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Full text of "Obras completas de Don Miguel Antonio Caro : edicion oficial"

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OBRAS COMPLETAS 



DB 



DON MIGUEL ANTONIO CARO 



TOMO I 
FL05 POEÍflRUiyi— EL eiNCO DE IVIflyO, DE WflNZONI 



EDICIÓN OFICIAL 

hecha bajo la dirección de Víctor E. Caro 

y Antonio Gómez Restrepo 




BOGOTÁ 

IMPRENTA NACIONAL 
1918 







Esuiüa de don Mio-jel Antonio Cara, inaug-ji^ada en Ba^oLa el 10 da noviembre de 1917. 



LEY NUMERO 12 DE 1911 

(30 DE septiembre) 

por la cual se honra la memoria de un colombiano ilustre. 

El Congreso de Colombia 
decreta: 

Artículo 1^ T>a República honra el nombre de don Mi- 
guel Antonio Caro, hijo ilustre de Colombia, quien por sus 
virtudes eximias, por su abnegación y probidad, por sus ta- 
lentos y saber, hizo honor a la patria y la sirvió durante lar- 
gos años como maestro, como publicista y lilólogo, como 
legislador y primer Magistrado. 

Artículo 2^ En el patio principal del edificio de Santo 
Domingo, en Bogotá, se levantará una estatua de bronce 
del grande hombre, con esta inscripción: 

A MIGUEL ANTONIO CARO 
LA REPÚBLICA DE COLOMBIA 

Artículo 3° Las obras de Caro se publicarán a costa del 
Erario Nacional, previa la autorización de su familia. La 
edición será ordenada y dirigida por una Comisión que de- 
signará el Ministro de Instrucción Pública, y se destinará 
la cuarta parte para distribuirla en las bibliotecas naciona- 
les y extranjeras, y las otras tres cuartas partes para entre- 
garlas a la familia de Caro, por derechos de autor. 

Artículo 4*? En el Presupuesto se incorporarán las par- 
tidas necesarias para dar cumplimiento a esta Ley. 

Artículo zP Un ejemplar autógrafo de esta Ley será 
entregado a la familia de Caro. 

Dada en Bogotá a veintiocho de septiembre de mil no- 
vecientos once. 

El Presidente del Senado, Pedro Antonio Molina. 
El Presidente de la Cámara de Representantes, Miguel 
Abadía Méndez — El Secretario del Senado, Carlos Tama- 
yo — El Secretario de la Cámara de Representantes, Miguel 
A. Penar edonda. 

Poder Ejecutivo — Bogotá, 30 de se-ptiemhre de igii. 

Publíquese y ejecútese. 

CARLOS E. RESTREPO 
El Ministro de Gobierno, 

Pedro M. Carreño 



DISCURSO 

pronunciado en la inauguración de la estatua de don Miguel 

Antonio Caro, por Antonio Oómez Restrepo, en nombre del Go- 

biero Nacional y de la Academia Colombiana. 



El Gobierno Nacional, cumpliendo una ley de la Repú- 
blica, ha levantado este hermoso palacio, para que sirva de 
mansión a la Academia Colombiana, y de relicario a la efi- 
gie del insigne varón que honró el nombre de Miguel An- 
tonio Caro, 

El Gobierno, no obstante las dificultades de una época 
azarosa, se ha esforzado por dar cima a esta obra en el me- 
nor término posible, pues el Jefe del Estado ha querido que 
durante su Administración se rinda este homenaje al hom- 
bre civil más ilustre que ha producido la ciudad de Bogotá, 
desde los tiempos de Antonio Nariño. 

Aquí, donde se yergue la imponente fachada de este 
edificio, sirviendo de fondo al bronce glorificador, se levan- 
taba no há mucho la modestísima casa, iánico patrimonio 
que poseyó el hombre que rigió por seis años los destinos de 
la Nación, y tuvo en sus manos los caudales públicos en 
tiempos anormales de guerra civil. Aquí, la pequeña sala 
que él cruzaba a grandes pasos, como león aprisionado, en 
épocas de voluntario encierro; aquí el jardín minúsculo, en 
cuyo centro lucía el busto de Virgilio, numen tutelar del 
poeta; aquí el cuarto de trabajo, tapizado de libros, y adon- 
de bajaron tantas veces, ya la musa de la indignación, ya la 
de la severa y cristiana filosofía. Aquí resonábala voz solem- 
ne y grave del padre y del maestro, entrecortada con fran- 
cas risas, que desarrugaban el ceño olímpico del varón 
consular .... todo esto era ayer, y ya ha pasado a la historia; 
todo esto se borró de la vista, pero no de la memoria de los 
colombianos; y del seno de esa humildad surge hoy la pre- 
sente glorificación. En este recinto, donde el silencio veló 
los últimos años de la vida de Caro, resuena hoy la voz de la 
Nación, que ensalza, no a un político, no a un Presidente, 
sino a un gran colombiano, a un hombre que encarnó nobi- 
lísimos rasgos de su raza, y entregó a la admiración de la 
posteridad un tipo de selección espiritual y de belleza mo- 
ral, que puede enorgullecer a todos sus compatriotas, sin 
distinción de principios ni de colores políticos. 



— VI — 

La glorificación de los hombres verdaderamente gran- 
des une a los pueblos y armoniza a los espíritus que son ca- 
paces de comprender la gloria. El culto de la mediocridad 
anarquiza y empequeñece. ¡Ay de los pueblos que no ten- 
gan tipos representativos en los cuales contemplar su propia 
imagen, depurada de transitorios accidentes y de inevita- 
bles imperfecciones! Las razas dotadas de vitalidad concen- 
tran de vez en cuando sus fuerzas para producir figuras 
superiores, que rescatan la inferioridad de millares de seres 
anónimos, destinados al olvido. No siempre esos hombres 
son comprendidos durante su vida; su propia superioridad 
los aisla a veces, haciéndoles perder el contacto con sus con- 
temporáneos; su madre misma, la patria que los produjo, 
después de recrearse en su gloria suele desconocerlos y ha- 
cer con ellos las veces de «cruel madrastra, > según la frase 
del poeta (1); pero cuando las pasiones se aquietan y el pol- 
vo de la lucha se aplaca al inñujo del gélido rocío de la 
muerte, entonces la efigie surge transfigurada, convertidas 
en estrellas las heridas abiertas por las espinas de la corona 
de desengaños, y resplandeciente la tiínica, con ese fulgor 
de nieve que ostentaban las vestiduras de los ángeles, guar- 
dadores del sepulcro y encargados de anunciar al mundo el 
día de la resurrección. 

Caro, por sus condiciones nativas era un representante 
de este pueblo, en cuyo seno pasó toda su existencia; pero 
su carácter y su inteligencia eran de temple y de elevación 
tan excepcionales, que establecieron un desequilibrio entre 
este hombre superior y las circunstancias que lo rodearon. 
Su condición de humanista, hombre de Estado, le habría 
alcanzado laureles dignos de su frente en un país de tradi- 
ciones clásicas, donde sean espectáculo normal un Macau- 
lay, insigne orador político y autor de los Caiitos de la anti- 
gua Roma, y un Gladstone, jefe de partido, comentador 
de Homero y traductor de Horacio. Su talento generaliza- 
dor, su concepto filosófico de las altas cuestiones públicas e 
internacionales, le habrían permitido trazar las grandes lí- 
neas de la política de una nación poderosa, y ser consejero 
escuchado en los gabinetes y en los congresos de las nacio- 
nes; sin tener que mezclarse en las luchas de intereses y 
ambiciones, para la cual no estaba dispuesto. Porque él ha- 
bía nacido para vivir en la contemplación de las ideas puras, 
cuyo trato es sereno, aquietador y luminoso; pero no cono- 
cía la política práctica, arte mudable y engañoso, que re- 
quiere, en quien lo cultiva, una penetración genial para 
sorprender los ocultos móviles de las acciones, una grande 
afición al manejo de los hombres y una curiosidad no muy 



(1) Ortiz, La monja desterrada. 



— vn — 

distinta de la que mueve al dramaturgo y al novelista, para 
penetrar en el oscuro y tortuoso laberinto de las almas. 

Caro era, intelectualmente, un hijo de la civilización la- 
tina, un lejano descendiente de la antigua Roma. Su genio 
tenía la solidez, la severidad de líneas, la grandiosidad de 
las construcciones romanas. Porque no solamente el espíri- 
tu latino sigue informando nuestra civilización, sino que de 
vez en cuando surgen en las naciones modernas hombres a 
quienes hubiera venido bien la toga consular y hubieran 
hablado dignamente en el augusto recinto del Foro. De és- 
tos era Caro. De aquí la elevación y rigidez de su pensa- 
miento, la concisión majestuosa de su frase, que consagra 
cuando rinde un homenaje, y cuando condena, se estampa 
como hierro encendido. Así hablaban los antiguos romanos, 
cuyas sentencias, hechas para inscribirse en láminas de 
bronce, perduran en las páginas eternas de Tito Livio. 

Había heredado también del espíritu latino, que buscó 
la unificación del mundo, la tendencia a la unidad, no en 
forma tiránica ni opresora, sino como aspiración suprema 
de un talento organizador y sintético. Amó la unidad de fe 
sin imposiciones de intolerancia; la unidad del idioma, sin 
estrecheces ni timideces de purismo exagerado; la unidad 
de la patria, dentro del fecundo desarrollo seccional. Con- 
templó a la América, no como campo de batalla, donde com- 
baten intereses y odios regionales, sino como una inmensa 
liga anfictiónica, donde pueblos hermanos, iguales en el de- 
recho, si distintos en extensión y riqueza, preparan amplio 
y magnífico campo a la civilización del porvenir. Quiso ver 
a los colombianos todos, unidos en la aceptación voluntaria 
y consciente de ciertos principios constitucionales, tutela- 
res del orden religioso y social, cooperando al servicio de 
la patria común, en medio de las naturales divergencias de 
credo político, y de organización administrativa: ideal her- 
moso, que no pudo ver realizado porque su Gobierno se des- 
arrolló en época de pasiones irreductibles que desdeñaban 
toda inteligencia con el contrario. Era preciso que una con- 
vulsión pavorosa pusiera al país al borde del abismo, para 
que la sensatez empezara a reinar en las luchas políticas y 
se estableciese, por mutuo acuerdo, un campo neutral en 
el cual pudiesen todos los hombres de buena voluntad ser- 
vir a la patria y colaborar en el Gobierno, sin temor a me- 
recer el deshonroso calificativo de tránsfugas o de trai- 
dores. 

El momento más luminoso déla vida política de Caro 
fue aquel en que, abandonando el cultivo retirado de los 
libros, se sentó en la curul del constituyente para tomar 
parte importantísima en la reorganización de la República. 
Los que estaban acostumbrados a ver en él, exclusivamen- 
te, al literato y al poeta, dudaron al principio de su aptitud 



— VIII — 

paralas cuestiones jurídicas y constitucionales; y solóse 
rindieron a la evidencia cuando Caro intervino con supe- 
rioridad incontrastable en los debates y pronunció aquellos 
admirables discursos, que son el mejor comentario de la 
Constitución. Su acción fue decisiva en la redacción de ese 
código, que en sus líneas esenciales permanece en pie, y ha 
de perdurar, Dios mediante, por voluntad de los colombia- 
nos, porque no es como una pagoda oriental, cerrada a los 
profanos, sino como un edificio clásico, sostenido en severa 
columnata, que permite apreciar la armonía de sus propor- 
ciones y en cuyo recinto pueden moverse libremente todos 
los ciudadanos. Cuando pasó de la concepción teórica a la 
aplicación práctica, sufrió las decepciones y tropiezos que 
han encontrado todos los grandes idealistas, cuando han te- 
nido que adaptarse al arte realista de la política; desde Mar- 
co Aurelio, el sublime pensador de los Soliloquios^ hasta La- 
martine y Castelar. 

Caro fue gran pensador, gran poeta, gran orador par- 
lamentario. Su prosa tiene la diafanidad y la sencillez de 
los maestros del siglo diez y ocho, pero con una energía, 
un hervor de vida que en ellos suele faltar. No buscó nun- 
ca la imitación arcaísta, y miró con desprecio los aportes 
traídos al idioma por torpes neologistas. Es uno de los po- 
cos clásicos de la moderna literatura castellana. Rehuyó 
las galas retóricas y los procedimientos efectistas: su estilo 
es velo que deja transparentar la viril musculatura del pen- 
samiento. Cuando la indignación mueve su pluma, su fra- 
se es ariete que derriba y pulveriza; cuando se eleva en 
alas de la meditación, su estilo tiene austeridad y grandeza; 
y un dejo melancólico propio del titán que después de ven- 
cer monstruos y ejecutar magníficas proezas, se sienta a 
meditar, con la frente entre las manos, recordando que 
también es hombre. Algunos trozos de historia que dejó 
escritos, revelan un narrador a la inglesa, sobrio, expresivo, 
inclinado a buscar la filosofía de los acontecimientos y más 
pragmático que pintoresco. Sus estudios de crítica literaria 
dan testimonio, no solamente de su erudición inmensa, sino 
de la intuición genial con que penetraba en lo más hondo 
de las obras ajenas, y después de descomponerlas con el aná- 
lisis, acertaba a dar la expresión sintética del conjunto. Aun 
tratando temas filológicos, hallaba campo para desplegar 
sus alas de pensador, como en ese sabio discurso sobre El 
uso en sus relaciones con el lenguaje, cuya precisión y pro- 
fundidad filosófica causaban la admiración del insigne Cuer- 
vo: y que es digno de quien se abrevó en las enseñanzas de 
Bello y de Littré. Como orador tenía la facultad de expo- 
ner una tesis con rigor lógico implacable, elevando a inmen- 
sa altura los debates; y al propio tiempo, la de encender los 
ánimos con su peroración ardiente, y abrumar a los adver- 



— IX — 

sarios con frases que no se olvidan. Kn ocasiones lidió solo 
contra aguerridos atletas, semejante a la roca acantilada, 
por el poder de resistencia, por la solidez de su estructura, 
por la firmeza de su basamento, por la impavidez con que 
hace frente a la furiosa acometida de las olas. Entonces era 
cuando su cabeza romana de típicas prominencias frontales 
y coronada de negros cabellos, se iluminaba con luz supe- 
rior y adquiría toda su belleza. Quienes pudieron presen- 
ciar los debate de la Constitución y las sesiones del Senado 
en el período crítico de 1903 a 1904, gozaron de un espectá- 
culo que probablemente no volverá a presentarse nunca 
en nuestra tierra. 

El talento crítico tenía tal fuerza en Caro, que lo hacía 
polemista irresistible, pues le permitía descubrir rápida- 
mente el punto débil del contrario; y penetrando por allí 
en la fortaleza enemiga, la conmovía con el empuje de su 
dialéctica, triturando los argumentos para dejar a descu- 
bierto su falsedad y endeblez. Y cuando organizaba la de- 
fensa de una tesis, sabía escalonar en torno de ella series 
de razonamientos, enlazando el caso particular con princi- 
pios generales; de tal manera que el contrario, aun cuando 
no estuviese convencido, no hallaba manera de replicar ni 
medio de desembarazarse de aquella tupida trama de prue- 
bas y de objeciones, que lo oprimían y paralizaban sus es- 
fuerzos. 

Como Nisard y Brunetiére, tenía Caro un severo 
gusto clásico, modificado por el estudio de las literaturas 
modernas. Cuando nos hace entrar en las intiminades de 
Virgilio y Horacio, y nos revela las condiciones caracterís- 
ticas de su genio y los secretos de su .irte literario; cuando 
vierte luz sobre la interpretación filosófica y estética del 
Quijote; cuando estudia las silvas de Bello y los cantos de 
Olmedo con tanta profundidad y delicadeza, que a sus pro- 
pios autores habría sorprendido quizá la revelación de cosas 
que ellos apenas entrevieron en medio de la misteriosa ela- 
boración de la obra de arte; es Caro digno representan- 
te de la alta crítica, de ese género antes desdeñado como se- 
cundario y que en los tiempos modernos ha alcanzado tan 
singular importancia, en manos de grandes pensadores y 
artistas. Los críticos verdaderos son eficaces colaboradores 
del genio creador, e iluminan para los profanos las abismo- 
sas profundidades de las obras maestras, poniendo de relie- 
ve sus más hondas bellezas y perfecciones como el foco po- 
tente que encendido en las entrañas de una gruta, disipa 
las espesas tinieblas y hace brillar las estalactitas, permi- 
tiendo apreciar en toda su belleza la mágica estancia, don- 
de pretendían hallar guarida las aves nocturnas. Asilos 
grandes críticos pusieron en fuga a los necios retóricos que 
oscurecían con sus rastreros comentarios las obras de Home- 

M. A. Caro— Prólosro— II 



ro, de Dante y de Shakespeare; e hicieron lucir en todo su 
esplendor esos monumentos del arte, inaccesibles por su 
misma grandeza a los ojos miopes y acostumbrados a la me- 
dia luz de prosaicos censores. 

La poesía fue pasión dominante de Caro, desde sus 
primeros años hasta los últimos días de su existencia: y la 
cultivó, ya como traductor insigne, ya como poeta original. 
Trajo a nuestra lengua, con arte admirable, preciosas flo- 
res de la poesía latina, entre otras, las elegías de Tibulo y 
las epístolas de Horacio. Pero su obra capital fue la tra- 
ducción completa de Virgilio, trabajo ciclópeo emprendido 
y llevado a cabo en su primera juventud. Este es el monu- 
mento, más duradero que el bronce, elevado por el poeta 
bogotano a su maestro, jefe y guía. Virgilio fue el ídolo de 
Caro: halló en el cantor de la Eneida, si no esa poesía primi- 
tiva, cercana a la naturaleza, que corre fresca, viva y ma- 
jestuosa en los poemas homéricos, sí el arte exquisito, que 
logra fundir los varios elementos de una obra vasta y com- 
plicada en una armonía suprema; e ilumina con serena luz 
espiritual, no sólo el conjunto, sino hasta los más humil- 
des pormenores del poema; la delicadeza afectiva, que 
reemplaza la titánica grandeza de la edad heroica, con la 
expresión penetrante y patética de sentimientos tiernos y 
humanos; el ritmo, ya grave y rotundo, ya blando y dulcí- 
simo; el plan gradioso, que arrancando de los orígenes le- 
gendarios de Roma, conduce la acción hasta la época de 
Augusto y abre al pensamiento perspectivas de futura in- 
acabable grandeza. ¡Virgilio! él se alza en momento provi- 
dencial de la historia, recibiendo reflejos de Homero y 
alumbrando, a su turno, con rayo de inspiración cuasi pro- 
fética. los lejanos horizontes por donde ha de surgir, siglos 
después, el astro de Dante. Para medirse con su poeta, 
Caro se preparó largamente, ensayando sus fuerzas y aco- 
piando todas las riquezas y preseas de la lengua y de la ver- 
sificación castellanas. Su traducción se levanta con la ma- 
jestad de las cosas indestructibles, en el campo de nuestra 
literatura; y no hay hasta hoy en nuestro idioma otra que 
pueda competir con ella en brío de dicción y en elegancia 
poética. ¡Dichoso el que, como él. logra unir su nombre al 
de un inmortal, según la frase célebre de Leopardi ! 

Como poeta original, brilló Caro en la poesía grave 5' 
meditabunda, que hace a un tiempo pensar y sentir. No 
tienen sus versos la sonoridad de la poesía romántica, hija 
de Zorrilla, pero sí un ritmo más hondo, que brota de las 
entrañas mismas del pensamiento. Como poeta clásico aspi- 
ra a la precisión, al relieve, a la pureza de la línea; pero a 
veces su inspiración se expande en forma de honda, solemne 
sinfonía, que nos lleva lejos del mundo; como en la bella 
composición í.a vuelta a la faüin, donde de estrofa en 



— XI — 

estrofa vamos ascendiendo desde las bajas y oscuras regio- 
nes de la tierra hasta las claridades del ideal divino. Pero 
su obra maestra es la oda A la estatua del Libertador. Bolí- 
var fue su héroe, como Virgilio fue su poeta. En sus paseos 
por su ciudad nativa, delacualnuncasalio.se detuvo mu- 
chas veces a contemplar el bronce inmortal de Tennerani. 
que representa al semidiós envuelto en el manto de la me- 
lancolía. Caro admiraba como nadie el canto épico de Olme- 
do, donde aparece Bolívar entre los esplendores de la apo- 
teosis, y se complacía en oír el estruendo de la cuadriga de 
caballos inmortales que conducían al héroe a las cumbres 
de la glorici. Peio su geniu no io inclinaba a la oda pindá- 
rica. sino a la meditación heroica; y contemplando esa ca- 
beza tan bella como la del Apolo de Belvedere, pero más 
conmovedora, porque expresa un dolor infinito, sintió las 
inspiraciones de la musa que consa^jra los supremos infor- 
tunios y convierte el martirio silencioso en apoteosis triun- 
fi»l; la musa de la piedad y de la justicia, que da forma im- 
perecedera a los oráculos de la historia y expresa el fallo 
sereno y reparador de la posteridad. En esas estrofas lapi- 
darias la inspiración asciende con la majestad del vuelo del 
águila, que describiendo círculos inmensos se remonta a 
las alturas andinas. No canta al sol que deslumbra y ciega 
en el cénit, sino al astro rey, que en los lejanos términos del 
horizonte, ya próximo a morir, se ve más grande, velado 
por la tristeza de la hora final. Nuevamente Caro unió su 
destino al de un inmortal; como lo unieron Manzoni y Ten- 
nyson al de los dos guerreros que decidieron la suerte de 
Europa en el campo de Waterloo. 

La ultima grande inspiración de Caro es el Canto ./ 
Silencio, escrito en tercetos dantescos, en que hay más pen- 
samientos que palabras. El formidable ¡uchador. el que 
tantas tempestades había desatado en torno suyo con su pa- 
labra inflamada, invoca al silencio, precursor de la calma 
perpetua. Los últimos años de Caro fueron de meditación 
recogida y silenciosa, de concentración espiritual; y cuando 
la desgracia lo hirió en lo más sensible, arrebatándole a su 
santa compañera, se dispuso a marchar en pos de ella, sordo 
a los reclamos de la popularidad, que volvía a golpear a sus 
puertas disponiéndose a otorgarle ot^a vez los más altos 
honores. Viose entonces que debajo de la férrea coraza de 
aquel hombre, aparentemente estoico, latía un corazón 
sensible, capaz de los más vivos afectos, y que si él hubiera 
escrito sus confesiones íntimas, las hubiera podido encabe- 
zar, como el grande emperador romano sus Soliloquios (¡y 
con cuánta más razón que él!), dando gracias al cielo por los 
bienes domésticos que le había dispensado. 

Grandes y múltiples fueron los talentos de Caro; pero 
quizá por ellos solos no habría merecido este homenaie 



XII 



excepcional; porque mucho sig-nifica el genio, pero para que 
sea benéfico y útil a las naciones debe apoyarse en el fun- 
damento de la virtud. Y Caro fue, no solamente poeta y 
crítico, orador y publicista, filósofo y jurisperito; no sólo 
enriqueció las letras patrias con páginas perdurables, sino 
que dejó ejemplos de esos que honran y enaltecen a un pue- 
blo. No fue él uno de esos caracteres tímidos y acomodati- 
cios, que un g-ran dramaturgo estigmatizó bajo el irónico 
título de <]os hombres de bien,» que no hacen directameqte 
el mal, pero dejan ejecutarlo sin atreverse a formular una 
protesta y aceptan cómodamente los hechos cumplidos. 
Caro no era hombre de virtud pasiva e indolente sino enér- 
gica y activa. Siempre estuvo listo a romper lanzasen defen- 
sa de sus convicciones religiosas y políticas; pero el que 
combatió con vehemencia a sus adversarios fue el mismo 
que, poniendo el pecho al peligro, abogó por ellos en mo- 
mentos críticos de la vida nacional. Nunca tuvo temor a 
nada ni a nadie, excepto a Dios y al testimonio de su con- 
ciencia; y en los más adversos trances ostentó la dignidad 
de un hijo de la República romana. Y como los héroes de 
ésta mostró siempre el más absoluto desinterés, contento 
con abrigar su pobreza en un girón del manto de la patria. 
No hay en sus escritos un solo rasgo que mancille la digni- 
dad del hombre, ni que inspire ideas muelles y utilitarias. 
Por dondequiera dejó lecciones de fe, de constancia, de no- 
ble idealismo. No creyó lícito traficar con las cosas del alma, 
ni prostituir la alteza de la poesía. Amó a su patria con 
afecto indomable, y sufrió por ella «cuanto lengua mortal 
decir no pudo.» Erró a veces, como todos los hombres, pero 
quedando siempre a salvo la firmeza de su convicción; y en 
medio de los grandes desastres morales que le tocó presen- 
ciar, permaneció incólume, revistiendo en la vida la- majes- 
tad que conserva en este bronce. Por eso la Patria lo saluda 
con respeto, y los que fuimos su amig-os y seguidores nos 
descubrimos con emoción y con júbilo al ver instalada su 
efigie a modo de genio tutelar de esta ciudad que iluminó 
con su talento y honró con sus virtudes. 



CHTUOa 



GATULO 

CARM. I. A CORNELIO NEPOTE 

Quoi dono. 

¿ A quién este flamante libro mío, 
Ya por la árida pómez alisado, 
Habré de dedicar? — A ti, Cornelio; 
Pues que a estas mismas bagatelas antes 
Algún valor atribuir solías, 
Cuando j^a, entre los ítalos, tú solo. 
Toda en tres partes dividida, osaras 
La historia desvolver de las edades. 
¡Obra docta, por Jove! 5' arduo empeño. 
Valga lo que valiere aqueste libro, 
Lo que tengo te ofrezco de buen grado. 
Recíbelo por tuyo — ¡Excelsa musa! 
Concédeme que el don no indigno sea, 
Haz tú que más de un siglo viva, y dure. 



II. AL GORRIÓN DE LESBIA 

Gracioso pajarillo, 
Delicias de mi dueño. 
Quien ya contigo juega, 
Ya te abriga en su seno, 

O ya a tu pico ansioso 
Con la yema del dedo 
Halaga, o le provoca 
A algún mordisco acerbo, 

Mi hermosa deseada 
¿Qué trata, dime? Pienso 
Que acaso en ti embebida 
Mitigue oculto fuego. 

¡Pudiese yo contigo 
En semejantes juegos 
Adormecer dolores 
Que acá en el alma siento! 

Pudieses de mis males 
Traerme tú el remedio. 
Cual fue manzana de oro 
De alada ninfa premio. 



Passer. 



¡Manzana por quien dicen 
Que ella, tras largo tiempo. 
Desatar vio su zona 
Por mano de mancebo! 



m, A LA MUERTE DEL GORRIÓN DE LESBIA 

Lugett, o Vtn»r* s 

¡Llorad gracias, amores, 
Llorad el triste caso; 
Bien apuestos mancebos. 
Todos venid, lloradlo! 

Muriósele a mi Lesbia 
Su gorrioncillo caro. 
La niña de sus ojos, 

Y todo su cuidado. 

Garrido 3^ halagüeño 
La conocía tanto 
Como mimado niño 
El maternal reclamo. 

Saltaba en torno de ella. 
Posaba en su regazo. 
Con su piar frecuente 
Su cariño mostrando. 

Y iay! agora camina 
Por los sombríos campos 
De donde a nadie, dicen. 
Acá volver fue dado. 

Tinieblas maldecidas 
Del Aqueronte avaro. 
Que os lleváis cuanto tienen 
De bello los humanos. 

¡Qué lindo pajarillo 
Me habéis arrebatado! 
¡Ay, víctima inocente! 
¡Ay, enemigos hados! 

Tu pérdida mi Lesbia 
Lamenta sin descanso, 

Y por ti sus ojuelos 
Hinche continuo llanto. 



IV. CONSAGRACIÓN DE UN BARCO 

Fhastlus Hit. 

Aquel esquife que veis amigos, 
El más ligero bajel fue antes. 
Tal que ninguno jamás podría 
Aventajarle surcando mares, 
O bien las olas el remo hiriese, 
O bien las velas se desplegasen. 
Que vos sus glorias diréis espera. 
Playas que el Adria mugiendo bate 
Cicladas islas, célebre Rodas, 
Tracias comarcas inhospitales. 
Luenga Propóntide, áspero Euxino, 
Bosques do verde sacro follaje 
Tendió, y anuncios daba silbosos. 
Árbol entonces, si luego nave. 
Que vos sus glorias diréis espera, 
Cítoro umbrío, póntica Amastre, 
Pues él su frente en vuestras cimas 
(Mansión antigua de su linaje) 
Alzó a las nubes, y en las que os besan 
Mojó sus ramas, ondas suaves. 
Al mar lanzado después, sacóme 
Salvo por medio de sus embates, 
O al lado izquierdo, o al diestro diese, 
O igual el viento la lona hinchase. 
Antes que en este límpido lago 
Finalizara largos viajes. 
Voto ninguno le ha consagrado 
A las litóreas divinidades: 
Voto ninguno; mas ora, ajeno 
Por fin a escollos y temporales. 
Ora es muy justo que, envejecido, 
En apacible quietud descanse. 
El a vosotros hoy se consagra, 
¡Ea! benigna luz derramadle. 
Astros gemelos. Castor y Pólux, 
Númenes gratos al navegante. 



V. A LESBIA 

Wivantus, mta Ltsbia. 

Vivamos, pues, y amemos. Lesbia mía. 
Y las hablillas de ceñudos viejos 
Un as no nos importen todas juntas. 



— 6 — 

Sepóltanse los soles, y renacen; 
Nosotros, ¡ay! faltando esta luz breve. 
Iremos a dormir perpetua noche. 
Dame mil besos, Lesbia, y ciento luego, 
Mil besos luégfo, y ciento vuelve a darme, 

Y otros mil, y otros ciento; y cuando hayamos 
Acumulado miles sobre miles, 
Confundámoslo todo, y no haya cuenta, 

Y el número fijar nosotros mismos 
Jamás podamos; y espantada viendo 
Montón de besos tal, calle la envidia. 



Vn. A LKSBIA 

Quaeris quot mihi 

Qué número de besos 
Tus labios darme deben. 
Para que baste y sobre, 
Saber, mi Lesbia, quieres. 

Sabráslo a punto fijo, 
Sabráslo como vueles 
Allá a las aromosas 
Llanuras de Cirene. 

Y cuantas arenillas 
Hay desde el templo hirviente 
De Jove hasta el sepulcro 
Del viejo Bato cuentes; 

Como cuentes los astros 
Que en la noche aparecen, 
De furtivos amores 
Callados confidentes. 

Quizá eso baste y sobre; 
¡Mas guarte! no sospeche 
El número la envidia 
Y a enhechizarnos pruebe. 



Vm. A Sf MISMO 

¡Pobre Catulo! 
No andes v=in seso. 
De lo perdido 
Deja el recuerdo. 
Días de oro 
Gozaste un tiempo 



Miser Catulle. 



— 7 — 

Cuando del labio 
Ibas suspenso 
De la que amaste 
Cual bajo el cielo 
Mujer ninguna 
Pudiera serlo; 
Y sus desvíos 
A tus deseos 
Más dulce hacían 
El vencimiento. 
¡Días de oro 
Gozaste un tiempo! 
Ora te mira 
Lesbia con ceño. 
Tú no pretendas 
Cazar los vientos: 
Busca el reposo, 
Vive contento. 
De hoy más, Catulo, 
Hazte de hielo. 

¡Adiós, oh Lesbia! 
¡Adiós eterno! 
No más esperes 
Oír mis ruegos; 
Ya habrás, ingrata, 
De echarlos menos. 
Días se te abren 
Tristes y negros, 
¿En quién ahora 
Pondrás tu afecto? 
¿Tendrás quien sea 
Tu esclavo y dueño? 
¿Quien venga a hurtarte 
Sabrosos besos? 

De hoy más Catulo 
Será de hielo. 



IX. A VERANIO 

Verani, ómnibus. 

Oh, entre miles de amigos grande amigo 
iVeranio! ¿Es cierto que a tu casa, al sacro 
Hogar, a tus hermanos entrañables 
Has vuelto salvo, y a la madre anciana? 
Cierto es, volviste ya. ¡Dichosa nueva! 
Ya verte, oírte, disfrutarte puedo: 



— 8 — 

De Iberia tú, de sus diversos pueblos 

Hechos referirás, costumbres, sitios, 

Cual lo sabes hacer. A ti allegado. 

Tu dulce boca besaré y tus ojos. 

¡Oh! si puede haber dicha entre los hombres, 

¿Quién hoy, cual yo, feliz se siente y goza? 



XI. A FURIO Y AURELIO 

Furi et Aureli. 

Furio y Aurelio, de Catulo amigos. 
Que por seguirme, a los remotos Indos 
Fuerais alegres, donde el mar las costas 

Bate sonoro; 

O ya a la Hircani y a la Arabia fértil, 
O al Cita, al Parto flechador; o al Nilo, 
Que al Golfo entrando multifauce, vuelca 

Túrbidas ondas. 

O a ver el Alpe superando, erguido. 
Los monumentos del potente César, 
El Rin famoso, o al que aislado mora 

Rudo Britano: 

Sí, Aurelio y Furio, por doquier vosotros 
Fuerais gozosos; mas volved, os ruego. 
Fieles llevando a mi querida ingrata 

Duros adioses. 

Que viva y reine entre amadores ciento, 
Que los fatigue en sus lascivos brazos. 
Siempre inspirando, sin sentirlos nunca. 

Celos y amores. 

Ni a mirar vuelva si mi amor revive, 
Que su perfidia la mató en mi pecho. 
Como, al pasar, el campesino lirio 

Troncha el arado. 



XXX. A ALFENO 

Alphene immetnot . 

¡Alieno ingrato, falso con tus amigos íntimos; 
Con el que más te amaba, sin compasión, cruel 
Engañarme no dudas, traición hacerme, pérfido. 
¿Qué? ¿placerá a los dioses del hombre la doblez? 



Mas tú nada respetas y abandonas al mísero, 
De hoy más honrados pechos ¿en quién podrán creer? 
lAh! tú al armado lazo rae impulsabas solícito. 
Como a lugar seguro a deslizar el pie. 

Y ya tus prendas vanas, y ya tus votos írritos 
Entregas de los vientos y nubes a merced. 
Te pesará algún día; tú olvidas, no los númenes. 
Eternos vengadores de la violada fe. 



XXXI. A LA PENÍNSULA DE SIRMIÓN 

Peninsularum . 

¡Oh tú, de cuantas islas 
Y penínsulas sabe 
Sacar Neptuno a flote 
Doquier su imperio alcance! 

¡Oh tú las más hermosa. 
Oh perla de los mares! 
iSalve tranquilo albergue. 
Sirmión risueña, salve! 

Paréceme que sueño 
Al ver que ya distantes 
De Tracia y de Bitinia 
Atrás los campos caen. 

Paréceme que sueño 
Mirando estos lugares, 
La mente sin enojos, 
Dejado un peso grande. 

Pues a esta paz segura 
¿Qué bien habrá que ¡guale. 
Cuando después de largos 
Contratiempos y afanes. 

Cansado el peregrino 
Torna a su propios lares. 
En su anhelado lecho 
Tranquilo a reclinarse? 

¡Oh Sirmión, suspirado 
Fin de azaroso viaje! 
¡Oh playas apacibles, 
La bienvenida dadme! 



— 10 — 

Y tú, lago riente. 
Tus blandas ondas trae; 
Acá a arrullarme vengfan 
Con su rumor suave. 

Ecos alborozados 
Doquiera se levanten, 
Y del antiguo dueño 
Todo la vuelta aclame. 



XXXIV. HIMNO A DIANA 

Dianae sumus , 

Doncellas, castos jóvenes, 
Cultores de Diana; 
Doncellas, castos jóvenes, 
Cantemos su alabanza. 

Oh de Júpiter Máximo, 
Latonia, prole magna, 
En Délos olivífera 
Nacida tú y criada. 

Para que montes arduos 
Ya adulta dominaras. 
Verdes bosques, recónditos, 
Y resonantes aguas. 

A ti. Lucina, invocante 
Las hembras aquejadas; 
Tú, podeross Hécate. 
Tú, luna en noches claras. 

Tú, diosa, en breves órbitas 
Mides la anual jornada; 
De frutos hinches próvida 
Del labrador la granja. 

Cualquier sagrado título 
Que recibir te plazca. 
Como hasta aquí, de Rómulo 
La antigua gente ampara. 



— 11 — 

XLV. DAFNE Y SÉPTIMO (l) 

Acmen Septimius. 

A Dafne en sus brazos tiene 

Septimio, 3-^ Dícele: — «¡Oh Dafne, 

«Bien mío! si hoy no te amo, 

«Si alg-una vez no te amare 

«Tan desesperadamente, 

«Como amar no pudo nadie, 

«Por los desiertos de Libia 

«Solo y sin defensa vague, 

«Y a un león que me devore, 

«Fuerza superior me arrastre. > 
Dice; y amor, que se mostrara esquivo, 
Con fausto auspicio resonando aplaude. 

Hacia el galán la cabeza 
Ella revuelve suave. 
Y sus embriagados ojos, 
Besa con labios fragantes. 
«¡Septimio, bien de mi vida! 
«Si mi pasión es más grande, 
«Más embravecido el fuego 
«Que en mis tiernos huesos arde, 
«Sólo a éste de hoy más sirvamos, 
«Sólo a éste en nosotros mande.» 
Dice; y amor, que se mostrara esquivo, 
Con fausto auspicio resonando aplaude. 

Con fausto auspicio iniciados 

Ved los amados amantes: 

Con mutuo afecto dichosos, 

Septimio prefiere a Dafne 

A cuantos tesoros Siria, 

A cuantos Britania guarde, 

Mientras Dafne de Septimio 

Todas las delicias hace. 
¿Qué copia más galana de amadores? 
¿De Venus qué alta prez que a éstas se iguale? 



(l) La eufonía castellana nos ha obligado a mudar Acmé en 
■ Dafne. 



— 12 — 

XLVI. VUELTA DE LA PRIMAVERA 

Calor esparce 
La primavera; 
Del equinoccio 
Los vientos cesan 

Y en cambio suave 
Céfiro alienta. 
Los frigios campos 

Y de Nicea 

El clima ardiente 
Catulo deja. 
Por las ciudades 
Del Asia bellas 
Mi pensamiento 
Rápido vuela, 

Y ya moverse 
Mi pie desea. 
Dulces amigos, 
¡Adiós! nos llevan 
A nuestros lares 
Diversas sendas. 



lam ver 



Disset tissime . 



XLIX. A CIO RON 

TÚ, de la romana gente 
El más sabio y elocuente 
En ésta, en pasadas épocas 
Y en el tiempo que vendrá, 

El que, como entre oradores 
Llevas los sumos honores, 
Lleva entre vates los ínfimos, 
Gracias, Cicerón, te da. 



LL A LESBIA 

///<? mihi. 

Igual a un dios, y si posible fuese. 
Aún más que a un dios se me figura; ¡ay Lesbia! 
El que sentado faz a faz te mira, 
Te oye riente. 

En tanto que él de tus ternezas goza 
Mísero yo desfallecer me siento, 
Que torno a verte y en el punto mismo 
Todo me falta. 



— 13 — 

Torpe la lengua se me anuda, corre 
Llama secreta por mis miembros, zumban 
Ya mis oídos, y pesada noche 

Cubre mis ojos. 

Funesto el ocióte será, Catulo, 
Y tú en el ocio te solazas. iGuarte! 
Cetros el ocio y fortunadas villas 
Ha sepultado. 



OTRA TRADUCCIÓN 
Soneto. 

Igual a un dios, oh Lesbia, me parece, 
Más que un dios, si es posible, ese que asiento 
Tiene cerca de ti, y oye tu acento 

Y en tus dulces sonrisas se embebece. 

Mirándote, mi seno se estremece. 
Fuego sutil que me penetra siento, 
Fáltanme ya las fuerzas y el aliento (1), 

Y el corazón opreso desfallece. 

Se anuda al paladar mi lengua yerta. 
Nubloso velo cubre mis miradas. 
Sordo rumor en mis oídos zumba. 

¡Ay que te gozas en el ocio. Alerta, 
Catulo, alerta! Aún tronos y afamadas 
Gentes el ocio derribó en la tumba. 



Ln. A SI MISMO 

Quid esí, Catulle . 

¿Qué más aguardas ya para morirte, 
Catulo, di? Curul asiento ocupa 
Nonio; para obtener el consulado 
Vatinio jura en falso. Di, Catulo, 
¿Qué más aguardas ya para morirte? 

LV. A CAMERIO 

OramuS', si forte. 

Díme, Camerio (y te ruego 
Que la indiscreción perdones} 
¿En qué escondrijos te ocultas. 
En qué impenetrable noche? 

(1) Verso de Valbuena. 



14 



Ya te he buscado en el Circo, 
Por las termas y mesones, 
Recorrí el Campo de Marte, 
Visité el templo de Jove; 

Del teatro de Pompeyo 
Miré los alrededores, 

Y al paso detuve a cuantas 
Mujercillas te conocen. 

Viendo su aire indiferente 
«Ladronzuelas,> dije, «¿a dónde 
Tenéis oculto a Camerio? 
<¡Mal haya quien me lo robe!> 

Alguna del blanco seno 
Al punto el velo descoge, 

Y «entre botones de rosa 
«Aquí se anida, > responde. 

En fin, que cazarte es ya 
Obra de Hércules, no de hombres; 
Con tal esquivez, amigo, 
Te escabulles y te encoges. 

¿Dónde habremos de encontrarte? 
Dinos ya, ¡no más temores! 
Aquel, cual la leche blanco, 
¿Será el seno que te esconde? 

Si la lengua no desatas 
Perder del amor los goces 
Podrás, que a Venus no placen 
Taciturnos amadores. 

O cerrado ten el pico, 

Y conmigo no te enfosques, 

Y de una gentil pareja 
Ser yo el confidente logre. 

¡Ah! si del gigante Talo 
Tuviese los pies de bronce; 
Si en volandas me llevase 
Pegaso, a mi arbitrio dócil. 

Si Padas la planta leve, 
Perseo el ala veloce 
Me diesen, Reso el empuje 
De sus potros voladores; 



15 



Si cuanto hoy de fuerte y ágil, 
Si los repartidos dones 
De las aves y los vientos 
En mí juntasen los dioses. 

Ni aun así hallarte lograra, 
Y desmayado, a la postre. 
Conmigo en tierra daría 
Bajo pesadumbre enorme. 



Vesper adest. 



LXII. CANTO NUPCIAL 

Mancebos. 

Alzaos, amigos, que asaz esperada 
Lucir de la tarde la estrella se ve; 
Las mesas debemos dejar suntuosas. 
Presagio de instantes dulcísimos es. 
El Héspero asoma, la esposa se acerca, 
y el canto se anuncia de dicha y placer. 
lOh, vén, Himeneo, vén, dios de las bodas! 
iVén, dios de las bodas. Himeneo, vén! 

Doncellas. 

Tiempo es. compañeras, alcémonos luego; 
Lucir de la tarde la estrella se ve, 
Y ya a sus destellos los jóvenes saltan, 
Con aire, mirados, de ufana altivez. 
Con ellos el canto lidiar nos incumbe, 
Por más que no en vano presuman vencer. 
¡Oh, vén. Himeneo, vén, dios de las nupcias! 
IVén, dios de las nupcias, Himeneo, vén! 

Mancebos. 

No fácil, amigos, la palma se ofrece 
El canto consigo meditan, ¿las veis? 
El canto no en vano meditan; no es letra 
Fugaz, la memoria consérvalo fiel. 
Nosotros, en tanto, tender el oído 
Debemos, respuestas forjando a la vez. 
Si a empeño estudioso la palma se otorga 
Por ellas vencidos saldremos, a fe. 
No importa: lidiemos, que honor lo demanda 
Pensosos, ¡oh amigos, callad, atended! 
lOh, vén. Himeneo, vén, dios de las nuncias, 
IVén, dios de las nupcias, Himeneo, vén! 



— 16 — 
Doncellas. 

¡Héspero inclemente! ¿cuál astro en el cielo, 
Cuál hubo, que lumbre tan lúgubre dé? 
Tú arrancas del seno de madre amorosa 
Que llora, y en vano reclama su bien, 
La tímida virgen, la arrancas, y en brazos, 
En brazos la entregas de ardiente doncel. 
¡Oh, vén, Himeneo, vén, dios de las nupcias! 
¡Vén, dios de las nupcias. Himeneo, vén! 
En plaza asaltada por armas sangrientas 
Guerrero ensañado ¿qué más podrá hacer? 
¡Oh, vén Himeneo, vén dios de las nupcias! 
¡Vén, dios de las nupcias. Himeneo, vén! 

Mancebos. 

¡Héspero benigno! ¿cuál astro en el cielo. 
Cuál hubo que lumbre más plácida dé? 
Unión acordada por padres y esposos. 
Fanal que tú enciendes vendrá firme a hacer: 
Tú sellas el pacto. ¿Cuál nunca a los hombres 
Hicieron los dioses más alta merced? 
¡Oh, vén, Himeneo, vén, dios de las bodas! 
Vén, dios de las nupcias. Himeneo, vén! 

Doncellas. 

Tú de nuestro gremio, tú nos arrebatas 
Una compañera, ¡Héspero cruel! 
Asomas, y alerta los guardas vigilan, 
¡En vano! ya empujas la noche a esconder 
Audaces raptores, que, nombre distinto 
Tomando, seguros alumbres después. 
¡Oh, vén Himeneo, vén, dios de las bodas! 
Vén, dios de las nupcias. Himeneo, ven! 

Mancebos. 

Héspero, ¿a las falsas quejosas escuchas? 
Su pecho te adora, su boca es infiel. 
lOh, vén, Himeneo, vén dios de las bodas! 
Vén, dios de las nupcias, Himeneo, vén! 

Doncellas. 

Mirad cuál se abre del céfiro al soplo 
La flor solitaria de oculto vergel. 
Que el sol vivifica, refresca el rocío, 
Y nunca ultrajaron arado ni buey. 
Ved cual los zagales, ved cual las zagalas 
Al par la requieren; mas luego que fue 



— 17 — 

Del tallo cortada, marchítase, y todos 

Y todas con sesgo semblante la ven. 
Feliz así a todos la virgen encanta, 
La púdica virgen, mas deja de ser 
Codicia de aquéllos, de aquéllas cuidado, 
Si al yugo ha rendido la candida sien. 
¡Oh, vén Himeneo, vén, dios de las bodas! 
¡Vén, dios de las bodas, Himeneo, vén ! 

Mancebos. 

Mirad ¡oh! cuan triste la vid aparece 
Que en yerma campiña creció sin sostén! 
Jamás se levanta, jamás dulces frutos 
Crió; de la humilde raíz a nivel 
Los vastagos tiende, su peso la agobia, 

Y buey y viñero la ven con desdén. 
Mas ¡cuan diferente si un olmo lozano 
Tendiendo los ramos le ofrece dosel! 
Entonces, al verla, al par en su abono 
Se empeña el viñero, esfuérzase el buey. 
Así la doncella que esposo no halla, 
Tristísima espera la helada vejez; 

Si, empero, en buen hora sus vínculos fija, 
Un padre descansa, la adora un doncel, 
¡Oh, vén Himeneo, vén, dios de las bodas! 
í Vén, dios de las bodas, Himeneo, vén! 

Coro. 

Mas, ¡ah!no pretendas, ¡oh candida virgen! 
Negar a las ansias del joven a quien 
Te llevan tus padres, el dulce tesoro. 
Que no todo es tuyo, las partes son tres: 
Cedió ya tu padre, cedió sus derechos 
Tu madre, los tuyos otorga también; 
Corona esperanzas de padres y esposos, 
¡Oh, virgen, y todos felices seréis! 
¡Oh, vén. Himeneo, vén, dios de las bodas! 
¡Vén, dios de las bodas. Himeneo, vén! 



LLXIV. LAMENTOS DE ARIADNA (124 — 201) 

Aut ut eam tristi. ..... 

Fama es que la infelice como loca. 
Del fondo de su pecho enardecido 
Gritos lanzaba de dolor agudos; 
Y ya trepaba por las agrias breñas 

M. A. Caro- Traducciones— 2 



— 18 - 

Para poder desde elevada cumbre 
Sobre el lejano mar tender la vista; 
Ya, arregazada la ligrera veste. 
Iba al encuentro de las crespas ondas, 
Y con húmedo rostro entre sollozos 
Helados el postrer lamento exhala: 

*¿Y así pudiste, ¡pérfido! arrancarme 
«Al caro seno de los patrios lares 

«Para después dejarme 
«Sola y cautiva en los desiertos mares? 

«¿Y así a los justos dioses despreciando 
«Tus promesas al aire ufano entregas, 
«Y del perjurio infando 
«Haciendo alarde, hacia tu hogar navegas? 

«¿Y nada pudo del horrible intento 
«Moverte? ¿Y en tu pecho de diamante 

«No cupo sentimiento 
«De compasión por tu infelice amante? 

«¡Cuan otros tu promesa y mi deseo 
«Fueron memorias de fugaces días! 

«La pompa de Himeneo, 
«Y amor, eterno amor me prometías. 

«¡Oh crédulas mujeres! los acentos 
«Del hombre no escuchéis si queréis vida: 

«Pródigo en juramentos 
«Sacia su ardor, y el juramento olvida. 

«¡Traidor! del lazo de la muerte fiera 
«Yo te salvé con industriosa mano, 

«Yo dejé que gimiera 
«La sombra airada del perdido hermano. 

«Y en premio de los bienes que te hice, 
«¡Abandonada moriré, y mis restos 

«Ay víctima infelice! 
«A bestias y aves quedarán expuestos. 

«Ni quien me ampare de ellas en mi muerte 
«Habrá; cadáver yaceré desnudo. 

«Cuál tigre en sí tenerte, 
«O en qué caverna alimentarte pudo? 

«¿Qué Scila, qué Caribdis maldecida, 

«Qué sirte hirviente te abortó entre espumas, 

«A ti que a quien tu vida 
«Salvó, con todo tu poder abrumas? 



— 19 — 

«¿Porqué, si de himeneo te apartaba 
«De anciano padre prohibición severa, 
«No me llevaste esclava, 
«Que con ser tuya venturosa fuera? 

«Yo misma con mis manos lavaría 
«Tus blancos pies en linfa transparente; 

«Yo misma cubriría 
«Tu rico lecho en púrpura fulgente. 

«¡Oh inútil afanar del pecho míol 
«¿A dónde van mis trémulos acentos? 

«¿A dó mi desvarío? 
«Ni oír ni responder pueden los vientos. 

«Y ya lejos, muy lejos, la engañosa 
«Nave las olas sosegadas hende; 

«Torno a mirar, la algosa 
«Playa vacía en derredor se extiende. 

«No encontrará mi voz un eco amigo; 
«Ríese de mi bárbaro tormento 

«La suerte, y sin testigo 
Mi queja exhalo y mi postrer lamento. 

«¡Omnipotente Júpiter! ¡pluguiese 
«Que ática nave en malhadado día 

«Jamás tocado hubiese 
«En los confines de la patria mía! 

«Que nunca hubiese en Creta penetrado 
«Ese odioso, ese pérfido extranjero 

«¡Con el tributo usado 
«Del laberinto al habitante fiero! 

«Que nunca a Ariadna, huésped ominoso 
«Fuera a implorar y fementido amante, 

«Su corazón doloso 
«Velando con las gracias del semblantel 

«¿Y a dónde he de mirar? ¿será que haya 
«Alivio a tanto mal? ¿Volver al mundo? 
«¿A la Cretense playa? - 
«Interpónese el piélago iracundo. 

«¿Será que un padre amante me dispense 
«Auxilio? Yo le abandoné ya anciano, 

«Siguiendo a ese ateniense, 
«Empapado en la sangre de mi hermano. 

«¿O podré en el amor de un fiel esposo 
«Esperanza buscar, hallar consuelo? 



— 20 — 

«Creyó el remo moroso 
«Para dejarme en soledad y duelo. 

«Ningún abrigo, habitación ninguna, 
«Sola la playa abandonada y triste, 

«Y la onda importuna 
«Con que agitado el piélago me embiste. 

«Fuga, esperanza, todo me es negado, 

«No hay quien se duela de mi acerba suerte; 

«Todo mudo, y aislado, 
«Y doquiera la imagen de la muerte. 

«Mas no se aleje esta ánima doliente, 
«No se cierren mis ojos a la vida, 

«Sin que un grito vehemente 
«Clame a los dioses y justicia pida. 

«De mi existencia en las postreras horas 
«Moveré a compasión a las deidades. 

«Oh furias vengadoras 
«Que castigáis del hombre las maldades! 

«Vosotras, a cuyo hombro turbulenta 
«La madeja de sierpes se derrama, 

«Y en cuyo rostro alienta 
«Con siniestro fulgor interna llama! 

«Vosotras escuchad el gran gemido 
«Que en su justo furor y amor burlado, 

«En soledad 3' olvido 
Lanza mi corazón desesperado: 

«Que el abandono y duelo congojoso 
«En que hoy sumida, ¡ay mísera! me veo 

«Con su linaje odioso 
«Sufra por siempre el impostor Teseo¡> 



LXV. A HORTALO 

Essi me assiduo. 

Víctima débil de dolores graves, 
Hórtalo, niega los presentes días 
Al coro de las vírgenes suaves, 

Y en el rudo vaivén de olas impías 
Que me envuelven, no logra mi deseo 
Concertar las usadas armonías. 

¡Ay! cada instante ante mis ojos veo 
La imagen triste del hermano mío 
Que en las calladas aguas del Leteo 



— 21 — 

Baña el pie exangüe, y duerme el sueño frío 
De la muerte en remoto y hondo lecho, 
Allá de Troj'a en el confín sombrío. 

¡Ay, alma mía! ¿y al paterno techo 
No has de venir ya nunca, ni tu blando 
Acento escucharé, ni contra el pecho 

Te volveré a estrechar? Pero llorando 
Te amaré siempre, y tu temprana muerte 
Siempre estaré en mis versos lamentando, 

Sin que más triste a querellarse acierte 
Procne, de un olmo entre el ramaje umbrío, 
A Itis llorando y su infelice suerte. 

Empero, en tanto duelo, Hórtalo mío, 
Los versos que labró el hijo de Bato 

Y en tu obsequio tradujo, allá te envío. 

No pienses ya que de tu dulce trato 
El recuerdo se aparta de mi mente 

Y tu encargo a los vientos doy ingrato. 

Bien cual la virgen que si incautamente 
De su veste en los pliegues escondiera 
El don furtivo de amador ardiente, 

Si ve entar a su madre, a quien no espera, 
Se alza azorada: rápida la poma 
Huye, y la llama del pudor ligera 
En su mejilla a su despecho asoma. 



LXX. INCONSTANCIA DE LA MUJER 

Nulli se dicit. 

Hoy la mujer que adoro así me dice: 
«Sólo a tu lado yo vivir anhelo; 
«Sin ti fuera infelice 
«De Júpiter consorte allá en el cielo.» 

Mas iay! de la mujer el juramento. 
El juramento que hace a quien la adora. 
En las alas del viento 
Escrito está, y en onda bullidora. 



.— 22 — 

LXXII. A LESBIA 

Dicebas quondam 

Lesbia en felices días 
Amarme prometías, 
A mí exclusivamente, 

Y que a Jove potente 
Por mí despreciarías. 

Yo entonces fui tu amante; 
Amábate, no obstante, 
No como a hermosa dama, 
Mas como el padre ama 
Al inocente infante. 

iHoy conozco quién eres! 
Hoy que cruel me hieres, 
Todavía té amo. 
Aunque mujer te llamo 
Vil entre las mujeres. 

iQue portes tan ajenos 
De lealtad son buenos 
A hacer a los amantes 
Amar mucho más que antes 

Y queier mucho menos! 



LXXni. A UN INGRATO 

Derine de quoquam. 

No habrá, aunque todo lo des 
Quien agradezca tus dones; 
En todos los corazones 
La ingratitud reinar ves. 

Hacer beneficio es 
Inútil. ¿Inútil digo? 
IFuente de males! — Conmigo 
Nadie se encarniza así 
Como ese de quien yo fui 
El solo y único amigo. 



LXXV. A LESBIA 

Nulla potest mulier. 

Jamás mujer ninguna 
Tanto ni en tal manera 
Fue amada, cuánto y cómo 
Te amó Catulo, ¡oh Lesbia! 



— 23 — 

Jamás hombre ninguno 
Hubo ni habrá que sepa, 
Tanto cual yo a las mías, 
Ser fiel a sus promesas. 

Y ahora a tal extremo 
Me arrastran tus ofensas, 
A extremo tal mi propia 
Constante fe me lleva. 

Que no, si arrepentida. 
Que )-o a estimarte vuelva 
Harás, ni que de amarte 
Deje, aunque más desciendas. 



LXXVI, A sí MISMO 

Si quB recordanii 

Si volviendo a mirar la edad vivida. 
Remembrando los años que han pasado. 
Grato es ver que fue pura nuestra vida. 

Que no hemos nunca el juramento hollado. 
Que nunca pudo haber quien se quejase 
De haber nosotros a la fe faltado, 

En fuente de consuelo tornaráse, 
Catulo, aqueste amor, cuando tu mente, 
Andando el tiempo, en calma lo repase; 

Pues cuanto bien el hombre juntamente 
Puede hacer y decir, tanto fue hecho 
Por ti, y dicho, en favor de la inclemente 

Que esas memorias borra de su pecho 
Cual vano sueño. ¡Oh ciego desatino! 
¿A qué afligirte sin ningún provecho? 

¿Cuándo será que del fatal camino 
Salgas, y alcances con valor la palma. 
Venciendo los rigores del destinó? 

¡Ay! ¡Es difícil arrancar del alma 
Amor de largo tiempo en sólo un día! 
Sólo así, empero, la anhelada calma 

Conseguirás, de salvación la vía 
Única es ésta; no te arredre nada, 
Y difícil o nó, lucha, porfía! 



— 24 — 

Dioses, si el infortunio os apiada, 
Si a alguno de la muerte en la agonía 
Salvó vuestro favor, una mirada 

Volved, escudriñad la vida mía, 
Y, si la hallareis de maldad exenta, 
Libradme de este mal que noche y día. 

Calando hasta los huesos, me atormenta, 
Fiebre que toda paz, todo recreo 
Ya de mi pecho para siempre ahuyenta! 

No pido, nó, lo que imposible veo. 
Que deponga la ingrata su inclemencia 
Y a serme fiel convierta su deseo. 

Mas que, al fin, de esta mísera dolencia 
Libre quede, a mi paz restituido. 
Dioses, si algo os merece la inocencia. 
Fáciles dad lo que gimiendo pido! 



LXXXm. A QUINTIO 

Quinii, si tibi vis. 

Quieres que por ti, Catulo 
De la lumbre del sol goce; 
Y, si hay algo que, viviendo, 
Muy más que el vivir le importe, 

¿Quieres, Quintio, eso te deba? 
Pues no la lumbre me robes 
Del sol, no aquello que vale 
Más que todo: mis amores. 



LXXX.VI. DE su AMOR 



Amo a un tiempo y aborrezco. 
— ¿Cómo ser puede? — No sé; 
Pero en mí lo siento, a fe; 
Yo esa tortura padezco. 



Odi et amo. 



LXXXVn. QUINTIA Y LESBIA 

Quintia formosa esi. 

Hermosa parece a muchos 
Qu'ntia. Yo digo que es blanca, 
Que es alta Quintia y esbelta, 
Y no he de ponerle tacha. 

Mas si otros a ese conjunto 

Mujer hermosa le llaman, 

No yo, que en cuerpo tan grande 

No encuentro pizca de gracia. 

Lesbia, demás de que es bella. 
Por partes examinada. 
Todas las gracias de todas 
Sola reúne, y encanta! 



XCn. DE LESBIA 



Lesbia mi dicií . 



Digo que Lesbia me ama 
Porque de continuo clama 

Contra mí, 
¿Me preguntáis porqué así? 
— Porque hablo contra esa dama 

También yo, 
Mas si el labio dice nó. 
El corazón dice si. 



XCm. CONTRA CESAR 



Nil nitniutn studeo. 



En poco, César, tendré 
Ser para ti o no ser grato, 
Ni de averiguar ya trato 
Si eres blanco, o negro, o qué. 



XCVI. A CALVO, SOBRE LA MUERTE DE QUINTILIA 

Si quidquam mu tis. 

Si llevar puede, Calvo, algún consuelo 
A las calladas tumbas nuestro duelo, 
Aquel pesar que adentro persevera 
Cuando viejos amores renovamos 



— 26 — 

Y perdidas lloramos 
Las amistades de la edad primera, 
No a tu Quintilla, no tan ¿olorosa 
Será, amigo, su muerte prematura. 

Cuanto llorada esposa. 
Se gozará en tu amor que firme dura. 



CI. AL SEPULCRO DE SU HERMANO 

Multas per gentes. 

Por regiones y mares espaciosas 
He venido a este límite lejano, 
Donde por siempre en soledad reposas, 

Para rendir a tu sepulcro, hermano, 
Los últimos obsequios y contigo 
Muda ceniza, lamentarme en vano, 

Ya que así el hado se ensañó conmigo. 
Robándote allá lejos la irapia muerte 
En medio de los años sin testigo. 

De nuestros padres en mi acerba suerte 
Siguiendo el rito venerable y santo, 
Vengo fúnebres dones a ofrecerte. 

Acéptalos, te ruego, y este llanto 
Que ora sobre ellos de mis ojos rueda. 
Grato sea a tus manes. Entretanto 
Adiós, hermano, adiós por siempre queda. 



