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Full text of "La base de una paz duradera; articulos escritos por invitación del New York Times"

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ITALIA-ESPAÑA 





PRKSFMFI) TO 

THE LIBRARY 

BV 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 

DKPAKIMENT OF ITALIAN WD SPANISH 
1906-1946 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 



•^ LA BASE 

DE UNA PAZ DURADERA 



artículos escritos por invitación 

DEL 

NEW YORK TIMES 



POR 

COSMOS 

TRADUCCIÓN AUTORIZADA 



NEW YORK 

CHARLES SCRIBNER'S SONS 

1917 



COPYUCBT. lQt7, ST 

CHARLES SCRIfiNER'S SONS 



ADVERTENCIA DEL EDITOR 

Estos artículos se publicaron por primera 
vez en The New York Times de 20, ai, 22, 
23, 24, 25, 27, 28 y 30 de noviembre, y 2, 
4, 6, 9, 12, 15 y 18 de diciembre, de 1916. 




INTRODUCCIÓN 

LA PAZ Y SUS CONDICIONES 

Manifestaciones recientes del Canciller alemán 
y del Primer Ministro inglés han llevado al público 
culto a creer que las figuras principales de las na- 
ciones europeas beligerantes acogerían ahora mejor 
que antes las proposiciones que contuvieran los 
amplios principios generales sobre los cuales debe 
establecerse la paz. Participando de esa opinión, 
The New York Tintes solicitó, de una procedencia 
cuya competencia y autoridad fueran reconocidas 
en ambos hemisferios, ima serie de contribuciones 
en las cuales se discutiesen las condiciones de la 
paz. 

Al publicarse esta serie, de día en día, el público 
percibió la buena fe, la imparcialidad, la amplitud 
de visión y el conocimiento profundo de los prin- 
cipios políticos según los cuales el autor pesaba y 
consideraba las condiciones generales de la paz, y 
además, en su vez, la política y los intereses de cada 
una de las potencias empeñadas en la guerra. Todas 
ellas manifiestan el deseo de la paz en tales con- 
diciones que aseguren su permanencia. En estas 
discusiones se muestra el modo de llegar a ima paz 
duradera; se concilian, hasta donde es posible, la 



vi INTRODUCCIÓN 

rivalidad de ambiríones y el choque de intereses; 
y se somete al juicio público un arreglo compatible 
con las exigencias de la justicia y con los derechos 
de las naciones, grandes y pequeñas, y conteniendo 
a la vez la promesa de quedar libres de la calamidad 
de otra guerra. 

The New York Times confía en que el público, 
nacional y extranjero, prestará seria atención a estos 
artículos merecedores de ella, no ya por el origen 
distinguido de donde proceden, sino por la amplitud 
de conocimientos y la perspicacia política que 
desplegan. 

Diciembre de 1916. 



TABLA DE MATERIAS 



I 



Pigm^ 



¿ZSrk A LA VISTA EL FIN DE LA GÜERJLA? — RECIENTES 
AEIRMAaONES DE INGLATERRA Y ALEMANIA EN CUANTO 
A LOS riNES DE LA GUERRA — SU SEMEJANZA EN LA FORMA 3 



II 

LA POLÍTICA DE LA GRAN BRETAÑA HACLA LAS PEQUEÑAS 

NAaONES Y LOS PUEBLOS EN PORMACTÓN SU POLÍTICA 

INTERNACTONAL COMERCIAL — LA POLÍTICA DE ALEMANIA 
HACIA LAS PEQUEÑAS NACIONES Y LOS PUEBLOS EN 
FORMACIÓN — ¿ HAY UN ACUERDO POSIBLE ? II 



% III 

EL LIBRE CAMBIO EN EL COMERCIO INTERNACIONAL COMO 
UNA INFLUENCLA PARA LA PAZ — GUERRA ECONÓMICA Y 
PRIVILEGIO SON UNA CAUSA SEGURA DE INQUIETUD INTER- 
NAaONAL 18 



IV 

¿QUi SE ENTIENDE POR LIBERTAD DE LOS MARES? — LOS 
MARES EN TIEMPO DE PAZ SON UBRES — LOS MARES EN 
TIEMPO DE GUERRA 23 



EXENCIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA, QUE NO SEA CON- 
TRABANDO, DE LA CAPTURA O DESTRUCCIÓN EN EL MAR POR 
LOS BEUGERANTES — LA POLÍTICA DE LOS ESTADOS UNIDOS 
— ACaÓN DE LAS DOS CONFERENCIAS DE LA HAYA . . 28 



viü TABLA DE MATERIAS 

VI 

Páfiaa 
FRANaA EN LA GUERRA— LOS OBJETIVOS DE FRANCIA: 
RESTITUaÓN, REPARAaÓN Y SEGURIDAD NACIONAL — 
UN MODO DE OBTENER REPARAaÓN QUE SERVIRÁ A 
UNA PAZ DURADERA 37 

VII 

LA CUESTIÓN DE ALSACIA-LORENA — LAS DECLARACTONES 
DE 187 1 — FRACASO DE LA POLÍTICA DE ASIMILAaÓN 
ALEMANA 43 

VIII 

RUSIA Y LOS ESLAVOS — EL MOVIMIENTO LIBERAL EN RUSIA 

— EL BOSFORO Y LOS DARDANELOS 50 

DC 

EL MILITARISMO PRUSIANO — SU FtJND AMENTO Y SU CAUSA — 

HASTA QUÉ PUNTO PUEDE SER DOMINADO POR CONQUISTA 58 



LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE UN NUEVO ORDEN 
INTERNACIONAL — LOS DERECHOS Y DEBERES DE LAS 
NAaONES — EL ESPÍRITU INTERNACIONAL — EL DERECHO 
INTERNAaONAL COMO DERECHO NACIONAL .... 67 

XI 

LA OBRA DE LA PRIMERA CONFERENCIA DE LA HAYA — 
DESARME Y ARBITRAJE — EL TRIBUNAL DE JUSTICIA 
ARBITRAL 73 

XII 

LA OBRA DE LA SEGUNDA CONFERENCL\ DE LA HAYA — DI8- 
TINaÓN ENTRE UN TRIBUNAL ARBITRAL Y UN TRIBUNAL 
INTERNAaONAL DE JUSTICIA — PROPOSiaONES PRÁCTICAS 
PASA EL ESTABLECmiBNTO DE UN VERDADERO TRIBUNAL 
— ANALOGÍA ENTRE UN TRIBUNAL INTERNAaONAL DE 
JUSTIOA Y EL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ESTADOS UNIDOS 8 I 



TABLA DE MATERIAS 

XIII 

MAN L KA DE PROCEDER SUGERIDA PARA DSSTUÍS DI LA 
GUERRA — TRABAJO PARA UNA TERCERA C0N7ERENCIA DE 
LA HAYA — CUATRO PROPOSICIONES PARA LA ACaÓN . . 9X 

XIV 

CUMPLIMIENTO DEL DERECHO INTERN AaON AL Y AOMXIIXS- 
TRAaÓN DE UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL — CRÍTICA 
DEL USO DE LA FUERZA PARA OBUCAR A QUE TODA CUES- 
TIÓN INTERNAaONAL SEA SOMETIDA A UN TRIBUNAL JU- 
DICIAL O CONSEJO DE CONCILIAaÓN ANTES DE QUE EMPIE- 
CEN LAS HOSTILIDADES — DI7ICULTAD DE QUE LOS ESTADOS 
UNIDOS HAGAN UN ACUERDO CON ESTE PIN— VERDADERA 
GARANTÍA INTERNAaONAL DE SEGURIDAD NACIONAL . . ICO 

XV 

PARTICIPAaÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS EN EL CUMPU- 
MIENTO DEL DERECHO INTERNAaONAL Y EN LA ADMINIS- 
TRAaÓN DE UN NUEVO ORDEN INTERNAaONAL — LA 
DOCTRINA DE MONROE — DOS ESFERAS DE ACaÓN ADMINIS- 
TRATIVA, UNA EUROPEA Y OTRA AMERICANA — PREPARA- 
CIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS PARA LA PARTICIPAaÓN 
INTERNAaONAL — POLÍTICA NAaONAL Y SERViaO NA- 

aoNAL no 

XVI 

CONCLUSIÓN— CUESTIONES PARA EL PORVENIR — ^PUNTOS 

ESENOALES DE UNA PAZ DURADERA X30 

APÉNDICE 129 

L HALL CAINE A COSMOS 
n. COSMOS A HALL CAINE 
m. HALL CAINE A COSMOS 
IV. COSMOS A SUS CRÍTICOS 
V. LOS ARTÍCULOS DE COSMOS 

ÍNDICE 147 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 



I ESTÁ A LA VISTA EL FIN DE LA GUERRA ? — RECIEN- 
TES AFIRMACIONES DE INGLATERRA Y ALEMANIA 
EN CUANTO A LOS FINES DE LA GUERRA — SU 
SEMEJANZA EN LA FORMA 

HA llegado el tiempo de pensar si acaso la 
guerra no puede ser terminada por un 
acuerdo internacional en el cual los Estados 
Unidos tuvieran una participación. 

Durante los últimos meses el centro de gravedad 
del interés del mundo ha estado cambiando cons- 
tantemente. Ahora ha venido a descansar en un 
punto nuevo y gravemente significativo. La cues- 
tión de quién o qué poder es principalmente respon- 
sable de k)s últimos acontecimientos que precedieron 
inmediatamente a la guerra, ha llegado a ser, por el 
momento, una cuestión de interés meramente his- 
tórico. Quizá esta cuestión no será resuelta a satis- 
facción de todos sino por una generación por venir. 
La importancia de las consecuencias de la guerra ha 
colocado en im plano posterior la discusión de las 
causas directas de ella. Las espantosas relaciones 
de los progresos de la guerra, con sus páginas alter- 
nadas de crueldad y de heroísmo, de devastación y 
de sacrificio personal, de carnicería y de magnífico 
cimiplimiento de los deberes nacionales, son tantas 
y tan aaunuladas que han sobrepujado la apreda- 

3 



4 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

don y la comprensión humanas. Hemos quedado 
ahora involuntariamente torpes, insensibles a acon- 
tecimientos tales que casi cada uno de ellos aislada- 
mente, en la vida ordinaria, podría conmover la 
imaginación e inspirar el arte y la literatura del 
mundo civilizado. 

Los hombres de todo el mundo fueron impresiona- 
dos de tal modo por la magnitud de la guerra cuando 
estalló repentinamente, y de tal modo asustados por 
sus revelaciones y sus inmensas consecuencias en la 
vida, en la hacienda y en el sacrificio personal, que 
durante más de dos años no pudieron ver, al pro- 
blema mundial creado, otra solución que dejar que 
la guerra siguiese su curso hasta que uno de los 
grupos de los poderosos adversarios se viese forzado 
a sucumbir. Fué predicho libremente que a este 
fin se llegaría en tres meses, en seis meses, ó a lo 
más en im año. Lord Kitchener fué casi el único 
que indicó el plazo de tres años como duración pro- 
bable de la guerra. De este período han pasado ya 
casi dos años y medio y el fin no se ve todavía. Sin 
embargo, algunas cosas están ahora claras para el 
mundo atento. Está claro que el Imperio Alemán 
y sus aliados no pueden ganar esta guerra. Este 
hecho que se presentó al principio como profecía 
confiada después de la batalla del Mame, y como 
una razonable expectación después del fracaso de 
Verdun y de los acontecimientos ociuridos a lo largo 
del frente oriental, se ha convertido en certeza por 
la batalla del Somme después de sus cuatro meses 
de duración, y por el dominio completo y no que- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 5 

brantado de los mares por parte de la Gran Bretaña. 
Está claro también que aunque la Gran Bretaña y 
sus aliados puedan ganar la guerra — y sin duda la 
ganarán — sin embargo, será a costa de pérdidas tan 
increiblemente grandes, que traerán como conse- 
cuencia un agotamiento de hombres, dinero e indus- 
tria tal que la victoria en tales términos es poco 
menos desastrosa que la derrota. 

Tanto en las naciones beligerantes como en las 
neutrales, se ha discutido mucho últimamente acerca 
de como pueden ser evitados en lo futuro semejantes 
rompimientos de guerra internacional. Esta es, en 
efecto, una cuestión altamente práctica para los 
gobiernos y para los pueblos, pero todavía lo es más 
para ambos la de llevar a su fin la presente guerra 
sin esperar a un agotamiento más completo, a una 
destrucción cada vez más extendida, a un daño cada 
vez mayor para la civilización; con tal de que en 
todo caso las grandes consecuencias de orden moral 
que están comprometidas en esta lucha sean justa- 
mente resueltas. 

No faltan indicios de que las potencias beligerantes 
están dispuestas a verse obligadas a plantearse esta 
cuestión directa y vigorosamente. Emprender esto 
significa, ante todo, tratar de encontrar una base 
común para la discusión. Para esto debemos pedir 
a las naciones beligerantes una afirmación de lo que 
respectivamente estiman ser los motivos por los 
cuales la guerra se continúa ahora. Esto a su vez 
quiere decir que tenemos que pedir la respuesta, en 
primer lugar, a la Gran Bretaña y a Alemania. 



6 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

La guerra empezó ostensiblemente como im con- 
flicto entre Austria-Hungría de una parte y Serbia 
de la otra. Con la rapidez de im relámpago se 
desarrolló la realidad de que este conflicto del rincón 
sureste de Europa no era una causa sino un síntoma, 
y de que los materiales para una guerra universal 
estaban latentes en las ambiciones, suspicacias, ri- 
validades y política international de las grandes po- 
tencias del norte y del oeste. Cada vez se ve más 
claro que la guerra, en ultimo análisis, es en realidad 
una lucha titánica entre dos sistemas de gobierno y 
de vida agudamente contrapuestos de los cuales 
Alemania y la Gran Bretaña son los protagonistas. 
El primer ataque a Serbia fué para reforzar la posi- 
ción y para hacer adelantar los planes políticos de 
los Poderes Centrales. La intervención armada de 
Rusia fué para prevenir la ulterior dominación de un 
pueblo eslavo. La rápida mobilización de Alemania 
fué, en primer lugar, para contener im posible ataque 
por el este y, una vez que la hoguera se encendió 
para apresurarse a ganar el dominio de los mares 
La invasión de Bélgica no fué tm fin sino im medio 
La invasión y temida conquista de Francia no fué 
un fin sino un medio. El fin era Calais, el Canal 
de la Mancha, la Gran Bretaña y el dominio de 
los mares. Ahora es cuando podemos ver todo 
esto. 

¿Cómo están las cosas hoy? Estos fines que 
eran en un principio patentes ¿ siguen siendo los que 
dirigen el pensamiento y los planes políticos de los 
beligerantes? Muertes, sufrimientos y pri- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 7 

vaciones han dado a la palabra Guerra un nuevo y 
terrible sentido para estos pueblos que habían cono- 
cido una larga época de paz. Aunque en ninguno 
de los países beligerantes se ha llegado a una debili- 
tación del esfuerzo, ni a falta de convicción en la 
justicia de su causa, existen, sin embargo, donde- 
quiera los sencillos principios de im esfuerzo para 
buscar alguna solución a los problemas de la guerra, 
para evitar la continuación, quizá durante diez 
afios, del actual imperio de sangre y destrucción. 
El aire está lleno de radiogramas que contienen men- 
sajes de los jefes de los Estados. ¿ Quién los ha de 
recibir, interpretar, y obrar en consecuencia? Es 
contrario a la etiqueta de la guerra que la Gran 
Bretaña se dirija ahora a Alemania, o que Alemania 
responda cortésmente a la Gran Bretaña. Pero 
cuando Mr. Asquith y el Vizconde Grey hablan en 
el Parlamento acerca de los fines y objetivos de la 
guerra, ¿ a qjiién se dirigen realmente ? Cuando el 
Canciller Imperial alemán se levanta ante el Reichs- 
tag y contesta a las afirmaciones del Vizconde 
Grey, publicadas, ¿ a quién se está dirigiendo ? ¿ No 
es un hecho que estos hombres de estado realmente 
están discutiendo públicamente en estos mismos 
momentos las proposiciones de paz y las condiciones 
en que la guerra puede ser terminada, mientras que 
al parecer no hacen otra cosa que afirmaciones for- 
males dirigidas a sus inmediatos colegas ? 

Dirigiéndose a la Asociación de Prensa Extranjera 
en Londres, el 23 de octubre, el Vizconde Grey 
empleó estas palabras : 



8 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Yo entiendo, según las palabras del Primer Ministro que 
nosotros lucharemos hasta que hayamos establecido la supre- 
macía y derecho de libre desenvolvimiento en iguales condi- 
cioneSf cada uno conforme a su carácter ^ de todos los Estados, 
grandes y pequeños, formando como una familia la humanidad 
civilizada. 

Este es un noble ideal que debe encontrar acogida 
en todo pecho amante de la libertad de cualquier 
lugar del mundo, y se debe aplaudir la seguridad 
dada por el Vizconde Grey de que, ** cuando se nos 
pregunta cuánto durará la lucha, nosotros sólo pode- 
mos responder que debe continuar hasta que estas 
cosas sean aseguradas." Pero efectivamente estos 
fines ¿ pueden ser asegurados solamente mediante la 
continuación de esta lucha hasta su desesperado 
acabamiento ? 

Tampoco nos quedará duda en cuanto a la res- 
puesta de Alemania. El 9 de noviembre, el Can- 
ciller von Bethmann-Hollweg, dirigiéndose a la 
llamada Comisión Principal del Reichstag, hizo re- 
ferencia concreta a esta afirmación del Vizconde 
Grey. Insistió, por supuesto, en que la guerra fué 
forzosa para Alemania y que en consecuencia Ale- 
mania tendría derecho a pedir garantías contra 
semejantes ataques en lo futuro. Pero añadió la 
más significativa afirmación que ha sido nunca hecha 
en la vida oficial alemana hasta donde puede ser 
recordada por ningún hombre viviente. Hé aquí 
sus importantes palabras : 

Nosotros nunca hemos ocultado nuestra duda de que la 
paz pueda ser garantida permanentemente por organiza- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 9 

dones internacionales tales como tribunales de arbitraje. 
No voy a discutir el aspecto teórico del problema en este 
lugar. Pero partiendo de los hechos nosotros debemos de- 
ñnir, ahora como en tiempo de paz, nuestra posición respecto 
a esta cuestión. 

Sí en la guerra, y después de la guerra, el mundo llega a 
ser plenamente consciente de la horrible destrucción de vidas 
y propiedades, entonces de toda la humanidad surgirá un 
grito pidiendo pacíficos arreglos e inteligencias que, hasta 
donde llegue el poder humano, prevengan la vuelta de una 
tan monstruosa catástrofe. Este grito será tan poderoso y 
tan justificado que seguramente conducirá a algún resultado. 

Alemania cooperará honradamente en el examen de todo 
esfuerzo para encontrar una solución práctica y colaborará por 
su posible realización. Todo esto mucho más si la guerra, 
como nosotros esperamos y confiamos, establece unas condi- 
ciones políticas que hagan completa justicia al libre desenvol- 
vimiento de todas las naciones^ lo mismo de las pequeñas que 
de las grandes. Entonces los principios de justicia y libre 
desenvolvimiento, no sólo en el continente sino en los mares, 
deben ser hechos válidos. Estos, por cierto, no fueron men- 
cionados por el Vizconde Grey. 

Una coraparación de estas dos declaraciones pro- 
fundamente importantes indica que no debiera ser 
imposible encontrar una fórmula relativa al libre 
desenvolvimiento de todas las naciones, grandes y 
pequeñas, como miembros de ima sola familia de 
naciones; fórmula que satisfaría tanto al Ministro 
de Relaciones Extranjeras de la Gran Bretaña como 
al Canciller alemán. 

Dos cuestiones se presentan inmediatamente. 
Cuando el Vizconde Grey y el Canciller von Beth- 
mann-Hollweg usan sustancialmente las mismas 
palabras hablando del libre desenvolvimiento de 



I o LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

todas las naciones ¿ quieren decir realmente la misma 
cosa ? Si es así, ¿ cómo nos explicaremos Bélgica y 
Serbia? ¿Y qué pensar de las condiciones de los 
mares ? 



II 

LA POLÍTICA DE LA GRAN BRETAÑA HACIA LAS PEQUE- 
ÑAS NACIONES Y LOS PUEBLOS EN FORMACIÓN — 
SU POLÍTICA INTERNACIONAL COMERCIAL — LA 
POLÍTICA DE ALEMANIA HACIA LAS PEQUEÑAS 
NACIONES Y LOS PUEBLOS EN FORMACIÓN — ¿ HAY 
UN ACUERDO POSIBLE ? 

CUANDO el Vizconde Grey y el Canciller von 
Bethmann-Hollweg usan sustancialmente las 
mismas palabras respecto a establecer el 
derecho de todas las naciones, grandes y pequeñas, 
a su libre desenvolvimiento, ¿quieren decir real- 
mente la misma cosa ? 

La historia será un guía más útil para encontrar 
una respuesta que una discusión meramente teórica. 
La conducta de la Gran Bretaña, particularmente 
en todo aquello que ha sido llevado a cabo por los 
Gobiernos Liberales de los últimos setenta y cinco 
años, es digna de envidia y aplauso con ima sola 
excepción. Russell, Palmerston, Gladstone, Camp- 
bell-Bannerman y Asquith han ayudado constante- 
mente a las naciones débiles y a las que luchaban 
por una mayor libertad, así como también han sim- 
patizado con aquellas nacionalidades que fueron 
sometidas por otras naciones conquistadoras. La 
Gran Bretaña ha protegido a Bélgica, Italia y Gre- 
cia. En el Canadá, en Australia y en el Sur de 
Africa ha seguido ima política colonial tan prudente 



12 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

como eficaz. La actuación de Mr. Gladstone des- 
pués de Majuba Hill y la de Sir Henry Campbell- 
Bannerman después de la Guerra Sur-Africana, tan 
combatidas ambas, dieron por resultado enlazar al 
pueblo sur-africano más estrechamente que nunca 
con el Imperio Británico. El único punto débil en 
la conducta de la Gran Bretaña respecto al pro- 
blema de la nacionalidad, se encuentra en Irlanda. 
La cuestión irlandesa, complicada como ha estado 
con problemas de propiedad territorial, de violentas 
diferencias de religión y de tradicional antagonismo 
de raza, parecía estar en camino de ima solución, al 
menos provisional, cuando la guerra estalló, y quizá 
se pueda lograr un progreso mayor una vez que la 
guerra termine. 

Desde 1846 la política comercial librecambista de 
la Gran Bretaña ha sido indudablemente muy ven- 
tajosa para todo el mundo y para toda nación, 
grande como pequeña. Si esta política hubiera 
llegado a ser universal, los problemas actuales de 
comercio internacional serían enteramente diferen- 
tes, y por lo menos algimas de las causas de guerra 
internacional se hubieran evitado. La Gran Bre- 
taña no sólo ha sostenido la política del libre cambio 
en cuanto a la exportación sino también en cuanto 
a la importación, siendo en esto último un caso 
único entre las grandes naciones. Las agudas dife- 
rencias de opinión que han surgido entre los mismos 
pueblos británicos, durante los últimos veinte años, 
en cuanto al éxito de la política librecambista, con- 
siderada por los efectos producidos en su vida in- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 13 

tenor, no importan a nuestra discusión. Lo que 
importa al resto del mundo es el hecho evidente de 
que esta libre política comercial ha sido beneficiosa 
para todas las demás naciones, grandes como pe- 
queñas. Les ha ofrecido el estímulo de un mercado 
inglés y el estímulo adicional de una competencia 
inglesa. La historia del comercio alemán demues- 
tra que Alemania obtiene sólo ganancias y ningima 
pérdida de esta política de la Gran Bretaña. 

Por lo tanto, es justo deducir en vista de estos 
hechos, que el Vizconde Grey quiere decir que toda 
nación, grande o pequeña, debería tener libertad 
para desenvolverse, como Bélgica, Italia y Grecia 
se han desenvuelto; que a toda nacionalidad depen- 
diente debería ser concedida la misma medida de 
autonomía que es característica del Canadá, de 
Australia, y del Sur de Africa; y que el comercio 
internacional debería ser restringido e impedido lo 
menos posible. Esta política satisfaría a los hom- 
bres hberales de todas partes, y colocaría la paz 
internacional sobre unos cimientos más seguros que 
nunca hasta ahora. 

La conducta de Alemania con otras naciones, par- 
ticularmente las pequeñas naciones, es diferente. 
Esta diferencia se debe, sin duda, en parte a circim- 
stancias diferentes de las que ha tenido que afrontar 
la Gran Bretaña; pero en parte también se debe a 
ima política pública distinta. Alemania, diferente- 
mente de la Gran Bretaña, no se ha encontrado en 
im aislamiento insular, sino rodeada de fronteras 
extensas y de fácil acceso, que coinciden con las de 



14 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

otros pueblos enteramente diferentes. La relación 
de Alemania con Polonia y Dinamarca ha sido algo 
semejante a la relación de Inglaterra con Escocia y 
el país de Gales en el tiempo de los tres Eduardos. 
En este último caso las guerras resultantes termi- 
naron, sin embargo, en una Gran Bretaña realmente 
unificada y no en poblaciones dominadas e infeliz- 
mente sujetas. En este momento el Primer Minis- 
tro de Inglaterra es un representante de Escocia, y 
el Ministro de la Guerra un representante del país 
de Gales. El trato que Alemania ha dado a Polo- 
nia, a los ducados de Schleswig-Holstein y a Alsacia- 
Lorena ha sido desafortunado, por no decir más, 
desde el punto de vista de ima nación que se pre- 
ocupa del libre desenvolvimiento de todas las na- 
ciones, grandes y pequeñas. El pretexto de la 
necesidad nacional aducido como explicación de este 
trato, así como también en defensa de la invasión de 
Bélgica, no convence a oídos modernos. Sin em- 
bargo, no debe ser puesto a un lado demasiado 
ligeramente por falta de capacidad de ver el punto 
de vista alemán. 

El Príncipe von Bülow ha descrito la política de 
Alemania hacia Polonia como una *' misión de civi- 
lización," y dice que si Prusia no hubiera tomado 
posesión de la parte de Polonia que ahora constituye 
las provincias orientales, estas provincias hubieran 
caído bajo la dominación de Rusia. En esta afínna- 
ción hay dos aspectos. El primero es que hubiera 
sido desventajoso para el desenvolvimiento nacional 
de Alemania el hecho de que estas provincias hubie- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 15 

ran caído en manos de Rusia. El segundo que Ale- 
mania podía contribuir al desenvolvimiento de Po- 
lonia, o sea a la parte de ella que se anexionó, mejor 
que Polonia misma. El primero de estos aspectos 
abre la puerta a un largo debate que en vista de los 
hechos establecidos sería ahora fútil. El segimdo 
hace surgir una cuestión definida que se relaciona 
directamente con la significación de las palabras, *'el 
derecho de todas las naciones, grandes y pequeñas, 
al libre desenvolvimiento." Si Polonia, siendo 
como es una nación con un lenguaje, una literatura 
y unas tradiciones propias, no quiere estar sometida 
ni a Alemania ni a Rusia, someterla parecería ser ima 
violación de los principios que el Canciller von Beth- 
mann-Hollweg sostiene ahora como suyos. Los 
Aliados se han comprometido públicamente a reali- 
zar la autonomía de Polonia. Podría quizá encon- 
trarse una solución si el lenguaje del Canciller fuera 
interpretado como significando que, en casos tales 
como el de los polacos y eslavos del sur, se debiera 
dar ima oportunidad a dichos pueblos para decidir 
por sí mismos si prefieren la autonomía con inde- 
pendencia nacional o la autonomía con dependencia 
de un gran poder vecino. Para satisfacer la opinión 
liberal del mundo, tales pueblos, lo mismo que Ir- 
landa, deben tener autonomía. La independencia 
nacional, donde hace mucho tiempo que se perdió o 
donde nunca ha sido ganada, levanta otra serie de 
cuestiones que difícilmente pueden ser respondidas 
salvo un examen detallado de cada caso particu- 
lar. 



1 6 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Por lo tanto la cuestión de si el Canciller ven 
Bethmann-Hollweg y el Vizconde Grey estin de 
acuerdo o no en este punto parecería girar sobre si 
Alemania está dispuesta a permitir a los polacos y a 
los eslavos del sur escoger la forma de su propia 
gobernación política y dirigirla una vez organizada. 
Si es así, el acuerdo entre Alemania y la Gran Bre- 
taña, en este respecto al menos, está segiiramente a 
la vista. Pero si Alemania se mantiene en la afirma- 
ción de que su propia seguridad nacional está en 
peligro, la respuesta ha de encontrarse en nuevas 
formas de garantía internacional para la seguridad 
nacional que se espera sean propuestas y adoptadas 
al fin de la guerra. 

Más de una vez en el pasado la política de Alema- 
nia ha consistido en adquirir, si podía, privilegios de 
comercio exclusivos y apoyarse sobre ellos. Alema- 
nia no ha tenido la oportunidad que los siglos diez 
y seis, diez y siete, y diez y ocho dieron a Ingla- 
terra de establecer grandes dependencias coloniales 
en la zona templada, y por lo tanto no ha tenido 
occasion de ofrecer testimonio como el de Inglaterra 
en la gobernación del Canadá, Australia o el Sur de 
Africa. Sin embargo, hasta donde llega nuestra in- 
formación, Alemania parece favorecer privilegios de 
comercio exclusivos, aunque no sea más que como 
ima base para negociaciones diplomáticas, mientras 
que Inglaterra sustenta el libre cambio. Por con- 
siguiente habría que considerar qué ventaja habría 
en una proposición que llevase a Alemania a sus- 
tentar una política librecambista, como im medio 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 17 

de estrechar más las relaciones entre todas las na- 
ciones del mundo y de hacer desaparecer una de 
las causas mayores de rivalidad y de desconfianza 
internacional. 



