadieron la Galia. En cuanto a los ritos, los ligures fueron fero- 
ces inmoladores cjue sacrificaban víctimas humanas; la religión céltica recf^gió 
casi todas las prácticas ligures. Además, es la raza de los dólmenes, que, según 
Jullian, servían para enterrar a sus muertos; les atribuye la civilización del 
bronce y apunta que es posible (pie el labttreo de los metales les fuese importa- 
do de Gades, centro el más importante de la cultura occidental "*. El estadcj 
social de las tribus ligures es obscuro; existía entre ellos la corada, reminiscen- 
cia del matriarcado, y obedecían probablemente a soberanos despóticos íjue 
dirigían a su pueblo contra el invasor, lo cual explica el no haber héroes na- 
cionales, a pesar de que su resistencia contra los romanos fué tan tenaz como la 
de los hispanos y galos. 

Jullian no se pronuncia en ningún sentido al hablar del origen de los iberos 
y apenas dice que España fué en el siglo vi un vasto caravanseraü o mercado de 
pueblos diversos*'*'. Más interesante es el estudio que hace de 1«js vascos, incli- 
nándose a pensar que es una raza mezclada, pues hoy día se hallan en ella tipos 
rubios y morenos, dolicocéfalos y braquicéfalos, aunque el profesor Aranzadi 
defiende que su característica es 4a mesocefalia. Es indudable que el país vasco 
no era ni es un rincón abrupto y despreciable, sino que, por el contrario, debía 
ser un lugar de reunión de diversos pueblos; la única base sobre la que se puede 
construir algo es su idioma, verdadero fenómeno lingüístico en la Europa occi- 
dental; pero sin meditar en sus relaciones orientales o americanas, es preciso 
tener en cuenta los pueblos primitivos que ocuparon la actual Vasconia y en se- 
guida acudirá a nuestra memoria el nombre de los ligures y el de los iberos que 
comerciaron con ellos, pudiendo hallar en estos dos elementos la solución del 
problema *^^. 

Vamos ahora a exponer una teoría moderna defendida por el profesor ale- 
mán Schulten en su libro sobre los celtiberos '^^ En esta obra se sostiene que los 
ligures son los habitantes más antiguos de España y aduce para ello una serie de 
argumentos que trataremos de resumir. Hesiodo, en el siglo viii, consideraba a 
los ligures el pueblo más importante del Occidente; Eratóstenes llamaba a la 
península ibérica Ligiistiche, y, según Avieno, había en el Betis inferior, en la 
mitad superior del Delta, un Ligtislinus lacus. El mismo Avieno habla de los 
habitantes del Algarbe, vestidos con toscas pieles de cabrito, y Strabón refiere el 
culto a las piedras en el Sagrado promontorio, datos que convienen al pueblo 
primitivo de los ligures y no al culto de los turdetanos. Dice también Avieno que 
al principio todo el O. de la península era ligur y relata que la Ophiusa, tierra 
del promontorio Sacro, y hasta el golfo de Vizcaya, en tiempos tuvieron los mis- 
mos habitantes que la CEstrimnis o Bretaña, que no eran otros que los ligures; 
en la costa lusitana estaban en uso las mismas canoas de cuero empleadas en los 
mares británicos y vénetos, parajes ambos frecuentados por los ligures. Prueba 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 127 

la estancia de la raza ligur al N. de España por testimonio de Avieno, que nom- 
bra al norte de los Cemsi y Saefes, habitantes de la meseta occidental, o sea en la 
costa septentrional, el Peniix li^us; los albiones astures tienen el mismo nombre 
de Albión, denominación ligur de Britannia. Además, dice Schulten que la 
ausencia de nomb.es celtas en las cordilleras de la C(jsta N. confirma la existen- 
cia de habitantes más antiguos. Demuestra la presencia de los ligures en la costa 
oriental i)or un pasaje de Tucídides y otros del Pseudo-Sckilax y Eforo. Entra 
luego en peligríjsas etimologías acerca de los sufijos asea y ur (Pasca, Astur) y de 
los nombres de Argantonio, Perkes (Betis), Silnrus, Bormaniais, Dtiris (Duero), 
Asta, Rodas, Alba, Dcrtosa, Numantia, Pallantia y peña, como palabras ligures, 
para concluir que los ligures estuvieron en un tiempo extendidos por toda Espa- 
ña y que representan la población primitiva déla península, donde precedieron a 
los iberos y celtas. Para Schulten los vascos representan los restos del pueblo 
ligur. Trata de demostrarlo diciendo que los nombres de dioses y de personas 
que aparecen en el Pirineo occidental se diferencian completamente de los nom- 
bres iberos y celtas; además, dice que los vascos coinciden mejor antropológica- 
mente con los ligures que con los iberos. Aquí el profesor germánico sostiene 
una opinión algo arriesgada al decir que el vasco tiene el mismo espíritu que su 
vecino el gascón y el provenzal, concluyendo que el vasco es activo mientras el 
castellano es indolente; ya veremos más adelante que esta conclusión es una 
especie de prejuicio que acompaña siempre al autor y quizás le hace incurrir en 
alguna inexactitud. El espíritu ligur, industrioso y comercial, añade Schulten, 
perdura en catalanes y valencianos, en los provenzales y en la costa genovesa. 
Por último, la raza ligur es pre-aria y se hallaba en época remota extendida por 
toda Europa, participando de la cultura halstatiana, que es contemi)<)ránea de 
los dólmenes *'^. Esta última afirmación es tal vez errónea. 

Los iberos, en la tesis schultiana, son posteriores á los celtas en el centru de 
España, pero como de éstos hemos de tratar más adelante, pasamos seguidamente a 
exponer la opinión del profesor de Erlanghen sobre la raza ibera. Los iberos, para 
Schulten, son un pueblo hamitico, perteneciente a la raza beréber, que se exten- 
dió en época inmemorial por toda la cuenca occidental del Mediterráneo; entra- 
ron en el S. de la península pirenaica probablemente ya en la época cuaternaria, 
cuando España y las islas occidentales estaban todavía unidas con África. Ya en 
el Evo II o III (a. J.C.) encontramos aquí la tribu de los turdetanos y el impe- 
rio de aquella antiquísima ciudad del O. que los fenicios llamaron Tarschich, los 
griegos Tartessos y los iberos Tart; a estas regiones se limitó al principio el 
nombre del pueblo de los iberos, que dieron al río Tinto la denominación de 
Ibenis. Los iberos encontraron en España a los antiguos ligures, procedentes, 
también como ellos, de África; los iberos los empujaron hacia el SO. Desde 
estos i)rimeros puntos del estrecho se extendieron los iberos hacia el N., a lo 
largo de la costa oriental (antes del primer Evo a. J.C). Hacia el año 500 (a. J.C.) 
penetran en la Galia y ocupan la Provenza y la Aquitania, rechazando a los li- 
gures. El año 400 (a. J.C.) son expulsados los iberos de la Galia meridional y van 
Ródano abajo hacia el Mediterráneo, y siguiendo en dirección O. penetran de 
nuevo en España por el Pirineo y de allí pasan a la meseta central (fig. 57). 

Prueba el itinerario de los iberos viniendo de África por su identidad con 
los bereberes. El primer pueblo que encontramos en Andalucía es el tartesio; 



128 HISTORIA DE ESI'A^A 

ahora bien, según testimonios que examinaremos más adelante, los tartesios son 
iberos, faltándonos probar la procedencia líbica de los tartesios. Philistos caliñca 
de líbico f*l S. ibérico; Avieno dice del lu|¿ar llamado Herma, en ia costa anda- 
lu/a, que estaba en jurisdicción libia, y añade <|ue en las cercanías de Gades 
había etiopes; Ephoros habla de inmigración libia en España, fundándose en la 
tradición tartesia: según él, en la isla Krytlieia (Gades) vivían etiopes. Kn la pe- 
nínsula se encuentran muchos nombres con la raíz Li/f (Libia, Libisosa, Eibun- 
ca); recíprocamente, en el campo líbico se encuentran nombres iberos. Se 
halla en la Mauritania Tingitana la raza de los tituiibí'ros y en la Proconsu- 
lar los turcetani^'^. Jacobo Wackernagel ha probado (jue los nombres de las ciu- 
dades y gentes que terminan en tanus (Mauritanus, Aquitanus, Lusitanus) son 
propiedad común libio-ibera'*'; en ambos pueblos aparecen las terminaciones 
curr, igi (s), ara, aura, Ulis, ippo, ulitis, oda y uba. .Son frecuentes los prefijos au 
(Auringis), lam, cur, ars, ucu, tala, tolo, han, thu, sal y olb. I^ letra inicial 
libia / se encuentra también en España, como asimismo la reduplicación caracte- 
rística de las lenguas libias {Berber, (lir^íris). .Schulten presenta una lista de 
nombres geográficos iberos y libios idénticos o de análoga estructura. Además, 
iberos y bereberes coinciden en sus armas (escudo, dos lanzas y honda), indu- 
mento {ságum, chilaba) y tocado; táctica guerrera de rápido cambio de ataque á 
huida, estratagemas y sistema de emboscadas (Masinissa, Jugurtha, Tacfarinas, 
Viriato), numerosas fortificaciones y el culto a la luna. En ambos pueblos, dice 
Schulten, se encuentran las mismas virtudes y defectos: fidelidad, caballerosidad, 
hospitalidad, indolencia, descuidando la riqueza de las tierras, e incultura, conse- 
cuencia de la indolencia; son además tercos, rudos y apasionados. Los antropó- 
logos dicen que libios e iberos son dolicocéfalos y los tipos físicos de ambas 
razas son de corta estatura, enjutos, labio inferior grueso, nariz aplastada, pelo 
ensortijado, cara larga, pómulos salientes, cejas espesas, tipo nigroide en general, 
expresión sombría y orgullosa. Pero lo más curioso es que el profesor de Erlan- 
ghen ha encontrado los genuinos descendientes de los iberos primitivos en la 
meseta castellana y dice que reúnen precisamente los caracteres físicos apunta- 
dos ^2*, lo cual nos parece un tanto exagerado. 

La conclusión de los argumentos filológicos de Schulten es que, abundando 
más los nombres libios en el N. de África y en el S. de Europa (islas del Medi- 
terráneo occidental, Mediodía de España y Aquitania), se deduce claramente 
que los iberos proceden de las costas africanas, pues si procedieran de Europa 
los nombres libios abundarían más en el N. europeo y, además, se encontrarían 
en la parte septentrional de Calía, donde faltan por completo. ¿Cuándo se exten- 
dió la raza líbica hacia Europa > Schulten no se atreve a señalarlo. De la igualdad 
en la formación geológica y de la fauna aquende y allende el estrecho resulta 
que la península pirenaica estaba enlazada en la época cuaternaria con el conti- 
nente africano; manifiesta también antiquísima conexión entre África y Europa 
meridional la coincidencia de las pictografías rupestres, que sólo se encuentran 
en África del N., en España y en el Mediodía de Francia. Su expansión hacia el N. 
corresponde sorprendentemente con la aparición de la raza ibérica y parece seña- 
lar una inmigración en los tiempos primitivos; si las pinturas rupestres pertenecen 
al mismo pueblo de raza Ubio-ibérica, habrá que fechar la entrada de los libios en 
España muchos Evos más atrás de los viajes de cr^merciantes orientales '-•"'. 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 129 

Queda hacer por nuestra cuenta una reflexión, que no aminora un ápice 
el aparato constructivo de Schulten; supongamos que, en efecto, los iberos lle- 
garon de África, pero ¿eran autóctonos o era la costa africana un alto de su 
itinerario?, es decir, que rechazando de plano, como hace el profesor alemán, la 
jjrocedencia oriental de la Iberia caucásica, hace falta probar el extremo indica- 
do, ya que no podemos creer en la generación espontánea del pueblo ibero en 
territorio africano. Y volvemos a apuntar, si bien sea tímidamente, nuestra 
jjseudo-conjetura: ¿los libio-iberos, como raza única y pura, invadieron la penín- 
sula o les acompañaban otras razas?, porque curioso es el fenómeno de la cultura 
<le lus turdetanos, reconocidos como iberos por Schulten, con el atraso de otras 
tribus genuinamente iberas; ¿no serían ramas étnicas de una misma emigración 
<|ue tuvieron como pueblo histórico el común denominador de ibero? Esta cues- 
tión no está enteramente resuelta ni con el dato del activo comercio con Oriente; 
hay algo más esencial que no se halla definitivamente solventado a pesar de los 
eruditos esfuerzos del investigador germánico. 

Los celtas. — Interesando el estudio de este pueblo a tres naciones del 
grupo latino, no es sorprendente que existan numerosos estudios de franceses, 
italianos y españoles que tratan de investigar los orígenes de los vencedores de 
Allia, de los pobladores de la Galia y de los invasores de la {lenínsula ibérica. 
Unos y otros trabajos se relacionan entre sí, prestándose mutuo apoyo, j^r lo 
cual no podemos prescindir de ninguno de ellos. Kn España fué en la región 
gallega dontle, según testimonios antiguos, duró más la estancia de los celtas, y 
hasta pudiera afirmarse que forman la capa infeiior etnográfica, o sea la más 
primitiva de la población del país, y por esto los escritores celtistas españoles 
han dado mayor preferencia a Galicia en sus investigaciones. Saralegui y Medi- 
na ^''^ publicaba una monografía sobre la época céltica en Galicia; Villa-amil y 
( astro ^*'' daba a la estampa otro estudio sobre las antigüedades célticas de las 
comarcas gallegas en el año 1873; importantes son también las publicaciones 
de D. Joaquín Costa ***, aunque a veces su interpretación de los textos clásicos 
sea un poco arbitraria y hasta fantástica; a éstas pueden añadirse las produccio- 
nes de Martín Minguez'-', García de la Riega***, Mariano Sanjuán**^, Segura*-*** y 
Tettamancy *^*, más o menos científicas, y la obra del P. Eita sobre la declinación 
céltica *^^. También los extranjeros se han ocupado de los celtas españoles, pu- 
diendo citarse las obras de D'Arbois de Jubainville*^ y particularmente su libro; 
Los Celtas en Kspaíui. la erudita labor del prcUesor Garofalo *** y los nombres de 
Erskine *-'^, Dodgson i^**, Hirmenech *^", Carnoy *** y Siret *^. De celtas, en gene- 
ral, o de celtismo en otros países tratan los libros de Cenac****, Lucchaire***, Ber- 
trand»^-, Tollaire*«, Gross»*^, Le Golffic »*^ Rhys**^ BlondeP^S Braz^^»^ Roess- 
1er *^^, Salomón Reinach*^' y De Michelis*^*. Las obras más completas sobre 
antigüedades célticas son el Manual de Dechelette '-^^ y el excelente libro de 
Dottin ^'''\ 

Convienen casi todos los tratadistas en que los celtas llegaron a España 
mucho después de la invasión ibera ; reciben el nombre de Cellce (K«Xtot). galos 
o gdUitas. Sus caracteres físicos son bien conocidos; existe un grupo braqui- 
eéfalo, de pequeña estatura y cabellos castaños, y otro grupo dolicocéfalo, de 
talla elevada, tez blanca y cabellos rubios. Los arqueólogos dicen que los celtas 

HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I. — 17. 



130 HISTORIA DK RSI'A>^A 

han proí)aya<l<» la civili/atión <lc las t'-pocas de Hallstatt y de La lene, ó sea vt 
primero y segundo período del hierro. Para los lingüistas eran pueblos que ha- 
blaban idiomas indoeuropeos '•'**. 

Respecto a los celtas, más modernos en la península, son muy valiosas las 
referencias de los autores clásicos; Pytheas, el maraellés, visitó las costas occi- 
dentales de Kuropa y da noticias de las costas de España; Polibio «-stuvo en la 
península con Scipión Emiliano; el filósofo estoico Poseidonios vino también a 
Iberia y César guerreó en ella; pero de la obra del navegante de Marsella sólo 
conservamos los juicicts de Polibio y Strabón '•''^'; de Polibio sólo [)Oseeraos com- 
pletos los cinco primertjs libros y extensos fragmentos de .los treinta y cinctj res- 
tantes, conservados en un manuscrito de Urbino y en los extractes de Constantino 
Porphirogeneta; Poseidonios lo conocemos gracias a Strabón y Ateneo, en cam- 
bio los Comc/i/iir/os de César son un precioso tesoro de información. J^istas de 
autores griegos y latinos pueden también citarse, pues contienen pasajes y refe- 
rencias que unidas forman un caudal de materiales constructivos inapreciable. 

En España la raza recibe diversos nombres según las regiones; Célticos 
(KcUixot) $on los celtas establecidos en el NO. de España, al S. de la Lusitania y 
en la Bética; Celtiberos (Kt>.Típif)p«c) son los celtas fusionados con los iberos que 
poblaban los nacimientos del Guadiana y del Guadalquivir, y un puebU) situado 
en la orilla derecha del Betis se llamaba Cclti. 

Un problema interesante «jue ha sido estudiado por el profesor Garoíaio es 
la época probable de la llegada a España de los celtas. La fecha es incierta, pero 
se puede llegar a determinar aproximadamente, formulando una verdadera con- 
jetura con visos de verosimilitud. El poema: Ora inaritima, de Rufo Festo 
Avieno, no habla para nada de los celtas en España, pero como reproduce un 
periplo cartaginés, el de Himilcón, del siglo vii, se deduce que aun en esta época 
no había celtas en Iberia; sin embargo, oportunamente indica Garofalo que el 
periplo sólo se refiere a las costas, pudiendo existir celtas en el interior; además, 
acaso se oculten elementos celtas bajo nombres desconocidos, como los cynetes, 
cempsi, saefes, gletes y celsianos, no siendo tampoco verdad incontrovertible la 
misma data del citado periplo. No podemos fiarnos de Herodoto, pues este 
autor tenía conocimientos muy imperfectos sobre las comarcas occidentales de 
Europa, incurriendo en el crasísimo error de colocar las fuentes del Istro 
(Danubio) en el extremo occidental de Europa y después de esto afirma que los 
celtas con su ciudad de Pyrene se hallaban junto al mencionado río; por lo tanto, 
de este escritor de la mitad del siglo v nada podemos deducir en concreto. Lo 
mismo decimos de Eforo, Pytheas y Timeo, autores de los siglos iv y iii, pues sus 
noticias acerca de este punto son un tanto vagas; las informaciones fidedignas 
comienzan con los latinos, que escribieron de la segunda guerra púnica. Argu- 
mento importante sería el saber si entre los celtas mercenarios de Cartago ya en 
el siglo IV había algunos procedentes de Iberia. Otra razón para defender el 
siglo IV como época de la invasión en España, es que sus hermanos de Italia 
irrumpen en el Lacio en la misma fecha, que coincide con otra emigración de los 
volcios en la Galia meridional, siendo quizás la causa de ambas invasiones ^•'^. De- 
chelette opina que los celtas pasaron los Pirineos hacia el año 500 y entraron 
indudablemente por la vertiente occidental, región rica por el comercio de saH^'. 

Philipon, siguiendo su teoría del origen indo-germánico de los iberos, sostiene 



I 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS I3I 

que los celtas debieron llegar a España por el NO., argumentando que las costas 
mediterráneas de España siempre estuvieron en poder de los iberos o libio-tarte- 
sios, explicando que los galos, después de penetrar en España, ganaron las costas 
del Océano y la región que de su nombre se llamó Celtiberia. Los celtas, por tanto, 
según Philipon, que se aparta de D'Arbois de Jubainville, no vinieron de la Galia 
propiamente dicha, atravesando las cuencas del Loira y del Garona, ocupado 
por ligures e iberos, porque al pasar los Pirineos hubieran tenido que luchar con 
iberos, saefes y kempses; la hipótesis de Hirt, ampliada por Philipon, es que los 
celtas vinieron por mar, costeando como los antiguos navegantes. Parece lógico 
después de este aserto que el escritor francés aceptase la tesis de D'Arbois de 
Jubainville, sosteniendo que los celtíberos pertenecen a la rama galo-bretona y 
que, por consiguiente, llegaron de Inglaterra; pero rechaza esta afirmación y dice 
arribaron a las costas ibéricas en pequeños grupos en fechas sucesivas. Ocurre 
preguntar: ¿de dónde procedían si excluímos la Galia y la Britania.^; es muy difí- 
cil que podamos contestar, cuanto más que la lucha con los pueblos iberos del 
Pirineo no creemos pueda ser razón suficiente, cuando no lo fué para los galos 
de Italia el obstáculo romano. La obsesión de ver iberos y ligures en toda la 
Galia y el indo-germanismo inducen a Philijxjn a defender un itinerario ejfclusi- 
vista, que no rechazamos como probable si se admite la simultaneidad del paso 
de los Pirineos; el que no dominen los celtas en las costas mediterráneas no se 
ha probado, y aunque así fuese, no demostraría en manera alguna la no existencia 
de la inmigración terrestre. 

El parentesco étnico de los celtas españoles con los gálatas de Grecia y 
Asia Menor, galos de Francia, britanos o bretones de Inglaterra y caledonios de 
Escocia, está bien probado, favoreciendo la investigación acerca de las costum- 
bres y modo de ser de las tribus llegadas a la península el compararlas con sus 
hermanas establecidas en otras regiones y de las cuales tenemos detalladas noti- 
cias por los historiadores y geógrafos de la antigüedad. Debemos advertir que 
si ventaja positiva es para el estudio sobre los celtas lo indicado, las noticias 
suministradas por los escritores tratando de los galos son, por lo general, muy 
posteriores a la invasión céltica en la península, y, además, no podemos olvidar 
la diferencia natural experimentada por las tribus celtas españolas al ponerse en 
contacto con una civilización como la ibera; en consecuencia, hemos de acoger 
con gran parsimonia y hasta recelo cuantas informaciones han llegado a nosotros. 
Es muy difícil señalar las notas precisas de una civilización en un período de- 
terminado y asegurar que tal objeto o cual otro pertenecen á una raza, porque 
en el orden progresivo de los tiempos los españoles han usado sombrero cham- 
bergo y capa larga, peluquín y casaca, y levita y sombrero de copa, sin que haya 
variado por esto la raza. Analogía existe entre los galos itálicos y los franceses, 
por esta razón debemos suponer que también habría semejanza con los hispanos; 
esto nos induce a aplicar con las debidas reservas lo que de aquéllos sabemos a 
los celtíberos de la península. Las monedas, la estatuaria y, sobre todo, la lengua 
celta pueden ser grandes auxiliares para la investigación, pero aún queda mucho 
camino por andar en esta materia. 

El tipo galo aparecía a los ojos de los romanos como el de un hombre de 
talla gigantesca, cabellos recogidos en lo alto de la cabeza, pero de complexión 
delicada, de gran impetuosidad y de pronto cansancio, según los testimonios 



132 HISTORIA ÜE ESPAS^ 

(le Tito Livio, Appianíj, Tolibio, Klon» y PausaniaM, m.i> iai<J<* los romanos lus 
distinguieron de los górmanos, notandfj (jue ('•stos eran más altos y más rubios 
que los galos. Tienen, sin embargo, grandes atmidades los celtas y los germanos; 
y en cuanto a los esqueletos, unos son dolicocéjalos y f»tros hrai]HÍcéJalos. Su 
fisonomía moral es aún más difícil determinarla, porque los celtas en Ks|>aña 
hubieron de me/clarsc con los iberos y (|ui/á nunca sabremos si estas o las otra» 
cualidades deben atribuirse a una u otra ra/a. 

Respecto a sus costumbres, algunas han podido ser comfirobadas en España 
por los restos; así, por ejemplo, los campos fortificados de que nos habla César 
en sus Comentarios existen también en Ibetia. Uiodoro nos dice que los celtíbe- 
ros bebían vino mezclado con miel; los galos eran muy aficionados al lujo gue- 
rrero, y, sobre todo, a los collares o torqitcs, de los cuales se han encontrado 
muchos en España. Vestían el ságitm, especie de manto militar; Appiano escribe 
que el de los celtíberos era doble y grueso, abrochado con una fíbula; lo hacían 
de lana negra erizada que parecía f)elo de cabra. Plutarco cuenta que los cel- 
tas admitían en sus asambleas a las mujeres para que tomasen parte en la deli- 
beración y hasta que regulaban sus controversias por medio de un arbitraje 
femenino; relata Polyeno (|ue Hanníbal había convenido con los celtas que si 
éstos tenían queja de un cartaginés sus generales juzgarían, pero si, por el con- 
trario, los cartagineses se querellasen de aquéllos, las mujeres celtas decidirían. 

Creemos pueden casi reproducirse, hablando de los celtas españoles, las 
frases de Fustel de Coulanges acerca de la sociedad gala: «Muchos aldeanos y 
escasa clase urbana, muchos hombres adscriptos al terruño y muy pocos propie- 
tarios, muchos siervos y pocos dueños, una plebe que no cuenta, druidas venera- 
dos y una aristocracia guerrera muy poderosa.» Acaso lo único que debiera 
suprimirse es la alusión al druidismo, que en España no existió probablemente 
porque la religión ibera fué más fuerte y se s<^brepuso ; algo parecido al fenóme- 
no histórico de la dominación visigoda, en la cual los vencedores dan la organiza- 
ción plástica guerrera y territorial e infiltran en su civilización la cultura hispano- 
romana. 

Entre los celtíberos era costumbre luchar en combate singular para resolver 
con el desafío algún agravio; así P. Cornelius Scipio Africanus encontró sin di- 
ficultad guerreros celtíberos para celebrar con juegos de gladiadores los honores 
fúnebres en memoria de su padre y de su tío muertos en el campo de batalla. El 
espíritu aventurero y batallador hizo de ellos los mercenarios más estimados de 
la antigüedad; figuraban en los ejércitos cartagineses de Sicilia en la primera 
guerra púnica, y en la segunda acompañaron a Hanníbal en su expedición a Ita- 
lia. En los primeros tiempos de la invasión las tribus guerreras eran conducidas 
por un caudillo de nota a quien llamaban Brenno. que en España debió perder 
pronto el nombre, aunque no la significación y efectividad del mando. La for- 
mación en batalla de los galos y celtíberos, según Vegecio, era en catervcc 
de seis mil hombres. Gustaban de las armas brillantes, y Appiano relata cómo 
Scipión Emiliano, luchando contra los celtíberos, venció en combate singular 
a un indígena de Intercatia, armado de bellas armas, que se adelantó danzando 
entre los dos ejércitos. Las espadas de los celtíberos, renombradas en la an- 
tigüedad, eran de construcción muy sólida y podían herir de punta como de 
filo; llevaban además un puñal largo que usaban en medio de la refriega; sus 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 133 

escudos son galos, de forma oblonga o redondos, llamados »upti«. Diodoro nos 
dice que sus cascos llevaban un adorno de púrpura. 

Estos datos de ios escritores clásicos deben tenerse en cuenta, no como 
hechos ciertos y costumbres en vigor durante la conquista, sino como probables 
supervivencias de la época en que invadieron España. Además, puede conjetu- 
rarse que las costumbres guerreras de aventuras, el espíritu de mercenarios y el 
afán de luchar en otras tierras son notas del carácter celta, puesto que las cono- 
cemos idénticas en sus hermanos los galos; en cambio, si valerosos y luchadores 
son los iberos dentro de su territorio, como lo demuestran siglos después los 
cántabros, es por noble deseo de independencia y para expulsar al invasor. 

Dottin cita como nombres célticos los siguientes: \'cr-dumun, Verdú, en 
Cataluña; Berdún, en Aragón (diplomas de 1185, 1258); Cala-dtinttm, Cala, pro- 
vincia de Tras-os-Montes, en Portugal (Ptol., II, 6, 38); Bisul-dnniiin, Besalú, en 
Cataluña; listtle-dumun. Estola, Andalucía (Cf. C. I. L., II, 1601); Seben-ditmim, 
en Cataluña (Ptol. II, 6, 70); Xetneto-bríga, quizás Puente de Navéa (Ptol. II, 6, 
36); Cottaio-briga, ciudad de los Vettones (Ptol., II, 5, 7); Deo-bnga, ciudad 
también de los Vet(o/u's, Miranda de Ebro (Ptol., II, 6, 52); Miro-briga, Capilla, 
en Extremadura o Ciudad Rodrigo (C, I. L., II, 8, 57); Laco-briga, Lobera, 
Palencia (Ptol., II, 6, 49); Desso-briga, acaso Melgar de Yuso (Itin. Ant., 439, 2 ); 
Nerto-briga, Valera la X'ieja, en Extremadura (Plin., liist. Nat., III, 3, 14), y una 
población cerca de Bilbilis (Itin. Ant, 439, 2) y la Almunia de Doña Godina 
(Elorus, II, 17, 10); Sego-bnga, Segorbe (Strabón, III, 4, 13); Tunto-briga, Bro- 
zas, cerca de Alcántara (Ptol., II, 6, 38); Turo-briga, cer.a de Aroche, en 
Andalucía (Plin. Hist. nat., III, 3, 14); Calu-briga, cerca de Compostela 
(C. 1. L., 11, 610); Arco-hñga, Eerrol (Ptol., II, 5, 5) y V'ollo briga, Longo-briga, 
Ttda-briga, Conim-briga, Medo-briga, Ara-bríga, Mere-briga, Monto-briga. Lacco- 
briga, Cwiio-bn'ga, en Portugal ^^^. La diosa Brigantia, muy citada entre las divi- 
nidades célticas de la Gran Bretaña, nos recuerda el nombre de Bñgantiwn (Be- 
tanzos), en España, de pura cepa celta por estar en un territorio dominado por 
esta raza. 

JuUian, con su lenguaje sugestivo, discurre sobre los primeros reales de los 
celtas, añrmando que vivían en la Frisia y en el Jutland y diferenciándolos de 
los germanos contra el parecer de Holtzmann •'^^, Renard'*^, Lindenschmit *''\ 
Künnsberg*^-,Martins Sarmentó i«^ Wieseler"^ y Becker'»^, únicos representantes 
modernamente de la identidad de las dos razas. Desde los estuarios del Elba y 
desde el rico emporio de Hamburgo, los celtas, impulsados por guerras intesti- 
nas y desastres geológicos, según tradición conservada por los druidas, emigra- 
ron de las brumosas costas del Báltico y descendieron a las rientes campiñas del 
Sur. No eran muy numerosos, calculándose la primera ola invasora en 300.000 
emigrantes. Sus dioses eran las fuerzas naturales y los genios protectores o malé- 
ficos; la leyenda hablaba de un antiguo soberano celta llamado Ambiguto, rico 
y poderoso. Comenzó entonces en el siglo v la gran era de la conquista gala, 
período que se prolongó por muchos años y que tuvo como episodios más cono- 
cidos la invasión de Italia y la toma de Roma, inmortalizada por la leyenda 
capitolinj», y el desastre de Delphos, considerado por tradición piadosa de los 
helenos como un castigo del dios a los profanadores del templo. Los galos 
habían llegado a la península itálica, a Grecia y hasta el Asia Menor. La invasión 



134 MISrOWIA DE I'.SI'ARa 

de los celtas en España no dejó tantos recuerdos; ( ran pueblos incultos, i icapa- 
ces de perpetuar los hechos históricos; además, según Jullian, fué la menos 
numerosa, no eran más que bandas aisladas, residuos de la gran c(jnquista de 
Levante. A su paso destruyeron algunas colonias iberas, se apoderaron de Bur- 
<leos, cruzaron rápidamente las Lnndas, |)asaron por Ronces valles y llegaron a 
las aleares tierras del Ebro superior '^*'. Pero al S. de las montañas los celta» no 
pudieron tomar ninguna comarca importante, pues dice Jullian (¡ue eran muy 
poco numerosos, el imperio ibero era muy lüertc aún, y aunque lo menguaron, no 
pudieron destruir!». Defiende, pues, Jullian que los celtas se fusionaron con los 
iberos vencidos y algunas tribus más belicosas lograron penetrar hasta el Gua- 
diana, fijándose no lejos de su embocadura; otras, siguiendo el Duero, se esta- 
blecieron cerca de Salamanca, y, por fin, una tercera banda llegó hasta los 
confines de la tierra gallega, en las orillíis del Atlántico y hasta el cabo Finistc- 
rre. Explica el fenómeno de la preponderancia ibera por el escaso contingente 
de invasores. 

Opinión particular y muy interesante es la del profesor Adolfo Schulten, 
que, por ser modernísima, expondremos detenidamente. Dice el citado autor 
que Herodoto es el testimonio más antiguo de la presencia de los celtas en 
la costa oceánica; el escritor de Hálicarnasso llama Kt^tcx-fj a la península, pu- 
diendo pensarse que en su mayor parte estaba ocupada por los celtas. La 
fuente antigua de Avieno habla de las razas célticas de los ccmpsi y saefes. 
<jue habitaban en la parte occidental de la meseta, y de los birybraies, quí po- 
blaban la oriental; Merodoto coloca tribus celtas al N, de los kyneUs\\^\'\coi. 
Por lo tanto, en tiempo del autor de las Nueve Musas y de Hecateo llegaban los 
celtas al SO. de la península, donde debieron entrar hacia el añ<» 500 (a. de J.C.). 
Ephoros, Aristóteles y Timaios (Timeo) llaman céltica a la meseta y KiXtix-í). 
como Herodoto, a toda la península'*'^. 

Trata ahora de probar Schulten la prioridad de los celtas con respecto a 
los iberos en la meseta. Que en tiempos remotos estuvieron los celtas en la me- 
seta occidental, en el actual Portugal y en la montaña castellana, pero no en 
el N., S. y E. de la península, lo patentiza la extensión de los nombres celtas de 
lugares, especialmente los que acaban en briga ; con esta zona coinciden los 
numerosos nombres de personas. Estos nombres se encuentran en Portugal y en 
la meseta, particularmente al N. de la misma, y, en cambio, faltan totalmente 
al E. y al S. de la península. Además, dice el profesor alemán, es totalmente in- 
comprensible que si los celtas arrojaron a los iberos del O. y de la meseta, les 
abandonaran el fértil Mediodía, la región oriental y la cuenca del Ebro, confor- 
mándose con la parte peor de la tierra. En nuestro sentir este argumento no 
tiene mucha fuerza, por cuanto los celtas venían por el Pirineo y hubieron de 
darse por satisfechos cuando tuvieron en su poder tierras suficientes para su 
mantenimiento, sin contar con que quizás fueran en corto número y la lucha en 
la meseta hubiera agotado sus recursos guerreros. 

Como los celtas erraron a lo largo de la costa oceánica francesa y poseyeron 
toda la costa occidental y, por el contrario, sus nombres faltan absolutamente en 
la costa levante española, se deduce que no pudieron venir sino por los Piri- 
neos, siendo la marcha de esta inmigración céltica a lo largo del Océano al O. de 
la meseta francesa. Así como Herodoto y Avieno nos dan el término ante quem 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS I 35 

de la invasión céltica, nos da Hesiodo el término posl quem. Como para el autor 
de la Teogonia todo el Occidente es ligur, la marcha de los celtas tuvo que ser 
posterior a Hesiodo, es decir, después del 700 (a. de J.C); así, pues, los celtas 
penetran en España entre el 700 y el 500. Con ello concuerda el que, según el 
antiguo sincronismo transmitido por Livio, parte de los celtas invadió la Pro- 
venza en la época de la fundación de Massalia (600 a. de J.C). Y como debió 
pasar mucho tiempo hasta que se apoderasen de toda la meseta, hasta entonces 
ligur, debieron llegar a España mucho antes de la fuente de Avieno y de Herodo- 
to, o sea bastante antes del 450; en números redondos, el paso de los Pirineos 
puede calcularse hacia el 600 (a. de J.C). Confirma esto la arqueología con los 
cerros funerarios (túmulos) del lietis inferior, que contienen civilización céltica 
del tercer período hallstattiano, que se fija entre 500 y 700 a. de J.C. '** (fig. 57). 

Los celtas encontraron en ICspaña la raza primitiva ligur y la redujeron a 
las estériles regiones del extremo SO. y a la cordillera de la costa septentrio- 
nal 1*'''. Algo obscuro aparece en el relato de Schtilten el pasaje referente a la 
estancia de los celtas en el resto de la península, pero puede deducirse que por 
dos veces en épocas diferentes, y tal vez separadas por un largo período de años, 
tuvieron que luchar los celtas con los iberos; primeramente los expulsaron de la 
actual Cataluña y del valle del Ebro, y más tarde, arrojados los iberos del Medio- 
día de Francia por los galos, invadieron la meseta ocupada por los celtas. 

El itinerario celta quizás fuese el siguiente : Roncesvalles y por Pancorbo a 
Suessatitim y de allí a Deobriga, seguirían luego el valle del Pisuerga y el del 
Duero hasta la costa occidental. La frontera del valle del Ebro va indicada por 
Aug^ustobriga, y el límite frente al litoral levantino está señalado con los nom- 
bres de Xertobriga y Arcobn'ga (en el valle del Jalón), Conirebia, en el valle 
del Jiloca, y Stgobriga, en el llano litoral; la frontera andaluza se marca por las 
localidades de Sierra Morena, Mirobriga, Xertobriga y Arcobriga. En el N. las 
cordilleras asturiana y cantábrica están casi libres de nombres célticos porque 
allí se sostuvieron los ligures •'*^. Debemos al geógrafo Avieno un cuadro intere- 
sante de la cultura de los celtas de la meseta. Nos pinta a los berybraces como un 
jnieblo rudo, dedicado al pastoreo, que recorre las tierras con sus rebaños y vive 
de queso y leche. Los celtas tuvieron ciudades de refugio fortificadas, pues eso 
significa la peculiar terminación briga de los nombres célticos de España. Que 
los celtas españoles carecieron de ciudades propiamente dichas, aparece también 
indicado, pues dice Strabón que los célticos del SO. vivían en aldeas abiertas, y 
lo mismo indica Polibio de los celtas de Poebene y César de los galos ^^^ 

Pero estos celtas de que habla Schulten pertenecen a una rama mucho más 
antigua de la familia celto-gala, son, por tanto, distintos de los galos que expul- 
san a los iberos del S. de Francia el año 400 (a. de J.C). Celtas y galos son 
ciertamente de una misma raza, pero distintos históricamente, como lo fueron 
los cimbrios y los suevos de Ariovisto con relación a los pueblos de la época de 
las hivasiones. Los nombres celtas y gálatas son quizás idénticos, pero los prime- 
ros son evidentemente más antiguos. También los hallazgos diferencian de una 
manera clara la invasión celta de la gala; en el SO. de la Galia se encuentra la 
civilización de Hallsttat, traída por los celtas y correspondiente al siglo vil y 
al VI ; en cambio al SE. se halla la civilización de La Téne, que corresponde a los 
galos, y que es del siglo v y del iv y falta totalmente en el SO. 



136 MISrOKIA lib ESl'AfSA 

Los celtíberos. — Nadie ha tratadf) <(»n tant*» caudal de datos ni de una 
manera tan sisictnática las particularidades del pueblo ceItíí>ero como el profe- 
sor Adolfo Schulten; lástima que en ocasiones su labor adolezca de escasa selec- 
ción crítica por na avalorar convenientemente las fuentes y dar la misma estima- 
ción a un testimonio no bien de[)urado de Livio que a otro del me({alo()olitano, 
con tal que aj)C)rte la afirmación un nuevo arj^umento a su tesis, m<''todo (|ue se 
halla en contradicción con el propósito del autor al anali/ar en el cumien/o d^ 
su obra las fuentes y que olvida frecuentemente en el curso del libro. 

Escasas noticias de la etnología celtíbera n(»s dan los antij^uos autores \ine- 
gos; en Hecateo y en Herodoto sólo hay nombres y linajes de algunas estirpes y 
ciudades de iberos y celtas; en Kphoros se contiene algo más. .Sensible es la 
pérdida de Theopompos, pues trataba en su obra de las gentes del ÍJeste, Siguen 
Aristóteles, Pytheas, Tiniaios y Eratósthenes, con fragmentarias referencias. 
I lasta Polibio y Posidonios no se tienen noticias circun.stanciadas de los pueblos 
del interior de la |)enínsula. Schulten ha demostrado que las noticias geográ- 
ficas y culturales sobre ICspafta transmitidas por Strabón están tomadas de la 
descri[)ción de Polibio '^*, así como Appiano tomó de él lo referente a la guerra 
celtíbera. Posidonios nos ha sido conservado en parte por Dif)doro y el mismo 
Strabón. 0)mpletan las fuentes sobre los celtíberos Polyhistor, Nicolás Damas- 
ceno, Pompejus Trogus, conservado por Justinus, Sosthencs, citado por Plutar- 
co, los fragmentos de Catón el Antiguo y los de Salustio, las pocas noticias de 
César y el relato geográfico del español Mela. 

Tiene razón Schulten al decir que nadie se ha preocupado hasta el presente 
de sei)arar al pueblo celtíbero de las demás ramas ibéricas, entre las cuales, sin 
embargo, ocupa una ¡)osición especial; siempre se han tratado juntamente y sin 
diferenciarlos a los celtíberos, ilergetes, lusitanos y turdetanos '"'. Hübner, en su 
artículo Celtiberia de la Real ICnciclopedia, defiende la teoría corriente de que los 
celtíberos han sido celtas. Niebuhr, en sus prelecciones sobre tierras y pueblos 
del mundo antiguo, es el único que ha reconocido la prioridad de los celtas en 
las tierras altas; hace resaltar la gran diferencia de las ramas ibéricas e insiste en 
la importancia de la geografía del país para su historia. 

Vamos a exponer primero la opinión corriente que sostiene ser los celtíberos, 
celtas. Defienden esta opinión Kiepert^'*, Humboldt'^-*, Zeuss'^^, Hübner*^*, Me- 
yer^^^ Müllenhoff^'^ Gerlandi»», Arbois de Jubainvillei^S Holder»*'^ Philiponi*^, 
Jullian 1^ y Sieglin ^^. Estos autores se apoyan en los siguientes argumentos: según 
Plinio, Varrón tenía a los iberos por los habitantes más antiguos de la península 
y a los celtas por conquistadores victoriosos que llegaron después; Strabón 
nombra entre los invasores extranjeros de quienes fueron víctimas los iberos a 
los celtas y tiene a los celtíberos por celtas que habían invadido Iberia. De la 
misma opinión es Appiano, y Plinio dice que los Celtici portugueses descienden 
de los celtíberos; testimonios parecidos ofrecen el escoliasta de Lucano, San 
Isidoro y San Jerónimo. 

Después que Leibnitz y Humboldt hubieron indicado la prioridad de los 
celtas en una parte del territorio hispano, sostuvo Niebuhr que los celtas eran 
los primitivos habitantes de la meseta, que más tarde fueron rechazados por los 
iberos invasores, quienes, al principio, se asentaron únicamente en Andalucía y 
en el SE. y más tarde avanzaron hacia el N., obligando a los celtas a replegarse 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 137 

al borde septentrional de la misma meseta y a los rincones del SO. y NO. de 
la península. El espíritu genial de Niebuhr llegó a esta conclusión por una serie 
de atinadas reflexiones; en efecto, decía, agrupaciones tan aisladas de un mismo 
pueblo como las existentes en Castilla la Vieja, Algarbe y Galicia, habitadas por 
estirpes celtas, no pueden haberse formado por inmigración; por otra parte, 
los iberos eran dueños, en época muy primitiva, del Langüedoc y la Aquitania, 
y siendo así, ¿cómo los celtas, que no pudieron dominar en los Pirineos, ocupa- 
dos por los iberos, logranm extenderse en calidad de conquistadores por toda 
la península.?' El argumento de Niebuhr tiene realmente gran fuerza; esos nú- 
cleos separados a tanta distancia unos de otros no pueden ser el resultado de un 
establecimiento voluntario de tribus celtas, sino la consecuencia de una con- 
(juista que divide en tres partes al pueblo celta, rechazándolo a los extremos 
opuestos de la península, a donde no llegan las armas iberas o por desistimiento 
del conquistador o por tenaz resistencia del vencido en su último refugio. De 
esta opinión i)articipan Wilamowitz ^*^ y Schulten *'*^. 

El profesor de Erlanghen puntualiza más los hechos y sistematiza la cuestión 
<lebatida; su tesis es (jue los celtíberos no son celtas que han penetrado en tierra 
ibérica, sino, por el contrario, iberos célticos, es decir, iberos que han entrado en 
tierra celta ^****. Comienza Schulten con una prueba lingüística sobre la palabra 
com|)uesta Celtiberos; el nombre libiofenicios designa a los fenicios en Libia, y 
concretamente, a los fenicios establecidos en los puertos de la costa libia; 
HXaotofpoívtxíc son los fenicios en el territorio de los Blastes, o sea de los bástulos, 
en la costa andaluza; EXXtjvoYaXátat se llaman los galos del Asia griega heleniza- 
dos, Mysanuícedones los colonizadores macedonios de la Misia; Ivíooxó^at se apelli- 
daron los escitas que penetraron en la India. Y.w todos estos nombres, y en más 
que pudieran citarse, el segundo es el concepto fundamental substantivo y el pri- 
mero es el concepto subordinado adjetivo; el adjetivo designa en los casos men- 
cionados aquella parte del pueblo sometido al invasor y éste se halla señalado en 
el segundo nombre, indicando siempre la raza que se ha establecido en tierra ex- 
traña, pacífica o belicosamente, para distinguirlo así de la cepa o pueblo princi- 
])al de donde procede y que ha quedado en el solar patrio. Celtíberos, por tanto, 
significa iberos que entraron en tierra céltica y se establecieron allí y acaso se 
mezclaron con los celtas. 

El argumento histórico desenvolviendo la idea de Niebhur es más preciso. 
Dice Schulten, contra Kiepert, MüUenhoff y Hübner, que creen a los celtas raza 
invasora que sometió a los iberos: ¿cómo es posible que los celtas, si eran vence- 
dores, pudieran diluirse tan completamente entre los vencidos que sólo se encuen- 
tran núcleos políticos completamente aislados en las peores regiones!*, y, además 
¿cómo se explica que los celtíberos representan con mayor pureza el pueblo 
ibero, y siendo celtizados, según la opinión contraria, son completamente distin- 
tos de los celtas de Portugal y de los del lado allá del Pirineo? ^^^ D'Arbois de 
Jubainville sostiene que los celtíberos representan el puro tipo celta y añade que 
los cartagineses se unieron con los iberos sometidos para luchar con ellos; a lo 
cual replica Schulten que es curioso el considerar que oretanos, carpetanos y 
vocéeos, contra quienes luchó Hanníbal, eran pueblos iberos. Kiepert arguye que 
si los celtas fueron los primeros en la meseta, los nombres de ríos debieran ser 
célticos; a esto contesta Schulten que esos nombres pertenecen a una raza más 

HISTORIA DE KSPaSA.- T. 1.— 18. 



1^8 IIISIORIA DK KSI'AÍÍA 

anticua, <iii(' es la li^ur. (Concluye ol ijrofesíjr de l*,rlan^hfn: si se combina con el 
nombre de campos Cclliios el hecho de que sólo al SO. y ai NO. de la penín- 
sula (Alijarbe y Galicia), y al borde septentrional y meridional montañoso de 
la meseta (al X. los betones, al S. los germanos ), .se han («inservado restos de 
razas célticas, habrá que declarar, con Niebuhr, que esos restos proceden de una 
población céltica reducida a esas regiones inhospitalarias y que los nombres de- 
signan la expansión de aquellos antiguos habitantes sobre todo el O. y en la 
meseta. 

Examinemos ahora la hipótesis de Schulten explicando el hecho de la 
expulsión de los celtas por los iberos. Hasta el siglo iv permanecieron los celtas 
en pacífica posesión del O. y de la meseta; entonces la nueva invasión (éltica 
oriental, o sea la corriente gala, expulsa (hacia el 390 a. deJ.C) a los iberos de la 
Provenza, les hace atravesar el Pirineo y les obliga a buscar nuevo asiento en la 
meseta. Poco después del año 350 debió comenzar la cíniquLsta de la meseta por 
los iberos, hacia el 250 son expulsados los celtas de la meseta y hacia el 218 
también lo son del O., pues los cartagineses, que después del 237 (a. deJ.C.) 
entraron en la citada meseta, no encontraron allí más que iberos y en el año 218 
aparecen citados por vez primera los lusitanos. Los caminos de entrada de los 
iberos fueron naturalmente los valles de los ríos que desde la costa llegan a la 
meseta; desde el valle del libro llegaron al del Jalón, también desde la costa por 
el valle del Guadalaviar al del Jiloca, y luego Jalón y Jiloca arriba hasta la meseta. 
Los celtas no fueron en manera alguna anulados, sino probablemente tratados 
con gran suavidad por los vencedores, como 1í» demuestran los nombres celtas 
de personas conservados entre las tribus celtíberas. Incaután»nse los iberos de la 
parte mejor de la tierra, de los llan(js que podían utilizar para la agricultura, y 
dejaron a los celtas la tierra más árida y las montañas, que les bastaban para su 
vida de pastores ^'^. 

Veamos ahora los apoyos testimoniales que sirven a Schulten para probar 
su tesis. El Pseudoskylax al hablar de los iberos dice que se extendían desde el 
estrecho hasta los Pirineos (340 a. de J.C.), y como la fuente de Avieno consigna 
que llegaban hasta el Oranis, y Aischylos refería la estancia de tribus iberas junto 
al Ródano, y como estas dos últimas fuentes son anteriores al testimonio del 
Pseudoskylax, se deduce claramente que entre 450 y 350 los iberos son expul- 
sados de la Provenza, no quedando al N. de los Pirineos sino esporádicamente. 
Probablemente esa retirada de los iberos está relacionada con la aparición de los 
galos, que hacia el año 400 (a. de J.C. ) entraron Ródano abajo en tierra proven- 
zal, donde se apoderaron de Marsella ; este hecho obligó a los iberos a repaisar 
el Pirineo ^^^. Esto coincide con el testimonio de Ephoros, contemporáneo del 
Pseudoskylax, el cual afirma que la meseta española es KtXtix-íi y los habitantes 
son berybraces. Timaios, autor que escribió hacia el año 260 (a. de J.C), es el 
primero que habla de celtíberos, y Eratósthenes, escritor del año 230 (a, de J.C), 
parece haber designado por vez primera como Iberia a toda la península; Era- 
tósthenes se inspiró en Pytheas y su testimonio nos fué transmitido por Strabón, 
el cual manifiesta con sorpresa que Eratósthenes al describir la península no 
nombra a los celtas, mencionándolos sólo en dos pasajes, en uno en que los 
coloca en la costa occidental hasta Gades y en otro en que designa la costa 
atlántica con el nombre de Céltica, y como en otra parte el citado autor limita 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 139 

a los iberos propiamente dichos a la costa oriental, resulta que en la meseta 
estaban evidentemente los iberos. Resumiendo, pues, diremos que el último tes- 
timonio de la existencia de ios celtas en la meseta es Ephoros (350 a. de J.C), y 
el primero de la presencia de los iberos en la misma meseta es Eratósthenes 
(230 a. de J.C); ambos datos coinciden perfectamente, porque sólo después de 
larga lucha podrían lograr los iberos expulsar a los celtas. 

Así, pues, entre el año 350 y el 250 (a. de J.C.) ha tenido lugar una signi- 
ficativa modificación. Al ser expulsados los iberos por los galos entraron en la 
península, y encontrando ocupada la parte oriental, penetraron en la meseta o 
bien empujaron hacia las tierras altas a sus congéneres situados en la costa cata- 
lana. Según Schulten, poseemos un" testimonio monumental respecto de la proce- 
dencia provenzal de los celtíberos y son los vasos ibéricos encontrados en 
Numancia y en toda la meseta celtíbera, visiblemente derivados de la vieja cerá- 
mica jónica del siglo \ ii, modelo que han conocido los celtíberos en el territorio 
de las antiguas colonias focenses de la Provenza"** (fig. 58). 

Una vez en posesión de la meseta, pronto debieron los iberos echar a los 
celtas hacia su primero y último asiento de la península, o sea Portugal. Los 
valles del Tajo y del Duero les indicaron el camino hacia las campiñas occidenta- 
les y así se explica la aparición de los lusitanos, pueblo celtíbero, en tierra 
occidental, y el refugiarse ios celtas, que estuviert>n al N. del Tajo (Avieno), 
al S. del mismo y ceñirse las tribus célticas a los ángulos SO. y NO., que no son 
precsamente las mejores regiones del occidente peninsular. Esta nueva expan- 
sión ibera quizás tuviera lugar el año 218. 

La expulsión de los celtas se confirma además porque, cuando los cartagi- 
neses (después del 237 a. de J.C.) se extendieron por España, sólo tropezaron en 
la meseta con razas ibéricas; Plamílcar lucha con los oristos, oretanos (del S. de la 
meseta) y vettones (del SO. de la meseta, en Extremadura), que son razas ibéri- 
cas. Hanníbal guerrea con los olkades (hox^^ oriental de la meseta), vacceos (del 
extremo NO.) y los car peíanos, de Castilla la Nueva, también tribus iberas. Los 
celtas que aparecen como mercenarios de los tunietanos proceden del SO. y los 
ri'onlí gaUanim, nombrados pof Livio como formando parte del ejército carta- 
ginés, son de la Galia. Los sae/fs y ccmpsi célticos y los berybraces, (jue, según 
Ephoros, estaban todavía en la meseta el año 350 (a. de J.C), no se mencionan 
más; en el lugar de los saefes y <£V«y»,v/ encontranvjs vaaros y vettones y en el 
de l(»s berybraces se hallan los carpetanos y celtiberos ^^^. De todo esto concluye 
Schulten que los celtíberos no son celtas, sino auténticos iberos, y aún dice más, 
pues declara que son los más iberos de todos los iberos ***. 

Hemos querido expv»ner esta novísima opinión del profesor alemán, pues 
no obstante ir en contra de cuanto se ha sostenido hasta el presente por autores 
nacionales y extranjeros, está tratada de una manera original, con gran copia de 
datos, que si bien profusamente repetidos con insoportable martilleo, son una 
prueba de la intensa labor teutona y una hipótesis muy de tenerse en cuenta en 
las sucesivas investigaciones sobre los primeros pobladores de la península, po- 
seyendo además el indiscutible mérito de ser la primera que de una manera cien- 
tífica se ha ocupado del pueblo celtibero, considerado mucho tiempo como un 
producto de la mezcla de iberos y celtas, sin estudiar su origen y las modalida- 
des características de sus tribus. 



140 



HISTORIA l)K KSI'aSÍA 



Tribus ÜRures, celtas, iberas y celtíberas en la península ibérica. - 

Difícil í!s señalar los |)iieblos Usures de la [x-iiínsula, si es cierta la hipótesis '!<• 
Julliati y Schultcn; para el autor alemán, los ilcates y kytieles {cineUs), veci- 
nos de los turde^dnos, son ligures, y Jullian consiiiera como tales a los primitivos 
habitantes de las orillas del Júcar. Los vascones, astures y strimnios, S(-(;ún 
Schnlten, son tamb¡(''n li^nres. Ksto es cuanto sabemos de los inciertos restííS 
del pueblo lij^ur en España. Üice Avieno que hacia el 450 los ligures poseían 
todavía toda la costa occidental de Galia y la costa septentrional de Kspaña. 




Fig. 58. - España hacia el año 250 a. de J.C. ( Schulten.) 



En cuanto a los celtas, los del S. están situados entre el Anas y ei Tagus, 
precisamente en las comarcas ocupadas antes por los kynetes ligures; sus ciu- 
dades son Pax Julia y Konistorgis. Los pueblos célticos del N. están situa- 
dos' junto a los artabros. que Mela toma por celtas, establecidos en el extre- 
mo NO. de la península, en el llamado Pramontorium celticiim, y de allí se 
extendían hasta el Duero, constituyendo muchas comunidades, separadas por 
valles, y se llaman Celtici Nerii, Celtici Prcetantanci, Celtid Supertamarici, es 
decir, celtas que viven acá y allá del Tamares, hoy Tambre. En tiempo de Hero- 
doto, que es el autor más antiguo que menciona á los celtas, éstos se hallaban 
al O. de las columnas de Hércules y al N. de los kynetes: estos celtas nombrados 
por Herodoto son probablemente los gletes, pues este pueblo \ ive al N. de los 
kynetes (Schulten, pág. 86). Los cetnpsi y los saefes, según la fuente de Avieno 
en la Ora marítima, estaban situados en la costa del Océano, a saber, hasta 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS I4I 

el puerto Poetanion los cempsi y al N. de ellos los saefes. Para Schulten, en 
cempsi y saefes perduran los nombres de dos razáis principales celtas; lo que 
Avieno dice de sus residencias, ardui calles, conviene al modo de establecerse 
de los celtas en la meseta occidental, y como los cempsi lindan con los kynetes, 
son, de entre las dos, la raza meridional y, por tanto, moran en el SO. de la rae- 
seta, donde más tarde se encuentran los vellones. Según el mismo autor, los 
celtas, hacia el año 450, no llegaron por el S. sino hasta el Tajo, donde se ha- 
llan más tarde sus últimos restos los cellici^'^'^ . También es Avieno el que habla 
de los berybraces. habitantes de la meseta oriental, y de su relato se deduce 
que son celtas pobladores del borde montañoso NE. de la meseta. Dion Cas- 
sius los llama celtas y l^phoros los diferencia expresamente de los iberos de la 
costa. 

Parece ser, pues, que las tribus celtas más antiguas son las de los gletes o 
tgletes, saefes. cempst y berybraces, siendo mucho más modernas, si se acepta 
la teoría de Schulten, las tribus célticas del NO. de los Nerii, Prcelaniarici, 
Superlamarüi y Artabri, y las del SO., conocidas con el nombre genérico de 
Cellici. Ya hemos expuesto antes que la base principal de esta teoría es que los 
celtas ocuparon, en tiempo remoto y antes que los iberos, toda la meseta. 
Fuera de las tribus citadas había también, tanto en la meseta como en el O., por 
doquiera, restos esporádicos de los celtas, como se ve en los nombres de per- 
sonas de raíz céltica, sorprendentemente frecuentes en Portugal, y la supervi- 
vencia del culto céltico en las Matres Callaicce. en los monumentos y en la 
misma transformación etimológica popular del nombre de gallaiker en kallai- 
ker y de kalactos en galaicos. Isidoro de Sevilla indica la semejanza de los ka- 
llaici con los galos, por su tez clara, y esto tal vez procediese de la mezcla con 
los celtas ^^. Otras tribus de menos entidad se designan como celtas y son 
los berones, al N., y \o% germanos, al S. 

De las tribus iberas podemos tratar con menos confusión, pero sin que la 
enumeración de las mismas esté exenta de serias dificultades. Los autores más 
antiguos, como Hekateo, nos hablan de los tartesios, maslienos, elbestios e 
iberos; los tartesios vivían entre el Anas y el río Chrysus (Guadiaro), los el- 
bestios cerca de Olba (Huelva), los maslienos desde el Chrysus hasta Mastia 
(Cartagena). Todas estas tribus son iberas y sus nombres desaparecen más 
tarde para adoptar otros más genéricos: así los tartesios y elbestios están com- 
prendidos con el nombre de turdetanos y los báslulos son una parte de los 
antiguos maslienos. Al S. de los turdetanos se conocen luego los tiirdulos, 
que otros autores colocan también al E. ; más al Oriente, los mentesanos y bas- 
tetanos (Murcia). Ya en la costa oriental, desde el Promontorium Sccmbrarium, 
los contéstanos, suessetanos , ede taños (Valencia), cosetanos, laletanos, ause taños, 
cistellanos e indigetes. Al O. de los ausetanos los lacelanos y lindando con el 
Pirineo los cerretanos, vescitanos y facétanos, en el confín de los vascoms; los 
ilergetes, nombrados por Hekateo, vivían entre el Ebro y los Pirineos, con su 
ciudad Ilerda. Los olcades habitaban junto al Suero (Júcar), y en el Turia supe- 
rior los lebetanos y otros turdetanos o turboletas. En Castilla la Nueva estaban 
los carpetanos y en las fuentes del Anas los orelanos. y en la región de Salinán- 
tica los vellones. Vecinos de éstos son los lusitanos, la más importante de las 
naciones iberas, que habitaban entre el Duero y la parte del Guadiana com- 



142 HISTORIA DE ESIA^A 

prendida i:iitre liadajoz y la ( oiiHuencia del Zujar, Lindando ya con los puebUjs 
llamados celtíberos están los meceos, con su capital Pallantia ( Falencia), que 
muchos histf)riador('S y geógrafos han creído celtíberos por su vecindad y amis- 
tades con las tribus limítrofes. En la región septentrional de la península, desde 
el ririneo, |>ueblan aquellas costas los várdulos, eartstios, antrigones, cánta- 
bros y aslnrcs : quizás estos pueblos, siguiendo la moderna teoría, sean un 
producto ihero-Iii^ur. 

Las tribus celtíberas podemos clasifícarlas, con Schulten, en ulteriores y 
citeriores; al primer grupo pertenecen arñ'dcos ^ f^clctuioncs y al segundo luso- 
ncsy helos y titos. Polibio no distingue sino cuatro tribus, aiéxHxcos, lusones, 
helos y titost considerando a los pclemiones en la clientela de los arévacos. 
C Conveniente es señalar los límites de las tribus celtíberas, jjucs estando rodea- 
das de otros i)ueblos, sus fronteras nos servirán para indicar la situación apro- 
ximada de sus circunvecinos. Los arévacos constituyen la tribu más importante 
y su capital es Nnnianlia • limita al S. con los carpetauos y las fuentes del Tajo, 
sirviendo de confín la sierra castellana { Carpctana); lermantia pertenece a los 
arévacos y Sierra Pela, al S. de Tennantia, es el límite meridional; al N. llega- 
ban hasta el borde NE. de la cordillera con Nmmxntia : al O. lindaban con 
los vacceos, siendo Clnnia la frontera, y al E. forma el límite natural la divi- 
soria entre el Duero y el Jalón, que los separa de la Celtiberia Citerior, pero 
aquí como en el NE. la frontera política traspasa la cordillera, pues también es 
arevaca Sigiienza, al S. de la divisoria hidráulica. A los arévacos pertenece la 
pequeña tribu de los pelendmies, situada en el valle alto del Duero, con cuatro 
ciudades y entre ellas Nnmantia. Dice Schulten que es sorprendente con cuánta 
exactitud coinciden los linderos de los aréi'acos con los de la actual provincia 
de Soria*'''. La extensión de su territorio era de unos lo.ooo kilómetros cua- 
drados, como el actual Montenegro, y su población, según cálculos de Schulten, 
ascendería a 80.000 habitantes. 

Los bisoñes pertenecen a la Celtiberia Citerior; limitan al ü. con los aré- 
vacos, al N. con el valle del Ebro y al S. con la región de las fuentes del Tajo y 
los carpetanos ; su frontera occidental llegaba a la divisoria entre el Duero y el 
Jalón, o sea a la meseta de Almazán. De su frontera oriental no tenemos datos 
directos; como Contrebia (Daroca) es su capital, cabe admitir que ocupaban 
todo el valle del Jiloca y que la sierra de Javalambre, al E. de Teruel, divisoria 
entre el Jiloca y el Guadalaviar, formaría su límite oriental. Al N. no pudieron 
los lusones llegar hasta el Ebro, sino sólo hasta la cordillera del borde NE. t Mon- 
cayo, Sierra Vicor, Sierra Virgen, Cucalón), porque esta cadena montañosa 
forma la frontera de Celtiberia. Como los bisoñes eran, con ventaja, la tribu 
más importante de las citeriores, cabe sospechar que les perteneció la parte 
mejor y más extensa de la tierra del N.; poseyeron, verosímilmente, el valle me- 
dio del Jalón, entre ambas cadenas de la cordillera extrema NE., los valles de los 
ríos de esta comarca que desembocan en el Jalón, el Jiloca, que los llevaba, por 
el S., hasta la sierra de Javalambre, y el Ribota, que, por el N., les conducía al 
puerto de Ciria, frontera natural de los arévacos *^^. Las ciudades de los bisoñes 
son: Contrebia, Nertobriga, Bilbilis y Miinebrega. En cuanto a los helos y titos 
se nombran juntos en muchas ocasiones y Appiano dice que los titos estaban 
en la clientela de los helos. Sus ciudades principales son: Segeda (Canales de 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 143 

la Sierra?), Segobriga y Orilis (cerca de Medinacelir). El marqués de Cerralbo 
ha encontrado una ciudad ibera en el valle del alto Jalón, no lejos de Monreal 
de Ariza^^''; está situada muy favorablemente y con dobles muros de fortifica- 
ción; el marqués cree haber descubierto la antigua Arcóbriga, pero Schulten no 
es del mismo parecer. 

Con estos datos pueden fijarse ya los límites de toda la Celtiberia. Polibio en- 
tiende con este nombre toda la meseta y pone a Sagunto en una avanzada de la 
cordillera (Idubeda) que divide a los iberos (habitantes del llano litoral) de los 
celtíberos, habitantes de las tierras altas. Las montañas de Idubeda están al N. y 
al E. de Celtiberia y la Orospeda al S. Como vecinos tienen, por el N., a los 
cántabros y berones (Rioja), en el valle alto del Ebro; por el lado occidental, o 
sea NO., O. y SO., parte de los asínres, kallahos. vacceos, veitones y carpe- 
(anos: al Mediodía, es decir, S., SE. y E.. los orctanos y las otras tribus resi- 
dentes en la Orospeda (Sierra Morena), los bastetanos, de Murcia, y los ede- 
tanos, de Valencia, y en el NE. ya hemos señalado la Idubeda con los vascones. 
La meseta de Almazán separa a los celtíberos ulteriores de los citeriores. 

Edad del hierro. — El número considerable de acrójioUs de la primera 
Edad del bronce nos demuestra que esta civilización duró mucho tiempo; los 
i'inicos testigos del progreso metalúrgico e industrial fueron las espadas y las 
perlas de vidrio. Siret ha formulado la ley general de que el abandono de la 
acrópolis es el signo característico del final de la primera épcica del bronce. Es 
verdad que los restos de habitación del final del bronce y comienzos del hierro 
son raros, pero se han descubierto algunos y ocupan los terrenos más accesi- 
bles donde no existen acrópolis; este hecho positivo confirma el abandono de 
las i)lazas fuertes. Otra diferencia notable es el rito funerario; las sepulturas de 
comienzos de la Edad del hierro contienen urnas cinerarias. Una costumbre 
especial se generaliza, y es la de los depósitos ocultos y misteriosos y la apari- 
ción de formas industriales, que marcan un período de transición, un progreso 
considerable. 

Las sepulturas son de la Edad del hierro porque en ellas existe este me- 
tal, hay urnas cinerarias y objetos de las colonias fenicias establecidas en nues- 
tro suelo; son contemporáneas de las hachas con alas, talón o tubo, y de las 
espadas de puño de bronce. Están situadas sobre colinas, cerca de sitios culti- 
vados; son orificios practicados en la tierra, o cajas con losas, o pequeños mo- 
numentos análogos a los dólmeties. Algunas veces los cadáveres están enterrados 
sin haberlos quemado; otros, con los huesos calcinados, se descubren encerrados 
en urnas cubiertas. El número de muertos enterrados en cada sepultura es difí- 
cil determinarlo: ya son dos o seis, o diez, y hasta quince o veinte. Las urnas 
son de tierra de color obscuro o negro, de superficie lisa y frecuentemente de- 
corada con dibujos; la factura, la forma y el estilo es el mismo que el de las 
urnas cinerarias de la Europa central en la primera época del hierro. El mo- 
biliario se compone de torques o collares y brazaletes de bronce; anillos for- 
mados por simples hilos de metal, ya sea de bronce o plata; granos de collar de 
bronce, oro, cornalina, vidrio o hueso; fíbulas serpentifornues y placas de cintu- 
rón donde se ha podido comprobar la presencia del hierro. 

Estos objetos funerarios de los primeros tiempos del hierro, sostiene Siret, 



144 



III.SMiKIA l)K KmI'ANA 




Fig. 5Í). Detalle fotoRrá- 
flco del puñal de Mira- 
vecheí Cabré AkuíIó ). 



(ontr.'i I )e(liflctt<', <|Uf son innifíliatamentc postri ioros a 
la primera época (id bront <•. I'udicra crcíTse, a primí*ra 
vista, en un nuevo cambio prochitido por el distinto rito 
funerario, pero, según Siret, basta observar que los mo- 
numentos funerarios de la Kdad del hierro tienen cierta 
semejanza con los dóbnencs y aun en muchos de éstos se 
ha enterrado durante la civilización del hierro, lo cual pu- 
diera probar (jue, a pesar de sus mezclas, la raza de los 
i/óhncnes conservó su personalidad, y como, por otra 
parte, existen sepulturas con escjueletos encogidííS v con 
sus vestimentas, vemos un lazo de unión con los habitan- 
tes de las acrópolis y la coexistencia de las dos razas. 

La Kdad del hierro europea se cl^isitica en dos gran- 
des épocas, llamadas de llallstatt y de La TMe, que a su 
vez se subdividen en períodos. Iloernes distingue cuatro 
grupos en la cultura de llallstatt: el SE. o adriático, el 
central, el NE. y el occidental, incluyéndose en este último 
la Galia meridional y la península ibérica. De la necró- 
polis de ilallstatt, eii el Salzkammergut austríaco, toma su nombre la primera 
época del hierro. En el primer período hallstattiano, según Dechelette, se hallan 
espadas de bronce y de hierro con vaina de cuero, navajas de bronce y urnas 
de cerámica; caracterizan el segundo período los puñales de hierro con antenas 
y las numerosas fíbulas, que escasean en el período anterior*'*. El primer período 
comprende desde el aflo ooo al 700 (a. de J.C.) y el segundo desde el 700 al 
500 (a. de J.C). 

Hildebrand, el año 1872, dio el nombre de época ae La lene a la segunda 
fase de la Edad del hierro, sirviéndole de base típica una famosa estación del 
lago de Neuchátel (Suiza). Tischier clasificó esta época, siendo completada su 
clasificación por Dechelette. El primer período clásico de La Téne se distingue 
por las espadas cortas de punta fina, fíbulas con apéndice caudal y joyas mag- 
níficas. Caracterizan el segundo período las espadas largas ligeramente redon- 
deadas en su punta, los escudos de madera con umbos de hierro, brazaletes de 
vidrio y torques. Los objetos distintivos del tercer período son: las espadas 
muy largas de punta redondeada, los puñales antropoideos, los escudos con 
umbos de hierro de forma elipsoidal o circular, espuelas de hierro o bronce y 
brazaletes de hierro en espiral. La Téne I comprende del 500 al 300 (a. de J.C), 
La Téne II del 300 al 100 (a. de J.C.) y La Téne III del 100 hasta la Era cris- 
tiana^^. 

Hasta hace pocos años estas clasificaciones de la Edad del hierro no habían 
podido aplicarse de una manera científica a España, pero realizados por el mar- 
qués de Cerralbo sus maravillosos descubrimientos en las necrópolis llamadas 
ibéricas, contaraos hoy con un considerable caudal de estaciones protohistóricas, 
donde pueden estudiarse las fases españolas de esta Edad ^^. 

, El marqués de Cerralbo halló en la necrópolis de Aguilar de Anguita magní- 
ficos ejemplares de espadas con antenas correspondiendo al segundo período de 
Hallstatt (fig. 62), que pertenecen, según el sabio arqueólogo, a fines del siglo v o 
comienzos del iv (a. de J.C); también se han encontrado espadas hallstattianas en 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



145 




Fig. GO. — Guerrero ibéri- 
co. Colección Saavedra 
( Eulogio ). (Museo Ar- 
queológico Sacional.) 



la necrópolis de Atance (Guadalajara), en una sepultura 
celtibérica de Tarmiel (Guadalajara) y en Olmeda, Higos 
(fig, 61), Termantia, Uxama, Gormaz y Arcóbriga (centro 
de la península), Peralada, Gibrella (Cataluña), Vivero, 
Coubueira, Villalba, Ríotorto, Goñán, Tineo, Ponga (X. 
y NO.), Alcacer-do-Sal (Portugal), lUora y Villaricos (S.). 
Se observa que la espada de Hallstatt predomina en el 
centro de la península, sede de los celtas, según la tesis 
schultiana, escasea en el NE. y en el Mediodía de Es- 
paña, abundando en Galicia y teniendo su representación 
en el SO.; estas pruebas parecen confirmar la hipótesis de 
Schulten, La espada de La Téne se encuentra en Sida- 
munt. Cabrera de Mataró (Cataluña), Calaceite, Numan- 
tia, Arcóbriga, Atance,. Olmeda, Clunia, Castrillo de la 
Reina (centro). Castellar de Santisteban, Fuente Tójar, 
Almedinilla (fig. 61), Illora (S.) y Mina de Bierzo, coin- 
cidiendo probablemente con la extensión del iberismo 
por toda la península ^^. 

Arma curiosa es el llamado puñal de Miraveche (figu- 
ra 59), que el Sr. Cabré cree del siglo iv a. de J.C, corres- 
pondiendo al Hallstatt español. Luego aparece la espada falcata, especie de sable, 
al parecer de origen griego, quizá traída desde Grecia a los pueblos costeros 
del S. de España a últimos del siglo v o principios del iv a. de J.C. La falcata se ha 
hallado en Cabrera de Mataró, Puig del Castellar, Tarragona, Maella, Calaceite, 
Bonete, Salobral, Llano de la Consolación, Cerro de los Santos, Jumilla, Elche, 
Archena, Monteagudo, Lorca, Villaricos, Despeñaperros, Castillar de Santiste- 
ban, Peal de Becerro, Fuente Tójar, Alcalá la Real, Modín, Almedinilla (fig. 63), 
Illora, Osuna, Alcacer-do-Sal, Arcóbriga, Termantia, Gormaz y Numantia; falta 
en absoluto en el N. 

De las necrópolis descritas por el marqués de Cerralbo se puede afirmar 
que Aguilar de Anguita es la representación más genuina de la tipología del 
Hallstatt español, si bien esta necrópolis ha sido utilizada durante mucho tiempo, 
pues se hallan objetos de La Téne; en el mismo grupo predominante hallstat- 
tiano pueden colocarse las necrópolis de Olmeda, Higes y Luzaga. En cambio, 
la necrópolis de Arcóbriga presenta notables diferencias en las espadas y en las 
fíbulas, que determinan su carácter de La Téne; las necrópolis de Clares, Hor- 
tezuela de Océn y Molino de Benjamín son del mismo tipo de Arcóbriga. 

