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Full text of "Memorias de un viejo"

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http://www.archive.org/details/memoriasdeunviej02cave 



MEMORIAS DE UN VIEJO 



MEMORIAS 
DE UN VIEJO 

POR 

GENARO CAVESTANY 



C0DC03 



TOMO II Y ÚLTIMO 



C03C0O 



\ 

SEVILLA 

Imp, de F. Díaz, Plaza de Alfonso XIII, 6 

1919 




ES PROPIEDAD 



jíl €xcmo. Sr. 7). jfinselmo Rodrí- 
guez de 7{ivas y T{ivero, er\ prueba 
de fraternal cariño, /¡¡'/o de una le- 
gendaria amistad. 

€1 Jíufor. 

€r¡ J/Jlcalá de ^uadaíra a 10 de €nero de 1919. 



s^^^^^^^^^^^^^g 



Memorias de un viejo 



i 

Las sorpresas de la lotería.— Dos veces el pre- 
mio gordo en el Hotel Cervantes de Linares. 

El sorteo de Navidad siempre ha producido 
grandes sorpresas. Las del año último (191 8) 
han sido menores que las de los anteriores, 
pudiendo concretarse a dos: las de haberse que- 
dado el gordo en España cuando casi todos los 
años huía al extranjero, (y por cierto muy bien 
distribuido esta vez), y a una clarividencia de 
un clarividente de un pueblo del partido de 
Guadix, provincia de Granada, que adivinó el 
número en que cayó y pidió una participación 
en él, cuya clarividencia pondrán en duda mu- 
chos y entre ellos el autor de este artículo, 

Este año, a causa de las circunstancias que 
se atraviesan, han sobrado números, mas el 
el Gobierno habrá visto con gusto, indudable- 
mente, que el gordo no ha caido en los billetes 
sobrantes, pues si hubiera ocurrido este caso 



8 Genaro Cavestany 



que bien hubiera podido ocurrir, el ano próxi- 
mo hubieran sobrado la mitad de los billetes. 

Hoy la lotería se juega con' la perfección 
más grande que es posible imaginar, a lo que 
es debido el gran crecimiento que ha tenido 
esta renta del Estado. Cualquiera ilegalidad que 
se descubriese un día sería causa de su comple- 
ta ruina. 

La lotería antigua de ambos, temos y cuater- 
nos que recordamos aún los viejos, hubo que 
reformarla años antes de la Revolución del 6S y 
por tal motivo. Se descubrió una ilegalidad y 
los jugadores dejaron de jugar. 

La lotería moderna, como se denominó en un 
principio a la actual, tuvo en sus comienzos al- 
gunos defectos, que fué necesario corregir hasta 
llegar a la perfección con que hoy está organi- 
zada, y que tanta confianza inspira, gracias a 
su gran organizador D. Enrique Colas, tercer 
jefe de la Dirección general de Rentas Estan- 
cadas y jefe de la sección de Loterías, padre 
del Director de la Sucursal del Crédito Lionés 
en Sevilla D. José María Golas y Arias, quien 
con genio organizador sin igual, supo cimentar 
esta renta sobre las sólidas bases que hoy 
tiene, que son exactamente las mismas que 



Memorias de un Viejo 9 

le diera aqué! en los años del 75 al 80 del pa- 
sado siglo. 

Asistí al sorteo y presencié los incidentes del 
de Navidad de 1877. Voy a relatarlos como dig- 
nos de curiosidad. 

El Director de Rentas Estantadas entonces, 
a cuyo cargo corría en aquel tiempo la renta de 
loterías, recibió un mes antes del sorteo una le- 
tra por valor de 5 OOO pesetas (el billete entero 
costaba entonces quinientas pesetas y el pre- 
mio mayor era de tres millones de pesetas), 
con una carta dé un inglés establecido en Gi- 
braltar, diciéndole el número que llevaba y 
añadiendo que si hacía tocase en él el premio 
mayor, le regalaría la mitad de su importe, 
siendo las cinco mil pesetas que le enviaba, 
prueba de su formalidad, y le rogaba las con- 
servase como fianza. El Director puso carta y 
dinero a disposición del Ministro de Hacienda 
Marqués de Orovio, quien dio cuenta del he- 
cho en Consejo de Ministros, proponiendo que 
se cobrase la letra y se aplicase su importe a * 
la Beneficencia sin contestarse nada al osado 
inglés, pero Cánovas dispuso se le devolviese el 
giro por conducto del Director de Rentas Es- 
tancadas, diciéndosele que en Inglaterra podría 



10 Genaro Cavestany 

haber altos funcionarios que se vendiesen, pero 
en España no. 

Un mes después de aquel sorteo se presentó 
en el despacho del Director General de Rentas 
Estancadas el Subsecretario del Ministerio de 
la Gobernación D. Lope Gisbert, apoderado 
general que había sido durante muchos años 
del opulento propietario Marqués de Villame- 
jor, padre del Conde de Romanones, acompa- 
ñando a su yerno el Conde de Torre Isabel, 
Diputado a Cortes por uno de los distritos 
electorales de la provincia de JMurcia, quien 
había roto un billete premiado con 12 5. OOO 
pesetas, por no haber salido el número premia- 
do con esta suma en las primeras listas de los 
periódicos que salieron, siendo necesario para 
que dicho afortunado jugador supiese que su 
número estaba premiado, que se lo advirtiese 
<el administrador de la lotería, entonces la que 
expendía más billetes en Madrid, denominada 
de las Cuatro Calles, situada en la de Sevilla, 
extrañado de que no se hubiera presentado en 
ella después del sorteo a preguntar cuándo 
podría cobrar. El billete fué reconocido por el 
Ingeniero de la Dirección y pagado. Su afortu- 
nado propietario gratificó espléndidamente a 



Memorias de un Viejo 1 1 

su criado por su negligencia en vaciar el cesto 
desús papeles rotos durante quince días, cuando 
si hubiera sabido lo mal que hacía la limpieza 
de su despacho en otras circunstancias segura- 
mente le. hubiera echado una fuerte y justa re- 
primenda. 

El día anterior al sorteo recibió el Director 
de Rentas Estancadas que debía presidirlo, una 
carta del entonces joven y actualmente viejo 
Conde de Estaban Collantes, en aquel tiempo 
sólo conocido por Saturnino Estaban Miquel y 
Collantes, Subsecretario de la Presidencia del 
Consejo de Ministros, a quien Cánovas había 
elevado a tan alto puesto en recuerdo y en 
desagravio a la memoria de su ilustre padre 
D. Agustín Estaban Collantes, el que siendo 
Ministro de Fomento, fué acusado injustamente 
de concusión en el célebre proceso denominado 
de los cargos de piedra, quien invocando el 
recuerdo de su padre, del que había sido muy 
amigo el Director de Rentas, le pedía asistir al 
sorteo desde el estrado presidencial. 

El futuro Conde de Estaban Collantes juga- 
ba veinte y cinco mil pesetas en aquel sorteo. 
Entre los primeros números salieron los suyos, 
de suerte que apenas comenzado aquél ya es- 



12 Genaro Cavestany 

taba reintegrado de lo que había jugado y aún 
le quedaban muchos billetes en los cuales pu- 
diera caer un buen premio. Creo que algo ga- 
nó y aún que ganó bastante. 

Ningún premio grande salía y ya estada 
bien avanzado el sorteo. Se hacía tarde y era 
preciso almorzar. Se mandó por el almuerzo 
clásico del café madrileño (tortilla y biftek con 
patatas) al café más próximo, almorzando los 
que presidían el sorteo, en dos tandas, pues no 
podía suspenderse aquél, y además el Sr. Esta- 
ban Coliantes y el que esto escribe. 

A cada momento mandaba el Director, ya 
alarmado vista la tardanza en salir uno siquiera 
de los premios mayores, temiendo hubiese es- 
tado preparada alguna trampa que sus autores 
no se atreviesen a realizar,' a preguntar al que 
le había reemplazado en la presidencia en tanto 
él almorzaba, si había salido ya alguno. 

La respuesta era siempre negativa. No pu- 
diendo el Director soportar por más tiempo 
aquel temor, abandonó el almuerzo y se diri- 
gió a la mesa a tomar otra vez la presidencia 
del sorteo, con mayores temores y dudas que 
nunca. 

El sorteo avanzaba y los gordos no salían. 



Memorias de Viejo 15 

Apenas si quedaban ya una decena de bolas 
en el bombo pequeño, destinado a los pre- 
mios. No había duda: el complot estaba fra- 
guado y el escándalo iba a ser inmenso. 

Por fortuna no pasó nada. Todo era culpa 
de la casualidad. Entre las diez últimas bolas 
estaban los seis premios mayores, siendo la 
última extraída la correspondiente al tercer 
premio. El sorteo terminó feliz y legalmente, 
y todo pasó normalmente aunque la casualidad 
hiciera que tan graves temores se concibiesen. 

Un detalle muy significativo. En aquel tiem- 
po se pagaban la mitad de los premios que 
tocaban en Galicia, en billetes rotos. Se cree, 
o se creía entonces eti aquella región que rom- 
piendo el billete salía premiado, pero otros de- 
cían que esto era debido a que cuando juegarr 
dos en un solo décimo, cada uno se queda con 
un pedazo para que su copartícipe no pueda 
cobrarlo solo, caso de salir premiado. 

En aquellos tiempos el 25 por °/ del impor- 
ie de los premios dejaba de cobrarse, bien por 
extravío o bien por no verse en la lista oficial 
y guiarse sólo los jugadores por las listas de 
los diarios, la mayor parte de las veces equi- 



14 Genaro Cavestany 

vocadasen el sorteo de Navidad especialmente. 
No sé si hoy pasará lo mismo. í 

Pero vengamos al sorteo de Navidad del 
presente año de 1918. Como es sabido fué ju- 
gado el billete entero en el Hotel Cervantes 
de Linares, lo que ha causado la desesperación 
de la mayor parte de los viajantes de comercio 
que frecuentan aquella plaza, pues algunos de 
los que estuvieron este año en dicho pueblo y 
en dicho hotel oportunamente, obtuvieron par- 
ticipaciones, mientras no la obtuvieron los que 
hace tiempo no visitan dicha población y ho- 
tel, o los visitaron cuando ya estaba repartido 
el billete. 

Y el haber caido el gordo este año en el Ho- 
tel de Cervantes, de Linares, me hace pensar 
que otra vez cayó allí, aunque en forma muy 
diferente. 

Era el año 1886 u 87. El hoy veterano so- 
cialista y acaudalado propietario D.Pablo Igle- 
sias, era entonces un hombre joven aún, que 
acababa de abandonar la caja de una imprenta 
para meterse a propagandista socialista. 

Y empezó sus correrías por los centros obre- 
ros a razón de diez duros por cada sermón o 
discurso, con viaje y hotel pagados. Poco a 



Memorias de un Viejo 15 

poco fué elevando su tarifa hasta el punto de 

permitirle ésta hacer una modesta o regular 

fortuna, en lo que no estoy muy cierto (en el 

adjetivo solamente), cosa que nadie ignora, en 

tanto que el obrero de quien ha salido y quien 

le ha puesto al abrigo de la miseria, no está al 

abrigo de ella, y quien por el contrario, sigue 

como antes, a pesar de la propaganda de 

aquél. 

Pronto Pablo Iglesias fué habituándose a su 

nueva, buena y descansada vida, y con la 

abundancia empezaron las exigencias. 

Y llegó a Linares en la ocasión dicha y se 
alojó en el Hotel Cervantes, y no gustándole 
la comida y vinos que le dieron, pidió platos 
especiales y vinos de marca . 

Y los obreros, al pasar por delante del Ho- 
tel reparaban como se regalaba el que les pre- 
dicaba ideas tan opuestas ,al sibaritismo. 

Y uno de ellos dijo: 

— Ese no es un socialista, es un burgués 
como los que él censura, para venir a explo- 
tarnos. 

Y se amotinaron los numerosos obreros de 
las minas de Linares contra Pablo Iglesias y 
apedrearon el Hotel, rompiendo todos sus cris- 



16 Genaro Cavestany 

tales, y Pablo Iglesias tuvo que abandonarlo a 
escape y salir a pie de Linares sin dar siquiera 
su primera conferencia, criticando a los ricos y 
a los que se dan buena vida, sufriendo el dueño 
del Hotel perjuicios enormes por el asalto de 
éste. 

Y ahora que el gordo ha caído en el mismo 
Hotel en que se alojó Pablo Iglesias en el año 
86 u 87 del pasado siglo, si se han roto en él 
cristales, por movimientos alegres o nerviosos 
de algún agraciado, el dueño habrá dicho muy 
contento: 

— Más vale que rompan todos los cristales 
del Hotel por haber caido en él el gordo, me- 
jor que por haber vuelto a caer otra vez en él 
Pablo Iglesias. 



Memorias de un Viejo 17 



II 

Perico Rodríguez de la Borbolla 



Cuando desaparecí de Sevilla en 1877, el 
actual ex-ministro de la Corona (por dos veces), 
jefe del partido liberal sevillano, Diputado a 
Cortes por Sevilla o su provincia (vitalicio) y 
padre de una numerosísima familia, D. Pedro 
Rodríguez de la Borbolla y Amoscótegui de 
Saavedra, era un menor de edad, recién orde- 
nado de Abogado, que empezaba a practicar 
la abogacía al lado de su insigne padre don 
Pedro Rodríguez de la Borbolla, uno de los 
sevillanos que más han honrado a Sevilla y que 
más practicaba el amor que la profesión a que 
se dedicó desde su juventud, y en la que tantos 
triunfos ha obtenido en su ya larga y brillante 
carrera, viéndosele más que en el bufete de su 
ilustre padre, al pie de una reja en la calle de 
Catalanes (hoy de Albareda), de una casa pró- 
xima a la Iglesia de San Buenaventura, ha- 
blando noche y día con una angelical criatura, 

2 



18 Genaro Cavestanv 

que más hermosa no la imagina la humana y 
loca fantasía, que luego fué la dulce y amante 
compañera de su vida y ejemplar madre de sus 
hijos, nieta del famoso médico sevillano don 
Antonio Serrano y Paíao, muy anciano ya, pero 
no por eso el más llamado en todas las casas 
aristocráticas sevillanas. 

Pero antes de hablar del hijo, hoy abuelo y 
que pronto habrá de ser bisabuelo, hablaremos 
de su padre... 

Era D. Pedro Rodríguez de la Borbolla uno 
de los abogados más antiguos, ilustrados y 
honrados de su tiempo. Si no hizo fortuna fué 
debido a su honradez y desinterés, pues si a los 
ricos cobraba equitativa y moderadamente, a 
sus amigo*s y correligionarios no cobraba y a 
los pobres servía de valde. 

Empezó su vida pública er* los momentos 
del movimiento liberal de los últimos años de 
la primera mitad del pasado siglo, que transfor- 
mó a la Europa entera, llevando el régimen 
constitucional aun a los Estados más retrógra- 
dos, y en cuya época nació el republicanismo 
europeo, que tantas conquistas ha hecho desde 
entonces, y que amenaza en el día transformar 
a esta idea la Europa entera, en la cual comul- 



Memorias de un Viejo 19 

ga ya más de la mitad, por lo que no es de 
extrañar se afiliase al partido republicano, en el 
que militó toda su vida con la honradez de un 
epicuro. 

Si hubiera querido, como era solicitado por 
grandes sevillanos como Moreno López y po- 
líticos eminentes que ejercieron grandes in- 
fluencias en la política sevillana, como el Conde 
de San 'Luís, Pacheco y otros, pasarse a la 
Monarquía, hubiera sido el arbitro de la política 
en Sevilla y Ministro cien veces. En el período 
revolucionario fué solicitado por Rivero con 
igual fin. Entonces estaba Rodríguez de la 
Borbolla en el apogeo de su .prestigio y de su 
edad, y si hubiera accedido a ello su figura po- 
lítica hubiera sido una de las primeras de la 
Revolución. Fiel a sus ideas no quiso nunca 
abandonar sus ideales, y de aquí que su nom- 
bre honradísimo y enaltecido hasta por los 
prohombres del "moderantismo, y particular- 
mente estimadísimo y querido de ellos, no sa- 
liese de los ámbitos de Sevilla. 

Sus cargos políticos siempre fueron electi- 
vos y muchas veces fué concejal y Diputado 
provincial. Yo le conocí presidiendo primero la 
Comisión provincial y luego la Diputación. 



20 Genaro Cavestany 

Ingenuamente creo que jamás en la Diputación 
se habrá administrado con tanta honradez que 
cuando él ejerció ambos cargps, 

Castelar le ofreció una cartera: Borbolla la 
aceptó para su amigo D. Luís del Río, a lo que 
debió éste ser Ministro sin que ya más nadie 
pensase pudiera llegar a tan elevado puesto. 

La caballerosidad y honradez eran su lema, 
y a su observancia consagró su vida entera. 

Era republicano de guante blanco^ y la dig- 
nidad, la nobleza y la bondad se revelaban en 
él hasta en su propia persona. Vestía elegante- 
mente, y su amabilidad, unida a una naturali- 
dad ingénita, se descubrían en él al primer gol- 
pe de vista. Era simpático a cuantos le trata- 
ban, amigos o adversarios políticos, desde el 
primer momento, por lo que puede afirmarse 
que si el número de sus amigos fué grande, el 
de sus enemigos fué tan pequeño, que tal vez 
no tuviese uno. 

Vivió siempre en la mediocridad honrada y 
digna, aunque con el desahogo de quien tra- 
bajó mucho en una honesta y larga vida, en una 
casa de la calle de Vizcaínos, (hoy Fernández y 
González) en la que aún demoraba feliz y tran- 
quilo, en compañía de su amante esposa y de su 



Memorias de un Viejo 21 

joven hijo cuando yo abandoné a Sevilla, re- 
pito, en 1877. 

Cuando he vuelto a ella después de cuarenta 
años, D. Pedro Rodríguez de la Borbolla, hace 
muchos que ha muerto, así como su amante 
compañera D. a Ana Amoscótegui de Saavedra, 
aunque ésta no tantos, conservando de ambos 
el que esto escribe, gratísimos y tiernos recuer- 
dos por las amabilidades que con él tuvieron 
en su niñez. 

Yo pensaba que su hijo, mi compañero en 
la Universidad y mi amigo de la infancia, el 
superhombre liberal sevillano D. Pedro Rodrí- 
guez de la Borbolla y Amoscótegui de Saave- 
dra, continuaría habitando en la modesta y 
honrada casa de sus padres, de la calle de Viz- 
caínos (hoy de Fernández y González), pero 
como por razonen de mi cargo no habito cons- 
tantemente en Sevilla, no habiendo tenido ne- 
cesidad de visitarle, no había tenido nunca 
ocasión de saber que ya no vivía en la casa en 
que transcurrió su dichosa juventud. 

Hace pocos días tuve que pedirle un favor 
(que aún no me ha hecho) y le escribí una 
carta, invocando para que me sirviese, el re- 
cuerdo de nuestra antigua amistad. 



22 Genaro Cavestany 

No habiendo obtenido contestación a ella 
tan pronto como mi impaciencia meridional 
exigiera, decidí hacerle una visita y entonces 
tuve ocasión de saber que ya no habitaba en 
la casa de sus padres de la calle de Vizcaínos, 
sino en un chalet de su propiedad en el nuevo 
barrio de San Sebastián, al cual ha dado el 
nombre.de Villa Ramona , en tierno recuerdo 
a la hermosa y dulce compañera de su vida y 
madre venturosa y amante de sus hijos. 
, Al entrar en Villa Ramona quedé admirado. 
Yo, que en tantos chalets he entrado, no ya 
sólo en Sevilla, sino en París, Buenos Aires, 
Madrid, la Habana y otras muchas y grandes 
capitales, jamás había visto construcción aná- 
loga de más gusto, elegancia, suntuosidad na- 
tural y que más me hubiese agradado. ¡Qué 
claridad! [Qué altura de techos! |Qué distribu- 
ción más adecuada, y, sobre todo, qué vistal 
Casi puede afirmarse que está dentro del par- 
que sevillano, que igual no tiene en el mundo 
entero y con el cual será muy difícil que pueda 
rivalizar jamás otro alguno. 

Sólo visité el piso bajo. Ya lo quisiera hoy 
para sí el Emperador destronado de Alemania* 
Y la elegancia y riqueza modesta y de buen 



Memorias de un Viejo 25 

tono del mueblaje corresponden a la grandiosi- 
dad y belleza del edificio. 

El despacho es regio y el comedor suntuoso. 
En este último se ven multitud de servicios de 
plata y vajillas y cristalerías extranjeras de 
gran valor. 

Entonces recordé la modestia de su hogar 
de la calle de Vizcaínos y un recuerdo de Cas- 
telar y de Cánovas acudió a mi mente, y casi 
estuve por increparle con las mismas palabras 
con las que Castélar increpó a Cánovas cuando 
éste se presentó a aquél en iguales condiciones 
que mi antiguo amigo Perico Borbolla se me 
presentaba a mí en aquel momento. 

No puedo resistir al deseo de evocar este 
recuerdo. Lo relataré tal como el suceso a que 
se refiere llegó a mí en el tiempo en que ocu- 
rrió. Helo aquí: 

Sabida es la íntima amistad que unió siem- 
pre a Cánovas y Castelar a pesar de las ideas 
políticas, diametralmente opuestas que profe- 
saban ambos, y siguiendo el plan, el propósito 
y la índole de nuestros libros anteriores, que no 
han sido otros que los de dar a conocer la 
historia contemporánea de nuestro país en for- 
ma anecdótica y amena, presentaremos a núes- 



24 Genaro Cavestany 

tros lectores la figura de los dos hombres pú- 
blicos más eminentes que ha tenido España 
desde la Revolución del 68 hasta nuestros días, 
en intimidades poco conocidas y no acostum- 
bradas a publicar hasta ahora en sus rivalida- 
des, hijas del cariño que mutuamente se pro- 
fesaban, del orgullo que por el conocimiento 
de su valor tenían ambos de sí mismos, y, por 
último, relataremos anécdotas de los dos, que 
seguramente han de agradar a cuantos nos lean 
y no les sean conocidos. 

Nadie ignora que Cánovas casó en Murcia en 
los últimos años del reinado de Isabel II con 
una hija del Barón de Andilla, cuyo matrimo- 
nio tuvo muy corta duración por fallecimiento 
de la esposa. 

Castelar fué soltero y jamás pensó en ca- 
sarse. De él pudo decirse lo que del célebre 
cronista de salones de La Época de Madrid 
D. Ramón de Navarrete, quien firmaba sus 
crónicas con el pseudónimo de Asmodeo: 
Ni aún en sus tiempos mejores 
se le han conocido amores. 

De aquí tal vez la fama de afeminado que se 
le dio, universalmente durante toda su vida, que 
pugnaba con la virilidad de sus oraciones cice- 



Memorias de un Viejo 25 

romanas y demostenianas, y más que todo con 
su valor y energía en las alturas del poder, 
desafiando a los Estados Unidos al redactar 
personalmente su célebre nota sobre el apresa- 
miento del barco filibustero Virginius 'en aguas 
de Santiago de Cuba, al devolver sus cañones 
al Cuerpo de Artillería, y al restablecer la dis- 
ciplina militar con la pena de muerte, repri- 
miendo al cantonalismo con mano fuerte. 

Cánovas, viudo, vivió muchos años en la 
casa número 4 de la calle de Fuencarral, de 
Madrid, propiedad del opulento Marqués de 
Vallejo, quien según se afirmaba entonces, ja- 
más le pasó un recibo por el alquiler del de- 
partamento que ocupaba, por la amistad que 
entre ambos existía, entregado en cuerpo y 
alma a su criado Ramón, figura predominante 
en los tiempos de la omnipotencia de Cánovas 
en los primeros años de la Restauración, hasta 
el punto de afirmarse que por su influencia se 
nombraron muchos altos empleados y hasta 
Consejeros de Estado, y Obispos, quien era el 
verdadero amo de aquella casa y quien dirigía 
hasta la indumentaria, bastante descuidada por 
cierto, del jefe del partido liberal conservador, 
y el más eminente hombre de Estado que ha 



26 Genaro Cavestany 

tenido España en los tiempos modernos, no 
ocupándose Cánovas de otra cosa que de tra- 
bajar en su biblioteca. Comía ordinariamente 
en las casas de sus amigos, quiénes se dispu- 
taban tal honor, y tanto sus deberes políticos 
como sociales le obligaban a permanecer mu- 
chas, horas fuera de la suya, por lo que tenía 
que consagrar al trabajo las altas de la noche. 
Sabido es que Cánovas tenía una agradabi- 
lísima conversación familiar, y era un cuentista 
repentino, de suma gracia. 

En sus relatos, tal vez sin quererlo, hijo sólo 
de su cariño a Castelar y pudiese ser también 
de la rivalidad amistosa que ambos se profesa- 
ban, mezclaba siempre el nombre de éste en 
la conversación que sostenía o en el cuento 
que refería, por lo que las señoras de su inti- 
midad, en cuyas casas comía, le pedían que 
refiriese algo de él como uno de sus temas fa- 
voritos más socorridos. 

Un día en que se le pedía con insistencia 
que contase algo nuevo del más célebre y más 
grande orador que ha tenido jamás España, 
exclamó: 

\ — Yo nada nuevo puedo contar de él... ¡Qué 
hombre! ¡Qué orgullol ¡Qué ambición! Yo para 



Memorias de un Viejo 27 

■ ■' * . ■ — • — i * 

él no soy nada. Donde quiera que está se cree 
el primero. Si se habla de una batalla, quisiera 
ser el General; si de un entierro, quisiera ser el 
muerto; si de una misa, quisiera ser el cura; si 
de un barco, el capitán; si delante de él se ha- 
bla de una boda, quisiera ser... 

— El novio, dijo una de las señoras que le 
escuchaban, interrumpiéndole. 

— No, replicó Cánovas cambiando de tono, 
haciendo un mohín afeminado y llevándose un 
dedo a la cara, ¡la novia! 

El cuento hizo fortuna y corrió por todo Ma- 
drid llegando hasta Castelar, a quien dolió mu- 
cho, pues comprendió que él aumentaría la 
fama de feminismo que se le daba desde hacía 
mucho- tiempo, y sin demostrarlo y tal vez sin 
quererlo, concibió contra Cánovas cierto ren- 
cor, que duró muchos años, vengando la ofensa 
mucho tiempo después en esta forma: 

Cánovas contrajo segundo matrimonio ya 
en avanzada edad, y en las postrimerías del 
reinado de Alfonso XII, o principios de la Re- 
gencia, con la hermosa señorita doña Joaquina 
de Osma y Zabala, cuyo busto escultural éralo 
que más llamaba la atención en su belleza, 
hija # de los opulentos Marqueses de la Puente y 



28 GtóNARO Cavestany 

Sotomayor. Duquesa de Cánovas del Castillo a 
Ja muerte de su esposo, mujer ya de unos trein- 
ta años, de quien entonces se decía que no se 
había casado antes, a pesar de los múltiples 
pretendientes que había tenido, por estar hacía 
mucho tiempo enamorada del restaurador de la 
monarquía, y hasta se afirmó que saliéndose de 
los moldes arcaicos de nuestras costumbres 
amorosas, se había insinuado más de lo que 
hasta el día lo había hecho mujer alguna, y 
que o bien no habiendo advertido Cánovas 
aquellas insinuaciones, o bien no habiendo que- 
rido admitirlas por considerarse viejo para el 
matrimonio, ella apeló al recurso de hacer in- 
tervenir en su favor a Ramón, el ayuda de cá- 
mara del entonces Presidente del Consejo de 
Ministros, quien ¡e llevó cartas casi amatorias,.. 
Al fin fué declarado pública y oficialmente el 
noviazgo. 

Otros muchos casos parecidos han ocurrido, 
pero ninguno llega a lo que en aquellos tiem- 
pos se decía, y hasta se veía en la aristocrática 
señorita de Osma respecto al eminente repú- 
blico D. Antonio Cánovas del Castillo. 

;Quién de mi edad que hubiera vivido por 
aquellos tiempos en Madrid, no recuerda el 



Memorias de un Viejo 29 

magnífico carruaje del Marqués de la Puente y 
Sotomayor, arrastrado por dos poderosos ca- 
ballos de buena y pura raza, con cochero y 
lacayo vistiendo suntuosas y elegantes libreas, 
siguiendo todos los días, durante toda la tarde, 
al coche de la Presidencia del Consejo de Mi- 
nistros, en el que iba Cánovas, ya solo, ya 
acompañado de algún amigo político, con ser- 
vidores de galoneadas libreas y en los sombre- 
ros la escarapela nacional, por la Castellana y 
el Retiro, y a la señorita de Osma en el pri- 
mero haciendo gestos amistosos al gran polí- 
tico, cuando en las vueltas o por cualquiera 
otra circunstancia podían cruzarse las miradas 
de ambos? 

En Sevilla (sirva de ejemplo esto de no ha- 
ber sido únicamente la señorita de Osma quien 
se ha insinuado) vive todavía una gran señora, 
que es admirada de la generación actual, por 
sus virtudes, talento, amor a las artes, riqueza 
y más que todo por su infinita caridad, de 
quien se dice que también en su juventud, y 
casi por los mismos tiempos que Joaquina 
Osma se insinuaba a Cánovas, se insinuaba ella 
también a un ilustre sevillano, muerto hace ya 
bastantes años, y a quien Sevilla entera lloró, 



50 Genaro Cavestany 

pues era en el!a muy querido y popular, y quien 
ocupó alto puesto en la política española, sien- 
do repetidas veces Diputado a Cortes por Se-' 
villa, Vicepresidente del Congreso y Goberna- 
dor de Madrid, casándose al fin con él, y siendo 
ambos felices en su matrimonio como lo fué en 
el suyo la señorita de Osma y D . Antonio Cá- 
novas clel Castillo. 

¡Ay! Las Pepita Jiménez viven aún. El gran 
D. Juan Valera, no ^creó un tipo: retrató una 
española. 

En lugar de censurarse son de aplaudirse 
tales insinuaciones que revelan el temple de 
alma de ia mujer fuerte. Si las insinuaciones de 
la mujer al hombre no fuesen censuradas, sino 
por el contrario aplaudidas por la sociedad, 
muchos más matrimonios felices veríamos, y 
menos desgraciados, pues a estos últimos es 
conducida la mujer cuando ve que el hombre a 
quien en secreto ama no se dirige a ella por 
ignorar su predilección hacia él, y contrae ma- 
trimonio con otra, ignorando la simpatía que 
le ha inspirado. 

El progreso debiera hacer que la misma li- 
bertad que tiene el hombre para dirigirse a la 
mujer que le ha inspirado amor, tenga la mu- 



Memorias de un Viejo 51 

jer que dirigirse al hombre que ha obtenido el 
suyo. Y do puede dejar de ocurrir esto. El 
tiempo nos dará la razón en plazo no lejano. 
Volvamos a Cánovas y a Castelar. ' 
Publicado el noviazgo de Cánovas con Joa- 
quina Osma, comenzaron los regalos que fue- 
ron magníficos y señalado el día para la x boda, 
Cánovas escribió una carta a Castelar dándole 
cuenta de su casamiento e invitándole a la 
boda. 

Y Castelar contestó a la carta de Cánovas 
con otra ingeniosísima, diciéñdole que sentía 
extraordinariamente no poder asistir a ella, y 
más el no poder ofrecer sus respetos a la no- 
via por tener que salir al cjía siguiente para 
Italia en viaje artístico, contratado por un edi- 
tor para escribir un libro sobre aquel país, en- 
viándole con ella un precioso abanico para que 
lo ofreciese en su nombre a su futura esposa, y 
rogándole tan pronto como regresase, le per- 
mitiese ir a conocer a la que ya entonces sería 
su mujer. 

Cánovas replicó a la carta de Castelar con 
otra, tan amena como la de éste, invitándole a 
comer tan pronto como volviese de su viaje, 
para que su mujer tuviese el gusto de conocer 



52 Genaro Cavestany 

al genio español sin igual, entonces y siempre, 
con otras frases por el estilo, para halagar la 
vanidad de Castelar, pues conociéndole bien, 
sabía que este era su flaco, y por último le de- 
cía que para que su esposa pudiera gozar más 
de los frutos de su ingenio, dicha comida sería 
completamente íntima, asistiendo a ella sólo 
los tres. . 

