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Full text of "Nuestro nacionalismo; ensayo de sus valores históricos y sociales"

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I 

I 

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NUESTRO NACIONALISMO 



JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Doctor de la Universidad de Paris - Facultad de Letras. 
Miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid 



NUESTRO NACIONALISMO 

ENSAYO DE SUS VALORES HISTÓRICOS 
Y SOCIALES 



vv 

V 



librería "LA FACULTAD" 

DE Juan Roldan 
436, Florida 436, Buenos Airei 

1920 



3L. 



Es propiedad. — Queda hecho el de- 
pósito que marca la ley Nv 7092. 



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DEDICATORIA 

A nadie mejor que a vosotros, héroes de la 
emancipación y padres de la República, perte- 
nece este libro. Os lo ofrendo, pues, como se 
ofrende el incienso sobre el altar y la inmolación 
de sí mismo en la verdadera comunidad demo- 
crática. 

La argentinidad que me anima es aquella que 
ha dado temple a vuestra acción y brillo a vues- 
tro verbo. No desoigáis los clamores de la mul- 
titud que os aplaude, y desde las alturas en que 
os ha puesto la historia, pilotead la nave en la 
cual navega, llena de caudales, la República. 
Sois los manes tutelares de su destino y los 
oráculos a cuyo conjuro se incorporarán a su 
hora los vivos y los muertos. Cuando esta re- 
surrección se pronuncie, seréis vosotros — por- 
que así está escrito — los primeros en el culto 
y los primeros en la apoteosis. 



INTRODUCCIÓN 

En la vida no se puede vivir sin amar : o se 
ama una virtud o se ama un vicio. Los corazo- 
nes indiferentes son los que están en el ocaso 
o los que, por falta de energías vitales, ignoran 
lo que es la vida. Esto supuesto, yo puedo afir- 
mar que dentro de lo amable nada hay que se 
compare a la patria. El vocablo éste lo dice y lo 
encierra todo. Tomo el vocablo patria en su más 
alta, en su más vasta y en su más profunda 
acepción. Cuando nos damos a ella como se dan 
los héroes o se dan los mártires, el corazón en- 
tra en su dominio integral. Pensamiento, sensi- 
bilidad, energía, todo se concentra ahí, como la 
atracción se concentra en un punto magnético. 



JOSÉ PACIIÍICO OTERO 



Delante de tal imagen medita el sabio, anali- 
za el filósofo, escribe el literato, vibra el artista, 
se inflama el soldado y trabaja el obrero. 

Nuestro vivir, nos decimos, tiene su razón 
de ser. Puesto que el destino nos ha brindado 
una heredad, conservémosla. Sus frutos, sus do- 
nes, he ahi el cultivo que nos espera. Hoy es 
silenciosa ; mañana la llenará el renombre. Hoy 
es inmenso su desierto; mañana se multiplicarán 
sus campiñas, y pulularán los pueblos en la mon- 
taña y en el llano. 

Progresiva y gradualmente ella marchará de 
grandeza en grandeza. Grandeza de la tierra, 
grandeza de la raza, grandeza de la historia, he 
ahí los objetivos que ella tiene por delante. Cuan- 
tos más amplios y abiertos sean sus horizontes, 
mejor la patria realizará su destino. Pero, eso 
sí, en la hora de los peligros — hablo de los 
peligros que nacen en su seno, pero que son 
exóticos y tiránicos porque su germen crece y 



NUESTRO NACIONALISMO 



viene desde afuera — abroquelémosla como para 
la defensa común se abroquelan las atalayas. 

Maximalismo, bolshevikismo, comunismo, anar- 
quismo, todo debe morir a sus puertas como en 
la hora heroica al pie de nuestros legionarios 
murieron los soldados del despotismo. Que aho- 
ra se pueda decir de nuestra reacción nacionalis- 
ta lo que Echeverría, el más sentimental de nues- 
tros bardos, dijo de la epopeya heroica: 

"De Mayo el Sol brillante 

Se mostró al Argentino, y confundidos 

Huyeron al instante 

Los bandos atrevidos 

Por sus valientes haces perseguidos" (i) 

Si, nuestro nacionalismo pide y exige que nin- 
gún bando se imponga con sus utopías y con 
sus pasiones antipatrióticas al pensamiento civi- 
lizador, y por ende, humanitario de Mayo. A la 



(i) Esteban Echeverría, Profecías del Plata. Obras 
completas, vol. 3, pág. 34. 



10 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

sola aparición de nuestro sol, vale decir, a la 
sola evocación de sus ideas, de sus propósitos 
y de sus principios, toda invasión que no ten- 
ga por objeto que barrer con lo que es nuestro 
y hacer escombros con lo que es sagrado, debe 
detenerse. Contribuir a repelerla es un deber de 
todo argentino, de todo el que se cobija a nues- 
tra sombra, y que, gracias a la bondad de la pa- 
tria, de sus leyes y de sus instituciones, vive, 
crece y se multiplica. 

El libro que hoy lanzo a la publicidad tiene 
por objeto el ahondar este grave y trascendental 
problema del nacionalismo. 

En la mayor parte de sus páginas, él ha sido 
escrito lejos del terruño y teniendo yo por dosel el 
cielo de Francia. He pensado, pues, en la patria, 
viviendo y sintiendo una tragedia. El amor que 
tenía por ella se acrecentó ante el dolor extraño ; 
y a un latido del corazón, tomé la pluma y con 



NUESTRO NACIONALISMO 11 

el fervor con que un pastor escribe sus homilías, 
escribí este libro. 

En el estudio de nuestro nacionalismo encon- 
traremos nuestra razón de ser. Sus valores his- 
tóricos y sociales son múltiples y abarcan toda 
la gama humana en lo que esta es socialmente 
hablando acción y pensamiento. 

La plenitud democrática en que vivimos exige 
— y esto para el bien común — que se evoque 
la moral de estos valores. El torbellino cosmo- 
polita es tan grande, tan fuerte y desbordante 
su empuje, que corremos el riesgo de desvirtuar 
nuestra nacionalidad. Que vengan hacia nosotros 
los hombres de todas las latitudes ; pero que ven- 
gan con la conciencia y la convicción de que 
somos una república y no una factoría. 

A las ambiciones desmesuradas de la plebe 
anárquica y de tiranos capitalistas, opongamos 
como barrera de salvación nuestra firme voluntad 
de ser argentinos. Esta voluntad nos dará el triun- 



12 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

fo, porque ella nos lo dio cuando de una colonia 
hicimos un estado y de una democracia turbulenta 
una república. 

Los que quieren desarticular nuestro organis- 
mo republicano, cimentado todo él en lo ecuáni- 
me y en lo humanitario, deben convencerse de que 
todo trabajo de desquicio es estéril. ¿Qué revolu- 
ción ha prosperado cuando hay pan para el ham- 
bre y surcos abiertos para el trabajo? 

Yo no pienso que, a pesar de todo esto, cesen y 
desaparezcan para siempre de nuestro suelo las 
convulsiones incubadas en un medio ácrata. 

Los hombres son siempre hombres, y los agi- 
tadores de oficio no dejarán de arrastrar tras de 
si a los simples y a los ignorantes. Pero que los 
patriotas se pongan en guardia, que el civismo vi- 
gile, y ya veréis cómo, a pesar de todo lo trágico 
que puede ser la amenaza, la nación vencerá y 
podrá decir : "Yo tengo, porque mi base es la ley 
y mi dominio la humanidad, asegurados mis días". 



NUESTRO NACIONALISMO 13 

Es lo que deseo para la patria que me vio nacer, 
para la tierra en la cual reposan mis padres, y pa- 
ra la democracia que, al surgir en Mayo, dirigió 
su bondad primero a los oprimidos de todo un 
continente, y casi paralelamente a esta primera 
alborada, a todos los hombres del mundo. 

José P. Otero. 

Buenos Aires, Enero de 1920. 



NUESTRO NACIONALISMO 



La historia no recuerda una guerra que, como 
la que acabamos de vivir, haya conmovido más 
hondamente los fundamentos de la civilización. 

Si el teatro de sus sangrientas etapas ha sido 
un continente, el reflejo de sus choques se ha he- 
cho sentir hasta en los más lejanos confines del 
planeta. La República Argentina, país meridional 
por su posición geográfica en las tierras atlánticas 
del nuevo mundo, si no sintió de cerca los horrores 
de la catástrofe como los sintió Francia — tierra 
clásica de los holocaustos — • sintió el flujo y re- 
flujo perturbador de la gran catástrofe. Su vida 
económica fué la primera en resentirse, y el des- 



16 JOSÉ PACÍlflCO OTERO 

equilibrio de sus mercados trajo como consecuen- 
cia inmediata ese malestar social a cuyo amparo 
surgieron protestas y reivindicaciones. Los que 
llevamos a la patria sobre el corazón — yo me 
cuento con orgullo en el número de estos privile- 
giados — no podemos contentarnos con saber que 
el mal éste ha sido conjurado. Es necesario de- 
cir a la fuerza anárquica que ha provocado el des- 
orden en nuestras instituciones por qué no ha te- 
nido razón y por qué, para el concepto de huma- 
nidad y de argentinidad, tiene más valor lo que es 
nacional que lo que es socialista, lo que en el hom- 
bre aplaca las pasiones que aquello que las provo- 
ca, enciende y estimula. 

Pero ni uno ni otro propósito puede ser posi- 
ble, sino ahondamos en la tradición, en el heroís- 
mo que forma nuestro patrimonio, en el germen 
didáctico en cuyo jugo han bebido los directores 
de nuestro pueblo. 

En pueblos de un conglomerado étnico como 



NUESTRO NACIONALISMO 17 

el nuestro, es de urgencia vital el recurso al pa- 
sado. Cuando invoco este procedimiento de ac- 
ción retrospectiva, no tengo el propósito de inmo- 
vilizarme como el extático que contempla lo olím- 
pico. Lo hecho pudo ser una perfección a su hora 
y no serlo al presente. Pero si esto acontece cuan- 
do se analiza la naturaleza de los accidentes no 
sucede asi cuando el factor de atracción que nos 
domina es lo absoluto, lo eterno, eso que no se va 
ni se pierde aunque desaparezcan los accidentes 
que han surgido al conjuro de la fuerza evolutiva. 

¿Hay o no hay en la tradición argentina prin- 
cipios básicos para fundamentar una civilización? 
Si los hay ¿cuáles son esos principios y cómo su 
aplicación responde a las exigencias del vivir ac- 
tual? 

Sin exponerme a un desmentido categórico, yo 
puedo afirmar que hay una ideología argentina 
que fundamenta la razón de ser de nuestro nacio- 
nalismo. Esa ideología no es sólo política. Ella 



18 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

es moral, económica, política, religiosa y litera- 
ria. Apoyados en la democracia, nos hemos pro- 
digado con generosidad a los extraños y sólo he- 
mos guardado para nosotros aquella parte de bien- 
estar de la cual no se puede prescindir si no que- 
remos desfallecer en la vida. Aún más, en cada 
conciencia reconocemos una libertad y respetamos 
un culto. Las naciones son para nosotros entida- 
des sagradas, y de estas dos palabras soberanía y 
solidaridad, hemos constituido un binomio políti- 
co, base del respeto con que se nos considera en 
nuestra vida continental. Xo es posible, entonces, 
que todo esto se desmorone y se precipite en el 
caos. 

Mi nacionalismo no es estrecho ni egoísta. El 
ei- indígena por un lado, pero humano y univer- 
sal por el otro. Como no es ni retrógrado ni ruti- 
nario, ama lo que es gradual; y en ver a la na- 
ción soberana independiente, señora exclusiva en 
la elaboración de su destino, finca sus votos y 



NUESTRO NACIONALISMO 19 

SUS esperanzas. Como hijo que es de la libertad, 
ama la individualidad, pues esta es rasgo de inde- 
pendencia y acicate para la acción. 

Pero, compréndeme bien, oh lector, esta indi- 
vidualidad no es una individualidad desolidaria. 
Nó, es la individualidad riel hijo que en unión 
con sus padres forma la familia, la del nativo que 
en unión con sus conciudadanos forma la patria, 
y la del hombre que en unión con sus semejantes 
forma los pueblos y las razas. 

El socialismo, que todo lo nivela y que todo lo 
subyuga a un imperativo proletario, me repug- 
na. Su humanidad no es mejor que aquella que 
se forma al calor de la patria, puesto que es aquí 
y no en la internacional donde el progreso se ci- 
menta y la civilización estatuye sus bases. 

El proletariado que suprime banderas y derriba 
m.urallas que el destino ha puesto entre pueblo y 
pueblo para que se acentúen los ritmos, pers' 
gue una utopía. 



20 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

La multitud, aunque sea la multitud trabajado- 
ra, no es por su naturaleza una fuerza gobeman • 
te. En la masa puede estar la fuerza, pero no la 
razón, y de ahí la necesidad de confiar el go- 
bierno no al instinto sino a la inteligencia. Es aquí, 
donde la reflexión se anida, que el gobernante 
pesa y mide sus mandatos. Otórgame un poco 
de paciencia, caro lector, y podré decirte cómo 
ha surgido nuestra democracia, cuál es su carác- 
ter, y de qué modo ella modela y templa al alma 
argentina. Es un análisis y una síntesis de nuestra 
historia que se impone para que las conclusiones 
que yo pretendo resulten claras y convincentes. 



NUESTRO NACIONALISMO 21 



II 



La revolución argentina, como sus similares de 
la América Española, no fué una revolución de 
formas sino una revolución de principios- Si un 
cabildo fué su punto de partida, su teatro se 
agrandó insensiblemente al día siguiente del ple- 
biscito, y todo lo que hoy forma la entidad terri- 
torial de cuatro repúblicas ardió en llamas de 
alumbramiento democrático. 

Que fué una revolución de principios, nadie 
que conozca nuestro génesis podrá negarlo. Has- 
ta Mayo el suelo argentino no fué sino el feudo 
de una monarquía absoluta y divinizada. Des- 
pués que el grito de rebelión se hizo oír y los 
tribunos de la semana histórica expusieron su cre- 
do y el programa de sus reivindicaciones, una 



o o 



JOSÉ PACIFICO OTERO 



nueva entidad surgió en la vasta extensión de es- 
tos dominios. Tan radical fué el cambio produ- 
cido por la revolución, que adonde estaba el rey 
entró el pueblo, y donde planeaba el despotismo 
hizo sus primeros vuelos la libertad. 

España se dio cuenta desde la primera hora 
que la revolución esta tendía a la emancipación. 
Si en un momento dado su lenguaje fué tímido 
y hasta circunspecto, él se desenmascaró y se 
hizo solemne cuando la voluntad de la emancipa- 
ción retoñó en toda su madurez. Entonces fué la 
hora de hacer la ley ; y al código indiano se opuso, 
en congresos y asambleas, la legislación demo- 
crática. La patria se dio su bandera y su escudo. 
Se habló de soberanía en una tierra que no había 
conocido otro régimen que la servidumbre ; y 
cuando el clamor de los pueblos llegó a su máxi- 
mo se declaró la independencia en presencia de 
Dios y del orbe. 

Pero como la revolución no era una revolución 



NUESTRO NACIONALISMO 23 

local, bajo la influencia de un héroe y obedecien- 
do al sincronismo que la vinculaba a otras revo- 
luciones, a las revoluciones de Méjico, de Quito, 
de Venezuela, de Nueva Granada y de Chile, se 
hizo continental, y pasando los Andes, venciendo 
en Chacabuco y Maipú, entrando en Lima y enar- 
bolando en sus manos el estandarte de Pizarro, se 
consagró homérica. 

"Hacer triunfar la revolución argentina en las 
costas del Perú y conquistar la amistad política de 
aquel otro pueblo, el único libre de la Europa — 
dice aludiendo a los Estados Unidos el doctor Vi- 
cente Fidel López — fueron los anhelos predilec- 
tos de los discípulos de Moreno y casi podríamos 
decir su anhelo exclusivo. Salvando, por consi- 
guiente, los límites estrechos de una prudencia co- 
barde, nuestros padres lucharon y vencieron con- 
vencidos de que la revolución de Mayo y sus con- 
secuencias debían ser un hecho sudamericano, v 



24 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



de ahí sus esfuerzos y la amplitud generosa de sus 
empresas" (i). 

Este espíritu de solidaridad continental es pre- 
cisamente uno de los rasgos más característicos 
de nuestra revolución. Como esta no se hizo con 
ningún sentimiento menguado, ella se expande y 
busca el contacto con todo lo que es indígena. 
Porque es generosa y porque es expansiva, el 
americanismo es su ideal inmediato. Leed a Mo- 
reno, leed a Monteagudo, y en la prédica diaria 
de nuestros grandes revolucionarios, veréis la am- 
plitud continental con que bulle en las ideas y en 
las pasiones el fermento de Mayo. 

Dando más importancia a la estructura íntima 
que a la forma exterior, Moreno expone sus mi- 
ras ante las perspectivas de un congreso — el con- 
greso decretado por la revolución — y más que 



(i) Historia de la Revolución Argentina^ tomo 2, 
pág. 6. 



NUESTRO NACIONALISMO 25 

por la federación el demócrata aboga por la es- 
trecha unión de los pueblos- 
Si queremos nuestra salvación, dice él, busque- 
mos más que el federalismo la fraternidad. Es 
esta fraternidad quien nos salvará de nuestras pa- 
siones interiores "que son un enemigo más terri- 
ble para un estado que intenta constituirse que 
los ejércitos de las potencias extranjeras que se 
le opongan" (i). 

¿Por qué el gran demócrata que así habla se 
ocupa más de lo moral que de lo político ? ¿ Por 
qué antes que federación quiere fraternidad? Si 
algún pensador argentino se ha detenido alguna 
vez sobre tal tópico, la luz de la verdad habrá sin 
duda esclarecido su mente. Darle más valor a la 
fraternidad que a la federación, como lo predica 
Moreno, era presentar a la revolución de Mayo 
bajo su verdadero aspecto. En la federación pre- 



(i) Escritos políticos y económicos. 



26 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

domina lo político. En la fraternidad predomina 
lo humano. De estos dos términos, ¿cuál es el 
más espiritual, cuál es el más noble? El que me 
lea no podrá vacilar y dirá conmigo que desen- 
volver una revolución en la fraternidad es cimen- 
tarla, dignificarla, culminarla. Es por esto que si 
la revolución de Mayo fué primero comunal por- 
que para su jurisprudencia utilizó el cabildo y en 
este viejo molde colonial depositó sus votos, des- 
pués de ser politica porque al factor despótico hizo 
suceder el factor democrático, ella se hizo huma- 
nitaria porque su objetivo fué el hombre y no 
sólo el hombre individual sino el hombre colecti- 
vo que desde Buenos Aires a Méjico poblaba toda 
la América. 

Porque tal era su carácter la prosa didáctica 
de la revolución no conoce fronteras. El 25 de 
Mayo de 18 10 es el dia de América. Monteagudo 
con su prosa, un tanto enfática, pero noblemente 
inflamada, ya puede decir: "El virrey Cisneros 



NUESTRO NACIONAUSMÜ 27 

presencia con dolor los funerales de su autoridad, 
el gobierno se regenera, el pueblo reasume su po- 
der, se unen las bayonetas para libertar los opri- 
midos, marchan las legiones al Perú, llegan, triun- 
fan, se esconden los déspotas, huyen sus aliados, 
tropiezan con los cadalsos y caen en el sepulcro. 
Yo los he visto expiar sus crímenes y me he acer- 
cado con placer a los patibulos de Sanz, Nieto y 
Córdoba para observar los efectos de la ira de la 
patria y bendecirla por su triunfo. Ellos murie- 
ron para siempre y el último instante de su ago- 
nía fué el primero en que volvieron a la vida los 
pueblos oprimidos. Por encima de sus cadáveres 
pasaron nuestras legiones y con la palma en una 
mano y el fusil en la otra corrieron a buscar la 
victoria en las orillas del Titicaca. Reunidos el 25 
de Mayo de 191 1 sobre las magníficas y suntuo- 
sas ruinas de Thiuhuanacu ensayaron su coraje 
en este día jurando en presencia de los pabello- 
nes de la patria empaparlos en la sangre del per- 



28 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

fido Goyeneche y levantar sobre sus cenizas un 
augusto monumento a los mártires de la indepen- 
dencia" (i). 

Varios años más tarde otro ilustre argentino, 
impregnado de lo épico como de lo democrático 
de nuestra revolución, Esteban Echeverria, podria 
decir sin caer en metáfora: "El pueblo argentino 
llevó el estandarte de la emancipación política ha- 
cia el Ecuador. La iniciativa de la emancipa- 
ción social le pertenece. Su bandera será el sím- 
bolo de dos revoluciones. El sol de sus armas ei 
astro regenerador de medio mundo" (2). 



(i) Obras políticas de Bernardo Monteagudo. Biblio- 
teca Argentina, vol. 7, pág. 187. 

(2) Bl Dogma Socialista. Obras Completas, vol. 4, 
pág. 153. "Los colores argentinos son el celeste y el 
blanco ; el cielo trasparente de un día sereno y la luz 
nítida del disco del sol; la paz y la justicia para todos. 
A fuerza de odiar la tiranía y la violencia nuestro pa- 
bellón y nuestras armas excomulgan el blasón y los 
trofeos guerreros. Dos manos en señal de unión sos- 
tienen el gorro frigio del liberto. Las ciudades unidas, 



NUESTRO NACIONALISMO 29 



III 



Pero si la revolución, como acabamos de verlo, 
tuvo su plan y hasta llegó a realizarlo con gesto 
heroico, es justo que nos preguntemos: ¿En dón- 
de y cómo la revolución argentina bebió su fuerza 
doctrinaria? ¿Es ella poseedora de un dictado 
propio o factores extraños prestáronle sus ele- 
mentos? A una como a otra cuestión voy a res- 
ponder. Si a la hora de su emancipación el pueblo 
argentino no era poseedor de una filosofía polí- 
tica propiamente dicha, tenía a su favor esa par- 
te de razón y de buen sentido que no falta aún 
en los organismos sociales más rudimentarios. 



dice este símbolo, sostendrán la libertad adquirida. El 
sol principia a iluminar el teatro de este juramento y 
la noche va desapareciendo poco a poco". Domingo F. 
Sarmiento, Facundo, obras completas, vol. 7, pág. 114. 