En la ciudad ibérica de Ampurias se han encontrado fíbulas de Hallstatt y 
de La Téne y en la necrópolis de Perelada puñales de antenas que caracterizan 
el primer período del hierro. Son también de esta época la necrópolis de Es- 
polla, la estación de Gibrella, cerca de Olot, y la de Anglés, a dos kilómetros de 
Gerona. Pertenecen a la segunda época del hierro la necrópolis de San Felío 
de Guíxols y la estación de Puig del Castellar, donde se han hallado fíbulas de 
bronce de La Téne II y el sable griego o ntachara. Del N. sólo podemos adu- 
cir los datos de Ortigueira, a 50 kilómetros de La Coruña, donde se han encon- 
trado sepulturas bajo túmulos y la noticia del hallcizgo de la espada de antenas 
en Vivero. En la cuenca del Duero están las ciudades de Briteiros, Sabroso y 

HISTORIA DE ESPASa. — T. I. — 19. 



146 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fig. til. — Armas de Higes y Almedinilla. 
(Museo Arqueológico Xacional.) 



del hierro la estación de Uclés y, en el 
(Los Alcores-Carmona) y Almedinilla 
(Córdoba), comprendiéndose también 
en esta Edad los muros ciclópeos de 
Ibros. Joulin clasifica en la primera 
época del hierro a las regiones de 
Asturias y Galicia y a las cuencas del 
Miño, Tajo, Guadiana, Duero y Gua- 
dalquivir; Tarragona y Gerona, con 
sus muros ciclópeos, son de estos 
tiempos, pero se deben a influencia 
helénica. La segunda época com- 
prende los oppida, y los poblados de 
la Sierra de Almansa y de Albacete, 
Meca, Olérdula, Puig del Castellar, 
Calaceite y Mataró 2^*. 

Uno de los problemas más difí- 
ciles es el de la cerámica de la prime- 
ra época del hierro, confundida por 
muchos autores con la neolítica. Is- 
mael del Pan-o^ señaló la presencia 
de cerámica hallstattiana en la cueva 
de San Bartolomé, en la Sierra de 



Ancora, habiéndose encontrado en 
ellas fíbulas de la primera época del 
hierríj; en Alcacer -do -Sal ha apare- 
cido la espada de antenas y en Ace- 
buchal (Carm(jna) se encontró una 
fíbula de plata de ti|)0 hallstattiano. 
En Numancia se hallaron fíbulas de 
La Ténc I y lí. Por último, son de la 
Edad del hierro, sin precisar é|)Oca: 
las murallas de Gerona, el recinto ci- 
clópeo de Carmany, la cerámica de 
Bagur, la necrópolis de Cabrera de 
Mataró, la ciudad de Olérdula, la mu- 
ralla ciclópea de Tarragona, las esta- 
ciones de Calaceite, laZaida, Huesca 
y Calatayud; la necrópolis de Alcalá 
de Chisvért, los bloques poligonales 
de la muralla de Sagunto, el tesoro 
de Jávea, los poblados de Elche, San 
Antón, Kedován, la Alberga, Cerro 
del Pueblo (Orihuela y Murcia), Yc- 
cla, Alcoy, Almarejo, Meca, Mata de 
Estrella, Balazote y Salobral. En el 
centro de la península es de la Edad 
S., Mesa de Gandul y Viso del Alcor 




Fig. 62. — Diferentes espadas de antenas 
de Aguilar de Anguita. ( Marqués de Cerralbo.) 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



147 



Cameros, y el Sr. Bosch ha estudiado esta 
misma cerámica en las cuevas de Logroño 
(Cueva Lóbrega y Peña la Miel), sirviendo, 
para clasificarla de una manera indudable, 
la existencia de vasos de metal, que no 
aparecen hasta la época hallstattiana; esta 
cerámica es de barro pardo negruzco, bien 
pulido y a veces con adornos en zig-zag**^. 
Cerámica de esta época es también la de la 
Cova deis Encantats, de Serinyá (Gerona), y 
la de la Cova deis B u/ador s (Gerona), y la 
encontrada en las necrópolis de Vilars, Punta 
del Pi, Tarrasa, Sabadell y los vasos de Ar- 
gentona y Barcelona. Al final de la época de 
líallstatt pertenece la cerámica de las ne- 
( rópolis de Anglés, Gibrellay Peralada (Ge- 
rona) -w. 



Realmente pocas cuestiones son tan 
intrincadas y difíciles como la de las razas 
históricas que en España re|)resentaron la 
civilización del hierro, pues aun conviniendo 
en los problemas acerca de los primeros po- 
bladores, las fases de la Edad ea cuestión 
coinciden con las primeras colonias extran- 
jeras en la península y con el período es- 
plendente de una civi ización que hemos 
dado en llamar ibera. ¿Qué parte corres- 
pondió a celtas, iberos, griegos, fenicios y 
púnicos en esa cultura y en los restos que 

de ella han llegado a nosotros? Es problema todavía sin resolver y en el cual 
surgen de continuo encontradas opiniones. Conviene enumerar los restos de 
esa civilización para intentar luego una cronología aproximada. 

Cartailhac defiende la teoría de que en la Edad del hierro es tal la varia- 
ción de los restos culturales, que prueban la presencia de un pueblo o de una 
inñuencia extranjera. El bronce no deja de ser utilizado, pero en el orden artís- 
tico las representaciones de animales, la espiral y la cruz simple ó gameada 
(stihistica) constituyen notables y curiosas importaciones. Pedro Paris la llama 
también periodo ibérico, pues la civilización que aparece se atribuye a los ibe- 
ros. Las principales ciudades ibéricas en la región llamada del Cerro de los 
Santos son: Villar, en el camino de Bonete a Corral Rubio; Los Castillares, 
al NE. de Bonete y en la sierra de Carcelén; Los Altos de Carcelén, Las Grajas 
y Coimdra, cerca de Jumilla. Los materiales de estas ciudades son piedras en 
bruto, recogidas al azar; las dimensiones de los bloques son muy modestas y sin 
tallar; estaban simplemente superpuestos. Estas ciudades están situadas en el 
interior, muy lejos del mar, y apenas tienen defensas. Existían otras ciudades 




Fík. ui. Lapada fálcala de Almedinilla. 
( Museo Arqueológico Nacional.) 



I4« 



HISTORIA L»E ESI'ANA 




Fig. 64. — Castillo ciclópeo en Santa María de Huerta, Soria (fachada Norte). ( Cerralbo.) 



ibéricas en la costa y éstas sí tenían fortificaciones, para defenderse de piratas 
e invasores. De esta Edad son los muros ciclópeos que se descubren en Ge- 
rona, Tarragona, Sagunto y Galicia, en la torre de Lobetra, en una montaña de 
este nombre, y en Santa María de Huerta (figs. 64 y 65), 

Conocidas son la acrópolis y recinto fortificado de Olérdula, en la pro- 
vincia de Barcelona, una legua al S. de Villafranca del Panadés; la ciudad de 
San Miguel de Erdol, edificada en el em¡)lazamiento de la ciudad antigua, y en 
Andalucía las ruinas del castillo de Ibros, en el partido judicial de Baeza, al N. de 
Jaén. En la misma región andaluza están : Corazón del Portillo, al N. de Cabra ; 
Carralejas, cerca del puente de Mazuecos, sobre el Guadalquivir, en el camino 
de Guardia a Pegalajac; hay construcciones ciclópeas en Acebuchal, Peñajíor y 
en Castellón, risco de la finca del Cimbre, del término rural de los Jarales, dis- 
tante 20 kilómetros de Lorca ^os. Ciudades fortificadas las hay en Portugal y Ex- 
tremadura, estudiadas es- 
tas últimas por el marqués 
de Monsalud y D. Mario 
Roso de Luna. Monsalud 
halló en Extremadura ci- 
tanias como en Portugal, 
y opina que el emplaza- 
miento primitivo de Me- 
dellín sobre el Guadiana 
sea una citania, porque 
al pie del muro del cas- 
tillo se ven piedras deco- 
radas con swásticas y el 
signo característico del 

sol, figuras que tienen sus 
Fig. 65. — Castillo ciclópeo en Santa María de Huerta. c 7 

Detalle de la fachada Sur. ( Cerralbo.) análogas en Sabrosa y 



r-.7:-...ry i 








^^^^^K i^^H Jm^J9Í '3^^Bi^^ 




** 










■ fí .t 


^ 


.^1^ 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 149 




Fig. G6. — Vista parcial de la plaza del Agora, en Puig del Castellar. 

Briteiros; trata también del castillo de A/a/tje, pero a Paris le parece una opi- 
nión arriesgada el suponerlo de esta época. En Fregenal de la Sierra se des- 
cubre el verdadero tipo de la citania, con su fuerte recinto y anchas murallas; 
asimismo tienen igual carácter la acrópolis de San Cristóbal, al SO. de Logro- 
sán, con doble recinto ciclópeo; San Gregorio, en la sierra granítica de Santa 
Cruz, con quinientas casas defendidas por murallas, y las ruinas de Solana de 
Cabanas, exploradas por Roso de Luna y Sanz Blanco. 

El verdadero grupo de construcciones ciclópeas de España está en las islas 
Baleares, sobre todo en Mallorca y Menorca. Cartailhac es el que mejor ha estu- 
diado los muros de las ciudades baleares, los talayots y las navetas de aspecto 
colosal; ya Jorge Armstrong se había ocupado de estos monumentos en 1752; 
Vargas Ponce, en 1787, estudia los Clapers de gegants de Mallorca. El natura- 
lista D. Juan Ramis explora, en los comienzos del siglo xix, varios talayots (18 18); 
el conde Alberto de la Mármora descubre la semejanza de estos monumentos 
baleares con los nitraghes de Cerdeña y con otras construcciones de Malta, 
Gozzo y Pentellaria. D. Juan Pons y Soler y D. Francisco Martorell y Peña estu- 
diaron los talayots, navetas y altares; D. Rafael Blasco hizo un mapa arqueo- 
lógico de Menorca, y el archiduque Luis Salvador de Austria es autor de 
importantísimas publicaciones, que son una enciclopedia geográfica del archi- 
piélago balear. 

Las tatdas tienen la forma de un hemiciclo; en su centro hay una columna 
voluminosa y más alta que las otras, que está destinada a sostener una gran 
losa rectangular. Los talayots o atalayas, siguiendo a Quadrado, son torres circu- 
lares de cincuenta palmos de altura, cónicas por lo común, cubiertas con plata- 
forma de piedras chatas, sobresaliendo, en el centro de algunas, una pilastra, 
objeto de singular acatamiento. A muchas se subía por una escalera espiral, de 
salientes gradas por fuera; las piedras eran de longitud descomunal y los muros 
de gran espesor. Hübner las considera sepulturas, aunque hasta el presente no se 
haya encontrado en ninguna de ellas urnas ni huesos. Las naits o navetas tienen 



Í59 



JllSlOKlA DE ESPAÑA 




p||í<í^..v/-' 



Fig. 67. — Talayot en el predio Torelló, a cinco kilómetros de Mahón. 



semejanza con un barco que tuviera la quilla invertida; son osarios, y el plan y 
los detalles de la cripta indican su carácter fúnebre -''^•'. 

Pueden citarse, entre cien, Aa Vela de Son Hereiiet, cerca de Felanitx; La 
Mola de Felanitx, en la isla de Mallorca; Santa Rosa y Son Carla, c^xca. de 
Cindadela, y Torelló y Curnia, próximos a Mahón (figs. 67 y 68), en Menorca; 
estos recintos están construidos con bloques enormes, toscos e irregulares, yux- 
tapuestos y superpuestos con cuidado. Son notables la habitación llamada Torre 
ífen Calmes, próxima a Alayor (Menorca); la galería, en ruinas, de San Adeo- 
dato, al S. de San Cristóbal (Menorca), y el gran pilar del monumento principal 
de la Torre Trencada, al lado de Cindadela (Menorca). El más grande de los ta- 
layots conocidos es el de Son Morell, junto a Alcudia, y el pico de Farruitx 
(Mallorca). En Menorca existen, además, entre otros, los talayots de San Agusti, 
cerca de San Cristóbal; el de Torre Xova de Lozano, al X. de Cindadela. Navetas 
importantes son la llamada ñau deis Ttidons, en el camino de Mahón a Cinda- 
dela; la de Rafal Rubí y Sotí Mersé de Baix, cerca de Ferreiras, ambas en Me- 
norca, y la de Calviá, al N. de Palma. 

Pasando al continente, en el NO. y centro de la península están los ejem- 
plares de la antigua escultura ibérica, produciendo monstruos inocentemente 
bárbaros y rudimentarios, llamados becerros; de esta categoría son los Toros 
de Guisando (fig. 75) y los Cerdos de Avila. Existen otros en el valle supe- 
rior del Tajo, desde Toledo hasta Talavera, y en la vertiente septentrional 
de la sierra de Guadarrama, en las regiones de los velones, carpetanos y aré- 
vacos; D. Aureliano Fernández Guerra fija el número de 360 y la lista es 
incompleta. Algunos animales llevan inscripciones, como uno de los de Gui- 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



líl 




Fig. 68. — Talayot en el predio de Cumia, a unos cinco kilómetros de Mahón. 



I 



sando, otro de Avila, uno de los cuatro de Torralba (figs. 72 y 74), cerca de Ta- 
layera de la Reina, y el de Coca, en la provincia de Segovia. Uno de los más in- 
teresantes es el puerco de Durango, próximo a Bilbao, llamado el ídolo de Mi- 
queldi, que tenía también, en sus tiempos, un epígrafe, hoy desaparecido. Creen 
algunos que servían para delimitar el territorio; Hübner opina que son monumen- 
tos funerarios, así como si fueran animales que custodiaban las tumbas; el ídolo 
de Miqueldi tenía un disco entre las patas. Las inscripciones son latinas. 

Otras esculturas de esta época son los guerreros ibéricos encontrados en 
Portugal, como el lusitano de Villa Pouca de Aginar, el del Palacio Real de 
AJuda, el de Vianna y el de San Jorge de Vizella; el Hércules de las Domi- 
nicas de Segovia, que ha querido compararse a los guerreros lusitanos, es, se- 
gún el Sr. Mélida, un ángel colocado posteriormente sobre un becerro ibérico. 
En las minas de Palazuelos, poco distantes de Linares, hay toscamente es- 
culpidos unos mineros, y en Pcñalba de Castro (Clunia) existe un curioso 
fragmento representando, sobre un cipo circular, un toro caminando hacia un 
guerrero, armado de escudo y espada. 

De la misma serie es el idolillo encontrado en las murallas de Sigüenza, el 
bajorrelieve de Olesa (la antigua Rubricata), cerca de Mataró; las estelas de As- 
querosa y Molino del Rey, en el Museo de Granada; la cabeza ibérica de Car- 
mona (Museo Episcopal de Vich) y los fragmentos de Rcdován, próximo a 
Orihuela (Museo del Louvre). 

Pero en tierra levantina y en el E. de España aparece floreciente un arte 
ibérico cuyos hallazgos, sitios y producciones, hemos de enumerar ahora. En 



152 



HISTORIA DE ESPAf^A 




Fig. 69.— Cabezas de toro en bronce, encontradas en Costig (Mallorca). 



Balazote, a 30 kilómetros al SO. de Albacete, se descubrió la famosa Bicha 
que lleva su nombre; es un monstruo con cuerpo de animal y cabeza hu- 
mana (fig. 70). 

Un cuerpo de toro se ha descubierto en el terreno llamado (ül escultor 
de Agost, cerca de Novelda (Alicante); este objeto fué regalado por don 
Francisco Castalio, dueño del campo, a D. Pedro Ibarra, arqueólogo e historia- 
dor de Elche. Don Pascual Serrano, maestro de Bonete, descubrió, en el llano 
de la Consolación, un Pegaso, y Pedro París encontró una esfinge abandonada 
en un muro de un despoblado, distante algunos kilómetros del mencionado pue- 
blo de Bonete y no muy lejos de la alquería nombrada La Mata de la Estrella 
(Albacete). Otras dos esfinges se han encontrado en Agost, otras dos en Salobral 
y una cabeza de piedra en Redován, cerca de Orihuela, regalada por Engel al 
Museo del Louvre. 

En el Museo de Valencia se halla la conocida esfinge de Bocairente, que pro- 
cede de la loma de Galbis, muy próxima a Bocairente, de un campo de D. Vi- 
cente Calabuig y Carra, catedrático de la Universidad de Valencia. Curiosos son 
también un lobo devorando a un cordero, de las ruinas de Cartrvna, y el frag- 
mento de toro conservado en el Museo de Murcia y procedente del llano de la 
Consolación. 

Pero nada más interesante que las tres enormes cabezas de toro, en bronce, 
halladas en Costig (Mallorca) y compradas, gracias al celo de D. José Ramón Mé- 
lida, y a la protección de D. Antonio Cánovas del Castillo, para el Museo Arqueo- 
lógico de Madrid (fig. 69). Don Bartolomé Ferrá, director del Museo Arqueológico 
Luliano, ha dado a conocer otros tres cuernos simbólicos; proceden : uno del Ca- 
serío de los Concos, otro de los monumentos ciclópeos de Lliicamar, término de 
San Lorenzo, y el tercero de la costa marítima de Valldetnosa, que hoy pertene- 
ce a la colección del marqués de Vivot, en Palma. En Son Retís, no lejos de 



Lámina IV 




Busto de sacerdotisa ibérica, llamada la Dama de Elche. (Museo del Louore.) 



H. deE.-T. I. 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



153 




Fig. 70. — Bicha de Balazote. (Afuseo Arqueológico de Madrid.) 



Cos/i'g-, un labriego re- 
cogió un cuerno pare- 
cido a los famosos; el 
conde de la Mármora 
dice haber encontrado 
otro cuerno en el talayot 
de Son taxcquct, térmi- 
no de Llnchmajor, y 
Ernesto Canut posee un 
pequeño toro de bronce 
encontrado en el campo 
de Son Cresta, también 
en Lluchmayor. 

El descubrimiento 
más portentoso es el del 
santuario de Monteale- 
gre, en el Cerro lie ios 
Síj nfos {Wh3iCñie)\ lás- 
tima que aparecieran, 

en un principio, confundidas las falsedades y objetos de dudosa procedencia 
con el oro de buena ley. Hoy se ha puesto en claro la superchería del relojero 
de Yecla, merced a los trabajos concienzudos de Emilio Hübner, León Heuzey, 
Arturo Enge!, Pedro Faris y nuestro Mélida. Grande es el número de reliquias 
artísticas de gran valor arqueológico, sobre todo esculturas, aun después de se- 
parado lo esi)úreo, de la gran colección existente en el Museo Arqueológico de 
Madrid. En cambio, hemos ¡)resenciado impasibles la emigración de la famosa 
Dama de Elche, adquirida por Pedro Paris para el Museo del Louvre. 

En el suelo de la Hética se siguen encontrando restos ibéricos (figs. 71 y 73). 
En 1833, en la iglesia del Cerro lie las Vírgenes, cerca de Baena (Córdoba), se 
halló una estatua muy semejante a otras del Cerro de los Santos; otra cabeza de 
sacerdotisa, al parecer, se ha encontrado en Itálica. Además, el elefante de Car- 
mona, el cipo de Marchena, los bajorrelieves de Estepa con guerreros ibéricos, 
son del mismo carácter artístico que las esculturas levantinas. Las estelas del 
7 ajo Montero, exploradas por D. Rafael Machuca y descritas por el ilustre epi- 
grafista D. Manuel Rodríguez Berlanga, son también muy notables. Pueden aña- 
dirse, a los anteriores descubrimientos ibéricos, el busto de Estepa, el ídolo de 
plomo de Jumilla, el ídolo de bronce de Larrumbe o de Gulina, los monstruos 
femeninos en bronce encontrados en Ubeda y la Venus ibérica de Almendralejo. 



Hemos de exponer ahora una clasificación, siquiera sea provisional, acep- 
tando la del ^catedrático de Barcelona, Sr. Bosch y Gimpera. El bronce avan- 
zado tiene una representación admirable en la civilización baleárica de talayotes, 
navetas, taulas y recintos. La primera Edad del hierro está representada en los 
sepulcros de Almena, en las cuevas de Logroño y en las necrópolis catalanas 
(Punta del Pi, Vilars, Can Roqueta y Can Missert); esta fase hispana se pro- 

HISTORIA DE ESPARa. — T. I. — 20 



154 



HISTORIA DB ESPaSa 




Fig. 71.— León ibérico de Baena. {Museo Arqueoiógíco Nacional.) 



longa hasta el 630 (a. 
J.C). Luego aparecen 
los puñales de herra- 
dura <\c dalicia Y de 
Cantabria, y el tijKj de 
la necrópolis catalana 
de Anglés. Comi)rende 
la sejjunda Kdad del 
hierro es[)añol desde el 
año 500 hasta la con- 
quista romana (133), 
con dos subperfodos, 
alcanzando el primero 
hasta la conquista car- 



taginesa (300 a. de J.C.)- t)e los primeros tiempos es el fenómeno de la pro- 
longación del Hallstatt en el centro de la península, con la necrópolis típica 
de Aguilar de Anguita y la evolución tipológica del [juñal de antenas; contempo- 
ráneas son las necrópolis de Gibrella y Peralada (Cataluña), hallándonos en 
plena época de La Téne L Entramos en La Téne II con la necrópolis de Arcó- 
briga, probablemente coetánea de los poblados ibéricos de Mazalcón y Tossal 
Redó (Calaceite). De la misma época son los poblados ibéricos de Meca, Klche, 
Amarejo y Osuna y las necrópolis de Archena, Villaricos, Carmona y Alme- 
dinilla. Los santuarios del Cerro de los Santos, de Castellar de Santisteban y 
Despeñaperros^ pertenecen a esta fase, como también el tesoro de jávea y Tarra- 
gona y r Aigucta. Coincide la civilización mencionada con la iberización de toda 
la península, comprendiendo, según Bosch, desde el siglo v al iv y terminando con 
la conquista cartaginesa. El siglo iii se distingue por una capa helenística y por 
la pobreza de la cerámica ibérica. De este tiempo son las necrópolis de San Felío 
de Guíxols y de Cabrera de Mataró; el poblado de Puig del Castellar, Sidamunt, 
San Antonio (Calaceite), La Zaida, Belmente, Luzaga, Molino de Benjamín 
y Numancia. En el siglo 11 acaba el florecimiento de la cultura ibera con la 
toma de Numancia (133 a. de J.C). 



Civilización ibera.— Eran los 

iberos, y en particular los celtíberos, 
de estatura mediana y morenos de 
cutis, ágiles y nervudos, resistentes 
y sufridos en la guerra. De su color 
habla Tácito, llamándolos colorati 
vultus, para distinguirlos de los cel- 
tas, que eran más blancos; Manilius 
hace resaltar que eran enjutos de 
cuerpo, comparándolos con los cor- 
pulentos germanos. Plinio consigna 
su frugalidad, de que hoy perdura 
el ejemplo en nuestro soldado; Plu- 
tarco se refiere a la misma cualidad 




riT. AtKU9 



Fig. 72. — Edad del hierro. Torralba de Oropesa. — 
Cerdo o verraco de piedra berroqueña. (Arte ibé- 
rico y epigrafía romana.) 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



155 




Fig. 73. — León iJ>éríco de piedra caliza, de Baena. 
( Museo Arqueolóffico Nacional.) 



hablando de los lusita- 
nos, Silio lo dice de los 
cántabros y Dion Cassio 
de Viriato. Eran fuertes 
y valientes, siendo los 
que poseían estas virtu- 
des en mayor grado los 
celtíberos, sujjeriores, 
no sólo a los celtas, sino 
a los romanos y aun a 
los bereberes; sobresa- 
lían también sobre los 
demás grupos ibéricos, 
siendo más esforzados 
que los turdetanos, que 
se hicieron defender 
por ellos, y más valerosos que los mismos lusitanos. Schulten dice de los celtí- 
beros que eran candidos, orgullosos, fieles, hospitalarios y agradecidos, pose- 
yendo un gran anhelo de libertad y una decidida aversión a la civilización ex- 
tranjera; siendo, además, indolentes, torpes y adustos, contrastando con sus 
cultos hermanos del S. y del E. El tipo ibérico era dolicocélalo **''. 

Vivían en burgos (castella, turres) y nada hay tan característico de los ibe- 
ros como el sinnúmero de fortalezas pequeñas y mínimas que se hallan por 
doquiera; estos cas iros se hallan entre los celtíberos y en el resto de España. 
Al lado de sus acostumbradas residencias, de los pequeños burgos, tenían los 
celtíberos algunas grandes ciudades, mejor dicho, poblados, pues en la nece- 
sidad extrema huía toda la tribu a estos grandes anillos de murallas, que se con- 
vertían así en último baluarte de la defensa nacional. Los burgos, y especial- 
mente los burgos poblados, estaban fuertemente fortificados, como vemos en 
los muros de Xumantia, de seis metros de grueso, y en las murallas de la ciudad 
ibera de Monreal de Ariza, provistas de torres y de puertas ingeniosamente de- 
fendidas; en BilbilisXos muros esta- 
ban cuidadosamente acondiciona- 
dos, como también en Ventosa de 
la Sierra, y características son las 
murallas de Termaníia, muy artísti- 
cas y provistas de dos galerías so- 
brepuestas; murallas de piedras gi- 
gantescas, construidas con cantos 
sin labrar, rodean las fortalezas de 
Arévalo y Calatañazor. Además de 
sus defensas artificiales, las ciuda- 
des iberas se hacían inexpugnables 
por su ventajosa situación en alturas 
escarpadas. Tertnantia está en una 
Fig. 74. Edad del iiierru. Torraiba de Oropesa. - roca sólo accesible por un lado; en 
Cerdo o verraco de piedra berroqueña. ( Arte ibé- ,^ . , ^ 

rico y epigrafía romana). Aumatilta el frente de ataque está 




f 150 HISTORIA DE ESI'ASa 




Fi|í. 75. - Los turub de üuiiaiid' 

limiuulo ¡tor los rí(js Duero y Mcrdancho, al E. de la cuiáad, y liilüilis, Utilts, 
Scs^ON/ia y Uxania son \ crdaderos nidos ro(|uer(íS. La disposición interior de las 
ciudades apenas podemos colegirlíi en los datos suministrados por las excavacio- 
nes de Niimantia: ('■sta tenía las calles empedradas, con una red comijletamente 
regular, (juc recuerda la citania de Brilciros. l'arte de la ciudad numantina estaba 
construida sobre terrazas, como en la Celtiberia Citerior, cerca de Calaceite (pro- 
vincia de Teruel), y en la costa E., en Puig del Castellar, cerca de Barcelona 
(fig. 6G). La casa de los numantinos tiene 12 m. de largo y 2 a 3 m. de ancho, y 
consta de sólo tres habitaciones de 2 V« a 3 m. de ancho y largo, notoriamente 
muy bajas; la anterior, que da a la calle, contiene la bodega, de 2 m. de honda, 
que, como muestran los grandes recipientes que hay en el suelo, era la despensa; 
el cuarto del centro es la cocina y el de atrás serviría de dormitoricj. La bodega 
era el cuarto más importante y servía al mismo tiempo de habitación de invierno, 
y las numerosas pesas de telar demuestran que los celtíberos la utilizaban como 
sitio para hilar sus mujeres. El menaje es primitivo: molinos de man<j para tritu- 
rar el grano, vasijas, especialmente hemisféricas, para conservarlo, algún utensi- 
lio de hierro y casi ninguno de bronce. Este es el tipo de la casa celtíbera, pues 
la meridional ibera es más aireada y menos subterránea ^^^ La alimentación prin- 
cipal de los celtíberos era, según Poseidonios, la carne; confírmase esto por los 
montones de huesos encontrados en las cabanas de los numantinos. El pan repre- 
sentó, en el N., un papel secundario, siendo, en cambio, la base de la alimentación 
en el Mediodía. La bebida local celtibérica, extendida también por Lusitania y 
el NO., es la llamada ccerca o calía, que se fabricaba de trigo fermentado. Des- 
cribe su fabricación un hijo del país, el español Orosio. Posidonio refiere que los 
celtíberos importaban vino de la costa oriental y mezclándolo con miel preparaban 
una bebida dulce. Schulten sostiene la relación que existe entre la ccelia y la ccr- 
vtsi'a céltica, deduciendo que ambas son bebidas celtas 2^-. 

En cuanto al vestido, tienen una prenda característica, el sdgiim, del cual 
hablan Poseidonios y Appiano; era una capa sujeta sobre el pecho, de color ne- 
gro, sin mangas, con una pelerina, y abierta por delante, como la clámide, sin 
duda alguna el origen de la capa española. El ságiim se ve representado en los 
relieves de Osuna , en las muñecas votivas ibéricas de Despeñaperros ^^^ en la 
Hispania de la loriga del Augusto Vaticano y aparece en la columna de Trajano 
llevado por la caballería española. Scipión Emiliano llevó el ságiun en la campaña 
celtíbera; más tarde fué adoptado por las legiones romanas. Sobre el cuerpo He- 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



157 




Fík. 70.— Sepultura de una sacerdotisa del Sol? en la necrópolis celtibérica de Arcóbriga. (Cerralbo. ) 

vahan una túnica de lino con listas de púrpura, que aparece indicada para los 
mercenarios celtíberos de Hanníbal (guerreros de Osuna, trofeo de las monedas 
de Carisio y Celio, estatuillas ibéricas, en un torso de Elche, guerreros lusitanos, 
monedas de Augusto, Galba, Vitelio y Vespasiano, columna de Trajano). I^s 
celtíberos usaban una especie de polainas de lana. No se mencionan los calzones, 
ni entre los iberos del S. y E. ni entre los celtíberos. En Numancia se ha encon- 
trado la huella, en arcilla, de un pie cubierto con sandalia, que debía ser de 
suela gruesa y estar artísticamente sujeta con cintas que llegan hasta la rodilla; 
parece ser que ésta sea la primera forma de la alpargata y de la antiquísima 
abarca de Soria. Se tocaban con una gorra de piel, mencionada por Appiano; las 
mujeres usaban un pañuelo sujeto con una montura de hierro delgado de casi 
una vara de alta (fig. 76); éste puede ser el origen de la peineta y de la mantilla 
española (estatuas del Cerro de los Santos con tocado puntiagudo en forma de 
pan de azúcar )-i^. Según los testimonios de Tácito (torli crines), Catulo, Luciho 
y Marcial, los hispanos, y en particular los celtíberos, eran de abundosa cabellera 
y no era familiar, entre ellos, el arte de afeitarse. Las mujeres daban un gran va- 
lor a un talle esbelto y gustaban de vestidos polícromos. Curioso es el testimonio 
de Poseidonios cuando habla que los celtíberos se lavaban el cuerpo y los dien- 
tes con orines viejos, costumbre repugnante que también se halla entre los vac- 
ceos, y por Strabón sabemos que la tenían asimismo los cántabros. En las tribus 
del S. y del E. no encontramos esta costumbre y piensa Schulten que esto puede 
ser porque substituían con aceite el í7<,'7/í7 de tocador de los septentrionales, que 
no tenían aceite. En cuanto a los adornos, gustaban de los brazaletes, como los 
celtas, y es posible que su uso provenga de las tribus celtas; el mismo nombre de 
Viriato pudiera proceder de vine (íorques de guerreros lusitanos, estatuillas de 
Despeñaperros, en las monedas celtibéricas, citado en Sátiras menípcas de Ya- 



158 



HISTORIA DE ESPAÑA 




riún). r-In la necrópolis de A^uilar dr An^juita se han en- 
( «mirado unos curiosos ornamentos de l)ronce repujaiio 
«liie el marqués de Cerralbo supone pertenecieron a ré- 
gulos celtíberos (figs, 77 y 78). Para sujetar el stíj^tmi usa- 
ban y/^/zA/.v ( fig. 79); en Numancia se encuentra una es- 
1 >ccie orijíinal de fíbula con una abrazadera en forma de 
jinete, de caballo o de toro; se halla también la fíbula anu- 
lar muy extendida por toda España; la especie numantina 
es frecuente entre los vacceos. Hay asimismo otras for- 
mas de la época de La Téne *'*. 

Respecto a las instituciones económicas, representa 
(1 papel principal la ganadería, a causa de su alimentación 
carnívora. Los vacceos eran agricultores, así como piensa 
Schulten que los primeros habitantes celtíus de la meseta 
eran pastores. Se labraba la tierra con el Irtbiilum (trillo), 
que Varrón describe prolijamente; el trigo se guardaba 
en graneros altos (hórreos) y se molía con pe(|ueños mo- 
linos de mano y también con las piedras trituradoras 
prehistóricas. Iberos y celtíberos 
eran cazadores, como lo prueban 
los numerosos cuernos de ciervos 
y corzos, colmillos de jabalíes sil- 
vestres y otros restos de ganado 
encontrados en Numancia, Marcial 
elogia la caza, no como romano, 
sino como hijo de Celtiberia, y en 
tierra celtíbera, en Clunia, se en- 
contró un poema sepulcral en que 
se menciona la caza de ciervos y 
jabalíes. La caza no era sólo un pasatiempo, sino una ne- 
cesidad económica que completaba los mezquinos rendi- 
mientos de la agricultura. 

Entre las industrias sobresalía la del hierro, por el 
gran desarrollo adquirido en la fabricación de armas, so- 
bre todo en la Celtiberia Citerior, pues allí estaban Btlbilis 
y Turiaso, al pie del Moncayo, rico en hierro y junto a 
los ríos Jalón y Queiles, a cuya fina agua se atribuía la 
propiedad de templar el hierro; las armas encontradas 
en Aguilar de Anguila (Celtiberia Citerior), particular- 
mente las espadas y lanzas, primorosamente trabajadas, 
y las lorigas artísticamente adornadas, justifican el elogio 
que los antiguos tributaban a los armeros celtibéricos. La 
gran cantidad de plata, de que habla Poseidonios, indica 
una minería extendida. Mucha importancia tuvo la indus- 
tria alfarera, sobre todo en Numancia, el suelo diluvial de 
la tierra les daba una excelente materia prima, y las imi- 
taciones de modelos griegos y galos son a veces muy 



Fii amentos en 

biiMin.- ivpujado de se- 
pulturas de régulos cel- 
tiberos hallados en la 
necrópolis de Aguilar 
de Anguita. Siglo v al 
IV a. de J.C. (Cerralbo.) 




Fig. 78. — Ornamentos en 
bronce repujado de se- 
pulturas de régulos cel- 
tíberos hallados en la 
necrópolis de Aguilar 
de Anguita. Siglo v al 
IV a. de J.C. (Cerralbo.) 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



159 



' Hf^ ^ 


Y 


-▼; 


r ¿¡jf\ ^ 


9f 


(1\ r* 


é-i'^ 




1 «^ -^ J 


r--i^j^ 


T« 


<Q» *^^ 




> 


(g^vr. J^ 



Fig. 79. —Tipos de fíbulas encontradas en la necrópolis 
celtibérica de Arcóbriga, Zaragoza. ( Cerralbo.) 



artísticas. Se encuentran 
ejemplares con dibujo 
geométrico sencillo, ins- 
p irado en prototipos 
griegos arcaicos, y otros 
con representaciones 
humanas, como la de un 
dios con cuernos de 
ciervo ; 1 a representa- 
ción numantina mas fre- 
cuente es la del caballo 
y luego la del conejo; 
el reino de las aves está 
representado por el di- 
bujo de un nido y en él 

un pájaro incubando tres huevos; también se ven peces estilizados geométrica- 
mente. Con arcilla hacían trompetas y cajas redondas, parecidas a un tambor 
de botánico. Era valiosa la lana, con la cual elaboraban capas; abundaban los 
caballos y muías. Del comercio podemos decir que, si en la Celtiberia Ulterior 
no ha faltado alguna industria, sin embargo, no tenían espíritu comercial; de los 
mismos iberos decía Filarco que, a pesar de sus riquezas de oro y plata, lleva- 
ban una vida sencilla. Los celtíberos citeriores comercian con los focenses •^^. 
En lo político, es marcada la diferencia entre las tribus del S. y de la costa 
oriental en relación con los celtíberos de la meseta. Los iberos meridionales y 
levantinos parece ser que tuvieron reyezuelos; en cambio, Schulten declara la 
incompetencia política de sus hermanos del centro de la península. Sólo en época 
de guerra elegían un caudillo, que cesaba en el mando pasado el peligro; en las 

comunidades celtíberas los jefes de fami- 

^ lia constituyen a un tiempo gobierno y 

V a comunidad, mencionándose en Segeda, 

4. m. il donde uno de ellos es nombrado caudi- 

^1^^^^ _ ^^^ lio, y en Lutia y en Be/geda; el máximas 

^^^^^^^^^^^^^^^^ natus habla el primero en una embajada 

de los lusones. Como en todas partes, 
los ancianos representan la precaución y 
en la guerra son el elemento pacificador, 
que contiene las impetuosidades de la 
juventud, como en el caso de Lidia y 
Belgeda, en que aconsejan la sumisión, 
en contra del parecer de los guerreros 
jóvenes, que quieren la guerra con Roma. 
Al ser la reunión de los jefes de familia 
representan una institución esencial- 
mente democrática ; los historiadores nos 
hablan de la comunidad de Cauca, que 

^. ^„ „ . lleva a Lúculo su sumisión, y al hablar 

Fig. 80. - Broches aaa di J 

de la primera^Edad del hierro. (Cerralbo.) de la comunidad de Belgeda se consigna 




i6o 



HISTORIA L»E ESI'A.NA 




Fig. 81.— Sepultura completa de guerrero ibérico, 
en Ta necrópolis ibérica de Aguilar de Anguita 
(siglo V a. de J.C.). ( Cerralbo.) 



(JUC* se rCUniíili «n un.i i>j)ri n- ii«- La>«t 

consistorial. Ks la de los anciunoH una 
instituci('in ilx'rica jjeneral, pues se 
encuentra también en las tribus de la 
costa oriental, pero aquí aparecen 
junto a los reyes y príncipes; l<js an- 
cianos más distinguidos se llaman 
príncipes, así, por ejemplo, un prín- 
cipe de los n unían ti nos es Kelójjene». 
Livio nombra muchos régulos ibéri- 
cos, como Indibilis, rey de los ilerge- 
tes; Amusicus, de los ausetanos; 
Kdvsco, de los lacetanos, y Cnlrhan, 
de los turdetanos. Entre los caudillos 
para caso de guerra son conocidos 
el segedano Karos y sus compatriotas 
Ambón y Imuóh, y después Litainón. 
Su autoridad debió ser muy limitada, 
pues carecían de potestad punitiva 
y su poder descansaba en la conñanza 
del pueblo; no sólo tienen que dirigir 
las operaciones militares, sino que 
también conciertan tratados con el 
enemigo, pero sólo por encargo de la 
comunidad -•'. Lo peculiar entre los celtíberos es el atomismo de sus comuni- 
dades independientes; cuando el año 152 los celtíberos negocian con Roma la 
paz, cada ciudad envía un delegado o embajador, y ciudad por ciudad se deja 
entrar a los diputados; la tabla de bronce de Luzíiga parece contener un tratado 
entre nueve ciudades y Agreda. De la organización de la gais celtibérica no se 
conoce nada; en una tésera de hospitalis, que dice: 
Caisaros Cccciq (tim) pr. Argailo, quizás el //'. 
puede interpretarse princeps, o sea el anciano que 
está al frente de la gcns; como dedicantes y cor- 
poración parecen nombrarse dos tribus astures en 
una inscripción del Corpus; en otro documento, 
dos gcntilitatcs de la tribu de los zcelcB celebran un 
tratado de hospititim, en que más tarde se aceptan 
también miembros de otras tribus. Xo sólo las ciu- 
dades, sino probablemente las aldeas de gentes han 
sido municipios independientes o pequeños Esta- 
dos. Aparte de las localidades y comunidades gen- 
tiles no hay una unidad política superior; los celtí- 
beros se unen ante el peligro y se vuelven a separar 
después de la guerra. En tanto que en la costa 
oriental los nombres de las tribus se encuentran 

en las monedas, y en las noticias de la guerra se F'g- ^2. - Filjuia singular de la 

1 • j j ' necrópolis celtibérica de Cla- 

nombran mas las tribus que las cmdades, oímos ha- res (Guadalajara). (Cerralbo.) 




LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



l6l 



blar entre los celtíberos 
más de las ciudades que 
de las tribus^^". Una 
reunión de varias tribus 
celtíberas ocurre raras 
veces, y una confedera- 
ción, como la lograda 
por Vercingetorix, en 
Gallia, nunca. 

Entre los vacceos 
existe una especie de 
comunismo agrario, y 
de aquí deduce Schulten 
una política; distribuían 
su tierra comunal de año 
a año, de modo que cada 
ciudadano recibíaanual- 
mente una parcela dis- 
tinta; al municij)io co- 
rrespondía la propiedad 
de la tierra de labor y 
de los frutos, y, por el 
contrario, a los particu- 
lares tocaba sólo parte 
de la cosecha , teniendo, 
en cambio , el deber de 
labrar la tierra. Se cas- 
tigaba con pena de 
muerte la alteración de 
esta propiedad comu- 
nal, por arbitraria apropiación de frutos. De sus instituciones civiles poco se 
sabe. Sospechamos había monogamia y se dice que las muchachas elegían por 
esposo al joven más valiente; en el relato numantino se refiere la historia román- 
tica de los jóvenes que pretenden a la misma muchacha {De Viris illuslñbus). 
Dice Schulten que, como entre los demás iberos, la mujer comparte el trabajo del 
hombre. Parece que entre los numantinos existía la esclavitud. 

Uno de sus entretenimientos era la danza, acompañada de una música ruda; 
el baile de los bastetanos y lusitanos lo describe Strabón como una danza en la 
cual los hombres forman una cadena y suben y bajan al compás del sonido de 
la flauta y de la trompa o del cuerno; según Schulten, esta descripción conviene 
con \di sardana (aurrcsku vasco). El mismo autor sostiene que Id Jo/a es una 
danza celtibérica antiquísima, coincidiendo con lo que Poseidonios dice de la 
danza lusitana. Había también danzas guerreras entre los galaicos y lusitanos 
{espatadantzaris de las provincias vascas). Antes de entrar en combate ento- 
naban cánticos béUcos. En una estela de Clunia aparece un hombre armado con 
espada y escudo redondo luchando con un toro; si la estela es arcaica, sería una 
prueba de la antigüedad de la lucha de los celtíberos con el toro. 




Fig. 83. — Diferentes clases de bocados y filetes hallados 
en la necrópolis celtibérica de Aguilar de Anguita. ( Cerralbo.) 



HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I.— 21. 



1 62 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fig. 84. — Algunas de las herraduras que 
se hallaron en la necrópolis celtibérica 
de Agullar de Anguita. (Cerralbo.) 



1^ ocupación favorita de los iberos era 
la guerra, y í)or esto, en lo que a ella se re- 
fiere, tenemos mayor número de datos. I^o« 
hispanos de las primeras edades se distin- 
guían, en general, jxjr su valor, y así dice 
Strabón de un vettón que se mofaba de lo» 
soldados romanos porque se paseaban fxjr 
el campamento; no hace mucho se encontró, 
en Roma, un documento en el cual se con- 
cede el derecho de ciudad a un escuadrón 
de caballeros celtíberos por su valor*". Su 
sistema de guerra es bien conocido; no les 
agrada el combatir en campo abierto, siendo 
injusto Mommsen cuando dice que nunca 
fueron tranquilos en la ]>az ni valientes en 
la guerra. La estrategia de los lusitanos y 
celtíberos era la emboscada, y célebre fué su 
sistema de guerrillas y las escaramuzas (V¡- 
riato y Sertorio). Su caballería luchaba a pie 
y a caballo, armada a la ligera con dos lan- 
zas, yelmo metálico y escudo redondo (figu- 
ras votivas de Despeñaperros); después de los númidas era la mejor caballería 
del mundo. La Turma Salhtitana obtiene un singular honor en la guerra de los 
7narsos y en la época imperial había dos al<B Arri'Monun. Las tumbas de los ji- 
netes de Aguilar de Anguita nos han 
dado preciosas indicaciones sobre la 
caballería celtibera; por ellas sabemos 
que conocían la herradura, todavía 
ignorada por griegos y romanos (figu- 
ra 84), y para sujetar al caballo sal- 
vaje le ponían una argolla movible 
de hierro, usando diferentes clases de 
bocados (fig. 83). Al parecer usaban 
un sillín, como se ve en el jinete de 
Falencia 220. En la infantería, hay los 
que llevan espada y escudo largo 
celtíbero (scutati) (fig. 85), y los que 
tienen lanza y escudo redondo y pe- 
queño (cíztrati)': la manera de lu- 
char la infantería hispana está des- 
crita en los libros de César, Livio 
y Appiano, que explican su alterna- 
tiva de ataque y huida y su empuje 
en grandes masas {cuneus). Tenían 
cantos de combate y una danza gue- 
rrera f/n/>«¿//«;«) se menciona entre _ . .^ . . 

^ -^ . , Tx 'u 1 Fig. 85. — Relieve ibenco. 

los mercenanos de Hanmbal, y la en- ( Museo Provincial de SecUía.) 




LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



163 




Fig. 86.— Casco celtíbero de bronce. (Cerralbo.) 



contramos también entre los turde- 
tanos y lusitanos. Los caudillos luchan 
con un séquito que ha jurado no so- 
brevivir al jefe, son los llamados sol- 
durii o devoti (Servio, Valerio Má- 
ximo, Plutarco, Strabón y Dion Ccis- 
sio). Antes de la batalla avanzan y 
desafían a combate singular: Q. Oc- 
cius, del ejército de Metellus, venció 
dos veces a un caudillo celtíbero; 
Mario, ante Numancia, luchó con un 
guerrero his])ano, y Scipión Emiliano tuvo, en guerra con los vacceos, un duelo 
semejante **^ Su constancia es grande en la defensa de las ciudades (Sagunto, 
Numancia), pero el afán de combatir y el espíritu de rapiña es peculiar de las 
tribus celtíberas, y de ello tuvieron que sufrir los carpetanos, edetanos, auseta- 
nos y tribus del Ebro. 

Conocemos bien sus armas. El arma de ataque es la espada, descrita por 
Polibio, el famoso gladiits Itispanicnsis, que adoptado por las legiones, ha con- 
quistado el mundo; ejemplares notables de espadas se han encontrado en las 
excavaciones de Termantia, hechas a expensas del conde de Romanones; tam- 
bién se hallaron en Numancia y en las tumbas de guerreros de Aguilar de An- 
guita, descritas por el marqués de Cerralbo;. en Almedinilla (junto a Córdoba), 
y en las tumbas del SE. de la península, exploradas por los hermanos Siret ; se 
ven, además, en los guerreros de Osuna, en la placa de oro de Cáceres, en las 

estatuillas de Albacete, Murcia y Des- 
peñaperros, en la del guerrero de El- 
che y en los trofeos de las monedas 
de Celius. El tipo de la espada es el 
hallstattiano moderno, o sea que en 
lugar de ser de bronce es de hierro; 
opina Schulten que los iberos debie- 
ron tomarla de los celtas. En el S. y 
en el E. se encuentra el sable; ejem- 
plares se hallaron en Almedinilla, 
cerca de Cuevas de Vera (Alme- 
ría), junto a Granada (colección Gó- 
mez Moreno), y en un lugar próximo 
a Amarejo (Albacete); se ve en una 
estatua de Elche y en ios relieves de 
Osuna y en las monedas de Carisio, 
vencedor de astures y cántabros. En 
territorio cántabro posee el marqués 
de Comillas originales de esta arma, 
encontrados en tierra ibérica; aparece 
el sable llamado kopis en la moneda 
acuñada el año 36 (a. de J.C.) por 
Fig. 87.— Loriga celtibera. Marco Antonio, junto a Otros trofeos 




164 



HISTORIA Dt ESPAÑA 



ib(''ric(j>, y vorosimil 
mente se refiere a la 
victoria contra Sexto 
l'ompeyo, en cuyo ejér- 
( ito había muchos ibe- 
ros. Su procedencia e» 
levantina, i>ues la forma 
>e encuentra en vasos 
iiricgos desde el sii»Io vi, 
los lusitanos lo recibie- 
ron de los turdetanfís y 
de los lusitanos las tri- 
bus del NO. l*Ls el puñal 
otra arma ibérica ( Agui- 
lar de Anguila, Numan- 
cia, monedas de Carisio) 
(fig. 60). Usaban distin- 
tas clases de lanzas: la 
llamada de herir, la arro- 
jadiza, \diphalanca(\\er- 
^etes) y el soliferreum 
( Almedinilla, Sevilla y 
cerca de Granada); las 
excavaciones de Osuna 
han dado a conocer otro 
tipo de lanza en forma 
(le arpón. Los jinetes 
llevaban dos lanzas, una 
larga y otra corta; de 
los lusitanos lo dice 
Strabón, de los vacceos 
Appiano y de los astu- 
res y cántabros Dion 
Cassio (monedas de Ca- 
risio, lámina de oro de Cáceres, estatuillas de la colección Saavedra, procedentes 
de Murcia, monedas de Pompeyo, Carthago Nova y Galba). La honda, según 
Strabón, la emplearon astures, cántabros y galaicos, y fué el arma preferida de 
los primitivos baleares. Una clava arrojadiza se percibe en el jinete de las mo- 
nedas celtiberas de Hilances y además en las monedas halladas en las cercanías 
de Pamplona. La azuela de combate no se encuentra entre los celtíberos ^^^. Las 
armas defensivas son: el escudo redondo (Aguilar, Osuna, monedas de lUiberis, 
lámina de oro de Cáceres, monedas de Carisio, Celio y Galba), el largo (guerre- 
ros de un vaso de Archena); el yelmo,, que, según Diodoro, estaba adornado de 
plumas o hierbas rojas, la loriga (fig. 87) y el cinturón de armas. Tenían, además, 
trompetas y signa o banderas (relieves de Clunia, monedas con la inscripción 
Sebtusa). En Aguilar de Anguita se ha encontrado un casco celtíbero (fig. 86). 
Cuestión hasta el presente insoluble es la de la lengua ibera, a pesar de los 




l-ití. í>t). — Sepultura de un leie ceiiibero, en la necrópolis 
de Aguilar de Anguita. 
1. Serretón para domar los caballos. 2. Gancho que iniciaría la ca- 
denilla de barbada, inédita en Iberia. 3. Umbo del escudo. 4. Dos 
piezas que sirvieron como enganches para la correa del embrace 
o suspensión del escudo. 5. Anillo de fíbula hispánica. (Cerralbo.) 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



165 



esfuerzos de Erro^^ Hübner^**, Fita^^ó^ Simonet^^e, Schuchardt ^^7 y otros mu- 
chos. Hasta que la suerte nos depare una inscripción bilingüe o una piedra de 
Roseta y aparezca el Champollión de los estudios ibéricos, el enigma del pri- 
mitivo idioma de los héroes numantinos permanecerá indescifrable. En nuestros 
días, el catedrático Sr. Giménez Soler ha intentado reconstruir en parte el idioma 




Fig. 



Diadema de oro encontrada en Jávea. ( Museo Aroueoló/ficu de Madrid.) 



indígena por un argumento de exclusión, apellidando iberas todas aquellas 
voces que no pueden explicarse satisfactoriamente por el griego, fenicio, latín, 
xirabe y demás idiomas que debieron hablarse en la península *^. 

La moneda es, entre los iberos, un producto de influencia griega y su pri- 
mer tipo es el del Hércules llamado ibérico, con la clava, y luego el de una ca- 
beza con el delfín. 




Fig. 90. — Decoración del vaso de Archena. (Colección Vives.) 



El Arte y la Religión iberas. — Los sorprendentes descubrimientos de la 
pasada centuria y la mara\illosa aparición de estatuas, como la del cerro de los 
Santos y la dama de Elche, han dado lugar a una profusa bibliografía, en la cual 
han rivalizado en concienzudos estudios peninsulares y extranjeros. Interminable 
sería citar las obras de cuantos han tratado de arte ibero, pero hemos de inten- 
tar una enumeración aproximada de las monografías de los arqueólogos más 
distinguidos. De ídolos ibéricos tratan las producciones de D. Manuel de la 
Corte ^=í9,Mariátegui-3«,Trueba 231, Hübner^aá, Parassols 233, Mélida-'w, Paris^as, 

Gudiol-3«, Valverde de Perales -3', Serrano Fatigati-3^, Sampere y Miquel239y 
el Boletín de ¡a Comisión de Monumentos de Xavarra -*"^. El cerro de los Santos 
ha originado una copiosa bibliografía en la cual brillan los nombres de Riaño^^^ 



i66 



HISIORIA DE ESPAJÍA 




Fig. 91. - Fragmentos de cerámica negra, hallada 
en las excavaciones practicadas en Puig-Castellar (Cataluña). 



r^aa vcflra-*-, iJu jar- 
dín»*^ J. Menant"*, 
C. Lasalde ***, Serrano 
(iómez«<^Qu¡bel"^Sa- 
virón y Kstevan**", Kn- 
gel"», Rada y Delga- 
do**, Hübner»», Heu- 
zcy»«, París»*', Mélí- 
da***, Albertini *", Gon- 
zález Simancas *** y el 
reciente libro de Zuazo 
y I'alacios^^ También 
la dama de Elche ha te- 
nido admiradores que 
han investigado su re- 
mota génesis; se hallan 
Reinach*^, Pedro Ibarra 
Albertini 26«. De las lía- 



entre ellos: Javier Fuentes y Ponte***, Jamot**', T. 
Ruiz^ei, llübner262, Heuzey^ea, Paris^e^, Mélida^» y 
madas esfinges ibéricas han escrito Loricbs**!^, Amador de los Ríos'***, Waltz***, 
Engel*'?", Ibarra*", Heuzey*", Mélida"^ y Albertini*^*. Trabajos interesantes 
sobre becerros y otras esculturas ibéricas en forma de animales son los de Ota- 
lora *^*, Fernández Guerra ''*^'', Cabré y Aguiló*", Paredes =■'"^ Paris *^^ Leite de 
Vasconcellos -^, Monsalud*** y el publicado por el Instituí (T Estudis Catalans***. 
Sobre fortificaciones, denominadas por algunos ibéricas, han investigado Antonio 
Delgado ^**^, Parassols ***, Hernández 2**, Milá y Fontanals^''*, el conde de Ce- 
dillo *^', Engel *** y Vera *®^. Acerca de 
los hallazgos de Costig y de otros bron- 
ces ibéricos es imprescindible mencio- 
nar a Pereira*^°, Ridder*^^, De la Már- 
mora292, Fita 293, Reinach ^*, Bartolomé 
Ferrá295, Hübner^se, Dechelette 29', Pa- 
rís 298, Mélida 299, Hadé 300 y Watelin 30i. 
Estudios de cerámica ibérica muy apre- 
ciables son los de Heiss 302, Belchior da 
Cruz 303, Pijoan304, Pottier305, Siret30€y 
José Lafuente30''. Tratan de joyas y ob- 
jetos artísticos ibéricos las produccio- 
nes de Sentenach 308, Pujol y Camps309, 
Engel 310, Taillebois3ii, S. Reinach 3i2, 
Berlanga3i3, Dechelette3i4, ParisSi^, 
Mélida 316 y un artículo del Boletín de 
la Sociedad Española de Excursiones 
(1912)31''; particularmente del tesoro 
de Jávea (fig. 89) se ocupan Sentenach, 
Paris3i8, Mélida 319 y Tormo Monzó320. 

Atisbos de arqueología ibérica se 
hallan en las obras relativamente anti- Fig. 92. -Muralla ciclópea (Tarragona). 




LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



167 




Flg.93. <:..„......... _. ^ 

de Elche. {Museo Arqueológico Sacionaí.) 



guas de Lozano ^21 y Gómez Somorrostro ^--; 
preciosas indicaciones pueden encontrarse 
en los viajes artísticos de Bosarte ^^^ y conde 
de La Borde ^2*. De la escultura ibérica en 
relación con las orientales han escrito Bo- 
tarulP25^ Reinach326, Hübner^»»?, NavaP*», 
Mélida=*-'9, Paredes y Guillen ^^o^ Daubrée»»!, 
J. Martha-"-, Roso de Luna^^^ y hasta la 
Historia de Segovia, de Colmenares^**, que 
habla del pretenso Hércules del convento 
segoviano de las Dominicas. Obras genera- 
les muy de tenerse en cuenta son las de 
Lafond33\ Soromenho»»^, Pottier^a?, Pa- 
ris^^**, Mélida^*-* y los artículos de Engel**", 
Fita 3^^, A. Cagnieul^^- y de los mismos Mé- 
lida^a y París ^^^ 

Respecto a los diversos aspectos del 
arte apellidado ibérico hemos de advertir, siguiendo las atinadas observaciones 
de Mélida, que no se pueden comprender todas sus manifestaciones como facetas 
de un arte contemporáneo o sincrónico, como hace Pedro Paris, sino que son in- 
dudablemente los diversos períodos de un arte indígena que recibe distintas y 
sucesivas influencias del exterior y que comprende, en el orden del tiempo, des- 
de los comienzos rudimentarios de un arte quizás neolítico hasta la época del 
hierro, pasando por la floreciente civilización del bronce y llegando incluso 
hasta muy avanzada la dominación romana en nuestro suelo. 

Un hecho casi incuestionable es la aparición de un arte ibérico, contemporá- 
neo en España de la colonización griega y fenicia y tal vez recibiendo las influencias 
estéticas de Oriente. Probablemente debe contestarse de una manera afirmativa a 
la pregunta de Pedro Paris acerca de la preexistencia de ciudades ibéricas en Ge- 
rona, Sagunto y Tarragona (ñg. 92), 
colonizadas más tarde por pueblos 
aventureros y comerciantes. El mis- 
mo autor defiende que los muros ci- 
clópeos son indígenas, si bien pa- 
rece algo arriesgada esta opinión 
cuando modernamente se habla de 
influencias cretenses o egeas y hasta 
de invasiones pelasgas. Las navetas 
y los talayotes situados en la costa 
pudieron presentar probabilidades 
de construcción fenicia, pero su ana- 
logía con los nuragos de Cerdeña 
los aparta de la citada hipótesis, pues 
los nuragos nada tienen que ver con 
los fenicios. 

Fig. ÍH. - Exvoto de guerrero ibérico del siglo iv Pgdro Paris sostiene la tesis de 

del santuario de Castellar de Santisteban, en 
Jaén. (Cabré.) que el arte ibérico es indígena, pero 




1 68 



HISTORIA l^K Khí'ANA 





Fi(á[. !)5. liucrrero ibé- 
rico del SE. de Espa- 
ña. (Colección E. Saa- 
vedra.) (Museo Ar- 
queológico Nacional. ) 



F'm. 'Xi. Uuorrero ibé- 
rico del SE. de Espa 
fla. (Colección E. Saa- 
vedra. ) (Museo Ar- 
queológico Nacional. ) 



su ii])t»-iiui/.iji- Uj debr a su.s gran- 
des relaciones con Miccnas y Ti- 
rynto, como se demoestra por 
la studstika, los meandros y de- 
más adornos micenianos que se 
notan en los monumentos ibé- 
ricos; esto prueba que no imi- 
taron servilmente, pero sin duda 
se inspiraron en modelos orien- 
tales. Ya en época |M»sterior y 
clásica coloca Paris la influencia 
decisiva del arto t^rie^o en el in- 
dígena, probada por h>s fragmen- 
tos de cornisa ibero-griega del 
cerro de loa Santos, el caj)it(l jó- 
nico del /iano iic la Consolación, 
la voluta jónica de los Escolapios 
de Yecia, el temiólo del cerro de 
los Santos y los capiteles de 
Elche. En sus comienzos la es- 
cultura ibérica presenta ti ti|>o 



de la más grosera barbarie, de tal manera que 
ningún tallador de piedra ni fundidor de bronce 

ha demostrado menos cualidades nativas que éstos 
que pudieran llamarse los primeros escultores es- 
pañoles ^^ Más tarde, con el benéfico influjo de 
Grecia, de los talleres de Jonia, de las islas, de Co- 
rinto, Argos y .Atenas, los escultores de Iberia han 
desbastado su espíritu, han aguzado su imagina- 
ción y se han hecho más hábiles. 

De inspiración oriental marcadísima es la Bi- 
cha de Balazote; la procedencia del tipo original 
es caldea, pero la obra es indígena. León Heuzey 
dice que el escultor ibero, conservando la actitud 
y la estructura del animal compuesto, ha simpli- 
ficado algunos detalles, especialmente en los cuer- 
nos, en la cabeza y en la cola. En Grecia el hom- 
bre-toro se ha convertido en Achelous; los fenicios 
también lo han adoptado y los iberos escogieron 
la idea fundamental. Es posible, dice Paris, que 
hayan conocido esta forma artística por mediación 
de Micenas; el toro con cabeza humana se halla 
en una moneda de plata con leyenda griega de 
Emporio, el mismo monstruo simbólico figura en 
monedas de Arze-Gadir y Arze-Egara, y en el 
Museo de Gerona existe un vaso muy curioso 
cuyo recipiente es un cuerpo de pájaro montado 




Fig. 97.— Guerrero ibérico. (Colec- 
ción Vives.) (Museo Arqueoló- 
gico Nacional.) 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



169 



sobre tres patas, con 
cola de cuadrúpedo, 
cabeza de hombre y 
cuernos y orejas de 
toro. 

Respecto a los 
bronces de Costig, 
Mélida opina que las 
cabezas indican un es- 
tilo greco-fenicio. Paris 
las atribuye a la civi- 
lización m icé nica, a 
quien debe Iberia la 
importación religiosa 
y simbólica del toro y 
de la vaca; natural- 
mente, Micenas habla 
recibido a su vez de 
Oriente lo que enviaba 
a Occidente. No con- 
viene olvidar que el 
campo de Son Cano, 
en Costig, es un campe > 
de construcción cicló- 
pea. 

Más debatida es la 
cuestión del cerro de 
los Santos; el primer 
punto controvertible 
que se presenta es la autenticidad de las estatuas, pues un falsario ingenioso, 
Vicente Juan y Amat, relojero de Yecla, construyó multitud de objetos ya reco- 
nocidos como falsos por Pedro Paris. León Heuzey, en un luminoso estudio, 
ha determinado la progenie de las esculturas del cerro de los Santos. En prin- 
cipio puede decirse que es un arte esencialmente ibérico; ni en Caldea, ni en 
Egipto, ni Fenicia, ni Grecia arcaica se halla nada parecido a las colecciones 
de Madrid, el Louvre y Yecla *^^ Es un estilo propio: la dignidad majestuosa 
de la actitud, la nobleza de la cara, que expresa una profunda gravedad religiosa, 
las amplias vestimentas superpuestas, los mantos y los velos compUcados de las 
estatuas femeninas envolviéndolas de la cabeza a los pies, con un carácter de 
castidad severa de sacerdotisas o devotas; la rica complicación de mitras, de 
bandas, de discos en las orejas, la pesada opulencia de los collares y gorgne- 
ras, las presentan, dice Paris, con un lujo casi real (fig. 102). La simplicidad en la 
factura de los cuerpos de los hombres, robustos, sobriamente vestidos, cabello 
corto, peinado sin rebuscamientos femeninos, la faz varonil, de vigorosa osamen- 
ta, de grandes ojos francos, rasgos graves, todo esto especializa un tipo de raza 
dura y fuerte en la cual solamente los anillos de las orejas y los brazaletes en los 
bíceps y en los pulsos revelan el espíritu niño y la inocencia sensible a lo que 

HISTORIA DE ESPAÍSa. — T. I. — 22. 




I. I hallado en la sepultura num. 53 de la 

uraii sacerdotisa del culiu al Sol, en la necrópolis de Clares (Gua- 
dalajara). Largo, 55; ancho, 40. (Cerralbo.) 



i7ü 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fík. 99. — Fusayola cónica 

(¿representación del Sol?) 

(Cerralbo,) 



FíK- 100. Fusayola globular 

(¿representación de la vuelta 

de la vida?) (Cerralbo.) 



liHUa. Observa Pa- 
rís la particularidad 
de la estilizacif'iii de 
los cabellos en 
forma geométrica y 
1.1 representaci''»n 
< aracterística drl 
ylobodel ojo. Heu- 
zey opina (jue la in- 
dumentaria de- 
muestra el lujo de 
las modas indíge- 
nas ibéricas. 
Examinando el conjunto de influencias, se comprenden las de Micenas por 
las relaciones comerciales, quizás sirviendo de intermediarios los fenicios; de 
C'aldea procede la ofrenda del brebaje, preludio de la libación y del sacrificio. F-l 
cuello de la túnica, cerrada en el centro por un broche, recuerda las antiguas 
fíbulas redondeadas de Etruria y Galia. La complicación del peinado hace pen- 
sar en el lujo de las mujeres de Rodas, Chipre y Troada; la mitra es oriental y 
la decoración en zig-zag alternados es chipriota. Las sortijas en los dedos índice, 
anular y pequeño representan la moda de las esculturas fenicias de Chipre y de 
las etruscas de Chiusi. La disposición decorativa de los mechones de cabellos es 
el mismo procedimiento de los antiguos escultores caldeos al hacer las crines de 
los leones; algunas cabezas del Cerro de los Santos tienen gran semejanza con 
cabezas de Tello. Mélida estima que estas esculturas son producto de una escue- 
la hierática, que por motivos religiosos impuso y consagró ciertos modelos 
artísticos. 

Para desgracia de la arqueología hispana, el maravilloso busto de la Dama 
de Elche ha emigrado al extranjero, figurando en el Museo del Louvre, merced 
a la diligencia desplegada por Pedro Paris para adquirirlo. (Lám. IV.) Teodoro 
Reinach opina que la estatua es griega y observa su parentesco con las del Cerro 
de los Santos; Paris afirma que es indígena, habiendo recibido naturales influen- 
cias de la escultura griega arcaica; además el arqueólogo francés prueba su paren- 
tesco con las del Cerro de los Santos por la semejanza con una estatua mutilada 
del Museo Arqueológico de Madrid ^'. 

En resumen, puede asegurarse que exis- 
tió un verdadero arte ibérico cuyos ejem- 
plares se han encontrado en una región que 
comprende Balazote, Agost, Salobral, Re- 
do van, Cerro de los Santos, Elche y Llano 
de la Consolación, lugares que formaban 
parte del antiguo país tartesio, siendo los 
tartesios, desde los tiempos más remotos, 
entre los primitivos españoles, los que más 
se han distinguido por €í jiloxenisuio o, más 

precisamente, por el ñlohelenismo que ates- 

, . ... -^ , . ,. . „,a Fig. 101."- Vaso ibérico de Elche, 

tigua su e-spintu liberal y su inteligencia ^». {Museo Arqueológico Nacional.) 




LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



171 



Una de las manifesta- 
ciones más importantes 
del arte ibérico es la ce- 
rámica; de ella ha tratado 
con singular maestría el 
profesor Bosch, rebatien- 
do las opiniones de Paris 
acerca del origen mice- 
niano del arte ibero. Para 
Bosch la cerámica ibérica 
es un producto indígena, 
de cuya existencia no se 
puede hablar antes del 
siglo V, por lo cual carece 
de base la suposición de 
persistir influencias mi- 
cenianas o motivos imi- 
tados de los vasos del Di- 
pdon, como afirma Pedro 
Paris; la razón es bien 
sencilla: entre la ibérica 
y las citadas hay varios 
siglos de distancia, du- 
rante los cuales se verificó 
toda la evolución de la 
cerámica griega. No niega 
Bosch pudieran existir 
en la cerámica ibérica in- 
fluencias de otros cen- 
tros de cultura, pero no 
de la Grecia primitiva, 
sino de la civilización he- 
lena del siglo VI o v; en 
cuanto a la influencia pú- 
nica defendida por Siret 
es posible que sea a la in- 
versa, porque Carthago 
no conoció un floreci- 
miento de la industria ce- 
rámica, como aparece 
entonces en España ^^. 

Hacia el siglo v (antes 
de J.C.) comienza, en el 
SE. de la península (El- 
che, Redován, Amarejos) 
y en Andalucía (Villa- 
ricos, Almedinilla, Castellar de Santisteban), a florecer la cerámica pintada, lle- 




Fig. 102.— Estatua de sacerdotisa ibérica del Cerro de los Santos. 
( Museo Arqueológico de Madrid.) 



•72 



HISTORIA liE ESPAÑA 




Fig. 103. — Necrópolis ibérica de Hortezuela de Océn ( Quadalajara ). 
Siglo IV a. de J.C. (Cerralbo.) 



gando en su extensión hasta el Ródano ( Ampurias, Ibiza, Baou-Roux, St. Roch). 
En el siglo iv aparece en Aragón (Calaceite) y en el iii en Castilla (Luzaga, Ar- 
cóbriga, Numancia). 

La característica de la cerámica de la región levantina es la gran variedad de 
sus ornamentos y de sus formas; círculos concéntricos, líneas onduladas, ador- 
nos geométricos y decoración floral (fig. loi). Típica es la representación del 
carnassier y el pájaro en el fragmento de Elche (fig. 93) y la decoración del vaso 
de Archena (fig. 90). En la región andaluza son notables la cerámica de Fuente 
Tojar (siglo 11) y la de Carmona. De la región aragonesa pueden mencionarse, 

como localidades de cerámica inte- 
La Zaida \ el Monte de 



resante: 

San Antonio, en Calaceite. Entre la 
cerámica ibérica encontrada en Cas- 
tilla, la más importante es la numan- 
tina, de la cual tendremos ocasión 
de ocuparnos más adelante. 



* ♦ 




Fig. 104.— Una de las calles 
de la necrópolis ibérica de Luzaga. (Cerralbo.) 



Muy enlazado está el arte con 
las creencias religiosas y difícil es 
distinguir cuáles son divinidades y 
ritos propiamente ibéricos y cuáles 
otros son importados por la raza 
celta. Procuraremos diferenciarlos en 
lo posible cuando las noticias geo- 
gráficas o históricas lo permitan. Una 
ventaja tiene el estudio de las reli- 
giones, y es que éstas perduran y 
siguen inalterables durante siglos y 
por ello las referencias de los auto- 



LOS PRIMEROS POBLADORES HISTÓRICOS 



173 




Fig. 1(».-Detane fotográfico 
del cetro de Miraveche. 



res clásicos son más atendibles. En Galicia nos habla 
el P. Sarmiento del Pico Sagro, identificado con 
el Sacer Mons, de Justino, y como la región galaica 
fué ocupada por los celtas, colegimos que era un 
culto céltico, confirmado por el estudio de Salo- 
món Reinach cuando dice que los galos adoraban 
las montañas, como el Gran San Bernardo, el Donon 
y el Puy de Dome ^^. La ciudad galaica Nenietobri- 
ga tiene un nombre céltico que significa « castillo 
del bosque sagrado >; también los celtas rendían 
culto a los árboles y a los bosques, como la Selva 
Negra y las Ardenas. Lo mismo puede afirmarse 
del Promontorio Sacro (Cabo de San Vicente y 
Sagres) y del culto del río Dn>a, pues también los 
celtas adoraban las corrientes de agua; así N'irdu- 
mar, jefe galo del siglo iii, dice Reinach, se lla- 
maba hijo del Rhin. 

El más célebre de los dioses ibéricos es Endo- 
vellico, aunque su culto parece haber sido meramente local ^^. Los monumentos 
arqueológicos y las inscripciones que a él se refieren proceden de un santuario del 
cerro de San Miguel de Mota, no lejos de Terena (concejo de Alandroal, Alem- 
tejo); Endovcllico sería en su origen el numen tutelar de la montaña y de toda 
la comarca de Villaviciosa, una divinidad telúrica, más tarde es una divinidad 
médica. Existen exvotos y hasta fragmentos de un carmen o in- 
vocación a este dios, cuyo culto perduró durante la dominación 
romana, teniendo adoradores y creyentes entre los latinos domi- 
nadores. Más difundido fué el culto de Ataecina o Atégina (la 
Proserpina ibérica); se han encontrado rastros de su culto en Mé- 
rida, Medellín, Cáceres, Ibahernando, Beja, Elvas y Castilblanco 
(provincia de Sevilla), Recibe a veces el calificativo de Turobri- 
gcnsis, Turubrigensis o Turibrigensis, pues su principal santua- 
rio debía ser Turóbriga, pueblo, según Plinio, de la Beturia Cél- 
tica, comarca de la antigua Bética**^. El Ares o Marte ibérico se 
llamaba probablemente Netón o Neto; existen otros dioses locales 
de menos importancia, como Bonnanico y Bardiia. 

Conocido es el texto de Strabón en que cuenta cómo los 
celtíberos durante el plenilunio salían a la puerta de la ciudad y 
realizaban festejos y danzas a la luz de la luna, implorando la pro- 
tección de un dios sin nombre, que, según Schulten ^^, era la 
luna llena. Los vacceos suspendieron una noche la persecución 
emprendida contra los romanos porque la divinidad, por medio 
de un eclipse, les disuadía. Adoraban también a las estrellas como 
dioses visibles. Tanto los vacceos como los celtíberos tenían la 
Fig. 106. -Estela Costumbre de abandonar a sus muertos para que fuesen pasto 
mino^de Sant^a ^^ '^^ buitres y para que éstos llevasen al cielo los espíritus de 

Ana. (Boletín los difuntos. Que también los celtíberos como los demás iberos 

del Bajo Ara- ,-'iAri 

§-ón ) oraban en las cumbres de los montes, refiérelo Marcial, que habla 



174 HISTORIA DE ESPaSa 

de las montañas sagradas Vadavero y Gi/wJÍMoncayo). El culto de los bosques 
sagrados lo indica asimismo Marcial. Al lado de estos cultos naturalistas primiti- 
vos se encuentra la veneración mus elevada por las divinidades célticas jjcrsona- 
les de las maírotKe, de la Epona y de los Lugmws. No existía un culto general 
ibérico, sino divinidades locales. ídolos se han encontrado en diversas regiones 
de España y comprobado se halla el culto al toro, quizás de influencia cretense 
o acaso, segiin modernas teorías, transportado al Kgeo desde el occidente ibé- 
rico. Ni Strabón ni Diodoro nos hablan de sacerdotes. 

Dice Schulten ^'^ que celtiberos y lusitanos gustaban de sacrificios humanos, 
como parece deducirse de la jjiedra de sacrificios descubierta en la Celtiberia 
Citerior por el marqués de Cerralbo, en un paraje probablemente destinado a 
asamblea celtibérica, en la confluencia del Nágima y del Jalón; la piedra, que 
es un gigantesco bloque calizo, presenta en la parte superior una concavidad en 
que cabe justamente un cuerpo humano; hay un canal abierto en la parte ante- 
rior, en el sitio donde venía a caer el vientre, y servía indudablemente para dejar 
correr la sangre de la víctima, con lo cual concuerda el que la piedra tiene de- 
clive por delante y unos hoyos para recoger la sangre, Strabón dice (\w los 
lusitanos mataban os prisioneros y examinaban sus entrañas***. 