Y pasados ocho o diez meses, Castelar re- 
gresó de Italia. Cánovas había vuelto a la pre- 
sidencia del Consejo de Ministros después de 
una campaña vergonzosa de los liberales para 
impedir que el partido conservador ocupase de 
nuevo el poder, para reparar los desaciertos y 
hasta horrores, que dicho partido liberal había 
cometido en su largo período de mando du- 
rante los primeros tiempos de la regencia, y 
Joaquina Osma, dichosísima esposa de Cáno- 
vas, era la reina de la moda, de la elegancia y 
hasta del buen tono de Madrid y de España 
entera. 

Y Cánovas recibió una carta dé Castelar 
anunciándole su regreso y reclamándole, con el 
honor de ser presentado a su esposa, el cum- 
plimiento de la promesa del almuerzo íntimo. 
Cánovas le contestó con una ingeniosísima car- 



Memorias de un Viejo 55 

ta, diciéndole que tanto su mujer como él ten- 
drían un placer infinito en recibirle el domingo 
inmediato, y le anunciaba por si no lo sabía, 
que ya no habitaba en su legendaria morada 
de la calle de Fuencárral^ núm. 4, sino en un 
chalet en la Castellana, conocido por ia Huerta, 
célebre aún en Madrid. 

Y llegó el domingo, y a la hora convenida 
se presentó Castelar «ante las puertas de la 
Huerta en una modestísima berlina de alquiler 
de las que entonces había en Madrid, que peo- 
res, más antihigiénicas y de peor aspecto no 
puede concebirlas la humana fantasía, cuando 
entonces rodaban por las calles de Madrid trenes 
de gentes elegantes y ricas que más hermosos no 
se veían ni en París ni en Londres. Y las 
puertas de la Huerta se abrieron ante tan mo- 
desto vehículo, y el jamelgo escuálido que lo 
arrastraba empezó a subir con grandes dificul- 
tades la empinada cuesta, enarenada y bordada 
de rosales, crisantemos, violetas y geraneos, 
hasta el punto de tener que detenerse dos o 
tres veces y hacer pronunciadas eses para lle- 
gar al artístico y bello palacete que se alzaba 
en la altura de aquel hermoso y gran jardín. 

Y en el vestíbulo de él se encontraban Cá- 



54 Genaro Cavestany 

novas y su esposa para recibir al Príncipe de 
la elocuencia española, rival sólo de Demóste- 
nes, de Cicerón, de Bossuet y de Mirabeau, 
que vestía una usada levita y un sombrero de 
copa, al parecer con algunos añbs de servicio, 
en tanto que Joaquina Osma, tal vez con el 
pensamiento de honrar más a su huésped, se 
ofreció a su vista ataviada con rico vestido y 
joyas de gran valor, y Cánovas, desterrados 
sus raidos trajes de viudo, mal conservados 
por su legendario ayuda de cámara Ramón, 
cuya influencia fué tanta, volvemos a repetir, 
que Obispos, Consejeros de Estado y Ministros 
del Tribunal de Cuentas les debieron sus pre- 
bendas, se presentó ante él con una elegantísi- 
ma bata de terciopelo morado bordada en oro, 
y un gorro del mismo tejido, con borla con 
largos flecos del mismo preciado hilo dorado. 
Asombrado Castelar de la elegancia de aquel 
a quien había conocido durante tan largo tiem- 
po, si no sucios y rotos sus vestidos, si viejos 
y casi remendados, después de inclinarse pro- 
fundamente ante su esposa, en lugar de correr 
a los brazos que se le tendían con cariño, ale- 
gría y llenos de amor fraternal, retrocedió al- 
gunos pasos y en voz alta, con el mismo tono 



Memorias de un Viejo 55 

declamatorio con que entonó su famosa ora- 
ción dirigida al Canónigo Manterola en las 
Cortes del 69, diciendo poco más o menos/ 
pues mi memoria no lo recuerda bien: 

«No llamo al Dios del Sinaí, a quien acom- 
paña la tormenta y precede el rayo, sino al Dios 
de la clemencia y de la humildad, que clavado 
en un madero, ensangrentado y agujereador sus 
pies y manos por ferreos clavos y próximo a ex- 
pirar, exclama, pidie7ido a su Padre por sus 
asesinos'. « Perdónales Señor, que no saben lo 
que se hacen* , o cuando en las del 73 decía: 
< Yo quiero ser español y sólo español: quiero 
hablar el armonioso idioma de Cervantes, quie- 
ro recitar los versos de Calderón, quiero teñir 
mi fantasía de los matices que llevaron disuel- 
tos en sus paletas Murillo y Velázquez; sí, 
quiero pertenecer a toda esta tierra, tendida 
entre los riscos de los montes Pirineos y las olas 
del gaditano mar, que íntegra recibimos de las 
generaciones pasadas, e íntegra debemos legar 
a las generaciones venideras organizándola den- 
tro de una verdadera federación* , cuyas pala- 
bras debieran ser esculpidas hoy en bronces y 
mármoles, en letras doradas, por ser una ver- 
dadera profesía en l^s difíciles circunstancias 



36 Genaro Cavestany 

por las que atraviesa hoy nuestra patria, ame- 
nazada de separatismo por .una ingrata y mal 
aconsejada región; exclamó: 

— Aparta, aparta, ya no eres Antonio.,. 
Cánovas asombrado por aquel extraordinario 

recibimiento, le contestó con voz apenas per- 
ceptible, temiendo algo que no podía adivinar, 
que le rebajase a los ojos de su esposa, ante la 
cual se esforzaba siempre en aparecer hombre 
superior: 

—¿Pues quién soy? 

— Cleopatra, le replicó Castelar con voz más 
declamatoria aún. 

Lo mismo se me ocurrió a mí decir a mi an- 
tiguo amigo y condiscípulo Perico Rodríguez 
de la Borbolla, cuando me mostraba su gran 
morada y las obras de arte y riquezas atesora- 
das en ella, que me daban a conocer su alta 
personalidad de hoy, recordando su modesta 
casa de la calle de Vizcaínos cuando sólo 
era un pichón de abogado, y su único título era 
ser hijo del gran abogado sevillano D. Pedro 
Rodríguez de la Borbolla, el político más hon- 
rado que he conocido y el único republicano 
con el cual sería posible la República en Es- 
paña, y cuando su única ocupación era pelar la 



Memorias de un Viejo 37 

pava con la mujer más bonita que entonces ha 
bía en Sevilla: 

—Aparta, aparta, ya no eres Perico. 

Y si como Cánovas preguntó a Castelar, él 
me hubiese preguntado: 

— ¿Pues quién soy? 

Yo le hubiese contestado con Castelar: 

— jCleopatra! 



59 Genaro Cavestany 



III 

El W Centenario del descubrimien- 
to de! Estrecho de Magallanes y 
primer viaje de circunnavegación 
a nuestro planeta. 

A las Cortos co-Soberanas de la Nación española 

Señor: 

D. Genaro Cavestany y González Nandín, 
español y escritor, a las Cortes co-Soberanas 
de la Nación española, con el debido acata- 
miento y respeto, atentamente expone: 

Otra vez la simbólica paloma, llevando en 
su pico el ramo verde de olivo, para probar que 
ha cesado la catástrofe que durante más de 
cuatro años ha desolado a la tierra, se posa 
sobre el Arca Mundial. La paz reina en todo ei 
Universo como en los tiempos de Tiberio, al 
venir al mundo el- Mesías Redentor. 

Ha llegado el momento, Señor, que todas 
las naciones de la tierra, tanto las del Viejo 



40 Genaro Cavestany 

como las del Nuevo Mundo, ya beligerantes, 
ya neutrales, que tanto han sufrido durante la 
conflagración que amenazó destruir a nuestro 
planeta todo entero, la mayor que han presen- 
ciado las generaciones que se han sucedido en 
él desde el día en que fué habitable, se dispon- 
gan a restañar sus heridas por el trabajo y em- 
prendiendo nuevas vidas que desenvuelvan más 
sus riquezas y sus veneros de producción. 

.Aunque España, gracias a las sabidurías de 
su Rey, de sus Cortes y de los Gobiernos que 
se han sucedido desde 1914, no ha tomado 
parte en l,a guerra mundial que ha asolado a 
gran parte de la Europa y regiones enteras de 
otros Continentes, no por eso ha dejado de su- 
frir enormes quebrantos, como que está probado 
por el alto precio adquirido por las subsisten- 
cias, lo que ha repercutido, más que en clase 
alguna en la proletaria, a la que hay que com- 
pensar ahora dándola trabajo para que olvide 
los sufrimientos pasados. 

Nada puede en España, Señor, contribuir a 
devolver más pronto las condiciones de pros- 
peridad en que se vivía al estallar la guerra el 
nefasto día 3 de Agosto de 1914, que empezar 
de nuevo la vida que entonces se vivía, siguien- 



Memorias de un Viejo 41 



do la sabia sentencia del gran Fray Luís de 
León al exclamar: ^Decíamos ayer...* 

Decíamos ayer, es decir, se meditaba en di- 
cha fecha la celebración del Cuarto Centenario 
del glorioso hecho, el más glorioso de cuantos 
registra la gloriosa historia de España, del des- 
cubrimiento del Estrecho de Magallanes y pri- 
mer viaje de circunnavegación a nuestro Pla- 
neta, para honrar la memoria de su esforzado 
descubridor y la del denodado Elcano que con- 
cluyera tan prodigiosa hazaña, así como la de 
nuestra siempre heroica Marina. 

Ante el hecho del descubrimiento de dicho 
Estrecho y realización de dicho épico viaje, ce- 
den en gloria cuantos celebran las naciones 
todas del mundo y los mismos de los que más 
se enorgullece nuestra nación, cuya historia es 
la mas rica en hechos gloriosos de cuantas for- 
man parte de nuestro orbe, y ante los hechos 
expresados pierden importancia otros tan glo- 
riosos como los del descubrimiento del Nuevo 
Mundo y nuestra guerra de Reconquista durante 
ocho siglos de diarios combates. 

Meses sólo faltan para que se inicie ese Cen- 
tenario, que tiene cuatro fechas a cual más glo- 
riosas: 



42 Genaro Cavestany 

Primera: Salida de la expedición de Sevilla 
(10 de Agosto de 15 19). 

Segunda: Salida de Sanlúcar de Rarrameda 
(20 de Septiembre del mismo año). 

Tercera: Descubrimiento de! Estrecho (i.° de 
Noviembre de 1520) y 

Cuarta: Retorno de la expedición a Sevilla 
por opuesto rumbo, al mando de Elcano, deá- 
pués de haber dado la vuelta al mundo, demos- 
trando su esferoidad, cuya verdad era negada 
entonces por la ciencia y por la Roma teoló- 
gica, habiéndola sólo Colón presentido (8 de 
Septiembre de 1522). 

Dicho Centenario, cuya celebración estaba 
acordada en principios al estallar la guerra, de- 
be ser decretado inmediatamente a fin de re- 
parar el tiempo perdido, decretándose cele- 
brarlo no sólo en Sevilla de donde partió y a 
donde volviera la gloriosa expedición que rea- 
lizara el hecho más importante que registra la 
historia de España, aprovechándose para ello 
los grandiosos y artísticos Palacios que se han 
construido para Exposición Hispano -America- 
na, que ha de tardar más en realizarse, pues su 
ejecución no depende sólo de la voluntad de 
España, sino que tiene que contar para ello con 



Memorias de Viejo 43 

el concurso de muchas otras naciones, sino 
también en Sanlúcar de Barrameda, última eta- 
pa de la flota en aguas españolas, y en cuyo 
puerto de Bonanza se vio obligada a detenerse 
durante más de un mes para completar su avi- 
tuallamiento y tripulación, y en Guetaria, pa- 
tria del glorioso Elcano, quien por muerte del 
épico Magallanes en las islas Vizayas luchando 
por España contra los naturales de) país, volvió 
a Sevilla a los tres años, demostrando la redon- 
dez de la Tierra con una sola de las cinco na- 
ves que componían la expedición al empren- 
derse esta, y con sólo 32 hombres de los 265 
que salieron de Sanlúcar, y cuya tripulación fué 
aumentada con 50 más en su corta estadía en 
Canarias. 

Tan gloriosos hechos que adelantaron siglos 
al Mundo, cubren de gloria a España y a los 
pueblos de Sevilia, Sanlúcar de Barrameda y 
Guetaria, este último por ser patria de Elcano, 
y no pueden quedar sin conmemoración en el 
Cuarto Centenario de su reajización, so pena 
de ingratitud para España, tan pródiga ' en la 
celebración de otros hechos menos importantes 
de su historia, y de otros héroes no tan gran- 
des como Magallanes y Elcano. 



44 Genaro Cavestany 

En virtud de las razones expuestas, inspira- 
das en ei más aíto patriotismo, el exponente, 
a ¡as Cortes co-Soberanas de la Nacióla espa- 
ñola, con el respeto y acatamiento debidos 

Suplica se dignen acordar la celebración del 
Cuarto Centenario del descubrimiento del Es- 
trecho de Magallanes y primer viaje de circun- 
navegación a nuestro planeta en las ciudades 
de Sevilla, Sanlúcar de Barrameda y Villa de 
Guetaria, para honra de nuestra nación y de 
su Marina en las cuatro fechas indicadas, más 
importantes de tan gloriosos hechos, o sean las 
del 10 de Agosto y 20 de Septiembre de 1919, 
i.° de Noviembre de [920 y 8 de Septiembre 
de 1922. 

Dios ilumine siempre a las Cortes españolas 
en sus acuerdos. — Alcalá de Guadaira 10 de 
Diciembre de 1918.— Genaro Cavestany. 



Memorias de un Viejo 45 



IV 

Españoles rancios 

Descubrir el París conocido no tiene actuali- 
dad alguna; referir algo de un París ignorado, 
tendrá algún mérito mayor. 

El único restorán español conocido en Pa- 
rís, y al cual van cuantos 'españoles pasan por 
la capital de Francia, aunque sea más francés 
que español, y más caro que los más caros 
restoranes franceses, sólo por rendir tributo de 
recuerdo a España, es la casa de Robles de la 
rué Helder, hoy provisionalmente cerrado. 

Yo he descubierto otro restorán español en 
París, ¡pero que español!, como que allí sólo 
se habla el castellano del siglo XVI, de aquel 
siglo del que dijo el poeta; 

Hermoso siglo, siglo de gigantes 

que abrió Colón y que cerró Cervantes. 

En el fondo de un patio de una triste casa 
de la vieja rué Cadet, de París, entre el Fau- 
bourg Montmatre y la rué Lafayette, sobre un 
modesto entresuelo, se ve un gran rótulo que 
dice: Restaurant Louna. 



46 Genaro Cavesta*;y 

Es su dueña una judía cuyo apellido es Luna, 
venida a París, procedente de Constantinopla, 
hace ya muchos años, descendiente de aquellos 
pobres judíos expulsados de España por ios 
Reyes Católicos, que como todos los de su 
raza, si a pensar jamás en volver a su antigua 
patria, pues las puertas de ella ¿as ha tenido 
cerradas hasta estos últimos tiempos, se cree 
aún, después de cuatro siglos, tan española 
como los que hemos nacido en la hermosa Pe- 
nínsula tendida entre los riscos de los montes 
Pirineos y las olas del gaditano mar, habla 
nuestro idioma como el nativo, y alguna vez 
sus labios balbusean una estrofa de Calderón. 

El lenguaje familiar y el que primero hablan 
los niños de esta triste raza, hermana nuestra, 
es el castellano, y sus hábitos y costumbres, en 
todo cuanto no se opone a su ley, son los de 
los primeros tiempos de la edad histórica mo- 
derna, y hasta velan por la pureza del idioma 
castellano, tal cual elios lo hablaban al ser ex- 
pulsados de España, con más celo que algún 
académico, como lo prueba el hecho que Ma- 
dame Luna, para que se pronuncie bien su 
nombre y no se lo desnaturalicen haciéndolo 
francés, escribe en los rótulos y avisos de sus 



, Memorias de un Viejo 47 

restoranes Louna, a fin de que se diga Luna, 
Es de advertir que no sólo posee e! de la rué 
Cadet, sino otros en Niza y en Enghuien. 

Entré en aquel restorán un día, y la ver- 
dad es que salí satisfecho, no sólo por haber 
oído hablar el español a cuantos comensales 
visitan la cas?, y a los amos, criados y hasta los 
niños que empiezan a pronunciar las primeras 
palabras, y por el ambiente español que allí se 
respira de nuestra patria en su siglo de oro, 
sino también por la especialidad y originalidad 
de aquella cocina. 

El cuz-cuz, pilaf y otros platos turcos unidos 
a viejos platos españoles, y la ensalada de re- 
molacha de Stambul, constituyen la especiali- 
dad de la casa, y se bebe vino de Palestina y 
se toma el agua del Jordán. 

Aparte del encanto que producen dichos pla- 
tos a quien por vez primera los gusta y bebe tal 
vino y tal agua en aquella originah'sima casa que 
más parece una posada española del siglo XVI 
que un restorán en París del siglo XX, hay una 
ventaja en comer allí; es la seguridad de que los 
manjares están en buenas condiciones, pues se- 
gún la Iby judaica un rabino ha de reconocer las 
carnes y degollar las aves, marcándolas después 



48 Genaro Cavestany 

con un sello que tiene tres letras hebreas y mu- 
chas veces se ha dado el caso dé tener más con- 
ciencia el rabino que el veterinario cristiano que 
había admitido las carnes que aquel luego ha 
rechazado. 

En muchas ocasiones he vuelto a aquel res- 
taurant, no ya llevado por ei placer de los 
manjares exóticos que allí se sirven y beber el 
hermoso vino que debieron gustar Pilatos y 
Caifas y ei agua que el Bautista derramara so- 
bre la cabeza de Jesús, sino por. respirar aque- 
lla atmósfera impregnada de los mismos mias- 
mas que aspiraban nuestros antepasados en el 
siglo de oro de nuestra literatura y de nuestro 
inmenso poder en el mundo. 

¿Por qué estos seres que hablan nuestro idio- 
ma, que conservan nuestros usos y costumbres, 
y que observando fielmente su religión no ata- 
can la nuestra, han de estar privados del dere- 
cho de volver a nuestra patria? 

En París hay más de 50.000 judíos que lle- 
van apellidos españoles y hablan nuestro idio- 
ma, honrados, laboriosos e instruidos, unos ri- 
cos, otros comerciantes y otros industriales, 
pero amantes todos del trabajo, mucho de los 
cuales regresarían a España llevando a ella su 



Memorias de un Viejo 49 

ciencia, su industria y hasta su riqueza si se les 
diesen seguridades de que no habían de ser 
perseguidos por sus ideas religiosas y de que 
habían de disfrutar de la libertad necesaria 
para ejercer sus profesiones. En Turquía, en 
Alemania, en Rusia, Polonia, Asia Menor y 
otras regiones de Oriente hay cerca de dos mi- 
llones de seres en iguales condiciones, los cua- 
les podrían aumentar la riqueza de España de 
improviso, como de improviso la sumieron en 
la miseria por el fatal error de los Reyes Cató- 
licos. Estudíese este problema que puede que 
su resolución contribuya a descubrir esa Espa- 
ña nueva que tanto se busca y no se halla. 

Un judío, que por cierto es un respetable 
comerciante de la rué de Chateaudum, que 
gira por millones y que en inmuebles tiene en 
París otra millonada con quien he trabado 
amistad en el restorán Luna, me llevó a visi- 
tar la gran» Sinagoga que los Israelitas, residen- 
tes en París, han hecho fabricar en la rué de 
la Victoire un viernes por la tarde, víspera del 
sabaht judaico. No describiré la ceremonia por 
miedo a que me tachen de demasiado amante 
de los enemigos de nuestra religión, pero sí 
aconsejo la misma visita a cuantos españoles 



50 Genaro Cavestany 

pasen o residan en París como una de las cosas 
más curiosas que aquí pueden admirarse. Lo 
que más me extrañó es que los hombres asis- 
tan al templo cubiertos. Por lo visto Moisés 
era propenso a los catarros. 

El tiempo no pasa en balde ni aun para la 

raza judía, emblema fiel de la inmutabilidad. 
Hay un gran cartel en el restorán Luna que 
dice: «Prohibido fumar el sábado». Esto no 
obstante, judíos y cristianos, fuman allí todos 
los días de la semana y hasta me temo que se 

guise con manteca de cerdo. 

París 18 de Junio de 1904. 

P. S. — Este artículo fué publicado a los po- 
cos días de escrito, en El Liberal, de Madrid, 
lo que me valió la eterna enemiga que desde 
aquel tiempo me ha tenido el que entonces era, y 
ahora es, corresponsal de dicho diario en Ma- 
drid, guatemateco de nacimiento, no naturali- 
zado en España, aunque recientemente, según 
se dice, se haya hecho ciudadano argentino, 
con intervalo de algunos meses, durante los 
Guales dirigió aquel diario,- apesar de ser ex- 
tranjero, lo que parece ignoraba el entonces 
Ministro de la Gobernación Sr. Sánchez Gue- 
rra, quien le permitió intervenir en nuestra po- 
lítica, por activa y por pasiva, ya pretendiendo 



Memorias de un Viejo 5í 

sacarnos de nuestra neutralidad con su artículo 
Unión sagrada, ya presentándose al frente de 
comisiones políticas en el despacho de dicho 
Ministro, cuando según nuestra buena ley de 
extranjería del año 51, suscrita por el gran Bra- 
vo Murillo, del cual tanto se distancia Sánchez 
Guerra como yo de Maura, el extranjero solo 
tiene una prohibición en España: inmiscuirse 
en política. Si a mí se me hubiese presentado 
Gómez Carrillo ó Gómez Tibie, cual es su ver- 
dadero nombre, al frente de comisiones políti- 
cas, siendo Ministro de la Gobernación; o ejer- 
ciendo este cargo hubiese sabido que un pe- 
riódico español estaba dirigido por un extran- 
jero, por importante que fuese dicho diario, y 
por miedo que le tuviese, hubiera puesto a di- 
cho extranjero, o sea Gómez Carrrillo o Gómez 
Tibie, en la frontera, en cumplimiento a lo dis- 
puesto en la ley de extranjería. 

El artículo preinserto fué muy favorablemen- 
te comentado cuando fué publicado. 

Mme, Luna me lo agradeció mucho y sabien- 
do que a mí me agradaba mucho el raki (aguar- 
diente turco) que se tomaba en su restorán, 
siempre que entraba en él me obsequiaba con 
una copita, sin consentir jamás cobrarla. 



52 Genaro Cavestany 

Un día que comí en él olvidando la promesa 
que me había hecho de no cobrarme esas co- 
pas, advertí que faltaba en la cuenta del almuer- 
zo y la devolví para que la agregasen. 

Momentos después se presentó ante mi mesa 
Mme. Luna y me dijo: 

Quien promete 
en deudas se mete, 
refrán desconocido por mí, y que debía ser muy 
usual en España en tiempos de los Reyes Ca- 
tólicos, y que los judíos conservaron, como 
otras mil frases usuales entonces, y muy gráfi- 
cas, desconocidas hoy, lo que prueba cuanto 
digo en el precedente artículo al afirmar que 
Jos descendientes de los expulsados de España 
en nuestro siglo de oro hablan mejor el castella- 
no que muchos de los nacidos en España en 
nuestra época. 

Mi entusiasmo por los judíos pronto se en- 
tibió. Habiendo un sábado llevado a la Sina- 
goga a un viajero americano, Sinagoga cuya 
arquitectura es muy parecida a un templo ca- 
tólico, de lo que deduzco, que se ha perdido 
por completo la traza del templo de Salomón, 
no quedando de él más que el muro del llanto 
ante el cual van a llorar aun aquellos la ruina 



Memorias de Viejo 



de su pueblo y de su templo, necesitándose 
dos individuos de la tribu de Judá para acom- 
pañar al gran sacerdote en una ceremonia, no 
apareciendo ninguno, fui preguntado por un 
ugier, de cadena plateada al cuello, frac, calzón 
corto y zapato con hebilla de plata, si yo per- 
tenecía a la tribu de Judá. Ei judío me había 
tomado por judío. 

Con la cabeza le hice un signo negativo, y 
apreté a correr, abandonando a la persona que 
me acompañaba, jurando no volver más a una 
Sinagoga, y murmurando mis labios esta frase 
dirigida al ugier judío que, me había tomado' 
por judío: 

— ¡La picara de tu madre! 



Memorias de un Viejo 55 



V 

Apuntes para ¡a historia de la gran 
guerra.— €1 precio de unas man- 
tas. 

Al estallar la guerra me encontraba en Pa- 
rís, y en él permanecí durante los ocho prime- 
ros meses de ella. Como mis habituales ocupa- 
ciones trabajando para imprentas francesas y 
escribiendo correspondencias, no mal retribui- 
das, para diarios americanos, cesaron, pues las 
primeras cerraron y los periódicos para los que 
escribía me telegrafiaron que las suspendiese, 
nada teniendo que hacer, me dediqué, con ver- 
dadero interés, a observar y estudiar cuanto 
pasaba y veía, cierto de poder utilizar el fruto 
de mis observaciones algún día, ya en un li- 
bro, ya en mis trabajos periodísticos. ¡Ojalá no 
hubiese salido de París en tanto duró la gue- 
rra! Así hoy, la primera historia que se escri- 
biese de ella, sería la mía. 

Por desgracia, dos motivos poderosos me 



56 Genaro Cavestanv 

obligaron a abandonar a París a fines de Fe- 
brero de 1915, a los quince años de continuada 
permanencia allí, y a volver a España: el prime- 
ro haber concluido con mis recursos, teniendo 
la certeza de no poder encontrarlos nuevos con 
mis habituales trabajos hasta el. fin de la gue- 
rra, estando seguro que ésta duraría bastante, 
aunque no tanto como ha durado; y segundo, 
una grave enfermedad de estómago que enton- 
ces padecía, ya antigua, y de la que afortunada- 
mente me curé con solo el cambio de clima. 

Las observaciones que recogí en París duran- 
te ¡os ocho primeros meses de la guerra, pueden 
servir de primera página para la historia de tan 
gran guerra, pero no pudiendo continuarla, por 
no haber presenciado el resto de ella, prefiero 
no escribirla. Consignaré mis recuerdos en 
este libro, y en otros, de cuanto presencié para 
que puedan utilizarlos los que quieran escribir * 
dicha historia, ciertos y seguros que ellos serán 
la expresión exacta de cuanto ocurrió entonces 
en París, centro en aquel tiempo, como Jo fué 
después, hasta la conclusión de aquella, y como 
lo sigue siendo hoy bajo el régimen del prolon- 
gado armisticio, que no se sabe cuanto tiempo 
ha de imperar, de todo cuanto a la guerra y a 



Memorias de un Viejo 57 

la paz se refirió, se refiere y habrá de referirse. 
En mi novela, aun no publicada, pero que ya 
lo estará cuando vea la luz pública este libro, 
titulada La Banda de Juan Jiménez, doy ma- 
yor extensión a estos recuerdos. En este artículo 
mis apuntes tienen que ser más someros para 
no darles demasiada extensión y aburrir con su 
lectura a mis benévolos lectores, antes de llegar 
ál anécdota con el que habré de ponerle fin, 
como acostumbro en todos mis artículos, y que 
seguramente habrá de divertirles. 

Es indudable que nadie pensaba en la guerra 
en Francia hacia la mitad de 1914. Se la temió 
en 1905 a causa de la cuestión de Marruecos, y 
en 191 1 cuando el conflicto de Agadir, evitán- 
dose la primera vez por el buen acuerdo de 
todas las Potencias en ¡a Conferencia de Alge- 
ciras, y la segunda por la sagacidad del Cai- 
llaux, aprisionado hace más de dos años, por 
desleal a su patria, y entonces buen patriota, 
sin duda, economizando a la Francia los ho- 
rrores que ha sufrido cuatro años después, du- 
rante otros cuatro años, cediendo a la Alema- 
nia el Congo francés, cuya cesión pudo ser 
considerada como más perjudicial a la Repú- 
blica francesa que el haber entablado relacio- 



58 Genaro Cavestany 

nes con cuatro politicastros italianos, sin pres- 
tigios y sin nombres, para llevar a la Francia a 
una paz separada, con lo que se habría indepen- 
dizado ésta de las garras que aún le aprisio- 
nan hoy, Inglaterra, después de un lustro, y de 
los Estados Unidos desde hace dos años. 

Francia no estaba preparada para la guerra. 
Esto es indudable, y si no estaba preparada 
para ella, era porque no la esperaba. 

Si la hubiera siquiera presumido no habría 
el Presidente de la República, Mr. Poincaré, 
abandonado a París en la noche del 14 de Julio, 
diez y nueve días, precisamente, antes de la de- 
claración de ella, y cuando ya se anunciaba el 
ultimátum de Austria a Servia, sabiéndose que 
Alemania haría causa común con Austria, y la 
Rusia con Servia, lo que haría que Francia se 
viese arrastrada al conflicto europeo, si al fin 
estallaba éste por su nefasta alianza con la Ru- 
sia, su enemiga mortal en 1814 y 1815, y a la 
que entonces debióla importante reducción de 
su territorio. 

Los acontecimientos se precipitaron. El 24 
de Julio de 19 14 cuando París y la Francia en- 
tera estaban sumidos en el sopor que les pro- 
dujera la vista del proceso de la célebre Mada- 



Memorias de un Viejo 59 

me Caillaux, y de cuyo proceso hago la histo- 
rio en mi dicha novela La Banda de Juan Ji- 
ménez, se tuvo en París la noticia del ultimátum 
de Austria a Servia. No cabía duda; la guerra 
era inevitable. Y al momento se supo que Aus- 
tria, Alemania, Rusia y Servia movilizaban. 

Poincaré acaba de salir de San Petersburgo y 
se dirigía a Copenague, pudiendo, a su regreso, 
ser aprisionado por la escuadra alemana si en- 
tonces ya estaba declarada la guerra, o los ale- 
manes se adelantaban con un golpe de mano 
como hicieron los japoneses en Puerto Arturo 
con los rusos antes de declararla. Y se perdió 
un tiempo precioso no movilizando, La orden 
de movilización no apareció en todas las esqui- 
nas de París, y en todas las esquinas de todas 
las poblaciones de Francia hasta las cinco de la 
tarde del día i.o de Agosto, es decir, cincuenta 
horas precisamente antes que el Embajador' de 
Alemania en Francia se presentase en el Minis- 
terio de Negocios Extranjeros para declarar al 
Ministro que Alemania se consideraba en esta- 
do de guerra con Francia, pidiendo en su con- 
secuencia sus pasaportes y los del personal de 
su Embajada y Consulado alemán en París. 

Ya Poincaré se encontraba en París desde el 



60 Genaro Cavestany 

29, con cuyo regreso ¡a Francia respiró, pues du- 
rante su ausencia, desde que !a gravedad de los 
acontecimientos se había declarado, se había 
sentido huérfana y desamparada. 

El estupor heló todos los corazones al apa- 
recer el decreto de movilización á las cinco en 
punto de la tarde del día primero de Agosto. 
No cabía duda. La guerra era ya inevitable. 

Y comenzó el éxodo de París. En pocos días 
abandonaron sus hogares un millón de pari- 
sienses. Los' establecimientos comerciales se 
cerraron, los espectáculos públicos fueron sus- 
pendidos, y la tristeza, la soledad y el pánico 
reinaron en París. 

En él no quedaron más que los que estaban 
obligados a residir por sus destinos o negocios, 
o los que no pudieron salir por no tener me. 
dios o donde ir. 

Y el éxodo de la población de la capital 
francés::, y aquel estado de íncerüdumbre, de 
intranquilidad y de temor, fueron aumentando 
paulatinamente á medida que se desarrollaban 
los acontecimientos. Primero se tuvieron noti- 
cias del avance alemán por Bélgica, del ataque 
de Lieja y de la entrada en Bruselas. 

Se pensó que en Amberes sería detenido el 



Memorias de un Viejo 61 

ejército alemán, como en 1814 fueron allí de- 
tenidos los aliados contra la Francia, defendida 
por el heroico Carnot, lo que daría tiempo a la 
nación francesa para preparar su defensa, pero 
los alemanes, guiados por aquella enseñanza de 
la historia, no perdieron su tiempo, sino que de- 
jando un corto ejército sitiando dicha ciudad, 
continuaron su avance hacia Francia, cuyas 
puertas les abrió la batalla de Charlerroi, en la 
que los ejércitos francés y belga, aperaas pre- 
parados y sin plan estratégico alguno, fueron 
derrotados, según propia confesión. 

