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Full text of "Hombre y superhombre"

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M. A^UILAR. 
EDITOR 
MADRID 




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BERNARD SHAW 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 




BERNARD SHAW 

HOMBEE 
Y SÜPEMOMBRE 

COMEDIA Y FILOSOFÍA 

EN CUATRO ACTOS, EN PROSA 



TRADUCCIÓN DE 

JULIO BROUTÁ 




M. AGUILAR 

EDITOR 

MARQUÉS DE üy.QUIJO, 39 

MADRID 



ES PROPIEDAD 



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TeléSono 14^0.-MADKlü 



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PREFACIO 



A Arthur Bingham Walkley. 



Mi querido Walkley: 

Un día me preguntó usted por qué no escribía yo una 
obra sobre Don Juan. La ligereza con que asumió tan 
tremenda responsabilidad, tal vez a estas fechas se lo 
haya hecho olvidar. Pero ya llegó el momento de cum- 
plir; ahí tiene Usted su obra. Digo su obra, porque qui 
facit per alium facit per se. Sus provechos, lo mismo 
que el trabajo que costó, son míos; su moraleja, sus mo- 
dulaciones, su filosofía, su influencia sobre la juventud, 
a usted pertenece determinarlas. Era usted de edad ma- 
dura cuando hizo aquella pregunta, y conocía a su hom- 
bre. Hará escasamente unos quince años cuando los dos, 
como campeones del periodismo nuevo de aquella épo- 
ca, y compartiendo los mismos ideales, inauguramos 
una época en la crítica teatral y musical, tomando a ésta 
como pretexto para una propaganda de nuestras propias 
ideas y opiniones. Así, pues, no puede usted alegar ig- 



VI PREFACIO 

norancia del carácter de la fuerza que impulsó. Usted a 
lo que quería inducirme era a épater le bourgeois, de 
modo que, si éste protesta, a usted por la presente le re- 
mito como a la parte responsable. 

Le advierto que, si trata de rehuir su responsabilidad, 
le sospecharé de encontrar la obra demasiado decorosa 
para su gusto. Los quince años de marras me han hecho 
a mí más viejo y más juicioso. En usted no puedo des- 
cubrir semejante modificación. Sus desahogos y auda- 
cias se parecen a los amores y consuelos pedidos en sus 
oraciones por Desdémona; es decir, que crecen a medida 
que van pasando los días. Ningún periódico de primera 
fila se atreve ahora a darles hospitalidad. Sólo lo hace el 
sesudo Times porque está fuera de sospecha de querer 
patrocinar a usted, y aun tiene que dar a veces gracias 
a Dios de que no se representen todos los días obras 
nuevas, pue sto que, después de cada acontecimiento por 
el estilo, se ve comprometida su seriedad; su insulsez, 
trocada en epigrama; su prosopopeya, hecha un chiste; 
su estilo a mazacotado, convertido en elegancia, y hasta 
su autoritarismo en petulancia, por críticas que las tradi- 
ciones del periódico no permiten a usted firmar con su 
nombre, pero que procura firmar con las más floridas 
extravagancias en tre líneas. No estoy seguro de que eso 
no sea un portento de revolución. En el siglo xviii estaba 
inminente el cataclismo, cuando la gente compraba la 
enciclopedia y leyó en ella a Diderot. Cuando yo compro 
el Times y en él leo a usted, mi profético oído percibe 
un redoble de tambores del siglo xx. 

Sin embargo, no es esto lo que ahora me preocupa. 
La cuestión es si no va usted a sufrir un desengaño ante 
una obra sobre Don Juan, en la que ni una sola de las 
tres mil y tres aventuras de aquel héroe se pone en es- 



PREFACIO Vtl 

cena. Voy a darle algunas explicaciones, con objeto de 
captar su benevolencia. 

Ya le oigo replicar que nunca hago otra cosa, pues 
siempre me echa en cara que lo que llamo drama suele 
ser una sarta de explicaciones. Pero no debe usted espe- 
rar de mí que adopte su estilo inexplicable, fantástico, 
petulante, rebuscado; tiene usted que tomarme cual soy, 
como una persona razonable, paciente, consistente, apo- 
logética, laboriosa, con el temperamento de un maestro 
de escuela y el celo de un padre espiritual. 

Sin duda alguna, ciertas tretas literarias que suelo em- 
plear y divierten al público inglés, dan una idea inexac- 
ta de mi verdadero carácter; pero no por eso deja de 
existir tal carácter, firme como una roca. Tengo una 
conciencia, y la conciencia tiende siempre a exteriori- 
zarse. Usted, en cambio, opina que un hombre que dis- 
cute su conciencia se parece mucho a una mujer que 
discute su pureza. La única fuerza moral que usted con- 
siente en sacar a relucir es la fuerza de su ingenio agu- 
do; la única demanda por la que públicamente aboga, 
es el reconocimiento de su temperamento artístico para 
con la simetría, la elegancia, el estilo, la gracia, el refi- 
namiento y la nitidez, que importa tanto como la ame- 
nidad, si es que no importa más. Pero mi papel es el del 
predicador: me enoja ver a la gente satisfecha, cuando 
debiera estar insatisfecha, y me empeño en hacerla re- 
flexionar para que se convenza de que está en estado de 
pecado. Si no gusta usted de mis sermones, no ios escu- 
che. Yo no tengo más remedio que pronunciarlos. 

En el prefacio de mis Comedias para puritanos (1) 
expliqué las condiciones de nuestra dramática inglesa 



(1) Que serán objeto de un futuro tomo de la presente colección. (N. del T.) 



VIII PREFACIO 

contemporánea, obligada a tratar 'casi exclusivamente 
de casos de la atracción sexual, sin poder, al mismo 
tiempo, poner de manifiesto los incidentes de esa atrac- 
ción, ni discutir siquiera su naturaleza. La petición que 
usted me hizo de que escribiera una obra sobre Don 
Juan, fué en realidad un reto para que yo tratara 
dramáticamente ese asunto de la atracción sexual. El 
reto era bastante dificultoso para merecer ser aceptado, 
porque, si se piensa bien, a pesar de que tenemos miles 
de obras en que los protagonistas de ambos sexos están 
enamorados, y por lo tanto se casan o se mueren al 
final, o en que los personajes ven sus relaciones pertur- 
badas por las leyes sobre el matrimonio, sin contar 
aquellas obras más livianas que se basan en la tradi- 
ción de que los asuntos amorosos ilícitos desde luego 
son viciosos y deleitosos, no existen obras teatrales in- 
glesas modernas en que la mutua atracción natural de 
los sexos sea el principal resorte de la acción. La causa 
de ello es porque nos empeñamos en que los actores y 
las actrices tengan cierta hermosura física, al contrario 
de lo que pasa en aquellos países que nuestro amigo 
William Archer presenta como ejemplos de seriedad a 
nuestros pueriles teatros. 

Allí las Julietas y las Iseos, los Romeos y los Trista- 
nes, podrían ser nuestras madres y nuestros padres. |Qué 
difeíencia con las actrices inglesas! Las heroínas a las 
que representan no pueden discutir las relaciones ele- 
mentales entre hombres y mujeres; toda su romántica 
charla sobre amoríos de cuento, todos sus dilemas pura- 
mente jurídicos de si se casaron o fueron engañadas, no 
nos llegan al corazón y aburren nuestra mente. Para 
consolarnos no nos queda más que mirarlas a ellas. Es 
lo que hacemos, y su hermosura alimenta nuestras ex- 



PREFACIO IX 

pirantes emociones. A veces murmuramos contra esas 
señoras porque su trabajo no es tan bueno como su pal- 
mito. Pero en un drama que, con toda su preocupación 
por el sexo, esté realmente vacío de interés sexual, la 
buena presencia hace más que las facultades artís- 
ticas. 

Permítame insistir sobre este punto, puesto que usted 
es demasiado listo para, como hacen los tontos, achacar 
a afición a la paradoja el querer coger un bastón por el 
puño en vez de por la contera. ¿Por qué todos nuestros 
intentos de llevar al teatro los problemas sexuales son 
tan repulsivos y aburridos que hasta a las personas más 
partidarias de que las cuestiones sexuales deban tratarse 
en público y con toda libertad les es imposible aguantar 
tan insulsos esfuerzos en pro del saneamiento social? 
¿No será que los tales engendros, en el fondo, carecen 
completamente de sexualidad? 

En efecto, ¿cuál es la fórmula usual para semejantes 
obras? Una mujer, en alguna ocasión pasada, hase visto 
metida en conflicto con la ley que rige las relaciones en- 
tre los sexos. Un hombre, por enamorarse de ella o por 
casarse con ella, se pone en contradicción con las con- 
venciones sociales, lo que asusta a la mujer. Ahora los 
conflictos de los individuos con la ley y las convencio- 
nes pueden dramatizarse como todos los demás conflic- 
tos humanos; pero son puramente jurídicos, y el hecho 
de que tenemos mucha más curiosidad por saber de las 
suprimidas relaciones entre el hombre y la mujer que 
de las relaciones entre ellos y los Tribunales, produce 
aquella sensación de desvío, de disgusto, de fundamen- 
tal impertinencia, de vaciedad, de inútil desagradabili- 
dad, de total fracaso en el intento de edificar y parcial 
fracaso en el de interesar, que tantas veces vendrá usted 



X PREFACIO 

observando en los teatros, como yo observé cuando fre- 
cuentaba también estos incómodos locales y veía a 
nuestros populares autores con ánimos — como ellos 
creían— de emular a Ibsen. 

Me figuro que cuando usted me pidió una obra sobre 
Don Juan, no deseaba un engendro por el estilo. Los 
éxitos que tales obras logran a veces, son debidos al 
melodrama convencional que encierran y con el que el 
autor dramático de experiencia instintivamente se salva 
del fracaso. 

Pero ¿qué quería usted? Debido a su desgraciada cos- 
tumbre—ahora, espero, siente su inconveniencia— de 
no explicarse claramente, he tenido que descubrirlo por 
mí mismo. Primero, pues, he tenido que preguntarme 
qué era un Don Juan. Vulgarmente es un libertino. 
Pero en usted la antipatía a la vulgaridad llega a ser un 
verdadero defecto. Debiera usted tener en cuenta que la 
universalidad de carácter es imposible sin una parte de 
vulgaridad, y aunque pudiese usted cogerle gusto, se 
encontraría ahito de tantos datos como suministran las 
fuentes ordinarias, sin molestarme a mí. Así, pues, me 
imaginé que usted pedía un Don Juan en el sentido filo- 
sófico. 

Filosóficamente, Don Juan es un hombre que, con 
una excepcional capacidad para distinguir entre el bien 
y el mal, se entrega a sus propios instintos sin conside- 
ración para con la sociedad ni para con ley establecida 
alguna. Por lo mismo, por una parte se granjea la fer- 
viente simpatía de nuestros instintos rebeldes (lison- 
jeados por las facetas brillantes con que Don Juan sabe 
presentarlos), y por otra se ve metido en conflictos tre- 
mendos con las instituciones existentes y se defiende 
con engaños y violencias, con tan poco escrúpulo como 



PREFACIO XI 

un labrador defiende sus cosechas, por los mismos me- 
dios, contra los insectos dañinos. 

El prototipo Don Juan, creado a principios del si- 
glo XVI por un fraile español, fué presentado, conforme 
a las ideas de aquella época, como un enemigo de Dios, 
cuya venganza inminente se vislumbraba por todo el 
drama, haciéndose cada vez más amenazadora. No da 
cuidado a Don Juan ningún otro antagonista menor, 
pues él se burla fácilmente de la policía, tanto temporal 
como espiritual, y cuando un padre indignado trata de 
oponérsele con la espada en la mano, Don Juan le mata 
sin esfuerzo. Sólo cuando el padre matado vuelve desde 
el cielo como un agente de Dios, bajo la forma de su 
propia estatua, logra vencer a su matador y arrojarlo al 
infierno. La moraleja es genuinamente frailuna: arre- 
piéntete y enmiéndate ahora, pues mañana puede que 
sea tarde. Este es realmente el único punto acerca del 
que Don Juan es escéptico, pues devotamente cree en un 
infierno final, y arriesga condenarse solamente porque 
es joven y está convencido de que le sobra tiempo para 
la contrición después de una vida de goces y diver- 
siones. 

Pero pocas veces lo que un autor ha querido enseñar 
es lo que el mundo quiere aprender en su libro. Lo que 
nos atrae e impresiona en El burlador de Sevilla no es 
la inmediata necesidad del arrepentimiento, sino el 
heroísmo del que se atreve a ser el enemigo de Dios. 
Desde Prometeo hasta mi Discípulo del Diablo, tales 
enemigos siempre han sido populares. Don Juan se hizo 
tan simpático, que el mundo no quiso permitir su con- 
denación y le reconcilió sentimentalmente con Dios en 
una segunda versión y pidió durante todo un siglo su 
canonización, tratándole en cierto modo como el perio- 



Xir PREFACIO 

dismo inglés ha tratado a aquel enemigo cómico de 
los dioses, a Punch. El Don Juan de Moliere da un salto 
atrás hacia el original en punto a impenitencia; pero en 
cuanto a devoción, se diferencia mucho de él. Es verdad 
que también se propone enmendarse, pero ¡de qué ma- 
nera! OüU ma foi, il faut s'amender. Encoré vingt ou 
trente ans de cette vie-ciy et puis nous songerons á 
nous. 

Después de Moliere vino el artista mago, el maestro 
de maestros, Mozart, que revela el espíritu del personaje 
en mágicas armonías, sonidos élficos, en ritmos subli- 
mes y fulgurantes como exhalaciones estivales hechas 
perceptibles al oído. Aquí tenemos la libertad en el 
amor y la moralidad burlándose exquisitamente de las 
trabas que se les quiere imponer, y nos interesa, nos 
atrae, nos seduce, nos obliga, sin que podamos explicár- 
noslo, a colocar al héroe, con su enemigo el Comenda- 
dor hecho estatua, en un plano transcendental, dejando 
a la hija gazmoña y su necio amante en una vitrina 
aquí abajo para que vivan luego virtuosamente hasta el 
fin de sus días. 

Después de estas obras completas, el fragmento de 
Byron no tiene gran valor desde el punto de vista filo- 
sófico. Desde dicho punto de vista, nuestros libertinos 
vagabundos no son más interesantes que los marineros 
que tienen una mujer en cada puerto; y el personaje de 
Byron, después de todo, no es más que un calavera 
trashumante. Además es mudo, no disputa con un Sga- 
narelle-Leporello o con los padres o los hermanos de 
sus amantes, ni siquiera cuenta su propia historia como 
Casanova. 

En realidad no es, ni mucho menos, un verdadero 
Don Juan, pues no es más enemigo de Dios que cual- 



PREFACIO Xlil 

quier joven romántico y aventurero amigo de diversio- 
nes. Si usted o yo hubiésemos estado en su lugar, ¿quién 
sabe si no hubiésemos hecho lo mismo que él, a menos 
que usted, con sus remilgos, hubiese evitado las redes 
de la Emperatriz Catalina? Byron tenía tan poco de filó- 
sofo como Pedro el Grande; los dos fueron ejemplares 
de esa variedad rara y útil, pero inedificante, a la que 
pertenece el genio enérgico, nacido sin los prejuicios ni 
las supersticiones de sus contemporáneos. La resultante 
libertad de pensamiento, desprovista de todo escrúpulo, 
hizo a Byron mayor poeta que Wordsworth, lo mismo 
que hiciera a Pedro mayor monarca que Jorge III; pero 
como en definitiva no fué sino una calidad negativa, no 
impidió a Pedro ser un canalla asombroso y un archico- 
barde, y a Byron le incapacitó para llegar a ser una 
fuerza religiosa, como Shelley. Descartemos, pues, el 
Don Juan de Byron. 

El Don Juan de Mozart es el último Don Juan ver- 
dadero, pues en la época en que logró aceptación, su 
primo Fausto, en manos de Goethe, se había hecho lu- 
gar y llevado su pelea y su reconciliación con los dioses 
mucho más allá de los asuntos amorosos, al terreno de 
la política y de los descubrimientos geográficos y al re- 
conocimiento de un principio femenino eterno en el 
Universo. El Fausto de Goethe y el Don Juan de Mo- 
zart fueron las últimas palabras del siglo xviii sobre el 
asunto; y entonces los repulidos críticos del siglo xix, 
prescindiendo de William Blake, con la misma superfi- 
cialidad que los del xvm habían prescindido de Hogarth, 
o los del XVII de Bunyan, habían dejado el paso franco 
al teatro de Dickens-Macaulay y Dumas-Guizot y Sten- 
dhal -Meredith-Turguenief, y se hallaron en presencia de 
creaciones filosóficas escritas por hombres como Ibsen y 



XIV PREFACIO 

Tolstoy. A partir de este momento, Don Juan cambió de 
sexo, llegando a ser Doña Juana, escapándose de La 
casa de una muñeca y afirmando su propia individua- 
lidad, en vez de contentarse con el papel de comparsa 
en un espectáculo moral. 

Ahora no está mal que usted, a principios del si- 
glo XX, me pida una obra escénica con Don Juan de 
protagonista; pero, por lo que precede, habrá visto que 
Don Juan, desde hace más de un siglo, está fuera de lu- 
gar, para usted y para mí. Y si hay millones de personas 
menos ilustradas que se hallan todaxáa en el siglo xvm, 
¿no tienen a Moliere y Mozart, cuyo arte no puede ser 
superado por nadie? Se reiría usted de mí si a estas fe- 
chas le presentara una pieza en la que figfuraran desa- 
fios y espíritus y mujeres <femeniles>. En cuanto a liber- 
tinaje a secas, sería usted el primero en recordarme que 
el Festín de Fierre, de Moliere, no es una obra para ena- 
moradizos, y que un solo compás de la sentimentalidad 
voluptuosa de Gounod o Bizet aparecería como una 
mancha licenciosa en la partitura de Don Giovanni. 
Hasta los papeles más abstractos del asunto de Don 
Juan son anacrónicos en extremo. Por ejemplo, el an- 
tagonista sobrenatural de Don Juan precipita, a los que 
se niegan al arrepentimiento, en lagos de lava hirvien- 
do, donde son atormentados por diablos con cuernos y 
rabos. De tal antagonista y tal concepto del arrepenti- 
miento, ¿qué queda que podría yo aprovechar en una 
pieza dedicada a usted? 

Por otra parte, aquellas fuerzas de la opinión pública, 
de la clase media, que apenas existían para un noble de 
España en los tiempos del primer Don Juan, ahora im- 
peran en todas partes. La sociedad civilizada es una 
vasta burguesía, y ningún noble tiene derecho a ofender 



PREFACIO XV 

a un verdulero. Las mujeres, «marquesas, princesas, ca- 
mareras y ciudadanas», y todas, han llegado a ser igual- 
mente peligrosas: el sexo es agresivo, poderoso, y cuan- 
do las mujeres son ofendidas, no suelen agruparse paté- 
ticamente en coro para cantar 

Protegga il giusto cielo, 

sino que acuden a formidables armas legales y sociales 
y aplican la pena del Tallón. Los partidos políticos se 
hacen trizas y las carreras públicas se malogran por una 
sola indiscreción. Más le valdría a un hombre tener que 
cenar con todas las estatuas de Londres, con lo feas que 
son, que ser citados a juicio por Doña Elvira ante el tri- 
bunal de la Iglesia anglicana. La excomunión ha llega- 
do a ser una cosa tan sería como en el siglo x. 

En resumidas cuentas: ya el hombre, en la lucha de 
los sexos, no sale vencedor como Don Juan. Se puede 
dudar, por cierto, que lo haya sido realmente alguna 
vez. De todos modos, la enorme superioridad de la si- 
tuación natural de la mujer en este asunto, se hace cada 
vez más evidente. Don Juan no se atrevería hoy día a 
coger de la barba a la Nonconformist Conscience (1), 
como coge de la barba a la estatua del Comendador 
en el convento de San Francisco; la prudencia, así como 
la buena educación, lo prohiben a un personaje que esté 
en su sano juicio. Es la barba del propio Don Juan la 
que corre peligro de ser agarrada. Lejos de recaer en la 
hipocresía, como temía Sganarelle, inopinadamente des- 
cubrió una moral en su inmoralidad. La creciente con- 
ciencia de su nuevo punto de vista acumula responsabi- 



(1) Asociación clerical política.— fiV. del T.) 



XVI PREFACIO 

lidad sobre él. Sus antiguas burlas tiene que tomarlas 
tan en serio, como tengo que tomar en serio las burlas 
del señor W. S. Gilbert. Su escepticismo, antes su defec- 
to menos tolerado, ahora ha triunfado tan completa- 
mente, que ya no puede seguir imponiéndose con nega- 
ciones agudas y tiene, a la fuerza, para evitar ser un 
mero número, que encontrar una actitud afirmativa. Sus 
mil y tres lances amorosos, al reducirse, a lo más, a dos 
intrigas incompletas que le traen un sin fin de compli- 
caciones y humillaciones ruines, han sido descartadas 
en conjunto como inadecuadas a su dignidad filosófica 
y comprometedoras de su recién adoptada actitud como 
fundador de una escuela. En vez de querer leer a Ovie- 
do, actualmente lee a Schopenhauer y Nietzsche, estu- 
dia a Westermarck y se interesa por el porvenir de la 
raza en vez de aspirar a la libertad de sus instintos. 
Asi sus aires de facineroso y calavera se han ido por 
donde su espada y su mandolina; es decir, a la trastera 
de los anacronismos y las supersticiones. 

En realidad, hoy es más Hamlet que Don Juan, por- 
que, aunque las palabras puestas en labios del actor 
para indicar al público de las butacas que Hamlet es un 
filósofo sean, en su mayor parte, meras vulgaridades ar- 
moniosas que, con un ligero deterioro de la eufonía, se- 
rían más propias de Pecksniff , aun si se prescinde del ver- 
dadero héroe, inarticulado e ininteligible para él mismo, 
excepto en algunos raptos de inspiración de la persona 
del actor, que a toda costa ha de hablar durante cinco 
actos; y si también hace uno lo que siempre debe hacer- 
se con las tragedias de Shakespeare, es decir, descartar 
los absurdos y sensacionales incidentes y violencias físi- 
cas del asunto de procedencia ajena y distinguirlos de la 
creación genuinamente shakespeariana, se logrará un 



PREFACIO XVII 

verdadero, prometeico adversario de los dioses, cuya ac- 
titud instintiva para con las mujeres se asemeja mucho 
a la que ahora Don Juan se ve impulsado a adoptar. 
Desde este punto de vista, Hamlet fué un Don Juan 
evolucionado al que Shakespeare desacreditó como 
hombre decente, lo mismo que infamó al pobre Macbeth 
como asesino. Hoy día ya no hace falta la infamación 
(por lo menos para personas como usted y yo), porque 
el donjuanismo ya no se confunde con el casanovismo. 
El mismo Don Juan es casi ascético en sus anhelos de 
evitar esa confusión, y así, mi intento de modernizarle, 
colocándole como caballero inglés contemporáneo en 
un moderno ambiente inglés, ha producido una figura 
al parecer completamente distinta del héroe de Mozart. 

Con todo, no tengo el valor de desanimarle del todo 
para que no vuelva a echar una mirada al Dissoliito 
Punito, de Mozart, y a su antagonista la estatua. Estoy 
seguro de que le gustaría a usted saber más de esa es- 
tatua para sacarla cuando estuviera disponible, por de- 
cirlo así. 

Para complacerle he recurrido al conocido truco de los 
cómicos de la legua, que representan la pantomima de 
Simbad el Marino con decoraciones de lance hechas 
para Ali Baba. Vierten sencillamente unos cuantos botes 
de aceite en el valle de diamantes, y así cumplen con las 
promesas hechas en los carteles. He adaptado el cómo- 
do sistema a nuestro caso, introduciendo en mi pieza de 
tres actos, perfectamento moderna, un acto suplementa- 
rio totalmente heterogéneo, en el que el protagonista, 
embrujado por el aire de la sierra, tiene un ensueño en 
el que su antepasado mozartiano aparece y ensarta lar- 
gas teorías filosóficas, en diálogo shavio-socrático, con 
la señora, la estatua y el diablo. 



XVín PREFACIO 

Pero esta broma no es la esencia de la obra. Sobre 
esta esencia no tengo yo autoridad. Usted propuso cier- 
ta substancia social, la atracción sexual que puede ejer- 
cer la inteligencia, como asunto dramático, y me atuve 
a sus indicaciones. No adulteré el producto con afrodi- 
síacos, ni lo diluí con agua romántica, porque estoy me- 
ramente ejecutando su encargo y no componiendo una 
obra popular para el mercado. Por eso mismo (a menos 
que, como casi todos los hombres sabios, usted lea pri- 
mero la obra y después el prefacio) debe usted preparar- 
se a presenciar una historia fingida, arrancada de la vida 
moderna de Londres, en la que, como usted sabe, el 
principal afán del hombre corriente es buscar los medios 
para sostener su posición y sus costumbres de caballero, 
y el afán de la mujer corriente es casarse. 

En 9.999 casos, de 10.000, puede uno estar seguro de 
que no harán nada, lo mismo da que sean nobles como 
plebeyos, que esté en contradicción con estos fines; y 
esta línea de conducta constituye su religión, su morali- 
dad, sus principios, su patriotismo, su reputación, su ho- 
nor, y así sucesivamente. 

En su totalidad, ello es una base razonable y satisfac- 
toria para la sociedad. El dinero supone alimentación, y 
el matrimonio supone hijos, y el que los hombres ante- 
pongan a todo el sustento y las mujeres antepongan a 
todo los hijos, es, hablando en general, la ley de la Na- 
turaleza y no el dictado de la ambición personal. El se- 
creto del éxito del hombre prosaico, tal como es, estriba 
en la sencillez con que persigue estos fines, y el secreto 
del fracaso del hombre artístico, cuando existe, es la ver- 
satilidad, con la que anda en todas direcciones en pos 
de ideales secundarios. El artista es o un poeta o un 
bohemio. Como poeta, no puede, al igual del hombre 



PREFACIO XIX 

prosaico, ver que la caballerosidad no es, en el fondo, sino 
un suicidio romántico; como bohemio, no puede ver que 
da mal resultado mendigar y «sablear>, mentir y blaso- 
nar, y descuidar su persona. Por eso no vaya usted a 
malentender mi franca opinión sobre la constitución 
fundamental de la sociedad de Londres, como el repro- 
che de un irlandés a su nación. Desde el día en que por 
primera vez senté el pie en este suelo extranjero, conocí 
el valor de las calidades prosaicas, de las que los irlan- 
deses enseñan a los ingleses a avergonzarse, lo mismo 
que conocí la vanidad de las calidades poéticas, de las 
que los ingleses enseñan a los irlandeses a enorgulle- 
cerse. 

Porque el irlandés, instintivamente, rebaja la calidad 
que hace al inglés peligroso para él; y el inglés, instinti- 
vamente, lisonjea el defecto que hace al irlandés inofen- 
sivo y divertido para él. Lo que no se puede tolerar en 
el inglés prosaico, es lo mismo que no se puede tolerar 
en los hombres prosaicos de todos los países: la estupi- 
dez. La vitalidad que coloca la alimentación y la repro- 
ducción en primer lugar; el infierno y el cielo en un se- 
gundo plano algo remoto, y el bien de la sociedad como 
conjunto orgánico, en ningún lugar, tendrá su razón de 
ser en organizaciones sociales primitivas; pero en las na- 
ciones del siglo XIX y los imperios del siglo xx, el anhelo 
de todo hombre por ser rico a.toda costa y de toda mujer 
por casarse a toda costa, debe, sin una organización so- 
cial altamente científica, producir un ruinoso desarrollo 
de la pobreza, la soltería, la prostitución, la degenera- 
ción y otras cosas que asustan a los hombres juiciosos. 
En resumidas cuentas: no hay porvenir para quienes, 
aun rebosando vitalidad bruta, no tengan bastante inte- 
ligencia ni suficiente educación política para ser socia- 



XX PREFACIO 

listas. Así, pues, no me entienda mal tampoco en otro 
sentido, preguntándose, ya que aprecio las calidades vi- 
tales del inglés lo mismo que aprecio las calidades vita- 
les de la abeja, si no aseguro al inglés contra el ser ex- 
pulsado de su morada por la fumigación, como la abeja 
(o el canaanita), y despojado de su miel por seres infe- 
riores a él en cuanto a adquisividad, combatividad y fe- 
cundidad, pero superiores en cuanto a imaginación y 
listeza. 

El drama de Don Juan, de todos modos, tiene que te- 
ner por base la atracción sexual y no la cuestión de la 
alimentación, y tiene que exponer el problema en una 
sociedad en que la cuestión sexual se deja a las mujeres, 
como la del sustento se deja a los hombres. Es verdad 
que los hombres, para precaverse contra una táctica de- 
masiado agresiva por parte de las mujeres, han estable- 
cido una débil convención romántica según la que la 
iniciativa en asuntos sexuales siempre debe partir del 
hombre; pero la pretensión es tan inconsistente que hasta 
en el teatro, ese último santuario de la irrealidad, sólo 
engaña a las personas sin experiencia. 

En las obras dé Shakespeare siempre son las mujeres 
las que toman la iniciativa. En sus piezas de tesis, así 
como en sus piezas populares, el interés amoroso es el 
interés de ver a la mujer cazar y capturar al hombre. 
Ella procede en ello ya como Rosalinda, a fuerza de za- 
lamerías, ya como Mariana, por tretas; pero, en todos los 
casos, la relación entre hombre y mujer es la misma, 
ella es la que persigue e intriga; él es el que es perse- 
guido y zarandeado. Cuando ella fracasa en sus inten- 
tos, como Ofelia, se vuelve loca y se suicida, y el hom- 
bre, después de su entierro, va derecho a un duelo de 
esQ^rima. Sin duda, la Naturaleza, tratándose de gente 



PREFACIO XXI 

muy joven, puede ahorrar a la mujer el trabajo de forjar 
planes. Así, Próspero sabe que no tiene más que dejar 
que Fernando se acerque a Miranda para que se unan 
como una pareja de palomas, y no necesita Perdita cap- 
turar a Florizel, como la señora doctora, en Todo está 
bien cuando acaba bien (una heroína ibseniana antici- 
pada), captura a Beltrán. Pero todos los casos en que se 
trata de gente de edad más madura, confirman la ley de 
Shakespeare. La única excepción que parece existir, la 
de Petruchio, en realidad no existe: con toda claridad se 
caracteriza el personaje como un cazador de dote pura- 
mente comercial. Tan pronto como adquiere el conven- 
cimiento de que Catalina tiene dinero, decide casarse 
con ella antes de haberla visto. En la vida real encon- 
tramos no solamente a Petruchios, sino a Montalinis y 
Dobbines que persiguen a mujeres apelando a su com- 
pasión o sus celos o su vanidad, o se agarran de ellas 
de un modo románticamente absurdo. Estos afeminados 
no cuentan para nada en el plan de la Naturaleza; el 
mismo Bunsby, cayendo cual pájaro fascinado en las 
fauces de mistress Mac Stinger, es, por comparación, un 
verdadero objeto trágico de compasión y terror. Encuen- 
tro en mis propias obras escénicas que la Mujer, proyec- 
tándose dramáticamente por obra de mi espíritu (una 
operación sobre la que le aseguro a usted no tengo más 
verdadero mando que sobre mi mujer), se porta exacta- 
mente lo mismo que la Mujer se porta en las obras de 
Shakespeare. 

Y así, el Don Juan de usted ha venido a ser como 
una proyección teatral de la tragi-cómica caza erótica 
del hombre por la mujer, y el Don Juan mío es la presa 
en vez de ser el cazador. Aun así, es un verdadero Don 
Juan, con un sentido de la realidad que desconcierta al 



XXII PREFACIO 

convencionalismo, desafiando hasta lo último a la fata- 
lidad, que finalmente le arrolla. La necesidad que la 
mujer tiene de él para poder cumplir con el mandato 
más urgente de la Naturaleza, no prevalece contra él 
hasta que su resistencia topa con la energía de ella, ele- 
vada a un grado en que ella se atreve a renunciar a sus 
habituales explotaciones de las aptitudes convenciona- 
les de cariño y sacrificio y le reclama por derecho natu- 
ral para un fin que supera en mucho los fines mortales 
de ambos. 

Entre los amigos a los que he leído esta obra en el 
manuscrito, hay algunos de nuestro sexo que se escan- 
dalizan por la <completa falta de escrúpulos» con que la 
mujer persigue sus propósitos, sin reparar en las condi- 
ciones del hombre al que han elegido como víctima. No 
se les ocurre a esos señores que si las mujeres fuesen tan 
exigentes y difíciles de contentar como los hombres, mo- 
ral y físicamente, ello traería consigo el fin de la raza. 
¿Hay algo más indigno que imponer a los demás un tra- 
bajo necesario y luego menospreciarlos como viles y 
bastos? Nos reímos de la altanera nación norteamerica- 
na, porque hace que el negro tenga que limpiarle las 
botas, y luego demuestra la inferioridad moral y física del 
negro por el hecho de que es un limpiabotas; pero nos- 
otros mismos echamos sobre los hombros de la mujer toda 
la molestia de la reproducción, y luego declaramos que 
ninguna mujer de sentimientos delicados debiera tomar 
la iniciativa en tan intrincado asunto. En esto la hipo- 
cresía masculina no conoce límites. 

Es cierto que hay momentos en que por sus propias 
inmunidades sexuales humillan profundamente al hom- 
bre. Cuando llega el terrible momento del nacimiento, 
la suprema importancia del mismo y sus sobrehumanos, 



PREFACIO XXIII 

esfuerzos y peligros, en los que el padre no tiene parte, 
le relegan a la más completa insignificancia. Se aparta 
como avergonzado de la mujer más humilde, dichoso si 
es bastante pobre para que sus ocupaciones le obliguen 
a trabajar fuera de su casa y luego ahogar su ignominia 
en la taberna o el café. Pero cuando la crisis pasó toma 
su revancha, blasonando de ser él quien gana el pan y 
hablando de las «labores del sexo* con condescendencia 
y hasta con caballerosidad, como si la cocina y el cuarto 
de los niños fuesen menos importantes que la oficina y 
el taller. Cuando esos aires de superioridad se agotan, 
se entrega a la poesía amorosa o al sentimentalismo del 
cariño a la esposa, y del Rey Arturo, de Tennyson, arras- 
trándose ante Dulcinea. Tiene usted que admitir que 
aquí la Naturaleza deja muy atrás a la Comedia, pues la 
farsa hominista o feminista más atrevida resulta insípida 
al lado del más vulgar «trozo de vida». 

La idea de que la mujer no toma la iniciativa forma 
parte de la farsa. Porque el mundo entero está sembrado 
de lazos, trampas, redes y callejas para la captura de los 
hombres por las mujeres. Dad a las -mujeres el deredho 
del sufragio, y dentro de cinco años habrá una contri- 
bución aplastante para los solteros (1). Los hombres, 
por otra parte, imponen penalidades al matrimonio, es- 
poliando a las mujeres de sus bienes, de su libertad, del 
libre uso de sus miembros, de aquel antiguo símbolo de 
la inmortalidad: el derecho de quitarse, para su comodi- 
dad, el sombrero en la casa de Dios; de cuanto puede 
obligar a la mujer a pasarse sin ello, sin obligarse a sí 
mismo a pasarse sin ella. Todo en vano. La mujer tiene 
que casarse, porque sin ello tendría que perecer la raza. 



ü) La profecía de Shaw se ha cumplido en varios países. —(M del 7.) 



XXIV PREFACIO 

Cuando el riesgo de la muerte y la seguridad del sufri- 
miento, el peligro e indecibles incomodidades no pue- 
den hacerla desistir de su propósito, menos lo podrán la 
esclavitud y las piernas trabadas (1). Y con todo, nos 
consta que la fuerza que impulsa a las mujeres hacia to- 
dos esos peligros y trabajos, se para avergonzada ante 
lo artificioso de nuestro comportamiento con las señoras 
jóvenes. Está admitido que la mujer debe esperar hasta 
que alguien la pretenda. Es más: ella muchas veces es- 
pera sin razón. Es decir, del mismo modo que la araña 
espera a la mosca. Pero la araña teje su tela. Y si la mos- 
ca, como mi personaje, demuestra tener una fuerza que 
promete desenredarle, ¡cuan pronto abandona ella su 
actitud pasiva, y sin reparo le enreda todo lo que puede 
hasta que le tiene cogido y apresado para siempre! 

Si los libros realmente impresionantes y otras obras 
de arte se hicieran por hombres ordinarios, expresarían 
más miedo a los enredos de la mujer que amor por su 
ilusoria hermosura. Pero los hombres corrientes no pue- 
den producir obras de arte realmente impresionantes. 
Los que pueden sori hombres de ingenio, es decir, hom- 
bres seleccionados por la Naturaleza para efectuar la 
obra de construir una conciencia intelectual del propio 
propósito instintiva de ella. Por lo tanto, observamos en 
el hombre de ingenio toda la falta de escrúpulos y todo 
el sacrificio de sí mismo (las dos cosas son la misma) de 
la mujer. Se expondrá a ser ahorcado o crucificado; a 
morirse toda la vida de hambre en un cuchitril, si hace 
falta; estudiará a las mujeres y vivirá a expensas del tra- 
bajo y el cuidado de ellas, como Darvvin estudió a las 



(1) Hoy día, como es sabido, no conocen traba las piernas de las muje- 
res.-(iV. del T.) 



PREFACIO XXV 

lombrices y vivió a expensas de las ovejas; se destroza- 
rá los nervios a fuerza de trabajar sin remuneración, su- 
blime altruista en su desconsideración hacia sí mismo, 
atroz egotista en su desconsideración hacia los demás. 
Aquí la Mujer cumple un propósito tan impersonal, tan 
irresistible como el suyo propio; y el choque es a veces 
trágico. Cuando se complica el caso por ser el genio una 
mujer, entonces sólo un rey de los críticos puede hallar- 
le explicación. Jorge Sand llega a ser madre para ad- 
quirir experiencia aprovechable en su labor de novelista 
y para perfeccionarse, y se traga a los hombres de inge- 
nio, los Chopin, los Musset y otros, como meros hors 
d'oeuures. 

Claro está que cito el caso extremo; pero lo que es 
verdad para el gran hombre en que se encarna la con- 
ciencia filosófica de la Vida y para la mujer en que se 
encarna la fecundidad, es verdad en algún grado para 
todos los ingenios y todas las mujeres. De ahí que los 
libros son escritos, los cuadros son pintados, las estatuas 
son modeladas y las sinfonías compuestas por personas 
que están libres de la tiranía del sexo, en otros tan in- 
eluctable. Lo que nos lleva a la conclusión, extraña 
para el vulgo, de que el arte, en vez de ser antes que 
todo la expresión de una situación sexual normal, es 
realmente el único terreno en el que el sexo es un poder 
superado y secundario, con su conciencia tan confusa y 
su propósito tan pervertido, que sus ideas son meras fan- 
tasías para el común de los hombres. Que el artista sea 
poeta o filósofo, moralista o fundador de una religión, 
su doctrina sexual no es más que un estéril alegato en 
favor del placer y la excitación y el conocimiento cuan- 
do es joven, y en favor de la tranquilidad contemplativa 
cuando es viejo y está harto. La poesía y el ascetismo, 



XXVI PREFACIO 

el amorismo y el puritanismo, son en igual modo irreales 
en la gran comunidad de los filisteos. 

El mundo, tal como nos lo enseñan los libros, ya éstos 
sean epopeyas confesadas o evangelios profesados, o 
como los códigos, los discursos políticos o los sistemas 
filosóficos, no es el mundo entero, ni mucho menos: es 
solamente la auto-conciencia de ciertas personas anor- 
males que tienen el específico talento y temperamento 
artísticos. Esto es asunto serio para usted y para mí, 
porque el hombre cuya conciencia no corresponde a la 
de la mayoría, es un loco, y la antigua costumbre de re- 
verenciar a los locos se convirtió en la de encerrarlos. 
Y puesto que lo que llamamos instrucción y cultura no 
es en su mayor parte sino lectura en vez de experiencia, 
literatura en vez de vida, ficciones anticuadas en vez de 
realidad actual, la instrucción, como seguramente habrá 
usted observado en Oxford, destruye, por suplantación, 
a todo espíritu que no esté bastante fuerte para ver al 
través de la impostura y de emplear a los grandes maes- 
tros del Arte como lo que realmente son y nada más; 
es decir, patentados de métodos de pensar, altamente 
cuestionables, y fabricantes de representaciones de la 
vida también altamente cuestionables y, para la mayo- 
ría, poco valederas. 

El estudiante que emplea su Homero para tirarlo a la 
cabeza de su condiscípulo, tal vez lo emplea del modo 
más seguro y racional posible, y me complazco en ob- 
servar que usted, en ocasiones, hace lo mismo, en su 
edad lozana, con su Aristóteles. 

Afortunadamente para nosotros, cuyas mentes han 
sido tan completamente sofisticadas por la literatura, lo 
que producen todos esos tratados y poemas y escritos de 
una y otra clase, es la lucha de la Vida por^ hacerse 



* PREFACIO XXVII 

consciente de sí misma en vez de ciegamente vacilante, 
por aquí y por allá, en la línea de menos resistencia. De 
ahí que hay una tendencia por buscar la verdad en todos 
los libros que tratan de cosas respecto de las que el 
autor, aunque sea de un talento excepcional, esté nor- 
malmente constituido y no tenga intereses particulares 
que defender. 

Copérnico no tenía motivos para querer engañar a 
sus contemporáneos sobre el lugar del sol en el sistema 
solar; lo buscaba con tanta sinceridad como un pastor 
busca su camino en medio de la niebla. Pero Copérnico 
no hubiera escrito científicamente historias de amor. 
Cuando llega el caso de las relaciones sexuales, el hom- 
bre de ingenio no comparte el peligro del hombre co- 
rriente de ser capturado, ni la mujer genial la especiali- 
zación conmovedora de la mujer corriente. Y por eso es 
por que nuestros escritos y otras obras de arte, cuando 
tratan del amor, después de honrados esfuerzos por no 
rebasar las leyes científicas, se vuelven románticamente 
absurdos y caen en la éxtasis erótica o en el sombrío 
ascetismo de la sociedad (<el camino del exceso lleva 
hacia el palacio de la sabiduría», que dijo William Bla- 
ke, porque < nunca se sabe lo que es bastante si se igno- 
ra lo que es más que bastante>). 

Hay un aspecto político de esta cuestión sexual, que 
no cabría dentro de la comedia, pero tiene demasiada 
importancia para que con culpable ligereza pase yo por 
encima de él. 

Es imposible demostrar que la iniciativa en los tratos 
sexuales pertenezca a la Mujer y le haya sido adjudica- 
da, desde que se suprimió el rapto y cesó la reclusión 
de las muchachas nubiles, sin ser llevado a muy serias 
reflexiones sobre el hecho de que esa iniciativa es poli- 



XXVIII PREFACIO 

ticamente la más importante de todas las iniciativas, 
porque nuestro experimento político de la democracia, 
el último refugio del desgobierno barato, nos arruinará 
si nuestros ciudadanos carecen de cultura. 

Cuando nacimos los dos, este país todavía estaba bajo 
el mando de una clase selecta producto de casamientos 
políticos. La clase comercial no había entonces todavía 
cumplido los primeros veinticinco años de su nueva par- 
ticipación en el poder político, y ella misma se seleccio- 
naba por efecto de las fluctuaciones de las fortunas y se 
producía, si no por casamientos políticos, por lo menos 
por enlaces rigurosamente determinados por la posición 
de los contrayentes. Son todavía la aristocracia y la 
plutocracia las que suministran los prohombres políti- 
cos, pero éstos ahora dependen de los votos de las cla- 
ses promiscuamente engendradas. Y eso, fíjese, en el 
mismo momento en que el problema político, habiendo 
dejado de significar una intervención muy limitada y 
fortuita, principalmente por la ocupación de empleos 
públicos, en la mala administración de una isla, si bien 
fuerte, de poca extensión y dividida en parroquias, con 
guerras dinásticas sin sentido, ha llegado a ser la reor- 
ganización industrial de la Gran Bretaña, la construc- 
ción de un estado económico y político beneficioso 
prácticamente internacional y la repartición de toda 
África, y quizás de toda Asia, por las potencias civili- 
zadas. 

¿Puede usted creer que la gente, cuyas concepciones 
de la sociedad y la conducta, cuyo poder de atención y 
tensión de intereses se reflejan en el teatro inglés como 
se conoce hoy día, pueda por sí misma efectuar tan co- 
losal tarea o comprender y sostener a la clase de espíritu 
y carácter que (por lo menos comparativamente) es ca- 



PREFACIO XXIX 

paz de efectuarla? Porque acuérdese: lo que nuestros 
votantes son en el patio de butacas y el paraíso lo son 
también delante de las urnas del sufragio. Estamos aho- 
ra todos bajo la a que llamó Burke <cochina multitud». 
El lenguaje de Burke ofendió a muchos, porque los que 
se creyeron aludidos lo tomaron como alusión personal 
e insulto dirigido a toda una clase. La aristocracia, a la 
que él defendía, a pesar de los casamientos políticos por 
los que trataba de asegurarse sucesión, tenía una men- 
talidad debilitada por la educación recibida de nuestros 
maestros e institutrices, un carácter corrompido por un 
lujo gratuito, un respeto de sí mismos adulterado por la 
bajeza y las adulaciones de los sirvientes. No está mejor 
la cosa hoy día y no lo estará nunca. Nuestros verdade- 
ros labriegos tienen una moralidad algo más recia que 
a veces se exterioriza y culmina en un Bunyan un Burns 
o un Carlyle. 

Pero observe usted; esta aristocracia, que fué substi- 
tuida en el poder desde el 1832 al 1885 por la clase me- 
dia, ha vuelto a imperar por los votos de la «cochina 
multitud>. Tom Paine ha triunfado sobre Edmund Bur- 
ke; y los cochinos son ahora electores a los que se soli- 
cita y mima. 

¿A cuántos de su propia clase tienen esos electores 
ocupando un sitio en el Parlamento? Escasamente una 
docena entre 670, y debido a sus extraordinarias calida- 
des y dotes de elocuencia popular. La multitud así juz- 
ga a sus propias unidades: se supone a sí misma inca- 
paz de gobernar y sólo vota un hombre transfigurado 
intelectual y morfológicamente por sus estudios jurídi- 
cos y frecuentación del foro, por la habilidad de su sas- 
tre, por el prestigio de parentesco aristocrático. Bien; 
nosotros dos conocemos a esos hombres metamorfosea- 



XXX PREFACIO 

dos, esos aprobados en los exámenes, esos bien trajea- 
dos portadores de monóculo, esos deportistas a los que 
los años traen el golf en vez de la sabiduría, esos pluto- 
cráticos productos de los negocios «hechos a pulso». No 
se sabe si llorar o reir ante la idea de que ellos, ¡pobres 
diablos!, quieren dirigir una reata de continentes como 
guían un atalaje de cuatro caballos, transformar una 
atropelladora anarquía de comercio y especulación aza- 
rosa en una productividad ordenada, y unir a nuestras 
colonias de modo que formen una potencia mundial de 
primera magnitud. Dad a esa gente la más perfecta 
Constitución política y el más lógico programa político 
que la benévola omnisciencia pueda imaginar para ella, 
y lo transformarán en una mera mamarrachada elegan- 
te o en una beneficencia santurrona, tan seguramente 
como un salvaje convierte a la teología filosófica de un 
misionero escocés en ruda idolatría africana. 

No sé si a usted le han quedado algunas ilusiones 
respecto de la instrucción, el progreso, etc. Por mi parte 
no tengo ninguna. Cualquier panfletista puede enseñar 
el camino de mejorar; pero cuando no hay voluntad no 
hay remedio. Mi ama seca gustaba de decir que de la 
oreja de una cerda no se puede hacer un bolso de seda, 
y cuanto más observo los esfuerzos de nuestras iglesias 
y universidades y nuestros sabios literatos por levantar 
a las masas hasta su propio nivel, tanto más convencido 
estoy de que mi ama estaba en lo cierto. El progreso no 
puede sino hacer de todos nosotros el máximum posi- 
ble, y ese máximum seguramente no sería lo bastante, 
aun cuando los ya emergidos de los más profundos 
abismos dejaran a los demás tener la misma probabili- 
dad. En la cuestión de la herencia, la certeza de que las 
calidades adquiridas casi no cuentan como factores prác- 



PREFACIO XXXI 

ticos transmisibles, ha destruido las esperanzas de los 
educacionistas, asi como los terrores de los que creen 
en la degeneración, y ahora sabemos que no hay «clase 
gobernante» hereditaria, lo mismo que no hay rebeldía 
hereditaria. 

Tenemos que criar capacidad poUtica, so pena de 
arruinarnos por la democracia, la que se nos ha impues- 
to por haber fracasado los antiguos regímenes. Si, pues, 
el despotismo falló sólo por falta de un déspota capaz 
y benévolo, ¿qué probabilidad tendrá la democracia 
que necesita a toda una población de votantes capaces, 
es decir, de críticos políticos que, si no pueden gobernar 
en persona por falta de energía reservada o de especial 
talento para administrar, pueden, por lo menos, recono- 
cer y apreciar la capacidad y la benevolencia en otros y 
así gobiernan por representantes capaces y benevolen- 
tes? ¿En dónde se encontrará hoy día a tales votantes? 
En ninguna parte. Las uniones promiscuas han produ- 
cido una debilidad de carácter que es demasiado tímida 
para enfrentarse con la plena necesidad de una lucha 
por la existencia absolutamente basada sobre la compe- 
tición, y demasiado perezosa y descuidada para organi- 
zar cooperativamente el bien común. Siendo cobardes, 
anulamos los efectos de la selección natural so capa de 
la filantropía; siendo indolentes, nos descuidamos de la 
selección natural bajo el pretexto de deUcadeza y mora- 
lidad. 

Con todo, necesitamos tener un cuerpo electoral com- 
puesto de personas capaces y que sepan distinguir. De 
no ser así, pereceremos como perecieron Roma y Egip- 
to. En este momento la decadente fase de Roma en la 
que el pueblo pedía panem et circenses, se está inaugu- 
rando entre nosotros. Nuestros periódicos y melodramas 



XXXII PREFACIO 

están gastando mucha fraseología acerca de nuestros 
destinos imperiales; pero nuestras miradas y nuestros 
corazones se vuelven ansiosos hacia los millonarios 
americanos. En cuanto se meten la mano en el bolsillo, 
ya estamos cogiendo con la nuestra el ala del sombrero, 
como instintivamente. 

Nuestra prosperidad ideal no es la prosperidad del 
Norte industrial, sino la prosperidad de la isla de Wight, 
de Folkstone y de Rawsgate, de Niza y de Montecarlo. 
Esa es la única prosperidad que se ve en el escenario, 
en el que los trabajadores todos son lacayos, doncellas, 
patronos cómicos de huéspedes y artistas de moda, 
mientras los héroes y las heroínas son personas inmen- 
samente ricas y comen gratuitamente, como los caballe- 
ros en la novela de Don Quijote. Los periódicos de la 
City disparatan sobre la competencia entre Bombay y 
Mánchester, y asi sucesivamente. La competencia que 
realmente existe es la entre la Regent Street y la Rué 
de Rívoli, entre Brighton y la costa Sur y la Riviera, con 
miras al dinero de los turistas americanos. 

¿Qué significa toda esa creciente afición a las recep- 
ciones suntuosas, esa efusiva confraternidad, esos salu- 
dos y vivas al agitarse las banderas o al disparar los ca- 
ñones de un acorazado? ¿Imperialismo? Ni pizca. Obse- 
quiosidad, servilidad, ansiedad ante el sonido del dine- 
ro. Cuando míster Carnegie sonó sus millones en sus 
bolsillos, Inglaterra entera se arrastró a sus pies con afán 
desordenado. Sólo cuando Rhodes (que probablemente 
había leído mi Socialismo para millonarios) aseguró 
que ningún holgazán heredaría sus bienes, las espinas 
dorsales dobladas se enderezaron, desconfiadas, por un 
momento. ¿Sería posible que el rey de los diamantes, 
después de todo, no fuera un caballero? Pero no; no ha- 



PREFACIO XXXIII 

bía que hacer caso de la humorada de un hombre rico. 
No se habló más de ella, y las espinas dorsales volvie- 
ron a inclinarse en la forma que antes. 

, Le estoy oyendo a usted preguntarme con inquietud si 
he introducido todas esas reflexiones en una comedia de 
Don Juan. Nada de eso. Sólo he hecho a mi Don Juan fo- 
lletista político, y su folleto lo entrego a usted por entero 
en forma de apéndice. Lo encontrará al final del libro. 
Siento decir que es práctica común en los novelistas 
anunciar a su héroe como hombre de extraordinario in- 
genio y luego dejar al lector imaginar sus hazañas; así 
que al llegar al final del libro murmura uno para sí, con 
cierta melancolía, que si no fuera por la previa afirma- 
ción del autor, cuesta trabajo creer que aquél obrara si- 
quiera con sentido común. No puede usted acusarme de 
recurrir a semejante necedad lamentable, a tan débil 
evasiva. Yo no solamente le digo que mi héroe escribió 
un manual del revolucionista, sino que le doy dicho li- 
bro para que lo lea, para su edificación, si usted gusta. 
Y en ese manual encontrará expuesta la política de la 
cuestión sexual tal como yo concibo la entiende el des- 
cendiente de Don Juan. Y no es que yo rechace la en- 
tera responsabilidad por sus opiniones y las de todos 
mis personajes, agradables y desagradables. Todas es- 
tán en lo cierto, desde sus diferentes puntos de vista, y 
sus puntos de vista son, para el motivo dramático, tam- 
bién los míos. Eso podrá chocar a los que se figuran que 
existe un punto de vista absolutamente en lo cierto, or- 
dinariamente el suyo. Puede que crean también que 
nadie que lo dude pueda estar en estado de gracia. Sea 
de ello lo que sea, lo cierto es que nadie que esté con- 
forme con ellos pueda ser autor dramático, ni conocedor 
en modo alguno del espíritu humano. De ahí que se 



XXXIV PREFACIO 

haya dicho que Shakespeare no tiene conciencia. Tam- 
poco tengo yo, en ese sentido. 

Tal vez, sin embargo, me diga usted que esta digre- 
sión mía en el terreno político cae por su base ante el 
hecho bien claramente demostrado de que el artista 
nunca se coloca en el punto de vista de la generalidad 
en la cuestión sexual, porque ocupa un plano diferente. 
Yo primero demuestro que todo lo que escribo sobre las 
relaciones de los sexos, con seguridad tiende a extraviar 
las opiniones, y luego me pongo a escribir una comedia 
sobre Don Juan. Pues bien; si usted insiste en pregun- 
tarme el porqué de tan absurda conducta, sólo puedo 
contestar que usted me pidió la tal comedia, y que, en 
todo caso, mi modo de tratar el asunto puede que sea 
valedero para el artista, divertido para el aficionado y, 
al menos, comprensible y, por lo mismo, sugestivo para 
el filisteo. 

Todo el que conserva en la mente sus ilusiones está 
preparando datos para la psicología verdaderamente 
científica que todavía espera el mundo. Yo dejo estam- 
pado, valga lo que valiere, mi modo de ver las relacio- 
nes existentes de hombres y mujeres, en la sociedad de 
más alta civilización. Es un modo de ver como cual- 
quiera otro, y nada más, ni verdadero ni falso, pero sí, 
lo espero, un modo de encararse con el asunto introdu- 
ciendo en el conocido juego de causa y efecto una sufi- 
ciente porción de hechos y experiencias para que sea 
interesante para usted, si es que no interesa al público 
de los teatros de Londres. 

Por cierto que he mostrado poca consideración para 
dicho público en este cometido, pero sé que está muy 
bien dispuesto para con usted y conmigo, en cuanto 
tiene conocimiento de nuestra existencia, y ese público 



PREFACIO XXXV 

comprende perfectamente que lo que escribo para usted 
debe pasar, a considerable altura, por encima de su sen- 
cilla romántica cabeza. Como acostumbrado a leer, com- 
prará mis libros y me reconocerá genio, confiando en 
que he de producir más obras, de tal calidad que pueda 
resistir la prueba de su juicio. Así podemos los dos ex- 
playarnos, a nuestras anchas, en nuestro propio plano, 
y si algún caballero insinuara que ni esta epístola dedi- 
catoria ni el ensueño de Don Juan en el tercer acto de 
la comedia es utilizable para un teatro popular, no te- 
nemos que contradecirle. Napoleón procuró a Taima un 
público de reyes; con qué efecto sobre el trabajo de Tai- 
ma, no se registró. Por lo que a mí me toca, lo que siem- 
pre he deseado es un público de filósofos, y esta obra es 
para un público tal. 

Quisiera mencionar con toda claridad en las páginas 
que van a continuación a cuantos autores he « fusilado >, 
si pudiese recordarlos a todos. El plagio es evidente en 
cuanto al bandido poetastro, que es de Conan Doyle, y 
la transformación de Leporello en Henry Straker, inge- 
niero conductor de automóvil y «hombre nuevo >, es un 
esbozo dramático intencionado del embrión parejo de 
Mr. H. G. Wells pintando el porvenir de la activa cla- 
se de ingenieros, destinada, como él espera, a final- 
mente barrer a los charlatanes, fuera del camino de la 
civilización. Míster Barrie también, mientras estoy corri- 
giendo mis pruebas, ha venido deleitando a Londres 
con un tipo de criado que sabe más que sus dueños. La 
concepción de Mendoza Limited que utilizo se remonta 
a cierto secretario colonial de las Indias Occidentales, 
el cual, en una época en que él y yo y Mr. Sidney 
Webb estábamos haciendo nuestras primeras armas en 
la política a modo de tres mosqueteros fabianos, sin 



XXXVI PREFACIO 

sospechar la sorprendente importancia de los resultados 
que había de dar nuestra actividad, recomendó a Webb, 
el enciclopédico e inagotable, que formara una compa- 
ñía para provecho de los accionistas. A Octavio le tomé, 
sin alterarle, de Mozart, y por la presente autorizo a 
cualquier actor que haga este papel a que cante (si 
puede) «Dolía sua pace>, en cualquiera momento con- 
veniente de la representación. Ana me fué sugerida por 
la comedia holandesa intitulada Todo Hombre, resu- 
citada hace poco tan triunfalmente por Mr. William 
Poel. Espero que siga explotando ese filón y reconozca 
que la rimbombante literatura del Renacimiento isabe- 
lino es ya insoportable comparada con la poesía me- 
dieval, lo mismo que lo es Scribe después de Ibsen. Al 
ver representar Todo Hombre me dije, ¿por qué no Toda 
Hembra?, y el resultado fué crear a Ana. No toda hem- 
bra es Ana, pero Ana es toda hembra. 

Es que el autor de Todo Hombre no fué un mero ar- 
tista, sino un artista filósofo, y el que los artistas filósofos 
son la única clase de artistas que yo tomo del todo en 
serio, no es una novedad para usted. Hasta Platón y 
Boswell, como dramaturgos que inventaron a Sócrates 
y al doctor Johnson, me causan impresión más honda 
que los autores dramáticos románticos. Tiempo ha, sien- 
do niño, respiré el aire de las regiones transcendentales 
asistiendo a una representación de Zaubertflóte, de Mo- 
zart, y siempre desde entonces he estado inmune contra 
los esplendores de relumbrón y excitaciones alcohólicas 
de las combinaciones escénicas ordinarias, sentimenta- 
lismos falsos, hazañas policíacas y cosas por el estilo. 
Bunyan, Blake, Hogarth y Turner (estos cuatro primero 
y por encima de todos los clásicos ingleses), Goethe, 
Shelley, Schopenhauer, Wágner, Ibsen, Morris, Tolstoy 



PREFACIO XXXVII 

y Nietzsche son, entre los escritores, los cuyo peculiar 
sentido del mundo reconozco como más o menos aná- 
logo al mío. Fíjese bien en la palabra «peculiar-. Leo a 
Dickens y Shakespeare sin avergonzarme ni limitarme, 
pero sus fecundas observaciones y demostraciones res- 
pecto de la vida no se coordinan dentro de ninguna filo- 
sofía o religión. Al contrario, las premisas sentimenta- 
les de Dickens son contradichas por sus observaciones, 
y el pesimismo de Shakespeare es sólo su naturaleza 
humana herida. Los dos tienen el genio específico del 
imaginativo y las comunes simpatías, en alto grado, del 
sentir y pensar humano. Son a veces más razonables y 
agudos que los filósofos, lo mismo que Sancho Panza 
era con frecuencia más razonable y agudo que Don 
Quijote. 

Despejan grandes masas de gravedad opresionante, 
con su sentido del ridículo, que no es, en el fondo, sino 
una combinación de sano juicio moral con franco buen 
humor. Pero su mente abraza las diversidades del mun- 
do en vez de enfocar sus unidades. Son tan irreligiosos 
que explotan a la religión popular para sus propósitos 
profesionales, sin delicadeza ni escrúpulo (por ejemplo, 
Sydney Cartón, y el espíritu en Hamlet). Son anárqui- 
cos y no pueden parangonar sus semblanzas de Angelo 
y Dogberry, sir Leicester Dedlock y Mr. Tite Barnacle 
con ningún retrato de un profeta o de un digno pastor 
de multitudes. No tienen ideas constructivas; tienen a 
los que las tienen por fanáticos peligrosos; en todas sus 
ficciones no hay pensamiento director ni inspiración por 
la que cualquier hombre pudiera en modo alguno correr 
el riesgo de perder su sombrero por una ráfaga de aire, 
no digamos la vida. Los dos por igual se ven obligados 
a tomar prestados motivos, para las acciones más esfor- 



XXXVIII PREf ACIO 

zadas de sus personajes, al común acervo de los engen- 
dros melodramáticos. Tanto que Hamlet tiene que ser 
estimulado por los prejuicios de un policía y Macbeth 
por las codicias de un salteador. Dickens, sin la excusa 
de tener que fabricar motivos para Hamletes y Mache- 
thes, innecesariamente remolca su tripulación hacia aha- 
jo por el río de sus publicaciones mensuales por medio 
de trucos mecánicos que le dejo a usted el cuidado de 
describir, ya que mi propia memoria está enteramente 
confusa por cuestiones como la de Monks en Oliver 
Troist, o la de la parentela hace tanto tiempo perdida 
de Smicke, o la de las relaciones entre las familias de 
Dorrit y Clennam, tan inoportunamente descubiertas por 
monsieur Rigaud Blandois. 

La verdad es que el mundo, para Shakespeare, fué un 
gran escenario de chiflados en el que él se trastornaba 
enteramente. No pudo en modo alguno descubrirle un 
sentido a la vida; y Dickens se salvó de la desesperación 
del ensueño en El Carillón tomando al mundo tal como 
es y distrayéndose con la observación de sus detalles. 
Ninguno de los dos pudo hacer algo con un serio carác- 
ter positivo. Supieron colocar ante nuestros ojos cual- 
quier figura humana con perfecta verosimilitud; pero 
cuando era llegado el momento de moverla y hacerla 
vivir, se encontraba con que, a menos que los hiciera 
reir, tenían en manos un muñeco y era forzoso inventar 
algún estímulo artificial externo para moverle. Eso es lo 
que pasa con Hamlet desde el principio hasta el fin: no 
tiene voluntad, excepto en los momentos en que su tem- 
peramento se desborda. Necios exégetas hacen a su 
modo una virtud de eso: declaran que la obra es la tra- 
gedia de la irresolución, pero todas las proyecciones de 
la más honda humanidad hechas por Shakespeare tie- 



PREFACIO XXXIX 

iien el mismo defecto: sus caracteres y ademanes son 
parecidos a la vida, pero sus acciones no salen de aden- 
tro, les son impuestas desde fuera, y la fuerza exterior 
es grotescamente desproporcionada, excepto cuando es 
enteramente convencional, como en el caso de Enri- 
que V. 

Falstaff es más vivido que cualquiera de aquellos ca- 
racteres serios y reflexivos, porque obra por cuenta pro- 
pia, sus motivos son sus propios apetitos e instintos y 
humores. Ricardo III también es delicioso como come- 
diante excéntrico, que para a un entierro para hacer el 
amor a la viuda del hijo del difunto; pero cuando, en el 
acto siguiente, le substituye un traidor de teatro que su- 
prime a unos niños y hace caer a los jefes de la burgue- 
sía, nos subleva la impostura y repudiamos al personaje 
por el que nos lo han cambiado. Faulconbridge, Corio- 
lano, Leontes son admirables descripciones de tempera- 
mentos instintivos; en realidad, Coriolano es la mayor 
de las comedias de Shakespeare; pero una descripción 
no es una filosofía, y la comedia ni compromete al 
autor ni le revela. Hay que juzgarle por los caracteres, en 
los que pone lo que sabe de sí mismo, sus Hamletes y 
Macbethes y Léares y Prósperos. Si esos caracteres están 
agonizando en el vacío, por ficticios melodramáticos 
asesinatos y venganzas y otras cosas por el estilo, mien- 
tras los caracteres cómicos pisan con sus pies un suelo 
sólido, vividos y divertidos, se conoce que el autor tiene 
mucho que mostrar y nada que enseñar. La compara- 
ción entre Falstaff y Próspero es parecida a la compara- 
ción entre Micawber y David Copperfield. Al final del 
libro conocemos a Micawber, mientras sólo llegamos a 
saber lo que ha sucedido a David y no nos interesamos 
bastante por él para preguntarnos cuál pudiera ser su 



KL Í^REFACIO 

política y su religión, caso de que una cosa tan estupen* 
da como es una idea religiosa o política pudiese ocurrir- 
sele. Es tolerable como niño, pero nunca llega a ser un 
hombre y se podría muy bien prescindir de él si no fue- 
se porque sirve como confidente de teatro, como Hora- 
cio o «Carlos su amigo>, lo que llaman en términos de 
escenario un relleno. 

Pues todo eso no lo puede usted decir de las obras de 
un artista-filósofo. No lo puede decir, por ejemplo, de 
El Progreso del Peregrino. Coloque a su héroe y su co- 
barde shakespeariano, a Enrique V y a Pisto! o Paro- 
lies al lado de Mr. Valiant y Mr. Fearing, y caerá súbi- 
tamente en la cuenta del abismo que existe entre el 
autor que no pudo ver en el mundo sino fines personales 
y la tragedia de sus fracasos o la comedia de sus incon- 
gruencias, y el predicador castrense que adquiere virtud 
y valor identificándose con el objeto del universo tal 
como lo entiende. 

El contraste es enorme. El cobarde de Bunyan nos re- 
mueve más la sangre que el héroe de Shakespeare, que 
literalmente nos deja indiferentes y, secretamente, hos- 
tiles. De repente vemos que Shakespeare, con todas sus 
ocurrencias relumbrantes y adivinaciones, nunca supo 
lo que es la virtud y el valor, nunca concibió cómo un 
hombre cualquiera que no sea un necio pudiera, como 
el héroe de Bunyan, bajar la vista, desde la escarpada 
orilla del río de la muerte, al espectáculo de los esfuer- 
zos y trabajos de su peregrinación y decir «todavía no 
me arrepiento>, o, con la rumbosidad de un millonario, 
«lego mi espada al que sea mi sucesor en mi peregrina- 
ción, y mi valentía y mi habilidad al que pueda tener- 
las iguales>. Esta es la verdadera alegría del vivir, el ser 
empleado para un fin reconocido por uno mismo como 



PREFACIO XLl 

\m íin poderoso, el ser completamente desgastado antes 
de ser arrojado al montón de las cosas inútiles; el ser 
una fuerza de la Naturaleza en vez de ser un pequeño 
amasijo calenturiento y egoísta de padecimientos y apu- 
ros quejándose de que el mundo no se dedique a hacer- 
le feliz. Y también una tragedia verdadera en la vida 
es ser utilizado por hombres de miras personales para 
propósitos que uno considera como mezquinos. Todo lo 
demás es, cuando peor, mera desgracia o mortalidad; 
aquello sólo es miseria, esclavitud, infierno en esta vida, 
y la sublevación contra ello es la única fuerza que la 
obra de un hombre ofrece al pobre artista, al que nues- 
tros ricos egoístas tan gustosos emplearían como alca- 
huete, bufón, vendedor de belleza, tratante en sentimen- 
talismos y cosa parecida. 

Al parecer hay mucho trecho de Bunyan a Nietzsche, 
pero la diferencia entre sus conclusiones es mera cues- 
tión de forma. La percepción de Bunyan de que la justi- 
cia es un montón de trapos sucios, su ira contra míster 
Legality en el pueblo de Morality, su desprecio para 
con la Iglesia como suplantadora de la religión, su in- 
sistencia en proclamar a la valentía como virtud de las 
virtudes, el estimar que la carrera del convencionalmen- 
te respetable Worldly Wiseman no es, en el fondo, 
mejor que la vida y muerte de Mr. Badman; todo eso, 
expresado por Bunyan en los términos de la teología de 
un pensador, es lo que han expresado: Nietzsche, en 
términos de filosofía postdarwiniana y postschopen- 
haueriana; Wágner, en términos de mitología politeísta, 
e Ibsen, en términos de dramaturgia parisina de media- 
dos del siglo XIX. Nada es nuevo en estos asuntos sino 
sus novedades; por ejemplo, es una novedad llamar 
wille (voluntad) la justificación por la fe y vorstellung 



XLII PREFACIO 

(representación) la justificación por la acción. El único 
provecho de la novedad consiste en que usted y yo 
compramos y leemos el tratado de Schopenhauer sobre 
la Voluntad y la Representación, y ni en sueños se nos 
ocurriría comprar una serie de sermones sobre la Fe 
contra la Acción. En el fondo la controversia es la mis- 
ma y los resultados dramáticos son los mismos. 

Bunyan no trata de presentar a su peregrino como más 
juicioso o de mejor conducta que Mr. Worldly Wiseman. 
Los peores enemigos de este último, Mr. Embezzler, 
Mr. Never-go-to-Church-on-Sunday, Mr. Bad-Form, mís- 
ter Murderer, Mr. Burglar, Mr. Corespondent, Mr. Black- 
maiier, Mr. Cad, Mr. Drunkard, Mr. Labor Agitator (1) y 
así sucesivamente, pueden leer El Progreso del Peregri- 
no sin encontrar una palabra dicha contra ellos, mientras 
la gente respetable que los critica y los mete en la cárcel, 
Mr. Worldly Wiseman mismo y su joven amigo Civility, 
así como Formalist e Hypocrisy, Wildhead, Inconside- 
rate y Pragmatick (que evidentemente fueron jóvenes 
estudiantes universitarios de buena familia y vida rega- 
lada), aquel muchacho decidor Ignorance, Talkative, 
By-Ends of Fairspeech y su madre política lady Feig- 
ning y otros reputados ciudadanos y caballeros salen 
muy malparados. Hasta Little Faith, aunque al fin va al 
cielo, es supuesto haber merecido, siéndole bien em- 
pleado, el haber sido maltratado e insultado por los 
hermanos Faint Heart, Mistrust y Guilt, los tres conoci- 
dos miembros de la sociedad respetable y verdaderas 
columnas de la ley. 

Toda la alegoría es un enérgico ataque a la morali- 
dad y la respetabilidad, sin una palabra contra el vicio 
y el crimen. Exactamente lo que se lamenta en Nietzsche 

(l) Todos nombres simbólicos de los personajes de Bunyan.— fM del 7.) 



PREFACIO XLIII 

e Ibsen, ¿no es verdad? Y también exactamente lo que 
se lamentaría en toda la literatura, que es bastante gran- 
de y de bastante edad para haber llegado al rango ca- 
nónico, oficial o no oficialmente, si no fuese que los 
libros son admitidos en el canon por un convenio que 
confiesa la grandeza de los mismos siempre cuando lle- 
ga a anular su sentido verdadero. Así el reverendo pres- 
bítero puede estar conforme con el profeta Micheas en 
cuanto a su estilo inspirado, pero sin compartir en modo 
alguno sus opiniones furiosamente radicales. 

Yo mismo, pluma en mano, como me obligo a mi 
mismo a ser atento y cortés, veo muchas veces desha- 
cerse toda la fuerza de mi ataque ante una sencilla po- 
lítica de no resistencia. En vano trato de duplicar la vio- 
lencia del lenguaje en que proclamo mis heterodoxias. 
Me burlo de la credulidad teísta de Voltaire, la supers- 
tición amorista de Shelley, el revivir del zahorismo de 
tribus primitivas y ritos idolátricos a que Huxley llamó 
Ciencia y erróneamente tomó por un ataque al Penta- 
teuco, lo mismo que me burlo de la balumba de papa- 
rruchas eclesiásticas y profesionales que guarda las apa- 
riencias del estúpido sistema de violencia y rapiña al 
que llamamos Ley e Industria. 

Hasta los ateos me echan en cara mi infidelidad y los 
anarquistas mi nihilismo, porque no puedo aguantar 
sus latiguillos morales. Y, sin embargo, en vez de gritar: 
«mandad al palo a ese inconcebible satanista», los más 
respetables periódicos me dan importancia anunciando 
«otro libro del brillante y sesudo escritor». Y el ciudada- 
no corriente, sabiendo que un autor del que habla bien 
un periódico respetable no tiene defecto, me lee a mí 
como lee a Micheas, sin que su conciencia se inquiete y 
con perfecta edificación. Cuentan que por los años 



XLIV PREFACIO 

de 1870 una señora anciana, muy devota metodista, se 
mudó de Colchester a una casa cercana a City Road, en 
Londres, donde, confundiendo el Hall of Science (1) con 
una capilla, se sentaba entre el público para escuchar a 
Charles Bradlaugh, durante muchos años, arrebatada 
por su elocuencia, sin sospechas de su ortodoxia y sin 
que su fe mermara en un ápice. Temo que me veré de- 
fraudado de mi justa corona de mártir, de la misma 
manera. 

Pero estoy divagando, como siempre hace el hombre 
que tiene algún motivo de queja. Y, después de todo, lo 
principal, para determinar la calidad artística de un 
libro, no son las opiniones que propaga, sino el hecho de 
que el que lo escribió tiene opiniones. Aquella señora 
anciana de Colchester tenía razón al solear su alma sen- 
cilla en la enérgica radiación de las genuinas creencias 
e increencias de Bradlaugh, mejor que entumecerse 
oyendo una fría conferencia, de las que se estilan, sobre 
lo que es la luz y el calor. Mi desprecio por lo que se 
llama literatura y por los aficionados que llegan a ser 
los héroes de los que se entusiasman con la virtuosidad 
literaria no se funda en ninguna ilusión mía respecto de 
la permanencia de las formas de pensamiento (llámelas 
opiniones) por las que me esfuerzo en comunicar a los 
demás mis ideas. Para los que son más jóvenes que yo, 
ya han pasado de moda, porque aunque no han perdi- 
do su lógica, lo mismo que un pastel del siglo xviii no 
ha perdido su dibujo y su colorido, muestran algún de- 
terioro, como el pastel, y se irán deteriorando hasta per- 
der todo su valor, cuando mis libros o perezcan o, si el 
mundo todavía está bastante pobre para necesitarlos, 
tengan que sostenerse, como los de Bunyan, por calida- 

(1) Centro científico de Londres.— fN. del T.) 



PREFACIO XLV 

des enteramente amorfas de temperamento y energía. 

Con tal convicción no puedo ser literato acicalado. 
Claro que tengo que reconocer, como hasta el Antiguo 
Marino hizo, que debo contar mis historias de un modo 
divertido si quiero tener pendiente de mis labios al con- 
vidado a la boda, a pesar de los cantos de sirena del fa- 
got sonoro. 