CVn. A LESBIA 

Si quioquam cupido. 

Si llega de repente 
A quien ya nada espera 
Lo que anheló ferviente, 
¡Oh! dicha es eso, dicha verdadera. 

Rotos creí estos lazos. 
Perdido mi tesoro 
Y súbito a mis brazos 
Vuelve ¡qué gloria! la mujer que adoro. 

Cuando ya fallecía. 
Cuando menos lo espero. 
Vuelves, Lesbia. Oh gran día. 
Que yo con blanca piedra notar quiero! 



— 27 — 

¿Quién habrá pronunciado 
Más grata bienvenida? 
¿Quien se verá obligado 
A amar tanto cual yo la dulce vida? 



CIX. A LESBIA 

lucundum, mea í/iia. 

Me propones vida mía, 
Que antiguos lazos se anuden, 
Que mutuo amor nos cautive 

Y amor que jamás se mude. 

Haced, dioses, que su labio 
Esta vez verdad me anuncie, 
Que del fondo de su pecho 
Vengan promesas tan dulces! 

Bendecid el juramento, 
Misericordiosos Númenes, 

Y hasta el último suspiro 
Este santo afecto dure (1). 



(1) Verso de Valbuena. 



QUCRECID 



LUGRETII GARI 

e poemate de Rerum Natura excerpta. 
Iniiiunt libri ptimi- {A vetsu i ad 102). 

INVOCACIÓN Y EXPOSICIÓN 
yEneadum genitrix. 

¡Madre de los romanos, de los hombres 
Delicia y de los dioses, alma Venus! 
ITú que presente a cuanto el sol otea. 
En los campos del Ponto navegables 

Y en el seno frugífero resides 

De las tendidas tierras! Los vivientes 
Tú reproduces, y a la vida nacen 
Que tú dispensas. A tu vista ¡oh diosa! 
Huyen las nubes y los vientos cesan. 
La tierra de sus flores el tesoro 
Prodiga, ríen los dormidos mares. 
Ábrese el cielo y resplandece el día! 

Al empezar la primavera hermosa. 
Vida derrama con aliento blando 
Céfiro en la floresta. De tu numen 
Las voladoras avecillas llenas 
Triscando van, y tu venida anuncian. 
Las fieras, los rebaños por tu influjo 
Amando vagan y gozando, ¡oh diosa!; 
Vallados burlan, ríos atraviesan, 

Y van allí donde el placer los llama. 
Tú en medio de las aguas, en los montes. 
So el techo de los pájaros frondoso 

Y por campos y valles, a los seres 
Plácido amor inspiras, y el deseo 
Insinúas, haciendo que la vida 
Lleguen doquier en sucesión constante. 

¡Si de naturaleza, omnipotente 
Reina eres pues; si cuanto bello existe 
De ti su esencia recibió; si nada 
A las regiones de la luz se eleva 
Sino por ti, tu protección imploro! 
Dame favor; que declarar intento 
La ley arcana de las cosas todas 



— 32 — 

A Memnio a quien de ing-enio esclarecido 

Fácil ornaste y de virtudes tantas; 

Por eso el verso majestad requiere. 

Mas primero a la mar y a las naciones 

La paz envía y de homicidas armas 

Calle el rumor. Tú sola poderosa 

Eres a tanto; que el sangriento Marte 

De amor a veces la profunda herida 

Siente en el corazón, y, encadenado, 

En tu regazo yace deleitoso. 

¡Que es verle, el cuello lánguido, en los tuyos 

Fijos sus ojos, y arrobada el alma! 

Así en tu seno reclinado, en torno 

Cíñele tú con amoroso lazo, 

Y de tu dulce labio blandos rueg^os 
Deja caer, porque permita a Roma 
Que al fin en brazos de la paz descanse. 
Pues no el poeta entre el tumulto horrible 
De agitaciones populares, puede 

Libre cantar, ni el generoso amigo 
Oír su voz, cuando a las puertas santo 
Deber le llama a defender la patria! 

Tú, si es dable, a cuidados enojosos 
Las horas hurta y fáciles oídos, 
Memnio, a la voz de la verdad convierte, 
Ni esta que ahora con atenta y larga 
Labor expongo, y cual humilde obsequio. 
Arcana ciencia, te presento, sea 
Desdeñada por ti, no comprendida. 
Del cielo, de la esencia de los diosos 
Debo primero hablar, y de los seres 
La razón expondré: De la Natura 
Exploraré la fuerza creadora; 
Cómo conserva lo que enjendra; en dónde 
Lo que disuelve deposita; cómo 

Y en qué lo cambia: aquello que materia^ 
Generativos aiefpos (explicando 

El universo) y gérmenes nosotros 
Denominar solemos, y -princi-pios^ 
Porque lo son de cuanto alienta y vive. 

Como en la tierra vegetase el hombre 
Por la superstición anonadado 
Que del cielo sacando la cabeza 
Con fiero aspecto amenazaba al mundo, 
Osó el primero los mortales ojos 
Del fango un Griego levantar y noble 
Resistencia oponer. Y no el temible 
Alto honor de los númenes, no el rayo 



— 33 — 

Ni envuelto el cielo en hórrido estampido. 
Le arredraron: estímulos le fueron 
Para que pronto las ferradas puertas 
De la naturaleza franquease. 

Venció su grande espíritu. _v salvando 
Los límites del mundo llameantes. 
Lanzóse con osado pensamiento 
En el espacio. Vencedor retorna. 

Y lo posible 5' lo imposible enseña. 

Y las barreras que los seres tienen 
A su poder impuestas. Quebrantada 
Así quedó Superstición, del grande 
Vencedor a los pies: con la victoria 
Nos remontamos al igual de dioses. 

Temo que acaso receloso escuches 
Mi voz y te imagines que te inicio 
En doctrinas impías, y en la senda 
Del crimen pruebo a introducirte. Olvidas 
De iniquidades cuántas causadora 
Fue la cruel Superstición? Por ella 
La flor de los guerreros, los caudillos 
Más célebres de Grecia, con la sangre 
De Ingenia inocente mancillaron 
En Aúlide las aras de Diana. 
Ella en redor las virginales sienes 
Con la venda de víctima ceñidas. 
Como sintiese al afligido padre 
Presente ante el altar, y a los verdugos 
Por su causa envainando los aceros, 

Y el llanto oyese de piadosa turba, 
Muda de horror se derribó de hinojos, 
Ay! sin que fuese parte a redimirla 
El haber dado (en ominoso instante) 
Al duro rey de padre el dulce nombre! 
Que por hombres llevada, temblorosa, 
Fue al altar conducida; y no (cual pudo; 
Que era en la flor de sus alegres días) 
Para que, el rito celebrado, hubiese 

De oír en torno nupciales cantos; 
Mas porque en su risueña primavera, 
Casta doncella en sacrificio impuro. 
Los pies en sangre al genitor tiñese; 
Para que hubiese favorables vientos 
La armada griega . . ¡Iniquidad tamaña. 
Fiera Superstición, aconsejaste! 

M. A. Caro — Traducciones — 3 



— 34 — 

ELOGIO DE LA SABIDURÍA 

Initiutn libri secundi (a v. 1 ad 60). 

Suave mari magno. 

Grato es mirar desde segura playa 
Cuando levanta el piélago las olas, 
De los que bogan el afán prolijo; 
No porque puedan los ajenos males 
Sernos placer, mas porque al fin en ellos 
Que de ellos carecemos, contemplamos. 
Grato también, si exentos de peligro, 
Las haces observar que la campaña 
Tendida ocupan y combate empeñan. 
Nada es empero al corazón tan dulce 
Como habitar el elevado, inmoble 
Templo que fabricó Sabiduría, 
Desde el cual a los hombres por la baja 
Tierra es dado mirar vagar perdidos 
Miles caminos al vivir buscando; 
Ora en ingenio compitiendo, y ora 
En nobleza de estirpe: sin reposo 
Cómo los días y las noches pasan, 
Y cómo todos levantarse ansian, 
Poder, riqueza arrebatar y honores. 
Cuántas sombras y afán! Qué mal se vive! 
Cuan mísera es de suyo aquesta vida! 
Oh de los hombres pensamientos vanos! 
Oh viejos corazones que no alcanzan 
A comprender lo que natura exige: 
La paz del alma y la salud del cuerpo! 

Por lo que al cuerpo mira, se requiere 
Poco, a mi juicio; adquirirás con poco 
Delicias muchas: ni natura a veces 
Indica lo mejor, no si de estatuas 
De oro que niños semejando, tengan 
Fúlgidas hachas en la diestra inmóvil 
El nocturno festín iluminando 
Llenaras tu mansión: no si artesones 
Hubieras de marfil y de suaves 
Cítaras por las bóvedas contino 
Retumbara el coacierto armonioso, 
Así fueras feliz, cual si a la sombra 
De árbol parrado sobre verde grama 
Te reclinares entre amigas gentes. 
Do al son de despeñados arroyuelos 
Las horas pases de sereno día. 
Muy más cuando la dulce primavera 
Placeres siembra derramando flores. 



Ni. aquejado de fiebre devorante, 
Más pronto sanará si entre purpúreas 
Vestes yacieres que si en pobre lecho. 

Si oro, gloria, nobleza, poderío 
Al cuerpo son inútiles, el alma 
Aun menos de ello se aprovecha .... salvo 
Que el ver en la llanura tus legiones 
Llenas de ardor, o por la mar ondosa 
Tus naves ir 3' simular batalla,X;;í^ 
La imagen de la muerte y del averno 
Disipe de tu pecho y tu conciencia 
Tranquila deje y de temor segura. 
Pero si en eso en realidad hallamos 
Vanidad y miseria; si la cuita 
Veladora del bélico tumulto 
Ni de las armas hu3'e ni respeta 
La púrpura y el oro, mas osada 
Entre los reyes y caudillos mora, 
Hasme de confesar que entre los hombres 
El mal abunda porque juicio falta. 

Bien cual infantes que de noche tiemblan 
De todo sin motivo, así nosotros 
En medio de la luz, 3^ por ventura 
Más ridiculas son nuestras ficciones 
Que las que ellos se forjan. No los rayos 
Menester hemos de fulgente día 
Sino los de Razón y de Natura, 
Única luz para tinieblas tales: 
¡Oh, brillen luego y el error disipen! 



INITIUM LIBRI QUARTI (1-25) 

Que en la enseñanza debe mezclarse la utilidad al -placer, 
<íAvia Pieridum.* 

Yo la región del Pindó visitando 
Sitios recorro por humana planta 
No antes hollados: en intactas fuentes 
Beber me place, y las que el suelo virgen 
Brota, recojo, peregrinas flores. 
Corona preparándome que nunca 
Otra igual las Piérides tejieron. 
Grande y nuevo el sujeto de mi canto 
Es; las que vil superstición labrara 
Férreas cadenas destrozar confío 



— 36 — 

Mas no basta lo gfrande del sujeto; 
Que las materias explicando oscuras 
Es menester en luminoso estilo 
Menudear poéticos primores. 
Ni ejemplos faltan: médico prudente 
No a enfermo niño da bebida amarga 
Sin que primero de la copa el borde 
Con miel suave dore; éste la apura 
Con el engaño la salud bebiendo. 
No de otra suerte yo, que asunto trato 
Cuyo placer y utilidad no alcanza 
Quien no le profundice, y que se antoja 
Enfadoso al común de los lectores 
En versos exponértele procuro 
Amenos, endulzándole (digamos) 
Con poética miel, para que atento 
Y seducido así, ésta que explico 
De la Naturaleza de las Cosas 
Sana doctrina, sin sentirlos acojas. 



V. 223-239. 

Cual náfrago piloto a quien arrojan 
Oscuras ondas a la playa, el hombre 
Tras ajenos dolores, a la vida 
Débil, desnudo y asustado nace, 
Sin poderse valer, 5^ solo acierta 
A llorar y gemir, cual si delante 
Mar de infortunios dilatarse viera. 



TIBUQQ 



TIBULO 

LIBRO I 

Elegía 1 

Otro allegue riquezas en montones 
De oro esplendente, y gócese en ser dueño 
De fértiles y vastas posesiones: 

De enemigo cercano el torvo ceño 
Azórale entretanto, 3' el sonido 
De trompeta marcial le roba el sueño. 

Vivir quiero alejado y sin ruido, 
Sin penoso afanar mientras mediano 
Fuego en mi pobre hogar viere encendido. 

Pondré, en hábito y artes aldeano, 
Las tiernas vides cuando el tiempo llegue, 

Y árboles plantaré con fácil mano. 

Ni el fruto cierto la Esperanza niegue, 
Antes la troje, en premio a mis labores. 
Venga a henchir, y el lagar en mosto anegue. 

Pues yo a numen agreste rindo honores, 
O en tronco solitario a mí se ostente, 
O en vetusto pilar ornado en flores. 

Y de los frutos el primer presente 
A consagrar a las deidades llego 
Que siempre honró la agricultora gente. 

Con las espigas que en mi campo siego. 
Rubia Ceres! corona se entreteje 
Que iré a colgar ante tus atrios luego. 

Priapo enrojecido, tú protege 
El pomífero huerto, con tremenda 
Guadaña que los pájaros aleje. 

Custodios antes de abundosa hacienda. 

Y ahora de mi casa pobrecica, 

Oh lares fieles! acoged mi ofrenda. 



— 40 — 

No ya innúmeras reses purifica 
Una novilla; — por redil mermado 
Séaos tierna cordera oblación rica; 

Caiga! 5' en torno del altar sagrado 
La gente moza en gritos de alegría 
«Mies llena» os pida «y vino regalado,» 

Yo, que en esta apacible medianía 
Con poco me contento y libre vivo, 
No he de lanzarme a dilatada vía; 

Antes la llama abrasadora esquivo 
De Sirio, bajo umbrífera enramada, 
Orillas de arroyuelo fugitivo. 

Ni tengo a menos manejar la azada 
O a la reja tal vez el cuerpo inclino, 
Y sigo al tardo buey con la aguijada. 

Si tímida ovejuela pierde el tino. 
Si al cabrito olvidó la madre acaso. 
En brazos yo los volveré al camino. 

Oh ladrones! oh lobos! no en escaso 
Ganadillo os cebéis; no a pegujales, 
A grey colmada encaminad el paso. 

Cada año de mi campo y mis zagales 
Renovando las sacras lustraciones 
Rociaré en leche a la benigna Pales. 

Dioses! no desdeñéis mis libaciones. 
Copa limpia, aunque frágil y sencilla, 
Y de mesa frugal humildes dones. 

Vasos formados de obediente arcilla 
Usaron siempre aquellos hombres buenos 
Que en otra edad vivieron sin mancilla. 

No el caudal de mis padres echo menos, 
Ni anhelo insano recordar me hace 
Hórreos de bastimento siempre llenos. 

Dormir en lecho rústico me place. 
Si basta a mi ambición pobre cosecha, 
Pobre albergue a mis gustos satisface. 

Grato es sentir la tempestad deshecha 
Mientras al seno que de amor palpita 
El dulce objeto del amor se estrecha. 

Grata al sueño los párpados invita 
Gélida lluvia que de noche al suelo 
Con el austro invernal se precipita. 



— 41 — 

Este simple vivir me guarde el cielo, 
Y en buen hora a buscar tesoros vaya 
Quien la mar y las brumas ve sin duelo. 

Cuanto haya de oro y de esmeraldas haya 
Piérdase, y yo de mi beldad los ojos 
No enturbie, ausente en ignorada playa! 

Tú, Mésala, con bélicos arrojos 
Invade tierra y mar, deja cubierta 
Tu morada de bárbaros despojos. 

Yo aquí aherrojado quedo, aquí yo alerta, 
Cautivo de una hermosa, de su estanza 
Apostado guardián velo a la puerta. 

No busco de los hombres la alabanza. 
Oh Delia! viva yo en tu compañía 
Y otros me culpen de inacción y holganza. 

Séame dado en el postrero día 
A ti volver los ojos, retenerte 
A ti, con mano desmayada y fría. 

Ese consuelo llevaré en mi muerte; 
Llorando allí sobre el funéreo lecho 
Tus ósculos darás al cuerpo inerte. 

Oh, sí, me llorarás! que no está hecho 
Tu corazón de rígido diamante. 
Ni es de bronce el sagrado de tu pecho. 

Y de ese funeral qué mozo amante, 
Volverá, qué doncella a su morada 
Sin que lágrimas traiga en el semblante? 

Mas ruégote no aflijas desolada 
A mis manes; perdona tu profusa 
Melena y tu mejilla delicada. 

Hoy, pues no el cielo su favor rehusa, 
Amemos! ya vendrá la Muerte incierta 
Su faz cercando oscuridad confusa. 

Ya vendrá la Vejez, triste y desierta, 

Y con greña canosa y mustia frente 
Mal el blando requiebro se concierta. 

Dése a juegos de amor el mozo ardiente 
Que de abrir puertas con violenta mano 

Y de mover querellas no se afrente. 

Aquí caudillo soy y veterano; — 
Mas vosotros, clarines y pendones, 
Proscritos id a término lejano! 



— 42 — 

Laurel sangriento, ricos galardones 
Llevad allá — Mi condición prefiero; 
Ceñido a mis guardadas posesiones. 
Yo ni miseria ni opulencia quiero. 

Elegía 11 

Otra copa servid! Nuevos cuidados 
Quiero con vino mitigar, que luego 
Cierre mis ojos, de velar cansados. 

Y si da Baco a mi dolor sosiego, 
En olvido la mente sepultada. 
Que nadie venga a despertarme, os ruego. 

Ay, un argos cruel guarda a mi amada, 

Y su puerta el acceso no consiente. 
Con cerrojo firmísimo ajustada. 

Oh puerta, sorda a mi anhelar ferviente! 
La lluvia te deshaga, te convierta 
Jove en cenizas con su rayo ardiente! 

Ten de mí compasión! ábrete, puerta! 
Véate yo, pues temo tu crujido. 
Para mí solo y en silencio abierta! 

Si antes pude, y no estaba enloquecido, 
Lanzar imprecación que no mereces, 
Que contra mí se vuelva, al cielo pido. 

Más bien, más bien recuerda cuántas veces 
Vestida te dejé de blanda rosa 

Y a ti llevé mis lágrimas y preces! 

Delia! engañar a tus guardianes osa; 
Animo! a quien de nada se intimida 
Ayudó siempre Venus poderosa. 

Ella al mancebo enseña la escondida 
Senda; ella enseña la secreta llave 
A la dama que aguarda su venida; 

Ella del lecho a descender suave 
A hurtadillas; por ella sin ruido 
La planta leve deslizarse sabe, 

Y crúzanse, por ella, ante el marido 
Disimulado gesto, seña aguda, 
Que el lenguaje recatan convenido. 



— 43 — 

Mas no a todos adiestra así y escuda; 
Sólo al que en pie está listo", y sin que espanto 
Las tinieblas le den. marchar no duda. 

No la asechanza temeré, por tanto, 
Ni de artero ladrón, ni de asesino, 
Que Venus me protege con su manto. 

Amantes fieles, por cualquier camino 
Andar podéis sin recelar de nada; 
Seguros vais con el favor divino. 

No la lluviosa noche dilatada. 
No helado cierzo a detenerme es parte; 
Qué importa? a darme va mi Delia entrada, 

Yo iréme al ruido de sus dedos. Guarte 
Quienquiera que aparezcas! no consiente 
Sus misterios la diosa en confiarte. 

No el rumor de tus pasos me amedrente. 
No preguntes quién so}-, deslumbradora 
Antorcha no aproximes a mi frente. 

Si alguno, empero, vídorae en mal hora. 
Jure por todo el cielo soberano 
Que nada ha visto y lo que ocurre ignora. 

Si a venderme llegase audaz profano, 
A Venus en su sangre probaría 
Nacida de la sangre de Océano, 

Ni fe el marido mismo le daría; 
Que una adivina con solemne acento 
Así me lo promete, así lo fía. 

Los astros descender del firmamento 
Yo he visto a su conjuro; he visto el río 
Volver atrás con raudo movimiento, 

Y la tierra rasgar su seno umbrío; 
Y las yertas cenizas animadas. 
Salir los muertos del sepulcro frío. 

Las sombras con estrépito en bandadas 
Ya evoca, ya con lácteas aspersiones 
Allá torna a dejarlas sepultadas. 

Rigiendo a su placer las estaciones 
Con nieves la campiña ora blanquea. 
Ora disipa densos nubarrones. 



— 44 — 

Ella sola los filtros de Medea 
Conoce, ella los canes con su hechizo 
Sola amansó de la triforme dea. 

Tú los mágicos versos que me hizo 
Tres veces canta, y tres escupe luego; 
Vuelve así; al que te cele, engañadizo. 

Será, cuanto a nosotros, sordo y ciego; 
Aunque llegue a encontrarme a par contigo, 
Torpe no sentirá, palpando, el fuego. 

A mí con esa fórmula te ligo; 
Usar de ella otro amante no pudiera, 
Ni a tu lado eludir mortal castigo. 

A qué atenerme? Dijo la hechicera 
Que con cantos o yerbas mis ardores 
También podrá extinguir cuando ella quiera. 

Y de tea sangrienta a los fulgores 
Lustróme, y negra oveja en noche clara 
Fue inmolada a sus dioses protectores. 

Oh! nunca le pedí que se alejara 
De mí tanta pasión, nunca olvidarte; 
Mas que igual a mi fe tu fe durara. 

Pecho de bronce aquel a quien llamarte 
Suya fue dado, y de ambición la senda 
Seguir quiso más bien, sirviendo a Marte! 

Triunfe ése allá en Cilicia en lid horrenda, 
Lleve delante la cautiva tropa 
Y en país conquistado alce su tienda. 

Con oro y plata relumbrante ropa 
Ceñida luzca, y gócese aclamado 
Cuando en lozano pisador galopa. 

Mas yo los bueyes unciré de grado. 
Harto dichoso con vivir contigo, 
O paceré en los montes mi ganado. 

Sabrá cubrirnos en oculto abrigo. 
Si con tu amor a regalarme vienes. 
El sueño manso, de la paz amigo. 

Pues qué aprovecha reclinar las sienes 
En púrpura de Tiro, ay infelices! 
Si en vela habemos de llorar desdenes? 

Muelles plumas, riquísimos tapices. 
De aguas sordo rumor, no harán que blando 
Desciendas, Sueño, y el dolor suavices. 



— 45 — 

Cuándo yo a Venus he ofendido? Cuándo 
Se atrevió a provocar la lengua mía 
Castigo justo con reniego infando? 

Por ventura los templos yo algún día 
Quebranté? Yo al sagrario fui secreto 
Guirnaldas a arrancar con mano impía? 

Si merecí la pena, me someto: 
Al venerando umbral llevar no dudo 
En ósculos humildes mi respeto, 

Y arrastrándome, entrar, de hinojos, mudo, 
Demandando perdón, y con la frente 
Culpada el mármol golpear desnudo. 

Y tú que ríes de mi mal presente 
Teme, teme por ti! que muda aprisa 
De víctimas el numen inclemente. 

Yo vi al que un tiempo con maligna risa 
Tierno amor lastimó, después )^a anciano 
Doblar al yugo la cerviz sumisa. 

Y hacer con flaca voz cantar liviano, 
Y de los años pretender la huella 
Borrar, aderezando el pelo cano, 

Y la puerta asediar, o la doncella 
De su beldad, en concurrida vía 
Curioso detener y hablar con ella; 

Y en torno niños, mozos a porfía 
Acuden, y temiendo maleficio. 
Cada uno escupe al seno y se desvía. 

Tú el rostro vuelve a mí. Venus, propicio! 
Oh, nunca a aquel de tu favor excluj'^as 
Que nunca desertó de tu servicio! 
Oh, estas mieses no quemes, que son tuyas 

Elegía m 

Mésala, por las ondas del Egeo 
Iréis sin mí: que con vosotros vaya 
Fiel recuerdo de mí, sólo deseo. 

Yo quedo enfermo en la féacia playa; 
Ah! y pronto ha de ocultar tierra extranjera 
Mi cuerpo que ya exánime desmaya ? 

Suspende el golpe, oh Muerte! y considera 
Que ni una madre el seno enlutecido 
Abrirá a mis cenizas cuando muera. 



— 46 — 

Ni mi hermana, el cabello descogfido, 
Vendrá a darme perfumes orientales, 
Llanto a mi tumba, al viento su g-emido, 

Allá Delia quedó. Temiendo males, 
Sé que en vísperas ya de mi partida, 
Pidió a todos los Númenes señales; 

Por mano de un rapaz urna temida 
Ella tres veces consultó anhelante, 
Tres veces el anuncio fue de vida; 

Todo le dijo: «Volverá tu amante;» 
Mas, temblando, a la senda aterradora 
Siempre lloroso'revolvió el semblante. 

Yo mismo, consolándola en la hora 
De decir los adioses, todavía 
Buscaba ansioso causas de demora. 

Algo siempre mi marcha difería: 
Tal \ez el vuelo de las aves mudo. 
Ya también de Saturno el sacro día. 

Y, aun habiende salido, pienso y dudo 
Si me habrá dado el pie señal tremenda, 
Si acaso en el umbral tropezar pudo. 

Nadie a despecho del amor emprenda 
Camino; o, si a partir se atreve, insano. 
Que va a los dioses desafiando entienda.- 

Y a Isis, tu patrona, ay Delia! en vano 
Honraste? y veces tantas, sin provecho 
Los sistros golpeaste con tu mano? 

Qué te sirvió, purificado el pecho. 
Asistir a piadosos sacrificios? 
Y, bien lo sé, dormir en casto lecho? 

Mas, oh Diosa! si están tus beneficios 
Cien cuadros publicando en tu morada, 
Los ojos vuelve a mi dolor propicios. 

Concede la ocasión de que mi amada 
Ante el sacro vestíbulo se siente. 
Cumpliendo el voto con la faz velada. 

Y entre tu coro de egipciana gente 
Vaya a entonar los místicos cantares, 
Suelto el cabello en la modesta frente. 

Oh! quién, restituido a sus hogares, 
Fiel cada mes a renovar volviera 
El grato incienso a los antiguos lares. 



— 47 — 

Qué buen vivir el de los hombres era 
EiTtiempo de Saturno! A los caminos 
Aun no el mundo sus ámbitos abriera. 

Aun no el cerúleo mar nadantes pinos 
Arrostraban, ni céfiro sonoro 
Hinchaba el seno de tendidos linos. 

Ni andante mercader de perlas y oro. 
Desde apartadas costas su navio 
Trajo cargado de letal tesoro. 

No había la cerviz toro bravio 
Doblado al yugo, ni tascaba el freno^ 
Como ahora el corcel, domado el brío. 

Viviendo el hombre de zozobra ajeno, 
Ni con barras las puertas guarnecía. 
Ni alindaba con piedras el terreno. 

Del tronco de la encina miel fluía; 
La oveja sin apremio de pastores. 
La ubres llenas a ofrecer venía. 

Entonces ni discordias, ni furores. 
Ni artífice se vio de armas horrendas. 
Que acero diese a brazos vengadores. 

Todo hoy, reinando Jove, son contiendas, 
Guerra doquier, y abiertas de repente 
A la muerte veloz miles de sendas. 

Propicio mira. Padre omnipotente, 
A quien mentir y blasfemar no sabe 
Y de culpa y temor libre se siente. 

Mas si esperanza de salud no cabe. 
Porque ha llegado de morir el día. 
Que esta letra en mi túmulo se grabe: 

Aguí yace Tihulo: muerte impía 
Sególe, de Mésala yendo al lado, 
A guien i>or tierra y por la mar seguía. 

Mas yo al culto de Venus consagrado, 
Sé que al Elíseo venturoso asiento 
Ella habrá de llevarme de buen grado. 

Allí cantos y danzas; allí el viento, 
Poblado de avecillas vagarosas, 
Dulce resuena en perennal concento. 

Suaves yerbas doquier, plantas hermosas 
Convidan, y florece abierto el prado. 
Siempre vestido de fragantes rosas. 



— 48 — 

Allí a impulsos de Amor reg-ocijado, 
El coro de los jóvenes se agita 
Al coro de las vírgenes mezclado. 

Quien murió cuando amaba, luego habita 
Allá dichoso, y las g-uedejas blondas 
Ciñe en mirto que nunca se marchita. 

Mas yace al par, bajo tinieblas hondas. 
Triste mansión al crimen destinada, 
Circúyenla mugiendo oscuras ondas. 

Tisífone, de víboras crinada, 
Ensáñase en la turba delincuente. 
Que acá y allá corriendo huye espantada. 

Y de bronce las puertas, inclemente 
Guarda inmóvil Cerbero, y lanza aullidos, 

Y amenaza con bocas de serpiente. 

Sus miembros ve Ixíón, dando alaridos, 
En pena de sacrilego atentado, 
A la rueda veloz siempre ceñidos. 

Cubre nueve yugadas Ticio echado, 

Y en él buitre insaciable se apacienta, 
A las negras entrañas aferrado. 

Toca las aguas Tántalo, y sedienta 
La boca allega, y huyen no gustadas. 
Avivando el ardor que le atormenta. 

Por crimen contra Venus condenadas 
Las Danaides allí la onda letea 
Vertiendo están en cubas barrenadas. 

Allí, también allí penar se vea 
El que atente a mi amor y a mi ventura, 

Y prolijas campañas me desea! — 

Pero tú, siempre fiel, guárdate pura; 
Siempre a tu lado compañera anciana 
Vele, custodia del amor segura. 

Vele a la luz de lámpara cercana, 

Y más y más, mientras consejas cuente, 
Alarg-ue el hilo de acopiada lana. 

Y cerca la doncella diligente, 
Tarde, cansada, resistir no pueda 
Al sueño, y la labor deje pendiente. 

Entonces sin que anuncio me preceda, 
Yo a ti enviado, al parecer, del cielo. 
Allá habré de lleg-ar con planta queda. 



49 



Entonces, Delia, como estés, de un vuelo 
Acudirás a recibir tu amante, 
El pie desnudo, deslazado el pelo. 

A estos férvidos votos se adelante 
El astro matinal, y abriendo el día 
En sus róseos cabellos rutilante. 
Presto corone la esperanza mía. 



Elegía IV 

«Así umbrosa enramada te defienda, 
«Ni ya el sol con sus vividos destellos 
<Ni la nieve al caer jamás te ofenda; 

«Que me digas, Priapo, a mozos bellos 
«Con qué arte engañas tu? Pues ni cuidada 
«Barba tienes ni undívagos cabellos. 

«Y siempre de brumosa temporada 
«Desnudo arrostras el rigor, desnudo 
«Los fuegos de Canícula inflamada, > 

Tal dije y a mis súplicas el rudo 
Hijo de Baco. de hoja corva armado. 
Permanecer no quiso sordo 5" mudo. 

«Con los antojos del objeto amado 
«Tú — respondióme — sé condescendiente; 
«Nada resiste a obsequio continuado. 

«Ni una ni otra repulsa te impaciente 
«A los principios; con el tiempo acaba 
«Por inclinarse al yugo esquiva frente. 

«Andando el tiempo, aun al león desbrava 
«El hombre; andando el tiempo, piedra dura 
«Desgasta y pule la onda que la lava. 

«Acá el racimo de la vid madura 
«Lento, con el girar del ano, y lentos 
«Su vuelta allá los astros dan segura. 

«Ni temas engañar con juramentos, 
«Que perjurios de amor en mar lejano 
«Van a perderse en alas de los vientos. 

«Gracias se den a Jove soberano; 
«Propicio él mismo a Venus, determina 
«Que temerario voto salga vano. 

M. A. Caro- Traducciones — 4 



— 50 — 

«De Minerva jurar por la divina 
«Crencha podrás, podrás impunemente 
«Jurar por las saetas de Dictina. 

«Mas ay, si te descuidas indolente! 
«Huyen los años, huyen, y ligera 
«Ni se para ni ceja la corriente. 

«Cuan presto sus colores la pradera 
«Purpúreos pierde, y seca al viento arroja 
«El álamo su verde cabellera! 

«Cómo de bríos la vejez despoja 
«Al corcel que adelante disparado 
«En Elide cruzó la arena roja! 

«Más de un mancebo vi que habiendo entrado 
«En la provecta edad, atrás doliente 
«Miró el tiempo perdido y no gozado. 

«Suerte cruel! cada ano la serpiente 
«Remózase, y no es dado a la herm( sura 
«Volver mañana al esplendor preser.te! 

«Solo en Febo y en Baco eterna dura 
«La juventud, que a entrambos ondeante 
«Cabellera gentil les asegura. 

«Ni excuses a tu bien seguir constante, 
«Y viaje emprender, aunque sedienta 
«La tierra esté y el aire sofocante, 

«O aunque la lluvia ya venir se sienta 
«En las alas del iris, y aplomada 
«Nube anuncie vecina la tormenta. 

«O, si esto a quien cortejas más agrada, 
«Reme tu brazo, y barca leve impela 
«A las cerúleas olas confiada. 

«Ni ya en labores rústicas te duela 
«Encallecer la mano bien nacida 
«Que contra oficios viles se rebela. 

«Si a batir montes la ocasión convida, 
«Acude y vé a cortar el paso abierto, 
«Con la red en tus hombros sostenida; 

«O en el juego de esgrima mueva incierto 
«Tu brazo el arma imbele, y al descuido 
«Ofrece al golpe el flanco descubierto. 

«Así el premio tendrás apetecido; 
«Que el que en las lides del amor combata 
«Sabrá vencer si sabe ser vencido.— 



— 51 — 

<A)-! mal el siglo que alcanzamos trata 
«Artes de amor. El sórdido interese 
«La tierna juventud nos vuelve ingrata. 

«Oh tú, el autor primero de que fuese 
«Vendible amor, allá mis maldiciones 
«Lleva, allá sobre ti la tierra pese! 

«A las musas, sensibles corazones. 
«A los vates amad, nunca al hechizo 
«Del verso antepongáis preciados dones. 

«Gracias al verso, su purpúreo rizo 
«Aun Niso ostenta entre el nevado pelo, 
«Pélope el hombro de marfil postizo. 

«A quien las musas en radioso vuelo 
«Levantan, vive, mientras robles lleve 
«La tierra, ondas el Ponto, astros el cielo. 

«El que es sordo a las Musas y se atreve 
«A vender el amor, cual Coribante 
«De Cibeles al carro uncirse debe. 

«Y por ciudades ciento vague errante. 
«Y los miembros se arranque, enloquecido 
«Con el címbalo frigio resonante. 

«Venus quiere también que enternecido 
«Llorar sepa el galán, Venus riente 
«Favorece la súplica, el gemido.» — 

Priapo habló; su plática elocuente 
A Ticio luego transmitir me ordena; 
Que oiga Ticio, su esposa no consiente. 

Ese a su amada ríndase sin pena; 
Tenedme a mí por consejero vuestro 
Los que destotro amor lleváis cadena. 

En algo cada cual se ostenta diestro: 
Yo abro pública escuela, yo la vía 
A los amantes desdeñados muestro. 

Vendrá, rodando el tiempo, vendrá el día 
En que la turba juvenil, ya anciano. 
Me lleve en hombros cual maestro y guía. 

Mas qué digo? Ay dolor! qué ardor insano 
Me conmueve? qué llaga me devora 
Que no puede curar mi propia mano? 



— 52 — 

¡Lejos de mí tu antorcha abrasadora! 
No me hagas, por piedad, Amor, delante 
Aparecer de turba burladora 
Falso maestro, desgraciado amante. 



Elegía V. 

Esquivo anduve, y libre me creía, 
Y proclamé mi independencia ufano; 
IMas cuan presto cayó mi bizarría! 

Agitóme cual gira en suelo plano 
La peonza, del látigo afligida 
Que sacude un rapaz con ágil mano. 

Castígame tú ahora: mi atrevida 
Lengua enseña al silencio; abruma, acosa. 
Sé de hoy más el tormento de mi vida! 

Ay, no! más bien perdóname piadosa. 
Por lo que fuimos, por aquel estrecho 
Furtivo nudo, por la Cipria diosa! 

Yo, con mis votos, viéndote en el lecho 
Del dolor, te salvé del trance duro, 
Yo el hálito vital volví a tu pecho. 

Yo lustré el aire con azufre puro 
En torno, así que en tierra derribada 
Rezó la maga su final conjuro. 

Yo cuidé de alejar de tu almohada 
Maléficos ensueños, yo la ofrenda 
Aderecé de harina consagrada. 

Suelta la ropa y con ceñida venda 
Yo a la diosa triforme nueve veces 
Clamé de noche en solitaria senda. 

Hice todo por ti ¡ Y así agradeces 
Y pagas mis cuidados, Delia mía? 
Otro goza del fruto de mis preces! 

Cuan dichoso soñaba que sería 
Contigo yo, si de salvarte hubieras! 
Mas sueño fue de ilusa fantasía. 

Iré a labrar el campo. Las paneras 
Mi Delia cuidará, cuando en verano 
La mies se trilla en caldeadas eras. 

Vasijas de uvas henchirá su mano, 
Y, suelto al rebatir de pie ligero. 
Cogerá en el lagar el mosto cano. 



Contará la manada en el apero, 
O ya en su falda con halago y mimo 
Al esclavillo acogferá parlero. 

Por la vina al dios rústico un racimo 
Rendirá, por la gfrey, vianda sagrada, 
Un haz de espigas por el fruto opimo. 

Y mande sobre todos, y acatada 
Disponga ella y vigile las labores: 
Sea ella todo en mi heredad, yo nada! 

Allí irá mi Mésala, y Delia honores 
Le.hará, y frutas del huerto ofrecerále. 
Cogidas de los árboles mejores. 

Justo es que ella a varón que tanto vale, 
Cual servidor solícito y devoto 
Obsequie, y con manjares le regale. 

Eso yo imaginé, tal fue mi voto, 

Y hoy de Armenia esparciendo van mis preces 
Por los fragantes campos Euro y Noto! 

En vino yo mis penas cuántas veces 
Sepultar quise, y apuré del vino 
Trocadas siempre en lágrimas las heces! 

O tal vez a otro amor busqué camino; 
Mas al llegar al goce deseado. 
La imagen de ella a helarme sobrevino; 

Y huye de mí creyéndome hechizado, 
La que así a mi pesar burlada fuera, 

Y el secreto revela, mal pecado ! — 

Mas no usó de conjuros mi hechicera: 
Con sus hermosos brazos mi deseo. 
Con su faz y su rubia cabellera 

Cautívame, cual Tetis de Nereo 
Pasó en frenado pez la azul llanura 
Y, con mostrarse, subyugó a Peleo. 

Yo la magia probé de la hermosura, 
Quedé cautivo, y relegado lloro 
Mientras rico galán la dicha apura. 

¡Maldita la embaidora vil que al oro 

Y a dádivas ocultas la morada 
Abrir logró de la beldad que adoro! 

Sienta mis maldiciones la malvada: 
Que devore, de hoy más, manjar cruento; 
Que beba hiél con boca ensangrentada; 



— 54 — 

Fantasmas doloridas por el viento 
La aflijan revolando, y negra un ave 
Desde alto sitio con feral lamento; 

Hozando la enhierbada tumba excave 
Y famélica en huesos carcomidos 
Que el lobo abandonó, los dientes clave; 

Y en torpe desnudez, lanzando ahuUidos 
Corra por la ciudad, y en pos acudan 
Los perros en tropel enfurecidos! 

Así será! los númenes me ayudan, 
Clara vi la señal: Venus castiga 
A los osados que sus leyes mudan. 

Aparta, aparta, Delia, a tu enemiga. 
A esa rapaz engañadora — Ay triste! 
El oro, lo que amor ató, desliga. 

Mira al amante pobre: cuándo viste 
Servidor más leal? El obediente 
Es el primero que a tu lado asiste. 

Pasando en medio de apiñada gente 
Estorbos él remueve con su brazo 
El camino mostrándote patente. 

El, a do quieras ir, sin embarazo, 
Fiel, guardado el secreto, allá te guía; 
El de tus pies de nieve suelta el lazo. 

Ay! ruego inútil, súplica vacía 
Yo llevo a sus umbrales; 5-0 a su puerta 
Con mano llena golpear debía. 

Y tú, que hora feliz, la ves abierta. 
Teme por ti; que la Fortuna gira 
Veloz, y nadie a detenerla acierta. 

No en vano por ahí ya ronda y mira 
Alguien, que ora acelera, ora retrasa 
Cauteloso el andar, y se retira; 

Y finge transitar sin ver la casa, 

Y vuelve luego, solo y pensativo, 

Y a la prueba llegando, tose, y pasa. 

No sé qué te prepara amor furtivo. 
No sé qué oculta el misterioso amago. . . . 
Tú aprovecha el instante fugitivo. 
Tú boga el remo mientras duerme el lago. 



Elegía VI 

Siempre, para inducirme, tú primero 
Vienes meloso, Amor, con faz de amigo. 
Y tornaste después áspero y fiero. 

Qué a ti crudo rapaz, qué a ti conmigo? 
Qué gloria es para un dios armar celada 
A un mísero mortal? De ti maldigo! 

Ya estoy viendo en mi daño la emboscada; 
Ya Delia no sé a quién recibe quedo 
Con el silencio de la noche osada. 

Ella niégalo todo, mas no puedo 
Creerla: a su marido a5"er mentía 
Nuestros hurtos negándole sin miedo. 

Yo la enseñé a burlar insomne espía. 
Ay dolor! de mis propios artificios 
Yo víctima cuan pronto ser debía! 

Pretextos la enseñé a buscar propicios 
Para quedarse sola, y puertas duras 
A revolver sobre callados quicios. 

Y a disipar con mágicas mixturas 
Cualquier cárdeno tinte, si el ñorido 
Rostro ajaron insanas mordeduras. 

Tú, de la falsa crédulo marido! 
Porque a sus faltas ella otras no añada, 
Atiende a mí también, por ella herido. 

No halague a gente moza en prolongada 
Conversación, la veste no deslace 
El seno descubriendo recostada. 

Mira no avisos dé, si guiños hace; 
Mira, si es que en la mesa el dedo posa, 
No con vino ignorados signos trace. 

Si sale ora, y después, y no reposa. 
Tiembla siempre!, .aunque al rito oculto asista 
De que a hombres excluyó la Buena Diosa, 

Yo, si fías de mí, con planta lista 
La seguiré, yo solo iré hasta el ara. 
Ni temo allí comprometer mi vista. 

Muchas veces diome ella a que mirara 
Su sortija, y contacto yo halagüeño 
Gocé, fingiendo ver la piedra rara. 



— 56 — 

Con vino yo le propina a el sueño. 
Mas, al beber contigo, í ^ua mezclaba, 
De mis potencias y del ampo dueño. 

Lo confieso, perdóname: fue esclava 
Mi voluntad, Amor me compelía; 

Y quién de resistir a un dios se alaba? 

Yo en el silencio de la noche umbría 
(Para que todo ya de oírlo acabes) 
Fui aquel por quien tenaz tu can latía. 

Para qué, si tu bien guardar no sabes, 
Quieres mujer hermosa? Vanamente 
Todo cerrado ves, fijas las llaves. 

Está contigo y por su bien ausente 
Ella suspira, y quéjase, y te jura 
Que la cabeza adolorida siente. 

Confía a mi custodia su hermosura, 

Y tu esclavo seré, sin que me espante 
El fiero azote, la cadena dura. 

No osará ya ponérseme delante 
Quien con arte el cabello ornado lleva 
Ó la toga caer deja flotante. 

Todo el que encuentre, de inocencia prueba 
Me dé — o lejos deténgase, o aprisa 
El paso, adonde va de lejos, mueva! — 

Así un numen lo manda, así lo avisa 
En alta voz. con sobrehumano acento, 
Vuelta hacia mí la gran sacerdotista. 

Que, apenas de Belona el movimiento 
Concibe, entra en furor, y ni vibrante 
Llama teme ni látigo violento; 

Antes sus brazos con segur tajante 
Hiende, y puñados de su sangre tira 
Sobre la diosa, impávido el semblante. 

Hincada en el costado férrea vira, 
Llagado el seno, yérguese, y declara 
Lo que la gran divinidad le inspira: 

<0h! respetad a la que Amor ampara, 
«No aprendáis con tardío sentimiento 
«Lo que él a los sacrilegos prepara, 

«Sus bienes disiparse en un momento 
«Verán, como esta sangre huye a raudales, 
«Y esta ceniza se desparce al viento!» 



— 57 — 

Ah Delia! para ti no sé qué males 
Predijo, y yo, por más que errando sigas, 
Que anule rogaré sentencias tales. 

Perdonóte, si bien tú no me obligas 
A piedad; por aquella que te escuda, 
Por tu madre, mi cólera mitigas. 

Tu madre en el umbral velando muda, 
De mis pasos, distantes todavía 
El ruido percibe y de él no duda, 

Y a tientas a las sombras se confía 
Hacia ti conduciéndome consigo. 
Me acoge y a su mano une la mía. 

Yo, bienhechora dueña, te bendigo; 
Vive, vive feliz! dádome fuese 
Mis propios años compartir contigo! 

No será que jamás de amarte cese, 
Y a Delia por tu amor. Aunque me ofenda, 
Sangre es tuya, de serlo no le pese; 

Antes de ti fidelidad aprenda. 
Aunque ni banda sus cabellos ate. 
Ni larga estola hasta sus pies descienda. 

Sumiso a duras leyes me maltrate 
Si alabo a otra mujer; contra mis ojos 
Como culpables su furor desate; 

Celosa sin razón quiera a manojos 
Arrancarme el cabello, y de él asida 
Arrástreme, implacable en sus enojos. 

Nunca yo a golpearla me decida, 
Y antes que justa cólera me tiente 
Verme sin brazos a los dioses pida. — 

No por servil amor, mas con la mente 
Sé casta, Delia; tú la fe jurada 
Por ley de mutuo amor guarda al ausente. 

La que a todos burló desamorada 
Se verá en la vejez de cuitas llena, 
A cruel indigencia condenada; 

Entonces los vellones escarmena, 
Trémula vibra el huso, urde la trama, 
Atareada siempre en obra ajena. 

Risueña juventud la ve, y proclama 
Merecido el castigo, trae a cuento 
Cuanto a la triste vejezuela infama. 



— 58 — 

Venus la ve desde sublime asiento, 
Y desoye la queja lastimera 
Para que sirva a ingratas de escarmiento. 

Lejos caerá mi imprecación severa. — 
Demos ejemplo, oh Delia! a los humanos: 
Sí, de amor firme, aun en la edad postrera, 
Ejemplo demos, los cabellos canos! 



Elegía vil. 

Cantaron ya las Parcas este día 
Torciendo los estambres del Destino 
Que dios ninguno deshacer podría. 

Al héroe predijeron cuyo sino 
Fue humillar de los fieros aquitanos 
La indómita cerviz; — y el héroe vino; 

Y vieron nuevos triunfos los romanos, 

Y a caudillos de bárbaras naciones 
El pueblo atados vio llevar las manos. 

Mésala! ornado en lauros, rico en dones, 
Tú ibas en carro de marfil brillante 
Que tiraban albísimos trotones. 

Testigo yo de tu valor; distante 
Tarbella Pirenaica lo pregona, 
Santoña con su playa resonante; 

Y el Ródano impetuoso y el Saoua, 

Y el Loira con sus aguas azuladas, 

Y con soberbias ondas el Garona. 

O a ti, plácido Cidno, y tus calladas 
Vueltas diré, y el seno transparente 
Adonde el cielo en repetir te agradas? 

O empinado a las nubes, mole ingente, 
El Tauro en cuyos flancos se dilata 
Intonsa y ruda la cilicia gente? 

O al Siró, y cómo a la paloma acata 
Que va sobre sus densas poblaciones 
Tendiendo en vuelo inmune alas de plata? 

O al Tirio, que de excelsos torreones 
Mares ve que, el primero, en frágil quilla 
Osó hender y arrostrar los aquilones? 

O cuál, mientras ardiente Sirio brilla 
En sedienta estación, Nilo fecundo 
Crece y rebosa, y no conoce orilla? 



— 59 — 

Padre Nilo! en tu curso vagabundo 
De dónde vienes? misterioso río 
Por qué tus fuentes ocultaste al mundo? 

Los campos de tu inmenso señorío 
No han menester de lluvias, ni allí implora 
Árida yerba el celestial rocío. 

El pueblo que te canta, a Osiris llora 
Si ha muerto el sacro buey; de nuevo hallado, 
Gracias te rinde y a su rey adora. 

Osiris fue quien inventó el arado; 
Osiris con la reja^el seno yerto 
Déla tierra movió, no antes labrado. 

El con larga simiente, el hueco abierto 
Tornó fecundo; él trajo a que rindiera 
Árbol desconocido fruto cierto, 

El prestó apoyos a la vid ligera 
Para trepar; y, a tiempo, armado vino 
Con hierro a herir su verde cabellera; 

E hizo, en fin, de racimo purpurino, 
Que de amenos collados fue ornamento, 
Sacar a incultos pies jugo divino: 

Por donde el hombre comenzó su acento 
A modular, y el cuerpo aligerado 
A llevar en redondo movimiento. 

Baco al cultivador que fatigado 
Tregua pide y descanso en sus faenas. 
El peso alivia y libra de cuidado. 

Baco disipa del mortal las penas; 
Baco ahoga en el pecho los dolores 
Aun al agrio sonar de las cadenas. 

Ni cuitas ni cuidados veladores 
Siguiendo van, Osiris, tus pisadas 
Si no amor y placer, y hiedra y flores, 

Y, flotando, las ropas purpuradas 

Y del culto las cestas misteriosas, 

Y música de flautas acordadas. 

Vén, con juegos y danzas bulliciosas 
A honrar el Genio de Mésala; vente 
La sien rociada en vino, y blandas rosas. 

En su cabeza y cuello el Genio ostente 
Entrelazadas, y destile nardo 
Del undoso cabello reluciente. 



— 60 — 

Ea! abrevia a mi voz el paso tardo, 
Con incienso ante el ara y libaciones 
De ática miel, tu aparición aguardo. 

Logres, Mésala, ver generaciones 
Que cerquen tu vejez, y tu destino 
Hereden, y realcen tus blasones. 

Tus larguezas publique de contino 
Ese, a Túsculo abierto y a los muros 
Antiguos de Alba, espléndido camino; 

Pues a tu costa ya, sobre seguros 
Lechos, amplio se extiende el pavimento. 
Unidos con primor los cantos duros. 

Tarde al volver de la ciudad, contento. 
Marchando sin tropiezo, en sus cantares 
El labrador dará tu nombre al viento. 

Oh fausto aniversario! en los altares 
Ofrendas siempre renovadas veas; 
Vuelve a través de edades seculares, 
Y bello, y cada vez más bello seas! 



Elegía VIH. 

Ya no hay misterios para mí: ya siento 
Qué llevan las miradas del amante. 
Qué la voz dulce, el regalado acento. 

Y no porque la fibra palpitante 
Consulte, o los oráculos entienda, 
O el ave para mí su augurio cante: 

A mágicas cadenas, a tremenda 
Disciplina sujeto, sola pudo 
Hacer Venus que yo su ciencia aprenda. 

Cesa, pues, de fingir turbado y mudo; 
A quien ya de mal grado rindió el cuello 
Oprime luego amor más fiero y crudo. 

Qué vale ya el cuidado del cabello? 
Tantas veces, en formas variadas 
Qué vale aderezarle limpio y bello? 

Qué con lucido afeite arreboladas 
Las mejillas, y qué por hábil mano 
De artífice las uñas perfiladas? 



— bl — 

En vano mudas 3'a de traje, en vano 
Renuevas los adornos, y te ciñe 
Angosta zapatilla el pie liviano. 

Ella encanta, y el rostro no se tiñe; 
Encanta, y no porque en labor paciente 
Las nítidas madejas adeliñe. 

Con qué conjuro en medio a la silente 
Noche pudo maléfica hechicera. 
Con qué ponzoñas perturbar tu mente? 

El canto la vecina sementera 
Traspone, el canto misterioso para 
El ímpetu de víbora ligera; 

Y aun derrocar intenta en noche clara 
De su carro a la luna, 5- si metales 
No sonasen a tiempo, lo acertara. 

Mísero! como a causa de mis males 
Yolas mágicas artes mal condeno; 
Nunca usó la beldad de engaños tales. 

Ella misma es el mal: ella el veneno 
Con su boca dulcísima prodiga 

Y el fuego abrasador lleva en su seno. 

Oh Fóloe! no más como enemiga 
Al que ya enhechizaste así atormentes; 
A la injusta y cruel, Venus castiga, 

Ni dádiva reclames: dé presentes 
Quien se promete en su senil locura 
Que sus frígidos miembros recalientes. 

Muy más vale que el oro la faz pura 
De radiante doncel, que aun no lastima 
La acariciada flor con barba dura. 

Suave tu niveo brazo en torno oprima 
Aquel cuerpo gentil en torno estrecho, 

Y reales tesoros desestima! 

Serán perlas y dijes de provecho 
A ésa a quien ya burlado amante olvida 

Y sola se consume en yermo lecho? 

Ay! tarde el dulce amor, la edad florida 
Vuelve a llamar aquel de quien empieza 
A argentarse la sien envejecida. 

Entonces cómo en contrahacer belleza, 
En dorar los cabellos cuál se afana 
Tiñéndose de nuez con la corteza! 



— 62 — 

Entonces es el arrancar la cana 
De raíz, y el rasar la faz marchita 
Por descubrir de nuevo tez lozana. 

Hoy risueña estación a amar te invita; 
Ea! aprovecha la estación risueña 
Que en descenso veloz se precipita. 

No así a Márato aflijas zahareña 
Qué proeza inmolar al inocente? 
A odiosos viejos tu rigor enseña. 

Mírale desmedrado, falleciente; 
No culpa su5"a, mas por ti encendido 
Amor lívidos tintes da a su frente. 

Oh! si el amargo lloro, si el gemido 
Con que a la ausente causa de sus males 
Culpa, llegase a penetrar tu oído! 

Oigole prorrumpir en quejas tales: 
«Porque así me desprecia? ingrata, ingrata! 
Yo atrevesar, yo puedo sus umbrales: 

«A mi Venus misterios no recata. 
Yo el arte sé de respirar muy quedo, 
Cómo un ósculo a sordas se arrebata. 

«Aún de alta noche en el horror, sin miedo 
«Marcho con pie seguro, y de callada, 
«Si una puerta me estorba, abrirla puedo. 

«Mas las artes de amor qué sirven? Nada; 
«Pues que ella me aborrece, y aún recela 
«De mi sombra, y del lecho huye azorada. 

«Si algo me ha prometido, fue cautela 
«Para perderme, y con mortal congoja 
«Agitado la noche paso en vela. 

«Pienso que ha de venir, y si una hoja 
«Se movió, si sentí el rumor más leve, 
«Rumor de sus pisadas se me antoja. > 

Simplecillo de ti! cesar ya debe 
Tanto dolor: en lágrimas deshecho 
Ella te mira, y nada la conmueve! 

Odian los dioses riguroso pecho, 
Y no en sus aras quedará, a fe mía, 
Con tu incienso su enojo satisfecho. 

De Márato te burlas, y él un día 
De míseros amantes se burlaba. 
Númenes vengadores no temía. 



— 63 — 

Tierno llanto tal vez con risa prava 
Miró; tal vez (lo sabe quien lo dice) 
Aleve dio alimento a hoguera brava. 

Mudada la fortuna, al infelice 
Cómo le ofenden hoy las altiveces 
Y de tapiadas puertas cuál maldice! 

Tú llevarás la pena que mereces 
Si no te ablandas ya. Con votos vanos 
Oh, cómo asir querrás una 3" cien veces 
La ocasión que se escapa de tus manos! 

Elegía IX. 

Porqué, de tiernos amores 
Haciendo secreta burla. 
Me halagaste así, y al cielo 
Tu lengua invocó perjura? 

Infelice! si al principio 
La traición se disimula. 
Con paso, aunque mudo, firme 
Ya vendrá la pena justa. 

Piedad esta vez merezcan 
Inexpertas criaturas; 
Para la primera falta 
Perdón, deidades augustas! 

Por interés el labriego 
Bueyes al arado ayunta. 

Y penosamente arranca 
Tributo a la tierra dura. 

Por interés nao instable 
Vientos arrostra, ondas surca, 

Y mirando a las estrellas 
El rumbo turbado busca. 

Qué mucho que el dueño mío 
Hoy al interés sucumba? 
Vuelva agua un dios esas dádivas 
O a pavesa las reduzca! 

Ya su faz manchará el polvo 
En castigo de su culpa, 
El vendaval su tocado 
Convertirá en greña hirsuta; 

Quemarán su tez los soles. 
Dejarán sus sienes mustias, 

Y con plantas doloridas 
Rendirá jornada ruda. 



— 64 — 

Ah! cuántas veces le dije: 
«No, no al oro prostituyas 
«Tus encantos; suele el oro 
«Traer largas desventuras. 

«Quienquiera que por codicia 
«Profanare la hermosura, 
«Habrá de encontrar a Venus 
«Contraria siempre y ceñuda. 

«Que mi frente marque el fuegfo, 
«Traspase acerada punta 
«Mis carnes, torcido azote 
«Mi espalda cruce desnuda, 

«Antes que algo prometerte 
«Puedas de trazas incultas! 
«Hay un Dios que sabe todo 
«Y lo más arcano alumbra. 

«El hace que un confidente 
«A sirvientes que le escuchan 
«Por sordos tenga, y en largo 
«Beber secretos descubra; 

«Y que aun aquel que despierto 
«Reserva guardó profunda 
«Hable dormido, y revele 
«Lo que en el pecho sepulta.> 

Ay mísero! cómo entonces 
Muerto quedé! con fe estulta 
Cómo creí ser amado 
Ciego entre las redes burdas! 

Y aún en versos armoniosos 
Un amor que fue locura 
Celebré: vergüenza siento 
Por mí propio y por las Musas. 

Cantos tan mal empleados 
Merecen que llama súbita 
Los devore, que onda rápida 
Los envuelva y los destruya. 

Lejos la mano que el peso 
Llevó de dádiva impura! 
Lejos de aquí, y a mi mente 
Tales recuerdos no acudan! 

A ti, corruptor infame, 
Que de tu riqueza abusas, 
Yo te dé tu merecido. 
Mujer en dolos fecunda. 



— 65 — 

Furtivos amores brinde; 
Luego, ajustada la túnica, 
A tus caricias responda 
Con esquivez taciturna. 

Siempre señales recientes 
Infidelidad arguyan; 
Abierta tu casa mires 
Siempre a libertina turba. 

Ni acierte en tanto a afirmarse 
De esa hermana inverecunda, 
Si en sus delirios más copas 
O más torpezas apura; 

Pues diz que alas veces ella 
Báquica fiesta nocturna 
Prolonga hasta que en Oriente 
Matinal destello apunta. 

No haya otra que en liviandades 
La aventaje, no haya alguna 
Que en cien variados excesos 
La noche entera consuma. 

Pues de esa aprendió tu esposa 
No usada desenvoltura. 

Y no ves, desacordado 

La afrenta que eso denuncia? 

Será que por complacerte 
Así se acicale y pula. 

Y con peine fino aliñe 
Hebras que tenues ondulan? 

Por tu linda faz acaso 
Así los brazos anuda 
Con hilos de oro, y lozana 
Ciñe su seno con púrpura? 

No a ti, sino a esbelto mozo 
Bella aparecer procura, 

Y por él sacrificara 

Tu familia y tu fortuna. 

Ni condeno su desvío. 
Pues cuál es la joven culta 
A quien de achacoso viejo 
El abrazo no espeluzna? 

Y seductor ése ha sido I 
Ea! a la beldad seduzcan 
También los monstruos que habitan 
En las selvas y en las grutas. 

M. A. Caro- Traducciones- 



— 66 — 

Oh tú, que vender osaste 

Y allá trasladar no dudas 
Ósculos que me debías, 
Caricias que no eran tuyas. 

Ya gemirás cuando veas 
Que otra beldad aquí triunfa 

Y tus antiguas dominios 
Como soberana ocupa. 

A Venus libertadora 
Yo colgaré, en mi ventura, 
Áurea palma donde inscrita 
Aquesta letra reluzca: 

«Quien por ti respira, oh Dea, 
«De un falso amor redimido, 
«Este don agradecido 
«Te consagra: acepto sea! 



Elegía X. 

Quién fue el que espadas fabricó primero? 
Quién fue, decid! Oh mano aquella impía! 
Oh pecho aquel en realidad de acero! 

Las armas y las guerras en un día 
Nacieron, y brindaron de repente 
Franco paso a la muerte antes tardía. 

No al mísero culpéis: él solamente 
Armas dio contra fieros animales. 
Volviólas contra sí la humana gente. 

Culpad al oro, autor de nuestros males: 
Mientras en pobre asilo venturoso 
Vaso de encina ornó mesas frugales. 

No se vio entonces torreón ni foso. 

Y el pastor pudo entre la grey repleta 
Dormir seguro en plácido reposo. 

Naciera yo en edad tan mansa y quieta, 

Y a estremecer mi pecho sosegado 
No llegara clangor de la trompeta! 

Ora marcho a campaña, mal mi grado, 
A donde alguien tal vez ya blande ciego 
El dardo que ha de hincarse en mi costado. 

Vos, patrios lares! protegedme, os ruego 
Pues me criastesya cuando bullía 
En torno a vuestros pies en trisca y juego. 