Y el avance alemán en Francia fué rapidísi- 
mo. No tardaron ocho días, desde la batalla de 
Charlerroi, en presentarse el Kromprin en el 
antiguo sitio real de Compiegnes, a ochenta 
kilómetros de París* El primero de Septiembre 
las avanzadas prusianas llegaron hasta Saint 
Denis a ocho kilómetros de la capital. 

Y los alemanes, considerándose ya dueños 
de París, quisieron envolverle, antes de atacar- 
lo, ocupando todos los puntos de importancia 
que lo rodean, a fin de impedirle toda comuni- 
cación con el resto de Francia, creyendo así 
economizar esfuerzos y sangre, y sus ejércitos 
siguieron al Sur hasta Fontinebleau, y por el 



62 Genaro Cavestany 

Este hasta Meaux, sosteniendo singulares com- 
bates en este punto y en Canal del Ourq con 
las tropas que pudo reunir Gallieni, Goberna- 
dor Militar de París, ya de las que habían que- 
dado organizándose en la capital, ya de las 
que en precipitado retroceso habían llegado a 
París después de la desgraciada batalla de 
Charlerroi. 

La guerra la perdieron allí aquel día los ale- 
manes, por dos faltas imperdonables suyas. Pri- 
mera: la de no haber atacado en el acto a Pa- 
rís, pretendiendo cercarlo antes sin fuerzas bas- 
tantes para ello. Segunda: haber ignorado que 
fuerzas protegían a la capital de Francia, y ha- 
ber supuesto que el ejército que defendía a Pa- 
rís fuese tal vez un gran ejército de reserva y 
en refresco, que podría -vencer fácilmente a 
un ejército victorioso, pero fatigado por una 
marcha sin precedente en los anales de la gue- 
rra, después de las batallas de Lieja, de Na- 
murs y de Charlerroi, desde Bruselas a París 
en solo ocho días. 

Si el alto mando alemán hubiera sabido que 
el ejército que se le oponía en Meaux y en el Ca- 
nal del Ourq estaba compuesto de soldados bi- 
sónos, apenas instruidos, armados y uniforma- 



Memorias de un Viejo 65 

dos, y de los restos del ejército que había com- 
batido en Bélgica, llevado, si no desmoralizado, 
sin fe ni entusiasmo, dispuesto al sacrificio, hu- 
biera llamado a las divisiones que había alejado 
de París para cercarle a gran distancia, para 
hacer más difícil su defensa, pues así necesita- 
rían los defensores doble número de soldados 
que si el cerco hubiera sido más reducido, y la 
batalla de Meaux y del Canal del Ourq, a la 
que impropiamente aún se le denomina batalla 
de la Marne^ siendo tal batalla un verdadero 
mito, hubiera concluido por una gran victoria 
para los alemanes y con su entrada en París, 
poniendo fin a la guerra en aquellos momentos 
tal vez. ' 

Los alemanes, ignorando la calidad y núme" 
ro dei ejército que defendía a París, tuvieron 
miedo a una derrota, que les hubiera sido fatal 
en aquel instante, y se retiraron a su segunda 
línea tíe defensa, que tenían meditada en sus 
planes de ataque a Francia muchos años antes 
de la guerra, y en tanto que el primer ejército 
invasor se dirigía sobre París, el que le seguía 
se ocupaba en fortificar. 

El verdadero héroe de la mal llamada bata- 
lla de la Mame y que yo denomino de Meaux 



64 Genaro Cavestany 

y del Canal de Ourq, no fué el General Joffre, 
como generalmente se cree y a quien se premió 
dos años más tarde por ella con el bastón de 
Mariscal; otros fueron sus héroes, a saber: los 
generales Gallieniy Maynour,y el Presidente de 
la República francesa Monsieur Poincaré, el pri- 
mero sacando de París en trenes, en coches, a 
pie y de cuantas maneras pudo, cuantos solda- 
dos pudo hallar, ya los que estaban en París, 
ya los que llegaban procedentes de Bélgica, uno 
por uno, o en cortas unidades, pues las grandes 
unidades que habían partido al estallar la gue- 
rra para contener la invasión, habían sido des- 
organizadas totalmente en la batalla de Char- 
lerroi, y las que pudo atraer sobre París desde 
todos los puntos de la Francia, a las que orga- 
nizaba rápidamente con talento organizador sin 
igual, y además con su célebre bando, que elec- 
trizó a todos los parisienses, en el que al dar 
cuenta de la proximidad de los alemanes, del 
verdadero peligro que amenazaba a París y de 
la gravedad de las circunstancias, dijo que de- 
fendería a la capital hasta el fin jusq L au bout 
cuya franqueza y frase espartana tranquilizaron 
a los parisienses más que si !e hubiera negado 
el peligro o les hubiera dicho que éste estaba 



Memorias de un Viejo 65 

conjurado; el segundo, o sea el General Ma- 
noury, combatiendo con verdadero heroismo en 
Meaux y en el Canal del Ourq con fuerzas bi- 
soñas, poco numerosas, mal organizadas y sin 
preparación alguna, contra fuerzas muy supe- 
riores, bien organizadas y seguras de la victo- 
ria; y el Presidente Poincaré llevando la tran- 
quilidad a París y a la Francia entera, con su 
célebre mensaje a las Cámaras, el que concluía 
con esta bella frase, que electrizó a todos los 
franceses, como había tranquilizado Gallieni 
con la suya a los parisienses: ¡Arriba los cora- 
zones y viva la Francia! 

Y el Gobierno francés, cierto de que los 
alemanes sitiarían a París, equivocándose en 
esto como se equivocaron los alemanes creyen- 
do tomarlo, trasladó su residencia a Burdeos, 
lo que aumentó la consternación en París en 
alto grado, llegando entonces el éxodo, la tris- 
teza, la soledad y el pánico a su apogeo. 

Puede afirmarse que los días en que se libró 
la batalla de Meaux y del Canal del Ourq, lla- 
mada vulgarmente de la Marne, la población 
civil de París, que entonces era de dos millo- 
nes ochocientas mil almas, próximamente, se 
vio reducida a un millón escaso. Y en los 



66 Genaro Cavestany 

pueblos comarcanos a París, más- amenazados 
aún que la capital misma, el ékodo fué mayor. 
Pero pronto la población se vio aumentada con 
los que huían de las provincias invadidas y con 
el verdadero ejército de hombres de negocios 
que invadieron a París a proponer asuntos. 

Como la Francia no estaba preparada para 
la guerra necesitó todo, teniendo que aceptar 
las ofertas que se le hicieron a precios elevadí- 
simos. No obstante, puedo afirmar que pronto 
fué organizado sabiamente el avituallamiento 
de sus ejércitos, los transportes y cuanto se 
necesitaba. Por algo la Francia tiene en este 
punto el buen nombre de que goza. Apesar de 
esto muchos hicieron grandes negocios. Rela- 
taremos uno. 

El invierno se echaba encima y no había ni 
la más remota esperanza que la guerra conclu- 
yese antes que aquel se presentase. Lo que más 
se necesitaba eran mantas y piezas de abrigó 
para los soldados. No había que contar con los 
centros laneros franceses de Tourcoing y puntos 
limítrofes cercanos a Bélgica, invadidos por los 
alemanes. Inglaterra no podía surtir de dichos 
artículos a la Francia, pues estando ella tam- 
bién en guerra los necesitaba para su ejército. 



Memorias de un Viejo 67 

« 

Dos naciones los podían suministrar en abun- 
dancia: la República Argentina y España, pero 
de la primera no podrían llegar con oportuni- 
dad, dada la distancia, y el tiempo que se ne- 
cesitaba para preparar los encargos. 

No había más remedio que recurrir a Espa- 
ña, y a España se recurrió, y como era natural, 
dado el espíritu comercial de la época, España 
respondió ampliamente, olvidando el comercio 
el patriotismo, guiado, lo que es disculpable 
hasta cierto punto, por el afán de lucro. 

Emisarios franceses recorrieron todos los 
puntos productores de España, ya para ver lo 
que había y conviniera, ya para hacer encargos, 
o ya, para estudiando las plazas, llevar a París 
noticias que podrían utilizarse en caso necesa- 
rio y cuando fuera conveniente. 

Y estos emisarios levantaron la caza, como 
vulgarmente se dice, pues muchos fabricantes 
españoles concibieron la idea de mayores ga- 
nancias entendiéndose directamente con París, 
que conviniéndose con los comisionados fran- 
ceses, que al fia y al cabo, disminuirían sus 
utilidades con sus comisiones. 

Yo recibí, a i.° de Septiembre de 19 14, una 
carta de una casa de comercio de Salamanca, 



68 Genaro Cavestany 

encargándome averiguase a cuánto se pagaban . 
mantas de lana de Berja, qué dimensiones ha- 
brían de tener éstas, y número de ellas que se 
necesitarían. 

Provisto de una recomendación de la Emba- 
jada española me presenté en el Ministerio de 
la Guerra. Corta fué mi entrevista con el encar- 
gado de estas compras. Apenas enterado del 
objeto de mi visita me dijo interrumpiéndome: 
. — De pura lana y de tales dimensiones de 
ancho y largo, el gobierno francés acepta cuan- 
tas se les ofrezcan a cuatro francos, cincuenta 
céntimos cada una. 

Cuando el representante de la casa que me 
había escrito se presentó en París con las mues- 
tras de sus mantas, a fin de formalizar su con- 
trato, pocos días después, el contrato no pudo 
hacerse, pues se acababa de celebrar otro a 
más alto precio, en cantidad de un millón de 
mantas. 

Hé aquí lo ocurrido: 

En Francia se pensó, acertadamente, que la 
guerra sería larga, y que no estando preparada 
para ella, y sí por el contrario, Alemania, nece- 
sitaría para sostenerla el apoyo de muchas otras 
naciones. 



Memorias de Viejo 69 

La ayuda, de Inglaterra y de Bélgica no bas- 
taba; el ejército belga había sido aniquilado en 
Lieja, en Namurs y en el Charlerroi, y nunca se 
pensó, en aquellos momentos, que Inglaterra 
llegase a establecer el servicio militar obligato- 
rio, y con él a movilizar millones de hombres, y, 
naturalmente, se pensó en España como la na- 
, ción más fácil de llevar a la guerra, contándose, 
dada su población y organización militar, que 
podría levantar en breves días un ejército, per- 
fectamente equipado, de quinientos a setecien- 
tos cincuenta mil soldados. 

Pero en aquellos momentos España había 

publicado su neutralidad, que fué afirmada por 
el voto unánime de la nación entera, claramente 
demostrado en diversas ciudades por manifesta- 
ciones evidentes de la opinión pública, y enton- 
ces Francia vio que España no iría a la guerra, 
a la que nada le llamaba, si no era llevada a 
ella por una revolución que derrocase las insti- 
tuciones. 

Y el revolucionario más conocido de Espa- 
ña, que ha organizado cien revoluciones y huye 
a Francia en vísperas de que estallen, fué lla- 
mado a Francia por un importante parlamen- 
tario francés, quien poco más o menos, le habló 
€n estos términos: 



70 Genaro Cavestanv 

— Es preciso que España se una a la Enten- 
te, y que en término brevísimo su ejército com- 
bata con el francés y el inglés en defensa de la 
libertad, del derecho y de la justicia, (fórmula 
obligada para sacar entonces a los pueblos de 
su neutralidad), pero como su Gobierno y su 
Rey han declarado la neutralidad es necesario 
hacer una revolución que derroque las institu- 
ciones... 

— Se hará; todo está dispuesto para ello. 
Parto para España esta misma noche y muy 
pronto tendrá usted noticias de la proclamación 
de la República con muy corto apoyo que se 
me preste... * 

— ¿Cuanto necesita usted? 

— De ningún modo. Si recibiese dinero pron- 
to se sabría, y tal vez ello hiciese abortar la 
revolución que voy a preparar inmediatamente. 

— Hay medios indirectos, replicó el alto par- 
lamentario francés. 

— En efecto, una contrata cualquiera puede 
facilitarme elementos para preparar la revolu- 
ción española, y con ella la entraba de España 
en el conflicto europeo... 

Y aquella misma tarde firmó el revoluciona- 
rio español un contrato en el Ministerio de la 



Memorias de un Viejo 71 

Guerra, en el bulevar San Germán, de un mi- 
llón de mantas al precio de diez pesetas cada 
una, de la misma clase y del mismo tamaño por 
las que se me habían ofrecido a mí, en la mis- 
ma oficina, muy pocos días antes, cuatro fran- 
cos cincuenta céntimos, lo que, al tipo que ya 
estaba el cambio, hacen casi seis pesetas más 
en cada una. 

Véase como una contrata de mantas estuvo 
a punto de llevarnos a la guerra en 1 9 14, y 
quien sabe si el cumplimiento de este compro- 
miso fuera la causa de los terribles sucesos de 
Agosto de 191 7 en toda España, y quien sabe 
también si el revolucionario español de quien 
se trata, por cumplir su aún incumplido com- 
promiso, prepara alguna algarada en los pre- 
sentes momentos, de las que sean preludios el 
malestar e inseguridad política que se siente 
desde hace algnn tiempo en toda España, y el 
movimiento sindicalista revolucionario que va 
en aumento cada día. 

El revolucionario de que se trata hoy no es 
Diputado, y es fácil echarle mano cuando se 
quiera. Pero se le teme y ésta es la causa de 
que ande libre y con más impunidad conspi- 
rando ahora que antes cuando era Diputado. 



Memorias de un Viejo 75 



VI 

¡A poblá, hombre, a poblá! 

Durante el último cuarto del siglo que acaba 
de pasar a los anales de la historia, no hubo un 
hombre más popular en la Habana que el Mar- 
qués de Sandoval. 

Para dar una idea de quien era el Marqués 

de Sandoval en la Habana basta decir que ocu- 
paba el mismo lugar en la sociedad y círculos 
habaneros que último el Duque dé Tamanes en 
Madrid, y como éste era el designado en la 
Corte, por chicos y grandes, con el familiar 
nombre de Pepe Tatuantes, aquél era conocido 
en la capital de la Gran Antilla con el popular 
nombre de Ignacio Sandoval, 

Fué malagueño de singular gracia, y un ver- 
dadero caballero en toda la extensión de la 
palabra. Llegó a Cuba en edad juvenil, y muy 
pronto contrajo matrimonio con una distingui- 
da, bella y rica señorita de una de las principa- 
les familias habaneras. 

Diferencias de caracteres, o la excesiva pie- 
dad de la esposa, que no amaba diversiones, 



74 Genaro Cavestany 

placeres, boatos ni fiesta alguna, hicieron que 
los dos esposos adoptasen desde muy poco 
tiempo después de casados, géneros de vida 
diametralmente opuestos. 

Mientras la Marquesa de Sandoval se recluía 
en su casa, el Marqués, o sea Ignacio Sandoval, 
con cuyo nombre era umversalmente conocido, 
llegándose a ignorar por muchos que fuese Mar- 
qués, triunfaba, gastaba y gozaba en la Habana, 
siendo elemento tal esencial en ella que pare- 
cía que no podía haber fiesta sin su presencia, 
sociedad que él no presidiese que pudiese pros- 
perar, ni obra alguna que sin contar con él pu- 
diese vivir. 

Su palco en el teatro de Tacón, el procenio 
de la derecha, se veía literalmente ocupado por 
cuantos hombres de valer, jóvenes y viejos, de- 
mócratas o aristócratas, cubanos o españoles, 
figuraban entonces en la Habana, y no pasaba 
ninguna artista bella o notable por aquel gran 
escenario, sin que su conquista le fuese atribui- 
da, y lo que^s peor, sin que a esta conquista 
dejar de señalársele fabuloso precio, que siem- 
pre era designado por miles de onzas de oro, 
cuya moneda era entonces la que más allí 
usualmente servía de unidad. 



Memorias de un Viejo 75 

Y el Marqués de Sandoval no sólo era un 
gran sportman, un cumplido caballero y un 
hombre indispensable en la sociedad habanera, 
en todos sus órdenes, sino un trabajador y un 
hábil administrador de los intereses propios y 
ágenos que tenía a su cargo. Así aumentó con- 
siderablemente no sólo el caudal de sn esposa, 
en los muchos años que lo administró, y el 
suyo propio y los de sus hijos, sino también 
los de las sociedades de recreo que presidía y 
los de las mercantiles a que pertenecía que le 
habían nombrado su administrador. 

Tenía entusiasmo por la agricultura y sus in- 
genios y colonias agrícolas fueron los mejores 
cultivados y los que más rendimientos dieron 
en los años que los dirigió. 

Llegó después de la primera guerra, un mo- 
mento difícil para el trabajo en los campos de 
Cuba. 

La ley, aboliendo la esclavitud hizo dismi- 
nuir considerablemente el número de trabajado- 
res, primero decretándose la libertad de todos 
los nacidos y de los que llegasen a cierta edad, 
después prohibiéndose de una manera termi- 
nante la introducción de negros en Cuba, en 
concepto de esclavos, y por último, aboliéndosc 



76 Genaro Cavestany 

la esclavitud totalmente de pronto, y sin que 
hubiese precedido un período de preparación 
para hacer menos difícil el tránsito de un siste- 
ma a otro. 

Los negros huyeron de los ingenios en cuan- 
to se les dio la libertad, y fué necesario re- 
emplazarlos con trabajadores blancos, cuyos 

jornales eran elevadísimos. 

La crisis económica que se temía sobrevino, 

y milagro fué que pudo soportarla Cuba, y si 
la resistió fué debido únicamente a su gran ri- 
queza. 

Todos los grandes propietarios se preocu- 
paron en el problema de reemplazar la pobla- 
ción obrera negra, puesto que ésta en libertad, 
era tan perjudicial como útil había sido duran- 
te el largo período de la esclavitud. 

Y generalmente se aceptó la raza asiática co- 
mo la más conveniente, y barcos numerosos 
arribaron a la Habana y a Santiago de Cuba 
con miles y miles de chinos, que fueron inme- 
diatamente trasladados a los ingenios y colo- 
nias, en los que no dieron resultados útiles al- 
gunos, no sólo por la indolencia de esta raza, 
sino también por su poca resistencia para el 
trabajo que exigen los campos cubanos bajo 
un sol abrasador. 



Memorias de un Viejo 77 



Los chinos huían de los ingenios para tras- 
ladarse a las poblaciones, dedicándose a coci- 
neros, vendedores de billetes de lotería, con- 
fiteros y otros oficios análogos, más descansa- 
dos que el chapeo de los campos y la alimen- 
tación de Jos grandes hornos en los ingenios. 

Y el vicio, que parece dominar a esta raza, 
produjo funestos resultados. De la unión de 
chinos con negras y mulatas resultó una des- 
cendencia tan endeble, por decirlo así, que to- 
da murió en la más temprana edad, salvándose 
muy escasos ejemplares, que seguramente tam- 
poco alcanzarían muy larga vida. 

Y el juego, vicio predilecto de los chinos 
llegó a producir muy serios conñíctos. 

No hubo población, por pequeña que fuese, 
en la que no se estableciese la charada chína¡ 
la que, como no era jugada públicamente por 
estar muy perseguida, daba ocasión a verdade- 
ras estafas. Se jugaba cuatro o cinco veces al 
día, y consistía en una especie de ruleta forma- 
da por treinta y seis bichos, con nombres a cual 
más innobles. Había escarabajos, curianas, ser- 
pientes, lagartos, víboras y otros parecidos. Sa- 
lía siempre el bicho menos jugado, como era 
natural, pues nadie presenciaba la tirada. 



78 Genaro Cavestany 



Un cocinero chino tuve en Sagua la Grande 
que me daba opíparos banquetes el día que 
acertaba el bicho: en cambio, me mataba de 
hambre cuando lo erraba, lo que sucedía la ma- 
yor parte de los días. 

Y no es sólo el vicio del juego el que domina 
a los asiáticos. Cuba hubiera sido nueva Sodo- 
ma o nueva Gomorra, si hubieran seguido arri- 
bando expediciones chinas. 

No hubo más remedio, reconocida la incon- 
veniencia de seguir fomentando esta emigra- 
ción, que buscar otras. 

Naturalmente se pensó en españolas, y gran- 
des expediciones se llevaron de vascos, caste- 
llanos, catalanes y gallegos. 

Tampocq dieron grandes resultados, aunque 
sí, como es de suponer, mejores que la asiática. 
Gallegos, vascos, castellanos y catalanes traba- 
jaron en los campos y en los ingenios por un 
gran jornal, pero aun perdiendo de éste mucho 
no dudaban en trasladarse a las poblaciones, 
cuando se les ofrecía ocasión propicia de obte- 
ner en ellas una colocación en el comercio o de 
cualquier otro género; de suerte, que los cam- 
pos y las fábricas de azúcar volvieron a verse 
pronto desprovistos de trabajadores, a pesar de 



Memorias de un Viejo 79 

los grandes sacrificios que se habían impuesto 
los propietarios para atraer a ellos dichas po- 
blaciones obreras. 

Y el Marqués de Sandoval, Ignacio Sandoval, 
por cuyo nombre era cariñosamente conocido 
umversalmente en Cuba, andaluz y malagueño 
de gran gracia, dio por resuelto el problema 
para sus numerosas fincas rústicas, llevando a 
Cuba una población obrera compuesta de más 
de tres mil campesinos andaluces, reclutados 
en las provincias de Málaga, Sevilla, Córdoba 
y Granada. 

Dos poderosos trasatlánticos fueron fletados 
por él para llevar a Cuba tan poderosa expedi- 
ción obrera. 

Sandoval, siempre nobley humanitario, quiso 
que sus futuros colonos fuesen a Cuba en las 
mejores condiciones, y no olvidó tampoco pro- 
porcionarles un período de aclimatación antes 
de trasladarlos a sus fincas, para que allí su- 
friesen con menos riesgos para sus vidas, las 
duras condiciones del trabajo en aquelia región, 
dado lo cálido de su clima. 

Durante la navegación disfrutaron en los 
barcos los trabajadores del Marqués de Sando- 
val las mayores comodidades y distracicnes. 



80 Genaro Cavestany 

Abundaron las guitarras y no escaseó el vino, 
y la comida fué siempre buena durante toda la 
navegación, y al llegar a la Habana eran trasla- 
dados los andaluces a un campamento que se 
les había preparado en la Playa del Chivo, a 
espaldas de las fortalezas del Morro y la Caba- 
na, en cuyo campamento también eran muy 
bien alimentados y en el que corría el vino, y 
en el cual la única ocupación de los emigran- 
tes era el descanso, el baile y el canto mien- 
tras duraba la aclimatación. 

Terminada ésta los colonos eran trasladados 
a los ingenios. Trocar aquella vida deliciosa y 
capuana por la de las rudas labores de los cam- 
pos e ingenios, era muy penoso. 

Así muchos se resistieron, pero poco a poco 
se consiguió ir evacuando el campamento de 
aclimatación, a fuerza de astucias, ruegos y has- 
ta de amenazas. Quedaban ya en él muy pocos: 
eran éstos refractarios al trabajo los que más 
se habían distinguido durante la novegación, 
en cantos, bailes y por sus exigencias en el vino 
y en la comida, y los que desde que desem- 
barcaron habían figurado como jefes de las 
cuadrillas que se habían formado protestando 
de que tan pronto se les quisiese enviar a tra- 



Memorias de un Viejo 81 

"7 ————————————— , 

bajar, cuando llevaban entre navegación y vida 
de campamento más de tres meses de holganza. 
Pudo el administrador del Marqués conse- 
guir enviar a los ingenios a la mayor parte de 
los recalcitrantes, no quedando en el campa- 
mento más que unos veinte o veinte y cinco 
que se negaron a abandonarlo resueltamente, 
por más reflexiones que se les hicieron. En 
vista de aquella resistencia, el administrador del 
Marqués de Sandoval puso el hecho en cono- 
cimiento de éste pidiéndole resolviese qué de- 
bía hacer. El Marqués de Sandoval mandó a su 
administrador que levantase en aquel momento 
el campamento y anunciase a los colonos, que 
aún se resistían a ir al trabajo, que antes de en- 
tregarlos a los tribunales, lo que estaba resuelto 
a hacer, iría a visitarlos aquella tarde para ver 
si los convencía, evitándose así tener que tomar 
con ellos tan enérgica medida. 

En efecto, aquella tarde se presentó el Mar- 
qués de Sandoval en' el campamento de la Pla- 
ya del Chivo cuando ya operarios expresamente 
enviados por su administrador, levantaban las 
últimas tiendas y recogían los últimos enseres 
de cuanto había servido para aquél durante los 
dos largos meses que había subsistido. s * 



82 Genaro Cavestany 

El Marqués habló cariñosamente a sus colo- 
nos cliciéndoles que había llegado la hora de 
trabajar, para lo cual habían ido a Cuba, y que 
si seguían resistiéndose no tendría más remedio 
que entregarlos a los tribunales por infringir el 
contrato celebrado con él, lo que caía bajo las 
prescripciones del Código Penal por constituir 
una verdadera estafa tal hecho. 

El que hacía de jefe de ios trabajadores que 
se negaban a trabajar, tomó la palabra y con- 
testó al Marqués en estos términos: 

— Sr. Marqués: está Usía muy equivocado; 
nosotros no hemos venido a Cuba a trabajar... 

— ¿Pues entonces a qué han venido ustedes 
aquí? Le preguntó el Marqués, muy incomoda- 
do, al par que curioso de la contestación de. 
aquel fresco; que por añadidura era malague- 
ño y ya de alguna edad. 

— ¡A poblá y hombre y a poblál fué su res- 
puesta. 



La Ley de Residencia 85 



VII 

Sablazos y sablacistas 

El arte de esgrimiré! sable, en el sentido me- 
tafórico que acostumbra a dársele, no ha ade- 
lantado con el progreso del tiempo. Hoy no se 
conocen más que sablazos vulgares* y sablacis- 
tas sin ingenio. Si en algo se ha progresado en 
este punto, es más bien en el terreno defensivo 
que en el ofensivo, pues en la actualidad hay 
pocos que se dejen sablacear, y los sablazos no 
son de gran magnitud. Ahora nadie podría vi- 
vir exclusivamente del sable, como antes vivían 
muchos, y nuestros grandes sablacistas han 
perdido el ingenio que antes les caracterizaba, y 
a lo que era debido que sus sablazos hicieran 
más sangre que ahora. 

Refiramos'algunos grandes sablazos de los 
tiempos antiguos, tan diferentes de los vulgares 
hoy. 

Hace muchos años había en Madrid una co- 
nocida sablacista que escribía cartas a medio 
mundo pidiéndole dinero, titulándose Viuda de 
Daoizy Velar de. 



84 Genaro Cavestany 

Una Marquesa, hermana de un Duque muy 
popular y querido en Madrid, que había sido 
muy rica, quedó reducida a la mayor estrechez, 
y esgrimió el sable con tal desenvoltura, que 
pocos hombres, ni aun los de más ingenio, le 
aventajaron. Primero explotó a su familia y 
después a los amigos, y aun simples conocidos. 
A todos les enviaba un pañolito o cualquier 
chuchería para que se lo comprasen (señalán- 
dole precio), por necesitar dinero para una ur- 
gencia. 

Lo más frecuente era que los sablaceados le 

devolviesen el objeto puesto en venta, que na- 
da valía ni para nada les serviría, con la canti- 
dad pedida o una menor. El negocio fué bueno 

durante algunos años, hasta que amigos y co- 
nocidos, como antes su familia, se negaron a 
dejarse sablacear más, y tuvo que volver a 
aquélla, y especialmente a su hermano, el Du- 
que popular y querido en Madrid. Pero éste se 
negó resueltamente a dar un céntimo más a su 
hermana, después de haber sido sacrificado por 
ella, durante largos años y en cantidades muy 
crecidas. Un día se presentó ésta en la casa de 

aquél y le dijo: 

— Pepe, necesito cinco mil pesetas y me las 

vas a dar... 



Memorias de un Viejo 85 

— Ni un perro chico he de darte, pierdes tu 
tiempo... Ya te lo tengo dicho—le contestó el 
Duque sin dejarla acabar. 

Y la Marquesa sablacista interrumpió a su 
vez a su hermano, como éste le había interrum- 
pido a ella, diciéndole: 

—¿A que me das lo que te pido?... ¿Quieres 
apostar algo? 

— Lo que quieras, — le replicó el Duque. 

— Pues lee, — volvió a decirle la Marquesa, su 
hermana, y le entregó un pape!, en el cual se 
veía un timbre y el sello de una Tenencia de 
Alcaldía de Madrid. 

Aquel documento era una licencia autorizan- 
do a fulana de tal (el nombre de la Marquesa) 
para establecer un puesto de buñuelos y calen- 
titos, desde las seis a las diez dé la mañana, 
frente a la puerta de la casa de su hermano. 

Y como éste [suponía a su hermana muy ca- 
paz de ponerse a vender buñuelos y calentitos 
frente a la puerta de su casa, le dio la mitad de 
la cantidad que le había pedido por romperle 
la licencia. 

Había también, hace muchos años, en Madrid 
un hombre ya viejo y de larga historia política, 
que había sido secretario del General Prim du- 



86 Genaro Cavestany 

rante muchos años, a quien Cánovas, hecha la 
Restauración, dio la Gran Cruz de Isabel la Ca- 
tólica e hizo Oficial del Ministerio de !a Go- 
bernación, con el fin'de sumar al nuevo régimen 
hombres que habían figurado en los partidos 
avanzados, con el propósito de liberalizar el 
suyo. 

El antiguo secretario del General Prim tenía 
larga familia... y además jugaba en el Casino, 
por cuyos motivos siempre estaba sin una pe- 
seta, y era presa de los terribles usureros que 
en aquellos tiempos manipulaban por Madrid 
operando^ preferentemente con las clases del 
Estado^ como ellos decían, es decir, con mili- 
tares y empleados. 

Cuando ya no tuvo ni un usurero que le 
prestase, el Oficial del Ministerio de la Gober- 
nación, antiguo secretario de Prim y Gran Cruz 
de Isabel la Católica, se dedicó al sable, y to- 
das las mañanas salía un nietecito suyo con 
una carta dirigida a un amigo o a un simple 
conocido, concebida en estos términos: 

«Ruego a usted me envíe con el dador cien 
pesetas que le devolveré esta tarde (jamás pagó 
una deuda de esta clase) pues se me ha presen- 
tado una cuenta por esta cantidad^ que no pue- 



Memorias de un Viejo 87 

do dejar de pagar en el acto, dirigiéndome a 
usted por ser el amigo que tengo más cercan. 

A veces, el amigo que tenía más cerca vivía 
al fin del barrio de Salamanca, habitando él en 
el de Pozas. 

Y por aquellos tiempos también había en 
Madrid otro hombre de gran gracia, escritor 
ingeniosísimo, que figuró mucho en política 
durante el período revolucionario, cubano de 
nacimiento y asiduo concurrente al Casino de 
Madrid, que también se dedicó al sable des- 
pués de la Restauración, con la que perdió los 
destinos que hasta entonces había tenido, lle- 
gando a ocupar una Dirección General, primero 
en el Ministerio de la Gobernación, y después 
en el de. Hacienda. 

Una noche dijo en el Casino, para congregar 
a sus amigos, que se proponía dar un gran es- 
cándalo. Como se conocía su ingenio, se esperó 
de él, no el escándalo anunciado, sino algún 
acto de gracia que habría de divertir, y ni uno 
sólo de' cuantos tuvieron conocimiento de su 
promesa se ausentó del Casino aquella noche. 

Y en tanto pasaba el tiempo andaba nuestro 
escritor impaciente, de ün lugar para otro, co- 
mo si esperase a alguien. Cerca de las doce se 



88 Genaro Cavestany 

presentó un archimillonario, Marqués por Isa- 
bel II y Duque por la Restauración, y quien tal 
fuese el dinástico que más dinero diese para 
hacer ésta. 

Al verlo el escritor y ex~Director General, se 
dirigió a él díciéndole: 

—Duque, es usted un estafador,.. 

La sorpresa fué general, y todo el mundo, 
creyendo en el escándalo anunciado, rodeó al 
viejo Duque y al no muy joven escritor y ex- 
Director General, para separarlos caso de que 
llegasen a las manos. 