80 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Sin ir muy lejos y con sólo esparcir su mirada 
dentro de la esfera continental, los revoluciona- 
rios de 1810 podían llegar a la convicción de que 
los pueblos criollos del nuevo mundo estaban lla- 
mados a cambiar de destino. 

Las fuerzas geográficas, económicas y sociales 
?in discrepancia de ninguna especie venían prepa- 
rando los elementos americanos para una revo- 
lución trascendental. Un vasallaje colonial puede 
explicarse a raíz de una conquista y mientras- las 
fuerzas conquistadas no cuentan con la capacidad 
productora suficiente para afianzar su destino. 
Pero ¿qué pueblo, después de tres siglos de do- 
miinación. puede ser declarado inepto para go- 
bernarse a sí mismo? Un tutelaje secular ya no 
es un tutelaje. Ese tutelaje se convierte en tira- 
nía, y el deber de todo individuo que lo soporta 
es de salir de la inercia y abatirlo definitiva- 
mente. 

¿Por qué, se dijeron los revolucionarios de 



NUESTRO NACIONALISMO 31 

1810, todo un continente va a permanecer atado 
a una península? ;A qué obedece el aislamiento 
en que se nos tiene y por qué subsiste ese despo- 
tismo que levanta murallas entre el extranjero y 
nosotros, entre nuestra energía que es indígena y 
aquella otra que, aunque extraña, hace maravillas? 
¿ Hasta cuándo lo arbitrario será nuestra norma 
jurídica, y las razas nacidas en América, hijas 
de otros rumores, de otros ritmos, de otras armo- 
nías, se verán privadas de seguir el imperativo de 
sus instintos? ¿Es que la tradición, el juramento, 
la conquista, la colonización, son títulos suficien- 
tes para subyugarnos? ¿Los intereses de un rei- 
no podrán ser alguna vez más poderosos y más 
dignos que los intereses de un mundo? ¿Si la ra- 
zón nos acompaña por qué no oiría y declaramos 
ciudadanos nosotros que hasta ayer estábamos en 
el rango de vasallos? Razonando así^ pensando 
así, y sintiendo así, la revolución argentina llegó 
a crearse una doctrina de libertad y de justicia 



32 JOSÉ PACÍlflCO OTERO 

social. Esa doctrina, que podremos llamar autóc- 
tona, porque en ella está todo lo que es criollo y 
todo lo que es indígena, es lo que caracteriza subs- 
tancialmente a nuestra revolución. 

Una patria comienza a surgir allí donde hay to- 
rios los elementos fundamentales para constituir- 
la. El suelo es grande, rico y magnífico. Los ha- 
bitantes que lo pueblan ya lo han ennoblecido con 
su sudor y con sus fatigas, hay costumbres y tra- 
diciones que le son propias, las familias se sien- 
ten arraigadas a la tierra argentina como el ombú 
a la pampa y el cedro al suelo que lo fecunda ; 
sólo faltan que se quebranten las cadenas y que 
manos expertas piloteen la nave en aguas pro- 
pias. Esto por lo que se refiere a la revolución 
en sí misma, a su naturaleza constitutiva. Veamos 
lo que resta a considerar y que es la parte relativa 
a la influencia que sobre ella tuvieron las ídeA" 
novísimas. 



NUESTRO NACIONAUSMO 33 



IV 



Cuando la revolución argentina hizo su apari- 
ción en la parte más austral del continente, la 
atmósfera filosófica de las dos Américas estaba 
un tanto impregnada de un liberalismo libertador. 
Si la inquisición había sido poderosa para con- 
servar la unidad político-religiosa de que podía 
vanagloriarse la monarquía española, no había lo- 
grado igual éxito en sus propósitos de sustraer 
la América a las entonces llamadas por los teólo- 
gos doctrinas disolventes. 

Si el contrabando comercial estaba a la orden 
del día, el contrabando filosófico no lo estaba 
menos en ese mundo colonial cuyos contrafuer- 
tes eran el virreinato de Méjico por el Norte y 
el de Buenos Aires por el Sud del continente. 



34 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Fodría no leerse la Biblia, pero en todas partes 
se leían a los enciclopedistas. Es así como la 
revolución de Mayo — ese gran movimiento de 
emancipación continental que se inició a las ori- 
llas del Plata — no sorprendió en la ignorancia 
a los que les tocaría en suerte el dirigirla. Todos 
ellos y sin excepción, estaban iniciados en la nue- 
va noción de la libertad, del derecho y de la so- 
beranía. El abismo atlántico en lugar de ser una 
barrera había sido un vehículo entre el viejo y 
el nuevo mundo. En el fondo de las carabelas 
que lo cruzaban se habían escondido los Bayle, 
los Voltaire, los Mably y los Rousseau. ¡ Cuán- 
tas cosas nuevas dijeron estos maestros de Eu- 
ropa a los criollos del continente! Sin dejar de 
ser piadosos, estos se hicieron racionalistas, y 
poco a poco en sus vigilias y en sus insomnios 
fueron demoliendo con mano trémula el altar de 
los dogmas. De una vez por todas llegaron a la 
convicción de que la ley es la expresión de la 



NUESTRO NACIONALISMO 35 

voluntad general, de que la divinidad de los 
reyes es un absurdo, y de que ningún teologismo 
tiene titulo bien fundado para oprimir la con- 
ciencia y para sobreponer a la soberanía del pue- 
blo otra soberanía que no sea la del pueblo 
mismo. 

Los derechos del hombre en su integridad tal 
como los había consagrado la revolución fran- 
cesa y lo practicaban a esa hora las colonias in- 
glesas del norte constituidas en estado republi- 
cano, fueron el Decálogo al cual consagraron sus 
entusiasmos democráticos los fundadores de la 
emancipación argentina. Todo lo que era noví- 
simo en el orden de la vida cívica atrajo la aten- 
ción de nuestros publicistas. Leed a Moreno, a 
Monteagudo, a Belgrano, a Castelli, a Gorriti, a 
Funes, y no encontraréis en su prédica doctrinaria 
discrepancia alguna. La influencia enciclopedística 
es tal que sus partidarios pululan hasta en los con- 
ventos y en las sacristías. Separar lo temporal de 



36 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

lo eterno, lo liberal de lo dogmático, lo que fun- 
damenta la fe de aquello que es exclusivo del 
civismo, he ahí el imperativo al cual obedecen, 
más que por cálculo, por instinto, los que, con 
sotana o sin ella, sueñan con la creación de una 
patria argentina. Es necesario no perder de vista 
este rasgo, porque allí más que en ninguna otra 
parte se encuentra la clave que nos permitirá 
apreciar en su justo valor al catolicismo social 
que nos legó la revolución. 

Por primera vez en una colonia teológica enar- 
bola su estandarte la idea laica ( i ) . Pero a la 



(i) Doce años después que el grito de Mayo se ha- 
bía hecho sentir por toda la América, el abate de 
Pradt podía decir combatiendo el pretendido título 
de legitimidad al amparo del cual se apoyaba la Es- 
paña para desconocer el derecho de independencia a 
la América : "¿ Cómo un país inmenso como la Améri- 
ca ha abjurado en pocos años todos los atributos de 
su antigua existencia? En materia de religión sus 
usos tocaban en superstición, en gobierno la obedien- 
cia degeneraba en servilismo, el respeto era un culto, 
el príncipe una deidad y en la jerarquía civil había 



NUESTRO NACIONALISMO 37 

expresión esta no hay que darle un alcance irre- 
ligioso de que carece. Este laicismo es el laicis- 
mo de la democracia misma. El demócrata no 
es teólogo, porque lo que se refiere al teologismo 
es revelado, y lo que la democracia proclama y 
enseña es tan antiguo y racional como el hom- 
bre mismo. En lo teológico cabe lo artificial. En 
lo democrático todo es simple, sus elementos se 
agrupan sin violencia, y no hay otra idea que 
predomine que la de la fraternidad y la justicia. 



la maj'or distinción de clases. Pero a la vuelta de 
pocos días, los altares quedan reducidos a ocupar el 
lugar preciso, el trono queda destruido y abolido el 
supremo rango, la libertad y la igualdad son los títu- 
los comunes y las dos señales con que se juntan, pe- 
lean, vencen y quieren permanecer. Transformación 
tan completa y generalizada en un mundo entero es 
un espectáculo desconocido en el universo y que con- 
vida a las más serias reflexiones. A mí me parece una 
lección vastísima y preveo de antemano la reacción 
inevitable para la Europa." Examen del plan presen- 
tado a las Cortes para el reconocimiento de la Inde- 
pendencia de la América Española, pág. 77, edic. 
Bordeaux, 1822. 



38 JOSÉ PACÍFICO ote;ro 

Mientras que en lo primero se habla de privi- 
legiados, en lo segundo es fundamental la igual- 
dad de derechos, y sólo se acepta la jerarquía de 
aptitudes que, como es lógico, se armoniza sus- 
tancialmente con la marcha por la cual avanza el 
progreso. 

Entremos en lo que constituye la trama de 
nuestro organismo nacional, y veremos de un 
modo evidente el carácter de la democracia que 
nos hizo libres. 



NUESTRO NACIONALISMO 39 



La idea de la organización nacional fué la 
idea inmediata y paralela a la idea de la eman- 
cipación. Cuando se compara un proceso con otro, 
se llega fácilmente a la conclusión de que si el 
primero ha sido un proceso heroico, el segundo 
ha sido un proceso trágico. 

La obra de la emancipación era una obra de- 
moledora. De ahí una necesidad de que ella fuera 
militar y civil a la vez. Sin arrojo, sin la vo- 
luntad de llegar hasta el martirio, ¿cómo preten- 
der el triunfo de nuestra cai:sa sobre aquella 
que se refugiaba en atalaya despótica? Pero en 
llegando a la organización, la forma de acción 
debía cambiar radicalmente. Porque esto no se 
comprendió o se comprendió muy tarde fueron 



40 JOSÉ PACÍE'ICO OTKRO 

tantos nuestros holocaustos y tantas nuestras dis- 
cordias civiles. La pasión común era la democra- 
cia. Pero la concepción filosófica de esta demo- 
cracia variaba según los apetitos de los caudillos. 
¿Qué había de positivo en este fondo anárquico? 
Sencillamente una soberanía pictórica, pero frac- 
cionada en muchas soberanías. El unitarismo de 
Rivadavia y el federalismo de Dorrego traducen 
en dos términos toda la magnitud del problema. 
Para los primeros la democracia está en la razón ; 
para los segundos, en la voluntad. Una reacción 
violenta será la consecuencia fatal de este des- 
acuerdo, e invocando a la patria, su salud y sus 
leyes, sobre el despojo de las libertades surgirá un 
tirano. Al llegar a esa hora la nacionalidad ar- 
gentina detiene su marcha. Ya no puede avan- 
zar, como lo hizo hasta entonces, porque ni la 
palabra ni el pensamiento pueden protegerse con 
los fueros que les acuerda la civilización. El feu- 
dalismo — ese feudalismo que había causado 



NUESTRO NACIONALISMO 41 

nuestro atraso colonial — renace ahí donde los 
pensadores pedían sus luces a la Europa cientí- 
fica y liberal. Fanatismo, despoblación, desierto, 
tales son los elementos a los cuales Rosas, el ti- 
rano, les pide sus recursos para vengar a los de- 
mócratas. Parlamento, universidad, evangelio, na- 
da de esto reflorece en la tierra de Mayo. Es la 
hora del terror y de la cautividad. ¡Pero qué 
pujante y fecunda, a pesar de todo, se revela 
en tal evento esa democracia que parece venci- 
da! Nunca el pensamiento argentino brotó con 
más vigor que en esas horas de cataclismo social. 
Es entonces cuando nuestros poetas cantan y 
nuestros prosistas escriben. Nombrar la Cautiva, 
él Facundo, el Peregrino, la Awxilia, el Dogma 
Socialista y las Bases, es nombrar los arietes li- 
terarios que combatieron la tiranía. La idea de 
Mayo se prepara para una segunda victoria. 
¿Cuál es su nido, cuál el cenáculo donde se con- 
gregan los conspiradores? El nido es el Plata, 



42 JOSÉ PACÍFICO OTfiRO 

y tan pronto en Buenos Aires como tan pronto 
en Montevideo, los apóstoles de la cruzada futu- 
ra pensando en la libertad retemplan sus energías. 
"Vamos a sacrificar la vida que nos queda, di- 
cen ellos, en beneficio de las generaciones veni- 
deras. Si triunfamos, ellas bendecirán nuestros 
nombres. Si perecemos antes de tiempo, darán 
una lágrima a nuestras malogradas, pero nobles 
intenciones, y continuarán la obra que iniciamos, 
si escuchan como nosotros la voz de la patria y 
obedecen a la ley de la Providencia. Para nos- 
otros la revolución es una e indivisible. Los que 
la han ayudado son dignos de gloria ; los que 
la han empañado, de desprecio. Olvidamos, no 
obstante, las faltas de los unos para no pensar 
más que en la gloria de los otros. La juventud 
se ha colocado cara a cara con la gloria de sus 
padres y ha dejado sus flaquezas en la noche del 
olvido. Todos los periodos, todos los hombres, 



NUESTRO NACIONALISMO 43 

todos los partidos, comprendidos en el espacio 
de la revolución, han hecho bienes y males a la 
causa del progreso americano. Excusamos, sin 
legitimar, todos estos males ; reconocemos y adop- 
tamos todos estos bienes. Todos los argentinos 
son uno en nuestro corazón, sean cuales fuesen 
su nacimiento, su color, su condición, su esca- 
rapela, su edad, su profesión, su clase. Nosotros 
no conocemos más que una facción: la Patria: 
más que un solo color: el de Mayo; más que 
una sola época : los treinta años de revolución 
republicana. Desde la altura de estos supremos 
datos, nosotros no sabemos qué son unitarios y 
federales, colorados y celestes, plebeyos y decen- 
tes, viejos y jóvenes, porteños y provincianos, 
año X y año XX, año XXIV y año XXX, di- 
visiones mezquinas que vemos desaparecer como 
el humo delante de las tres grandes unidades 



44 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

del pueblo, de la bandera y de la historia de los 
argentinos" ( i ) . 

Escritas en agosto de 1837, estas palabras pa- 
recen de hoy. ¿Por qué? Porque ellas están ins- 
piradas no por lo que la patria tiene de acciden- 
tal y transitorio sino por aquello que en ella 
respira el frescor de lo eterno. Ellas son justas 
y elocuentes, porque es Mayo el que las dicta. 
El genio de la revolución está allí con la igual- 
dad, con la fraternidad y con la libertad por 
divisa. Para coronar esta trilogía democrática 
con algo de divino asoma y preludia sus notas 
el perdón. Mayo, que no conoce odios, exhibe 
su piedad. Concordia, y nada más que concordia, 
he ahí el voto de nuestros futuros constituyen- 
tes. 

i Qué bello es rememorar tales cosas ahora 
que se habla de reivindicaciones y que las masas 



(r) Esteban Echeverría, MI Dogma Socialista, 
Obras completas, vol. 4, pág. 200. 



NUESTRO NACIONALISMO 45 

¿e quejan de yugos que no existen ! Antes que 
el socialismo novísimo nos visitara, nosotros pro- 
clamamos la igualdad de todos los hombres y la 
igualdad de todas las razas. A la esclavitud que 
la política aristotélica y teológica había elevado 
al rango de institución, la declaramos caduca, y 
las tierras que estaban bajo la férula del mono- 
polio, las convertimos en herencia para todos 
los trabajadores del mundo. 

Eso sí, todo se hizo pensando en Mayo y te- 
niendo a !Mayo como imperativo. Oíd la voz 
de los que minaron las bases de la tiranía: "El 
mundo de nuestra vida intelectual será a la vez 
nacional y humanitario. Tendremos siempre im 
ojo clavado en el progreso de las naciones y el 
otro en las entrañas de nuestra sociedad. Todo 
lo que indica adelanto, todo lo que haya de legí- 
timo en los intereses y doctrinas de las faccio- 
nes de la revolución, lo adoptaremos. Las glorias 
de la nación y de nuestras notabilidades revolucio- • 



46 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

narias nos tocan por herencia, pues forman la 
espléndida corona de nuestra patria. No seremos 
ingratos ni traidores. No pretendemos emancipar- 
nos de las tradiciones progresivas de la revolu- 
ción. Somos, al contrario, sus continuadores, por- 
que tal es la misión que nos ha cabido en heren- 
cia. Queremos ser dignos hijos de nuestros he- 
roicos padres" (i). 



(i) Obra citada, pág. 194. 



NUESTRO NACIONALISMO 47 



VI 



Si los votos de restaurar el país sufrieron un 
retardo, la fe en Alayo los hizo posibles, y h 
cuatro décadas del día heroico tuvieron su cum- 
plimiento. La tiranía cayó, los héroes de Case- 
ros emularon en heroísmo a los de Salta y Mai- 
pú, y la Nación Argentina pudo pensar en darse 
su forma constitucional. La democracia, que en 
un principio se había revelado heroica, luego tur- 
bulenta y más tarde letárgica, surgía de nuevo 
viril y orgánica. ¿ Por qué camino y en virtud 
de qué procedimientos se había llegado a tal re- 
sultado? La filosofía de nuestra evolución po- 
lítica y constitucional no carece de los medios 
para ilustrarnos sobre tópico tan importante co- 
mo trascendental. La organización argentina, nos 



48 JOSÉ PACÍI^ICO OTERO 

dice ella, es el resultado inmediato de nuestra 
razón instintiva y de la experiencia luminosa que 
nos trajo con sus dolores la emancipación. El 
día que nos dimos cuenta de que nuestra organi- 
zación tenía que ser original, ese día la patria 
argentina puso la piedra angular de su organi- 
zación definitiva. Como lo dice Alberdi, el error 
argentino fué un error fruto de nuestra conducta 
imitativa. El unitarismo de Rivadavia como el 
federalismo de Dorrego, representaban en su idea 
fundamental más que un espíritu constitucional 
argentino un espíritu galo americano. Pero lo que 
hacía falta era no imitar lo extraño sino reflejar 
lo propio, j Con cuánta razón pudo decir en 1853 
el autor de las Bases : "La constitución que no es 
original es mala, porque debiendo ser la expre- 
sión de una combinación especial de hechos, de 
hombres y de cosas debe ofrecer esencialmente 
la originalidad que afecta esta combinación en 
el país que ha de constituirse" I 



NUESTRO NACIONALISMO 49 



Para fortuna del país la constitución original 
que pedía Alberdi, no tardó en surgir y los re- 
presentantes argentinos, reunidos en la ciudad 
de Santa Fe, la rubricaron solemnemente en nom- 
bre de la soberanía republicana. ¿Cómo fué orde- 
nada, decretada y establecida esta constitución? 
Los constituyentes de 1853 nos lo van a decir. 
La carta fundamental argentina surge a la vida 
"con el objeto de constituir la unión nacional, 
afianzar la justicia, consolidar la paz interior, 
proveer a la defensa común, promover el bien- 
estar general y asegurar los beneficios de la li- 
bertad para nosotros, para nuestra posteridad y 
para todos los hombres del mundo que quieran 
habitar el suelo argentino". 

Pero este llamado no es simplemente una 
fórmula. El tiene en su apoyo declaraciones, de- 
rechos y garantías. Obsérvese bien que no es sólo 
una constitución para los argentinos. Es una cons- 
titución también que ampara y protege al extran- 



50 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

jero, y de ahí que la obra de bondad que encierra 
la gestación constitucional de 1853 se dé la mano 
con la obra jurídica del año 1810 y de la Asam- 
blea nacional constituyente de 1813. 

Todos los habitantes de la Nación Argentina — 
dice en su primera parte esta constitución — go- 
zan de los siguientes derechos conforme a las 
leyes que reglamentan su ejercicio, a saber: de 
trabajar y de ejercer toda industria lícita; de 
navegar y comerciar ; de peticionar a las autori- 
dades; de entrar, permanecer, transitar y salir 
del territorio argentino ; de publicar sus ideas 
por la prensa sin censura previa ; y usar y dis- 
poner de su propiedad; de asociarse con fines 
útiles ; de profesar libremente su culto ; de ense- 
ñar y aprender. En la Nación Argentina no hay 
esclavos. Todo contrato de compra y venta de 
personas, es un crimen, y los esclavos que de 
cualquier modo se introduzcan quedan libres por 



NUESTRO NACIONAUSMO 51 

el solo hecho de cruzar el territorio de la Re- 
pública . 

"La Nación Argentina no admite prerrogati- 
vas de sangre ni de nacimiento ; no hay en ella 
fueros personales ni títulos de nobleza. Todos 
sus habitantes son iguales ante la ley y admisi- 
bles en los empleos sin otra consideración que 
la idoneidad. La igualdad es la base del impues- 
to y de las cargas públicas, La propiedad es invio- 
lable. La confiscación de bienes queda borrada 
para siempre del Código penal argentino. Nin- 
gún habitante puede ser penado sin juicio previo 
fundado en ley anterior al hecho del proceso. 
Nadie puede ser obligado a declarar contra sí 
mismo ni arrestado sino en virtud de la autori- 
dad competente. El domicilio es inviolable como 
también la correspondencia epistolar como los 
papeles privados. Quedan abolidas para siempre 
la pena de muerte por causas políticas, toda espe- 
cie de tormentos y los azotes y las ejecuciones 



52 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

a lanza y cuchillo. Las cárceles serán sanas y lim- 
pias para seguridad y no para castigo de los 
reos detenidos en ellas. Las acciones privadas 
de los hombres que de ningún modo ofendan 
al orden y a la moral pública ni perjudiquen a 
un tercero, están sólo reservadas a Dios y exen- 
tas de la autoridad de los magistrados. Ningún 
habitante será obligado a hacer lo que no manda 
la ley ni privado de lo que ella no prohibe. Los 
extranjeros gozan en el territorio de la Nación 
de todos los derechos civiles del ciudadano. Pue- 
den ejercer su industria, comercio y profesión, 
poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; 
navegar los ríos y costas; ejercer libremente su 
culto, testar y casarse conforme a las leyes ; no 
están obligados a admitir la ciudadanía ni a pa- 
gar contribuciones forzosas ni extraordinarias. 
Obtienen nacionalización residiendo dos años con- 
tinuos en la Nación, pero la autoridad puede acor- 



NUESTRO NACIONALISMO 53 

tar ese término a favor del que lo solicite ale- 
gando y probando servicios a la República". 