Pero ^por el amor al arte> sólo no me tomaría el tra- 
bajo de escribir una sola frase. Sé que hay hombres que, 
no teniendo nada que decir y nada que escribir, están, 
sin embargo, tan enamorados de la oratoria y la litera- 
tura, que se deleitan con repetir cuanto pueden entender 
de lo que otros han dicho y escrito antes. Sé que los 
trucos cómodos que su falta de convicción les deja libres 
de ejecutar con una idea diluida y mal digerida les pro- 
porciona una agradable habilidad de salón que llaman 
estilo. Puede inspirarme lástima su necedad y, con todo, 
simpatía con su capricho. Pero digo que un verdadero 
estilo original nunca se crea para sí mismo. Un hombre 
podrá pagar desde un chelín a una guinea, según sus 
medios, por ver, oir o leer una producción genial de 
otro hombre, pero no sacrificará toda su vida y toda su 
alma por llegar a ser un mero virtuoso en literatura, os- 
tentando una perfección que ni siquiera le proporciona- 
rá dinero como tocar el violín. La afirmación efectiva 
es el alfa y el omega del estilo. El que no tenga nada 
que afirmar no tiene estilo ni puede tenerlo; el que ten- 
ga algo que afirmar alcanzará un poder de estilo tan 
grande como la importancia de su afirmación y la fuer- 
za de su convicción lo permitan. No esté usted conforme 
con su afirmación; de todos modos quedará su estilo. 
Darwin no destruyó el estilo de Job ni de Handel, lo 
mismo que Martino Lutero no destruyó el de Giotto. 



XLVI PREFACIO 

Todas las afirmaciones llegan más pronto o más tarde a 
ser negadas, y asi encontramos al mundo lleno de mag- 
níficas reliquias de fósiles artísticos, despojadas de la 
evidencia simplista que les daba vida, pero conservan- 
do aún el esplendor de su forma. 

Y esta es la razón por que tanto gustan los antiguos 
maestros y encantan nuestra sensibilidad. Un pintor de 
la Real Academia cree que puede adquirir el estilo de 
Giotto sin compartir sus creencias religiosas y, encima, 
corregir su perspectiva. Un literato de nuestros días se 
figura que puede lograr el estilo de Bunyan o de Sha- 
kespeare sin identificarse con su modo de ver las cosas, 
especialmente si se cuida de no descomponer sus infini- 
tivos. Y así pasa con los doctores en Música, que, si sus 
colecciones de discordancias son debidamente prepara- 
das y disueltas, o retrasadas o adelantadas, a la manera 
de los grandes compositores, se imaginan que pueden 
aprender el arte de Palestrina por el tratado de Cheru- 
bini. Todo ese arte académico es mucho peor que el 
comercio de muebles antiguos imitados, porque el hom- 
bre que nos vende un arcón de roble jurando que data 
del siglo XIII, cuando sabe que él mismo lo ha fabricado, 
por lo menos no pretende que en ese arcón haya algu- 
nas ideas modernas. En cambio, los copiadores aca- 
démicos de fósiles nos ofrecen sus copias como la más 
reciente emanación del espíritu humano, y, lo que es 
lo peor de todo, acaparan a jóvenes como discípulos y 
los persuaden de que sus deficiencias son reglas, sus 
malas artes perfecciones, sus timideces buen gusto y 
sus vaciedades purezas. Y cuando declaran que el arte 
no debiera ser didáctico, todos los que no tienen nada 
que enseñar y todos los que no desean aprender los 
aplauden entusiasmados. 



PREFAaO XLVII 

Me precio en no ser uno de esos sensitivos. Si usted 
estudia la luz eléctrica que le suministro de la manera 
desahogada que de vez en cuando le inspira jocosas 
quejas, encontrará que su casa contiene una gran canti- 
dad de alambre de cobre altamente susceptible que se 
satura de electricidad a sí mismo y no le da a usted luz 
alguna. Pero hay aquí o allí un trecho nada conductor, 
de gran resistencia, y ese trecho recalcitrante lucha con 
la corriente y no la quiere dejar pasar hasta que se 
haya hecho útil para usted suministrándole luz y calor, 
dos esencias vitales que podemos exigir de la literatura. 

Ahora, si no he de ser meramente el hombre del alam- 
bre de cobre, y he de hacerme autor luminoso, tengo 
que ser también una persona intensamente refractaria, 
obligada a toda clase de irregularidades en momentos 
oportunos y con posibilidades de incendio. Estos son los 
defectos de mis buenas calidades, y le aseguro que a 
veces me disgusto a mí mismo tanto, que cuando por 
casualidad algún crítico irritable, en un momento así, 
acierta a darme un palo, me siento indeciblemente ali- 
viado y agradecido. Pero nunca se me ocurre, ni en sue- 
ños, enmendarme, pues sé que tengo que tomarme como 
soy y sacar de mi caletre lo que puedo. Todo eso lo com- 
prenderá usted, pues existe entre nosotros una comuni- 
dad de material: ambos somos críticos de la vida, así 
como del arte; y quizás haya usted dicho para sus aden- 
tros, al verme pasar por delante de sus ventanas: <;Por 
Dios, ese que pasa soy yo!...> Reflexión medrosa y puri- 
ficadora que ha de ser la cadencia final de esta carta, 
exageradamente larga, de su afectísimo 

G. Bernard Shaw. 
Woking, 1903. 



XLVIII PREFACIO 

P. D. En medio de unas discusiones intelectuales sin pre- 
cedente sobre este libro nuestro— desgraciadamente, usted ha 
observado en todo ello el silencio más completo—, me veo 
abocado al hecho de preparar una nueva edición. Aprovecho 
la ocasión para rectificar alguna que otra falta. Habrá usted 
notado (seguro estoy que nada más que usted) que me des- 
colgué con una cita de Ótelo dándola como si fuera de Un 
cuento de invierno. Esto siento bastante tener que rectificar- 
lo, pues aquel pasaje se aplicarla tan perfectamente a Flori- 
zel y Perdita. Pero no hay que bromear con Shakespeare. 
Así, pues, devuelvo a Desdémona lo que le pertenece. 

Con todo, el libro no ha resultado mal. A los críticos de 
más autoridad les ha hecho impresión; los de menor cuantía 
se encuentran cohibidos; los inteligentes en literatura sien- 
ten un cosquilleo agradable ante mi valentía (empeñada 
por dar gusto a usted); sólo los humoristas, por extraño que 
parezca, me reprenden y riñen como asustados de ver que 
alguien penetra en su coto. No todos mis críticos me han 
comprendido. Lo mismo que les pasa a los ingleses en Fran- 
cia, que emiten alegres y confiados sus diptongos británicos 
creyendo que son buenas vocales francesas, muchos de ellos 
ofrecen, como muestras de la filosofía de Shavv, artículos que 
sólo son de su propia cosecha. Otros son víctimas de asocia- 
ciones de ideas. Me llaman pesimista porque mis observa- 
ciones hieren a su suficiencia, y renegado porque preferiría 
que los que protestan tumultuariamente contra mí, fueran 
todos Césares en vez de gentes del montón: Tom y Dick y 
Harry. Lo peor de todo: he sido acusado de predicar el ad- 
venimiento de un superhombre ético, lo mismo que nuestro 
antiguo amigo, el Hombre Justo, hizo a Perfecto. Esta equi- 
vocación es tan molesta, que dejo la pluma descansar ya, 
por miedo de verme tentado de hacer la postdata aún más 
larga que la carta. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 



PERSONAJES 



JOHN TANNER. 
ROEBUCK RAMSDEN. 
SUSANA RAMSDEN. 
OCTAVIO ROBINSON. 
VIOLETA ROBINSON. 
MRS. WHITEFIELD. 
ANA WHITEFIELD. 
MALONE. 

HÉCTOR MALONE. 
ENRIQUE STRAKER. 
UNA DONCELLA. 

MENDOZA, jefe de bandoleros. 

VARIOS BANDOLEROS. 

UN OFICIAL. 

EL DIABLO. 

DON JUAN TENORIO. 

LA ESTATUA DEL COMENDADOR. 

DOÑA ANA DE ULLOA. 

La acción del primer acto, en Londres; del segundo, cerca 
de Richmond; del tercero, en la Sierra Nevada, y del cuarto, 
en Granada.— Época actual. 



ACTO PRIMERO 



Roebuck Ramsden está en su despacho abriendo la correspondencia de la 
mañana. El estudio, amueblado elegante y seriamente, revela el hombre de 
buena posición. No se ve ni rastro de polvo. Se nota desde luego que hay 
en la casa, por lo menos, dos criadas y una doncella, amén de an criado que 
descansa poco. Hasta el vértice del cráneo de Ramsden está pulido, tanto 
que, en un día de sol, podría heliografiar sus órdenes a campamentos leja- 
nos, con sólo menear la cabeza. En ningún otro concepto, sin embargo 
recuerda al hombre militar. Es en la vidf^ civil activa que los hombres 
adquieren aquel cure hinchado de importan :ia, aquella espera de deferencia 
por parte de los demás, aquel modo de hablar que ahora no admite réplicas 
y en un tiempo, antes del ascenso deseado y k; obtención del poder e in- 
fluencia suficiente, fué circunspecto y atento. 1^1 es más que un personaje 
respetable; se caracteriza como presidente de personajes respetables, como 
principal entre directores, como alcalde entre concejales. Cuatro tufos de 
pelo cano, que pronto estará tan blanco como la nieve, caen en dos pares 
simétricos por encima de sus orejas y en los ángulos de sus anchas mejillas. 
Lleva una levita negra, un chaleco blanco hace un tiempo espléndido de 
primavera) y pantalones ni negros ni perciptiblemente azules, c'e una de 
esas telas indefinidas, camaleón que los fabricantes modernos producen 
para eu-monizarlas con las opiniones y conv cci ones de los hombres respeta- 
bles. Todavía no ha salido de casa hoy, de me do que está en zapatillas, y 
sus botas están preparadas para él delante de le. chimenea. Siendo de supo- 
ner que no tiene ayuda de cámara, y al ver que no tiene secretario que sepa 
taquigrafía y escribir a máquina, uno considere cuan poco los hábitos case- 
ros de nuestra alta burguesía han sido moditicados por los métodos y ade- 
lantos nuevos, asi como por las iniciativas áe las Compañías de ferrocarriles 



4 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

y hoteles que nos proporcionan una estancia en la playa de Folkestone, 
desde el sábado hasta el lunes, con hospedaje impecable y billete de ida y 
vuelta en primera clase, todo por dos guineas. 

¿Qué edad tiene Ramsden? La cuestión tiene importancia al principio de 
un drama de ideas, porque en tales circunstancias todo depende de si su 
juventud está en los sesenta o en los ochenta. Pues nació, digámoslo sin 
ambages, en 1839; de modo que tiene ahora sesenta y cuatro años, y ha sido, 
desde muchacho, unitarista y librecambista, y, desde la publicación del 
Origen de las Especies, evolucionista. En consecuencia, siempre se ha 
considerado a sí mismo como pensador adelantado y reformador im- 
pertérrito. 

Sentado a su mesa de escribir, tiene a su derecha las ventanas que dan a 
Portland Place. Al través de ellas, como por un proscenio, el espectador 
curioso puede contemplar su perfil por cuanto permiten los cristales. A su 
izquierda está la pared del interior, con una libreria considerable, y la puer- 
ta, no en el centro, sino un poco más allá de él. Junto a la pared, enfrente de 
él, hay dos bustos encima de sus correspondientes columnas: el uno, a su iz- 
quierda, de John Bright; el otro, a su derecha, de Mr. Herbert Spencer. Entre 
ellos está colgado un retrato grabado de Richard Cobden, fotografías ampli- 
ficadas deMartineau,Huxley y George Eliot, autotipias de alegorías de mlster 
G. F. Watts (porque Ramsden cree en las bellas artes con toda la convicción 
de un hombre que no entiende una jota de ellas) y un impreso del grabado 
hecho por Dupont del hemiciclo de los Beaux Arts de Delaroche, represen- 
tando el gran hombre de todas las épocas. En la pared, detrás de él, encima 
de la chimenea, cuelga un retrato de familia de impenetrable obscuridad. 

Hay una silla cerca de la mesa de escribir a la disposición de las visitas de 
negocio. Hay otras dos sillas cerca de la pared entre los bustos. 

Entra una doncella con una tarjeta de visita en la mano. Ramsden la coge 
y menea la cabeza complacido. Evidentemente es una visita grata. 

Ramsden.— Diga a ese caballero que pase. 

(La doncella sale y vuelve seguida de la visita.) 

Doncella.— Míster Robinson. 

Mr. Robinson es realmente un joven de aspecto sumamente simpático. 
Desde luego se piensa que va a ser el joven gedán, porque no hay razón para 
suponer que otro personaje tan atractivo pueda aparecer en una misma obra- 
Su cuerpo esbelto y bien formado; su traje elegante, de luto riguroso; su ca- 
beza pequeña y rasgos regulares; su bonito y fino bigote; sus ojos claros y 
francos; su tez sonrosada; su cabello lustroso y bien cepillado, no rizadO/ 
pero fino y de hermoso color negro; el arco de buena naturaleza de sus ce- 
jas; la frente alta y el mentón algo apimtado, todo indica que el hombre 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 5 

luego amará y sufrirá. Y que esto no sucederá sin que se granjee leis simpa- 
tías del público lo garantizan la sinceridad que previene en su favor y la ser- 
viciabilidad modesta e insistente que le señala como hombre de índole 
amable. En cuanto entra el joven, la cara de Ramsden resplandece de cariño 
paternal y tigrado, cuya expresión se matiza con decorosa comprensión al 
acercársele el joven con tanto luto en su semblante como en su traje negro. 
Ramsden, evidentemente, conoce el motivo del luto. 

Al avanzar la visita silenciosamente hacia la mesa de escribir, el anciano 
se levanta y por encima tiende la mano sin decir una palabra. Sigue un apre- 
tón largo y cariñoso que indica la historia de una dolorosa pérdida común. 

Ramsden. — (concluyendo el apretón y recobrando su expresión 

habitual.) Vamos, vaiTios, Octavio, a todos nos ha de lle- 
gar, más tarde o más temprano. Siéntate, hombre. 

(octavio ocupa la silla junto al escritorio. Ramsden vuelve a ocupar 
su sillón de despacho.) 

Octavio. — Sí, hay que resignarse, míster Ramsden. 
Pero yo le debía tanto al difunto... Hizo por mí tanto 
como pudiera haber hecho mi propio padre, de haber 
vivido. 

Ramsden.— No tenía hijo suyo, como sabes. 

Octavio. — Pero tenía hijas, y, sin embargo, fué tan 
bueno para con mi hermana como para mí. ¡Y qué re- 
pentina ha sido su muertel Yo siempre tenía la inten- 
ción de expresarle mi agradecimiento, de demostrarle 
que no tomaba como cosa natural todo su cariño por 
mí, como cualquier muchacho toma el cariño de su pa- 
dre. Pero yo esperaba una ocasión oportuna, y ahora 
está muerto, sin que nada indicara la proximidad de se- 
mejante desgracia. Nunca sabrá mis sentimientos para 

con él. (Saca su pañuelo y llora sinceramente.) 

Ramsden.— ¿Quién lo sabe. Octavio? Puede que lo 
sepa, no digamos. jVaya, no te aflijas demasiado! (octa- 
vio se domina y se mete el pañuelo en el bolsillo.) Así. Ahora te 



6 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

voy a decir algo que podrá consolarte. Cuando le vi la 
última vez... en esta misma habitación fué... me dijo: 
«Octavio es un excelente muchacho y un alma noble, y 
cuando veo el poco cariño que algunos inspiran a sus 
hijos, me doy cuenta de que para mí es mucho mejor 
que un hijo.» i Vamos! ¿Qué dices a esto? 

Octavio.— Míster Ramsden, solía decirme que en el 
mundo había encontrado a un solo hombre que era la 
personificación del honor, y que ese hombre era Roe- 
buck Ramsden. 

Ramsden. — Era favor que me hacía. Eramos muy an- 
tiguos amigos, como sabes. Pero acerca de ti decía aún 
otra cosa, pero no sé si debo hablarte de ella o no. 

Octavio. — Usted dabe saberlo mejor que nadie. 

Ramsden. — Era algo que se relacionaba con su hija. 

Octavio.— (con vivo interés.) ¡Ahí respecto de Ana. Díga- 
me, dígame lo que es, míster Ramsden. 

Ramsden. — Pues me dijo que se alegraba, después de 
todo, de que no fueras su hijo, porque pensaba que al- 
gún día Anita y tú... (octavio se enrojece vivamente.) En fin, 

tal vez no debiera yo decir nada. Pero lo decía en serio 
mi pobre amigo. 

Octavio.— ¡Ay, si siquiera estuviese yo seguro de que 
ella me quierel Ya sabe usted, míster Ramsden, que a mí 
el dinero me tiene sin cuidado, y lo mismo lo que la 
gente llama posición. Me es imposible interesarme por 
semejantes cosas ni luchar por ellas. Pues Ana tiene una 
naturaleza muy exquisita, pero está tan acostumbrada a 
verse en medio de esas cosas, que considera incompleto 
el carácter de un hombre si no es ambicioso. Sabe que 
si se casase conmigo tendría que hacer esfuerzos de vo- 
luntad para no avergonzarse de no sobresalir yo en nada- 

Ramsden. — (Levantándose y plantándose de espaldas a la chime- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 7 

nea.) Tontería, hijo, tontería. Eres demasiado modesto. 
¿Qué sabe ella, a su edad, del valor real de los hombres? 
(Más serio.) Además, es una muchacha que tiene el senti- 
miento del deber hasta dejarlo de sobra. Los deseos de 
sus padres serán sagrados para ella. ¿Querrás creer que 
desde que tiene uso de razón no recuerdo que una sola 
vez haya dado su propio deseo como motivo para hacer 
o dejar de hacer alguna cosa? Siempre era lo mismo- 
«Papá quiere> o «a mamá no le gustaría». Es casi un 
defecto ya. Muchas veces le he dicho yo que debía acos- 
tumbrarse a pensar por sí misma. 

Octavio. — (Meneando la cabeza.) No podría yo pedir su 
mano, míster Ramsden, alegando que era un deseo de 
su difunto padre. 

Ramsden. — Hombre, claro que no. Ya me hago cargo. 
Pero si la conquistaras por tu propio mérito, sería para 
ella una doble dicha el saber que su propio deseo había 
coincidido con el de su padre. ¿Eh? ¿Qué te parece? De 
modo que harás tu petición, ¿verdad? 

Octavio. — (con alegría melancólica.) De todos modos, le 
aseguro que no he de pedir la mano de otra en mi vida. 

Ramsden. — Ni falta que hará, hombre. Te aceptará, 

querido... aunque (Aquí se pone de repente muy serio.) tíeneS 

un gran inconveniente. 

Octavio. — (Angustiado.) ¿Qué inconveniente es ése, mís- 
ter Ramsden? Mejor dicho, ¿cuál es de mis muchos in- 
convenientes? 

Ramsden. — Pues te diré, Octavio, (coge de la mesa un iibro 
encuadernado en tela roja.) Teugo aquí uu ejemplar de la obra 
más infame, más escandalosa, más maléfica, más ruin 
que jamás se haya escapado de ser quemada en público 
por mano del verdugo. No la he leído. No quisiera man- 
char mi espíritu con semejante inmundicia, pero he leí- 



8 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

do lo que dicen de ella los periódicos. Me basta y me so- 
bra con el título. (Lee.) «Manual y Guía de bolsillo del 
Revolucionario>, por John Tanner, I. D. L. C. R. H., in- 
dividuo de la clase rica holgazana. 

Octavio. - (sonriendo.) Pero si Juanito... 

Ramsden.— (Mohíno.) Te suplíco que no le llames Jua- 
nito en mi presencia. (Tira con violencia el libro sobre la mesa. 
Entonces, algo aliviado, se acerca a Octavio por delante de la mesa y se 
dirige a él con energía y seriedad.) No, OctaviO; Sé que mi di- 
funto amigo tenía razón al decir que eres un joven ge- 
neroso. Sé que ese hombre ha sido condiscípulo tuyo y 
que te crees obligado a defenderle porque fuisteis ami- 
gos. Pero te ruego consideres que ya han cambiado las 
circunstancias. Has sido tratado como hijo en casa de mi 
pobre amigo. Allí vivías y no era posible enseñarle la 
puerta a tu condiscípulo. Allí entraba y salía aquel Tan- 
ner, con pretexto de verte, casi desde niño. Llamaba a 
Anita por su nombre con tanta libertad como tú. Pues 
bien, mientras vivía el padre de ella, eso era asunto de 
él, no mío. Ese Tanner para él era un chico, sus opinio- 
nes le hacían sonreír, como si hubiesen sido un sombre- 
ro de hombre en cabeza de niño. Pero ahora Tanner es 
un hombre hecho y derecho, y Anita una mujer. Y el 
padre ya no está. No conocemos todavía el contenido 
del testamento; pero muchas veces me habló de ello, y 
estoy tan seguro como de que estás sentado ahí de que 
me ha nombrado a mí albacea y tutor de Anita. (violen- 
to.) Ahora te digo, una vez para siempre, no puedo ni 
quiero que quede Anita en una situación que tenga, por 
consideración a ti, que sufrir las familiaridades de aquel 
individuo. Mi conciencia no me lo consiente. ¿Qué tienes 
que decir a esto? 

Octavio. — Pero si Ana misma le ha dicho a Juanito 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 9 

que, sean las que sean sus opiniones, siempre será bien- 
venido por haberle conocido su querido padre. 

RaMSDEN. — (Perdiendo la paciencia.) Esta chica eStá lOCa 

con eso del deber para con sus padres, (se precipita como un 

buey aguijoneado en dirección del busto de John Bright, en cuya expre- 
sión no hay simpatía para él. Hablando se vuelve hacia Herbert Spen- 
cer, quien le recibe con más frialdad aún.) Dispensa, OctaviO, 

pero hay un límite a la tolerancia social. Sabes que no 
soy un hombre de ideas preconcebidas o estrechas. Sa- 
bes que me llamo lisa y llanamente Roebuck Ramsden, 
mientras otros que han hecho menos tienen buenos títu- 
los que añadir a sus apellidos; porque yo he peleado por 
la igualdad y por la libertad de conciencia, mientras 
ellos han estado rebajándose delante de la iglesia y de 
la aristocracia. Mi pobre amigo Whitefield y yo perdi- 
mos una ocasión tras otra por nuestras ideas avanzadas. 
Pero lo del anarquismo y el amor libre y cosa por el es- 
tilo no va conmigo. Si he de ser el tutor de Anita, ten- 
drá que enterarse de que tiene deberes para conmigo. No 
lo consiento. No lo quiero tolerar. Tiene que prohibir la 
entrada a John Tanner, y en el mismo caso estás tú. 

(La doncella vuelve.) 

Octavio. — Pero... 

Ramsden. — (señalando la doncella.) ¡Chist! ¿Qué hay? 

Doncella. — Ahí está míster Tanner, que desea hablar- 
le, señor. 

Ramsden. — ¡Míster Tanner dice usted!... 

Octavio.— ¡Hombre, Juanito! 

Ramsden.— ¿Cómo se atreve míster Tanner a visitarme 
a mí? Dígale que no le puedo recibir. 

Octavio.— (ofendido.) Siento mucho que quiera usted 
cerrar la puerta de su casa a mi amigo de esta manera. 

Doncella.— (con caima.) Cerrar la puerta, no. Míster 



10 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Tanner está arriba en el salón con miss Ramsden. Vino 
con la señora Whitefield y miss Ana y miss Robinson. 

(Ramsden se queda sin habla por la impresión que le produce esta 
noticia.) 

Octavio. — (Riéndose suavemente.) Cosas de Juanito, mís- 
ter Ramsden. Debe usted recibirle aunque no sea más 
que para echarle de casa. 

Ramsden. — (Hablando con labios trémulos y rabia reprimida.) 

Vaya usted arriba y dígale a míster Tanner que haga.el 

favor de bajar. (La doncella sale y Ramsden vuelve a la chimenea 
como a una posición fortificada.) jVamOS, eS Un pOCO fuertel... 

iHabráse vistol... Si estos son los procedimientos de esa 
gentuza anarquista, ihay que ver! Y pensar que... ¡va- 
mosl Anita con él. Ani... A... A... (Balbucea.) 

Octavio. — Es verdad, a mí también me sorprende eso. 
Precisamente parece que se asusta de Ana. No me cabe 
duda, algo sucede. 

Mr. John Tanner, de repente, abre la puerta y entreu Es demasiado joven 
para ser descrito como un hombre gordo con barba. Pero desde luego se ve 
que así será cuando avance en años. Todavía tiene algo de la esbeltez juvenil, 
pero sus empeños no son ostentíU' juvenilidad. Su levita no le vendría mal 
a un presidente del Consejo de ministros, y cierto movimiento altanero de 
los hombros, cierta actitud tiesa de la cabeza y la olímpica majestad con que 
una melena, o mejor dicho, un manojo tremendo de pelo, color avellana, 
oscila por encima de una frente imponente, más bien recuerda a Júpiter que 
a Apolo. Habla con una facilidad pasmoseí, es un hombre de movimiento 
continuo, que se excita por nada (hay que fijarse en las ventanas palpitantes 
de su nariz y sus movibles ojos azules, imperceptiblemente más abiertos de 
lo normal) y tal vez una miaja loco. Viste con pulcritud, no por la vanidad 
que no puede pasarse sin ostentación, sino por la convicción de la importan- 
cia de todo lo que hace, que le impulsa a prestar la misma atención a una 
visita que otros prestan a casarse o a poner la primera piedra de un edificio 
Es un hombre sensitivo, susceptible, exaigerado, serio; un megalomaniático' 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 11 

que seria hombre perdido si no tuviese desarrollado el sentido humorístico. 
Precisamente en este momento dicho sentido se ha eclipsado. El decir 
que está excitado no es decir nada; está literalmente en ebullición. En este 
momento está en la fase del susto mayúsculo, y se va derecho a Ramsden 
como si hiera a pegarle un tiro en el acto, Pero lo que saca de su bolsillo in- 
terior no es una pistola, sino un pliego de papel de barbas que refriega bajo 
las narices indign?.das de Ramsden, exclamando... 

Tanner.— Ramsden, ¿sabe usted lo que es esto? 

Ramsden. — (Tieso.) No, caballero. 

Tanner.— Es una copia del testamento de Whitefield. 
Ana la logró esta mañana. 

Ramsden. — Al decir Ana, querrá usted decir miss 
Whitefield. 

Tanner.— Al decir Ana, quiero decir Ana, nuestra 
Ana, la Ana de usted, la Ana de Octavio, y ahora... 
jDios me tenga de su mano! jMi Ana! 

Octavio.— (Levantándose muy pálido.) ¿Qué quieres decir? 

Tanner. — ¿Que qué quiero decir? (Levanta ei testamento.) . 
¿Saben ustedes a quién se nombra tutor de Ana por 
este testamento? 

Ramsden. — (con frialdad.) A mí, supongo. 

Tanner.— ¿A usted?... A usted y ¡a mí, a mí, a mí!... 

¡A los dos! (Tira el testamento sobre la mesa de escribir.) 

Ramsden. — ¡Usted! ¡Imposible! 

Tanner.— ¡Desgraciadamente, es la horrible verdad!... 

(Se deja caer en la silla de Octavio.) RamsdeU, SáqUCme USted 

de este berenjenal de cualquier modo. Usted no conoce 
a Ana como yo. Cometerá cualquier crimen que cual- 
quier mujer decente pueda cometer, y se justificará de 
todos'ellos diciendo que fué la voluntad de sus tutores. 
Nos ha de echar la culpa de todo, y no tendremos so- 
bre ella más autoridad que la que podríamos tener un 
par de ratones sobre un gato. 



12 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Octavio. — ¡Juanito, no me gusta que hables así 
de Ana!... 

Tanner.— Este muchacho está enamorado de ella. 
Esta es otra complicación. Pues bien, lo que va a suce- 
der es lo siguiente: ella, o le plantará diciendo que no 
era de mi agrado su elección, o se casará con él dicien- 
do que usted se lo había mandado. Le digo a usted que 
este es el golpe más fatal que haya herido a un hombre 
de mi edad y temperamento. 

Ramsden.— Déjeme ver ese testamento, caballero, (va 
a la mesa y coge el pUego.) No puedo Creer que mí pobre 
amigo Whitefield haya dado muestra de tan poca con- 
fianza en mí, que me haya querido asociar con... (su segu- 
ridad viene abajo a medida que va leyendo.) 

Tanner. — El caso es que tengo yo la culpa de todo. 
Esta es la horrible ironía de ello. Un día Whitefield me 
dijo que usted había de ser el tutor de Ana en caso de 
morir él. Y como un tonto empecé yo a argumentar so- 
bre lo ilógico que era poner a una mujer joven bajo la 
tutela de un hombre viejo con ideas atrasadas... 

Ramsden. — (Atónito.) ¡Yo ideas atrasadasl... 

Tanner.— Completamente. Estaba yo acabando un fo- 
lleto intitulado «Fuera los Gobiernos con canas», y esta- 
ba lleno de argumentos y pruebas. Dije que lo mejor era 
combinar la experiencia de un viejo con la vitalidad de 
un joven. Que me ahorquen si no me cogió la palabra 
y modificó su testamento en aquel sentido, pues está fe- 
chado unos quince días después de aquella conversa- 
ción, y me designa a mí como cotutor con usted. 

Ramsden.— (Pálido y decidido.) Me negaré a aceptar el 
cargo. 

Tanner.— No le valdrá. Me he estado yo negando por 
todo el camino desde Richmond, pero Ana dice y repite 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 13 

que, claro está, ya no es más que una huérfana, y no 
puede esperar que las personas que con gusto iban a su 
casa en tiempos de su padre, quieran ahora molestarse 
en ocuparse de ella. Este es el último papel por ahora. 
¡Una pobre huérfana! Es como si oyese uno a un aco- 
razado quejarse de estar a merced de las olas y los 
vientos. 

Octavio. — Eso no está bien, Juanito. Ella es huérfana, 
no le des vueltas. Y tú debieras protegerla. 

Tanner. — ¡Protegerla! ¿Qué peligros son los que la ro- 
dean? Tiene de su lado la ley, tiene de su lado el senti- 
miento popular, tiene la mar de dinero y ninguna con- 
ciencia. Todo lo que quiere de mí es cargarme con todas 
sus responsabilidades morales y hacer su voluntad a 
costa de mi buena fama. Yo no la puedo vigilar y man- 
dar, y ella puede comprometerme a mí cuantas veces se 
le antoje. Lo mismo como si fuese yo su marido. 

Ramsden.— Puede usted negarse a aceptar la tutoría. 
Yo, por mi parte, me negaré a compartirla con usted. 

Tanner. — Sí; ¿y qué dirá ella a todo eso? ¿Qué dice 
ella? Pues que, para ella, los deseos de su padre son sa- 
grados, y que siempre me mirará como a su tutor, lo 
mismo si asumo la responsabilidad del cargo que si no 
la asumo. ¡Niegúese! Lo mismo seria negarse a ser en- 
vuelto por una serpiente boa que ya le estuviese apre- 
tando el cuello. 

Octavio.— Lo que hablas es poco atento para conmi- 
go, Juanito. 

Tanner. — (Levantándose y acercándose a Octavio para consolar- 
le, pero todavía lamentándose.) Sí necesitaba UU tutor joveu, 

¿por qué no designó a Octavito? 
Ramsden.— ¡Ah! sí, lo mismo digo. 
Octavio.— Pues, miren, me hizo indicaciones, pero yo 



14 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

me negué a aceptar porque estaba enamorado de Ana. 
No tenía derecho a imponerme a ella como tutor nom- 
brado por su padre. Le habló de ello, y Ana dijo que yo 
tenía razón. Sabe usted, míster Ramsden, que yo la quie- 
ro. Y también lo sabe Juanito. Si Juanito amase a una 
mujer, yo no la compararía con una serpiente boa delan- 
te de él, por muy antipática que me fuese, (se sienta entre 

los bustos y vuelve la cara hacia la pared.) 

Ramsden.— No creo que Whitefield estaba en sus ca- 
bales cuando hizo el tal testamento. Usted ya dijo que 
lo hizo influido por usted. 

Tanner.— Debiera usted agradecerme mucho mi in- 
fluencia. Deja para usted, para recompensar sus moles- 
tias, una manda de dos mil quinientas libras. A Octavi- 
to le deja un dote para su hermana y cinco mil libras 
para él. 

Octavio. — (Dejando otra vez correr sus lágrimas.) ¡Oh! Yo nO 

puedo aceptar. Ha sido demasiado bueno para nosotros. 

Tanner.— Chico, no cobrarás nada si Ramsden pro- 
testa el testamento. 

Ramsden.— ¡Ah! Ya veo que me han metido en un ca- 
llejón sin salida. 

Tanner. — A mí no me deja más que el encargo de vi- 
gilar a Ana, alegando que ya tengo más dinero de lo 
que me conviene. Esto prueba que estaba en pleno uso 
de su razón. ¿No le parece? 

Ramsden.— (con fiereza.) Lo confieso. 

Octavio. — (Levantándose y abandonando su refugio junto a la 

pared.) Míster Ramsden, yo creo que abriga usted prejui- 
cios acerca de Juanito. El es un hombre de honor e in- 
capaz de abusar... 

Tanner. — Calla, hombre, que me vas a poner malo. 
Yo no soy un hombre de honor, soy un hombre aplasta- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 15 

do por una mano muerta. Octavito, tienes que casarte 
con ella después de todo y quitármela de encima. ¡Y yo 
que me había empeñado en salvarte de ella! 

Octavio.— ¡Oh, Juanito, hablas de salvarme de mi 
mayor felicidadl 

Tanner. — Sí, una felicidad de toda la vida. Si fuese 
sólo la felicidad de la primera media hora, Octavio, la 
compraría para ti con mi último penique. iPero una fe- 
licidad de toda la vida! Ningún hombre en este mundo 
podría soportarla; sería el infierno en la tierra. 

Ramsden.— (violento.) Saudeces, caballero. Hable usted 
con sentido común; si no, que le escuche quien quiera. 
Tengo otras cosas que hacer que escuchar sus tonterías. 

(Va a su sillón de despacho y vuelve a sentarse.) 

Tanner. — ¿Has oído. Octavio? Ni una idea, en su ca- 
beza, posterior al año 86. No podemos dejar a Ana ex- 
clusivamente en manos de semejante tutor. 

Ramsden.— Estoy orgulloso de su desprecio por mi ca- 
rácter y opiniones, caballero. Las suyas están estampa- 
das en este libro, según creo. 

Tanner. — (vendo con viveza hacia la mesa.) ¡CÓmO, ha COm- 

prado usted mi libro! ¿Qué le parece a usted? 

Ramsden.— Pero ¿usted cree que yo iba a leer seme- 
jante libro? 

Tanner.— Entonces ¿por qué lo ha comprado? 

Ramsden.— No lo he comprado. Me lo mandó alguna 
señora tonta que parece admirar las ideas de usted. Iba 
a ponerlo en su sitio cuando vino Octavio a interrum- 
pirme. Voy a hacerlo ahora, con su permiso. (Tira ei ubro 

en el cesto de los papeles con tal vehemencia, que Tanner retrocede con 
la impresión de que se lo tiró a la cabeza.) 

Tanner.— Según veo, es usted como yo, no le gustan 
los rodeos. Mejor, esto facilitará nuestros tratos, (se vuei- 



16 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

ve a sentar.) ¿Qué piensa usted hacer en eso del testa- 
mento? 

Octavio. — ¿Me permiten hacer una pregunta? 

Ramsden.— Bien, hombre, habla. 

Octavio.— ¿No les parece que hasta la fecha no sabe- 
mos lo que Ana piensa sobre el asunto? 

Ramsden.— Es verdad, y estoy conforme con que Ana 
sea consultada por si tuviese que hacer objeciones ra- 
zonables. Pero no olvidemos que es una mujer, y una 
mujer joven y sin experiencia por añadidura. 

Tanner.— Ramsden, empieza usted a darme lástima. 

Ramsden.— (Amostazado.) Míster Tanner, no necesito sa- 
ber sus sentimientos para conmigo. 

Tanner.— Ana hará exactamente lo que se le antoje. 
Y, lo que es más, nos obligará a aconsejarla a hacerlo. 

Y si le sale mal, nos echará la culpa a nosotros. De to- 
dos modos, puesto que Octavio está anhelando verla... 

Octavio.— (Tímidamente.) Yo no, Juanito. 

Tanner.— No mientas, chico, que esto no se puede 
ocultar. Que baje, pues, del salón y la preguntaremos 
qué es lo que quiere que hagamos. Anda, Octavito, vete 
por ella, y adelante con los faroles, (octavio se vuelve para ir.) 

Y no tardes mucho, porque la tensión que existe entre 
Ramsden y yo hará algo penoso el intervalo. (Ramsden con- 
trae los labios, pero no dice nada.) 

Octavio. — No le haga usted caso, míster Ramsden, no 
habla en serio, (saie.) 

Ramsden.— (Muy intencionado.) Míster Tanner, es usted el 
hombre más desvergonzado que he visto en mi vida. 

Tanner.— (Serio.) Lo sé, Ramsden. Y aun así no he lo- 
grado todavía deshacerme completamente de la ver- 
güenza. Vivimos en una atmósfera de vergüenza. Nos 
avergonzamos de todo lo que realmente somos y hace- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 17 

mos: de nosotros mismos, de nuestros parientes, de nues- 
tros ingresos, de nuestras deudas, de nuestros acentos 
de nuestras opiniones, de nuestra experiencia, lo mis- 
mo que nos avergonzamos de nuestra piel desnuda. 
¡Dios mío!, querido míster Ramsden, nos avergonza- 
mos de andar a pie, de ir en ómnibus, de tomar un co- 
che de punto en vez de tener un carruaje propio, de te- 
ner sólo un caballo en vez de tener dos, y un criado 
para el jardín y la cuadra, en vez de tener un cochero 
y un lacayo. De cuantas más cosas se avergüenza un 
hombre, tanto más respetable es. Así, por ejemplo, 
usted se avergüenza de comprar mi libro, de leerlo; de 
lo único que no se avergüenza es de juzgarme por él sin 
haberlo leído, y aun esto significa que se avergüenza 
usted de tener ideas atrasadas. Mire usted el efecto que 
produzco porque el hada mi madrina me negó ese don 
de la vergüenza. Tengo todas las virtudes que un hom- 
bre pueda tener, excepto... 

Ramsden.— No tiene usted abuela, según veo... 

Tanner.— Esto quiere decir que debiera avergonzarme 
de hablar de mis virtudes. No quiere usted decir que no 
las tengo. Sabe usted perfectamente que soy tan sobrio 
y tan honrado como usted mismo, que soy de fiar per- 
sonalmente tanto como usted, y política y moralmente 
mucho más. 

Ramsden. — (Tocado en su punto más sensible.) Lo níegO. No 

le permito a usted ni a nadie tratarme como si sólo fue- 
se uno de tantos en el público inglés. Detesto los prejui- 
cios del tal público, desprecio sus ideas mezquinas, re- 
clamo el derecho de pensar por mí mismo. Usted se las 
echa de hombre avanzado. Sepa usted que yo fui un 
hombre avanzado antes de que usted naciera. 
Tanner. — Ya sabía^yo que¿hacía mucho tiempo. 

2 



18 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ramsden.— Estoy tan avanzado como cuando más. Le 
desafío a que no me prueba que haya yo alguna vez 
arriado la bandera. Estoy más avanzado que nunca. 
Avanzo cada día más. 

Tanner. — En años, Polonio. 

Ramsden. — iPolonioI Entonces es usted Hamlet. 

Tanner.— No, yo sólo soy el hombre más desvergon- 
zado que usted ha visto en sus días. Y para usted esto im- 
plica la peor de todas las malas cualidades. Cuando us- 
ted quiere decirme lo que piensa de mí, se pregunta a 
sí mismo, como hombre justo y sincero, qué es lo peor 
que puede decirme. ¿Ladrón, embustero, falsario, adúl- 
tero, perjuro, glotón, borracho? Ninguna de estas califi- 
caciones me corresponden. Pues acude usted a mi falta 
de vergüenza. Yo estoy conforme. Hasta me felicito de 
tal falta, porque si me avergonzara de lo que soy real- 
mente haría una figura tan estúpida como cualquiera de 
ustedes los hombres de vergüenza. Cultive usted un poco 
la desvergüenza, Ramsden, y llegará usted a ser un 
hombre muy notable. 

Ramsden. — No tengo... 

Tanner. — No tiene usted deseo de semejante notorie- 
dad. ¡Bendito Dios! Sabía que vendría esa contestación, 
con la misma seguridad que sale una cajita de carame- 
los de un automático cuando se le echa una perra gor- 
da. Usted se avergonzaría de contestar otra cosa. 

La réplica aplastante, para la que Ramsden reúne sus fuerzas, se pierde 
para siempre, porque en este momento vuelve Octavio con miss Ana Whi- 
tefield y su madre, y Ramsden se levanta bruscamente y se precipita hacia 
la puerta para recibirleis. El que si Ana es bonita o no, depende de vuestro 
gusto, y también, y tal vez principalmente, de vuestra edad y sexo. Para 
Octavio es una mujer de hermosura encantadora, en cuya presencia el mun- 
do se transfigura, y los estrechos límites de la conciencia individual se en- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 19 

sanchein súbitamente de modo infinito por una mistica remembranza de la 
raza desde sus comienzos en el Oriente y hasta desde el paraíso del que es 
oriunda. Ella es para él la realización de la poesia, la íntima razón de la 
sinrazón, el deslumbramiento de sus ojos, la liberación de su alma, la aboli- 
ción del tiempo, del espacio y las circunstancias, la eterización de su san- 
gre en torrentes impetuosos de vida, la revelación de todos los misterios y 
la santificación de todos los dogmas. Para su madre, para decirlo lo más 
suavemente posible, no es nada de todo eso. Y no es que la admiración de 
Octavio sea en modo alguno ridicula o que redunde en descrédito suyo. Ana 
es una muchacha de buen cuerpo hasta dejarlo de sobra, y su porte es de 
perfecta dama. Es graciosa y simpática; su pelo es muy hermoso y sus ojos 
encantadores. Luego, en vez de ir hecha un espantapájaros como su madre , 
lleva un traje de luto de seda negro y morado que hace honor a su difunto 
padre y revela la tradición de familia de valiente inconvencionalismo a la 
que Ramsden da tanta importancia. 

Pero todo eso no explica el encanto de Ana. Achátesele la nariz, tuérza- 
sele la vista, reemplácese su traje negro y morado por sencillo vestido de 
florista, y aun asi Ana hará soñar a los hombres. La vitalidad es tan común 
como la humanidad, y, lo mismo que ésta, a veces se eleva a lo genial; y 
Ana es uno de los genios vitales. No se crea que es una persona de sexua- 
lidad exagerada, pues esto es un defecto viteil, no una superabimdancia 
verdadera. Es una mujer perfectamente honrada, que sabe perfectamente 
dominarse, y no lo parece, aunque su modo de ser es de desenvuelta fran- 
queza e impulsividad. Inspira confianza como persona que no hará nada de 
lo que no quiera hacer, y también algún temor, ted vez, como mujer que 
probablemente hará todo lo que se proponga, sin preocuparse de nadie más 
de lo necesario y de lo que ella llama lo justo. En resumen, es lo que las más 
débiles de su sexo llaman una mala pécora. 

Nada puede haber más decoroso que su entrada y su recepción por 
Ramsden, a quien besa. El difunto Mr. Whitefield estaría gozando lo indeci- 
ble al ver las caras largas de los hombres (excepto Tanner que está nervio- 
so), los silenciosos apretones de manos, las colocaciones atentas de las sillas, 
el moqueo de la viuda y los ojos húmedos de la hija, cuyo corazón, al pare 



20 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

cer, no la dejará ser dueña de sus palabras. Ramsden y Octavio toman las 
dos sillas de junto de la pared y las ofrecen a las dos señoras. Pero Ana se 
acerca a Tanner y toma la silla de él, que se la ofrece con un ademán brusco, 
aliviando su excitación con sentarse en el ángulo de la mesa de escribir de 
un modo estudiadamente desaprensivo. Octavio da una silla a Mr. White- 
field cerca de Ana, y él mismo toma la que está vacante y que Ramsden 
colocó debajo de las narices de la efigie de Mr. Herbert Spencer. 

Mrs. Whitefield, dicho sea de paso, es una mujer chiquita, cuyo pelo 
amarillo pálido en su cabeza hace el efecto de un manojo de paja puesto 
sobre un huevo. Tiene una expresión de vaga malida, un chirrido de pro- 
testa en su voz y un aire raro de querer continuamente apartar con el codo 
a alguna persona más alta que la empujara hacia un rincón. Se barrunta en 
ella una de esas mujeres que tienen la conciencia de que se leis trata como 
cosa de poca importancia por sus pocos alcances y que, sin tener la suficien- 
te fuerza para hacerse valer, nunca y i or nada se resignan a su suerte. Hay 
un toque de galantería caballerosa en la escrupulosa atención de Octavio 
para con ella, aun cuando su alma entera está absorta en Ana. 

Ramsden vuelve solemnemente a su asiento presidencial detrás de la 
mesa de escribir sin hacer caso de Tanner, y abre la sesión. 

Ramsden.— Siento mucho, Anita, tener que hablarte 
de ciertas cosas en un momento tan triste como el pre- 
sente. Pero es el caso que el testamento de tu pobre pa- 
dre ha suscitado una c.iestión muy seria. Lo has leído, 

creo. (Ana afirma meneando la cabeza y respirando con trabajo, de- 
masiado emocionada para hablar.) TueS debO COUfesar qUO me 

ha sorprendido encontrarme . on que Míster Tanner está 
designado por el testador coriü cotutor y coalbacea tuyo 

y de tu hermana Rhoda. (una pausa; todos parecen cohibidos y 
no dicen nada. Ramsden, un poco amoscado por la falta de toda contes- 
tación, prosigue.) Yo uo sé que pueda consentir en aceptar 
esa misión en tales condiciones. Míster Tanner, según 
tengo entendido, tiene que hacer también objeciones, 
ptro no tengo la pretensión de saber en qué consisten. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 21 

Sin duda sabrá hablar por sí. Por de pronto hemos con- 
venido en que no podemos decidir nada sin conocer an- 
tes tu parecer. Me temo mucho que tenga yo que decirte 
que escojas entre la tutoría exclusiva mía y la de míster 
Tanner. Porque me parece que vc a ser imposible para 
nosotros andar juntos en este asunto. 

Ana. — (Con voz baja y musical.) Mamá... 

Mrs. Whitefield. — (ai punto.) Mira, Ana, haz el favor 
de no meterme a mí en ello. No tengo opinión ninguna 
en este asunto y, si la tuviese, probablemente no había 
de ser atendida. Me conformo perfectamente con lo que los 

tres acuerden. (Temner vuelve la cabeza y mira fijamente a Rams- 
den, que malhumorado se niega a recoger esta muda comunicación.) 
Ana. — (Prosiguiendo con la misma voz dulce, sin hacer caso del 

sofión de su madre.) Mamá sabe que no tiene la suficiente 
energía para llevar la entera responsabilidad por mí y 
Rhoda sin que alguien la ayude y aconseje. Rhoda de 
todos modos tiene que tener un tutor, y aunque yo ten- 
go unos años más, no creo convenga que a una joven 
soltera se la puede dejar sin guía alguna. Creo que esta- 
rá usted conforme conmigo en esc, abuelito. 

Tanner. — (Extrañado.) ¿Abuelito? Vaya, ¿va usted a lla- 
mar abuelito a un tutor? 

Ana.— No sea usted lento, J lariito. Mísíer Ramsden 
para mí siempre ha sido abuelito Fíoebuck. Yo soy la 
Anita del abuelito. Así le Uarié en cuanto aprendí a 
hablar. 

Ramsden.— (sarcástico.) Espero que estará usted satisfe- 
cho, míster Tanner. Sigue, Anita, que estoy del todo 
conforme contigo. 

Ana.— Pues bien, si he de tener tutores, ¿puedo pres- 
cindir de alguien designado expre jámente por mi pobre 
padre? 



22 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ramsden.— (Mordiéndose los labios.) ¿Entonces tú aprue- 
bas la elección de tu padre? 

Ana.— No soy nadie para aprobar o desaprobar. 
Acepto lo dispuesto. Mi padre me quería y creo mejor 
que nadie sabía lo que me conviene. 

Ramsden. — Claro, yo comprendo tus sentimientos, 
Anita. No esperaba menos de ti, y ello habla en tu fa- 
vor. Pero esto no arregla el asunto tan completamente 
como crees. Te voy a poner un ejemplo. Supon que 
ibas a descubrir que yo me había hecho culpable de al- 
guna acción vergonzosa, que no era yo el hombre por 
quien me tomara tu pobre padre. ¿Seguirías pensando 
que convenía que yo fuese el tutor de Rhoda? 

Ana. —No puedo figurarme, abuelito, que usted haga 
una mala acción. 

Tanner.— (a Ramsden,) No ha hecho usted nada por el 
estilo, supongo. 

Ramsden.— (indignado.) No, señor. 

Mrs. Whitefield.— (plácida.) Eutouces, ¿por qué supo- 
nerlo? 

Ana.— Ya ve usted, abuelito, a mamá no le gustaría 
que yo supiera semejante cosa. 

Ramsden. — (Muy perplejo.) Las dos están ustedes tan lle- 
nas de sentimientos cariñosos y naturales en estos asun- 
tos de familia, que es difícil explicarles las cosas propia- 
mente. 

Tanner. — Sin contar, amigo mío, que usted no las ex- 
plica propiamente. 

Ramsden. — (Atufado.) Pues entonces explíquelas usted. 

Tanner. — A ello voy. Ana, mire. Ramsden cree que 
yo no convengo para tutor de usted, y yo estoy del todo 
conforme con él. Dice que si el padre de usted hubiese 
leído mi libro no me hubiese nombrado para tal cargo. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 2J 

Aquel libro es la acción vergonzosa a que se refiere. 
Cree que es deber de usted, por causa de Rhoda siquie- 
ra, rogarle que sea él solo tutor de ustedes y hacer que 
yo me retire. Diga usted una palabra, y ya está hecho. 
Ana.— Pero si yo no he leído su libro, Juanito. 

TaNNER. — (Rebuscando en el cesto de los papeles y pescando el 

libro.) Entonces léalo en seguida y decida. 

Ramsden. — (vehemente.) Si he de sei tutoi tuyo, Anita, 
te prohibo terminantemente leer ese libro, (oa unos puñe- 
tazos en la mesa y se levanta.) 

Ana.— ¿Cómo lo he de leer si usted me lo prohibe? 

(Pone el libro en la mesa.) 

Tanner.— Si un tutor le prohibe a usted leer el libro 
de otro, ¿cómo hemos de arreglarnos? Suponga usted 
que yo le mande leerlo. ¿Cómo cumpliría usted su de- 
ber para conmigo? 

Ana.— (Amable.) Estoy segura, Juanito, de que nunca 
deliberadamente había usted de ponerme en un dilema 
desagradable. 

Ramsden. — (irritado.) Bueno, bueno, Anita; todo eso 
está muy bien, y, como dije, es muy natural y compren- 
sible. Pero tienes que decidirte por uno o por otro. Esta- 
mos en un dilema tanto como tú. 

Ana. —Me parece que soy demasiado joven; que no 
tengo bastante experiencia para decidir. Los deseos de 
mi padre son sagrados para mí. 

Mrs. Whitefield. — Si ustedes que son dos hombres 
no pueden salir del apuro, ¿cómo van a exigir que Ana 
resuelva el asunto? El caso es que siempre todo el 
mundo trata de cargar la responsabilidad a los demás. 

Ramsden.— Siento que lo tome usted por ese lado. 

Ana.— (Conmovedora.) ¿Eutonces se niega usted a ser tu- 
tor mío, abuelito? 



24 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ramsden.— No; yo nunca he dicho eso. Me niego a 
compartir la tutoría con míster Tanner, nada más. 

Mrs. Whitefield.— Pero ¿por qué? ¿Qué tiene usted 
que decir contra Juanito? 

Tanner.— Tengo ideas demasiado avanzadas para 
míster Ramsden. 

Ramsden.— (indignado.) Nada de eso, lo niego terminan- 
temente. 

Ana.— Es claro, ¡qué tontería! Nadie tiene ideas más 
avanzadas que mi abuelito. Yo estoy segura de que es 
Juanito el que ha suscitado toda la dificultad. Vamos, 
Juanito, tenga usted consideración siquiera a mi luto y 
póngase en razón. No se niega a aceptarme como a pu- 
pila, ¿verdad? 

Tanner.— (Mustio.) No; consiento en aceptar el cargo, 

no hay más remedio. (Se vuelve hacia el estante de libros y allí se 
queda plantado estudiando los títulos de los libros.) 

Ana. — (Levantándose con regocijo íntimo y reprimido.) EutOUCeS 

estamos todos conformes, y se va a cumplir la voluntad 
de mi pobre papá. No pueden ustedes figurarse lo que 

nos alegramos yo y mamá. (Se acerca a Ramsden y le aprieta 

ambas manos exclamando:) ¡Y tendré a mi buen abuelito para 

ayudarme y aconsejarme! (Echa una mirada hacia Tanner por en. 

cima del hombro.) \Y 3. Juaníto, al matador de gigantes! (va, 

pasando por delante de su madre, hacia Octavio.) ¡Y al amigO inse- 
parable de Juanito, a Octavio! 

(octavio se pone colorado y afecta vm aire indeciblemente tonto.) 
MrS- Whitefield. — (Levantándose y desarrugando con las 

manos su vestido de viuda.) Ahora que es usted el tutor de 
Ana, míster Ramsden, quisiera que la reprendiera por 
dar nombres tan familiares a todo el mundo. No sé si 
esta confianza gusta a todo el mundo. 
Ana. — Pero ¿qué estás diciendo, mamá? (Ruborizándose 



Hombre y superhombre 25 

con consideraciones de cariño.) Vamos, yo creo que no me he 

propasado. Lo sentiría mucho. (Se vuelve hacia octavio, que 
está sentado a horcajadas en su silla, con los codos apoyados en el res- 
paldo. Poniéndole la mano en la trente y le levanta bruscamente la cara.) 

¿Quiere usted que se le trate como a una persona mayor? 
¿Que de aquí en adelante le llame míster Robinson? 

Octavio. — (En seno.) Siga usted, Anita, llamándome 
Octavito. Me ofendería de veras que me llamase Míster 

Robinson. (EUa se ríe y le acaricia una mejilla con el dedo; luego 
vuelve hacia Ramsden.) 

Ana. — Estoy empezando a creer, la verdad, que esode 
abuelito es algo impertinente. Pero nunca lo creí ofensa. 

Ramsden. — (Gruñón, mientras ella le da golpecitos cariñosos en el 

hombro.) jQué tonterías! No digas eso. Anita. Llámame 
abuelito, insisto en ello. Tanto es así, que si me llama- 
ras de otro modo no te contestaría. 

Ana.— Todos me están ustedes mimando, menos Jua- 
nito. 

TanNER.— (Por encima del hombro, desde la librería.) CreO que 

debiera usted llamarse Míster Tanner. 

Ana. — (Amable.) No habla usted en serio, Juanito. Esa 
es una de tantas cosas como dice para hacer rabiar a la 
gente. Los que le conocen a usted no hacen caso. Pero, 
en fin, si quiere, le llamaré como a su famoso antepasa- 
do: Don Juan Tenorio. 

Ramsden.— ¡Don Juan! 

Ana.— (inocente.) ¿Hay algún mal en ello? Yo no lo veo. 
En fin, si le parece, le llamaré Juanito hasta que se me 
haya ocurrido otro nombre. 

Tanner.— iPor Dios, no vaya usted a inventar otra 
cosa peor! Capitulo. Consiento en que me llame Juanito. 
Vaya por Juanito. Aquí termina mi primer y último in- 
tento de afirmar mi autoridad. 



ii 



26 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana.— ¿Ves, mamá, cómo a todos les gusta que les 
trate con confianza? 

Mrs. Whitefield.— Está bien, pero no olvides que es- 
tamos de luto.j 

Ana. — (En son de reproche, herida en el alma.) PerO, mamá, 
¿por qué recordarme a cada paso? (Sale precipitadamente para 
ocultar su emoción.) 

Mrs. WniTEFiELD.—Naturalmente. Tengo yo la culpa, 

como siempre, (sigue detrás de Ana.) 

TaNNER. — (Apartándose de la librería.) Ramsdeu, estamOS 

vencidos, batidos, aniquilados, como la madre de Ana. 

RaMSDEN. — Tonterías, caballero, (sigue detrás de Mrs. Whi- 
tefield.) 

TaNNER. — (Solo con Octavio, le mira con expresión de lástima.) 

Octavito, ¿cuentas tú con ser algo en la vida? 

Octavio.— Yo cuento con ser poeta, pienso escribir un 
gran drama. 

Tanner. — ¿Con Ana como heroína? 

Octavio.— Sí, lo confieso. 

Tanner. — Ten cuidado, Octavio. Está muy bien eso 
del drama con Ana como heroína; pero si te descuidas, 
tenlo presente, se casará contigo. 

Octavio.— (Suspirando.) ¿Tendré tanta suerte, Juanito? 

Tanner.— ¿No ves, hombre, que tu cabeza está en las 
fauces de la leona? Ya casi te ha tragado en tres boca- 
dos: primero Oc, segundo ta, tercero vito, y cataplum, 
adentro. 

Octavio.— Es así con todos, Juanito; ya sabes tú cómo 
las gasta. 

Tanner.— Sí, a todos les rompe la espina dorsal de 
un zarpazo, pero la cuestión es: ¿a quién devorará? Yo 
creo que piensa devorarte a ti. 

Octavio. — (Levantándose algo ofendido.) Es horrible hablar 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 27 

así de ella cuando está allí, a un paso, llorando por su 
padre. Pero mi deseo de ser devorado por ella es tan 
grande, que aguanto tus brutalidades porque me dan es- 
peranzas. 

Tanner.— Octavito, ese es el lado diabólico de la fas- 
cinación que ejerce la mujer; hace que uno desee su pro- 
pia destrucción. 

Octavio.— Pero si no es destrucción, es cumplimiento. 

Tanner.— Sí, cumplimiento de los fines de ella, y esos 
fines no son ni la felicidad tuya ni la suya, sino los fines 
de la naturaleza. La vitalidad en la mujer es una furia 
ciega de creación. Se sacrifica a sí misma a esa furia, de 
modo que no esperes que vacilará en sacrificarte a ti. 

Octavio. — Pues precisamente porque se sacrifica a sí 
misma no sacrificará a aquel a quien ama. 

Tanner.— Este es un error de los más gordos. Octavio. 
La mujer que se sacrifica a sí misma es la que con la 
mayor indiferencia sacrifica a los demás. Por lo mismo 
que no son egoístas son amables en las cosas pequeñas. 
Por lo mismo que tienen un objeto que no es objeto 
propio, sino objeto de todo el universo, para ellas un 
hombre no es nada sino instrumento de aquel objeto. 

Octavio. — No seas injusto, Juanito; nos rodean con los 
cuidados más tiernos. 

Tanner.— Sí, como cuida un soldado de su fusil, o un 
músico de su violín. Pero ¿nos conceden algún capricho 
propio, alguna libertad? ¿Nos permiten frecuentar a 
quien se nos antoja? ¿Puede ni el hombre más fuerte es- 
capárseles una vez que se han apoderado de él? Tiem- 
blan cuando corremos algún peligro, y lloran cuando 
morimos; pero las lágrimas no son por nosotros, sino 
por un padre que se ha perdido, por la probabilidad des- 
truida de dar al mundo un hijo más. Nos acusan de tra- 



28 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

tarlas como meros instrumentos de placer; pero ¿podrá 
una locura tan débil y efímera como es el placer egoísta 
de un hombre esclavizar a una mujer con la misma 
fuerza que esclaviza a un hombre el objeto formidable 
de la naturaleza personificado en una mujer? 

Octavio. — ¿Qué importa si la esclavitud nos hace fe- 
lices? 

Tanner.—No importa nada si no piensas disponer de 
ti mismo y te limitas a ser, como la mayoría de los hom- 
bres, uno que gana el pan. Pero tú, Octavio, eres un ar- 
tista, es decir, que tienes un objeto tan absorbente y tan 
poco escrupuloso como el objeto de la mujer. 
Octavio.— ¿Cómo tan poco escrupuloso? 
Tanner.— Sí, tan poco escrupuloso. El verdadero ar- 
tista dejará a su mujer morir de hambre, a sus hijos an- 
dar descalzos, a su madre setentona trabajar para vivir 
antes que trabajar él en algo que no sea su arte. Para 
las mujeres es medio vivisector, medio vampiro. Enta- 
bla con ellas relaciones íntimas para estudiarlas, para^ 
quitarles la careta de las convenciones, para sorprende " 
sus secretos más íntimos, porque sabe que tienen el po 
der de excitar sus energías creadoras más profundas, de 
rescatarlas de su fría razón, de hacerle ver visiones y so- 
ñar ensueños, de inspirarle, como lo llama. Convence a 
las mujeres de que esos efectos los siente por ellas, cuan- 
do en realidad los siente por su arte. Roba la leche de 
la madre y la trueca en tinta de imprimir para burlarla 
y glorificar con ella a mujeres que sólo existen en su 
imaginación. Trata de ahorrarle los dolores del parto 
para acaparar para sí mismo el cariño y los mimos que 
de derecho pertenecen a los hijos. Desde que existe el 
matrimonio, el gran artista es conocido como mal mari- 
do. Pero es peor, es un ladrón de niños, un chupador de 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 29 

sangre, un hipócrita y un embustero. Perezca la raza y 
marchítense miles de mujeres, con tal de que su sacrifi- 
cio le permita representar con más brillantez a Hamlet, 
pintar un cuadro mejor, escribir una poesía más intensa, 
un drama más conmovedor, una filosofía más profunda. 
Porque mira. Octavio, la obra del artista tiene el fin de 
mostrarnos tales como realmente somos. Nuestros pen- 
samientos no son nada fuera de ese conocimiento de 
nosotros mismos, y el que acrecienta ese conocimiento 
sólo en un ápice crea un pensamiento nuevo con tanta 
seguridad como una mujer crea un ser nuevo. En la fu- 
ria de tal creación es tan desconsiderado como la mujer, 
tan peligroso para ella como ella para él, y tan terrible- 
mente fascinador. De todas las luchas humanas no hay 
ninguna tan traidora y tan impía como la que se libra 
entre el hombre artista y la mujer madre. ¿Quién ani- 
quilará al otro?, esta es la gran cuestión. Y el resultado 
es tanto más mortal cuanto, según vuestra jerga roman- 
ticista, más se aman. 

Octavio.— Pues aunque fuese así— y no lo admito ni 
por un momento — de las luchas más empeñadas es de 
donde salen los caracteres más nobles. 

Tanner. — Acuérdate de ello. Octavio, la próxima vez 
que tropieces con un oso gris o un tigre de Bengala. 

Octavio.— Quiero decir allí donde hay amor. 

Tanner.— ¡Ah! también el tigre te querrá. No hay que- 
rer más verdadero que el querer alimento. Creo que Ana 
te quiere de ese modo. Te acarició la mejilla como si hu- 
biese sido un biftec bien condimentado. 

Octavio. — Mira, Juanito, que tendría que huir de ti si 
no me hubiese propuesto una vez para siempre no ha- 
cer caso de lo];que dices. Expresas a veces^cosas que su- 
blevan. 



30 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

(Rzimsden vuelve segviido de Ana. Entran precipitadamente, y su aire, 
antes plácido de pesadumbre exigida por las circunstancias, se ha cam- 
biado en expresión de cuidado verdadero y, en la cara de Ramsden, de 
fastidio. Ana se coloca entre los dos hombres y quiere dirigirse a Octa- 
vio, pero se reprime bruscamente al ver a Tanner.) 

Ramsden. — No esperaba verle a usted todavía aquí, 
míster Tanner. 

Tanner.— ¿Estoy estorbando? Pues adiós, querido co- 
tutor. (Se vuelve hacia la puerta para marcharse.) 

Ana.— Espere, Juanito. Abuelito, tiene que saberlo 
tarde o temprano. 

Ramsden.— Octavio, tengo que decirte algo grave. Es 
de índole muy particular y muy delicada, sumamente 
penosa, para decirlo de una vez. Deseas que Míster Tan- 
ner esté presente cuando yo hable. 

Octavio.— (Poniéndose páudo.) No tengo secretos para 
Juanito. 

Ramsden.— Antes que te decidas del todo, te advierto 
que la cosa se refiere a tu hermana, y es una cosa te- 
rrible. 

Octavio.— i Violetal ¿Qué ha pasado? ¿Ha muerto? 

Ramsden. —Tal vez peor que eso. 

Octavio. — ¿Está herida gravemente? ¿Ha habido un 
accidente? 

Ramsden.— No, nada de eso. 

Tanner.— Ana, ¿quieres tú hacernos el favor de de- 
cirnos sencillamente lo que hay? 

Ana.— (En voz baja.) No puedo. Violeta ha hecho una 
barbaridad. Tendremos que llevarla a algún sitio, (se des- 
liza hacia la mesa de escribir y se sienta en el sillón de Ramsden, dejan- 
do a los tres hombres arreglarse como pueden.) 

Octavio.— (comprendiendo.) ¿Es eso lo que ha querido 
usted decir, míster Ramsden? 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 31 

RaMSDEN. — Sí. (octavio cae en una silla anonadado.) Me pare- 
ce que no hay duda de que Violeta no fué a Eastbourne 
cuando creímos que estaba en casa de Parry Whitefield. 
Y ayer fué a consultar a un médico, llevando una sorti- 
ja de casada en el dedo. La señora de míster Parry Whi- 
tefield la encontró allí por una casualidad, y así se ha 
sabido todo. 

Octavio. — (Levantándose con los puños cerrados.) ¿Quién eS 

el canalla? 
Ana.— Ella no lo quiere decir. 

Octavio. — (Dejándose caer nuevamente én la silla.) ¡Qué COSa 

más horrible! 

Tanner.— (con sarcasmo intenso.) Horrible, espantosa, 
peor que la muerte, como dice Ramsden. (se acerca a octa- 
vio.) ¡Cuánto no darías, ¿verdad?, por que fuese un acci- 
dente de ferrocarril en que ella se hubiese roto todos los 
huesos, o cosa análoga respetable y digna de com- 
pasión! 

Octavio.— No seas brutal, Juanito. 

Tanner.— ¡Brutal! ¡Dios de los cielos! ¿Por qué estás 
llorando? Aquí tenemos una mujer que todos creíamos 
se limitaba a hacer acuarelas malas, a tocar a Grieg y 
Brahms, a frecuentar conciertos y reuniones, en una pa- 
labra, a malgastar su vida y su dinero. De repente nos 
enteramos de que ha dejado esas futesas para cumplir 
su fin más elevado y mayor función, la de aumentar y 
multiplicar la población de la tierra. Y, en vez de admi- 
rar su valentía y alegrarnos de tan soberano instinto, en 
vez de coronar el cumplimiento del fin de la mujer y de 
entonar el cántico triunfal de: <Nos ha nacido un niño, 
un hijo nos fué dado», aquí están ustedes— ustedes, que 
en su luto por el difunto han estado más alegres que 
unos grillos— estáis ahora con las caras largas y con 



32 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

aires de avergonzados y desgraciados como si la mucha- 
cha hubiese cometido el crimen más nefando. 

Ramsden. — (Gritando de rabia.) No quiero que se digan 
semejantes abominaciones en mi casa, (oa puñetazos fuertes 

en la mesa de escribir.) 

Tanner. — Mire usted, si me vuelve usted a insultar, le 
cogeré la palabra y me marcharé de aquí. Ana, ¿en dón- 
de está Violeta ahora? 

Ana. - ¿Por qué? ¿Va usted a ir a verla? 

Tanner. —Naturalmente que voy. Necesita ayuda, ne- 
cesita dinero, necesita respeto y felicitaciones, necesita 
toda clase de facilidades para su hijo. No parece que 
ustedes quieren proporcionarle todo eso; se lo propor- 
cionaré yo. ¿Dónde está? 

Ana.— No sea usted cabezota, Juanito. Está ahi arriba. 

Tanner.— ¡Cómo! Bajo el techo sagrado de Ramsden. 
Vaya usted, Ramsden, y cumpla con su mísero deber. 
Échela a la calle. Limpie usted sus umbrales de la con- 
taminación. Vindique la pureza de su hogar inglés. Yo, 
mientras, voy por un coche de punto. 

Ana. — (Alarmada.) ¡Ayl, abuelíto, no debe usted ha- 
cer eso. 

Octavio. — (Con el corazón desgarrado, levantándose.) Yo me la 

llevaré, míster Ramsden. No tiene derecho a presentarse 
en la casa de usted. 

Ramsden.— (indignado.) Pero si estoy yo anhelando ayu- 
darla, (volviéndose hacia Tanner.) ¿Cómo se atreve usted. Ca- 
ballero, a atribuirme intenciones tan monstruosas? Pro- 
testo contra ello. Estoy dispuesto a gastarme hasta mi 
último penique para no verla obligada a recurrir a la 
protección de usted. 

Tanner.— (Calmándose.) Entonces todo está arreglado. 
Veo que por ahora no piensa obrar con arreglo a sus 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 33 

principios. Quedamos en que todos estamos al lado de 
Violeta. 

Octavio.— Pero ¿quién es el hombre? Puede arreglar- 
lo todo casándose con ella. Y lo hará o tendrá que 
vérselas conmigo. 

Ramsden.— Lo hará, Octavio. Has hablado como un 
hombre. 

Tanner.— Entonces no lo toman por un canalla, des- 
pués de todo. 

Octavio.— ¿Que no? Ya lo creo, es un canalla sin piz- 
ca de corazón. 

Ramsden. —Un canalla maldito. Dispensa, Anita, pero 
no puedo contenerme. 

Tanner.— De modo que vamos a casar a tu hermana 
con un infame canalla para restablecer su honra. A fe 
mía, creo que están ustedes todos locos. 

Ana. — No seas absurdo, Juanito. Claro está que tienes 
razón, Octavito, pero no sabemos quién es; Violeta no 
lo quiere decir. 

Tanner.— ¿Qué importa quién es? Ha hecho lo suyo; 
ahora le queda a Violeta hacer el resto. 

Ramsden.— (Aparte.) Tontería, chifladura. Hay entre 
nosotros un pillo, un libertino, un villano peor que un 
asesino; y nosotros sin saber quién es. En nuestra igno- 
rancia estamos expuestos a darle la mano, a introdu- 
cirle en nuestros hogares, a confiarle nuestras hijas, 
a... a... 

Ana.— (zalamera.) Vamos, abuelito, no piense usted tan 
alto. Es muy chocante lo que pasa, nadie lo puede ne- 
gar; pero si Violeta no quiere hablar, ¿qué le vamos a 
hacer? Nada, sencillamente nada. 

Ramsden.— ¡Hum! No estoy yo tan seguro de ello. Si 
algún hombre se ha fijado especialmente en Violeta, será 

3 



34 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

fácil saberlo. Si hay entre nosotros algún hombre de 
principios notoriamente relajados... 

Tanner.— ¡Ejeml 

Ramsden. -(Levantando la voz.) Sí, señor, lo repito; SÍ hay 
entre nosotros algún hombre de principios notoriamente 
relajados... 

Tanner.— O algún hombre difícil de contenerse... 

Ramsden. — (sorprendido.) ¿Se atreverá usted a indicar 
que yo soy capaz de semejante acto? 

Tanner.— Mí querido Ramsden, es un acto de que 
todo hombre es capaz. Esto es lo que resulta de violen- 
tar a la naturaleza. La sospecha que acaba usted de le- 
vantar contra mí a todos nos atañe. Es una clase de lodo 
que puede manchar la toga del juez y el vestido del 
cardenal lo mismo que los harapos del vagabundo. Va- 
mos, Octavito, no tengas ese aire espantado. Puedo ser 
yo, puede ser Ramsden, puede ser cualquiera. Sea quien 
quiera, ¿qué habrá de hacer sino mentir y protestar?... 
como Ramsden va a protestar ahora. 

Ramsden.— (Balbuceando.) Yo... yo... yo... 

Tanner. — La culpabilidad mayor no podría balbu- 
cear con más confusión. Y, sin embargo, sabes que es 
perfectamente inocente, Octavito. 

Ramsden. — (Agotado.) Me alegro de que usted así lo re 
conozca, caballero. Por mi parte confieso que hay algo 
de verdad en lo que usted dice, a pesar de lo mucho 
que lo retuerce para satisfacer su amor propio malicioso. 
Espero, Octavio, que en tu mente no habrá la más 
ligera sospecha de mí. 

Octavio.— ¡De usted! No, ni por un momento. 

Tanner.— (En tono seco.) Creo que a mí me sospecha 
un poco. 

Octavio. — Juanito, no puede ser, no eres capaz... 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 35 

Tanner. — ¿Por qué no? 

Octavio.— (Espantado.) íAh, por qué nol 

Tanner.— Pues te lo voy a decir. Primero, porque ten- 
drías que reñir conmigo. Segundo, porque Violeta no me 
quiere. Tercero, si yo tuviese el honor de ser el padre del 
hijo de Violeta, estaría orgulloso en vez de negarlo. Des- 
cuida, pues, que nuestra amistad no corre peligro. 

Octavio.— Hubiese rechazado la sospecha con horror 
si tú tuvieses acerca de ello ideas y sentimientos natura- 
les. Perdóname. 

Tanner.— ¡Perdonarte] Tontería. Y ahora, sentémonos 

y tengamos un consejo de familia. (Se sienta. Los demás le 
imitan con más o menos protestaciones.) Violeta está en CamiUO 

de prestar un servicio al Estado; por consiguiente, hay 
que conducirla afuera como a un criminal hasta que 
haya pasado la cosa. ¿Qué sucede allá arriba? 

Ana.— Violeta está en el cuarto de la doncella... sola, 
naturalmente. 

Tanner.- ¿Por qué no en el salón? 

Ana.— No sea usted ridículo, Juanito. Miss Ramsden 
está en el salón con mamá hablando sobre lo que hay 
que hacer. 

Tanner. — De modo que el cuarto de la doncella es el 
penitenciario. Vaya, y la presa está esperando que la lle- 
ven a presencia de sus jueces. ¡Habrá viejas imperti- 
nentes! 

Ana. — ¡Qué modo de hablar, Juanitol 

Ramsden.— No olvide, caballero, que en este momen- 
to está usted en casa de una de las viejas impertinentes- 
Mi hermana es ama de esta casa. 

Tanner.— También a mí me metería en el cuarto de los 
criados, si se atreviese. De todos modos retiro lo de vie- 
jas impertinentes. Se me fué la lengua, y dispense. Aho- 



36 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

ra, Ana, como tutor suyo le mando a usted que vaya en 
seguida a ver a Violeta y esté muy amable con ella. 

Ana. — Ya la he visto, Juanito, y siento decir que me 
temo será difícil determinarla a salir de la población. 
Creo que Octavito debiera hablarle de ello. 

Octavio.— ¿Cómo voy a hablar yo de semejante cosa? 

(Se vuelve a sentar muy abatido.) 

Octavio. — No se desconsuele, Octavito. Por nosotros 
todos hay que hacer un poder. 

Ramsden.— La vida no se compone sólo de comedias 
y poesías, Octavio. Vaya, hay que tener valor. 

TaNNER. — (Enojándose nuevamente.) jPobre querído her- 

mano!l¡Pobres queridos amigos de la familia! ¡Pobres 
queridas viejas chismosas! ¡Pobre querido todo el mundo! 
¡Excepto la mujer que va a arriesgar su vida para crear 
otra vida! Octavito, no seas burro y egoísta. Anda arri- 
ba y habíale a Violeta y baja con ella aquí, si quiere 
venir, (octavio se levanta.) Díle que todos estamos de su 
lado. 
Ramsden.— (Levantándose.) No, señor... 

TaNNER. — (Levantándose también e interrumpiéndole.) ¡Oh! ya 

sabemos, es contra su conciencia; pero no importa, usted 
hará lo que losMemás. 

Octavio.— Les aseguro que nunca he sido egoísta. 
Pero es tan difícil saber lo que tiene uno que hacer cuan- 
do seriamente desea obrar bien. 

