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Full text of "Modos de ver"

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in 2010 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/modosdeverOOgilm 



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MODOS DE VER 



Libros publicados por la Cooperafiva Edilorial "Boenos iires" 



Crítica 

M. A. Parrenechea. — Historia 

estética de la música. 
Alejandro CastiñEiras. — Máxi- 

mo Gorki (su vida y sus obras). 
Atilio Chiappori. — La belleza 

invisible. 
Armando Donoso. — La senda 

clara. 
Carlos Ibarguren. — De nuestra 

tierra. 
Alvaro Melián Lafinur. — Lite- 
ratura contemporánea. 
José León Pagano. — El santo. 

el filósofo y el artista. 

Cuestiones sociales 
y políticas 

Juan Alvarez. — Buenos Aires. 
(Su problema en la República 
Argentina). 

Marco M. Avellaneda. — Del ca- 
mino andado. (Economía Social 
argentina) . 

Augusto Bunge. — Polémicas. 

M. DE Vedia y Mitre. — El go- 
bierno del Uruguay. 

Novelas y cuentos 

CARLOS Correa Luna. — Don Bal- 
tasar de Arandia (2? edición) . 

Manuel Gálvez. — La sombra 
^el convento. 

Benito Lynch. — Raquela. 

Luisa Israel de Pórtela. — Vi- 
das tristes (2? edición) . 

Horacio Quiroga. — Cuentos de 
amor, de locura y de muerte 
(2? edición) . 

Horacio Quiroga. — Cuentos de 
la selva. 

Vicente A. Salaverri. — El co- 
razón de María. 

Poesía 

Mario Bravo. — Canciones y poe- 
mas. 



Delfina Bunge de Gálvez. — La 
nouvelle moisson. 

Arturo Capdevila. — Afelpóme- 
ne (2? edición) . 

Arturo Capdevila. — El libro de 
la noche. 

Fernández Moreno. — Ciudad 
(agotado) . 

Juana de Ibarbourou. — Las len- 
guas de diamante, (agotado) 

Ricardo Jaimes Freyre. — Los 
sueños son vida. 

Pedro Miguel Obligado. — Gris 
(agotado) . 

Alfonsina Storni. — El dulce 
daño, (agotado) 

Alfonsina Storni. — Irremedia- 
blemente. 

Teatro 

Arturo Capdevila. — La sulami- 

tn. íaeotado). 
Arturo Capdevila. — El amor de 

Schahrazada. 

Temas varios 

Martín Gil. — Modos de ver 
(3a edición, corregida y aumen- 
tada). 

Alberto Nin Frías. — Un huerto 
de manzanas. 

Traducciones 

Carlos Muzio S.á^enz - Peña. — 
La cosecha de la fruta, de Ra- 
bindranath Tagore (2* edición). 

Viajes 

Ernesto Mario Barreda. — Las 
rosas del mantón. (Andanzas y 
emociones por tierras de Espa- 
ña). 

Vida de nuestras ciudades 

Juan Carlos Dávalos. — Salta. 
Roberto Gaché. — Glosario de la 
farsa urbana, (agotado). 



MARTIN GIL 




MODOS DE VER 



3.a EDICIÓN AUMENTADA Y CORREGIDA 



V 



1920 



"BUENOS AIRES" 

Cooperativa Editorial Ilimitada 

Avenida de Mayo 791 



agencia general de 
librería y publicaciones 

Rivadavia 1573 



OBRAS DEL AUTOR 

Prosa Rural ' L^*^' 
Modos de ver 

Agua Mansa 77^/ 
Cosas de Arriba ^ # 

Celestes y Cósmicas x^ / ..-> ^^ >• 

De Modos de ver se han publicado : 

Primera edición 1903 

Segunda edición 1913 

Tercera edición 1920 






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PROLOGO 



Título original y sugerente. Y tan expresivo, que 
aun usando la frase en sentido inverso, siempre re- 
sultaría interesante como materia de un libro. 

El modo de escribir, depende en gran parte "del 
modo de ver". Los que saben mirar y sentir la na- 
turaleza son los únicos que pueden pintarla. Y no 
todos poseen la aptitud de observar ; hay muchos es- 
critores que describen paisajes y accidentes del mun- 
do exterior, rasgos de la vida y ejemplares de la hu- 
manidad, por impresiones de reflejo; transforman lo 
que han leído. Simple procedimiento de destilería. 
Los unos, para referirme sólo a los contemporáneos, 
destilan un poco de Spencer, los otros algo de Scho- 
penhauer, los de más allá, esprimen a Nietzsche. Ya 
no se imita el lirismo profético, sacerdotal o apoca- 
líptico de Víctor Hugo ; se empieza a reaccionar con- 
tra el naturalismo a lo Zola, que contrariamente a su 
propio dogma literario y la opinión comunmente di- 
fundida, representa en la evolución intelectual de 
Francia, una segunda faz del romanticismo, la del 



f? JOAQUÍN CASTI^LLANOS 

romanticismo del lodo, tan distante del realismo ver- 
dadero, como el romanticismo de lo azul y lo etéreo. 

Pero si cambian los modelos, el hábito de la imita- 
ción continúa y se acentúa. Y no es solamente un 
mal nuestro, sino de toda la América latina, que se 
va transformando en cuanto se refiere a la produc- 
ción literaria, en sucursal del Barrio Latino. La ma- 
yor parte de los libros nuevos de escritores de Mé- 
jico, Colombia, Venezuela, Chile, Brasil y nuestro 
país, — algunos revelan grandes talentos extravía 
dos, — marcan la misma tendencia a reproducir es- 
tados mentales y formas de la vida, extrañas o anti- 
téticas al medio propio. 

El exotismo en los temas y en el estilo es la ca- 
racterística de la literatura americana en voga. Si 
por accidente se toca un asunto nacional, queda des- 
figurado por la manera de tratarlo aplicándole las 
reglas y procedimientos de las estetas parisienses. 
Todo se sacrifica en homenaje a su señoría el Adje- 
tivo y su alteza el Verbo. 

El sentimiento, la razón, la verdad, la gramática, 
el buen sentido, la lógica y hasta la misma inspira- 
ción, ese impulso interior, fuerza reveladora de las 
realidades invisibles, todo se subordina y se pros- 
terna al imperio de su Majestad la Frase. 

No niego ni el talento ni el arte de los escritores 
y de las obras a que me refiero, como no habría de- 
recho ni motivo para desconocer el ingenio y la be- 
lleza de las damas que se disfrazan: pero en tanto 
que están disfrazadas, pierden su individualidad real 



PRÓLOGO 7 

para sustituirla por una individualidad ficticia, re- 
presentada por el traje. 

Es indudable que así como puede mostrarse ele- 
gancia, atractivos de formas y habilidad artística, 
en imitar con disfraces las modas de la Regencia, 
del Consulado o la Restauración, también se revelan 
aptitudes, a veces sobresalientes, reproduciendo en 
las obras intelectuales modos de ver, tipos humanos 
y peculiaridades del pensamiento, que allí donde se 
producen originariamente, son una realidad, pero 
cuya copia, dentro de un medio distinto, es siempre 
una ficción, que, como las mascaradas, tienen su en- 
canto y su éxito momentáneo, pero que pasan y 
desaparecen en el limbo insondable de lo inexistente, 
donde va todo lo nacido que no recibe en el gran 
bautisterio de la naturaleza, una consagración de la 
vida ! . . . 

Este libro, tan originalmente rotulado y tan sin- 
ceramente escrito, aunque careciera de otras condi- 
ciones que lo recomendaran a la atención y al apre- 
cio público, siempre tendría la de constituir una hon- 
rosa excepción a la tendencia malsana de la litera- 
tura de puro artificio. 

Por modesta que aparezca en sus proporciones y 
en su alcance el trabajo que contiene, posee el mé- 
rito relevante, como los anteriores del autor, de ser 
una obra con personalidad. Y lo que tiene persona- 
lidad, mala o buena, chica o grande, desafortunada 
o venturosa, es más apreciable que los simples tra- 
suntos de realidades extrañas, por brillantes que 



8 JOAQUÍN CASTEUvANOS 

sean las formas con que se exteriorizan. Un peque- 
ño diamante verdadero vale más que un collar de 
piedras falsas. 

Pero aquella condición señalada como circunstan 
cia honrosa en las producciones de Martín Gil, es a 
la vez un derivado y una causa de cualidades espe- 
ciales (]ue podrían particularizarse analizando el 
libro. 

Su joven autor tiene ante todo el don innato de 
la observación, y digo innato con perdón de los pe- 
ripatéticos, porque no encuentro forma mejor para 
diferenciar una cualidad desarrollada por el esfuer- 
zo y el estudio, de la aptitud que en Gil se revela 
espontánea y natural para discernir lo real en lo vi- 
sible y a veces más allá de lo visible. Sabiendo él 
que no todo lo visible es real ni todo lo real es visi- 
ble, aparta con frecuencia la vista de lo inmediato 
y la dirige a lo remoto . . . con ayuda naturalmente 
del telescopio. 

Y cuando no le basta ese aparato de exploración 
astronómica, le añade el vidrio de aumento de su 
im.aginación. Pero a veces mientras investiga el es- 
pacio, su telescopio parece convertirse en el cañón 
de Julio Verne, por donde se le escapa la fantasía 
a modo de proyectil disparado sobre un blanco mo- 
vible, en fuga hacia el infinito. 

Pero se apea, y escondiendo las alas de Icaro bajo 
un poncho campesino, camina por los rastrojos, sa- 
ludando la obra de patriotismo que realiza silencio- 
samente el arado ; espía de paso lo que hacen las 



PRÓI,0G0 9 

gallinas, se retiene a mirar la acequia, esa colabora- 
dora olvidada del poema del surco ; se sienta bajo 
los talas en la orilla del río, a ver bajar la hacienria 
al agua, y la ve realmente. Todos los demás hemos 
mirado cien veces la misma escena sin que se indi- 
vidualice en nuestra memoria. Pero después de leer 
la descripción de Gil, el cuadro se nos queda graba- 
do y los rasgos con que él lo presenta, nos parecen 
más exactos que la realidad de nuestros propios re- 
cuerdos. 

Este es el triunfo de la obra de arte verdadera: 
con medios simples, con los elementos a veces los 
más sencillos y primarios^ alcanza reproducciones de 
la naturaleza y de la vida, que adquieren luego exis- 
tencia propia en el mundo del espíritu. 

Dentro de la limitada esfera a que aun circuns- 
cribe Gil sus dotes de observador, se manifiesta en 
sus producciones algo de ese poder de evocación cu- 
yo desarrollo en grado altísimo, forma en la labor in- 
telectual, la fuerza y el éxito de los grandes. 

Sabe mirar hacia arriba y hacia abajo. Su estilo 
tiene alma, con imágenes y giros que corporifican la 
idea, humanizan lo abstracto y vivifican lo pequeño. 

En curiosas personificaciones, hace dialogar a la 
Noche con la Pampa sobre asuntos trascendentales, 
expuestos con un lenguaje lleno de relieve y colori- 
do, en el cual la reflexión filosófica y la verdad 
científica se convierten en materia asimilable aun 
para los profanos. 

Pone en las cuestiones más solemnes, notas viva- 



16 



JOAQUÍN CASTEIJvANOS 



ees (le humorismo criollo. Tiene con las constelacio- 
nes familiaridades de asiduo visitante ; reportea a 
ios astros, con la naturalidad de los viejos periodis- 
ipís a ios personajes ilustres. Cuando su pensamiento 
se remonta al mundo sideral, se conduce como un 
verdadero repórter del espacio, que nos informa de 
las últimas novedades que ocurren en las oficinas de 
la creación. Y después de atisbar allá arriba la Casa 
de Gobierno de Dios, desciende a la tierra y se con- 
vierte en cronista de la naturaleza campestre, que 
describe la "vida social" de la montana y la selva, 
con relatos sobre las festividades de la primavera ; 
los noviazgos de las flores ; el malicioso exhibicionis- 
mo de las mariposas, esas cocottes del aire ; las tem 
poradas liricas en que descollando sobre tiples y so- 
pranos, acredita al zorzal su voz de tenor ; y con des- 
cripciones de la gran ceremonia nupcial en que el 
Sol se desposa con la Tierra, bajo la iluminada cate- 
dral del firmamento. 

En la antigua mitología germánica, el símbolo de 
la naturaleza era el gran árbol Igdrásil, cuya copa se 
remontaba al cielo y cuyas ramas cubrían el horizon- 
te. Relacionando esa alegoría con nuestro tema, la 
intelectualidad de Martín Gil, se presenta en este li- 
bro como un ave que ora desciende a picotear la 
brizna de yerba al pie del tronco, ora se posa en una 
rama, o revolotea en la cima del árbol inmenso, em- 
blema de la vida. 

Joaquín Castei^lanos, 

Buenos Aires, Junio 28 de 1903. 



\ 



MODOS DE VER 



NOCHE DE PERROS 



En el mes de Septiembre — hace ya mucho tiem- 
po — llegaba yo y mi sirviente a la estancia "La 
Choza", del ilustre doctor Bernardo de Irigoyen, 
munido de una recomendación de dicho hombre de 
estado para su administrador el señor Zalazar, cor- 
dobés como yo y un cumplido caballero, como suelen 
serlo todos los cordobeses trasplantados, sin que es- 
to quite que los de almáciga también lo sean. Su- 
pongo que a nadie le importará saber a qué iba yo a 
*'La Choza", pero si alguien se interesa, por aquello 
de que todos quieren meterse en lo ajeno, no tengo 
inconveniente en satisfacer su necesidad : iba yo con 
el estómago por los suelos, es decir, enfermo de esíi 
viscera sine qua non; me faltaba lo que le sobra al 
avestruz : pepsina, y tenia la esperanza — si es que 
un enfermo del estómago puede abrigar alguna — 
de levantarlo en el campo. Fui^ pues, recibido con to- 
das las atenciones por el señor Zalazar. 

— El amigo Gil querrá salir a caballo, ¿no es ver- 
dad? 



14 MARTÍN GIL 

— Con mucho gusto, señor. 

— Pues entonces le haré ensillar el malacara de 
(Ion Bernardo, su caballo de confianza. 

— ¡ Tanto honor ! 

Monté en el gran malacara — una especie de ci- 
lindro envuelto en grasa — tan estúpidamente gor- 
do, que hasta las articulaciones habían perdido la 
noción de sus funciones. El animal se movía de una 
pieza, así como esos caballos de madera que usan los 
niños y que tienen clavadas sus cuatro patas en dos 
balancines de silla-hamaca. 

Intentamos galopar, pero en menos tiempo que 
canta un gallo enano, me encontré tendido de boca 
sobre un cardal lustroso. Este fenómeno, según Za- 
lazar, se debía a que don Bernardo nunca galopaba, 
así que el malacara había olvidado el mecanismo del 
galope ; por lo tanto se trabó ... y lo demás fué por 
cuenta exclusiva de la ley de gravedad. Hice presen- 
te que en tal caballo no podía andar seguro un can- 
didato a la presidencia y volvimos a las casas. 

— Venga, amigo Gil, le mostraré algo muy nota- 
ble, — me dijo Zalazar, señalando una jaula de 
hierro. 

En el primer momento creí ver un par de tigres 
de Bengala, que se abalanzaban furiosos al mirarme. 

— Estos son dos perros de raza mastín — me di- 
jo — traídos de Inglaterra. El doctor los quiere mu- 
cho, y son mansos con él; pero ya han hecho peda- 
zos (la ropa por lo menos) a varias personas, y en 
los 'días nublados, cuando salen a retozar a los po- 



MODOS DE VER 



15 



treros generalmente matan vacas, novillos, ovejas o 
h^ primero que se les presenta : se les prenden del ho- 
cico ¡ y al suelo ! en seguida colmillo a la garganta, y 
¡asunto concluido! Eso lo hacen por vía de ejerci- 
cio. Ahora los largarán como de costumbre para en- 
cerrarlos al anochecer. 

Francamente, me hizo muy poca gracia todo este 
relato, pues un peligro, por más lejano que esté, nun- 
ca hace gracia. 

— Como usted estará algo fatigado — me dijo Za- 
lazar después de comer — lo acompañaré hasta su 
cuarto para que se acueste ; tendremos que andar 
unos cincuenta metros; pues le hemos arreglado 
pieza en la casa del doctor, asi que usted y su sir- 
viente serán los únicos habitantes de ella por lo 
pronto. 

Efectivamente, me encontré dueño y señor de un 
gran caserón, rodeado por un espléndido bosque de 
eucaliptus. Viéndome instalado el señor Zalazar, dio 
las buenas noches y se fué. Mi sirviente se acostó en 
la pieza contigua a la mia y yo me quedé en la gale- 
ría, no sin sentir un cierto malestar indefinido, pro- 
ducido quizá por encontrarme solo, de noche, en una 
casa desconocida y vacía, rodeada por un bosque te- 
nebroso y todo esto sumergido en profundo silencio : 
el silencio del campo. 

La atmósfera estaba pesada, aunque el barómetro 
dice que en tal caso está liviana. Una tormenta de 
primavera formada por espléndidos cúmulos, esas 
nubes blancas nacaradas, de curvas ampulosas y tor- 



16 MARTÍN GIL 

neadas como alfeñiques gigantes, iba trepando len- 
tamente el horizonte al compás de sus salvas eléc- 
tricas : parecía un inmenso acorazado que viniera 
dispuesto a bombardear al planeta. Así serán proba- 
blemente los globos de guerra que usará la humani- 
dad dentro de mil años, pues supongo que nos se- 
guiremos matando hasta esa fecha... pero esto no 
tiene nada que ver con los perros. A cada instante 
el rayo, con su espada en zig-zag, atravesaba con 
furia las entrañas de las nubes, partiéndolas en ta- 
jadas luminosas. A los dos o tres segundos llegaba 
el estampido del trueno, certificando el oído lo que 
los ojos habían visto. 

Luego nomás el bosque principió a dejar sentir ese 
rumor característico de la llegada del viento, entre- 
mezclado con las voces de alarma dada por los ani- 
males : el grito de las gaviotas, del teru-teru, de las 
caseritas y uno que otro pájaro mal instalado en el 
ramaje; el relinchar de las manadas, el balido de 
las ovejas que remolineando van a amontonarse en 
un ángulo del corral con las cabezas bajas, forman- 
do con sus cuerpos una mancha blanca e inmóvil, la 
que el relámpago hace surgir a intervalos de entre 
las tinieblas. 

Cuando principiaron a caer las primeras gotas, 
esas gotas tibias, grandes como cuentas de cristal, 
propias de las lluvias primaverales, y el exquisito 
olor a tierra mojada invadió la atmósfera — perfu- 
me debido según Berthélot a un humilde microbio — 
resolví acostarme para oir llover a mi gusto. 



i 



MODOS DK VEJÍ 17 

Había dejado la puerta entreabierta y me encon- 
traba sentado en la cama a la luz de una vela y a 
medio vestir, con una pierna en número cuatro y con 
ambas manos y mis cinco sentidos puestos sobre un 
impertinente nudo ciego que había hecho presa en 
una de mis polainas, esos nudos insolubles que no 
aflojan ni a diente con saliva, y que por último hay 
que aplicarles el sistema del gran Alejandro ; me ha- 
llaba en tal posición, decía, cuando sentí algo así 
como una de las notas más graves del órgano, y le- 
vantando la cabeza vi un perrazo enorme a mi lado 
en actitud de atacar, brillándole un par de ojos in- 
móviles y amarillos como dos esterlinas. 

No hay duda que en un gran peligro se piensa 
más cuerdamente que en un percance de poco valor. 
Al instante me di cuenta de que si me movía queda- 
ba convertido en menudo picadillo ; así que perma- 
necí más quieto que un poste, con las dos manos 
puestas sobre el nudo ciego y los cinco o seis senti- 
dos sobre el mastín. Ignoro qué tiempo pasamos en 
ese estado, pero algún buen rato debió ser, porque 
al fin el perro resolvió echarse, pero sin cambiar de 
sitio ni de visual. Me miraba este bruto con tal insis- 
tencia y fijeza, que parecía en éxtasis, haciendo yo, 
por lo tanto, el papel de visión. Intenté resolver el 
problema de llegar con la cabeza a las almohadas. 
Según mis cálculos, en dos horas debía llegar — si el 
perro no disponía otra cosa — moviéndome a razón 
de un centímetro por minuto. Iba yo descendiendo la 
curva con toda felicidad, repartiendo las miradas en- 



18 MARTÍN GIIv 

Ire el animal y las almohadas, cuando sonó con es- 
trépito un elástico del colchón. Al mismo tiempo, se 
puede decir, rujió el perro, levantándose como im- 
pulsado por un resorte. Por lo visto, la ecuación per- 
sonal — y dispensen los astrónomos — o el tiempo 
fisiológico de tal bruto, era mínima. Me miró un 
momento y volvió a echarse gruñendo. Aproveché 
este acto de generosidad para llegar a las almohadas. 
Después fui subiendo las piernas con la mayor cau- 
tela imaginable y quedé acostado en forma. Al poco 
rato, la vela entró en agonía y expiró, entregando su 
espíritu a la atmósfera. 

De vez en cuando un relámpago iluminaba la pie- 
za ; entonces tenía la satisfacción de ver en el mis- 
mo sitio a mi fiel guardián. La situación al fin, iba 
resultando pasable. Con tal de no dormirme, para 
evitar ronquidos o cualquier movimiento fuera de 
programa, estaba salvo. Me dediqué, pues, a pensar 
en cualquier cosa hasta que amaneciera, pero resul- 
tó que se me agotaron todos los temas y el alba no 
llegaba. 

Felizmente, la Luna, cual una monja enclaustra- 
da y curiosa, asomaba a cada instante su cara blanca 
y redonda por entre las grietas de las nubes en mo- 
vimiento y los barrotes de una ventana que tenía al 
frente. 

Por fin la Tierra enderezó su lomo, pero recién 
como a las nueve de la mañana golpeó la puerta una 
sirviente y me preguntó si deseaba tomar algo. 



MODOS DE VER 19 

— Tomaré el portante, — le contesté, — después 
([uc saquen este perro. 

— ^:Qué dice, señor? 

— ¡ Qiie entre y saque este animal ! 

— ¿Pero se habrán salido los perros? — refunfu- 
ñó la mujer, entrando a la pieza. — ¿Y el otro? — 
(Hjo. 

— ¿Qué otro? 

— ¡ El otro perro ! 

Entonces se oyó una voz como de ultratumba que 
decía. . . 

— Aquí está desde anoche... haga el servicio... 

Era el pobre de mi sirviente que hablaba por en- 
tre las mantas y almohadas que se había echado so- 
bre la cara. 



BAJANDO AL AGUA 



El Sol se ha levantado de muy mal humor, y es- 
cala el horizonte haciendo lucir sus flechas de oro, 
con las que amenaza acribillar la tierra. Sus prime- 
ros dardos van dirigidos a las lomas blancas — así 
como el toro ataca al rojo — pero las lomas se de- 
fienden con brillantez, parando el golpe, reflejando 
los rayos, volviendo la pelota. 

El color blanco triunfa del Sol, como el escudo 
de las jabalinas. Pero las que sufren son las monta- 
ñas de granito : ellas soportan en silencio las conse- 
cuencias de su color y se dejan quemar sin protesta 
por las puntas de fuego. 

Los arroyos apresuran su marcha para llegar 
pronto a la sombra de los sauces, los que parecen 
querer protegerlos extendiendo sus millares de bra- 
zos flexibles. Las perdices silban corto y poco. Las 
caseritas u horneros trabajan su bóveda en silencio, 
sin alborotar con sus dianas cacareadas, en las que 
una de ellas ejecuta un largo trémolo, y la otra mar- 
ca el compás con un gritito seco. 



MODOS DK VF.R 21 

No corre una gota de aire; no se mueve una hoja: 
tendremos un día feroz. 

Me voy, si nadie se opone, a ver bajar hacienda 
al agua. Con un día como este, el espectáculo suele 
ser muy interesante. 

Bien pues : aquí estamos a la sombra de un enor- 
me tala de tronco agrietado y nudoso, copa opu- 
lenta y tupida como vellón de oveja Rambouillet 
en donde se han solazado más de cien generaciones 
de cachalotes y cotorras bullangueras, tejiendo en él 
sus nidos ásperos y enormes cual bolsas de espinas. 
De los gajos más finos penden, como diminutos in- 
censarios, nidos de picaflores, oscilando suavemente, 
cuando cerca de ellos sus relucientes dueños hacen 
zumbar las alitas bronceadas. 

Al frente, dentro de un marco de barrancas colo- 
radas que recuerdan el dulce de guayaba, está la re- 
presa natural, más tranquila que un cadáver, festo- 
neada por una verde cinta de plantas acuáticas y sal- 
picada de copos blancos y espumosos, como aquellos 
merengues con que se adornaban a las empanadas de 
a real, dignas de priores y padres guardianes, aun- 
que también solían deleitar, allá para la Pascua, lo^ 
insaciables estómagos de novicios retozones. 

* 

Un martín-pescador, de más cabeza y pico que 
cuerpo, se encuentra inmóvil sobre una rama que 
emerge del agua. De vez en cuando se arroja como 



22 MARTÍN GIL 

un hondazo sobre la superficie líquida, y vuelve al 
mismo sitio, relumbrándole en el pico una mojarra, 
como astilla de nácar : se la engulle con trabajo, a 
fuerza de sacudirse y estirar el pescuezo. Y la luz, 
al caer sobre su plumaje atornasolado y húmedo, res- 
bala alegremente, centelleando con los colores del 
arco-iris. Debido al choque, la bruñida lámina del 
agua se riza toda entera, y una infinidad de círculos 
dilatan más y más sus blandas curvas, con la noble 
ambición de abarcar el infinito, pero van a romper- 
se o morir^ imperceptiblemente, algunos al dar con- 
tra la tosca, y los más sin llegar a parte alguna, co- 
mo las ilusiones. 

* * 

Oyese un tropel con su repique de cencerro, y lle- 
ga al trote largo una manada : las muías adelante, es- 
pantándose de nada, fingiendo sustos y sobresaltos. 
Después las yeguas con sus colas bien cerdeadas, sus 
grandes barrigas lustrosas, y sus potrillos. Atrás de 
todos, como el bedel, viene el padrillo, agachando la 
cabeza hasta tocar el suelo y parando la cola que es 
una viva porra. Pero más atrás todavía, como el 
trompa de órdenes, viene el burro, miembro deshe- 
redado de la familia, sobre quien llueven coces y 
mordiscos que es una delicia. Camina piano, piano, a 
una respetable distancia del padrillo, su mortal con- 
tricante. Al menor movimiento de éste, nuestro ore- 
judo personaje da media vuelta, presentando la po- 



MODOS DE VER 23 

pa al enemeigo; amuja las orejas, agacha la cabeza, 
esconde la cola entre las piernas, y encogiéndose, lar- 
ga al aire dos patadas por vía de ensayo o por lo que 
"potest contingere". El bedel, bien erguido, el cue- 
llo arqueado, y brillándole los ojos, lo mira un ins- 
tante con fijeza, y después sigue a la manada, la que 
llega al agua en tumulto, hundiéndose con estrépito 
hasta el pecho, y enterrando los hocicos con avidez, 
como sanguijuelas hambrientas. Silencio y quietud 
completa mientras beben. En seguida se enjuagan la 
boca, saboreándose ruidosamente y principian a cha- 
palear el agua a manotadas ; algunas se bañan, y por 
fin concluyen desfilando hacia la puerta, no sin an- 
tes haberse revolcado en el arenal con general con- 
tentamiento y rumores de todo género. Se dirigen 
estornudando al cometierra, el que los espera con 
sus huecos pulidos y lustrosos a fuerza de lengüeteo. 
Se oye un rebuzno formidable, y casi al mismo 
tiempo retumban dos golpes en las costillas del 
cantor. 

Van llegando y bajando las vacas, tranquilamente, 
a paso que dura^ castañeteándoles las uñas partidas. 
Los terneritos al lado, ñatitos, naricitas húmedas y 
frescas, grandes ojos negros, largas pestañas y todo 
el cuerpito brillante y lustroso como un raso. 

Después de beber interminablemente, suben ape- 
nas el repecho, haciendo estaciones, con el lomo ar 



24 MARTÍN GIL 

qiieado y los vientres inflados, dejando algo más 
resbaladiza la pendiente. Pasan también al cometie- 
rra a tomar el postre, y vuelven en seguida a echar- 
se debajo de los monumentales algarrobos del rodeo, 
dedicándose a rumiar con tanta calma y cachaza, 
como un turco fumando opio. 

* 
* * 

Se siente un traqueteo menudo, algo como un tor- 
bellino; gajos que se quiebran y piedras que rue- 
dan; balidos, campanillas, estornudos; y aparecen de 
golpe las cabras, en pequeños grupos, sobre las ba- 
rrancas, cual soldados tomando por asalto una trin- 
chera. Miran el agua como sorprendidas, mientras 
los cabritos de todos colores, suben y bajan, corren y 
brincan, se apiñan y desparraman, como papel pica- 
do barrido por un remolino. Por fin descienden to- 
das a un tiempo, y beben atropelladamente, a tra- 
gos entrecortados, y desaparecen como llegaron : er 
un santiamén. 

El cabrero — un perro flaco, pero ladrador — la'? 
espera echado en la senda. Cuando la majada está 
reunida, da unas cuantas vueltas a su alrededodr, 
con el propósito de hacer entrar en vereda a cual- 
quier cabra rebelde, e inicia el rumbo que deben se- 
guir, ladrando y avanzando al galope. Y lo siguen, 
desde el chivato moro de cuernos torneados, barba 
ahumada y fragante, hasta la última cabrillona co- 
queta, más blanca y crespa que una diamela. Y mar- 



MODOS DE VER 25 

chan y marchan, al parecer sin derrotero, y a la 
desbandada, para caer luego, como una tromba, so- 
bre el maizal del vecino. 

* 

Ahora vienen los bueyes : paso al gran motor ar ^ 
gentino, a la fuerza viva de nuestro progreso ; al hé- 
roe de nuestras pampas y montañas ; al trabajador 
silencioso, infatigable y sobrio, que con su paso len- 
to pero enérgico, abre el surco rasgando la tierra e 
inunda a la Europa con los granos de oro. 

Van llegando lentamente, con aire marcial, con 
cierta indolencia olímpica de emperador romano. Las 
cabezas se les balancean al compás de su andar rit- 
mado ; sus grandes astas pulidas en su base por el ro- 
ce de la coyunda, representan, sin metáfora, nuestro 
cuerno de la abundancia. En sus grandes costillares 
y paletas, se puede pasar revista a todas las marcas 
de la pedanía: son tableros ambulantes, repletos de 
jeroglíficos indescifrables, algo así como carteles chi- 
nescos de figuras estrambóticas, que de todo pueden 
hablar menos de nuestra cultura. 

Llegan al agua y beben más que una locomotora, 
retirándose al fin, con sus barriles rebalsando. 

En la senda, y envuelto por una nube de tierra 
que él mismo levanta, los espera un torito criollo, 
más compadre que un cantor de pulpería: brama 
como un tigre, encorvando el lomo como para 
agrandarse; la cabeza gacha, mirando de reojo a 



2fi MARTÍN GIL 

los bueyes, como queriendo decirle: ¡arrímense, 
maulas! Pero los bueyes pasan sin mirarlo siquiera, 
y el compadrito se imagina que le tienen miedo. 
Así hay mucha gente sin ser animales. 

El calor arrecia que es un primor, y la represa 
queda desierta. 

Toda la hacienda ha bebido, pero no se moverá 
de la sombra hasta que refresque. 

Se respira un aire de fuego, asfixiante. Los pá- 
jaros están escondidos en lo más espero del rama- 
je, acezando con los picos abiertos y las alas caídas, 
latiéndoles su gargantitas esponjadas como borlas. 

Únicamente la paloma torcaz deja sentir su can- 
to monótono. 

Aprovechando el momento de calma chicha, co- 
mienzan a salir las iguanas, casi arrastrándose con 
sus patas chuecas y regordidas : se dirigen a la re- 
presa, deteniéndose de trecho en trecho, para ex- 
plorar el camino con sus caras de idiotas. Después 
de beber y bañarse, fustigando el agua con sus 
colas de látigo, vanse a comer piquillín o fruta de 
tala y buscar nidos de perdiz en los pajonales. En 
la tierra suelta, una raya sin ondulaciones indica 
su paso. 
* Declina el Sol, dando un salto mortal por sobre 
las montañas, y rasgando al pasar algunas nubes 
que se le atraviesan en el camino, así como en el 
circo, la linda rubia saltarina ecuestre, de faz ri- 
sueña y cuerpo aprisionado en malla rosa, perfora 



MODOS DE VER 



27 



el disco de papel pintado que el payaso le opone 
diestramente. 

Los conos azulados de las sierras se destacan 
de relieve en un gran fondo de luz anaranjada. Mi- 
llares de chicharras hacen vibrar los montes con 
su canto estridente. Oyese el balido lejano de las 
majadas que llegan al corral, y el grito agudo de 
la mujer que las arrea. 

Después, la luz comienza a agonizar, y la som- 
bra y el silencio invaden lentamente. Sopla una leve 
brisa. Las flores de la noche, como temerosas de 
ser vistas, abren con sigilo sus pétalos sedosos, y 
la atmósfera se carga de perfumes ; los grillos prin- 
cipian a templar su cuerdita chillona ; las ranas 
modulan en coro sus salmos plañideros ; a lo lejos 
se oye el llanto cristalino de los manantiales, y en 
todas direcciones, cual estrellas fugaces, se ven cru- 
zar los tucos y luciérnagas con sus verdes linternas. 

1902. 



SOBRE EL RASTRO 



Creo que para mi relato, no es del todo indis- 
})ensable hacer saber al lector que ño Cecilio era 
el paisano más hediondo a chivato que he conocido 
en mi vida. Todo su cuerpo estaba penetrado de 
ese tufo acre y picante que despiden los corrales 
de cabras después que llueve y abre el sol. Pero 
pasemos por alto el olor del buen paisano. 

Serían las dos de la mañana cuando nos recor- 
damos sobresaltados por las sacudidas que alguien 
nos daba. 

— ; Niños ! niños ! levanten ! vengan ! oigan ! 

Al mismo tiempo un fortisimo olor a chivato in- 
vadió la habitación. Crujieron dos viejos catres de 
lona y mi primo y yo salimos casi juntos al patio, 
tambaleándonos, medio dormidos. 

— ¿Qué hay, ño Cecilio? 

— ¡El león en el potrerillo! — dijo en voz baja 
y trémula. — Cállense y atiendan — añadió. 

Contuvimos la respiración, y abriendo boca y 
ojos, escuchamos. 



MODOS DE VER 



29 



A esa hora reinaba una quietud imponente. Una 
brisa suavísima rizaba apenas al follaje de los enor- 
mes nogales que rodeaban la casa, produciendo cier- 
to susurro imperceptible. La naturaleza toda can- 
taba su gran romanza sin palabras: la canción del 
silencio. De pronto hacia el lado del potrerillo se 
oyó un furioso resoplido, tropel y relinchos entre- 
cortados, mezclándose a todo esto el tañido de un 
cencerro. 