— 67 — 

Ni os afrente haber sido bronce un día, 
Que así también progenitor antiguo 
Fiel os tuvo en su casa y compañía 

Guardando en ese tiempo albergue exiguo 
Rústico dios labrado de madera 
No vio mudable fe ni pecho ambiguo, 

Y hallábale propicio quien le hubiera 
Un racimo ofrendado, un haz tejido 

De espigas a su santa cabellera, 

O que a ofrecer volviese agradecido 
La aderezada torta, en zaga yendo 
Hija pequefia con panal henchido. 

Dioses! porque de aquí el tumulto horrendo, 
Porque las armas alejéis funestas. 
Cerdo, escogido en la piara, ofrendo. 

Tras él las limpias vestiduras puestas, 
De mirto llevaré la sien ceñida. 

Y ceñidas de mirto irán las cestas. 

Vuestro soy; que otro empuñe arma homicida, 
A Marte grato, y rompa y despedace 
Al enemigo fiero en lid reñida. 

Después oiré la narración que hace: 
Yo beba, él cuente, y con licor su dedo 
Sobre la mesa campamentos trace. 

Oh! qué impaciente afán, qué impío denuedo 
Buscar muerte violenta, si ella sabe 
Por sí misma venir con paso quedo! 

Y no con mies alegre o vid suave 
Allá abajo veremos campos bellos 
Sino el hórrido Can, la Estigia nave. 

Carón inmundo, y el tropel de aquellos 
Que acuden a la fúnebre ribera. 
Mustia la faz, quemados los cabellos. 

Oh! cuanto más prudente aquel que espera 
Edad provecta en su cabana humosa 
Con prole que le cerque placentera! 

Viviendo alcance yo vejez dichosa, 

Y ufano con las canas de mi frente 
Séame hablar de antaño dulce cosa. 

En los campos benéfica 3^ riente 
Keine en tanto la paz: su torva testa 
Ante ella el toro doblegó obediente; 



— 68 — 

Por ella fruto dio la vid enhiesta, 

Y el padre al hijo, de uva sazonada 
Transmitió el jugo en ánfora repuesta; 

Y es ella quien la reja y el azada 
Hace limpias brillar, mientras confía 
A orín consumidor lanza y espada. 

Poco sobrio, en su carro, en compañía 
De la esposa y los hijos el labriego 
Torna del sacro bosque a la alquería 

Y de Venus la guerra empieza luego: 
Enamorado mozo puertas hiende 

Y el cabello a una hermosa arranca ciego. 

Llora indignada, y sin piedad ofende 
Ella la fina tez; mas ya el exceso 
De su diestra insensata él mismo entiende, 

Ya llora el vencedor! Y el dios travieso 
Que con reproches cóleras inflama 
En medio de los dos se sienta ileso. 

Hombre de roca o bronce el que a su dama 
Osare golpear ¡Del alto cielo 
Ese los dioses vengadores llama! 

Baste de seno esquivo el tenue velo 
Desgarrar; de las sienes a manojos 
Basta aventar el ataviado pelo; 

Harto triunfo una lágrima a los ojos 
Arrancar de tu amada; harta ventura 
Que llore enternecida tus enojos! 

Mas quien levante osado mano dura, 
Pase al campo de Marte furibundo 

Y deje el del Amor y la Ternura. 

Vén, alma Paz, recobijando al mundo, 
Muestra en tu mano la dorada espiga, 

Y del regazo candido y fecundo 
Copia de frutos por doquier prodiga! 



r, I B R o I í 
Elegía I 

Propicios sed cuantos habéis venido; 
Hoy la tierra lustramos y sus bienes, 
Fieles al rito antaño establecido. 



— 69 — 

Porqué divino Baco, te detienes? 
De uvas dulces cargado el cuerpo enhiesta, 

Y tú, Ceres. de espiga orna las sienes. 

La reja del arado en alto puesta. 
De paz el labrador, de paz profunda 
Disfrute el suelo en la sagrada fiesta. 

Los yugos desatad de la coyunda, 

Y pare el buey de flores coronado 
Ante el establo donde el heno abunda. 

Hoy todo sea al culto dedicado: 
No la oficiosa mano la hilandera 
Ose llevar al copo comenzado; 

Lejos, profanos, del altar ¡Quien quiera 
Que en la pasada noche las dulzuras 
Hayas probado del amor, vé fuera! 

Pureza al cielo pide: vestiduras 
Traed todos sin mancha, y de las fuentes 
Venid agua a coger con manos puras. 

Ved el sacro cordero a las fulgentes 
Aras ir ya, y la turba en pos, de ramos 
De olivo ornadas las devotas frentes. 

Oh patrios dioses! hoy purificamos 
Al labrador a un tiempo y la labranza; 
Librad del mal la tierra que ocupamos! 

Yerba falaz no frustre la esperanza 
Del año; de las greyes el sosiego 
No turbe ya del lobo la asechanza. 

Puede de hoy más el lúcido labriego 
Fiando en rica mies, por obra vuestra 
Con gruesos leños avivar el fuego, 

Mientras la turba de rapaces, muestra 
De holgura y bienestar, bulle, y con varas 
Frágiles casas en armar se adiestra. 

Ni voto acogen las benignas aras: 
Oh, ved cómo la entraña palpitante 
Del divino favor da señas claras! 

Traed acá, traed el espumante 
Falerno, abrid las ánforas de Chío, 
Romped los sellos de época distante. 

Corra hoy sin tasa el desatado río, 
Hoy no os habéis de avergonzar si acaso 
Titubeareis, el tonel vacío. 



— 70 — 

Mas antes que llevéis incierto el paso 
Retumbe el nombre de Mésala ausente, 
«Bien por Mesala!> al empinar el vaso. 

Tú, vencedor de la aquitana gente, 
De^ilustres. si ya intonsos, guerreadores. 
Mésala, más ilustre descendiente, 

Vén, esfuerza mi voz, que los loores 
De los dioses del campo a sus altares 
Lleva, gracias rindiendo a sus favores. 

Yo el campo, yo sus dioses tutelares 
Quiero cantar, por quien el hombre al uso 
Renunció de selváticos manjares. 

Por quien fáciles pértigas dispuso. 
Y con verde follaje retechado 
Rústico albergue a la intemperie opuso. 

Ellos mismos el toro domeñado 
Trajeron a servir, y sobre rueda 
Veloz dieron impulso al carro alzado. 

Sucedió entonces a la fruta aceda 
La cultivada poma, y largo riego 
Llevó a fértiles huertos onda leda. 

Pisadas uvas desataron luego 
Sus vivíficos jugos, y mezclada 
Sobria linfa templó del vino el fuego. 

A tiempo que la tierra ve agostada 
Su cabellera por la llama estiva. 
Rindió el campo cada año mies colmada. 

Acarreaba ya la abeja activa 
En el vecino seto a la colmena 
Lo que en el cáliz de las flores liba. 

Descansando de la áspera faena 
Buscó el cultor la ley de la armonía 
Cantando al son de la campestre avena, 

Y en holgado solaz la poesía 
Ensayó, con cadencia y ritmo cierto 
Que a ornados dioses ofrecer debía. 

El los primeros coros inexperto 
Formó en tu honor, oh Baco! a su albedrío, 
El rostro en vivo bermellón cubierto. 

Y a ti inmolado el macho de cabrío 
Fue egregio don de la manada entera 
El que de todos tuvo el señorío. 



— 71 — 

Con flores el rapaz en primavera 
Retejió la corona con que vino 
Los lares a ceñir por vez primera. 

Mostró bañada oveja blanco y fino 
Su vellón, por los dioses reservado, 
Al trabajo de manos femenino. 

De allí nació la rueca y el tasado 
Copo, y el huso fue de lá hilandera 
Por los ág^iles dedos meneado. 

Y alg^una, a quien Minerva transmitiera 
Sus artes, mientras teje canta, y ruido 
Hace acorde, al pasar, la lanzadera. 

Fama es también que vino acá Cupido 
Entre hatos y ganados con su aljaba 

Y entre yeguas indómitas nacido. 

Incierto el arco entonces estrenaba, 
Hoy que expertas sus manos y seguras, 
Ay, y qué bien, adonde asesta, clava! 

Ni por selvas, cuan antes, vaga oscuras; 
Hoy prefiere flechar tierna doncella 

Y de hombre sujetar cervices duras. 

El al mozo arruina a quien domella; 
Impudente, por él, de alguna esquiva 
A las puertas el viejo se querella. 

Sus guardianes, por él, joven cautiva 
Dormidos burla, y al galán que adora 
Sola a buscar con huella va furtiva; 

Cauto el pie mueve, y el temor la azora 
De incógnito paraje, mas tendiendo 
Las manos va y el ciego rumbo explora. 

Mísero, a quien acosa Amor tremendo! 
Dichoso a quien Amor benigno inspira! 
Vén, pues, plácido dios, vén sonriendo! 

Acude, acude a la campestre jira, 
Pero inerme: la flecha esconde aguda, 

Y allá, lejos allá la antorcha tira. 

Cantad todos al dios, pedidle ayuda, 
Para nuestros rebaños con voz llena, 
Para vosotros mismos en voz muda. . . 

Y aun alto orad, si os place; que ya suena 
Bullicio asordador, y en frigios sones 
La corva flauta los espacios llena- 



— 72 — 

Daos prisa: unce la noche sus bridones 
Y de la madre el carro las estrellas 
Seguirán en gentiles escuadrones. 

Con alas oscurísimas tras ellas 
Cubrirá el sueno el ámbito profundo 
Calladamente, y con inciertas huellas 
Falsas visiones poblarán el mundo. 



Elegia II. 

Bendición! bendición! a mis acentos 
Callad, honrando el natalicio día; 
Cuantos cercáis el ara estadme atentos. 

Arda el incienso, quémese a porfía 
Los aromas que el árabe enervado 
Desús fértiles términos envía. 

El genio mismo venga de buen grado 
A recibir adoración ferviente 
De suaves guirnaldas coronado. 

De consagrados panes le apaciente, 
Abrévese de vino en largo riego, 
Nardo puro destile de su frente. 

Plácido venga y favorable al ruego. . . . 
Viene! Qué más, Cerinto, dudas? Ea! 
Concede él lo que pidas: pide luego! 

«Que la fe de tu esposa firme sea> 
Adiviné tu anhelo. Aun no profieres 
El voto, y ya tu pecho el dios sondea. 

El te ha oído, sabe él que no prefieres 
Al bien que te cautiva y enamora 
Ni campos, cuantos dan tributo a Ceres. 

Ni perlas, cuantas pule y atesora, 
Del indo afortunada convecina, 
La mar que al sol naciente se colora. 

Ves? Con trémulas alas se avecina 
Trayendo amor a los amantes cuellos 
La cadena nupcial: tú el cuello inclina. 

Lazos que firmes siempre y siempre bellos 
Habrán de ser mientras vejez rugosa 
Tarde llega a argentar vuestros cabellos» 



— 73 — 

Entonces esta fiesta venturosa 
Volverá aún; cuando seáis abuelos 
Úfanosos verá de prole hermosa, 
Jugando a vuestros pies los nietezuelos. 



Elegía m. 

Ella en el campo está, vive en la aldea: 
Quien quiera que morada un punto solo 
Hiciere en la ciudad, maldito sea! 

Venus misma ya deja el albo polo 
Por la alegre campiña, ya Cupido 
Con rijsticos aprende a hablar sin dolo. 

Oh! si verla me fuese permitido, 
Brioso allá con azadón pesado 
Cavara el fértil suelo endurecido, 

O, a fuer de labrador, con el arado 
Tras los uncidos bueyes anduviera 
En ámbito a la siembra destinado. 

No ya, si sol abrasador me hiriera. 
No, si ampolla mis manos delicadas 
Abiertas lacerase, me doliera. 

Así el galano Apolo en las pasadas 
Edades, pues lo quiso Amor, de Admeto 
Apacentando anduvo las vacadas. 

Y qué la lira, en su anhelar inquieto, 
Qué la guedeja de oro le aprovecha 
Ni de sus yerbas el poder secreto? 

Toda aquella arte de curar, deshecha 
Vio el dios entre sus manos, traspasado 
El corazón por invencible flecha. 

El mismo de los pastos el ganado 
Sacaba, él a beber lo conducía 
Al verde margen de árboles poblado. 

La leche por sus manos esprimía, 

Y con mimbre enseñó a tejer liviana 
Cesta que al suero diese angosta vía. 

Oh cuántas veces le encontró Diana 
Cuando alzado llevaba algún ternero, 

Y de vergüenza enrojeció la hermana! 

Cuántas veces cantaba en el otero, 

Y las vacas el canto peregrino 
Romper osaron con mugido fiero! 



— 74 — 

Consultaban su oráculo divino 
Caudillos angfustiados, y del santo 
Templo, el que ansioso entró, burlado vino. 

Latona qué de veces, no sin llanto, 
Híspidos vio y revueltos los cabellos 
Que fueron ya su admiración y encanto! 

Ni quién podría reparando en ellos, 
Greña ahora de agreste vaquerizo 
Reconocer de un dios los rizos bellos? 

Tu Délo amena, oh F'ebo! qué se hizo? 
Pitia dó está? ¿Dejaste las ciudades 

Y amor te hospeda en aduar pajizo? 

Siglo dichoso aquel, santas edades 
Cuando al amor, sin recatar su llama, 
Servían en la tierra altas deidades! 

Hoy de Apolo reís; mas el que ama 
Querrá mas bien ser risa de la gente 
Que no un dios cuyo pecho no se inflama. 

Más tú. a quien leyes da con triste frente 
Cupido, quienquier fueres, tus reales 
Acá traslada, en mi mansión, detente. 

Siglo el nuestro es de hierro, y los mortales 
No ya a Venus, tan sólo rinden culto 
A la rapiña; y qué turbión de males! 

Con ella la asechanza, el fiero insulto 
Vino, y sangre y estrago: ella escuadrones 
Arma y concita militar tumulto. 

Al peligro de escollos y aquilones 
Ella añadió en la mar riesgos extraños 
Cuando naves lanzó con espolones. 

Ni riberas respeta ni aledaños 
El pirata, y extiende el pensamiento 
A tierra inmensa, a innúmeros rebaños. 

Los mármoles divorcia de su asiento: 
Ya columnas le llevan enteriza 
Cien yuntas en pesado movimiento; 

Con moles ya las aguas esclaviza, 

Y en mar cerrado el escogido peca 
Sin temor de borrascas se desliza. 

En tanto alegre mesa a ti se ofrece 
En vajilla de Samos, a ti el vino 
Se escancia en barro, que el Cumano cuece. 



— 75 — 

Ay dolor! si ya el pecho femenino 
Sólo rinde a los ricos su altiveza. 
Yo con rapiñas me abriré camino. 

Para que nade Némesi en riqueza 
Y por las calles paseando ostente 
La esplendidez debida a mi larg-ueza. 

Vístase ella la gasa transparente 
Donde la hija de Cos el arte extrema 
Mezclando hilo sutil de oro luciente. 

Acompáñenla, haciéndole zalema. 
Hombres que la India engendra, a quien cercana. 
Del sol la lumbre los semblantes quema. 

Variadas colores use ufana, 
Brindándole, a cual más, hermosa y leda 
Piírpura Tiro y África su grana. 

Quién lo ignora? De esclavos puesto en rueda 
Ese que hoy reina y tus favores gusta 
Mostró marcado el pie con blanca greda. 

Mas, oh Ceres! conmigo diosa injusta 
Que a Némesis me robas, la campiña 
La prometida mies te niegue adusta! 

Y oh tú, Baco mancebo, que la viña 
Enseñaste a plantar, si allá entretienes 
A mi amada también, de hoy más no ciña 

El esperado pámpano tus sienes: 
No impune has de ocultarme la hermosura 
Ni a tal precio jactarte de tus bienes. 

Vuelva a darnos sustento la segura 
Bellota, y despreciado el rico jugo, 
Bébase el agua de las fuentes pura, 

Este sobrio tenor de vida plugo 
Del mundo a los antiguos moradores, 
Y era de amor entonces blando el yugo. 

No araban los errantes amadores, 
Pero Venus doquiera les brindaba 
Con fácil lecho de silvestres flores. 

No de argos y cerrojos era esclava 
La inocente pasión. Oh edad felice! 
Oh, si volviese lo que allá se usaba! 

Quién de estos artificios no maldice 
Que la voz adulteran y el semblante? 
Más bien velloso abrigo el cuerpo enrice. 



— 76 — 

Si aquella por quien peno está distante» 
Si tarde o nunca verla ya me es dado, 
Qué me importa llevar toga ondeante? 

Llevadme allá de Némesis al lado, 
Llevadme! y no habrá rústica faena 
Que me arredre o fatigue; de buen grado 
Al azote me ofrezco, a la cadena! 



Elegía IV. 

Adiós, nativa libertad! Ya suena 
La hora del cautiverio, a que rendido 
Inexorable dama me condena. 

De cadenas durísimas ceñido 
Ella de hoy más rae oprimirá; ni espero 
Que amor las suelte atento a mi gemido. 

O inocente o culpable prisionero. 
Ardiendo estoy. Oh bárbara! retira 
Esas antorchas, que abrasado muero! 

Tal dolor evitase y tanta ira 

Y yo el peñasco fuese que en remota 
Helada cumbre endurecer se mira. 

O el escollo del mar donde la rota 
Nave se estrella al ímpetu del viento 
Sobre la onda encrespada que la azota! 

Y no que ora redoblan mi tormento 
Noches amargas tras amargos días, 

Y continuo de hieles me apaciento. 

Y qué valen mis tiernas elegías 

Si ella, ahuecando la mezquina diestra, 
Oro demanda en vez de melodías? 

Id, Musas, lejos, si la ayuda vuestra. 
Si la apolínea inspiración es vana! 
Quise hacer yo de vuestros dones muestra, 

Mas no para cantar la guerra insana 
Ni del sol los caminos, o el sosiego 
E inciertos pasos de su blanca hermana. 

Solo anhelé con armonioso ruego 
Enternecer a la beldad que adoro; 
Id Musas, pues, abandonadme luego! 

Yo buscaré con crímenes el oro, 

Y no más entre iniítiles suspiros 
Puros umbrales bañaré con lloro. 



— 77 — 

Yo los templos y místicos retiros 
Meteré a saco, y guay! que a ti prepara 
Mi mano. Venus, los primeros tiros. 

Tú me esclavizas a mujer avara. 
Tú al mal me induces; siente la primera 
Mis sacrilegas manos en tu ara. 

Maldito el que a los ojos lisonjera 
Trae la verde esmeralda, el que colora 
Blanco vellón en púrpura extranjera! 

Deslumhran a la joven en mal hora 
Galas de Cos y perlas del Mar Rojo, 

Y ansia de lujo el pecho le devora. 

A perdición la lleva el ciego antojo, 

Y mal su honestidad torvos guardianes. 
Mal la defiende rígido cerrojo. 

Vé de dádivas lleno, y sin afanes 
Desprenderse verás la cerradura. 
Dormir los guardas y aun dormir los canes, 

El dios que concedió de la hermosura 
A codiciosas hembras el encanto, 
Hundió el placer en mares de amargura. 

De ahí triste la discordia, acerbo llanto, 

Y todo, en fin, lo que al Amor desdora. 
Infame dios, hermoso un tiempo y santo. 

Mal hayan las riquezas que atesora 
Mano venal, que al puro amor defrauda! 
Caiga fuego sobre ellas a deshora: 

La alegre juventud mire y aplauda, 
No haya socorro alguno, y viento fuerte 
La llama empuje resonante y rauda. 

O si antes, oh cruel! llega la muerte 
Quien te llore no habrá, nadie que quiera 
Fúnebres homenajes ofrecerte. 

No así la incorruptible: aunque esa muera 
De años cargada, lágrimas y honores 
La seguirán a la mansión postrera; 

Y alguno, honrando fiel viejos amores, 
Cada año volverá respetuoso 

El túmulo erigido a ornar de flores, 

Y dirá al retirarse: <Tu reposo 
Nadie turbe, y la tierra a mi deseo 
Blanda guarde tu sueño silencioso!> 



— 78 — 

Predico la verdad, y es devaneo, 

Y no hay que hablar; que a luz de amor tirana 
Ella me obliga y redención no veo. 

Si ella decreta que a pregón mañana 
Mi patrimonio enajenado sea. 
Lares, adiós! mi voluntad se allana. 

Junte filtros de Circe y de Medea, 
Mezcle al par cuanta yerba ponzoñosa 
Gran hechicero el Tesaliense emplea. 

Cuanto ardor empleó la Cipria diosa 
En la espuma del seno destilada 
De la yegua selvática y furiosa: 

Si de Némesis dulce una mirada 
Merezco al fin, a tan fatal conjunto 
Ella venenos mil, si quiere, añada 

Y venga el vaso, beberéle al punto! 



Elegía V. 

Sé favorable a nuestros votos, Febo! 
En los misterios de tu templo santo 
Hoy se recibe sacerdote nuevo. 

Acude con tu cítara entretanto; 
Gárrulas cuerdas a pulsar empieza 

Y dulce a la alabanza inclina el canto. 

Vén, en torno ciñendo a tu cabeza 
El laurel, de victoria noble sello; 
Ya el ara con ofrendas se adereza. 

Pero de gala vén. nítido y bello: 
Festiva y no estrenada ropa viste. 
Peina bien el undívago cabello. 

Muéstrate, en fin, cual ya resplandeciste 
Cuando en himnos cantabas tú suaves 
Triunfante a Jove y a Saturno triste. 

TÚ desde lejos lo futuro sabes; 
Por ti el augur el inacorde grito 

Y el curvo vuelo entiende de las aves; 

Y observando el arúspice tu rito"" 
Víctima inescrutable a ojos profanos 
Abre, y en ella el porvenir ve escrito. 



— 79 — 

Por ti jamás engaña a los romanos 
La Sibila, que traza del destino 
E-n exámetro verso los arcanos. 

Permite que tus versos Mesalino 
También devuelva y a leer aprenda 
El recóndito canto sibilino. 

A Eneas la Sibila, amiga senda 
Mostró cuando a su padre y a sus lares 
Salvos sacaba de la llama horrenda; 

Y aun de Roma le habló cuando a los mares, 
Lanzándose, los ojos revolvía 

Y contemplaba arder muros y altares. 

En aquel tiempo Rómulo no había 
Fundado la ciudad de que su hermano 
Remo jamás habitador sería. 

Vacas pacían el herboso llano 
Que hoy cubren moles; choza fue mezquina 
Lo que hoy de Jove esplendoroso fano. 

Rociado en leche, a sombras de una encina, 
Guarecíase Pan, y hecha en madera 
Por rústico escultor Pales divina. 

Canora flauta do con blanda cera 
Desiguales cañutos en contino 
Descenso unidos van. entonces era 

Ofrenda grata a numen campesino, 

Y el nómade pastor con fe sencilla 
Dejábala suspensa en olmo o pino, 

Y donde ahora se dilata y brilla 
El barrio de Velabro, era laguna 
Por do a remos cruzó pobre barquilla. 

Que en los días festivos trajo alguna 
Complaciente y graciosa zagaleja 
Al joven mayoral de alta fortuna. 

Con frutos, que movida por la reja 
Rindiera el haza, y queso regalado 

Y el niveo recental de blanca oveja. 

«Hermano fuerte del amor alado! 
«Constante Eneas, que en tus huecos pinos 
«Llevas los restos de Ilion sagrado! 

«Júpiter ya los campos laurentinos 
«Te ha señalado; hospitalario suelo 
«Va a recibir tus lares peregrinos. 



— 80 — 

<Allí santo serás; allí de un vuelo 
<La onda de Numico veneranda 
«Como a dios tutelar te alzará al cielo. 

«Ya en torno a tus cansadas popas anda 
«Fiel la Victoria, y la hija de Saturno 
«Al pueblo que afligió desciende blanda. 

«Ante mis ojos, entre horror nocturno, 
«De los Rútulos arde el campamento 
«Y muerte anuncio a ti, bárbaro Turno. 

«Y viendo estoy los muros de Laurento, 
«Caudillo a Ascanio, y la Lavinia corte, 
«Y miro de Alba Longa el nuevo asiento; 

«Y a ti también— sin que dejar te importe, 
«Ilia, regia vestal, la ara ofendida — 
«Ceder a los halagos de Mavorte. 

«Miro la venda de tu sien caída, 
«Y del dios que en secreto te enamora, 
«El fuerte escudo que en la playa olvida. 

«Paced, toros, paced la yerba ahora 
«De las Siete Colinas; pronto en ellas 
«Se erguirá la ciudad dominadora. 

«Tú. cuantos Ceres ve de las estrellas 
«Fértiles campos, tanta tierra esclava 
«Verás, oh Koma! y llevarás tus huellas 

«A donde nace el Sol, y a donde acaba 
«El curso de su rápida cuadriga 
«Que en ondas crespas del sudor se lava. 

«Tiempo será en que Troya le bendiga, 
«Renaciendo asombrada, y a ventura 
«Tenga tan largo errar, tanta fatiga. 

«Eneas, la verdad mi voz te augura, 
«Así de sacros lauros me alimente, 
«Así por siempre permanezca pura!» 

Esto predijo, oh Febo! la vidente, 

Y tu nombre invocando, la erizada 
Melena sacudió sobre la frente. 

También fue ya tu intérprete inspirada 
Marpesia, el pecho de tu numen lleno, 

Y Amaltea, y Erófile sagrada; 

Y Albúmea, que al través del Anieno 
Espumoso raudal intacto pudo 
L/levar tu libro en el enjuto seno. 



— 81 — 

Ellas vaticinaron cual sañudo 
Precursor de discordias, un cometa 
Y de guijarros aguacero rudo. 

Y dicen que el clangor de la trompeta 
Oyóse, y choque de armas por el cielo 

Y el bosque de desastres fue profeta. 

Y vino un año de terror y duelo 
En que el sol por los aires, incoloro 
Guió su carro entre nubloso velo. 

Divinos simulacros tibio lloro 
Sudaron, y en el campo nuevos males 
Tomando humana voz nunciaba el toro. 

Prodigios de otro tiempo funerales! 
Vén clemente, y en mar embravecido 
Dígnate, Apolo, hundir presagios tales! 

Ardiendo en tus altares dé estallido 
Favorable el laurel, y un año entero 
De paz anuncie y de abundancia henchido. 

Albricias! estalló el infausto agüero. 
Albricias, labradores! Atestado 
Rebosará de frutos el granero, 

Las uvas pisará de mosto untado 
El viñador; lagares y toneles 
No bastarán al vino desatado. 

Ebrios pastores, a su diosa fieles, 
Fiesta a Pales harán. De la majada 
Huid en tanto, huid, lobos crueles. 

Montones extendiendo de tostada 
Paja, el ágil zagal saltará ileso 
Por cima de la sacra llamarada. 

Crecerá la familia, y el travieso 
Rapaz, de las orejas al ufano 
Padre asirá para robarle un beso 

Ni tendrá a menos venerable anciano 
Cuidar los nietezuelos en la casa 

Y balbucir con ellos mano a mano. 

A honrar al Dios en la campiña rasa 
Irá la juvenil alegre tropa 
Do brinda árbol antiguo sombra escasa 

M. A, Caro- Traduocione«--6 



— 82 — 

O con guirnaldas atarán la ropa. 
Improvisando toldos, y delante 
Colocarán la festonada copa. 

Manjares cada cual a su talante 
Traerá, y de césped alto hará su mesa 

Y su asiento a la par. Férvido amante 

En quien celos rabiosos haceu presa, 
Asestará a su amada hiriente frase 
Encendido en furor que pronto cesa. 

Cuando el nublado que le ciega pase, 
Al cielo hará de su intención testigo, 

Y llorando, de insania culparáse. 

Con tu licencia ¡oh Febo! yo maldigo 
Arco y flechas; el cielo las destruya 
Porque nunca las lleve amor consigo! 

Buenas las armas son como arte tuya, 
Mas en manos de amor, ¡oh cuanto estrago! 
¡Ay! ¿quién habrá que de su alcance huya? 

Dígalo yo que ha tiempo herido yago 

Y encariñado estoy con mis cadenas, 

Y mi propia dolencia, ¡oh torpe! halago. 

Siempre a Némesis canto, y cuando ajenas 
Materias trato, mal los versos mido. 
Ni versos hallo ni cadencias llenas. 

Mas hoy, Ninfa cruel, perdón te pido 

Y el favor de los Númenes demando 
A los piadosos vates concedido. 

Para cantar a Mesalino, cuando 
En carro de marfil vaya triunfante 
Un ramo de laureles empuñando, 

Y escenario marcial lleve delante, 

Y atrás, con lauro rústico en la frente 
¡Triunfo! el soldado en vez robusta cante; 

Y viéndole pasar resplandeciente 
El padre lance aclamación festiva 
Dando hermoso espectáculo a la gente. 

Propicio Febo mi oración reciba; 
Así adorne por siempre con galana 
Cabellera la frente; así le viva 
Casta por siempre la apacible hermana! 



— 83 



Elegía VI 

Hoy Macro sale a militar campana; 

Y el delicado amor en este caso 

¿Qué hará? Marcha también y le acompaña? 

¿A todas partes segfuirále acaso, 

Y peso de armas llevará doquiera 

Ya en medio de la mar, ya a campo raso? 

Abrasa, abrasa oh niño, esa alma fiera! 
Quien tus ocios huyó, tu enojo pruebe; 
Vuelva ya el desertor a su bandera! 

Mas si temerte el guerreador no debe, 
Aquí hay, aquí, quien ser soldado pida 
Que a cog-er agua él mismo el casco lleve. 

Adiós damas y amores! Nueva vida 
Emprendo, fuerte soy, nada me aterra; 
Marcial clarín al campo me convida. 

Con voces tales apellido guerra; 
Mas si soberbias son, puerta inclemente 
Con soberbio silencio a ellas se cierra. 

Cuántas veces juré solemnemente 
No volver a ese umbral, y cuántas mudo 
Lo que juró la lengua el pie desmiente? 

Quisiera ver deshechas, amor crudo 
Esas que usas por armas, los hachones 
Hechos pavesa y roto el dardo agudo! 

Yo contra mí profiero imprecaciones. 
Turbado por tu culpa el pensamiento; 
Tu mil blasfemias en mi labio pones. 

Dado hubiera a mis males fin violento 
Si la esperanza al par no me llevara 
Iluso de un momento a otro momento. 

Ella estimula al que los campos ara 
Y muéstrale, al fiar al surco el grano. 
La henchida mies que el año le prepara. 

Ni en aire o aguas su favor fue vano. 
Ella al ave a caer en lazo obliga, 
Ella en sutil anzuelo al pez liviano, 

Y del esclavo encadenado amiga. 
Ella va a consolarle: al pie el grillete 
Suena, y él canta en medio a la fatiga. 



— 84 — 

Ella a Némesis blanda me promete, 
Mas tú resistes, Némesis tirana; 
Oh! qu e a la diosa la mujer respete! 

Ruégote por los huesos de tu hermana; 
Así breve reliquia en paz segura 
Duerma aquella a quien muerte hirió tempranal 

Su alma venero yo candida y pura; 
Yo guirnaldas regadas con mi llanto 
Llevaré a su enyerbada sepultura, 

Y embebecido en su recuerdo santo 
Con su ceniza, en oración callada, 
Hablaré allí de mi mortal quebranto. 

Oiráme, y la tendré por abogada 
En tu conciencia. Oh Némesis! no quede 
Su generosa intercesión frustrada. 

Que cuando el carro de la Noche ruede 
Sobre el mundo en silencio sumergido, 
Mostrarse ensueños y afligirte puede, 

Mustia la faz, el seno enrojecido, 
Como cayó precipitada un día 
De alta ventana a la mansión de olvido. 

Mas callo: contristarla no querría, 
Ni es justo que una lágrima siquiera 
Haya de derramar por causa mía. 

Quién ojos a enturbiar osado fuera 
Que serenos hablando a quien los mira 
La inocencia del pecho sacan fuera? 

Culpable aquella sí que en torno gira, 
Mensaje corruptor con maña y tiento 
Llevando, y en los labios la mentira. 

Si desde el duro umbral adentro siento 
De Némesis la voz, ésa la niega 
Con el más descarado juramento, 

Y en la noche a que estoy citado, alega 
Que el ama cayó enferma, o que amenaza 
Algún peligro, y que me aleje ruega. 

Entonces pienso que a otro ella se abraza 
Y cuál, fácil y varia en sus anhelos. 
Le hace feliz mientras a mí rechaza. 

Y a ti malvada Frine (oh rabia, oh celos!) 
Maldigo entonces, ya los diques rotos: 
Harto has de padecer, si oyen los cielos 
Parte alguna, aunque breve, de mis votos. 



— 85 — 

LIBRO III 

Elegía I 

Hoy la festiva luz al mundo asoma 
De las Calendas que consagra Marte, 
Por donde el año abrió la antigua Roma. 

Mil presentes y mil por toda parte 
Calles, casas recorren a porfía 
Coa pompa y esplendor, hijos del arte. 

Musas! qué dar en tan solemne día 
A mi beldad .... o a la que me es tan cara, 
Si error fue vano apellidarla «mía»? 

Seduce el oro a la mujer avara. 
Mas el canto conviene a la hermosura: 
Versos, Neéra, mi amistad prepara. 

Albo, con rojeante cobertura, 
A ti mi libro irá; mas antes debe 
Rasar el cano vello pómez dura. 

Por cima de las finas hojas, breve 
El título aparezca, y señalado 
En cifra, del poeta el nombre lleve 

Uno, en fin, y otro extremo coronado 
De perilla, vistoso el rollo ostente; 
Todo concurra a merecer tu agrado. 

Y pues aquí la inspiración se siente 
Que os debo. Ninfas del Castalio coro. 
Por vuestra verde gruta y sacra fuente, 

El nuevo auxilio conceded que imploro 
Y este libro llevad en nombre mío 
Así, ñamante, a la beldad que adoro. 

Ella os responderá: saber confío 
Si su afecto subsiste, o detrimento 
Tal vez padece, o si paró en desvío. 

Como a Ninfa, con grave acatamiento 
Primero honradla, y luego con dulzura 
Esto decidle en cadencioso acento: 

«Aquél a ti, beldad honesta y pura, 
«Que amante fue y hermano agora, envía 
«Humilde don que aceptes ruega, y jura 

«Amante más que la alma luz del día, 
«O hermana suya gustes ser, Neéra, 
«O esposa fiel, que hacerte dios sería 



86 



«Más él aquesta dicha inmensa espera 
«Con fe constante, y no desmaya en tanto 
«Que el triste plazo llegue y luz postrera 
«Y baje el reino a ver de eterno espanto.» 



Elegía 11 

Quien robó primero 
A un doncel su dama, 
Su esposo a una joven. 
Duro fue de entrañas. 

Fue también de bronce 
Quien esposa cara 
Perdió así, y el hondo 
Pesar no le mata. 

Para trances tales 
Las fuerzas me faltan; 
Aun pechos valientes 
El dolor quebranta. 

Y dirélo todo: 
Muerta la esperanza 
De vivir, el tedio 
Penetró en mi alma. 

Ay! cuando yo sea 
Sombra leve y vana, 

Y ceniza tornen 

Mi cuerpo las llamas, 

Neéra llorosa 
A la pira vaya. 
Suelta por los hombros 
La madeja larg-a. 

Su madre con ella; 

Y lloren entrambas. 

La hermosa a un amante, 

Y un yerno la anciana. 

Mis manos invoquen 
En triste plegaria; 
Sus manos piadosas 
Purifique el agua; 

Junten luego, suelta 
La veste enlutada, 
Los candidos huesos, 
Sola parte salva. 



— 87 — 

Sobre ellos primero 
Vino añejo esparzan, 
Después viertan leche 
Cual la nieve blanca. 

La humedad les limpien 
Con finas toallas. 

Y enjutos los pongan 
En marmórea estanza. 

Y allí con aromas 
De lejas comarcas, 
Los que Asirla envía 

Y fértil Panca3^a, 

Lágrimas se mezclen 
Que del pecho nazcan: 
Tales honras quiero 
Que a mis restos hagan. 

Y en la losa, aquesta 
Inscripción grabada, 
De mi muerte a todos 
Declare la causa: 

«Aquí Ligdamo reposa, 
«De Neéra amante ñel: 
«Matóle dolor cruel; 
«Le arrebataron su esposa.» 



Elegía III 

De qué sirve, Neéra, al cielo santo 
Con votos fatigar, y siempre al ara 
Llevar incienso y súplicas y llanto? 

A fe que yo jamás excelsa y clara 
Mansión pedí, donde impusiera leyes 
Amo ostentoso, y mármoles hollara; 

No que tierra vastísima mis bueyes 
Labrasen, no de mieses coronada, 
Verla, o cubierta de vagantes greyes; 

Mas sí por largos años asociada 
Atu vida llevar la vida mía 
Y rendir en tu seno la jornada 

Cuando el fatal irrevocable día 
Llegue en que al fin en la Letea nave, 
Habré de entrar desnuda sombra y fría. 



— 88 — 

Pues qué a mí el oro con su peso grave? 
Qué rebaños sin número ni cuento? 
Ni qué, regia mansión, áureo arquitrabe; 

Mármol frigio qué presta a mi contento 
O el que en Caristo o Ténero se corta; 
La alta columna, el terso pavimento? 

Y si del huésped a la vista absorta 
Parques y grutas en redor tendidas 
Bosques sacros semejan, qué me importa? 

Qué las nítidas perlas escogidas 
Que de la costa vienen Eritrea; 
Qué cuántas telas en Sidón teñidas. 

Todo en fin, lo que al vulgo lisonjea 

Y al que, dueño exclusivo, lo reúna, 
Sólo enojos y azares acarrea? 

Nunca ese ahuyentará cuita importuna, 
Pues sabe ha de venir, sin saber cuándo, 
A derrocar grandezas la Fortuna. 

Feliz, si pobre, de tu amor gozando. 
Viviera yo; sin ti, despreciaría 
Áulico honor, ilimitado mando. 

Oh, cuándo tornarás, y cuando <mía> 
Te podré apellidar vuelta a mis brazos? 
Oh una y veces mil bendito día! 

Mas si veda anudar tan dulces lazos 
Algún dios que el oído siempre cierra 

Y siempre alarga a mi anhelar los plazos, 

No en cambio, no, señorear la tierra 
No Pactólo, arrastrado en áureo lecho. 
Me halagará, ni cuanto el mundo encierra. 

Otro a eso aspire: bajo humilde techo 
Séame dado a mí con tierna esposa 
Ignorado vivir, tranquilo el pecho. 

Oye mis votos tímidos piadosa. 
Oh hija de Saturno! y conducida 
En leve concha tú, de Cipro diosa! 

Mas si niegan la vuelta apetecida 
El Destino y las tétricas Hermanas 
Que conducen el hilo de la vida 

Y las edades antevén lejanas. 
Pálido el Orco de sus reinos fríos 
Lléveme, con la grey de sombras vanas, 
Al negro lago, a los inmensos ríos! 



89 — 



Elegía IV 

El cielo santo me valga 

Y mejor señal me dé; 
Lo que penando soñé 
Anoche oír. vano salga. 

Volad, sueños fementidos, 
Volved la espalda, visiones, 

Y no a vuestras predicciones 
Esperéis que preste oídos. 

Sólo los dioses no engañan; 
Sólo arúspices Toscanos 
De los destinos humanos 
El misterio desentrañan. 

Mas nacen de noche y giran 
Fantasmas mil por el viento, 
Que al durmiente pensamiento 
Pánico terror inspiran. 

De ahí que el triste mortal 
Nocturnas apariciones 
Intente aplacar con dones, 
Consagrando farro y sal. 

Sea como quiera, o fe 
Preste yo a sueño veraz, 
O a burladora y fugaz 
Imagen crédito dé, 

Tú, Lucina, de mi mente 
Borra esta odiosa impresión, 

Y nada haya con razón 
Turbado a un pecho inocente. 

Si nunca actos criminales 
Concebí con mente loca; 
Jamás blasfema mi boca 
Ofendió a los inmortales. 

Ya con sus negros bridones 
Corrido la noche había 
El cielo, y su carro hundía 
Allá en líquidas regiones; 

Y aun me negaba descanso 
El dios que afanes serena; 
Allí donde el alma pena 
Tarde llega sueño manso. 



— 90 — 

Al fin, cuando entre esplendores 
Febo asomó por Oriente, 
Cerré ya desfalleciente 
Los párpados veladores. 

Entonces vi que un doncel 
El pie en la estancia ponía, 
A quien las sienes ceñía 
Casto ramo de laurel. 

Abundoso, deslazado 
Luengamente por el cuello, 
Caía el rizo cabello 
En aromas empapado. 

Irradiaba esplendidez 
Como luna despejada; 
Mas con púrpura mezclada 
A la nieve de su tez. 

Cual de zagala sencilla, 
Que da la mano de esposa 
Arde llama ruborosa 
En la candida mejilla. 

Así, en tejida corona 
Junto al lirio el amaranto; 
Así la manzana, en tanto 
Que el otoño la sazona. 

Suelto ropaje, cual es 
Propio de un dios, rozagante, 
Le decora, y ondeante 
Desciende y juega a sus pies. 

De arte oculto maravilla. 
Lleva a su izquierda pendiente 
Lira de concha luciente, 
Do a la vez el oro brilla. 

Había el dulce instrumento 
Comenzado a puntear 
Con plectro ebúrneo, y al par 
Canto armonioso dio al viento. 

Cuando el concierto suave 
De la voz 5^ de la lira 
Cesó, piadoso me mira, 
Y así empieza dulce y grave: 

«Oh, grato al cielo mil veces, 
<Casto, inspirado mancebo! 
«Bien tú de Baco y de Febo, 
«Bien de las Musas mereces. 



— 91 — 

<Pero las doctas hermanas 
«No predijeron, el hijo 
<De Sémele no predijo 
<Cosas que )'acen arcanas. 

«A ellos no es dado leer 
«En el tiempo venidero; 
«Sólo yo obtuve tal fuero 
«De mi padre, y tal poder. 

«Poeta, escúchame ya, 
«Que un dios no te engaña, y sólo 
«Revelarte puede Apolo 
«Lo que a revelarte va. 

«Aquella a quien has querido 
«Cuanto a sü hija no ama 
«La madre, más que a su dama 
«El galán enardecido; 

«Aquella por quien envías 
«Tus votos al cielo santo; 
«Que es objeto de tu canto 
«Y tormento de tus di'as, 

«Y cuando en lóbregos velos 
«Te envuelve la noche, halago 
«En sueños presente y vago, 
«Burlador de tus anhelos; 

«Ella, tu Neéra hermosa 
«Ya guardarte fe no quiere, 
«Piensa en otro, a ése prefiere, 
«Y en su impio afán no reposa. 

«Oh casta perjura! oh nombre 

«De mujer, quién de él se fía? 
«Maldita aquella que un día 
«Aprendió a engañar al hombre! 

«Pero versátiles son 
«Y tú afirmar dulces lazos 
«Podrás, si tiendes los brazos 
«En ferviente adoración. 

«Ay, que en trabajos sin par 
«Terrible Amor nos empeña; 
«Terrible Amor nos enseña 
<E1 fiero azote a besar! 

«Que en un tiempo apacenté 
«Yo de Admeto la vacada 
«No es fábula, nó, inventada 
«Para reír, verdad fue! 



— 92 — 

«En verdad que no podía 
«De la cítara gozar, 
«Ni atinaba a concertar 
«Con las cuerdas la voz mía. 

«Allí su cantar doliente 
«En flauta rústica entona 
«El que es hijo de Latona 
«Y de Jove omnipotente! 

«No sabes lo que Amor es 
«Mientras tú de acerbo dueño 
«No te sometas al ceño 
«Y al yugo el cuello no des. 

«Vé, corre a la ingrata luego, 
«Rendido implora, porfía; 
«La condición más bravia 
«Cede a la fuerza del ruego. 

«Si algo un oráculo mío 
«Pronunciado en templos vale, 
«Vé allá, y en mi nombre dale 
«El anuncio que a ella envío: 

^A-polo mismo te ofrece 
<Esia unión, y él la bendice: 
< Guárdala, y serás jelice; 
< Oíros lazos aborrece!* 

Diciendo palabras tales 
El sueño se disipó. 
No venga despierto yo 
¡Ay! a ver tamaños males. 

¿ Posible es tal veleidad? 
¿Que tanta dulce promesa 
Haya de parar en esa 
Horrible infidelidad? 

Mas no el Ponto embravecido 
Te engendró, dulce Neéra; 
No la espantable Quimera 
Que aliento arroja encendido; 

Ni erizado de serpientes 
Trifauce Can te dio vida, 
Ni Scila, mujer fingida, 
Seno de monstruos rugientes; 

Y no en entrañas llevada 
De atroz leona, en la triste 
Bárbara Scitia no fuiste 
No en Sirte horrenda criada. 



— 93 — 

Nacida, sí, en blanda cuna; 
Y más que todos tu padre 
Fue benévolo, y tu madre 
Apacible cual ninguna. 

Torne en bien piadoso el cielo 
Los sueños de noche aciaga, 
O a cálidos Notos haga 
Que los barran en su vuelo! 



Elegía V. 

A vosotros Toscana 
Fuente ahora os cautiva 
Onda, sí, bajo estiva 
Canícula, malsana. 

Pero baño salubre 
Que a cuantos hay supera 
Así que Primavera 
De gala el campo cubre; 

Y a mí llámame en tanto 
Proserpina temida 
En la flor de la vida 
Al reino del espanto. 

¡Oh! a joven inocente 
Que los sacros arcanos 
Nunca enseñó a profanos, 
Mira, diosa, clemente ! 

Nunca mi diestra, uso 
Haciendo de raíces. 
Emponzoñó a infelices, 
Ni a templo fuego puso; 

Nunca infame palabra 
Vertí, ni odioso insulto; 
Remordimiento oculto 
Mi corazón no labra. 

Aún no se encorva anciana 
Mi edad, al pie inseguro; 
En mi cabello oscuro 
Aún no apuntó la cana; 

Que a mis padres reía 
Yo en el natal primero. 
Cuando al par golpe fiero 
A un cónsul y a otro hería. 



— 94 - 

¡Oh diosa! di, ¿qué mano 
Arrebatada y cruda 
Los árboles desnuda 
De su fruto temprano? 

¿Qué ciega hoz despoja 
A la vid del racimo 
Que se desvuelve opimo 
Entre la verde hoja? 

Sombras, austeros jueces, 
Mustias divinidades 
Que en la región morades 
De olvido, oíd mis preces: 

¿Qué más os da que vea 
Yo el Elisio tan presto, 

Y el Estigio funesto 

Y la nave letea? 

Dejad que antes mi frente 
Mostrar rugosa pueda 

Y a mozuelos en rueda 
Viejas historias cuente. 

Cese el ardor violento 
Que en mis venas se ceba . . . . 
¡Ay! quince días lleva, 

Y ya morir me siento. 

Vos. que gozáis los baños 
De las Etruscas linfas 

Y veneráis sus Ninfas. 
Vivid felices años; 

Vividlos; ni por eso 
Me olvidéis, ya sucumba. 
Del borde de la tumba, 
Ya me levante ileso. 

Conjurad mi destino: 
A la deidad tremenda 
Negras reses, y ofrenda 
Votad de leche y vino. 



Elegía VI. 

Así por siempre consagrado veas 
El pámpano en tu honor, así coronas 
Ciñas de hiedra a tu cabeza, oh Baco, 
Que alivies mi dolencia y me socorras! 



_ c5 — 

Bien podrá remediar quien veces tantas 
Ha vencido al Amor, al que hoy le invoca 
Hierva el Falerno en los henchidos vasos; 
Sus, mancebo, las ánforas trastorna. 

Lejos de aquí, cortejo desabrido. 
Lejos vuelen cuidados y zozobras. 

Y a sus niveos alíg^eros dé suelta 
Radiante el sol con desusada pompa. 

Mas vosotros, amigos, el convite 
De buen grado aceptad. Si hay quien recoja 
Las velas ante el plácido certamen, 
Traición su amada le prevenga a sordas. 

Un dios dilata el ánimo apocado, 
Un dios cervices inflexibles doma. 

Y las subyuga a la belleza; el mismo 
Que amansa las panteras }• leonas. 

Amor tanto poder y aun más demuestra; 
Pero a nosotros, camaradas. teca 
Hoy a Baco seguir; hoy de vosotros 
Quién intacta osará dejar la copa? 

Apurad, apurad! Nunca se dijo 
Del dios del vino, que miradas torvas 
Haya lanzado a los que al par sus dones 
Disfrutan y el placer de la concordia. 

Ceñudo es él con quien el ceño frunza, 

Y más furioso cada vez le acosa; 

Si arrostrar no queréis su airado numen, 
Alzad el vaso. La sangrienta historia 

De la hija de Cadmo nos enseña 
Cuanto él se crece y qué venganzas toma, 
Tremendo a fe! — Nosotros sus parciales, 
Nada debemos recelar; — y sola 

Ella la fuerza de sus iras pruebe! 
Oh, qué insensato proferí? qué loca 
Imprecación! A disiparse vaya 
En las alas del viento vagarosas! 

Aunque jamás del que te amó, Neéra, 
Te acuerdes, vive, y cuanto anhelen, goza! 
Volvamos a reír! Llegó sereno 
Un día al fin que los pasados borra. 

Ay! no es fácil mostrar mentido gozo; 
No sientan bien sonrisas en la boca, 
No suenan bien los báquicos acentos 
Cuando pena secreta nos devora. 



— 96 — 

Mas porqué, infortunado, te lamentas 

Y al amargo penar cobarde tornas? 
Lejos de aquí funestas aprensiones; 
Que el dios del vino los gemidos odia. 

Ved a Aríadna, del infiel Teseo 
Desamparada en solitaria roca; 
Ved a Baco acallando los lamentos 
Que Catulo en su canto conmemora. 

Vosotros, compañeros, mis lecciones 
No desdeñéis, oídme atentos ora; 
Que no es poco dichoso el que convierte 
Ajeno daño en experiencia propia: 

No, si os detiene con amante brazo 

Y con voz enmelada os enamora. 
No si os jura una bella por sus ojos, 
Por la alma Juno y por la Cipria diosa, 

Fe le prestéis jamás! De las palabras 
Livianas del amor y engañadoras, 
Ríese Jove en su encumbrado asiento 

Y a céfiro fugaz las abandona. 

Mas a qué siempre a mi querella eterna 
Volver? contra tenaz pasión qué logran 
Justas protestas y razones graves? 
Más bien yo allá pudiese, ingrata hermosa 

Dichoso a par de ti dejar del día. 
De su noche dejar correr las horas! 
Ah! yo no merecí perfidia tanta! 
Pérfida y todo, el corazón la adora! 

Vuela, lento sirviente; — el padre Baco 
Ama también las Ninfas de las ondas. 
Templa con agua pura el vino añejo; 
Que no he de gemir, nó, la noche toda, 

Porque ella me abandone y a otro siga. 
Ea! mezcla más vino, el vino corra! 
Yo he debido hace tiempo mi cabeza 
Ungida en nardo coronar de rosas! 



— 97 — 

Lir.KO CUAKTO 

I 

Incerti auctot i panegyrictis Aíessallae. 

I 

Panegrfrico de Mésala, pjr incierto autor 

Elegía II 

Marte! en tu fiesta Sulpicia 
Se adorna: si tienes ffusto, 
Que bajes del cielo es justo 
A mirarla a tu placer. 
Venus te dará licencia; 
Mas no te embebas de suerte 
Que sin sentirlo, dios fuerte. 
Dejes las armas caer. 

De ella en los ojos enciende 
Sendas antorchas Cupido 
Cuando en su fuego temido 
Quiere abra;^ar a algún dios. 
A doquier que ella retorna, 
En el menor movimiento 
La gracia secreta siento 
Que sirviéndola va en pos. 

Que al viento el cabello esparza 
Nada ha}^ que mejor le pruebe; 
Que recogido lo lleve. 
Nada me parece igual. 
Enamórame si arrastra 
Rica púrpura de Tiro; 
Me enajena si la miro 
Velada en blanco cendal. 

Con Verumno la comparo 
Que allá en la mansión celeste 
Siempre hermoso en nueva veste, 
Formas muda mil y mil. 
Poseer las ricas telas 
Que dos veces arrebola 
El ostro, merece sola 
Ella, entre damas gentil. 

M. A. Caro -Traducciones — 7 



— 98 — 

Sólo a ella el Árabe rico 
Enviar debiera en tributo 
Todo el cosechado fruto 
De su balsámica mies; 
Sólo ella las perlas todas 
Que en el Rojo Mar lejano 
Pesca el atezado indiano, 
Mirar debiera a sus pies. 

A ésta, Piérides sacras, 
Venid a cantar ahora. 
Y tú, Febo, en la sonora 
Lira de que ufano estás. 
Vuelva siempre hermoso el día 
De Marte que ella honra tanto; 
Más digna de vuestro canto 
Otra no visteis jamás. 



Elegía III. 

Gracia, jabalí bravio! 
Ya trates húmedas cañas, 
O ya umbríferas montañas, 
Gracia para el dueño mío! 

Ni hacer quieras, ay de míí 
De aguzado diente alarde; 
Amor allá me le guarde ^** 

Y salvo tórnele aquí. 

Ora por valles y cerros 
Llévale Delia consigo, 

Y yo de bosques maldigo 

Y de seguidores perros. 

Pues qué, salir no es locura 
Con las manos lastimadas 
Por andar de empalizadas 
Rodeando la espesura? 

Qué gusto es ir a hurtadillas 
Tras las encovadas fieras. 
Tropezando en cambroneras 
Que ensangrientan las rodillas? 

Mas si a tu lado concedes 
Que vaya, Cerinto. iré 
Por montes, gustoso a fe 
Con las retejidas redes. 



— 9*> ~ 

Segfuiré el rastro fugfaz 
De medrosa cervatilla 
Y la pesada trailla 
Quitaré al sabueso audaz. 

Selva hermosa para mí 
Aquella selva do al pie 
De la malla digan que 
Con mi Cerinto yací! 

Y si a la trampa derecho 
Viene el jabalí bravio. 
Huirá, respetando pío 

De dos amantes el lecho. 

H03' a Cerinto en la oscura 
Floresta otro amor no encienda; 
Imite a Diana, 3' tienda 
Casta red con mano pura. 

Si hay una Ninfa que goce 
De un amor que es sólo mío, 
Caiga en poder del impío 
Jabalí, que la destroce! 

Y ora a la caza un instante 
Que te hurtes, Cerinto. ruego 
Y a descansar vengas luego 
En el seno de tu amante. 



Elegía IV 

Vén, y a una joven doliente 
Febo, tu presencia salve; 
Gallardo muéstranos ya 
Tus cabellos ondeantes. 

Vén! si a una hermosa tus manos 
Benéficas aplicares. 
Haberla vuelto a la vida 
Yo sé que no ha de pesarte. 

No permitas que la íiebre 
Sus miembros invada exangües, 
Amarillez mortecina 
Su límpida tez no empañe. 

Cualquiera que este mal sea, 
Cualquiera el que la amenace, 
Todo eso en rápidáonda 
Vaya a perderse en los mares. 



— 100 — 

vén, Numen santo, y contigo 
Toáoslos bálsamos trae 
Toáoslos rezos que pueáan 
Remeáiar áolencia grave. 

Ni atormentes al mancebo 
Que teme funesto trance, 
Y por su dueño adorado 
Votos hace innumerables. 

Votos, sí; mas a las veces 
Creyéndola ya expirante 
Quizás con ásperas quejas 
Ofenáe a los inmortales. 

Cesa de temer, Cerinto; 
Nó, no el áios a los amantes 
Peráerá; tu amor por ella 
Sea firme, y salvaráse. 

Ni es ocasión de que llores; 
Esas lágrimas se guarden^ 
Para cuando, acaso, un día 
Con ceño acerbo te trate. 

Ahora es tuya, toda tuya: 
Sólo en ti pensar le place; 
Turba asidua al cielo implora .... 
Crédulos! Su amor no saben. ^ 

Mírala propicio, Febo; 
Tendrás alabanza grande 
Cuando se diga y divulgue 
Que tú en uno a dos salvaste. 

Cuál te verás festejado 
Cuanáo ambos a los altares 
Por la merced recibida 
Lleven común homenaje! 

Te dará los parabienes 
El coro de las deidades. 
Y envidiarán a porfía 
. Los secretos de lü arte. 



Elegía V 

Sacro y ventnroso^día. 
Por roí entre los más solemnes 
Será, Cerinto, contado 
El que a ti ligó mi suerte. 



— 101 — 

Las Parcas cuando naciste 
Sobre todas las mujeres 
El señorío anunciaron 
Que dueño absoluto ejerces. 

Yo antes que todas me abraso, 

Y ufanada estO}' si fuere 
Este amor correspondido: 
Séalo, Cerinto, siempre. 

Te lo ruegfo por los dulces 
Hurtos que el amor proteg^e, 

Y por la luz de tus ojos, 

Y por tu guardián celeste. 

Genio poderoso! acoge 
Sus ofrendas y sus preces; 
Mientras la memoria mía 
De su pecho el ardor cebe. 

Mas si por otros amores 
Llega a suspirar, suspende 
Tu patrocinio 3' 5'a nunca 
A infiel hogar lo dispenses. 

Tú, Venus, no injusta seas: 
Que él conmigo se sujete 
A la coyunda que impones, 
O yo libre de ella quede! 

Ah. nó! cadenas tan dulces 
Más se afirmen y se estrechen, 

Y aun al golpe de los años 
No hayan jamás de romperse! 

Esto mismo que 3^0 pido 
Pide él, mas secretamente; 
Mala vergüenza le embarga, 

Y exhalar sus votos teme. 

Pero tú. Natal divino, 
Pues nada hay que no penetres, 
Óyeme! qué da que a voces 
O que en silencio te ruegue! 



Elegía VI 

Diosa de los natalicios. 
El incienso, Juno, acoge 
Que con sus hermosas manos 
Te ofrece iniciada joven. 



— 102 — 

Hoy todo te pertenece, 
Hoy se aliña, se dispone 
Vistosamente a ofrendar 
En tus altares sus dones. 

De aderezarse presume 
Sólo para hacerte honores; 
De llevarse las miradas 
De alguien, el anhelo esconde. 

A-yúdale, excelsa diosa: 
A los que se aman la noche 
No separe; da cadena 
Que a galán tibio aprisione. 

Qué gentil copia con ellos 
Harás! pues dónde hallar, dónde 
Dama para él más preciada. 
Para ella garzón más noble? 

Ni custodia vigilante 
Sorp»-enderlos jamás logre; 
Trazas Amor les enseñe 
Con que a la vista se roben. 

Acude, en ropaje envuelta 
De riquísimos colores, 
A recibir, casta dea. 
Triplicadas libaciones. 

Madre acuciosa a la hija 
Qué ha de pretender dispone, 

Y ella a otro objeto consagra 
Secretas aspiraciones; 

Y arde, como arde el incienso 
Presa de llamas veloces, 

Y aunque sanar fuere dado 
No querrá sanar de amores. 

Ella le enamore; y cuando 
Esta fiesta anual retorne. 
Ya de tiempo atrás logradas 
Las dichas que anhela goce. 



Elegía vil 

Al fin logré tal amor: 
Que más conviene a mi fama 
Tal vez descubrir la llama 
Que ocultarla por [íudor. 



— 103 — 

Citerea enternecida 
Por mis canciones, acá 
Trájole en brazos, y ya 
En mi regazo le anida. 

La diosa así de buen grado 
Cumple sus promesas fiel: 
Hable de mi gozo aquel 
De quien digan fue burlado. 

A las tablillas no fío 
Mi confidencia, no sea 
Que lo que yo escribo lea 
Alguno antes que el bien mío. 

Y no me arrepiento, nó; 
Fuera, honrilla! Que de mí 
Dirán? que de él digna fui 

Y él de mí; que amé, y amó. 

Elegía VIII 

Próximo está, y en mal punto 
Llegará mi natalicio. 
En la soledad del campo. 

Y lejos, ¡ay¡ del bien mío. 

Nada tan dulce cual Roma; 

Y a una joven qué atractivos 
Han de ofrecer en la aldea 
Tiempo crudo, agrestes sitios? 

Mésala, asaz cuidadoso 
De mi suerte, y siempre listo 
A viaje inoportuno. 
Que descanses te suplico. 

Si libre arbitrio me niegas 
Obedezco, iré contigo; 
Pero voy muerta: aquí el alma. 
Aquí dejo los sentidos. 

Elegía IX. 

Sabes que de aquel odioso 
Viaje cesó el peligro? 
Cesó, Cerinto. y en Roma 
Pasaré mi natalicio 

Prepárate a celebrarle 
En grata reunión. Cerinto, 

Y por la imprevista nueva 
Regocíjate conmigo. 



— 104 — 

Elegía X. 

Harto bien me ha parecido 
Que en tal libertad me dejes. 
Seguro de que a deshora 
No he de caer imprudente, 

Si togada mujerzuela, 
Si hilandera ruin prefieres 
A Sulpicia, 5' en tan poco 
A la hija de Servio tienes. 

Aquí entretanto no faltan 
Quienes por su honor se inquieten 
Y solícitos vigilen 
No a ignoto galán se entregue. 



Elegía XI. 

Mientras lafiebre, Cerinto, 
Consume mis miembros, díme, 
¿En mí por ventura piensas? 
¿Con mi dolencia te afliges? 

A fe que del mal presente 
No querría verme libre 
Sino en caso de que iguales 
Anhelos tu pecho abrigue. 

Pues la salud qué me importa, 
Y el vivir de qué me sirve, 
Si tú conmigo no sientes, 
Si tú para mí no vives? 



Elegía XII. 

