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Full text of "Los malhechores del bien. comedia en dos actos y en prosa"

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B456m 



Bbnavente , Jacinto 
Los malhechores del b ien« 



JACINTO BBNA VENTE 



Los oíallieGlioies del iq 



COMKDI A 



4&n doe aótos y eñ prosa, original 



SEQUNDA EDICIÓN 



SOCIEDAD DE AÜTOREg ESPAÑOLES 
liúftez de Balboa, 12 

iei2 



LOS MALHECHORES DEL BIEN 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en 
España ni en los países con los cuales se hayan cele- 
brado, ó se celebren en adelante, tratados internacio- 
nales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados y representantes de la Sociedad de 
Autores Españoles son los encargados exclusivamente 
de conceder ó negar el permiso de representación y 
del cobro de los derechos de propiedad. 



Droits de représentation, de traduetion et de repro- 
duction reserves pour tous les pays, y compris la Sué- 
de, la Norvége et la Hollande. 



Queda hecho el depósito que marca la ley. 



LOS PIHLHEGHOÜES DEL BIEII 



COME^DI A 



er> dos act:os y en prosd 



OaiGrNAL DK 



JACINTO BENAVKNTE 



Estrenada en el TEATRO LARA el l.o de Diciembre de 1905 



SEGUNDA EDICIÓN 






7 



MADRID 

E. Vblasco, imp., Marqués db Sakta Aha, U düp.* 

Teléfono número 651 

1912 



REPARTO 



PERSONAJES 



ACTORES 



Lá MARQUESA VIUDA DE CASA 

MOLINA Sea. Valverde. 

DOÑA ESPERANZA Rodeíguez. 

ASUNCIÓN.... Seta. Alba. 

TERESA.. DoMUS. 

NATIVIDAD Sea. Euiz. 

LA REPE! ONA Belteán. 

UNA C::iADA Gaecía Roch. 

DON HELIO DORO .. Se. Rubio. 

JESÚS Calle 

MARTÍN Pacheco. 

ENRIQUE Baeeaycoa. 

EL MARQUÉS DE SANTO TO- 

RIBIO La RiVA. 

DON FRANCISQUITO Zoeeilla. 

CABRERA ¡Simó-Raso. 

UN CRIADO Iglesias. 



La acción en un pueblo puerto de mar.— Época actual 



¿ÜQ^M^ 



,sr<^„C^^¿g^.. ^.«ff!<y^ 



ACTO PRIMERO 



Sala en casa de la Marquesa Viuda de Casa-Molina. Muebles antiguos 
y á estilo de pueblo 



ESCENA PRIMERA 

La MARQUESA DE CASA-MOLINA y DON FRANCISQUITO 

Fran. ¿Manda otra cosa la señora Marquesa? 

MARQ.a Nada, don Francisquito, que estén listas 
todas esas cuentas antes de la junta de esta 
tarde. ¿Ha comprobado usted los bonos de- 
vueltos? No tengamos la del mes pasado. 

Fraív. Descuide la señora Marquesa. Desde que las 

señoras de la Junta, con muy buen acuer- 
do, han decidido que sirva los bonos el otro 
Zurita, no volverá á suceder. 

Marq a ¿Pero se ha cambiado de almacén? Siempre 
dijeron que el de Zurita era el mej.or. 

Fran. Sí, señora Marquesa; pero es que hay dos 

Zuritas en comestibles, dos hermanos; un 
Zurita es el baeno, pero ese es el malo. 

MARQ.a No comprendo... 

Fran. Es el bueno, porque tiene los mejores gene-, 

ros; pero es el malo, porque es un hombre 
sin religión y sin conciencia, que le robaba á 
ustedes sin escrúpulo, sin mirar que es de 
los pobres el dinero de ustedes. 

MARQ.a Cierto. ¿Y ahora se ha cambiado? 

Fran. Sí, señora; por el otro Zurita, que es al que 

dicen todos el malo, porque no tiene el al- 



— 6 — 

macen tan bien surtido, pero ese es el bue- 
no: un santo varón incapaz de lucrarse ma- 
lamente. 

MARQ.a Ahora lo entiendo: el malo es el que tiene 
la tienda buena, y el bueno es el que tiene 
la tienda mala. 

Fran. Sí, señora Marquesa. 

MARQ.a Y de ese. nos surtimos ahora; me parece- 
muy bien. • 

Fran. Lo acordaron las señoras en la última Jun- 

ta. La señora Marquesa no estaba aquí to- 
davía; pero me extraña que no le hayan di- 
cho nada á la señora Marquesa. 

Makq.^ Me lo habrán dicho, pero no me he entera- 
do, con esa confusión; los dos Zuritas, el 
bueno que es el malo, el malo que es el 
bueno. ¡ Ay, todo sea por Dios, y lo que cues- 
ta hacer bien y qué poco le ayudan á una!.... 

Fran. Sí, señora, sí; hay muy poca religión y mu^ 

poca caridad y poquísima conciencia. Pen- 
sar que muchos de los que socorren ustedes- 
son los primeros en hablar pestes... 

MARQ.a ¡Cómo ha de ser! El bien se hace por Dios; 
de la gente ya sabe uno lo que puede espe- 
rar: malas palabras y peores obras. No des- 
cuide usted esas cuentas. 

Fran. De ningún modo, señora Marquesa. 



ESCENA II 

La MARQUESA y ENRIQUE por primera derecha 
Fnr Buenos días, mamá. (Ua besa la mano.) 

MARQ.a ¡Hijo mío! 

Enr. ¿Cómo has pasado la noche? 

MARQ.a Bien. Y tú, ¿cómo estás? ¿No has sentido 
hoy el dolor de cabeza al levantarte? 

Enr. No, mamá. 

MARQ.a ¿Tomaste á media noche el medio vaso de 
leche y las dos galletas? 

Enr. No, mamá. 

MARQ.a ¿Por qué? 

Enr. Porque no me he despertado en toda la no- 

che. 



- 7 - 

Marq..^ Así te levantas luego tan débil. Tendré yo 
que entrar á despertarte para que te ali- 
mentes. 

Enr. No, mamá. 

MARQ.a ¿Por qué? 

Enr iPorque luego no me duermo, y prefiero dor- 

mir. ¿Y los primos no se han levantado to- 
davía? 

MARQ.a No. Estarán cansados del viaje. Desde París 
hay un tirón, y en Madrid no se detuvieion 
' nada. 

Enr ¿Duermen en la misma habitación? 

MARQ.a Naturalmente," un matrimonio... ¡Qué pre- 
gunta! 

Enr Es que anoche oí yo á mi prima que en Pa- 

rís, en el hotel, habían tenido dos habita- 
ciones. 

MARQ.a ¿Dijo eso? Me choca. ¡Cosas de París! 

Enr y también dijo que en todas partes los to- 

maban por padre é hija, menos una vez que 
los tomaron... 

MARQ.a ¿Por hermanos? 

Enr No... por... Teresita lo dijo. 

MARQ.a ¡Qué disparate! Tu prima Teresa tiene unas 
bromas... porque todo es broma. No es tanta 
la diferencia de edad; ni ella es tan joven 
ni su marido es tan viejo. 

Enr Es que mi primo político es tan feo... 

MARQ.a Han dado en decir que es feo; yo no le en- 
cuentro tan feo para hombre; en cambio es 
un santo, un hombre ideal, de los que ya no 
quedan, y Teresita nunca alabará á Dios 
bastante por la suerte que le ha deparado. 
Una muchacha sin posici,ón, después de la 
catástrofe de su casa .. í^t^J^^t'^'^ 

Enr La prima es muy guajDa, ¿verdad? 

MARQ.a Demasiado. No debía procurar parecerlo 
tanto. Viste de un modo muy impropio. 
Aquí no debe vestirse de ese modo si no 
quiere ponerse en ridículo. Ya se lo dire- 
mos. 

Enr ¿Van á estar aquí mucho tiempo? 

MARQ.a Muy poco; mientras les arreglan su casa de 
Moraleda. 

Enr ¡Ah! ¿Van á vivir en Moraleda? 

MARQ.a ¡Naturalmente! 



— 8 ~. 

Enr, Yo creí que vivirían en Madrid. 

Marq.íi ¡Qué disparate! Juanito no se ha casado con 
tu prima para vivir en Madrid. Allí se ne- 
cesita mucho dinero para sostener una po- 
sición decorosa. En Moraleda pueden ser 
los primeros si tu prima sabe conducirse; 
pero Teresita ha tenido siempre muy poco 
juicio, lo mismo que tu pobre tío Ramón, 
Dios le haya perdonado; cabeza más des- 
tornillada... así arruinó su casa y nos dio 
á todos tantos disgustos; como tu tío Helio- 
doro, mi otro querido hermano, vivo y fuer- 
te á Dios gracias. ¡Ay! Muy triste es decirlo, 
pero en nuestra familia los hombres han 
valido muy poco; por algo tengo yo siempre 
miedo... 

Enr. ¿a qué? ¿A que yo sea malo? 

MARQ.a ¿Tú? ¡No, ángel mío! Tú eres muy bueno, 
lo serás siempre. ¿Verdad que sí? Sobre tu 
buen natural, la educación y el ejemplo ha- 
cen mucho. Tiempo tendrás de ver el mun- 
do cuando llegues á edad razonable; pero, 
entre tanto, seguirás en nuestra vida patriar- 
cal: ocho meses del año en Moraleda, los 
otros cuatro aquí, en este pueblo tranquilo, 
frente al mar, y dejémonos de Madrid, lejos, 
lejos de esa Babilonia. Bastante cuidado me 
costó sacarte adelante, con lo delicado que 
naciste; gracias á esta vida ordenada, y ya 
que la salud del cuerpo parece asegurada, 
atendamos á la del alma, que importa más 
y se pierde más pronto. Me parece que el 
matrimonio se ha levantado ya; sí, es Jua- 
nito. 

Enr Espero para saludarle. 



ESCENA ]II 

DICHOS y el MARQUÉS DE SANTO TOKIBIO por la izquierda 

Marqués Querida tía, ¿cómo has pasado la noche? 
MARQ.a Muy bien; ¿y vosotros? ¿Habéis dorniido? 

¿No habéis extrañado la cama? 
Marqués Nada, nada. Yo en un sueño toda la noche. 

Cansadillo del viaje, á pesar del sliping. Yo 



no sé dormir en el tren... Hola, Enriquito, 
, muy buenos días. 
Enr. Muy buenos días, primo. ¿Y Teresita? 

Marqués Concluye de peinarse. Saldrá en seguida. 
Marq.íi ¿Qué desayuno queréis que os preparen? 
Marqués Cualquier cosa. El que os sirvan k vosotros. 
Marq.» a nosotros chocolate con bizcochos. Pero si 

preferís otra cosa... 
Marqués No, no; chocolate. 
MARQ.a Enrique, di que preparen chocolate, (vase En- 

• rique por la izquierda.) 



ESCENA IV 



La MARQUESA y el MARQUÉS 



Marqués 



MARQ.a 

Marqués 

Marq.íi 

Marqués 

MARQ.a 



Marqués 



MARQ.a 

Marqués 
MARQ.a 



Marqués 



Tiene muy buena cara Enriquillo. Anoche 

cuando llegamos me pareció de peor color; 

sería la luz. 

Sí, está muy bien. ¡Pobre hijo mío! 

No estudia nada, por supuesto. 

Nada; prohibido en absoluto. 

Muy bien hecho, que se robustezca primero; 

es muy joven. 

Diecinueve años. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Si 

su pobre padre le viera! Toda su ilusión era 

este hijo. Ya se ve, el único... 

Y como no esperaba tener ninguno... ¿Qué 
edad tenía el tío Manuel cuando nació En- 
riquito? 

Cincuenta y dos años... Muy buena edad. 
Cincuenta j dos... No los representaba. 
Había hombre para muchos años; pero los 
disgustos, las contrariedades... Me cuesta de- 
cirlo, pero mis hermanos le quitaron la vida 
con su mala cabeza. ¡Qué de pleitos, qué de 
trapisondas! Lo que él trabajó por sacarlos 
adelante, inútilmente: gracias si á fuerza de 
fuerzas, consiguió que no nos arrastraran en 
su ruina y pudo salvarnos á su hijo y á mí 
de la miseria, pero todo fué á costa de su 
salud. 

Y 'iime, tu hermano Heliodoro, ¿qué se 
hace? ¿Sigue tan famoso? Me^ sorprendió 



— 10 — 



Marqués 

MARQ.a 



Marqués 

MARQ.a 

Marqués 

MARQ.a 



anoche encontrarle aquí. Yo no sabia que 
vivía con vosotros. , 

MARQ.a Por temporadas. Del desastre de su fortu- 
na, logró salvar tres ó cuatro mil pesetillas 
de renta que se gasta todos los años en Ma- 
drid en un mes ó dos á lo sumo, (algunas 
veces en quince días), y el resto del año vive 
con nosotros, atenido á una modesta pen- 
sión que se le pasa. 
¿Y os da mucha guerra? 
No; cuando no tiene dinero está muy abati- 
do. Se contenta con predicar ideas disolven- 
tes, por supuesto, nunca delante de Enrique, 
eso no, le está prohibido y en eso sí que no 
transijo, de otro modo no le tendría en mi 
casa, porque dice cosas horribles. 
Todas las que ya no puede hacer. 
Verdaderas heregías. 

Y de su afición á la bebida, ¿se contenta 
también con predicar? 
¡Ay, eso no! Todavía de cuando en cuando... 
Lo único que hemos conseguido es que no 
las pasee por esas calles, que sean en sitio 
reservado; como aquí tocios le conocen, tie- 
nen orden de traerle á casa sin que nadie se 
entere; se está dos ó tres días acostado; para 
Enrique figura que padece de jaquecas, y 
así vamos llevando esta cruz, que nunca fal- 
ta alguna en la vida. Y tú, ¿estás contento 
de tu matrimonio? Yo espero que sí. 
Marqués Sí lo estoy. Teresa es encantadora, un ca- 
rácter muy igual, y tan alegre. 
MARQ.a Eso sí; muy vivo el genio, pero algo hay que 
conceder á los pocos años; al lado de ün 
hombre de experiencia como tú, se sentará 
pronto. Yo creo que seréis muy felices y 
tendrás en ella la mujer que faltaba en tu 
casa y la segunda madre que necesitaban 
tus hijos; las pobres criaturas que perdieron 
á la suya tan pronto. Si todos hubieran sido 
• chicos, pero las niñas sin una mujer á su 
lado no era posible. Y Teresita es muy cari- 
ñosa, eso sí, y los niños la encantan, los que- 
rrá como si fueran suyos. 
Marqués Eso creo; aunque por ahora quiero que sigan * 
todos en sus colegios; me escriben muy con-~ 



— n 



Marq.íi 
Marqués 

MaRQ.:v 



Marqués 



MARQ.a 



tentos... contentos del colegio, pero, cosas de 
chicos, mejor dicho, cosas de los mayores 
que les hacen pensar en lo que fellos no pen- 
sarían, escriben disgustadillos por mi casa- 
miento, las niñas sobre todo, si vieras qué 
carta... Me hizo gracia en medio de todo, 
pero me ha contrariado. 
Ahí veo la mano de tu hermana Rosalía que 
habrá llevado muy á mal tu casamiento. 
¡Figúrate! / 

¿Y quién tiene la culpa? Si ella tuviera otro 
genio á nadie mejor podías haber traído á 
tu casa. 

No me hables; ni yo, ni los chicos, ni los 
criados, podemos aguantarla; ya la cono^ 
ees. 

No, si esa, ya se lo pronostiqué la última 
vez que reñimos: morirá sola en un rincón 
rodeada de gatos y de cotorras. 



ESCENA V 



DICHOS y ENRIQUE por la izquierda con una mano vendada 



Enr. 

MARQ.a 

Enr. 

MARQ.a 

Enr. 



MARQ.a 



Enr. 

Marqués 

MARQ.a 

Marqués 
MARQ.a 



Ya dije que hicieran chocolate. 
¿Qué te ha paí-ado en esa mano? 
Nada, que me he quemado un poco. 
¿Que te has quemado? ¿Cómo? ¿En la co 
ciña? 

Con la maquinilla de alcohol de Teresita. 
Pasé por su cuarto, me llamó, se estaba ri- 
zando el pelo, se cayó la maquinilla... 
¡Qué diablura! Os pondríais á jugar coma 
dos chiquillos. Ponte patata raspada en se- 
guida. 

Si no vale la pena. 
¿A qué hora llega el correo? 
A mediodía. 

¿Recibís algún periódico? 
De Moraleda, el nuestro, el de siempre; de 
Madrid, ninguno; si hay alguna noticia in- 
teresante nos la cuenta don Francisquito; 
los periódicos no son para andar en manos- 
de todos. Si quieres alguno, don Francisquito- 



— la- 



te lo traerá, siempre que tengas cuidado de 
no dejarlo luego por ahí. 
Marqués No, si yo tampoco soy muy aficionado á pe- 
riódicos; leo las noticias, y nada más. 



ESCENA VI 

DICHOS y TERESA por la izquierda 

Ter Buenos días, tía... dame un beso. 

MARQ.a ¡Jesús! 

Ter jDc qué te asustas? 

Marq.h De nada; luego te lo diré. 

Ter No, dímelo ahora. 

MARQ.a ^"0, delante de Enrique, no. 

Ter Ya estoy también asustada... 

MARQ.a (Bajo.) Esc desliobülé, hija mía, demasiado 
escotado. 

Ter, ¡ Ah! ¿es eso? Pero si yo puedo escotarme sin 

peligro; estoy tan delgaducha... 

MARQ.a No digas desatinos, ese maiinée es de París, 
ya se conoce. 

Ter. Sí, pero está comprado en unos almacenes 

que según dicen pertenecen á una Asocia- 
ción religiosa. 