— Ese bufido es de la muía castaña — dijo ño 
Cecilio — y cuando esa bufa, no es de vicio : a la 
fija que anda el león ! 

Para estos casos u otros parecidos, acostumbrá- 
bamos tener un par de caballos atados a soga, así 
que ño Cecilio tardó menos en ensillarlos que nos- 
otros en vestirnos. Los perros, maliciando de lo 
que se trataba, habían rodeado a los caballos, y 
cuando fuimos a montar, acompañados de la vieja 
carabina leonera, nos recibieron con una algazara 
infernal : saltos, ladridos, aullidos, bostezos, chico- 
teo de colas, palmoteo de orejas y estruendo de 
narices, al parecer obstruidas. Dimos el silbido de 
ordenanza para animar a la jauría, y nos dirigi- 
mos al potrerillo. Ño Cecilio se nos incorporó ji- 
neteando en pelo, el petizo zaino bichoco, al que 
había encontrado en la huerta comiendo duraznos. 

Al llegar a la primera quebrada, percibimos un 
fuerte olor a menta y poleo, de lo que se deducía 
que por allí debió andar disparando la manada un 
momento antes. Y efectivamente, detrás de un ta- 



;i(» MARTÍN GIL 

lar, encontramos la manada del moro, en actitud 
expectante : silenciosa, amontonada, apiñada como 
un racimo, del cual se destacaban, como puntas de 
lanzas, innumerables orejas. Los pobres animales 
nos miraban de cierto modo extraño ; parecían que- 
rer dccrnos que algo grave ocurría muy cerca dé 
allí. Solamente la muía castaña, inquieta y nerviosa 
trotaba en todas direcciones, resoplando por su na- 
riz elástica, y parando las orejas como cartuchos 
peludos. No habríamos andado cinco minutos, cuan- 
do los perros comenzaron a saltar y remolinear, 
con el hocico pegado al suelo, hasta que concluye- 
ron por amontonarse debajo de un algarrobo. 

— Allí debe de estar la presa — dijo ño Cecilio. 

Y los tres llegamos juntos hasta el árbol, apeán- 
donos de un salto. 

— Velai la potranca rosía, — dijo el paisano, aga- 
chándose hasta tocar el bulto que rodeaban los pe- 
rros. — ¡Pucha, digo! ¡tan luego a la rosía! ¿Por 
qué más bien no le habrá metido uña a la gatiaita 
lunanca? 

El pobre hombre parecía ignorar que muchas ve- 
ces la fealdad es el mejor baluarte. 

El cadáver estaba aún caliente, y presentaba .va- 
rios tajos profundos que corrían desde las prime- 
ras costillas hasta el anca. Pero a todo esto los pe- 
rros, después de examinar rápidamente el caso con- 
creto, habían desaparecido. Indudablemente seguían 
el rastro del león, el cual al sentirnos, debió abando- 
nar la presa. Montamos, y sin movernos del sitio 



SI 

MODOS Di: VER 

en que estábamos, con la boca seca de emoción y 
las manos húmedas y frías, esperamos el primer 

anuncio. 

La muía castaña seguía bufando. 

Un ladrido corto y seco llegó a nuestros oídos; 
después, una pausa ; en seguida otro, y otro más. . . 
y ladraba toda la jauría. 

—Doy la doble contra sendo — dijo ño Cecilio 

a que van y lo empacan en el monte de quebra- 

^^hos. — Y nos dirigimos hacia donde se iniciaba 

el ataque. 

Los ladridos continuaban, pero cada vez más le- 
jos. Había momentos de silencio completo, para des- 
pués estallar un clamoreo indescriptible. El león, 
siguiendo su táctica, peleaba en retirada, engañando 
al enemigo con sus saltos y gambetas. El monte 
íbase volviendo cada vez más inaccesible. Había 
que hacer prodigios de esgrima con el cabo del 
talero para rechazar el ataque constante y tenaz 
del garabato, ese arbusto de espina acerada y cor- 
va como uña felina, enemigo irreconciliable de la 
ropa y de la piel. Por fin no pndiendo avanzar 
más, aseguramos los caballos y marchamos a pié. 

Los ladridos se oían en un solo punto y su in- 
tensidad no variaba ; el enemigo, por lo tanto, esta- 
ba empacado y no muy lejos de nosotros. 

En ese momento las estrellas comenzaban a pa- 
lidecer. L^n suave resplandor amarillo-mate vislum- 
brábase al Este : venía el alba. La aurora, con sus 
dedos de nácar, principiaba a ejecutar su gran pre- 



82 



MARTIN GIL 



ludio en notas de luz. Arriba del horizonte, en lo 
alto, semejando una bandada de garzas rosas, flo- 
taban en hilera algunos cirrus. 

Habíamos llegado hasta muy cerca de un mato- 
rral impenetrable, en donde se sentía hervir el en- 
jambre de perros. Teníamos que hablar a gritos 
para entendernos ¡de tal manera vociferaban estos 
bárbaros! Nos arrastramos, se puede decir, unos 
cuantos metros más, y por entre el tupido mato- 
rral alcanzamos a distinguir los perros que, alre- 
dedor de un gran tronco de quebracho, se revolvían 
furiosos, ladrando en completo disconcierto, con 
sus ojos fijos hacia arriba y sus largas y ondulan- 
tes lenguas desplegadas. Algunos permanecían echa- 
dos e inmóviles como en éxtasis, con los ojos llo- 
rosos y la boca abierta de par en par, acezando 
desesperadamente ; otros llegaban hasta nosotros 
a toda prisa, y meneando la cola, nos largaban un 
lengüetazo, volviendo en seguida a sus puestos. La 
espesura del monte nos impedía ver lo que había 
en el árbol. 

Nos aproximamos todo lo posible hasta quedar 
debajo mismo del quebracho, y ño Cecilio, atando 
con su arreador los gajos que nos impedían ver, 
tiró con todas sus fuerzas, que no eran pocas. En- 
tonces pudimos contemplar un hermoso cuadro : 
arriba, en un gajo más bien delgado del enorme que- 
bracho, se balanceaba suavemente un espléndido 
puma, el león de nuestras sierras. Su cuerpo elás- 
tico y de elegantes curvas, se destacaba soberbio 



MODOS de; ver ^® 

en el fondo brillante y puro de un cielo azul. -^Su 
piel bronceada y lustrosa, reverberaba a los prime- 
ros rayos de un sol naciente. Parecía estar comple- 
tamente tranquilo : miraba a los perros como a ver- 
daderos perros, con olímpico desprecio. En su cara 
redonda y sin expresión, fulguraban dos grandes 
ojos anaranjados y cristalinos como discos de ám- 
bar. ¿Cuánto hubiera dado un aficionado a la fo- 
tografía por encontrarse allí con su máquina? 

El cuadro valía la pena, indudablemente. Pero ño 
Cecilio entendía muy poco de estética, y casi de mal 
modo nos dijo: 

— ¡Ideái! ¿Qué hacen que no le meten? Hasta 
qué hora queren que esté cinchando? 

Cuando sonaron los dos tic de la carabina al ser 
montada y mi primo apuntó, callaron de golpe to- 
dos los perros, escondieron sus lenguas y quedaron 
inmóviles. La espectativa era solemne. Habíamos 
convenido en herirlo levemente para no dejarlo in- 
defenso. — ¡ A las patas de atrás! — dijo el tirador, 
y un estampido de carabina rémington repercutió 
de quebrada en quebrada. 

Cuando con nuestros sombreros hubimos disi- 
pado la nube de humo que nos envolvía, pudimos 
ver' al león abrazado al mismo gajo en donde un 
momento antes estuviera de pié. Pero la situación 
era insostenible, porque todo su cuerpo pendía y 
oscilaba, y por más gruesos que fueran sus puños, 
no podía resistir mucho tiempo. El pobre animal 
miraba en todas direcciones buscando dónde lar- 



M MARTÍN CTI. 

garse sin caer sobre algún enemigo. Por fin se des- 
plomó, quebrando gajos y apretando perros. En el 
primer momento no vimos más que un enorme ovi- 
llo o madeja móvil, compuesto de patas, colas, ca- 
bezas y bocas dentadas. Una gritería infernal lle- 
naba los aires. . -. ^ 

Nos aproximamos, y no sin trabajo pudimos dis- 
tinguir a la víctima que, tirada de espaldas, y pren- 
dida con uñas y dientes, formaba el núcleo central 
del gran pelotón vivo. El león al vernos, debió ha- 
cer tm esfuerzo supremo, porque de pronto el ovi- 
llo se dilató, abriéndose como una ola ; los perros 
remolinearon, y surgió el león hecho un arco, todo 
erizado como un cepillo enorme, echando chispas 
por sus ojos. ^ 

— ¡Ese es gaucho y medio! — dijo ño Cecilio — 
¡ Óiganle a esa maula ! 

El león ocupaba el centro de un gran círculo 
camino. Entre la jauría había un perro notable por 
su valor, fuerza y destreza ; lo que sí, necesitaba 
ser animado. 

Entonces, tocándole el lomo, dímosle la orden de 
ataque — ¡vamos, ñato! — y se arrojó ciego sobre 
el felino. Este lo recibió con sus grandes garras 
abiertas como un par de rosas siniestras, las que 
fueron a incrustarse en los flancos del perro: pero 
las mandíbulas del ñato, haciendo las veces de te- 
nazas dentadas, oprimían la garganta del enemigo 
con mortal insistencia. 

El ejemplo es contagioso ; todos los perros ata- 



MODOS DE VER 



35 



carón resueltamente, y en algunos minutos de lu- 
cha encarnizada y feroz, el terror de manadas y 
majadas, el gran dañino, la pesadilla de esa pobre 
gente que se mira como en un espejo en sus cuatro 
potrillos y sus cabras, entregó su vida, combatien- 
do como un héroe. 

La luz de un sol radiante se derramaba a to- 
rrentes sobre montes y quebradas. Las lomas de 
talco brillaban alegremente, como odaliscas cubier- 
tas de lentejuelas: parecia que ardían. Las maja- 
das de cabras recién libertadas del corral, trepaban 
las alturas casi al trote, desparramándose por las 
laderas como puñados de confites, mientras que 
arriba, en el espacio sin límites, algunos cóndores 
con ^s grandes alas extendidas y rígidas, dibuja- 
ban majestuosamente interminables espirales, bus- 
cando quizá, como al descuido, con sus sangrientas 
pupilas, el tierno cadáver de la potranca rosilla. 



DIALOGO NOCTURNO 



A mi amigo, el genial ar- 
tista Carlos García Tolsa. 

El crepúsculo se extinguió lentamente como la 
vaga mirada de un moribundo, y tras de él, siguien- 
do sus pasos, pero sin apresurarse, llegó la Noche, 
fresca, melancólica y sonriente, como viuda joven 
que abriga esperanzas. 

Llegó, y abriendo poco a poco sobre la Pampa 
inmensa, su hermosa sombrilla salpicada de luces, 
quedó pensativa. 

Los escasos ruidos y murmullos fuéronse amor- 
tiguando hasta desaparecer completamente. 

Entonces la Noche, con su mano impalpable, aca- 
rició las yerbas y pastos floridos, y estos en su 
obsequio abrieron sus pomitos de finas esencias. 

La Pampa sonrió y dijo : 

— ¡ Salud, querida Noche ! Al fin llegaste con 
tu quitasol ! Te has hecho esperar demasiado ; eso 
no está bien. 

— Imposible venir antes — replicó la Noche. 



MODOS DE VER 



37 



— Ya lo sé, es una broma. Pero mira que hoy, 
ese rubio guarango y majadero, tu enemigo mor- 
tal, el Sol, casi me ha incendiado con su mirada. 
Figúrate que a medio dia se plantó el muy ordina- 
rio sobre mi cabeza chata, y no hubo quien lo hi- 
ciera retirar. ¡ Cómo si algo se le debiera ! 

— Y ya lo creo que le debes! — dijo la Noche. 

— ¿Yo? No faltaría más! Pues qué le debo? 

— Nada menos que tu fecundación anual. 

— Hazme el favor de no hablar disparates, mira 
que pueden oírte. 

— Estamos solas — dijo la Noche. 

— ¿Y la Luna? 
— Oh! esa vendrá recién al amanecer, cuando yo 
me haya marchado. Y después, aunque estuviera a 
nuestro lado, no habría ningún peligro. ¿ No sabes 
acaso que la Luna es una vieja chocha, sorda ta- 
pia, porque le falta el tímpano? Pobre vieja! Si no 
fuera que el Sol la ha tomado de reverbero y de 
espía a la vez, no serviría para nada. Ya sabes 
que esa bruja blanca es mi espía y la que alborota 
constantemente a ese inocentón del mar, tan gran- 
dote y tan simple, tan ciego y atropellado. Cuándo 
dejará de ser el juguete de esa vieja presumida! 
Si supiera que es una tarasca, remendada y pico- 
teada; muy blanca, es cierto, pero a fuerza de vi- 
driado y de cosméticos, como las mujeres de hoy: 
unas verdaderas camelias . . . hasta la garganta . 
Además, es tuerta y reumática. Ah ! te advierto que 
no hay como los tuertos para espías. El reuma le 



38 MARTÍN GIL 

atacó la cintura: no puede girar fácilmente. Re- 
cién cuando ha completado su ronda mensual, con- 
cluye de darse vuelta. Pero en ese momento se le 
achicharra el ojo completamente, y queda ciega 
por dos días más o menos. Uf f ! ! es un cascajo, 
un verdadero cascajo! 

— Ya veo que no andas muy en armonía con Se- 
lene — dijo la Pampa. — ¿Quieres que te hable con 
franqueza? Me parece que tu antipatía para con 
ella, se debe a que su presencia aminora el esplen- 
dor de tus joyas. 

— Así será, pero es una observación muy pueril, 
esa tuya — dijo la Noche. — Pues ¿quién es la vie- 
ja Selene ni el mismo rubio Apolo para contrarres- 
tarme ? Tú no me conoces, querida Pampa ; ya se 
ve, no me conoces. Pues debes saber que yo soy la 
reina absoluta del espacio ; todo él me pertenece. 
Eso que tú llamas con tanto garbo el día esplen- 
doroso, etc., es algo muy limitado : para mí vale 
tanto como el resplandor de un fósforo. Si tú pu- 
dieras remontarte un poco y atravesar la mayor 
parte de la atmósfera, llegando siquiera a la re- 
gión por donde cruzan las estrellas fugaces, te en- 
contrarías en tinieblas a las 12 del día, con el Sol 
sobre tu cabeza. Es que más arriba estoy yo con 
mi sombrilla y mis joyas, acompañada por mis dos 
hermanos, el Silencio y la Serenidad. El espacio 
es un mar insondable y tenebroso, inmóvil y abso- 
lutamente frío. El frío absoluto, el cero absoluto, 
¿ comprendes ? 



MODOS DE VER 39 

— Pues yo, con mis hermanos — prosiguió la No- 
che — llenamos ese mar, lo abarcamos, lo satura- 
mos y en él flotamos eternamente. Esas luces que 
ves destacarse en el fondo de mi sombrilla y que 
tanto te agradan, pertenecen a los barcos que na- 
vegan en el inmenso mar. Se mueven en todas di- 
recciones, trazando curvas gigantescas, aunque pa- 
rezcan fijos. Todo es cuestión de tiempo. Algunos 
se acercan a tu pequeño esquife, la Tierra, otros 
se retiran, los que, con el infinito rodar de los si- 
glos, irán desapareciendo lentamente hasta perder- 
se para siempre en la inmensidad. 

— No sé porqué estas cosas me entristecen — 
dijo la Pampa. 

— La poesía del misterio es siempre triste — 
replicó la Noche, pestañando ligeramente. 

— Como tú ves, todos esos navios llevan faros 
espléndidos, pero a mí no me ahuyentan con su 
luz — dijo la Noche. — ¿Conoces aquel lindísimo aco- 
razado que va allí? — agregó, señalando a Sirio. — 
Pues ese buque lleva un foco en su palo mayor, 
completamente superior al de nuestro Sol, el ru- 
bicundo Febo, mi gran enemigo, al decir de tí. 
¿Y qué me hace, vamos a ver? 

— Y aquel faro de 2° orden — dijo la Pampa — 
que no siempre alumbra con igual intensidad y que 
parece como si de cuando en cuando se le acaba- 
ra el aceite. 

— ¿Dónde? — dijo la Noche. 



40 MARTÍN GIL 

— Allí al Norte, en el Perseo, pasando las Plé- 
yades. 

— Ah! Es el buque Algol, beta del Perseo. La 
luz de ese buque es variable, intermitente. Sin em- 
bargo, oscila metódicamente. En un período que 
no alcanza a cuatro horas, casi se apaga duran- 
te veinte minutos, en seguida reacciona, volvien- 
do de su desmayo en tres horas y media, para con- 
servarse así durante dos días y pico. 

— ¿Y eso qué significa? — dijo la Pampa con cu- 
riosidad. 

— Existen al respecto varias hipótesis. Se cono- 
cen muchos faros de esa clase, pero su luz es de 
un valor muy insignificante. Los más nombrados 
son, Algol, que acabas de ver, eta de Argos, tan 
celebrada por Juan Herschel, y Mira - Ceti. 

— Esto es muy raro — dijo la Pampa. — Se me 
ocurre que esos buques deben andar averiados y 
muy cerca de naufragar. 

— En mi mar no 'hay naufragios — dijo la No- 
che — porque no tiene fondo ni superficie; no hay 
arriba ni abajo, nada cae ni sube : se anda siem- 
pre. Pero no estás descaminada, porque para mí, 
un buque de esos ha naufragado cuando su faro se 
ha extinguido. Entonces quedan convertidos en 
unos verdaderos monstruos negros, cipecie de ti- 
burones carboneros. En tal caso, mi sombrilla ha 
perdido una joya. 

— No, — replicó la Pampa, — se ha transformado 
en un brillante negro. 



MODOS DE VER 



41 



— Está buena la salida, pero te confieso que a 
pesar de la costumbre, me aterra el ver andar en 
las tinieblas esos buques negros, helados, sin vida: 
son mis fantasmas, mis negros espectros. Cuando 
los veo venir hacia mí, se me hiela el cuerpo. 

— Y a mí también me está dando miedo — dijo la 
Pampa. — Hablemos de otra cosa. 

— Y sabes cuántos faros se vislumbran? Oh! mi- 
llones y millones! Todos esos faros pertenecen a 
buques jefes, y seguramente cada uno de ellos mar- 
chan rodeado de su flota, como el Sol con sus ocho 
cruceros y sus destróyers. 

— ¿Y a dónde se dirigen todas esas flotas? — 
preguntó la Pampa con voz trémula. 

— Es triste decirlo! sobre el particular no se sa- 
be nada ; no se conoce el puerto, no hay rumbo ; se 
camina a ciegas en medio de la obscuridad y del 
silencio. Pero de todos modos no vale la pena in- 
quietarse, pues nada se remediaría. La Tierra es 
un pequeño navio que lleva sobre cubierta más de 
1500 millones de prisioneros. Estos m.illones de 
hombres no saben ni de dónde vienen, ni a dónde 
van, ni en dónde están. Ellos no pueden influir ni 
en la dirección ni en la velocidad del navio que los 
conduce, y sin embargo ¡los oyeras hablar de li- 
bertad ! 

— La dirección que llevamos si se conoce — re- 
plicó la Pampa — seis ilustres pasajeros o prisione- 
ros, como tú dices, la han determinado independien- 
temente, discrepando muy poco en el rumbo. 



42 MARTÍN GIL 

— Aplaudo a esos valientes prisioneros — dijo la 
Noche — pero ¿qué sacarás con saber que el Sol 
los lleva hacia la constelación de Hércules o La 
Lira? La distancia que los separa es todavía tan 
inmensa, que sería menester una eternidad para lle- 
gar, es decir, cuando la Tierra esté convertida en 
un cascajo como Selene. Y suponiendo que alguna 
vez llegasen y preguntaran a sus vecinas, La Li- 
ra y el Boyero, por el Sr. Hércules, de seguro que 
les contestarían : Ya no vive aquí ; hace quinientos 
siglos que se mudó con toda la familia, y nosotros 
también nos vamos, si se le ofrece algo. 

— Aquello de que no sacarán nada los prisione- 
ros de la Tierra con saber el rumbo que llevan, 
francamente me parece que es indigno de tí, queri- 
da Noche — dijo la Pampa. — Esa observación que- 
daría bien en boca de un cananéo vulgar o de un 
imbécil arrogante, de esos que hacen un culto del 
tanto por ciento, de la patada y del box, pero no 
en tí. 

— Pues retiro mi observación — dijo la Noche al- 
go cortada — y sigamos adelante. Es menester con- 
vencerse, querida Pampa, que en el espacio vale 
tanto andar como estar inmóvil, pues no se llega a 
ninguna parte. 

— Pero esto es proclamar el nirvana — dijo la 
Pampa abanicándose con agitación (aunque no en- 
cuentro con qué hacerla abanicar). — Es matar to- 
da ilusión, toda esperanza. ¡Esto acobarda, depri- 
me, anonada, mata! 



MODOS DE VER 43 

— Hay verdades dulces y amargas — dijo la No- 
che saboreándose. — Las dulces, alimentan como el 
azúcar, las amargas tonifican como la quina. Pero 
la mentira, por más dulce que sea, no alimenta ja- 
más : es como la sacarina, de un dulzor relajante 
y falso. 

— Sin embargo, me quedo con lo dulce aunque 
me salgan lombrices — replicó la Pampa. 

— Eso no pasa de una dulcísima imbecilidad, que- 
rida Pampa. Pues ¿por qué temes reconocer la ver- 
dad? Se debe estar siempre dispuesto a recibirla, 
venga de donde viniere : eso se llama ser libre. Pe- 
ro veo que nos vamos metiendo en honduras y el 
día se aproxima. Mira, Pampa desabrida : no te- 
mas por la suerte de tu buque ni por la de los otros, 
pues casualmente el hecho de no poder ser dirigi- 
dos por sus tripulantes, es su mayor garantía. Üe- 
ja que la gran flota universal hienda el espacio con 
sus quillas esféricas, y que sus velas invisibles se 
inflen al viento de lo desconocido ; estudia si pue- 
des, las leyes que rigen sus grandiosas trayectorias ; 
goza con el esplendor de sus luces polícromas cuan- 
do centelleen en mi negra sombrilla, pero no te 
inquietes por su suerte, que el viento que la im- 
pulsa es el soplo misterioso de lo incognocible. 

Esto diciendo, comenzó a plegar tranquilamente 
su sombrilla, porque notó que hacia el lado del 
oriente, alguien se le desteñía. 

— Allá viene la vieja tuerta, precediendo al Sol — 
dijo la Noche. — Me voy para el otro lado. Andan- 



44 MARTÍN GIL 

do me bañaré un buen rato en el Pacifico y vere- 
mos lo que hacen en Australia y en el Asia — y se 
esfumó. 

El alba triunfó ; y entre las nubes rosas que 
anunciaban el día, la Luna se desvaneció como un 
fragmento de hostia en los labios de una virgen. 



PRIMAVERAL 



No ha mucho que el Sol se despidió del hemis- 
ferio Norte, después de haber andado de ronda 
durante seis meses por sus dilatados dominios, de- 
rritiendo nieves y montañas de hielo, es decir, po- 
niendo en libertad al agua que el frío aprisionó en 
blanca celda; desencadenando trombas y ciclones, 
dorando espigas y racimos, azucarando frutas, in- 
cendiando corazones, infundiendo vida, movimien- 
to y brillo ; en una palabra : haciendo vibrar armo- 
niosamente a la naturaleza toda, cual un instru- 
mento de mil sonoras cuerdas. Con su disco de fue- 
go, cortó al ecuador celeste sobre la constelación 
de la Virgen, actual puerta de escape por donde 
sale de sus posesiones boreales y entra a las aus- 
trales, suyas también. Sin embargo, estas puertas 
van cambiando lentamente con los siglos. 

Su llegada no tomó de sorpresa a las plantas, 
pájaros e insectos: lo sintieron venir y se apre- 
suraron a vestirse de gala para festejar su arribo. 

Pero antes de que la aurora llegue en su rosado 



46 MARTÍN GIL 

carro lirado por blancos caballos, contemplemos la 
noche que todavía reina sobre su trono de ébano. 

Son las tres de la mañana. Las montañas dor- 
mitan agrupadas e inmóviles como enormes dro- 
medarios. Se experimenta esa sensación indefini- 
da originada por el silencio en las regiones mon- 
tañosas. De vez en cuando, una oleada suavísima 
de aire, trae envuelto en sus pliegues algo así co- 
mo un leve suspiro del arroyo lejano. Es la son- 
risa del agua. La cinta cristalina, al deslizarse ser- 
penteando en la oscuridad de la noche, se despide 
así, casi en secreto, de una piedra amiga o de una 
flor protegida. ¿Volverá a verlas o tocarlas? Qui- 
zá, si en su viaje no la traga al arenal o al Sol 
se le ocurre levantarla con sus rayos, convirtién- 
dola en blanca nube. Entonces podrá contemplar 
de nuevo sus montañas queridas, cerniéndose en 
lo alto. Pero no tardará mucho en volver a su es- 
tado de serpiente y comenzar de nuevo su pere- 
grinación eterna, porque el agua de las montañas 
jamás se detiene ni descansa: es como el pensa- 
miento, anda, anda siempre, en busca de su nivel, 
la verdad. 

A esta hora las estrellas parecen afiebradas, ; de 
tal manera laten sus corazones de diamante ! Su agi- 
tación es inusitada ; algún peligro las amenaza. ¿ Se- 
rá que presienten su derrota con la llegada del Sol? 

El alba se inicia con cierto resplandor suavísimo 
de nácar azulino. El cielo estrellado, cual una her- 
mosa visión, comienza a desvanecerse lentamente 



MODOS DE VER 



47 



en un mar traslucido y sereno. Hacia el levante, el 
color de nácar poco a poco se vuelve anaranjado; 
las nubes más altas se tiñen de rosa, después se 
doran, se platean, se inundan de luz. La alegría de 
la vida crece y se esparce con rapidez. Los pája- 
ros cantan prometiéndonos un hermoso día. 

Mirad al Este: un gran manojo de lucientes es- 
padas, anchas y filosas, rasgan las nubes con salva- 
je energía : son los sables de la caballería del Sol, 
que a sangre y fuego vienen abriendo paso a su 
gran emperador. Entonces se descubren las monta- 
ñas azules, semiesfumadas por la niebla, la que al 
verse sorprendida por la luz, asciende lentamente, 
envolviendo al pasar, con sus jirones de blanca ga- 
sa, ios árboles y picos de la sierra. 

Las lomas vestidas de oro por el espinillo en 
flor, brillan como de seda, perfumando el aire. 

Oyese la carcajada cromática de la chuña silves- 
tre, que empinada hacia arriba, mirando al cielo, 
saluda gozosa al nuevo día. Los zorzales de pico 
rojo o amarillo, posados sobre lo más alto de los 
sauces, silban con entusiasmo sus canciones mon- 
taraces; parece que dijeran: "¡Viva el Sol! Pron- 
to las higueras se cubrirán del fruto renegrido para 
enterrar nuestros picos hasta los ojos en su pul- 
pa granulada y roja". Las verdes cotorras, que en 
medio de una charla infernal van tejiendo sus ni- 
dos ásperos y enormes, les contestan: "nosotros es- 
peramos las manzanas vidriadas, las peras fragan- 
tes y los choclos tiernos". "Nosotros las flores al- 



4« MARTÍN CIL 

niibaradas" dicen los picaflores, zumbando y bri- 
llando en todas direcciones. 

En los rastrojos, donde el color amarillo de la 
caña del maíz lucha todavía con el verde naciente, 
relampaguea de vez en cuando la reja del arado. 
¡ Surco ! grita el arador, con dulce y viril acento, 
infundiendo ánimo a los bueyes. La yunta se esti- 
ra con el esfuerzo, levantando algo las cabezas 
oprimidas por el yugo ; rechinan sus muelas pode- 
rosas, brillan al sol sus húmedos hocicos, cruje la 
tierra, y el arado marcha. Siguiendo el tajo fragan- 
te, van los tordos en procura de los gusanos que 
la reja ha puesto en descubierto. Por cualquier mo- 
tivo, estos pájaros nerviosos vuelan en bandada, 
pero después de teñir el cielo azul de un negro 
brochazo, caen de nuevo sobre la chacra, descri- 
biendo en los aires una ondeante curva, cual obs- 
curo y lustroso abanico. También hormiguean mi- 
llares de palomitas hambrientas, las que al volar 
producen un fuerte redoble: ¡prrrrr! 

En los bajos o pequeñas quebradas, sonríen las 
huertas, exhalando un fresco hálito ; parecen salo- 
nes de baile en donde predomina la nota rosa del 
durazno en flor y el blanco purísimo de los mem- 
brillales. 

En el suelo, los canteros de verdura invitan a 
una ensalada matinal; la humilde acequia, huérfa- 
na del arroyo murmurador, corre silenciosa por en- 
tre violetas y botones de oro, hasta dar con el pe- 
queño bordo de tierra que el quintero ha prepara- 



MODOS DE VER ^^ 

do para desviarla ; llega y se detiene como sorpren- 
dida, mira los pies del hombre que la espera in- 
móvil con la pala en la mano ; remolinea indecisa ; 
parece disgustada, más en seguida obedece y en- 
tra al cantero, recogiendo al pasar, con el mayor 
cuidado, toda la basura liviana que encuentra en 
el camino, cual prolija y discreta sirvienta. 

Arriba, en las lomas, entre las grietas de las 
piedras o sobre las pencas enanas, brilla la tela 
de araña, en forma de embudo o tromba marina. 
Mil gotitas de rocío tiemblan pendientes de su ma- 
lla tenue, n^ientras que su dueña, la incansable hi- 
landera, trabaja afanosa quizá cantando como Mar- 
garita, al compás de las vueltas del huso. 

En las casas, a medio día, las gallinas se desgra- 
nan poniendo. El cacareo es general, y a los gallos 
les falta el tiempo materialmente para contestar a 
tanto aviso simultáneo de huevos recién puestos, 
j Cacacacaráa ! se oye a todos rumbos. ¡ Córóo ! di- 
cen los gallos, escarbando en la basura, mientras 
las nidadas blanquean en todas partes: dentro del 
horno, en las barricas y en los yuyales. 

Los pavos parecen que ya revientan de tanto in- 
flarse: la cara azul-violácea, granate el cuello y 
garganta, de donde cuelgan racimos de guindas 
maduras. Erizados y rígidos, avanzan unos cuan- 
tos pasos detrás de las pavas con toda solemnidad, 
produciendo cierto ruido de papel arrastrado, y al 
detenerse, óyese un lejano estampido de cañón; 



50 MARTÍN Gil, 

mientras tanto, las pavas, como si les hablaran en 
latín. 

Se oye el jadeo anhelante del pato criollo reta- 
cón, que camina a duras penas, como esos viejos 
reumáticos y obesos de rostro amoratado. Todo su 
pescuezo se mueve de una pieza, oscilando con 
fuerza al compás del jadeo, como una palanca en 
forma de S. Las patas adelante, ni más ni menos 
como las pavas. 

Las gallinetas o pintadas, con sus trajes grises 
salpicados de blanco y sus caritas almidonadas co- 
mo payasos de circo, nos gritan con afán que to- 
quemos no sé qué — ¡toca, toca...! 

A la caida de la tarde, los tordos se reúnen en 
bandadas para dormir. Mientras se acomodan, can- 
tan o rezan — no estoy seguro — sus oraciones ves- 
pertinas. Es un desconcierto delicioso : no siguen 
ninguna melodía; cada cual tararea como puede su 
leit -motiv, pero el conjunto es algo inimitable y 
exótico: muchas cajas de música o cilindros tocan- 
do simultáneamente, darían una idea aproximada. 
Comienzan a pasar las bandadas de loros en di- 
rección a sus dormideros. Desde muy lejos se les 
oye venir discutiendo en alta voz como colegiales 
en marcha. 

Algún buitre retardado pasa también, pero en 
silencio, cortando el aire con sus dos guadañas em- 
pavonadas. 

El blanco plateado de las nubes, se disuelve en 



MODOS di; ver 51 

oro, el oro en rosa, el rosa en sangre, triunfando 
por fin el color plomo. 

Ha llegado la noche. En las huertas y los bajos 
húmedos, se percibe un enorme parpadeo lumino- 
soso : son las luciérnagas con su luz oscilante. Al 
poniente, en el cielo azul - obscuro, cual un fino 
colmillo de jabali, está la luna nueva. Las ranas le 
cantan en coro . . . 



PATO HEDIONDO 



Un cazador de ocasión, observador y filósofo 
por temperamento, de espíritu analítico y sagaz, a 
quien yo mucho quería, mató en sus andanzas ci- 
negéticas, uno de esos patos negros, de cuerpo 
aplastado y cabeza de víbora, que suelen verse co- 
mo pegados en las grandes piedras de nuestros 
arroyos y a los que nadie molesta por ser "pato 
hediondo". 

Cuando nuestro hombre llegó con su pato a la 
linda casa donde se hospedaba, fué recibido con 
ruidosa hilaridad; la gente reía a carcajadas; al- 
guien disculpaba el error del cazador, pero las mu- 
jeres, sobre todo, se apretaban la nariz y mirában- 
se a los lados, como dispuestas a huir. 

— jPuff, el pato hediondo! 

— ¡ Solamente a Vd. se le puede ocurrir matar un 
pato hediondo ! 

— ¡ Dios mío, qué disparate ! 

— ¿Y para qué lo trae? 



MODOS DE VER 



53 



— Para que lo comamos en el almuerzo — dijo el 
cazador. 

Todas las manos se dirigieron hacia él, y una ex- 
clamación, mezcla de terror y asco, hizo vibrar el 
aire. 

— Pero, diganme con calma, señoras y señores 
¿han probado alguna vez un pato hediondo? 

— ¿ Nosotros ? ¡ Sólo que estuviéramos locas de 
remate ! 

— ¿Y ustedes, caballeros? 

— ¡ No, hombre ! cómo quiere . . . ! 

— Pues entonces probémoslo, y en un último ca- 
so que me lo preparen para mí; experimentaremos, 
— dijo el cazador. 

La cocinera se apoderó del pato. 

Cuando en medio del almuerzo apareció la sir- 
vienta con el pobre animal tendido de lomo sobre 
una gran fuente de porcelana floreada, engalana - 
<io con brillante lechuga, discos de tomates rojos 
y redondelas de huevos ; las canillas tiesas y en- 
vueltas en papel picado, parodiando calzones ; el 
pescuezo en forma de interrogante y las alas con- 
traídas y rígidas, un profundo silencio reinó en el 
comedor. Sin embargo, en todas las caras relam- 
pagueaban risas ocultas, comprimidas, prontas a 
estallar como bombas al primer contacto. 