Testigos sean, bien mío, 
Y hagan los eternos dioses 
Que objeto 3^0 de tus ansias. 
Como hasta hoy, a ser no torne, 

Si en estos mis verdes años 
Pude, irreflexiva joven. 
Falta cometer alguna 
Que así me pese y me agobie, 

Cual la de haberte dejado 
Solo en la postrera noche 
Deseosa de encubrirte 
De mi pecho los ardores. 



]05 — 



Eiegia xin. 

Sólo busco tus favores, 
A ti sola serviré: 
Condición primaria fue 
Esta de nuestros amores. 

Sola Y única me agradas; 
Ya en Roma no habrá mujer 
Que pueda encanto tener. 
Excepto tú, a mis miradas. 

Ojalá que sólo a mí 
Pluguieses, y los demás 
No te mirasen jamás! 
Seguro anduviera así; 

Y contigo vida mía, 

En altos bosques sin nombre, 
Do nunca huellas el hombre 
Ha dejado, moraría; 

Y tú a mí en la adversidad 
Sólo refugio y consuelo, 

Tú en mis noches, claro cielo. 
Poblaras mi soledad 

Si del cielo beldad rara 
Bajase a ser compañera 
De tu amante, en vano fuera; 
Veuus helado le hallara. 

Pongo por testigo a Juno, 
Tu protectora, a la cual 
Entre los dioses igual 
No se encontrará ninguno. 

¡Oh insensato! ¡qué pronuncio! 
Mostrando todo mi amor, 
Tú renuncias al temor. 
Yo a mi libertad renuncio. 

Víctima de mi imprudencia 
Tendré que gemir de hoy más, 
Y tú de oprimirme habrás 
Con insólita clemencia. 

Entregóme a discreción. 
Tu esclavo soy obediente .... 
Mas a lo menos consiente 
Que, de mi cadena al son. 



— 106 — 

Yo de Venus ante el ara 
Lleve mis súplicas; — ella 
Acoge humilde querella, 
Ella injusticias repara. 



Elegía XIV. 



Triste rumor persigúeme doquiera 
De faltas mil culpando a mi querida. 
¡Oh! iquién de bronce a sus anuncios fuera! 
¡Cesa, oh rumor, tormento de mi vida! 



PRDPeRBíü 



PROPERGIO 
Elegía I 

Cynthia prima tuis . 

Cintia fue, con sus ojos, la primera 
Que hubo de cautivarme: a ella rendido 
Quedó quien nunca amor antes sintiera. 

Yo de mi voluntad dueño engreído 
No fui de entonces más: con pie insolente 
Mi cuello oprime sin piedad Cupido: 

De amistades honestas, de inocente 
Trato, porque él lo manda, me desvío. 

Y que vuelva a mi acuerdo no consiente. 

Todo un año en aqueste desvarío 
Me agito, como en mar revuelto y bravo, 

Y no hay dios que a librarme acorra pío. 

Milanio, bien cual resignado esclavo. 
Trabajos padeciendo, oh Tulo! un día 
A la esquiva Atalanta venció al cabo. 

Ora visita la caverna umbría. 
Errante en su amoroso devaneo. 
Ya enerizadas fieras desafía; 

Ora de ramos que desgaja Hileo, 
Cae herido, y acogen su querella 
Las solitarias rocas del Liceo. 

El triunfó, en fin. de la fugaz doncella: 
Que continuo penar, continuo ruego 
En los pechos más duros hacen mella. 

Mas no es así de mi pasión el fuego; 
Que, en vez de abrirme de salud caminos. 
Como a otros ya. el Amor me torna ciego. 

Venid, encantadores y adivinos. 
Que os dais al culto de nocturna diosa 

Y mudar pretendéis nuestros destinos: 

Si tanto puede esa arte misteriosa 
Ea! restituidme a mi albedrío 
O haced que de mi bella rigurosa 



— lio — 

Palidezca el semblante más que el mío. 
Y admitiré yo entonces que cantando 
Bajáis un astro, detenéis un río. 

Oh compañeros que apiadados, cuando 
Pasó el momento de esforzar razones. 
Procuráis aliviarme razonando. 

Remedios dad de enfermo» corazones: 
¡Hierro yfuego elnplead! dejad, empero, 
Que mi despecho exhale en maldiciones; 

Lejos llevadme, al término postrero, 
Por tierra y mares, y mujer ninguna 
Del prófugo conozca el derrotero. 

Los que de un mutuo amor la alta fortuna 
Lográis, como inviolable el nudo estrecho 
Honrad, que vuestras ánimas aduna, 

Mientras yo, siempre en lágrimas deshecho, 
Paso herido de amor sin esperanza, 
Noches amargas en desierto lecho. 

Que si alguno intentare infiel mudanza 
Sordo a mi voz, dentro de breves días 
Con qué dolor, perdido el bien que alcanza. 
Habrá de recordar palabras mías! 

Elegía 11 

Quid ornato. 

A qué con tanto aliño la galana 
Cabeza, presentarte, vida mía, 
Finas sedas de Cos moviendo ufana? 

A qué con mirra que el Oronte envía 
Perfumar el cabello, y tu hermosura 
Esclava hacer de extraña mercancía? 

¿No ves que así las dotes de natura 
Viciando estás? que a la beldad no deja 
El lujo campear lozana y pura? 

Buscas remedio tiá? qué mal te aqueja? 
Reina desnudo Amor; a los amores 
La pompa asusta y al engaño aleja. 

Mira cómo esparcida de colores 
Ríe la tierra, y cómo sin ayuda 
Se enmaraña la hiedra, abren las flores; 

Cómo el madroño en cueva ignota y ruda 
Echa raíz y enverdeciendo brilla; 
Cómo el raudal sus ondas desanuda; 



— 111 — 

cómo sus conchas la arenosa orilla 
Saca a lucir. )- cómo no estudiadas 
Dulces endechas canta la avecilla! 

No de Castor y Pólux las miradas 
A síatrajeron con adorno ajeno 
Las hijas de Leucipo celebradas; 

No con ficción Marpesa, hija de Eveno, 
En Jas nativas planas prendó un día 
A Idas feliz 5' a Apolo de iras lleno; 

No con torpe disfraz Hipodamía 
Al g-alán que del circo los laureles 
Ganó sangrientos, cautivado había; 

No! la beldad sin joyas ni oropeles 
Sólo el color usaba que imitado 
Dejó en sus tablas el divino Apeles. 

Ni ponían las damas su cuidado 
En ganarse amadores, y eran bellas 
Con su candor y juvenil agrado. 

Eres hermosa, noble sé cual ellas: 
Con un amante fiel quién necia aspira 
A rendir mozos y eclipsar doncellas? 

Tu, más que nadie, a quien Apolo inspira 
El verso en blandas cláusulas sonoro, 
Y a quien cede Calíope su lira; 

Tú que haces con tu gracia y tu decoro 
Que. a un tiempo Venus sonriendo y Palas, 
Festivo aplauda el apolíneo coro 
Desecha por tu bien postizas galas! 



Elegía III 

Qualis Theseajacuit. 

Como, huyendo el amante fementido, 
Quedó Ariadna en solitaria arena. 
Envuelta en mudo sueño y alto olvido; 

Como rota la bárbara cadena 
Pudo Andrómeda el ojo vigilante 
Cerrar por fin; cual de fatiga llena 

Tras loca danza, logra la bacante 
Dormir tendida en el herboso llano 
Que el Apídamo riega murmurante; 



— 112 — 

Tal, la sien puesta en la indecisa mano, 
Tranquila anoche mi beldad dormía, 
Paz espirando el rostro soberano. 

De hachas, que moribunda mi tardía 
Vuelta guiaban, a la luz, beodo 
Mi pie titubeante se movía. 

Mas no privado de razón del todo, 
No del todo perdido, con cautela 
Llegarme pude y atentado modo. 

Por más que a un tiempo y sin piedad me impela 
Al blandamente deprimido lecho 
De Amor y Baco la punzante espuela, 

A que aquel cuello lánguido en estrecho 
Abrazo ciña, 3^ ósculo amoroso 
En la alba frente ponga, a su despecho 

Turbar no ose su plácido reposo, 
Del furor de mi amada y su desvío 
Escarmentado asaz y temeroso. 

Cual los cien ojos que clavaba en lo 
Argos insomne, tal por luengo rato 
En su faz tersa el hondo mirar mío, 

Y ya a frescas guirnaldas que desato 
De mi sien, cuidadoso las convierto 
A coronar la que en silencio acato; 

Ya el cabello que vaga en desconcierto 
Cojo, y con mano artificiosa anudo; 
Ya tiernas pomas en las palmas vierto 

Dones furtivos con que sólo al mudo 
Sueño obsequiaba; dones que del blando 
Regazo resbalaban a menudo. 

Y cuantas veces ellasuspirando 
O se agitaba o demudaba el ceño 
Crédulo yo me suspendí, temblando. 

No fuese que soñara y en el sueño 
Venciera ya su resistencia vana 
Ignoto amante convertido en dueño. 

En esto emboca súbito Diana, 
Que en la bóveda etérea andaba errante 
Su vaporosa luz por la ventana; 

Y dándola de lleno en el semblante. 
Ella el párpado mueve, se incorpora, 
Y quejas vierte de ofendida amante: 



— 113 — 

¿Y así te atreves a venir ahora? 
¿Y así de amor las leyes atrepellas? 
Solo cuando ocultándose a la aurora 

Su giro coronaron las estrellas, 
Porque otra te apartó de sus umbrales 
¡Lánguido vuelves las ingratas huellas! 

Noches te quepan, fementido, tales 
Como estas iay! en que por ti me veo 
Hundida, solitarias y mortales. 

Purpúreo copo hilaba, de Morfeo 
Cerrando al vuelo la desierta estanza, 
O acordaba la cítara de Orfeo, 

O fatigada ya, sin esperanza 
Lamentábame en mísero plañido 
De aquese desamor y vil mudanza 

Hasta que al fin el dios de paz y olvido 
Sacudió la suave adormidera, 
Y muriendo en los labios mi gemido, 
Rodó en mi faz la lágrima postrera. 



Elegía VIII 

Tune igitur demens . . , 

¿Demente acaso estás, Cintia adorada? 
¿Prefieres a mi amor la helada Iliria? 
¿Te irás sola con él donde te lleve? 
¿Tanto le amas así y a mí desprecias? 
¿Valor tendrás para dormir tranquila 
En el duro bajel y sin espanto 
Oirás el cano mar mugir furioso? 
¿De otro clima arrostrando los rigores 
Hollará tu pie blando ásperos hielos? 

Quieran, quieran los cielos 
Que tarde el triste invierno se retire 
Y vanamente el marinero ocioso 
Por la luz de las Pléyades suspire! 

Aférrese la nave. 
Ni mis votos deprima aura suave; 
No avenga que, parado en su ribera, 
Tendiendo yo la mano lastimera 
Llamándote de bronce a mis lamentos. 
Sólo me dejen sin piedad los vientos 
Callándose, y la quilla huya ligera! 

M. A. Caro— Traducciones— 8 



— 114 — 

Pero si has de partir, ivuéla, perjura! 

Y oye: aunque mi dolor en nada estimes, 
Nunca mal para ti mi alma desea: 
Ábrate fácil por la mar oscura 
Bonancibles caminos Galatea, 

Y tras viaje dichoso 
Salva de Orico el puerto te reciba. 
No rompe lazos de mi fe constante 
Un nuevo enlace ni mi amor derriba. 
Yo iré a tu umbral, le bañaré con lloro 

Y por ti preguntando a navegantes, 
«¿En dónde está,> diréles, mi tesoro? 
Que ya ilustre de Etolia la ribera, 
Ya los Eleos campos, ella es mía. 
Mía tiene que ser aunque no quiera. 

Cintia no partirá, cumple sus votos. 
Gané, pese a mis émulos, la palma; 

Cintia oye mi querella. 
Trueque ya su esperanza en desaliento 

Y entienda mi rival que Cintia bella 
Oscuros rumbos explorar no quiere. 
Ámame Cintia; y por mi amor, a Roma. 
Cintia ya a todo bien mi amor prefiere, 

Y apellidarse mía 

En humilde mansión más ambiciona 
Que de Elide la espléndida corona, 
Que la dote real de Hipodamía. 
Ni oro yo le brindé ni índicas conchas, 

Y traición no me hará si él más la diese; 
Amor sólo le ofrezco y poesía; 

Esa mi gloria, mi caudal es ése. 

¡Gracias, Musas, os doy, gracias, Apolo! 

Merced vuestra oportuna 
Es el favor que arranco a la fortuna. 
El don de la victoria es vuestro solo. 
Que ora caiga la noche o luzca el día, 

Cintia por siempre es mía. 

Glorioso vencedor los astros huello; 

No hay ya quien de mis brazos la arrebate, 

Y aun confío que acate 
Cana edad en mi sien lauro tan bello. 

Elegía IX 

Dicebatn Ubi. 

Siempre te dije que de amar tenías 
Póntico deslenguado y atrevido; 
Que ya a tus burlas término pondrías. 



— 115 — 

Mujer que ayer mercaras engreído, 
Hoy de tu libertad las riendas toma; 
Hete a los pies de la beldad rendido! 

Pues no con tanto acierto la paloma 
De los caonios bosques vaticina 
Cómo a rebeldes la belleza doma; 

Dolorosa experiencia me adoctrina; 
íAh! cuanto sé de amor diera de grado 
Por saber del amor la medicina. 

Di, ¿qué te sirve ahora, desdichado. 
En poema erudito, en verso grave, 
Haber los muros de Anfión cantado? 

En materia de amor más puede y sabe 
Mimnermo humilde que sublime Homero; 
Place al dios blando, en verso, lo suave. 

Deja, pues, alto asunto, metro austero, 

Y haz cantares de fácil atavío 
Grato a las damas y al amor ligero, 

¿Y qué fuera de ti, querido mío, 
Si desdenes te hiriesen de tu bella? 
Hoy buscas agua en el corriente río. 

Tu rostro aún la palidez no sella, 
Aún no abrasan tu pecho los ardores 
Que empiezan cautos cual sutil centella. 

Pronto de armenios tigres los furores 
Querrás probar, y de firmeza lleno 
Probaras del infierno los dolores. 

Por no sentir efectos del veneno 
De agudas flechas de Cupido insano 
Que hondas las clava en el humilde seno. 

Nunca da amor en apariencia humano, 
Su ala fugaz, sin que, en verdad impío 
Nos unza al carro vencedor su mano. 

Ni un rostro te alucine manso y pío; 
Que empieza la mujer condescendiente 

Y es soberbio después su poderío. 

Ya amor nos mina cuando no consiente 
Mirar otros distintos embelesos, 
Pensa'- en otro nombre diferente; 

Mas no dice «aquí estoy> mientras los huesos 
No consuman sus llamas traicioneras; 
Teme halagos de amor, huye de excesos. 



— It6 — 

Ceder los robles a su influjo vieras, 
Y a su influjo la roca cedería; 
¿Y tú, ánimo débil, resistieras? 

Enamorado que su mal confía 
Halla en penas de amor algún consuelo: 
Tú, venciendo el pudor, la cobardía, 
Tu error confiesa y calmarás tu duelo. 



Elegía XI. 

Ecquid te mediis. 

Hoy que en el seno de la hermosa Bayas, 
Cintia adorada, a tu placer resides; 
Mientras mirando las tendidas playas 

Que hizo famosas el potente Alcides, 
O el cabo de Miseno, te embebeces, 
¿Será tal vez que de mi amor te olvides? 

O aunque de mí tan separada a veces 
¿Recuerdas nuestras noches venturosas, 

Y fiel a mis amores permaneces? 

O algún competidor con engañosas 
Voces te roba, y con falaz halago 
A mi lira de cuerdas amorosas? 

iOjalá tú por el Lucrino lago 
A batel indeciso confiada 
Bogaras con incierto rumbo y vago! 

O fueses sin sentir encadenada 
Por onda que burlando te ciñera, 
De ciego remo sin cesar cortada 

Antes que en verde y plácida ribera, 
De otro amador prestases grato oído 
A la atractiva voz y lisonjera. 

Truécase la mujer que adormecido 
Mira o ausente al que sus pasos vela, 

Y da sus juramentos al olvido. 

Mas ¿esta fama de mi Cintia vuela? 
¿Qué he visto yo para quejarme tanto? 
Culpa es de amor que entre temores cela. 

Perdona tú de mi importuno canto 
El eco querelloso: los temores 
Que engendra amor, son causa de mi llanto. 



— 117 — 

Maternales cuidados veladores 
No a mi ternura igualan: viviría 
Cubierto de dolor sin tus amores. 

Tú eres mi patria y la familia mía, 
Tú mi esperanza, y mi propicia estrella, 
Manantial de mi gloria y mi alegría. 

Si gozo ostento o del pesar la huella, 

Y mis amigos el motivo inquieren, 
ISiempre respondo a sus preguntas: Ellal 

Huyan tus pies cual presurosos fueren, 
Huyan de aquesas corruptoras playas. 
Donde la paz y las promesas mueren, ' 
ITriunfa el amor de la ominosa Bayas! 

Elegía XII. 

Quid mihi desidiae. .*-, 

¿Porqué me culpas sin cesar, amigo, 
De ociar en Roma lento y descuidado, 
Cual del amor en misterioso abrigo? 

Cuanto el uno del otro separado, 
Hipanis su raudal desencadena, 

Y Erídano soberbio, yo del lado 

Disto de la que adoro. Ni serena 
Ya con tierno mirar el alma mía, 
Ni su voz dulce en mis oídos suena. 

Fuile yo grato en venturoso día, 

Y tal era mi amor, mi fe tan pura. 
Que a todos en amar ventaja hacía. 

Breve la historia fue de mi ventura. 
¿Cuál dios le puso fin? ¿cuál hechicera 
Infames artes en mi ruina apura? 

Muy otro soy de lo que entonces era: 
Muda la ausencia a las mujeres, y hace 
Que inmenso amor en breve punto muera. 

Mi corazón desfallecido yace, 
Las noches paso solitario en vela. 
Solo escucho mi voz, que me desplace. 

Feliz aquel que su dolor no cela, 

Y en la presencia de la que ama, llora, 

Y el amor con sus lágrimas consuela! 

_Y feliz el que, al menos, de señora 
Si se ve desdeñado, mudar puede, 

Y mudando sus penas aminora! 



— 118 — 

Que libre al fin de mis cadenas quede 
O las cambie por otras, enemigo 
No ya el hado a mis súplicas concede: 
Cintia! tu amor fallecerá conmigo. 



Elegía XIV. 

Tu licet abj'ectus. 

Cuando a orillas del Tiber 
Muellemente reposas, 
Tal vez de néctar lesbio 
Apuras áureas copas; 

Y barcas mil contemplas, 
Ya las más voladoras 
Deslizarse, y subiendo 
Trabajadas las otras; 

Y el monte que de verdes 
Boscajes se corona, 
Cuales gimiendo el alta 
Caucásea cumbre agobian: 

Mas del amor al lado 
Qué vale lo que gozas? 
Riquezas menosprecia 
Amor, envuelto en sombra. 

Oh Tulo! el fausto día, 
La noche venturosa 
Que con mi Cintia paso 
En juegos y victorias. 

Bajo mi techo rueda 
Pactólo en áureas olas, 

Y cojo cuantas perlas 
Los mares atesoran; 

Y ríndenme los reyes 
Sus cetros y coronas! . . . 
Oh, durad mientras viva, 
Durad felices horas! 

Si Amor se está ceñudo, 
Los dineros qué importan? 
Nada, sin los auspicios 
Yo de la cipria diosa. 

Anhelo; de los héroes 
Ella los pechos doma, 

Y sus saetas burlan 
Las aceradas cotas. 



— 119 — 

Ni regio umbral la ataja, 
Ni columnas marmóreas; 
Penetra, y en el lecho 
Que en púrpura se adorna, 

Al joven in felice 
Agita y acongoja; 

Y plumas ni brocados 
Sosiegan la zozobra. 

Goce j'^o sus sonrisas 

Y las riquezas todas 
Rechazaré de Alcínoo; 

Y oro y poder y glorias! 



Elegía XV. 

Saepe ego multa iuae,, 

Siempre de tu inconstancia me temía 
Muestras amargas; pero nunca pude 
Imaginarme tanta alevosía. 

Ves el peligro que a turbarme acude. 
Ves mi temor; y no será por ello 
Que el color de tu rostro se demude. 

Tranquila te aderezas el cabello 

Y te desvelas porque más se ostente 
El rostro tuyo peregrino y bello. 

'"Ornase el pecho en perlas de Oriente, 

Y así, en fin, te dispones, cual pudiera 
Para sus bodas la beldad riente. 

No fue, Cintia cruel, en tal manera 
Como dei Itacense la partida 
Calipso vio, de Ojijia en la ribera, 

Allí, la cabellera desparcida 
Maldijo al mar, y en su dolor agudo 
Días y noches yogo fallecida. 

Y si esperanzas fomentar no pudo 
Saboreaba de su bien perdido 

Y sus amores el recuerdo mudo. 

Vengó la muerte de su infiel marido 
Alfesibea, y de la sangre el santo 
Vínculo fue por el amor rompido. 

HipRÍpile en su alcázar, entretanto 
Que confiaba al céfiro sonante 
Jason sus velas, inexhausto llanto 



— 120 — 

Derramaba: de entonce en adelante 
No hubo otro amor: su vida consumía, 
La pérdida llorando de su amante. 

La casta Evadne en el funéreo día 
Que vio abrasado al infelice esposo, 
Se arrojó audaz sobre la llama impía. 

Y de tales ejemplos poderoso 
Ninguno ha sido a hacer que desearas 
Cintia, tu nombre dilatar famoso! 

A renovar perjurios te preparas. 
Teme encender el rayo omnipotente; 
INo violes más las ofendidas arasl 

Antes será que primavera ostente 
Mustia la sien, y el resonante río 
Meta en el ponto sin rumor la frente, 

Que del enamorado pecho mío 
Vuele la imag-en hechicera tuya. 
Robadora tenaz de mi albedrío, 

Antes que a mi quietud me restituya 
Ni olvidar pueda tus ojuelos bellos. 
Por más que engaños su terneza arguya. 

Tú me jurabas, pérfida, por ellos 
Pidiendo al cielo que si a ser perjura 
Llegases, se apagaran sus destellos. 

Y ora el sol tornas a mirar segura 
Y no a inspirarte pálidos temores 
El recuerdo es capaz de tu impostura. 

Quién te obligaba díme, los colores 
Del semblante a mudar, lágrima presta 
De tus ojos rodando engañadores? 

Toda la causa de mi mal es ésta. 
Yo diré escarmentado a los que sienten 
Cual yo, el imperio de pasión funesta: 
Temed halagos! las mujeres mienten! 



Elegía XVII. 

Et mérito quoniam , 
(Imitación del estilo de Fernando de Herrera). 

Pues fui osado a dejar mi bella aurora, 
Bien es que ansí en confuso error navegue 
Y al desierto alción invoque ahora, 



— 121 — 

Y que en el orbe etéreo su luz niegue 
El astro que la nave adiestra al puerto; 

Y a la playa, do va mi voz, no llegue. 

Mira, Cintia, y atiende cómo cierto 
Te venga el austro, y cuál la flaca antena 
Abate embravecido sin concierto! 

Quién ya de oscura tornará en serena 
La onda, antes que arroje el cuerpo inerte 
A do )'aga olvidado en triste arena? 

Tú en manso afecto el gran rigor convierte, 
Sosiégame del ponto los enojos 
Que amenaza entre nublos impia muerte. 

¿O sustentaras con enjutos ojos 
Del fiel amador tuyo el caso fiero 
No pudiendo aun dar honra a sus despojos? 

Erró en daño común el que primero. 
Sin rendirse al temor de adverso hado 
Sulcó el mar bravo en leño aventurero. 

Culpado error! Mas si a sufrir de grado 
Mi bella desdeñosa, me avezara. 
No tal me viera en infelice estado; 

Ni entre sombrosas ínsulas vagara 
Perdido, ni en la esfera buscaría 
La estrella al navegante leda y cara. 

Oh! si allá fuese mi funéreo día, 

Y anunciase sin voz marmórea losa 
El fin de la cuitada pena mía; 

Ella su apuesta trenza y abundosa 
Me ofrendara con tierno sentimiento, 

Y mis huesos pusiera en blanda rosa; 

Y con voz fallecida diera al viento 

Mi nombre, y conjurara a la alma tierra 
Que me hospedase en grato acogimiento. 

Vos, ninfas, que el profundo golfo encierra 
O divinas Nereides! Con presura 
Venid al que en las ondas ciego yerra. 

Si amor a vuestra húmida hondura 
Bajar cuidó tal vez de su alta cumbre, 
Aura al lino inspirad benigna y pura, 
Pues compañero os soy de servidumbre. 



— 122 — 

Elegía XVIII. 

Haec certé deserta loca 

Silencio y soledad! cuan anchamente 
Se extiende el bosque, taciturno calla: 
Céfiro sólo suspirar se siente! 

Si ya mi amor contra perfidias halla 
Sólo entre rocas favorable puerto, 
Rompe, oh dolor, y con lamento estalla! 

Cintia cruel! A señalar no acierto 
Dó tu desdén empieza y tiranía, 

Y este raudal que de mis ojos vierto. 

Yo sólo sé que se me dijo un día 
Entre amadores amador felice, 

Y hoy marca llevo de exclusión impía! 

Porqué tantos rigores? qué te hice? 
Temes que a otra cediendo victoriosa. 
De mi pecho tu imagen se deslice? 

Niegúeme el cielo que jamás mi esposa 
Seas, si alguna vez en mis umbrales 
Sentó otra dama la sandalia hermosa! 

Venganza quieren menosprecios tales; 
Mas no el enojo me enajena tanto, 
Que insano fuera a completar mis males, 

Provocando tus iras o con llanto 
Haciendo se enturbiasen tus ojuelos 
Que mi tormento son, y dulce encanto. 

O fueron causa a tus injustos celos 
Turbados de mi rostro los colores? 
Mi amor testificad y mis desvelos, 

Arboles todos, suspirando amores, 
Haya, abundosa de suave arrimo. 
Pino agradable al dios de los pastores! 

Cintia! en vosotros, árboles, imprimo; 
Cintia! suenan los ecos acordados 
De vuestras sombras, donde lloro y gimo. 

O Cintia! qué de penas y cuidados 
Tu desdén me ocasiona, solamente 
A tu umbral silencioso encomendados! 

Con labio mudo y con humilde frente 
Sufrir he usado tu altivez; parlero 
Nunca brotó el dolor que el alma siente. 



— 123 — 

Sólo tal vez por áspero sendero. 
Voy a los huecos del peñasco frío, 
Voy a las playas del torrente fiero, 

Yagfo aquí en paz inquieta y desvarío, 
Y a la agreste paloma arrulladora. 
Tu rig-or, Cintia, y mi dolor confío. 

Por más que oprimas al que fiel te adora, 
Triste tu nombre a mis acentos vuelva 
Eco que en estas cavidades mora; 
Tu nombre cubra de dolor la selva! 



Elegía XIX. 

Non ego nunc, tristes, 

No es, no, la muerte lo que amando temo; 
Ni me conturban, Cintia idolatrada. 
La pira ardiente y el dolor supremo. 

Temo que del olvido la oleada 
Anegue mis cenizas; y delante 
De temor tanto, los demás son nada. 

No es tan frágil mi amor que en el instante 
Que yo muera, se apague: mi ceniza 
Verás bullir y palpitar amante. 

Protesilao sombra olvidadiza 
No fue, bajando a la región medrosa; 
Veloz de allá su sombra se desliza, 

Y del amor antiguo deseosa, 
Vuelve impalpable a la región primera, 

Y al seno fiel de la atractiva esposa. 

Así habrán de seguirme, comoquiera 
Que exista yo, tus gracias peregrinas; 
Salva Amor, de Aqueronte, la ribera! 

Allá veré los corros de heroínas, 

Y cuanta al griego candida doncella, 
Troya rindió entre llamas y ruinas. 

Ninguna, empero, como Cintia bella 
Será a mis ojos, ni a mi pecho cara: 
Gracias por tanto a mi inmutable estrella. 

Que si sobrevivirte me tocara 
En la rugosa senectud y fría. 
No tu ceniza llantos mendigara. 



— 124 — 

Si tú hubieras así de amar la mía 
Qué agradable viniérame la muerte 
En cualquier lecho, y en cualquiera dial 

Temo, oh dolor! que algún rival más fuerte 
Que tus recuerdos, te persiga, y pueda 
Al fin, de mi sepulcro retraerte; 

Y enjugada la lágrima que rueda 
Hija del corazón, por tu semblante, 
Al fin tu pecho a sus halagos ceda. 

Qué hacer? es frágil la mejor amante 
Pero entretanto, amémonos: la vida 
A los ojos de Amor es breve instante; 
Amor a aprovecharlo nos convida. 



Elegía XX. 

Tu gui coHSOttem 

Tú que del sitio horrendo 
De Perusa saliendo. 
Herido huyes la muerte 
Que a mí me cupo en suerte, 

Porqué hacia todos lados 
Revuelves espantados 
Los ojos y sangrientos 
Al oír mis lamentos? 

Yo por el enemigo 
Vencido fui contigo; 
Vuelve a alegrar al padre 
Y a la llorosa madre. 

Mi pobre hermana en tanto 
Descubra por tu llanto 
Que eterna es ay! mi ausencia. 
Habiendo la inclemencia 

Del enemigo acero 
Evitado ligero 
Vine a morir a manos 
De traidores villanos. 

Tú, si en los montes estos 
Tristes humanos restos 
Encontrares por suerte, 
Que son de Galo advierte. 



Noviembre: 1865. 



— 125 — 

LIBRO SEGUNDO 

Elegía II. 

Líber eram, et cacuum. 

Libre fui un tiempo, y prometerme pude, 
Mísero engrano de veloces días, 
Vivir por siempre en libertad segura .... 
Amor sus flechas aguzando estaba! 
Vuelve la edad en que bellezas tales 
Nazcan las tierras a habitar? Disculpo, 
Júpiter, tus antiguos extravíos. 
Ved esa rubia cabellera, ondosa, 
Ved los perfiles de la blanca mano, 

Y ese talle gentil que envidiaría 
La reina del Olimpo! Así aparece 
Palas, cuando a las aras se adelanta 
De Duliquio, y en la égida, radiante 
De sierpes mil, con majestad se escuda. 
Así hechicera se mostró la virgen 
Que los centauros, del festín, instando 
Baco y amor, arrebatar quisieron; 

Y así orillas del lago transparente 
Al ruego de Mercurio, Proserpina 
Las primicias rindió de sus favores. 
Vosotras, diosas que en la cumbre idalia 
Emulas depusisteis ante el frigio 
Pastor las rozagantes vestiduras, 
Ceded el triunfo, mi deidad os vence. 

Y til, vejez, si es dable (así los años 
Cuente de la cumea profetisa!) 

Por vez primera a la beldad perdona. 



Elegía iii. 

Qui nullatn Ubi dicebas. 

TÚ que ya invulnerable te creías. 
Caíste al fin, y desmayó tu aliento! 
Llevas un mes de calma y poesías. 

Vuelve a inspirarte amor con su tormento; 
Y otro libro, ende, escribes, que declare 
Tu pasión lamentable y rendimiento. 

Quise saber si es dado que se enmare 
Gustoso el jabalí, que degenere 
El pez, y de las ondas se separe; 



— 126 — 

Quise saber si es dado persevere 
Yo en austeros estudios ... oh locura! 
Treguas hace el amor, más nunca muerel 

Ni es tanto lo que adoro su hermosura 
Su faz cual lirio virg-inal preciosa, 
Cual tinta en bermellón la nieve pura; 

O cual candida leche en que rebosa 
Diáfano cristal, do sobrenada 
Hoja temblante de purpúrea rosa; 

No sobre el hombro ebúrneo deslazada 
Su cabellera, no sus ojos, gruía 
De mi infelice vida y agitada. 

No aquesas vestes que la Arabia envía 
Son lo que vale y me enajena tanto: 
Ni es tan contentadiza el alma mía. 

Su gracia me enamora y dulce encanto; 
Su garbo en el danzar, cuando semeja 
Que Ariadna un coro dirigiese; el canto 

Que el vulgo de cantoras atrás deja; 
Su continente, el arte peregrina, 
Con que la eolia cítara maneja; 

Sus escritos que hubieran a Corina 
Afrentado; sus versos, con los cuales 
No compitiera la famosa Erina. 

Cintia! sin duda amor en tus natales 
Riyó, augurando tu feliz fortuna; 
Tus dotes son presentes divinales. 

No, no a la madre que meció tu cuna 
Tanta belleza y donosura y gala 
Debes, no a aquel que te enjendró. Ninguna 

De las hijas de Roma a ti se iguala; 
Sola y única eres: para esposa 
Júpiter ya sin duda te señala. 

Mujer naciste, mas pareces diosa, 
Y lo serás: Helena la primera, 
Tú eres del mundo la segunda hermosa. 

Y admiraremos que abrasada muera 
Por ti la juventud, cuando podrías 
Haber hecho también que Troya ardiera? 

Maravillóme en los pasados días 
Que tan sólo una joven espartana 
Origen fuese a tantas demasías; 



— 127 — 

Y que hubiesen por ella en la troyana 
Arena largfamente batallado 
Asia y Europa con crueza insana. 

Que hicisteis bien, ya en fin me persuado 
Tú, Menelao, en requerir tu bella, 
Tú en retenerla, París porfiado 

Bien justo fue que Príamo por ella, 
Que aún Aquiles su sangre derramase: 
Fue bien fundada la fatal querella. 

Pintor ganoso de que a todos pase 
Tu nombre! a la beldad que me enamora 
Toma en modelo tú. Para que 'abrase 

Al mundo amor, su imagen vencedora 
Al confín apartado se presente 
De Occidente, y al reino de la aurora, 
Y la aurora arderá y el occidente! 



Elegía V. 

Ya de tu infidelidad 
Óyelo, mujer ingrata, 
Más cada vez se dilata 
El rumor por la ciudad. 

Y es este el premio que tanto 
Me prometiste? Si el viento 

Se llevó tu juramento. 
Llévese también mi canto. 

Yo entre tanta fementida 
Fácil alguna hallaré; 
Que no es poca dicha a fe 
Ser del mundo conocida. 

Y tú con inútil llanto 
Sola te hallarás sin mí; 
Que te amé, que te serví 
Tan largos años, y tanto! 

Cólera inspira el dolor, 
Tiempo es este de romper; 
Que si amainare, volver 
Puede furtivo el amor. 

Ni te habrás de libertar 
Si al punto no te libertas: 
Las olas vagas, inciertas 
Que se" elevan en el mar. 



— 128 — 

Las nubéculas errantes 
Al soplo del Aquilón, 
Menos veleidosas son 
Que en sus iras los amantes. 

Rompe! si tu soledad 
Lloras la noche primera, 
Ya te la harán llevadera 
El tiempo y la libertad. 

Oh Cintia! al pie del altar 
Te conjuro de Lucina, 
Que insensata tu ruina 
No te empeñes en labrar. 

No sólo el novillo embiste 
Conducido al matadero: 
Hasta el humilde cordero 
En hiriéndole, resiste. 

Ni pienses que yo, perjura, 
Rompa tus puertas, te hiera, 
Te arranque la cabellera, 
Y rasgue tu vestidura. 

Quédese eso para quien. 
Rústico amante y vulgar, 
No haya podido adornar 
Con docta hiedra la sien. 

Vengárame un verso solo: 
Cintia entre bellezas mil 
Bella y y cuanto bella vil 
Dura lo que aprueba Apolo. 

Cintia! aunque afectes tener 
En nonada el qué dirán 
Esas palabras te harán 
Turbarte y palidecer! 



Noviembre, 1865. 

Elegía VIII. 



Eripitur novis. 



Me arrancan mi beldad, oh dura suerte! 
Y tú, amigo, llorar védasme austero? 
Rompimiento en amor rabia es de muerte; 
Matadme de una vez que eso prefiero. 



— 129 — 

Ver rotes de mi dicha antiguos lazos, 
Oír de otro llamar la que era mía, 
Mirar a la que amé de otro en los brazos. . . . 

Y tranquilo mi pecho callaría? 

Una vez vencimiento, otra victoria: 
Tal gira instable del amor la rueda; 
Cae como el amor todo en la historia: 
Tebas no existe, de Ilion qué queda? 

Qué versos no la hice? Cuántos dones. 
Qué muestras no la di de amor sincero? 
Sufrí de ella )' su casa humillaciones, 
Y, ah dura! alguna vez dijo: «Te quiero»? 

A sus pies la cruel me vio contino, 

Y hora insulta mi amor, ríe mis daños! 
Nada espero, morir es mi destino .... 
Muere, Propercio, en tus floridos años! 

Muere, sí, muere: la soberbia amante 
De tu mísero fin saque ufanía; 
Búrlese de tus manes arrogante. 
Huelle tus restos con su planta impía! 

Qué? no supo morir Hemón tebano 
Al ver sin vida a Antígone? su pecho 
No hendió valiente con su propia mano? 
No hizo para ambos de la tumba un lecho? 

Tú, ingrata, es justo, has de morir conmigo; 
De ambos la sangre verterá mi espada. 
Que en eso hay deshonor? Morirás, digo, 

Y mi mano por ti quede afrentada! 

También, robada al ver su linda esclava 
Colgó Aquiles las armas en su tienda, 
E impasible en el. campo contemplaba 
De Héctor la llama dilatarse horrenda; 

E impasible a Patroclo vio por tierra 
Manchado en polvo vil, si antes bizarro, 
Vuelta la esclava al fin, torna a la guerra, 

Y fiero, a Héctor vencido ata a su carro. 

Sufrió Aquiles de amor el dardo agudo. 
Es temible el amor sin esperanza! 
Contra él qué haré si nada un héroe pudo? 
Ya amor me arrastra a ejecutar venganza! 

M. A. Caro— Traduccionea— 9 



— 130 - 

DESPECHO 

Elegía IX. 



Iste guod est. 



Lo que ése, a quien hoy premias, 5'^o era un día; 
Otro vendrá después. Por largos anos 
Destejiendo y tejiendo, noche y día, 
Penélope escudóse con engaños: 
Ella, que torne Ulises, no confía. 
Ni poder de la edad curar los daños; 
Mas, a culpa aun venial, en sola estanza, 
Prefiere envejecer sin esperanza. 

Cuando Aquiles dobló mustia la frente, 
Briseida le acudió., su amante esclava; 
Ausente el genitor, Tetis ausente, 
Ella en el Símois sus heridas lava, 

Y en el seno leal guarda doliente 
Las cenizas del héroe a quien amaba. 
Salve Grecia, feliz con hijas tales! 

El pudor habitaba aún los reales. 

Pero tú, infiel a tu amador ferviente, 
Caes en un instante; ingrata ! impía ! 
Asististe al festín condescendiente 

Y brindaste con fácil alegría; 
Quizás allí, negándome, impudente. 
Tu boca de mi nombre mofa hacía; 

Y al que dejó tu casa en hora triste, 
Con halagüeño rostro sonreiste. 

Goza la reconquista vil que has hecho! 
Para esto yo rogaba al cielo santo. 
Cuando, agobiado de dolor tu pecho, 
Ya te aguardaba el reino del espanto. 

Y amigos fieles cerca de tu lecho 
Velábamos vertiendo acerbo llanto! 
En el trance cruel, viste, traidora, 
A ése a quien das tu corazón ahora? 

¿Qué fuera ya, si de país lejano 
La vuelta retardado hubiese lento, 
O me clavase en medio al océano 
Lúgubre ausencia de propicio viento? 
Siempre armada te hallara de tirano 
Desdén o de ingenioso fingimiento. 
Sois varias del amor en los altares 
Aun más que hoja en el bosque, ola en los mares! 



— 131 — 

Mas pues ella lo manda, ella lo quiere, 
Cedo, 5' mi rumbo solitario sigo. 
Vosotros, condolidos de quien muere, 
Acelerad, Amores, el castigo: 
Aguzad más el dardo que me hiere, 
Hincadlo todo, y acabad conmigo; 
Habed en mí vuestra mejor victoria, 
Mi despojo llevad en vuestra gloria! 

Mas antes atestigua, noche oscura. 
También lo sabes, matutina estrella, 

Y tú, umbral mudo, abierto a mi ventura, 
Que nada amé jamás cual la amé a ella. 
Amóla aún en mi febril locura! 

Pero mi afecto en su rigor se estrella; 
Otros amores cultivar no quiero, 

Y gemir solo, hasta expirar, prefiero. 

Oh, si place a los dioses soberanos 
Premiar mi fe constante, el premio sea 
Que él, al mirar mi joya entre sus manos. 
Tornarse en hielo sus ardores vea! 
O cual lidiaron príncipes tebanos 
Ante la madre en funeral pelea. 
Combata yo con él, ella presente: 
Mataré airado, o moriré valiente! 



Elegía XI. 

Scribant de te alii, 

Que otros canten tus prendas, Cintia mía, 
O pases sin aplauso entre la gente. 
Qué más te da? Quién te celebre, fía 
A estéril roca mísera simiente. 

Cintia noble 5^ hermosa! 
Todo, todo Id Muerte en su corriente 
Arrastra y mezcla en la profunda fosa, 

Y nada queda, nada! 

Te hollará el pasajero indiferente 

Y DO dirá doliente: 

<Fue este polvo mujer maravillosa ! > 



Elegía XII. 

Quicunque Ule futí. 

Pintar a Amor de niño en apariencia, 
No fue ocurrencia 
Harto feliz? 



— 132 ~ 

Quien la tuvo, miró a los amadores 
Andar sin seso, a caza de dolores, 
Víctimas de un capricho pueril. 

Y le anadió, no baladíes galas, 

Ambas las alas; 

Para que así 
En el alma revuele: los amantes. 
Juguetes de las auras vacilantes, 
Fluctúan de onda en onda en ondas mil. 

Y demás de esto, púsole en la mano, 

Tampoco en vano, 

Flecha sutil, 
Y al hombro le colgó la rica aljaba; 
Que él, sin dar tiempo a que uno se precava, 
Tiros asesta, con que mata al fin. 

Amor en mí caprichos tales muestra, 
Su armada diestra 
Muestra también. 
Mas para mí sus alas qué se han hecho? 
Ni un instante se aparta de mi pecho, 
Saetas siempre ensangrentando en él. 

Con que en un alma al cabo devorada, 
Mansión te agrada. 
Bárbaro, hacer? 
Aleja, aleja por pudor siquiera: 
Robustos pechos tu venganza hiera. . . 
No yo, mi sombra, lo que azotas es! 

Teme esta sombra rematar, aleve: 

Mi musa leve 

Será tu prez. 
Pues de una bella canta y eterniza. 
Los negros ojos, cabellera riza, 
Y el muelle andar de sus menudos pies. 



Elegía XX. 

Quid fies, abducta, 

A qué esa queja aguda 
Cual no la exhalaría 
Robada Hipodamía 
Ni Andrómaca viuda? 
A qué con ira loca 
Porque a vengarte acuda, 
Tu labio al cielo invoca 
Y al mío aleve llama? 



— 133 — 

No tan triste derrama 
£1 ruiseñor su canto 
Bajo el nocturno manto 
Desde la hojosa rama: 
Con lágfrimas no llora 
Xiobe tan prolijas 
Lasuerte de sus hijas. 
Mis brazos en buenhora 
Ciñese férreo anillo; 
De Dánae me encerrara 
Un dios en el castillo; 

Y por ti suspirara, 

Mi amor me hiciera fuerte; 
Rompiera el duro hierro 
Burlara el hondo encierro, 
Volara, Cintia, a verte. 
Rumores atrevidos 
Que tu conducta hieren, 
Llegan a mis oídos, 

Y en mis oídos mueren. 
Justo es que así te escudes, 

Y de mi fe no dudes. 
Solemne juramento 
Hago sobre la huesa 

De mis padres (si miento 
De entrambos, enemiga 
La sombra me persiga): 
Juramento y promesa 
Solemne hago de serte 
Fiel hasta el postrer día; 
La hora de tu muerte 
Será también la mía. 

Si de tu rostro bello 
Yo el recuerdo perdiera, 
Del yugo blando y pío 
Tuyo, que adoro, el cuello 
Nunca soltar pudiera, 
Siete veces Diana 
Completó su carrera 
Desque tu nombre al mío 
Pública voz hermana 

Qué de veces abierta 
No me ha sido tn puerta? 
Qué de veces tu mano 
No me brindó colmada 
Su copa de placeres 
Por otros mil en vano 
Pedida, y codiciada? 



— 134 — 

Tú mis tiernos amores 
A dineros prefieres; 
Pues cómo, Cintia, quieres 
Que olvide esos favores? 

Primero me condene 
En severo juicio 
Eaco; y desenfrene 
Megera en mí sus sanas, 

Y un buitre, como a Ticio 
Me roa las entrañas; 

O cual Sísifo gima, 
Con el risco tremendo 
Trepando a la alta cima! 
No más, Cintia, a tu amante 
Abrumes, escribiendo 
Querellas lastimeras: 
Vive, vive segura! 
Yo no amo a la ventura, 

Y cuando amo, es de veras. 



Elegía XXIX. 

Hesterna, mea lux. 

Andando la otra noche a la ventura. 
Trastornada la mente con el vino. 
Solo y errante entre la sombra oscura. 

Rapaces me salieron al camino 
Que yo contara, si a dejar la cuenta 
No el temor me obligase repentino. 

Aljaba aqueste sonorosa ostenta. 
Antorcha aquél de vacilante llama, 
Audaz esotro encadenarme intenta, 

Desnudos todos. «Le ataremos,» clama 
El más audaz; «pues, fementido amante, 
«Cólera justa de inocente dama 

«L** pone en nuestras manos>. .Y al instante 
Con una soga el cuello me rodea. 
«En medio de nosotros se adelante, > 

Otro gritaba «Confundido sea.» 
«El que en su insensatez» alguno dice, 
«Que dioses somos despreciables crea! 

«No sé de qué placeres se deslice 
«En pos tu pie: velando, tu llegada 
«Hora tras hora aguarda la infelice, 



— 135 — 

«Que, la veste purpúrea desatada, 
«A gozar, insensato! te daría 
«La dulce languidez de su mirada, 

«Y, sobre aquellas que la Arabia envía 
«Envidiable 5' preciosa, la fragancia 
«Que amor en senos de alabastro cría.> 

Otro diz: «Perdonémosle: constancia 
«Nos promete de hoy más: a los umbrales 
«Tocamos ya de la dichosa estancia.» 

Y huyen, volviendo con palabras tales 
A mis hombros la túnica: «Vé ahora, 
«Y, cuenta si otra vez de noche salesl> 

Brillaba ya la rubicunda Aurora, 
Y quise ver si a mi adorada estrella 
Sola hallaría, entrándome a deshora. 

Ah! sola estaba, y más que nunca bella. 
No se mostrara con hechizo tanto 
Si a Vesta fuese con callada huella. 

Cual otras veces, y en purpureo manto 
A inquirir si encerraba desventura 
Algún ensueño que le diera espanto. 

Tanto a mis ojos deslumbrante y pura 
Se mostró al despertar! Sin atavío 
Tanto encanta y subyuga la hermosura! 

«Qué aquí te trae, indagador tardío,» 
Dice «de tu inocente compañera? 
«¿Piensas que es como el tuyo el amor mío? 

«Bástame un solo amante, o tú, o cualquiera 
«Que a ser más fiel y generoso acierte: 
«No tan fácil me juzgues o ligera. 

«Repara si en mi lecho, si por suerte 
«En mi respiración, en mi semblante, 
«Señal alguna mi inconstancia advierte.» 

Dice, y obsequios de mi labio amante 
Rechaza, el pie apoyando con presura 
En la breve sandalia. En adelante 
Noche ninguna obtuve de ventura. 



136 — 



LIBRO III 



Elegía I. 



Callitnachi manes. 



Oh manes de Calimaco divino! 

Oh sombra de Piletas! 
Grata acogida en vuestro bosque dadme, 

Clarísimos poetas. 

Yo sacerdote de extranjera Musa 

Quiero a la patria mía 

Puras traer las regaladas notas 

De la griega elegía. 

En cuál antro, decidme, milagroso, 

Se ensayó vuestro acento? 

Dó asentasteis el pie? qué fuente el labio 
Os refrescó sediento? 

Qué a mí, sagradas sombras, con la guerra, 
Que versos pide graves? 

Fluyan los míos, de mi boca flu3^an 
Ligeros y suaves. 

Cuales me concillaron los honores 

De remontada fama, 

Y caricias de Musa victoriosa 

Que a su carro me llama: 

Arrástranle corceles laureados, 

Y fáciles amores 
En torno vuelan, y sus ruedas sigue 

Turba de imitadores. 

Mas, oh atrevidos émulos! en vano 

Soltando larga rienda. 

Entrar pensáis al templo de mi Musa; 

Que harto angosta es la senda. 

Roma! vates habrá que tus anales 

En verso altilocuente 

Desvuelvan, siendo límite a tus glorias 
El rosado Oriente. 

Mas yo el único soy que al Helicona 
Por sendero cerrado 

Va a conquistarte páginas que leas 
Exenta de cuidado. 



— 137 — 

Musas! apercibid para mi frente 

Entremezcladas flores: 

No asientan duros lauros al que solo 

Canta blandos amores. 

Enhorabuena niegúeme la envidia 

Loor que con usura 

Ha de volverme, mi ceniza honrando, 
Generación futura. 

Todo desaparece con el tiempo; 

Mas la gloria se agranda: 
Crece el nombre que sale de una tumba, 

Y entre las gentes anda. 

Donde no, de las torres que hundió aleve 
Caballo de madera, 

De los ríos que a Aquiles persiguieron, 

Quién la historia supiera? 

¿Quién la gloria del Ida, que de Jove 

Rodar vio la áurea cuna? 

De Héctor, atado al fin al griego carro, 
Quién la varia fortuna? 

Tú, Deífobo, y tú, Polidamante, 

Yacierais en olvido; 

Oh Paris! Con tu patria feneciera 

Tu nombre maldecido. 

Nadie hablaría de Ilion, dos veces 

Tomado por Alcides, 
Mas crece Homero, y del cantor al lado 
Los viejos adalides! 

Roma dirá mi nombre a las edades 
Como blasón latino; 

Y hará lucir sobre mi huesa eternos 

Los días que adivino. 

Y pues mis votos favorece Apolo, 

Mi nombre alas se viste: 
Poco me importa que grabado dure 
En monumento triste. 

Volvamos, Musa, a nuestra esfera entanto; 

Y la querida mía 
A la cadencia acostumbrada, oído 

Fácil preste, y sonría. 



1865. 



- 138 — 
Elegía II. 



Orphea diiinuisse. 



Orfeo los leoues con su acento 
Domó en los bosques hórridos y oscuros, 

Y de ríos detuvo el movimiento: 

Anfión arrastró peñascos duros, 
Que de suyo se alzaban sin reposo 
De Tebas a formar los altos muros; 

Y Polifemo en Etna cavernoso 
Cantaba, y a su canto Calatea 
Paró el húmido carro impetuoso. 

Qué mucho que mis cantos (pues febea 
Inspiración me enciende) enamorada 
Turba de niñas con placer los lea? 

Si techumbre no tengo en mi morada, 
Que visos dé con el marfil y el oro. 
En columnas marmóreas sustentada, 

Ni de Alcinó en mis huertos el tesoro, 
Ni grutas de recreo, a cuyo abrigo 
Bulla continuo manantial sonoro; 

Tengo divina inspiración conmigo, 

Y en sacras danzas los alegres días 
Consumiendo, a Calíope fatigo. 

Dichosa aquella que en las obras mías 
Viviere! Monumentos inmortales 
Serán de su beldad mis elegías. 

Las soberbias pirámides reales, 
Los del templo de Olimpia, artesonados 
Al tachonado firmamento iguales, 

Y de muros ceñida fortunados, 
De Mausolo la rica sepultura, 
Sucumbirán al golpe de los hados! 

No empero así parece la hermosura 
Que en noble verso celebró el poeta; 
El noble verso de la muerte oscura 
La salvará, que el tiempo la respeta! 



— 139 — 



Elegía iii. 



Visus eram molli 



Soñé que recostado 
Bajo las sombras de Helicón sagrado 
Al ruido sordo de la aonia fuente, 

Alba, tu heroica historia 
Pensaba, )' de tus reyes la memoria, 
Con plectro débil ensalzar demente. 

Pensaba en mi ufanía 
De las ondas beber en donde el sabio 
Padre de la romana poesía 
La sed templaba del divino labio. 
Cuando cantó de Horacio la victoria; 

Los Curios; la alta nave 
De Paulo Emilio, de despojos grave; 
La victoriosa lentitud de Fabio; 

O el estrago de Canas; 
Los númenes, por fin de las romanas. 
Regiones blandas al rogar ferviente; 
Del confín de la Italia armipotente 

Aníbal expelido, 
Y libertado el capitolio santo 
De ánsares veladores al graznido. 

Improviso me mira 
Desde un laurel del antro misterioso, 
Febo, apoyado en la dorada lira, 

Y, «Adonde el estravío 
Propercio, dice, te arrebata, adonde?^ 

Guarda! que de ese río 
Ni a ti beber las aguas corresponde. 
Ni del heroico verso numeroso 
Nombre esperar que en las edades viva. 

Con fácil, fugitiva 
Rueda atraviesa el florecido prado, 
Si quieres que contino registrado 
Por la beldad tu libro, cuando vele 
A un amante esperando, la consuele. 

No carga abrumadora te prepares: 
Rema de un lado y otro, tal que vaya 
La costanera navecilla tuya 
Rayendo siempre la nativa playa, 
No si la engolfas en los altos mares 
Bramador huracán te la destruya. > 



— 140 — 

Dice y al punto con la lira de oro 
Señala el antro del castalio coro, 
A do me guía por secreta ruta, 
En el musgo vivaz recién t^'azada: 

Verde era y fresca gruta. 
Cubren su suelo piedrezuelas miles, 
De su bóveda penden tamboriles; 
Hermosean, de arcilla fabricadas, 
De las Musas la efigie y de Sileno, 
Pan, y tus flautas el sagrario ameno. 

Y las aves de Venus, mis amores, 

Sus picos, en colores 
Del múrice rivales. 
Zabullen en los líquidos cristales. 

Por los alrededores 
Las nueve hermanas candidas, riéntes, 
Aperciben magníficos presentes: 

Cuál los tirsos rodea 
De yedra, cuál en combinar se emplea 
Los versos dulces con la lira grata; 
Cual mirto y rosas entreteje y ata. 
De ellas una (a juzgar por el semblante, 
Era el alma Calíope) delante 

Poniéndoseme, dice: 

No montes tú, poeta, 
Corcel guerrero de fiereza suma; 
No: tu carro tirado se deslice 
Por blandos cisnes de nevada pluma. 
Qué a ti los ecos de marcial trompeta, 
Ni triunfos de espléndido estandarte? 
De nuestro bosque en el tranquilo seno 
No tú las armas resonar de Marte, 
Hagas jamás; no a celebrar te arrestes 
Cómo por Mario y la esforzada Roma 
Rotas se vieron del Teutón las huestes; 
Ni cuál tardo y quejoso rodó el Reno, 
De sangre y cuerpos destrozados lleno. 

Tú canta los amores 

Y las fugas de amor, o la osadía, 

Y con tus versos vigilancia impía 
Burle el amante y se corone en ñores. 
Tal hablaba Calíope ríente, 

Y mi labio con gotas milagrosas 
Humedeció de la vecina fuente. 



— 141 — 

Elegía X. 

Mirabar quiduam tnisissent. 



Hoy en torno a mi lecho, no sabía 
Por cuál las musas raro beneficio 
Todas estaban, al rayar el día. 

Nunciaban de mi amada el natalicio, 
Con las palmas tres veces placentera 
Señal haciendo de feliz auspicio 

Duérmase el viento en la tendida esfera, 
Ni las nubes caminen por el cielo, 
Ni las ondas combatan la ribera. 

No haya hoy tristezas, turbación ni duelo 
Níobe misma enjugue el triste llanto 
Con que a la piedra anima en su desvelo. 

Alción! suspende el querelloso canto; 
Filomena infeliz, olvida agora 
La sempiterna voz de tu quebranto. 

Y tú, de mi contento causadora, 
Tú que a la dicha y al placer naciste. 
Levántate, a los númenes adora; 

Deja en las aguas somnolencia triste; 
La cabellera tersa y abundosa 
Dispon en trenzas; el ropaje viste 

Con que por vez primera, victoriosa. 
Me dejaste a tus plantas deslumhrado; 
Tiemble en tus sienes colorada rosa. 

Que inmortalicen tu beldad y agrado 
Pide luego a los dioses; que tu amante 
Su esclavitud bendiga y tu reinado. 

Y después que el incienso se levante 
Del coronado altar, y resplandores 
Faustos llenen tu casa, la abundante 

Mesa nos llame, alegres amadores, 

Y el tiempo corra, y corra a par el vino, 

Y olor esparzan las fragantes flores. 

Ronca la flauta, del danzar contino 
Vencida caiga; libre y afluente 
Sales brote tu libro purpurino. 



— 142 — 

Sueños ingratos el festín ahuyente, 
Y salga, y a lo lejos se derrame 
Sonoro el eco de placer ardiente. 

Rueden los dados y la suerte aclame 
Quien sea aquel a quien Cupido ciego 
Con más ardor el corazón le inflame. 

A la algazara seguiránse luego 
Misterios de la blanda Citerea, 
Desdén fingido y victorioso ruego: 
Este el fin dulce de tu fiesta sea. 



Elegía XII. 

Postume, plot antem 

Postumo! será justo 
Que a tu Gala abandones 
Del victorioso Augusto 
Siguiendo los pendones. 
Sin atender siquiera 
A su voz lastimera? 

Qué triunfos pues tan claros 
En cambio te previenes? 
Perezcan los avaros, 
Si es posible, y a quienes 
No el amor tierno basta 
De esposa dulce y casta! 

De clámide cubierto 
Con el yelmo en la mano 

Y de fatiga muerto. 
Del Araxes lejano 
Irás a la corriente 

A apagar sed ardiente. 

Y ella aquí por tu suerte 
Suspirará, de miedo 
Que te impela a la muerte 
Tu intrepidez, o el medo 
Rápida flecha arroje, 

Y en tu sangre la moje; . 

O a su caballería 
Que avanza con estruendo, 
Allá en su fantasía 
Te verá sucumbiendo. 
Con el bridón, en vano 
De oro luciente ufano. 



— 143 — 

O mustia y taciturna, 
Pensará si se envuelven 
Tus restos en la urna 
Sepulcral: así vuelven 
Los que en lejanas tierras 
Sucumben en las guerrasl 

Postumo, tú del lado 
De tan modesta y bella. 
Amante separado! 
Alguna menos que ella 
Sensible y amorosa. 
Debiera ser tu esposa. 

Mas indefensa y sola. 
Qué dios habrá propicio 
Que de la fácil ola 
La liberte del vicio, 
De que la ciudad nuestra 
Es víctima y maestra? 

Parte, empero, seguro: 
A ruego y dones ella 
Será desordo y duro 
Bronce: y que a su querella 
Tú cerraste el oído, 
Eso lo da al olvido. 

Si tornas salvo un día 
De los campos de Marte, 
Radiante de alegría 
Acorrerá a abrazarte, 

Y por su amor eterno 
Te hará Ulises moderno. 

No al rey aquél, de daños 
Origen fue la ausencia: 
Diez laboriosos años 
De lid, la resistencia 
De los traces, que doma. 
Dé Ismaro la toma: 

Polifemo, a quien quem.a 
El ojo sangriento; 
Circe, en maldad extrema 
Sabia; el encantamiento 
De loto; y mil bajíos, 

Y escollos mil impíos: 

Marineros osados 
A robar a Lampecia, 
Del padre los ganados, 



— 144 — 

De Apolo, que con recia 
Tormenta por la suma 
Audacia los abruma: 

Calipso fiel, que baña 
El tálamo desierto 
En lágrimas; la saña 
Del invierno, que yerto 
Sufrió noches y días. 
En las olas sombrías: 

De mudas sombras llena 
La honda región de olvido, 
Do baja; la sirena 
Falace, a que el oído 
Supo cerrar prudente; 
El arco finalmente. 

Que muerte repentina 
De audaces amadores 
Da a la turba, y termina 
Viajes y temores: 
De tanto y más no en vano 
Saliera libre y sano. 

De tanto y más sobrada 
Recompensa, en la corte 
Ansiando su llegada 
Halla a su fiel consorte: 
Y aun no en virtud iguala 
Penélope a Elia Gala! 



Elegía XXI. 



Magnum iter ad doctas. 

Quiero partir para la docta Atenas, 

Y a largo viaje cometer mis penas. 
Más amo a Cintia mientras más la veo, 

Y es de su propio estímulo el deseo. 
Por libertarme de ese dios tirano. 
Nada he dejado de tentar, y en vano. 
Que más y más me oprime. Mi adorada 
Si viene acaso a mi mansión, se agrada 
En burlar con desdenes mis amores: 

El más leve y menor de sus favores, 
Si al fin lo obtengo, oh cuántono me cuesta! 
Solo un remedio resta: 



— 145 — 

Partir! al paso que a la infiel yo deje 
Confío que el amor de mí se aleje. 
Al mar. amigos! A mover el remo 
Prevenios en orden: al extremo 
Del coronado mástil la serena 
Vela flamee, y de la patria arena 
Zarpe por fin nuestra animosa nave 
A los soplos del céfiro suave. 
Hermosa patria! .... compañeros caros! 
Adiós quedad! . ... es fuerza abandonaros. 
Allá también, no obstante tus desvíos, 
Cintia, allá vuelan los adioses míos! 