Tanner. — Mi querido Octavito, tu piadosa costumbre 
inglesa de considerar el mundo como gimnasio moral 
expresamente edificado, para en él robustecer tu carácter, 
en ocasiones te lleva a reflexionar sobre tus propios mal- 
ditos principios, cuando debieras estar pensando en las 
necesidades de otras personas.^La necesidad del presen- 
te momento es una madre feliz y un niño de buena sa- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 37 

lud. Concentra en esto tus energías y verás expedito del 

todo tu camino, (octavio, muy perplejo, sale.) 

RaMSDEN. — (Mirando de frente a Tanner muy fijamente.) Y la 

moralidad, caballero, ¿querva a ser de ella? 

Tanner. —La que significa una Magdalena deshecha 
en lágrimas y un niño inocente con el estigma de ella, 
no se admite aquí, Dios nos guarde. La moralidad, por 
mí, puede ir a su padre, es decir, al demonio. 

Ramsden. — Ya me lo figuraba. Se manda la morali- 
dad al demonio para dar gusto a nuestra gente libertina, 
hombres y mujeres. Así está el porvenir de Inglaterra. 

Tanner.— ¡Oh!, no tenga usted cuidado. Inglaterra so- 
brevivirá a la desaprobación de usted. Mientras tanto, 
estoy en la inteligencia de que usted está conforme con- 
migo en lo que ahora prácticamente hemos de hacer. 

Ramsden. — No en el sentido de usted, caballero, no 
por sus razones. 

Tanner.— Esto lo podrá usted explicar si alguien le 

pide cuenta, aquí o más tarde. (Se vuelve y se planta enfrente 
de Mr. Herbert Spencer, al que mira desabrido.) 

Ana. — (Levantándose y acercándose a Ramsden.) AbuelitO, lo 

mejor será que subas al salón y les digas lo que pensa- 
mos hacer. 

Ramsden. — (Mirando intencionadamente a Tanner.) No me 

gusta mucho dejarte sola con ese caballero. ¿No quieres 
venir conmigo? 

Ana.— A miss Ramsden no le gustará hablar de aque- 
llo delante de mí, abuelito. Creo que no debo estar pre- 
sente. 

Ramsden.— Tienes razón, debiera haberlo pensado. 
Eres una buena muchacha, Anita. 

(Le da golpecitos cariñosos en el hombro. Ella levanta la vista hacia él 
con ojos regocijados, y él sale conmovido. Una vez que se lo ha quitado de 



38 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

encima, mira a Tanner. Como Tanner está vuelto de espaldas, ella presta un 
momento de atención a su propia persona, se arregla rápidamente el pelo 
luego se le acerca suavemente y le habla casi al oído.) 

Ana.— JuanitO (É1 se vuelve bruscamente.), ¿está USted COn- 

tentó de ser mi tutor? Espero que no le molestará tener 
ese cargo. 

Tanner. - Esta es la última en la colección de sus vic- 
timas propiciatorias, ¿eh? 

Ana.— Vaya, siempre con esas bromas. Quítese usted 
de eso. ¿Por qué dice usted cosas que sabe usted me 
causan disgusto? Yo hago lo posible para agradarle, 
JuanitO, y supongo que puedo seguir llamándole así 
aunque es usted mi tutor. Tendré una verdadera pena si 
no quiere que seamos amigos. 

Tanner. ~ (contemplándola tan mustio como contemplara el busto. 

No necesita usted preocuparse de mi afecto o desafecto. 
¡Qué poco fondo real tienen nuestros juicios morales! A 
mi me parece usted no tener absolutamente nada de 
conciencia, sino sólo hipocresía, y, sin embargo, ejerce 
usted sobre mí cierta fascinación. Siempre le presto aten- 
ción sin querer. Estoy seguro de que me faltaría algo si 
la perdiese a usted de vista. 

Ana. — (Tranquilamente enlaza el brazo con el de Tanner y se pasea 

con él por la habitación.) Pero ¿no es esto muy natural, Jua- 
nitO? Nos conocemos desde niños. ¿Se acuerda usted?... 

Tanner.— (soltando ei brazo bruscamente.) jCalle, lo recuer- 
do todo! 

Ana.— La verdad es que muchas veces hemos sido 
muy locos, pero... 

Tanner.— Basta, basta, Ana. Ya no soy aquel niño de 
la escuela que fui. Como tampoco soy el noventón cho- 
cho que seré si vivo bastante. Aquello pasó; olvidé- 
moslo. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 39 

Ana.— ¿No fueron tiempos dichosos? (Trata de volver a 
cogerle el breizo.) 

Tanner. — Siéntese y estése usted quietecita. (La hace 

sentarse en la silla más próxima a la mesa de escribir.) Sin duda fue- 

ron tiempos dichosos para usted. Usted era una niña 
buena y no se comprometió nunca. Y, sin embargo, ni 
la niña más mala que haya recibido azotes podría ha- 
berse divertido más. Puedo comprender el éxito con que 
usted dominaba a las demás chicas. Su virtud les impo- 
nía respeto. Pero dígame: ¿ha conocido alguna vez a un 
chico bueno? 

Ana. — I Ya lo creo! Todos los chicos tienen a veces sus 
travesuras. Pero Octavito siempre ha sido un chico ver- 
daderamente bueno. 

Tanner.— (Quedándose parado.) Sí, tiene usted razón. Por 
algo nunca ha tentado usted a Octavito. 

Ana.— ¡Cómo tentado! 

Tanner.— Sí, querida señorita Mefistófeles, tentado. 
Tenía usted una curiosidad insaciable por saber de lo 
que era capaz un chico y era usted diabólicamente lista 
para hacerle cantar y sorprender sus secretos más ín- 
timos. 

Ana.— ¡Tonterías! Todo porque usted solía contarme 
largas historias de las cosas malas que me había hecho... 
chiquilladas tontas. Y esto lo llama usted secretos ínti- 
mos. Los secretos de los chicos son como los secretos de 
los hombres, y usted sabe lo que son. 

Tanner.— (obstinado.) Pues no lo sé. ¿Qué son, dígame? 

Ana. — Pues son lo que dicen a todo el mundo, ya 
se sabe. 

Tanner.— Pero yo le juro que yo le he dicho a usted 
cosas que no he dicho a nadie más. Se las manejó usted 
de modo que hiciéramos un convenio en virtud del que 



40 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

no habíamos de tener secretos el uno con el otro. Había- 
mos de decirnos todo lo que nos ocurría. Sin embargo, 
no noté que usted me dijera lo más mínimo. 

Ana. — Es que no me preguntaba usted nada, Juanito. 
Siempre quería usted hablar de sí mismo. 

Tanner.— Es verdad, mucha verdad. Pero jqué diablo 
de niña debió usted de ser para haber conocido ese flaco 
y haberlo aprovechado para satisfacer su propia curiosi- 
dad! Yo lo que quería era darme importancia a sus ojos, 
hacerme el interesante. Y por ello me vi metido en toda 
clase de travesuras con el único objeto de tener algo que 
contarle. Me pegué con chicos a quienes no odiaba, men- 
tí sobre cosas que no me importaban un bledo, robé ob- 
jetos que no me servían para nada, besé a niñas que me 
eran completamente indiferentes. Todas eran bravatas, 
desprovistas de pasión y, por lo tanto, sin substancia. 

Ana.— Nunca he contado nada, Juanito. 

Tanner.— No, pero si su intención hubiese sido ha- 
cerme cambiar de conducta, ya lo hubiese usted contado 
todo. El caso es que usted deseaba que yo siguiese así. 

Ana.— (Estallando.) ¡Oh, eso no es verdad, no es verdad, 
Juanito! Nunca me ha gustado que hiciera usted esas 
cosas tontas, brutales, estúpidas, vulgares. Siempre he 
esperado que al fin resultaría algo grande y heroico. 
(Recobrando la calma.) Dispénseme, Juanito, pero las cosas 
que hacía usted no se parecían en lo más mínimo a las 
que me hubiese gustado verle hacer. Me daban muchas 
veces una gran desazón, pero no quería delatarle y pro- 
porcionarle disgustos. Era usted un chico, al fin, y yo me 
decía: ya se enmendará con los años. Tal vez me haya 
equivocado. 

Tanner. - (sardónico.) No se apure, Ana, pues por lo 
menos noventa y cinco por ciento de las hazañas que le 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 4t 

conté eran inventadas. Pronto caí en la cuenta de que 
no le gustaban las historias verídicas. 

Ana. — Ya me decía yo que algunas de las cosas que 
contaba usted no podían haber sucedido. Pero... 

Tanner. — Va usted a recordarme que algunas de las 
cosas peores sucedieron realmente. 

Ana.— (Amable, con gran terror de él.) No quíero recordarle 
nada. Pero he conocido a las personas que se vieron 
mezcladas en ellas, y me las contaron. 

Tanner.— Sí, pero aun las historias verídicas estaban 
retocadas para ser contadas. Las humillaciones de un 
niño sensitivo serán una diversión para personas mayo- 
res, ordinarias y paquidérmicas, pero para el niño mis- 
mo son tan agudas, tan ignominiosas, que no puede 
confesarlas, sino que las niega obstinadamente. Así y 
todo, también era bueno que yo inventara algo, porque 
la única vez que le dije la verdad pura, me amenazó con 
delatarme. 

Ana.— ¡Oh, eso no, nunca! 

Tanner.— Ya lo creo. ¿No recuerda usted una mucha- 
cha de ojos negros que se llamaba Raquel Rosetree? 

(Ana, involuntariamente, frunce el cejo por un instante.) TuVC UUOS 

amoríos con ella, cosa de nada. Cuando llegó a su apo- 
geo, nos citamos una noche en el jardín y nos paseamos 
de bracete, bastante incómodos por falta de costumbre. 
Al separarnos, hubo su beso correspondiente, según la 
ley del romanticismo. Si estos amores hubieran seguido 
adelante, creo que me hubiese fastidiado de lo lindo. 
Pero no siguió adelante, porque de pronto, Raquel me 
dio calabazas por haberse enterado de que yo le había 
contado a usted la cosa. ¿Cómo se enteró? Por usted. Le 
faltó a usted tiempo para contarle lo que sabía por mí, ha- 
ciéndole toda clase de advertencias morales y prácticas. 



42 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana.— ¡Y muy buen servicio que le presté! Fué deber 
mío el poner coto a su mala conducta. Ahora me lo 
agradece. 

Tanner.— ¿Es verdad? 

Ana. —De todos modos debiera agradecerlo. 

Tanner.— No fué deber suyo poner coto a la mala 
conducta mía, por lo visto. 

Ana.— Con poner coto a la de ella, lo puse también a 
la suya. 

Tanner.— ¿Está usted segura de ello? Puso usted fin a 
que yo le hablara de mis aventuras; pero ¿cómo sabe 
usted que puso fin también a las aventuras? 

Ana. — ¿Quiere usted decir que hizo usted lo mismo 
con otras chicas? 

Tanner.— No; ya estaba yo harto de tonterías román- 
ticas, como aquello de Raquel. 

Ana. — (no convencida.) Eutouces, ¿por qué interrumpió 
usted nuestras confidencias y se puso usted conmigo de 
un modo tan particular? 

Tanner.— (Enigmático.) Pues porque sucedió entonces 
que logré algo que quise guardar para mí solo, sin dar- 
le a usted parte alguna. 

Ana. — Pues tenga usted la completa seguridad de que 
yo no le hubiese quitado nada de ello si no me lo daba 
de buena voluntad. 

Tanner. — No era una caja de dulces, Ana. Era algo 
de lo que nunca usted me hubiera dejado hablar con li- 
bertad. 

Ana. — (incrédula.) ¡Por Dios! ¿Qué? 

Tanner. — Mi alma. 

Ana.— Tenga usted juicio, Juanito. Sabe usted que 
está diciendo sandeces. 

Tanner.— Hablo muy en serio, Ana. Por entonces, us- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 43 

ted no se daba cuenta de que también estaba usted te- 
niendo un alma. Así era, sin embargo. Por algo fué, por- 
que de pronto se vio obligada a velar por la moralidad 
de Raquel. Hasta aquel momento había usted sacado 
todas las ventajas posibles haciendo de niña buena, sin 
imaginarse que tuviera deberes algunos para con los 
demás. Pues yo también por entonces empecé a sentir 
de modo diferente. Hasta aquel momento había vivido 
como un semisalvaje, sin más conciencia que la de una 
zorra en un gallinero. Pero entonces, de repente, empe- 
cé a sentir escrúpulos, a darme cuenta de deberes, a en- 
terarme de que la veracidad y el honor no eran sólo ex- 
presiones piadosas en boca de las personas mayores, 
sino principios con fuerza compulsora. 

Ana.— (con calma.) Sí, supongo que estaba usted en lo 
justo. Empezaba usted a ser hombre y yo a ser mujer. 

Tanner. — ¿No era, quizás, que empezábamos a ser 
algo más? ¿Qué significa en boca de la mayoría de las 
personas el principio de la pubertad en el hombre y la 
mujer? Ya lo sabe usted, significa el principio del amor. 
Pero para mí, el amor empezó mucho antes. El amor 
figuraba en los primeros ensueños y las primeras locu- 
ras románticas que yo pueda recordar... ¿podré decir 
que podemos recordar?... aunque no comprendíamos lo 
que era en aquellos tiempos. No; el cambio que experi- 
menté fué el nacimiento en mí de la pasión moral, y de- 
claro que, según mi experiencia, la pasión moral es una 
pasión verdadera. 

Ana.— Todas las pasiones deberían ser morales, Jua- 
nito. 

Tanner. — ¡Deberían! ¿Cree usted que hay algo bas- 
tante fuerte para imponer deberes a una pasión, como 
no sea otra pasión más fuerte? 



44 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana. — Nuestro sentido moral sujeta la pasión, Juani- 
to. No sea usted tonto. 

Tanner.— ¡Nuestro sentido moral! ¿Y no es él una pa- 
sión? ¿Ha de tener el demonio todas las pasiones, así 
como todas las virtudes? Si el sentido moral no fuese 
una pasión, si no fuese la más poderosa de las pasio- 
nes, todas las demás pasiones lo barrerían como el hura- 
cán barre una hoja. Es el nacimiento de esa pasión el 
que transforma al niño en hombre. 

Ana. — Hay otras pasiones, Juanito, muy fuertes. 

Tanner. — Todas las otras pasiones estaban en mí an- 
tes; pero eran vanas y sin finalidad... meras aspiraciones 
y crueldades infantiles, curiosidades y caprichos, cos- 
tumbres y supersticiones, todo grotesco y ridículo para 
la inteligencia madura. Cuando de repente empezaron a 
resplandecer cual llamas recién encendidas, no fué por 
su luz propia, sino por la radiación de la pasión moral 
que alboreaba. Esa pasión todo lo dignificó, le dio con- 
ciencia y sentido, se encontró con una turbamulta de 
apetitos y la organizó, transformándola en un ejército 
de propósitos y principios. Mi alma nació de tal pasión. 

Ana. — Ya noté entonces que entraba usted en juicio. 
Antes era usted un chico terriblemente destrozón. 

Tanner. — Destrozón, ¡quial Era solamente travieso. 

Ana.— ¡Ohl¡ Juanito, sí que era usted destrozón. Echó 
usted a perder todos nuestros pinitos cortándoles las 
puntas con un sable de madera. Con un tirador acribilló 
todas las calabazas del jardín. Incendió el heno en la 
dehesa del común. La policía apresó a Octavito por ello 
cuando huía, después de haber tratado de disuadirle a 
usted de semejante acción. Usted... 

Tanner.— ¡Bah, bah, bah! Aquello eran combates, 
bombardeos, estratagemas para salvar nuestras cabelle- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 45 

ras de los pieles rojas. No tiene usted imaginación, Ana. 
Soy ahora diez veces más destrozón de lo que era en- 
tonces. Mi pasión moral ha tomado posesión de mi des- 
tructividad y la guía hacia fines morales. He venido a 
ser un reformador, como todos los reformadores, un ico- 
noclasta. No destrozo ya calabazas ni incendio breña- 
les; destruyo creencias y derroco ídolos. 

Ana.— (Aburrida.) Me temo que yo sea demasiado feme- 
nina para ver algún sentido en la destrucción. La des- 
trucción sólo puede destruir. 

Tanner.— Sí, y por eso es tan útil. La construcción 
llena el terreno de instituciones hechas por unos métome- 
entodo. La destrucción lo despeja y nos proporciona es- 
pacio para respirar y libertad. 

Ana.— Es inútil, Juanito. Ninguna mujer estará con- 
forme con usted en esto. 

Tanner. — Por eso precisamente confunde usted cons- 
trucción y destrucción con creación y matanza. Son 
completamente diferentes. Yo adoro la creación y abo- 
rrezco la matanza. Sí, la adoro en el árbol y la flor, en 

el pájaro y la fiera, hasta en usted. (Una oleada de interés y 
agrado, de repente, hace desaparecer de la cara de ella el aburrimiento 

y la perplejidad creciente.) Fué el iustínto creador el que le 
inspiró ligarme a usted con lazos que han dejado seña- 
les en mí hasta la fecha. Sí, Ana; el antiguo pacto in- 
fantil entre nosotros fué un inconsciente pacto de amor... 

Ana.— ¡Juanito! 

Tanner.— ¡Oh, no se alarme!... 

Ana.— No me alarmo. 

Tanner. — (Enigmático.) Pues debiera. ¿Dónde quedan 
sus principios? 

Ana. — Juanito, ¿habla usted en serio, sí o no? 

Tanner. — ¿Se refiere a la pasión moral? 



46 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana. — No, no, a otra cosa, (confusa.) Es usted tan raro, 
nunca se sabe si habla en serio o no. 

Tanner.— Pues hablo siempre muy en serio. Soy su 
tutor y tengo el deber de educar su espíritu. 

Ana. — El pacto de amor se acabó entonces, ¿no? Su- 
pongo que usted ya se ha cansado de mí. 

Tanner.— No; pero la pasión moral ha hecho imposi- 
bles nuestras relaciones de niños. Un sentido celoso de 
mi nueva individualidad surgió en mí... 

Ana. — ¡Vamos, que ya no quiere que le traten como a 
chico! iPobre Juanitol 

Tanner.— Sí, porque el ser tratado como chico supone 
la continuación del antiguo modo de ser. He venido a 
ser otra persona, y los que habían conocido a la anti- 
gua persona se rieron de mí. El único hombre que se 
portó con sentido común fué mi sastre: me volvió a to - 
mar medida cada vez que fui a su casa, mientras todos 
los demás siguieron con sus antiguas medidas, y que- 
rían que me vinieran. 

Ana. — Se ha vuelto usted terriblemente presuntuoso. 

Tanner. — Cuando esté usted en el cielo, Ana, estará 
terriblemente presuntuosa por sus alas, durante el primer 
año o así. Cuando encuentre allí a sus parientes y ellos 
persistan en tratarla como si siguiese siendo una mortal, 
no lo podrá usted aguantar. Tratará usted íde entrar en 
un círculo que no la haya conocido sino como ángel. 

Ana. — ¿De modo que no fué más que su vanidad la 
que le hizo a usted huir de nosotros? 

Tanner. — Sí, sólo mi vanidad, como usted la llama. 

Ana.— No hacía falta, por eso, haber evitado todo 
contacto conmigo. 

Tanner. — Con usted, sobre todo. Más que nadie, usted 
luchó contra mi emancipación. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 47 

Ana.— (Seria.) ¡Oh, qué equivocado está ustedJ Yo hu- 
biese hecho cualquier cosa por usted. 

Tanner.— Cualquier cosa, excepto dejarme separarme 
de usted. Aun entonces había usted adquirido por ins- 
tinto aquella maldita treta femenina de imponer obliga- 
ciones a un hombre, de ponerse tan entera y desampara- 
da a su merced, que acaba por no atreverse a dar un paso 
sin ir a pedirle permiso. Conozco a un pobre desgraciado 
cuyo único deseo en esta vida es huir de su mujer. Ella 
lo evita amenazando con tirarse debajo de la locomoto- 
ra del tren que tome él para huir. Es lo que hacen todas. 
Cuando tratamos de ir adonde ustedes no quieren que 
vayamos, no hay ley que lo impida; pero al querer dar 
el primer paso, nuestro pie tropieza con vuestro pecho; 
al querer arrancar, nuestras ruedas tropiezan con vues- 
tros cuerpos. Ninguna mujer me ha de esclavizar 
así a mí. 

Ana.— Pero, Juanito, no se puede vivir sin tener un 
poco de consideración a los demás. 

Tanner. — Sí; pero ¿quiénes son los demás? Es la 
consideración a los demás..., o, mejor dicho, aquel mie- 
do cobarde que llamamos consideración..., lo que nos 
convierte en los esclavos sentimentales que somos. El 
tener consideración a usted, como lo llama usted, es 
sustituir mi propia voluntad con la suya. ¿Y si esa vo- 
luntad suya no vale lo que la mía? ¿Están las mujeres 
mejor enseñadas que los hombres, o peor? ¿Saben más 
los electores o los hombres de Estado? Creo que para los 
dos casos la contestación está clara. ¿En qué mundo vi- 
viríamos si los hombres de Estado se dejaran guiar por 
los electores, y los hombres en general por sus esposas? 
¿Qué significan hoy día la Iglesia y el Estado? Pues la 
mujer y el contribuyente. 



48 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana.— (plácida.) Cuánto me alegro de ver que entiende 
usted de política, Juanito. Puede sacar gran provecho si 
logra un puesto en el Parlamento. (ei se encoge como una 
vejiga pinchada.) Pero siento tanto que crea dañosa mi in- 
fluencia. 

Tanner.— No digo que sea dañosa. Pero, dañosa o 
provechosa, no me da la gana ser cortado a la medida 
de usted. Eso es todo. 

Ana. — Nadie le pide a usted que así sea, Juanito. Le 
aseguro a usted muy de veras que no tomo a mal ni tan- 
to así sus rarezas. Ya sabe usted que a todos nos han 
criado para tener ideas avanzadas. ¿Por qué se empeña 
usted en creer que mis ideas son tan estrechas? 

Tanner. — He aquí el peligro. Yo sé que no le impor- 
tan a usted mis opiniones, porque no tienen que impor- 
tarle. La serpiente boa no se preocupa en lo más mínimo 
de las opiniones de un pájaro mosca cuando le ve en- 
vuelto en sus espirales. 

Ana.— (Levantándose con súbita intuición.) ¡Ah, aaah! Ahora 

es cuando comprendo por qué advirtió usted a Octavito 
que yo era una serpiente boa. Me lo contó el abuelito. 

(Se ríe a carcajadas y le echa su boa por el cuello.) ¿No eS SUave y 

agradable, Juanito? 

Tanner. — (En ei lazo.) ¡Basta ya de hipocresías! ¡Vaya 
una frescura! 

Ana. — Nunca he sido hipócrita con usted, Juanito. 

¿Está usted enfadado? (Retira el boa y lo tira encima de una 

silla.) Tal vez me he propasado. 

Tanner.— (Despreciativo.) Vaya, ahora remilgos. Total, 
¿qué, si así se divierte? 

Ana. — (Tímida.) Pues nada. El caso es que yo creo que 
lo que significaba aquello de la serpiente boa era... era 

esto. (Le echa el brazo al cuello.) 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 49 

Tanner. — (Mirándola fijamente.) ¡Pucs me gusta la auda- 
cia! (Ella se ríe y le acaricia la mejilla.) iY pensar que SÍ yO 

contase este episodio no habría un alma que me lo cre- 
yese, como no fuesen las mismas personas que rompe- 
rían toda relación conmigo por haberlo contado, mien- 
tras que si usted me acusara nadie creería mis nega- 
ciones! 

Ana. — (Retirando el brazo con perfecta dignidad.) Es USted in- 
corregible, Juanito. Pero no debiera usted hacer burla 
de nuestro mutuo afecto. Nadie sería capaz de equivo- 
carse acerca de este sentimiento. Tampoco se equivoca 
usted, supongo. 

Tanner.— iDios sabe si no me equivoco! ¡Pobre Oc- 
tavito! 

Ana. — (Mirándole de repente, como si esto fuese una nueva revela- 
ción.) Creo que no será usted tan tonto que tenga celos de 
Octavito. 

Tanner. — ¡Celos! ¿Por qué? Pero no me extraña que 
usted trate de envolverle. Siento sus espirales a mi pro- 
pio alrededor, y eso que no está usted más que jugando 
conmigo. 

Ana.— ¿Cree usted que tengo intenciones respecto de 
Octavito? 

Tanner. — Sí que las tiene usted. 

Ana. -(Seria.) Cuídado, Juanito. Tal vez haga usted a 
Octavio muy desgraciado si en esto le hace creer cosas 
que no existen. 

Tanner. — No hay cuidado, no se le escapará a usted. 

Ana.— Me pregunto algunas veces si realmente es us- 
ted un hombre listo. 

Tanner.— ¿A qué viene esto ahora? 

Ana. — Parece que usted entiende de todas las cosas 
de que yo no entiendo, pero le aseguro que es usted una 

4 



50 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

completa criatura en todas las cosas de las que entien- 
do yo. 

Tanner. — Sé lo que Octavito siente por usted, Ana; 
en esto no me cabe duda. 

Ana.— ¿Y también sabe lo que yo siento por Octavito? 
¿Tampoco le cabe duda? 

Tanner. — Demasiado sé lo que ha de sucederle al po- 
bre Octavito. 

Ana.— Me reiría de buena gana, Juanito, si no fuese 
por la muerte de mi pobre padre. Le advierto: Octavito 
va a ser muy desgraciado. 

Tanner.— Sí, pero no lo conocerá el pobrecito. Es mil 
veces demasiado bueno para usted. Por eso está a punto 
de cometer por usted el más grave error de su vida. 

Ana.— Pues yo creo que los hombres cometen más 
error por ser demasiado listos que por ser demasiado... 

buenos. (Se sienta con cierta apariencia de desprecio para con la tota- 
lidad del sexo masculino, lo que se expresa en el encogimiento de sus 
hombros.) 

Tanner. Ya sé yo que Octavito no le importa a us- 
ted mucho. Pero, al fin y al cabo, es uno que besa y uno 
que puede, en ciertas ocasiones, permitir el beso. Octa- 
vito besará y usted sólo le presentará la mejilla, y en 
cuanto se le presente a usted mejor proporción, le echa- 
rá por la borda. 

Ana. — (ofendida.) No tiene usted derecho a decir esas 
cosas, Juanito. En primer lugar, no es verdad, y luego, 
aunque lo fuera, no está bien que lo diga usted Si a us- 
ted y a Octavito les da por ponerse tontos, no es cul- 
pa mía. 

Tanner. — (ueno de remordimientos.) Dispense mi brusque- 
dad. Ana. Va contra este mundo perro, no contra usted. 

(Ella levanta la vista hacia él, regocijada y dispuesta a perdonar. Al no- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 51 

tarlo él, de repente se pone en guardia.) De todOS modoS, eStOy 

deseando que baje Ramsden. Estando con usted, nunca 
me siento seguro. No sé, pero hay cierto diabólico en- 
canto... O no, no es encanto... Es asi como un interés su- 
til. (Ella se ríe.) Eso es... Bien lo sabe usted, y triunfa... 
Abierta y desvergonzadamente triunfa. 

Ana.— ¡Hay que ver, Juanito, quién es usted echando 
piropos! 

Tanner.— ¡Piropos, yo! 

Ana.— Sí, señor, piropos. Siempre abusa usted y ofen- 
de; pero luego concluye por algo que agrada. 

Tanner. — ¡Vaya! Voy a llamar al timbre, que esta 
conversación ya se prolongó más de lo conveniente. 

Ramsden y Octavio vuelven con miss Ramsden, una solterona muy tiesa 
con vestido sencillo de seda de color café, con bastantes sortijas, cadenas y 
broches para demostrar que la sencillez de su vestido es cosa de principios, 
no de pobrezeu Entra muy determinada en la habitación, siguiéndola los dos 
hombres muy perplejos^y abatidos, Ana se levanta y va oficiosa al encuen- 
tro de miss Ramsden. Tanner retrocede hacia la pared por entre los bus- 
tos y se pone a estudiar los cuadros. Ramsden va a su mesa como^ de cos- 
tumbre y Octavio se acerca a Tanner. 

Miss Ramsden. — (Casi empujando a un lado a Ana al ir hacia 
la silla de Mrs. Whitefield, donde se planta resueltamente.) Yo me 

lavo las manos sobre todo el asunto. 

Octavio. — (Muy entristecido.) Ya sé que desea usted que 
me lleve de aquí a Violeta. Lo haré, miss Ramsden. (se 

vuelve indeciso hacia la puerta.) 

Ramsden. — No, no... 

Miss Ramsden. — ¿A qué viene decir que no, Roebuck? 
Octavio bien sabe que yo no echaría de mi casa a una 
mujer verdaderamente contrita y arrepentida. Pero cuan- 
do una mujer no sólo es mala, sino que quiere seguir 
siéndolo, para mi ha acabado. 



52 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana. — ¡Ohl, miss Ramsden, ¿qué significa eso? ¿Qué 
ha dicho Violeta? 

Ramsden.— Realmente, es muy obstinada la mucha- 
cha. Violeta no quiere salir de Londres. No la entiendo. 

Miss Ramsden.— Yo, si. Es tan evideni;j como la pal- 
ma de la mano, que no quiere marcharse para no sepa- 
rarse de aquel hombre, sea quien sea. 

Ana. — ¡Oh!, sí, es verdad. Octavio, ¿no le ha hablado 
usted? 

Octavio. — No quiere decirnos nada. No quiere tomar 
ninguna determinación antes de haber consultado con 
alguien. No puede ser otro que el miserable que la ha 
engañado. 

Tanner. — (a Octavio.) Pucs deja que le consulte. Bas- 
tante se alegrará él de verla marchar afuera. ¿Dónde está 
la dificultad? 

Miss Ramsden. — (Quitándole la palabra a Octavio.) La difi- 
cultad, míster Tanner, está en que, cuando me ofrecí a 
ayudarla, no me ofrecí a hacerme la cómplice de su 
maldad. O ella da palabra de no volver a ver a aquel 
hombre, o puede buscar amigos en otra parte, y cuanto 
antes, mejor. 

(La doncella aparece en la puerta. Ana vuelve bruscamente a su asiento 
y se da un aire de completo descuido . Octavio instintivamente la imita.) 

Doncella. — El coche está a la puerta, señorita. 
Miss Ramsden.— ¿Qué coche? 
Doncella.— Para miss Robinson. 

Miss Ramsden.— i Ah! (Recordando.) Muy bien. (La doncella 

se retira.) De modo que ha mandado traer un coche. 

Tanner.— Hace media hora que dije yo que había que 
traer un coche. 

Miss Ramsden.— Me alegro de que comprenda la si- 
tuación en que se ha colocado. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 53 

Ramsden.— No me gusta que se marche de esta mane- 
ra, Susana. No debemos mostrarnos duros con ella. 

Octavio. — No, muchas gracias por todo, pero miss 
Ramsden tiene razón. Violeta no puede quedarse. 

Ana.— ¿No sería mejor que usted la acompañara, Oc- 
tavio? 

Octavio. — No quiere que yo la acompañe. 

Miss Ramsden. — Claro, como que va a ir derecho a 
aquel hombre. 

Tanner. — Consecuencia natural de la virtuosa recep- 
ción que ha tenido aquí. 

Ramsden.— (Muy turbado.) Mira, Susana, ¿has oído? Pues 
hay algo de verdad en ello. Quisiera que pudieses con- 
ciliar con tus principios el ser un poco indulgente con 
esa pobre muchacha. Es muy joven, y hay tiempo para 
todo. 

Miss Ramsden. — ¡Oh! No le faltarán las simpatías de 
los hombres. Me asombras verdaderamente, Roebuck. 

Tanner.— A mí también, Ramsden, aunque favora- 
blemente. 

Violeta aparece en la puerta. Es una señorita tan impenitente y despre- 
ocupada como podría serlo la de mejor conducta. Su cabeza estrecha, sus 
labios delgados y su mentón resuelto, su modo de hablar altivo y todo su 
porte, la perfecta elegancia de sus atavíos, entre los que hay un sombrero 
primoroso con un pájaro disecado, constituyen una figura tan formidable 
como exquisitamente bonita. No es una sirena como Ana, se granjea la ad- 
miración espontáneamente y aun sin interés por parte de ella. Por lo demás, 
en Ana hay algo de humor festivo; en esta mujer, ni rastro, y tal vez tampoco 
perdón alguno. Su voz recuerda la de una maestra que se dirige a una clase 
de niñas que se han portado mal, pues coa perfecto aplomo y algo disgus- 
tada empieza a decir a lo que ha venido. 

Violeta. — Me he asomado para decir a miss Ramsden 
que encontrará en el cuarto de la doncella el regalo que 



54 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

me hizo el día de mi cumpleaños: la pulsera de fili- 
grana. 

Tanner. — Entre usted, Violeta, y hable con nosotros 
razonablemente. 

Violeta. — Gracias, ya estoy harta de conversaciones. 
Y lo mismo le pasa a tu madre, Ana, pues se ha ido a 
casa llorando. De todos modos, ya sé a qué atenerme en 
cuanto a algunos de mis pretendidos amigos. Abur. 

Tanner.— No, no; espere usted un momento. Tengo 
que decirle algo que deseo que escuche, (mía le mira sin la 

más mínima curiosidad en apariencia, tanto peira concluir de ponerse el 
guante como para oir lo que tiene él que decir.) CUente USted in- 

condicionalmente conmigo. La felicito con el respeto 
más sincero. Usted tiene perfectamente razón, y la fami- 
lia está enteramente equivocada. 

Sensación. Ana y miss Ramsden se levantan y se vuelven hacia los dos. 
Violeta, más sorprendida que nadie, olvida su guante y avanza hacia e 1 
centro de la habitación, confusa y desabrida. Octavio sólo no se mueve ni 
levanta la cabezzi; está abrumado de vergüenza. 

Ana. — (Para suplicar a Tanner ser razonable.) ¡Juanito! 

Miss Ramsden. — (indignada.) iHabráse vistol 

Violeta. — (Áspera, a Tanner.) ¿Quiéu le ha dicho a 
usted...? 

Tanner.— ¿Quién va a ser? Ramsden y Octavito. ¿Por 
qué se habían de callar? 

Violeta.— Pero si ellos no saben... 

Tanner. — No saben ¿qué? 

Violeta. — Quiero decir que no saben que tengo razón. 

Tanner. — ¡Oh! Lo saben en el fondo de su corazón, 
aunque se crean obligados a censurarla por efecto de 
sus supersticiones tontas acerca de la moralidad y la 
propiedad, y etc. Pero yo sé, y el mundo entero sabe 
realmente, aunque no se atreve a confesarlo, que ha te- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 55 

nido usted razón en obedecer a sus instintos, que la vi- 
talidad y la valentía son las cualidades más altas que 
pueda tener una mujer, y la maternidad, su solemne ini- 
ciación en la vida universal; y el hecho de no estar ca- 
sada legalmente no quita un bledo de su propio valor o 
de nuestra consideración por usted. 

Violeta. —(Roja de indignación.) I Ah! Me toma usted por 
una mala mujer, como los demás. Usted cree no sola- 
mente que he sido mala, sino que comparto sus abomi- 
nables opiniones. Miss Ramsden, he agu antado sus pa- 
labras duras, porque sabía que las sentiría usted cuando 
supiera la verdad. Pero no soportaré tan horrible insulto 
de ser felicitada por Juanito por ser una de las desgra- 
ciadas a las que aprueba. He ocultado mi casamiento 
por causa de mi marido. Pero ahora reclamo, como ca- 
sada, el derecho de no ser insultada. 

Octavio. — (Levantando la cabeza con inexpresable alivio.) PerO 

¿estás casada? 

Violeta.— Sí, y creo que podrías haberlo notado. 
¿Qué les ha pasado a todos al dar por sentado que yo no 
tenía derecho a llevar mi anillo de boda? Nadie de uste- 
des preguntó siquiera por qué lo llevaba, ni reparó en él. 

Tanner.— (Aniquilado.) Me he huudído. Mi intención fué 
buena. Pido perdón... humildemente; perdón. 

Violeta. — Espero que en adelante tendrá usted más 
cuidado con lo que habla. Claro que no hace una caso de 
tales dichos; pero son bastante desagradables y de mal 
gusto. 

Tanner. — (capeando el temporal.) No tengo defensa. Me 
guardaré muy mucho, de aquí en adelante, de meterme 
en asunto de mujeres. Todos nos hemos tirado una 
plancha, me parece, excepto Ana. Ella habló en favor de 
usted, Violeta, Perdónenos oor ella. 



56 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Violeta.— Sí, Ana ha sido muy amable; pero Ana lo 
sabía todo. 

Tanner. — i Vamos! 

Miss Ramsden.— (Tiesa.) ¿Y quíén, diga usted, es el ca- 
ballero que no reconoce a su mujer? 

Violeta. — (Bruscamente.) Eso es asunto mío, miss Rams- 
den, y no de usted. Tengo mis razones especiales para 
tener secreto mi matrimonio, por ahora. 

Ramsden.— Lo único que puedo decir es que estamos 
todos muy pesarosos, Violeta. Me da no sé qué el pen- 
sar cómo la hemos tratado. 

Octavio.— (Torpe.) Perdóname, Violeta. No puedo de- 
cir más. 

Miss Ramsden.— (Todavía sin querer capitular.) Por cierto 
que lo que dice usted, Violeta, cambia las cosas. Pero, 
de todos modos, me debo a mí misma... 

Violeta. — (interrumpiéndola.) Lo que debe usted es pre- 
sentarme sus excusas, miss Ramsden. Esto es lo que debe 
usted tanto a sí misma como a mí. Si fuese usted una 
señora casada no le gustaría, creo, que la relegaran al 
cuarto de la doncella, como a una niña malcriada, sin 
motivo alguno. 

Tanner.— No nos abrume todavía más, Violeta. Nos 
hemos portado como tontos, como unos verdaderos 
tontos. 

Violeta.— De todos modos, Juanito, usted no ha in- 
tervenido en el asunto. 

Tanner.— ¿Cómo que no? ¿Sabe usted que Ramsden 
casi me ha acusado de ser el caballero desconocido? 

(Ramsden hace una demostración frenética; pero el enfado, frío y 
enérgico, de Violeta, le interrumpe.) 

ViOLETA.~¡A usted! ¡Oh, qué infamia, qué cosa más 
abominable! Pues hay que ver las cosas que se han di- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 57 

cho aquí de mí. Si mi marido lo supiese, no me dejaría 
tratar a ninguno de ustedes en la vida, (a Ramsden.) La 
verdad, no hubiese esperado eso de usted. 

Ramsden. — Pero le aseguro a usted que yo nunca... o 
ha sido una mala interpretación. 

Miss Ramsden. — No necesitas excusarte, Roebuck- 
Ella es la que tiene la culpa de todo. Ella es la que tie- 
ne que excusarse por habernos engañado a todos. 

Violeta.— Puedo concederle circunstancias atenuan- 
tes, miss Ramsden, porque usted no puede comprender 
mi modo de pensar en este asunto, aunque creí yo ha- 
ber podido esperar mejor gusto de personas de tanta ex- 
periencia como ustedes. Sea lo que quiera, me parece 
que la situación se ha hecho algo penosa, y lo mejor 
será que yo me ausente. De modo que adiós, y ustedes 
lo pasen bien. 

(Sale, dejándolos a todos confusos.) 

Miss Ramsden.— Pues ¡vaya, vaya, vaya! 

Ramsden— (Lastimero.) La verdad es que esperaba un 
poco más de amabilidad. 

Tanner.— Tiene usted que capitular ante el anillo de 
boda, lo mismo que los demás, Ramsden. El cáliz de 
nuestra ignominia está lleno hasta rebosar. 




ACTO SEGUNDO 



En el camino del parque de una quinta, cerca de Richmond, un automó- 
vil acaba de sufrir una panne. Se halla enfrente de un grupo de árboles, ro- 
deado por el camino que va hacia la casa, en parte visible al través de ellos. 
Efectivamente, Tanner, colocado en el camino con el coche a su derecha, 
podría conseguir ver sin dificultad el ángulo úel Oeste de la casa a su iz- 
quierda, si no estuviese demasiado interesado en observar un par de piernas 
echadas en el suelo, envueltas en pantalones de tela azul, que salen por la 
parte trasera del coche. Las contempla con intensa atención, encorvado so- 
bre ellas y con las manos apoyadeis en las rodillas. Su gabán de cuero y 
gorra de visera le caracterizan como pasajero del vehículo. 



El de las piernas.— Por fin, ya. 

Tanner. — ¿Ya se arregló todo? 

El de las piernas. — Sí, señor, al pelo. 

Temner se inclina más, coge las piernas por los tobillos y saca como una 
carretilla al dueño de ellas, que emda en las memos, con un martillo en la 
boca. Es un joven que lleva un bonito traje de sarga azul. Va completa- 
mente afeitado. Tiene ojos negros y dedos cuadrados; pelo negro, cortado a 
rape y bien cepillado, y unas cejéis irregulares, de expresión escéptica. Cuan- 
do manipula en el coche, sus movimientos son listos y rápidos, y al mismo 
tiempo atentos y deliberados. Con Tanner y los amigos del mismo su modo 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 59 

de ser no tiene nada de respetuoso, sino que es frío y retraído, con lo que no 
les da motivos ni para confianzas ni para quejas. Sin embargo, no los pierde 
de vista nunca, con cierto aire cínico, como hombre que conoce las interio. 
ridades del mundo. Habla despacio y con un dejo de sarcasmo, y como no 
se esfuerza nada por hablar de una manera fina, se puede deducir que su 
traje elegante es más una marca de respeto a sí mismo y a su clase que a 
los que le emplean. 

Ahora monta en el coche para probzir la maquinaria y vuelve a colocar- 
se el abrigo y la gorra. Tanner, en cambio, se quita el gabán de cuero y lo 
echa adentro del coche. El chauffeur (o automovilista, o conductor del auto, 
o como quedemos en llamarle) mira a su alrededor como buscando algo, 
mientras está guardando el meuüllo. 

Chauffeur.— No quiere usted más, por lo visto. 

Tanner.— No me disgustará hacer el camino a pie 
hasta la casa, desentumecerme las piernas y calmar mis 
nervios un poco. (Mirando su reloj.) Supongo Sabrá usted 
que hemos venido desde la esquina de Hyde Park a 
Richmond en veintiún minutos. 

Chauffeur. — Hubiese hecho el recorrido en quince 
minutos si la carretera hubiese estado despejada. Pero 
con los malditos carros... 

Tanner. — ¿Por qué hace usted eso? ¿Es por amor al 
deporte, o por el gusto de aterrorizar a su desgracia- 
do amo? 

Chauffeur. — ¿De qué se asusta usted? 

Tanner.— De las multas y de romperme el cuello. 

Chauffeur. — Hombre, si le gusta ir despacio, puede 
tomar un autobús, ¿sabe? Es más barato. A mí me paga 
usted por ahorrarle tiempo y sacarle el jugo a su cacha- 
rro de mil libras. (Se sienta con calma.) 

Tanner.— Soy el esclavo del tal cacharro y de usted 
también. Sueño de noche con el maldito chisme. 
Chauffeur. — Se irá usted acostumbrando. Si va usted 



60 HOMBRE Y SUPERHOMBRE / 

para arriba, hacia la casa, dígame cuánto tiempo va a 
tardar. Porque si va usted a estar toda la mañana ha- 
blando con las señoras, yo voy a entrar el coche en la 
cochera y me tumbaré en algún sitio. Si no, esperaré 
aquí en el coche hasta que usted venga. 

Tanner.— Lo mejor será que espere. No tardaremos 
mucho. Hay allí un joven americano, un míster Malone, 
que va a venir con míster Robinson, en su nuevo coche 
de vapor americano. 

Chauffeur. — (Oando un salto y saliendo bruscamente del coche 
para acercarse a Tanner.) ¡Un COChe de Vapor amerícauo! ¡Y 

ha venido luchando con nosotros desde Londres! 

Tanner. — Tal vez estén ya aquí. 

Chauffeur. — ¡Si yo lo llego a saber! (con profundo repro- 
che.) ¿Por qué no me lo ha dicho usted, míster Tanner? 

Tanner. — Porque me han dicho que ese coche puede 
hacer ochenta y cuatro millas por hora, y ya sé yo cómo 
las gasta usted cuando hay un rival por nuestro camino. 
Nada, Enrique; hay cosas que no es bueno que las sepa 
usted, y ésta es una de ellas. Pero alégrese, vamos a te- 
ner un día a gusto de usted. El americano va a llevar a 
míster Robinson y su hermana, y a miss Whitefield. 
Nosotros llevamos a miss Rhoda. 

Chauffeur.— (Consolado ya.) Es la hermana de miss 
Whitefield, ¿no? 

Tanner.— Sí. 

Chauffeur. — ¿Y miss Whitefield irá en el otro coche? 
¿Con usted, no? 

Tanner. — ¿Por qué demonios había de ir conmigo? 
Ya tiene de compañía a míster Robinson. (ei chauffeur 

mira a Tanner con fría incredulidad y vuelve al coche, silbando por lo 
bajo im aire popular. Tanner, un poco fastidiado, va a proseguir, cuan- 
do oye los pasos de Octavio en la grava. Octavio viene desde la casa 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 61 

vestido como para ir en automóvil, pero sin abrigo.) HeiTlOS perdi- 
do el certamen, a Dios gracias; ahí viene míster Robin- 
son. ¿Qué tal, Octavito, anda bien ese coche de vapor? 
Octavio. — Ya lo creo que anda. Desde Hyde Park 
hasta aquí hemos tardado diez y siete minutos. (ei 

chauffeur, furioso, golpea el coche con un gruñido de disgusto.) 

¿Cuánto habéis tardado vosotros?... 

Chauffeur.— (Reprochando.) ¿Ve usted, ve usted, míster 
Tanner? Podíamos nosotros haber hecho el recorrido en 
menos de quince minutos. 

Tanner.— A propósito, voy a presentarles. Este señor 
es mi amigo míster Octavio Robinson. Mi chauffeur, 
míster Henry Straker. 

Straker.— Para servirle a usted, caballero. 

Tanner.— No te creas que Straker es un mecánico de 
los del montón. Ha hecho estudios. ¿En qué escuela, 
Straker? 

Straker. — En Sherbrooke Road. 

Tanner. — ¡Sherbrooke Road! Es como si nosotros di- 
jésemos Rugby o Harrew o Eton. Con la diferencia de 
que Sherbrooke Road es una escuela donde los chicos 
aprenden algo, mientras Eton es un instituto adonde nos 
mandan porque en casa no hacemos más que daño, y 
para que después en la vida, siempre que mencionen a 
un duque, podamos decir que ha sido condiscípulo 
nuestro. 

Straker. — No sabe usted nada, míster Tanner. No es 
la escuela de primera enseñanza la que hace eso, sino 
la politécnica. 

Tanner. — Como quien dice, su universidad. No Ox- 
ford, ni Cambridge, ni Durham, ni Dublin, ni Glascow. 
Ni siquiera las de menor cuantía del país de Gales. 
Nada de eso. Sino Regent Street, Chelsea, el Borough... 



62 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

¿qué sé yo? Esas son universidades, y no las tiendas 
aquellas nuestras, donde se venden delimitaciones de 
clases. Desprecia usted a Oxford, ¿no es verdad, Enrique? 

Straker.— No, señor. Es muy bonito sitio. Digo para 
personas a las que les guste semejante clase de .sitios. 
Allí se enseña a ser señorito. En la politécnica se enseña 
a ser ingeniero o cosa por el estilo. 

Tannbr.— ¡Sarcasmos, nada más que sarcasmos, Oc- 
tavito! lOh, si pudieses ver dentro del alma de Enrique 
su profundo desprecio por las clases elevadas, su orgu- 
llo de ser ingeniero, te pasmaría! Literalmente, se ale- 
gra cuando el coche sufre una parada forzosa, porque 
por ella se evidencian mi inutilidad de señorito y su in- 
teligencia de mecánico. 

Straker. — No le haga usted caso, míster Robinson. Le 
gusta hablar. Le conocemos, ¿no le parece a usted? 

Octavio. — (serio.) Pero hay mucha verdad en el fondo 
de lo que dice. Creo firmemente en la dignidad del tra- 
bajo. 

Straker.— (no impresionado.) Es porque no ha hecho us- 
ted nunca nada, míster Robinson. El fin mío es suprimir 
el trabajo. Más resultado sacará usted de mí y de mi 
máquina que de veinte trabajadores, y con menos 
bebida. 

Tanner.— ¡Por Dios, Octavio, no empieces a discutir 
con él sobre economía política! Es muy fuerte en eso y 
nosotros no lo somos. Tú sólo eres un socialista político, 
Octavito, y él es un socialista científico. 

Straker. — (sin turbarse.) Usted dispense; esta conversa- 
ción es muy interesante, pero yo tengo que mirarjpor el 
coche y ustedes dos;tienen que hablar de las señoras. 

Yo lo sé. (Se retira para ocuparse con el coche y al punto arranca 
con dirección a la casa.) 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 63 

Tanner.— Es un fenómeno social verdaderamente im- 
portante. 

Octavio.— ¿El qué? 

Tanner.— Pues Straker. Las personas literarias y cul- 
tas hemos durante años hecho atmósfera para la «mu- 
jer nueva>, siempre cuando se presentaba alguna solte- 
rona de ideas chapadas a la antigua más de lo usual, y 
nunca hemos reparado en el «hombre nuevo». Straker 
es el hombre nuevo. 

Octavio.— No veo en él nada nuevo, como no sea tu 
manera de tomarle el pelo. Pero ahora no quiero hablar 
de él. Quiero hablarte de Ana. 

Tanner. — Straker también sabía^eso. Lo habrá apren- 
dido en la politécnica. Pues bien, ¿qué hay de Ana? ¿Le 
has hecho una declaración formal? 

Octavio.— (Reprendiéndose a sí mismo.) He sido bastante 
bruto para obrar así anoche. 

Tanner.— iBastante bruto! ¿Qué quieres decir con eso? 

Octavio.— (Ditírámbico.) ¡Ay! Juanito, los hombres todos 
somos bastotes, nunca comprendemos lo exquisitas que 
son las sensibilidades de una mujer. ¿Por qué haría yo 
semejante cosa? 

Tanner. — Pero ¿qué has hecho, idiota sentimental? 

Octavio.— Sí, soy un idiota. ¡Juanito, si hubieses oído 
su voz, si hubieses visto sus lágrimas! Toda la noche he 
estado despierto pensando en ello. Si me hubiese hecho 
reproches, lo hubiese yo soportado mejor. 

Tanner.— ¡Lágrimas! Eso es peligroso. ¿Qué dijo? 

Octavio.— Me dijo que cómo podía yo hablarle de se- 
mejante cosa cuando todavía estaba caliente el cadáver 
de su adorado padre. Lanzó un suspiro... (se queda ano- 
nadado.) 

Tanner. -(oándoie goipecitos en la espalda.) Aguanta como 



64 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

un hombre aunque sientas como un borrico. Es lo de 
siempre; no está cansada todavía de jugar contigo. 

Octavio.— (impaciente.) ¡Por Dios! No seas tonto, Jua- 
nito. ¿Crees que ese necio cinismo tuyo tenga aplica- 
ción a una mujer de sus condiciones? 

Tanner. — ¡Huml ¿Dijo algo más? 

Octavio. — Sí, y por eso me expongo y la expongo a 
ella a tus burlas diciéndote lo que ha pasado. 

Tanner.— (con remordimientos.) Nada de burlas, querido 
Octavito, por mi honor. En fin, no importa. Sigue. 

Octavio. — Su sentimiento del deber es tan profundo, 
tan completo... 

Tanner. — Sí, ya sé. Sigue. 

Octavio.— Ya ves, por disposición de su padre, Rams- 
den y tú sois sus tutores, y ella ahora considera que to- 
dos sus deberes para con su padre se han transformado 
en deberes para con vosotros. Dijo que lo primero que 
yo debiera haber hecho era hablar con vosotros. Claro 
que tiene razón, pero por otro lado, tiene algo de ridícu- 
lo que tenga yo que pedirte formalmente permiso para 
pretender la mano de tu pupila. 

Tanner.— Hombre, me alegro, Octavito, de que el 
amor no ha borrado en ti todo sentido del humor. 

Octavio. —Esta contestación no la satisfará. 

Tanner.— Mi contestación oficial, ni que decir tiene, 
es la siguiente: Os bendigo, hijos míos; sed dichosos. 

Octavio.— Quisiera que ya dejaras de guasearte. Si 
tú no lo tomas en serio, lo tomo yo y lo toma ella. 

Tanner. —Sabes que eila puede escoger tan libre- 
mente como tú mismo. 

Octavio.— Ella no piensa así. 

Tanner.— ¿Que no? ¡Vamos! De todos modos, ¿qué 
quieres que haga yo? 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 65 

Octavio. — Pues quiero que le digas sincera y formal- 
mente lo que piensas de mí. Quiero que le digas que 
puedes confiármela a mí... es decir, si así lo crees. 

Tanner.— No dudo que te la puedo confiar. Lo que 
me trastorna es la idea de si a ti puedo confiarte a ella. 
¿Has leído el libro de Maeterlinck, sobre las abejas? 

Octavio. — (Guardando con dificultad su calma.) No he venido 
para discutir literatura ahora. 

Tanner. — Hombre, ten un poco de paciencia. Yo tam- 
poco quiero discutir literatura; el libro sobre las abejas 
trata de historia natural. Es una espantosa lección para 
el género humano. Tú te figuras que eres el pretendiente 
de Ana, que eres el perseguidor y ella la perseguida, que 
tu papel consiste en rondar, en persuadir, en vencer y 
arrollar. Tonto, eres tú el perseguido, el señalado, la 
presa elegida. No tienes necesidad de estarte echando 
miradas codiciosas al cebo a través de los alambres de 
la trampa; la puerta está abierta y así quedará hasta que 
se cierre detrás de ti para siempre. 

Octavio. — |0;alá fuera así a pesar de tu abominable 
comparación! 

Tanner. — Porque ella, amigo mío, no tiene otro fin en 
la vida que cazar a un marido. El fin de la mujer es ca- 
sarse lo más pronto posible, y el del hombre es quedar 
soltero todo el tiempo que pueda. Tú tienes que escribir 
tragedias y poesías; Ana no tiene ninguna ocupación. 

Octavio. - No puedo escribir sin inspiración, y nadie 
puede proporcionármela fuera de Ana. 

Tanner. — Pero ¿no te inspiraría mejor desde una dis- 
tancia segura? Petrarca no vió a Laura, ni Dante a Bea- 
Íriz tan de cerca como tú ves ahora a Ana, y, sin embar- 
.fo, escribieron poemas bastante aceptables, según tengo 
ntendido. Ellos nunca expusieron su adoración al con- 

5 



66 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

tacto de la familiaridad doméstica y les duró hasta la 
sepultura. Cásate con Ana, y al cabo de una semana no 
encontrarás en ella más inspiración que en un plato de 
arroz con leche. 

Octavio.— ¿Crees que me cansaré de ella? 

Tanner.— Nada de eso; tampoco se cansa uno del 
arroz con leche, pero no encuentra uno inspiración en tal 
manjar. Y así ella no te dará inspiración cuando deje de 
ser el etéreo ensueño de un poeta y venga a ser una ma- 
ciza esposa y matrona. Te verás en la obligación de so- 
ñar con cualquiera otra, y entonces es cuando habrá jaleo. 

Octavio.— Es inútil que hables así, Juanito. ¿Tú qué 
sabes? ¿Nunca has estado enamorado? 

Tanner.— ¡Yo! Precisamente nunca he dejado de es- 
tarlo. Ahora mismo estoy enamorado hasta de Ana. 
Pero no soy ni el esclavo ni el engañado del amor»,Mira 
las abejas, poeta, observa sus costumbres y hechos. Ten 
la completa seguridad, Octavio, de que si las mujeres 
pudiesen pasarse sin nuestra intervención, y nosotros les 
comiésemos el pan de sus hijos en vez de ganarlo, nos 
matarían como las arañas hembras matan a sus machos, 
y las abejas a los zánganos. Y tendrían razón si no va- 
liésemos para otra cosa que para el amor. 

Octavio. — ¡Oh, si valiésemos siquiera para el amor'. 
No hay nada comparable con el amor, no hay nada fue- 
ra del amor. Sin él el mundo sería una sórdida pesadilla. 

Tanner.— ¡Y tú eres el hombre que me pide la mano 
de mi pupila! ¡Vamos, hombre! Creo que nos han cam- 
biado en las cunas y que tú eres el verdadero descen- 
diente de Don Juan Tenorio. 

Octavio. — Me harás el favor de no hablar así delante 
de Ana. 

Tanner.— No tengas cuidado. Te ha marcado como 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 67 

cosa propia, y nada la detendrá ya. No hay salvación 

para ti. (Straker vuelve con un periódico en la mano.) Ahí VienC 

el «hombre nuevo > desmoralizándose con un periódico 
de a perro chico, corno siempre. 

Straker.- Para que se vea lo que son las cosas, mís- 
ter Robinson. ¿Querrá usted creer que cuando nos pusi- 
mos en marcha esta mañana compramos dos periódicos, 
el TimeSy para míster Tanner, y el Leader o el Echo, 
para mí? Y ¿cree usted que he podido leer el mío? ¡Quia! 
Míster Tanner me cogió el Leader y me dejó entretener- 
me con el Times. 

Octavio.— ¿No publica el Times la lista de los caba- 
llos vencedores? 

Tanner.- Enrique no se preocupa de apuestas, Octa- 
vio. Los records de automóviles son su flaco. ¿Cuál es 
el úhimo? 

Strake.— El de París a Biskra, con una velocidad me- 
dia de 40 millas por hora, sin contar el Mediterráneo. 

Tanner.— ¿Cuántos muertos ha habido? 

Straker.— Nada, dos ovejas despachurradas. Vaya 
una cosa. Las ovejas no cuestan caras. Sus dueños se 
habrán alegrado de no tener que llevarlas al matadero 
y de cobrar su valor con creces. A pesar de todo, ya ve- 
rán, todos van a chillar. El gobierno francés prohibirá 
las velocidades decentes, y nos habremos fastidiado. Es 
lo que a mí me da rabia, míster Tanner; no quieren que 
corramos mientras todavía se puede. 

Tanner. ~ Octavito, ¿te acuerdas de mi tío Jaime? 

Octavio.— Sí. ¿Por qué? 

Tanner. — Mi tío Jaime tenía una cocinera de primera. 
No podía digerir sino lo que ella guisaba. El caso es que 
al pobre hombre, tímido de por sí, no le gustaba la vida 
de sociedad. Pero aquella cocinera estaba orguUosa de 



68 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

SUS habilidades y deseaba hacer comidas para príncipes 
y embajadores. Para impedir que dejara su servicio, el 
pobre viejo tenía que dar dos comidas grandes cada mes 
y sufrir todas las molestias consiguientes. Pues, en cierto 
modo, me pasa dos cuartos de lo mismo, por causa de 
mi chauffeur. Aborrezco los viajes, pero quiero algo a 
Enrique. Para él no hay mayor goce que calarse las ga- 
fas del oficio, ponerse la chaqueta de cuero y correr, con 
dos dedos de polvo por todo su cuerpo, a razón de se- 
senta millas por hora con riesgo de su vida y la mía. 
Exceptuando, claro está, cuando yace boca arriba en el 
barro debajo del coche tratando de descubrir la causa 
de la parada o la marcha defectuosa. Pues si no le per- 
mito una carrera de mil millas cada quince días, dejará 
mi servicio. Me plantará y se irá con algún americano 
millonario, y yo tendré que contentarme con un cochero 
jardinero que me llevará al paso y saludará respetuosa- 
mente cuando yo suba o baje. Pero me aguanto y soy el 
esclavo de Enrique, así como mi tío Jaime era el esclavo 
de su cocinera. 

Straker.— (Exasperado.) jCarambal Quisiera tener un 
auto que anduviese tan aprisa como usted habla, míster 
Tanner. Lo que yo digo es que se pierde dinero con un 
coche si se le tiene parado. Hágase usted con un coche- 
cito para impedidos y una niñera si no quiere sacarle el 
jugo a su auto y mi persona. 

Tanner. — (calmándole.) Bueno, hombre, bueno. Ahora 
mismo vamos a dar una carrera de media hora. 

Straker. — (Asqueado.) ¡Media hora! (Vuelve ai coche, se sienta 
en él y ojea su papel en busca de más noticias.) 

Octavio. — ¡Calla! Ahora me acuerdo. Tengo una es- 

quelita de Rhoda para ti. (Entrega un papel a Tanner.) 

Tanner.— (Abriéndolo.) Me parece a mí que lo que busca 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 69 

Rhoda es una riña con Ana. En regla no hay más que 
una persona a la que una muchacha inglesa detesta más 
que a su madre, y esta persona es su hermana mayor. 
Pero Rhoda positivamente quiere más a su madre que a 
Ana. Ella... (indignado.) ivamos, hay que ver! 

Octavio.— ¿Qué pasa? 

Tanner.— Habíamos quedado en que Rhoda había de 
dar un paseo en automóvil conmigo. Ahora me dice que 
Ana le ha prohibido salir conmigo. 

(Straker empieza de repente a silbar su aire favorito con intención seña- 
lada. Sorprendidos por la explosión de esa súbita alegría y heridos por la 
nota burloi a que la melodía contiene, se vuelven hacia él y le miran inte- 
rrogativam .ite. Pero él está absorto en la lectura del periódico y no repara 
en ellos.) 

Octavio. — (volviendo ai asunto.) ¿Da alguna razón? 

Tanner.— ¡Una razón! Un insulto no es una razón 
Dice que .Vna le prohibe estar sola conmigo en cual- 
quier ocasiC .1, porque no soy yo una persona con quien 
una muchacha íoven pueda tener confianza. ¿Qué me 
dices ahora de tu dechado de perfecciones? 

Octavio.— Ten en cuenta que tiene una grave rospon- 
sabilidad ahora que no vive su padre. La madre es de- 
masiado débil para vigilar a Rhoda. 

Tanner.— (Mirándole fijamente.) En resumidas cuentas, 
que estás conforme con Ana. 

Octavio.— No, pero creo comprenderte. No podrás ne- 
gar que tus opiniones no son de las más a propósito 
para la formación de carácter y espíritu de una niña. 

Tanner. — Pues sí que lo niego. La formación del ca- 
rácter y espíritu de una niña estriba generalmente en 
decirle mentiras. Pero en este caso protesto contra esa 
mentira de que yo sea capaz de abusar de la confianza 
de las niñas. 



lo HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Octavio.— No ha querido Ana decir eso, Juanito. 
Tanner. — Pues ¿qué ha querido decir entonces? 

StRAKER. — (viendo que Ana viene de la casa.) Ahí viene 
miss Whitefield, caballeros. (Se baja del coche y se aleja por la 
avenida con el aire de un hombre que sabe que no le van a necesitar.) 

Ana. — (Acercándose y colocándose entre Octavio y Tanner.) Bue- 

nos días, Juanito. He venido para decirle que la pobre- 
cita Rhoda tiene un dolor de cabeza atroz y no puede 
salir con usted en auto. Cuánto lo siente la pobrecita. 

Tanner.— ¿Qué dices ahora, Octavito? 

Octavio. — Hombre, comprende las cosas. Ana te trata 
con la mayor consideración, aun a costa de engañarte. 

Ana.— ¿Qué están ustedes hablando? 

Tanner. — ¿Le gustaría a usted, Ana, quitarle a Rhoda 
su dolor de cabeza? 

Ana. — Claro. 

Tanner.— Entonces repítale lo que acaba de decirme 
y añada que usted me ha visto dos minutos después de 
leer el billete que me ha mandado. 

Ana.— ¿Rhoda le ha escrito a usted? 

Tanner.— Diciéndomelo todo. 

Octavio. — No le haga usted caso, Ana. Tiene usted 
razón, mucha razón. Ana sólo ha cumplido con su de- 
ber, Juanito, bien lo sabes, y ha cumplido del modo más 
amable posible. 

Ana. — (Yendo hacia Octavio.) ¡Qué bueuo es usted, Octa- 
vito! iQué presto en auxiliarme! ¡Cómo me comprendel 

(octavio sonríe dichoso.) 

Tanner. — Eso es, apriete las espirales. La amas, Octa- 
vito, ¿es así? 
Octavio.— Sabe que la amo. 
Ana. — ¡Chist! ¡Qué poco reparo, Octavito! 
Tanner.— ¡Oh! Tiene usted mi consentimiento. Soy el 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 71 

tutor de usted y la confío al cuidado de Octavio por una 
hora. Voy a dar una vuelta en el coche. 

Ana.— No, Juanito; tengo que hablarle de Rhoda. Oc- 
tavito, ¿quiere usted volver a casa y hacer compañía a 
su amigo americano? Está estorbando algo a mamá tan 
temprano, y ella quiere terminar el arreglo de la casa. 

Octavio. — Voy volando, queridísima Ana. (lc besa la 

mano.) 

Ana.— ¿Habrá chico más bueno? 

(Él la mira con elocuente rubor y se va corriendo.) 

Tanner. — (Áspero.) Mire usted, Ana. Por esta vez se ha 
salvado usted; pero si Octavito no estuviese tan perdi- 
damente enamorado, hubiese podido ver lo mentirosa 
que es usted. 

Ana.— Es una mala inteligencia, Juanito. No me atre- 
ví a decirle la verdad a Octavito. 

Tanner. — Nada, los atrevimientos de usted suelen 
estar en dirección opuesta. ¿Qué demonios eran sus in- 
tenciones al decir a Rhoda que yo era demasiado vicio- 
so para que me tratara? ¿Cómo voy yo en adelante ya a 
tener con ella relaciones algunas, después de que usted 
le ha envenenado el alma de ese modo? 

Ana.— Ya sé yo que es usted incapaz deportarse mal... 

Tanner.— Entonces, ¿a qué ha venido esa mentira? 

Ana.— No tuve más remedio. 

Tanner.— ¿Cómo? 

Ana.— Por mi madre. 

Tanner. — (con ios ojos centelleantes.) ¡Ah! Ya podía figu- 
rármelo. ¡La madre! ¡Siempre la madre! 

Ana. — La culpa la tiene aquel tremendo libro de us- 
ted. Ya sabe usted lo miedosa que es mamá. Todas las 
mujeres miedosas se andan con miramientos; todas te- 
nemos que tener miramientos, Juanito, pues de lo con- 



72 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

trario se forman acerca de nosotras ideas tan cruel, tan 
vilmente erróneas. Aun usted, que es hombre, no puede 
decir lo que piensa sin dar lugar a falsas interpretacio- 
nes y sin que hablen mal de usted. Sí, lo confieso, he 
tenido que hablar mal de usted. ¿Quiere usted que la 
pobre Rhoda se vea en la misma situación, que por 
error, por no entenderla, le hagan mala fama? ¿Estaría 
bien en mamá que la dejara exponerse a semejante 
eventualidad antes de tener la suficiente edad para sa- 
ber lo que le conviene hacer? 

Tanner. — Abreviando: la manera de evitar malas in- 
teligencias consiste para todo el mundo en mentir y en- 
gañar e insinuar y calumniar todo lo que se pueda. 
A esto se reduce el obedecer a su madre. 

Ana. — Quiero a mi madre, Juanito. 

Tanner. — (Agitándose cada vez más en una rabia sociológica.) 

¿Es esta una razón para no ser dueña de su propia 
alma? ¡Ah! Yo protesto contra esa vil abyección de los 
jóvenes sometiéndose servilmente a los viejos. Mírese a 
la así llamada buena sociedad. ¿Qué es lo que quiere 
aparentar ser? Un exquisito coro de ninfas. ¿Qué es, en 
realidad? Un horrible cortejo de desgraciadas muchachas, 
cada una en las garras de una vieja cínica, taimada, 
ruin, desilusionada, estúpidamente experimentada y per- 
versa, a la que llama madre, y cuyo deber es depravar 
su alma y adjudicarla al mejor postor... ¿Por qué esas 
míseras esclavas se casan con cualquiera, por viejo y 
despreciable que sea, antes de quedarse sin casar? Por- 
que el casamiento es el único medio para ellas de poder 
librarse de esas decrépitas furias que ocultan sus ambi- 
ciones egoístas, sus concupiscencias extemporáneas, sus 
odiosos celos a rivales más jóvenes que las deshancaron, 
bajo la careta del deber materno y del amor a la fami- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 73 

lia. Estas cosas son abominables; la voz de la naturaleza 
reclama para una hija el cuidado de un padre y para un 
hijo el cuidado de una madre. La ley para padre e hijo 
y madre e hija no es la ley de amor; es la ley de revolu- 
ción, de emancipación, de la supresión final de los viejos 
y gastados por los jóvenes e idóneos. Le digo a usted, el 
primer deber de un hombre y de una mujer es la decla- 
ración de su independencia. El hombre que aboga por la 
autoridad de su padre no es hombre; la mujer que aboga 
por la autoridad de su madre es incapaz de dar al mun- 
do ciudadanos libres. 

Ana. — (Escuchándole con tranquila curiosidad.) SupongO, Jua- 

nito, que algún día entrará usted en la política. 

TaNNER. — (Atontado.) ¿Qué? Yo... yO... (Tratando de reanu- 
dar la argumentación.) ¿Qué tiene que ver eso con lo que es- 
toy diciendo? 

Ana.— ¡Habla usted tan bien! 

Tanner.— Hablar, hablar; para usted todo es hablar. 
Bueno, vaya otra vez con su madre y ayúdela a envene- 
nar el alma de Rhoda, como ha envenenado la de usted. 
Es con elefantes mansos con los que se doman los bravios. 

Ana.— Vamos, que estoy ascendiendo. Ayer era una 
serpiente boa; hoy soy un elefante. 

Tanner.— Sí, como usted quiera. Vayase, y punto con- 
cluido. No quiero hablar más. 

Ana.— Es usted tan raro y tan poco práctico... Yo, ¿qué 
puedo hacer? 

Tanner. — ¡Hacerl Puede usted romper sus cadenas. 
Puede usted ir su camino según su propia conciencia y 
no según la de su madre. Haga que su espíritu sea puro 
y fuerte y aprenda a gozar de verdad con una carrera rá- 
pida en automóvil en vez de no ver en ella más que una 
ocasión para una detestable intriga. Venga conmigo a 



74 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Marsella, y a través de Argelia a Biskra, a sesenta millas 
por hora. Acompáñeme hasta el Cabo, si quiere. Esto se- 
ría una declaración de independencia y, al mismo tiem- 
po, una venganza. Después puede usted escribir un 
libro sobre ello. Eso acabará con su madre y hará de 
usted una mujer. 

Ana. - (pensativa.) No creo que en eso habría mal algu- 
no, Juanito. Usted es mi tutor, usted hace vez de padre 
para mí por voluntad de mi difunto padre. Nadie podría 
decir algo de nuestro viaje en común. Sería delicioso; 
mil gracias por la proposición, Juanito; le acompaño. 

Tanner. — (Atónito.) ijMe acompaña!! 

Ana. — Naturalmente. 

Tanner. — Pero... (Se queda parado, sumamente inquieto; luego 

prosigue débilmente.) No; mire usted, Ana, si no hay mal en 
ello, tampoco hay motivo para hacerlo. 

Ana.— ¡Qué cosas tiene usted! Estoy segura de que 
usted no quisiera dejarme en mal lugar. 

Tanner.— Pues está usted equivocada. Mi propuesta 
no tenía otro fin. 

Ana.~No diga usted tonterías. Bien lo sabe usted. 
Nunca hará usted algo que redunde en mi desdoro. 

Tanner.— No se fíe. Si no quiere usted tropiezos de 
ninguna clase, no venga usted. 

Ana.— (con sencilla seriedad.) Sí, Juauíto; iré, puesto que 
usted lo desea. Usted es mi tutor y creo que debiéramos 
vernos más y conocernos mejor uno a otro. (Agradecida.) 
Es una idea muy buena y al mismo tiempo mucha ama- 
bilidad en usted, Juanito, el ofrecerme esa excursión tan 
agradable, sobre todo después de lo que dije de Rhoda. 
Es usted realmente bueno... mucho mejor de lo que se 
figura. ¿Cuándo será la marcha? 

Tanner. — Pero si... 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 75 

La conversación se interrumpe por la llegada de Mrs. Whitefield desde 
la casa. Está acompañada del caballero americano y seguida de Ramsden y 
Octavio. 

Héctor Malone es un americano del Este, pero no está nada avergonzado 
de su nacionalidad. Esto hace que la gente de la buena sociedad en Ingla- 
terra no le mire mal, como a un joven de bastante valor para confesar una 
desventaja patente, sin tratar en modo alguno de ocultarla o atenuarla. 
Sienten que no deben hacerle sufrir por una cosa de la que no tiene la cul- 
pzi, y se esfuerzan en ser amables con él. Su caballeroso modo de ser para 
con las mujeres, y sus sentimientos elevadamente morales, siendo tan poco 
usuales y por nadie exigidos, les chocan como quizás un poco fuera de lu- 
gar, y aunque encuentran su vena de fácil humor festivo bastante divertida 
cuando ha dejado de turbarlos (como al principio ocurre), le han tenido que 
hacer entender que de ningún modo debe contar anécdotas si no son estric- 
tamente personales y escandalosas, y también que la oratoria es un don que 
pertenece a una fase más ruda de la civilización que la en que sus viajes le 
han hecho venir a parar. Acerca de todo eso, Héctor no está del todo con- 
vencido; todavía cree que los ingleses son aptos a considerar sus estupideces 
como méritos y a presentar sus varias incapacidades como cosa de buena 
crianza. Le parece que la vida inglesa adolece de la falta de retórica edifi- 
cante (que él llama tono moral); que el modo de ser de los ingleses mani- 
fiesta falta de respeto a la mujer; que la pronunciación inglesa es muy defi- 
ciente tratándose de palabras como world, girl, bird, etc.; que la buena so- 
ciedad inglesa se sirve de expresiones tan poco escogidas que rayan a veces 
en intolerable ordinariez, y que los tratos sociales necesitan, para que entre 
en ellos algo de vida, juegos y chismes y otros pasatiempos. Así, pues, no 
tiene prisa alguna en adquirir esos defectos después de haber peisado traba- 
jos para hacerse cultísimo antes de aventurarse a cruzar el Océano. Nota 
que el pueblo inglés, con respecto a esta cultura, o es totalmente indiferente, 
como suele serio para toda clase de cultura, o trata de ser cortésmente eva- 
sivo, siendo la verdad que la cultura de Héctor no es sino un estado de sa- 
turación por las obras literarias inglesas exportadas hace treinta años, reim- 
portadas por él para ser desempaquetadas en momento oportimo y traídas 



76 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

a colación siempre cuemdo se habla de literatura, ciencia y arte. La estra- 
ñeza ocasionada por estas salidas le confirma en la creencia de que está 
ayudando a educar a Inglaterra. Cuando encuentra a personas charJemdo 
tranquilamente de Anatole France o de Nietzsche, de repente se dispara con 
Mathew Arnold, el autócrata de la Mesa del Almuerzo, y hasta con Macau- 
lay. Y como quiera que es sinceramente religioso, sabe, por ciertos giros 
humorísticos de la conversación, hacer que los que discuten con él de cues- 
tiones morales se dejen de teologías populares, y luego los pone en un bre- 
te preguntándoles si no creian que el hecho de cumplirse sus ideales de 
conducta era una demostración manifiesta del poder omnipotente de Dios 
al crear hombres honrados y mujeres castas. La atractiva eunenidad de su 
persona, por un lado, y la, llamémosla así, pedantería de su cultura, por el 
otro, hacen extremadamente difícil conocer si vale la pena empeñarse en 
tratarle. Porque mientras su compañía es innegablemente agradable y en- 
tretenida, intelectualmente no se puede sacar nada nuevo de él, sobre todo 
porque desprecia la pahtica y evita cuidadosamente hablar de negocios 
comerciales o financieros, en cuyo terreno probablemente puede dar cinco 
y raya a sus amigos capitaUstas ingleses. Con quienes mejor se lleva es con 
los cristianos románticos, de la secta de los amorisías, y de ahí se explica su 
amistad con Octavio. 