— Vamos a ver, traigan para aquí ese animal ! — 
dijo el interesado — haciendo crugir el trinchante 
contra la chaira. 

— Quién se anime a comer esto, que avise — agre- 



54 MARTÍN GIL 

gó, y la hoja reluciente del cuchillo se hundió si- 
lenciosa en el cuerpo del pato, buscando con afán 
sus coyunturas. 

— La verdad es que no se siente ningún mal olor 
— replicó la señora dueña de casa, con cierta inde- 
cisión, pero alcanzando el plato para que le sir- 
vieran. 

Sea por imitación o por lo que se quiera, el he- 
cho es que todos siguieron el ejemplo de la valien- 
te dama y probaron el pato. 

— i Delicioso ! — exclamó la señora, en plena lu- 
cha con un muslo. 

— ¡ Espléndido ! ¡ Riquísimo ! — dij'eron todos en 
coro. 

— Pero ¿quién habrá sido el bruto que se le ocu- 
rrió llamarle pato hediondo? — refunfuñó el viejo 
abuelo, chupeteando una ala con fruición, y haci in- 
do chasquir su labio caído y embadurnado de aceite. 

— ¡Vean no más las consecuencias de un pre- 
juicio! — dijo. — Si no hubiera sido ese animal, y no 
me refiero al pato, no sería yo quien viene a pro- 
bar esta delicia allá a los setenta años, cuando un 
estornudo es capaz de hacerme volar los pocos dien- 
tes que en mi boca bailan la danza macabra. ; Ah, 
los prejuicios ! — prosiguió el abuelo, meneando la 
cabeza y haciendo correr por sus labios el ala del 
pato a estilo de flauta. 

— Los prejuicios, con todas sus variaciones y 
corolarios — agregó un • comensal — han hecho y ha- 
cen más daño a la humanidad que todas las tira- 



MODOS ÜK VER 55 

nías. Ellos envuelven al hombre en una malla casi 
imperceptible, pero tan resistente, que imposibili- 
tan todo movimiento, todo pensamiento, toda ac- 
ción. En el camino de la vida, producen el efecto 
del jabón en el rail : la locomotora llega haciendo 
retemblar la tierra, resoplando y arrojando a bor- 
botones fuego, vapor y humo ; un impulso plutóni- 
co la anima ; nada puede impedir su paso ; pero de 
pronto la veis titubear como espantada ; sus gran- 
des ruedas motrices se revuelven en el mismo si- 
tio sin avanzar un palmo ; sus largas y brillan- 
tes palancas accionan con desesperación, semejan- 
do los brazos de un náufrago ; duchas de vapor 
abren, silbando, las válvulas y se arrojan al es- 
pacio, perforando el aire con sus conos blancos. El 
monstruo gime envuelto en una nube. Se oye el 
golpe seco y sucesivo de los vagones que vienen lle- 
gando : el tren se ha detenido : ¿ De qué se trata ? 
Simplemente de un poco de jabón extendido sobre 
los rails. 

Las preocupaciones sin fundamento, los prejui- 
cios, es decir, los patos hediondos, son el jabón que 
detiene la marcha de ese tren que llamaremos pro- 
greso.. 

En la gran laguna, más o menos turbia, deno- 
minada sociedad, no se puede uno mover sin que 
vuelen por bandadas los patos hediondos. 

— ¿Ha leído usted a tal autor? 

—¿Yo? 

— I Pero, mi amigo, si ese es un loco! (O bien 



56 MARTÍN GIL 

puede decir un beato, un incrédulo, un fanático, 
según el cliente interrogado) . 

— ¿Un loco, dice? 

— Sí, pues. 

— ¿Qué obra es la que usted conoce de ese loco? 

— ¿Yo? ninguna. 

— ¿ Y entonces ? . . . 

— Sí, pero todo el mundo dice que es un loco. 

— Pato hediondo. 

— Si va usted a las sierras, no se descuide con 
los chelcos : su mordedura es terrible, le prevengo ; 
mil veces peor que la de la víbora: pregunte usted 
a cualquiera y verá. 

— Pero, si casualmente he preguntado a cuanto 
habitante de la sierra encontré con cara de verí- 
dico, y me dijeron lo que usted: sin embargo, ellos 
no habían visto jamás "por sus propios ojos" una 
persona o animal envenenados por el cheleo, lo que 
no quita que le tiemblen. 

— Pato hediondo, también. Y así, de esta suerte, 
veremos volar patos en todas direcciones, obscure- 
ciendo el aire con sus negras alas. 



1902. 



TIPOS QUE PASAN 



En nuestro país, no es preciso vivir mucho para 
recordar de cosas viejas. La evolución opera entre 
nosotros a media rienda, a espuela y látigo, con- 
virtiéndose en verdadera revolución. Por eso será 
que casi todo resulta sancochado, mucho sabe a 
crudo, algo madura a la fuerza y lo más se pudre 
verde, desde las bananas hasta los hombres polí- 
ticos. Podríamos decir que la Argentina se trans- 
forma "frególicamente", porque es la tierra de las 
metamorfosis galopantes, de las sorpresas risue- 
ñas como de las realidades salvajes. Pero, a pesar 
de todo, es y será por muchos siglos el gran país 
del porvenir. 

¿Cuántos bípedos no vemos desem(barcar con 
los botines al hombro, para no gastarlos, y al po- 
co tiempo resultan unos colosos en el ramo de za- 
patería? ¿Cuántos no principian aquí su humilde 
carrera con un canasto enganchado al brazo, gri- 
tando a laringe limpia: ¡linda mañane! ¡naranque 



58 MARTÍN GIL 

maqiienudc! y concluyen por engancharse una for- 
tuna ? 

Lo que sí, el hijo de este hombre, suficientemen- 
te acriollado, es quien se encarga de despilfarrar 
la herencia; pero el hijo no acaba como principió 
el padre, vendiendo naranjas, sino de atorrante o 
en la cárcel, lo que sí, de levita. Como se vé, el pe- 
ríodo de "revolución" es rápido porque la órbita 
a recorrer es pequeña, aunque muy elíptica : se cum- 
ple una ley de mecánica celeste. El padre recorrió 
el afelio y el hijo el perihelio de la curva. Pero 
veo que me voy hacia otros rumbos, cuando yo que- 
ría hablar aquí de un tipo que, por desgracia, ya 
pasó a mejor forma, aunque no su imagen. 

¿Quién no recuerda al maestro albañil en caba- 
llo de sobrepaso? "Ya viene el "mestro", deben ir 
a ser las doce", decía la gente desocupada del ba- 
rrio, que no era poca; y en verdad ya venía. A\ 
principio se percibía algo así como un repiqueteo 
o redoble lejano, del cual el lector podrá darse una 
idea sonora y rítmica, articulando con rapidez es- 
tas sílabas o ruidos : taca - tiqui - tucu - tucu - tiqui - 
taca ... El redoble iba aumentando según las leyes 
de la acústica, hasta llegar al máximum, al fortí- 
simo ; entonces se veía pasar algo así como un me- 
teoro : era un pobre caballo de sobrepaso, más bien 
charcón que flaco, corriendo como una exhalación, 
escarceando= y babeándose el pecho como epilép- 
tico; batiendo la cola con verdadero encarnizamien- 
to, como si llevara prendido aquel tábano terrible 



4 



MODOS DE VER 59 

que la celosa Juno aplicó a la ninfa lo, convertida 
por Zeus en una hermosa ternera blanca. 

Encima de nuestro caballo iba el "mestro", rí- 
gido, tieso, en estado de catalepsia; la mirada fija 
y vidriosa, boca semiabierta y sonriente, de donde 
surgía la pipa de guindo clavada por dos colmi- 
llos verdaderamente caninos : pantalones en fuga 
vergonzosa hacia las rodillas, estribos metidos has- 
ta los tacos empedrados de tachuelas, pluma de pa- 
vo real en el sombrero, y todo este figurón, echado 
hacia atrás, formando un ángulo de 45? con el lo- 
mo del cuadrúpedo. Y así como los grandes me- 
teoros suelen ir siempre seguidos de otros menores, 
así también el nuestro llevaba por séquito un en- 
jambre de cuzcos ociosos, que íbanle saliendo al 
cruce de detrás de cada puerta, con el laudable pro- 
pósito de garronear al tordillo. Más eso no pasa- 
ba de una ilusión canina. 

¡ Qué sujetos para morderle los garrones, cuando 
no se le veían, tal era la rapidez del movimiento ! 

Todo cuzco no alcanzaba a correr ni media cua- 
dra, cuando se detenía de golpe, con la boca abier- 
ta hasta las orejas; miraba fijamente a su esperan- 
za perdida, y daba la vuelta al trotecito, con el 
cuerpo empalizado y la cola hecha una rosca, ha- 
ciendo sonar las uñas sobre la vereda, y desple- 
gada al viento su pequeña lengua, flexible, tersa y 
roja como una cinta de seda. 

Pero como lo que aquí abundan son los perros, 
el enjambre se renovaba constantemente, y el me- 



60 MARTÍN Gil, 

teoro corría y corría siempre, seguido por una bu- 
lliciosa constelación, hasta que caballo y caballe- 
ro, ambos jadeantes, llegaban a su destino, donde 
los esperaba el morral de algarroba y la polenta 
con "pacaritos". 

Más hoy ya no escuchamos el simpático redoble. 
El "mestro"anda en tranvía o en carruaje, porque 
ha engordado demasiado y porque sería hasta mal 
visto que un hombre como él, de posición, con hijos 
doctores y niñas que interpretan a Chopín, se zan- 
goloteara a caballo, y menos ahora que no se usa 
el sobrepaso sino el trote inglés, ese enemigo mor- 
tal de toda viscera, capaz de sacar el hígado por la 
nariz o convertir en flotantes los ríñones más bien 
puestos. 

Sin embargo, en los momentos de flujo y re- 
flujo de su alma chata — el espíritu también tiene 
sus mareas — cuando después de cenar, sentado en 
el amplio patio de su ventilada casa propia, ador- 
mecido por la fragancia de la madreselva, el na- 
ranjo en flor y el cedrón, bajo un cielo estrellado 
y puro al que jamás miró — sino que vio, como se 
puede ver pasar un burro con árganas — llega a sus 
oídos el nocturno de Chopín que su hija romántica 
ejecuta allí en la sala, suele cruzar por su mente 
aletaragada el recuerdo de sus primeros tiempos 
de América, esos tiempos que ya pasaron para siem- 
pre jamás, llevándose una vida sencilla y otras mu- 
chas cosas buenas, entre ellas su inolvidable com- 



MODOS DE VER 



61 



pañero, su tordillo, su silla-hamaca de cuatro pa- 
las! 

Entonces, y sin que intervenga el nocturno de 
Chopín, ni el cielo estrellado, ni la selva, ni el ce- 
drón con sus clásicos perfumes que recuerdan lo 
antiguo, dos lágrimas vacilantes, asoman en sus 
ojos, se hinchan, se agrandan, titubean, y por fin 
se desgranan, corriendo presurosas por las rojas 
mejillas, como gotas de lluvia sobre planchas can- 
dentes. 

Es que el tiempo no borra jamás las profundas 
huellas de los grandes recuerdos: al contrario, las 
depura y embellece, así como el mar, lejos de bo- 
rrar las formas de los cuerpos que con su manto 
cubre, les da realce y brillo al esmaltarlas con sus 
sales cristalinas. 

Pero, un recuerdo, grato o ingrato, es siempre 
triste por ser recuerdo. 

Dicen que no es bueno mirar hacia el pasado. 



1902. 



UNA NOVENA EN LA SIERRA (i) 



A la gente le gusta reunirse con motivos más 
o menos plausibles, y hasta sin ningún motivo. 
Gustan las reuniones, entre otras cosas, porque en 
ellas se hace sociedad, es decir, porque en ese mo- 
mento, todo prójimo tiene derecho a mentir e in- 
trigar si la lengua se lo pide, asi como en carnaval 
es lícito empapar a cualquiera hasta con agua su- 
cia ; porque es una ocupación y un refugio muy de- 
cente para los ociosos en general, y para toda per- 
sona que no sabe cómo ni en qué emplear su tiem- 
po, debido a la estrechez de su horizonte sensible. 
Más esto no quiere decir que haya reuniones muy 
interesantes en donde no se hace sociedad y algo 
se aprende : todo está en la calidad de los elementos 
mezclados. Y si es verdad que el suicidio y la lo- 
cura tienen su máximum en el verano, el hacer so- 
ciedad debe tenerlo en el invierno, porque esta es 
la época de las reuniones, y la mejor hora para 



(i) Novenario. 



MODOS DE VER 



63 



mentir es la noche, y las noches de invierno son 
tan eternas y penosas como los bostezos de esas 
pobres viejas señoras cuidadoras de novios, que, 
aplastadas en un sillón en el fondo de la sala, y aco- 
sadas por un sueño atroz, miran de reojo a los pre- 
suntos delincuentes, abriendo al mismo tiempo sus 
bocas tenebrosas, por donde escapa un torrente de 
aburrimiento y un suave bufido como de leones 
mansos y enjaulados. 

Pero a todo esto, olvidaba yo decir que los po- 
bres moradores de la sierra se aburren, y con ra- 
zón, en esas noches crueles de invierno, cuando des- 
pués de encerrar las cabras y asegurar el parejero 
en la ramada, cubriéndolo con la mejor manta de 
la familia, aunque los hijos tiriten, se meten al ran- 
cho a tostar ancua, mascar algarroba o picar taba- 
co, en tanto que afuera se oye el grito lejano del 
zorro hambriento que quizá va meditando un plan 
de ataque a las gallinas, que apiñadas y esponja- 
das duermen tranquilas en el árbol de la casa ; o 
el aullido intermitente de algún perro visionario 
que de hambre ve fantasmas. 

Es preciso acortar las noches y quedar bien con 
los santos, dos cosas que obtiene el campesino cul- 
tivando las novenas. 

Todo hogar por más humilde y pobre, tiene su 
santo predilecto, al que veréis entrando al rancho, 
algo así como escondido en un hueco o sea el ni- 
cho. Casi siempre está muy sucio por las moscas 
y la tierra, pero adornadísimo con flores de lata, 



64 MARTÍN GIL 

cuentas de vidrio, blancas y celestes, sartas de cas- 
caras de huevo de colores y estatuitas de yeso com- 
pradas al turco ambulante, quien, con su caja y lío 
a media espalda y su cara de imbécil, penetra, ha- 
ciéndose el zonzo, hasta los últimos rincones de 
la vivienda, explotando al mundo entero. 

Acúdese al santo, cuando faltan animales del 
rodeo; cuando el puma se ha cebado en la maja- 
da ; cuando el maíz tarda en nacer ; cuando en vís- 
pera de la carrera el parejero deja la ración ; cuan- 
do en noches de tormenta retumba con fragor el 
trueno en las quebradas y el rayo hace chispear las 
cumbres con su eslabón fulgurante. A él se acude 
en todo y para todo, obteniendo muchas veces su 
intervención bienhechora. 

— Mire niño que esta es la última noche de la 
novena, así que espero no nos falte. — Di jome el 
viejo Quiterio, dándole con el talero un chirlo sua- 
ve y sonoro a la muía que montaba, la que se enco- 
gió' toda nerviosa. — Yo mesmo vendré a buscarlo, 
porque la Luna sale tarde y la noche va a estar más 
negra que un sótano, y no quiero que se me vaya 
a despeñar en algún precipicio. 

De ocho a nueve llegaba ño Quiterio, bien em- 
ponchado, de guardamonte y fumando en chala, 
sobre su mulita espantadiza. 

— ¡A la orden, niño! — dijo, y marchamos. 

Noche fría, obscura y limpia (i). 

(i) En Mayo. 



MODOS DE VER 



65 



El cielo todo, profundo y sereno como el abis- 
mo, brilla y palpita suavemente. La Via-láctea, atra- 
vesando de banda a banda el firmamento con su 
luz mortecina, semeja la proyección lejana de un 
faro gigantesco sobre un mar inmenso. Entre las 
joyas de nuestro cielo austral, la Crus del Sud ful- 
gura con cierta sencillez encantadora; inclinada ha- 
cia el Polo, como una blanca flor, como un lirio, 
lo señala eternamente. Un poco hacia el Este de 
la Cruz, centellea inquieta la preciosa estrella do- 
ble alfa del Centauro; con su luz rojo-pálida, se 
parece a una granada al madurar : próximo a ella, 
cual enorme serpiente que quisiera tragarla, la Via- 
láctea cierra sus dos brazos bifurcados. Al Este, la 
hermosa estrella Antares — el corazón del Escor- 
pión — llamea con luz sangrienta. Más arriba sigue 
la Balanza, después Espiga de la Virgen, de luz 
suave y celeste como una violeta. 

Al sudoeste, como un trozo de diamante va ale- 
jándose Sirio, la estrella gigante, blanca como un 
armiño; la que anunciaba a los egipcios las crecien- 
tes del Nilo ,: la estella canícula. Más al sud, Cano- 
pus, casi tan blanca y hermosa como Sirio : es el 
piloto que dirige la nave de los Argonautas; van 
en busca del vellocino de oro. Arcturo, al nor-nor- 
este, como dorada a fuego, y Achernar al sud, ro- 
zando el horizonte, brillan solitarias. 

— ¿Qué es lo que divisa tanto, niño? — dijo el 
viejo animando la muía que amenazaba espantarse. 

— Miraba esa larga cinta de luz lechosa que alum- 



66 MARTÍN GIL 

bra como sin ganas, allá arriba — le contesté, seña- 
lando la Vía-láctea. 

— Y la verdad que está bastante relumbrosa — 
dijo ño Quiterio levantando la cabeza : — parece co- 
mo si -fuera el tirador de plata con que el cielo se 
faja la cintura. Y ese es el único tirador con chafa- 
lonía que veo durar a su dueño, en estos malos 
tiempos que corremos — dijo con tristeza. — Y «-ibe, 
niño, por qué le dura? — Porque en el cielo no hay 
cuestiones con Chile, ni política, ni jueces de paz, 
ni escuadras que mantener, ni pulperías, ni casas 
de empeño ; sino, ¡ qué años que estaría toda su 
plata convertida en barra y requeteguardada en el 
baúl de algún gringo masón ! ¡ Pucha con los grin- 
gos! Ni bien llegan, pelechan, y al rato ya son pa- 
trones ! 

— ¿Y por qué no le gustan los gringos, ño Qui- 
terio ? 

— Pero porque nos van arrinconando día a día. 
Y sino, fíjese, niño: donde el gringo se establece, 
la tierra sube de precio, y luego comienzan a caer 
los grimensores con sus manojos de palos pintados 
y el feodorito a los tientos. Eso sí ; no salen ni atrás 
de la casa sin el feodorito. ¡Y vean qué hazaña! 
porque se necesita ser muy enteramente chambón 
para no sacar una línea más renta que una vela, 
rumbeando con el feodorito. No hay más que cla- 
var bien en el suelo las tres patas del estrumento, 
y dejar que la áuja himaltada comience a olfatear 
el Norte con su hociquito puntudo. Al principio la 



MODOS DK VER ^'^ 

verá usted algo asustada, meneando la cola para to- 
dos lados como perdiguero que recién encuentra el 
rastro ; pero en seguida comienza a rumbear y al ra- 
tito ya la tiene usted apuntando al Norte, y estre- 
meciéndose toda entera, como el perro cuando ha 
parado la perdiz. — Bueno, como le iba diciendo : 
después vienen los enredos con motivo de los lo- 
tes que midió el grinicnsor por las ¡testareas que 
faltan o suebran ; y por último llega la orden del 
patrón para que nos retiremos más adentro, 
porque el campo está vendido ... y vaya usted 
arreando con todo ! — Una tarde, casi sol dentro 
— prosiguió el viejo — andaba yo campeando por 
los montes más ásperos de esta estancia, cuando de 
manos a boca me encontré con un gringo que pa- 
recía perdido. Daba lástima el verlo en un manca- 
rrón chupino y como arpa; la montura en las an- 
cas y el mandil en la cruz. Me recibió con descon- 
fianza y no sé qué me dijo de perduto, haciéndome 
seña que le arreglara el apero. Se lo arreglé y lo 
llevé casi de tiro hasta las casas, donde le dimos de 
comer y las mejores caronas para que tendiera 
esa noche. Al otro día, sol alto, después de echarse 
a pecho un tarro de leche de cabra recién ordeñada, 
y comerse un pan francés redondo que sacó del se- 
no, se despidió, queriendo antes pagar el güasto ; 
le dije que no fuera infeliz, y salió al tranquito, ha- 
ciéndole retumbar la barriga al pobre caballo con 
sus botines de palo. Cuando se retiró, le dije a mi 
mujer: mira che, Agapita, este gringo es mala seña. 



68 MARTÍN GIL 

Luego vendrán los grimensorcs y después ¡abur! Y 
asi fué. ¿ Pero sabe niño quién es ese gringo ahora ? 
Don Pietro, mi patrón ! y muy güen patrón. ¡ I,as 
giielías que da el mundo ! 

Ladridos de perros interrum])ieron nuestra con- 
versación. 

— Ya estamos en las casas — dijo ño Quiterio, 
componiendo el pecho. 

Al mismo tiempo se vieron muchos puntos de 
fuego que brillaban y se movian en la obscuridad, 
como las pupilas del Diablo : eran los cigarros de 
los concurrentes a la novena. A los ladridos, la 
gente había salido al patio, fumando. 

— Qué no ha venido la Restituta? — preguntó ño 
Quiterio, apeándose. 

— La estamos esperando desde cuanta, lo mismo 
que a ustedes — contestaron. 

— Bueno, al fin la pobre es la única novenanta 
del vecindario, y en estos tiempos los santos apu- 
ran. Hay que disculparla. Y si vamos a ver, vale 
la pena esperarla ; porque lo dudo que haya quien 
gloreie un rosario o un trisagio con más garbo y 
afición que la Restituta. Si da gusto el oiría ! Pa- 
rece un cura en maitines. 

— ¡ Coomo no ! — contestaron todos. 

— Por ahí vienen cantando — dijeron. 

— Si vienen cantando ella es — dijo ño Quiterio 
— porque de noche y andando, no le sabe parar la 
garganta a la Restituta : es peor que rana en charco. 

Se hizo silencio, y en seguida pudimos escuchar 



MODOS DK VER 69 

claramente un triste a dos veces y en modo me- 
ñor. 

"Hasta la leña del monte tiene su separación. — Tiene 
su separación — Una sirve para santos, y otra para hacer 
carbón". 

— Ella es — dijo ño Ouiterio — y viene con Gra- 
biel. — "¡Una sirve para santos y otra para hacer 
carbón !" — y esa es la verdad, aunque hay gente 
que pasa por santa y ni para carbón sirve — agregó 
el viejo, al mismo tiempo que la pareja cantora lle- 
gaba al patio, dando las "buens noches". 

— Buenas se las dé Dios, pero bajcnsén y en- 
tren, que las velas se acaban y la helada es respe- 
table — rezongó ño Quiterio. 

— i Che Ouiterio ! 

— Quiterito ! Traite el bozal y acomódale el pan- 
garé a la Restituta ; — ya sabes que es mañero de 
oreja ¡eh! 

— Hace mucho frío, tatita ; prieste el poncho, 
si quiere — dijo el muchacho asomándose. 

— j Tómalo ! 

Se abrió la puerta del rancho y entramos, me- 
nos scñá Restituta, quien prefirió ver acomodar a 
su caballo. 

En la pequeña pieza, revocada con barro, encon- 
tramos un grupo de mujeres con sus vestidos do- 
mingueros y sus caras bien lavadas. Sentadas en 
hilera, tomaban mate de café en jarro. En la ne- 
gra pared se destacaba el nicho, iluminado con ve- 
las de sebo calzadas en botellas. 



70 MARTÍN GIL 

Dentro de él, y como sofocada por tanto adorno 
sucio y chillón, está la Virgen del Carmen, linda 
imagen, coiiipletamente rodeada por una alegre 
bandada de angelitos rubios, vivarachos y rollizos, 
que revolotean a su alrededor con impertinencia de 
niños curiosos: es un enjambre de doradas y zum- 
bantes abejas, persiguiendo a esa rosa que navega 
en el espacio sobre plateada nube. 

En los rincones del cuarto se ven pilas de za- 
pallos, maíz en espiga y algarroba a granel. Dos 
camas cubiertas con rojas frazadas de lana a lis- 
tas verdes ; debajo de las camas, gallinas empollan- 
do en fuentes viejas de lata ; sobre las camas va- 
rios cuzcos sucios y lanudos, rascándose a toda má- 
quina y desgranando a los cuatro vientos, pulgas, 
garrapatas y otros ápteros. Pendiente del techo, cual 
espada de Damocles, una media res de cabra ame- 
naza reventar un ojo a cualquiera con su pata rí- 
gida. Más arriba, sujeto con tientos a los tirantes, 
y algo combado, se encuentra el zarzo, amarillando 
de quesos y coloreando de pelones. 

Del techo también, oscila un pequeño cajón don- 
de duerme el último nieto de ño Quiterio, quien al 
entrar le echó sobre la carita su gran chambergo 
negro. 

De todas las rendijas asoman lazos, lonjas, tien- 
tos, tijeras, limas, leznas, mates, bombillas, alpar- 
gatas y envoltorios sucios. En el suelo muchos pe- 
rros de todos calibres, y pulgas bastantes. 

Ábrese la puerta y entra seña Restituta fumando 



MODOS Di: VER 



71 



V susurrándole el vestido de percal rosa, tan enér- 
gicamente almidonado y planchado, que podría pa- 
rarse solo. 

Más bien baja; cuerpo cuadrado; mucha cadera 
y poco talle; sobre los hombros y prendido al pe- 
cho, un gran pañuelo de espumilla amarillo florea- 
do de azul ; grandes aros de dublé con piedras ver- 
des, y arriba de todo esto, un rostro varonil, ilu- 
minado por dos ojos claros, grandes y apacibles, 
como los de una gata remolona. 

— Aquí estamos — dijo, avivando su cigarrillo de 
anís en grano, el que chisporroteó alegremente. 
Otro chupetón al pucho para abandonarlo, y se 
dirige al nicho persignándose en alta voz. 

Movimiento general en la pieza, composturas de 
pecho, toses y escupidas sonoras. Se hace silencio, 
y después de una salve rezada en coro con sencillo 
fervor, seña Restituta abre con pausa su librito de 
la Virgen del Carmen, y comienza a hojearlo, hu- 
medeciendo de vez en cuando su dedo índice en los 
labios. Busca el último día de la novena; ya está. 
En seguida tose sin ganas, y sacando una horquilla 
de sus trenzas, despavesa las velas de sebo que ar- 
den tristemente, con sus largas mechas carboniza- 
das como flores negras. 

Lee pausadamente, con voz hombruna y monó- 
tona. Todos repiten lo que ella va leyendo, y en 
el conjunto enmarañado de tantas voces discordan- 
tes, se destaca claramente la de doña Restituta, 



72 MARTÍN C.lh 

cual moscardón que zumbara entre moscas y mos- 
quitos. 

— Aquí se pide lo que se desea conseguir — dice 
la novenanta con gravedad — y un profundo silen- 
cio siguió a estas palabras, el que duraría veinte se- 
gundos. 

En ese corto intervalo en que la Tierra se había 
trasladado cerca de seiscientos mil metros a tra- 
vés del espacio, todos hicieron su pedido a la Vir- 
gen del Carmen, con humildad sincera y esperanza 
firme. Más tarde supe algo de lo que se había 
implorado. Unos querían que lloviera para el tri- 
go que debían sembrar pronto ; otros que no llovie- 
ra hasta concluir de recoger el maíz. Doña Resti- 
tuta vería con agrado que vinieran a la sierra mu- 
chos porteños enfermos para vender a buen precio 
sus pollos y sus cabritos. Quiterito deseaba ser do- 
mador, y por lo pronto pedía un lazo. 

Después de la común imploración, comenzaron 
los gozos. Al final de cada cuarteta, recitada en tono 
declamatorio por seña Restitnta, la concurrencia 
toda contestaba en coro : ''por tu pureza te pido el 
don de la castidad". — El estribillo se repetía siem- 
pre, monótono, interminable. Ño Quiterio debía es- 
tar fatigado o de mal humor, porque refiriéndose 
al estribillo, le oí refunfuñar esta observación: 

— Yo no sé esta gente páque pide lo que no hai 
cumplir. 

— Y lo que no les hai durar — agregó otro viejo. 



MODOS DK VtR '^^ 

I 

Por fin la novenanta cerró el librito, y dirigiéndo- 
se a la concurrencia, dijo : 

—¡Vamos a ver! canten !— Y entonó la salve a 
la Virgen en movimiento de "andante maestoso". 

Entonces el rancho entero vibró como un órgano, 
y la hermosa plegaria, modulada por todos con afi- 
nación perfecta y cristiano fervor, se remontó a las 
alturas por sobre los bosques, valles y montañas, en 
donde el pájaro y el insecto, el agua y la flor, tam- 
bién cantan su plegaria, y fué a confundirse y des- 
vanecerse en lo inconmensurable: en el espacio, 
en el tiempo, en el infinito. 

Concluida la novena, toda la gente se revolvió 
con bullicio en la pieza y las lenguas rompieron el 
fuego por orden disperso. 

— Ábranle cancha a Quiterito ! — dijeron. 

Y apareció el muchacho mordiéndose el labio 
inferior, el cuerpo arqueado hacia atrás y arras- 
trando el poncho, sosteniendo a duras penas un gran 
brasero colmado de brasas crepitantes. Lo asentó 
bruscamente en medio del cuarto, nos miró a todos 
como azorado, y levantando i no de sus brazos 
hasta la cara lo hizo correr por la nariz, desde el 
codo hasta la manga sucia y desprendida, la que 
aleteó como murciélago. 

Doña Agapita. la dueña de casa, colocó sobre 
las brasas do--- pavas rebalsando. 

— Que cante señó Restituta — dijeron por ahí. 

— Eso es, que cante — repitieron todos. — Pá- 
senle la guitarra. 



74 MARTÍN CU 

— Estoy medio ronca — dijo la novenanta, mien- 
tras armaba su cigarrillo de anís en grano. 

Oniterito, de un salto, estuvo en el brasero, y 
levantando una brasa en la cuchara de la yerbera, 
la sopló, y se la presentó a la cantora quien encen- 
dió su cigarrillo. 

Más o menos golpeada llegó la guitarra a ma- 
nos de doña Restituta. La tomó, y enconvándose 
toda entera sobre el instrumento, comenzó a tem- 
plarlo, aplicando sus cinco sentidos menos uno, 
en la delicada operación. Y digo menos uno, por- 
que el cigarrillo de anís, arrinconado en un ángulo 
de la boca de su dueña, dejaba escapar en silencio 
una hebra finísima de humo azulino, la que al as- 
cender, iba a taladrar los ojos de la artista, obli- 
gándola a cerrarlos y a fruncir el ceño. 

Pero cuando a fuerza de tanteos llegaba a poner 
en consonancia siquiera dos cuerdas, alguna cla- 
vija resbalaba, volviendo las cosas a su estado pri- 
mitivo. 

— ¡Qué clavijas mañeras! — decía la cantora, 
rodándolas con abundante saliva. 

— Es la seca — agregaba ño Quiterio. 

— ¿ Por qué no se la pasa al niño que se la tiem- 
ple F — observó doña Agapita. 

— Si no fuera molestia, que me la tiemple por 
derecho — dijo seña Restituta, entregándome la 
guitarra. 

Se la devolví afinada por derecho. 



MODOS Dli VER 

-¡Ahora sí es cierto! - dijo ño Quiterio - ¡y 

silencio! .. om 

La cantora dejó el cigarrillo a un lado, .e aco- 
n.odó a su manera, comprobó ligeramente la afi- 
nación por octavas, y me mn'O agradecida , echo 
un <orbo de ginebra en bote, compuso la garganta, 
V comenzó con un pasacalle en si bemol mayor, 
para caer de golpe, y sin más trámite, a sol mayor, 
lomándolo por su relativo menor (desacato que no 
se lo hubiera perdonado el dulce Orfeo), y pnncí- 
jMÓ la décima: 

" En el mar de mi esperanza. 
" A remos de una ilusión, 
" Llevaba mi diversión, 
" Navegando con bonanza ; 
" Más como vi en la tardanza, 
" Que al paso que más remaba 
"Más del puerto me alejaba, 
" Quebré el remo, y naufragando, 
" Llevo mi vida llorando 
"Donde antes me regalaba". 

—¡Eso es lindo! — dijo el viejo que cebaba el 
mate acurrucado junto al brasero. — Y esos son 
• versos ! — agregó ño Quiterio — y no las pampli- 
nas que cantan los mozos de dura. 

Esta observación del viejo, me recordó aquella 
otra de Voltaire: 

«Ce qiii est trop sot poitr efre dit, on le chante», 

—¡Silencio! — dijeron. 



» 



76 MARTÍN GIL 

" Ese tiempo venturoso, 
" En que todo era reir, «» 

" En que un dulce discurrir 
"Me indujo a creerme dichoso; 
" Ese placer, ese gozo, ^a 

" Ese alegre calcular, «, 

" Ese halagüeño esperar 
" Con que viví seducido, 
** Todo se me ha convertido 
"En un amargo llorar". 

— ¡Ah tigrera! Préndale una gruesa de cuetes a 
su salud, y sírvanle un mate, en el de planta, — dijo 
en voz alta ño Quiterio. 

Se oyó un tiroteo infernal en el patio. Los cohe- 
tes chinescos alborotaron a los perros y animaron 
a los pobres caballos, que sin arte ni parte en la 
fiesta, soportaban la helada en silencio y cabizba- 
jos, haciendo sonar de vez en cuando, como para 
no dormirse, las rodajas de los frenos que opri- 
mían sus lenguas secas y amortiguadas. 

Hubo tirones, y una que otra rienda cortada, 
pero en seguida cesó el alboroto con la interven- 
ción de los jinetes, quienes se dedicaron al arreglo 
de sus monturas para marcharse a sus casas o a la 
pulpería más cercana. 

Era sabido que ño Quiterio no daba bajles. así 
que no había para que esperar más. 

Después de armar y de encender cada uno su ci- 
garrillo, montaron y fuéronse dispersando, unos 
silbando y otros canturriando en falsete sus estilos 
predilectos. 



MODOS DE VER 



77 



Las negras siluetas desaparecieron en la obscu- 
ridad, pero gracias al silencio de la noche, los can- 
tos y silbidos siguiéronse oyendo por algún tiempo, 
aunque cada vez más débiles, porque la distancia 
iba adelgazando más y más y los hilos acústicos 
que nos unian con los que se alejaban, concluyendo 
al fin por cortarlos imperceptiblemente, asi como 
se cortan esas hebras finisimas de plateada telara- 
ña, que en días primaverales suelen verse flotar en 
la atmósfera dorada y transparente . 