— ¡Señor... — exclamó el Duque lleno de estu- 
por. 

— Figúrense ustedes dijo el escritor — dirigién- 
dose a los presentes, y dando a su entonación 
un carácter jocoso, para indicar que aquello 
era una broma, — si el Duque será un estafador 
cuando, adulándole todo Madrid por rico, y ad- 
mitiendo él taleá adulaciones en este sentido, 
ahora resulta que es un pobrete, mucho más 
pobre que muchos de los que aquí estamos, 
que no tenemos dos pesetas. Esta mañana le 
escribí una carta pidiéndole 500 pesetas, y en 
lugar de contestarme que no le daba la gana 
de mandármelas, me dice que no las tiene. 



Memorias de un Viejo 89 

¿Quién en Madrid le hubiese adulado si hubiese 
sabido que no tenía 500 pesetas? 

Todos los allí congregados se echaron a 
reir, y el Duque también, y como continuó- su 
amistad con eí escritor, todo el mundo supuso 
que en lo sucesivo sería más benigno con él y 
no le negaría 500 pesetas las muchas veces que 
se las volvería a. pedir. 

Fué en los buenos t ; empos de Cuba a la Ha- 
bana, de vista de aquella Aduana, destino pin- 
güísimo en el que muchos listos se enriquecie- 
ron en un año, un célebre bohemio madrileño, 
que hizo lo que los demás, y mientras estuvo 
en la Habana no necesitó sablacear a nadie, y 
quién sabe si se dejó sablacear él allí por otros 
antiguos compañeros suyos de inopia, y en 
Madrid por otros muchos que allí había dejado, 
y que seguramente le escribirían ai saber su 
cambio de fortuna. 

Su padrino era bueno y no le declaraban 
cesante,* por más que en aquellos destinos 
poco se duraba por los muchos pretendientes 
que tenían. 

Y se aburría en la Habana teniendo dinero y 
su único anhelo era volver a Madrid a hacer su 
antigua vida, por lo que deseaba vivamente 



90 GtíNARO Cavestany 

llegase el suspirado vapor que llevase su ce- 
santía. Pero por más que lo esperaba, la cesan- 
tía no llegaba, y dominado por ia nostalgia de 
la vida madrileña, presentó su dimisión y tomó 
pasaje para la Península en el vapor más pró- 
ximo a salir. 

Al irse a despedir de un antiguo amigo, que 
conocía muy bien su vida madrileña, éste le 
reprendió acerbamente por su acto, haciéndole 
ver lo que perdía y lo que le esperaba, llegan- 
do a Madrid apenas con dinero, pues cuanto 
había ganado en Cuba, allí lo había derrochado. 

— ¿No estabas mejor aquí?, — le preguntó su 
amigo. 7— ¿Qué te espera en Madrid? 

— Allí me las busco —le replicó éste — indican- 
do con esta palabra que en Madrid podía vivir 
dando sablazos. 

Y por último, y este es el sablazo más in- 
genioso conocido, había en Madrid un gran es- 
critor, que apenas si escribía, a pesar de su 
gran talento y facilidad para escribir, debido a 
su pereza y abandono. Para lo único que no 
era perezoso ni abandonado era para situarse 
en la Puerta del Sol a dar sablazos a cuantos 
pasaban, y tal era su popularidad, que vivía 
sin trabajar apenas. 



Memorias de un Viejo 91 

Un día dijo a un amigo que encontró frente 
a frente: 

— Me tienes que dar dos duros. 

—¡Estás loco!, —le contestó éste:— ayer te di 
otros dos y te anuncié que en un mes volverías 
a ver una peseta mía. 

—Pues me los vas a dar en cuanto te diga 
para lo que es, — le replicó el gran bohemio e 
ingenioso escritor. 

Picado de curiosidad el sablaceado, le dijo: 

— ¿Para qué necesitas esos dos duros? 

— Para comer; en casa no se ha podido ir 
hoy a la plaza y no hay en ella ni un pedazo 
de pan que llevarse a la boca. 

El amigo, sin contestar una palabra, enter- 
necido ante aquella necesidad, sacó los dos du- 
ros del bolsillo y los entregó al gran sablacista 
y gran escritor dándole la mano conmovido. 

El escritor dio las gracias y ya se retiraba, 
cuando se detuvo pensando que con tanta facili- 
dad cómo había sacado a su amigo dos duros 7 
hubiera podido sacarle cuatro, y se dirigió ha- 
cia él de nuevo diciéndole: 

— Se me había olvidado decirte que tengo 
un convidado. 



92 Genaro Cavestanv 

Si esto no es llamar a uno sablacista, es muy 
poco menos. 

Cuando murió el gran banquero español 
Aguado, Marqués de las Marismas del Gua- 
dalquivir, establecido en París, hacía 1841, el 
Jefe de la casa Rothschild entonces preguntó: 

—¿Qué fortuna deja? 

— Unos 60 millones de francos, — le respon- 
dieron. 

— No le creía tan pobre, — replicó el rico ju- 
dío. 

Hubo en la Habana un escritor español que 
durante dos largos años vivió del anuncio de un 
diario que iba a publicar contra el caciquismo 
de los políticos españoles en Cuba, que fomen- 
taba las ideas separatistas, con las suyas ultra- 
conservadoras. 

Los españoles contra quién se anunciaba el 
diario, influían con los Capitanes Generales que 
se sucedían en el mando de la Gran Antilla, 
para que no se autorizase la publicación del 
periódico dicho, cuyo título iba a ser La Disi- 
dencia, en tanto que los españoles disidentes^ 
es decir, los que creían que el caciquismo de 



Memorias de Viejo 95 

los prohombres españoles en Cuba, era funesta 
para la dominación española en dicha isla, ani- 
maban al escritor para que publicase su diario^ 
que creían sería de muy saludables resultados 
para la estabilidad del pabellón español en las 
Antillas, y en tanto se autorizaba su publica- 
ción sostuviesen a su futuro director regiamente, 
satisfaciendo todos sus gastos personales y 
dándole cuanto necesitaba para que pudiese 
alternar dignamente en la alta sociedad haba- 
nera. 

El negocio concluyo a los dos años. El es- 
critor, por corresponder a la confianza que ca- 
da vez más tenían en él sus partidarios, todos 
los días, con mayor tezón pedía la autorización 
para su publicación, llegando hasta amenazar 
a los Capitanes Generales que no se la daban, 
con acusarles por infracción constitucional ante 
el Tribunal Supremo. 

Y hubo un Capitán General que tuvo miedo 
a esta amenaza, y autorizó ¡a publicación de La 
Disidencia. 

Aquel día fué el último de la buena vida 
que desde hacía dos largos años venía disfru- 
tando su futuro director. No tenía una peseta, 
y no pudo publicar su tan anunciado diario. 



94 Genaro Cavestany 

por lo que cesaron en su protección los espa- 
ñoles disidentes que le protegían, en tanto que 
los caciques españoles, que tan tenazmente se 
habían opuesto a dicha publicación, compren- 
dieron la inutilidad de la enérgica campaña que 
habían sostenido durante dos largos años, sien- 
do elios, con ella, los únicos que durante tan 
largo tiempo habían sostenido el escándalo 
contra sí mismos. 

Fué tal suceso una nueva manifestación del 
sablazo; de un sablazo ilustrado y hasta perio- 
dístico, que sin llegar al chantage, fué una 
verdadera nueva forma de vivir sin trabajar. 



Memorias de un Viejo 95 



VIII 

Un baile en el Palacio de los Du- 
ques de Manzanedo,— Dos dia- 
bluras de mi juventud que tuvieron 
dos éxitos. 

La nobleza del dinero en nada ha hecho des- 
merecer la nobleza histórica española; casi pue- 
de afirmarse que la han elevado sus actuales 
representantes de aquélla, así como sus antece- 
sores, primeros en elevarse a ella. 

Hoy, con tanta dignidad figuran en la gran- 
deza española los Comillas y Santoñas, Urqui- 
jos y otros muchos, como los Albas, los Medi- 
nacelis, los Medina Sidonias, Osunas, Santa 
Coloma, Cifuentes y Fernan-Núñez, y en la 
nobleza los Casa Rieras, Vineut, Casa-Segovias 
y cien más, como los más linajudos represen- 
tantes de nuestra aristocracia, con titulos his- 
tóricos, sin grandeza, que han sido siempre 
considerados como los más genuinos represen- 
tantes de la nobleza española. ¿Para qué citar- 
los? En general, salvo cortísimas, tan cortas 



96 Genaro Cavestany 

excepciones que apenas llegarán al uno por 
ciento, nuestra nobleza antigua y moderna es 
digna de ostentar sus títulos, y es tenida como 
ejemplo, tanto en la sociedad de Madrid como 
en las de provincias. 

Ei Marqués de Manzanedo, Duque de Santo- 
ña más tarde, D. Juan Manuel Manzanedo, fué 
uno de ios representantes de la nobleza del di- 
nero que más honraron a su clase, y hecha esta 
afirmación con entera verdad, no dudaremos en 
publicar los orígenes que se le atribuyen, pues 
no nos constan ciertos de no ofender con ello a 
sus ilustres sucesores. 

Se dice que fué a Cuba de sombrerero y que 
trabajó primero como oficia! y después como 
dueño en una sombrerería de la calle del Obis- 
po de la Habana, en les tiempos en que aún 
mandaban en Cuba Tacón y el Marqués de la 
Habana (éste por vez primera). 

Vendida su sombrerería se dedicó al comer- 
cio, a los negocios y a contratas con el Estado, 
así como a la agricultura, realizando una colo- 
sal fortuna que trasladó a España por los años 
6o del pasado siglo al volver a establecerse en 
Madrid. 

En premio a los servicios que a España ha- 



Memorias de un Viejo 97 

bía prestado en Cuba, y que todos los Capita- 
nes Generales que se sucedieron en aquella co- 
lonia habían recomendado al Gobierno, fué 
agraciado en 1864, con el título de Marqués de 
Manzanedo. 

Hombre trabajador, y trabajador honrado e 
inteligente, a pesar de la buena fortuna que ha- 
bía traído de Cuba, que le permitía consagrar- 
se al descanso en una edad, si no avanzada ya, 
sí en los principios de la vejez, siguió trabajan- 
do en Madrid en la banca, en el comercio, en 
la agricultura y en otros muchos órdenes, du- 
plicando, si no triplicándola, en los años que 
mediaron entre su regreso de Cuba y la Revo- 
lución. _ 

Y hombre caritativo y amante de su patria, 
empleó parte de fortuna en obras benéficas y 
patrióticas, y no escasos millones en la Res- 
tauración que se preparaba desde ti mismo día 
del triunfo de la Revolución del 68, creyendo, 
con la mayoría sensata de los hombres políti- 
cos de aquellos tiempos, que no convenía a la 
nación otra forma de gobierno que la monár- 
quica, y en este régimen la dinastía caída, y 
un gobierno conservador que supiera refrenar, 
con mano fuerte, los excesos de la revolución, 

7 



98 Genaro Cavestany 



si bien conservando ios principios liberales que 
ésta había proclamado, despojándolos de todo 
vicio anárquico, o que no cuadrara a nuestra 
naturaleza real, política y social, y se afilió al 
partido que acaudillara el insigne Cánovas, al 
cual prestó, importantísimos servicios, antes y 
después del triunfo de la Restauración. 

Y ésta premió sus desprendimientos pecu- 
niarios en su favor, su abnegación sufriendo 
persecuciones durante el período revoluciona- 
rio, y su lealtad a la dinastía, confiriéndole el 
título de Duque de Santoña, de cuyo pueblo 
creo fuese hijo, en 1875. 

Viudo, hacía tiempo, contrajo matrimonio 
poco antes de ser elevado a la dignidad ducal 
y a la grandeza de España, con una bella seño- 
ra, caritativa, inteligente y buena, de humilde 
clase, y de quien se decía que era viuda de un 
Teniente de Carabineros, versión que ni afir- 
mamos ni negamos, consignándola en nuestro 
relato como rumor general y como necesario 
para el desenvolvimiento de nuestra narra- 
ción. 

Este casamiento desigual hizo que la noble- 
za y la grandeza españolas no frecuentasen la 
casa de los nuevos grandes, aunque sí ella se 



Memorias de un Viejo 99 

viese constantemente visitada por políticos, fi- 
nancieros, escritores y muchos otros represen- 
tantes de la sociedad madrileña en diversos 
órdenes, pudiendo casi llegar a afirmarse, que 
nobleza y grandeza pusieron en entredicho a 
la nueva Duquesa, no obstante sus piadosas 
obras, iniciativas benéficas y regias caridades, 
que la hacían digna de todo elogio. 

El Hospital Niño Jesús, de Madrid, para ni- 
ños, que ella fundó y al que consagró todos sus 
desvelos durante largos años, y en el que em- 
pleó muchos, muchísimos millones, que aún es 
gala de la beneficencia madrileña, a ella le de- 
be su ya larga vida, y la que ha de vivir, pues 
su fundación se hizo sobre tan sólidas bases, 
que ya es imposible que desaparezca en siglos. 
Y estableció para su sostenimiento una lotería, 
que fué autorizada por el Gobierno, la que al 
fin fué suprimida por hacer gran competencia 
a la nacional, teniendo la Duquesa de Santoña 
que reemplazar este ingreso con otras rentas 
equivalentes donadas por ella. 

Y su único afán era captarse las simpatías de 
la nobleza rancia española, lo que no conse- 
guía a pesar de cuantos esfuerzos hacía y de 
sus infinitas y espléndidas obras benéficas, 



100 Genaro Cavestany 

pues siempre se recordaba su primer matrimo- 
nio con un obscuro teniente de carabineros? 
cosa que era negada por sus amigos íntimos^ 
suponiendo a su primer esposo de más elevada 
posición social. 

En cambio, el Duque era muy considerado 
en todos los lugares que frecuentaba, y tanto 
en la Bolsa como en el Senado, en el Casino 
de Madrid y en cuantos círculos y centros po- 
líticos y sociales se presentaba, era muy bien 
recibido, respetado y considerado. 

Y por aquellos tiempos inauguraron los Du- 
ques de Santoña su espléndido Palacio de la 
calle de las Huertas, esquina a la del Príncipe, 
del que se decía que no había mansión igual 
en Madrid, ni que estuviese decorada y amue- 
blada más regiamente. 

Había curiosidad por conocer aquella casa, 
pero como los Duques seguían recibiendo a 
sus amistades y a cuantas personas tenían que 
verles, por razón de negocios u otras, en la 
planta baja del edificio, que ya venían ocupando 
hacía tiempo, desde que adquirieron aquel Pa- 
lacio, para dar lugar a que se reconstruyese, 
decorase y amueblase los pisos principal y se- 
gundo, y a nadie habían invitado a visitar és- 



Memorias de un Viejo 101 

tos, el misterio aumentaba la curiosidad, y ca- 
da vez era mayor la general que había en Ma- 
drid para que al fin, roto el encanto, se diesen 
a conocer, no sólo aquellas habitaciones que se 
suponían dignas de un Palacio real, sino las 
riquezas que se decían en ellas atesoradas. 

Y se anunció, si mi memoria no me es infiel, 
la inanguración de aquel Palacio para fines de 
1979, con un espléndido baile, al que seguiría 
una cena, tal, que ni de las comidas de las 
bodas de Camacho podrían referirse cosas igua- 
les, y al que asistirían el Rey D . Alfonso XII 
(entonces viudo de su primera mujer, la malo- 
grada y sin par bella Reina Mercedes), la Prin- 
cesa de Asturias (hoy la popular y virtuosa 
Infanta Isabel), el Gobierno, Prelados y cuanto 
notable vivía en equellos tiempos en Madrid 
en la milicia, en las artes, en las ciencias, en la 
literatura y en el mundo financiero. 

Al anuncio de aquella fiesta creo que la no- 
bleza sintió, no ya sólo no haber entrado en 
relaciones con la Duquesa de Santoña, sino las 
vejaciones y desaires que le había inferido, sólo 
debido a haber estado de moda no querer nada 
con ella. Relaciones y simpatías a veces son 
guiadas por la corriente general, la que en oca- 



102 Genaro Cavestany 

siones es designada con el significativo nombre 
de moda. 

Las invitaciones para el baile fueron hechas 
con profusión. Y la Duquesa de Santoña las 
envió a las señoras de la Grandeza con las que 
sólo había tenido ligerísimas relaciones, cam- 
bios de saludos, o con las que hubiera cruzada 
la palabra alguna vez en visitas o reuniones 
benéficas; así como a aquellas otras de las que 
no había recibido ningún desaire, como otras 
muchas le habían hecho sin razón ni motivo. 
Y como el anuncio del baile y el reparto de in- 
vitaciones se hicieron con mucha anterioridad 
al día señalado para su celebración, en el inter- 
valo, muchas personas que hasta entonces le 
habían sido hostiles, se suavizaron y la visita- 
ron con objeto de ser invitadas. Y por un mo- 
tivo u otro, ya a solicitud de las mismas inte- 
resadas, ya sin pretenderlo ellas, aprovechán- 
dose cualquier coyuntura, casi todas las seño- 
ras de la grandeza y nobleza madrileña fueron 
invitadas. 

Y aunque todas ellas juraban y perduraban 
que no irían al baile de la tenienta de carabi- 
neros, todas se preparaban para él, y no sólo 
mandaron limpiar y reformar sus más ricas jo- 



Memorias de un Viejo 105 

yas, sino que encargaron costosos trajes a los 
más notables modistos de París y a las más fa- 
mosas costureras madrileñas. 

Y en tanto se aproximaba el día de la fiesta, 
mayor era la expectación y más el empeño de 
las señoras de la vieja nobleza en afirmar que 
no asistirían a ella, a pesar de estar preparadas. 

Y si no es por una diablura mía, muy dis- 
culpable por mi edad, pues solo tenía entonces 
veinte y un años, la fiesta se agua, como vul- 
garmente se dice, pues solo hubieran asistido 
a ella el mundo oficial. Mi diablura hizo , que 
aquel baile fuese el mejor que jamás haya po- 
dido celebrarse, o se celebre ea lo futuro en 
Madrid, y ella también hizo la felicidad de la 
Duquesa de Santoña, que vio sus salones po- 
blados de toda la nobleza española, y con ello 
cesó el entredicho en que hasta entonces se la 
había tenido por ésta, y ta de la misma noble- 
za que sentía no asistir al baile, del que se ha- 
cían los más favorables presagios, por sostener 
la corriente general que hasta aquel momento 
había reinado de rehusar el trato de la nueva 
Duquesa de Santoña. 

He aquí en lo que consistió mi diablura. 
Yo había sido presentado a la Duquesa, no 



104 Genaro C^vestany 



recuerdo si por mi amigo el famoso, grueso y 
genial Pepe Retortillo, después segundo Conde 
de Almaraz, íntimo de la Duquesa, o por don 
Martín Useletti de Ponte, antiguo secretario 
particular civil del General Prim, entonces Ofi- 
cial del Ministerio de la Gobernación, y de 
quien la Duquesa se valía para cierta clase de 
asuntos, para utilizarme a fin de obtener con 
la anticipación conveniente los prospectos de 
los sorteos de la lotería nacional para acornó- 
dar a ellos los de la lotería del Hospital Niño 
Jesús, fundado por la Duquesa, y que consti- 
tuía el mejor y tal vez único recurso de éste, 
aparte de los regios donativos de su fundado- 
ra, por ser hijo del Director de Rentas Estan- 
cadas, a cuyo cargo estaba entonces la renta 
de lotería. Y este mismo motivo produjo rela- 
ciones entre mi venerable padre y la Duquesa 
de Santoña, las que se aumentaron y estrecha- 
ron al ser nombrado aquél, poco tiempo des- 
pués, Director General de la Caja de Depósitos 
en cuyo centro se depositaban los fondos de 
dicha lotería, según las disposiciones dictadas 
por el Ministerio de Hacienda al autorizarla. 

Y mis íntimas amigas eran entonces las jó- 
venes sin par madrileñas en nobleza, gracia, 



Memorias de un Viejo 1C5 

bondad, elegancia, trato social, y más que todo 
por sus dotes intelectuales y morales, Pilar 
Santa Coloma, ya Condesa de Fuenclara, ca- 
sada después con el Marqués del Pico de Ve- 
lasco, Rosarito Giraldeli, hoy esposa del Ge- 
neral de Artillería D. José Sousa del Real, y 
Rosalía Punñonrostro^ la ahora virtuosísima y 
respetada Marquesa de Almaguer. 

Las tres querían ir ai baile de la Duquesa de 
Santoña, pero. ..imposible. Por nada consentirían 
sus nobles madres (hermanas las tres) de la casa 
de Morreal y Santiago» por la línea paterna, y 
por la materna de la de Veraguas, hacer indica- 
ción alguna para recibir invitación, ni bajarla ca- 
beza a la Duquesa de Santoña en la Castellana o 
en el Retiro, ai cruzarse sus coches, lo que hu- 
biera bastado para que ésta les enviase las invi- 
taciones anheladas por sus hijas. ¡Y que no era 
nada lo que significaban aquellas señoras! La 
más alta nobleza española por las ocho líneas, de 
que nos hablan los referendaires franceses, o 
Reyes de Armas y Monteros de Espinosas espa- 
ñoles, en los que por algún tiempo estuvo vin- 
culado el arte de descifrar y hacer blasones y 
establecer y restablecer noblezas, ya olvidadas 
o perdidas, al correr de los tiempos. 



106 Genaro Cavestany 

De la casa de Santa Coloma no hay para 
qué hablar, pues nadie ignora su historia, que 
hace que su nobleza compita con las primeras 
de España, como las de Albas, Medinacelis, Me- 
dina Sidonias y Fernán Núñez; la casa Giral- 
deli y aunque este título sea italiano, ostenta 
además, entre otros, ei de Conde de Cron, que 
durante muchos años figuró en la Guía Oficial 
como fundado en 1095, por lo cual sea tal vez 
el título más antiguo español, si bien ahora se 
le asigna en el mismo libro el de fines del siglo 
XVIII, en cuya fecha fué rehabilitado por no 
haber sido otorgada en él Real Carta de suce- 
sión durante algún tiempo, y la casa de Pun- 
ñonrostro es tan noble y antigua como las ya 
nombradas. 

Y por sus madres pertenecían dichas tres 
señoritas a las casas de Sa?itiago y de Vera- 
guas. 

Y las tres me suplicaron, sabiendo mi cono- 
cimiento con la Duquesa de Santoña, que hi- 
ciese que sus madres fuesen invitadas, no igno- 
rantes del compromiso en que me ponían si 
estas averiguaban que era yo quien había so- 
licitado para ellas tales invitaciones. 

Me bastó expresar a la Duquesa mi deseo 



Memorias de un Viejo 107 

para que se apresurase a escribir ella misma 
las invitaciones dirigidas a las Condesas de 
Santa Coloma y de Giraldeli, por ser viudas, y 
a los Condes de Punñonrostro, pero antes de 
enviarlas tuvo un presentimiento y me pre- 
guntó si dichas señoras estaban enteradas de 
mi solicitud. 

Estas no sabían nada e ignoraban mi cons- 
piración con sus hijas para que ellas pudieran 
asistir al suntuoso baile que se anunciaba. 

Yo, que jamás he tenido parientes nobles» 
al menos que lo sepa, creyéndome en la actua- 
lidad sin familia y que mis parientes concluye- 
ron con mis padres, y que mi nobleza princi- 
pió con ellos y acabará conmigo, le dije que 
era sobrino de tan linajudas damas, y primo de 
dichas señoritas, por lo que le respondía que 
aceptarían con gusto y gratitud la invitación, Y 
estas fueron enviadas. 

La que se armó en las casas de Santa Colo- 
ma, de Giraldeli y de Punñonrostro no es 
para dicho. Las Condesas de dichos títulos 
sintieron como agravio el recibir dichas invi- 
taciones, y se dispusieron a devolverlas. Creo 
que si no fueron devueltas fué también por 
dignidad para no tener que escribir a la Du- 



108 Genaro Cavestany 

quesa explicándole el por qué las devolvían. 

Y entonces supieron dichas linajudas damas 
que era yo el causante del atentado, es decir, 
del hecho que ellas creían que las ponía en ri- 
dículo, y llamaron a mi padre para enterarle y 
pedirle que me impusiese un durísimo cas- 
tigo. 

Lo menos en un mes no pude volver a la 
casa de Santa Coioma, cuando antes iba dia- 
riamente, y con casi la misma frecuencia a la 
de Giraldeli, y durante el mismo tiempo tuve 
que huir de mi casa por temor a la riña de mi 
padre, y mientras duró aquel estado de cosas, 
recibí el hospedaje que me ofreciera mi compa- 
ñero entonces en la redacción de La Correspon- 
dencia de España, D. Conrado Solsona, después 
Gobernador, Diputado y Director general, que 
entonces habitaba una modestísima casa de 
huéspedes en la calle de las Fuentes. 

Al ñn, todo se arregló. Creyendo las Conde- 
sas de Santa Coloma y de Giraldeli (abuelas 
de los actuales poseedores de estos títulos) y 
de Punñonrostro, (madre del anciano poseedor 
de éste hoy, y entonces el popular Ricardo Pun- 
ñonrostro, Marqués de Casasola, capitán de 
caballería) que sus hijas nada habían tenido 



Memorias de un Viejo 109 

que ver en mi oficiosidad, autorizaron que és- 
tas acompañasen a su prima la Condesa de Sás- 
tago, Marquesa de Monistro!, que por el elevado 
cargo que ejercía en Palacio (camarera mayor 
según creo) se veía obligada a asistir, contra 
su gusto, al baile, y no quería ir sola por no 
tener hijas en edad adecuada, si bien ellas se 
abstuvieron de ir con energía epicúrea, para no 
confundir sus viejas noblezas con la nueva de la 
Duquesa, quien además tenía el mal preceden- 
te de su primer marido, y también por cumplir 
correctamente sus deberes sociales, tuvieron 
una tarde que detener sus coches delante del 
Palacio de la Duquesa para dejar sus tarjetas. 
Todas las señoras madrileñas, tanto las de la 
nobleza como las de alta posición social que 
habían recibido invitaciones, estaban prepara-' 
das para asistir al baile, pero ninguna quería 
presentarse en él sin saber si iban señoras de 
su clase, y enviaron a sus maridos a enterarse. 
Cuando supieron que ya estaban la Condesa de 
Sástago y las señoritas de Santa Coloma, Gi- 
raldeli y Punñonrostro, todo el mundo corrió 
a él, y aquellos magníficos y ricos salones, has- 
ta entonces solitarios, en los que discurrían, 
paseándose, al son de la música, como aburrí- 



110 Genaro Cavestany 



dos, Ministros, Obispos, el Nuncio, altos fun- 
cionarios y banqueros, y en los que apenas si 
había cuatro señoras de la nueva aristocracia, 
o esposas de hombres revestidos de cargos 
oficiales, se vieron al momento poblados de 
señoras y señoritas de la más alta nobleza. 

Véase como una diablura mía hizo no solo 
que a aquel famoso baile concurriese todo Ma- 
drid, sino que la Duquesa de Santofia entrase 
en relaciones con toda la nobleza madrileña, y 
desapareciesen las diferencias que hasta enton- 
ces habían existido entre ella y ésta. 

El baile fué tan magnífico, que me sería im- 
posible describirlo si hubiera de referirlo con 
toda exactitud. Igual no se ha celebrado otro 
en Madrid, ni se celebrará. 

El buffet fué notable, y la cena no es posi- 
ble decir lo que fué. Recuerdo como indeleble 
recuerdo (valga la repetición de la misma pa- 
labra) los salmones de Asturias que se presen- 
taron, cuyo tamaño, el menor, era de un me- 
tro, los que eran reemplazados inmediatamen- 
te que en ellos se advertían las señales del 
consumo. Por el precio únicamente podrá te- 
nerse idea de lo que fueron dichos cena y bai- 
e. Se dijo entonces que la primera había eos- 



Memorias de un Viejo 111 

tado cuarenta mil duros, y que los gastos de 
toda la fiesta pasaron de cien mil. 

¡Bien caro costó a la Duquesa de Santoña 
entrar en relaciones con la nobleza madrileña! 

Y toda aquella riqueza desapareció con la 
muerte del Duque. La Duquesa entró en plei- 
tos con los herederos de su marido, y perdió 
en ellos la colosal fortuna que este le dejara o 
que le correspondiera por la ley, hasta el Pa- 
lacio de la calle de las Huertas, que también le 
pertenecía, que pasó a ser propiedad de uno de 
sus abogados en pago de honorarios deven- 
gados y no satisfechos. Y cuando murió algu- 
nos años después, tan olvidada estaba de los 
más de tres mil invitados que asistieron a su 
espléndida fiesta, que solo concurrieron a su 
entierro su leal amigo Pepe Retortillo y cuatro 
o cinco de sus antiguos criados. Las socieda- 
des son tan ingratas como los hombres. 

Y otra diablura mía dio a conocer en Sevi- 
lla a otro hombre notable, que tal vez sin ella 
aun sería desconocido, apesar de su inmenso 
valer. 

A principios de 1878 se trasladó mi familia 
a Madrid, y mi santa madre, queriendo dar 
una prueba de su estimación a su confesor en 



112 Genaro Cavestany 

Sevilla, el venerable sacerdote D. Francisco 
Carrillo,, capellán de la Iglesia de San Buena- 
ventura, al par que proporcionarle algún des- 
canso en su avanzada edad, pidió para él una 
canongía en la Catedral de Sevilla al entonces 
Ministro de Gracia y Justicia D. Pedro Nolas- 
coAurioles, a quien había conocido muy joven 
en Ronda, su ciudad natal, y a quien su íntimo 
amigo, el gran rondeño D. Antonio Ríos Ro- 
sas sacó de allí, nombrándole Juez de Madrid? 
cuando fué Ministro. 

Este D. Pedro Nolasco Aurioles, ya com- 
pletamente olvidado, fué el Juez de Madrid que 
condenó a muerte al regicida Cura Merino, 
condenándole al mismo tiempo a la degrada- 
ción cívica y religiosa, único caso ocurrido en 
España, cuyas degradaciones llevaron a cabo 
solemnemente en la parte civil, el que luego 
fué gran Gobernador de Sevilla y Málaga, y 
Presidente de Sección del Consejo de Estado, 
D. Antonio Guerola, y en lo religioso, el en- 
tonces Canónigo Sancha y después Cardenal 
Arzobispo de Toledo. 

Como ocurre siempre, se da menos de lo que 
se pide, y la canongía solicitada para el padre 
Carrillo quedó reducida a un simple beneficio. 



Memorias de un Viejo 115 



El padre Carrillo, creyendo poco para él una 
plaza de beneficiado, o tal vez por no abando- 
nar su querida Iglesia de San Bienaventura, 
la que regía hacía más de treinta años, devol- 
vió la credencial renunciando al beneficio. 

Entonces supe que dicha credencial iba a ser 
remitida por mi padre al Ministro Sr. Aurioles 
dándole explicaciones por no haberla aceptado 
el interesado. Yo pensé que perder aquel be- 
neficio era una tontería, y que podía ser apro- 
vechado por otro que no tuviese las pretensio- 
nes del padre Carrillo, o no tuviese otro des- 
tino que perder que le conviniese más. 

Cogí la credencial y me presenté con ella en 
el Ministerio de Gracia y Justicia pidiendo ver 
al Ministro. Yo ya conocía al Sr. Aurioles de 
haberle visto de visita en mi casa, y puesto en 
su presencia le dije que mis padres se habían 
equivocado en el nombre del sacerdote a quien 
deseaban favorecer siendo éste D. Modesto 
Abín y Pinedo, joven entonces, recién salido 
del seminario, y mi preceptor siendo semina- 
rista, desconocido completamente en aquellos 
tiempos en Sevilla, así en virtudes como en su 
ciencia. 

El Ministro que ya tenía dado el beneficio 



114 Genaro Cavestany 

vacante y que no tenía ningún compromiso 
para él, no dudó en cambiar el nombre, y man- 
dó extender la nueva credencial, presentándo- 
me yo con ella en mi casa. Mis padres casti- 
garon mi osadía o travesura con una fuerte re- 
primenda, y quien sabe si dudaron enviar la 
nueva credencial al nuevo nombrado, no cre- 
yendo que pudiera hacer buen papel, por su 
modestia, en la Catedral de Sevilla. Al fin se 
decidieron a enviársela, y D. Modesto Abín y 
Pinedo pasó del modesto destino de Capellán 
del Presidio de San Agustín, de Sevilla, a la 
honorífica y no mal retribuida plaza entonces 
de Racionero de la Santa Iglesia Catedral His- 
palense. 