Como hemos dicho, y confirman textos de Silio Itálico y Eliano, los celtíbe- 
ros, según su rito funerario, tendían al aniquilamiento del cadáver; en las tribus 
citeriores, quizás por influjo griego, se encuentra la costumbre más adelantada 
de la cremación e inhumación, propia también de los lusitanos. En la necrópolis 
de Aguilar de Anguita se han descubierto los restos incinerados de un guerrero 
con todas sus armas y los arreos del caballo, al lado de toscas piedras funerarias 
de uno a tres metros de altas, formando largas filas que recuerdan los dólmenes 
de Bretaña (figs. 8i y 88); contra la opinión de Schulten^ sostiene el Sr. Bosch 
que no son ibéricas estas sepulturas, sino celtas. 

El marqués de Cerralbo, que hace años dedica munificente su fortuna y su 
inteligencia a las exploraciones ibéricas ^^, describe notables necrópolis, como la 
de Luzaga, riquísima en urnas (fig. 104), las de Hortezuela de Océn (fig. 103), Pa- 
dilla, Olmeda, Valdenovillos, Alcolea de las Peñas y Garbajosa (Guadalajara). Lo 
general es encontrar las calles de sepulturas con las estelas y delante de cada una 
la urna cineraria, siempre tapada con una piedra tosca. Dentro de cada una hay 
dos pequeñas fiisavolas, que son prehistóricos husos de hilar y tienen, en opi- 
nión de Cerralbo, una significación religiosa, de emblemas míticos, represen- 
tando uno de ellos el símbolo del Sol, en forma de cono truncado, y el otro, casi 
redondo, la vuelta a la vida (figs. 99 y 100). Supone el mismo autor que, de las 
variadísimas fíbulas encontradas en las sepulturas, son muchas de ellas premios 
concedidos al vencedor en aquellos combates a pie y a caballo, descritos por 
Strabón, con los cuales celebraban los celtíberos la fiesta del solsticio de verano, 
la más solemne de las dedicadas al Sol (fig. 82). En Clares (Guadalajara) descu- 
brió el marqués de Cerralbo la sepultura femenina de una sacerdotisa del Sol y 
el magnífico collar sideral con las cuatro ruedas solares y los cuatro cisnes que 
conducen al Sol, en su viaje nocturno sobre el río Océano en la barca mítica; 
Cerralbo identifica a Netón con el Sol y a Eaco con la Luna (fig. 98). 

Leite de Vasconcellos analiza, en su obra monumental, los funerales de 
Viriato, narrados por Appiano; en ellos se habla de la cremación del cadáver 



NOTAS 175 

en una pira, del sacrificio de víctimas, del elogio fúnebre, de como se depositan 
las cenizas en el sepulcro y del combate de gladiadores^ Diodoro refiere tam- 
bién los mismos funerales y Si.io Itálico canta la pira de los caudillos Corbis y 
Orsua, muertos en combate singular. Opina Leite que las figuras de cuadrú- 
pedos, como la Porca de Murga y otras que abundan en Portugal, tienen una 
significación religiosa y funeraria, siendo uno de los aspectos de la necrolatría. 

No podemos olvidar el santuario del Cerro de los Santos, cuyas sepulturas 
son paladinas representaciones de un culto desconocido, ni los santuarios de 
Despeñaperros y Castellar de Santisteban con sus estatuillas votivas de guerre- 
ros ibéricos (figs. 94, 95, 96 y 97). En el cetro del guerrero de Miraveche apa- 
rece de nuevo el mítico cisne (fig. 105). Cabré ha encontrado estelas celtibéricas 
donde se hallan representadas puntas de lanzas en zonas superpuestas (figu- 
ra 106); Schulten, interpretando un pasaje de Aristóteles (Politica, VII, 2-5), 
dice que las puntas de lanza significan el número de enemigos a quienes había 
dado muerte el guerrero difunto. 



NOTAS 

' Larkamenui: El imposible vencido. 1729, reimp. en 1853 y en 1886, en San Sebastián. 

- Guillermo Humboldt : Prüfung der Untersuchungen über die Urbewohner Hispaniens, ver- 
mittelst der fíaskischen Sprache, Berlín, 1821, trad. francesa de A. Marras!, París, 1866. 

' Oihenant: Proverbes basques, 2.* ed., 1847. 

' AuusTÍN Chaho : Histoire prirnitive des Euskariens basques, langue, poésie, maeurs et ca- 
ractere de cet peuple. Bayona, 1847. 

^ MicHEL : Le Pays Basque, 1857. 

^ Inchauspe : Le Verbe basque, Bayona, 1858. 

' Pkuner-bey: En el Bul. de la Soc. d'Anthropologie, 1866, dice que los ligures son mongoles; 
en la misma Rev., 1867, Sur la langue des Basques. 

" Bla[)é : Elude sur ¡'origine des Basques, París, 1869. 

" Miguel Rodríuuez Ferker : Los Vascongados, Madrid, 1873 (en la pág. 334, tomo I, 1877, 
del Bol. de la Acad., está un informe sobre este libro). 

'" Cerqul'nd: Légendes et Récits populaires du Pays Basque, Pau, 1875. 

" JuLiEN Vinson: Les Basques et le Pays basque, mteurs, langage et histoire. París, 1882; Le 
Folk-Lore du Pays Basque, París, \^Si; Essai d' une bibliographie de la Ion, >l: Addi- 

'tions et corrections, 1808; L'Année linguistique, 1902, en el Kritischer J -«j, y en 

colaboración con el P. Fita, en 1882, Codex Calistinus, que decía Baseli... tu .., ^,.^.,.,y/u/n. 

'- Vicente Arana : Los últimos iberos, Madrid, 1882. 

'^ Arturo Campión : Gramática de los cuatro dialectos de la lengua eúskara, Tolosa, 1884 
(nota critica en el B. A. H., tomo XXII, pág. 588). 

" Henri O'Shea : La maison basque, Pau, 1887 ; La tombe basque. Etude des monuments et 
usages funeraires des Euskariens, Pau, 1889. 

'^ Gerland: Die Basken und die Iberer, Strasburgo, 1886 (y Grundriss de Graber), 1888, 2.* edi- 
ción, 1904. 

'* Telesforo de Aranzadi: El origen del carro euskaldun, Euskal-Erría, Mayo -Junio 1897; 
El Pueblo euskalduna, San Sebastián, 1889. 

'■ Wentworth Webster: Sur quelques inscriptions du pays basque et des environs. Ba- 
yona, 1892; Les loisirs d'un étranger au Pays Basque. Chalons-sur-Saone, 1901. 

'* Hugo Schuchardt : Baskische Studien, Ueber die Entstehung der Berzungsformen des Bas- 
kischen Zeitivorts, Viena, 1893. 

'*• Sallaberry: Chants populaires du Pays Basque, Bayona, 1870; La Tradition au Pays 
Basque, 1899. 

*' Chudeau : A propos du peuple basque, Biarritz-Association, 1900. 

-' Antonio Trueba: Etimología eúskara del nombre de la ciudad de Ronda, Euskal-Erria, 
Marzo a Die. 1900. 

EzEQuiEL DE AizpúRUA : Los primitioos bascos, Euskal-Erría, Marzo a Die. 1900. 

** Herelle : Les Pastorales Basques, 1903. 

** Car.melo Echeovray : La tradición del pueblo vasco, San Sebastián, 1906. 

■' Darío de Areitio : e Monumentos iberos ? Apuntes de arqueología vizcaína, Oct. 30, 1907, 
Euskal-Erria. 

*> P. Fidel Fita : El vascuence en las inscripciones ógmicas, pág. 379, tomo XXII, B. A. H- 

" Edward Spencer Dodqson : Inscriptions Basques, tomo XXVII, pág. 417, tomo XXVIII, pá- 
ginas 37, 152 y 203, Bol. Acad. Hist. 



l'jQ HISTORIA DE ESI'ANA 

" Antonio Pirai.a: Or/fonitadón y costumbres del pa/s eascofwado, pig. ¥B, tomo XWV, 
Boletín AcHd. Hist. 

•• CHAKRNrHv : La langue basque et les Idiomes de l'Oural. 

*> MicHHi.: Le País Basque, París, \Kfí. 

*' B0KUE8 : La Muslque popula/re des Basques, La Traditlon. 

** HoFPMANN : Pie Iherer im Western und Oslen, LeipzÍK. 1W8. 

•• GóNüORA V Martínez: Antiffíiedades prehistóricas de Andalucía, Madrid, IH98, 

•* L. Bonapahte: Le verbe vasque, etc., Londres, IWW. 

'* Manuri. RooRÍciUF.z i)K Bkri.anua: Introducci(')n a la obra: Los bronces de Lascuta, Bonanta y 
Aljustrel, Málaga, 1881 ; Una inscripción ibérica de la Turdetania. pá^. 481, tomo I, V" (^pnr;i, y pá- 
gina 49, tomo II, 3." época, Rev. de Archivos, B. y M.; Alhaurin- lloaro?, Bull. Mi Mar- 
zo 1901, y Re v. de la Asoc. Art.-Arqueol. Barcel., Mayf>-Junio HDl ; Malaca. Ustn nos. 
L Te.rtos, sincronismos y clasificaciones. II. Sincronismo del deaarrollo de la cniíiíin ion dtera 
hasta el quinto siglo de nuestra lira. III. Heroísmo y salvajismo de los hispanos hasta Auffusto. 
IV, Algunos fastos romanos. En la misma Rev., Julio-Dic. 1908. 

" Teópilo Braua : lilementos da nacionalidade portugueta. As racas da Península Hispánica. 
Crutamlentos e Invacoes até a constitucao da Nacionalidade portugueta, Rev. de Estudos Livres, 
Lisboa, 1883-1884. 

" NiEBUHR : V'orlesungen über Lünder und Vólkerkunde der Alten Welt. 

" J. P. Oliveira Martins: Historia da ClvlUsafáo Ibérica, 3.* ed., Lisboa, 1883. 

* Garriqaud: Ibéres, Ibérie, Foix, 1884. 

* Hannoteau y Letournealx: La Kabylle, París, 1873. 

♦' J. M. Pereira üe Lima : Iberos e bascos, Lisboa y París, 1902. 

" Antón : Razas y naciones de Buropa ( discurso académico ), Madrid, 1896; Ratas y tribu* de 
Marruecos, Madrid, 1903; Los orígenes étnicos de las nacionalidades llblo-lbéricas (A»oc.E&p»- 
ñola para el Progreso de las Ciencias, Congreso de Valencia ), IÍX)9. 

** Aloier : Maure, Ibére et Berbére, Bull. de la Soc. d'Anthropol., París, 1901. 

** FiscHER : Mittelmeerhilder, Leipzig y Roma, 1908. 

*» Francisco M." Tibino: Las diferencias etnológicas que se observan en la población de la 
Península ibérica, Rev. Europea, Madrid, tomo VIII, págs. 318-319, 1876; Los Aborígenes Ibéricos 
o Los Bereberes en la Península ibérica, Madrid, 1876. 

** Cunv a. sobre A. Q. Soler : La España primitiva según la Filología, B. Hisp., aíio 1914, 
tomo XVI. 

*' Joaquín Costa: Poesía popular española y Mitología y Literatura cello-hispanas, Ma- 
drid, 1881 ; Estudios ibéricos, Madrid, 1891 y 1895; Islas Ibéricas: Cyranis, Cerne, Hesperia, Revista 
de Geogr. Comercial, Madrid, 1887; Litoral ibérico del Mediterráneo en el siglo vi-v antes de J.C. 
( forma parte de los Estudios ibéricos). 

** GiusEi'PE Sercii : Ligurí e Celti nella valle del Po, 1883; Origine e diffusione della Stlrpe Me- 
diterránea, induiioni antropologiche, Roma, 1895; África (Antropología della stirpe camitica [spe- 
cie eurafricana] ), Torino, Fratelli Bocea, 1897; Specie e varíetá umana (Saggio di una sistemática 
antropología ), Torino, 1900; Gil Arií in Europa e in Asia, Torino 1903; Europa. L' Origine dei 
popoli europei e loro relationi coi popoli d' África, d'Asia et dOceania, Milano, Torino, 1908. 

*9 José Ramón Mélida: Colección de bronces antiguos de D. Antonio Vives, pág. 70, año 1900, 
Rev. de A., B. y M., 3.* época; Iberia arqueológica ante-romana (Disc. de recep. en la Acad. de 
la Hist., 8 Dic. 1906, Madrid). 

^ Bernardino Martín Mínguez : Apuntes para llegar a conocer algo acerca de los verdaderos 
orígenes de los primeros pueblos de España, Francia e Italia, Valladolid, Santarén, 1881. 

'* Eduardo Philipon: Les Ibéres: étude dhistoire, d' archéologie et de linguistique (con pró- 
logo de d'Arbois de Jubainville), París, Champion, 1909. 

** José Cornide: Memorias de la Acad. de la Hist., 1799. 

^ José Oliver y Hurtado: Diversos periplos ibéricos que ofrecen las obras de la antigüedad, 
o navegaciones practicadas a lo largo de rmestras costas por sus primeros mareantes, Disc. de 
recep., 1863. 

" Aureliano Fernández Guerra: Cantabria (Conferencia en la Soc. Geogr. de Madrid, 6 de 
Mayo 1877), Madrid, 1878; Contestación académica al Sr. Rada y Delgado, Madrid, 1875; El libro 
de Santoña, v. pág. 312, tomo I, de Historia de los Visigodos. 

" Sampere y Miquel : Contribución al estudio de la religión de los Iberos, Rev. de Ciencias 
Históricas, Barcelona, tomo I, págs. 1-45, 1880. 

"* José Pella y Porgas: Historia del [Ampurdán, Estudio de la civilización en las comarcas 
del Norte de Cataluña, Barcelona, 1883. 

5' Arturo Campión : Celtas, Iberos y Eúskaros, Euskal-Erria, 1897-1902. 

** José María Pellicer Pagés : Estudios histórico- arqueológicos sobre lluro, antigua ciudad 
de la España tarraconense, región layetana, Mataró, 1887. 

5^ José María Postes y Fernández: Historia de la antigua ciudad de Sisapón, hoy Almadén 
del Azogue, Madrid, 1900. 

** M. Ossuna: Primeros pobladores en Canarias, 1913. 

«' Elías Gago : Religión'primitiva de los españoles, Ilustr. Esp. y Amer., 1913, Oct. 

^ Francisco de A. Rodón : Las Fuentes narrativas de la historia de Tarragona en la Edad 
antigua, Rev. Estudio, pág. 397, tomo 7, 1914, y pág. 58, tomo 8, 1914. 

'^ Beltrán y Rózpide: Fiascos, iberos, moros, bereberes, pág. 458, tomo 48, Bol. Acad. Hist. 

^ Adolphe Pictet : Les origines indoeuropéennes et les Aryas primitifs, Journal des Savants, 
pág. 713, 1859. 

® Blandé : Les Ibéres, Rev. de I'Agenais, 1892. 

* Lagneau: Un estudio sobre iberos en L'Anthropol. de la France, 1879. 



.VOTAS 177 

*' J. Sa( AZh: Inscríptiuna aritíQues des Pyrénées, París, Dicher, 1882; Les anciens dieiix des 
Pyrénées, nomenclature et distrihution géographique, Saint-üaudens, 1885. 

*• Gozetche: 5í///;í-yí'fl«-</g^¿«í, 2." ed., 1883. 

*• H. d'Akbois de Jubainvili.e: Les premiers habitants de l'Eitrope, 2." ed., París, 1889; Les 
Ibéres. París, 190!). 

"" Bekthamj: La Gaule avant les (¡uiilo'is, 2." ed., 18tll. 

■' Luis SiRET : Decouvertes archéolugiques en Espagne, Anuales de l'Acad. d'Archéol. de 
Helgique, 5." serie, tomo 11, 3." y 4." entregas, 1901. 

'■' C. Jullian: Notes ibériqnes: VHles neiwes ibériQues de la Gau/e,Bu\\.Hisp.,Ener(y-li\'árzo, 
tomo IV, pág. 12, 1902 (publicado en su mayor parte en la Rev. des Etudes anciennes, n.°4, 1901 ); 
Qttestions ibériqnes, tomo III, Oyarzun, Bull. Hisp., tomo \'II, pág. 221, 1905. 

" F. P. Thieks: Notes sur ¡es ibéres du bas-Languedoc, Narbona, F. Caillard, 1908 (del Bull. 
de la Com. Arcliéol. de Narbonne). 

'♦ Le Phince Qeohues Cantaci'Zene : Contribution a la Cronologie des romains anciens, L'An- 
thropol., pág. 35, 1910. 

■■ J. Dechelette: Le jaoelot óXo(T(¿ri>>o; des Ibéres, Rev. des Études Anciennes, Oct.-Dic, 1910. 

■" H. Kiepekt: Lehrbnch rier alten Geographie; Beitráge iur alten Ethnologie der iberischen 
Halbinsel, en Monatsberichten der Berliner Akademie, 1864. 

■• Q. Phii.i.ihs: Die Einwandentng der Iberer in die pyrenaísche Halbinsel, 1870. 

■" NissE.N : Italische Landeskunde, 1883. 

■" Fertkí: Spanien, Land und Lente in den Iet2len Jahrhunderten V. Chr., Bambení, 19ÜÜ. 

"" Hispania de Schulten, por P. B. E., Rev. Estudio, pág. 135, tomo 7, 1914. 

"' Ihne : Rom. Geschichte, tomo III, pág. 312. 

"' MOiiEw : Romanischen Landschaften. 

** FoKHiQEKS : Handbuch der alten Geographie. 

"^ Gaspar Zels: í)ie Deutschen und ihre Nachbarstámme, pág. lt>3. 

•^ Francisco Qarofai.o: Iberi nella Gallia, p. 294, t. 32, B. A. H.; De Asturia. Barcelona, 1900. 

"" Nicolás Fei.iciani: Gli Olcadi e gli Andosini, due popoli sconosciuti. pág. 441, t. 48, B. A. H. 
Noticia sobre la obra enviada por Feliciani a la Acad. de la Hist., pág. 334, tomo 48, B. A. H. 

"■ Horacio Sandaks: l'n centro de culto anterromano en el Sur de España. Ateneo I, Abril, 
lim; Las armas de los Iberos, Xrad. de Carlota Remfrys de Kidd, Londres, 1914; Notas sobre la 
< Puente Quebrada >■ del rio Guadalimar, cerca de Linares. Madrid, 1913. 

* Adoi.ko Coelho: Ethnographia portugueía, Bt)l. de la Soc. üeogr. de Lisboa, tomo 11, 1880- 
1881 ; El Tangro Magro, Bol. de la Instit. Libre de Enseñanza, tomo Vil, pág. 37, Madrid, 1883. 

"*" J. Leite de VAScosvrxLos: Nova inscripcao ibérica do SuI de Portugal, O Archeologo por- 
tuguez, 1898. 

■"' J. Fortes ( de Porto » : La spirale préhistorique et autres signes graves sur pierre. Etude sur 
Jes relations antehistoriques de l'lberie avec l'lrlande, Rev. préhistorique, n." 10, 1906. 

'" Celesia : Le Teogonie dell'antica Liguria, 18(58. 

'•" Cuno: Die Ligurer. en Rheinisches Museum, XX VIH, 1873. 

■" Mai'rn : Melanges. Les ligares et l'arrivée des populations celtiques au midi de la Gaule et 
en Espagne. de l'Ecole des Hautes Etudes, 1878. 

'*' Schiahakki.i 1 : Le Stirpe ¡bero-Ligur neU'Occidente e nell' Italia antica. Toriix», 1880. 

'" IssEL : Liguria geológica e preistorica, 1892. 

* Sakmento : Lusitanos, Ligures e Celtas. Porto, 1893. 
"• Pauli: beilage sur .Mlgemeine Zeitung. 12 Jul. 1900. 
** Deniker : Les Races et les peuples de la terre, 1900. 
■" Kretschmek : Die Inschriften von Ornavasso. 1902. 

"■J MOi.i.ESHot»K : Die Indogermanen, Estrasburgo, tomo I, 1905. 

"" R. DE BELi.oyuET : Ethnologie, tomo II, pág. 337. 

'"» P. FiDEi. Fita y Colomé : El Gerttndense y la España primitiva. Discurso de recepción en la 
-Academia de la Historia, Madrid, 1879. 

"" Francisco Fernández y González: Influencia de las lenguas y letras orientales en la cultura 
de los pueblos de la Península Ibérica. Disc. de recepción en la Academia Española, 18M. 

""* Francisco Fernández v González, individuo de número de las Reales Academias de la His- 
toria y de San Fernando y Catedrático de término en la Universidad de Madrid : Primeros po- 
bladores históricos de la Península Ibérica, de la Historia General de España escrita por indivi- 
duos de número de la Real Academia de la Historia, bajo la dirección de D. Antonio Cánovas del 
Castillo, Madrid, 1890, pág. 77. 

"'^ Fernández y González: ob. cit., pág. 91. 

"* J. P. Oliveira Martins: Historia da Civilisacáo ibérica, Lisboa, 1885, págs. 22 y sigs. 

"*■ José Sergi: Origine e diffusione della Stirpe .Mediterránea; induzioni antropologiche, 
Roma, 1895, pág. fk). 

'* Andrés Giménez Soler : La España primitiva según la Filología, Zaragoza, 1913. 

"" Eduardo Philipon, anclen éléve de l'Ecole des Chartes et de l'Ecole des Hautes etudes: Les 
Ibéres, étude d'histoire, d'archéologie et de linguistique. avec un preface de M. D'Arbois de Jubain- 
ville, membre de l'lnstitut, París, 1909, pág. 27. 

"" José Ramón Mélida: //'é'r/o tírt;//eo/(J,^/cfl fl/iíe-romoní/. discurso de recepción en la 4^cade- 
niia de la Historia, Madrid, 1906, pág. 13. 

'" Francisco Fernández y González: ob. cit., pág. 252. 

"* C. Jullian ( professeur au College de France ) : Histoire de la Gaule, París, 1908-1914. 

'" Jullian: ob. cit., pág. 119, tomo I. 

'" Jullian: ob. cit., pág. 127, tomo I. 

"' Jullian: ob. cit., pág. 171, tomo I. 

historia de ESPAfiA. — T. I. — 23. 



178 ItlSTORfA I*P. KSI'AÑA 

"* Juiíjan: ob. cit.. páy. ¡¿57, tomo I. 

'" Jüi.i-ian: í)b. cit., pkn- ^<, tomo I. 

"" Adoi.po ScHtJi.THN: Nttmanlia die HrKfhnIsse üer Arntuniliunufit , I, Ihr Kf¡itlni,< miu ¡a,,- 
Kriege mil Rom. MUnchen. 1914. 

"• Schui.tkn: ob. cit., pAx. tiO; Jiui.ían (articulo di' Ih Keviu- áv% f^tudes Hnci«ni»<>>t, IH06». 

'*' Schui.tkn: ob. cit., páK. 36. 

'•' Jacob WAtKKKSAOEi. : Archiv. f. lat. LexikoKrMphif, IHir». 

'" Schui.tkn: ob. cit., págs. 4!t y H). 

'" Schiji.ten: ob. cit., pAn. ."íl. 

'** Lrandko Sakai.kqui: Estudio st>l)re la t'poia téllica en (ialicia. IVrrol, \HÍ¡, y con «•! minino 
título. Ferrol, IWM. 

'»» V1U.A-AM11. Y Castro: Antlffíwdades prehistóricas y célticas de (¡alicia, Lurí), 1X71. 

'" Joaquín Costa: Poesía popular española y mitología y literatura crl' .Ma- 

drid, 1881; Islas Líbicas: Cyranis, Cerne. Hesperia, R«'v. de (¡eo»<rHfi« comercial. 7 

'" B. Martín Mínodkz: Los Celtas, Bol. de Ih Soc. (ieoKrúficH, t. XXIIl. p. 7 t i-^nn •»!). 

'" Cki.»o (1ah<:(a ok i.a Rikoa: Galicia anticua. Discusiones acerca de su ueourapa h de su 
historia, Pontevedra, líXM. 

'* Mariano Sanjuan Mokkno : AntiffOedudes de Santisteban del Puerto. Ilwnts. Celta», pá- 
gina 46r>, tomo 56, Bol. Acad. HÍ8t. 

"" J. Skoura: Estada deis celtes a Catalunya. Bolletí del Diccioiiari de la llenKua catalana. 

'" Franci8<;o Tkttamancv: Hoicentril. O druidismo e o reltismo //alle/fos. A Epopeya irlan- 
desa, A Cruña, 1912. 

"» FiDKi, Fita : Restos de la declinación céltica y celtibérica en algunas lápidas españolas, 
Madrid, 1878. 

"» H. d'Arbois dk Jubainvii.i.e: Le cycle mythologique irlandais et la mythologie celtique. 
París, 1884; Les premiers hahitants de l'Europe, París, 1889 ( hay otra cd. de 1877 ); Les noms gau- 
tais chez César et Hirtius, París. 1891: Les celtes en Espasne, tomo XXIV, pá^. !»i, Bol. Ar.TrJ 
Hist. ; con el mismo título en la Revue Celtique, tomo XIV, pátí. .\5K, I8!)3, y últimamente F'ari^, i - •; 
La cioilísation des Celtes et celle de l'epoque hamérique, París, 1899; Cours de litterature ccIIi'/ik 
París, 1902 (sobre esto, artículos críticos del P. Fita, en la páK- -^cA. tomo 40 del Bol. de la Acad. 
Hist., y sin nombre del crítico en Literarisches ZentraJblatt, n." .W. 1900); Elements de ¡a Gram- 
maire Celtique. París, 1903; Les Celtes. Rev. Storica Italiana, fase. 4, 1904; /.^jí rW/«'A' </«^(//5 /f^ 
temps les plus anciens ¡usqu'enl'an KM). Enero 1904, Rev. Critique d'Histoire et de Litterature; con 
el mismo título, París, 1904 ; La vente de la Eiancée au futur epoux, París, 1901 ; La famille celtique. 
Etude de droit comparé, París, 1905; Les Druides et les Dieux celtiques a forme d'animaujc. Macón. 
Protat f reres, 1906, y París, 1906; Ta in fío Cúalge Enlenement ( du laurean dioin) des puches de 
Cooley: la plus ancienne épopée de l'Europe occidentale, tomo 51, pág. 414, B. A. H., y en colab*»- 
ración con MM. Qeorges Dottin, Maurice Grammont, Louis Duvan. Ferdinand Lot: L Epopée cel- 
tique en Irlande. París, 1892, 

'*• Francisco P. Qarofai.o: / Celti nella penisola ibérica, (iirgenti, 1897; Sui Celti nella peni- 
sola ibérica, pág. 97, tomo M, Bol. Acad. Hist., y lo mismo en la Rivista Bimestrale di Antiquitá 
greche e romane (fases. I.°y2.°); Obseroations sur les Calotes ou Celtes d'Orient, Rev. des 
Etudes grecques, Nov.-Dic, 1900. 

'" HoN. Erskine: España, Escocia y el renacimiento celta. Nuestro Tiempo, Julio 1901. 

'■■^ Eduardo Shencer Dodgson; Manuscritos célticos en fíilbao, páa. 236, tomo 5i,Bo\. Acad. 
Hist.; Los manuscritos célticos en la Biblioteca de la Diputación de Vizcaya, pág. 338, tomo 54. 
B. A. H. ; Celtic Religión in Pre-Chrístian Times, por Edward Auwyl. Londres, 1906. 

"• H. HiR.MENECH : Les Celtes et les monuments celtiques, leur origine certaine. L'Atlantide et 
les Atlantes. Les Basques, simple recherche pour servir a leur histoire. Le Puy. Peyriller, 1906. 

'** A. Carnoy : Elements celtiques dans les noms de persnnnes des inscriptions d'Europe. 
Lovalna, 1907. 

'" Siret: Trata de descubrimientos celtas en la Revue Archéol., Enero a Junio 1909, p. 18. 

'*> Cenac : Lettres á MM. Gastón París et Barry sur les Celtes, París, 1860. 

"' B. LuccHAiRE : Origines linguistiques de l'Aquitanie, París, Maissonneuve. 1887 ; Etudes sur les 
idiomes pyrénéens de la región francaise. París, Maissonneuve, 1879. 

"' A. Bertrand: Nos origines. La Religión des Gaulois. les druides et le druídisme. París, 1897. 

'** A. Tollaire: La legende et V histoire, l.er Celtes et Hebreux, París, 1900. 

'** Charles Gross : The sources and líterature of English history, from the earliest times tn 
about, Í4S5, Londres, Logmanss, Oreen and C". 1900. 

•*5 Charles Le Qolffic: Le Mouoemenf panceltique, \.° Mayo 1900, Rev. des Deux Mondes. 

'<* Rhys: Celtic Folklore, Deutsche Litteraturzeitung, n.<* 42, 1901 ; Celtic Folk-lore, Welsh and 
Manx, Oxford, Clarendon Press, 1901. 

"■ G. Blondel : Du mode d'etahlissement des Celtes et des Germains dans l'Europe occiden- 
tale, estudio en «Entre Camarades» publie par TAssociation des anciens eleves de la Faculté des 
Lettres de l'Université de Paris, París, Félix Alean, ed. 1901. 

'<« Anatole LE Braz : La Légende de la Mort en Pays celtique, 15 Junio 1901, Revue de Paris. 

'*9 Charles Roessler : Les influences celtiquos avant et aprés Colomban ( essai historique et 
archéologique ), Nogent-le-Retrou, imp. Daupeley-Gouvemeur. 1902. 

"" S. Reinach: Publicó un artículo sobre los celtas en la Rev. Archéologique. tomo II, pá- 
gina 453, 1907. 

•*• E. DE MiCHELis: Le orígini degli Indo-Europei . Biblioteca di Scienze Moderne, Fratelli 
Bocea, editori. 

"* Dechelette : ¿'j4/-c/iÉ'o/oj§^/e celtique. Rev. de Synthése Historique, Agosto. 1901: Manuel 
d" Archéologie Prehistorique, celtique et gallo-romaine, 5 vols., París. 1908-1913. 



NOTAS 1 79 

"" JoROK DoTTiN, profesor de la Universidad de Reiuies: Manuel pour servir a íétude de l'Anr 
(¡quité celtlque, París, 1906; otra ed., 1915. 

■** J. Dottin: Manuel pour servir á l'éíude de l'Antiquité celtique, París, 190G, pág. 2. 

"^'' Antonio Bi.Ázgi ez : Pyteas de Marsella. Estudio de su exploración del Occidente de Europa, 
Madrid, 1913. 

*"' Franc:is< o P. (¡AKOKALo, profesor universitario de Historia :/ Ce/í/ nella penisola ibérica, 
íjirgenti, 1897, páfí. 19. 

'■"' Dkciielktth: Manuel d'Archéologie, segunda parte, tomo II, 1913, pág. 376. 

'* DoTTiN : Manuel pour servir á l'étude de l'Antiquité celtique, págs. 321 y sigs., ed. cit. 

'* HoLTZMAss : Kelten iind (¡emianen, l>^. . 

"*' Renakd: Lettres sur l'identité de race des Gaulois et des (iermains, en e! Boletín de la Aca- 
demia Real de Bélgica, 1856. 

"" Lindksscumit: Die vaterlóndischen Alterthümer der Sammlunffen lu Sif^maringen , Ma- 
guncia, 186(). 

"" K(nnskek<í: W'anderunu in das gerrnaniscfie Alterturn, 1861. 

"" Maktins Sah.mknto: Lusitanos, Ligares et Celtas, de la Revista de Guimaráes, Oporto, 
IK9I-1893. 

'"" WiF.8Ei.EH : Die deutsche Nationalitdt der Kleinasiatischen Galater. GUtersIoh, 1877. 

'*' Becker : V'ersuch einer Lñsung der Celtenfrage, CarIsnihe, 1883. 

"^ Jiji-i.ian: ob. cit., pág. 3(K). 

'*' StHui.TEN: ob. cit., pág. KM. 

'** Dkchei.ette : Revue Archéologique, 190H. 

"** SniiJi.TEN: ob. cit., pág. Kfi. 

"" Schulten: ob. cit., pág. IWi. 

'" Schultkn: ob. cit., pág. 107. 

'" Schiilten: /yéTz/ifA-, 1911. 

'" Schi'lten: nb. cil., pág. 11. 

''^ H. Kiei'eht: Heitrage lur alten Ethnologie der Ibfrischen Halbinsel, en el Monastberichten 
der Berliner Akadeniie, 18<>4. 

'^ A. Himiíoidt: I*rüfung der Untersuchungen ülter die L'rbeuHi/tner /iispaniens oerm/ttels d. 
l'asfc. Spraclie, Berlín, 1821. 

'•" Oasi'ak Zeuss : Die Deutschen und ihre Sachbarstúmme, S. 163. 

'"' Hí'bneh: Articulo Celtiberi en la Real Enciclopedia, 18K7. 

'•" Eduardo Me\ fh : (ieschichte der Altertuins. 

"" MOu-ENHOFF : Deutsche Altertumshunde, tomo III, pág. 171. 

"*' (íeri.and: Grñhers Grundriss der romanischen Philologie, tomo I, pág. 4'iK. 

'"' D'Arbois de JiBAiNviii-E : Les Celtes d' Espagne, en la Revue Celtique. 

"" Holder: Kelten in Iherien. en Altkelt. Sprachschatz s. v. Celtiberi. 

"" Phii.u'on: Les Ibéres. cap. VI. 

'** Camu.o Ji i i.iAN : tiistoire de la Gaule. 

'*''' SiEOi.iN : Atlas Aritiquus. 

""■ Ui.Ric o Wii A.stowiTz-MoEi-LENuoKF : Staot und Gesetlschaft der Griecken, S. 9. 

'*• Schulten: ob. cit. 

"* Schulten: »>b. cit., pág. 18, 

"* Schulten : ob. cit., pág. '26. 

'"• Schulten: ob. cit., pág. lOK. 

"" Schulten: ob. cit., pág. 93. 

'"* Schulten: ob. cit., pág. 9M. 

"" Schulten: ob. cit., pág. 98. 

'** S^ctivnvs: iih. cit.. Die Keltiberer sind nicht Kelten sondem ectite Ifferer, pág. 110, y luego 
dass die Keltib(,'rer die iberiscltsten aller Iberer sind, pág. 111. 

'* Schulten: ob. cit., pág. 89. 

"* Schulten: ob. cit., pág. 110. 

'"■ Schulten: ob. cit., pág. 123. 

"* Sí hulten: ob. cit., pág. 135. 

"* E. .\ciuiLERA V Gamboa, marqués de Cerralbo: El Alto Jalón: descubrimientos arqueoló- 
gicos. Discurso leído en ¡unta pública el 26 de Diciembre de 1909, Madrid, 1909. 

*"' Dechelette: Manuel, etc., t. III, pág. (02. 

^' Deimklei tk: .Manuel, t. IV', pág. 930. 

*■* E. Acii iLERA Y Ga.mboa, .MARQUÉS DE Cerralbo : Lus XecrópoUs iberas. Congreso de Ciencias 
de Valladolid. 1915. 

"'•' Juan Cabré Aiíuló: Una sepultura de guerrero ibérico en Miraveche, Madrid, 1916. Mapa. 

*** JouLiN : Les ages protohistoriques dans le Sud de la France et de l'Espagne, Revue Ar- 
chéologique. 1910, pág. 193. 

-'^' Ismael del Pan: Hallazgos prehistóricos en tres cuevas de la Sierra de Cameros, Madrid, 1915. 

** Pedro Bosch : La cerámica hallstattiana en las cuevas de Logroño, Madrid, 1915. 

*'• Anuari, 1913-1914: Dos vasos de la primera edat de ferro trobats a .Argentona. La cerá- 
mica de Hallstatt a Catalunya, por Pedro Boscli Oimpera, pág. 816. 

** PiERRE París ( correspondant de l'Institut, professeur a rUniversité de Bordeaux ) : Essai 
sur r.Art et I' Industrie de l'Espagne Primitive, dos tomos, París, 1903-19(4, pág. 21. 

•*" Menéndez Pelayo: Heterodo.ms. pág. 213, ed. cit. 

"" Schulten: ob. cit., pág. 179. 

*" Schulten: ob. cit., pág. 185. 

^'* Schulten: ob. cit., pág. 186. 



l8() HISTORIA DE ESPAÑA 

"■' H. Sanoahs: í*re-roman brome votioe ufferlnua from Denpeñaperros In the Sierra Morena. 
Spain. 

»'* StHur.TKN: ob. cit., pá^- IW). 

"■• SoiULTUN : ob. cit., páK. 191. 

"" Schiii.thn: ob. cit., pó^B. 192 y Iflfi. 

"• Schulthn: ob. cit., pág. 230. 

"" Schultkn: ob. cit., pág. 140. 

'■"" litilletlno üella Commissione orcheologica communale, IfXK. 

»*' Schijítiín: ob. cit., pág. 203. 

"^ Schiii.tkn: í)b. cit., pág- 206. 

*" Schi;i.tkn: ob. cit., páR. 219. 

"" Juan Bautista Ehho: Alfabeto de la /ennua primitiiHi tie Hspaña. MHÜrid, 1H08. 

»" Moniimenta linffucp ¡bericcp, edidit ifimilius Hlibner, Berolini, IHH3; Initcrípciones iMricus 
de Asturias, tí. A. H., tomo XXX, páií. 2M; Sueños estudios sobre el untinuo idioma ibérico, 
R. A. B. y M., tomo I, mn, páR. 241. 

'"'■• Fiiihi. Fita : Restos de la declinación céltica y celtibérica en alffunas lápidas españolas, 
Madrid, 1K78. 

■™' Francisco Javikk Simonht: (¡losarlo de voces itféricas y latinas, usadas entre los moz- 
árabes, precedido de un estudio sol)re el dialecto hispano-moiárabe, Madrid, IKh7. 

"" HiJQO Schuchahdt : Dle Iherlsche Declination, VIena, 1907. 

■*' Ciiménrz Soi.kk: La Izspaña Prlmitina, ed. cit. 

»"• Manuki. dk 1.a Corte: Trabajo sobre una estatua ibérica de Baena, en el 6'«m«/iMr«rW^/;/rj- 
resco español, 1839. 

"" E. DE MARiÁTKuin : Arte en Fzspaña, 1H65 ( trata de los becerros ibéric<w (. 

*" Antonio dk Truhka : Miqueldlco ¡dorna ( " Capítulos de un libro », Madrid. IMH (. 

'"' HüBNF.R : Comunicaciones a la Academia de Ciencias de Berlín, sobre estatuillas halladas en 
la península ibérica, Archaeologische Ameiner, IHW y 1865. 

•*' Parassols : En la Revista Histórica, pájís. 213-215, aflo 1876, habla de esculturas ibéricas. 

^^ José Ramón Míi.ida : ¡dolos Ibéricos, tomo I, páR. 14.'), Revista de Archivos. Bibliotecas y 
Museos; ¡dolos ibéricos encontrados en la Sierra de l'beda, cerca de ¡Jnares (Jaén j. pertene- 
cientes al Exento. Sr. General D. Luis de Ezpeleta. pág. 98, Rev. de Arcbs., Bibls. y Museos, 1809. 

»*• Fierre París : L'ldole de Mlqueldl, Bulletin Hispanique, 1901 ; L'ldole de Mlqueldi a Durango. 
pÓK. 5, Bull. Hisp., tomo IV, 1902. 

"* QuDioL Y Cunill : Nociones de arqueoloffia sagrada catalana ( accésit al premio Martorell 
de 1902) (habla de escultura ibérica). 

*='• Francisco Valverde de Perai.es: Historia de la villa de Baena, Boletín de la Academia de la 
Historia, 1902 (se ocupa de una estatua ibera hallada cerca de Baena ).* 

** Enrique Serrano Fatuíati: .Animales y monstruos de piedra. Boletín de la Sociedad Espa- 
ñola de Excursionistas. 

»* Salvador Sampkrk y Miquel: Ongens y fonts de la nació catalana (habla de esculturas 
ibéricas). 

'*' El Ídolo de Lurrumbe ( ibérico). Bol. de la Com. de Monum. de Navarra, p. 77, 1895. 

"' Juan Facundo RiaSo: Antiquities of Veda, artículo publicado en T/ie Atlieneum, de Londres, 
tomo II, pág. 23, año 1872. 

"* Eduardo Saavedra : El cuadrante solar de Veda y los relojes de sol en la antigüedad. 
Museo Español de Antigüedades, tomo X, 1880. 

-'*' Dujardin: En la Revue d'Assyriologie, tomo II, pl. IV, habla de las estatuas del cerro de 
los Santos. 

"^ J. Menant : Recherches sur la gliptique oriéntale, 1.* parte ( Cylindres de la Chaldée ) ( para 
comparar con las estatuas del Cerro de los Santos). 

'" P. Carlos Lasalde: ¿as antigüedades de Veda, La Ciencia Cristiana, revista de Ma- 
drid, tomos XVI y XVII ( 1880 y 1881 ). 

**' Pascual Serrano [Gómez : La Plaine de la Consolation et la ville iheriqne d'Ello, Bulletin 
Hispanique, pág. 11, tomo I, 1899. 

'^*' Quibel: Hierakompolis (para comparar con las estatuas del Cerro de los Santos). 
**" Paulino Savirón Y Estevan : iVoí/cífl </e r«r/í7s excflt'flc/oní's del Cerro de los Santos (me- 
moria oiicial de \a Comisión del Museo Arqueológico que exploró el Cerro en 1871), Revista de 
Archivos, Bibliotecas y Museos, 1.* serie, tomo V, 1875; sobre el templo del Cerro de los Santos 
trata en el tomo IV, pág. 161, 1." serie de esta Revista. 

24» Arturo Engf.l: Rapport sur une mission archéologlque en Espagne (1891), Archives des 
missions scientifiques et litteraires, tomo III (1892), págs. 157 y sigs.; el extracto, París, 1893; en la 
Revue Archéologique, pág. 218, tomo II, 1896, trata del Cerro de los Santos. 

'^* Juan de Dios de la Rada y Delgado: Antigüedades del Cerro de los Santos en término de 
Montealegre, Discurso de recepción en la Academia de la Historia, el 27 de Junio de 1875; se volvió 
a publicar en el tomo VI, pág. 249, año 1875, del Museo Español de Antigüedades, y adicionado con 
una noticia sobre Nuevas esculturas procedentes del Cerro de los Santos, en término de Monte- 
alegre, adquiridas por el Museo Arqueológico Nacional, en el tomo VII, pág. 595, año 1876. del 
mismo Museo Esp. de Antig. (la contestación a este discurso es de D. A. Fernández Guerra ). 

-•' Emilio Hübner : Publicó un artículo sobre el discurso de Rada y Delgado: < Antigüedades 
del Cerro de los Santos (1875), » en Jenaer Literaturzeitung, 1876. 

^'^ León Heuzey-de-Sarzec: Découvertes en Chaldée, p\. XU < para comparar con las estatuas 
del Cerro de los Santos); Statues espagnoles de style greco-phenicien (Question (f autfienticité ) . 
Compte-rendu de TAcademie des Inscriptions et Relies Lettres, 1890, y Revue d'Assyriologie et 
d'Archéologie Oriéntale, París, tomo II, 1891 ; Egypte ou Chaldée, Comptes-rendus des sceances de 



'• NOTAS 181 

l'Academie des Inscriptions, 20 Enero IWO (para comparar con las estatuas del Cerro de los San- 
tos); trata de las estatuas del Cerro de los Santos en la Reoue d'Assyriologie, tomo II, pág. 102, y 
en el Bulletin de Correspondance helléniqíte. 

'''^' Fierre París : Trabajos sobre las esculturas del Cerro de los Santos, en la Reoue philoma- 
tique de Bordeuux et du Sud-Oiiest, Julio 1899 y 1900, y en la Remte de l'art anden et moderne. 1898; 
.Sa//^///rí'A' í/« Cfrro </e /os 5«///os, Bulletin Hispanique, tomo III, pág. 113, año 1901; Mélida. Las 
esculturas del Cerro de los Santos ( reseña crítica ), Bulletin Hispanique, tomo VIH, pág. 301, 1906; 
compte-rendu de Las esculturas del Cerro de los Santos. Cuestión de autenticidad, por J. R. Mé- 
lida, 16 Abril UXX), Revue Critique ; Promenades archéologiques en Espagne. I. Le Cerro de los 
Santos. II. fiche, púas. 22\ y 317, tomo IX, 1907, Bull. Hisp. ; L'archéologie en Espagne et Por- 
tugal, págs. 1-117, tomo XV, 1913, Bull. Hisp.; Essai sur l'Art. 

''■'* J. R. Míi.iüa: En la Rerista de Archivos de 1897, trata del Sileno o Fauno del Louvre, pro- 
cedente del Cerro de los Santos ( Llano de la Consolación, Montealegre); Las esculturas del Cerro 
de los Santos. Cuestión de autenticidad, tomo XLVIII, pág. 334, Boletín de la Academia de la His- 
toria, y en el Ateneo de Madrid, Escuela de Estudios superiores. Memoria de Secretaria referente 
al curso de 1902 a 1903. Resumen de las lecciones de Historia comparada del Arte ; en la Revista 
de Archivos, págs. 85 y 470, tomo VIH, 1903; págs. 140, 247 y 3tí5, tomo IX, 19Ü3; pág. 43, tomo X, 1904; 
págs. 144 y 27G, tomo XI, 1904, y tirada aparte de la Revista de Archivos, Madrid, 1906. 

'" E. AiHhRTiNi : Sculptures du Cerro de los Santos, Bull. Hisp., pág. 1, tomo XIV, 1912. 

■"■' Mamei. GoNzAi.hz SiMANc AS : L'n paso mas en el estudio del Cerro de los Santos: un retieoe 
de la diosa Epona en el museo de .Murcia, Cultura Española, Agosto 1909. 

■' Jui.iÁ.N ZuAZO V Palacios: La villa de .Montealegre y su Cerro de los Santos, Madrid, 1915. 

■■* Javier Fikntes v Ponte: Memoria histórico-descriptiva de A'. S. de la Asunción, en la ciudad 
(le Elche, Lérida, 1887. 

■ "' P. Jamot : fíuste antique de femme trouvé a Elche, üazette des Beaux-Arts, tomo II, 1898. 

^" Teodoro Reinach : La tete d' Elche au .Musée du Louvre, Revue des Etudes Grecques, 1898. 

-■'' Peuho Ikarra Riiz: Descubrimientos arqueológicos en Elche, Revista de la Asociación 
Artístico-Arqueológica Barcelonesa, Noviembre-Diciembre 1899; S'ouoelle decouoerte a Elche. 
Bulletin Hispanique, pág. 20, tomo I, 1899; Decouvertes archéolngiques a Elche. Bull. Hisp., tomo II, 
1900; Descubrimientos arqueológicos en Elche, pág. 5.», tomo XXIV, Boletín de la Academia de la 
Historia; Correspondencia alicantina. 6 Agosto 1897 (sobre la Dama de Elche, muy flojo); Ilustra- 
ción Española y Americana, 30 Agosto 1897; Revista de la Asociación Artístico-Arqueológica Bar- 
celonesa, Oct.-Dic. 18í»7. 

*" Emilio Hübner : Die Bíiste von Ilici, Jahrbuch des Kalserlich-Deutschen Archeologischen 
Instituts, 1898. 

»" León Heuzey : Statues ejipagnoles de sti/le greco-phenicien (Question d'authenticité). Comp- 
tes-rendus de TAcademie des Inscriptions et Belles Lettres, París, 1880; Revue d'Assyriologie et 
d'Archéologie oriéntale, París, 1891, pág. 96, tomo III, y en el Bulletin de Correspondance hellé- 
nique, pág. 608, tomo X\', I8J)1 ; Le Taureau chaldéen a tete humaine. .Monuments et mémoires (fun- 
dación Piot ), París, 1890; Le buste d' Elche et la .Mission de .M. Pierre París en Espagne, Comptes- 
rendus de TAcademie des Inscriptions et Belles-Lettre*. Septiembre 1897; Catalogue des figurines 
antiques de terre cuite du Louvre. 

•""■* PiERKE París: Huste espagnol de style greco-asiatique trouvé a Elche, Monuments et mé- 
moires de la Fondation Piot, tomo IV, fase. II, 1898; ¿a Díj/ma rff AVc/ií», Revue Philomatique de 
Bordeaux et du Sud-Ouest, 1899. 

-'•" J. R. Méliua: Busto ■ ante- romano descubierto en Elche, pág. 440, tomo I, 3." ep., 1897, Re- 
vista de Archivos, Bibliotecas y Museos (opina es del siglo III); en el Boletín de la Academia de 
la Historia, pág. 427, tomo XXXI, 1897, y en la Revista de la Asociación Arqueológica Barcelo- 
nesii, 1898. 

■■'*■ Ai.BERTiNi : Rapport sommaire sur les fouilles d' Elche. Compte-rendu de l'Academie des 
Inscriptions, UXt5. J 

-■"'• LoRKiis: Recherches numismatiques (habla de una esfinge antigua en cuya base había ca- 
racteres celtibéricos). 

^* RooRiüo Amador de los Ríos: Murcia y Albacete ( habla de la Bicha de Balazote ). 

-'"' PiERRE VValtz: Trois villes iberiques, Bulletin Hispanique, pág. 154, tomo II (habla de la 
especie de esfinge ibérica encontrada en .Mata de la Estrella, provincia de Albacete); Xotes sur 
l'archéologie ibérique, Bull. Hisp., pág. 433, tomo XIV, 1912. 

-'■" Artlro Enüel: En la Revue Archéologique, 1896, habla del animal de Agost, cerca de Novelda. 

■■' Pedro Ibarra v Rriz : Descubrimientos efectuados en Agost ( Icosium), cerca de Elche ( es- 
finge descubierta por Ibarra en Diciembre de 1893). 

*■* León Heizey : Le taureau chaldéen a tete humaine ( para compararlo con esculturas \\>é- 
ricas); Autre taureau chaldéen androcéphale, Monuments et mémoires de la Fondation Piot, pá- 
gina 115, tomo VI, y pág. 7, tomo VII ( habla de la Bicha de Balazote). 

*• ' MÉi ida : La Bicha de Balayóte, pág. 140, R. A. B. y M., 1896, 

■■* Eloenio Albertini : Lion ibérique de Baena, Academie des Inscriptions & Belles Lettres, 
Marzo-Abril, 1912. 

-'■• Gonzalo »k Otalora: .Micrologia geográfica de la Meríndad de Durango, Sevilla, 1634 
(habla de los becerros ibéricos). 

*•'• AtRELLANO Fernández Gierra: Discurso de contestación a D. Eduardo Saavedra (trata de 
los becerros ibéricos, que dice suman 300). 

'■• Juan Cabré Aquiló : Objetos ibéricos con representaciones de figuras de animales, proce- 
dentes de las excavaciones de Calaceite, Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Bar- 
celona, Abril a Junio 1908, pág. 400. 

*■* Vicente Paredes: Esculturas protohistóricas de la Península Hispánica (el Hércules de 



1 82 HISTORIA nr. K5PAf}\ 

Se^oviH, el ídolo de Miqueldi. toroa, verracos o (abaUes de toda la Peninsula), Revista de P.xtre- 

iiiadiir», pHU. W), AgOHto 1002. 

'^' I'. Pakis: /'etit tuurcnii Ihérii/iie en brome dii Mitsí^i' f'ronlncial de fUirrt'Inne, ptiK. lül, 
tomo II, Kullctin Hispuiiiqui', l!X)0, y Kt.-viie d'EtudcH ancieniH-N, ( )«:t.-l)ir. IIJOÍ). 

*" J. LiíiTi' i>i'. Vawoní i'i.i.os: A « porca» de Murai, O ArclicoloKo i'ortuuuez, Dic. IMB3. 

"' MoNHAi.i.n: An/nt'oloffia extremeña. í'n nuei»> ncrracn prehlnlóricn, pó^. 3UB, tfMm» LIV, Bo- 
li'tin de la Academia de la Historia. 

*'■' Institiit d'Rstiidis Catalans, pan. TiTi), Aniiari MCMVIII, Barcelona, Un alIreUmi ihMch a Klx. 

** Antonio Duioaik): Antlffüi'dtidcs de Murniedro (KÍtuado en la falda del cerro (jiie ocup<) la 
anticua y memorable ciudad de Sa^unto). Tiene veKtÍKÍoK de miirallaK il>érícaH, pá». l'üi, tomo I. 
Boletín de la Acad. de la Hist., 1877. 

*** Pablo Pakabsoi.s : I'ublicc') un articulo sobre la pirámide truncada de Olesa, cerca d«- Mataro, 
en la Revista Histórica, de Barcelona, IWO. 

"'^ Biii'.NAVKNTiJHA Hkknándi'z: Tarrunofiu hasta ta época romano . ^ítff. MT . (ibran completa* 
de MilA y Fontíinals, t(mio IV, coleccionadas por D. Marcelino M'- : ■ layo. 

"*' Manuk.i. Mu. a y Fontanal», catedrático que fu«; de la I le Barcelona: >4/7if/i/«'.« 

históricos soltre Olérditla, páR. H3, tomo III. Obra.s completas, tul; .^ ....^ por el Dr. D. Marce- 
lino Menéndez y Felayo, Barcelona, IWX). 

"" CoNDK DR ChüiLLo: Une forleresse ibéripiie a Ossuna, páK- K timio LII. B<iletfn de la Aca- 
demia de la Historia (habla de termas, mosaicos, figuras escultóricas). 

•** Artih w Enokl : Une forteresse il>érlqne a Ossuna ífotiilles de IfXU par MM. Engel et I'. Parí»), 
París, 1906. 

**' ViciíNTH Vkka: Descubrimientos anfueolófficos en Seuilla. Kev. de (ie»n<. ( olonial, 1913. 

"" CiAHHiKL Phhkira : Inslffula de /tronce atilif^ua, O Archeolo^o PortuKuez, páK. .MS, tomo V. 

*" Ru>i>i'.K : Bromes de l'Acropole d' Alheñes ( para compararlos con los encontrados en Iberia ). 

*** Dh la MArmoha : Voyage en Sardaiffne { liallazKos de cuernos semeiantes a los de Costil ). 

**' P. I'iTA : Nueoas inscripciones Ibéricas descubiertas en la provincia de Avila, páí{. iTO, 
tomo LXIII, Bol. Acad. Hist, (las Fuentes del Aravalla, el bronce del Cerro de Berrueco). 

•** Salomón Rkisach: Sur les cornes de borides terminées par des boules, L'Anthropolo- 
Kle, 1896 (sobre los hallazt;os de Cf)stÍK, para compararlos). 

** Bartolo.mi^. Fkrrá : /iallazffos arqueológicos en Costlg, Bol. de la Sociedad Arqueológica 
Luliana, Junio 1895, Palma de Mallorca; Bronces antlpuos hallados en Mallorca, págs. 37 y 3S. 
tomo V, 3.' época, 1901, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (cabezas de toro muchas, y pa- 
lomas); tirada aparte, Madrid, imp. de la Vda. e hijos de Tello, lílOl ; l-statuas de bronce halladas 
en Mallorca (notas de mi cartera), Bolleti de la Societat ArgueoloyltM Luliana, Diciembre I90H. 

™" E. HüBNER : Carta a Llabres, sobre los hallazgos arqueológicos de Costil : BnU-tm iif la 
Sociedad Arqueológica Uiliana, Palma de Mallorca. Septiembre 1905. 

'^ Dechf.lf.ttk : Les petits bromes Ibériques, L'AnthropoloKie, págs. 31 y 35, I9(X). 

*" P. París : Les bromes de Costil au .Musée Archéolo,í,nque de Madrid. Revue ArctiLoloyjquf, 
pág. 138, tomo I, 18f)(7; Ornernent en brome trouvé a Marchena ( Andalousie (, pág. ^, tomo I, Bu- 
lletin Hispanique. \'^S^\ Aiguiére de brome da Musée de Madrid. Revue d'Etudes anciennes, 1900. 

'"' J. R. Míi.iDA : Publicó un artículo en el Boletín de la Sociedad Arqueológica Luliana, de 
1."* Marzo 1896, sobre hallazgos arqueológicos en Costig; .4/ií/X''mí'í/oí/^4' rfí» Cos///^, Revista crítica 
de Historia y Literatura, 1896; La Colección de bronces antiguos de D. Antonio Vives I ídolos 
ibéricos), pág. 27, 3." época, año 19(X), Revista de Archivos, Bibliotecas y Mu.seos, y pág. l.'M del 
mismo año; Los bronces ibéricos de la Colección V^lves, pág. 484, tonlo XXIII, 1910, Rev. de Archi- 
vos, B. y M. ; Los bronces ibéricos // visigodos de la Colección Vives, Madrid, 1912; .Adquisición de 
los bronces ibéricos y visigodos de la Colección Vives para el .Museo .Arqueológico Sacional, 1913. 

'•**' E. Harlé : Les bronces antiques de Costig et un petit hceuf aussi de Majorque, página 107, 
tomo LXIII, Boletín de la Academia de la Historia. 

="' L. Ch. Watelin : Le site antlqáe de Costig (He de Majorque), Bull. Hisp., pág. lf«, t. XI V, 1912. 

*" A. Heiss: Plato celtibérico de tierra cocida descubierto en Segovla, p. 271, t. Xl\', B. A. H. 

'™ Pedro Belchior da Crizt .Arnphora de barro proveniente de Valencia del Cid (España), 
Portugalia, fase. 3.", tomo I, 1901. 

*" JosEP Pijoan: La cerámica ibérica a l'Aragó. pág. 241, Institut d'Estudis Catalans, Anua- 
r¡ MCMVIII, Barcelona, 

** E. Pottier : Catalogue des I ases antiques du Louvre. 

•"* L. SiRET : Nouvelles notes sur la ceramique ibérique, pág. 88, tomo XIX, L'Anthropolf>g¡e, 1908. 

*" José Lafuente: La cerámica celtibérica de Ayllón. pág. 256, tomo LXIII. Bol. Acad. Hist. 

** Narciso Sentenach : fio5<7«e/o A/s/dr/co sobre la orfebrería é's/j<7/7o/«. pág. 87. tomo XV'III, 
1908, Rev, de Archivos ( habla del tesoro de Jávea ). 

*«' Pujol y Camps : Un anillo Ibérico, pág. 165, tomo XVI, Bol. Acad. Hist. 

^'" A. Enqel: Godet de noria (cangilón de noria) provenant des mines de Coronada (pro- 
vincia de Córdoba ), comunicación enviada desde Sevilla en Enero de 1899, Bull. Hisp., pág. 127, 
tomo I, 1899; en la Revue Archéologlque reproduce una estatua de jinete ibero de la Colección 
Vives, pág. 414, año 1903. 

*" Emilio Taillebois: Deux objets d'Art ibériques. BuUetin Monumental, Caen, 1890, y en el 
Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra, 1895; Deux objets d'art ibériens, Caen, 1892, y 
París, 1892. 

■"- S. Reinach : Un bracelet espagnol d'or, Revue Archéologique, 1912. 

*'* Manuel Rodríguez de Berlanqa : Descubrimiento arqueológico verificado en el Tajo Mon- 
tero a principios de Febrero de 1900. Revista de Archivos, 1902 ( sobre un ídolo ibérico ). 

^" J. Dechelette: Agrá fes de ceinturons ibériques d' origine hellénique (extracto Opuscula 
archeologica Oscari Montelio septuagenario dicata, 1913), L'Anthropologie, pág. 709, ano 1913, y 



NOTAS 183 

Faris, 1913; Opuscula archeologica Oscari contiene, entre otras cosas, H. Schmidt : La alabarda en 
lispaña; Dechelette, sobre hebillas de cinturón ibéricas, que compara con material del S. de Fran- 
cia y de Grecia, deduciendo que se trata de una forma originariamente griega; juicio critico en 
la pág. 321, tomo VII de estudio, 1914. 

''s P. Pakis: Petit cavalier ¡bérique, Uulletin Hispanique, pág. 1, tomo VI, 19M. 
^"' J. R. Mki.iua: m jinete ibero. Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, Agosto- 
Octubre 1900, Madrid; ídolos ibéricos, Revista de Archivos, 1897 y 1899; ídolos bastetanos, 1902. 
"" Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, 191*2, primer trimestre. Notas arqueoló- 
gicas tj artísticas. Torques de oro hallados en Galicia y Joyas de oro en Galicia. 

■'"* P. París: Estudio sobre el tesoro de Jávea en la Jteoue Arctiéologlque, pág. 424, año 1906. 
"» J. R. Mélioa: El tesoro ibérico de Júvea (cerca de Denia), pág. 366, t<mio XIII, 190f), Revista 
de Archivos, Bibliotecas y Museos. 

•*• Ei-ÍAS Tormo v Monzó: Tesoro Ibérico de Jáfea, Cultura Española, pág. 256, n.° 5. 

™' Juan Lozano: Historia antifínii U moderna de Jumilla, Murcia, 1800. 

'*" Andrés (jómez Somorrostro: Acueducto y otras antigüedades de Segocia (habla del Hér- 
cules del convento de las Dominicas), 1830, 2." ed., Segovia, 1861. 

» DoMiNoo Bosartk: Viaje artístico, \W2 ( habla del Hércules de las Dominicas de Segovia); 
Viaje artístico a narios pueblos de España, Madrid, 1801. 

'*• CoNDH Alejandro dk i.a Bordk: Voyage pittoresque et ñistorique de I' Fspaune. \OSlO (hnhU 
de las esculturas ibéricas). 

"^ BopARiJi.i. : Historia crítica de Cataluña ( habla de esculturas ibéricas 1 

'* Salomón Rkinach : La sculpture en Puropelavant les inflnences greco- rununnes. L'Anthro- 
pologie, pág. 179, 18ÍW, 1895 y 18i)(i ( habla'de esculturas ibéricas ). 

'»■ HI^unkk: Statuen gallúkischen h'ríeger in l\>rfugul nnd Galicien, Archáoloainche Zeitunu, 
Berlín, Octubre, 1861. 

•'* Francisco Naval Aykrbe: Monumeníos ibéricos de Clunla, pág. ül, tomo L, Boletín de la 
Academia de la Historia. 

^ Méijda: El Hércules ibero-romano, pág. 15, Revista de Archivos, 1897; en la Revista de Ar- 
chioos,\ pág. 387, año 1883, y Holetin de la Institución Libre de Enseñuma. 31 Diciembre 1882, hablit 
del bajo-relieve de los mineros de Linares, y en la Revue Archéologique de 1903, tomo I, pág. 201. 

^^ Vu HNTK Parhdks QvMi.ts: Esculturas protohistórícas de la Península Hispánica. Revista 
de Extremadura, 1902; Le pretenda groupe d'Hercule a Segouie, Bulletin Hispanique, pág. 17.3, 
tomo VI, líKM. 

•"' Daibrék en la Revue Archéologique, pág. 193, aflo 1882, habla del bajo-relieve de los mi- 
neros de Linares. 

™' J. Martha l.'Art étrusque, pág. 556 (para compararlo con el ibérico). 

•*" Roso DK Luna: Lapida sepulcral de Solana de Cabanas, en el partido de Logrosán {Cá- 
ceas.), pág. 179, tomo XXXII, B. A. H. 

^ DiEQo (Colmenares Historia de [Segovia, 1837 ( habla del Hércules del convento de las 
Dominicas ). 

*** Paul Lafond : La Sculpture Espagnote, París ( se ocupa de escultura ibérica ). 

'" Auoi'STO de Soromknho: Traductor de la obra de HObner: Solidas archeologican de Por- 
tugal, Lisboa. 1871. 

*" E. P0TTIER : L'art antique en Espagne. Journal des Savants, pág. 577, Noviembre 1905. 

™ P. París: Essai sur l'art et I' industrie de I' Espagne primitioe. Chartres, imp. Durand, 1903- 
1905, juicio crítico en la pág. 577 del Jounial des Savants, 1905. 

** MSiiDA : Iberia arqueológica anterromana, Madrid, 1906. 

**« A. Encikl : Nouvelles orchéologiques de Azuaga, Cádiz, Chipiona, Mérída. Sevilla et Izna- 
iar, Bulletin Hispanique, pág. 14 tomo II, 1900. 

"' P. Fita: Lápida ibérica de Cabanes y romanas de Almenara, Villarreal y Tarragona, 
pág. 193. tomo LXIV, 1914, Bol Acad.lHist. 

>" A. Caqnieul La civilisation de V Espagne prímitive. Noviembre 19(4, Revue Fhilomatbique 
de Bordeaux et du Sud-Ouest. 

*" Méi.ida : La .Arqueología ibérica e hispano-romana en 1896, pág. ai, Revista de Archivos, 
B.ry M.. tomo 1. 

*" P. París: Antiquités ibériques (üi Salobral (Albacete), pág. 221, tomo VIII, 1906, Bull. Hisp. ; 
Vase ibérique trouvé a Carthage, Academle des Inscriptions et Belles Lettres, 1913; Archaeolo- 
gische Etinde in Jahre 1905 Spanien, Pierre París en el Jahrbuch Kaiserlich deutches archaeolo- 
gi.schen Instituts. 

*" Pedro París: ob. cit., pág. 55. 

^ Pedro París: págs. 264 y 265, ob. cit. 

*" Pedro París: ob. cit. pág. 283. 

*** Pedro París: ob. cit., pág. 321. 

^ Pedro Bosch üi-mpera : El Problema de la Cerámica ibéríca, Madrid, 1915. 

^ Salomón Reinach: Orpheus, Histoire genérale des Religions, París, 1900, pág. 166. 

"*' MARChxiNO Menéndez Pelavo: Heterodoxos, pág. 344, ed. cit. 

"'^ Marcfxino Menéndez I'elavo: Heterodoxos, pág 34íl, ed. cit. 

*" Schulten: ob. cit., pág. 196. 

** Schulten: ob. cit., pág. 197. 

"** ScmiLTEN : ob. cit., pág. 198. 

*" Schulten: ob. cit., pág. 199. 
. *' Marquís dh Cerralbo : Necrópolis ibéricas, pág. 19. 

''* J. Lkitk de Vasíoscellos : Religióes de Lasitania, volumen 111, Lisboa, 1913, pág. 14. 



bibliografía suplementaria 



Ligurcs, iberos, celtas y celtíberos. — i.ihhvki i>h M<imi<»i /.<•-. hi^u/r-, ci /.■ - 

hahitants de l'/Jimpe occidoiitalc. F'arís-Naiicy, ÜH.l (tontrario a Ih hipotcNin li^urdi 
Mai'kkk) I'iroi rir: Quolques réflexions sur la Qiiestlon liniire {\.'X\\\\\Tf>\)u\itv,w, 1' ¡ , . 
contrario a la hipiHesis lÍRur). - C. Jiu.i.ian: La lanftiie ItKure étuitelle indoufrmanií/iie I-' { k«-vue 
Archéolojíiquc, liKÜ, tomo I, pá^. (i5). Dki. mismo ai tok: Les anclens üieiix de l'Occldent. Pa- 
rís, 1914. (1. Dottin: Les anciens peitples de VEitrope, París, lilUi. (i. H. Phii-iiiii: f'hi / 
tateinische iind romanische element in der Has/iischen Sprachen, IH71; /:ine Hasbische Sr 
prohe, 1K7(>. Pahi.o Bkík a : L'Orifíine et la répartition de la Lauffiw basque; liasques fran^ <.. . „; 
liasques espufinols (Revue d'AiithropoloKÍe, Enero, IK?.")). A. f". Pon: l'eher Vasbische líimi 
liennamen,\K¡^i. Fkan< isco FihnAndkz v üonzái.kz: ñl nascuence i/ las lenguas seruiíka.t (l)i^*c. 
del Congr. Xlii intern. de Orientalistas, Hambur^o, \W¿, tí. A. H.. XLIV-DKM, páR. 300). Hiu.) 
ScHi'CHAKDT : Husbisch und Romanisch. 1!)06. Josí. Bhi nkt v Bi-i.ikt: lirrors histórichs. II. Si 
Arios ni Inda-arios, Barcelona, IKK!). J. 1^. Oi ivkika Mahtins: Quadro das InslitUfoc^ " 

Lisboa, IKÍW. Ji'AN i)K Jaikííain: La l'asconie. litude liistorique el critique. '2 \i>\s 
CoNDH i)K Chahkmkv: íilymolofíies eusbariennes, Chartres, 188."); Quelques etymolo^ í/ 

riennes, IWW; Seuf etiimolonies Inisques.YM!^, Philolofíie eusbarienne, \^aS\ Les noms des pointa 
de l'espace chex les ari/ens de I' Burope oriéntale et de I' Asie, 1910. Ei.ías üaqo Rabanai.: Apun- 
tes para la historia de la Hspaña primitiva, instadlos de Arqueoloffia protohistórica y Etnografia 
de los Astures lancienses (hoy leoneses), León, líKW. V. Pigí ht: Les civilisations de lAfrique 
du Nord, Berhéres, Arahes, Tures, París, 1909. A. (íimí nkz Sf)i.tH : Iberos y Bereberes ( B<jI. d^" 
la Acad. de Bones Lletres de Barcelona, 1!X)9). -Juan Fkhnánkkz Amaook di- ios Ríos: AntiKÜe- 
dades ibéricas. Pamplona, 1911. A. Schi'i.tkn: artículo Híspanla de la Paulys Real-Encyclopádií 
der Classischen Altertums-uüssenschaft neue fiearheitunfi be/fonnen von fieorff H'issooa (vol. \"' 
pág. líXJtí, Stuttgart, 1913). Coklho: Eoolu^ao /feral das sociedades il)ericas. E. Haii i 
Les Celtes, les Arinoricains, les Hretons (Journal des Savants, 1H60, páy. 32(i). Mairv: Annro 
lo/fie celtique et ffauloise (J. des Savants, IK77, págs. 173, 197,261 y 410). J. Loth: Essai sur le 
verbe neo-celtique (J. des Sav., 18K2, pág. 432). Dri, mismo aitok: L'omphalos chez les celtes» 
(Rev. des Etudes Anciennes, 1915, pág. 193). H. ScHt'CHÁHDT : Romanisches und Keltisches, IWK». 
- E. Ernaii.t: Tresor du vieux celtique (J. des Sav., 1897, pág. 4K(j). A. Holdhr: Alt-celtlscher 
Sprachschatí (J. des Sav., 1877, pág. 486; 19(M, pág. 363). E. W. Bykon Nichoi.sson : Keltic Re 
searches ( J. des Sav., líXM, pág. .lOl ). X. Iovusvxh: Esquisse d'une histoire des études celtique^. 
Lieja, lí)Oó. H. Pkokhskn: l'erffleichende Grarnrnatib der beltischen Sprachen, 2 vols., 1909. 
R. Forrkr: Prühistoriches auf Keltischen Mñmen (Zeitschrift für Ethnologie, tomo XXXV, pá- 
gina 709 ). ~ F. Qáscuk : Origen de la .Wúsica popular vascongada ( Extr. de la Rev. Intern. des 
Etudes Basques, tomo Vil, París, 1913). J. Brissaid: La couvade en Bearn et chez les Basque.-^ 
(Revue des Pyrénées, 1900). - J. Hf.rvé: La race basque ( Rev. de l'Ecole d'Anthr., 15Julio 1900). 
Q. A. WiLKEN : La couvade ches les peuples de l'Archipel indien (v. L'Anthropologie, 1894, pág. 3."tí 
habla de los iberos y de los vascos actuales y de Navarra francesa ). Colignon: La Race basque. 
Etude anthropologique (v. L'Anthr., 1894, pág. 276).— Dr. L. VViijíf.n: L'Origine des Celtes (L'Anthr., 
1903, pág. 492; dice que entraron en España el siglo v). - Ei. abate Claehont: Note sur l'origine 
des Celtes (Aúnales de la Société Scientifique de Bruxelles, Enero 1904). — E. Baelv (de Tokio): 
Carta hablando de la identidad de los celtas y los mongoles (Verneau, L'Anthr., 1903, pág. 613; 
V. L'Anthr.,' 1902, pág. 777; notas de S. Reinach y Laloy acerca de esta teoría ). 