Ill 

EL LIBRE CAMBIO EN EL COMERCIO INTERNACIONAL 
COMO UNA INFLUENCIA PARA LA PAZ — GUERRA 
ECONÓMICA Y PRIVILEGIO SON UNA CAUSA SE- 
GURA DE INQUIETUD INTERNACIONAL 

LO que, por motivos de conveniencia, se puede 
llamar política librecambista del comercio 
internacional, no implica necesariamente el 
abandono total de las tarifas, tiendan éstas a la ob- 
tención de impuestos o a la protección, si lo que ha 
de ser protegido se concibe en cada caso como un 
interés realmente humano y no como un interés 
meramente financiero. En tanto en cuanto las 
tarifas son aplicadas por una nación como un medio 
necesario de obtener ingresos, o son, a su juicio, 
necesarias para la protección de la vida normal de 
los trabajadores o para la diversificación de la in- 
dustria, y en tanto en cuanto son aplicadas a todas 
las naciones por igual, son compatibles con la política 
librecambista en el amplio sentido. Lo que la po- 
lítica librecambista entraña es un cambio de punto 
de vista de parte de aquellas naciones como Alema- 
nia, Francia y los Estados Unidos, que han estado 
demasiado dominadas por la idea de que todas las 
importaciones eran dañosas y de que desplazan una 
stuna igual de productos nacionales. Mientras al- 
guna de las grandes naciones se atenga a la falsa 
teoría de que el comercio internacional es un mero 

18 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 19 

incidente, puramente casual, para los negocios de 
una nación, y hasta algimas veces un detrimento 
para ellos, las otras grandes naciones se aislarán y 
mantendrán sus tarifas exclusivas, reforzándolas si es 
preciso. Cualquier cosa que se haga para que el 
comercio internacional sea más fácil y más general 
debe ser hecho por el común consentimiento de las 
grandes naciones comerciales del mundo. 

No cabe duda de que los falsos y extraviados 
puntos de vista del comercio internacional han in- 
fluido, más que ningtma otra causa, en el desarrollo 
de las rivalidades y suspicacias internacionales que 
precedieron e hicieron posible la presente guerra. 
Hacer desaparecer estas rivalidades y suspicacias, y 
sustituirlas por un nuevo punto de vista de comercio 
internacional más prudente y más amplio que el que 
ha prevalecido hasta aquí, es imo de los más serios 
aspectos del problema de realizar ima verdadera paz. 

Esta cuestión no puede ser resuelta por los econo- 
mistas sólo. Ciertamente ellos son incompetentes 
para resolverla, como se ha visto claramente por el 
hecho de que los tres economistas alemanes más 
eminentes de esta generación han mantenido puntos 
de vista marcadamente diferentes en esta cuestión. 
El profesor Wagner ha sustentado el proteccionismo 
más absoluto, el profesor Brentano ha sustentado el 
completo librecambismo, mientras que el profesor 
Schmoller ha tomado una posición intermedia. 
Semejantes diferencias, aunque quizá no siempre tan 
bien definidas como éstas, han existido en las filas 
de los economistas franceses, ingleses, italianos, rusos 



20 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

y norteamericanos. Si esta cuestión ha de resol- 
verse, será sobre la amplia base de una política cons- 
tructiva y de los principios de una paz internacional 
segura y justa, a la cual cada una de las naciones 
esté dispuesta a contribuir. 

No debe ser olvidado el hecho de que en la Gran 
Bretaña hay un poderoso cuerpo de opinión política, 
fuertemente apoyado por algunos economistas, que 
cambiaría la política comercial inglesa de los últimos 
sesenta años y establecería un régimen de nuevo 
antagonismo comercial y desconfianza internacional. 
Sería poco menos de ima calamidad que la política 
de la Gran Bretaña cambiase esencialmente ahora. 
La rápida concurrencia de otras naciones en ima 
política comercial liberal, que Cobden y Bright pre- 
vieron y predijeron tan confiadamente hace medio 
siglo, no resultó; pero nunca ha habido ima ocasión 
tan favorable para la conciurencia de otras naciones 
como la que se presenta ahora. La presión del deseo 
imiversal de ima paz estable puede llevar a cabo lo 
que generaciones de argumentos y ejemplos no po- 
drían. Solamente con el hecho de persistir en su 
presente política comercial la Gran Bretaña puede 
hacer una contribución mayor a la paz del mundo 
que la que le sería posible hacer por medio de su 
marina, su ejército y sus recursos financieros casi 
ilimitados. 

La Conferencia Económica de las Potencias Alia- 
das, celebrada en París del 14 al 17 de junio de 
19 1 6, fué altamente significativa. Todo lo tratado 
en la conferencia respecto a las medidas económicas 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 21 

que se habían de tomar durante la guerra, no necesita 
ser discutido aquí. En cambio, en todo aquello en 
que se bosquejó im período de lucha económica in- 
tencionada y perfectamente organizada para des- 
pués del fin de la presente lucha militar, esta confe- 
rencia fué desconsoladora y reaccionaria en extremo. 
Hace dos generaciones que Lord Clarendon, refirién- 
dose a la aparente solución de la Cuestión Oriental 
por el Tratado de París, escribió: ** Nosotros hemos 
hecho una psLZ, pero no la paz." Si el presente con- 
flicto militar ha de ser seguido inmediatamente por 
ima nueva y vigorosa lucha económica, usando todos 
los recursos de privilegios, diferencias y favores, 
aimque la guerra acabe en una paz, no acabará en 
esta paz duradera y segura que anhela el corazón 
del mundo. 

Entretanto el pueblo de los Estados Unidos al 
menos aprende una lección. La guerra le ha forzado 
literalmente a im comercio internacional de estu- 
penda magnitud, y le está transformando rápida- 
mente de una nación deudora en ima nación acree- 
dora. Desde el principio de la guerra los Estados 
Unidos han recuperado de Europa mucho más de 
$2,000,000,000 de sus propios valores, y además han 
prestado casi otros $2,000,000,000 a las naciones y 
municipios extranjeros. Estas nuevas y altamente 
provechosas experiencias, imidas con el hecho de 
que durante los últimos años la opinión pública 
americana ha ido gradualmente adquiriendo más 
amplios y más seguros puntos de vista de comercio 
internacional y de problemas arancelarios, indican 



22 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

que en los Estados Unidos la tendencia dominante 
está en la recta dirección. Tales hechos enseñan al 
pueblo americano, mejor que ninguna página im- 
presa pudiera hacerlo, lo que significa entrar en el 
comercio internacional en tan enorme escala, y cómo 
este hecho ensancha las simpatías y amplía la com- 
prensión de todos aquellos que directa o indirecta- 
mente están interesados en la empresa. "Porque 
donde tu tesoro está, allí está tu corazón." 

Los Aliados tienen una ocasión sin ejemplo para 
establecer los cimientos de una paz duradera, si 
cuando termine la guerra ofrecen a Alemania y a 
sus aliados tma completa participación en igualdad 
de condiciones en el comercio universal, con la sola 
condición de que la actividad política sobre otras 
naciones sea abandonada y de que se acuerde inme- 
diatamente ima garantía internacional para la 
seguridad nacional. Ni los Aliados ni Alemania tie- 
nen que temer que en este caso se pierda la influen- 
cia de sus ideales nacionales, sus planes políticos o 
sus literaturas respectivas. Es innegable, como es- 
cribió una vez el difunto profesor William G. Sum- 
ner, que "Nosotros podemos estar muy seguros de 
que el trigo de América ha hecho más efecto que las 
ideas de América, sobre las ideas de Europa." 



IV 

¿ QUÉ SE ENTIENDE POR LIBERTAD DE LOS MARES ? — 
LOS MARES EN TIEMPO DE PAZ SON LIBRES — LOS 
MARES EN TIEMPO DB GUERRA 

A PLICANDO los principios ya discutidos pare- 
J^L cería que el acuerdo entre la Gran Bretaña y 
Alemania respecto a establecer "el derecho 
de todas las naciones, grandes y pequeñas, a su 
libre desenvolvimiento," probablemente depende de 
la concesión de la autonomía a Irlanda, a Polonia 
y a los pueblos eslavos del sur, así como también de 
la general adopción de la política librecambista en 
el comercio exterior. Bélgica debe, desde luego, ser 
restaurada e indemnizada por Alemania. Seme- 
jantemente Serbia debe ser restaurada e indemni- 
zada por Austria-Hungría. Como cimiento y sos- 
tén de todos estos actos estaría una nueva garantía 
internacional de la segiuidad nacional de todos los 
pueblos, grandes y pequeños. Si el espíritu de la 
Gran Bretaña y el espíritu de Alemania pudieran 
coincidir en estos puntos — ¿ y porqué no ? — no hay 
razón para suponer que Francia o Rusia disintieran, 
a no ser que tal vez lo motivase la aplicación más 
completa del libre cambio en el comercio exterior. 
Pero Francia, que no quiere para sí misma nada que 
no sea razonable, y que pide solamente seguridad 
nacional y protección de los principios de conducta 



24 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

pública en que ella cree ardientemente, asentiría casi 
seguramente a un plan que exigiese de ella sacrificar 
tan poco para el logro de una política económica 
modificada cuyo objeto sería alcanzar im bien mucho 
más permanente para ella misma y para el mundo. 
La situación en cuanto a Rusia parece ser entera- 
mente semejante, particularmente si se le asegura 
lo que siempre ha deseado, el acceso al mar durante 
todo el año; lo cual debería tener tanto por el in- 
terés general como por el suyo propio, 
t Entonces quedaría la única cuestión aludida por 
el Canciller von Bethmann-HoUweg en su discurso 
del 9 de noviembre pasado, y no mencionada por el 
Vizconde Grey en su discurso del 23 de octubre, es a 
saber, las condiciones de los mares. 

Hace mucho tiempo es evidente que Alemania 
está profundamente interesada en este punto. La 
libertad de los mares es uno de los cinco puntos 
abarcados por el programa de la paz del Bund Nenes 
Vaierland. Es también uno de los objetos de la 
paz para los socialistas alemanes. El doctor Dem- 
burg lo incluye en sus seis proposiciones de paz pu- 
blicadas el 1 8 de abril de 1 9 1 5 . El Canciller Imperial 
alemán evidentemente pone en él una gran insisten- 
cia. Por lo tanto debemos averiguar qué se quiere 
decir exactamente por libertad de los mares y en 
qué respecto esta libertad es negada ahora. 

Según el derecho internacional existente los mares 
son y han sido largo tiempo libres, fuera del límite 
convencional de tres millas. Ya no hay piratas, y 
no hay impuesto por cruzar el mar de im puerto a 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 25 

otro. No hay derecho de paso sobre el océano. 
En el derecho, por lo tanto, los mares parecen ser 
aun más libres que la tierra. Pueblos pequeños de 
marina insignificante, tales como Noruega, Dina- 
marca, Holanda y Portugal, han sido y son prós- 
peros comerciantes marítimos en un grado consi- 
derable. Alemania misma, en los últimos cuarenta 
aftos, ha construido vma magnífica marina mercante, 
y al rompimiento de la presente guerra su bandera 
era más familiar que ningima otra en los puertos de 
todos los continentes. Parecería pues que la ansia- 
da libertad de los mares no tiene nada que ver con 
las condiciones normales de la paz internacional; 
debe referirse enteramente a las condiciones anor- 
males de la guerra internacional. Por lo tanto, 
hasta el punto en que futuras guerras internacio- 
nales puedan ser prevenidas y evitadas mediante im 
acuerdo sobre los puntos ya descritos, desapare- 
cerían todas las diferencias en cuanto a la libertad 
de los mares. Si por el contrario el mundo ha de 
meditar otra guerra internacional como la que sufre 
el mundo ahora, ¿ cuál es el fundamento de esta pre- 
ocupación de Alemania por la libertad de los mares 
que es tan evidente ? 

Todavía no se ve enteramente claro a qué cosas 
concretas se dirige Alemania exigiendo la libertad 
de los mares. La libertad del mar, a la cual los 
Estados Unidos por ejemplo deben su existencia y 
su prosperidad y por la cual Holanda y la Gran 
Bretaña lucharon fuertemente en tiempos pasados, 
es la libertad que Grotius definió cuando asentó como 



26 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

un específico e indiscutible axioma del derecho inter- 
nacional, — cuyo espíritu es evidente por sí mismo 
e inmutable, — el siguiente principio: "Toda nación 
es libre para viajar a otra nación y para comerciar 
con ella." El mundo posee la libertad de los mares 
en este amplio y fundamental sentido. Las disposi- 
ciones municipales, que tan a menudo restringen y 
embarazan el comercio internacional, no se aplican 
en el mar mismo, sino tan sólo en los puertos de 
entrada. No hay duda, sin embargo, de que el 
espíritu de Alemania, como el espíritu de la Gran 
Bretaña, han sufrido mucho la influencia del argu- 
mento de aquel libro americano que, en general, ha 
ejercido en la formación de la moderna política 
europea más influencia que ningima otra obra pu- 
blicada en este lado del Atlántico. Este libro es el 
del difunto Almirante Mahan titulado : Influencia del 
poder marítimo en la historia. Este libro luminoso, 
sin embargo, no tiene nada que ver con la libertad 
de los mares. Trata en su totalidad de cuestiones 
relativas al dominio de los mares, materia completa- 
mente distinta. Dos de los principales temas del 
Almirante Mahan son que el comercio necesita es- 
cuadras para su protección y que el poder marítimo 
ha sido a través de la historia de las guerras im fac- 
tor importante y a menudo decisivo. Es evidente 
que en tiempo de guerra, y como imo de los inci- 
dentes de la guerra, el dominio de los mares que- 
dará en manos de la marina más poderosa y mejor 
distribuida. En tal tiempo los mares no pueden 
ser libres para los barcos de guerra» que tienen que 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 27 

correr el riesgo de la lucha con sus antagonistas. 
Lo que sin duda tiene Alemania en la mente es el 
hecho de que la marina británica no sólo es bastante 
poderosa para dominar los mares en tiempo de 
guerra, sino que esta dominación puede ser — y según 
el punto de vista alemán lo es — empleada de tal 
manera que prive a Alemania y sus aliados de cier- 
tas ventajas producidas por el comercio con los 
neutrales, a los cuales ellos también tienen derecho. 
Esto restringe la cuestión al comercio neutral en 
tiempo de guerra y a la exención de la propiedad 
privada de ser capturada en el mar. Sobre este 
asunto ha habido mucha discusión en los últimos 
años, y los principios sustentados por los Estados 
Unidos han sido declarados repetidamente. ¿Qué 
fundamento tienen, si tienen algimo, las quejas que 
contra la Gran Bretaña y sus aliados tienen Alema- 
nia y las naciones neutrales a causa del modo como 
la Gran Bretaña ha ejercitado su poder de domina- 
ción marítima en tiempo de guerra, y hasta qué 
pimto deben ser tenidas en consideración estas que- 
jas al asentar los cimientos de una justa y duradera 
paz? 



EXENCIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA, QUE NO SEA 
CONTRABANDO, DE LA CAPTURA O DESTRUCCIÓN 
EN EL MAR POR LOS BELIGERANTES — LA POLÍTICA 
DE LOS ESTADOS UNIDOS — ACCIÓN DE LAS DOS 
CONFERENCIAS DE LA HAYA. 

PARECERÍA por todo lo que se ha dicho que 
en tiempo de paz la libertad de los mares 
existe en el más pleno sentido de la palabra. 
Las cuestiones debatidas se refieren enteramente a 
la situación y trato de los barcos mercantes y sus 
cargamentos en tiempo de guerra. Estas cuestiones 
abarcan la consideración detallada del bloqueo en 
tiempo de guerra, el contrabando de guerra, el ser- 
vicio no neutral, la destrucción de las presas, la 
transferencia a ima bandera neutral, el carácter 
enemigo de un barco o de su cargamento, el servicio 
de convoy, la resistencia a la investigación y la com- 
pensación. Todas estas cuestiones, por importantes 
y delicadas que sean, y aimque hayan ocupado la 
atención de los jefes de marina y de los juristas in- 
ternacionales, están realmente subordinadas a una 
cuestión más amplia, a saber, la de la exención de 
toda propiedad privada, que no sea contrabando de 
guerra, de captura o destrucción en el mar por los 
beligerantes. Si tal exención fuera acordada como 
un principio regulador, todas las demás cuestiones 
mencionadas tomarían su respectiva posición y se 

sS 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 29 

constituirían como partes o aplicaciones de este 
principio capital. 

La primera consulta dirigida por el Gobierno de 
los Estados Unidos al Gobierno de la Gran Bretaña 
después del principio de la guerra actual fué sobre 
si el Gobierno Inglés estaba dispuesto a convenir que 
las leyes de la guerra naval, tal como fueron esta- 
blecidas por la Declaración de Londres de 1909, ha- 
bían de ser aplicables a la guerra naval durante el 
presente conflicto europeo, supuesto que los Gobier- 
nos con los cuales la Gran Bretaña estaba o estaría 
en guerra convinieran en dicha aplicación. El 20 de 
agosto de 1914 salió ima Orden del Consejo decla- 
rando la adopción y aplicación durante las presentes 
hostilidades de la convención llamada Declaración 
de Londres sujeta a ciertas adiciones y modifica- 
ciones. La historia posterior del asimto, incluyendo 
la aplicación hecha por el Gobierno Inglés de las 
adiciones y modificaciones introducidas por la Orden 
del Consejo, es conocida de todos. Desde agosto 
de 19 1 4 los Estados Unidos han dirigido notas ofi- 
ciales a la Gran Bretaña acerca del contrabando de 
guerra, de las restricciones del comercio, y en par- 
ticular acerca del caso del vapor americano Wilhel- 
mina. El Gobierno de los Estados Unidos ha estado 
alerto en cuanto a la significación de estas cues- 
tiones e incidentes de guerra para todas las poten- 
cias neutrales. 

Sobre el punto vital de la exención de toda propie- 
dad privada, que no sea contrabando de guerra, de 
captura o destrucción en el mar por los behgerantes, 



30 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

los Estados Unidos han tomado una posición de- 
finida y constante a través de toda la historia de su 
gobernación nacional. Así pues ima provisión para 
este género de exención formó parte del Tratado de 
Amistad y Comercio con Prusia de 1785, en el cual 
se convino que los cargamentos de barcos libres eran 
libres por la misma razón. Los firmantes de este 
tratado por la parte de los Estados Unidos fueron 
Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y John Adams. 
En 1856 los Estados Unidos propusieron la adición 
de esta provisión en la cláusula de la Declaración de 
París relativa a la navegación de corsarios. El 
hecho de que semejante adición fuese rechazada por 
las otras potencias contratantes llevó al Gobierno de 
los Estados Unidos a negar su adhesión a la Declara- 
ción de París. 

Las instrucciones oficiales dadas a los delegados 
americanos en la Primera Conferencia de La Haya 
celebrada en 1899, firmadas por John Hay como 
Ministro de Estado, concluían con estas palabras: 

Como los Estados Unidos han defendido durante muchos 
años la exención de toda propiedad privada — que no sea 
contrabando de guerra — de tratamiento hostil, ustedes que- 
dan autorizados para proponer a la Conferencia el principio 
de la extensión a toda propiedad estrictamente privada de 
la inmunidad en cuanto a la destrucción o captura en el mar 
por las potencias beligerantes; inmunidad que dicha propie- 
dad goza ya en la tierra, como digna de aer inoocponuU al 
derecho permanente de las naciones civilizadas. 

Después de que el Presidente McKinley en diciem- 
bre de 1898 y el Presidente Roosevelt en diciembre 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 31 

de 1903 dirigieron mensajes sobre este asunto al 
Congreso de los Estados Unidos, éste adoptó el 28 
de abril de 1904 una resolución en los siguientes 
términos : 

Que el Congreso de los Estados Unidos es de la opinión 
de que es deseable, en interés de la uniformidad de acción 
por estados marítimos en tiempo de guerra, que el Presi- 
dente procure que se llegue a una inteligencia entre las prin- 
cipales potencias marítimas con objeto de incorporar al 
derecho permanente de las naciones dWlizadas el principio 
de la exención de toda propiedad privada, que no sea con- 
trabando de guerra, de captura o destrucción en el mar por 
los beligerantes. 

Las instrucciones oficiales dadas a los delegados 
americanos en la Segunda Conferencia de La Haya, 
celebrada en 1907, firmadas por Elihu Root, Ministro 
de Estado a la sazón, contienen este pasaje: 

Mantendrán ustedes la política tradicional de los Estados 
Unidos respecto a inmunidad de la propiedad privada de los 
beligerantes en el mar. 

El Ministro Root discute a continuación con cierta 
extensión la importancia de esta política. 

En la Primera Conferencia de La Haya, los re- 
presentantes de casi todas las grandes potencias 
insistieron en que la actuación de la Conferencia de- 
bería limitarse estrictamente a las materias especi- 
ficadas en la circular de Rusia del 30 de diciembre 
de 1898, proponiendo el programa de la Conferencia. 
Por esta razón los miembros de la Conferencia re- 
husaron al principio recibir ningima proposición de 



32 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

los delegados americanos que se refiriese al asunto 
de la inmunidad de la propiedad privada, no con- 
trabando, de captura en el mar en tiempo de guerra. 
Eventualmente, sin embargo, un memorial, en el 
cual los delegados americanos declaraban extensa- 
mente las relaciones históricas y actuales de los 
Estados Unidos con este asunto, fué admitido, en- 
tregado a una comisión y por fin presentado por 
dicha comisión a la Conferencia. La Conferencia 
de 1899 adoptó ima moción relegando el asunto a 
ima Conferencia futura, de modo que los delegados 
americanos no pudieron lograr entonces otra cosa 
que mantener la cuestión ante el mundo para ser 
discutida. 

En la Segunda Conferencia de La Haya, que se 
reunió el 15 de julio de 1907, la cuestión de la pro- 
piedad privada de los beligerantes en el mar fué in- 
cluida en el programa oficial. Fué uno de los temas 
sometidos a la Cuarta Comisión de la Conferencia, 
cuyo presidente era el delegado ruso M. de Martens. 
Una proposición concreta, puesta a discusión por los 
Estados Unidos, fué apoyada por el Brasil, Noruega, 
Suecia, Austria-Hungría y China. Alemania, apo- 
yada por Portugal, aimque admitiendo que se sentía 
inclinada hacia la propuesta inviolabilidad de la 
propiedad privada, mantuvo la reserva de que su 
adopción de este principio dependía de una previa 
inteligencia sobre los asuntos del contrabando de 
guerra y del bloqueo. Rusia creyó que la cuestión 
no estaba madura para tma solución práctica, mien- 
tras que la Argentina se declaró categóricamente en 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 33 

favor del derecho de captura. Francia estaba dis- 
puesta a apoyar la proposición americana si se lo- 
graba unanimidad de acuerdo. Los representantes 
de la Gran Bretaña sostuvieron que era imposible 
separar la cuestión de la inmunidad de la propiedad 
privada de la del bloqueo comercial, y que la inte- 
rrupción del comercio era menos cruel que la mor- 
talidad causada por la guerra. Sin embargo, los 
delegados británicos declararon que su Gobierno 
estaría dispuesto a tomar en consideración la con- 
clusión de un acuerdo con el fin de abolir el derecho 
de captura, si semejante acuerdo contribuía a la 
reducción de los armamentos. 

La proposición de los Estados Unidos, puesta a 
votación por primera vez, obtuvo de los 44 Estados 
representados 21 votos en pro, 11 en contra, y en 
cuanto al resto, uno se abstuvo y once no dieron 
respuesta. Al lado de los Estados Unidos estuvie- 
ron, entre los veinte y un Estados que votaron en 
pro, las siguientes potencias hoy beligerantes: Ale- 
mania (con la reserva ya mencionada), Austria- 
Hungría, Bélgica, Bulgaria, Italia, Rumania y 
Turquía. En cambio votaron en contra los belige- 
rantes actuales Francia, la Gran Bretaña, el Japón, 
Montenegro, Portugal y Rusia. 

Las discusiones de la Cuarta Comisión dan más 
fundamento que la votación efectiva a la creencia 
de que la proposición de los Estados Unidos puede 
ser aceptada al fin de la guerra. Las expresadas 
objecciones de Francia y Rusia serían ahora fácil- 
mente sobrepujadas. Las reservas hechas por Ale- 



34 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

mania serán discutidas y arregladas, por la fuerza 
de los hechos mismos, inmediatamente después de 
la conclusión de las presentes hostilidades. Resta 
la Gran Bretaña, en la cual hay ya un cuerpo de 
opinión comercial fuertemente favorable a la exen- 
ción de la propiedad privada en los mares. No más 
de tres años antes del principio de la guerra, en ima 
reunión del Consejo de la Cámara de Comercio de 
Londres, fué cuidadosamente discutida y más tarde 
adoptada por votación unánime una proposición 
presentada por persona de tanta importancia como 
el difunto Lord Avebury, cuyo contenido era: "que 
en la opinión de esta cámara la propiedad privada 
en el mar debe ser declarada libre de presa y cap- 
tura." Otras importantes corporaciones comer- 
ciales de la Gran Bretaña tomaron una actitud 
semejante hacia el mismo tiempo. El obstáculo 
para el concurso de Inglaterra se dice que es la 
opinión oficial de la Marina; pero éste es un caso en 
el que la marina oficial de todos los pueblos debe 
ser obligada seguramente a atender las demandas 
razonables de aquellos cuya propiedad está sujeta a 
pérdida y daño por la persistencia en esta política 
desdichada y contraria a la civilización. Toda la 
política de destrucción comercial es realmente algo 
anticuada y en contradicción con la idea moderna 
del derecho público y privado. 

Al finalizar las hostilidades esta cuestión debe ser 
llevada a una resolución final y favorable. Cuando 
esto se haga, la libertad de los mares en tiempo de 
S^uerra estará tan plenamente establecida como lo 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 35 

permitan las condiciones mismas de la guerra. Las 
cuestiones segundarias, como la del contrabando y 
bloqueo, y la de la conducta especial respecto a 
estrechos y canales, serían fáciles de resolver, si, 
como ellos afirman, el deseo capital de todos los beli- 
gerantes es el establecimiento de ima paz permanente. 
La importancia de la libertad y seguridad de las 
vías marítimas fué afirmada solenmemente por Sir 
Robert Laird Borden, Gobernador del Canadá, en 
un discurso pronunciado en Nueva York el 18 de 
noviembre. Sir Robert Borden afirmó que la lec- 
ción de la guerra era doble: "En primer lugar, que 
la libertad y la seguridad y la existencia libre de 
nuestro imperio dependen de la seguridad de las 
vías marítimas tanto en la paz como en la guerra; 
en segimdo lugar, que aunque el poder marítimo no 
sea por sí solo el instrumento de dominación imi ver- 
sal, es sin embargo el instrumento más poderoso 
para que dicha dominación pueda ser resistida. 
Hace trescientos años destruyó para siempre las 
arrogantes pretensiones que entonces trataban de 
dominar las rutas del comercio occidental y excluir 
de ellas a las libres naciones del mundo. Hace poco 
más de im siglo mantuvo la libertad contra el in- 
tento de dominación del mundo por la fuerza militar 
solamente. Hoy sigue siendo el escudo de la misma 
libertad, y seguirá siéndolo. Esta carga de tan 
tremenda responsabilidad no debe descansar sobre 
la Gran Bretaña sola, sino sobre la gran comunidad 
territorial que comprende todos los dominios del 
rey británico.** 



36 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

I No sería todavía mejor, y más seguro para la 
Gran Bretaña, que esta carga fuera soportada por 
las grandes naciones comerciales, asociadas para el 
propósito de lograr la libertad de los mares como 
im instrumento y una condición de una paz dura- 
dera? 

El sentido común de la himianidad, sin embargo, 
no quedará satisfecho con ima definición de libertad 
de los mares en tiempo de guerra que no coloque 
francamente en la categoría de asesinato espantosas 
atrocidades tales como la historia registrará siempre 
que se mencionen las palabras Sussex y Lusitania. 



VI 

FRANCIA EN LA GUERRA — LOS OBJETIVOS DE FRAN- 
CIA: RESTITUCIÓN, REPARACIÓN Y SEGURIDAD 
NACIONAL — UN MODO DE OBTENER REPARACIÓN 
QUE SERVIRÁ A UNA PAZ DURADERA* 

SUPONIENDO que la Gran Bretaña y Alema- 
nia, juntamente con sus respectivos aliados, 
pudiesen llegar a un acuerdo en cuanto a las 
aplicaciones concretas del principio de que cada 
nación tiene derecho a su libre desenvolvimiento y 
de que debe haber libertad en los mares en el sen- 
tido ya definido, ¿ qué condiciones de paz duradera 
tendríamos aún que considerar ? 

Esta guerra ha hecho de Francia el héroe de las 
naciones. Tanto por sus proezas militares como 
por su capacidad para la organización nacional y 
para el dominio de sí misma, la República Francesa 
se ha revelado de manera que atrae la admiración 
y la simpatía ilimitadas del mundo entero. Todas 
las pruebas demuestran claramente que en ningún 
respecto ha sido Francia un agresor en esta con- 
tienda. Ella fué quien se vio súbitamente atacada: 
por ima parte, porque era aliada de Rusia; por otra, 
porque tenía relaciones amistosas con Inglaterra; y 
además, porque los planes del Estado Mayor alemán 
exigían que el ejército francés fuera derrotado y des- 
truido antes que nada. Que Francia no estaba 

37 



38 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

preparada para la guerra, y que por lo tanto no la 
venía meditando, es algo que ha sido evidente para 
todo el mundo desde el i® de agosto de 19 14. Sus 
leales tropas han tenido que contener, durante im 
año entero, al gran ejército invasor, sólo con un 
eqtiipo deficiente y careciendo de muchos de los 
instnmientos necesarios en la guerra moderna. El 
genio militar del general Joffre y de sus colegas, 
unido al heroico valor del ejército, obró un verda- 
dero milagro en la batalla del Mame, y ha seguido 
obrando una serie de ellos desde aquel día hasta 
hoy. Como fuerza combatiente el ejército francés 
ha ganado merecidos laureles, y detrás del ejército 
está el pueblo francés, tranquilo, confiado y clarivi- 
dente de los fines por los cuales la nación mantiene 
y prosigue su defensa. 

Todo francés consciente y responsable lleva en 
su ánimo la firme decisión de que — si ello es huma- 
namente posible — sea ésta la última guerra. La ins- 
piración de esta esperanza lleva a los padres y 
madres franceses a soportar con una exaltada resig- 
nación la pérdida de sus hijos. Es la inspiración de 
esta esperanza quien provoca el sacrificio ilimitado 
de las mujeres y hasta el esfuerzo de los viejos y 
los enfermos. 