MARQ.a ¡Teresita! Comprende que á tu posición y á 
tu estado no sienta ya bien ese tono ligero. 
Eres una mujer casada. 

Ter Ya lo sé; pero ¿qué quieres? no se cambia 

de genio como de estado en un día. Si siem- 
pre he sido una chiquilla, mi cuerpo ha cre- 
cido, ha crecido, pero mi espíritu continúa 
siendo niño, y necesito mirarme mucho, re- 
cordar los años que tengo para no ponerme 
á saltar á la comba, á jugar con muñecas; á 
cantar al corro: tía, cuando pienso que al 
volver á Moraleda me encontraré en casa 
con cuatro pequeños, no puedo pensar en 
que he de ser su madre, en que deben ser 
mis hijos; no, son cuatro hermanos, cuatro 
hermanillos chicos con quien reir y jugar, 
i Cómo jugaremos! Cómo van á quererme y 
cómo les quiero ya sin haberlos visto, sólo 
porque son niños como mi alma y porque 
no tienen madre como 3^0. 



— 13 — 

Marqués Pero ¿sabes que he decidido no llevarlos por 
ahora á Moraleda? 

Ter ¿Por qué? 

Marqués Porque les conviene seguir en el colegio; es- 
criben que están muy contentos, aquello les 
prueba... Además, no quiero esclavizarte tan 
pronto. ¿Qué vas á disfrutar si en seguida 
empiezas con los cuidados de una casa y de 
una familia? 

Ter ¿Esa idea tienes de mí? Verdad que yo me 

tengo la culpa. Como digo que soy una chi- 
quilla no fías en mi juicio; la tía también te 
habrá dicho lo mismo, que no tengo forma- 
lidad, siempre ha tenido esa idea de mí. 

Marq.íi No se por qué dices eso. Si tuviera esa. 
idea de ti no te hubiera creído digna de la 
delicada misión que te has impuesto al ca- 
sarte. 

Ter. Sí, sí; eso dices; pero yo veo claro. Ya lo sa- 

bes, Juan, no tienes en mí una madre para 
tus hijos, tienes una chiquilla más, un cui- 
dado más; edúcame bien porque estoy muy 
mal educada, y eso que á pesar de haberme 
quedado sin madre muy pronto, tuve des- 
1 pues una madrastra muy severa que sabe 
educar á los más rebeldes. 

INlARQ.a ¿Una madrastra? 

Ter. Sí, la adversidad. 

MARQ.a Puedes quejarte. ¿Qué duró para ti la ad- 
versidad?, cuando todo faltó en tu casa, 
¿qué te faltó en la nuestra? ¿No procuramos 
por todos los medios que fueras feliz? ¿No 
lo eres hoy? 

Ter. Es que yo no soy egoísta; para creerme fe- 

liz, necesito saber que lo son cuantos me 
rodean, y en mi casa no era yo sola y no to- 
dos se libraron de la adversidad, y ahora no 
soy sola tampoco y para ser feliz necesito 
que lo sean todos, ¿entiendes?, todos, y al 
decirme que ya no vendrán los niños con 
nosotros, pienso que algo hubo capaz de 
cambiar tu decisión, ¿Fué algo que te dije- 
ron ó algo que viste en mí y te hizo pensar 
de otro modo? Sé franco, decidme siempre 
lo que sintáis, yo quiero ver siempre caras 
iluminadas por la franqueza, corazones 



14 — 



Enr. 

MARQ.a 



Marqués 

MARQ.a 

Ter. 



abiertos; no sé leer en los rostros sombríos 
ni en los ceños adustos. Me espantan, me 
desconciertan. ¿Hago mal en estar siempre 
alegre? Seré muy seria, ya lo veréis, muy se- 
ria, pero no estéis serios vosotros, de ese 
modo podré á lo menos seguir alegre por 
dentro, para mi sola. 
¡Mamá, mamá! No riñáis á Teresita. 
¿Reñirla? No... ¡Qué disparate! ¿Pero qué 
tienes? Este hijo mío... Está llorando. Esta 
criatura es tan sentida... ¿Por qué lloras? 
¡Un hombre! Y sin motivo. 
¡Qué corazón! 

¡Pobre Enrique! ¡Si sientes así, no vas á ser 
muy feliz en la vida. 



ESCENA VII 



DICHOS y una CRIADA por la izquierda 



Cruda 

MARQ.a 

Marqués 
Ter. 



Marqués 

MARQ.a 

Marqués 

Enr. 

Marqués 
MARQ.a 



Cuando los señores Marqueses quieran 

pueden tomar el chocolate. 

¿Queréis que os lo sirvan aquí? 

No; vamos allá. 

Yo no tomo nada; nos hemos levantado más 

tarde que de costumbre y si tomara algo no 

almorzaría. 

Como quieras; yo sí, estoy desfallecido. 

Enrique, acompaña á tu primo. 

Gracias, y luego también harás el tavor de 

llevarme al telégrafo. 

Con mucho gusto. 

Hasta luego, tía. 

Hasta luego. (Vanse el Marqués y Enrique por la 
izquierda.) 



ESCENA VIH 



LA MARQUESA y TERESA 



Ter. ¡Qué buen muchacho es Enrique! 

MARQ.a Muy bueno ¡Pobre ángel mío! 
Ter. ¿Pero no te asusta esa bondad, toda dulzura? 

¿No temes que sea entregarle indefenso á 



— 15 - 

luchar con la vida? Piensa que nació muy 
tarde de tu matrimonio, que no tiene padre; 
que tú, Dios no lo quiera, pero puedes fal- 
tarle cuando aún sea demasiado joven, un 
niño como ahora, y tú no sabes lo que es 
pasar en la vida dt- los mimos de nuestros 
padres á la indiferencia de los extraños, 
Ahora no dirás que no hablo seriamente. 

Marq.» Demasiado, porque me parece percibir al- 
guna queja en tus palabras; tú no hallaste 
'solo extraños indiferentes al perder á tus 
padres. 

Ter. Es verdad, perdona: tú has sido muy buena 

conmigo, te lo debo todo. 

MARQ.a En este, mundo, hija mía, no puede lograr- 
se todo lo que se sueña; yo sé lo que son ilu- 
siones para un corazón joven, yo sé cómo 
se sueña el amor á los veinte años; pero 
sé también, porque he vivido más que tú, 
que para una muchacha en tu situación, no 
había mayor seguridad del porvenir que 
este matrimonio..., razonable si quieres, de- 
masiado razonable para una joven, pero tú 
misma has de comprender algún día, que 
era la mejor defensa contra los riesgos á 
que está expuesta de continuo en el mundo 
la virtud, cuando va unida á la hermosura 
y á la pobreza. 

Ter. Si lo comprendo, lo comprendí siempre; 

acepté sin violencia, más deseosa de poder 
hacer felices á los demás, que de serlo yo 
misma... 



ESCENA IX 

DICHOS 5^ DON HELIODORO por la segunda derecha 

Hel. ¡Sobrina! ¡Sobrinilla! 

Ter. ¡Muy buenos días, tío! ¿De dónde vienes 

tan temprano? 
Hel. He empezado mi temporada de baños; el 

agua es mi elemento: me he dado un baño 

delicioso; es lo que mejor me prueba para 

mis jaquecas. * 

Ter. ¿Sigues padeciendo las jaquecas? 



— 16 — 

Hel. Tremendas; de no poderme levantar en tres 

días. Anoche cuando llegasteis me amagaba 
una. 

MARQ.a Por fortuna no era de las fuertes. 

Hel. No; se me pasó durmiendo. Por eso apenas 

os hice caso; ya me perdonaríais: cuando 
estoy así... Díselo á tu marido, como con él 
no tengo confianza... 

Ter. Ya se hizo cargo. 

Hel. ¿y qué tal, que tai la luna de miel y ese 

viaje de novios? París delicioso, ¿verdad?, tú 
ya lo conocías. 

Ter. Estuve de niña muchas veces. 

Hel. Sí, con tu padre. ¡Pobre Ramón!, cómo le 

gustaba París; es encantador. Hay tres 
grandes épocas en la vida para visitarle; de 
soltero, de recién casado, de recién viudo. 
Yo le he visitado en las tres, y no se cuándo 
me ha parecido mejor. 

JMARQ.il ¿A tí? Cuando hayas estado más libre. 

Hel. Entonces de casado, porque de soltero y de 

viudo estuve muy sujeto. 

MARQ.a Suprime el relato de tus aventuras; nos las 
figuramos. 

Hel. ¿Pensáis estar aquí mucho tiempo? 

Ter. No lo sé; la casa de Moraleda está en obra, 

Hel. Aquí vais á aburriros mucho; esto es muy 

triste. 

Marq.« No sé por qué dices eso; la tranquilidad es 
su mayor encanto. Gracias á Dios todavía 
se ve esto libre de veraneantes. 

Hel. Sí, gracias á Dios y á que para llegar aquí, 

hay que ponerse bien con El. ¡Qué camino y 
qué servicio de coches! ¡Y luego aquí, qué 
agrado con el forastero! Si parece llamativo 
el modo de vestir de los que llegan; los chi- 
cos les corren por las calles, y los grandes 
les miran como bichos raros y las personas 
significadas hacen la bola como erizos, para 
evitar aproximaciones. Y luego está el pue- 
blecito de diversiones... ¿Teatro? Ni pensar- 
lo; en cuanto una compañía de cómicos se 
aventura por aquí, los curas desde el pul- 
pito, doña Esperanza en su tertulia, predi- 
can la cruzada, y que si las obras son peca- 
minosas, que si la primera actriz no está 



— 17 — 

casa'da con el que pasa por su marido; que 
si la dama joven sale con la falda muy cor- 
ta... á perecer los pobres cómicos. La músi- 
ca que teníamos los domingos en la Glorie- 
ta, también se ha suprimido, porque la gen- 
te del pueblo bailaba demasiado junta, y 
ahora las criadas van á un círculo que han 
fundado las señoras, y los obreros á otro 
círculo que han fundado los señores, á ensa- 
yar en un orfeón, que parece ser lo más edi- 
ficante y moralizador que puede darse. El 
único café se cierra á las once y reuniones 
no hay más que dos; una, aquí, ya verás 
qué divertida; y otra los sábados en casa de 
doña Esperanza, la Obispa, como yo la lla- 
mo, la que todo lo inspecciona, gobierna y 
censura, la qne dispone, desde cómo ha de 
ser el traje de baño y á qué hora ha de ba- 
ñarse la gente, hasta la hora en que hemos 
de acostarnos y con quién. 

MARQ.a ¡Calla, calla; no desatines! 

Hel. Digo con quién, porque todas las bodas que 

aquí se hacen, son cosa suya; la de los ricos 

y la de los pobres. Digo, de eso ya estás en- 

-terada, porque tu tía la imita en todo y á 

ti te ha casado por ese sistema. 

Marq.» Heliodoro, Heliodoro; me parece que estás 
con la jaqueca. No sigas disparatando por- 
que me veré en el caso de llevarme á Tere- 
sita. 

Hel. ¡Pobre Teresita! Ya verás lo que es esto; ¿qué 

voy á decirte? Ya conoces Moraleda, pues 
aquello en pequeño, más reducido el cerco, 
aquí nos pueden, nos ahogan. Ya verás, ya 
verás. 

MARQ.a ¡Calla, calla! No le oigas, no le escuches. 



ESCENA X 

DICHOS y DON FRANCISQUITO por la segunda derecha 

MARQ.a ¿Qué hay, don Francisquito? 

Fran. Doña Esperanza y doña Asunción esperan 

en mi despacho: preguntan si la señora Mar- 
quesa puede recibirlas porque desean sa- 



~ 18 - 

Indar á su sobrina la señora Marquesa de 
Santo Toribio. 
MARQ.a Ya lo creo; que suban, que suban en se- 
guida. 

(Vase don Francisquito por la segunda derecha.) 

Hel. Ahí las tienes. 

MARQ.a Teresita, no tomes á mal mi advertencia, 
pero te aconsejaría que te quitaras ese ma- 
tinée. 

Ter. ¿No es más que eso? En seguida. Me pondré 

otro vestido: ya verás. 

Hel. y con guantes, y mucho cuidado con lo que 

dices; no las asustes. 

MARQ.a Heliodoro, francamente, es preferible la ja- 
queca declarada; cuando estás con el amago 
no hay quien te aguante. 

Ter. Voy á ponerme seria, (vase por la izquierda.) 

MARQ.a ¿Te parece bien decir esas cosas delante de 
Teresita? Gracias á que no te ha oído su 
marido. 

Hel. Ya tendrá tiempo de oírme. 

MARQ.a Heliodoro, recuerda. . 

Hel. ¿Que estoy aquí de limosna, no es eso? 

MARQ.a Nadie dice eso. Con que recuerdes el respe- 
to que debes á esta casa, á mí, y á ti mismo, 
es bástante. 

Hel. ¿y mis convicciones? ¿No son respetables? 

¿Y mis creencias y mis sentimientos? ¿Creéis 
que por Lin pedazo de pan se compra todo 
eso? 

MARQ.a Hoy estás desatinado... ¿Y te sientas? ¿Pien- 
sas asistir á la visita de esas señoras? Pero 
no dirás disparates... 

Hel. Ya lo creo que los diré; es mi única diver- 

sión en este pueblo; molestar á esas señoras; 
3^a lo creo que diré cosas, ya lo creo. 

MARQ.a Dios me perdone, Dios me perdone... 

Hel. Por el estallido que me deseas. ¿No es eso? 

Pues que Dios te perdone como yo te perdo- 
no. (Cantando la "Marsellesa») AJJons eilfants de la 

patrie... No dirás que no me preparo á reci- 
birlas. 

MARQ.a Por fortuna ya saben que estás loco. 

Hel. (cantando.) Le jour de gloire est arrivé. 



-- 19 — 
ESCENA XI 

DICHOS y DOÑA ESPERANZA y ASUNCIÓN por la segunda derecha 

Esp. ¡Marquesa! 

AsüN. ¡Marquesa! 

Marq.í^ ¡Esperanza! ¡Asunción! Queridas amigas. 

Hel. Señoras mías. 

Esp. ¡Ah! Don Heliodoro... Por fin se deja usted 

ver. ¡Qué rareza! 

AsuN. Sí lo es. No se le ve á usted nunca... 

Hel. No es extraño. No salgo los sábados por la 

noche. 

Esp. ¡Eh!... 

Hel. ¿No es el día de sus reuniones? 

Esp . Sí, sí. (Bajo á Asunción.) Yo crco quc ha queri- 

do llamarnos brujas. 

AsuN. (ídem.) ¡Desvergonzado! ¡Beodo! 

Hel. Contre nous de la tiranie... 

l^lARQ.a No hagan ustedes caso; la familia empeza- 
mos á creer que está algo perturbado... los 
disgustos... 

Esp, Sí y las jaquecas... ¿Con que anoche llegó 

Teresita con su esposo? Tan felices. ¿No es 
eso? Santo Toribio es un hombre sin tacha 
¡Qué caballero! ¡Qué cristiano! ¡Ah! sí todos 
los hombres fueran como él!... Teresita será 
felicísima. 

AsuN . Y diga usted. ¿No hay novedad? 

Marq.í'^ ¿Novedad? 

AsuN, Vamos, si... 

MARQ.f^ ¡Ah!... No, por ahora no. En seguida saldrá á 
saludar á ustedes; se ha levantado un poco 
tarde. Fatigados del viaje. 

A SUN. Es natural. 

Esp. Que no se molesten por nosotras... 

MARQ.a No es molestia, al contrario, tendrá mucho 
gusto... 

AsuN . El gusto es nuestro. 

MARQ.a Ella las quiere mucho á ustedes. En todas 
las cartas me daba recuerdos para ustedes. 

Esp. Supongo que usted también se los habrá 

enviado de nuestra parte. 



— 20 



i ) 



Marq.íi y los ha agradecido mucho. 

AsüN. Nosotras también. Ya sabe que la queremos 

mucho. 
MARQ.a Y ella les corresponde á ustedes. 

HeL. (Como hablando consigo mismo.) Está á la disposi- 

ción de ustedes. Está muy bien empleada^ 

Esp. ¿Qué dice este hombre? 

Marq.íi ¿Qué dices? 

Hel. Nada; que faltaba esa fórmula... No hagan 

ustedes caso; asociación de ideas... «Mejor 
estaría. No cabe mejoría...» No hay como la 
buena crianza. 

MARQ.a Les digo á ustedes que nos alarma su es- 
tado. 

Esp. La compadezco á usted, Marquesa; á mi 

hermana se lo digo yo muchas veces. ¡Pobre 
Marquesa! 

AsuN. Es verdad. Cuántas veces decimos en casa: 

¡Pobre Marquesa! 

Marq.í^ Ya sé que son ustedes muy buenas ami- 
gas. 

Esp. Ya sabe usted que se la quiere. 

MARQ.a No hacen ustedes más que corresponder. 

AsuN . Ya sabemos que usted también nos quiere. 

Marq.^ Cuántas veces se lo digo yo á mi pobre hijo; 
lo que yo quiero á Esper^nza*y á Asunción... 
Y Enrique también las quiere á ustedes 
mucho. 

Hel. y yo, yo también las quiero á ustedes. 

Esp. Pues, mire usted, don Heliodoro; del cariño 

de usted no nos fiamos tanto. 

Hel. No sé por qué. 

AsuN. Usted es de cuidado. El rinconcito de usted 

en el Casino tiene fama; de allí salen todos 
los motes y todas las críticas... 

Esp. Allí será donde han inventado ustedes lo de 

la pobre María de la O. ¿No lo ha oído us- 
ted, Marquesa? ¡Espantoso! Yo no pueda 
creerlo. Verdad es que yo soy la última en 
creer esas cosas. 