Volvimos a entrar al rancho, donde encontramos 
a seiiá Restituta tomando mate con la dueña de 
casa y Gabriel, marido legitimo de la novenanta, 
muchacho de 22 años cuando más, completamente 
anulado por su respetable cónyuge, quien le lleva- 
ría adelante cuarenta años por lo menos ; pero cua- 
renta años de práctica terrestre, deben ser respe- 
taxios. 

— Che, Grabiel — dijo la cantora — vé si te vas 
ensillando el pangaré para que nos retiremos cuan- 
to apunte la Luna. 

— ¿Y a qué hora irá a salir hoy — agregó, sa- 
cando de su seno algo exiguo, un reloj de plata del 
tiempo del rey. 

— ¿A qué hora salió anoche? — la dije. 

— ¿Anoche? Asi como a las once. 

— Entonces ahora saldrá a las doce más o me- 
nos, porque cada noche se retarda cincuenta minu- 
tos. 



78 MARTÍN GIL 

— I Pero vea qué cosa ! ¿ Y cómo nunca le oí de- 
cir esto al cura? 

— ¿Y qué tiene que ver la Luna con la doctrina? 

— obserA^ó doña Agapita. 

— Así parece a primera vista — dijo 1^ cantora. 

— Pero mire que en este mundo todas las cosas se 
van enganchando y enredando como los pensamien- 
tos en la cabeza. Y sépaselo que el señor cura fué 
oficial de un buque en sus mocedades ; según dicen, 
es hombre que sabe muchas cosas, y a mí algo se 
me ha quedado a fuerza de tanto oirlo. Siempre 
suele decir que no todo ha de ser doctrina, que a 
Dios se le conoce mejor estudiando sus obras que 
con palabras. 

— ¿Qué tendrá que ver la Luna con la mar, doña 
Agapita ? 

— ¿Y qué va a tener que ver, doña Restituía! 

— Pues según el cura, la Luna es quien le hace 
arquear el lomo al mar dos veces por día. — Dice 
que la Luna al pasar por arriba, lo llama, y el mar 
le sigue, como el parejero al cuidador cuando lo 
ve con el morral. — Y como la Luna pasa dos ve- 
ces por arriba en un poco más de un día, resulta 
que hay dos levantadas y dos bajadas de lomo dia- 
riamente. Pero también el Sol lo llama al mar, se- 
gún el cura, eso sí, con menos fuerza que la Luna, 
porque el Sol está muy retirado... Pero cuando 
el mar hincha con ganas el lomo y se pone muy in- 
quieto, dicen que es pa luna nueva, porque enton- 
ces la Luna y el Sol están en fila, uno tras otro, y 



MODOS DE VER 



79 



los dos tiran a la cincha para un mismo lado. — ¡ Y 
consideren ustedes esa yunta! — ¡Qué frisones, 
ni bueyes mestizos! — Hasta tengo miedo que 
alguna vez me lo encuentren al mar algo liviano 
por cualquier razón, y me lo levanten enterito por 
los aires como poncho que lleva el viento. 

— ¡Jesús, ni Dios lo permita! 

— ¡Mejor! — dijo ño Quiterio ; — asi podremos 
llevar hacienda por tierra hasta la mcsma Ingalatc- 
rra. Y ahí veríamos qué nuevos pretextos nos po- 
nen pa no recibir las tropas, esos gringos cosqui- 
llosos. ¡Qué fiebre altosa, ni fiebre alíosa! 

— Hechos los lindos, como si tuvieran tanta ha- 
cienda ! 

— ; Pero déjenlos que se hagan de rogar ! luego 
no más han de venir a pedirnos por favor que les 
vendamos lo que caiga, hasta lo de desecho. 

— Bueno — dijo seña Restituta, volviendo al 
tema — esto de que hemos hablado, el señor cura 
les llama las mareas. 

— Pues le confieso que me ha mareado con sus 
mareas — dijo doña Agapita, bostezando profun- 
damente, y abriendo de par en par su boca hundi- 
da y elástica, dentro de la cual se vio brillar un 
colmillo solitario, como un oso blanco en su ca- 
verna. 

— Y también debo decirle — agregó — que a su 
señor cura no le arriendo las ganancias con tanta 
masonería. 



80 MARTÍN Gil, 

— Ya está el pangaré, señora — dijo Gabriel, 
abriendo la puerta. 

— Y ya se debe venir viniendo la Luna — dijo ño 
Quiterio. 

Salimos. Efectivamente; al Este, un resplandor 
de fragua ensangrentaba el horizonte. 

— Las doce y cuarto — dijo seña Restituta. 

Los montes lejanos parecían incendiados. Los 
grandes árboles, iluminados de abajo por esa luz 
roja de Bengala, comenzaron a tomar formas y ac- 
titudes verdaderamente diabólicas. Era un ejército 
de espectros gigantescos preparándose a bailar una 
gran danza macabra. 

En el centro de la gran pantalla de luz escarlata 
que sobre el borde del horizonte se abría, asomó de 
pronto algo como una brasa o hierro candente, y el 
astro de los sentimentales, de los enamorados y pe- 
rros visionarios, se presentó francamente dando las 
buenas noches con el retazo de cara de que aún dis- 
ponía. Toda estropeada y carcomida por el tiempo ; 
roja como lacre, abollada y deformada por la re- 
fracción ; era su aspecto el de un alcoholista crónico 
saliendo del almacén. 

Bueno, ya se puede ver la senda — dijo seña 
Restituta alargándonos la mano. — Será hasta otra 
vez y que les vaya bien. Se aproximó al pangaré, 
colocó juntas las dos manos sobre el apero, y parán- 
dose de puntillas, Gabriel la solivió de los talones, 
yendo a caer la señora en plenas ancas del caballo, 
con todo el aplomo de una mona jinete. Don Ga- 



MODOS DE VER 



81 



briel montó adelante, haciendo girar la pierna dere- 
cha con tal precaución y arte criollo, que ni aire 
siquiera le echó a su vieja mitad. 

— La Virgen le ha de pagar todas estas molestias 
— dijo ño Quiterio dirigiéndose a seña Restituta. 

— Dios lo quiera — contestó — y dando el último 
adiós, se alejaron. 

Para mí, creo que esto de hacerse pagar las cuen- 
tas con Dios, la Virgen o los santos, es un buen 
sistema para los tramposos; sin embargo, ño Qui- 
terio no era un tramposo. 

Nuestras muías estaban prontas, y seguimos el 
ejemplo de la cantora. El buen' viejo se había em- 
peñado en acompañarme. Hicimos rápidamente el 
camino de vuelta porque teníamos luz, y porque las 
muías iban con hambre, deseosas, por lo tanto, de 
ser libertadas. 

Cuando llegamos al patio de la estancia, la Luna 
se había elevado a buena altura. Ya no estaba con- 
gestionada, rubicunda, al contrario, tenía cara de 
clorótica con su luz amarillenta y débil. Es que se 
trata de una vieja flor del cielo, marchita, fría, des- 
hojada y muerta : que en el cielo tanibién la muerte 
rige. 



1902. 



espíritus en quiebra 

A la juventud estudiosa 
de Córdoba. 

Hay frases, o más bien dicho, afirmaciones, que 
equivalen para sus autores a echarse encima un 
quintal de plomo en alta mar. 

"La ciencia en quiebra", alcanzó a gritar alguien, 
y un ligero remolino y unas cuantas burbujas indi- 
caron el sitio en donde flotara hasta ese momento : 
se hundió en silencio, misteriosamente, como si el 
espíritu de Arquímides, justamente indignado, hu- 
biera intervenido con su célebre ley que hasta la 
fecha no ha quebrado. Pero de todos modos la fra- 
se se deslizó e hizo camino, porque los grandes dis- 
parates lanzados con habilidad, suelen correr admi- 
rablemente por el plano inclinado de la estupidez 
humana. Con esa frase — "la ciencia en quiebra" 
— parece que se ha intentado debilitar la voluntad 
de los espíritus produciendo, si no la abulia, por lo 
menos el desconsuelo, la desesperanza. 

Imaginad, lector, un Banco que a cada instante 
aumenta sus depósitos ; que cada día descuente a 



MODOS DE VER 



83 



más bajo interés, siendo muchas veces el consuelo 
y la salvación del pobre como del rico; que cada 
año reparta dividendos más crecidos y que conti- 
nuamente se vea obligado a ensanchar sus arcas 
porque el oro rebalsa. Pues bien; hay gente que a 
este Banco lo declara en quiebra porque sus funda- 
dores y directores no saben explicar el primer ori- 
gen del oro. Pero ¿qué les importa del primer ori- 
gen del oro, si con él obtienen todo lo que necesi- 
tan y desean, y si conocen sus propiedades y rela- 
ciones con los demás cuerpos? 

Ese gran Banco es la ciencia moderna, al que se 
declara en quiebra con toda soltura de cuerpo y de 
lengua, porque no descubre las primeras causas, 
porque no explica todos los fenómenos, porque no 
responde a todas las preguntas. 

Que no sabemos ni lo que es la unidad, se ha di- 
cho con aire de triunfo. 

Es verdad ; no sabemos lo que es la íinidad en sí, 
pero eso no basta para que el ingeniero, con el au- 
xilio de las matemáticas, que se basan en la unidad, 
construya puentes, torres y máquinas admirables, 
en las que se ha calculado con precisión increíble 
la resistencia y el trabajo del más ínfimo tornillo ; 
máquinas a las que no les falta más que hablar por 
cuenta propia, ya que el fonógrafo, esa máquina 
con memoria, lo hace por cuenta ajena. 

No sabemos lo que es la unidad ni el espacio, 
pero Leverrier, sin mirar al cielo, sin más aparatos 
que el papel y el lápiz, sin más telescopio que el 



84 MARTÍN Gil, 

álgebra y la geometría, descubre y señala el punto 
en donde, según el cálculo, debe hallarse un plane- 
ta. Primero Galle, a pedido de Leverrier, y des- 
pués todos los demás astrónomos, perforan el es- 
pacio con sus flechas de cristal, y surge Neptuno, 
allá lejos, hacia donde apuntaba Leverrier, en los 
arrabales de nuestro sistema solar, girando en la 
pista con marcada displicencia, sin brios, como esos 
viejos caballos de circo cuyos nervios no se alteran 
por más que el patrón haga silbar el látigo, patalee 
y grite, y la orquesta acelere la galopa, (i) No sa- 
bemos lo que es la luz en si, pero Rómer la sor- 
prende en su viaje silencioso desde los satélites de 
Júpiter, y es el primero en medir sus pasos. New- 
ton le interpone un prisma cristalino, y ella lo atra- 
viesa sin temor, por tratarse del cristal, su amigo 
y protector, pero al pasar, choca contra las facetas 
y aristas filosas, cayendo al otro lado toda hecha 
girones, descuartizada, descompuesta; y de una 
sola nota, la del color blanco, el sabio obtiene una 
escala de siete notas, como la de la música. 

Róntgen descubre el rastro de la luz en el seno 
mismo de la obscuridad, y allí está oculta como un 
brillante negro, o como esas luciérnagas adormecidas 
que por la noche solemos encontrar dentro de los 
troncos carcomidos de árboles vetustos : el hueco 



(i) El joven astronónomo inglés, Adams, llegó al mis- 
mo resultado que Leverrier, pero habló tarde. 



MODOS DK VER 



85 



está en tinieblas, pero basta revolver en su interior 
una varilla, para que de pronto la caverna se ilu- 
mine como si hubierais oprimido un botón eléctrico. 

El físico, con el espectroscopio, hace la autopsiíi 
a la luz, descubriendo en sus fibras los signos de 
las materias que le han dado vida, ardiendo en los 
remotos astros de donde ella llega, muchas veces 
después de un viaje de siglos; y así sabemos que 
el universo ha sido construido, por lo general, con 
los mismos materiales. 

El cirujano, con la luz solar, cauteriza y cura; 
el alienista, con la luz azul, calma de súbito el fu- 
ror del loco, y con la roja, anima y tonifica al me- 
lancólico. 

Se ignora lo que es en sí la gravitación, esa fuer- 
za misteriosa, pero se conocen sus leyes, y con és- 
tas, las de Kepler y de Galileo, se explica y se com- 
prueba desde el grandioso mecanismo del cielo 
hasta la caída de una pluma. 

No sabemos lo que es la electricidad, pero se la 
produce y se la maneja con el dedo meñique, ¿y 
qué no se obtiene con esa fuerza? Ignoramos lo que 
es el dolor en sí, pero lo sentimos, y muchos ope- 
rados morían de dolor ; entonces la química nos 
brinda los anestésicos, y hoy en día se nos puede 
abrir como a un sapo, sacar nuestros órganos, la- 
varlos y plancharlos, si fuera necesario, sin que 
tengamos la menor noticia. 

A todo esto no faltará quien diga que la mayor 
parte de los descubrimientos científicos se deben a 



86 MARTÍN GIL 

la casualidad: Pero debiéramos fijarnos, — y ya lo 
hicieron notar pensadores eminentes, — que es 
muy casual que la casualidad caiga siempre en ma- 
nos de genios. ¿Por qué entonces el imbécil o el 
mediocre, jamás descubren nada, es decir, por qué 
no formulan o explican nuevas leyes de los fenó- 
menos que la casualidad a cada paso les mete por 
los ojos? ¿Cuántos hombres antes que Newton no 
vieron caer fruta de los árboles? ¿Y qué deduje- 
ron? Que estaban maduras, seguramente. 

Volviendo a nuestro tema, diremos que la ciencia 
moderna no pretende de ningún modo descubrir el 
primer porqué del fenómeno, sino el cómo, es decir, 
su ley, y cada día descubre nuevas leyes de las que 
se deducen nuevas consecuencias útiles para la hu- 
manidad, su punto de mira. En cuanto a la Causa 
Primera, se la siente palpitar en todas partes aun- 
que no se la explique; desde el telescopio hasta el 
microscopio, esos dos rastreadores del infinito, pro- 
claman su existencia. 

Sin embargo, mientras la ciencia exista, mientras 
el deseo de conocer haga vibrar cerebros, no falta- 
rán Faustos más o menos sinceros. Pero lo malo 
es que el Diablo, después del fracaso aquel tan rui- 
doso que tuvo en Alemania con el mentado doctor 
y la rubia Margarita, se nos perdió de vista, sin 
duda avergonzado. Y al fin, si volviese, ¡quién sabe 
si los desilusionados de hoy se animarían a trabar 
relación con el misterioso perro negro de fosfores- 



MODOS DE VER 



87 



cente rastro, llevándolo hasta sus gabinetes de es- 
tudio y presenciando sin espanto sus diabólicas me- 
tamorfosis ! Y si, como es probable, el Diablo no 
hubiera mejorado sus medios de transporte, por 
ser persona antigua y rutinaria, muy mal parados 
se verian sus modernos clientes, acostumbrados a 
viajar en tren directo, con cantina bien servida y 
muy bien iluminada, si se les obligara, como al hé- 
roe de Goethe, a marchar a talón limpio por los 
pedregales y despeñaderos de las sombrías monta- 
nas de Harz, sin más guía que la débil luz azulina 
y ondeante de un fuego fatuo ; aturdidos por el sil- 
bido de las mil flautas que sopla el huracán en las 
cavernas, por el infernal fandango de las brujas, 
el rechinar de dientes y el siseo espeluznante de los 
buhos de ojos siniestros. No: en estos tiempos, la 
gente es delicada, y si se arriesga en empresas te- 
merarias, si va al Polo, lo hace después de mil 
cálculos y con todo el confort y refinamiento de 
nuestra época — menos Andrée — llevando hasta 
armonium, para en caso de llegar a los suspirados 
90" de latitud, ejecutar las grandes sonatas de 
Reethoven debajo de la estrella polar, o más allá 
de la Cruz del Sud, con la estrella heta del Octante 
sobre sus cabezas. 

La verdad jamás se entrega: es algo que siempre 
huye; es el resplandor de una luz eternamente ocul- 
ta ; es como el tañido misterioso de aquellas cam- 
panas de la ciudad de Is, sepultadas en el fondo 



88 MARTÍN Gil, 

del mar, y que en noches serenas escuchaban ate- 
rrorizados los marineros y pescadores de las costas 
de Bretaña, pero que en el corazón de Renán so- 
naban dulcemente, rejuveneciendo e ilusionando, 
aunque con cierta tristeza, esa alma tan grande y 
tan diáfana como el mar, pero tan profundamente 
agitada por la duda. 

Avanzar siempre hacia donde se vislumbra ese 
resplandor, tras de esa ilusión, sin esperanza de lle- 
gar jamás, esa es la ley a que está destinada la cien- 
cia y eso se llama progresar. Los que niegan su 
progreso, son los hipócritas, los descontentos o los 
fatigados. A los primeros, habrá que dejarlos se- 
guir mintiendo; a los descontentos, les diremos lo 
que muchas veces oí decir a un filósofo padre de 
familia, cuando en la mesa alguno de sus hijos lle- 
gaba a rezongar por cualquier plato que le era an- 
tipático : "está rico, muchacho, / conté callao !", y 
de acuerdo con la propaganda por el ejemplo, un 
enorme bocado desaparecía en su boca, corriendo la 
suerte de la copa de oro en los abismos de Carib- 
dis. Y a los últimos, a los fatigados, a los descon- 
solados, le recordaremos la advertencia aquella de 
Napoleón a sus soldados en la retirada de Rusia : 
"el que se sienta se duerme, y el que se duerme se 
muere". 

Y ya que a los sabios les falta el tiempo y las 
ganas para responder a los que tan mal tratan a la 
ciencia, nosotros, los que no tenemos ningún título. 



MODOS DE VER 



89 



los que no entraremos en el templo de la verdad, 
pero que mosqueteamos desde afuera con respetuo- 
sa admiración los grandes oficios, protestamos sin- 
ceramente en nombre de la justicia. 



1902, 



EL ASEGURADOR 



La buena presencia es un recurso como cualquier 
otro, y algunas veces mejor que otro cualquiera ; 
es arma de efecto y sirve para muchas cosas, dígase 
lo que se diga. 

En el teatro, por ejemplo, cuando el gremio se- 
miescuálido y cuasi macabro de las coristas invade 
el escenario, verán ustedes infaliblemente a las dos 
mejores, ocupar los extremos de la bandada, ha- 
ciendo las veces de puntos de mira. Estas dos 
ninfas — entre paréntesis — son las que mejor 
atiende, paga y viste el empresario, y fuera del ])a- 
réntesis, las que más trabajo dan al director de or- 
questa, por ser generalmente las más rudas, desafi- 
nadas y aturdidas. Sin embargo, juegan un papel 
nmy importante en la política de perspectiva : el pú- 
blico mira únicamente a ese par de ninfas y pasa por 
alto o por bajo a las otras, porque la vista, gracias a 
su instinto de conservación, se niega rotundamente a 
posarse sobre los demás ejemplares de la tropa, así 
como un pájaro jamás se asienta sobre los vidrios 
filosos de una tapera. 



MODOS DE VER 



91 



Otrosí digo: Las damas caritativas y peticionan- 
tes, sea que soliciten dinero para un asilo,una lám- 
para votiva o para acristianar chinitos en la gran 
China, siempre van armadas de una niña de grata 
presencia, la que en este caso hace las veces de la 
punta de diamante en el taladro : la rosca del ins- 
trumento es la dama, la punta perforadora y bri- 
llante, la niña, y la mina, el bolsillo del prójimo 
masculino ; o, si se quiere, la niña es como un sable 
deslumbrador y perfumado, que al partir, embal- 
sama la herida. 

A esto podíamos llamarle política de sableo. 

Las compañías de seguros de vida tienen también 
su política, la que consiste en valerse de asegurado- 
res atrayentes, simpáticos, lo cual se explica, pues 
el efecto inmediato que el negocio produce, es sin 
duda repelente, por tratarse de la muerte. 

El asegurador, por lo tanto, debe ser un buen 
mozo, y lo es en general, a más de insinuante, la- 
dino (aunque sea inglés: hay ingleses deliciosamen- 
te ladinos), correcto y elocuente hasta llegar a la 
nota patética en el momento preciso. 

— Señor, — dice el sirviente, — van cinco veces 
que lo busca un mozo para cierto negocio urgente, 
pero no quiere dar su nombre. Ahora está en la 
sala esperándolo. 

— Servidor de usted ! 

— Estoy a sus órdenes. — contesta el dueño de 
casa. 

— Mil gracias, señor doctor. 



92 MARTÍN GIL 

— Dispense, no soy doctor. 

— ¿ Cómo ? ¿ No es usted doctor ? 

— No, señor. 

— ¿Pero, no es usted cordobés? 

— Sí, señor. 

— Entonces me disculpará usted : no puedo creer- 
le ; y después de todo, su aspecto lo indica... en 
fin, no puedo. . . 

— Con aspecto y todo, no soy doctor ; y usted sabe 
perfectamente que se encuentran muchos burros 
de muy buen aspecto. 

— Pues bien ; me dispensará usted la impertinen- 
cia, ¡ pero qué quiere ! seguro, como estoy, de que 
le haré un gran servicio, no he trepidado. . . 

— ¿De qué se trata? 

— Nada menos que de la tranquilidad de su fa- 
milia, del pan de sus hijos, del consuelo de sus deu- 
dos para después de sus días. Usted sabe que la 
vida pende de un hilo, y yo he visto hombres más 
fuertes y jóvenes que usted, llenos de esperanzas }' 
de fe en el porvenir, ¡ los he visto, sí ! arrebatados 
de súbito por la parca cruel, dejando a sus familias 
desamparadas, y, lo que es peor. . . 

— Vea, señor; yo no necesito asegurarme, — re- 
plica la víctima — no me encuentro en ese caso ; y 
después, le tengo fe al hilo del cual pende mi exis- 
tencia: no temo a la tijera de la parca x\tropo. 

— I Oh ! qué seguro está usted de lo que todos de- 
biéramos dudar — refunfuña el asegurador ponien- 
do en blanco los ojos. — Desengáñese usted. ¿De 



MODOS DE VER 



93 



dónde sabe si mañana, si hoy, si en este mismo mo- 
mento, no pisa usted (Dios no lo permita), el borde 
del sepulcro ? — y después, otra cosa : por más pre- 
visor que sea usted, muriendo, su familia puede 
quedar en la calle, gracias a tres personas distintas 
y un solo procedimiento. 

Personas : procurador, escribano y abogado. 

Procedimieno : limpieza. 

Es decir, ciertos abogados, muchos escribanos y 
la mar de procuradores, son como escobas nuevas ; 
por donde pasan actuando, dejan el suelo, — por 
no decir los bolsillos, — más lustrosos que una pa- 
tena : haga de cuenta que lo toman tres mastines. 
También abundan, es verdad, médicos, que si bien 
fortalecen y tonifican a sus pacientes, luego los 
vuelven anémicos con la sangría final. Pero a todo 
esto, yo quería hacerle notar, doctor, que el dinero 
del seguro no puede ser barrido por esas esco- 
bas. . . 

Hasta aquí la víctima se resiste y el asegurador 
se va sin conseguir su objeto; pero, vuelve al ata- 
que diez, veinte veces, hasta que cierto día se pre- 
senta acompañado de un señor de aspecto grave y 
simpático. 

— Aquí venimos, doctor. . . 

— Le dije que no soy doctor. 

— ¡Pardón! Veníamos, digo, para que firmemos 
la póliza aquella de que hablamos ; pero como la 
compañía tiene que cerciorarse del grado de su sa- 
lud y condiciones de vida, etc., para según eso ase- 



í'4 MARTÍN GIL 

í^urarlo o no, he venido con el medico, a quien teñ- 
ólo el honor de presentarle. 

— ciQ^^iere decir, entonces, que si uno tuviera ma- 
los antecedentes hereditarios o no cumpliera con la 
higiene, se salvaría?... 

— El examen será rápido — dice el médico, apro- 
ximándose al dueño de casa, frotando los anteojo^ 
con displicencia. 

— Vamos a ver: ¿Edad? ¿Nacido aquí? 

— Sí, señor; en el pozo de don Jerónimo Luis 
de Cabrera. 

— ¿No hubo en sus antepasados tuberculosos? 

— ¡Uff! ¡la mar! 

— Bien. ¿Fuma usted? 

— Más que un turco, y en pipa, tabaco Virgi- 
nia . 

— ¿ Hace uso del alcohol ? 

— Tanto como un marinero desembarcado. 

En seguida el doctor examina todo lo que quie- 
re, ausculta, percute y concluye por declarar que 
el paciente es buena presa. 

El otro, naturalmente, ya tiene formulada la pó- 
liza y espera con la pluma sopada : no hay más 
remedio que firmarla. 

Al despedirse el asegurador, y después de feli- 
licitar al asegurado por el paso que ha dado, tién- 
dele la mano diciendo : 

— Lo que sí, puede usted estar seguro de que 
antes que se enfríe su cadáver, la familia de usted 



MODOS DU: VT'R 



95 



recibirá el importe de la póliza con sus intereses 
compuestos . . . 

Todas las épocas han tenido sus plagas, así co- 
mo todo animal tiene sus parásitos propios, ca- 
racterísticos. 

La edad Media tuvo la plaga de los anuncia- 
dores del fin del mundo, astrólogos e iluminados por 
la ociosidad, que auguraban la muerte universal en 
las formas más espeluznantes, aterrando a pueblos 
enteros. España, en tiempo de Quevedo y de Cer- 
vantes, — el gran chueco y el gran manco, — su- 
frió la plaga de los escribanos ; y hoy todos sufri- 
mos la amable y útil plaga de los aseguradores de 
vida, una nueva especie de predicadores de la muer- 
te, con la diferencia que éstos, los modernos, asegu- 
ran la vida y tranquilidad de la familia que de- 
jaría el muerto hipotético, mientras que los otros 
se conformaban con prometer a los futuros difun- 
tos el fuego eterno del infierno, cosas en verdad 
muy distintas, porque lo del fuego resulta depri- 
mente, y lo del seguro, aunque con un fin comercial 
resulta importantísimo. 



1902. 



COSAS VIEJAS 



"Nada nuevo hay bajo el Sol; todo se ha di- 
cho y se ha hecho ; lo nuevo está en lo viejo", 
etc. 

Esto, y mucho más, aseguraban los antiguos de 
remotos tiempos, pero, no obstante, ellos se afa- 
naron en hacer y decir todo lo posible. Lo mismo 
declaran los modernos y proceden exactamente co- 
mo los antiguos. 

¿No será esto debido a que todos creen decir 
algo nuevo? 

Si Labruyére hubiera sido más lógico, segura- 
mente no escribe sus ''Caracteres", con lo que se 
inmortalizó ; debió conformarse con traducir a Teo- 
frasto, puesto que ya "venimos demasiado tarde, 
cuando todo se ha dicho", según él. 

Si Flaubert no hubiera creído como creyó, en 
la novedad de la frase y de la imagen, no debió 
sacrificarse esculpiendo y abrillantando sus obras, 
con furor artístico, con violenta pasión; pero las 
letras francesas, quien sabe si contarían hoy con 



MODOS DE VER 



97 



esas joyas tan admirablemente cinceladas, como 
aquellas otras del diabólico y celestial artista Ben- 
venuto Cellini, bandido genial, que aterrorizaba con 
su puñal y embelesaba con su cincel, Y ahora los 
ultra-modernos pesimistas, cambiando de tono a la 
cantata, dicen que no hay progreso ; que el futuro 
se encuentra contenido en el pasado; que la huma- 
nidad no avanza un palmo, sino que oscila como 
un enorme péndulo, y que todas nuestrr i ilusiones 
se deben a los distintos mirajes que presenta el arco 
de oscilación al ser recorrido : cuestión de perspec- 
tiva, nada más. 

Sin embargo, hoy en día, todos trabajan más que 
nunca. Por lo tanto es preciso convencerse de que 
la gente es, y ha sido siempre muy porfiada; pero 
la tal porfía, resulta una gran cosa, porque al me- 
nos nos hbra del aburrimiento, del tedio, aunque al 
final del cuento no saquemos nada en limpio. No 
debemos pues reírnos del pobre gusano cuando lo 
vemos afanado en trepar por un cristal húmedo. 

Sin ser un aficionado a lo viejo, creo que es 
bueno esto de abrir libros apolillados por los si- 
glos: es como largarse a recorrer caminos aban- 
donados, o revolver las ruinas de algún templo, 
en cuyos muros carcomidos verdean las hiedras 
solitarias, y de noche brillan los ojos de los buhos. 
Siempre se encuentra algo: un objeto olvidado, un 
dato curioso, un rastro interesante o sugestivo. 
En esos caminos andaba yo vagando sin rumbo, 



yo MARTIM Gil, 

cuando en medio del silencio me pareció escuchar 
una voz que me decia : 

— No os afanéis en buscar los manantiales de 
la verdad aquí tan cerca ; para encontrarlos, es pre- 
ciso remontarse aguas arriba, en el ancho rio de 
los siglos, dos y tres mil años atrás, hasta llegar al 
pié de esas grandes montañas llamadas Arquíme- 
des, Pitágoras, Demócrito, Anaxágoras, Plutarco y 
tantos otros ; y aun así, no llegaréis al origen mis- 
mo de las aguas cristalinas, porque tras de esas 
montañas, se divisan otras y otras, lejos, muy le- 
jos: apenas si se vislumbran sus cimas plateadas 
por la nieve, como blancos y lejanos cirrus, raspan- 
do el horizonte. Los modernos, si contamos desde 
el siglo XV hasta hoy, ¡ qué diablos ! muy poco han 
hecho. Lo que si han hecho, es apoderarse de las 
verdades dejadas por los antiguos, darles lustre, 
quitándoles el moho depositado por el tiempo ; pu- 
lir una que otra faceta mal cortada, para después 
presentarlas al respetable público con vistosas eti- 
quetas. No hablemos de filosofía, puesto que los 
modernos no han agregado una palabra más sobre 
estas cosas. Tratemos de lo que llamamos nuestras 
grandes conquistas. Si usted quiere, principiemos 
por la ciencia del cielo, lo más grandioso, lo más 
exacto y digno de atención, y al mismo tiempo lo 
más despreciable para todo espíritu vulgar y ator- 
tillado. Veamos: gravitación universal. 

— Newton, siglo XVII, modernísimo — le con- 
testé. 



MODOS DE VER ^9 

— i Pero, mi amigo ! si esto era conocidísimo por 
los antiguos. Créame, no pretendo menoscabar la 
gloria de Newton, gloria que honra a la humana 
especie, sino probar que la idea no era original . 
Escuche — dijo, y vi moverse las páginas amari- 
llas de un libro viejo, con grandes góticas. — Oiga 
usted lo que decía Plutarco, ese griego entendido 
en ciencias y en letras, mil quinientos años antes 
que Galileo y Newton trataran de la caída de los 
cuerpos, o sea de lo que llamamos gravedad, pun- 
to de partida que sirvió a este último sabio para de- 
ducir su ley universal de la gravitación. Habla Plu- 
tarco : "una atracción recíproca entre todos los cuer- 
" pos, que es causa de que la Tierra haga gravitar 
" hacia sí los cuerpos terrestres, así como el Sol 
" y la Luna hacen gravitar hacia sus cuerpos to- 
das las partes que les pertenecen ; y por una f uer- 
" za atractiva, las contienen en sus esferas particu- 
'' lares..." ¿Qué me dice usted de esto? 

— Que estoy sorprendido, y que recuerdo la man- 
zana de Newton. (¡Siempre esta fruta con papeles 
importantes ! ) . Veo que la cuestión de la gravedad 
se agrava. 
— Ya lo creo ! — dijo la voz. 
— Sin embargo, — observé — Galileo y Newton 
comprobaron experimentalmente las leyes que ri- 
gen a ese fenómeno del que tan claramente habla 
Plutarco, y a mi entender, esa es su gloria. 

— Conformes — dijo la voz. — Ahora — prosi- 
guió — usted sabe que partiendo de este fenómeno 



100 MARTÍN GIL 

terrestre y con ayuda de las leyes de Kepler, New- 
ton dedujo la universal: la gravitación. Veamos si 
los antiguos conocían esto. Aquí tiene usted lo que 
decía Pitágoras . . . 

— Si me permite usted, señora voz . . . Según di- 
cen, no eran suficientes las leyes astronómicas de 
Kepler para deducir la atracción universal ; sino tam- 
bién las mecánicas de Huyghens, y las físicas de 
Galileo : esos fueron los tres puntos de apoyo de 
Newton. 

— Está bien ; pero atienda usted lo que decía 
Pitágoras — continuó la voz — dos mil años antes 
que Newton. Verá usted que la célebre ley del 
cuadrado de la distancia, esa hija de Newton, era 
perfectamente conocida por los antiguos. 

"Una cuerda de música — dice Pitágoras — dá 
" el mismo sonido de otra de doble longitud, cuan- 
" do la tensión o fuerza con que esta segunda está 
*' estirada, es cuádruple ; y la gravedad de un pla- 
'' neta es cuádruple de la otra que está a una dis- 
" tanda doble. 

" En general, para que una cuerda pueda llegar 
" a estar unísona con otra más corta, de la mis- 
" ma especie, debe aumentarse su tensión en la mis- 
" ma proporción que es mayor el cuadrado de su 
" longitud ; y para que la gravedad de un planeta 
*' llegue a ser igual a la de otro más próximo al 
" Sol. debe aumentar a proporción que es mayor 
" el cuadrado de su distancia al Sol. Así, pues, si 
" suponemos unas cuerdas músicas extendidas des- 



MODOS DE VER 101 

" de el sol a cada planeta, para que estas cuerdas 
" llegasen a estar unísonas, sería preciso aumentar 
" o disminuir su tensión, según las mismas propor- 
" ciones que serían necesarias para ser iguales las 
"gravedades en los planetas". ¿Cómo encuentra 
usted todo esto? — dijo la voz en tono sarcástico. 

— Sencillamente hermoso y exacto — contesté. 
— Veo — agregé — que a más de ser un sabio el 
tal Pitágoras. fué un artista ; porque hay delica- 
deza y gusto en esa comparación de las cuerdas mú- 
sicas. — Me permitiría usted, señora voz, una 
pequeña fantasía con variaciones sobre este her- 
moso tema de Pitágoras, el que a su vez ya fué 
variado por Kepler, ese sabio con temperamento 
de poeta, casi visionario, según Tyndall? — Dife- 
rirá algo en la forma, pero no en el fondo, con 
la fantasía kepleriana. 

— Hágala — dijo la voz — aunque no soy afi- 
cionado a las variaciones. 

— Pues yo me lo figuro a nuestro sistema pla- 
netario, como a un instrumento de cuerda, gigan- 
tesco, de forma sensiblemente circular, flotando en 
el neí^ro espacio sin fondo, cual un enorme pulpo 
luminoso. vSus oclio largas patas o tentáculos, se- 
rían las cuerdas que retienen los planetas, las que 
van a enrollarse sobre un brillante clavijero: el 
Sol; enorme y dorado clavijero, que afloja o tira 
según los caprichos del artista. La nota más agu- 
da, necesariamente la daría la cuerda de Mercurio, 
por ser la más corta; la de Neptuno emitiría la 



10'i MARTÍN Cll, 

nota más profunda y grave, por ser la más exten- 
sa, y estas dos cuerdas darían Va octava. Dentro 
de este par de notas límites, tendríamos las seis 
restantes de la escala natural, dadas por las cuer- 
das de los seis planetas que faltan. Y si a Neptuno. 
la nota más grave de la escala, le llamamos do, 
Urano sería re, Saturno mi, Júpiter fa, Marte sol, 
Tierra la, Venus si y Mercurio do. 