Francia busca tres cosas como resultado de esta 
guerra, la última de todas. Estas han sido definidas 
por imo de sus hombres públicos como restitución, 
reparación y seguridad nacional. El Presidente 
Poincaré, en su discurso del 14 de julio de 191 6, 
cuando la guerra llevaba ya casi dos afios de dura- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 39 

ción, afirmó los objetivos de Francia un poco más 
plenamente. Pasando revista a los sufrimientos y 
tristezas de Francia, insistió con palabras elocuentes 
en que éstos nunca debilitarían la voluntad de la 
nación. Volvió a afirmar el horror de la nación 
por la guerra y su apasionada devoción por aquellas 
ideas políticas que previniesen cualquier retomo de 
las condiciones que ahora prevalecen, y entonces 
definió los puntos esenciales de esta paz justa y 
permanente que Francia anhela y que está deter- 
minada a ganar. Estas condiciones eran, en primer 
lugar, la completa restitución del territorio francés 
invadido, tanto el que lo ha sido ahora mismo como 
el que lo fué hace cuarenta y seis años; en segundo 
lugar, la reparación de las violaciones de derecho y 
de los perjuicios a los ciudadanos de Francia o de 
sus aliados; y en tercer lugar, garantías tales como 
sean necesarias para asegurar y prevenir la inde- 
pendencia nacional en lo futuro. M. Briand, Presi- 
dente del Consejo, ha reiterado más de una vez 
estos puntos de vista. Pueden por lo tanto ser 
considerados como una declaración oficial de las 
condiciones únicas en que Francia hará la paz. 

¿ Son o no razonables estas condiciones, y está 
Francia justificada a los ojos del mimdo conti- 
nuando la lucha para obtenerlas hasta su duro fin ? 

Será más sencillo examinar estas tres condiciones 
propuestas, en orden inverso a aquel en que fueron 
expuestas por el Presidente Poincaré. 

Las garantías para el porvenir a que el Presidente 
se refiere son el eje de toda la cuestión. Varias 



40 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

veces en el curso de estas discusiones nos hemos 
referido a una garantía internacional de segiuidad 
nacional para el futuro, y a su tiempo debido se 
planteará la cuestión de cómo puede ser obtenida 
dicha garantía internacional y en que debe consistir. 
Francia tiene derecho ciertamente a la protección de 
esta garantía. Puede y debe ser la misma garantía 
que protegerá a Bélgica, a Serbia, a la Polonia re- 
constituida o a cualquiera otra nación pequeña, 
tanto como a la Gran Bretaña, a Italia, y a Alema- 
nia misma. En este respecto la demanda de Fran- 
cia puede y debe ser cabalmente aceptada. 

Francia pide además reparación por las violaciones 
del derecho y por los daños causados a sus ciuda- 
danos y a la propiedad privada de éstos, así como a 
los de las naciones que son sus aliadas. Será o no 
practicable obtener de Alemania y Austria- Himgría, 
al fin de las hostilidades y como parte del arreglo 
final, una indemnización pecuniaria inmediata que 
satisficiera a aquellas otras naciones cuyo territorio 
ha sido invadido y cuyos pacíficos ciudadanos han 
perdido sus vidas y sus haciendas. Sea o no posi- 
ble obtener tal indemnización pecuniaria inmediata, 
hay tal vez im medio mejor de lograr el fin que 
Francia justamente busca. Podría fácilmente acor- 
darse que las reclamaciones de esta especie fueran 
sometidas a xm imparcial tribunal de justicia inter- 
nacional cuyas sentencias fueran inapelables. Las 
pruebas de que Alemania ha violado una vez y otra 
las leyes de la guerra y las estipulaciones del Con- 
greso de La Haya — para no hablar de las leyes de la 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 41 

humanidad — son completamente abrumadoras. Pre- 
cisamente porque estas pruebas son tan abrumadoras 
es por lo que los agraviados pueden, en interés de 
una paz duradera, prestarse a que sus reclamaciones 
sean judicialmente determinadas, más bien que ob- 
tener dicha indemnización por el mero apoyo del 
poder militar. Lo que más preocupa al mundo, y 
lo que debía preocupar más a los beligerantes mis- 
mos, es el efecto que el arreglo de este conflicto ten- 
drá sobre el porvenir de la humanidad. Puesto que 
hay dos medios de llegar al mismo fin, uno conven- 
cional que tiene muchos precedentes, y otro no con- 
vencional que trata de establecer un ejemplo para 
cosas mejores, en esta disyuntiva el espíritu mismo 
que ha animado y dirigido a Francia en su esfuerzo 
militar y en su trabajo de organización nacional lite- 
ralmente colosal, puede guiarla ahora a escoger im 
camino que sirva más seguramente para definir y 
obtener los ideales por los cuales está llevando a 
cabo esta asombrosa lucha. 

A pesar de todo lo que pueda decirse de los ho- 
rrores y atrocidades de la presente guerra, segura- 
mente una de sus más notables consecuencias es su 
efecto sobre el espíritu nacional, la conciencia na- 
cional y la voluntad nacional de Francia. Lo 
mejor de Francia ha siirgido por todas partes, y 
probablemente no será posible que nimca pierda la 
nación los beneficiosos efectos y los estimulantes re- 
sultados de su esfuerzo por mantener su integridad 
y defender su libertad. Durante aquellos días his- 
tóricos de 181 5, en Viena, Talleyrand solía describir 



42 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

como **im buen europeo*' a todo estadista que era 
capaz de concebir el sistema político del Mimdo Oc- 
cidental como un todo. El pueblo francés y los 
políticos franceses son generalmente y han sido du- 
rante mucho tiempo buenos europeos en el sentido 
que Talleyrand daba a la palabra. Este carácter 
del pueblo francés aumenta la probabilidad de que 
ellos pondrán el peso de toda su influencia y ejemplo 
en favor del establecimiento sobre firmes cimientos 
de im nuevo orden europeo. Un francés, Joubert, 
fué quien tan finamente dijo :" La fuerza y el derecho 
son los que gobiernan el mundo; la fuerza hasta 
que el derecho está dispuesto.*' 

Resta pues la restitución del territorio francés 
que ha sido o puede ser ocupado por el enemigo. 
La solución es relativamente sencilla en lo que se 
refiere a las provincias del norte y nordeste ocupadas 
actualmente por las fuerzas militares alemanas. 
Alemania se retirará de muy buen grado segura- 
mente del territorio francés actual como una condi- 
ción de la paz. En cambio la cuestión de Alsacia y 
Lorena — que se convirtió en lo que los alemanes 
después de la guerra de 1870 llamaron Reichsland — 
no es tma cuestión tan sencilla. 



á 



vil 

LA CUESTIÓN DE ALSACIA-LORENA — LAS DECLARA- 
CIONES DE 1 87 1 — FRACASO DE LA POLÍTICA DB 
ASIMILACIÓN ALEMANA 

HAY ciertas cuestiones públicas tan mezcladas 
de sentimiento que no pueden ser tratadas 
satisfactoriamente sólo desde el punto de 
vista de la argimientación abstracta. El porvenir 
de Alsacia-Lorena es claramente una de estas cues- 
tiones. Durante cuarenta y cuatro años la estatua 
simbólica de Estrasburgo en la Plaza de la Concor- 
dia, rodeada de las conmovedoras pruebas del dolo- 
roso sentimiento del pueblo francés, nos da un elo- 
cuente testimonio de este hecho. Si se dijera que 
el futuro de Alsacia-Lorena ha de ser resuelto según 
los estrictos principios de nacionalidad, y que en 
este caso la consecuencia sería en gran parte favo- 
rable a Francia, habría que responder que, en el caso 
de que Francia no fuese satisfecha, quedaría escon- 
dida en el mismo corazón de Europa la semilla o de 
otra guerra internacional o de largas generaciones 
de desconfianza, hostilidad y desdicha internacio- 
nales. 

En 1870 Mr. Gladstone sostuvo en el Gabinete 
británico la opinión de que el paso de Alsacia y 
Lorena de la soberanía francesa a la alemana sin 
tener en cuenta la naturaleza de la población na 

43 



44 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

podía ser considerado en principio como una cues- 
tión entre los dos beligerantes solamente, puesto 
que envolvía aspectos de legítimo interés para todas 
las potencias de Europa. Indicó su relación con la 
cuestión de Bélgica y con los principios que proba- 
blemente tendrían importantes consecuencias en el 
futuro arreglo de la Cuestión de Oriente. 

Los diputados que representaban a Alsacia y Lorena 
en la Asamblea Nacional francesa convocada en Bur- 
deos para acordar las condiciones de paz con Alema- 
nia no dejaron ninguna duda respecto a los deseos 
de sus representados. El 17 de febrero de 187 1, 
estos diputados presentaron a la Asamblea Nacional 
esta vibrante declaración, que había sido sometida 
a la aprobación de Gambetta y que la había obtenido 
también de Victor Hugo, Louis Blanc, Edgar Quinet, 
Clémenceau y otros miembros directores del partido 
republicano : 

Alsaría y Lorena son opuestas a la enajenación. . . . 
Estas dos provincias, asociadas con Francia durante más de 
dos siglos en la fortuna próspera y en la adversa, y constante- 
mente expuestas al ataque enemigo, se han sacrificado siem- 
pre por la causa de la grandeza nacional. Han sellado con 
su sangre el indisoluble lazo que las ata a la unidad de 
Francia. Bajo la presente amenaza de las pretensiones ex- 
tranjeras afirman su inquebrantable fidelidad en frente de 
todos los obstáculos y peligros, aun bajo el yugo del invasor. 
Unánimemente, los ciudadanos que han permanecido en sus 
bogares como los soldados que se han apresurado a seguir las 
banderas, proclaman, los primeros con sus votos y los últimos 
con su acción en el campo de batalla, ante Alemania y ante 
el mundo, la inalterable decisión de Alsacia y de Lorena de 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 45 

seguir pertcncdcndo al territorio francés. Francia no puede 
consentir ni determinar por un tratado la cesión de Alsada y 
Lorena. . . . Nosotros proclamamos ahora como inviolable 
para siempre el derecho de los alsacianos y loreneses a seguir 
siendo miembros de la nación francesa, y nosotros promete- 
mos que nosotros mismos, nuestros compatriotas, nuestros 
hijos y los hijos de nuestros hijos, vindicaremos este derecho 
a través del tiempo y por todos los medios posibles en frente 
de aquéllos que usurpen la autoridad sobre nosotros. 

Sin embargo, la Asamblea Nacional, bajo la coac- 
ción de la abrtimadora derrota militar aceptó el 
tratado de paz el i** de marzo. 

Fué im momento solemne y conmovedor aquél en 
que los diputados de Alsacia y Lorena, antes de 
retirarse de la Asamblea Nacional, leyeron su famosa 
protesta de Burdeos: 

Nosotros, que contra toda justicia hemos sido entregados 
por un odioso abuso de poder a la dominación extranjera, 
tenemos un último deber que cumplir. Declaramos nulo y 
sin valor un tratado que dispone de nosotros sin nuestro con- 
sentimiento. Siempre nos quedará a todos y a cada uno de 
nosotros el poder de defender nuestros derechos en la manera 
y la medida que la conciencia nos dicte. . . . Nuestros her- 
manos de Alsada y Lorena, arrancados ahora de la familia 
común, conservarán su amor filial hacia Francia, ausente 
ahora de sus hogares hasta el día en que vuelva a tomar de 
nuevo su lugar en ellos. 

En iin momento la población inteligente de ese 
territorio, que había sido francesa durante siglos y 
cuyo patriotismo y lealtad a Francia eran fervientes 
en el más alto grado, fué obligada a aceptar ima 



46 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

nueva soberanía y a asentir, en la forma al menos, a 
una nueva fidelidad nacional. 

Alemania comprendió mal desde el principio la 
naturaleza y extensión de la tarea que ella misma se 
había impuesto. Era creencia común entre los ale- 
manes que la lealtad de Alsacia-Lorena a Francia 
era en gran parte superficial, y que los beneficiosos 
efectos de la gobernación alemana serían tan grandes 
y tan evidentes que la población de estas provincias, 
en un breve plazo, se acomodaría de buen grado a 
las nuevas condiciones. Pero von Moltke, cuyo op- 
timismo no era tan absolutamente ilimitado como 
el de muchos otros, pensaba que Alemania tendría 
que permanecer completamente armada durante cin- 
cuenta años para retener la Alsacia, pero que al fin 
de este período los alsacianos dejarían de desear ser 
franceses y la cuestión quedaría así resuelta. El 
tiempo ha demostrado que los temores de Bismarck, 
el estadista, en cuanto a la prudencia de esta anexión, 
estaban más justificados que la confianza de von 
Moltke, el estratégico. 

Ya casi han pasado los cincuenta años. La polí- 
tica de ocupación semimilitar y de severa represión 
ha producido los naturales, aunque no esperados, re- 
sultados. No cabe duda razonable de que el gran 
núcleo de población de Alsacia y Lorena espera ansio- 
samente el día en que estas provincias sean restaura- 
das a su lugar en la República Francesa. 

Poco se ganará siguiendo el curso de las discusio- 
nes históricas eruditas sobre la historia de este t^ 
rritorio hace quinientos o mil aftO§, Como una cues- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 47 

tión de hecho, si se apela a la historia, debe admi- 
tirse que, muy atrás en la Edad Media, Alsacia, 
aunque hablase un dialecto germánico, estaba den- 
tro de la esfera de influencia de Francia y bajo la 
dominación de su cultura. Es probable que los ar- 
tistas góticos que construyeron la catedral de Estras- 
burgo o vinieron de la Isla de Francia o habían ad- 
quirido su inspiración allí. En cuanto a la política, 
este territorio ha sido durante siglos objeto de con- 
tinua lucha entre las naciones que se suponía iban 
a ser separadas por él en seguridad. Estaba en la 
misma posición peligrosa y dudosa de un pequeño 
estado intermedio entre pueblos de intereses contra- 
puestos en un tiempo en que el impulso de expansión 
territorial y de extensión de la autoridad dinástica 
corrían fuerte y libremente. Cuando al terminar la 
Guerra de los Treinta Años Alsacia buscó protección 
de un estado más poderoso que el Sacro Imperio 
Romano, vino a ponerse bajo la protección de Fran- 
cia a requerimiento de su propio pueblo. La Revo- 
lución francesa y las guerras que la acompañaron, 
completaron la incorporación de Alsacia a Francia 
y solidificaron en muchos aspectos la relación po- 
lítica que tenía ya siglo y medio de antigüedad. 

Tiene poca utilidad insistir sobre un asunto tan 
trillado, pero el hecho de arrebatar por fuerza a 
Francia la Alsacia y Lorena en 187 1, fué un agravia 
público que debe ser reparado ahora de la única ma- 
nera que puede serlo, a saber, mediante la devolu- 
ción de estas provincias a Francia, a la que perte- 
necen y a la cual quieren pertenecer. Este es, 



48 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

como Mr. Gladstone dijo, un asunto que afecta a los 
intereses no sólo de Francia y Alemania, sino a los 
de toda Europa y aún de todo el mundo. 

La guerra de 1870 tuvo dos resultados inmedia- 
tos: uno bueno, la unificación de Alemania; otro 
malo, la separación de Alsacia-Lorena de Francia. 
Sería un hombre muy audaz el que se atreviese a 
defender que la posesión de Alsacia-Lorena, bajo el 
nombre de Reichsland, ha contribuido a la unidad 
alemana, y sería un ciego el que no viese que si 
esta guerra ha de ser seguida por una paz duradera, 
Alsacia-Lorena debe volver a Francia. En cuanto 
a esto, puede apelarse al mismo Treitschke, quien, 
hablando de la política de conquista universal de 
Napoleón, dijo: "Una política de conquista tan 
desnuda como ésta, al fin y al cabo destruye sus 
propios instrumentos. . . . Presume tomar pose- 
sión de comarcas que no pueden ser incorporadas al 
estado nacional como miembros vivos." 

No es preciso ir más lejos para encontrar una jus- 
tificación a la demanda de Francia de la devolución 
de Alsacia-Lorena. Si Alemania y sus aliados llegan 
a tener que admitir su derrota en el campo de ba- 
talla y entonces consienten en la devolución de 
Alsacia-Lorena a Francia, habrán dado la prueba 
más fuerte posible (que el mundo acogerá con toda 
cordialidad) de su deseo e intención de ayudar a 
hacer y a mantener una paz que sea duradera por 
el hecho de ser justa. Es fútil sugerir como una 
alternativa la incorporación de Alsacia-Lorena al 
Imperio Germánico con derechos de autonomía. Es 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 49 

igualmente fútil proponer que se borren antiguas 
distinciones geográficas y políticas y que se echen 
abajo los cotos fronterizos con el fin de establecer 
nuevos límites entre algimas comunidades. Es fú- 
til también sugerir que Alsacia-Lorena sea consti- 
tuida como un estado independiente cuya neutrali- 
dad sería garantizada por sus vecinos. Todos estos 
son modos de no tratar el problema. En el interés 
de una paz duradera y como parte de ella Alemania 
debe devolver Alsacia-Lorena a Francia. 



VIII 

RUSIA Y LOS ESLAVOS — EL MOVIMIENTO LIBERAL EN 
RUSIA — EL BOSFORO Y LOS DARDANELOS 

PARA el Mundo Occidental, y para los america- 
nos en particular, Rusia parece una tierra 
lejana. Es una tierra de misterio. Su enorme 
tamafio, su uniformidad geográfica, sus recursos 
naturales extraordinarios, su población heterogénea, 
sus muchas y difíciles lenguas y dialectos, su di- 
ferente calendario y su fuerte sentimiento religioso, 
todo contribuye a darle im carácter peculiar. Con 
su superficie, que abarca más de la sexta parte de 
la total del globo, Rusia constituye en el siglo veinte 
un puente entre el Oriente más antiguo y el Occi- 
dente más moderno, y reúne en sí los caracteres sa- 
lientes tanto del Oriente como del Occidente. 

Los movimientos que se dan en el cuerpo y en los 
miembros de este enorme gigante tardan mucho en 
ser reconocidos y más todavía en ser entendidos por 
el resto del mundo. La participación de Rusia en 
esta guerra y su relación directa con una de las más 
importantes cuestiones que la guerra tiene que re- 
solver, hacen necesario que obtengamos alguna idea 
del papel que ella va probablemente a jugar en el 
mundo del porvenir y de lo que los resultados de 
esta guerra pueden significar para ella. 

50 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 51 

Los latinos, los anglosajones y los germanos han 
hecho sus distintas contribuciones a nuestra común 
civilización y es ya posible valorarlas con cierta 
exactitud. Los eslavos, sin embargo, tienen aún 
que hacer su plena contribución a la suma general 
del capital intelectual y político del mundo. Pala- 
bras muy significativas fueron las del Conde Moura- 
vieff cuando dijo: *'Yo creo que Rusia tiene ima 
misión civilizadora como no la tiene ningún otro 
pueblo del mundo, no sólo en Asia sino también en 
Europa. . . . Nosotros, los rusos, llevamos sobre 
nuestros hombros la nueva edad; nosotros venimos 
a aliviar a los hombres cansados." Hé aquí una ñna 
pintura y una conmovedora profecía. 

La presente guerra no sólo ha relegado para siem- 
pre al pasado los varios argumentos y considera- 
ciones que durante un siglo han sido empleados en 
tomo a la que Europa ha llamado la Cuestión de 
Oriente, sino que ha traído al primer plano, con viva 
claridad, el único hecho dominante de que, en in- 
terés de tma paz duradera, Rusia debe dominar los 
estrechos que conducen del Mar Negro al Mar Egeo. 
No conceder este dominio a Rusia significaría, en 
primer lugar, que su pueblo, inquieto y en gran 
parte económicamente atado por el hielo, sentiría 
que las condiciones de la paz no eran permanentes; 
y en segundo lugar, significaría la posibilidad de la 
extensión, en cualquier momento futuro, del sistema 
político de Alemania y de su Machtpolitik (política 
de la fuerza) a la península de los Balcanes, al Asia 
Menor, y aun más allá. Precisamente porque estos 



52 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

hechos son claramente comprendidos por los Aliados 
es por lo que las operaciones militares y navales han 
sido y están siendo llevadas a cabo en el teatro de 
la guerra del sureste. La importancia que Alemania 
y sus aliados las conceden se evidencia por el hecho 
de que generales de tan alta competencia como Fal- 
kenhayn y Mackensen están dirigiendo personal- 
mente las operaciones contra Rimiania. 

Se ha apimtado más de una vez que el Emperador 
de Alemania tiene la convicción de que algún día el 
mimdo se dividirá en dos grandes campos, imo de 
los que hablan las lenguas eslavas, y otro de los que 
hablan las lenguas anglosajonas y germánicas; y 
que las grandes razas amarillas del Oriente se unirán 
a los eslavos y así se hallará el mundo frente a un 
conflicto entre dos civilizaciones ampliamente dife- 
rentes e históricamente opuestas. Si esto fué una 
predicción sagaz hace diez años, ahora es mucho 
menos probable. Rusia es cada vez más occidental 
en el pensamiento y en la política interior. La 
rígida censtira, más severa que nunca desde el prin- 
cipio de la guerra, nos priva de un exacto y com- 
pleto conocimiento de lo que está ocurriendo en la 
vida política y social del Imperio de Rusia. Sería 
no menos cruel que ignorante, suponer que Rxisia 
es una nación entregada enteramente a empleados 
corrompidos y a ima polícia bárbara, a socialistas 
irreductibles y a anarquistas transgresores de la ley. 
La Emperatriz Catalina, que en este respecto jugó 
en Rusia un papel semejante al de Federico el 
Grande en Prusia, introdujo en la vida y en el pen- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 53 

Sarniento rusos algunas de las influencias personales, 
literarias y filosóficas que ayudaron tan eficazmente 
a producir la Revolución francesa. Estas influen- 
cias han estado obrando en Rusia desde entonces. 
Han sido teñidas y modificadas por las condiciones 
económicas y sociales dominantes allí, y han tomado 
algo del carácter sombrío y sentimental que se reve- 
lan en la literatura, el arte y la música rusas. El 
progreso del desenvolvimiento político interno ha 
sido ciertamente lento, y ha tropezado con muchos 
y difíciles obstáculos; pero con su misma forma tra- 
dicional de gobierno interior, ha hecho en los últi- 
mos años algunos importantes adelantos. No cabe 
duda de que los acontecimientos y necesidades de la 
guerra han ayudado materialmente este movimiento, 
y es más que probable que cuando Rusia se reúna 
con sus aliados para fijar las condiciones de una 
paz duradera podrá entonces anunciar cambios sig- 
nificativos en su política y organización internas. 

Los que no han conocido a Rusia pueden sentirse 
esperanzados con las recientes palabras de M. B. 
Bourtzeff, activo e influyente en todo movimiento 
progresivo ruso. "Hasta nosotros," ha escrito, "los 
que pertenecemos a los partidos de la extrema 
izquierda, y hemos sido hasta aquí ardientes anti- 
militaristas y pacifistas, hasta nosotros creemos en 
la necesidad de esta guerra. Esta guerra es una 
guerra para proteger la justicia y la civilización. 
Ella será, esperamos, im factor decisivo en nuestra 
común guerra contra la guerra, y nosotros espera- 
mos que después de ella será al fin posible pensar 



54 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

seriamente en la cuestión del desarme y de la paz 
universal. ... A Rusia, esta guerra traerá regene- 
ración. Nosotros estamos convencidos de que des- 
pués de esta guerra ya no habrá lugar para la reac- 
ción política, y Rusia quedará asociada con el grupo 
existente de países cultos y civilizados." 

El manifiesto del Zar de 30 de octubre de 1905 
proporciona el punto de partida para el progreso 
ulterior en el desenvolvimiento y definición de la 
libertad civil rusa. El primer artículo de este mani- 
fiesto dice: "Se he de conceder al pueblo el funda- 
mento inviolable de los derechos civiles basados en 
la actual inviolabilidad personal, libertad de creen- 
cias, de emisión del pensamiento, de organización y 
de reunión." Por lo tanto, la Rusia que saldrá del 
presente conflicto será, con toda probabilidad, una 
Rusia más unificada, más vigorosa, al mismo tiempo 
que más libre y más tolerante. El Príncipe Gorcha- 
kof dijo en una ocasión: "Rusia no se siente ofen- 
dida, se recoge en sí misma." El mundo, con sim- 
patía y benevolencia y lleno de esperanzas, aguarda 
el resultado. 

Se ha dicho de la Cuestión Oriental que tiene tan- 
tas cabezas como una hidra. La presente guerra ha 
sido el Hércules que las ha cortado todas excepto 
tres. Las tres cabezas que quedan son: primera, la 
organización de los pueblos de la península de los 
Balcanes a base de la nacionalidad bajo una garan- 
tía de su seguridad nacional ; segunda, la erección de 
tma barrera contra la posible extensión de la Macht- 
politik (política de la fuerza) alemana al Asia Menor 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 55 

y tierras y mares contiguos — el Drang nach Osten 
(la expansión hacia el Oriente); y tercera, la pose- 
sión por Rusia del Bosforo, los Dardanelos y las co- 
rrespondientes costas contiguas, como un elemento 
necesario a su independencia económica y seguridad 
nacional. 

El primero de estos puntos no necesita ser discu- 
tido. Está incluido en lo que ya se ha dicho res- 
pecto a la aplicación de los principios de nacionali- 
dad y la protección de los derechos de las pequeñas 
naciones. El segimdo es uno de los resultados ne- 
cesarios de la guerra actual. Según un pimto de 
vista que es muy importante, los Aliados están com- 
batiendo, no al pueblo alemán, sino con el objeto 
de evitar la extensión sobre otras tierras y otros 
pueblos de aquellas teorías, doctrinas y prácticas 
políticas que el pueblo alemán, por el momento al 
menos, ha adoptado como propias. Si ha de haber 
una paz duradera, y tal que justifique los sacrificios 
que los Aliados han hecho ya, ha de cerrarse ne- 
cesariamente toda puerta a la sistemática y estu- 
diada extensión de la influencia política de Alema- 
nia. En Alemania esta sugestión será denunciada 
como un ejemplo más de la Einkreisimgspolitik (la 
política del aislamiento) de la que lleva sufrido 
tanto. No debe olvidarse, sin embargo, que en 
estas discusiones hemos puesto la mayor intensidad 
en cuanto al mantenimiento de la puerta abierta en 
el comercio internacional. El comercio alemán, por 
lo tanto, no sería estorbado de ninguna manera, si 
estas sugestiones fueran atendidas; pero se parali- 



S6 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

zaría la activa propaganda hecha en otros países en 
pro de las ideas políticas de Alemania y de su domi- 
nación política. Este proyecto haría desaparecer la 
principal causa actual de guerra sin producir otra 
nueva en su lugar. 

El tercer punto parece ser vital para Rusia, y por 
consiguiente, para la paz del mundo. Una mirada 
dirigida al mapa y un modesto conocimiento de la 
historia política y económica, explicará la persisten- 
cia de Rusia en buscar acceso a los mares por puntos 
que estén abiertos a la navegación durante todo el 
año. Desde sus llanuras centrales ha extendido tres 
brazos o tentáculos, imo de ellos de prodigiosa lon- 
gitud, con la intención de alcanzar la ininterrum- 
pida utilización por su comercio de los caminos del 
océano. El ferrocarril Transiberiano ha sido tra- 
zado a través de las estepas de Asia con el fin 
de llegar al Pacífico. La política diplomática de 
Rusia respecto a Persia, la India inglesa y Tur- 
quía ha estado siempre inspirada en la idea de 
lograr una salida a las aguas del Golfo Pérsico. El 
tercer brazo o tentáculo se está extendiendo a través 
del Mar Negro hasta el Bosforo y los Dardanelos. 
Una vez que Rusia se estableciese allí, bajo las con- 
diciones internacionales propuestas en estas dis- 
cusiones, su independencia económica estaría ase- 
gurada, las fuentes de abastecimiento de víveres del 
mundo serían considerablemente aumentadas y los 
principios por que están luchando los Aliados gana- 
rían ima garantía material de primera importancia. 

En Rusia se tiene por descontado que tanto Ingla- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 57 

terra como Francia acordarán, a la conclusión de la 
guerra, la anexión por Rusia de Constantinopla y de 
los estrechos. En marzo de 191 5, el importante 
periódico liberal en Moscow, Russkia Viédomosti, 
publicó un artículo del Príncipe Eugene Troubetzkol, 
de quien es sabido que ha ejercido una fuerte influen- 
cia en Rusia y que ha dado expresión a la opinión 
dominante en todas las clases del Imperio. El Prín- 
cipe Troubetzkol llanamente dice que la única solu- 
ción que satisface completamente los intereses de la 
nación es que Constantinopla y los estrechos lleguen 
a ser rusos. Una opinión semejante ha sido expre- 
sada por M. Milioukofif, cuya posición directiva 
entre los Liberales rusos es bien conocida. 

Parecerá, pues, que antes de mucho tiempo algu- 
nos de los más serios errores de la diplomacia inglesa 
y de la rusa en el siglo diez y nueve pueden ser 
remediados, y el mundo entero ganará con ello. 
Mr. Gladstone atacó a Lord Beaconsfield y Lord 
Salisbury por haber hablado en el Congreso de Ber- 
lín de 1878 en el tono de Mettemich y no en el tono 
de Mr. Canning, de Lord Palmerston y de Lord 
Russell. Insistió en que su voz no estuvo acorde 
con las instituciones, la historia y el carácter de In- 
glaterra. ¿ Estaba equivocado ? 



IX 

EL MILITARISMO PRUSIANO — SU FUNDAMENTO Y SU 
CAUSA — HASTA QUÉ PUNTO PUEDE SER DOMINADO 
POR CONQUISTA 

EL campo que hasta ahora hemos recorrido 
abarca el esbozo de un arreglo de las conse- 
cuencias de la guerra, que asegurase el libre 
desenvolvimiento nacional de todos los estados, 
grandes y pequeños, la política de libre cambio en 
el comercio internacional, la exención de la propie- 
dad privada, que no sea contrabando, de captura o 
destrucción en el mar, y además que restaurase la 
Alsacia-Lorena a Francia al mismo tiempo que hacía 
a Rusia dueña de los Dardanelos y del Bosforo. 
Hay otra cuestión mencionada por Mr. Asquith en 
su declaración de Guildhall, pero no citada por el 
Vizconde Grey, que está constantemente en la mente 
de los Aliados, y que nunca deja de ser mencionada 
cuando se discuten las condiciones de una paz dura- 
dera. Según las propias palabras de Mr. Asquith: 
** Nosotros no envainaremos la espada que no hemos 
sacado ligeramente . . . hasta que la dominación 
militar de Prusia sea total y finalmente destruida." 
Mr. Asquith escoge sus palabras, y particularmente 
sus adjetivos y adverbios, con cuidado más escrupu- 
loso que ningún otro estadista de nuestro tiempo. 
Su afirmación, por lo tanto, es de importancia pri- 
mordial. 