Según su apariencia, Héctor es un joven bien formado, de unos veinti- 
cuatro años, con una barba negra, bonita y corta; ojos claros y hermosos y 
de expresión \n[va y simpática. Desde el punto de vista de la moda, viste 
perfectamente. Mientras viene por la avenida en compañía de Mrs. White- 
field, hace lo posible por ser agradable y divertido, con lo que impone íil 
débil entendimiento de la buena señora una carga que ella no puede sopor- 
tar. Un inglés la dejaría en paz aceptando el aburrimiento y la indiferencia 
como una suerte común, y la pobre lo que necesita es que la dejen sola o 
que le hablen de cosas que la interesan. 

Ramsden se aleja despacio para examinar el automóvil. Octavio se reúne 
con Héctor. 

Ana. (Precipitándose con alegría al encuentro de su madre.) ¡Ay, 

mamá! Figúrate, Juanito va a llevarme a Niza en su 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 77 

automóvil. jQué alegría! Soy la persona más dichosa de 
Londres. 

Tanner.— (Desesperado.) Mistress Whitefield se opone. 
Estoy seguro de que mistress Whitefield no está confor- 
me. ¿No es verdad, Ramsden? 

Ramsden.— Me parece más que probable. 

Ana. — No te opones, ¿verdad, mamá? 

Mrs. Whitefield.— i Yo oponerme! ¿Por qué? Creo 
que la excursión te hará provecho, Ana. (Acercándose a 
Tanner.) Me voy a permitir rogarle que alguna que otra 
vez lleve también a Rhoda en el coche. Está demasiado 
encerrada en casa. Pero, en fin, esto podrá ser cuando 
regrese usted. 

Tanner. — ¡Un abismo de perfidia tras otro! 

Ana. — (ai punto, para distraer la atención de estas palabras.) jAh! 

Dispensen ustedes, no me acordaba de que Juanito y 
míster Malone no se conocían. Permítanme presentarlos. 
Míster Tanner, mi tutor; míster Héctor Malone. 

Héctor.— Tengo mucho gusto en conocerle, míster 
Tanner. Me permito proponerle una ampliación de esa 
excursión a Niza. 

Ana. — Si vamos a ir todos, míster Malone. Es cosa 
acordada, ¿verdad? 

Héctor.— También yo soy el poseedor de un modesto 
automóvil. Si miss Robinson me quiere hacer el honor 
de disponer de él, me alegraré infinito. 

Octavio. — ¡Violeta! 

(Cohibición general.) 

Ana.— (con humildad.) Vente, mamá; dejemos a esos 
señores tomar disposiciones. Yo tengo que preparar mi 
equipaje. 

(Mrs. Whitefield tiene aire de sobresaltada; pero Ana tira de ella discre- 
tamente y desaparecen a la vuelta de la esquina, en dirección a la casa.) 



78 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Héctor.— Creo poder contar con el asentimiento de 
miss Robinson. 

(Embarazo continuado.) 

Octavio.— Me temo que Violeta no pueda acompa- 
ñarnos. Hay circunstancias que le hacen imposible el to- 
mar parte en nuestra excursión. 

. Héctor.— (Divertido y nada convencido.) Mi propOSiciÓn eS 

demasiado americana, por lo visto. ¿Es que la mucha- 
cha necesita aya? 

Octavio.— No; no es eso, Malone... por lo menos, no 
es eso sólo. 

Héctor.— ¿De veras? ¿Pues puedo saber en qué con- 
siste la dificultad? 

Tanner. — (impaciente.) Bueuo, díselo todo. No podre- 
mos guardar ese secreto hasta que todo el mundo se 
haya enterado. Mister Malone, si va usted a Niza con 
Violeta, va usted con la esposa de otro hombre. Violeta 
está casada. 

Héctor. — (como herido por el rayo.) ¡No lo dice usted en 
serio! 

Tanner.— Sí, hablo en serio, en confianza. 

RaMSDEN. — (Con aire de importancia, para que Malone no sospe- 
che un casamiento desigual.) Su casamieuto todavía uo se ha 
hecho público, y ella desea que no se hable de él por 
ahora. 

Héctor.— Respetaré los deseos de esa señora. ¿Será 
indiscreto preguntar quién es su marido, por si la casua- 
lidad hiciera que pueda yo consultarle acerca de esa ex- 
cursión? 

Tanner.— No sabemos quién es. 

Héctor. — (Recalcando mucho sus palabras.) EntonceS nO 

tengo ya nada que decir. 

(Quedan más cohibidos todavía.) 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 79 

Octavio. — Le parecerá esto algo extraño. 
Héctor.— Algo singular, dispensen que lo diga. 

RaMSDEN. — (Medio presentando excusas, medio arrogante.) La 

muchacha se ha casado en secreto, y parece que su ma- 
rido le ha prohibido declarar su nombre. Es lo menos 
que podemos decir a usted, ya que se interesaba por 
miss... por... por Violeta. 

Octavio.— (compasivo.) Espero que esto no significa una 
desilusión para usted. 

Héctor. — (Tranquilizado, volviendo a salir de su reserva.) |Vaya 

un chasco! Casi no puedo comprender cómo un hombre 
puede dejar a su mujer en semejante situación. De to - 
dos modos, no es costumbre. No es digno. No es tener 
consideración. 

Octavio.— Lo sentimos, como puede usted imaginar, 
muy profundamente. 

Ramsden. — (Mohino.) Será algún joven aturdido que no 
tiene bastante experiencia para conocer los cien embro- 
llos a que esto puede dar lugar. 

Héctor. — (Con fuertes síntomas de repugnancia moral.) Así SU- 

pongo. Un hombre necesita ser muy joven y bastante 
tonto para que se le excuse por semejante conducta. Su 
juicio es muy indulgente, míster Ramsden. Demasiado 
indulgente para mi gusto. No hay duda de que el matri- 
monio debiera ennoblecer al hombre. 

TaNNER. — (sardónico.) ¡Ja, ja! 

Héctor.— ¿Debo interpretar esa carcajada como señal 
de que usted no está conforme conmigo, míster Tanner? 

Tanner. — (Áspero.) Cásese y verá. Tal vez lo encuentre 
delicioso por un rato; pero seguramente no lo encontra- 
rá ennoblecedor. La mayor medida común de un hom- 
bre y una mujer no es necesariamente mayor que la 
medida sola del hombre. 



80 HOMBRE y SUPERHOMBRE 

Héctor.— Pues en América creemos que la altura mo- 
ral de la mujer está por encima de la del hombre, y que 
la naturaleza más pura de la mujer eleva al hombre y 
le hace mejor de lo que era. 

Octavio. — (con convicción.) Y asi es. 

Tanner. — No me extraña que las mujeres americanas 
prefieran vivir en Europa. Es más cómodo que pasarse 
la vida en un altar y dejarse reverenciar. Sea lo que 
sea, el marido de Violeta no se ha ennoblecido ni ele- 
vado. ¿Qué hay, pues, que hacer? 

Héctor. — (Meneando la cabeza.) No puedo Conformarme 
con la conducta de ese hombre tan fácilmente como us- 
ted, míster Tanner. Pero de todos modos, no digo más. 
Sea quien sea, es el esposo de miss Robinson, y me ale- 
graría mucho, por ella, de tener una mejor opinión de él 

Octavio. — (conmovido, porque adivina una pena secreta.) Lo 

siento mucho, Malone, mucho. 

Héctor.— (Agradecido.) Es usted una buena persona, 
Robinson. Muchas gracias. 

Tanner. — Hablemos de otra cosa, que ahí viene Vio- 
leta. 

Héctor. — Les agradecería mucho, señores, que me 
dejaran un momento solo con esa señora. Tengo que 
ver cómo se arregla eso del viaje; es un asunto algo de- 
licado, y... 

Ramsden.— (Contento de escapar.) No diga más. Venga, 

Tanner; venga, OctavitO. (Se aleja por el parque con Octavio y 
Tanner, pasando por donde está el automóvil.) 

(violeta baja por la avenida y se acerca a Héctor.) 

Violeta.— ¿Nos están mirando? 
Héctor.— No. 

(Ella le besa.) 

Violeta.— Habrás estado mintiendo por causa mía. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE íU 

Héctor.— ¡Mintiendo! Mintiendo es decir poco. Me he 
revolcado en un océano de mentiras. Violeta, quisiera 
que me dejaras decir la verdad. 

Violeta. — (ai punto, volviéndose seria y resuelta.) No, nO, 

Héctor; me has prometido callar. 

Héctor. — Guardaré mi promesa mientras no me dis- 
penses. Pero me es muy penoso tener que mentir a to- 
dos y negar a mi mujer. Es una cosa atroz. 

Violeta. — Yo quisiera que tu padre no fuese tan ti- 
rano. 

Héctor.— No es tirano. El, desde su punto de vista, 
tiene razón. Tiene prevención contra la clase media in- 
glesa. 

Violeta. — Es ridículo. Sabes que no me gusta decirte 
estas cosas, pero si yo quisiera... en fin, no hable- 
mos más. 

Héctor. — Sé lo que quieres decir. Si tú quisieras ca- 
sarte con el hijo de un fabricante inglés de muebles de 
oficina, tus conocidos lo considerarían como un matri- 
monio desigual. Y ahí está mi tonto de viejo, que es el 
fabricante de muebles de oficina mayor del mundo, y 
que me arrojaría de su casa por casarme con la dama 
más perfecta de Inglaterra, sólo porque no posee título 
nobiliario. Claro está que es absurdo. Pero te digo, Vio- 
leta, que no me gusta engañarle. Siento como si le es- 
tuviese robando el dinero. ¿Por qué no me dejas decir 
la verdad? 

Violeta. — No podemos permitirnos ese lujo. Puedes 
ser todo lo romántico que quieras en cuestión de amor- 
Héctor, pero no debes ser romántico en cuestión de di- 
nero. 

Héctor. — (vacilando entre su amor de esposo y su habitual ele- 
vación de sentimiento moral.) EsO CS muy inglés. (Apelando a ella 

6 



82 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

muy impulsivamente.) Violeta, hagamos lo que hagamos, mi 
padre algún día descubrirá nuestro secreto. 

Violeta. — Hombre, claro, algún día. Pero ¿para qué 
darlo por hecho cada vez que nos vemos? Me has pro- 
metido... 

Héctor. — Sí, es verdad; pero yo... 

Violeta. — (interrumpiéndole.) Soy yo, y no tú, quien su- 
fro por esta ocultación. Ahora, exponerme a una lucha 
por parte de tu padre, y luego a la pobreza, no, no quie- 
ro. Sería demasiado tonto. 

Héctor. -Yo tampoco. Trataré de obtener dinero 
prestado de mi padre hasta que yo pueda volar con mis 
propias alas, y entonces podré coníesárselo todo, y al 
mismo tiempo devolverle el dinero. 

Violeta.— (Alarmada e indignada.) ¿Tíeucs la íntenciÓH 
de trabajar? ¿Quieres echar a perder nuestro matri- 
monio? 

Héctor.— Mira, no quiero que el matrimonio eche a 
perder mi buena fama. Tu amigo míster Tanner ya se 
ha burlado un poco de mí acerca de eso, y... 

Violeta.— ¡Habrá animal! Detesto a ese hombre. 

Héctor.— (Magnánimo.) No hables mal de él. Le hace 
falta una buena mujer para elevar su alma. A propósi- 
to: quiere que hagamos todos un viaje en automóvil a 
Niza, y pienso yo llevarte. 

V^ioleta.— ¡Qué bien! Esto sí que me gusta. 

Héctor. — Sí, pero ¿cómo vamos a arreglarnos? Por- 
que has de saber que me han dicho, en cierto modo, 
que no puedo llevarte. Me han dicho, en confianza, que 
estabas casada. Esa es la confianza más tremenda con 
la que en mi vida me han honrado. 

(Tanner vuelve con Straker, quien va a su coche.) 

Tanner.— El coche de usted es una preciosidad, mis- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 83 

ter Malone. Su mecánico lo está enseñando a mister 
Ramsden. 

Héctor. — (con vivacidad, olvidándose.) Mira, Vio... 

Violeta. — (Fríamente, haciéndole guiños.) Dispense usted, 
mister Malone; no he podido comprender... 

Héctor. — (cayendo en la cuenta.) ¿Me permitirá usted, miss 
Robinson, enseñarle mi cochecito de vapor? 

Violeta. — Tendré mucho gusto, (se alejan ios dos por la 

avenida.) 

Tanner.— Hablemos de nuestro viaje, Straker. 
Straker.— Usted dirá. 
Tanner.— Miss Whitefield vendrá conmigo. 
Straker. — Ya es de suponer. 

Tanner.— También mister Robinson vendrá en mi 
coche. 

Straker.— Bueno, (sigue arreglando el coche.) 

Tanner.— Pues mire, si se las puede usted arreglar de 
modo que esté ocupado conmigo y mister Robinson esté 
ocupado con miss Whitefield, él se lo agradecerá 
mucho. 

Straker. — (Mirando hacia él.) Naturalmente. 

Tanner.— ¿Naturalmente? Su abuelo hubiese sencilla- 
mente inclinado la cabeza. 

Straker.— Mi abuelo se hubiese tocado el sombrero. 

Tanner. — Y yo le hubiese dado a su respetuoso abuelo 
un souereign. 

Straker. — Cinco chelines. Es probable, (oeja ei coche y 
se acerca a Tanner.) ¿Y cuáles son las ideas de la señoriíB? 

Tanner. — Pues tanto le gustará que la dejen coa mis- 
ter Robinson como a éste que le dejen con ella, (straker 

mira a su amo con frío escepticismo y vuelve al coche silbando su aire 

favorito.) Cállese con ese silbido. ¿Qué significa? (straier 

prosigue tranquilamente con la melodía y la acaba. Tanner le escucl.a 



84 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

hasta el fin y luego se dirige a él muy serio.) Enrique, siCHipre he 

abogado con ahinco por la difusión de la música entre 
las masas, pero protesto contra esa manía de silbar siem- 
pre que suena el nombre de miss Whitefield. Ya esta 
mañana hizo usted así. 

Straker.— (obstinado.) Si es inútil. Tarde o temprano 
míster Robinson renunciará. 

Tanner. — ¿Por qué? 

Straker.— ¡Demonios! Bien lo sabe usted. Total, ¿a mí 
qué? Pero no me quiera usted hacer comulgar con rue- 
das de molino. 

Tanner. — Yo digo la verdad y no tengo para qué ocul- 
tarla. 

Straker. — (con una sonrisa problemática.) ¡Ah! Muy bien. 
Después de todo, no es asunto mío. 

Tanner. —(Hablando con decisión.) Espero, Enrique, que, 
siendo yo el amo y usted el chauffeur, he sabido siem- 
pre guardar las distancias debidas y nunca me he meti- 
do en sus asuntos particulares. Hasta nuestro contrato 
está hecho según las exigencias de la asociación de me- 
cánicos a la que usted pertenece. Pero no abuse de sus 
ventajas. Permítame recordarle que Voltaire dijo que lo 
que era demasiado tonto para ser dicho se cantaba. 

Straker.— -No fué Voltaire, sino Beaumarchais. 

Tanner.— Admito la rectificación, claro que Beaumar- 
chais. Pero es el caso que usted parece creer que lo que 
es demasiado delicado para ser cantado puede silbarse. 
Desgraciadamente, lo que usted silba, por más que sea 
melodioso, es incomprensible. Vamos a ver; no hay na- 
die que nos escuche, ni mis amables parientes ni el se- 
cretario de la maldita asociación de usted. De hombre a 
hombre, Enrique, dígame por qué cree que mi amigo no 
tiene probabilidades con miss Whitefield. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 85 

Straker.— Pues porque ella trata de cazar a otro. 

Tanner. — Y ¿quién es ese otro? 

Straker. — Usted. 

Tanner.— ¡{¡Yo!!! 

Straker. — No se haga usted de nuevas. ¡Vamos, 
hombre! 

Tanner.— ¿Está usted bromeando, o habla en serio? 

Straker.— (Algo amostazado.) Yo no estoy bromeando. 
(con más calma.) Pero SÍ está visto. Si usted no lo nota es 

que sabe poco de esas cosas, (otra vez completamente sereno.) 

Dispénseme, míster Tanner; usted me ha preguntado 
como hombre a hombre, y yo le he contestado como 
hombre a hombre. 

Tanner.— (con trágica desesperación.) ¡Entouces soy yo el 
zángano, la araña macho, la víctima señalada, la presa 
predestinada! 

Straker.— No sé lo que usted quiere decir con eso del 
zángano y la araña. Pero la presa predestinada es us- 
ted, no hay duda, y puede usted alegrarse, que no es mal 
negocio. 

Tanner. — (solemne.) Enrique Straker, su sueño dorado 
se va a cumplir. 

Straker.— ¿Qué quiere decir? 

Tanner.— Aquella carrera a Biskra. 

Straker. — (Muy interesado.) ¿Qué? 

Tanner. — A ver si bate usted el record. 

Straker. — (Elevándose a la altura de la situación.) ¡Oh, lo 

batiré! 
Tanner.— Pues mano a la obra. 
Straker.— ¿Cuándo? 

Tanner. Ahora mismo. ¿Está listo el coche? 
Straker. -(Temblando.) Pero no puede usted... 

Tanner. — (Pone «n a la conversación entrando en el coche.) Vá- 



86 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

monos sin tardar. Primero al Banco por dinero, luego a 
mis habitaciones por mi equipaje, luego al cuarto de us- 
ted por su equipaje, luego a toda velocidad de Londres 
a Dover o Falkestone, luego nos embarcaremos para 
Francia y otra vez a correr todo lo que podamos hacia 
Marsella, Gibraltar, Genova, en fin, a cualquier puerto 
donde nos podamos embarcar para un país mahometa- 
no en el que haya protección contra las mujeres. 

Straker.— Usted bromea. 

Tanner.— (Resuelto.) Quédese usted si quiere- Entonces 

yo iré solo. (Pone el motor en movimiento.) 

Straker.— (corriendo detrás del coche.) Esperc un momento, 

señor; no faltaba más. (Sube ai coche en marcha.) 




ACTO TERCERO 



Atardecer en la Sierra Nevada. Cerros ondulantes pardos con olivos en 
vez de manzanos en las partes cultivadas, y chaparrales salpicando los si- 
tios silvestres, en vez de aliagas y brezos. Más arriba, altos picachos pé- 
treos y precipicios, todos pulcros y distinguidos. Aqui no hay naturaleza 
agreste propiamente dicha, sino más bien un paisaje de montañas aristocrá- 
tico hecho por un artista creador exigente. Ninguna vulgar profusión de 
vegetación; hasta hay un toque de aridez en los escarpados de los riscos; 
en todas partes la suntuosidad española junto a la sobriedad española. 

No muy lejos, al Norte de un punto en el que la carretera por uno de los 
puertos se cruza con un túnel de la línea férrea Málaga-Granada, se halla 
uno de los anfiteatros de la sierra. Mirando hacia él desde el extremo ancho 
de la herradura, se ven, un poco a la derecha, en la ladera, una hendidura 
pintoresca que en realidad es una cantera abandonada, y, hacia la izquierda, 
un cerro pequeño dominando la carretera que forma el borde izquierdo del 
anfiteatro y mantiene su nivel elevado por medio de terraplenes y arcos de 
piedra por trechos. En el cerro, observando la carretera, hay un hombre 
que es o español o escocés. Probablemente es español, porque lleva el traje 
de los cabreros españoles y parece estar en su casa en aquel terreno, pero a 
pesar de todo, se parece mucho a un escocés. En la hondonada que se ex- 
tiende delante de la hendidura de la cantera hay como una docena de hom- 
bres que, rerlinados cómodamente alrededor de un montón de rescoldo y 
ceniza blanca producida por la combustión de hojas y ramas secas, tienen 
un aire de darse cuenta de ser unos facinerosos pintorescos honrando la sierra 
con usarla como fondo efeciista del cuadro que forman. Mirados desde el 
punto de vista artístico, no son pintorescos, y las montañas los toleran como 
Jos leones toleran los piojos. Un policía inglés o un funcionarlo de la Bene- 



88 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

ficencia los reconocería como selecta banda de vagos y pobres con fuerzas 
suficientes para trabajar. 

Esta descripción de ellos no es despectiva. Qvdenquiera que haya ob- 
servado con inteligencia al vagabundo o estudiado al robusto recogido de 
los asilos, admitirá que no todos nuestros fracasados sociales son borrachos 
y viciosos. Algunos de ellos son hombres que no se adaptaron a la clase en 
la que nacieron. Precisamente las mismas cualidades que al caballero edu- 
cado hacen llegar a artista pueden a un bracero ineducado hacer llegar a 
indigente válido. Hay hombres que entran sin remedio en el asilo porque 
realmente no valen para nada, pero también hay hombres que están allí 
por ser bastante fuertes de espíritu para despreciar la convención social 
(claro que nada desinteresada por parte del contribuyente) según la que un 
hombre debe vivir de un trabajo penoso y mal retribuido, mientras tiene la 
probabilidad de ingresar en un asilo con sólo declararse indigente y de re- 
cibir alU mejor casa, ropa y comida de la que podria proporcionarse traba- 
jando normalmente. Cuando un hombre nacido para poeta rechaza un des- 
tino en la oficina de un bolsista y se muere de hambre en una buhardilla, 
prefiriendo explotar a una pobre patrona de huéspedes y hacerse el parásito 
de amigos y parientes, a trabajar en cosas que no le agradando cuando una 
dama, por ser dama, se aviene a todos los extremos de una dependencia pa- 
rasítica antes de ponerse a doncella o cocinera, estamos dispuestos a la ma- 
yor indulgencia para con ellos. Pues a semejante indulgencia tiene igual- 
mente derecho el indigente válido y su allegado trashumante el vagabundo. 

Además el hombre de imaginación, si la vida le ha de ser soportable, 
debe tener vagar y tiempo para contarse a si mismo historias, y una posi- 
ción que se preste a adornos imaginativos. Las labores puramente manua- 
les no ofrecen posiciones por el estilo. Abusamos horriblemente de los tra- 
bajadores manuales, y cuando un hombre se niega a dejar que abusen de 
él, no tenemos el derecho de decir que rechaza un trabajo honrado. Seamos 
francos en este asunto antes de proseguir en nuestra comedia, para poder 
disfrutarla sin hipocresía. Si fuéramos personas que discurren y prevén, las 
cuatro quintas partes de nosotros correrían derecho a la Beneficencia y ha- 
rían pedazos todo el sistema social, con resultados reconstructores muy be- 
néficos. La razón por la que no hacemos esto es porque obramos como las 
abejas y hormigas, por instinto o costumbre, sin razonar en lo más mínimo 
sobre ello. Por eso si se presenta un hombre que piensa y obra razonable- 
mente y que, aplicando la piedra de toque kantiana a su conducta, puede 
honradamente decimos: «Si cada uno hiciera como yo, el mundo se vería 
obligado a reformarse industrialmente y aboliría la esclavitud y la suciedad, 
que sólo existen porque cada uno hace como hacéis vosotros», honremos a 
ese hombre y meditemos seríamente sobre la conveniencia de seguir su ejem- 
plo. Hombre tal es el indigente válido de cuerpo y espíritu. Si fuese un ca- 
ballero haciendo lo posible por lograr una pensión o un destino con sueldo 
y sin trabajo en vez de barrer un cruce de calles, nadie le censuraría por 
decidir que, mientras pueda escoger entre la alternativa de vivir príncipal- 



HOMBRE y SUPERHOMBRE 89 

mente a costa de la generalidad y la de que la generalidad viva principal- 
mente a costa suya, sería locura aceptar lo que para él personalmente es el 
mayor de los dos males. 

Podemos, pues, mirar sin prejuicio a los vagabundos de la sierra y confe- 
sar sin ambages que nuestros fines— en suma, de llegar a hacer fortuna— se 
parecen mucho a los suyos, y que las diferencias en nuestra posición y mé- 
todos son meramente accidentales. Sin embargo, sería quizás prudente ma- 
tar a uno u otro de ellos, sin malicia, de un modo franco y rápido, porque 
hay bípedos, lo mismo que hay cuadrúpedos, que son demasiado peligrosos 
para que se los deje sin bozal y cadena, y no pueden con justicia exigir que 
otros gasten su vida en vigilarlos. Pero como la sociedad no tiene el valor 
de matarlos y, cuando les echa el guante, sencillamente ejerce con ellos al- 
gunos supersticiosos y expiativos ritos de tortura y degradación para luego 
soltarlos con mayores aptitudes para el delito, lo mismo da que estén a sus 
anchas en la sierra y bajo el mando de un jefe que tiene aspecto de ser ca- 
paz de mandarlos fusilar en caso de insubordinación. 

Este jefe, sentado en el centro del grupo, encima de un bloque cuadrado 
de piedra procedente de la cantera, es un hombre alto y robusto, con una 
nariz notable de cacatiia, de pelo negro y lustroso, perilla y bigotes empina- 
dos del mismo color, con cierto garbo de Mefistófeles que impresiona agra- 
dablemente, tal vez porque el escenario admite más proso{. opeya que Picca- 
dilly, tal vez por cierta sentimentalidad en el hombre que le da ese toque 
de gracia por el que sólo puede ser excusable lo pintoresco buscado. Su 
boca y sus ojos no tienen nada de canallesco; tiene un timbre de voz her- 
moso y una inteligencia muy despierta. No sabemos si es realmente el más 
fuerte de la partida, pero, por lo menos, aparenta serlo. Es seguramente el 
mejor alimentado, el mejor vestido y el mejor educado. El hecho deque 
habla inglés no tiene nada de particular, a pesar del paisaje español, porque 
con excepción de un individuo que parece ser un torero echado a perder 
por la bebida y de otro que inconfundiblemente es francés, todos son londi- 
nenses o norteamericanos. Por eso, en la patria de las capas y los sombreros 
cordobeses, en su mayoría llevan gabanes raídos, bufandas de lana, hongos 
duros y guantes sucios de color café. Sólo unos pocos visten a estilo de su 
jefe, cuyo ancho pavero con pluma de gallo y amplia capa tapando las vuel- 
tas de las botas altas son lo menos ingleses posible. Ninguno lleva armas, y 
los que no tienen guantes tienen las manos metidas en los bolsillos porque 
es su creencia nacional que, al aire libre, cuando viene la noche, debe de 
hacer un frío peligroso. (Hace una noche tan suave como pueda desearla 
cualquier hombre razonable.) 

Excepto el torero borracho, no hay más que una persona en la partida 
que aparenta tener, digamos, más de treinta y tres años . Es un hombrecito 
con patillas rojizas, mirada débil y el aspecto angustiado del modesto co- 
merciante en apuros. Lleva el único sombrero de copa visible, que con el 
resplandor del ocaso brilla melancólicamente por efecto de un «regenera- 
dor» de a seis peniques, aplicado con frecuencia y que tiene por resultado 



90 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

producir estragos peores que los que se intentan corregir. Su cuello y sus 
puños son de celuloide, y su gabán de Chesterfield de color café, con cuello 
de terciopelo, es todavía presentable. Es preeminentemente el hombre dis- 
tinguido de la reunión y tiene con seguridad más de cuarenta años, tal vez 
más de cincuenta. Está sentado a la derecha del jefe, frente a tres individuos 
con corbatas rojas sentados a la izquierda. Uno de estos tres es el francés. 
De los dos restantes, que son ingleses, el uno es argüidor, testarudo y solem- 
ne; el otro, malicioso y reñidor. El jefe, embozándose grandiosamente en 
su capa, se levanta para dirigirse a su gente. El aplauso con que se le saluda 
parece indicar que es un orador favorito. 

El jefe.— Amigos y compañeros de bandidaje. Tengo 
que hacer a la reunión una propuesta. Ya van tres tar- 
des empleadas en discutir la cuestión de si los anarquis- 
tas o los demócratas socialistas tienen más valor perso- 
nal. Hemos hablado largo y tendido sobre los principios 
del anarquismo y de la democracia social. La causa del 
anarquismo ha sido idóneamente defendida por el único 
anarquista de nuestra asociación, el que no sabe lo que 
significa anarquismo. (Risas...) 

El anarquista. — (Levantándose.) Pido la palabra, Men- 
doza, que quiero apurar la orden del día. 

Mendoza.— (violento.) Nuestra paciencia es la que quie- 
re usted apurar; cada vez que habla, dura media hora. 
Además, ¿qué sabe un anarquista lo que es orden? 

El anarquista. — (Suave, cortés e insistente; es el hombre de 
cierta edad, de aire distinguido, el de los puños y el cuello de celuloide.) 

Eso es un error vulgar. Puedo probar... 

Mendoza. — Orden, orden. 

Los OTROS. — (Gritando.) Orden, orden. Que se siente. Se- 
ñor Presidente, mándele callar. (e1 anarquista es reducido al si- 
lencio.) 

Mendoza.— Por otra parte, tenemos entre nosotros tres 
demócratas socialistas. No están conformes entre sí, y 
nos han presentado tres distintas e incompatibles opi- 
niones democrático socialistas. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 91 

Los TRES HOMBRES DE CORBATA ROJA. — 1.° Scñor Pre- 
sidente, yo protesto, me explicaré. 2° Eso es una men- 
tira, nunca he dicho semejante cosa. No altere la ver- 
dad, Mendoza. 3.° Je demande la parole. C'est absolu- 
ment faux. C'est faux, íaux, faux. ¡ijAssas... s... sinÜ! 

Mendoza.— Orden, orden. 

Los OTROS.— ¡Orden, orden, orden! ¡Que hable la Pre- 
sidencia! 

(Los demócratas socialistas son reducidos al silencio.) 

Mendoza.— Aquí respetamos todas las opiniones- 
Pero, después de todo, compañeros, la inmensa mayo- 
ría no somos ni anarquistas ni socialistas, sino caballe- 
ros y cristianos. 

La mayoría. — (Asintiendo a gritos.) ¡Muy bien, muy bien! 
Eso es lo que somos. 

El socialista reñidor. — (Rencoroso por verse postergado.) TÚ 

no eres cristiano. Lo que eres tú es judio. Eso es lo que 
eres. 

Mendoza. — (Con magnanimidad aplastante.) AmigO míO, yO 

soy una excepción de todas las reglas. Es verdad que 
tengo el honor de ser judío, y si los sionistas necesitan 
un jefe para reunir a nuestra raza en su histórico solar 
de Palestina, Mendoza no será el último en ofrecerse. 

(Aplausos, exclamaciones de muy bien, muy bien, etc.) PcrO yO nO 

soy esclavo de superstición alguna. Me he tragado to- 
das las fórmulas, hasta la del socialismo, aunque, sea lo 
que sea, una vez socialista, seré socialista siempre. 

El socialista democrático.— Así me gusta. 

Mendoza.— Pero no se me oculta que el hombre nor- 
mal... y aun el bandido normal a quien apenas se le 
puede llamar hombre normal... (¡Muy bien, muy bieni) no es 
filósofo. Le basta el sentido común, y en los negocios 
rorrientes nuestros, también basta el sentido común. 



92 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Pues ¿en qué consisten nuestros negocios aquí en la 
Sierra Nevada, que los moros calificaron de sitio más 
delicioso de España? ¿Consisten en discutir absurdas 
cuestiones de economía política? No; consisten en dete- 
ner automóviles y asegurar una distribución más equi- 
tativa de la riqueza. 

El socialista tristón.— Creada toda por el trabajo, 
no lo olvide. 

Mendoza.— (cortés.) Creada toda por el trabajo, ¿quién 
lo duda?, y que los vagabundos ricos tratan de dilapi- 
dar a su manera en los antros del vicio que desfiguran 
las soleadas playas del Mediterráneo. Nosotros intercep- 
tamos aquella riqueza. La devolvemos a la circulación 
entre la clase que la produjo y que principalmente la 
necesita, es decir, la clase trabajadora. Hacemos esto 
con riesgo de nuestra vida y nuestra libertad, ejercitan- 
do las virtudes del valor, las fatigas, la previsión y la 
abstinencia... sobre todo la abstinencia. De mí sé decir 
que no he comido otra cosa, en los tres últimos días, que 
conejo asado en las ascuas e higos chumbos. 

El SOCIALISTA tristón.— (Áspero.) Lo mísmo que nos- 
otros. 

Mendoza.— (indignado.) ¿He cogido más de lo que me 
correspondía? 

El SOCIALISTA TRISTÓN.— (Sin inmutarse.) TampOCO había 

derecho. 

El ANARQUISTA.— ¡Qué derecho ni ocho cuartos! Cada 
uno se toma los derechos según sus necesidades. Se 
coge donde lo haya. 

El francés.— (Enseñando los puños al anarquista.) jFumíSte! 

Mendoza.— (Diplomático.) Estoy conforme con los dos. 

Los BANDIDOS GENUINAMENTE INGLESES.— ¡Bien, bien 

por Mendoza! 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 93 

Mendoza. — Lo que yo digo es lo siguiente: Tratémo- 
nos unos a otros como caballeros, y no demostremos 
valentía personal más que cuando nos echemos al 
campo. 

El socialista reñidor.— (Burlón.) ¡Anda, Chéspir! 

(Se oye un silbido del pastor de cabras. Éste se ha levantado y seña- 
la, agitado, desde el cerro hacia la carretera, al Norte.) 

El cabrero. — ¡Automóviles! ¡Automóviles! (se precipita 

cerro abajo, y se reúne con los otros, que se levantan con presteza.) 

Mendoza. — (con voz apremiante.) ¡A las armas! ¿Quién 
tiene la escopeta? 

El socialista tristón. — (Entregando una escopeta a Mendo- 
za.) Ahí va. 

Mendoza.— ¿Se han sembrado los clavos en la cane- 
tera? 

El socialista reñidor.— Ya lo creo, dos libras. 

Mendoza.— Bueno, (ai francés.) Usted conmigo, Duval. 
Si fallan los clavos, reviénteles los neumáticos con un 

tiro. (Oa la escopeta a Duval, quien le sigue hasta lo alto del cerro. 
Mendoza saca imos gemelos de teatro. Los otros bajan a la carretera y 
desaparecen por el Norte. En el cerro, usando los gemelos.) SÓlO SOn 

dos hombres. Un capitalista y su chauffeur. Parecen in- 
gleses. 

Duval.— ¡Anglichl Aoh yes. CochonS. (preparando la es- 
copeta.) ¿Faut tirer, n'est ce pas? 

Mendoza.— No, los clavos han hecho lo suyo. Ya se 
les ha reventado un neumático; se paran. 

Duval. — (Gritando hacia los otros.) ¡A ellos, nom de Dieu! 

Mendoza. — (Reprimiéndole.) Eh, ten calma, Duval. Ellos 
también lo toman con calma. Vamos allí a recibirlos. 

(Mendoza baja por el cerro, por detrás de la hoguera, y viene hacia 
delante, mientras Tímner y Straker, con sus geifas, chaquetas de cuero y 
gorras de automovilistas, son traídos por los bandidos.) 



94 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Tanner.— ¿Es aquél el caballero que dicen ustedes ser 
el jefe? ¿Habla inglés? 

El socialista reñidor. — ¿Y cómo no? (Con acento la- 
mentablemente francés.) ¿O cieer usted que nosotros vamos a 
ejercitar el bandidaje en España teniendo un jefe es- 
pañol? 

Mendoza. — (Con dignidad.) Permítame que me presente; 
soy Mendoza, presidente de la Liga de la Sierra, (con 
cierta suficiencia.) Soy uu bandido, y vivo de robar a los 
ricos. 

Tanner.— (sin vacilar.) Yo soy un caballero. Vivo de 
robar a los pobres. Vengan esos cinco. 

Los SOCIALISTAS ingleses.- Muy bien, muy bien, (rísh 

general y alegría. Tanner y Mendoza se aprietan las manos. Los ban- 
didos vuelven a sentarse en sus sitios anteriores.) 

Straker.— Bueno, ¿yyo?... 

Tanner.— (Presentándole.) jAh, éste es mi amigo y chauf- 
feur! 

El socialista tristón.— (suspicaz.) ¿En qué quedamos? 
¿Es chófer o amigo? Hay una diferencia, sabe usted. 

Mendoza.— (Explicando.) La cosa es que para un amigo 
tenemos que pedir rescate, mientras un chauffeur profe- 
sional no paga nada en estos montes. Hasta hay algu- 
nos que nos honran con aceptar una pequeña comisión 
sobre el rescate de sus amos. 

Straker.— Ya veo. Eso es para inducirme a escoger 
otra vez este camino. En fin, ya lo pensaré. 

DUVAL. — (Abrazando a Straker.) Es USted UU hermaUO, mon 

frére. 

Straker.— (Asqueado.) Quite, quite, no sea usted tonto. 
¿Quién es usted, hombre? 

DuvAL.— Soy Duval, socialista democrático. 

Straker.— Hombre, ¿es usted socialista? ¿De veras? 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 95 

El anarquista.— Sí; vamos, quiere decir que se ha 
vendido al parlamentarismo y la burguesía. Un com- 
promiso, como eilos lo llaman. 

DuvAL.— (Furioso.) Entiendo qué dice. Ha dicho bour- 
geois; ha dicho compromiso. Jamáis de la vie. Miserable 
menteur. 

Straker.— Mire usted, capitán Mendoza: dígame si 
tiene usted que ocuparse mucho con cosas por el estilo. 
Vamos, ¿estamos en una excursión de recreo o en un 
mitin socialista? 

La mayoría.— Hombre, hombre, muy bien. A ver lo 
que va a decir ése. Ustedes callarse, (los socialistas y ei anar- 
quista tienen que sentarse, que todos los tiran de las zimericanas. Straker, 
después de ver esto con satisfacción, se sienta a la izquierda de Mendo- 
za, mientras Tanner queda a la derecha del mismo.) 

Mendoza.— ¿Quieren ustedes tomar algo? Tenemos 
conejp asado e higos chumbos... 

Tanner.— Gracias, ya hemos comido. 

Mendoza. — (a su gente.) Caballeros, por hoy ha termi- 
nado el asunto. Hagan lo que gusten; hasta mañana. 

(Los bandidos se dispersan en grupos vagantes. Algunos entran en la 
gruta. Otros se sientan o se echan para dormir al raso. Unos pocos sa- 
can una baraja y se alejan hacia la carretera, porque ya llegó la noche 
y saben que un automóvil tiene faroles, que pueden aprovecharse para 
alumbrar ima partida de naipes.) 

Straker.- (Gritando, con dirección a ellos.) Que uínguno de 
vosotros tontee con el coche, por si acaso. 

Mendoza.— No tenga cuidado, señor chauffeur. El 
primero que detuvimos nos quitó la gana para siempre. 

Straker. — (con curiosidad.) ¿Cómo? 

Mendoza. - Pues se llevó a tres valientes compañeros 
nuestros, que no supieron pararlo hasta Granada, y allí 
volcó frente a la Comisaría de policía. Desde entonces, 



96 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

no tocamos esos chismes sin mandar por el chauffeur 
De modo que podemos charlar con tranquilidad. 
Tanner.— Muy bien. 

(Tanner, Mendoza y Straker se sientan sobre el césped, cerca de la 
lumbre. Mendoza, atentamente, renxmcia a la presidencia, cuya prerroga- 
tiva consiste en sentarse en el bloque de piedra precitado; se sienta en 
el suelo, como sus huéspedes, y sólo utiliza el sillar de respaldo.) 

Mendoza. — En España es costumbre aplazar a maña- 
na todo negocio. Además, ustedes han llegado después 
de las horas de despacho. Sin embargo, si prefieren de- 
jar arreglada la cuestión del rescate, estoy a su disposi- 
ción. 

Tanner. — Esperemos a mañana. Soy bastante rico 
para pagar cualquier cantidad razonable. 

Mendoza. — (Respetuoso, pues esa confesión le choca mucho.) Es 

usted un hombre notable, caballero. Nuestros clientes, 
ordinariamente, dicen ser unos pobres de solemnidad. 

Tanner.— Los pobres de solemnidad no suelen tener 
automóvil. 

Mendoza.— Precisamente, es lo que solemos decirles 

Tanner.— Trátennos bien, que no nos mostraremos 
desagradecidos. 

Straker. — Nada de conejos asados ni de higos chum- 
bos, sabe. No quiera usted hacernos creer que no se en- 
cuentra alguna cosa mejor. 

Mendoza. — Vino, cabrito, leche, queso y pan puedo 
procurar, si se me paga al contado. 

Straker.— (condescendiente.) Vaya, menos mal. 

Tanner.— ¿Son ustedes todos aquí socialistas? Permí- 
tame la pregunta. 

Mendoza. — (Rechazando esta suposición errónea, depresivíu) jAh, 

no, no, no, nada de eso, le aseguro! Nosotros, natural- 
mente, tenemos ideas modernas respecto de la injusticia 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 97 

de la existente distribución de la riqueza; de no ser así, 
perderíamos el respeto a nosotros mismos. Por lo demás, 
nada que pudiera usted hallar censurable, excepto dos o 
tres ilusos. 

Tanner.— No fué mi intención aludir a nada que des- 
acredite a una persona. El caso es que yo mismo soy un 
poco socialista. 

Straker.— (En tono seco.) Lo son la mayof parte de los 
ricos, según he notado. 

Mendoza. — Así es. El socialismo ha llegado hasta nos- 
otros. Está en el aire del siglo. 

Straker.— El socialismo debe de estar en alza no 
poco si la gente de usted se acoge a él. 

Mendoza. — Eso es verdad, caballero. Un movimiento 
que no comprende más que a los filósofos y los hom- 
bres honrados nunca pueden ejercer influencia política 
verdadera; son demasiado pocos. Mientras un movimien- 
to no pueda hacerse extensivo a los mismos bandidos, 
no puede esperar obtener una mayoría política. 

Tanner.— Pero ¿son los bandidos de usted menos 
honrados que los ciudadanos del montón? 

Mendoza.— Le seré a usted franco, caballero. El ban- 
didaje es anormal. Las profesiones anormales atraen a 
dos clases de personas: a las que no son bastante bue- 
nas para la vida burguesa ordinaria, y a las que son de- 
masiado buenas para ella. Somos la hez y la crema de 
la sociedad. La hez es asquerosa; la crema, muy superior. 

Straker. — ¡Cuidado! Que algunos de la hez le pue- 
den oír. 

Mendoza. - No importa; todo bandido se cree a sí mis- 
mo de la crema y gusta de oír llamar hez a los demás. 

Tanner.— jVaya, tiene gracia! (Mendoza, lisonjeado, inclina 

la cabeza.) ¿Me permite usted una pregunta atrevida? 

7 



98 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Mendoza.— Tan atrevida como quiera. 

Tanner.— ¿Qué saca un hombre de su talento acaudi- 
llando a una tropa como ésta que se mantiene de cone- 
jos asados e higos chumbos? He visto a hombres de 
menos talento, y juraría que de menos honradez, cenan- 
do en el Savoy Hotel con foie-gras y champagne. 

Mendoza. — ¡Bah! A todos les tocó su turno de conejo 
asado, así como a mí me tocará el mío de comer en el 
Savoy. El caso es que ya me tocó... como camarero. 

Tanner.— ¡Como camarero! |Me deja usted atónito! 

Mendoza. — (pensativo.) Sí, yo, Mendoza de la Sierra, he 
sido camarero. De ahí tal vez mi cosmopolitismo, (con 
repentina insistencia.) ¿Quiere usted que le cuente la historia 
de mi vida? 

Straker. — (Aprensivo.) Sí uo es demasíado larga, 
amigo... 

Tanner. — (interrumpiéndole.) ¡Chíst! Es usted un ser pro- 
saico, Enrique, desprovisto de toda poesía, (a Mendoza.) 
Me interesa usted sobremanera, capitán. No haga usted 
caso de Enrique; puede irse a dormir si quiere. 

Mendoza.— La mujer a la que amé... 

Straker. — ¡Ah! se trata de una historia de amor. Me- 
nos mal. Siga, siga. Me había temido que iba a hablar 
de sí mismo. 

Mendoza. — ¡De mí mismo! Por causa de ella me he 
arrojado a la perdición a mí mismo. Por eso estoy aquí. 
No importa; bien perdido está todo por ella. Tenía, les 
doy mi palabra, el pelo más hermoso que he visto en 
mi vida. Era graciosa, era lista, sabía guisar con perfec- 
ción, y su temperamento de alta tensión la hizo insegu- 
ra, incalculable, variable, caprichosa, cruel, en una pa- 
labra, encantadora. 

Straker.— Una mujer como las que figuran en las no- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 99 

velas de a seis chelines, excepto lo de guisar. Se llama- 
ba Lady Gladys Plantagenet, ¿no? 

Mendoza.— No, caballero, no es hija de un conde. Por 
los semanarios ilustrados conozco el aspecto de las hijas 
de la nobleza inglesa, y puedo decir sinceramente que 
las caras, los adornos, los trajes, los títulos y todo lo de- 
más de esas damas lo hubiese dado por una sonrisa de 
aquella mujer. Y eso que era una mujer del pueblo, una 
obrera; de otro modo... y permítame también un atrevi- 
miento... la hubiese yo desdeñado. 

Tanner.— Con razón. Y ella, ¿correspondió al amor 
de usted? 

Mendoza.— ¿Estaría yo aquí si me hubiese correspon- 
dido? No quiso casarse con un judío. 

Tanner.— ¿Por razones religiosas? 

Mendoza.— No, ella era librepensadora. Decía que 
cada judío en su fuero interno considera que el pueblo 
inglés es sucio en sus costumbres. 

Tanner. — (sorprendido.) ¡Sucio! 

Mendoza. — Demuestra su extraordinario conocimien- 
to del mundo, porque indudablemente es verdad. Nues- 
tro código sanitario complicado nos hace indebidamen- 
te despreciativos para con los cristianos. 

Tanner.— ¿Ha oído usted alguna vez cosa por el esti- 
lo, Enrique? 

Straker.— He oído a mi hermana hablar así. Fué co- 
cinera una vez en una familia judía. 

Mendoza.— Yo no pude negarlo, ni pude arrancar de 
su alma la impresión que le había producido. Hubiese 
yo podido rebatir cualquiera otra objeción y convencer- 
la, pero ninguna mujer puede soportar ni una sombra 
de menosprecio hacia su persona. Todos mis esfuerzos 
fueron vanos; ella a todo replicaba que ella no valía 



100 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

para mí y me recomendaba me casara con una maldita 
camarera de bar que se llamaba Rebeca Lázaros, que a 
mí me asqueaba. Háblese suicidarme y me ofreció al 
efecto un bote de polvos insecticidas. Hice como que 
quería matarla y a ella le dieron accidentes histéricos. 
Entonces, les juro, me fui a América para que ella pu- 
diese dormir sin soñar que yo entraba en su cuarto para 
cortarle el pescuezo. En América salí para el Oeste y 
conocí a un hombre buscado por la policía por asaltar 
los trenes. El fué quien tuvo la idea de asaltar automó- 
viles en el Mediodía de Europa, idea feliz para un hom- 
bre desesperado y desilusionado. Me dio algunas bue- 
nas recomendaciones para capitalistas adecuados. Formé 
un sindicato, y la presente empresa es el resultado. Yo 
vine a ser el jefe, como siempre el judío llega a ser el 
jefe, por su inteligencia y su imaginación. Pero a pesar 
de mi orgullo de raza, daría todo lo que poseo por ser 
inglés. Soy como un chico, grabo su nombre en la cor- 
teza de los árboles y dibujo sus iniciales en la arena. 
Cuando estoy solo me tiro al suelo, me arranco el pelo 
y grito: Luisa... 

StRAKER.— (Con extrañeza.) ¡Luísal 

Mendoza. — Así se llama... Luisa... Luisa Straker... 
Tanner. — iStraker! 

Straker. — (Se incorpora de rodillas muy indignado.) Oiga, 

Luisa Straker es mi hermana, ¿me entiende usted? ¿Qué 
tonterías está usted hablando de ella? ¿Qué tiene ella 
que ver con usted? 

Mendoza.— ¡Una coincidencia dramática! ¡Usted es 
Enrique, su hermano favorito! 

Straker. — ¿Por qué me llama a mí Enrique? ¿Quién 
es usted para tomarse esas libertades con mi nombre y 
el de ella? Me dan ganas de desollarle a usted. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 101 

Mendoza. — (con caima grandiosa.) Si me dejo; ¿quiere us- 
ted prometerme referírselo a ella? Entonces se acordará 
de su Mendoza; es todo lo que quiero. 

Tanner. — Eso es amor verdadero, Enrique. Debiera 
usted respetarlo. 

Straker.— (con fiereza.) ¿Amor verdadero? Miedo ver- 
dadero, querrá usted decir. 

Mendoza. — (poniéndose de pie de un salto.) ¡Miedoí Joveu, 
desciendo de una familia famosa de esgrimidores, y 
como bien lo sabe su hermana, batiéndose conmigo 
tendría usted la misma probabilidad que un coche de 
enfermo contra su automóvil. 

Straker. — (En el fondo intimidado, pero levantándose con aire de 

indómita combatividad.) No le tengo míedo. Vaya con su 
Luisa, Luisa. Creo que a mi hermana no debe usted 
mentarla para nada. 

Mendoza. — ¿Qué mal hay en decir que la quiero, que 
la querré siempre? 

Straker. — (Exasperado.) Mire... 

Tanner. — (Levantándose al punto para interponerse.) VamOS, 

Enrique, calma; aunque pudiese usted vencer al capitán, 
no podría luchar con toda la liga de la sierra. Vuelva 
usted a sentarse y sea usted bueno. Un gato puede mi- 
rar a una reina, y hasta un capitán de bandidos puede 
mirar a su hermana. Todo ese orgullo de familia es cosa 
muy anticuada. 

Straker. — (vencido, pero refunfuñando.) Que él la mire, 
pero que no venga a hacer creer que ella le haya mira- 
do a él alguna vez. (vuelve a ocupar su sitio y se echa, aunque 

de mala gana.) Según habla, uo parece sino que han vivi- 
do juntos. (Les vuelve la espalda y se prepara a dormir.) 

Mendoza, —(a Tanner y haciéndose más confidencial al sentirse 
virtualmente solo con una persona que le escucha con simpatía en me 



102 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

dio del silencio nocturno de las montañas, pues todos los demás están 

dormidos en aquel momento.) Lo mismo era ella, Caballero. Su 
inteligencia alcanzaba muy adelante en el siglo veinte, 
sus prejuicios sociales y afectos de familia la retrotraían 
a las épocas más tenebrosas. ¡Ah! caballero, cómo se 
aplican las palabras de Shakespeare a todas nuestras 
emociones. 

Amé a Luisa; cuarenta mil hermanos 
no podrían con toda su cantidad de amor 
llegar a la suma mía. 
Y etcétera, que no recuerdo el resto. Llámelo locura si 
quiere, fatuidad. Soy un hombre que vale, un hombre 
fuerte; en diez años hubiese yo sido dueño de un hotel 
de primera clase. Tropecé con ella y ya ve usted... soy 
un bandido, un ser arrojado del seno de la sociedad. Ni 
Shakespeare podría expresar lo que siento por Luisa. 
Permítame que le lea algunos renglones escritos por mí 
con referencia a ella. Por pequeño que sea su mérito li- 
terario, expresan lo que siento mejor de lo que pudiesen 

palabras dichas al azar. (Saca un fajo de cuentas de hotel cubier- 
tas de manuscrito y se arrodilla junto a la lumbre para descifrarlas, ati- 
zando las ascuas para que alumbren.) 

TaNNER. — (Dándole un golpe vigoroso en la espalda.) TírelO 

todo a la lumbre, capitán. 

Mendoza.— (Espantado.) ¿Eh? 

Tanner. — Está usted sacrificando su carrera a una 
monomanía. 

Mendoza.— Lo sé. 

Tanner. — No lo sabe. Ningún hombre cometería se- 
mejante crimen contra sí mismo si realmente supiese lo 
que hace. ¿Cómo puede usted mirar estas augustas coli- 
nas a su alrededor, levantar los ojos hacia el cielo divi- 
no, respirar este aire balsámico, para luego hablar como 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 103 

un jornalero literario que viviera en un segundo piso en 
Bloomsbury? 

Mendoza.— (Meneando la cabeza.) La Sierra no es mejor 
que Bloomsbury, una vez pasada la novedad. Además, 
estas montañas le hacen a uno soñar con mujeres... con 
mujeres de pelo magnifico. 

Tanner.— Con Luisa, en una palabra. Pues a mi no 
me harán soñar con mujeres, amigo mío. Estoy libre de 
amores. 

Mendoza.— No blasone hasta que haya venido la ma- 
ñana, caballero. Esta es una región extraña para sueños. 

Tanner.— Bien, ya veremos. Buenas noches, (se echa 

para dormir. Mendoza, con un suspiro, sigue su ejemplo, y durante bre- 
ve momento reina el silencio en la sierra. Luego Mendoza se incorpora 
de repente y dice suplicante a Tanner) 

Mendoza.— Permítame leerle sólo unos pocos renglo- 
nes antes de que se duerma. Me gustaría realmente oir 
su opinión sobre ellos. _ 

Tanner.— (Medio dormido.) Venga de ahí, estoy escu- 
chando. 
Mendoza.— En la semana de Pentecostés 

te vi, Luisa, Luisa... 
Tanner. — (incorporándose.) Mí querído capitán, Luisa es 
muy bonito nombre, pero, que yo sepa, no es consonan- 
te de Pentecostés. 

Mendoza. — Claro que no; Luisa no es consonante, es 
el estribillo. 

Tanner. — (cediendo.) jAh! bien, el estribillo. Dispense 
entonces. Siga. 
Mendoza. — Luisa, te quiero, 
te quiero, Luisa; 
Luisa, Luisa, Luisa, te quiero; 
¡qué nombre más dulce! 



104 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Luisa, Luisa. 
¡Qué música más exquisita! 
Luisa, Luisa, Luisa. 
Mendoza te adora, 
te adora Mendoza, 
y sólo pensando en Luisa 
él quiere vivir. 
Nada más en el mundo hay para Mendoza. 
Luisa, Luisa, te adora Mendoza, 
(con complacencia.) No hay mérito en hacer bonitos versos 
sobre un nombre así. Es un nombre delicioso. 

TaNNER. — (Casi dormido, contesta con un gruñido sordo.) 

Mendoza. — ¡Si fueras, Luisa, 

mujer de Mendoza, 
Mendoza y Luisa, 
Luisa y Mendoza! 
¡Ay, ay, qué dichoso sería Mendoza! 
¡Ay, ay, cuánto sufre Mendoza por ti! 
;Luisa, Luisa, Luisa, Luisa! 
Esto es verdadera poesía, viene del corazón, del cora- 
zón de los corazones. ¿No cree usted que ella se conmo- 
vería al leer estos versos? (Nadie contesta. Resignado.) Dormi- 
do, como suele suceder. Una <lata> para todo el mundo, 
música celeste para mí. Tonto de mí que expongo mi co- 
razón a todas las miradas. (Se prepara para dormir, murmuran- 
do.) Luisa, te quiero; te quiero, Luisa; Luisa, Luisa, Luí 
sa, te... 

(Straker ronca, da rodando una vuelta y vuelve a dormirse. El silen- 
cio se esparce por la sierra y la obscuridad se espesa. La lumbre se ha 
consumido nuevamente y cubierto de cenizas blancas, sin dejar traslucir 
uego alguno.) 

Los picachos negros se destacan fantásticamente del fondo estrellado del 
irmamento; pero ahora las estrellas se van apagando y se desvanecen y el 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 



105 



cielo parece furtivamente retirarse del universo. En vez de la sierra hay la 
nada, la omnipresente nada. Ni cielo, ni picachos, ni luz, ni ruido, ni tiempo, 
ni espacio; el vacío absoluto. Entonces por alguna parte nace como un páli- 
do hdgor y con él un murmullo sordo y rítmico como el palpitar de un vio" 
loncello mágico repitiendo la misma nota infinitamente. Un par de violines 
espectrales utilizan este bajo: 



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Y al mismo tiempo el pálido fulgor deja vislumbrar en el vacio a un 
hombre, incorpóreo, pero visible, sentado, aunque parezca absurdo, sobre 
nada. Por un momento levanta la cabeza cuando la música pasa por delan- 
te de él. Luego, con un hondo suspiro, vuelve a inclinarla sumamente aba- 
tido. Y los violines, con desaliento, repiten su melodía desesperados, y final- 
mente se callan, ahogados por los lamentos de instrumentos de viento si- 
niestros que hacen asi; 



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Todo es muy extraño. Se nota la manera de Mozart. Después de este 
toque, se ve, con ayuda de ciertas chispas moradas en el fulgor pálido, que 
el traje del hombre es el de un caballero español del siglo XV al XVI. Nos 
hallamos en presencia de Don Juan Tenorio, pero ¿dónde? ¿por qué? ¿cómo? 
Además, en el corto instante que levantó el rostro, oculto ahora por el ala 
de su sombrero, nos recordó las facciones de Tanner. Es una cara más bo- 
nita, más pálida y más fría, que revela más exigencias y más soberbia, sin 
la credulidad impetuosa y el entusiasmo de Tanner, y sin su expresión de 
vulgaridad plucrática moderna, pero asi y todo se nota parecido y aun 



106 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

identidad. Algo de eso pasa con los nombres: Juan Tenorio, John Tanner. 
¿Adonde hemos venido a parar desde el siglo XX y la sierra? 

Otro fulgor pálido en el vacío, esta vez sin destellos morados, sino con 
vapores amarillentos desagradables. Con él un clarinete misterioso que 
emite con infinita tristeza este sonido: 




Se mueve el resplandor amarillento; es una vieja que deambula por el 
vacío, encorvada y desdentada, envuelta, por cuanto se puede divisar, en el 
basto hábito pardo de alguna orden religiosa. Se mueve para acá y para 
allá, lentamente y como sin esperanzas, hasta que tropieza con la cosa que 
anhela: compañía. Con un suspiro de alivio la pobre vieja se agarra a la 
presencia del hombre y se dirige a él con su voz seca y poco amable que 
todavía puede expresar orgullo y resolución lo mismo que sufrimiento. 

Vieja. — Dispensadme, pero estoy tan sola, y estos pa- 
rajes son tan espantosos... 

Don Juan. — ¿Sois recién llegada? 

Vieja. — Sí. Supongo que debí de morirme esta maña- 
na. Me confesé, me dieron la unción. Estaba en la cama, 
rodeada de mi familia y con los ojos fijos en la cruz. 
Entonces me hundí en las tinieblas, y cuando volvió la 
luz fué esta luz con la que no puedo ver. Cuatro horas 
largas van ya que me paseo por estas soledades tristes- 

Don Juan. —(suspirando.) ¡Ah! Todavía no habéis perdi- 
do el sentido del tiempo. Pronto se pierde en la eter- 
nidad. 

Vieja.— ¿Dónde estamos? 

Don Juan. —En el infierno. 

Vieja.— (Altanera.) ¡En el infierno! ¡Yo en el infierno ' 
¿Cómo osáis decirme eso? 

Don Juan.— (sin impresionarse.) ¿Por qué no, señora? 



Ahí 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 107 

Vieja. -No sabéis con quién estáis hablando. Soy una 
señora y una hija fiel de la Iglesia. 

Don Juan.— No lo dudo. 

Vieja. - Pues entonces, ¿cómo puedo estar en el in- 
fierno? En el purgatorio, puede ser; no he sido perfecta, 
¿quién lo es? ¡Pero en el infiernol Estáis mintiendo. 

Don Juan.— Sí, señora; en el infierno, os lo aseguro. 
Estáis en lo más agradable del infierno, en donde hay 
más soledad... aunque tal vez os gustara más la com- 
pañía. 

Vieja.— Pero si me arrepentí sinceramente, me he con- 
fesado... 

Don Juan.— ¿De cuánto? 

Vieja.— De más pecados que por mí cometidos. Me 
gustaba la confesión. 

Don Juan.— Pues mirad, confesar de más es tan mal 
como no confesar bastante. Mas sea lo que sea, señora, 
por equivocación o por intención, os habéis condenado,' 
lo mismo que yo. Y ahora no hay más remedio que po- 
ner buena cara a mal tiempo. 

Vieja.— (indignada.) lAh! para eso podría yo haber sido 
mala, todo lo mala que se me hubiese antojado. ¿De 
qué me ha servido ser buena? No hay justicia. 

Don Juan. -Sí, señora; bastantes advertencias os hi- 
cieron y claras promesas. Para vuestros hechos malos, 
expiación e intercesión ajena, gracia sin justicia. Para 
vuestros hechos buenos, justicia sin gracia. Aquí tene- 
mos mucha gente buena. 

Vieja.— ¿Habéis sido bueno vos? 

Don Juan.— He sido asesino. 

Vieja.- ¡Asesino! ¡Dios mío, cómo han podido juntar- 
me con asesinos! No he sido tan mala, he sido una mu- 
jer honesta. Aquí hay un error; ¿adonde podré acudir? 



106 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Don Juan.— No sé si los errores pueden enmendarse 
aquí. Probablemente no querrán admitir que haya habi- 
do error alguno. 

Vieja.— ¿A quién podré preguntar? 

Don Juan. — Creo debierais preguntar al diablo, seño- 
ra; es el que más sabe de todo, mucho más que yo. 

Vieja.— ¡Al diablo! ¡Yo hablar al diablo! 

Don Juan. — En el infierno, señora, el diablo está al 
frente de la buena sociedad. 

Vieja. — Os digo, infame, que sé que no estoy en el 
infierno. 

Don Juan. — ¿Cómo lo sabéis? 

Vieja. — Porque no siento dolor alguno. 

Don Juan.— ¡Oh! entonces no hay duda, estáis conde- 
nada con toda intención. 

Vieja. — ¿Por qué decís eso? 

Don Juan.— Porque el infierno, señora, es un lugar 
para los malos. Los malos se encuentran muy bien en él, 
ha sido hecho para ellos. Me decís que no sentís dolor. 
De ahí deduzco que sois una de las personas para las 
que se ha hecho el infierno. 

Vieja.— Y vos, ¿sentís dolor? 

Don Juan.— Yo no soy de los malos, señora, y por eso 
el infierno me aburre, me aburre horriblemente. 

Vieja.— Decís que no sois de los malos, después de 
decir que erais un asesino. 

Don Juan.— Fué en desafío nada más. Clavé mi espa- 
da en el pecho de un anciano que estaba tratando de 
clavar la suya en el pecho mío. 

Vieja. — Si erais un caballero, eso no fué asesinato. 

Don Juan.— El anciano lo llamó asesinato porque, 
según dijo, él estaba defendiendo el honor de su hija. 
Con ello quería decir que, después de enamorarme yo 



m 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 109 

tontamente de su hija y de decírselo, eiia empezó a dar 
gritos, y él trató de asesinarme después de decirme cosas 
insultantes. 

Vieja.— Fuisteis como todos los hombres, libertinos y 
asesinos todos, todos, todos. 

Don Juan. — Y, sin embargo, me encuentro aquí con 
vos, señora. 

Vieja.— Escuchadme. Mi padre fué muerto por un in- 
fame como vos, precisamente en desafío como el que 
pintáis, por causa idéntica. Yo había dado gritos, por- 
que era mi deber. Mi padre acometió a mi insultador, 
porque así lo demandaba mi honor. Mi padre murió, 
fué la recompensa del honor. Yo estoy aquí, en el infier- 
no, según decís; es la recompensa del deber. ¿Hay en el 
cielo justicia? 

Don Juan.— No, pero hay justicia en el infierno. El 
cielo está muy por encima de tales vaciedades humanas 
Seréis bien venida en el infierno, señora. El infierno es 
el refugio del honor, del deber, de la justicia y el resto 
de las siete virtudes mortales. Toda la maldad en la tie- 
rra se comete en su nombre; ¿en dónde sino en el in- 
fierno pudieran tener su merecido? ¿No dije ya que los 
verdaderos condenados son los que son dichosos en el 
infierno? 

Vieja. — Y vos, ¿sois dichoso aquí? 

Don Juan. — (poniéndose de pie bruscamente.) No; y este eS 

el enigma sobre el que cavilo en las tinieblas. ¿Por qué 
estoy yo aquí? ¡Yo, que no cumplí deber alguno, piso- 
teé el honor y me reí de la justicia! 

Vieja.— ¿Qué me importa a mí saber por qué vos es- 
táis aquí? ¿Por qué estoy aquí yo? jYo que sacrifiqué 
todas mis inclinaciones para observar la virtud y la de- 
cencia que corresponde a una mujerl 



lio HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Don Juan.— Tened paciencia, señora; seréis perfecta- 
mente dichosa y os encontraréis en vuestro ambiente 
aquí. Como dijo el poeta: «El infierno es un lugar muy 
parecido a Sevilla>. 

Vieja.— ¡Dichosa aquí! ¡Donde no soy nada, donde no 
soy nadie! 

Don JuAN.—Estáis equivocada, sois una señora, y en 
todas partes donde hay señoras está el infierno. No os 
sorprendáis ni os asustéis; encontraréis aquí cuanto una 
señora pueda apetecer, incluso diablos que os servirán 
por pura gana de servir y ensalzarán vuestra importan- 
cia con objeto de dignificar su servitud; en fin, los me- 
jores servidores. 

Vieja. — ¡Diablos serán mis servidoresl 

Don Juan. - ¿Habéis tenido alguna vez servidores que 
no fuesen diablos? 

Vieja. — Nunca, es verdad; eran diablos, unos verda- 
deros diablos todos. Pero esto es un modo de hablar. 
Creí entender que decíais que mis servidores habían de 
ser los diablos reales y verdaderos. 

Don Juan.— No más reales y verdaderos que vos ha- 
béis de ser una señora real y verdadera. Aquí no hay 
nada real. Ese es el horror de la condenación. 

Vieja.— ¡Oh, todo es locura! Esto es peor que el fuego 
y los gusanos. 

Don Juan.— Para vos, quizás haya consuelos. Por 
ejemplo, ¿qué edad teníais al cambiar el tiempo por la 
eternidad? 

Vieja.— No me preguntéis la edad que tenía, como si 
fuese cosa del pasado; preguntadme la edad que tengo. 
Pues os lo diré: setenta y siete años. 

Don Juan.— Edad madura, señora. Pero, en el infierno, 
no se toleran edades provectas. Son demasiado rea" 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 111 

les. Aquí reverenciamos el amor y la hermosura. Estan- 
do nuestras almas enteramente condenadas, cultivamos 
nuestros corazones. Como señora de setenta y siete años, 
no haríais amistad alguna en el infierno. 

Vieja, —¿Qué remedio tengo yo contra la edad? 

Don Juan.— Olvidáis que habéis dejado la edad de- 
trás de vos en el reino del tiempo. No tenéis más que 
setenta y siete, que siete o diez y siete o veintisiete 
años. 

Vieja .- -¡Disparates! 

Don Juan. — Considerad, señora, ¿no fué así aún cuan- 
do vivíais sobre la tierra? Cuando teníais setenta años, 
¿erais más vieja bajo vuestras arrugas y vuestras canas 
que cuando teníais treinta? 

Vieja.— No, era más joven. A los treinta fui una tonta. 
Pero ¿de qué sirve sentirse joven y tener aspecto de 
vieja? 

Don Juan. — Ya veis, señora; el aspecto sólo fué una 
ilusión. Vuestras arrugas mintieron lo mismo que mien- 
te el cutis suave y terso de muchas niñas bobas de diez 
y siete años, de espíritu torpe e ideas decrépitas. Pues 
bien, aquí no tenemos cuerpo, nos vemos unos a otros 
como cuerpos porque bajo ese aspecto hemos aprendido 
a imaginarnos unos a otros, cuando aun vivíamos. Y 
así seguimos pensando, sin conocernos mutuamente. 
Pero podemos revelarnos a los ojos ajenos con la edad 
que elijamos. No tenéis más que desearos cualquiera de 
vuestras antiguas apariencias y al punto la tendréis. 

Vieja.— No puede ser verdad. 

Don Juan.— Probad. 

Vieja.— Pues diez y siete años. 

Don Juan.— Esperad. Antes de que os decidierais, hu- 
biese debido deciros que estas cosas son cuestión de 



112 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

moda. Ha habido épocas en que nos pirramos por la 
edad de diez y siete años, pero esto duró poco. En la ac- 
tualidad la edad de moda es la de cuarenta, digamos trein- 
ta y siete años. Pero hay señales de prepararse un cam- 
bio. Si a los veintisiete años erais de buen ver, os acon- 
sejo probar con esa edad y establecer una moda nueva. 
Vieja.— No creo una sola palabra de lo que dices. 
Pero, en fin> vaya por los veintisiete años. (iPumi La vieja 

se transforma de repente en una joven, tan hermosa, que en la aparición 
radiante que ha sustituido el espectro ameuillo borroso de antes, parece 
que reconocemos sin equivocación a Ana Whitefield.) 

Don Juan.— |Doña Ana de Ulloal 
Doña Ana.— ¡Cómo! ¿Me conocéis? 
Don Juan.— lY vos me olvidasteis! 

Doña Ana. — No veo vuestro rostro. (É1 levanta el som- 
brero.) jDon Juan Tenoriol ¡Monstruo! ¡Vos que matasteis 
a mi padre! Hasta aquí me perseguís. 

Don Juan.— Protesto, no os persigo. Permitid que me 
retire, (vase.) 

Doña Ana.— (cogiendo su brazo.) No me dejaréis sola en 
tan espantoso lugar. 

Don Juan.— Siempre que mi estancia no se interprete 
como persecución. 

Doña Ana.— (soltándole.) Extrañaréis que pueda yo so- 
portar vuestra presencia. ¡Pobre padre mío! 

Don Juan. — ¿Tendríais gusto en verle? 

Doña Ana.— ¡¡¡Mi padre aquí!!! 

Don Juan. — No, él está en el cielo. 

Doña Ana. — Ya lo pensaba. ¡Mi noble padre! Ahora 
nos está mirando desde lo alto. ¿Qué sentirá al ver a su 
hija en este lugar, platicando con su matador? 

Don Juan. — A propósito, si alguna vez le encon- 
tramos... 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 113 

Doña Ana.— ¿Cómo vamos a encontrarle estando él 
en el cielo? 

Don Juan. — De vez en cuando se digna bajar por aquí. 
El cielo le aburre. Así, pues, permitidme advertiros que 
se ofenderá indeciblemente si me llamáis su matador en 
su presencia. Se empeña en creer que sabía mucho más 
de esgrima que yo y, de no resbalarle el pie, me hubiese 
matado sin falta. No hay duda de que tiene razón, yo 
nunca fui buen esgrimidor. Acerca de eso nunca le llevo 
la contraria y somos excelentes amigos. 

Doña Ana. — No es deshonra para un guerrero tener 
orgullo de habilidad en manejar las armas. 

Don Juan.— Tal vez no tengáis mucho afán por verle. 

Doña Ana.— ¿Por qué decís eso? 

Don Juan. — Así suele suceder aquí. Tal vez os acor- 
déis que sobre la tierra, aunque nunca lo confesamos, el 
duelo por la muerte de cualquiera, aun la de los que 
más hemos querido, siempre se mezcla con cierta satis- 
facción por vernos al fin libres de ellos. 

Doña Ana.— ¡Monstruo! Nunca, nunca... 

Don Juan. — (piáddo.) Veo que os dais cuenta. Sí, un 
entierro siempre ha sido una fiesta con trajes negros, es- 
pecialmente el entierro de un pariente. Sea lo que quie- 
ra, sabed que los lazos familiares aquí casi nunca se ob- 
servan. Vuestro padre está del todo impuesto en ello y 
no esperará cariño alguno de vuestra parte. 

Doña Ana.— Sois un infame. Llevé luto por él toda mi 
vida. 

Don Juan.— Sí, os sentaba muy bien. Pero una vida 
de luto es una cosa y una eternidad de luto es otra. 
Además, aquí estáis tan muerta como él. ¿Puede haber 
algo más ridículo que el luto de un muerto por otro 
muerto? No os extrañéis, mi queri da Ana, ni os sobre- 

8 



114 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 



saltéis si OS digo que en el infierno hay mucha charlata- 
nería (y casi no hay otra cosa); pero eso de la muerte y 
la edad y las mutaciones ya no se conoce, porque aquí 
todos somos muertos y eternos. Ya os acostumbraréis. 

Doña Ana.— ¿Y me llamarán todos los hombres su 
querida Ana? 

Don Juan.— No, fué un desliz de mi lengua. Perdo- 
nadme. 

Doña Ana. — (casi con ternura.) Don Juan, me asustas- 
teis cuando tan villanamente os portasteis conmigo. 

Don Juan.— (impaciente.) ¡Oh! os suplico no empecéis a 
hablar de amor. Aquí no se suele hablar más que de 
amor... de su hermosura, su santidad, su espiritualidad, 
su... ¡el demonio sabe qué!... Dispensadme, pero a mí me 
fastidia mucho. No saben lo que se dicen, yo sí lo sé. Se 
figuran que han alcanzado la perfección del amor por- 
que no tienen cuerpos. Devaneos meramente imaginati- 
vos. ¡Qué asco! 

Doña Ana.— Pero ¿no ha logrado siquiera la muerte 
purificar vuestra alma, don Juan? ¿No os ha enseñado 
respeto el terrible juicio en el que la estatua de mi padre 
fué el juez? 

Don Juan.— ¿Cómo está, ya que hablamos, aquella es- 
tatua favorecida? ¿Sigue yendo a cenar con gente de 
poco más o menos para luego precipitarla en este abis- 
mo sin fondo? ^ 
Doña Ana.— Me ha costado mucho dinero la tal esta-| 
tua. Los chicos de la escuela del monasterio no la deja-| 
ban en paz; los malos la destrozaban, los buenos graba- 
ban en ella sus nombres. Tres narices nuevas en dos 
años tuve que poner, y dedos, sin cuento. Finalmente 
tuve que dejarlo, y me temo que a estas horas estará ho- 
rriblemente mutilada. ¡Pobre padre miol 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 115 

Don Juan.— iChist! Escuchad, (dos grandes acordes que se 
extíenden en ondas sonoras sincopadas estallan: «re menor > es su do- 
minante, un sonido de alegría formidable para todo músico.) I Ahí la 

música de la estatua, de Mozart. Es vuestro padre. Mejor 
será que os ausentéis hasta que le prepare. (Eiia desaparece.) 

Desde el vacío viene una estatua viviente de mármol blanco, que repre- 
senta a un majestuoso anciano. Pero se apea de su majestuosidad con gra- 
cia infinita y anda con paso sumamente elástico, y mientras cada arruga de 
su cara aguerrida irradia alegría festiva. A su escultor debe una figura muy 
arrogante y tiesa. Las guías de sus bigotes se enderezan elásticas cual mue- 
lles de reloj, dándole una apariencia que podría llamarse maja, si no fuese 
por su dignidad española. Está con Don Juan muy amistoso. Su voz, fuera 
de una modulación más distinguida, se parece tanto a la de Roebuck Rams- 
den, que llama la atención sobre el hecho de que, a pesar de la diferencia 
en los bigotes, los dos se parecen en las facciones. 

Don Juan.— jAh, sois vos, amigo mío! ¿Por qué no 
aprendéis a cantar la magnífica música que Mozart escri- 
bió para vos? 

Estatua.— Desgraciadamente, la escribió para una voz 
de bajo, y la mía es de barítono. Ahora bien; ¿os habéis 
ya arrepentido? 

Don Juan.— Demasiado os aprecio, don Gonzalo, para 
arrepentirme. Si me arrepintiese no tendríais pretexto 
para bajar del cielo con objeto de discutir conmigo. 

Estatua.— Es verdad; no cedas, hijo mío. Ojalá te hu- 
biese yo matado a ti, como lo hubiera hecho si no es por 
una casualidad. Entonces estaría yo en el infierno; a ti te 
hubieran elevado una estatua y tendrías fama de piado- 
so y tendrías que vivir según ella. ¿Hay alguna novedad? 