Este simple resumen de lo que constituye nues- 
tro espíritu constitucional es más que suficiente 
para que se aprecie en su justo valor el alcance 
de nuestra democracia. Al organizarse esta demo- 
cracia no se interesa simplemente en aquello 
que es nacional, y por lo tanto, circunscripto. Ella 
se interesa en todo lo que es humano y universal ; 
y con el llamado que hace a todos los hombres 
honestos del mundo para que vengan hacia nos- 
otros y pueblen nuestras comarcas, brinda la po- 
sesión de nuestras tierras y la libre navegación 
de nuestros ríos. Comercio, industria, cultura, to- 
do lo que la civilización reclama como funda- 
mental para hacer de un pueblo un conglomerado 
étnico venturoso, nuestra constitución lo encie- 
rra y lo proclama. Lo que hasta ayer había sido 
una remora para nuestro progreso, de hoy en 
adelante, según la mente de los constituyentes, 



54 JOSÉ PACÍFICO OTKRO 

dejará de serlo. Contra el desierto se levantará 
la inmigración, contra la ignorancia, la cultura, 
contra el fanatismo, la libertad de conciencia, con- 
tra lo arbitrario y lo anárquico, lo constitucional 
y lo orgánico. 

La República no puede ser lo que fué la co- 
lonia. Esta fué la servidumbre, y aquella debe 
ser la libertad. Si las pragmáticas reales pueden 
armonizarse con los dogmas, las leyes democrá- 
ticas deben estar exentas de imperativos teológi- 
cos. La bandera de Mayo no puede servir de 
amparo a los que se cimentan sobre castas. Ella 
es, y lo será eternamente, la protectora de una 
sola pero grande y homogénea familia social. Por 
esto la constitución es federal en sus acciden- 
tes y unitaria en su espíritu. En su formación 
tienen igual parte de influencia, la ciudad y la 
campaña, el montonero y el soldado de linea, Ri- 
vadavia y su escuela que nos querían cerca de 
Europa, Quiroga y sus satélites, héroes medite- 



NUESTRO NACIONALISMO 55 

rráneos y autonomistas indisciplinados. El equi- 
librio que la caracteriza acusa su justicia y su 
bondad. Las exigencias del progreso moderno 
no están en pugna. Fácil es demostrar cómo to- 
das las libertades y todas las energías que fecun- 
dan en el trabajo tienen en ella sus garantías. Sus 
ideas madres guardan la más rigurosa actualidad. 
La libertad de conciencia y la libertad del tra- 
bajo, bases sobre las cuales se cimentará en el 
porvenir el progreso moderno, surgen de esta 
Constitución — reflejo perfecto del pensamien- 
to de Mayo — como de su propia fuente. Se 
diría aún que ella las engendra y las estimula. 

¡ Pensad entonces con cuánto júbilo se la pudo 
saludar cuando el voto de todos los argentinos 
la consagró piedra angular del estado ! Por todos 
los confines de la República fué loada, y desde 
el centro de la plaza de la Mctoria, Mitre al di- 
rigirse a los ciudadanos de Buenos Aires para 
pedirles el juramento, pudo decir. "Hoy, recién 



66 JOSÉ PACÍflCO OTERO 

después de medio siglo de afanes y de luchas, de 
lágrimas y de sangre, vamos a cumplir el testa- 
mento de nuestros padres, ejecutando su últi- 
ma voluntad en el hecho de constituir la naciona- 
lidad argentina bajo el imperio de los principios. 
Os invito a jurarla en el nombre de Dios y de 
la Patria, en presencia de estos grandes recuer- 
dos de la historia (i) con conocimiento perfec- 
to de las altas lecciones de la experiencia y a 
la sombra de esta vieja y despedazada bandera 
del inmortal ejército de los Andes, que ha pa- 
seado triunfante medio mundo protegiendo la li- 
bertad de tres repúblicas. 

"Esta Constitución satisface vuestras legíti- 
mas esperanzas hacia la libertad y hacia el bien. 
Ella es la expresión de vuestra soberana liber- 



(i) Tenía delante de sí el gran estuario, el cabildo, 
la pirámide, la catedral, el arco de la antigua recova, 
ya desaparecida, y tras de ésta el antiguo fuerte, plata- 
forma histórica que, como el cabildo, evocaba la 
revolución. 



NUESTRO NACIONALISMO 57 



tad, porque es la obra de vuestros representan- 
tes libremente elegidos; es el resultado de las 
fatigas de vuestros guerreros y de las medita- 
ciones de vuestros altos pensadores, verbo en- 
carnado en nosotros ; es la palabra viva de vues- 
tros profetas y de vuestros mártires políti- 
cos (i)". 



(i) Mitre, Arengas, pág, 218, edic. 1889. 



58 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



VII 



La revolución argentina no se planteó como 
una revolución religiosa, pero lo fué en el fon- 
do. Para convencerse de lo absoluto de esta te- 
sis, basta considerar que ella se presentó como 
una idea laica y como una protesta contra los 
que, apoyados en arraigos teológicos, se creían 
con derecho para imponer inmovilidad a nues- 
tra servidumbre. De ahí que nuestros proce- 
res, malgrado la educación católica que les ha- 
bía tocado en suerte, se apresuraron a deslin- 
dar dominios. Todo lo que es de fe, se decían 
ellos, es justo que pertenezca a la Iglesia y no 
escape a su férula. Pero ¿por qué estará subor- 
dinada a la fe, y al decir a la fe decimos al im- 
perialismo papal, la nacionalidad, la democra- 



NUESTRO NACIONALISMO 59 

cía que debe cimentarla y las instituciones que 
no tienen otro objeto que la ventura del ciuda- 
dano? El Estado no es la Iglesia. Si durante 
el coloniaje la Iglesia fué dueña y tutora, duran- 
te la República su misión no es la de ocupar 
esta posición privilegiada. Ella puede ser una 
fuerza social, pero, por su naturaleza como por 
sus fines, ella no debe ser una fuerza política. 
¿ Por qué ? Sencillamente porque la política no 
es el altar, porque el pulpito no es el parlamen- 
to, y porque un concilio no legisla como legisla 
una asamblea revolucionaria. 

Si esto no se dijo así, clara y abiertamente, 
los actos y las leyes que trajo consigo la eman- 
cipación lo reflejan en forma luminosa. 

Nos basta para esto abrir el Redactor de la 
Asamblea y detenernos ante la sanción de sus 
leyes. Si toda la preocupación del derecho in- 
diano, cuyo laboratorio no era la América sino 
la Península, se traduce en una jurisprudencia 



60 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

teológica, el nuevo, el que comienza a surgir 
entre los fragores de la revolución, perfila sus 
caracteres en el anhelo permanente de alejar 
del medio social y político la tal jurisprudencia. 
La patria quiere hacerse sin Roma y sin la in- 
tervención de sus nuncios. A la soberanía del 
derecho divino de los reyes, antepone — y esto 
con una valentía que es digna de ser evocada 
como ejemplo — la soberanía de los plebeyos. 
La palabra pueblo tiene en los labios de nues- 
tros libertadores una seducción inaudita. Sin 
estudiar a nuestros constituyentes del año tre- 
ce y con sólo detenernos ante Moreno, el se- 
cretario genial de la Primera Junta, tenemos la 
impresión palpitante de la revolución ideológi- 
ca que al implantarse trajo consigo la obra de 
Mayo. No son los padres griegos ni latinos los 
mentores de nuestros patricios. Estos son los 
enciclopedistas : Rousseau con su Emilio y con 
su Contrato social, Montesquieu con su Espíritu 



NUESTRO NACIONALISMO 61 

de las Leyes, Bayle con su Diccionario Pilo- 
sófico, Voltaire y toda la pléyade con el caudal 
de doctrina que, después de haber servido de 
ariete contra el despotismo, cimenta las razo- 
nes filosóficas de un nuevo mundo. 

Pero como toda evolución es gradual y en 
su práctica debe traducir el medio complejo 
en el cual esta evolución se elabora, el laicis- 
mo de los hombres jurídicos de Mayo en su me- 
canismo constituyente, no pudo ser integral. 

Por otra parte, en la mente de nuestros pa- 
dres el odio jacobino no tenía cabida, y para 
bien de la causa pactaron con las fuerzas ecle- 
siásticas, pero criollas, de la revolución. En 
este fenómeno de doble aspecto, porque es so- 
cial y político a la vez, hay que buscar la ra- 
zón de la institución jurídica que llamamos el 
Patronato. Por más que para Roma éste no 
era sino un privilegio de la monarquía, para la 



62 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

revolución no era sino un derecho de la demo- 
cracia. 

Necesidades vitales obligaron a tales hombres 
a forzar la lógica, y en este triunfo de sus fue- 
ros jurídicos, colaboraron eclesiásticos en los 
cuales la voz de la patria era tanto o más pode- 
rosa que la voz de la religión. 

El cisma, pues, entre lo eclesiástico y lo civil, 
entre lo argentino y lo romano, en lo que se 
refiere a la libertad y sus leyes quedó plantea- 
do en el Plata apenas el sol democrático caldeó 
sus aguas. Esta especie de tutelaje del estado 
sobre la Iglesia, fué el puente que a la iglesia 
de la colonia le permitió convertirse en iglesia 
de la República. En virtud de tal institución no 
tendrá ella una soberanía semejante a la que 
fuera su orgullo en los días del vasallaje, pero, 
privada de toda eficacia política, tendrá, por lo 
menos, consigo el prestigio social. 

Esto que se hizo en Mayo, violentando en el 



NUESTRO NACIONALISMO 63 

fondo a la constitución de la Iglesia como a la 
constitución de la democracia, no se modificó 
más tarde y fué sancionado con algunas varian- 
tes por los constituyentes del año 53. Por los 
hombres del ciclo constituyente, como por los 
hombres del ciclo heroico, se creyó que, proce- 
diendo así, toda cuestión religiosa quedaba des- 
cartada, y que el poder de la fe, como el poder 
de la democracia, encontraban su ley de equili- 
brio y de armonía. Ellos estaban muy lejos de 
pensar que procediendo así dispensaban a la 
Iglesia una protección doctrinal. Esto lo hizo 
la monarquía, pero no podía hacerlo en modo 
alguno la República. A medida que ésta se 
fué consolidando, creció también y se consoli- 
dó su liberalismo. Así como en el orden doctri- 
nal la ortodoxia de la colonia fué reemplazada 
por el libre examen, en el orden social el credo 
exclusivo del catolicismo fué reemplazado por 
los credos en que se apoyan todos los cultos. 



64 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



"La América española, decía Alberdi, reduci- 
da al catolicismo con exclusión de todo otro 
culto representa un solitario y silencioso con- 
vento de monjes. El dilema es fatal: o catoli- 
cismo exclusivamente y despoblada, o poblada y 
próspera y tolerante en materia religiosa. Lla- 
mar la raza anglo-sajona y las poblaciones de 
la Alemania, de Suecia y de Suiza y negarles el 
ejercicio de su culto, es lo mismo que no lla- 
marlas sino por ceremonia y por hipocresía de 
liberalismo ( i ) "En este punto — habla siempre 
de religión como en otros muchos — nuestro de- 
recho constitucional moderno debe separarse del 
derecho romano o colonial y del derecho cons- 
titucional de la primera época de la revolución. 
El derecho colonial era exclusivo en materia 
de religión, como lo era en materia de comercio, 
de población, de industria. El exclusivismo era 



(i) Las Bases, pág. 



NUESTRO NACIONAUSMO 65 

SU esencia en todo lo que estatuía, pues basta 
recordar que era un derecho colonial de exclu- 
sión y monopolio. El culto exclusivo era em- 
pleado en el sentido de esa política como resor- 
te de estado. Pero nuestra política moderna 
americana, que en vez de excluir debe propen- 
der a atraer, a conceder, no podía ratificar y 
restablecer el sistema colonial sobre exclusión 
de ctdtos sin dañar los fines y propósitos del 
nuevo régimen americano (i)". 

La doctrina de la tolerancia se desprende de 
estos antecedentes como ima conclusión de sus 
premisas: "Será necesario, pues, consagrar al 
catolicismo como religión de estado, dice el mis- 
mo Alberdi, pero sin excluir el ejercicio públi- 
co de los otros cultos cristianos. Por fortuna 
en este pimto la República Argentina no tendrá 
sino que ratificar y extender a todo un territo- 



(i) Obra citada, pág. no. 



66 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

rio lo que ya tiene en Buenos Aires hace ya 
veinticinco años", 

Pero no se crea que es un ortodoxo o un fer- 
viente dogmático el que reclama para el catoli- 
cismo tal especie de tutelaje oficial. Ni Alber- 
di, ni los constituyentes que han cooperado a 
la elaboración de nuestra carta fundamental, se 
han dejado guiar de imperativos místicos o de 
enunciados teológicos. Nuestra política — afir- 
ma Alberdi — debe mantener y proteger la reli- 
gión de nuestros padres como la primera nece- 
sidad de nuestro orden social y político. Pero 
debe protegerla por la libertad, por la toleran- 
cia y por todos los medios que son peculiares 
y propios del régimen democrático y libera!, 
no como el antiguo derecho indiano por exclu- 
siones y prohibiciones de otro culto cristia- 
no" (i). 



(i) Obra citada, pág. ni. 



NUESTRO NACIONALISMO 67 

Entre no tener el estado ninguna religión a 
tener una, Alberdi se inclina por la aceptación 
de aquella que, a pesar de sus errores y de sus 
tiranías, trajo sedimentos de bondad a la Amé- 
rica. El es, por otra parte, un convencido de 
la fuerza profiláctica que guarda con su prag- 
matismo toda religión, y en tal sentido él. libe- 
ral y tolerante en alto grado, afirma : "La reli- 
gión es a la complexión de los pueblos lo que 
es la pureza de la sangre a la salud de los in- 
dividuos. En este escrito de política — hace 
alusión a la constitución que se proyecta — 
sólo será mirada como resorte de orden social, 
como medio de organización política, pues, co- 
mo ha dicho Montesquieu. es admirable que la 
religión cristiana que sirve para la dicha de 
otro mundo, haga también la de éste" (i). 

Más radical que Alberdi es en este sentido 



(i) Obra citada, pág. 109. 



68 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Echeverría. Para el autor del Dogma Socialis- 
ta, la separación absoluta de los dos poderes 
es un imperativo de la democracia. "Reconoci- 
da la libertad de conciencia — dice él — ningu- 
na religión debe declararse dominante ni pa- 
trocinarse por el estado: todas igualmente de- 
ben ser respetadas y protegidas mientras su mo- 
ral sea pura y su culto no atente al orden so- 
cial" (1). 

En opinión del gran patriota el principio de 
la libertad de conciencia es incompatible con el 
dogma de la religión de estado: "El estado, 
afirma él, como cuerpo político no puede tener 
una religión porque no siendo persona indivi- 
dual ,carece de conciencia propia. El dogma de 
la religión dominante es además injusto y aten- 
tatorio de la igualdad, porque pronuncia exco- 
munión social contra los que no profesan su 



(i) El Dogma Socialista, obras completas, vol. 4, 
pág. 140. 



NUESTRO NACIONAUSMO 69 

creencia y los priva de sus derechos naturales 
sin eximirlos de las cargas sociales (i). 

Pero el que tal escribe no es ni un impío ni 
un descreído. Se siente profundamente cristia- 
no, y porque tal es su modalidad religiosa, afir- 
ma: "El cristianismo debe ser la religión de 
las democracias" (2). Según su opinión, el hom- 
bre no puede contentarse con los beneficios de 
una religión natural. Careciendo esta religión 
de certidumbre, de vida y de sanción, ha sido 
necesario que las religiones positivas viniesen y 
ellas "que apoyan su autoridad sobre hechos his- 
tóricos proclamaron las leyes que deben regir 
las relaciones entre el hombre y su Creador. Si 
el conflicto de elección puede existir en cuanto 
a la adopción de un credo, en el caso nuestro, 
es decir, en el caso argentino, ese conflicto no 
existe. "La mejor de las religiones positivas, 



(i) Obra citada, vol. 4, pág. 140. 
(2) Obra citada, vol. 4, pág. 137. 



70 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

continúa, es el cristianismo, porque no es otra 
cosa que la revelación de los instintos morales 
de la humanidad" (i). 

Tanto Alberdi como Echeverría no hicieron 
otra cosa en lo tocante a ese punto que bus- 
car un equilibrio y sancionar una armonía. Los 
dos procedieron como sociólogos, pero con esta 
diferencia casi substancial : Alberdi buscó la ar- 
monía de la ley, ley escrita, ley impuesta por la 
herencia y por la tradición; Echeverría se ocu- 
pó más de lo estético, de lo sentimental, y pro- 
clamó como religión de las democracias aquella 
que trajo al pueblo esperanza y perdón. Todo 
esto es bien argentino, sin duda, y en nada se 
opone a la diferencia de órbita que Echeverría 
reclamó para la sociedad religiosa y para la so- 
ciedad civil. 

vSarmiento no discrepó tampoco en lo tocante 



(i) Obra citada, vol. 4 pág. 137. 



NUESTRO NACIONALISMO 71 

a este punto de la doctrina de ambos. "Quien 
dice libertad de cultos, escribe el autor de Facun- 
do, dice inmigración europea y población" ( i ) . 
El es un convencido de que la religión es una 
fuerza social, y por eso pide, cuando el análisis 
de nuestro estado anárquico le obliga a puntua- 
lizar las llagas, que esa religión se transforme 
y que se despoje de sus supersticiones groseras 
para el bien de la República. "La religión, escri- 
be en su libro famoso, sufre las consecuencias 
de la disolución de la sociedad. El curato es 
nominal, el pulpito no tiene auditorio, el sacer- 
dote huye de la capilla solitaria o se desmorali- 
za en la inacción y en la soledad ; los vicios, el 
simoniaquismo, la barbarie nómada, penetran en 
su celda y convierten su superioridad moral en 
elemento de fortuna y de ambición, porque al 
fin concluye por hacerse caudillo de partido. El 



(i) Facundo, pág. 120. 



72 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

cristianismo existe como el idioma español en 
clase de tradición que se perpetúa, pero corrom- 
pido, encarnado en supersticiones groseras sin 
instrucción, sin culto y sin convicciones" ( i ) . 

Para estos argentinos ilustres como para to- 
dos los otros que actuaron en el ciclo de la inde- 
pendencia y de la organización nacional, la re- 
ligión ha sido un problema no por lo que ella es 
un dogma, sino por lo que ella es una moral. 
Es así, y no de otro modo, como hay que enca- 
rar esta cuestión. Ellos han sido indiferentes 
a lo teológico, acaso a lo bíblico, pero no lo fue- 
ron, rigurosamente hablando, a lo evangélico- 
¿Por qué? Por una razón muy sencilla: la mo- 
ral cristiana en lo que ésta tiene de evangélico 
se armoniza con las bondades espirituales de la 
civilización. Aparte de que ella es una moral 
deísta, ella condena el odio e impone el amor. 



(i) Facundo, pág. 31. 



NUESTRO NACIONALISMO 73 

¿Quién duda que en el Evangelio la tolerancia y 
el perdón son dos de sus más bellos imperativos? 
No es, por otra parte, una doctrina disolvente, 
pues, por lo mismo que es una doctrina de frater- 
nidad, garantiza el orden y apoya el principio 
de autoridad. Es cierto que es una moral más 
de la vida íntima que de la vida exterior; pero 
esto no excluye, siempre que no se imponga ascé- 
tica o mística, su cooperación a la vida civil. Hay, 
por el contrario, positivas ventajas para la paz 
y para el orden en que un cristianismo que ben- 
dice el trabajo y respeta la propiedad — sea 
éste católico, ortodoxo o protestante — se haga 
sentir. No ultrapasando su esfera, no tomando 
la rienda de lo político para sujetarlo a lo mís- 
tico, el nacionalismo argentino puede y debe 
aceptar el concurso fervoroso de los creyentes. 
Estos pueden ser tan buenos patriotas como lo 
pueden ser los incrédulos. El ateísmo científico 
de Ameghino no es sin duda el catolicismo fer- 



74 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

■voroso de Estrada; pero esta divergencia de 
credos en nada ha impedido que los dos resul- 
tasen eminentes servidores de la República. 

"A vosotros, filósofos, decía Echeverría, po- 
día bastaros la filosofía; pero al pueblo, a nues- 
tro pueblo, si le quitáis la religión, ¿qué le de- 
jáis?" 

La Iglesia, que, según su opinión, pudo jugar 
un papel moralizador en el momento en que un 
régimen se desmoronaba y surgía otro, no cum- 
plió rigurosamente hablando su misión. "El cle- 
ro, dice él, alistándose en la bandera de Mayo, 
echó en olvido su misión evangélica. No com- 
prendió que el modo de servirla eficazmente era 
sembrando en la conciencia del pueblo la semi- 
lla de regeneración moral e intelectual, el Evan- 
gelio. Verdad es que muchas veces su palabra 
sirvió a los intereses de la independencia patria; 
pero pudo ser más útil, más fecunda, evangeli- 
zando la multitud, robusteciendo el sentimiento 



NUESTRO NACIONALISMO 76 

religioso, predicando fraternidad y santificando 
con el bautismo de la sanción religiosa los dog- 
mas democráticos de Mayo" ( i ) . 