Hel. Así, tardando en creerlas cunde más el irse 

enterando. 

Esp. Es que de algún tiempo á esta parte ha to- 

mado unas proporciones la maledicencia; 
aquí, donde antes no se hablaba mal de 
nadie. 



— 21 — 

AsuN. Y es el Casino; de allí sale todo; como se 

reúnen allí todos los desocupados... 

Hel. Ahora pensamos fundar un orfeón. 

Esp . Ya sé que la han tomado ustedes con el or- 

feón, que lo ridiculizan ustedes y que la otra 
noche cuando cantó en la plaza, usted desde 
un balcón del Casino se pasó usted la noche 
haciendo el gato. ¡Qué gracioso! 

Hel. ¡Calumnia, calumnia! El gato era auténtico. 

Michito, un magnífico gato del Casino que 
andaba aquella noche por la terraza, ferido 
de mal de amores; yo me limité á maullar 
dos ó tres veces por darle alguna esperanza; 
% me sentí zapaquilda... Zapaquilda la bella 
era gata doncella. . 

AsuN. Y vamos á ver. ¿En qué les molesta á uste- 

des el orfeón? 

Esp. Eso es, ¿en qué les molesta á ustedes? 

Hel. En nada, en nada; cuando no cantan, en 

nada. 

Esp. ¿No vale más que el obrero se distraiga de 

ese modo en las horas de descanso que no 
en la taberna ó en el Cluh revolucionario 
oyendo y leyendo atrocidades? 

AsuN. Compare usted á unos con otros. ¡Qué dife- 

rencia! Los unos tan aseados, tan modosos, 
sin carecer de nada; los otros, siempre gri- 
tando, siempre quejándose, siempre en 
huelga 

Hel. Ya lo creo, como que á unos no les escati- 

man ustedes nada y á los otros se lo niegan 
ustedes todo. 

Marq.íi Por algo será la diferencia. 

Hel. i'or algo, ciertamente; porque no hacen us- 

tedes caridad ni limosna desinteresadas, sino 
á cambio de una profesión de fe absoluta, 
no sólo religiosa, política, social... hasta sen- 
timental. Y aunque á ustedes les sorprenda, 
no todo el mundo... — y menos entre esa po- 
bre gente — ^que en esferas más elevadas, está 
dispuesto á vender su conciencia y sus sen- 
timientos por una limosna que sólo á ese 
precio se les ofrece. Creen ustedes que fo- 
mentan la virtud, y lo que fomentan es la 
hipocresía; no educan ustedes, amaestran, 
con el látigo en una mano y la golosina en 



— 22 — 

la otra. Es odioso el Don Juan Tenorio que 
presenta Moliere cuando por una limosna 
pretende hacer blasfemar á un pobre, pues 
no es- menos odioso el que por una limosna 
pretende hacerle bendecir. Caridad de toma 
y daca, no me convence; el bien, no es se- 
milla que debe sembrarse con esperanza de 
cosecha; se arroja al suelo; que alguna cae 
en tierra y fructifica, bien está; que el vien- 
to se la lleva, no se pierde... la alegría de 
hacer bien está en sembrar, no está en re- 
coger. 

Esp. Será por egoísmo por lo que procuramos en 

todo mejorar la suerte de nuestros protegi- 
dos. No hay duda que es mucho más cómo- 
do sembrar al viento sin preparar antes el 
terreno y sin cultivarle. 

Marq.íí Supongo que no harán ustedes caso de este 
hermano mío que es como Dios lo ha he- 
cho. 

Esp. Ya conocemos su modo especial de practi- 

car el bien. 

AsüN. Ese desgraciado Cabrera, ese borrachón que 

es la vergüenza del pueblo, y esa infeliz que 
vive con él, la Repelona, son buena prueba 
de ello. Usted se divierte en convidarles, en 
oírlos disparatar... beben hasta caerse... 

Esp. y como nosotros se lo afeamos y nos nega- 

mos á socorrerlos mientras no cambien de 
vida, nos insultan cuando nos encuentran. 
A eso da usted lugar con su modo de enten- 
der la caridad. 

MARQ.a Bueno andaría todo si él fuera el encargado 
de mejorar las costumbres del pueblo. 

Hel. Sí; ya sé que soy para ustedes la bestia del 

Apocalipsis; corriente, nos dividiremos el 
imperio del mundo, es decir de este pueblo; 
ustedes con los suyos, yo... yo conmigo solo^ 
porque yo no tengo míos, los míos son li- 
bres, piensan lo que quieren, hacen lo que 
quieren, viven como quieren. 

Esp. Beben lo que quieren. 

Hel. Sí, señora, eso sobre todo. No les impongo- 

ni siquiera la obligación de creer que yo sea 
una persona decente. Libertad, libertad, ese 
es mi lema. ¡Liberté, Liberté cherief 



— 23 - 

ESCENA Xli 

DICHOS y TERESA por la izquierda 

Ter. ¡Doña Esperanza! ¡Asunción! 

Esp. ¡Teresita! ¡Hija mía! 

AsuN. ¡Teresita de mi alma! 

Esp. No sabes lo que nos alegramos de todo: cuan" 

do nos escribió tu tía que te casabas con 
Santo Toribio, nosotros que le conocemos 
de toda la vida... Serás la mujer más feliz 
de este mundo. A mi hermana se lo decía 
yo muchas veces: Si yo tuviera una hija, no 
le pediría á Dios otro marido para ella. Aho- 
ra habrás visto cómo las mayores adversida- 
des cuando se llevan con resignación no 
son más que pruebas pasajeras, y algu- 
nas veces se nos anticipa aquí la recom- 
pensa. 

Ter. Gracias á la tía: gracias á ustedes. 

Esp. y qué buena estás... 

AsüN. ¡Y que guapa! Pareces otra. 

Ter. Muchas gracias. 

Hel. (Bajo á Teresita.) Sí, pucdcs darlas, porquc si le 

pareces guapa y le pareces otra, calcula lo 
que le parecerías antes. 

Esp. ¿y tu marido? no queremos dejar de salu- 

darle. 

Ter. No tardará. Fué al telégrafo y habrá ido á 

misa, de paso. 

Marq.íi- Sí, salió con Enri quito. 

Esp. ¿Pensáis vivir en Moraleda? 

Ter. Sí; en Moraleda. 

Esp. Muy bien pensado. Allí tenéis toda clase de 

comodidades. La casa de tu marido es mag- 
nífica, y luego la finca de recreo allí cerca, 
una finca regia. Todo muy descuidado, eso 
sí, porque el Marqués desde que enviudó no 
se cuidaba de nada, pero ahora contigo... 



ESCENA XIII 

DICHOS y DON FRANCISQUITO por la segunda derecha 

Fran. Con permiso de las señoras. 

MARQ.a ¿Qué ocurre, don Francisquito? 

Fran. Natividad y Martín esperan abajo; dicen que 

la señora Marquesa les ha mandado venir á 
esta hora. 

MARQ.a ■ Sí, sí; para entregarles todos sus papeles. 
Que suban, que suban en seguida. Dígales 
usted que están aquí también doña Espe- 
ranza y doña Asunción. 

Fran. Ya lo saben, señora Marquesa, (vase por la se- 

gunda derecha.) 

MARQ.a ¿Conque por fin se casan estos chicos? 

Esp. Una buena obra que será agradecida; los dos 

son muy buenos, muy trabajadores, y, aho- 
ra, establecidos en excelentes condiciones, 
cada uno en su oficio estarán en la gloria. 

Ter. ¿Casan ustedes á alguien? 

Ss*. k^í, á dos pobres muchachos del pueblo, dos 

huérfanos protegidos nuestros, digo, ella no 
es del pueblo, su historia es cosa de novela. 

Ter. ¿Sí? Cuenten ustedes. 

MARQ.a Después; que ya están ahí. 

ESCENA XIV 

DICHOS, NATIVIDAD y MARTÍN por la segunda derecha 

^^♦iARQ.a Adelante, adelante. Todos son de casa; mi 
sobrina, la Marquesa de Santo Toribio. 

Nat. ¿La señorita Teresa? Estuvo aquí hace años, 

era una niña; vino un día á visitar el Asilo 
con la señora Marquesa y con otra señora. 

Ter. Mi madre. 

MARQ.a ¡Qué memoria! Porque entonces tú eras una 
chiquilla. 

Nat. Yo me acuerdo de todo. 

Ter. Yo también recuerdo ahora. Sí, entonces oí 

la historia; por cierto que me impresionó 
mucho; pero después había olvidado hasta 



— 26 -- 

ahora; sí, ya recuerdo. Es la niña que salva- 
ron unos marinos del pueblo de un barco 
naufragado. - 

Nat. Sí, señora; yo soy. 

Esp. No pudieron salvar más que á esta niña y 

á una pobre mujer abrazada á su hijo; la 
mujer murió en seguida, el chico se salvó 
también. Fué en la tarde de un día de no- 
chebuena; por eso cuando conñrmamos á 
los dos niños, en recuerdo les cambiamos el 
nombre y los llamamos Natividad y Jesús. 

Tur. ¿El niño es este joven? 

N\T. No, no señora. 

Marq.í^ No; el niño se salvó del naufragio, pero ha 
naufragado después en la vida. Todo lo que 
Natividad, no es porque esté ella delante, 
fué siempre de dócil, de aplicada, todo lo 
que supo agradecer siempre el bien que se 
le hizo, el muchacho tuvo de díscolo y de 
rebelde: á los ocho años se escapó del asilo; 
después qué sé yo las barrabasadas que 
hizo: tuvimos la desgracia de que librara 
por el número de ir al servicio y por ahí 
anda hecho un perdido; unas veces se esca- 
pa del pueblo, sin saber adonde, de pronto 
aparece... 

Esp. Como comprenderás, hemos desistido ya 

de protegerle. 

AsüN. Sí, sí; bueno es el mozo. 

Ter. ¿y usted perdió á alguno de su familia en 

el naufragio? 

Nat. No lo sé, señora, no recuerdo; tenía yo tres 

años. 

Marq.íi Venían de Oran en un mal barco de vela; 
era una compañía de titiriteros; diez ó doce 
personas; por la madre del chico pudo sa- 
berse algo. 

Ter. ¿De modo que el muchacho que se salvó 

con usted no era su hermano? 

Nat. No señora, no. 

Marq.^ No eran hermanos. 

PIel. Como que fueron novios. 

MARQ.a Nohayquehablar.de eso; el chico es un 
loco romancero que se le puso en la cabeza 
que Natividad había de casarse con él, por- 
que el destino, así dice él, el destino, para 



— 26 -~ 

que nada le falte; es muy dado á leer nove- 
lones y crímenes en los periódicos; pues el 
destino, según él, los había unido y nada 
podía separarlos. 

Esp. ¡Pobre Natividad! Para casarse con ese pí- 

llete más le valiera no haberse salvado. 

Ter. ¿Entonces este joven es su prometido de 

usted? 

Mar. Para servir á usted. 

Esp. Este es otra cosa; muy honrado, muy tra- 

bajador; los dos tienen su oficio; ella es 
planchadora, él carpintero: él trabaja en el 
mejor taller que hay aquí; á ella le hemos 
puesto ahora un obrador que es una mona- 
da y como los dos son muy estimados de 
todo el mundo, vivirán tan ricamente. 

Nat. Gracias á ustedes. 

Mar. Sí, señoras, gracias á ustedes. 

MARQ.a Para que digan que nuestras juntas no sir- 
ven de nada. 

Ter. ¿y se casan ustedes pronto? 

Nat. La semana que viene; este domingo es la 

última amonestación. 

Ter. Cuente usted con mi regalo. Algo útil para 

la casa. Ustedes me dirán lo que necesitan. 

Nat. Tantísimas gracias, señorita; en la casa te- 

nemos de todo: estas señoras son tan bue- 
nas, pero lo que usted quiera, señorita; de- 
masiado hace usted. 

Ter. Yo me enteraré. 

MARQ.a Me alegro de que hayáis venido cuando es- 
tán aquí doña Esperanza y doña Asunción, 
porque aunque yo sea la presidenta, como 
ellas son las que han intervenido en todo... 

Esp. Por Dios, nosotras no hacemos más que in- 

terpretar los deseos de usted. Marquesa. 

Marq.^ Pues pasemos al despacho, que don Fran- 
cisco ya tendrá listos los documentos y se 
os hará entrega de todo. Martín tendrá que 
echar algunas firmitas y todo queda en re- 
gla; ya no os falta más que las bendiciones. 

Esp. Hacen linda parejita, ¿verdad? 

Ter. Es interesante. Pero yo no sé por qué pien- 

so en el otro. 

Hel. y ella también, créelo. 

Ter. Tú crees... 



^ 27 — 

Hel. Estoy seguro. 

Ter. Ya es más interesante. 

Marq.í»- Vamos, pasen ustedes. 

Esp. Pase usted, Marquesa. 

Makq.í^ Venid vosotros. 

Nat. Con permiso de ustedes. 

Mar. Con su permiso. (Vanse todos, menos Teresa y 

don Heliodoro, por la izquierda.) 



ESCENA XV 

TERESA y DON HELIODORO 

Hel. ¿Has oído todo eso que dicen del pobre Je- 

sús? Pues no tienen razón; es lo de siempre; 
á cambio del bien que hacen exigen una 
abdicación completa de la voluntad, una 
especie de esclavitud; las personas no son 
personas para ellas, son abstracciones, al- 
mas que salvar, y las personas ¡qué demo- 
nio! tenemos un alma, pero envuelta en 
muchas fibras de carne y hueso, sangre que 
hierve, nervios que saltan, vida, en fin, vida 
que es fuerza y rebeldía. A la primera tra- 
vesura del muchacho ya le notaron de sos- 
pechoso; la desconfianza y la represión con- 
tinua fueron el sistema empleado, y es na- 
tural, la rebeldía fué en aumento hasta que 
terminó en guerra declarada; y el chico no 
es malo, pero conseguirán que lo sea, si 
como á tal le tratan. Quiere á esa mucha- 
cha; en su cariño, es verdad, hay mucho de 
romántico, frases de folletín, ridiculas mu- 
chas veces; yo he sido el primero en reírme 
de él, pero en el fondo su cariño es sincero, 
apasionado; y la muchacha también le quie- 
re, pero está acobardada; acepta el marido- 
que la ofrecen como una limosna que no 
puede rechazar; porque un pobre no puede 
rechazar una limosna sin parecer ingrato; 
' pero un marido es lo que no debe darse 

nunca de limosna... Luego dicen que ha- 
blo... ¡No he de hablar, si hay cosas que en- 
cienden la sangre! Lo niismo han hecho 
contigo. 



— 28 — 

Ter. ¿Conmigo? 

Hel. Sí; tú lo sabes. No les bastaba con asegu- 

rarte el pan, había que asegurarte la virtud, 
había que salvarte, y como no confiaban en 
ti por lo visto, ni confiaban en que ningún 
hombre joven te ofreciera su amor, pobre 
como eras... y en eso quizá tenían razón, los 
jóvenes de ahora son cobardes para el amor 
y al luchar por la vida lo juzgan como es- 
torbo, y quién sabe si ellos también tienen 
razón, porque la vida de ahora es dura y di- 
fícil y castiga muy cruelmente al que no 
acepta la realidad y se distrae en el camino 
mirando á las estrellas ó escuchando á los 
ruiseñores. 

Ter. Entonces, si tú mismo dices que todos tie- 

nen razón, ¿de qué puedo quejarme? 

Hel. Sí, sí; todos tienen razón, pero es que yo no 

me resigno á la razón, no acepto así la vida; 
mi lucha fué siempre no luchar por ella, 
sino contra ella cuando me pareció inacep- 
table en sus condiciones. Por eso vivo aquí 
de limosna, pero sin abdicar, como un rey 
vencido, pero no humillado, que por nada 
del mundo firmaría su abdicación, solo, 
como el ángel rebelde que prefirió ser de- 
monio á ser ángel arrepentido y perdonado; 
solo y grande en mi infierno, y por eso digo 
que hicieron mal en casarte con ese viejo 
egoísta que solo buscó en ti un aya de con- 
fianza para sus hijos y un ama de gobierno 
para su casa; por eso digo que hacen muy 
mal en unir á esos dos muchachos que obli- 
gados por la gratitud no se atreven ellos 
mismos á creer que no se quieren. 

Ter. ¿Por qué no han de quererse? Tú sí que 

fuiste siempre un romántico, querido tío. 
Confiesa que tú con toda esa historia de 
naufragio en día de noche buena, de titiri- 
teros, de huérfanos recogidos en la tempes- 
tad, compusiste un novelón ó melodrama 
en tu cabeza y este final de boda prosaica 
te desilusiona por completo. Pues la mu- 
chacha parece muy contenta con su suerte. 

Hel. Como tú con la tuya. 

Ter. Qué empeño en mezclar historias distintas. 



- 29 — 

Hel. ¿l^retendes hacerme creer que estás enamo- 

rada de tu marido? 

Ter. Sé decirte que no me ha costado ningún sa- 

crificio mi casamiento. 

Hel. Porque no quisiste antes á ningún hom- 

bre y no sabes aún lo quedes cariño... 
amor... verdadero amor; pero quién dice que 
no llegará ese dia... 

Te». ¿Qué dices'? 

Hel. Que si la vida con sus prosaicas realidades 

parece vencer al ideal, el ideal es lo único 
eterno y por fin se desquita victorioso, y en 
un día, en un momento, desbarata, destru- 
ye la vida mejor ordenada, la más tranqui- 
la, la que. parecía más segura de pasiones ó 
de locuras que trastornaran su equilibrio 
perfecto. 

Ter. No temo pasión ni locuras que trastornen 

mi vida. 