Don Juan.— Sí, vuestra hija se murió. 

Estatua.— (Confusa.) ¿Mi hija? (Recordando.) Ah, ¿aquella 
con la que tuviste un lío? A ver, ¿cómo se llamaba? 

Don Juan.— Ana. 



116 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Estatua.— Es verdad; Ana, una chica de buen ver, si 
no recuerdo mal. ¿Has avisado a Fulano? No sé cómo se 
llama su esposo. 

Don Juan.— ¿Mi amigo Octavio? No lo he visto toda- 
vía desde que Ana llegó. 

(Ana, indignada, hace su aparición.) 

Doña Ana.— Pero ¿qué significa eso? ¡Octavio está 
aquí y es vuestro amigo! Y vos, padre mío, habéis olvi- 
dado mi nombre. En verdad que os habéis vuelto piedra. 

Estatua.— Hija mía, más me admiran como estatua de 
mármol que me admiraron como persona de carne y 
hueso; así, pues, he adoptado la figura que me diera el 
escultor. Era un gran artista, no se puede negar, y debes 
reconocerlo así. 

Doña Ana.— Padre, ahora resuUa que sois vanidoso, 
vanidoso de vuestra persona. Morir para ver. 

Estatua.— ¡Ay! hija mía, tú ya no te acuerdas de tal 
debilidad. A estas fechas tú debes tener cerca de ochen- 
ta años. Yo perdí la vida (por una casualidad) a los se- 
senta y cuatro, y soy, por lo tanto, mucho más joven que 
tú. Además, hija mía, lo que vuestro amigo libertino lla- 
maría la farsa de la sabiduría de los padres, aquí no 
existe. Considérame sencillamente como a un camarada, 
no como a un padre. 

Doña Ana.— Habláis como habla ese infame. 

Estatua.— Juan es un pensador agudo, Ana. Mal es- 
grimidor, pero buen pensador, créeme. 

Doña Ana.— (Estremeciéndose de horror.) Empiezo a com- 
prender. Son diablos que se burlan de mí. Lo mejor será 

que rece. 

Estatua.— (Consolándola.) No, no, no, hija, no reces. Si 
rezas perderás la principal ventaja de este sitio. Encima 
del portal están escritas las palabras: <Dejad toda espe 



4 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 117 

ranza, vosotros que entráis. > Pues no sabes tú el alivio 
que esto supone. ¿Para qué sirve la esperanza? Es una 
forma de responsabilidad moral. Aquí no hay esperanza, 
y por lo tanto, no hay deber, ni trabajo, ni nada que se 
pueda alcanzar con la oración, nada que pueda per- 
derse con hacer lo que plazca. En resumen, el infierno 
es un sitio donde no tienes otra cosa que hacer que di- 
vertirte. (Don Juan suspira hondamente.) SuspiraS, amigO don 

Juan; pero si estuvieses en el cielo, como estoy yo, te 
darías cuenta de las ventajas que hay aquí. 

Don Juan.— Estáis de buen humor hoy, Comendador. 
Estáis realmente superior. ¿Qué sucede? 

Estatua.— He llegado a tomar una decisión muy im- 
portante, muchacho. Pero, antes que todo, ¿dónde está 
nuestro amigo el diablo? Tengo que consultarle el asun- 
to. Y Ana tendrá gusto en conocerle, sin duda. 

Doña Ana. — ¿Estáis preparando algún tormento 
para mí? 

Don Juan.— Todo eso son supersticiones, Ana. Descui- 
dad. Además, ya sabéis, el diablo no es tan negro como 
lo pintan. 

Estatua.— Hagámosle una llamada. 

Al mover la estatua la mano, los grandes acordes vuelven a dejarse oir. 
Pero esta vez, la música de Mozart se adultera grotescamente con la de 
Gounod. Principia a encenderse un resplandor bermejo, y en medio de él 
surge el Diablo, muy mefistofélico y bastante parecido a Mendoza, aunque 
no tan interesante. Parece más viejo que éste, tiene una calvicie prematura , 
y, a pesar de una efusión de buen genio y joviEilidad, es algo áspero y ner- 
vioso cuando no corresponden a su modo de ser. No parece tener mucha 
resistencia para el trabajo y el sufrimiento y es, en resumidas cuentas, ima 
persona que tiene apariencia de ser muy indulgente consigo misma, hasta 
hacerse desagradable, pero es listo y hay muchos ratos en que agrada, por 
más que se echa de ver desde luego que no tiene tan buena crianza como 



118 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

los otros dos hombres y que es enormemente menos vivaracho que la 
mujer. 

Diablo.— (Cordial.) Según veo, tengo el honor de que 
me visite nuevamente el muy ilustre comendador de Ca- 
latrava. (Fríamente.) Don Juan, servidor vuestro, (cortés.) 
Una señora extraña. A vuestros pies, señora. 

Doña Ana.— ¿Sois...? 

Diablo.— (inclinándose.) Lucifer, para serviros. 

Doña Ana.— Me voy a volver loca. 

Diablo.— (Galante.) ¡Oh, señora, no os apuréis! Venís de 
la tierra, llena de los prejuicios y terrores de aquel sitio 
dominado por sacerdotes. Habéis oído muchas veces ha- 
blar mal de mí, y, sin embargo, allí tengo un cúmulo de 
amigos. 

Doña Ana. — Sí, reináis en sus corazones. 

Diablo.— (Meneando la cabeza.) Me lisonjeáís, señora, pero 
estáis equivocada. Es verdad que el mundo no puede 
vivir sin mí, pero no por eso me lo agradece. En su co- 
razón desconfía de mí y me odia. Todas sus simpatías 
son para la miseria, la pobreza, las privaciones del cuer- 
po y el corazón. Yo, en cambio, induzco al mundo a 
simpatizar con la alegría, el amor, la felicidad, la her- 
mosura... 

Don Juan. — (Asqueado.) Dispensadme, que me voy. Ya 
sabéis que no puedo aguantar eso. 

Diablo.— (Enfadado.) Sí, ya sé que no sois amigo mío. 

Estatua.— ¿Qué daño te hace, don Juan? Me parece 
que estaba hablando con mucha sensatez cuando le in- 
terrumpiste. 

Diablo. — (Apretándole muy cordialmente la mano a la estatua.) 

Gracias, amigo mío, gracias. Vos siempre me habéis 
comprendido; él siempre me ha contradecido y menos- 
preciado, 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 119 

Don Juan. — Os he tratado con perfecta cortesía. 

Diablo. — ¡Cortesía! ¿Qué es cortesía? A mí no me im- 
porta la mera cortesía. Lo que yo busco es alma y co- 
razón, sinceridad verdadera, los lazos de simpatía con el 
amor y la alegría... 

Don Juan.— Me ponéis malo. 

Diablo.— iVamos! (Apelando a la estatua.) ¿Lo estáis es- 
cuchando, señor? ¡Ohl ¿Por qué ironía del sino tuvo ese 
frío egoísta entrada en mi reino, mientras vos fuisteis 
llevado a la glacial mansión del cielo? 

Estatua.— No puedo quejarme. Fui un hipócrita, y 
bien empleado me está el estar en el cielo. 

Diablo.— ¿Por qué, señor, no venís con nosotros y de- 
jáis un ambiente para el que vuestro temperamento es 
demasiado simpático, vuestro corazón demasiado cálido, 
vuestro buen humor demasiado franco? 

Estatua. — Pues así lo decidí. De aquí en adelante, 
ilustre hijo de la mañana, seré vuestro. Ya dejé el cielo 
para siempre. 

Diablo. — (cogiéndole otra vez la mano.) jOh, qué honor 
para mí! ¡Qué triunfo para nuestra causa! Gracias, gra- 
cias. Y ahora, amigo mío... por fin puedo llamarle así..., 
¿no podríais persuadirle a él para que ocupara el sitio 
que dejasteis vacante? 

Estatua. — (Meneando la cabeza.) En concíencía no puedo 
recomendar a nadie, con quien me una alguna amistad, 
que a sabiendas se meta en un sitio tan triste e incómodo. 

Diablo. — Claro que no; pero ¿estáis seguro de que allí 
no estará a gusto? Claro que vos debéis conocerlo mejor 
que nadie; vos lo trajisteis aquí primero y pusimos en él 
las mejores esperanzas. Sus ideas parecía que concor- 
daban perfectamente con las que aquí imperan. ¿Os 

acordabais cómo cantaba? (Empieza a cantar en voz de barítono 



120 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

gangosa, trémula, por una eternidad de mal uso, a la manera francesa.) 

¡Vivan le femmíne! 
¡Viva il buon vino! 

Estatua. — (cogiendo el tono una octava más alto, con voz de 
contralto.) 

Sostegno e gloria 
(fumanitá. 

Diablo. — Eso es. Pues ya no nos canta nada. 

Don Juan. — ¡Y os quejáis de eso, cuando el infierno 
está lleno de aficionados cantantes! La música es el 
aguardiente de los condenados. ¿No se permitirá a un 
alma perdida ser abstinente? 

Diablo.— ¡Os atrevéis a blasfemar contra el arte más 
sublime! 

Don Juan. — (Con repugnancia fría.) Habláis cual mujer 
histérica que hace carantoñas a un murguista. 

Diablo.— No me enfado. Sólo os compadezco. No te- 
néis alma, y no os dais cuenta de lo que perdéis. Pero 
vos, señor Comendador, sois un músico de nacimiento. 
¡Qué bien cantáis! Mozart se quedaría encantado si es- 
tuviese todavía aquí; pero riñó con nosotros y se fué al 
cielo. Es curioso cómo todos esos hombres geniales que 
parecen haber nacido para hacerse populares aquí, re- 
sultan luego imposibles en la vida social, como don 
Juan. 

Don Juan. — Siento de veras resultar imposible en la 
vida social. 

Diablo.— No es que no admiremos vuestras dotes in- 
telectuales, ¿sabéis? Las admiramos. Pero yo miro el 
asunto desde vuestro propio punto de vista. No podéis 
simpatizar con nosotros. Este lugar no os place. La ver- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 121 

dad es que no tenéis... no diré que no tenéis corazón, 
porque ya sabemos que detrás de todo vuestro fingido 
cinismo se oculta un corazón muy sensible... 

Don Juan. — (Estremeciéndose.) PoF favor, nO sigáis... 

Diablo.— (irritado.) Bueno, el caso es que no tenéis tem- 
peramento para gozar. ¿No es eso? 

Don Juan.— Menos mal. En general, vuestra charla me 
aburre. Lo mejor será que, como suelo, me retire a la so- 
ledad. 

Diablo.— ¿Por qué no os refugiáis de una vez en el 
cielo? Ese es el sitio que os conviene, (a Ana.) Vamos, 
señora, ¿no podríais vos convencerle de que un cambio 
de aire le probaría bien? 

Doña Ana.— ¿Pero es que puede ir al cielo si quiere? 

Diablo.— ¿Quién se lo va a impedir? 

Doña Ana.— Y... ¿todo el mundo puede?... ¿Yo puedo 
ir al cielo, si quiero? 

Diablo. — (Algo despreciativo.) Naturalmente, si tal es 
vuestro gusto. 

Doña Ana.— Pero entonces, ¿por qué no están todos 
en el cielo? 

Estatua.— (con risa aguda y burlona.) Pues te voy a decir, 
hija mía. Porque el cielo es el sitio más angelicalmente 
triste y aburrido de la creación. Por eso es. 

Diablo.— El señor Comendador lo ha dicho con fran- 
queza verdaderamente militar. Pero no hay duda de que 
el modo de ser en el cielo es sencillamente intolerable. 
Cuentan que yo fui arrojado de ahí; pero yo os aseguro 
que por nada del mundo me hubiese quedado allí. La 
verdad es que me marché y organicé este centro. 

Estatua.— No me extraña. Nadie puede aguantar una 
eternidad de cielo. 

Diablo.— lOh! Hay gente para todo. Seamos justos, 



122 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Comendador; es cuestión de temperamento. Por mi par- 
te, no admiro el temperamento celestial, no lo compren- 
do ni tengo deseos de comprenderlo; pero hace falta toda 
clase de seres para hacer un universo. De gustos es in- 
útil discutir. Hay personas que están a gusto en el cielo. 
Yo creo que don Juan estaría a gusto allí. 

Don Juan.— Hombre, dispensad mi franqueza; ¿po- 
dríais realmente volver allí si se os antojara, o es que 
los racimos están verdes? 

Diablo. — ¡Volver allí! ¡Vayal Muchas veces vuelvo 
por allí. ¿No habéis nunca leído el libro de Job? ¿Podéis 
fundaros en algún texto canónico para probar que existe 
alguna barrera entre el infierno y el cielo? 

Doña Ana.— Pues hay entre los dos un gran abismo. 

Diablo. — Señora mía, una parábola no debe tomarse 
al pie de la letra. El abismo significa la diferencia entre 
el temperamento angelical y el diabólico. ¿Qué abismo 
más profundo puede haber? Acordaos de lo que vierais 
en la tierra. Allí no hay abismo físico entre las aulas de 
los sabios y las plazas de toros; pero los toreros no van 
a las aulas por eso. ¿No habéis estado nunca en el país 
donde es mayor el número de mis adictos, en Inglaterra? 
Allí hay grandes hipódromos y también salas para con- 
ciertos, donde se tocan las composiciones clásicas de 
vuestro amigo Mozart, señor Comendador. Los que fre- 
cuentan los hipódromos tienen entera libertad para abs- 
tenerse de hacerlo y, en vez de ello, ir a los conciertos 
clásicos, si gustan. No hay ley que lo impida. Porque 
los ingleses nunca serán esclavos; son libres de hacer 
cuanto el Gobierno y la opinión pública les permiten 
hacer. Y se admite que el concierto clásico es una diver- 
sión más elevada, culta, poética e intelectual que las ca- 
rreras de caballos. Pero ¿dejan por eso los aficionados a 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 123 

las carreras de caballos su deporte favorito para afluir a 
los conciertos? Ni por pienso. Allí se aburrirían lo mismo 
que el Comendador se aburría en el cielo. El gran abis- 
mo de la parábola está entre los dos sitios. Un abismo 
meramente físico, lo podrían atravesar por medio de un 
puente, o por lo menos lo podría yo (la tierra está llena 
de puentes del diablo); pero el abismo del disgusto es 
eterno e infranqueable. Y este es el único abismo que 
separa a mis amigos aquí de los que maliciosamente 
son llamados los bienaventurados. 

Doña Ana— Voy a ir al cielo sin más tardar. 

Estatua. — Hija mía, escúchame antes una palabra de 
advertencia. Quiero completar el símil de mi amigo Lu- 
cifer referente a los conciertos. En cada uno de esos 
conciertos en Inglaterra hay un cúmulo de gente aburrida 
que se encuentra allí, no porque le guste la música, sino 
porque creen que debe gustarle. Pues lo mismo pasa en 
el cielo. Muchos se hallan allí en la gloria, no porque se 
sientan dichosos, sino porque creen que su condición exi- 
ge que estén en el cielo. Casi todos ellos son ingleses. 

Diablo. — Sí, es verdad. Las naciones meridionales re- 
nuncian al cielo y se vienen conmigo como hicisteis vos. 
Pero los ingleses realmente no parecen notar cuándo es- 
tán del todo míseros y desgraciados, y cuando se en- 
cuentran incómodos, creen que son morales. 

Estatua.— En una palabra, hija mía, si entras en el 
cielo sin haber nacido para ello, no te divertirás allí. 

Doña Ana.— ¿Y quién se atreve a afirmar que yo no 
haya nacido para ello? Los más eminentes doctores de 
la Iglesia nunca lo han discutido. Para conmigo misma 
tengo el deber de abandonar este lugar inmediatamente- 

Diablo.— (Ofendido.) Como gustéis, señora. Hubiese es- 
perado de vos mejor gusto. 



124 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Doña Ana.— Padre, espero que vendréis conmigo. No 
podéis estar aquí. ¿Qué diría la gente? 

Estatua. — iLa gente! Pero si la mejor gente está aquí, 
príncipes de la Iglesia inclusive. Tan pocos van al cielo 
y tantos vienen aquí, que los bienaventurados, en un 
tiempo llamados los ejércitos celestiales, forman una 
minoría en continua mengua. Los santos, los padres, los 
elegidos de remotas edades son los calaveras, los trone- 
ras, los reprobados de hoy. 

Diablo.— Es verdad, desde el principio de mi carrera 
conocí que vencería al fin por el solo peso de la opinión 
pública, a pesar de la larga campaña de mentiras y 
es calumnias dirigida contra mí. En el fondo el uni- 
verso constitucional, y con una mayoría como la que 
tengo no es posible que quede yo siempre separado del 
poder. 

Don Juan. —Yo creo, Ana, que lo mejor será que os 
quedéis aquí. 

Doña Ana.— (ceiosa). No queréis que vaya yo con vos. 

Don Juan.— No conviene que entréis en el cielo en 
compañía de un reprobo como yo. 

Doña Ana.— Todas las almas son igualmente valio- 
sas. Os arrepentís, ¿verdad? 

Don Juan.— Mi querida Ana, sois tonta. ¿Creéis que 
el cielo es como la tierra, donde la gente se convence a 
sí misma de que lo hecho puede convertirse en no hecho 
por el arrepentimiento; que lo dicho puede convertirse 
en no dicho por la retirada de los conceptos; que la ver- 
dad puede ser anulada por el acuerdo general de consi- 
derarla como mentira? No, el cielo es la morada de los 
dueños de la realidad; por eso quiero ir allí. 

Doña Ana.— Gracias; yo quiero ir al cielo para hallar 
la felicidad. He tenido bastante realidad en la tierra. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 125 

Don Juan.— Entonces debéis quedaros aquí, porque el 
infierno es la morada de lo irreal y de los ansiosos de 
felicidad. Es el único refugio para salvarse del cielo, el 
que es, como ya dije, la morada de los dueños de la rea- 
lidad, y para salvarse de la tierra, que es la patria de los 
esclavos de la realidad. La tierra es una leonera en la 
que los hombres y las mujeres juegan a los héroes y las 
heroínas, a los santos y las santas, a los pecadores y las 
pecadoras, pero son arrojados de su paraíso de locos por 
sus cuerpos. El hambre y la sed y el frío, la edad y la 
decadencia y las enfermedades, y la muerte sobre todo, 
los hacen esclavos de la realidad. Tres veces al día tie- 
nen que comer y digerir, tres veces en cada centuria tic- 
en que ser engendrada una generación. Las edades de 
fe, de poesía y de ciencia acaban finalmente en esta úni- 
ca oración: «Haz que yo sea un animal sano.» Mas aquí 
escapáis de la tiranía de la carne, porque aquí no sois 
un animal, aquí sois un espíritu, una apariencia, una 
ilusión, una convención, sin muerte, sin edad, en una 
palabra, sin cuerpo. Aquí no existen cuestiones sociales, 
ni cuestiones políticas, ni cuestiones religiosas, mejor 
aún, ni cuestiones sanitarias. Aquí llamáis hermosura 
vuestra apariencia, amor vuestra emoción, heroísmo 
vuestros sentimientos, virtud vuestras aspiraciones, lo 
mismo que hicisteis en la tierra; pero aquí no hay hechos 
brutales para contradeciros ni contraste irónico entre 
vuestras necesidades verdaderas y vuestras pretensiones 
ilimitadas, ni comedia humana, nada sino un romanti- 
cismo perpetuo, un melodrama universal. Como dijo 
nuestro amigo germánico: «lo inconcebible aquí es un 
hecho, lo eterno femenino nos atrae con fuerza irresisti- 
ble», sin llevarnos un paso más allá. ¡Y deseáis dejar 
este paraísol 



126 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Doña Ana.— ¡Pero si el infierno es tan hermoso como 
decís, cosa gloriosa debe ser el cielo! 

(e1 Diablo, la estatua y Don Juan todos empiezan a hablar a la vez 
para protestar violentamente; luego se callan confusos.) 

Don Juan. — Dispensadme. 

Diablo. — Nada. Soy yo quien os interrumpió. 

Estatua. — ¿Ibais a decir algo? 

Don Juan.— Hablad primero, caballero. 

Diablo. — (a Don Juan.) Habéis estado tan elocuente 
acerca de las ventajas de mis dominios, que ahora os 
dejo hablar para que mostréis con igual exactitud y pin- 
téis los defectos del establecimiento competidor. 

Don Juan. — En el cielo, señora, tal como lo pinto, se 
vive y se trabaja, en vez de jugar y fingir. Se miran las 
cosas de frente, tales como son. No se evita nada sino 
la fantasmagoría, y vuestra firmeza y vuestro peligro son 
vuestra gloria. Cuando aquí y en la tierra continúa la 
función y todo el mundo es un escenario, el cielo está 
por lo menos entre bastidores. Pero el cielo no puede 
ser descrito como una metáfora. Allá voy ahora mismo, 
porque espero escapar allí por fin de las mentiras y la 
persecución fastidiosa y vulgar de la dicha y pasar mis 
eternidades en la contemplación... 

Estatua. — ¡Puahl 

Don Juan.— Señor Comendador, no censuro vuestra re- 
pugnancia, pues un museo de pintura es un lugar aburrido 
para un ciego. Pero así como vos gozáis con espejismos 
románticos, tales como son la hermosura y el placer, así 
gozaré yo con aquello que me interesa más que todo, es 
decir, la vida, la fuerza que siempre tiende a adquirir 
mayor poder para contemplarse a sí misma. ¿Qué es lo 
que desarrolló mis sesos? decidme. No fué la necesidad 
de mover mis piernas, porque una rata con muchos me- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 127 

nos sesos mueve sus patas mejor que yo mis piernas. 
No fué la mera necesidad de hacer algo, sino la de saber 
lo que hago, para que con mis esfuerzos ciegos no me 
mate a mi mismo. 

Estatua. — Te hubieses matado en tus esfuerzos ciegos 
de esgrimidor a no habérseme resbalado el pie, ami- 
go mío. 

Don Juan.— Audaz espadachín. 

Di rider finirai prima l'aurora, 
o statua gentilíssima. 

Estatua.— lAh, ahí ¿Recuerdas cómo te asusté cuando 
dije algo por el estilo desde mi pedestal en Sevilla? 
Suena algo apagado sin mis trombones. 

Don Juan.— Según dicen, suele sonar apagado aun 
con ellos, Comendador. 

Doña Ana. — Por Dios, padre, no interrumpáis la con- 
versación con semejantes frivolidades. ¿No hay más que 
contemplación en el cielo, Don Juan? 

Don Juan.— En el cielo que yo busco no hay otro pla- 
cer. Pero hay el trabajo de secundar a la vida en su lucha 
por las alturas. Imaginaos cómo se gasta y derrocha a 
sí misma, cómo se levanta obstáculos a sí misma y se 
destruye a sí misma en su ignorancia y ceguera. Nece- 
sita un cerebro esa fuerza irresistible, para que en su 
ignorancia no luche consigo misma. ¡Qué obra maestra 
es el hombre! dijo el poeta. Sí; pero Iqué mal empleada! 
Aquí se halla el mayor milagro de organización que la 
vida haya logrado; el ser más intensamente viviente que 
existe, el más consciente de todos los organismos, y sin 
embargo, ¡qué mísero es su cerebro! La estupidez hecha 
sórdida y cruel por las realidades que la pobreza y el 
trabajo excesivos ofrecen; la imaginación resuelta a mo- 
rir de hambre antes de encararse con esas realidades, 



128 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

acumulando ilusiones para ocultarlas y llamándose a sí 
misma talento, genio. Y cada una acusando a la otra de 
sus propios defectos, la estupidez acusando a la imagi- 
nación de locura, y la imaginación acusando a la estu- 
pidez de ignorancia, mientras ¡ay! la estupidez posee 
todos los conocimientos y la imaginación toda la inte- 
ligencia. 

Diablo. — Y menudo embrollo que originan entram- 
bas. ¿No dije yo cuando estaba arreglando aquel asunto 
de Fausto que el solo uso que el hombre hace de su in- 
teligencia es para ser más bestial que cualquier bestia? 
Un cuerpo espléndido vale más que los sesos de cien 
dispépticos y flatulentos filósofos. 

Don Juan. — Olvidáis que ya se hicieron pruebas con 
la magnificencia del cuerpo sin el desarrollo cerebral. 
Cosas inmensamente mayores que el hombre por todos 
conceptos, fuera del cerebro, han existido y han pereci- 
do. El megaterio, el ictiosauro han pisado la tierra con 
pasos de siete leguas y obscurecido el día con alas gran- 
des como nubes. ¿En dónde están ahora? Fósiles en los 
museos, y tan escasos e incompletos además, que una 
vértebra o un diente de ellos se estiman más que la 
vida de mil soldados. Esos seres vivían y querían vivir, 
pero por falta de sesos no supieron cómo lograr sus pro- 
pósitos y se destruyeron unos a otros. 

Diablo.— Y los hombres, ¿no se destruyen mutua- 
mente a pesar de sus tan alabados cerebros? ¿No habéis 
estado en la tierra en estos últimos tiempos? Yo sí estu- 
ve y he examinado los inventos maravillosos de los 
hombres, y os digo que en cuanto a las artes de vivir, el 
hombre no inventa nada; pero en cuanto a las artes de 
morir, sobrepuja a la propia naturaleza, y, con ayuda de 
la química y la mecánica, produce más mortandad que 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 129 

las enfermedades contagiosas, la peste y el hambre. El 
labrador a quien induzco en tentaciones, hoy día come 
y bebe exactamente lo que comían los labradores hace 
diez mil años, y su vivienda no ha cambiado tanto en 
mil siglos como la moda de los sombreros de señora en 
el transcurso de veinte semanas. Pero cuando sale a 
matar lleva una maravilla de mecanismo, que sólo con 
la presión de su dedo desencadena todas las ocultas 
energías moleculares y deja muy atrás el venablo, la 
flecha y la cerbatana de sus antepasados. En las artes 
de la paz el hombre no vale nada. He visto sus fábricas 
de tejidos y otras, con maquinaria que un perro sarnoso 
podía haber inventado si en vez de comida hubiese ne- 
cesitado dinero. Conozco sus torpes máquinas de escri- 
bir y deficientes locomotoras y fastidiosas bicicletas; 
son porquerías al lado de los cañones Maxim o los tor- 
pederos submarinos. En la maquinaria industrial del 
hombre sólo se manifiestan su avaricia y su pereza; en la 
fabricación de las armas es donde pone su corazón. 
Aquella fuerza maravillosa de vida que tanto ensalzáis, 
es una fuerza' de muerte. El hombre mide su fuerza por 
su poder destructivo. ¿Qué es su religión? Una excusa 
para odiarme. ¿Qué son sus leyes? Una excusa para 
ahorcar a sus semejantes. ¿Qué es su moralidad? Remil- 
gos; un pretexto para consumir sin producir. ¿Qué es su 
arte? Una excusa para embelesarse con pinturas de ba- 
tallas. ¿Qué es su política? O el respeto a un déspota, 
porque el déspota puede matar, o pelea de gallos parla- 
mentaria. Pasé una tarde hace poco en una célebre se- 
sión legislativa y oí cómo la sartén le reprochaba su 
legrura al caldero y por todos lados lo de «más eres tú> 
\f los ministros contestando a interpelaciones. Al mar- 

9 



130 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

charme escribí con tiza en la puerta aquella antigua 
sentencia para niños: «No hagas preguntas y no te dirán 
mentiras. > Compré un periódico ilustrado para familias, 
de a seis peniques, y lo vi lleno de grabados represen- 
tando a jóvenes que se mataban unos a otros a tiros y 
puñaladas. Vi morir a un hombre, un albañil de Lon- 
dres, con siete hijos. Dejaba diez y siete libras de su se- 
guro en la sociedad obrera a que había pertenecido, y 
la viuda lo gastó todo en funerales, para ingresar en el 
asilo con sus hijos al día siguiente. No hubiera gastado 
ni siete peniques para que los chicos fuesen a la escue-' 
la, tuvo que ser obligada por la ley a mandarlos a las 
escuelas gratuitas, pero para la muerte gastó cuanto te- 
nía. Sus imaginaciones se enardecen, sus energías se 
levantan con la idea de la muerte; esa gente la aman y» 
cuanto más horrible sea, más disfrutan con su vista. El 
infierno es un lugar muy por encima de su comprensión; 
sacan la idea que de él se forman de las obras de dos 
de los mayores locos que han vivido: un italiano y un 
inglés. El italiano lo describió como un sitio de sucie- 
dad, frío, miseria, fuego y sierpes venenosas, todo tortu- 
ras. Ese asno, cuando no estaba mintiendo respecto de 
mí, divagaba acerca de una mujer a la que vio una vez 
en la calle. El inglés me describió como expulsado del 
cielo a cañonazos, y hasta la fecha no hay un subdito 
británico que no crea que toda esa historia sandia está 
en la biblia. No sé qué más dijo, porque todo está en 
un poema largo que ni yo ni nadie ha logrado leer hasta 
el fin. Lo mismo pasa en todo. El género más elevado de 
la literatura es la tragedia, una pieza de teatro en la 
que al final todos mueren. En las crónicas de antaño se 
lee de terremotos y pestilencias y diz que demuestran el 



HOMBRE Y SUPERHOMBRii 131 

poder y la majestad de Dios y la pequenez del hombre. 
Las crónicas hodiernas describen batallas. En una bata- 
lia dos tropeles de hombres disparan unos contra otros 
con balas y granadas, hasta que un tropel huye, que es 
cuando el contrario persigue a caballo a los fugitivos y 
los acuchilla cuanto puede. Y esto, según deducen los 
cronistas, demuestra la grandeza y majestad de los im- 
perios y la pequenez de los vencidos. Por el relato de 
semejantes batallas el público se aglomera en las calles 
con clamores de alegría y excita a los gobiernos a gas- 
tar miles de millones para fines bélicos, mientras los 
ministros más prestigiosos no se atreven a invertir la 
suma más modesta para aliviar la pobreza y la miseria 
que todos los días hieren su vista. Podría citaros miles 
de ejemplos, pero todos vienen a demostrar una sola 
cosa: el poder que rige la tierra no es el poder de la vida, 
sino el poder de la muerte, y la necesidad eterna que 
impulsó a la vida al esfuerzo de organizarse en el ser 
humano, no es la necesidad de una vida más perfecta, 
sino la de un instrumento más eficaz de destrucción. La 
peste, el hambre, el terremoto, la tempestad era dema- 
siado espasmódica en su acción; el tigre y el cocodrilo se 
saciaban con demasiada facilidad y no eran bastante 
crueles; se necesitaba algo más constante, más impla- 
cable, más ingenioso en su afán de destrucción, y ese 
algo se hizo hombre, el inventor del potro, la hoguera, 
la horca y el electrocutor, el inventor de la espada y las 
armas de fuego, el inventor sobre todo de la justicia, el 
deber, el patriotismo y todos los demás ismos, por los 
que aun aquellos que tienen bastante talento para tener 
sentimientos generosos, se dejan persuadir a ser los más 
destructivos de todos los destructores. 



132 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Don Juan. — ¡Bah! Todo eso es anticuado. Vuestro 
flaco, diabólico amigo mío, consiste en que siempre ha- 
béis sido un inocente. Juzgáis a los hombres por sus pro- 
pias apreciaciones. Nada les lisonjearía más que vuestra 
opinión de ellos. Gustan de que se les tome por atrevi- 
dos y malos. No son ni lo uno ni lo otro, son únicamen- 
te cobardes. Llamadlos tiranos, asesinos, piratas, mato- 
nes, y os adorarán y se vanagloriarán con tener en las 
venas sangre de los antiguos corsarios y conquistadores. 
Llamadlos embusteros y ladrones, y os citarán a juicio de 
conciliación. Pero llamadlos cobardes, y se volverán lo- 
cos de rabia, arrostrarán la muerte por desvirtuar esta ver- 
dad punzante. Los hombres dan cualquier razón de su 
conducta excepto una, cualquier excusa por sus crímenes 
excepto u.ia, cualquier prenda por su seguridad excepto 
una, y esa una es la cobardía. Y, a pesar de ello, toda 
su civilizac"  11 está fundada sobre su cobardía, sobre su 
abyecta mansedumbre, lo que llaman su respetabilidad. 
Un asno y una muía se dejan maltratar hasta cierto lími- 
te, pero los hombres toleran un grado de rebajamiento 
que inspira lástima a sus propios opresores y los induce 
a cejar. 

Diablo. — Muy bien dicho. ¡Y ésos son los seres en los 
cuales hay que descubrir lo que llamáis la fuerza de la 
vida! 

Don Juan.— Sí, porque ahora viene la parte más sor- 
prendente del asunto. 

Estatua.— ¿Qué es? 

Don Juan. — Pues que a cada uno de ellos se les pue- 
de hacer valientes metiéndoles una idea en la cabeza. 

Estatua.— Tonterír Como militar antiguo, admito que 
existe la cobardía, qu es tan universal como el mareo 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 133 

en los buques, y tiene la mis:na importancia. Pero aque- 
llo de meter una idea en la cabeza de un hombre es una 
insensatez supina. En una batalla lo que hace falta para 
que empiece la acción es un poco de sangre caliente y 
la convicción de que es más peligroso ser vencido que 
ganar la partida. 

Don Juan.— Por eso es por lo que tal vez las batallas 
sean tan inútiles. Pero k s hombres nunca se sobreponen 
al miedo si no pueden imaginarse que están peleando 
en pro de un fin universal, en fin, peleando por una idea, 
o como ellos lo llamen. ¿Por qué el cruzado fué más va- 
liente que el pirata? Porque peleaba, no por sí, sino por 
la cruz. ¿Qué fuerza fué la que hizo que encontrara un 
enemigo tan bravo como él mismo? Pues la fuerza de 
hombres que peleaban, no por sí mismos, sino por el 
Islam. Cogieron a nuestra España, por más que peleára- 
mos por nuestros hogares y nuestros bienes más sagra- 
dos, pero en cambio, cuando nosotros los españoles pe- 
leamos por una idea poderosa, el catolic^mo, los barri- 
mos hacia África. 

Diablo.— (irónico.) Pero ¡cómo! ¿qué es eso? V os sois 
católico, señor Don Juan. Uno de los nuestros. Enhora- 
buena. 

Estatua.— (Seria.) Oíd, oíd, en eso de la Iglesia, como 
militar, no puedo tolerar que se digan impropiedades. 

Don Juan.— No temáis. Comendador; esa idea de una 
Iglesia católica sobrevivirá al Islam, sobrevivirá a la 
Cruz, sobrevivirá hasta a la mojiganga de aquello que 
se llama « ejército >. 

Estatua.— Juan, me vas a obligar a desafiarte por 
esos conceptos. 
Don Juan.— iPara qué! Soy mal esgrimidor. Toda idea 



1^ HOMBRK Y SUPERHOMBRE 

por la que un hombre esté dispuesto a morir, tiene que 
ser una idea católica. Cuando al fin los españoles conoz- 
can que no son mejores que los sarracenos y que su pro- 
feta no vale más que Mahoma, se levantarán, más cató- 
licos que nunca, y morirán en una barricada erigida en 
las umbrías calles donde el hambre y la miseria los aco- 
san, por la universal igualdad y libertad. 

Estatua. — Insensateces. 

Don Juan. — Lo que llamáis insensateces es lo único 
por que los hombres se atreven a morir. Más adelante, 
la libertad será bastante católica, los hombres morirán 
por la perfección humana, por la que sacrificarán con 
gusto su libertad. 

Diablo. — ¡Oh! nunca les faltará a los hombres una ex- 
cusa para matarse unos a otros. 

Dox Juan.— ¿Qué es eso? No es la muerte la que im- 
porta, sino el miedo a la muerte. Lo que nos degrada no 
es matar y morir, sino un vivir envilecido y el aceptar 
los beneficios de la degradación. Mejor quiero diez hom- 
bres muertos que un esclavo o su tirano. Los hombres 
se levantarán, el padre contra el hijo y el hermano con- 
tra el hermano, y se matarán uno a otro por la gran idea 
católica de la abolición de la esclavitud. 

Diablo.— Sí, cuando la libertad y la igualdad de que 
tan hueco habláis hayan hecho emancipados a los blan- 
cos cristianos, que hoy están más baratos que los negros 
paganos esclavos vendidos en subasta pública. 

Don Juan. — No hay cuidado, también le llegará su 
turno al trabajador blanco. Pero ahora no estoy defen- 
diendo las formas ilusorias que las grandes ideas toman. 
Os estoy citando ejemplos del hecho de que aquel ser 
que se llama hombre y que en sus propios persona- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 135 

les asuntos es un cobarde de marca mayor, lucha como 
un héroe por una simple idea. Será abyecto como ciu- 
dadano, pero como fanático es peligroso. Sólo puede 
ser esclavizado mientras sea bastante débil para oír ra- 
zones. Os digo, caballeros, que si podéis enseñar a un 
hombre algo que él ahora llame obra de Dios a cumplir 
y que más adelante 1 amará de muy varios modos, po- 
déis hacerle completamente indiferente en cuanto a las 
consecuencias que le hayan de tocar a él personalmente 

Doña Ana.— Sí, declina todas las responsabilidades y 
deja que su mujer cargue con ellas. 

Estatua. — Muy bien dicho, hija mía. No te dejes aton- 
tar por todas sus palabras. 

Diablo. — ¡Ay! Señor Comendador, ahora que hemos 
venido a parar en el tema de las mujeres, hablará más 
que nunca. Sin embargo, confieso que para mí es el úni- 
co asunto de verdadero interés. 

Don Juan. — Para con la mujer, señora, los deberes y 
responsabilidades del hombre se reducen a la obligación 
de procurar el pan de sus hijos. Para ella el hombre es 
sólo el medio de lograr hijos y criarlos. 

Doña Ana. — ¿Es ésta vuestra idea de la índole de la 
mujer? Yo lo llamo cínico y asqueroso materialismo. 

Don Juan.— Perdonadme, Ana; no me refería a la ín- 
dole total de la mujer. Me refería a su modo de mirar a 
hombre como de diferente sexo. No es más cínico que 
su modo de mirarse a sí misma como a madre antes que 
todo. Sexualmente, la mujer es una disposición de la na- 
turaleza para perpetuar su obra más perfecta. Sexual- 
mente el hombre es el instrumento de la mujer para 
cumplir del modo más barato el mandato de la natura- 
leza. Ella conoce por instinto que allá muy atrás en los 



136 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

comienzos de la evolución de los seres creados le inven- 
tó, le diferenció, le creó con objeto de producir algo me- 
jor de lo que puede producir el procedimiento unisexual. 
Mientras él cumple el propósito para el que ella le hizo, 
aprueba y ensalza sus ensueños, sus locuras, sus ideales, 
sus heroísmos, con tal que todo ello culmine en la ado- 
ración de la mujer, de la maternidad, de la familia, del 
hogar. Pero ¡cuan arriesgado y peligroso fué para ella in- 
ventar a un ser especial cuya única función era su fe- 
cundación! Con ello ¿qué ha sucedido? En primer lugar, 
el hombre se ha multiplicado a costa de ella hasta ha- 
ber tantos hombres como mujeres; de modo que ella ha 
venido a verse imposibilitada para emplear para sus pro- 
pósitos más que una fracción de la inmensa energía que 
ella ha dejado a su disposición ahorrándole el trabajo 
abrumador de la gestación. Esa energía superfina ha ido 
a los sesos y los músculos de él. Se ha hecho demasia- 
do fuerte para que ella físicamente le pueda dominar y 
demasiado imaginativo y mentalmente vigoroso para 
contentarse con la mera autorreproducción. El creó la 
civilización sin consultarla, adjudicándole el trabajo do- 
méstico como fundamento de la misma. 

Doña Ana.— Eso es verdad, en todo caso. 

Diablo.— Bien, y después de todo, esa civilización 
¿qué es? 

Don Juan.— Después de todo, un excelente gancho del 
que podéis colgar vuestros cínicos lugares comunes. 
Pero, ante todo, es un intento del hombre para llegar a 
ser algo más que el mero instrumento para los fines de 
la mujer. De ahí que el resultado del esfuerzo continuo 
de la vida para no solamente conservarse, sino lograr una 
organización cada vez más perfecta y conciencia de sí 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 137 

misma más completa, no es, cuando más, sino una cam- 
paña indecisa entre sus fuerzas y las de la muerte y la 
degeneración. Las batallas en esa campaña son meras 
mojigangas, casi siempre ganadas, como las verdade- 
ras batallas militares, a pesar de los que mandan. 
Estatua. — Eso va contra mí. No importa; sigue, sigue. 
Don Juan.— Va contra un poder mucho más alto que 
vos. Comendador. De todos modos habréis notado en 
vuestra profesión que aun un general estúpido puede 
ganar batallas cuando el general enemigo es un poco 
más estúpido. 

Estatua.— (Muy seda.) Mucha verdad, don Juan, mucha 
verdad. Hay imbéciles que tienen una suerte pasmosa. 
Don Juan.— Sí, la fuerza de la vida es estúpida, pero 
no es tan estúpida como las fuerzas de la muerte y la 
degeneración. Además, ésta está siempre al sueldo de 
aquélla. Y así vence la vida en cierto modo. Lo que 
puede suministrar la sola abundancia de fecundidad y 
conservar la sola avaricia, lo poseemos. La superviven- 
cia de cualquier forma de civilización que pueda produ- 
cir el mejor fusil y el tirador mejor alimentado está ase- 
gurada. 

Diablo.— ¡Exacto! La supervivencia no de los me- 
dios más eficaces de la vida, sino délos medios más efi- 
caces de la muerte. Siempre volvéis a mi punto de vista, 
a pesar de vuestras agudezas, ambages y sofismas, sin 
contar la intolerable extensión de vuestros parlamentos. 
Don Juan.— ¡Vaya! ¿Quién empezó con los parlamen- 
tos largos? De todos modos, si es que canso vuestra in- 
teligencia, podéis dejarnos y buscar la compañía del 
amor, la hermosura y lo demás de vuestros acostumbra- 
dos aburrimientos. 



138 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Diablo. — (Muy ofendido.) No sois justo, Don Juan, ni 
cortés. Yo también me cuento entre los intelectuales. Na- 
die puede apreciar más que yo semejantes discusiones. 
Discuto lealmente con vos y, según me parece, os refuto 
completamente. Sigamos una hora más si gustáis. 

Don Juan. —Bueno, adelante. 

Estatua.— No veo la ventaja de empeñarse en di- 
lucidar un tema particular, Don Juan. Pero en fin, ya que 
estamos aquí para matar no solamente el tiempo, sino la 
eternidad, prosigue. 

Don Juan. — (Algo impaciente.) Mi punto de vista, sabed- 
lo, viejo de cabeza marmórea, sólo difiere en un paso 
del vuestro. ¿Estamos conformes en que la vida es una 
fuerza que ha hecho innumerables experimentos para 
organizarse, que el mamut y el hombre, el ratón y el 
megaterio, las moscas y las pulgas y los padres de la 
iglesia son todos ensayos más o menos felices para 
transformar esa fuerza bruta en individuos cada vez más 
perfectos, y que el individuo ideal es omnipotente, om- 
nisciente, infalible y, al mismo tiempo, completamente, 
claramente consciente de sí mismo, en una palabra, un 
Dios? 

Diablo.— Estoy conforme, para evitar discusiones. 

Doña Ana. — Pues yo protesto con toda energía por lo 
de los padres de la Iglesia, y os ruego no meterlos en el 
argumento. 

Don Juan. — Lo hice sin querer faltarles al respeto y 
no volveré a aludirles. Y ahora, ya que estamos confor- 
mes sobre un punto, no queréis también concederme que 
ia vida no ha medido el éxito de sus aspiraciones a la di- 
vinidad por la hermosura o la perfección física del resul- 
tado, puesto que por ambos conceptos los pájaros, como 



Hombre y superhombre 139 

ha mucho tiempo apuntó nuestro amigo Aristófanes, 
nos son tan singularmente superiores con su facultad de 
volar y su lindo plumaje y, me permitiré añadir, con la 
poesía conmovedora de sus amores y anidamientos, que 
es inconcebible que la Vida, habiéndolos una vez pro- 
ducido y si el amor y la hermosura fuesen su objeto, se 
desviase por otro camino para crear al tosco elefante y 
al feo macaco cuyos nietos somos nosotros. 

Doña Ana.— Aristófanes fué un pagano, y vos, Don 
Juan, me temo no seáis mucho mejor. 

Diablo. — ¿Deducís, pues, que la Vida deriva hacia la 
tosquedad y la fealdad? 

Don Juan.— No, perverso demonio, mil veces no. La 
Vida deriva hacia el desarrollo de los sesos, su objeto 
favorito, un órgano por el que puede lograr no solamen- 
te conciencia de sí misma, sino también comprensión de 
sí misma. 

Estatua.— Eso es metafísica, Don Juan. ¿Por qué 
¡voto al diablo! había...? (ai diablo.) Perdonad. 

Diablo.— No hagáis caso; siempre he considerado 
como homenaje el uso de mi nombre para robustecer el 
énfasis de una oración. Usadlo, pues, como gustéis, Co- 
mendador. 

Estatua.— Gracias, sois muy amable. Aun en el cielo 
nunca he podido quitarme de mi modo de hablar a lo 
militar. Lo que iba a preguntar a Don Juan era por qué 
la Vida había de esforzarse por lograr tener cerebro. 
¿Por qué necesita comprenderse a sí misma? ¿Por qué 
no había de contentarse con gozar de sí misma? 

Don Juan. — Sin cerebro. Comendador, gozaréis sin sa- 
berlo, y será como si no. 

Estatua.— Verdad, mucha verdad. Pero me contento 



140 HOMBRE V SUPERHOMBRE 

con el cerebro bastante para conocer que gozo. No ne- 
cesito comprender el porqué. Al contrario, prefiero no 
comprender. Sé por experiencia que nuestros goces men- 
guan cuando se reflexiona sobre ellos. 

Don Juan. — Por eso el intelecto es tan impopular. 
Pero para la Vida, aquella fuerza que obra en el hom- 
bre, el intelecto es una necesidad, porque sin él va cie- 
gamente hacia la muerte. Del mismo modo que la Vida, 
después de edades de lucha, produjo aquel maravilloso 
órgano que es el ojo para que el organismo viviente pu- 
diese notar lo que se acercaba y lo que se alejaba para 
ayudarle o amenazarle y así evitar mil peligros que 
antes le hacían perecer, así está formando hoy día un ojo 
intelectual que verá, no al mundo físico, sino los propó- 
sitos de la Vida, y por eso capacita al individuo para 
obrar en pro de ese propósito en vez de burlarlo y frus- 
trarlo con mezquinas miras personales, como ha venido 
sucediendo hasta lo presente. Aun así y todo, sólo una 
clase de hombres ha sido dichosa y universalmente res- 
petada en medio de todos los conflictos de intereses e 
ilusiones. 

Estatua. — Queréis decir los militares. 

Don Juan.— No, Comendador, no quiero decir los mi- 
litares. Cuando los militares se acercan, la gente entie- 
rra sus cucharas de plata y manda a las mujeres a otra 
parte. No, yo no celebro en mis cantos las armas y al 
héroe, sino al sabio. El es quien trata en sus contempla- 
ciones de descubrir la voluntad íntima del mundo con 
sus inventos de descubrir los medios de cumplir aquella 
voluntad, y en sus actos cumplirla con los medios así 
descubiertos. De todas las demás clases de hombres me 
declaro harto. Son fracasados, fastidiosos. Cuando esta- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 141 

ba en la tierra, hubo profesores de todas clases rondán- 
dome para descubrir en mí cualquier punto malsano 
donde hacer presa. Los doctores en medicina me insta- 
ron para que considerara lo que tenía que hacer para 
salvar mi cuerpo y me ofrecieron remedios contra enfer- 
medades imaginarias. Les dije que no era hipocondríaco, 
y me llamaron ignorante y se fueron. Los doctores en 
teología me instaron para que considerara lo que tenía 
que hacer para salvar mi alma, pero yo no era tampoco 
moralmente hipocondríaco y no quise hacerles caso. Me 
llamaron ateo y se fueron. Luego vinieron los políticos 
y me dijeron que había sólo un alto fin en la naturaleza 
y era que ellos tuvieran asiento en el Parlamento. Les 
dije que me importaba un bledo ese fin, y me llamaron 
hombre sin convicciones y se fueron. Entonces vinieron 
ios románticos, los artistas con sus cantos de amor, sus 
pinturas y sus poesías y me proporcionaron durante 
luengos años harto deleite y no poco provecho, porque 
debido a su trato cultivé mis sentidos. Sus cantos me 
enseñaron a oír mejor, sus pinturas a ver mejor, sus ver- 
sos a sentir más hondo. Pero finalmente ello me condu- 
jo a adorar a las mujeres. 

Doña Ana.— ¡Juan! 

Don Juan.— Sí, llegué a creer que encerraba su voz 
toda la música de los cantos, su cara toda la hermosura 
de los cuadros, su alma toda la emoción de las poesías. 

Doña Ana. — Y luego tuvisteis un desengaño, supon- 
go. Pero ¿qué culpa tienen ellas de que les atribuyerais 
tantas perfecciones? 

Don Juan.— Algunas tienen. Porque con listeza mara- 
villosamente instintiva guardaron silencio y se dejaron 
glorificar y que confundiese mis propias visiones, mis 



142 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

pensamientos y mis sentimientos con los suyos. Mis ami- 
gos, los románticos, con frecuencia eran demasiado po- 
bres o tímidos para acercarse a las mujeres que eran 
bastante hermosas o bastante coquetas para hacerles 
creer que realizaban su ideal, y así se fueron a la tumba 
creyendo en sus ensueños. Pero a mí me favorecieron 
más la naturaleza y las circunstancias. Fui rico y de no- 
ble nacimiento, y cuando no gustaba mi persona, lison- 
jeaba mi plática, aunque, en general, creo que ambas 
eran bastante agradables. 

Estatua.— ¡Fatuo! 

Don Juan. — Bien, pero aún mi fatuidad gustaba. Y es 
el caso que noté que cuando sólo hería la imaginación 
de una mujer, ella me dejaba convencerme a mí mismo 
de que me amaba; pero cuando había accedido a mis 
deseos, nunca decía: <Soy dichosa, mi amor está satis- 
fecho >, sino siempre decía primero: «Por fin cayeron las 
barreras>, y luego: «¿Cuándo volverás?> 

Doña Ana. — Pues es exactamente lo que dicen tam- 
bién los hombres. 

Don Juan.— Protesto, que yo nunca dije semejante 
cosa. Pero todas las mujeres hablan así. Pues bien, 
aquellas dos frases siempre me alarmaron, porque la 
primera parecía indicar que el impulso de la señora ha- 
bía sido sólo para derribar mis fortificaciones y tomar 
mi cindadela, y la segunda anunciaba abiertamente que 
en adelante me consideraba como cosa suya, y, desde 
luego, que todo mi tiempo estaba a su disposición. 

Diablo. — Parece mentira que tengáis tan poco co- 
razón. 

Estatua.— (Meneando ia cabeza.) Está mal, Don Juan, re- 
petir lo que te dijera una mujer. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 143 

Doña Ana. — (severa.) Debiera ser cosa sagrada 
para vos. 

Estatua.— Claro que así hablan. Lo de las barreras 
nunca me ha importado, pero siempre choca algo, cuan- 
do no se está enamorado con exceso. 

Don Juan.— Luego, la señora, antes dichosa y desocu- 
pada, se volvía anhelosa, preocupada por mí, siempra 
intrigando, conspirando, persiguiendo, vigilando, espe- 
rando, con todas las energías en tensión para coger su 
presa... siendo yo la presa, claro está. Pero eso para mí 
no era lo tratado. Tal vez fuera muy propio y muy na- 
tural, pero no era música y pintura y poesía y alegríei 
encarnadas en una hermosa mujer. Huí, y huí muchas 
veces. Tanto es así, que por mis huidas de las mujeres 
adquirí fama. 
Doña Ana.— Mala fama, querréis decir. 
Don Juan. — De vos no huí. ¿Me censuráis por haber 
huido de otras? 

Doña Ana. — Tontería, hombre. Estáis hablando con 
una mujer de setenta y siete años. Si hubieseis tenido la 
probabilidad, hubieseis huido también de mí... de habe- 
ros dejado yo. Conmigo no hubiese sido tan fácil como 
con algunas otras. Cuando los hombres no quieren ser 
fieles a su hogar y sus deberes, hay que obligarlos. 
Me atreveré a decir que todos anheláis casaros con be- 
llas encarnaciones de la música, la pintura y la poe- 
sía. Pero no es posible, porque no existen. Si no os con- 
tentáis con carne y sangre, os debéis pasar sin ellas, y no 
hay más. Las mujeres tenemos que contentarnos con 
maridos de carne y sangre, y a veces con bastante poco 
de ellas, de modo que vosotros tenéis que contentaros 

con esposas de la misma índole. (e1 diablo parece dudar, la 



144 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

estatua pone una cara mustia.) VeO qUC 3. nadie le gUStd lO 

que digo, pero es la verdad. Si no os agrada, dejémoslo. 

Don Juan.— Señora, habéis expresado en pocas frases 
todo mi antagonismo a lo romántico. Es precisamente 
por eso, porque les volví la espalda a los hombres ro- 
mánticos con temperamento de artistas, como llamaban 
sus fatuidades. Les era agradecido por haberme enseña- 
do a usar mis ojos y mis oídos, pero les dije que su ado- 
ración de la hermosura y su caza de la felicidad y su 
idealización de la mujer no valían ni un maravedí como 
filosofía de la vida. Me llamaron burgués prosaico y se 
fueron. 

Doña Ana. — Parece que las mujeres os enseñaron 
algo, no obstante, con todos sus defectos. 

Don Juan. — Hicieron más, interpretaron para mí 
todas las demás enseñanzas. ¡Oh, amigos míos, cuando 
las barreras cayeron por primera vez! ¡Qué revelación 
más portentosa! Esperé yo locura, embriaguez, todas las 
ilusiones del primer ensueño de amor, y he aquí que 
nunca mi percepción fuera más clara ni mi juicio más 
implacable. Ni la más celosa rival de mis queridas hu- 
biera podido ver en si sus defectos con más exactitud 
que yo. No estuve engañado: la había tomado sin clo- 
roformo. 

Doña Ana.— Pero la tomasteis. 

Don Juan.— Esa fué la revelación. Hasta aquel mo- 
mento nunca había yo perdido la sensación de ser mi 
propio dueño, nunca había conscientemente dado un solo 
paso sin que mi razón lo examinara y lo probara. Había 
llegado a creer que era un ser puramente racional, un 
pensador. Decía, con aquel filósofo necio: «Pienso, por 
consiguiente existo». Fué la mujer la que me enseñó a 



HOMBRE V SUPERHOMBRE 1 15 

decir: «Existo, por consiguiente pienso>. Y también: 
«Quisiera pensar más, por consiguiente debo ser más>. 

Estatua.— Eso es extremadamente abstracto y meta- 
físico, Don Juan. Si te atuvieras a lo concreto y pusieras 
tus experiencias en forma de anécdotas entretenidas, tu 
conversación sería más grata de escuchar. 

Don Juan.— ¡Bah! ¿Qué tengo que decir más? ¿No 
comprendéis que cuando me hallé cara a cara con la 
mujer, cada fibra de mi claro cerebro me advirtió que 
debía yo ahorrarle a ella un sacrificio y ponerme a mí 
en salvo? Mi sentido moral decía: no. Mi conciencia de- 
cía: no. Mi caballerosidad y mi compasión decía: no. Mi 
prudencia y consideración a mí mismo decían: no. Mi 
oído refinado por miles de cantos y sinfonías, mis ojos 
educados por miles de pinturas, desgarraron en pedazos 
y analizaron su voz, su tez, su figura. Recogí todas las 
traidoras semejanzas que había en ella con su padre y 
su madre, por las que conocí el aspecto que tendría den- 
tro de treinta años. Vislumbré el fulgor del oro de una 
muela cariada en la riente boca. Hice observaciones cu- 
riosas acerca de los olores extraños de la química de los 
nervios. Las visiones de mis ensueños románticos, en 
las que había poblado los campos del cielo con mujeres 
de coral y marfil, eternamente jóvenes, me abandonaron 
en aquel supremo instante. Recordé aquellas visiones y 
luché desesperadamente para recobrar su ilusión embria- 
gadora, pero entonces me parecieron ser las más vacías 
de las invenciones. Mi juicio no se dejaba engañar, mi 
cerebro a cada nuevo intento seguía diciendo: no. Y 
cuando estaba a punto de presentar mis excusas a la 
dama, la vida mé agarró y me lanzó en sus brazos como 
un navegante tira un anzuelo al pico de un ave marina. 

10 



146 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Estatua.— Podías haber vivido sin tanto cavilar sobre 
ia vida, Don Juan. Eres como todos los hombres de ta- 
lento, tienes más sesos de lo que te conviene. 

Diablo. — ¿Y no sois más dichoso después de tales ex- 
periencias, señor Don Juan? 

Don Juan.— Más dichoso, no; más sabio, sí. Aquel mo- 
mento me presentó por primera vez a mí mismo y por 
mí mismo al mundo. Vi entonces cuan inútil es querer 
imponer condiciones a la irresistible fuerza de la vida, 
predicar prudencia, selección cuidadosa, virtud, honor, 
castidad... 

Doña Ana.— Don Juan, una palabra contra la casti- 
dad es un insulto a mí. 

Don Juan. — No digo nada contra vuestra castidad, 
señora, ya que adquirió la forma de un esposo y doce 
hijos. ¿Qué más pudierais hacer de haber sido la mujer 
más perdida? 

Doña Ana. — Podía haber tenido doce esposos y nin- 
gún hijo. Esto podía haber yo hecho, Don Juan. Y esto 
no hubiese hecho floja diferencia para la tierra cuyos 
pobladores aumenté. 

Estatua. — ¡Bravo, Ana! Don Juan, te han aplastado, 
aniquilado. 

Don Juan. — No; porque aunque aquella diferencia es 
la verdadera— Doña Ana, lo confieso, ha dado en el cla- 
vo—con respecto al amor o a la castidad y aun a la fideli- 
dad, no es diferencia; porque doce hijos de doce esposos 
diferentes hubieran aumentado en la misma proporción 
el número de los habitantes de la tierra. Suponed que mi 
amigo Octavio hubiese muerto cuando teníais treinta 
años: no os hubieseis quedado viuda, erais demasiado 
hermosa. Suponed que el sucesor de Octavio hubiese 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 147 

muerto cuando teníais cuarenta años: todavía erais irre- 
sistible, y ya se sabe, una mujer que se casa dos veces, 
se casa tres si llega a estar libre para ello. Doce hijos 
legítimos nacidos de una señora altamente respetable y 
tres padres diferentes no es cosa imposible ni condenada 
por la opinión pública. No hay duda de que una señora 
en tales condiciones cumple más con la ley que la po- 
bre muchacha a la que solemos arrojar al arroyo por 
haber dado a luz un hijo ilegítimo; pero ¿os atreveréis 
a afirmar que ésta es menos digna de indulgencia? 
Doña Ana. — Es menos virtuosa; esto a mí me basta. 
Don Juan. — En ese caso, la virtud no es más que el 
sindicalismo de los casados. Miremos las cosas de frente, 
querida Ana. La fuerza de la vida respeta el matrimonio, 
sólo porque éste es una de sus instituciones para asegu- 
rar el mayor número posible de hijos y el mejor cuidado 
de los mismos. Pero del honor, la castidad y el resto de 
vuestras ficciones morales no se cuida un ápice. El ma- 
trimonio es la más licenciosa de las instituciones hu- 
manas... 
Doña Ana.— ¡Don Juan! 
Estatua.— (Protestando.) ¡Realmente!... 
Don Juan.— (Resuelto.) Digo que la más licenciosa de 
las instituciones humanas; ese es el secreto de su popu- 
laridad. Y una mujer buscando marido es la más des- 
ahogada de las fieras. La confusión del matrimonio con 
la moralidad ha hecho más para destruir la conciencia 
de la raza humana que ningún otro error. Vamos, Ana, 
no aparentéis indignación, que vos mejor que ninguno 
de nosotros sabéis que el matrimonio es una trampa 
para hombres cebada con fingidas promesas e ilusorias 
idealizaciones. Cuando vuestra santa madre, por medio 



148 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

de regaños y castigos, hubo logrado que supierais tocar 
media docena de piezas en el clavicordio—al que odia- 
ba tanto como vos misma— ¿tenía otro propósito que 
hacer creer a vuestros cortejos que vuestro esposo ten- 
dría en su casa un ángel que la llenaría de melodía o 
por lo menos tocaría algo para dormir después de la co- 
mida? Os casasteis con mi amigo Octavio, pues decid- 
me: ¿abristeis una vez siquiera el clavicordio desde el 
momento en que la Iglesia os unió para siempre? 

Doña Ana.— Sois un necio, Don Juan. Una joven ca- 
sada tiene otras cosas que hacer que estar sentada al 
clavicordio en un asiento sin respaldo; de ahí que pierde 
la costumbre de tocar. 

Don Juan.— Pero no si gusta de la música. Nada, 
creedme; que sólo tira el cebo cuando el pájaro está en 
el garlito. 

Doña Ana.— (con amargura.) Y el hombre, claro está, 
nunca tira la careta cuando su pájaro está en la red. El 
esposo nunca se vuelve negligente, egoísta, brutal... 
¡Oh, nunca! 

Don Juan. — ¿Qué prueban esas recriminaciones, Ana? 
Pues sólo que el héroe es tan impostor como la heroína. 

Doña Ana. — Todo eso son tonterías. La mayor parte 
de los matrimonios son perfectamente dichosos. 

Don Juan.— Perfectamente es una expresión algo fuer- 
te, Ana. Querréis decir que las personas sensatas tratan 
de arreglarse unas con otras lo mejor posible. Que me 
manden a las galeras y me encadenen junto al felón 
cuyo número sea el más próximo al mío, y tendré que 
aceptar lo inevitable y mostrarme buen compañero. Mu- 
chos compañerismos de ésos, dicen, son verdadera- 
mente conmovedores de afectuosos, y la mayor parte de 




HOMBRE Y SUPERHOMBRE 149 

ellos son por lo menos soportables. Todo ello no hace 
que una cadena de hierro sea un adorno apetecible, ni 
que las galeras sean asiento de todos los deleites. Los 
que más hablan de las dichas del matrimonio y de lo 
intangible de su consistencia son precisamente los que 
declaran que si la cadena fuese rota y a los prisioneros 
se les dejase la elección, toda la fábrica social volaría y 
se haría trizas. Pues no pueden ser las dos cosas. Si el 
prisionero es dichoso, ¿por qué encadenarle? Si no lo es, 
¿por qué decir que no lo es? 

Doña Ana.— Sea lo que quiera, dejadme que vuelva a 
mi punto de vista de vieja y que le diga lisa y llanamen- 
te que el matrimonio puebla el mundo, y el libertinaje no. 

Don Juan.— y si llega un tiempo en que eso deje de 
ser verdad, ¿qué diréis? ¿No sabéis que en donde hay 
una voluntad hay medios, que todo lo que un hombre 
verdaderamente desea lo logra porque descubre un me- 
dio para lograrlo? Pues bien; habéis hecho todo lo posi- 
ble, virtuosas señoras y otras que piensan como vos, por 
encauzar el sentir del hombre enteramente hacia los 
amores honestos como hacia el bien más alto y por en- 
tender, por amor honesto, poesía y hermosura y felicidad 
en la posesión de mujeres hermosas, refinadas, delica- 
das y cariñosas. Habéis enseñado a las mujeres a valuar 
por encima de todo su propia juventud, salud, belleza y 
refinamiento. Pues bien, ¿dónde me dejáis los crios chi- 
llones y los cuidados de la casa en ese exquisito paraíso 
de los sentidos y las emociones? ¿No tiene que llegar 
inevitablemente el momento en que la voluntad huma- 
na diga a la inteligencia: invéntame un medio por el 
que pueda tener amor, hermosura, poesía, emoción, pa- 
sión, sin sus míseras penalidades, sus gastos, sus aburrí- 



150 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

mientos, sus enfermedades y agonías y riesgos de la 
vida, su acompañamiento de sirvientes y amas y mé- 
dicos y maestros de escuela? 

Diablo.— Todo eso, Don Juan, está realizado en mi 
reino. 

Don Juan. — Sí, a costa de la muerte. El hombre no lo 
quiere a ese precio; ansia los delitos poéticos de vuestro 
infierno mientras esté todavía en el mundo. Pues se en- 
contrará el medio de satisfacerle, el cerebro no fallará 
cuando la voluntad es firme. Llegará el día en que las 
grandes naciones vean menguar sus efectivos demográ- 
ficos de censo en censo, en que los hoteles de seis habita- 
ciones valgan más que los palacios señoriales, en que 
el pobre, inconscientemente vicioso, así como el rico, es- 
túpidamente piadoso, retrasen la extinción de la raza 
sólo con disminuirla; mientras los animosamente preca- 
vidos, los ahorradores, egoístas y ambiciosos, los imagi- 
nativos y poéticos, los amantes del dinero y del verda- 
dero bienestar opongan todos a la fuerza de la vida el 
lema de la esterilidad. 

Estatua. — Todo eso es muy elocuente, joven amigo. 
Pero si hubieras vivido hasta la edad de Ana o siquiera 
la mía, habrías podido observar que las personas que 
se libran del miedo a la pobreza y a los hijos, y de 
las demás molestias de la mucha familia, y se dedi- 
can a disfrutar de sus ventajas, no logran sino que les en- 
tre el miedo a la vejez, la fealdad, la impotencia y la 
muerte. El obrero sin hijos es más atormentado por la 
ociosidad de su mujer y su constante afán de divertirse 
y distraerse que lo fuera teniendo veinte hijos, y su mu- 
jer está más fastidiada que él. Yo he tenido mi parte 
de vanidad, porque de joven fui admirado por las mu- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 151 

jeres, y como estatua ahora soy celebrado por los críti- 
cos de arte. Pero confieso que si no hubiese encontrado 
en el mundo que hacer más que nadar en esos deleites 
me hubiese cortado el pescuezo. Cuando me casé con la 
madre de Ana— para decir exactamente la verdad, de- 
biera más bien decir cuando por fin cedí y permití a la 
madre de Ana que se casara conmigo— bien sabía yo 
que estaba hincando espinas en mi lecho, y que el ma- 
trimonio para mí, como oficial joven y arrogante hasta 
entonces jamás vencido, significaba derrota y apresa- 
miento. 
Doña Ana.— ¡Padre! 

Estatua.— Siento mucho disgustarte, querida, pero ya 
que Don Juan habla con tanta despreocupación, tam- 
bién yo quiero decir la verdad lisa y llanamente. 

Doña Ana.— iHum! Supongo que yo fui una de las es- 
pinas. 

Estatua. — Nada de eso; tú fuiste más bien una rosa. 
¿No ves que las molestias que causabas eran para tu 
madre? 

Don Juan.— Entonces permitid que os pregunte, Co- 
mendador, por qué habéis dejado el cielo para venir 
aquí y nadar, como dijisteis, en beatitudes sentimenta- 
les que, según confesasteis, os hubiesen en un tiempo 
llevado a cortaros el pescuezo. 
Estatua.— (Quedando parado.) ¡Vive Dios! que es verdad. 
Diablo.— (Alarmado.) iCómo! ¿Os volvéis atrás de vues- 
tra palabra? (a Don Juan.) Y todo vuestro filosofar no 
ha sido más que un engaño para hacer prosélitos, (a 
la estatua.) ¿Habéis olvidado ya el horrible aburrimien- 
to contra el que os ofrecí un refugio? (a Don Juan.) Y 
vuestra demostración de la cercana esterilidad y extin- 



152 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

ción del género humano, ¿puede conducir a algo mejor 
que sacar la mayor ventaja posible de aquellos place- 
res del arte y el amor que, como vos mismo confesas- 
teis, os refinaron, os elevaron, os perfeccionaron? 

Don Juan.— Yo nunca demostré la extinción del gé- 
nero humano. La vida no puede querer su propia ex- 
tinción, ni en su ciego estado amorfo, ni en ninguna de 
las formas en las que se ha organizado. No habia yo 
concluido cuando el señor Comendador me interrumpió. 

Estatua. — Empiezo a dudar que alguna vez conclu- 
yas, amigo mío. Eres extremadamente aficionado a oirte 
hablar. 

Don Juan.— Es verdad, pero ya que habéis aguantado 
tanto, aguantaréis también hasta el fin. Mucho antes de 
que aquella esterilidad a que aludí venga a ser más que 
una posibilidad claramente prevista, empezará la reac- 
ción. El gran propósito central de educar la raza, sí, edu- 
carla para alturas por ahora reputadas como sobrehu- 
manas; aquel propósito ahora envuelto en una mefítica 
nube de amor, y poesía, y gazmoñería, y fastidio, estalla- 
rá con resplandores de sol como un propósito que no 
podrá ya confundirse con la satisfacción de caprichos 
personales, la imposible realización de los ensueños de 
felicidad de muchachos y muchachas o la necesidad de la 
gente vieja de tener compañía o dinero. Ya no se abre- 
viarán, ni se medio suprimirán, como poco decentes, 
los casamientos por sorpresa que celebran nuestras Igle- 
sias nacionales. La sobria decencia, seriedad y autori- 
dad de su declaración del fin verdadero del matrimonio 
será respetada y aceptada, mientras sus románticas pro- 
mesas de fidelidad y unión hasta la muerte, y etc., serán 
eliminadas como frivolidades insufribles. Macedle a mi 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 153 

sexo la justicia, señora, que siempre los hombres hemos 
reconocido que las relaciones sexuales no son ni perso- 
nales ni amistosas un tanto así. 

Doña Ana.— ¡Ni personales ni amistosas! ¿Qué rela- 
ciones son más personales, más sagradas, más santas? 

Don Juan.— Sagradas y santas, si queréis, Ana, pero 
no personalmente amistosas. Vuestras relaciones con 
Dios son sagradas y santas, pero no os atreveréis a de- 
cir que son personalmente amistosas. En las relaciones 
sexuales la energía creadora universal, de la que el hom- 
bre y la mujer son agentes sin posibilidad de resistir, 
aplasta y barre todas las consideraciones personales 
y dispensa de todas las relaciones personales. Los dos 
podrán ser completamente extraños uno a otro, hablar 
diferentes idiomas, ser de raza y color diferentes, no 
tener la misma edad ni las mismas disposiciones inte- 
lectuales o sentimentales, sin más lazo entre ellos que 
una posibilidad de aquella fecundidad por cuya causa 
la fuerza vital precipita al uno en los brazos del otro al 
cambiar la primera mirada. ¿No reconocemos eso al per- 
mitir que unos casamientos se hagan por los padres sin 
consultar a los contrayentes? ¿No habéis muchas veces 
expresado vuestra repugnancia a la inmoralidad de la 
nación inglesa, en la que los hombres y las mujeres de 
noble estirpe se conocen y cortejan cual campesinos? 
¿Y cuánto sabe aún el campesino de su novia o ella de 
él antes de tomarse los dichos? Porque es cierto, no lo 
neguéis, que no tomaríais de abogado o de médico a un 
hombre tan superficialmente conocido de vos como el 
de quien os enamoraríais y con el que os casaríais. 

Doña Ana.— Sí, Juan, conocemos la filosofía del li- 
bertino. No habláis de las consecuencias para la mujer. 



154 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Don Juan.— Las consecuencias, lahl sí. Justifican la 
fiereza con que trata de agarrar al hombre. Pero supon- 
go que no llamaréis sentimental a aquel apego. Lo 
mismo podríais llamar el apego del policía a su preso 
relaciones amorosas. 

Doña Ana.— Ya veis que tenéis que confesar que el 
matrimonio es necesario, a pesar de que, según vos, el 
amor es la más frágil de todas las relaciones. 

Don Juan.— Decid más bien que es la más augusta 
de todas las relaciones, demasiado augusta para ser un 
asunto personal. ¿Podría vuestro padre haber servido a 
su país si se hubiese negado a matar a todo enemigo de 
España, al que no odiara personalmente? ¿Puede una 
mujer servir a su país si se niega a casarse con todo 
hombre, al que no ame personalmente? Sabéis que no 
es así; la mujer de noble abolengo se casa como el hom- 
bre de noble abolengo pelea por motivos políticos y fa- 
miliares, no por motivos personales. 

Estatua.— (impresionada.) Es un punto de vista realmen- 
te notable, Juan; tengo que reflexionar sobre ello. Estás 
lleno de ideas. ¿Cómo se te ha ocurrido ésta? 

Don Juan. — La experiencia me lo ha enseñado. Cuan- 
do estaba en la tierra y hacía a las damas aquellas pro- 
puestas que, aunque generalmente reprobadas, han he- 
cho de mí un héroe de leyenda tan interesante, me en- 
contraba no pocas veces con lo siguiente: La dama solía 
decir que correspondería a mis intenciones siempre que 
éstas fuesen honestas. Al preguntar yo qué significaba 
esa reserva, me contestaba que significaba que debía yo 
proponer tomar posesión de su hacienda si la tenía, o 
comprometerme a mantenerla toda la vida si no la tenía, 
que yo debía desear su compañía continua, sus conse- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE l55 

jos y pláticas hasta el fin de mis días; obligarme por 
contrato legal a estar siempre embelesado con los tales 
consejos y pláticas, y, encima de todo, a volver la espal- 
da para siempre a todas las demás mujeres por causa de 
ella. No hacía objeciones a esas condiciones por exorbi- 
tantes e inhumanas, pues era su extraordinaria imperti- 
nencia la que me dejaba mudo. Yo invariablemente 
contestaba con entera franqueza que ni en sueños había 
pensado en cosas por el estilo; que a menos que el ca- 
rácter y el intelecto de la dama fuesen iguales o supe- 
riores a los míos, sus pláticas tenían que rebajarme y sus 
consejos inducirme en error; que su continua compañía 
a la larga se me haría insufriblemente tediosa; que no 
podía yo responder de mis sentimientos ni con anticipa- 
ción de una semana, y menos para hasta el fin de mi 
vida; que el quitarme de todas las relaciones naturales y 
no vituperables con el resto de mis semejantes, si me so- 
metía a ello, me cohibiría y me pondría huraño, y, de no 
someterme, me llevaría a ocultaciones, y que, finalmen- 
te, mis propuestas a ella no tenían relación alguna con 
todos aquellos asuntos, y eran sencillamente el resulta- 
do de mis impulsos viriles en presencia de sus encantos 
femeninos. 

Doña Ana. — Quiere decir que eran impulsos in- 
morales. 

Don Juan. — La naturaleza, señor, es la que llamáis 
inmoral. Me sonroja, pero no puedo remediarlo. La na- 
turaleza es una celestina, el tiempo un ladrón de playa, 
la muerte una asesina. Siempre he preferido arrostrar 
francamente estos hechos y atemperar a ellos mi con- 
ducta. Vos preferís buscar la benevolencia de aquellos 
tres demonios con proclamar su castidad, su dadivosidad 



156 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

y cariñoso trato, y basar vuestro principio sobre esas li- 
sonjas. ¿Es extraño que los principios no obren sua- 
vemente? 

Estatua. — ¿Qué solían decir las señoras, Juan? 

Don Juan. — Vaya confianza por confianza. Decidme 
antes lo que vos solíais decir a las señoras. 

Estatua. — ¡Yo! Pues juraba que sería fiel hasta la 
muerte, que me moriría si no me escuchaban, que nin- 
guna mujer podría ser para mí lo que era ella... 

Doña Ana.— ¡EUal ¿Quién? 

Estatua.— La que fuera, querida. Ciertas cosas las de- 
cía a todas. Una de ellas era que, aunque tuviese yo 
ochenta años, una cana de la mujer que yo amaba me 
haría temblar más que toda la trenza dorada de una jo- 
ven hermosa. Otra era que no podría soportar la idea de 
que otra fuera la madre de mis hijos. 

Don Juan.— (indignado.) ¡Viejo bellaco! 