Mi inspiración fué acertadísima. Apenas to- 
mó posesión de su beneficio, Arzobispo, Canó- 
nigos y Beneficiados se dieron cuenta del in- 
menso valer de mi protegido, y en dicha Sant a 
Iglesia ocupó preferente lugar. Entonces un de- 
creto de Villaverde, siendo Ministro de Gracia 
y Justicia, reservó a la oposición un cierto nú- 
mero de canongías en todas las Catedrales. La 
primera que salió a oposición fué en la de Se- 
villa. 

El señor Abin no pensó jamás en hacer es - 



Memorias de un Viejo 115 

tas oposiciones, no creyéndose con ciencia pa- 
ra ello. No ya animado sino obligado por el 
Arzobispo, Dean y Canónigos hizo aquellas 
oposiciones, sin preparación alguna, las que 
fueron un brillante triunfo para él, obteniendo 
el primer lugar en la terna, siendo hoy el de- 
cano de los canónigos por oposición en todas 
las Catedrales de España. 

Un caso análogo recuerdo. El del -señor don 
Francisco Javier Gómez de la Serna, ex-Fiscal 
del Tribunal Supremo, ex-Director General y 
muchas veces Diputado a Cortes y Senador 
del Reino, quien siendo escribiente del Minis- 
terio de Ultramar fué obligado por sus com- 
pañeros a hacer oposiciones, llevándosele a la 
fuerza a presencia del Tribunal, para una plaza 
de auxiliar de la Sección de Gracia y Justicia 
de dicho Ministerio, obteniendo en ella tan 
brillante triunfo como el señor Abín en las su- 
yas, pero más afortundo que éste, encontró un 
Canelejas, que consciente de su talento, le ele- 
vó a altos puestos, los que ha abandonado, 
consagrándose a la mediocridad de su empleo 
de Registrador de la Propiedad, desilusionado 
por las ingratitudes políticas. 

Lo que no comprendo es comodón Modesto 



116 Genaro Cavestany 

Abin no ha sido elevado a un Obispado des- 
pués de conocido su saber, elocuencia, virtudes 
y altas dotes para la enseñanza. Tal vez esto 
haya sido debido a sus mismas condiciones 
morales, pues la modestia es la mayor de sus 
numerosas virtudes, siendo sin duda alguna una 
predestinación el habérsele puesto el nombre 
de Modesto en la pila bautismal. 

Véase como una nueva diablura o travesura 
mía, dio a conocer a un hombre insigne, quien 
sin ella tal vez hoy viviese todavía en la oscu- 
ridad, y estuviese sirviendo un curato rural, 
cuando hoy, por ella, es uno de los sacerdotes 
que más honran al clero sevillano y el hombre 
que al frente de su Seminario conciliar, o Uni- 
versidad Pontificia, como ahora se le nombra, 
ha formado una generación de sacerdotes ilus- 
trados y virtuosos que envidiarán muchas dió- 
cesis de España. 



Memorias de un Viejo 117 



IX 
ANÉCDOTA DE MI JUVENTUD 

Como fué proclamado Rey Alfon- 
so XII, en Sevilla. 

El 31 del corriente, hará cuarenta y un años 
que fué proclamado Rey en Sevilla, el malo- 
grado Alfonso XII. 

Relataré mis recuerdos, ya confusos, de tan 
memorable día. 

Durante todo el anterior circularon rumores 
en la gran capital andaluza de una gran suble- 
ción militar. Poco á poco fueron concretándose 
los hechos, hasta que, al caer la tarde, se supo 
que el insigne General Martínez Campos, ya 
de gran nombradla por su comportamiento en 
las guerras civil y cantonal, había proclamado 
Rey en Sagunto al escolar del Colegio de Ma- 
ría Teresa de Viena, con el nombre de Alfon- 
so XII, dictado equivocado, como probaré en 
un próximo trabajo, por haber habido otro 
monarca de este número, hermano de Isabel la 



1 18 Genaro Cavestany 

Católica, cuyo dictado le confirmó la gran Rei- 
na en muchas pragmáticas, después de la 
muerte de su hermano, una de las cuales existe 
en el Archivo Municipal de Sevilla. 

Pronto se supo después que acababa de ser 
preso el insigne D. Andrés Lasso de la Vega 
y Quintanilla, Conde de Casa-Galindo, presi- 
dente del Círculo Alfonsino, quien fué trasla- 
dado a la cárcel con grandes consideraciones, 
recibiendo en ella cómodo hospedaje en la 
casa particular del entonces Alcaide de la mis- 
ma D. Antonio Escobedo, hombre muy popu- 
lar en aquellos tiempos en Sevilla. 

No recuerdo si fué también preso algún 
otro prohombre alfonsino sevillano, aunque sí 
me acuerdo perfectamente que se dictaron mu- 
chas órdenes de prisión, las que no se ejecuta- 
ron, bien por haberse ocultado las personas 
contra quienes fueron lanzadas, o bien por 
cierta benevolencia de las autoridades sevilla- 
nas entonces, porque considerando un hecho 
consumado la restauración de la monarquía, 
no quisieron extremar sus rigores contra los 
afiliados al régimen que se levantaba. Los más 
comprometidos, además del Conde de Casa 
Galindo, fueron los secretarios del Círculo Al- 



Memorias de un Viejo 119 

fonsino, D. Federico Sánchez Bedoya, capitán 
de artillería retirado y D. Joaquín García Es- 
pinosa, conocido por Joaquín García Balao, 
por ser este ei apellido de su padre, rico y po- 
pular alfarero de Triana. 

En las primeras horas de la mañana del día 
31 de Diciembre de 1874 se supo que el día 
anterior se había adherido a! movimiento de 
Sagunto la guarnición de Madrid al mando de 
su Capitán General, entonces Teniente Gene- 
ral D. Fernando Primo de Rivera y Sobre- 
monte, y que Cánovas, que también había sido 
preso en la noche del 29, al tenerse las prime- 
ras noticias de la insurrección militar, y con- 
ducido a la histórica y célebre cárcel de Sala- 
dero, había sido puesto en libertad, y que se 
ocupaba en aquellos momentos de constituir 
un gobierno provisional, en tanto llegaba el 
Rey, en virtud de los poderes conferidos por 
este en el destierro. 

A las dos de la tarde estaba llena de alfon- 
sinos la casa del Conde de Casa-Gaündo, en 
la plaza del Museo, no obstante estar el ilustre 
procer en prisión. Allí se encontraba la mayo- 
ría de los políticos sevillanos monárquicos de 
aquella gran generación, que dicho sea sin 



120 Genaro Cavestany 

agraviar a la presente, valían más que los de la 
actual, al menos para mí, por el gran cariño y 
respeto que me inspiraban, y a los que recuer- 
do con piadoso sentimiento. 

Entre ellos se encontraban todos los amena- 
zados con autos de prisión, no ejecutados, que 
habían salido de sus escondites al saber el 
triunfo de la restauración. 

Aquella reunión, sin previo acuerdo, llevan- 
do a su frente al vicepresidente primero del 
Comité alfonsino sevillano, don Manuel Bed- 
mar y Aranda, honra y gloria del foro anda- 
luz, mi querido e inolvidable maestro, ai ilustre 
D. José María Ibarra y Gutiérrez de Caviedes, 
al gran comerciante D. Gonzalo' Segovia y 
García, de honrada memoria, al Marqués de 
Tablantes, a su hermano Perico Solís, Marqués 
de Torrenueva, Marqués de la Motilla, Mar- 
qués de Gaviría, Marqués de la Paniega, don 
Andrés Parladé y Sánchez de Quirós, a quien 
recordaran siempre con cariño por su caballe- 
rosidad y gracia ingénita cuantos tuvieron la 
dicha de conocerle, y de quinientas personas 
más de tanto mérito como las nombradas, se 
dirigió a la cárcel a sacar de ella al Conde de 
Casa-Galindo, olvivando pedir el auto de soltu - 



Memorias de un Viejo 121 

ra a la autoridad que había dictado el de 
detención. La comitiva emprendió su camino 
por la calle A, B, C, hoy Bailen, engrosando 
a su paso considerablemente por las calles 
San Pablo y Reyes Católicos. 

No fué necesario el auto de libertad. El po- 
pular alcaide Escobedo, no se opuso a permi- 
tir la salida del preso, le acompañó hasta la 
puerta de la cárcel, pidiéndole mil perdones 
por no haber podido proporcionarle las como- 
didades que por su rango merecía y estaba 
acostumbrado, y se unió al cortejo, que por el 
mismo camino que había venido volvió a la 
casa del insigne libertado, quien después de 
saludar a su esposa la preclara, virtuosísima y 
esclarecida D. a Blanca Fernández de Córdoba 
y Alvarez de Bohórquez, Marquesa de Cubas, 
que conmovida estrechó contra su pecho a su 
marido delante de todos los presentes, felici- 
tándose ambos, con lágrimas en los ojos por el 
advenimiento del deseado Monarca, invitó a 
todos los allí reunidos a que le siguiesen a la 
Capitanía General con el fin de requerir al Ca- 
pitán General, Mariscal de Campo D . José Me- 
relo, a que resignase el mando y no se opu- 
siese a la proclamación del Rey en Sevilla. 



122 Genaro Cavestany 

La comitiva que siguió al Conde era enton- 
ces imponente. No sólo seguían los que habían 
ido por él a la cárcel y los que le habían acom- 
pañado a su regreso, sino también una gran 
multitud popular estacionada ya, al saberse el 
triunfo de la causa alfonsina, frente a la casa 
del Conde, y que llenaba toda la plaza del 
Museo, 

Por la calle de las Armas y plaza del Du- 
que se encaminó el cortejo a la Capitanía Ge- 
neral. 

Yo tenía entonces 17 años y estudiaba se- 
gundo año de derecho en la Universidad sevi- 
llana. En ella ya era conocido por mis prema- 
turas ideas alfonsinas. 

En la calle de las Sierpes, donde me encon- 
traba en busca de noticias de los graves acon- 
tecimientos que ocurrían, supe, como a las 
cuatro de la tarde, que el Conde de Casa-Ga- 
lindo estaba ya en libertad, que la restauración 
había triunfado, y que una gran manifestación 
recorría las calles de Sevilla para pedir la pro- 
clamación del Rey en ella. También supe que 
la manifestación se dirigía en aquellos momen- 
tos a la Capitanía General. 

No necesité saber más. Mi amor político al- 



Memorias de un Viejo 125 

fonsino dieron alas a mis pies, y atropellando 
a la gente, corrí hacia la plaza del Duque por 
la Campana. 

Encontróme la manifestación a la salida de 
la Capitanía General, frente, precisamente, al 
cuartel del Duque, como popularmente era de- 
nominado entonces el existente a la entrada de 
la calle de las Palmas, como seguramente se- 
guirá denominándosele hoy, aunque tenga otro 
nombre. 

Es de advertir que en aqnellos días no exis- 
tía guarnición alguna en Sevilla, y en dicho 
cuartel se alojaba una compañía de la Guardia 
civil, formada por los puestos de la provincia 
concentrados en la capital. 

Para la juventud de entonces D. Alfonso de 
Borbón, apesar de la abdicación de Isabel II, 
no era Rey sino Príncipe de Asturias, con cuyo 
dictado le conocíamos desde su nacimiento los 
coetáneos suyos. 

Ningún grito se había dado hasta entonces 
a favor de D. Alfonso en Sevilla. La comitiva 
que había atravesado sus calles en busca del 
Conde de Casa-Galindo a la cárcel, regreso y 
marcha a la Capitanía General, había perma- 
necido silenciosa aunque revelándose la satis- 



124 Genaro Cavestany 



facción del triunfo de la causa, y la realización 
de ideales políticos en todos los semblantes. 

Avancé hacia el Conde de Casa-Galindo con 
impavidez, y quitándome el sombrero, grité 
con todas las fuerzas de mis jóvenes pulmones, 
frente al piquete de la Guardia civil formado, 
con armas, al mando de un oficial, a la puerta 

del cuartel. 

— -jViva el Príncipe de Asturias! 

El Conde de Casa-Galindo, Bedmar, Ibarra, 
Tablantes. Segovia y cien figuras venerables 
más, se descubrieron, no sé si por responder a 
mi saludo, o por demostrar así su adhesión al 
viva, invitando al mismo tiempo a la fuerza pú- 
blica, frente a la que estábamos a adherirse a 
él, y el Conde con voz paternal y conmovida 
dijo dirigiéndose a mí: 

— Su grito es el primero, pero no es al Prín- 
cipe de Asturias a quien debe usted vitorear, 
sino al Rey. 

Entonces grité con voz más fuerte aún: 

— ¡Viva el Rey! 

— Viva, respondieron mil voces. 

— I Viva el Rey! — exclamó entonces el ofi- 
cial que mandaba el piquete de la Guardia ci- 
vil formado frente al cuartel, el hoy General 
D. Polión Zuleta, entonces TenieRte. 



Memorias de un Viejo 125 

—Viva, respondieron los guardias. 

El Rey Alfonso XII quedaba proclamado en 
Sevilla, siendo el primer grito el de un ado- 
lescente, no impulsado por nadie, sino por su 
amor a las instituciones bajo las cuales había 
nacido. 

Desde aquel momento los gritos de viva el 
Rey no cesaron un momento hasta llegar la 
comitiva al Gobierno civil, situado en el Con- 
vento de San Pablo. 

Ya tenía el Gobernador un telegrama del 
Presidente del Ministerio Regencia, no recuer- 
do si ya completamente constituido, circular a 
todas las provincias, ordenando se encargasen 
del mando de ellas los Presidentes de los Co- 
mités Alfonsinos. Por tal motivo fué el primer 
Gobernador de la restauración en Sevilla el 
Conde de Casa-Galindo, que ya lo había sido 
en Huelva antes de la revolución. 

Quince días después, sin haberlo solicitado, 
y sin esperarlo, recibí el nombramiento de As- 
pirante a Oficial del Gobierno Civil, que me 
envió el Conde de Casa-Galindo, sin duda para 
premiar el primer grito de Viva el Rey que 
resonó en Sevilla. 

En Madrid, sin duda se ignoraban los moti- 



126 Genaro Cavestany 

vos de mi nombramiento, cuando año y medio 
después recibí mi cesantía, siendo reemplaza- 
do por mi entrañable amigo de la niñez Prieto 
Ruiz Cortegana, como le llamábamos en la es- 
cuela, hoy el ilustre médico D. Pedro Ruiz 
Prieto, Director del Hospital de la Sangre. 

Casa-Galindo, aunque ya no era Goberna- 
dor, pero sí el director de la política sevillana, 
entonces única, por no haber nacido aún el 
partido liberal que acaudilló Sagasta, y cuyo 
representante en Sevilla fué D. Manuel de la 
Puente y Pellón, pidió mi reposición, y aunque 
no pudo obtenerla en el mismo puesto, sin 
duda por las poderosas recomendaciones de 
mi siempre querido sucesor, entonces alumno 
de la escuela libre de Medicina sevillana, con- 
siguió para mí una credencial con el mismosuel- 
do en la Sección de Fomento, por lo que ape- 
sar de mi escasa categoría administrativa, se- 
guí desempeñando el puesto de Jefe de la Sec- 
ción de Orden Público del Gobierno Civil, que 
ejercí dos años consecutivos. 

Un año más tarde fui nombrado Oficial de 
la Secretaría particular de S. M. la Reina doña 
Isabel II, pero para este puesto de nada me 
sirvió mi grito de Viva el Rey en el memora- 



Memorias de un Viejo 127 

ble día 31 de Diciembre de 1874, sino mi pa- 
rentesco con un alto servidor de S. M. Una 
sola vez en mi vida, entonces, formé parte de 
la pléyade de empleados que es conocida con 
los nombres de yernocracia, sobrinocracia, filio- 
cracia y otros parecidos de la misma gran fa- 
milia, que para mí fué primocracia por ser tal 
mi grado de parentesco con el funcionario pa- 
latino que me llevó al Palacio de la Augusta 
Madre de Alfonso XII. 

(De Sevilla del 31 de Diciembre de 19 15) 



Memorias de un Viejo 129 



X 

¿Ha visto usted a migue!? 

No hay en Sevilla, en los actuales momen- 
tos, ni lo habrá habido, ni lo habrá, segura- 
mente, en mucho tiempo, un personaje más 
nombrado que Miguel. 

¿Que quiere alguien saber algo sobre cual- 
quier asunto, y dirige una pregunta a un ami- 
go que encuentra en la calle?, pues se le respon- 
de con esta otra, indefectiblemente: 

— ¿Ha visto usted a Miguel? 

¿Que intentamos hacer un negocio, y antes 
de hacerlo queremos informarnos de sus cir- 
cunstancias, y pedimos informes a alguna per- 
sona que creemos pueda darnos buenos conse- 
jos? pues la contestación ha de ser siempre: 

— ¿Ha visto usted a Miguel? 

¿O, si, por último, tenemos enfermo a un ser 
querido, y no creyendo que acierte el médico 
que le asiste, queremos le visite otro, e inda- 
gamos cual sea el más conveniente a la dolen- 
cia de aquél? la contestación será la misma, 

9 



130 Genaro Cavestany 

cualquiera que sea la persona a quien consul- 
temos: 

— Ha visto usted '¿Miguel? 

Por el contrario, cuando un impertinente nos 
molesta con pretensiones o solicitudes que no 
podemos satisfacer, o queremos desembarazar- 
nos de un pretendiente que nos agovia a diario 
con sus visitas, o deteniéndonos donde quiera 
que nos encuentre, nuestra contestación ha de 
ser siempre igual para desembarazarnos de 
tales impertinentes y pretendientes: 

— ¡Hombre, vea usted a Miguel! 

Y así los políticos sevillanos actuales, seño- 
res Borbolla, Cañal, Torrenueva, Ibarra, y 
hasta creo que los mismos Arzobispo, Déan, 
Capitán General, Presidente de la Audiencia, 
Gobernador Civil, Fiscal de S. M., Rector de 
la Universidad y demás autoridades, estoy 
cierto que para concluir más pronto sus audien- 
cias, dirán a cuantos reciban, para despedirles 
antes: 

—Vea usted a Miguel, lo que a mi entender 
equivale a decir: 

— Vayase usted a paseo. 

Y respecto al Alcalde, Tenientes de Alcalde 
y concejales sevillanos no hay que decir que 



Memorias de un Viejo 151 

la frase vea usted a Miguel estará siempre ,en 
sus labios, puesto que Miguel está más cerca 
de ellos que de las demás autoridades, políti- 
cos, personajes y aun simples particulares a 
quien antes nos referimos. 

Apresurémonos a decirlo: este Miguel tan 
nombrado en Sevilia en los actuales momentos 
y hace ya bastantes años, es el Ilustrísimo se- 
ñor don Miguel Bravo Ferrer y Fernández, Se- 
cretario de su Excmo. Ayuntamiento, Jefe de 
superior honorario de Administración civil, 
condecorado, seguramente, con diversas órde- 
nes nacionales y extranjeras, y socio preemi- 
nente y de honor y mérito, también cierta- 
mente, pues no nos consta, de diversas socie- 
dades científicas, así regionales, como naciona- 
les y de otros países, persona simpatiquísima, 
ilustrada, amable y bondadosa, que recibe con 
gran complacencia los infinitos mochuelos que 
les envían sus jefes, amigos y antiguos protec- 
tores, los cuales salen de su despacho, si nó 
servidos complacidos menos yo. 

Tal es su arte. 

Y esto que ocurre en Sevilla, sin grave daño 

para la salud pública^ ocurrirá, ciertamente, en 

otras capitales, ciudades, pueblos y aun aldeas, 



132 Genaro Cavestany 

solo que en ellos en lugar de llamarse Miguel 
el remedia todo, se llamará Prudencio, Diego o 
Gonzalo, y en vez de ser Secretario del Ayun- 
tamiento podrá serlo de un Juzgado Municipal, 
un Notario, un Procurador o un simple parti- 
cular que no tenga otra virtud que la de ser un 
buen muñidor electoral antes, durante y des- 
pués de las elecciones; antes confeccionando las 
listas electorales a su antojo, con inclusiones y 
exclusiones arbitrarias: derante ellas con coac- 
cioné? y pucherazos, ya por los frecuentes y 
conocidos, sin mérito alguno y levantando ac- 
tas notariales amañadas, y después con recla- 
maciones de nulidad, sin fundamento, cuando 
su candidato ha sido derrotado. 

Y decimos que en Sevilla la salud pública no 
sufre daño porque el eje de su política y sobre 
el cual gira esta sea la frase ¡Ha visto usted 
a Miguel?, porque el Miguel sevillano sobre 
ser un hombre hábil, a quien recurren lo mis- 
mo conservadores que liberales y republicanos, 
y su único fin es dejar complacidos a todos los 
que a él se presentan, aunque no pueda com- 
placerles la mayor parte de las veces, es hon- 
rado y, sobre todo, un hombre sagaz que sabe 
nadar y guardar la ropa, por lo que no hay 



Memorias de un Viejo 135 

miedo que se comprometa ni comprometa a 
nadie; pero el Miguel de otras ciudades, y más 
que el de estas, el Miguelas, los pueblos y al- 
deas, ¿tendrá las mismas condiciones morales, 
intelectuales y sagaces que el Miguel sevi- 
llano? 

Por desgracia no. Y esto es la causa de cuan- 
tas inmoralidades, desaguisados, desafueros, 
extraslimitaciones e iniquidades se han cometi- 
do y se cometen en muchos lugares. 

Y el vea usted a Miguel demuestra el aban- 
dono político de la época actual de cuantos me- 
dran o quieren figurar en la política por sim- 
ple vanidad, pues después de conseguir el co- 
diciado puesto que les da la influencia apeteci- 
da para mangonear a su antojo, y servirse de él 
ya para sus propios negocios, para colocar hi- 
jos, yernos y sobrinos, o ver satisfecha la últi- 
ma, ya no quieren los tales políticos ocuparse 
de nada, ni aun molestarse en servir, en lo más 
insignificante, a los que les ayudaron a escalar 
las altas posiciones que ocupan y para obtener 

las cuales tanto lucharon. 

No; en lugar de decir: vea tisted a Miguel^ 
que solo significa apatía, pereza y abandono, 
tengamos el valor de decir a quien nos solicite 
para algo: 



154 Genaro Cavestanv 

— Amigo mío; lo que usted desea es injusto, 
y no puedo servirle; si se trata de un político, 
y cuando sea quien se dirija a nosotros un 
simple amigo sobre un asunto del cual nada 
sepamos, en lugar de enviarlo a ver a Miguel^ 
debemos contestarle francamente: 

— No sé nada de lo que usted desea saber; 
pregunte a otra persona más ilustrada que yo 
o que por sus condiciones, aptitudes o cargo 
pueda informarle. 

El Miguel remedia todo¡ debe morir, aunque 

yo desee larga vida al Miguel remedia todo se- 
villano, mi buen amigo el'Iltmo. Sr. D. Miguel 
Bravo Ferrer, Secretario del Excmo. Ayunta- 
miento de la capital de Andalucía, en quien he 
encarnado la idea que desarrollo en este ar- 
tículo. Y creo que él me agradecerá que desee 
su muerte simbólica, pues con ella le habré li- 
bertado de tantos mochuelos con los que constan- 
temente le obsequian los políticos sevillanos, y 
no solo estos, sino amigos, y aun simples co- 
nocidos. 

# * * 

Este articulo fué escrito antes de haber recibido su autor 
una desatención del Iltmo. Sr. Bravo Ferrer, Secretario del 
Excmo, Ayuntamiento de Sevilla. Por consiguiente erraría 
quien creyese ver en él La venganza de Don Mendo. 



Memorias de un Viejo 135 



XI 

Si v° f^ese f^omanones... 

En mi adolescencia, cuando no tenía veinte 
años, siendo oficial 2.0 de la Dirección general 
de Administración local, contribuí mucho a la 
redacción de la Ley municipal de 2 de Octu- 
bre de 1877 (si no fui quien hiciera el trabajo 
enteramente), ampliando las bases votadas por 
las Cortes y obedeciendo las indicaciones y 
mandatos de mis jefes los Excelentísimos se- 
ñores D. Francisco Romero y Robledo, don 
Ricardo Alzugaray y Yanguas, D. Raimundo 
Fernández Villaverde y D. Fermín Figuera, 
Ministro y Subsecretario de Gobernación los 
dos primeros, Director generai de Administra- 
ción local el tercero, y Jefe de la sección de 
política de la misma dirección el último. De los 
que auxiliamos en la formación de dicha ley, 
cuyo mayor peso recayó sobre mí, solo vive 
mi antiguo amigo D. Ángel Vela Hidalgo y 
Burriel, que según creo recordar ha sido Dele- 
gado de Hacienda de la provincia de Cádiz, y 



136 Genaro Cavestany 

hoy es alto empleado del Ministerio de Ha- 
cienda, entonces secretario particular del llo- 
rado regenerador de la Hacienda española se- 
ñor Villaverde. 

Si otra vez me encontrase en él caso en que 
me hallé en 1877, preparando, para ser some- 
tido a las Cortes, un proyecto de ley munici- 
pal, y después ampliando, desarrollando y 
dando forma a las bases votadas por ellas, 
haría cuanto de mi parte estuviese, para hacer 
desaparecer el actual régimen municipal espa- 
ñol, que con ligerísimas variantes es el mismo, 
ya anticuado y condenado por la ciencia ad- 
ministrativa, que implantó en nuestra nación el 
Marqués de Peñaflorida, Ministro de la Go- 
bernación de la Península en el primer Minis- 
terio de González Bravo, por la ley de Ayun- 
tamientos de 6 de Diciembre de 1843 y 
Reglamento para su ejecución de 6 de Enero 
siguiente, y procuraría se iniciase un nuevo sis- 
tema, más en consonancia con los adelantos 
de la legislación municipal en otros paises, 
principalmente en Alemania, para alejar de las 
municipalidades la política, y crear un cuerpo 
de alcaldes y de adjuntos, quienes ocupándose 
únicamente de la administración de los pue- 



Memorias de un Viejo 157 

blos que se pusiesen a su cargo, hiciesen pros- 
perar estos; y no sujetos por lazos indisolubles 
de la política, del caciquismo y del paisanaje, 
se vean obligados los que hoy administran los 
pueblos, tanto las grandes como las pequeñas 
ciudades, tanto las capitales de provincia como 
las últimas aldeas, a no ocuparse de otra cosa 
que de nombramiento de empleados, preparar 
elecciones, complacer caciques y sostener es- 
tériles luchas en sesiones municipales comba- 
tiendo con los ediles del bando opuesto. 

Ninguna legislación municipal, de las vigen- 
tes hoy, tanto en los países europeos como en 
los americanos, me encanta y seduce como la 
ley alemana. Y como al buen pagador no le 
duelen prendas, declaro que ni he estado en 
Alemania ni conozco su ley municipal. Solo 
conozco los efectos de ella, por lo que he leído 
en la obra de un buen patriota francés, y por 
tanto enemigo de Alemania^ Jules Huret, en 
su libro «En Alemania», traducido por mí al 
español y por otros a otras lenguas. 

Si me fuese posible dar una idea de lo que 
es la administración municipal alemana, por lo 
que de ella sé por la expresada obra de Jules 
Huret, mis lectores quedarían (los que no la 



138 Genaro Cavestany 

conozcan,) tan encantados y seducidos por ella 
como yo. Baste decir que un régimen munici- 
pal perfecto, tanto en Berlín como en la últi- 
ma aldea de la Polonia alemana, más pobres 
que la última aldea española, es realizado por 
un Cuerpo especial de Alcaldes y tenientes 
(burgomaestres y adjuntos) inamovibles y bien 
dotados, que no solo cumplen con sus deberes 
obligados, digámoslo así, por su deber, sino 
con la esperanza de prosperar en su carrera, 
pues el burgomaestre o el adjunto que se dis- 
tingue en el cumplimiento de las obligaciones 
de su cargo, es disputado por todas las pobla- 
ciones alemanas, por lo que no es raro el caso 
de un Alcalde o adjunto que de una pequeña 
población pasa a una gran ciudad como Franc- 
fort, Bremen o Maguncia. 

Y el cuerpo municipal deliberante existe 
en Alemania como en España, pero los ediles 
no administran, pues esa función está reserva- 
da a burgomaestres y adjuntos, sino que deli- 
beran sobre las proposiciones de éstos para el 
embellecimiento y prosperidad de las ciudades 
cuya administración se les ha confiado, y les 
piden cuenta de las facultades que en ellos de- 
legaron, premiándolos o castigándolos según 



Memorias de un Viejo 159 

sus comportamientos. Y este régimen ha dado 
tales resultados en Alemania que el ilustre escri- 
tor francés antes citado, no sólo lo aplaude, 
sino que hace votos porque sea implantado en 
su patria, considerándole mejor que el sistema 
municipal francés, después de haber comparado 
los dos en todas sus manifestaciones, atenién- 
dose a los resultados de los dos sistemasen mul- 
titud de poblaciones alemanas y francesas, 

El régimen municipal francés, aun con mu- 
chas de nuestras corruptelas, es también supe- 
perior al nuestro en mil sentidos, por cuanto 
alcaldes y ediles, aun sometidos a la política y 
debiendo sus cargos a ella, cuando han llegado 
a ocupar los escaños del salón de un Conseja 
municipal parecen olvidarla para consagrarse 
por completo al engrandecimiento de los pue- 
blos cuya administración se les ha confiado. Y 
nadie desdeña en Francia ocupar un puesto en 
el Consejo municipal de la villa en que nació, en 
la que habita o tiene bienes, o en una asamblea 
provincial en iguales casos. 

La mayor parte de los diputados y senadores 
son al mismo tiempo en Francia consejeros mu- 
nicipales y provinciales en las regiones que 
habitan o tienen bienes, y no es extraño leer allí 



140 Genaro Cavestany 

que los presidentes de las Cámaras, el del Con- 
sejo de ministros o los ministros salieron de Pa- 
rís a presidir un Consejo municipal o provincial, 
en departamentos lejanos, y frecuentemente 
leemos que tal o cual personaje político es 
también maire (alcalde) de cualquiera localidad, 
por poco importante que sea, la que adminis- 
tra en persona cuando las Cámaras están ce- 
rradas, y por un adjunto de toda su confianza 
cuando sus deberes de legislador le retienen en 
París. 

Esta alta posición de los alcaldes de las pe- 
queñas localidades es muy conveniente a las 
mismas, pues aquellos emplean toda su influen- 
cia en favorecer sus términos municipales. 

Los que han pasado veranos en el Sur de 
Francia saben bien que el Alcalde de Biarritz es 
siempre diputado o senador. Y a esto es debido 
que un pueblo feísimo y falto de mucho de 
cuanto es exigible en estaciones de verano y de 
invierno, sea el pueblo más rico de Francia 
por los millares de extranjeros que lo visitan en 
todas las estaciones, atraídos solamente por el 
nombre que han sabido darle sus administrado- 
res en todas las épocas, desde el día en que 
nuestra compatriota la Emperatriz Eugenia 



Memorias de un Viejo 141 

tuvo el capricho de levantar un Palacio, que hoy 
es Hotel, en una aldea de pescadores, solo por 
poder contemplar su vieja patria desde su nueva 
de adopción por su matrimonio con el sobrino 
de Napoleón Bonaparte. 

Este sistema será incomprensible en Espa- 
ña, y nadie podría pensar que Dato se resigna- 
se a presidir la Diputación de Vitoria, Roma- 
nones la de Guadalajara, que Maura fuese 
alcalde de Palma de Mallorca, León y Castillo 
de las Palmas de Gran Canaria, Rodríguez de la 
Borbolla de Sevilla, el Conde de los Andes al- 
calde de Grazalema y el Marqués de Mochales 
de Sanlúcar de Barrameda. Y sin embargo, si 
así fuera no se daría el caso que tanto haya te- 
nido que luchar Cádiz para obtener dinero para 
la reparación de sus murallas, ni que Sanlúcar 
sea poco conocida por España entera y por los 
extranjeros que nos visitan, siendo una de sus 
más bellas poblaciones y la que más se presta 
a ser su gran estación de invierno y verano. 