El Adriático undoso 
Veré, tímido huéspe, y sin reposo 
Mis votos volarán a las deidades 
Que gobiernan las roncas tempestades. 

Del Tonio en las tendidas ondas luego 
Resbalará la nave, y con sosiego 
Cansadas lonas, de Corinto en frente, 
Irá a coger. El istmo interyacente 
Que conjurado el mar ciñe y quebranta 
Ya pasaré con animosa planta. 

Estando en el Pireo, 
A la ciudad sagrada de Teseo 

Emprenderé camino 
Tomando el alto muro. 

Buscaré allí la ciencia en el divino 
Platón, o en los jardines de Epicuro; 
E iré, ya en la elocuencia vencedora 
De Demóstenes, y ora 
Del buen Menandro en las discretas sales, 
Habla hermosa a gustar. Las capitales 
Obras veré asombrado de pintura, 

Y el bronce y el marfil que de natura 
Emulan el poder a competencia. 

Poco a poco la ausencia, 

Y los años y mares interpuestos 

Borrarán los funestos 
Residuos de pasión. Llegará el día 
Que ponga fin a la existencia mía; 
Mas no el amor, lo fijará la suerte, 

Y plácida será, y honrada muerte. 



M. A. Caro— Traducciones — 10 



LA SOMBRA DE CORNELIA 



LIBRO IV 

Elegía XI. 



Desine, Faulle, tneum. 



Oh Paulo! cesa de apremiar con llanto 
Mi túmulo. No hay fuerza, no hay porfía 
Que logre abrir los reinos del espanto. 

El que desciende a la región umbría, 
Al ambiente vital tornar no espera; 
Puerta de bronce le cerró la vía. 

Y aunque Plutón te oyese, qué sirviera? 
Bebería tus lágrimas oscura 
Y sorda siempre la fatal ribera. 

Mueve el ruego a los dioses de la altura; 
Las esperanzas con la muerte acaban; 
Cubre herboso tapiz la sepultura. 

Esto fúnebres trompas recordaban, 
Cuando las llamas de la pira odiosa 
Mis mortales despojos devoraban. 

Que me valió de Paulo ser esposa? 
Qué de mis padres la triunfal carrera? 
Qué sirvió ejecutoria tan famosa? 

Fue conmigo la Parca menos fiera? 
He aquí la gran Cornelia es polvo hoy día 
Que infantil mano levantar pudiera! 

Averno sepulcral! Noche sombría! 
Triste cárcel! Laguna indiferente! 
Vos, algas, que ceñís la planta mía! 

Bajo aquí sin sazón, pero inocente: 
Mi sombra de Plutón logre acogida, 
Menos severa su ceñuda frente. 

Eaco agite ya la urna temida, 
Y los jueces señale en el momento 
Que han de juzgar de mi pasada vida. 

Y Minos tome y Radamanto asiento, 
Y, las ñeras Euménides al lado. 
Calle a mi voz el auditorio atento. 



— 147 — 

Sísifo logre en el fatal collado, 
Ixión en su rueda, pausa grata, 
Tántalo beba del raudal vedado; 

No a las sombras Cerbero ronco lata, 
Mas tomándole un punto sueño amigo, 
La cadena se afloje que le ata. 

Yo misma me defiendo, y si es que digo. 
Mi causa al abogar, mentira alguna. 
Sufra de las Danaides el castigo. 

Ilustre, si las hubo, fue mi cuna: 
Fijaron mis abuelos Escipiones 
En África y Numancia la fortuna; 

Y por línea materna a los Libones, 
Generosa progenie, erguirse veo, 
Y ambas ramas compiten en blasones. 

Cuando al fulgor del hacha de himeneo 
Depuse la pretexta, y ruborosa 
Vi adornarse mi sien de nuevo arreo. 

Entonces, Paulo, me llamé tu esposa; 
Como sombra pasé que se desliza; 
Premió a un solo hombre, se leerá en mi losa. 

Invoco por testigo la ceniza 
De aquéllos héroes que sirviendo a Roma, 
África, hicieron en tus campos riza; 

Y la de aquel, que cuando Pérseo asoma 
A Aquiles remedando, su ascendiente, 
Su tienda abate y su arrogancia doma. 

Que nunca a mi deber falté imprudente, 
Que oculto en mi mansión ningún pecado 
De mis Penates sonrojó la frente. 

Nó: Cornelia no fue degenerado 
Vastago de su raza; por ventura 
Ent^e tantos modelos fue dechado. 

Corrió mi vida igual, y siempre pura; 
Tal la antorcha me halló del himeneo, 
Y tal la que alumbró mi sepultura. 

Que unida andaba con mi sangre creo 
La virtud que heredé: no la acreciera 
Temor de verme ante mis jueces reo. 



— 148 — 

Hoy no hará su sentencia, aunque severa, 
Que pueda desdeñar mi compañía 
La más noble mujer, la más austera: 

Ni tú, doncella, que arrastraste un día 
Con lazo desatado a tu cintura 
La nave que Cibeles detenía; 

Ni tú, vestal, que en tu virtud segura, 
Extinta al ver la llama milagrosa, 
Arrojaste, y ardió, tu vestidura. 

y tú, amada Escribonia, alguna cosa 
Hallaste impropia en la hija que perdiste, 
O, excepto su partida, dolorosa? 

Tu llanto me honra, y el lamento triste 
Del pueblo todo, y la funérea rama 
Con que César mi túmulo reviste. 

César de su hija, en público, me llama 
Digna hermana; y el pueblo oyó el gemido, 
Y las lágrimas vio que un dios derrama. 

De madre de varones el vestido 
Fecunda esposa merecí: mi muerte 
Desierto no dejó mi hogar querido. 

Lépido, Paulo! al golpe de la suerte 
Expiré en vuestros brazos, y ahora siento 
Que resucito en vuestras almas fuerte. 

Dos veces ocupó curul asiento 
Mi hermano, y con el prez del consulado 
Recibió de mi ausencia el sentimiento. 

Tú, bien nacida a noble magistrado. 
Ama. hija, y da tu mano a solo un hombre; 
Guarda en mi ejemplo mi mejor legado; 

Y dignos todos perpetuad mi nombre; — 
Resignada me aparto de esa zona 
Sin que la adusta eternidad me asombre. 

El mejor galardón de una matrona 
Es la fama que alzándose en su pira, 
Su vida cuenta y su virtud corona. 

Óyeme, oh Paulo! por mis hijos mira; 
Salva la tumba el sentimiento bello 
Que aun estos votos a mi labio inspira. 



— 149 — 

Padre, haz veces de madre; fío en ello: 
Las prendas que dejé, la madre ida. 
Correrán juntas a abrazar tu cuello. 

Sus lágrimas enjuga, por tu vida, 

Y dales con tu beso el beso mío; 
Mi prole toda en tu favor se anida. 

Desata a solas comprimido río, 

Y al volver, serenado ya el semblante. 
Renueva las caricias manso y pío. 

Para llorar la noche no es bastante? 
No basta esa vigilia, oh Paulo! y ese 
Amargo sueño en que me ves delante? 

Endulzar tu amargura no te pese; 
Vé, y platica en secreto con mi busto, 

Y dime todo cual si yo te oyese. 

Hijos, si a vuestro padre viene en gusto 
Llevar segunda esposa al puesto mío. 
Madrastra para vos de ceño adusto, 

Acatad humildosos su albedrío, 

Y de ella, con cariño y mansedumbre. 
Tornad amor el que empezó desvío. 

Ni ensalcéis mi memoria por costumbre; 
Que entender, lastimada, ella podría 
En propia humillación cuanto me encumbre. 

Mas si él, honrando mi ceniza fría, 
Excusa hacer cuanto a mi sombra ofenda, 
Fiel hoy y siempre a la memoria mía, 

Allanad luego a su vejez la senda, 

Y orne de su viudez el despoblado 

De todo vuestro amor constante ofrenda. 

Vivid los años que me roba el hado; 

Y consuelos disfrute sin medida 
Mi esposo de mis hijos rodeado. 

Nunca ausencia cruel llore en mi vida; 
Mi muerte fue en mi hogar primer vacío; 
Todos lloraron mi final partida. 

Y ceso. Atestiguando el dicho mío. 
Alzaos los que me honráis con vuestro llanto: 
Al lugar de mis padres ir confío 
Si, ñel a mi deber, merezco tanto. 



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PSEUDO GALO 

FRAGMENTOS 

Non fuit Arsacidu 8 

Ay ! mujercilla infame 

Que seducirla intenta, 

Dádivas le presenta 
Que en oculto llevó, de mi rival. 

De aquel que las envía 

Ella con artería 
Las dotes luego empieza a ponderar. 

La faz que esmalta a penas 
El bozo delicado, 
El rubio, desatado 
Cabello undoso, la armoniosa voz 
Que la lira acompaña. . . . 

Y de hórrida campaña 
nácele ver la eterna duración. 

Dícele que de canas 
Mi frente está vestida. 
Que a causa de una herida 
Muevo ya desigual el tardo pie. 
Ay! temo que en mi bella 
Sus trazas hagan mella 

Y al fin vacile su jurada fe. 

Que por naturaleza 
Es la mujer instable, 

Y penetrar no es dable 

Si amar sabe u odiar con más ardor. 
Múdase a cada instante. 
Sólo en eso constante, 

Y extremos busca, el odio o el amor. 

Oh! qué he dicho insensato? 

Nada conmueve, nada 

Conmoverá a mi amada: 
Ni de astuto rival precioso don, 

Ni autoridad de un padre 

Ni instancias de una madre. 
Ni de edad juvenil la hermosa flor. 

Enmedio del Egeo 
Tal se eleva la roca 
Que el ímpetu provoca 
De ronco viento y de mugiente mar. 



— 154 — 

Así encubierto fuego 
Cobra fuerzas, y luégfo 
Luz más pura comienza a destellar. 

Con fiel presentimiento 
Ella agfuarda mi vuelta, 
Y en silencio da suelta 

A los dulces ensueños del amor. 
Ausente, ella me mira, 
Noche j día suspira, 

Invoca día y noche a su amador. 

Para él en oro y plata 
Capas ricas su aguja 
Bordando está, y dibuja 

La última guerra en que lidiaba yo; 
Campeones su diestra 
Retrata, y hace muestra 

De hazañas que la fama divulgó. 

Las águilas romanas 
Allí verás triunfantes. 
Verás las ondas que antes 

Eufrates sublevó, cautivas ya; 
El persa, antes ufano. 
Del vengador romano 

Allí a las plantas derribado está. 

Allí entre los primeros 

Se ve la imagen mía; 

Amor su mano guía, 
Y su mano mi imagen pone allí: 

La suya de otro lado. 

El rostro demudado 
Llora, y parece un nombre balbucir. 



GuiDin 



OVIDIO 

AMOR — LIBRO I 

Elegía I 

Arma gravi numero *.%■%■%■> » 

Cantar propáseme un día 
De la guerra y sus horrores, 
Versos midiendo mayores, 
Cuales el tema pedía. 

El renglón segundo fue 
Al primero igual: Cupido 
Detrás riyó, y al descuido. 
Del segundo borra un pie. 

Rapaz! colérico exclamo 
Qué tienes que ver conmigo, 
Pendones de Apolo sigo 
No tuyos: canto, no amo. 

Sal, importuno! Qué fuera 
Ver a la lasciva diosa 
Blandir la lanza, y de rosa 
Coronarse la guerrera? 

Qué, si en las selvas al bruto 
Ceres con dardos siguiese 

Y Diana recogiese 

De los campos el tributo? 

Si en cambio del morrión grave 
A Marte diese el de bellos 

Y destrenzados cabellos 
La su cítara suave? 

Torno a mi labor: y pruebo 
De nuevo el verso acabar, 

Y el pie postrero a borrar 
Torna Cupido de nuevo. 

Insisto yo: Cómo quieres 
Que pulse amorosa lira? 
Nada la turba me inspira 
De amorcillos y mujeres. 

Vastos tus dominios son: 
En ellos manda! O acaso 
Quieres también el Parnaso? 
Nada basta a tu ambición? 



— 158 — 

Mas él con ágil rodilla 
Para el arco armado al punto, 
Y, toma, me dice, asunto 
Que tratar a maravilla. 

Clavado siento, ay de mí! 
En el alma luego el dardo, 
Y todo en amores ardo 
Cuanto dellos libre fui. 

Cada exámetro seguido 
Será de metro diverso. 
Que de las guerras y el verso 
Que las sirve, me despido 

De mirto florido, pues. 
Coronada la cabeza. 
Musa a combinar empieza 
Los once métricos pies. 



Elegía 111. 



Es justo mi ruego: 
Que me haga felice 
Mi reina, o atice 
Traviesa mi fuego. 

Y aun menos la pido: 
Que esquiva no sea 
Blanda Citerea 
Oiga mi gemido! 

Oh mi luz, mi encanto! 
No desprecies dura 
Al que amor te jura 
Inviolable y santo! 

Verdad, no poseo 
Ingente riqueza, 
Timbres de nobleza, 
Granjas de recreo. 

Mas no pobre y solo 
Me juzgues: camino 
Con el dios del vino, 
Las Musas y Apolo. 

Llevo éstos al lado, 
Y dentro y conmigo 
El dios enemigo 
Que a ti me ha entregado. 



Justa precor 



— 159 — 

Honradez que brilla 
Rica sobre el oro, 
Modestia atesoro, 

Y verdad sencilla. 

Esclavo y amante 
Seré de ti sola: 
De amor no en la ola 
Navego inconstante. 

Mi vida y la tuyat 
Avancen unidas. 

Y a un tiempo dos vidas 
La muerte destruya! 

Permíteme en tanto 
Cantar mis amores: 
De ti, tus favores 
Digno hag-an el canto. 

La virgen que vido 
Su frente enastada; 
La virgen burlada 
Por cisne mentido; 

La que al cuerno asida 
De albo toro, andaba 
Sobre la onda brava 
De color perdida. 

Si famosas tanto 
Vencieron la muerte, 
Más que de la suerte 
Dádiva es del canto. 

Que vuelen confío 
Yo del mismo modo 
Por el orbe todo 
Tu nombre y el mío. 



LIBRO II 

Elegía VI 

Murió mi papagayo! 
Llorad, aves del cielo, 
Al hijo docto y gayo 
Del remoto indo suelo. 
Con voces plañideras. 
Dadle, plegada el ala. 
Vuelta en luto la gala. 
Las honras postrimeras. 



Psittaeus Evis. 



— 160 — 

Grande fue, mas añeja 
La causa es de tu llanto, 
Oh! Filomela! deja 
De recordarla tanto. 
Tus gemidos convierte 
Que escucha el bosque umbrío, 
Del papagayo mío 
A lamentar la muerte. 

Aves, cuantas la esfera 
Cruzáis, llorad ahora; 
Pero tú la primera. 
Tórtola amante, llora: 
El en dulce recreo 
Vivió siempre contigo: 
No fue mejor amigo 
Oreste ni Teseo. 

Mas qué contra la muerte 
Pudo, mísero, aquella 
Fidelidad valerte? 
Qué el amor de mi bella? 
Es inflexible el hado: 
Llega el cruel momento. 

Y caes, ornamento 
Del ejército alado! 

Con tu rosaceo pico 
El múrice afrentaras; 
Con tu plumaje rico 
Las esmeraldas raras. 
Con tu lengua el sonido 
Que hubieses escuchado, 
Lo dabas imitado 
Engañando el oído. 

Apenas un momento 
Que del habla al cultivo 
Negases, al sustento 
La dabas fugitivo; 
Pues era solamente 
Alguna nuez tu vianda, 

Y adormidera blanda, 
Con agua de la fuente. 

De la paz bendecida, 
Dulce amador parlero. 
Te robó de la vida 
Tiro de Envidia, artero. 



— 161 — 

Y estos así perecen 
Mientras las pendencieras 
Codornices en fieras 
Batallas envejecen. 

Y, nuncio de aguacero. 
Vive el grajo; el milano, 
Que amenazante y ñero, 
Gira en el éter vano, 
El buitre, que de presa , 
En pos hambriento vaga; 

Y la corneja aciaga 
Siglos morir ve ilesa! 

Que es ley indeficiente 
En toda la natura. 
Que acabe lo excelente 
Mientras lo inútil dura. 
Burlón Tersites mira 
Rota la hueste aquea 

Y Paris bizarrea 
Mientras Héctor expira. 

Lleváronse los vientos 
Los votos de mi amada: 
Sus votos, sus lamentos, 
De muerte al ver postrada 
Al ave peregrina 
Que con voz lastimera 
Habló por vez postrera 
Diciendo: «Adiós, Corina!> 

En el Elíseo existe 
Opaco un bosque; el suelo 
De yerba y flores viste 
Inmortal arroyuelo. 
Ni a pájaros da entrada 
O inmundos o inclementes, 
Que es de aves inocentes 
Pacífica morada. 

Allí en concordia suma 
Fénices vividores, 
Cisnes de blanca pluma; 
El pavón sus colores 
Despliega campeando, 

Y la paloma tierna 
Sus ósculos alterna 
Con el arrullo blando. 



M. A. Caro— Traduccioaea— 11 



— 162 — 

Entre ellos recibido 
El papagayo ahora, 
Empieza agradecido 
A hablar de su señora; 
Y el vulg-o circunstante 
Atónito o atento 
Oye su claro acento 
Al nuestro semejante. 

Su cuerpo ya reposa 
Inanimado y leve; 
Le cubre exigua losa, 
Es su epitafio breve : 
«Del reino de la Aurora 
«Vine, asombro a la gente; 
«Más que ave fui elocuente: 
«Corina fiel me llora.» 



Elegía XI. 

Ptima malas docuit. 

Las peligrosas sendas del mar fiero 
Del alto Pelion t\ añoso pino 
A los mortales enseñó primero, 

Que entre escollos abriéndose camino 
Puso a las ondas con sonante prora 
Espanto y trujo el áureo vellocino. 

Porqué en hondos abismos a deshora 
No le precipitó, para escarmiento 
De osados pechos, tempestad sonora? 

Hoy mi Corina al pérfido elemento, 
Dejando el patrio sol, sus dulces lares. 
Osa entregarse, a la merced del viento. 

No altos muros, no verdes olivares 
Pienses, Corina, que en los mares haya: 
Todo es igual en los azules mares, 

Del bajel sólo la espumosa ra5'a 
En ellos ver esperes; no las bellas 
Piedrezuelas y conchas de la playa, 

En la playa, si os place, breves huellas 
Niñas, dejad: el juego es diferente 
Con las ondas; oscuro es todo en ellas. 

Bastante os sea que el viajero os cuente 
Del viento vario 3' la escondida roca 
Del rayo fiero y de la sirte hirviente. 



— 163 — 

Eso saberlo, no probarlo os toca; 
Preferís tempestades verdaderas 
A tempestades en ajena boca? 

Levada el ancla, en vano pretendieras 
Volver ya, las miradas con tardío 
Desengaño tornando a las riberas. 

Corina, el nauta en temporal bravio 
Ve tan cerca la muerte andarle, cuanto 
Las rugidoras ondas al navio. 

Oh! cuál será tu palidez y espanto 
Si altos montes el piélago remeda! 
Cuál, en calma fatídica, tu llanto! 

Triste! a los hijos fúlgidos de Leda 
Invocarás; con voz enflaquecida 
¡Feliz, dirás, la que en su hogar se queda! 

Dílo ahora más bien; y entretenida 
Con libros y armoniosos instrumentos, 
Vive una dulce y descansada vida. 

Mas si das mis consejos a los vientos 
Bien hayas por do fueres; Calatea 
Rija de tu bajel los movimientos ! 

Númenes de la mar! sagrada os sea 
La beldad que a vosotros se confía: 
Mansas las olas a su paso vea! 

Y tu, consuelo y esperanza mía. 

No al hombre olvides que entretanto vela 
Fiel esperando de tu vuelta el día. 

Pronto a esta costa el oleaje impela 
La luna, el mar; y zéfiro sonoro 
De lleno dando en la turgente vela; 

Vela que anuncie ala mujer que adoro. 
Yo al verla clamaré regocijado: 
Salve, oh bajel, que traes mi tesoro! 

Ya, en idea, en mis hombros te traslado 
A tranquila mansión; que esto}' ya creo 
De tu risa gozando y de tu lado. 

Y entre los dulces dones de Lieo 
Gigote ya del buque combatido 
Contar el peligroso cabeceo; 

Y cómo tú. cual pájaro a su nido. 
Tornando a mí, ni oscuridad temías 
Ni el animoso viento y su ruido. 



— 164 — 

Aunque fuesen aéreas fantasías, 
Las oiré cual oráculos divinos: 
Porqué matar las ilusiones mías? 

Oh! presto entre celajes purpurinos 
Aurora dando a sus bridones suelta, 
Anuncie tan magníficos destinos, 
Mi ventura sellando con tu vuelta! 



LIBRO n 
Elegía XVI. 



Pats me Sulmo tenet. 



Heme pues en Sulmona, 
Nuestro cantón tercero: 
Es reducido; empero 
Salubridad le abona. 

Rayos del sol ardientes 
No agostan sus verdores: 
En los alrededores 
Bullen alegres fuentes. 

Trigo aquí se cultiva, 
Que es tierra asaz fecunda; 
Crece la vid, y abunda 
La generosa oliva. 

Doquier hay agua y sombra, 

Y frescos emparrados; 

Y vístense los prados 
De matizada alfombra. 

Mas ay! mi amor, presente 
No está. . . Mi amor? qué digo? 
Sobrado está conmigo. 
Quien le inspira está ausente. 

En vano alzar el vuelo 
Yo a los astros pudiera: 
Sin mi deidad, me fuera 
Aborrecible el cielo. 

Perezcan, y el reposo 
No encuentren que dejaron, 
Los que surcar osaron 
La tierra y mar ondoso! 



— 165 — 

Si evitarlo no es dado, 
Que ley al menos fuese 
Que la beldad partiese 
Del amador al lado! 

Yo entonces con la mía, 
Si hollara el hielo alpino, 
El áspero camino, 
De rosas me sería. 

O bien los arenales 
Del África arrostrara; 
O velas desplegara 
Con recios vendavales. 

No entonces a Malea, 
Aciaga a los viajeros; 
No a Scila, que de fieros 
Mastines se rodea; 

No a Caribdis, que impía, 
Devora los navios 
Ni escollos ni bajíos 
Cobarde temería. 

Si al mar el viento insulta, 
La noche el cielo arropa, 

Y onda insana la popa 
Con sus dioses sepulta; 

Tú en mis hombros, yo a nado, 
¡Oh dulce carga! a puerto 
Saldré, con rumbo cierto, 
Brioso y ufanado. 

Leandro hacia su bella 
Nadaba triunfante: 
Se hundió cuando delante 
Se oscureció su estrella. 

Vano es pues que desplieguen 
Su follaje las viñas; 
Que en torno las campiñas 
Arroyos claros rieguen, 

Y su cristal se rompa, 
O manso y lento gire; 

Y céfiro suspire 
Entre la verde pompa. 



— 166 — 

Sin ti, que estoy olvido 
En mi dulce Sulmona; 

Y que este es de Pomona 
País favorecido; 

Y en la Escitia estar creo 
O en las rocas que ciñe 
El mar, o en las que tiñe 
Sangre de Prometeo. 

No al olmo desampara 
La vid, que le es querida: 
Ay! a mí de mi vida 
El hado me separa! 

Porqué culpar al hado? 
Tú por tus ojos bellos 
Jurábasme, y con ellos. 
Siempre estar a mi lado. 

Leve es el juramento 
De la mujer, cual hoja 
De que al bosque despoja 
Fugaz e instable vieuto! 

Si la piedad, no obstante, 
No del todo perdiste. 
El desamparo triste 
Contempla de tu amante. 

Monta en carroza luego: 
Con crespa crin, veloces 
Los potros a tus voces, 
Galopen sin sosiego. 

Vos a los ruegos míos 

Y de ella al paso, oh montes. 
En planos horizontes, 

Que diosa es grande, abrios! 



LIBRO ni 
Elegía IX 

Aíemmona si maigr. 

Si a Memnón su madre un día 
Lloró, si lloró su madre 
A Aquiles, y excelsas diosas 
Sienten también nuestros males; 



— 167 — 

Hoy tú, llorosa Elegía. 
Al viento el cabello esparce; 
Justo es que el nombre que llevas 
Hoy más que nunca te cuadre. 

Tibulo. el vate inspirado 
Que a tu fama dio realce, 
No existe: en fúnebre hoguera 
Sus yertos despojos arden. 

Mira de Venus al hijo. 
Con qué tristura y desaire 
Vuelto el carcaj, roto el arco 

Y el hacha apagada trae; 

Mira su andar lastimoso. 
Cómo las alas abate, 

Y golpeándose el pecho 
Da de su dolor señales. 

Por su cuello las guedejas 
En llanto empapadas caen, 

Y arrancando hondos sollozos 
Con labio convulso plañe. 

Así de Eneas, su hermano, 
Acompañando el cadáver 
Fue visto dejar un día, 
Bello Julo, tus umbrales. 

Venus morir ve a Tibulo, 

Y no con dolor más grande 
Victima de hórrido monstruo 
Caer vio su tierno amante. 

Y santos a los poetas 
Nos juzgan, de altas deidades 
Favorecidos, y aun llenos 
De un numen que hablar nos hace! 

Nada hay santo que la impía 
Muerte a deshora no ultraje; 
Lleva ella doquier sus manos 
Negras y todo lo invade. 

Qué su padre al tracio Orfeo, 
Ni qué las maternas artes 
Con que amansaba las fieras, 
Hubieron de aprovecharle? 



— 168 — 

A Lino también, a Lino 
Malogrado, el mismo padre 
Cantó con lira inacorde 
En solitarios boscajes. 

Ved a Homero de quien mana 
Cual de fuente inagotable 
La onda pieria, a do acuden 
A templar su sed los vates: 

A ése también hundió el hado 
En las sombras infernales; 
Inmunes la ávida pira 
Sólo los cantos evaden. 

La obra del cantor perdura: 
De Troya allí los combates, 
Allí el reteger la tela 
Que ardid nocturno deshace. 

Así Némesi, así Delia 
Vivirán en las edades, 
Esta de él primero amada, 
Amada aquélla más tarde. 

Qué ya, decid, vuestras presas, 
Qué los egipcios timbales. 
Castas noches ofrecidas 
Por su bien, decid, qué valen? 

Cuando sucumben los buenos, 
Perdonad que lo declare! 
Mal la existencia me explico 
De los dioses inmortales. 

Vive piadoso; — piadoso 
Morirás: de los altares 
Al sepulcro destinado 
Vendrá la muerte a arrancarte. 

En el poético genio 
Confía; — Tibulo yace: 
De lo que fue, sólo queda 
Lo que en urna estrecha cabe. 

Y a ti, divino poeta, 
A ti esas llamas voraces 
Te envuelven, y no han temido 
En tu corazón cebarse? 



— 169 — 

Los sacros dorados templos 
Qué mucho será que abrase 
Fuego que atreverse pudo 
A profanación tan grave? 

La que sobre Erice reina 
Dicen que apartó el semblante, 
Que reprimirse no pudo, 
Que corrió su llanto, añaden. 

Más triste, empero, que hubiese 
Muerto lejos de sus lares 

Y allá en Corcira, en vil fosa. 
Tierra extraña le ocultase. 

Cerrar sus nublados ojos 
Pudo aquí una tierna madre 

Y ofrecer a sus cenizas 
Los postreros homenajes. 

Aquí una hermana que el fiero 
Materno dolor comparte. 
Mesándose los cabellos, 
Asistió a sus funerales; 

Aquí Némesis y Delia 
Con sus ósculos suaves 
A despedirle vinieron 
Para el eternal viaje. 

«Tocóme a mí mejor suerte,» 
Dice Delia al retirarse; 
«Mientras en mi amor ardía, 
«Tú de la vida gozaste.» 

Y a ella Némesis volviendo: 
«Hay algo en que has de envidiarme; 
«Con mano desfallecida 
«El me retuvo expirante.» 

Si algo más que un vano nombre, 
Si algo más que inciertos manes 
Nos sobrevive, Tibulo 
Irá a los Elisios valles. 

Tú, las juveniles sienes 
De hiedra orladas, ya sales 
De tu Calvo acompañado. 
Docto Catulo, a encontrarle. 



— 170 — 

También, oh Galo! si allá 
No alcanza calumnia infame, 
Despreciador de la vida. 
Pródigo tú de tu sangre. 

Quietos en tanto en segura 
Urna tus huesos descansen, 
Y en su regazo la tierra 
Blanda tus cenizas guarden! 



METAM 

LIBRO I, 452, 599. 

Primux amor Phoebi,, 

Dafne Peneya fue la que primero 
A Apolo el corazón robó y la calma, 
No por caprichos de fortuna ciegos, 
Mas por las iras del amor insanas. 

Pues cuando Apolo por el triunfo habido 
Sobre Pitón horrendo se jactaba. 
Viendo a Cupido que ajustaba al arco 
La saeta veloz: «A qué preparas, 

«Niño travieso,* con desdén le dice, 
«Ese instrumento que a mis hombros cuadra? 
«Yo sólo sé temibles enemigos 
«Herir de muerte y fieras alimañas; 

«Sólo yo con innúmeras saetas 
«Destrozar supe la serpiente hinchada 
«Que largamente por abiertos campos 
«Venenosos anillos desrollaba. 

«No son estas tus artes: vé, tu antorcha 
«Vanos amores por doquier esparza, 
«Pero no aspires a emular mis glorias 
«Pero no pienses manejar mis armas!» 

Mas el hijo de Venus le responde: 
«Apolo, el arco tiende, flechas lanza, 
«Hiere de muerte a ñeras y enemigos, 
«Que a ti yo habré de herir. Cuanto levantas 

«Sobre ellos tú la victoriosa frente, 
«Tanto así me eres inferior. > Tal habla, 
Y hacia el Parnaso dirigiendo el vuelo 
Con raudo aletear el aire rasga. 



— 171 — 

Llega a la excelsa cumbre, y dos saetas 
De virtud diferente luego saca 
Del carcaj bien provisto. La que inspira 
El blando fuego del amor, es áurea 

Y de aguzada punta; mas aquella 
Que el blando fuego del amor apaga, 
Sin punta vuela, en el astil llevando 
Plomo, tardía en el alcance. — Clava 

Una a la ninfa el dios, mientras la otra 
Honda oculta de Apolo en las entrañas: 
Apolo al punto se abrasó, la ninfa 
Odia tenaz mientras tenaz él ama. 

Busca las grutas, a las fieras sigue. 
Mora en los antros, por los bosques vaga, 
E imitando a la virgen cazadora. 
Con blanco lazo sus cabellos ata. 

Muchos de entonces la siguieron, ella 
Huye de todos, vive solitaria; 
Y si tal vez el genitor la dijo: 
«Prole amorosa a mi vejez cansada 

«Debieras dar,» cual de nefando crimen 
Aquella idea el corazón la espanta; 
En torno al cuello lánguidos los brazos 
Le tiende con la faz avergonzada, 

Y así le dice en trémulos acentos: 
«Padre mío! concédeme la gracia 
«De conservarme inmaculada siempre, 
«Júpiter esto concedió a Diana.» 

Verdad, le concedió, mas tu belleza 
Oh virgen, a tus votos es contraria; 
Tu belleza se opone a que conserves 
Esa virginidad. Los días pasan 

Apolo deseando y esperando, 
Sin que propios oráculos le valgan. 
Ardiendo todo, como arder pudiera 
Liviano acervo de reseca paja. 

O bien como el cercado de maderos 
Si demasiado el viajador un hacha 
Cerca le puso, o la arrojó al descuido, 
Con la primera luz de la mañana. 



— 172 — 

Tal contino arde el dios, alimentando 
Vano amor con inútil esperanza: 
Ve los cabellos de la hermosa ninfa 
Que por el cuello en crespas ondas bajan, 

Y en idea los ciñe en tiernas hojas, 
Ve las negras pupilas y le encantan 
Más que luceros; ve los labios rojos 
Y el verlos sólo a su ansiedad no basta. 

Mírala absorto, y mientras más la miras, 
Aún más encantos y bellezas halla; 
Ella, empero, ligera como viento 
Huye, sin atender a sus palabras. 

«Aguarda. Ninfa, el amador la dice: — 
«Oh! no me juzgues enemigo; aguarda! 
«Huye la cierva del león, del lobo 
«La corderilla; y con trementes alas 

«Del águila rapante la paloma, 
«¡Y tú de tu amador! Deten; no vayas 
«A caer en las ásperas malezas 
«Por donde vuelas, y punzante zarza 

«Tus blancos pies lastime. O por lo menos 
«No corras con presura demasiada: 
«Menos veloz te seguiré: no quiero 
«Serte yo nunca de dolores causa. 

«Oh! Si por un momento quién es este 
«Amante que te sigue, meditaras! 
«Que soy pastor acaso te imaginas 
«O inculto habitador de las montañas? 

«Considéralo bien; que tú no sabes 
«De quién huyes, huyendo temeraria: 
«Ténedos, Claros, Pátaras y Delfos 
«Obedecen mi voz. — Reina en el alta 

«Región mi padre entre deidades ciento: 
«Sé lo que todas las edades guardan 
«Que fueron y serán: a mí se deben 
«Las sonorosas cuerdas y las blandas 

«Vocales armonías. Más que todas — 
«Excepto la que el pecho me traspasa — 
«Certeras en herir, y bien temida siempre, 
«Son las saetas de mi rica aljaba. 



— 173 — 

«Conocedor de saludables yerbas, 
«Los pacientes me invocan. Ah! mi sabia 
«Mano, que alivia los dolores todos, 
«Este dolor a remediar no alcanza!> 

Así decía; sin oírle en tanto 
Iba huyendo la virgen, a quien alza 
Del leve manto los movibles pliegues 
El viento, y los cabellos le esparrama. 

Así más bella el inmortal mancebo 
Parécele; y ya estériles y vanas 
Juzgando las querellas, ardoroso 
Sigúela en pos con voladora planta. 

Cual lebrel galicano, que si mira 
Tímida liebre en las llanuras vastas, 
En fatigosa y rápida carrera 
Lánzase en pos; y aunque a la par se afana 

La triste por salvarse, y corre, y vuela. 
Más cada vez se acorta la distancia; 
Ya con ella tropieza, ya parece 
Como que de los dientes se le escapa; 

Tal iba Apolo tras la ninfa bella: 
El de amoroso y ella de asustada 
Corren cual vientos: al temor, empero, 
El amor por lo alado se aventaja. 

Cerca siente la virgen al amante 
Y su aliento le vuela por la espalda 
Las flotantes madejas; desfallece 
Cansada de correr, de fuerza exhausta. 

Y al divisar las ondas de Peneo, 
Así murmura férvida plegaria: 
«Oh padre! oh padre! ayúdame! si tanto 
Pueden los ríos, mi figura cambia!» 

Apenas voz para decirlo tuvo; 
Que sus sentidos súbito se embargan. 
Firme corteza en derredor la cubre. 
Sus cabellos se acrecen y derraman 

En temblorosas hojas convertidos; 
Extiéndense sus brazos, y se alargan 
Ramos hermosos, adherido queda 
Su pie a la tierra que veloz hollaba; 



— 174 — 

Su coronilla es verde copa, y todo. 
Menos frescura juvenil, le falta, 
Mas no Apolo desiste, todavía 
Ama a aquel árbol, la burlada palma 

A la nueva corteza aplica, y dentro 
Siente latir un corazón. Abraza 
Aquellos ramos cual si miembros fueran. 
Mil ósculos imprime, aunque repara 

Que el follaje sus ósculos esquiva, 
Y triste a un tiempo y orgulloso exclama: 
«Si niega el hado que mi esposa seas 
«Árbol mío serás, laurel. Tus ramas 

«Ornamento serán de mis cabellos, 
«De mi sonante cítara 3^ mi aljaba; 
«Premio más tarde al triunfador latino, 
«Su frente han de ceñir, cuando a oleadas 

«Todo un pueblo le lleve al Capitolio; 
«Fiel custodio, por fin, de augusta estancia, 
«A sus puertas echando hondas raíces 
«La corona de encina a ti fiada 

«Suspensa mantendrás. Cuanto famoso 
«Soy por mi blonda cabellera larga. 
«Será de la frescura de tus hojas 
«Eterna entre los hombres la alabanza.» 

Dice el dios, y las hojas que brotando 
Profusamente el árbol engalanan. 
Temblar se vían, y la verde copa 
Cual la faz del que asiente se inclinaba. 



TRIST 

LIBRO II 

Elegía III. 



Chjh siibit illius. 



Cuando pienso en la noche, de horror llena 

En que patria y hogar 
Dejé por siempre, aquella misma escena 
Se me ofrece delante, y de mis párpados 
Vuelve aún ora una lágrima a rodar. 



— 175 — 

Acercábase j'a, llegaba el día 

En que el postrer confÍD 
De Asonia, hu.vcndo, abandonar debía; 
Concedido me fuera holgado término, 
Que mi asombro en letargo trocó al fin. 

Ninguna provisión ni compañía 

Hube de aprestar 3''o, 
Que inerte así _v exánime yacía 
Como el mísero queda a quien de Júpiter 
Fulmineo golpe de razón privó. 

Renaciente dolor el velo denso 

Rasgó, a mirar volví; 
Decir adiós a mis amigos pienso: 
Cuan largo de ellos antes era eí número! 

Y uno u otro no más descubro allí. 

Mi esposa me estrechó, sumida en llanto, 

En más largo raudal 
Bañado su inocente rostro, en tanto 
Que mi hija, ausente en las regiones líbicas. 
No alcanzaba a saber desgracia tal. 

Todo, a doquier mirases, llantos era. 
Común lamentación; 
Que lloraban a un muerto se creyera; 
No hubo exento de lágrimas un ángulo. 
Noche de duelo, en mi infeliz mansión. 

Si acaso con lo grande lo pequeño 

Es dado comparar, 
Aquel trance cruel después de un sueño. 
De Troya entrada a saco en noche trágica, 
Paréceme el aspecto renovar. 

La tierra estaba en calma: voz ninguna 

Sonaba en derredor, 
Ni de hombres ni de canes, y la Luna 
Alta guiaba sus caballos rápidos 
Derramando tristísimo esplendor. 

Yo, los ojos alzando al astro errante, 

Tornábalos de allí 
Al Capitolio, de su luz radiante. 
Que en vano a mi mansión miraba próximo» 

Y a Roma mis acentos dirigí: 

«Oh espíritu que el ámbito vecino 
«Señoreas, y vos, 
«De la ciudad excelsa de Quirino. 
«Númenes, templos y lucientes cúpulas, 
«Quedaos todos para siempre, adiós! 



— 176 — 

Tarde acudo al broquel, de muerte herido; 

Mas al menos mi honor 
Salvad! que por vosotros instruido 
El semidiós que me proscribe, oh númenes! 
Crimen no juzgue lo que fue un error. > 

Así exhalé mis súplicas; mi esposa 

Vertió mil preces más, 
Suelto el cabello y con la voz llorosa, 

Y al foco extinto de mis lares trémulo 
Impuso el labio y la doliente faz. 

Mientras ellos su queja lastimera 

Denegábanse a oír. 
Avanzaba la Noche en su carrera, 
Y, muda volteando, la Osa Arcádica 
Me intimaba el momento de partir. 

Qué haría, de la patria encadenado 

Yo por el blando amor! 
Aunque el plazo fatal era llegado. 
Si la hora alguno consultó solícito, 
<Ay!> exclamé»; respeta mi dolor! 

«De dónde me despides considera, 

«O a dónde, por piedad!> 
Fingiendo aún que dárseme pudiera 
Más propicia ocasión, iluso el ánimo 
L/Uchaba con la horrible realidad. 

Tres veces fui al umbral, y ante el abismo 

Retrocedí; ni sé 
Si entonces era dueño de mí mismo. 
Pues, cual de oculta resistencia cómplice, 
Negábase a marchar pesado el pie. 

Ay! cuántas veces, cuando ya salía, 
A encarecer volví 
Aquello mismo que encargado había; 
Ay! cuántas veces losadioses últimos 

Y el ósculo supremo repetí! 

Cómo los ojos con inquieto anhelo 

Tornaba sin cesar! 
«Con que he de abandonar el patrio suelo? 
«Con que he de sepultarme en pueblos bárbaros? 
«Oh! dejadme un instante respirar! 

«Vivo me pierde mi infeliz esposa. 
«Y yo la perderé. 
«Oh dulce hogar! oh patria deliciosa! 
«Oh corazones para mí tan íntimos, 
«Que de Teseo renovales !la f 



— 177 — 

«Hora puedo abrazaros. . . después, nunca. . . 

«Venid todos a mí!>. . . . 
Queda en mis labios la palabra trunca, 

Y atraig-o hacia mis brazos, en espíritu, 
Cuantos seres amé, cuanto perdí. 

Mientras hablo y lloramos juntamente, 

Ya empezaba su luz 
De la mañana el astro refulgente 
A derramar por los celestes ámbitos. 
De mi infortunio pavoroso augur. 

Arrancando de allí, me parecía 

De mí mismo arrancar, 
En partes dividido, como un día 
Meció sus miembros por cuadrilla indómita 
Sintió a puntos diversos arrastrar. 

Nuevos gritos entonces oig-o ag-udos 

Alzarse en torno a mí, 
Tristes manos herir pechos desnudos, 

Y mi esposa, aferrándome, a sus lágrimas 
Unió la voz de su dolor así: 

«No hay fuerza humana que de ti me aparte, 

«Nada me hará ceder; 
«Juntos iremos a cualquiera parte; 
«Proscrita esposa de un proscrito mísero — 
«Está hecho todo! — me verán doquier. 

«Peso leve seré, fardo allegado 

«Al bajel volador. 
«Partes; César lo manda! yo a tu lado 
«Iré del orbe a los prostreros límites; 
«Lo manda, César para mí, el amor!» 

Tal forcejaba, y cuando al fin rendida 

Cedió, salgo — o más bien 
Aquello fue mi funeral en vida — 
La faz hirsuta descompuesta, escuálido, 
Revuelto el pelo en la nublada sien. 

Dícenme que al rigor de su tormento 
Desmayó la infeliz, 

Y así que del helado pavimento 
Acertó a levantar los miembros débiles 

Y cubierta de polvo la cerviz, 

Tornó a verter el abundoso llanto 

Ante el desierto altar. 
Mi nombre a repetir y a gemir tanto 
Cual si a hija o esposo, ya cadáveres. 
Viese a la pira fúnebre llevar. 

M. A. Caro— Traducciones— 12 



— 178 — 

Y aunque envidiara del sepulcro frío 

El sueño y la quietud, 
Morir no quiso por respeto mío. — 
Oh! viva, dando a mis dolores bálsamo 
La esperanza que cifro en tu virtud! 



LIBRO III 

Elegía II 

Ergo erat in/atis. 

Estaba decretado: yo debía 
Venir a Scitia y a habitar la zona 
Que dominan las Osas, triste y fría. 

Y al que os fue consag-rado en Helicona 
No pudisteis, Piérides, no pudo 
Favorecer el hijo de Latona; 

Ni contra golpe tal, castigo rudo 
De canto alegre, sin razón culpado, 
Fue la inocencia de mi vida escudo. 

Más antes mil peligros he pasado 
Por tierra y mar, y al fin me da acogida 
El Ponto, por los hielos agotado. 

Yo, que nací a llevar holgada vida. 
El cuerpo a las fatigas inexperto, 
El alma de neg'ocios desasida, 

Qué no he sufrido ya? Mares sin puerto 
E incógnitas regiones mi carrera 
Han visto procelosa, — y aun no he muerto! 

Flaqueael cuerpo, mas el alma entera 
Fuerzas le da para trabajos tales 
Que otro asu empuje sucumbido hubiera. 

En tanto que arrostraba temporales, 
El continuo afanar, la varia escena 
Templaban la memoria de mis males; 

Mas, cesando del viaje la faena. 
Cuando al prescrito término ya llego 

Y palpo ya el lugar de mi condena. 

Qué hacer no tengo, y a llorar me entreg'O, 

Y brota el llanto cual de pronto rueda 
Fuente helada deshecha en largo riego. 

Vuelve la mente a Roma, allá se hospeda, 

Y torna a ver la casa deseada 

Y cuanto allá de mí perdido queda. 



— 179 — 

Ay! cuántas veces quise la jornada 
Rendir, y del sepulcro ya cercano 
Toqué a la puerta, y la encontré cerrada! 

Porqué entre aceros evadirme sano 
Pude, y sobre mi frente el firmamento 
Tantas veces tronaba, 3- tronó en vano? 

Oh dioses, cuyo influjo adverso siento, 
Partícipes constantes del enojo 
Del dios que ha decretado mi tormento! 

Oíd mi último ruego, a vos me acojo: 
No más la Muerte me deniegue asilo, 
Y en tierra extraña, mísero despojo. 
Pueda 3'0 al menos descansar tranquilo! 



Haec mea si. 



Elegía III. 

Extrañarás por ventura 
Recibir de mí esta carta 
No trazada por mi mano: 
Yo la dicté, enfermo estaba. 

Enfermo, de mundo ignoto 
En las partes más lejanas, 
Sin saber, en trance tal, 
Qué será de mí mañana. 

¿Qué ánimo, di, quedar puede 
Al que en región tan ingrata 
Postrado se encuentra, en medio 
Délos Getas y los Sármatas? 

Aquí el aire me es nocivo. 
No me acostumbro a estas aguas, 
Todo, en suma, me desplace. 
No sé decir porqué causa. 

Habitación j alimentos 
Propios de un enfermo, faltan; 
Quien con apolíneas artes 
Alivio dé, no se halla. 

No hay quien venga a consolarnos; 
Ni un amigo que con grata 
Plática el peso aligere 
De horas y noches tan largas. 

Desfallezco en los confines 
De las tierras habitadas, 
Y en mi espíritu doliente 
Cuanto perdí se retrata. 



— 180 — 

Buena y cara esposa mía! 
Tu recuerdo a todos gana; 
Sola tienes, más que en parte, 
En mi corazón morada. 

Contig-o hablo estando ausente, 
Sola a ti mi voz te llama; 
Ni de día ni de noche 
De mí tu imagen se aparta. 

Y aun dicen que me han oído 
Entrecortadas palabras. 
Que tu nombre se entendía, 
Que contigo deliraba. 

Cuando ya mi lengua yerta 
Esté al paladar pegada, 
Y a trechos gotas de vino 
Mal refresquen mi garganta. 

Si me dicen que acá vienes. 
Me verán cobrar el habla; 
Sí, vivir, vivir me hiciera 
De tu vista la esperanza. 

Entre la vida y la muerte 
Quedo aquí; tú descuidada 
Allá entre tanto quizá. 
Quizá el tiempo alegre pasas. 

No tal, no es cierto, lo juro! 
Sé, dulce mitad de mi alma, 
Sé bien que, ausente, no cesas 
De sentirte desdichada. 

Que si ésta fuere la última 
De las horas que contadas 
Me dio el destino, si ya 
Voy a rendir la jornada. 

Qué os costaba, grandes dioses! 
Hacerme al menos la gracia 
De que mi cuerpo no fuese 
Sepultado en tierra extraña? 

O para el fin de mi vida 
La orden fatal se aplazara, 
O a mi partida mi muerte 
Se anticipara temprana. 

Entonces esta existencia 
Volveros pude sin tacha; 
Ah! vivir se me concede 
Para morir en desgracia. 



— 181 — 

Sí, para morir tan lejos, 
En desconocidas playas, 
Para que el sitio en que muero 
Horror a la muerte añada! 

No moriré en lecho propio, 
Ni en la funeraria cama 
Expuesto seré, ni habrá 
Dolientes que en torno plañan. 

Ni mi tierna compañera. 
Mientras con llanto me baña, 
Sostendrá breves instantes. 
Una vida que se acaba. 

Ni haré finales encargaos; 
Ni cerrará mano plácida 
Mis ojos sin luz, a tiempo 
Que el eterno adiós se clama. 

Sin exequias, sin honores 
Sepulcrales, no lloradas, 
Ocultará mis reliquias 
En su seno tierra bárbara. 

Sin duda cuando esto entiendas, 
Rompiendo el dolor las vallas, 
Herirás tu casto pecho 
Con mano convulsa, insana, 

Y tenderás a esta parte 
Del horizonte las palmas, 

Y a gritos darás al viento 
Mi nombre, palabra vana. 

Mas no el cabello te meses. 
Ni a tu rostro ofensas hagas; 
No es esta la vez primera 
Que hado injusto nos separa. 

Que perecí, ten por cierto 
Desde que perdí la patria, 

Y esa mi primera muerte 
Más grave fue y más amarga. 

Tú. si puedes, — no podrás! 
Que amor razones rechaza: 
Gózate, iba yo a decirte. 
Viendo finar penas tantas. 

Puedas, sí, contra la suerte 
Que nuevo golpe prepara, 
Demostrar la fortaleza 
Que ya de atrás te acompaña. 



— 182 — 

Y ojalá que con el cuerpo 
Perezca también el ánima, 

Y que de la ávida pira 
Nada de mí quede, nada! 

Pues si el espíritu libre 
Inmortal, a etéreas auras 
Vuela, y del viejo de Samos 
Ciertas son las enseñanzas, 

Entre sarmáticas sombras 
Triste una sombra romana. 
Vagará, entre Manes fieros 
Extranjera y solitaria. 

Mas cuida que en urna breve 
A Roma mis restos vayan, 

Y así, quien murió en destierro 
Proscrito también no yazga. 

Nadie lo impide: recuerda 
Que una princesa tebana 
Al muerto hermano honrar supo 
Burlando regia amenaza. 

Mezcla con hojas suaves 
Los huesos, polvo derrama 
De amomo, y haz que reciban 
Sepultura suburbana. 

Y en caracteres que puedan 
Del pasajero a distancia 

Ser leídos, en el mármol 
De mi túmulo esto graba: 

«Cantor de tiernos amores 
«Aquí en paz Nasón descansa, 
«El poeta cuyo ingenio 
«De su infortunio fue causa. 

«Caminante, si no ignoras 
«Lo que es amar, de pasada 
«A Nasón saluda, y di: 
«Séate la tierra blanda.* 

Y nada más que esas líneas, 
Que para epitafio bastan: 
Monumento mis poemas 
Mayor, más bello me labran; 

Que si al mal contribuyeron 
De su autor, tengo esperanza 
Que al través de ¡as edades 
Lleven doquiera su fama. 



( 



— 183 — 

Mas tú, piadosa, a mi tumba 
Lleva ofrendas funerarias, 
En tu llanto humedecidas 
Lleva a mi tumba guirnaldas, 

Aunque en cenizas mi cuerpo 
Tornado hubieren las llamas. 
Aquel puñado de polvo 
Será sensible a tus lágrimas. 

Aun más quisiera decirte, 
Pero, dictando, desmayan 
Las fuerzas; seca la lengua 
Siento ya; y la voz escasa. 

Recibe este adiós, el último 
Tal vez que mi boca exhala: 
Bien mío, guárdete el cielo. 
Mientras mi vida se apaga. 



Usus amiciticiae. 



Elegía V 

Contigo amistoso trato 
Tuve, tan escaso y débil. 
Que sin notarse la falta 
Ser pudiste indiferente. 

Ni quizá estrechado habrías 
Aquellos lazos tan tenues 
Si con viento bonancible 
Mi barca bogado hubiese. 

Mas llega el día tremendo, 

Y cuando, caído al verme. 
Huyen otros y a la antigua 
Amistad la espalda vuelven, 

De la desolada casa 
Pasar tú el umbral no temes, 

Y un cuerpo que el rayo ha herido 
De Jove, a tocar te atreves, 

Prestando aquellos servicios 
Tu amistad, aunque naciente, 
Que sólo de amigos viejos 
Dos o tres prestaron fieles. 

Yo vi tu añigido rostro 

Y una palidez de muerte 
Noté en él, como si tú 
Aun más que yo padecieses. 



— 184 — 

Llorar a cada palabra 
Te vi, y aun hoy me parece 
Que esa voz suena en mi oído, 
Que mi boca llanto bebe. 

Miro tus brazos abiertos, 
Creo que a mi cuello penden; 
De tu sollozante labio 
Mi faz el ósculo siente. 

Y luego, de mí tan lejos. 
Caro amigo, me defiendes 
(Y caro amigo al llamarte 
Bien diciendo estoy quien eres). 

De tu afecto manifiesto 
Aun otras pruebas te debe 
El que con ellas tu nombre 
Grabado en el pecho tiene. 

Hagan los cielos que abogues 
Por tus protegidos siempre, 
Con esfuerzo tan gallardo. 
Con menos contraria suerte. 

Pues si saber deseares 
(Creíble es que lo desees), 
Qué vida yo en tan remotas 
Regiones perdido, lleve, 

Óyeme: esperanza exigua 
(,Ay! quitármela no intentes) 
Abrigo, exigua esperanza 
De aplacar iras celestes. 

O temeraria sea ella, 
O ya razonable fuere, 
Empéñate tú en probarme 
Que de razón no carece. 

Y toda aquella facundia 
Que el cielo te dio, se emplee 
En demostrar que mis votos 
Algo valen, algo pueden. 

Argumentos no te faltan: 
El más grande es más clemente; 
Un corazón generoso 
Fácilmente se conmueve. 

Magnánimo es el león. 
Satisfecho cuando vence: 
Postrado el contrario en tierra, 
Ya no hay lucha, el furor cede. 



— 185 — 

Pero el lobo, el oso horrendo, 
Y de más innoble especie 
Otros brutos, en la presa 
Expirante se encruelecen. 

Quién en el sitio de Troya 
Más que Aquiles fue valiente? 
Del viejo Príamo, Aquiles 
Con el llanto se conduele. 

Cuánto el macedón caudillo 
Fue piadoso al par que fuerte, 
Díganlo Poro y de Dário 
Los funerales solemnes. 

De humana clemencia ejemplo 
Dejando, contempla a Hércules 
Que, de enemigo de Juno, 
Yerno de Juno a ser viene. 

No es posible, en fin, que alguna 
Esperanza no alimente 
Cuando pienso que mi causa 
Cargo de sangre no envuelve. 

Nunca general desastre 
Buscando asesté demente 
A la cabeza cesárea, 
A quien el mundo obedece. 

Nada dije, ni ofensiva 
Mi lengua ha sido, ni alegre 
Baco a desatarla vino 
En lenguaje irreverente. 

Un delito vi en mal hora, 
Mas con ojos inocentes; 
No haber sido entonces ciego 
Es la culpa que me pierde. 

Ni, porque así escribo, entiendas 
Que en todo excusarme piense; 
Pero error más que malicia. 
Parte en mi desgracia tiene. 

Y así, a lo menos confío 
Que mudando quien lo puede 
El lugar de mi destierro, 
Mitigue mi triste suerte. 

Ojalá que, precursora 
Del sol que anhelo esplendente, 
La estrella de la mañana 
Sus caballos acelere. 



— 186 — 

A PERILA 
Elegía Vil 



Vade Salutatum. 



Así trazada de pronto 
Vuela, tierra y mares cruza, 
Carta mía, y fiel ministra 
Llega, a Perila saluda. 

O a par la hallarás sentada 
De la dulce madre suya, 
O absorta entre favoritos 
Libros que su mente ilustran. 

Mas lo que estuviere haciendo 
Ella, al verte, con presura. 
Deja ya, y qué encargo llevas, 

Y por mí, por mí pregunta. 

Respondérosle que vivo, 
Pero vida de amarguras 
Que en su correr silencioso 
El tiempo solo no endulza; 

Y, aunque nocivas me fueron. 
Vuelvo al trato de las Musas, 

Y al usado metro alterno 
También mis penas se ajustan. 

Y tú en la común tarea 
Por tu parte allá te ocupas? 
Todavía, y no en el patrio 
Estilo, versos modulas? 

Pues junto con la belleza, 
Perila, costumbres puras. 
Raras dotes, claro ingenio. 
Benigna te dio Natura. 

Yo ese ingenio de Helicona 
Guié a las fuentes y grutas, 
No en mal hora se perdiese 
Vena tan rica y fecunda. 

Yo descubrí en tus albores 
Esa inclinación oculta; 
Como padre, como a hija. 
Te di ejemplo y presté a3'uda. 



— 187 — 

Así que, si el fuegfo sacro 
Hoy nutriendo continúas, 
Solo a la lira de Lesbos 
Ceder podrá la que pulsas. 

Mas temo que tus progresos 
Retarde mi desventura, 
Y que tu ing-enio dormite 
Porque nadie lo estimula. 

Ora maestro, juez ora, 
Fui contigo, y veces muchas 
Te leí mis poesías, 
Tú me leíste las tuyas. 

Componías porque atento 
Yo escuchaba tus lecturas; 
Por mí te ruborizabas 
Cuando algo acusaba incuria. 

Quizás viendo el fruto amargo 
Que he recogido, te asustas 
De correr por un sendero 
Que harto peligroso juzgas. 

Pero, no: mientras no pueda 
Afirmar doncella alguna 
Que a amar le enseñan tus versos, 
No hay que temer, vas segura. 

Sacude, pues, la desidia 
Ea, doctísima alumna, 
A las letras y a las artes 
Culto férvido tributa. 

Ya tu mejilla lozana 
Tornarán los años mustia, 
Ya tu despejada frente 
A surcar vendrá la ruga. 

Vejez, que nada perdona 
Profanará tu hermosura: 
Avanza, acércase, llega 
Con marcha cierta aunque rauda. 

Y te afligirás si alguno 
«Esta fue hermosa» murmura 
Y de infiel quizá a tu espejo 
Culparás, si le consultas. 



— 188 — 

Tú, digna de otros mayores, 
Bienes medianos disfrutas, 
Pero supon qué tesoros 
No soñados acumulas. 

Qué más da? Favores brinda 
Y a su arbitrio la fortuna 
Los retira: al que fue Creso 
En Iro de pronto muda. 

En fin, nada poseemos 
Que no se pierda o destruya, 
Si el talento, si los bienes 
Del espíritu exceptúas. 

Yo Patria, familia, amigos, 
Náufrago en roca desnuda, 
He perdido, cuanto puede 
Arrebatar suerte injusta. 

Quédame mi propio ingenio, 
El rae consuela y me escuda; 
Hasta allá el poder no alcanza 
Que al universo subyuga. 

También quitarme la vida 
Podrá una acerada punta, 
Pero glorioso mi nombre 
Se alzará sobre mi tumba; 

Y doquier seré leído 
En las edades futuras. 
En cuantos pueblos otea 
La ciudad de Marte augusta. 

Tú, en condición más propicia 
Tu labor sublime anuda. 
También del hado y la muerte 
En alas del genio triunfa. 



LIBR o IV 

Elegía IX. 



Si licet et p aterís. 



Tu nombre y tu conducta, fementido, 
Si esto fuere posible y tú consientes, 
E ntregaré a las aguas del olvido. 

Puedes aún, los ojos hechos fuentes. 
Impetrar con tus lágrimas perdones. 
Si muestras que de veras te arrepientes, 



— 189 — 

Si, cuanto debes, detestando acciones 
De Tisífone propias, vida nueva 
A emprender, aunque tarde, te dispones. 

Mas si en raí, tu odio pertinaz se ceba, 
Verás contra tus ímpetus insanos 
Cuál mi dolor armado se subleva; 

Verás en estos términos lejanos 
Donde moro expatriado, erguirse altiva 

Y a ti mi indig-nación llev^ar las manos, 

César de mis derechos no me priva, 
Ni me condena (recordarlo debo) 
Sino a que lejos de mi patria viva; 

Y aun habrá de volvérmela ! Me atrevo, 
Si él no falta, a esperarlo: fulminada 
Puede la encina enverdecer de nuevo. 

Si a mi justa venganza meditada 
Otros recursos faltan y auxiliares, 
Me darán las Piérides su espada. 

Aunque huésped de Scitia, las polares 
Constelaciones, convecinas miro, 
Nunca inclinadas a besar los mares, 

Desde este apartadísimo retiro 
Mis quejas lanzaré como pregones 
Que hagan, redando, de la tierra el giro. 

Contra ti volarán imprecaciones 
Mas allá de la mar y el continente. 
Sobre la vasta faz de las naciones, 

El eco volverá de ocaso a oriente, 

Y en todas las edades a porfía 
Maldecido serás de gente en gente. 

Listo estoy : no he mostrado todavía 
La fuerza de los cuernos; el momento 
No ha llegado, y que llegue no querría. 

Aun no ofrece espectáculo sangriento 
El circo, mas el toro apercibido 
Escarba ya, y arena esparce al viento. 

Más dije de lo que es por hoy debido; 
Toca, Musa, señal de retirada. 
Quiéralo y su memoria, arrepentido. 
Quede en alto silencio sepultada. 



— 190 — 

Elegía X. 

Ule ego qui fuerim. 

La vida del cantor de los Amores, 
Cuyas obras sin él, tendrás delante, 
No será bien, Posteridad, que ignores. 

En sitio que de Roma está distante 
Noventa millas, en Sulmona, tierra 
De frescos manantiales abundante. 

Nací aquel año, — el cómputo no yerra — 
En que a un tiempo, en defensa de un partido, 
Murió uno 3^ otro cónsul en la guerra. 

Y fui (si esto algo vale) bien nacido: 
Rango, no por merced, de caballero 
Tuve, mas de abolengo recibido, 

Pero no primogénito heredero 
Hube de ser: venido al mundo había 
Un hermano mayor, que fue el primero. 

Nací al año cabal: en ese día 
Mi casa con ofrendas duplicadas 
Ambos natales celebrar solía. 