Estatua. — (Enérgica.) Nada de eso, porque yo realmen- 
te en aquellos momentos creía decir verdad con toda mi 
alma. Yo tenía corazón, no era como tú. Y fué esa sin- 
ceridad la que me proporcionó tantos éxitos. 

Don Juan.— ¡Sinceridad! ¡Creer una mentira garrafal, 
que salta a la vista, lo llamáis sinceridad! ¡Ser tan an- 
sioso por una mujer que os engañáis a vos mismo en 
vuestro afán de engañarla, lo llamáis sinceridad! 

Estatua.— Malditas sean tus sofisterías. Yo fui un 
hombre enamorado y no un leguleyo. Y por eso me 
amaron las mujeres. Benditas sean. 

Don Juan.— Os hicieron creer así. ¿Qué diréis si os 
digo que, a pesar de haber argumentado yo con tanta! 
insensibilidad, me lo hicieron creer también a mí? Yo' 
también tuve rnis momentos de fatuidad, en los que de- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 157 

cía tonterías y me las creía. Algunas veces el deseo de 
dar gusto, diciendo cosas bonitas, con tanta fuerza se 
apoderaba de mí en medio de la emoción, que las decía 
sin darme cuenta. Otras veces argüía contra mí mismo 
con diabólica frialdad que sacaba lágrimas. Pero lo 
mismo en un caso como en otro me era difícil zafarme. 
Si el instinto de la señora se había fijado en mí, era for- 
zoso escoger entre la esclavitud a perpetuidad y la fuga. 

Doña Ana.— ¿Os atravéis a blasonar, delante de mí y 
mi padre, de que las mujeres no podían resistiros? 

Don Juan.— ¿Estoy yo blasonando? A mí me parece 
que he pintado la más triste pintura. Además he dicho 
«cuando el instinto de la señora se había fijado en mí». 
No siempre sucedía así, y entonces, vive Dios, ¡qué 
arranques de virtuosa indignación! ¡Qué arrebatadora 
resistencia al cobarde seductor! ¡Qué escenas de Imóge- 
no y Jaquimo! 

Doña Ana. —Yo no hice escenas. Sólo llamé a mi 
padre. 

Don Juan. — Y acudió, espada en mano, a vindicar 
el honor ultrajado y la moralidad hollada, asesinán- 
dome. 

Estatua. — ¡Asesinándote! ¿Qué quieres decir? ¿Te 
maté yo o me mataste tú? 

Don Juan.— ¿Cuál de los dos fué el mejor esgrimidor? 

Estatua.— Yo. 

Don Juan. — Claro que vos. Y, sin embargo, vos, el 
héroe de aquellas escandalosas aventuras que acabáis 
de relatarnos, tuvisteis la poca vergüenza de hacer el 
papel del vengador de la moral ultrajada y de conde- 
narme a muerte. Me hubierais acuchillado si no es por 
una casualidad. 



158 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Estatua.— No podía hacer otra cosa, Juan. Es así 
como se arreglan esos asuntos en la tierra. Yo nunca he 
sido un reformador social y siempre hice lo que era cos- 
tumbre en los caballeros hacer. 

Don Juan.— Esto podrá explicar vuestra acometida de 
que me hicisteis víctima, pero no la indigna hipocresía 
de vuestro ulterior comportamiento como Estatua. 

Estatua.— La culpa de eso lo tiene mi admisión en 
el cielo. * 

Diablo;— Yo todavía no veo, señor Don Juan, que 
esos episodios en vuestra carrera terrenal y la del señor 
Comendador, en modo alguno desacrediten mi modo 
de considerar la vida. Aquí, lo repito, tenéis todo lo que 
apetecéis sin nada que os repugne. 

Don Juan. — Al contrario, aquí tengo todo lo que me 
desilusionó y nada que no haya ya probado y encon - 
trado deficiente. Os aseguro que mientras pueda conce- 
bir algo que valga más que yo, no puedo descansar has- 
ta verme luchar por darle existencia o al menos allanar- 
le el camino. Esta es la ley de mi vida. Esta es la opera- 
ción, dentro de mí, del anhelo incesante de la vida por 
una organización más alta, una conciencia de sí misma, 
más amplia, más honda, más intensa, y una comprensión 
de sí misma más clara. Fué la supremacía de ese propó- 
sito la que para mí redujo el amor al mero placer de un 
momento, el arte a la mera educación de mis facultades 
sensorias, la religión a una mera excusa para la pereza, 
puesto que nos habla de un Dios que miró el universo y 
lo encontró bueno, contra el instinto en mí que miro con 
mis ojos el mundo y veo que podría ser mejorado. Os 
aseguro que nunca, en mis afanes por los placeres, el 
bienestar y la riqueza, conocí la dicha. No fué jamás el 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 159 

amor a la mujer el que me entregó en sus manos, sino 
el cansancio, el agotamiento. De chico un día me hice 
una herida en la cabeza dando con ella contra una pie- 
dra y corrí a esconderme en las faldas de la mujer más 
próxima, llorando hasta tranquilizarme. Al ser mayor» 
cuando me hirieron el alma las brutalidades y estupide- 
ces con las que tuve que luchar hice de nuevo lo mismo 
que había hecho de chico. He disfrutado también mis 
momentos de descanso, de reconvalecencia, de respiro, 
de postración después de la brega, pero antes quisiera 
ser arrastrado al través de todos los círculos del infierno 
de aquel necio italiano, que por los de todos los place- 
res de Europa. Es lo que me hace tan odioso este lugar 
de eterno placer. Es la ausencia de aquel instinto en vos 
que os convierte en el monstruo extraño al que llamamos 
diablo. Por el éxito con que habéis desviado la atención 
de los hombres desde su verdadero objeto, el que poco 
más o menos es el mismo que el mío, hacia el vuestro, 
os habéis granjeado el nombre de El Tentador. Y el he- 
cho de que están haciendo vuestra voluntad o más bien 
que obran sin voluntad por vuestro influjo, en vez de ha- 
cer la suya, los convierte en los seres desconsolado- 
res, falsos, intranquilos, artificiosos, petulantes, míseros 
que son. 

Diablo. — (Mortificado.) Scñor Don Juan, sois poco cor- 
tés con mis amigos. 

Don Juan.— ¡Bahl ¿Por qué había yo de ser cortés con 
ellos o con vos? En este palacio de las mentiras una o 
dos verdades no os dañarán. Vuestros amigos todos me 
son sumamente antipáticos. No son hermosos, sino que 
están adornados; no son limpios, sino que están afeita- 
dos y almidonados; no son dignos, sino que están vesti- 



160 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

dos a la moda; no son doctos, sino que sólo han salido 
aprobados en los exámenes; no son religiosos, sino fre- 
cuentadores de iglesias; no son morales, sino observado- 
res de las convenciones; no son virtuosos, sino cobardes; 
no son ni siquiera viciosos, son sólo <frágiles*; no son 
artísticos, sino sólo lascivos; no son prósperos, sino sólo 
ricos; no son leales, sino serviles; no son cumplidores de 
sus deberes, sino imbéciles rutinarios; no se interesan 
por la cosa pública, sino que son patrióticos; no son va- 
lientes, sino reñidores; no son resueltos, sino tercos; no 
son altivos, sino dominantes; no tienen imperio sobre sí 
misnios, sino que son obtusos; no tienen respeto a sí mis- 
mos, sino que son fatuos; no son cariñosos, sino senti- 
mentales; no son sociables, sino aficionados a las reunio- 
nes; no son atentos, sino políticos; no son inteligentes, 
sino envanecidos; no son progresivos, sino facciosos; no 
son imaginativos, sino supersticiosos; no son justos, sino 
vengativos; no son generosos, sino conciliadores; no es- 
tán disciplinados, sino intimidados; y no son nada verí- 
dicos, sino todos embusteros y mentirosos hasta dejarlo 
de sobra. 

Estatua. — Don Juan, el torrente de tus palabras es 
abrumador. ¡Ojalá pudiese yo haber hablado así a mis 
soldados! 

Diablo. — Sin embargo, es mera habladuría. .Todo ya 
se ha dicho antes; pero ¿qué cambio ha podido produ- 
cir? ¿Qué caso ha hecho el mundo de ello? 

Don Juan. — Sí, es mera habladuría; pero ¿por qué lo 
es? Porque, amigo mío, la hermosura, la pureza, la hon- 
radez, la religión, la moraUdad, el arte, el patriotismo, 
la valentía y lo demás no son sino palabras que yo o 
cualquier otro puede volver del revés como un guante 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 161 

Si fuesen realidades, tendhais que emitir un íallo conde- 
natorio después de oír mi acusación, pero afortunada- 
mente para vuestra presunción, mi diabólico amigo, no 
son realidades. Como decís, son meras palabras, buenas 
para engañar a pueblos bárbaros y hacerles adoptar la 
civilización, o a los indigentes civilizados para que se 
dejen robar y esclavizar. Este es el secreto de familia de 
la casta gobernante, y si nosotros, que pertenecemos a 
esta casta, trabajáramos por que el mundo tuviese ma- 
yor vida en vez de trabajar por aumentar nuestro poder 
y nuestro lujo, ese secreto nos haría grandes. Ahora bien: 
como yo, siendo noble, estoy también en el secreto, ima- 
ginaos cuan tediosa debe de ser para mí vuestra eterna 
charla acerca de todas aquellas ficciones moralistas, y 
cuan tristemente necio el sacrificio de vuestras vidas 
por ellas. Si siquiera creyeseis en vuestro juego moral 
lo bastante para juzgarlo honradamente, sería interesan- 
te observarlo, pero no es así, hacéis trampas a cada paso, 
y si vuestro contrario os aventaja en ello, volcáis la mesa 
y tratáis de matarle. 

Diablo. — En la tierra puede que haya algo de verdad 
en eso porque la gente está mal educada y no sabe apre- 
ciar mi religión de amor y hermosura, pero aquí... 

Don Juan. — Sí, sí, ya sé. Aquí no hay más que amor 
y hermosura. ¡Ufl es como estar viendo durante toda una 
eternidad el primer acto de una comedia de moda, antes 
de que empiecen las complicaciones. Nunca, ni en mis 
peores momentos de terror supersticioso en la tierra, soñé 
que el infierno fuese tan horrible. Vivo como un pelu- 
quero, en continua contemplación de la belleza, acari- 
ciando trenzas sedosas. Respiro una atmósfera de dulzu- 
ra, cual mancebo de confitería. Comendador, ¿hay algu- 
nas mujeres guapas en el cielo? 

11 



162 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Estatua.— Ninguna, absolutamente ninguna. Todas 
son unas feotonas. No se encuentra ni por dos marave- 
dises de joyas entre una docena de ellas. Parecen hom- 
bres cincuentones. 

Don Juan. — Entonces tengo impaciencia por ir. ¿Se 
menciona allí alguna vez la palabra hermosura, y hay 
allí personas artísticas? 

Estatua.— Os doy mi palabra que ni admirarían una 
hermosa estatua aunque se paseara entre ellos. 

Don Juan.— Voy. 

Diablo.— Don Juan, ¿queréis que sea franco con vos? 

Don Juan.— ¿No lo fuisteis ahora? 

Diablo. — Hasta cierto punto, sí. Pero ahora voy a ser- 
lo aún más y confesaros que los hombres se cansan de 
todo, del cielo lo mismo que del infierno, y que toda la 
historia universal no es más que el registro de las osci- 
laciones del mundo entre esos dos extremos. Una época 
es sólo una oscilación del péndulo, y cada generación 
cree que el mundo está progresando porque está mo- 
viéndose continuamente. Pero cuando tengáis mis años, 
cuando mil veces os hayáis cansado del cielo, como yo 
y el Comendador, y mil veces del infierno, como a vos 
sucede ahora, dejaréis de figuraros que cada oscilación 
del cielo al infierno sea una emancipación, cada oscila- 
ción del infierno al cielo una evolución. En donde ahora 
veis reformas, progreso, tendencias beneficiosas, conti- 
nua la ascensión del género humano, por los escalones 
formados por sus propios cadáveres, hacia cosas más al 
tas, no veréis más que una infinita comedia de ilusión. 
Descubriréis la profunda verdad del dicho de mi amigo 
Koheleth de que no hay nada nuevo bajo el sol. Vani- 
tas vanitatum... 

Don Juan.— (Perdiendo toda paciencia.) ¡Vive Dios, que esto 



HOMBRE Y SÍTPERHOMBRE 163 

es aún peor que vuestras disquisiciones sobre el amor y 
la hermosura! Sois un necio que quiere ser listo, pero 
decidme, ¿no es un hombre mejor que un gusano, o un 
perro mejor que un lobo, porque se cansa de todo? 
¿Debe dejar de comer porque se quita el apetito con el 
acto de satisfacerlo? ¿Es estéril un campo por ser erial? 
¿Puede el Comendador gastar su infernal energía aquí 
sin acumular energía celestial para su próxima estancia 
en la gloria? Concedamos que la gran fuerza vital haya 
inventado la combinación del péndulo y emplee la tie- 
rra como disco; que la historia de cada oscilación, que 
nos parece tan nueva a nosotros los actuantes, no sea 
sino la historia de la última oscilación repetida; más aún: 
que en la inconcebible infinidad del tiempo, el sol des- 
pide a la tierra y la vuelve a coger mil veces cual un ar- 
tista de circo lanza una pelota, y que la totalidad de to- 
das nuestras épocas no sea sino el momento entre el 
bote y el rebote; ¿no tiene un objeto ese colosal meca- 
nismo? 

Diablo.— Ninguno, amigo mío. Creéis, porque vos te- 
néis un objeto, que la Naturaleza debe tener uno tam- 
bién. Podríais figuraros lo mismo que tiene dedos y pies 
porque los tenéis vos. 

Don Juan. — Pero no los tendría si no sirviesen para un 
objeto. Y yo, amigo mío, soy tanto parte de la Naturale- 
za cuanto mis dedos son parte de mí. Si mis dedos son 
el órgano con lo que empuño la espada y taño la man- 
dolina, mis sesos son el órgano por el que la Naturaleza 
tiende a comprenderse a sí misma. Los sesos de mi pe- 
rro sólo sirven para los fines de mi perro, pero mis sesos 
me llevan a un conocimiento que no me sirve personal- 
mente para nada si no es para amargarme la existencia 
y hacerme sentir como una calamidad mi envejecimien- 



164 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

to y mi muerte. Si no estuviese poseído de un objeto 
superior a mi propio ser, más me valdría ser un gañán 
que un filósofo, porque el gañán vive tanto tiempo como 
el filósofo, come más, duerme mejor y goza de la esposa 
en sus brazos con menos preocupaciones. Eso es porque 
el filósofo está en las garras de la fuerza vital. Esa fuer- 
za vital le dice: «He creado inconscientemente miles de 
cosas maravillosas por la mera voluntad de vivir y si- 
guiendo la línea de la menor resistencia; ahora ijuiero 
conocerme a mí misma y conocer mi destino, y elijo mi 
camino. De ahí que he hecho unos sesos especiales, 
unos sesos de filósofo, para coger ese conocimiento 
como la mano del labrador coge el arado para mí. Y 
esto — dice la fuerza vital al filósofo — debes tratar de ha- 
cer por mí hasta que mueras, que entonces crearé a otro 
filósofo y otro cerebro para continuar la obra empezada. >• 

Diablo. — ¿De qué sirve el conocimiento? 

Don Juan. — Pues para hacernos capaces de escoger la 
línea de la mayor ventaja en vez de dejarnos llevar por 
la línea de la menor resistencia. ¿No llega mejor a su 
destinación la nave con gobernalle que el leño que flota 
a la deriva? El filósofo es el timonel de la Naturaleza. Y 
ahí tenéis vuestra diferencia: el estar en el infierno es 
flotar a la deriva; el estar en el cielo es llevar el rumbo. 

Diablo. — Contra los arrecifes, muy probablemente. 

Don Juan.— iBah! ¿Qué nave va con más probabili- 
dad a pique, la que anda loca a impulsos de viento y 
marea o la que obedece al timón? 

Diablo.— Bien, bien, Don Juan; haced lo que os plaz- 
ca; yo prefiero ser mi propio amo y no el instrumento de 
una torpe fuerza universal. Sé que es grato mirar la be- 
lleza, oír la música, sentir el amor, y cavilar y platicar 
sobre todo ello. Sé que ser ducho en esas sensaciones, 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 165 

emociones y estudios, es ser un ser refinado y culto. Di- 
gan lo que quieran de mi en las iglesias de la tierra, no 
por eso es menos verdad que en la buena sociedad es 
general aceptación que el príncipe de las tinieblas es un 
caballero, y esto me basta. En cuanto a vuestra fuerza 
vital, que reputáis por irresistible, es la cosa más resisti- 
ble del mundo para una persona de algún carácter. Pero 
si sois naturalmente vulgar y crédulo, como son todos 
los reformadores, esa famosa fuerza os empujará primero 
hacia la religión, en la que regaréis a los niños con agua 
para salvar sus almas de mi poder; luego os llevará de 
la religión a la ciencia, en la que arrebataréis a los ni- 
ños de manos del regador para entregarlos a las del fa- 
cultativo, que les inoculará toda clase de enfermedades, 
con objeto de evitarles el cogerlas por casualidad; luego 
os acogeréis a la política, en la que vendréis a ser el ju- 
guete de funcionarios corrompidos y el pelele de em- 
busteros ambiciosos. Y el final serán la desesperación y 
la decrepitud, nervios desgastados e ilusiones marchitas, 
vanos duelos por aquel peor y más necio de los derro- 
ches y sacrificios: el derroche y sacrificio del poder de 
gozar; en una palabra, será el castigo de los extraviados 
que corren en pos de lo mejor antes de haber consegui- 
do lo bueno. 

Don Juan.— Pero al menos no me habré aburrido. El 
servicio de la fuerza vital tiene esa ventaja. Pues abur, 
señor Satanás. 

Diablo.— (Amable.) Id con Dios, señor Don Juan. Me 
acordaré con frecuencia de nuestras interesantes cha- 
charas. Os deseo toda clase de bienandanzas. El cielo al 
fin, como dije antes, no prueba mal a algunas personas. 
Pero si alguna vez cambiareis de inclinación, no olvi- 
déis que las puertas de esta vuestra casa siempre están 



166 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

abiertas para los pródigos arrepentidos. Si alguna vez 
sentís aquel fervor del corazón, aquel afecto sincero y 
espontáneo, aquella inocente alegría y la cálida alenta- 
dora y palpitante realidad... 

Don Juan. — ¿Por qué no decís de una vez carne y 
sangre, aunque hayamos dejado atrás esos dos mugrien- 
los lugares comunes? 

Diablo.— (Enojado.) ¿Entonces despreciáis mi amistosa 
despedida, Don Juan? 

Don Juan. — Nada de eso. Pero, por más que se puede 
aprender mucho de un diablo cínico, realmente no pue- 
do aguantar un diablo sentimental. Señor Comendador, 
conocéis el camino hacia la frontera que se extiende en- 
tre el infierno y el cielo. Macedme el favor de guiarme. 

Estatua. — ¡Oh! La frontera consiste sólo en la diferen- 
cia de mirar las cosas. Cualquier camino os la hará atra- 
vesar con tal que queráis realmente llegar. 

Don Juan.— Bien, (saludando a Doña Ana.) Señora, beso 
vuestros pies. 

Doña Ana. — Pero si yo voy con vos. 

Don Juan.— Sabré encontrar mi propio camino del 
cielo, Ana: pero no puedo encontrar el vuestro. (Desapa- 
rece.) 

Doña Ana.— ¡Qué fastidio! 

Estatua. — (Tras de éi.) ¡Bon voyage, Juan! (Le dispara a 

guisa de despedida un final sonoro de sus grandes acordes tonitruantes. 
Un vago eco de la anterior misteriosa melodía se deja oír como respues- 
ta.) ¡Ah, ya se fué! (Dando como un bufido de alivio.) ¡Uf! lO que. 

habla ese hombre. No se lo aguantarán en el cielo. 

Diablo.— (Mustio.) Su marcha es una derrota política. 
No puedo conservar a esos adoradores de la vida; todos 
se me van. Esta es la mayor pérdida que he sufrido des- 
de que se fué aquel pintor holandés que con el mismo 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE ÍÚ1 

gusto pintara a una bruja de setenta años que a una 
Venus de veinte. 

Estatua. — Reeuerdo. Entró en el cielo. Rembrandt. 

Diablo. — Sí, Rembrandt. Hay algo que no es natural 
en esos hombres. No escuchéis su evangelio, señor Co- 
mendador; es peligroso. Precaveos contra la busca del 
superhombre, porque lleva a un indiscernido desprecio 
a lo humano. Para el hombre, ya lo sabéis, los perros, 
los gatos y los caballos, son meras especies fuera del 
mundo moral. Pues bien, para el superhombre, los hom- 
bres y las mujeres son también una especie, igualmente 
fuera del mundo moral. Ese Don Juan fué amable con 
las mujeres y cortés con los hombres, lo mismo que esta 
señora, vuestra hija, fuera amable para sus gatos y pe- 
rros favoritos; pero semejante amabilidad es una prue- 
ba en contra de la índole exclusivamente humana del 
alma. 

Estatua.— ¿Y quién demonio es el superhombre? 

Diablo.— Pues es la última moda entre los fanáticos 
de la fuerza vital. ¿No topasteis en el cielo, al observar 
los que iban llegando, con aquel loco polaco-alemán... 
¿cómo se llamaba?... ya, Nietzsche? 

Estatua.— Nunca oí hablar de él. 

Diablo.— Pues bien, vino primero aquí antes de reco- 
brar la memoria. Puse en él algunas esperanzas, pero él 
era un adorador empedernido de la fuerza vital. El fué 
quien desempolvó y sacó a relucir al superhombre, que 
es tan viejo como Prometeo, y el siglo vigésimo correrá 
en pos de esa chifladura, novísima de puro vieja, cuan- 
do esté harto de la carne, y este humilde servidor. 

Estatua. — «Superhombre» suena bien, y un buen gri- 
to de combate es la mitad de la victoria. Me gustaría ver 
a ese Nietzsche. 



168 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Diablo. — Desgraciadamente, aquí topó con Wágner y 
riñó con él. 

Estatua.— Lo comprendo. A mí que me dejen de 
Wágner donde esté Mozart. 

Diablo. — ¡Oh! no fué por la música. Wágner en un 
tiempo fué también de los partidarios de la fuerza vital 
e inventó un superhombre que se llamó Sigfredo. Pero 
luego volvió a su juicio. Así, p.ues, cuando se encontra- 
ron aquí Nietzsche le llamó renegado, y Wágner escri- 
bió un folleto para demostrar que Nietzsche era judío, y 
el final fué que Nietzsche, furioso, se marchó para el cie- 
lo. Me alegré de que se quitara de en medio. Y ahora^ 
amigo, vamos presto a mi palacio para allí celebrar vues- 
tra llegada con una gran función musical. 

Estatua. — Con mucho gusto; sois muy amable. 

Diablo. — Por aquí, Comendador. Bajaremos por el es- 
cotillón de siempre. (Se coloca en la tapa del escotillón.) 

Estatua.— Bueno, (pensativo.) De todos modos, eso del 
superhombre es una hermosa concepción. Hay algo de 

estatuario en ella. (Se coloca en la tapa al lado del diablo. Empie- 
zan a hundirse lentamente. Desde el abismo suben resplandores rojos.) 

¡ Ah! esto me recuerda tiempos antiguos. 
Diablo.— Y a mí también. 

Doña Ana.— Esperad. (e1 hundimiento de la tapa se para.) 

Diablo.— Vos, señora, no podéis bajar por aquí. Ten- 
dréis una apoteosis. Pero llegaréis al palacio antes que 
nosotros. 

Doña Ana. — No és porque os he rogado que esperéis. 
Decidme, ¿en dónde podré encontrar al superhombre? 

Diablo.— Todavía no ha nacido, señora. 

Estatua.— Ni nacerá nunca, probablemente. Sigamos, 
que los fuegos rojos me van a hacer estornudar, (sajan.) 

Doña Ana.— iSin nacer todavía! Entonces mi obra no 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 169 

está terminada, (santiguándose devotamente.) Creo 611 la vida 

por venir. (Gritando por los ámbitos del universo.) lUn padre... Un 

padre para el superhombre! 

Se desvanece en el vacio, y otra vez no hay nada; todas las cosas parecen 
suspendida"! en lo infinito. Lu^o, vagamente, suena la voz de un hombre 
viviente en alguna parte. Se ve de repente el pico de una montaña dibujar- 
se en un fondo más claro. El cielo ha vuelto desde lejos, y al punto recorda- 
mos dónde nos hallamos. El grito se hace claramente perceptible e insis- 
tente. Dice: «iUn automóvil, un automóvil^ La completa realidad vuelve de 
golpe y porrazo. Al punto es d- día en la sierra y los bandoleros se ponen 
de pie apresiu-adamente y se precipitan hacia la carretera mientras el cabre- 
ro viene bajando del cerro, advirtiéndoles la venida de otro automóvil . 
Tanner y Mendoza se levantan sorprendidos y se miran uno a otro con ex- 
trañeza. Straker se incorpora para bostezar un momento antes de ponerse 
de pie, afectando no participar lo más minimo de la excitación de los ban- 
didos. Mendoza echa una rápida mirada para cerciorarse de que su gente 
atiende al gnlo de alarma; luego se dirige con confianza a Tanner. 

Mendoza.— ¿Ha soñado usted? 
Tanner.— Endemoniadamente. ¿Y usted? 
Mendoza.— Sí, pero ya se me olvidó. Era con usted y 
otros. 

Tanner.— Pues yo soñé también con usted. Es cho- 
cante. 

Mendoza.— Ya se lo advertí. (Se oye un tiro por la carrete- 
ra.) ¿Pero qué es eso? Esos animales están jugando con 

la escopeta. (Los bandidos, muy asustados, vuelven corriendo.) 

¿Quién ha disparado? (a ouvai.) ¿Ha sido usted? 

Duval.— (Sin aliento.) Yo no. Ellos, ellos han disparado. 

Anarquista.— Ya lo dije yo. No se puede vivir si no 
se suprime el Estado. Ahora estamos todos perdidos. 

Socialista Camorrista.— (corriendo locamente por ei foro.) 
Sálvese quien pueda. 

Mendoza.— (Cogiéndol« del cuello, derribándole «n tierra y sacan- 



170 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

do un cuchUlo.) Al qiie Se mueva le dejo seco, (obstruye el ca- 
mino. Los fugitivos se paran.) ¿Qué ha SUCedido? 

S. Triste.— Un auto... 

Anarquista. — Tres hombres... 

DuvAL.— Dos mujeres... 

Mendoza.— iTres hombres y dos mujeres! Y ¿por qué 
no los habéis traído acá? ¿Os dan miedo? 

S. Cam.— Tienen escolta. Por Dios, Mendoza, huyamos. 

S. Triste.— Dos autos blindados llenos de soldados a 
la vuelta del cerro. 

Anarquista. — El tiro ha sido al aire como toque de 
atención. 

(Straker silba su aire favorito, que hiere los oidos de los bandidos 
como marcha fúnebre.) 

Tanner.— No es una escolta, sino una expedición para 
capturar a ustedes. Nos avisaron para que la esperára- 
mos, pero yo tenía prisa. 

S. Cam.— (con miedo cerval.) ¡Cíelos! ¿qué csperamos? Hu- 
yamos a las montañas. 

Mendoza.- Idiota, ¿qué sabe ested de las montañas? 
¿Es usted español acaso? El primer pastor que encontra- 
ra le denunciaría a usted. Además, todavía no estamos 
al alcance de sus fusiles. 

S. C.\M.— Pero... 

Mendoza.— Silencio. Dejadme a mi arreglar esto, (a 
Tanner.) Camarada, no nos hará usted traición. 

Straker.— ¿A quién llama usted camarada? 

Mendoza. — Anoche la ventaja estaba de mi lado. El 
ladrón de los pobres estaba a la merced del ladrón de los 
ricos. Me dio usted la mano y yo se la apreté. 

Tanner. — No tengo que acusarle de nada, camarada. 
Hemos pasado una noche agradable en su compañía; 
eso es todo. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE l71 

Straker. — Yo no di la mano a nadie, ¿sabe? 

Mendoza. — (volviéndose hacia el signüicativamente.) JoVCn, SÍ 

me cogen y me procesan yo declararé lo que me hizo 
marcharme de Inglaterra y dejar mi casa y mi posición . 
¿Quiere usted que el honrado apellido de Straker sea 
arrastrado por el lodo en un tribunal español? La policía 
me registrará. Encontrarán el retrato de Luisa. Se publi- 
cará en los periódicos. Se asusta usted. Será obra de us- 
ted, piénselo bien. 

Straker. — (con rabia reprimida.) A mi uo me importa la 
justicia. Lo que me da vergüenza es ver mezclado mi 
apellido con el de usted, pillo, granuja, indecente. 

Mendoza.— Ese lenguaje es indigno del hermano de 
Luisa. Pero no importa: está usted amordazado y es lo 

principal. (Se vuelve para encararse con su gente, que retrocede cohi- 
bida hacia la gruta para refugiarse detrás de él.) 

En este momento una nueva partida, compuesta de personas vestidas 
como para viajar en automóvil, llega desde la carretera con mucho alboro- 
to. Ana, que va derecha a Tanner, está a la cabeza; luego viene Violeta 
ayudada por Héctor, que la tiene de la mano derecha, y por Ramsden, que 
la tiene de la izquierda. Mendoza va a su sillar presidencial y se sienta en 
él con Ccdma, quedando sus hombres formados en fila detrás de él y su es- 
tado mayor, compuesto de Duval y el anarquista, a su derecha, y los dos 
socialistas-democráticos a su izquierda sosteniendo sus flancos. 

Ana.— ¡Es Juanito! 

Tanner.— iMe caí! 

Héctor. — Ya lo creo que es él. Lo dije yo que era us 
ted, Tanner. Acabamos de tener un reventón. La carre- 
tera está sembrada de tachuelas. 

Violeta.— Pero ¿qué está usted haciendo aquí con 
esos hombres? 

Ana.— ¿Por qué nos dejó así sin aviso alguno? 

Héctor.— He ganado el ramillete de rosas, mistress 



172 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Whitefield. (a Tanner.) Cuaiido supimos que usted se ha- 
bía marchado mistress Whitefield me apostó un ramo de 
rosas que mi auto no le alcanzaría a usted hasta Monte- 
cario. 

Tanner. — Pero éste no es el camino de Montecarlo. 

Héctor. — No importa. Miss Whitefield encontró su 
pista en cada etapa. Es un verdadero Sherlock Holmes. 

Tanner. — ¡La fuerza vital! Estoy perdido. 

Octavio. — (viene alborozado desde la carretera y se acerca a Tan- 
ner.) ¡Hola, chico, cuánto me alegro de verte sano y sal- 
vo! Temimos que hubieses sido secuestrado por los ban- 
didos. 

RamSDEN. — (Que ha estado mirando fijamente a Mendoza.) Pa- 
rece que quiero recordar la cara de ese señor, (señalando a 

Mendoza, que se levanta sonriendo y se acerca.) 

Héctor. — Pues me pasa lo mismo. 

Octavio.— Le conozco a usted perfectamente, caba- 
llero; pero no sé dónde le he visto. 

Mendoza.— (a violeta.) ¿No me recuerda usted, se- 
ñora? 

Violeta.— Perfectamente, sí; pero soy tan desmemo- 
riada para nombres... 

Mendoza. — Fué en el Savoy Hotel, (a Héctor.) Usted, 
caballero, solía ir con esta señora (violeta.) a almorzar. 
(a Octavio.) Usted, caballero, iba muchas veces con esta 
señorita (Ana.) y su señora madre a comer de camino 
para el Lyceum Theatre. (a Ramsden.) Usted, caballero, 

solía ir a cenar con... (Bajando la voz hasta hacerse ininteligible.) 

varias señoras. 

Ramsden.— (Enojado.) Bueno, eso ¿qué le importa a 
usted? 

Octavio.— ¿Cómo es eso, Violeta? Yo creía que antes 
de este viaje no os conocíais tú y Malone. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 173 

Violeta. — (Resentida.) Supongo que ese individuo era 
el director. 

Mendoza.— No, señora; el camarero. Tengo gratos re- 
cuerdos de todos ustedes. Por las buenas propinas que 
me daban creo poder deducir que disfrutaban mucho de 
su estancia en el hotel. 

Violeta.— ¡Qué impertinencia! (lc vuelve la espalda y sube 

por el cerro con Héctor.) 

Ramsden.— Basta ya, amigo mió. No esperará usted, 
supongo, que estas señoras le traten como un conocido 
porque les ha servido usted de camarero. 

Mendoza. — Dispénsenle; fué usted quien me preguntó 
dónde nos habíamos conocido. Las señoras siguieron su 
ejemplo. Sea lo que quiera, esta demostración de los 
malos modales de las personas de su clase termina el 
incidente. De aquí en adelante se servirá usted dirigirse 
a mí con el respeto debido a un extraño y compañero 

de viaje. (Se vuelve con altivez para ocupar de nuevo su sitio presi- 
dencial.) 

Tanner. — ¡Vamos! He encontrado en mi viaje a un 
hombre capaz de una conversación razonable, e instin- 
tivamente le insultan todos ustedes. Ni el hombre nuevo 
es mejor qne cualquiera de ustedes. Enrique, se ha por- 
tado usted como un mísero caballero. 

Straker. — ¡Caballero! Nunca. 

Ramsden. — Realmente, Tanner, ese lenguaje... 

Ana. — No haga usted caso, abuelito; ya debe usted de 

conocerle. (Coge su brazo y le lleva con zalamerías hacia el cerro 
para juntarse con Violeta y Héctor, Octavio la sigue como un perrito.) 

Violeta. — (Hablando desde el cerro.) Ahí vienen los solda- 
dos. Están bajando de sus autos. 
Duval. — (Lleno de pánico.) ¡Ah, uom de Dieu! 
Anarquista.— Tontos; el Estado os va a aplastar, 



174 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

porque no le destruísteis por dejaros llevar por las pre- 
dicaciones políticas de la burguesía. 

S. Triste.— (con ganas de discutir hasta lo iiitimo.) Al Contra- 
rio, sólo con parar la máquina del Estado... 

Anarquista. — El Estado es el que ahora te va a parar 
a ti los pies. 

S. Cam.— (su angustia crece.) Dejaos dc guasas. ¿A qué 
estamos aquí? ¿Qué esperamos? 

Mendoza.— (Entre dientes.) Seguid hablando de política, 
idiotas; nada hay más oportuno. Adelante con los 
faroles. 

(Los soldados forman en la carretera y dominan el anfiteatro con sus 
fusiles. Los bandidos, luchando con un impulso Invencible de esconderse 
uno detrás de otro, se dan el aire más indiferente posible. Mendoza se 
levanta altanero con frente impertérrita. El oficial que manda baja desde 
la carretera al anfiteatro. Lanza uua mirada inquisidora a los bandidos 
y luego pregunta a Tanner:) 

Oficial.— ¿Quiénes son esos hombres, señor inglés? 
Tanner. — Mi escolta. 

(Mendoza, con una sonrisa mefistofélíca, se inclina profundamente. Una 
contracción apenas perceptible de los rostros corre por las filas de los 
bandidos. Tocan sus sombreros para saludar, excepto el anarquista, que 
desafia al Estado con los brazos cruzados.) 




ACTO CUARTO 



El jardín de una «villa» en Granada. Quien quiera saber su aspecto debe 
ir a la ciudad del Darro y verlo. Pueden divisarse un grupo de cerros salpi- 
cados de quintas, la Alhambra en la cima de uno de los cerros y una ciudad 
considerable en el llano a la que conducen carreteras blancas y polvorien- 
tas en las que los niños, estén haciendo o pensando lo que sea en aquel 
momento, en cuanto divisan a un extranjero se precipitan a su encuentro 
automáticamente y piden con voz lastimera una perra chica tendiendo las 
morenas palmas. Pero no hay nada en esta descripción, exceptuímdo la 
Alhambra, la mendicidad y el color de las carreteras, que no se pudiese 
aplicar lo mismo a Surrey que a España. La diferencia consiste en que las 
colinas de Surrey son comparativamente pequeñas y feas y propiamente se 
podrían llamar protuberancias; pero estos cerros españoles se dan aires de 
montañas, y la hermosura que engaña acerca de su altura no compromete 
su dignidad. 

Este jardín está situado en un altozano enfrente de la Alhambra, y la 
«villa» está tan lujosa y bien arreglada como es necesario para alquilarla por 
semanas a ricos turistas americanos e ingleses. Colocándonos en el césped 
en la parte baja del jardín y mirando hacia arriba, nuestro horizonte es la 
balaustrada de piedra de una terraza, encima de la que ondea una bandera 
en el espacio infinito. Entre nosotros y ese terrado hay un jardín florido con 
una fuente y un pilón circular en el centro, circundada de geométricos ma- 
cizos, caminos enarenados y arbustos recortados con esmero. El jardín está 
más alto que el trozo de césped y se sube a él por una corta escalera en el 
centro del declive. A su vez la terraza está más alta que el jardín, desde el 
que subimos unos escalones más y, mirando por encima de la balaustrada , 
disfrutamos de una hermosa vista sobre la ciudad, la vega y las ondulacio- 
nes de la sierra. 



176 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

A nuestra izquierda se levanta la «villa» accesible por escalones desde el 
ángulo izquierdo del jardín. Volviendo desde la terraza por el jardín y ba- 
jando otra vez al césped (un movimiento que deja a la villa detrás de nos" 
otros a nuestra derecha) echamos de ver indicios de interés literarios por 
parte de los inquilinos, pues en el césped no se ve ni rastro de iennis o cro- 
quet, pero sí a nuestra izquierda un velador de hierro con libros, la mayor 
parte de tapas amarillas, y al lado de él una silla. En otra silla a la derecha 
hay también un par de libros. No hay periódicos, una circunstancia que, 
con la ausencia de juegos, podría sugerir a un observador inteligente las 
deducciones más atrevidas acerca de la clase de personas que viven en la 
villa. Estas especulaciones, sin embargo, cesan en esta deliciosa tarde a 
consecuencia de la súbita entrada, por una puertecilla en la empalizada a 
nuestra izquierda, de Enrique Straker en su traje de chauffeur. Abre la 
puertecilla para dejar pasar a un caballero de edad madura y entra detrás 
de él. 

Este caballero desafía <ñ sol español llevando una levita negra, un som- 
brero de copa, pantalones en ¡os que estrechas rayas de color gris obscuro y 
lila se funden en un tono muy distinguido, y una corbata negra anudada 
que forma un arco por encima de una pechera blanca irreprochable. Es pro- 
bablemente un hombre cuya posición social necesita una constante y escru- 
pulosa afirmación, sin consideración al clima, uno que vestiría así en medio 
del Sahara o en la cumbre del Mont Blanc. Y como no tiene la estampa de 
la clase que considera como misión de su vida el reclamo y el sostenimien- 
to de las sastrerías y tiendas de modas afamadas, parece vulgar en su ele- 
gancia, mientras en un traje de trabajo de cualquier especie tendría aspecto 
muy digno. Es u.i hombre de cara redonda y colorada, de pelo corto y tieso, 
ojos pequeños, boca dura que en las comisuras apunta para abajo, y men- 
tón terco . La flacidez de la piel, que viene con la edad, ha atacado su pes- 
cuezo y sus mofletes, pero está todavía terso como una manzana desde la 
boca para arriba, de modo que la parte superior de su cara parece más 
joven que la inferior. 

Tiene la confianza en sí mismo del que ha hecho mucho dinero, y algo de 
la brusquedad imponente del que lo ha hecho en lucha brutal, pareciendo 
que su cortesía encierra una amenaza perceptible de que tiene en reserva 
otros medios si hicieren falta. Por lo demás, es un hombre casi digno de 
lástima cuando no inspira miedo, pero hay en él a veces algo de patético 
como si la gigantesca máquina comercial que a la fuerza le ha metido en su 
traje de levita le hubiese permitido muy poco satisfacer sus gustos propios y 
ahogado o contrariado sus aficiones más íntimas. Es irlandés de origen. 



Straker. — Voy a avisar a la señorita. Dijo que usted 

preferiría esperar aquí. (Se vuelve para subir por el jardín a la 
villa.) 



HOMBRE Y SÜPERIÍ'J.MBríE 177 

Irlandés. (Que ha estado mirando a su alrededor con vivn cu- 
riosidad.) ¿La señorita? Será miss Violeta, ¿eh? 

StRAKER. — (Parándose en la escalera con súbita sospecha.) La CO- 

noce usted, supongo. 
Irlandés.— Que si la conozco. 
Straker.— (De mal genio.) ¿En Qué quedamos? 
Irlandés.— Usted métase en lo suyo. 

(straker, altamente indignado ahora, vuelve desde la escalera y se 
pone enfrente de su interlocutor.) 

Straker.— Lo mío, pues lo mío es lo siguiente: Miss 
Robinson... 

Irlandés.— (interrumpiéndole.) ¡Ah! se llama Robinson, 
muy bien. 

Straker.— ¿De modo que no sabe usted siquiera cómo 
se llama? 

Irlandés.— Sí lo sé, ahora que usted me lo ha dicho. 

Straker. — (Después de un momento de estupefacción ante la 
prontitud de las contestaciones del anciano.) Oiga USted, ¿a qué 

viene eso de meterse en mi coche y dejar que le traiga 
si no es usted la persona a quien iba dirigida la carta 
que yo entregué en el hotel? 

Irlandés.— Pues ¿a quién iba dirigida? 

Straker.— Iba dirigida a míster Héctor Malone, por 
miss Robinson, ¿sabe? Yo la llevé por favor, porque no 
estoy al servicio de miss Robinson. Conozco a míster 
Malone y usted no es él, ni por pienso. En el hotel me 
dijeron que usted era míster Malone. 

Irlandés. — Sí, míster Héctor Malone. 

(La aparición de Violeta, que viene bajando por el jardín y se acerca 
a los dos hombres, pone fin a la discusión.) 

Violeta.— (a straker.) ¿X.levó usted mi recado? 
Straker.— Sí, señorita. Llevé su carta al hotel y dije 
(lue la subieran al señorito míster Héctor, y salió este 



178 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

caballero y me dijo que estaba dispuesto a acompañar- 
me a esta casa. Como en el hotel me dijesen que era 
míster Héctor Malone, yo le traje aquí. Ahora parece 
que hay un lío. De todos modos, si no es la persona con 
quien deseaba usted hablar, no tiene usted más que 
decir una palabra y me lo llevaré otra vez. 

Malone. — Señora, le estimaré mucho que me conceda 
una breve conversación. Soy el padre de Héctor, lo que 
este listo muchacho británico habría acabado por adivi- 
nar al cabo de algunas horas. 

StRAKER.— (Fríamente retador.) ¿Yo? ni UU añO. Si a USted 

le hubiésemos pulido durante tanto tiempo como a él, 
tal vez empezara usted a parecérsele. Pero lo que es 

ahora, ni pizca. (Dirigiéndose cortésmente a Violeta.) A SUS Ór- 
denes, señorita. Desea usted hablar con ese caballero: 

bien; me retiro, con su permiso. (Saluda con la mano afable- 
mente a Malone y sale por la puertecilla de la empalizada.) 

Violeta.— (Muy atenta.) Siento mucho, míster Malone, 
que ese hombre haya sido poco cortés con usted. Pero 
¿qué le hemos de hacer? -No hay más remedio que 
aguantar; es nuestro chauffeur, 

Malone.— ¿Su qué? 

Violeta. —El conductor de nuestro automóvil. Tiene 
una habilidad pasmosa; nos lleva a setenta millas por 
hora y entiende de reparaciones como nadie. Depende- 
mos de nuestros automóviles y nuestros automóviles de- 
penden de él; así, pues, dependemos de él. 

Malone.— He observado, señora, que por cada mil 
dólares que un inglés cobra, aumenta en uno el número 
de las personas de las que depende. De todos modos, no 
tiene usted que excusarse por ese hombre. Le hice hablar 
a propósito. Con ello me enteré de que estaba usted 
aquí con unos señores ingleses y mi hijo Héctor. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 179 

Violeta. — (Llevándole la conversación.) Sí. Teníamos la in- 
tención de ir a Niza, pero tuvimos que seguir a un señor 
algo excéntrico de nuestra partida que se marchó prime- 
ro y llegó aquí. ¿No se sienta usted? (Quita de la snia más 

próxima los dos libros.) 

MaLONE. - (impresionado por la atención.) MuchaS graciaS. 
(Se sienta fijándose en ella con cm-iosidad mientras va al velador 
a dejar en él los libros. Cuando se vuelve ella otra vez hacia él, 

dice:) Creo que tengo el honor de hablar con miss Ro 
binson. 

Violeta. — (Se sienta e inclina la cabeza afirmativamente.) 
MaLONE.— (sacando una carta de su bolsiUo.) Su Carta a Héc- 
tor dice lo siguiente: (violeta no logra reprimir un movimiento de 
sobresalto. El se interrumpe tranquilamente para sacar y ponerse sus 

gafas de oro.) «Querído: Han ido todos a la Alhambra, 
donde pasarán la tarde. Les he dicho que tenía dolor de 
cabeza, y todo el jardín es mío. Salta en el automóvil 
de Juanito. Straker te traerá en un periquete. De modo 
que vente aprisita, aprisita. Tu Violeta que te quiere.» 

(La mira, pero ya ella ha recobrado el imperio sobre sí y sostiene su 
mirada sin inmutarse. El prosigue despacio.) Ahora yO UO sé CUál 

es el trato entre la gente joven en Inglaterra, pero en 
América esta carta supondría cierto grado de cariñosa 
intimidad entre los interesados. 

Violeta. — Pues si conozco mucho a su hijo, míster 
Malone. ¿No le parece a usted bien? 

Malone. — (Algo cohibido.) Tanto como no parecerme 
bien, no. Pero entiéndase que mi hijo depende entera- 
mente de mí y que tiene que consultarme para cualquier 
paso importante que dé. 

Violeta.— Estoy segura de que no había usted de exi- 
gir de él cosas irrazonables, míster Malone. 

Malone. — Así lo creo también, miss Robinson; pero a 



180 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

SU edad hay muchas cosas que pueden parecerle a usted 
irrazonables y a mí no. 

Violeta. — (Con un pequeño estremecimiento.) PuCS bien, nO 

lleva a ninguna parte, míster Malone, que juguemos a 
los despropósitos. Héctor quiere casarse conmigo. 

Malone.— Lo deduje de la carta de usted. Pues bien, 
miss Robinson, él es dueño de hacer lo que le parezca; 
pero si se casa con usted, que no cuente con tanto así 

de mi dinero. (Se quita las gjifas y se las mete en el bolsillo con 
la carta.) 

Violeta. — (con alguna severidad.) Eso no es muy lisonje- 
ro para mí, míster Malone. 

Malone. — No digo nada en contra de usted, miss Ro- 
binson. Estoy convencido de que es usted una señori- 
ta amable y excelente. Pero tengo otras intenciones para 
con Héctor. 

Violeta.— Es posible que Héctor no tenga otras in- 
tenciones para consigo mismo, míster Malone. 

Malone.— Es posible. En ese caso, que no cuente con- 
migo; eso es todo. Probablemente usted ya se ha hecho 
su composición de lugar. Cuando una señorita escribe a 
un joven que venga aprisita, aprisita, el dinero no es 
nada y el amor lo es todo. 

Violeta. — (con decisión.) Dispénseme, míster Malone; no 
tengo yo ideas tan tontas. Es preciso que Héctor tenga 
dinero. 

Malone.— (Quedando parado.) ¡Ah! muy bien, muy bien. 
Claro, podrá trabajar para ganarlo. 

Violeta.— ¿De qué sirve tener dinero, si hay que tra- 
bajar para ganarlo? (se levanta impaciente.) No hay sentido 
en lo que dice usted, míster Malone. Usted debe poner 
a su hijo en condiciones de vivir según su posición. El 
tiene derecho a ello. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 181 

Malone. — (sardónico.) No le aconsejaría a usted, miss 
Robinson, que se casara con él fiándose en ese derecho. 

(violeta, que casi ha perdido toda su calma, hace un esfuerzo para 
recobrarla. Abre los puños antes apretados y vuelve a su asiento con 
estudiada tranquilidad y racionabilidad.) 

Violeta. — ¿Qué causas hay, según su parecer, que se 
oponen a mi enlace con Héctor? Mi posición social es 
tan buena como la suya por lo menos. El mismo lo 
confiesa. 

Malone. — (socarrón.) Esto se lo dirá usted de vez en 
cuando, ¿eh? Mire, la posición social de Héctor en In- 
glaterra es precisamente la que yo quiero comprarle. Le 
he hecho una oferta muy bonita. Puede buscar una casa 
señorial de las mejores, un castillo histórico o alguna 
abadía de las que abundan en Inglaterra para establece- 
su morada. El día que me diga que necesita una mujer 
digna de las tradiciones de la mansión, yo se la compra- 
ré y le proporcionaré los medios de gobernar la casa. 

Violeta.— ¿Qué quiere usted decir con una mujer dig- 
na de las tradiciones de la casa? ¿No puede cualquier 
mujer bien educada gobernar semejante casa? 

Malone. — No; tiene que haber nacido para ello. 

Violeta. — ¿Ha nacido Héctor para ello? 

Malone. — Su abuela fué una muchacha irlandesa que 
andaba descalza y me crió junto a una lumbre de turba. 
Que se casara Héctor con una muchacha de esa clase, y 
yo no le regatearía el dote. Que él se eleve socialmente 
gracias a mi dinero o eleve a cualquier otra persona, 
mientras haya por alguna parte un provecho social, lo 
daré por bien empleado. Un casamiento con usted deja- 
ría las cosas tales como están. 

Violeta. — Muchos de mis conocidos censurarían muy 
duramente el que yo me casara con el nieto de una mu- 



182 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

jer de la clase más baja, míster Malone. Será un prejui- 
cio, pero también es prejuicio el empeño de usted por 
casarle con un título. 

Malone. — (Levantándose y acercándose a ella con una mirada 
escudriñadora en la que se refleja cierto respeto involuntario.) Parece 

usted una muchacha muy franca y muy sincera. 

Violeta. — No veo por qué he de ser desgraciada toda 
mi vida por no ofrecer a usted provecho alguno. ¿Por 
qué quiere usted hacer desgraciado a Héctor? 

Malone. — Ya sabrá él sobrellevarlo. Los hombres so- 
portan más fácilmente una desilusión en amores que la 
pérdida de su fortuna. Supongo que usted juzgará sór- 
dida esta opinión, pero yo sé lo que me digo. Mi padre 
murió de inanición en Irlanda el año negro del cuarenta 
y siete. ¿Ha oído usted hablar de él? 

Violeta.— ¿El año de la carestía? 

Malone.— (con pasión creciente.) No, del hambre. Cuaudo 
un país está lleno de materias alimenticias y las exporta, 
no hay carestía. Mi padre murió porque no tuvo nada 
que llevarse a la boca, y el hambre empujó a mi madre 
a América conmigo en sus brazos. El régimen inglés me 
arrojó a mí y a los míos de Irlanda. Pues podéis los in- 
gleses guardaros Irlanda. Yo y otros compatriotas vol- 
vemos para comprar a Inglaterra y compraremos lo me- 
jor de ella. No quiero ni fortunas ni mujeres de la clase 
media para Héctor. Esto es hablar con franqueza, como 
usted, ¿no le parece? 

Violeta. — (Con frialdad glacial compadece su sentimentalismo.) 

Verdaderamente, míster Malone, estoy pasmada de oír a 
un hombre de su edad y sano juicio expresarse de un 
modo tan romántico. ¿Se figura usted que los nobles de 
Inglaterra le venderán sus fincas con sólo usted pedirlo? 
Malone. — Tengo en mi bolsillo proposiciones para le^ 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE Í83 

venta de dos mansiones históricas de las más antiguas 
familias del Reino. Uno de los dueños no tiene bastan- 
tes rentas para mandar quitar el polvo en las habitacio- 
nes, y el otro no puede pagar los derechos de sucesión. 
¿Qué dice usted ahora? 

Violeta. —• Eso es escandaloso. Pero seguramente, 
como usted sabe, el Gobierno tarde o temprano hará 
una ley poniendo coto a esos ataques socialistas a la 
propiedad. 

Malons.— (con fiereza.) No se imagine que esa ley se 
publicará antes de que yo logre hacerme con la casa, o, 
mejor dicho, con la abadía. Que las dos son abadías. 

Violeta. — (Dejando esto de lado con cierta impaciencia.) BUC- 

no, míster Malone, dejemos eso y hablemos cosas de 
sentido. Que hasta ahora nos hemos andado por las 
ramas. 

Malone. Me parece que no. Lo que yo he dicho es lo 
que pienso hacer. 

Violeta.— Entonces no conoce usted a Héctor como lo 
conozco yo. El es romántico y soñador — eso lo habrá he- 
redado de usted, supongo— y necesita una determinada 
mujer para cuidar de él, no una fantaseadora, sabe usted. 

Malone.— Una como usted, tal vez. 

Violeta.— (con caima.)— Sí, señor, eso. Pero no puede 
usted buenamente exigir que yo me encargue de eso sin 
absolutamente tener medios para sostener su posición. 

Malone. — (Alarmado.) Pare un poco, pare un poco. 
¿Adonde vamos con eso? Yo no sé que le haya pedido 
que se encargue de algo. 

Violeta. — Claro, míster Malone, me puede usted difi- 
cultar mucho el hablar con usted si se empeña en no 
entenderme. 

Malone.— (Medio aturdido.) No es mi intención engañar- 



1^1 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

la en nada, pero me parece que nos hemos apartado del 
camino recto. 

(Straker, con el aire de un hombre que se ha dado prisa, abre la 
puertecilla y deja paso a Héctor, quien, jadeando de indignación, entra 
en el jardín y se precipita hacia su padre; pero Violeta, muy alarmada, 
se levanta de repente y le cierra el paso. Straker no espera y se retira.) 

Violeta. — ¡Qué mala suerte! ¡Por Dios, Héctor, cálla- 
te, vete hasta que yo haya terminado de hablar con tu 
padre! 

Héctor, (inexorable.) No, Violeta; es preciso que tenga 

una explicación. (La aparta, pasa adelante y se encara con su pa- 
dre, cuyeis mejillas se enrojecen por calentársele la sangre irlandesa.) 

Oye, papá, ¡vaya un modo de proceder! 

Malone. — ¿Qué quieres decir? 

Héctor.— Has abierto una carta dirigida a mí. Has 
suplantado mi personalidad abusando de la confianza 
de esa señorita. Eso es incalificable. 

Malone. — (Amenazador.) Héctor, ten cuidado con lo que 
dices. Ten cuidado, te digo. 

Héctor. — He tenido cuidado. Estoy teniendo cuidado. 
Estoy teniendo cuidado de mi honor y mi posición en la 
sociedad de Inglaterra. 

Malone.— (Acalorado.) Tu posición es debida a mi dine- 
ro, ¿me entiendes? 

Héctor. — Pues bien, esa posición la has comprometi- 
do con abrir esa carta. Una carta de una señorita ingle- 
sa, no dirigida a ti— ¡una carta confidencial, una carta 
de cierta índole delicada, particular, abierta por mi pa- 
dre!— Es una cosa que en Inglaterra no se puede perdo- 
nar. Cuanto antes nos volvamos los dos a América, 

mejor será. (Apela mudamente al cielo parm hacerlo testigo de la 
vergílenza y angustia de dos desterrados.) 

Violeta. — (Poniéndose contra él con instintiva repugnancia a se- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 185 

mejantes escenas.) No SCaS tOIltO, HéctOr. Fué Id COSa máS 

natural del mundo que tu padre abriese mi carta, puesto 
que su nombre y apellido estaban en el sobre. 

Malone. - Eso es, ni más ni menos. No tienes sentido 
común, Héctor. Muchas gracias, miss Robinson. 

Héctor.— Yo también te doy las gracias. Es mucha 
amabilidad la tuya. Mi padre no entiende de esas cosas. 

Malone. — (Apretando furioso los puños.) Héctor... 

Héctor. — (con indomable fuerza moral.) No vale que te en- 
fades. Una carta particular es una carta particular, y una 
indiscreción es una indiscreción, no hay que darle 
vueltas. 

Malone. - (Levantando la voz.) ¿Quién eres tú para venir- 
me a mi con ésas? 

Violeta.— ¡Chist! por favor, que viene gente. 

(Padre e hijo, reducidos a silencio, se miran fijamente uno a otro 
cuando entra Tanner por la puertecilla con Ramsden, seguido de Octa- 
vio y Ana.) 

Violeta.— ¿Ya de vuelta? 

Tanner. -La Alhambra no está abierta por la tarde. 

Violeta.— ¡Vaya una gracia! 

(Tanner avanza y de pronto se encuentra entre Héctor y un señor de 
cierta edad a quien no conoce, ambos al parecer a punto de llegar a las 
manos. Mira a uno y a otro como pidiendo una explicación. Ellos evi- 
tan ceñudos su mirada y alimentan su enojo en silencio.) 

Ramsden.— Pero, Violeta, ¿en qué está usted pensan- 
do? iPoniéndose al sol con dolor de cabeza! 

Tanner.— ¿Y también a usted se le pasó, Malone? 

Violeta.— ¡Oh! dispensen, se me olvidaba presen- 
tarlos. Míster Malone, haga el favor de presentar a su 
padre. 

Héctor.— (Con firmeza romana.) No har^ tal. No es pa- 
dre mío. 



186 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Malone.— (Muy enfadado.) ¿Niegas a tu padre delante 
de tus amigos ingleses? 
Violeta.— ;Por Dios! no haga usted escenas. 

(Ana y Octavio, que están indecisos junto a la puertecilla, cambian 
una mirada de sorpresa y discretamente se retiran subiendo la escalera 
del jardín, desde donde pueden disfrutar el jaleo sin estorbar. Al ir ha- 
cia la escalera, Ana hace una pequeña mueca de muda simpatía a Vio- 
leta, que está de espaldas al velador, muy contrariada por ver a su esposo 
engolfarse cada vez más en consideraciones quijotescas sin la más mí- 
nima consideración a los millones del anciano.) 

Héctor.— Lo siento mucho, Miss Robinson, pero es- 
toy discutiendo una cuestión de principio. Soy, creo, 
buen hijo, que siempre he cumplido con mis deberes, 
pero antes que todo, soy hombre. Y si mi padre trata 
mis cartas particulares como si fuesen suyas y se pro- 
pasa a decir que no me casaré con usted, cuando preci- 
samente lo único que yo deseo es el consentimiento de 
usted, yo me encojo de hombros y voy por mi camino. 

Tanner.— ¿Qué dice usted? iQue quiere casarse con 
Violetal 

Ramsden. — ¿Está usted en su juicio? 

Tanner.— ¿Olvida usted lo que le hemos dicho? 

Héctor. — (Descuidado.) No me importa lo que me di- 
jeron. 

Ramsden.— (Escandalizado.) ¡Hombre, hombre! Eso sí que 

es un poco fuerte. (Se va precipitadamente hacia la puertecilla, con 
los codos temblando de indignación.) 

Tanner. — Otro loco. A esos hombres enamorados se 

los debiera encerrar. (Da a Héctor por perdido sin remisión y se 
aparta hacia el jardín, pero Malone se ofende en otro sentido, le sigue y 
le obliga, por la agresividad de su tono, a quedarse.) 

Malone.— No entiendo yo esto. ¿Cree usted que mi 
hijo no es bastante para casarse con esa señorita? 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 187 

Tanner.—No, señor, no es eso. Fíjese: esa señora ya 
está casada. Héctor lo sabe y, sin embargo, insiste en 
sus pretensiones. Lléveselo a casa y enciérrelo. 

Malone.— (con amargura.) De modo que este es el buen 
tono de las clases elevadas que no puedo yo compren- 
der, ignorante y rústico de mí. ¡Habráse visto, hacer el 

amor a una mujer casada! (Avanza enfadado por entre Héctor y 
Violeta y le grita a aquél en el oído izquierdo.) ¿HaS adquirido eSC 

hábito entre la aristocracia británica, eh? 

Héctor.— Está bien, no te preocupes. Yo respondo de 
la moralidad de todos mis actos. 

T ANNER. — (Acercándose a la derecha de Héctor con ojos cente- 
lleantes.) iBien dicho, Malone! Usted también ve que las 
meras leyes del matrimonio no constituyen la moralidad. 
Estoy conforme con usted, pero, desgraciadamente, Vio- 
leta no lo está. 

Malone. —Me permito dudarlo, caballero, (volviéndose 
hacia Violeta.) Teugo que decirle, mistress Robinson, o 
como se llame usted, que no tenía usted derecho a 
mandar aquella carta a mi hijo, si es usted la esposa de 
otro hombre. 

Héctor.— (ultrajado.) Esto ya es el colmo, papá; has 
insultado a mi mujer. 

Malone.— ¡Tu mujer! 

Tanner.— iDe modo que usted es aquel esposo ausen- 

tel ¡Otro impostor moral! (Se golpea la frente y se deja caer en 
la silla de Malone.) 

Malone.— ¡Te has casado sin mi consentimiento! 

Ramsden. — Se ha estado usted burlando de nosotros a 
sabiendas, caballero. 

Héctor.— Oigan ustedes, ya estoy harto de que todos 
me zahieran. Violeta y yo estamos casados, esta es toda 
la historia, ¿Quién tiene que decir algo en contra, a ver? 



188 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Malone. — Yo sé lo que tengo que decir. Se ha casado 
con un mendigo. 

Héctor.— No, se ha casado con un trabajador. Esta 
misma tarde empezaré a ganarme la vida. 

Malone.— (con una risa burlona.) Sí, ahora estás muy bo- 
yante porque ayer o esta mañana recibiste mi remesa 
de fondos, supongo. Espérate que se te acabe el dinero. 
Ya se te bajarán los humos. 

Héctor. — (sacando una carta con un cheque de su cartera.) 

Aquí está. (Tirándola hacia su padre.) Toma tu remesa y he - 
mos acabado; no volveré a tomar dinero tuyo ni volvie- 
ras a verme. No venderé el derecho de insultar a mi 
mujer por mil dólares. 

Malone. — (profundamente herido y lleno de cuidado.) HéctOr, 

no sabes lo que es la pobreza. 

Héctor.— (Apasionado.) Pues bien, quiero saberlo. Quie- 
ro ser un hombre. Violeta, te vienes conmigo a tu pro- 
pio hogar, que yo sabré hacértelo agradable. 

Octavio. — (saltando desde el jardín al césped y acercándose a la 

izquierda de Héctor.) Espcro que me darás la mano antes 
de marcharte, Héctor. Te admiro y te respeto más de lo 

que puedo expresar. (Se aprietan las manos, y Octavio vierte lá- 
grimas de emoción.) 

Violeta. — (También casi llorando, pero de rabia.) No SeaS 

idiota, Octavito. Héctor vale tanto para trabajador co- 
mo tú. 

TaNNER. — (Levantándose de su silla al otro lado de Héctor.) No 

se apure, señora; que no se va a hacer peón de albañil. 
(a Héctor.) Para capitales, si quiere hacer negocios, no 
hay cuidado, soy su amigo y puede disponer de lo mío. 
Octavio.— Y también de lo mío. 

Malone. — (Con fiero espíritu de competencia.) No necesita 

yiiestro cochino dinero. Me parece que estando aquí su 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 180 

padre no necesita de nadie. (Tanner y octavio retroceden: Octa- 
vio, algo ofendido; Tanner, consolado de ver qne se zuregla la cuestión 
del dinero. Violeta levanta la vista con nueva esperanza.) Héctor, 

hijo mío, no te sulfures asi. Me pesan las palabras que 
pronuncié. Nunca he pensado en ofender a Violeta. De 
todos modos lo retiro todo. Ella es precisamente la mu- 
jer que necesitas. 

Héctor.— (Dándole golpecitos en la espalda.) EutOUCeS; papá, 

ya está todo arreglado. No digas una palabra más. Vol- 
vemos a ser amigos. Únicamente que no acepto ya di- 
nero de nadie, ni de ti tampoco. 

MaLONE. — (SupUcando humildemente.) ¡Por DiOS, HéctOr, UO 

me digas eso! Preferiría que riñeses conmigo y acepta- 
ses mi dinero a que seamos amigos y te mueras de ham- 
bre. Tú no sabes lo que es el mundo, yo sí lo sé. 

Héctor.— No, no, no. Es cosa decidida, y no me apar- 
to de ello ya. (Pasa por delante de su padre y va hacia Violeta.) 

Vente conmigo, querida, a mi hotel, al lado de tu ma- 
rido, a tu sitio, a la vista de todo el mundo. 

Violeta. — Pero tengo que entrar un momento a decir 
a Davis que recoja el equipaje. Si quisieras hacer el fa- 
vor, mientras tanto, de ir al hotel y procurar que nos den 
una habitación con vista al jardín. Yo, dentro de media 
hora, soy contigo. 

Héctor.— Muy bien, muy bien. Comerás con nosotros, 
papá, ¿verdad? 

M ALONE.— (Deseoso de reconciliarle.) Sí, hombre, COn mu- 

cho gusto. 

Héctor.— Hasta la vista, señores. (Saluda con la mano a Ana, 
a la que acaban de acercarse Tanner, Octavio y Ramsden en el jardín y 
sale por la puertecilla, dejando solos en el césped a su padre y Violeta.) 

Malone.— Usted tratará de hacerle volverse razonable, 
Violeta. Estoy seguro de ello. 



190 HOMBRE Y SUÍ^ERHOMBRE 

Violeta. — Nunca me pude figurar que fuese tan tes- 
tarudo. Si sigue así, ¿qué le haré yo? 

Malone.— No se desanime. La presión ejercida por la 
mujer podrá ser suave, pero es de resultados seguros. 
Usted le vencerá a fuerza de constancia, prométa- 
melo. 

Violeta.— Haré lo posible. Excuso decir que conside- 
ro como la mayor insensatez reducirnos de esta manera 
a la pobreza. 

Malone. — Claro, claro. 

Violeta. — (Después de un momento de reflexión.) Lo mejOr 

será que me dé usted a mí el cheque que antes le devol- 
vió. Lo necesitará para pagar la cuenta del hotel. Yo veré 
si puedo hacer que lo acepte. No ahora mismo, excuso 
decir, pero sí en el momento oportuno. 

Malone.— (con vivo asentimiento.) Sí, SÍ, SÍ; ese es preci- 
samente el camino. (Le entrega el cheque de mil dólares, añadien- 
do con tono significativo.) Esto, naturalmente, es la mensua- 
lidad de soltero, luego ya será otra cosa. 

Violeta. —(Fríamente.) Ya, ya. (Toma el cheque.) MuchaS 

gracias. A propósito, míster Malone, esas dos casas a 
que antes aludió... las abadías. 

Malone. —¿Pues? 

ViOLETA.—No compre ninguna hasta que yo la haya 
visto. Nunca se puede saber qué defectos tienen esos 
edificios antiguos. 

Malone.— Descuide usted, que no haré nada sin con- 
sultarla. 

Violeta. — (Atenta, pero sin demostración de agradecimiento.)] 
Gracias, eso será lo mejor. (Se vuelve tranquilamente hacia la 
villa, escoltada cortésmente por Malone hasta el extremo alto del jardín.) 

TannER. — (Llamando la atención de Ramsden sobre la actitud de 
humilde obsequiosidad de Malone despidiéndose de Violeta.) ¡Y CSC 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 191 

pobre diablo es un billonario, una de las grandes inteli- 
gencias de nuestra época, atado al cordel como un perro 
de lanas por la primera muchacha que se toma el traba- 
jo de despecharle! ¿Si habré de parar yo en lo mismo 

algún día? (Vuelve ai césped bajando por la escalera.) 

RamsdEíNí. — (Siguiéndole.) Cuanto antes mejor para usted. 

MaLONE. — (Frotándose las manos al volver por el jardín.) Esa ha 

de ser una gran mujer para Héctor. No la cambiaría yo 

por diez duquesas. (Baja ai césped y viene a colocarse entre Rams- 
den y Tanner.) 

Ramsden.— (Muy atento con el buionario.) Es uu placer in- 
esperado encontrarle a usted en este rincón del mundo, 
Míster Malone. ¿Ha venido usted a comprar la Al- 
hambra? 

Malone.— Hombre, no digo que no podrá ser. De to- 
dos modos, mejor estaría esa joya arquitectónica en mis 
manos que en las del gobierno español. Pero no es la 
causa de mi venida. Para decirle a usted la verdad, 
hace cosa de un mes escuché la parte de una conversa- 
ción entre dos hombres, acerca de una porción de accio- 
nes. No estaban conformes en el precio. Eran jóvenes y 
ansiosos y no sabían que, si las acciones valían lo que 
se ofrecía por ellas, debían de valer también lo que se 
pedía, pues la diferencia era insignificante. Por diversión 
intervine en la conversación y acabé por comprar las 
acciones. Pero el caso es que hasta la fecha no he podi- 
do saber en qué consiste la empresa. La sede está en 
esta ciudad y la razón social es Mendoza y Compañía. 
Ahora, que si la empresa es una mina, o un banco, o 
una fábrica de electricidad... 

Ramsden.— Mendoza es un hombre a quien yo conoz- 
co. Sus principios son muy comerciales. Si quiere usted 
acompañarnos en una jira alrededor de la ciudad, en 



102 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

nuestro automóvi!, míster Malone, podrá usted verse con 
él de paso. 

Malone.— Con mucho gusto, ya que es usted tan 
amable. ¿Y puedo saber con quién tengo el honor...? 

Ramsden.— Soy mister Roebuck Ramsden, un antiguo 
amigo de su nuera. 

Malone.— Tengo un verdadero placer en conocerlo, 
míster Ramsden. 

Ramsden.— Gracias, el gusto es mío. Míster Tanner es 
también de nuestra partida. 

Malone. — Me alegro también de conocerle a usted, 
míster Tanner. 

Tanner. — Igualmente. (Malone y Ramsden salen, muy amigos, 
por la puertecilla. Tanner llama a Octavio, que está paseándose por el 
jardin con Ana.) ¡Octavíto! (Octavio se acerca a la escalera y Tanner 

dice en voz baja:) ¡Violeta se ha casado con un comandita- 
rio de bandoleros! (Tanner sale corriendo para alcanzar a Malone 
y Ramsden. Ana se acerca despacio a la escalera, con el vago deseo de 
atormentar a Octavio.) 

Ana.— ¿No quiere usted ir con ellos, Octavíto? 

Octavio.— (Brotándole de repente unas lágrimas.) Me desgarra 

usted el corazón, Ana, al decirme que me vaya. (Baja ai 

césped para ocultar su cara. Ella le sigue cariñosa.) 

Ana. — ¡Pobrecito Octavio! ¡Pobre corazoncitol 

Octavio.— Le pertenece a usted, Ana. Perdóneme, 
tengo que hablar de ello. Ya sabe que yo la quiero. 

Ana.— ¿De qué sirv^e eso. Octavio? Ya sabe usted que 
mi madre ha decidido que yo me case con Juanito. 

Octavio.— (Atónito.) ¿Con Juanito? 

Ana— Es absurdo, ¿verdad? 

Octavio.— (con resentimiento creciente.) ¿Quiere csto decir 
que Juanito ha estado jugando conmigo todo el tiempo? 
¿Que me ha estado instando para que no me casara con 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE lO^Í 

usted porque sus intenciones son casarse con usted él? 

Ana. — (Alarmada.) No, uo, hombre, y no le diga usted 
que yo he dicho semejante cosa. No creo que Juanito 
sepa lo más mínimo de todo ello. Únicamente, que se 
desprende claramente del testamento de mi pobre padre 
que la voluntad suya era que yo me casara con Juanito- 
Y mi madre se empeña en que así suceda. 

Octavio.— Pero no está usted obligada a sacrificarse 
continuamente a los caprichos de sus padres. 

Ana. — Mi pobre padre me quería mucho. Mi madre 
también me quiere. Seguramente que los deseos de 
ellos son una mejor guía que mis egoísticas propias in- 
clinaciones. 

Octavio. -¡Oh! Yo sé que usted no es egoísta. Pero, 
créame— aunque estoy hablando en mi proipo interés — , 
la cuestión tiene una segunda parte. ¿Podrá Juanito ca- 
sarse con usted si usted no le quiere? ¿Está bien en us- 
ted destruir mi dicha si usted no le quiere? ¿Está bien 
destruir mi dicha y la de usted si es que usted me quiere? 

Ana. — (Mirándole con un vago impulso de lástima.) OctaVÍtO 

querido, es usted un corazón de oro, un buen chico. 
Octavio.— (Humillado.) ¿Nada más? 

Ana. — (Maliciosa a pesar de su lástima.) Ya eS mUCho, 

le aseguro. Usted besaría siempre donde yo pisara, 
¿verdad? 

Octavio.— Sí, aunque parezca ridículo. Pero no es 
exagerado. Así haré siempre. 

Ana. — Siempre es decir mucho, Octavito. Mire, yo 
tendría que vivir siempre conforme a su idea de mi di- 
vinidad, y creo que sería imposible de estar casada con 
usted. Pero si me caso con Juanito, usted nunca estará 
desilusionado, por lo menos hasta que yo sea demasiado 
vieja. 

13 



194 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Octavio. -Yo también envejeceré, Ana. Y cuando 
tenga ochenta años, una cana de la mujer que yo ame 
me hará temblar de emoción más que la gruesa trenza 
en la cabeza de la más hermosa joven. 

Ana. — (casi conmovida.) ¡Oh, eso es poesía, Octavio, ver- 
dadera poesía! Me causa como una repentina extraña 
sensación del eco de una vida anterior, que es para mí 
una prueba evidente de que tenemos almas inmortales. 

Octavio. — ¿Cree usted que es verdad? 

Ana. — Octavito, si ha de resultar verdad, es preciso 
que renuncie a mí y al mismo tiempo que me quiera. 

Octavio. — ¡Oh! (Se sienta de repente al velador y se cubre la 
cabeza con ambas manos.) 

Ana. — (con convicción.) Octavíto, por nada en el mundo 
quisiera destruir sus ilusiones. Ni puedo aceptarle ni de- 
jarle. Veo exactamente lo que realmente le conviene. 
Debe usted, por causa mía, acabar en viejo solterón sen- 
timental. 

Octavio. (Desesperado.) Ana, yo me mataré. 

Ana. — ¡Oh, no haga usted eso! Sería poco amable. No 
lo pasará usted mal. Las mujeres le querrán mucho. Irá 
usted mucho a la ópera. Un corazón destrozado es una 
afección que viste bien en Londres cuando se tiene una 
buena renta. 

Octavio. — (considerablemente enfriado, pero creyendo que es sólo 

que recobra la calma.) Veo, Ana, que hace usted lo posible 
para consolarme. Juanito le habrá hecho creer que el ci- 
nismo es el mejor tónico para mí. (Se levanta con tranquila 
dignidad.) 

Ana.— (observándole con mucha atención.) Ve USted, ya le 

estoy desilusionando. Eso es lo que yo temo. 
Octavio.— ¿No teme desilusionar a Juanito? 

Ana. - (Cuya CEU^ se ilumina con maligno éxtasis, murmurando:) 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 195 

No puede ser, no tiene ilusiones respecto de mí. Sorpren- 
deré a Juanito en sentido contrario. Deshacerse de una 
impresión desfavorable es más fácil que mantenerse en 
las alturas del ideal. |0h, yo embelesaré a veces a Jua- 
nito! 

Octavio. — (Recobrando la fase calurosa de la desesperación y 
empezando a disfrutar de su corazón destrozado y actitud delicada sin 

saberlo.) No lo dudo. Le embelesará usted siempre. Y él... 
tonto de él... cree que usted le hará desgraciado. 

Ana.— Sí, esa es la dificultad para mí. 

Octavio.— (Heroico.) ¿Quiere usted que yo le diga que 
usted le ama? 

Ana.— (Brusca.) ¡Oh, no; huiría otra vezl 

Octavio.— (Herido en su modo de sentir.) Pero diga usted, 
Ana, ¿usted se casaría con un hombre contra su vo- 
luntad? 