Si las líneas transcriptas acusan una severidad 
de opinión, que a simple vista puede estar en 
pugna con lo que al respecto nos ha legado la tra- 
dición, no se olvide el lector de la hora y de 
las circunstancias en que escribiera su Dogma 
Socialista Echeverría. Más que de un simple 
eimnciado mental, la obra esta es hija de la Aso- 
ciación de Mayo, vale decir, de ese núcleo cívico 
que en plena descomposición democrática se pro- 
puso salvar de un naufragio total a nuestras 
instituciones. En aquel momento y en aquel ci- 
clo, Echeverría veía lo que nosotros no pode- 
mos ver a más de medio siglo de distancia. La 
conmoción tiránica había sido tan honda que to- 
dos los valores sociales — con excepción de 



(i) Bl Dogma Socialista, obras completas, tomo 4, 
pág. 26. 



76 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

aquellos que representaban un individualismo, y 
en este individualismo una idea recta y soberana 
— quedaron contaminados. Más que al clero de 
la generación heroica, Echeverría tenía delante 
de si al contaminado por la desmoralización ro- 
sista. La iglesia había sido arrastrada por la 
vorágine, y sus levitas, víctimas como tantos 
otros del terror o cómplices de la omnipotencia 
cesariana, dejaron de ser oráculos en el orden 
espiritual de la República. 

"Los sacerdotes, dice el mismc» Echeverría, ha- 
llaron más agrado y provecho en los debates de 
la arena política. La tribuna vio con escándalo 
a esos tránsfugas de la cátedra del Espíritu San- 
to, debatiendo con calor sin igual cuestiones 
políticas, agravios de partido, pasiones e intere- 
ses terrestres; y últimamente, los ha visto pre- 
dicar venganza y exterminio para congraciarse 
con el tirano de la patria" ( i ) . 

(i) Obra citada. 



NUESTRO NACIONALISMO 77 

No piense el lector que, hablando así, el autor 
del Dogma Socialista se inspira en prejuicios sec- 
tarios- Nó, él no habla sino como sociólogo y 
como argentino, y como tal proclama la cruzada 
moralizadora, porque en la hora en que se im- 
pone "atraer los ánimos a la concordia y a ia 
libertad" es deber argentino trabajar por la reha- 
bilitación del cristianismo y del sacerdocio. 

Gracias a este espíritu de liberalismo con que 
supo distinguirse desde sus comienzos nuestra 
organización democrática, el pueblo argentino 
no ha sido actor ni testigo de luchas religiosas 
propiamente dichas. Durante el período de la 
emancipación, como se sabe, la Iglesia se puso 
a remolque de la libertad. Los sacerdotes ar- 
gentinos rubricaron las leyes aún las más libe- 
rales de la Asamblea constituyente, y salvo ín- 
fima minoría, la reforma de Rivadavia — hablo 
de la reforma eclesiástica — contó con el apo- 
yo de la mayor parte del clero. 



JOSÉ PACIFICO OTERO 



Durante la tiranía esta Iglesia sufrió un eclip- 
se. La férula del despotismo se deja sentir so- 
bre ella como sobre todo lo que es social o pue- 
de servir de punto de apoyo para la reacción 
republicana. Cuando se trata de reconquistar la 
libertad perdida, el clero ya no cuenta en sus 
filas con los personajes de relieve que tanto hi- 
cieran en favor de las luchas democráticas en 
el génesis de la libertad política. Sólo cuando 
la Bastilla se derrumba, y Rosas y sus sicarios 
son batidos por los héroes de Caseros, una figura 
espiritual surge en el horizonte. Al pie del Am- 
bato y desde el pulpito de la matriz de Catamar- 
ca, con rara elocuencia, el padre Esquiú deja 
oir los acentos de un patriotismo inflamado. El 
bendice la Constitución y eleva votos al cielo por 
el destino venturoso de la República. "El in- 
menso don de la constitución hecho a nosotros 
— afirma — no sería más que el guante tirado 
a la arena si no hay en lo sucesivo inmovilidad 



NUESTRO NACIONALISMO 79 

y sumisión : inmovilidad por parte de ella, sumi- 
sión por parte de nosotros", y después de expli- 
car que la palabra inmovilidad no encierra un 
concepto absoluto, continúa : "La vida y con- 
servación del pueblo argentino depende de que 
su constitución sea fija; que no ceda al empu- 
je de los hombres; que sea un ancla pesadísima 
a que esté asida esta nave que ha tropezado en 
todos los escollos, que se ha estrellado en todas 
las costas, y que todos los vientos y todas las co- 
rrientes la han lanzado". Y para terminar: "Sin 
su misión no hay ley ; sin leyes no hay patria, 
no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, 
desorden, anarquía, disolución, guerra y males 
de que Dios libre eternamente a la República 
Argentina" (i). 



(i) Alberto Ortiz. El padre Bsquiú. tomo i, pá- 
gina 28. 



80 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



VIII 

La reforma de nuestras leyes en lo tocante al 
matrimonio y a la enseñanza, provocó en la ca- 
pital de la República en 1884, junto con los de- 
bates parlamentarios, una acción político-religio- 
sa que puso de relieve el fervor de la opinión 
católica en sus luchas con el liberalismo. 

Los católicos de aquel entonces se agrupa- 
ron en tomo de caudillos tan valientes y tan sin- 
ceros como podían serlo un Estrada o un Go- 
yena, y como consecuencia a esta cohesión de 
fuerzas, surgió la Unión Católica, estéril como 
fuerza política, pero fecunda por su virulencia 
doctrinal y por su pragmatismo dogmático. El 
liberalismo oficial se vio vigorosamente atacado, 
tanto en la prensa como en el parlamento. En 



NUESTRO NACIONALISMO 81 

uno como en otro terreno, los contendores de 
la democracia y los contendores del dogma mi- 
dieron con brillo sus armas. 

En la memoria de todos los argentinos está 
fresco aún el recuerdo de aquella asamblea de 
católicos que la reacción clerical convocó en la 
capital de la República para salvar sus fueros. 
Contra el liberalismo — el gran pecado social, 
según los ortodoxos — se peroró con la elocuen- 
cia más cálida. Aquello en realidad de verdad no 
fué una discusión, no fué un debate. Aquello fué 
una protesta, sincera sí, pero desprovista de calma 
y de ecuanimidad. 

La vehemencia de la lucha no tiene me- 
dida. Abramos por un instante el diario de 
sesiones en que los congresistas argentinos 
de 1885 imprimieron sus alegatos, y veremos 
hasta dónde llega la fe en ala de sus exaltacio- 
nes. Según Estrada, la apostasía de los gober- 
nantes ha estremecido de indignación a los pue- 



82 JOSÉ PACÍFICO oti;ro 

blos. Gobierno insensato, usurpación cesárea de 
los derechos de Dios, atropellos a la inmunidad 

de la Iglesia, rivalidad de oligarquías, concilia- 
ciones efímeras, abdicaciones cobardes, y explo- 
taciones bastardas, tales son, según el lenguaje 
del orador, las miserias que caracterizan a ese 
gobierno, cuyo delito moral no es otro que el 
de garantizar las libertades civiles y religiosas 
que a todo argentino y que a todo hombre que 
habita nuestro suelo acuerda la Constitución. 
"He estudiado — dice él — la política de mi país, 
falsa en sus impulsos iniciales, y he seguido de 
lejos con repugnancia y zozobra su descompo- 
sición gradual y rápida. No queda institución que 
no esté falseada, y la Constitución es una colosal 
mentira y una impía irrisión" ( i ) . 

El Dr. Jacinto Ríos, presbítero, se presenta en 
esta asamblea pidiendo la adopción y la difusión 



(i) Diario de sesiones, pág. 305. 



NUEISTRO NACIONAUSMO 83 

del Sylabbus a nombre de la religión y de la pa- 
tria. "A nombre de la religión, porque el Sylab- 
bus es la restauración integra de la doctrina ca- 
tólica, y a nombre de la patria, porque su salva- 
ción y su grandeza depende de la restauración de 
esa doctrina celestial que iluminó al genio y sos- 
tuvo el valor de nuestros padres y fué el princi- 
pio generador de la civilización del nuevo mun- 
do" (i). "La adopción del Sylabbus, continúa, 
es un acto de fe necesario para el éxito de nues- 
tra empresa, puesto que toda la fuerza del cris- 
tianismo reside en la fe. Saludemos, señores, al 
Sylabbus, la antorcha más luciente de nuestro 
siglo" (2). 

Pero, a pesar de todo lo valiente que fué esta 
campaña, el exclusivismo doctrinario no pudo 
triunfar. Como la Iglesia no podía ser el Esta- 
do, fué éste quien puso bajo su tutela la ense- 



(i) Obra citada, pág. 310. 
(2) Obra citada, pág. 310. 



84 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

ñanza y el matrimonio. La batalla legal ganada 
por el liberalismo dejó a la Iglesia en inferiori- 
dad politica, pero con sus fuerzas espirituales in- 
tactas. En la mente de los legisladores argenti- 
nos, no entraba la voluntad, y esto es justo re- 
conocerlo, de atacar estas atalayas del alma. Hi- 
jos de una tradición liberal, y sobre todo herede- 
ros de la democracia de Mayo, que es por su 
naturaleza laica y evolutiva, nuestros legislado- 
res no podian hacer otra cosa que armonizar las 
instituciones con el tiempo. 

La fe católica y las instituciones que de ellas 
se derivan, son sin duda del resorte de la Iglesia ; 
pero el estado, y un estado sobre todo, como el 
estado argentino, abierto a todos los liberalismos, 
no puede tener como principios básicos de su 
ciencia constitucional más que lo bueno, lo justo 
y lo honesto. Por lo mismo que él es demócrata, 
él no puede basarse en lo teocrático. Que cada 
confesión se haga sentir, pero que lo haga sin 



NUESTRO NACIONALISMO 85 

hacer de lo que es libre un yugo, y de lo que es 
facultativo o simplemente sentimental un prag- 
matismo o una tiranía. En este sentido las direc- 
tivas fijadas por Mayo son claras y concluyentes. 
Sin remontarnos de nuevo al ciclo heroico — el 
liberalismo de aquel momento ya nos es conoci- 
do — tenemos la obra política de los constitu- 
yentes de 1853 que nos permite opinar conscien- 
temente al respecto. A pesar de ser una asam- 
blea compuesta de católicos entre los cuales algu- 
nos eran miembros del clero, ellos crearon una 
Constitución donde todo lo que se refiere a la fe 
está marcado con el sello de la tolerancia, de la 
justicia y del buen sentido. Al discutirse el pun- 
to relativo a la religión del estado, el diputado 
Centeno propone que la reHgión católica, apostó- 
lica y romana sea exclusivamente la religión del 
estado. El diputado Pérez, eclesiástico y domi- 
nico, no rechaza en absoluto el proyecto, pero lo 
modifica sensiblemente diciendo que si en los es- 



86 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

tados federales no podía haber una religión que 
pudiera llamarse del estado, pues cada uno de 
ellos podía tener la que gustase, independiente- 
mente de la del gobierno, éste como único ser 
colectivo en el sistema federal, debía profesar 
algo. Pero más radical y concluyente que el pa- 
dre Pérez, lo es el presbítero Benjamín Lavaisse: 
"La Constitución no podrá intervenir en las con- 
ciencias sino sólo reglar el culto exterior ; que el 
Gobierno estaba obligado a sostener el culto y 
que esto era lo bastante, porque la religión como 
creencia no necesitaba más perfección que la de 
Dios para recorrer el mundo, sin que hubiese po- 
dido nunca la tenaz oposición de los gobiernos 
detenerla un momento en su marcha progresiva". 
Y a los que pretendían excluir de los empleos 
públicos o ejercicio de la representación nacio- 
nal, fuera cámara, ministerio o parlamento, a todo 
aquel que no fuera católico, apostólico o roma- 
no, mirad cómo en sustancia les responde: "La 



NUESTRO NACIONALISMO 87 

República no puede ocuparse de investigaciones 
odiosas en lo referente a la creencia de cada in- 
dividuo. Mucho menos cuando el Congreso mis- 
mo ha reservado al juicio de Dios las acciones 
privadas de los hombres". 

El artículo relativo a la religión que debe pro- 
fesar el Presidente de la República, no es un 
dictado tampoco del fanatismo. El surgió simple 
y llanamente como una consecuencia del orden 
lógico, supuesto el artículo aquel que lo consti- 
tuía en agente del Patronato Nacional. "Desde 
que este funcionario tiene que ejercer derechos 
tan graves, dice el mismo Lavaisse, sobre la Igle- 
sia, seamos liberales sinceros y no pongamos al 
frente de la Iglesia un enemigo de sus creencias". 
Comentando este tópico. Sarmiento dice: "Como 
una consecuencia de sostener el Estado el culto 
católico, resulta que es esta forma la que servirá 
para las solemnidades religiosas en que el Go- 
bierno haya de tomar parte ; y para que no haya 



88 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

incongruencia, la Constitución exige que el Pre- 
sidente sea católico. Bástele a un ministro excu- 
sarse de asistir cuando sus creencias particula- 
res se lo prescribiesen. Hase objetado que un 
ministro de otra creencia gestionaría mal los 
asuntos del culto. Olvídanse que Mr. Guizot, 
protestante, ha sido ministro ocho años en Fran- 
cia y ha defendido con tal interés los asuntos de 
la religión, que el Sr. Frías, en sus escritos cató- 
licos, lo cita como el más fuerte apoyo de las 
ideas religiosas" (i). 

Pero ya sabemos bien cuál es el alcance y el 
valor que tiene este artículo de la Constitución. 
El catolicismo que él reclama en el jefe del es- 
tado, no es el dogmático ni aún mismo el moral. 
Es pura y sencillamente el catolicismo protoco- 
lar, el mismo que practicaron Sarmiento, Mitre, 
Roca y Avellaneda. Ninguno de nuestros presi- 



(i) Obras completas, vol. 8, pág. 130. 



NUESTRO NACIONALISMO 89 

dentes con su conducta de primer mandatario ha 
dado otra interpretación a esta cláusula. No 
digo esto ni para atacarla ni para desprestigiarla. 
Lo digo simplemente para comprobar un fenó- 
meno digno de tenerse en cuenta en el ejercicio 
de nuestra vida constitucional y para confirmar 
mi tesis de que nacionalismo y liberalismo son. 
según nuestra tradición y nuestra ciencia políti- 
ca, dos términos que se complementan. 

Una democracia, si quiere serlo de verdad, no 
puede ser exclusiva. No nos olvidemos que ella 
no es dogma sino derecho, y que no tiene por 
objetivo lo metafísico sino lo humano. Plantea- 
da así la cuestión, el nacionalismo argentino es 
barrera de defensa para la mezquita como para 
la sinagoga, para el templo, donde el solo libro 
que se comenta es la Biblia y el otro, donde bri- 
lla a veces con fuerza fascinadora para los senti- 
dos, la liturgia. No es esto un ataque directo ni 
indirecto contra el catolicismo. No le pertenece 



90 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

a la democracia argentina entrar en el terreno 
donde la fe romana elabora sus dogmas. Es este 
del resorte íntimo de las creencias, y como éstas 
tienen su magisterio, es allí donde cada creyente 
busca la brújula para su conciencia. 

Pero así como la democracia respeta a lo espi- 
ritual, lo espiritual, a su vez, debe respetar a lo 
humano. ¿Es esto declararse partidario de un 
laicismo desmoralizador? Cuando se considera 
que religión y fanatismo no son por su naturale- 
za dos términos equivalentes, la respuesta a este 
interrogante surge sin violencia. Decir democra- 
cia, no es decir irreligión o impiedad. Decir de- 
mocracia, es decir simplemente libertad, respeto, 
justicia, garantía, ecuanimidad. Un demócrata 
puede ser creyente, como un creyente a su vez 
puede ser tiránico. Es la religión una cosa del 
alma que, si para un Lucrecio es producto de la 
ignorancia, para un Pascal es un imperativo del 
misterio impenetrable en que vivimos. La demo- 



NUESTRO NACIONALISMO 91 

cracia, a su vez, es una cosa humana, no tanto 
fruto del alma y del misterio como lo es la reli- 
gión, sino consecuencia del progreso racional a 
que marchan los pueblos que viven de la razón 
y en ella cifran la voluntad de lo que la filosofía 
llama destino o providencia. 

No hay, pues, repugnancia para que en lo hu- 
mano — y con cánones completamente humanos — 
se armonice lo espiritual con lo demócrata. Aún 
más : según mi humilde entender, hay convenien- 
cia y hay necesidad de que un cierto connubio 
de intereses temporales y eternos haga su apari- 
ción entre los hombres. Pero, eso sí, el dicho con- 
nubio no puede ser sino consejo y persuasión. 
La fe, para ser benéfica, debe crecer espontánea 
v sin violencia. Ella debe ser consuelo y no 
yugo, esperanza y no tormento, sonrisa y no 
gesto tiránico. Por esto el Cristianismo, que re- 
presenta con su aparición la Buena Nueva, pue- 
de, despojado de lo que los hombres han acumu- 



92 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

lado en él de superficial y de ficticio, jugar aho- 
ra más que nunca un papel salvador. ¡Qué 
acertado estuvo nuestro Echeverría cuando di- 
jo: "El cristianismo debe ser la religión de las 
democracias!" Al hacer esta afirmación el gran 
demócrata que, como ninguno, supo penetrar el 
pensamiento de Mayo, veía sin duda lo que to- 
dos vemos cuando inclinamos el corazón para 
auscultar los sufrimientos y los ayes quejum- 
brosos de la humanidad. 

Si el progreso no está sino en la unión de las 
fuerzas, es lógico pensar que esta unión no pue- 
de pronunciarse si antes no se pronuncia el 
amor. Si no existe esta fraternidad de verdad, 
que es la que en el cristianismo primitivo es el 
rasgo preponderante, el progreso es efímero y 
la civilización simple y bella quimera. 

El nacionalismo argentino, que quiere ser 
concordia y solidaridad, ahora más que nunca 
necesita de esta fraternidad para salvar y con- 



NUESTRO NACIONALISMO 93 

solidar su destino. La ley de nuestro crecimien- 
to exige, no sólo que nosotros amemos al ex- 
tranjero, sino que el extranjero ame lo que es 
nuestro, aquello que es patrimonio del suelo, del 
genio, del martirio y de la raza. 

La religión, que es universal en el amor, pue- 
de colaborar en esta obra de resurgimiento pa- 
triótico. Sus elementos de acción son múltiples 
y eficaces; y yo no dudo que el día en que, des- 
prendida de todo lo que es mezquino, corruptor 
y deleznable, salga a la plaza pública y se recon- 
cilie con las huestes que aparentemente son sus 
enemigas, ella se habrá labrado un timbre de 
gloria y reconciliado para el bien democrático, 
con los agentes que, aunque laicos, son los ver- 
daderos factores de la civilización. 



94 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



IX 



En la larga vida del nacionalismo argentino, 
en realidad de verdad, no han existido más que 
dos partidos. Los dos han sido demócratas ; pe- 
ro los dos se han diferenciado en la manera de 
hacer funcionar esta democracia. Los dos han 
surgido de la misma célula y se confunden en la 
noción fundamental de la libertad; pero al lle- 
gar el momento de organizaría, el uno concen- 
tra el poder y el otro se difunde federalizando 
el tal poder. 

Si ellos han desaparecido de la escena can- 
dente, en su influencia ellos existen, porque el 
espíritu constitucional argentino los hace perdu- 
rar en admirable y fecunda síntesis. Unitarios 
y federales son argentinos de verdad. Si los 



NUESTRO NACIONALISMO 96 

primeros se apoyaron en la reflexión, los segun- 
dos se apoyaron en el instinto. Si para Rivada- 
via el prototipo de la democracia hecha gobier- 
no era el unitarismo francés, para Borrego y 
sus secuaces lo era el federalismo americano. En 
los dos estaba la verdad, pero ninguno de ellos 
podia hacerla constitucional, porque lo exclusi- 
vo de cada teoría daba fuerzas tiránicas a la in- 
transigencia. Fué necesario un largo interregno 
de despotismo, de éxodo democrático por parte 
de los patriotas más ilustres, a los cuales había 
alumbrado la lámpara del mismo culto, para que 
de la pena del destierro, de la tristeza del ostra- 
cismo y del duelo de la tiranía, surgiera la justa 
comprensión constitucional de nuestra vida his- 
tórica. 

Es así como llegamos a la madurez salvadora, 
es así como la familia dislocada, dispersa, pe- 
regrina por los más lejanos confines del conti- 
nente, pudo un día reunirse en cenáculo íntimo, 



96 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

y bajo la inspiración de Mayo, dar forma per- 
durable a nuestro tan deseado bienestar demo- 
crático. 