Refórmese nuestra ley municipal radicalmen- 
te. Llévense a ella los principios que informan 
las legislaciones similares alemana y francesa, 
en las partes que se adapten más a las condicio- 
nes de nuestro país, y aquel día no se dará caso 



142 Genaro Cavestany 

. ' 

de que el 28 de Julio aún no se haya hecho nada 
para atraer a Sanlúcar forasteros publicando 
programas atractivos en su oportunidad y con 
anticipación, siendo una población llamada a 
vivir de extranjeros y forasteros por sus incom- 
parables condiciones de belleza y de estación 
de verano y de invierno. 

Ñapóles atrae forasteros por la belleza de su 
puesta de Sol en el Mar Tirreno en verano. A 
ningún alcalde de Sanlúcar se le ha ocurrido 
atraer forasteros afirmando que la puesta del 
Sol aquí, sobre el Atlántico, es más bella que 
en Ñapóles. Y yo lo afirmo. Pero aquí el Sol 
se pone como en todas partes para sus ediles 
y para el común de las gentes. 

Si yo fuese Romanones... la ley municipal 
sería pronto modificada, y habría en España, 
como en Alemania, un Cuerpo de alcaldes y 
de adjuntos que se ocuparían únicamente en 
procurar el embellecimiento y prosperidad de 
los pueblos y en él podrían figurar dignamente 
cuantos revelasen aptitud para ello y dotes ad- 
ministrativas, separando por completo la polí- 
tica de la administración en los municipios. 

Si no podemos implantar en nuestro país el 
régimen alemán, implantemos al menos el fran- 



Memorias de un Viejo 145 

cés 5 y si no podemos separar la política de la 
administración municipal, llevemos a los muni- 
cipios a altas personalidades, y hagamos votos 
por que algún día Romanones y Dato, Besada 
y Villanueva, García Prieto y Sánchez Toca y 
demás personalidades que hoy nos gobiernan, 
figuren en las administraciones provinciales y 
municipales de todas nuestras regiones. 

(Publicado en el Diario de Cádiz del l.° de Agosto 
de 1 916.) 



Memorias de un Viejo 145 



XII 

Concursos literarios 

En 1918 publiqué dos libros; el primero, edi- 
tado en Almería, es el primer tomo de Memo- 
rias de un Viejo, y el segundo, impreso en 
Sevilla, es el segundo de Memorias de un Se- 
sentón Sevillano. 

Para que se pueda juzgar con exacto cono- 
cimiento de causa cuanto voy a afirmar en este 
artículo hay que decir que la magna obra que 
he emprendido, muy superior a mis fuerzas, de 
escribir la historia contemporánea nacional en 
forma anecdótica y amena, durará mientras 
tenga vida, cuyo fin no debe estar muy lejano 
si se tiene en cuenta mi edad y lo acabado que 
estoy, a causa de una larga existencia agitada y 
trabajadora, habiendo recorrido la mitad del 
mundo y sufrido las rigores de climas cálidos 
co'mo el de Cuba, o helados como el de los te- 
rritorios magallanicos; y que los libros publica- 
dos por mi hasta ahora, ninguna relación guar- 
dan entre sí, aunque lleven el mismo título y 
se diferencien por una numeración especial, lo 

10 



146 Genaro Cavestany 

que es debido a preparar sus venta, ya que por 
desgracia, ei negocio de libros, tan bueno en 
Francia y en otros países cultos, es el peor que 
puede emprenderse en España, y yo, para no 
arruinarme y poder llevar adelante mi gran 
empresa, tengo qne apelar a mil medios, que 
me denigrarán a los ojos de algún ignorante, co- 
mo el venderlo por mi mismo, comprometien- 
do a amigos y conocidos, sin que por ello me 
sienta denigrado a mis propios ojos, pensando 
en el noble impulso que me mueve, que no es 
otro que el de creer que con mis publicaciones 
llevo mi grano de arena para la construcción 
del gran ediñcio de la cultura nacional, 

Y no es sólo la escasa venta y la carestía del 
papel y tirada lo que hace ruinoso en España 
él negocio de libros, y en general todos los de 
la imprenta. Todo se confabula contra el escri- 
tor. Los certámenes son una mentira, y en los 
establecientos impresores son preferidos los es- 
critores amigos a los que no lo son. 

Mi negocio está solo en producir mucho, da- 
da mi edad y estado precario de mi salud, para 
no morirme sin acabar mi obra, y pronto, para 
poder pagar el último con la veiita de la mitad 
de la edición del anterior, aunque la otra mitad 



Memorias de un Viejo 147 

tenga que achivarla sin esperanza de venderla. 

En los actuales momentos tengo en prensa, 
en diferentes imprentas sevillanas cinco libros, 
sin que me sea posible acabar ninguno. En la 
de Girones, una de las más antiguas e impor- 
tantes de Sevilla, sin que sea ninguna no- 
tabilidad, llevaba impreso efi.o de Febrero del 
corriente año de 19 19, el pliego 13 de una no- 
vela titulada La Banda de Juan Jiménez. Des- 
de entonces y estamos a primeros de Marzo, 
sólo he podido retirar otro pliego, de suerte 
que si el trabajo sigue así, y la obra tiene vein- 
te pliegos, tardaré aún nueve meses en con- 
cluirla, y otros dos por lo menos, para portada 
y encuademación. 

La razón para suspender mi libro la impren- 
ta Girones, cuando ya iba tan adelantada la 
impresión, no fué otro que el haber enviado a 
ella, con el mismo fin, un tomito de poesías el 
anciano escritor D. Luís Montoto, quien hace 
muchos años no produce nada, y quien pro- 
bablemente tampoco volverá a producir más, 
dedicado al regente de dicha imprenta, y cuan- 
do ya terminado este librito iba a continuarse 
el mío, llegó el elenco de una compañía de 
ópera italiana, que ha de empezar a actuar a 



148 Genaro Cavestany 

fines de Abril... y al bombo con mis cuartillas 
cuando aún concluida mi obra había tiempo de 
que el público sevillano conociese con la antici- 
pación necesaria los nombres de los artistas 
que han de recrear sus oídos a fines de Abril. 

En la imprenta sevillana de Girones es des- 
conocido el principio jurídico Prior témpore 
potior jure fquien es primero en tiempo, lo es 
en derecho) pues en estricta* justicia ni el libro 
de Montoto, ni la lista de la compañía de ópera 
italiana debieron principiarse hasta concluirse 
mi obra, ya que yo estaba por delante.,, y valga 
lo vulgar de la frase. 

Sentado que mis libros dichos son obras que 
ninguna relación tienen entre sí, y de cuya 
verdad hago jueces a cuantos los hayan leído, 
a un eminente literato, exministro y académico, 
cuyo nombre no debo estampar, uno de mis 
más generosos y benévolos lectores de quien 
he recibido cartas laudatorias, tan inmerecidas 
como amables, felicitándome por todos mis 
libros, copiaré un juicio crítico de cada uno de 
ellos publicado en La Época y A B ¿7, el pri- 
mero sobre el primer tomo de Memorias de un 
Viejo, y el segundo de Memorias de un Sesen- 
tón Sevillano. 



Memorias de un Viejo 149 

Dice así La Época en su número de 24 de 
Julio de 1918. 

«Autores y libros..— Memorias de un Viejo \ 
por Genaro Cavestany.-Tomo I.- Almería, 1918. 

D. Genaro Cavestany, cuyos estudios sobre 
la historia y las tradiciones de Sevilla han de 
conquistarle en las letras españolas un honroso 
puesto, acaca de publicar el volumen primero 
de una colección de trabajos que llevan por 
título el que antecede a estas líneas. 

No hace un año todavía, dio a la estampa el 
señor Cavestany las Memorias de un sesentón 
sevillano, de las que hay anunciado el tomo se- 
gundo. Entre sus obras próximas a salir a luz, 
figura también el volumen primero de Memo- 
rias de un loco. 

Los amantes de la tradición y de la Historia 
deben agradecer al señor Cavestany la publi- 
cación de estas Memorias en las q.ue se con- 
signan muchos hechos curiosos y la silueta de 
no pocas personas, cuyos dichos ingeniosos y 
cuyos actos ya originales, ya beneméritos, son 
dignos de conservarse. 

Alguna vez hemos lamentado en estas co- 
lumnas la poca afición que ha habido en Es- 
paña a escribir memorias, y lo olvidada que 



150 Genaro Cavestany 

tenemos la historia anecdótica, la historia mun- 
dana, la historia que relata la vida normal de 
cada día, que no se compone, generalmente, 
de sucesos heroicos ni de actos en que se juega 
la vida o la tranquilidad de la Patria. 

Los franceses, maestros en el arte de hacer 
memorias, no desprecian ningún suceso por 
insignificante que parezca, y así la historia de 
¡a nación vecina, lo mismo en lo político que 
en lo militar, en lo literario y en lo social, há- 
llase formada de tan crecida cantidad de deta- 
lles pintorescos y amenos. 

En España se han escrito también no pocos 
libros de Memorias, muy interesantes por cierto. 

El libro que nos ocupa abunda en pormeno- 
res curiosos, que contribuirán a que la historia 
del siglo XIX no sea tan fría, tan seca, tan ári- 
da como lo es, verbigracia, la del siglo XVIII, 
de la que hay muy pocas Memorias escritas en 
España, y por españoles. 

Quizá parezca a primera vista el libro de* 
Sr. Cavestany un tanto pueril, por consignar 
detalles menudos, que algunos juzgaran acaso 
de poca importancia. Si se medita, sin embar- 
go, sobre la naturaleza de esta clase de publi- 
caciones, se verá que los libros de Memorias» 



Memorias de un Viejo 151 

por su carácter eminentemente personal, y por 
tratarse en ellos de la vida corriente, no está 
demás que den importancia a pormenores que 
pueden ayudar, tal vez, a que se conozca la 
psicología de un personaje político o de un es- 
critor ilustre. 

No se limita el Sr. Cavestany a amontonar 
hechos y anécdotas sin conexión entre sí, y sin 
que merezcan un comentario o una crítica del 
autor. En las Memorias de un Viejohay páginas 
muy amenas de crítica referentes al teatro en 
verso que el autor compara con el teatro mo- 
derno, para probar la inferioridad, a su juicio, 
en que se halla el segundo con respecto al 
primero. 

Arremete también el Sr. Cavestany, en otro 
artículo, contra Rubén Dario, a quien califica 
de enemigo de Cervantes; y como todos estos 
juicios van salpicados de muy interesantes anéc- 
dotas sobre el estreno de Consuelo, de Ayala, 
sobre los primeros éxitos teatrales de D. Juan 
Antonio Cavestany, el cual, como es sabido, es- 
trenó El esclavo de su culpa cuando solo tenía 
diez y seis años, y sobre otros acontecimientos 
teatrales de antaño, las críticas de D. Genaro 
Cavestany se leen con interés y con deleite. 



152 Genaro Cavestany 

Otros artículos de este tomo se refieren a 
recuerdos personales, a sucesos que todos co- 
nocen y en los que no hay más que poner los 
nombres de los protagonistas para que queden 
completos. 

Hay asimismo en este libro paginas de his- 
toria sobre el matrimonio de la española Con- 
desa de Teba con el Emperador de los france- 
ses, el reinado de Luis Felipe de Francia, el 
asesinato de Cánovas, algunos sucesos de la 
época revolucionaria y cien anécdotas más a 
cual más interesante. 

Pueden también considerarse las Memorias 
de un Viejo, del Sr. Cavestany como libro de 
consulta por las muchas fechas que hay en él. 

En una página de su libro copia el Sr. Ca- 
vestany una crónica de nuestro compañero 
Juan de Becón, publicada en La Época, refe- 
rente al segundo matrimonio del autor, cele- 
brado en París hace pocos años. 

Por las impresiones personales que contie- 
nen, por la crítica que se hace en ellas de per- 
sonas y sucesos y por las anécdotas que la 
amenizan, las Memorias de un viejo serán leí- 
das con provecho y con gusto. — L. A. C. » 

Y he aquí lo que escribe A B C en su nú- 



Memorias de un Viejo 153 

mero del 18 de Diciembre, del mismo año: 
« Memorias de un Sesentón Sevillano. — Con 
motivo de la publicación del primer tomo de 
Memorias de un Sesentón Sevillano, prodiga- 
mos a su autor, el notable anecdotista D. Ge- 
naro Cavestany, los elogios sinceros que mere- 
cía por sus admirables dotes de narrador ame- 
no y persuasivo. 

Hoy, con ocasión de ver la luz pública el 

segundo tomo y último de sus Meínorias de un 
Sesentón Sevillano, tenemos que reproducir los 
plácemes que dirigimos entonces al sagaz y 
culto escritor que burla burlando, como si no 
diera importancia a sus impresiones y a sus 
recuerdos, construye con estas Memorias, a un 
tiempo, cuento, novela, historia y crónica de 
más de medio siglo de la bella capital de An- 
dalucía, 

Y todo ello, escrito en un estilo elegante, 

fluido, sin modernismos empecatados, y sobre 
todo, con una gracia y un donaire que hacen 
de estas Memorias de un Sesentón un indispen- 
sable libro de recreo» . 

Tales son los prolegómenos de este artículo, 
los que pueden concretarse afirmando: 

i.° Que mis dos libros expresados fueron 
publicados en el curso de 1918. 



154 Genaro Cavestanv 

2.° Que mis libros no guardan ninguna re- 
lación entre sí, como por ejemplo, los Episo- 
dios Nacionales de Pérez Galdós. 

3. Que mis obras dichas merecieron una 
favorabilísima acogida de la opinión y de la 
prensa, las que tributaron a su autor elogios que 
seguramente no merecía, y los que le fueron 
tributados tal vez debido únicamente a la es- 
tructura de sus libros e interesantes asuntos 
tratados en ellos, que la época actual gusta con 
preferencia a temas venales o de simple re- 
creación. 

Y a fines del año anterior leí casualmente 
(quiero decir, sin buscarlo) en La Gaceta de 
Madrid un anuncio de la Real Academia Es- 
pañola abriendo un concurso para el otor- 
gamiento del premio Fastenrath, correspon- 
diente a dicho año, cuyas únicas condiciones 
eran las de remitir tres ejemplares del libro con 
el que se aspirase al premio que a propuesta 
de dicha Real Academia confiere todos los 
años S. M. el Rey, con la renta del legado que 
le dejó aquel ilustre amante de las letras espa- 
ñolas, cuyo libro podía versar sobre cualquier 
materia, ser su autor español y que la obra 
presentada estuviese publicada en ipi8, cuya 



Memorias de un Viejo 155 

cláusula era la más esencial, como se demues- 
tra por el hecho de otorgarse de plazo para la 
presentación de la obra, con la que se aspirase 
al premio, hasta el 8 de Enero de 191 9, sin 
duda para que si algún libro era publicado a fi- 
nes de 1918 hubiese tiempo de que llegase a 
la Real Academia dentro de los ocho primeros 
días del primer mes del año siguiente, cuya 
condición estaba expresada de la manera más 
categórica, diciéndose publicado y no escrito. 

Dado lo terminante del precepto de la Real 
Academia, es de deducir que dicha Real Cor- 
poración ha faltado a las condiciones del con- 
curso convocado por ella misma, si ha admitido, 
y lo que es más grave, premiado, una obra que 
no se ha publicado hasta bien entrado Febrero 
del año actual. A menos que la Real Acade- 
mia, olvidando que ella hace el Diccionario, en- 
tienda que publicar una obra, es que la conoz- 
can, manuscrita o escrita a máquina los cuatro 
académicos que forman la comisión encargada 
del estudio de las obras que se presenten aspi- 
rando al susodicho premio. 

No, señores académicos; publicar en el sen- 
tido de vuestra convocatoria, es imprimir y cir- 
cular una obra; no que se os dé en unas cuarti- 



156 Genaro Cavest any 

lias, por si podéis premiarla, despreciando con 
fútiles y falsos pretextos obras de mejores mé- 
ritos, y si lo que es de presumirse mis supues- 
tos son exactos, habéis faltado a vuestros de- 
beres, habéis puesto en ridículo a ¡a Real 
Academia, os habéis hecho indignos de perte- 
necer a ella, y {quién sabe si habréis caido bajo 
las prescripciones del Código penal, y más que 
todo, habréis contribuido a demostrar que el 
dicho que todo está podrido ahora en España, 
como en Dinamarca en los tiempos de Hamlet, 
alcanza a la Real Academia, probándose que 
también impera en ella el caciquismo, el com- 
padrazgo y las influencias personales, políticas 
y hasta periodísticas. 

Alentado por los favorables juicios que mis 

dos obras dichas habían obtenido en la opi- 
nión y en la prensa, las remití, mas forzado 
por algunos amigos y eminentes literatos que 
por voluntad propia, escarmentado por lo que 
me ha ocurrido en otros concursos, sobre todo, 
en el último de El Impar cial (ver mi novela 
próxima a publicarse, y que ya estará publi- 
cada cuando este volumen vea la luz pública, 
titulada La Banda de Juan Jiménez) rae de- 
cidí a enviarlas al concurso convocado por la 
Real Academia. 



Memorias de un Viejo 157 

Esta vez los señores académicos no hicieron 
esperar su fallo corno sucede generalmente en 
todos los concursos. Escasamente había trans- 
currido un mes cuando los diarios publicaron 
la noticia que había sido premiada una novela 
titulada Sobre en blanco de un señor Díaz Ca- 
nejo, autor desconocido en España, aunque sí 
recuerdo que hace ya bastantes años hubo un 
ilustre y patriota periodista en Puerto Rico del 
mismo apellido, que no puede ser el autor de 
la obra premiada porque aquel escribía bastan- 
te mejor que éste. 

Corrí a las librerías a pedir la obra premia- 
da, Ni en Madrid ni en Sevilla se vendía. Hasta 
inquerí en la Biblioteca Nacional la fecha de su 
presentación a los efectos de obtener la propie- 
dad literaria. Todas mis diligencias fueron va- 
nas. Ni la obra había sido presentada en la Bi- 
blioteca Nacional, ni se vendía en librería al- 
guna, ni de ella había hablado la prensa, no ya 
para tributarle elogios, sino para decir, un solo 
diario, que le había sido presentado un ejem- 
plar de ella. Hay que deducir, forzosamente, 
que la obra no estaba publicada al anunciarse 
que había sido premiada, de lo que se despren- 
de que la Real Academia ha infringido los tér- 



158 Genaro Cavestany 

minos de su propio concurso con grave daño 
de su autoridad, seriedad y honradez. 

En cuanto se pruebe que estaba publicada 
la obra premiada el i.° de Enero del corriente 
año de 1919, yo honradamente retiraré mis pa- 
labras, añrmaciones y acusaciones. 

¿Es posible que una obra destinada a ser 
presentada a la Real Academia, aspirando a 
un premio honrosísimo e importante pecunia- 
riamente considerado, no haya sido llevada al Re- 
gistro de la propiedad intelectual paraimpedirque 
alguien pudiera apropiársela, privando a su ver- 
dadero autor de tal honra y de tal provecho? 

¿Es posible que una obra tan importante 
haya sido, estando impresa, dejada de enviar a 
las redacciones de los diarios madrileños más 
importantes, sin que uno solo de estos haya 
dado siquiera cuenta de su publicación? 

¿Es posible que tal obra no haya sido puesta 
en librerías hasta después de ser premiada, 
cuando siendo tales sus méritos, la opinión al 
conocerla, manifestada públicamente, podía in- 
fluir en ánimo de los señores académicos encar- 
gados de juzgarla? 

A mis vivas y diarias instancias, las librerías, 
a las que tenía encargadas la obra premiada 



Memorias de un Viejo 159 

por la Real Academia, resppndieron al fin, 
enviándome Sobre en blancq¡ una deMadrid 
el 13 de Febrero y en casa ¿le Fe de Sevilla 
diciéndome en ésta que lo había el 14, recibi- 
do aquella misma mañana. 

Hay que deducir de tales antecedentes que 
Sobre en blanco no vio la luz pública hasta el 
n o 12 de Febrero, es decir, un mes y cuatro 
días después de expirado eí término fijado por 
la Real Academia para su presentación, lo que 
se puede probar aún más si se averigua la fe- 
cha exacta de su presentación en la Biblioteca 
Nacional. 

Respecto a su mérito... lo tiene tan escaso 
que a pesar de haber sido premiada apenas si 
es reclamada en librerías, y parte interesada yo 
no debo juzgarla. Dejo la palabra a un insigne 
literato el cual en carta del 12 del mismo mes 
me dice: 

c de modo que podrá usted juzgar como 

le parezca la novela premiada, la cual cierta- 
mente no es perfecta ni mucho menos, pero no 
tiene usted motivo para hacer comparaciones 
con sus Memorias porque los jueces del con- 
curso no las han hecho». 

¿Y por qué no fueron comparadas, según la 



160 Genaro Cavestany 



gráfica expresión de mi eminente corresponsal, 
mis dos libros con la obra premiada? 

El mismo insigne literato me lo explica al 
comienzo de su carta diciéndome: 

«Recibo su carta y me apresuro a contestarla 
para aquietar los nervios de usted. Los tomos 
que ha presentado a la Academia Española no 
han sido juzgados: quedaron desde luego ex- 
cluidos del certamen por no ser obras comple- 
tas, y lo primero que se exige es que lo seant. 

Los señores académicos que fueron jueces 
en el expresado certamen, y que premiaron una 
obra qne no es perfecta ni mucho menos, según 
dice uno de los mejores escritores actuales es- 
pañoles, aprovecharon un fútil pretexto para 
descartar mis obras. Si las hubiesen leido, hu- 
bieran visto que eran obras concluidas y que 
ninguna relación tenían con sus precedentes y 
siguientes, aunque también me inclino a creer 
que leídas y reconocidos sus mayores méritos 
sobre la obra que se proponían premiar, las 
descartaron con una argucia que califico de mal 
gusto, por no emplear la palabra falsedad. 

Si se me prueba que los dos libros presen- 
tados por mí al susodicho concurso no son 
obras completas, si se me prueba que mis obras 



Memorias de un Viejo 161 

no tienen el mérito que la premiada, si se me 
prueba que esta fué publicada antes del i.° de 
Enero del corriente año, ya por algún juicio 
crítico de un diario, o bien por la fecha de su 
ingreso en la Biblioteca Nacional, y, por último, 
si se me prueba que Sobre en blanco, aún publi- 
cado antes de la citada fecha y con mayores 
méritos que mis Memorias, los tiene bastantes 
para obtener el premio que se le ha otorgado, 
retiraré mis palabras y daré cuantas explica- 
ciones se me pidan. 

Mientras tanto, en nombre de la razón, lanzo 
contra la Real Academia Española el terrible 
J l acusse de Zola, y afirmo que dicha corpora- 
ción ha infringido sus deberes, y que habiéndo- 
se rebajado ante la opinión pública, debe ser 
disuelta. 

La Venganza de D. Mendo alcanza a todos. 

Hace falta en España una Academia Goncourt 
como la que actúa en Francia, particular é in- 
depediente que supla las deficencias de nues- 
tra Real Academia, y parodiando una antigua 
canción española concluiré diciendo: 

En la Academia Española 
se hacen pasteles muy buenos; 
pasteles y nada más; 
pasteles, ni más ni menos. 

11 



Memorias de un Viejo 165 



XIII 

D- Jaime 

La algarada que se ha promovido reciente- 
mente por la carta de don Jaime, desautorizan- 
do a los prohombres de su partido y reivindi- 
cando para sí la propiedad de El Correo Espa- 
Mol, me mueve a consagrarle un artículo en es- 
te segundo volumen de mis Memorias de un 
Viejos en el que tiene puesto muy adecuado, 
pues don Jaime empieza ya a ser viejo, no sólo 
en edad sino en historia. 

Y ante todo diré que me declaro jaimisla de 
corazón , personalmente hablando, auque no po- 
líticamente, en lo que me asemejo a él mismo, 
pues tengo para mí que D. Jaime políticamen- 
te se odia a sí propio, y hasta creo que malde- 
cirá los primeros pañales en que fué envuelto, y 
en su fuero interno sentirá no haberlo sido en 
«otros mas modestos pues entonces, seguramen- 
te, hubiera brillado mas en el mundo, y cierta- 
mente, se hubiera divertido mas, cosa a la que 
liasta ahora ha consagrado su vida, salvo los 



164 Genaro Cavestany 

períodos en que para acreditarse de guerrero, 
asistió y combatió valerosamente en la guerra 
ruso-japonesa, y en el de los cuatro largos años 
que acaba de pasarse en su castillo de Austria, 
durante toda la guerra europea que dichosa- 
mente acaba de terminar, obligado a ello no 
sólo por la misma Austria, que no le permitió 
que abandonase su territorio, temerosa de que 
ocurriese lo que después ha ocurrido, declarán- 
dose aliadófilo a posterior i\ cuando al comenzar 
la guerra, y durante todo su largo desenvolvi- 
miento, se manifestó germanófilo, pudiendo 
ocurrir que si hubiese vuelto entonces a París y 
cambiado de casaca hubiese arrastrado a las fi- 
las aliadófilas, y especialmente a la célebre «le- 
gión extranjera,» en la que tantos millares de 
extranjeros han perecido defendiendo una pa- 
tria que no era la suya, a gran parte de las hon- 
radas masas carlistas \ según la gráfica expre- 
sión del gran don Alejandro Pidal, pero tam- 
bién pudiendo haber ocurrido que continuase 
en Austria durante la guerra por voluntad pro- 
pia, puesto que odiando la guerra, como hemos 
de probar pronto, prefiriese pasar por prisione- 
ro del Austria, sin serlo, a recobrar una preten- 
dida libertad que le obligaría a declararse por 



Memorias de un Viejo 165 

uno u otro bando, siendo causa inconsciente de 
que por él corriese sangre. 

Quien quiera conocer a Don Jaime de cuer- 
po entero, lea un artículo que publicó el cronis- 
ta de La Época en Paris, Juan de Becón (Don 
Cristóbal Botella) pocos meses antes de la gue- 
rra, y en el que yo afirmo se retrata al ultimo 
representante del absolutismo español con en- 
tera verdad, y con tales detalles, que quien no 
tenga de él ni la mas leve idea, le tendrá, des- 
pués de leído, por un conocido y hasta por un 
amigo de toda la vida. Y para darlo a conocer 
yo, tal Cual le conozco, a los lectores de mis 
Memorias, no tendría mas que copiar dicho ar- 
tículo en este lugar, pero como quiera que el 
cronista de La Época, Juan de Becón, con pru- 
dencia exagerada, siguiendo su táctica d^ siem- 
pre, por conservarse bien con todos, omite so- 
bre Don Jaime detalles interesantísimos, que le 
retratan aún mas, voy a consignarlos yo ahora, 
de lo que va a resultar un Don Jaime liberal y 
demócrata que no conocen ni imaginan sus fie- 
les partidarios, y tal cual conozco yo al Don Jai- 
me bulevardier de Paris, socio de diversos cír- 
culos, y constante asistente al comedor y sala 
de recreos del de Capitanes^ en el bulevar del 



166 Genaro Cavestany 

mismo nombre, huésped en diversas fechas del 
Hotel Carlston de la Avenida de los Campos 
Elíseos, dueño de un bonito apartamento (peda 
/¿ttt), cuando se cansa de la vida de hotel, en 
la gran casa número 43 de la Avenida Hoche* 
ricamente amueblada, y en la que no es difícil 
encontrar a alguna gran artista, elegantísima, 
joven y bella, en las horas en que no son reci- 
bidos sus honrados y ciegos partidarios, que en 
peregrinaciones fanáticas van a recibir sus órde- 
nes a la capital de Francia; al Don Jaime fre- 
cuentador en primavera del celebérrimo Casino 
de Montecarlo, y el Don Jaime, en fin, que, ol- 
vidándose que es hijo nieto y biznieto de quie- 
nes sostuvieron tres guerras por elevarles a la 
Corona de España, y sabiendo que aun hay en 
España millares y millares de hombres dispues- 
tos a morir por conquistarle al trono de San Fer- 
nando, pensando sólo que es español por su 
ascendencia masculina, adorna el balcón de la 
habitación que ocupa en un hotel, el día que 
hace su entrada oficial en Paris, como Rey de 
España, Don Alfonso de Borbón y Haspburgo- 
Lorena, su pariente en octavo grado, y has- 
ta creo que le victorea y aplaude al pasar frente 
a lá ventana en que está colocado, no rodeado 



Memorias de un Viejo 167 

de sus partidarios ni de los prohombres de su 
partido, sino de amigos personales suyos, de 
todas edades y nacionalidades, y tal vez de 
amigas elegantes y galantes, muy conocidas en 
alegres y elevados medios parisienses. 

Apresurémonos a decirlo: Don Jaime no es 
jaimista. Tal vez sea el único que no sea jaimis- 
ta en su partido. Don Jaime no quiere ser rey 
y no lo será nunca, porque como para serlo ne- 
cesitaría sostener otra terrible guerra civil, y él 
no ama la guerra, y antes por el contrario, la 
detesta y condena, estoy cierto que no la auto- 
rizará jamás, y aun promovida contra su volun- 
tad, la desautorizaría y procuraría matarla en 
cuanto sonase el primer tiro, renunciando a sus 
pretendidos derechos a la Corona de España, 
'o que si no ha hecho hasta ahora reconociendo 
a la dinastía actual ha sido debido únicamente 
a no matar las ilusiones de sus fieles partida- 
rios, que con tanta lealtad sirvieron a su pa- 
dre, abuelo y bisabuelo, de lo que hay que 
deducir, como antes afirmo, que D. Jaime,aun- 
que pudiese ser Rey de España no lo sería 
porque no quiere serlo, porque sus ideas pug- 
nan con las de sus partidarios, y, porque ade- 
más, más que la vida de la realeza ama la vida 



168 Genaro Cavestany 

del bohemio aristócrata y rico que lleva en 
París desde que tomó el título de Duque de 
Madrid, y con él el de pretendiente a la Coro- 
na de España. 

Sólo se acuerda de que es rey en nombre en 
ciertos momentos de apuros... En efecto, en el 
círculo «Capucines» de París, y creo que en 
otros, y hasta en el Gran Casino del diminuto 
e internacionalizado y no independiente Estado 
de Monaco, circulan algunos billetes, o bonos, 
y otros signos de crédito firmados por don Jai- 
me y pagaderos el día que tome a Estella, Bil- 
bao, San Sebastián o Vitoria, con lo cual, di- 
cho se está que ni vencerán ni podrán ser pues- 
tos al cobro jamás, pues dichas poblaciones no 
han de caer jamás en poder de los ejércitos jai- 
mistas, por la sencilla razón que éstos no han 
de existir nunca, por oponerse a ello los tiem- 
pos, las circuntancias y hasta el mismo don 
Jaime. 

Como todos los Borbones, don Jaime es muy 
simpático; tiene gran memoria y goza de esa 
cualidad inapreciada, de la que no todos tienen 
indispensable para vivir en el mundo, que se 
llama don de gente. En efecto, el día que le 
conocí, me dio pruebas palpables e inéquivocas 



Memorias de un Viejo 169 

de poseer en alto grado tan grandes cualidades. 

Fui encargado de llevarle, en la primavera 
de 191 3, un palco del teatro Fernina, de la 
venida de los Campos Elíseos de París, para 
asistir a una conferencia que daba una tarde 
un académico español. 

Tan pronto como le dieron aviso de mi pre- 
sencia aquella mañana en el Hotel Carlston, y 
el objeto de mi visita, me hizo pasar inmedia- 
tamente, recibiéndome a medio vestir, y con la 
misma confianza que si se tratase de un anti- 
guo conocido. 

Me presentó, en forma amabilísima y correc- 
ta, mil disculpas por la franqueza con que me 
recibía, y después de evacuada mi comisión 
me retuvo aun en su presencia un corto rato 
para enterarse de quien era yo, y después de 
enterado hacerme varias preguntas y referirme 
algo sobre asuntos que pudieran interesarme. 

Y llegada la hora de la conferencia me en- 
contraba en el vestíbulo del teatro Fe mina al 
presentarse en él D. Jaime. Al verme se dirigió 
a mí y me saludó de nuevo afectuosamente, 
como si fuésemos amigos de toda la vida. Le 
acompañé a su palco, donde ya le esperaban 
el Marqués de Cerralbo y otros ilustres subtitos 



170 Genaro Cavestany 

suyos, cuyos nombres no recuerdo, a los que 
me presentó como pudiera haberlo hecho un 
antiguo y querido amigo mío a otros suyos. 