58 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 59 

La dominación militar prusiana descansa en pri- 
mer lugar en la política militar de Prusia y su con- 
stante costumbre de considerar todas las cuestiones 
de política extranjera bajo el aspecto del poder mili- 
tar y no otro; y en segundo lugar en la gran población 
del Imperio Germánico que proporciona los hom- 
bres necesarios para mantener en organización efec- 
tiva enormes ejércitos dispuestos a moverse a una 
orden. El hecho de que Prusia tenga un sistema 
de instrucción y servicio militar obUgatorios tiene 
poco que ver con su dominación militar. Suiza 
tiene sustancialmente el mismo sistema, y nadie 
piensa que Suiza sea otra cosa que un pueblo con- 
sagrado a las obras de la paz. Un ejército suizo 
del mismo tamaño que el de Prusia no daría a Suiza 
la dominación militar que Prusia ha gozado hasta 
ahora. La razón es que la dominación militar no 
consiste principalmente, o mejor dicho en absoluto, 
en el poder militar efectivo, sino más bien en la acti- 
tud del espíritu público hacia el sistema militar y el 
ejército, y en la importancia relativa concedida a 
la fuerza y al derecho al pesar y decidir en materias 
de política internacional. En otras palabras, mih- 
tarismo es un estado de espíritu. El militarismo 
prusiano es un estado de espíritu prusiano, y hasta 
el punto en que el pueblo alemán como un todo haya 
aceptado el estado de espíritu prusiano como sano 
o necesario, Alemania es actualmente una nación 
militarista. Por supuesto que no siempre lo fué. 
La población de la Alemania del sur ha producido 
desde tiempo inmemorial poetas y artistas, es bon- 



6o LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

dadosa y cortés en sus maneras, carece de ambi- 
ciones dominadoras de conquistar y reformar el 
mundo. La hegemonía prusiana, aunque cierta- 
mente necesaria para producir y asegurar la unidad 
alemana, ha traído consigo no pocos males. Uno de 
los principales es la extensión a la gente del sur de 
Alemania del pimto de vista prusiano juntamente 
con la dirección prusiana. 

La historia de Prusia es im ejemplo de éxito ex- 
traordinario en hacer lo más posible de muy pe- 
queños principios y en extender la dominación pru- 
siana por mera fuerza de voluntad, poder y eficacia 
administrativa. Prusia puede estar orgullosa de su 
obra durante los últimos cien años, tanto al crear im 
sistema administrativo nuevo y altamente útil como 
al dirigir a los demás miembros de la familia germá- 
nica. Prusia ha sido siempre un estado militarista 
y nunca se ha quitado el uniforme militar ni siquiera 
al crear y desarrollar su estupendo sistema indus- 
trial y comercial. Prusia ha concebido siempre la 
historia como una lucha entre el teutón y el eslavo, 
el teutón y el franco, el teutón y el anglosajón, o el 
teutón y cualquiera otro. Siempre piensa en el 
teutón como combatiente. Estudia a sus vecinos 
no en términos de amistad y cooperación, sino en 
términos de rivalidad y temor. Estos han sido 
siempre los rasgos característicos de Pnisia; y 
cuando el moderno sistema europeo se desenvolvió 
y el pensamiento prusiano cayó bajo la dominación 
de una filosofía política nueva y casi extática que 
colocaba a Prusia en el pináculo de la grandeza his- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 6i 

tonca agudamente diferenciada del resto del mundo 
por su inherente superioridad, sólo fué necesario un 
paso más para llegar a la convicción, perfectamente 
sincera, de que sería un bien para el resto del mtmdo 
ser puesto bajo la dominación de la filosofía política 
prusiana. Para im prusiano normal el ejército 
parecía el agente mejor y más natural para ser 
utilizado en este proceso de salvación del mundo. 
Hombres por otra parte sobrios y comedidos, cien- 
tíficos por otra parte sabios y perfectamente prepa- 
rados, hombres de negocios por otra parte prácticos, 
hábiles y astutos, se enamoraron del espectáculo 
que se ofrecía ante sus ojos. Cuando Houston 
Chamberlain dijo a los prusianos que ellos eran los 
modernos elegidos, su tributo fué recibido como 
cosa nattu^l y corriente y completamente merecida. 
Para el espectador hay en todo esto, en grado casi 
increíble, tma falta de sentido del humor que lo dis- 
culpe; sin embargo, ha sido la combinación de la 
historia, el orgullo, la filosofía política y la falta de 
humor prusianos quien ha creado lo que se conoce 
como militarismo prusiano. Esta cosa oiriosa- 
mente compuesta y sutil, pero sin embargo terrible- 
mente real, es la que pide Mr. Asquith que sea ex- 
terminada. 

¿ Cómo puede hacerse esto ? El militarismo pru- 
siano se acabará, por lo que toca al resto del mtmdó, 
cuando los ejércitos sean derrotados y cuando la 
fuerza militar de los Aliados se demuestre capaz, no 
sólo de contener los ejércitos alemanes de tm nuevo 
avance, sino de rechazarlos a su propio territorio 



62 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

derrotados y vencidos. Esto, sin embargo, difícil- 
mente puede ser la totalidad del fin que Mr. Asquith 
tiene en su mente. En todo aquello en que el mili- 
tarismo prusiano es una amenaza para Europa a 
causa de su poder, su celo, su decisión en el ataque, 
puede ser restringido, y lo será, al fin de esta guerra. 
Pero, en cuanto el militarismo prusiano es un estado 
de espíritu, no puede ser echado fuera por ningún 
medio violento. Puede desaparecer solamente por 
un cambio de sentimiento del mismo pueblo alemán. 
Hé aquí una esperanza para lo futuro y un elemente 
esencial de una paz duradera. 

Hay una analogía, que los americanos no deben 
pasar por alto, entre la condición en que, según to- 
dos los indicios, Prusia se encontrará en breve, y la 
condición en que los Estados del Sur de la Unión 
Americana quedaron al ñn de la Guerra Civil. 
Avmque derrotados en el campo de batalla, los direc- 
tores de la opinión y los hombres y mujeres del Sur, 
por lo general, no cambiaron nunca su idea de la 
justicia y corrección de la causa por la que comba- 
tieron tan valientemente. Durante una generación 
después de la batalla de Appomattox ellos hablaban 
de "la causa perdida," y mientras admitían que la 
causa se había perdido, continuaban insistiendo en 
que había sido justa. Después de cincuenta años 
las condiciones han cambiado tanto que todo esto 
ha pasado ya a la historia. Hombres que comba- 
tieron frente a frente en los ejércitos opuestos pue- 
den discutir — y a menudo lo hacen — con la mayor 
tranquilidad y de la manera más amistosa posible 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 63 

acerca de las causas y consecuencias del conflicto 
que conmovió la Unión hasta sus cimientos de 1861 
a 1865. Parece que la lección será que cuando Ale- 
mania sea derrotada no cambiará necesariamente — 
ni probablemente en absoluto — su idea acerca de su 
posición en esta guerra y de la justicia de su causa. 
Pero, como en el caso del Sur, después de medio 
siglo esto será solamente materia de discusión y de- 
bate académicos. El militarismo prusiano será ven- 
cido hasta el punto en que los ejércitos de los Alia- 
dos puedan vencerlo cuando Alemania sea obligada 
a seguirles en los arreglos para una paz duradera 
sobre la base de la justicia. 

El pueblo alemán mismo tiene que hacer lo demás. 
Es probablemente cierto que cualesquiera que fue- 
sen las preferencias personales del Emperador ale- 
mán en julio de 19 14, esta guerra nunca hubiera 
ocurrido si el resultado del movimiento revolucio- 
nario de 1848 en Alemania hubiera sido diferente. 
El fracaso de este movimiento, que tuvo como 
consecuencia la emigración a América de im conside- 
rable número de hberales alemanes y la lenta elimi- 
nación de la vida pública de este poderoso y cons- 
tructivo tipo de liberal que se encuentra en todos 
los demás países europeos, privó a Alemania del 
fuerte impulso hacia los principios democráticos que 
la revolución de 1688 dio a Inglaterra y la revolu- 
ción de 1789 a Francia. Con la desaparición de los 
liberales alemanes la línea divisoria entre los ultra- 
conservadores de im lado, y los socialistas avanzados 
del otro, se hizo crecientemente acentuada, y gra- 



64 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

cías a las benévolas posibilidades del sistema elec- 
toral prusiano y de la constitución imperial alemana, 
el poder de los elementos ultra-conservadores ha 
sido mantenido aún enfrente de un gran aumento en 
el número de los socialistas. Ha sido este elemento 
ultra-conservador de Alemania, con su dominante 
filosofía de la vida y de la política, quien ha entrado 
en conflicto con las naciones liberales del Mundo 
Occidental. Precisamente lo mismo que Napoleón 
por la mera fuerza de su personalidad y de su genio 
militar reimió en sus manos todo el poder y la 
energía de la Francia posterior a la Revolución, así 
los prusianos ultra-conservadores han reunido en sus 
manos durante más de veinte años todo el poder y 
la energía de la Alemania que no pasó por la revolu- 
ción. 

Después de Waterloo, el trono de Napoleón se 
tambaleó y cayó rápidamente. Después de irnos 
pocos años de estancamiento y reacción Francia 
volvió a alcanzar su avanzado progreso de después 
de la Revolución hasta que llegó a ser la República 
Francesa de hoy. Un desarrollo semejante sin duda 
se presenta a Prusia y al pueblo alemán. Ellos 
mismos deben determinar qué es lo que ha de ser la 
forma y el espíritu de su propio gobierno, y ninguna 
otra nación qí grupo de naciones, aun completa- 
mente victoriosas, pueden intentar cambiarlo sin 
desechar los mismos principios por los cuales ellos 
han sostenido la guerra. La victoria sobre el mili- 
tarismo prusiano considerado como tm estado de 
espíritu, y la conversión de la Alemania que no ha 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 6$ 

pasado por la revolución en un estado más liberal y 
democrático, son tareas para el pueblo alemán 
mismo. No hay camino obligado para el arrepen- 
timiento. Es increíble que un pueblo de su fuerza 
intelectual, disciplina, poder de organización y com- 
petencia científica, no llegue a su debido tiempo a 
considerar el movimiento democrático en la misma 
forma que Francia y la Gran Bretaña. Cuando 
esto suceda Alemania sustituirá su Machtpolitik por 
la Interessenpolitik (política de intereses) en la cual 
Bismarck insistía tanto. Alemania entonces, para 
usar otra de las agudas frases de Bismarck, volverá 
a apreciar justamente el Gewicht der Impondera- 
bilien (el peso de los imponderables) y la ley moral 
será reconocida como aplicable a la conducta de su 
política pública tanto como a la de su vida privada. 

Es verdad que el militarismo prusiano ha de ser 
total y finalmente destruido antes de que la paz del 
mundo se lleve a cabo; pero en todo aquello en que 
él puede sólo ser total y finalmente destruido por el 
pueblo alemán mismo, no es preciso que la guerra se 
continúe hasta que este fin sea realizado. Todo lo 
que los Aliados pueden hacer para la destrucción 
del militarismo prusiano es confinarlo en Alemania. 
Una vez confinado así desaparecerá, no lentamente, 
sino relativamente de prisa, por razón de su propio 
peso y por estar en contradicción con el espíritu de 
los tiempos. 

Hay sin embargo un modo de que el militarismo 
prusiano pueda salir victorioso aun en el caso de 
que los ejércitos alemanes sean finalmente derrota- 



66 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

dos en el campo de batalla; el cual sería que el 
espíritu y la política del militarismo prusiano con- 
quistasen el espíritu de la Gran Bretaña o de alguna 
otra de las Potencias Aliadas. Un himno de odio 
es tan desagradable cantado en inglés como en ale- 
mán. La destrucción de los principios y prácticas 
liberales bajo la capa de la necesidad nacional difiere 
muy poco de aquel principio: "Die Not kennt kein 
Gebot" (La necesidad no conoce mandato) con el 
cual el Canciller von Bethmann-Hollweg defendió 
la violación de Bélgica. Los Aliados, y particular- 
mente la Gran Bretaña, tienen urgente necesidad de 
estar al cuidado, no sea que el militarismo prusiano 
derrotado por ellos en el campo de batalla obtenga 
sobre ellos nuevas y notables victorias en el campo 
de las ideas. Una paz duradera requiere que el 
militarismo prusiano sea total y finalmente des- 
truido: primero, por los ejércitos aliados en el 
campo de batalla; segundo, por el pueblo alemán en 
su política interior; y tercero, por las Potencias Alia- 
das evitando que invada sus propios sistemas polí- 
ticos. 



LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE UN NUEVO 
ORDEN INTERNACIONAL — LOS DERECHOS Y DE- 
BERES DE LAS NACIONES — EL ESPÍRITU INTER- 
NACIONAL — EL DERECHO INTERNACIONAL COMO 
DERECHO NACIONAL 

DESPUÉS de lo ya dicho no es necesario pasar 
una extensa revista a aquellos aspectos de 
una paz duradera que se refieren más inme- 
diatamente a Italia y a las que, sin desconsidera- 
ción, pueden ser llamados las demás potencias beli- 
gerantes menores. Si es razonable esperar que la 
Gran Bretaña, Francia y Rusia hagan suyos los 
principios e ideas ya expuestos, y si es también 
razonable esperar que Alemania los acepte — salvo 
en cuanto la entrega de Alsacia-Lorena a Francia, 
la apropiación por Rusia de la jurisdicción sobre el 
Bosforo y los Dardanelos, y el confinamiento del 
llamado militarismo prusiano al Imperio Alemán 
sean obligados como precio de la paz, si se supone 
la victoria militar de los Aliados — entonces será 
tiempo de considerar los fimdamentos de un nuevo 
orden internacional sancionado y protegido por el 
derecho internacional y apoyado por una garantía 
internacional tan definida y tan poderosa que no 
pueda ser atacada sin causa o conmovida en la 
futuro por ninguna potencia. 

Este nuevo orden internacional justificará, según 

67 



68 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

se cree y se espera, la afirmación que Mr. Gladstone 
hizo, demasiado confiadamente como se ha visto, 
hace cerca de cincuenta años, cuando dijo: "El 
mayor triunfo de nuestro tiempo ha sido la entroni- 
zación de la idea del derecho público como idea 
directora de la política europea.'* 

No hay duda de que la idea de derecho público 
ha echado hondas raíces en el espíritu de las na- 
ciones más pequeñas tanto como en el de la Gran 
Bretaña y Francia. Después de esta guerra todo 
amante de la libertad, de la justicia y de la paz 
tendrá la oportunidad y el deber de laborar por la 
extensión de la autoridad del derecho público no 
sólo sobre la política de Europa, sino sobre la de 
todo el mundo. 

Con objeto de encontrar un punto de partida 
debe haber im acuerdo, aprobado por todas las 
grandes Potencias, incluso los Estados Unidos y el 
Japón, en cuanto a la determinación de los derechos 
y deberes fundamentales de las naciones. El 6 de 
enero de 191 6 el Instituto Americano de Derecho 
Internacional, formado por representantes de cada 
una de las repúblicas americanas, en sesión cele- 
brada en Washington, adoptó una declaración de 
los derechos y deberes de las naciones que difícil- 
mente se podría mejorar. Es ésta: 

I. Toda nación tiene derecho a existir, y a defender y con- 
servar su existencia; pero este derecho ni implica el derecho 
ni justifica el acto de que un estado defienda o conserve su 
existencia mediante actos ilegítimos contra otros estados 
inocentes y que no han sido sus ofensores. 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 69 

2. Toda nación tiene derecho a la independencia en el 
sentido de que tiene derecho a buscar su felicidad y es libre 
para desenvolverse sin intromisión o imposición de otros 
estados, con tal que al hacerlo así no impida o viole los 
derechos de los demás estados. 

3. Toda nación es por la ley y ante la ley igual a cual- 
quiera otra perteneciente a la sociedad de las naciones, y 
todas las naciones tienen derecho a reclamar y (conforme a 
la Declaración de Independencia de los Estados Unidos) *'a 
asumir entre los poderes de la tierra la posición separada e 
igiial a que las leyes de la naturaleza y del Dios de la natu- 
raleza las dan derecho." 

4. Toda nación tiene derecho al territorio dentro de fron- 
teras definidas y a ejercer jurisdicción exclusiva sobre su 
territorio y sobre todas las personas naturales o extranjeras 
que en él se encuentren. 

5. Toda nación capacitada por la ley internacional para 
ejercitar un derecho debe tener este derecho respetado y 
protegido por todas las demás naciones, porque derecho y 
deber son correlativos y es deber de todos observar el de- 
recho de uno solo. 

6. El derecho internacional es juntamente y al mismo 
tiempo nacional e internacional: nacional en el sentido de 
que es el derecho del país y aplicable como tal a la decisión 
de todas las cuestiones implioidas por sus principios; inter- 
nacional en el sentido de que es el derecho de la sociedad 
de las naciones y aplicable como tal a todas las cuestiones 
entre los miembros de la sociedad de las naciones implicadas 
por sus principios. 

Si esta declaración fuese aceptada por todos, y si 
se diesen los pasos necesarios para hacerla efectiva, 
difícilmente podría discutirse que en este caso el 
mundo al finalizar la presente guerra avanzaría en 
el camino de tma paz duradera mucho más de lo 
que el más optimista hubiera podido pensar hace 



70 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

diez años. Al mismo tiempo debe cuidarse de no 
poner demasiada confianza en las declaraciones ofi- 
ciales y en el funcionamiento del sistema interna- 
cional más acreditado. Más importante que la de- 
claración de los derechos y deberes de las naciones, 
y más que el mecanismo que se pueda crear para dar 
a esta declaración vitalidad y fuerza, es el espíritu 
de los pueblos que se tman para dar estos pasos. 
Lo que el mundo está esperando y lo que debe al- 
canzar antes de que los cimientos de una paz dura- 
dera sean firmemente establecidos, es lo que Nicho- 
las Murray Butler ha llamado el espíritu interna- 
cional, que él define como "no otra cosa que el 
hábito de pensar y tratar las relaciones y negocios 
extranjeros que considera a las diversas naciones del 
mundo civilizado como amigas y colaboradoras que 
se ocupan a la par en el progreso de la civilización, 
en el desenvolvimiento del comercio y de la indus- 
tria, y la difusión de la ilustración y la cultura a 
través del mundo." 

Una vez que este punto de vista sea logrado y 
este código de moral internacional sea aceptado, 
todos los sueños de conquista universal se desvane- 
cerán para siempre, así como todos los proyectos de 
extender sobre todo el mundo la cultura anglosajona 
o latina o teutona o eslava. Las diversas piedras en 
la arquitectura de la civilización diferirán en ta- 
maño, en carácter y en el peso que soporten, pero 
cada una hará su papel. 

Las varias naciones que ahora están en guerra y 
aquellas otras neutrales que se unirán a ellas para 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 71 

crear un nuevo orden internacional, no podrían 
hacer nada mejor que adoptar como programa las 
elocuentes palabras de la declaración hecha por 
Elihu Root, siendo Ministro de los Estados Unidos, 
en presencia de los delegados enviados por las re- 
públicas americanas a la Tercera Conferencia Pan- 
americana celebrada en Río de Janeiro el 3 1 de julio 
de 1906; declaración que conmovió el corazón de 
toda república americana y que dio la nota de una 
libertad internacional genuinamente nueva: 

Nosotros no deseamos otras victorias que las de la paz, 
ni otro territorio que el nuestro, ni otra soberanía que la 
soberanía sobre nosotros mismos. Nosotros juzgamos la 
independencia e igualdad de derechos de los miembros más 
pequeños y más débiles de la familia de las naciones, acree- 
doras al mismo respeto que las del mayor imperio, y noso- 
tros juzgamos el cumplimiento de este respeto como la prin- 
cipal garantía del débil contra la opresión del fuerte. Noso- 
tros no reclamamos ni deseamos ningún derecho, privilegio 
o poder que nosotros no concedamos libremente a toda re- 
pública americana. Nosotros deseamos acrecentar nuestra 
prosperidad, extender nuestro comercio y crecer en riqueza, 
en sabiduría y en espíritu; pero nuestra concepción del ver- 
dadero camino f)ara llevar a cabo esto no consiste en echar 
abajo a los otros y aprovecharse de su ruina, sino en ayudar 
a todos los amigos a alcanzar una prosperidad y un cre- 
cimiento comunes para que todos juntos lleguemos a ser 
más grandes y más fuertes. 

La declaración de que el derecho internacional es 
juntamente y al mismo tiempo nacional e interna- 
cional tiene una importancia muy práctica y de 
mucha trascendencia para la obra de construir un 



72 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

nuevo orden internacional. Los tribunales de la 
Gran Bretaña, empezando con Lord Canciller Tal- 
bot en 1733 e incluyendo el Primer Magistrado 
Lord Mansfield en 1764, han sostenido que el de- 
recho de gentes forma parte del derecho común de 
Inglaterra. Sir William Blackstone apoyó esta doc- 
trina en stis comentarios clásicos. Esta doctrina 
está en vigor tanto en los Estados Unidos como en 
la Gran Bretaña, hecho de que dieron convincente 
testimonio Thomas Jefferson y Alexander Hamilton. 
En nuestros días el Tribunal Supremo de los Estados 
Unidos ha sostenido que el derecho internacional 
forma parte de nuestro derecho, y que, para definirlo 
y aplicarlo en los casos en que no hay tratado ni 
disposición ejecutiva o legislativa, o decisión judi- 
cial, debe recurrirse a los usos y costumbres de las 
naciones civilizadas. Hay por lo tanto ya una base 
legal suficiente para traer a luz al fin de la guerra 
un nuevo orden internacional que incluya a los 
Estados Unidos en su plan. Un orden internacional 
eficaz, como el que aquí estamos pensando, requiere 
el establecimiento de un Tribunal Internacional de 
Justicia. El paso inmediato, pues, es discutir la 
constitución y fimciones de tal tribunal y hacer 
notar los progresos que para crearlo habían sido 
hechos antes del i** de agosto de 19 14. 



XI 

LA OBRA DE LA PRIMERA CONFERENCIA DE LA HAYA 
— DESARME Y ARBITRAJE — EL TRIBUNAL DE 
JUSTICIA ARBITRAL 

HABLANDO como miembro de la Segimáa 
Conferencia de la Paz en La Haya, el i** 
de agosto de 1907, Mr. Joseph H. Choate 
tenninó con las siguientes palabras su discurso en 
apoyo del proyecto americano de un tribunal per- 
manente de justicia arbitral: ** Nosotros hemos 
hecho mucho para regular la guerra, pero muy poco 
para prevenirla. Unámonos en esta gran medida 
pacífica y demostremos al mundo que esta segvmda 
conferencia intenta realmente que de aquí en ade- 
lante sea la paz y no la guerra la condición normal 
de las naciones civilizadas." El lenguaje de Mr. 
Choate puede servir bien como texto para la discu- 
sión de la forma y jurisdicción de un tribimal inter- 
nacional de justicia tal que contribuya la más po- 
derosamente posible a ima paz duradera. 

Es conveniente poner en claro la distinción im- 
portante que existe entre im tribunal cualquiera y 
un tribunal arbitral, y evitar la confusión del tmo 
con el otro. 

La historia del principio del arbitraje interna- 
cional y de sus varias aplicaciones es larga e intere- 
sante, pero no es preciso exponerla ni examinarla 

73 



74 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

aquí. En la Primera Conferencia de la Paz de La 
Haya el arbitraje internacional no fué asunto al 
que al principio se concediera capital importancia. 
La nota circular rusa proponiendo esta Conferencia, 
que se celebró en 1899, trató casi enteramente del 
deseo de reducir los armamentos o al menos de con- 
tener su rápido crecimiento. En unas cuantas fra- 
ses notables, esta nota, que por venir de Rusia sor- 
prendió a todo el mundo, señalaba el hecho de que 
la cultura nacional, el progreso económico y la pro- 
ducción de riqueza se estaban paralizando o des- 
viando en su desarrollo a causa de los enormes gastos 
en "terribles máquinas de destrucción, que, aunque 
hoy se consideren como la última palabra de la 
ciencia, están destinadas a perder mañana todo su 
valor a consecuencia de algún nuevo descubrimiento 
en el mismo campo." Además, continuaba la nota, 
"en la misma proporción en que crece el armamento 
de cada Potencia, alcanza menos el objeto intentado 
I>or los Gobiernos. . . . Parece evidente, pues, que 
si este estado de cosas se prolonga, conducirá inevi- 
tablemente al mismo cataclismo que se desea evitar. 
y a los inminentes horrores de que todo humano 
pensamiento está temeroso." En esta nota el 
asimto del arbitraje no se mencionaba concreta- 
mente, aunque puede razonablemente hacerse notar 
que el principio del arreglo jurídico de las disputas 
internacionales estaba latente en la expresión de la 
esperanza de que una Conferencia tal como la pro- 
puesta terminaría en un acuerdo entre las naciones 
para unirlas en *'una solemne profesión de los prín- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 75 

dpios de equidad y derecho sobre los que descansa 
la seguridad de los estados y el bienestar de los 
pueblos. " Si las naciones han de ponerse de acuerdo 
sobre una profesión de fe en ciertos principios direc- 
tivos de equidad y derecho, parece que deben estar 
dispuestas a establecer ima institución para la apli- 
cación de estos principios a los casos concretos de 
diferencia internacional, y tal institución no podía 
ser otra cosa que lo que el mundo conoce como un 
tribimal. 

Una vez que fué obtenida la adhesión de las prin- 
cipales Potencias a la idea de que una Conferencia 
como la que proponía el Gobierno ruso debía cele- 
brarse, el Conde Mouravieff, Ministro de Negocios 
Extranjeros de Rusia, presentó un programa para la 
Conferencia que contenía ocho puntos. El último 
de ellos se refería a la aceptación en principio del 
uso de los buenos oficios, mediación y arbitraje 
voluntario, en los casos en que fueran aprovechables, 
con el propósito de prevenir el conflicto armado 
entre naciones, juntamente con ima intehgencia res- 
pecto al modo de aplicarlos, estableciendo una prác- 
tica imiforme con este fin. Los hechos vinieron a 
probar que fué este pimto, y no ningimo de los refe- 
rentes a la reducción de los armamentos, el que 
ocupó más la atención de la Primera Conferencia de 
La Haya. No sólo los delegados de la Conferencia, 
sino la opinión pública de todo el mundo, sintió 
pronto que, por generosos y humanos que fuesen los 
motivos del Zar al invitar a una conferencia inter- 
nacional para tratar de la limitación de los arma- 



76 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

mentos, esta cuestión no proporcionaba ni el modo 
más acertado ni el más práctico de acercarse a la 
solución del problema de establecer un nuevo orden 
internacional por medio del cual la paz quedase más 
asegurada. Se vio y admitió en general que los 
armamentos son un efecto y no una causa, que son 
los instrumentos con los que se hace la guerra, pero 
que ellos no declaran la guerra ni la provocan direc- 
tamente. Por lo tanto, intentar limitar los arma- 
mentos, dejando mientras tanto intactas las causas 
reales de la guerra y los verdaderos incentivos de la 
desconfianza y hostilidad internacionales, sería co- 
meter el error de no seguir el orden que la realidad 
de las cosas exige. 

Con semejante política no se prevendría la guerra, 
sino que por el contrario, con toda probabilidad, 
sería llevada a cabo a costa de un aumento conside- 
rable en el gasto de vidas y tesoros humanos, a causa 
de la necesidad de improvisar rápidamente grandes 
cantidades de medios de lucha militares y navales 
con los cuales llevar a cabo ima guerra que fué la 
consecuencia de la desconfianza, de la ambición o 
de la codicia internacionales. No cabe duda de que 
la competencia entre naciones en sus progresivos 
armamentos es im desorden económico y moral que 
tiene las más graves consecuencias; pero el modo de 
curar este desorden es atacar a sus causas y no 
meramente a sus síntomas. Sus causas estriban en 
la naturaleza humana y en el orgullo y ambición na- 
cionales. No hay manera práctica de disminuir la 
probabilidad de guerra internacional y asegurar una 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 77 

disminución consiguiente en los armamentos mili- 
tares y navales, que no sea la que lleve a la opinión 
pública de las grandes naciones del mundo a apoyar 
cada vez en mayor grado el principio de que las di- 
ferencias internacionales pueden y deben ser exami- 
nadas y decididas jurídicamente. 

Por estas razones la obra de la Primera Conferen- 
cia de La Haya no sólo es digna de alabanza, sino 
que su importancia es tal que hay que considerarla 
como un jalón en la historia del progreso del mejora- 
miento de las relaciones internacionales. Los ame- 
ricanos, los ingleses y los franceses bien pueden estar 
orgullosos de que al establecer este Tribunal de Jus- 
ticia Arbitral, que fué el principal resultado perma- 
nente de la Primera Conferencia de La Haya, los 
hombres que tomaron la iniciativa y que ejercieron 
la mayor influencia para llevar el proyecto a un 
feliz resultado fueron el doctor Andrew D. White y 
Frederick W. HoUs, presidente y secretario respec- 
tivamente de la delegación americana; Lord Julian 
Paimcefote, presidente de la delegación inglesa, y 
MM. Léon Bourgeois, d'Estoumelles de Constant y 
Renault, los tres principales representantes de la 
República Francesa. La carta personal que el Dr. 
White escribió el 16 de junio de 1899 a von Bülow, 
Canciller Imperial alemán entonces, será considerada 
probablemente como uno de los más importantes 
documentos de la historia diplomática moderna. 
Esta carta, juntamente con la influencia personal en 
Alemania del Dr. White y de Mr. Holls, que fué su 
portador, persuadió al Emperador alemán y al 



78 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Canciller a abandonar su oposición a todo reconoci- 
miento del principio de arbitraje, obteniéndose así 
la adhesión de Alemania a la resolución final de la 
Conferencia. Cuando llegue a establecerse un ver- 
dadero Tribtmal de Justicia Internacional se verá 
probablemente que el apoyo de la Alemania oficial 
y de la opinión pública alemana, en el caso de que 
lo otorguen, tiene su origen, en gran parte, en la 
acción tomada por el Emperador alemán y su Can- 
ciller en 1899, a instancias apremiantes y persuasivas 
del Dr. White. 