Todo lo que después se ha hecho en orden a 
partidos, no responde, ni por su naturaleza, ni 
por su amplitud, a lo que Mayo reclama para 
su crecimiento en el tiempo. La Unión Cívica 
culmina un esfuerzo; pero sin un programa 
que abarque todo lo que la patria reclama en 
sus reformas, se disloca y da margen al adve- 
nimiento de fracciones políticas cuya eficacia no 
va más allá de lo que puede ir la simple voluntad 
democrática. El comicio libre, el voto secreto y 
obligatorio, la pureza en la intención del votante, 
lo mismo que el fin de las oligarquías y de todo lo 
que puede ser anticonstitucional por lo arbitra- 
rio, he ahí los propósitos que han servido de 
acicate hasta el presente a nuestras luchas po- 
líticas. Si exceptuamos al partido socialista, exó- 
tico a nuestros intereses por lo que hay en él 



NUESTRO NACIONALISMO 07 

de antiargentino y de antinacionalista, ninguno 
de nuestros partidos políticos ha podido ser par- 
tido social en el sentido estricto de la palabra. 
Ya es tiempo, pues, que en el campo patriótico 
haga su aparición la gran corriente de opinión 
argentina, cuyo fin instintivo es buscar para su 
desarrollo otros cauces en armonía con los im- 
perativos de la civilización. Nuestro nacionalis- 
mo corre el riesgo de quedar menguado si sólo 
confina en lo histórico y en lo político. Es ne- 
cesario — porque es la ley quien lo exige — que 
el partido a formarse sea popular por su origen 
y socialista por sus reformas. No nos olvidemos 
que Mayo, como decía Sarmiento, es de origen 
plebeyano (i) y que en la mente de nuestros 



(i) "He aquí uno de esos días soberanos que llevan 
la cerviz tan erguida que mandan descubrirse e in- 
clinar la cabeza a los que los encuentran en el dis- 
curso de la vida; días de origen plebeyo que amanecen 
ignorados y por la tarde andan ya en boca de la fama, 
a la noche en cabeza de los anales de un pueblo y al 



98 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

padres no hubo otro propósito que hacer de ca- 
da conciencia una libertad. Un sociaHsmo que 
suprime fronteras y engendra en el que trabaja 
el odio de clases, no es argentino ni puede serlo. 
El socialismo que nos conviene y que tendrá que 
ser en un futuro próximo el gran partido del 
mañana, es el que con la Constitución por base 
— reformada ésta en lo que los imperativos de 
la civilización lo exigen — tienda a la armonía 



día siguiente van a sentarse entre las notabilidades que 
representan el progreso de la humanidad. El 25 de 
Mayo engendra a su vez otros días grandes como los 
vastagos de aquella planta africana que no bien han 
alzado de la tierra su fecundo tronco, cuando se in- 
clina para echar nuevas raíces alrededor que se levan- 
tan en nuevos árboles, que engendran otros, hasta 
cubrir con su impenetrable bosque comarcas enteras. 
Quitad aquel día a la historia de Sud América y seis 
repúblicas desaparecen, y cien batallas se ahorran y 
mil héroes tornan a ser hombres vulgares y la colo- 
nia española se os presenta de nuevo tranquila como 
el agua sin vida y pútrida de un ciénago sin fin, monó- 
tona como la superficie pálida del desierto. Salud, 
pues, al 25 de Mayo. Obras Completas, vol. 6, pág. 49. 



NUESTRO NACIONALISMO 9P 

de lo político con lo económico, haciendo de ca- 
da argentino, sea éste creyente o librepensador, 
rentista u obrero, intelectual o simple hombre de 
negocios, un agente de orden y de prosperidad 
en nuestro complejo organismo social. 

La universalidad de sus propósitos debe ser 
su rasgo característico. Y digo universalidad, 
porque si en la Constitución se encuentran las 
bases fundamentales de toda agrupación creada 
con fines de ennoblecer y dignificar al país, la 
Constitución sola es insuficiente para obra tan 
magna y tan compleja. 

La Constitución organiza al país, lo funda- 
menta, define y caracteriza la Nación; pero, 
¡ cuántos y cuántos otros problemas que no es- 
tán a su alcance surgen en torno de esa carta y 
crean imperativos, hijos en su evolución de la 
marcha del tiempo! Vivir su hora y vivirla con 
la bondad que el avance de la civilización deter- 
mina, he ahí el objetivo inmediato a que debe 



100 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

aspirar el partido cuyo germen late en nuestra 
exuberancia social y en nuestra voluntad demo- 
crática. 

El argentino miembro de tal partido debe te- 
ner a su alcance todos los medios para llegar 
por vías legales al máximo de bienestar. Su 
lema debe ser: el gobierno para los pueblos y 
no los pueblos para los gobiernos. Con tal cri- 
terio y sin los acicates que perturban la paz de 
las almas cuando a éstas se las envenena con 
utópicas y absurdas reivindicaciones, el argen- 
tino que se aliste bajo tal bandera — bandera que 
no puede ser otra que la que nos extasía con 
sus colores y nos calienta con su sol ardiente — 
hará maravillas, porque habrá culminado en el 
verdadero concepto de patriotismo que encierra 
Mayo. Es un partido ideal sin duda, pero un 
partido posible. Para formarlo tenemos todos 
los elementos : tradiciones, principios, ideas, 
campo, raza, horizontes ; sólo falta una cosa y es 



NUESTRO NACIONALISMO 101 

la siguiente : en pueblos donde la marea étnica 
está en perpetuo crecimiento hay que tomar pro- 
videncias en el mundo inmigratorio como en el 
mundo didáctico. Sin perder de vista nuestro 
punto de partida, es necesario que escudriñemos 
el presente porque el que nos interesa es el por- 
venir que tenemos por delante. Hay que hacer 
argentinidad en el niño que nace en nuestro sue- 
lo como en el adulto a quien la ola atlántica de- 
posita en nuestras playas. Es indispensable, por- 
que es lógico, porque es nacionalista y porque 
es jurídico, que éste se arraigue por el trabajo 
a la tierra que pisa como aquel otro se arraiga 
a ella por la cuna en que nace. 

En la tradición argentina y en nuestra juris- 
prudencia agraria no faltan antecedentes que 
evidencian hasta lo luminoso que el propósito 
instintivo de nuestra nacionalidad ha sido el ha- 
cer de la tierra, por su posesión y por su culti- 
vo, el bien de todos. La obra enfitéutica de Ri- 



102 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

vadavia, si fracasó como conquista, no fracasó 
como ensayo. Ella es, por el contrario, un an- 
tecedente que nos honra y que demuestra que el 
factor económico en su aspecto más trascenden- 
tal fué desde nuestro albor democrático preocu- 
pación y problema de nuestro nacionalismo. 

Así como este partido encarará esta cuestión, 
encarará e incorporará a su programa de reno- 
vación social y política el problema de la fami- 
lia, de la beneficencia, del parlamentarismo y 
el más grave de todos, a mi entender, que es el 
de la educación. 

Si es cierto que tenemos leyes para constituir 
el hogar, no las tenemos para salvarlo cuando se 
desmorona o para abrirle válvulas de salud 
cuando la estabilidad conyugal es imposible. No 
hay que precipitar rupturas ; pero tampoco hay 
que traicionar a la fe social conservando apa- 
lentemente vínculos que no existen. El divor- 
cio, como remedio y como providencia, es una 



NUESTRO NACIONALISMO 103 

institución de la cual no se puede prescindir si 
el fin de nuestra legislación civil es lo justo y 
lo moral. No es razón para que el divorcio no 
se legisle, el que los cánones de tal o cual creen- 
cia lo repudien o lo descalifiquen. El criterio 
ortodoxo regula los actos de la conciencia en 
sus relaciones con lo que dicta la fe, pero escapa 
a su férula, como es justo, aquello en que la 
sociedad civil se cimenta. 

La beneficencia, no como caridad, sino como 
justicia social, he ahí otro de los imperativos a 
los cuales no puede ser indiferente nuestro na- 
cionalismo. Un estado bien organizado no pue- 
de permitir ni el ocio, ni el harapo, ni la limosna. 
El debe preocuparse de poner en su sitio a la 
dignidad humana, y con tesón ejemplar extir- 
par los gérmenes en donde tales miserias y ta- 
les decadencias se incuban. Es al estado a quien 
le corresponde el saneamiento material de la 
masa. Eos patriotas que lo son de verdad, de- 



104: JOSÉ PACÍFICO OTERO 

ben convencerse que la riqueza nada vale si no 
la informa una moral. La dilapidación, com- 
prendámoslo bien, no es un derecho, sino un 
crimen. La justicia social no puede permitir que 
el sibaritismo, el juego o el lujo desbordante 
planeen con soberanía provocadora cuando a sus 
espaldas hace estragos el hambre y la miseria. 

Así como este partido debe afrontar el pro- 
blema social, debe afrontar también aquel otro 
que dice relación directa con las funciones 
representativas de la democracia- Es de ar- 
gencia vital para ésta, que aquellos que la re- 
presentan, la practiquen, la amen y la compren- 
dan. No nos olvidem.os de lo que es un parla- 
mento. Si un estado se hace y funciona porque 
existen las leyes, estas leyes, a su vez, han sido 
estudiadas y dictadas en un laboratorio. Pen- 
semos entonces en lo grave que es o debe ser .un 
parlamento en el cual los representantes del 
pueblo y de la nación se congregan con él es- 



NUESTRO NAClONAUSMf) 105 

píritu de crear y de dictar sus leyes. Para tal 
misión, salta a la vista, no pueden elegirse ciu- 
dadanos de virtudes comunes. Un legislador de- 
be caracterizarse por la probidad y por ese cau- 
dal de sabiduría que permite en el hombre el 
equilibrio entre la razón y los sentidos, entre el 
instinto propio y aquel que traduce la verdad y 
las esperanzas de un pueblo. 

En un parlamento no puede hacerse otra po- 
lítica que aquella que impone y aconseja la vo- 
luntad general y el bien público. Todo lo su- 
balterno a este orden debe eliminarse por co- 
rruptor y pernicioso para la democracia misma. 

El pueblo tiene derecho de elegir, pero no 
tiene derecho de elegir sino aquello que es sano, 
probo, inteligente y patriótico. Enseñar lo con- 
trario es traicionar nuestro destino y despres- 
tigiar abiertamente la democracia. Esta no sig- 
nifica tan sólo número. Esta significa calidad, 



106 JOSÉ PACÍFICO oti:ro 

y al decir calidad, decimos verdad, justicia y 
bien. 

Un parlamento, constituido así a base de 
verdad y de patriotismo, no puede ser ajeno a 
ninguno de los grandes problemas que conmue- 
ven los fundamentos de la civilización actual. 
El no encarará ninguna cuestión, sea política o 
religiosa, se refiera al divorcio o a la separación 
de la Iglesia y del Estado, tenga por fin funda- 
mentar el capital o fundamentar el trabajo, con 
prejuicios o bajo la influencia de intereses mez- 
quinos o propósitos retardatarios. Irá a la obra 
lisa y llanamente como el sembrador va a su sur- 
co, y hará el bien legal no pensando sino en la 
patria para la cual legisla. 

Un gobierno parlamentario de tal especie no 
puede ser resultado de combinaciones políticas, 
sino la consecuencia fatal de una democracia 
perfecta. He aquí por qué se hace indispensa- 



NUESTRO NACIONALISMO 107 

ble, si la democracia quiere ser entre nosotros 
un anhelo vital y constante, que el partido ar- 
gentino, a cuyo programa el pueblo va a confiar 
sus intereses, se preocupe de la educación por 
ser ésta una cuestión primordial. 

El magisterio, por lo mismo que es un apos- 
tolado, no puede confiarse a quien carece de ap- 
titud y de títulos para ejercerlo. Si el profesor 
no quiere contentarse con ser un simple repeti- 
dor de lugares comunes, si su conciencia aspini 
a hacer de cada alumno una inteligencia y una 
libertad, es necesario que el hombre que tales 
fines se propone, no gire en otras órbitas que no 
sean aquellas en que irradia la verdad y el bien. 
El día en que el maestro carezca de estos dos 
puntos de apoyo, su autoridad no tendrá valor 
ni prestigio. Téngase presente que él debe trans- 
mitir sabiduría, como la madre transmite vida y 
la llama calor. Aseguradas sus finanzas con una 



108 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

justa y equitativa remuneración de sus traba- 
jos, el maestro argentino, ya sea el maestro de 
la escuela primaria o el que en punto más alto 
educa a la juventud en las disciplinas científi- 
cas, jurídicas y literarias, podrá hacer por la pa- 
tria lo que no hace ni el publicista más brillante 
ni el soldado más bravo. Las ideas sembradas 
por él son las que retoñarán en el futuro, y las 
que nos darán gloria si son morales, oprobio y 
días de luto, si son falsas y disolventes. No nos 
olvidemos de aquello que un procer de la revo- 
lución decía en las postrimerías de la colonia : 
"No sé qué presagios advierto de libertad, pero 
es necesario formar hombres". Libertad y edu- 
cación, eran, como se ve en el lenguaje del frai- 
le patriota, autor de este apotegma, conceptos y 
vocablos sinónimos. 

Eduquemos, entonces, si queremos que la pa- 
tria crezca en verdad, en justicia, en bien. Otros 



NUESTRO NACIONALISMO 109 



fines que no sean estos, retardarán fatalmente 
nuestra evolución y harán que lo mezquino ocu- 
pe el lugar de lo grande, y lo que es transitorio 
y secundario el que le corresponde a lo princi- 
pal y perpetuo. 



lio JOSÉ PACÍFICO OTERO 



X 



La revolución argentina, por su naturaleza 
como por sus fines, fué una revolución integral. 
Ella se propuso, no sólo la implantación de un 
régimen antitesis de aquel que había regido a 
la colonia, sino también la explotación de aque- 
llos grandes valores que hacen la grandeza de 
un pueblo y fundamentan sus esperanzas. 

El virreinato que se emancipaba era rico y 
pobre. La riqueza estaba en la extensión y en 
la naturaleza del suelo. La pobreza era hija di- 
recta del latifundio, del monopolio, del aisla- 
miento comercial, de esa especie de inmovilidad 
étnica que cerraba nuestros campos como nues- 
tras ciudades al extranjero. Este estado de atra- 



NUESTRO NACIONALISMO 111 

SO y de economía había provocado más de un 
lamento. En las vísperas de la revolución, una 
voz enérgica se hizo oír, y ésta fué, como es 
notorio, la de Mariano Moreno. Si es cierto que 
su alegato famoso era la defensa de un gremio, 
en su espíritu y en sus intenciones, él era el grito 
reivindicativo de toda una raza. 

Para el criollo americano, y sobre todo para 
el criollo de Buenos Aires, al cual la naturaleza 
brindaba con amplias rutas atlánticas para el co- 
mercio, era del todo desesperante vivir en ese 
letargo, en esa penuria, a que le condenaba la 
tiranía económica de la metrópoli. 

"La justicia, decía Moreno, pide en el día que 
gocemos de un comercio igual al de los demás 
pueblos que forman la monarquía española que 
integramos". "Sostengo la causa de la patria y 
no debo olvidar su honor cuando defiendo los 
demás bienes reales que espera justamente". 



112 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

El franco comercio que Moreno defendía en 
aquel entonces, si bien circunscripto al virrei- 
nato del Plata con la nación inglesa, no seria 
una amplia realidad mientras no impusiera sus 
dictados la revolución. Esta revolución estalló 
y los horizontes de un porvenir venturoso se 
abrieron como por encanto. El hijo de la co- 
marca argentina ya no tendrá delante de si ni 
las trabas del Consulado ni las leyes draconia- 
nas de la Casa de Contratación de Sevilla. Una 
nueva misión, misión de trabajo y de prosperi- 
dad, le depara la Providencia. El gran baldío — 
teatro de la barbarie y de una escuela agraria 
menos que rudimentaria — va a cambiar su as- 
pecto salvaje por el que puede proporcionarle 
una sabia cultura. Como lo dice Avellaneda, "la 
misión del derecho agrario sudamericano es re- 
hacer la obra de la colonización bajo bases nue- 
vas, impulsando a la población a la ocupación 
permanente y al cultivo de ese inmenso baldío 



NUESTRO NACIONALISMO 113 

dentro del que desaparecen imperceptibles pro- 
vincias y ciudades" (i). 

Esta concepción económica fué puesta en evi- 
dencia por los legisladores argentinos apenas la 
revolución dio forma legal a sus justas protes- 
tas. En los considerandos de uno de sus decre- 
tos — 13 de Febrero de 1913 — la Asamblea ge- 
neral constituyente dice : "la prosperidad y au- 
mento de las riquezas territoriales debe ser el 
principal objeto de un legislador; mas por des- 
gracia el olvido de los verdaderos principios ha 
hecho infelices a los pueblos a pesar del común 
conato de sus administradores. Se ha creído que 
la abundancia resulta de un estéril monopolio y 



(i) Estudio sobre las leyes de tierras públicas, pág. 
33. "En la América, afirma este gran estadista, la 
colonia se redujo a extraviar en el desierto alguno;- 
millares de hombres arrojando a la ventura plante- 
les de pueblos en la soledad sin vínculos y sin relacio- 
nes entre sí. El desierto acogió a sus nuevos hués- 
pedes para abatirlos sin resistencia al nivel de su 
barbarie". Obra citada, pág. ¡3. 



114 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

que para fomentar la agricultura era preciso ais- 
lar las esperanzas del cultivador". Para demos- 
trar que tal concepción es mortal al mismo 
tiempo que absurda, si lo que se persigue es el 
progreso y no la ruina de un pueblo, los consti- 
tuyentes argentinos determinan : "la Asamblea 
general ordena que la extracción de harinas y 
granos fuera del país, sea absolutamente libre 
de todo derecho y que en ningún caso pueda re- 
caer la menor prohibición en su extracción sino 
cuando se trate de exportarles a paises enemi- 
gos" (I). 

El decreto este, si se considera la hora y las 
circunstancias en que fué dictado, es verdade- 
ramente trascendental. Los argentinos del ciclo 
heroico mantienen con firmeza el propósito de 
la revolución. Este no es otro, como ellos lo 
declaran, "que el de formar un pueblo de her- 



(i) El Redactor de la Asamblea, núm. 5. 



NUESTRO NACIONALISMO 115 

manos y amigos que vengando a la humanidad 
ultrajada ofrezca un asilo inviolable a todos los 
que reclaman sus derechos, sea cual fuere su 
origen o causal destino" (i). 

El gobierno unitario de Rivadavia no se des- 
atendió de esta prosperidad nacional, y adelan- 
tándose a su siglo, el gran estadista ideó y re- 
glamentó el sistema de la enfiteusis. 

Hacer rico al Estado con la no enagenación 
de la tierra y acrecentar la fortuna privada con 
el producto industrial que de la explotación de 
esta tierra puede hacer surgir la inteligencia y 
el brazo del hombre, he ahí, en síntesis, las ideas 
madres de este sistema que no dejó prosperar 
la mano draconiana de la tiranía. 

Los que. después de Caseros, crearon un:: 
Constitución, no se apartaron en modo algunr 
de esta norma. 



(i) El Redactor de la Asamblea, pág. i8. 



116 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Ellos no son simplemente dispensadores de li- 
bertades políticas ; ellos dan la prueba de ser 
algo más, y al romper cadenas que nos emanci- 
pan de tutela jes medioevales, fincan sus espe- 
ranzas en la armonía de las fuerzas cívicas y 
económicas. 

Con la franquicia de nuestros puertos, con la 
libertad de nuestros ríos, y con el derecho de 
hacer suya la tierra que es nuestra y germina 
generosa al amparo de nuestra soberanía, la 
Constitución argentina acuerda al extranjero los 
alicientes más nobles para el trabajo. 

Ningún régimen de excepción deprimente 
para la dignidad o para el honor afecta al ex- 
tranjero. El goza de todas las libertades del ciu- 
dadano, y nada en la ley acusa el propósito de 
oponerle obstáculos. Los constituyentes de 1853 
se revelan a la altura de los imperativos más 
trascendentales de la civilización. Justicia y so- 



NUESTRO NACIONALISMO 117 

lidaridad, he ahí las bases sobre las cuales ellos 
apoyan nuestro nacionalismo. 

Dadas estas características, nuestra democra- 
cia no tuvo que vencer mayores obstáculos para 
convertirse en centro magnético y atraer hacia 
sí a la Europa del pensamiento, de la libertad y 
del trabajo. El fenómeno que se produjo en los 
Estados Unidos, apenas las colonias inglesas se 
emanciparon del tutela je insular, se reprodujo 
en las Provincias Argentinas apenas éstas se ci- 
mentaron en su equilibrio social, y por el verbo 
del estadista que más colaboró didácticamente 
en la obra de nuestros constituyentes, se lanzó 
a los cuatro vientos este apotegma que sintetiza 
toda nuestra política inmigratoria : en América, 
gobernar es poblar (i). 



(i) "Gobernar es poblar, explica el mismo Al- 
di, en el sentido que poblar es educar, mejorar, ci- 
vilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápi- 
damente como ha sucedido en los Estados Unidos" 

Interpretan torcidamente el pensamiento del esta- 



118 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Sería ir contra la verdad que late en la his- 
toria desconocer todo el bien que nos trajo con 
su acercamiento el progreso europeo. Rotas las 
barreras que el espíritu colonial había levanta- 
do contra la inmigración, nuestros desiertos co- 
menzaron a cambiar de faz. Con la inmigración 
nos vino una noción más sólida y más moderna 
del progreso agrario y de la economía política 
en que se basa la grandeza material de los pue- 
blos. A la inercia de nuestros paisanos pudimos 



dista los que creen o pretenden creer que para Al- 
berdi todo se redujo a un factor cuantitativo. Como 
se ve por su propio comentario, la calidad es factor 
condicional para hacer de la cantidad un elemento 
de cultura. 

La influencia rusoniana, por otra parte, deja trans- 
parentar sus huellas en la doctrina del estadista ar- 
gentino. Leamos este párrafo para ver cómo la in- 
fluencia del filósofo de Ginebra sobre Alberdi es evi- 
dente : "Le gouvernement sous lequel sans moyens 
étrangers, sans naturalization, sans colonies, les ci- 
toyens, peuplent et multiplient davantage est infailli- 
blement le meilleur". Du "Contrat Social", livre 3. 
diap. 9. 



NUIÍSTRO NACIONALISMO 119 

oponer como ejemplo la actividad y el celo del 
inmigrante; y cuando el ferrocarril estuvo a 
nuestro alcance y el telégrafo bajo nuestros do- 
minios, del pueblo que hasta ayer no había sido 
otra cosa que un conglomerado social, sano pero 
sin acicates para sus energías, hicimos una col- 
mena, una fragua, de cuya fuerza ígnea ha sur- 
gido lo que podemos llamar el tipo argentino. 