De las cinco a Minerva consagradas 
Es la fiesta en que esgrimen campeones. 
Honrando a la Guerrera, las espadas. 

Mi padre nuestros tiernos corazones 
Formó, y de hombres insignes por su ciencia 
Fuimos en Roma a recibir lecciones. 

Dedicóse mi hermano a la elocuencia. 
Pues del brüoso contender del Foro 
Gustó desde su verde adolescencia. 

Mas yo aspiraba a celestial tesoro; 

Y a sus misterios ya secretamente 
Me convidaba el apolíneo coro. 

Muchas veces mi padre, «No imprudente 
Sigas, > me dijo «ocupación tan vana; 
Homero mismo no murió indigente?» 

Dócil oyendo su advertencia sana 
Renegué de la amena poesía, 

Y procuré escribir en prosa llana. 



— 191 — 

Mas las voces al ritmo y la armonía 
Venían por sí mismas, mal mi grado, 

Y cuanto iba a escribir verso salía. 

El tiempo en tanto en su correr callado 
Llegó, para nosotros imprevisto, 
De tomar el viril ropaje holgado. 

Vístese ya mi hermano y yo me visto 
La ancha franja purpúrea: persevera 
El en su estudio, en mi afición yo insisto. 

En la edad de veinte años lisonjera 
La muerte le llevó a la tumba oscura 

Y una parte de mí robóme fiera. 

Triunviro, candidato a la cuestura, 
Hube de optar, y preferí en honesto 
Ocio llevar la ecuestre vestidura. 

A mis débiles fuerzas el molesto 
Trabajo no cuadraba; érame odioso 
El fasto vano, el eminente puesto. 

A la paz me invitaban y al reposo 
Las sacras Ninfas de morada umbría. 
Objeto a mis anhelos deleitoso. 

Una especie de culto yo rendía 
A los vates entonces florecientes; 
Dioses en ellos descubrir creía. 

Sus Aves Macro anciano, y sus Serpientes 
Y I'erdas recitóme, ya en venenos. 
Ya en ocultos antídotos potentes. 

Claro en lo heroico, Póntico. no menos 
Que en los yámbicos Basso, compañía 
Brindábanme a la par de envidia ajenos. 

A Propercio, ferviente en la elegía, 
A menudo escuché, y a unirnos vino 
Lazo estrecho de firme simpatía. 

Extasiábame el canto peregrino 
De Horacio, que arrancó por arte rara 
Sones no usados al laúd latino. 

A Virgilio vi apenas: suerte avara 
No dio tiempo a que fuese compañero 
De Tibulo y su trato disfrutara. 



— 192 — 

Este a Propercio precedió: primero 
A entrambos Galo precedido había, 
Yo en la serie del tiempo fui postrero. 

Como a otros yo más mozo honrar solía, 
De los que en pos vinieron fui atendido, 

Y acreditóse en breve mi Talía. 

No había por tercera vez raído 
Mi barba, y cortejado por la fama. 
Ya con aplauso en público, era oído. 

Con falso nombre celebré a una dama, 
Corina la llamé: tal nombre luego 
Vuela, y doquiera la atención reclama. 

Muchos versos compuse, mas no cieg-o 
Amor les tuve: de lo mal forjado 
Encomendé la corrección al fuego. 

Cuando salí de Roma, despechado, 
Quemé otras poesías, que ahora pienso 
Hubieran, si viviesen, agradado. 

Natura un corazón me dio indefenso 
Contra los tiros de Cupido aleve, 

Y a toda fácil impresión propenso. 

Mas, siendo 3^0 de amor juguete leve, 
No caí en aventura vergonzosa 
Que fuera pasto a la maligna plebe. 

Casi niño me dieron una esposa 
Con quien viví muy poco, pues no era 
Digna de mis afectos ni hacendosa. 

Buena fue mi segunda compañera; 
Esta también por breve temporada 
Mi lecho compartió cual la primera. 

La que vino a aliviar mi edad cansada 
Fiel comparte, con noble gallardía. 
Del proscrito la suerte desgraciada. 

Casada en tiernos años la hija mía. 
Fecunda veces dos, no de un marido, 
Hízome abuelo en venturoso día. 

Nueve lustros habiendo ya cumplido 
Mi padre, y nueve más, de su carrera 
Al término llegar le vi rendido. 



— 193 — 

Lloré, como él por mí llorado hubiera; 
Mi madre a poco en duelo conducida 
Fue a acompañarle en la mansión postrera. 

Felices uno y otra en su partida 
Y en sazón sepultados oportuna. 
Antes que viesen mi hórrida caída! 

Y feliz yo, pues mi cruel fortuna 
No el sueño va a turbar que los recibe, 
Ni antes de mí tuvieron queja alguna! 

Si más que un nombre del morir se inhibe, 
Si la pira en cadáveres se ceba, 
Mas huye de ella el alma y sobrevive; 

Si hasta allá, augustas sombras, triste nueva 
Ir puede, y ante jueces infernales 
Contra mí alguna acusación se lleva. 

Sabed que nunca fueron criminales 
Mis actos, — ni pudiera yo engañaros; 
Que fue un error la causa de mis males. — 

Esta ofrenda, excusad, lectores caros, 
A los Manes debida. El hilo anudo; 
Voy del fin de mi historia cuenta a daros. 

Cuanto en risueña edad placerme pudo 
Huyó, y mis sienes ya con mano fría 
Comenzaba a argentar el tiempo mudo. 

Y a contar des que vi la luz del día, 
Diez veces ya de Pisa en las carreras 
La oliva el vencedor ceñido había. 

Cuando ofendido príncipe a extranjeras 
Playas lanzóme: obedecí el decreto, 
Marché a Tomos, del Ponto en las riberas. 

Del caso la verdad no fue un secreto 
Para nadie; tú. Musa, no reveles 
Lo que callar debemos por respeto. 

De amigos y domésticos infieles 
No hablemos: penas memorar rehuso 
No menos que esta proscripción crueles. 

Al principio mi espíritu confuso. 
Sus fuerzas luego recogió, y valiente 
A arrostrar el destino se dispuso. 

M. A. Caro — Traducciones— 13 



— 194 — 

No togado cual antes, no indolente, 
Embracé armas insólitas, aquellas 
Que el caso demandó, duro y urgente. 

Por tierra y mar de mi infortunio huellas 
Dejé, cuantas el cielo conocido. 
Cuantas el polo oculto guarda estrellas. 

Tras largo rodear al fin resido 
En población de Sármatas: horrendo 
Amaga el Geta con carcaj temido. 

En medio siempre de marcial estruendo 
Paso día tras día, año tras ano, 

Y consuélome versos escribiendo. 

Nadie hay a quien leerlos, porque extraño 
Es el lenguaje, sin embargo escribo, 

Y así aduermo el dolor y el tiempo engaño. 

Sí, aunque tanto padezco, pienso y vivo, 

Y aquel tedio mortal no me domina 
Que a extremos lleva al mísero inactivo. 

Eso lo debo a ti, Musa divina: 
Tú eres única fuente de consuelo, 
Tú en mis males descanso y medicina; 

Y guía a un tiempo y compañera, al hielo 
Tú me robas del Istro, y de Helicona 

Me llevas a la cima en blando vuelo, 

Y el renombre me das y la corona 
Con que esquiva la fama solamente 
A los que ya finaron galardona. 

Pronta a ensañarse en lo que ve presente. 
En obra mía hasta hoy la Envidia inmunda 
Clavar no ha osado el ponzoñoso diente. 

Nuestra edad en poetas fue fecunda, 
Mas el honor que logran merecido 
En daño de mi ingenio no redunda. 

Aunque con muchos mi valer no mido, 
No inferior se me juzga, y a doquiera 
Penetro, en copias múltiples leído. 

Si presumirse debe verdadera 
La previsión de un vate, 3-0 predigo 
Que no he de morir todo, cuando muera. 



— 195 — 

Si es debida al favor, lector amigo, 
Mi fama, o por mis cantos ia merezco, 
No lo sé yo; mas tu piedad bendigo 
Y mi perenne gratitud te ofrezco. 



LIBRO V 

Elegía I. 

Hunc quoqut dt Getico . . . 

Haz que a los otros cuatro, lector mío, 
Este libro de versos se reúna 
Que de las playas géticas envío. 

También éste será de mi fortuna 
Muestra adecuada; así que en verso tanto 
Alegre nota no hallarás ninguna; 

Porque es razón que en lo que escribo el llanto 
Deje sentir que de mis ojos mana. 
Correspondiendo a la materia el canto. 

Allá en mi juvenil edad lozana 
Canté los gustos a que amor convida; 
Harto me duele esa labor insana. 

Conservo de mi súbita caída 
Perpetua la impresión, perpetuamente 
Tema a mi canto da mi propia herida. 

Como en desierta orilla, cuando siente 
Su fin cercano el cisne, entre mortales 
Ansias dicen que canta en son doliente, 

A costas arrojado inhospitales 
Do nadie ha de ofrendarme honores píos. 
Solemnizo mis propios funerales. 

Quien guste de amorosos desvarios 
Y lascivo cantar, lo que desea 
No espere hallar en esos libros míos. 

Más bien de Galo aficionado sea, 
Escuche de Propercio el blando acento. 
De Tibulo gentil las obras lea. 

Ay me ! que en ese número me cuento. 
Nunca fuera con ellos yo nombrado 
Pcu- los métricos juegos que hoy lamento! 



— 1% — 

Dura fue la expiación de mi pasado: 
El que cantaba al flechador Cupido 
Mora entre escitas, cabe el Istro helado, 

Y otros cantos ensaya arrepentido, 
Destinados a pública lectura; 
Salven ellos su nombre del olvido. 

<Porqué> diráme alguno por ventura, 
Sólo empleas tu pluma en lamentarte? 
Contemplad mi desgracia y cuál perdura! 

No por obra de ingenio ni del arte 
Compongo yo: la inspiración procede 
De mi propia desdicha. Mas qué parte 

A tantos infortunios se concede 
En lo que escribo? Mínima, a fe mía; 
Feliz quien numerar sus males puede! 

Cuantas ramas la selva lleva umbría, 
Cuantas el rojo Tibre arrastra arenas, 
Cuantas de Marte el campo yerbas cría, 

Así el número ha sido de mis penas 
Sin otra medicina, otro consuelo, 
Que el divino favor de las Camenas. 

«Cuándo, Nason, a cánticos de duelo 
Término has de poner?» dirásme ahora; — 
Cuando lo ponga a mi desgracia el cielo. 

Ella es de poesía gemidora 
Perpetuo manantial, voz lastimera 
Que por mi labio, en mis palabras, llora. 

A mi patria, a mi dulce compañera 
Restituidme, serenad mi frente, 
Vuelva otra vez yo a ser lo que antes era, 

Quiera el invicto César ser clemente 
Conmigo; y cómo en himnos de alegría 
Verás trocarse mi dolor clemente! 

Mas no cantaré ya lo que solía. 
Pues de su grave postración quién, loco, 
La infausta causa renovar querría? 

Mis cantos placerán a aquél que invoco 
Luego que de éstas hórridas guaridas 
Permita al menos que me aleje un poco. 



— 197 — 

Otra cosa entretanto no me pidas 
Que las notas de flauta plañidera 
A ceremonias fúnebres debidas. 

Oigo que arguyes: «¿y mejor no fuera 
Arrostrar con valor la suerte mala 
Haciéndola en silencio llevadera?» 

Qué exiges? a mi pena cuál se ¡guala? 
Maltrecho a golpes o en tortura impía 
Quién, díme, gritos de dolor no exhala? 

Fálaris mismo al mísero que había 
En la broncínea máquina metido 
Quejarse con mugidos no impedía. 

No llevó a mal Aquiles el gemido 
De Príamo; ¿y en mí, cruel, te enoja 
Lo que fue de enemigos consentido? 

De sus hijas a Níobe despoja 
Apolo, mas no llega a tal exceso 
Que el llanto culpe que su rostro moja. 

Algo se alivia, suspirando, el peso 
De inevitable mal. Progne demente 

Y Alcíone a gemir se dan por eso; 

Y en frío antro, mordido de serpiente, 
Los peñascos de Lemnos fatigaba 
El hijo de Pean con grito hiriente. 

La pena, comprimida, ahoga: eslava 
Que se resuelve por abrirse brecha, 

Y hierve adentro, cada vez más brava. 

Sé indulgente, lector; o bien deshecha 
Todas, sin distinción, las obras mías. 
Si te es nocivo lo que a mí aprovecha. 

No lo será, temerlo no podrías; 
Sólo a su autor en hora desgraciada 
Daño hubieron de hacer mis poesías. 

Que escribo mal, confiésolo; mas nada 
Te fuerza eso a leer, o a que, leyendo, 
No sueltes luego el libro si te enfada. 

Compongo sin estudio y nunca enmiendo; 
Que lo que en tierra bárbara fue escrito 
No os suene allá tan bárbaro pretendo. 



— 198 — 

Con poetas romanos no compito: 
Ser juzgado cualSármata reclama 
El que vive entre Sármatas proscrito. 

No animarán estímulos de fama 
A enfermo ingenio; en vano de serenas 
Cimas la Gloria, al que desciende, llama. 

Procuro solo adormecer mis penas, 
Que aflojan por momentos, y con brío 
A embestir vuelven, de piedad ajenas. 

Porqué escribo sabéis; porqué os envío 
Mis versos preguntáis, amigos caros? ^ 
Estar presente, en Roma siempre ansio 
Quiero allá de algún modo acompañaros. 



Elegía XII. 

Scribis ut obleciem. 

Eso. amigo, me escribes? que mi suerte 
Con el estudio alivie? que mi vena 
No extinguir deje en desaliento inerte ? 

Eso aconsejas? Es labor amena 
La poesía, pide su cultivo 
Paz en el alma y libertad serena; 

Y a mí el hado se muestra tan esquivo, 
Al náufrago privando de esperanza. 
Que caso más acerbo no concibo. 

Quieres que de sus hijos la matanza 
Príamo aplauda, que a su mal consuelo 
Níobe busque en bulliciosa danza. 

El que a vivir se obliga en agrio suelo, 
Peregrino entre incultas gentes, díme. 
De gala debe estar o estar de duelo? 

Si a arrostrar la ruina que me oprime 
Traer acá de Sócrates la entera 
Virtud lograses y el saber sublime, 

A esta gran pesadumbre se rindiera; 
Que a humana fortaleza y bizarría 
El furor de los Númenes supera: 



— 199 — 

El sabio antiguo a quien Apolo un día 
Título dio de soberana gloria, 
En este caso enmudecido habría. 

Tú de patria y amigos la memoria 
Aleja de mi espíritu doliente, 
Borra, si puedes, mi funesta historia: 

Aun así, en esta alarma permanente, 
O en medio del estrépito de Marte, 
Cómo a estudio apacible dar la mente ? 

Fuera de que el artífice gran parte 
De su destreza pierde, y le abandona 
Al fin, por él abandonado el arte. 

No ya dones de Ceres o Pomona 
Copiosos vuelve, más abrojos cría 
Campo a quien riego falta y nadie abona 

El corcel que a los vientos desafía. 
Se enerva, si en recinto angosto pace, 
Y, vuelto al circo, el último sería. 

Hiéndese carcomida y se deshace 
La barca que por luengo espacio afuera 
Del usado elemento, inútil yace. 

Así mi ingenio, en su modesta esfera, 
(Pues nunca a coronar llegó la altura) 
Ni a eso poco que fue tornar espera. 

Bajo el peso de enorme desventura 
Tiempo ha que yace en la inacción dormido, 

Y el que fue luz escasa es sombra oscura. 

Cierto que a veces las tablillas pido, 

Y revivir intento, y a la Musa 
Métricas formas a ordenar convido. 

Mas ella entonces su favor rehusa, 
O algo escribo, cual esto, que a quien lea, 
Mi lastimosa decadencia acusa. 

El que adornarse de laurel desea. 
Fuerza recibe del fecundo anhelo 
De gloria, que su mente señorea. 

Yo también iba en pos de aquel señuelo, 

Y las velas alegre descogía 

Con soplo favorable, en largo vuelo. 



— 200 — 

Nada me importa ya la nombradía; 
Feliz yo si, de todos ignorada, 
Corrido hubiese la existencia mía! 

¿O arguyes que en la farna ya alcanzada 
Mirar debo legítimo tesoro, 
Y quieres que a acrecerlo rae persuada ? 

Oh sacras Ninfas del castalio coro ! 
Perdonad, mas vuestro hálito propicio 
Causa dio no pequeña al mal que lloro. 

Cual del toro de bronce, atroz suplicio, 
Fue el inventor la víctima primera, 
De mi arte así yo pruebo el maleficio. 

Que a mí con versos, pues? Más bien debiera 
Huir del mar que lleva roto el leño 

Y desnudo me arroja a la ribera. 

Y en aquesta región si en loco sueño 
A la fatal labor volver medito, 
Qué habrá que pueda estimular mi empeño? 

Ni un libro aquí, ni nadie — si recito 
Poesías — que oído fácil preste 
A la voz misteriosa del proscrito. 

Mundo de razas bárbaras es este; 
Solo óyese doquier del Geta horrendo 
El habla ruda, el alarido agreste. 

Yo el gético y sarmático ya entiendo, 

Y hablando en lengua extraña, cada día 
Voy la latina elocución perdiendo. 

Mas a decir verdad, la Musa mía, 
Irresistible tentadora, al juego 
Poético otra vez mi mente guía. 

Escribo, y lo que escribo doy al fuego, 

Y las reliquias últimas del canto 
Ceniza desdichada al aire entrego. 

No hacer versos quisiera, mas el llanto 

Y el verso fluye al par, y al fuego arrojo 
No sé si lo que lloro o lo que canto. 



— 201 - 

Allá va de mi ingenio algún despojo, 
Por aventura o por piadoso engaño 
Salvado de la llama o de mi enojo. 

Ojalá que los versos que mi daño 
Causaron imprevisto, a la manera 
Que arden hoy los que inspira el desengaño, 
Hubiesen fenecido en viva hoguera ! 



EL CAMPO REMEDIO DEL AMOR 

REM. AM. V. 169 59 

Rura quoque oblectant. 

El campo deleitoso y su cultivo 
Brinda también a quien de amor padece, 
Remedio cierto o blando lenitivo. 

Ya el cuello el fuerte toro al yugo ofrece 
Porque, a tu impulso, el diente del arado 
La tierra dura a remover empiece. 

Ya el haza removiste: de buen grado 
Ora al revuelto sulco el grano entrega 
Que luego cogerás multiplicado. 

Mira el huerto feraz, la rica vega; 
Contempla cómo la cargada rama 
Al peso de sus frutos se doblega. 

Ya a los riscos la cabra se encarama, 
Ya da a la prole hambrienta la ubre llena, 
Muerde la oveja la menuda grama. 

Oye con qué rumor tan blando suena 
Desatado el raudal; con qué sentido 
Tono el pastor su caramillo estrena. 

Acá su recental con gran bramido 
La madre llama; al ímpetu del viento 
Allá el bosque susurra conmovido. 

Y qué, cuando con sordo movimiento 
Enjambre zumbador del humo insano 
Huye, buscando favorable asiento! 

Pomas otoño, espigas da el verano, 
Flores la primavera; alegre fuego 
El rigor templa del invierno cano. 

En precisa estación coge el labriego 
Las uvas que purpúreas ven los ojos, 
Y el mosto en el lagar desata luego. 



— 203 — 

En precisa estación ata en manojos 
La mies, y barre con rastrillo abierto 
De cegada campiña los despojos. 

Poner podrás tú mismo en fresco huerto 
El pino, y el raudal que se derrama 
Unido encaminar por cauce cierto, 

O en sazón maridar rama con rama 
Por ver el árbol que con otro enlaces 
Ornado con los frutos que desama. 

Cuando en estas labores te solaces, 
Huyendo amor del pecho en que hizo nido, 
Débil las alas batirá fugaces 
Y le verás en aire convertido. 



HGRHCID 



HORACIO 

CARM I — 2 

Jam satis ierris. 

Asaz de nieve ya y granizo crudo 
Envió el Padre; asaz con roja diestra, 
Batió alcázares sacros, aterrando 

A la ciudad y al mundo, 

Haciéndoles temer tornase el siglo 
De Pirra, que prodigios vio espantables 
Cuando toda su grey llevó Proteo 

A montes empinados. 

Y peces mil pegáronse a los olmos, 
Conocida mansión de las palomas, 
Y sobre alto y tendido mar nadaron 
Las tímidas gacelas. 

Vimos al Tibre de la etrusca orilla 
Turbio volver las rechazadas ondas, 
Vímosle a regios atrios, y de Vesta 

Amenazando el templo. 

Mientras sensible de Ilia a los gemidos. 
Sin permiso de Júpiter, venganzas 
Anuncia, y la siniestra margen cubre, 
Amartelado río. 

Que a civil guerra se aguzaron armas 
Que al Persa osado castigar debieran, 
Oirá contar por culpa de sus padres 
Generación mermada. 

Cuál dios, tambaleando ya el imperio. 
El pueblo ha de invocar? Con qué plegarias 
Podrán sagradas vírgenes a Vesta 

Mover, ya sorda al canto? 

A quién el cargo de expiar el crimen 
Jove ha de cometer? A nuestro ruego. 
Velado en nube los radiantes hombros. 
Vén ya, adivino Apolo! 

O, si prefieres, tú, leda Ericina, 
De quien Risa y Amor en torno vuelan; 
O, si autor tú de Ruestra raza, tornes 
A mirar a tus nietos. 



•- 208 — 

Cansado ya de diversión tan larga, 
Tú, a quien place el clamor, los limpios yelmos 
La torva faz que, en tierra, vuelve el Mauro 
Al agresor cruento; 

O tú, que trasformándote aquí abajo, 
Tomas aspecto de mancebo, alado 
Hijo de Maya, y el renombre admites 
De vengador de César: 

Oh! tarde vuelve al cielo y largo tiempo 
Preside en tanto al pueblo de Quirino; 
Que no, con nuestros vicios mal hallado, 
Te robe aura imprevista. 

Plázcante aquí más bien grandes triunfos, 

Y que Padre y que Príncipe te aclamen, 

Y que, mandando tú, no más el Medo 

Corra los campos, César! 



CARM I — 3 

Sic te Diva . 



Así de Chipre, oh nave! 
La poderosa diva, 
De Helena así los fúlgidos 
Gemelos te dirijan; 

Y el padre de los vientos 
En cárcel los reprima 

Y deje al Cauro solo 
Su ala tender propicia, 

Que mires bien, te ruego, 
La deuda a que te obligas, — 

Y oh! salva, sálvame esa 
Mitad del alma mía. 

De roble y triple bronce 
Entrañas guarnecidas 
Tuvo el que hendió primero 
Mar bravo en frágil quilla. 

Ni de arredrarle hubieron 
Las ominosas Híadas, 
Ni el Áfrico impetuoso 
Que al Bóreas desafía; 



— 200 — 

Ni el Noto, que en el Adria 
Más que todos domina, 

Y a su antojo las olas 
O encrespa o apacigua. 

Qué aspecto de la muerte 
Amedrentar podría 
Al que nadantes monstruos 
Con sosegada vista 

Miró en torno, y alzado 
En espumantes cimas 
El piélago, y de Epiro 
Las rocas maldecidas? 

Quiso Dios que las tierras 
El abismo divida; 
Mas ya el vedado linde 
Naves saltan impías. 

El humano linaje 
Creciendo en osadía, 
Atropello por todo 

Y al mal se precipita. 

El hijo de Japeto 
Audaz al suelo un día 
Trajo el fuego, robado 
A la mansión divina. 

Sobre la tierra al punto 
Palidez enfermiza 

Y de ignorados males 
Cayó plaga sombría. 

La muerte, si forzosa. 
Alejada y remisa. 
Rápido desde entonces 
Acá el paso encamina. 

Alas del hombre ajenas 
Toma Dédalo, y libra 
Su cuerpo al viento vago 
Por la región vacía. 

Hiende el hercúleo esfuerzo 
Del Aquerón la sima; 
Ya nada es arduo, nada 
Al mortal intimida. 

M. A. Caro— Traducciones— 14 



- 210 — 

Contra los cielos mismos 
Nuestra insania conspira, 
Y encendemos los rayos 
Que Jove airado vibra. 



CARM I — 4 

Solviiut acris hymes, , . , 

Cede el Invierno al soplo de Primavera y Céfiro, 

Y máquinas arrastran el barco enjuto al mar; 

Ni en su establo el rebaño, ni en su hogar g-oza el rústico 

Ni el prado, con escarchas encanecido está. 
Coros ordena Venus cuando la Luna espléndida 

Asoma, y mientras Ninfas y Gracias a compás 
El suelo airosas baten, Vulcano de los Cíclopes 

Las estupendas fraguas no cesa de avivar. 
Tiempo es de ornar con verde mirto la frente nítida, 

O con flores que el campo del seno abierto da; 
Tiempo es de que inmolemos a Fauno en bosque umbrífero 

Corderino o cabrito, lo que te plazca más. 
La Muerte macilenta a la choza del mísero 

Y al palacio del príncipe golpea con pie igual, 
Oh afortunado Sextio! breve la vida oblíganos 

A reprimir los vuelos de la ambición audaz. 
Ya la lóbrega Noche, ya los Manes fatídicos, 

Mansión desmantelada te espera el Orco ya; 
Y allá tú no a echar suertes para elegir el arbitro 

Del vino en los banquetes, no allá descenderás 
A ver al tierno Lícida, por quien todos los jóvenes 

Hoy arden, por quien luego las mozas arderán. 



CARM I — 5 

Quis muUa gracilis. 

Quién es el perfumado 
Galán que en gruta hermosa, 
Entre odorante rosa. 
Te asedia. Pirra, quién; — 

Al que así con tocado 
Sencillo fresca agradas. 
Las hebras de oro atadas. 
Adorno de tu sien? 

El, que suave ahora 
Y suya toda entera 
Te ve, y crédulo espera 
Tenerte siempre así; 



— 211 — 

El, que inocente ignora 
Cuánto es el aura incierta, 
Qué asombro, cuando advierta 
Total mudanza en ti ! 

Llorará de tu vana 
Promesa el triste engaño, 

Y vueltos en su daño 
Los dioses del amor; 

Y de repente cana 
Verá la azul llanura, 

Y que tormenta oscura 
La rompe con furor. 

Mísero, al que embebece 
Celando abismo ignoto, 
Tu faz!— Yo fiel al voto. 
Colgué junto al altar 

Un cuadro en que aparece 
Náufrago redimido 
Que el húmedo vestido 
Consagra al dios del mar. 



CARM I — 6 

Scriberis Vario. 

Celebre tus arrojos y victorias 
Vario, en meonio canto de alto vuelo, 
Diga cuanto alcanzar bajo tu mando 

Feroz guerrero pudo. 
Ya en naves, ya a caballo guerreando. 

Yo eso. Agripa, cantar? yo el inflexible 
Furor de Aquiles, o de Ulises doble 
Largas navegaciones? yo la casa 

De Pélope sangrienta?. , 
¡Materia grande para voz escasa! 

Mi corto ingenio, tímida la Musa 
Que sólo muelle lira tañer sabe. 
No de César y Agripa vencedores 

Irán, nó, los laureles 
A deslustrar con pálidos loores. 

Quien a Marte, que limpio acero viste, 
O envuelto a Merión en negro polvo, 



— 212 — 

Cantará dignamente, o levantado 

El hijo de Tideo 
Por Palas de los Niímenes al lado? 

Festines yo, combates de doncellas 
Yo sé cantar, que con cortadas uñas 
Mal se defienden de ardoroso amante, 

O a ninguna me incline, 
O a ésta, a aquélla talvez, siempre inconstante. 



CARM I — 7 

Laudabunt alii. 

Otros la espléndida Rodas, 
A Efeso o a Mitilene, 
O los muros de Corinto 
Que entre dos mares se yergfue, 

O a Tebas loen, o a Delfos, — 
Lugar por Apolo aqueste. 
Aquél por Baco afamado — 
O ya la Tesalia Tempe, 

De la virgen Palas unos 
Cantando el alcázar siempre. 
Siempre hojas frescas de olivo 
Buscan para orlar la frente ; 

Mientras en honor de Juno, 
De Argos los nobles corceles, 
Las riquezas de Micenas 
Otros ensalzar prefieren. 

No así, empero, la comarca 
Del Espartano paciente. 
Ni así cautivarme pudo 
De Larisa el campo fértil. 

Cual la Albumea rumorosa. 
Tumbos del Anio, bosquetes 
De Tiburno, huertos que aguas 
Bullidoras humedecen. 

Como encapotado cielo 
Sereno el Noto a las veces 
Despeja, y barriendo nubes, 
Lluvias no engendra perennes, 



— 213 — 

La tristeza y los trabajos 
De la vida tú, prudente, 
Con vino, oh Planeo, suave 
Mitigar podrás si quieres. 

Ora en sitios donde insignias 
Militares resplandecen 
Acampes, o en seno umbroso 
Tíbur haya de acogerte. 

Como ya de Salamina 
Teucro y de su padre huyese. 
Rociadas por Liéo, 
De álamo orladas las sienes, 

A consternados amigos 
Dicen que habló de esta suerte: 
<En brazos de la fortuna, 
A doquier que ella nos lleve, 

«Más que un padre amiga, iremos 
Allá, compañeros fieles; 
Trances más graves conmigo 
Pasasteis con pecho fuerte, 

«No temáis, que Teucro os guía, 
Y Teucro os anuncia bienes; 
Nueva Salamina Apolo 
Allá lejos le promete. 

«Bebed ahora, y que el vino 
Tristezas del alma aleje, 
Volver debemos mañana 
A hender el piélago ingente. > 



CARM I — 8 

Lydia, dic, per omnes. 

Porqué tú a Síbaris, dime, 
Lydia, por los dioses todos! 
Porqué en echarle te empeñas 
A perder, de amores loco? 

El, que avezado gozaba 
En sufrir el sol y el polvo, 
Porqué el despejado campo 
De Marte mira con odio; 



— 214 — 

Ni ya bizarro cabalgfa 
Con sus compañeros mozos. 
Ni con áspero bocado 
Rige galicano potro? 

Porqué a llegar no se atreve 
Orillas del Tibre rojo, 
Y más que sangre de víbora 
Teme de atletas el olio; 

Ni ya por el uso de armas 
Cárdenos muestra los hombros, 
Ni disco arroja o venablo 
Que la raya pase airoso? 

Porqué anda oculto, cual dicen 
Que fue, por materno dolo, 
Guardado Aquiles. de Troya 
El lúgubre fin ya próximo. 

Para que no le arrastrase 
Traje de varones propio, 
Sobre las frigias catervas 
A terrífico destrozo? 



CARM I'- 9 



Vides ut alia. 



De nieve coronado 
Ves cómo allá Soracte resplandece, 

Y el bosque trabajado 
Cómo al peso rendirse ya parece, 
Y el hielo las corrientes entorpece? 

Contra el frío inclemente 
Leños enjutos sobre el fuego hacina 

Y, a fuer de complaciente 
Rey de festines, ánfora sabina 
Que vino de cuatro hojas guarde, inclina 

Lo demás encomienda 
A los dioses; que si ellos con su mano 

De vientos liza horrenda 
Han calmado en el férvido Océano, 
No se mueve el ciprés ni el fresno anciano 

Viviendo con el día, 
Haz cuenta, si a otro alcanzas, que la Suerte 
Gracioso don te envía; 



— 215 — 

Mientras tarda en llegar canez inerte. 
Tú en amores y danzas te divierte. 

En el campo de Marte 
Muéstrate, sitios públicos visita, 

Y con la noche, a ho]g:arte, 
En la hora sosegada de la cita, 

Vé a do sabroso susurrar te invita; 

Y a mozuela garrida 
Sorprende en un rincón, si la delata 

Risa de allí nacida, 
Y al brazo o a los dedos prenda grata 
Que a defender no acierten, le arrebata. 



CARM I- 10 

Mercuri, facunde . 

A ti, Mercurio, cantaré, de Atlante 
Nieto elocuente, que a los hombres rudos 
Con habla dulce y generosos juegos 
Hábil puliste: 

De Jove nuncio 3' de los altos dioses. 
Que inventor fuiste de la corva lira. 
Y ágil también, por divertirte, ocultas 
Cuanto te place. 

Como feroz te conminase Apolo 
Por las vaquillas que le hurtaste niño, 
Rióse al fin, cuando se vio de pronto 
Falto de aljaba. 

Con dones pudo, de Ilion saliendo 
Príamo hogueras de enemigo campo 
Salvar, burlando a los Atridas fieros; 
Tu le guiabas. 

Las almas pías a mansión dichosa 
Llevas, y riges con tu vara de oro 
La grey de Sombras, al Olimpo grato, 
Grato al Averno. 



CARM I — 11 

Tu ne quaesieris, 

Cual fin a mí los dioses, cual fin a ti Leucónoe 
Hayan de reservarte, no quieras indagar, 
Ni en consultar te empeñes los babilonios números; 
Cerrado a humanos cálculos el porvenir está. 



— 216 — 

Mejor es resignarnos a lo que venga, o Júpiter 
Benigno otros inviernos conceda y otros más, 
O éste el último sea que hoy en rocas inmóviles 
A deshacer sus tumbos lleva el Tirreno mar. 

Sé cuerda, vinos filtra y estrecha en breve círculo 
Las largas esperanzas. Esquiva nuestra edad 
Vuela mientras hablamos, paso! No fíes crédula 
En día venidero, goza éste que se va. 



CARM I — 12 

Quem virum. 

A cuál varón o semidiós, oh Clío! 
Querrás con lira o con aguda flauta, 
A cuál dios celebrar? De quien repita 
Eco festiva el nombre, 

O por los senos de Helicón umbrosos, 
O sobre el Pindó o en el Hemo helado. 
De donde un tiempo al armonioso Orfeo 
Siguiendo iban las selvas. 

Que, usando de maternas artes, supo 
Los vientos detener, parar los ríos, 
Y suave atrajo con tañer canoro 

Los árboles oyentes? 

Lleve ante todo, el homenaje usado 
El Padre que gobierna a hombres y a dioses, 
El mar, la tierra, y con medidas horas 
El giro de los cielos. 

Nada de él nace que le exceda, nada 
Existe que le iguale o a él se allegue; 
Palas, con todo, aunque a distancia, ocupa 
Más que otros sitio excelso. 

Ni a ti, arrojado en las contiendas, Baco, 
Ni a ti, intrépida virgen cazadora. 
He de callar, ni a ti por tus certeras 

Flechas temible, Apolo. 

Ni a Alcides, ni de Leda a los gemelos, 
Este jinete, gladiador el otro; 
Que, así que ambos al nauta en radiante 
Constelación se muestran, 

De los riscos la espuma se desata. 
Cesan los vientos y las nubes huyen, 
Y, a su divino influjo, onda encrespada 
Sobre la mar se tiende. 



— 217 — 

A Rómulo después, la paz de Numa 
O de Tarquino los soberbios faces 
No sé si deba, o de Catón la noble 

Muerte cantar primero. 

A Régulo también, a los Escauros, 
Pródigo a Paulo de su grande aliento 
Mientras el Peno triunfa, en verso digno 
Ensalzará mi Musa. 

Y a Fabricio, a Camilo, y desgreñado 
A Curio, a quienes ya pobreza dura 
En techo humilde, en los paternos campos 
Formó para la guerra 

Crece, cual árbol, sin sentirse cuando, 
La fama de Marcelo; y cual la luna 
Entre menores lumbres, entre todas 
Brilla de Julio el astro. 

Padre y custodio de la humana gente, 
Jove, hijo de Saturno! a ti fiado 
Está de César el destino; impera 

Tú primero, él segundo. 

Ya a los Partos que el Lacio amenazaban 
En triunfo justo domeñados lleve, 
En el remoto Oriente sojuzgados, 

Los Seras y los Indos. 

El regirá prudente el ancho mundo, 
A ti inferior, tu a Olimpo estremeciendo 
En grave carro, lanzarás centellas 

A profanados bosques. 



CARM I — 13 

Cum; iu Lydta. 

Cuando de Télefo, Lidia, 
La sonrosada garganta 

Y de Télefo los brazos 
Cual hechos de cera alabas, 

Ay de mí! ferviente bilis 
Entumece mis entrañas; 
Que mudo de color siento 

Y que la razón me falta. 

Entonces por mis mejillas 
Corre una furtiva lágrima 
Reveladora del íntimo 
Fuego que mi pecho abrasa. 



— 218 — 

Ardo todo, si en la mesa 
Altercación engendrada 
Por los excesos del vino. 
Tus blancos hombros ultraja. 

Ardo todo si el mancebo 
Que ya no respeta nada. 
En tus labios delirante 
Señal duradera estampa. 

Nó, si un momento me escuchas, 
Creerás en la constancia 
Del que tan groseramente 
Los dulces besos profana 

Que en su quinta esencia Venus 
De sus néctares empapa. 
Tres y más veces dichosos 
Los que mutuo amor enlaza ; 

Amor tan firme, que pueda. 
Quejas evitando amargas. 
Mantener hasta la muerte 
Indivisibles dos almas. 



CARM I — 14 

o 7iavis, refetent. 

Qué, nuevas olas a la mar te vuelven? 
Bajel, a dónde vas? Detente, aférra 
Al puerto! No estás viendo tu costado 
Ya de remos desnudo, 

Y del ábrego el mástil afligido, 
Y cómo gimen las entenas, cómo 
Sin jarcias resistir mal puede el casco 

Al temporal que arrecia? 

No tienes vela sana? 3'a no hay dioses 
A quien en nuevo trance invocar puedas. 
Aunque póntico pino te proclames. 

Nacido en noble selva. 



Estirpe y nombre alegarás en vano. 
No ha de fiarse ya en pintadas popas 
Azorado el piloto. Guay! no seas 

Ludibrio de los vientos. 

Causa ayer para mí de afán y tedio. 
Hoy de pesar y de inquietud no leve, 
Del mar que entre las Cicladas lumbrosas 
Tiende sus ondas, huye! 



— 219 — 

CA8M 1 — 15 



Pastor cum trahetet. 



Pastor mentido, el robador de Helena, 
Por los mares su huéspeda traía 
En idalio bajel, cuando Nereo, 
Parando el vuelo de los vientos rápido, 
Calma siniestra impuso 

Para cantar desastres: «En mal hora 
«Llevas a tu país esa a quien Grecia 
«Requerirá con huestes conjuradas 
«En deshacer tus bodas y de Príamo 
«El secular imperio. 

«Ay! cuánto espera a los caballos, cuánto 
«Sudor a los jinetes! Qué de duelos 
«A la raza de Dárdano acarreas! — 
«Ya, ya apercibe Palas yelmo y égida, 

«Su carro y sus furores. 

«En vano tú con el favor de Venus 
«Soberbio, peinarás tu cabellera, 
«Y lánguidos cantares, a las damas 
«Gratos, acordarás con blanda cítara; 

«En tu tálamo en vano 

«El bote de las lanzas, y sutiles 
«Cretenses flechas, y el tropel, y el golpe 
«De Ayax veloz, evitarás; que tarde. 
«Mas sin remedio, la melena nítida 

«Adobarás con polvo. 

«No ves detrás al hijo de Laertes, 
«Azote de tu gente, al Bilio Néstor? 
«Ya, ya en tu seguimiento el salaminio 
«Teucro impávido vuela, vuela Esténelo, 
«A luchas avezado, 

«Y, si es preciso gobernar bridones, 
«No inerte auriga, a Merión presente 
«Verás también. Y guay! que ya se acerca, 
«Más fuerte que su padre, atroz buscándote, 
«El hijo de Tideo; 

«Y de él, cual ciervo que en la parte opuesta 
«Del valle visto el lobo, desalado 
«Se olvida de pacer, tú jadeante 
«Huyendo irás; no a tu querida, mísero, 
«No aqueso prometiste. 



— 220 — 

«Diferirá la cólera de Aquiles 
«El término a Ilion y a las matronas 
«Frigias; inviernos correrán contados, 
Y entonces. . . . nada quedará de Pérgamo, 
«Presa de aquivas llamas.> 



CARM I — 16 

O matre pulchra. 

Oh tú, de madre bella hija más bella! 
Haz que de un modo u otro, para siempre 
Mis maldicientes yambos desparezcan: 

Que el fuego los devore, 
O si te place, que en la mar perezcan. 

No Cibeles ni de antros misteriosos 
El Pitio habitador, ni Baco exalta 
Así de sus intérpretes la mente, 

Ni así los Coribantes 
De herido bronce al estridor frecuente 

Cual la Cólera el ánimo enajena; 
Que no la ataja, no, filo de espada. 
Abrasadora llama, abismo horrendo. 
Ni desplomado Jove 
Con rudo golpe y fragoroso estruendo. 

A la masa de limo Prometeo 
Es fama que a agregar se vio obligado 
Lo que de aquí y de allí extraer supiera, 

Y en nuestro seno puso 
Del insano león la rabia fiera. 

La Cólera a Tieste hundió espantosa; 
Ella excelsas ciudades de su asiento 
Arrancó al fin, y con hostil arado 

Ejército insolente 
Pudo el muro cruzar desmenuzado. 

Calma tu enojo ya. También un tiempo, 
Allá en lozana juventud, la ira 
Mi pecho embraveció con sus furores, 

Y ciego, despechado, 
Lánceme a herir con yambos voladores. 

Mas ahora trocar las cosas quiero 

Y cuanto fui agresivo ser galante; 
Ofensas que repudio echa en olvido, 

Y que amigos seamos 

Y que me vuelvas tu favor te pido. 



— 221 — 

CARM I — 17 

yelox amoenum. 



Muchas veces huyendo del Liceo, 
Al ameno Lucrétil se traslada 
Fauno con ágil pie, y aquí gozoso 
De ardiente estío y de pluviosos vientos 
Ampara mis cabrillas. 

Por el bosque seguro, sin recelo. 
El oculto madroño y el tomillo 
Aquí y allá las hembras del oliente 
Marido, esparramadas van buscando, 
Y ni verdes culebras 

Temen, ni asalto de rapaces lobos, 
Tíndari, desde el punto que en los valles 
Y de Ustice inclinado en las desnudas 
Peñas, del caramillo melodioso 

Los ecos resonaron. 

Los dioses me protegen; precian ellos 
Mi piedad y mi musa. Aquí, opulenta 
Con tesoros del campo la abundancia 
Derramaráse del henchido cuerno 
Para ti sin medida. 

De inflamada canícula al abrigo, 
Aquí podrás en el repuesto valle 
Cantar al son de la Troyana lira 
A Penélope y Circe, a un tiempo mismo 
De un mismo amor penando. 

Copas del Lesbio inofensivo vino 
Aquí a la sombra beberás, sin riesgo 
De que el hijo de Sémele a deshora 
De sus dones confunda la alegría 
Con furores de Marte; 

Ni has de temer que a Ciro, ardiendo en celos, 
Acorra, y la guirnalda que a tus sienes 
Hayas ceñido, y tú inculpada veste. 
Fuerte él, tú inerme, con airadas manos 
A destrozar se lance. 



— 222 — 

CARM 1 — 18 



Nullam, Vare. 



De TíLur en la plácida comarca, 
En tierras que de Cátilo dominan 
Los mures, preferir no debes, Varo, 
Al de la sacra vid cultivo alguno. 
Males sólo reserva adverso numen 
A quien vino no prueba; sólo el vino 
Auyenta los cuidados roedores. 
Quién, después que ha bebido, los trabajos 
De la milicia o la pobreza acusa? 
Quién, más bien, no te invoca agradecido, 
Padre Baco, y a ti, Venus riente? 
Mas no hemos de abusar del don precioso 
Que con tasa nos brinda el buen Lieo. 
Harto el peligro nos advierte aquella 
Lid sobre charcos de licor trabada 
Por Centauros y Lápitas; lo advierte 
No manso el dios para los Traces cuando 
Llenos ya de pasión, borrado el linde. 
El bien y el mal a discernir no alcanzan. 
No iré yo a concitarte mal tu grado, 
Cándido Basareo. ni misterios 
Que frondas varias a la vista ocultan 
A la luz sacaré. Tú aquieta, aquieta. 
La trompa bericintia y los hirvientes 
Tímpanos de que viene en seguimiento 
Ciego amor de sí mismo, la jactancia 
Que su cabeza hueca irgue entre nubes, 
Y la fe que el secreto antes guardado 
Más clara que el cristal deja patente. 



CARM 1 — 19 

Mater saeva. 

Hoy la madre cruel de los deseos. 
Hoy el hijo de Sémeles Tebana, 

Y Libertad traviesa, 

A los amores idos 
Quieren que vuelva el alma y los sentidos. 

Sí, que el brillo de Glícera me abrasa, 
Más puro que el de mármoles de Paros, 

Su graciosa altiveza 

Su rostro cicalado 
A do la vista detener no es dado. 



— 223 — 

Venus huj^e de Cipro, .v pesa toda 
Sobre mí; ni al Escita cantar puedo 

Ni al Parto, audaz la brida 
Volviendo de repente; 
Nada ella extraño a mi pasión consiente. 

Traednie aquí, garzones, césped vivo, 
Y verbenas e incienso y ancha taza, 
Con vino de dos hojas. Vendrá, espero, 

Mediando el sacrificio. 
Con ánimo a mis votos más propicio. 



CAKM I— 21 



Dianam tener ae. 



Load, tiernas doncellas, a Diana 
Load, garzones, al crinado Cintio. 
Y, juntos, a Latona, de ellos madre. 
De Jove predilecta. 

Vosotras, a la virgen que se goza 
En ondas y en boscajes, en el fresco 
Álgido, en selvas de Erimanto oscuras, 
O ya en el verde Crago. 

Vosotros, a la vez, cantad, garzones 
A Tempe, a Délos, cuna ya de Apolo 
Sus hombros que ornan siempre rica aljaba 
Y la fraterna lira. 

Llorosa guerra y hambre horrible y peste 
Lejos del pueblo llevará y de César 
El dios, sobre los Persas y Britanos 

Merced a vuestros preces. 



CARM I — 22 

Integer vitae. 

Hombre inocente y de conciencia pura 
No necesita, Fusco, de moriscos 
Dardos, ni de arcos, ni de aljaba henchida 
De enherboladas flechas, 

O deba ya por las hirvientes Sirtes 
Pasar, o por el Cáucaso intratable, 
O por regiones que las ondas riegan 
De Hidaspes fabuloso. 



— 224 — 

A mí, que errante en los Sabinos bosques, 
A Lálage cantando, distraído 
Perdí la senda, aparecióme un lobo, 

Y huyó viéndome inerme. 

Monstruo cual no la belicosa Daunia 
Criar pudo en sus vastos robledales, 
No la tierra de Juba, de leones 

Árida engendradora. 

Ponme en los campos ateridos donde 
Jamás árbol gozó de estivo aliento, 
Lado del mundo que las nieblas sitian 

Y aire aflige inclemente; 

Ponme del sol bajo la rueda, en zona 
A vivientes negada, iré doquiera, 
A la de dulce voz, dulce sonrisa, 

A Lálage cantando. 



OTRA TRADUCCIÓN 

Nada tema en este mundo 
El que no ha ofendido a nadie; 
Fusco, a la inocencia sola 
Favorecen las deidades. 

Sin eso, a qué jabalinas 
Moriscas? qué el arco vale. 
Ni de herboladas saetas 
Los bien provistos carcajes? 

Quienquier que de África intente 
Los hirvientes arenales 
Atravesar, o las breñas 
Del Cáucaso inhospitable, 

O el país por do sus ondas 
Misterioso rueda Hid aspes. 
Ceñirse de armas no cure, 
Pura conciencia le guarde. 

Dígolo por mí; que un día 
Mientras distraído, errante. 
Canto de Lálage amores 
Por los Sabinos boscajes. 

Perdí la senda, y de pronto 
Héteme un lobo delante! 
Inerme el paso suspendo, 
Mírame la fiera y vase. 



— 225 — 

Pues no la guerrera Daunia 
En sus vastos robledales 
Monstruo igual crió, ni adusta 
Libia, de leones madre. 

Llévame a climas brumosos 
Allá, a yermos do suave 
No se conoce aura estiva 
Que árboles mustios halague; 

O en la región que debajo 
De las ruedas del sol cae. 
Do ser viviente no habita, 
Colócame, si te place: — 

Yo te juro que doquiera 
Lálage ha de acompañarme, 
A mi espíritu presente 
Con su risa y sus donaires. 



CARM 1—23 

Viías hinnuleo. 

Huyes de mí. Cloe esquiva. 

Cual cervatillo medroso 

Que a la madre fugitiva 

Busca con paso dudoso 

Por intrincado boscaje, 
Con vano horror del viento y del ramaje. 

Pues si árboles ha sentido 

Al fresco soplo erizados 

De primavera, o el ruido 

De los lagartos pintados 

Que entre zarzas se guarecen 
Su pecho y sus rodillas se estremecen. 

No, no a ti como africano 

León, o cual tigre horrendo, 

Para destrozarte insano 

Pienses que te voy siguiendo. 

Deja al fin, que harto has crecido, 
Deja a tu madre ya, tendrás marido. 



M. A. Caro— Traducciones — 15 



— 226 — 

CARM I — 24 



Quis desiderio. 

Qué límite al dolor, qué freno al llanto 
La pérdida de aquél que amamos tanto 
Consiente? — Tú a quien lira y voz canora, 
Melpómene, dio el Padre, dicta ahora, 
Dicta lúgubre canto. 

Y es verdad? con que el sueño eterno pesa 
Sobre Quiutilio ya? — Pudor, Fe ilesa, 
De la Justicia hermana, hija del cielo. 
Cuándo podrán, y la verdad sin velo. 

Otra alma hallar cual esa? 

Se va, de muchos buenos lamentado, 
De nadie tanto cual de ti llorado, 
Virgilio. — En vano en tu piedad, rendido, 
Pides al cielo un bien, ya concedido, 
Ay! pero no en tal grado. 

Si más dulce vibrara a tu deseo 
En tus manos la cítara de Orfeo 
Que cuando selvas arrastraba un día, 
No la sangre a la sombra volvería 
Que, el triste caduceo. 

Blandiendo, haya a la oscura grey juntado 
Mercurio, aquel ejecutor del Hado, 
Inexorable a terrenal lamento! — 
Dura ley! Mas alivie el sufrimiento 

Lo que mudar no es dado. 



CARM I — 25 

Parcius juncias. 



Ya con menos insistencia 
A tus cerradas ventanas 
Menudeando sus golpes 
Mozos atrevidos llaman. 

El sueno ya no te quitan; 
Ya firme al umbral se arraiga 
La puerta que sobre quicios 
Fáciles antes rodaba. 

Ya cada vez oyes menos 
Aquello de, «Noches largas 
<Aquí pena tu cautivo 
<Y tú duermes, Lidia ingrata.» 



— 227 — 

A tu vez, envejecida, 
Tú la afrentosa arrogancia 
De mozalbetes perdidos 
Llorarás desesperada. 

En noche sin luna, en triste 
Callejuela solitaria. 
Cuando ráfagas del Norte 
Con más furia se desatan, 

Mientras amor, con el fuego 
Libidinoso que inflama 
A las yeguas, se embravece 
En tus llagadas entrañas. 

Y gemirás viendo cómo 
La juventud se solaza 
Más que con oscuro mirto 
Con yedra verde y lozana, 

A tiempo que hojas marchitas 
Que cayendo van, consagra 
Mísero despojo, al Hebro 
Que al crudo invierno acompaña. 



CARM I — 26 

Musís atnicus. . . 

Favorecido délas Musas quiero 

Tristezas y aprensiones 
Encomendar a ráfaga iracunda 

Que allá en el mar las hunda. 
Cuál rey ahora se entronice fiero 
En las gélidas árticas regiones. 
Qué grande espanto a Tiridate infunda, 

Yo, solo yo, no inquiero. 
Dulce Pimplea, que en raudales puros 

Te gozas, ven con flores 
Que el cerco abren riente. 

Tejidas por tu mano. 
Ven, de mi Lamia a coronar la frente. 

Mi homenaje sin ti resulta vano; 

A honrarle, a honrarle, hiriendo 
Con el plectro lesbiano cuerdas nuevas 
Venid, tú y tus hermanas juntamente. 



— 228 — 

CARM I — 27 



Natis in usHtn. 



Quede allá para los Traces, 
Bien cual armas homicidas, 
Blandir las copas nacidas 
Para fiestas y solaces. 

Lejos usanza salvaje, 
Lejos de aquí! no troquemos 
Llegando a fieros extremos 
De Baco el culto en ultraje. 

Mal yo el hórrido machete 
De los Medos compagino 
Con el regalado vino 
Y alegre luz de un banquete. 

Cese, camaradas, cese 
El temerario altercado. 
Cada uno, el codo hincado, 
Quieto en su lugar estese. 

Queréis que ya del severo 
Falerno mi parte pruebe? — 
Sí; — mas de Megila debe 
El hermano hablar primero. 

Quién su corazón flechó? 
Por quién venturoso muere? 
Rehusa hablar? Nadie espere 
Que, si él calla, beba yo. 

No dudes soltar la lengua; 
Ya sé que en tu honrado amor 
Nada habrá que dé rubor. 
Nada que redunde en mengua. 

Dímelo muy quedo, aquí. 
Como a un sepulcro, en mi oído,— 
Ah! en qué Caribdis metido 
Andabas, pobre de ti! 

Ah! digno de mejor suerte, 
Qué maga habrá, ni qué hechizo. 
Qué tesalio bebedizo. 
Qué dios ya que te liberte? 

De esa triforme Quimera 
El mismísimo Pegaso 
A duras penas acaso 
Desenredarte pudiera. 



— 229 — 

CARM 1—28 

Te maris et terrae . 

A ti, del mar y de la tierra, Arquitas, 
Sabio mentor, que el número incontable 
De las arenas calcular supiste, 
Ya de menudo polvo corto obsequio 
Basta a ceñirte en la Matina playa. 

Y de nada sirvió que penetrando 
En las regiones de la luz, hubieses 
El ámbito de polo recorrido 

Con suerte audaz, pues que a morir naciste, 
De Pélope también el padre, un día 
De dioses comensal, finó; finaron 
Titón, llevado a las supernas auras 

Y de Júpiter Minos confidente; 

Y ya al hijo de Panto encierra el hondo 
Tártaro, al Orco al fin precipitado, 
Aunque habiendo el broquel reconocido 
Que llevó un tiempo en la troyana guerra 
Mostrara que antes a la oscura huesa 
Piel sólo y nervios entregado había, 

El, que fue de verdad y de Natura 
No despreciable intérprete a tu juicio. 

Sí, que una noche misma espera a todos 

Y todos el camino de la Muerte 

Han de hollar una vez. A otros las Furias 

Llevan en espectáculo ante el torvo 

Marte; a nautas devora el mar hambriento. 

En confuso tropel viejos y mozos 

Descienden a la tumba, ya ninguno 

Proserpina cruel dejó olvidado. 

A mí también, de Orion, cuando declina, 

Impetuoso compañero el Noto 

En Ilíricas ondas anegóme. 

Tú, hora, oh navegante, tú a mis huesos 

Y cabeza insepultos, un puñado 
De movediza arena no deniegues. 
Así, por más que a las Hesperias olas 
Amague el Euro, recibiendo el golpe 
Los bosques de Venucia, inmune salgas, 

Y hágante gran merced quienes lo pueden, 
Júpiter justiciero, y de la sacra 
Tarento numen protector, Neptuno. 

A defraudarme vas, y no te importa 
Dejar a tu inocente descendencia 



— 230 — 

Herencia de dolor? Sobre ti propio 
Pese el cargo fatal, y a tu vez llegues 
Con creces a llevar tu merecido. 
No a preces sin alcance abandonado 
Quedaré, ni habrá ya expiación alguna 
Que del castigo a redimirte baste. — 
Aunque de prisa vas, corta es la obra; 
En cuanto hayas tres veces tierra echado 
Seguir puedes en paz tu derrotero. 



CARM I — 29 

Tesoros que Arabia encierra 
Miras, Iccio, con deseos 

Encendidos; 
Ya piensas en son de guerra 
Ir a los reyes Sábeos 

No vencidos; 

O a encadenar victorioso 
A los Medos te apercibes, 

Gente brava. 
Di, qué doncella, el esposo 
Muerto, en tu tienda recibes 

Por esclava? 

Qué rapaz, solo avezado 
Flecha a lanzar voladora 

En la estancia 
Paterna, en tu mesa ahora. 
Con el cabello aromado, 

Vino escancia? 

Trepen los arroyos ya. 
Pueda el Tibre atrás volver 

Su corriente. 
Pues libros que aquí y allá 
Ibas tú comprando ayer 
Diligente, 

Preciadas obras escritas 
Por socráticos doctores, 

Por hispanas 
Lorigas trocar meditas. — 
Promesas de ti meiores 

Fueron vanas! 



Icci beatis. 



— 231 — 

CARM 1 — 31 



Quid dedicatum. 



Que viene ho)- a pedir el vate a Febo 
En la dedicación de sus altares, 
Al verter de la copa licor nuevo? 
Las mieses no apetece 
Con que feraz Cerdeña le enriquece, 

Ni los ganados llevarán su anhelo 
Que en la ardiente Calabriase apacientan, 
Ni el oro ni el marfil del indo suelo, 

Ni las tierras que en blando 
Curso el Liris a sordas va minando. 

Esgrima la Caleña podadera 
Quien ricas viñas deba a la Fortuna, 

Y vinos, que con géneros adquiera 

Traídos de Levante, 
Beba en copas dé oro el mercadante, 

Y gracias a los dioses dé opulento. 
Pues tres veces y cuatro el mar cada año 
Salvo repasa. Basta a mi sustento 
El fruto de la oliva, 

Y la achicoria y malva inofensiva. 

Dame, hijo de Latona, dios clemente. 
Disfrutar de los bienes acopiados 
Con salud firme, y lúcida la mente, 

Vejez no deshonrada. 
Ni de la dulce cítara privada. 



CARM I — 32 

Poscimur, si quid.,,^ 

Piden que cante. Si a la sombra ocioso 
Contigo, oh Lira! me ensayé temprano. 
Canto latino que por siempre dure 
Dicta propicia. 

Lesblo patriota te pulsó primero, 
El que ora en medio de las armas, ora 
A húmeda playa el azotado leño 
Salvo trajese. 

Cantando, a Baco, celebró, las Musas, 
Venus, y el niño que doquier la sigue, 
Y a Lico apuesto, el de los negros ojos, 
Negro cabello. 



— 232 — 

Tú, honor de Febo, y a los dioses grata 
De Jove sumo en los festines, dulce 
Alivio tú de nuestros males, oye, 
Oye mi ruego! 



CARM 1—33 

Albi, ne dolé as. 

Albio, no extremes tu dolor, continuo 
En Glicera pensando rigurosa, 
No en verso plañidero siempre gimas 
Porque, falsa y cruel, a ti prefiere 

Otro ga'ián más joven. 

Licoris, la de breve y tersa frente. 
De Ciro en el amor se abrasa; Ciro 
Tras Fólioe se va, y esquiva aquesta 
Jura que habrán de holgarse las cabrillas 
Con los lobos de Apulia 

Antes que ella ceder a torpe amante. — 
Venus quiérelo así; Venus contrarios 
Genios y formas que entre sí no casan. 
Yugo de bronce a recibir constriñe 

En despiadado juego. 

Yo propio, desdeñando amor propicio. 
Fui en el grillete a dar, con que me oprime 
Mirtale, aquella de libertos hija 
Brava más que la onda que en Calabria 
Senos labra profundos. 



CARM I — 34 

Par cus deorum, 

Vano y audaz filósofo. 
Venerador remiso 
Fui de los altos númenes: 
Volverme ya es preciso. 
Otra vez orientándome 
Corregiré mi error. 

Pues que llevar vi a Júpiter, 
No ya nubloso velo 
Con rayo hendiendo fúlgido, 
Sino por limpio cielo 
Sus caballos flamígeros 
Y el carro volador; 



— 233 — 

Y al punto conmoviéronse 
La tierra inerte, el río, 

Y las puertas de Téna^o, 

Y el lago Estigfio umbrío, 

Y hasta el confín Atlántico 
Vibrando el golpe va. 

Dios lo humilde y recóndito 
Alza, y lo excelso humilla: 
Fortuna en vuelo rápido 
Diadema que aquí brilla 
Quitando con estrépito. 
Vuela a ponerla allá! 



CARM I — 35 
Ad fortunam. 



O Diva. 



Oh Diva, a quien la plácida 
Ancio por reina adora. 
Pronta siempre, ora al mísero 
A alzar del polvo, y ora 
A tornar rama fúnebre 
El triunfador laurel! 

A ti en su choza el rústico 
Requiere suplicante, 

Y de los mares arbitro, 
En puertos de Levante 

Te invoca quien da al piélago 
Cargado su bajel. 

Y el Dacio agreste, el Nómade 
Scita, y pueblos enteros; 
Te implora el fuerte lacio; 
Madres de reyes fieros, 

Y purpurados príncipes 
Te acatan con pavor, 

Temiendo que de súbito 
Impelas con pie airado 
Los asentados mármoles, 

Y en ruina del Estado 
Arrastre a los pacíficos 
Motín asordador. 

Mostrando en mano férrea 
Grandes clavos, y horrendo 
Garfio, y cuñas, y líquido 



— 234 — 

Plomo, tu marcha abriendo, 
Sorda a ruegos inútiles 
Va la Necesidad. 