La Primera Conferencia de La Haya no estableció 
verdaderamente un tribunal en el sentido en que 
esta palabra se entiende generalmente, pero significó 
un gran progreso hacia el establecimiento de seme- 
jante tribunal y en cuanto a la preparación del 
espíritu público para otros pasos más avanzados y 
más definidos. No fué pequeño resultado mantener 
imidas a las Potencias, como lo estuvieron, en la de- 
claración de que usarían sus mayores esfuerzos para 
asegurar el arreglo pacífico de las diferencias inter- 
nacionales, con objeto de evitar en lo posible recurrir 
a la fuerza en las relaciones entre los estados. Todas 
ellas acordaron disposiciones admirables, lo mismo 
en lo referente a buenos oficios y mediación, que en 
lo referente a comisiones internacionales de investi- 
gación. Definieron el arbitraje internacional afir- 
mando que tiene por objeto *'el arreglo de las dis- 
putas entre los estados por jueces elegidos por ellos 
mismos y sobre la base del respeto de la ley.** En 
seguida se verá cuan lejos quedó todo esto del 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 79 

arreglo de las disputas de los estados por jueces inde- 
pendientemente elegidos y sobre la base no sólo del 
respeto de la ley sino de la sumisión a ella. El 
Tribunal de Arbitraje permanente no fué realmente 
más que una lista de hombres "de reconocida com- 
petencia en cuestiones de derecho internacional, de 
la más alta reputación moral y dispuestos a aceptar 
los deberes de arbitros." Un tribunal como éste, 
cuya existencia y utilidad dependía totalmente de la 
concurrencia de los estados desacordes a someter 
una cuestión al arbitraje y convenir en la elección de 
los arbitros individuales, no era un verdadero tri- 
bunal. Sin embargo su importancia no debe ser 
disminuida, porque este tribimal se ha ocupado de 
no pocos casos de dificultad no común y ha servido 
para acostumbrar a la opinión del mundo civilizado 
al espectáculo de ver a las naciones soberanas some- 
tiendo a la investigación y juicio de los arbitros dis- 
putas internacionales que no habían sido resueltas 
por los medios diplomáticos acostumbrados. 

Méjico y los Estados Unidos, a instancias del 
Presidente Roosevelt, sometieron prontamente a este 
tribimal el pleito de la Fundación Pía de California. 
Poco después Alemania, la Gran Bretaña e Italia 
llevaron ante él en el pleito de Preferencia Venezo- 
lana su controversia con la República de Venezuela 
sobre ciertas reclamaciones peomiarias de sus sub- 
ditos. Semejantemente Francia, Alemania y la 
Gran Bretaña sometieron al Tribunal de La Haya 
su diferencia con el Japón sobre la cuestión que sur- 
gió de la jurisdicción extraterritorial que antes de 



8o LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

1894 se mantenía respecto a los ciudadanos de na- 
ciones extranjeras residentes en el Japón. El pleito 
de Casablanca entre Francia y Alemania y el de 
Savarkar entre Francia y la Gran Bretaña fueron 
igualmente considerados y sentenciados. Sin duda 
el pleito más importante juzgado por este tribunal 
fué el que la Gran Bretaña y los Estados Unidos, 
como partes opuestas en una controversia que duró 
irnos cien años, sostenían acerca de la pesca en las 
costas del norte del Atlántico. 

Se verá, pues, que aunque las naciones no hayan 
establecido todavía un verdadero Tribunal Inter- 
nacional de Justicia, han avanzado tanto hacia él, 
que no sería difícil andar la distancia que falta, en 
vista de la importancia vital que tendría la existen- 
cia de un tribunal semejante para un orden interna- 
cional que trate de asegurar una paz duradera. 



XII 

LA OBRA DE LA SEGUNDA CONFERENCIA DE LA HAYA 
— DISTINCIÓN ENTRE UN TRIBUNAL ARBITRAL Y 
UN TRIBUNAL INTERNACIONAL DE JUSTICIA — 
PROPOSICIONES PRÁCTICAS PARA EL ESTABLECI- 
MIENTO DE UN VERDADERO TRIBUNAL — ANALO- 
GÍA ENTRE UN TRIBUNAL INTERNACIONAL DE 
JUSTICIA Y EL TRIBUNAL SUPREMO DE LOS ESTA- 
DOS UNIDOS 

LA Segunda Conferencia de La Haya que se reu- 
nió en 1907 hizo un intento vigoroso para 
añadir un Tribunal Internacional de Justicia 
al Tribunal permanente de Arbitraje que fué esta- 
blecido en La Haya por la Conferencia de 1899. 
Esto fué debido, en gran parte, a la apremiante in- 
sistencia de la delegación americana. Su acción fué 
realizada bajo las explícitas instrucciones del Minis- 
tro Root, y logró mucho más éxito del que general- 
mente se cree. El punto a que entonces se llegó en 
cuanto al establecimiento de un tribimal es el punto 
en el que hay que empezar cuando la guerra haya 
terminado. 

En sus instrucciones a los delegados americanos 
en esta Conferencia, Mr. Root señalaba que la prin- 
cipal objección al arbitraje estriba, no en la falta 
de disposición de las naciones a someter sus contro- 
versias a un arbitraje imparcial, sino en el temor 
de que los arbitrajes no sean realmente imparciales. 

8x 



82 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

En otras palabras, Mr. Root instaba a los delegados 
americanos, y a través de ellos a la Conferencia, a un 
claro reconocimiento de la distinción entre la acción 
de los jueces decidiendo cuestiones de hecho y de 
derecho según su información con un sentido de res- 
ponsabilidad judicial, y la acción de intermediarios 
llevando a cabo el arreglo de cuestiones presentadas 
ante ellos de acuerdo con las tradiciones y costum- 
bres, y sujetos a todas las consideraciones e influen- 
cias que afectan a los agentes diplomáticos. La 
primera es una determinación judicial de una cues- 
tión debatida; la segunda es im intento de satisfacer 
a las dos partes contendientes llegando a una especie 
de compromiso. El Ministro Root aludía al Tri- 
bimal Supremo de los Estados Unidos, que resuelve 
con juicio imparcial e impersonal las cuestiones sur- 
gidas entre ciudadanos de los diferentes Estados o 
entre ciudadanos extranjeros y ciudadanos de los 
Estados Unidos, como un tipo de tribunal al que 
todas las naciones estarían mucho más dispuestas 
que ahora a someter para decisión sus diversas con- 
troversias. Dio instrucciones a los delegados ameri- 
canos de que hicieran xm esfuerzo para llevar a cabo 
un desenvolvimiento del Tribimal de La Haya exis- 
tente, de modo que llegase a ser un tribunal perma- 
nente compuesto de jueces que fueran empleados 
judiciales y no otra cosa, que cobrasen sueldos ade- 
cuados, que no tuviesen otra ocupación, y que con- 
sagrasen todo su tiempo al examen y decisión de las 
causas internacionales por métodos jurídicos y con 
un sentido de responsabilidad judicial. Indicó que 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 83 

los miembros de semejante tribunal deberían ser ele- 
gidos de diferentes países, de modo que los dife- 
rentes sistemas de derecho y de procedimiento y los 
principales idiomas estuvieran suficientemente repre- 
sentados. La esperanza expresa del Ministro Root 
era que este tribunal podía ser constituido con tal 
dignidad, consideración y rango que los juristas 
mejores y más capaces aceptarían ser nombrados 
para él y que todo el mundo tendría absoluta con- 
fianza en sus juicios. 

No ha habido mejor definición y descripción que 
las que el Ministro Root dio de este Tribvmal Inter- 
nacional de Justicia que es una parte esencial de 
todo orden internacional que tenga como fin ima paz 
duradera. Sin embargo, antes de que tal tribunal 
sea creado, es necesario hacer desaparecer los temo- 
res y dudas de aquéllos que se preguntan si seme- 
jante tribunal puede ser realmente imparcial y por 
lo tanto judicial. Los americanos, con el ejemplo 
del Tribunal Supremo de los Estados Unidos ante sí, 
y con esta concepción de una magistratura indepen- 
diente que aisla a los jueces del dominio ejecutivo o 
político y que les da autoridad no sólo para resolver 
las diferencias entre los individuos sino para pro- 
teger al individuo y sus derechos constitucionales 
contra la invasión del poder ejecutivo y legislativo 
mismos, los americanos decimos, tienen por lo tanto 
poca dificultad en comprender la concepción de un 
tribunal internacional independiente e imparcial. 
También ha llegado esto a ser fácil para los habi- 
tantes de la Gran Bretaña, por el hecho de que en 



84 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

dicho país también el Comité Judicial del Consejo 
Privado, en la última forma de su desarrollo, ha re- 
suelto graves cuestiones de derecho constitucional e 
internacional surgidas en diversas partes del Imperio. 

Entender lo que significa dicho tribunal es mucho 
más difícil para ciudadanos de países en los cuales 
la administración de la justicia es realmente una 
parte del sistema general administrativo y no un 
cuerpo independiente con autoridad para pasar re- 
vista a la legalidad de los actos gubernamentales. 
En los países en que los tribimales no tienen más 
función que la de decidir las controversias entre in- 
dividuos, y en aquellas naciones que no han progre- 
sado hasta el pimto de proteger la libertad civil y 
política por procedimientos jurídicos, no es fácil 
obtener adhesión a un proyecto que trata de llevar 
los actos de un gobierno a la barra de una investiga- 
ción judicial. Probablemente no hay una manera 
mejor ni más rápida de hacer entender a los habi- 
tantes de Austria-Hungría, Alemania y Rusia el pro- 
pósito y funciones de un tribunal tal como aquí se 
describe, que establecerlo para que sus propios actos 
y procesos sean su propia explicación. 

El proyecto de un Tribunal Internacional de Jus- 
ticia fué aprobado por la Segimda Conferencia de 
La Haya, el i6 de octubre de 1907, gracias a los 
esfuerzos unidos de los delegados de la Gran Bre- 
taña, Alemania, Francia y los Estados Unidos. 
Desgraciadamente la Conferencia no pudo ponerse 
de acuerdo acerca del método de elegir los jueces 
del tribunal propuesto. El fracaso en el acuerdo en 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 85 

este punto vital privó, por el momento, al proyecto 
de todo efecto práctico. La Conferencia, sin em- 
bargo, después de haber adoptado el proyecto, llegó 
hasta el punto de recomendar definidamente que el 
tribunal fuese establecido tan pronto como las na- 
ciones pudiesen ponerse de acuerdo acerca del modo 
de nombrar los jueces. El Gobierno alemán ha 
declarado oficialmente que está dispuesto a colaborar 
en el establecimiento de este tribunal, y el Gobierno 
inglés, el francés y el americano han apoyado la 
acción de sus representantes en La Haya. Estos 
hechos significativos no deben ser pasados por alto. 
Es importante tener presente que la acción de la 
Segimda Conferencia de La Haya de 1907 no consis- 
tió meramente en la expresión del deseo de que se 
estableciese dicho tribunal, sino en una definida re- 
comendación a las Potencias de que llevaran a cabo 
su establecimiento. Por lo tanto, a partir de la 
clausiu'a de la Segunda Conferencia de La Haya, 
hubiera sido fácil para cualquier grupo de naciones 
acordar el establecimiento de semejante tribunal 
para ellas mismas, llegando a una decisión común 
respecto al modo de nombrar los jueces. Hubo la 
esperanza de que pudiera crearse im Tribunal de 
Presas Internacional y que su jurisdicción se ensan- 
chase gradualmente hasta que abarcase todo el 
campo propio de un Tribunal Internacional de Jus- 
ticia. Proporcionaría ahora ima gran satisfacción a 
los amantes de la justicia del mundo entero el hecho 
de que los gobiernos de las Potencias Aliadas, sin 
esperar a la conclusión de la guerra, anunciasen pú- 



86 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

blicamente que, como una de las condiciones necesa- 
rias para una paz duradera, proponían unirse para 
el pronto establecimiento de un Tribunal Interna- 
cional de Justicia que fuera sustancialmente como el 
esbozado y convenido en la Segimda Conferencia de 
La Haya. Semejante declaración por su parte daría 
mayor relieve a los principios de libertad, de orden 
y de justicia por los que están ahora combatiendo en 
el campo de batalla, y dirigiría el pensamiento de los 
hombres, al discutirse los términos de la paz, hada 
aquella justicia que debe sustentar y acompañar a 
toda paz que haya de ser duradera, alejándole del 
espíritu de venganza y represalias que no puede 
hacer otra cosa que incitar a nuevas guerras. 

Dar un paso como éste no sería difícil, desde el 
momento en que el Gobierno americano ha estado 
instando en este sentido a las principales Potencias 
durante algunos años, y ha indicado además con 
claridad y precisión cuáles son los pasos que nece- 
sariamente habría que dar. La obra de la Confe- 
rencia Naval de Londres de 1908-9 fué im principio 
en la formulación de algunas partes del derecho que 
el tribunal propuesto debe interpretar y administrar. 
La guerra vino, sin embargo, antes de que se hubiera 
elaborado ñnalmente un convenio respecto a la De- 
claración de Londres, y hubo que suspender nece- 
sariamente todo progreso en la labor. Nunca se ha 
dado una demostración más clara de la verdad de la 
antigua máxima: *' ínter arma silent leges,** 

En ima fecha tan tardía como el 1 2 de enero de 
1914, Mr. James Brown Scott, que había sido dele- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 87 

gado técnico en la Segunda Conferencia de La Haya 
en calidad de Fiscal del Departamento de Estado, 
dirigió una carta a Mr. Loudon, Ministro de Nego- 
cios Extranjeros de Holanda, pidiéndole que tomase 
la iniciativa para llevar a cabo el establecimiento de 
un Tribimal de Justicia Arbitral con la cooperación 
de Holanda, Alemania, los Estados Unidos, Aus- 
tria-Hungría, Francia, la Gran Bretaña, Italia, el 
Japón y Rusia. En esta carta, que fué escrita con 
la aprobación de Mr. Elihu Root y Mr. Robert 
Bacon, anteriores Ministros de Estado, se indicaba 
que un tribunal constituido mediante la cooperación 
de estas naciones tendría todas las ventajas y utili- 
dades de un verdadero tribunal internacional y pro- 
bablemente llegaría a ser en muy breve tiempo un 
tribunal al que todas las naciones recurrirían de 
muy buen grado. Antes de que pudiera empren- 
derse ninguna acción, en las nubes de la guerra acu- 
muladas sobre el mimdo estalló la tormenta. 

Es probable que el plan ofrecido por Mr. Scott es 
el más realizable, y por lo tanto el que probable- 
mente ha de ser aceptado cuando llegue la ocasión. 
Un Tribunal Internacional de Justicia, establecido 
por acuerdo de las nueve naciones citadas, tendría 
todo el prestigio y autoridad necesarios. Si ima na- 
ción que no formase parte del acuerdo, desease apa- 
recer ante el tribunal como litigante o estuviera dis- 
puesta a aceptar ima invitación o citación para pre- 
sentarse ante él, sería fácil disponer que en tal caso 
la nación en cuestión pudiese nombrar un asesor 
para asistir a esta causa particular. Si viniese ante 



88 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

el tribunal un asunto en el que estuvieran compli- 
cadas dos o más naciones que no hubieran tenido 
parte en el acuerdo para su establecimiento, en- 
tonces cada una de estas naciones semejantemente 
podría obtener el derecho de nombrar un asesor que 
participase en la audiencia de este pleito. No es ni 
necesario ni deseable entrar aquí en más detalles en 
cuanto a la constitución y alcance de este tribunal. 
Estas materias están tratadas del modo más com- 
pleto y según todos los puntos de vista en las actas, 
publicadas, de la Segunda Conferencia de La Haya 
y en posteriores publicaciones que se ocupan concre- 
tamente de esta cuestión. 

Debe disculparse a los americanos si siguen in- 
sistiendo sobre la ventaja de estudiar la historia y 
la práctica del Tribunal Supremo de los Estados 
Unidos, con objeto de contestar a las objecciones y 
suavizar las dificultades que surjan en el espíritu de 
muchos pensadores de otros países respecto a la 
posibilidad de llevar a la práctica im Tribunal Inter- 
nacional de Justicia. Es dudoso que surja ante este 
tribunal alguna cuestión estrictamente legal en 
cuanto a los derechos de las naciones y sus ciudada- 
nos, que no se haya ya presentado en una u otra 
forma ante el Tribunal Supremo de los Estados Uni- 
dos como cuestión tocante a los derechos de los 
Estados y sus ciudadanos. Por ejemplo, hace casi 
ochenta años, el Tribunal Supremo de los Estados 
Unidos se vio llamado a distinguir entre una cues- 
tión judicial y ima cuestión política; así la hizo en- 
tonces y lo ha hecho frecuentemente después sin 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 89 

seria dificultad. Una cuestión que se refiere a la 
contextura y carácter de un gobierno es esencial- 
mente política y por lo tanto no es una cuestión jus- 
ticiable en su naturaleza y que pueda ser llevada ante 
un tribunal. Se necesitaría desde luego que un Tri- 
bunal Internacional de Justicia construyese gradual- 
mente, por ima serie de resoluciones, un cuerpo de 
precedentes que por decirlo así formase un derecho 
común internacional. El punto de partida sería el 
derecho internacional actual, los tratados existentes 
y la forma de convenio mediante la cual el tribunal 
mismo sería creado. Habría que esperar que este 
tribunal decidiría por sí mismo en caso de duda si 
ima cuestión dada era o no justiciable. El Tribimal 
Internacional de Justicia apenas podría variar la 
práctica del Tribunal Supremo de los Estados Uni- 
dos en no intentar exigir la presencia de ningún go- 
bierno en calidad de defensor y en no intentar tam- 
poco ejecutar por fuerza su fallo contra la demanda 
de algún gobierno. Si la publicidad que alcancen 
los actos de semejante tribimal, y la equidad con- 
vincente e intrínseca de sus fallos, y im cuerpo de 
opinión pública internacional que se ha ocupado en 
el arreglo judicial de las disputas internacionales, no 
pueden asegurar el que se lleven a efecto los juicios 
de un Tribunal Internacional de Justicia, es entonces 
que el mimdo no está preparado para tm tribunal 
semejante. Establecerlo en tales circunstancias se- 
ría meramente proporcionar otra oportimidad de 
agrandar y agudizar los puntos de diferencia inter- 
nacional de tal modo que probablemente la probabili- 



90 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

dad de guerra aumentaría. Hubo un tiempo en que 
Andrew Jackson, a impulsos de partido y de senti- 
miento personal pudo decir: "John Marshall ha 
hecho su decisión; ahora, que la ejecute." Sin em- 
bargo, los juicios del Tribunal Supremo de los Esta- 
dos Unidos no sólo son obedecidos sino respetados. 
Esto se debe, no sólo a la confianza en su equidad 
que ha sido adquirida por un siglo de tradición, sino 
al hecho de que la opinión pública americana no 
quiere tolerar ningún otro procedimiento. Hay 
muchas razones para creer que im procedimiento de 
acción judicial que se ha demostrado ser práctico, 
sabio y beneficioso dentro de los Estados Unidos, se 
demostrará también, con el tiempo, que lo es al apli- 
carse entre naciones. Lo importante es empezar. 
Esto los Aliados son quienes se encuentran en con- 
diciones de hacerlo. 



XIII 

MANERA DE PROCEDER SUGERIDA PARA DESPUÉS DE 
LA GUERRA — TRABAJO PARA UNA TERCERA CON- 
FERENCIA DE LA HAYA — CUATRO PROPOSICIONES 
CONCRETAS PARA LA ACCIÓN 

1\ manera natural de obrar por lo que se re- 
fiere a las varias Potencias a la conclusión de 
la guerra, sería llegar, en una conferencia in- 
ternacional, a un acuerdo sobre una ratificación de 
la convención para el arreglo pacífico de las dis- 
putas internacionales, tal como se formuló en la 
Segimda Conferencia de La Haya, y sobre el esta- 
blecimiento de im Tribimal Internacional de Justicia 
en una forma semejante a la que ha sido ya esbo- 
zada. En ambos casos sería posible simplificar y 
mejorar los proyectos que previamente habían sido 
acordados. Esta misma guerra ha hecho no sólo 
posible sino fácil im avance considerable más allá 
de los puntos adonde se había llegado entonces. 
La opinión púbHca comprende más claramente que 
entonces lo que entrañan estos arreglos, y cuan de- 
seables son. Por ejemplo, si las comisiones interna- 
cionales de investigación han de ser realmente útiles, 
deberá hacerse desaparecer la limitación impuesta 
sobre ellas en lo que se refiere a las disputas de na- 
turaleza internacional que se refieran o al honor o a 
im interés esencial. Las disputas internacionales en 

91 



92 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

que no se pueda encontrar un punto que toque al 
honor o a un interés esencial son de una clase bien 
ínfima. 

Al mismo tiempo es de primera importancia no 
hacer promesas que no puedan ser cumplidas por 
las naciones contratantes. Por lo tanto, sólo debe 
intentarse aquello en que el pueblo de las diversas 
naciones que entren en el convenio, preste su adhe- 
sión a la constitución y autoridad de las Comisiones 
Internacionales de Investigación. Empeñarse en 
hacer más que esto, es mantener ima esperanza que 
seguramente más tarde vendrá a tierra. Intentar 
im orden internacional oficial más avanzado que 
aquél para el que el mimdo está preparado, podría 
resultar muy bien que retrasase este orden interna- 
cional durante una generación y quizá durante un 
siglo. La guerra ha preparado al mundo para 
muchas cosas que no hubieran sido aceptadas hace 
tres años. Ha de ser tarea del hombre de estado 
averiguar lo que la opinión pública instruida quiere 
ahora apoyar, y fijar esto en instituciones interna- 
cionales. 

Toda conferencia internacional reunida para fijar 
las condiciones de una paz duradera incluirá desde 
luego a los Estados Unidos. Los Estados Unidos 
tienen una participación en esta guerra, aunque in- 
voluntaria y neutral. Las condiciones modernas han 
producido el hecho de que una nación pueda perma- 
necer neutral y sin embargo esté complicada, tanto 
directa como indirectamente, económicamente y en 
punto a principios, en ima guerra que estalla en 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 93 

otro continente. Además ésta no es una guerra 
ordinaria. Es, como se ha dicho tantas veces, un 
choque de ideales, de filosofías y de fines sociales y 
políticos. Por esto es por lo que se debe luchar 
hasta que los principios en litigio sean o puedan ser 
establecidos y por lo que no se puede acabar por 
medio de \m compromiso. El hombre que no pueda 
colocarse de un lado o de otro en este conflicto debe 
ser, o tan torpe de inteligencia que no sea capaz de 
comprender las mayores cosas del mundo, o tan pro- 
fundamente inmoral que no le preocupe lo que llegue 
a ser de la raza humana, de su libertad y de sus 
progresos. Para precaverse contra la repetición de 
un conflicto semejante, los representantes de los 
estados neutrales serán citados indudablemente a la 
misma reunión jimtamente con los representantes 
de las Potencias beligerantes. 

Diuante trescientos años ha habido ante el mundo 
admirables y previsores planes para obtener un 
orden internacional pacífico. M . Emeric Crucé cons- 
truyó, en ima época tan temprana como 1623, su 
plan, que incluía la libertad de comercio a través de 
todo el mundo. Después de la Paz de Utrecht, el 
abad de Saint Pierre desarrolló su plan, que incluía 
mediación, arbitraje y una interesante adición al 
efecto de que todo soberano que hiciese armas antes 
de que la tmión de las naciones hubiese declarado 
la guerra o que rehusase ejecutar una ordenación de 
la unión o im juicio del Senado, sería declarado 
enemigo de la sociedad europea. La imión entonces 
le haría guerra hasta que fuese desarmado o hasta 



94 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

que fuese ejecutado el juicio o la ordenación. Unos 
veinte años antes, William Penn había dado a luz su 
original y realmente extraordinario plan para la paz 
de Europa, en el cual además proponía proceder por 
la fuerza militar contra todo soberano que rehusase 
someter sus reclamaciones a un tribunal o parla- 
mento de Europa o que rehusase obedecer y cumplir 
algún juicio de semejante corporación. Todos estos 
planes, como los de Rousseau, Bentham y Kant, que 
vinieron después, así como el ensayo de im Congreso 
de Naciones, tan elaborado y cuidadosamente pen- 
sado, que William Ladd hizo y publicó en 1840, todos 
ellos vinieron al mundo demasiado pronto. Fueron 
los nobles y elevados sueños de videntes, que los 
hombres civilizados han tardado tres siglos o más 
en empezar a realizar. 

De la conferencia internacional que seguirá a la 
guerra debe saUr y sin duda saldrá una imión de los 
estados para asegurar la paz. Es evidente que Mr. 
Asquith hace mucho tiempo que tiene esta idea en 
la mente. Hablando en Dublin el 25 de septiembre 
de 1 9 14, cuando la guerra estaba empezando y las 
esperanzas de Alemania eran grandes y confiadas, 
Mr. Asquith, discutiendo las causas y la significa- 
ción de la guerra, dijo: ** Significa, finalmente, o de- 
bería significar, la sustitución, por tm proceso quizá 
lento y gradual, de la fuerza, del choque de ambi- 
ciones en competencia, de agrupaciones y alianz^is y 
un equilibrio inseguro, — ^la sustitución de todas 
estas cosas por una verdadera asociación europea 
basada en el reconocimiento de iguales derechos y 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 95 

establecida y cumplida por una voluntad común. 
Hace un año esto hubiera sonado como una idea 
utópica. Probablemente no podrá ser realizada ni 
hoy ni mañana. Si esta guerra se decide a favor de 
los Aliados, entrará entonces bajo el alcance, y no 
tardando mucho, bajo la posesión de la política 
europea." Los sucesos están apresurando la reali- 
zación de la esperanza de Mr. Asquith. El 9 del 
pasado noviembre el Canciller von Bethmann-Holl- 
weg dijo ante la comisión principal del Reichstag: 
"Alemania está dispuesta en todo momento a unirse 
a una liga de naciones — sí, hasta a colocarse a la 
cabeza de tal liga — para contener a los perturbadores 
de la paz." Anteriormente, el 27 de mayo de 19 16, 
el Presidente Wilson, hablando en Washington, 
había empleado estas palabras: "Sólo cuando las 
grandes naciones del mimdo hayan llegado a una 
especie de acuerdo en cuanto a lo que ellas consi- 
deran ser fimdamental para su interés común y en 
cuanto a algún modo factible de actuar de acuerdo 
cuando alguna nación o grupo de naciones trate de 
perturbar aquellas cosas fimdamentales, podremos 
estar seguros de que la civilización está al menos en 
camino de justificar su existencia y pretendiendo ser 
finalmente establecida." Expresiones semejantes, 
aunque no tan explícitas, han salido de los políticos 
responsables y de los directores de la opinión en 
otros países. Parecería que el mimdo a la termi- 
nación de esta guerra tendrá en su mano la posibili- 
dad de realizar al punto una imión de naciones para 
establecer un Tribimal Internacional de Justicia que 



96 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

juzgue las causas justiciables, Comisiones Interna- 
cionales de Investigación que faciliten la solución de 
los conflictos no justiciables por medio de una im- 
parcial y concienzuda investigación de los hechos y 
por su publicidad, y así, en general, asegurar la paz 
del mundo. 

Lo mejor sería que las Potencias Aliadas, después 
de que acordasen las condiciones de arreglo del pre- 
sente conflicto, invitasen ellas mismas a la reunión 
de tal conferencia en La Haya y continuasen allí 
construyendo sobre los cimientos colocados en 1899 
y 1907. Es natural esperar que los Aliados tomen 
la iniciativa de convocar esta conferencia, porque un 
paso como éste estaría de completo acuerdo con las 
declaraciones insistentes y repetidas de sus gobier- 
nos. La poderosa participación de Francia ayu- 
daría a realizar, hasta donde es ahora posible, la 
prof ética declaración de Michelet: *'En el siglo XX 
Francia declarará la paz al mundo." 

Si los Aliados por cualquiera razón se sintieran re- 
acios a convocar semejante conferencia, ya se ha 
facilitado el que el Presidente de los Estados Unidos 
pueda hacerlo. El Congreso de los Estados Unidos 
de 1916, al decretar la ley de Presupuesto Naval 
para el corriente año incluyó la siguiente disposición, 
que ahora es ley del país : 

Se declara aquí que la política de los Estados Unidos con- 
sbte en ajustar y arreglar las disputas intemadonales por 
mediación o arbitraje con objeto de que se pueda evitar ho- 
norablemente la guerra. Mira con temor y desagrado un 
aumento general de armamentos en todo el mundo; pero 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 07 

comprende que ninguna nación puede ir por sí soia ai de- 
sarme y que sin un acuerdo común sobre este punto toda 
potencia importante debe mantener una posición correspon- 
diente en fuerza militar. 

En vista de las premisas, el Presidente queda autorizado 
y requerido a invitar en tiempo oportuno, lo más tarde al 
fin de la guerra europea, a todos los grandes gobiernos del 
mundo, a que envíen representantes a una conferencia que 
tendrá el deber de formular un proyecto de tribunal de arbi- 
traje o de otra especie al cual sean sometidas las cuestiones 
entre naciones para resolución y arreglo [>acíñcos, y con- 
siderar la cuestión del desarme, y someter su recomendación 
a la aprobación de sus respectivos gobiernos. El Presidente 
queda autorizado para nombrar nueve ciudadanos de los 
Estados Unidos, que, a su juicio, estén calificados para esta 
misión por su eminencia jurídica y su devoción a la causa 
de la paz, para que sean los representantes de los Estados 
Unidos en dicha conferencia. El Presidente fijará la com- 
pensación de dichos representantes, y de los secretarios y 
demás empleados que necesiten. Un presupuesto de dos- 
cientos mil dólares, o lo que de dicha cantidad sea necesario, 
queda aprobado y puesto a la disposición del Presidente 
para que lleve a efecto las disposiciones de este párrafo. 