Hel. Pues algo llegará... por lo menos una gran 

tristeza que llenará tu alma y acaso no se- 
pas de qué proviene y será el ideal, el ideal 
que tarde ó temprano exige su parte en 
nuestra vida. 



ESCENA XVI 

DICHOS y NATIVIDAD por la segunda derecha 

Nat. Ustedes perdonen, quiero hablar con la se- 

ñora Marquesa. 

Hel. ¿Qué te ocurre? 

Ter. ¿Qué sucedió? 

Nat. Sí, señora, sí, muy asustada. Las señoras 

nos dieron nuestros documentos, estuvieron 
tan cariñosas como siempre. Dios se lo pa- 
gue, salimos juntos Martín y yo, los dos tan 
alegres, en la esquina nos separamos, él ha- 
cia su taller, yo á mi obrador; apenas me 
quedé sola aparece Jesús y me cierra el paso 
y empieza á decir unas cosas como loco, 
nunca le he visto así; ya parecía conforme, 
yo creí que no se acordaba de mí, y ahora... 
No sé qué dice, que nos mata, que se mata 
él, seguro que está loco... Quería venir á in- 



— 30 — 

sultar á las señoras, yo eché á correr asus- 
tada, volví aquí, creo que me siguió, no 
quise mirar atrás, pero yo le oía, le oía de- 
cir unas cosas, siempre lo mismo: os mato, 
me mato y á esas brujas también. Dios le 
perdone, las brujas eran las señoras... Está 
loco, pueden creerlo, seguro que está loco. 

Hel. El melodrama, la novela... ¿Qué te decía yo? 

Ter. Perdone usted, Natividad. ¿Usted no quiso 

nunca á Jesús? 

Nat. Sí le quise, ya ve usted, en todo iguales: 

juntos nos salvaron de milagro, juntos nos 
nombraba siempre todo el mundo, siempre 
juntos nuestros nombres y los dos solos en 
en . el mundo recogidos por caridad, toda 
nuestra vida de caridad, pero él se ha por- 
tado muy mal, muy ingrato... 

Ter. ¿Pero es tan malo como dicen? 

Nat. Sí, señora, sí; no se sujeta á nada, muy re- 

belde y muy mal cristiano, dice atrocida- 
des. Y se ha escapado del asilo muchas ve- 
ces; hasta toreando anduvo por los pueblos 
y otra vez anduvo con unos titiriteros. 

Hel. Es natural, entre ellos nacisteis. ¿Tú no has 

sentido nunca el deseo de dar unas volte- 
retas? 

Nat. ¿Yo? no, señor; y eso que de pequeña, se- 

gún dicen, tenía todo el cuerpo dislocado. 

Ter. ¡Qué horror! Eso debía estar castigado. 

Hel. Sí, debía estarlo, y mucho más dislocar co- 

razones y cerebros. 

Ter. y dime, ¿qué otras maldades hizo el pobre 

Jesús? 

Nat. Muchas, señoritas. Un día alborotó todo el 

pueblo, anduvo ^con el Cabrera y la Kepe- 
lona borrachos los tres por esas calles, 
echando herejías por aquellas bocas y desde 
aquel día fué cuando los señoras dejaron de 
protejerle; hasta entonces, siempre le habían 
perdonado. 

Hel. Pero aquel día, con el calor de la improvi- 

sación, salieron á relucir historias de seño- 
ras muy principales; como la Repelona está 
enterada de todo lo que pasa en el pueblo, 
hubo conciliábulo y se decretó la excomu- 
niór. 



— 31 — 

Ter. ¿y ya no quieres á Jesús? 

Nat. ¿Quererle? íSí; siempre le quiero y me da 

mucha lástima de que sea así; pero ya es 
otra cosa; ya sabe que me caso y no debe 
pensar en mí. Si Martín le ve hoy hablar 
conmigo de esa manera... Ya ven ustedes lo 
que hubiera podido suceder, una desgracia; 
porque los hombres pronto se acaloran, y 
aunque Martín es muy prudente, tanto le 
hubiera pinchado el otro... Yo, la verdad, es- 
toy muy asustada, señorita, y quiero decír- 
selo todo á la señora Marquesa para que 
metan miedo á Jesús y no vuelva á suceder 
lo que ha sucedido. 

Ter. Sí, hay que procurarlo. 

(Se oyen voces dentro del Criado, Jesús, Cabrera y la 
Repelona.) 

Nat. ¡Dios mío! 

Ter. ¿Qué? ¡Ah! ¡Qué gente! 

Hel. Nada, nada; no te asustes. Son amigos míos. 

Ahí le tienes, ese es Jesús y Cabrera y la 
Repelona, su morganática... Adelante, ade- 
lante. Conmigo no se desmandan, no tengas 
miedo. 



ESCENA XVII 

DICHOS, la REPELONA, JESÚS y CABRERA 

Rep. Muy buenos días, para servir á ustedes. 

Cab. Muy buenos días, don Heliodoro y la com- 

pañía. 

Jesús Buenos. 

Hel. Hola, hola. ¿A qué debemos el honor de re- 

cibir á estas horas tan lucida representación 
de la golfería de este noble pueblo? 

Jesús Hemos preguntado por usted, don Heliodo- 

ro, para (|ue nos dejaran subir, pero quere- 
mos hablar á la señora Marquesa y demás 
señoras de la Junta... Yo, de lo que me im- 
porta... estos... no sé. 

Rep. Yo, de pedir justicia y de que se sepa quién 

es cada uno y de que esas señoras no vivan 
en un puro engaño y sepan á quién soco- 
rren, que están entregadas á cuatro lagartas 



— 82 — 

que les hacen ver lo blanco negro; cuatro 
beatonas que son las peores del pueblo y son 
las que nos sacan las faltas á las demás para 
ser ellas solas y que las señoras no atiendan 
á nadie más que á ellas... Hipócritas, em 
busteras, que andan averiguando á qué hora 
van las señoras á la iglesia para irse allí á 
darse golpes de pecho, á besar el suelo y 
después .. ¡Ay! después... Como si una no 
supiera quién es cada una... y por mi salud 
que una á una he de irlas cogiendo en lo 
suyo, y he de correrlas por esas calles cada 
vez que las coja. Ahí está la del tío Cacha- 
rrero, que es la que más habla, la que salió 
de nazarena este Viernes Santo... En el paso 
de los azotes debió de ir la condenada, que 
no la hay más perra ni más remala en el 
pueblo, ni creo que en el infierno. 

Ter. ¡Qué mujer esta! Debe ser temible. 

Hel. Bueno, bueno; reprime tu «justa cólera y 

deja hablar á los hombres. Tú, Cabrera, 
cuyo nombre ha traspuesto los límites de 
este pueblo, el tercero de tu dinastía. ¿No es 
eso? 

Cab. Sí, señor, excelentísimo señor don Heliodo- 

ro; Cabrera tercero para servirle y á la com- 
pañía, la excelentísima señorita, tan rete- 
guapísima como es, de su excelentísima fa- 
milia de usted. ¿No es verdad, don Helio- 
doro? 

Hel. Sobrina mía. 

Cab. Por muchos años y muy largos. 

Hel. Pero no te interrumpas; quedamos en que 

eres el tercero de tu gloriosa casta. 

Cab. Sí, señor, excelentísimo don Heliodoro. Us- 

ted nos ha conocido á todos. Mi padre, gran 
borracho; mi abuelo, gran borracho tam- 
bién. Mi abuelo sirvió en el ejército á las ór- 
denes del excelentísimo general don Ramón 
Cabrera. Esta boina blanca fué del excelen- 
tísimo señor general, que se la regaló á mi 
abuelo. 

Hel. Ya lo sabes: esa boina fué del general, y fué 

blanca. 

Cab. Yo también hubiera sido militar, nací para 

la guerra. Porque, ¿qué hace un hombre en 



— 33 — 

la paz? Podrirse. No queda otro recurso que 
beber; por eso bebo yo, por no podrirme. 
Pero no se hacen cargo y me llaman borra- 
cho. No es verdad; borracho es el que bebe 
por beber, y eso es repugnante. Borracha es 
ésta, la Repelona, aquí presente, que es la 
que nos ha traído el descrédito con las ex- 
celentísimas señoras de la excelentísima 
Junta. Yo no falto á nadie, sufro el vitupe- 
rio con modestia... so}" mártir de mis ideas 
como mi abuelo. 

Ter. ¡Ay, tío! Me da mucho miedo esta gente. 

Nat. Señorita, haga usted por que se vayan 

pronto. 

Hel. a mí me divierten. ¿Y tú, Jesús, qué dices? 

Jesú-í Yo no digo nada. ¿Qué quiere usted que 

diga? Quiero decir á la señora Marquesa y á 
las demás señoras y señores de la Junta, que 
haré todo lo que ellos quieran, que me pon- 
dré al oficio que quieran; yo no tengo la 
culpa (le ser torpe para los oficios; me gusta 
más salir á la mar ó me gustaría correr tie- 
rras; pero, en fin, haré lo que quieran, ya 
digo. Yo no hice otra cosa mala que esca- 
parme dos veces, y las dos veces fué porque 
me dijeron que no valía para nada, y quise 
ver si por el mundo adelante valía para 
algo. Y un día que bebí sin tenerlo por cos- 
tumbre y me junté con éstos y dijimos no 
sé qué cosas y las señoras se enteraron... 
Eso es todo lo malo que yo hice, y por eso 
me tratan peor que á un ladrón y no me 
quieren en ninguna parte, ni los patrones 
de barco me quieren por no ponerse á mal 
con los señores, y tengo que andar al con- 
trabando con los Pimentones, que son los 
únicos que me han querido con ellos. Y lue- 
go dirán todos que entre qué genie ando y 
en malos asuntos. Ya lo sé que está mal y 
que un día nos cogerán los carabineros y 
nos darán un tiro, ¡ojalá y fuera eso! ó nos 
meterán en la cárcel. ¿Pero qué hace un 
hombre cuando se vé como yo? Que me per- 
donen los señores, y aquí me tienen, haré 
lo que quieran, lo que manden, ya digo... 

Hel. (a Teresa.) ¿Tengo yo razón? 



— 34 - 

Ter. Sí es verdad lo que dice... ¿Oyes, Natividad? 

Nat. (Rompiendo á llorar.) Me da mucha pena. 

Jesús Tú sabes que es verdad lo que digo, por eso 

lloras; pero eres muy cobarde porque me 
has dicho siempre que me querías y ahora 
no te atreves á decirlo, pero tendrás que de- 
cirlo, lo dirás... 

Nat. ¡Señorita! Me da mucho miedo... ¡La señora 

Marquesa! 



ESCENA XVIII 

DICHOS. La MARQUESA, DOÑA ESPERANZA y DOÑA ASUNCIÓN 
por la segunda izquierda 

Marq.íi ¿Qué es esto? ¿Qué significa esto? (a Nativi- 
dad.) Tú aquí otra vez, y vosotros, ¿qué ha- 
céis aquí? ¿Han visto ustedes? 

Esp. ¡Qué atrevimiento! 

AsuN. ¡Qué desvergüenza! 

Marq.« (a Heiiodoro.) Has sido tú, dc fijo, quien los 
ha recibido. 

Hel. Yo, sí; lo menos que se puede hacer es oír- 

los. Jesús viene á pediros perdón. 

Marq.^ ¡a buena hora! Ya se le ha perdonado bas- 
tante. 

Hel. Nunca se perdona bastante. 

Marq.íi Ya sabemos á qué atenernos con su arre- 
pentimiento, (a la Repelona y al Cabrera.) ¿Y 
vosotros? Tú, lo de siempre: cuando necesi- 
tas algo muy compungida, muy humilde, 
viene á contarnos que no quiere vivir con 
ese hombre, que la libremos de él, que la 
amparemos, y apenas consigue lo que quie- 
re, vuelve á las andadas, á vivir en pecado, 
á ser el escándalo del pueblo. 

Cab. Excelentísima señora Marquesa, con todos 

los respetos á la excelentísima señora Mar- 
quesa y á estas excelentísimas señoras, eso 
de separar á dos personas que viven propia- 
mente como matrimonio... 

Marq.íi ¡Calla, calla! no puedo oírlo. 

Eep. Pero, señora Marquesa, yo bien estaría tan 

casada como la primera, pero si no puede 
ser, si nadie sabe de mi marido, que va para 



— 36 — 

diez años que me dejó sin decir palabra, y 
esta es la hora que no sé si está vivo ó muer- 
to ¿Qué hace una mujer en mi caso? 

JVÍARQ.a ¿Oyen ustedes? 

Esp. Vivir con decencia y como Dios manda. 

Rep. Yo con decencia vivo y nadie dirá que ando 

con unos y con otros como muchas... 

Esp. Lo de calumniar, siempre, sacar á relucir 

historias... 

Rep. Historias, sí, señora, historias... de esas que 

las emboban á ustedes con manto de san- 
tas... Y de muchas señoras de las que andan 
en la Junta, también sé yo algo, que todas 
no son como ustedes... Pregunten ustedes á 
la de don Gumersindo, á qué va una tarde si 
y otra no á casa de la Cacharrera, que la ca- 
sa tiene dos puertas á dos calles, y yo sé 
quien entra por la otra. 

MA.RQ..a Calla, calla, que no queremos oirte... 

Rep. ¿y de la Jueza, quieren ustedes saber algo? 

Esp . ¡Jesús, una señora tan respetable! 

Rep. ¡y tan santa! De eso se fían ustedes, de la 

santidad. Así hacen ustedes las caridades, á 
quien mejor engaña, y los que decimos 
nuestro sentir, somos los malos... Pero yo 
les digo á ustedes que quien les ha quitado 
á ustedes la voluntad de socorrernos, tienen 
que oirme, y se oirán cosas... que á la hija 
de mi madre el que se la hace, se la paga. 

Ma.rq..^ (Llamando.) ¡Dou Francísco, Pedro, vengan 
ustedes, pongan á esta gente en la calle! 
(a don Heiiodoro.) Y tú ¿qué haces? 

Esp. Esto no puede oirse. 

AsuN. ¡Qué gente, qué gente! 

Jesús Tiene razón, tiene razón. Con ustedes no 

vale la verdad; pero esto que hacen ustedes 
ahora, no está bien, no está bien... Esa no 
se casa con Martín, yo lo digo. Esa no ime- 
de ser más que mi mujer. 

Nat. ¡Señora Marquesa! 

MARQ.a (a Jesús.") A ti, va te arreglaremos, ya te lo 
dirán el Jefe de la Guardia Civil y el señor 
Juez. 

Jesús ¿Qué van á decirme? ¿Qué me vaya del 

pueblo? Mejor, me iré, me iré... pero puede 
que deje recuerdo. 



36 



MARQ.a ¡Qué insolencia! 

Esp. Amenazas... 

MARQ.a Esos criaclos... ¡Don Francisquito! 



ESCENA XIX 

DICHOS DON FRANCISQUITO y un CRIADO por la segunda dere- 
cha; el MARQUÉS y ENRIQUE por la izquierda 

Fran. Señora Marquesa. 

Marqués Tía... 

Enr. Mamá... 

MARQ.a ¡Pronto!, echad á esa gente á la calle. 

Esp . ¿Cuándo se ha visto cosa igual? En qué mo- 

mento le saludo á usted, Marqués. 

Marqués Doña Esperanza, Asunción... 

Fran. Vamos, que no tengamos que echaros á em- 

pellones. Fuera de aquí... 

Rep. Si ya nos vamos .. Pero oírnos, han de oír- 

nos á donde quiera... 

Cae. Siempre mártir, sufrir el vituperio con mo- 

destia... 

Jhsl s Tú, ya lo sabes, con Martín no te casas. 

Frak. ¡í^ilencio todos!... ¡A la calle, á emborra- 

charse, á gritar allí..., á la calle! (vanse dispu- 
tando por la segunda derecha Jesús, la Repelona,. 
Cabrera, Don Francisquito y el Criado.) 

ESCENA ULTIMA 

La MARQUESA, DOÑA ESPERANZA, ASUNCIÓN, TERESA, NATI- 
VIDAD, el MARQUÉS, DON HELIODORO y ENRIQUE 

MARQ.a ¿Han visto ustedes? 

Nat. ¡a y, señorita! 

Esp. No te asustes, ya le ajustarán las cuentas. 

Marqués Gente desagradecida, ¿no es eso? 

AsuN. Ya lo ve usted. ' 

Marqués (a don Heiiodoro.) Por supuesto, de todo esto 
tú tienes la culpa... 

Esp. Eso, eso, usted, usted. 

As UN. Usted les da a Jas.. 

MARQ.a Celebras sus desvergüenzas, les permites en- 
trarse aquí; los desmoralizas como si ya no 
lo estuvieran bastante. 



— ;^7 — 



Hel. 



Esp. 

MARQ.a 

ASUN. 

Marqués 

Esp. 



Marqués 

AsuN. 

Esp. 

MARQ.a 

Marqués 

Enk. 
Ter. 



Enr. 



Ter. 
Emr. 
Ter. 
Enr. 
Ter. 
Enr. 

Ter. 



JEnr. 



¿Conque yo? ¿eb? Vaya, no quiero hablar 
yo también; jaqueca por jaqueca, prefiero 
la que yo tome á la que me den ustedes Se- 
ñores... (Vase por la izquierda.) 
Natividad se ha puesto mala. 
Claro, se ha asustado..., las amenazas de 
ese pillo... 

No hagas caso, hija... Ya le dirán lo que ha- 
ce al caso... 

¡Cuántos disgustos cuesta el hacer bien! 
No lo sabe usted bien, querido Marqués... 
En cuanto salgamos á la calle, esa tarasca 
nos apedrea. 
Yo saldré con ustedes. 

Pero Natividad, vamos... A esta chica le va 
á dar algo... 
Una taza de tila. 

Traedla aquí dentro. Yo tengo antiespasmó- 
dico. 