Edad del hierro. — Óscar Montelils: La chronologie préhistorique en France et en d'autres 
pays celtiques (L'Anthropologie, 1901, pág. 609). Hoernf.s: Die Hallstatt-periode (Archiv für 
Anthropologie, 1905). — J. Pijoan: Una estación prerromana en Cataluña (Puig-Castellar) [Hojas 
Selectas, 1906, pág. 483]. — F. Maciñeira: Otra empuñadura de antenas de Hallstatt encontrada 
en Galicia (Bol. de la Real Acad. gallega, IV, 1909). — J. Villa-amil v Castro: Productos de la me- 
talurgia gallega, Orense, 1907. — Soler y Palet : Contribució a la Historia antiga de Catalunya. 
Egara-Terrassa, Barcelona, 1906. — Cazurro: Las cuevas de Seriñá y otras estaciones pre-histó- 
ricas del NE. de Cataluña (Anuari del Ins. d'Est. Cat., II, 1903, pág. 79). — Fita y J. Vilanova: £"5- 
polla y Colera (B. A. H., XVII, 1890, pág. 136); Breve reseña de los descubrimientos arqueológicos 
llevados a cabo por el Centro Artístico de Olot, Olot, 1878. — R. Paribem : Carnes de consecration 
dans le premier age de fer européen ( Bull. Palethnol. Ital., series 3, 7, X, pág. 304, Parma ). — Vio- 
LLiER : Vne nouvelle subdivisión de l'époque de Laténe ( Extr. des Compt.-rendus de l'Ass. Franc. 
pour l'avancement des Science?), París, 1911. — S. Reinach: Un bracelet espagnol en or (Revue Ar- 
chéologique, 1912, II, pág. 375).— Reinecke: Altertümer unserer heidnischen V'orzeit. Mainz. — J. df 
Saqarra : Descubrimientos arqueológicos de Puig-Castellar ( Bol. de la Real Acad. de Buenas Le- 
tras de Barcelona, 1906). — Rubio de la Serna : Noticia de una necrópolis ante-romana descubierta 
en Cabrera de Mataró, Barcelona, 1881. — P. Bosch v Gimpera: Campanya arqueológica del Ins- 
tituí d'Estudis Catalans al limit de Catalunya (Caseres, Calaceiti Múfalió) [Anuari, 191J-14, pági- 
nas 819 y siguientes]. ■ • 

Cultura ibera? Arte y Religión. — José Coroleu: Noticia histórica sobre los muros de Ge- 
rona, 1878. Teodoro Creis: San Miguel de Olérdula, Villanueva y Geltrú, 1893. — Fita: Lámina 



HISTORIA DE ESPAÑA 1 85 

celtibérica üe l)ronce hallada en el término de Lúzala, partido judicial de Sigiienza ( B. A. H., 
t. II, 1882, pág. 35). VicKNTK Pakkdes Qlillén: Historia de los Tramontanos celtibéricos, Plasen- 
cia, 1888. P. Wai.tz: Trois villes primitives nouoellement explorées ( Los Castillares, Los Altos 
de Carcelén, Las Grojas) [Bull. Hisp., 1900, II, pág. 153]. P. París: Fouilles et recherches á 
Almedinilla (prov.f de Cordoue) [Rev. Arch., París, 1906]. — HCbner: Galicia Histórica y Pre- 
histórica (B. A.H., 1902, pág. 547 ). Antonio Lknüias v L.ázaro: Vn monumento protohistórico 
que existe en el término municipal de Cózar ( B. A. H., t. LXI, pág. 215). A. Schllten: Les pointes 
de lance representées sur les stéles funeraires (Bull. Hisp., t. XIV, 1912, pág. 196). —Juan Cabré: 
artículo sobre estelas funerarias iberas (Bol. de Historia y Geografía del Bajo Aragón, 1908). 
Marqcf.s i)k Cerrai-bo: Les fouilles d' Af(uilar d' Anguila ( Rev. d'Et. Anc, 1913, p. 437). — E. Tormo: 
La Sociedad de Excursiones en el Palacio de Cerralho ( BíjI. de la Soc. Esp. de Excurs., 1915, pá- 
gina 225). E. Herrera Oria, S. J.: Las Xecrópolis ibéricas (Ibérica, 1916-2, pág. 296 ). Pedro 
Bosí H Gimi'era: artículo sobre Cerralbo, Necropoles iberiques (Congr. Int. d'Anthr. et Arch. 
Préhist. Compt.-rendu de la XIV ses., üinebra, 1912) [ Anuari 1913-14, pág. 940]. Vicente Bardavii' 
PoNz: Historia de la antiquísima i'illa de Alhalate del Arzobispo. Zaragoza, 1914. F. Ibarka: 
Illici, su situación y antigüedades, 18K). H. Sandars : Pre-roman fírome ootioe nfferings from 
Despeñuperros in the Sierra Morena ( Archaeologia, LX, pág. 69). -Del mis.ho altor: The Wea- 
pons ofthe Iberians, Oxford, 1913. Del .niismo altor : Les Armes d' Almedinilla ( Rev. Archéol., 1907, 
tomo I, pág. 177 ). Del mismo altor: Notas sof>re la puente quebrada de Jaén, 1913. J. Deche- 
LETTK : Les petits bromes ittériques ( L'Anthropologie, 1905, pág. 29). — Del mismo autor : Agrafes 
de ceinturons iberiques d'origine hellénique ( Extr. de Opuscula archaeologica Oscari Montelius 
septuagenario dicata, 1913). Del mismo altor: Observations sur les torques (Rev. Arch., 1913, 
pág. 231); Arqueología celio-romuna (en Galicia), articu\o acerca de un torques céltico de oro 
(B. A. H., LXI, pág. 534). E. Aibertini: Xote sur la prorenance d'une statuette ibérique (Rev. 
Arch. Bibl. y Mus., Sept.-Dic. 1916, pág. 2iM). ENRiyuE Romero oe Torres: Antigüedades ibéricas 
de Torredelcampo (Jaén ), articulo sobre un idolillo ibérico de marfil con triángulo sexual y rizosa 
cabellera, único en su clase ( B. A. H., 1916, tomo LXIX, pág. 201 ). E. üaiimiz: Gargantua, essai 
de mythologie celtique ( Journ. des Sav., 1868, pág. t>58). — J. Lkklocq: Etudes de mythologie celti- 
que ( Journal des Sav., 1869, pág. 443 ). J. Costa: Cuestiones celtibéricas : Religión, carta a D. Fidel 
Fita, publicada en el Diario de tlueloa, Sept. 1877. Malry: Mythologie celtique {J. des Sav., 1888, 
págs. 330 y 429). J. Loth : Le Dieu Lug, la Ierre mere et les Lugooes ( Rev. Arch., 1914, pág. 205).- 
Andri-s Martínez Salazar: Los Lucoves, Dioses gallegos y celtibéricos ( B. A. H., tomo LVI, pá- 
gina 349). Ei'íiENio Urroz Erro: Prehistoria religiosa del pais vasco ( Euskal-Erria, Oct. y No- 
viembre 1916 ). P. Fi.ÓREZ : Descendencia de ¡os iberos españoles. — Versiones bíblicas y tradi- 
ciones hebreas sobre los iberos. — Moción ibero : Su primitiva situación. J. Cabré : Objetos ibé- 
ricos de Calaceite ( Boletín de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, 1908). C^veiro PiSol; 
Iberia protohistórico, MÜU. E. Leülina y Vidal, harón de la Veua ke Hoz: La Espada española. 
Madrid, 1914. J. Zuazo v Palacios: Meca, Madrid, 1916. M. Serrano Sanz: Xoticias y docu- 
mentos históricos del condado de Ribagona. etc., Madrid, 1912 ( defiende la tesis oriental ibera).— 
IdNAcio Calvo y Jlan Cabré: Excavaciones en la Cueva y Collado de los Jardines (Santa Elena, 
Jaén), Madrid, 1917. E. \vlasco: Reseña histórica de los estudios sobre caracteres it>éricos,\i- 
toria, 1915. P. Bosch: La cultura ibérica a la ratlla d'.Aragó (página artística de La Ven de Cata- 
lunya. 5 Marzo y 19 Febrero 1917 ). 



historia df. f.spaSa. — t. i. - 24. 



Fig. 1(17. Hanorama de las excavaciones en la neápolis de Ampuriat». (Antiari d'tstudis Catalans.) 



CAPITULO IV 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



LOS fenicios y Tharsis. — No es muy extensa la bibliugraña de obras gene- 
rales sobre el pueblo fenicio, siendo, en cambio, numerosas las monografías 
sobre aspectos particulares de su religión, colonias y comercii». Entre los extran- 
jeros merecen especial mención las obras de Scholz*, Pictet*, Hengstenberg', 
Heeren*, Gesenio'', Creuzer'', Bertou", el clásico libro de Movers', las produc- 
ciones de Guys^, Keurick *", liourgade *^, Hübner*^, los interesantes trabajos de 
Kenan '^, la labor de Davis ^^ y Poulain de Bossay ^*, sin olvidar las investigacio- 
nes de Schrüder'", Levy^^, Bargés"*, I.enormant'^, Bournour^**^, Menant^*, Mas- 
l»ero^-, Noldeke-'', Kegnier'*', Rawlinson -•'', Ledrain^"", Babelon^' y HofTmann'*; 
el año 1890 se publicaba la traducción española de la J listona de los fenicios, de 
Pietschmann -'*•*, v en 1897 daba a conocer Bonsor*^ sus importantes descubrí 
alientos; del año siguiente es una monografía de Laignes^' sobre las necrópolis 
fenicias de Andalucía. Siguen a éstos los artículos de S. Keinach-^'*, Berard**, 
JuUian**, Jalabert^** y las publicaciones de Champault^, Slouschz^', Siret-^ y 
Dussaud^^, sin omitir las obras generales de Sayce*", Lagrange", Chabas**, 
Berger^^ y Cavaignac'**, completadas con los estudios concretos de Heuzey**, 
Rougemont*^ y duque de Luynes^". La producción española no va en zaga en este 
respecto, y desde los antiguos ensayos de Saiazar^**, Aldrete*^ Mondéjar •'**', Pi- 
nedo ^^, Pérez Bayer''*, Villanueva"^, Horozco**, Castro^, Olivar y Hurtado''*» y 
Vera''' sobre lengua fenicia o antigüedades gaditanas, sigue en aumento la i»ro- 
ducción literaria después de los descubrimientos de Cádiz y ajtarecen las erudi- 
tas publicaciones de Berlanga''*, el artículo de Ij)s fenicios en Galicia, de Maci- 
ñeira Pardo •''^, los Hallazgos de Villaricos, del P. Quirós^, los substanciosos 
trabajos de Mélida'"' y l'elayo Quintero '•-, un artículo de Fernández López *^ y 
otros de Blázquez^* sobre noticias geográficas de I^ytheas, un libro de Rubio de 
la Serna ^'^ y el estudio de Fernández y González sobre El vascuence y las lenguas 
semíticas ''*"'. 

Las primeras noticias que tenemos de los fenicios no son transmitidas [jor 
ellos, las conocemos gracias a los relatos de los geógrafos e historiadores clási- 
cos; Diodoro de Sicilia da cuenta del espíritu especial y característico de este 



l88 m.STCjKIA I>K hSI'ANA 

¡)iiebl(j,d(' una idiosincrasia espiritual única en la antij^ücdad y cuyos hechos o no 
quiso escribirlos, por no ser hazañas y empresas guerreras, o no lle){aron a nos- 
otros si acaso hubo de cantar las artes de la paz y las prosperidades mercantiles. 

(-onviene conocer la psicolojjía de esta raza <|ue se ponía en contacto con 
los primitivos iberos y había de influir en su cultura, en su civilización y en »\is 
creencias quizás más de lo que vulgarmente se cree. (A qué estirpe pertenecían? 
¿Cuál fué su misión en la Historia? La contestación a estas dos preguntas es 
antecedente necesario para hablar de su llegada a la península. 

Mucho se ha discutido acerca de su establecimiento en Siria, de su lengua 
de tronco semita y de la contradicción aparente inserta en la Biblia, que los hace 
hijos de Canaán y descendientes de C ham. La lengua fenicia, por las inscripcio- 
nes descubiertas, por cierto no muy numerosas, y por las monedas y nombres 
geográficos, es parienta cercana del hebreo; por otra parte, afirma Renán que el 
carácter semita rechaza la industria, no tiene espíritu político, carece de organi- 
zación municipal, la navegación y el comercio le repugnan: ¿cómo explicar esta 
anomalía.'' El sabio francés resuelve el prfiblema diciendo que el fondo de la raza 
es chamita y cjue una invasión semita posterior dominó el país imponiendo su 
lengua, pero asimilando el carácter étnico de los dominados; mas esta solución 
le parece arriesgada, por creer muy extraño (|ue razas inferiores como las que 
habitaron el territorio fenicio antes de la invasión semita pudieran cambiar el 
modo de ser de los conquistadores"". Ricardo Pietschmann se hace cargo del 
supuesto espíritu atribuido a la estirpe semítica y sustenta la opinión de que, 
aun concediendo caracteres marcadísimos a las ramas semitas, debe recordarse 
el ejemplo perenne de la raza judía, obligada por la opresión a cambiar de rumbo 
y de aficiones, no debiendo olvidarse estas circunstancias que influyen en el des- 
tino de los pueblos, ocurriendo lo mismo en los fenicios semitas, que por situa- 
ción geográfica^ se vieron impulsados hacia el mar, convirtiéndose en navegan- 
tes por condiciones políticas, al verse rodeados de pueblos fuertes y conquista- 
dores, al igual que sucedió en los comienzos de la Edad moderna con la 
decantada vocación marítima de los portugueses. 

Si existió realmente una emigración de tribus fenicias desde el Pioií de los 
egipcios, o sea desde la costa arábiga del mar Rojo hasta la Siria, <' cuándo tuvo 
lugar esta emigración.''; ¿fué posterior a las expediciones coloniales hacia ambas 
cuencas del Mediterráneo?; <los chamitas anteriores fueron también arriesgados 
navegantes? Son éstos otros tantos problemas que t(ídavía no han hallado 
solución. 

El carácter dominante de los fenicios históricos es el espíritu de empresa ; 
de condición aventurera, se lanzan a los peligros del mar para alcanzar ganan- 
cias y posiciones ventajosas, sin miedo a establecerse en lejanas tierras si la 
nueva patria era un territorio propicio al bienestar; para ellos parece escrito el 
proverbio latino: Udt bene ibi sit patria. No tuvieron una civilización propia, pero 
supieron tan a maravilla adaptarse a la cultura de los pueblos progresivos que 
trataban y conocían, tal don de asimilarse en un sentido práctico los adelantos 
de los otros pueblos, que sin nada original fueron los verdaderos civilizadores 
del Occidente y los transmisores del arte y del progreso oriental. 

Los fenicios que llegaron de Oriente a la península ibérica colonizaron antes, 
como es natural, el Mediterráneo oriental y la costa ligur-ibérica, desde los Alpes 



I 



LAS PRIMERAS COLONIAS 1 89 

a los Pirineos, extendiéndose luego más allá en la costa oriental de la península 
pirenaica; estas factorías, en época temi)rana, fueron sacrificadas a los estableci- 
mientos de los griegos. Pero no puede dudarse de esa previa existencia, pues se 
encuentran huellas de nombres semíticos incluso en la época griega, y también 
lo demuestran las relaciones de Carthago con esas tierras, que por vez primera 
hallamos mencionadas en la reunión del ejército del año 480. La existencia de 
una comunidad fenicia en Massilia parece demostrarse por la célebre mesa de 
sacrificio, acaso en el siglo v (a. de J.C.); de todas maneras, en estas cercanías se 
ha de buscar el sitio en que por vez primera encuentran los fenicios el estaño ^'V7- 
/Icecico o britannico y el ámbar del mar del Norte, y quizás desde allí marchen 
al lugar de su producción después (jue han conseguido en Tharsis un punto cen- 
tral y firme para su poderío en el Oeste y al i)ropio tiempo un punto de partida 
para ulteriores expediciones^^. 

El nombre Tharsis desde la misma antigüedad dio lugar a confusiones bien 
explicables por las influencias i»osteriores de la colonización griega y la dt»mina- 
ción cartaginesa, originando esto que se aplicase ora al levante, ya a ciudades 
determinadas del mediodía de Kspaña; la mayor alteración la causaron los tra- 
ductores alejandrinos, que no sabían dónde podía estar Tiirsdiisch, y Josefo 
colocaba Tarstis en Cilicia. Hoy día se cree que Tharsis equivalía a la Tarlesios 
griega, cuyo territorio, al parecer, se extendió hacia Oriente, hasta el actual 
Júcar, allí donde la costa oriental de la península da frente a las Pitiusas, en 
cabo de la Nao. Alí, del lado acá de las columnas, surgió abundante número de 
establecimientos fenicios, contándose entre ellos Sc.ti, Malaca, Car ley a y otros 
muchos. En cuanto a su antigüedad sólo pueden inferirse sospechas, pues tene- 
mos que contentarnos con admitir lo que va apareciendo en la tradición de 
ulteriores acontecimientos históricos; deben ser anteriores evidentemente a las 
ciudades fenicias situadas del lado allá del estrecho y parece confirmarlo una 
leyenda de fundación gaditana que enumeraba entre los grados previos de la de 
Gades, la de Sexi ^^. 

Pero Tharsis hacia Occidente abarcaba el territorio del río de igual nombre 
{Betis de los romanos) con la costa desde el estrecho hasta el Anas (Guadiana); 
y frente a la desembocadura del primer río, que entonces tenía otra forma y por 
cuyas aguas entraban tierra, muy tierra adentro, fundaron los fenicios a Gades 
(Gader), «la fuerte», centro de los establecimientos semitas de Tharsis, La 
riqueza principal de la tierra de Tarschisch'^ y su gran fuerza de atracción para 
los fenicios descansaba en la abundante plata que especialmente se obtenía en 
las fuentes del río. Pero también podían adquirirse otros metales preciosos, como 
el oro, el tan escaso y codiciado estaño, hierro y cobre, unos explotados en la 
misma tierra y otros porque Huían con el tráfico de partes remotas de la penín- 
sula. Además, en los ríos próximos existía el caracol que da la púrpura y gran 
cantidad de peces de las especies más buscadas. Lo que la antigüedad clásica ha 
transmitido sobre datos positivos respecto de la antigüedad de Gades, está tan 
íntimamente relacionado con las tradiciones sobre la fundación de Utica. que 
sólo unido con ellas podrá encontrarse su valor. La mención más antigua de 
Tharsis se remonta al siglo x (a. de J.C.); en tiempo del rey Salomón, o sea 
hacia el año 1000 (a. de J.C.), se dirigen grandes buques fenicios, que por eso 
se llamaban viajeros de Tharsis, hacia la ciudad que estaba en los dominios de 



Javan, os decir, en rl ()<'»tí*, y <iuc na ri( a en oto, plata, |)|í)n>o, hierro y eslaño. 
I¿n el adorno saj^rado del sumo sacerdote judaico figuraba la piedra preciosa 
Tarsis y en la tabla de pueblos del Génesis se nombra a Tarsís cíjmo segundo 
entre los hijos de Javan, lo cual prueba que para Ujs hebreos el concepto de hi 
tierra y sus productos era corriente en é|)Oca inuv remota, |)or lo menos no 
mucho después del comienzo de la monarquía^-. 

La fundación de Gades se fija por 'I'imaios en el ano ii<kí, y cst(j unido al 
sincronismíj de Útica, da cierta s«-yuridad a esta fecha, y, como dice Meitzer, la 
colocación cronológica tiene realmente base sólida y las fuentes coinciden en 
que Tiro puso en ejecución la idea <le fundar a (iades como asunto público rea- 
lizado en gran escala; «le a<pií cabe inferir que al suceso hubo de preceder un 
desarrollo más extenso del tráfico, buscándose entonces un nuevo punto de 
apoyo, y así (iades vino a ser un lugar previo de la dirección occidental de los 
fenicios hacia una soberanía efectiva de los territorifjs próximos. Por tanto, el 
hecho supone un conocimiento completo de la tierra cjue entonces se trata de 
explotar sistemáticamente; fué por tanto, según Meltzer, el alto final del pri- 
mer gran camino seguido por los buques fenicios a la caza del lucro, llegando a 
ser Gades el punto de |>artida y la base de ulteriores empresas en aguas atlánti- 
cas, tanto hacia el Sur como hacia el Norte. 

Muy enlazada con la colonización hispana se halla la tradición de los esta- 
blecimientos fenicios en la costa de África que mira al Atlántico, pues así como 
habla de la fundación de Lixus y del tráfico activo con el interior, puede cole- 
girse como no im})robable la existencia de factorías al O. y X. de la península 
ibérica. Dice el relato tradicional que las ciudades más allá de las columnas 
de Hércules habían sido fundadas poco después de la <»uerra troyana. Los viajes 
de los fenicios se extendían cada vez más al N., a lo lar;;o de las costas atlánti- 
cas de Europa; ocurrió buscar las fuentes mismas de la producción del tan 
deseado estaño y las del ámbar, emancipándose mediante un tráfico inmediato 
de las alternativas del intercambio con iberos y ligures. Para lograrlo hicieron 
vela hacia Galicia, que entonces también daba estaño, llegando a las costas 
occidentales gallegas y de allí a las islas Sorlingas, a Cornuall^s v a la actual 
costa alemana del mar del Norte '•'. 

De la estancia de los fenicios en Galicia mucho se ha discutido, deléndién- 
dola Humboldt, Saralegui, Murguía y Maciñeira; este último estima que el gran 
rompeolas de Estaca de Vares y la grada para la construcción de navios atesti- 
guan la presencia de aquellos intrépidos navegantes. El río Sor toma su nombre 
de la antigua denominación de Tiro y la Peña das Rodas es un altar fenicio. 
Rechaza Hübner todos los argumentos de Maciñeira como insostenibles y dice 
que Sor es la corrupción del Sais de Mela, y en cuanto al antiguo camino de 
Vares a Puentes, por la cresta de la sierra Faladoira, lo cree prerromano, pero no 
se advierte ningún vestigio fenicio. Mesquita de Figueiredo ha publicado una 
nota interesante acerca de las ruinas de antiguos establecimientos de salazón 
descubiertos en el Algarbe y de origen fenicio '^. 

Respecto a la cuestión de si los fenicios llegaron a las islas Canarias, Madera 
y Azores, diremos, con Meltzer, que esto no pudo ocumr hasta la época cartagi- 
nesa, y en cuanto a prolongar sus viajes hasta las playas de América ha sido una 
hipótesis sostenida por Humbug y que tiene pocos partidarios. 



LAS l'KIMKKAS COLOMAS IQl 

Un problema queda por solucionar y es el referente al famoso pasaje de 
Varrón donde dice que los persas vinieron a llspaña. No es el único texto sobre 
el particulai , pues Salustio sostiene que Hércules, en su expedición a la penín- 
sula, vino acompañado de medos y perSíis. Fita lo explica, considerando que el 
imperio de Nabucodonosor y el persa de Kiros tuvieron, aunque pocos años, 
bajo su dominio a España, pues Carthajjo se declaró independiente de Persia 
imperando Kambises (529-520 a. de J.C). D'Arbois de Jubainville da una inter- 
pretación parecida, identificando los persas con los tirios de la época de Kiros, 
cuando fueron sometidos ])í)r éste en 537. 

El Comercio fenicio. — Muy interesante para el estudio de la colonización 
fenicia es determinar las orientaciones de su comercio, y de este punto con- 
creto se ocupa Luis Siret, señalando el sitio probable de las islas Cassitérides. 
Acumula argumentos para probar que, dadas las indicaciones de Strabón, Avie- 
nus, Plinio y Pomponius Mela, las citadas islas son hoy llamadas de Morbihán, 
en las costas de la Armórica francesa. Ru/us Fesíus Avienus áe^crihe el ilistrim- 
nis con su cresta rocosa vuelta hacia e! viento templado del Mediodía; sus islas 
ricas en plomo y estaño, sus pobladores navegantes y mercaderes, sus puertos 
frecuentados por los comerciantes de Tartessio, Carthago y de las columnas de 
Hércules; en sus puertos se organizaban las expediciones a Irlanda, Inglaterra y 
extremo Norte. Esta relación concuerda con un pasaje de César que habla de los 
navios de los vénetos que se habían sublevado en Arm«'irica y coinciden sus pa- 
labras con la descripción que de las naves de los ivstrimnios hace Avieno, luego 
son un mismo pueblo^*. Ahora bien, Ips primeros navegantes que conocieron 
estas islas del estaño fueron los fenicios, y siguiendo a Rtt/its Festus Avienus, que 
para su Ora nuiritinuí ha utilizado dot;umentos púnicos, entre ellos el periplo 
de Himilcon, los puertos de la Armórica o de los (Hstrhnnios estaban frecuenta- 
dos por mercaderes cartagineses, gaditanos e iberos; claro está que éste es un 
cuadro de la situación comercial en el siglo vi, pero responde a un estado de 
cosas resultado de un comercio de varias generaciones. Ezequiel refiere en el 
siglo vil que el estaño llega a Tyro en naves de Tarshis: esto corrobora la nece- 
sidad de algunos siglos para establecer un comercio que ya es tradicional en la 
éi>oca del profeta. La comunicación marítima de Tarshis, los (Estritnnios ^ Yt.- 
nicia tiene relación directa con la fundación de Gadir. La misma leyenda contada 
])ür Strabón de cjue los fenicios intentaron por tres veces la fundación de la 
(iudad, buscando sitio adecuado en la población de los Exitanos (Motril), no 
lejos de la zona de minas de plata, en Oniiba (Huelva), cerca de las minas de 
cobre, y, por últinKJ, en Gadir, pues alli las victimas sacrificadas se mostraron 
propicias, es una prueba de que el comercio con los (Jistrimnios era muy 
antiguo y que la fundación se explicaba por sostener sus relaciones mercantiles 
con el Atlántico. 

Deduce Siret su conocida tesis de que el comercio fenicio en España es 
muy anterior a la fundación de Gadir, afirmación más que probable, pero que 
lleva al ingeniero-arqueólogo a sostener que la segunda etapa de colonización 
fenicia data del siglo xii, en el cual los fenicios fueron desposeídos por los celtas 
de sus factorías del interior del país, buscaron el medio de sostenerse asegu- 
rando su comercio y fundaron Gadir. Por otra parte los cartagineses, herederos 



J()¿ JIISTOKIA DE KSI'AÑA 

de l(j.s Iciiicios, si^'uiírion el mismo itinerario que sus |>rcdeces<jres, f)or 1ü cual 
podemos asegurar (.jue el /^/'///í-' o exploración de Himileon rcfiroduce la ruta 
fenicia a la Armórica (Siret), 

Pueden considerarse, pues, tres épocas en la colonización semita: la prunera, 
quizás sidonia, que Siret señala en el primer tercio del segundo milenio, en el cual 
descubren los fenicios los yacimientos occidentales de estaño y otrí>8 metales y 
efectúan un comercio |)r(>longado y lucrativo. De este período los antiguos sólo 
nos han transmitido un vago recuerdo, que atestigua la prioridad comercial de 
los fenicios. El segundo período, hacia el siglo xn, se caracteriza, según Siret, 
f)or la llegada de los celtas, amigos de los griegos y enemigos de los fenicios, 
que permiten a los primeros desenvolver su comercio en detrimento de los 
semitas; los comerciantes griegos arriban a las costas de la üalia y establecen 
relaciones con los (lis/n'mnifls, de esta manera prescinden del intermediario fe- 
nicio y le hacen una ruda ct^mpetencia. El tráficí) se verifica probablemente por 
medio de los indígenas, entonces fué cuando llamaron C assitérides a las islas pro- 
ductoras de estaño. Cuando la invasión celta, los sidonios tuvieron que evacuar 
España, sucediéndoles los tirios, que fundaron Gadir para conservar el monopo- 
lio de la navegación oceánica y el tráfico marítimo del estaño. La tercera época 
está caracterizada por la decadencia del comerci*» tirio y el surgir Carthago a 
recoger la herencia semita"". 

Explicación clara puede darse de las escasísimas noticias del primer |)eriod{j 
fenicio en España, y son : el carácter eminentemente práctico del pueblo fenicio, 
que ocultaba con exquisito cuidado los rumbos de sus expediciones; la no exis- 
tencia de un arte propiamente fenicio, que hubiera dejado inequívocos rastros 
de su paso, y, por otra parte, la opulencia de las ciudades fenicias, la abundan- 
cia de metales preciosos, la riqueza de sus mercaderes y el papel importantísimo 
asignado a estos atrevidos navegantes en la antigüedad, indicios más que su- 
ficientes para sostener la existencia de sus expediciones occidentales en tiem- 
pos remotísimos, sin que de sus derroteros se tenga especial noticia. Todas las 
conquistas de la Historia se han hecho a mano armada por pueblos poderosos 
que invadían un país para engrandecer la patria o crearse una nueva; los con- 
quistadores imponían a los vencidos sus costumbres e introducían un arte y sus 
industrias, pero los fenicios eran unos pocos mercaderes perdidos en la inmensi- 
dad del globo, incapaces de levantar un poderoso ejército y de someter las tribus 
indígenas por muy primitivas que fuesen. Dice Siret que han conquistado el 
Occidente sin derramamiento de sangre, por el prestigio de su superioridad, 
por su habilidad de expertos comerciantes, con la paciencia, la astucia, el atrac- 
tivo de su pacotilla de perfumes, ungüentos, drogas, la magia y demás recursos 
de hombres civilizados que se imponían con facilidad a las sencillas tribus ibéri- 
cas. Los israelitas, que tenían motivos para conocer a los fenicios, definían su 
comercio comparándolo a una cortesana que se prostituía en todos los reinos 
del mundo (Isaías). Se ha dicho de ellos que eran los ingleses de la antigüedad, 
y nada más exacto; dominaron en Occidente sin producir revoluciones violen- 
tas; no destruían las civilizaciones locales para substituir la propia, por el con 
trario, hacían lo posible para mantener aquélla, la cultivaban, la explotaban; 
halagaban a los naturales e introducían las mejoras compatibles con sus propios 
intereses, convirtiéndolas en nuevas ocasiones de tráfico ' '. 



LAS PRIMERAS COLONIAS 193 

Los indígenas desconocían el valor de los metales y el éxito de la colonización 
estribaba en dejar a los naturales en la ignorancia del valor de aquellos produc- 
tos; de esta manera el comercio de la plata fué tan lucrativo para los fenicios. 

1.1 erudito Víctor Berard ha encontrado, en el estudio de la Odisea, el catá- 
logo de objetos que constituían el muestrario del mercader fenicio. Para él, la 
Odisea es la integración en un nostos griego de un periplo y de un poema 
semíticos; por lo tanto, encierra una riquísima información acerca de la navega- 
( ion y el comercio fenicios. I^s baratijas (pie llevaba el comerciante fenicio 
para engañar a los pueblos bárbaros se llamaban á^p^-xta. que significa juguetes 
Y adornos sin valor, bujerías de vidrio; entre ellas figuraba el uó«voc pasta 
vidriosa coloreada de verde, y el jeshct, clase de vidrio azulado. Empleaban tam- 
bién otro medio de atraer a los naturales, y era el de las bebidas fermentadas, 
como los piratas del siglo xvii y hasta los pueblos colonizadores en nuestros 
(lías; estas bebidas eran, entonces, el oinos, el néctar y el massikos, acompañadas 
de una especie de aperitivo denominado uü»fí¿v. A cambio de estas bagatelas 
obtenían los fenicios hierro, cuero, pieles, bueyes, minerales, esclavos y mujeres 
para el harén o para los sacrificios. 

Ks necesario no ctmtundir los objetos de arte y la industria fenicia, caracte- 
rística de las épocas posteriores, con el período antiguo de su civilización; enton- 
ces no conocían h industria del vidrio, los ídolos y escarabajos egipcios no fueron 
obje'o de transaccituí comercial hasta el siglo xv o xiv, en que eran muy estima- 
dos en los países griegos, y mucho más tarde los fenicios los imitaron o los com- 
praron para venderlos en todas las costas del Mediterráneo (Siret). 

El estudio detenido de 500 tumbas neolíticas ha permitido a Luis Siret el 
afirmar que los fenicios llegaron por primera vez a Esi»aña al final de la piedra 
l)ulimentada, ocultando cuidadosamente el uso del bronce, merced a lo cual 
pudieron explotar con suma facilidad los aluviones estañíferos de las Cassitéri- 
des y los tesoros minerales de la península, sin que los indígenas sospechasen 
el empleo y destino de aquellos ri(iuísimos filones de su suelo. En los restos 
encontrados aparecen, como ya hemos señalado al tratar de la Edad de la 
piedra, j^roductos importados, como el ámbar, jade, la turquesa occidental o 
calláis, las conchas, el huevo de avestruz, el marfil de elefante y de hipopó- 
tamo y los frascos de perfumes, que constituían la pacotilla del mercader fenicio, 
salvoconducto i)ara ganarse la voluntad de los iberos y extraer la codiciada 
j>lata del solar hispano. Tradición de la ri(iueza de España en metales argentífe- 
ros es la famosa leyenda, relatada por Diodoro, del incendio de los Pirineos y 
de los ríos de plata producidos por la fusión del metal sometido a la acción del 
calor; esta leyenda es una prueba inequívoca de la existencia de plata en Iberia 
y de la fama de ser un país rico en esta clase de substancias metalúrgicas. Si los 
fenicios lo (exportaban, claro es que sea explicable su no existencia en las tum- 
bas neolíticas, pero se han encontrado abundantes vestigios de una metalurgia 
primitiva, como crisoles, hornos, productos del tratamiento y minerales; los más 
interesantes entre estos últimos son los carbonatos de cobre, sulfuros de plomo 
argentíferos y un fragmento de plomo argentífero fundido. Siret explica estos 
hallazgos diciendo que eran mercancías preparadas para la exportación. 

No era solamente la plata el metal exportado de España j^or los fenicios, 
era también el cobre de los ricos yacimientos de Hueh a y el estaño de Portugal 

HISTORIA RE ESPAÑA. — T. I. — 25. 



194 IIIVir)R|A f'! V'-"*^«i 

y de Galicia, frecuentemente nie/clado con < lo. iJe estíos i'iltimfíS yacimientos 
pasaron a las Cassitéridcx. 

Factor importantísimo en la colonización ienicia fué la religión, valiéndose 
(ie la superstición, de las artes mñgicas y de las ceremonias d<l culto para adue- 
ñarse del ánimo sencillo de aíjueilas tribus primitivas, embaucadas por la ciencia 
misteriosa de los extranjeros. De esta época s<ín los ídolos de piedra en forma 
de violón y de hacha, el triángulo sexual de alabastro y la figura simbólica del 
pulpo. Sobre todo, donde Siret nota los rastros fidedignos de la religión fenicia 
es en la palmera mística, representada en los esquistos grabados de Granada y 
Almería; una placa de la necrópolis de los Millares (Almería) representa la hoja 
de la i^almera y en la misma forma la encontramos en las monedas púnicas, tan 
abundantes en la i)enínsula. Maximiliano Apollinario halló en una sepultura de 
cúpula de .V. Martinho una pina de calcárea en la cual se reconoce el racimo de 
la palmera. El culto de la palmera ha nacido en Oriente y ha sido transmitido 
por los fenicios. Los hclylos son también muy abundantes en Iberia; Helh-FA 
significa la casa de dios, mansión de lü, dios de la palmera^". 

La parte fenicia de España es la Andalucía moderna, la Bélica romana, la 
Turdetania, Tartéssida o Tharsis prehistórica. Su eje es la cuenca del Guadal- 
quivir, limitada al S. por la cordillera hética que se extiende paralela a la costa; 
el punto culminante de estas montañas alcanza la altura de 3.000 metros en 
Sierra Nevada. Los navegantes que llegaban del E. podían penetrar en Andalu- 
cía por las regiones bajas del O., donde desemboca el hist<'»rico Betis, pero para 
ello era preciso atravesar las columnas de Hércules, lo cual alargaba la navega- 
ción. Aunque lograsen internarse por el camino indicado, esto no quitaba valor 
a la ruta más directa por el SE. Aquí se presentaba otro obstáculo; había que 
salvar la cordillera Bética y, para lograrlo, los únicos caminos practicables eran 
los lechos de las corrientes de agua, por lo general casi en seco, y formados con 
gravas. La mayor parte descienden de las montañas y no tienen utilidad alguna, 
pero otros conducen a gargantas practicables que ponen en comunicación con 
las vertientes interiores; es posible que los antiguos hayan seguido ese itinerario. 
Más al E., en una comarca rica en plata, se halla el río Almanzora; en el sitio 
llamado Almizaraque, cerca de la playa de Villaricos, Siret ha encontrado galena 
y plomo neolítico e ídolos de hueso pintado; probablemente los fenicios llegaron 
allí. Pero el punto de desembarque es malo y no es de suponer que los conquis- 
tadores hayan arribado con sus flotas. El verdadero camino indicado para inva- 
sores que llegan del E. es el río Andarax o de Almería, que desemboca en un 
buen puerto, buscado ya por los antiguos; une el mar con la parte E. de Anda- 
lucía y conduce directamente a las ricas minas de cobre argentífero del O. de 
Sierra Nevada. No muy lejos está el sitio llamado Los Millares, a la entrada de 
un desfiladero; es la población neolítica más interesante que ha descubierto 
Siret, pues tenía una importancia estratégica excepcional. Por su situación era la 
puerta oriental de la Tartéssida y estaba destinada a proteger el país de la irrup- 
ción de invasores venidos del E. "^ Esta circunstancia ha hecho pensar al publi- 
cista francés si los fenicios no llegarían acompañando a un pueblo de conquista- 
dores, o si dejando por una vez su pacífica actitud de comerciantes, los semitas 
de Siria o los pobladores de la cadena del Líbano, viendo la resistencia de los 
naturales en alguna fracasada intentona, cambiasen de procedimientos y arribasen 



LAS PRIMERAS COLONIAS 195 

a la península en son de conquistadores y con audacia de hombres de armas, 
sacrificando sus hábitos tranquilos por la riqueza inusitada de aquella tierra de 
promisión. Las circunstancias en verdad eran excepcionales, pues las muchas 
guerras de aquel entonces requerían un consumo grande de bronce y los fenicios, 
que conservaban sigilosamente el secreto de sus expediciones ultramarinas, 
sabían que en el lejano Tharsis se producía en abundancia el cobre y también 
había estaño y ruta para conseguirU»; ésta es la causa natural de la opulencia de 
los mercados fenicios, el lujo de sus ciudades y la natural abundancia de metales 
vendidos por los ávidos mercaderes de Fenicia. 

Queda una cuestión por resolver: ¿fueron los sidonios los que de una manera 
constante comerciaron con la Armórica? Los estudios de Siret le han inducido 
a manifestar que el comercio del estaño con las CassiUríiUs lo hicieron ios 
fenicios jjor mediación de los iberos, que poseían una flota y que conocían la 
ruta de Oriente. Razona el escritor francés de la siguiente manera: los fenicios 
es natural que mostrasen a los iberos el interés que para ellos tenía aquel 
comercio, pero acostumbrados a climas cálidos, los habitantes del país de las 
palmeras no se resignaban a continuas expediciones a comarcas frías y húmedas. 
Además, ningún resto de civilización oriental se ha encontrado en el Morbraz, 
a lo largo de las islas ni en el Morbihán. Acerca del calláis, por muchos creíd(» 
oriental, hay que tener en cuenta que existe otro llamado turquesa occidental 
con yacimientos en Francia {Motitehras, Creuse) y en }í&^2iX\^ (Val de Flores, 
Cáceres). Dionisio el Periegeta y Avieno son muy explícitos en este particular 
y convienen en reconocer la participación activa de los iberos en el comercio 
con las Cassitérides ; la religión de los armoricanos neolíticos es ibérica y en Mor- 
bihán se descubren vasos caliciformes transportados por los iberos y caracterís- 
ticos de su civilización •*. 

Víctor Berard sigue una opinión parecida a la de Siret respecto a las Cassi- 
térides, pues supone estaban situadas en la desembocadura del Loira y de la 
Vilaine, en Piriac (Loira inferior) y en Villeder (Morbihán); sin embargo, cita 
un texto de Diodoro en el que se menciona a España como país productor de es- 
taño *^ En contra de la tesis fenicia de Siret, un sugestivo estudio de Salomón 
Reinach trata de probar que los descubrid(»res del estaño fueron los frigios, fun- 
dándose en la interpretación de un texto de Plinio el naturalista *-. El académico 
señor Blázquez opina que las Cassitérides no estaban en Inglaterra ni en las islas 
Sorlingas; las primeras islas que recibieron aquel nombre fueron las del Cabo de 
Santa María, enfrente de las cuales había yacimientos superficiales de estaño y 
hasta filones de este metal que se siguieron explotando durante la Edad media, 
según consta por testimonio del escritor árabe Maccari. Estos yacimientos fueron 
explotados, según Blázquez, por los samios y no por los fenicios. Agotados los 
yacimientos de la Bética y de la parte meridional de Lusitania, los cartagineses 
encontraron en Galicia nuevos yacimientos, estableciendo en las inmediatas 
islas depósitos de estaño y llamándolas también Cassitérides^^. 

El problema de las colonias pregadiritas ha sido defend do por Movers; 
este autor admite un primer período de colonización fenicia en Iberia que se 
extendía desde el siglo xvi al xii, anterior a la hegemonía tiria y a la fundación 
de Gadir; habla también de una Gadir pretiriana y afirma que los fenicios, antes 
de Moisés, llevaban a Palestina y a Egipto los productos de España. D'Arbois 



196 IlISTOKIA DE ESPAÑA 

de Jubainviilc nu admite la hi|>ótesis de una Gadir pretiriaii.i, \,t,^, .,.. .lisctite 
la cuestión de las colonias anteriores a Gadir. Dcchelette, com<» veremos lue^o, 
es contrario al parecrr <le Siret y a la tesis de Movers. 

La prosperidad fenicia se debió i>or tanto a la explotación de Ujs minerales 
de Occidente; !(» fenicios, como verdaderos parásitos del mundo antij^uo, según 
acertada frase de Siret, se cnriíiuccen a sus expensas. Ya in»licam<>s «pie la pri- 
mera fíise de la cfíloni/ación fenicia corresponde a la hegemonía de Sidón; la 
segunda empieza en España con la fundación de Cádiz y coincide con la hege- 
monía (le jiro, prolongándose hasta la destrucción de esta ciudad por Nabu- 
codonosor de 587 a 574. 

Cuando Tiro se puso al frente de los asuntos fenicios, éstos habían cam- 
biado; la causa del cambiíj desfavorable para el pod<*río fenicio era la aparición 
de un |)ueblo nuevo, en opinión de Siret el celta, o la intervención de los 
griegos, rivales de los fenicios y alia<los a los indígenas para combatir al enemi- 
go común. La inferioridad de los fenicios para luchar en tan «lesiguales Cf)ndi- 
ciones, hizo que pensasen los tirios en sacar el mejor partid» í posible de su 
situación; la marina fenicia era aún superior a la griega, y si habían perdido el 
monopolio del cí)mercio mediterráneo, lograron im|íedir a sus competidores el pe- 
netrar en el Océano. Para guardar el estrecho fundaron Gadir hacia el año i ico; 
era una posición estratégica; custodiaba el estrecho y al mismo tiempo era una 
escala y una factoría. Lsto prueba que los fenicios conservaban todavía relacio- 
nes comerciales con algunas regiones; tenían probablemente aliados, y la llegada 
de los helenos no suprimía toda posibilidad de competencia, sobre todo respecto 
a las Cassitériíies y a los productos de las regiones insulares. Los griegos podían 
llegar a la Armórica por los valles del Ródano y del Loira; podían también, por 
el Ebro, alcanzar las regiones estañíferas de Galicia, pero de todos modos los 
caminos terrestres presentaban muchos inconvenientes, mientras que la ruta 
marítima ofrecía grandes ventajas, y el estaño de la Céltica se contaba entre los 
primeros productos que enriquecieron a Gadir ^. 

Siret, que conviene con Movers en establecer como tesis la existencia de 
una colonización f>rcgadirita en la península, cree encontrar una razón etimoló- 
gica en el nombre de Gador que lleva la población moderna de Ia>s Millares, y 
que está a tres kilómetros de la prehistórica; esta denominación pudiera indicar 
el sitio y establecimiento de una Gadir occidental. Dechelette se muestra muy 
asombrado por la teoría de señalar la fundación de Gadir precisamente en la 
época de la decadencia del poder fenicio, cuando parece debiera .ser todo k> 
contrario; trata de combatirla opinión de Siret sobre el cambio sufrido en la 
civilización ibérica por la aparición del bronce y la supuesta ruina del poder 
fenicio. Combate el argumento de que el ar.e de fortificación de las poblaciones 
es distinto, pues responde a una evolución del mismo; replica Siret que no 
puede ser así, porque las fortificaciones de la Edad del bronce son inferiores a 
las del eneolítico e indican por tanto un retroceso. Respecto a la desaparición de 
los ídolos, dice Dechelette que la confección de los iconos se había modificado y 
que la materia de fabricación era entonces la madera y la arcilla, y por eso han 
desaparecido; contesta Siret que se han conservado muchos objetos de madera 
de esa época, y, sin embargo, no hay entre ellos ningún ídolo. Acerca del altar 
con cuernos, donde Dechelette ve la continuación «Jel arte egeo en España y de 



LAS PRIMERAS COLONIAS 197 

la influencia me literránea, responde Siret con la propia confesión de su sabio 
contrincante, el cual asegura que entre los celtas el culto del toro y de otros ani- 
males cornúpetos se extendió tanto (|ue los habitantes primitivos de Europa 
sustituyeron el toro por el carnero '*-^. 

Entre las civilizaciones del bronce y del hierro hay grandes diterciicuis, que 
ya expusimos. Parece ser que la aparición del hierro coincide con una disminu- 
ción o casi desaparición del carácter belicoso. La incineración es peculiar de la 
Edad del hierro, v en las sepulturas se hallan los siguientes objetos: urnas cine- 
rarias con coberteras de tierra gris o negra, lisas o decoradas con incisiones, 
lorques de bronce, fíbulas serpentiformes de bronce, brazaletes de bronce, pen- 
dientes, anillos de bronce o plata, y placas delgadas de bronce con ribetes de 
hierro ; todos estos objetos, como his urnas, pertenecen a la civilización euro- 
pea del hierro, sobre todo a la de Hallstatt. Algunas veces entre el mobilia- 
rio se encuentran objetos de cerámica de forma diferente, de color claro, más 
finos y mejor cocidos, o perlas pequeñas redondeadas, de cuarzo recubierto 
de esmalte. Esta ollería y estas perlas son idénticas a las descubiertas en las ne- 
crópolis fenicias de España y de Carthago; de manera cierta anuncian la presen- 
cia o la proximidad de los fenicios, aunt|ue sean en corto número; dice Siret 
que son argumentos más decisivos porque los descubrimientos de la primera 
fase del hierro son poco numerosos, mientras que los restos de la Edad del 
bronce son muy abundantes. Famosa es la necrópolis de Herrerías, en una 
región de minas de plata a tres kilómetros del mar; las tumbas son fosas de inci- 
neración conteniendo urnas, y entre ellas se halla el tipo indígena, y otras de 
forma y láctura parecida a las de los cartagineses, con bandas horizontales rojas 
y negras; la cerámica fenicia también está representada por lámparas abiertas 
con dos picos. Las joyas se clasifican en dos grupos: los brazaletes y ornamen- 
tos de collares indígenas, al lado de los huevos de avestruz pintados, de las 
perlas fenicias de oro y de una presea de plata figurando la luna en creciente con 
el disco, símbolo esencialmente fenicio"". Necr<')i>olis parecidas han sido des- 
cubiertas por lí. Bonsor en Carmona. 

Una necrópolis exclusivamente tiria, sin ninguna mezcla de eíemento indí- 
gena, es la de Vilaricos, explorada por Luis Siret; está cerca del mar, próxima a 
la antigua Baria. Allí se han excavado 400 sepulturas tirias, cartaginesas, roma- 
nas, visigóticas, bizantinas y árabes. En el grupo tirio las hay de dos clases: las 
más pobres son sencillas fosas de incineración ct>n lámparas y huevos de aves- 
truz pintados como los de Herrerías y Carmona; las otras son grandes cámaras 
construidas a cielo abierto en la ladera de la colina, recubiertas de edificación 
de piedras, cimentadas con tierra, y bóvedas salientes. Se han descubierto los 
sarcófagos de madera de cedro en los cuales los tirios habían depositado sus 
muertos; con los restos de los esqueletos se hallaron muchos pendientes de oro, 
perlas de vidrio, plata, oro, ámbar, coral, amuletos egipcios de pasta, fragmentos 
de cofrecillos de madera con asas de bronce, huevos de avestruz y vasos. De- 
lante de la puerta, y en el pavimento de la gran cámara, una pe(iueña fosa con- 
tenía los huesos incinerados de un niño, y a su lado perlas y amuletos; esta tumba 
es indudablemente tiria en casos del mismo género; el P. Delattre cree que son 
los restos de niños sacrificados a Moloch «^ La necrópoUs tiene otra particulari- 
dad muy atendible, y es que parece haber sido violada y destruida a mano armada; 



iqS historia de españa 

ahora bien, los (jbjetos presentan caracteres de ser del si^jlo vi, precisamente la 
época del desastre de Tiro, sitiada durante trece años por Nabucodonosor. I^i 
desj^racia de la metrópoli trajo consigo la de las colonias; (iadir fué amenazada, 
<|uizá cayó en manos del enemigo, pero Cartílago, cuyo ijoderío había crecido 
considerablemente, vino en su socorro; los indígenas fueron rechazados y el 
poder púnico restableció las destruidas colonias. 

Durante la hegemonía de Tiro, o sea desde el i loo al Goo (según la hipóte- 
sis de Siret), los fenicios no fueron nunca dueños de España; ai principio no 
tenían más que Gadir, luego fueron estableciendo colonias a lo largo de la costa; 
su influencia no penetraba en el interior de la península, ocupada ()or las razas 
celtíberas. 

Civilización fenicia. — Si algo espiritual de los fenicios hubo de influir en 
las ideas y concepciones de los indígenas hispanos, fué la religión, empleada i»or 
los colonizadores como medio de dominación. 

Dice con verdad Masjjero que es difícil señalar el puro canon de ¡a religión 
fenicia cuando las corrientes místicas de Gildea y de Egipto tuvieron tanta im- 
portancia en la formación de sus creencias; el dios pescado de Babilonia se lla- 
maba Dagón en Ascalón, y la diosa Astarté es la misma Ishtar babilónica; la 
leyenda de Isis y de Osiris emigró a Biblos, convirtiéndose en la de Adonis y 
Astarté. Aseguraban que el cuerpo de Osiris, despedazado por Ti|)hón y lanza- 
do al mar, había flotado sobre las olas arribando a la costa de Siria, donde había 
permanecido durante largos años. Thot se naturalizó fenicio, conservando en su 
nueva patria el rango de historiógrafo divino y de inventor de las letras. En Siria 
cada pueblo, cada ciudad, cada tribu, tenía su señf'r (adon), su dueño, su Jiaal, 
que tenía un nombre i)eculiar para distinguirlo de los Baalins de las ciudades 
vecinas. Los dioses de Tiro y de Sidón se llamaban Baal-Sour el dueño de Tiro 
y Baal-Sidón el dueño de Sidón. Los que personificaban el ¡irincipio del fuego 
celeste en toda su pureza, del sol creador y motor del universo, eran calificados 
de rey (tnelek, molok) de dioses; Kronos se apellidaba el de Biblos, y Melkarth, 
el gran dios de Tiro, cuyo culto se propagó hasta las más lejanas colonias, no 
era más que el Baal de la necrópolis. Cada Baal estaba unido y se desdoblaba en 
una divinidad femenina, su compañera la Baalat de la ciudad, la reina {Milkal) 
de los cielos; llevaba el nombre genérico de Astarté, pero a veces agregaba el 
nombre del dios compañero. El carácter de estas divinidades no puede definirse 
fácilmente; los Baalins son casi todos encarnaciones de las fuerzas de la natura- 
leza, del sol, de los astros; las Astarlcs "^xt-úú&n el amor, la generación, la guerra, 
la sucesión de las estaciones. Dioses y diosas habitan las crestas de las monta- 
ñas, los bosques, las corrientes de agua; se revelan a los mortales en las alturas 
(Bamoth), se alojan en los árboles, en los manantiales, en las piedras toscas 
(betylos), en los dólmenes, en los bloques tallados en columna^*. 

Como Fenicia no formó jamás una unidad política, se explica que nunca 
haya tenido un gran dios Baal. Melkarth, el Baal de Tiro, fué asimilado por los 
griegos a Herakles y es sencillamente Melck-Karth (el rey de la ciudad); Eshmíin, 
asimilado al Asklepios griego, no ha sido posible aún explicar su nombre. Cuando 
el fenicio hablaba de un Baal, se refería a su dios local *^. 

En otro sistema, que fué el más conocido por los griegos, siete dioses, los 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



199 



Cabyres, hijos de Sydyk el verídico, 
representaban los creadores del uni- 
verso agrupados alrededor de un oc- 
tavo, que era Eshmún, que ios domi- 
naba a todos; su mito era popular en 
las ciudades marítimas, que lo difun 
dieron en las costas del Mediterránei 
y sobrevivió a la colonización fenicia. 

Los cultos cananeos, dice Mas- 
l>cro, llevaban consigo una cantidad 
de ceremonias sangrientas o licencio- 
sas. Los Z)'í7<7//>/.v reclamaban imperio- 
samente el derramamiento de sangre, 
no sólo de animales sino también de 
hombres, pues en circunstancias gra- 
ves se exigía por la divinidad el sa- 
crificio de los primogénitos, y en 
casos de peligro público el rey y los 
nobles ofrendaban, no una víctima 
solamente, sino todas aquellas que 
el dios escogiese. Las quemaban a su 
presencia y el olor de la sangre apla- 
caba el furor de la divinidad; el soni- 
do de las flautas y los gritos de ale- 
gría debían acallar los gemidos de las 
víctimas, y para que la ofrenda fuese 
eficaz, las madres debían estar allí 
vestidas con sus mejores atavíos. Las 
Astartés, si bien menos crueles, no 
eran menos exigentes; prescribían a 
sus sacerdotes la flagelación, las mu- 
tilaciones voluntarias y hasta la pér- 
dida de la virilidad ; muchas divinida- 
des femeninas no aceptaban como 
servidores más que a las cortesanas y 
a los sodomitas ^. Reinach duda de 

la existencia de ritos crueles en la religión fenicia y dice han sido inventados 
por sus enemigos; debían ser simulacros o comedias rituales ^*. 

Adonis (el señor) era el dios de Biblos, y dos veces por año los peregrinos 
acudían al santuario de Aphaka, en el valle del río Adonis. En el solsticio de 
verano, los misterios a que asistían eran de carácter fúnebre; la diosa Astarté se 
había enamorado de Adón, Adonim (Adonis), pero un rival celoso, escondiendo 
su rencor en el cuerpo de un jabalí, había dado muerte al amado. Fenicia entera 
se asociaba al duelo por la desgracia de Astarté. A la llegada del otoño. Adonis 
resucitaba e iba a reunirse con su adorada; el júbilo y la alegría más escandalosa 
se apoderaba de los fieles, y las mujeres se entregaban a los extranjeros, dedi- 
cando el salario al tesoro de la diosa. 




Fig. 108. — Sarcófago fenicio de Cádiz. 



200 



IIIS'IOKIA DK KS!'\N\ 




I-iií. 1(1!). Sarcófago ft'iiicio de (^ádiz. 



Nu saUtMiios na<la cinto sí)l)r<' 
las ideas <lc los fenicios sobre la 
otra vida. Su cosmoj(onía es igual- 
mente obscura. Iajs relatos fenicitís 
de la Creación que nos lian trans- 
mitido los griegos, son muy seme- 
jantes a las tradiciones babilonias; el 
caos, fecundado por un soplo divi- 
no, jiroduce dos principios, mascu- 
lino y femenino, de los cuales surge 
un huevo, que, i)artiéndo8e, forma 
el cielo y la tierra. Los templos fe- 
nicios eran peíjucños y se hallaban 
construidos al estilo egipcio. En la 
parte exterior había muchos san- 
tuarios al aire libre con altar de 
l)iedra y postes sagrados. Fenicia 
tuvo sacerdotes y sacerdotisas, y 
algunas jerarquías estaban reserva- 
das para las familias reales '•**. 

Este fué el culto que los feni- 
cios trajeron a España, donde tu- 
vieron uno de sus más famosos santuarios de Melkarth, el templo de Cádiz erigido 
en su honor. Melkarth es el Hércules tirio y el dios navegante, símbolo de la colo- 
nización fenicia en el Mediterráneo. Lástima (jue no tengamos una descripción 
del templo que sea digna de crédito, porcjue las narraciones del poeta .Silio 
Itálico y del propagandista religioso Kilostrato dejan mucho que desear; pode- 
mos sin embargo reconstruir aproximadamente la forma del templo con los datos 
que nos suministra el de Amrith (Maratus), i'mico templo fenicio del cual se 
conservan ruinas considerables. En el centro de un gran patio (témanos) rodea- 
do de pórticos, estaba la celia o santuario residencia del simulacro divino, que 
era por lo general una piedra o monolito (betvlo): delante del templo había tres 
grandes cilindros terminados en punta cónica, especie de phalus gigantescos. 
Silio Itálico dice que en Cádiz el símbolo divino era el fuego inextinguible con- 
servado por los sacerdotes; Filostrato habla de dos columnas de oro y plata 
con inscripciones en letras desconocidas, y del olivo de oro de Pigmalión, cuyo 
fruto era una esmeralda, símbolo, según se cree, del Melkarth tirio. Leite de 
Vasconcellos trata de probar la existencia de santuarios fenicios de Herakles y 
Saturno (El) en el cabo San Vicente y en Punta de Sagres (Pr. Sacrum). 

Otra divinidad siria, de que habla Lampridio en la Historia Augusta, tuvo 
su culto arraigado en España y fué la diosa Salambó, como consta por las actas 
de las mártires Santas Justa y Rufina; no podemos, aun poseyendo este testimo- 
nio, asegurar si el culto fué muy antiguo en la península, pues el nombre de la 
divinidad suena, más que a fenicia o cananea, a mezcla posterior de las deidades 
sirias en tiempo de la dominación romana, durante la cual hubo un trasiego 
enorme de divinidades orientales y apariciones y resurgimientos de cultos secun- 
darios, que tomaron entonces una preponderancia inusitada por la moda o el 



^ LAS PRIMERAS COLONIAS 20I 

capricho de los emperadores. Por otra parte, Rodrigo Caro sustenta el parecer 
de que la por él llamada diosa Salambona fuese una heredera de la Astarté o 
Venus del mito de Adonis, lo cual nos afirma en nuestra opinión de que en Se- 
villa se adoraba a la descendiente siria de la diosa cananea, sin que pueda pen- 
sarse que durante la colonización fenicia ocurriese el existir un culto tergiversa- 
do e imitador de otro, cuando el original, modelo y prototipo se hallaba en 
aquella ocasión vigente y en pleno conocimiento. 

Si podemos dudar del culto anterior, no sucede lo mismo con el de los 
Cabyres o Cabiros, del cual conservamos testimonio fehaciente en las monedas 
de Ebusus, de plata, que muestran en el anverso un cabiro puesto en cuclillas, 
ornada la cabeza de tres cuernos o plimias, teniendo en la mano derecha un mar- 
tillo y en el brazo izquierdo una serpiente arrollada; estas monedas, como dice 
Hübner, no se encuentran sólo en las Baleares, sino en otros sitios, lo cual de- 
muestra que fué una acuñación iiúnico-sícula que duró mucho tiempo, pues 
hasta la dominación r<jmana aparecen en curso. Abundan las de Málaga, estudia- 
das por Berlanga. El culto de los Cabiros parece que tuvo su principal foco en 
la isla de Ibiza. 



Respecto al arte fenicio en España, podemos afirmar con Hübner que el 
templo célebre de Cádiz ha menester de un nuevo Schliemann para descubrir sus 
gloriosos vestigios, quizás sepultados en el fondo del mar. En 1887 se descubrie- 
ron en Cádiz tumbas fenicias en un paraje llamado Punta de Vaca, y entre las 
tumbas, el famoso sarcófago antropoideo de mármol (figs. 108 y 109); en otra 
tumba próxima se habían encontrado amuletos y alhajas de indiscutible origen 
fenicio que señalaban el carácter de la necrópolis. Acerca del sarcófago, las opi- 
niones son encontradas. Berlanga lo cree una piedra indígena, Hübner lo clasificó 
sin vacilación como de época anterior a la cartaginesa, probablemente de la 
Ciades fenicia y del siglo v ; Pedro Paris estima que es una obra griega, pues aun- 
que nota su semejanza con un cofre de Sidón del Museo del Louvre, dice que la 
cabeza de hombre barbado es de estilo griego arcaico (siglo v) y pertenece por 
lo tanto a un arte que ha recibido, según la expresión de Heuzey, la acción de 
vuelta del arte griego. En el segundo de los sepulcros simultáneamente descu- 
biertos, nada fenicio se encontró; son restos de ar- 
mas ibéricas. El tercer sepulcro encerraba restos 
de mujer, la cual, en uno de sus dedos, llevaba un 
anillo con arco de oro y piedra de ágata, engarzada 
de manera que pueda girar; en el lado convexo 
tiene esculpido un escarabajo y en el plano una 
figura con un velo y túnica sin mangas ; lleva un 
jarro y con la otra mano sostiene una flor de lotiis 
o papiriis. Sin duda el anillo es de procedencia fe- 
nicia, pues tiene semejanza con otro escarabajo de 

ágata descubierto en Siria. Lo mismo puede de- pjg „o._ Necrópolis de Cádiz, 
cirse del collar encontrado en la sepultura gaditana Anillo de oro con piedra 
^/^n rlJo, ^„^«f^o ^^ ^ j ^ . ^ j giratoria. Mnwon rf'£5/urf/s 

con diez cuentas de oro, nueve de ágata, tres ador- Cataians.) 

HISTORIA DE F.SPASa. — T. I. — 26. 






202 



MISTOUIA I)R ESPaSa 




KiK. 111. 



Necrópolis de Cádiz.'Hipogeos excavados en 1!U4. 
( Anitarí (l'liatitüis Catalans.) 



nos de pasta o \i(lrio 
y un coléjante con 
nueve hojas, algunas 
(le ellas esmaltada* ''. 
En los años láfjo, 
1891 y 1802 continua- 
ron los ílescnbrimií'a- 
tos de hipO|Tcos; entre 
los hallazgos de 1891 
están cuatro amuletos 
cilindricos pendientes 
de un hilo de oro en 
forma de espiral Cñ^- 
ra 113, 4); en 1892 se 
encontraron una abeja 
de oro, un collar de 
cuatro perlas i)equeñas con un colgante granulado (fig. 113, 5), y otro collar de 
diez y siete perlas de oro, quince de ágata y un colgante de oro en forma de 
roseta (fi^. 113, 6). 

Kn 1897 y 1902 en la necrópo'is fenicia de Gadir se descubrieron once 
nuevos hipogeos, muy semejantes a los sepulcros subterráneos de Arados, 
liiblos y Sidón. Los objetos que contenían son valiosísimos y entre ellos pueden 
citarse: un amuleto de oro en forma de cilindro hueco de oro con la cabeza de 
un gavilán y sobre ella el disco solar con el ureus; otro cilindro igual con cabeza 
de león; un tercero con cabeza de carnero, y un cuarto representando un obelis- 
co; collares, uno de niña y otro de mujer, y una estatuita de bronce. 

Las excavaciones han estado interrumpidas hasta el año 191 2; en esta fecha 
se han proseguido de una manera sistemática, dirigidas por D. Pelayo Quintero 
Atauri, profesor de la Escuela de Bellas Artes, de Cádiz, descubriéndose una 
serie de doce hipogeos (fig. 112). En ellos se han hallado restos humanos en mal 
estado de conserva- 
ción, y junto a los 
mismos, anillos, amu- 
letos y pendientes; los 
objetos más notables 
son: una sortija de oro 
con escarabajo girato- 
rio, tallado en corna- 
lina, y símbolos asi- 
rios, y otro anillo, 
también de oro, con 
una piedra en la cual 
está grabado un gue- 
rrero con lanza y es- 
cudo. En Tuerta de 

Tierra, en terreno de ^ _.^. „. , ,. 

Fig. 112.— Necrópolis de Cádiz. Hipogeos descubiertos en 1912. 
la zona militar, se han (Amtarí d-Estudis Caíalans.) 



1 


k 






• 


n^ 


^^^^^^^^'^■•— *•* 




I 




TJil 




Sh^^ 


■ 


l^^^yk. 


\m 


^HE '.**^^^Ht 


■■ 


/'i** 


«HH^^HI^I 


mH 




^1 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



203 



í 






Fiji. 11-i. .Nt*cn>puli,> de i dtli¿. J»i>rt> tr iKoiiu.nJdn cii IMU-if^;. í Aullan ü'¿..iiiiui-> l híuiuhaj 

descubierto en 1914 nuevos hipof^eíjs (tig. iii); había tres grupos de sepultu- 
ras, situadas en diferentes niveles. Del primer grupo de nueve hipogeos procede 
un precioso anillo de oro con piedra giratoria de pasta transparente roja 
(fig. lio), encontrado junto a restos de esqueletos; allí mismo se hallaron trozos 
de ámbar y de vitlrio azul. Los otros grupos no son tan interesantes, pero de 
esta ])arte de la necrópolis proceden anillos de oro y de cornalina, pendientes 
y dos vasos en forma de pájaros. La época de estos restos puede fijarse entre los 
siglos VI y V (a. de J.C.)^^. 

También en Málaga se halló una piedra pequeña de cornalina, perforada en 
la dirección de su eje mayor; por un lado es de forma de escarabajo y en la cara 
opuesta tiene tres signos grabados. De Vélez-Málaga es un cilindro <ie hematites 
con escena mítica; se descubrió en 1874. 

Las inscripciones fenicias son muy escasas y en España muy raras; se redu- 
cen a la de una sortija descubierta en Cádiz en 1873, otra del Museo de Granada 
de un vaso griego traído a España por comerciantes fenicios, y la tercera en el 
plinto de una pequeña estatua de Hipócrates existente en el Museo Arqueológi- 
co de Madrid. 

Bonsor, en el valle del Betis, encontró objetos muy curiosos, como peines y 
tablillas de marfil con figuras grabadas, procedentes de los Alcores de Carmona; 
Siret ha descubierto en Villaricos, la antigua Baria, una estela púnica. Don Anto- 
nio Vives posee una joya de oro cartaginesa con faz micénica y egipcia, y es in- 
dudablemente un trabajo fenicio imitando a los artistas de Micenas y del Nilo. 
Debemos además mencionar un bronce de Elche representando dos quimeras 



204 HISTORIA DE ESPAÑA 

heráldicas; hoy está en poder del marqués de Lcndínez de Calahorra. Respecto 
a los descubrimientos de Bonsor, oi)¡na Pedro Paris que son de importación ver- 
daderamente oriental. 

Los colonos fenicios habían establecido en muchas de sus factorías salinas 
de mar, sirviéndose de ellas para salar los pescados; el atún y otros peces salpre- 
sados, y e\ garum (escabeche fenicio), eran artículos de exportación (Ilübncr). 
Se conservan restos de los depósitos de salazón en H(ESÍ/>/>o, la moderna Ilarbate, 
y consisten en cajones cuadrados de argamasa situados en la playa; Hübncr 
opina que estaban destinados a sal|)resar el pescado, pues debían ser las 
xaptxtlai (le los fenicios. Kn la desembocadura del río Almanzora (Almería) se halló 
un pozo de noria en el cual se descubrieron indicios de la industria pescadora, 
tales como argamasa y una substancia triturada en pequeños es(juistos que resultó 
ser salazón de pescado mezclada con escamas y esjiinas (H. A. H., XXIV, 343). 
Probablemente en Cádiz y en otros lugares de la costa habría semejantes cons- 
trucciones; se han observado en la costa del Algarbe, junto a Budens y Faro, y 
en las playas atlánticas, cerca de Setubal. lis jiosible que los nombres de Málaga 
y Cctraria (próxima a Tarifa) aludan al mencionado negocio de la s.ila/ón. 



Las colonias fenicias tienen, por lo general, una vida independiente de su 
metrópoli; sólo conservan los lazos étnico y religioso. Kn cuanto a las fundadas 
directamente por Tiro, las colonias se veían obligadas, a veces, a recibir a sus 
magistrados o a escogerlos entre las familias aristocráticas de la metrópoli y a 
contribuir con sus contingentes, en caso de guerra, j)ara reforzar la marina tiria. 
Las creadas por la iniciativa de particulares o de grandes casas de comercio no 
tenían los mencionados deberes. En cambio, todas las colonias fenicias debían 
contribuir con el diezñio de los ingresos del erario público al culto del Melkarth 
de Tiro, cuyo templo era considerado el centro del mundo fenicio; enviaban 
también embajadas con ofrendas para asistir a las fiestas religiosas del gran san- 
tuario. Era costumbre, asimismo, el remitir a la divinidad la décima parte del 
botín de guerra. 

Escasas son las noticias que poseemos acerca de la organización social y 
política de estas colonias. Existía una aristocracia formada, en la mayoría de los 
casos, por familias de linaje procedente de la metrópoli; seguían luego los ple- 
beyos y extranjeros. En ocasiones estos últimos se apoderaban del poder sojuz- 
gando a las otras clases. El gobierno lo ejercían dos magistrados supremos 
llamados suffetes (jueces), con atribuciones políticas y judiciales; el Senado, o 
Gerusia, se formaba de la gente aristocrática, y la Asamblea se componía de 
comerciantes, burgueses y proletarios. La Hacienda estaba a cargo de un magis- 
trado especial denominado Sofer. En la jerarquía religiosa había un Sumo Sacer- 
dote, y luego gran número de hieródulos o servidores de los templos, barberos 
y porteros sagrados, sacerdotes menores y sacerdotisas. Al frente del gobierno 
de Gades estaban los suffetes y el Sofer: las asambleas solían celebrarse en 
Hasta y el derecho vigente en la colonia era el fenicio o púnico. 

Según Hübner, las monedas coloniales fenicias son de acuñación posterior 
a las griegas ibéricas. Las de plata de Gades tienen, en el anverso, ia cabeza del 



LAS PRIMERAS COLONIAS 205 

Hércules tirio, cubierta con la piel del león, y en el reverso, un atún con la 
leyenda fenicia (Agadtr). En Ebusus las de plata carecen de epígrafe y presen- 
tan, en el anverso, un toro andando, y en el reverso, el famoso cabiro en cucli- 
llas, la cabeza de tres cuernos o plumas, teniendo en la diestra un martillo y 
arrollada una serpiente en el braz(j izquierdo; las de bronce llevan la leyenda 
fenicia de Aibusos (Hübner). 

Las leyendas hispanas. — No podemos prescindir de dar una ligera noti- 
cia de los relatos legendarios contenidos en las narraciones de griegos y latinos. 
Muchas son las interpretaciones que se dan a las leyendas iberas, pero com<j 
partimos del supuesto de existir en toda leyenda un fondo de verdad, la di- 
ficultad consiste en desentrañarlo buscando su significación, aportando para ello 
los medios y elementos críticos de que se disponga; no desconfiamos en que, 
aumentados éstos con nuevos descubrimientos, llegue un día propicio para des- 
cifrarlas con el auxilio de conjeturas fructíferas e hipótesis explicativas y vero- 
símiles. 

La leyenda de la Atlántida tiene relación con España, y de ella han tratado 
Berlioux^'*, Botella^, Cuevas ^^ Saavedra** y Novo y Colson ^; el año 1901 pu- 
blicaba Scütt-Elliot^'^ una Historia de la AtUiuticia, y algún tiempo después 
Roso de Luna'^' daba a conocer teorías algo atrevidas y hasta fantásticas sobre 
los adantes. De la leyenda de Hércules y Gerión se ha ocupado Witte****, y de 
Hércules y Caco, Miguel Breal"'^. Interesante es un artículo del P. Fita'^ sobre 
la leyenda vasco -hispana del Tártaro. 

Los griegos fueron los inventores de estas leyendas, que denotan la impre- 
sión de grandeza que les producía los resultados de la colonización fenicia aún 
antes de que se hablase de la ocupación del África Septentrional y del poderoso 
imperio que de allí surgió. El Tartesso griego era un Estado floreciente en una 
época en que todavía hay densa niebla sobre la Historia de Italia, que después 
domina al mundo, y cuando las naciones helenas apenas se decidían a salir de 
su estrecho círculo; por eso el griego, acostumbrado a concebir a su modo los 
acontecimientos, pensó que en Occidente los caudillos eran dioses y que el 
poderoso Merakles, en ciuien transformaron al tirio Melkarth, se había apode- 
rado del Oeste con fuerza militar. He aquí el origen de la leyenda de Hércules 
en España, contada por Hesiodo en su Teogonia y por el gran lírico l'índaro; 
de las hazañas del hijo de Alcmena en tierra hispana trata también Herodoro 
de Heraclea ; del templo y altar dedicado a Hércules en el Promontorio Sacro 
habla Ephoros, y cuentan las hazañas del héroe, Diodoro de Sicilia y el ateniense 
Apolodoro; Strabón menciona la fundación por Hércules de Carteya y la colo- 
nización de Gades y erección del templo gadirita; por último, Rufo Festo Avieno 
refiere el origen de las columnas de Hércules. Esta leyenda es probable, como 
hemos apuntado, que tenga una significación colonizadora, explicando las miste- 
riosas navegaciones fenicias y el haber cruzado éstos el temeroso estrecho. 

Relacionada íntimamente con la de Hércules, está la leyenda de Gerión, de 
la cual escribieron en poesía y prosa muchos autores griegos y latinos como 
Hesiodo, Stesichoros de Himera, Hekateo, Herodoto, Trogo Pompeyo resumido 
por Justino, Diodoro, Pomponio Mela y Silio Itálico. Miguel Breal ha emparen- 
tado la fábula griega de Herakles y Gerión con la leyenda latina de Sanco y 



206 



HISTORIA DI ESPaSA 



Secio, con el mito vrdico de Itxlra y V'ritra, cc^ii el mito iranio de Ormu/d 
y Ahrimán y con otros de la mitología germánica; se ha dado, pues, a esta leyen- 
da una interpretación ñlológica basada eti la lengua, haciendo del mito de 
Hércules un patrimonio de la ra/a aria y dánd(jle una significación <le divinidad 
solar. D'Arbíjis de Jubainville y Movers ven en la leyenda el reflejo de la lucha 
entre los celtas, raza septentrional, y los fenicios de Ciades. Don Joa<|Uín Costa ••* 
nos habla con exuberante imaginación y excesivo sincretismo del mito solar de 
la Tartéside y I). Marcelin<j Menéndez y I'elayo •"*' ve en el Hércules del templo 

gaditano al rey de los astros, 
al dios del fuego, que con 
l(js rayos abrasadores de su 
cabeza protege n salva las 
naos de sus devotos. Sin 
darle una interpretación 
cvnnerista, y como la situa- 
ción geográfica de la leyen- 
da de Gerión, si tiene ligeras 
discrepancias, son los más 
f-n señalarle como teatro de 
sus hechos a tspaña, pode- 
mos pensar no en un mito 
(jue envuelvr creencias de 
pueblos determinados y que 
conserva el recuerdo de un 
numen protector de los na- 
vegantes, sino en una serie 
de hechos históricos, con- 
crecionados en una leyenda 
única, que conmemora con 
su relato la síntesis de los esfuerzos colonizadores de una raza, simbolizada en 
Herakles, que lucha con Gerión el poderoso, el rico, el agricultor, que representa 
al indígena de Tartessos y quizás a un rey de la ubérrima comarca. Schulten 
hace a Gerión uno de los reyes legendarios de Tarschich, como también a Gar- 
goris y Habis, citados por Justino; motivo para la localización del gigantesco 
rebaño fué la riqueza en ganados de Andahicía y especialmente las lagunas del 
Betis inferior. 