Puede suponerse, por lo tanto, que, o convocada 
por los gobiernos de las Potencias Aliadas o por el 
Presidente de los Estados Unidos, dicha Tercera 
Conferencia de La Haya se celebrará tan pronto 
como sea posible después de la conclusión de las hos- 
tilidades. Tal conferencia será ciertamente el pri- 
mer paso para llegar a una imión de estados que 
asegure la paz del mundo. Los delegados de los 
Estados Unidos apoyarán con todas sus fuerzas, no 
sólo (i) el establecimiento del Tribimal Internacional 
de Justicia y (2) las Comisiones Internacionales de 



98 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Investigación, ya citados y descritos, sino (3) la 
prudente resolución de que la asamblea se reúna de 
un modo fijo y automático, por ejemplo, cada cua- 
tro años, y (4) la adopción, en sustancia y hasta 
donde sea posible en la forma, de la declaración en 
cuanto a los fundamentales derechos y deberes de 
las naciones que ha sido extensamente expuesta en 
estas discusiones. El resultado de la última de las 
acciones citadas sería proporcionar al Tribunal In- 
ternacional de Justicia una declaración definida y 
concreta de los principios fimdamentales que habían 
de ser aplicados e interpretados en los varios casos 
que se presentasen ante él para ser juzgados. 

En todo esto los Estados Unidos están en libertad 
de participar plenamente sin apartarse de su política 
tradicional y sin sacrificar ninguno de sus intereses 
propios. Los Estados Unidos están viva y directa- 
mente interesados en la construcción de un derecho 
internacional y el establecimiento de im orden inter- 
nacional para el mundo entero. Un punto de la 
mayor dificultad se presenta, sin embargo, cuando 
nos ponemos a considerar el efectivo ciunplimiento 
del derecho internacional, y la ejecución de cualquier 
orden internacional que se establezca, y la relación 
que con ello han de tener los Estados Unidos. Al 
firmar el convenio para el arreglo pacífico de las 
disputas internacionales acordado en la Conferencia 
de La Haya de 1899, la delegación de los Estados 
Unidos hizo la siguiente declaración oficial : 

Nada de lo contenido en este convenio será interpretado 
de modo que obligue a los Estados Unidos de América a 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 99 

separarle de su política tradidonai de no introducirse, mez- 
clarse ni complicarse en las cuestioDes políticas o en la 
gobernación o administración internas de ningún estado ex- 
tranjero; ni nada de lo contenido en|dicho convenio será in- 
terpretado de modo que implique un abandono por los Esta- 
dos Unidos de América de su actitud tradicional hacia las 
cuestiones puramente americanas. 

Esta reserva fué explícitamente renovada por los 
delegados americanos en la Conferencia de La Haya 
de 1907. Para hablar llanamente, esta declaración 
significa que, aunque haya im derecho internacional 
y pueda haber un orden internacional en cuya de- 
claración y establecimiento los Estados Unidos par- 
ticipen, hay sin embargo dos áreas de jurisdicción 
separadas y distintas para el cumplimiento del dere- 
cho internacional y para la administración del orden 
internacional. El área de una de estas jiuisdicciones 
es Eiu-opa y aquellas partes de Asia y Africa que 
dependen inmediatamente de ella; el área de la 
segimda de estas jiuisdicciones es América. 



XIV 

CUMPLIMIENTO DEL DERECHO INTERNACIONAL Y AD- 
MINISTRACIÓN DE UN NUEVO ORDEN INTERNA- 
CIONAL CRÍTICA DEL USO DE LA FUERZA PARA 

OBLIGAR A QUE TODA CUESTIÓN INTERNACIONAL 
SEA SOMETIDA A UN TRIBUNAL JUDICIAL O CON- 
SEJO DE CONCILIACIÓN ANTES DE QUE EMPIECEN 
LAS HOSTILIDADES — DIFICULTAD DE QUE LOS 
ESTADOS UNIDOS HAGAN UN ACUERDO CON ESTB 
FIN — VERDADERA GARANTÍA INTERNACIONAL DE 
SEGURIDAD NACIONAL 

TENIENDO presente la reserva hecha por los 
delegados de los Estados Unidos en las dos 
Conferencias de La Haya ¿ cuáles van a ser 
probablemente los métodos que se adopten para el 
cimiplimiento del derecho internacional y para la 
administración de un orden internacional en cuyo 
establecimiento los Estados Unidos participen, y 
qué relaciones van a tener probablemente los Esta- 
dos Unidos con todo esto ? ¿ Cuál es la sanción de 
derecho internacional posible y deseable para los 
fallos de un Tribunal Internacional de Justicia ? 

Será conveniente discutir primero la última de 
estas dos cuestiones. 

Puede suponerse quizá que lo que Maszini des- 
cribe en alguna parte como la filosofía de Caín no 
encontrará partidarios en el mundo. En un amplio 
sentido al menos, las naciones del mundo cuidan de 
las otras como hermanas. Aquellos principios e 

lOO 



I 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA loi 

ideales políticos y aquellas condiciones de felicidad 
y progreso humanos que no están limitados por las 
fronteras nacionales ni están confinados por barre- 
ras de raza, de religión o de lenguaje, son cosas que 
no son indiferentes para nadie. Son el interés co- 
mún y la preocupación colectiva de todos. La ana- 
logía entre los individuos y los gobiernos, y la que 
hay entre los estados como miembros de un sistema 
federal y las naciones como colaboradoras por igual 
en im orden internacional, es luminosa y útil, pero 
no debe ser llevada demasiado lejos. Un individuo 
es un solo ser humano responsable la responsabilidad 
de cuyas acciones cae sobre su propia cabeza. Una 
nación es ima gran comunidad de individuos, que 
tienen opiniones personales e intereses distintos, y 
que pueden o no dar su conformidad y apoyo a una 
acción determinada de su gobierno, y que por lo 
tanto no pueden ser considerados como personal- 
mente responsables de la política gubernamental sin 
injusticia e innecesario daño. Es pequeña recom- 
pensa de las malas acciones de un gobierno matar 
hombres, mujeres y niños inocentes, subditos de 
aquel gobierno, y destruir su propiedad. Hay ob- 
jecciones muy serias contra el uso de la fuerza 
cuando se ha de emplear entre naciones, objecciones 
que no tienen nada que ver con las ensefianzas 
pacifistas ni con la doctrina de la no resistencia, sino 
que stirgen de la naturaleza misma de los hechos. 
Hasta ahora no se ha sugerido por nadie, con autori- 
dad para ello, la idea de crear un cierto cargo ejecu- 
tivo con el propósito de hacer cimiplir los fallos de 



I02 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

un Tribunal Internacional de Justicia. Todo el 
mundo ha propuesto que se deje esto a la opinión 
pública internacional. Hay, sin embargo, propo- 
siciones muy apoyadas de que, en el caso de que al- 
gima nación perteneciente al orden internacional 
propuesto pronunciase im ultimatum o amenazase 
con guerra antes de someter la cuestión surgida a 
un tribunal judicial internacional o un consejo de 
conciliación, las demás Potencias deben proceder 
contra ella: primero, por medio del uso de su fuerza 
económica, y segundo, por el uso conjunto de sus 
fuerzas militares si la nación en cuestión procede de 
hecho a hacer guerra o invade el territorio de otra 
nación. 

Un plan de esta especie tiene una base segura 
sólo en el reconocimiento del hecho indubitado de 
que la fuerza de cualquiera especie es la última san- 
ción en todos los asuntos humanos. Si por el con- 
trario dicho plan se propone hacer ima aplicación 
práctica de este principio de la manera que se ha 
dicho, el caso no es tan claro. No es improbable, 
por ejemplo, que la adopción de semejante táctica 
obligaría a que toda guerra, de cualquier carácter 
que fuese, se convertiría en ima guerra tmiversal. 
Si se replica que las fuerzas unidas de las demás Po- 
tencias serían tan abrumadoras que ninguna Poten- 
cia se aventuraría a desafiarlas, todo el que recuerde 
la historia política y militar de Europa debe sin 
embargo permitirse dudar de ello. Dejando aparte 
otros aspectos, no es siempre fácil determinar de 
modo que satisfaga a todo el mtmdo cuál de las di- 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 103 

versas partes de un convenio es el primer agresor, 
permitiendo que se llegase a las terribles consecuen- 
cias que se seguirían de tratar como un acto de agre- 
sión por parte de ima nación dada lo que esta nación 
consideraba como un acto de defensa propia, provo- 
cando así una guerra universal a causa de la aplica- 
ción del principio en cuestión. Si nos tomásemos la 
pena de examinar con cuidado las comunicaciones 
oficiales cruzadas entre los diversos gobiernos euro- 
peos entre el 23 de julio y el 4 de agosto de 19 14, 
veríamos claramente cuanto esfuerzo puso cada 
gobierno en quitar la razón a los otros. La opinión 
pública universal, que ha tenido tiempo de exami- 
nar detenidamente los hechos, ha formado su opinión 
sobre este pimto en lo que se refiere a la presente 
guerra. Pero ¿hubiera sido hacedero o al menos 
posible que un concierto de naciones hubiera mobili- 
zado sus fuerzas militares contra Austria-Hungría o 
Rusia o Alemania en los primeros días de agosto de 
1914, estando completamente seguro de su funda- 
mento para hacerlo ? Si se dijera que en presencia 
de un convenio entre las naciones como el sugerido 
no se habrían cometido actos de agresión tales como 
los que octurieron en los últimos días de julio y en 
los primeros de agosto de 19 14, la contestación segiu*a 
es que esta suposición es muy amplia y muy peli- 
grosa. 

Puede citarse un ejemplo aun más interesante. El 
20 de abril de 19 14, el Presidente de los Estados 
Unidos, en im discurso oficial dirigido al Congreso, 
dio cuenta de ciertas drcimstancias que habían ocu- 



I04 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

nido en Tampico, Méjico, el 9 de abril y los días 
sucesivos. Habiendo expuesto los hechos referentes 
a estos incidentes, el Presidente continuó: "Yo por 
lo tanto vengo a pedir vuestra aprobación para hacer 
uso de las fuerzas militares de los Estados Unidos 
en el modo y en el grado que sea necesario para ob- 
tener del general Huerta y sus secuaces el recono- 
cimiento más completo de los derechos y dignidad 
de los Estados Unidos." Dos días después, el Con- 
greso aprobó una resolución declarando que el Presi- 
dente estaba justificado en el empleo de la fuerza 
armada de los Estados Unidos para exigir su peti- 
ción de reparación inequívoca de ciertas afrentas e 
indignidades cometidas contra los Estados Unidos, 
y al mismo tiempo negando por parte de los Estados 
Unidos toda hostilidad al pueblo mejicano y todo 
propósito de llegar a una guerra con Méjico. Pero 
sucedió que entre el día en que el Presidente dirigió 
su discurso al Congreso y el de la aprobación de la 
resolución, es decir el 21 de abril, el almirante que 
mandaba la escuadra americana que estaba frente 
a Vera Cruz, obrando según órdenes recibidas, des- 
embarcó una fuerza de marina en dicho lugar y se 
apoderó de la casa de aduanas. En estas opera- 
ciones resultaron diez y nueve marinos americanos 
muertos y setenta heridos, según los informes ofi- 
ciales, mientras que, según los mismos informes, las 
pérdidas mejicanas consistieron en ciento veintiséis 
muertos y ciento noventa y cinco heridos. Es difícil 
poner en duda que éste fué legalmente un acto de 
guerra. 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 105 

Cuando ocurrieron estos incidentes existía un tra- 
tado entre los Estados Unidos y Méjico, que deter- 
minaba explícitamente que todo desacuerdo que 
surgiese entre los gobiernos de las dos Repúblicas de- 
bería en lo posible ser resuelto de tal manera que se 
mantuviese el estado de paz y amistad existente 
cuando se hizo el tratado, y que si los dos Gobiernos 
no pudieran llegar a un acuerdo no recurrirían a re- 
presalias, agresión u hostilidad de ninguna especie 
hasta que el Gobierno que se considerase ofendido 
hubiera pensado maduramente, con el deseo de paz 
y buena amistad, si no sería mejor que tal diferencia 
fuera resuelta por el arbitraje de representantes 
nombrados por cada una de las partes y por la de 
una nación amiga. Esta disposición, contenida en 
el Tratado de Guadalupe Hidalgo, promulgado el 
4 de julio de 1848, fué explícitamente ratificada en el 
Tratado de Gadsden, promulgado el 30 de junio de 

1854. 

Ante estos hechos, aquellos que desean el empleo 
de la fuerza para obligar a una potencia a someter 
sus disputas internacionales a un tribunal judicial 
o a un consejo de conciliación antes de hacer o 
amenazar la guerra, ¿ pretenderían que si tal acuerdo 
hubiera existido en abril de 1914 los ejércitos y escua- 
dras unidos de la Gran Bretaña, Francia, Alemania, 
Rusia, Italia y el Japón deberían haber atacado a 
los Estados Unidos ? Si tal acción se hubiera reali- 
zado ¿ hubiera producido probablemente paz inter- 
nacional o por el contrario hubiera ocasionado ima 
guerra internacional prolongada y destructora? 



lo6 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Y si se dijera que con tal acuerdo en vigor el Go- 
bierno de los Estados Unidos no habría llevado a 
cabo dicha acción, la contestación sería que tal 
suposición es, por no decir más, excesivamente 
dudosa. 

Los que se ocupan de las relaciones internaciona- 
les y no quieren ser llevados a error por fórmulas y 
meras generalizaciones, encontrarían muchas razones 
para negar su asentimiento a cualquier proyecto que 
en las circunstancias antedichas hubiera exigido que 
las varias Potencias de Europa, con todas las cuales 
los Estados Unidos estaban en relaciones amistosas, 
hiciesen conjuntamente la guerra al pueblo ameri- 
cano. Es difícil admitir que un acontecimiento tal 
o su posibilidad tengan cabida en un proyecto cuya 
finalidad es asegurar una paz duradera. 

Como cuestión de hecho, la única sanción prác- 
tica del derecho internacional es la opinión pública 
del mundo civilizado. Aim ahora las naciones no 
desean incurrir en la condenación de otros pueblos. 
Semejante condenación conduce a la enemistad, y 
la enemistad conduce al aislamiento económico e 
intelectual, que por nadie son deseados y por todos 
temidos. Los gobiernos más fuertes son los que sin 
excepción responden más rápidamente al juicio de la 
opinión pública internacional. Es deplorable en 
alto grado que el Gobierno alemán se sintiese bas- 
tante fuerte para desafiar la opinión pública del 
mundo respecto a su relación con el origen de la pre- 
sente guerra y su conducta en ella; pero al obrar así 
se apartó de los preceptos y la práctica de Bismarck. 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 107 

Este deseó siempre que antes de empezar una guerra 
se dieran los pasos conducentes a predisponer la 
opinión de las demás naciones a favor de sus planes 
y sus actos. Este decoroso respeto a la opinión de 
la humanidad, sobre el que descansa el primer acto 
público del Mundo Occidental, es todavía una fuerza 
activa y poderosa entre los hombres y las naciones. 
Es posible que esta misma sanción sea más eficaz, 
para lograr la obediencia aun de la ley municipal, 
que los castigos establecidos en los diversos regla- 
mentos. Muchos hombres que no temerían la pe- 
nalidad legal de una mala acción, dejan de cometerla 
por temor al terrible castigo que implica la pérdida 
del respeto y confianza de sus convecinos. 

En lo que toca a los Estados Unidos, parece que 
habría un obstáculo para que se adhiriesen al con- 
venio de hacer guerra a tma nación reacia que in- 
sistiera en empezar las hostilidades antes de so- 
meter ima disputa al arbitraje. No hay un acto de 
soberanía más elevado ni más solemne que la decla- 
ración de guerra. La Constitución de los Estados 
Unidos ha puesto esta atribución en el Congreso. 
Si los Estados Unidos entrasen en im convenio in- 
ternacional de contribuir con sus fuerzas militares 
y navales a una guerra conjunta contra alguna otra 
nación no nombrada, en un momento no fijado y en 
circunstancias descritas sólo de un modo general, 
entonces — dejando a un lado todas las cuestiones de 
constitucionalidad — se habría delegado el poder de 
ejercitar este acto solemne de soberanía. Después 
de im número de años mayor o menor el pueblo de 



lo8 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

los Estados Unidos podía despertar una mañana en- 
contrándose en guerra con Rusia o con Grecia o con 
España o con la República Argentina, a causa de 
algún acontecimiento del cual los americanos su- 
pieran poco o nada y al cual no considerasen como 
motivo para ser llevados a la guerra. No hay 
mucha probabilidad de que un acuerdo como éste 
en tales circunstancias fuera mantenido. Por lo 
tanto no se debe entrar en él. 

En relación con esto es digno de ser recordado el 
hecho de que cuando, el i8 de marzo de 19 13, el 
Presidente Wilson anunció que los Estados Unidos 
no estaban dispuestos a participar en el empréstito 
chino llamado de las seis Potencias, dio como razón 
el hecho de que la responsabilidad que implicaba la 
participación en el empréstito podía llegar en alguna 
contingencia desfavorable a producir la intervención 
forzosa de los Estados Unidos en los asimtos finan- 
cieros y aun políticos de China. 

La garantía internacional de seguridad nacional 
que las naciones, especialmente las de Europa, están 
buscando, se obtendría mediante el establecimiento 
de las instituciones y la declaración de los principios 
que han sido ya expuestos y descritos por nosotros. 
El apoyo y la sanción de estas instituciones y sus 
garantías sería la opinión pública del mundo. Por 
ésta se entiende, no la opinión de los gobiernos sola- 
mente, sino la opinión instruida e ilustrada de las 
gentes que deben fidelidad a estos gobiernos. Las 
varias naciones no llegarían al desarme, pero podrían 
empezar a limitar sus armamentos de acuerdo con 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 109 

las condiciones de un convenio mutuo. La humani- 
dad miraría entonces hacia un futuro más feliz y 
más pacífico, pero no se habría llegado por esto ni a 
la Utopia ni al milenio. 



i 



XV 

PARTICIPACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS EN EL CUM- 
PLIMIENTO DEL DERECHO INTERNACIONAL Y EN 
LA ADMINISTRACIÓN DE UN NUEVO ORDEN IN- 
TERNACIONAL — LA DOCTRINA DE MONROE — DOS 
ESFERAS DE ACCIÓN ADMINISTRATIVA, UNA EU- 
ROPEA Y OTRA AMERICANA — PREPARACIÓN DE 
LOS ESTADOS UNIDOS PARA LA PARTICIPACIÓN 
INTERNACIONAL — POLÍTICA NACIONAL Y SERVICIO 
NACIONAL 

I A relación de los Estados Unidos con los mé- 
todos que se adopten para el cumplimiento del 
derecho internacional y para la administra- 
ción de im orden internacional es una cuestión de la 
mayor importancia no sólo para los Estados Unidos 
mismos sino para Europa también. Dado que 
cuando se haya establecido un orden internacional 
con la cooperación de los Estados Unidos, la respon- 
sabilidad de la administración de este orden interna- 
cional en Europa y en aquellas partes de Asia y 
Africa que dependen políticamente de ella es asimto 
en el que los Estados Unidos no están directamente 
interesados, es importante entender este hecho y 
sus consecuencias. 

Ahora es cuando nos encontramos frente a frente 
de la política tradicional de los Estados Unidos, 
basada según se ha creído siempre en la obediencia 
del precepto del Discurso de Despedida de Wáshing- 

IIO 



I 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 1 1 1 

ton, y en las declaraciones y principios que tomados 
en conjunto constituyen lo que se llama la Doctrina 
de Monroe. Esto es lo que los delegados america- 
nos en las dos Conferencias de La Haya tenían en su 
pensamiento cuando hicieron la declaración oficial 
de reserva que ha sido antes citada. 

Como cuestión de pura teoría puede argüirse fácil- 
mente que, mirando a la paz y comedimiento del 
mundo en el porvenir, no hay razón para que los 
Estados Unidos no se tman en iguales condiciones 
con las naciones de Europa para aceptar deberes y 
responsabilidades internacionales en todas partes 
del mundo. Por el contrario, consideradas teórica- 
mente, podrían aducirse muchas razones de que la 
iniciación de semejante política por los Estados Uni- 
dos sería sana y juiciosa. Independientemente de 
lo que sea posible dentro de un siglo, parece del todo 
evidente que, como cuestión práctica, el pueblo de 
los Estados Unidos no podría ser inducido ahora 
a tomar esta dirección innovadora y revolucionaria. 
Su forma de gobierno no se adapta bien a ima posi- 
ble acción de esta especie y sus hábitos de pensa- 
miento harían probablemente imposible toda cons- 
tante y persistente cooperación de esta clase, al 
menos por ahora y por algún tiempo después. 

Es desde luego cierto que los hechos concretos en 
que Washington pensaba cuando escribió su Dis- 
curso de Despedida, y Monroe cuando envió al Con- 
greso su mensaje de 2 de diciembre de 1823, han 
cambiado hace mucho tiempo. Ya no existe im 
sistema europeo de gobierno que pueda ser extendido 



112 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

a este o a otro continente. La difusión de las ideas 
y principios democráticos ha alcanzado y puesto 
bajo su dominio a la mayor parte de las naciones 
europeas, y el amor a la libertad es tan fuerte en 
aquellas naciones como en los Estados Unidos. El 
tiempo está de parte de la democracia. Aquellas 
naciones que todavía mantienen obstáculos contra 
ella en sus formas de gobierno, tienen que darle paso, 
de mejor o peor grado, más tarde o más temprano. 
La distancia que separa a Europa de América no es 
debida ya a la diferencia entre sus respectivas filoso- 
fías políticas; porque éstas se han desarrollado cons- 
tantemente de completo acuerdo. No es debida ya 
tampoco al ancho y tempestuoso mar cruzado con 
dificultad y peligro; porque el vapory la electricidad 
imidos hacen casi inapreciable esta distancia. La 
verdadera distancia es la entrañada por la distin- 
ción entre los nombres de Viejo Mundo y Nuevo 
Mundo. Esta diferencia, que tiene desde luego sus 
raíces en la historia, puede ser en gran parte senti- 
mental, pero no por eso es menos real y potente. 
Es precisamente en esta distinción en la que están 
basados los consejos de Washington. Sería tonto 
considerar estos consejos como preceptos que nunca 
se podrían modificar o abandonar, a pesar de los 
cambios que pudiese haber en las condiciones del 
mundo, y sería inexacto ver en ellas ima significa- 
ción rígida y estrecha que no tienen necesariamente ; 
y sin embargo sigue siendo verdad que el progreso 
del pueblo americano se logrará probablemente si- 
guiendo estos consejos y modificándolos en el sentido 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 113 

a que inviten y obliguen las ciromstandas, mejor 
que abandonándolos enteramente en im esfuerzo 
para lanzarse por senderos nuevos y hasta entonces 
nunca ensayados. 

La Doctrina de Monroe es ima política nacional 
que ha llegado a ser ampliamente reconocida y en 
gran parte aceptada por las naciones europeas. No 
forma parte del derecho internacional, pero podría 
fácilmente llegar a formarla, al crearse im orden in- 
ternacional en cuya administración la responsabili- 
dad se dividiese en dos esferas, europea la vma y 
americana la otra. Antes de enviar el mensaje en 
el que se expuso la Doctrina de Monroe, éste con- 
sultó a Jefferson y recibió de él ima carta conocida 
de todos en la cual hay este notable pasaje: "La 
cuestión planteada en las cartas que usted me ha 
enviado es la más importante que se ha presentado 
nunca a mi consideración desde la independencia. 
Esta nos convirtió en una nación, aquélla nos da la 
dirección y nos señala el nunbo que debemos seguir 
en el porvenir que se abre ante nosotros. ... La 
máxima primera y fundamental que debemos tener 
es no mezclamos nunca en las contiendas de Europa ; 
la segunda, no tolerar nunca que Europa se entre- 
meta en los asuntos del lado de acá del Atlántico.** 
Poco después Daniel Webster, que representaba el 
polo opuesto del pensamiento político, hablando en 
el Congreso de los Diputados dijo e^tas palabras 
acerca de la Doctrina de Monroe : * * Yo no haré nada 
para hacerla desaparecer o desarraigarla, ni por nin- 
gún acto mío será debilitada o oscurecida. Es ima 



k 



114 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

doctrina que dio honor a la sagacidad del Gobierno 
y yo no he de disminuir este honor." Dos genera- 
ciones después en su mensaje al Congreso de 17 da 
diciembre de 1895, el Presidente Cleveland habló de 
la Doctrina de Monroe en el sentido de que había 
sido pensada para aplicarse en todas las épocas de 
nuestra vida nacional y durar mientras dure nuestra 
república. 

Mientras que los documentos oficiales den a la 
Doctrina de Monroe ima declaración y significación 
más o menos precisas, en el espíritu colectivo del 
pueblo significa más bien un punto de vista y un 
principio general directivo de la política interna- 
cional. Aun en el caso de que fuese deseable inten- 
tar cambiar este pimto de vista nacional y alterar 
este principio directivo de la política, sería comple- 
tamente imposible hacerlo. La Doctrina de Mon- 
roe debe ser aceptada como un hecho elemental al 
intentar llegar a cualquier conclusión práctica res- 
pecto a la participación de los Estados Unidos en 
la administración de tm nuevo orden internacional. 
En lo que toca al territorio y jurisdicción europeos 
el nuevo orden internacional tendrá que ser adminis- 
trado por las naciones europeas mismas. En lo 
que toca al territorio y jurisdicción americanos, el 
nuevo orden internacional tendrá que ser adminis- 
trado por los Estados Unidos en amistoso acuerdo 
con las otras repúblicas americanas. 

El establecimiento oficial de estas dos jurisdic- 
ciones distintas no ha de debilitar en nada la posi- 
ción o la influencia de los Estados Unidos en los 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 115 

consejos y disposiciones semilegislativas que pondrán 
las bases de una paz duradera, y de las cuales nacerá 
el nuevo orden internacional. Tampoco hay que 
pensar que haya que privar al pueblo de los Estados 
Unidos de la oportunidad y el derecho de expresar 
sus sentimientos y convicciones cuando surjan cues- 
tiones acerca de la ley y la justicia, de lo justo y lo 
injusto entre naciones de cualquier parte del mundo. 
Lo único que aquella separación de jurisdicciones sig- 
nifica es que, por las razones y los fimdamentos 
afirmados, la responsabilidad directa del Gobierno 
de los Estados Unidos en el cimiplimiento del nuevo 
orden internacional quedará limitada al continente 
americano y al territorio perteneciente a algima de 
las repúblicas americanas. 

Los Estados Unidos deben prepararse para par- 
ticipar en esta tarea de consejo internacional y de 
mejor administración internacional. Deben llegar 
a comprender que aunque el más amplio grado de 
autonomía interior sea vital para la existencia con- 
tinuada y el fimcionamiento efectivo de nuestras 
instituciones interiores, en cambio cuando la nación 
actúe en la política exterior debe hacerlo como un 
todo y su acción debe ser sostenida por todos. Un 
mal paso dado en la legislación interior puede ser 
corregido sin daño de nadie más que de nosotros 
mismos. Pero un mal paso dado en la política ex- 
terior no puede ser corregido nimca, porque afecta 
no sólo a nosotros mismos sino a la opinión que los 
demás tengan de nosotros. Se dice que el Empera- 
dor alemán dijo en cierta ocasión que él no veía como 



Ii6 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

su gobierno podría volver a hacer nunca otro tra- 
tado con los Estados Unidos; porque según nuestro 
derecho constitucional las disposiciones de un tra- 
tado, siendo así que son también leyes interiores de 
los Estados Unidos, pueden ser y son frecuentemente 
modificadas o rechazadas por una disposición pos- 
terior del Congreso sin comunicación oficial a la 
otra parte contratante. Es ima cosa bien sabida, 
desde luego, que el poder de los Estados Unidos 
para hacer tratados está erizado de cuestiones difí- 
ciles y delicadas; y debe admitirse que los Estados 
Unidos han de poner orden primero en su propia 
casa si quieren llegar a tener una inñuencia interna- 
cional efectiva en apoyo de las ideas y principios en 
que están basados su gobierno y constitución, y si 
han de prestar una ayuda eficaz a la obtención y 
mantenimiento de una paz duradera. Los Estados 
Unidos tienen que tener cuidado de no hacer acuer- 
dos ni asumir responsabilidades internacionales que 
no puedan observar y cumplir cueste lo que cueste. 
Los compromisos que se adquieran deben ser escru- 
pulosamente observados. Para que esto suceda es 
necesario que el poder al hacer los tratados no debe 
adelantarse mucho a lo que la opinión pública de- 
manda, y que todo el poder del gobierno debe ser 
utilizado para cumplir las condiciones de un tratado 
una vez que se ha entrado en él. 

Estas cuestiones de derecho constitucional y po- 
lítica pública están ligadas con cuestiones que afec- 
tan al sistema militar y naval de los Estados Unidos. 
La competencia en los armamentos es la peor forma 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 117 

posible de rivalidad internacional; pero tomar un 
puesto en una reunión internacional en la presente 
situación de la opinión pública y de la política mun- 
dial, sin tener ciertos medios eficaces de garantizar 
el propósito de una nación, sería reducir semejante 
participación a una mera discusión sin consecuen- 
cias. Las demás naciones amantes de la libertad 
tendrían perfecto derecho a dirigir a los represen- 
tantes de los Estados Unidos dos preguntas: i.* 
¿ Cuáles son los principios que los Estados Unidos 
creen justos y realizables como parte de un nuevo 
orden internacional ? y 2.* ¿ Qué contribución pueden 
y quieren hacer en apoyo de este orden internacional 
en el caso de que estén dispuestos a unirse a las 
demás naciones para crearlo? Sería, quizá, encon- 
trándose frente a estas pregimtas como el pueblo de 
los Estados Unidos sería llevado rápidamente a 
comprender qué principios de política interior deben 
adoptar con objeto de prepararse para una partici- 
pación internacional. Hay que recurrir ima vez 
más al espíritu de lealtad internacional y nacional 
que repetidamente ha triunfado del provincialismo, 
del interés local y del egoísmo. Servicio nacional 
no puede seguir siendo una frase vacía; debe dársele 
vida, significación y aplicación universal. Así como 
el espíritu y los principios democráticos requieren 
que exista la participación más amplia posible en la 
formulación de la política pública, igualmente ese 
espíritu y esos principios requieren que exista la 
participación más amplia posible en el servicio de la 
nación y en la defensa de ella si fuese necesario. 