Durante la conferencia mostró el más vivo 
interés, y sus aplausos fueron los primeros en 
resonar en todos los momentos. Se conocía 
que gozaba en aquel ambiente español, oyen- 
do hablar elocuentemente en el idioma de Cer- 
vantes y escuchando versos en la lengua de 
Calderón y de Garcilaso. 

En el intermedio de la conferencia pasó al 
escenario a felicitar al conferenciante, hacién- 
dolo con tal vehemencia y cariño que no deja- 
ba lugar a duda acerca de la satisfacción que 
sentía asistiendo a un acto genuinamente es- 
pañol. Y también me llamó la atención su en- 
trada en el escenario de aquel teatro, sin pre- 
guntar a nadie su camino ni sitio al que debiera 
dirigirse, y su permanencia luego en él, hablando 
con las artistas que ya allí se encontraban es- 
perando se terminase la conferencia española, 
para principiar la representación francesa. 

Indudablemente D. Jaime es uno de los pa- 
risienses que más frecuentan los escenarios y 
más conocimientos tienen con las estrellas que 
en ellos brillan. 



Memorias de un Viejo 171 

Y a la terminación de !a conferencia, al re- 
tirarse D. Jaime, una española, mujer de un 
chauffeur español, al servicio de una rica fa- 
milia americana, me pidió le presentase a él. 
Era, dicha mujer, de Tolosa, hija, nieta y so- 
brina de honrados vascongados que habían 
combatido en las dos guerras carlistas. Accedí 
a ello pensando no solamente que no cometía 
ninguna discrección, sino que el mismo don 
Jaime me agradecería aquella ocasión que se 
le presentaba de recibir los homenajes sinceros 
de una mujer cuya familia siempre había sida 
partidaria de su causa y de las causas de sus 
causa-habientes. 

En efecto, apenas enterado D. Jaime de 
quien era aquella mujer, le dio la mano, y le 
colmó de halagos, con frases cariñosísimas, que 
ella recibía con lágrimas de agradecimiento en 
los ojos. Y le preguntó quién era, y ya sabién- 
dolo, su gran memoria halló recuerdos para 
conquistar por completo su corazón, citándole 
los nombres de sus parientes que habían com- 
batido en las huestes de sus padre y abuelo, 
teniendo frases de agradecimiento para sus me 
morías. 

E hizo más; dio una cita a aquella mujer 



172 Genaro Cavestany 

para el día siguiente para regalarle su retrato. 

De más está decir que si por desgracia, y lo 
que no es posible, otra guerra civil se declarase 
en España, aquella mujer, más partidaria que 
nunca de D. Jaime desde aquel momento, ha- 
ría que no dejasen de ir a la facción ni uno 
solo de sus parientes, ya de avanzada edad o 
en la adolescencia, si tenían fuerzas para soste- 
ner un fusil con sus manos. 

Hablando de D. Jaime me contaba uno de 
sus amigos, que más le tratan en París, que 
desde que asistió a la campaña ruso-japonesa, 
permaneciendo en la Manchuria durante toda 
ella, donde sufrió las más duras privaciones al 
par que los más serios peligros, sus ideas 
han experimentado una radical transformación, 
y que ha abandonado por completo su ambi- 
ción de subir al trono, pues los horrores que 
vio en aquella campaña le han hecho abominar 
la guerra, estando decidido a que por él no se 
derrame una sola gota de sangre, y quien sabe 
si a esto sea debido que no haya contraído ma- 
trimonio a fin de no tener descencia masculina 
que pueda algún día, trasmitidos a ella sus pre- 
tendidos derechos a la Corona, encender otra 
guerra civil, que desangre, arruine y atrase a 



Memorias de un Viejo 175 

España cien años, como las dos anteriores. Si 
así fuese el sacrificio de D. Jaime es altamente 
plausible, y por ello merece bien de España 
entera. Y debe ser cierto esto puesto que antes 
de dicha guerra ruso-japonesa se suponía pró- 
ximo el enlace de D. Jaime, citándose como 
novias suyas, diversas Princesas extranjeras, 
cuyos rumores han cesado en absoluto desde 
dicha fecha. 

Y ya es tarde para que se case D. Jaime, 
puesto que tiene unos cincuenta años. Si no se 
casa, como es de presumirse, sus pretendidos 
derechos a la Corona de España recaen en el 
actual Soberano Español, con lo que el partido 
carlista habrá muerto para siempre, a menos 
que los carlistas elijan un pretendiente entre la 
descendencia de los demás hermanos de Fer- 
nando y.° o que piensen en el Duque de 
Orleans o la descendencia del relojero de Lu- 
cerna, pretendido hijo de Luis XVI, si se pen- 
sase en el preferente derecho de la descenden- 
cia directa de Luis XIV. 

Tal es el don Jaime que conozco. De mi co- 
nocimiento de él, deduzco que no quiere reinar 
pues como sólo reinaría después de una guerra, 
y ésta no ha de declararla él nunca, resulta que 



174 Genaro Cavestany 

jamás reinará, aparte de estar cierto que ama 
más la vida bohemia, aristócrata y libre que 
disfruta desde la muerte de su padre, que la 
esclavitud de la vida del trono; que no se ha 
casado por no tener sucesión masculina, dejan- 
do con ella los gérmenes de nuevas guerras, 
y, por último, que la algarada actual en el ban- 
do carlista o jaimista, es obra suya, pensada y 
meditada, para impedir que en las actuales cir- 
cunstancias, en que tan vecinos están aconte- 
ciendo extraordinarios, sus partidarios hallaran 
en ellos ocasión para aconsejarle o promover 
una nueva guerra civil, que sería el fin de la 
nación española. 

El D. Jaime parisién es celebrado, querido y 
respetado de todos, y el español mas benemé- 
rito que he conocido. El D. Jaime que quieren 
sus partidarios sería el mayor enemigo de Es- 
paña que jamás hubiera habido y no sería ama- 
do, respetado ni celebrado, por propios y ex- 
traños como el D. Jaime actual. 



Memorias de un Viejo 175 



XIV 

El Acaparador 

No voy a referirme al agricultor, en grande 
o pequeña escala, que guarda el grano que ha 
cosechado y que no quiere vender a un precio 
que no cree remunerador, dado el coste de los 
jornales, cinco veces superior al que tenían an- 
tes de la guerra, el aumento de las contribu- 
ciones y de todo cuanto le es necesario para su 
labor, y cuyo grano deja en sus graneros, es- 
perando se le pague el justo valor que él cree 
que tiene lo que ha producido para compen- 
sarle de los gastos que ha hecho, quedándole 
alguna utilidad. 

Este acaparador, si tal nombre se le da, tiene 
defensa, a mi modo de pensar. El se expuso 
con un mal año, a perder no sólo el tanto por 
ciento del capital invertido en las propiedades 
que posea, y que han dado el grano que guar- 
da, sino también el importe del grano que sem- 
bró, jornales y cuanto es necesario para labrar 
sus fincas. 

Hace igual el que comercia con el crédito de 



176 Genaro Cavestanv 

la Nación y atesora valores, que vende o com- 
pra cuando le conviene, importándole poco la 
ruina de los que esperen en sentido contrario al 
suyo, y que menores capitalistas que él, y sin 
poder esperar como él, tienen que vender o 
comprar para satisfacer sus compromisos que- 
dando arruinados, o como el comerciante en 
objetos que no han sido declarados artículos de 
primera necesidad, y por tanto sujetos a la ta- 
sa, aunque con tal acaparamiento causen enor- 
mes perjuicios a otras ramas del comercio que 
necesitan el objeto que él acapara y que no 
pueden pagarlos al precio que él exige. 

A los agricultores que guardan el grano que 
ellos mismos han producido, no puede dárseles 
el nombre de acaparadores. A lo más serán 
unos hombres interesados y poco filantrópicos, 
y hasta si se quiere, poco caritativos, a los que 
no conmueven las necesidades públicas. Si por 
el contrario, hubiesen perdido sus cosechas, 
nadie se compadecería de ellos, ni el Gobierno 
hace nada para abaratar los jornales. Lo que 
se hace persiguiendo a los agricultores que a 
fuerza de trabajos han conseguido buenas cose- 
chas, es encarecer más el grano, pues esos 
agricultores, molestos por tales persecuciones, 



Memorias de un Viejo 177 

dejarán de sembrar al año siguiente o sembra- 
rán lo que no esté sometido a la tasa y puedan 
vender a precios que ellos crean remunerado- 
res, y para saber qué precio es el remuneradory 
no hay otros jueces que ellos mismos, pues 
ellos únicamente saben lo que les cuestan sus 
fincas, jornales, sementeras, máquinas, etc., etc. 

Para impulsar a tales agricultores a que ven- 
dan los granos que tengan almacenados y que 
éstos no salgan de España, no hay más que un 
medio justo: el prohibir su exportación en ab- 
soluto. Otra cosa es la tiranía, despojando de lo 
suyo a quien legítimamente lo posee y lo que 
ha producido con su trabajo y su capital, ex- 
poniéndose a perder ambos, caso de malas co- 
sechas. 

Contra quien voy a clamar, es contra el ver- 
dadero acaparador. Contra el negociante, que 
apenas sin capital, pero hábil en extremo, tra- 
fica sobre cereales en mil formas, vendiendo 
muy escasa cantidad al precio de tasa pública- 
mente, para ocultar las importantes remesas 

que hace al extranjero a precios extraordina- 
rios, que le enriquecen en brevísimo tiempo, 
sin que al productor, es decir, al pequeño o 
grande agricultor, que ha producido exponien- 

12 



178 Genaro Cavestany 

do su capital y su trabajo, llegue beneficio al- 
guno, pues se le obliga a vender a un precio 
que no es remunerador, dado el capital y el 
trabajo empleado para producir, o lo que está 
obligado a vender, llevado por la dura ley de 
la necesidad. 

Y a este acaparador es a quien favorece más 
la tasa, pues compra al precio fijado por ella 
para exportar al extranjero" a un precio cuá- 
druple, ya que le es fácil por amistades, influen- 
cias o valiéndose de cualquier otro medio, ob- 
tener vagones y vagones de cereales, que son 
reclamados por tal o cual pueblo como de 
urgente necesidad, los que le son entregados al 
precio de tasa, y sin ser descargados, son di- 
rigidos a un puerto para ser exportado el ce- 
real así adquirido al precio de tasa a otro del 
Norte, con destino a tal o cual pueblo, que 
también ha reclamado el género, del que se 
dice carecer allí completamente, y sin ser des- 
embarcado, pero suponiéndose lo ha sido, el 
buque que los ha embarcado los deja en un 
puerto extranjero, en expedición clandestina, al 
emprender el regresó al punto de origen donde 
los embarcara. 

Y lo mismo se hace, ya por la frontera por- 



Memorias de un Viejo 179 

tuguesa que por la frontera francesa, en cargas 
a lomo o en carros, suponiéndose van a pue- 
blos españoles cercanos a dichas fronteras. 

Y la exportación de harinas y trigos en ba- 
rricas y cajas, como si fuesen uvas o naranjasi 
es ya legendaria. Se dice, aunque yo no lo 
afirmo, que numerosos buques han salido de 
puertos del Mediterráneo completamente aba- 
rrotados de naranjas y uvas cuando no llevaban 
ni una sola naranja, ni una sola uva, aunque 
por los envases hubiese de suponerse que no 
quedaba ni una sola uva ni una sola naranja en 
el puerto de partida. 

Voy a retratar a un acaparador de cuerpo 
entero, el primero de España, y como el cual 
tal vez haya muchos, aunque no tan listos como 
él, como lo prueba el hecho de tener antes de 
la guerra que vivir de un sueldo de 1.500 pese- 
tas anuales que le producía el modesto empleo 
que ejerce en un pueblo de Extremadura y el 
producto de pequeños negocios de trigo que 
hacía con un mediocre capital de 5.000 duros 
que poseía una anciana, supuesta parienta suya, 
y hoy tiene ¡20 MILLONES de pesetas!, pero 
por no incurrir en las iras de tal acaparador, 
omitiremos su nombre, así como el del pueblo 



180 Genaro Cavestany 

en que opera y al que ha arruinado en prove- 
cho propio. 

Y daremos forma de cuento a nuestra narra- 
ción para que no puedan darse por aludidos ni 
el retratado ni otros muchos acaparadores de 
su misma baja alcurnia. 

Hubo, hace ya muchos años, un marino muy 
distinguido e ilustrado, que en los albores de 
su carrera estuvo en el glorioso ataque naval 
del Callao, y que en las postrimerías de su vida 
ocupó altos cargos públicos, siendo también 
Diputado o Senador. 

Este marino casó con una señora muy dis- 
tinguida, inteligente y... Tenía un asistente, al 
que quería mucho, y al que, terminado su ser- 
vicio militar, colocó en una de sus fincas de 
Extremadura de mayordomo o cargo aná- 
logo. 

Transcurrieron los años; el marino murió y 
su viuda contrajo, pasado el año de viudedad 
matrimonio con un insigne general, que no solo 
ocupó las más altas dignidades en la milicia, 
sino en la política y hasta en la diplomacia. 
Este general había tenido durante muchos años 
una avtiga, a la cual había que alejar de Ma- 
drid para que el general pudiera publicar su 



Memorias de un Viejo 181 

proyectada y próxima unión con la viuda del 
ilustre marino. 

La futura generala, que era mujer muy lista, 
resolvió pronto el problema. Llamó al asisten- 
te de su primer marido, al que tenía por hom- 
bre hábil, y le encomendó la misión de sacar de 
la Corte a la que en aquellos momentos era un 
obstáculo para su casamiento. 

Y lo que parecía tan difícil se arregló fácil- 
mente. La antigua amiga del insigne general, 
sintiéndose ya vieja y sin fuerzas para sostener 
un combate con una mujer a quien Madrid en- 
tero proclamaba sagaz y osada, y que se había 
apoderado del corazón, de la voluntad y hasta 
de la persona del insigne general, consintió en 
alejarse de la capital de España mediante una 
suma, que seguramente no pasaría de 5.000 
duros, y una corta pensión, y el antiguo asis- 
tente del ilustre marino y primer esposo de la 
dama que se disponía a contraer segundo ma- 
trimonio con el susodicho general, político y 
diplomático, consintió en recibirla por tía y 
llevársela a un pueblo muy alejado en Extre- 
madura, mediante un destino que en él le die- 
ron con mil quinientas pesetas anuales en una 
empresa particular. 



182 Genaro Cavestany 

Falsos tía y sobrino se avinieron muy bien. 
Indudablemente habían nacido el uno para el 
otro, en el buen sentido de la palabra y el des- 
tino los había acercado. 

Y el falso sobrino trató muy bien a su falsa 
tía y ésta le entregó los 5.000 duros que po- 
seía, precio de su alejamiento de Madrid, pací- 
ficamente y sin haber promovido el escándala 
que había anunciado antes de haberse hallado 
tan honrosa transación, y ambos vivían en el 
indicado pueblo extremeño muy tranquilamen- 
te, sin que nadie hubiese sospechado que entre 
ellos no existía vínculo alguno de parentesco, 
mucho más, cuando siendo casado el antiguo 
asistente del marino difunto, su familia trataba 
a la amiga jubilada del insigne general con las 
mayores atenciones y como si entre una y 
otra existiesen lazos de sangre. 

El antiguo asistente se captó la confianza de 
la vieja amiga del general, y esta le dio ade- 
más otros bienes que poseía, para que comer- 
ciase en trigos, cuyo negocio le había pintado 
aquel como muy pingüe en aquella región. El 
negocio fué bien adelantando a los labradores 
sobre sus cosechas próximas dinero al 20 por 
100, y puede calcularse que el día antes de la 



Memorias de un Viejo 185 

guerra e! primero había duplicado la fortuna 
de la segunda en cortos años. 

Y llegó el día fatal de la guerra. El antiguo 
asistente no solo con lo que pertenecía a la 
antigua amiga del general, sino con dinero que 
tomó al crédito, con un talento singular, digno 
del más acreditado financiero, se dedicó al aca- 
paramiento de granos y a su embarque clan- 
destino, no solo por la raya de Portugal sino 
por el puerto de Sevilla, y hasta por los del 
Norte, logrando en pocos meses una colosal 
fortuna. 

Y el que nada tenía en 1914 pudo suscribir 
un millón de pesetas en el empréstito de 1917, 
como podría comprobarse en las oficinas de la 
sucursal del Banco de España en Badajoz, en 
las del Crédito Lionés de Sevilla y en otros es- 
tablecimientos bancarios en Extremadura, An- 
dalucía y Bilbao. 

Alentado por tal éxito, ya su ambición no 
tuvo límites, y desde aquella fecha operó en 
escala muy superior, pudiendo afirmarse que ha 
sido el primer acaparador de España en los úl- 
timos tres años. Y su cinismo ha llegado a ope- 
rar públicamente y a publicar sus operaciones 
y embarques, seguro de que nada ni nadie po- 



184 Genaro Cavestany 

dría perjudicarle, haciendo gala de sus influen- 
cias, pretendidas o reales, cuando alguno quería 
detenerle en sus manipulaciones fraudulentas, o 
se le censuraba, 

Y para el embarque de sus trigos, lamas y 
otros cereales, tenía siempre vagones dispues- 
tos en la estación próxima al pueblo en que 
habita, enviados no se sabe por quién, cuando 
vagones han estado faltando desde la decla- 
ración de la guerra para el trasporte de carbón 
y materias primas en toda España, en los pue- 
blos que más urgentemente ¡os necesitaban. 

Si bastantes vagones no tenía para el tras- 
porte de los granos acaparados por él, se pre- 
sentaba en la estación referida, y con una auto- 
ridad de que carecía, y que no se sabe por qué 
era aceptada por los empleados de ella, influen- 
ciados o atemorizados tal vez por su descaro y 
no saber quienes le apoyaban, se incautaba de 
los vagones destinados á otras personas o de 
los que pasaban de vacío con destino a otras 
estaciones. 

Y por la raya de Portugal y con destino a 
los puertos del Norte, donde no eran desem- 
barcados, siguiendo a Francia, ha sacado, este 
acaparador, durante cinco años todo el trigo, 



Memorias de un Viejo 185 

toda la lana y todos los granos que le han con- 
venido, que ha producido Extremadura, siendo 
hoy el propietario más rico que hay en la re- 
gión extremeña y el que más disponibilidades 
tiene en los Bancos. 

Se le calcula hoy una fortuna de VEINTE 
MILLONES. El hombre que por un destino de 
mil quinientas pesetas anuales tuvo que hacer 
el triste papel que hizo éste hará unos veinte 
años, papel que no hubiera aceptado ningún 
hombre digno, es hoy uno de los hombres más 
ricos de España. 

Tal es el acaparador a quien nos referimos, 
y al cual no nos cansaremos de condenar. Este 
acaparador es quien empobrece a España para 
enriquecerse él, y quien hace sufrir hambre al 
pueblo, no el agricultor que guarda su cosecha, 
sin exportarla, hasta que se le pague por ella 
el precio remunerador que estime merece el 
interés de su capital, su trabajo y peligros a 
que se ha expuesto en caso de mal año por la 
pérdida de ella. 



Memorias de un Viejo 187 



XV 

Tomás García 

No ha habido en el mundo jugador más nom- 
brado, ni a quien acompañase la suerte durante 
más tiempo. 

Era aragonés; creo que de Zaragoza. 

Le conocí, en las postrimerías de su vida, 
siendo yo un niño, en el año 1879, en la sala 
de juego del Casino Sertoriano de Huesca. 

Ni remota idea daba entonces de lo que ha- 
bía sido, pues en aquel tiempo parecía un hom- 
bre vulgar, era casi un anciano, de gran bigo- 
te, y ancha y larga perilla, a la americana, en- 
trecanos, iba mal vestido y no tenía distinción 
alguna en su per^na. Me parecía imposible 
que aquel vulgar hombre hubiese sido el Rey 
del juego sobre el que habían estado fijas las 
miradas del mundo entero. Indudablemente en 
la época de su grandeza debió haber sido muy 
distinto, y los años, las penalidades y las lar- 
gas horas de insomnio, durante tanto tiem- 
po, en torno de las mesas de juego, deberían 



188 Genaro Cavestany 



haberle transformado hasta el puuto de no dar 
en su ancianidad ni idea de lo que había sido 
en su juventud. , 

Cuando yo le conocí no tenía, en realidad, 
una peseta, y vivía de la caridad del juego, 
pues no había jugador que ganase que no le 
diese algo en recuerdo de su historia. 

Vivía en Huesca en una modesta casa de 
huéspedes, que sus amigos tenían que pagarle 
para que no le echasen, y se había refugiado 
en la capital del Alto Aragón, donde tenía 
muchos conocidos, a algunos de los cuales ha- 
bía favorecido en su época de opulencia, pen- 
sando que ellos le ayudarían por algún tiempo, 
después de haber apurado y hasta exprimido, 
a los amigos que tenía en Madrid, en Zarago- 
za, en Pamplona y en otras ciudades, y cuan- 
do estos, cansados de él, no le ayudaban ya. 

Su vida era siempre la misma en Huesca. 
Era el primer jugador que se presentaba en la 
sala de juego y tomaba puesto en ella, espe- 
rando largo rato a que principiase la banca. 
Como de costumbre llevaba todos los días 
muy corta cantidad o no llevaba nada, lo que 
era lo más frecuente, y en cuanto perdía lo 
que llevaba, o antes, si por no llevar nada no 



Memorias de un Viejo 189 

podía hacer postura alguna, dirigía miradas 
suplicantes, que eran perfectamente interpre- 
tadas, a sus amigos ya cuantos ganaban. Y casi 
siempre llovían ante él duros y pesetas, que no 
tardaban en desaparecer, pues jugador empe- 
dernido, aventuraba cuanto tenía de una vez. 

Y cuando sus amigos no le favorecían aban- 
donaba su puesto y se paseaba en torno de la 
mesa pidiendo prestado a cuantos conocía, ase- 
gurándoles que veía juego, y que no tardaría 
en deshancar. Y el deshancado era él, indefec- 
tiblemente, al poco tiempo de haber empezado 
a jugar de nuevo con los auxilios que recibía. 

Una noche en la que Tomás García estaba 
desesperado, no encontrando quien le prestase 
un duro para intentar el juego que veía¡ y el 
que yo creo que como buen jugador veía de 
buena fe, me acerqué a él y le metí, sin que él 
lo sintiese, dos duros falsos que me habían 
dado, en uno de los bolsillos de su americana. 

García, furioso, viendo venir las cartas que 
hubiese jugado si hubiese tenido dinero, se ti- 
raba de los pelos y daba largos pasos en torno 
de la mesa acariciando su gran perilla. Invo- 
luntariamente se metió las manos en los bol- 
sillos de su vestón hallando en uno de ellos los 



190 Genaro Cavestany 

dos duros falsos que yo había puesto en él. 

Tal vez pensando que algún amigo piadoso 
se había compadecido de él y le había dado 
aquel dinero en aquella forma, sin mirar las 
monedas, exclamó precipitadamente con voz 
fuerte. 

— ¡Juego! 

El banquero dobló la baraja y esperó. 

—Dos duros a la sota, añadió García tiran- 
do mis dos duros sobre la mesa. 

Al tomarlos el banquero se los devolvió di- 
ciéndole: 

— Son falsos. 

Y vino la sota. No hay que decir la desespe- 
ración que se retrató en el semblante de aquel 
hombre. 

En aquella misma partida fué en la que Mar- 
cos Zapata, jugando unas pesetas a un dos 
contra un siete, hizo la siguiente redondilla: 
Improvíseme usted un dos 
encima de ese tapete, 
porque si viene ese siete 
voy a renegar de Dios. 

Y habiéndosele caído aquella noche una 
moneda al suelo al irla a poner a una carta el 
insigne autor de La Capilla de Lanuza¡ otro 



Memorias de un Viejo 191 

jugador, que seguramente era un truhán, le 
puso un pie encima, para que no se viese don- 
de estaba, y hacer creer que había rodado lejos 
para apropiársela en cuanto se la buscase por 
otro sitio. Marcos Zopata, que vio la operación 
dijo al banquero. 

—Mi duro va pisando \ lo que en el lenguaje 
del juego significa otra cosa, pero que en aquel 
momento desenmascaraba al que quería ro- 
barle. 

Y aunque nada tenga que ver con Tomás 
García, relataré otra anécdota del juego por si 
no vuelvo a ocuparme más de este interesante 
asunto, 

Concurría por los años 8o del pasado siglo 
a la sala de juegos del Casino de Madrid un 
sevillano de gran gracia, hombre muy elegante, 
ya viejo, y que había sido director General y 
al que hubo que declarar cesante, a pesar de 
sus buenas relaciones, pues se temió que su 
amor al juego le llevase un día a hacer alguna 
barrabasada, quien por aquel entonces no te- 
nía ni una peseta, viviendo de una pensión que 
le había dejado cierta Duquesa muy rica que 
había estado para casarse con él, no haciéndo- 
lo por las mismas causas que motivaron su ce- 



192 Genaro Cavestany 

santía en el alto cargo que acababa de desem- 
peñar y de la coita jubilación que disfrutaba, 
cuyos dos recursos siempre tenía vendidos con 
lamentable anticipación a implacables usureros 
por cortísimas sumas que le daban en días de 
apuros, el que, cuando no tenía dinero, metía 
su mano, adornada con un bien planchado 
puño, en que se veía un pasador de gran valor, 
en el montón de billetes, fichas y monedas que 
delante de si tuviese algún afortunado jugador, 
amigo suyo, y sin pedirle permiso, tomaba un 
billete o ficha de cien pesetas, diciendo con 
tono melifluo, al par que gracioso: 
— ¡Para las verdolagas de mañanal 
Tomás García estaba muy enfermo cuando 
yo le conocí. De resultas desús largas horas de 
insomnio, durante muchos y muchos años, en 
las más famosas salas de juego de Europa, las 
crueles incertidumbres que habría sufrido al 
aventurar sus más famosas y conocidas postu- 
ras, que aun son recordadas por los aficiona- 
dos ál juego, no en España sino en el extran- 
jero, experimentaba una debilidad estomacal 
tal que le hacía devolver cuanto comía fácil- 
mente, sin sufrimiento alguno y sin molestia 
alguna que le advirtiese, ni le diese tiempo para 



Memorias de un Viejo 195 

retirarse, ni aun siquiera para llegar a la habi- 
tación inmediata a la en que se encontrase, 

Y para conjurar tan grave mal había inven- 
tado un sistema, que aunque asqueroso evitaba 
que los que estaban a su lado le viesen devol- 
ver. 

Llevaba unos cucuruchos de papel en el bol- 
sillo, como los que hacen las vendedoras de los 
mercados para los garbanzos y otros géneros. 
Y apenas sentía que iba a devolver aproxima- 
ba aquel cucurucho a su boca, el cual cerraba 
luego y arrojaba bajo la mesa de juego. Hubo 
mañana que bajo el sitio en que él había es- 
tado la noche anterior, tenían que barrer los 
mozos del Casino veinte paquetes. 

Y este hombre pobre, mal vestido, achaco- 
so, denigrado y hasta asqueroso, había sido 
durante más de veinte años el más famoso ju- 
gador de Europa y el Rey del juego. 

Se cuentan de él anécdotas famosas. Su pos- 
tura menor eran mil francos y se dice que 
jugando en Baden-Baden, entonces la banca 
más fuerte de Europa y del mundo entero, 
(Montecarlo aun no era famoso), intentó jugar 
un pleno de cien mil francos a la ruleta al nú- 
mero trece. Como solo se le admitían a él ple- 

13 



194 Genaro Cavestany 

nos de mi!, y esto solo a él, a ver si se le hun- 
día, y se recobraba lo que había perdido la 
banca, hubo de consultarse por telégrafo al 
Consejo de administración del Casino que re- 
sidía en Viena. La contestación tardó en lle- 
gar algunas horas. Fué ésta: «Admítase por 
una vez*. Y rodó la bola enmedio de la expe- 
íación consiguiente y fué a caer en el casillero 
señalado con el número trece. Se le pagaron 
tres miiíones quinientos mil francos. 

Se cuenta que llegó a poseer más de 
50.000.000. Viajaba en trenes especiales con 
un numeroso séquito, y tenía despartamentos 
lujosísimos reservados en los mejores hoteles 
de todas las capitales de Europa, que pagaba, 
aunque no los ocupase más que cortas tempo- 
radas al año. Se cuenta también que quiso ri- 
valizar con el Duque de Osuna, Embajador de 
España en San Petersburgo, durante una mi- 
sión diplomática que desempeñó en París en 
el período del segundo Imperio, y que ente- 
rado el Duque de Osuna de esta rivalidad, acre- 
centó sus gastos, creyendo que Tomás García 
no podría imitarle, pero éste entonces acre- 
centó también los suyos haciendo los dos ver- 
daderas locuras. 



Memorias de un Viejo 195 



El misterio para haber conservado durante 
tantos años Tomás García su fortuna se des- 
vanece pronto revelando que fué hombre te- 
naz, como buen aragonés, que siempre sostu- 
vo su proyecto, sin que los azares del juego le 
hiciesen nunca, ni por un momento, apartase 
de ellos. Siempre limitó su ganancia y su pér- 
dida y este fué su único secreto. Sabía levan- 
tarse perdiendo un millón lo que no saben 
hacer la mayoría de los jugadores. El día que 
abandonó su plan se arruinó para siempre. 

La suerte le duró más de veinte años. Du- 
rante ellos hizo mucho bien. En uno de sus 
viajes a España enriqueció a toda su familia y 
a muchos de sus conocidos. Y un hermano 
que tenía, al que había sacado de la miseria, 
colocándolo en muy buena posición, le negó 
todo cuando él estaba arruinado y mendigando 
de sus amigos tristes pesetas. 

Deshancó muchas veces grandes bancas. 
Deshancar las pequeñas era su placer favorito. 
Después de haber realizado grandes ganan^ 
cías en una gran banca se -dirigía a una pe- 
queña y copaba una o dos veces. Si la segunda 
vez no había deshancado abandonaba la parti- 
da, presintiendo que en las bancas pequeñas 



196 Genaro Cavestany 

está la ruina de los que juegan mucho dinero. 

Lo he dicho muchas veces en mis escritos: 
no hay obra mala o buena si a ella no se asocia 
la mujer. Y en la ruina de Tomás García, tomó 
parte principalísima una mujer. 

De más está decir que hombre semejante y 
que tal vida llevó durante veinte años, si sería 
solicitado por mujeres. Y tuvo amistad con las 
más famosas artistas y demimondaines de su 
época. Y una de las bancas que más habían su- 
frido por la suerte de Tomás García, buscó una 
mujer que le cegase para llevar a efecto el plan 
convenido para arruinarle. 

Y en efecto, aquella mujer hermosa, elegante 
coqueta y astuta, se apoderó por completo del 
ánimo de Tomás García en la época de su ma- 
yor opulencia. Y Tomás García se dejó cegar 
por ella y no vio más que por sus ojos . Des- 
pués de una estrecha amistad de algunos me- 
ses, durante los cuales García colmó d x e rega- 
los, de joyas y de bienes a aquella mujer, via- 
jando con ella en trenes especiales por toda 
Europa, volvieron a Baden-Baden, donde la 
suerte le fué aún favorable. Y aquella mujer 
tuvo un capricho, que no era tal capricho, sino 
el plan convenido entre aquella infame y aque- 



Memorias de un Viejo 197 

líos infames filisteos a quienes Tomás García 
había ganado lealmente millones y millones. 
Ella tuvo el capricho de verle deshancar una 
banca. Y se preparó una ad hoc, donde todo 
estuvo dispuesto para la encerrona. En horas 
dejó aquel hombre, a quien la suerte había 
favorecido durante veinte años, todo lo que 
durante ellos había ganado. Y volvió a España 
tan pobre, que dinero tuvieron que darle para 
el viaje. Su esperanza era que el hermano, a 
quien había hecho rico, le diese unos cuantos 
miles de duros para empezar de nuevo otra 
campaña. Nuevo Napoleón no pudo empren- 
der la reconquista de su Imperio porque su 
ingrato hermano se negó a darle siquiera un 
pedazo de pan. Y comenzó su vida de miseria 
en la que le conocí yo y en la que vejetó más 
de diez años. Rectifico. Tomás García no fué 
un Napoleón, fué un Sansón que tuvo su 
Dalila. 