Pero analizando un poco este instrumento, nos 
encontramos con que se le ha cortado una cuerda, 
quien sabe cuándo ; probablemente al ser templado 
por primera vez. 

— ¿Qué diablos dice usted? — rezongó la voz. 

— Lo que oye. Entre sol y fa. debía existir otra 
cuerda, según cierta ley de reparto que usted co- 
noce : se le buscó con afán, y por fin fueron en- 
contrados sus pedazos. 

— ¡ Ah ! se refiere usted a la zona de los pla- 
netoides? Son pedazos, según y conforme. 

— Habrá notado usted — proseguí — que la cuer- 
da de nuestro planeta debe dar el la, lo que es un 
honor para nosotros, por ser esta nota la funda- 
mental en la música moderna. Así que todo artista 
que quisiera tocar algo en el magistral instrumento, 
tendría que pedirnos el la para afinarlo : seríamos 
al diapasón de nuestro sistema planetario. Algu- 
nas de estas cuerdas tienen campanillas suspendi- 
das a su alrededor, las que juegan un buen papel en 
el concierto. Por ejemplo, la cuerda do grave, tie- 



MODOS rit VtR 1^3 

ne I ; re, 4; wi, 9; /a, 5 (i) ; sol, 2; la, i ; a sí y do 
agudo no se les conoce ninguna. 

— ¿Ha concluido usted con sus variaciones? 

— Démoslas por concluidas — contesté. 

— Muy bien. Volviendo a lo que decíamos — pro- 
siguió la voz — ¿conocian o no los antiguos la ley 
de atracción ? 

— Se ve que la conocían, pero lo que no sabe- 
mos es si supieron demostrarla y comprobarla ma- 
temáticamente como lo hizo Newton, usted recor- 
dará que Newton probó, de la m.anera más senci- 
lla, valiéndose de la Luna, aquello de que la atrac- 
ción se ejerce en razón inversa del cuadro de la 
distancia : un niño entiende la demostración del 
gran sabio. 

— Ahora fíjese usted — prosiguió la voz — si 
es que los antiguos conocían el sistema de Copér- 
nico, de que tanto nos vanagloriamos. Escuche lo 
que decía Plutarco: "Pitágoras creía que la Tierra 
" era móvil y que no ocupaba el centro del mundo, 
" sino que giraba alrededor de la región del fue- 
" go, por la cual entendía el Sol". — Aristarco 
Samio enseñaba igual cosa y fué acusado de im- 
piedad, según Arquímedes. "porque alteraba el re- 
" poso de Veste y los Dioses Lares". 

— En todos los tiempos, la misma historia. 

— Es verdad ; pero en cuanto a lo de Copérnico, 



(i) Hoy Júpiter tiene 9 satélites y Saturno 10. 



1*^4 MARTÍN r.TL 

el inmortal canónigo de Thorm, recuerde usted, se- 
ñora voz, que él mismo cita las fuentes en donde 
bebió y que no son otras que las indicadas por 
usted. Lo mismo debemos decir de Newton : cuan- 
do fué atacado, sus discípulos lo defendieron •ci- 
tando los autores antiguos de que se valió. Todos 
estos grandes hom-.'-es, señora voz, no hicieron más 
que reavivar con su genio las teorías antiquísimas 
que yacían sepultadas bajo la ceniza de los siglos, 
y la verdad brilló de nuevo, así como un carbón 
casi apagado, chisporrotea y arde al contacto del 
oxígeno. 

— Perfectamente — dijo la voz. — Voy a probar- 
le "on papelito en mano, que muchas otras teorías 
y .jlebres descubrimientos de los modernos, fue- 
ron conocidos 3^ enseñados por los antiguos. 

— No se moleste con más citas. Estoy enterado 
y convencido. Sin embargo, debo decir a usted que 
no me ha prestado una sola demostración de los 
antiguos en ninguno de los casos tratados. Prue- 
bas racionales habrán tenido, seguramente, pero 
los modernos idearon las experimentales, que en- 
tran por la inteligencia. Newton y otros, probaron 
la rotación de la Tierra por la desviación al Este 
que sufre la vertical de un cuerpo que cae desde 
gran altura ; y en nuestros días. Foucault probó lo 
mismo con sus clásicos experimentos que lo han 
inmortalizado. En fin, señora voz, todos creemos 
tener razón y nadie la tiene por completo. Es cier- 



MODOS DE VER 



lOn 



to que las cosas cada día se ven más precisas, más 
grandes, más exactas, pero la claridad no aumenta : 
lo que se gana en amplificación, se pierde en luz. 

La humanidad navega hacia lo desconocido. Nue- 
vas facetas brillan en el poliedro de infinito nú- 
mero de caras ; nuevos eslabones se unen a la ca- 
dena interminable. Arden nuevas^ ,i luces, aparecen 
nuevos faros^ se avistan nuevos mundos y nuevos 
horizontes se descubren. La tripulación, ajitada, 
arroja la sonda en todas direcciones, y cuando cree 
haber tocado fondo, o avistado tierra, un relám- 
pago ilumina el mar sin límites y aparece la boca 
'^el abismo. 

Pero la Verdad, esa sirena misteriosa y eterna- 
mente joven, canta siempre, siempre canta más 
allá. 

¿Adonde vamos? — El rumbo nos es completa- 
mente indiferente, porque el esp jío infinito no tie- 
ne rumbos. La constelación de Hércules y de la 
Lira, nuestra dirección actual, también marcha vien- 
to en popa. 

— Estoy conforme con usted — dijo la voz ■ — 
pero ya es t?^de; otro día hablaremos. ¡Adiós! y 
adelante ! 

La noche había llegado sin sentirla, y el salón 
quedó desierto. Pero allá en el fondo, entre la semi- 
obscuridad, el gran reloj de doradas pesas, con cal- 
ma imponente, hamacaba su péndulo de bronce, 
dejando filtrar el tiempo gota a gota, al través de 



108 MARTÍN r.iL 

su engranaje complicado. De pronto algo gruñe sor- 
damente, y suenan, como dentro de un sepulcro, 
siete campanadas, lentas, tristes. Después un suave 
y lúgubre tic. . .tac, llena el vacío que el silencio 
engendra. 



LOS INSUPERABLES 



— ¿Y tú quién eres? — le preguntaba Fausto a 
Mefistófeles en las primeras entrevistas que tuvie- 
ron, antes de firmar el pacto. 

El diablo dándose tono, — y con razón, — repon- 
dió, según Goethe: 

— Yo soy el que siempre niega. 

La misma pregunta debiéramos hacerles a todos 
esos espíritus mezquinos, no exentos algunos de ellos 
de ilustración y de talento, pero incapaces de recono- 
cer nada fuera de ellos mismos. Corazones cerrados 
a todo acto benévolo, a toda expansión altruista, a 
toda sinceridad ; en una palabra : almas eunucas. Crí- 
ticos de tan fino olfato para descubrir defectos v 
puntitos negros, que constantemente los vemos an- 
dar frunciendo la nariz y mirando de soslayo, cuan- 
do no restregándose los pies contra los umbrales, 
como si algo malo hubieran pisado. Sin embargo, no 
se me ha ocurrido compararlos con el Diablo porque 
¡ qué diantre ! Mefistófeles, dígase lo que se quiera, 
fué un cumplido caballero; generoso, galante y siem- 



108 MARTÍN GIL 

pre amable. Habrá tenido sus mañas y sus especula- 
ciones como cualquier comerciante ; habrá cobrado 
cuentas al final de la cosecha, cargando algo la ma- 
no en la libreta o en el fiel de la balanza, pero esas 
cosas se ven todos los días. 

Los nuestros, los insuperables, son espíritus pe- 
queños, podríamos decir: de valor negativo: afecta- 
dos con signo menos. Y considerándolos desde este 
punto de vista matemático, nos explicaríamos varios 
fenómenos curiosos. Por ejemplo: ;en qué consiste 
que un insuperable jamás está de acuerdo con el jui- 
cio emitido por la mayoría pensante, imparcial y jus- 
ta ? Naturalmente, porque esa mayoría pensante re 
presenta una cantidad de valor positivo, afectada. 
por lo tanto, del signo más : pero sabemos que menos 
por más da menos. V^iceversa, ¿por quf' un insupera- 
ble aplaude todo lo que esa mayoría rechaza o nie- 
ga? Porque en este caso la mayoría opera con signo 
menos, y sabemos que menos por menos da más. 

Se está en reunión de confianza, donde todos opi- 
nan con plena libertaad; se discute con sinceridad y 
sin pretender pontificar. Todo va bien; pero se in- 
corpora a la reunión un insuperable : inmediatamenie 
ciecaen los ánimos, la gente se encoje y la conversa- 
ción pierde su encanto. ¿Por qué? Sencillamente 
porque a esa cantidad de valor positivo que llama- 
mos reunión íntima, se ha sumado una cantidad de 
valor negativo : el insuperable ; y sabemos que adicio- 
nar una cantidad negativa, equivale a la sustracción 



MODOS DE VER 109 

del correspondiente número positivo. Si a 20 le su- 
mamos — 5, nos quedan 15. 

Sin embargo, existen insuperables completamen- 
te inofensivos y hasta útiles muchas veces, a los cua- 
les la gente se complace en darles cuerda porque al- 
gún provecho saca de ellos. Y son inofensivos, por- 
que se consideran en otro plano, a una grandísima 
altura, más allá de las nubes. Por oso es que nos 
hablan paternalmente. Su modo de decir es suave y 
acariciador, aunque algo meloso. Se parecen a esas 
frutas remaduras, pasadas de punto, envueltas en 
una finísima película de moho, chorreando jugo agri- 
dulce por todas sus grietas. 



INTERMEZZO 



Hay cierta clase de honorabilidad que en las prime- 
ras apreturas ¡ crack ! se rasga, y esto le sucede por- 
que es teórica, falsa; cuando más heredada, pero no 
ndquirida. Mientras el caso de prueba no se presenta, 
el individuo se pavonea muy orondo con su valioso 
caudal, pero andando el tiempo, le pasa lo que a las 
muías de carga: en el primer charco que encuentran 
se revuelcan con todo lo que llevan encima y ¡ adiós 
bolsas de arrope, quesos, pasas y pelones! 

Generalmente el hombre vivo, de quien he habla- 
do alguna vez, se cotiza a mejor precio en materia 
de consideración social que el hombre ilustrado y 
de talento. Sin embargo, el hombre vivo, representa 
la astucia en todas sus faces, y la astucia o arte de 
engañar corresponde a una facultad inferior: a los 
animales debiéramos aplaudirles sus cábulas, pero 
como el hombre se quiere dar el lujo de no ser ani- 
mal . . . 



MODOS DE VER 11 1 

La mayoría de los grandes hombres fueron y son 
completamente inútiles para mentir y perfectamenie 
aptos para ser engañados por el prójimo inferior. 

La política y el comercio son ambientes muy pro- 
picios para el desarrollo del hombre vivo: allí en- 
contramos notables ejemplares de sangre purísima y 
brillantes aptitudes. 

* 

Por lo general, nuestros compatriotas millonarios 
y millonarias, se ocupan más en asegurar sus almas 
para la otra vida, que de aliviar al prójimo menes- 
teroso. Por eso es que vemos muchas capillas lujosas 
erigidas por ellos, muchas torres góticas con sus agu- 
jas apuntando al cielo, como queriendo abrir brecha 
para que pasen derecho las almas piadosas que las 
mandaron construir. Pero no vemos hospitales, ni 
isilos, ni casas de refugio, ni nada, en fin, que im- 
plique altruismo. De esa manera pretenden matar al 
Diablo y apagar el fuego del infierno, cuando real- 
nente sería mejor apagar la sed y matar el hambre 
líe sus semejantes, porque si las cosas anduvieron 
nal, me parece que el Diablo se las llevará, no obs- 
:ante sus capillas y sus torres góticas. 

Es claro que no hay crítica sino críticos, así como 
no hay enfermedades sino enfermos. A cada uno le 



112 MARTÍN Gil, 

duele el estómago de diversa manera ; y si a mí, en 
tal caso, me sienta bien una empanada, a otro lo de- 
jará bizco. El juicio de ambos sobre la empanada se- 
rá distinto seguramente, pero los dos habremos dicho 
la verdad. 

Cada época tiene su manera de ver y de sentir, y 
la mejor obra de arte o de pensamiento será aquella 
que resulta nueva en todos los tiempos, que se adap- 
ta a todas las latitudes, que soporta todas las mira- 
das aunque cambien mil veces de color. Don Quijo- 
te, la obra inmortal, ¿de cuántas maneras no ha si- 
do interpretada desde la mañana aquella en que ai 
famoso hidalgo se k ocurrió apretarle la cincha a su 
rocín y escabuUirse sigilosamente por la puerta fal- 
sa, mientras el ama y la sobrina dormían a pierna 
suelta, y el rubicundo Apolo con su dorada cabelle- 
ra... y "los pequeños pajarillos con sus arpada?: 
lenguas . . . " ? 

Eso de novela histórica, siempre me ha hecho cos- 
quillas. 

Me suena tan mal como aquello de que tal azúcar 
sala poco, o de que un enfermo ha sufrido una gran 
mejoría. 

La novela y la historia no debieran andar juntas 
ni en carnaval. Que cada una haga lo que pueda por 
su cuenta y riesgo, para que después no se culpen 



MODOS DE VER 11?> 

mutuamente. Es una cruza que fatalmente tendrá 
que dar productos híbridos. 

* 

Antes se creía que el pensar era algo así como un 
honesto pasatiempo de gente ociosa ; algo que reque- 
ría tanta energía como la necesaria para rascarse o 
para fumar, tendido de espalda, un buen cigarro. 
Pero hoy en día, gracias a la fisiología experimental, 
se sabe y se prueba matemáticamente, que el pensar 
con cierta intensidad, ocasiona un desgaste físico, 
por lo general, más intenso en igualdad de tiempo 
que el trabajo muscular. 

Sólo después de conocer esta verdad científica, 
puede uno explicarse por qué, en general, es mucho 
más fácil y corriente creer que dudar. Naturalmente, 
para dudar es menester raciocinar, discutir, compa- 
rar; es decir, pensar, o, en otros términos, trabajar, 
y la humanidad fué siempre inclinada al dolce fa^' 
niente; mientras que para creer, así no más por que 
sí, basta tener buena voluntad, o más bien dicho, no 
tenerla. 

Cuando en tiempo de los Borbones, — según di- 
cen — fué nombrado el duque de Angulema gran 
maestre de la marina francesa, surgió de golpe una 
dificultad, y era que el señor Angulema se encon- 
traba completamente disgustado con las matemáticas, 
al grado de no estar muy seguro de lo que era un 
triángulo. 



il4 MARTÍN GIL 

Entonces se resolvió que el matemático más emi- 
nente de Francia instruyera al duque. Así se hizo, 
pero a las primeras de cambio el discípulo se empan- 
tanó de la manera más desastrosa, tanto, que ni con 
la palanca del gran sabio antiguo hubiera sido posi- 
ble moverlo. 

Desesperado el gran profesor, viendo que predica- 
ba a un poste, se dirigió al discípulo, más o menos en 
estos términos : — "¡ Monseñor ! os juro que lo que 
trato de demostraros es la verdad". 

— ¡ Pero, hombre ! — exclamó el duque, abrazán- 
dolo: — ¿por qué no me lo dijisteis antes? Así no^ 
hubiéramos librado de tanto número» y cálculo, y de 
fatiga tanta. 

De lo que se deduce que mejor es creer sin andar 
hurgando ni averiguando mucho. . . con tal que 
sea cierto. 

La oportunidad no admite espera; aprovecharla 
en su punto, es tan difícil como tomar de la cola a 
una rata que se escurre en la cueva. 

Existen dos gremios por quienes tengo compasión : 
los maquinistas y los periodistas. No me explico có- 
mo se puede vivir metido en un horno, asado, en- 



MODOS DE VER 115 

grasado, tiznado, paralizado, aspirando un aire en- 
rarecido entre humo, carbón, aceite y cenizas. 

Y los periodistas ¿cómo hacen para escribir siem- 
pre, tengan o no tengan ganas, tiempo, ideas, vo- 
luntad ? 

Hay momentos en que ni con prensa hidráuhca 
se le puede hacer destilar al cerebro ; sin embargo, 
el del periodista, a la menor presión algo destila : se 
parecen a esas vacas escuálidas de los tambos a las 
que nunca les falta cuatro chorros azules y bullicio- 
sos para llenar la copa de espuma al dispéptico 
marchante. 

* * 

No es solamente Renán : en el fondo de toda alma 
sensible, como en el fondo del mar de la leyenda 
bretona, también se encuentra sumergida una miste- 
riosa ciudad de Is, con sus torres de agudas flechas. 
Y en noches tranquilas se escucha el tañido miste- 
rioso de campanas que suenan allá, en las lejanías 
del pasado. Mas para percibir con nitidez sus dulces 
vibraciones, es menester encontrarse lejos del "mun- 
danal ruido", del odio, y lo más cerca posible de la 
Naturaleza. 



VELORIO SINIESTRO 



Corrían los tiempos de la tiranía. 

El estampido seco y estridente de una descarga de 
fusilería, repercutió por todos los ámbitos de la ciu- 
dad ; y el cielo encapotado y triste de una tarde de 
invierno, devolvió hacia la tierra el eco infausto de 
la pólvora, como si no quisiera participar de tanto 
crimen. 

La campana mayor habló de agonía con su voz 
grave y solemne, invitando a orar por las almas de 
los tres ajusticiados que en ese momento caían del 
banquillo. 

Cumpliendo su piadosa misión, los miembros de la 
Hermandad del Pilar recogieron apresuradamente 
los tres cadáveres, los amortajaron y colocaron en 
sus ataúdes, llevándolos después al templo para ve- 
larlos esa noche como de costumbre. El velorio se 
hacía por tumo, tocándole dos horas a cada uno de 
los socios. 

A eso de la media noche, llegaba a la iglesia el doc- 
tor X, bien arrebozado en su amplia capa, con el ob- 



MODOS DE VER 117 

jeto de relevar a otro doctor en la fúnebre guardia. 

Es bueno saber que a la Hermandad del Pilar per- 
tenecía la flor y nata de Córdoba, por eso es que 
entran y salen doctores. 

Después de una breve oración, el relevado se re- 
tiró, y sus pasos que en un principio llenaron la nave 
solitaria, se extinguieron en la calle sombría y des- 
amparada. 

Lloraban las nubes lentamente, envolviendo a la 
ciudad dormida en un tul finísimo de lágrimas. 

De tarde en tarde^ oíase el alarido prolongado v 
tétrico de los centinelas. 

Quizás en ese momento lloraban también las ma- 
dres, hijos o esposas de los muertos. 

Dentro del templo tibio y silencioso, flotaba en el 
ambiente ese perfume vago y embriagador que ex- 
halan las flores marchitas ; triste y dulce perfume 
por ser el último canto de la flor moribunda, las úl- 
timas notas de una melodía que se esfuma. 

Las imágenes de los santos, en sus variadas acti- 
tudes, miraban hacia los féretros con insistencia ex- 
traña ; y los cuatro cirios de llamas inmóviles, llora- 
ban también lágrimas de cera. 

Algunos murciélagos, con su volido ondulante, 
cruzaban la nave de un extremo al otro, y chirriaban 
de gusto, cuando al pasar como flechas po^ entre los 
cirios, lengüeteaban las llamas: — parecían colum- 
piarse entre el coro y el altar mayor, agitando el aire 
con sus alas de trapo y sus chirridos de goznes sin 
aceite. 



118 MARTÍN GIL 

De vez en cuando la madera reseca de los confe- 
sonarios, embotada por la humedad, crugía lasti- 
mosamente, como si soportara el peso de grandes 
pecados. Después, volvía a reinar un silencio mor- 
tal. 

— Me permite una palabra — dijo alguien, con 
voz trémula y débil. 

El doctor se estremeció y miró hacia la puerta, pe- 
ro él bien sabía que estaba cerrada. 

— No se asuste, señor; yo soy Pérez y estoy vivo 
— dijo la voz. 

El doctor dio vuelta y quedó estupefacto. 

Entre los cuatro cirios amarillos, se destacaba un 
fantasma blanco y ensangrentado. 

— Sálveme, señor; le aseguro que no estoy muer- 
to! — dijo la visión. — Me hirieron en un brazo y 
en el pecho y me hice el muerto. 

— ¡Es posible! — dijo el doctor, después de un 
momento de silencio y como saliendo de un sueño. 
— ¿Qué significa. . . ? ¿Cómo es esto. . . ? Pero en- 
tonces, está usted vivo? Bueno; bájese y salgamos, 
¡pronto! ¡pronto! 

— Ayúdeme a bajar — replicó el fantasma. 

El doctor se aproximó, alargándole le mano. 

— Ahora, póngase usted mi capa sobre la mortaja 
y vamos — dijo. 

Salieron, cerrando de nuevo la puerta. 

Lloraban las nubes, y un viento frío pulverizaba 
s\is lágrimas heladas, azotando con ellas muros y te- 
jados. 



MODOS DE VER 



119 



— Al convento de los Franciscanos — dijo el doc- 
tor. 

Oyóse de nuevo el grito lejano de los centinelas. 

Y la intensidad de los destemplados alaridos dismi- 
nuía, aumentaba o se extinguía de golpe, según las 
ráfagas de viento. El vendaval jugaba con las voces, 
como juega el gato con los ratones. 

Llegaron a la portería del convento, agitando rá 
pidamente la campanilla. Se oyeron pasos y ruidos 
de llaves, y el portón se abrió. Un lego asomó su 
cabeza encapuchada. 

— Queremos hablar con el padre guardián ; es ur- 
gente, hermano. 

— Está bien — dijo el lego, cerrando la puerta. 

Después de un momento de expectativa anhelan- 
te, volviéronse a oir pasos y ese tilinteo suave y sim- 
pático producido por el choque de las medallas y las 
cuentas del rosario : apareció el padre guardián, tran- 
quilo y amable. El doctor le puso al corriente de lo 
acontecido, entregándole el reo para que lo salvara. 
El difunto devolvió la capa al doctor, y su blanca si- 
lueta y la gris del padre, se desvanecieron juntas, 
cual sombras dantescas, a lo largo de los claustros te- 
nebrosos. 

Sonaron de nuevo las llaves. 

Silbaba el viento y lloraban las nubes en silen- 
cio. . . 



1902. 



CHARLA CANINA 



A pesar del sentimental discurso de Lord Byron 
en la tumba de su perro, o algo así por el estilo ; no 
obstante las consideraciones de Schopenhauer sobre 
el mismo cuadrúpedo, quien (el filósofo) declara 
preferir la amistad canina a la de todos sus compa- 
triotas juntos, los alemanes ; tomando muy en cuen- 
ta el sacrificio de Ricardo Wagner, cuando en plena 
miseria y en plena lucha por la gloria, allá en París, 
tuvo que vender su chaleco para dar de comer a su 
hermoso perro de terranova; y por último, descu- 
briéndome con sincero respeto ante la tumba de 
L ry, el heroico perro sanbernardo, en cuya foja 
de servicos están grabados los nombres de cuarenta 
personas salvadas por él de entre la nieve, y muerto 
al fin de trágica manera ; no obstante todo esto, 
creo que al perro, como a muchas otras cosas, se 
le va pasando la moda. 

Los tiempos no están para tanto perro. En gene- 
ral, anim.ales sobran y falta gente. Antes era ma- 
teria de lujo un par de cuzcos pelados, para los 



MODOS Dlt VIÍR 121 

pies de la cama, en noches de invierno; ahora este 
sistema de calefacción animal no pasa de una in- 
mundicia. Pero esto no quiere decir que nuestros 
abuelos hayan sido más sucios que nosotros, ¡qué 
esperanza ! Lo que hay es, que ellos entendían 1a 
suciedad de otra manera, era otro su criterio en 
materia de limpieza, porque no conocieron micro- 
bios. 

Hoy día, un vaso de agua cristalina no filtrada, 
es mirado por muchos con horror, mientras que an- 
taño se le bebía con delicia. 

Decía que los tiempos no están para tanto perro, 
especialmente en las ciudades. Sin embargo, lla- 
memos a la puerta de muchas casas, y verán cómo 
estalla una cuadrilla de cuzcos de distintos forma- 
tos y pelaje. Afluyen al patio de todos lados y se 
precipitan a la carga contra el que llega, coñ\o !:i 
se tratara de un salteador. A veces el loro que está 
allí, más aburrido que un portero, se entusiasma 
'^on la algazara, y por entre el pico atiborrado de 
pan con leche, anima a los cuzcos con un suculento 
¡ chúmale ! Entonces el zaguán se nubla de perros 
y el intruso se encuentra bloqueado. 

Es inútil que trate de apaciguarlos llamándolos^ 
por sus floridos nombres: Jazm.ín. Diamela. Clavel. 
Es mejor que espere sin moverse hasta que acuda 
la sirvienta. Esta ninfa se presentará al fin con 
una cara muy poco halagüeña, y como a los veinte 
metros de distancia, y sin importársele un bledo 
del bullicio c?nino. nos gritará: «¿Quién es?» — Le 



122 MARTÍN GIL 

contestaremos: «Yo soy», y quedaremos en la mis- 
ma, porque hay mucha gente que se llama «yo soy» 
y porque los perros no dejan oir absolutamente 
nada. Entonces la ninfa, inclinándose como si fue- 
ra a levantar una piedra, amenaza a los perros 
con un terrible ¡agua verá! 

■ Al grito, la nube canina se disipa en remolino, 
ladrando y aullando, entre resentida y teme a, y 
vuelve a sus puestos respectivos, es decir, a ias ca- 
mas, sillones o sofaes. 

Haga la prueba el lector y cuente, al andar por 
las calles, los perros que vea. Encontrará sin duda 
al choco criollo compadre, de cuerpo empalizado, 
cola enroscada y dura como coscorrón de boliche ; 
al pelado, cabeza baya y plumerito moro en la cola : 
al cuzco blanco, lanudo y sucio, de panza rosa a 
fuerza de uña. que por lo general suele llamarse 
Jazmín o Diamela, según el sexo; y por último, a 
un nuevo tipo de cuzco importado no ha mucho, y 
que va cundiendo con la rapidez de la influenza : 
me' refiero a esos ñatitos bayos boca negra, cabeza 
de sapo reventado, caras de idiotas (y lo son com- 
pletamente), ojos saltados y dientes salidos; una 
verdadera calamidad, estéticamente considerados ; 
sin papel, ni gracia, ni instinto recomendable, por 
más que sus inventores, los ingleses, según entien- 
do, digan que son muy ponifos. 

Verá también al perro grande, criollo, mestizo o 
fino, borneándose entre los cuzcos con aire des- 
preciativo. Toda esta recua canina anda de ociosa 



MODOS DE VER 123 

V en procesión diurna y nocturna, aplanando ve- 
redas, gruñendo y levantando la pata por «quítame 
esas pajas» ; mientras que en los frisos, paredes y 
puertas de calle, se dibujan con toda nitidez Amé- 
ricas. Áfricas y Oceanías. 

En China y en Turquía abundan los perros, es 
verdad, pero también es cierto que no son los pue- 
blos más limpios. Después, en China, los perros se 
comen, mientras que entre nosotros sería una in- 
juria grave aconsejar a esa pobre gente que de- 
clara a gritos morirse de hambre, echara al horno 
el cuzco más gordo de la tropa que mantiene a cos- 
tillas o jamones del vecino. 

— ¡ Cómaselos usted, su perro cochino ! — nos 
dirían, seguramente. 

En fin, soy partidario sincero de la protección a 
los animales, así que no pido la muerte para los 
perros, sino que los suspendan. . . que se limite su 
propagación, porque este noble animal no necesita 
haber leído Fecondité para triplicarse en un año. 



ASHAVERUS 



¿Quién es un hombre de aspecto taciturno, mira- 
da vaga y andar sonambulesco, que hablando atrae, 
y escribiendo resulta un pensador? 

Un señor que de negro siempre anda vestido, 
gasta blando zapato, chambergo alado y algunas 
veces su poquito de melena ; que al caminar no 
mete el menor ruido ; que nada mira y que todo vé 
(lo que si es un gran mirón del sexo bello) ; que 
tiene tan bien calada a nuestra gente, que la conoce 
tanto como el frutero conoce sus melones. 

Es un filósofo por dentro y fuera, un raro de 
talento, un escéptico afable, sin odios ni rencores, 
que se deja llevar por el río de la vida sin pregun- 
tar a dónde, porque sabe muy bien que ciertas co- 
sas es inútil tratar de averiguarlas. 

Sin muchas inquietudes, ilusiones ni temores, con 
cachaza oriental, pero sin una pizca de nirvana, 
boga sereno, fumando en la gran pipa del intrinca- 
do mundo, sin mirar con insistencia ni hacia atrás 
ni hacia adelante, y asi va gozando con el poco de 
verdad y de belleza que en el camino encuentran 
los que como él, tienen un espíritu sensible y en la 
ciencia y en el arte creen. 



MODOS DE VER 125 

Hombre de hielo, al decir de algunos, pero al que 
veréis, no obstante, con los ojos húmedos de lágri- 
mas cuando emite o escucha un pensamiento deli- 
cado, bello, noble o bueno. 

Escritor original, de estilo cervantesco cuando le 
da la gana, y que aún diciendo mucho, es más lo 
que sugiere, porque su pensamiento siempre obliga 
a interpretar, siempre deja que raspar, como las 
inolvidables pailas de brillante cobre, en que nues- 
tras abuelas confeccionaban el dulce de membrillo, 
y que los nietos, armados de cucharas, pedíamos a 
gritos, concluida la faena, aunque después crugie- 
ran las barrigas con el dulce caliente y hubiera que 
acudir a los emplastos. 

Es el autor de «Tierra Adentro», en donde el filó- 
sofo y el observador campean juntos, y autor tam- 
bién de otras cosas inéditas muy buenas, según di- 
cen, aunque no lo sea de los días de nadie, lo cual, 
al fin, no tendría mérito ninguno, pues de lo con- 
trario, debiéramos aplaudir al primer botarate que 
pasa por la calle. 

De él dijo alguna vez Rubén Darío: «es un judío 
errante cordobés, de aspecto socarrón, palabra ama- 
ble y poca, juicio bastante, sencillez innata, expe- 
liencia de las cosas de la vida y una afección o es- 
pecie de poético amor por la vida de las cosas». ¿Y 
ahora lo conocéis? — Ahora sí: es don Amado. 

Pues había sido usted muv lerdo. 



1902. 



"CANTOS RODADOS" 



José María Vélez, el rubio de aspecto apacible 
pero tan nervioso, rápido y vehemente como un ca- 
chorro de león de esos que él pinta descuadrilando 
cabras y carneros, surge de nuevo con un nuevo 
libro. 

«La Casta». «Cumbres y Quebradas», y ahora 
«Cantos Rodados». 

Estos «Cantos Rodados», lejos de acusar, como 
la ciencia enseña, una corriente de agua que pasó 
en tiempos lejanos, nos muestra el torrente im- 
petuoso y bullidor que actualmente los pule y re- 
dondea. 

Se ha dicho, con verdad, que una obra de arte 
es la naturaleza vista al través de un temperamen- 
to. Vale decir, que el temperamento es como un 
cristal que se interpone entre el autor y el mundo ; 
y es claro que según el color de ese cristal, han de 
resultar las cosas. 

Los pesimistas ven todo negro, o por lo menos 
ceniciento, de lo que se deduce que su cristal está 



MODOS DE VER 127 

ahumado. Otros ven azul, verde ; éstos son los sim- 
bolistas e ilusionistas. Los que llegan a ver con 
luz blanca, natural, son los genios de la talla de 
Goethe. 

El cristal de Vélez es policromo, sin encontrarse 
el color negro ; por eso es que sus «Cantos Roda- 
dos» brillan y chispean con mil matices. 

La naturaleza que él nos pinta es exacta en el 
fondo, pero muchas veces se la ve desaparecer en- 
tre las llamaradas de su entusiasmo poético, como 
Elias, el profeta, en su carro de fuego. — Si alguna 
vez en sus páginas hay obscuridades, es por excesó 
de luz. — Los extremos se tocan. 

Al cerebro de Vélez me lo figuro vibrando como 
un cinematógrafo. Las imágenes llegan en tumulto 
y pasan zumbando, desapareciendo en torbellinos 
vertiginosos, como bandadas de pájaros asustados. 
De ahí esa constante inquietud, ese estrépito, esa 
exuberancia de colores que percibo en sus cuadros, 
y que alguna vez producen el vértigo. 

Falta, sin duda, la nota dulce y tranquila de la 
naturaleza : lo que en música cQrresponderia al 
modo menor. 

Para mí, es decir, según mi cristal o vidrio ordi- 
nario, la naturaleza en general es siempre sencilla, 
hermosamente sencilla; imponente, suave y pene- 
trante como la mirada de una diosa griega. Hace 
pensar, conmueve y levanta el espíritu, pero rara 
vez lo sacude y agita con violencia. Su contempla- 
ción dilata y ensancha el alma, como el gas al globo. 



128 MARTÍN Ga 

para después remontarlo en silencio a la región de 
misterio. 

Por lo tanto, el exceso de colores, los adornoi 
complicados, la inquietud desmedida, no le sientai 
bien a la naturaleza, como tampoco le sentarían ; 
una mujer hermosa. 

Pero hay mucha luz, mucha vida, mucho espíri 
tu vibrante y noble en «Cantos Rodados». 

Las dos páginas del colibrí, valen por un poema 



1902. 



LA GUITARRA Y LOS DOCTORES 



A Leonor Allende, escritora. 

Si el canto de un ruiseñor, según Heine, dejó en 
suspenso a un grupo de graves canónigos, que en 
medio de un bosque florido discutían a gritos in- 
trincados asuntos teológicos, yo he visto, en cam- 
bio — decíame un amigo protagonista de este breve 
caso — derrumbarse de golpe todo ese enorme pres- 
tigio de que gozan los doctores ante la gente sen- 
cilla del campo, al sólo impulso de una buena gui- 
tarra, aunque no tan melodiosa como el célebre pá- 
jaro de los canónigos. 

Siéndome necesario respirar aire de montaña y 
beber leche de cabra, dos cosas buenas y baratas — 
prosiguió mi amigo — me dirigí a uno de esos lu- 
josos hoteles en la sierra, para desde allí buscar 
sin apuro cualquier casita de familia «pobre, pero 
honrada», donde a uno se le hospeda sencilla y fran- 
camente. 