Ii8 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

Un ejército de soldados mercenarios como institu- 
ción de defensa de un pueblo democrático es un 
anacronismo tan grande como lo sería un cuerpo de 
votantes mercenarios. El sistema de instrucción 
pública del país debe ser tratado con mano fuerte, 
purificado de mucho de su sentimentalismo y teorías 
endebles y fútiles, y convertido cada vez más en 
una preparación genuina de la juventud americana 
para su participación inteligente y eficaz en la vida 
americana. Aparte del sistema de instrucción pú- 
blica de la nación, debería establecerse sin demora un 
sistema de instrucción universal para el servicio na- 
cional y si fuera necesario para la defensa nacional. 
Semejante política es la antítesis del militarismo; es 
la democracia consciente y preocupada de sus de- 
beres y responsabilidades lo mismo que de sus dere- 
chos. 

El pueblo de los Estados Unidos no llegará nunca 
a ser im factor importante en el desenvolvimiento de 
una política imi versal eficaz, a menos que tome 
aquellas medidas que le den el derecho y la capaci- 
dad de participar realmente en semejante tarea. 
Toda nación beligerante está adquiriendo gracias a 
esta guerra la más rigurosa instrucción y disciplina 
que cabe. Toda nación beligerante de importancia 
saldrá de esta guerra con im adelanto de una gene- 
ración o quizá de un siglo respecto de los Estados 
Unidos en todo lo que toca al servicio nacional, al 
sacrificio nacional y a aquel reforzamiento del carác- 
ter que viene no de hablar sobre los ideales sino de 
sostenerlos activamente en el más terrible de los 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 119 

combates. El pueblo de los Estados Unidos debe 
tratar de encontrar el modo de aprender las lecciones 
de la guerra, sin tener que pagar la costa terrible de 
vidas y haciendas que implicaría una participación 
militar. Su futuro lugar en la historia del mundo, 
la consideración que las demás naciones le concedan 
y su propio desarrollo más afortunado y más justo, 
todo ello depende de la manera como se resuelvan 
estos difíciles problemas. La voz de una nación 
está privada de la mitad de su fuerza si protesta 
contra la crueldad, la opresión y la injusticia que en 
el extranjero existan, existiendo también injusticia, 
opresión y crueldad en su propia vida nacional. La 
guerra ha traído estas consideraciones ante la Gran 
Bretaüa, Francia, Alemania, Rusia y los demás belige- 
rantes, los cuales se ocupan de ellas cada uno a su 
modo. También se presentan las mismas considera- 
ciones ante los Estados Unidos. ¿ Cómo van éstos 
a tratarlas ? ¿Se limitarán a desear tener una paz 
duradera o actuarán tanto en el interior como en el 
exterior de modo que contribuyan a asegurar dicha 
duradera paz ? 



I 



XVI 

CONCLUSIÓN — CUESTIONES PARA EL PORVENIR — PUN- 
TOS ESENCIALES DE UNA PAZ DURADERA 

EL objeto que nos habíamos propuesto tratar en 
estas discusiones ha sido ya desarrollado en- 
teramente. Partiendo del supuesto de que los 
principios e ideas políticas por los que están luchando 
los Aliados deben prevalecer si la guerra ha de ser 
seguida por ima paz duradera, y de que el progreso 
de las operaciones militares hasta ahora ha hecho 
evidente que Alemania y sus aliados no pueden de 
ninguna manera ganar la guerra sino que probable- 
mente antes de mucho tendrán que ceder ante la 
superioridad militar y económica de los Aliados, 
partiendo de estas suposiciones, decimos, nos esfor- 
zamos al principio por encontrar un posible punto 
de partida para pensar en la base de una paz dura- 
dera. Parecía que nos lo proporcionaban ciertas 
afirmaciones recientes del Vizconde Grey y del Can- 
ciller von Bethmann-Hollweg acerca de los objetivos 
por los que los Aliados y las Potencias Germánicas 
están respectivamente luchando. Una compara- 
ción de estas afirmaciones nos condujo a ima discu- 
sión de lo que se entiende por derechos de las na- 
ciones, grandes y pequeñas, y de lo que es indis- 
pensable para dotarlas de una garantía satisfactoria 
para su seguridad incluyendo la política librecam- 



k 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 121 

bista en el comercio internacional. Siguió un exa- 
men de la significación de la frase "libertad de los 
mares," y después una discusión del papel que 
Francia y Rusia han jugado en esta guerra y de las 
medidas y resoluciones concretas que probablemente 
serán exigidas por ellas como condiciones de una paz 
duradera. Se hizo necesario en seguida analizar lo 
que se entiende por militarismo prusiano, que es lo 
que los Aliados se han propuesto como fin principal 
destruir. Todo esto presupuesto, siguió im examen 
del progreso alcanzado hasta ahora en el estableci- 
miento de un orden internacional, y a continuación 
vinieron ciertas sugestiones concretas para el desa- 
rrollo y afianzamiento de dicho orden internacional 
por los medios y con los fines que entonces se expu- 
sieron detalladamente. Era natural que examiná- 
semos a continuación con especial cuidado la actitud 
posible y probable de los Estados Unidos hacia seme- 
jante orden internacional, hacia su administración y 
hacia el futuro cumplimiento del derecho interna- 
cional. Como un corolario del examen de estos pim- 
tos se expusieron algunas sugestiones respecto a las 
lecciones que en esta guerra puede encontrar el 
pueblo de los Estados Unidos en cuestiones relativas 
a su política interior. 

En esta ojeada se han dejado a im lado muchas 
materias, algunas de la mayor importancia. Una 
de ellas es por ejemplo la cuestión de la mejor dispo- 
sición que en interés de ima paz dtiradera haya que 
tomar con las posesiones coloniales que Alemania 
tenía al empezar la guerra. Esta cuestión hace sur- 



122 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

gir naturalmente otras sobre la futura política de las 
naciones civilizadas respecto a todo lo referente a la 
colonización y a la toma de posesión de nuevos te- 
rritorios. Además está el Extremo Oriente con sus 
especiales problemas. Por el momento este es un 
terreno común en el que tanto las naciones europeas 
como los Estados Unidos participan en cierto modo 
desarrollando diversos planes políticos de carácter 
internacional. Pero sería muy digna de ser con- 
siderada la cuestión de si sería mejor continuar, 
durante algún tiempo al menos, en esta relación ge- 
neral por lo que a este asimto se refiere, o establecer 
en el Extremo Oriente una tercera esfera adminis- 
trativa para desarrollar el orden internacional y el 
cumplimiento del derecho internacional, con la prin- 
cipal responsabilidad de ella puesta en manos del 
Japón, de modo que esta nación obrase según una 
especie de Doctrina de Monroe asiática. 

Surgen por sí mismas además cuestiones impor- 
tantes respecto a la política interior de ciertos 
pueblos hacia razas y religiones representadas en 
las poblaciones que de ellos dependen, hecho que ha 
dado origen frecuentemente a inquietud y rozamien- 
tos internacionales. Este es el caso de los arme- 
nios en Turquía, los finlandeses en Rusia, los serbios 
en Austria, y los judíos en Rusia y Rumania. Posi- 
blemente todas estas enojosas cuestiones no se han 
de ver resueltas por los hombres de hoy; pero si se 
tienen claramente presentes ciertos principios de 
conducta nacional e internacional y si se establece 
un orden internacional según estos principios y en 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 123 

él un Tribunal Internacional de Justicia, se habrá 
alcanzado un medio que posibilite la consideración 
padñca y el examen jurídico de cuestiones tan com- 
plejas como éstas. 

Finalmente existe la cuestión total del desarme o 
más bien la limitación de los armamentos, cuestión 
presentada por el Zar como razón oficial de la con- 
vocatoria de la Primera Conferencia de La Haya. 
Recuérdese que esta misma cuestión fué considerada 
por los representantes ingleses de la Segunda Con- 
ferencia de La Haya como relacionada con la llamada 
libertad de los mares y particularmente con la exen- 
ción de captura de la propiedad privada que no sea 
contrabando. Aun en el caso de que la presente 
guerra acabe en lo que parece ser una paz duradera, 
es evidente que quedarán al mundo bastantes pro- 
blemas difíciles en que ocuparse, aim sin guerra, du- 
rante las generaciones venideras. 

Las profundas causas que han producido la pre- 
sente guerra deben ser comprendidas y tomadas en 
plena consideración en toda discusión de una paz 
duradera que haya de tener un valor práctico. No 
se quiere decir con esto la estrecha cuestión de la 
serie de acontecimientos ocurridos desde el 33 de 
julio al 1° de agosto de 19 14, ni el valor que haya 
que dar a ninguno de los actos o palabras de cada 
gobierno particular en aquel momento febril. Todas 
estas cuestiones, como se dijo al principio de estas 
discusiones, son, por ahora al menos, de im interés 
meramente histórico. Algún día los historiadores 
imparciales harán im relato de ellas que determinará 



124 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

la creencia de las generaciones que han de venir; 
pero esta es después de todo una cuestión de menor 
importancia. La verdadera causa, fimdamento y 
origen de la guerra fué un conflicto inevitable entre 
dos principios e ideales de civilización y de desenvol- 
vimiento nacional. Como ya se ha explicado, la 
política militarista de Prusia, extendida hasta ahora 
sobre toda Alemania y sus aliados, representa y ex- 
presa un orden de cosas viejo y moribundo. Quizá 
esta política militarista fué necesaria en tm tiempo 
para el desenvolvimiento no sólo de Prusia y de 
Alemania sino de todo el mundo; pero aunque así 
fuera, hace ya mucho que ha llenado su misión, y 
ahora debe ceder ante ima filosofía de la vida na- 
cional e internacional más sabia, más humana y 
más adelantada, por la cual los Aliados, a despecho 
de todas sus diferencias superficiales, están luchando 
con una asombrosa unidad de propósito. 

Vencer el ideal militarista, tal como por el mo- 
mento está representado por la política prusiana, no 
será, sin embargo, bastante para asegurar una paz 
duradera. El espíritu y el sentido que se manifies- 
tan en el militarismo, en la subordinación de la 
autoridad y la política civil a la militar y en la colo- 
cación de la fuerza encima del derecho, deben ser 
arrancados de los corazones y de las mentes de los 
hombres. No bastaría con arrancarlos de los cora- 
zones y las mentes de los prusianos y alemanes; de- 
ben ser arrancados también de los corazones y las 
mentes de aquellos ingleses, franceses, rusos, ameri- 
canos y japoneses en los cuales encuentren cabida. 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 125 

Esto cxnirrirá solamente si las intenciones y propó- 
sitos de los hombres están dominados por algo que 
sea más poderoso que el militarismo por el hecho 
de ser más moral y más útil a la humanidad. En 
otras palabras, el fundamento de una sana política 
internacional se hallará en ima sana política interior 
y en la simpatía hacia la política interior igualmente 
sana de los demás países. El área pacífica del 
mundo se ensanchará rápidamente conforme las na- 
ciones vayan viendo cada vez más que su grandeza 
consiste en hacer justicia y en procurar la felicidad 
interior, más que en extender su poder material 
sobre sus vecinos e imponer su comercio por injustas 
y abusivas concesiones de privilegio. 

Las instituciones que el nuevo orden internacional 
propuesto y bosquejado aquí establezca, deben ser 
y sin duda serán del mayor valor para educar el 
espíritu del mundo preparándole para relaciones in- 
ternacionales más saludables y más acertadas; pero 
estas instituciones no pueden llevar a cabo ellas 
solas dicha obra. Tienen que tener detrás de sí la 
fuerza impulsora de un propósito de mantener la 
paz, de un deseo de ejecutar no sólo la letra sino el 
espíritu de los compromisos internacionales, y tam- 
bién im refrenamiento de aquellas formas de patrio- 
tismo más crudas y más brutales que se manifiestan 
haciendo injusticia y daño a los demás. Si se dijera 
que tal desarrollo significaría la supresión de las na- 
ciones y del nacionalismo como ima fuerza en el 
mundo, habría que contestar que no pasará nada de 
esto. El ser humano individual cuyos actos están 



126 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

dirigidos por un poderoso sentido del deber no tiene 
menos personalidad sino más que el ser humano in- 
dividual cuyos actos están dirigidos solamente por 
el egoísmo. Lo que en este respecto es verdadero de 
los hombres lo es también de las naciones. Una 
nación como im individuo se hará más grande con- 
forme alimente im alto ideal y sirva y ayude a sus 
vecinos grandes o pequeños, y conforme colabore 
con ellos para alcanzar un fin común. Si se dice 
que esto es utópico, entonces Utopia es el fin por el 
que trabajan en el mimdo todas las personas mo- 
rales. 

Aunque sea derrotado en esta guerra, el pueblo 
alemán tendrá que jugar, por esta misma razón, im 
papel en la civilización aun más importante que el 
que hasta ahora le ha cabido en suerte. Es verdad, 
como ellos se quejan, que han venido al mundo de- 
masiado tarde y han encontrado los mejores puestos 
ocupados ya por otros. Pero los mejores puestos 
en el desenvolvimiento político, en la competencia 
administrativa, en el mejoramiento y bienestar de 
la gran masa de población, en el desarrollo de la 
literatura, la ciencia y el arte, y en el hallazgo de 
nuevos modos de expresión de la alegría y satisfac- 
ción de vivir, están siempre abiertos a la posesión 
de cualquiera que esté calificado para llegar a ellos. 
El sentido del deber ha arraigado fuertemente en el 
pueblo alemán desde el tiempo de Fichte. Este sen- 
timiento ha acrecentado poderosamente la excelen- 
cia de sus excelencias y ha agrandado extraordinaria- 
mente la gravedad de sus defectos. Si esta guerra 



LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 127 

llegase a consumir los restos más poderosos de mili- 
tarismo que aun quedan en el mundo, habrá hecho 
al pueblo alemán el mayor servicio que podía hacér- 
sele. Ciento veinte millones de hombres trabaja- 
dores, activos y emprendedores, viviendo en la zona 
templada y con una larga tradición de esfuerzo he- 
roico, no pueden ser reducidos a la nada por ningún 
poder sino por el suyo propio. Libres de su ideal 
militarista y puestos en armonía con los otros 
grandes pueblos de la tierra, los alemanes — puede 
predecirse con seguridad — entrarían en im nuevo 
período de utilidad y progreso que haría parecer 
pálida en comparación con él la historia de los últi- 
mos cien años. Lo que Federico Guillermo III dijo 
tan finamente cuando aun estaba reciente la humi- 
llación de Jena, se puede muy bien repetir ciento 
diez años después. 

En conclusión, pues, una paz duradera depende 
de la victoria de los Aliados en la presente guerra y 
del establecimiento en la política púbhca de los 
principios por los que ellos están combatiendo. De- 
pende de la represión de todo acto de venganza y re- 
presalias, y de la aplicación justa y acertada a cada 
problema concreto que surja de los principios por los 
cuales se lucha en esta guerra. Depende del esta- 
blecimiento de im orden internacional y de aquellas 
instituciones internacionales que han sido esbozadas 
en sus líneas generales. Depende de im espíritu de 
lealtad a este orden y estas instituciones, así como 
también de im firme propósito de mantenerlas y de- 



128 LA BASE DE UNA PAZ DURADERA 

fenderlas. Depende de una política interior en un 
sentido de justicia y eficacia, y del refrenamiento de 
la soberbia, codicia y privilegio hasta donde pueda 
alcanzarlo el poder de los gobiernos. Depende de 
la exaltación de la idea de justicia no sólo entre los 
hombres dentro de una nación sino entre las na- 
ciones mismas; porque la paz duradera es ima con- 
secuencia de la justicia. Cuando todas estas cosas 
se hayan realizado, se verá en perspectiva una paz 
duradera, porque se habrá obtenido el requisito pre- 
vio esencial, es decir — ^la Voltmtad de la Paz. 



APÉNDICE 

I. HALL CAINE A COSMOS 

n. COSMOS A HALL CAINE 

m. HALL CAINE A COSMOS 

IV. COSMOS A SUS CRÍTICOS 

V. LOS ARTÍCULOS DE COSMOS 



► 



HALL CAINE A COSMOS 

Londres, Noviembre 25 de 1916. 
A Cosmos: 

The New York Times me ha hecho el honor, conjunta- 
mente con otros, de pedirme que conteste su alegato en favor 
de una paz immediata. Noto en sus opiniones y en su modo 
de presentarlas una notable semejanza con las opiniones y 
la manera de cierta conocida y estimada personalidad in- 
glesa; pero, suponiendo que usted es americano, empiezo 
por decirle que toda su argumentación, por lo menos tal 
como ha llegado hasta este lado del Océano, se resiente del 
defecto de su alejamiento de las emociones producidas por 
la guerra. Es una antigua verdad la de que los que pre- 
sencian una partida son los que la ven mejor; pero no puede, 
en cambio, negarse que los que la juegan son los que la 
sienten mejor: y consideramos que tan necesario es sentir 
esta guerra como verla p>ara juzgar cuál es el momento más 
oportuno para la discusión de la paz. 

Me parece que usted no se ha dado cuenta de que la pri- 
mera condición para tal discusión es no la situación militar 
de los beligerantes sino su estado de espíritu. Usted dice 
que la similitud de las recientes declaraciones del Vizconde 
Grey y de Herr von Bethmann-Hollweg permiten esperar 
que se encuentre una fórmula que satisfaga a ambos; pero 
nosotros creemos que el discurso pronunciado por el Can- 
ciller alemán con respecto a la paz estaba inspirado en la 
idea de una paz sobre la base de la victoria alemana; y no 
nos sorprende que el pueblo alemán considere el llamado 
discurso pro-paz del Ministro de Relaciones Exteriores 
británico inspirado por la correspondiente idea de la vic- 
ia» 



132 APÉNDICE 

tona de los Aliados. Hasta que el uno o el otro de los 
ministros no aborde el asunto sin la idea de la victoria o 
con la de la derrota confesada o con la de una solución in- 
decisa, no habrá llegado el momento propicio para la dis- 
cusión de la paz. Y, por el momento, no vemos signo al- 
guno de que tal cosa sea posible ni de p>arte de Inglaterra 
ni de parte de Alemania. 



La Causa de la Guerra todavía en Discusión 

Nos parece que usted considera que por el momento es 
inútil ocuparse de las causas de la guerra. Creemos, por el 
contrario, que para que haya la menor esperanza de paz es 
no sólo necesario sino inevitable ocuparse de ello. Creemos 
que la guerra tuvo su origen en una intriga; que esa intriga 
culminó en el ultimátum austriaco a Serbia; que Serbia no 
podía haber aceptado ese ultimátum sin haber dejado de ser 
una nación ; que el Embajador alemán en Viena, sin duda al- 
guna, y el Emperador alemán, probablemente, supieron y 
aprobaron los términos del ultimátum antes de su presenta- 
ción; que el propósito deliberado de ese ultimátum fué el de 
quebrantar la paz europea en beneficio de los planes alema- 
nes; que Alemania consideraba la guerra no simplemente 
como un mal necesario sino como un medio plausible de 
acrecentar su poder, y que el sojuzgamiento de Serbia y la 
violación de Bélgica fueron el resultado de esa política falsa 
y crinünal. No vemos prueba alguna de que Alemania esté 
arrepentida de la trama que urdió, ni posibilidad de ima paz 
real y duradera hasta que lo esté, o sufra las consecuencias 
de no estarlo. 

Nos parece también que usted cree que como por el mo- 
mento no es posible discutir los móviles de los beligerantes, 
seria suficiente que reconociéramos que, lo mismo que noso- 
tros, Alemania cree tener razón. Pero, en nuestro concepto, 
el que Alemania crea tener razón hace tanto mayor su oilpa 
y tanto más imposible la discusión de los términos de la paz. 



APÉNDICE 133 

Sólo cuando Alemania comprenda que no tiene razón será 
posible abordar la discusión de las condiciones de una paz, 
que será permanente porque estará basada no sólo en ra- 
zones de índole militar, sino en el reconocimiento efectivo 
de los preceptos de la ley moral. De que Alemania com- 
prenda tal cosa no vemos hoy signo alguno. 

Usted cree que ha llegado el momento de ocuparse de la 
paz porque Alemania ya debe haberse dado cuenta de que 
no puede ganar la guerra, y porque los Aliados deben com- 
prender que sólo pueden ganarla a una costa que seria casi 
tan desastrosa como la derrota: nosotros creemos que eso 
no constituye más que una parte de las condiciones que 
pueden conducir a la paz. Solamente cuando Alemania vea 
que ha de perder seguramente la guerra, o cuando los Aliados 
comprendan que los peores desastres que pudieran resultar 
de la continuación de la guerra no serían compensados por el 
triunfo de los principios por los que están combatiendo, 
habría llegado el momento de concluir una paz que no se 
funde en otra consideración que la de lo que se gane o se 
pierda con ella. No hay indicación alguna de que ninguno 
de los beligerantes esté dispuesto a aceptar tales conclusiones. 



Concluí» la Guerra Ahora Sería un Despilfarro 
Criminal 

Nos parece que usted piensa que porque la guerra hasta 
ahora no ha producido otros resultados que infinita desgracia 
debería cesar, por haber fracasado en cualquiera de los fines 
que los beligerantes se proponían alcanzar con ella; pero es 
precisamente porque la guerra basta ahora no ha producido 
ningún resultado militar definitivo por lo que creemos que 
ella no debe cesar. Creemos que concluir la guerra ahora, 
después de tantos sufrimientos y sacrificios, por medio de 
una paz que no probase ni estableciese nada absolutamente, 
sería un despilfarro, un despilfarro dego, injustificado, inex- 
cusable, irreparable, criminal ; un despilfarro tal que no osa- 



134 APÉNDICE 

mos, siquiera por un momento, detenemos a considerarlo. 
Creemos que una paz en tales condiciones sería una traición 
para con los muertos, una felonía para con los vivos, un 
ataque contra la autoridad de los gobiernos, una incitación 
abierta al desbordamiento de la anarquía, un deliberado ul- 
traje a los principios del patriotismo y aun a los sagrados 
preceptos de la religión. 

Usted considera la oportunidad favorable para la discusión 
de la paz porque los Aliados, aun cuando puedan ganar, no 
pueden querer — y probablemente no serían capaces de ello 
— ^aplastar completamente a sus enemigos. Pero aunque 
aquellos de nosotros, que, conocedores de la historia y con 
una idea humana de la guerra y de sus probables resultados, 
nunca hemos esperado ni soñado la exterminación de Ale- 
mania como nación, sin embargo hemos esperado y soñado la 
destrucción del ideal político alemán que está basado, según 
vemos, en la idea de que la civilización, la cultura y el bien- 
estar general de la familia humana son asegurados por el 
dominio y la tiranía de la espada con sus inevitables conse- 
cuencias de la violación de las libertades de las pequeñas 
nacionalidades y la germanización general del mundo. Des- 
pués de dos años y medio de guerra no vemos signo alguno 
de que Alemania haya abandonado ese ideal, y, por consi- 
guiente, indicación alguna de la posibilidad de una paz con- 
stituida sobre la base del principio cristiano de la igualdad 
de derechos de todos los pueblos. 

Usted cree que prolongar la guerra a costa de mayores y 
aun peores sufrimientos conduciría a tal exacerbación de los 
sentimientos de los beligerantes que sería perjudicial para la 
paz futura de Europa. Nosotros pensamos, por el contra- 
río, que el terminarla en el presente estado de incondusiÓD, 
cuando ninguno de los bandos puede afirmar que ha con- 
seguido una decisión militar, sería el medio más seguro de 
producir otras guerras, dando tiempo para reponerse, y una 
renovación de las hostilidades de las que ninguno de los 
beligerantes se ha arrepentido o ha visto la inutilidad de 
proseguir. 



APÉNDICE 135 

Usted cree que aun cuando Alemania haya podido ser el 
siniestro agresor, ha recibido una lección, y que si la paz se 
concluye ahora puede contarse que hará todo lo que esté de 
su parte i>ara prevenir otras guerras. Creemos, en cambio, 
que la única lección que Alemania ha recibido es una lección 
militar; la de haber despreciado el valor, los recursos y el 
poder de sus enemigos, y que la única salvaguardia de una 
paz duradera es la de que Alemania redba la lección moral 
que resulte del convencimiento de la inutilidad de la guerra 
como un medio de asegurar el bienestar de la humanidad. 
Esa lecdón, que nosotros sepamos, no la ha recibido aún 
Alemania. 

Porqué la Guerra Debe Continuar 

Usted considera, a lo que jjarece, que si la paz se conclu- 
yese ahora ambos beligerantes reconocerían la locura de la 
guerra como medio de resolver las diferencias internaciona- 
les; y habiendo todos recibido su correspondiente lección se 
esforzarían de consuno en evitar su repetición. 

Creemos, por el contrario, que tal reconocimiento podría 
sólo venir al mismo tiempo para ambos después de estar 
ambos completamente extenuados, y en tal caso la lección 
sólo tendría valor para el resto del mundo, América, por 
ejemplo, la que, seguramente, no la necesita. Es probable- 
mente cierto que el mundo sólo adquirirá la completa con- 
vicción, el sentimiento absoluto de la futilidad y de la estu- 
pidez de la guerra ante el espectáculo de una gran parte de 
él vencido, arruinado y arrasado; pero aun ésto no conmueve 
nuestra convicción de que peor aun que la más completa 
ruina que pueda ser causada por la guerra, por terrible y 
espantosa que sea, es la esclavitud espiritual que ella puede 
evitar. Dios no permita que el más miserable de nosotros, 
los que estamos contra cualquier alegato por la paz, diga 
una sola palabra que pudiera prolongar los horrores de la 
guerra; pero nosotros, los que pertenecemos a las Naciones 
Aliadas, odiamos la guerra con iin odio tal que la esperanza 



136 APÉNDICE 

de acabarla de una vez por todas nos alienta a prosegxiirla. 
Es precisamente porque nuestros corazones sangran de los 
terribles sacrificios que hacemos todos los días de lo mejor 
de nuestra sangre y de nuestra inteligencia por lo que com- 
prendemos, por más terrible y cruel que sea el decirlo, que 
debemos seguir sangrando. Y no creemos que esos impulsos 
estén en pugna ni con los intereses de la civilización, ni con 
nuestra fe. 

Nos damos clara y dolorosa cuenta de que en nuestra 
lucha por lo que creemos con toda nuestra alma ser la jus- 
ticia, nos hemos visto obligados a someter la solución de 
nuestra causa a un poder que no tiene nada en sí que ver 
con la justicia. Sabemos que nuestra religión nos enseña 
que Cristo condenó la guerra, y que tan pronto como el cris- 
tianismo haya establecido su dominio la guerra cesará; pero 
sabemos también, y se nos ha hecho últimamente compren- 
der, y muy amargamente, que la guerra es algimas veces 
necesaria para contener los peores instintos de la naturaleza 
humana; que apelar a la fuerza puede ser el último recurso 
de la justicia, y que, por consiguiente, es justo pelear y 
seguir peleando por la justicia. Sobre esta base, nosotros, 
los que pertenecemos a las Naciones Aliadas, con extrema 
repugnancia, fundamos, en Agosto de 19 14, nuestra convic- 
ción en la necesidad de entrar en el presente conflicto. 

¿Y cuál sería el resultado ahora, si, después de dos años 
y medio de una guerra que ha convulsionado Europa, arras- 
trando a la tumba a millones de hombres y trayendo el dolor 
y la miseria a millones de mujeres y niños, fuéramos a hacer 
la paz con un enemigo inarrepentido, sólo por razones de 
circunstancias? Creemos que el único resultado seria el 
derrumbamiento en Europa de toda ley moral en el gobierno 
de las naciones y d* toda fe en la Providencia. 

Confianza en los Estados Unidos 

Estamos profundamente agradecidos a los Estados Unidos 
por la preocupación que siempre han demostrado y siguen 



APÉNDICE 137 

demostrando por las posibilidades de paz; y dormimos más 
tranquilos sabiendo que el único imperio en el mundo que 
está fuera de esta vorágine de fuerzas devastadoras inter- 
vendrá con propuestas para terminar la guerra en el mo- 
mento en que sea posible y justo hacerlo. 

Entretanto, estamos satisfechos con el papel que está des- 
empeñando y que esperamos continúe desempeñando en lo 
sucesivo. Ese papel es el de amigo y campeón, no de imo 
cualquiera de los beligerantes sino de la humanidad. Eln 
nuestra opinión, hay una gran distancia entre la rígida y 
helada neutralidad que América impuso a su pueblo al prin- 
cipio de la guerra y la reciente calurosa declaración de su 
Presidente de que de ahora en adelante la neutralidad es 
imposible para una gran nación en cualquier conflicto que 
afecte al bienestar de una gran parte de la familia humana. 
Esta no es una doctrina nueva, pero es una gran doctrina. 
Fué la doctrina sobre la cual el fuerte inglés Oliver Cromwell 
hizo de Inglaterra no sólo la más poderosa sino la más res- 
petada entre las naciones del mundo. Y en medio de la 
resurrección de métodos de guerra que no hacen distinción 
entre lo justo y lo injusto, y que no merecen otro nombre 
que asesinato y esclavitud, nos satisfaría ver a América sos- 
tener firmemente el gran principio, contra quienquiera que 
lo ataque, de que las leyes de la humanidad, que son inmu- 
tables, no deben ser infringidas y ultrajadas. Ya eso sólo 
contribuirá a mantener vivo el espíritu de justicia en el 
mundo y a acercar el día de la paz. 

Hall Cains. 



138 APÉNDICE 

II 

COSMOS A HALL CAINE 

Noviembre 27 de 1916. 
A HallCaine: 

Debo a la amabilidad del New York Times el poder con- 
testar inmediatamente su carta de 25 de Noviembre trasmi- 
tida por cable. Permítame manifestarle que usted no ha 
comprendido exactamente el propósito de mi alegato. La 
mala inteligencia se debe, sin duda alguna, a la forma imper- 
fecta o parcial en que ha llegado a sus manos. Tal vez sea 
debido, en parte, a que en el momento de su publicación 
hubo, tanto en éste como en otros países, un cierto número 
de manifestaciones de opinión referentes a la terminación de 
la guerra con las cuales mi alegato puede haber sido rela- 
cionado injustificadamente. Acaso la mala inteligencia sea 
debida al encabezamiento bajo el cual mi alegato fué publi- 
cado. 