!Qué disgusto! (Vanse todos por la izquierda menos 
Teresa y Enrique que quedan en escena.) 

¿Has presenciado toda la escena? 
Sí, y estoy muy conmovida. Ese pobre mu- 
chacho... Podrá ser malo, pero oyéndolo no 
lo parece. 

¿Verdad que no? Yo creo lo mismo, y creo 
que Jesús era el que debía casarse con Nati- 
vidad... Sería más bonito. 
Sí..., pero la vida no es tan bonita... 
Aunque hay en ella muchas cosas bonitas. 
¿Eh? 
Como tú. 

¡Primo! Ja, ja, ja... 

Calla, calla. No vayas á decir á nadie que 
yo te he dicho... 

A nadie; descuida... Quedará entre los dos... 
Guardar un secreto, es también muy bonito, 
¿verdad? 

¡Muy bonito! (Cae el telón.) 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



II ii II II H II II 11 H II ■! lili II II II .1 II X " 'I II il " " "^Tíí II II II II IMLIUL 



ACTO SEGUNDO 



Jardín con verja al foro y puerta en el centro, en la casa de la Mar- 
quesa viuda de Casa-Molina. Dos butacas y seis sillas de mimbre. 
Es de día. 



ESCENA PRIMERA 

DON FRANCISQUITO, sentado á la izquierda en una butaca, dormido 

y con un libro sobre las rodillas. Después DON HELIODORO que 

sale por el segundo término derecha 

Hel. Don Francisco, don Francisquito, don Fran- 

cisquito... quito... quito... 

Fran. (Despertando.) ¿Eh?... ¡Ali! Don Hcliodoro. 

Hel. ¿Se dormía la siesta? 

Fran . No, ya lo ve usted, leía muy entreter>ido... 

En mi cuarto hace un calor. 

II.iL. Y en el mío. En esta casa las únicas habita- 

ciones cómodas son las de respeto. Nosotros, 
cuerpo^ pecadores, bueno es que nos morti- 
fiquemos; este achicharrarnos de ahora y 
estos picotazos de mosquito, nos serán des- 
contados en el infierno. 

Fran. Don Heliodoro, ¿por qué es usted tan volte- 

riano? Antes no era usted así tan descreí- 
dote... 

Hel. Cuando tenía dinero, es verdad. ¿Qué quie- 

re usted? Cuando se tiene dinero se cree en 
todo. A propósito. 

Fran. A propósito de dinero, ¿verdad? Ya sé lo 

que va usted á decirme. 



— 40 — ' 

< 

Hel. Como que he dejado de dormir mi siesta 

sólo por cogerle á usted aquí á solas, por- 
que cuando presume que necesito hablarle, 
se me escurre usted como una anguila. 

Fran. Por evitar discusiones. 

Hfl. Discusiones, discusiones. Usted es el que 

puede evitarlas. Vamos á ver, don Francis- 
quito; hoy no vamos á discutir, me da el 
corazón que hoy no discutimos. 

Fran. No señor, no discutimos, porque de una vez 

y en redondo se lo digo á usted. No puede 
ser, no puede ser, no puede ser. 

Hel. ¿Lo ve usted como es usted el que empieza 

la discusión? No puede ser, no puede ser; 
siempre me dice usted lo mismo. 

Fran, Porque usted me pide siempre lo mismo, 

dinero. 

Hel. ¡Dinero! CualqLiiera que le oiga á usted... 

¡Dinero! Un anticipo de quince duros, un 
anticipo miserable. 

Fran. Pero don Heliodoro, si aun no estamos á 

quince. ¿Es posible que haya usted gastado 
toda su asignación? 

Hel. Mire usted don Francisquito, todo se lo con- 

siento á usted menos que llame usted asig- 
nación á esa porquería. ¡Cuarenta duros una 
asignación! 

Fran . ¡Pero cuarenta duros en quince días! ¿En 

qué pueden gastarse en este pueblo? 

Hel. Es que yo no me gasto el dinero en este 

pueblo, me lo gasto en mí, en mí propio, 
que me considero capital de primer orden. 
Lúculo come en casa de Lúculo. Heliodoro 
vive en sí mismo, no en este pueblo ni en 
el otro... Yo, soy yo... 

Fran , No lo eche usted á broma. Ya sabe usted 

que la señora Marquesa me tiene prohibido 
que le preste ó anticipe cantidad alguna. 

Hel. ¿Pero qiie necesidad hay de qvie lo sepa mi 

hermana? 

Fran. Esa es buena, y es usted el primero en de- 

círselo. 

Hrl. ¿Yo? ¿yo? ¿Que yo digo que usted me anti- 

cipa dinero? 

Fran . No, decirlo no. ¿Pero usted cree que necesi- 

ta usted decirlo para que le conozcan á us- 



— 41 — 

ted cuando tiene dinero? Todos los meses 
ya se sabe: del uno al diez, tiempo revuelto; 
del diez al quince, bonanza. 

Hel. Calma chicha querrá usted decir. 

Fran. y si yo me ablando del quince al veinte 

tempestad deshecha; ciclones y mareas vi- 
vas; de modo que al depender de mí, he de- 
cidido que este mes se asegure el tiempo. 

Hel. Es usted un Gracián hablando por alego- 

rías. Pero considere usted... 

Pran. ¡Nada, nada!; si insiste usted se lo diré á la 

señora Marquesa. Este mes no hay anti- 
cipo. 

Hel. Pero, don Francisquito, que ahora no es 

para lo que usted se figura. La partida de 
tresillo del Casino me ha pintado muy mal... 
Tengo deudas, deudas de juego: usted salDe 
que las deudas del juego son sagradas. 

Pran . ¿Sí? Pues á mí no me paga usted nimca que 

jugamos, y usted pierde. Recuerde usted los 
cuatro duros de la otra noche. 

Hel. ¿Lo ve usted, lo ve usted como las deudas 

del juego son sagradas? No quiero que me 
avergüence usted por cuatro duros: le pago 
á usted en el acto si me anticipa usted vein- 
te duros en lugar de quince. 

Fran Vaya, don Heliodoro, no tengamos un dis- 

gusto como siempre por estas tonterías. Si 
quiere usted diez pesetas, es lo que puedo 
darle, y no como anticipo, diez pesetas de 
mi bolsillo, que puede usted sumar á esa 
deuda sagrada. 

Hei. ¡Diez pesetas! Aun no pido limosna... Guár- 

dese, guárdese esas diez pesetas. ¡Ah, Helio- 
doro, Heliodoro, era cuanto te quedaba que 
" ver en este mundo... Déme usted veinticin- 
co siquiera; son quince más y no es tan ver- 
gonzoso aceptarlas. 

Fran. No tengo más, don Heliodoro; si las tu- 

viera... 

Hel. Bien está, no discutamos... vengan esas diez 

pesetas. ¡Apuremos el cáliz! Me debe usted 
quince: siempre hemos de acabar porque 
sea usted el que me deba dinero. 

Fran . Y procure usted que la señora Marquesa no 

se entere. 



42 - 



Hel. ¿De qué se ha de enterar con diez pesetas? 

¿Qué idea tiene usted de mí? Esto es ence- 
rrar á un águila en un cuarto bajo. 



ESCENA II 

DICHOS y TERESA por la segunda izquierda 

Ter. Hola, tío. 

Hel. ¿Tampoco tú duermes hoy siesta? 

Ter. No, yo no acostumbro. 

Hel. Ni tu marido te dejaría; ronca de un modo.., 

ya le oigo, ya. Ahora que estamos solos, quev 
odioso me es tu señor marido. 

Ter. Tío, por Dios; no tienes razón, y además na 

estamos solos. 

Hel. Don Francisquito está en el secreto, en to- 

dos los secretos; es uno de nuestros má& 
eminentes cucos. 

Fran. Este don Heliodoro... La señora Marquesa 

ya le conoce y no le hará caso. 

Hel. Sí, sí; todos nos conocemos. Don Su^l^e^ 

como yo le llamo. Es lástima que sus apti- 
tudes diplomáticas se pierdan en tan redu- 
cida esfera. 

Fran. Vaya, don Heliodoro... 

Hel. Dime tú si sostener el equilibrio entre la& 

diez ó doce señoras que aquí mangonean,, 
no es más difícil que sostener el equilibria 
europeo. 

Fran . Con su permiso, señora Marquesa, me reti- 

ro. Este don Heliodoro... (Vase por la segunda 
izquierda.) 

ESCENA III 

TERESA y DON HELIODORO 

Hel. El que no le entienda que le compre. Vol- 

viendo á tu marido. 

Ter. Tío, por Dios... 

Hel. Escúchame, si estamos de acuerdo, de otro- 

modo no te lo diría. No puedo con esos 
hombres de una idea que trazan la línea. 



— 43 — 

recta de su vida conforme á esa idea, muy 
orgullosos de ajustar á ella toda su conduc- 
ta. Como si las ideas se tuvieran más que 
por una de estas dos cosas, por tempera- 
mento ó por conveniencia. En tu marida 
todo se une, porque eso sí, es muy equili- 
brado. Es de esos hombres que gradúan con 
escala hasta las sonrisas: tanto para los igua- 
les, tanto para los inferiores; para los supe- 
riores, tanto. ¡Y con qué aire compasivo nos 
considera á los que no pensamos como él! 
parece que quiere decirnos: «En este mun- 
do tengo que soportaros por desgracia, pero 
después... Vosotros al infierno^ yo á la glo- 
ria vestido y calzado...» División de castas. 
Te digo que es insoportable. A mí que me 
den santos de veras, San Franciscos, Santas 
Teresas, San Pablos, ó que me den fanáti- 
cos todo pasión y fuego: Savonarolas, Calvi- 
nos, Torquemadas; pero estos tartufos dul- 
zones de ahora, que ni se abrasan ellos es- 
piritualmente, ni nos abrasan materialmen- 
te, sin más armas que femeniles alfileres, 
me sublevan, me indignan... Uno de ellos 
basta para infernar una familia, lo sé por 
experiencia: figúrate multitud de ellos lo 
que harán en el mundo. Y son de manera,, 
que si por tolerancia mal entendida se les 
consiente, se envalentonan y toman la tole- 
rancia por miedo ó por acatamiento que se 
les debe; si por natural defensa se les com- 
bate... ¡Ah! entonces son los primeros en in- 
vocar la libertad que ellos odian y la tole- 
rancia que ellos no practican... ¡Mala ralea!. 

Ter. ¡Qué exaltación, tío! 

Hel. Hablo así, porque he padecido mucho con 

nuestra familia. Cierto es que cometí ligere- 
zas y errores, cuando al morir mi padre me 
hallé dueño de una fortuna; me habían edu- 
cado tan estrechamente, con tanta severi- 
dad, que por natural reacción, rompí todo 
freno al verme libre. Y sucedió lo que ha- 
bía de suceder. No habían fortalecido mi 
voluntad, la habían destruido; el sistema 
de educar y de gobernar en España. Com- 
prometí locamente mis intereses. La lección 



— 44 — 

fué dura pero pudo ser provechosa si enton- 
ces me hubieran salvado generosamente. 
Pero no, me consideraron incapaz de todo, 
volvieron á tratarme como de niño, cuando 
entonces' empezaba en realidad á ser hom- 
bre. Mi cuñado el marqués de Casa Molina, 
un hombre así como tu marido, hombre de 
' ideas, de principios, se comprometió á sal- 
varnos á mi hermano Ramón, tu padre, que 
era como yo, ya lo sabes, y* k mí; pero de 
qué modo, humillándonos para siempre, in- 
capacitándonos para intentar siquiera re- 
hacer nuestro crédito y nuestra fortuna. Tu 
padre murió desesperado, yo... yo tuve que 
separarme de la mujer que era todo mi ca- 
riño, debí abandonarla con un hijo que era 
mi única ilusión, debí casarme con quien 
ellos exigieron; ya tu sabes si fui feliz en mi 
matrimonio... Por todo entraron como inva- 
\ » sores en nombre de su idea... por nuestra ha- 

cienda, por nuestra casa, por nuestro cora- 
zón. Y yo sin voluntad entonces, consentí 
en todo, porque como ellos aseguraban, creía 
yo que el nombre y el honor de nuestra fa- 
milia eran antes que todo y había que sal- 
varlo á cualquier precio. Y todo se salvó, 
todo, menos la mujer que yo quería, mi hijo 
adorado... y yo, yo, que no soy yo, porque 
nada hay en mi vida que sea mío, y solo 
me conozco, así, al protestar de tarde en 
tarde, unas veces con burlas que parecen 
bufonadas de loco, otras con rebeldías que 
les parecen ingratitud... pocas, muy pocas 
con lágrimas de muy hondo, para mí solo ó 
como ahora con alguien como tú... que llo- 
ras también... por mí y por ti al mismo 
tiempo... Porque algo padeciste de lo que yo 
he padecido,.. ¿No es verdad, hija mía? 

Tkr. Sí, tío, sí; solo á ti me atrevería á decírtelo. 

¡Soy muy desgraciada! 

Hei. ¿Lo ves?-.. ¡Pobre hija mía! 



— 46 — 

ESCfeNA IV 

DICHOS y EXRIQÜE por el tercer término derecha 

Enr. ¿Estabais aquí? Ya decía yo: en el jardín 

debe de haber alguien. 

Ter. ¿Nos oiste hablar desae tu cuarto? 

Enr. No; es que yo bajé por curiosidad; estaba 

escondido, en acecho. 

Ter. ¿Enacecln? 

Hel. ¿Hay algo que acechar? 

Enr. Ya lo creo. Muy interesante. 

Ter. ¿Sí? Habla, habla. 

Enr. Ya sabéis que desde que mamá se trajo 

aquí á Natividad, para que estuviera en casa 
hasta el día de su boda con Martín, la po- 
bre muchacha no ha salido una sola vez^ 
para evitar escenas como la pasada. 

Hel. Sí; es lo más parecido á un secuestro. 

Enr. Ya sabéis que de Jesús no había vuelto á 

saberse nada. 

Ter. No. Hubo quien dijo que se había embar- 

cado para el Brasil ó qué sé yo dónde. 

Hel. Por cierto que cuando dieron la noticia to- 

das esas señoras clavaron los ojos en la mu- 
chacha para observar si le impresionaba 
mucho. 

Ter. Pero ella estuvo muy serena. 

Enr. Ya lo creo, como que sabía que estaba 

aquí. 

Ter. ¿Cómo? 

Enr. , Veréis. En estas horas de la siesta, ya sa- 
béis que todos estamos recogidos en casa. 

Hel. Las personas serias, sí... Tu madre lo tiene 

preceptuado con frase inapelable como to- 
das las su3'as: «A estas horas no se puede 
estar en el jardín.» Pero nosotros nos he- 
mos propuesto demostrar que se puede; 
como la mayor parte de las cosas de que le 
dicen á uno que no puede ser sucede lo 
mismo; todo es atreverse. 

Ter. Deja contar á Enrique. 

Enr. Ayer bajé yo como hoy, no tenía sueño^ 

cogí un libro. 



— 46 — 

Hel. Sí, de mi biblioteca particular, ya lo noté: 

ten cuidado que no lo vea tu madre. 

Enr. ¡Tío! No es tuyo el libro, te aseguro... 

Hel. Bueno, bueno; si yo no me asusto; ya he vis- 

to que le falcaban cuatro láminas. 

Enr. ¡Tío! 

Ter. ¿y qué libro es ese? 

Hel. ¡Una friolerai El desnudo en el Arte. Tú 

verás donde guardas las estampitas porque 
como tu madre las coja... 

Enr. ¡Bromas del tíol 

Hel. Bueno, sigue; Teresita no se asusta tam- 

poco. 

Enr. ¿Me dejas contar?... 

Hel. Sí, hombre sí; estamos muy interesados. 

Enr. Pues estaba yo en el cenador leyendo y de 

pronto oigo pasos muy callandito y veo á 
Natividad que mirando á un lado y á otro 
se dirige á la puertecijla del huerto; la abre 
y entra Jesús y los dos se ponen á hablar y 
estuvieron hablando una media hora y al 
despedirse... 

Hel. Se dieron un beso. 

Enk. ¿Lo vio usted también? 

Hél. Como si lo hubiera visto. 

Ter. ¿y no pudiste oir nada? 

Hel. Sí, el beso. ¿Te parece poco? Por ahí com- 

prendería que no regañaban. 

Enr. Sí, oí algo; él quedó en volver hoy. 

Ter. ¿Hoy? 

Enr. y es la hora; por eso bajé, pero sin duda 

como estabais aquí... 

Ter. ¿Habremos desbaratado la combinación? 

¡Qué lástima! 

Hel. Aún puede ser tiempo. Esto me interesa... 

Vamonos cada uno por nuestra paHe... Yo 
haré como que salgo á la calle y volveré á 
entrar por el cocherón; vosotros hacéis como 
que entráis en la casa, volvéis á salir y os 
escondéis donde os parezca. Es preciso ver, 
enterarse... 

Ter. Sí, sí... Esa historia me interesa mucho. 

Enr. ¡Y á mí, y á mí! Es como si leyera una no- 

vela. 

Hel. Con estampas. Ahora dispersión general. Y 

después al acecho. 



Ter. Sí, sí. ¿Dónde puedo yo esconderme'? 

Enr. Ven conmigo. 

Ter. Juntos, será más difícil que no nos vean. 

Enr. No, no; verás; yo sé muchos escondites. 

Hel. Sí; sabe más de lo que te figuras... 

Enr. ¡Tío! 

Hel. Hasta luego, aquí á comunicarnos las obser- 
vaciones... ¡Estoy en mis glorias! (vase por ei 

foro y Teresa y Enrique por el segundo término iz- 
quierda.) 