A la hora actual los nacidos en el Plata po- 
demos hablar de una personalidad que histórica 
y socialmente nos caracteriza. Esta personali- 
dad se desenvuelve entre dos influencias : trans- 
formación y asimilación. 

Es el nuestro un organismo étnico que crece 
vertiginosamente y cuya ley de crecimiento se 
produce porque a las energías que le son pro- 
pias, él une las que le brinda, con su concurso 
de procreación humana y de trabajo solidario, 
el extranjero. 

Creer que somos lo que somos, simplemente 



120 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

porque somos argentinos, sería desconocer los 
valores que determinan nuestro progreso y pri- 
var de trascendencia humana al patrimonio de 
Mayo. 

Patria y humanidad son dos nociones que se 
complementan cuando no se les circunscribe en 
el círculo de una concepción estrecha y egoísta. 
Para el progreso, la humanidad es el fin, y la 
patria es el punto de partida. Un socialismo que 
pasa su tiempo razonando en torno de lo univer- 
sal y de lo abstracto, contrarresta la civilización, 
porque la retarda en su marcha. 

La civilización no se produce sino cuando el 
corazón se arraiga y el hombre encuentra en la 
faena el aliciente que lo determina. Cuando el 
hombre se siente señor de la tierra que pisa, 
cuando él sabe que la justicia lo ampara, que el 
derecho es su garantía y que la ley no permite 
que el extraño le usurpe aquello que él ha co- 
sechado o engrandecido con el fruto de su tra- 



NUESTRO NACIONALISMO 121 

bajo, él es feliz y él realiza sin violencia y pa- 
trióticamente un ideal de suprema civilización. 
Los que amamos el suelo porque en él nacimos 
y en él se desplegaron a la vida nuestras ener- 
gias, no podemos sustraernos a este dictado con- 
solador del nacionalismo. Teniendo patria sabe- 
mos que tenemos un solar, una constitución, 
una bandera. El solar nos ata a la tierra, la 
constitución a la ley, la bandera a la libertad. 
Un nacionalismo de tal especie, ¿en qué puede 
estar en pugna con la civilización? Hay sin duda 
un argumento, y helo aquí : 

El nacionalismo, se dice, se apoya más que 
en ninguna otra fuerza en el militarismo, y el 
militarismo es, por su naturaleza, brutal y des- 
pótico. 

Las glorias que él persigue dañan, por otra 
parte, a la humanidad, porque en lugar de pro- 
vocar la armonía fomenta y mantiene la rivali- 
dad entre los pueblos. Rompamos las fronteras, 



122 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

suprimamos las armas, y la solidaridad humana 
será una verdad y no un mito. 

Pero los que así razonan no estudian el mal 
en su origen. Es cierto que hay un militarismo 
que es brutal, pero hay otro que no lo es. Ha- 
cer del ciudadano un soldado puede ser un de- 
lito como puede ser un deber. ¿Dentro íe qué 
términos se encuentra el militarismo de nuestra 
Constitución? Nuestra carta fundamental lo 
define cuando ella prescribe que todo ciudada- 
no tiene el deber de armarse en defensa de la 
patria y de la Constitución. No es entonces el 
nuestro un militarismo de conquista o de tira- 
nía. El argentino es soldado — y al decir solda- 
do quiero decir combatiente — sólo cuando la pa- 
tria peligra o fuerzas extrañas atacan su ho- 
nor y sus instituciones. 

Nuestros constituyentes estaban muy lejos 
de la concepción teutónica de la fuerza. Pelear 
para defenderse, no es pelear para conquistar 



NUESTRO NACIONALISMO 123 

ni para esclavizar. Desde Mayo hasta la hora 
presente, nuestra tradición militar no es otra. 
En el orden de nuestras relaciones internaciona- 
les hemos sellado dos alianzas y las dos tuvieron 
por objetivo la libertad de los pueblos. Con la 
primera hemos cooperado a la independencia de 
Chile y del Perú, y con la segunda dimos fin al 
autocratismo que mantenía en el aislamiento y en 
la servidumbre al noble y valiente pueblo para- 
guayo. 

Cuando evocamos nuestra guerra de la inde- 
pendencia es porque ella constituye para nos- 
otros nuestra gran epopeya. La guerra misma 
con el Brasil — y no con el Brasil de la Repúbli- 
ca, sino con el Brasil del imperio — no es sino 
un recuerdo que nos dignifica y que nos honra. 
Los veteranos de Alvear como los marinos de 
Brown no se batieron los unos en el Juncal y 
los otros en Ituzaingó por causa efímera. Se 
fué a la guerra en aquel entonces para salvar 



124 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

de una mutilación a la soberanía y no negarle 
un concurso eficaz a los hijos de una provincia 
que en el congreso de la Florida había declarado 
a su patria parte integrante de la patria argen- 
tina. 

Yo no entiendo que el culto a estos recuerdos 
y a los capitanes que, como San Martín, Belgra- 
no y otros muchos, no desenvainaron la espada 
sino para crear la patria y emancipar la Améri- 
ca, importe un peligro para la solidaridad de las 
razas y para el progreso y el bienestar común 
que la humanidad persigue. 

No.se honra ahí. en esa cruzada épica a la 
fuerza porque es la fuerza. Lo que se evoca y 
se venera, en los que del valor y la ciencia militar 
hicieron un proselitismo, es lo que en ellos hay 
de justo, de noble y de humanitario. El gesto 
épico se impone como seductor precisamente, 
porque él responde a imperativos del corazón. 
No hav heroísmo donde hav delito, ni virtu'l 



NUESTRO NACIONALISMO 125 

guerrera donde el bien no es el objetivo que las 
armas tienen por delante. 

En la democracia el cuartel carece de sentido, 
si la enseñanza que en él se dicta no se armoniza 
con los dictados de la civilización. Enseñar a 
ser héroe, no constituye ningún peligro siempre 
que en esta escuela de heroísmo la disciplina 
esté al servicio de lo justo, y no se convierta el 
coraje en petulancia del carácter sino en auxi- 
liar ordenado y consciente del civismo. 

El coraje no debe anteponerse a la razón ja- 
más . Debe acompañarla, seguirla en sus dicta - 
dos, y traducirse en virtud siempre que así lo 
pida el interés común. 

Un nacionalismo de esta naturaleza no es un 
peligro de desorden en la vida continental. El 
nacionalismo argentino debe armarse no para 
agredir, sino para vivir y crecer en vigor. La 
salud del cuerpo es la salud del espíritu. Lo que 
pasa en tal sentido en el individuo, pasa tam- 



126 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

bien en la colectividad, y de ahí la razón de ser 
del nacionalismo militar o armado. 

¿Es esto predicar la guerra o estimularla con 
peligrosos incentivos? Nó, si la guerra se pue- 
de evitar, evitémosla. Cuando esto no se pue- 
da, porque los elementos y causas que la prepa- 
ran son más fuertes que la razón y que la 
ternura del hombre, aceptemos esta fatalidad; 
pero sin olvidarnos que sólo hay una guerra que 
es justa y que no es otra que aquella que, como 
decía Alberdi, tiene por objeto el castigo del 
crimen que encierra la guerra criminal. 

El nacionalismo argentino tiene, pues, la pau- 
ta para saber cuándo y cómo sus armas deben ir 
a la acción. La guerra debe ser el último de los 
recursos, si es que no resta otro después de ha- 
ber pedido a la inteligencia y a la ponderación 
humana las luces que ellas pueden otorgamos 
para allanar los conflictos. Sólo entonces lo trá- 
gico resulta patriótico, y en una democracia co- 



NUESTRO NACIONALISMO 127 

mo la nuestra la inmolación colectiva es la honra 
de todos. Pero no nos olvidemos : no la guerra, 
sino la paz, es la condición fundamental de la 
prosperidad. Tratemos de convertirnos en cam- 
peones de esta noble idea y hagamos jurispru- 
dencia pacífica como la hizo Sarmiento ante el 
enemigo vencido, como la hizo Drago en horas 
angustiosas para Venezuela, y como la hizo 
Sáenz Peña para hacer desaparecer equívocos 
entre el Amazonas y el Plata. Hagamos la gue- 
rra por la fraternidad, y habremos de este modo 
sembrado el bien y asegurado por los siglos de 
los siglos la concordia de un mundo. 

La República Argentina es poseedora en tal 
sentido de una tradición que la prestigia gran- 
demente por su cordura política. 

Los pactos con Chile evidencian en sumo gra- 
do esta tendencia y esta voluntad pacifista de 
nuestra cancillería. Ellos nos llevaron a la con- 



128 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

cordia argentino-chilena y alejaron por un futuro 
sin término el peligro de conflictos sangrientos. 

Y remontándonos a los anales del tiempo, 
¿qué es lo que encontramos apenas Mitre sube 
a la presidencia de la República y sus ojos de 
estadista se ven en la precisión de tornarse ha- 
cia el Pacífico? Lo que se ve en aquel momento 
crítico para la paz y la estabilidad sudamericana 
es un gran mandatario que, en lugar de prestar- 
se a combinaciones anfictiónicas que tenían por 
objeto hacer con las repúblicas sudamericanas un 
bloc de estados opositores a España y a la monar- 
quía, supo pilotear con rara prudencia la nave del 
estado, contribuyendo así al fracaso de planes 
que, hijos de un americanismo sincero, pero peli- 
groso, con su ejecución hubieran mermado la 
dignidad y la ecuanimidad de la política conti- 
nental. 

Fué entonces cuando el vencedor de Pavón 
tomó la pluma y en documentos que han pasado 



NUKSTRO NACIONALISMO 129 



ya a la posteridad, dijo a Sarmiento, nuestro 
representante diplomático en el Perú ( i ) : 

"Pretender inventar un derecho público de la 
América contra la Europa, de la República con- 
tra la monarquía, es un verdadero absurdo que 
nos pone fuera de las condiciones normales del 
derecho y aún de la razón. En efecto, si una 
república americana tiene cuestión con una nación 
europea o con una monarquía, no puede adop- 
tarse como regla invariable de derecho, según lo 
pretenden los americanistas, que la república 
americana ha de tener precisamente razón y que 
la América entera está obligada a armarse en su 
favor y hacer lo que ella no hace o no sabe hacer ; 



(i) Paul Groussac comentando este acontecimiento, 
dice: "El general ^íitre, por otra parte tan inferior 
a Sarmiento en la espontaneidad robusta del pensa- 
miento y del estilo, aparece incomparablemente supe- 
rior por la amplitud de las vistas políticas y el exacto 
conocimiento de la sociología americana. {La Bibliote- 
ca., vol. I, pág. 269). 



130 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



y sin embargo, esto es lo que se sostiene por 
muchos como buena política. Todo esto nace 
de que no nos colocamos en la atmósfera sana 
del derecho, que no partimos de la noción clara 
y evidente de que las repúblicas americanas son 
naciones soberanas e independientes como la Ru- 
sia, la Turquía y los Estados Unidos ; que, como 
tales, pueden tratar sus negocios según mejor 
les convenga o les dé la gana con tal de que no 
dañe el derecho ajeno; que para el efecto deben 
sujetarse a las reglas del derecho que ha esta- 
blecido el consenso general ; que las alianzas no 
pueden nacer de pactos teóricos ajustados pre- 
viamente y para todos los casos y todos los tiem- 
pos, sino para aquellas cosas en que haya un 
interés y un peligro común, y en que la opinión 
pública y los recursos o estado de una nación 
le permitan entrar en alianzas ; y por último, 
que en las relaciones internacionales no hay sino 
dos modos de ser : o estar en paz, o estar en 



NUESTRO NACIONALISMO 131 

guerra, y un tercer estado intermediario que mo- 
difica hasta cierto punto el estado de paz, es 
decir, ser neutro entre dos naciones amigas que 
están en guerra.'' 

Pero al reclamar para cada soberanía sud 
americana el libre ejercicio inherente a esta so- 
beranía. Mitre no se desolidarizaba de la crisis 
peruana- Si la nación argentina, según su len- 
guaje, no se encontraba en aquel entonces en 
condiciones "de enviarles a los peruanos un nue- 
vo San Martín y un nuevo ejército de los Andes" 
no estaba ajena en su espíritu a los buenos ofi- 
cios que ella podía prestarles para la solución del 
confUcto. "En esta situación, decía él, yo tengo 
la conciencia de consultar los intereses argenti- 
nos y la opinión de todo el país no comprome- 
tiendo a la República Argentina más allá de lo 
recional, de lo posible, sin que por esto perma- 
nezca indiferente a la desgracia de una repú- 
blica hermana, ni deje de trabajar para promo- 



132 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

ver un arreglo entre el Perú y la España, que es 
lo más conveniente y decoroso para todos ; y 
ofreciendo en tal concepto nuestros buenos ofi- 
cios diplomáticos, prescindiendo de intrigas, de 
embrollas, de combinaciones peregrinas, que en 
definitiva no pueden dar otro resultado que des- 
considerarnos ante el mundo." 

El papel del estadista, como se ve, está per- 
fectamente trazado. Solidarizarse en x^mérica pa- 
ra lo justo, para lo ecuánime, pero nunca para lo 
sistemático si la justicia no es la razón que lo ins- 
pira. 

"Nuestra pobre América, agrega ]\íitre, a pesar 
de todo se ha de salvar no obstante los lúgubres 
pronósticos, precisamente por la virilidad de las 
nacionalidades que se pretende enervar por medio 
de esa falsa politica americanista que está muy le- 
jos de ser americana ; política que no responde a 
ninguna idea nacional preconcebida ni a ningún in- 
terés real, pues, por un lado, parte de la base de 



NUlvSTRO NACIÓ xVALISMO 133 

la pretendida hermandad sudamericana que quie- 
re restringir la esfera de las soberanías na- 
cionales, haciendo americanas todas las cuestio- 
nes con Europa o con los vecinos, lo que es orga- 
nizar la guerra en permanencia ; y por otro lado, 
pretende inmovilizar a la América, no dejándole 
libertad para que corrija lo mal hecho, se concre- 
ten o se desagreguen partes mal criadas dejándo- 
les expansión y movimiento para desarrollar- 
se" (I). 



(i) Véase La Biblioteca, tomo I, pág. 268 y si- 
guientes. 



134 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



XI 



Pero el acercamiento con la Europa no puedo 
ni debe separarnos de las bases fundamentales de 
nuestra civilización. Los males del viejo mundo 
no deben localizarse entre nosotros, porque entre 
aquel ambiente y el nuestro hay diferencias fun- 
damentales. 

Si allá, en la Europa convulsionada por la gue- 
rra y por los antecedentes históricos que la pre- 
pararon, hay luchas de razas, aquí estos antago- 
nismos no existen. En ninguna parte como en el 
pueblo argentino la doctrina de la igualdad social 
se ha fundamentado más hondo. No sólo ha des- 
aparecido el privilegio nobiliario sino que en nues- 
tra marcha, cada vez más ascendente hacia el 
bienestar común, el triunfo ha colocado sus lau- 



NUESTRO NACIONALISMO 135 

relés en la mayoría de los casos, no sobre la frente 
del mimado por la aristocracia, sino sobre la del 
afortunado en el trabajo. Los enriquecidos así, es 
decir, los enriquecidos con el esfuerzo de sus 
músculos y con el sudor de su frente, forman le- 
gión. Ellos han escalado todas las jerarquías so- 
ciales, todos los ritmos de la política, y el que hoy 
es obrero en una fábrica o peón trillador en la 
campaña fecunda, tiene delante de sí la perspec- 
tiva alentadora de llegar algún día a ocupar la 
presidencia de la República. 

El socialismo altera su naturaleza si quiere 
presentarse en el campo de nuestras reivindica- 
ciones sociales reflejando en un todo y servil- 
mente el programa del socialismo europeo. Si 
en Europa el crecimiento humano puede exigir 
el debate de grandes problemas, como el de la 
propiedad, por ejemplo, entre nosotros esto es 
improcedente y prematuro. Tenemos tres millo- 
nes de kilómetros cuadrados, y apenas si diez mi- 



136 JOSÉ PACÍfICO OTERO 

llenes de seres viven y crecen entre los confines 
de heredad tan vasta. Ninguno que trabaje está 
privado del derecho de poseer la tierra, si tal lo 
quiere. Día por día los propietarios urbanos y ru- 
rales se multiplican en forma asombrosa- Comu- 
nismo o bolshevikismo son términos que no tie- 
nen cabida en el léxico argentino. Respetamos la 
propiedad privada, porque es ella una tradición 
en nuestra ciencia jurídica y porque ella ha fun- 
damentado y fundamentará en el futuro nuestro 
bienestar económico. El tesoro argentino, que ya 
no sólo es argentino, porque sus beneficios cir- 
culan, entre las ramas todas de la familia univer- 
sal, es fruto del individualismo. 

La tierra es de todos para el trabajo; pero la 
propiedad que la sella sólo pertenece al que la ha 
hecho suya con su sudor y con la energía de sus 
esfuerzos. El puede gozarla en sí mismo o en 
aquellos que prolongan o perpetúan en el tiempo 
su vida, su acción y su sangre. 



NUESTRO NACIONALISMO 137 

Las utopías comunistas, que suprimen la pro- 
piedad privada y cjuieren hacer de nuestro huma- 
no vivir un vivir conventual, no rezan con el na- 
cionalismo argentino cuya jurisprudencia es tan 
sólida como el derecho mismo en el cual se funda 
este nacionalismo. La tiranía del proletariado fra- 
casará entre nosotros, porque más fuerte que ella 
es la razón, la raza y el buen sentido. Que el bol- 
shevikismo se extienda por las estepas rusas, si él 
lo quiere. Alisión es de las clases conservadoras 
del viejo mundo transigir con él o reducirlo a la 
impotencia, si e! equilibrio europeo así lo pide. 
Entre nosotros hacer lo que se hace allá es ab- 
surdo, porque es exótico. El hombre que sepa 
vivir y que sepa ahorrar puede llegar entre nos- 
otros a ser propietario o a ser patrón. El asalto 
a la propiedad ajena, el pillaje y el saqueo a la 
heredad vecina, le están vedados. Para llegar a la 
felicidad que él codicia, tiene otras rutas y son 
otros, como acabamos de verlo, los caminos. 



138 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Dadme vuestro sudor, parece decirnos esta tie- 
rra del Plata y yo os daré mi fecundidad. Poblad- 
me, llenadme de gente, cuya bondad corresponda 
a la fertilidad de mis senos, y yo os daré esa feli- 
cidad, que no os dan los partidos ni los sindicatos 
que muchas veces la civilización repudia. 

Pero esto no excluye el que nuestra masa de- 
mocrática proyecte mejoras y que estas se hagan 
por caminos legales y pacíficos. La violencia no 
soluciona conflictos ni la fuerza ácrata responde 
a la majestad de los pueblos. La Nación Argen- 
tina tiene la suya, y ella pide que se le respete, 
porque en su clámide, que es bien purpúrea, hay 
sangre de mártires- Su pabellón, que excluye lo 
rojo, dice bien alto lo que ella persigue: es la di- 
cha suya y la dicha del mundo, fundamentadas las 
dos en la justicia, en la tradición y en el derecho. 



iNUIÍSTRO NACIONALISMO 139 



XÍI 



La patria, que guarda el secreto de elevar los 
espíritus a tan altas como sublimes enseñanzas, 
guarda y fomenta otros alicientes que reportan 
ventajas incalculables para la civilización. 

Aparte de que ella es una inspiradora de mo- 
ral, ella imprime modalidades a la inteligencia. 
El pensador y el artista, sin flotar en otros ho- 
rizontes que los propios, encuentran en ella ese 
algo divino que brinda arcanos al sabio, luces, co- 
lores y armonías a los que, por ley o por instin- 
to, aman el goce de lo estético. 

Hace un siglo el nombre argentino no era nada, 
y en el día de hoy ya son legión los que, obede- 
ciendo al acicate de la nacionalidad, se han entre- 



140 JOSÉ PACÍFICO OTÜRO 

gado con prestigio para este nombre a las faenas 
del pensamiento. 

Sobre el sabio ha predominado sin duda el lu- 
chador : el hombre que, como Sarmiento, Avella- 
neda o Mitre, piensa y trabaja; pero en lugar de 
perjudicarnos, esta característica de nuestro me- 
dio intelectual nos han reportado un cúmulo de 
bondades. 

La abstracción intelectual es un don sin duda; 
pero no el que los pueblos en hora de formación 
y crecimiento necesitan para desarrollar sus vir- 
tudes. Para esto hace falta que el hombre sea po- 
lítico, que sea parlamentario, que sea sociólogo, y 
hasta, si es posible, que sea poeta a la vez. Si la 
masa popular se resiste al filósofo, ella no se re- 
siste a la voluntad imperativa del hombre que, 
sin agraviarla, toma sus riendas y la encauza por 
el buen camino. En ninguna de las etapas que for- 
man nuestra historia han faltado esos cerebros 
conductores del pensamiento argentino. En la ho- 



NUESTRO NACIONALISMO 141 



ra del ciclo heroico ellos se denominaron More- 
no, Gorriti, Funes, Rivadavia, Aíonteagudo y ti- 
tilan en aquel lejano horizonte como lumbres que 
esclarecen un caos. Sobre la colonia emancipada 
son ellos los que hacen resonar los ecos de ver- 
bos nuevos y de adjetivos nuevos, que no son los 
viejos y deprimentes de la conquista. La poesía 
que surge en aquel entonces no es una poesía de 
gracia pastoril, pero es una poesía que encierra 
una gracia. Clarines, laureles, trofeos, he ahí los 
elementos en que se inspiran nuestros bardos, can- 
tores apasionados de nuestra nacionalidad (i ). 