Yo no abogo por una paz inmediata. Por el contrario, me 
aparto completamente de todas aquellas personas y de todos 
aquellos movimientos de opinión que recomiendan, fundados 
en motivos humanitarios, una paz inmediata, aun a costa 
de los grandes objetivos de la guerra. Hasta tanto esos 
objetivos sean alcanzados, y una vez alcanzados asegurados 
para lo futuro, esta guerra no puede ser terminada con algo 
que merezca el nombre de paz. En tales circunstancias, el 
resultado sería, en el mejor de los casos, una nueva era de 
competencia de armamentos y una nueva y desesperada 
lucha, por todos los medios conocidos, p>ara obtener una 
situación ventajosa desde la cual poder inidar y proseguir 
una nueva e igualmente terrible contienda. 

El punto de partida de mi alegato, dando por sentado la 
derrota de Alemania y sus aliados, es la creenda de que ha 
llegado el momento de considerar si la guerra no puede ser 
terminada en un futuro no distante, por un pacto interna- 



á 



APÉNDICE 139 

donal en el que los Estados Unidos tendrían intervención. 
Con el objeto de suministrar una base para la discusión de 
tai pacto internacional, ciertas proposiciones definidas fueron 
presentadas y examinadas en mis contribuciones al New 
York Times. Sería de una gran ayuda si estas propuestas 
concretas y definidas, una vez que hubieran sido íntegra- 
mente leídas y cuidadosamente examinadas, pudieran servir, 
acaso, de base para un futuro pacto internacional, cuyo pro- 
pósito sería el de hacer todo lo humanamente posible para 
proteger la civilización contra la repetición de la presente 
calamidad. 

Usted se equivoca igualmente al suponer que estos artícu- 
los han sido escritos con la desventaja resultante del aleja- 
miento del autor de las emociones producidas por la guerra. 
El autor ha debido hacer un esfuerzo para evitar que la 
menor expresión de sus sentimientos apareciera en sus argu- 
mentaciones; y ese esfuerzo constituyó una tarea difícil dada 
la profundidad de sus sentimientos. Nadie cuyos senti- 
mientos no hayan sido profundamente afectados por la causa 
de los Aliados en esta guerra, puede intervenir en la discu- 
sión de las condiciones de una paz duradera. 

Cosmos. 



III 

HALL CAINE A COSMOS 

Londres, Noviembre 29 de 1916. 
A Cosmos: 

Debo a la amabilidad del New York Times el haber leído 
su carta telegrafiada el lunes, y me apresuro a decirle que 
nada puede parecerse menos a ella que el espíritu general de 
sus arü'culos, tales como fueron dados a conocer por el re- 
sumen publicado de este lado del Atlántico. Ese resumen 
los presentaba como un ballon d'essai ^ una exploración, posi- 
blemente en interés de Alemam'a, o, por lo menos, capaz de 



I40 APÉNDICE 

ser utilizado en beneficio de Alemania. Pero mi carta no 
estaba inspirada en esa interpretación injuriosa. Por el con- 
trario fué sugerida por el disgusto de que un órgano responsa- 
ble de opinión inglesa hubiese empleado semejante lenguaje, 
tratándose de un escritor evidentemente sincero y de un 
diario como The New York Times que ha publicado algunos 
de los artículos más luminosos, perspicaces, profimdamente 
sentidos e inspirados en los mejores sentimientos que han 
aparecido en todos los países durante la guerra. 

El móvil de mi carta fué el de reconocer el hecho evidente 
de que los Estados Unidos, al iniciar una propaganda en 
favor de la paz, sólo podían estar inspirados por los más altos 
motivos de humanidad, contra la manifiesta oposición de 
los intereses materiales. 

Por eso fué por lo que hice todo lo posible pora contes- 
tarle en el elevado terreno de la ley moral, no en el de la 
oportunidad o la necesidad militares; citando frecuentemente 
las propias palabras que le eran atribuidas, y no sacando de 
sus argimientos otras consecuencias que las que parecian de 
acuerdo con el espíritu general de los mismos. Al proceder 
así creí interpretar el sentimiento general del pueblo de 
nuestro país, el cual agradece a América lo que hace, y no 
pretendí, por cierto, desterrar la palabra paz del vocabulario 
de la más grande de las naciones neutrales, por poco que 
ella misma quiera usarla. 

Pero si usted cree tener razón de quejarse por el lenguaje 
que alg\mas veces se emplea con respecto a América en este 
país, le ruego se coloque en nuestro lugar. Acaso sea verdad 
que todos los Junkers no están en Alemania, que todos los 
Hunos no están en Prusia, que lo mismo aquí que del otro 
lado del Rin hay quienes profieran bravatas, y que en medio 
de los infinitos sufrimientos ocasionados por la guerra k» 
más vehementes clamores por su continuación pueden venir 
de los pulpitos guerreros, de los sofás heroicos y de los inven» 
dbles sillones; pero eso no es todo, de ninguna manera. 

El nuestro es un pueblo orgulloso, magnánimo y valiente, 
que no tiene ni la costumbre de la derrota ni está dispuesto 



APÉNDICE 141 

a soportar la vergüenza de ella. Hemos conoddo en otros 
tiempos toda la amargura de las horas oscuras y amenaa^ 
doras. Hace menos de tres siglos, después de un período de 
supremacía mundial, vimos la flota holandesa surcar triun- 
fante el Támesis. Hace menos de dos siglos, en la víspera 
de nuestros más grandes triunfos, vimos nuestras fuerzas 
despedazadas en la tierra y en el mar. 

Pero nuestro espíritu nacional nunca flaqueó. Jamás nos 
hemos sometido a una paz vergonzosa, y ahora, cuando, 
como lo creemos, somos víctimas de una trama cobarde y 
cruel, cuando estamos sufriendo junto con nuestros aliados 
y con algunas de las naciones neutrales, sin excluir a América, 
todos los horrores imaginables que la inhumanidad puede 
concebir y la barbarie ejecutar, no nos parece que nos esté 
bien ponemos a hablar de la paz hasta que la veamos cer- 
cana y la sepamos justa. 

Dejemos que nuestros enemigos, por miedo o por jactancia, 
vociferen por ella. Ese no es nuestro espíritu, ese no es 
nuestro modo de ser. No está en nuestro modo de ser el 
hacerlo, sea el que fuere el precio que debemos pagar por 
nuestro silencio. Ese es el rasgo prominente de nuestro 
carácter nacional ; y no conocerlo es no conocer nuestro país, 
lo que es y lo que ha soportado. 

Algunos de los que hemos tenido la obligación de hablar 
a nuestro pueblo diariamente, por intermedio de los grandes 
diarios, nos hemos dado cabal y clarisima cuenta de ese 
imperecedero rasgo nacional. Hay ciertos temas que no 
podemos discutir porque nuestro pueblo no admite que estén 
dentro de los límites de la cuestión. Hay ciertas eventuali- 
dades que no podemos considerar porque nadie cree que 
estén dentro de los límites de lo posible; y sobre todos esos 
temas y eventualidades está el tema y la eventualidad de 
una paz prematura, y, por consiguiente, peligrosa y deshon- 
rosa. En lo que a esto toca, a pesar de todos nuestros sufri- 
mientos presentes, pasados y futuros, el alma de nuestro 
imperio está resuelta a todo. De ahí la impadenda y aun 
la desconfianza con que han sido recibidas en este país algu- 



142 APÉNDICE 

ñas de las discusiones sobre la paz en América; y de ahí, tam- 
bién, el falso concepto que, como lo demuestra su carta, 
prevalece a veces con respecto a su objeto y su alcance. 

Estoy de completo acuerdo con las tendencias generales 
de su carta, tal como ésta me ha sido trasmitida por el cable. 
Que cuando la guerra haya sido terminada de acuerdo con 
la justicia (Dios quiera que sea pronto !) debe hacerse im 
esfuerzo para concluir un convenio internacional cuyo fin 
sea el proteger la civilización contra la repetición de una ca- 
lamidad semejante, es una propuesta que se recomienda por 
sí sola y que tendría la aprobación de la inmensa mayoría de 
mis compatriotas; y nos parece justo que América encabece 
esa alta empresa como la gran nación cuyo pKxler le da 
autoridad ante el mundo y cuyas manos están limpias del 
presente crimen. 

Pero al entrar en la liga para la paz usted propone no de- 
bemos forjamos ilusiones. No debemos creer necesaria- 
mente que vamos a ajustamos a los principios pacíficos del 
fundador de nuestra religión. Esos principios, tal como la 
mayoría de nosotros los entiende, están basados en el senti- 
miento de que la violencia, en cualquier forma en que se 
emplee, produce la violencia, y que el único medio de esta- 
blecer el imperio de la ley moral es el de no oponer resistencia 
al mal. 

Pero comprendemos que esa doctrina puede hacer már- 
tires y religiones pero no naciones, y que la liga internacional 
que usted propone para la paz debe fundarse en la fuerza. 
Del mismo modo que los gobiemos nacionales, esa liga de- 
pendería en última instancia de la fuerza en que se apoyara, 
y, por consiguiente, estaría sujeta a ser cohibida y deshecha 
y a algunos otros de los males menores inherentes a las con- 
diciones actuales. 

Comprendemos, por otra parte, que la fuerza en que se 
apoyaría la liga internacional para la paz seria una fuerza 
internacional y no nacional: y esa diferencia seria funda- 
mental. Ella nos permitiría esperar que la ley moral ir^*^ ; 
yese en la solución de las diferencias internacionales» y 4 ic. 



APÉNDICE 143 

por consiguiente, un ultimátum como el de Austria a Serbia 
fuera imposible; que los derechos de las pequeñas naciones 
serían considerados sin tener en cuenta la fuerza a disposidón 
de las mismas para hacerlos respetar, y, por consiguiente, 
hechos como la violación de Bélgica y el esclavizamiento de 
su pueblo fueran inconcebibles, y, sobre todo, que una guerra 
universal, tal como la que ahora nos envuelve, causando in- 
calculables sufrimientos a millones de personas, no sería 
otra vez emprendida después de unos cuantos días de diplo- 
mada vertiginosa dirigida por un puñado de hombres no 
todos distinguidos por su inteligencia o exentos de sospecha 
de móviles indignos. 

Si América consigue, a su debido tiempo, formar una tal 
coalición, habrá prestado a la humanidad un servido tal 
como el mundo apenas hubiera osado esperar todavía. Una 
conclusión tan santa, tan feliz, casi nos reconciliaría con la 
infinita desgracia del espantoso conflicto actual, hadéndonos 
comprender que por esa razón Dios ha permitido que, así 
como una vez por el agua, ahora por el fuego, el mundo fuese 
purgado de la peor de sus impurezas; que El no ha permitido 
que nada se malgaste, que ningún sufrimiento, que ningún 
sacrifido sea estéril; y que por medio de esta época de dolor 
El ha concedido al afligido mundo una gloriosa resurrecdón. 
Dios lo quiera I Hall Caine. 



IV 

COSMOS A SUS críticos 

Didembre i de 1916. 
Al Director del New York Times: 

Desearía contestar las cartas que me han llegado por su 
intermedio, aplaudiendo o criticando mis opiniones publica- 
das en el Times con respecto a la base de una paz duradera, 
que todas las nadones, sean o no beligerantes, manifiestan 
desear. 



144 APÉNDICE 

Permítame repetir, una vez más, que mis opiniones presu- 
ponen la victoria militar y económica de los Aliados sobre 
los Imperios Centrales y la prosecución de la guerra hasta 
obtener la seguridad de poder llegar a un convenio interna- 
cional que, en primer lugar, cumpla y asegure los fines para 
la obtención de los cuales los Aliados están prosiguiendo la 
guerra, y, en segundo lugar, establezca los medios de im- 
pedir en lo futuro, en cuanto sea humanamente posible, el 
estallido de un conflicto internacional semejante. 

Mis apreciaciones se dirigen principalmente a los ameri- 
canos, en la esperanza de que la opinión pública en los Esta- 
dos Unidos sea conducida a informarse concreta y detalla- 
damente con respecto a los fines precisos de la guerra y a los 
medios de cumplirlos y asegurarlos cuando llegue el mo- 
mento de ocuparse de las condiciones de la paz. Los Estados 
Unidos son neutrales en esta guerra, pero están directa y 
profundamente interesados en su resultado, no sólo en los 
campos de batalla, sino en el terreno de las ideas políticas. 
Se esperaba, naturalmente, que mis argumentos fueran, 
como lo están siendo, conocidos en Europa, a fin de poner, 
dentro de ciertos límites, en contacto el alma de ésta con la 
de los Estados Unidos con relación a las cuestiones vitales 
que están siendo consideradas. 

Permítaseme repetir, una vez más, que mi alegato no ha 
sido escrito o publicado como parte de una propaganda pro- 
Alemania para la obtención de una paz inmediata, y que 
no está vinculado ni directa ni indirectamente con organiza- 
ción o movimiento alguno en éste u otros países para con- 
cluir rápidamente la guerra sobre la base de una solución 
militar indecisa. Es una mera coincidencia, y no una coin- 
cidencia afortunada, la de que mi alegato haya sido publi- 
cado en un momento en que tales organizaciones y tales mani- 
festaciones constituían asuntos de actualidad. 

Permítaseme, también, indicar que me sentirla mucho 
más satisfecho y lisonjeado si los que me escriben se tomasen 
la molestia de leer mi alegato antes de criticarlo o de aplau- 
dirlo. Cosmos. 



APÉNDICE 145 



LOS ARTÍCULOS DE COSMOS 

Del New York Times, Diciembre 18. 

En la serie de artículos escrítx)s por Cosmos y aparecidos. 
en las columnas del Times, de los cuales el décimo sexto y 
último aparece esta mañana, hemos oído la voz de la razón 
en medio del fragor de las armas. Las condiciones sobre las 
cuales una paz duradera debe basarse han sido su tema. 
Una clara comprensión de la rivalidad de intereses, de las 
malas soluciones políticas y de los falsos ideales de los cuales 
la presente guerra es el resultado, es su mérito; la justicia y 
una profunda convicción de que de esta guerra deben resultar 
medidas de seguridad contra futuras guerras lo han guiado en 
sus conclusiones. Los artículos de Cosmos han provocado 
ciertas críticas, más aún han estimulado la discusión. Ellos 
constituyen una previsión completa de los arreglos que deben 
efectuarse una vez concluida la guerra y que son esenciales 
para una paz duradera. 

En la frase inicial de su noveno artículo el autor vuelve a 
indicar las condiciones que, a su juicio, deben de constituir 
la base de la paz, si ella ha de ser duradera: 

*'E1 campo que hasta ahora hemos recorrido abarca el 
esbozo de un arreglo de las consecuencias de la guerra, que 
asegurase el libre desenvolvimiento nacional de todos los 
estados, grandes y pequeños, la política de Ubre cambio en 
el comercio internacional, la exención de la propiedad pri- 
vada, que no sea contrabando, de captura o destrucción en 
el mar, y además que restaurase la Alsada-Lorena a Francia 
al mismo tiempo que hada a Rusia dueña de los Dardanelos 
y del Bosforo." 

Queda aún el otro objetivo de la guerra, del cual dijo Mr. 
Asquith que la Gran Bretaña nunca envainaría la espada 
hasta haberlo alcanzado: la completa destrucción del mili> 
tarismo prusiano, de ese *' estado de espíritu prusiano," como 



146 APÉNDICE 

lo llama Cosmos que ha hecho de Alemania una nación mili- 
tar. Queda también la reparación a Bélgica por Alemania y 
a Serbia por Austria. 

Las seguras salvaguardias que las naciones deben levantar 
contra la guerra, la liga de todos para asegurar la paz de 
todos, la constitución de comisiones de investigación para 
estudiar las causas de desacuerdo y de un tribunal interna- 
cional, han sido discutidas en los artículos finales con una 
notable amplitud de miras y ima clara comprensión de las 
dificultades que se oponen a su realización. Especialmente 
instructiva es la discusión de la naturaleza de las medidas 
por medio de las cuales se hará efectivo el cumplimiento de 
los convenios internacionales, los cuales, si han de servir 
para algo, deben ser reahnente obligatorios; y del papel que 
al respecto los Estados Unidos, en vista de su Doctrina de 
Monroe y de su tradicional desinterés en la política euro- 
pea, podrían desempeñar segura y apropiadamente. Y hay 
también palabras de consejo dirigidas a nuestro pueblo, pre- 
venciones de las consecuencias que sobrevendrán si no tene- 
mos el debido sentimiento del deber y del servicio nacional; 
prevenciones que sería conveniente que los americanos no 
echaran en saco roto. 

Al pedir sus opiniones a Cosmos y al publicarlas, The 
Times cree haber prestado un servido cuyo valor quedará 
evidenciado de un modo notable cuando, después de la 
guerra, las condiciones de paz, en toda su variedad, conse- 
cuencias y ramificaciones, pasen p)or el crisol de la discusión 
pública. Cosmos ha sometido a la consideración pública no 
sólo condiciones de paz sino también principios fundamen- 
tales. 



ÍNDICE DE LOS NOMBRES PROPIOS 



Abad de Saint Pierre, 93. 

Adams, John, 30. 

Africa, 99, no; Sur de, xi, 13, x6. 

Africana, Guerra Sur-, 1 2. 

Alemán, Imperio, 4, 4», 59, 67. 

Alemania, 5, 6, 7, 8, 9, 11, 13, 14, 
15, 16, 18, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 
32, 33, 37, 40, 42, 44, 46, 4«, 
49, 51, 52, 55, 56, 59, 60, 63, 64, 
65, 67, 78, 79. 80, 84, 87, 94, 95, 
103, X05, 119, X 20, 121, X24. 

Aliados, IS, 22, 52, 55, 56, 61, 63, 
65, 66, 67, 85, 90, 96, 97, 120, 
121, 124, 127. 

Alsada, 14, 42, 43, 44, 45, 46, 47, 
48, 49, 58, 67. 

América, 22, 63, 99, X12. 

Amistad y Comercio, Tratado de 
— , con Prusia, 30. 

Appomattox, 62. 

Arbitraje, Tribunal de, 79, 81. 

Argentina, 32, 108. 

Asia, 51, 56, 99, lio; Menor, 51, 

54. 
Asiática, Doctrina de Monroe, 122. 
Asquith, Herbert H., 7, xx, 58, 6x, 

62,94,95. 
Australia, xi, X3, 16. 
Austria-Hungila, 6, 23, 32, 33, 40, 

84, 87, 103, X22. 

Avebury, Lord, 34. 

Bacon, Robert, 87. 

Balcanes, Península de los, 51, 54. 

Beaconsfield, Lord, 57. 

Bélgica, 6, xo, II, 13, 14, 23, 33, 

40, 44, 65. 
Bentham, Jeremy, 94. 
Berlín, 57. 



Bethmann-HoUweg, Cancillfr von, 
7, 8, 9, XI, X5, x6, 24, 66, 95, 

X20. 

Bismarck, Príndpe von, 46, 65, 
xoó. 

Blackstone, Sir William, 73- 

Blanc, Louis, 44. 

Boiden, Sir Robert Laird, 35. 

Bosforo, el, 55, 56, 58,67. 

Bourgeois, Leon, 77. 

Bourtzeff, M. B., 53. 

Brasil, 32. 

Brentano, Profesor, 19. 

Bretaña, la Gran, 5, 6,| 7, ix, X2, 
13, 16, 20, 23, 25, 26, 27, 29, 33, 
34, 35, 36, 37, 40, 65, 66, 67, 68, 
72, 79, 80, 83, 84, 87, IOS, 119. 

Briand, Aristidc, 39. 

Bright, John, 20. 

Británico, Imperio, 12. 

Bulgaria, 33. 

Bülow, Pilndpe von, 14, 77. 

Bund Neues Vaterland, 24. 

Butler, Nicholas Murray, 70. 

Calais, 6. 

Campbell-Bannerman, Sir Hexiry, 

XI, 12. 
Canadá, XX, 13, x6, 35. 
Canal de la Mancha, 6. 
Canning, George, 57. 
Casablanca, Pleito de, 80. 
Catalina, Emperatriz de Rusia, 52. 
Cirailar, Nota Rusa, 31, 74. 
Clarendon, Lord, 21. 
Qémenceau, Georges, 44. 
Qeveland, d Presidente Grover, 

X14. 
Cobden, Richard, 2a 



147 



148 



Índice 



■Comercio, Tratado de Amistad y 
— , con Prusia, 30. 

«Comisión International de Inves- 
tigación, 91, 92, 96, 97. 

Conferencia, Económica de las Po- 
tencias Aliadas, 20; Primera — 

de La Haya, 30, 31, 74, 75. 77, 78. 
XXI, 123; Segunda — de La Haya, 
31,32,72,81,84,85,86,87,88, 
91 , 1 1 1 , 1 23 ; Naval de Londres, 
86 ; Tercera — Panamericana, 7 1 . 

Congreso de La Haya, 40. 

Constan tinopla, 57. 

Crucé, Emeric, 93. 

Cuestión de Oriente, 21, 44, 51, 54. 

Chamberlain, Houston, 61. 
China, 32, 108. 
Choate, Joseph H., 73. 

Dardanelos, los, 55, 56, 58, 67. 

Declaración de Guildhall, 58; de 
Independencia, 69; de Londres, 
29, 86; de París, 30. 

Demburg, Dr., 24. 

Dinamarca, 14, 25. 

Discurso de Despedida, de Wash- 
ington, lio. 

Doctrina de Monroe, xzz, 1x3, 1x4, 
122. 

Dubob, 94. 

Egeo, Mar, 51. 

Einkreisungspolitik, 55. 

Eacoeia, 14. 

Eslavos, del Sur, 15, x6, 33. 

E^Mifia, 1 08. 

Erados Unidos, 3, x8, 21, aa, 35, 
«7. 29. 30, 31. 3a, 33. 68, 69, 71, 
73, 79, 80, 83, 83, 84, 87, 90, 93. 
96, 97. 98, 99, zoo, 104, IOS, 106, 
X07, X08, lio, III, ZI3, Z14, 115, 
116, X17, Z18, 119, X3X, xaa; 
Congreso de ka, 3 1, 96, 103, 104, 
XII ; Tribunal Supremo de los, 
73, 83, 83, 88, 89, 90. 



d'Estoumelles de Constant, Barón, 

77. 
Estrasburgo, 43, 47. 
Europa, 6, 21, 22, 43, 44, 48, 51, 62, 

68, 94, 99, 102, 106, 108, lio, 

112, 113. 

Falkenhayn, el General von, 52. 

Federico el Grande, 52. 

Federico Guillermo III, 127. 

Fichte, Johann Gottlieb, 126. 

Francesa, República, 37, 46, 64, 
77; Revolución, 47, 53, 64. 

Francia, 6, 18, 23, 33, 37, 38, 39. 
40, 41, 43, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 
57, 58, 63, 64, 65, 67, 68, 79, 80, 
84,87,96, 105, 119, 121; Isla de, 

47- 
Franklin, Benjamin, 30. 
Fundación Pía de California, 

Pleito de la, 79. 

Gadsden, Tratado de, 105. 
Gales, País de, 14. 
Gambetta, Léon, 44. 
Gladstone, William E., xx, X3, 43, 

48, 57, 68. 
Gorchakof, Príncipe, 54. 
Gran Bretaña, la, 5, 6, 7, iz, X9, 

13, 16, 20, 23, 25, 26, 27, 39, 33. 

34, 35. 36, 37, 40, 65, 66, 67, 68, 

73, 79, 80, 83, 84, 87, Z05, 119. 
Grecia, 11, 13, 108. 
Grey, Vizconde, 7, 8, 9, zi, 13, 16, 

34,58, z 20. 
Grotius, 25. 
Guadalupe Hidalgo, Tratado de, 

IOS. 
GuUdhaU, DedandóQ de, 58. 



Hamilton, AhnrtmW, ft. 

Hay, John, 30, 

Haya, La, 81, 85, 96; Ooogren de 
La, 40; Primera Co&fecaida de 

La, 30, 31, 74, 75, 77, 7». i". 



Índice 



149 



1 33 ; Segunda Conferencia de La, 
31.32,72,81,84,85,86,87,88, 
91, III, 1 23 ¡Tribunal de La, 79, 
82. 

Holanda, 25, 85, 87. 

HoUs, Frederick W., 77. 

Holstein, Schleswig», 14. 

Huerta, el General, 104. 

Hugo, Víctor, 44. 

Imperio, Alemán, 4, 48, S9. «7; 
Británico, 12; Sacro — Romano, 
47; de Rusia, 52. 

India, 56. 

Injluencúi dd podtr maritimo en la 
kistorút, por Mahan, 36. 

IngUterra, 14, 16, 34, 37, 56, 57, 
63. 

Instituto Americano de Derecho 
Internacional, 68. 

InteressenpoUtik, 65. 

Internacional, Instituto Ameri- 
cano de Derecho, 68; Tribunal — 
de Justicia, 72, 78, 80,81, 83, 84, 
85,86,87,88,89,91,95,97,98, 
102, 123; Tribunal — de Presas, 
85.. 

Investigación, Comisión Interna- 
cional de, 91, 92, 96, 97. 

Irlanda, 12, 15, 23. 

Italia, II, 13, 33, 40, 67. 79. «7, 
IOS. 

Jackson, Andrew, 90. 
Japón, 33, 68, 79. 80, 87, 105, 122. 
Jefferson, TlxMnas, 30, 72, 113. 
Jena, 127. 

Joffrc, el General, 38. 
Joubcrt,42. 

Justicia Arbitral, Tribunal de, 77, 
79, 87. 

Kant, Immanuel, 94. 
Kitchener, Lord, 4. 



Ladd, WmkiB, 94. 

Londres, 7, 34, 86; Dedaradóa de, 

29,86. 
Lorena, 14, 42, 43, 44, 45, 46. 47, 

48, 49, 58, 67. 
Loudon, Dr. J., 87. 
Lusitania^ 36. 

Machtpolitik, 51, 54, 65. 

Mfkfiwm, d General, 59. 

McKÍiilcy,el Préndente Will¡am,30. 

Mahan, d Almirante, aó. 

MajubaHill, 12. 

Mantfdd, Lord, 72. 

Mar Negro, SI, 56. 

Mame, Batalla del, 4, 38. 

Marshall, John, 90. 

Martens, F. de, 32. 

Mazzini, 100. 

Méjico, 79, 104, IOS. 

Mettemich, 57. 

Michelet, 96. 

MUioukoff, Paul, 57- 

Moltke, d General von, 46. 

Monroe, d Presidente James, iii, 
113, 114, 122; Doctrina de, iii, 
113, 114, 122; Doctrina Asiática 
de, 122. 

Montenegro, 33. 

Moscow, S7- 

Mouravieff, Conde, 51, 75. 

Napoleón, 48, 64. 
Naval, Conferencia, 86. 
Noruega, 25, 32. 
Nueva York, 35. 

Orden dd Consejo, de agosto 20, 
1914, 29, 

Padfioo, el, 56. 
Fdmcttton, Lord, 11, 57. 
PÉnamcricana, Conferencia, 71. 
Plufs, 30; Declaración de, 30; Tra- 
tado dé, 31. 



ISO 



ÍNDICE 



Paunccfotc, Lord, 77. 

Paz de Utrecht, 93. 

Pcnn, William, 94- 

Persia, 56. 

Pérsico, el Golfo, 56. 

Pleito, de Casablanca, 80; de la 
Fundación Pía, 79; de Preferen- 
cia Venezolana, 79; de la pesca 
en las costas del norte del At- 
lántico, 80; de Savarkar, 80. 

Poderes Centrales, 6, 1 20. 

Poincaré, el Presidente, 38, 39. 

Polonia, 14, 15, 23, 40. 

Portugal, 25, 32, 33. 

Preferencia Venezolana, Pleito de 

la, 79- 
Prusia, 14, 30, 52, 58, 59, 60, 62, 
64, 124; Tratado de Amistad y 
Comercia con, 30. 

Quinet, Edgar, 44. 

Reichsland, 42, 48. 

Reichstag, 7, 8, 95. 

Renault, 77. 

Revolución Francesa, 47, S3» 64. 

Río de Janeiro, 71- 

Roosevelt, el Presidente Theodore, 

30, 79- 

Root, Elihu, 31, 71, 81, 82, 83, 87. 

Rousseau, 94. 

Rumania, 33, 52, 123. 

Rusia, 6, 14, IS» 23, 24» 32» 33» 37» 
50, SI» S2, S3» S4» 5S, S6, S7» S8, 
67» 74» 7S» 84, 87, 103, IOS» 119» 
121, 122; la Circular de, 31, 74* 

Russell, Lord, 11, S7. 

Russkia Viédomosti, 57. 

Sacro Imperio Romano, 47* 
Saint Pierre, el Abad de, 93. 
Salisbury, Lord, S7- 
Savarkar, d Pleito de, 8a 
Schleswiy-Holftiein, 14. 
ScfamoDer, Pvoíetor, 19. 



Scott, James Brown, 86, 87. 
Serbia, 6, 10, 23, 40. 
Somme, Batalla del, 4. 
Suecia, 32. 
Suiza, 59. 

Sumner, Profesor William G., 22. 
Sur- Africana, la Guerra, la. 
Sussex, 36. 

Talbot, Lord Canciller, 72, 

Talleyrand, 41, 42. 

Tampico, 104. 

Transiberiano, el ferrocarril, 56. 

Tratado, de Gadsden, 105; de 
Guadalupe Hidalgo, ios; <ic 
París, 21. 

Tremta Años, la Guerra de los, 47- 

Treitschke, 48. 

Tribunal, de Justida Arbitral, 77, 
79, 87; Internacional de Jus- 
ticia, 72, 78. 

Troubetzkol, Príndpc Eugene, 57. 

Turquía, 33, 56, 122. 

Utopia, 109, 126. 
Utrecht, Paz de, 93. 

Venezuela, 79. 
Vera Cruz, 104. 
Verdun, 4. 
Viena, 41. 

Wagner, Profesor, 19. 
Washington, D. C, 68, 9S; Geocge, 

1 1 1 , 1 1 2 ; Discurso de Despedida 

de, lio, III. 
Waterioo, 64. 
Webster, Daniel, X13. 
White, Andrew D., 77, 78. 

WOaon, d Pittkknte Woodrow, 
95,108. 



Zar, el, $4. 7Si xij. 




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