Famosa es también la leyenda de los atlantes y de la Atlántida, que ha dado 
lugar a más de una elucubración descabellada. Hesiodo nos habla de Atlas, hijo 
de una Occeánida, el cual vivía al extremo del mundo junto a las Hespérides 
de voz clara, es decir, en el extremo Occidente, próximo a las islas de los 
bienaventurados, situadas en el Océano ; los jardines de las Hespérides se refie- 
ren más bien a la fértil vegetación de Andalucía que a la estéril costa marroquí. 
Se pudo identificar al Atlas con la montaña Abila, frente a Gibraltar, o sea el 
Dschebel-Musa, una de las dos columnas de Hércules, pues hay en la Libia un 
pueblo de los atlantes, y una semejanza de nombre puede haber sido la causa 
de la colocación occidental del Atlas griego. Las dos montañas que vigilan la 
entrada del Océano hubieron de sorprender al navegante, como lo muestra su 




f ig. 114.— Los bueyes de Gerión. (Pintura de un vaso griego.) 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



207 



designación antigua de columnas de Hércules, denominación que procede de los 
navegantes fenicios, y estos mismos es posible que llamaran con uno de sus nom- 
bres familiares, Atlas, a la montaña de la costa africana; este nombre fué más 
tarde trasladado a la cordillera interior hoy así llamada y que fué descubierta 
mucho más tarde, pues los libios la conocían y la conocen por el nombre de 
Dyrin. Hasta aquí la explicación «íeográfico-histórica que da Schulten, pero fun- 
dados en ella como base de localización precisa, diremos que la Atlántida y los 
atlantes pudieron representar en España una raza fuerte que inventó una civili- 
zación con un arte de grandiosas proporciones, y que así como los pelasgos son 




Fig. 115. — Hércules en el jardín de las Hespérides. (Pintura de un vaso griego.) 



en la primitiva Grecia los legendarios representantes de la época ciclópea y de 
los hoy bien estudiados períodos egeense arcaico, minoano y micénico, fueron 
en la península ibérica los atlantes los habitantes neolíticos, los constructores de 
dólmenes y los genuinos pobladores de las regiones megalíticas hispanas. Schul- 
ten puntualiza más la conjetura y dice que al describir Platón /a Al/dntida en el 
Kritias, el maravilloso imperio insular del Océano cerca de Gades, con un rey 
de dilatada soberanía, su soberbia capital hundida en el mar, su riqueza en todos 
los productos, especialmente metales, su floreciente comercio, parece, afirma el 
autor germánico, un recuerdo de Tharsis, el imperio más antiguo de Occidente. 
La semejanza del relato de Platón con el cuadro que presenta Strabón de Turde- 
tania es sorprendente; sobre todo, lo referente a la riqueza metalúrgica, entre 
ella la del estaño, objeto fundamental del comercio tartesio, la mención de la 
red de canales tan característica de Turdetania, con los brazos principal y trans- 
versales, el papel que los toros representan en la Atlántida y que ya en tiempo 
de Strabón pacían y aun hoy pacen en el delta del Betis; finalmente, esa ciudad 
insular, aventura Schulten, ¿no puede ser la Tartessos hispana, situada en ese 



208 HISTORIA DE ESPAf^A 

delta del Betis, y los círculos de agua (x¿xXot) que rodean la ciudad de Platón no 
convienen con los much<j.s bra/os del río? I,a ciudad de |)Iata del extremo occi- 
dente, que atraía a los navejjantes con mágico poder, debe haber (xupado fuerte- 
mente la fantasía de los griegos. Además, Tartcssos parece haber desaparecido 
de la tierra sin dejar huellas, como la Atlántida de Piat<'»n, y en tal f(jrma, que 
en la época imperial no se sabía nada de su asiento. 

La leyenda de Gárgoris y Abidis (Ilabis) semeja, según el Sr, Menéndez y 
Pelayo, un relato épico con un fondo histórico tjue se refiere a la colonización 
de la Bética. Macrobio nos refiere la leyenda de Therón, rey de la Ilispania 
citerior, cpie había luchado con los habitantes de Gadcs, llegando con su armada 
para expugnar el célebre templo; esta leyenda es bien clara y evidentemente 
significa uno de tantos episodios de la cohmización fenicia. Sin embargo, Lenor- 
niant cree se trata de la llegada del pueblo ligur. 

Berard, en sus investigaciones de la Odisea, identifica el nombre de lu ninla 
Kalypso con una isla cercana a las columnas de Hércules y al estrecho de Gibral- 
tar; esta isla sería la del Perejil, a la entrada del estrecho. Kalypso significa el 
escimdrijo (xaXúiito)), tpie equivale a la raíz semita sapan, de la cual derivan sapour 
o sapiu, el tesoro, y así I-spania es la isla del tesoro. Deduce la situación de 
Kalypso del pasaje homérico donde dice: «En esta isla de árboles habita la hija 
del pernicioso Atlas, que coniíce los abismos de todo el mar, i)Oseyen<lo las Al- 
tas Columnas erigidas entre el cielo y la tierra.» (Rev. Arih , 1900, II, 15). La 
leyenda del Tártaro, que perdura en Vasconia, tiene relación, como afirma Fita, 
con textos de Artemidoro y Posidonios, cuando hablan del ocaso del sol en las 
playas oceánicas de España (Promontorio Sacro -Cabo de San Vicente). Leite 
de Vasconcellos estudia la leyenda del río Limia, llamado por algunos autores 
Letheo, comparántlolo al río infernal, pues, como en éste, .se jjerdía la memoria al 
atravesarlo, conservándose en esta relación legendaria el recuerdo de un culto 
fluvial (Religiocs, II, 225). Por liltimo, la base real déla leyenda del oro de los 
Pirineos ha sido investigada científicamente en un trabajo de Frossard. 

Las colonias griegas y Tartessos. — Hasta hace pocos años el estudio 
sobre los primeros establecimientos griegos en la península descansaba sobre 
las historias generales de Grecia que hacían ligeras indicaciones acerca de la 
colonización occidental; y eran éstas la narrativa de Grote'*** y la crítica de Cur- 
tjugiog^ ya algo anticuada, o las más modernas de Eduardo Meyer""' o el Manual 
de Polmann; alguna monografía, como la de Botet y Sisó**^ sobre Ampurias, 
aparecía como una excepción entre la bibliografía española o extranjera sobre 
este punto de nuestra historia. Hoy ya contamos con mayor número de produc- 
ciones, basadas en fuentes monumentales y en exploraciones nacionales. Con 
todo, aun al presente no se puede prescindir de los antiguos libros de Palau^^^^ 
de los Mohedanos"^, del discurso de recepción en la Academia de la Historia 
de Ruy Bamba ^^**, de los artículos de Fr. Bartolomé Ribelles^^^ y de las obras 
de Pía y Cabrera ^i*^, Antonio ValcárceH^S Chabás^^**, Apraiz^^^, Sampere y Mi- 
queP20^ Pujol y Camps^^^, Villa-amil y Castro ^2^, Juan Rubio de la Serna i^^, 
Martín Mínguez^^*, Pella y Forgas^^^ y Chabret^^e. gjj \^ misma colección de 
José Gallardo ^2^, publicada por Zarco del Valle y Sancho Rayón, se encuentran 
datos curiosos. El P. Fita ^^s, con labor asidua e infatigable, ha publicado muchos 



LAS PRIMERAS COLONIAS 209 

artículos sobre epigrafía griega y sobre colonización helénica en España. En la 
Ciudad de Dios publicaba el año 1905 sus discretos trabajos el P. Bonifacio 
Hompanera'-^; del año 1902 es una noticia contenida en el < Boletín de la Aca- 
demia de la Historia > sobre una obra inédita del conde de Lumiares^*^ acerca de 
Dianium; en 1905 se daba cuenta de la publicación de un mosaico griego de 
Elche 1^* con inscripciones griegas; D. Ramón Laymond ^^* encontró en aguas 
del cabo de Palos unas anclas de plomo de tipo griego y Diego Jiménez *^^ des- 
cubre unos restos griegos en Cartagena. El marqués de Monsalud^** escribió 
sobre la epigrafía griega de Extremadura. Importantes son las monografías de 
Ángel de los Ríos^s», Mélida'^e, Gibert»", Berlanga»»«, Piei^», Ribelles, Gonzá- 
lez Hurtebise^^*^ y Soler y Palet^"; el Sr. García de la Riega **2 trata de los grie- 
gos en su obra: Galicia antigua, pero emplea procedimientos poco científicos. 
El año 1908 aparecía en el Anuari it Estiuiis Catalans un hermoso trabajo 
de Puig y Cadafakh^*^ sobre Ampurias; en la misma colección publicaba Ca- 
zurro *^* un estudio sobre vasos ibéricos emporitanos. En la misma fecha daba 
a la estampa Rodríguez Codolá*** sus Excavaciones de Ampurias. También los 
extranjeros han contribuido al conocimiento de la colonización helena en la 
península pirenaica desde la obra de Jaubert de l'assa'^*" sobre Ampurias; im- 
prescindibles son las publicaciones de Müller"' y los dos Reinach^** (Salomón 
y Teodoro), y de un interés directo para España los artículos y opúsculos de 
Garofalo^*'' y los estudios de JuUian^^, cerrando el cuadro bibliográfico dos 
nombres germánicos, Adolfo Schulten ^^^ y Frickenhaus '**•, que tratan ambos de 
Ampurias. 

Por los más antiguos navegantes recibieron los griegos noticias de Tar- 
tessos. La primera sospecha obscura del extremo occidente se halla en la litera- 
tura griega. Homero, como ya observó Strabón, relaciona la noticia del Elysion, 
situado en el Occidente extremo de la tierra, con un clima feliz, donde no hay 
nieve ni viento y donde siempre soplan suaves brisas ; relaciona todo esto con 
las tierras más allá de las columnas de Herakles, donde estaban las islas Canarias, 
conocidas precisamente por esas propiedades y ya nombradas por Hesiodo 
como las islas de los Afortunados. Como observó MüUenhoff, la descripción 
de la entrada en el Tártaros de las Kimmerias, * escondidas entre las nieblas » 
en la odisea homérica, coincide sorprendentemente con la narración de Avieno 
cuando habla de la cueva de la Inferna Dea, cerca de Huelva, en la desemboca- 
dura del río Tinto. En tiempo de Hesiodo (hacia 750 a. de J.C.) se precisa 
algo más el conocimiento de Occidente; el poeta nombra la isla Erytheia, la 
del atardecer rojo, en el extremo occidente, y Geryoneus, su habitante, es hijo 
de una hija del Océano. Hesiodo conoce también las Hespérides, las occidenta- 
les, que habitan en el Océano, en las fronteras de la Noche, y entre ellas encon- 
tramos los nombres signiticativos de Erytheia y Hesperethusa. Stesichoros de 
Himera (600 a. de J.C.) es el primero que habla de Tartessos, que correspon- 
de al fenicio Tarschich. Unos cincuenta años después de Stesichoros cantó 
Anacreonte al longevo rey de los tartesios, cuyo nombre Arganthonios conoce- 
mos por Herodoto. 

Los griegos siguieron las huellas de los fenicios y llegaban a Occidente 
aprovechando la decadencia de Tiro y la ruina de su imperio occidental, atacado 
con fortuna por los indígenas. La marina etrusca detuvo los progresos de los 

HISTORIA DE ESPASa. — T. I. —27. 



210 HISTORIA DE ESPAfiA 

tirios en Italia, y la marina lielcna, después de haber destruido los restos de la 
antigua cjlonización sidonia en el mar I^geu, arribaba a Sicilia y de alli al mar 
Tirreno. Precisamente en la misma época en que se preparaba la coloniza- 
ción de la Cirenaica, hacia el año 630 (a. de J.C), había sucedido ya algo, que 
parecía como si hasta la casualidad quisiera lanzar al regazo de Grecia, sin 
esfuerzo, la joya más preciada de los fenicios. Herodoto '" nos cuenta como 
Korobios o Kolat'iis, de Hamos, que quería ir a Egipto en un buque mercante, 
fué arrojado a la isla de Plulea i)Or vientos ccmtrarios y cuando quiso lograr su 
objetivo navegando hacia oriente, a lo largo de la costa, le alcanzaron nuevamente 
vientos contrarios del E., que no le abandonaron hasta f|ue vio a sus espaldas 
las columnas de Hércules y llegó a Tartessos, (jue todavía no había visitado 
ningún griego; alli encontró descanso y regresó a Samos con rica ganancia. No- 
ticia indudable del notable viaje conservó para generaciones posteriores la 
ofrenda, de valor de seis talentos, que Kolaeus había hech.j a la Hera, c»omo 
diezmo. Un eslabonamiento de circunstancias favorables nos ha conservado 
recuerdo tan sólo de este suceso aislado, pero podemos partir de él e inferir 
que acaso desde entonces fué cruzada muchas veces la cuenca mediterránea 
(accidental, al menos por expediciones helenas particulares; la ocupación de las 
Pitinsas por los cartagineses, que la tradición coloca a mediados del siglo vii, 
indica claramente que se sentían amenazados precisamente en aquella dirección. 
Una serie de nombres y hechos muy significativos muestran que en aquella 
época eran los griegos factor de esencial importancia en el mar Tirreno"'^. 

Tiempo es ya de que tratemos siquiera someramente de la extensión y 
condiciones del Tartessos a donde habían llegado los navegantes helenos. En el 
siglo vil (a. de J.C.) hallamos, pues, en el delta del Betis la ciudad de Tartessos, 
el emporio de la plata extraída en la montaña de que el río procedía. Está ave- 
riguado que Tartessos es la forma griega del mismo nombre que los semitas 
transcribían Tarschisch; Catón llama a la tribu Zwr/í?. Eratósthenes, Tavrqoaí? y 
la ciudad se llamaba Tartessos y sus habitantes son llamados antiguamente tar- 
tesios (Livio, Tartcsiorum gens, 23, 26); Artemidoro, que vivió en Turdetania, los 
llamaba Toóp-toi, Toopt-avoi, Toupx-ütavot. El nombre local era, pues, según Schulten, 
Turt o Tart, al cual los griegos, y particularmente los focenses, añaden la termi- 
nación vjoaoc, muy extendida en la costa del Asia Menor; en cambio los fenicios 
cambian el nombre en Tarschisch, forma que Polibio encontró en los tratados 
cartagineses y en el autor Silenos, que lo había tomado de fuentes púnicas, trans- 
cribiendo Tápais. Una y otra, Tarschisch y Tartessos, coinciden también en que 
son buscadas por sus tesoros metalúrgicos. Turta son llamados los habitantes de 
la ciudad y del territorio, con la terminación libio-ibérica tanus, y de aquí turte- 
tanos, como dice Artemidoro acertadamente, al paso que los escritores posterio- 
res dicen turdetanos^^'^. 

La jurisdicción de la ciudad se extendía en la costa desde el río Anas, en 
Occidente, hasta Chrysus (E. de Gibraltar), en Levante, según Avieno, cuyas 
noticias alcanzaron en parte hasta el siglo v ; las fuentes del Tartessos, en la 
montaña de plata, son ya conocidas para Stesichoros, por lo cual la jurisdicción 
de la ciudad en el interior debió comprender en tiempos todo el valle del Betis 
hasta sus fuentes, cerca de Castulo. Igualmente los tartesios extendieron su domi- 
nio por toda la tierra al S. del Betis, pues Avieno nombra como antigua frontera 



LAS PRIMERAS COLONIAS 211 

de los tartessios la ciudad de Hema, al E. de Mustia (Cartagena), que también 
encontró Polibio en el segundo tratado con Carthago (348 a. deJ.C), desig- 
nada con el nombre de M»oTÍa TopoTiiov, es decir, Mastia en territorio de Tarsis, 
Por tanto, Tartessos dominó en tiempos toda Andahicía, desde el Guadiana 
hasta el cabo de Palos y desde Sierra Morena hasta la costa Sur. 

Ahora bien, como demuestra Schulten, los turdetanos son iberos. En efecto, 
los iberos, según Avieno, tienen asiento en la parte occidental de la jurisdicción 
de los tartesios, entre el Anas y el Ibenis, que MuUenhofT ha identificado con el 
río Tinto. Strabón dice que en otro tiempo la tierra se había llamado Iberia y 
los iberos igletes, y toma esta noticia de Asklepiades de Myrlea, autor de una 
Periegesis de Turdetania y gran conocedor del país. El autor de Amasia refirió 
la noticia al Ebro, pero en vista de la equiparación de iberos con igletes, que, 
según testimonio auténtico, están situados al E. del Anas, y puesto que Askle- 
piades sólo describe Turdetania y no pudo referirse sino al Iberus meridional, o 
sea el río Tinto, se deduce claramente que los turdetanos eran de raza ibera. 
Además, Skylax menciona un río Iberus cerca de Gades, y Strabón dice que el 
Iberus se desborda cuando un viento del N. hace que penetre el agua de un 
lago que está al NE.; el lago que falta en el Ebro debe ser la Erebea palus, 
mencionada por Avieno, cerca del Iberus, y como este río emboca en ella por 
el NE., el fenómeno es absolutamente posible. En conclusión, así como el nom- 
bre de hellenos e itálicos fué extendiéndose desde una pequeña zona hasta 
abarcar todo el territorio, de igual manera el de los iberos acabó por abarcar 
toda la península ^^. Cuando los primeros griegos visitaron Tartessos, en el 
siglo vil, ya llevaba larga existencia y en aquel entonces su poderío se extendía 
a toda la región andaluza. 

Desimés de la expedición del samio Kolaeus, los focenses siguen muy pronto 
sus huellas, se libran de los encantos de Circe y de Calypso y llegan al Medite- 
rráneo occidental en el momento preciso, como dice JuUian **^, en que desde 
Gades hasta Cartela no había sino bárbaros. Era la ocasión propicia y Phocea la 
aprovechó, apareciendo sus marinos en el estrecho con sus naves de cincuenta 
remos; Arganthonios simpatiza con los griegos y les ofrece tierras para estable- 
cerse, los focenses rehusan y fundan en cambio, en territorio ligur, la ciudad de 
Massalia. La fecha de esta fundación la fijan los autores en el año 600, pues de- 
bía ser anterior a la toma de Phocea por Harpago; pero la discrepancia existe 
en lo que se refiere a su desembarco en la costa meridional de España, pues 
mientras Schulten ^^ afirma que el viaje a Tartessos es una etapa ulterior de los 
viajes focenses hacia Occidente, fijándolo después del año Goo, es decir, entre 600 
y 542, en cambio JuUian sostiene que fué anterior a la fundación de Marsella. 
Explica su aserto el autor francés en la siguiente forma: la causa de que los 
focenses no se establecieran en la rica comarca andaluza con preferencia a la 
costa ligur fué sin duda la intervención de Carthago, que en aquella época debió 
recordar a Gades su parentesco real o mítico, celebrando luego un tratado con 
los focenses por el cual les prohibía todo comercio o todo establecimiento más 
allá de las columnas de Hércules. Sin embargo, las relaciones con Arganthonios 
no debieron cesar y quizás mercaderes focenses residieron al lado del rey, pues 
éste, cuando los persas amenazaron la Lydia, envió dinero a Phocea para que 
construyese las murallas de su ciudad i^^; Radet coloca este episodio en la época 



212 HISTORIA PE ESPAÑA 

de la guerra entre Cyaxares y Alyattes y, por tanto, lo retrotrae hacia los años 
590 a 585 i«o. 

Con la fundación de Massalia comienza la llamada thalassocracia fócense; 
los griegos quisieron compensar la privación de comerciar con el S. y quisieron 
llegar a ól por otro camino, comenzando la colonización de la costa ibérica 
del Nl'L. Realizado este propósito, surgió una cadena de establecimientos y 
factorías desde Massalia hasta el extremo S. de la península pirenaica. listo 
no se llevó a cabo sin combate, pues los cartagineses, que se hallaban en 
aguas de Baleares, trataron de impedirlo; pero los focenses, preparados para 
la lucha, los derrotaron en varios encuentros y desde entonces las costas nar- 
bonenses y catalanas estuvieron abiertas al comercio griego. Sus naves llega- 
ban a Kallipolis, la ciudad bella, identificada por Mullenhoif con la actual Bar- 
celona, traficaban en Ililwrris (Elne), Caiicoliberis (Colliourcsr), Cervaria 
(Cerbere), en la incierta Pyrenc y en el por tus \''eneris (Port-V'endres); cono- 
cieron la desembocadura del Ebro, donde coloca Avieno una localidad griega 
nombrada por Strabón ft\]éwrfxkz, que MuUenhoff encuentra en los Alfaques y 
Müller en Peñíscola. Siguieron hacia el S., deteniéndose en la desembocadura 
del Júcar, y fundando más al Mediodía de Valencia «el centinela del día», 
Hemeroscopiou, identifi(ado con Denia por MuUenhoff, pero que T. Reinach 
quiere hallar más al N., en Cullera, cerca de Valencia. I*ero el hecho más im- 
portante fué la fundación de una verdadera ciudad en la costa meridional de 
Iberia a la cual pusieron por nombre Mainaké, cerca de la desembocadura del 
Guadalhorce, en la región de Málaga; el citado río abría un camino hacia las 
minas, tan directo como el Guadalquivir. Avieno, quizás erróneamente, cree 
Málaga y Mainaké una misma ciudad ; los autores modernos han creído en una 
interpolación, pero, como dice Jullian, es muy difícil rectificar en este punto a 
un autor antiguo, tanto más que nada inverosímil parece que una misma ciudad 
haya podido ser necesariamente helena y púnica. La fundación de Mainaké 
quizás respondiese a que los focenses habían reanudado sus relaciones amistosas 
con Arganthonios o alguno de sus sucesores de igual nombre. De todas maneras, 
los atrevidos navegantes habían doblado los cabos de la Xao, Palos y Gata, 
arribando de nuevo a las playas de Tartessos ^^^. 

En cuanto al legendario rey Arganthonios, según la tradición contenida en 
el fragmento de Anacreonte, debía tener 150 años, Herodoto le asigna 120 y de 
ellos 80 de gobierno; dice Meltzer^^^ que tal vez en el fondo de ese presunto 
tiempo de reinado hay una especie de recuerdo perdurable de la inusitada dura- 
ción de tráfico unilateral y franco con aquellas regiones. La época de su muerte 
coincide por lo menos aproximadamente con el momento en que se pone térmi- 
no para el porvenir a toda ulterior expansión de los griegos en aquellas comar- 
cas y empiezan a arrebatarles lo ya logrado. 

Cuestión interesante, dentro de la colonización de Phocea, es la relativa a 
otros importantes establecimientos en la costa de Levante, Meltzer^^^ siguiendo 
la antigua opinión, expresa, aunque de una manera dubitativa, que los rodios 
habían fundado una ciudad en el punto bien situado en que los Pirineos des - 
cienden al mar por el E., y la llamaron Rhode en recuerdo de su patria; además, 
apunta que la fecha de la fundación es anterior a la de Massalia. Moderna- 
mente Perdrizet^^* ha defendido que Tó8if] fué sí una factoría massaliota, pero que 



LAS PRIMERAS COLONIAS 213 

nunca los rodios estuvieron en ella, como por vanidad, basada en la semejanza 
de nombre, sostuvieron los griegos, sino que fué una ciudad ibérica de origen 
ligur, con un nombre análogo al de Rhodamis, de formación ligúrica. Otro pro- 
blema es el de Sagunto, poblada, según la tradición, por griegos de Zakynlios, 
pero que hoy los historiadores creen ibérica, pues la opinión helena no tiene más 
fundamento que la semejanza de nombres; sin embargo, puede admitirse un 
comercio activo de comerciantes griegos en una región que estaba bajo su in- 
fluencia mercantil. Al S. del cabo de la Nao sostiene Meltzer que hubo en tiem- 
pos establecimientos massaliotas, de los cuales uno, Alonis (en la isla Benidorme 
o en el lugar de la actual Villajoyosa?), parece indicar por su nombre que origi- 
nariamente hubo una estación fenicia en aquel sitio. El mismo autor opina que 
Maenaka o Mainaké estaba un poco al E. de las c ¡lumnas de Hércules, junto a 
Málaga ^^. 

Respecto a la colonización griega en el occidente de la península, son mu- 
chos los autores que la defienden. El P. FIórez, en la España Sagrada 
(tomo XXII), afirma que el fundador de Tuy fué nada menos que el héroe tro- 
yano Diomedes. Costa nos habla délas tribus griegas de los grovios, helenos y 
amphiloclios, que, según Mela y Plinio, poblaron Galicia (Estudios ibéricos, 95). 
Fita dice que la riqueza minera de Asturias y Galicia hubo de atraer desde el 
siglo IV (a. de J.C.) al comercio marítimo de la fócense Marsella; de aquí nacieron 
las fábulas de la fundación de Tuy y de Opsicella, esta última en la costa san- 
tanderina (B. A. H., XL, 540). Leite de Vasconcellos estudia los objetos griegos 
hallados en Alcacer do Sal y Schulten opina que los focenses llegaron al Océano 
y viajaron a lo largo de la costa portuguesa, como lo demuestra el nombre Koti- 
nussa por Gades y Ophiussa que se daba a toda la costa occidental (Hispania, 
Pauly Wisowa, 20-33). 

Phocea logró consolidar su thalassocracia monopolizando el comercio de 
Levante y traficando desde los Pirineos con el no muy lejano golfo de Vizcaya, 
en comunicación con los mares del Norte. Jullian sostiene que los establecimien- 
tos massaliotas se crearon entre los años 593 a 540, siendo esta última data la 
de la toma de Phocea por los persas. Duró, por tanto, la thalassocracia cuarenta 
y cuatro años, fijados así por Eusebio. Sin embargo, los focenses no debieron 
ocupar las riberas del Mediterráneo occidental sin luchar con los cartagineses 
establecidos ya en Elntsns (Ibiza), es decir, enfrente del cabo de la Nao, a 
mitad del camino entre Marsella y Málaga; para ser dueños de esta vía marítima 
los focenses tuvieron que derrotar a sus rivales y esto debió ocurrir en varios 
encuentros, opinando JulHan que la guerra, cuyas vicisitudes desconocemos, 
hubo de ser larga. Hacia el mismo tiempo Phocea pensó en la otra cuenca del 
Mediterráneo occidental, la del mar Tirreno, donde dominaban los etruscos, y 
hacia el año 560 se establecieron en Alalia (Córcega), amenazando a Italia y 
codiciando las minas de la isla de Elba; preparaban un imperio marítimo en los 
mares de Occidente con tres puntos de apoyo admirablemente situados: Alalia, 
frente al Tíber, Marsella, cerca del Ródano, y Mainaké, próxima al estrecho que 
conducía al Betis. Pero Phocea fué tomada en el año 540 por los persas y la 
mitad de sus habitantes emigraron hacia Alalia, pareciendo extraño que esco- 
giesen Córcega y no Mainaké, hecho que explica Jullian diciendo que la frase 
de Herodoto de que ya Arganthonios había muerto, debe interpretarse como la 



214 



HISTORIA DE ESPaSa 



fecha del sólido establecimiento de los carta^jineses en Gades. El año 535 carta 
gineses y etruscos derrotaron en aguas de Cerdeña a los focenses, que perdieron 
todos sus barcos y se vieron obligados a evacuar Alalia; los fugitivos se refugia- 
ron o en Marsella o en la Magna Grecia. La thalassocracia focrnse había termi- 
nado y ajieiias pudieron conservar sus factorías de la <osta ori* ntal iiordiie. con 




S. MARTIN 
DE AMPURrAS 



Ciudad iMríea 

— rOBI*D* 



y^ Fig. lie. — Plano de Ampurias,jcon indicación de sus tres recintos y ciudades. 



A. B. Muralla [romana.— C. Muralla griega de la Neápolis, descubierta por las excacaciones .— 
D. Cala de las Dunas. — E. Recinto ibérico.— F. G. Necrópolis ibéricas. — H. Calle romana.— 
M. Columbario o basílica cristiana.— N. Neápolis griega. 

certero instinto político, Marsella y sus colonias se unieron a Roma, la enemiga 
natural de Carthago. 



Ampurias. — Hemos dejado para tratarlo aparte el establecimiento fócense 
de Emporion, ya por su naturaleza singular, por la novedad que le dan las recien- 
tes excavaciones y porque es el prototipo de las factorías marsellesas y el modelo 
de las relaciones de los griegos con los indígenas. Botet y Sisó^^^ insinúa que la 
población de los indigetes, donde se establecieron los focenses, se llamaba Indica. 
Hablan de Ampurias la Ora maritima de Rufus FestusAvienus, procónsul de África 
(366 a. de J.C), que recopiló un periplo griego del año 530 al 500 (a. de J.C.) 
Strabón, Livio, Plinio, Mela, Tolomeo y Silio Itálico. Tanto Strabón como Livio 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



215 




liK. 117. - Muralla griega y puerta de entrada a la neápolis 
emporitana. (Anuarí d ' hstudis Catalans.) 



nos hablan de una ciu- 
dad doble, separada 
por un muro, en la 
cual habitaban de una 
parte los griegos y de 
la otra los indígenas; 
los focenses la llama- 
ron E/iitóptoY, es decir, 
emporio, mercado. 
Hubo dos estableci- 
mientos, el primero, la 
Paleópolis, que, según 
Botet y Puig y Cada- 
falch, estaba situado 
en un montecillo uni- 
do al continente, don- 
de existe hoy el lugar de San Martín de Ampurias y que fué en lo antiguo 
una isleta, con lo cual se explica la descripción del geógrafo de Amasia. La 

, Neápolis estaba en tie- 
rra firme, como han de- 
mostrado las excava- 
ciones. En cuanto a la 
fecha del estableci- 
miento, Frickenhaus 
afirma que la fundación 
de Ampurias es ante- 
rior al año 535, como 
lo demuestran los ha- 
llazgos arqueológicos; 
así en la necrópolis 
griega se han encon- 
trado fragmentos de 
\asos del siglo vj, de 
fabricación chipriota, 
del Asia Menor, de 
Naukratis y de Calkis^^^. 
En el mencionado si- 
glo y en sus comienzos 
se desarrolló, como 
hemos visto, un mo- 
mento interesante para 
la historia mediterrá- 
nea con la interven- 
ción del elemento jó- 
nico, que había de su- 
cumbir cuarenta y cua- 
tro años después. 




Fig. 118. --Calle de las columnas junto a la muralla ibero-romana. 




Fig. 119. - Restos de la muralla griega. Ampurias. 



2l6 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fík. 120. — Ampurias. El bastidor de catapultH. 




Fifí, l'-'l. Ampiiriiis. I'iedra con inscripción KrlCKü 
(Aniiari d' Hsttutis Cotalans.) 



La isla donde estaba situada la 
l'ah'ójiolis era ya insuficiente para 
la numerosa colonia de mercaderes 
foceo-marsellesfs y la vieja ciudad 
buscó su ensanche en tierra firme, 
en el lugar ocupado hoy por el con- 
vento de Servitas, como han dado 
a conocer los descubrimientos. 

Cuando Hcjtet escribió su Me- 
moria apenas se tenía noticia del 
puerto y de unos restos discutidos 
de muralla. Las excavaciones de 
Ami)urias se hacen en mayor escala 
desde la intervención en 1907 de la 
Diputación de Barcelona, que con- 
cedió al efecto una importante can- 
tidad a la Junta de Museos; ésta 
eligió para dirigir los trabajos a los 
señores D. Enrique Prat de la Riba, 
D. Jesús Pinilla y Ü. José Puig y 
Cadafalch, y para inspeccionar las 
excavaciones a D. Manuel Cazurro, 
director del Museo de Gerona; 
D. Emilio Gandía estaba encargado 
de los trabajos. El 6 de Mayo de 1908 
comenzó la exploración de la ciudad 
griega y el día 4 de Junio se había 
descubierto la puerta de la ciudad 
y las dos torres cuadradas que la 
flanquean. La puerta es la descrita 
por Livio y citada por Strabón, la 

cual estaba en la Neápolis. Al comenzar el año 1909 era visible un costado del 

muro S.; la muralla de Poniente se halló destruida y sin torres. La fortificación 

puede decirse que es 

la denominada arcaica, 

del siglo vil o VI a. de ^^^ 

J.C., anterior al estable- 
cimiento de Neápolis, 

que quizás ocurriese 

cuando la emigración 

fócense, destruida la 

ciudad de Phocea por ^^^ '^¿Mg^^^R J -^rSSS£ - ^-^ '^ 

los persas, o después de 

la batalla de Himera 

(480 a. de J.C); las 

murallas de Emporion 

, Fig. 123. — Ampurias. Escalera y basamento de un edificio 

se pueden comparar a público enia dudad griega. 



w 


HHt^^ ^^^ 


I 


^K 


'^ -a^'*"^'-^^^^^ 


pH 


flPl 


- -í.; ^ ym&^ 


u^^H 


tt¿¿^±¿^ 


^^m 


\-^ 


^^^ 


1 



Fig. 122. — Ampurias. Templo griego de Asclepios. 




H. deE.-T.I. 



Lámina V 






^ 








Vasos y platos UKiKtios hallauos kn las excavaciones de Ampurias.— 1, 4 y 8. Lecitos (siglos vi y v). 
2, 3, 6 y 7. Alabastrones (siglos vi y v). — 5. Platos (siglo iv). ( Anuari (f Estudis Catalans.j 



LAS PRIMERAS COLONIAS 



217 



las de Velia, la colonia focea de Lucania, y según Puig y Cadafalch, que sigue 
a Modestow, el aparejo poligonal en Ampurias es un caso de arcaísmo colonial 
en pleno siglo v. Las mas antiguas esculturas encontradas en Ampurias tienen 
un especial carácter de rigidez: un tronco de columna alada como una Victoria 




&I3^2R?'2ccf« 



ocxs.oo -CP^ 




^^^^^^, 



n- 




Fig. 124. —Planta y sección (por A, B) de las edificaciones, probablemente de la época griega 
(siglo IV a. de J.C.), en el recinto de los templos de la Neápolis de Ampurias. 
( Anuari d' Estudis Catalans.) 



arcaica, una cabeza de ojos con extraño mirar y un relieve del Museo de Gerona 
con ornamentaciones infantiles ^^^. 

Las excavaciones emprendidas en el bienio de 1913 a 1914 han dado por 
resultado el poder fijar de una manera precisa el plano general de la ciudad (fi- 
gura 116), separando la población helena de la posterior romana. Se ha descu- 
bierto el emplazamiento del gran templo de la ciudad griega; pasada la puerta 
el terreno se elevaba suavemente y, enfrente, se alzaba el templo, construido de 

HISTORIA DE ESPARa. — T. 1. —28. 



2l8 



HISTORIA DE ESPAf^A 




Fír. 125. - CatapultH di- Ampurias. 
(Aniiari el' Kstudis Catalans.) 



sillares bien cuadrados, de ¡¡iedra casi marmórea y buenas dimensiones, que 
indican su época (fig. 124). Probablemente, delante del templo habría un altar; el 
inieblo sólo llegaría a la pla/a contigua '"'•*. En el recinto sagrado se descnibrió 

un edículo dedicado a Asclepios. 
Hallazgo curioso es el de un 
fragmento de catapulta encontrado 
junto a la muralla emitoritana. El 
general de artillería Schramm, (jue 
había reconstruido las catapultas 
antiguas valiéndose de textos y mo- 
numentos clásicos (Hero, Kilón, Vi- 
truvio, etc.), fué enviado por el em- 
perador de Alemania a estudiar la 
catapulta emporitana; ésta presenta 
semejanzas con el llamado Euíhyo- 
non y con la catapulta de Vitruvio. 
Las máquinas de esta clase lanzaban 
los proyectiles (dardos) en virtud de 
un mecanismo parecido a la ballesta medioeval. Se comenzaron a usar en el 
siglo IV (a. de J.C. ), peí o la emporitana debe ser del tiempo de Catón (135 antes 
<3eJ.C.)"o. 

Uno de los puntos más interesantes de las excavaciones de Ampurias es el 
relativo a la cerámica, i)ues, entre otros extremos, el material encontrado ha ser- 
vido para puntualizar la fecha de la fundación de la colonia. Don Manuel Cazurro 
y D. Emilio Gandía, en un trabajo muy científico, clasifican el riquísimo caudal de 
cerámica emporitana. Comienza la serie con la cerámica griega de procedencia 
corintia o de Naukratis o calcídica; sigue luego la ática primitiva, de figuras ne- 
gras sobre fondo rojo de los siglos vi y v a. de J.C. (Lám. V), o la más reciente 
de figuras rojas sobre fondo negro, de los si- 
glos v y IV (Lám. V), llegando a la campaniense 
y a la ibérica. De estos datos se deduce que la 
Neápolis ampuritana debió ser fundada a fines del 
siglo VI o principios del v, como lo demuestra la 
abundancia de cerámica de figuras negras y de 
buena época hallada a seis metros en las capas 
más profundas y sobre el terreno virgen ^'^. Otro 
argumento para fijar la fecha de la Neápolis es la 
imponente muralla, que recuerda las construccio- 
nes egeas, si bien, como dice Joulin, son más mo- 
dernas, pues las torres no aparecen en las ciuda- 
des griegas hasta el siglo vi o v {Rev. ArchéoL. 
1910, t. II, pág. 215). 

En la necrópolis se han encontrado sepul- 
turas de los dos ritos de inhumación e incinera- 
ción con objetos del siglo vi al lll (a. de J.C. 1; Fig. 126. -Artemisa. Cabeza de di- 
son notables los sarcófagos de piedra. Tam- vinidad femenina encontrada en 
,., , j u-^- •• . Ampurias (siglos iv o iii antes 
bien se han descubierto inscripciones griegas; deJ.C), de tradición praxitélica. 




LAS PRIMERAS COLONIAS 



219 



entre ellas es interesante una que) 
servía de lindero a un depósito de 
granos dedicado a la diosa Temis 
(fig. 121) 1^2. De las estatuas son co- 
nocidas la de Asclepios (fig. 127) y la 
de Artemisa (fig. 1 26); Pedro Paris ha 
publicado un interesante artículo 
acerca de una Demeter de tierra co- 
cida, que supone traída a Emporion 
por un griego del siglo v; el autoij 
citado la califica de hermosa, compa- 
rándola con la Coré de Tanagra *'^. 

Hübner estima que las monedas 
más antiguas acuñadas en España 
son griegas. Existen moneditas de 
plata, con los tipos de una cabeza de 
guerr ro o de algunos animales ( car- 
nero, toro, león), con anepígrafe EMIl 
(siglo IV a. de J.C); siguen en anti- 
güedad otras con la cabeza de Palas 
y el epígrafe a la derecha (siglo iii 
a. de J.C). Se acunan luego monedas 
mayores en plata, con cabeza de 
ninfa; las de Emporion con el an- 
verso de caballo alado y las de Rhode 
con la rosa abierta. Hasta entonces 
se sigue el sistema monetal foceo, 
pero a fines del siglo 111 se introduce 
el sistema ático o sea el dracma; 
cesan las de Rosas, y las de Ampurias 
en lugar del pegaso tienen un caballo 
alado cuya cabeza está formada por 
un pequeño Amor sentado (Hübner). 

Esta colonia, como todas, tenía 
por motivo un fin comercial, pero era 
al mismo tiempo un asunto político-religioso, pues precedía siempre la consulta 
del oráculo de Delphos, Dodona, Hammón o Éfeso; se reclutaban los emigran- 
tes, ya designados por la fuerza o por la suerte, ya de una clase determinada o 
de todos los ciudadanos. Un ciudadano distinguido dirigía la expedición y lle- 
vaban en las naves el fuego sagrado que había de encenderse en el altar de la 
nueva ciudad. La empresa de Focea estaba llena de peligros, y para implorar el 
auxilio de la diosa Artemisa acudieron a Éfeso y ésta fué la divinidad de la 
thalassocracia fócense; la Artemisa de numerosos senos fué la protectora de 
Marsella, Rosas y Ampurias ^^^. 




Fig. 127. — Esculapio (Asclepios), procedente 

de Ampurias. Estatua de estilo helenístico. 

(Siglos II o I a. de J.C.) 



NOTAS 

' Pablo Scholz: La Idolatría y la magia de los antiifuo» hebreos y pueblo* oednoa, Regen ^■ 
burgo, 1777, 

* Adolfo Pictet : Dii Cuite des Catires chez les anciens Irlandala, Ginebra, 1834. 

* Hpníístknbkro: De reíais Tt/rlorum, Berlín, 1832. 

* Hp.KRhN: De la politique et du Commerce des peuples de lanligudé, trad. de Suckau, 
París, 1832. 

' Guii.LRRMO Gksenius: Scrlpturcp llnguceque PhwnlclíP, Monumenta quotquot aupcrtunt edita ' 
et inédita, Leipzig, 1K37. 

* Crkijzkh : Siiml>olik iind M//tlioloffle der alten VOlker, 1840, 
' JuLKi Bkrtou: lissal sur la topographie de Tur. París, 1843. 

" MovF.Rs; Die Phónizier, Berlín, 1840; üntersuchunfíen ueber die Reli/fi<m und Gotheiten der 
Phónitler, Bonn, 1841; Die Phóenieler in Gades und Turdetanien, Zeitschrift (ür Philosophie und 
katholische Theologie, 1843; Dlc Phóenitler, Berlín, 1849; Das PtiOniílscHe AltHertum, Berlín, 
1840-1856. 

» Hknrv Guvs : Relatlon d'un sélour de plusleurs années a lieyrout, París, 1847, 

'" John Kf.drick : Phcenlcla, Londres, 1855. 

" L'abbí BouRdAOF : Toisón d'or de la langue phénicienne, París, 1856. 

'• Emilio Hübner: Trigueros y Franco, Rheinisches Museum, tomo XVill, 1862; Objetos de 
comercio fenicio encontrados en Andalucía, Rev. de Archivos, Bibls. y Museos, pág. 338, tomo V, 
1900; Die Antlken Biltwerke ¡n Madrid. 
• " ErnesYo Renán : Hlstoire Genérale et Systeme comparé des Langues sémitlques, París, 1863; 
Memolre sur l'orifíine et le caractére oerltahle de l'hlstolre phenlclenne qul porte le nom de San- 
clioniathon, París, 1860; Misslon Phenicie, 1863-1874; Corpus /nscriptionum Semiticarum ad Aca- 
demia inscriptionum et lltterarum humanlorum conditum atque digestum: Pars prima, inscriptiones 
Phoenicias continens, I, fase. I a 4, Parisiis, 1881 a 1887. Editada por el mismo y por Felipe Berger. 

'• N. Davis: Inscrlptlons In the Phaenlclan character, now deposlted ¡n ttie British Museum, 
discovered on the site of Carthage during Researches mode hy Nathan Daols at the expense of Her 
Majestys Government ¡n the years /S56, 1857 and IfíVi, Londres, 1863. 

" PouLAiN RE Bossay: Recherches sur Tyr et Paletyr, París, 106.3. 

'• Pablo SchríJofr : La lengua fenicia. Halle, 1869; Die Phónirische Sprache, Leipzig, 1872. 

'■ A. Lew: Phónizlsche Studien, tomo IV, Bresiau, 1H70. 

'• J. J, Baroés : Recherches archéologlqucs sur les colonles pheniclennes établles sur le Hito- 
ral de la Celtollgurle. París, 1878. 

'* F. Lenor.'**ant: II mito d'Adone Tamuz. Florencia, 1878; Tarschlsch, Rev. des Questions his- 
toriques, Julio 1S82; Les Origines de l'Hlstolre, París, 1884; un artículo sóbrelos íietyíos en la 
Rev, de l'hist. des Réligions, tomo III, pág. 31, y otro articulo sobre los Cabiros en el Dictiinnaire 
dos Antiquités grecques et romaines de Daremberg y Saglio. 

" E, BouRNOUF : Mémolres sur TAntlquité. París, 1879. 

" Menant : Le mythe de Dagon, Rev. de l'hist. des Réligions, tomo XI, París, 1885. 

" Maspero : La Syrie aoant Tinoasion des Héhreux d'aprés les monuments égyptlens, Revue 
des études juives, tomo XIV, París, 1887. 

" Teodoro Nóldekf. : Las lenguas semíticas, bosquejo, Leipzig, 1887. 

** Claudio Regnier Conder: The Pre-Semltic Elément in Phcenlcia, de la Archaeological Re- 
view, Londres, 1888. 

^ RxwLwsoti: Les Réligions de ¡'anclen monde, iraá. dt C. de Faye, Ginebra, 1887; Phenicla, 
de la obra : «The Story of the Nations», Londres, 1888; History o f Phenicla, 1889. 

•• E. Ledrain : Notice sommaire des monuments phénlclens du Musée du Louore, París, 1888. 

^ Ernesto Babelon : Publicó un artículo sobre la necrópolis de Gades en el Bull. de la Soc. des 
Antiquaires de France, 1890, y en colaboración con Lenormant: Hlstoire ancienne de l'Orient, 
9.* ed., París, 1888 (un tomo sobre Fenicia). 

^ Jorge Hoffmann: Trata sobre algunas inscripciones fenicias en el tomo XXXVI de la «Real 
Sociedad de Ciencias», Gottinga, 1889. 

^ Ricardo Pietschmann: Historia de los Fenicios, en la Historia Universa 1. dirigida por el 
eminente historiógrafo Guillermo Oncken [Historias generales de los grandes pueblos, estudios 
de las grandes épocas, monografías de los grandes hechos, biografías de los grandes hombres], 
trad. del alemán, revisada por D. Nemesio Fernández Cuesta, tomo II, Barcelona, 1890. 

*' Jorge Bonsor : Notas arqueológicas de Carmona, Rev. de Archs., Bibls. y Museos, tomo I, 
pág. 232, 3." época, 1897 ; Les colonles agricoles pré-romalnes de la oallée du Bétls, accésit del Con- 
curso Martorell, Barcelona, Abril 1897; Extrait de la Revue Archéologique, tomo X.XXV, París, 
Leroux ed., 1899; M. Reinecke: Ausgrabungen, G. Bonsor' s und anderer Forscher bei Carmona in 
Spanlen, Zeitschrift für Ethn., 1900, Verhandlungen. 

" Luis de Laignes: Les nécropoles pheniclennes en Andalousie, 1887-95. Rev. Archéol., tomo II, 
1898, y París, 1898. 

'» Salomón Reinach : Un nouoeau texte sur V origine du commerce de l'etain, L'Anthropologie, 
pág. 401, 1899. 

** Víctor Berard: Topologie et toponymie antlques. Les Phénlclens et l'Odyssée, Rev. Archéol., 
lulio-Agosto 1900 y 1901 ; Les Phénlclens et l'Odyssée, París, Colín, 1902. 

*• C. JuLLiAN : La thalassocratle phenlclenne, Bull. Hispanique, Abril-Junio 1903. 

^ L. Jalabert : Les colonles d'oríentaux en Occident du Ve au Vil» slécle, Rev. de l'Orient 
Chrétien, n.» 1, 1904. 

* Felipe Champault : Phénlclens et Grecs en /talle d'aprés l'Odyssée, París, 1905, 



LAS PRIMERAS COLONIAS 221 

" Nahum Slouschz : Les Hebreo- Phéniciens. Introduction á l'histoire des origines de la colon!- 
sation hebraíqiie dans les pays mediterranéens (thése), Tours, E. Arrault et C", 1909. 

* Li'is SiRET : Tyriens et Celtes en Espagne, Rev. des Questions scientifiques, 1909, y Bol. 
Acad. Hist., pag. 328, tomo 54 ; La España fenicia, pág. 254, tomo 53, B. A. H. ; Les Cassitérides et 
l'empire colonial des Phéniciens. L'Anthropologie, tomo XIX, pág. 129, 1908; tomo XX, pág. 283, 
1909, y tomo XXI, pág. 281, 1910; Orientanx et Occidentaux en Espagne aux temps préhistoriques, 
Rev. des Quest. scient., 3.' serie, tomo X, 20 Oct. 1906 y 20 Enero 1907, y Compte-rendu del mismo 
en L'Anthropologie, pág. 172. tomo XVIII, 1907. 

* Rene Dussaud: Les Ciüiliíations préhistoriques dans le Bassin de la mer Egée. Eludes de 
Protohistoire Oriéntale, París, 1910. 

♦" A. H. Sayce : The Ancient Empires ofthe East. 

" Le P. M. J. Lagranqe : Etiides sur les Réligions sentítlques. 

" Chabas : Etudes sur l'Antiquité historique. 

" Felipe Berüer : Publicó un artículo sobre Fenicia en la «Encyclopedie des Sciences réligieu- 
ses», de Lichtenberger, La Phenicie, París, 1881. 

" Eugenio Cavaiqnac : Histolre de l'Antiquité, París, 1912. 

" L. Heuzey : Catalogue des figurines de terre cuite du Musée du Louore. 

** RouaEMONT : L'áge du brome ou les Sémites en Occident. 

" Duque de Luynes: Mémoire sur le sarcophague et ilnscríptlon fitneraire d'Esmunatar, roi 
de Sidon. 

** Joan Babtista de Salazar: Grandeías y antigüedades de la Isla y ciudad de Cádle, Cádiz, 
Clemente Hidalgo, 1610. 

** Bernardo Aldrete : Antigüedades de España, África y otras propínelas, Amberes, 1614. 

" Marqués de Mosdéjar : Cádti Phenicia ( escrita en 1687, edición de Madrid, 1805, 3 vols. ). 

" Stephanus de Urbibus, quem primus Thomas de Pinedo Latii jure donabat et obseroationi- 
bus, scrutinio variarum linguarum, ac prcecipue Hebraicce, Eenicioe, Grcecce et Latinee detectls 
lllustrabat... Amstalaendami, apud R. et G. Vetstenios, 1725. 

" Francisco Pérez Bayer: Del alfabeto y lengua de los Fenicios (tratado inserto en el 5a- 
lustio del infante Don Gabriel ), 1772. 

" Joaquín Lorenzo Villanueva: /bernia Phoenicea, seu Phoenicum In ¡bernia insolatus, et 
e/US priscarum coloniarum nominibus et earum idolátrico cultu Demonstratlo, Dublini, Typis 
R. Graisberry, 1830. 

" Agustín de Horozco : Historia de la ciudad de Cádii. Cádiz, 1845 ( publicada conforme a una 
copia de D. Bartolomé J. Gallardo). 

« Adolfo de Castro : Historia de Cádiz y su provincia. Cádif, 1858. 

** José Oliver y Hurtado : Discurso de recepción en la Academia de la Historia, sobre periplos 
de los antiguos navegantes fenicios y griegos, Madrid, 1863. 

" Juan Antonio Vera v Chilier : Antigüedades de la isla de Cádiz. Cádiz, 1887. 

'* Manuel Rodríguez de Berlanqa : El nuevo bronce de Itálica, Málaga, 1881 ; Apéndice se- 
gundo de los descubrimientos arqueológicos de Cádiz, 1887; Nuevos descubrimientos arqueológi- 
cos hechos en Cádiz del JS9/ al 1892, Revista de Archs., Bibls. y Museos, págs. 139, 207, 311 y 390, 
tomo II, 1901 ; La más antigua necrópolis de Gades y los primitivos civilizadores de la Híspanla, 
tomo V, 1901, y tomo VI, 1902, de la misma Rev. ; Descubrimiento arqueológico verificado en el Tajo 
Montero a principio de Febrero de 1900, pág. 328, Rev. A., B. y M., 1912, y pág. 28, tomo VII, 1902; y 
en la pág. 337 habla del descubrimiento de objetos fenicios en Estepa en 1900; Los Sepulcros anti- 
guos de Cádiz. Rev. Archeologica, de A. C. Borges de Figueiredo, Lisboa, Marzo de 1888; Malaca. 
V. Últimos descubrimientos en la Alcazaba. Vi. Conjeturas topográficas, Rev. de la Asociación 
Artístico-Arqueológica Barcelonesa, Abril a Junio 1908. 

^ Federico MaciSeira y Pardo : Los Fenicios en Galicia, La Ilustración Española y Americana, 
30 de Agosto 1896; reseña de esto en el Bol. Acad. Hist., tomo 40, pág. 547; Un interesante bronce, 
Madrid, Imp. de S. Francisco de Sales, 1902 (se publicó primero en el Bol. de la Soc. Esp. de Excur- 
siones, Julio 1902). 

* Paulino P. Fr. Quirós : Hallazgos de Villaricos y luz que arrojan sobre nuestra Geografta 
del Sudeste del litoral del Mediterráneo ( conferencia ), Madrid, 1898. 

*' José Ramón Mélida : Los amuletos fenicios de Carmona, Revista crítica de Historia y Lite- 
ratura portuguesas e hispano-americanas ; La colección de bronces antiguos de D. Antonio Vives, 
Rev. de Archs., Bibls. y Museos, 1900. 

f Pelayo Quintero: Las ruinas del templo de Hércules en Santipetri, pág. 199, tomo 14, Rev. 
de A., B. y M., 1906. ^' < v b. 

« F. López: ¿es tombes de Carmone, Rev. des Universités du Midi, Bull. Hisp., n." 4, 1898. 
Antonio BlAzquez : Pyteas de Marsella. Estudio de su exploración del Occidente de Europa, 
P"°''5Jciones de la Real Soc. Geográfica, Madrid, 1913; Viajes del marsellés Pytheas, tomo XLVI, 

* Juan Rubio de la Serna : Ensayo critico-hlstórlco-arqueológlco sobre los Fenicios, su poder 
manUmo, colonias e influencia civilizadora, especialmente con relación a España, Barcelona, 1912. 
D , A ^■'ANC'Sco Fernández y González : El vascuence y las lenguas semíticas, pág. 360, tomo 44, 
Bol. Acad. Hist. 

á "jgf''^^^^^ Renán : Histolre Genérale et Systéme comparé des Langues Semltlques, Paris, 1861, 

«« Ricardo Pietschmann: Historia de los Fenicios, de la colección de la Historia Universal de 

1» ''w° '-'"'^'*^"' "3d. de Nemesio Fernández Cuesta, tomo II, Barcelona, 1890, pág. 30. 

^ Meltzer : Geschichte der Karthager, Beriín, 1879, pág. 35, tomo I. 

' Meltzer : ob. cit., pág. 36, tomo I. 



222 HISTORIA DE ESPAÑA 

^' ' Oppf.rt : Tarschisch und Ophlr, Zeitsch. f. EthnoloRie, 1903, 

" Mki.tzer: ob. cit., pág. 38, tomo I. 

" Mf.i-tzer : ob. cit., pág. 39, tomo I. 

'♦ Mesquita de Fiqueiredo: Nota del Butletin Hiapanique, Abril 1906. Estacio de Veiga »e haWa 
referido a ellos en 1878. 

■' Luis Siret : Les Cassitérides et l'Empire colonial des Phéniciens. L'AnthropoIogic, tomo XIX, 
año 1908, pág. 129. 

^ Luis Siket: Les Cassitérides, etc., L'Anthropologie, tomo XIX, año I9(jh, pá^ Ifíí. 

" Luis Siret: Les Cassitérides, etc., L'Anthropologie, tomo XX, arto líW!), pat{. 134. 

" Luis Siret: Les Cassitérides, etc., L'Anthropologie, tomo XX, aflo 1900, pág. 'J93. 

" Luis Siret : Orientaux et Occidentaux en Espagne aux tempa préhistoriques, Revue dea 
Qucstions Scientifiques, tomo X, 1906, pág. 529. 

* Luis Siret: Les Cassitérides, etc., L'Anthropologie, tomo XXI, 1910, pág. 281. 
"' V. Berard: Arts. cits. Rev. Arch., 1901, tomo II, pág. 92. 

"» S. Reinach: Art. cit. L'AnthropoloKie, 1899, pág. 397. 

•*• Antonio BlAzquez y Delgado Aguilera: Las Cassitérides y el Comercio del Estaño en la 
Antigüedad, B. A. H., tomo LXVII, 1915, págs, 164, 496 y 579. 

"• Luis Siret : Ti/riens et Celtes en Espagne, Revue des Questíons Scientifiques, 3.* serie, 
tomo XV, año 1909, pág. 54. 

'* Luis Siret: Quesflons de Chronologie et d' Ethnographie ibériques, París, 1913, pág. 125. 

* Luis Siret : Tyrlens et Celtes en Espagne, Revue dea Questions Scientifiques, 3.* serie, 
tomo XXV, pág. 57. 

*' Luis Siret: Tyrlens et Celtes en Espagne, pág. 60. 

* Q. Maspero: Membre de l'Institut, Professeur de langues et d'archéologie égyptienney au 
Collége de France, Directeur genérale des Antiquités de l'Égypte: Histoire Ancienne des peuples 
de l'Orient, París, 1909, pág. 395. 

*• Salomón Reinach: Orpheus, pág. 59, ed. cit. 

■" Maspero : Histoire Ancienne des peuples de l'Orient, pág. 401, ed. cit. 

»' Reinach: Orpheus, pág. 61, ed. cit. 

** Reinach: Orpheus, pág. 63, ed. cit. 

^ Marcelino Menéndrz Pelavo: Heterodoxos, pág. 408, ed. cit. 

*• Pelayo Quintero: Necrópolis ante-romana de Cádií, Boletín de la Sociedad Española de Ex- 
cursiones, XXII, 1914, pág. 161; Revue Archéologtque, 1913, pág. 97; Ilustración Española y Ameri- 
cana, 15 Dic. 1915; Anuari del Instituí d'Estudts catalans, 1913 y 1914, pág. 850. 

* Berlioux : Les Atlantes. Histoire de l'Atlantlde et de I' Atlas primltif, París, 1883. 

*■ Federico Botella: La Atlántida: Pruebas geológicas de su existencia. Fauna, Flora, si- 
tuación y época de su hundimiento, Madrid, 1884. 

»' Teodoro de Cuevas: La Atlántida de Platón y la Cerne de los Libios, tomo XVIII, pág. 357, 
Bol. Acad. Hist. 

** Eduardo Saavedra : La Communication des deux mondes par l'Atlantlde avant le deluge, 
pág. 325, tomo 29, B. A. H., juzgando el trabajo de Patroclo Campanakis. 

'" Novo y Colson: Ultima teoría sobre la Atlántida, Bol. de la Soc. Geográfica de Madrid. 

■>» W. Scott-Elliot : Histoire de l'Atlantlde, París, 1901. 

"" Mario Roso de Luna : ¿ Atlantes extremeños ? Simbolismos arcaicos de Extremadura, Nues- 
tro Tiempo, Junio 1905; un estudio sobre la Atlántida, pág. 151, tomo 52, B. A. H., 1908. 

"" J. de VVitte : Hercule et Géryon, Bull. de l'Acad. de Bruxelles, tomo VIII ; Etude sur lemythe 
de Géryon, Annales de l'Institut Archeol. de Rome (parte francesa), tomo II, 1838. 

'•» Miguel Breal : Hercule et Cacus. Etude de Mythologie comparée, París, 1863. 

'»« P. Fidel Fita: Leyenda vasco-hispana del Tártaro (pág. 166, tomo IV, Boletín de la Acade- 
mia de la Historia). 

'* Joaquín Costa: Poesía popular española y mitológica y literatura cello-hispana. Madrid, 
1881, pág. 289. 

"» Marcelino Menéndez Pelayo: Historia de los Heterodoxos Españoles, pág. 336, tomo I, 
segunda edición. 

'"■ Schulten: ob. cit. (en el cap. III de esta obra), pág. 32. 

"* Jorge E. Grote: History ofGreece. London, 1¿19, 4.* ed., 1872. 

"** Ernesto Curtius : Histoire Grecque, trad. de Bouché Leclercq, París, 1880. 

'"' Eduardo Mever: Geschichte des Alterthums, Stuttgart, 1884. 

'" Joaquín Botet y Sisó : Noticia histórica y arqueológica de la antigua ciudad de Emporion, 
Madrid, 1879; habla de cerámica de Ampurias en los discursos leídos en la Real Acad. de Buenas 
Letras de Barcelona, Gerona, 1908; Nuevos descubrimientos en las ruinas de Ampurias, Boletín 
Acad. Hist., tomo 36, pág. 495. 

"* Marcos Antonio PALAu(deán de Orihuela): Antiguas memorias y breve recopilación de 
los más notables sucesos de la ciudad de Denia y su famoso templo de Diana, 1642. 

"' PP. Rafael y Pedro Rodríguez Mohedano: Historia Literaria de España, Madrid, 1768 (en 
el tomo II trata del establecimiento de colonias griegas en España). 

"* Ambrosio Ruy Bamba : España griega y romana. Discurso de recepción en la Acad. de la 
Hist. el 12 de Mayo de 1815. 

'" Fr. Bartolomé Ribelles: Trata de las ruinas del templo de Venus, en Ampurias, en el «Diario 
de Valencia», núms. 51 y 52, 1820. 

"* Pla y Cabrera : Disertación histórico-critica de las antigüedades de la oilla de Almenara 
y descubrimiento de su famoso templo de Venus, Valencia, 1821. 
> "' Inscripciones y antigüedades del Reino de Valencia, recogidas y ordenadas por D. Antonio 



LAS PRIMERAS COLONIAS 223 

Valcárcel, Pío de Saboya, Príncipe Pío, etc., e ilustradas por D. Antonio Delgado, tomo III de las 
Mem. de la Acad. de la Hist., Madrid, 1852. 

"* Roque Chabás: Historia de la ciudad de Denia, Denia, 1874; Inscripciones romanas (en 
Rafelcofer, partido de Gandía), Bol. Acad. Hist., tomo XX, pág. 105, 1892. 

"" Apraiz : Apuntes para la Historia del helenismo en España ( introducción ), Madrid, 1877. 

'" Salvador Sa.mpere y Miql'el : Origens y fonts de la nació catalana, Barcelona, 1878. 

'" Celestino Fjjol y Camps: Estudio de las monedas de Empurias y Rhode con sus imita- 
ciones, Sevilla, 1878. 

'« José ViLLA-AMiL Y Castro: Puteal griego encontrado en la Moncloa, Museo de Antigüeda- 
des, tomo V, pág. 235. 

'" Juan Rubio de la Serna: Necrópolis ante-romana descubierta en Cabrera de Matará (Bar- 
celona), en 1881, tomo XI de las Mem. de la R. Acad. de la Hist.; Villa de Cabrera. Objetos de arte 
italo-focense descubiertos en ella, tomo \'l, pág. 3ffi, Bol. Acad. Hist. ; Antigüedades descubiertas 
en Mataró. tomo XIV, pág. 417, B. A. H., 1889. 

'" Bernardino Martín Mínouez: Cioiliíación egipcia y griega en América (se ocupa de celtas, 
fenicios y griegos), Rev. Contemporánea, Julio y Agosto 1883. . 

'" José Pella y Forqas: Historia del Ampnr dan. Estudio de la cioilización en las comarcas 
del Noreste de Cataluña, Barcelona, 1883. 

'" Antonio Chabret : Sagunto, su Historia y sus Monumentos, Barcelona, 1888. 

'" Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos formado con los apuntamientos 
de D. Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por D. M. R. Zarco del Valle y D. F. San- 
cho Rayón. Madrid, 1889. 

■» P. Fidel Fita : Inscripciones latinas de JertM de la Frontera. Pallace, del griego nsUatr^, 
que en latín se diría pe/Zí»^ (barragana). Arcos de la Frontera; La musaMe la Historia (inscripción 
griega de Baria = Villaricos, de la provincia Tarraconense). El zócalo es de mármol del país, su 
forma la de un paralelepípedo. KXetwnTtociav, tomo XIII, pág. 477, Bol. Acad. Hist., 1888; Busto de 
Palas, hallado en Denla; El Archivo, revista de ciencias históricas, dirigida por D. Roque Chabás, 
tomo IV, págs. 73-83, Denia, 1890; Noticia de una estatua griega hallada enjumilla, Bol. Acad. Hist., 
tomo XXIV, pág. 555, 1894; Inscripción griega en Santisteban del Puerfo, B. A. H., tomo 33, pá- 
gina 251, 1898; habla de inscripciones en Valencia, Sagunto y Cartagena, en la Colee, de docs. de 
la R. Acad. de la Hist., 1900; Bustos de Cartagena de estilo griego, B. A. H., tomo 42, pág. 292, 
1902; La musa de la Historia: Inscripción griega de Villaricos, tomo 50, pág. 356, B. A. H., 1907; 
Inscripciones griegas de Córdoba y de Vélez Rubio, tomo 52, pág. 505, B. A. H., 1908; Epigrafía 
ibérica y griega de Cardeñosa (Avila), t. 56, pág. 291, B. A. H., 1910; y en colaboración con Rada 
y Delgado: Excursiones arQueológicas a Cabeza del Griego (Calibe [xaX-JSTi = cabana], de 
forma y terminación puramente griega). También es griego Epaphroditus, que se repite en inscrip- 
ciones de Marchena, Cañete la Real y dos veces en Marios, tomo XV, pág. 107, B. A. H., 1889. 

'** P. Bonifacio Hompanera: El Helenismo en España durante la Edad antigua. Discurso leído 
en la Universidad Central para recibir el grado de Dr. en F. y L., public. en «La Ciudad de Dios», 
página 576, vol. 67, y 116, 205 y 288, vol. 68, 1905 y 1906. 

'*> En la pág. 357, tomo 40 del B. A. H., 1902, se citan trabajos inéditos del conde de Lumiares, 
entre ellos uno sobre Dianium. 

'^' Pedro Ibarra y Ruiz: .Wueoo mosaico de Elche con inscripciones griegas (da cuenta de 
haber descubierto una basílica cristiana muy parecida a la de Segóbriga o Cabeza del Griego ; tiene 
tres inscripciones griegas: una al lado del Evangelio, irpí^^uréptüv [de los presbíteros]), tomo 47, 
pág. 240, B. A. H., 1905. 

"* Ramón Laymond: Anclas de plomo halladas en aguas del cabo de Palos, correspondientes 
a la época del griego oriental, pág. 153, tomo 48, B. A. H., 1906 (continúa el comentario del P. Fita, 
pág. 155). 

^^ Diego Jiménez de Cisneros: Restos griegos en Cartagena, pág. 333, tomo 48, B. A. H., 1908. 

'** Monsall'd: Epigrafía griega de Extremadura, pág. 248, tomo 50, B. A. H., 1907. 

'*5 Ángel de los Ríos Y Ríos : Historia de las letras y artes de Cantabria (en la introducción 
habla de costumbres griegas que perduran en aquella región), Santander, 1890. 

'* José Ramón Mélida: Bronce griego arcaico, procedente de Rollos (campo de Caravaca, 
Murcia), pág. 513, tomo I, 3.* ép., Rev. de Archs., Bibls. y Mus.; La Colección de bronces antiguos 
de D. Antonio Vioes, pág. 27, año 1900, Rev. de A., B. y M., 3.* época. 

'" Agustín María Gibert : Ciutats Focenses del litoral cosetá, Barcelona, tip. «L'Aveng », 1900. 

"* Berlanqa: Estudios epigráficos. Vil. Los orientalistas granadinos y los proles antes 
///pu/íYonos, Rev. de la Asoc. Art.-Arqueol. de Barcelona, Enero-Febrero 1901. 

** Joan Pie : Anals inédits de la oila de la Selva de Camp, de Tarragona. Cap. VI. Rev. de la 
Asoc. Art.-Arqueol. de Barcelona, Enero-Febrero 1901 ; Reseña de las antigüedades valencianas 
anteriores a la dominación cartaginesa, por el R. P. M. Bartolomé Ribelles (sendos pliegos). Lo 
Rat Penat, Valencia, n.° 1, 1911. 

'*" Eduardo González Hurtebise : Descubrimiento de una antigua necrópolis en San Felio de 
Guixols, tomo 13, pág. 215 de 'h Rev. de A., B. y M., 1905; San Felio de Guixols durante la Edad 
antigua, Gerona, 1905. 

•" Soler y Palet: Contribució a I' Historia antiga de Catalunya. Egara y Tarrasa, Barce- 
lona, 1906. 

>" C. García de la Riega : Galicia Antigua, Pontevedra, 1904. 

*" J. Pno Y Cadafalch : Les excavacions d' Empuñes. Estudi de la topografía. Institut d'Estu- 
dis Catalans, Anuari MCMVIII, pág. 150, Barcelona. 

'" Manuel Cazurro: Terra sigillata. Los vasos aretinos y sus imitaciones galo-romanas en 
Ampurias, Barcelona, 1910; Quelques fragments de vases ibériques d'Ampuries, Bull. Hisp., t. XIII, 



324 HISTORIA DE ESPACIA 

Enero-Marzo 1911; Fragments de oases ihérics d'Ampuries. ' it., pág. MI, Anuari 

MCMVIII, Barcelona. En el mismo Inst. d'Kstud. se publicó, ,> de les excavadons 

d'Empiirles, pá^. 558, y Adquisición del Museo de (lenma, pát{ .^>>. uv i .m.. . ttn. 

"^ M. RoüHkiUKz C()t)oi.X : excavaciones de Ampurias, Bol. de la Attoc. Artístico- Arqueol6|{tcd 
Barcelonesa, Julio-Diciembre lílOK. 

"* Jai'brkt dr Passa : Notice historique sur la oilie et le contrée d' íimpuriea, Mémoirc» de la 
Soc. Royale des Antiquaires de France, París, W¿i. 

'*• C. MCii iíh: (jeographi f^raeci minores, París, Didot, 1885, otra ed. 1881 ; Fragmenta hhtori- 
corum graecorum. París, Didot, 1874. 

'*" Salomón Rkinacm: Manuel d'epigrafie grecque. París, 1885; Tr.ouoiioReiNAtH: ¿' ¿jpa^n^ 
chei Homere ( Extrait de la « Revue Celtique ', tomo XV, n." de Abril ). 

'*" Francisío Ciakopalo: Estudios de Historia griega: el Occidente srgtin In^ antiguos escri- 
tores griegos. Bol. de la Soc. Geográfica de Madrid, tomo XLI, páR. 12!) 'on- 
daiioni in Spagna, Bol. Acad. riist., tomo .i5, pá«. 177, Mayo 189!); I.a col' ''¡ti- 
chita, Rev. de Archs., Bibls. y Museos, tomo 11, pá». 145, 3.* época ¡ Salle uiuaoiu ,i u ¡<j k. u,u ,' la 
Spagna nell' antic^itá, Rev. Crítica de Hist. y Liter. esp., portug. e hisp. -americana», Noviembre- 
Diciembre inoo. 

"" Camilo Juli-ian: La Thalassocratia Phocéenne á propos du baste d' Elche, Bul!. Hi»p., t. V, 
pág. 101. 

"' Schulten: Ampurias, eine griechenstadt am iberischen Sirúnde, Leipzig, 1907; juicio critico 
de esta obra, con datos interesantes en el B. A. H., pág. 86, tomo .'>». 

'** AuQusT Frickenhaus: Gr/>c/ií'5cAe Kg5p/i aü5 £'/«/íf'r.''ir/. Ittstifiit f1'F-»''i'~ ' .tí.iirw ,\tiii;.ri 
MCMVIII, Barcelona. 

'" Herodoto, etc. : Lib. IV, CLII, pág. 225, ed. Didot. 

'^* Otto Meltzer : Geschichte der Karthager, ed. cit., pág. 148, tomo I. 

'" Schulten: ob. cit., pág. 34. 

'^ Schulten : ob. cit., pág. 35. 

"' Camilo Jullian: La Thalassocratie Phocéenne á propos du huste d' Elche. Bulletin Hispani- 
que, tomo V, pág. 103, 1903. 

'*" Schulten: ob. cit., pág. 33. 

'■* Clerc : Les premieres exptorations phocéennes 'dans la Mediterranée occidentale, Revue 
des Études ancicnnes, 1905; Teodoro Reinach: La tete d' Elche au Musée du Louvre. Ri\ue des 
Études grecques, tomo XI, 1898; Zorn: Ueber die Siederlassungen der Phokáer an der Südkúste 
von Gallien. Kattowitz. 1879. 

'* Jorge Radet: Arganthonios et le mur de Phocée. ;>ág. 111, tomo V, 1903, Bulletin Hisp.ini- 
que. Véase, además, Thisquen: f^ocaica, Bonn, 1843, y Papadopoulos Kéramen»; <I>b>xatxá, Esmir- 
na, 1879. 

"" Jullian: artículo cit., pág. 106. 

'"" Meltzer : ob. cit., pág. 153, tomo I. 

'" Meltzer : ob. cit., pág. 150, tomo I. 

"*' Pablo Perdrizet : Une recherche á (aire a Rosas, pág. 92, t. IV, 1902, Bulletin Hispanique. 

"" Meltzer : ob. cit., pág. 152, tomo I. 

'"*' Joaquín Botet v Sisó : Noticia histórica y arqueológica de la ciudad de Emporion, Madrid, 
1879 ( obra premiada por la Academia de la Historia ), pág. 20. 

"'' J. PuiG V Cadaealch: Les Excavadons d'Empuries, estudio de la topografía, en el Anuari 
del Institut d'Estudis Catalans, Barcelona, 1908, pág. 160. 

"^ J. PuiG Y Cadafalch: monografía citada, pág. 174. 

'* J. PuiG Y Cadafalch: Els temples d'Empuries, Anuari, 1911 y 1912, pág. 302; el mismo: Exca- 
vadons d'Empuries, Anuari, 1913 y 1914, pág. 83. 

'"" E. Schramm: Griechisch-rómische Geschütze. Bemerkungen zu der Rekonstruction, Metz, 
año 1910.~Rodolfo SchneidEr: Die antiken Geschütze der Saalburg. Erlanterungen zu Schramms 
Rekonstructionen. Berlín, 1910.— Anuari d'Estudis Catalans, 1913 y 1914: La catapulta d' Empuries, 
página 841, P. B. G. 

'■' Manuel Cazurro y Emilio Gandía: La estratificación de la cerámica en Ampurias y la época 
de sus restos, Anuari d'Estudis Catalans, 1913 y 1914, pág. 657. 

'"* Anuari d'Estudis Catalans, 1913 y 1914, pág. 846. 

'^ Pedro París: Démeter, terre cuite grecque d' Emporium, Rev. d'Et. Anc, 1910, pág. 152. 

'"* J. PuiG Y Cadafalch: monografía citada, pág. 158. Véase, además, Pujol v Camps: artículos 
titulados :c'£'.r/5/e Empuries? No existe Empuries. publicados en la Revista de Literatura, Ciencias 
y Artes, órgano de la Asociación Literaria de Gerona, Gerona, 1896 a 1897. 



bibliografía suplementaria 

Fenicios.— Rodrigo Caro: Antigüedades de Sevilla y chorografia de su convento jurídico, 16i4. 
-Artículo PAó/i/WéT en la Enciclopedia de Ersch y Gruber. — Francisco Pérez Bayer: De S'umis 
Hebraeo-Samaritanis, Valencia, 1781. — Del mismo: .S'umorum Hebraes-Samaritanorum, Valencia, 
1790. — León Rodet: Sur les inscríptions pheniciennes de Carthage ( Journ. des Sav., 1869, pág. 573 ). 

— Ernesto Renán: Fragments de patéres de brome a inscriptions pheniciennes (J- des S., 1877, 
página 487).— Clermont-Ganneau: L'lmagerie phenicienne et la mythologie iconologique chez les 
grecs, París, 1880. — Dl'krené: Etude sur l'histoire de la production et du commerce de l'etain, 1881. 