(i) "La condición superior de la poesía argentina de 
aquel tiempo está en que ninguna otra sostuvo en 
América un comentario lírico tan asiduo y constante 
de la acción revolucionaria, con sus encendimientos y 
desmayos, con sus triunfos y derrotas desde el himno 
de 1813 hasta los cantos de Várela, de Lafinur y de 
Luca. Aquella poesía, que hoy sentimos tan poco y 
consideramos tan artificial y fría, en su tiempo fué 
verbo palpitante, fué sugestión eficaz. El propio cla- 
sicismo solemne de sus formas no era sólo un ama- 
neramiento retórico. El se relacionaba con las inspi- 



142 JOSÉ PACÍI^ICO OTERO 

El largo período que se extiende desde la di- 
solución de nuestra nacionalidad hasta que Case- 
ros derriba al tirano y permite a la patria pensar 
en más venturoso destino, es el periodo de la ar- 
gentinidad literaria por excelencia. Los elemen- 
tos de nuestra cultura están dispersos pero no es- 
tán inactivos. En Chile, como en Bolivia, en Mon- 
tevideo como en Rio de Janeiro, los argentinos 
del ostracismo no piensan ni escriben sino tenien- 
do por objetivo la libertad y la prosperidad de 
su patria. Se la ama entrañablemente, y por eso se 
la llora y se la canta. De guerrera que fué en el 
ciclo de la emancipación, nuestra poesía pasa a ser 
romántica y nacionalista. Al mismo tiempo que se 
maldice al tirano, y los alejandrinos de Mármol 
resuenan en el Plata como trueno bíblico, del lado 



raciones más internas del genio de la revolución ame- 
ricana, modelada como la francesa en la evocación de 
los nombres del civismo antiguo". José Enrique Rodó, 
El Mirador de Próspero, pág. Ii8. 



NUESTRO NACIONALISMO 143 



del desierto y en aras del pampero, llegan hasta 
los dinteles de Buenos Aires, ciudad cautiva, las 
armonías de un bardo nuevo. 

Con las estrofas de su poema La Cautiz'a, Eche- 
verria se prepara para el asalto épico que impone 
la libertad. El símbolo que encubre esta virtud 
no es exótico. Esta vez es la patria misma el que 
lo proporciona, y de ese desierto solitario y ver- 
de, pampa que cubre lo inmenso como el éter 
cubre lo infinito, surge el plañidero lamento de 
la epopeya. 

Pero en este esfuerzo literario para rasgar ve- 
los, crear luces y proyectar horizontes, nada hay 
que supere o iguale al Facundo. El libro es in- 
mortal, no sólo por las bellezas literarias que lo 
adornan, sino, y principalmente, por su contextu- 
ra interior. Para llegar a la culminación de nues- 
tros votos no basta decir : La tiranía es mala, su 
obra nefasta, y delito contra la patria el dejar 
que sus seides se perpetúen. Hacía falta descubrir 



144 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



las raíces del mal, desnudar al monstruo, expli- 
car el por qué de su encumbramiento, y esto lo hi- 
zo el autor de Facundo, vaciando en moldes de 
perdurable belleza los elementos que para tal pro- 
ceso podían proporcionarle el suelo, la sociología 
y la raza. Por esta, y no por otra razón, Facundo 
es historia y es mito. A la historia le pide lo que 
tiene de verdad, y al mito lo que tiene de símbo- 
lo. El sabe que a la Nación Argentina le esperan 
días mejores; pero al verla desierta, sin parla- 
mento, sin libertades, con la mazorca que la des- 
honra por un lado y con el fanatismo y la igno- 
rancia que la vilipendian por otro, habiendo sido 
ella la autora de la libertad y la onda democrá- 
tica más intensa en la convulsión de todo un con- 
tinente^ se siente con energías para descifrar el 
enigma, y cual si fuera un profeta, se entrega a 
soliloquios que luego traduce en verbos y en mag- 
níficas parábolas. "Si el tirano ha encontrado, di- 
ce él, millares de seres degradados que se unzan 



NUESTRO NACIONALISMO 145 



a SU carro para arrastrarlo por encima de cadáve- 
res, también se hallan a millares las almas gene- 
rosas que en quince años de lid sangrienta no han 
desesperado de vencer al monstruo que les pro- 
pone el enigma de la organización política de la 
República, ün día vendrá al fin que lo resuelva, 
y la esfinge argentina, mitad mujer por lo cobar- 
de, mitad tigre por lo sanguinaria, morirá a sus 
plantas dando a la Tebas del Plata el rango ele- 
vado que le toca entre las naciones del mun- 
do" (I). 



(i) "La clave de la Revolución americana y de la 
tiranía de Rosas tuvo allí — en Facundo — sino su 
manifestación puntualizada y analítica, intuición ori- 
ginal que la iluminó de una vez y dejó diseñada pero 
indeleble, la imagen que luego podría completarse y 
retornarse por los esfuerzos de la investigación y ra- 
ciocionio. Nadie sino Sarmiento estaba llamado a aque- 
lla obra de adivinación más que de estudio entre los 
hombres de su generación, porque ninguno como él 
tuvo el pensamiento iluminado, profetice, la audacia 
que procede con ignorancia de la duda. Nadie tam- 
poco pudo revestirlo así de la forma potente y origi- 



146 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Felizmente el derrumbe de la esfinge macabra 
no tardó en llegar, y Caseros brilló en tierra ar- 
gentina con los esplendores de un sol de Mayo- A 
partir de ese momento la patria soñó otros rum- 
bos y aplicó su potencia auditiva a otros impera- 
tivos- Sus hombres se dieron cuenta de que un 
paréntesis se imponía a lo artístico como a lo pan- 
fletarío. y con el fin de colaborar a la pronta res- 



nal que a ella cuadraba, porque en América, ninguno 
de los prosistas de su tiempo poseyó tanto como él 
la soberanía del color, de la energía dramática y de 
la crudeza verbal ; ninguno en tan alto grado el don 
de concordar las palabras con la vida según la fór- 
mula de Séneca y convertir cada imagen de las cosas 
en palpitante encarnación de la verdad". Este juicio 
de Rodó complementa y justifica su tesis de que la 
poesía pintoresca y la filosofía de la historia, en lo 
que se refiere a esta parte de América, "no nació de 
la reflexiva preparación del Libro que se acrisola y 
se depura en el recogimiento del pensamiento y del 
artista sino de genial inspiración". "Nació en una pa- 
labra, dice él, del Facundo, libro para el que no había 
precedentes en lengua castellana, ni como cuadro de 
historia pintoresca, ni como ensayo de filosofía so- 
cial". El Mirador de Próspero, pág. 581. 



NUESTRO NACIONALISMO 147 

tauración de un régimen que la tiranía había per- 
vertido, se entregaron de lleno a la labor de lo 
jurídico. 

Las Bases de x-\lberdi no responden sino a esta 
ley de nuestra restauración. El libro éste nos va :í 
revelar, más que los orígenes del mal. los princi- 
pios del bien. El nos va a decir: la vida argentina 
está aquí ; éstas y no otras son sus leyes. No bus- 
quemos lo imitativo sino lo original. Es el equi- 
librio de nuestras fuerzas y no el extraño el que 
nos hará felices. El progreso social lo mismo que 
el progreso político está en nosotros, porque en 
nosotros están las leyes que nos determinan al 
pensamiento y a la acción. 

"La nueva política, dice Alberdi, debe tender a 
glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer 
el trabajo, a rodear de honor las empresas de co- 
lonización, de navegación y de industria, a re- 
emplazar en las costumbres del pueblo como estí- 
mulo moral, la vanagloria militar por el honor 



148 JOSÉ PACÍfICO OTERO 

del trabajo; el entusiasmo guerrero por el entu- 
siasmo industrial ; el patriotismo belicoso por el 
patriotismo de las empresas industriales que cam- 
bian la faz estéril de nuestros desiertos en luga- 
res poblados y animados" (i). 

Esta manera de encarar lo épico por parte del 
autor de las Bases no afecta en modo alguno a los 
relieves clásicos del nacionalismo. El habla en 
una hora y en un momento en que se antepuso lo 
militar a lo democrático. Era justo entonces que 
él dijera: "Ha pasado la época de los héroes; en- 
tramos hoy en la edad del buen sentido." 

Pero no nos olvidemos, a fin de que nuestro 
juicio no sufra un extravío, que el héroe no es ni 
peligroso ni inmoral. En la exaltitud de su gesto 
hay una virtud, y es precisamente por esta virtud 
que se traduce en civismo o en santidad según 
sea la patria o el infinito el que lo inspira, que él 



(i) Las Bases, pág. 187. 



NUESTRO NACIONALISMO 140 

vive y su nombre se perpetúa. Por eso vivirá un 
vSan Martín como vive un Washington. Héroes 
de esta estirpe no pasan de época, y sin mengua 
de su prestigio, perduran para bien de los pue- 
blos en la plenitud de su gloria. 

La mentalidad en torno de la cual nació y cre- 
ció nuestro nacionalismo es un venero sin fin. 
Las actividades del espíritu tienen delante de si 
un mundo- Ese mundo es un bloque territorial de 
tres millones de kilómetros cuadrados, lleno de 
aluviones humanos que acrecientan su fuerza ét- 
nica y con tesoros ocultos que, una vez explota- 
dos en su totalidad, harán de la Argentina una 
de las primeras naciones del planeta. Es aquí, en 
este nuevo mundo, sin prejuicios y sin herencias 
de odios ancestrales, que los sabios imitadores de 
Ameghino podrán perforar la tierra, escudriñar 
sus entrañas, traer a la luz del día sus fósiles, y 
decirnos cómo y desde cuándo el hombre es ha- 
bitante milenario en esta parte del continente. Con 



150 TOSK PACÍFICO OTIÍKO 



el estudio de nuestro cielo, de nuestros mares y 
de nuestros ríos, llegaremos a saber qué astros 
nos prodigan su luz desde lo alto del firmamento. 
y qué seres y qué dones viven para recreamos en 
los lechos fluviales y atlánticos. A la ciencia com- 
pleta de nuestra flora y de nuestra fauna se agre- 
gará la ciencia de nuestros metales, y asi las ge- 
neraciones del porvenir podrán tener a su alcance 
encantos para todos sus gustos, elementos para 
todos sus deleites, bases en que apoyarse para 
coronar con éxito todas las empresas. Si el hom- 
bre de negocios se contentará con la parte utili- 
taria, el poeta, es decir el hombre de lo estético, 
extraerá a esas cosas lo bello, para unirlo a lo 
bueno, y completar de este modo la fórmula hu- 
mana del progreso. 

Por fuerza de las cosas la lengua misma en cu- 
yos términos buscan forma de expresión las ideas, 
será más opulenta y más rica. En la naturaleza de 
las cosas que surgirán al conjuro del trabajo y 



NUESTRO NACIONALISMO 151 



del genio, el verbo argentino encontrará ritmos 
para la poesía, valores para la ciencia y cánones 
para el arte. 

En un porvenir, que yo no creo lejano, la pa- 
tria argentina tendrá su Homero. El poema de 
nuestra civilización no está escrito ni puede es- 
tarlo aún. Todo lo épico que pueda ser un Martín 
Fierro no es, como poesia, sino la poesia de un ci- 
clo limitado en el teatro y los héroes. 

Lo gauchesco es tesoro estético en nuestra cul- 
tura social ; pero, dada la amplitud y la profun- 
didad espiritual de la patria, es necesario que lo 
épico — hablo de lo épico de nuestra argentinidad 
— se remonte a lo heroico, pase por lo trágico y 
cumine en la placidez democrática. 

Los elementos de tal poema no los darán tan 
sólo la llanura y el gaucho. El se compondrá de 
eso y de todo aquello que sea argentino por la 
naturaleza, por la intención y por el esfuerzo. 



152 JOSÉ PACÍT^ICO OTERO 

Emancipación, organización, trabajo, riqueza, 
modalidad de raza, fuentes y relieves de cultura, 
he ahi todo lo que contendrá en su esencia el 
poema futuro. 

Para cantar nuestra estética social, el bardo 
no se contentará con el alero del rancho. En gira 
de trovador ambulante, él irá de pago en pago y 
de tapera en tapera, recogiendo verbos y salmo- 
diando armonías. Montaña, llanura, río, cascada, 
todo entrará en la música de sus versos. El balido 
de la oveja, como el mugido del buey, el galope 
del caballo, como el vuelo del cóndor, la montaña 
que nos da minerales como la pampa que germi- 
na en trigos y frutos, he ahi unos de los múlti- 
ples motivos al conjuro de los cuales lanzará sus 
épicas clarinadas esa poesía que ensayó sus vue- 
los de musa ágil y fecunda en lo marcial de Lu- 
cas, en lo lírico de Andrade y en lo gauchesco 
de Hernández. 



NUESTRO NACIONALISMO 153 

Ella será la hija de nuestro nacionalismo, por- 
que al traducirse en verbos de argentinidad gra- 
matical y estética, dirá lo que en su naturaleza 
es la patria que se ama y la tierra que se bendice. 



154 JOSÉ PACÍFICO OTERO 



XÍII 

Una patria no existe si no hay un organismo 
que piense y que obre. Ideas y costumbres, resor- 
tes para el funcionamiento del espíritu y cánones 
para la práctica de la moral, he ahí lo que entra 
como fundamental en el nacionalismo y que forma 
tesoro en el patrimonio de la argentinidad. 

Puesto que no hay patria sin costumbres y 
costumbres sin moral, ¿cuál es o cuál debe ser la 
moral aquella que en el orden social nos dicte 
sus imperativos? Cuando se tiene en cuenta que 
el dominio en que actúa todo lo que es patriota 
está circunscripto por aquello que es el espacio y 
el tiempo, la respuesta surge por si sola. 

Nuestra moral, es decir, la moral del naciona- 
lismo no puede ser otra que una moral de fra- 



NUESTRO NACIONALISMO 156 

ternidad. Si por su naturaleza no es esta una mo- 
ral ortodoxa, es por lo menos una moral humana. 
Ella no puede fundamentarse ni en lo metafisico 
ni en lo dogmático. Ella se fundamenta en la ra- 
zón, vehículo por el cual llegan a nosotros y nos 
iluminan las ideas y los principios. Esta moral en 
modo alguno está en pugna con lo que es divino 
o a lo divino nos conduce. Para nuestro senti- 
miento nacionalista, divinidad es sinónimo de be- 
lleza, de justicia y de bien. No se armoniza con 
nuestra razón un Dios que odia y que mata, que 
expía y que fulmina, que sonríe a los unos y que 
pone rostro airado a los otros. A las alturas de 
la civilización en que vivimos, es ya convicción 
de todos que el Dios que preside las armonías del 
universo, no es el Dios antropomórfico, plasmado 
por criaturas de barro a imagen y semejanza su- 
ya. Es este un Dios cuya existencia se traduce en 
todo lo que es infinito y que el hombre no al- 
canza, porque a éste le supera en lo inconmensu- 



156 TOSE PACÍFICO OTERO 



rabie de su extensión, de su elevación y de su 
profundidad. 

He ahí por qué la moral del nacionalismo debe 
ser la moral de la razón, y no la que una mística 
fuera de su órbita, o una teología elaborada por 
exaltados pretenden el monopolio de los destinos 
espirituales de la humanidad. 

Supuestos estos antecedentes, nuestra moral 
debe tender a la perfección y a la elevación de la 
naturaleza. Un argentino, por el hecho de ser ar- 
gentino, debe ser un hombre de orden, de disci- 
plina, de trabajo y de honor. Es imposible que 
fecundemos la heredad que nos han legado Mayo 
y sus proceres si de tales atributos y cualidades 
no hacemos nuestra pragmática imperativa. Re- 
flexionemos un poco y veremos cómo la patria 
que nos alimenta y que nos cobija es, por su na- 
turaleza, fuente de moral- ¿No es por ventura su 
primer instinto el buscar por todos los caminos 
los medios para poder fundamentarse en una 



NUESTRO NACIONALISMO 157 

constitución? ,:Y dónele hay constitución es que 
no hay justicia, orden, honor, trabajo y bien" 
Abramos nuestra inteligencia a semejante verda i 
y marchemos adelante abriendo surcos y podando 
malezas con satisfacción intima para la virtud. 

Xo de otro modo procedieron nuestro proce- 
res, nuestros estadistas y nuestros pensadores. Xo 
creáis que fueron ajenos a este pragmatismo ci- 
vilizador los que como leones se batieron en San 
Lorenzo y como águilas libertadoras descendie- 
ron las cuestas andinas para sablear con denuedo 
en Chacabuco y Alaipú. El héroe que surgió en la 
epopeya heroica o el bravo que venció fatigas en 
los esteros del Paraguay, no peleó porque si. Ese 
hombre, humilde acaso, pero noble y austero has- 
ta el sacrificio, no llegó a la muerte sino porque 
muriendo sabía que a sus espaldas y en marcha 
hacia riberas venturosas estaba la patria, nave 
que no zozobra nunca y cuyas velas se hinchan al 
soplo de las brisas y de los vientos. 



158 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Kl no gustará de la cosecha, de los frutos, de 
las semillas por él sembradas ; pero, a pesar de 
todo, morirá contento, porque sino él, serán 
otros los que gustarán de ese bien por el cual él 
ha vivido y luchado. 

Para culminar en tan sublimes enseñanzas, el 
nacionalismo argentino tiene sus resortes. Son 
éstos los de la sumisión a la ley, el culto a la con- 
ciencia, la protección al trabajo, el premio a la 
virtud. La idea madre o principio básico de nues- 
tra constitución es llegar un día a realizar el tipo 
perfecto del ciudadano. Se dirá que es el bien ci- 
vil ; pero, como quiera que sea, es siempre el bien. 
Los que crearon nuestra nacionalidad y la procla- 
maron con gesto heroico, no tuvieron en vista 
otra moral que ésta. ¿ No juraron ellos por ventu- 
ra el defenderla aún con el peligro de sus vidas, 
haberes y fama? De esta pauta, que es para nos- 
otros todo un programa de conducta, la argentini- 
dad no puede apartarse un ápice. La patria debe 



NUKSTRO NACIONALISMO 159 

poseernos con absorción total. No vacilemos, no 
dudemos, y con mano firme pongámonos a prolon- 
gar en el tiempo la obra de Mayo. Trabajo, bien- 
estar, respeto, tolerancia, justicia social, he ahí 
los alicientes que nos invitan, ahora más que nun- 
ca, a una acción inmediata. Tratemos que nues- 
tra heredad, que es grande } rica, conserve su fi- 
sonomía, y que. a la vez que una atalaya, sea un 
asilo. Ahora más que nunca los hombres sufren 
hambre, y con ojos inquietos, buscan en el 
horizonte tierras generosas. ¡ Se ha sufrido tanto 
con la catástrofe ! ¡ Ha sido tan honda la convul- 
sión plutónica ! Entre vencedores y vencidos no 
hay cohesión. ¡ Y cómo haberla si el crimen de la 
guerra ha sido tan bárbaro ! 

No pidamos a los hombres que la han vivido 
que se perdonen mutuamente, y cual si la paz fue- 
se una eucaristía, que se sienten en torno de ella 
como se sientan los fieles en torno de una mesa 
común. Es el tiempo, y sólo el tiempo, quien trae- 



160 JOSÉ PACÍFICO Ol'ERO 



rá la pacificación y con ella el horror al delito, al 
orgullo macabro que desencadenó la guerra. 

Mientras las generaciones actuales, tristes y 
sombrías, marchan a la realización del tal desti- 
no, recojámonos dentro de nosotros mismos y ha- 
gamos el balance de nuestras fuerzas. Pensemos 
cómo podemos bastarnos y cómo nuestra bondad 
y nuestra justicia pueden reportar beneficios pa- 
ra el progreso del mundo. 

Si fuimos neutrales para la guerra, es necesario 
que dejemos de serlo para la constitución de la 
paz (i). Nuestro ideal nacionalista no se niega 



(i) Mucho antes que Bourgeois y Wilson sostu- 
vieran, el uno en asambleas y el otro en mensajes la 
necesidad de pacificar el mundo sobre la base de la 
sociedad de las naciones, ya Alberdi había proclamado 
a esta sociedad como la piedra angular de la paz 
futura. "El derecho internacional, dice él, será una 
palabra vana mientras no exista una autoridad inter- 
nacional, capaz de convertir ese derecho en ley, y de 
hacer de esta ley un hecho vivo y palpitante. Pero 
tal autoridad no existirá ni podrá jamás existir, mien- 
tras no exista una asociación que de todas las naciones 



NUESTRO NACIONALISMO 161 

a lo universal, porque no se niega a lo humano. 
Curemos heridas, enjuguemos lágrimas, y hasta 
si es posible, aplaquemos rencores. De este modo 
cooperaremos a la obra de paz que, para su bien- 
estar, reclame imperiosamente el mundo moderno. 
Es bello espectáculo el de una bandera que en 
la hora de las vindictas y de las contriciones se ve 
rodeada por las de todos, por las de los vencedo- 



unidas forme una especie de gran estado complejo, 
tan vasto como la humanidad o cuando menos como 
los continentes en que se divide la tierra que sirve de 
morada común al género humano. 

"Esta sociedad de naciones no está formada, continúa 
Alberdi, pero está en formación y acabará por ser un 
hecho. Hoy una ley natural impele a todos los pue- 
blos en el sentido de esta última faz de su vida social 
y colectiva, cuyo primer grado es la familia y cuyo 
último término es la humanidad." Escritos postumos. 
"El Crimen de la Guerra", vol. 2, pág. igo. 

Ante la clarividencia de Alberdi nosotros podemos 
decir que si esta sociedad no es aún una realidad, es 
ella, por lo menos, algo más que una esperanza. Esta 
mos más próximos de que se le reconozca como un 
éxito que como un fracaso, de que los pueblos la acep- 
ten como un bien, de que la repudien como una quimera. 



162 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

res y vencidos. Y cuando el astro rey es el sím- 
bolo central que la decora, la escena es magnífica. 
Que el nacionalismo argentino tenga en cuenta 
todo el poder del emblema, y con lo que él tiene 
de ideal, de sentimental y de noble, coopere a la 
concordia v al bienestar de las naciones. 