Te honran al par, j síguente 
Cuando, trocando veste, 
Dejas ricos alcázares, 
Esperanza celeste, 
Fe pura, el lino candido 
Cubriendo su beldad; 

Mientras amigo pérfido, 
Cortesana perjura, 
Todo ese indigno séquito 
Que hoy las heces apura. 
Huyen, al yugo indóciles 
Hurtando el cuello inñel. 

César, que ya a los últimos 
Britanos marcha, cuente 
Con tu favor! merézcalo 
Esa legión que a Oriente 
Vuela, y al Rojo Océano, 
Briosa, aunque novel! 

Oh gran vergüenza! oh crímenes! 
De atroz lucha entre hermanos 
Las cicatrices, míseros. 
Señalan nuestras manos! 
Generación sacrilega 
Qué perdonó, decid! 

Qué aras no holló frenético 
Desmán? Séanos dado 
Que en nueva forja el ímpio 
Acero así mellado. 
Hoy contra Getas y Árabes 
Se aguce a mejor lid! 



CARM 1—36 

£,í thut e et/idibus . 

Con cítaras e incienso. 
La prometida víctima inmolando, 

Hoy dar gracias nos cumple 
A los dioses de Númida guardianes, 

Que sano y salvo torna 
De los confines últimos de Hesperia, 



— 235 — 

Y, viejos camaradas 
Volviendo a ver, sus ósculos prodiga. 

A Lamia más que a todos, 
A su Lamia querido, recordando 

Que, ya en la escuela juntos, 
Juntos después la toga recibieron. 

Aqueste hermoso día 
No olvidemos marcar con piedra blanca, 

Que, a voltear dispuesta, 
El ánfora no pare; que no cesen, 

A usanza de los Salios, 
De girar a compás ágiles plantas. 

Dámali bebedora 
Apostando a vaciar henchido vaso 

A estilo de los Traces, 
No a Baco deje atrás; en el banquete 

Frescas rosas no falten, 
El apio vividor, el fugaz lirio. 

Todos al fin los ojos 
En Dámali pondrán languidecientes 

Y Dámali de nuevo 
Galán no habrá de desprenderse, asida 

Con más estrechos lazos 
Que vueltas goza en dar lasciva hiedra 



CARM I — 37 

Nunc est bibendum , 

Ya es tiempo, amigos, de beber; ya el suelo 
Con planta libre, golpear es dado: 
Gracias demos al cielo, 

Y ornemos con saliáricos manjares 
La mesa de los dioses tutelares. 

Antes vedado fuera 
El cécubo sacar de antigua cava, 

Mientras reina extranjera 
Derrocar insensata el Capitolio 

Y enterrar el imperio meditaba. 

Con enfermo rebaño 
De hombres inmundos se creyó potente, 
Y, ebria con el dulzor de su fortuna. 

No hubo esperanza alguna 
Que no halagara en su ambición demente. 



— 236 — 

Mas su delirio ciego 
Templó, salva al quedar sola una nave, 

Y del letargo luego 
Que le brinda el narcótico suave, 
La arrancó César con espanto grave. 

Huyendo ella de Italia, él la persigue 
Remando de contino. 
Como a paloma el gavilán a vuelo, 
O a liebre el cazador cruzando el hielo; 
El va a aherrojar el monstruo del Destino I 

Ella, en tanto, más noble 
Manera de morir trata consigo; 
Ni tembló, cual mujer, de las espadas. 

Ni a velas desplegadas 
En incógnita playa buscó abrigo. 

Su palacio yacente 
Vio con rostro sereno, 

Y áspides irritados con su mano 
Coger osó, no en vano 

A la negra ponzoña abierto el seno. 

Segura de que libre moriría 

Mostróse altiva y fiera; 
Que ya, en naves liburnias prisionera, 
Soberbio triunfo a realzar no iría 
Pobre cautiva la que reina fuera. 



CARM I- -38 



Pefsicos odi. 



Pérsicas galas odio, ni coronas. 
Garzón, con tilo enderezadas, quiero; 
No el sitio busques do tardías puedan 
Rosas hallarse. 

Ni el mirto intentes recargar: sencillo 
No mal te sienta, escanciador modesto. 
Ni a mí a la par, mientras de parra densa 
Bebo a la sombra. 



— 237 — 

CARM II — 1 

Motum ex Metello. 

Las civiles discordias, eng-endradas 
Allá desde los tiempos de Mételo, 
Las causas de la guerra, los errores, 
Los manejos, el juego 
De la fortuna, caprichoso y ciego, 

De caudillos tremendas coaliciones, 
Armas tintas en sangre aun no expiada. 
Eso intentas narrar! obra azarosa; 

Doquier que el pie deslizas, 
Guardan fuego engañosas las cenizas. 

Que tu Musa de trágicos acentos 
Falte un poco. Folión, en el teatro, 
Mientras coordinas tú la patria historia: 

Con el coturno griego 
A esotra gran labor tornarás luego, 

Oh buen patrono de afligidos reos. 
Oh del Senado tú lumbrera y guía, 
A quien, ceñida, de laurel la frente, 
Inmarcesible gloria 
Confirió la Dalmática victoria! 

Con el rumor de retadoras trompas 
Mi oído hieres ya, clarines suenan, 
Ya de las armas el fulgor espanta 

Al caballo ligero, 
Y hace el rostro volver al caballero, 

Y oír creo a los grandes capitanes 
Con polvo no afrentoso ennegrecidos, 
Y, extendiendo la vista, sojuzgada 

Miro la tierra entera, 
Excepto de Catón el alma fiera. 

Al África vencida y no vengada 
Juno y toda deidad de su partido. 
Abandonó impotente; y ved! con nietos 
De aquellos vencedores 
De Yugurta a los mares rinde honores. 

Por la latina sangre fecundado 
Que campo no recuerda con sepulcros 
Nuestras impías contiendas, y de Hesperio 

La estruendosa caída. 
Allá, del Medo en lontananza oída? 



— 238 — 

Qué ríos ya, qué abismos han quedado 
Que aquestas guerras lúgfubres ignoren? 
Qué mar destrozos de la gente Daunia 
A enrojecer no fueron? 
Qué playas sangre nuestra no bebieron? — 

Detente, Musa! Del Ceano vate 
Tú los plañidos renovar no intentes; 
Vén, y al abrigo que nos brinda Venus, 

Bajo frondosos ramos 
Fáciles tonos a buscar volvamos. 



CARM II— 2 

Nullus argento. 

Plata que el seno de la tierra oculta 
Color no tiene: tú el metal, Salustio, 
Aprecias solo si a prudente empleo 
Debe su brillo. 

Vivirá siglos Proculeyo ilustre, 
Que a sus hermanos protegió cual padre; 
Con ala firme le alzará en su vuelo 
Postuma Fama. 

Propias mansiones dominando, adquieres 
Mayor poder, que si a la Libia juntas 
La aislada Gades, y te dan tributo 

Ambas Cartagos (1). 

Consigo mismo hidrópico indulgente, 
La sed aviva, ni aplacarla es dado 
Mientras el mal que empalidece el cuerpo 
Vicie sus venas. 

No la Virtud, porque de Ciro al trono 
Volvió Fráates, por feliz le cuenta; 
Del necio vulgo los errados juicios 
Ella reforma, 

Y la realeza, la corona, el lauro 
Sólo cual propios al varón confiere 
Que a mirar montes de riquezas, nunca 
Vuelve los ojos. 



(1) O, Dos Océanos, si ae admite la conjetura de Schrader, 
Uierque I-ontus. 



— 239 — 

CARM. 11 -3 

AeguatH memento. 

Animo igual en la contraria suerte 
Procura conservar, sereno y fuerte, 

Y así también, en tiempo de bonanza, 
Exento de orgullosa confianza, 

Oh Delio amigo, destinado a muerte, 

Ya en perenne tristeza nunca rías, 
Ya disfrutes de puras alegrías, 

Y en la grama tendido, en fresco prado, 
Bebiendo tu falerno reservado 

Ledo consumas ios festivos días. 

Aquí, donde sus ramos blanquecino 
Álamo enlaza a los de ingente pino 

Y con doblada sombra nos invitan; 
Aquí, do linfas trémulas se agitan 

Que huyendo de través se abren camino. 

Vino, y suaves esencias, y lozanas 
Flores manda traer — rosas galanas 
Que tan presto se van! Alegre vive 
Mientras la edad fugaz no lo prohibe 

Y el negro estambre de las tres hermanas. 

Día vendrá en que todo lo abandones, 
Tu casa, tus compradas posesiones, 
Tu quinta, que del Tibre ves bañada; 
Día, en que de riqueza acumulada 
Ocupe tu heredero altos montones. 

Que del tronco de Inaco engreído 
Vastago, en la opulencia hayas vivido, 
O bien a la intemperie ínfimo esclavo, 
Lo mismo te dará, víctima al cabo 
Del Orco, sordo a terrenal gemido. 

Todo camino a un mismo fin conduce; 
Toda suerte en la urna se introduce, 
Y, hora o mañana, a quien le toque obliga 
A que adiós para siempre al mundo diga 
Y en triste barca el Aqueronte cruce. 



— 240 — 

CARM. II — 4 



Ne sit ancillae 



No el amor de una cierva te avergüence, 
Jancia amigo, recuerda que ya un día 
Briseida esclava con su tez de nieve 

Prendó al soberbio Aquiles; 

Ayax de Telamón cedió al encanto 
De su cautiva la gentil Teomesa; 
Robada virgen hechizó al Atrida 
En medio de su triunfo, 

Después que pudo el Tésalo impetuoso 
Legiones arrollar, y Héctor deshecho 
Hizo al cansado sitiador más fácil 
De Pérgamo el asalto. 

Qué sabes si no te honran como a yerno 
Padres dichosos de tu Filis rubia? 
Ella el rigor de sus penates llora. 
Siendo de regia estirpe. 

Créeme, no de criminal ralea 
Pudo salir la hermosa por quien mueres, 
Ni mujer tan leal, tan desprendida. 
Nacer de madre infame. 

Su faz, sus brazos, sus redondas formas, 
Yo alabo sin pasión; nada receles 
De quien, urgido por la edad que avanza, 
Cumplió su octavo lustro. 



CARM. n —5 

Nondum subacta 

Ella aun no puede, la cerviz doblando, 
Sufrir el yugo; aun compartir no puede 
Con fuerza igual las conyugales cargas, 
Ni resistir de enardecido toro 
El ímpetu lascivo. 

De tu novilla la atención absorben 
Los campos florecidos: ora el grave 
Calor mitiga en las corrientes aguas, 
Ora de húmedos sauces a la sombra 
Con los becerros juega. 



— 241 — 

Déjala así, no quieras imprudente 
Coger la uva en agraz. Vendrá el otoño 
Que, sus purpúreos tintes esparciendo, 
Ya sazonado ofrecerá a tus ojos 
El pálido racimo. 

Ella te ha de seguir: la edad sin freno 
Va corriendo, y los años que te quita 
A ella los cederá: Lálage entonces 
Con ánimo resuelto y frente libre 
Demandará marido, 

Grata más que lo fue la esquiva Fóloe, 
Y más que Clori; con sus blancos hombros 
Resplandeciente cual serena Luna 
Que en la noche callada el mar refleja, 
O como el Gnidio Giges, 

Que si al coro de vírgenes se junta, 
Al más sagaz observador perplejo 
Ha de dejar, la diferencia oculta, 
Mostrando allí la cabellera suelta, 
Indefinido el rostro. 



CARM 11—6 

Septimi, Cades 

Septimio, pronto a seguirme 
A doquiera que yo vaya; 
Que a Gades conmigo irías, 
A la indómita Cantabria, 
A hórridas Sirtes, a donde 
Hierve la onda Mauritana. . . , 

Oh, si Tíbur, por argivo 
Colono mansión fundada. 
Fuese a mi vejez refugio! 
Oh, si de fatiga tanta. 
De mar, viajes y guerra. 
Yo allí por fin descansara! 

Si allá las Parcas me cierran 
El paso, a buscar las aguas 
Iré del Galeso, río 
Dulce a ovejas abrigadas, 
Los campos donde Falante 
Reinó, viniendo de Esparta. 

M. A. Caro — Traduccione»— 16 



— 242 - 

Más que todos en el mundo 
A mí ese rincón me encanta 
Que por sus mieles a Himeto 
No reconoce ventaja, 
Y por sus verdes olivas 
A Venafro se equipara. 

Allí, por merced de Jove, 
Las primaveras son largas, 
No rigurosas las brumas; 
Allí el Aulón, de lozanas 
Vides ornado, a Falerno 
No tiene que envidiar nada. 

Ese sitio, esas dichosas 
Cimas a entrambos nos llaman; 
Tú allí algún día, Septimio, 
Darás, tributo del alma, 
A las calientes cenizas 
Del vate amigo una lágrima. 



CARM n— 7 

O saepe mecum. 

Oh tú, a quien veces tantas a mi lado 
Tuve en campaña, hasta el final momento, 
Mandando Bruto, ciudadano ahora 
Quién a los patrios dioses, quién de Italia 
Te restituye al cielo, 

Pompeyo, de mis viejos camaradas 
Oh tú el primero, con quien tantas veces 
Con vino el peso aligeré del día, 
La frente orlada y con perfume sirio 
Ungidos los cabellos? 

Contigo yo en Filipos la derrota 
Y el violento tropel sentí, el escudo 
No bien dejado, cuando roto el brío, 
Tocaron con la frente el suelo inmundo 
Los que antes braveaban. 

Mas a mí, espavorido entre enemigos, 
Sacóme en densa nube ágil Mercurio; 
A ti otra vez en hervorosos senos 
Vino a sorberte, y te llevó a la guerra 
De nuevo la oleada. 



— 243 — 

A Jove, pues, con la obligada ofrenda 
Acude ahora; de tan larga lucha 
Cansado el pecho, bajo el lauro mío 
Reclínate, y toneles no perdones 
Para ti destinados. 

Vén, y pulidas copas de suave 
Másico hinche, engendrador de olvido, 
Y de colmadas conchas vierte olores. 
Quien de húmido apio va. o de mirto 
A preparar coronas? 

A quién la suerte indicará de Venus 
Como rey del banquete? — No más sobrio 
Que el Trace bebedor, holgarme quiero 
Que recibiendo al deseado amigo. 

Enloquecer me es grato. 



CARM n — 8 

Ulla si juris. 

Infiel Barina, si con pena alguna 
Pagar te viese el juramento hollado. 
Si en diente o uña tus traiciones, fea 
Marca dejasen. 

Yo en ti creyera! Pero más hermosa 
Cada vez brillas cuanto más perjura, 
Y alegre vas, de juventud amante 
Público objeto. 

Ea! los restos de tu madre invoca, 
Los astros mudos de la noche, el cielo 
Todo, los dioses, a quien nunca asalta 
Gélida Muerte. . . .! 

Ríese de eso Venus misma, ríen 
Simples las Ninfas, y Cupido fiero 
Mientras en piedra ensangrentada ardiente 
Flechas aguza. 

Ya para ti la juventud creciendo, 
Llévate esclavos; y los más antiguos 
Aunque amenacen retirarse, tornan, 
Cruda, a tus puertas. 

Temen las madres por sus hijos, temen 
Viejos guardosos; la recién casada 
A solas tiembla que el marido incauto 
Caiga en tus redes. 



— 244 — 

CARM II — 9 

Non semper imbrts. 



No siempre sobre campos erizados 
Baja la lluvia del nublado cielo, 
Ni el Caspio mar borrascas monstruosas 
Atormentando están; no todo el año 
De Armenia en las llanuras 

Torpe el hielo perdura, Valgio amigo, 
Ni al empuje de fieros aquilones 
Del Gárgano los altos encinares 
Oprimidos se ven, y de sus hojas 
Los fresnos despojados. 

Tú de continuo en flébiles acentos 
Llamando estás a tu perdido Miste, 

Y tu doliente amor no encuentra alivio 
Ora el Héspero asome, ora se oculte 

Del sol huyendo al rayo. 

Mas no el anciano que cumplió tres veces 
La edad de un hombre a Antíloco el amable 
Año tras año lamentando estuvo, 
Ni a Troilo muerto en ñor padres y hermanos 
Lloraron sin descanso. 

Suspende ya tus lánguidas querellas, 

Y vén más bien a celebrar ahora 
Nuevos trofeos del Augusto César: 
A las vencidas gentes agregados 

El rígido Nifates, 

El Eufrates, que ya menos soberbio 
Arrastra allá sus encrespadas ondas, 
Y, a límites precisos circunscritos, 
Revolviendo sus potros los Gelonos 
En reducido campo. 



CARM II — 10 



Rectius vives. 



Mejor Licinio, vivirás, no siempre 
Bogando mar adentro, ni, medroso 
De borrasca, arrimando con empeño 
A la erizada costa. 



— 245 — 

Quien bien aprecia su áurea medianía 
Seguro las miserias de ruinoso 
Techo, y, sobrio, de alcázar envidiado 
El esplendor rehuye. 

Más se embravece contra el yerto pino 
El viento, caen con mayor fracaso 
Torres altas, las cumbres de los montes 
El rayo herir prefiere. 

En la desgracia espera, y en la dicha 
Teme el ánimo a todo bien dispuesto, 
Torna Jove a traer tormenta oscura, 
Y la disipa él mismo. 

Si hoy mal te va no, mal te irá otro día. 
Suele Apolo a la Musa silenciosa 
Animar con su cítara, y no siempre 
Tendido el arco lleva. 

En trances duros animoso y firme 
Mostrarte sabe, y a la vez prudente, 
Si ves que extrema el viento sus favores, 
Coge la inñada vela. 



CARM II — 12 

A/olis lon^a fet ae , 

No quieras que la indómita constancia 

De la feroz Numancia, 
O la fiereza que Anibál respira, 

O, a costa de Cartago, 
Vuelto el Siculo mar sangriento lago 
Al son se ajusten de liviana lira; — 

Ni los Lapitas rudos, ni de Hiléo 

El torpe devaneo, 
Ni, postrados por Hércules potente, 

Los monstruos de la Tierra 
Que al antiguo Saturno haciendo guerra 
Temblar hicieran su mansión fulgente 

De César tú la vida gloriosa 

Mejor en fácil prosa. 
Mecenas, trazarás: escribe, muestra 

Los reyes más temidos 
Por nuestras calles al pasar vencidos 
Con cuello atado y actitud siniestra. 



— 246 — 

Persuádeme la Musa a que entretanto 

Yo el melodioso canto 
Celebre de Licimnia tu señora, 

Las plácidas centellas 
Que sus ojos despiden, luces bellas 
Con que al par te responde y te enamora; 

Licimnia, que a la danza no desdeña 

Llevar el pie, o risueña 
Terciar enjuego o plática galana, 

O, tendiendo los brazos 
Con vírgenes tejer suaves lazos 
En las solemnes fiestas de Diana. 

¿Acaso tú por los inmensos bienes 

Que poseyó Aquemenes, 
Por cuanto fruto rico y piedras raras 

Migdón acopió un día. 
Por cuanto Frigia rinde, Arabia cría; 
De Licimnia un cabello, di, trocaras, 

Sea que al labio tuyo enamorado 
Vuelva el cuello de grado, 

O esquiva al parecer, ceder no quiera 
El ósculo pedido, 

Y que tú lo arrebates al descuido 

O robarlo a su turno ella prefiera? 



CARM II — 13 

lile et nefasto. 

Con ímpia mano y en nefasto día 
Árbol, aquel que te plantó previno 
Ruina a sus nietos y al lugar oprobio. 
Ese, no hay duda, al genitor postrando, 
Púsole al cuello la rodilla, y ese 
De su huésped con sangre en alta noche 
Manchó su hogar. De cólquicos venenos 
Propinador y de torpezas padre 
Fue quien aquí te trasladó, maldito. 
Donde a dueño inocente reservases 
El buen regalo de caerle encima. 

Por más que evite el hombre los peligros, 
Nunca es harto prudente. El navegante 
Cartaginés el Bosforo temiendo, 
No sabe más allá poner la vista 
Do ciego el hado le amenaza. Teme 
Nuestro guerrero la veloz saeta 



— 247 — 

Que el Parto huyendo rápido despide 

Y cadenas el Parto, 3' del Romano 
Teme el poder; más improvisa a todos 
Asalta, y siempre asaltará la muerte. 

Cuan cerca estuve yo de ver los reinos 
De la negra Prosérpina, del justo 
Eaco el tribunal, y de almas puras 
La repuesta mansión! Oído habría 
A Safo, que pulsando eolias cuerdas 
Quéjase de las hijas de su patria, 
Y, Alceo, a ti, que con tu plectro de oro 
En voz rotunda, la azotada nave 
Cantas, destierro amargo, guerra cruda. 

De entrambos oyen el cantar suave 
Digno de alto silencio, las ligeras 
Sombras en torno; y si remembra Alcéo 
La heroica lid que hundió la tiranía, 
En denso grupo el canto ávidas beben. 
Mas qué mucho, si el Can de cien cabezas 
Tiende la oreja y hórridas serpientes 
A la crin de las Furias enredadas 
Mansas inclinan los cerúleos cuellos? 

Y Prometeo y Tántalo se olvidan 
De sus tormentos, y Orion no acosa 
Fieros leones y medrosos linces. 



CARM II — 14 

Eheu ! fugaces . 

Ay! cuan presto la vida 

En su fugaz corriente, 
Postumo, caro Postumo, se va! 

Y no hay virtud que impida 

Que aren rugas tu frente: 

La juventud ya es ida. 
Inevitable fin se acerca ya! 

Para salvarte en vano 

Mover intentarías 
Con diarias hecatombes a Plutón, 

Al que ciñe tirano 

Allá en aguas sombrías 

Que cruza todo humano, 
A Ticio y al triforme Gerion. 

El a cuanto sustento 
Reciben de la tierra 
Ricos y pobres, encadena igual. 



— 248 — 

Ni hüír vale el sangriento 
Tumulto de la guerra, 

Y el mar que agita el viento, 
Y la brisa pestífera otoñal. 

Has de ver el Cocito 
Arrastrar su onda impura 
En giro perezoso, a par de ti; 
Del linaje maldito 
De Dánao la tortura, 

Y a Sísifo precito 

A esfuerzo inmenso condenado allí. 

Y tierna esposa, amados 
Penates, campos bellos 

Dejarás, y esos árboles que ves 
Crecer por tus cuidados, 
Dueño efímero! de ellos 
Sólo fiel a tus hados 

Ha de seguirte el lúgubre ciprés. 

Y vinos que condenas 
Bajo de llaves ciento, 

A heredero más digno legarás, 
Que sepa a copas llenas 
Bañar el pavimento 
En licor cual en cenas 

No corrió de pontífices jamás! 



CARM II — 15 

lam pauca aratro. 

Moles soberbias dejarán bien poca 
Tierra que arar. Más anchos que el Lucrino, 
Lagos doquier veránse artificiales, 

Y el plátano creciendo solitario, 

Desterrará los olmos. 

Ora arrayanes, cuadros de violas, 

Y esotras plantas que el olfato adulan, 
Esparcirán olores donde el fruto 
Pudo de productivos olivares 

Coger el dueño antiguo; 

Ora tupidos bosques de laureles 
Paso al sol negarán. — No sancionaran 
Rómulo nunca ni Catón severo 
Usanzas tales, ni esa fue la norma 

De los hombres de antaño; 



— 249 — 

Que era corto el haber privado, y grande 
La riqueza común. A nadie entonces 
Lícito fuera, para darse gusto. 
Construir vasta galería, expuesta 

Al Septentrión umbrío; 

Ni gleba deparada por la suerte 
Las leyes desdeñar le permitieron, 
Que ordenaban a expensas del Estado 
Con piedra nueva ornar ciudades sólo 
Y venerados templos. 



CARM 11—16 

Otium divos. . , 

Pide a los dioses en el vasto Egéo 
Descanso el navegante, si entre nubes 
Se ha ocultado la luna, y guiadoras 

Estrellas no descubre. 

Descanso pide en guerra el Trace horrendo, 
El Medo flechador: sosiego inmune 
Que no adquiere el que púrpura, oro y perla, 
Para comprarlo junte. 

No regia pompa o consular insignia 
Aquieta la pasión que dentro bulle, 
No aleja cuitas que artesón dorado 
Revolando circuyen. 

Bien se vive con poco, donde en sobria 
Mesa el salero que heredamos, luce. 
Do no hay temor ni sórdido apetito 

Que el sueño manso turbe. 

A qué, ceñidos en tan breve espacio. 
Tan lejos asestar? qué da que mudes 
De clima aquí y allá? La Patria dejas, 
Pero de ti no huyes. 

Sube el Afán a la ferrada nave. 
Tras ligero escuadrón al campo acude; 
No del ciervo la planta, no es del Euro 
Más rápido el empuje. 

Con lo presente el ánimo contento 
No indague más allá; lo amargo endulce 
Sereno sonreír. Dicha cumplida 

No existe, no la busques. 



— 250 — 

Cien greyes tienes en Sicilia, y vacas 
Mugir, y ya para cuadrigas útil 
Oyes la yegua relinchar: retintas 
En africano múrice 

Ropas te visten. Pequeñuelos campos 
Y un destello me dio del griego numen 
Veraz la parca, y despreciar la necia 
Profana muchedumbre! 



CARM II — 17 

Cur me querelis , 

Porqué así lamentándote me afliges? 
No han de quererlos dioses, ni yo admito 
Que antes rindas que yo el postrer aliento, 

Mecenas, poderoso 
Apoyo de mi vida y ornamento! 

Si de faltar hubieses tu a deshora. 
Mitad de mi existencia, yo que haría, 
Mitad sobreviviente y menos cara? 
Allá en común ruina 
Ese día funesto me arrastrara. 

Y no habrá de faltar mi juramento: 
Iremos, digo, iremos, comoquiera 
Que abras la marcha, a ti a cualquiera parte 

En la final jornada 
Resueltos a seguirte, a acompañarte. 

Quimera atroz con llameante soplo, 
Gigante de cien brazos vuelto al mundo 
No habrán de separarme de :u lado; 

Así por la Justicia 
Así está por las Parcas decretado. 

O ya Libra me asista, o ya domine 
Triste Escorpión, que entre los astros todos 
Tiene en la hora natal influjo insano, 

O acaso Capricornio, 
De las ondas hespéricas tirano, 

El astro tuyo con el mío guarda 
Arcana afinidad. Jove enfrentado, 
De la influencia de Saturno impía 

Te sustrajo, y el vuelo 
Del hado presuroso atajó un día. 



— 251 — 

Cuando en pleno teatro, al verte salvo 
Gozoso aplauso resonó tres veces; — 
Y a mí hundiéndose un árbol me aplastara, 

Si Fauno no me libra, 
Que a los alumnos de Mercurio ampara. 

Tú, construir el prometido Templo 
No descuides, y hacer los sacrificios 
Que el Numen bienhechor de ti ya espera, 

Mecenas; yo entretanto 
Llevaré, ofrenda humilde, una cordera. 



CARM 11—20 

Non usitata. 

Con ala me preparo, 
Biforme vate, insólita y segura 

A hender el éter claro: 

Superior a la impura 
Envidia, dejaré la tierra oscura 

Yo a quien querido nombras, 
Mecenas, yo de humilde nacimiento, 
No de olvido en las sombras 
Me hundiré, ni en el lento 
Río que ciñe el Orco macilento. 

Siento la piel que en torno 
Mi cuerpo hacia los pies dura guarnece. 

Cisne arriba me torno, 

Mi cuello resplandece. 
Leve pluma por dedos y hombros crece. 

Y pájaro canoro 

Iré, más raudo que Icaro en mi vuelo, 
Al Bosforo sonoro, 

Y al hiperbóreo hielo, 

Y de Getulia al abrasado suelo. 

El Coico, el Daco, aleve 
Desdeñador del ítalo guerrero. 
Quien del Ródano bebe 
Me oirá, y el sabio Ibero, 

Y allá el Gelono en su rincón postrero. 

No honrar mi ausencia quieras 
Con exequias ociosas, lloro triste 

Y voces lastimeras; 
No en eso, no, consiste 

La gloria y prez del que inmortal existe. 



— 252 — 
CARM m— 1 



Odi projanum . 



Huyo de la profana muchedumbre, 
Silenciosa atención prestad vosotros: 
Yo, sacerdote de las Musas, versos 
Que nadie antes oyó, para doncellas 
y para niños canto. 

Sobre humanos rebaños con tremendo 
Poder los reyes de la tierra mandan. 
Sobre los reyes Jove, el que Gigantes 
"Lanzó al abismo, y con su ceño solo 
Conmueve el universo. 

Que tal hombre más que otro, las hileras 
De sus viñas dilate; éste en buen hora 
Baje al campo de Marte, pretendiente 
Más noble; aquél, mejor por sus costumbres 
Y el lustre de su fama; 

Levante a otro más larga clientela. . . . 

Y qué más da? Necesidad terrible 
Saca a la suerte a grandes y a pequeños, 
Para todos igual; en urna holgada 

Todo nombre se agita. 

A quien desnuda sobre el cuello impío 
Pendiente espada ve, no han de brindarle 
Grato sabor manjares de Sicilia, 
Ni de aves ni de cítaras el canto 

Han de volverle el sueño: 

El sueño de sencillos aldeanos. 
Benigno, no desdeña las humildes 
Moradas ni la fresca orilla umbrosa, 
No los amenos huertos que suaves 
Los Céfiros orean. 

A quien modesto su ambición acorta 
Ceñida a lo preciso, no le inquieta 
Alborotado el mar, ni vario el cielo. 
Ora decline tempestuoso Arturo, 

Ya surjan las Cabrillas; 

Ni los viñedos que el granizo azota 

Y el plantío falaz, negado el fruto. 
Ora a las lluvias culpe el árbol mustio, 
O al rayo estivo que abrasó los campos, 

O al invierno inclemente. 



— 253 — 

Sienten los peces que la mar se estrecha 
Por moles invadida: allá pedruscos 
Va el constructor con su servil caterva 
Acarreando, de la tierra el dueño 

Allá a espaciarse acude. 



CARM m — 2 

i^ngustam amice. 

Sufrido en la escasez el joven sea 

Y en militar fatiga crezca fuerte: 
Al fiero Parto aterre en la pelea 

La lanza que blandea, 

Y entre a caballo descargando muerte. 

Y acampe al raso, y nunca se retire 
Ante el peligro, los peligros ame; 
Desde el adarve con terror le mire 

Real matrona, y suspire, 

Y la nubil doncella, y así exclame: 

«Ay! bisoSo no pruebe la pujanza 
De ese fiero león el regio esposo! 
Cuál, tocado, se encrespa! a la matanza 

Cómo su ardor le lanza 
Veloz por medio al campo sanguinoso!> 

Dulce y bello es morir, cuando se muere 
Por la patria: también la muerte acosa 
A otro, a quien tiemblen las rodillas, hiere 

Espaldas que volviere 
Huyendo el riesgo juventud medrosa. 

Inmaculada brilla, y a vulgares 
Desaires la Virtud su honor no expone, 
Ni a merced de las auras populares 

Insignias consulares 
Vemos que ora conquiste, ora abandone. 

Sí, hasta los cielos la Virtud eleva 
Al que morir no debe: osada explora 
Huyendo de las turbas, senda nueva, 

Y allá, lejos, le lleva 
Del suelo inmundo, en ala voladora. 

También premio seguro al fiel sigilo 
Guardado está: de quien de Ceres pudo 
Revelar los misterios, yo al asilo 

No entraré, ni tranquilo 
Me fiara con él al mar sañudo. 



— 254 — 

Que envolver suele al bueno en duro trance 
El malvado que a Júpiter enoja. 
Por más que impune, al parecer, avance, 

Rara vez no dio alcance 
La pena al reo, aunque zaguera y coja. 



CARM m— 3 

Justum et tenacem. 

Al varón justo y en su intento firme 
De sus quicios no mueve 
Turba irritada que desmanes pida, 
No de tirano amenazante el ceño; 
Ni, el Adria revolviendo, el Austro oscuro, 
Ni Jcve mismo, de su diestra enorme 
Lanzando haces de rayos iracundo; 
Sobre su frente impávido sintiera 
Hecho pedazos desplomarse el mundo. 

Así, por esa fuerza, Pólux pudo. 
Pudo Hércules errante 
Elevarse a las fúlgidas mansiones, 
Adonde Augusto reclinado entre ellos, 
Ya con purpúreo labio néctar bebe; 
Así, oh Baco, los tigres de tu carro 
Indóciles trajiste a la coyunda; 
Quirino así, en corceles de Mavorte, 
Huyó del Orco la región profunda. 

A los dioses entonces congregados 
Habló plácida Juno: 
<A Ilion, a Ilion, fatal, impuro 
Juez y mujer advenediza, en polvo 
Tornaron — Ilion, que a mí de antaño. 
Con su pueblo y caudillo, y a la casta 
Minerva fue entregado, por el dolo 
De Laomedón, cuando el pactado precio 
Osó a Neptuno denegar y a Apolo. 

«No ya el huésped de adúltera espartana 
Ufano gallardea, 
Ni a la casa de Príamo perjura. 
Los tenaces Aquivos rechazando 
Con indómito brazo Héctor sustenta; 
Guerra por nuestras iras prolongada 
Cesó, y el nieto odioso, de quien madre 
Fue troyana vestal, yo, con olvido 
De grave ofensa, tornaré a su padre. 



— 255 — 

«Que venga a las mansiones luminosas, 
Que el néctar saboree 

Y en paz en la serena jerarquía 

De los dioses se cuente, a eso me allano 
Mientras sirviendo entre Ilion y Roma 
Tienda sus ondas dilatado el Ponto. 
Feliz doquiera el desterrado mande, 
En tanto que de Príamo y de Paris 
Ganado libre por las tumbas ande, 

«Y allí amamanten sin temor y abriguen 
Las fieras sus cachorros: 
Fúlgido el Capitolio en pie se ostente, 
Roma soberbia a los vencidos Medos 
Leyes dicte, y terrífico su nombre 
Tanto en torno dilate, que a las costas 
Ultimas llegue y al estrecho vaya 
Que entre África y Europa se interpone, 

Y adonde el Nilo sus raudal explaya; 

«Y más valor en desdeñar demuestre 
Tesoros no tocados 
(Que así más bien bajo la tierra yacen). 
Que en persiguirlos profanando todo ; — 
Avance! y do sus últimas barreras 
Le oponga el mundo, allá sus armas toquen, 

Y en ver se afane adonde agosta el suelo 
Calor embravecido, y do le afligen 
Clima lluvioso, encapotado cielo. 

«Esto al guerrero pueblo de Quirino 
Prometo; más cuidado! 
No piadoso en estremo y engreido 
Su antigua Troya restaurar presuma. 
Con lúgubres augurios renaciendo 
Volviera ella a sufrir el gran desastre; 
La hueste victoriosa nuevamente 
Yo mismo acaudillara, yo, la esposa, 
Yo, la hermana de Jove Omnipotente. 

Si veces tres con el favor de Apolo 
Torna muro de bronce 
A alzarse, veces tres por mis Argivos 
Torne a caer deshecho, y otras tantas 
Hijos y esposo llore la cautiva!> 
Musa, do vas? No lira alegre a tanto 
Llega; no audaz de repetir blasones 
Pláticas de altos númenes, lo excelso 
No así deprimas con humildes sones. 



— 2b6 — 
CARM in— 4 



Descende cáelo. 



Desciende ya del cielo, soberana 
Calíope! y raudal melodioso 
Suelta al viento, o con flauta, o con vibrante 
Voz, o cuerdas pulsando. . . . por ventura 
La cítara de Apolo. 

Escuchad! o será que me enajena 
Grato delirio? Que oigo me parece, 
Paréceme que voy con paso incierto 
Por bosques santos donde fuentes bullen 
Y céfiros suaves. 

Siendo yo niño, en Vúlture de Apulia, 
Allende el sitio que nutrió mi infancia, 
Cansado de jugar, rendido al sueño, 
Vinieron de hojas tiernas a cubrirme 
Milagrosas palomas. 

Y aquellos habitantes, cuantos hacen 
Su nido de Aqueroncia en las alturas. 
Cuantos de Bancio tratan las florestas 
Y de Forento humilde el fértil suelo. 
Atónitos quedaron: 

Atónitos, mirando cuan seguro 
De osos y negras víboras, cubierto 
De laurel sacro y de apiñado mirto. 
Pequeñuelo animoso, no sin alto 

Auxilio, reposaba. 

Yo vuestro soy, oh Musas! vuestro todo, 
Ya las sabinas cumbres trepe ufano, 
O ya fresco Preneste más me halague, 
O tal vez las laderas Tiburtinas, 

Tal vez húmida Bayas. 

De vuestras fuentes yo, de vuestros coros 
Amigo, nada hacer contra mi vida 
Pudo la rota de Filipos, nada 
Árbol enhechizado, ni en las ondas 
Sicanas Palinuro. 

Haciéndome vosotras compañía 
Del Bosforo la furia nauta osado 
Arrostraré y ardientes arenales 
Recorreré, del litoral de Siria 

Explorador brioso. 



- 257 — 

Y al Britano veré, que atroz degüella 
Sus huéspedes, y al Cóncano sediento 
De sangre de caballo, y al Celono 

De aljaba armado, iré de Scitia al río, 

Viajero siempre inmune. 

Luego que César tras campaña larga 
Sus cansadas cohortes acuartela 
Poner término ansiando a sus fatigas, 
A solazarle os dedicáis vosotras 

En la Pieria gruta. 

Templanza aconsejáis, y gozáis luego 
En haberla inspirado, oh Bienhechoras!— 
El fin de los sacrilegos Titanes 
Sabemos, cuál sus ímpetus deshizo 
Con rayo desatado. 

Aquel que a un tiempo la pesada tierra 

Y el mar tempestuoso, las ciudades 

Y los sombríos reinos, a los dioses 

Y a los mortales, señorea y rige. 

Solo él, con justo imperio. 

Gran terror infundiera a Jove aquella 
Hórrida juventud que la victoria 
A sus brazos fiaba, los hermanos 
Que levantar el Pelion intentaban 

Sobre el oscuro Olimpo; 

Mas qué Tiféo mismo, qué el forzudo 
Mimante, y Porfirión, torva la frente. 
En actitud amenazante, y Reto, 

Y audaz a pulso descuajados troncos 

Encelado arrojando, 

De Palas contra el égida sonante 
Quehacer podían embistiendo juntos? — 
Allí Vulcano diligente, y Juno, 
Regia matrona, allí el que de sus hombros 
Nunca el arco depone, 

Y en los raudales de Castalia puros 
Lava el suelto cabello, y ora trata 
De Licia los vergeles, ya la amena 
Selva natal, de Pátara y de Délo 

Dios renombrado, Apolo. 

M. A. Caro— Traducciones— 17 



— 258 — 

La fuerza que prudeucia no conoce 
A tiarra viene por su propio peso; 
SI la razón la guía, nuevas creces 
Le da el cielo, enemigo de los fuertes 

Que el mal ciegos maquinan. 

Con sus cien brazos soterrado Gigas 
Comprueba las verdades que proclamo, 
Y, ofensor de la púdica Diana 
Orion, domeñado por saeta 

Que disparó la virgen. 

Sobre monstruos que cubre a su despecho, 
Gime la tierra, y los engendros llora 
Que en las sombras del Orco abismó el rayo; 
Bullente fuego a consumir no alcanza 
El Etna echado encima; 

Allí de Ticio osado las entrañas 
Nunca abandona el vigilante buitre, 
Apostado guardián de su torpeza; 
Allá a Pirito atentador constriñen 

Tres veces cien cadenas 



CARM ra — 5 

Cáelo tonantem,,. 

Reina en la altura Júpiter, no en vano 
Anunció su poder la voz del trueno: 
Acá en la tierra numen soberano 
Muéstrase Augusto, al Persa y al Britano 
Trayendo ahora del imperio al seno. 

Y de Craso vivir pudo el soldado 
Torpe marido allá de una extranjera? 

Y aquel Marso, aquel Apulo nombrado. 
Bajo enemigos suegros — oh atentado 
Contra la Patria y la conciencia! — espera 

Ocioso la vejez? de honor desnudo, 
Sirve a un rey Medo, y otro nombre toma? 

Y así la toga, y el marcial escudo, 

Y así el fuego de Vesta olvidar pudo. 
Estando erguido Jove y firme Roma? 

Esto ya deplorando en profecía. 
Rehusó Régulo odiosas condiciones. 
Porque ejemplo funesto a ser vendría 
Salvar a quien piedad no merecía 
Redimiendo cobardes campeones. 



— 259 — 

«Las romanas insignias enclavadas 
«En los templos yo vi cartagineses.» 
Dijo: «de las ciudades las entradas 
«Patentes vi, y en vegas arrasadas 
«Por nuestras armas, ondear las mieses. 

«Y yo vi desfilar nuestros guerreros 
«Con labio mudo y con humildes ojos; 
«Agobiados de hierros extranjeros 
«Vi espaldas de hombres libres, los aceros 
«No ya en sus manos ni de sangre rojos. 

«El oro del rescate se perdiera 
«Cual se perdió el honor: muera el cautivo! 
«Ni la teñida lana recupera 
«Su color, ni varón que degenera 
«Recobra nunca el pundonor nativo. 

«Cuando a embestir al cazador acierte 
«Cierva de estrechas mallas libertada, 
«Quien sus brazos atar sintiendo inerte, 
«Fió a enemigo pérfido su suerte, 
«Brioso volverá a blandir la espada. 

«Y a la guerra la paz mezcló a deshora 
«Desatinado por salvar la vida; 
«Qué vergüenza! Oh Cartago vencedora! 
«Si grande ayer, sobre las ruinas ora 
«De la humillada Italia, enaltecida!» 

Calló; y es fama que en aquel instante. 
Cual si caído de su rango hubiera. 
De honesta esposa el ósculo, y la amante 
Prole apartó de sí, torvo el semblante, 
Fija en el suelo la mirada fiera. 

Aguardando tan sólo que el Senado 
A seguir el dictamen se decida 
Por él, nunca por otro sustentado, — 
Para marchar, glorioso desterrado. 
Entre amigos que lloran su partida. 

El premio a recibir que le prepara 
Fiero sayón: lo sabe, y no flaquéa: 
Camino emprende, y la familia cara 
Que se interpone, intrépido separa, 

Y la turba que densa le rodea. 

Cual si largos negocios de clientes 
A término llevado hubiera acaso, 

Y paz buscando y goces inocentes 
De Venafro o Tarento a los rientes 
Campos ahora encaminara el paso. 



— 260 — 

CARM III— 6 



Delicia maiorum. 



Delitos pagarás de tus mayores, 

Romano, tú, sin culpa. 
Si presto de los dioses no restauras 
Próximos ya a caer los templos sacros, 

Y las manchas no borras 
Con que el humo afeó sus simulacros. 

Reinas, porque a los dioses obedeces. 

A ellos, causa primera. 
El éxito se debe, a ellos la gloria. 
Despreciados por ti los Inmortales 

A la llorosa Hesperia 
Que no enviaron ya de acerbos males? 

De Moneses y Pácoro las huestes, 

Del ejército nuestro 
Que auspicios arrostró desfavorables, 
Del empuje dos veces rechazaron, 

y a collares exiguos 
Rico despojo en añadir gozaron. 

A Roma, presa de interior discordia, 

Al canto de su ruina 
El Daco y el Etíope trajeron. 
Formidable moviendo aqueste a guerra 

Por mar con espolones. 
Con arma arrojadiza aquél por tierra. 

Tiempos preñados de maldad, primero 

Los lechos conyugales 
Mancharon, y linajes y familias; 
Aquella fue de corrupción la fuente 

Que crece y se desborda 
Sobre la patria y la romana gente, 

No fue de tales padres engendrada 

La juventud briosa 
Que el mar tiñó con africana sangre, 
La que a Pirro abatió, la que al ingente 

Antíoco, y de Aníbal 
Humillar supo la soberbia frente. 

Hijos fueron de rústicos, mancebos 

Nacidos a la guerra. 
Con la azada Sabina acostumbrados 
El suelo a remover, y haces de leña 

A cargar a porfía, 
De austera madre atentos a la seña, 



— 261 — 

Hasta que el sol mudando de los montes 
Las sombras, y del yugo 

Los bueyes aliviando, bajo el peso 

Rendidos ya, de reposar labora 
Marcaba al despedirse 

Alejándose en rueda voladora. 

Qué no g-asta y apoca el tiempo mudo? 

En virtud nuestros padres 
Fueron generación a las pasadas 
Inferior ya; nosotros, sucesores 

Más que ellos decaídos, 
Hijos venimos a enjendrar peores. 



CARM III— 7 

Quid fies, Asterie. . . 

Porqué a tu amado ausente 
Así lloras, Asterie? Presto, presto 
Las brisas le traerán de primavera, 

Fiel por siempre a tu lado, 
De géneros preciosos abastado. 

Alborotado el Noto 
Por los fuegos insanos de Amaltéa, 
A Orico le llevó y allí le tiene; 

El en desierto lecho 
Las noches pasa en lágrimas deshecho. 

Astuto mensajero 
De apasionada huéspeda le asedia; 
Dícele que en amor que es todo tuyo, 

Cloe se abrasa y muere, 
Y con su labio seducirle quiere. 

Cuéntale como a Preto 
Crédulo, infiel mujer, a su venganza 
Atenta, a que morir sin tiempo al casto 

Beleforonte hiciera 
Con falso testimonio indujo artera; 

O ya como Teséo 
Quedó casi en el Tártaro abismado 
Porque halagos de Hipólita huyó esquivo; 

Y de uno en otro cuento 
Busca siempre al desliz nuevo argumento. 

En vano! que él más sordo 
Que las rocas de Icaria oye y resiste. 



— 262 — 

Aunque nadie le emule, 
Ora en círculo estrecho ágil y diestro 
Corcel fogoso en revolver se ufane, 

Ora al seno arrojado 
Del Tibre, cruce la corriente a nado. 

Tu casa a prima noche 
Cierra tú, y a la calle no te asomes 
Cuando suene la flauta gemidora; 

Antes dura mil veces 
Te llamen, porque firme permaneces. 



CARM m — 18 

Faune Nynpharum. 

Fauno, amador de fugitivas Ninfas, 
Tú por aquí, por mis abiertos campos 
Pasa, te ruego, y lo que en cierne veas 
Mira propicio, 

Ya que un cabrito para ti yo inmolo 
Cada año, y copas que corona Venus 
Vino rebosan. En altar vetusto 
Arde el incienso, 

Trisca el ganado en la menuda grama, 
Cuando tus Nonas de Diciembre tornan, 
Con el buey suelto el aldeano alegre 
Huelga en el prado; 

Discurre el lobo entre la grey tranquilo, 
Hojas agrestes te prodiga el bosque; 
La tierra ingrata el cavador tres veces 
Bate danzando. 



CARM in— 22 

Montium cusios^. 

Virgen que bosques y collados guardas 
Que a parturientas, si en su afán tres veces 
Te han invocado, de la muerte libras. 
Diosa triforme; 

Este alto pino de mi granja, sea 
Tuyol yo haré que, ofrenda anual, de un cerdo 
Que herir en vano de través intente. 
Corra la sangre. 



— 263 — 

CARM m — 29 

Tyrthena regum, 

Tirreno sucesor de estirpe regia, 
Mecenas! guardo aquí para obsequiarte 
Suave vino en tonel aún no inclinado, 

Y para tus cabellos rosas tengo 

Y esencias preparadas. 

Róbate a todo, y al convite acude, 
No allá el húmedo Tíbur, no allá siempre 
Tú las pendientes de Esula, y las cumbres 
Que al parricida Telegón recuerdan, 

Has de estar contemplando. 

Huye de esa abundancia hastiosa, de ese 
Palacio que a las nubes se encarama; 
Por breve tiempo tu atención no embarguen 
El humo, la opulencia y el bullicio 
De la dichosa Roma. 

Tal vez mudar de escena place al rico; 
Limpios manjares bajo humilde techo 
Que púrpura y tapices no conoce, 
Tal vez supieron despejar alguna 
Meditabunda frente. 

Ves? ya el padre de Andrómeda descubre 
Su fuego oculto, y Proción se inflama 

Y el astro del León enfurecido 
Ardiendo está, mientras el sol los días 

Vuelve a traer sedientos. 

Con su lánguida grey zagal cansado 
Va la sombra buscando, el arroyuelo, 
Del hórrido Silvano los breñales; 
Auras fugaces a animar no llegan 
La taciturna orilla. 

A ti el público bien preocupa en tanto; 
Velando tú por la ciudad, observas 
Lo que allá maquinando estén los Seres, 

Y Bactra, dominada ya por Ciro, 

Y revoltoso el Tañáis. 

Sólo Dios sabe el porvenir, y en noche 
Caliginosa lo recata, y ríe 
Si algún mortal por descubrir se afana 
Lo que vedado está. — Tú lo presente 
Con equidad regula; 



— 264 — 

Que lo que ha de venir, vendrá cual río 
Que, por su lecho natural rodando, 
Ora manso camina al mar Tirreno, 
Y ora, de pronto, rocas carcomidas, 
Y descuajados troncos, 

Y rebaños y casas de labriegos 
Confusamente arrastra, retumbando 
Los montes y las selvas convecinas, 
Cuando horrendo diluvio las calladas 
Corrientes embravece. 

Grata existencia, dueño de sí mismo. 
Llevará quien al fin de cada día 
Puede decir: vivi: muestre mañana 
El Padre universal, con negras nubes 
Encapotado el cielo, 

O inúndelo de luz, volver no puede 
Irrito lo que atrás cumplido queda. 
Ni reformar ni hacer que no haya sido 
Aquello que una vez la hora que pasa 
Arrebató en su vuelo. 

Gozosa siempre en su cruel tarea, 
Jugando siempre sorprendente juego. 
Sus inciertos favores la Fortuna 
Aquí y allá transfiere, ya conmigo, 
Ya con otro benigna. 

Bendígola si aquí se posa, y luego 
Si agita el ala rápida, resigno 
Lo que me dio, y en mi virtud me embozo, 
Y abrazo la pobreza, acompañada 
De probidad, sin dote. 

No es mío, si la entena al peso muge 
De africana borrasca, a humildes preces 
Acudir, ni con votos obligarme 
A cambio de que no de Chipre o Tiro 
Preciado cargamento 

Riqueza añada a la del Ponto avaro. 
Entre el hervor de las Egéas ondas. 
En mi birreme, el aura sano y salvo 
Me sacará, guiando desde el cielo 
Gemelos luminares. 



- 26=^ — 
CARM ni-- 30 



Exegi monumeníutn . 



Perenne monumento 
Más que los bronces sólido, 
Más alto que la fábrica 
Real de las Pirámides, 
He levantado ya. 

Ni arrasadoras lluvias, 
Ni aquilones indómitos 
Le abatirán, ni el rápido 
Tiempo, que años sin número 
Tras sí dejando va. 

No soy mortal yo todo: 
A las futuras épocas 
Ha de pasar, salvándose 
De olvido y triste féretro, 
Noble porción de mí. 

Mientras el Capitolio 
Torne a subir con vírgenes 
Calladas el Pontífice, 
Renovaráse el ínclito 
Renombre que adquirí; 

Porque, grande de humilde, 
Do pueblos Dauno rústicos 
Rigió en comarcas áridas, 

Y do las ondas de Aufido 
Raudas correr se ven, 

Yo a itálicos acentos 
Trasladé el ritmo eólico. — 
Gózate, pues, Melpómene, 

Y con el lauro deifico 
Acude a orlar mi sien. 



CARM rv — 3 

Quent tu Melpómene. 

A quien hayas tornado, 
Melpómene, al nacer, ojos propicios, 

Ese del pugilado 

En istmios ejercicios 
La palma a disputar no irá forzado; 



— 266 — 

Ni, por corcel ardiente 
Llevado en carro acaico, su alta gloria 

Celebrará la gente; 

Ni en premio de victoria 
Deificas hojas ceñirán su frente; 

Ni será conducido 

En triunfo al Capitolio, ni aclamado 
Caudillo esclarecido, 
Por haber quebrantado 

De reyes fieros el poder temido. 

A ése le inmortaliza 

Merced al canto eolio, aquella vena 
Que a Tibur fertiliza 
Corriendo, aquella amena 

Floresta hojosa que Favonio riza. 

Roma, ciudad Señora, 
Quiere que de sus vates se me cuente 
En la amable, canora 
Familia; en mí su diente 
Ya hinca menos la envidia roedora. 

Tú, que lira de oro 

Dulce haces resonar; tú, que si quieres, 
Píéride, del coro 
De los cisnes transfieres 

A peces mudos el cantar sonoro! 

Si en Roma soy nombrado 
Y al pasar me señalan con el dedo 

Cual músico extremado, 

Débolo a ti; yo puedo 
Alentar y agradar por ti, si agrado. 



CARM IV — 4 

QuaUnt ministrum. 

Cual del rayo la fiel ministradora 
A quien el reino de las aves dio 
De los dioses el rey, cuando a deshora 
Al rubio infante arrebató veloz; 

Que se apartó del nido a los primeros 
Impulsos de su ingénita altivez, 
E idos los vernales aguaceros. 
Sobre las auras vaciló después; 



— 267 — 

Audaz más tarde impetuosa embiste 
A los rebaños; invencible al fin 
Busca al fiero dragón que la resiste. 
De presa ansiosa y de sangrienta lid: 

O cual león que de la madre roja 
Separado, los dientes a ensayar, 
Sobre la cabra tímida se arroja 
Que incauta pace en el florido val; 

Druso ental modo su denuedo ostenta 
Cuando anheloso de luchar, al pie 
De los réticos Alpes se presenta 

Y con temblor los bárbaros le ven. 

Quién de hachas amazónicas el uso 
Entre ellos, en la oscura antigüedad 
Introdujera, averiguar excuso; 
Ni todo al hombre revelado está, 

Mas su nación que entre naciones tantas 
Potente en triunfos se ostentó sin fin, 
Vencida entonces conoció, a las plantas 
Derribada del joven adalid. 

Adonde alcanza el ánimo robusto 
Que en fausto alcázar se educó en el bien; 
Cuánto el cuidado paternal de Augusto 
Fecundo en pro de los Nerones fue. 

Fuertes engendra el fuerte: el brío asoma 
De la raza, en el toro, en el bridón: 
¿Alguna vez la tímida paloma 
Se vio nacer del águila feroz? 

Jamás! Pero el ejemplo y la enseñanza 
Más fuerza a pechos generosos da: 

Y allí do el vicio se introduce, alcanza 
La heredada virtud a mancillar. 

Roma! el Metauro ensangrentado diga 
Cuánto de los Nerones al valor 
Debes; dígalo el sol que la enemiga 
Oscuridad de Italia disipó, 

Y nos pudo el primero, coronado 
De sagrada victoria, sonreír, 
Desde que el africano desbordado 
Recorrió nuestro mísero país 



— 268 — 

Como entre seco matorral serpea 
Tal vez el fuego rápido y voraz, 
O como el Euro indómito espolea 
Sus caballos flamígeros al mar! 

Hijos tuyos de entonces vencedores 
Empuñaron, oh Roma, tu pendón, 
Y númenes se irguieron vengadores 
En los templos que el peno devastó. 

Sincero Aníbal por la vez primera, 
«Vamos cual ciervos,> triste dijo al fin, 
«En pos del lobo, cuando triunfo fuera 
«Burlar sus risas con astuto ardid. 

«Esa nación que por los anchos mares 
«A la playa latina trasladó 
«Niños y ancianos y vencidos lares 
«Que arrancara a las llamas de Ilion, 

«Se alza entre ruinas con aliento doble, 
«Cual en la álgida selva, que a la luz 
«Entradas niega, desmochado el roble 
«Saca vigor de la tenaz segur. 

«Cortada siempre y siempre recreciendo, 
«No empero a Alcides con fiereza tal 
«La hidra aterró, ni monstruo tan horrendo 
«Coicos ni Tebas abortó jamás. 

«Arrojadlos al mar; saldrán más fieros! 
«Postradlos; se alzarán para vencer! 
«Nunca falta proeza a sus aceros 
«Que grato asunto a sus esposas dé. 

«No ya a Cartago nuncios de victoria 
«Aguardar cabe ni esperar salud: 
«Marchito está el laurel de nuestra gloria! 
«Todo, Asdrúbal, cayó, cayendo tú!» 

Quién ya pondrá a los Claudios resistencia? 
Jove benigna protección les da, 
Y con valor regido de prudencia. 
Trances extremos saben arrostrar. 



— 269 — 

CARM IV-- 7 

Diffugere nivts 

Pasó la nieve cruda: 
Su cabellera inquieta 
Torna al bosque y al prado su verdor. 
De aspecto el suelo muda; 

Y el margfen ya respeta 
Que rebasó sañuda 

La corriente de arroyo bullidor. 

Tejiendo muelle danza, 
Suelto el ropaje leve, 
Las Gracias con las Ninfas van a par. 
«Abreviad la esperanza!> 
Nos dice el año breve 

Y la hora que avanza 
El día más espléndido a robar. 

El céfiro g-alano 

Llega y fríos mitiga; 
Mas ya marchita la campiña ves 

Al peso del verano; 

Tras él, frutos prodiga 

Otoño; invierno cano 
Retorna luego con pesados pies. 

Febo su detrimento 

En los etéreos domos 
Repara: pero, quién mover podrá 

De aquel apartamiento 

Do polvo y sombra somos. 

Do Anco y Tulo opulento 
Y el pío Eneas descendieron ya? 

Sabes, Torcuato caro, 

Si otro día de vida 
Te dará el cielo? En recrearte aquí 

Gasta pues sin reparo: 

De la mano encogida 

De sucesor avaro 
Eso habrás redimido para ti. 

En llegando la muerte 
Proferirá sentencia 
Minos, sentado en alto tribunal; 

Y fijada tu suerte, 

Clara alcurnia, elocuencia. 
Virtud .... nada volverte 
Podrá la que hoy te anima aura vital. 



— 270 — 

Diana en el Letéo 

Ve a Hipólito, y porfía 

En rescatar al púdico doncel: 
Temerario deseo! 
Ni la cadena un día 
Romper pudo Teséo 

Que a Pirito, su amigo, ata cruel. 



CARM IV — 9 

Ne forte credas. 

No pienses, nó, que cubrirá el olvido 
Los versos que con arte nunca usada 
Asocio yo a la lira, yo, nacido 

Allá donde el Aufido 
Hace lejos sonar su onda agitada: 

Que, si Homero a la cumbre alzarse sabe, 
No por eso de Píndaro confusa 
Se ve, ni de Simónides suave, 

O Estesícoro grave 
O Alcéo tronador, callar la Musa. 

Aun hoy el tiempo respetuoso mira 
De Anacreonte al deleitoso juego; 
De la infeliz que la pulsaba, expira 

Aun hoy la lesbia lira 
Las vivas ansias, el ardiente ruego. 

No sólo a Helena deslumhró y sedujo 
Huésped infiel con su cabello hermoso, 

Y veste rica de oro, y regio lujo, 

Y el séquito que trujo; 
Ni Teucro el arco disparó de Gnoso 

Con mano cual ninguna antes certera; 
Ni fue un solo Ilion dado al saqueo; 
Ni proezas, que el canto honrar pudiera, 

Hizo por vez primera 
Esténelo o el grande Idomenéo; 

Ni Deífobo o Héctor los primeros. 
Por las castas esposas arrostraron 

Y por la tierna prole golpes fieros; 

Valerosos guerreros 
Antes de Agamenón muchos brillaron. 

Pero no hay quien los llore, quien acate 
Nombres que envuelve noche alta y sombría; 



— 271 — 

Que el valor, si faltó piadoso vate, 

Ignorado se abate 
Contiguo a sepultada cobardía. 

Mas no a ti, Lolio, faltará en mi canto 
El encomio a tus méritos debido: 
Yo no he de permitir que esfuerzo tanto 
Cubra envidioso manto, 

Y robe tu memoria injusto olvido. 

Tu conoces la vida, tú en la prueba 
Eres el mismo que en el tiempo bueno; 
Contra el oro, que todo en pos lo lleva, 
Tu virtud se subleva, 

Y a fraudes y a rapiñas pones freno; 

Y honor de Cónsul, juez de ti, mantienes 
Cuando el cerco de aunadas tentaciones 
Rompe tu brazo, y con altivas sienes 

A dádivas, desdenes, 

Y el deber santo al ínteres opones. 

No a quien posea grandes heredades 
Llamamos con razón dichoso. El hombre 
Que sabe aprovechar de las deidades 

Los dones y bondades, 
Ese merece de dichoso el nombre. 

Sí, quien pobreza dura, adversa suerte 
Sereno afronta, de quien más temida 
Fue siempre la deshonra que la muerte, 

Y sabe, varón fuerte, 

Por Amistad y Patria dar la vida. 

CARM IV — 10 

O crudelis adhuc. 

Oh tú, siempre cruel, y con los dones 

De Venus poderoso! cuando venga 

Tu soberbia a humillar bozo imprevisto, 

Y caigan los cabellos 

Que por tus hombros hoy vuelan ufanos, 

Y desmaye el color de tus mejillas 

Que hoy se aventaja al de purpúrea rosa, 

Cuando por tal mudanza 
Híspida faz Ligúrino presente. 
Cuantas veces te vieres al espejo 

Y no te reconozcas, 
<Ay!> dirás suspirando: 

<¿Porqué cual siento ahora no sentía 
Cuando niño? o porqué no vuelve ahora 
Aquella fresca tez que tuve un día?» 



— 272 — 

CARM IV— 12 



lam veris comités 



Ya, compañeros del verano, alados 

Vientos llegan de Tracia 
Que, el mar calmado, impelen los navios; 
Ni yerto el campo está, ni acrecentados 
Con la nieve invernal suenan los ríos. 