Después de algunas horas de continuo caracoleo 



130 MARTÍN CAh 

y gambeteo por entre las breñas, donde a cada ins- 
tante se- ve a la locomotora ralentar su marcha cau- 
telosamente, como si quisiera olfatear el abismo que 
de improviso abre su boca desdentada y fría a un 
metro de riel, llegamos al hotel. Estaba repleto de 
gente «de abajo», como diría Sarmiento. Toda ell.i 
debía ser muy distinguida, por su gravedad silen 
ciosa y tiesa. La entrada al salón-comedor, a la 
hora del almuerzo, resultó muy interesante. Las 
damas y señoritas, elegantemente vestidas, perfu- 
madas y empolvadas, fresquitas, recién levantadas 
— han salido a tomar campo. — Los hombres, recién 
levantados también, muy elegantitos, aunque no tan 
frescos sin duda, pero igualmente empolvados y 
perfumados. Un silencio de iglesia reinaba en e! 
gran salón. El ambiente era frío a pesar de las so- 
peras humeantes. Se hablaba a media voz, mien- 
tras se sumergían los cucharones con marcada dis- 
plicencia. De pronto estalla un instrumento de cla- 
sificación dudosa, emplazado al centro: tiraba a ór- 
gano sin pasar de aristón. 

Entre plato y plato murió Traviata, a quien le 
hubiera sentado admirablemente una temporadita 
de sierra ; Mefistófeles da su serenata por cuenta 
del doctor ; Ernani muere perdonando a tütti; don 
Basilio se florea en el aria de la calumnia, y hasta 
las Walqtíirias pasan a media rienda con Wagner 
en ancas. El áspero rezongo de tal instrumento 
resulta insoportable. Comienza a tomarse gusto a 
aristón a todo lo que se come. 



MODOS DE VKR 



131 



Por fin concluye el sacrificio y la gente se retira 
discretamente. El mozo me pregunta si desearía 
tomar café en la espaciosa galería donde se reúne 
toda la gente a esa hora. Efectivamente: allí esta- 
ban todos formando dos enjambres, las mujeres en 
un extremo, envueltas las cabezas en amplios tules 
vaporosos, para evitar el aire y la luz de un día 
hermoso. 

El conjunto semejaba una espléndida nebulosa 
irresoluble. Analizada con el espectroscopio social, 
no hay duda que hubiera dado las tres rayas clási- 
cas y quizá algunas otras. Cuanto a los hombres, 
será mejor no tocarlos : están muy bien peinados, 
muy bien almidonados, olímpicamente arrellenados 
en sillones de mimbre, fumando a pierna cruzada 
y pantalón remangado, para mostrar, si no me en- 
gaño, la rica media crema calada, lo que daba lugar 
a un variado surtido de flacas canillas a la vainilla. 
L.eian diarios y revistas. 

Mientras tanto, en las quebradas umbrías y las 
lomas risueñas, bajo un cielo azul purísimo, rebuz- 
naban los asnos con verdadera sinceridad y conten- 
tamiento, elogiando, sin duda, la vida natural y sen- 
cilla de la montaña. Sin embargo, nadie se daba 
por aludido. 

Dos días después me despedí de esa mansión en- 
cantadora... y del aristón, para irme a alojar en 
casa de misia Liboria. distante unas tres leguas del 
hotel ; casa de huéspedes muy recomendada por el 
cochero que me llevaba. 



132 MARTÍN en, 

Es bueno saber que todo el lujo de un cochero 
serrano, consiste en demostrar que su coche no sabe 
quebrarse ni volcarse : y lo prueba, cruzando des- 
peñaderos al galope y bajando lomas a media 
rienda. 

No vaya a volcar, amigo ! 
No, íde! 

Va a hacer pedazos su coche! 
Diande ! 

— ¿Y cuándo llegamos? 

— Aurita, no más. ¡ Yra picaflor! ¡ movete lau- 
cha! 

Lo que había llegado por lo pronto era la noche, 
con cielo cubierto, tragándose las montañas con sus 
precipicios, sus arroyos y sus peñascos. Quizá por 
eso íbamos a media rienda. 

— ¿Vé aquella luz? Allí es. 

— Ahora, agárrese bien, que vamos a bajar la 
barranca de los loros, para ir a caer al mismo pa- 
tio de las casas. Una sola vez líquida he volcao . . . 
porque no me largué derecho. ¡Agarre las cajas! 

En ese momento me pareció que el coche volaba, 
tal era la fuerza con que cortábamos el aire, hasta 
que un feroz barquinazo, capaz de hacer saltar les 
dientes postizos mejor colocados, me sacó de la 
duda. El coche se había detenido. Todos los pe- 
rros de la casa ladraron sin ganas, por compromiso, 
mientras que una mujer trataba de alumbrar con 
im farol bastante turbio. 



MODOS DE VER l'^^S 

— Este es el mozo que li tratáo, misia Liboria — 
dijo el cochero. 

— Hacelo que pase ; ya está la pieza. 

— ¡ Muchachas, bajen los bultos ! 

Dos mujeres invadieron el coche. Me presenté a 
misia Liboria, quien se excusó de darme la mano 
por haber estado picando cebolla. Buen aspecto el 
de la patrona: baja, chata y muy risueña. Paso por 
alto a las dos muchachas, porque equivalían a un 
fuerte dolor de estómago. Diré únicamente que se 
llamaban Pepa y Nicomedes. Nadie se hubiera 
opuesto a que se llamaran Virginias, por ejemplo. 

Me encontraba en ese estado ambiguo de todo 
el que llega a una casa desconocida, cuando se me 
dijo que estaba servida la comida en mi cuarto. 
Efectivamente, allí encontré una mesita redonda de 
tres patas, un perro al lado de la mesa, una jarra 
con agua, un pan más pálido que un muerto y un 
plato enlozado soportando una tumba esferoidal, 
humeante, pelada y dura, la que al sentirse pincha- 
da por el tenedor, dio un brinco tan violento, que 
fué a caer justamente en la boca del perro. Al po- 
bre animal lo vi encogerse y ponerse bizco, mien- 
tras la tumba hacía su recorrido; deglutió por úl- 
tima vez, se lamió el hocico y quedó pensativo. Yo 
también deglutí y quedé pensativo. 

Nadie venía. Se escuchaban las voces de mando 
de la patrona desde la cocina y el taloneo de las 
muchachas, pero nadie llegaba. Por fin, me levan- 
to y llamo con fastidio. Se presenta una de las dos 



134 MARTÍN GIL 

muchachas con una fuentecita de pichones dorados 
y aromáticos. 

— ¿Se le ofrece algo, 'señor? 

— ¿Qué dice? Vamos a ver, traiga la fuente! 

— ¡ No, señor, si son pa los doutores ! 

— ¿Cómo para los doctores? 

— Sí, pa los doutores que están en el cuarto de 
la esquina — dijo — y desapareció. 

Llamé a la patrona y me dijo que a los doctores 
se les cocinaba especialmente, porque eran muy de- 
licados. 

— Pero ¿pagan lo mismo que yo, señora? 

— Sí, señor. 

— ¿Y entonces? 

— Ya le van a traer la mazamorra, señor — dijo — 
y se fué. 

— No la mande; mañana hablaremos. 

Retiré la mesita, le mostré la puerta al perro y 
me acosté. 

A la mañana siguiente me dirigí al corral de ca- 
bras ; allí estaba misia Liboria ordeñando. 

— Es la leche que prefiero, señora. Buen día. 

— Lo mismo los doutores. Buenos días. Si alcan- 
za le serviré una copa. Usté ve que las cabras son 
pocas y ariscas y los doutores toman leche descan- 
sando. 

— ¿Con que son pocas y ariscas? ¡Ojalá se le 
fueran todas ! Y me retiré. 

Pensé volverme a Córdoba inmediatamente, pero 
el carruaje debía pedirse con dos días de anticipa- 



MODOS DE VER 135 

ción. Como derivativo, resolví salir a caballo. Bus- 
qué al peón-guía de la casa y le manifesté mi pro- 
yecto. 

— Yo no tengo inconveniente de acompañarlo, se- 
ñor, siempre que no me ocupen los doutores. No 
hay más que tres caballos buenos y están reserva- 
dos para ellos. 

Sin contestar nada me dirigí a la puerta. Allí en- 
contré unas higueras monumentales cargadas de 
fruta y de zorzales breveros. Una hermosa acequia 

uzaba en silencio por entre los árboles, y de vez 

1 cuando oíase el chirlo cristalino que daba una 

•eva al caer en el agua. Yo había iniciado un ata- 

4ae de verdadero hambriento, cuando en lo mejor 

alguien me dice : 

— Señor, puede ir a las higueras del alto, porque 
éstas son reservadas . . . 

— i Ah ! para los doctores, ¿ no es cierto ? 

— Sí, señor, 

— Pues dígale a su patrona que no quiero retirar- 
me, que me mande sacar con sus doutores. 

Llegó la hora fatal de la comida. Era una es- 
pléndida noche de luna. Los arroyos lejanos can- 
taban herceuses monótonas a la luz opalina del as- 
tro triste, como si quisieran hacer adormecer a las 
montañas. El hambre apretaba. Hacía media hora 
que me habían traído una tumba de carnero tan 
dura y gambetera como la anterior. El perro es- 
taba en su sitio, con los ojos puestos en el plato. 
Al fin, me di por vencido. Arrojé la carne a su 



136 MASTÍN GIL 

pretendiente, quien la hizo pasar de largo, quizá 
por aquello de que peor es meneallo. Retiré la me- 
sita y apagué la luz, conformándome con la de la 
luna que entraba por la puerta. Desorientado, dis- 
gustado, hambriento, me acordé de mi guitarra. En- 
cerrada la pobre en su estuche cuadrilongo, nadie 
habría sospechado de su existencia. La saqué de 
su prisión. 

Lo primero que se me vino a los dedos fué una 
romancita de Mendelssohn, muy sentida, en arpe- 
gios. Aunque el instrumento era excelente — una 
guitarra de concierto — quedó sorprendido de su 
5 ridad. Se deberia quizás a la sequedad del ai- 
re. . . o al hambre que me afligía. Momentos des- 
pués me pareció que se obscurecía algo en el cuarto. 
Miré hacia la puerta y vi la silueta de la patrona 
con el cucharón en una mano. En seguida hubo 
ctra intermitencia en la luz: era una de las mucha- 
chas con una fuente ; por fin el eclipse fué total. 

No se veía más que un racimo de cabezas inmó- 
viles. Me di cuenta en el acto de lo que pasaba. 
Entonces comencé a variar el repertorio sin cuartos 
intermedios. De vez en cuando alcanzaba a per- 
cibir frases cortadas y en secreto : «A mí se me 
hizo que era órgano» ; «De lejos parece piano» ; «Yo 
habíai querer verle los dedos», refunfuñaba una 
voz de hombre. 

De pronto se oyeron unos gritos como debajo de 
tierra : 

— ¡ Nicomedes ! ¡ Peeepa ! 



MODOS DE VIÍR 1S7 

— Che. te están llamando los doutores — dijeron 
a media voz. * 

— i Mentís ! Es a vos que estás con la f uent^ ! 

— ¡ Cállense, chinitas. . . ! 

Para evitar el desbande entré de lleno en el re- 
pertorio criollo. 

A los primeros compases de un gato punteado, 
se le volcó la fuente a Nicomedes. 

— ¡No empujen, oh! 

El cuarto se saturó con un perfume exquisito. 

— ¡ Se le quema el asao^ misia Liboria ! 

— ¡ Calíate ! Anda, dalo güelta. 

Los gritos de auxilio de los doctores seguíanse 
oyendo. 

De pronto sentí un bozarrón que decía : 

— ¿Y qué significa esto? H?'^3 una hora larga 
que esperamos la comida ! ¡ Ya estamos roncos de 
gritar ! 

— ¡Pero, si son estas chinitas! — dijo la patrona 
— y se hizo humo la concurrencia, aclarándose la 
puerta. 

Entonces vi a dos individuos con las servilletas 
al cuello, que se retiraban rezongando. 

Me había vengado. 

Satisfecho, cerré le puerta, guardé la guitarra, abrí 
una caja de conservas, cumplí con mi estómago y me 
acosté. 

Serían las cinco de la mañana, cuando sentí gol- 
pes en la ventana. 

— ¿Qué hay? 



188 MARTÍN nii. 

— Dice misia Liboria que si le traen la leche de 
cabra a la cama o si usted irá al corral. 

— Que me la traigan — contesté ahuecando la voz. 

En seguida siento otro llamado a la ventana y una 
voz de hombre : 

— Señor, ya está el caballo ensillado, por si gus- 
ta salir conmigo. 

— ¿Y si quieren salir los doctores? 

— ¡ Y diai ! ¡ que salgan ! Lo que es yo me he com- 
prometido con usted. 

No había tal compromiso. 

Golpearon a la puerta anunciando la leche, y en- 
tró la Pepa, crujiéndole el vestido recién plancha- 
do. Traía dos copas de cristal azul, rebosando de le 
che espumosa y un ramito de nardos y albahacas 
"por si me gustaban las flores". 

— Parece que hoy han dado más leche las cabras 
— le dije. 

— Si son leclieras : lo que hay es que los doctores... 

Salimos a caballo con el guía. Me dijo el hombre 
(jue yo montaba el mejor caballo del pago, pues era 
el parejero de su tío Blas, a quien se lo había pedido 
para mí. 

— ¿Y no podría venir mi tío — agregó — para 
oírle tocar la guitarv:'-^ ? 

— Con mucho Icf- íi^o. amigo. 

— ¡ Más bien que no lo oiga mi tío, porque le va a 
mandar hasta la majada! 

Volvimos de la excursión a la hora del almuerzo 
Ya estaba tendida la mesita ; pero ¡ qué cambio ! Man- 



MODOS DE VER 139 

tel flamante, un gran ramo ¿c flores al centro y una 
fuente de higos remaduros. Las dos muchachas, a 
cual más emperifollada se presentaron al mismo 
tiempo a preguntar si ya deseaba almorzar. Dije que 
sí. Al salir, oí que decían : 

— A vos te toca servir a los doutores. 

— i No sé nada ! 

— ¡ Abamos a ver ! 

Las dos volvieron ; una trayendo un pollo asado 
al horno y la otra una vistosa fuente de ensalada de 
tomates, lechuga y yemas de huevo. 

— ¿De qué higuera son estos higos? 

— De la de los doutores. 

En ese mismo momento llegó misia Liboria para 
decirme que le indicara con tiempo los platos de mi 
agrado, pues deseaba conocer mis gustos ... y que si 
podría tocar la guitarra esa noche, en obsequio de 
sus hermanos, que debían costearse desde tres le- 
guas. Respondí que con el mayor gusto. 

— También quería preguntarle — agregó que si 
no necesitaba a las dos muchachas, para ocupar una 
de ellas con los doutores. * 

— Me basta con una, señora. 

— Bueno ; anda vos, Nicomedes. 

La aludida hizo una mueca }\ i lió murmurando. 

Esa noche toqué la guitarra •"•" -r^bsequio de la pa- 
rentela de misia Liboria. vale decir para todos los 
habitantes de la pequeña comarca. 

Al día siguiente comenzaron a llover quesos, man- 
zanas, tunas, cabritos, melones y sandías. 



140 MARTÍN C.lh 

— En fin — dijo mi amigo, protagonista de esta 
aventura — en el campo valen más las seis cuerdas 
de una buena guitarra que los seis años de univer- 
sidad. 

Setiembre de 1907. 



TEMAS SIN SALIDA 



A Arturo Capdevila. poeta- 
filósofo. 

Quizás no hay ambiente más propicio para el en- 
sueño filosófico, para esas divagaciones trascenden- 
tales, que el de una noche estrellada y apacible en 
Isleña pampa, ciespués que el sol ha caldeado la tie- 
rra brutalmente hundiéndose por fin hacia el occi- 
dente, con general contentamiento de todos los se- 
res que no disponen de heladeras ni ventiladores. 

Esa es la hora en que se "comienza a vivir", como 
suelen decir las señoras sofocadas y las niñas que 
temen al sol. Oyese el ruido caracteristico de las si- 
llas-hamacas y de tijera, remolcadas perezosamente 
hacia lo más despejado de la casa, mezclado a las 
exclamaciones elogiosas respecto a la brisa que se 
inicia saturada del perfume de los alfalfares. 

Desgraciadamente no son estos los tiempos de 
fray Luis de León, para gozar a pulmón lleno y na- 
riz abierta del aire y la fragancia de los campos : "El 



142 MARTÍN GIL 

aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido ; 
los árboles menea con un manso ruido que del oro 
y del cetro pone olvido". Al contrario, aqui en esta 
región, el perfume de la alfalfa nos recuerda el pro- 
saico y sabroso problema de la exportación de gana- 
do a Europa. 

La poca gente de la casa fuese ubicando en sus 
sillas predilectas, y después de tomar la ])osición ca- 
racteristica de las circunstancias, esto es, reclinadas 
hacia atrás, y por lo tanto mirando al cielo sin que- 
rer, se inició una conversación amable y general en- 
tre algunas personas, gente toda de bastante espíri- 
tu y cierta instrucción. 

— ¿Y de qué hablaremos esta noche tan esplén- 
dida? — dijo una señorita. 

— Siempre que no sea de política o de religión, 
puede usted iniciar el tema — dijo un caballero. 

— Aluy bien pensado — agregó una señera — • así 
se aleja la posibilidad de que nos arañemos la cara 
o el alma. Para que una conversación sea agradable 
e inofensivo debe recaer, me parece, sobre lo que se 
ignora, sobre lo trascendente, sobre el misterio . . . 

— ¡ Pero si todo es misterio, al fin ! 

— Convenido — dijo la señorita — veamos, la vi- 
da: ¿de dónde vino? ¿como principió?, etc. Pres- 
cindiremos por el momento de las sencillas respue>- 
tas que dan las distintas religiones, pues en tal caso 
no habría discusión ni duda alguna. 

— No podría usted desconocer — replicó una se- 



MODOS DE VER 



143 



ñora — la gran comodidad que nos brindan las re- 
ligiones positivas, pues en cuatro palabras nos libran 
del peso de esos grandes problemas irresolubles que 
oprimen y desgastan la mente. 

— Es verdad ; pero yo prefiero andar y explorar, 
a estar sentada toda mi vida en una silla-hamaca. 

— Sí — dijo un caballero — la señora confunde, 
me parece, la inmovilidad con la comodidad . . . 

— Bueno — dijo la señorita — vamos entrando en 
donde no queríamos. Más bien aclaremos esta duda. 
En general, los sabios modernos no aceptan la idea 
de la generación espontánea; es decir, la posibilidad 
de que aparezca la vida sin un germen vital anterior. 
Todos recuerdan los clásicos experimentos de Pas- 
teur y otros: si se esteriliza por medio del fuego 
la materia orgánica animal o vegetal encerrada her- 
méticamente en un recipiente, y por lo tanto al aire 
que contiene, esa substancia permanece inalterablí: 
por tiempo indeterminado, porque una temperatura 
algo superior a cien grados centígrados destruye to- 
do germen de vida. 

— Justamente en ese principio se basa la sabrosa 
industria de las conservas — dijo una señora — y 
si la gente fuese menos ingrata, cada día, al paladear 
en la mesa alguna de esas latas exquisitas, debiera 
brindar por Pasteur. 

— Señora, la humanidad no recuerda más que a 
sus verdugos. . . 

— Cierto ; pero el mundo marcha, y llegará un día 



144 MARTÍN GIL 

en que las calles, las plazas, las estaciones lleven el 
nombre de sus grandes benefactores en el orden mo- 
ral y físico. 

— Se ve que es usted discipula de Augusto Comte. 

— No tanto; soy más bien ecléctica. 

— Es ese el gran sistema; no casarse con nadie 
en materia de doctrinas filosóficas y científicas. 

— O por lo pronto, estar lista para el divorcio 
cuando las cosas se enturbien — replicó la señora. 

— Bueno, pues, — prosiguió la señorita — si la 
tierra fué un globo de fuego en sus primeros mo- 
mentos, pasando lentamente del estado gaseoso in- 
candescente al semi-líquido pastoso, hasta que se 
enfrió suficientemente para formarse la débil cos- 
tra sobre la que nos encontramos tan tranquilos 
y cuyo espesor no debe ser mayor de sesenta kiló- 
metros ; ¿ cómo entonces apareció la vida de una 
materia que estuvo esterilizada por un calor — su 
propio calor — de muchos miles de grados centí- 
grados, cuando hemos dicho que ningún germen 
vital resiste más de ciento y tantos grados de ca- 
lor? 

— Es claro — dijo im caballero — la tierra ha 
debido pasar por una temperatura algo parecida 
a la que hoy tiene el sol, y la temperatura, de la 
superficie del sol es más o menos de seis a siete 
mil grados centígrados ; en cuanto a la de su inte- 
rior el cálculo da muchos millones. 

— ¿Y cómo se calcula esa temperatura de su su- 
perficie ? 



MODOS DE VER 145 

— Según la ley de Vvieii, aceptada por los físi- 
cos en general, la temperatura absoluta de una estre- 
lla, y por lo tanto del sol, es igual al cociente del 
número de dos ochenta y nueve (2.89) por la longi- 
tud de la onda calorífica de su espectro. La región 
más caliente del espectro usted sabe que corres- 
ponde a la parte verde-amarillenta de la banda . . . 

— Pero hay cierta discrepancia en la determi- 
nación de la longitud de esa onda ; unos dan para 
la del sol 0,00055 mm., otros 0,00045 mm. Si efec- 
tuamos la operación con el primer valor, obtene- 
mos cinco mil doscientos y tantos grados ; con el 
segundo, seis mil y pico. 

— Mil grados más o menos para la temperatura 
exterior del sol, es poca cosa — dijo la señorita. 

— No olvidar — agregó un concurrente — que a 
esas temperaturas debemos deducirles los 273 gra- 
dos correspondiente al cero absoluto. 

— Sieifipre habría que aumentar algo tomando en 
cuenta la absorción de la luz y calor por nuestra 
atmósfera.. , 

— Bueno, pero sigamos mi tema — interrumpió 
la señorita. — Salvo que aceptemos la fogosa teo- 
ría de Preyer, dicho sea sin metáfora, con sus "pi- 
rozoarios", o gérmenes que han vivido cómoda- 
mente en el fuego, considero difícil salir del paso. 

— Entonces ¿porqué no se embarca en la teo- 
ría de los "cosmozoarios" del médico Richter y 
el botánico Cohn? Según ellos, los gérmenes de 
vida han podido venir de otros mundos transpor- 



146 MARTÍN Gil, 

tados por los meteoritos o piedras del cielo que 
caen a la tierra. 

— Conozco esa manera de ver y las objeciones 
que se formularon. . . 

— Sí, pero con un poco de buena voluntad se 
salvan los inconvenientes del calor y del frío ; pues 
se ha dicho que los meteoritos llegan aquí conver- 
tidos en una brasa, debido, como todos saben, al 
roce con nuestra atmósfera, o mejor dicho, a la 
compresión ejercida por la atmósfera, así que lo> 
gérmenes transportados perecerían ; pero se obser- 
vó inmediatamente que esos gérmenes podían ve- 
nir muy bien en el interior del meteorito, pues 
debido a la velocidad portentosa de la caída, atra- 
viesan nuestra atmósfera en unos cuantos segun- 
dos, y por lo tanto, no alcanzan a calentarse to- 
talmente. 

— Es verdad; dicen que sorprende grandemente 
el tocar el interior de esas piedras del cielo cuan- 
do aun se encuentran rojas, humeantes, pues el 
frío es tan intenso que quema también ! 

— Es claro, pues que antes de tocar la atmós- 
fera, es decir, pocos segundos antes, esos cuerpos 
tenían la temperatura del espacio, cerca de 273 gra- 
dos bajo cero. 

— Pero entonces ya nos pasamos a la otra al- 
forja; los gérmenes morirían de frío... 

— Espérese. En el instituto *'Jenner" se ha com- 
probado la vida tranquila y feliz de algunas es- 
poras y bacterias a 252 grados bajo cero!! 



MODOS DE VER 



147 



- -Ivt'liro mi ohservaciuií. 

— Todo eso es muy bonito y conocido ; sin em- 
bargo prefiero la teoría formulada por Arrhenius 
y otros sabios : la "panspermia". El espacio infini- 
to está lleno de gérmenes de vida — dicen esos 
señores — esos gérmenes caen sobre los astros en- 
friados como la tierra u otros planetas, o si uste- 
des quieren, los planetas encuentran a los gérme- 
nes en su marcha por el espacio. . . 

— ¿Y cómo han sido dispersados esos gérmenes 
en el espacio ? ¿ de dónde salen ? ¿ Quién los largó 
a rodar cielos? — preguntó alguien. 

— La pregunta es grave, sin duda. . . Suponga- 
mos con lord Kelvin, que provienen de los mundos 
llenos de vida que han chocado, pulverizándose en 
el espacio. . . 

— Siento mucho no poder suponer eso, pues un 
sin:y)le razonamiento me dice que debido al choque, 
los dos mundos quizá arderían íntegros ; después, 
eso no explica el origen primero . . . 

— ¡ Ah ! pierde usted la esperanza de encontrar 
el origen primero de nada . . . 

— Y porqué no suponen — replicó una señora — 
que esos gérmenes de vida fueron dispersados por 
la mano invisible del gran sembrador? 

— Como ustedes gusten. Pero no olviden que es- 
tamos discutiendo la posibilidad del viaje de esos 
gérmenes en el espacio ; es decir, cómo andan, y 
cómo caen al fin. 

— Por algo así como un silencioso e impercepti- 



148 MARTÍN OTI, 

ble vendaval que reina en todo el universo — re- 
plicó la señorita ; — por una nueva fuerza descu- 
bierta, la antitesis de la gravitación; por algo que 
hacía falta para concebir sin mucha pena la eter- 
nidad de la materia... no obstante Mr. Le Bon. 

— ¡ Ah, sí ! La fuerza repulsiva de la luz o pre- 
sión de Maxell-Bartoli. 

— ;Pero no es cosa tan nueva : Képler ya la vis- 
lumbró en la formación de las colas cometarias, aun- 
que nadie le hizo caso a Képler, inclusive el mismo 
Newton. 

— Ni más tarde a Euler. A Maxwell y Bartoli 
les cupo la suerte de dar en la tecla, haciendo' ver 
y midiendo en el gabinete de física esa fuerza Ve- 
pulsiva. 

— Siempre lo de ver y creer. 

— Sí, pero comprender también es ver. Exigir 
que todo entre por los ojos, es muy vulgar. 

— Esa fuerza es la que agita a nuestro sol y 
a los millones de estrellas, esparciendo una lluvia 
impalpable y sutilísima de su propia substancia ha- 
cia el espacio infinito. 

— Que sería como el polen de esas grandes flo- 
res del cielo — agregó un caballero. 

— Ahora bien; la velocidad con que son proyec- 
tadas esas partículas, depende de su densidad y de 
su tamaño. Sabios eminentes y originales se han da- 
do el trabajo de calcularla, pero únicamente para 
el sol, por conocerse bastante bien su poder repul- 
sivo debido al rechazo de las colas cometarias, y 



MODOS DK VER 149 

más que bien su poder atractivo. Se toma siempre 
como unidad de densidad la del agua. Bueno, pues ; 
se ha calculado que una partícula esférica de un 
diámetro de quince diezmilésimo de milímetros 
(0,0015 mm.), colocada cerca de la superficie del 
sol, se mantendría en equilibrio, es decir, la fuerza 
de atracción resultaría contrarrestada por la de re- 
pulsión. 

— Maxwell "versus" Newton. 

— Justamente. 

— Pero siempre que esa partícula refleje total- 
mente los rayos luminosos — dijo un caballero. 

— Sí ; esa enmienda la hizo Schwarzschild. Aho- 
ra, si el diámetro de la partícula es inferior a ese 
valor de 0,0015 mm., triunfa la fuerza repulsiva 
y se aleja para siempre del sol. 

— Pero hasta por ahí no más el achicamiento ; 
pues, según el perspicaz Schwarzschild, si el ta- 
mnño de la partícula llega a ser inferior a los tres 
décimos de la longitud de la onda de los rayos lu- 
minosos incidentes, cesa el rechazo, triunfando aho- 
ra la gravitación : la partícula volvería al sol. 

— Me alegro por Newton, cuyo espíritu lo con- 
sidero contrariado con tales novedades — dijo una 
señora. 

— De lo que se deduce que no podría aplicarse 
la ley de repulsión a los gases. . . (i) . 

— Ahí tiene usted un inconveniente para la ex- 



(i) Después se ha demostrado que sí. 



1^0 MARTÍN GIL 

plicación satisfactoria de las colas cometarias — 
dijo un caballero. 

— Pero las tales colas no están formadas exclu- 
sivamente por gases, sino también por partículas... 

— Bueno; los sabios se arreglan cargando a esos 
gases de un potencial eléctrico — de lo que no hay 
la menor duda — para que se rechacen o atraigan 
según el caso. 

— Muy cómodo. Pero dejemos las colas y siga- 
mos con nuestra partículas. 

— ¿Cuál debe ser su tamaño para que sufra el 
máximum del rechazo, según esos señores origi- 
nales ? 

— Cuando la circunferencia de la partícula sea 
igual a la longitud de la onda de irradiación. En 
tal caso, la fuerza repulsiva es 19 veces mayor que 
la atractiva. 

— Sin embargo, entiendo que se han comproba- 
do velocidades de rechazo doble de ese valor. 

— Cierto. 

— Pero vamos al grano — dijo una señora. — 
¿Habría gérmenes vitales de un tamaño tan ínfimo 
como los que dan ustedes, para que pudieran via- 
jar por los espacios a impulso de esas fuerzas re- 
volucionarias ? 

— Según los sabios Raelhman y Gaidukow, exis- 
ten ultramicroorganismos de un tamaño inferior a 
diez y seis cien milésimos de milímetro, 0,00016 
mm. ; ahora una partícula de ese tamaño, de den- 
sidad igual a la del agua y completamente ref le- 



MODOS DE VER 



151 



jante, se encuentra en condiciones de experimentar 
el máximum de la fuerza repulsiva. Según Arrhe- 
nius, dicha partícula llegaría del sol a la tierra en 
56 horas. 

— Pero quizás sería difícil que un germen, es- 
pora o lo que sea, reúna todas las condiciones men- 
cionadas. 

— Justamente, Arrhenius toma en cuenta esos in- 
convenientes y calcula una fuerza muy moderada 
— más o menos cuatro veces superior a la de gra- 
vitación — para hacer viajar un germen. Resulta 
entonces que partiendo del sol, por ejemplo, lle- 
garía a Marte en 20 días ; a Júpiter en 80 ; a Nep- 
tuno en 14 meses y a la estrella doble alfa del Cen- 
tauro, el sol que sigue en distancia al nuestro, en 
nueve mil años. 

— Bueno, pero ese germen viajero debe tener ene- 
migos mortales, como ser, el frío del espacio, la 
luz solar recibida constantemente, la sequedad ab- 
soluta, los ravos mortíferos ultravioleta... 

— A todos esos argumentos se ha respondido sa- 
tisfactoriamente. 

— Cuanto a lo del frío recordemos los experi- 
mentos del instituto **Jenner". 

— Y los de Macfadyen — agregó un caballero — 
microorganismos viviendo seis meses a doscientos 
grados bajo cero ! ! 

— ¡ Qué animales ! . . . 

— Y al fin no es mucha la diferencia entre esa 
temperatura y la del espacio interplanetario. 



lü'¿ .MARTÍN' GIL 

— Respecto a la acción mortífera de la luz, es 
cierto; pero hay algunos microorganismos, como 
el "tyrothix Icabir", de Ducloux, que resiste un mes 
a la acción de la luz solar. 

— Si me permitiera el señor Ducloux — replicó 
una señora — yo le rebajaría la mitad a ese mes 
de resistencia de su microbio, por las treinta no- 
ches del mes. . . pues el germen viajero por los es- 
pacios, no tiene noche, sino día constante. 

— Muy bien observado. 

— Respecto al argumento de la sequedad del es- 
pacio, los botánicos contestan que hay una alga, 
la "pleurococcus vulgaris" que vive bien durante 
cinco meses en un ambiente absolutamente reseco. 
Por otra parte, el sabio Roux piensa que la acción 
fatal de la luz solar sobre los microorganismos, 
se debe a una especie de oxidación producida por 
los elementos de la atmósfera ; y como en el espa- 
c no hay atmósfera, se deduce que los gérmenes 
vagabundos no sufrirían por la luz solar. 

— Eso está por verse. ¿Y cuál sería el mecanis- 
mo para que .un germen, supongamos terrestre, se 
fuera a rodar cielos? 

— Los sabios le arreglan el viaje fácilmente — 
dijo la señorita. — Según Arrhenius, una espora de 
diez y seis cien milésimos de milímetro, puede ser 
elevada a cien kilómetros de altura por una leve 
corriente de aire de dos metros por segundo, pu- 
diéndose mantener a esa altura de cien kilómetros, 
durante años, pues el mismo germen elevado tan 



MODOS DE VER 



153 



sólo a 83 metros demoraría un año cayendo a la 
tierra. 

Ahora, llevada nuestra espora a esa respetable 
altura primera, allí, donde, según el sabio citado 
se forman las auroras polares por las descargas 
eléctricas de las partículas llegadas del sol, la es- 
pora se cargaría de esa electricidad ; entonces, por 
tener el mismo signo que el de las partículas sola- 
res, sería rechazada, alejándose para siempre de la 
Tierra. 

— Ahí tienen ustedes un viaje barato y sin pre- 
parativos — dijo una señora, bostezando — pero 
francamente, creo que estamos tan a obscuras co- 
mo antes, pues a cualquiera se le ocurre pregun- 
tar de dónde salieron esas semilla's de vida que 
pueblan los espacios, fecundadoras de astros en- 
friados, como la Tierra. 

— Conforme — dijeron varias voces — ni de la 
vida ni de la muerte se sabe una palabra. 

— Y poco de lo demás. 

— Así es — replicó un concurrente — pero mL 
parece que se gasta inútilmente ingenio y tiempo 
remontándose a los espacios en busca del origen 
de la vida ; y me fundo en una consideración sen- 
cilla : si la materia viviente, la orgánica, como se 
dice, está formada íntegramente de la inorgánica ; 
si nuestro cuerpo, como el de la planta, el ave o el 
microbio, se compone de unos cuantos elementos 
simples, como ser carbono, nitrógeno, oxígeno, hi- 
drógeno, cal, hierro, fósforo, etc., es absolutamente 



154 MARTÍN Gil. 

lógico ir a buscar el secreto donde esos elementos 
se encuentran a mano y a rodos, es decir, aquí no 
más, sobre la Tierra. 

— Tiene usted mucha razón. 

— Ahora, el secreto quedaría descubierto cuando 
se sorprenda el momento preciso y maravilloso del 
paso de la materia inorgánica a la viva. 