NUESTRO NACIONALISMO 163 



XIV 

La conversación que acabo de tener contigo, 
caro lector, te habrá convencido sin duda de que 
a las orillas del Plata y frente a su estuario tiene 
su punto de apoyo un gran pueblo. Ese pueblo, 
como lo ves, no es producto del azar. De origen 
hispánico y colonial, para llegar al punto en que 
culmina ahora, se hizo su cuna heroica. De grado 
en grado y de tragedia en tragedia, él trazó sus 
etapas, y en un siglo de vida independiente se ha 
esforzado en unir lo indígena con lo criollo, lo 
que es patrimonio del suelo con lo que es patrimo- 
nio de la raza, lo que Europa tiene de humano y 
generoso con lo que América guarda de sano y de 
fecundo. 

Si el progreso éste puede parecemos gigantesco 



164 JOSÉ PACÍMCO OTERO 

y la modestia nacional no sufre detrimento en 
reconocerlo, lo que resta por realizar no tiene 
límites- Los valores que caracterizan a nuestro 
nacionalismo — valores históricos, políticos, eco- 
nómicos, literarios, morales y religiosos — tienen 
por delante una misión grandiosa. 

En esta hora de crisis universal nos hace falta, 
para que nuestras energías no se desorienten, el 
más grande y el más sólido de los equilibrios. 
Pongamos manos a la obra, pero no olvidemos 
el pasado- Alejemos los sentidos, si se quiere, pe- 
ro no el alma, de aquello que fuimos en la niñez 
y en la pubertad democrática. 

Que el vaticinio del bardo se cumpla; que el 
nombre argentino sea saludado de polo a polo; 
pero que al saludarlo, al honrarlo así, lo sea por- 
que los relieves de nuestro nacionaUsmo, en lugar 
de gastarse, se han magnificado con el tiempo. 

El día en que esto se pronuncie será el día de 
los dones y de las recompensas. Entre vivos y 



NUESTRO NACIONALISMO 165 

muertos, entre héroes y mártires, entre obreros y 
pensadores, la patria discernirá sus premios. ¡ Fe- 
lices los que puedan asistir a esa hora de apoteo- 
sis y de fallo a que nos conduce la historia! Si 
nuestra misión no es el de vivirla, es el de prepa- 
rarla por el amor, por el trabajo y por el sacri- 
ficio. Y digo por el sacrificio, porque es necesario 
que la juventud de la hora presente se compenetre 
de la responsabilidad que le incumbe- 

En el camino hacia la prosperidad no todo son 
rosas, ni todo senderos, sin espinas y sin tropiezos. 

Detente un rato en tu marcha, juventud de mi 
patria, compara valores con valores, y dime si 
los tuyos responden por la serenidad, por la 
rectitud, por la intención con los que impone Ma- 
yo. Si la riqueza material es condición de bien- 
estar, ten presente, oh juventud, que más precio- 
sa que ella, porque su dominio es el alma y sus 
beneficios penetran, saturándolo todo, hasta en 
las entrañas de los espiritus, es la belleza moral. 



166 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

Huye de lo frivolo y de lo inhonesto para plan- 
tar lo sólido y expandir lo casto. Haz virilidad 
para hacer patria; y a los que vengan en pos de 
ti, dale en herencia, con el patrimonio del cora- 
zón, el del coraje, el del honor, el de las ideas 
que elevan y transforman la raza. 

El museo de la historia hace décadas, tiene 
abiertas sus puertas. Entra en él — templo de 
nuestra grandeza legendaria — y evocando, es- 
tudiando, escudriñando, reflexionando, llegarás al 
dominio del drama. 

El bautismo de lo civico y de lo heroico, te da- 
rán nueva vida, y de esta vida, purificada así al 
contacto de lo trágico y de lo bello, surgirá la 
esperanza, virtud que, unida a la libertad y fe- 
cundada a su hora por el trabajo, da la medida 
del valor espiritual de los pueblos- 
Para que el nuestro sea lo que debe ser, todos 
los haces de luz deben converger a este punto. 
Ningún argentino puede ser indiferente al por- 



NUESTRO NACIONALISMO 167 

venir de su patria. Teme la frialdad ; huye de la 
indiferencia, porque, por uno o por otro camino, 
se llega a la claudicación o al crimen. 

¿Quién puede decir que no es delito dejar que 
la obra secular se desmorone, y por inercia, por 
no repeler la fuerza con la fuerza, el pabellón 
rojo impere donde sólo debe imperar el azul de 
Mayo? 

Óyeme en este grito, oh, juventud y haz na- 
cionalismo para hacer progreso y libertad. Eso sí, 
hazlo con el aplomo del sabio y con la sabiduría 
del filósofo. El nacionalismo colectivo tiene su va- 
lor en el nacionalismo individual. Pasa del hogar 
a la escuela, de la universidad al gimnasio, del 
taller a la fábrica, de la pluma al pincel, de la 
revista al libro, de la iglesia al teatro; pero haz- 
lo pensando que cuanto mayor es tu perfección, 
mayor es la de la patria en la cual hay tanto sa- 
crificio y desvelo. 

Es así como se procedió en la alborada de Ma- 



168 JOSÉ PACÍF'ICO OTERO 

yo, como hubo que proceder para tener Caseros, 
y como tendremos que proceder ahora y siempre 
si queremos que nuestro nacionalismo retoñe en 
frutos fecundos y lozanos. 

Orientar el corazón hacia la patria, es orientar- 
lo hacia la cuna de los héroes, hacia el anfiteatro 
de los mártires, hacia el Partenón de la filosofía, 
de las letras y de las artes. 

Si yo te hablo así, juventud de mi patria, es 
porque yo sé lo que este amor vale en el sentido 
moral para estimular las potencias del alma y 
los ritmos del corazón. 

Yo la amé cuando era niño, y la amo ahora 
que soy hombre con diferencia fundamental. An- 
tes la amaba, porque era regocijo, porque era glo- 
ria, porque era marcialidad. Hoy, que la vida me 
ha aleccionado en el sufrimiento y el estudio ana- 
lítico de los hombres y de las cosas, me ha dado 
otros rumbos y otras ponderaciones, la amo, por- 
que es estímulo, caudal de dolor y fuente de espe- 



NUESTRO NACIONALISMO 169 

ranza. Estoy compenetrado ahora de lo que no 
comprendía antes. Independientemente de esa 
frente olímpica y sin arrugas que veo siempre 
que evoco la beldad espiritual que simboliza Ma- 
yo, en lo más recóndito de esa imagen, veo la po- 
tencia femenina de la maternidad que alumbra en 
día clásico, dándonos, después de gestación heroi- 
ca, la libertad, la democracia, el honor, dones y 
virtudes estimulantes de la civilización. 

Cuando esto brille ante tus ojos con luz meri- 
diana, juventud de las aulas, juventud de los 
círculos, juventud de las fábricas, otros estímu- 
los y otros alicientes que los efímeros de las pa- 
siones de un día se despertarán en tu corazón- 

Llegarás entonces a morigerar los arranques, a 
purificar los propósitos, a estimular con fines sal- 
vadores las energías. 

La moral del deber y del trabajo, te modelará 
con ventajas bien positivas para tu suerte futura. 
Tendrás de todo una noción más clara y perfecta ; 



170 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

y cuando te pongas a hacer patriotismo, harás pa- 
triotismo como la semilla hace flor, la madre ter- 
nura y el sabio verdad. 

¿Quién puede dudar que para tal empresa tie- 
nes aptitudes sin nombre? Utilízalas, no las ma- 
logres alimentando placeres que precipitan la de- 
cadencia, y como si Mayo fuera un sol que no se 
eclipsa nunca, busca su égida, y planta bajo su 
calor la tienda a la sombra de la cual vivirás tus 
días. 



NUESTRO NACIONALISMO 171 



XV 



Dado que este libro, como el lector podrá com- 
probarlo, no es otra cosa que un alegato ins- 
pirado por el nacionalismo en su doble fórmula 
de razón y de sentimiento, yo no puedo finali- 
zarlo sin emitir un voto. 

Es necesario, para bien de este nacionalismo, 
que se piense en la patria como se piensa en una 
religión. Procediendo así, no sólo no nos apar- 
tamos del pensamiento inicial que en tal sentido 
tuvieron nuestros proceres, sino que, por el con- 
trario, damos perpetuidad a sus propósitos y 
ponemos en evidencia lo trascendental que en 
sus fines espirituales fué nuestra revolución. 

Al par que pensamiento fué voluntad de todos 
los patricios del año X, que el 25 de Mayo se 



172 JOSÉ PACÍFICO OTURO 

solemnizara por todas las generaciones venide- 
ras, como día sagrado. 

Porque tal fué el sentir de nuestros padres y 
porque tal se reveló desde su cuna el alma argen- 
tina, paralelamente y con sincronismo admirable 
han ido hacia él, las loas, las armonías y las 
parábolas. Día de esplendor democrático, no 
han podido faltar en su torno ni las galas retó- 
ricas, ni las salmodias espirituales, ni los entu- 
siasmos plebeyos. 

Loar a la patria, fué una necesidad al par que 
un imperativo. Al unísono y con idealismos 
concordantes, los que tal hicieron no se detuvie- 
ron ahí, y para consagrar con un voto espiritual 
a la revolución — madre de la República — se 
dijeron : Vamos al templo y demos gracias a 
los Dioses. He ahí porqué el 25 de Mayo se so- 
lemniza con un Te Deum, y porqué entre espi- 
rales de incienso se ofrenda en ese día a la patria. 
Pero ¿cuál es la persona que, acostumbrada a 



NUESTRO NACIÓN AUSMO 173 



auscultar el corazón de la masa, no afirme, como 
yo afirmo, que semejante rito carece para la 
mayor parte de los argentinos, al par que de sen- 
tido, de estimulo y de eficacia? Aparte de que 
las generaciones actuales son hijas de otra esté- 
tica y de otros pragmatismos, el civismo pre- 
sente dispone de otros elementos espirituales de 
que no disponía el civismo de la hora heroica. 
Para herir a la masa en su sensibilidad — masa 
que, por otra parte, era homogénea en su creen- 
cia como homogénea en su instinto, — éste no 
pudo menos que pedirle al catolicismo su litur- 
gia; pero, como todo lo que es convencional, el 
culto este hase empalidecido, y de férvido y es- 
pontáneo que fuera en su principio, es actual- 
mente convencional y rutinario. Es necesario, 
pues, reformar la liturgia y decorar las solemni- 
dades patrióticas con otros ritos. ¿Es que, por 
ventura, no lo tuvieron Grecia y Roma? ¿No 
brilló con esplendor soberano desde el Capitolio 



1 74 JOSÉ PACIFICO OTERO 

como desde el Partenón? Chica o grande, po- 
bre u opulenta, la patria, a mi entender, debe 
tener sus santuarios. Al pisar sus dinteles, los 
argentinos que los visiten, ya sea en Buenos 
Aires como en Jujuy, junto al Paraná como 
frente a los Andes, deberán encontrarse dentro 
de un ambiente que los transporte en vuelo espi- 
ritual a la patria legendaria y heroica. Museos 
de la historia, estos templos civiles del naciona- 
lismo, tendrán por misión el elevar nuestras al- 
mas a las altas y fecundas lecciones de la demo- 
cracia. Confiados a la custodia de un magis- 
terio laico, éste tendrá a su cargo la enseñanza 
intelectual y moral que se desprende del examen 
critico de la historia- El patriotismo, que se in- 
culca en el hogar y se amplifica en la escuela, 
encontrará alli su plenitud didáctica. ¡ Cuánto 
bien reportaría a la patria una enseñanza dis- 
pensada asi y a la sombra de un sitio sagrado ! 
Si semejante plan algún día se realiza, el na- 



NUKSTRO NACIONALISMO 1 75 ' 

cionalismo argentino, respirará un frescor espi- 
ritual de que carece hoy. Y no se diga que pro- 
clamar esta religión es parodiar a las que ya 
existen. El argumento seria valedero si la misma 
naturaleza caracterizara a la religión que yo 
proclamo con las que nos imponen su credo, in- 
vocando un espiritualismo de ultratumba. Nó ; 
la nuestra — como el lector ha podido adivinar- 
lo — es una religión sin dogmas, sin pontífices 
y sin jerarquías. Es la religión del deber moral 
que se arraiga a lo histórico por lo heroico, y a 
lo cívico por lo humano. Desde que la patria 
existe, ella existe, no por cierto con finalidades 
teocráticas, pero si con la voluntad de otorgar 
a cada hombre una ventura perfeccionando so- 
cialmente su razón, su libertad y su instinto. 

Lo único que hace falta para que tal religión 
se arraigue y amplifique su esfera de acción 
como un árbol amplifica la suya con el crecimiento 
exuberante de su ramaje, es sencillamente un 



176 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

acuerdo espiritual entre todos. Lo que hasta aho- 
ra es instinto, debe ser ley, lo que en medio del 
indiferentismo de la masa se revela desarticula- 
do y fluctuante, debe desde este momento im- 
ponerse como orgánico y definitivo. Pensemos 
que la patria no es sólo razón. La patria es eso 
y algo más que eso. Ella es todo lo que la huma- 
nidad es en su compleja constitución psicológica. 
y por lo tanto, sólo seremos buenos patriotas 
cuando en obsequio a esta madre común cultive- 
mos la piedad, la justicia, y eso que es la fuerza 
profética de los pueblos y de las almas, la intui- 
ción. 

No retardemos, pues, la cruzada espiritual que 
es imperativo del nacionalismo. El mundo avanza 
y las horas que se aproximan no son horas de 
placidez. Romped la inercia, salid del letargo, oh, 
argentinos, y con los ojos clavados en la bandera 
que desde hace un siglo guia nuestros pasos, eri- 



NUESTRO NACIONALISMO 177 

gid altares en toda la extensión de la República, 
convencidos de que ofrendando de este modo 
a la patria interpretáis el voto espiritual de Ma- 
yo. Cantando las proezas del ciclo heroico, ¿no 
dijo por ventura uno de nuestros bardos: la pa- 
tria es una musa que influye divinamente^ Si 
esa musa existe — pensar lo contrario sólo es pro- 
pio de un patriotismo menguado — hagamos por- 
que no tarde en hacerse sentir con la multiplici- 
dad de sus gracias. Vayamos a lo divino de la pa- 
tria estudiando la naturaleza de las cosas, la filo- 
sofía de los acontecimientos, las leyes que deter- 
minan nuestros ritmos y nuestras armonías. No 
nos contentemos con ser libres- Huyamos de to- 
dos los fanatismos y hagamos el bien — el bien 
particular como el bien público, el bien de la inte- 
ligencia como el bien del corazón — con un solo 
propósito, y que no puede ser otro que el propó- 
sito de llegar a ser justos. ¿Qué madre no se hon- 



178 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

raría de tales hijos y qué patria no se glorificaría 
de tales ciudadanos? Apliquemos, pues, los oídos 
a los imperativos de Mayo, y proclamemos como 
necesidad vital la religión del nacionalismo. 

Dando cohesión a los elementos doctrinales e 
históricos que la constituyen, delinearemos sus 
formas y haremos que de lo abstracto y de lo teó- 
rico, pase ella a lo real y a lo práctico. 

El amor a la patria, convertido en culto, des- 
pertará en nosotros actividades adormecidas. 

De pie, y sin desatender a uno solo de los rit- 
mos del corazón, nos complaceremos en la visión 
retrospectiva del pasado. Sabremos distinguir lo 
heroico y lo trágico, lo que nos dio gloria de lo 
que nos dio ignominia, lo que nos llevó a la liber- 
tad de lo que nos mantuvo en servidumbre. 

Sin peligro de fatiga para nuestra mente ni de 
desmayo para nuestra voluntad con meticulosi- 
dad científica analizaremos nuestras leyes y en 



NUESTRO NACIONAUSMO 179 

el examen de esos imperativos encontraremos la 
razón de ser de nuestros fenómenos históricos 
y sociales. Con nuestros ojos clavados en esa 
deidad que se llama patria, al pensamiento, al 
brazo, al corazón y al músculo, le fijaremos fi- 
nalidades que no son comunes. Nos daremos 
cuenta de que argentinidad es sinónimo de bon- 
dad, de justicia, de trabajo y de honor; y regu- 
lando pasiones, dominando desmayos y fijando 
rumbos de salud a instintos que de no hacerlo 
así pueden precipitarnos en el caos, acrecentare- 
mos nuestro patrimonio espiritual y preparare- 
mos días felices para la civilización. 

¡ Dichosos los pueblos que, como el nuestro. 
tienen a su alcance los elementos constitutivos 
para semejante religión ! Doctrina, apostolado, 
virtudes, martirio, todo fulgura en nuestra his- 
toria. Abrid los códigos y encontraréis la doctri- 
na, recorred los anales y encontraréis los mar- 



180 JOSÉ PACÍIflCO OTERO 

tires, evocad los muertos y formarán legión los 
ciudadanos ejemplares y virtuosos. Y para que 
nada falte, mirad su símbolo. El es blanco y azul 
celeste como el cielo en el cual flamea. ¡Qué ins- 
pirado estuvo Belgrano cuando de tales colo- 
res creó la bandera que un mundo republicano, 
en el extremo meridional de América, proclama- 
ría como suya ! Hace más de un siglo que nues- 
tras bayonetas la saludan, que nuestros himnos 
la cantan, que nuestras manos la aplauden y que 
nuestros vientos la acarician, y en este lapso de 
tiempo al pasearse por islas y por mares, por ríos 
y por montañas, por reinos y por repúblicas, de 
su sol ardiente no se han desprendido chispas 
de incendio sino fulgores de esperanza. 

¿Qué nacionalismo, me pregunto yo, no está 
en el deber de acrecentar su fuerza amparado 
con el calor triunfal de tal enseña? Al redimir- 
nos de lo político, los que la crearon y bajo sus 



NUESTRO NACIONALISMO 181 

pliegues lucharon y vencieron, tuvieron propó- 
sitos más elevados y más nobles. Si la libertad 
política era una necesidad, era necesidad y aun 
mayor para el hijo del Plata la libertad moral. 
Perfeccionemos al hombre interior, se dijeron 
nuestros proceres, pero comencemos por el de- 
rrumbe de todo aquello que en lo externo es tra- 
ba y remora para esta perfección. He ahí por- 
qué Mayo es un credo como es una política. El 
hombre, en su doble aspecto de alma y de mate- 
ria, de inteligencia y de instinto, de ternura y de 
fuerza, fué su objetivo, y la revolución no quedó 
consumada sino el día en que los argentinos pu- 
dieron contar con los elementos intelectuales, mo- 
rales y jurídicos, para ser felices. 

Hoy, que todo está a nuestro alcance, nuestro 
deber no es otro que el de marchar adelante fijan- 
do al alma — que para bien suyo no se satisface 
nunca — horizontes más luminosos y más am- 
plios. 





índice 




Dedicatoria . 
Introducción 




... Pág. 6 

■7 


I 




14 


II 




21 


III 




29 


IV 




33 


V 




39 


VI 




47 


VII 




58 


VIII 




.... 80 


IX 




94 


X 

XI 




lio 

n4 


XII 




I-IQ 


XIII 




I=í4 


XIV 




163 


XV 




171 



NUESTRO NACIONALISMO 185 



bibliografía del autor 

Estudio biográfico sobre Fr. Cayetano José Rodri- 
gues y recopilación de sus producciones literarias, pre- 
cedido de un juicio crítico de Alberto del Solar. — Cór- 
doba, 1899. Imprenta de F. Domenici. Un volumen en 
8.° de IX — 236 páginas. 

Sor María. Vida de la fundadora de la casa de ejer- 
cicios de Buenos Aires. — Buenos Aires, 1902. Impren- 
ta de M. Biedma. Un volumen en 8.° de 125 páginas. 

Dos héroes de la conquista — La orden franciscana 
en el Tucumán y en el Plata. — Buenos Aires, 1905, Ca- 
baut y Cía., editores. Un volumen en 8.° de IX — 155 
páginas. 

Bl Padre Castañeda. Su obra ante la posteridad y 
en la historia. — Buenos Aires, 1907. Cabaut y Cía, edi- 
tores. Un volumen en 8.° de IX — 134 páginas. 

Hojas y alas. — Buenos Aires, 1907. Librería del Co- 
legio. 68 páginas. 

La orden franciscana en el Uruguay. Crónica his- 



186 JOSÉ PACÍFICO OTERO 

tortea del convento de San Bernardino de Montevideo . 

— Buenos Aires, 1908. Cabaut y Cía., editores. Un vo- 
lumen en 8.° de 186 páginas. 

Discursos y conferencias. — Barcelona, 1909. Herede- 
ros de Juan Gili. Un volumen en 8." de VI — 198 
páginas. 

Mi ofrenda. — Buenos Aires, 1910. Cabaut y Cía., 
editores. 91 páginas. 

Por ¡a Palestina y por el Arte. — Buenos Aires, 1912. 
Cabaut y Cía., editores. Un volumen en 8." de VIH 

— 113 páginas. 

La crisis de mi fe. — París, 1914. Eugéne Figuiére, 
y Cíe. éditeurs. Un volumen en 8." de VIH — 207 
páginas. 

La Francia que sangra. — París, 1915. Librai- 
rie P. Rosier. Un volumen en 8." de 201 páginas. 

L'ideal franjáis et la guerre. Conference prononcée 
dans le Parthénon. — París. 1916. Eugéne Figuiére 
editeur. 64 pages. 

La Revolution Argentine 1810-1816. — París, 1918. Bos- 
sard, éditeur. Un volumen de VIH — 330 pages. 



ESTE LIBRO ACABÓSE DE IMPRIMIR 

EN EL ESTABLECIMIENTO Ti- 

POGRÁFICO DE MERCATALI 

EL DÍA 31 DEL MBS 

DE MARZO DE MIL 

NOVECIENTOS 

VEINTE 



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2015 Nuestro nacionalismo 

1920 
08 



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