— Brunet V Bellet: Errores de la historia nacional. Los fenicios y su pretendida colonización e in- 
fluencia en España (España Regional, Abril-Mayo 18í)0). — Fr. R. Martínez Viuil: España en la Bi- 
blia (España Moderna, Marzo 18ÍM). — Schwerdtpeqer : Tarschich, Euskara, 1895. — Julio Rol-vier : 
Notes sur un poids antigüe de Beryte (Phenicie). (BuII. Acad. Inscrip. Bell. Lettr., 1897). — F. Qaro- 
falo: Algunas notas sobre la Historia antigua de España ( Revista Crít. de Hist. y Lit. Española, 
1899, pág. 65).— L. Hei zev: Sur les relations de ¡'industrie phenicienne et carthaginoise avec la pe- 
ninsule ibériQue{Compt. Rev. Acad. Inscrip., 1900).- Cler.most-Ganneal': La Stéle phenicienne d'Oumm 
el-'aouamid (Rev. Archéol., 190;^, t. I, pág. '200). — Roüríglez Berlanga: Tres objetos malacitanos de 
época incierta (Bull. Hispanique, 1903, tomo V, pág. 213). — J. Roivier: S'umismatique des villes de la 
Phenicie (extr. Rev. Numismatique, 18ÍD6-1903).— Llis Jalabert, S. J.: S'ouvelles stéles peintes deSidon 
(Rev. Archéol., 1904, tomo 11, pág. 1). Teodoro Noldeke: h-" ■■■ ■ -.tr semitischen Sprachwissens- 
chaft (Journ. des Sav., 1905, pág. 618). — üi ii.lehmo Fkeihekk .: I orianfige .Wichrichten über 
die in Eshrnuntempel bei Sidon gefundenen phóniíischen i en .NMtteil. der \'orderasiatÍ8- 
chen Gesellschaft, 1904. Renato Dl'ssaud: La chronologie dea ruis de Sidon (Rev. Archéol., 1905, 
tomo I, pág. 1).— Adoleo Fernández CAaANOVA: Monumento subterráneo descubierto en la S'ecrópolis 
carmonense (Bol. Acad. de la Hist., 1906, tomo XLVIIl, pág. 174. Su descubridor Fernández López 
lo cree fenicio, pero Casanova no se atreve a dictaminarlo). Del mismo: .Monumento monolítico pre- 
romano en Carmona (B. A. de la H., 1906, tomo XLIX, pág. 133).— W. W. Baudisslv : Der phonizische 
Gott Esmun. Esmun-Asklepios, 1907. — Dlssaid: Echmoun. Le dieu phenicien (Jouni. des Sav., 1907, 
pág. 36).— Luis Siret: Villaricos y Herrerías; antigüedades púnicas, romanas, visigóticas y árabes. 
Memoria descriptiva e histórica (tomo XIV de las Memorias de la Real Acad. de la Historia). — 
luLio FuRGus: Antigüedades romanas en la costa gaditana ( Razón y Fe, 1908, núm. XXI, pág. 205. 
Trata de Belón o Boelo, que parece debió su existencia a los fenicios; en las cercanías hanse encon- 
trado necrópolis púnicas). — M. R. Berganza : Herrerías y Villaricos. Estudios históricos. Prehisto- 
ria. Cronología y Concordancias (Rev. Asoc. Art.-Arqueol. Barcelonesa, Julio 1909).— R. Dussaud: 
Le role des Pheniciens, en Scientia, 1913, tomo XIII, págs. 81 a 90.— J. Dechelette: Quelques mots sur 
les théories symbolistes de .V/. Siret (L'Anthropologie, 1913, p. 495 ). Resulta, dice Dechelette, que los 
adoradores del paleo-pulpo son indoeuropeos, los del neo-pulpo semitas, y el tercer símbolo, la pal- 
mera, es aiitropomorfizada.— F. Neohhytus: La Phenicie prehistorique (L'Anthropologie, 1914).— Va- 
lentín Picatoste : Arte. El sarcófago fenicio de Cádiz, etc., Madrid, 1914. ^É"/ cinocéfalo del cerro de 
los Santos y el de Cádiz ( informe B. A. de la H., 1915, tomo LXVII, pág. 229.) Es obra de un falsario. 

— Pelayo Quintero Atauri : Necrópolis anterromana de Cádiz. Descripción de las e.rcavaciones 
efectuadas, acompañada de un estudio de D. Antonio \ 'ives sobre las monedas antiguas de Gades, 
Madrid, 1915; Excavaciones en Punta de Vaca (Cádiz), Madrid, 1916.— W. B. Fle-mminq: The history 
ofTyre, New-Vork, 1915. - G. GossÉ y F. Manrique: Los Fenicios explotadores de Iberia (Estudio, 
Mayo-Abril 1917; sigue la teoría de Siret). —J.R. Mélida: Antigüedades de Marchena (hipogeo 
fenicio descubierto allí), B. A. H., Abril 1917. 

Leyendas.— Braun: Tages et l'hymen sacre d'Hercule et de Minerve, Munich, 1839. — W. Webs- 
ter: Basque Legende collected, chíefly in the Labourd, París, 1879. — Ch. L. Frossard : L'or des 
Pyrénées, Bagnéres-de-Bigorre, 18&4. (Es un trabajo técnico de minería que confirma la leyenda.) — 
L. Courceile-Seneuil: Heracles. Les Egéens sur les cotes occidentales de l'Europe vers le xvi siécle 
aoant notre ere, París, 1914. 

Griegos.- HCbner: Artículo Callaici en la Real Enciclopedia Paulys-Wisowa.- P. Fita: Artícu- 
los B. A. de la H., tomo XI, pág. 449. (La Epigrafía demuestra el uso general del griego en toda Es- 
paña.) Se encuentran en Alcalá de Henares, Helpis [esperanza] y en Torrejón de Ardoz un Olympo, 
tomo XLVHI, pág. 155; Revista Histórica, tomo III, 1876; Museo Esp. de Antigüedades, VIII. — S. Mu- 
\±^\hof: Die Nord und West Küste Hispaniens, Leipzig, 1886. — Bernabé Romeo y Belloc : España 
griega (ni árabe ni latina). Lengua. Historia, Mapa. Zaragoza, 1888. (Trabajo poco seguro.)— Brunet 
Y Bellet: Erros histories. Els grecs. els etruscos. el vidre. els llamps. per qué es diu llengua d'oc?, 
la gorra catalana. Barcelona, 1804.— S. Reinach: Baste en bronze découoert a Empoñcp, París, 1896. 
— R. Font: Episcopologio Ampuritano precedido de una reseña histórica y arqueológica de Ampu- 
rias, Gerona, 1897.— F. Garofalo: Sul commercio di .Víarsiglia nell'antichitá (Riv. bimest. di Antich. 
greche e romane, 1897).— Botet y Sisó: Data aproximada en que els grecs s'establiren a Empuñes. 
Gerona, 1908. — A. Frickenhaus: Zwei topographische probleme en Bouner Jahrb., 1909. — Albertini: 
Ampurias (Rev. d'Et. Anc, 1910).— A. Blanchet y A. Dieudonné : Manuel de Numismatique fran<;aise. 
tomo I, París, 1912. (Habla de monedas de Rosas y Ampurias.)— J. Dechelette: Agrafes de ceinturons 
ibériques d' origine hellenique (extr. de Opuscula archeologica oscari Montelio septuagenario dicata), 
1913. - M. Cazurro: Guia de .Ampurias y la costa brava catalana. La Escala, 1914. — G. Vasseur: 
L'origine de Marseille. Marsella, 1914. — La catapulte d' Ampurias (Rev. Archéol., 1914, fase. 437).— 
G. Radet: Le mur double d' Ampurias (Rev. d'Et. Anc, 1914, fase. 342).— Enrique Romero de Torres: 
Antigüedades prehistóricas. Bajorrelieve ibérico y estatuita griega de Alcalá la Real (B. A. de 
la H., 1915, tomo LXVII, pág. 4(32). Se trata de un Hércules de mármol, cabeza arcaística parecida al 
Armodio del grupo de Aristogitón, del Museo de Ñapóles. 

historia de ESPAÑA. — T. 1. — 29. 



IbjO 



Fig. 128.— Asas de sepulcros procedentes'dejbiza. (Colección Vloes.) 




CAPITULO V 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 



CarthagO. — Los descubrimientos modernos han ampliado el horizonte de los 
conocimientos de este pueblo, cuyas andanzas mercantiles conocemos por 
griegos y romanos, siendo también sus enemigos o los clientes de los mismos 
los que han referido las empresas guerreras del poder cartaginés. Ya el año 1821 
escribía Münter' su historia sobre la religión de Carthago, y por cierto que 
bien poco hemos adelantado en esta fase de la cultura púnica; en 1845 se publi- 
caba en castellano una traducción del libro de Dureau de la Malle*, seguían 
después los trabajos de Barges*, Beulé*, Davis* y Bosworth Smith^, publicán- 
dose el año 1879 en Berlín el primer tomo de la magistral Historia de Car- 
thago, de Otto Meltzer''. En los años sucesivos se inician las exploraciones en 
territorio de la antigua Carthago y aparecen los estudios de Berger*, Sainte Ma- 
rín^ y Salomón Reinach y E, Babelón^^. Apreciable es la Historia cartaginesa 
de Church^^, si bien menos científica y completa que la de Meltzer; monografías 
estimables son las de Chappuis^^^ CEler*^^ Fuchs^*, Aucler^^ y el P. Maurice^^ 
casi todas contenidas en artículos de revistas. En nuestros días grande es la 
actividad del P. Delattre ^^, que ha explorado la necrópolis púnica de Carthago 
y ha emprendido otras interesantes excavaciones. Notables son también en 
investigaciones púnicas Lundstróm ^^ Morris i^, Hanz =^, Mely ^i, Cagnat 2- y Ju- 
llian 23 ; para lo relativo a España son muy interesantes los trabajos del doctor 
Nicolás Feliciani^*. No podemos omitir los nombres de Sandars^s, Ringel- 
mann^Sj Siret^'', Merlinas, Cartones y Garofalo*^'. Desde hace siglos también los 
nacionales se preocupan de cuestiones púnicas, como lo prueban las obras de 
Rodrigo Caro 31, Campomanes^s y Martín de Callar ^^; en 1858 daba a la es- 
tampa Aranaz^^ su Historia de Ibiza y más tarde aparecieron las investigaciones 
de Quirós 3^, Fernández Guerra 3^, Navarro ^"^ y los más recientes artículos de Mé- 
lida38 y Berlanga39, el libro de Román y Calvet*'' sobre las islas Pythiusas y los 



228 HISTORIA DE ESPAÑA 

trabajos de Furgus*', las excavaciones de Ibiza publicadas en el Anuario del 
Instituto de Estudios catalanes**, completando la lista de investigadores los 
nombres de Blázquez*'*, Pérez Cabrero", Cueto y Rivero**, Chabás", Fita*' 
y Pelayo Quintero •"'. 

Antes de tratar de la colonización cartaginesa es necesaiio conocer la psi- 
cología, constitución, instituciones y costumbres de in pueblo que dominó gran 
parte de España durante algunos años. Si su poder e influencia fueron efímeros 
y escasos, no podemos olvidar que por su causa llegó a nuestro suelo '"I [»odcr 
de Roma, por ser la península elemento importante en la contienda. 

Carthago, llamada KipxT,í<úv por los griegos, significaba la cituiad nueva y 
conocidas son las leyendas sobre su fundación, inmortalizadas con grandes ana- 
cronismos por el cantor de la FMeida. Lo cierto es que fué en su principio colo- 
nia tiria dependiente de Útica; luego por su ventajosa posición adquirió prepon- 
derancia sobre la metrópoli africana. Las primeras luchas de los fenicios de 
Carthago fueron contra los indígenas libios a quienes paulatinamente sometían, 
dando origen a la población libio-fenicia que habitaba más tarde las colonias 
ác Hippona {'Roño.), Hadrumeío {SonsQ.), Thapsiis y las dos Leplis. Al exten- 
derse hacia el E. se encuentra con la colonia griega de Cirene, convirtiéndose 
con la decadencia' de Tiro y de Sidón en el baluarte del elemento fenicio en 
contra del poder griego. No tarda Carthago en ambicionar las islas del Medite- 
rráneo, tan necesarias para su comercio. La primera guerra fué contra los focen- 
ses; unidos cartagineses y etruscos derrotan a los de Focea, siendo el fruto de 
la victoria la posesión de Córcega. Otra lucha tiene lugar contra Sicilia y Cerde- 
ña; en la primera isla conquistó Maleo, general cartaginés, varias ciudades, pero 
en Cerdeña fué desbaratado su ejército por los jefes indígenas. Maleo fué con- 
denado por el Senado, pero sabedor el reo de la noticia se dirige contra Car- 
thago y tomando la ciudad manda dar muerte a los diez senadores que habían 
decretado su pérdida. De esta época es el primer tratado con los romanos (510 . 
A Maleo sucedió Magón, gran político y estratega, tronco de una poderosa fami- 
lia que gobernó largos siglos en Carthago. En su tiempo se conquistó Cerdeña 
y parece ser que se extendió el poder de la república por el África Septentrio- 
nal (Numidia y Mauritania), llegando también á Gadir y a las Baleares, donde se 
asegura que Magón fundó el puerto que de su nombre se llamó Mahón. Desde 
este momento comienzan las luchas de los cartagineses con los tiranos de Sicilia 
y ya los pueblos iberos intervienen en las guerras de Carthago, formando parte 
de la historia gloriosa de las conquistas púnicas y comenzando la hegemonía 
cartaginesa a ejercer su influencia en España, como se demuestra por los sor- 
prendentes hallazgos de la necrópolis púnica de Ibiza estudiados por D. Antonio 
Vives y cuyos preciados ejemplares ñguran en su riquísima colección. 

El gobierno de Carthago era, como afirma Aristóteles, una oligarquía pluto- 
crática. La primera magistratura era la de los siifetes o sufetim, que tenían gran 
autoridad y prestigio ; les correspondía la presidencia del Senado y la adminis- 
tración civil. Han sido comparados a los cónsules romanos y a los reyes de 
Esparta, pero se distinguían de los primeros en que su autoridad no era militar, 
sino judicial y civil, ni vitalicia como la de los segundos; se cree que su cargo 
fué anual. Los sufetes a veces eran también generales, pero esto no era inherente 
a su cargo. Los generales en el ejército tenían la autoridad del Dictador ro- 



Lámina VI 




Joyas de oro cartaginesas de la necrópolis de Ibiza. (Colección Vives.) 



H. deE.— T. I. 



LA DOMlNAClÓfí CARTAGINESA 229 

mano, pero debían responder de sus actos después de terminada su misión. 
Existía luego el Senado, que tenía la dirección general de los asuntos públicos, 
como la paz, la guerra y las alianzas. Pero lo que verdaderamente de hecho 
gobernaba era la Gerusta, o consejo privado, formado quizá por los senadores 
más antiguos y poderosos, que juzgaban a los altos magistrados y a los gene- 
rales, siendo una especie de Consejo de los Diez de la república de Venecia por 
el carácter inquisitorial de sus gestiones. Puede decirse que el poder legislativo 
residía en el Senado y el ejecutivo en la Gerusta y los sitfetes. El poder judicial 
lo ejercían tribunales al efecto (pritaneos). Los cargos más importantes eran he- 
reditarios en algunas familias nobles, cuya preponderancia tenía por base la ri- 
queza. En cambio, el pueblo y el partido democrático tenían muy poca fuerza en 
Carthago; sólo en casos discutibles se acudía a ellos, pero su misión era la de 
aprobar o desaprobar, careciendo del derecho de proposición e iniciativa. El 
verdadero poder residía en los plnt/ic -utas y su ge-^ti/m tiránira f\ié la causa de 
la ruina de la república. 

En cuanto al derecho de ciudad, opina Meltzer que eran admitidos los ciu- 
dadanos de la metrópoli y especialmente los de Tiro, los cuales trasladaban a 
Carthago su domicilio, ya por espíritu de lucro comercial, ora por circunstancias 
políticas como disturbios y presiones interiores ; en ocasiones se concedía el de- 
recho civil a tropas extranjeras, admitiéndose a extraños sin limitación, así Has- 
drúbal casó con la hija de un príncipe hispano y Hanníbal con una castulonen- 
se. Sin embargo, la clase de metecos o extranjeros no era escasa, siendo consi- 
derable el número de esclavos. El demos o plebe estaba constituido por comer- 
ciantes, artesanos, industriales de todo linaje y profesionales, como médicos e 
intérpretes, que figuran con frecuencia en las inscripciones. Modernamente, De 
Sanctis ensalza la constitución cartaginesa por su estabilidad ; el pueblo, según 
este autor, intervenía con su voto en la elección de las magistraturas y tal vez 
elegía también los miembros del Gran Consejo o Senado ; el demos resolvía los 
conflictos constitucionales cuando había desacuerdo entre los sufetes y los Con- 
sejos, obrando de poder moderador, y no poseía la facultad de juzgar, tan peli- 
grosa en las constituciones ateniense y romana. Además, la oligarquía de trafi- 
cantes cartagineses era una casta siempre abierta, surtiéndose constantemente 
de los enriquecidos que dejaban de pertenecer al demos. 

La religión de Carthago era la fenicia con algunas modificaciones; la divini- 
dad suprema era Baal Hammón o Moloch y puede afirmarse, después de las ex- 
ploraciones de Davis, que no se ha encontrado ni una tabla votiva en las ruinas 
de Carthago en que no figure el nombre de Moloch. Muy venerado fué también 
el dios Melkhart, hecho explicable por ser la primera deidad de Tiro, la metró- 
poli de Carthago. Adoraban un dios marino, que es posible fuese Dagón, el dios 
pescado de las ciudades filisteas. Astaroth o Astarté X.omdi en Carthago el nombre 
de Tmiit, representada en las estelas votivas como una mujer alada y con tres 
senos, sobre la figura una mano perpendicular y abierta, debajo una inscripción 
púnica y en la parte inferior dos pájaros que pueden ser palomas. Por sus'rela- 
ciones con Egipto tenían prácticas fetichistas y su culto fué tachado por los es- 
critores antiguos de cruel y sanguinario *3. 

Todavía no se ha hecho una exposición metódica de la religión cartaginesa. 
Vassel ha tratado de reconstituir el Panteón de Hanníbal interpretando el pa- 



230 



HISTORIA DE ESPAÍJa 




Fig. 129.— Busto de cerámica ( Ibiza ). 



saje de Polibio en que el caudillo car- 
taginés toma como testigos los equi- 
valentes griegos di* los dioses |>úni- 
eos; Zfus es Baal-Hammón, Hera es 
Tanit, Apollo equivale a Eshmún, 
i ierakles es Melkhart, lolaos quizá sea 
Adon, Ares tal vez pueda ser iden- 
tificado con Arisch y el genio de los 
cartagineses es una divinidad leonto- 
céfala. Cayetano De Sanctis, en su 
magistral Storia da Romani (vol. III, 
P. I, 66), denomina al Baal Hammón 
con el nombre de Baal Chammán y 
nombra a un Baal Schamem (señor 
del cielo) ; para este autor, Tanit per- 
dura en la época romana convertida 
en la diosa Caeleslis de impúdicos 
ritos. El dios más individualizado es 
el famoso Eshmún, entronizado en lo 
alto del templo de la Byrsa de Car- 
thago ; era hermano de los siete Ca- 
bires y los romanos lo confundieron con Esculapio. También la Astarté fenicia 
tuvo culto en algunas colonias cartaginesas. Por último, Demeter y Core, divini- 
dades sicilianas, fueron veneradas en Carthago, constituyendo una excepción a 
causa de la repugnancia de los púnicos en admitir dioses extranjeros. 

El comercio era la fuente de riqueza de Carthago, siguiendo en esto la tra- 
dición mercantil de los fenicios; el tráfico era extenso y variadísimo, llegando 
hasta el interior del África, abordando las playas del Lacio y de Etruria, comer- 
ciando con Siria, Grecia y Egipto. Las cuantiosas rentas, producto de los impues- 
tos coloniales, fueron el origen del poderío cartaginés, que había modificado el 
antiguo sistema fenicio, pues comprendieron que las factorías y la explotación sis- 
temática de las colonias requerían el auxilio de la fuerza, organizando para ello 
expediciones guerreras que sirvieron de aprendizaje a sus generales, siendo una 
escuela de donde surgieron un plantel de expertos capitanes que cambiaron 
por completo la psicología fenicia de la civilización púnica, apareciendo en Car- 
thago, como secuela y consecuencia, el afán militarista y el imperialismo mercan 
til con el objeto de lograr nuevas riquezas que sostuvieran el poder cartaginés, 
procurando a los dominadores un duradero bienestar. Más tarde comerciaron 
con España y las Galias, herederos de los tirios se pusieron en comunicación 
con las Cassitérides, extraían el estaño, mientras sus caravanas penetraban hasta 
el Niger y el fondo de la Arabia; eran objetos de tráfico las salazones, el vidrio, 
la cera, el bronce, estaño, ámbar, marfil, las pieles, piedras preciosas y esclavos. 
Es posible que explotasen la industria naval, en la cual eran maestros. Se dice 
que usaban una especie de billetes de banco que se garantizaban en todas las 
colonias de Carthago; consistían en unas bolsitas de cuero con un sello de me- 
tal. En la industria, la fabricación de tejidos llegó hasta la última perfección 
(Malta). Su agricultura era de las más ñorecientes y empleaban en ella a los 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 33! 

libios sometidos, que se convirtieron en una especie de fellahs, que daban e! 
cuarto del producto de las tierras y contribuían a las guerras. Como pueblo co- 
merciante no se dedicó mucho a la literatura; sólo tenemos noticias de dos obras 
de agricultura de Magón, muy difundidas en la antigüedad, y de los periplos 
de Hannón y de Himilcón, el primero conservado en una traducción griega y 
parte del segundo en la Ora marítima, de Aviene. Los versos del Poenulus no se 
sabe con certeza si son cartagineses y a través de los copistas han sufrido mu- 
chas modificaciones. Pocos vestigios dejó esta civilización y diremos, como Mon- 
tesquieu, que si Roma fué ambiciosa por orgullo, Carthago lo fué por avaricia. 

Iberos, griegos y cartagineses. — Una de las características del ejército 
cartaginés fué el empleo de mercenarios. Respecto a este punto, los autores clá- 
sicos nos proporcionan preciosas noticias, en particular en cuanto se refieren a 
los iberos. La primera mención es del año 480 (a. de J.C.), al tratar de la batalla 
de Himera ganada por Gelón contra los cartagineses ; en el ejército de Hamílcar 
figuraban los iberos, según testimonio de Herodoto (x'/i AtSú<uv x«t 'IS-fipa» xai Ac]fó<uv. 
Lib. VII, CLXV) y de Diodoro ( fn íé TaXaTÍoü; x*í 'l«-ripíaic. XI, I). El reclutamiento 
se hizo en mayor escala cuando Carthago entró en relación directa con Iberia. 

Comenzó Cartlia;40 por aj)oderarse de las islas Baleares luchando con la 
thalasocracia fócense y el poder naval de los etruscos; después de esto sus re- 
laciones con Iberia empiezan a ser frecuentes y el espíritu aventurero de las tri- 
bus de España es para Carthago un magnífico campo de reclutamiento de sus 
ejércitos mercenarios. Diodoru Sículo nos habla (cap. XLIV, lib. Xíll) de las 
tropas reclutadas en Iberia por Hanníbal, hijo de Giscón y nieto de Hamílcar, 
el vencido por el tirano Gelón en la célebre batalla de Himera; esta leva, que el 
siciliano califica de considerable, tenia lugar el año 410 (a. de J.C.). Se trataba 
de la guerra entre Egesta y Selinonte, luchando los cartagineses a favor de la 
primera contra los opulentos seUnontinos apoyados por la poderosa Siracusa. Por 
segunda vez en la Historia aparece el nombre de los auxiliares iberos, que más 
tarde habían de cobrar merecida fama de excelentes mercenarios. En el asedio 
de Selinonte decidieron el asalto penetrando por la brecha en el mismo lugar 
donde habían sido rechazados los campanios; su aspecto debía ser ñero, pues 
a su entrada las mujeres de la ciudad prorrumpieron en gritos de terror. En el 
mismo asedio, junto a los arietes y torres de madera, figuran arqueros y honde- 
ros, que, si bien no fija el autor griego su nacionalidad, puede asegurarse eran 
baleares, pues su destreza para manejar la honda fué proverbial en toda la anti- 
güedad (Diodoro, cap. LIV, lib. XIII). No se puede precisar en la obra del sici- 
liota, cuando habla de bárbaros, si quiere designar con este calificativo a los 
iberos o solamente a los libios, ya que las costumbres muelles y refinadas de los 
campanios parece que no les hacen acreedores a los hechos atribuidos; además, 
los campanios no podían ser considerados como bárbaros siendo colonos de Gre- 
cia; refiere Diodoro que los tales bárbaros (que distingue de los cartagineses, 
pues a éstos los llama por sus nombres o los apellida fenicios) eran ganosos de 
botín, crueles e impíos, pues saqueaban los templos, quemaban las casas y lle- 
vaban como trofeo cinturones con orejas de los vencidos. Aun más que en Seli- 
nonte se distinguieron los iberos en el sitio de Himera, y es de suponer por el 
relato del cerco, que Hanníbal los reconocía como tropas escogidas; se deduce 



232 



HISTORIA ÜE ESPASa 




Fig. 130.— Guerrero ibero. 
(Despeñaperros.) (Colección Cabré.) 



esto del hecho de que, en la salida que efec- 
tuaron los habitantes de Himera derrotando a 
los sitiadores, no se menciona para nada a los 
iberos, y más tarde, cuando el jefe cartaginés 
ataca a los sitiados, desciende desde una altura 
con sus contingentes, desbarata a los de Hi- 
mera y emprende luego con vigor el asalto. 
Los iberos |)enetran por la brecha, y mientras 
unos rechazan a los himerienses, otros ocupan 
las murallas y facilitan el paso a sus compañe- 
ros (Diodoro, capítulo LXII, lib, XIII). La 
ciudad cayó en poder de los cartagineses y los 
iberos degollaron sin piedad a sus habitantes, 
hasta que Hanníbal ordenó que hiciesen pri- 
sioneros, cumpliendo con gran disciplina las 
órdenes del caudillo y cesando la matanza. 

Envalentonados los cartagineses con los 
éxitos conseguidos, se propusieron hacerse 
dueños de toda Sicilia y para conseguirlo nom- 
braron general a Himilcón, hijo de Hannón, 
para que secundase al viejo Hanníbal en las operaciones de conquista. Envió 
Carthago comisarios con orden de reclutar en Iberia y en las islas Baleares el 
mayor número posible de mercenarios (Diodoro, cap. LXXX, lib. XIII). Los 
iberos, con el grueso del ejército cartaginés, estuvieron en el sitio de Agri- 
gento, donde sufrieron un serio descalabro que un mal entendido patriotismo 
ha hecho sea disimulado por algunos historiadores. Cercaban los cartagineses 
la opulenta ciudad griega cuando llega- 
ron en su socorro los siracusanos; Hi- 
milcón envía contra ellos a iberos y 
campanios en número de cuarenta mil; 
ambos ejércitos se encuentran en las 
proximidades del río Himera, y des- 
pués de un rudo choque, los bárbaros 
son deshechos por las armas siracusa- 
nas, pereciendo seis mil mercenarios. 
Los restos, derrotados, fueron perse- 
guidos hasta las murallas de Agrigento 
y el campamento de los cartagineses. 
No tenemos datos suficientes para in- 
quirir si el desastre fué debido a los 
campanios o a los iberos; la acción no 
fué definitiva, pues un partido de pa- 
triotas agrigentinos acusó a los gene- 
rales de culpabilidad en no haber per- 
seguido a los fugitivos exterminándo- 
los. El resto de los campanios e iberos 

, 1, j A • Fig. 131.— Guerrero ibero. (Despeñaperros.) 

estuvieron, pues, en el asalto de Agn- (Colección Cabré.) 




Lámina Vil 




Busto ebusitano que se custodia en el Cau Ferrat de Sitges. 



H. deE.— T. 1. 



LA DOMINAaÓN CARTAGINESA 



233 





Fig. 132. Guerrero 
ibero. (Despeña- 
perros.) (Colección 
Cabré.) 



Fig. 133. Guerrero 
ibero armado de pu- 
ñal. (Despeftaperros.) 
(Colección Cabré.) 



gento y se desquitaron con el saqueo de aquella riquísima 
ciudad de las amarguras del sitio y del descalabro de Himera 
(Diodoro, cap. LXXXVII, libro XIII). 

El año 405 (a. de J.C.), cuando el tirano de Siracusa, 
Dionisio el Antiguo, acudió en socorro 
de Gela, sitiada por el cartaginés Ha- 
mílcar, los iberos combatieron contra los 
italiotas del ejército de Dionisio; éste 
había dividido sus tropas en tres cuer- 
pos de ataque: el uno, compuesto de 
sicilianos, recibió orden de avanzar de- 
jando Gela a la izquierda; otro, con Dio- 
nisio a la cabeza, penetraría en la ciu- 
dad, y un tercero, compuesto de auxilia- 
res griegos de Italia, se dirigiría hacia 
el campamento cartaginés. Contra estos 
últimos tuvieron que luchar campanios 
e iberos, logrando rechazarlos después 
de haber pasado más de mil al filo de 
la espada; los sicilianos se las habían 
con los libios, llevando éstos la peor 

parte, y a no ser por el pronto socorro de iberos, campanios y cartagineses, 
hubieran sido completamente aniquilados. De todas maneras, Dionisio se vio 
obUgado a retirarse a Siracusa y Gela cayó en poder del cartaginés, contri- 
buyendo no poco, como hemos podido observar, el valor y arrojo de los 
contingentes iberos (Diodoro, cap. CX, Hb. XIII). Des- 
pués de este revés, Dionisio trató de asegurar su tiranía 
en Siracusa, pues su autoridad por aquel entonces tuvo 
serios contratiempos; pero vencidas estas dificultades y 
extendido el poder del tirano por otras ciudades de Sici- 
lia, creyó llegado el momento de expulsar a los cartagi- 
neses de la isla, uniendo bajo su mando los contingen- 
tes todos de los griegos sicilianos. Carthago recurrió de 
nuevo al general Hamílcar, el cual hizo llegar tropas de 
Libia y de Iberia; afirma además el autor de la Biblio- 
teca histórica que en ellas había mercenarios y aliados, lo 
cual, de ser cierto, probaría que ya Carthago había cele- 
brado pactos con caudillos peninsulares (Diodoro, c. LIV, 
Ub. XIV). La guerra fué larga y con varia fortuna por 
una y otra parte; hubo un momento en que los siracu- 
sanos, sitiados en su ciudad, se vieron bloqueados y re- 
ducidos al último extremo porque los cartagineses se 
habían apoderado de un arrabal de Siracusa; pero la lle- 
gada de refuerzos que venían de Lacedemonia, hizo se 
cambiase el aspecto de las cosas, y unido esto a la peste 




Fig. 134. — Guerrero ibero 



que se había desarrollado en el campamento cartaginés 



con escudo. (Despeñape- 

rros.) (Colección Cabré.) y a la derrota de su escuadra por los griegos, el general 



HISTORIA DE ESPAÑA.— T. I. 



■30. 



2 34 HISTORIA DE ESPAÑA 

I laniílcar pactfj secretamente coii el tiraiu), «ifreci» imícmi- i'.mi.i.n ia leiu.Kia 'i<- 
los ciudadanos de Carthago; entonces el j<fe púnico con los cartagineses aban- 
d(jnaron secretamente el campo, dejando en el mayor desamparo a los mercena- 
rios que servían a sus órdenes y que ignoraban la partida de su jefe. Dionisi<j 
carga ardorosamente sobre los restos del ej<'*rc¡to púnico; unos talan en lavan- 
guardia p(?leando, pero la mayor parte, arrojando las armas, se adelantaban 
pidiendo merced a los siracusanos para (lue les fuera perdonada la vida. .Sola- 
mente los iberos, narra Diodoro, se reunieron en apretado haz y enviaron un 
heraldo pawi ofrecer a Dionisio su alian/a; el tirano pactó con ellos, incorporando 
a los iberos entre sus mercenarios (Diodoro, cap, LXXV, lib. XIV). Parece 
colegirse que los iberos fueron fieles a la alianza con Dionisio, pues no aparecen 
en las luchas posteriores en las filas cartaginesas, y cuando Magón recluta tropas 




Fis. 130. í'íbula ibera (Tesoro de Mo^ón). (Museo Arqueoíósrico Nacional.) . ,, 

para combatir al tirano de Siracusa las busca en Libia, Cerdeña y en Italia, pero 

no en Iberia (Diodoro, cap. XCV, lib. XIV). 

De nuevo habían de guerrear los hijos de Iberia en la hermosa isla, campo 
de batalla futuro en que había de resolverse la primera contienda entre la repú- 
blica latina y la hegemonía marítima de los cartagineses. Cuando el corintio 
Timoleón había restablecido el régimen democrático en Siracusa, derrocando a 
Dionisio el Joven, hubo un momento en que los cartagineses, alarmados por las 
victorias del griego, que continuaba su campaña triunfal por toda la isla abatien- 
do a los tiranos y libertando a las ciudades, pensaron que el poder de Carthago 
peligraba en Sicilia, y para libertarse de este grave riesgo hicieron un supremo es- 
fuerzo; votaron crecidas sumas de numerario jjara pagar sueldo a numerosos con- 
tingentes de mercenarios, y trataron de reclutarlos entre los iberos, celtas y ligu- 
res. Esta afirmación del historiador siciliota nos hace suponer que los habitantes 
de Iberia, ya muerto Dionisio el Antiguo, no tuvieron compromiso ni inconve- 
niente alguno en pasar a Sicilia, tanto más que tenían que pelear con el dorio 
Timoleón, que había destronado al hijo de su señor y amigo. Un pasaje de Plu- 
tarco (Timoleón, XXVII) nos confirma en nuestro aserto. Podemos, por tanto, 
creer que los iberos asistieron a la batalla que se dio cerca de Agrigento y 
del río Crinieso, donde fueron completamente derrotados los cartagineses, parti- 
cipando los iberos de la derrota sufrida, ya por la pericia de Timoleón como por 
las condiciones adversas en que tuvo lugar el combate al atravesar un río, siendo 
sorprendidos, como también porque al trabarse la pelea se desencadenó una fuerte 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 235 

tempestad con lluvia torrencial que daba de cara a los cartagineses, contribuyen- 
do al desastre ( Diodoro, caps. LXXIII y LXXIX, lib. XVI). 

Entre los proyectos de Alejandro, contenidos en sus memorias, estaba el de 
construir en los arsenales de Siria, Fenicia, Cilicia e isla de Chipre una poderosa 
flota para luchar con Carthago y apoderarse luego de Sicilia, Libia e Iberia. 
¡Quién sabe, si la muerte no hubiera segado en flor la vida del héroe macedón, 
cómo la civilización de los turdetanos y la marcha de la Historia hubieran cam- 
biado por completo el rumbo de sus acontecimientos! 

Sicilia, como ha escrito San Isidoro, era nutrir tyrannonun, y cumpliendo 
este atinado juicio, no tardó en aparecer el más valeroso, inteligente y audaz de 
todos los tiranos de Siracusa, el alfarero Agathocles, hombre que desde su 
obscura cuna logró imponerse a sus conciudadanos por cualidades relevantes, 
sin reparar en medios para alzarse con la soberanía. Otra vez llegan a la isla los 
hispanos, en esta ocasión en el ejército mercenario de Carthago; Hamílcar, gene- 
ral cartaginés, se había preparado a la lucha llevando consigo dos mil hombres 
de milicias nacionales, diez mil libios, mil mercencu^ios tirrenos, doscientos carros 
con dos caballos cada uno y mil honderos baleares (Diodoro, cap. CVI, lib. XIX). 
La campaña fué ruda, y las vicisitudes variaron el éxito de uno y otro bando, 
hasta que, avistándose el grueso de ambos ejércitos en Himera, se dio una san- 
grienta batalla; en ella se distinguieron los honderos baleares. Hamílcar vio 
asaltado su campo y un momento se creyó perdido; entonces ordenó que avan- 
zasen los baleares, que lanzaron una nube de enormes pedruscos, hiriendo a 
muchos asaltantes, dando muerte a otros y destrozando las armas defensivas, 
pues estos honderos estaban habituados desde la infancia a lanzar piedras del 
peso de una mina, confesando Diodoro que a su intervención oportuna se debió 
la victoria, pues expulsaron del campo a los griegos y dieron tiempo a que llega- 
sen unos refuerzos recién desembarcados de Libia, que arrollaron a los enemi- 
gos, haciéndoles repasar desordenadamente el río Himera o refugiarse en su 
campamento, donde fueron perseguidos por la caballería cartaginesa, que aseguró 
el triunfo (Diodoro, cap. CIX, lib. XIX). Es muy probable, aunque no consta de 
una manera clara y precisa, que los baleares siguieran en el ejército cartaginés 
y sitiaran Siracusa, tomando parte en las peripecias de tan prolongado asedio, y 
cuando Agathocles llevó la guerra al África, quizás los honderos de que hace 
mención el siciliota y que lucharon en la flota cartaginesa fuesen oriundos de las 
Baleares. ^ 

Polibio, sin pretenderlo, nos da una prueba irrefragable de la participación 
de los iberos en la primera guerra púnica, pues al tratar de la sublevación de los 
mercenarios, dice cómo fueron trasladados éstos desde Sicilia después de cele- 
bradas las paces con Roma, y más adelante, al citar las nacionalidades de los 
mercenarios rebeldes, enumera en la siguiente forma: « Iberos, celtas, algunos 
ligures y baleares, muchos griegos mestizos, los más desertores y siervos, pero la 
mayor parte africanos» ^. Lástima que el concienzudo historiador no haya trans- 
mitido el nombre del jefe de los iberos, como lo hizo con Spendio, el campanio 
fugitivo de los romanos, el africano Mathos y el galo Antarito; pero lo cierto 
es que tanto los baleares como los iberos tomaron parte en aquella guerra llena 
de horrores y crueldades que ha .merecido de la Historia el nombre de guerra 
inexpiable, que terminó gracias a los talentos militares de Hamílcar Barca •''^ 



236 HISTORIA Ue. ESPAÑA 



De todo lo expuesto, resulta la participación que tuvieron en estas guerras 
el infante y el jinete iberos, representados en los exvotos de Castellar de Santis- 
teban, Collado de los Jardines y Uespeñaperros, armado de lan/a y lalcata y pro- 
tegido con su escudo redondo con umbos. En un reciente estudio de Raimundo 
Lantier se afirma la contemporaneidad de los objetos de la colección (!abré con 
la éi)oca de las guerras púnicas ; por lo tanto, es acaso muy probable que este- 
mos en presencia del retrato exacto de los guerreros ibéricos que lucharon con 
Hamílcar y acompañaron más tarde a Ilanníbal a Italia. 

La falcata o (láxaip'» figurada en las estatuillas iberas es, para Horacio San- 
dars, de origen griego; según este autor, la trajeron los mercenarios iberos envia- 
dos por Dionisio de Siracusa en socorro de Ksparta contra los beotas (369-368). 
Bosch estima que la falcata es de origen ibérico, respondiendo a la evolución 
del cuchillo curvo encontrado en las necrópolis del marqués de Cerralbo. 

El gobierno de los Bárcidas. — Pero el primer momento de la conquista 
cartaginesíi en suelo hispano lo narra Justino (Hist., XLIV, 5), sin duda resu- 
miendo a Trogo Pompeyo. El relato, que por ser de sumo interés para la histo- 
ria de la dominación cartaginesa trasladamos, es el siguiente: Caída Tiro en 
poder de Nabucodonosor, y envidiosos los pueblos circundantes de la grandeza 
de Cádiz, hubieron de reunirse moviéndole guerra; los fenicios de Gadir llaman 
en su auxilio a sus consanguíneos los cartagineses, los cuales vengaron la injuria 
inferida a la ciudad hermana y se apoderaron en consecuencia de la mayor parte 
de la provincia. Esta es, pues, la primera conquista efectuada por los cartagine- 
ses en España. 

Sin embargo, dueños los cartagineses de islas en la cuenca occidental del 
Mediterráneo, perdida Sicilia en la primera guerra púnica, Cerdeña por una re- 
belión, y con una fácil entrada en España por el Mediodía, no tardó uno de sus 
generales más famosos, Hamílcar Barca, el vencedor de los mercenarios, en con- 
cebir la feliz idea de conquistar aquella Turdetania tan renombrada por sus 
riquezas y en sojuzgar a los cultos tartesios, a los indomables iberos y a los 
valientes celtas, con el fin de fundar un imperio que superase en poderío y rique- 
za a Sicilia, compensando la pérdida de aquella isla, donde durante siglos habían 
combatido las armas de Carthago. 

Corría el año 239 (a. de J.C.), y terminada la guerra de África, nos dice Po- 
libio que los cartagineses reunieron un ejército, enviando a España al general 
Hamílcar ^2; Diodoro da más detalles y hasta parece indicar que el poderoso 
bárcida quería echar en la península los cimientos de un imperio que asegurase 
en Carthago el prestigio de su familia. Llegado su ejército a las columnas de 
Hércules, iba en él un hijo de Hamílcar llamado Hanníbal, que entonces tenía 
nueve años y que más tarde había de ser uno de los más célebres capitanes de 
la antigüedad. El siciliota nos asegura que desembarcó en Gadir, afirmación 
bien verosímil si la entrada en España era por el S, y precisamente se hacía el 
desembarco en las columnas de Hércules 5^. Polibio sucintamente dice que 
Hamílcar sometió a Carthago muchos pueblos, unos por las armas, otros median- 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 



237 



te negociaciones; Diodoro explica 
con pormenores la campaña, na- 
rrando algunos episodios interesan- 
tes de esta empresa, que duró nueve 
años y hubo de asegurar el poderío 
y la dominación de Carthago en 
Iberia. No fué tan fácil sojuzgar a 
los hispanos; Hamílcar luchó prime- 
ro con los iberos y tirtesios y luego 
con Is tola ció, jefe de los celtas, 
derrotándolos a todos e incorpo- 
rando tres mil prisioneros en su 
ejército. Indortes, otro caudillo his- 
pano, reunió un ejército para lu- 
char contra los cartagineses, pero 
no atreviéndose luego a pelear con 
Hamílcar, huyó a una altura, que 
abandonó durante la noche al verse 
cercado por las tropas enemigas; en 
la fuga perdió gran parte de su 
gente, y él mismo cayó prisionero, 
muriendo crucificado por orden del 
vencedor, que antes le había some- 
tido a horribles suplicios. En cam- 
bio, en otras ocasiones Hamílcar 
se atrajo muchéis ciudades, libertan- 
do sin rescate a los prisioneros. So- 
metió luego otras poblaciones de 
Iberia y fundó una muy grande, 
que, a causa de su situación, recibió 
el nombre de Acra- Lenca (tradú- 
celo Livio Castrum álbum). . 

Los acontecimientos de España 
no habían escapado a la atención 
de los romanos y debieron vero- 
símilmente saberlo por informes de 
Massilia; entre varias referencias 
equivocadas, y en parte falsificadas, 
sobre las relaciones entre Roma y 

Carthago en este período, se ha conservado sobre ello una^ noticia fidedigna 
de que el año 231 (a. de J.C.) marchó a España una embajada romana para 
enterarse de lo que allí ocurría. El fragmento no indica el nombre del caudillo 
cartaginés, pero éste, indudablemente, era Hamílcar, el cual acogió amistosa- 
mente a los enviados, diciéndoles que guerreaba con los iberos obligado por la 
necesidad de numerario para pagar el que todavía Carthago debía a los romanos; 
con esta respuesta los embajadores no tuvieron ocasión de suscitar objeciones. 
Desde luego el suceso fué una seria indicación de que en adelante Carthago tenía 




Fig. 136. — Armas púnicas. (Colección Vives.) 



238 HISTORIA DE ESPaSA 

que recelar de Koma, y pocos años más tarde, cuando se pagaron las últimas 
anualidades y Carthago quedó libre de su compromiso, veremos h la j»o!ítif a ro- 
mana ingiri<''ndose en las cuestiones españolas'*^. 

Kl dominio de los Bárcidas, según puede conjeturarse, se extendió p<»r toda 
Andalucía, comprendido el territorio de Granada, la región murciana y la parte 
meridional del reino de Valencia; nada sabemos de su actividad al O. y NO. de 
Gades, ni si hubo en esa dirección empresas brlicas. Polibio afirma que se trata- 
ba de readquisición de un poderío anterior, y bajo este concepto podemos com- 
prender la restauración de la soberanía de Carthago en la costa S. y SE. de la 
península hasta el cabo de la Nao. 

De muy distinta manera se narra el fin del gobierno de Hamílcar. Al pare- 
cer se adelantó sobre la población de Hélice, poniéndola sitio, y enviando la 
mayor parte de sus tropas hacia Acra-Leuca, a los cuarteles de invierno, per- 
maneció él con poca gente decidido a tomar aquella plaza. Aparece en esta cir- 
cunstancia el régulo ibero Orisson, á (juien üiodoro atribuye una traición que 
historiadores españoles dicen que bien pudiera ser una mala interpretación de 
una estratagema relatada por Appiano y Frontino; el siciliota habla de una fingi- 
da amistad del caudillo ibero, mientras que los citados autores explican clara- 
mente el conocido ardid de los bueyes y las carretas ardiendo que pusieron en 
fuga a los cartagineses, medio empleado más tarde por Hanníbal en la campaña 
de Italia para libertarse de los romanos que le tenían rodeado y en grave aprieto. 
Según estas versiones, varían los informes sobre la muerte de Hamílcar, pues 
Diodoro dice que vencido el cartaginés, después de i>oner en salvo a sus hijos, 
huyó perseguido por Ori.sson, pereciendo en la corriente de un río al atravesarlo 
a nado; Polibio afirma que murió en medio de la refriega, opinión más conforme 
con el carácter del general cartaginés, y Livio, Appiano y hasta el poeta Silio 
Itálico siguen el parecer del Megalopolitano, diciendo el primero que el hecho 
ocurrió en Casttuní álbum, célebre por la muerte de Hamílcar. El biógrafo Cor- 
nelio Nepote sostiene murió en el país de los vetones^^ 

El historiador Meitzer fija la muerte de Hamílcar en el año 229, y enlazando 
la tradición fragmentaria de su muerte, que ha llegado muy mutilada hasta 
nosotros, expHca de la siguiente manera los acontecimientos: asediaba Hamílcar 
la ciudad de Helike con una parte de su ejército, habiendo enviado a Acra- 
Leuca la mayor parte del mismo para invernar allí; entonces llegó en auxilio de 
los sitiados el rey de los orissos, que primero concertó con el jefe púnico un 
tratado para engañarlo luego, atacándole de improviso y poniéndole en fuga. En 
este trance, el caudillo cartaginés trató de poner en salvo la masa principal de su 
ejército, en donde se hallaban sus dos hijos, Hanníbal y Hasdrúbal,y para conse- 
guirlo desvió de ellos la fuerza del ataque adversario, saliendo personalmente al 
encuentro del enemigo. Cuando vio seguro el logro de su designio, y a los suyos 
camino de Acra-Leuca, trató de salvarse él también, pero halló la muerte en un 
río que intentó pasar a nado^^. 

Para Meitzer, Acra-Leuca es la Lucentwn de ios latinos y la actual Alicante; 
Fernández y González ^^ estima que puede ser Montalbán, donde, según Zurita, 
Alfonso el Batallador fundó o trasladó a Teruel, y dice el docto académico que 
en algunos códices de Livio se lee Castrum altum por Castnini albtim, interpre- 
tación, según él, bien explicable dada la semejanza de las palabras. Roque 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 



239 




Aati^uo Lego, 
Almajar 



)/ 

bi- 



chabas, al hablar de una inscripción romana de Játiva, sostiene que el Castnim 
álbum de los latinos, traducción de la Acra-Leuca de los griegos, es el castillo 
de Santa Bárbara, al E. de Alicante; detrás del castillo, en el sitio denominado 
albufereta en el cabo de la Huerta, aun se ven restos de población romana, a la 
que Lumiares y otros muchos llaman Lucentum^^. Esta última opinión parece 
la más verosímil, pues se halla en conformidad con la de Meltzer, que la comple- 
ta diciendo que los 
orissos coinciden, a 
lo que se sabe, con 
los oretanos que es- 
taban en el territo- 
rio del alto Guadia- 
na, detrás de los que 
estaban en el alto 
Segura. El mismo 
autor sostiene que 
la ciudad de Helike 
es la misma que se 
conoció más tarde 
con el nombre de 
Ilici, hoy Elche, po- 
cas horas al SO. de 
Alicante, en contra 
del parecer de Fer- 
nández y González, 
el cual afirma que 
Hélice es la Helia o 
Velia edetana de 
Ptolomeo, donde es- 
tuvo más tarde Bel- 
chite. 

Hasdrúbal, a 
quien Polibio indica 
como jefe de la flota 
de su suegro en la 

época de la muerte de Hamílcar, pero que no estaba presente en la desgracia, 
era un jefe prestigioso que había realizado no hacía mucho una campaña afortu- 
nada en el N. de África y que fué elegido por manifestación espontánea del 
ejército, sin faltar a las normas constitucionales del Estado cartaginés, pues su 
mando fué confirmado por acuerdo expreso del gobierno, siendo su nombra- 
miento completamente legal en contra de los relatos antibárcidas que tratan de 
señalar una infracción constitucional de la poderosa familia. 

Sabedor Hasdrúbal de la muerte de Hamílcar, partió desde un punto, hasta 
el presente desconocido, en dirección a Akra-Leiika, llevando consigo más 
de cien elefantes. Después de su nombramiento como caudillo supremo, marchó 
con 50.000 infantes, 6.000 jinetes y 200 elefantes contra el rey de los orissos, se 
apoderó de doce ciudades y dio muerte a todos los que habían ocasionado la de- 



losMorOS 




Fig. 137. — Plano de Carthago-Nova. 



240 JIIVK.UIA DE ESPAÑA 

rrota de Haniílcar. V.n la tradición c|ue poseemos se trata de sus hechos en pocas 
palabras, y es di{^n(j de n(itar í|ue se alaba su conducta, indicando los del parti- 
do contrario que consiguió éxitos más por caminos amistosos que por la fuerza 
de las armas; esto lo afirman como contraste del proceder de Hasdrúbal compa- 
rado con el de Ilanníbal, bajo cuyo mando estalló la segunda guerra púnica. Kl 
nuevo caudillo siguió enviando numerario a Carthago, producto de las contribu- 
ciones de los pueblos sometidos, y (jue, según la traflición antibárcida recogida 
por Fabio Píctor, era para sobornar a la asamblea cartaginesa y conservar el 
prestigio de su partido; ahora bien, este partido, cuyo jefe era Hasdrúbal y que 
él fortalecía por los medios que tenía a su disposición, aseguraba tener mayo- 
ría en la opinión, y así de hecho todo cuanto hiciera jxjdía encontrarse auto- 
rizado ^^. 

Su política fué de atracción, y para realizarla contrajo nuiuuiKuii.. i.>ii ia 
hija de un régulo de la comarca y los iberos le reconocieron como jefe^. Faltan 
noticias de cómo Hasdrúbal se condujo en el asunto; difícil es que rechazara el 
nombramiento, pero quizás el hecho no significa sino un reconocimiento formal 
y solemne del señorío cartaginés, ahora fundado seguramente en círculo más 
amplío y hecho por i)arte de aquellos que hasta entonces tal vez de mala gana 
se habían acomodado a él. En la costa, Hasdrúbal no pasó, según todos los in- 
dicios, de la antigua frontera del cabo de la Nao; Massilia podía formular objecio- 
nes contra ello y había que tener seriamente en cuenta las relaciones de esta 
ciudad con Roma. Pero en el interior, ya detrás de la faja ütoral al N. del cabo 
de la Nao, se extendió la soberanía cartaginesa hasta cerca del Ebro, aun cuando 
en las regiones más alejadas como en los territorios más extensos sólo pudo 
haber una forma bastante laxa de sumisión. 

El acontecimiento de más importancia del gobierno de Hasdrúbal, hubo de 
ser la fundación de una nueva ciudad, Carthago-Nova ^^ como acostumbramos a 
decir en estilo greco-romano; era un punto central y de apoyo de extraordinario 
interés finalista para la soberanía, alzada sobre más amplias bases desde la apari- 
ción de Hamílcar en la península. Realmente no se trataba de una fundación 
enteramente nueva, sino de un remozamiento y robustecimiento de la ciudad 
fenicia Mastia, ya existente en el siglo vi (a. de J.C). Por Hasdrúbal fué cons- 
truida en gran escala como fortificación y sede del gobierno; su puerto era el 
mejor de toda la costa desde el estrecho hasta los Pirineos. Gades, donde Hamíl- 
car había iniciado su actividad en la península, estaba demasiado lejos, era ante 
todo ciudad comercial, y a la nueva forma de gobierno tenía que oponer una 
tradición y unos intereses completamente distintos 6¿. 

Entonces aparece, según todas las probabilidades el año 226" (a. de J.C), 
otra embajada romana en España, esta vez con misión mucho más amplia que 
enterarse del estado de las cosas. Los enviados notificaron a Hasdrúbal que 
Roma no consentiría que los cartagineses pasasen el Ebro con intenciones gue- 
rreras. Esta embajada, de la cual sólo tenemos información escueta, ha dado 
lugar a muchas interpretaciones; a primera vista parece una imposición, pero 
bien examinados sus términos y estudiado el estado de la cuestión, puede dedu- 
cirse, por el contrario, que fué una concesión de Roma. Sin duda alguna, el moti- 
vo de la nueva intervención de los roinanos en los asuntos españoles fué la 
cuestión de los massaliotas y demás ciudades griegas aliadas con ellos; algo de 



LA DOMIXACIÓX CARTAGINESA 24 1 

esto puede colegirse a pesar de lo alterado de la tradición, pues ésta habla de 
embajadas de los de Emporion y otros griegos. De los saguntinos nada puede 
decirse, pues su petición de auxilio es posterior a la embajada romana. Así 
podemos colegir que los enviados romanos se refieren principalmente a la anti- 
quísima relación contractual entre Carthago y Massilia para que fuese respetada 
por los cartagineses, probablemente en forma de amistosa advertencia, como dice 
Meltzer, apoyándose en que Roma no podía emplear en aquel entonces lenguaje 
alguno que significase intimidación, cuando se hallaba en vísperas de una lucha 
muy seria con los galos, y sería impropio de la prudencia romana el suponer que 
tratase de ponerse en riesgo de provocar otra guerra en el preciso momento de 
luchar con un enemigo no desi)reciable, y a la sa^ón que Carthago estaba más que 
repuesta de la jirimera guerra púnica. Esta hipótesis se confi.ma con el hecho 
de no rechazar Hasdrúbal la insinuación romana y el considerarla como una con- 
cesión, en cuanto Roma reconocía a Carthago territorios al S. del Ebro que toda- 
vía no estaban sometidos al poderío cartaginés. Además, para los que conside- 
ran el aspecto jurídico de los acontecimientos, puede decirse que el gobierno de 
Carthago no ratificó ningún tratado ni acuerdo alguno y suponemos que el caudi- 
llo púnico pondría en su conocimiento las pretensiones romanas; claro está que 
esto nada significa, pues aquí no se trata de un problema constitucional, sino de 
algo político que interesaba a las dos rivales. Hasdrúbal, por tanto, siguiendo la 
tradición, dio expresamente una promesa de querer atenerse a la declaración 
romana ^^. 

Las comunidades y tribus todavía independientes en la costa, entre el cabo 
de la Nao y la desembocadura del Ebro, tenían ahora que esperar una inmediata 
inclusión en la soberanía cartaginesa, y a excepción de Sagunto, parece haberse 
realizado sin gran dificultad durante el gobierno de Hasdrúbal. Si hubo partidos 
contrarios a Carthago, como en Sagunto, desconocemos las vicisitudes y esfuerzos 
ocurridos en pro de la independencia de estas comunidades. Hasdrúbal muere 
asesinado en el ano 221; l'oUbio coloca el hecho durante la noche en el cuartel 
del caudillo y lo atribuye a un celta que había querido vengarse de una injuria 
personal; otro grupo de tradición sostiene que el matador fué un esclavo que 
castigaba en Hasdrúbal la muerte de su amo. Duró el gobierno de este caudillo 
ocho años y en ellos demostró, dice Polibio, ser un hombre cuerdo e inteligente. 

Sagunto. — Hannibal, hijo de Hamílcar y cuñado de Hasdrúbal, llegaba 
a la suprema magistratura militar por voto unánime del ejército, elección confir- 
mada constitucionalmente por Carthago, como consta hasta por la tradición con- 
traria a los Bárcidas. Dice Meltzer ser cierta la supuesta fábula del juramento de 
Hanníi)al a la edad de nueve años, prometiendo a su padre odio eterno a los 
romanos, pues la tradición más fidedigna refiere cómo Hannibal lo contó al rey 
Antíoco poco antes de estallar la guerra etolio- siria y en ocasión de hallarse en 
la corte una embajada romana de la cual formaba parte P. Scipión, y como Poli- 
bio figuraba en la clientela de los Scipiones, debió oirlo en el círculo de esta 
familia, pasando por él a la literatura histórica*^. Tenía Hannibal veinticinco 
años cuando se puso al frente del ejército; nada se sabe en concreto sobre su 
posición y empleo bajo Hasdrúbal, sólo tenemos noticia de que ya había tenido 
ocasión de patentizar su sagacidad y resolución. Su designio era prepararse 

HISTORIA DE ESPaRa. — T. I. — 31. 



242 



HISTORIA DK tSPA.'.A 



desdo Iberia a una lucha, <|U(r no podía ser lejana, con la poderosa república que 
había humillado a C;arlhaj»o en la primera j^uerra púnica. 

Refiere Valerio Máximo que el primer acto de Hanníbal fué vengar la muer- 
te de su cuñado haciendo j)erecer al celta, matador de IIasdníbal,entre horribles 
suplicios. Kl nuevo general cartaginés, en su odio a los romanos, heredado de 
su padre y compartido por su cuñado Hasdrúbal, quería ante todo dominar a las 
tribus rebeldes de España para asegurar su poder y tener siempre en la penín- 
sula un asilo seguro en caso de vencimiento. Se projiuso, pues, sujetar a los olca- 
des atacando a su ciudad más importante, Althea (Alzaia), y después de un 
vigoroso asalto se ai)oderó de ella^-^. Este lucho nos cuenta Polibio que llenó 




Fig. 138.— Sagunto: vista general del Castillo o Ciudadela. 



de terror a las demás tribus, rindiéndose al triunfador. Hanníbal regresa a la 
Ciudad Nueva (Cartagena), vende el botín y recompensa a sus tropas (221 antes 
de J.C.). Llegado el verano, emprende campaña contra los ovakaios o vacceos, 
tomando a Helmántica (Salamanca) y Arbucala^^; en el sitio de la primera 
refiere extensamente Polyeno el valor demostrado por las mujeres, que lucharon 
con tanto brío como los hombres. Tornaba Hanníbal de su campaña cuando se 
vio atacado por una confederación de pueblos compuesta de olcades fugitivos y 
de helmantinos que se habían salvado, formando núcleo con los carpetanos o car- 
pesios, nación la más poderosa de aquellos países. Hanníbal se guardó muy 
bien de hacer frente a tan formidables enemigos y con prudencia fué retirándose 
ordenadamente hasta el Tajo, y ya allí, la superioridad de la caballería cartagi- 
nesa, y sobre todo de los elefantes, se hizo patente, pues queriendo los indígenas 
vadear la corriente, perecieron en el intento por la superior pericia de un ene- 
migo que peleaba con ventaja desde los terribles paquidermos. Después de esta 
victoria, de la parte de acá del Ebro sólo Sagunto dejaba de reconocer la autori- 
dad de Carthago^'^. 

Sagunto estaba a mitad de camino entre el cabo de la Xao y la desemboca- 
dura del Ebro; la ciudad se alzaba en la parte occidental de una cordillera cru- 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 243 

zada por el río Pallantias y cuya mayor altura alcanza 126 metros. Hacia el SE., 
y sobre todo en la parte baja del lado N. hasta cerca del río, se asentó después 
la ciudad romana predecesora de Murviedro, que modernamente vuelve a llevar 
oficialmente el nombre de Sagunto. La cima de la montaña ha estado siempre 
cubierta, desde la época romana, con fortificaciones; todavía el año 181 1 costó a 
los fi-anceses muy serios esfiíerzos el tomarla. Según Polibio, la ciudad estaba 
a siete estadios del mar, hoy en cambio dista seis kilómetros; del relato polibia- 
no no puede dudarse, pues el autor visitó la ciudad, explicándose la notable 
diferencia por los acarreos del río y por una general depresión del mar en este 
trozo de costa. Sagunto no era una población importante en la época púnica ; el 
espacio en lo alto de la montaña entre sus muros, de que aun hoy hay vestigios 
visibles, no tiene más de un kilómetro de largo y 115 a 205 metros de ancho. 
La población era de raza ibera. Meltzer y Niese sostienen que sus habitantes no 
eran descendientes de los colonos griegos de Zakintos, como se ha creído, y que 
esto se inventó más tarde en conexión con los acontecimientos. La fábula nace- 
ría probablemente en el partido saguntino favorable a Roma, que desearía encon- 
trar un empalme con la alianza massaliota y la i)rotección romana; la palabra de 
contraseña se daría a Roma y allí se acogería ansiosamente la leyenda de funda- 
ción, cuanto más que el nombre de la tribu cuya capital era Sagunto sonaba 
entonces como el de los zacintios de la ciudad rútulo-itálica de Árdea, dando 
lugar a los relatos de Livio y Appiano. De todas maneras, la fábula no tiene otro 
fundamento que el nombre de la población, si bien el nombre heleno de la ciudad, 
Záxaví», es un argumento en contra de la tesis griega. Dice Meltzer que no pode- 
mos averiguar si quizás en las costumbres o en el culto de los saguntinos había 
algo que pudiera aprovecharse como justificante intencionado de su afirmada 
oriundez; casualmente pudo haber una ú otra semejanza y se la utilizó también, 
acomodando la población al modo de ser griego, por su dilatado tráfico con los 
verdaderos colonizadores griegos de la costa vecina. Es bastante conocida la 
amplitud con que en general admitían los antiguos semejantes parentescos-de 
pueblos ^**. 

Como demostrarán los acontecimientos subsiguientes, había en Sagunto dos 
partidos, que podemos llamar cartaginés y romano, no porque cada uno de ellos 
quisiera ya la sumisión a Roma o a Carthago, sino porque el púnico trataba de 
sacar el mejor partido de no estrellarse en una resistencia inútil contra el pode- 
río cartaginés, y el otro veía muy lejana a Roma para sentir su inmediato poder 
y se acogía a ella contra Carthago. No sabemos si la embajada romana del año 226 
se detuvo en Sagunto y si pudo recoger impresiones de desafecto hacia los púni- 
cos, lo que sí nos consta por la tradición es las repetidas veces que, después de 
ese suceso, solicitó Sagunto el auxilio de Roma, no pudiendo precisar si fué la 
ciudad legalmente representada o el partido anticartaginés de la misma el que 
formulaba estas ¡jeticiones; lo cierto es que Roma no escuchó los ruegos de 
Sagunto. Probablemente Hasdrúbal, al ser rechazado, pensaría con prudencia 
que el tiempo realizaría plenamente los deseos de Carthago. 

Sagunto no se hallaba comprendida en el tratado que celebraron los roma- 
nos con Hasdrúbalj única ley internacional vigente en aquel entonces, que regía 
los destinos de la península ibérica en su relación con romanos y cartagineses. 
Este tratado era del año 229 (a. de J.C.\ y ni en él ni en los dos anteriores del 



244 HISTORIA DE ESPAÑA 

año 242, por los cuales se ajustó la paz después de la primera vjiieria líúnica, ni 
en el de 239, en el cual los romanos legitimaban su pérfiíla conducta en Cerdefta, 
nr) aparecía ni una alusión siquiera a la ciudad de Sa^;unt<», situida al mediodía 
del Kbro y por lo tanto bajo la influencia di- Clartha^^o. Algunos actos de hostili- 
dad de los saguntinos determinaron c\ pensamiento, ya m;iíiiir-(d'< p'-r H<imíl>:il 
de apoderarse de la ciudad. 

Ks posible que el caudillo cartag.nés alentase la enemistad de otros pu» bloi» 
contra la poderosa ciudad que hasta aquella fecha se había resistido a la infiuen- 
cia cartaginesa; Livio habla de los turdetanos, Appiano Alejandrino de los tur- 
boletas, pero ya sean éstos u otros pueblos, parece ser que Sagunto escogió como 
arbitros a los romanos, deseosos de mezclarse en los asuntos de España. La 
guerra gala había terminado, y Roma, libre de enemigos, envía una embajada a 
llanníbal (220 a. de J.C), prohibiéndole se interponga en los asuntos de Sagun- 
to; el cartaginés rechaza extrañas ingerencias en los asuntos de la península, 
pues estaba aleccionado con el caso de Cerdeña, y seguro de que si los romanos 
ponían el pie en España acabarían con el poder de Carthago. 

Hanníbal, en los primeros años de su mando, no se había preocupado de la 
toma de Sagunto, y suponemos con Meltzer^^ que no lo hizo porque el partido 
cartaginés de la ciudad era bastante fuerte i)ara evitar cualquier hecho que com- 
prometiese el poder de Carthago en la cercana comarca, y además Roma no se 
había mezclado aún en la contienda y su intervención era realmente lo que iba 
a decidirle. El caudillo cartaginés había vuelto, como hem<js dicho, a fines del 
año 220 para invernar en Carthago Nova después de su segunda campañi espa- 
ñola ; allí se encontró con los enviados romanos P. Valerius FUiccus y Q. V'abius 
Tampiliis, que le intimaron no interviniera en los asuntos de Sagunto porí^ue es- 
taba bajo la protección romana y le recordaron que, cumpliendo el convenio ce- 
lebrado con Hasdrúbal, no pasase el Ebro. <Qué había sucedido en su ausencia.- 
<Por qué los romanos empleaban un lenguaje tan distinto del usado con Hasdrú- 
bal? Muy obscuros son los términos en que la tradición ha llegado hasta nosotros 
y apenas puede vislumbrarse una nueva petición de los saguntinos a Roma, que 
motivó la embajada romana, la lucha con los túrdulos, turdetanos o turboletas, 
sin que nos detengamos a examinar la exactitud etnográfica o topográfica de 
estas razas y la supremacía absoluta del partido romano en Sagunto, que había 
llegado a triunfar, condenando a muerte y ajusticiando a miembros prestigiosos 
del partido contrario. La situación era grave para el caudillo cartaginés, y como 
éste había extendido considerablemente el poderío de Carthago con sus recien- 
tes triunfos, declaró de una manera terminante que en la conducta de los roma- 
nos había una infracción del tratado y no podía verla con tranquilidad, presen- 
tándose como defensor del derecho de los saguntinos que debían resolver por sí 
mismos. La tesis romana envolvía un sofisma, pues excluía de las poblaciones 
al S. del Ebro a Sagunto, cuando ésta había permanecido independiente de Car- 
thago, y, por lo tanto, fuera de su influencia, acuJiendo a Roma para que ésta 
reparase las injusticias del cartaginés. Sostiene Meltzer que verdadera alianza con 
la república romana no existió, ni tampoco tratado alguno, sino que la entrada 
del pueblo en la protección romana se tuvo por hecha gracias a la nueva ordena- 
ción de cosas realizada en la ciudad con la colaboración romana. Roma tenía la 
esperanza de que Carthago cediese a la intimación, y sólo luego, a posteriorí, las 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 245 

demandas de auxilio se interpretaron como la legalización de entrar Sagunto en 
el protectorado romano, y más tarde, por la suerte que le cupo, se convirtió en 
víctima de la fidelidad, sacrificada por la perfidia púnica. Además, los autores ro- 
manos tienden a probar que Hanníbal no tenía razón, para justificar el por qué de 
intervenir; cuando si algo se trasluce con alguna claridad es que el jefe cartagi- 
nés no quiso ir contra Sagunto hasta que los acontecimientos le obligaron a ello. 

La intimación de Roma era un ultimátum, pues cuando un Estado dirige a 
otro un requerimiento como el que entonces se dirigió a Carthago, va positiva- 
mente con él la manifestación de ijue en caso necesario obligará por la fuerza a 
acceder a su reclamación y no puede entender cosa distinta la persona requerida; 
así en efecto lo entendió Hanníbal, suponiendo que la guerra sería inevitable. 
Roma prescindía de los tratados, pues no se ventilaba una cuestión jurídica, sino 
un problema de finalidad política y de poderío ^*^. Hanníbal, puede concluirse 
con Meitzer, no buscaba la guerra, pero ciertamente tampoco la temía. 

Después de retirarse los enviados de Roma, mandó Hannít)al con gran pres- 
teza unos emisarios a Carthago para que llegasen antes qué los embajadores 
romanos y diesen cuenta al gobierno de las pretensiones de Roma; el caudillo 
pedía instrucciones, y con los enviados cartagineses iban también ciudadanos de 
la población con la cual Saj^unto estaba en lucha, para demostrar con mayor 
fuerza la injusticia. Hanníbal recibió del Consejo facultades para proceder a su 
juicio contra Sagunto; después de lograr el consentimiento de su patria, llamó 
ante sí a los saguntinos y a sus adversarios y protegidos, para zanjar sus discor- 
dias. Procedió con cautela y guardando las formas legales, sin perder de vista 
lo serio de las consecuencias; pero al contestar los saguntinos que se sometían 
al juicio de los romanos, el cartaginés, sin preocuparse de las amenazas latinas, 
salió de Cartagena en la primavera del año 219 y se dirigió con su ejército sobre 
Sagunto, acampando delante de la plaza con el firme propósito de tomarla '^ 
El apoderarse de la ciudad era para Hanníbal un supuesto estratégico de suma 
importancia, para no dejar a sus espaldas una población como aquella, que 
pudiera ser base de operaciones para los romanos, y al mismo tiempo conseguía, 
tomándola, un efecto moral de gran transcendencia sobre sus aliados por el temor 
infundido con esta muestra de poder, y en los suyos de confianza y aliento por 
la empresa llevada a feliz término. 

Parece ser ([ue los sitiados, al principio, intentaron impedir en lo posible con 
salidas la aproximación de los cartagineses; los atacantes derriban un trozo de 
muralla, la reconstruyen los sitiados, vuelven al ataque los sitiadores con una 
torre móvil, y después de ocho meses de asedio y resistencias y vicisitudes, entre 
las cuales debe contarse una ausencia de Hanníbal dejando en su lugar a Mahar- 
bal, hijo de Himilcón, atacan la fortaleza y se da el asalto general, cayendo la 
ciudad en poder de los cartagineses. 

El estudio del terreno hecho por R. Ohler, puntualiza y reduce lo que de 
exagerado tiene la tradición romana. En lo más alto de la cima occidental, a la 
espalda del monte, donde ahora está la cindadela (fig. 138), debió estar también 
entonces el baluarte principal, la fortaleza de los saguntinos, y no muy lejos, al 
occidente, empieza el muro de la ciudad. Los cartagineses, después de abrir la 
brecha, se encontrarían muy cerca de la fortaleza y a lo sumo les separaría el 
único trozo de muro nuevamente construido que podemos admitir; la primera 



246 



HISTORIA DE ESPAÑA 




F'ig. 139.— Vasos saguntinos con ornamentación de elementos 
de flora (ibéricos). (Museo de Barcelona.) 



trinchera construida 
ílcspués de la prin)cra 
irrupción debió estar 
verosímilmente en una 
eminencia un poco al 
O. de la altura del cas- 
tilla», inmediatamente 
dentro de la muralla 
ibérica, separada <lel 
castillo por una depre- 
.sióii plana (jue ahora 
comprende la Hatería 
del 2 de Mayo De 
aquí se deduce que 
los atacantes llegaron 
a este sitio muy ade- 
lantado el cerco, pues- 
to que el ataque inmediato a la fortaleza lué seguido de la caída de la ciudad ^*. 
Con tenacidad se defendieron los saguntinos, pero el sitio duró ocho meses, 
algo menos de lo que habían esperado los romanos, que ningún socorro enviaron. 
Verosímiles son los hechos que narra Livio respecto al ibero Alorco y al sagun- 
tino Alcón, que solicita la paz de Hanníbal que la quiere imponer con durísimas 
condiciones, no aceptándolas los sitiados; también parece probable el hecho de 
quedar Maharbal encargado del cerco por ausencia de Hanníbal, que había deja- 
do el sitio para sofocar un levantamiento de carpetanos y orctanos; pero lo inad- 
misible en sana crítica histórica es el fin de los sitiados relatado por el Patavino 
y otros historiadores que le siguen o le imitan. La ciudad cayó en pí)der de 
Hanníbal, que la tomó a viva fuerza, ganando en ella rico botín y muchos prisio- 
neros; el numerario lo reservó para sí, los prisioneros los distribuyó entre sus 
soldados y las joyas fueron enviadas a Carthago. Este es el sencillo relato del 
asedio hecho por Polibio, el más antiguo e imparcial de los historiadores; en 
cambio, Diodoro (XXV, 15), Livio (XXI, 7), Appiano (Iber., 12), Valerio Máxi- 
mo, Silio Itálico y Floro (lib. II, cap. VI), refieren el valor heroico de los sagun- 
tinos, la hoguera donde arrojan sus preseas y que luego consume sus cuerpos, el 
incendio de la ciudad para no dejar al vencedor más que un montón de cenizas. 
Pero pese a la pérdida de tan cantada gloria nacional, debemos cercenarla en 
parte de la prolongada y verídica lista de nnestros timbres de orgullo patrio, pues 
es una fantástica invención de retóricos, hecha a posteriori para encarecer la fide- 
lidf'-d de Sagunto, capaz de sacrificarse por la alianza romana ''3. Obsér^'ese 
además del silencio de Polibio, el dato elocuentísimo del botín cuantioso recogi- 
do por el cartaginés y el hecho de haber dejado Hanníbal en Sagunto, pocos 
meses después, los rehenes españoles, hijos de los personajes más ilustres, a 
causa de \q. fortaleza de la ciudad; mal podría pensarse en población fuerte si 
sus muros y defensas con el resto de la población hubieran sido pasto de las 
llamas ''*. Además, años después los saguntinos supervivientes volvieron a la 
ciudad, siendo los primeros pobladores de la Sagunto romana. 