ESCENA V 

NATIVIDAD por el tercer término izquierda, JESÚS por el tercer 

término derecha 

Jesús Creí que hoy no venías; creí que me habías 

engañado ayer, para que me fuera antes. 

Nat. No; había gente en el jardín y no sé toda- 

vía... Gracias á que será la señora Marquesa 
joven que es muy buena y no dirá nada. Me 
ha tomado tanto cariño y yo á ella... Es 
muy buena. Pero no puedes estar mucho 
tiempo. 

Jesús No. ¿Para qué? Este anochecido me embar- 

co... ¿Qué dices? 

Nat. ¿Qué voy á decir? 

Jesús Algo... Que lo sientes ó que te alegras, algo 

verdad, que nunca dices nada. 

Nat. ¿Qué voy á decir? Que me alegro no es ver- 

dad, que lo siento no vas á creerlo, de modo 
que para ti como si no fuera verdad. Por eso 
me callo, es lo mejor. 

Jesús No nos volveremos á ver. ¡Parece mentira! 

Separarnos, no vernos más, no saber uno 
de otro. 

Nat. ¿f**^!* qué no hemos de saber? 

Jesús Pensarás que yo voy á escribirte á tu casa 

y que el otro te consentirá escribirme... Es 
decir, el otro, puede que sí lo consintiera, 
como no te quiere, como solo se casa conti- 
go por su conveniencia... 

Nat. Eso no; me quiere, nos queremos. 

Jesús No es verdad, no es verdad, no os queréis, 

Si no os habéis hablado dos veces sin testi- 



— 48 — 

gos, y para eso os habían dicho antes lo que 
teníais que deciros. Si eso no es querer; que- 
rer es decirse todo lo que uno lleva dentro^ 
"* lo bueno y lo malo... Y él, ¿qué te ha dicho 

nunca? ¿Y qué sabes tú de él? Lo que te 
han dicho; que es muy formal, muy traba- 
jador, no se lo niego, y que es muy bueno; 
porque ha sabido aplicarse al primer oficio 
á que le pusieron. Sí acertaron con su gus- 
to y con su !'<')bilidad. Cada uno servimos 
para ana cosa. Yo también serviré para 
algo, ya daré con ello. Yo he leído que los 
que han hecho más cosas en el mundo, al 
principio han andado siempre muy torpes 
y muy mal mirados y todo el mundo creía 
que no servían para nada. Ahí está Cristóbal 
Colón el que descubrió la América y mu- 
chos sabios y hasta los Santos; al principio 
por lo regular eran muy malos. 

Nat. Déjate de novelas, Jesús; más te valiera no 

haber leído tantas cosas malas, que eso te 
ha hecho ser como eres. 

Jesús Como soy, como soy... ¡Válgame Dios qué 

cosas que no pueden perdonarse! Yo no soy 
ingrato, no lo fui nunca, aunque lo digan 
todos, pero á mí no se me ha tratado como 
á ti; las mujeres caéis mejor en todas par- 
tes, y á ti siempre te miraron como si hu- 
bieras nacido aquí; á mí, no; yo siempre 
, como de fuera, de muy lejos; porque sabían 

que mi madre era africana, porque había 
nacido allá, en Oran, pero de españoles, tú 
lo sabes; de chico me llamaban el morito y 
el judío, y el de los títeres, y á cualquier 
cosa, con la misma canción. — «Es la san- 
gre, la sangre que no le deja.» — Contigo, 
no; como eres así, menuda y blanca jt^éan 
rubia, como no conocieron á tu madre ni á 
ninguno de los tuyos, ni sabían de donde 
eres, creyeron que habías venido por mi- 
lagro, del mar ó del cielo, tú sola, y á ti 
siempre te quisieron todos; pero á mí no, á 
mí nadie... Así hubieran dejado que me 
ahogara, esa hubiera sido la caridad. 

Nat. No digas barbaridades; ¿lo ves como eres des- 

agradecido? 



— 49 — 

Jesús Es que con darle á uno la vida, si la vida 

es mala, bueno está el favor. 

Nat. Es muy tarde, Jesús... Los señores van á 

despertarse. (Pausa.) 

Jesús ¿Y cuándo es la boda? 

Nat. El domingo, ya lo sabes... No me preguntes, 

no hablemos más de eso. 

Jesús No, ni de nada, de nada ya. El domingo 

estaré yo muy lejos. Para olvidar, dicen que 
cada legua es un año; veré si es verdad. 

Nat. Se oye gente en la casa... 

Jesús ¡Qué miedo tienes! Si me ven vas á perder 

tu acomodo, ¿verdad? No, no lo pierdas; la 
conveniencia es lo primero. 

Nat. ¡Jesús! (rausa.) 

Jesús No, si tienes que ser tú la primera que diga 

adiós; yo no te lo digo... 

Nat. Mira que eres... Si yo te quiero mucho. 

Jesús Pues entonces, ¿qué cariño es ese? No me 

quieres como yo á ti, que no he pensado en 
otra mujer más que en ti, en mi vida; para 
mí, como si no hubiera otra; me parecía 
que Dios nos había salvado juntos para no 
separarnos nunca... ¡Si me quisieras!... ¿A 
que no eres capaz, á que no te atreves? 

Nat. No; no vuelvas á decirme lo que ayer. Eso 

sí que es no quererme, eso sí que es ser 
malo... ¡Escaparnos! escaparme yo como 
una mala mujer... ¡calla! ¡calla! 

Jesús Tienes razón. ¿Qué dirían las señoras y to- 

dos y qué te esperaba conmigo? Era echar- 
se en brazos de Dios, y Dios no hace mila- 
gros todos los días... Ya nos salvó una vez... 
y la gente, la gente ya hizo bastante; nos 
nos han dado pan, han protegido, dicen que 
nos han hecho mucho bien... 

Nat. y es verdad; tú que no sabes agradecerlo. 

Jesús Eso habrá sido; ya me castigan, ya... 

Nat. ¡Quién sabe si será tu suerte! Ojalá seas 

muy rico y muy feliz. 

Jesús ¡Ojalá no lo seas tú nunca! 

Nat. ¡Así me quieres!... 

Jesús Para que te acuerdes de mí. Porque si eres 

feliz ¿para qué ibas á acordarte? Dirías 
siempre, bien hice en lo que hice, y no te 
pesaría de nada. 



— 50 — 

Nat. ¡Qué modo de pensar! 

Jesús Como lo siento. Por supuesto, tantas cosas 

siento y me las callo... Dime adiós, adiós... 
para siempre .. yo, no lo digo... Aunque 
también dicen que soy hereje, creo en Dios, 
y creo que no es para siempre, no sé por 
qué, pero es que no puede ser, vaya... 

Nat. Adiós... 

Jesús No, no te doy un beso; para el otro todos... 

Mío fué el primero, que vale más que to- 
dos. (Vase corriendo por el foro derecha. Natividad se 
queda llorando, y al observar que viene gente, se va 
por el tercer término izquierda.) 



ESCENA VI 

TERESA y ENRIQUE, que salen por el segundo término izquierda, 
DON HELIODORO por el tercer término derecha 

Ter ¿Has oído? 

Hel. Sí. ¿y vosotros? 

Enr. Todo ¡Pobre Jesús! 

Ter ¡Pobre Natividad! 

Enr. Ella, no, si ella le quisiera... 

Ter. ¿Tú qué sabes de eso? Yo te digo que ella 

me da más lástima. 

Hel. Pues á mí los dos... y ninguno si no hacen 

caso de mí. Ahora mismo voy detrás de Je- 
sús, le cojo, le hablo y... ya veréis, ya veréis. 

Ter. ¡Pero tío!... 

Hel. Nada, nada. Hoy estoy templado, y por si 

acaso voy á templarme más todavía. Esto 
lo arreglo yo ó no lo arregla nadie. Me sien- 
to genio protector, hada bienhechora, como 
en las comedias de magia. De lo que ando 
mal es de talismanes... porque aquí no vale 
más que un talismán, el dinero... ¡dinero! 
Y con diez pesetas prestadas no se puede 
hacer mucha magia. Pero allá voy, allá 
voy... Heliodoro ó el genio del amor... Pre- 
parad las bengalas para la apoteosis, (vase 

corriendo por el foro derecha.) 



— 51 — 

ESCENA VII 

TERESA y ENRIQUE 

Enr. Hará alguna atrocidad. 

Ter. Dejémosle; ya lo dirá el resultado. ¿Lo ra- 

zonable la locura? ¿Qué los diferencia en 
nuestra vida sino el resultado? 

Enr. ¿Pero te alegrarías como yo de que Nativi- 

dad no fuera razonable? IJabría que oir á 
mamá y á todos esos señores, ellos que es- 
tán tan ufanos con su asociación, creen que 
dé ellos depende la felicidad en esta vida y 
la salvación en la otra de todos sus protegi- 
dos. ¡Lo que dirían! Cuando pienso en esto, 
mira, comprendo (pie la muchacha no se 
atreva... ¿Pero, quién les manda disponer 
así del corazón de las gentes?... (Uaro que 
ellos dicen: no, nosotros en esos asuntos los 
dejamos en libertad, libertad completa, no 
hacemos más que indicar, proponer... 

Ter Sí; pero cuando se indica y se propone en 

nombre de beneficios recibidos; cuando se 
juzgaría ingratitud la menor protesta, rebel- 
día la menor resistencia... y cuando se está 
solo en el mundo y protestar es aventurarse 
á lo desconocido, ó peor todavía, á lo ya 
conoci4o, á la pobreza, en la que nadie pue- 
de responder de su corazón ni de su con- 
ciencia... porque solo el que pasó por ello 
puede saber lo que acobarda ser pobre, sin 
nada de lo que alegra la vida, de lo que da 
independencia á nuestro corazón y á nues- 
tras acciones... Y un día y otro la misma 
perspectiva de luchar y luchar desespera- 
do... Créelo, á los que sucumben y desfalle- 
cen en esta lucha, solo los que han vivido 
algún tiempo en la pobreza deben juzgar- 
los, los demás no tienen derecho. 

Enr. Si... para una mujer sobra todo... Compren- 

do que Nati^'idad se resigne. Pero es muy 
triste resignarse, y el empezar á vivir, vivir 
ya de recuerdos... Porque el primer amor 
no debe olvidarse nunca. ¿Verdad? 



— 62 ~ 

Ter ¡El primer amor! 

Enr. ¿Tú no has querido nunca? 

Ter ¡Enrique! 

Enr. No me dirás que tu marido fué tu primer 

amor, ni creo que el segundo, aunque no 
hayas querido más que una vez. 

Ter ^ ¡Enrique! 

Enr. Tú historia es la de Natividad, por eso te 

interesa tanto. También á ti te salvaron de 

un naufragio... Y tú acabas de decirme por 

qtié te casaste. Y de seguro hay algún re- 

.cuerdo en tu vida... Ese primer amor que 

_ rio se olvida nunca. 

Ter. ¡Bah! Eso crees. Dentro de algunos años tú 

' me dirá^ si se olvida., yo no puedo decírtelo. 
. Ada edad en que pude sentir ese primer 
amor, fué cuando todas las tristezas caye- 
. ron sobre nuestra casa. Nadie me habló de 
. amor. Para los de mi clase, yo no era un 
partido ventajoso; para los de clase más hu- 
milde era todavía mucho... una señorita 
mal acostumbrada, como suele decirse... A 
-unos no les convenía yo, pobre; los otros no 
se atrevían á ofrecerme su pobreza. Y pien- 
" ' sa que, 'unos por calculadores, otros por co- 
bardes, mal podían inspirarme simpatía. 
Así es, que ese primer amor que nunca se 
olvida, como tú dices, para mí no ha exis- 
tido... Yo no puedo tener ese recuerdo, y si 
no hay un recuerdo de amor en mi vida, 
comprende que ya mucho menos puede 
haber una esperanza. 

Enr. ¡Esperanza! Yo tampoco tengo esperanza y 

soy joven... como tú, 

Ter. ¿Como yo'? Tú eres un niño. 

Enr. Pues como si fuera un viejo, porque ya 

toda mi vida será para mí un recuerdo. 

Ter. ¡Qué gracioso! Ya te dije que dentro de unos 

años, muy pocos, volveré á preguntarte por 
ese recuerdo... Cuando en este jardín haya 
otras flores como estas, que ya no serán es- 
tas... y otras mariposas blancas y azules 
como estas... que tampoco serán las mis- 
mas... 

Enr. Pero yo sí, yo seré el mismo. 

Ter. Como el jardín... ¿verdad? Pero en tu cora-^ 



— 63 — 

zón habrán florecido otras flores, ' y en tu 
pensaniiento revolotearán otras mariposas. 

Enr. ¿Mariposas? No, mira, mira... Un abejorro 

es lo que revolotea. ¡Mal agüero! 

Ter. ¿Eres supersticioso'? No, al aire libre no es 

mal agüero; sólo cuando entra en nuestra 
habitación y zumba alrededor nuestro. Pero 
aquí, no... mira en cambio cuántas maripo- 
sas blancas, azules... 

Enr. Las blancas son noticias alegres que llegan. 

¿Esperas alguna buena noticia? 

Ter. ¿Yo? ¿De quién? ¿De dónde? ¡Ah! sí, espero 

una carta, una carta... 

Enr. ¿De quién? 

Ter. De mis hijitas... no, de mis hermanas, de 

las niñas: les escribí al colegio una carta 
que les habrá alegrado á ellas también. Las 
pobres criaturas sé yo que estaban tristes. 
De pequeñas nos cuentan historias de ma- 
drastras, ¡historias horribles L Alguien les 
habría dicho, con mala intención, que ellas 
también tenían madrastra... Escribieron á 
su padre muy tristes, pero yo les escribí en 
seguida una carta con tanto cariño, con 
todo mi corazón, y espero que me contesten 
con muchos besos, llamándome mamita, 
mamita suya... Ya lo ves... no hay duda, 
hoy llega la carta, me lo anuncian las mari- 
posas blancas. 

Enr. ¿y las mariposas azules, qué anuncian? 

Trs. Cuando yo era niña, en el colegio, creíamos 

que venían de parte de los muertos que nos 
quisieron en vida y estaban en el cielo, de 
las almas bienaventuradas; en los campo- 
santos hay muchas mariposas azules. 

Enr. Pues si es eso, dentro de algún tiempo, de 

muy poco, cuando vuelvas aquí, verás cuan- 
tas mariposas azules. 

Ter. ¡Ja, ja!... ¿Piensas morirte, primito? 

Eí^.. No te rías. ¿Crees que soy un niño? ¿Que 

no siento, que mi vida no es muy triste? Yo 
sé querer aunque no me quieran. 

Ter. Ya, ese primer amor que nunca se olvida. 

¿Y, quién es, quién es; puedo yo saberlo? 

Enr. No te burles de mí... 

Ter. ¿Burlarme? No. De nada que sea tristeza 



— 54 — 

para nadie... Pero ya olvidarás ese amor, te^ 
lo aseguro.... 

Enr. ¿Tú qué sabes si puede olvidarse? 

Ter. ¿El primero? Sí, Enrique. Ya verás qué 

poco significa para tí su recuerdo y las ma- 
riposas blancas que anuncian carta de los 
ausentes y las mariposas azules que nos sa- 
ludan de parte de los muertos... Ya lo ve- 
rás, eres muy niño... ¡Tu primer amor! ¡No 
has de olvidarlo!... 

Enr. Así lo hubieras sentido tú, á ver si te acor- 

dabas siempre. 

Ter. ¿Quisieras que hubiera sentido el primero? 

Pues más que eso, Enrique, el que no se ol- 
vida, ese sí que no se olvida. ¡El último! 

Enr. ¡Teresa! 

Ter. ¡Chist! quita, quita. ¿No ves? El abejorro 

que vuelve á zumbar^ Ayúdame á espan- 
tarlo. 

Enr. ¡El abejorro! Doña Esperanza y Asunción 

que llegan al jardín... Esas sí que son de 
mal agüero y oportunas. 



ESCENA VIII 

DICHOS, DOÑA ESPERANZA y ASUNCIÓN que salen por el foro de- 
recha 

Esp. Teresita, muy buenas tardes. Adiós, En 

rique. 

Ter. Muy buenas tardes. 

Enr. ¡Señoras! 

AsuN. La Marquesa dormirá la siesta todavía. 

Ter. No tardará en despertarse. 

Esp. Hemos venido tan temprano para ver á tu 

tía antes de la Junta y dejar arreglados los 
turnos de la mesa de petitorio para la nove- 
na de la Buena Esperanza. Si lo dejamos 
para la Junta todo son disgustos; hay se- 
ñoras muy impertinentes que todo lo quie- 
ren á su comodidad. 

AsuN. Todas quieren pedir á la hora de la función; 

sobre todo donde hay muchachas para lu- 
cirse y tontear con los novios. 



— 55 — 

Esp. Y á esa hora conviene que estén en la mesa 

señoras de respetabilidad como la Marquesa 
y como tú si te dignas acompañar á tu tía. 

Ter. Con mucho gusto. 

AsuN. Porque lo lUipurtaute es que suba la cues- 

taí'ión. Y personas como tu tía, respetadas 
y conucidis de lo más principal, son las 
que convienen á esa hora, que es cuando 
asisten más caballeros á la iglesia. Los 
muchachos mucho monear y sonreír con 
las muchachas... pero los pobres chicos, ya 
se sabe, por puro compromiso dejan sus dos 
; pesetas, y, si pueden, de las dos una falsa. 

Esp. El año pasado tuvimos la debilidad de dejar 

ese turno á las de don Casimiro, y, aparte 
del escándalo que dieron presentándose ves- 
tidas como para una corrida de toros, nos 
perjudicaron en más de doscientos reales. 