Ana.— ¡Qué cosas tiene usted, Octavito! No hay hom- 
bre que tenga voluntad cuando una mujer realmente le 
anhela, (se ne con maldad.) Le extraño a usted, supongo. 
Pero conoce que ya le proporciona cierta íntima satisfac- 
ción el verse a sí mismo fuera de peligro. 

Octavio.— (Quedándose parado.) ¡Satisfacción! (En tono de 

reproche.) ¡Así me habla usted! 

Ana. — Pues si fuese realmente una agonía, ¿pediría 
usted más aún? 

Octavio.— ¿He pedido yo más? 

Ana.— Se ha ofrecido usted a decirle a Juanito que le 
amo. Eso es sacrificio de sí mismo, concedido, pero debe 
de haber alguna satisfacción en ello. Tal vez sea porque 
es usted poeta. Se parece al pájaro que oprime su pecho 
contra la punzante espina para hacerse cantar. 

Octavio.— Es bien sencillo. La quiero y deseo que sea 
feliz. Usted no me quiere, de modo que yo no puedo ha- 



196 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

cerla feliz, pero puedo contribuir a que otro lo haga. 

Ana. — Sí, parece muy sencillo. Pero dudo que conoz- 
camos los verdaderos motivos de nuestras acciones. Lo 
único verdaderamente sencillo es ir derecho a lo que 
deseamos y agarrarlo. Puede ser que no le ame a usted, 
Octavito, pero a veces me dan como ganas de hacerle 
hombre. Es usted muy ignorante en lo que concierne a 
las mujeres. 

Octavio.— (Casi con Maldad.) Estoy contento de ser como 
soy en este particular. 

Ana.— Entonces no debe usted acercarse a ellas, sino 
sólo soñar con ellas. Por nada en el mundo quisiera yq 
casarme con usted, Octavito. 

Octavio.— No tengo esperanza alguna, Ana; acepto 
mi mala estrella. Pero no creo que sepa usted bien cuán- 
to me hace sufrir. 

Ana.— Es usted tan tierno de corazón. Es extraño que 
sea usted tan diferente de Violeta. Ella es más dura que 
el acero. 

Octavio. — ¡Oh, no! Estoy seguro de que Violeta tiene 
un verdadero corazón de mujer. 

Ana.— (Con alguna impaciencia.) ¿Por qué dice usted esto? 
¿No es de mujer ser lista, saber arreglar sus negocios, te- 
ner mucho juicio? ¿Quisiera usted que Violeta fuese una 
idiota... o una cosa peor, como yo? 

Octavio.— ¿Una cosa peor, como usted?... ¿Qué quie- 
re usted decir, Ana? 

Ana.— No he querido decir eso, naturalmente. Pero 
aprecio mucho a Violeta. Va siempre derecha por el ca- 
mino que se ha trazado. 

Octavio. — (suspirando.) Lo mismo que usted. 

Ana. — Bueno, pero de todos modos, ella procede sin 
habladurías... sin excitar sentimentalismos. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 197 

Octavio. — (con insensibilidad fraternal.) Creo que nadie pue- 
da entusiasmarse mucho por Violeta, por más bonita 
que sea. 

Ana. — Si ella se lo propusiera, ya lo creo. 

Octavio.— Pero creo que ninguna mujer honrada po- 
dría así deliberadamente explotar los instintos de un 
hombre. 

Ana.— ¡A y, ay, ay, Octavito de mi alma! ¡Dios tenga 
de su mano a la mujer que se case con usted! 

Octavio. — (sintiendo revivir su pasión al oirse llamar así.) ¡Oh' 

¿por qué dice usted eso, por qué? No me atormente. No 
comprendo. 

Ana.— Suponga que ella esté mintiendo y colocando 
lazos para cazar hombres. 

Octavio. — ¿Cree usted que yo podría casarme con se- 
mejante mujer? Yo que he conocido y amado a usted. 

Ana.— ¡Huml De todos modos, ella es la que no qui- 
siera, si tuviese juicio. En fin, ya está arreglado, no quie- 
ro hablar más. Dígame que me perdona y que el asunto 
ha terminado. 

Octavio.— No tengo que perdonar nada, y el asunto 
está terminado. Y aunque la herida quede abierta, por 
lo menos usted nunca la verá sangrar. 

Ana. — Poético hasta el final, Octavito. Adiós, querido. 

(Le acaricia la mejilla, tiene un impulso de besarle y luego otro impulso 
de repugnancia, que se lo impide; finalmente, huye a través del jardín 
hacia la «villa».) 

(Octavio otra vez se sienta al velador, apoyando la cabeza en la 
mano y sollozando suavemente. Mrs, Whitefield, que ha estado de com- 
pras por las tiendas de Granada y se trae una red llena de paquetitos, 
entra por la puertecilla y le ve.) 

MiSTRESS Whitefield.— (Precipitándose hacia él y levantándo- 
le la cabeza.) ¿Qué le pasa, Octavito? ¿Está usted malo? 



198 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Octavio.— No, no es nada, nada. 

MlSTRESS WhITEFIELD. — (Todavía teniéndole la cabeza, angus- 
tiada.) ¡Pero está usted llorando! ¿Es por el casamiento 
de Violeta? 

Octavio.— No, no. ¿Quién le ha dicho lo de Violeta? 

MlSTRESS WhiTEFIELD.— (Devolviendo la cabeza a su dueño.) 

Me encontré a Roebuck y a aquel terrible viejo irlandés. 
¿Está usted seguro de no estar enfermo? ¿Qué le su- 
cede? 

Octavio.— (Cariñoso.) No es nada... un corazón destroza- 
do. ¿No suena a ridículo? 

MlSTRESS Whitefield.— Pero ¿qué hay? ¿Es que Ana 
ha hecho una de las suyas? 

Octavio. — No es culpa de Ana. Y no crea usted que 
tengo resentimiento con usted. 

MlSTRESS Whitefield.— (con extañeza.) ¿De qué? 

Octavio.— (Apretándole la mano.) De nada. Le aseguro a 
usted que no le tengo resentimiento alguno. 

MlSTRESS Whitefield.— Pero, repito, ¿de qué? ¿He he- 
cho yo algo que pueda haberle ofendido? 

Octavio.— (sonriéndose dolorido.) ¡No lo comprende usted! 
Confieso que está usted en lo justo prefiriendo a Juanito 
para marido de Ana. Pero yo amo a Ana y me hace su- 
frir la idea de perderla para siempre, (se levanta y va hacia 

el centro del césped.) 

MlSTRESS Whitefield. — (siguiéndole aprisa.) ¿Le ha dicho 
Ana que yo quiero que se case con Juanito? 

Octavio. — Sí, así me ha dicho. 

MlSTRESS Whitefield.— (Pensativa.) Entonces, lo siento 
mucho por usted, Octavito. Es su manera de hablar para 
decir que ella desea casarse con Juanito. ¿Qué le impor- 
ta lo que yo diga o desee? 

Octavio. — Pero seguramente no lo diría si no lo ere- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 199 

yese verdad. Supongo que no sospechará usted a Ana 
de... de querer engañar. 

MiSTRESS Whitefield.— No haga usted caso, Octavito. 
No sé lo que es mejor para un joven: saber demasiado . 
poco, como usted, o saber demasiado, como Juanito. 

(Xanner vuelve.) 

Tanner.— Pues bien, ya me he quitado de encima al 
viejo Malone. Le he presentado a Mendoza y he dejado 
a los dos ladrones arreglarse entre sí. iHola, OctavitO; 
vaya una cara que traes! 

Octavio.— Según veo, tengo que arreglarme un poco. 
Voy a mi cuarto a ver si me refresco con una ducha a la 
cabeza, (a Mrs. whitefíew.) Dígale lo que le parezca, (a Tan- 
ner.) Sabe, Juanito, que Ana está conforme. 

Tanner. — (Extrañado de su modo de ser.)Conforme ¿COU qué? 

Octavio.— Con los deseos de su señora madre, (va con 

nienlancólica dignidad hacía la <vllla>.) 

Tanner. — ¿Qué significa ese misterio? ¿Cuál es sude- 
seo? Será cumplido, sea el que sea. 

MlSTRESS Whitefield. — (Con agradecimiento, lacrimosa.) Mu- 
Chas gracias, Juanito. (Se sienta. Tanner trae otra sUla, desde la 
mesa, y se sienta junto a ella, apoyando los codos en las rodillas, pres- 
tándole suma atención.) No sé por qué es así que los hijos de 
otras personas son tan amables para conmigo, mien- 
tras mis hijas me tienen tan poca consideración. No es 
extraño que parezca yo querer más a usted, y Octavito, 
y Violeta, que a Ana y Rhoda. Este mundo es muy raro. 
Antes todo se hacía sencilla y sinceramente, a la buena 
de Dios, y, hoy día, parece que nadie siente y piensa 
como debiera. 

Tanner. — Sí, señora, la vida es más complicada de lo 
que se solía creer. Pero ¿qué puedo hacer por usted? 

MlSTRESS Whitefield,— Es precisamente lo que quiero 



200 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

decirle. Claro está que usted se casará con Ana, que lo 
quiera yo o no lo quiera... 

TaNNER. — (poniéndose bruscamente de pie.) Me parece que 

me quieren casar con Ana, que lo quiera yo o no lo quiera. 

MiSTRESS Whitefield.— (calmosa.) Probablemente se ca- 
sará usted con ella. Ya sabe usted cómo las gasta cuan- 
do se ha propuesto una cosa. Pero a mí no me metan en 
el lío para nada, es lo único que pido. Octavio me acaba 
de decir que ella afirma que yo me empeño en que us- 
ted se case con ella, y el pobre muchacho está desespe- 
rado, porque la quiere, aunque no puedo comprender lo 
que tanto le llama la atención en ella. Pero, en fin, de 
gustos no se puede discutir. Ahora es inútil decirle a 
Octavito que Ana engaña a la gente diciendo que yo 
tengo deseo de eso o de más allá, cuando a mí ni se 
me ha pasado por la mente. Ella no haría más que 
irritar a Octavito contra mí. Pero usted ya sabe mejor a 
qué atenerse. Así, pues, si usted se casa con Ana, nunca 
se enfade conmigo. 

Tanner.— (Enfático.) No teugo la más mínima inten- 
ción de casarme con ella. 

MiSTRESS Whitefield. — (socarrona.) Usted le conviene 
más que Octavito. En usted, Juanito, encontraría la hor- 
ma de su zapato. Me alegraría verla en manos de quien 
la puede. 

Tanner.— Ningún hombre puede a una mujer como 
no sea con una estaca o un par de botas claveteadas. Y 
aun no siempre. De todos modos, yo no valgo para ma- 
nejar la estaca contra ellas. Así, pues, no sería más que 
su esclavo. 

MiSTRESs Whitefield.— No, a usted le tiene miedo. 
De todos modos, usted le diría la verdad sobre ella. No 
se gafaría de usted como de mí. 



HOMBRE y SUPERHOMBRE 201 

Tanner.— Todo el mundo me llamaría bruto si yo le 
dijese a Ana la verdad en los términos de su propio có- 
digo moral. En primer lugar, Ana dice cosas que no se 
ciñen a la más estricta verdad. 

MiSTRESS Whitefield. — Me alegro de que haya al- 
guien que no la tenga por un ángel. 

Tanner. — En una palabra... para hablar ya como si 
fuese su marido y estuviésemos riñendo... es una menti- 
rosa. Y como ha enamorado locamente a Octavito sin 
intención de casarse con él, es una coqueta, si hemos de 
atenernos a la definición de que una coqueta es una 
mujer que provoca pasiones que no tiene intención de 
satisfacer. Y como ahora a usted la ha llevado a estar 
dispuesta a sacrificarme en el altar por la mera satisfac- 
ción de verme llamarla mentirosa, deduzco de ello que 
también es de armas tomar. No puede intimidar a los 
hombres como intimida a las mujeres; así, pues, habi- 
tualmente y sin escrúpulo alguno usa su fascinación 
personal para reducir la voluntad de los hombres. Esto 
hace que viene a ser un ser que casi no puedo calificar 
sin faltar al respeto que debo a usted. 

MiSTRESS Whitefield. — (Tratando de suavizar.) Hombrc, 
no puede usted pedir la perfección, Juanito. 

Tanner. —Tampoco la pido. Pero me enfada el modo 
de ser de Ana. Sé perfectamente que todo aquello de ser 
ella una mentirosa, y una coqueta, y una bravia es una 
acusación que se puede hacer contra todo el mundo. 
Todos mentimos, todos nos hacemos los valientes en lo 
que nos atrevemos, todos buscamos admiración sin la 
más mínima intención de merecerla, todos sacamos lo 
que podemos de nuestro don de agradar. Si Ana quisie- 
ra confesar eso, yo no reñiría con ella. Pero no quiere. 
Cuando tenga hijos se aprovechará de las mentiras que 



202 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

digan para divertirse en pegarlos. Si otra mujer (de 
nuestras conocidas) me mirase, Ana diría que no quiere 
seguir tratando a una coqueta. Hará exactamente lo que 
a ella le guste mientras exigirá que todos los demás se 
atengan estrictamente al código de las convenciones 
sociales. En resumen, todo lo aguanto excepto su mal- 
dita hipocresía. Esta es la que a mí me revienta. 

MlSTRESS WhITEFIELD — (Arrebatada por el alivio de oir su 
propia opinión tan elocuentemente expresada.) ¡Oh- SÍ, eS Una hi- 
pócrita. Sí lo es, ya lo creo. 

Tanner.— Entonces, ¿por qué quiere usted que me 
case con ella? 

MlSTRESS Whitefield.— ¡Vaya! Eso es, écheme a mí 
el mochuelo. Nunca he pensado en semejante cosa has- 
ta que me dijo Octavito que ella se lo había asegurado. 
Pero, sabe usted, yo quiero mucho a Octavito, para mí 
es así como un hijo, y no quiero verle pisoteado y des- 
graciado. 

Tanner. — Y a mí que me parta un rayo, ¿verdad? 

MlSTRESS Whitefield. — ¡Oh! usted es muy diferente, 
usted ya sabe resguardarse solo. Ya la sabrá domar. Y 
luego, de todos modos, con alguien tiene Ana que ca- 
sarse. 

Tanner.— ¡Ah! ya habla el instinto de la vida. Usted 
la detesta, pero usted está convencida de que debe pro- 
curar casarla. 

MlSTRESS Whitefield.— (Levantándose ofendida.) ¿Quíere 
usted decir que yo detesto a mi hija? Supongo que no 
me creerá tan mala y desnaturalizada, meramente por- 
que veo sus defectos. 

Tanner. — (Cínico.) ¿La adora usted entonces? 

MlSTRESS Whitefield.— Sí, la quiero mucho, como es 
natural. jQué cosas más raras se le ocurren a usted, Jua- 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 203 

nito! ¿No hemos de querer a los pedazos de nuestras 
entrañas? 

Tanner.— Claro, porque el afirmarlo así evita disgus- 
tos. Pero, por mi parte, sospecho que los lazos de con- 
sanguinidad más bien son origen de repugnancia natu- 
ral. (Se levanta.) 

MiSTRESS Whitefield. — No debe usted hablar así, 
Juanito. Espero que no diga nada a Ana de lo que he- 
mos estado hablando. Yo sólo he querido sincerarme 
ante usted y Octavito. No podía quedarme callada y de- 
jar que me echaran la culpa de todo unos y otros. 

Tanner. — (cortés.) Muy bien. 

MiSTRESS Whitefield. — (Nada satisfecha.) Y ahora no he 
hecho más que empeorar las cosas. Octavito está enfa- 
dado conmigo porque no tengo una opinión más eleva- 
da de Ana. Y cuando me sugieren que Ana debiera ca- 
sarse con usted, ¿qué puedo yo decir sino que le estaría 
bien empleado a ella? 

Tanner. — Gracias. 

MiSTRESS Whitefield. — No sea usted tonto y no quie- 
ra interpretar mal mis palabras. Conmigo hay que ju- 
gar limpio... 

(Ana viene de la «villa», seguida de Violeta vestida para ir en 
automóviu) 

Ana. (Acercándose a la derecha de su madre con suavidad ame- 
nazadora.) jHola!, mamá, parece que es muy entretenida 
la charla con Juanito. Se los oye a ustedes por todo el 
jardín. 

MiSTRESS Whitefield. — (Asustada.) Pero ¿has escu- 
chado?... 

Tanner. — Nada de eso. Ya se sabe, Ana sólo ha... en 
fin, lo que dijimos antes de su modo ^e ser. No ha oído 
iii una palabra. 



204 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

MiSTRESS Whitefield. — (Enérgica.) No me impofta que 
haya oído o no. Tengo derecho a hablar lo que me 
parezca. 

Violeta. — (Llegándose al césped y colocándose entre Mrs. White- 
field y Tanner.) He venido para despedirme. Voy a empren- 
der mi viaje de boda. 

MiSTRESS Whitefield. ~ (Llorando.) No diga usted eso, 
Violeta. 1 Vaya una boda, sin ceremonia nupcial, sin tra- 
jes, sin banquete, sin nada! 

Violeta. — (Acariciándola.) No estaré ausente mucho 
tiempo. 

MiSTRESS Whitefield. — No le deje llevársela a Amé- 
rica, prométeme que no le dejará. 

Violeta.— (Muy decidida.) Descuide usted. ¡No faltaba 
más! No llore, querida, que sólo voy al hotel. 

MiSTRESS Whitefield. — Pero marcharse así en ese tra- 
je, con su equipaje, me hace pensar en que... (soiioza y 
vuelve a estallar su pena.) ¡Cuánto desearía que fuese usted 
mi hija, Violeta! 

Violeta. — (consolándola.) Vamos, vamos, que lo soy. 
Ana va a tener celos. 

MiSTRESS Whitefield. — ¿Qué le importo yo a Ana? 

Ana.— ¡Por Dios, mamá, no llores, que no hay para 
qué! Además ya sabes que a Violeta no le gusta. (Mistress 

Whitefield se enjuga los ojos y se tranquiliza.) 

Violeta.— Adiós, Juanito. 

Tanner. - Adiós, Violeta, y muchas felicidades. 

Violeta. — Cuanto antes se case usted también, mejor 
será. Será usted mucho mejor comprendido. 

Tanner.— (Reacio.) Espero verme casado esta misma 
tarde. Todos se han empeñado ustedes, según parece. 

Violeta.— Peor cosa podría usted hacer, (a Mrs. White- 
field echándole el brazo por el talle.) La VOy a ilevar al ilotel 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 205 

conmigo; le hará bien el paseíto. Entre un momento y 

coja un abrigo. (La lleva hacia la villa.) 

MlSTRESS WhITEFIELD.— (ai subir por el jardín.) No sé lo 

que va a ser de mí cuando usted se haya marchado, con 
nadie a mi lado más que Ana. Y ella siempre está ocu- 
pada con los hombres. Claro que no puedo esperar que 
su esposo quiera sufrir la molestia de tener en su casa 
una vieja como yo. No me diga nada; la cortesía está 
muy bien, pero yo no me hago ilusiones, (se alejan hasta 

ya no ser ni vistas ni oídas.) 

(Ana, reflexionando sobre el oportuno consejo de Violeta, se acerca a 
Tanner, le mira un momento de pies a cabeza con cierto regocijo y 
finalmente suelta la palabra.) 

Ana. — Violeta tiene razón. Usted debiera casarse. 

Tanner. — (como una explosión.) Ana, conste, no quiero 
casarme con usted. ¿Lo oye usted? No quiero, no quie- 
ro, no quiero. 

Ana. — (plácida.) Nadie se lo pide, caballero; nadie, na- 
die, nadie. 

Tanner. — Sí; nadie lo pide, pero todo el mundo lo da 
por hecho. Está en el aire. Cuando nos encontramos, los 
demás se ausentan con pretextos absurdos para dejarnos 
solos uno con otro. Ramsden ya no me mira de reojo. 
Sus ojos brillan alegres, como si ya nos viera juntos en 
la iglesia. Octavio me dirige a su madre de usted y me 
da la enhorabuena, Straker abiertamente la trata a us- 
ted como a su futura ama; él fué quien primero me ha- 
bló de ello. 

Ana. — ¿Por eso huyó usted? 

Tanner. — Sí, para luego ser detenido por un bandole- 
ro enfermo de amor, y ser encerrado como chico que 
hizo novillos. 

Ana. — Pues bien, si usted no quiere casarse, no se 



206 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

case, y punto concluido. (Se aparta y se sienta tranquilamente.) 

Tanner.— (siguiéndola.) ¿Hay algún hombre que quiera 
ser ahorcado? Y, sin embargo, hay hombres que se de- 
jan ahorcar sin resistencia alguna, aunque pudiesen si- 
quiera saltarle un ojo al clérigo que los asiste en su úl- 
timo trance. Cumplimos la voluntad del Universo, no la 
nuestra. Tengo como un terrible presentimiento de que 
dejaré que me casen, porque es la voluntad del Univer- 
so que usted tenga un marido. 

Ana. Es probable que lo tenga algún día. 

Tanner. — Pero ¿por qué he de ser precisamente yo, yo 
entre todos los hombres? Para mí el casamiento es una 
apostasia, una profanación del santuario de mi alma, 
una violación de dignidad como hombre, una venta de 
mis derechos nativos, una vergonzosa rendición, una 
capitulación ignominiosa, una aceptación de la derrota. 
Decaeré como una cosa que ha llenado su objeto y ya 
no hace falta; me convertiré de hombre con porvenir en 
hombre con pasado; veré en los ojos ruines de todos los 
demás casados la expresión de maligno placer que les 
proporciona la llegada de un nuevo preso que viene a 
compartir su ignominia. Los solteros me despreciarán 
como a un desertor; para las mujeres yo, después de ha- 
ber sido siempre un enigma y una probabilidad, seré 
meramente una propiedad ajena, una mercancía averia- 
da; cuando más, un hombre de segunda mano. 

Ana. -Pues su mujer puede ponerse una gorra ridicu- 
la y afearse, como mi abuela, para tranquilizarle. 

Tanner. — ¡Para hacer más insolente su triunfo con 
arrojar públicamente el cebo en el momento en que la 
trampa se cierra sobre su víctima! 

Ana.— Después de todo, ¿qué diferencia habría, aun- 
que fuese así? La hermosura hace efecto a la primera 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 207 

vista, pero ¿quién hace caso después de que está en 
casa tres días? Encontré muy bonitos nuestros cuadros 
cuando mi pobre papá los compró, pero luego no los he 
vuelto a mirar durante años. Usted nunca se preocupa 
de que si soy guapa o fea; está usted demasiado acos- 
tumbrado a verme. Podría yo ser un bastonero, y me 
miraría usted lo mismo. 

Tanner. — Miente usted, vampiro, miente con toda la 
boca. 

Ana. — Adulador incorregible. ¿Por qué trata de fasci- 
narme, Juanito, si no quiere casarse conmigo? 

Tanner. — ¡La fuerza de la vida! ¡Estoy entre las ga- 
rras de la fuerza vitall 

Ana.— No entiendo una palabra. 

Tanner.— ¿Por qué no se casa usted con Octavio? Él 
no desea otra cosa. ¿O es que no la satisface una presa 
que no lucha? 

Ana. — (volviéndose hacia él como para comunicarle im secreto.) 

Octavito nunca se casará. ¿No ha notado usted que los 
hombres como él nunca se casan? 

Tanner. — ¡Cómo! Un hombre que idolatra a las muje- 
res, que no ve en la Naturaleza sino escenarios para 
dúos de amor. ¡Octavio, el hombre caballeresco, el fiel, 
el tierno de corazón, el verídico! ¡Que nunca se ha de 
casar! Pero si ha nacido para dejarse seducir por los pri- 
meros ojos de mujer que encuentre en la calle. 

Ana.— Sí, ya sé. Y, sin embargo, Juanito, los hombres 
como él suelen vivir toda la vida en cómodas casas de 
soltero, con su corazón dolorido y todo. Y sus amas de 
llaves los adoran, y ellos nunca se casan. En cambio, 
los como usted se casan fatalmente. 

Tanner. — (Dándose golpes en la frente.) ¡Es la Verdad, la es- 
pantosa verdad! La he tenido delante de mis ojos du- 



208 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

rante toda mi vida, y nunca me he fijado en ella hasta 
ahora. 

Ana.— ¡Oh! lo mismo pasa con las mujeres. El tempe- 
ramento poético es muy bonito, muy amable, muy agra- 
dable, muy encantador. Pero es el temperamento para 
solteronas. 

Tanner. — Estéril. Por eso la fuerza vital pasa indife- 
rente por su lado. 

Ana. — Si es eso lo que quiere decir con la fuerza vi- 
tal, así es. 

Tanner.— ¿Y no quiere usted a Octavito? 

Ana. — (Mirando con precaución a su alrededor para ver si nadie la 
puede oír.) No. 

Tanner.— ¿Y me quiere usted a mi? 

Ana. — (Levantándose tranquila y alzando el dedo.) ¡Vaya, Jua- 

nito, no se propase! 

Tanner.— ¡Infame mujer, reptil, demonio! 

Ana. — |Boa constrictor, elefante! 

Tanner. — ¡Hipócrita! 

Ana.— (con suavidad.) Tengo que serlo por causa de mi 
futuro esposo. 

Tanner. - {Por causa mía... (corrigiéndose.) digo, por cau- 
sa suya! 

Ana. — (Aparentando no haber notado la corrección.) Sí, por 

causa de usted. Lo mejor que puede usted hacer, Jua- 
nito, es casarse con la que llama usted una hipócrita. 
Las mujeres que no son hipócritas andan por ahí sin 
corsé, en traje reformista, y se hacen sufragistas, y son 
insultadas y vilipendiadas de mil maneras. Y sus mari- 
dos se ven metidos en el ajo y pasan las de Caín. ¿No 
es mejor una mujer de la que se pueda usted fiar? 

Tanner.— No, mil veces no; las tribulaciones son el 
elemento de los revolucionarios. Se limpian moralmente 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 209 

los hombres como materialmente se friega la vajilla: con 
agua hirviendo. 

Ana. — También el aefua fría tiene su empleo. Desde 
luego es sana. 

Tanner.— (Exasperado.) ¡Ah^ es usted muy lista; en el 
momento supremo la fuerza vital la dota con todas las 
cualidades. Pues bien, yo también puedo ser hipócrita. 
El testamento de su padre me nombró su tutor, no 
su cortejo. Quiero cumplir fielmente su sagrada vo- 
luntad. 

Ana.— (con voz baja de sirena.) Antes de haccr testamento 
me preguntó a quién quería de tutor. Yo elegí a usted. 

Tanner. — Entonces la última voluntad de su padre 
era la voluntad de usted. El cepo se armó desde un prin- 
cipiOc 

Ana. — (Concentrando toda su magia.) Desde Un principio, SÍ, 

desde nuestra infancia... para los dos... por la fuerza de 
la vida. 

Tanner. — No quiero casarme con usted. No quiero, no 
quiero. 

Ana. — Sí quiere, sí, sí. 

Tanner.— Le digo que no. No, no. 

Ana. — Le digo que sí. Sí, sí. 

Tanner. — ¡No! 

Ana. — (Halagadora, suplicante, casi agotada.) Sí, SÍ. AnteS de 

que sea tarde para arrepentirse. Sí. 

Tanner. — (Quedando peirado como oyendo xm eco del pasado.) 

¿Cuándo me ha sucedido todo esto ya una vez? ¿Es que 
estamos soñando los dos? 

Ana. — (perdiendo de repente todo ánimo, con una angustia que no 

puede ocultar.) No, estamos despiertos, y usted ha dicho 
que no; esto es todo. 
Tanner. — (Bmiai.) ¿Pues? 

14 



210 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Ana.— Pues que me he equivocado. Usted no me ama, 
no me ama, ¡ay de mí!... 

Tanner.— (Cogiéndola en sus brazos.) Mentira, mentira; te 
quiero, te amo con toda mi alma. Me encanta la fuerza 
de la vida. Tengo el universo entero entre mis brazos al 
cogerte a ti en ellos. Pero estoy luchando por mi liber- 
tad, mi honor, mi personalidad, una e indivisible. 

Ana.— Tu dicha todo lo compensará. 

Tanner. — Pero ¿tú venderías libertad, honor y perso- 
nalidad por la dicha? 

Ana.— Para mí no todo será dicha. Quizás sea la 
muerte. 

Tanner.— (Gimiendo.) ¡Oh! esto si que penetra y punza. 
¿Qué es lo que se desgarra en mí? ¿Habrá un corazón 
de padre como h^ un corazón de madre? 

Ana. — Cuidado, Juanito; si alguien llega, viéndonos 
así, tendrás que casarte conmigo. 

Tanner. — Si los dos estuviésemos ahora en el borde 
de un precipicio, no te soltaba y me tiraba de cabeza. 

Ana. — (jadeando, f laqueando cada vez más por la presión de sus 

brazos.) Juauito, Suéltame. Me he atrevido tanto... va du- 
rando más de lo que pensaba. Suéltame, no puedo re- 
sistirlo. 

Tanner.— Yo tampoco. Deja que nos mate. 

Ana. - Sí, no me importa. Estoy al cabo de mis fuer- 
zas. No me importa. Me parece que me voy a desmayar. 

(En este momento Violeta y Octavio vienen de la «villa» con mis- 
tress Whitefield, que lleva su abrigo para el automóvil. Simultáneamente 
Malone y Ramsden, seguidos de Mendoza y Straker, entran por la puer- 
tecilla. Tanner, avergonzado, suelta a Ana, que se lleva la mano a la 
frente, como mareada.) 

Malone. — Cuidado; parece que esa señorita se pone 
mala. 



HOMBRE Y SUPERHOMBRE 211 

Ramsden.— ¿Qué sucede? 

Violeta." (colocándose apnsa entre Ana y Tanner.) ¿EstáS 

mala? 

Ana. — (Tambaleándose, con un esfuerzo supremo.) He dado pro- 
mesa a JuanitO de casarme con él. (Cae desvanecida, violeta 
se arrodilla a su lado y le frota la mauo. Temner se precipita para co- 
gerle la otra mano y trata de levantarle la cabeza. Octavio se acerca 
para ayudar a Violeta, pero no sabe qué hacer. Mrs. Whitefield vuelve 
corriendo a la «villa». Octavio, Malone y Ramsden se acercan a Ana 
y se inclinan para ayudarla. Straker fríamente va hacia los pies de Ana, 
Mendoza hacia la cabeza, ambos erguidos y en posesión de si mismos.) 

Straker.— Óiganme, señoras y señores: no hay que 
agolparse así; esa señorita, ante todo, necesita aire, lo 
más aire posible. Dispensen, apártense... (Maione y Rams- 
den le permiten que los empuje suavemente, para apartarlos de Ana, 
por el césped hacia el jardín, adonde Octavio, convencido de su inutili- 
dad, los sigue. Straker, antes de alejarse también, se vuelve y dice a 

Tanner:) No le levante la cabeza, míster Tanner; póngala 

más bien baja para que la sangre pueda volver a ella. 

Mendoza. — Tiene razón, míster Tanner. Confíe en 

el aire de la sierra. (Se retira discretamente hacia la escalera del 
jardín.) 

Tanner.— (Levantándose.) Me inclino ante sus conoci- 
mientos superiores de la fisiología, Enrique, (se retira hacia 

el rincón del césped, y Octavio inmediatamente se le acerca.) 

Octavio. --(Aparte a Tanner, apretándole la mano.) jSé díCllOSO, 

Juanito! 
Tanner. — (Aparte a Octavio.) Nunca la he solicitado, te 

juro. Es un cepo que me han puesto. (Sube hacia el jardín. 
Octavio se queda petrificado.) 

Mendoza. — (Deteniendo a Mrs. Whitefield, que viene de la «villa» 
con un vaso de coñac.) ¿Qllé eS eSO, SeñOra? (Se lo quita.) 

MiSTRESS Whitefield.— Un poquito de coñac. 



212 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

Mendoza.— Lo peor que podría usted darle. Permíta- 
me, (lo tira.) Confíe en el aire de la sierra, señora. 

(Por un momento todos los hombres olvidan a Ana y miran fija- 
mente a Mendoza.) 

Ana. — (Hablando al oído de Violeta, echándole el brazo por el 

cuello.) Violeta, ¿dijo algo Juanito cuando me desmayé? 
Violeta.— -No, nada. 

Ana. — lAhl (Con un suspiro de intenso alivio vuelve a su 
desmayo.) 

MiSTRES Whitefield.— ¡Ay! vuelve a desmayarse. 

(Están a punto de precipitarse todos otra vez hacia ella, pero Men- 
doza los para con un ademán de advertencia.) 

Ana.— (En posición supina.) No, no. Soy completamente 
dichosa. 

TaNNER. — (Acercándose de pronto muy decidido y arrebatando a 
Violeta la mano de Ana para tomarle el pulso.) PerO SÍ SU pulsO 

está muy fuerte. Vaya, levántese. ¡Qué tontería! jArriba! 

(La levanta sin más miramientos.) 

Ana.— Sí, ahora me siento bastante fuerte. Pero a poco 
me matas, Juanito, a todo eso. 

Malone.— El novio es de los bruscos, ¿eh? Pues son 
los mejores, mistress Whitefield. Le felicito, míster 
Tanner, y espero verla a usted y a su esposo con frecuen- 
cia en la abadía. 

Ana. — Gracias. (Pasa por el lado derecho de Malone para ir ha- 
cia Octavio.) Octavito, felicíteme. (Aparte a él.) Quíero hacer- 
le llorar por última vez. 

Octavio. — (con firmeza.) No más lágrimas. Soy dichoso 
con su dicha. Y creo en usted a pesar de todo. 

RamSDEN. — (Poniéndose entre Malone y Tanner.) Es USted UU 

hombre feliz, Tanner. Le envidio. 

Mendoza. — (Avanzando por entre Violeta y Tanner.) Caballero, 

hay dos tragedias en la vida. La una consiste en no con- 



hombre" y superhombre 213 

seguir el anhelo de su corazón; la otra, en conseguirlo. 
La mía y la suya, caballero. 

Tanner. — Señor Mendoza, yo no tengo anhelo del co- 
razón. Ramsden, es muy fácil para usted eso de llamar- 
me hombre feliz. Es usted mero espectador, pero yo soy 
uno de los protagonistas y sé dónde me aprieta el zapato. 
Vamos, Ana, deja ya de seducir a Octavito y ven acá. 

Ana. — (obedeciendo.) EreS tOntO, JuanitO. (Coge el brazo que 
le ofrece.) 

Tanner. — (continuando.) Declaro solemnemente que no 
soy un hombre feliz. Ana parece feliz, pero está sólo 
triunfante, victoriosa, gozando de su éxito. Esto no es fe- 
licidad, sino el precio por el que los fuertes venden su 
felicidad. Lo que los dos hemos hecho esta tarde es renun- 
ciar a la felicidad, renunciar a la libertad, renunciar a la 
tranquilidad, sobre todo renunciar a las probabilidades 
románticas de un porvenir desconocido, por los cuida- 
dos de una casa y una familia. Les ruego que nadie 
aproveche la ocasión para medio emborracharse y pro- 
nunciar discursos imbéciles y hacer chistes verdes a mi 
costa. Tenemos la intención, Ana y yo, de amueblar 
nuestra casa según nuestro propio gusto, y, por lo tanto, 
sepan que los siete u ocho relojes de pared, las diez do- 
cenas de cubiertos y cuchillitos de postre, las innumera- 
bles figuras de biscuit, los bastones y las sombrillas, los 
musiqueros, los centros de mesa y todos los demás ar- 
tículos que estén preparando para acumularlos sobre 
nosotros serán vendidos sin tardar y el producto dedica- 
do a poner en circulación ejemplares gratuitos de mi 
libro Manual del r evolucionista. Nuestro enlace se efec- 
tuará tres días después de nuestro regreso a Inglaterra, 
por licencia especial, en el despacho del funcionario del 
registro civil, en presencia de mi abogado y su procura- 



214 HOMBRE Y SUPERHOMBRE 

dor, los que, como sus clientes, llevarán traje de calle or- 
dinario... 
Violeta. - (con intensa convicción.) Usted está tonto, Jua- 

nito. 

Ana. — (Mirándole con grato orgullo y acariciando su brazo.) No 

hagas caso, querido. Sigue contando. 
Tanner.— ¡Contando! 

(Risa general.) 



FIN DE LA OBRA 



MANUAL Y AGENDA DE BOLSILLO 
DEL REVOLUCIONISTA 



JOHN TANNER, M. C. R. H. 
(Miembro de la Clase de Ricos Holgazanes). 



PREFACIO DEL MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 



'Nadie puede contemplar la presen- 
te situación de las masas sin desear 
algo parecido a una revolución, para 
mejorarla." Sir Robert Giffen: Ensayo 
sobre Hacienda, vol. II, pág. 393. 



PRÓLOGO 

Un reuolucionísta (1) es un hombre que desea elimina! 
el orden social existente y ensayar otro. 

La Constitución inglesa es revolucionaria. Para un buró- 
crata ruso o anglo-indio, unas elecciones generales signifi- 
can una revolución tanto como un referéndum o un plebis- 
cito en el que el pueblo se bate en vez de votar. La revolución 
francesa derrocó a una clase de gobernantes para substi- 
tuirla por otra con diferentes ideas e intereses. Esto es lo 
que unas elecciones generales le permiten hacer al pueblo 
en Inglaterra cada siete años. Por lo tanto, en Inglaterra, 
la revolución es una institución nacional. Un inglés, por con- 
siguiente, no necesita excusa ni defensa para abogar por la 
revolución. 



(1) Shaw dice «revolucionista» y no «revolucionario», tal 
vez en el sentido de que «revolucionista» es la persona de 
aspiraciones revolucionarias, mientras revolucionario es e 1 
que hace la revolución directamente.— ^N. del T.) 



218 PRÓLOGO 

Todo el mundo es un reuolucionista con respecto a la 
cosa que entiende. Por ejemplo, toda persona que haya lle- 
gado a dominar su profesión es escéptica con respecto a 
ella y, por consiguiente, es reuolucionista. 

Toda persona verdaderamente religiosa es hereje, y, poi 
lo tanto, reuolucionista. 

Todos los que logran realmente descollar en la vida em- 
piezan como revolucionistas. Las personas dé más vcdia se 
hacen más revolucionarias a medida que transcurre el tiem- 
po, a pesar de que generalmente se cree que se hacen más 
conservadoras, debido a haber pedido la fe en los métodos: 
de reforma convencionales. 

Toda persona de menos de treinta arios de edad que, te- 
niendo algún conocimiento del orden social existente, no 
sea r evolucionista, es un ser inferior. 
Y, sin embargo, 
las revoluciones nunca aligeraron el peso de la tircmia 
sólo lo trasladaron a otros hombros. 

John Tanner. 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 



SOBRE LA EUGENESIA 



Si no hubiera Dios -dijo el teísta del siglo xviii (1) -, sería 
necesario inventarlo. Pero este Dios del siglo xviii era deus ex 
machina, el Dios que ayudaba a los que no podían ayudarse 
a sí mismos, el Dios del perezoso y del incapaz. El siglo xix 
se convenció de que, en realidad, no había tal Dios. Y ahora, 
el hombre tiene que tomar en propias manos la tarea que an- 
tes eludía con una oración vacía. Tiene, en efecto, que con- 
vertirse él mismo en la Providencia política a que anterior- 
¡ mente consideraba como Dios; y cambio semejante no sólo 
es posible, sino que es la única especie de cambio real. La 
mera transformación de las instituciones, como la de la do- 
minación militar y sacerdotal en comercial y científica; la 
dominación comercial, en democracia proletaria; la esclavi- 



(1) Voltaire.— fAT. del T.) 



H. 



220 MANUAL DEL^REVOLUClONIStA 

tud, en servidumbre; la servidumbre, en capitalismo; la mo- 
narquía, en república; el politeísmo, en monoteísmo; el mo- 
noteísmo, en ateísmo; el ateísmo, en humanitarismo panteís- 
ta; la ignorancia general, en instrucción general; el romanti- 
cismo, en realismo; el realismo, en misticismo; la metafísica, 
en física; todas estas mudanzas son puramente superficiales: 
plus (;a change, plus c'est la méme chose. 

Pero el cambio de la manzana silvestre en camuesa, del 
lobo y del zorro en perros domésticos, del corcel de Enri- 
que V en caballo de tiro del cervecero o en caballo de carre- 
ras, es una cosa real; porque en esto, el hombre ha hecho el 
papel de Dios, sometiendo a la naturaleza a s us intenciones 
y ennobleciendo o rebajando la vida con un propósito deter- 
minado. Y lo que puede ser hecho con un lobo, también pue- 
de hacerse con un hombre. Si monstruos tales como el vaga- 
bundo y el gran señor pueden aparecer meramente como pro- 
ductos accesorios de la codicia y locura individuales del 
hombre, ¿qué no podemos esperar como producto superior 
de su aspiración universal? 

No es nueva esta conclusión. La falta de fe en las institu- 
ciones y el inexorable «debéis volver a nacer», con la adición 
de Mrs. Poyser: «y nacer distintos», se renuevan en cada 
generación. El grito por el Superhombre no empezó con 
Nietzsche ni acabará con su boga. Pero ha sido acallado 
siempre por la misma pregunta: ¿Qué clase de persona ha de 
ser ese Superhombre? No se pide una supermanzana, sino 
una manzana comestible; ni tampoco un supercaballo, sino 
un caballo de fuerza o velocidad superiores. Ni es tampoco 
de utiüdad alguna el pedir un Superhombre; se debe facihtar 
una especificación de la clase de hombre que se quiere. Des- 
graciadamente, no se sabe qué clase de hombre se quiere. 
Tal vez una especie de filósofo-atleta bien parecido, con una 
mujer sana y hermosa por compañera. 

Indeciso, como es, éste es un gran paso en la demanda po- 
pular de un perfecto caballero y una dama perfecta. Después 
de todo, ninguna demanda mercantil en el mundo reviste la 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 221 

forma de exacta especificación técnica del articulo solicitado. 
Se producen excelentes patatas y aves de corral para satisfa- 
cer la demanda de las amas de casa, que no conocen las di- 
ferencias técnicas entre un pollo y un tubérculo. Os dirán 
que el pudding se prueba comiéndolo, y tienen razón. La 
prueba del Superhombre se hará en la vida; descubriremos el 
modo de producirlo por el viejo método de «ensayo y error», 
y no aguardando una receta completamente persuasiva de 
sus ingredientes. 

Ciertos errores comunes y evidentes pueden ser desecha- 
dos desde el principio. Por ejemplo: estamos conformes en 
que necesitamos un entendimiento superior; pero es preciso 
9iie no caigamos en la disparatada opinión de los futbolistas, 
de que la mente superior es producto de un cuerpo superior- 
Ahora bien, si nos acogemos a la opinión de que la mente 
superior consiste en ser puro juguete de nuestras propias cla- 
sificaciones éticas de virtudes y vicios, en suma, de la moral 
convencional, saltaremos de la sartén del fútbol al fuego de 
la Escuela Dominical. Si debemos escoger entre una raza de 
atletas y una raza de hombres «buenos», quedémonos con 
los atletas; mejor Sansón y Milo, que Calvino y Robespierre. 
Pero ninguna de estas alternativas vale la pena de que la 
adoptemos: Sansón no es más Superhombre que Calvino- 
¿Qué hacer entonces? 



II 

PROPIEDAD Y MATRIMONIO 



Pasemos rápidamente por encima de los obstáculos eleva- 
dos por la propiedad y el matrimonio. Los revolucionistas les 
dan demasiada importancia. Sin duda, es fácil demostrar que 
la propiedad destruirá a la sociedad, a no ser que la socie- 
dad destruya a la propiedad. Sin duda, asimismo, la propie- 



222 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

dad hasta aquí se ha mantenido firme y ha destruido todos 
los imperios. Pero ha sucedido así porque la superficial ob- 
jeción contra ella de que distribuye la riqueza social y la 
carga del trabajo social de una manera grotescamente injus- 
ta no amenazaba la existencia de la especie, sino solamente 
la felicidad individual de sus unidades y, en fin de cuentas, 
la permanencia de cualesquiera desatinadas agrupaciones 
políticas, tales como una nación, un imperio o cosa por el es- 
tilo. Ahora bien, como a la Naturaleza no le importa la feli- 
cidad, ni reconoce banderas o fronteras, ni se le da un bledo 
de si el sistema económico adoptado por una sociedad es 
feudal, capitalista o colectivista, con tal de que mantenga en 
pie a la especie (la colmena y el hormiguero le parecen tan 
aceptables como la Utopía), las demostraciones de los socia- 
listas, aunque irrefutables, no producirán nunca en la pro- 
piedad una impresión seria. El toque de difuntos de tan ca- 
careada institución no sonará hasta que no se halle en pug- 
na con algo más vital que las meras injusticias personales de 
la economía industrial. No se advirtió tamaño conflicto mien- 
tras la sociedad no excedió de las comunidades nacionales, 
harto pequeñas y sencillas para que no pudiesen haber sido 
regidas por la limitada capacidad política del hombre. Pero 
ahora hemos llegado a la etapa de la organización interna- 
cional. La capacidad y la magnanimidad políticas del hom- 
bre son visiblemente puestas en un brete por la amplitud y 
la complejidad de los problemas ineludibles que han surgido 
ante él. Y en este momento de angustia es cuando, al mirar 
a lo alto en busca de una inteligencia más poderosa que le 
ayude, advierte que el cielo está vacío. Ahora verá que la 
descartada fórmula de que el hombre es el templo del Espí- 
ritu Santo aparece ser efectivamente cierta, y que sólo por 
medio de su propio cerebro y de sus propias manos, este Es- 
píritu Santo al parecería persona más nebulosa de la Trini- 
dad y ahora su único superviviente, como siempre ha sido su 
Unidad real, podrá ayudarle de algún modo. Por tanto, si ha 
de venirel Superhombre, habrá de nacer de la mujer por la 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 223 

decisión intencionada y bien meditada del hombre. Esta con- 
vicción destruirá cuanto se le oponga. Incluso la Propiedad 
y el Matrimonio, que se ríen lo mismo de la mezquina queja 
del trabajador que se lamenta de ser defraudado por no par- 
tipar en los beneficios del patrono, como de las desdichas 
domésticas de los esclavos del anillo nupcial, serán a su vez 
mirados con desdén como la más fútil de las bagatelas, al 
encontrarse con aquella concepción, cuando haya llegado a 
ser un propósito vital de la especie plenamente realizado. 

Que han de encontrarse con ella resulta obvio, desde el 
momento en que reconocemos la futilidad de querer criar a 
los hombres para cualidades especiales, como criamos a los 
gallos para la pelea, a los galgos para correr o a los carneros 
para aprovechar su carne. Lo que es realmente importante en 
el hombre es la zona de él que aún no entendemos. De la 
mayor parte de esta zona no tenemos todavía conciencia, de 
igual modo que tampoco la tenemos normalmente del man- 
tenimiento de nuestra circulación sanguínea por medio de 
nuestra bomba cardíaca, aunque si la descuidamos nos mo- 
rimos. Nos vemos impulsados, por tanto, a la conclusión de 
que, cuando hayamos llevado la selección tan lejos como sea 
posible, borrando de la lista de progenitores elegibles a todas 
las personas que carezcan de interés, que no prometan nada 
o sean defectuosas sin ninguna compensación, aún tendre- 
mos que confiar en la dirección de la fantasía (alias «voz de 
la naturaleza»), lo mismo en los progenitores como en los 
educadores, para esa superioridad en el ser inconsciente que 
será la verdadera característica del Superhombre. 

En este punto, advertimos la importancia de abrir a la fan- 
tasía el mayor campo posible. Dividir a la humanidad en co- 
tos pequeños y limitar la selección del individuo a su propio 
coto, equivale a retardar al Superhombre para siglos, o tal vez 
para siempre. No sólo todas las personas habrían de ser ali- 
mentadas y educadas como progenitores presuntos, sino que 
no se podrían admitir para la selección natural obstáculos 
tales como los reparos que tiene una condesa para casarse 



224 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

con un bracero o un duque para unirse a una sirvienta. La 
igualdad es esencial para la buena cría, y la igualdad, como 
saben todos los economistas, es incompatible con la pro- 
piedad. 

Por cierto, la igualdad es también una condición esencial 
para la mala cría, y la mala cría es indispensable para hacer 
desaparecer los elementos malos de la raza humana. Cuando 
la idea de la herencia se apoderó de la imaginación científi- 
ca en la mitad del siglo pasado, sus defensores anunciaron 
que era un crimen casar lunáticos con lunáticos o tísicos con 
tísicos. Pero ¿vamos a pedir que se trate de mejorar nuestras 
existencias demográficas enfermas, infectando con ellas a 
nuestras reservas sanas? Innegablemente, la atracción que la 
enfermedad ejerce sobre las personas enfermas es beneficio- 
sa para la especie. Si dos personas realmente enfermizas se 
casan, una con otra tendrán, muy probablemente, gran nú- 
mero de hijos que morirán todos antes de llegar a la puber- 
tad. Este es un arreglo mucho más satisfactorio que la trage- 
dia de una unión entre una persona sana y otra enferma. Si 
bien es más costoso que la esterilización del enfermo, tiene 
la enorme ventaja, en el caso de que nuestras nociones de 
salud y enfermedad sean erróneas (la mayoría lo son efecti- 
vamente en cierta medida), de que el error será corregido 
por la experiencia en lugar de ser confirmado por el resulta- 
do favorable. 

Hay un hecho que debe ser mirado resueltamente de fren- 
te, a pesar de los chillidos de los románticos. No tenemos 
evidencia alguna de que los mejores ciudadanos sean los 
vastagos de matrimonios congeniales, o de que un conflicto 
de temperamentos no sea un elemento altamente importante 
de lo que los criadores llaman cruzamiento. Por el contrario, 
es sumamente probable que pueden obtenerse buenos resul- 
tados de padres que, como compañeros y cónyuges, fueran 
de una extrema incompatibilidad, para comprobar que el ex- 
perimento de unirlos será más tarde o más temprano ensa- 
yado a propósito casi con tanta frecuencia como ahora acón- 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 225 

tece accidentalmente. Pero el unir estas parejas, claro está, 
no debe suponer el casarlas. Dos personas que se completan 
en la unión carnal, pueden compensar mutuamente sus im- 
perfecciones; en la sociedad doméstica del matrimonio, tan 
sólo las sienten, y padecen por ellas. Así, el hijo de un señor 
rural inglés, robusto, alegre y eupéptico, con los gustos y 
tren de vida correspondientes a su clase, y de una hebrea in- 
teligente, imaginativa y altamente cultivada, puede ser muy 
superior a sus progenitores; pero no es probable que la he- 
brea hallaia en el señor rural un compañero interesante, ni 
que sus costumbres, sus amigos, su estado y modo de vida 
congeniaran con ella. Por lo tanto, mientras el matrimonio 
sea condición indispensable de la unión, retrasará el adve- 
nimiento del Superhombre tan eficazmente como la propie- 
dad, y no menos eficazmente será modificado por el impulso 
hacia el Superhombre. 

La abolición práctica de la Propiedad y del Matrimonio, 
tal como ahora existen, se llevará a cabo sin que se note mu- 
cho. Para la mayoría de los hombres, la abolición práctica de 
la propiedad no significaría otra cosa que un aumento en la 
cantidad de alimentación, vestidos, habitación y comodida- 
des a su disposición personal, así como una mayor facultad 
de disponer de su tiempo y sus recursos. Son pocas las per- 
sonas que actualmente distinguen entre la propiedad virtual- 
mente absoluta y la propiedad ejercida en condiciones pú- 
blicas altamente desarrolladas, tales como invertir sus ingre- 
sos sobre la base de poder vivir como un sacerdote, un ofi- 
cial militar o un funcionario público. Todavía puede un terra- 
teniente expulsar de sus tierras a hombres y mujeres, demo- 
ler sus viviendas y sustituirlos con ovejas o ciervos, y en las 
industrias no reglamentadas aún puede el industrial particu- 
lar sacar ventaja respecto de las industrias reglamentadas y 
sacrificar la vida y la salud de la nación tan ilegalmente 
como lo hacían a principios del siglo pasado los fabricantes 
de algodón de Mánchester. Y aunque el Código industrial, 
por un lado, y la organización obrera, por otro, en el curso de 

15 



226 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

la vida de hombres que aún viven, han convertido la anti- 
gua propiedad ilimitada del fabricante de algodón y del 
hilandero en una mera autorización de fabricar o trabajar en 
rigurosas condiciones públicas o colectivas, impuestas en be- 
neficio del bienestar general, sin tener en cuenta los casos 
de injusticia individual, las gentes del Lancashire todavía ha- 
blan de su «propiedad» en los antiguos términos, refiriéndo- 
se con ellos solamente a aquellas cosas por cuyo robo puede 
ser castigado un ladrón. La abolición total de la propiedad y 
la transformación de cada ciudadano en funcionario asala- 
riado del servicio público pasarían tan inadvertidas para más 
del 99 por ICO de la nación, como si no se hubiera verificado 
cambio mayor que el que ahora tiene lugar cuando el hijo de 
un naviero entra en la Marina. Seguirían llamando su pro- 
piedad a sus relojes, paraguas y huertas. 

También persistirá el matrimonio, como un nombre adhe- 
rido a la costumbre general, mucho después de que la cos- 
tumbre misma se haya modificado. Así, por ejemplo, el ma- 
trimonio inglés moderno, tan modificado por el divorcio y 
por las Property Acts de la Mujer Casada, difiere más del 
matrimonio de comienzos del siglo xix que el matrimonio 
de Byron del de Shakespeare. Actualmente, el matrimonio 
en Inglaterra no sólo difiere del de Francia, sino también del 
de Escocia. El matrimonio, tan modificado por las leyes del 
divorcio que rigen en Dakota Meridional, en Clapham sería 
llamado sencillamente concubinato. Sin embargo, los ameri- 
canos, lejos de tener una idea relajada del matrimonio, rin- 
den homenaje a sus ideales con una gravedad que parecería 
chapada a la antigua en Clapham. Ni en Inglaterra ni en 
América se toleraría ni por un momento la propuesta de 
abolir el matrimonio; sin embargo, nada hay más cierto 
como que en ambos países proseguirá la modificación pro- 
gresiva del contrato matrimonial hasta que éste no sea más 
oneroso o irrevocable que una ordinaria escritura de socie- 
dad comercial. Aunque el mismo contrato dejase de ser obli- 
gatorio, las gentes unidas seguirían llamándose marido y 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 227 

mujer, considerarían su unión como matrimonio y los más 
no se darían cuenta de que se hallaban harto menos casados 
que Enrique VIII. Porque, aunque una ojeada sobre las con- 
diciones legales del matrimonio en los diferentes países cris- 
tianos demuestra que éste es distinto de frontera a frontera, 
la domesticidad varía tan poco que la mayoría de las gentes 
cree que las leyes de su propio matrimonio son universales. 
En consecuencia, en éste, como en el caso de la Propiedad, 
la absoluta confianza del público en la estabilidad del nom- 
bre de la institución permite que sea sumamente fácil modi- 
ficar su substancia. 

Sin embargo, no se puede negar que uno de los cambios 
en la opinión pública que exige la necesidad del Superhom- 
bre es bastante inesperado. Se trata nada menos que de la 
disolución de la actual y necesaria asociación matrimonial a 
base de la unión carnal, a la que la mayoría de las personas 
solteras considera como el diagnóstico mismo del matrimo- 
nio. Desde luego no tienen razón; nos aproximaríamos más 
a la verdad diciendo que la unión carnal es la única condi- 
ción puramente accidental e incidental del matrimonio. La 
unión carnal no es esencial para nada, excepto para la pro- 
pagación de la especie, y desde el momento en que a esta 
suprema necesidad se suple de otro modo que por el matri- 
monio, la unión carnal, desde el punto de vista creador de la 
Naturaleza, deja de ser esencial a aquél. Mas no por esto el 
matrimonio deja de ser tan económico, conveniente y con- 
fortador, pudiendo sin peligro el Superhombre sobornar a 
los matrimoniomaníacos con el ofrecimiento de resucitar la 
antigua rigidez e indisolubilidad inhumanas del matrimonio, 
abolir el divorcio, confirmar el horrible lazo que todavía en- 
cadena a personas decentes con borrachos, criminales y di- 
sipadores, a cambio tan sólo de concederle a él la separación 
completa de la unión carnal. Pues si las gentes pudieran for- 
mar sociedad doméstica en condiciones tan poco ventajosas 
como éstas, seguirían casándose. El católico romano, a quien 
su Iglesia prohibe apelar a las leyes de divorcio, se casa tan 



228 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

fácilmente como los presbiterianos de Dakota Meridional, 
que pueden cambiar de cónyuge con una facilidad que es- 
candaliza al mundo antiguo; y si la Iglesia romana se atre- 
viera a dar un paso más hacia el Cristianismo recomendando 
el celibato a sus seglares, así como lo impone a sus clérigos, 
no faltarían hijos e hijas de la Iglesia perfectamente obe- 
dientes que contrajeran matrimonio por amor a la domesti- 
cidad. No es necesario llevar más lejos estas hipótesis; sólo 
han sido sugeridas aquí al objeto de ayudar al lector a ana- 
lizar el matrimonio en sus dos funciones de regular la unión 
carnal y de facilitar una forma de domesticidad. Ambas fun- 
ciones son perfectamente separables; de las dos, la única 
esencial a la existencia del matrimonio es la domesticidad, 
porque la unión carnal sin domesticidad no es de ninguna 
manera matrimonio, mientras que la domesticidad sin unión 
carnal sigue siendo matrimonio; es de hecho y necesaria- 
mente la condición actual de todos los matrimonios fecun- 
dos durante una gran parte de su duración, y de algunos du- 
rante todo el tiempo de su existencia. 

Admitiendo, pues, que la Propiedad y el Matrimonio, des- 
truyendo la Igualdad y obstaculizando con sus absurdas 
exigencias la selección sexual, son hostiles a la evolución 
del Superhombre, es fácil comprender por qué el único ex- 
perimento moderno de perfeccionamiento de la especie se 
efectuó en una comunidad que rechazó ambas instituciones. 



III 

EL EXPERIMENTO PERFECCIONISTA DE ONEIDA 

En 1848 fué fundada en América la Comunidad de Oneida 
para llevar a cabo la resolución tomada por un puñado de 
comunistas perfeccionistas «de consagrarse exclusivamente 
a establecer el reino de Dios». Aunque la nación americana 
declaró que tal intento no podía ser tolerado en un país cris- 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 229 

tiano, la Comunidad de Oneida se mantuvo firme durante 
más de treinta años, y durante este período parece haber 
producido niños más sanos y ocasionado y sufrido menos 
males que ninguna Sociedad anónima conocida. Fué, con 
todo, una comunidad altamente seleccionada, pues un co- 
munista genuino (a quien se puede definir de modo imper- 
fecto como una persona intensamente orguUosa que se pro- 
pone enriquecer el fondo común en lugar de explotarlo para 
sus fines personales) es superior a una Sociedad anónima 
capitalista ordinaria, precisamente como una Sociedad anó- 
nima capitalista ordinaria es superior a un pirata. Por otra 
parte, los perfeccionistas eran admirablemente guiados por 
su jefe Noyes, una de esas tentativas fortuitas hacia el Su- 
perhombre que aparecen de tarde en tarde, a despecho del 
influjo de las desatinadas instituciones del hombre. La exis- 
tencia de Noyes simplificaba a los comunistas el problema 
de la cría humana, pues la cuestión de saber qué clase de 
hombre se esforzarían en criar se resolvió inmediatamente 
por el deseo manifiesto de criar otro Noyes. 

Pero una experiencia llevada a cabo por un puñado de 
gentes cuyo número, después de treinta años de inmunidad 
contra la mortalidad infantil involuntaria, que penetra en los 
hogares por la ignorancia de los progenitores, no pasaba 
de 300 individuos, no sirve sino para demostrar que unos 
cuantos comunistas, bajo la dirección de un Superhombre 
«consagrado exclusivamente a la instauración del reino de 
Dios», sin cuidarse de la propiedad y del matrimonio mucho 
más de lo que un ministro protestante de Camberwell se 
preocupa de la casta india o del sacrificio ritual de las viu- 
das, pueden emplear y aprovechar sus vidas mucho mejor 
que las gentes ordinarias que están bajo la tutela de aque- 
llas dos instituciones. Sin embargo, su mismo Superhombre 
admitió que este éxito aparente era sólo una parte del fenó- 
meno anormal de su propia aparición, pues cuando sus fuer- 
zas se extinguieron con la edad, él mismo dirigió y organizó 
la recaída voluntaria de los comunistas en el matrimonio, en 



230 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

el capitalismo y en la vida privada acostumbrada, recono- 
ciendo asi que la verdadera solución social no consistía en lo 
que un Superhombre fortuito pudiera inculcar a un grupo es- 
cogido, sino en lo que toda una comunidad de Superhombres 
hiciera espontáneamente. Si en lugar de unas docenas de 
perfeccionistas, Noyes hubiera tenido que organizar a los 
Estados Unidos, América le hubiera vencido tan completa- 
mente como Inglaterra venció a Oliverio Cromwell, Francia 
a Napoleón o Roma a Julio César. Cromwell aprendió por 
amarga experiencia que Dios mismo no puede elevar a un 
pueblo por encima de su propio nivel, y que aun cuando se 
excite a una nación a que sacrifique sus apetitos a su con- 
ciencia, el resultado dependerá siempre de la clase de con- 
ciencia que la nación haya recibido. Napoleón parece haber 
acabado por considerar al género humano como una irritan- 
te jauría digna tan sólo de ser conservada para el deporte de 
cazar con ella. La capacidad de César para combatir sin odio 
ni resentimiento fué anulada por la determinación de sus 
soldados de matar en el campo de batalla a sus enemigos, 
en lugar de cogerlos prisioneros para que alcanzaran el per- 
dón de César, y su supremacía civil fué comprada mediante 
el enorme soborno de los ciudadanos de Roma. Lo que no 
pueden hacer los grandes gobernantes no pueden hacerlo ni 
códigos ni religiones. El hombre lee en cada ley su propia 
naturaleza; si alguien trazara una ordenación sobrehumana 
con tanta habilidad que no pudiera ser mal interpretada arbi- 
trariamente, el hombre la denunciaría como una sediciosa 
blasfemia o bien la despreciaría como una cosa absurda o 
totalmente ininteligible. Los sínodos y los parlamentos pue- 
den, con sus credos y sus códigos, echar cuantos remiendos 
quieran a medida que las circunstancias alteran el equilibrio 
de las clases y sus intereses; y, como resultado de estos re- 
miendos, puede producirse una pasajera ilusión de progreso 
moral, como cuando la victoria de la casta comercial sobre 
la militar condujo a poner en el lugar del duelo el boycott y 
Jos daños pecuniarios. Incluso en ciertos momentos puede 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 231 

producirse un considerable avance material, corno ahora 
cuando la conquista del poder político por la clase obrera 
ocasiona una mejor distribución de la riqueza por la sola 
acción del egoísmo de los nuevos amos. Pero todo esto es 
simple reajuste y reforma. Hasta tanto que no hayan cam- 
biado el corazón y el cerebro de la gente, ni aun el hombre 
mcis grande se arriesgará a gobernar, suponiendo que todos 
son tan grandes como él; como no se arriesga un vaquero a 
dejar que su ganado busque el camino a través de las calles 
lo mismo que él lo haría. Mientras no haya una Inglaterra 
en que cada hombre es un Cromwell, una Francia en que 
cada hombre es un Napoleón, una Roma en que cada hom- 
bre es un César, una Alemania en que cada hombre es un 
Lutero y además un Goethe, el mundo no será mejorado por 
sus héroes, lo mismo que una casa-jardín no es mejorada 
por existir la pirámide de Queops. El engendramiento de tales 
naciones es el único cambio real posible para nosotros. 



IV 

LA PROTESTA DEL HOMBRE CONTRA SU PROPIO MEJORA 
MIENTO 

Pero ¿sería tolerado cambio semejante si el hombre, para 
desearlo, tuviese que elevarse por encima de sí mismo? Sí lo 
sería, por su desconocimiento de la naturaleza de este cambio- 
El hombre desea un Superhombre ideal con toda la energía, 
que puede sacar de su alimentación, y en todas las épocas 
ha glorificado al mejor sustituto viviente del mismo que ha po- 
dido descubrir. Su general menos incompetente es ensalzado 
como' un Alejandro; su rey es el primer caballero del mundo; 
su Papa es un santo. Nunca está sin un tropel de ídolos hu- 
manos, que todos ellos no son sino seudo-Superhombres. Que 
el Superhombre real, con una castañeta de sus superdedos, 



232 MANUAL DEL REVOLUaONlSTA 

se burlará de todos esos falsos ideales presentes de derecho, 
deber, honor, justicia, religión y aun de decencia, aceptando 
en cambio obligaciones morales superiores a la actual resis- 
tencia humana, eso no lo sospecha el hombre contemporá- 
neo; en realidad, tampoco lo advierte cuando nuestros Super- 
hombres accidentales lo llevan a cabo ante sus propios ojos. 
Él mismo lo hace actualmente todos los días sin saberlo. Por 
consiguiente, no opondrá ninguna objeción a la creación de 
una raza de lo que él llama Grandes Hombres o Héroes, por- 
que no se los representará como verdaderos Superhombres, 
sino como iguales suyos, aunque mejor dotados que él de 
entendimiento infinito, de valor infinito y de infinita canti- 
dad de dinero. 

La oposición más seria nacerá del temor general del géne- 
ro humano a que una ingerencia en nuestras costumbres 
conyugales suponga una intervención en nuestros placeres y 
en nuestras fantasías. Este temor, disimulado con aires de 
moralidad ofendida, ha intimidado siempre a las gentes que 
no se han parado en medir su absoluta inconsistencia, pero 
sólo prevalecerá en los degenerados en quienes el instinto de 
procreación se ha reducido a una mera excitación hacia el 
placer. Los recursos modernos para combinar el placer con la 
esterilidad, universalmente conocidos y accesibles en la ac- 
tualidad, facilitan a estas personas eliminarse ellas mismas 
de la especie, proceso que ya se ha iniciado vigorosamente, 
y la consiguiente supervivencia de los inteligentemente fe- 
cundos signifíca la supervivencia de los partidarios del Super- 
hombre, puesto que lo que se propone no es sino reemplazar 
la antigua fecundidad ininteligente, inevitable, casi incons- 
ciente, por una fecundidad inteligentemente vigilada y cons- 
ciente, y eliminar al mero voluptuoso del proceso evoluti- 
vo (1). Aun cuando esta operación selectiva no se hubiera 
inventado, los designios de la especie destruirían la oposición 

(1) El papel reservado en la evolución al voluptuoso será 
el mismo que el que ya desempeña el glotón. El glotón, por 



MANUAL DEL REVOLUClONISTA 233 

de los instintos individuales. No sólo las abejas y las hormi- 
gas satisfacen por delegación sus instintos reproductivos y 
paternales, sino que el mismo matrimonio impone eficazmen- 
te el celibato a millones de hombres y mujeres solteros. En 
suma, en esta materia, el instinto individual, que se supone 
irreflexivamente predominante, es en realidad perfectamente 
desdeñable. 



LA NECESIDAD POLÍTICA DE QUE VENGA EL SUPERHOMBRE 

La necesidad del Superhombre es, en su aspecto más im- 
perativo, una necesidad política. Hemos sido llevados a la 
democracia proletaria por el fracaso de todos los sistemas 
alternativos, pues éstos dependían de la existencia de Super- 
hombres que obraban como déspotas u oligarcas; no sólo 
estos Superhombres no aparecían siempre, ni aun con fre- 
cuencia, en el momento necesario y en una situación social 
elegible, sino que cuando aparecían no podían, excepto por 
corto tiempo y con métodos coercitivos moralmente suicidas, 

ser el hombre de mayores exigencias de alimentación, se 
impondrá más molestias que los demás para hallar alimento. 
Cuando las dificultades de conseguirlo son tan serias que 
sólo mediante grandes esfuerzos se puede asegurar un sumi- 
nistro suficiente, el apetito del glotón desarrolla hasta el má- 
ximum su astucia y su audacia, y el glotón llega a ser, no 
sólo el hombre mejor alimentado de la comunidad, sino el 
más capaz. Pero en climas más hospitalarios o donde la or- 
ganización social del suministro de alimentos facilita a un 
hombre la hartura, el glotón come hasta destruir su salud y 
finalmente su vida. Todos los más voluptuosos prosperan y 
perecen de la misma manera. Esta es la razón por que la su- 
pervivencia de los más aptos signifique en fin de cuentas la su- 
pervivencia de los que se dominan a sí mismos, porque sólo 
éstos pueden adaptarse a la perpetua mudanza de condicio- 
nes producida por el progreso industrial. 



234 MANUAL DEL REVOLUCiONISTA 

imponer a sus gobernados la superhumanidad; así, por la 
sola fuerza de la «naturaleza humana», el gobierno, con el 
consentimiento de los gobernados, ha suplantado al antiguo 
pían de gobernar al ciudadano como se gobierna a un chico 
de la escuela. 

Nos queda por estudiar ahora al hombre que, con alguna 
experiencia práctica de la democracia proletaria, tiene cierta 
fe en su capacidad para resolver los grandes problemas polí- 
ticos, o al menos para desempeñar inteligente y económica- 
mente las funciones locales. Solamente bajo los despotismos 
y las oligarquías ha podido nacer la fe radical en el «sufragio 
universal» como una panacea política. Esta fe decae en cuanto 
se somete al ensayo práctico, toda vez que la democracia no 
puede elevarse por encima del nivel de la materia humana 
de que están hechos sus electores. Suiza parece feliz compa- 
rada con Rusia; pero si Rusia fuera tan pequeña como Suiza 
y tuviera igualmente simplificados sus problemas sociales 
con inexpugnables fortificaciones naturales y una población 
educada en igual variedad e intimidad de trato internacional, 
poca diferencia habría entre ellas. De todos modos, Australia 
y Canadá, que son virtualmente repúbhcas democráticas 
protegidas, y Francia y los Estados Unidos, que son mani- 
fiestamente repúblicas democráticas independientes, no son 
ni fuertes ni ricas ni sabias, y serían más bien peores que 
mejores si sus ministros populares no fueran tan expertos en 
el arte de falsear el entusiasmo popular y engañar la igno- 
rancia popular. El político, que tenía en otro tiempo que 
aprender el arte de adular a los reyes, ahora tiene que apren- 
der el de fascinar, divertir, encandilar, embaucar, atemorizar 
o herir de algún modo la imaginación de las masas electora- 
les, y aunque en los Estados modernos avanzados, en los 
cuales el artesano está mejor instruido que el rey, hace falta 
ser'hombre de más valía para llegar a demagogo afortunado 
que a cortesano afortunado; con todo, el que sostiene las 
convicciones populares con prodigiosa energía es el favorito 
de la plebe, en tanto que el más delicado escéptico, que ex- 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 235 

plora prudentemente el camino del siglo venidero, no tiene 
ninguna aceptación, a no ser que también posea por casuali- 
dad el talento específico del charlatán, en cuyo caso recogerá 
votos como charlatán, pero no como mejorista. Por consi- 
guiente, el demagogo, aunque pretenda (y no consiga) re- 
acomodar las cosas en interés de la mayoría de los electores, 
en realidad representa la mediocridad, organiza la intoleran- 
cia, rebaja manifestaciones de cualidades descomunales y en- 
salza manifestaciones de cualidades ordinarias. Es capaz 
para una tarea de poca monta, pero acude a tretas retóricas 
en tratándose de algo importante. Cuando sucede un movi- 
miento político, éste no es dirigido ni organizado consciente- 
mente: el yo inconsciente de la especie se abre camino a tra- 
vés del problema como un elefante a través de la maleza, y 
los políticos discursean sobre cuanto se produce en el curso 
del proceso, pero, con las mejores intenciones, hacen todo lo 
que pueden para impedir el mismo. Finalmente, cuando el 
organismo social llega a un punto que pide la organización 
internacional, antes de que los demagogos y las masas elec- 
torales hayan aprendido a manejar ni aun un distrito rural, y 
mucho menos a internacionalizar a Constantinopla, todo el 
tinglado político se viene abajo; así vemos al presente impe- 
rios desmoronarse, indígenas de Nueva Zelanda sentarse en 
un arco roto del puente de Londres; y así por el estilo. 

A esta catástrofe recurrente iremos a parar nuevamente, a 
no ser que podamos contar con una democracia de Super- 
hombres; la creación de esta democracia es el único cambio 
que aún encierra esperanzas suficientes para animarnos al 
esfuerzo que exige la Revolución. 



236 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

VI 
LA MOJIGATERÍA EXPLICADA 



Por qué las abejas engordan a sus madres en tanto que 
nosotros sólo lo hacemos con nuestras cantantes de ópera, es 
una cuestión digna de ser meditada. La noción que nosotros 
tenemos del trato que se debe a una madre, no es la de 
aumentar su alimentación, sino la de disminuírsela prohi- 
biéndole trabajar en la fábrica el mes consecutivo al alum- 
bramiento. Todo aquello que puede causar el infortunio de 
los progenitores o un peligro para la madre, se ejecuta con- 
cienzudamente. Cuando un gran escritor francés, Emiho 
Zola, alarmado por la creciente esterilidad de su país, escri- 
bió un libro elocuente y recio para restablecer el prestigio de 
la procreación, inmediatamente se dio por sentado en Ingla- 
terra que una obra de este carácter, con un título como el de 
Fecundidad, era demasiado abominable para ser traducida, 
y que toda tentativa de tratar de las relaciones entre los se- 
xos desde un punto de vista que no fuera el voluptuoso o el 
romántico, debía ser severamente reprimida. Ahora bien, si 
esta presunción estuviera realmente fundada en la opinión 
pública, indicaría una actitud de repugnancia y rencor para 
con la Fuerza de la Vida, propia sólo de una comunidad en- 
ferma y moribunda donde la Hedda Gabler de Ibsen sería la 
mujer típica. Pero no tiene ningún fundamento vital. La mo- 
jigatería de los periódicos, como la de las conversaciones en 
la mesa, es simplemente una deficiencia de educación y de 
lenguaje. No estamos enseñados a pensar decorosamente so- 
bre estas cuestiones, y por consiguiente carecemos para ex- 
presarlas de otro lenguaje que el indecoroso. Por esta razón 
tenemos que declararlas impropias para la discusión pública, 
porque los únicos términos en que podría desarrollarse no 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 237 

son apropiados para su uso público. Los fisiólogos, que po- 
seen un vocabulario técnico adecuado, no tropiezan con nin- 
guna dificultad, y los maestros del lenguaje que piensan de- 
centemente pueden escribir narraciones populares, como Fe- 
cundidad, de Zola, o Resurrección, de Tolstoy, sin causar la 
menor ofensa a los lectores capaces de pensar también de- 
centemente. 

Pero el periodista moderno de tipo corriente, que no ha 
tratado nunca estas cuestiones sino de una manera impúdi- 
ca, no puede escribir un simple comentario sobre un caso de 
divorcio sin un avergonzamiento consciente o un chiste disi- 
mulado que hacen imposible su lectura en voz alta en socie- 
dad. Este impudor y esta mojigatería (ambos son lo mismo) 
no quieren decir que las gentes no sientan decentemente 
esta cuestión; por el contrario, es precisamente la profundi- 
dad y la seriedad de nuestro sentir lo que nos hace conside- 
rarla profanada por el lenguaje vil y la intolerable humorada 
grosera; así que al cabo no podemos sufrir que se hable de 
esto de ninguna manera, porque sólo una persona entre mil 
puede hacerlo sin herir nuestra propia delicadeza, y especial- 
mente la delicadeza de la mujer. Hay que añadir a los ho- 
rrores del lenguaje popular los horrores de la miseria popu- 
lar. En las poblaciones hacinadas, la miseria destruye la 
posibilidad del aseo, y por falta de aseo muchas de las con- 
diciones de la vida se tornan nocivas y ofensivas, de donde 
resulta finalmente que la asociación de la suciedad con estas 
condiciones naturales se hace tan abrumadora, que la mitad 
de la vida corporal de las gentes civilizadas (es decir, las 
gentes hacinadas en esos laberintos de barrios miserables 
que llamamos ciudades) se convierte en un secreto vergon- 
zoso que sólo se puede confesar al doctor en casos extremos. 
Hedda Gabler se suicida porque la maternidad es antifeme- 
nina. En suma, la mojigatería popular no es más que un 
mero incidente de la inmundicia popular; pero, a pesar suyo, 
las cuestiones que aquélla excluye siguen siendo, entre to- 
das, las más serias e interesantes. 