Memorias de un Viejo 199 



XVI 

La Duquesa de Castro Enriquez 

No es de hoy que imperen las masas irres- 
ponsables, ni que la influencia de la prensa, no 
la representada por insigres periodistas como 
Lorenzana, Moreno López, Calvo Asencio, Es- 
cobar, Coello' Mellado y Luca de Tena, sino 
por obscuros y poco ilustrados gacetilleros, no- 
ticieros y repórters, se deje sentir en todas las 
esferas de la vida. 

Hoy imperan las masas y la prensa, Díganlo 
los recientes acontecimientos de Barcelona y 
de Sevilla, donde ha habido que otorgar cuanto 
se ha pedido sin respetos algunos al capital, 
que no es otra cosa que el trabajo acumulado* 
para favorecer al pueblo, olvidando a la clase 
media más numerosa, que es la que más sufre, 
trabaja y padece, soportando resignada la tira- 
nía que sobre ella ejercen pueblo y poderes. 

En Barcelona ha habido que terminar la 
huelga más formidable que se ha registrado en 



200 Genaro Cavestany 



España, concediendo cuanto se ha solicitado, 
sin consideración alguna a nadie ni a nada, en 
Sevilla el pueblo, por su voluntad libérrima, 
ha decretado la rebaja de los alquileres en un 
SO por ioo, y los propietarios han tenido que 
acceder a esta rebaja, sabiendo que, en caso de 
resistirse, sus fincas serían deterioradas, des- 
truidas o incendiadas, pues ya estos casos de 
anarquismo habían comenzado al iniciarse esta 
revolución social que tiene trazas no solo de 
no haber acabado sino estar en sus albores. 

Y mientras se obliga al capital a rebajar en 
un 50 por 100 el importe de sus rentas legíti- 
mas, los obligados a satisfacerlas han obtenido 
aumentos considerables en sus jornales, en 
tanto que los propietarios de humildes vivien- 
das, sólo han visto aumentados sus gastos, sin 
disminución en sus contribuciones, y con las 
rebajas que se han visto obligados a hacer, sin 
que hayan tenido, por otra parte, compensa- 
ción alguna, en jornales y en cuanto es necesa- 
rio para tener sus propiedades en estado de 
producción, no pueden obtener el más pequeño 
beneficio, quedando más pobres que los benefi- 
ciados por ellas con las considerables rebajas 
que se han visto obligados, ala fuerza, a otorgar. 



Memorias de un Viejo 201 

Y lo mismo puede decirse respecto al agri- 
cultor, a quien no solo se obliga a dar sus co- 
sechas a un precio que no les remunera del 
costo de sus labores y capital invertido en sus 
propiedades, con el peligro de la pérdida de las 
mismas, en caso de tal año, y con la incauta- 
ción de ellas cuando se juzgue oportuno, sino 
también del comercio, al que se le obliga, con 
una taza, a veces injustificada, a expender los 
productos que tiene almacenados, a precios in- 
feriores a los en que ios adquirió para re- 
venderlos con alguna utilidad, fin único del 
mismo. 

El remedio a los males que sufre España no 
está en la incautación de granos ni primeras 
materias, y en la rebaja de alquileres; está en 
la libertad, y en leyes protectoras de la propie- 
dad, del comercio, de la industria, del trabajo y 
de las clases necesitadas. 

Prohíbase en absoluto, la exportación; obli- 
gúese a los propietarios a cumplir los regla- 
mentos de policía urbana y a tributar por su 
verdadera riqueza, vigílese para que el comer- 
cio y la industria sean ejercidos con honradez 
en precio y calidad de los productos, y decré- 
tese el trabajo obligatorio, según las condicio- 



202 Genaro Cavestanv 

nes de aptitud física y moral de cada individuo^ 
hombre o mujer, niño o niña, con una buena 
ley, castigándose la vagancia y la mendicidad 
por oficio, y se habrán resuelto muchos de los 
problemas que hoy se creen insolubles . 

En la libertad 'está el mejor remedio para 
todos los conflictos que hoy nos amenazan y 
cercan. 

Un camarero de café me decía hace pocos 
momentos, muy satisfecho por habérsele reba- 
jado en un 50 por 100 el alquiler de su vivien- 
da, condonándosele sus atrasos y a habérsele 
devuelto la fianza que tenía para garantir su 
pago: «Hoy, mandamos nosotros». Sí, hoy 
manda el pueblo, pero este estado de cosas no 
puede durar mucho tiempo. En Barcelona no 
tardará en surgir nuevos conflictos, y en Se. 
villa, el pueblo no ha dé tardar en tener nue- 
vas exigencias, y si la situación actual se con- 
solidase, los propietarios de las casas rebajadas, 
que ya no sólo no dan el interés del dinero 
invertido en ellas, sino que contribuciones, re- 
paros y vacíos han de importar más de lo que 
se obtenga en sus alquileres, si es que se pa* 
gan éstos, cuando sus inquilinos han recogido 
sus fianzas; no han de tardar en dedicarlas a 



Memorias de un Viejo 203 

otros usos, que les produzcan lo que legalmente 
debe producir el capital en ellas empleado, de 
suerte que el pueblo carecerá de viviendas den- 
tro de poco. 

Y no es de ahora que mande el pueblo. Hace 
mucho tiempo que manda. 

Recordemos el caso de D. a Luciana Borcino, 
aquella señora rica que hace treinta o treinta y 
cinco años fué asesinada en la calle de Fuen- 
carral de Madrid, por unas infames criadas con 
la complicidad de sus hombres. 

El pueblo madrileño se empeñó que el ase- 
sino era su hijo, un joven llamado José Váz- 
quez Várela, que se encontraba preso en la 
Cárcel Modelo por una calaverada de mal gé- 
nero, y no solo hubo que procesar a éste por 
el asesinato de su madre, sino también al Jefe 
de la Cárcel Modelo, D. José Millán Astray, 
antiguo periodista, y a muchas personas más 
a quienes se suponía complicadas, no ya en el 
asesinato de doña Luciana Borcino, sino en 
otros hechos relacionados con él, como el salir 
de la Cárcel el Vázquez Várela cuando lo tenía 
por conveniente, favorecido por ciertas influen- 
cias, y milagro fué que no fuese acusado tam- 
bién el eminente jurisconsulto don Eugenio 



204 Genaro Cavestany 

Montero Ríos, entonces Presidente del Tribu- 
nal Supremo, a quien se suponía protector de 
Vázquez Várela y de Millán Astray, y el que 
se vio obligado a renunciar dicho alto cargo 
por la atmósfera que contra él se hizo. 

Y el Juez que conoció de dicho sumario, in- 
fluenciado por pueblo y prensa, estuvo a punto 
de enloquecer, dejándose guiar en sus resolu- 
ciones por la presión que sobre él ejercían 
ambos irresponsables poderes. ¿Cuál no sería 
el estado de su ánimo cuando una noche que 
fué llamado a practicar una diligencia urgente 
en el mismo proceso, salió a la calle en cal- 
zoncillos? (Histórico). 

Aquella causa terminó en justicia con la 
ejecución de las dos infames criadas asesinas y 
la condena, en rebeldía, de sus hombres y 
cómplices, pero tal fué la presión del pueblo 
y de la prensa, que aún absueltos Vázquez Vá- 
rela y Millán Astray, por los supuestos delitos 
de quebrantamiento de condena el primero, y 
el segundo por complicidad en el mismo, este 
se vio obligado a renunciar su destino, y aquel, 
a pesar de su sentencia absolutoria no dejó de 
ser nunca para el pueblo, el asesino de su ma- 
dre, y cuando años después una amante suya 



Memorias de un Viejo 205 

se tiró de un balcón a la calle y se mató, na 
habiendo prueba alguna de que él la tirase, tal 
presión el pueblo y la prensa volvieron a ejer- 
cer sobre jueces, magistrados y forenses, que 
fué condenado a muchos años de presidio, que 
sufrió en Ceuta, y cuya condena fué conside- 
rada como injusta por eminente jurisconsultos 
y por la opinión pública ilustrada. Vázquez 
Várela fué a presidio, no por la muerte de su 
amante, sino por la presión del pueblo y de la 
prensa, que aún le consideraban parricida. 

Estos casos y otros muchos que podrían ci- 
tarse, demuestran la perniciosa influencia que 
a las veces ejercen sobre los poderes públicos 
y tribunales, no solo el pueblo, sino la prensa 
callejera, pero en ningún caso es demostrada 
esta verdad como con el proceso célebre de la 
Duquesa de Castro Enriquez. 

Era la Duquesa de Castro Enriquez, doña 
Isabel Alvarez Montes, mujer muy rica, inteli- 
gentísima, elegante, bella y de nobilísimo co- 
razón, que habitaba en su gran Palacio de la 
calle del Arenal de Madrid, consagrada por 
completo al cuidado y educación de sus hijos, 
y a la administración de su cuantioso patrimo- 
nio, casi por completo retirada de la sociedad 



206 Genaro Cavestany 

y del mundo, debido, según se decía entonces 
a disgustos conyugales a lo que se debía que 
a su esposo, el Conde de Placencia, se le viese 
rara vez en Madrid. 

Tenía la duquesa casa en San Sebastián, e 
iba allí todos los veranos con sus hijos. En la pía 
ya se la veía todas las mañanas, guarecida a la 
sombra de una caseta, con un libro en la mano, 
mientras aquéllos jugaban a su alrededor. 

Y a cargo de una bañera había una niña ex- 
pósita, llamada Juliana San Sebastián, la que 
sin saberse cómo, trabó relaciones con los hijos 
de la Duquesa, y éstos la reclamaban todos los 
días, al presentarse en ia playa, para que juga- 
se con ellos. 

La Duquesa, compadecida de aquella niña, y 
viendo además el cariño que le habían tomado 
sus hijos, decidió llevársela a Madrid, como 
criaditci) pero con el propósito, además, de edu- 
carla e instruirla. 

Dos años llevaba la niña expósita, Juliana 
San Sebastián, en la casa de la Duquesa de 
Castro Enriquez, sin que nadie hubiese dicho 
que esta la martirizaba, pegaba y mataba de 
hambre, sino, antes por el contrario, los que 
en la casa de la Duquesa habitaban solo po- 



Memorias de un Viejo 207' 

dían certificar que ésta la reprendía y castiga- 
ba benévolamente para corregir sus defectos, 
que cada vez eran mayores, dando muestras 
de instintos depravados y de ser incorregible, y 
taies motivos indujeron a la Duquesa de Castro 
Enríquez a concebir el proyecto de dejarla en 
San Sebastián cuando volviese allí el verano 
inmediato. 

Una mañana apareció la niña en la plaza del 
Ceieoque, frente al palacio de la Duquesa, con 
sus trajes rotos y liorando y echando algunas 
gotas de sangre de una vieja cicatriz, costurón 
o escrófula que se veía en su rostro. Casual- 
mente apareció un periodista que escuchó a la 
niña, se compadeció de ella y se propuso con- 
ducirla a la Comisaría más próxima para que 
contase al Comisario lo que a él le había con- 
tado. Pero como la muchedumbre que se ha- 
bía aglomerado en torno de la niña y del pe- 
riodista era muy grande, el suceso principió a 
tomar los caracteres de escándalo. 

— ¡Pobreniña, martirizada por una Duquesa!-- 
exclamaban viejas mujeres, que sin duda alguna 
habrían sido grandes pecadoras, y que segura- 
mente habrían castigado a sus hijos en la forma 
brutal que no es raro ver en las clases populares. 



208 Genaro Cavestany 

Y el Comisario de policía, ante quien fué lle- 
vada la niña, dio gran importancia al suceso, 
tomó coma artículo de fe cuanto había mani- 
festado la niña, sin molestarse en comprobar 
si era o no cierto, y levantó un acta terrorífica 
contra la Duquesa de Castro Enríquez, copia 
de la cual fué inmediatamente pasada una al 
Gobernador civil y otra al Juzgado de instruc- 
ción correspondiente. 

Era entonces Gobernador de Madrid, un tí- 
tulo de Castilla, muy popular en la Corte, y 
simpático, pero muy gastador, jugador, muje- 
riego y desordenado, que habiendo gastado su 
fortuna, principiaba a dar fin a la de su mujer. 
Tenía bastante amistad con la Duquesa, a la 
que fué a ver en el acto. Empezó diciéndola: 

— Isabel, creo que conviene mucho poner fin 
a este escándalo inmediatamente. Algo habrá 
que gastar en acallar a la prensa y personas 
que han intervenido en el asunto, y se han ofre- 
cido declarar en contra tuya 

La Duquesa le interrumpió, indignada y pues- 
ta de pie, inhiesta la frente y activo el rostro, 
le contestó: 

— Sal. Mi conciencia está tranquila. Ni un 
solo real daré para comprar lo que de derecho 



Memorias de un Viejo 209 

se me debe: la justicia. Ningún delito he co- 
metido y por tanto nada tengo que temer. 
Sal,., 

Y el Gobernador de Madrid, título de Cas- 
tilla y emparentado con muchas familias de la 
antigua nobleza, salió de la casa de la Duquesa 
de Castro Enriquez, como vulgarmente se dice, 
corrido y deseando vengar la forma digna y 
noble con que ésta había rechazado sus insi- 
nuaciones. 

El escándalo tomó colosales proporciones, 
tan colosales que ninguno otro igual se re- 
cuerda en España entera. Se hallaron médicos 
que informasen que la niña Juliana San Sebas- 
tián debía venir siendo martirizada desde mu- 
cho tiempo jantes por las cicatrices que ofrecía 
su cuerpo; se encontraron testigos que declara- 
ron que la Duquesa de Castro Enríquez, daba 
tratos crueles a la niña, teniéndola a veces sin 
comer días y días, y, por último, de lo que se 
escribió y de lo que se refirió resultaba que 
desde que Juliana San Sebastián había entra- 
do en la casa de la Duquesa de Castro Enrí- 
quez, ésta debía haber abandonado todas sus 
ocupaciones, distracciones y paseos, la educa- 
ción de sus hijos y hasta la administración de 

14 



210 Genaro Cavestany 

sus cuantiosos bienes, para consagrarse por 
completo, día y noche, al martirio de aquella 
infeliz. 

Y la prensa emprendió la más productiva y 
terrible campaña que jamás pudo hacer, y* 
para satisfacer a la prensa, así como a la opi- 
nión popular, no hubo más remedio que de- 
cretar el auto de procesamiento y prisión de la 
Duquesa, que fué ejecutado, con el aplauso de 
la prensa populachera y del pueblo bajo, y con 
la protesta de la prensa digna y de la opinión 
ilustrada. 

Tres o cuatro meses permaneció la Duquesa 
de Castro Enríquez en la Cárcel de mujeres 
de la calle de Quiñones, de Madrid, siendo 
bendecida por todas las presas, que recibieron 
de ella donativos cuantiosos y consuelos infi- 
nitos para sus penas y desgracias. 

El asunto fué llevado a las Cortes, dando 
ocasión a que Romero Robledo pronunciase en 
el Congreso su más bella oración, que fué una 
verdadera catilinaria, probando que la Duque- 
sa de Castro Enríquez no había cometido deli- 
to alguno, que el juez que había decretado el 
auto de procesamiento y de prisión contra ella, 
había procedido cohibido por la prensa y por 



Memorias de un Viejo 211 

el pueblo, y que la niña Juliana San Sebastián 
era una criatura muy sagaz que había inventa- 
do una historia tenebrosa, que ningún espíritu 
sano debió creer, siendo, no obstante, aceptada 
corno artículo de fe por cuantos habían interve- 
nido en el asunto, por la prensa y por el pue- 
blo, sin prueba ni indicio alguno de su veraci- 
dad, y concluyó con una frase que se hizo céle- 
bre en Madrid; fué esta: 

«La Duquesa de Castro Enríquez no ha in- 
gresado en la Cárcel por haber cometido deli- 
to alguno ni la más leve falta; ha ingresado en 
ella únicamente por ser Duquesa y para satis- 
facer al pueblo que odia a las clases acomo- 
dadas^ 

Al fin se hizo justicia: se probó que la Du- 
quesa jamás había impuesto castigos a la niña, 
ni se había ocupado de ella para otra cosa que 
para reprenderla cuando se le daba cuenta de 
sus faltas por otros criados, a cuyo cuidado es- 
taba, y, por último, se comprobó que los cos- 
turones que ofrecía en varios sitios de su cuer- 
po, y que los médicos habían supuesto ser reli- 
quias de sus martirios, eran cicatrices y mani- 
festaciones de viejas escrófulas, que acredita- 
ban su mala constitución física y la pobreza de 



212 Genaro Cavestany 

su organismo, y el proceso fué sobreseído y la 
Duquesa puesta en libertad, si bien para librar 
de toda responsabilidad a los funcionarios admi- 
nistrativos y judiciales, que con tanta ligereza 
habían procedido contra ella, sin prueba algu- 
na, se convino reducir aquel a un simple juicio 
de faltas, dándose por supuesto que la Duque- 
sa había dado una vez una bofetada a la niña 
produciéndole una ligera erosión. 

Y no recuerdo si este juicio de falta se cele- 
bró al fin, y si en él fué condenada o absuelta 
la Duquesa de Castro Enríquez. 

Mucha actualidad tiene hoy esta historia. Si 
la Duquesa de Castro Enríquez estuvo en la 
Cárcel de Madrid tres meses por ser Duquesa^ 
según la célebre frase de Romero Robledo, 
bien se puede afirmar que si un riquísimo se- 
villano, que a pesar de su riqueza trabaja con 
el ardor del más entusiasta amante del trabajo, 
que ha puesto en cultivo inmensas extensio- 
nes de terrenos que antes nada producían, dan- 
do ocupación a millares y millares de obreros, 
que apasionado de las artes ha construido en 
Sevilla un suntuoso y artístico palacio en el 
que hay reunidas inmensas riquezas artísticas, 
y que hombre caritativo practica la caridad 



Memorias de un Viejo 213 

sin bombos ni publicaciones, pero con mano 
próbida, socorriendo a numerosos necesitados, 
y a cuantas obras piadosas reclaman su con- 
curso, ha sido condenado a una importante 
pena administrativa, se ha visto sometido a un 
proceso, con las molestias inherentes a él, y 
ha estado a dos milímetros de la Caree l % según 
la ingeniosa expresión de un elevadísimo fun- 
cionario del poder central, lo ha sido, no por 
haber cometido ningún delito sino por ser rico, 
lo que constituye un delito, que no se perdona 
hoy dado que nuestra pobre generación vive 
ahora en España, y en todas partes, bajo la 
tiranía del pueblo, que es la peor de las tira- 
nías, y pueblo que a la vez es tiranizado por 
los mangoneadores sindicalistas, socialistas y 
políticos que viven sin trabajar, y que son unos 
holgazanes que debieran ser condenados a 
presidio, si tanto en España como en las de- 
más naciones en que se agitan tales parásitos, 
hubiese una buena ley para reprimir la va- 
gancia. 



Memorias de un Viejo 215 



XVII 

Fuga de novios 

Hace más de cuarenta años estuvo el rapto, 
o fuga de novios, de moda en Madrid. Había 
días de tres o cuatro, y la sección más leída 
de los diarios era la de los raptos. 

Verdad es, que cuando una cosa, buena o 
mala, se pone en moda en Madrid, todo el 
mundo la sigue, y lo que está de moda es lo 
que más preocupa. 

Poco antes, o poco después, estuvo también 
en moda el suicidio, primero tirándose por el 
viaducto de la calle de Segovia, y después, 
cuando se levantó en él la. segunda barandilla, 
para hacer más difícil el poderse arrojar, su- 
biéndose a la primera que entonces había, que 
era muy baja, y poniendo a la entrada del 
mismo números de cuerpo del Orden Público 
con la consignia de seguir a los que por sus 
rostros diesen señales de desesperación, y por 
tanto diesen indicios de querer atentar a sus 



216 Genaro Cavestany 

vidas, pegándose un tiro en un modestísimo 
coche de alquiler. Y estas formas de suicidarse, 
que estuvieron tan en moda en Madrid hace 
ya cerca de medio siglo, dieron ocasión a lan- 
ces curiosísimos. 

Si por estar de prisa o por cualquier otra 
circunstancia estabais agitados y os veíais pre- 
cisados a tomar un coche para llegar antes al 
sitio al que quisierais ir, no encontraríais un 
cochero que os condujese mientras no toma- 
seis un refresco y os hubierais serenado, pues 
el cochero a quien os hubierais dirigido, os 
hubiera dicho con tono resuelto, defendiendo la 
portezuela, del carruaje que hubierais elegido: 

— Señorito, no le llevo. Tiene usted cara de 
quererse pegar un tiro. 

Y si en las mismas circunstancias intentareis 
atravesar el viaducto a paso ligero, inmediata- 
mente erais detenido por uno de los del Orden 
Público puestos allí para evitar suicidios, el 
cual os hubiera dicho: 

— Atrás, por aquí no se pasa. Usted tiene 
cara de quererse tirar... 

A pesar de tales precauciones centenares de 
personas se tiraron en aquella época por el 
Viaducto de la calle de Segovia de Madrid y 



Memorias de un Viejo 217 

centenares de personas se suicidaron en ca- 
rruajes de alquiler, y a pesar de las precaucio- 
nes de padres y tutores, centenares de parejas 
amorosas madrileñas, de todas clases y condi- 
ciones, se fugaron. 

De dos fugas solamente voy a ocuparme por 
haber sido las más nombradas. 

Fué una la de una bellísima hija de un emi- 
nente dramaturgo, ingeniero, matemático, y, en 
una palabra, uno de los hombres más eminen- 
tes que ha habido en España, con el hijo de 
un antiguo Director de Hacienda, joven que 
entonces era muy conocido en Madrid, y que 
hoy, viejo ya, nadie le recuerda. 

Los novios se fugaron a la salida del Teatro 
Español. Tardaron en aparecer unos días. Pero 
al fin no tuvieron más remedio que dar a co- 
nocer donde se encontraban, por habérseles 
acabado sus recursos, esperando, como en 
efecto sucedió, que inmediatamente los casa- 
rían . 

Los fugados no se atrevían a presentarse por 
miedo a sus padres. 

El eminente dramaturgo, padre de la fuga- 
da, envió por ella a un emisario, asegurándole 
éste en su nombre, que ni la reñiría, que la re- 



218 Genaro Cavestany 

cibiría muy bien y que inmediatamente la ca- 
saría con su novio. 

Y todo se hizo con gran solemnidad. Lle- 
gada a su casa la fugada y no raptada, su pa- 
dre corrió a su encuentro y la abrazó. 

— Pronto, pronto, a vestirla, que tenemos 
que ir a la iglesia, fueron sus únicas palabras. 

Y al Buen Suceso fueron y allí los casó creo 
que el que entonces era Patriarca de las Indias, 
Cardenal Benavides. Y uno de los testigos fué 
Elduayen, entonces Ministro de Ultramar, como 
ingeniero antiguo amigo y compañero del 
eminente dramaturgo, padre de la desposada. 

Concluido el casamiento fueron novios, pa- 
dres y testigos a almorzar a un restaurant. Y el 
almuerzo se prolongó más de lo necesario, sin 
motivo aparente para ello. A cierta hora el 
dramaturgo y hombre eminente en todos sen- 
tidos, sacó un papel de un bolsillo y dijo al que 
ya era su yerno: 

— Este es mi regalo de boda. Era la cre- 
dencial de un destino en Cuba que había soli- 
citado de su amigo y compañero Elduayen, y 
que éste, que había sido el único en abandonar et 
comedor en que se había celebrado el banquete 
de boda, había ido a firmar a su Ministerio- 



Memorias de un Viejo 219 

¡Pobres noviosl Ellos que sin duda pensa- 
rían en una vida de placeres en Madridl Se 
vieron obligados a trasladarse desde el local de 
su comida de boda a la estación para empren- 
der su viaje de novios a Cuba y pasar la luna 
de miel en pleno Océano. 

Y no fueron felices. Sé que tuvieron allí 
grandes disgustos y que ella volvió de Cuba 
algunos años después divorciada amistosa- 
mente. El hizo en Cuba calaveradas, quedó ce- 
sante, y allí vivió muchos años como pudo, para 
volver a España sin una peseta, ya viejo, a vi- 
vir como pudiese. 

Creo que ambos esposos viven aún..... cada 
uno por su lado, viejos, habiendo ella perdido 
su espléndida belleza, que la hacía de niña una 
de las muchachas más bonitas de Madrid, y él 
su buena presencia que hizo abandonase por 
ella la casa paterna y tal vez una boda esplén- 
dida, una de las jóvenes más celebradas en su 
época de la Corte de España. 

La otra fuga fué aún más notable. Ella, niña 
de 13 o 14 años, iba todas las noches al Teatro 
Español, con sus padres, los riquísimos Mar- 
queses de V 

Empezó a hacerles guiños, gestos y señas- 



220 Genaro Cavestanv 

un apuesto joven, hijastro de uno de los pro- 
hombres del tradicionalismo español, amigo de 
Nocedal, y escritor y periodista notabilísimo, 
con gran influencia en la curia eclesiástica, en 
la que brillaba como abogado especialista en 
negocios de ella, y la niña correspondió a aque- 
llos guiños y señas, y se entendieron por co- 
rrespondencia, sin duda, con la complicidad de 
criados infieles. 

Una noche, al salir del Teatro Español, jun^ 
to al coche del Marqués de V... estaba esta- 
cionado otro con la puertezuela abierta y un 
hombre en *u interior. Primero montó en el 
coche del Marqués de V... su hija, mientras el 
Marqués se despedía de la Marquesa para ir al 
Casino como todas las noches. Y la niña abrió 
la otra portezuela, bajó de su coche y entró en 
el que estaba su novio esperándola, el cual 
desapareció al escape de su caballo dejando 
estupefactos al Marqués y a la Marquesa 
de V... 

Y nada se supo de los fugados durante al- 
gún tiempo. 

El Marqués de V... hombre de gran influen- 
cia, muy amigo de Cánovas, Senador vitalicio, 
y no sé cuantas cosas más, a quien la Restau- 



Memorias de un Viejo 221 

ración debía grandes servicios, siendo uno de 
los hombres que más dinero dieron para ella, 
se propuso castigar a los fugados, sin piedad, 
importándole poco el honor de su ingrata hija 
que le había abandonado. 

Y toda su influencia con Cánovas la inter- 
puso para que fuesen perseguidos los fugados, 
proponiéndose castigar severamente al raptor 
de su hija. 

El padrastro del raptor, hombre muy hábil, 
comprendiendo que éste había hecho un buen 
negocio, dada la gran riqueza del que podía 
considerar como su futuro suegro, le protegió 
y le ayudó a salir de España con su amada, 
suponiendo no estaban seguros en ella, dado 
el encono conque eran perseguidos. 

Cerca de dos años pasaron. Un día recibió 
una carta el Marqués de V... de su hija, pi- 
diéndole perdón y anunciándole que era ma- 
dre. Estaba fechada en Suiza. 

El Marqués no perdonó; lo único que hizo 
fué cesar en su persecución pero no dio el 
consentimiento para que los novios pudieran 
celebrar su casamiento y poder legitimar a su 
hijo y volver a España casaditos, como Dios 
manda. 



222 Genaro Cavestany 

Ante la negativa del Marqués se elevó la 
influencia que en la curia eclesiástica tenía el 
padrastro del novio, eminente abogado y pe- 
riodista y prohombre del integrismo. 

Les envió dinero para que se trasladasen a 
Roma, y cuando llegaron allí estaban reco- 
mendados a los Prelados más influyentes en el 
Vaticano por todos los Prelados españoles. 

Y una noche un Cardenal, por expreso man- 
dato del Papa, y habiendo otorgado éste antes 
todas las dispensas necesarias, bendijo, en San 
Pedro, la unión del hijastro del prohombre del 
integrismo español y la hija del riquísimo pro- 
cer y Senador español Marqués de V... 

Y casados los novios y legitimado por sub- 
siguiente matrimonio su primer hijo, se pre- 
sentaron en Madrid creyendo que nada tenían 
que temer, mucho más cuando por aquel en- 
tonces había fallecido el Marqués de V... des- 
heredando a su hija por haber contraído unión 
ilegítima, causa entonces de desheredación. 

Y para impugnar el testamento lo primero 
que hizo el joven raptor y ya casado, fué llevar 
su partida de casamiento al Juzgado munici- 
pal correspondiente. 

Era Juez municipal el hijo de un eminente 



Memorias de un Viejo 225 

abogado, ingeniero, orador, académico, hacen- 
dista y hombre notabilísimo en todo, cuyo 
Juez Municipal, muy joven entonces, y hoy 
viejo, es abogado reputadísimo y querido en 
Madrid, el cual se negó a la transcripción de 
la partida de casamiento que se le presentaba, 
creyendo aquel matrimonio nulo, por no haber 
otorgado su consentimiento el padre de la des- 
posada, pues ni el Papa podía prescindir de 
este requisito, dado que los cánones del Con- 
cilio de Trento, por los que se rige la Iglesia 
en materia matrimonial, son leyes del Reino en 
España. 

La negativa del Juez produjo un inmenso 
escándalo. Resultaba nulo un matrimonio cele- 
brado por el mismo Papa, puesto que en su 
representación había actuado un Cardenal, y 
no éste por sí propio. 

Y el asunto fué al Consejo de Estado el que 
dictaminó de conformidad con el Juez Munici- 
pal, el que al fin, fué aprobado por Real Or- 
den; de modo que casados ilegalmente el tes- 
tamento del Marqués de V... no podía ser im- 
pugnado, quedando por tanto desheredada su 
hija. 

Esta tenía una hermana, en quien recaía 



224 Genaro Cavestany 

toda la herencia paterna. Parecía natural que 
ella sostuviese, en provecho propio, el testa- 
mento de su padre, y así lo hizo, pero no por 
lucrarse ella, sino únicamente por respetar, la 
memoria de su padre. 

Llamó a su hermana y le obligó a prome- 
terle que jamás intentaría la nulidad del tes- 
tamento de su padre, y le dio cuanto le hubie- 
ra correspondido si no hubiese sido deshereda- 
da, pero no a título de legítima, sino de dona- 
ción. Siendo aún su hermana de menor edad 
se hizo nombrar su tutora y le dio el consenti- 
miento para casarse, cuyo casamiento civil y 
religioso se celebró de nuevo en una Iglesia de 
Madrid, por ser nulo el que había contraído en 
el Vaticano, dos o tres años antes celebrado 
por mandato expreso del Papa y en su nom- 
bre por uno de los Cardenales más influyentes 
de la Corte Romana. 

Estos novios hace cerca de medio siglo, si 
viven, serán ya unos viejos, que no sabrán que 
hay un hombre, de su tiempo, que recuerda su 
historia como ellos mismos. No sé si ella vive. 
De él me han dicho que posee una ganadería 
de reses bravas y que vive en Madrid 

FIN 



Índice 225 



INDICK 

Páginas 



I Las sorpresas de la lotería. — Dos 

veces el premio gordo en e! Ho- 
tel Cervantes de Linares ... 7 

II Perico Rodríguez de ¡a Borbolla . 17 

ni El IV Centenario del descubri- 
miento del estrecho de Magalla- 
nes, y primer viaje de circunna- 
vegación a nuestro planeta . . 39 

IV Españoles rancios 45 

V Apuntes para la historia de la 

Gran Guerra. --El precio de unas 

i. 

mantas 55 

VI ¡A poblá, hombre, a poblá! . . 73 

VII Sablazos y Sablacitos . . . . 83 

VIII Un baile en el Palacio de los Du- 

ques de Manzanedo. — Dos dia- 
bluras de mi juventud que tuvie- 
ron dos éxitos 95 



226 Índice 

Páginas 



IX Anécdota de mi juventud.— Cómo 

fué proclamado Rey Alfonso XII 

en Sevilla 117 

X ¿Ha visto usted a Miguel? . . .129 

XI ¡Si yo fuese Romanones! .. . . . 135 

XII Concursos literarios 145 

XIII Don Jaime 163 

XI V El acaparador 175 

XV Tomás García 187 

XVI La Duquesa de Castro Enríquez . 199 

XVII Fuga de novios ... . , . .215 




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