Hemos de exponer ahora el juicio tan autorizado de Meltzer, que, con singu- 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 247 

lar sagacidad, ha analizado la tradición acerca del heroísmo saguntino. Podemos 
admitir con él que hubo hechos aislad<js que sirven de base al concei)to gene- 
ral que luego se aplicó a toda la ciudad; héroes y hasta grupos de héroes que 
se sacrificaron es muy posible que los hubiera, pero un heroísmo colectivo, con 
los detalles transmitidos, por los argumentos expuestos nos parece inverosímil. 
Comienzan las exageraciones cuando el analista dice que Hanníbal sitió la 
ciudad con 150.000 hombres, cifra (jue resulta de sumar todas las tropas que 
Hanníbal llevó a Italia al año siguiente, juntamente con las que dejó en España y 
África. La gran duración del asedio se comprende por la situación de la ciudad 
en una altura empinada que sólo permitía el ataque formal por el exiguo frente 
occidental .singularmente fortificado. La ciudad fué tomada por asalto, y es real- 
mente extraño que si hubiera ocurrido algo extraordinario, las fuentes cartagi- 
nesas sin razón trataran de ocultarlo. Por último, la tradición analística, con sus 
datos contradictorios, se revela totalmente inventada'*. 

En la contienda entablada entre las dos repi'iblicas iba a jugarse la suerte de 
Iberia; los hispanos habían de contribuir eficazmente a los triunfos de Hanníbal 
y la península se rendiría más tarde a la constancia y tenacidad de un adversario 
a quien la derrota no intimidaba y que sacando fuerzas de flaqueza no tuvo otro 
lema para vencer que la perseverancia. Mucho se ha discutido desde la antigüe- 
dad sobre las causas de esta guerra, una de las más célebres de la Historia; sin 
duda algima, el primer motivo de lucha, que ya apareció en la guerra de Sicilia, 
de la cual las campañas de Hanníbal no eran sino secuela obligada, fué la domi- 
nación de la cuenca occidental del Mediterráneo, una de las fuentes de produc- 
ción más valiosas para el comercio cartaginés, cuyos mercados quería Roma arre- 
batarle; episodio de la lucha había sido la posesión de Sicilia, granero de Italia 
según apreciación corriente de los clásicos, y la ocupación de Córcega y Cerde- 
ña por los romanos, que extendían su hegemonía en el mar Tirreno. Después de 
conquistada la Magna Grecia por las fuerzas de la república latina, era inevitable 
el choque entre aquellas dos civilizaciones tan distintas, que iban a disputarse el 
dominio del mundo; curiosa es, sin embargo, la contienda por la misma diversa 
naturaleza de los combatientes; Roma, república continental, sin marina, con 
buen ejército de tierra, hacía la guerra a Carthago, república marítima con pode- 
rosa escuadra y con un ejército de mercenarios. 

Después de la toma de Sagunto, los motivos de estallar el conflicto armado 
eran más numerosos; Carthago quería a todo trance el desquite de sus derrotas 
en la primera guerra; además, Roma, en plena paz, había conquistado Córcega y 
Cerdeña, uniéndose a esto el recelo de los romanos por el imperio de los Barcas 
en España, y por último, como chispa decisiva que hiciera estallar el incendio, 
una causa ocasional tan aprovechable como la toma de Sagunto, aliada de Roma. 
No hemos de examinar de qué parte estaba la razón, pues esta disquisición poca 
utilidad reporta y nada nos interesa, pero sí hemos de manifestar con Niese que 
se debe haber fantaseado mucho sobre la existencia de un partido de la paz que 
en Carthago se oponía a los proyectos bélicos de la familia Barca y que demos- 
tró su opinión contraria a la guerra en plena Gerusia, cuando los embajadores 
romanos llegaron a Carthago para proponer la destitución de Hanníbal por la 
toma de Sagunto. La opinión de que la segunda guerra fué provocada por 
Hamílcar Barca o por Hasdrúbal surgió poco después de la guerra, y uno de sus 



24H 



HISTORIA r>R ESPAÑA 




FiR. 14U. Busto de Hannibal. 



mantenedores es el historió^írahj Kabifj ri( tor; 
Livio presenta a Hannón convi ferviente partida- 
rio de l:i paz y hasta coloca en sus labios un dis- 
curso í|ue es una fiura invencii'tn del |>atavino; lo 
más |ir<)bable es (|ue ambas tamilias rivales, los 
llannones y los Barcas, estuvieran conformes en 
guerrear contra Rftma, que era el enemi}»o nacio- 
nal, y sólo después de la guerra ios enemigos i»o- 
líticos de los Barcas adquirieran inMuencia. 

Por algunos historiadores se ha reputado una 
em|jresa de inconcebible arrojo la llevada a cabo 
por llanníbal trasladando el teatro de la guerra a 
Italia y el efectuarlo atravesando, después de mil 
peligros, los Pirineos y los Alpes; puede creerse, 
en efecto, que el general cartaginés sólo contaba 
con su genio militar para lograr un éxito completo, 
pero hoy convienen los escritores en reconocer al caudillo púnico un gran talento 
político y una i)rudencia exquisita en medir lasi)robabilidades venturosas o adver- 
sas; fué a Italia, como dice Ferrero, porque quería aniquilar a Roma y en otra for- 
ma no lo conseguiría; sabía que Italia no era una nación, sino una confederación 
de pequeñas repúblicas, muchas de líis cuales vivían para ellas mismas y de ellas 
mismas, y contaba sobre todo con la sublevación de los galos, que soportaban mal 
de su grado el yugo romano y esperaban una ocasión favorable para sacudirlo. 
Dijimos qué parte activa y principalísima tomaron los hisjíanos en la campa- 
ña itálica, y sin precisar siempre su número, pues Livio no es muy de fiar en este 
respecto, indicaremos los hechos de armas en que los hijos de Iberia se distin- 
guieron. En la batalla delTrebia los honderos baleares, en número de 8.oo(j, apo- 
yaron a la caballería númida y a distancia de ocho estadios del campo, relata 
Polibio, se formó la infantería, compuesta de 20,000 hombres iberos, galos y 
libios ^^; en esta batalla fué derrotado el cónsul Tiberio Sempronio. La van- 
guardia en la batalla del Trasimeno estaba formada por los honderos y portado- 
res de lanza baleares; en una emboscada situó Hannibal a libios e iberos, y éstos, 
con los baleares capitaneados por Maharbal, decidieron el éxito, obligando a 
rendirse al resto del ejército romano"". La famosa victoria de Cannas fué una 
jornada de ruda labor para los hispanos ; los baleares figuraron como de costum- 
bre al frente del ejército, en el ala izquierda se hallaba la caballería ibera y gala, 
seguíanla la infantería de galos e iberos, los númidas estaban en el ala izquierda. 
Describe Polibio el aspecto de las tropas; iberos y galos tenían escudos de igual 
forma, pero las espadas eran diferentes: las hispanas herían lo mismo de punta 
que de tajo, pero las galas sólo podían herir de ñlo. Los galos aparecían desnu- 
dos y los iberos cubiertos con túnicas de lino de color de púrpura, según la cos- 
tumbre de su país^^. Los iberos y galos fueron arrollados por el empuje de las 
legiones romanas, pero Hannibal, que lo tenía bien previsto, sacó partido de este 
aparente descalabro, que secundaba tan admirablemente sus planes tácticos; los 
romanos, persiguiendo a los galos, contribuyeron sin notarlo a ser envueltos por 
los africanos, que les atacaron por los flancos, determinando la completa derrota 
del ejército romano. Entre iberos y africanos perdió Hannibal mil quinientos. 



Lámina VIH 




Guerrero ibero con casco y falcata, visto de frente y de perfil. 
(Excavaciones de la cueva y Collado de los Jardines.) 



H. deE.-T. I. 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 249 

El caudillo cartaginés vencía porque como gran general utilizaba a maravilla 
los elementos de combate, empleando de manera asombrosa la caballería númida 
e hispana, que eran su principal fuerza; le servía de avanzada y para terminar el 
combate persiguiendo al enemigo, lo mismo que muchos siglos después había de 
hacer Napoleón. Hanníbal, como excelente táctico, escogía un campo de batalla 
donde pudieran maniobrar sus numerosos jinetes, practicaba su movimiento 
favorito, que era el envolvente, conocía los recursos del país donde operaba y 
hacía una especie de guerra científica a la cual no estaban acostumbrados los 
cónsules, más bien ciudadanos que militares. 

Los romanos en España. — A cual más interesantes son las obras que 
tratan en general de la segunda guerra púnica; entre ellas podemos citarlos tra- 
bajos de Hesselbarth "'*, C. Bottcher*<>, C. Peter*^ Zielinski*^ Soltau *3^ 
H. A. Sanders»^, O. Melt/er»*, Hennebert»», O. Gilbert»^ G. Egelhaaf»«, 
G. Jung»9, L. V. Vincke»", Rospatt9^ Neumann^'-, W. Streit»^, José Fuchs^^ 
H. Delbrück^* y Niese****. Acerca del paso de Hanníbal por los Alpes, hay 
también una respetable bibliografía representada por De Luc^^, Wickham y 
Cramer9«, Mommsen**», Linkeíoo, Nisseni"», Desjardin»»^ Kuchs^o^, W. Osian- 
der^w, Colin*<>^ K. Lehmann^*^ y C. Jullian***^; existen asimismo otras mo- 
nografías episódicas de Hesselbarth^*^*, H. Delbrück'^, O. Schwab i**^, 
G. Tuziii^ F. R. Scott^i-, Ha^lptll^ R. üehlerU*, T Friedrich "\ M. Kr.hnii« 
y Nissen "^. 

MonofTiafías que se refieren a España son las de \V. .Sieglin^^'*, j. IJuzellu"^ 
y Thiancourt ^20^ referentes a la cuestión saguntina. Particularmente de los Sci- 
piones y de la guerra en la península, trata H. Genzken ^'^; además deben tenerse 
en cuenta los libros de Arnold ^^-, U. Becker^^-\ Botticher^-^, Bou(lard^^^ Fotbi- 
ger^2^, Friedersdorff^-^ iieiss^'**, Hübner ''í^, Ihne*''^, Keller*^', Lachmann--*-, 
Luterbacheri33, Mommseni»*, Nissen ^s^, K. W. Nitschi»«, Peter^^?^ Posneri»**, 
Uckert^^, de Vincke, Vollmer^*^ y Wolfflin^*^ Examina Genzken con gran de- 
tenimiento las fuentes de la segunda guerra púnica y los pasajes de I'olibio, Ap- 
piano, Livio, Frontino, Eutropio y Zonaras que se refieren a España. Posterior- 
mente se han publicado otras dos investigaciones muy valiosas, la de G. Frantz^*- 
sobre la guerra de los Scipiones en nuestro suelo, y la de J. Jumpertz**^ acerca 
del mismo asunto; ambos son trabajos sobre las fuentes, utilizando el segundo el 
poema de Silio Itálico. E\ valor positivo de la obra de PVantz es haber demos- 
trado las reduplicaciones de Livio, sobre todo en lo referente a los años 215 
y 214; prueba el citado autor las falsificaciones de la narración liviana proceden- 
tes en su mayor parte del relato, más que sospechoso, de Valerio de Anzio. I^as 
conclusiones de Jumpertz le conducen a declarar en contra de Soltau que, fuera 
del año 206, no hay alteración cronológica en la fuente intermedia de Livio, y si 
la encontramos, hay que atribuirla al propio patavino, excepto en el mencionado 
año. Es imprescindible para los asuntos hispanos el documentado estudio de 
W. Brewitz, titulado: Scipio Africanus in Spanien 210-206 (Tübingen, 1914). El 
que realmente ha fijado la cronología, sobre todo en lo referente a la catástrofe 
de los Scipiones, es Genzken, señalando el primero la fecha de 211. Por último, 
no podemos olvidar el trabajo de K. Gotzfried y el artículo de Heuze sobre Cneo 
Scipión (Pauly-Wisso\va\ 

HISTORIA DE ESPARa. T. 1. — 3¿. 



250 HISTORIA VE ESPAÑA 



Campo de batalla debía ser Iberia durante la segunda guerra púnica, pues 

precisamente uno de los objetos de la contienda entre Roma y Carthago era el 
disputarse la posesión de aquella rica península de indómitos habitantes, valien- 
tes tribus y veneros ocultos y abundantísimos, cuya difícil dominación excitaba, 
por los obstáculos aun mucho más, la codicia de los romanos. 

lianníbal al partir para Italia no había dejado desguarnecida la península y 
en ella quedaba con aprovisionamientos, pertrechos de guerra y tropas suficien- 
tes su hermano IIasdrúl)al. Con el fin de asegurar más la defensa pasaron al 
África mercenarios iberos, y del continente africano llegaron a Iberia libicjs, dis- 
puestos a sostener el imperio cartaginés en su nueva colonia. 

Cneo Scipión, hermano del vencido del Tesino, se dirigía a Iberia desde las 
bocas del Ródano, llegando a Emporio con toda la escuadra. Su política fué de 
atracción, buscando aliados y mostrando el poder de Roma entre aquellas ciuda- 
des que no querían reconocer su dominio; no tardó en acudir contra los invaso- 
res el cartaginés Hannón, pero el romano formó sus haces frente al campamento 
púnico en Cissa y logró derrotar a los cartagineses, apoderándose de Hannón y 
de un régulo ibero llamado Indivil, de gran prestigio en la comarca (218 años 
antes de J.C. ). Noticioso Hasdrúbal de lo acaecido se traslada con su gente y 
sorprendiendo a los confiados romanos cae sobre ellos dispersándolos; no fué la 
acción de grandes consecuencias, pero lo suficiente para marchitar un tanto los 
laureles de Cissa; Hasdrúbal se vuelve a Cartagena y Scipión se dirige a Tarraco 
para pasar allí el invierno. 

Varias son las opiniones respecto a la situación de Cissa o Kíooa. Heiss la 
identifica con la moderna Guisona, en la parte oriental de Lérida, a 1 5 kilóme- 
tros de Cervera. Hübner dice que era la capital de los cessetanos y la sitúa 
cerca de Tarraco; de esta opinión son también Genzken, Feliciani y üe Sanctis. 

En la primavera del año 217 Hasdrúbal sale de Cartagena con poderosa 
flota y llega a la desembocadura del Hiberus; Cneo llega en su busca y trabado 
combate, en el cual llevaron la mejor parte unas naves massaliotas aliadas de 
Roma, los cartagineses fueron completamente derrotados. Tal importancia dieron 
en Roma a la victoria que comprendieron no debían abandonarse los asuntos de 
Iberia, pues de allí podía Hanníbal esperar refuerzos ; atendiendo a esta consi- 
deración, el Senado envía a España a Publio Scipión con una escuadra y orden 
de unirse a su hermano. Entonces los romanos pasan el Ebro y siguiendo la 
costa acampan a cuarenta estadios de Sagunto; en esta ocasión tiene lugar, 
según Polibio, la estratagema del ibero Abilix, que engañando al jefe cartaginés 
Bostar, lugarteniente de Hasdrúbal, que no había sabido defender el paso del 
Hiberus, le persuade de la triste situación de Carthago en España y del gran 
beneficio que reportaría a los cartagineses, atrayéndoles el afecto y alianza de 
los naturales, si ponía en libertad a los rehenes que custodiaba en Sagunto; 
embaucado el cartaginés por los discursos del astuto indígena accedió a entre- 
garle los rehenes, y Abilix, que había tratado ya secretamente con los Scipiones, 
fué a ofrecerles los citados rehenes, que sirvieron de mucho para ganar las 
poblaciones a la causa de Roma en perjuicio del poder púnico. 



\ 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 25 1 

Difícil es, desde este punto, seguir el relato de las campañas de los herma- 
nos Scipiones en Iberia, porque nos falta la guía segura de Polibio, y aunque 
Livio en gran parte de su obra sigue al historiador griego, es muy poco de fiar, 
por mezclar a veces otras fuentes y productos de su fecunda imaginación. 

El año 216 tuvo lugar, según Livio, una sublevación ibera que fué sofocada 
por los romanos. En 215 Hasdrúbal recibe refuerzos capitaneados por Himilcón 
y se decide a emprender la ofensiva. Los romanos sitiaban la ciudad de Hibera 
y en las cercanías de la misma tiene lugar una batalla decisiva en la cual fracasa 
el plan de Hasdrúbal, que quiso emplear, como su hermano, la táctica envolven- 
te; el centro ibero cedió antes de tiempo y el cartaginés fué derrotado. Kahrstedt 
opina que ocurrió el hecho el año 216, pero Feliciani, De Sanctis y Genzken de- 
fienden se dio la batalla en 215. Heiss coloca Hibera en la actual Amposta; 
Hübner cree fuese Uertosa (Tortosa), coincidiendo con él Arduino y De Sanctis. 
No falta quien opine que Hibera estaba situada en el lu^ar ocupado hoy por San 
Carlos de la Rápita. 

A pesar de las ventajas obtenidas por los romanos, Carthago conservó la su- 
perioridad en Iberia hasta el año 214 (a. de J.C.), en cuya fecha Hasdrúbal hubo 
de pasar al África a causa de la rebelión del rey númida Silax; los romanos apro- 
vecharon su ausencia para aumentar su influencia. En 212 (a. de J.C.) conquis- 
taron Sagunto, hecho que fué de gran efecto moral para los hispanos, pues re- 
presentaba, en opinión de Roma, el motivo principal de la segunda guerra contra 
Carthago. Los progresos de los Scipiones continuaron ganando aliados hasta en 
el Mediodía de la península. Sin embargo, estos faustos sucesos duraron poco 
tiempo, pues habiendo regresado Hasdrúbal de África, fueron atacados por fuer- 
zas superiores; para poderse defender se vieron precisados a tomar a sueldo 
mercenarios españoles, pero fueron abandonados por ellos cuando más necesita- 
dos se hallaban de sus servicios. Cometieron la falta de separarse y perecieron, 
derrotados sus ejércitos, Publio luchando contra Hasdrúbal, Giscón y Magón, y 
Cneo combatiendo con Hasdrúbal Barca; a consecuencia de este desastre, los 
romanos perdieron todas sus conquistas al S. del Hiberus (211 a. de J.C). 

Uno de los problemas más difíciles de las guerras púnicas es el referente a 
la rota de los Scipiones. Kahrsted {Geschichte der Karthager, III, 494 ) dice que 
los generales romanos emprendieron la ofensiva; en cambio, De Sanctis ( volu- 
men III, P. II, 445 ) sostiene que tuvieron que mantenerse a la defensiva para 
hacer frente a los tres ejércitos cartagineses mandados por Hasdrúbal, hijo de 
Giscón, Magón Barca y Hasdrúbal Barca. Nuestro D. Aureliano Fernández Gue- 
rra describe de este modo el desastre : Cneo Scipión sitúa sus fuerzas en Orso 
( cañada y cúspide del Oso, en el valle donde brota el Guadalquivir ) y va contra 
Amtorgi (S. de Vélez Rubio), donde se hallaba Hasdrúbal Barca, mientras Ma- 
sinissa con sus númidas ataca el campamento de Cástulo (Cazlona) donde es- 
taba Publio Scipión ; éste comete la imprudencia de acudir en contra de Indivi- 
lis, príncipe de ;los ilérgetes, que llegaba al campo cartaginés; pero Masinissa 
persigue a Publio y lo vence, pereciendo el caudillo romano en el combate. En- 
tretanto los celtíberos abandonan el campamento de Cneo, y éste, quizás sospe- 
chando la suerte de su hermano, aprovecha la noche y emprende la retirada 
camino de Lorca por la rambla de.Nogalte ; los cartagineses le persiguen y Cneo 
se fortifica en una torre sobre Cabezo de la Jara, donde es atacado y muere lu- 



2 52 HISTORIA DE ESPAÑA 

chanclo. liste sitio, sefíún Kei nántlez (iuena, es el llamado Rogum Scipionis y hoy 
« Hoguera de Scipión ». De Sanclis dice cjue los hechos tuvier<^n lugar en la 
cuenca del alto Betis. Kahrstedt cita la noticia fie Plinio de existir ¡lord en cl 
Metis, denominada Roi^iis Scipionis, pero no cree que los jefes romanos llegasen 
a la latitud de Carthago Nova. 

Publio, al separarse de su campamento para ir en Im^ca de Indivil, había 
dejado fuerzas ;il mando de Tilo Konleyo; éste logró salvar los rcst(is del ejér- 
cito romano, repasando con ellos el Kbro. Allí los legionarios eligieron como 
caudillo al valeroso L. Marcio Settimo, figura sublimada con exagerada aureola 
por l.ivio. Poco después llegaba a Tarragona el propretor (". Claudio Nerón, 
([uc sostuvo la suerte de las armas romanas al N. del Kbro. 

Los romanos harto hicieron con sostenerse al N. del Hiberus hasta que la 
toma de Ca|)ua hizo posible el envío de nuevas tropas a España; las mandaban 
Puhlius Cornelius Scipio, hijo del cónsul homónimo, y Marcus Junius Stlanus, 
aunque por su intrepidez, carácter resuelto y hasta por el desquite que su nombre 
llevaba consigo, Scipión fué el verdadero jefe de la expfídición. Polibio, muy 
amigo de la familia, pues trató con intimidad a Scipión Emiliano, no escasea los 
términos de encomio para el primer Africano, por lo cual, a pesar de la seriedad 
del historiador de Megalópolis, atenderíamos con recelo sus noticias si no coinci- 
diesen con las de los otros historiadores, que comi)aran a Publio Coi neUo Sci- 
pión con Alejandro, por su templanza, moderación y afable carácter. Llegó a 
Iberia en 210 (a. de J.C.), en situación muy propicia para los romanos, si sabía 
aprovecharse de las circunstancias; los cartagineses, después de la victoria sobre 
los Scipiones, habían tratado con dureza a los hispanos, exigiendo rehenes hasta 
de su fiel aliado el régulo Indivil; las discordias de los nuevos generales con Has- 
drúbal dividieron al campo cartaginés y los púnicos habían descuidado el domi- 
nio del mar, no preocupándose de la flota; por último, cometieron la falta imper- 
donable de dividirse, separándose de su base de operaciones, que debía ser 
Carthago Nova. 

Magón estaba con sus fuerzas junto a las columnas de Hércules, entre unas 
tribus llamadas de los coinoi, Hasdrúbal Giscón se hallaba en Lusitania y Hasdrú- 
bal el hermano de Hanníbal en la Carpetania ^*^. Scipión, demostrando dotes mi- 
litares muy superiores a su edad, decidió tomar por sorpresa la ciudad de Carta- 
gena, donde los cartagineses tenían a los rehenes iberos y habían acumulado 
muchas riquezas; supo, por tanto, sacar partido de la situación y el año 209 
(a. de J.C.) pasaba el Hiberus con su ejército y costeando llegaba a marchéis for- 
zadas sobre Carthago Nova. Ayudado por Gaio Lelio, que mandaba la flota, y 
animando a sus soldados con decirles haber recibido una inspiración de Neptuno, 
atacó la plaza por el estero y la parte de costa durante la baja mar mientras en- 
tretenía a los defensores con un asalto general de sus murallas. Tomada la plaza, 
Magón y los sitiados se rindieron a discreción y el vencedor se hizo dueño del 
gran arsenal militar de los cartagineses en España ^^^. Esta era una gran conquis- 
ta, pues aparte del efecto moral producido por la pérdida de la plaza más fuerte 
que poseía Carthago en la península, era un punto de apoyo para un ejército y 
una comunicación con el mar y por él con Italia. 

Scipión se retiró a Tarragona a sus cuarteles de invierno, y siguiendo su 
política de conciliación atrajo al partido de los romanos a muchos príncipes indi- 



Lá'iüiia IX 




Monedas cartaginesas. (Colección Vives.) 



H.deE.-T.I. 



L\ DOMINACIÓN CARTAGINESA 



253 




iniíin el Africailü. 



genas que antes habían figurado en el bando de 
Carthago. El primer caudillo que se presentó a 
él íué Edecón, a quien los cartagineses habían to- 
mado en rehenes su mujer y sus hijos; luego llega- 
ron Mandonio e Indivilis o Andobalen, como lo 
llama Pülibio; éstos hablan recibido afrentas de 
parte de Hasdrúbal y estaban dispuestos a la ven- 
ganza. El general romano recogía los frutos de la 
conducta cruel y desatinada de los púnicos. 

Entretanto la situación en Italia se agravaba 
por momentos, Hanníbal necesitaba nuevijs con- 
tingentes para sostenerse frente a Roma, la de- 
fección de los caudillos iberos iba en aumento, la 
discordia entre los jefes cartagineses continuaba, 
por lo ( ual Hasdrúbal pensó en jugarse la suerte 
en una batalla cuyo triunfo podía asegurar la situa- 
ción de Carthago en España, y en cíiso de derrota 
emprendería con el resto de su ejército ei camino 

del Pirineo, reuniría a su paso a los galos que quisieran seguiíle y se uniría a 
su hermano en tierra italiana para hacer juntos el último esfuerzo contra la repú- 
blica romana. Scipión coincidió con los deseos de Hasdrúbal y salió a su encuen- 
tro; la batalla tuvo lugar en las proximidades de Eecula, Bcekyla (Bailen?), 
cerca de Castulo: el cartaginés fué vencido, pero logró abrirse paso con las 
mejores tropas, y dirigiéndose al Pirineo, pasar luego los Alpes y llegar a 
Italia (208). En la batalla del Metauro, que fué la ruina del hermano de Hanní- 
bal, había también iberos que combatían en las filas cartaginesas; se batieron 
los hispanos admirablemente, pero atacados de frente y por la espalda, queda- 
ron casi todos en el campo de batalla. 

Había aún dos generales cartagineses que vencer, Hasdrúbal hijo de Giscón 
y Magón; ambos jefes, unidos a Masinissa, rey númida, con poderosa caballería, 
se vieron atacados el año 206 (a. de J.C.) en Hipa (cerca de Castulo y Baecila, 
la Si/pia de Livio) por las tropas de Scipión, a quien acompañaban Marco 
junio Silano, Lucio Marcio y el ibero Calichas o Culchas; la lucha fué ruda y 
empeñada, quedando el campo por los romanos y abriéndoles la victoria el 
camino del Mediodía. Encontraron valerosa resistencia en algunas poblaciones, 
especialmente en Astapa (Estepa), que la ofreció tenaz y muy obstinada, pere- 
ciendo su población entre las llamas; sin embargo, toda la comarca se vio en 
la precisión de someterse al poder de Roma. Los cartagineses se declararon 
vencidos y Magón, otro hermano de Hanníbal, abandonó Gades para salvar su 
ejército y pasar con la flota a Italia en auxilio de Hanníbal. Gades, la primera 
ciudad que poseyeron los cartagineses en Iberia, fué la última que se entregó 
a Roma, celebrando un tratado de alianza con los romanos. 

Scipión no había terminado su misión en España, pues tuvo que sofocar una 
rebelión de sus mismas tropas y combatir a los inquietos Indivil y Mandonio, 
régulos de los ilérgetes, que habían vuelto sus armas contra Roma. El romano no 
descansa y camina al encuentro de los ilérgetes, que habitaban al N. del Hibe- 
rus; la caballería de C. Lelio da buena cuenta de ellos y la infantería de Scipión 



254 



IlISTORiA ¡jE tSPANA 




acaba de romj>er las aguerridas huestes iberas, (\uc 
se defendían con tesón y constancia, Indivil, al ver 
derrotados a los suyos, huye con gran copia de 
jinetes, refugiándose en lugar fortificado y segu- 
ro ^*^. Scipi('>n, poco después, embarcaba en Tarra- 
gona (206 a. de J.C.) para regresar a Italia gozoso 
y triunfante, pues bien podía afírmar que había aña- 
dido una rica provincia a los dominios de la repú- 
blica. En España quedaban Silano y Marcio, 

Los cartagineses ya no estaban en Esjjaña, 
pero todavía las Baleares quedaban en su poder y 
en ellas se había refugiado Magón, el hermano de 
Hanníbal; los iberos figuraban en los ejércitos car- 
tagineses y habían de acompañar hasta la última 
batalla al vencedor de Cannas. En África, cuando 
comenzaba la lucha, los celtíberos tomaron parte 
en un combate contra Masinissa y los romanos; 
Sifax y Ilasdrúbal los colocaron en el centro del 
orden de batalla opuestos a las cohortes romanas, 
y dice Polibio pelearon con sin igual valor porque 
sabían que el haber tomado parte a favor de Car- 
thago les acarreaba el odio de Koma, que no les 
perdonaría la vida si 
fuesen hechos prisio- 
neros. Los celtíberos 
perecieron casi todos, pero con su sacrificio los car- 
tagineses pudieron retirarse de la refriega 1^''. Dice 
con razón el megalopolitano que no sólo Italia y 
África, sino también España, Sicilia y Cerdeña es- 
peraban ansiosas el resultado de la lucha que había 
de marcar un rumbo definitivo a su destino; los 
iberos sabían que de vencer Roma habrían de so- 
portar tarde o temprano el yugo latino, y de lo con- 
trario, vencedora Carthago, recobraría su antiguo 
poder, imponiendo su autoridad en la península. 
En la batalla de Zama, Hanníbal sitúa a los balea- 
res a su vanguardia con los galos, ligures y mauri- 
tanos, pero las excelentes disposiciones de Scipión 
y el haberse desordenado los elefantes cartagineses, 
perdiendo su eficacia, dieron el triunfo a las armas 
romanas, y desde entonces la suerte de España era 
caer bajo la férula latina ^*^. 

La civilización cartaginesa en España.— 

Siglos antes de la llegada de Hamílcar había esta- 
blecimientos púnicos en la península ibérica, pero 

, ,, . . .,, T, ,.,/-/ , . Fig- 143.— Pequeña estatua púnica 

la política continental de los Barcidas fue la primera hallada en Ibiza 



Fig. 142.— Figurilla de cerámica 
hallada en Ibiza. 




LA DOMINACIÓN' CARTAGINESA 



255 




Fig. 144.— Nereida y caballo marino. 
Pieza de cerámica púnica procedente de Ibiza. 



en hacer aquí más amplios progresos; 
hasta el siglo iii las colonias fenicias es- 
tuvieron contenidas en estrechísimus 
límites, siendo Hamílcar el primero en 
crearles un hinterland. Nunca hubo más 
de cuatro ciudades púnicas en Iberia 
antes de las fundaciones Bárcidas, y fue- 
ron aquéllas Gades, Malaca, Six y Ab- 
dera, creándose luego Atoxóv «Tx©; y Car- 
thago Nova; las cuatro primeras comen- 
zaron hacia el año 200 la acuñación de 
moneda con inscripciones fenicias. La 
fecha citada es para España el punto 
culminante del elemento púnico y de la 

acción cultural de la soberanía de los Bárcidas**'. De las ciudades, Gades tiene 
una posición excepcional; es una fundación antiquísima y siempre supo afirmar 
frente a la capital una mayor independencia. Además de los hallazgos fenicios 
de que ya hicimos mención, se han encontrado en Gades uñ collar púnico, un 
anillo de sello de oro, un par de amuletos rayados de estilo cartaginés general 
y un amuleto de Osiris. Sin embargo, dice el continuador de Meltzer que la 
mayoría de estos objetos proceden lo más pronto del siglo 11 a. de J.C., es 
decir, son de época romana; sólo encontramos un nombre propio púnico de 
Gades en un sello, y un par de letras púnicas en una inscripción ibérica de un 
cuarzo engastado en oro, hallado también en tierra gaditana*^. 

Las tres ciudades del E. del estrecho son designadas una vez por Appiano 
como BXaotospoívutc, o sea bástulo-fenicias; en ellas hay que mencionar un grafito 
púnico en un vaso griego de Abdera y un escarabajo de estilo egipcio, sin ins- 
cripción, en Malaca (Kahrstedt). Gómez Moreno dice que el vaso de Adra pro- 
cede de Galera (Almería). 

A una tenue cadena de colonias, unieron los Bárcidas un amplio territorio 
que llegó a su mayor extensión con las expediciones de Hanníbal; éste logró su 
finalidad, que era hacer respetar el poderío cartaginés; pero ni los olcades ni 
los vacceos estuvieron nunca sometidos, su territorio era el glacis que no se 

acostumbra a 
ocupar y con el 
castigo esas tri- 
bus dejaban de 
ser amenazado- 
ras. Cuando lu- 
chan los Scipio- 
nes contra los 
cartagineses y 
tratan de arre- 
batarles las pro- 
vincias españo- 
las, los ejércitos 
Fig. 145." Vaso griego y otro cartaginés con tapa Colección Vives.) muevense Siem- 




!5G 



HISTORIA Di: I.Si'A.N \ 




Fír. 146. Vasos púnicos del Museo de (¡erona. 

pre entre Sierra Morena y Sierra Nevada; como en una angosta calleja, busca 
el uno hacia el O., el otro hacia el E. la manera de expulsar a su adversario. El 
territorio al N. no es objeto de lucha. Así, pues, el dominio cartaginés hacia el 
septentrión alcanzaba hasta el Ebro, en el O. verosímilmente llegaba a la des- 
embocadura del Tajo, presentando el imperio púnico español una faja litoral de 
200 kilómetros de anchura. Las ciudades como Gades eran de pequeña exten- 
sión, contando ésta unos dos mil habitantes, calculándose en 20.000 semitas los 

que ocupaban la península antes de 
la llegada de Hamílcar y en dos mi- 
llones de iberos los sometidos a la 
soberanía cartaginesa en su época 
de mayor esplendor; en esta fecha 
el centro del imperio hispano-púnico 
fué Carthago-Nova, que tendría 
aproximadamente 10.000 habitan- 
tes. Grandes hubieron de ser los 
resultados del arte político de Barca 
en España, ensalzado más tarde por 
Catón; pero ahogado luego por la 
civilización romana, difícil es señalar 
sus restos, y por de pronto no po- 
demos soñar en que existieran ca- 
minos púnicos cruzando el valle del 
Betis, ni puentes púnicos sobre los 
ríos, ni fuertes púnicos asegurando 
la tierra civilizada contra las tribus 
bárbaras; para todo ello no era aún 
tiempo, pues ni los Barcas en el 
siglo III ni los romanos en el 11 pen- 
saron en esto ni llegó tan lejos el 
talento colonizador de los púnicos. 
Por lo tanto, en el interior sólo ha- 
llaremos huellas del comercio carta- 
ginés y en manera alguna civiliza- 
ción púnica, pues ni la tierra fué 
Fig. 147. — Navajas púnicas con motivos egipcios. . , . , , , , . 

(Colección Vives.) i>umzada ni el numero de púnicos, 




Lámina X 




Lamparillas cartaginesas. {Colección Vives.) 



H.deE.-T.l. 



LA DOMIXACIÓN CARTAGINESA 



257 




Fig. 148.- Barro cartatiinés de estilo egipti- 
zante hallado en Ibiza. (Colección VioesJ 



que ascendió en los tiempos de mayor flore- 
cimiento a 40.000, era suficiente para pro- 
pagar una cultura precisamente en la región 
donde de antiguo existía una civilización 
indígena no despreciable'-*^. 

Nos limitaremos a examinar las huellas 
del tráfico cartaginés, comenzando por 
Baria, hoy Villaricos, que nos ha legado 
la primera inscripción púnica de España, 
l)ero que siempre permaneció ibera. Allí se 
lian encontrado objetos de procedencia 
púnica, como agregados tumulares egipti- 
zantes, amuletos y perlas de las necrópolis 
cartaginesas más antiguas; artículos de alfa- 
rería y terracotlas de la época posterior y 
huevos de avestruz pintados. Quizá Villari- 
cos encerrase una pequeña factoría de mer- 
caderes púnicos. En Herrerías, cerca de 
Villaricos, se descubrió un vaso de trabajo 
púnico. 

Más importante que el pequeño grupo 
del SE. es el comercio conlaBética, del cual sólo conocemos los centros de 

C armona y Osuna, pero éstos ya dan un 
uadro claramente típico. Al N. y al S. de 
^ armona hay una serie de necrópolis: Vien- 
t')S, Entremalo, Parias, Cruz del Negn», Al- 
cantarilla, Acebuchal, Alcaudete, Viso del 
Alcor y ((tras, estudiadas por Bonsor; su 
carácter fundamental es completamente ibé- 
rico, la mayoría abrumadora de los hallaz- 
gos es de j)rocedencia indígena, pero por 
todas partes surgen objetos de origen clara- 
mente púnico. Vasos púnicos hay en en- 
tremalo, Vientos, Parias, al N. de Carmona 
y en Alcaudete y los Alcores, al S. de la 
misma; Alcantarilla tiene recipientes como 
las necrópolis púnicas de Carthago y se han 
encontrado lámparas cartaginesas legítimas 
y escarabajos en Cruz del Negro. Nume- 
rosos son también los trabajos en marfil de 
carácter egiptizante y algunos con figuras 
fenicias; en Carmona un peine ostenta un 
signo que pudiera significar una r fenicia. 
En cambio, nada se ha encontrado en la 
Hética de construcciones púnicas; varios 

ii„. .x:. iiguriila de factura griega han querido tener por un templo púnico 
procedente de Carthago, hallada en Ibiza. , , , , , - i- j 

(Colección Vives.) una planta subterránea de la necrópolis de 

HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I. — 33. 




258 



MISTOKJA IjK KSPaSa 





Fig. 150.— Figura masculina de la necrópolis 
de Ibiza. (Colección Vives.) 



Fig. 151. — Figura femenina de la' necrópolis 
de Ibiza. (Colección Vires.) 



Carmona, pero el continuador de Meltzer, Kahrstedt, opina que se trata de una 
sepultura romana como las otras de la misma necrópolis. 

Osuna, notoriamente centro del borde S. del valle del Guadalquivir en la 
época prerromana, fué también visitada por púnicos. La ciudad es ibérica, pero, 
a pesar de ello, encontramos aquí dos tumbas púnicas, las únicas descubiertas 
en el interior. De los géneros que traían los comerciantes cartagineses se han 
encontrado peines de marfil y un vaso púnico de alabastro. El Museo de Sevilla 
posee una figura de 17*/, cm. que representa una diosa madre con su hija y 
recuerda la factura púnica; procede del valle de Abdalazis, al N. de Málaga, 
acaso eventualmente llevado de esta ciudad púnica al interior. 

En Cataluña se hallan también restos de comercio cartaginés; de Ampu- 
rias proceden cuatro ánforas púnicas, y un par de vasos del Museo de Gerona, 
un fragmento de ánfora con símbolo de Tanit como sello en el Museo de Bar- 
celona, una lámpara rota, igualmente con símbolo de Tanit, ahora en Barcelona 
en poder de D. Pedro Villanueva, un par de lámparas acaso púnicas de la pro- 
piedad de D. Manuel Cazurro, de Gerona, y finalmente, un gran número de tro- 
zos de collares, gargantilléis, escarabajos y amuletos de clase corriente en Car- 
thago, que se hallan en parte en Gerona y otros en Barcelona. Existen también 
ánforas púnicas procedentes de Mataró (al X. de Barcelona), pero la mayoría 



LA DOMINACIÓN CARTAGINESA 



259 




Fig. 15S. — Mascarilla colureada de verde, 
a modo de azulejo, muy notable por ser 
la única asi hallada. Debió llevarse como 
ofrcr ' ' ' -s, a juzgar por su 

peijL 13 de alto), como 

mut--; , e usaban de tamaño 

natural. (Colección Vioes.) 



están en poder de particulares y ofrecen 
mal estado de conservación ^^^, 

Kahrstedt, con gran escrupulosidad crí- 
tica, analiza luego los objetos pseudocarta- 
gineses o que a su juicio han pasado por 
púnicos sin serlo. Rechaza primero la in- 
fluencia fenicia que se ha creído ver en 
las estatuas del Cerro de los Santos y en la 
Dama de Elche; dice luego que no pueden 
admitirse como piinicos el elefante de Car- 
mona, las esfinges y toros de Albacete y las 
fajas metálicas con trabajo rejjujado, inclu- 
yendo en igual categoría espúrea la escul- 
tura de Cártama, la estela de Marchena y 
los relieves del Tajo Montero. Discute tam- 
bién la opinión del marqués de Cerralbu, 
que sostiene haber aparecido en Arcó- 
briga, Galiana y en otros sitios próximos a 
Santa María de Huerta restos de antigüedad 
púnica en murallas, escultura y cerámica; 
Kahrstedt afirma que el vaso de Arcóbriga 
es de la época imperial, pues el altar maltes 
con el que olrece semejanzas procede de la 

estación neolítica de Hagiar-Kim, y en cuanto a las murallas, sostiene el autor 
alemán que en parte son romanas y los otros restos de la fortificación son mo- 
dernas chozas de pastores; a su juicio 
los vasos de Galiana son neolíticos. 

De las islas españolas, las Balea- 
res propiamente dichas no fueron ja- 
más cartaginesas; en 208 los oficiales 
cartagineses aparecen en España va- 
liéndose de los baleares como de pue- 
blos auxiliares mercenarios; las islas 
están, pues, respecto a Carthago, co- 
mo Numidia ó España del N., no como 
el territorio de Medjerda o del Betis. 
En cambio, las Pityusas fueron colo- 
nia púnica; la posición era análoga a 
la de Malta e islas adyacentes y real- 
mente se punificaron más que la 
tierra firme. Así en la necrópolis del 
Puig d'en Valls se halló un vaso con 
varios orificios en forma de cande- 
lero, análogo a un hallazgo de Car- 
thago. De Ereso proceden toda una 
serie de figuras de terracotta púnicas 
o imitadas, representando mujeres y 




Fig. 153. - Figuras masculina y femenina 
de la necrópolis de Ibiza. (Colección Vives.) 



26o HISTORIA DK ESPAÑA 

diosas que tienen más o menos paralelo exacto en las necrópolis can 
también hay lámparas púnicas, cadenas de cuello púnicas, una máscara i 
Icrracolla y ánforas púnicas. De (objetos pi queños han di mcncionarfc lo» esca- 
rabajos y amuletos usuales, entre ellos uno que presenta el tipo observado en 
Carthago, y además anillos, sellos y marcas de fábrica púnicas. I^ necrópolis de 
Turmany presenta objetos parecidos; han de citarse asimismo lerracottas de 
Puebla de San Rafael y Talamanca. A ello se añade una gran masa de objetos de 
adorno, sellos, cuñas, amuletos y artículos de alfarería de todas las necrópolis q\ie 
son de origen púnico. Aparecen objetos cgiptizantes y grecizantes, pero son tan 
particularmente iguales a los objetos del mismo género usadí)S en Carthago que 
no cabo duda de su importación; son de la corriente fealdad jjúnica y no ofrecen 
nada nuevo. Ebusus (Ibiza) era colonia cartaginesa; su población se compuso en 
su mayor parte de púnicos con algunos elementos ibéricos, coincidiendo en esto 
los hallazgos con la tradición literaria. Los descubrimientos de la necrópolis ebu- 
sitana son lo más puramente púnico cjue se ha enc<»ntrado, como puede observarse 
en la magnífica colección Vives, exi)uesta en el Museo Arqueológico Nacional. 

Las excavaciones en la necrópolis púnica de Ibiza han enriquecido la valio- 
sa colección del Sr. Vives, el cual en un trabajo serio y analítico va estudiando 
los sorprendentes hallazgos que constituyen el lote más preciado de antigüeda- 
des cartaginesas entre las descubiertas en España. Piezas sin par son dos figuras, 
una de un hombre barbado y desnudo (fig. 150), y otra de una mujer ataviada 
con collares y ricas preseas (fig. 151); otra pareja más modesta no carece de 
interés (fig. 153). Se ha encontrado además una figura de indudable factura 
griega (fig. 149), un objeto de barro moldeado de otro egipcio de metal (fig. 148), 
una mascarilla ritual (fig. 152), lámparas púnicas, armas, vasos, joyas de oro, 
monedas, entalles y camafeos. Son notables unas navajas con motivos y dibujos 
egipcios (fig. 147) y unas asas de sepulcros (fig. 128). 

Importante es para el estudio del comercio cartaginés el estudio de la mo- 
neda. Grande fué la acuñación de plata y cobre que puede atribuirse a la época 
de los Bárcidas. Zobel de Zangronis refiere todo un tesoro de ellas a las cerca- 
nías de Carthago Nova, otro análogo a Cheste (Valencia), el último ha sido 
mezclado con monedas ampuritanas romanas e ibéricas y pertenece a la época 
de la segunda guerra púnica; los hallazgos indican que el centro del poderío car- 
taginés estaba en el SE. Los tipos de Gades son una cabeza de Hércules en el 
anverso y un atún en el reverso; el tipo de Ebusus representa un cabiro en el 
anverso v un toro en el reverso. 



NOTAS 

' Münter: Religión der Karthager, Copenhague, 1821. 

- Dlreau de la Malle: Historia de la ciudad de Cartago, trad. de Vicente Diez Canseco. 
Madrid, 1843. 

^ Barges : Mémoire sur trente-neuf nouvelles inscriptions puniques, París, 1852. 

* Bellé: Fouilles á Carthage. París, 1858; Les Ports de Carthage, Journal des Savants, pági- 
nas 299 y 353, 1860; La nécropole de Carthage. iom. des Sav., pág. 554, 1860; Descripíion des mo- 
naies espagnoles, Jour. des Sav., pág. 584, 18(37. 

^ Davis : Cartago and it remains, Londres, 1862. 

8 R. BoswoRTH Smith : Carthage an the Carthaginians, Londres, 1878. 

" OttoMeltzer: Geschichte der Karthager, Berlín, \Sí9; De belli Punid secunde primordiis, 
Dresde, 1885. 



Lámina XI 




Entalles y camafeos púnicos. (Colección Vives.) 



H. deE.-T. I. 



LA DOMIXACIÓ.V CARTAGINESA 201 

• Philippe Berqer : Les ex-votes du temple de Tanit á Carthague, Gazette Archéologique, 1880; 
Note sur une nouoeííe inscription funeraire de Carthage, Acad. des Inscrip. et Belles Lettres, 
París, Enero y Febrero 1903; Vase de plomb aoec inscription bilingüe decouoert á Carthage. En 
la misma Rev., Mayo y Junio 1903. 

' Sainte Marín: Mission á Carthage, París, 1884. 

'" S. Reinach y E. Eabelon : Recherches archéologiques en Tunlsie, 1886. 

" Alpredo J. Chl'rch; Historia de Cartago, trad. por D. Francisco Fernández y González, am- 
pliado en lo referente a España, Madrid, 1889. 

" C. ChAPPt'is : Annibal dans les Alpes. Grenoble, 1897. 

" R. (Ehler : Der letzte Feldzug des Hasdrubal un die Schlacht am Metaurus, n.° 1, Berliner Phi- 
lologische Wochenschrift, 1898. 

'« J. FucHs: Hannibals Alpenübergang, Berliner Philolog. Wochenschrift, n.°2, 1898, y Litera- 
risches Centralblatt, n." 7, 1898. 

'» Paul Aucler : Villes antigües. Restauration archéologique de Rome et de Carthage, Journal 
des Savants, pág. 311, 1899. 

'* M. l'Abbé P. Maurice: ¿'extensión des possessions cartaginoises en Sicile, au commence- 
ment de la premiére guerre punique, Rev. des Questions historiques, Julio 1890. 

" R. P. Dei.attrf : Carthague. Secropole punique de la colline de Saint Louis, Lyon, 1897 ; Car- 
thage, necropole punique de Sainte .Monique, París, 1899; La necropole punique ooisine de la co- 
lline de Sainte Monique á Carthague, Acad. des Inscrip. et Belles Lettres, Sept.-Oct. 1900; iVecro- 
pole punique ooisine de Sainte Monique, Cosmos, Febrero -Marzo 1900; en la misma Rev., Julio, 
Agosto y Sept. 1900; Descubrimientos del P. Delattre, Raport sur les fouilles de Carthage, Comp- 
tes-rendus de l'Academie des Inscrip. et B. L., Abril-Junio; La Necropole punique de Duuimés á 
Carthage, Mem. de la Soc. des Antiq. de France, 6.* serie, tomo VI, pág. 281 ; Quelques inscriptions 
puniques, Acad. des Inscrip. et B. L., Enero y Febrero 19(M, París; Le plus grande sarcophage 
trouoé dans les necropoles puniques de Carthague, en la misma Rev., Nov. y Dic. 190S; I. Sarco- 
phage en pierre. orné de décors peints, trouoé a Carthage (Mayo 1905); U. Monuments souterrains 
de l'époque romaine trouoés a Carthage, Acad. des Inscrip.. et B. L., Sept. y Oct. 1905; Le cime- 
tiére chrétien de Meidfa á Carthague, en la misma Rev., Agosto 1906; Les dependances de la basi- 
lique de Domous-el-Karita, en la misma Rev., 1911 ; comunicación del descubrimiento de una basílica 
cristiana en los alrededores de Carthago, 9 Julio 1915, Acad. des Inscrip. et B. L. 

" Lundstróm: Flaminius och Hannibal ( Burger ). Museum, n.° 12, Feb. 1900. 

'♦ O'CossoR lAoHR\%: Hannibals soldier, stateman, patriot, n.''Z.&S5, The Athenaeum; Hanni- 
bal, n.° 45, 1900, Literarisches Centralblatt. 

*> M. Hanz : Notes sur les recherches sou-marines aux alentours de Carthage, Compt es-re ndu» 
de I'Acad. des Ins. et B. L., Enero y Feb. 1900. 

" M. F. DE Mélv: Deux sarcophages antropomorphes decouoerts á Carthage, Gazette de* 
Beaux-Arts, 1.» Abril 1903. 

" R. Caqnat : La topographie de Carthage romaine, Journal des Savantf , Dic. 1905. 

" Camille Jl'llian : Himilcon et Pytheas, Jour. des Sav., pág. 95, 1905. 

" NicoLA Feliciani : La seconda guerra púnica nella Spagna. Dalla disfatta dei due Scipioni, 
alia partema di Asdrubale Barca alia oolta d' Italia (211-208 av. Cr.), Julio y Dic. 1904; Estudi e 
documenti di Storia e diritto, Roma, 1905; Le fonti per la // guerra púnica nella Spagna, tomo L, 
páginas 1-5, Bol Acad. Hist.; Contributi alia geografía antica della Spagna, Padova, 1905; L'Es- 
pagne a la fin du ni siécle aoant J.C., pág. 363, tomo 46, B. A. H.; La Battaglia di Ibera, pág. 344, 
tomo 47, B. A. H. ; Potemialitá militare di Roma e di Cartagine, pág. 118, tomo 50, B. A. H. ; La Bat- 
taglia di Cissis (218), pág. 347, tomo 50, B. A. H. 

** Horacio Sandars: Pre-Roman bronce ootive offering from Despehaperros in the Sierra .Mo- 
rena, Spain, con suplemento, Londres, 1907, sobre esto, B. A. H., pág. 176, t. 52. 

" Max RiNGEL.MANN : Essai de fonctionnement de lampes puniques, París, Acad. des Ins. et B. L., 
Agosto y Septiembre 1908. 

" Luis Siret: Villaricos y Herrerías. Antigüedades púnicas, romanas, oisigóticas y árabes 

(memoria descriptiva e histórica). Mem. de la R. Acad. de la Hist., tomo XIV, pág. 584, Madrid, 1909. 

** Alfredo Merlin: Ostraka latins de Carthage, Jour. des Sav., 9. •, 1911, pág. 514; Ou s'est 

liorée la bataille de Zama?, en la misma Revista, Octubre 1912; Decouvertes a L'tique. Acad. des 

Ins. etB. L., 1913. 

" Dr. Cartón : Le Port marchand et le mar de mer de la Carthage punique, pág. 229, Rev. Ar- 
chéologique, Sept. y Oct. 1911. 

*> Francisco Garofalo: Intomo al passaggio di Annibale per le Alpl, tomo XXXIII, pág. 279, 
XXXIV, 97, XXXV, 177, XXXVI, 177 y 367, Bol. Acad. Hist.; Aníbal. Del Ródano a los Alpes, 1869, 
página 577, Jour. des Sav.; Paso de los Alpes por Anibal, 1889, págs. 244 y 508, Jour. des Sav. 

" Rodrigo Caro: Antigüedades de Sevilla y Chorographia de su convento jurídico, Sevilla, 1634. 

" Pedro Rodríquez Campomanes: Antigüedad marítima de la República de Cartago con el Pe- 
riplo de su general Hannón, traducido del griego e ilustrado, Madrid, 1756. 

^ Próspero Martín de Callar : Memorías históricas y geográficas de ¡biza y Formentera, lla- 
madas antiguamente las islas Pythiusas, Ferrara, 1798. 

^' Tomás Aranaz y Barrera : Historia de Ibiza, Ibiza, 1858. 

''^^ Paulino Quirós : Hallazgos de Villaricos, y luz que arrojan sobre nuestra geografía histó- 
rica al Sudeste del litoral mediterráneo, tomo XL, pág. 7, Bol. de la Soc. Geogr. 

** AuRELiANo Fernández Guerra : Deitania y su cátedra episcopal de Begastri, tomo VI, pág. 129, 
Bol. Soc. Geogr. 

" Víctor Navarro: Costumbres en las Pythiusas, Madrid. 1901. 

* José Ramón Mélida: Antigüedades ante-romanas de la costa de Levante, pág. I&4, t. 7, V.*y2. 



262 HISTORIA DE ESPAÑA 

Rev. de Archs., B. y M. ; ídolos bastitanoa del Museo Arqueológico Nacional, pág. 272, tomo?, 1902, 
R. deA.B.yM. 

*> Manurl RodrIouez oe Bcrlanoa: Comunicaciones: Moneda púnica de la Ametüa del Vallé*. 
Rev. de la Asoc. Art.-Arqueol. Barcelonesa, Oct.-Dic. 1903; Malaca III. Cartagineses y Romanos, 
en la misma Rev., Oct.-Dic. 1905. 

*• Carlos RomXn: Antigüedades ebualtanas, Barcelona, 1913. -Jl'an RomAn v Calvet; ¿o« 
nombres e importancia arqueológica de las islas Pythlusas, Barcelona, Ui06. 

" Julio Furqu»: Les ruines de ñélon, province de Cadix(Espagne). Bruxelles, 1907. 

" Excavacions a Ibica, páR. 555, Inst. d'Estudis Catalans, any .VICMVIM, Barcelona. 

♦• Antonio BlAzquez : El Perlplo de Himllco (siglo vi antes de ía Era cristiana/ según el poema 
de Rufo Festo Avieno, titulado: Ora Marítima, Madrid, 1909. y en el B. de la S. O., t. Ll. pág. 325. 

♦* Arturo Pérez Cabrero: Arqueología ebusitana, Barcelona, 1913; Historia de la Arqueolo- 
gía de Ibiía, 1911. 

<> Manuel Cueto V Ribero: Harpócrates. estatua egipcia púnica de bronce, existente en el 
Museo Arqueológico Nacional, Museo Esp. do Anfig., tomo 1, pág. 121. 

*• Roque Chabás: en el Bol. de la Acad., tomo XII, pág. 435. 

** P. FiDKi. Fita: en el B. A. H., pág. 260, t. 44, trata de la religión de lo* astures y relaciona el 

signo /ll de una inscripción de Astorga con el emblema '^ de la Tanit púnica; Estela púnica de 

Villaricos, pág. 427, t. 46, B. A. H. ; Antigüedades ebusitanas, pág. 321, t. 51, B. A. H. 

** En el Bol. de la Acad., t. 63, pág. 5.881, se trata sobre Pelayo Quintero y las excavaciones 
púnicas. 

*" Alfredo J. Church: Historia de Cartago, traducida por D. Francisco Fernández y González, 
Madrid, 1889, págs. 146 y siguientes. 

" PoLVBii : Historiarum quce supersunt ad optimorum librorum fldem, accedunt excerpta vati- 
cana ab Angelo Maio In lucem emissa, editio stereotipa. Lipsise, 1836. íiaav y*P *l iiiv'iptipe;, 
ol 6e KeXxot, tiví;8í Ai^vioxivoi, xat BaXiaoeT;. Tomo I, pág. 88. 

" Para la primera guerra púnica puede consultarse : Neulinq : De belll punid priml scriptorum 
fontibus, Gottinga^ 1874; O. Gortzitza: Krit. Slchtung der Quellen zum ersten punischen Krlege, 
Strasburgo, 1888; C. Davin: Beitráge eur kritik der Quellen des ersten punischen Krieges, Schwe- 
rin, 1889; Bótticher: Oeschichte der h'arthager, Berlín, 1827; O. Meltzer: Gescfíichte der Kartha- 
ger, l.er vol., Berlín, 1877, 2." vol., Berlín, 1896; J. Schubrino: Historische Topographie vnn Akragas, 
Leipzig, 1870; O. JXqer: M. Atilius Regulas, Kóln, 1878; L. O. BrOcker: Geschichte des ersten punis- 
chen Krieges, Tubinga, 1841; F. C. Haltaus: Geschichte Roms in leitalter der punischen Kriege, 
Leipzig, \SK, Carlos Nevuaun: Das Zeitalter der punischen Kriege. completado por Gustavo Fal 
tin, Breslau, 1883; Holm: Storia della Sicilia; P. Várese: La fonte analistica di Diodoro per l'etá 
delta prima guerra púnica (en los Studi storici, etc., del prof. Pais); O. Seipt: De P. Olympiadum 
ratione et de bello Púnico primo quaest. chronologicae, Lipsiae, 1887: Scher.hann: Der erste pun. 
Krieg. im Lichte der livian Tradition, Tübingen, 1905; Eliaeson: Beitráge iur Geschichte Sardiniens 
und Corsicasr im ersten punischen hriege, Upsala, 1906; Reuss: Znr Geschichte des ersten punischen 
Krieges ( Philologus, LX, 1901); A. Serví : ll dominio mamertino nella Sicilia, Mesina, 1903; P. Meyer: 
Der Ausbruch des ersten pun. Krieges, Berlín, 1908. 

" Polybii: KapxTlSóvipi yáp, w; oSttov xaT£i7Tr,TavTo xá xaxá xry Ai^ór,v, e08e«u; '.^{iiix^.v i 
5aii£(TT£>.Xov, Suváfiei; ayaTTiiravre;, £i; toO; xatá xtiv 'ipr.píav totiov;. Tomo I, pág. 117. 

» DioDORo: Excerp. de Virt. et Vit.. lib. XXV, trad. de Hoefer, tomo IV, pág. 330. 

•■'' Meltzer: Geschichte der Karthager, pág. 403, tomo 11. 

" Cree Fernández y González que confundió Velia con Vetia o Vetonia. 

** Meltzer: Geschichte der Karthager, pág. 403, tomo II. 

" En nota a la traducción de Church. 

** Roque Chabás (pág. 435, tomo XII, Boletín de la Academia de la Historia). 

** Meltzer: ob. cit., pág. 406, tomo II. 

«" Diodoro : Excerp. Hoeschel., trad. Hoefer, lib. XXV, pág. 330. 

*' Polvbii: ttjv te Trapa (lév tkti Kapj^^i^fióva, Tcapá 5É tuti Katvíjv jtóXiv, tomo I, pág. 131. 

*" Meltzer : ob. cit., pág. 407, tomo ÍI. 

" Meltzer : ob. cit., pág. 411, tomo II. 

** Meltzer: ob. cit., pág. 399, tomo II. 

«* Polvbii: twv 'OXxaStov éSvo; á?ixó{i£vo; Se i:pó; 'AXOaiav, tomo I, pág. 217. Dice .Meltzer que 
el asiento de los olcades ha de buscarse en el borde occidental de la Mancha, detrás del curso 
medio del Júcar; su localidad principal, Althaea, es de situación desconocida. 

* Situada probablemente al N. NO. de Salamanca. 
«' Polybii : XIV, tomo I, pág. 218. 

** Meltzer : ob. cit., pág. 414, tomo II. 

* Meltzer : ob. cit., pág. 420, tomo II. 
"' Meltzer : ob. cit., pág. 426, tomo II. 
^ Meltzer : ob. cit., pág. 433, tomo II. 
" Meltzer: ob. cit., pág. 435, tomo II. 

" Benedictus Niesse : Storia romana, trad. italiana, pág. 450. 

'* Meltzer: ob. cit., pág. 439, tomo II. 

"' Polvbii: XCVIII. eü; irávta; ei? tíjv ZaxavSaíuv aitÉOExo TtóXiv, tomo I, pág. 320, ed. cit. 

" Polybii: tou; (iiv tte^oü; Itú ¡líav e Oeíav TtapEvépaXE itEpi 5ia|i'jpíou; óvra; tóv api9|t¿v, 
'ipripa; xai KeXtouc xa? Aíf^ua;. tomq,I, LXXII, pág. 290, ed. cit. 

" Polybii: á;co<TTaXE'vTo; Ciitó toü axpaTifiYoü ¡ASTá xwv 'Ipiipwv xal XoYyotjiópwv MaápttOy 
tomo I, LXXXIV, pág. 3(H, ed. cit. 



LA DOMINACIÓN" CARTAGINESA 263 

" PoLVBii: Twv Si' I^iípuv \ivoT; Trepyítopfiijpo'.í xiTwvtixoí; XEX0T(ir,ucVü)v zati ti ■k'x-c^íi, 
tomo I, CXIV, pág. 340, ed. cit. 

™ Hesselbarth : Histor.-Krit. Vntersucliungen zur 3. Dekade des Lioius, Halle, 1889. 

«* C. BóTTCHER : Neuejahrb. für Philol., 5 Supl., págs. 352 y sigs. 

•• C. Peter : Ueber die Queden des 21. und 22. Buches des Lioius, Pforta, 1863. 

•• ZiELiNSKi : Die letzen Jahre des zweiten punischen Krieges, Leipzig, 1880. 

•* SoLTAU : Lioius' Quellen in der 3 Dekade, Berlín, 1894. 

** H. A. Sanders: Die Queltenkontamination im 21. und22. Buch des Lioius, Berlín, 1898. 

*» O. Meltzer : Geschichle der Kartliager, 2 vols., Berlín, 1896. 

"" Heshebert: Histoire d'Annibal, París, 1878. 

•' O. GiLBERT : Rom und Karthago, etc. 

•• G. Eor.L\\K\r : Sybels histor. Zeitschr., N. F., XVII, 431. 

•* G. Juno: Beitráge zur Charakteristik des LiviuS, Marburgo, 1903. 

*" L. V. ViNCKE : Der zweite punische Krieg und der Kriegsplan der Karthager. Berlín, 1841. 

•' RosPATT : Feldiüge Hannibals in italien, Münster, 1864. 

•• C. Neu.mann: Geschichle Roms in Zeitalter der punischen Kriege, Breslau, 1863. 

" W. Streit : Zur Geschichle des zweiten punischen Krieges. Berlín, 1887. 

** José Flchs : Der zweiie punische Krieg und seine Quellen Polybius und Lioius nach strate- 
eisch-taklischen Gesichlspunklen betrachtet, Wiener-Neustadt, 1891. 

** H. DelbhCk : Geschichle der Kriegskunst, I, págs. 305 y sigs. 

•* Niese: Geschichle der griech. u. mabedon. Staaien, I, pág. M). 

" De Luc : Hisloire du passage des .Alpes par Annibol. París. 1^25. 

" Wickham y Cramer : A disserlalion on Ihe passage of Nanniba! ■ "'■"■ "•" Mpes. segunda edi- 
ción, Londres, 1828. 

•• T. Mommsen:C/Z„ V, 765. 

"" LihiKE : Die Kontrooerse über Hannibals Alpenübcrgang, Breslau, 1.^7.?. 

"" NissEN : Ital. Landeskunde, I, págs. 155 y sigs. 

"* Desjardin : Géographie de la Gaute Romaine, I, pAgi. 81 y »<gs. 

"" FucHs: Hannibals Alpenübergang, Viena, 1897. 

•'»* W. OsiANDER : Der Hannibalweg, Berlín, 1900. 

"* Colín : Annibal en Gaule, París, 1904. 

"■ K. Leh.mann : Die Angriffe der drei Barkiden auf Itatien, Leipzig, 1905; Der letze Fetdtug des 
hannibalischen Krieges, Leipzig, 1894. 

"" C. Jullian : Hisloire de la Gaule, I, pág. 451. 

"* Hesselbarth : De pugna Cannensi, Gottinga, 1874. 

"* H. Delbrück: Die Perserkriege und die Burgunderkriege, Berlín, 1887. 

"» O. Schwab: Das Schlachlfeld oon Kanná. Munich, 1897. 

'" G. Tt'zi : Trabajo sobre el asedio de Siracusa en los Estudios de Historia Antigua publica- 
dos por J. Beloch. 

'" F. R. Scott: Makedonien und Rom W'áhrend des hannibalischen Krieges (221-211), Leip- 
zig, 1873. 

'" H. Hal'pt : en las Melanges Graux. ISW. 

"• R. Oehler: Der íetze Feldzug des Barkiden Hasdrubal u. d. Schlacht am Metaurus, Ber- 
lín, 1897. 

'" T. Frieorich : Biographie des Barkiden Mago, Viena, 1880. 

"* M. KóHN : De pugna apud Zaman commisa. Halle, 1888. 

'" H. Nisse.n: De pace anno 201 a. Chr. Carthaginiensibus data. .Marburgo, 1870. 

"• W. SiEüLLs : Die Chronologie der Belagerung oon Sagunt, Leipzig, 1>>78. 

"• J. BuzELLO : De oppugnatione Sagunli quaestiones chronologicae. Kónigsberg, 1886. 

"» Thiancolrt : Les causes et ¡'origine de la seconde guerre punique. París, 1893. 

'" Her.ma.v.vl's Genzken: De rebus a P. et CN. Comeliis Scipionlbus in Hispania gestis, Got- 
tinga, 1879. 

'" Arnolo: History of Rome, Londres, 1843. 

'" U. Becker : Vorarbeiten zu einer Geschichle des zweiten punischen Krieges, Altona, 1823. 

'" Bótticher (que no hay que confundir con Bóttcher, que también ha escrito sobre el mismo 
asunto): Geschichle der Karthager, Berlín, 18'J7. 

"* Boudard: Essai sur la numismatique iberienne, París, 1859. 

*•* Forbiger : Handbuch der alten Géographie, Leipzig, 1848. 

"• Friedersdorkf : Lioius et Polybius, Scipionis rerum scriptures, Gottingae, 1869. 

"* Heiss: Description genérale des monnaies antigües de l'Espagne, París, 1872. 

"» Hübner: Tarraco und seine Denkmáler Drei spamsche Vólker^chaften, Hermes, B. I. Corp. 
inscr. lat., B. II, 1863. 

'*> Ihne: Romische Geschichle, Leipzig, 1870. 

'" Keller : Der zweite punische Krieg und seine Quellen, .Marburgo, 1875. 

*'* Lach.mans: De fontibus T. Lioii historiarum comm. II, Gottingae, 1821. 

'** LuTERBACHER : De fontibus librorum XXI et XII T. Lioii, 1875. 

'** Mommsen: Romische Geschichle, Berlín, 1868. 

''^ NissEN : Kritische Untersuchungen über die Quellen d. 4. u. 5. Dekade des Lioius, Berlín, 1863. 

•"^ K. W. Nitsch: Romische Annaliskik, Berlín, 1879. 

•>• C. Peter : Geschichle Rom's. Halle, 1853 ; Ueber d. Quellen d. XXI u. XII Buch d. Lio. Progr.. 
Pforta, 1863. 

'" PosNER : Quibus auctoribus in bello Hannihalico enarrando usus sil Dio Cassius, Bonn, K74, 

'* UcKERT : Géographie der Griechen und Rómer. Weimar, 1821. 



2^4 HISTORIA DE FSPaSa 

'♦» VoLLMER : Unde belli Punid secundl scriptores sua hauserint, QottinRae, 1872. 

"' WOlfplin : Antiochus o. Syrabus u. CoeUus Antipater, Winterthur, 1872. 

•♦• G. Fhantz : Dle Krlege der Scípionem in Spanien (5J8-548. A. U. C), München, 1883. 

'♦» J. JuMPERTz: Der Rómisch- Karthagische Krleg in Spanien (211-200). Elne historUcht Vn- 
tersuchung, Berlín, 1892. 

«♦« PoLYBii: Tomo III, VII, lib. X, pág. lOI, ed. cit. 

■** PoLVBii : Tomo lil, XI y ¿iguientes, lib. X., págs. 106 y siguientes, ed. cit. 

«« PoLYBii: Tomo III, lib. XI, cap. XXXI, pág. 187, ed. cit. 

'" PoLVBii: OlSi Ttepi tóv Zú^oxa xal tóv 'AaSpoú^av xoü; |iiv Kc)LTtpT)pa« (láaou; ÍT«(av ^.'vtíov; 
Tai; Twv 'Pa>|ia(u>v ontipai;. Tomo III, lib. XIV, cap. VIII, pág. 242, ed. cit. 

"• PoLYBíi : oíiToi 8' í(Tav AiyuoTivol KíXtoI, paXiapiI;, MaypoO'jioi. Tomo III, lib. XV, c«p. XI, 
pág. 260, ed. cit. 

'« Ulrico KAmjSTEDT: G. d. Karthager.^rlin, 1913, pág. 117. 

'» Kahrstedt: ob. cit., pág. 119. 

'»' Kahrstedt : ob. cit., pág. 122. 

'" Kahrstedt : ob. cit., pág. 126. 



bibliografía suplementaria 



Carthago. — A. Daux: Recherches sur ¡'origine et rempíatement des emporio pheniciens.— 
Hai.evv: Études berbéres ( Journ. Asiatique, sec. VII, t. III, 1878).— W. L. Newman: De la Constitution 
Carthaginienne i Revue Historique, X V "* ' ■■>'2 ). — Colliünos : Étude sur I 'ethnographie genérale 
de la Tunisie ( Bull. Geog. histor., 1>-- h : Die Phoeniker am Aegaeischen Meere ( Rh. Mus. 

XXXIV, 1894). - Ndldekf: Die semr rachen, Leipzig. 1899. — Schllten: Das rom. Afrika, 

Leipzig, 1809.— Mollezun: Topographíe dHadruméte ( Rev. Arch., 1900, ! ).- Audollent : Carthage 
Romaine ( Bibl. des écol. franc, fase. 94, París, 1901 ). - Esteban Gsei l: Étendtie de la domination 
carthaginoise en AfriQue, A]scr, \^Í05. — Dt\ mismo autor: Histoire A 'cl'Afriqtte dti Nord 

(t. I), París, 1913. - Jancski: Carthage. - O. Boissikk: L'AfriQue rom 1909. -Mavr: Die 

Insel Malta im Altertum, MUnchen, 1909.— Del mismo autor: Die aníi:.... .... ..c.i der Inseln Malta. 

Gozzo und Pantellaria, Manchen, 1912. — Liuzbarski : Eine punisch-altberbensche Bilinguis ( Berl. 
Akad., 1913 ). — Cartón : Documents pour sercir á l'étude des ports et de I 'enceinte de la Carthage 
piinique, Túnez, 1913.— Kamrstedt: Phónibische Handel an der italische Westküste (KVio, 1913),— 
Mercier: Les divinités lihiques, Constantina. — Clermont Ganseal': Études d' arch. oriéntale. La 
Tanit Péné-Baal et le < - " u'ter-Parsephone. — Baldissin: Quellen fár eine D>. ' " ' der 
Religión der Phóniíier ir (Arch. f. Religionswiss.. XVI). — E. Stampi.m : ^^'r• 

oazioni sulla leggenda üí ..done, .Messina, 1892-3. — Toltaim: De Saturni dt. . . .'.; — ¿ro- 
mano culta. Parisiis, 18íM. — W. Robertson S.»íith: Die Religión der Semiten, trad. alemana, h'ribur- 
go, 1899.— R. Heinze: Virgils epische Technik. Leipzig. — Delattre: Carthage. La nécropote des 
Rabs, prétres et prétresses ( Cosmos, 1904 ). — Lagrange : Études sur les religions sémitiques, París, 
1905. — E. Frére : Sur le Cuite de Caelestis ( Rev. Arch. 1907, II, 21 ).— Eugenio Vassel : L'epitaphe de 
la prétresse Hanni-Ba'al (Compt. Rend. Acad. Insc, 1909). Six stétes á Tanit (Rev. Tunisienne, 1909). 
-Le Panthéon (/7/í7/in/6(í/, Túnez, 1912. — Pm. Berger: Sur une empreinte céramique de Carthage 
portant le nom de Ba' al (Compt. R. Acad. Insc, 1909). — Doltté: Religión et magie dans l'Afrique 
du i\ord, Argel, 1909.— Cumont: Les religions orientales, París, 1909.— Basset: Recherches sur la 
religión des Berbéres (Rev. d'hist. des Religions, LXI, 1910).— E. Penql-itt: De Didonis Vergilinia- 
ñus ejritu, Regimonti, 1910. — Baidissis: .Adonis und Esmun, Leipzig, 1911. — Lidzbarski: Der Same 
des Gottes Esmun (Ephem. f. semit. Epigr., III, 1912). — A. Gercke: Die Entstehung des Aeneis, 
Berlin, 1913.— Frazer: The golden Bough IV .Adonis Attis Osiris, Londres, 1914. — L. Pareti: Pan- 
tatlo Dorieo ed tracle nella Sicilia occidentale, Florencia, \9\i. — L. IÁüllek: Xumismatique de 
iancienne Afrique. Kopenhagen, 1860-62. — SchkOoer: Die Phoniíische Sprache, Halle, 1869.— 
BlC.mner : L'attiuitá industríale del popoli dell 'antichitá classica ( trad. Bibl. V. Párete ). — Entl-no : 
Sammlung der carthagischen Inschriften. Strasburgo, 1883.— Tissot: Géographie comparée de la 
province romaine d'. Afrique, París, 1884. — Gsell: Monuments antiques de l'Algerie, París. 1891. — 
Toltain: Les cites romaines de la Tunisie ( Bibl. des ec. fran^. de Rome et d'Athenes, fase. 72, 1896). 

— Galckler: L'archéologie de la Tunisie, París. 1896.— Mair: Der Karthagische Admiral Himilko, 
Pola, 1899.— Fla.mand : Les pierres écrites du nord d' .Afrique. París. 1900.— J. Dechelette : L'.Archéo- 
logie Prehistorique et les fouilles de Carthage ( L'Anthr.. 1903, pág. 661 ). — A. Meri.in y L. Dh.appier : 
La nécropole punique d'A. 1909. — Taramelli: La necropoli púnica di Predio Ibba a S. Avendracc 
(Cagliari), 1912. — Pollsen : [)er Orient und die frühgriechische Kunst. Leipzig, 1912. — D. Anziani : 
Xécropoles puniques du Sahel tunisien, 1912. — P. Galckler : Nécropoles puniques de Carthage, 
París, 1915. 

Iberos. —Vicente Paredes Giilién: Historia de los tramontanos celtiberos, desde los más re- 
motos tiempos hasta nuestros dias, Plasencia, 1888. — F. Fita: Lámina celtibérica de bronce halla- 
da en el término de Lmaga ( Bol. Acad. de la Hist., t. II ). Del mismo Boletín: Ergávica ciudad cel- 
tibérica ( Bol. Acad. de la Hist., 1. 1, pág. 129. y t. VI. pág. J41 ) — Cértima ciudad celtibérica í Boletín 
Acad. de la Hist . t. I. pág. y^).-Contrebia ciudad celtibérica ( Bol. Acad. de la Hist., t. !, pág. 129). 