— Sobre ese misterio hay estudios interesantes, 
admirables — replicó la señorita. — Sin ir más le- 
jos: los cuerpos coloidales, o si ustedes quieren, el 
estado coloidal de muchos metales, como la plata, 
el oro, platino, etc.. esos "fermentos inorgánicos", 
como se les llama, porque se comportan exacta- 
mente como los fermentos orgánicos. 

— Conozco, entre otros, un interesante trabajo de 
nuestro sabio y joven compatriota Ángel Gallardo 
— dijo un caballero. 

— Por ejemplo — prosiguió la señorita — el pla- 
tino en estado coloidal, transforma el alcohol en 
ácido acético, exactamente como si se operara con 
la batería del "mycoderme aceti". y así, muchos 
otros fermentos inorgánicos producen efectos idén- 
ticos al de ciertas bacterias y microbios. Otra cosa 
curiosa : los mismos venenos que paralizan o de- 
tienen la acción de los fermentos orgánicos, influ- 
yen exactamente sobre los coloides. El ácido cia- 
nhídrico, por ejemplo, en proporción ultra-infini- 
tesimal : ¡ un gramo disuelto en veinte mil metros 
cúbicos de agua ! . . . 

— Señores, muy buenas noches — dijo la dueña 



MODOS DE VER 



155 



de casa — todo muy interesante, sorprendente, si 
ustedes gustan, pero no hemos adelantado nada y 
la noche se va. 

Tenía razón. Las horas se habían deslizado so- 
bre la gran bóveda azul, recogiendo al pasar, y muy 
discretamente, las más lindas estrellas del verano, 
para dar vía libre a las de otoño, que ya venían 
remonatndo la amplia curva oriental. 

Mientras Orion y Los Gemelos se desmorona- 
ban fulgurantes hacia el abismo, la abrillantada hoz 
del León había culminado ya, tocándole el turno 
a Denébola. 

El Boyero, al NE. lucía su topacio gigante, Arc- 
turo. Mientras el Escorpión y el Serpentario, ten- 
didos largo a largo a poca altura sobre el horizon- 
te, trepaban en silencio la eterna escala de los cie- 
los. El Centauro, la Cruz y el Navio, ceñidos por 
la Vía Láctea, proclamaban el triunfo incontrasta- 
ble de nuestro cielo austral. 

En la tierra, sobre la inmensa pampa, reinaba 
un profundo silencio, interrumpido de vez en cuan- 
do por el golpe perezoso y lejano de los molinos, 
esos fieles guardianes de las aguadas, accionando 
semidormidos al suave impulso de la brisa perfu- 
mada. 

Con razón decíamos que no hay temas más fe- 
cundos que los inabordables . . . 

Bell Ville, 1911. 



SUPERIORIDAD DE LOS MARTENSES 



Al señor Carlos Gutiérrez. 

Los lectores de ''La Nación" habrán leído, sin 
duda, el interesante artículo de Max Nordau, de 
hace poco, sobre el problema trascendental de 
la comunicación interplanetaria, especialmente con 
Marte. 

El eminente escritor y filósofo, con la precisión, 
elegancia y claridad que lo distingue, hace dialogar 
amablemente a un astrónomo, una señorita norte- 
americana y no recuerdo a quien más, sobre ese 
tema tan elevado, dicho sin metáfora. Después de 
discutir ampliamente el caso y convenir en la no 
imposibilidad de la comunicación, nuestras ilusio- 
nes van a parar por los suelos, pues resulta que 
habríamos trabajado inútilmente, al divino cohete, 
porque no podríamos comprender a los martenses. 
Y no podríamos comprenderlos porque es tan gran- 
de la inteligencia y civilización a que han llegado 
estos caballeros en comparación de la nuestra, que 



MODOS DE VER 1^' 

los hombres más geniales de aquí abajo harían el 
papel de monos inferiores al lado de nuestros com- 
patriotas de arriba. ¿A qué se debería esta dife- 
rencia tan deprimente y abrumadora, según Nor- 
dau? Al estado de evolución del planeta Marte, 
mil veces más avanzado que el nuestro. En otros 
términos: a que Marte es más viejo que la Tierra; 
y sabemos que el diablo es diablo por ser viejo. 
Es verdad ; esta es la manera general y corriente 
de ver el problema, pero debemos recordar que 
muchas veces las cosas más corrientes y generales 
suelen ser las menos ciertas. Daré mis razones en 
las que fundo mi manera distinta de ver la cuestión, 
sin que pretenda estar en lo cierto. No me impulsa 
un amor propio terráqueo, ni mucho menos aquel 
orgullo egocéntrico de los antiguos. Por el contra- 
rio, creo que la vida orgánica en cualquier punto 
del universo y en cualquier forma que se manifies- 
te, no ha de pasar de una triste ridiculez, de un 
fenómeno tragi-cómico. Me lleva cierta inclinación 
a los enigmas trascendentales, al misterio universal, 
a todo lo que se encuentra un poco más arriba de 
la Bolsa de Comercio, del maíz, de los animales 
gordos y de las carreras ; aunque también cultive 
con entusiasmo discreto algunos de estos ramos, ex- 
cepto el primero y el último. Estamos, pues, muy 
lejos del simpático Guillermo del bello libro de 
Nordau. 

Bien, pues ; se dice que siendo el planeta Marte 
mucho más viejo que la Tierra, los habitantes de- 



I.tó MARTÍN Gil. 

hen llevarnos muy adelante en progreso y sabidu- 
ría. Ante todo, debemos convenir en que eso de 
vejez y juventud, no son conceptos muy claros, auii 
((ue lo parezcan, ya se apliquen en la tierra comu 
en el cielo. 

Dada la secreta armonía que liga todas las co- 
sas, podríamos comparar sin violencia la evolución 
orgánica de un hombre con la de un planeta. Sa- 
bemos que hay jóvenes viejos; jóvenes blancos de 
canas, arrugados, friolentos, decrépitos; y viejos jó- 
venes, más tersos y lustrosos — sin cosméticos, se 
entiende — que una manzana ; tan llenos de vida y 
alegría que es menester andar atajándolos con el 
indiscreto recuerdo de sus años cumplidos. Y es 
ese un error, pues cada uno tiene, como se ha di- 
cho, la edad de sus arterias. Y quien dispone de 
buenas arterias, goza de un cuerpo caliente, y calor 
es vida, juventud. 

En cambio, el organismo del joven-viejo ha evo- 
lucionado rápidamente, llegando muy pronto a ce- 
rrar el ciclo visible con la muerte. ; Pero acaso po- 
dríamos decir que por haberse adelantado en la 
evolución, por haber recorrido el camino más de 
prisa, este joven-viejo ha debido sobrepasar en co- 
nocimiento, en sabiduría a nuestro viejo- joven? 

En el cielo también hay astros jóvenes-viejos y 
viejos- jó venes. 

La vida, la longevidad de un astro depende di- 
rectamente de su masa : a mayor masa, inayor vida, 
puesto que mientras mayor sea aquella contendrá 



MODOS DK VER 



16t) 



más calor originario y demorará más en enfriarse 
y en secarse. La Luna es más bien hermana melliza 
de la Tierra que hija. Relativamente, es decir, com- 
parando las masas de Luna y Tierra, la Luna re- 
sulta el satélite de mayor masa de todo el siste- 
ma planetario, y el de mayor densidad absoluta : 
es casi un planeta. Ella se desprendió de la Tierra 
en el último momento, ya hecha, podríamos de- 
cir ; comenzando — permítaseme el símil — a fi- 
gurar en sociedad a la par de su hermana o madre 
por división. Luego. Tierra y Luna son casi de la 
misma edad en tiempo. Pero ¿quién no sabe hoy 
que la Luna es un astro muerto, un pequeño mun- 
do petrificado, un cascajo celeste desde hace cien- 
tos de siglos ; sin aire, sin agua, un blanco cemen- 
terio no obstante el esfuerzo hecho por algunos as- 
trónomos yanquis para declararla, aunque más no 
fuera una Varsovia en paz? y por qué envejeció 
y murió tan pronto nuestra blanca tía? ¿Por qué 
nos ha adelantado en la marcha evolutiva como se 
dice de Marte -^ Sencillamente por el pecado ori- 
ginal de su pequeña masa con relación a la de la 
Tierra. Por la misma razón que una esfera de hie- 
rro, supongamos de un kilogramo, calentada a tres- 
cientos grados, se enfría mucho antes que otra 
esfera del mismo metal y de ochenta kilogramos 
igualmente calentada a trescientos grados. El peso 
de la Tierra equivale a ochenta y una veces el peso 
de la Luna.. Ahora, supongamos lo que es perfecta- 
mente natural : que a su debido tiempo en la Luna 



1fi<^ MARTÍN GIL 

también hubo humanidad, como diría un teólogo, 
cuando pasó como la Tierra su período terciario, 
lo que debió suceder mucho antes que aquí, por 
haberse enfriado con mayor rapidez. En tal caso, 
¿sería lógico pensar (^ue los selenitas, por haberse 
adelantado evolutivamente a nosotros, alcanzaron 
una civilización, cultura y sabiduría muy superior 
a la nuestra actual? ¿No se les habrían apagado 
las luces en medio del baile, o lo que es más justo 
pensar, su progreso, sus conocimientos, ¿no habrán 
sido proporcionales al tiempo de su vida astral? 

Bueno, pues, el planeta Marte es un joven-viejo 
de los cielos. Según las vistas cosmogónicas actua- 
les, se formó mucho después que la Tierra. Esta 
ya era madre de familia cuando el joven Marte 
apareció en el vasto salón sideral. Pero aquí está 
el busilis, me parece : la masa de Marte es la dé- 
cima parte de la de la Tierra. Se necesitan diez 
Martes bien pertrechados para equilibrar en peso 
a la Tierra. Y es claro entonces, Marte, no obs- 
tante su poca edad, ha envejecido pronto por ha- 
berse enfriado mucho más rápidamente que la Tie- 
rra, según aquella estrecha relación entre la longe- 
vidad y la masa de un cuerpo celeste. 



Los que no aceptan reforma alguna a la teo- 
ría cosmogónica de Laplace, pueden tener razón 
en considerar más viejo a Marte. Quizás es esta 
la manera de ver del doctor Nordau. Pero es el 



MODOS DE VER 161 

caso, que el análisis prolijo y a fondo de la con- 
cepción laplaceña, ha encontrado fallas e inconve- 
nientes graves, a pesar del esfuerzo de ilustres de- 
fensores como Roche y otros. Y aun aceptando la 
mayor edad en tiempo de Marte, creo fácil demos- 
trar lo que nos proponemos. 



Podríamos razonar exactamente como para la 
Luna. 

Admitiendo que la Naturaleza no disponga ba- 
jar el telón en Marte y en la Tierra antes de con- 
cluida la fiesta, es decir, suponiendo que terrestres 
y martenses completen su ciclo en paz y en armo- 
nía, ¿podríamos aceptar que ambos humanidades, 
diremos, alcancen el mismo grado de sabiduría? 

Y estrechando más el argumento : el valor abso- 
luto de la parte del ciclo vital recorrido hasta hoy 
por los martenses, ¿sería superior al nuestro, no 
obstante llevarnos adelante en la evolución? Vea- 
mos : 

El conocimiento ha sido parangonado al círcu- 
lo; comparación muy bonita y justa. Aprovechemos 
y generalicemos el símil. 

El radio del círculo o del ciclo completo de los 
martenses es naturalmente menor que el radio del 
círculo o ciclo completo de los terrestres, por aque- 
lla gran diferencia de las masas de ambos planetas. 
Ahora aunque la relación de la circunferencia al 
diámetro de ambos ciclos martense y terrestre sea 



162 MARTÍN GIL 

el mismo, puesto que el valor de "pi" es una can- 
tidad constante e inconmensurable — como lo es el 
conocimiento absoluto de las cosas — no sucede lo 
mismo con la superficie de esos dos círculos, o sea. 
si se quiere, el conocimiento relativo de las cosas ; 
pues las superficies de dos círculos son proporcio- 
nales a los cuadrados de sus radios. Luego, si su- 
ponemos con toda justicia que el radio de nuestro 
ciclo, esto es, el tiempo de evolución, sea por ejem- 
plo tres o cuatro veces mayor que el de los mar- 
tenses, la superficie abarcada por nosotros en el 
terreno del misterio universal, del conocimiento re- 
lativo, sería como el cuadrado de esos números, 
es decir, "nueve" o "dieciseis" veces mayor. 

La idea o creencia en la habitabilidad de los pla- 
netas de nuestro sistema, me parece que debe irse 
restringiendo a medida que avanza el telescopio, y 
el espectroscopio, muy especialmente. 

Si sobre una hoja de papel figuramos el Sol 
con un punto y tiramos nueve líneas horizontales 
y paralelas, cada línea representará la proyección 
de la órbita de un planeta, o si se quiere la posi- 
ción de dicha órbita respecto al Sol, exceptuando 
la quinta, que corresponde a la zona de los aste- 
roides, una gran manga de planetitas enanos en nú- 
mero de más de setecientos hasta hoy. Cuanto a 
las distancias relativas de las líneas entre sí, y res- 
pecto al Sol, la obtendríamos fácilmente interpre- 
tando la sencilla y preciosa ley de Titius-Bode. Pe- 
ro no necesitamos esos valores para lo que nos pro- 



MODOS DE VER 1^^ 

ponemos. Las nueve líneas a contar desde el Sol, 
corresponderían a Mercurio, Venus, Tierra, Marte, 
los asterioides, Júpiter, Saturno, Urano y Neptu- 
no. Paso por alto un pequeño planetita excéntrico, 
Eros, que circula clandestinamente entre la quin- 
ta y tercera línea. A los cuatro planetas compren- 
didos entre el Sol y la quinta línea o zona de los 
asteroides, se les llama inferiores ; y superiores, a 
los cuatro restantes situados al otro lado de la zo- 
na límite. Bien, pues ; es curioso observar que los 
cuatro planetas inferiores son los más chicos, los 
más pobres en satélites ; pero los más densos, los 
solidificados y los que giran sobre sí mismos con 
moderación, decentemente, exceptuando Mercurio, 
que según observaciones interesantes, parece no gi- 
rar o mejor dicho, que el valor de su revolución 
axial es igual al de su revolución orbital ; respecto 
a Venus se está en duda, pero hay mayoría en fa- 
vor de su rotación. Por el contrario, los otros cua- 
tro planetas superiores son de dimensiones colo- 
sales, pero de pequeña densidad: la de Saturno es 
algo mayor que la del corcho, la de Júpiter, Ura- 
no y Neptuno, apenas supera a la densidad del 
aceite. Giran sobre sí mismos con una furia ver- 
daderamente de locos, por lo menos los dos colo- 
sos, Júpiter y Saturno. Todos están plagados de 
satélites, menos Neptuno, quizá por la dificultad 
en descubrírselos. Mientras la velocidad máxima 
de rotación de un punto sobre la Tierra es de cua- 
trocientos sesenta y cinco metros (465 m.) por se- 



164 MARTÍN Gn, 

gundo, en Júpiter es de doce mil metros (12.000 m.) 
en el mismo intervalo. Todo esto, y muchos otros 
síntomas que dejamos de lado, indican a las cla- 
ras que los cuatro grandes planetas superiores es- 
tán retardadísimos en su evolución. Respecto a Jú- 
piter y Saturno se puede asegurar que aún se en- 
cuentran en estado fluido, gaseoso o semiliquido, y 
por lo tanto, calientes. Sin embargo, este grupo 
superior es más viejo que el inferior; viejo en tiem- 
po, pero no en estado : nacieron mucho antes que 
los interiores ; son los niños ancianos del sistema. 
La causa de la lentitud en recorrer la escala de la 
vida, ya la conoce el lector : la enorme masa de 
esos cuerpos con relación a la de los cuatro plane- 
tas inferiores que son los jóvenes-viejo. 

Ahora bien; si los cuatro inmensos hoteles de 
nuestro sistema, Júpiter, Saturno, Urano y Neptu- 
no, aún no están listos para el servicio público, se- 
rá menester recurrir a los del primer piso, a los 
inferiores entre los que se encuentra el nuestro. 
Pero resulta que Mercurio-Hotel debe ser inaguan- 
table por su ubicación tan próxima a la gran cal- 
dera, el sol, y por otras razones más graves aún : 
hasta estos momentos un buen número de astró- 
nomos y físicos discuten la existencia de atmós- 
fera en Mercurio y también su rotación. Hay sus 
buenas razones en pro y en contra. Después de es- 
tudiarlas y meditarlas, cada uno tiene derecho a 
opinar y elegir. Yo me permito estar por la ne- 
gativa: Mercurio carece de atmósfera como la Lu- 



MODOS DE VEB 165 

na. y ejecuta su revolución presentando siempre al 
Sol el mismo hemisferio. Las consecuencias de ta- 
les condiciones son muy serias para la vida orgá- 
nica. Si aceptamos el procedimiento de cálculo del 
sabio Christiansen, la temperatura media del he- 
misferio de Mercurio bañado eternamente por la 
luz solar, llega más o menos a trescientos cincuen- 
ta grados centígrados (350 grados c), mientras que 
en el hemisferio opuesto y sumergido en una no- 
che eterna, reinaría el cero absoluto, esto es, dos- 
cientos setenta y tres bajo cero. 

Este sería Mercurio en el peor de los casos. Su- 
poniendo en el mejor, es decir, con atmósfera, y 
girando en más o menos 24 horas, la temperatura 
media, según otra manera de apreciarla, llegaría a 
ciento noventa y tres grados centígrados (193 gra- 
dos c), el doble del agua hirviendo! Como se vé, 
Mercurio-Hotel debe estar abandonado, pero las 
camas sin chinches. El que sigue, es de un aspec- 
to muy hermoso: Venus-Hotel. Como todos saben, 
se encuentra no muy lejos de Mercurio, desgracia- 
damente. vSe le vé brillar a gran distancia, pues es- 
tá cubierto por un denso toldo de nubes más blan- 
co que la nieve, lo que impide explorar el interior 
del edificio. Cuenta con una gran atmósfera. Si no 
fuese el toldo, la temperatura media allí alcanza- 
ría a sesenta y cinco grados centígrados (65 gra- 
dos c.) ; la blanca cubierta debe rebajarla a cua- 
renta grados (40 grados c), algo muy respetable 
todavía. El toldo también impide a los observado- 



166 MARTÍN Gil, 

íes de conciencia la determinación franca y segu- 
ra de la posición del eje de rotación de Venus, así 
que sería aventurado calcular las variaciones de la 
temperatura en sus estaciones. Con esa temperatu- 
ra media de 40 grados, ya podríamos imaginar cuál 
sería la del verano allí en Venus, tan sólo con una 
inclinación de su ecuador para con la eclíptica, 
igual a la de la Tierra. La temperatrua media so- 
bre la Tierra es de diez y seis centígrados. 

También se discute la rotación de Venus sobre 
su eje ; sin embargo, hay mayoría por la afirma- 
tiva (en cerca de 24 horas), en vez de 225 días, 
igual a la de su revolución orbital, según Scliiapa-- 
relli y compañía. La existencia de una gran atmós- 
fera en Venus es un grandísimo argumento contra 
las vistas de Schiaparelli. Parece entonces no exis- 
tir inconvenientes muy graves para la habilitabili- 
dad de Venus-Hotel. Lo que sí, sus huéspedes de- 
ben ser negros de trompa azul y mota ensortijada 
como resorte. Después de Venus, viene Tierra-Ho- 
tel. Excuso hablar de la carestía de la vida en es- 
te establecimiento. Nos falta Marte-Hotel. Todo 
el mundo conoce las crónicas y descripciones fan- 
tásticas de este balneario celeste. Sus exploradores 
y agentes más acreditados, como Lowell y Picke- 
ring, hacen muchos elogios. Dicen que las grandes 
manchas azul-verdosas consideradas como mares, 
son llanuras cultivadas, y sus célebres canales en 
número de 420, valles cutivados también. La tem- 
peratura media allí se calcula entre nueve y quince 



MODOS DE VER 167 

centígrados, gracias a la diafanidad de su atmósfe- 
ra que deja pasar casi sin pérdida toda la luz so- 
lar recibida. Allí puede decirse que rinde la luz, 
pero la irradiación nocturna del calor acaparado en 
el día, debe ser de un efecto cruel por esa misma 
diafanidad y escasez de vapor de agua. Todo está 
diciendo que reina allí la tranquilidad y la armonía, 
pero de esa armonía del suave descenso del otoño 
de la vida ; con la perspectiva de un lindo mauso- 
leo. 

Acabamos de recorrer los ocho hoteles de nues- 
tro sistema planetario a más de la romántica posa- 
da de la Luna, y apenas si encontramos tres en con- 
diciones decentes de habitabilidad, que son. Venus, 
Tierra y Marte, es claro, razonando humanamente, 
de acuerdo con nuestra manera de considerar posi- 
ble la vida ( i ) . 

Si nos fijamos un poco, veremos que aquel ino- 
cente orgullo del hombre antiguo por considerarse 
el rey de la creación, relativamente, no iba muy 
descaminado, aunque haya reyes desnudos, con cua- 
tro plumas en la cabeza, lanza y argolla en la na- 
riz. Pero si nuestra humilde republiqueta o siste- 
ma planetario cuya capital es el Sol, aun no está 
suficientemente poblada, no hay duda que lo esta- 
rá más tarde, cuando se entreguen, como dijimos, 



(i) Recientes estudios espectroscópicos indicarían que 
la temperatura media en Marte sería de treinta y tantos 

baío cem 



bajo cero. 



168 MARTÍN GIL 

al servicio público, los cuatro grandes planetas su- 
periores. De todas maneras, entre los millones de 
soles que hormiguean en Ja profundidad del espa- 
cio, muchos deben tener como el nuestro, su cor- 
tejo de planetas, y con tan plausible motivo, tam- 
bién debe bailarse allí el pericón de la vida. 

En fin ; volviendo al tema principal de estas di- 
vagaciones, diré, que por las razones dadas al co- 
mienzo, no creo en la superioridad de los habitan- 
tes de Marte proclamada por Max Nordau y mu- 
chos otros. Al contrarío, estoy seguro de que un 
ilustre terrestre como el doctor Nordau, podría en- 
señarle muchas cosas al más pintado doctor mar- 
tense. 

Setiembre 4 de 1910. 



8 rué Henner, París le 23 Septer. | 1910. 
Monsieur Martin Gil. 

Córdoba— R. A. 
Monsieur : 

Mon article sur les martienS a eu un grand mé- 
rite : celui de susciter le vótre. 

Permettez-moi de vous féliciter de votre travail 
aussi brillant qu'érudit, aussi spirituel que cour- 
to?^ 

ous avez peut - étre raison . Je n'ai peut - étre 



MODOS Dt VER 169 

pas tort. Chacune de nos deux hypothéses peut se 
défendre; aucune ne peut se démontrer. 

Je suis heureux de vous avoir donné Timpulsion 
d'of frir un pareil régal aux lecteurs de "La Nación" 
et vous prie de me croire votre admirateur. 

Dr. M. Nordaxi. 



PRIMERO KL SOL 



No necesito conocer personalmente a los seño- 
res congresales para dedicarles estas reflexiones. 
Bástame saber que hay entre ellos muchos que gas- 
tan buen sentido en el recinto y fuera de él, es de- 
cir, que estudian, hablan poco, corto y bien, y no 
hacen uso de la medalla para contrariar ordenan- 
zas municipales ni policiales. 

Como saben muy bien los señores legisladores, 
el señor ministro de instrucción pública ha tenido 
la idea progresista, aunque no me animaría a ca- 
lificarla de justamente feliz, de autorizar la fun- 
dación de un magistral observatorio astronómico 
nacional, mediante un gasto total de más o menos 
un millón de pesos, si no estoy mal informado. El 
gran establecimiento mirará serenamente al cielo 
desde nuestras balsámicas sierras cordobesas, tan 
propicias para las exploraciones del infinito como 
para las afecciones del pecho. Con tal motivo se 
ha dicho que la Argentina dispondrá del telescopio 
más potente del mundo. Esto es muy honroso y 



MODOS DE VER ni 

muy liermoso, aunque tal afirmación no se ajus- 
te estrictamente a la verdad. Según lo publicado, 
nuestro futuro telescopio gigante será un "reflec- 
tor" de un metro y medio de diámetro (i m. 50), 
es decir, su objetivo lo compondrá un espejo de ese 
diámetro. Pero sabemos que en la práctica el poder 
óptico de un instrumento "reflector" es más o me- 
nos la mitad del de un "refractor" de igual diáme- 
tro, es decir, de un anteojo cuyo objetivo sea una 
lente y no un espejo. x\hora bien; el refractor ecua- 
torial del observatorio de Yerkes en Norte Amé- 
rica mide un metro y milimetros de diámetro ; lue- 
go, el espejo del nuestro debería excedr de dos me- 
tros para sólo igualar al de Yerkes. Pero tal cues- 
tión, que podría discutirse más o menos teóri- 
camente, no es la que me induce a escribir estas 
lineas ; apuntóla de paso por simple respeto a la 
verdad y para prevenir toda jactancia patriotera 
sin base firme. Es otra la cuestión, y a mi ver, 
trascendental. 

¿Cuál sería el fin, el rumbo, el propósito de es- 
te gran observatorio? 

Su programa se puede vislumbrar sin error muy 
grande : se trata de estudios estelares en general ; 
de nebulosas, de cometas, de espectroscopia este- 
lar, completando así la exploración minuciosa de 
la parte de la bóveda celeste inaccesible a los ob- 
servatorios del hemisferio Norte. 

Es bueno recordar que otro gran observatorio 
nacional, el de Ea Plata, debe o debería ejecutar 



172 MARTÍN GIL 

idéntico género de trabajos dado su poderoso ins- 
trumental. Y por variar, el gran observ^atorio del 
Cabo, en el África, situado a una latitud casi idén- 
tica a la de nuestros dos observatorios naciona- 
les, y por lo tanto dominando los tres la misma 
porción de la bóveda celeste, ejecuta más o menos 
la misma índole de trabajos. De todos modos, me 
apresuro a manifestar que los estudios estelares 
modernos, inclusive los de nebulosas y cúmulos, 
son de una gran trascendencia en el terreno de 
la ciencia astronómica pura y de la filosofía na- 
tural. Los trabajos modernos están destinados a po- 
ner en claro en un futuro próximo ciertos grandes 
problemas de cosmogonía y de mecánica celeste 
universal, siendo muy numerosos los observatorios 
que en estos momentos se empeñan en tal afán. 

Pero hablando con cierto egoísmo terráqueo o 
animalesco, si se quiere, diríamos que el hombre, 
sin abandonar las especulaciones trascendentales 
de la ciencia pura, tan gratas al espíritu, debiera 
comenzar interesándose por los grandes problema-^ 
que lo afectan de inmediato ; de las fuerzas de la 
naturaleza a que está supeditado y de las que de- 
pende su vida, su felicidad o su desdicha. 

Las estrellas, esos millones de soles hermanos 
del nuestro, encuéntranse muy lejos de nosotros; 
la luz de la más próxima nos llega a los cuatro 
años de marcha a razón de dieciocho millones 
(i8.ooo.ooo) de kilómetros por minuto. Por lo 
demás, hasta hoy ha sido imposible comprobar que 



MODOS DE VER 173 

las estrellas ejerzan la más mínima influencia so- 
bre nuestro sistema planetario, y por lo tanto, so- 
bre la Tierra y nuestra vida. Con razón los poe- 
tas, al cantar a las estrellas, lo hacen impulsados 
por_ la idea de un inmenso abandono. Realmente, 
ellas ni nos miran ni nos oyen. 

Pero hay una sola cuya luz nos llega en ocho 
minutos y fracción, fuente de toda vida y movi- 
miento, de toda manifestación de energía aquí en 
la Tierra como en el sistema planetario. Su luz pa- 
ra nosotros equivale a la de un foco eléctrico de 
trescientas mil (300.000) bujías, visto a un me- 
tro de distancia ; el calor que nos envía en un año 
es suficiente para licuar una coraza de hielo de 
cuarenta y dos metros de alto que envolviera la 
tierra entera ; sin embargo, ese calor interceptado 
por la Tierra no es más que la dos mil doscientas 
cincuenta millonésimas avas partes de la radiación 
total de esa estrella. 

La electricidad, el magnetismo y demás fuer- 
zas sutiles de la naturaleza, tienen su origen en ella. 
Pero, ¿ sería menester nombrar a esa estrella ? 
¿ Quién no conoce al Sol ? Hablando estrictamente, 
la estrella más cercana a la Tierra no es como se 
dice Alfa del Centauro, sino el Sol. Las mentiras 
convencionales también rigen en astronomía a pe- 
sar del noble esfuerzo de Max Nordau. Va sin 
decirlo, que la Tierra, como sus demás hermanos 
planetas, es una prisionera de esa estrella amari- 
lla que, cual una araña gigantesca, retiene en su 



174 MARTÍN Gil, 

malla circular e impalpable, un enjambre de in- 
sectos globulares sin más libertad de acción que la 
que gozan nuestras pobres muías de noria. 

Seamos prácticos dentro de la misma ciencia pu- 
ra. Que la caridad comience por casa y estudiemos 
primeo el Sol, que es lo que nos afecta de inmedia- 
to en una forma absolutamente imperativa y sin 
réplica. Si a la filosofía en general se le conside- 
ra como la cúspide de todos los conocimientos, me 
atrevería a afirmar que estudiando al Sol sistemá- 
ticamente, se llegará a hacer filosofía integral. 

Hay en estos momentos una inmensa y solemne 
espectativa científica provocada por las investiga- 
ciones de heliofísica. La meteorología moderna, la 
sismología, el estudio de la atmósfera desde el pun- 
to de vista eléctrico, el magnetismo terrestre y has- 
ta la bacteriología, están pendientes de dichos es- 
tudios. Bastaría decir que en general, las epide- 
mias, especialmente la difteria, aparecen en la épo- 
ca del mínimum del Sol, justamente ahora, del año 
pasado al presente. Sería interesante averiguar si 
no se comprueba actualmente en el mundo un in- 
cremento muy marcado de tal enfermedad. ¡ Qué 
inmenso beneficio no reportaría al hombre el con- 
vertir en ciencia de precisión a la meteorología y 
sismología, por ejemplo ! ¡ Predecir con exactitud 
suficiente las lluvias, las sequías, el calor, el frío, 
ios ciclones, las inundaciones, los temblores de tie- 
rra, etc. ! Y en verdad que no estamos muy lejos 



MODOS DE VER 



176 



de ese momento, a pesar de la sonrisa de los meteo- 
rólogos y sismólogos de la escuela cristalizada. 

Más por ser la heliofísica una ciencia de ayer, 
apenas si se dispone de unos cuantos observato- 
rios de este género en todo el mundo, mientras que 
los dedicados al estudio puramente estelar y pla- 
netario, pasan de un ciento. Ahora bien : es bue- 
no saber que la Argentina resulta ser no solo uno 
de los puntos clásicos del globo para realizar las 
grandes operaciones de alta geodesia, que resolve- 
rian ciertos problemas magistrales aun pendientes, 
sino también la región ideal del hemisferio austral 
para complementar los estudios de física solar efec- 
tuados en el otro hemisferio y poner así en claro el 
gran misterio del Sol. Esto no quiere decir que de- 
biéramos jactarnos de nuestras enormes ventajas 
naturales, pues quizá sería provocar, a lo menos in 
mente, reclamaciones enojosas ante el Creador por 
tantos pueblos indigentes en dones naturales. 

Sabemos que existen dos regiones clásicas en el 
globo donde reinan bajas presiones barométricas en 
forma constante : una, en el ecuador, y otra en los 
polos. La primera es de origen térmico, produci- 
da por la dilatación del aire en virtud de la radia- 
ción solar y la fuerza centrífuga; la otra, la de los 
polos, es de origen mecánico, ocasionada por un 
fenómeno menos simple, aunque fácil de compren- 
der. Debido a la rotación de la tierra, todo cuerpo 
en movimiento tiende a desviarse hacia la dere- 
cha de su trayectoria en el hemisferio boreal y ha- 



176 MARTÍN GIL 

cia la izquierda en el austral. Los vientos contra- 
alisios, cuya acción es permanente, al descender en 
las regiones polares, se encuentran desviados jus- 
tamente en el mismo sentido de la rotación de la 
Tierra ; por lo tanto, la velocidad con que llegan 
se suma a la pequeña que anima a esos puntos te- 
rrestres, resultando asi mayor la velocidad del ai- 
re que la giratoria. Entonces la fuerza centrífuga 
desarrollada por esa masa de aire atrae o llama, 
podríamos decir, al aire que circunda el eje de ro- 
tación, produciéndose entonces una baja presión 
constante. 

Ahora, si en la curva barométrica del ecuador a 
los polos existen, como vemos, dos ''mínima", las 
dos depresiones que acabamos de indicar, forzo- 
samente debe haber un "máximo" entre esos dos 
puntos para cada hemisferio. 

La experiencia confirma esos dos "máximum" 
a las respectivas latitudes de 30 a 32 grados. Como 
vemos, uno de esos puntos corresponde medio a 
medio a la Argentina. Tenemos, pues, la suerte de 
encontrarnos ubicados en la zona de altas presio- 
nes, vale decir, de atmósfera relativamente tran- 
quila y firme, impropia para la formación de ci- 
clones, tornados y demás fenómenos atmosféricos 
violentos. La gran muralla de los Andes quiebra, 
sm duda en nuestro obsequio, la furia de los vien- 
tos del Pacífico, menos en la región patagónica. 
Gozamos, pues, de un ambiente propicio para estu- 
diar en sus mínimos detalles los fenómenos sola- 



MODOS DE VER l'<"7 

res-terrestres en general. Todo lo contrario le pa- 
sa a Norte América, donde existen actualmente 
los observatorios de heliofisica más completos y 
poderosos del mundo. Pocas regiones del globo 
más azotadas constantemente por tempestades y 
ciclones, y con cielo más variable y caprichoso. 
Siempre la ironía del bizcocho y las muelas. 

El continente europeo tampoco se presta mu- 
cho para el estudio completo de causa y efecto en- 
tre los fenómenos del Sol y de la atmósfera, debi- 
do a ciertas complicaciones provocadas por las co- 
rrientes violentas que, cruzando el Atlántico cho- 
can en Europa, según Bigelow, contra el área per- 
manente asiática de alta presión. Luego, entonces, 
para complementar fundamentalmente los estudios 
de heliofisica y de física cósmica realizados en 
forma trunca por Norte América y Europa, sería 
menester la creación de un gran observatorio ar- 
gentino de este género. Así mataríamos dos gran- 
des pájaros de un solo tiro. Reconozco que el di- 
cho popular no me viene bien en estos momen- 
tos, por haber prohibido, como ministro, la des- 
trucción de los pájaros, lo que me ha valido la 
burla de una parte de la prensa de la docta Cór- 
doba, mi pueblo ; aunque me apresuré a manifes- 
tar que mi decreto comprendía únicamente a los 
pájaros y no a los animales en general. 