AsüN. Además de que hubo un disgusto porque 

el padre Miguel habló en el sermón de las 
que se pintan, y todo el mundo se fijó en 
ellas, y ellas se enfadaron con el padre y di- 
jeron que era una inconveniencia decir esas 
cosas desde un pulpito. Ya ves, el pobre pa- 
dre Miguel que, según nos confesó luego, 
no creía que hubiera aquí ninguna señora 
que se pintase, y por eso habló para que na- 
die pudiera darse por molestado, (pausa larga.) 

Esp. ¿Qvié hora será? ^,No llegaremos tarde á la 

Junta? 

Enr. ¿Quieren ustedes que avise á mamá? 

Esp. No, no; que no se moleste, hay tiempo, (a 

Teresa.) Y me alegro de encontrarte sola. 
Tengo que decirte algo y prefiero que no 
esté delante tu tía. 

Ter. ¿a mi? 

Esp. Tú sabes cuánto te quiero; creo que en nada 

de lo que pueda decirte verás nunca más 
que el mejor deseo hacia ti por mi parte. 

Ter. Ciertamente. ¿He cometido alguna falta sin 

advertirlo y sin que mi tía lo advierta? por- 
que me hubiera llamado la atención, de se- 
guro. 

Esp. ¿Tu tía? Mira, en confianza, tu tía ha sido 

la que nos ha encargado de advertirte. 

Ter. Me lastima esa falta de confianza. 



— 56 — 

Esp.- Por Dios, no vayas á darte por enterada. Tu 

tía dice que ya te ha hecho bastantes ad- 
Yertencias y teme molestarte; pero lo pri- 
mero que nos encargó es que no dijéramos 
que era cosa suya... lo que hay es que yo no 
sé fingir, creo que se me conoce en la cara. 

Ter. ¿Pero qué he hecho yo? Díganme ustedes 

sin rodeos. 

Ésp. Tú eres muy joven, Teresita, estás educada 

muy á la moderna, y no das importancia á 
muchas cosas; eso prueba tu buena inten- 
ción; pero el mundo, hija mía, no puede pe- 
netrar en las intenciones; juzga por lo que 
ve, por lo aparente... 

Ter. ¿t*6ro qué he hecho yo? 

AsuN. No, no te asustes. Es que se ha comentado 

mucho que te bañas á las nueve de la ma- 
ñana; á esa hora no se baña aquí ninguna 
señora, y parece que es significarse. 

Ter. Si es que á mí me gusta nadar á mis an- 

chas, playa adentro: el baño es para mí un 
ejercicio; me acostumbró mi padre; tenía yo 
un miedo al mar de pequeña, pero mi padre 
no podía tolerar que se tuviera miedo á 
nada. 

Es?. Tu padre fué siempre muy exótico; las mu- 

jeres debemos tener miedo á muchas cosas... 
Créelo, hija mía, el miedo es la mitad de la 
virtud... 

Enr. Ya lo oyes. Desde mañana te bañarás á las 

once de la mañana muy cogidita á la maro- 
ma, y cada vez que llegue una ola, darás un 
chillido horrible, es la costumbre. A esa hora 
la playa tiene poco que ver, pero tiene mu- 
cho que oir. 

AsuN'. ¡Vaya con Enriquito! Parece que vas sacan- 

do los pies del plato. Cómo se conoce que 
no está presente tu mamá. 

Es?. Nosotras aconsejamos á Teresita por su bien, 

pero si ella no lo agradece... 

Ter. Sí, sí; no faltaba más... 

AsuN Lo mismo que el traje de baño. 

Ter. ¿También el traje? 

AsuN. Ya sabemos que es lo que se usa en San Se- 

bastián y en esas playas á la moda, pero 
aquí nadie se atrevería á llevarlo. 



— 67 — 

Ter. ¿Pues qué se lleva aquí? 

Esp. ¿No lo has visto? Un túnico muy cerrado al 

cuello y que llega hasta los pies. 

AsuN. Más bien con un poco de cola. 

Ter. ¿y si se levanta aire...? 

Esp. Hija, por Dios, debajo se llevan pantalones, 

unos pantalones bombachos que son como 
una falda... 

Ter. ¿y quién nada can eso? 

Esp . Es que eso de nadar tampoco está bien. El 

baño es el baño y esos ejercicios no son pro- 
pios de señoras; ayer, nos dijeron que lle- 
gaste bástala barca de salvamento y que te 
sentaste alli á descansar y estuviste hablan- 
do con el marinero... un hombre. 

Ter. Muy viejo por cierto. 

Esp. Pero un hombre. 

AsuN. ¡Un hombre ¡Ah! 

Esp. y tú en aquel traje... tú crees que nadie se 

ñja; á la media hora ya lo sabíamos; te vio 
don Rosendo que estaba en su azotea con el 
anteojo de larga vista. 

AsuN. Y que no se le escapa nada; por él se han 

sabido más de cuatro cosas en el pueblo. 

Esp. Enriquito se acordará de alguna. 

Enr. ¿Yo? 

AsuN. Sí, un día que estaba tendiendo ropa una 

criada en la azotea de esta casa y tú no an- 
dabas muy lejos. 

Enr. ¿Yo? ¿yo? ¿Y ha dicho don Rosendo...? Dí- 

ganle ustedes de mi parte que puede man- 
dar á componer el anteojo... ¡Canastos con 
el anteojo de don Rosendo! 

Ter. Sí que es gracioso... 

Enr. Mamá se ha despertado; ya baja al jardín. 

Esp. Por Dios, Teresita, no nos descubras con tu 

tía. 

Ter. Descuiden ustedes; si yo agradezco... 

Enr. Es de agradecer... (Bajo.) En todo han de me- 

terse... Por supuesto, no vayas á creer lo de 
la azotea... 



— 68 ~ 



ESCENA IX 



DICHOS, la MARQUESA y el MARQUÉS por el segundo término iz- 
quierda 

J\lARQ..a ¿Llevaban ustedes aquí mucho tiempo? ¿Por 
qué no me han avisado? 

Esp No faltaba más. Estaba usted descansando... 

Querido Marqués... ¿Cómo lo pasa usted en- 
tre nosotros? 

Marqués Encantado con mi veraneo. ¡Qué hermosa 
tranquilidad! Yo no sé cómo no acude aquí 
gente de todas partes. 

MARQ.a No, por Dios, perdería todo su encanto; es- 
tamos muy bien así, en familia, porque aquí 
somos todos una familia. 

Enr. (Bajo á Teresa.) Por eso es tan aburrido. 

Ter. (ídem.) SÍ tc ovescn, si sospechan que dentro 

de tí hay un revolucionario... 

Enr. (ídem.) No lo sabes bien. 

MARQ.a (Bajo a Esi)eranza y Asunción.) ¿Han dicho UStS- 

des á Teresita?... 

Esp . Sí; pero no sé por qué me parece que no le 

ha caído muy bien; yo sentiría... 

MARQ.a Es toda á su padre, cada día me convenzo 
más. 

AsuN. Y siento decirle á usted que desde que ella 

está aquí, Enrique ha cambiado mucho. 

MARQ.a ¿Qué dice usted? Mi hijo... 

Esp. Sí, sí; está más despierto, demasiado des- 

pierto. Obsérvele usted; á una madre no se 
le escapa nada. 

Marqués (a Teresa.) Aquí titíncs una carta de las pe- 
queñas... No, esta es para mí; esta es la tuya. 

Ter. i a ver, á ver! ¡Qué alegría! Ya decía yo. ¿Lo 

ves, Enrique? 

Enr. ¿La carta que esperabas? 

Ter. Sí, sí. 

Esp . (a la Marquesa.) Hemos venido para fijar los 

turnos y qae no haya discusiones. Lo que 
usted disponga lo respetará todo el mundo. 

MARQ.a Nos sentaremos en el cenador. Enrique, 
tráenos papel, tintero y pluma. 

Enr. Voy en seguida. (Vase por el segundo término iz- 



— 69 — 

quierda y á poco sale por el mismo sitio con lo que 
le ha pedido la Marquesa.) 

MARQ.a Haremos las apuntaciones. 

AsuN Este año no hay más remedio que contar 

con la del Indiano, después del donativo 
que hizo... 

Esp. Y la verdad sea dicha, hace mucho tiempo 

que no ha dado ningún escándalo. Por su- 
puesto, yo nunca he creído la mitad de lo 
que se ha dicho de ella. 

Marq.;^ Es que la mitad ya era bastante... pero en 
fin, si le ha llegado la hora del arrepenti- 
miento... (Se va en unión de doña Esperanza y Asun- 
ción, hablando por el tercer término izquierda y detrás 
de ellas Enrique.) 



ESCENA X 



TERESA y el MARQUÉS 



Marqués ¿Qué te parece la carta? No te quejarás; es- 
criben como deben escribirte; obedientes, 
respetuosas. 

Ter. Sí, sí... 

Marqués Como yo les he dicho que debían escribirte. 

Ter. ¡Ah, tú! ¿Has sido tú... quién... tú les has 

dicho...? Entonces, mi carta... 

Marqués ¿Tu carta? Mira, Teresa; cuando me leíste la 
carta que habías escrito, no quise decirte 
nada: eres muy nerviosa, muy impresiona- 
ble, pero desde luego me pareció impropia, 
era una carta... ¿cómo te diré yo? sentimen- 
tal, exagerada; á las niñas les hubiera extra- 
ñado; era la carta de otra chiquilla como 
ellas; en una palabra, sin decírtelo me pare- 
ció lo más conveniente no enviarla. Ahora 
ya puedes escribir con más calma, con me- 
nos nervios, sentando las relaciones en el 
pie de cariño y de respeto natural... pero 
sin arrebatos... Yo no pretendo que las quie- 
ras como si fueran tus hijas, ya sé que es 
imposible: quiero que te respeten, que sepas, 
hacerte respetar, me pongo en lo justo, en 
lo razonable, no pido imposibles... 

Ter. No, no; ya se ve... no pides imposibles... 



- 60 -- 

Pero esa carta... esa carta... di lo que tú quie- 
ras, yo la escribí con toda mi alma, yo hu- 
biera querido que ellas la leyeran... Y tú... 
No, no has hecho bien, te lo digo; ni por mí 
ni por tus hijas; no has hecho bien. 

Marqués Vaya, vaya; dejemos los nervios. 

Ter. Los nervios, los nervios; no debo tenerlos. 

No me conozco: la vida es más fuerte que 
nosotros, sabe cómo domarnos .. ¡Ay, mis 
nervios de niña voluntariosa, mimada, cuan- 
do vivían mis padres, cuando todo el mun- 
do estaba pendiente de mis caprichos, en- 
tonces sí, entonces eran nervios!. . Ahora no, 
ya lo ves, callo á todo, lo sufro todo... 

Marqués ¿Qué quieres decir? 

Ter. Nada, nada; no digo nada. Yo sospechaba 

antes, hoy he adquirido la certeza. Hay que 
ser prudente, callar, fingir... Descuida, no 
volveré á dejar hablará mi corazón... Tú ve- 
rás cómo calla, ya te pesará su silencio... 

Marqués Cuando estés más tranquila hablaremos. . 
Ahora sí, agradeceré que delante de la tía 
no hables de este modo. 

Ter. Descuida; he dicho que aprenderé á callar. 

Marqués No es mal principio de aprender á ser pru- 
dente. 

Ter. ¡Ah!... (Vase el Marqués por el tercer término derecha 

y Teresa queda sentada llorando.) 



m 



ESCENA XI 

TERESA y DON HELIODORO que sale muy contento por el foro 

derecha 

Hel. Tengo talismán, tengo talismán... ¿Eh? ¿Qué 

sucede? ¿Has llorado?... 

Ter. Nada, nada. Decías que... ¿Un tahsmán? 

¡Ay, tío, qué cara traes... cómo vienes! 

Hel. No hagas caso. No era cosa de hablar con 

Jesús en medio de la calle, entramos á sen- 
tarnos en un establecimiento, una pastele- 
ría, no vayas á creer... Pero, ¡soy feliz! ¡Ah! 
de esta vez les doy un disgusto; ya era hora... 
¡Ah, señoras y señores graves, puedo más 
que ustedes, tengo talismán! 



•- 61 — 

Ter. Pero, tío, ¿qué disparates, qué talismán es 

# ese? ' 

ÍIeL. Mira... (Enseñándole la cartera con billetes de Banco.) 

¡Dinero! ¡dinero! Y esto no es nada, á Jesús 
le di otro tanto .. Se embarcarán juntos, se- 
rán felices, á esas señoras les dará un sopon- 
cio, habrá quien reviente del sofocón... ¡Si 
fuera quien yo dijera!... 

Ter. Pero dime, explícame... Tú no estás bueno, 

tío. 

Hel. ¿A^o? Como nunca. Estoy glorioso. Avisa á á 

Natividad que venga en seguida. Jesús nos 
espera, la llevaré yo mismo. 

Ter. Pero tío, eso no es posible. 

Hel. ¿Que no? Todo está arreglado. Sólo falta 

convencer á Natividad. 

Ter. Pues falta todo. Y si lo que has pensado es 

una fuga novelesca, desde ahora te lo digo, 
es una atrocidad; ni la muchacha consenti- 
rá en ello, y yo sería la primera en impe- 
dirlo. 

Hel. ¿Tú? ¡Ah! pues si mi sobrino Enrique no 

fuera tan joven, os embarcaba también. 

Ter. ¡Tío! ¿Qué dices? 

Hel. ¿Crees que no he notado el efecto que tu 

presencia ha causado en Enrique? El de una 
aparición fantástica. 

Ter. ¡Calla, calla! 

Hel. El amor de Querubín por la Condesa, su 

madrina. He sorprendido unos versos suyos, 
muy malos, naturalmente, pero apasiona- 
dos... ¡Oh! 

«Tú que en la noche de mi vida triste 
como rayo de sol apareciste...» % 
Luego habla de unas visiones muy desagra- 
dables que deben de ser doña Esperanza y 
doña Asunción y don Francisquito, y luego 
surges tú, aparición celestial, toda luz, toda 
fragancia... 

Ter. Bueno, tío; eso es broma tuya. 

Hel. Bromas, sí, bromas... ¿Quieres decirme que 

tú no te has enterado antes que yo? Buenas 
sois las mujeres para no enteraros de esas 
cosas. 

Ter. Como tú quieras. . Pero dime lo que impor- 

ta. ¿Viste á Jesús? ¿Hablaste con él? 



— - 62 ~ 

Hel. Procedamos con orden... Al salir de aquí 

pasé por el Casino, entré á. recoger mi c^- 
rrespondencia y... ¡oh, sorpresa! encuentro 
una carta de un amigo antiguo, un perdu- 
lario como yo, á quien había yo prestado 
en una noche de apuro una cantidad... digo 
prestado por decir algo... pero lo que yo 
digo, alguna vez se recoge lo que se arrojó 
al viento... Hoy me escribe diciéndome: «Sé 
que estás apurado, me coges con dinero y 
me acuerdo de que siempre fuiste generoso 
conmigo», y me incluj^e una letra... Figúra- 
te; corro á casa de Zurita, del malo, que na- 
turalmente, es el que tiene siempre fondos 
disponibles; me paga la letra, y ya poseedor 
de mi talismán, busco á Jesús, le encuentro, 
hablamos, convenimos en nuestro plan... 
Ah, también hablé con Martín; el infeliz me 
confesó que sólo se casa por casarse, por res- 
peto, por gratitud... y por conveniencia tam- 
bién... Pero que si ella es la primera en de- 
cir que no le quiere, él se conforma... Ya lo 
creo que se conforma; tiene un miedo á Je- 
sús... Y como ya lo sabes todo, ahora avisa 
á Natividad. Aunque supongo que ya sabe 
algo. Jesús quedó en avisarle como pudie- 
ra; le dejé escribiendo una carta... ¡Qué car- 
ta! Tan mal escrita como los versos de En- 
rique... pero con qué fuego... Aquí viene Na- 
tividad. ¡No te dije! ¡Ya lo sabe! 



ESCENA XII 

DICHOS y NATIVIDAD por el tercer término izquierda 

Nat. Señorita, protéjame usted, defiéndame us- 

ted, usted es muy buena. 

Ter. No te aflijas, mujer. ¿Qué te ocurre? 

Nat. No sabe usted. Jesús me ha mandado una 

carta; dice que si no me voy con él hoy 
mismo, ahora mismo, será la perdición de 
su vida... y dice, ¡ya ve usted qué locura! que 
tiene dinero; ¿de dónde puede haberlo 
sacado honradamente?... Ya ve usted, eso 



— 63 — 

no puede ser. Yo no quiero decir nada á la 
señora Marquesa, porque le costaría caro, 
pero eso no puede ser... Protéjame usted, 
señorita. 

Ter. No tengas miedo, no llores. 

Hel. No pienses nada malo de Jesús. Esa carta 

te la ha escrito delante de mí, por consejo 
mío; ese dinero se lo he dado yo; con él po- 
drá trabajar, podéis estableceros. 

Nat. Usted... 

Hel. Sí, yo; yo, que soy así, algo loco, y quiero 

que seáis felices con vuestro cariño, porque 
tú quieres á Jesús y él te quiere, y es lo 
justo y la verdad, y es lo que debe ser... 
Martín, él mismo lo ha confesado, se casaba 
contigo como tú con él; no creas que le cos- 
'tará la vida el desengaño. 

Nat. Pero don Heliodoro... 

Hel. Vamos á ver, habíanos con franqueza lo que 

tú sientes, lo que tú quieres... Si supieras 
que por decir yo no quiero más que á Jesús, 
no me casaré más que con él, no pasaba 
nada, ni esas señoras se indignaban ni de- 
cían que era ingratitud, ni te retiraban su 
protección, y á Jesús le perdonaban since- 
ramente, y los dos erais muy felices... ¿Qué 
dirías? 

Nat. De ese modo, sí. 

Hel. Porque tú quieres á Jesús, ¿verdad? 