238 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

Vil 

EL PROGRESO ES UNA ILUSIÓN 

Desgraciadamente, la ilusión del progreso hace apartarse a 
las gentes más serias de la pista de la evolución. Cualquier 
socialista nos puede convencer fácilmente de que la diferen- 
cia entre el hombre tal como es y el hombre tal como puede 
llegar a ser, sin evolución posterior, en condiciones milena- 
rias de nutrición, ambiente y educación, es enorme. Puede 
demostrar que la desigualdad y la inicua distribución de ri- 
queza y trabajo han nacido de un sistema económico, no 
científico, y que el hombre, con todos sus defectos, no se 
propuso establecer este desorden organizado, como no se 
propone una mariposa quemarse dando vueltas alrededor de 
la llama de una vela. Puede demostrar que la diferencia en- 
tre la gracia y la fuerza del acróbata y el encorvamiento del 
labrador reumático es una diferencia producida por las con- 
diciones sociales y no por la naturaleza. Puede demostrar que 
la mayoría de los vicios humanos más detestables no son 
vicios radicales, sino meras reacciones de nuestras institucio- 
nes sobre nuestras mismas virtudes. El anarquista, el fabia- 
no, el salvacionísta, el vegetariano, el médico, el abogado, el 
cura, el profesor de ética, el gimnasta, el soldado, el depor- 
tista, el inventor, eJ fabricante de programas políticos, todos 
tienen alguna receta para hacernos mejores, y casi todos sus 
remedios son materialmente viables y están dirigidos contra 
males conocidos. Para estas gentes, el límite del progreso es, 
en el peor caso, el cumplimiento de todas las reformas pro- 
pugnadas y la nivelación de todos los hombres en el punto 
ya alcanzado por los mejor alimentados y cultivados de cuer- 
po y espíritu. 
Hay aquí, en efecto, como creen esas gentes, un campo 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 239 

enorme para la energía del reformador. Hay aquí muchos no- 
bles fines que se pueden alcanzar por los diversos senderos 
ascendentes de la Colina de la Dificultad, por donde a los 
grandes espíritus les gusta subir. Desgraciadamente, esta co- 
lina no será nunca escalada por el hombre que nosotros co- 
nocemos. No se puede negar que si todos lucháramos resuel- 
tamente por llegar al término de las sendas de los reforma- 
dores, conseguiríamos mejorar el mundo de una manera 
prodigiosa. Pero este «si» no encierra más esperanza que la 
seguridad igualmente plausible de que si el cielo se viniera, 
abajo todos cogeríamos alondras. No llevamos camino de 
poner los pies en esas sendas; carecemos de la energía nece- 
saria. No deseamos lo bastante el fin; en realidad, en la ma- 
yoría de los casos no lo deseamos ni poco ni mucho. Pregun- 
tad a cualquier hombre si le gustaría ser mejor, y os respon- 
derá que sí, muy religiosamente. Preguntadle si le gustaría 
tener un millón, y os responderá que sí, con gran sinceridad 
Pero el religioso ciudadano, a quien le gustaría ser mejor, 
sigue obrando exactamente igual que antes. Y el vago, a 
quien le gustaría tener el millón, no se toma la menor mo- 
lestia para ganar diez chelines. Multitud de hombres y mu- 
jeres, ávidos de recibir un legado de un millón, viven y mue- 
ren sin haber llegado a poseer nunca cinco libras juntas; en 
cambio ha habido mendigos que han muerto cubiertos de 
harapos sobre colchones repletos de oro que habían acumu- 
lado porque lo deseaban lo suficiente para que esto los exci- 
tara a adquirirlo y conservarlo. Los economistas que descu- 
brieron que la demanda crea la oferta, no tardaron en verse 
obligados a limitar esta proposición a la «demanda real», 
que en último análisis no significa otra cosa que la oferta 
misma; esto mismo sucede en política, en moral y en todas 
las demás esferas; la oferta actual es la medida de la deman- 
da real; las meras aspiraciones o declaraciones nada produ- 
cen. Ninguna comunidad ha sobrepasado la fase inicial en 
que su tenacidad y su fanatismo le permitieron fundar una 
nación, y su codicia establecer y desarrollar una civilización 



240 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

comercial. Y aun estas etapas no han sido alcanzadas nunca 
por espíritu cívico, sino siempre por la obstinación intole- 
rante y por la fuerza. Tómese la Reform Act de 1832 como 
ejemplo de un conflicto entre dos sectores de ingleses culti- 
vados sobre una medida política tan claramente necesaria e 
inevitable como nunca haya sido o pueda serlo cualquier 
medida política. Esta ley no fué aprobada hasta que los ca- 
balleros de Birmingham se las arreglaron para pasar a cuchi- 
llo a los caballeros de Saint- James en la forma militar debi- 
da. No hubiera sido aprobada ese día si no hubiera habido 
detrás de ella más fuerza que la conciencia lógica y cívica 
de los positivistas. Un gobernante despótico, con tanto senti- 
do como la reina Isabel, hubiera obrado mejor que la turba 
de adolescentes de Eton, que entonces nos gobernaban por 
privilegio y que ahora, a partir de la introducción en 1884 del 
Sufragio prácticamente masculino, nos gobiernan a petición 
de la democracia proletaria. 

En nuestro tiempo tenemos, en lugar de los positivistas, la 
Sociedad Fabiana, con su pacífica, constitucional, moral y 
económica política socialista que sólo necesita, para su rea- 
lización incruenta y benévola, que el pueblo inglés la com- 
prenda y apruebe. Pero ¿por qué se habla bien de los fabia- 
nos en círculos donde hace treinta años la palabra «socialis- 
ta» era considerada como equivalente de criminal e incen- 
diario? No es porque los ingleses tengan la más mínima 
intención de estudiar o adoptar la política fabiana, sino por- 
que creen que los fabianos, eliminando el aspecto amenaza- 
dor de la agitación socialista, han arrancado los dientes a la 
pobreza rebelde y han salvado al orden existente del único 
método de ataque que realmente teme. Desde luego, si la 
nación adoptara la política fabiana, ésta sería llevada a cabo 
por la fuerza bruta, exactamente igual que nuestro sistema 
actual de propiedad. Llegaría a ser la ley, y los que la resis- 
tieran serían multados, delatados, aporreados por los poli- 
cías, encarcelados y, en último término, «ejecutados>^, exac- 
tamente igual que ahora lo son cuantos infringen la ley vi- 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 241 

gente. Pero como nuestra clase propietaria no teme que se 
verifique esa transformación, pero sí teme los atentados y los 
crímenes eventuales, y se esfuerza con todo su poder en 
ocultar el hecho de que no hay ninguna diferencia moral en- 
tre los métodos con que hace respetar sus derechos de pro- 
piedad y el que emplea el dinamitero para afirmar su con- 
cepción de los derechos naturales humanos, a la Sociedad 
Fabiana se le dan palmaditas en la espalda, exactamente 
igual que a la Unión Social Cristiana, en tanto que el socia- 
lista que dice lisa y llanamente que una revolución social 
sólo puede hacerse como han sido hechas todas las demás, 
matando, coaccionando y amenazando los que la quieren a 
los que la rechazan, ese socialista es denunciado como un mal 
pastor del pueblo y condenado a trabajos forzados para con* 
vencerle de la sinceridad de la oposición de sus perseguido- 
res contra la fuerza material. 

¿Vamos por eso a repudiar los métodos fabianos y volver 
a los del hombre de las barricadas o a adoptar los del dina- 
mitero y el asesino? Por el contrario, vamos a reconocer que 
ambos son fundamentalmente fútiles. Al dinamitero le pa- 
rece fácil decir: «¿No habéis admitido justamente que nunca 
se concede nada sino ante la fuerza bruta? ¿No reconoció 
Gladstone que la Iglesia irlandesa fué separada del Estado, 
no por espíritu de liberalismo, sino por la explosión que des- 
truyó la prisión de Clerkenwell?» Bien; no hay por qué ne- 
garlo tímida y disparatadamente. Concedámoslo sin discu- 
sión. Concedamos asimismo que todo esto yace en la natu- 
raleza de las cosas; que el socialista más ardiente, si posee 
propiedades, no puede absolutamente obrar de modo distin- 
to a como lo hacen los propietarios conservadores, mientras 
tanto que la propiedad no sea abolida forzosamente para 
toda la nación; aún más, que las votaciones y discordias 
parlamentarias, a despecho de la vana ceremonia de la dis- 
cusión, sólo difieren de los combates en lo que difiere de 
Trafalgar o de Waterloo la rendición en el campo de bata- 
1 la, sin efusión de sangre, de una fuerza numéricamente in- 

16 



242 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

ferior. Con todas estas condiciones hago un presente al fe- 
niano que reúne dinero de los incautos irlandeses de Amé- 
rica para volar el castillo de Dublíii, al detective que induce 
a jóvenes obreros aturdidos a encargar bombas en la ferre- 
tería más próxima para mandarlos luego a presidio, a nues- 
tros jefes militares y navales que no creen en los sermones, 
sino en un ultimátum apoyado con profusión de lidita, y 
finalmente a todos aquellos a quienes les pueda interesar. 
Pero ¿de qué sirve sustituir el camino del temerario y san- 
guinario por el camino del prudente y humano? ¿Es mejor 
Inglaterra por la destrucción de Clerkenwell, o Irlanda por 
la separación de la Iglesia irlandesa? ¿Existe alguna razón 
para suponer que la nación que tímidamente se dejó oprimir 
por Charles y Laúd y Strafford ganó algo porque después 
toleró, más tímidamente aún, que unos cuantos puritanos 
de fuertes creencias, inflamados por las obras maestras de 
la literatura revolucionaria judía, cortaran la cabeza a los 
tres? Supóngase que el complot hubiera dado resultado y 
que una dinastía Fawkes se sentara permanentemente en el 
trono; ¿hubiera originado esto alguna diferencia en el esta- 
do actual de la nación? La guillotina fué utilizada en Fran- 
cia hasta los límites de la resistencia humana por los giron- 
dinos y los jacobinos. Fouquier Tinville siguió a María An- 
tonieta, y María Antonieta pudo haber preguntado a la 
muchedumbre, exactamente con tanta agudeza como lo hizo 
Fouquier, si su pan estaría más barato cuando hubiera caído 
su cabeza. ¿Qué resultó de todo esto? La Francia imperial 
de la famiüa Rougon Macquart y la Francia republicana del 
escándalo del Panamá y del caso Dreyfus. ¿Valía esta dife- 
rencia la pena de guillotinar a todos aquellos desgraciados 
caballeros y señoras, vagos y habladores en su mayoría? 
¿Guillotinaría un hombre a un ratón para obtener un resul- 
tado parecido? Volvamos la vista a la América republicana. 
Americano tiene una Star Chamber (1), ni barones feudales. 

(1) Antiguo tribunal criminal inglés.— fN. del T.) 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 243 

Pero tiene sus trusts y tiene sus millonarios, cuyas fábricas, 
atrincheradas con alambradas de cables eléctricos cargados 
y defendidas por los secuaces de Pinkerton con almacenes 
de rifles, harían parecer radical a Reginaldo Front de Boeuf. 
¿Hubieran movido un dedo Washington o Franklin por la 
causa de la independencia americana si hubiesen previsto la 
realidad? 

No; lo que ni César, ni Cromwell, ni Napoleón pudieron 
hacer teniendo en sus manos toda la fuerza material y el 
prestigio moral del Estado, menos puede ser hecho por cri- 
minales y lunáticos entusiastas. Hasta los judíos, que desde 
Moisés a Marx y Lassalle han inspirado todas las revolucio- 
nes, han tenido que confesar que, a pesar de todo, el perro 
volverá a su vomitona y el cerdo que fué lavado tomará a 
revolcarse en el fango; también nosotros podemos determi- 
nar que el hombre volverá a sus ídolos y a sus codicias a 
pesar de todos los «movimientos>^ y revoluciones, mientras 
tanto que no haya cambiado su naturaleza. Hasta entonces, 
sus primeros éxitos en la elaboración de civiHzaciones co- 
merciales (¡y qué civilizaciones, válgame Dios!) no son más 
que los preliminares de la inevitable etapa posterior, que 
ahora nos amenaza, durante la cual las pasiones que cons- 
truyeron la civilización se tornarán nefastas en lugar de 
productivas, por lo mismo precisamente, por lo que las cua- 
lidades que hacen del león el rey de la selva causan su des- 
trucción cuando penetra en una ciudad. Sólo puede salvar a 
la sociedad la clara inteligencia y la amplitud de intencio- 
nes; la guerra y la competencia, poderosos instrumentos de 
selección y evolución en una época, se convierten en la si- 
guiente en ruinosos instrumentos de degeneración. La cría 
de animales y plantas, variedades obtenidas por la selección 
al través de muchas generaciones, retroceden precipitada- 
mente al tipo primitivo en una o dos generaciones al cesar 
la selección. Del mismo modo, una civilización en la cual la 
lucha y la codicia vigorosas han dejado de actuar como 
agentes de selección, y empiezan a obstruir y destruir, se 



244 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

• 

precipita de espaldas cuesta abajo con una rapidez que per- 
mite ver al observador consternado cómo se desanda en el 
curso de una sola vida el camino ascendente de muchos 
siglos. Así ha sucedido con frecuencia, aun en el período 
que abarca la historia, y en todos los casos la crisis se ha 
desarrollado mucho más rápidamente que la consecución, o, 
por lo menos, la aceptación general sobre el papel, de la ni- 
velación de la masa en el punto más alto alcanzado por los 
individuos normales mejor alimentados y más cultivados. 

Tenemos, por tanto, que abandonar francamente la idea 
de que el hombre, tal como existe, es capaz de un progreso 
efectivo. Habrá siempre una ilusión de progreso, porque don- 
dequiera tenemos conciencia de un mal lo remediamos, y 
esto nos hace creer que progresamos, olvidando que la ma- 
yor parte de los males que vemos son los efectos al fin agra- 
vados de retrocesos largo tiempo ignorados; que los remedios 
que arbitramos rara vez hacen recobrar por completo el te- 
rreno perdido, y sobre todo que en los caminos por donde 
vamos degenerando, el bien se ha trocado en mal ante nues- 
tros propios ojos y es destruido en nombre del progreso, del 
mismo modo justamente que el mal es destruido y reempla- 
zado por el bien a lo largo de los caminos por los cuales 
evolucionamos. Tal es, en efecto, la Ilusión de las Ilusiones, 
porque nos da la seguridad infalible y aterradora de que si 
ha de llegar nuestra ruina política, ésta será cumplida por 
los reformadores ardientes y padecida por los patriotas en- 
tusiastas, como una serie de escalones necesarios en nues- 
tro progreso. Que el reformador, el progresista y el mejorista 
mediten nuevamente sobre sí mismos y sus eternos más y 
menos, que nunca llegan a ser menos y más. Mientras el 
hombre siga siendo lo que es, no podrá haber progreso su- 
perior al punto ya alcanzado y rápidamente perdido en cada 
ensayo de civilización; y como este punto no es más que un 
pináculo al que se agarran unos cuantos presa del terror del 
vértigo sobre un abismo de abyección, el mero progreso no 
nos puede seducir. 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 245 

VIII 
EL FALSO CONCEPTO DE LA CIVILIZACIÓN 



Después de todo, la ilusión del progreso no es realmente 
muy sutil. Empezamos leyendo las sátiras de los contempo- 
ráneos de nuestros padres, y deducimos generalmente (con 
absoluta ignorancia) que los abusos expuestos en ellas son 
cosas del pasado. Vemos asimismo que las reformas de los 
males más apremiantes son efecto de los cambios parciales 
del poder político de manos de los opresores a manos de los 
oprimidos. El pobre vota por los liberales en la esperanza 
de que vota por sus libertadores. Esta esperanza no se cum- 
ple, pero cesa la condena a prisión perpetua por deudas de 
las gentes que no tienen dinero. Se aprueban leyes de pro- 
tección al trabajo; la enseñanza se convierte de libre en obli- 
gatoria; se multiplican los reglamentos sanitarios; se adop- 
tan medidas públicas para proporcionar alojamiento decoro- 
so a las masas; el descalzo obtiene calzado; los harapos 
casi desaparecen; los cuartos de baño y los pianos, los cue- 
llos almidonados y los paños elegantes llegan a numerosas 
gentes que en otro tiempo andaban desarrapadas. Algunos 
de estos cambios son ganancias, otros son pérdidas. Algunos 
no son cambios ni poco ni mucho; todos son simplemente 
los cambios que produce el dinero. No obstante, proporcio- 
nan una ilusión de progreso incesante, y la clase cultivada 
deduce de aquí que los abusos del primer período victoria- 
no sólo existen ya como entretenidas páginas de las novelas 
de Dickens. Pero en cuanto buscamos una reforma que sea 
debida al carácter y no al dinero, al estadismo y no al inte- 
rés o al motín, quedamos desilusionados. Por ejemplo. Re- 
cordábamos la mala administración y la incompetencia 
revelada por la guerra de Crimea como parte de un estado 



246 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

de cosas pasado, hasta que la guerra del Transvaal demos- 
tró que ni la Nación ni el Ministerio de la Guerra, como 
aquellos pobres Borbones tan impudentemente censurados 
por su característica universal, habían aprendido ni olvidado 
nada. Aún no nos habíamos repuesto muy bien de la inútil 
desazón producida por este descubrimiento, cuando trans- 
cendió al conocimiento público que el Cuerpo de oficiales 
de nuestro regimiento más distinguido formaba un club de 
flageladores, presidido por el subalterno más antiguo. La re- 
velación de los detalles de esta relajación juvenil produjo 
cierto asco, pero la visible ausencia de toda concepción del 
honor y de la virtud varoniles, del valor personal y del res- 
peto de sí mismo en las primeras filas de nuestra Caballería, 
no causó ninguna sorpresa. Dábamos por sentado en cues- 
tiones públicas que la adulación y la idolatría que indujeron 
a Carlos I a menospreciar la rebelión puritana del siglo xvii 
habían pasado hacía tiempo al olvido; pero sólo ha sido ne- 
cesaria la ocurrencia de circunstancias favorables para que 
revivieran, con añadidura de abyección para compensarnos 
de su devoción pérfida insignificante. Hemos recaído en las 
discusiones sobre la transubstanciación, en el justo momen- 
to en que el descubrimiento de la amplia preponderancia de 
la teofagia como costumbre primitiva nos ha arrebatado la 
última excusa para creer que nuestros ritos religiosos oficia- 
les difieren esencialmente de los ritos de los salvajes. La 
doctrina cristiana de la inutilidad del castigo y de la iniqui- 
dad de la venganza, a pesar de su evidente sentido común, 
no ha encontrado entre todas las naciones un solo conver- 
tido. El cristianismo no tiene para las masas otra significa- 
ción que la de una ejecución pública sensacional que se 
utiliza como pretexto para ejecuciones sucesivas. En su nom- 
bre arrojamos diez años de vida de un ladrón, minuto por 
minuto, en el horror y en la degradación lentos de nuestras 
modernas cárceles reformadas, con tan poco remordimiento 
como Laúd cercenaba las orejas de Bastwich y Burton en 
su Star Chamber. Hace poco desenterramos y mutilamos los 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 247 

restos del Mahdi, exactamente lo mismo que hace dos siglos 
desenterramos y mutilamos los restos de Cromwell. Pedimos 
la decapitación de los príncipes chinos boxers como lo hu- 
biera hecho cualquier tártaro, y nuestras expediciones nava- 
les y militares para diezmar, incendiar y destruir tribus y 
aldeas, por haber maltratado a un inglés, constituyen una 
parte tan frecuente de nuestra rutina imperial, que la última 
docena de estas expediciones no ha despertado tanta com- 
pasión como despertaría una mujer criminal cualquiera. Se 
supone que el empleo judicial de la tortura para obtener la 
confesión es un vestigio de las épocas más sombrías; ahora 
bien, cuando se escriben estas páginas, un juez inglés ha 
condenado a veinte años de trabajos forzados a un falsifica- 
dor, declarando francamente que cumpliría la totalidad de 
la condena, a no ser que confesara dónde había ocultado los 
billetes falsificados. Ni este hecho ni un telegrama transmi- 
tido desde Somalia mencionando que un prisionero ha faci- 
litado cierta información «mediante castigo» han sugerido 
ningún comentario. Aun cuando estos casos no fueran cier- 
tos, el hecho de ser aceptados sin protesta, como indicando 
una marcha natural y apropiada de la conducta pública, 
prueba que nos hallamos tan dispuestos a recurrir a la tor- 
tura como lo estaba Bacon. En cuanto a la crueldad venga- 
tiva, un incidente de la guerra del Transvaal, en el que los 
parientes y amigos de un prisionero fueron obligados a pre- 
senciar su ejecución, reveló tal bajeza de temperamento y 
de carácter, que no tenemos realmente derecho a vanaglo- 
riarnos de nuestra superioridad sobre Eduardo III en la ren- 
dición de Calais. Y el demócrata oficial americano se entrega 
a la tortura en Filipinas exactamente como lo hizo en África 
del Sur el aristocrático oficial inglés. Los incidentes de la 
invasión blanca en África en busca de marfil, oro, diamantes 
y deportes han demostrado que el europeo moderno es la 
misma ave rapaz que en otro tiempo marchaba a la con- 
quista de nuevos mundos con Alejandro, Antonio y Pizarro. 
Los parlamentos y las juntas episcopales protestantes son 



248 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

exactamente lo mismo que eran cuando Cromwell los supri- 
mió y Dickens se burló de ellos. El político demócrata sigue 
siendo exactamente como lo describió Platón; el médico es 
aún el crédulo impostor y el petulante mequetrefe científico 
que ridiculizó Moliere; el maestro de escuela sigue siendo, 
en el mejor de los casos, un pedante cultivador de niños, y 
en el peor, un flagelomaníaco; los hombres honrados temen 
más los arbitrajes que los procesos; el filántropo es todavía 
un parásito de la miseria, como el doctor lo es de la enfer- 
medad; los milagros de la superchería religiosa no son me- 
nos fraudulentos y perjudiciales porque ahora sean llamados 
experimentos científicos y dirigidos por profesores; la bruje- 
ría, bajo la forma de medicinas patentadas e inoculaciones 
profilácticas, campa por sus respetos; el terrateniente, que 
ya no es lo suficiente poderoso para colocar la trampa de 
Rhampsinitis para coger a hombres, la perfecciona con alam- 
bres de púas; el caballero moderno, demasiado perezoso para 
embadurnar de bermellón su cara como símbolo de bravura, 
manda a una lavandera que le embadurne de almidón la ca- 
misa como símbolo de limpieza; meneamos la cabeza ante el 
cieno medieval, desde ciudades manchadas de hollín, sucias 
y desagradables a causa del humo vergonzoso del tabaco; 
el agua bendita, en su última forma de Hquido desinfectan- 
te, es más usada y se cree en ella más que nunca; la salud 
pública consiente deliberadamente realizar conjuros que- 
mando azufre (aunque se sabe que es inútil), porque las gen- 
tes creen en ellos tan devotamente como el campesino ita- 
liano cree en la licuación de la sangre de San Jenaro, y la 
honrada mentira pública ha adquirido un desarrollo gigan- 
tesco, no habiendo lugar a elegir en este particular entre el 
ratero en la comisaría, el ministro en el banco del Tesoro, el 
director en la redacción del periódico, el magnate industrial 
que anuncia neumáticos de bicicleta que no patinan, el pas- 
tor que suscribe los treinta y nueve artículos de fe y el 
vivisector que se compromete por su honor a no hacer sufrir 
a un animal operado en el laboratorio fisiológico. Lo peor 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 249 

es la hipocresía, pues no tan sólo perseguimos fanática y 
sinceramente el nombre del supersticioso curanderismo en 
que creemos, sino dura e hipócritamente asimismo en nom- 
bre de las creencias evangélicas, de las que nuestros gober- 
nantes se ríen en la intimidad, como los patricios itahanos 
del siglo V se reían de Júpiter y de Venus. El deporte es, 
como siempre lo ha sido, una excitación homicida; el impul- 
so de matar es universal; en todo el país se establecen mu- 
seos para alentar a los niños pequeños y a los caballeros de 
edad a coleccionar cuerpos conservados en alcohol y a robar 
los huevos de los pájaros y conservarlos como los pieles ro- 
jas hacen con los cueros cabelludos. Castigar a latigazos es 
tan natural en un inglés como lo era en Salomón espoliar a 
Rehoboam; en realidad, la comparación con los judíos es in- 
justa, si se tiene en cuenta el hecho de que la ley mosaica 
prohibía, en nombre de la humanidad, dar más de cuarenta 
azotes, en tanto que en los siglos xvm y xix hubo soldados 
ingleses que fueron azotados con mil latigazos, y todavía lo 
serían a no ser por el cambio en la balanza del poder políti- 
co entre la casta militar y la clase comercial y el proletaria- 
do. A pesar de este cambio, el azotamiento es todavía una 
institución en la escuela pública, en la prisión militar, en la 
disciplina de los barcos y en esa escuela de mezquindad que 
llamamos hogar. El clamor lascivo del flagelomaníaco pi- 
diendo más, constante como el clamor del que pide más in- 
solencia, más guerra y más bajas proposiciones, es tolerado 
y complacido, pues no teniendo a la vista fines morales, te- 
nemos sentido suficiente para ver que sólo la fuerza bruta 
puede imponer nuestra egoísta voluntad a los demás. La co- 
bardía es universal; el patriotismo, la opinión pública, el de- 
ber paternal, la disciplina, la religión, la moralidad, son sólo 
nombres bonitos para decir intimidación, y la crueldad, la 
glotonería y la credulidad fomentan la cobardía. Degollamos 
una ternera y la colgamos boca abajo para que acabe de 
morir desangrada, a fin de conseguir que las chuletas sean 
blancas; inmovilizamos en una tabla a los gansos y los atra- 



250 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

camos de alimentos porque nos gusta el sabor de higadillo; 
desgarramos a los pájaros para adornar los sombreros de 
nuestras mujeres; mutilamos a los animales domésticos sin 
otra razón que la de seguir una costumbre instintivamente 
cruel, y permitimos las más abominables torturas en la espe- 
ranza de obtener por medio de ellas la cura mágica de nues- 
tras dolencias. 

Ahora bien; obsérvese que éstos no son desarrollos excep- 
cionales de nuestros vicios admitidos, deplorados y comba- 
tidos por todos los hombres buenos. No se ha dicho aquí ni 
una palabra de los excesos de nuestros Nerones, de los cua- 
les tenemos una porción regular. Con excepción de al- 
gunos ejemplos militares, que han sido mencionados princi- 
palmente para demostrar que la educación y la reputación 
de un caballero, reforzadas por los poderosos convencio- 
nalismos de honor, espíritu de cuerpo, publicidad y respon- 
sabilidad, no contienen mayores garantías que las pasiones 
de la plebe, los demás ejemplos anteriormente presentados 
son lugares comunes tomados de la práctica cotidiana de 
nuestros mejores ciudadanos, vehementemente defendidos 
en nuestros periódicos y en nuestros pulpitos. Los mismos 
humanitaristas que los aborrecen son empujados por su cau- 
sa al crimen: el puñal de Bruto y de Ravaillac reaparece en 
las manos de Caserío y de Luccheni, y la pistola ha acudido 
en su ayuda en las manos de Guiteau y Czolgosz. Nuestros 
remedios todavía se limitan a la resistencia y al asesinato, 
y aún se asesina judicialmente al asesino siguiendo el prin- 
cipio de que dos negras hacen una blanca. La novedad ra- 
dica en nuestros métodos: a causa del descubrimiento de la 
dinamita, el mosquete recargado de Hamilton de Bothwel- 
haugh ha sido substituido por la bomba; pero el corazón de 
Ravachol latía exactamente lo mismo que el de Hamilton. 
El mundo no podrá sufrir el pensamiento de aquellos que le 
conocen, aun desquitándose ampliamente con la continen- 
cia de la pobreza en el pobre y la cobardía del rico. 

Todo lo que podemos decir para nuestro descargo es que 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 251 

las gentes deben vivir y viven y dejan vivir hasta cierto 
punto. Aun el caballo, con su cola cortada y su bocado apre- 
tado, ve limitada su esclavitud por el hecho de que si se 
descuidara su alimentación y su descanso, su dueño se ex- 
pondría a tener que comprar un caballo cada dos días, por- 
que no se puede reventar de trabajo a un caballo y luego 
escoger otro sin desembolsar nada, como se hace con un 
obrero. Pero esta barrera natural a nuestro desaforado 
egoísmo es consecuencia en parte de nuestra miopía y en 
parte de cálculo deliberado, puesto que, además del hombre 
que en propio perjuicio acorta la vida de su caballo por pura 
codicia, tenemos la Compañía de tranvías que descubre ex- 
perimentalmente que un caballo, aunque pueda vivir de 
veinticuatro a cuarenta años, da más beneficio haciéndole 
trabajar hasta reventar durante cuatro años y reemplazán- 
dole luego por una víctima fresca. Y la esclavitud humana, 
que ha alcanzado en nuestro propio tiempo el mayor grado 
de intensidad bajo la forma del trabajo libre asalariado, ha 
encontrado los mismos límites personales y comerciales a 
su agravación y a su atenuación. Ahora que la libertad del 
trabajo asalariado ha originado, como en África del Sur, su 
escasez, los primeros periódicos ingleses y las principales 
revistas semanales han pedido abiertamente y sin retórica 
la vuelta al trabajo obligatorio; esto es, a los métodos por 
los cuales, según creemos, construyeron los egipcios las pi- 
rámides. Sabemos ahora que la cruzada contra la esclavitud 
personal en el siglo xix triunfó tan sólo porque la esclavi- 
tud personal no era el método más práctico ni el más hu- 
mano de explotación del trabajo. Y actualmente el mundo 
está explorando el camino hacia un sistema más práctico 
todavía que abolirá la libertad del trabajador, sin que, por 
otra parte, tenga su explotador ninguna responsabilidad para 
con él. 

Sin embargo, siempre hay alguna atenuación: hay el te- 
mor de la rebelión y existen los efectos de la bondad y del 
sentimiento. Sea repetido, por tanto, que no se lanza aquí 



252 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

ninguna acusación contra el mundo a pretexto de cuál pro- 
ceden sus criminales y sus monstruos. Las hogueras de 
Smithfield y de la Inquisición fueron encendidas por gentes 
sinceramente piadosas, que eran bondadosas y buenas, como 
el bien y la bondad se entienden. Y cuando en América, en 
la actualidad, se rocía de petróleo y se quema vivo a un ne- 
gro, no se trata de un hombre bueno linchado por canallas, 
sino de un criminal linchado por una turba de ciudadanos 
magnánimos, respetables, caritativos, virtuosamente indigna- 
dos, que aunque obran fuera de la ley, son por lo menos más 
piadosos que los legisladores y los jueces americanos, que 
no hace mucho condenaban a unos hombres a reclusión so- 
litaria por periodos, no de cinco meses, como es también 
costumbre nuestra, sino de cinco años y más. Lo que nues- 
tros monstruos morales pueden llevar a cabo, deja atrás la 
matanza de la noche de San Bartolomé y otras momen- 
táneas explosiones del desorden social. Juzguemos por los 
usos admitidos y respetados de nuestros círculos más re- 
putados, y si se conocen los hechos y se tiene valor bastante 
para mirarlos frente a frente, se debe admitir que, a menos 
que no seamos reemplazados por un animal más altamente 
evolucionado— en suma, por el Superhombre—, el mundo se- 
guirá siendo una guarida de animales peligrosos, entre los 
cuales nuestros escasos y fortuitos Superhombres, los Sha- 
kespeare, los Goethe, los Shelley y sus pares tienen que vi- 
vir tan precariamente como el domador de leones, aceptan- 
do lo excepcional de su situación y la dignidad de su supe- 
rioridad como contrapeso al horror de aquélla y a la soledad 
de ésta. 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 253 

IX 
EL FALLO DE LA HISTORIA 

Puede decirse que aunque, bajo la excitación de la guerra 
y del crimen, la fiera aparece en el hombre y le hace volver 
momentáneamente a la baibarie, su vida normal es más ele- 
vada que la de sus ascendientes. Esta opinión es muy admi- 
sible para los ingleses, que se inclinan siempre sinceramente 
del lado de la virtud, mientras no les cuesta ni dinero ni 
ideas. La injusticia de los extranjeros, que no conceden nin- 
gún crédito a esa magnanimidad, los lastima vivamente. 
Pero no hay ninguna razón para suponer que nuestros ante- 
pasados fueron menos capaces de ello que nosotros. A todas 
esas pretensiones de la existencia de una evolución moral 
progresiva operando visiblemente de abuelo a nieto, cabe 
oponer la respuesta concluyente de que mil años de evolu- 
ción semejante hubieran producido cambios sociales enor- 
mes, cuya evidencia histórica sería abrumadora. Pero ni el 
mismo Macaulay, el más digno de confianza de los mejoris- 
tas liberales, puede presentar ninguna demostración de tal 
índole que resista un atento examen. Compárese nuestra 
conducta y nuestras leyes con las mencionadas, como vigen- 
tes, en los antiguos escritos y en los clásicos que han llega- 
do a nosotros, y no se hallará el menor fundamento a la 
creencia de que se haya realizado en tiempos históricos cual- 
quier progreso moral, a despecho de todas las tentativas ro- 
mánticas de los historiadores por reconstruir el pasado so- 
bre esta presunción. Dentro de esos tiempos históricos, las 
naciones, como las familias y los individuos, han florecido y 
decaído; han contristado y endurecido sus corazones; se han 
sometido y han protestado; han accionado y reaccionado; 
han oscilado entre el saneamiento natural y el artificial (la 



254 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

casa más antigua del mundo, desenterrada hace poco en 
Creta, tiene disposiciones sanitarias completamente moder- 
nas); han recorrido en círculo mil cambios, según los dife- 
rentes grados de crecimiento y empuje de su población, cre- 
yendo firmemente durante todo ese tiempo que el género 
humano avanzaba dando brincos, porque los hombres esta- 
ban constantemente ocupados. Sólo el capítulo de las casua- 
lidades ha dejado una pequeña suma de descubrimientos 
fortuitos, tales como la rueda, el arco, el imperdible, la pólvo- 
ra, el imán, el arco voltaico, etc., cosas que, contrariamente 
a los evangehos y tratados filosóficos de los sabios, pueden 
ser comprendidas y aplicadas útilmente por los hombres co- 
munes; de forma que la locomoción a vapor es posible sin 
una nación de Stephensons, en tanto que el cristianismo na- 
cional es imposible sin una nación de Cristos. Pero nadie 
puede creer seriamente que un chauffeur que conduce un 
automóvil de París a Berlín es un hombre más altamente 
evolucionado que el aurie^a de Aquiles, o que un primer mi- 
nistro moderno es un gobernante más culto que César, por- 
que monta en triciclo, escribe sus disposiciones con luz 
eléctrica y da instrucciones por teléfono a su corredor de 
Bolsa. 

Termine, pues, este cacareo sobre el progreso. El hombre, 
tal como es, no podrá nunca añadir un codo a su estatura 
por ninguna de sus charlatanerías políticas, científicas, edu- 
cativas, religiosas o artísticas. Lo que es probable que ocurra 
cuando esta convicción penetre en el cerebro de los hombres 
cuya fe actual en esas ilusiones es el cimiento de nuestro 
sistema social, sólo puede ser imaginado por aquellos que 
saben cuan bruscamente puede caer en pedazos una civiliza- 
ción que desde largo ha dejado de pensar (o, según la vieja 
frase, de velar y rezar), cuando la creencia general en sus 
hipocresías e imposturas no puede sostenerse más tiempo 
frente a sus fracasos y escándalos. Cuando las fórmulas reli- 
giosas y éticas sean tan desusadas que ningún hombre de 
mente vigorosa pueda creer en ellas, éstas habrán alcanzado 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 255 

también el punto en que ningún hombre de carácter elevado 
las profesará; y desde ese momento, hasta que sean formal- 
mente desechadas, permanecerán a la puerta de toda profe- 
sión y de toda oficina pública, para impedir el paso a todo 
hombre capaz que no sea un sofista o un embustero. Una 
nación que revisa sus consejos parroquiales una vez cada 
tres años, pero no revisará sus cláusulas religiosas una sola 
vez en trescientos años, aunque esas cláusulas empezaran 
manifiestamente como un compromiso pohtico dictado por 
Perico de los Palotes, es una nación que necesita ser re- 
hecha. 

Muestra única esperanza está, pues, en la evolución. De- 
bemos sustituir al hombre por el Superhombre. Es terrible 
para el ciudadano, según pasan los años, ver a sus propios 
contemporáneos tan exactamente reproducidos en la gene- 
ración más joven, que sus camaradas de hace treinta años 
tienen su contrapartida entre la muchedumbre de cada ciu- 
dad, teniendo que reprimirse repetidamente en el acto de ir 
a saludar, como si fuera un viejo amigo, a algún joven para 
quien él no es más que un extraño de más edad. Toda espe- 
ranza de adelanto m.uere en su pecho según los contempla; 
sabe que obrarán exactamente igual que sus padres y que 
las pocas voces que aún los exhortarán, lo mismo que anta- 
ño, a hacer algo distinto y a ser algo mejores, pueden guar- 
dar su aliento para enfriar su sopa (si pueden adquirir algu- 
na). Hombres como Ruskin y Carlyle predicarán a Smith y a 
Brown por amor a la predicación, precisamente como San 
Francisco predicaba a los pájaros y San Antonio a los peces 
Pero Smith y Brown, como los peces y los pájaros, siguen 
siendo como son; y los poetas que planean utopías, demos- 
trando que para su realización no es necesario sino que el 
hombre las quiera, advierten por último, como Ricardo Wág- 
ner, que el hecho que da que pensar es que el hombre no las 
quiere efectivamente. Y no querrá jamás hasta que no se 
convierta en Superhombre. 

Y así llegamos al fin del sueño del socialista sobre ^<la so- 



256 MANUAL DEL REVOLUCIÓN ISTA 

cialización de los medios de producción y cambio», y del 
sueño del positivista de moralizar al capitalista, y del sueño 
del profesor de Etica, del legislador y del educador, de colo- 
car sobre un hombre preceptos y leyes y lecciones y notas 
de examen como se coloca el arnés a un caballo, la toga a un 
juez, el casco a un soldado o la peluca a un actor, preten- 
diendo que su naturaleza ha sido cambiada. El único socia- 
lismo fundamental y posible es la socialización de la cría se- 
lectiva del hombre; en otros términos, de Ja evolución huma- 
na. Debemos eliminar al Yahoo (1), o su voto hará zozobrar 
el bien público. 



X 

EL MÉTODO 



En cuanto al método, ¿qué podemos decir hasta ahora fue- 
ra de que donde hay una voluntad hay un camino? Si falta 
la voluntad, estamos perdidos. Esta es una posibilidad para 
nuestro desvencijado y menguado imperio, si no para todo 
el universo; y como posibiUdades semejantes no pueden ad- 
mitirse sin empeñar todas las fuerzas disponibles, mientras 
sobrevivimos debemos obrar bajo el supuesto de que aún te- 
nemos bastante energía, no sólo para querer vivir, sino para 
querer vivir mejor. Esto puede significar que debemos esta- 
blecer un Ministerio de la Evolución, con un sillón en el Ga- 
binete para su jefe y una asignación para sufragar los gastos 
de los experimentos directos del Estado y excitar a los par- 
ticulares a conseguir resultados eficaces. Puede significar la 
constitución de una sociedad particular o de una compañía 
privilegiada para el mejoramiento de la raza humana. Pero 

(1) Raza bestial, de forma humana, en Los Viajes de Gu~ 
lliver, de Swift.-fN. del T.) 



MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 257 

actualmente es mucho más probable que sólo signifique la 
ruidosa repudiación de semejantes proposiciones como inde- 
centes e inmorales, con un secreto impulso general, sin em- 
bargo, de la voluntad humana en la dirección repudiada; de 
forma que toda especie de instituciones y autoridades públi- 
cas, con uno o con otro pretexto, explorarán furtivamente su 
camino hacia el Superhombre. Ya Mr. Graham Wallas sé 
ha aventurado a sugerir, como presidente del Comité direc- 
tor de Enseñanza de la Junta de Enseñanza de Londres, que 
con la política aceptada de la esterilización de las maestras, 
aunque conveniente administrativamente, se da lugar a crí- 
tica desde el punto de vista de la propagación racial nacio- 
nal; éste es un ejemplo tan bueno como cualquiera de cómo 
el impulso hacia el Superhombre puede manifestarse a des- 
pecho de todas nuestras hipocresías. Para empezar, una cosa 
por lo menos parece clara. Si una mujer, por la cuidadosa 
elección de un padre y la alimentación de sí misma, produce 
un ciudadano de sentidos eficientes, órganos sanos y buena 
digestión, se le aseguraría indudablemente por este servicio 
natural una remuneración suficiente para que aceptara con 
gusto intentar y repetir el caso. Que fuera para ello sosteni- 
da financieramente por sí misma, o por el padre, o por un 
capitalista interesado, o por un nuevo negociado de-digá- 
moslo— la Real Sociedad de Dublín, o (como actualmente) 
por el Ministerio de la Guerra, cuidando de mantenerla «en 
su vigor» y autorizando a un soldado escogido a casarse con 
ella, o por una autoridad local por medio de un reglamento 
encaminado a proporcionar a las mujeres, en ciertas circuns- 
tancias, un año de vacaciones con el salario completo, o por 
el Gobierno central; todo esto nada importa, con tal de que 
el resultado sea satisfactorio. 

Es una triste realidad que, como la mayoría de las muje- 
res y sus cónyuges en las condiciones existentes, ni tienen 
suficiente alimentación, ni capital, ni crédito, ni conocen la 
ciencia ni los negocios; si el Estado pagara por los nacimien- 
tos como ahora paga por las defunciones, aquéllos serían 

17 



258 MANUAL DEL RKVOLUCIONISTA 

explotados por Sociedades anónimas con dividendos, exac- 
tamente como ahora lo son en las industrias ordinarias. Y 
hasta una Sociedad para la cría humana (piadosamente dis- 
frazada de Inclusa reformada o algo parecido) puede perfec- 
tamente producir mejores resultados que nuestra actual con- 
fianza en el matrimonio promiscuo. Se puede objetar que 
cuando un contratista corriente fabrica géneros para el Es- 
tado y el Gobierno los rechaza por no ajustarse al modelo 
exigido, los géneros rechazados son malvendidos o almace- 
nados: esto es, tratados como material de desecho; pero que 
si los géneros consistieran en seres humanos, lo único que 
podría hacerse con ellos sería abandonarlos o enviarlos al 
asilo más próximo. No otra cosa hace la empresa privada 
arrojando su desecho humano al mercado barato del trabajo 
y a los asilos; el desecho de la nueva industria sería mejor 
cuidado que el primer producto de la pobreza ordinaria. 
Dentro de nuestro feliz y satisfecho desorden industrial ac- 
tual, todos los productos humanos, superiores o inferiores, 
tendrían que ser lanzados al mercado del trabajo; pero los 
inferiores no darían derecho a la Compañía a una subven- 
ción, y, por tanto, significarían para ella una pérdida. La di- 
ficultad comercial práctica sería la incertidumbre y el gasto 
de tiempo y de dinero en los primeros ensayos. El capital pu- 
ramente comercial no se interesaría en estas operaciones he- 
roicas durante la etapa comercial, y desde el esfuerzo mental 
necesario para arranque tan grave y tan nuevo, no se podría 
esperar precisamente que viniera del Stock Exchange (1). 
Tendría que ser dirigido por estadistas con suficiente carácter 
para decir a nuestra democracia y a nuestra plutocracia que 
la gobernación no consiste en adular sus locuras o en apli- 
car sus modelos suburbanos de conducta a los asuntos de 
cuatro continentes. La cuestión debe ser recogida por el Es- 
tado o por una organización lo bastante fuerte para imponer 
respeto al mismo Estado. 

(1) Bolsa de Londres.— fiV. del T.) 



MANUAL DEL REVOLUCíONISTA 259 

La novedad de cualquier experimento de ésos, sin embar- 
go, reside sólo en sus dimensiones. En un caso bien a la vis- 
ta, el de la realeza, el Estado ya selecciona a los progenito- 
res por razones puramente políticas; y en la nobleza, aunque 
el heredero de un ducado es libre de casarse con una leche- 
ra, la presión social ejercida sobre él para confinar su elec- 
ción a consorte política y socialmente elegible, es tan abru- 
madora, que, en realidad, no es más libre de casarse con 
una lechera que lo era Jorge IV de casarse con mistress 
Fitzherbert; un matrimonio así, sólo podría tener lugar por 
efecto de una extraordinaria fuerza de carácter de la lechera 
imponiéndose a una debilidad extraordinaria del duque. Los 
que consideran absurda y escandalosa la idea, en toda su 
amplitud, de la cría humana inteligente, ¿se preguntan por 
qué no le estaba permitido a Jorge IV elegir esposa por sí 
mismo, en tanto que cualquier calderero podía casarse con 
quien quisiera? Por la sencilla razón de que era políticamen- 
te indiferente con quién se casaba el calderero; pero era de 
la mayor importancia con quién se casaba el rey. La manera 
como la consideración a los derechos personales del rey, a las 
exigencias del corazón, a la santidad del juramento matrimo- 
nial y a la moralidad romántica desaparece ante la necesidad 
política, demuestra el desprecio en que se tiene a todos esos 
prejuicios aparentemente irresistibles, cuando entran en lu- 
cha con la exigencia de altas cualidades en nuestros gober- 
nantes. Lo mismo nos enseña el caso del soldado, cuyo ma- 
trimonio, cuando llega a ser autorizado, es intervenido des- 
póticamente, con vistas tan sólo a su eficiencia militar. 

Felizmente, hoy en día no es el rey quien gobierna, sino 
el calderero. Ya no se temen las guerras dinásticas, ni las 
alianzas dinásticas tienen valor. Los matrimonios en las fa- 
milias reales son cada vez menos políticos, más populares, 
domésticos y románticos. Si todos los reyes de Europa fue- 
ran declarados mañana tan libres como el rey Cophetua, 
nadie, excepto sus tías y sus chambelanes, sentiría ni un 
momento de inquietud por las consecuencias. Por otra parte, 



260 MANUAL DEL REVOLUCIONISTA 

se ha ido desarrollando con firmeza cierto sentido social del 
matrimonio del calderero. De la salud de su esposa en el 
mes consecutivo a su alumbramiento, hemos hecho una 
cuestión pública. Hemos arrebatado de sus manos los cere- 
bros de sus hijos y los hemos puesto entre las manos de 
nuestro maestro nacional. Y ahora hasta los alimentaremos 
sin que él tenga que intervenir. Pero son todavía populacho, 
y entregar el país al populacho es un suicidio nacional, 
puesto que el populacho ni puede gobernar ni quiere dejar 
gobernar a nadie, excepto a quien le ofrezca más pan y más 
fiestas. No existe ningún ciudadano entusiasta con veinte 
años de experiencia práctica de la democracia que crea en 
la capacidad política de las masas electorales ni de los cuer- 
pos elegidos. El derrocamiento del aristócrata ha creado la 
necesidad del Superhombre. 

Los ingleses odian demasiado a la Libertad y a la Igual- 
dad para que las comprendan. Pero todos los ingleses aman 
y desean un pedigree (1). Y en eso tienen razón. El rey Demos 
debe ser criado como los demás reyes, y con el Debe no 
cabe discutir. Es inútil para un escritor individual llevar más 
allá en un folleto una materia tan vasta. Una conferencia 
sobre este tema es el paso inmediatamente necesario. Esta 
será escuchada por aquellos hombres y mujeres que, no cre- 
yendo ya en que pueden vivir eternamente, andan buscando 
una obra inmortal en donde puedan empeñar lo mejor de sí 
mismos antes de que sus restos pasen bajo el arco destruc- 
tor de despojos mortales: el horno crematorio. 



(I y Árbol genealógico de los animales de raza, caballos, 
perros, eic.—(N. del T.) 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 



La regla áurea* 

No hagas a los demás lo que quisieras que te hicieran a ti. 
Puede que no tengan los mismos gustos que tú. 

No resistas nunca a la tentación. Prueba de todas las co- 
sas, y conserva la que sea buena. 

No quieras a tu prójimo como a ti mismo. Si estás a bien 
contigo mismo, sería una impertinencia. Si no estás, sería 
una ofensa. 

La regla áurea es la siguiente: no hay reglas áureas. 

Idolatría. 

El arte de la gobernación es la organización de la idolatría. 

La burocracia está compuesta de funcionarios; la aristocra- 
cia, de ídolos; la democracia, de idólatras. 

El populacho no puede comprender a la burocracia; sólo 
sabe adorar a los ídolos nacionales. 

El salvaje se prosterna ante ídolos de madera y de piedra; 
el hombre civilizado, ante ídolos de carne y hueso. 

Una monarquía limitada es una treta para combinar la 



262 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 

inercia de un ídolo de madera con la credibilidad de uno de 
carne y hueso. 

Cuando el ídolo de madera no responde a los rezos de los 
campesinos, éstos le pegan; cuando el ídolo de carne y hue- 
so no satisface a los hombres civilizados, éstos le cortan la 
cabeza. 

El que mata a un rey y el que mata por orden suya son en 
igual grado idólatras. 

Realeza* 



Los reyes no nacen; son hechos por alucinación artificial. 
Cuando el procedimiento sufre una interrupción, por la des- 
gracia, en una edad crítica, como en el caso de Carlos II, el 
terreno se sanea y nunca vuelve a brotar completamente la 
realeza. 

La corte es el cuarto de criados del soberano. 

La vulgaridad en un rey halaga a la mayoría de la nación. 

El servilismo, propagado por el trono, es el premio que pa- 
gamos por su conveniencia política. 

Democracia* 



Si el espíritu inferior pudiese medir el superior, como un 
metro puede medir una pirám.ide, el sufragio universal ten- 
dría razón de ser. Tal como están las cosas, el problema po- 
lítico queda sin resolución. 

La democracia pone la elección por la mayoría incompe- 
tente en vez del nombramiento por la minoría corrompida. 

Las repúblicas democráticas no pueden prescindir de ído- 
los nacionales, lo mismo que las monarquías no pueden pa- 
sarse sin funcionarios. 

El gobierno sólo presenta un problema: el descubrimiento 
de un método antropométrico fidedigno. 



MÁXIMAS PARA REVOLUClONISTAS 263 



Imperialismo* 

El exceso de insularidad hizo imperialista al británico. 

El exceso de regionalismo hizo colonista al imperialista. 

Un imperialista colonial es un hombre que recluta tropas 
coloniales, equipa una escuadra colonial, pide que el Paria- 
mento federal someta sus medidas al trono en vez de some- 
terías al ministerio de Ultramar, y después de haberse meti- 
do, gracias a tales procedimientos, en un conflicto sin solu- 
ción con el imperialista insular, «corta las amarras» y deshace 
el imperio. 

Libertad e igualdad* 

El que confunde la libertad política con la independencia, 
y la igualdad política con la similaridad, no ha reflexionado 
nunca cinco minutos sobre ninguno de estos conceptos. 

Ninguna cosa puede ser incondicional; por lo tanto, ningu- 
na puede ser independiente. 

La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte 
de los hombres la temen tanto. 

El duque desdeñosamente se informa para saber si su 
guarda-bosque es el igual del astrónomo del Observatorio 
Real; pero entiende que los dos serán ahorcados de igual 
manera si le asesinan. 

El concepto de que el coronel tiene que ser mejor hombre 
que el simple soldado es tan erróneo como el concepto de 
que la clave de bóveda tiene que ser más fuerte que la 
dovela. 

Donde la igualdad no se discute, allí también hay subor- 
dinación. 

La igualdad es fundamental en todas las capas de la orga- 
nización social. 

La relación entre superior e inferior excluye los buenos 
modales. 



264 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 

Instmeción* 

Cuando un hombre enseña una cosa, no comprende que 
haya alguien que no tenga aptitud para ella, y le da un cer- 
tificado, como si, sin este último, la instrucción de un caba- 
llero no pudiese ser completa. 

Los sesos de un necio digieren la filosofía trocándola en 
necedad, la ciencia trocándola en superstición, el arte tro- 
cándole en pedantería. De ahí la instrucción universitaria. 

Los niños mejor criados son los que han visto a sus pa- 
dres como son. La hipocresía no es el primer deber de los 
padres. 

El peor de los abortos consiste en tratar de moldear el ca- 
rácter de un niño. 

En la Universidad toda gran teoría se deja de enseñar 
hasta que su autor haya logrado un juicio imparcial y un co- 
nocimiento perfecto. Si un caballo pudiese esperar tanto 
tiempo para ser herrado y pagase por ello anticipadamente, 
todos nuestros herradores serían catedráticos de primera 
clase. 

El que puede, hace. El que no puede... enseña. 

Un hombre erudito es uno que no tiene nada que hacer y 
mata el tiempo estudiando. Guardaos de su falsa erudición: 
es más peligrosa que la ignorancia. 

La actividad es el único camino que lleva al conocimiento. 

Todo necio cree lo que sus maestros le dicen y llama a su 
credulidad ciencia o moralidad, con tanta confianza como su 
padre la llamó revelación divina. 

El hombre que domina perfectamente su propio idioma 
nunca dominará perfectamente otro. 

Ningún hombre puede ser un puro especialista sin ser, en 
absoluto, un idiota. 

No inculques a tus hijos principios morales y religiosos si 
no estás muy seguro de que no los tomarán demasiado en 
serio. Más vale ser la m.adre de Henri Quatre y de Nell Groyn- 
ne que de Robespierre y de la reina María Tudor. 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 265 



Matrimonio* 

El matrimonio tiene aceptación porque combina el máxi- 
mum de tentación con el máximum de probabilidad. 

El matrimonio es el único contrato legal que anula, entre 
las partes contratantes, todas las leyes que tienden a poner 
en salvo las relaciones particulares a que se refiere. 

La función esencial del matrimonio es la continuación de 
la raza, como se nos dice en el Libro de las Oraciones. 

La función accidental del matrimonio es la satisfacción del 
sentimiento erótico del género humano. 

La esterilización artificial del matrimonio posibilita al ma- 
trimonio cumplir su función accidental y, al propio tiempo, 
descuidar su función esencial. 

El invento más revolucionario del siglo xix ha sido la es- 
terilización artificial del matrimonio. 

Cualquier sistema matrimonial que condene a una mayo- 
ría de la población al celibato será violentamente derrocado, 
bajo el pretexto de que ofende a la moral. 

La poligamia, cuando se practica bajo las modernas con- 
diciones democráticas, como por los mormones, se viene 
abajo por la oposición de la masa de hombres inferiores que 
por ella se ven condenados al celibato. Porque el instinto 
materno de la mujer la impulsa a preferir la décima parte de 
un hombre superior a la exclusiva posesión de un hombre 
inferior. La poliandria no ha sido ensayada todavía bajo di- 
chas condiciones. 

El mínimum de celibato nacional (cuyo coeficiente se pue- 
de obtener dividiendo el número de varones que existen en 
la comunidad por el número de hembras, y tomando el co- 
ciente como el número de esposos o esposas a que tiene de- 
recho cada persona) está asegurado en Inglaterra (donde el 
cociente es 1) por la institución de la monogamia. 

El término sentimental moderno, para expresar el míni- 
mum de celibato, es «pureza». 



266 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 

El matrimonio, o cualquier otra forma de promiscua mo- 
nogamia amoristica, es fatal para los grandes Estados, por- 
que pone obstáculos a la producción de hombres política- 
mente perfeccionables. 

Crimen y castigo* 

Toda la criminología puede resumirse en la frase: tQwe 
Messieurs les assassins commencent.* 

El hombre que ha pasado por las etapas que distan entre 
las severidades disciplinarias de la universidad de Eton y el 
sitial desde el que sentencia a un ladrón a ser castigado, es 
el mismo producto social que ese mismo ladrón que ha sido 
pegado por su padre y azotado por su madre hasta haber 
crecido bastante y adquirido bastante fuerza para estrangu- 
lar o tumbar al rico cuyo dinero anhela. 

El encarcelamiento es tan irrevocable como la muerte. 

Los criminales no mueren por mano de la ley. Mueren por 
mano de otros hombres. 

El asesino Czolgosz hizo del Presidente McKinley un héroe 
con asesinarle. Los Estados Unidos de América, por el mis- 
mo procedimiento, hicieron un héroe de Czolgosz. 

El asesinato en el cadalso es la peor forma de asesinato, 
porque allí se sanciona con la aprobación de la sociedad. 

Es el hecho el que enseña, no el nombre que le damos. El 
homicidio y la pena de muerte no son contrarios que se neu- 
tralizan, sino semejantes que se reproducen. 

El crimen no es más que el pormenor de lo que es, al por 
mayor, la ley penal. 

Cuando un hombre quiere matar un tigre, lo llaman depor- 
te; cuando el tigre le quiere matar a él, lo llaman ferocidad. 
La diferencia entre el Crimen y la Justicia no es mayor. 

Mientras tengamos cárceles importa poco quiénes de nos- 
otros ocupan las celdas. 

El hombre más angustiado en una cárcel es el director. 



MÁXIMAS PARA REV.OLUClONlSTAS 267 

No hace falta reemplazar a un criminal decapitado; hace 
falta reemplazar un sistema social decapitado. 

Títulos. 

Los títulos diferencian a los mediocres, embarazan a los 
superiores y son desprestigiados por los inferiores. 

Los grandes hombres rechazan los títulos porque descon- 
fían de ellos. 

Honor. 

No hay personas perfectamente honorables, pero toda per- 
sona verdadera tiene un pundonor principal y algunos de 
menor cuantía. 

No se puede creer en el honor hasta haberlo logrado. Lo 
mejor es conservarse limpio y brillante: es uno la ventana 
por la que debe mirar al mundo. 

Tu palabra nunca puede ser tan buena como tu firma, por- 
que tu memoria no puede ser tan fiel como tu honor. 



Propiedad. 

«La propiedad— dijo Proudhon— es el robo.» Esta es la úni- 
ca verdad evidente que se ha dicho sobre ella. 

Sirvientes. 

Cuando los sirvientes domésticos son tratados como seres 
humanos, no vale la pena tenerlos. 

Las relaciones entre dueños y criados sólo son ventajosas 
para los dueños que no tienen escrúpulos en abusar de su 
autoridad y para los sirvientes que no tienen escrúpulos en 
abusar de su confianza. 



268 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 

El perfecto sirviente, cuando su amo le trata con demasia- 
da humanidad, se da cuenta de que peligra su existencia y 
se apresura a buscar otra colocación. 

Amos y sirvientes son ambos tiránicos, pero los amos son 
los más dependientes de los dos. 

Un hombre goza de lo que gasta, no de lo que gastan sus 
criados. 

El hombre es el único animal que se juzga rico en propor- 
ción al número y la voracidad de sus parásitos. 

Damas y caballeros pueden tener amistades en la perrera 
pero no en la cocina. 

Los sirvientes domésticos, con mimar a sus amos, se ven 
obligados a intimidarlos para poder vivir con ellos. 

En un estado de esclavos mandan los esclavos. En May- 
fair (1) manda el comerciante. 

Cómo pegar a los niños* 

Si pegas a un niño, procura que sea en un momento de 
ira, aun a riesgo de dejarle baldado para toda la vida. Por- 
que pegar a un niño a sangre fría no tiene perdón de Dios. 

Si pegas por gusto a los niños, confiésalo con franqueza, y 
hazlo según todas las reglas del arte, como hace un cazador 
de zorras, y comparativamente causarás poco daño. Ningún 
cazador de zorras tiene la poca vergüenza de querer hacer 
creer que caza a éstas para enseñarles a no robar pollos, o 
que él sufre más que los animalitos que mata. No olvides 
que, aun en eso de pegar a niños, hay el modo del deportista 
y el del sinvergüenza. 

Religión. 

i 1 Guárdate del hombre cuyo dios sólo está en el cielo. 

Puede averiguarse en lo que cree un hombre, no por sus 

(V) Barrio elegante de Londres.— fN. del T.) 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 269 

creencias, sino por los principios en virtud de los que ordi- 
.nariamente obra. 

Virtud y Vieio. 

Ninguna virtud o ningún vicio especial implica la existen- 
cia de otra especial virtud u otro especial vicio en él, por muy 
asociados que la imaginación se los figure. 

La virtud consiste, no en abstenerse del vicio, sino en no 
desearlo. 

La abnegación de sí mismo no es una virtud; es sólo el 
efecto de la prudencia sobre la maldad. 

La obediencia simula subordinación, lo mismo que el mie- 
do a la policía simula honradez. 

La desobediencia, la más rara y valerosa de las virtudes, 
pocas veces es distinguida de la negligencia, el más indolen- 
te y común de los vicios. 

El vicio es desgaste de la vida. La pobreza, la obediencia 
y el celibato son los vicios canónicos. 

La economía es el arte de sacar de la vida el mayor parti- 
do posible. 

El amor a la economía es la raíz de toda virtud. 



Juego limpio* 

El amor al juego limpio es una virtud del espectador, no 
del que actúa en el ring. 

Grandeza* 

La grandeza es sólo una de las sensaciones de la pe- 
quenez. 

En el cielo, un ángel no es nadie en particular. 

Grandeza es el nombre secular de la Divinidad; ambas sig- 
nifican, sencillamente, lo que está más allá de nosotros. 



270 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 

Sí un gran hombre pudiese hacérsenos entender, le ahor- 
caríamos. 

Sabido es que cuando la divinidad a la que adorábamos se 
hizo visible e inteligible, la crucificamos. 

Para el matemático, el undécimo significa sólo una uni- 
dad. Para el bosquiman, que no puede contar más que por 
sus diez dedos, significa una miríada incalculable. 

La diferencia entre el rutinario más superficial y el pensa- 
dor más profundo, le parece insignificante al último, e infi- 
nita al primero. 

En una nación estúpida, el hombre de genio llega a ser un 
dios; todo el mundo le adora, y nadie hace su voluntad. 



Hermosura y felieidad* 
El Arte y los ricos. 



La hermosura y la felicidad son productos accesorios. 

La tontería es la aspiración directa a la felicidad y la her- 
mosura. 

Los ricos y el arte son elementos espurios para la produc- 
ción de la felicidad y la hermosura. 

El que desea vivir feliz toda la vida con una mujer hermo- 
sa, desea disfrutar del sabor de un vino teniendo continua- 
mente la boca llena de él. 

El sufrimiento más intolerable es el que produce la prolon- 
gación del placer más intenso. 

El que padece de dolor de muelas cree feliz a todo el que 
tiene dentadura sana. El pobre comete el mismo error para 
con el rico. 

Con cuanta más abundancia poseemos lo que nos hace 
falta, tanto mayores son nuestros cuidados. 

En un mundo feo y desgraciado, los hombres más ricos no 
pueden comprar nada más que fealdad y desgracia. 

En sus esfuerzos por escapar de la fealdad y la desgracia. 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 271 

el rico intensifica ambas. Todo nuevo acre de West-End crea 
un nuevo acre de East-End (1). 

El siglo XIX fué la época de la fe en bellas artes. El resul- 
tado está a la vista. 

El perfecto caballero. 

La fatal reserva del caballero es que lo sacrifica todo al 
honor, excepto su carácter distinguido. 

Ua caballero de nuestros días es un hombre que tiene bas- 
tante dinero para hacer lo que haría cualquier tonto si pudie- 
se: es decir, consumir sin producir. 

El verdadero diagnóstico de la distinción moderna es el 
parasitismo. 

Ninguna obra de mérito, física o moral, puede expiar el 
pecado del parasitismo. 

Un caballero moderno es necesariamente el enemigo de su 
país. Aun cuando hny guerra, no se bate para defenderlo, 
sino para impedir que su facultad de explotarlo pase a otras 
manos. Tales combatientes son patriotas en el mismo senti- 
do que dos perros riñendo por un hueso son amantes de los 
animales. 

El indio norteamericano fué un tipo del caballero guerrero 
por deporte. El ateniense de la época de Feríeles fué un tipo 
del caballero intelectual y artísticamente culto. Ambos fue- 
ron fracasos políticos. El caballero moderno, sin la audacia 
del primero ni la cultura del segundo, reúne el apetito de 
ambos. No logrará éxito donde ellos fracasaron. 

El que cree en la instrucción, la ley criminal y el deporte, 
s 31o necesita una fortuna para hacerse un perfecto caballero 
moderno. 



(1) West-End es el barrio aristocrático; East-End, el ba- 
rrio popular y pobre de Londres.— fN. del T.) 



272 MÁXIMAS PARA REVOI.UCIONISTAS 



Moderación. 

La moderación nunca encuentra aplauso por su propia 
causa. 

Un hombre moderadamente honrado con una mujer mo- 
deradamente verídica, ambos bebedores moderados, en una 
casa moderadamente higiénica: esta es Ja verdadera unidad 
de la clase media. 

El yo ineonseiente* 

El yo inconsciente es el verdadero genio. Nuestra respira- 
ción no funciona bien desde el momento que nos tenemos 
que ocupar de ella conscientemente. 

Excepto durante los nueve meses antes de empezar a res- 
pirar, ningún hombre se las maneja tan bien como un árbol. 



Razón. 

El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable se 
empeña en adaptar el mundo a su persona. Por eso todo el 
progreso depende del hombre irrazonable. 

El hombre que escucha la razón está perdido. La razón 
esclaviza a todos los que no son bastante fuertes para domi- 
narla. 

Decencia* 

La decencia es la conspiración del silencio de la inde- 
cencia. 

Experiencia. 

Los hombres son sabios en proporción, no a su experien- 
cia, sino a su capacidad para la experiencia. 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 273 

Si pudiésemos aprender por mera experiencia, las piedras 
de Londres serían más sabias que nadie en la ciudad. 

Las revanchas del tiempo* 

Los seres a que llamamos brutos tuvieron su revancha 
cuando Darwin nos demostró que eran nuestros primos her- 
manos. 

Los ladrones tuvieron su revancha cuando Marx demostró 
que los burgueses vivían del robo. 

Buenas intenciones. 

El infierno está adoquinado con buenas intenciones, no 
t on malas. Todo el mundo tiene buenas intenciones. 

Dereclios naturales* 

Los maestros del arte, con probar que nadie tiene dere- 
chos naturales, se ven obligados a considerar los suyos como 
otorgados. 

Se abusa del derecho a la vida siempre que no se la expon- 
ga constantemente. 

«'Faute de Mieux*^^ 

De niño encontré extraño que llamaban a cierta señorita 
guapita y monísima. Mi tía me regañó diciéndome: «No ol- 
vides que la hermana menos fea es la hermosura de la fa- 
milia.» 

Ninguna edad y ninguna posición está sin sus héroes. El 
general menos incapaz en una nación es su César; su hom- 
bre de Estado menos imbécil es su Solón; su pensador me- 
nos confuso es su Sócrates; su poeta menos adocenado es 
su Shakespeare. 

18 



274 MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 



Caridad. 

La caridad es la más maléfica de las sensualidades. 

Los que fomentan la pobreza y la enfermedad son cómpli- 
ces de los dos crímenes peores. 

El que da dinero que no ha ganado él, es generoso con el 
trabajo de los demás. 

Toda persona verdaderamente buena odia el dar y pedir 
limosna. 

Fama. 

La vida nivela a todas las personas; la muerte revela a los 
eminentes. 

Dlseiplina. 

Las leyes de excepción sólo hacen falta a gobernantes 
que mandan sin autoridad. El derecho divino no necesita 
látigo. 

Las mujeres en sus casas. 

El hogar es la cárcel de la soltera y el hospicio de la 
casada. 

Civilización. 

La civilización es una enfermedad producida por la cos- 
tumbre de construir sociedades con materiales averiados. 

Los que admiran la civilización moderna ordinariamente 
la identifican con la máquina de vapor y el telégrafo eléc- 
trico. 

Los que entienden lo que es una máquina de vapor y un 
telégrafo eléctrico, emplean su vida en buscar su mejora- 
miento o su sustitución. 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 275 

La imaginación no puede concebir un criminal más atroz 
que el que quisiera construir otro Londres igual al que exis- 
te, ni mayor bienhechor que el quisiera destruirlo. 



El juego* 

El método más aceptado de repartir la propiedad es la 
ruleta. 

La ruleta no reparte nada a nadie, excepto al banquero. 
Sin embargo, la pasión del juego es bastante general, mien- 
tras la pasión de ser banquero casi no existe. 

El juego promete al pobre lo que la propiedad efectúa para 
el rico; por eso los obispos no se atreven a condenarlo expre- 
samente. 

La euestión soeial* 

No gastes el tiempo ocupándote en cuestiones sociales. Lo 
que hay con los pobres es pobreza; lo que hay con los ricos 
es inutilidad. 

Pensamientos sueltos. 

Nos dicen que Jehováh, después de crear el mundo, vio 
que estaba bien. ¿Qué diría ahora? 

La conversión de un salvaje al cristianismo es la conver- 
sión del cristianismo al salvajismo. 

Nadie se atreve a revelar el fondo de su pensamiento has- 
ta el punto de aparecer ante sus propios ojos como extre- 
mista. 

Mens sana in corpore sano es una necedad. El cuerpo sano 
es un producto de la mente sana. 

La decadencia sólo puede encontrar factores cuando lleva 
la careta del progreso. 

En momentos de progreso, los buenos prosperan porque 



276 MÁXIMAS PARA REVOLUClONISTAS 

las cosas van por su camino; en momentos de decadencia, 
los malos prosperan por la misma razón. Por eso el mundo 
nunca está sin el regocijo del éxito que le corresponde. 

El reformador para quien el mundo no es bastante bueno, 
se encuentra hombro con hombro con el que no es bastante 
bueno para el mundo. 
Todo el que haya pasado de cuarenta años es un granuja. 
La juventud, a la que se perdona todo, no se perdona nada 
a sí misma. A la vejez, que se perdona todo a sí misma, no se 
le perdona nada. 

Cuando aprendamos a contar con que los ingleses nunca 
son amos, habremos acabado con la esclavitud. 

No confundas tu protesta contra la derrota con una protes- 
ta contra la guerra, ni tu protesta contra el ser esclavo con 
una protesta contra la esclavitud, ni tu protesta contra el no 
ser tan rico como tu vecino con una protesta contra la po- 
breza. El cobarde, el insubordinado y el envidioso compar- 
ten tus protestas. 

Procura tener lo que te gusta; de lo contrario, te verás obli- 
gado a gustar de lo que tienes. En donde no hay ventila- 
ción, el aire fresco se considera como malsano. En donde no 
hay religión, la hipocresía viene a ser cosa de buen gusto. 
En donde no hay saber, la ignorancia se llama a sí misma 
ciencia. 

Si los malos prosperan y los más listos sobreviven, la Na- 
turaleza debe de ser el dios de los bribones. 

Si la Historia se repite y lo inesperado siempre sucede, 
¡cuan incapaz debe de ser el hombre de aprender por la ex- 
periencia! 
La compasión es el sentimiento'gemelo de la insensatez. 
Los que comprenden el mal, lo perdonan. Los que lo re- 
sienten, lo quitan de en medio. 

Las nociones adquiridas del decoro son más extrañas que 
los instintos naturales. Es más fácil reclutar gente para los 
monasterios y los conventos que inducir a una mujer árabe 
a descubrirse la cara en público, o inducir a un oficial britá- 



MÁXIMAS PARA REVOLUCIONISTAS 277 

nico a pasearse por el Bond Street, con una gorra de golf, en 
una tarde de mayo. 

Es peligroso ser sincero, a menos de ser también estúpido. 

Los chinos doman a los pollos cortándoles las alas, y a las 
mujeres deformándoles los pies. Unas faldas hasta los tobi- 
llos sirven también para el mismo fin. 

La economía política y la economía social son juegos inte- 
lectuales divertidos. Pero la economía vital es la piedra de 
toque del filósofo. 

Cuando un hereje desea evitar el martirio, habla de «orto- 
doxia verdad y mentira» y demuestra que la verdad es su 
herejía. 

Guárdate del hombre que no devuelve tu golpe. Nunca te 
perdona ni te permite que te perdones a ti mismo. 

Si ofendes a alguien, más vale no hacerlo a medias. 

La sentimentalidad es el error de suponer que puede dar 
o tomar cuartel en los conflictos morales. 

Dos hombres que se mueren de hambre no pueden ser dos 
veces tan hambrientos como uno. Pero dos bribones pueden 
ser diez veces tan viciosos como un bribón. 

De t>i cruz haz tu muleta; pero si ves a otro hacerlo, guár- 
date de él. 

Saerifieio de sí mismo* 

El sacrificio de ti mismo te capacita para sacrificar a los 
demás sin ruborizarte. 

Si empiezas por sacrificar a ti mismo para los a que quie- 
res, acabarás por odiar a los para quienes te has sacrificado. 



FIN DE LA OBRA 



PB-6-12 
R-T-1 




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 OBRAS DE BERNARD SHAW I 



Esta Casa editorial acaba de adquirir el derecho exclusivo de 
publicar las obras dramáticas del célebre Bernard Shaw, tra- 
ducidas al castellano por Julio Broutá. 

Nos propoupmos publicar dichas obras en plazo muy breve, 
en tomos elegantemente presentados, de 300 y más páginas de 
bien nutrida lectura, que saldrán a luz con intervalos mensua- 
les, sin interrupción, hasta dejar impresa toda la copiosa pro- 
ducción del geni" ' irlr ^dés. 

Nuestros volúmenes serán, en su contenido, fiel reproduc- 
ción de los publicados por el citado autor. Es decir, que inte- 
grarán no solamente el texto dialogado de las comedias de 
Bernard Shaw, sino también, en toda su extensión, las origina- 
les acotaciones y curiosos prólogos y epílogos a los que dicho 
autor es tan aficionado y en los que derrama todos los tesoros 
de su ingenio, el humorismo de sus paradojas, la causticidad de 
su vena satírica, la generosidad de sus sentimientos, la brillan- 
tei de su filosofía, la «vis cómica> de sus estructuras escénicas 
y la impetuosidad de su iconoclasmo. 

Así, pues, estos volúmenes encierran en su totalidad la pro- 
ducción intelectual varia y chispeante de uno de los corifeos 
de la literatura mundial, y resultan, por lo mismo, de una lec- 
tura enormemente interesante. 

Según el mismo Bernard Shaw explica en uno de sus prefa- 
cios, siempre puso empeño en escribir sus obras teatrales de 
tal manera que «entraran por los ojos» del lector aún más que 
del espectador. 

No se contenta, como él dice, con esas ácotacionps rudimen- 
tarias que se estilan, indicando, por ejemplo, que el padre de 
la protagonista tiene la barba canosa, y que hay, a la izquierda 
del salón, dos puertas practicables, sino que, con sus abundan- 
tes anotaciones, que constituyen un verdadero género literario 
nuevo, por él creado, da una idea perfecta de los caracteres de 
su& personajes, así como de la atmósfera religiosa y política, 
intelectual y sentimental en la que se mueven. 

Los prefacios no solamente entrafiau los elementos suficien- 
tes para estvidiar en todas sus facetas la exuberante personali- 
dad literaria y artística del autor, sino que ofrecen ampias y 
múltiples perspectivas, sorprendentes intuiciones en el campo 
de la sociología y la filosofía en general. 

En prensa y preparación unos diez volúmenes que irán apare- 
ciendo mensualmente, al precio, salvo excepciones, de 5 pesetas.