Cuando hace dos años tuve el honor de ofrecer 
el Sol al señor Presidente de la República, indica- 
ba la gran conveniencia que había de fundar este 



178 MARTÍN GIL 

observatorio ,desde el doble punto de vista de la uti- 
lidad práctica y de la ciencia pura. 

A un pais como el nuestro, cuyo horizonte sen- 
sible económico es y será siempre agropecuario ; 
que su bienestar social, su crédito, su política \ 
hasta el número de sus revoluciones y de sus au- 
tomóviles dependen del pluvímetro, ¿no le intere- 
saría conocer casi a ciencia cierta la probabilidad 
inmediata y también a largos plazos de su suerte 
material, y disponer de la facultad más trascen- 
dental que existe, como es la de prever y preve- 
nir ? 

En fin, ya que el Poder Ejecutivo, despreciando 
al Sol, se ha desvinculado del sistema planetario, 
yendo a parar de un golpe a las estrellas, median- 
te la fuerza viva del dinero, sea entonces el Con- 
greso más humano y realista; no salga de su ór- 
bita si no quiere perderse en el vacío y funde un 
templo argentino de heliofísica y física cósmica, en 
obsequio de la ciencia moderna del Sol, la más 
humana, positiva y útil de las de observación, y 
la que encierra más sorpresas maravillosas y más 
útiles secretos para la felicidad del hombre y de 
nuestros colaboradores y compañeros de viaje: los 
animales y las plantas. 

Quizá se preguntará en la Cámara : ¿ costaría mu- 
cho dinero el tal observatorio? ¿Qué trabajos eje- 
cutaría? ¿Quién lo dirigirá?, etc. 

Con lo que se gastará en el otro observatorio 



MODOS DE VER 



179 



autorizado por el Poder i^jecutivo, se tendrían dos 
observatorios de helio física. 

Entonces, fundemos uno por lo menos. Los tra- 
bajos a ejecutarse serían, entre otros: registro fo- 
tográfico cada dos horas de la "fotosfera" del Sol 
(fáculas, manchas y sus medidas); otro registro 
en igual forma de la "cromosfera", mediante el es- 
pectroheliógrafo ("protuberancias" o sea erupcio- 
nes de hidrógeno, "flocculi" o nubes de vapores de 
calcio) ; análisis espectral de ciertas rayas miste- 
riosas ; campo electromagnético en las mismas man- 
chas del Sol, según el procedimiento de Hale. 

Ahora ; estas observaciones sistemáticas y fun- 
damentales del Sol estarían íntimamente ligadas a 
los estudios y observaciones de metereología, de 
electricidad atmosférica, ionización del aire, co- 
rrientes telúricas, fenómenos sismológicos, etc., eje- 
cutados por el mismo observatorio, pues todas es- 
tas cosas son simples funciones del estado del Sol. 

Con el conjunto armónico de datos tan precio- 
sos, se formularían predicciones de gran importan- 
cia para la agricultura y navegación ; para la ae- 
rostación, etc. ; atreviéndome a decir lo mismo pa- 
ra los temblores de tierra, sin fijar el punto toda- 
vía. 

Si se me preguntara quién dirigiría este gran 
observatorio argentino, no tendría inconveniente en 
contestar: estaría en muy buenas manos si se le 
entregara al sabio metereologista de la escuela mo- 
derna, Francisco H. Bigelow, a quien no tengo eí 



180 MARTÍN GIL 

gusto de conocer ni de vista, pero de quien conoz- 
co sus trabajos científicos. Mr. Bigelow está vin- 
culado a nuestro país con sus estudios sobre el si- 
cronismo de las variaciones de los fenómenos so- 
lares y los elementos meteorológicos de la Argen- 
tina y los Estados Unidos de Norte América. 

En el mundo científico, el señor Bigelow es uni- 
versalmente conocido, especialmente por su hipóte- 
sis para explicar las relaciones del magnetismo te- 
rrestre con las manchas del Sol. Bigelow sostiene 
la acción magnética directa del Sol sobre la Tie- 
rra. Pero el desarrollo de la hipótesis del profesor 
Bigelow, las objeciones que se le han formulado, 
etc., nos llevarían lejos de nuestros propósitos. Me 
basta demostrar que se trata de un sabio moderno 
de ideas avanzadas y vigorosas. 

Finalmente, me complazo en manifestar que, es- 
tablecido en el país un gran observatorio de ese 
género, mis insignificantes estudios privados de 
"amateur" en los ígneos campos del Sol, tendrían 
muy poco valor. En fin, sería muy fácil encontrar 
un gran especialista en Europa o Norte América. 

Julio i^ de 1913. 



EL NAUFRAGIO DEL "TITANIC" 



Los náufragos del "Titanic" han tenido razón 
de impresionarse con la belleza del firmamento en 
el instante de la catástrofe. El lector, como yo, ha- 
brá notado desde el primer momento la rara Coin- 
cidencia de los relatos telegráficos. ¿Qué significa 
eso? ¿Quién podría fijarse en el cielo en tal emer- 
gencia? Por lo pronto, se deduce que entre los náu- 
fragos había gente de espíritu. 

Conocidas las coordenadas del punto y la hora 
local del suceso, se puede reconstruir matemática- 
mente el cuadro celeste. Eso es lo que he hecho- v 
realmente, he quedado vivamnte impresionado de 
la ironía sarcástica de la naturaleza, al cerciorar- 
me de la belleza superba del cielo en esos momen- 
tos; pues SI se pusiera como problema: determinar 
la época del año en la que, de 2 a 3 de la mañana 
corresponda para el punto del globo donde se hun- 
dió el "Titanic" el cielo más hermoso, responde- 
ña sm vacilar: a mediados de Abril. Un mari- 
no dira SI el cuadro celeste es suficientemente justo 
ii^ntendido que los momentos del choque (loh >^) 



182 MARTIN GIL 

y del hundimiento (2h 20m.) corresponden a la 
hora local del punto. Bien, pues ; incorporémonos 
con la imaginación y sin salvavida a los pasaje- 
ros del "Titanic". Las diez y veintitantos minutos. 
Mar en calma: cielo estrellado; frío intenso; pro- 
íundo silencio. Latitud, cuarenta y un grado nor- 
te (+ 41 grado) ; longitud occidental, cincuenta 
grados (50 grados). Navegamos, por lo tanto so- 
bre el Gulf Stream. La estrella polar fulgura sua- 
vemente a cuarenta y dos grados y minutos (42 
grados 11') sobre el horizonte Norte del barco. Es- 
te hiende el mar y el espacio intrépidamente pero 
sin ruido, siguiendo el hilo invisible de su línea 
loxodrómica, camino ligeramente oblicuo que cor- 
ta a todos los meridianos bajo el mismo ángulo. 

A esa hora su velocidad es imprudente : veinti- 
trés nudos, vale decir, cuarenta y dos kilómetros y 
medio por hora ; casi doce metros por segundo. La 
velocidad máxima de un caballo de carrera en la 
pista, no es muy superior a quince metros (15) por 
segundo. Las ondas hertzianas, cual invisibles pa- 
lomas mensajeras, han surcado el espacio en to- 
das direcciones anunciando la presencia de gran- 
des témpanos. Seguramente alguna de ellas ha to- 
cado el aparato receptor del ''Titanic". Por lo tan- 
to, la velocidad desarrollada es temeraria, no tiene 
disculpa. La fiebre del "record" en velocidad co- 
mienza a hacer más víctimas que la fiebre tifus. 
Al tifus se le previene con el agua hervida y los 
filtros; el aturdimiento no tiene remedio. 



MODOS DE VER 183 

Es ya la hora del reposo en la ciudad flotante. 
Los niños duermen tranquilos. En muchos de sus 
rostros, suaves y aterciopelados, se dibuja una son- 
risa ; es que sueñan con la muñeca rubia de gran- 
des ojos azules que también duerme a sus pies, o 
con el velocípedo, o con el cordero cara negra que 
los espera en casa del abuelo, allá lejos todavía. 

Los salones de juego y de fumar van quedando 
desiertos. Un pequeño grupo de hombres en traje 
de etiqueta rodean, silenciosos, un tablero de aje- 
drez. Algunas pocas señoras y señoritas conver- 
san, leen y hojean las revistas ilustradas. 

Los últimos «record» en velocidad de los aero- 
planos las entusiasman ; a falta de un aeroplano, 
se consuelan sabiendo que el «Titanic» llegará an- 
tes que cualquiera de los grandes buques alemanes 
de la otra compañía. ¡Oh! Llegar primero que na- 
die, es la aspiración suprema de todo el mundo que 
se mueve. 

Arriba, sobre cubierta, el aire helado y sutil cor- 
ta las carnes. 

El vigía, desde su puesto, cerca de la proa, es- 
cruta el horizonte. El oficial de guardia, desde la 
torre de mando, hace lo mismo. El cielo entero 
palpita dulcemente al fulgor de las estrellas. La 
bella constelación de la Osa Mayor o El Carro, 
con sus siete estrellas principales, encuéntrase atra- 
vesada sobre el meridiano del punto en que se na- 
vega en esos momentos, a una altura de setenta y 
dos grados (72 grados) sobre el horizonte Norte. 



184 MARTÍN GIL 

A las II, la pequeña constelación de los Lebreles 
estará sobre le mismo cénit del «Titanic», quizá 
denunciando con sus ladridos el fantasma blanco, 
aunque a destiempo. Hacia el Oeste acaba de ocul- 
tarse Orion, apenas si se vislumbra, casi rasando 
el mar, su estrella principal, Betelguese, roja como 
una lágrima de sangre. Más arriba, a treinta y 
cinco grados (35 grados) van los Gemelos, Castor 
y Pólux siguiendo a Betelguese ; hacia la izquierda, 
bajando, está Procyon, la estrella primaria del Can 
Menor; al Sud-oeste, a gran altura, la constelación 
del León. 

Al NO. la hermosa estrella Capella del Cochero, 
a veinte grados sobre el horizonte, se inclina par- 
padeando ; sigúela Menkalina. Estos son los astros 
que se retiran del «Titanic», veamos los que se 
apresuran a alcanzarlo, a prevenirlo, a auxiliarlo 
quizá con su débil luz. 

Demos cara a popa; al E., algo a la derecha, a 
cincuenta y cinco grados sobre el horizonte, viene 
la constelació'h del Boyero con su espléndida estre- 
lla roja Areturo. Más al E. encontramos la Corona 
Boreal, parte del Serpentario y de la Serpiente. 
Más abajo, la constelación de Hércules; algo a la 
izquierda de Hércules, a diez y nueve grados (19 
grados) sobre el horizonte, sube temblando la es- 
plendorosa estrella Vega de la Lira de una blancu- 
ra incomparable ; a la izquierda de Vega asoma el 
Cisne, con sus más lindas estrellas. Más arriba, 
al NE., la constelación del Dragón ; muy próximo 



MODOS DE VER 186 

al rumbo Norte y a buena altura, el Cefeo. Casi 
al SE., a flor de agua, el Escorpión comienza a 
asomar sus brillantes garfios. Al SSE., la conste- 
lación de la Virgen con su bella estrella Espiga, a 
treinta y cinco grados sobre el horizonte. Al Sur, 
divididas por el meridiano del punto, le Cuervo y 
La Copa ; al SO. La Hydra, con su estrella roja 
Alfard. 

Son más o menos las diez y media, hora local del 
punto. De improviso el vigía se sacude entero co- 
mo por una corriente eléctrica ; aguza su vista de 
águila, pues cree ver allá, hacia la proa, un gran 
bulto blanquizco. Da la voz de alarma al oficial de 
guardia, pero no es atendido. Transcurre un mo- 
mento, el buque vuela ; no hay duda ya ... Es un 
enorme témpano a setecientos metros de proa, dis- 
tancia que el buque recorrerá en un minuto y se- 
gundos si no se retarda su marcha. Se ordena dar 
máquina atrás, suena la campana de alarma, acude 
el capitán, los oficiales, al tiempo que se oye un 
chirrido espantoso. Un sordo y hondo sacudón ha 
conmovido todo el barco ; un fantasma blanco, de 
25 metros de altura, intercepta el paso. Sin embar- 
go, no se nota alarma en los pasajeros. Son muy 
pocos los que se molestan en averiguar las causas 
del sacudón ; de todos modos, el buque es insumer- 
gible. Pero por algo será que el aparato de radio- 
grafía comienza a funcionar nerviosamente. «Acu- 
did sin demora — dicen en silencio las ondas hert- 
zianas, cruzando el espacio helado en todas direc- 



1B6 MARTÍN Glt 

clones ; — nuestra posición es tal, llegad pronto, 
nos hundimos». En silencio también, el cielo y el 
mar sonríen tristemente. El gran témpano, con 
toda la estupidez de su masa, permanece indife- 
rente. 

Se ordena a gritos reforzados que salga todo el 
mundo con su salvavida. Entonces una gran ola 
humana comienza a invadir el exterior del buque. 
Las ondas siguen diciendo : «¡ ¡ Acudid sin demora, 
sin demora !» Son las once. Hacia el ESE. se ve 
emerger del agua una enorme estrella amarillo-ro- 
jiza; el el planeta Júpiter, exagerado por la refrac- 
ción. 

Se comienza el salvamento largando los botes. La 
gente azorada, sin explicarse bien lo que pasa, per- 
manece indecisa, remolineando, atolondrada y sin 
querer ocupar los botes. ¿Cómo podría ser? El* mar 
es un espejo, el cielo una maravilla. El mar per- 
manece inmóvil, gozando al poder reflejar sin una 
sola arruga hasta la más humilde estrella; y el cielo 
entero se muestra complacido. 

«¡ Las mujeres y los niños primero !», gritan los 
oficiales, obligándolas a ocupar los botes. ¡ Mujeres 
y niños, mujeres y niños ! El tiempo pasa y el bar- 
co comienza a tomar una posición extraña; como 
un monstruo herido mortalmente en la cabeza, se 
inclina hacia adelante. Sigue el salvamento de mu- 
jeres y niños solamente. Si hubiere tiempo y so- 
braran botes, los homabres se salvarán como puedan. 
El hombre que intenta acercarse a un bote, cae ful- 



MODOS DE VER 187 

minado de iin tiro. El oficial cumple con un deber 
saj::rado dando nnierte a ese hombre que ha come- 
tido el delito horrendo de querer salvarse él tam- 
bién. «Primero las mujeres y los niños». Bueno, 
pues ; animémonos a decir la verdad, a riesgo de 
ser mal comprendidos por los espíritus estrechos. 
Esa disposición quijotesca, llevada con rigor impla- 
cable, es sencillamente una estupidez y un crimen. 
La justicia, la equidad, el simple buen sentido la 
rechazan. Lo que hay es que nadie tiene el valor 
de decirlo, y no la cobardía. Ante el peligro inmi- 
nente de la muerte, todos somos iguales y todos 
tenemos derecho a vivir. En tales circunstancias 
no debe haber primeros, segundos ni terceros ; hay 
seres humanos colocados por la naturaleza — la que 
probablemente no debe ser nuestra madre — en el 
mismo plano de la fatalidad. Nadie tiene derecho a 
legislar entonces, sino a ayudar por igual ; pues si 
fuésemos al terreno de lo conveniente o de lo útil, 
nunca se debería dejar ahogar a Pasteur por salvar 
a una camarera. 

Si en un bote entran treinta personas, lo justo, 
lo humano, lo racional es que en él se embarquen 
quince mujeres y quince hombres, yendo los niños 
en los brazos o en las faldas. 

Uno de los actos más sublimes en esta catástrofe, 
ha sido el de madame Strauss. «¡ No¡ — dijo, al 
ser arrastrada por un marinero hacia un bote ; — 5Í 
mi esposo no puede salvarse conmigo, yo no debo 



188 MARTÍN GIL 

jíoder salvarme sin él !» «Señora — dice el mari- 
nero, — las mujeres primero.» ¡ Imbécil ! 

Pido a la esposa, a la novia de verdad, a la hija, 
a la hermana — no digo a la madre — respondan 
para sus adentros la siguiente pregunta : encontrán- 
dose en el caso que tratamos, dejaría usted abando- 
nado, acorralado como animal feroz en la borda del 
buque que va hundiéndose, a vuestro esposo, a vues- 
tro novio, a vuestro padre o a vuestra madre, a 
vuestro hermano, porque solamente a ustedes se les 
permite salvarse? Escucho la franca y viril res- 
puesta: ¡Nunca jamás! Luego, la quijotesca dis- 
posición náutica resulta irracional, inmoral, depri- 
mente y cruel. Sus mismas protegidas la rechazan 
indignamente. Lo natural es que la esposa se em- 
barque con su marido; la novia con su novio (en 
tal caso debe ir con ellos una señora de edad) ; la 
hija con su padre o con su hermano. . . Pero vol- 
vamos al barco. El cuadro es espantoso, terrible- 
mente trágico. Son ya las dos y minutos de la ma- 
ñana del 15. Las luces se han apagado. La enorme 
nave, violentamente inclinada hacia adelante, ha to- 
mado una posición rarísima, desconcertante. En 
esos momentos el cielo ha llegado al máximum de 
su belleza. Durante esas cuatro horas de angustia, 
nuevas constelaciones han ido apareciendo del E.. 
del SE. y del NNE. Ahí está el Águila, con su bri- 
llante estrella Altaír; el rombo del Delfín, una par- 
te del Pegaso y de Andrómeda; el Escudo de Sa-. 
bieski y otras. Hacia el Sur se destaca perfecta- 



MODOS DE VER 



189 



mente visible la constelación más original y bella 
de nuestro cielo austral: el Escorpión. Casi apoyan- 
do en el mar su brillante aguijón, encorvado como 
un siniestro interrogante, se yergue indignado, ele- 
vando sus cuatro garfios luminosos a veinticinco 
grados sobre el horizonte del «Titanic», y quizá di- 
rigiéndose a la constelación de Hércules, en su mu- 
do lenguaje astral, le dice : 

¡Tú, que te encuentras tan próximo al cénit de 
los náufragos, no dejes que la naturaleza cometa 
ese crimen ! Ayudadles con vuestro brazo ciclópeo, 
aunque os perturbe la lucha que sostienes con la 
Serpiente ! Yo hago mi guardia eterna en este cie- 
lo ; no puedo ir en su socorro. ¡Y tú, pequeña y 
brillante Corona Boreal, que también fulguras muy 
próximo al cénit de ellos ; si no podéis ampararlos, 
ceñid al menos con vuestro arco de blanca luz las 
firmes cabezas de los héroes y las desfallecientes de 
los débiles! Yo, en señal de protesta, habré colo- 
cado mis cuatro garfios sobre el meridiano Sur del 
«Titanic», en el instante supremo del hundimien- 
to, a las dos y veinte minutos de la mañana (2h. 
20m.). 

El planeta Júpiter, situado a diez grados de la 
estrella Antares, el corazón del Escorpión, y a vein- 
tirés grados (23 grados) sobre el horizonte de los 
náufragos, contempla impasible, con su enorme pu- 
pila de oro, el cuadro siniestro. Así suelen ser los 
dioses. La Vía-Láctea, que en el momento de pro- 
ducirse el choque permanecía casi totalmente recos- 



inn MARTÍN GIL 

lacla sobre el horizonte del barco, ahora se ha ele- 
vado cuarenta y cinco grados (45 grados) al E., 
surcando el cielo oblicuamente con sus dos ramas 
blanquecinas, las que van a unirse y perderse allá, 
al Sur justo, debajo del Escorpión. 

De pronto cesa el clamoreo ; algo raro, algo in- 
creíble e inesperado se siente ; el cielo entero se 
detiene a escuchar. El mar no mueve una ola: es 
que la orquesta del «Titanic» ejecuta en esos mo- 
mentos el andante majestuoso de una plegaria. Se 
oyen cantos. Después, un sordo rumor de agua 
que llena un gran vacío. . . gritos lejanos que se 
pierden en el espacio. . . ]\Iar en calma; cielo estre- 
llado; frío intenso; profundo silencio... 

Abril 28 de 1912. 

Tres meses después de publicado este artículo en 
«La Nación», es decir, en Julio, leí en «La Prensa» 
una correspondencia de Londres titulada «Las nm- 
jeres primero», en la que una distinguida escritora 
inglesa, Alice Mary Dawson, manifiesta lo si- 
guiente : 

« Me alegro, en verdad, de que la cuestión haya 
« sido suscitada por una mujer autorizada e inteli- 
« gente, y tengo placer en apoyar a lady Abercon- 
« way en sus reivindicaciones de tratamiento igual 
« para hombres y mujeres en casos semejantes a la 
« pérdida del «Titanic». Es una idea falsa e insen- 
« sata la de que deben ser preferidas las mujeres y 



MODOS DE VER 191 

« salvaguardadas a cualquier precio, y es igualmente 
« insensato y cruel la de obligar a las mujeres a 
« vivir contra su voluntad, en circunstancias tales, 
« que la vida ha de perder todo valor para ellas, y 
« de o])ligar a los hombres a sacrificarles sus vidas, 
« por más valor que tengan para ellos o para los 
« demás. » 



REYES MAGOS 



Según lo afirman los eruditos en achaques de tra- 
diciones sagradas, los tres Reyes Magos no fueron 
tres, ni fueron reyes ; tan sólo fueron "magos", es 
decir, hombres sabios, astrólogos. Sin embargo, 
¡qué feliz leyenda es esa!. Nos bastaría considerar 
por un momento la inmensa suma de ilusiones y es- 
peranzas infantiles provocada por ella, cada año en 
esta fecha, cuando el niño, a la hora de recogerse, 
se dirige descalcito hacia la puerta o ventana de su 
dormitorio, y entornándola discretamente, coloca su 
par de zapatit-os, más o menos chuecos y traquetea- 
dos, para que los misteriosos personajes depositen 
allí su obsequio, sin comprometerse demasiado ! Y 
al día siguiente, al despertar algo confuso y aun sin 
poder abrir bien los ojos, vislumbra apenas los pa- 
yasos de caras almidonadas, sombreritos cónicos y 
platillos dorados; los caballitos tordillos-negros, en- 
cabritados como caballos de héroes ... de héroes 
guerreros, naturalmente, pues no hay otros; los 
trencitos, con su correspondiente maquinista de cha- 



MODOS DE VER 1^3 

queta azul y cara de idiota ... en fin, el anhelado ob- 
sequio de los Reyes, quienes, por lo general, deben 
andar sin dinero, pues hacen pasar h. cuenta al papá, 
pocos días después. 

La leyenda ha hecho todo esto ; y al fin, la leyen- 
da es la poesía de las cosas remotas ; de las cosas 
triviales que fueron ; algo así como una cristaliza- 
ción abrillantada que el tiempo deja al irse acumu- 
lando lenta y silenciosamente sobre ellas. La leyen- 
da podría ser también algo así como una defensa 
del espíritu contra la vulgaridad de todas las cosas. 
Desde luego, considero un error, una falta de tacto 
espiritual, combatir las leyendas inofensivas como 
es ésta de los Reyes Magos. 

Podríamos decir — sin qué oigan los niños — 
que no obstante figurar los tres Reyes Magos como 
personajes de bulto, desde que viajaban montados 
en grandes camellos y, sin duda, con buenas alfor- 
jas, resultan muy evaporables. Parece ser — y no 
lo aseguro por carecer de afición a estas cosas — 
que el único evangelista que nos habla de ellos, San 
Mateo, no indica el número ni siquiera los ennoble- 
ce con el áureo título ue reyes ; los llama, como di- 
jimos, simplemente "magos". 

San Agustín y Crisóstomo hablan de una docena 
de reyes magos, según dicen los especialistas. 
Klopstock, en su Mesiada, nombra cinco, pero no 
aparece ningún Melchor, etc. 

Ahora bien; tanto en el cielo espiritual como en 
el material, los tres reyes mayos resultan boycotea- 



194 MARTÍN' GIL 

dos, pues no figuran en ninguna parte, ni siquiera 
por cumplido. Es verdad que en el cielo material 
está "El Pesebre", pero faltan los reyes; únicamen- 
te hacen la guardia allí dos burritos, representados 
por las estrellitas de cuarta magnitud, "gamma" y 
"delta", de la constelación del Cangrejo. 

Permitidme observar de paso, que es menester 
ser muy enteramente burro para tener el mal gusto 
de representar a esos nobles animales mediante dos 
estrellas ! Por lo demás, no es de extrañar que los 
burros hayan sido los primeros en llegar al Pese- 
bre, pues estos animales, cuando resultan pesebre- 
ros, son siempre los primeros en llegar donde se 
come bien. . . y los últimos en retirarse. 

Pero lo más grave del caso es que "El Pesebre" 
no es de origen cristiano, como a primera vista u 
oido parecería, pues ya Plinio el Viejo dice por ahí : 
"Sobre el signo del Cangrejo, hay dos estrellas lla- 
madas los asnos ; encuéntranse separadas por un 
espacio donde se está una nebulosa llamada "Los 
Pesebres". Es curioso hacer notar que los árabes 
le llamaban a la nebulosa "El Morral". Todo esto 
explica o por lo menos disculpa la presencia de los 
burros. 

Es cierto que "El Pesebre", a simple vista, im- 
presiona como una nebulosa ; pero con un anteojo 
de mediano poder y hasta con un buen anteojo de 
marina, conviértese en un bello cúmulo estelar. Su 
esplendor aumenta conforme aumenta también el 
poder, o mejor dicho, el diámetro del objetivo del 



MODOS DE VER 



195 



instrumento. Astronómicamente hablando, su po- 
sición es la siguiente : 

A. R: 8h 33m 
D. : + 20° 23' 

Pero dando las señas en forma más humana, 
diré, durante este mes, de doce y media a una de 
la noche, "El Pesebre" culmina para Buenos Aires 
a unos treinta y cinco grados más o menos sobre el 
horizonte norte, línea norte-sur. Es menester una 
noche sin luna para vislumbrarlo como una mancha 
blanquecina muy tenue. Por ser una región muy 
pobre en estrellas de magnitud apreciable, las señas 
resultan pobres también. 

Galileo fué el primero que, apuntando con su fla- 
mante anteojo, recién inventado por él, a la aparen- 
te nebulosa del Pesebre, la resolvió en un hermoso 
cúmulo estelar. 

Pero volvamos a nuestro primer asunto. 

Se ha pretendido interpretar científicamente 
aquello de la misteriosa estrella que guió a los Re- 
yes Magos hasta Betlém o Bethelém, donde acaba- 
ba de nacer Jesús, pero sin resultado satisfactorio. 
Se ha dicho que pudo ser un cometa, suposición 
muy aceptable, desde luego. Un cometa, según el 
astrónomo Proctor, con movmiiento hacia el sur, 
puesto que Betlém queda casi hacia el sur de Je- 
rusalén. Opina también dicho astrónomo, que el 
cometa debió estar animado de un movimiento re- 
trógrado, y que muy bien pudo haber sido el come- 



196 MARTÍN GIL 

ta Halley — aun sin bautismo — recorriendo en- 
tonces una trayectoria igual a la que tuvo en 1835. 
Por lo demás, sobemos bien que el movimiento de 
tal cometa es retrógrado. Hace notar Proctor, que 
el año 66, es decir, casi setenta años después de 
Navidad, correspondía una aparición del cometa 
Halley. Ahora bien : sabemos que el periodo de es- 
te cometa fluctúa entre setenta y tantos a ochenta 
años. Desde luego, su aparición anterior, debió 
efectuarse más o menos en la época del nacimiento 
de Jesús. 

Kepler, con su temperamento de visionario y co- 
mo astrólogo también, hizo todo lo posible por con- 
ciliar una conjunción clásica en astrología de Jú- 
piter y Saturno sobre el "triángulo del fuego". Ese 
triángulo vendría a estar formado por las constela- 
ciones de Aries, El León y Sagitario. Según Ke- 
pler, tal conjunción se produjo justamente en la 
época del nacimiento de Jesús. Sin embargo, el as- 
trónomo moderno Stockwell rehizo el cálculo de 
Kepler respecto al poético asunto y lo encontró 
errado. Lo que no quita que Kepler haya sido un 
gran genio y Mr. Stockwell un distinguido astró- 
nomo con mayores y más preciosos elementos de 
cálculo. En cambio, Stockwell, a través de su in- 
vestigación retrospectiva, encuentra que el naci- 
miento de Jesús debió tener lugar muy poco des- 
pués de una conjunción de Júpiter con Venus, los 
dos planetas más esplendorosos del cielo. Según 
Kepler, la estrella que guió a los Reyes Magos pudo 



MODOS DE VER 



197 



estar representada por la unión de Júpiter y Saturno 
sobre el pintoresco "triángulo de fuego". 

Tal suposición resulta muy forzada, aunque el 
fenómeno celeste hubiese tenido lugar, pues la tra- 
dición nos hablaría de dos estrellas juntas. Ahora, 
en caso de elegir, me quedo con la conjunción de 
Venus y de Júpiter, calculada por Stockwell, por 
ser más digna del acontecimiento anunciado, pues 
tal conjunción simbolizaría el Amor y el Poder, dos 
cosas suficientísimas para mover el mundo. En fin: 
los críticos científicos, cultores de la estrictez de los 
términos, declaran inconciliable la frase del evan- 
gelista Mateo con la verdad científica, cuando dice 
que "la estrella, al llegar al punto donde se encon- 
traba el Niño, se "detuvo". Sin mayor empeño en 
esta discusión, por no habernos seducido nunca los 
milagros forzados, pero sí y mucho los milagros na- 
turales — y aquí estoy conforme con Poincaré, pero 
no del todo, con su filosofía dispersiva y desorien- 
tadora — me permitiré formular una observación al 
inconveniente aducido por los eruditos astrónomos 
respecto a la imposibilidad de que la estrella de Bet- 
lém se "detuviera", según la frase del evangelista. 

Tal distingo lo considero en extremo pueril, des- 
de que justamente en el lenguaje astronómico es 
donde encontramos las expansiones más incorrectas 
y perturbadoras. 

¿No se dice, acaso, que el Sol recorre la eclíptica 
en un año, cuando al pobre jamás se le ocurrió tal 
cosa, sino a la Tierra? Para explicar los "solsti- 



l^B MARTÍN GIL 

cios". ¿no se dice también que corresponden a los 
momentos en que el Sol se "detiene" respecto a su 
movimiento en declinación? Vemos, pues, que no 
resulta tan criticable el término evangelista cuando 
dice que la estrella se "detuvo" sobre Betlém. In- 
dudablemente, el santo habríase expresado con ma- 
yor corrección si hubiese dicho que la estrella se 
detuvo en el cénit de Betlém. Pero si ajustáramos 
aún más a "derecho", como diría un doctor, esta 
defensa gratuita de San Mateo, haríamos notar que 
los planetas en su marcha, y en ciertas posiciones 
respecto a la Tierra, aparentan "detenerse" durante 
un tiempo ; y el efecto físico es real, desde que po- 
demos contemplarlos a una hora dada, en el mismo 
punto del cielo. Dícese entonces que el astro se en- 
cuentra "estacionario", y tal fenómeno tiene lugar 
en el momento de transición entre su movimiento 
directo y retrógrado, y viceversa ; siendo en este 
caso de los planetas, un movimiento ficticio el mo- 
vimiento orbital retrógrado, y no así el de rotación, 
que puede serlo efectivo, como en los planetas Ura- 
no y Neptuno. 

El 30 de Septiembre, Júpiter estuvo "estaciona- 
rio" sobre la constelación del Tauro, entre las Plé- 
yades y las Hyadas, y lo estará nuevamente el 26 
del corriente. 

Venus quedará estacionario el 20 del corriente, 
sobre la constelación del Acuario, y volverá a es- 
tarlo el 2 de Marzo. 

Si el lector se opone a lo dicho, no tengo incon- 



199 

MODOS DE VER 



veniente en considerar fantástico el asunto de los 
Reyes Magos; pero en cambio, deberíamos conve- 
nir en la espiritual belleza de la leyenda ; belleza m- 
ofensiva y candorosa. Convengamos entonces, en 
obsequio de los niños que fueron, que fuimos y que 
serán. 



Enero 1918. 



HUGO DEL CARRIL 



Con verdadero orgullo saludo al joven y gran ar- 
tista argentino, después de haberlo escuchado ano- 
che por primera vez. Los técnicos lo juzgarán a su 
manera. Esta es la impresión rápida y puramente 
emotiva. 

Sin duda alguna, la característica de este hermo- 
so talento, es la grandiosidad saturada de una in- 
mensa y profunda emoción. Es un poeta terrible y 
tierno a la vez. Por eso, cuando al soplo gigantesco 
de Beethoven, el espíritu de del Carril comienza a 
invadir lentamente el teclado desplegando sus dos 
enormes alas de extraños reflejos, se experimenta 
la impresión de los grandes fenómenos de la natu- 
raleza. La tempestad se acerca ; ya se percibe ese 
rumor precursor e inquietante del bosque cercano ; 
llegan las primeras ráfagas del viento olfateando la 
tierra como una fiera extraña. Luego, la obscuri- 
dad, el sablazo feroz del relámpago, el trueno bru- 
tal, la tempestad, en fin, avasalladora, sacudiendo, 
conmoviéndolo todo . . , 



MODOS DE VER 201 

Entonces el alma del artista rebalsa y se desbor- 
da ; ya no cabe en el teclado ; necesita otro de orden 
superior, diez teclados más, cien planos en uno ! ! 
Pero luego la borrasca cede ; un lejano fragor anun- 
cia su retirada. Las nubes enloquecidas, desorien- 
tadas, inquietas todavía, sin saber lo que hacen, 
principian a abrirse aquí y allá, viéndose resbalar 
presurosas las estrellas, o el globo anacarado de la 
Luna, como si huyeran de la tempestad. El aire se 
serena, impregnado de ese raro perfume que deja 
el paso de una borrasca. 

Llega otra vez al oído receloso el preludio crista- 
lino y sin fin de los arroyos, mientras una calandria 
posada en la rama más alta de un sauce derribado 
por el huracán, llora cantando, a la luz de la Luna, 
la pérdida de su nido y de su amor. 

Octubre de 191 1. 



índice 



Pág. 

Prólogo • 5 

Noche de perros I3 

Bajando al agua 20 

Sobre el rastro 28 

Diálogo nocturno 3^ 

Primaveral 45 

Pato hediondo 52 

Tipos que pasan 57 

Una novena en la sierra 62 

Espíritus en quiebra 82 

El asegurador 90 

Cosas viejas 96 

Los insuperables 107 

Intermezzo 1 10 

Velorio siniestro 116 

Charla canina 120 

Ashaverus 124 

"Cantos rodados" 126 

La guitarra y los doctores 129 

Temas sin salida 141 

Superioridad de los Martenses 156 

Primero el sol 170 

El naufragio del "Titanic" 181 

Reyes Magos 192 

Hugo del Carril 200 



IMPRENTA MERCATAl,! 

Calls Tos6 a. Terhy 385 - 95 
:: :: buenos aibbs :: :: 



PQ 


Gil, Martin 


n°n 


Modos de ver 


G49M6 




1920 





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