— Lápida celtibérica en bronce hallada en la pared de una ermita en Labros, pueblo poco distante 
de Luíaga(Bo\. Acad. de la Hist.. t. XVII, pág. 246). - S'ertóbriga betúrica {Bo\. Acad. de la Hist.. 
tomo XXIl. págs. 379 y 383; t. XXIII. págs. 526-532. y t. XXIV. pág. l&l). - Eusebio Vasco y Gallego: 
Edeba ciudad oretana {Bo\. Acad. de la Hist.. t. LIV, pág. 485).- EnriqleRo.mero de Torres: ^/7f/;?ü?- 
dades ibéricas de Torredelcampo (Jaén) ( Bol. Acad. de la Hist.. t. LXIX, pág. 201, Sept.-Oct. 1916). 

— Del Boletín citado: .Voticia de una fortaleza ibérica en el monte llamado£.\ Virablanc en Valj'un- 
quera (Bol. Acad. de la Hist.. t. LXVIII, pág. 439, 1916).— Mariano Sanjlan Moreno y Diego Jiménez 
DE Cisneros Hervás : Descubrimientos arqueológicos realizados en las cuevas existentes en las 
proximidades de Castellar de Sontisteban (Jaén) (Bol. Acad. de la Hist., t. LXVIII, pág. 170, 1916). 

— Raimundo Lantier: El santuario ibérico de Castellar de Santisteban, Madñá, 1917. — Eduardo 
A. Freeman: The History of Sicily, Oxford, 1891-94. 

Estudios acerca de Fuentes.— A. J. Valpy: Titi Lici Patavini Historiarum, Londres, 1828. — 
Max Grasshoff: De fontibus et auctoritate Dionis Cassii Cocceiani, Bonn, 1867.— Harnak: Appianus 
und seine Quellen, Viena. 1869.- H. Nissen: Die Oekonomie der Geschichte des Polybios (Rheinis- 

HISTORIA DE ESPAÑA. — T. I. — 34. 



266 HISTORIA DE ESPAÍIa 

ches Museum, vol. XXVI, 1R7! ).- Bucmmolz: Dia Quellen des Appianus und Dio Casuus fur die 
Geschichte des ?.« piin Krieg. Piritz, I87'i. - DeTi.FMfcN. Varro, Agrippa ah Quellenschriftsteller 
des Plinius, Berlín, 1877,— Petkr ; Ueber den Wert der hist. Schriftitelleret von K. luba II ( Meiwner 
Progr., 1879).— Ricardo Zimmehmann: Posidonius und Sírabo (Hermi^s, \o\ XXI1I#I«8«).- A WtBCR : 
Beitráge Mur Quellen Kriti/t des Liiúus bes. für die Geschichte des rom. Karihug Krieges in Spanien, 
Marburgo, 1897.- Mii.ler : Die fíehandlung NordAfrikas nach Sallust ( Philol. LVI. I8G7 ) - Cuntz: 
Polibius und sein Werk, Leipzig, 1902. — W. Fiíicmkr: Das rómische Lager, insbesondere nach Lívius, 
Leipzig, 1914. 

La segunda guerra púnica.- Denina: Sur l'nistoire dea Alpes et les chemins qu'y onl fait» 
Annibal, Pompee et César ( Mem. Acad. Berlín ; hoy de poco valor ). 1790-91. - G Laranza : Histoirt 
du passage des Alpes pour Annibal, Paris, 1826. — Roberto Elus; A treatise on Hannibal'» pa$- 
sage ofthe Alps, Cambridge, 1853. — Del mismo autor; An enquiry tnto the ancíent Routes betmeen 
Italij and Gaul, Cambridge, 1867. - Napoleón I: Commentaires , Paris, 1807. - H. MOlleu: Die 
Schlacht an der Trebia, 1807.— Abate C. A. Ducis: Le passage d'Hanrubal du Rhóne aux Alpes, 
Annecy, 1868.— O. Maissiat ; Annibal en Gaule, Paris, 1874. -H. Stüheburg: De Romanorum cladibus 
Trasmenna et Cannensi, L»'ipzig, 1883. —J. Beloch: Die Beuólberuiig der griechisch-rómischen 
Welt. Leipzig. 1880. - Law rhe Alpes o f Hannibal (Quartedy- Review, 1880). — M. Perrin: Marche 
d' Annibal des Pyrénées au Pó, Paris, 1887. - Solbisky : Schlacht bei Canná, Weimar, 1888.— Matzat: 
Die rómische ¿eitrechnung von 219 bis I. Berlín, 1889. — Doüge; Hannibal, Boston, 1891. — Duhh: 
Die Renntzung der Atpenpásse im AUertum ( Neue Heidelbergcr Jahrbücher, 1892). - W. Soltau: 
Die Chronologie der hispanischen Feldzügc 212-206 ( Hermes, XXVI ). — E. Fhv ; The Field of Canne 
(Engl. hist. Review, XM, 1897). — G. E. Marindin: Hannibal 's route ouer the Alps (Cla'is. Rtv\ew, 
XIII, 1899) — F. Fried: Ueber die Schlacht bei Canná. Leipzig, 1898. — A. Arendt: Syrakus im II pun. 
Krlege I, KOnigsberg, 1890. — Montanaki : Annibale, Rovigo, 190O-1901. — P. Azan : Annibal dans les 
Alpes, París, 1902.— F. Tarducci : Del luogo ove fu sconfitto e morto Asdrubale, Fano, 1902.— Spen- 
cer Wilkinson: Hannibal's mcrch throagh the Alps, Oxford, 1911. - Phiiipp: Wie hat Hannibal die 
Elephanten úber die Rhone gesetfí (KUo, 1911 ).— Br. KXhler: Die Schlacht von Cannae, ihr Verían/ 
und ihre Quellen, Berlín, 1912.— W. A. B. Coolioqe: Les Alpes dans la nature et dans l'histoire (tra- 
ducción franc), París, 1913.— D. W. Frkshpield: Hannibal once more, Londres, 1914. — Próspero Va- 
rcsle: Ricerche di storia militare dell'antichitá. Parte I (Roma e Cartagine). Filino di Agrigento 
e le forie militari di Roma e Cartagine, Palermo, 1914. — Cayetano De Sanctis; Storia dei Romanl, 
vol. III. L'Etá delle Guerre Puniche, Turin, 1916-1917. 

La Civilización cartaginesa en Espafia. — Jacobo Zobel de Zanoroniz: Ueber einem bel Car- 
tagena gemachten Fund spanisch-phónikischer Silbermünzen, Berlín, 1863. — H. Drovsen: Die poly- 
bianische Beschreibung der zuieiten Schlacht bei Baecula ( Rhein Museum, XXX, 1876). — HXbler : 
Die A'ord und Westktlste Hispaniens, Leipzig, 1885-86. — M. Rooríquez Berlanga ; Les monnaies pu- 
niqueset tartessiennes de l'Espagne. — K. GOtzfried: Annalen der rom. Provimen beider Spanién 
2Í&ISÍ, Erlangen, 1907.— Arturo Pérez Cabrero: Historia del museo arqueológico de ¡biza. Un mu- 
seo en peligro, Barcelona, 1911. — Luts Gestoso y Agosta: Hallazgo numismático de Mogente (de 
monedas cartaginesas, Bol. Acad. de la Hist., vol. LVI, pág. 460). — Santos Rocha: Artefactos pú- 
nicos encontrados no Algarve ( Bul. Soc. Arch., Santos Rocha, 1913).— U. Kahrstedt : Les Cartha- 
ginois en Espagne (B\í\\. Hispan., pág. 372, 1914).— P. F. Fita: Melilla pánica y romana (Bol. Acad. 
de la Hist., 19Í6, t. LXVIII, Mayo, pág. 544). 



■:'-'MM 





Fig. 154. — Calle ibérica con restos de una cloaca romana ( Numancia). 



CAPITULO VI 



LA CONQUISTA ROMANA 



notna. — Si existe una bibliografía extensa es la relativa a Roma, comenzando 
*^ por los trabajos antiguos de Sigonio^ Pighius-, Freinsheira^ Cluver*, Lenain 
de Tillemont^; \a en el siglo xviii aparecen las dos historias narrativas de 
Gibbon'^ y Rollin'. El relato crítico se inicia con los trabajos de Bochart*», 
Perizonio^, Luis de Beaufort lo y Juan Bautista Vico", pero el verdadero 
fundador de la historia romana científica es Bertoldo Jorge Niebuhr*^. Dis- 
cípulos de Niebuhr fueron Schwegler^^ y ciason, y opuesto a sus doctrinas 
es José Rubino ^*. En el primer tercio del siglo xix publica sus investigaciones 
Guillermo Drumann^^ y surge luego la colosal figura de Teodoro Momrosen^^ 
renovador de los estudios romanistas, reconstruyendo la vida del pueblo romano 
con las fuentes monumentales y epigráficas; su obra sobre la Historia de Roma 
es un paso gigantesco en este orden de conocimientos y sus muchas mono- 
grafías dadas a la estampa durante toda su larga vida bastarían para cimentar 
la fama de una generación de sabios. No faltaron contradictores a la obra 
de Mommsen y éstos son Peter^^ Ihnei» y R. W. Nitzsch^^. El historiador 
G. C. Lewis se muestra antitradicionalista y a éste sigue, en el orden del tiempo, 
la conocida obra de Víctor Duruy-^ historia narrativa, muy bien presentada, 
en estilo muy atrayente y no desprovista de cierto sentido crítico, si bien no 
pretende hacer un relato documentado. Eduardo Meyer-^ Hertzberg-- y Ranke^s 



268 IlISTOKIA 1>E ESPAÑA 

sostienen el prestigio de la escuela alemana, también rc¡)resenta<la por el pro- 
fesor de la Universidad de Halle, Benedictus Niesse". lin Italia, la escuela tradi- 
cionalista tiene ardientes defensores; unos, como Pais**, rechazan la primitiva 
tradición y reconstruyen el relato con propias conjeturas, y otros, como Gaetano 
de Sanctis'"*", dan señalada importancia a la tradición más cercana y en especial a 
la tradición liviana. 

Los estudios romanos han progresado de una manera prodigiosa, reimpri- 
miéndose los trabajos de Borghesi^'^ y publicándose, bajo la dirección de Momm- 
sen, ios primeros volúmenes del Corf>ns insrriptionum latinantm, dándose luego 
u la estampa un suplemento en la Iiphemeris Kpií^raphica; deben también te- 
nerse en cuenta las viejas colecciones de Orelli'"' y Wilmann*^ y las modernas, 
tanto griegas como romanas, de Dessau*', A. Bíickh, J. F"ranz, E Curtius y 
A. Kirchhoffsi, Latychev»*, C. T. Newton ^s, E. L. Ilicks y Ci. F. Hill", W. Dit- 
tcuberger*'' y MicheP*'. Hoy se estudian con ahinco las colecciones de papiros, 
pues dan preciosas noticias sobre la administración imperial ''. Las monogra- 
fías son innumerables, bastando citar a Breal'"*, Petra ^^, Devaux*', el conde 
de Charencey*', Garofalo**, Heitland*^ Costa ^V Jungfer", Cozza**, Frank*^ 
Bock^^ y Tropea-*^. 

En España no se han descuidado tampoco estos estudios, así debemos dar 
un lugar preferente a Emilio Hübner^, padre de la epigrafía hispana, siguiendo 
sus huellas el incansable campeón de cuantj se refiera a temas de historia na- 
cional, el insigne P. Fidel Fita y Colomer'^*; luego podemos mencionar al mar- 
qués de Monsalud'^*, Rada y Delgado ''^ Fernández Guerra^*, Chabás'^, Fer- 
nández Duro^^, Vicente de la Fuente ^^, Ángel del Arco-^", Romero de Torres*®, 
Mélida*^, Marcelo Macías^^ Rodríguez Berlanga^*, J. Costa •'^^ Dubois", Alves 
Pereira^, Leite de Vasconcellos ^, Dodgson^', Dessau*'^ Cagnat^', Jullian'®^ 
Gómez Moreno ^1 y Brutails'^; y para completar la serie enumeraremos algunos 
de la lista interminable de epigrafistas y zahoris arqueológicos que van a caza 
de inscripciones; entre ellos están Sebastián Gómez Muftiz, Manuel Fernández 
López, Jorge Bonsor y Juan Fernández López ^^, Baraibar'^, Jiménez de la 
Llave ''^, Fiter^^, Martín Mínguez "^, José VillaamiH^, Rodríguez Díaz '3, Elias de 
Molins^^, Grinda***, Serrano Morales*^, vizconde de Palazuelos*^, León Guerra®*, 
Delgado^, Fr. Tirso López ^^, Chabret**", Morera**, Ramón Martínez*^, Roso de 
Luna^t^, Sanguinosas Urra^^, Jusué^^, Torres Amat^*, Jiménez de Cisneros®^, 
Moraleda96, Martínez Alcoy^^ BeUino^*, L. de Laigne^^, CastUlo^^», Paredes i^S 
Rocha 1^2, Vázquez Núñez^^^, Riaño de la Iglesia ^^'*, Navarro ^^^ GudioP^, 
Alzolaio^ Molina 10», Whishowi^^ conde de CediUo"'\ Vera"i, Figueiredo"-, 
Saralegui y Medina i^^, Blázquez^^^, Acedo '^^ y Puig"*^. 



El pueblo que interviene en los asuntos de la península, despertando las 
energías de los indígenas para hacerlas intervenir en el comercio mundial, to- 
mando parte en la vida de las naciones, y que va a imprimir su sello de raza 
fuerte, civilizada y expansiva, es necesario pensemos en cuáles condiciones llega 
a Iberia. Con elementos pelasgos e influencias helenas, recibiendo para su for- 
mación grandes núcleos arios, que constituyen su carácter latino, la pequeña 



LA CONQUISTA ROMANA 269 

república romana, evolución de una monarquía primitiva, hubo de abrirse paso 
para romper el círculo de hierro que la sofocaba en medio del Lacio; gracias a 
la solidez de su constitución y al valor imperturbable de sus habitantes triunfó 
de etruscos y latinos, se sobrepuso a una invasión celta que la llevó a dos milí- 
metros de su ruina, y vencida la muralla samnita y derrotado Pirro, se adueñó 
de la magna Grecia, luchi'j en el X. con los galos, y, por fatalidad histórica, había 
de tropezar en Sicilia con los cartagineses; era cuestión de dar el primer golpe, 
de invadir para no ser invadidos, y Roma triunfó de nuevo, conoció España, 
imperiíj que codiciosamente ocultaba Carthago, explotando silenciosa sus teso- 
ros. Iberia fué objeto de contienda, y estalló la segunda guerra púnica, con 
venturosos resultados para Roma. Humillada su rival, el camino se hallaba Ubre 
de obstáculos, Kspaña parecía una fácil presa y la república se disponía a con- 
(luistar aquel país fabuloso, de ingentes riquezas. 

Sensible es la pérdida de los libros polibianos que relataban las conquistas 
romanas después de la partida de Publio Cornelio Scipión; el historiador de 
Megalópolis, serio investigador de las cuestiones que trataba, había estado en 
lispaña, conocía el teatro de la lucha, y por eso es tan apreciable su relato de la 
toma de Caitagena, cuyas fortificaciones había visitado; parece ser que estuvo 
en la península con su amigo Scipión Emiliano, siendo más de lamentar la 
falta de tan preciosas referencias. Los autores modernos, entre ellos Niesse, con- 
vienen en la poca confianza que inspiran las noticias de Livio, siendo esto causa 
de la obscuridad de esta j^arte de la Historia de España, que requiere una inves- 
tigación detenida sobre el particular a fin de llenar el vacío y las indetermina- 
ciones de esta época. 

Al principio la señoría romana sólo se consolidó en la parte meridional, en 
la Turdetania y en las comarcas mediterráneas, teniendo como puntos de apoyo 
Tarraco, Sagunto y Carthago Nova, valiendo de mucho su alianza con Gades. 
Publio Cornelio Scipión sólo había dejado una organización provisional que 
debía modificarse con el tiempo, regularizando la administración de la provincia 
de una manera estable; sus sucesores inmediatos mucho quehacer tuvieron con 
los jefes indígenas, principalmente con los régukis ilérgetes Indivil y Mandonio. 
Si creemos a Livio, los romanos L. Lcntnlus y L. Manliiis Aridimis tuvieron que 
hacer frente a una sublevación de los caudillos indígenas, en la cual tomaron 
parte los ilergetanos y los ausetanos; dióse una batalla campal y en ella mu 
rió Indivil, siendo hecho i^risionero Mandonio, a quien 1<ís vencedores dieron 
muerte ^^^. 

El sucesor de Léntulo fué Lucio Cornelio Cetego, y aun más rudas fueron 
las luchas con los celtíberos y las tribus del interior, que se mantenían indepen- 
dientes. Los romanos gobernaban Iberia en la misma forma que lo habían hecho 
los cartagineses, explotando las ricas minas de plata próximas a Carthago Xova. 
Sólo en el año 197 (a. de J.C.) establecieron una administración regular; Hispa- 
nia fué dividida en dos provincias: la citerior y la ulterior; el confín que las 
dividía era el llamado saltus Castiilonensis (Sierra Morena). Para cada una de 
estas provincias fué instituida una nueva pretura; en general, la duración del 
cargo para los pretores hispánicos era de dos años y tenían potestad consular; 
sin embargo, en más de una ocasión la gravedad del caso obligó a los cónsules 
a dirigir personalmente la guerra. De todas maneras, el establecerse esta división 



270 HISTORIA I^E ESPAfiA 

era una medida jjubernaiiva meramente teórica y en el jiajjí 1, jnn .s los romanos 
no podían hacerse la ilusión de dominar Mspaña, cuando no hablan penetrado 
en el corazón de la península y apcMias se mantenían en el terreno (¡ue pisaban, 
con una hostilidad sorda de los indíi^^enas, que sólo esperaban una coyuntura 
para sublevarse. Las ciudades de la costa, más cosmojfolitas, menos hispanas 
por el comercio con ^t eg(js, fenicios y cartagineses, con reíinamientos de cultura 
y costumbres menos guerreras, no pusieron grandes obstáculos al poder de Roma, 
pero en cambio la lucha con el interior debía durar siglos antes de subyugar por 
completo a aquellos belicosos habitantes*"*. 



l.b conveniente conocer la situación de Roma en aquel entonces ¡/cw.i .em- 
prender los sucesos subsiguientes, pues servirá de explicación a la marcha de los 
acontecimientos. Roma, después de la segunda guerra púnica, y sobre todo a 
raíz de las campañas contra Filipo de Macedonia y Antíoco de Siria, había cam- 
biado radicalmente. La ansiada igualdad entre patricios y plebeyos era una 
ficción. El Senado se convierte en una asociación aristocrática en donde existen 
tres clases: la de los cónsules, la de los ex pretores y la de los nfi-nobles, que 
no tomaba parte en las deüberaciones activas; la clase de los caballeros se con- 
vierte en una reunión de nobles, y lo mismo pasa con el consulado, con el tribu- 
nado y con la censura, que son patrimonio de la aristocracia; pero no es la 
antigua aristocracia patricia, sino la nueva aristocracia plebeya, que se ha ele- 
vado por sus riquezas o que domina por sus triunfos con los Scipiones y Flami- 
ninos. Los gobernados son la clase plebeya pobre, que había constituido hasta 
aquel momento la fuerza y el prestigio del pueblo-rey. La clase media ha des- 
aparecido, y si existen los comicios por tribus y el derecho de intervención en 
la gestión del Estado, las masas eran pasivas y obedecían a la instigación del 
primero que llegase, y la ignorancia o la suerte decidían la votación. La causa de 
todo esto es el poder de las facciones o partidos que nacen en esta época, diri- 
gidos por los nobles, a quienes seguía la /ur¿fa 7nulla de sus cuentes, la mayor 
parte antiguos esclavos que se llaman libertos y forman el núcleo del pueblo 
romano. El estado de Roma se debe a las guerras de Hanníbal, que habían dado 
el triunfo al partido aristocrático, a los capitalistas, que inician la lucha entre el 
capital y el trabajo, llevando hasta el límite extremo la separación entre explo- 
tadores y explotados, y por la disolución de costumbres, originada con el contacto 
de la ruda civilización romana con la cultura oriental. 

El elemento antiguo, las instituciones y costumbres del pasado habían sido 
derrotadas; al lujo de unos cuantos sucedió la aspiración de muchos, el aumen- 
to de necesidades, el exceso de numerario, la carestía de la vida. El Estado 
se encontró pictórico y no sabía en qué gastar, mientras que el campesino y 
el provinciano de Italia erraba por los caminos muerto de hambre. La usura se 
ejercía en los campos y los aldeanos se sintieron empujados hacia Roma; la 
vida se hizo dura a causa de la lucha por la existencia, y a medida que la ciudad 
tomaba mayores proporciones, tenía que buscar los trigos para sustentarse. El 
contagio de los placeres fué universal; la lex Didia Cibaria y la lex Fama, 
contra las orgías, trataban de cortar en vano las intemperancias. La aristo- 



LA CONQUISTA ROMANA 27 1 

cracia antigua, degenerada por la crápula, y la generación nueva, constituida por 
jóvenes necios, llenos de deudas y ávidos de placeres. El ejército se desorganizó 
y se rehuía el servicio militar, porque el dinero se convirtió en poder supremo de 
la república. Dice, con razón, Ferrero, que de la lenta descomposición de una 
sociedad guerrera, agrícola y aristocrática, que había conquistado la hegemonía 
militar en el Mediterráneo, nació lo que de buen grado llamaríamos el verdadero 
imperialismo romano. La sabia política intervencionista, ideada por Scipión, se 
cambió, por temor, en feroz política de destrucción y de conquista. Este último 
punto interesa mucho a la marcha de las armas romanas en Hispana, pues, en 
efecto, el primer Africano había establecido un régimen de suavidad en las rela- 
ciones con los caudillos indígenas, de alianzas como la celebrada con Cades y 
de sistema cartaginés en cuanto al aprovechamiento, con el fin de no alterar el 
s(ahi qiio en lo que tuviera de beneficioso para los naturales, para conseguir una 
benévola acogida, sin olvidar los intereses de Roma, como lo prueba la colonia 
militar de Itálica, fundada por el mismo Scipión. Entre este ilustre ciudadano y 
Marcas Porcias Cato, natural de Tusculum (Frascati), hubo de entablarse una 
lucha, independiente del cambio moral de Roma, pero que tenía por base esa 
misma transformación, poríiue Catón quería representar la pureza de las anti- 
guas generaciones, luchar contra la corrupción reinante y ser enemigo impla- 
cable de las innovaciones y del helenismo triunfante, y en cambio Scipión, espí- 
ritu culto que no encontraba peligros en las nuevas orientaciones, proclamaba 
una política sabia, que, de haberse seguido, hubiera ahorrado a Roma mucha 
sangre y cuantiosos sinsabores; claro está que la realidad daba la razón al severo 
representante de la tradición, porque el enervamiento producido por el lujo y 
las ideas nuevas eran en perjuicio de los intereses políticos de Roma. La cues- 
tión se planteó en España cuando, sublevados los celtíberos, probablemente por 
exacciones muy en consonancia con la política de rapiña inaugurada a despecho 
de Scipión, los contingentes peninsulares lograron derrotar a los ejércitos roma- 
nos, perdiendo la vida en la refriega el pretor Sempronio Tuditano. La situación 
se hizo tan crítica que Roma envió al cónsul Marco Porcio Catón (196 a. de J.C.). 

La guerra celtíbera.— Los relatos del mando de Catón en Hispania difie- 
ren mucho entre sí, y marcan, como dice Niesse, la corrupción de las tradi- 
ciones más recientes. Kl autor más digno de fe es Plutarco, que en su biografía 
de Catón sigue a Polibio en una parte de su Historia que no ha llegado hasta 
nosotros; Livio copia a Valerio de Anzio, autor poco escrupuloso, de quien el 
mismo patavino se burla en otros pasajes. Plutarco dice que nombrado Catón 
cónsul con su amigo Valerio Flaco, le tocó en suerte el gobierno de la España 
citerior; allí comenzó a someter parte de los habitantes por las armas, atrayén- 
dose otros con la persuasión, hasta que fué asaltado de improviso por un nú- 
mero considerable de enemigos, estando a punto de sufrir un tremendo desastre. 
Entonces pensó en tomar a sueldo auxiliares celtíberos, y con su ayuda pacificó 
toda la provincia, consiguiendo una gran victoria y un éxito completo. En un 
solo día hizo arrasar las murallas de las poblaciones del lado acá del río Baitios 
o Bctis^^'^^. Si hemos de dar crédito a una frase del mismo Catón en sus escritos, 
había tomado más ciudades que días de permanencia en España; es probable 
que ésta sea una jactancia militar. Hábil administrador, tuvo un especial cuidado 



272 HISTORIA i,,, i-,. tÑA 

de sus tropas, pero tambií'n es justo consignar que su moralidad \ mi <j.miii< m-s 
fueron ventajosos para la provincia. Kué su sucesor el (¿ran Scipión, rival de 
Mar o Purcio; sabedor éste del nombramiento, sujeta a los laketanos y entrega 
el gobierno en tal forma (|ue Sci|jión permaneció inactivo, sin labor que emi>r(*n- 
der, pues a mayor abundamiento, el Senado aprobó lo hecho j)Or Catón y dio 
orden de (jue nada fuese modificado. 1.1 hecho de (jue Scipión sucediese a 
Catón no ha sido relatado por Livio, alterando, en cambio, lo acaecido. 

Schulten, en su libro sobre la guerra celtíbera, sostiene que Catón se vio 
precisado a luchar en Kmporion para poder entrar en su provincia y dice que 
toda la fuerza de los turdetanos estribaba en sus auxiliares celtíberos, por lo 
cual el cónsul se propuso castigarlos. Fué, por tanto. Chatón el primero que gue- 
rreó con los celtíberos, sitiando a Se^onlia (.Sigüenza?) sin resultado alguno. 
A Gellio debemos la mención de Numancia en esta guerra, y supone Schulten 
que regresando de Segontia, hacia el valle del Ebro, pasaría Catón \iOx Numan- 
cia, creyendo que el campamento más antiguo, hallado junto a Kenieblas, sea de 
la época de Catón. 

Puede decirse que, con grandes precauciones, sólo pueden admitirse las 
noticias, respecto a derrotas romanas, confesadas por sus historiadores; los triun- 
fos celebrados, tienen en su apoyo los fastos triunlales. Catón nos consta ob- 
tuvo los honores triunfales por sus campañas hispánicas. Livio nos habla de 
la derrota y muerte del pretor C. Atinio, sitiando Asta, que debe ser Hasta 
Regia, situada, según Emilio Hübner, en el lugar llamado hoy Mesa de Asia 
(término de Jerez de la Frontera) ^^. Su vengador fué el pretor Cayo Calpurnio, 
de (}uien cuenta el patavino portentosas hazañas ejecutadas para librarse del 
formidable cuncus celtíbero a orillas del Tajo, cerca de 'foleto; probablemente 
esta narración oculta algún descalabro ^^^ Lo mismo decimos de la victoria 
alcanzada por Q. Fulvio Flaco contra los lusones en Aebiiram, hoy Talavera la 
Vieja, siguiendo las sabias investigaciones del P. Fidel Fita'--. Entre los años 
193 y 192 el pretor de la ulterior M. Fulvio Nobilior somete a los oretanos y 
carpetanos. 

Durante las guerras con Antíoco surgieron sublevaciones en las provincias 
ulteriores. Paulo Emilio, el futuro vencedor de Perseo, en Pidna, fué enviado a 
España en calidad de pretor de la ulterior. Cuenta Plutarco que en vez de seis 
lictores, que precedían a los otros pretores, Paulo Emilio ordenó fuesen doce, para 
dar nuevo brillo y majestad al cargo. Venció dos veces en campo abierto, y dice 
su biógrafo que se debió el éxito a la habilidad del general, que ocupó oportu- 
namente sitios estratégicos y atravesando un río en momento propicio dio a sus 
tropas una victoria fácil. Conquistó para Roma 250 poblaciones y volvió a la 
metrópoli después de haber pacificado la provincia encomendada a su mando. 
Lo referido por Livio (Lib. XXXV-, 2, 6; XXXVII, 2, 11, 46, 47) difiere nota- 
blemente de la narración de Plutarco, que bebió en las puras fuentes polibianas; 
creemos con Niesse que las noticias del patavino son poco dignas de fe ^^^. El go- 
bierno de Paulo Emilio parece que duró desde el año 191 (a. de J-C.) hasta el 
año 189 (a. de J.C). El epítome Oxyrhinco y Orosio hablan de una derrota de 
Paulo Emilio sufrida en Lyco (Hugo junto a Castulo.^). 

Fué luego pretor en España Tiberius Senipronius Graccns, que sucedió en 
la citerior a O. Fulvio Flaco; con prudencia y cautela dominó a los aguerridos 



LA CONQUISTA ROSTA K A 273 

celtíberos, estableciendo tratados con las poblaciones indígenas. Muchas ciu- 
dades abrieron sus puertas, aceptando la amistad del pueblo romano; l.ivio cita 
la ciudad de Ergavica^^ y más adelante narra la sublevación que tuvo por 
centro a Complega el año i8i (a. de J.C). Tiberio Sempronio vendó a los 
rebeldes e impuso la autoridad del pueblo romano (179 a 178 a. de J.C.)- La 
narración liviana está tomada de Polibio. 

Schulten opina que las ciudades conquistadas por Graco se hallaban todas 
ellas en el valle del Jalón y en el alto Tajo; las principales son Miinda (Mune- 
brega?), Certima, Alce y Ergavica. Según Livio se dio una batalla "decisiva en 
Motis Chaunus (Moncayo?), y siguiendo a Appiano, no lejos de Contrebia, lo 
cual nos conduce a las cercanías de Bilbilis, al pie del Moncayo (Schulten). 
Consecuencia de esto fué la sumisión de los lusones, belos y titos, celebrándose 
un tratado con los arévacos. Los tratados de Graco contenían las siguientes 
cláusulas: i.", pagar tributo; 2.', contribuir las poblaciones con gente armada, 
y 3.^, obligación de no levantar nuevos muros. Hoffmann sostiene que Sempro- 
nio fundó la ciudad de Gracctirris, en los confines de Vasconia. Respecto a las 
poblaciones conquistadas, Livio dice fueron 103, Polibio señala 300, Orosio 305 
y Floro 105; probablemente, como dice Schulten, la mayoría serían pequeños 
castros. 

Desde este momento la latinización de la península fué cada vez más rápida, 
penetrando de S. a N. mediante un comercio activísimo con la metrópoli. Mucho 
hubieron de contribuir las buenas disposiciones de Tiberio Sempronio Graco y 
la benignidad de su gobierno, que atraía a los naturales a contraer alianzas con 
el pueblo romano y desde entonces las comunidades celtíberas se convertían en 
socii (aliados) de Roma. Las colonias fueron otro medio eficaz de propagar\el 
espíritu romano; a Itálica siguieron C arteia y más tarde Corduba. r 



Va indicamos que la política de Roma, después de las guerras púnicas, 
podía llamarse de intervenciones, apareciendo Ruma como libertadora de los 
jmeblos; sólo exigía de éstos oro, esclavos y tributos. Pero la prosperidad y 
los rápidos progresos del espíritu mercantil, gracias a la abundancia de metales 
preciosos, cambiaron poco a poco la antigua manera de vivir; el lujo cundió en 
Roma sustituyendo a la antigua sencillez; comenzaba la refinada culinaria de lar- 
dear volátiles y los ciudadanos llegaban ebrios a las asambleas. Roma se vio inun- 
dada de bellas esclavas, de hermosos efebos y de cultos orientales; se abrieron 
baños y el comercio de esclavos se organizó ea. gran escala, se ejercía la usura y 
la vida sencilla del pueblo antiguo cambiaba por momentos. Todo lo simboliza 
una política de perfidias y la invasión de las costumbres asiáticas. La perfidia 
era hija del temor y compañera de la codicia y daría como naturales con.secuen- 
cias la guerra de Carthago para destruirla, la lucha contra Viriato y la toma de 
Numancia. El espíritu mercantil había penetrado en los campé^mentos, relajando 
la disciplina; ya no era el antiguo legionario que luchaba con patriotismo y cons- 
tancia contra Hanníbal, los tiempos habían cambiado. La guerra de Perseo de- 
mostró en sus comienzos la degeneración de la milicia, y en Macedonia, como 
más tarde en la guerra numan.tina,. fué menester toda la energía de caudillos 

HISTORIA DE ESPAÍ5A. — T. I. — 35. 



2 74 



HISTORIA DE ESPAÑA 




Fig. 155.— Cueva ibérica dividida por un muro 
de ladrillo en la manzana IV (Numancia). 



experimentados para vigorizar el ejér 
cito y colocarlo a la altura moral de 
las circunstancias. I^s agiotistas eran 
insaciables, la sed de oro domiti ! 
las esferas de la actividad ciuda<l n 
y a esta época corresponde la rapaci- 
dad de los pretores en España para 
conseguir la consolidación de su ca- 
rrera política con inusitadas largue- 
zas. 

Acerca de la guerra de España, 
tenemos en este período fuentes más 
variadas; una narración completa nos 
la ha transmitido A p pian o Alejan- 
drino y a ella jjodemos agregar algu- 
nas noticias sueltas procedentes de 
los escasos fragmentos de Polibio, 
trozos dispersos de Diodoro y los 
epítomes de Livio, a los cuales hay 
que añadir los datos complementa- 
rios que nos suministra el papiro de 
Oxyrhinco, descubierto no ha mucho 
tiempo. 
Después de una paz bastante duradera, estalló en Iberia una guerra prolon- 
gada, producida por los errores y torpezas de los gobernantes y continuada p(jr la 
crueldad sin nombre de los generales romanos, que trataban a los hispanos como 
pueblo bárbaro e inferior; alcanzó la contienda tales proporciones que hubo de 
ocasionar a los romanos serios disgustos. Se sublevaron simultáneamente les 
lusitanos, los celtiberos, los belli, de la región de las fuentes del Tagus, cerca de 
Segida, y los litios, que se coaligaron con los aréi'acos, del territorio del Alto 
Duero, próximo a Numancia; el peligro era de los graves, y en Roma se decidió 
confiar el mando de las legiones a uno de los dos cónsules, Quintus Fulvtus No- 
bilior. Es posible puedan señalarse en este tiempo los hechos del caudillo celtí- 
bero llamado por Livio Olonico o Salondiaim, que enardecía a los suyos con el 
hastant argenteam ^'^. Poca fortuna tuvo Nobilior, pues bajo los muros de Nu- 
mancia fué varias veces derrotado; la primera vez el día de las Vulcanalie, 23 de 
Agosto del año 153 (a. de J.C.). La insurrección tomó entonces grandes pro- 
porciones, aunque los indígenas habían sufrido una pérdida dolorosa con la de 
su jefe Karos. 

El comandante Lammerer ha estudiado el campo de batalla donde fué 
derrotado Nobilior el día de las Vulcanalie y opina que la sorpresa preparada 
por los arévacos de Karos tuvo lugar en la explanada del Rituerto y en el macizo 
de montañas formado por los picos de la sierra de Santa Ana, con su prolonga- 
ción meridional el monte de Matamala, cerrado el camino por el E. con el ba- 
rranco de Baldano y teniendo al S. y al O. el Duero. Schulten cree haber 
encontrado los diversos campamentos de Nobilior; el primero, establecido 
durante su marcha, dice haberlo descubierto junto a Almazán, en la orilla iz- 



LA CONQUISTA ROMANA 275 

quierda del Duero, y es un campamento de verano. Nobilior, después de la 
derrota, se dirigió contra Numancia; los aré vacos eligieron dos jeíes numanti- 
nos. Ambón y Leucón, y se aprestaron a la defensa de sus hogares. El campa- 
mento de Nobilior, di^e Schulten, estuvo en la gran Atalaya, junto a la aldea 
de Renieblas. Los numantinos ofrecen la paz, Nobilior no la acepta y es derro- 
tado frente a Numancia a pesar de los elefantes que reforzaban su ejército. 

El sucesor de Nobilior, Marais Claudius Marcellus (152 a. de J.C), con- 
siguió llegar a un acuerdo cuyas bases fueron rechazadas por el Senado romano, 
el cual envió a España al cónsul Liuitis Licinius Luculliis (151 a. de J.C). 
La desorganización se demostró entonces porque la leva se hacía con dificultad, 
el espíritu militar había decaído y fué menester que Publio Cornelio Scipión 
Emiliano diese ejemplo alistándose en el ejército de Lúculo voluntariamente 
como tribuno militar. Entretanto, Qaudio Marcelo había obligado a los arévacos 
a someterse, lo mismo que a sus aliados, pero Lúculo reanudó la guerra atacando 
a los vacceos, hasta aquel momento amigos de los romanos; obtuvo pequeñas 
ventajas, pero provocó con aquella medida una nueva sublevación de los celtí- 
beros. Schulten dice ha descubierto el campamento de Marcelo en el cerro de 
Castillejo, a un kilómetro al N. de Numancia. Lúculo, prototipo de perfidia, 
engañó con mentidos tratos a los vacceos de Cauca, asesinando a la población 
indefensa. Atacó, sin tomarlas, las ciudades de Intercatia (junto a Villalpando) 
y Pallantia (Falencia), celebrando tratados de amistad con los naturales. Schul- 
ten coloca en esta época la aparición de Salandicus. 

Mientras tanto, los pretores de la España ulterior sostenían una lucha con- 
tinua con los lusitanos; los romanos fueron varias veces derrotados por el lusita- 
no Púnico, y la provincia ulterior y hasta las costas septentrionales de África 
fueron saqueadas por aquellos terribles guerreros, que bajaban de sus montañas 
llenos de valor y ardimiento (154- 151 a. de J.C). Por último, fué derrotado el 
pretor Servio Sulpicio Galba, pero habiéndose unido al cónsul Lúculo, empren- 
dieron ambos la ofensiva, obligando a los lusitanos a pedir la paz. El pretor 
Galba alcanzó en aquella ocasión una odiosa y merecida fama como pérfido y 
cruel, pues mandó dar muerte a muchos de aquellos infelices que habían depues- 
to las armas, y, para mayor ludibrio, ordenó el sanguinario pretor que los super- 
vivientes fuesen vendidos como esclavos; aun había en Roma pudor cívico y el 
infame gobernador fué acusado por el anciano Catón ( 149 a. de J.C.) ^**. 

Viriato. — Aparece ahora la figura de Viriato, reconocido por los testimo- 
nios múltiples de los historiadores romanos y griegos no como un capitán de 
bandoleros, sino, por el contrario, como un caudillo dotado de excelsas virtudes 
militares y de un instinto político admirable en un montañés salido de sus breñas 
para atacar a los enemigos de tribu. En medio de la leyenda heroica construida 
alrededor de la figura de Viriato, y de las anécdotas referidas por los clásicos 
acerca de las vicisitudes de la vida del pastor lusitano, resaltan las cualidades del 
jefe indígena y la impotencia de las legiones romanas ante la organización y las 
genialidades militares de Viriato. La guerra emprendida por el caudillo lusitano 
se basaba en el conocimiento del terreno y en no presentar batalla sino en sitio 
favorable, rehuyendo los grandes encuentros, hostigando de continuo al enemi- 
go con luchas parciales en que la habilidad táctica y el arrojo de los peninsulares 



276 HISTORIA DE ESPAÍÍA ' 

obtenían positivas ventajas para el ataque, pues los favorecía la menor movilidad 
de las legiones; tenían los españoles seguridades evidentes en caso de retirada, 
confiándola a la ligereza de sus corceles y a un sistema de dispersión cuyo secre- 
to poseían. Focio nos ha conservado un fragmento de Uiodoro "^ en el cual se 
resumen las cualidades de Viriato, cuya ñgura, sublimada en la antigüedad clá- 
sica, alcanzó proporciones excepcionales que demuestran en medio de su exage- 
ración el carácter y la fisonomía moral del jefe hispano. 

Estudio interesante sobre Viriato es el de Iloffmann""', escrito en latín y 
que tiene en cuanta toda clase de fuentes, examinando las aportaciones que al 
conocimiento del asunto pueden utilizarse en Floro, Eutroi)io y en los fragmen- 
tos de Dion Cassio salvados en la narración de Juan de Antioquía; trabajos inte- 
resantes relz^cionados con las guerras hispanas son los de Nissen^**, Wilsdorf***, 
Kornemann ^31 y Schulten^^^. El libro de Arenas López*''' sobre Viriato no se 
halla al tanto de las opiniones modernas sobre el asunto, pero tiene más de una 
consideración apreciable. 

Intimamente unidas las campañas de Viriato con la guerra celtíbera, con 
dificultad pueden separarse de ella. Hemos de lamentar las contradicciones y 
problemas críticos que surgen de continuo al tratar de las guerras lusitanas; la 
causa se deriva principalmente de no haber llegado hasta nosotros un relato 
completo sobre Viriato. La mejor fuente es Appiano, que quizás procede de la 
narración polibiana, pero las lagunas del alejandrino tienen que suplirse con 
fragmentos de Diodoro y pasajes de Frontino, Cicerón (De officiis), Eutropio, 
Dión, Valerio Máximo y Aurelio Víctor. 



Los lusitanos habían vuelto a sublevarse, renovando los saqueos acostumbra- 
dos; el pretor Gaius Vctilius había alcanzado algunas ventajas, pero en cuanto 
apareció en escena Viriato, la marcha de los acontecimientos varió por completo; 
a la pericia del caudillo se añadía la unidad de acción que hasta aquel momento 
había faltado. Vetilio fué derrotado, hecho prisionero y muerto. Desde este 
hecho la fortuna de Viriato sigue sin ecHpsarse durante ocho años, aniquilando 
los ejércitos de la república. Según Kornemann, a Vetilio, que gobernó un año 
(147-146 a. de J.C.), sucede Gaius Plautius, que sufre una tremenda derrota en 
campo abierto, junto a Ebora; a este pretor reemplaza Claudio Unimano, que, 
atacado por Viriato, corre la misma suerte que sus antecesores*^. Aurelio 
Víctor dice que después de Unimano fué vencido C. Nigidio. Es tal el peli- 
gro de las campañas afortunadas del lusitano, que Gaio Lelio, llamado en Roma 
Sapiens, siendo gobernador de la España citerior interviene para contener los 
éxitos de Viriato y es el único que con su prudencia logra sostener la guerra sin 
desdoro para Roma (145 a de J.C.). La república no tolera por más tiempo que 
un capitán de ba?ididos, como llamaban a Viriato, tuviese humilladas las armas 
romanas; en el año 145 (a. de J.C. ), el cónsul Quintus Fabius Maxinms Emi- 
lianus es enviado a España. Establece sus cuarteles en Urso (Osuna), y unido a 
Lelio, logra rechazar a Viriato hasta Ebora. El pretor de la ulterior, Quincio, fué 
derrotado el año 142 y el cónsul L. Cecilio Mételo en 141. Otro cónsul que luchó 
contra el lusitano es C. Ouinttis Fabius Maximus Servilianus (140 a. de J.C.J, que 



LA. .CONQUISTA ROMANA 



277 





FiK. 156. 



La Ciudad encantada (Cuenca), donde, según Arenas, 
fué incinerado el cadáver de Viriato. 



venció a Viriato 
en el primer en- 
cuentro; pero 
como las derro- 
tas de éste eran 
más bien nega- 
ción de victorias 
que no habia 
podido obtener, 
y una fuga a 
tiempo descon- 
certaba al ene- 
migo y le impe- 
día sacar fruto 
de su triunfo, 
los hispanos, 
por esta razón, 
se reponían con 
facilidad de sus 
descalabros. Al 

poco tiempo, el cónsul fué vencido y copado su ^ército en un desfíladero, vién- 
dose obligado a celebrar una paz con Viriato, en la cual se reconocía a éste 
amigo del pueblo romano; pero su hermano y sucesor, Quintiis Senilius Capto, 
provocó la rescisión del tratado. AuxiUado por el cónsul Marco Popilio Lenas, 
que mandaba en la España citerior, penetró victorioso en la Lusitania; Viriato 
se vio obligado a someterse. Pendientes las negociaciones, el cónsul sobornó a 
tres legados del caudillo, que a su regreso le asesinaron en su tienda mientras 
dormía ( 1 39 a. de J.C.). Los lusitanos nombraron jefe a uno de los suyos llamado 
Tántalo, que no pudo oponer gran resistencia y cayó prisionero de los romanos 
al efectuar una correría. 

La expuesta anteriormente es la opinión de los autores alemanes Hoffmann, 
Schulten y Niesse, pero frente a ella se hallan las hipótesis de Arenas López, que 
vamos a resumir brevemente. Para este autor, Viriato no es lusitano de la Lusi- 
tania portuguesa, sino de la llamada por él celtíbera, fundándose en que los 
romanos no habían llegado al Atlántico ni a la región del actual Portugal y 
tratando de probar que el teatro de las campañas de Viriato fué la Celtiberia. 
A veces parece significar que el caudillo fué lusán. Fundándose en Eutropio, 
afirma que la lucha contra Vetilio se desarrolló entre el Ebro y el Tajo, o sea 
en la divisoria de ambos ríos, en las parameras de Molina, donde tenían su 
asiento los lusones; la Tribola de que se habla en esta guerra es, para Arenas, la 
Turbóla, capital de los turboletas, hoy Teruel. Vetilio se retira a Carpesios, que 
no es Cádiz ni Carteya, en la Turdetania, sino Carpesa, actual población situada 
en las márgenes del Turia. Cuando llega Plaucio se halla Viriato en la parte del 
Tajuña o Henares; Viriato sitia a Segovia (Frontino) y se da una batalla en el 
Mons Veneris, en los confines de la Oretania (Jaén). Q. Fabio Máximo, hermano 
de Scipión Emihano, llega a Orsona, que no es Osuna, sino Etesis, población 
de la margen derecha y baja del Ebro; sitia a Viriato en Baicor, que debe ser 



278 HISTORIA DB ESPAÑA 

Bacor, molino y caserío en las proximidades de Ila/a. \ iriaio se apodera de 
7«r«'(M artos) y liberta a la ciudad de Baeza. l'or últim<», Arenas dice haber 
encontrado el sitio donde fué cremado el cadáver de Viriato en la famosa pira; 
este sitio es la Ciudad encantada, en la provincia de Cuenca. 

La tesis de que los lusitanos son iberos ha sido probada por Schulten. Gran 
parte de los hechos de armas de Viriato es verdad que tuvieron su realización 
en tierra celtíbera; también es cierto que cuando escribieron la mayor parte de 
los autores que relatan los sucesos de Viriato, la Lusitania comj)rendía el curso 
medio de los ríos Duero y Tajo. Además, los romanos no habían llegado ai 
territorio del actual Portugal, si bien esto no es C(jncluyente para probar que 
Viriato no procediese, como afírma Diodoro, de las orillas del Océano. Es un 
punto discutible, por más de un concepto interesante y que aun está por resolver. 

El cónsul Décimo Junio Bruto acabó la guerra lusitana (138a 136a. de J C), 
pues con el auxilio de una flota sometió la costa de Lusitania y llegó hasta el rio 
Minho (Minius) sometiendo a los j^alUeci, por lo cual se le dio el nombre de 
Gallacus. Fortificó la ciudad de Olisipo (Lisboa), fundando también en la costa 
del Mediterráneo la ciudad de Valentía (138 a. de J.C.) y poblándola con lusita- 
nos, antiguos soldados de Viriato, en calidad de colonia de derecho latino. 

Numancia. — Desde época muy remota había interesado el emplazamiento 
de la ciudad heroica que resistió con valor indomable la pujanza de Roma. Desde 
Loperraez^^ hasta las primeras excavaciones practicadas en el cerro de Garray*** 
había transcurrido cerca de un siglo. Referencias no directas de Numancia hacen 
Pujols Camps^^T y Rabal ^'**; el profesor Adolf<j Schulten 1*^ publica en 1905 sus 
primeros artículos en Alemania, en el Bulletin Hispanique aparecen luego otros; 
el año 1914 da a la estampa, en castellano, su folleto: Mis excavaciones en Nu- 
mancia, y el mismo año, en Munich, se publicaba el primer tomo de una obra 
de grandes alientos, cuyo asunto principal era la guerra celtíbera. No han des- 
cansado tampoco los peninsulares, y prueba de ello son los varios artículos de 
Mélida ^^<^, el estudio publicado en el Instituí itEstudis Catalans^^^, los tra- 
bajos particulares que más o menos directamente se relacionan con Numancia, 
como los de Vera^*^^ Simón **3, conde de Romanones^*^, Fita^** y Casimiro de 
Govantes^*^. El año 191 2 la Comisión ejecutiva de las excavaciones publica una 
memoria ^^'^j en 191 5 salen a luz unos artículos sobre los arévacos escritos por 
Sentenach ^^^ y un libro de polémica periodística de Gómez Santacruz ^^^, discu- 
tiendo con tono poco mesurado algunas conclusiones de Schulten. No podemos 
omitir las monografías artísticas y literarias de Pedro París ^^, entre las cuales 
hay una dedicada a Numancia, y unos artículos apreciables de González Simancas. 

* 
* * 

Permítasenos que al llegar a la lucha titánica sostenida por una sola ciudad 
contra el poder del más grande Estado de la antigüedad, demos unas breves 
noticias de las importantísimas excavaciones y descubrimientos de estos últimos 
años en el solar de la gloriosa ciudad celtíbera. 

Hállase situado el cerro de Garray al E. del río Duero, el Durius de los roma- 
nos, que pasa por su falda; al SO. el arroyo Merdancho. Está el citado cerro en 



LA CONQUISTA ROMANA 



279 




FiR. 157.— Silo romano revestido de piedra ( Numancia ). 



medio de un vasto an- 
fiteatro formado por 
las montañas de las 
sierras Cebollera y del 
Almuerzo, y a 7 kiló- 
metros al N, de la ciu- 
dad de Soria ^'^^ En 
tal sitio estuvo Nu- 
mancia y no en Za- 
mora, como también 
se ha sostenido; los 
arévacos, que eran de 
estirpe celtíbera, po- 
blaron en este lugar, 
como lo prueban, fun- 
dados en Strabón y 

Ptolomeo, el cronista Ambrosio de Morales, Juan Loperraez, Fr. Francisco Mén- 
dez y el insigne P. Flórez. De la misma opinión fueron Juan Bautista Erro, Ceán 
Bermvidez en el Sumario de las anti^iedades romanas, y Miguel Cortés y López 
en su Diccionario ae ¡a Espaita Antigua. Al ingeniero-arqueólogo D. Eduardo 
Saavedra le estaba reservada la gloria de ser el primer explorador de Numancia ; 
sus trabajos para señalar el Itinerario de Antonino de Astúrica a Césaraugusta,*y 
en particular para fijar el trozo comprendido entre Uxama (Osma) y Augustó- 
briga (Muro de Agreda), fueron el camino para hallar, como mansión indicada 
en el mismo, la ciudad de Numancia. Los primeros trabajos emprendidos por el 
Sr. Saavedra el año 1860 fueron secundados por una comisión nombrada por la 
Academia de la Historia, en la cual figuraba el arqueólogo D. Aureliano Fer- 
nández Guerra, que ayudó eficazmente al ilustre iniciador de los trabajos; fruto 
de esta primera labor fueron dos interesantísimas memorias que contenían el 
relato de los descubrimientos efectuados y consagraban la hipótesis de la Nu- 

mancia soriana. La 
falta de numerario hi- 
zo que las exploracio- 
nes languideciesen un 
tanto; la Academia 
de la Historia decla- 
raba en 25 de Agosto 
de 1882 monumento 
nacional las ruinas de 
Numancia. El año 
1905 había de ser me- 
morable para las in- 
vestigaciones numan- 
tinas, pues habían de 
recibir inesperado im- 
pulso gracias a la ac- 
Fig. 158.- Calle ibérica con su empedrado, sus pasaderas y acera «-ívJHoH Hp. Ins inv#><ti- 

izquierda. A la derecha, restos de casas romanas (Numancia). uviudu uc lus luvcau 




28o HISTORIA DE £SPAÍ)a 

gadüíes alcmaius Adolfo Schulten, profes(»r de Historia de la Universidad de 
Gotinga, y Constantiníj Kcinen, arqueólogo del Museo de lion; los trabajos esta- 
ban subvencionados por el emperador de Alemania, Guillermo II, que corres- 
pondía en esta forma a su nombramient(i de coronel honorario del regimiento 
de dragones de Numancia. En una primera memoria, el Sr. Schulten da cuenta 
de haber reconocido el emplazamiento de la ciudad, sus calles, los cimientos 
de las casas romanas; debajo, en otra capa de tierra roja, había escombr'»s de 
una ciudad anterior, destruida por un incendio, y en ella había recogido restos 
de cerámica pintada de carácter ibérico; se confirmaba, por tanto, que esta 
ciudad era la Numancia destruida por Scipión en el año 133 (a. de J.C.). 
En 1906 descubría el sabio germano los campamentos sitiadores de Numancia 
en los sitios llamados Peña RcdomLi, Castillejo, Peñas Alias, VaUievarrón. 
Campo de las Travesadas, La Vega, Alto Real, Alto de la Dehesilla y /^ Gran 
Atalaya. La comisión ejecutiva de las excavaciones, con una subvención inicial 
de 15.000 pesetas y con la inteligente dirección de D. Juan Catalina García, hasta 
su muerte, y hoy bajo la sabia inspección de D. José Ramón Mélida, ha com- 
pletado las exploraciones alemanas. Estudia las tres poblaciones numantinas: la 
neolítica, representada por objetos de piedra característicos; la ibérica, de los 
arévacos, con sus utensilios de hierro, y la romana. Al presente está ya deli- 
mitada la topografía de la ciudad, y continúan las excavaciones, que aumentan 
la riqueza del nuevo Museo Numantino, establecido en Soria gracias a la muni- 
ficencia de I). Ramón Benito Aceña. 



El asedio de Numancia es uno de los acontecimientos mejor conocidos de la 
Historia; poseemos íntegra la narración de Appiano Alejandrino, "I^T,ptiff|, el 
cual, sin duda, tomó las referencias directas de Polibio, testigo presencial de los 
sucesos,, puesto que acompañó en el cerco a su amigo el gran Scipión. Pohbio 
escribió un trabajo especial acerca de la guerra numantina. Los fragmentos 
de Diodoro proceden de Poseidonios, que trató también sobre el mismo 
asunto, pero discrepando en mucho de la narración polibiana, pues escribía 
inspirado por el círculo de Pompeyo, uno de los caudillos de la guerra 
contra Numancia. Una tercera corriente de información es la analística conden- 
sada por Livio, que utilizó los analistas contemporáneos; de esta cepa proceden 
las Pej'iochcB, Floro, Dión Cassio, Orosio, Eutropio y De viris illustribiis. Líneas 
aisladas, que principalmente se refieren a Scipión, se hallan en Valerio Máximo, 
Frontino, Séneca, Plinio y Vegecio. Importantes son también los fragmentos de 
las sátiras de Lucilio, estudiados por F. Marx. El tribuno militar P. Rutilio Rufo 
ha descrito la guerra en dos obras; se conserva un fragmento. Entre otras es de 
lamentar la pérdida de la biografía de Scipión escrita por Plutarco. 

Bellos, ticios y arévacos se habían sublevado; Roma envía contra ellos a 
Qicintus Cicüius Mete Ibis,. qvi& venía a España precedido de fama por sus triun- 
fos en Macedonia. Mételo se apodera de Nertóbriga, Centóbriga y Contrebia 
(Daroca), arrasa el país y lo conquista; sólo Termancia y Numancia se le resis- 
ten, esta última sobre todo, cuya posición ventajosa, rodeada de espesos bosques, 
en una colina defendida por dos ríos, verdadera acrópolis con una sola vía des- 








I 1 



:/: = 



2 ^ 



LA CONQUISTA ROMANA 



28t 




Fig. 159. — Calle y casas ibero-romanas ( Numancia ). 



cendente y obstruida con fosos y barricadas, podía considerarse como inexpug- 
nable, tanto más cuando la ocupaban ocho mil hombres aguerridos, dispuestos 
a mantenerse independientes. 

Mételo cede el puesto que había desempeñado durante un año (143-142 
antes de J.C.) a su enemigo mortal el cónsul Quintus Pompejiis Aiiliis (141-140 
antes de J.C); éste ataca a los numantinos, al principio algunos encuentros favo- 
rables le enardecen, pero luego las emboscadas, las sorpresas, la guerra incesante 
lo irritan, vuelve sus armas contra Tennantia y sufre un descalabro; airado, se 
dirige contra Malia y se apodera de ella, acuchillando una guarnición de nu- 
mantinos que la defendían (140 a. de J.C). Regresa a Numancia, pero son vanos 
sus esfuerzos para apoderarse de la ciudad; pacta con sus habitantes, pero su 
sucesor el cónsul Marcus Popilitis Líenas no respeta los tratados (139-138 antes 
de J.C.) y el Senado no quiere ratificarlos, aunque son favorables a Roma. 
Schulten dice haber descubierto el campamento de Pompeyo en el central de 
los tres del cerro de Castillejo. Popilio ataca á Numancia y sufre un descalabro. 
El cónsul Hostilius Mancinus reanuda las hostilidades y el desastre de las armas 
romanas llega a un límite nunca visto desde las Horcas Caudinas; derrota tras 
derrota, el cónsul es sitiado en su propio campamento, huye de noche y se refu- 
gia en las antiguas fortificaciones de Nobilior; por último, un tratado vergonzoso 
permite la retirada a un ejército donde había veinte mil ciudadanos romanos 
(137 a. de J.C. Roma, indignada, envía al cónsul Marais Emiliiis Lepidus, que 
llega acompañado de Décimo Bruto, y ambos, contra la voluntad del Senado, 
atacan Pallantia, aliada de los numantinos, y son derrotados; Lépido se discul- 
pa con Mancino, que es entregado desnudo a los numantinos, rememorando los 
tiempos en que fueron entregados los veinte generales a los samnitas; Numancia 

HISTORIA DE ESPaSa. — T. I. — 36. 



282 



HISTORIA DE ESPAftA 




Fig. IliU. \at.i) ibcricu ilucurudu 
(Nutnancia). 



devuelve la persona de Mancino y el Senado im- 
pone una multa a Lépido. Schulten sostiene que 
<iuien entregó a Mancino a los numantinos fué 
Furio Filón (sucesor de Límpido), que también 
hubo de ser derrotado i>or los vacceos ( \ xd antp«i 
de J.C. . 

El año 135 (a. de J.C.j, el cónsul Ouinio Cal- 
purnio Pisón emprende de nuevo las hostilidades, 
pero ya con más cautela y prudencia; se limita a 
devastar el territorio de Pallantia y la región de 
los vacceos. Roma cree llegada la hora de acabar 
con aquella guerra, que constituía un bochorno 
para la república y una vergüenza para sus legio- 
nes; Publins Cornelius Scipio Emilianus, hijo del 
pretor de Híspanla, Paulo Emilio, y nieto adoptivo 
del Africano, llega a la península con la celebridad 
de un nombre consagrado por la destrucción de Carthago. Le acompañan cuatro 
mil voluntarios y eleva su ejército a sesenta mil hombres para rendir aquella 
pequeña ciudad que desafiaba todo el poder de la vencedora del mundo. Se 
preocupa ante todo del ejército; hacía falta una depuración y una disciplina, 
y para ello Scipión desterró el lujo de los campamentos, expulsó a los mercade- 
res, las cortesanas y los adivinos, que embrutecían al legionario, lo entregaban 
viciado, inerme y sin vigor a la bravura indómita de un adversario de costum- 
bres sencillas, de temperamento fuerte y de ardor incansable. Reduce los ali- 
mentos, suprime los baños olorosos y los cómodos lechos; con la templanza 
renace la disciplina. Scipión, fríamente, con cálculo y precisión, se decide a tomar 
la ciudad por el hambre y para conseguirlo establece el bloqueo. El sistema de 
circunvalación continúa sin descanso, y a los ocho meses el hambre, ese enemigo 
terrible, ha hecho estragos en los numantinos. Hoy conocemos los siete campos 
fortificados de Scipión; en Castillejo estuvo é\. pretoriiim del general romano, 
y allí esperó impávido que el tiempo, gran consejero e inmenso factor, hiciera 
sus efectos en la ciu- 
dad sitiada (133 an- X 
tes de J.C). -i 

Ni por un mo- 
mento puede rega- 
tearse el sublime he- 
roísmo de estos fieros 
indígenas, que, aca- 
badas sus provisiones, 
comieron cuero coci- 
do, luego los cadá- 
veres de sus compa- 
ñeros, y al fin se ma- 
taron entre ellos para 

no entregarse al ven- pjg jgj _ Trompetas'ibéricas de barro negro, blanco y rojo 

cedor; pidieron ca- (Numancia). 




LA CONQUISTA ROMANA 



283 




Fig, 182.- Trompetas 



pitulación honrosa, y 
no concedida ésta, 
con asombro de los 
romanos hicieron una 
sahda general, esfuer- 
zo supremo que aterró 
al vencedor al con- 
templar aquellos seres 
escuálidos, con ojos 
extraviados, como 
cadáveres ambulan- 
tes, de aspecto térro 
ríficü, que luchaban 
con la muerte para 
dar su último aliento 

|jor la independencia de la patria. Con ese combate supremo se inmortalizaron 
los nombres de Rhetógenes, Avaro y Theógenes, heroicos caudillos numanti- 
nos. Del incendio de Numancia no puede dudarse, los testimonios de piedra 
son más elocuentes que los historiadores; Appiano no habla del incendio, Orosio 
y Floro sí : los numantinos, antes de rendirse, quemaron sus viviendas. En los 
escombros se encuentran las huellas de un fuego destructor; se nota la capa 
de tierra prensada que envuelve a la ciudad celtíbera, los ladrillos descom- 
puestos por la acción del calor, las cenizas, los carbones de encina y de pino 
calcinados. La capa es de metro y medio, dice Mélida, y se encuentran piedras 

desgajadas y construcciones enne- 
'^recidas por las llamas. 

Pero aquellos caníbales heroicos 
eran también artistas, como afirma 
Pedro Paris, pues en las ruinas de la 
ciudad ibérica se han encontrado 
restos de una vajilla con pinturas re- 
presentando aves quiméricas y caba- 
llos fabulosos, vasos elegantísimos, 
copas ornamentadas que sirvieron 
quizás para la última libación de ca- 
lía antes del postrer combate. Las 
armas halladas son relativamente 
pocas; se han encontrado espuelas, 
escamas de coraza, hebillas de cin- 
turones, fíbulas, pendientes de oro, 
una cuchara de bronce, monedas 
ibéricas o romanas, algunas lámparas, 
molinos de mano, pequeños objetos 
de hierro; sólo pueden citarse como 
armas un pilum bien conservado de 

Ficr ift^ t>..«oWK • ^ V.- setenta centímetros de largo, otras 

rig. 163. — Puñales ibéricos de hierro, con vaina . ° 

de bronce decorada (Numancia). menos interesantes, como puntas de 




284 HISTORIA DE ESPAÑA 

flechas, balas para honda, de materia arcillosa, jiroyectiles de balista, procedente 
todo de Peña Redonda y Castillejo. De las Travesadas es una bala de cata- 
pulta en buen estado de conservación, una hoja de puñal y flechas. Ultima- 
mente se han descubierto silos, cuevas ih/'ricas, nuevos vasos, puñales y trom- 
petas ibéricos. 

Las conclusiones de Schulten se referían al hallazj^o de siete cam|)amentos 
sitiadores de Numancia, de los cuales los más importantes eran, para el profesor 
germánico, el de Castillejo, donde creyó encontrar el cuartel general de Sci- 
pión, y el de Peña Redonda, campamento mandado j)or su hermano Fabio 
Máximo. Kn Renieblas, en la colina llamada la Gran Atalaya, encontró cinco 
campamentos más, uno de ellos cree Schulten fuese el de Nobilior, dos más anti- 
guos conjetura pudieron ser construidos por Catón el Censor en la guerra celti- 
bérica, y los dos restantes son más modernos que la guerra numantina. Dos 
nuevos campamentos halló el citado investigador: uno en Almazán, que atribuye 
a Nobilior, y otro en Aguilar, que puede también tener relación con la guerra 
contra los celtíberos. Recientemente, González Simancas y Gómez Santacruz sos- 
tienen que muchos de los campamentos de circunvalación descubiertos por 
Schulten formaban parte del radio de la ciudad y, por lo tanto, eran elementos 
defensivos de los sitiados. Así Gómez Santacruz declara que Peña Redonda, 
Valdei'arrón , Travesadas , Castillejo, Alto Real, Dehesilla y Raya no pudieron 
ser campamentos scipionianos porque formaban parte del recinto de Xumancia, 
siendo ibéricos la mayoría de los objetos allí encontrados. El campamento de 
Scipión estuvo, según este autor, en Renieblas, en la Atalaya. Coincide Gonzá- 
lez Simancas con Gómez Santacruz en considerar elementos defensivos de los 
numantinos los sitios mencionados, pero advierte que aquellas defensas debie- 
ron caer en poder del sitiador, convirtiéndolas en campamentos establecidos de 
una manera muy diversa a la castramentación romana, hecho este último ya 
observado por Schulten. Para González Simancas el campamento de Scipión se 
halló en la Gran Atalaya de Renieblas y el de su hermano a retaguardia del alto 
de la Dehesilla. Por fin, Simancas ha señalado sabiamente el emplazamiento de 
los muros de Numancia. 



Vuelto a Roma, Scipión Emiliano había de tomar parte en las luchas interio- 
res, declarándose partidario de la aristocracia y aplaudiendo, en cierto modo, el 
asesinato de su cuñado Tiberio Graco, antiguo tribuno de Hostilio Mancino, 
que había defendido en Roma el cumplimiento del tratado con Numancia. Las 
luchas interiores debían durar largos años, dividiendo las fuerzas de la repú- 
blica; España durante este tiempo permaneció aparentemente tranquila y some- 
tida. Si en aquellos tristes momentos de convulsiones internas hubiera intentado 
alguna sublevación general, sin duda que su actitud hubiese puesto en grave 
riesgo al poder romano. 

El año 122 (a. de J.C.) Quinto Cecilio Mételo sometió las islas Baleares al 
dominio de Roma. Sus habitantes se dedicaban a la piratería, haciendo muy 
difícil la navegación por aquellos parajes. Las islas fueron agregadas a la España 



LA CONQUISTA ROMANA 28$ 

citerior y en la de Mallorca se fundaron, con colonos romanos venidos de la 
península, las ciudades de Palma y Pollentia. 

La famosa invasión de los cimbrios y teutones produjo revueltas en las 
provincias, a cuya protección Roma no pudo atender debidamente, por cuidarse 
de su propia existencia. España fué de las que más tuvieron que sufrir, viéndose 
invadida por aquellas hordas nórdicas, que recorrieron su territorio devastán- 
dolo por espacio de algunos años, hasta que unidos los celtiberos lograron con- 
tener a los invasores, haciéndoles repasar el Pirineo. La consecuencia de esto fué 
el que se turbase la tranquilidad de España, renaciendo las guerras de celtiberos 
y lusitanos contra los romanos. El procónsul Tito Didio sostuvo una lucha 
encarnizada contra los arh'acos y celtiberos, en la cual ambos combatientes 
dieron muestras de singular ferocidad (97 a. de J.C.); Gaio Valerio Flaco, suce- 
sor de Didio, tuvo también que guerrear con aquellos pueblos. En la provincia 
ulterior, los lusitanos seguían dando señales de vida, siendo vencidos por Publio 
Licinio Craso (92 a. de J.C). 

Sertorio. — Los autores alemanes se han interesado también de una manera 
particular por las guerras sertorianas y por la figura del caudillo. Al estudiar las 
fuentes de la época, no pueden menos de ocuparse de Sertorio; así merecen una 
especial mención los trabajos de Bienkowski^**, Maurenbrecher *^, Drumann ^", 
üronki*'^'^, Mommsen ^'^*', Smits'*'' y Edler^^*. El mejor estudio sobre Sertorio se 
debe a la pluma de Guillermo Stahl ^^^. Este escritor estudia con gran deteni- 
miento y crítica sagaz las fuentes sertorianas, estableciendo una génesis de infor- 
maciones muy científica. Desgraciadamente se han perdido las historias de 
Salustio, no conservándose más que fragmentos; de él procede la relación de 
Plutarco'^ y de éste Zonaras^^^; de la narración salustiana ^^* nacen Exuperan- 
tius y probablemente Strabón; quizás el mismo Salustio huya tomado mucho de 
V'arrón ^^^ en lo que se refiere a Pompeyo; de estirpe varroniana es la narración 
de Appiano^". En cuanto a Livio, procede de Varrón y Galba; directamente de 
Livio nace el relato de Veleyo Patérculo y del epítome liviano ^^ las Periochas^^, 
Eutropio, Floro y Orosio. 

La rivalidad entre Mario y Sulla debía tener con el tiempo su repercusión 
en España; Cayo Mario había servido bajo las órdenes de Scipión en Numancia 
y luego fué pretor de la provincia citerior. El famoso marianista Sertorio militó 
como tribuno con el cónsul Didio, pudiendo decirse que apenas existió perso- 
naje romano de alguna importancia, exceptuando Sulla, que no hubiera estado 
en España. 

Cinna, cónsul partidario de Mario, se disponía a luchar al frente del partido 
democrático, aprovechando la ausencia de Sulla, empeñado en la guerra contra 
Mitrídates. Sertorio, fiel aliado de Cinna, obtiene el año 83 (a. de J.C.) la España 
citerior y la pretura. Precavido y prudente, está seguro de que la victoria defini- 
tiva la obtendría Sulla a su regreso de Oriente, por lo cual se dirige a España 
en espera de los acontecimientos, dispuesto a organizar la resistencia. 

Era Quintus Sertorius natural de Nursia, en la Sabina; dedicado primero al 
foro, cuenta Plutarco, su biógrafo, que prefirió la carrera de las armas, distin- 
guiéndose en la guerra contra los cimbrios, en España, y en la guerra social, 
gobernando la Italia superior como cuestor (90 a. de J.C). El historiador de 



286 msTomiií dr españa 

Cheronea nos lo presenta como militar valeroso e inteligente, dispuesto sicmj)re 
a sacar jiartido de los errores del adversario, admirable organizador de sus con- 
tingentes, de bravura sin igual en los combates, como lo demostraba el haber per- 
dido un ojo en las luchas itálicas; así, por coincidencia del azar, era tuerto, f f.nv 
lo fueron el astuto Filipo, v\ inteligente Antígono y el gran Ilanníbal. 

Sulla comprendió que un enemigo tan peligríjso no convenía a sus intcr< sot» 
se hiciera fuerte en España, y destruido el partido de Mario en Italia, envió 
contra Sertorio a Cayo Annio, que, forzando el paso de los Pirineos, defendido 
por Salinator, lugarteniente de Sertorio, obliga a éste a refugiarse en Carthago 
Nova y luego a dejar España, ocurriéndole mil vicisitudes y peripecias, entre las 
cuales figura la proposición que le hicieron de acogerse a las islas Afortunadas 
(Canarias). Pasa al continente africano, pues la Mauritania so conservaba afecta 
al partido marianista; allí entra al servicio de un príncipe indígena y cobra gran 
renombre conquistando Tingis (Tánger). Llamado después por los lusitanos 
sublevados, regresó a la península llevando consigo soldados romanos y auxi- 
liares de Mauritania, con los cuales formó un pequeño ejército en condiciones 
de hacer frente al enemigo, no en batallas campales, pero sí en una lucha de 
guerrillas qué resucitaba los tiempos de Viriato y en la cual eran insuperables los 
hispanos (8o a. de J.C). Desde el primer año consiguió ventajas, derrotando 
cerca del Betis al propretor de la España ulterior, Fufidio; se adelanta a la provin- 
cia citerior y Roma so ve precisada a mandar refuerzos y un general de prestigio, 
Quintas Metelliis Pius, a quien t onfía Sulla la guerra en la región ulterior, donde 
Sertorio tenía toda la fuerza. Mételo era hombre prudente, acostumbrado a la 
disciplina de los campamentos, a la gran guerra; se vio sorprendido con aquella 
táctica para él desconocida, en que todo eran marchas y contramarchas, embos- 
cadas y sorpresas, teniendo que combatir de continuo con un enemigo invisible, 
que parecía derrotado apareciendo al poco tiempo pujante, sin poder adivinar su 
propósito, incansable, sutil e inabordable. Sin embargo, Sertorio iba reportando 
positivos éxitos; aunque rehuyendo siempre una batalla, vencía en encuentros 
parciales donde la superioridad de los suyos luchaba con ventaja contra el 
número y la disciplina de los adversarios. El general romano, hostigado en esta 
forma tan inusitada, inició la retirada. Aun peor suerte tuvo el general de la pro- 
vincia citerior, Marco Domicio Calvino, derrotado y muerto en una batalla contra 
Lucio Hirtuleio, lugarteniente de Sertorio (79 a. de J.C). Mételo llama en su 
auxilio al gobernador de la Galia Narbonense, Lucio Manlio, que a su vez ve 
destrozado su ejército a orillas del Ebro, regresando precipitadamente a su pro- 
vincia (78 a. de J.C. ). Consecuencia de este acontecimiento fué el apoderarse 
Sertorio de la mayor parte de la España citerior hasta el Pirineo, estableciéndose 
también en la costa mediterránea, cerca de Dianiíim (Denia). 

La expedición de Cecilio Mételo Pío había llegado a Lusitania. Sostiene 
Stahl que el general romano estableció su campamento a orillas del Anas, en el 
sitio donde después estuvo Metellinum, que fué colonia vietellinensis (Medellín) 
en recuerdo de Mételo; el mismo autor afirma que los castra Cecilia se han 
encontrado en el sitio llamado Cáceres el Viejo, a dos kilómetros de Cáceres, en 
la antigua Aw-^íZ de Plinio. Mételo avanzó hasta Longobrigam, que Stahl cree 
ser Lagos, invernando en Corduba {^-¡-i a. de J.C). 

Sertorio era el representante del partido marianista en España y el jefe más 



LA CONQUISTA ROMÁN' A 287 

prestigioso de los supervivientes; su campo aumentaba de día en día por la lle- 
gada de los desterrados y proscritos. Se consideraba el legítimo gobernador de 
su provincia ; lo escogido