Nat. Si no lo quisiera no me costaría tantas lá- 

grimas. 

Hel. ¿y te casarías con él mejor que. con el otro? 

Nat. Sí, señor, sí; á ustedes se lo digo. 

Ter. Entonces... 

Hel. Entonces no hay más que hablar. 

Ter. Pero tú crees que si Natividad dijera... 

Hel. No dice nada... Decir sería inútil. Conozco á 

esta gente: primero se indignarían, después, 
cuando vieran que la indignación era in- 
útil, simularían calma, calma hipócrita .. y 
con suavidad, con dulzura, con todas sus 
artes capciosas, conseguirían que Jesús vol- 
viera á parecer un malvado, que tú lo cre- 
yeras, aprovecharían cualquier debilidad, 
cualquier irresolución, triunfarían al cabo... 
yo los conozco... Y eso es lo que no quiero... 



— 64 — 

No, no; mar y tierra por medio es lo mejor ., 
Asi ni se Íes ve ni se les oye en sus aspa- 
vientos y en sus ¿chillidos... y lo que no se 
ve ni se oye, como si no existiera... Vamos, 
Natividad, no dudes; es el mejor modo, el 
único... de otro modo no cuentes con mi 
protección, que por lo menos es tan genero- 
sa como la de esa gente y nmcho más des- 
interesada. 

Nat. Señorita... ¿Oye usted? Yo no puedo irme 

así. 

Hel. Así, asi... En el primer puerto os casáis ó en 

el barco; el mareo es caso de artículo mortis, 
ó, si os parece mejor, no os casáis, y así es- 
táis menos atados si algún día os pesa. 

Ter. Tío, no digas atrocidades. 

Hel. Eh, ya me conoces.. Vamos, ¿qué decides, 

qué dudas? 

Ter. Pero eso no puede ser... Que hable franca- 

mente, que tenga valor. 

Hel. Sí, sí, muy bonito, pero ya os dije lo que 

sucedería... Escucha; Natividad, y tú tam- 
bién. Yo no te aconsejo, vas á ser tú, otra 
mujer como tú. ¿Tú quieres mucho á la se- 
ñorita, verdad? 

Nat. Sí, señor, sí. 

Hel. ¿Crees que es muy buena, muy virtuosa, 

que no puede aconsejarte nada malo? 

Nat. No, señor, no. 

Hel. y si ella te dice: Vete con el hombre que 

quieres, ¿te irás? Contesta. 

Nat. Si la señorita me lo dice... 

Ter. ¿Yo?... 

Hel. Contesta. 

Nat. Si la señorita me lo dijera... 

Hel. Ahora tú... Ya lo ves... Piénsalo bien, en 

conciencia. De ti depende la suerte de esta 
criatura... A ti te han casado como quieren 
casarla á ella... Su vida será lo que es la tu- 
ya... unida á un hombre para siempre, sin 
cariño, ni intimidad, ni confianza, como dos 
personas que miden y pesan sus palabras 
para ocultar, más que para descubrir sus 
sentimientos. Ahora hablo en serio, muy en 
serio, solemne si quieres... ¿Qué dice tu co- 
razón, qué dice tu conciencia?... 



— 66 - 



1er. 



Hei 



Teh. 




Ter. 

Nat. 
Hel. 



Nat. 
Bel. 

Nat. 
Hel. 



Nat. 



Me preguntas en un momento de horrible 
tristeza, cuando acabo de percibir muy claro 
lo que será mi vida... Como tú dices, sin ca- 
riño, sin intimidad, sin confianza... Mi co- 
razón no dudaría... Pero es grave la respon- 
sabilidad de disponer así de la vida de nadie. 
Si fuera su desgracia... Yo no puedo aconse- 
jarte nada, yo no puedo decirte nada... Que 
resuelva tu corazón. 

¿Pero el tuyo qué dice? La verdad, por lo 
más sagrado, por la verdad misma, que es 
lo más sagrado que existe, y el primer de- 
ber de nuestra vida, buscar la verdad en 
nuestra vida cueste lo que cueste. 
Sí, tieiiCS razón... Acaso es la pobreza, acaso 
es la desgracia, pero es un cariño verdadero 
el que te llama... Si solo fueras feliz un día, 
ya serías más feliz que los que nunca lo se- 
remos y no podremos decir siquiera que lo 
fuimos. 
¿Oyes? 
¡Señorita! 

¿Quieres mucho á ese hombre? 
Sí, señorita; le quiero mucho y me da mu- 
cha pena, porque siento que solo conmigo 
podrá ser bueno, que él solo por el mundo 
podrá ser malo, y siempre tendría yo ese re- 
mordimiento. 

¿Es verdad? Pues con él, no dudes más, sed 
muy dichosos, el mar os trajo juntos, que el 
mar os lleve. 

Señorita... usted me dice... ¡Ay!, ya me pa- 
rece que no hago mal... y lloro de alegría... 
Vamos, vamos, ven conmigo, recoge lo más 
preciso, saldremos por el cocherón sin que 
nadie nos vea. 

Señorita, nadie me habló como usted. 
Pues yo también hablé claro y si no es 
por mí... 

Usted también es muy bueno. 
A mi manera, que no sé si será la buena. 
Yo sé que os queréis; no puedo saber si se- 
réis felices... pero es ofender á Dios preve- 
nirlo todo... Vamos, vamos. 
Señorita..., dígales usted que no soy ingra- 
ta, que no soy mala... 



- éé - 

Ter. No, pobre niña; dame un abrazo... Algo de 

mi alma se va contigo. (Oon Heliodoro se lleva de 
la mano á Natividad por el foro derecha y Teresa se 
queda llorando y mirando por donde se van. 



ESCENA XIII 

TERESA y á poco ENRIQUE por el tercer término izquierda 

Enr. Teresa, Teresa, ¿volvió tío Heliodoro'? 

Ter. Sí, calla; esto}^ inquieta. ¿Dónde está tu 

madre y esas señoras? 

Enr. De gran conferencia: vino la Repelona. 

Ter. ¡Ah, me alegro!... Hablará mucho. 

Enr. Hoy vino de arrepentida. Dice que se sepa- 

ra de su hombre, que no quiere vivir en pe- 
cado, pide que la socorran para trabajar en 
su oficio... la historia de siempre, pero siem- 
pre hace efecto. 

Ter. ¡Pobre mujer! 

Enr. Pero, oye: ¿qué cuenta tío Heliodoro?, ¿ha- 

bló con Jesús? 

Ter. Sí, sí; ya lo sabrás.. No sé lo que me pasa. . 

Siento una angustia... No sé si hice bien, si 
hice mal... 

Enr. ¿Tú? ¿Por qué? 

Ter. (Llevándole al foro.) Mira, mira. 

Enr. Natividad..., tío Heliodoro... ¿A dónde van? 

Ter. jC^alla! Vienen esas señoras. Disimula. Digo 

no sé, si quisiera que aun fuera tiempo.. . 
No sé, no sé... 

Enr. Pero es que al fin... 

Ter. Sí. 

Enr. Cuánto me alegro. ¡Felices ellos! 

Ter. ¿Ci ees tú que serán felices? 

ESCENA XIV 

DICHOS, la MARQUESA, DOÑA ESPERANZA, DOÑA ASUNCIÓN, 
la REPELONA. Salen por el tercer término izquierda 

MARQ.a Bueno, mujer, bueno; lo que hace falta es 

que todo eso sea verdad. 
Rep. ¡áy, señora Marquesa de mi alma, doña 



— 67 — 

Esperanza de mi corazón y querida herma- 
na, si les dicen á ustedes alguna vez que he 
vuelto con ese hombre y es verdad que he 
vuelto! digan ustedes que no merezco cosa 
mejor que vivir con él y verme como me he 
visto hasta ahora por ese gandul, sinver- 
güenza, borracho, que no quisiera más sino 
que vieran ustedes mi cuerpo para que vie- 
ran un puro martirio, que no me falta más 
que lo de santa para estar en el calendario, 
que por lo de mártir, otras habrá con menos 
motivo. Y quieren ustedes que no esté arre- 
pentida... 

Esp. Persevera, persevera en los buenos propósi- 

tos. 

Rep. y tan persevera como me verán ustedes 

siempre, señora, que si no fuera por ustedes 
no sé dónde iba á volver los ojos. Estaré 
tan ricamente en mi oficio como estaba an- 
tes de conocerle, que no sé qué mala hora 
sería aquella, que debió ser una maldición 
que me cayó encima. 

Marq.ív No disparates más. En todo has de ser ex- 
tremosa. Anda, anda con Dios, y si ese 
hombre te persigue y te amenaza, das parte 
en seguida, no digas después que te llevó 
por miedo. 

Rep. ¡Ay, no, señora; así me arrastrara y me hi- 

ciera pedazos, ni verle, ni verle! Vaya, seño- 
ras. Dios se lo pague, y que vivan ustedes 
tantos años como caridades han hecho en 
este mundo, que yo iré besando siempre por 
donde pisen. 

Esp. Anda, anda, mujer... 

Rep. ¡Qué buenas son ustedes, qué buenas, (vase.) 



ESCENA XV 

DICHOS menos la REPELONA, después MARTÍN por el foro derecha 

MARQ.a ¿Qué opinan ustedes de esta conversión? 
Esp. Alguna vez será la verdadera. ¿No cree us- 

ted. Marquesa? 
MARQ.a ¿Por qué no? Yo creo que la Junta aprobará 



- 68 - 

este socorro extraordinario, dado lo urgente 

del casa. 
Esp. No faltaba más. Y cuando usted quiera, 

Marquesa, iremos hacia allí. 
MARQ.a En seguida. Enrique, di á Natividad, que 

recoja el envoltorio que dejé en el cuarto 

ropero y que venga con él en seguida. 
Enr. Voy, mamá. 

Ter. (Bajo.) No vayas. 

Enr. ¿Eh? 

MARQ.a Vamos, hijo. 
Enr. Voy, voy... ¿Y dices?... 

Ter. Sí, sí, vé... pero tarda todo lo que puedas. 

No, ya es lo mismo, (ai ver entrar á Martín por 
el foro.) 

Mar. Con permiso. 

MARQ.a Hola, Martín... ¿Qué te trae por aquí á es- 
tas horas extraordinarias? ¿Tienes que decir 
algo á Natividad ó es que te parece poco 
tiempo el que os permitimos para hablar? 
En seguida sale y hablaréis, pero solo un 
momento. 

Mar. ¿Natividad? No vengo á verla, ni la veré 

más y quién la verá. 

MARQ.a ¿Qué dices? 

Mar. Nada, señora... Que Natividad y Jesús se 

han embarv:ado y se marcha feliz á estas 
horas... 

MARQ.a ¿Eh? ¿Qué dices? 

Esp. ¡No es posible! ¡Natividad! 

AsuN. ¡Natividad! 

(Llamándola las tres por todas partes.) 

MAKQ.a ¡Natividad! ¡Natividad! (a Enrique.) Corre á 
buscarla... Si no puede ser, si estaba aquí... 
(a Teresa.) ¿No estaba contigo? 

Ter. Sí. sí; pero salió... 

MARQ.a ¿Que salió? (a Martin.) ¿Y tú cómo sabes...? 

Mar. Lo sé, porque lo sé; porque me lo había di- 

cho Jesús. 

Esp. Yo no puedo creerlo. 

MARQ.a ¡Sería horrible! 

AsuN. Pero se la habrán llevado á la fuerza, un 

atropello. 

Mar. No, señora, no; por su voluntad y muy con- 

tenta. Ya los dos se querían, y por miedo 
de que ustedes no les dejaran casarse, se 



- 60 — 

marchan lejos de aquí. Después de todo 
más vale que haya sido antes, que si hu- 
biera sido después... 

MARQ.a Pero cómo han podido marcharse, con qué 
medios... 

Mar. No, no les faltarán. Pregunte usted á don 

Heliodoro. 

MARQ.a ¿Mi hermano? 

Esp. Es posible. Marquesa, es posible... 

AsuN. Su hermano de usted es capaz de todo. 



ESCENA ULTIMA 

DICHOS y DON HELIODORO que sale por el foro derecha y oye el 

flnal de la escena 

Hel. Sí, yo... yo he sido. Y estoy muy ufano y no 

me pesa. 
MARQ.a Puedes estarlo. 
Esp. No es suya toda la culpa. ¡Qué ingratitud! 

¡Qué ingratitud! 
AsüN. ¡Quién lo diría de esa muchacha! 

Esp ¡Qué valor! ¡Escaparse así! 

AsuN. Ya tendrá su castigo, ya lo tendrá. 

(Se oyen dentro voces de Cabrera, la Repelona y de 
Chicos que figuran que los corren por las calles gri- 
tando ) 

MARQ.a ¿Qué gritos son esos? 

AsuN. (Asomándose al foro.) Esto nos faltaba... No se 

asome usted, Marquesa, no lo vea usted. 

Mar. (Asomándose también al foro,) Es Cabrera y los 

chicos detrás de él como siempre. 

Esp. (Asomándose al foro.) Cabrera borracho como 

siempre, y del brazo de esa mujer. Ese era el 
arrepentimiento. 

MARQ.a Calle usted, callen ustedes... no quiero sa- 
berlo... No cuenten ustedes conmigo para 
nada, no quicio más Junta, no quiero en- 
tender en nada. 

Esp. Tiene usted razón; esto es inaudito. 

AsuN. Esto es el tín del mundo. 

(Cesan las voces y gritos dentro.) 

MARQ.a De esta gentuza ¿qué puede esperarse? pero 
los otros... Esa muchacha... ¡Qué tristeza tan 
grande! 



- YO ~ 

Esp . Así ' nos paga todo el bien que se le ha 

hecho. 

MARQ.a El pan que han comido... 

AsuN. La vida, porque nos deben la vida. 

MARQ.a (a don Heiiodoro.) Y tú, tú has tenido la 
culpa. 

Esp Usted con sus predicaciones y sus ideas. 

Esto es obra de usted. 

MARQ.a (a Teresa.) Y tú lo sabías: ha sido una intri- 
ga, pero lo sabrá tu marido, ¡lo sabrá! 

Enr. Mamá... 

Hel. No contestes. 

Ter . Sí, tienes razón, fué obra nuestra, de los in- 

gratos, de los rebeldes. ¿No es eso? 

Hel. Sí, obra nuestra y obra buena... Y no nos 

pesa, estamos contentos y con la conciencia 
tranquila... ¿Qué dices? Que fueron ingra- 
tos, que os debían el pan que comieron, que 
os debían la vida... Nosotros les hemos dado 
algo que vale más que la vida, le fiemos 
dado amor y libertad. (Telón.) 




FIN DE LA COMEDU 



Obras de Jacinto Benavente 

PUBLICADAS EN TRECE VOLÚMENES, SEGÚN HAN SIDO 

ESTRENADAS.— Se VENDEN 1 3,50 PESETAS CADA TOMO 

EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS 



El nido ajeno, comedia en tres actos. 

Gente conocida, comedia en cuatro actos. 

El marido de la Téllez, comedia en un acto. 

De alivio (Monólogo). 

Don Juan, comedia en cinco actos. (Traducción.) 

La Farándula, comedia en dos actos. 

La comida de las fieras, comedia en cuatro actos 

Cuento de amor comedia en tres actos. 

Operación quirúrgica, comedia en un acto. 

Despedida cruel, comedia en un acto. 

ña Gata de Angora, comedia en cuatro actos. 

Por la herida, drama en un acto. 

Modas, saínete en un acto. 

Lo cursi, comedia en tres actos. 

Sin querer, boceto en un acto. 

Sacrificios, drama en tres actos. 

La Gobernadora, comedia en tres actos. 

El primo Román, comedia en tres actos. 

Amor de amar, comedia en dos actos. 

Libertad, comedia en tres actos. (Traducción.) 

El tren de los maridos, comedia ^n dos actos. 

Alma triunfante, comedia en tres actos. 

El automóvil, comedia en dos actos. 

Li noche del sábado, comedia en cinco cuadros. 

Los favoritos, comedia en un acto. 

El Hombrecito, comedia en tres actos. 

Por qué se ama, comedia en un acto. 



Al natural, comedia en dos actos. 

La casa de la dicha, comedia en un acto 

El dragón de fuego, drama en tres actos. 

Richelieu, drama en cinco actos. (Traducción. 

Mademoiselle de Belle-Isle, ídem id. 

La princesa Bebé, comedia en cuatro actos. 

ciVo fumadores*, chascarrilo en un acto. 

Rosas de otoño, comedia en tres actos. 

Buena boda, comedia en tres actos. (Traducción. 

El susto de la Condesa, diálogo. 

Cuento inmoral, monólogo. 

Manont Lescaut, drama en seis actos. 

Los malhechores del bien, come lia en dos actos. 

Las cigarras hormigas, juguete cómico en tres actos 

El encanto de una hora, diálogo. 

Mas fuerte que el amor^ drama en cuatro actos. 

El amor asusta, comedia en un acto. 

Los buhos, comedia en tres actos. 

La historia de Ótelo, boceto de comedia en un acto 

Los ojo^ de los muertos, drama en tres actos. 

Abuela y nieta, diálogo. 

Los intereses creados, comedia de polichinelas en dos actos 

Señora ama, comedia en tres actos. 

El marido de su viuda, comedia en un acto. 

La fuerza bruta, comedia en un acto y dos cuadros. 

Por las nubes, comedia en di s actos. 

La escuela de las princesas, comedia en tres actos. 

La señorita se aburre, comedia en un acto. 

Z A.TIZXJBL A.S 

Teatro feminista, un acto, música de Barbero. 
Viaje de instrucción, un acto, música de Vives. 
La sobresalienta, un acto, música de Chapí. 
La copa encantada, un acto, música de Lleó. 
lodos somos unos, un acto, música de Lleó. 



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