La cruel que de bárbaro marido 
Mal vengó el torpe ultraje. 
Mengua eternal del ateniense trono, 
Avecilla infeliz cuelga su nido 

Y a Itis llora en mísero abandono. 

Y en la reciente yerba, acompañados 

De flautas los pastores 
Entonan cantilenas peregrinas 
Al dios a quien complacen los ganados 

Y umbríferas de Arcadia las colinas. 

Sed trae la estación. Mas tú, si piensas, 

Ya que a la mesa asistes 
De mozos nobles, apurar conmigo 
Vino sudado en las Caleñas prensas. 
Con nardo has de comprarle, buen amigo, 

Breve concha de nardo, sin tardanza 

Sacará de los hórreos 
De Sulpicio un tonel de regalado 
Vino, que aliento dando a la esperanza 
Temple la fuerza del mayor cuidado (1). 

Si te halaga el convite, vén, la parte 

Trayendo que te cumple; 
Que yo de balde a ti no a copas llenas 
En mi mesa, Virgilio, he de abrevarte 
Como alto potentado en regias cenas. 

No tardes, no hagas cuentas, apresura. . . . 

Allí, la odiosa pira; 
Acá, el momento de gozar, propicio 
Mezcla al grave pensar breve locura; 
Es bueno, en la ocasión, perder el juicio. 



(1) Verso de Arguifo, 



— 273 — 

CARM IV — 13 

Audivere, Lyce,,., 

Oyó el cielo mis votos, Lice; el cielo 
Mis votos, Lice, oyó. Ya tú envejeces. 

Y en tu impudente anhelo 

De parecer hermosa. 
Ríes y bebes, y con voz temblosa, 

Ebria cantando invitas a Cupido. 
El de moza gentil diestra en la danza 

Busca el rostro florido 

La mejilla de rosa, 
Y a tu súplica sordo, allá se posa. 

Brusco, sobre la cima de vetusta 
Encina, el vuelo tiende, y te abandona, 
Porque la ruga adusta 
Porque el lívido diente 
Te han afeado y la nevada frente. 

Y no de Cos la grana rozagante 
Te ha de volver, ni rica pedrería, 

A aquella edad distante 
Que el Tiempo de pasada 
Dejó en públicas tablas consagrada. 

Qué se hizo gracia tanta? a dó la bella 
Color? dónde el andar voluptuoso? 

Qué fue de aquélla, aquélla 
Que en torno difundía 
Amor, y el corazón robóme un día? 

Sola, después de Cinara, ésta ufana 
Reina fue del placer y la hermosura; 

Segó muerte temprana 

A Cinara, y a Lice 
Suerte hubo de tocar más infelice; 

Pues que ella de corneja vividora 
Emula haya de ser, plugo al destino, 
Y que yo desde ahora 
Los que mozos ardían, 
Vuelta el hacha tizón, miren y rían. 

M. A. Caro— Traducciones— 18 



— 274 — 

CARM IV — 14 



Quag cura patfum. 



Con qué honores debidos a tu gloria, 
El Senado sabrá, sabrá el Romano 
Pueblo, de tus virtudes la memoria 

Esculpida en la historia 
Llevar, Augusto, al tiempo más lejano? 

Príncipe, en cuanto el sol de luz inunda 
Oh tú el mayor! — El cuello inobediente 
Negaba el Vindelicio a la coyunda; 

En ruina profunda 
Hoy todo el peso de tu brazo siente. 

Druso. más de una vez. con tus legiones, 
De Genaunos la fiera muchedumbre 
Y a los ágiles Breunos campeones 

Batió, y sus torreones 
Volcó del Alpe en la enriscada cumbre. 

Luego el mayor de los Nerones traba 
Combate con los Retos. Quién le viera 
Cuando a fuerza de escombros aplastaba 

Gente que nunca esclava 
De morir libre el juramento hiciera! 

Que, como rompe el Austro el golfo hirviente 
Cuando, nublos hendiendo, luz envía 
De Pléyades el coro, él impaciente 
Por medio al campo ardiente 
Su fogoso caballo revolvía. 

Como el Aufido mugidor, que baña 
Los términos de ApuÜa, luengamente 
Los cuernos abre en devorante saña, 

Y cubre la campaña 
Dilatando abundosa su corriente, 

Así el caudillo a quien en dar te agradas 
Consejo, )' fuerzas, y el favor del cielo, 
Sin pérdida cargando en oleadas. 

Igualó las ferradas 
Enemigas falanges con el suelo. 

Alejandría ya. tres lustres antes. 
Te abrió puerto y alcázar solitario; 
Tus huestes tornas a mirar triunfantes, 

Y tus lauros brillantes 
Realza venturoso aniversario. 



- 275 — 

El Cántabro, a quien nadie antes domara, 
El Medo, el Indo, el Scita vagabundo, 
Culto te dan. divinidad preclara, 

TÚ, cuyo brazo ampara 
A Italia, a Roma, capital del mundo! 

El Nilo, que su origen guarda arcano, 
K\ Istro, el Tigris de revuelta onda. 
Humilde 03'e tu voz. y el Océano 
Que, amagando al Britano, 
Muge, en monstruos hirviendo a la redonda. 

Óyela el Galo, que la muerte espera 
Con faz tranquila, y el Ibero rudo, 
Y el Sicambro, que goza entre la fiera 

Matanza, te venera. 
Puestas las armas, en silencio mudo. 



CARM V (ePOD.) — 2 

Beatus Ule ...... 

Bien baya aquel que ajen© de negocios, 

Como antaño los mortales. 
Libre de usuras, labra con sus bueyes 

Campo quf" fue de sus padres. 
No a las armas le llama hórrida trompa, 

Ni arrostra agitados mares; 
Ni el Fo»"o quiso ver, ni suntuosos 

Vestíbulos de magnates. 
Allá. pues, o con álamos erguidos 

Marida sarmientos grandes, 
O la mugiente grey mira de lejos 

Suelta en abrigado valle. 
O ya, ramas estériles cortando. 

Otras ingiere feraces. 
O bien en limpias ánforas recoge 

La miel de ricos panales, 
O las ovejas débiles esquila, 

Y cuando en frutos suaves 
Ornada la cabeza alza el Otoño, 

Cómo en coger se complace 
Ya la pera adoptiva, ora las uvas 

De la púrpura rivales. 
Que a ti. Príapo. ofrece, a ti. Silvano, 

Viejos agrestes guardianes! 
Tendido a veces bajo añosa encina 

O en tupido césped yace, 
Y oye el rumor de despenadas aguas 

Que ruedan por hondo cauce, 



■ 276 — 

Y el gemir de las tiernas avecillas 

Ocultas en el follaje; 
A par con la corriente el bosque suena 

Y el sueño apacible triie. 
Cuando acopio de nieves y de lluvias 

Anuncia Jove tonante, 
Al fiero jabalí sitia, y le hostiga 

De aquí y acullá con canes. 
O clara red en pértiga ligera 

Tiende a los tordos voraces, 
O dulce galardón, coge en el lazo 

Liebre fugaz, grulla errante, — 
Quién no olvida de amor cuitas y enojos 

En medio de goces tales? 

Que si honesta mujer — cual la Sabina 

O cual del Apulo ágil 
Tostada por el sol la fiel consorte — 

En la parte que le cabe 
Ve por la casa 3'' por los dulces hijos, 

Y, mientras llega de tarde 
Fatigado el marido, arrima al fuego 

Leña enjuta, y en cañales 
Encerrando el alegre ganadillo, 

Vacia las ubres tirantes, 

Y vino sirve de la dulce pipa 

Con no comprados manjares, — 
No habrá Lucrinas ostras, no habrá rombo 

Ni escaros que así me agraden 
(Si algunos a este mar tal vez arroja 

Marejada de Levante), 
No ave africana o francolín de Jonia, 

Que mi paladar halague 
Cual la aceituna de cargados ramos 

Cogida en los propios árboles 
O la acedera que los prados ama, 

O las malvas saludables. 
O la cordera al dios sacrificada 

En las fiestas Terminales, 
O cabritillo, de rapante lobo 

Arrebatado a las fauces. 

Qué es ver, mientras la cena, las ovejas, 

Al aprisco apresurarse 
Repletas, y llegar, vuelto el arado, 

Lánguidos los bueyes graves! 
Qué es ver los esclavillos, de la holgada 

Vivienda crecido enjambre. 
Asentados en paz a la redonda 

De los relucientes lares! — 



Así Alfio el usurero habló, y ansioso 

De mudar de vida y aires. 
Todo el dinero recogfió en los Idus, 
Y a premio en las Calendas vuelve a darle! 



CARM V (epod.) — 7 

Quo, quo scelesti . 

A dónde, a dónde os despeñáis, insanos? 
A qué el repuesto acero desnudar? 
No es bastante la sangre de romanos 
Que ha corrido en la tierra y en el mar? 

Y no para humillar a émula altiva 
Torres de otra Cartago haciendo arder, 
O al Bretón, si de nuevo el yugo esquiva, 
Otra vez aherrojado aquí traer; 

Mas porque el Parto satisfecho viera 
A Roma destronarse sin piedad. 
Qué lobo, o qué león, dó está la fiera 
Que en casta propia ejerza su crueldad? 

Es ciego ardoi? fatalidad? pecado 
Oculto? Cuál la causa, decid, cuál? 
— El pánico su espíritu ha embargado. 
Callan, y ostentan palidez mortal. 

Sí; abruma a los romanos dura suerte 
Por la culpa de Rómulo. Vertió 
Sangre inocente en la paterna muerte, 
Y a su progenie la expiación llegó. 



CARMEN SAECULARE 

Phoebe silvarumque 

Febo, y tú que las selvas señoreas 
Diana, altas lumbreras, digno objeto 
De eterno culto, dad lo que os pedimos 
En este tiempo santo. 

En que los versos sibilinos quieren 
Que vírgenes en coro y castos niños 
A los númenes canten guardadores 
De las Siete Colinas. 

Sol criador, que en refulgente carro 
Traes el día y lo sepultas, nuevo 
Siempre y el mismo, nada a ver tú llegues 
Más grandioso que Roma. 



— 278 — 

Suave en abrir las puertas de la vida. 
Tú, Ilitía, a las madres favorece: 
O ya Lucina o Genetil te nombren. 

Siempre invocada diosa, 

Generaciones de hombres multiplica, 

Y haz que las patrias previsoras leyes 
Que conyugales vínculos consagran 

Fecundidad reciban; 

Así cuando once décadas corrido 
Hubieren, estos cánticos y fiestas 
Podrán volverse a celebrar tres días 
Con sus alegres noches. 

Parcas, vosotras que cantáis veraces 
Lo que una vez para hora inevitable 
Se decretó, seguid nuestra dichosa 
Historia desvolviendo 

Rica la Tierra en frutos y ganados 
Con guirnalda de espigas orne a Ceres, 

Y cuanto críe bienhechoras lluvias 

Nutran y auras suaves. 

Plácido tú. guardadas las saetas. 
Oye, Apolo, a los niños que te invocan; 
Bicorne reina de los astros. Luna, 

Tú a las vírgenes oye: 

Si Roma es obra vuestra, si un puñado 
De Troyanos ganó la Etrusca orilla. 
Destinado a mudar, rodando el mundo, 
De hogares y de patria, 

Al que ileso por medio de las llamas. 
Reliquia de un gran pueblo, el justo Eneas 
A encontrar más de lo que atrás dejaba 
Abrió senda segura. 

Oh, a dócil juventud puras costumbres, 
Oh, a la cansada senectud reposo. 
Dioses, y bienes dad, y prole y gloria 
A la Romúlea gente, 

Y cuanto, al inmolar cien blancos toros, 
De Anquise y Venus descendiente ilustre. 
Demande el que al rebelde humillar sabe, 
Y al rendido perdona. 



— 279 — 

Ya por tierra y por mar fuerzas poteates 
El Medo teme y los Albanos fasces; 
Ya el Escita, soberbio ayer, y el Indo 
Recurren suplicantes. 

La Fe y la Paz, Honor, Pureza antigua 
Reviven, la Virtud menospreciada 
Vuelve animosa, y la Abundancia el cuerno 
De bienes muestra henchido. 

Si el dios profeta, el que arco reluciente 
Lleva, Febo, a las nueve Musas grato. 
El que artes usa que el dolor alivian 
Y la salud restauran, 

Propicio mira al Palatino monte, 
El bien de Roma y el poder latino 
De una edad a otra edad llevando vaya 
Con esplendor creciente. 

Y, de Aventino y de Álgido señores, 
De los Quince las súplicas Diana 
Benigna acoja, y a infantiles votos 

Preste indulgente oído. — 

Confiado en que Jove, en que los dioses 
Todos asienten, se retira el Coro 
Que amaestrado a cantar loores vino 
De Febo y de Diana. 



SÁTIRAS 

LIBRO II — SAT. VI 



Hoc erat in votis. 



Esta era toda mi ambición: ser dueño 

De un campo así, pequeño: 
Que un bosquete mi casa dominase 

Y manantial perenne la arrullase 
Embalsamada por jardín risueño. 
Los cielos más de lo que yo pedía 
Me concedieron. Bien está; ni sueño 

Con más, si de estos bienes 
Tú, Mercurio, en el goce me mantienes, 

Y pues al fraude la fortuna mía 

No debo, y desperdicios 
No ha de haber por mi culpa o por mis vicios, 

Ni exclamo en son de queja: 
«Tuviese yo esa punta de terreno 
«Que mi heredad acabalar no deja; 
«Cántaro hallase de monedas lleno,* 
Como el g-añán aquel, a quien la reja 
Tesoro descubrió que le guardara 
Benigno Alcides en el campo ajeno 
Que al punto compra y como suyo ara; 

Y pues contento estoy y agradecido, 
Hijo de Maya, con mi haber, te pido 

Que cebes mi ganado 

Y cuanto, en suma, en mis dominios veas, 
Solo el entendimiento exceptuado; 

Y cual lo has sido, mi custodio seas. 

Ora que a Roma hurtándome, tranquilo, 
Me amurallo en mi monte deleitoso. 

Qué hacer en mi reposo 
Mejor que versos de pedestre estilo, 
Ya que en mis reinos la ambición no crece, 
Ni el soplo asolador de mediodía 
Me amenaza, ni otoño que a la impía 
Diosa de las exequias enriquece? 
Dios matutino, o si prefieres, Jano! 
Tú a quien invoca, al empezar su oficio 
Cual lo ordenan los dioses, el humano; 
Aquí ya en fin despertador me seas 
Para hacer versos, tú que rae aldabeas 
En la ciudad para que abone a alguno, 

¡Sus! gritando importuno, 



— 281 — 

No otro más listo se anticipe, aviva! 

Y aunque en las calles silve aquilón duro, 

Y hagfa invierno que un círculo describa 
Más breve el día. arráncasme de juro, 
A que corra y pronuncie con voz clara, 
Lo que acaso después caro me cueste. 

Acabo, y es preciso 
Salir por entre todos, y si piso 

Al que estorba o se para. 

Desata la maldita: 

«Yendo a Mecenas éste, 
«Todo lo empuja y lo atropella: insano!> 

Confiésolo de plano. 
Esto me sabe a miel. — Pero al momento 
Que a las Esquilias ominosas toco. 
Cosa es aquella de volverse loco. 
Acá un negocio, allá otro, y veinte y ciento 
Juntos me asaltan 3^ me caen encima. 
— Roscio te ruega que a las ocho al foro 
Vayas. — Los oficiales del tesoro 

Desean tu asistencia 
Para un asunto de alta trascendencia. — 

Quinto mío, haz, te ruego. 
Que suscriba Mecenas este pliego. — 
Si digo, allá veré, «Cosa es sencilla 
Si lo quieres,> añade, y acribilla. — 

Ocho años hará presto 

Que a Mecenas engracio; 
Mas toda su amistad consiste en esto: 
Sácame en coche cuando al campo sale, 

Y conmigo platica 
Tocante a lo que nada significa. 
— Qué hora es? . . Del siró gladiador y el tracio 

Cuál juzgas sobresale?. . . . 
Ya de los pocos precavidos deja 
La mañana sentirse por lo fría. . . . 

Y cosas de esas que sin riesgo fía 
El labio fácil a indiscreta oreja 
Desde entonces la envidia roedora 
Crece de día en día y de hora en hora. 
«Al circo, ai campo con nosotros iba, 

«Y hoy con los grandes priva»; 
Todos dicen: «hijo es de la fortuna.» 

Si en los Rostros alguna 
Mala noticia nace y se derrama. 
Todo aquel que me alcance a ver, me llama: 
— Pues con los dioses andas mano a mano, 
Qué sabes de los Dacios. di? — Ni jota. 
— Tú siempre todo echándolo a chacota! 
— Confúndanme los dioses si te miento. 



— 282 — 

— Bien está; y de las tierras que Octaviano 
Prometió a los soldados, en Sicilia 
Se hará, o acá en Italia, el partimento? 
Juro en vano que nada sé: zorruno 
Créenme, y sigiloso cual ninguno. 

Tales mis días sucederse miro 

Y con pasión suspiro: 
¡O campo! cuándo a ti volveré? cuándo 
De obras del tiempo antiguo en la lectura, 

Y en dulce sueño y deliciosa holgura 
Mudas las horas se me irán volando? 

Tornaré a ver sobre mi mesa el haba 
Que prima de Pitágoras se alaba. 

Y legumbres guisadas con tocino? 
¡Oh noches que celestes me imagino, 
Cuando reúno, ante el fogón comiendo, 
A mis vecinos, y de rato en rato 

Viandas de mi plato 
A mis esclavos decidores tiendo! 
La sed cada uno cual la siente sacia. 
De deberes tiránicos exento: 
Gran copa alza éste y sin parar la vacia, 
Pequeña estotro y se humedece lento. 
Plática alegre trábase en seguida. 
No sobre casa ajena, ajena vida, 
Ni de si Lepos baila o nó con gracia; 
Mas de aquello que a cada cual atañe 

Y estudiar debe: cuál de bienandanza 

Los gérmenes entrañe, 
Si opulencia o virtud: si confianza 
O interés amistades afianza: 

Cuál la naturaleza 
Sea del bien y su ma)^or aUeza. 
Con fábulas de antaño mi vecino 

Cerbio, verboso la cuestión salpica; 

Y si en mucho, a distancia, alguien valora 
La riqueza de Arelio inquietadora, 

De este modo se explica: 

«Cuentan que a visitar al campesino 

«Ratón en su agujero 

«El de la corte vino. 
«Viejos amigos eran, y el primero 
«Parco engastar de provisión guardada; 

«Mas en llegando el día 
«Jovial era y y rumboso. — Al camarada 
«Sus garbanzos y avena ora franquea, 

«Y pasas acarrea, 

«Y llévale en la boca 



— 283 — 

«Trozo no intacto de pernii. — En vano 
«Con lo vario desea 
«Del manjar avivarle el apetito; 
«Que el ciudadano los manjares toca 
«Con desdeñoso diente, 
«Mientras, a fin de que él lo mejor torae 
«En paja fresca echándose el bendito 
«Amo de casa, zonzos granos come. 

«Y seguirás paciente. 
«Prorrumpe al fin, viviendo en la espesura 
«De agrio monte? A esta vida escasa y dura 
«De la corte prefiere el movimiento. 

«Sé dócil; vén conmigo. 

«Y vivirás contento 

«Mientras dado te fuere, 
«Que todo pasa en este mundo, amigo. 
«Y así el pequeño como el grande muere!» 

Saltó veloz del castillejo oscuro 

El ratón campesino. 

Y entrambos compañeros 

Emprendieron camino 
Colar pensando por debajo el muro 
En la ciudad, nocturnos forastero». 
El curso de las horas promediando 
Callado el cielo volteaba, cuando 
En soberbio palacio se introducen. 

Purpúreas telas lucen 
Sobre altos lechos de marfil, y en cestos 
De opípara comida andan los restos. 

Sobre tapete blando 

Al huésped colocando. 
Discurre el cortesano por la sala 
Bien como arremangado mesonero, 

Y con ricas viandas le regala. 

Y a fuer de adulador ceremonioso 
Nada le brinda sin probar primero. 

En suave reposo 
El rústico engullía, de mudanza 
Tan próspera encantado. — De repente 
Se abre de par en par una gran puerta: 
Corren los dos precipitadamente, 
Ni por donde escapar se les alcanza; 

Y quedan sin sentido 
Cuando de roncos canes al ladrido 
Sienten que tiembla el edificio entero. 
«¡Adiós! si esta es la dicha no la quiero,» 
Balbuce el campesino: «más me agrada 
Ronzar lentejas sin temor de nada. 
En mi repuesto bosque y mi agujero!» 



epístolas 

LIBRO I — 1 



Pruna dicte mihi. 



TÚ, a quien ya fueron mis primeros cantos 
Tú a quien irán los últimos, Mecenas, 
Porqué al circo volverme, donde luengo 
Tiempo me he dado a conocer, intentas? 
Di, no he comprado mi retiro? acaso 
Es esta edad como la edad aquella? 
Mira a Veyanio: de Hércules al ara 
Colgó sus armas, y a vivir se aleja 
Al campo en dulce oscuridad, no al pueblo 
A pedir gracia tras las lizas vuelva. 
Suéname de continuo en los oídos 
Ya ociosos esta voz: «Sé cuerdo! huelga 
«Da al corcel que envejece; no a desdicha 
«Llegue al fin a caer de la carrera 
«Y se ría de ti la muchedumbre. > 

A los versos y esotras bagatelas, 
Adiós he dicho, y a estudiar me he dado 
De la verdad, de la virtud la ciencia, 

Y de bienes procuro apertrecharme 
De que servirme con el tiempo pueda. 
Si a cuál maestro adhiero o qué doctrina 
Haya adoptado averiguar deseas, 

A ninguno he jurado vasallaje: 
Yo soy la ola que a doquier me lleva. 
Ora la vida activa abrazo, y busco 
El social trato, de virtud austera 
Rígido partidario: de Aristipo 
Ora resbalo a la moral, la cuerda 
Soltando sin sentir, y a mí las cosas 
Antes amoldo que amoldarme a ellas. 

Como la noche a aquel parece larga 
Que vanamente aguarda a infiel mozuela. 
Como el día al cansado jornalero. 
Como el año al pupilo a quien severa 
Madre supervigila, así enfadoso 

Y lento el tiempo me parece, mientras 
No puedo a los estudios consagrarme 

Que al hombre, o rico o pobre, le interesan, 

Y que jamás menospreciar le es dado 
Sin que, joven o viejo, mal le avenga. 



- 285 — 

Con tan sanos principios consolarme 

Y conducirme a su tenor me resta. 
Aunque (así hablo conmig-o) de Linceo 
Nunca la vista penetrante adquieras, 
Mas no descuides tus enfermos ojos. 

Si de Glicón las invencibles fuerzas 
Nunca será que ostentes, no por eso 
Franca a la gota dejes tú la puerta. 
Más vale algo que nada. El alma envidia 
O malos apetitos te laceran? 
Palabras hay, consejos que te sanen 
Aliviando por grados la dolencia. 
¿Hinchado estás de vanagloria? Puedes 
Hallar páginas de oro, que a leerlas 
Con atención te sentirás cambiado. 
En suma, envidia, cólera, pereza. 
Beodez, sensualidad, no hay vicio alguno. 
No hay pasión incurable, si se presta 
Paciente oído ala doctrina sana. 
Quien huye el vicio, a la virtud se allega. 
Mengua de insensatez raya en cordura. 
Ves cuánto de dolores de cabeza, 
Cuánto cuesta de afán el miedo vano 
A oprobiosa exclusión, a escasa renta. 
Cosas que el vulgo ciego de los hombres 
Como males enormes considera? 

Ávido mercadante la derrota 
Tomas tú de la India, la pobreza 
Huyendo, y hiendes los tendidos mares 

Y a escollos haces rostro y a tormentas. 
Oh! si escuchar, si aprovechar quisieses 
La voz de quien te advierte que la pena 
No vale ese señuelo que persigues! 
Cuál rehusara, vagabundo atleta, 

En los juegos olímpicos la palma 
Recibir que sin lid se le ofreciera? 

Pues si oro más que plata, más que entrambos 
Es la virtud que tan barata cuesta, 
<Medrar, medrar, amigos! procuremos 
<Las virtudes después de las monedas. > 
En la playa de Jano a la contina 
Suena eso: ancianos, jóvenes lo rezan. 
Bajo el brazo el registro y bolsa en mano. 
Valor, honradez tienes, afluencia. 
Talentos; si faltándote, con todo 
Seis, siete mil sextercios, no completas 
Los cuatrocientos mil, del pueblo eres. 



— 286 — 

Con más aviso cierto, cuando juegau. 
Rey ha de ser el que mejor se porte 
Repiten los muchachos. — Se atrinchera 
Bien y rebién aquel que mantuviere 
Limpia la frente y pura la conciencia. 
Yo esto creo: tú cuál prefieres, díme, 
La ley Roscia, u aquella cantinela 
Honrada por los Curios 3' Camilos, 
Que la corona al mérito dispensa? 
Allá, se te aconseja que por medios 
Lícitos, o si nó, como te sea 
Más fácil, adelantes tu fortuna, 

Y todo porque puedas más de cerca 
De Pupio ver los lagrimosos dramas; 
Acá, que la cerviz tan firme yergas 
Que a aplomarte no basten infortunios: 
Di, cuál prefieres de los dossisteiuas? 

Se me dirá: porqué, si en Roma vives, 
No cual los otros ciudadanos piensas? 
Porqué no amas lo que aman, ni aborreces 
Lo que aborrecen ellos, si paseas 
En sus calles y pórticos? Respondo 
Lo que al león enfermo la vulpeja: 
«Esas huellas me asustan; que son todas 
«No como de quien sale, de quien entra.> 
Además, cuál maestro, cuál doctrina 
Seguir? Tú el monstruo de las cien cabezas 
Eres, pueblo romano. De tus hijos. 
Estos se afanan por tomar las rentas 
Del Estado en arriendo; aquellos tratan 
De ganarse viudas avarientas 
Con frutas de regalo y guUorías, 
O ancianos sin malicia, a quienes llevan 
Al corral luego, cogen en sus redes: 
Mil con usuras clandestinas medran. 
Que cada cual sus gustos tenga, pase; 
Mas quién siquier un hora los conserva? 
Con mucho es Bayas lo mejor del mundo: 
Esto pronuncia el opulento, y tiembla 
El golfo su frenético entusiasmo; 
Mas cata ahí que si le da la vena, 
Mañana, alboreando, hacia Teano, 
Los obreros se irán con la herramienta. 
Eres casado? el celibato envidias: 
Célibe? quién casado, dices, fuera! 
Pues cómo encadenar este Proteo? 

Y el pobre? Es de reír! De baño y mesa 
A cada paso y de barbero muda, 

Y como al opulento la galera 



- 287 — 

Que goza en propiedad, asile aburre 
El barquete alquilado en que pasea. 

Si acaso a visitarte con remiendos 
Mal guardados debajo de una nueva 
Túnica llego, o trasquilado a cruces, 
O si la toga desigual me cuelga, 
A sabor reirás. Mas si consigo 
Mi alma en sus opiniones no concuerda, 
Si del flujo y reflujo de los mares 
El cuadro melancólico presenta. 
Si ora ama y odia luego, alza y derriba, 

Y hacer '"edondo lo cuadrado anhela, 
La locura de todos los mortales 
Dices que teng'>. y a reír no aciertas 
Ni que he menester médico barruntas 
O curador de pobres. — Y eso piensas. 
Tú que eres mi sostén; tú que no sufres 
Que mal, ni en parte mínima, padezca 
Quien para ti, no más, y por ti vive. 

En suma, excepto Júpiter, campea 
Sobre todos el solio. — Libre, hermoso 

Y de honores colmado y de riqueza, 
Rey es de reyes, 5" en salud boyante. 
Como la gota a importunar no venga. 



KP. I — 2 

Irojani belli. 

Mientras tú en Roma en declamar te ensayas 
Lolio, en Preneste yo a leer he vuelto 
Al narrador de la troyana guerra. 
Mejor que Crántor ni Crisipo en hecho 
De mostrar claro de virtud la senda: 
Oye el porqué, si no te quito el tiempo. 

El poema que cuenta la terrible 
Larga lid que entre bárbaros y griegos 
Trabóse, gracias al amor de Paris, 
Las pasiones, los locos devaneos 
De príncipes enseña y de naciones. 
Que la manzana de discordia luego 
Se quite, opina Anténor: Pa'-is niega 
Que a reinar puedan 3' a vivir con huelgo 
Forzarle. Néstor conciliar en tanto 
Quiera al hijo de Tetis y al de Atréo, 
Tomado este de amor, ambos de enojo: 
Reyes las hacen y las paga el pueblo. 
Revueltas, iras, ambición. 'en suma 
Reina el mal muro afuera'y muro adentro. 



— 288 - 

En el otro poema nos presenta 
El escritor, para enseñar que dello 
El valor puede y la prudencia alcanza, 
Delante de los ojos el ejemplo 
Del héroe aquel que vencedor de Troya, 
Ciudades y usos estudió diversos, 

Y por la mar, el suyo procurando 

Y de sus compañeros el regreso. 
Tanto sufrió, sin que bastase a hundirle 
Nunca la ola del destino adverso. 

La voz de las sirenas, el brevaje 

De Circe sabes: que si Ulises, ciego. 

Insensato además, como los otros 

A apurarle arrojárase, en eterno 

Por la maga falaz esclavizado 

Can fuera inmundo u enfangado cerdo! 

Para hacer bulto y regalar el vientre 
Los más servimos sólo: verdaderos 
Amantes de Penélope, venimos, 

Y de Alcinóo a serios palaciegos. 
Del cuerpo esclavos, a dormir usados 
Hasta que toca la mitad del cielo 

El sol, 5' a conciliar con el ¿onido 
Suave de las cítaras el sueño. 
Quizá a matar a un hombre, se levanta 
En alta noche el robador: tú empero, 
Nunca en tu bien a despertar aciertas? 
Si excusas sano el ejercicio, luego 
Te obligará a correr la hidropesía: 
Si nunca un libro y una luz, primero 
Que ría el alba, pides; si al estudio 
Nunca te das y a pensamientos serios. 
Habrá, cuando recuerdes, insidiado 
Amor o envidia tu infelice pecho. 
En el ojo una paja te molesta, 
Ya sacártela vas en el momento. 
Mas como un vicio el alma te saltee, 
Para luego difieres el remedio. 
Sabio arréstate a ser; mano a la obra: 
Es el paso difícil el primero; 
Dalo! Quien sana corrección dilata. 
No es más que un necio viajador, atento 
Para pasar, a que delante un río 
Pase, que corre y seguirá corriendo. 

Busca un hombre caudal, mujer, y en ella 
Alegre sucesión? Con duro hierro 
Inculta selva enhorabuena allane. 



— 28'» — 

Mas lo preciso habiendo, a sus deseos 

Poner límite debe. Por ventura 

P^értiles avanzadas, ni soberbios 

Palacios, ni oro acumulado y plata 

La fiebre curan o el pesar del dueño? 

Quiere salud de la riqueza el goce. 

Ál que teme o desea está el dinero 

Como un cuadro al miope, al que un oído 

Duele, sonora música, o fomentos 

Al gotoso. No siendo puro el vaso, 

Se agria el licor. Placeres huye cuerdo: 

Caros saldrán si con dolor se compran. 

En la indigencia vive el avariento: 

Guárdate tú de serlo. El envidioso 

En ascuas vive con el bien ajeno: 

La envidia! no idearon los tiranos 

Sículos nunca tan cruel tormento! 

El fácil de irritar que a la venganza 

Se arroja, habrá de arrepentirse presto. 

Es la cólera un rato de locura: 

Tirano es siempre el corazón o siervo; 

En esa alternativa, dominarle 

Debes; pónle en cadena, tasque el freno. 

A andar con gracia y a volver de grado 

Muestra el jinete sin trabajo al nuevo 

Corcel, blando de boca por la cuenta. 

Tierno can que ha ladrado a piel de ciervo. 

Luego al monte va a caza. Tú, lo mismo. 

Debes desde ahora a la virtud, mancebo. 

Tu conducta amoldar y sus lecciones 

En la mente esculpir. El vaso, luengo 

Tiempo al licor primero que contuvo 

Huele. — Por mí, que apriesa andes, que lento. 

Ni aguardar curo a quien atrás me queda. 

Ni atener con quien vaya delantero. 



líp. I — o 

I lili Flore . . . 

Qué regiones del orbe con sus armas 
Claudio, de Augusto el entenado, ocupa. 
De ti espero saber, amigo Floro. 
Os detiene la Tracia por ventura. 
Y con grillos de hielo el Hebro atado? 
Cerca de la corriente vais que ondula 
Entre célebres torres, o del Asia 
Montes holláis y fértiles llanuras? 
La docta comitiva en qué trabaje, 
También curiosa mi amistad pregunta. 
Quién de Augusto escribir la historia emprende? 
M, A. Caro— Traducciones— 19 



— 290 — 

Quién legar a remota edad futura 
Anales de la paz y de la guerra? 

Y qué hace Ticio, aquel que con fortuna 
Andará en breve en boca de las gentes. 
Porque o. beber de Píndaro en la oculta 
Fuente acudió sin inmutarse, y francos 
Lagos y ríos desdeñoso excusa? 

Goza salud? Recuerda a los amigos? 
Los pindáricos números ajusta 
A la romana cítara, fiado 
En los auspicios de benigna Musa, 
O en el género trágico se ensaya 
Con tono apasionado 3^ voz rotunda? 

Y Celso? Aconséjele, y muchas veces 
Vuélvole a aconsejar que se reduzca 
A su propia cosecha, y no se afane 
Por tratar cuantos libros acumula 
fíl Palatino Apolo, no suceda 

Que a reclamar los pájaros sus plumas 
Lleguen, y la corneja mueva a risa, 
De los colores que robó, desnuda. 

Y tú en qué te ejercitas? Qué tomillos 
Rondas en vago revolar? Ni inculta. 
Ni escasa, ni vulgar inteligencia 
Demuestras, ora aguces tu facundia 
En forenses discursos, o de leyes 
Intérprete, respondas a consultas; 

Y si escribes amables poesías, 
Hiedra triunfal las sienes te circunda, 

Y a ti desciende la primer corona. 
Qué te falta? Si intrépido renuncias 
A fríos paliativos de interiores 
Dolencias, prontamente a las alturas 
Adonde celestial sabiduría 

Te guíe, llegarás. En esa lucha 
Todos, grandes o chicos, porfiemos, 
Si aspiramos a hacer nuestra conducta 
Grata a la Patria y a nosotros mismos. 

Dime también si por Munacio dura 
Tu amistad, o si mal tan dulces lazos 
Empalman, y otra vez se desanudan. 
Ya el ardor de la sangre, o la ignorancia 
Del mundo, con cerviz rebelde y dura 
A mal traer indómitos os lleve, 
Doquiera estéis vosotros dos, que nunca 
Fraterna intimidad romper debierais, 
Sabed que, en voto a las deidades, una 
Ternera a vuestra vuelta consagrada, 
Paciendo está del campo la verdura. 



2«íl — 



r.p. 1-4 

.Ubi nostfO'um. 



¿Qué harás ahora en la región Pedana, 
Albio, de mis poéticos discursos 
Cándido juez? Opúsculos escribes 
Que a Casio venzan, el de Parma oriundo? 
O en bosques salutíferos deslizas 
Las errantes pisadas taciturno, 

Y sólo te preocupas, meditando 

Lo que a varón convenga sabio y justo? 
No eres cuerpo de espíritu vacío: 
Hermosura te ha dado el cielo, y junto 
Con la riqueza el arte de gozarla. 
Qué más nodriza amante al tierno alumno 
Pudiera desear, sino que entienda, 

Y expresar logre lo que siente, y mucho 
Favor, fama y salud le toque en suerte. 
Aseado manjar, caudal seguro? 

Haz cuenta entre esperanzas y recelos, 

Y en medio de las cóleras y sustos. 
Que es cada día el último que vives; 
No esperado placer vendrá más puro. 

Y ven a ver tú mismo con tus ojos 

Qué bien cuidado estoy, cuan gordo y lucio, 
Cuando quieras reírte contemplando 
Un cerdo de la piara de Epicuro. 



KP, I — 5 

Sí potes . 



(Convídale en vísperas de día festivo a una cena frugral con íntimo!; 
amig-GS. Elog-io del vino). 

Torcuato, si en triclinios mal labrados 
Descansar no rehusas, y no temes 
Cenar varia legumbre en plato humilde, 
Con la puesta del sol. a casa vente. 
Jugo, que entre Petrino de Sinueva 

Y la húmeda Minturnas, en toneles 
Depositóse cuando vez segunda 
Tauro fue cónsul, mi amistad te ofrece. 
Si algo tienes mejor, traerlo cuida; 

Si nó, la ley admitirás del huésped. 
Ya están a recibirte apercibidos 
El limpio hogar y aderezados muebles. 
Al proceso de Mosco da de mano, 

Y ambicioncillas. pleitos de intereses 



— 292 — 

No te preocupen. Sin contar las horas 
LdZ estiva noche en plática indulgiente 
Alargaremos, pues natal de César 
Mañana es día en que dormir se puede. 

Concedido caudal de qué me sirve 
Si al par el uso no se me concede? 
El que por bien de su heredero, ahorra 

Y estrecho vive, acércase a demente. 
Yo a esparcir flores y a beber me pongo; 
Beber! y de aturdido me motejen. 

Qué de milagros la ebriedad no logra? 
Descubre lo recóndido; convierte 
LíOS sueños de ventura en realidades; 
Empuja a los combates al inerte; 
Del peso de cuidados que le oprimen 
Alivia al corazón; trazas sugiere; 

Y a quién de vino rebosantes copas. 
Elocuente no hicieron? Cuántas veces 
De la dura pobreza entre los grillos 
Al infeliz la libertad no vuelven? 

Yo que mi obligación entiendo y cumplo 
Gustoso cuidaré que los tapetes 
Aseados estén, que no te hagan 
Torcer el gesto sórdidos manteles; 
Que puedas, si los miras, a ti propio 
En los jarros mirarte y en las fuentes; 
Que entre fieles amigos no haya alguno 
Que fuera del umbral, lo que hablen lleve, 

Y trabados estén los comensales. 
Cada cual con aquel que le conviene. 
Aquí a Septicio te hallarás, y a Butra, 

Y si anterior invitación, o redes 
Más gratas no le impiden, a Sabino 
Traeré también al fraternal banquete. 
Hay puestos destinados para sombra, 
Bastantes (pero acuérdate que empece, 
Olor caprino si el concurso es denso), 
Envíame a decir con cuántas vienes; 
Negocios deja, y sal por el postigo. 

En el atrio aguardándote el cliente. 



EP. I- 



A''tl admirari 



Nada dársenos de nada 
Numicio, es la única cosa 
Con que la vida dichosa 
Puede hacerse y descansada. 



— 293 — 

Kl sol, los astros, la luna, 
Las horas que al tenor giran 
De oculta lej'. muchos miran 
Sin admiración ning-una. 

¿Cómo debieran mirar 
Los tesoros de la tierra. 
Los que a los indos encierra 
Y a los árabes el mar; 

Los aplausos de la plebe. 
Circos, teatros y fiestas? 
De cosas tales como estas 
Qué pensar el hombre debe? 

Quien tiembla venir a mal, 
Quien ir a mejor desea. 
Como peligro se vea 
Se atormentan al ig-ual. 

Elscasez y holgura, a ser 
Vienen al fin estupor. 
Sea excesivo dolor, 
Sea excesivo placer. 

No al justo así bien se llama, 
Deja el que es sabio de sello. 
Cuando lo bueno, lo bello 
Con moderación no ama. 

Vé, y de mármoles ahora 
De bronces, vasos de plata. 
De girones de escarlata. 
Si te atreves, te enamora. 

Busca piedras estimadas. 
Esplendores de opulencia. 
O fija con tu elocuencia. 
De las gentes las miradas. 

Acude al foro el primero. 
Y el último sal; no a Muto 
Rindan sus campos tributo, 
Que sobrara a tu granero- 
Naciendo el baldón de abi 
De que un inferior en cuna 
Más que tú a él. en fortuna. 
Que envidiar te diera a ti. 



— 294 — 

Guay ! los que hoy luciendo están. 
Los devorará la tierra, 

Y otfos que ocultos encierra 
El tiempo, a su vez saldrán. 

Que después que sin cesar 
Te hayas acá pompeado, 

Y de Agripa te hayas dado 
En el pórtico a mirar, 

Y asaz con tus equipajes 
Deslumhrando el Apia vía. 
Do Anco bajó y Numa, el día 
Vendrá también en que bajes, 

Si te aqueja enfermedad 
Del cuerpo, remedio empleas. 
Pues si felice deseas 
Vivir (quién nó?) y si es verdad 

Que lo obtendrás como fueres 
Virtuoso, con valor 
Pon manos a la labor 

Y deja vanos placeres. 

Mas si es la virtud un vano 
'Nombre en tu sentir, cual es 
Madera un bosque, éa pues! 
Nadie te gane de mano, 

De Bitinia o de Cibira 
Kn los puertos, mil talentos 
Busca, sin perder momentos, 

Y a duplicarlos aspira. 

Qué! triplícalos. Mujer 
Nos da el dinero, nobleza, 
Crédito, amigos, belleza: 
Omnímodo es su poderl 

De Capadocia ei rey tiene 
Larga servidumbre al paso 
Que anda su tesoro escaso: 
Ser rico así no conviene. 

Cuentan de Luculo que 
Para el teatro cien mantos 
Se le pidieron: «no tantos 
Habrá,» dijo, «más veré.» 



— 295 — 

Al rato escribió tener 
Miles hallados; dé arte 
Que bien podían de parte 
O de todos disponer. 

En casa de acaudalados 
Todo a colmo es fuerza que haya, 
Que el amo en ello no caya, 

Y aproveche a los criados. 

No excuses molestia alguna 
Si en eso la dicha está; 
Si es el favor el que da 

Y el fausto buena fortuna. 

Esclavo que junto lleves 

Y a quien de los transeúntes 
Nombre y títulos preguntes. 
Comprar sin tardanza debes. 

El cual, porque no te embargues 
Entre uno y otro embarazo. 
Vaya dándote en el brazo 
Para que la mano alargues. 

Este (te dirá) en la gente 
Velina, notable es; 
Estotro que cerca ves. 
Con los Fabios influente. 

Mucho aquel otro con mil 
Importunidades puede; 
Las fasces quita y concede 

Y la curul de marfil. 

Ni dejes pasar ninguno 
Sin llamarle hijo, o bien padre, 
Según el nombre que cuadre 
A la edad de cada uno. 

Si bien vive quien bien come, 
Si esto juzgas, con la fresca 
Salgamos a caza o pesca 
Según la gula nos tome; 

Cual Gargilio que solía 
Con prevenciones de caza 
Llenar las calles y plaza 
Apenas rayaba el día; 



— 296 — 

Porque de muchos, trajese 
De tarde un mulo cargado 
Con un jabalí comprado, 
Y el pueblo su entrada viese. 

Sin pensar si es malo o bueno, 
Si nos redunda o no en daño, 
Metámonos en el baño 
Con el estómago lleno, 

Cual ciudadanos de Ceres, 
Cual los que a Ulises siguieron, 
Que a la Patria prefirieron 
Ilegítimos placeres. 

Si en fin a Mimnermo crees, 
Si sólo broma y amores 
Te aplacen, que te enamores 
Será bueno, y que bromees. — 

Adiós! Si sabes, amigo, 
Algo mejor, dimeló 
Para mi instrucción: si nó, 
En todo frisa conmigo. — 



EP. 1—7 



Quinijuc dies. 



Cinco días te dije que estaría 
En el campo, no más; se pasa agosto, 

Y téngote aguardando el mes entero: 
Que de informal me riñes, ya te oigo. 
Mas no me quieres bueno siempre y sano? 
Pues libertad que al enfermar me tomo, 
Es justo que también me la concedas 

Si de enfermar tal vez peligro corro. 

Y no ves al calor, que higos sazona, 
Multiplicar los lechos mortuorios 
De su negra cohorte rodeados? 
Padres y madres, con la muerte al ojo. 
Tiemblan por los hijuelos: de la corte 
La baraúnda y tráfago del foro 
Fiebres causa y descubre testamentos. 
Luego que invierno vista en niveos copos 
Los campos de Alba, iráse tu poeta 

Las riberas a ver del mar sonoro, 

Y allí abrigado pasará leyendo; 

Mas, de irte a ver, feliz cumplirá el voto, 
Con tu licencia, dulce amigo, apenas 
Las golondrinas vuelvan y el Favonio. 



— 207 — 

TÚ has querido de dádivas colmarme. 
Noble Mecenas; pero no del modo 
Que al huésped brinda el Calabrés sus frutos. 
— Cómelas! — dice con fervor. — No poco 
Tomé. — Recoge lo que más te plazga. 
— Gracias, repito. --Pero no perdono 
Que alguna friolera a tus chicuelos 
No lleves. — El obsequio reconozco 
Cual si cargado fuese.— Como gustes; 
Mas ten que a cerdos, lo que reste, arrojo.-- 
Así el rüín es pródigo; así ofrece 
Lo que no ha menester: por eso a rodo 
Coséchase cada año mies de ingratos. 
Mas el hombre de veras generoso 
Hace merced a aquel que la merece; 
Ni el que farsantes sacan, juzga oro. 
Por honor tuyo en merecer me empeño, 
Caro Mecenas, el favor que logro: 
Mas si quieres también viva a tu lado. 
Volverme debes la salud de mozo. 
Negros rizos que mi ancha frente achiquen, 
Dulce sonrisa y atractivo tono, 

Y poder a tu mesa con donaire 

De una bella quejarme y sus enojos. 

En un cesto de granos se entró ayuno 
Breve ratón por agujero angosto; 
Cebóse allí, 3- en vano pretendía 
Salir luego, esforzando el cuerpo romo. 
Viole una comadreja desde lejos 

Y hablóle a este tenor: — Querido, sólo 
Escaparás volviendo a tu tamaño; 
Por do uno flaco entró, no sale gordo. 
Si la especie me aplican, verme pueden 
A todo renunciar: pues no, cual otros. 
Después de un gran banquete las tranquilas 
Noches del pobre, inconsecuente loo; 

Y a fe que trueque por la Arabia entera 
Mi dulce libertad y mi reposo! 

Mi sobriedad has alabado mucho, 

Y yo mi dueño y padre rostro a rostro 

Te he dicho, y por detrás: falta que ensayes 

Si el don que acepto alegre, alegre torno. 

Esta el hijo de Ulises al de Atréo 

Bella respuesta dio:— No hallan los potros 

Buenos pastos en Itaca, ni tienen 

Campos allí para espaciarse idóneos: 

Usa en mi nombre un don que usar nopuedo.- 

Mecenas. al pequeño basta poco. 



— 298 — 

Yo por mi parte, en la opulenta Roma 
A esparcirme no acierto, y más rae gozo 
En la callada soledad del Tíbur, 
De Tárenlo en el seno deleitoso. 

Las dos serían de la tarde cuando 
Filipo, aquel jurista noble y docto 

Y valiente orador, como volviese 
A su casa quejoso porque el Foro 
Para él, anciano ya. quedaba lejos. 
Echó de ver que bien rapado y mondo 
En una barbería arrinconado 

Las uñas se igualaba un cariocioso. 

— Demetrio! (era un esclavo que a Filipo 

El pensamiento adivinaba) pronto 

Vé, y pregunta quien es, qué oficio tiene, 

A quién sirve, y en dónde vive y cómo, 

Demetrio vuela, y trae razón — Se llama 

Vulteyo Mena el tal; su haber es corto, 

Y él pregonero público; le tienen 
Generalmente por honrado y probo: 
Sabe buscar, y lo que gana, a tiempo 
Gasta: vive en hogar humilde y propio; 
Con algunos amigos anda, y suele 

A espectáculos ir por desahogo. 

— Saberlo quiero de su misma boca: 

Di que a cenar le aguardo. — Mena absorto 

Queda, lo piensa, en suma da las gracias. 

— Y qué! rehusa? — O apocado u hosco 

La invitación el malandrín no acepta. 

Al otro día al pregonero en corro 
Filipo halló vendiendo baratijas; 
Párase y le saluda. Mis negocios. 
Señor, el tiempo y la atención me roban; — 
Mena responde, con afán y asombro: 
Perdonad si no fui por la mañana, 

Y hora no os saludé primero. —Otorgo 
El perdón como asistas esta tarde. 

— Sí haré. — A las tres; y no lo diga a sordo! 
Sigue hora con tu venta, y buen provecho, — 

Concurrió nuestro Mena, y a su antojo 
Despepitó cuanto al magín le vino, 

Y a dormir le enviaron ya beodo. 
Viendo que el pez el cebo frecuentaba, 
Pues de saludadores en el coro 
Temprano estaba, y a la mesa luego. 
En las fiestas latinas el patrono 



— 2')9 — 

[nvitóle a una ¿granja que tenía 
Cerca de la ciudad. Vulteyo orondo 
Andaba caballero sobre un jaco. 
Haciendo a diestro y a siniestro encomios 
Del cielo y de los campos de Sabina. 
Vele Filipo y se lo ríe, y como 
Solaz en todo y distraccii'n buscaba. 
Dónale siete rail sextercios, y otros 
Siete mil le promete dar prestados 
Para que compre un pegujar. Comprólo, 

Y (abreviaré por no cansar) trocóse 
De ciudadano gfuapo en gañán tosco: 
Sólo hablaba de surcos y de viñas, 
Sólo pensaba en ordenar sus olmos, 

Y le nacieron prematuras canas 
De puro cavilar en los ahorros. 
Empezó a ver que cabras y ovejuelas 
Mermaban, ya con pestes, ya por robos, 
Qe ora la seir.entera se perdía, 

Y ora expiraba de fatigfa un toro; 

Y no pudiendo más, a media noche 
Se levanta, un trotón embrida, y torvo 
Vase derecho a casa de Filipo. 

El cual al verle desgreñado y roto, 
— Vulteyo — dice— a mal traer te trae 
Lo muy afanador. — Más bien de loco 
Tratad a este infeliz! A que a mi estado 
Antiguo me tornéis, a vos acorro; 
Patrón, por vuestros lares os lo ruego, 

Y por vos mismo, y por los dioses todos! — 

El que eche menos lo que en cambio ha dado, 
Procure, destrocando, su recobro. 
Si a nuestro pie calzamos, y vestimos 
A nuestro talle, afortunados somos. 



EP. I — S 

Celso gaudetc . 



A Celso Albinovano vuela, oh Musa, 
De Nerón secretario y compañero 

Y ofrécele mis votos más cordiales 
Por su dicha y salud. Si te interroga 
En qué me ocupo, le dirás que muchas 

Y magníficas cosas proyectando 

No vivo empero bien, ni estoy cont nto; 
No que mis vides el granizo azote, 
Ni mis olivos el calor consuma; 



- .-^00 — 

Ni que en campos remotos desfallezcan 

Mis ganados enfermos. Es el caso 

Que de alma menos sano que de cuerpo^ 

Nada quiero saber ni oír que alivie 

Mi dolencia. Los médicos me irritan, 

Con misíieles amigos me incomodo, 

Porque arrancarme sin demora quieren 

Al funesto letargo que me abruma. 

Persigo lo que me es nocivo, y huyo 

De lo que puede aprovecharme. En Roma 

Por Tívoli suspiro, y veleidoso 

Si 3-a en Tívoli estoy, por Roma anhelo. 

Pregiíntale después, si bien lo pasa. 
Cómo así propio se conduce, y cómo 
Sus negocios maneja, y en qué grado 
Sabe del joven príncipe y su corte 
Granjearse el favor. Si te replica: 
<A maravilla todo,» lo primero 
El parabién darásle, y enseguida 
Susúrrale al oído esta sentencia: 
«Como tu suerte tú llevar supieres, 
Celso, así los demás te trataremos.» 



KP. 1—9 
A Claudio Tiberio Nerón. 

Claudio, no hay quien entienda cual Septimio- 
Lo mucho en que me tienes. Me ha rogado, 

Y a esto en suma con súplicas rae obliga 
Que yo a ti le presente y recomiende 
Como merecedor de que le atienda 

Y le dé entrada un príncipe que sólo 
Lo más granado a su persona allega. 
El, de amigo más próximo las veces 
Juzga que puedo ejercitar; y en ello 
Muestra que, más que yo, ve claro y siente 
Cuál es cerca de ti mi valimiento. 
Muchas razones alegué, por donde 
Hurtase el cuerpo. Mas por otra parte 
No quiero se imagine que me finjo 
Pobrecillo, y que oculto en mi provechos- 
Consumado egoísta, mis recursos. 

Huyo, pues, de esta nota, por más fea, 

Y áulica palma a disputar me allano. 
Si apruebas, como obsequio )' sacrificio 
Que ofrezco a la amistad, mi desenfado. 
Por tuyo alista al buen Septimio, y como 
A hombre fiel 3' legal dígnate honrarle. 



- 301 — 

i-:p. i— 10 



( thts amaiorent . 



A ti amador de la ciudad, saludo 
Yo amador de los campos, y no dudo 
Que sólo en esto yo de ti disiento; 
Mío es por lo demás tu pensamiento, 
Pues nunca quiero lo que tú no quieres 

Y amigo soy de lo que amigo eres. 
Cual hermanos gemelos, caro Fusco. 

Antes cual los palomos 
De la fábula somos, 
Que tú guardas el nido 

Mientras yo vuelo y el torrente busco; 

El torrente me place y su ruido, 

Y los riscos de musgo coronados, 
Bosques frondosos y mullidos prados. 

Siento, en fin, que revivo 
Rey de mí propio, al verme de las trabas 
Libre de la ciudad, cu)'o atractivo. 

Voluntario cautivo 
Tú así cual muchos, de encomiar no acabas. 
Como a los sacerdotes el criado. 
De miel y ofrendas del altar ahito. 
Se escapa al fin, de pan necesitado, 
Tal dejo la ciudad; pan necesito! 
El que una casa edificar procura 

Traza sitio primero: 
Sitio debe trazar el que a natura 
Procure atemperarse. Cuál empero 
Mejor habrá que el campo venturoso? 
Dónde el invierno es menos riguroso? 
El soplo de las auras regalado 

Dónde mejor la llama 

Del Cancro, o los furores 
Del león templa, cuando el sol le inflama? 

Dó el roedor cuidado 
Turba menos los sueños? Por ventura 
Cederá al pavimento de colores 
Campo oloroso que matizan flores? 
O surte en tubos de metal más pura 
El agua, que si libre se abre calle 
Encaneciendo al desgajarse al valle? 
Mas es lo singular, Aristio mío, 
Que umbroso bosque entre columnas planta 

El rico ciudadano, 

Y palacios levanta 
Que dominen el campo comarcano: 



302 



La natura expulsamos, y al descuido 
Ella se vuelve, y triunfa sin ruido 
Y su antig"uo dominio recupera. 

Mal anda el mercadante 
Que nunca distinguió la verdadera 
Púrpura de la falsa: semt jante 
Riesgo corre el que no halla diferente 
Del genuino bien el aparente. 
Si nos sedujo la fortuna amiga, 
Nos abate a su turno la euemiga, 

Y somos infelices 
Cuando el bien que a volver se nos obliga, 
Torció en el pacho incauto hondas raíces. 
Evitemos por tanto la grandeza; 
Masque quien trono ocupa y lleva el nombre 
Rey puede ser en pobre choza el hombre. 
En campo abierto do con él pacía 
El ciervo al potro importunaba un día: 
Inferior en la pugna y la carrera 
Buscó éste al hombre, que le embrida, y llenO' 
De ardor lanzóse y alcanzó victoria, 
Sin que de entonces arrojar pudiera 
Del lomo al hombre, de la boca el freno. 

Ahí tienes la historia 
Del que pierde por miedo a la pobreza 
La libertad, que es la mejor riqueza, 

Y vil cadena arrastra de contino 
Porque a usar lo preciso no se avino. 
Quien no acierta afijar la medianía 

Camina con calzado 
Que o le lastima, estrecho en demasía, 
O andar le impide por lo muy holgado; 

Sabio llamo al que supo 
Al destino amoldarse que le cupo. 
Ten presente esta regla, Aristio amigo, 
Ni rae dejes, te ruego, sin castigo 
Si vieres que infringiéndola me afano 

Tras lo superfino y vano, 

Y a más aspiro mientras más adquiero. 
No hay medio: o rey o esclavo es el dinero: 

No vale masque sea 
P31 mezquino, y no yo, quien cabestrea? 
Punto pongo a esta epístola, dictada 
Tras ruinoso templete de Vacuna, 
Por tu amigo, contento en su fortuna 

Y a quien, excepto tú. no falta nada. 



- 303 — 

KP. I — 11 

Quid tibí visa CchioS. 



Qné tal te pareció la ínclita Samos? 
Sarde, corte de un rey, Lesbos y Scío, 

Y Esmirna, y Colofón, qué tales?. . . . ¡Vamos! 

Son cual dicen, o más, Bulacio mío? 
O menos? O no valen, juntas, nada. 
A par del Tiberino campo y río? 

De Átalo una ciudad tal vez te agrada? 
O ya. de viajes y del mar cansado, 
A Lébelo prefieres por morada? 

Lébelo! Miserable despoblado 
Más que Gabia o Fideno; 3' yo mi nido 
En él, con todo, hiciera de buen grado, 

Olvidando a los hombres, y a su olvido 
Condenándome, y lejos, desde el puerto 
Contemplando a Neptuno enfurecido. 

Más di, aunque de agua y lodo esté cubierto,. 
Quién se arraiga en posada, si viajaba 
De Capua a Roma? Aunque de frío yerto. 

Quién estufas y baños así alaba 
Cual si ellas deparasen al deseo 
Vida dichosa y la fortuna esclava? 

Así el que padeció tormenta, creo 
Que su nave no es justo que enajene. 
Saltando en tierra allende el mar Egéo. 

Si Rodas ni la hermosa Mitilene 
Son buenas para un hombre salvo y sano. 
Cual túnica ligera no conviene 

En invierno, ni abrigos en verano; 
Ni en brumal estación el Tibre frío. 
Ni hornos en el calor de Agosto insano. 

Mírete la fortuna sin desvío, 

Y encomia desde Roma, en lontananza, 
A Samos la gentil. Rodas o Scío. 

Cosecha, grato al cielo y sin tardanza. 
Momentos de placer y de alegría, 

Y no a UD ano dilates la esperanza. 



— 304 - 

Vivirás bien viviendo coa el día: 
Si matar el afán que nos devora. 
Cual puede la prudencia, no podría 

Ciudad naval, de abierto mar señora, 
Muda de clima, y no de sentimiento 
Quien lejas tierras, navegando, explora. 

Inquieta ociosidad nos da tormento 
Haciéndonos rodar en coche o nave: 
Aquí mismo, aun en Ulubre, el contento 
Que buscas, halla quien vencerse sabe. 



I5P. 1 — 13 

lit proficiscentem 

Despacio y muchas veces. Viuio mío. 
Te lo dije al partir: darás a Augusto 
Los libros que enrollados te confío, 

Si bueno está y alegre, y tiene gusto 
En pedirlos él propio. Yo no quiero 
Que mis pobres poemas a odio injusto 

Condenes, procediendo de ligero. 
Como quien nada ve y a nada aguarda 
Por echarla de activo mensajero. 

Si el fardo de mis versos te acobarda, 
Déjalo, antes que allá, do el paso guías. 
Vayas a dar de hocicos en la albarda; 

Que tu asnal apellido así podrías 
Recordar, y al festivo cortesano 
Dar materia de risa en muchos días. 

Ea, pues, pasa monte, y río, y llano, 
Brioso, y cuando al término prescrito 
Hayas llegado al fin triunfante y sano. 

Como te dije acarrearás mi escrito. 
No bajo el brazo el rollo acomodado 
Cual riístico que carga algún cabrito, 

O cual lleva ebria Pirria el copo hurtado, 
O, cenando en plebeya compañía. 
Sus pantuflas y gorro el convidado. 

Ni dirás que sudaste en la porfía 
De conducir a César un pulido 
Volumen de discreta poesía 



— 305 — 

Que a par su vista halagará y su oído. 
Adiós; sabes mis órdenes. ¡Cuidado 
Con ir cabeceando de aturdido, 
O faltar en un tilde a lo mandado! 

EP. I — 14 

A¿ mayordomo de su ¿ador. 

Compara el poeta su firme afición al campo con el inquieto an- 
helar de su mayordomo, que ahora suspira por Roma. 

Guardián del bosque y campo que risueño 
A mí a mi libertad me restituye, 
Para mí grande, a tu ambición pequeño; 

Pues, aunque en sí familias cinco incluye, 

Y cinco hombres de cuenta a Varia envía, 
No tu injusto desdén se disminuye: 

Quieres, di, que escardemos a porfía 
Yo el alma, el suelo tú, 3' veamos claro 
Quién va mejor, si el amo o la alquería? 

En Roma me detiene el desamparo 
De mi Lamia, que llora sin consuelo 
La ausencia eterna del hermano caro. 

Mas a ese monte, objeto de mi anhelo, 
Mi espíritu impaciente, que franquea 
Interpuestos espacios, va de vuelo. 

Feliz yo llamo al que se está en la aldea, 
Tú al ciudadano. Cada cual su suerte 
Maldice, y esa misma otro desea. 

Todos culpan su estado, y nadie advierte 
Que los males no deja en el camino 
Quien de sí propio a huir también no acierte. 

Mudo esclavo aspirante a campesino, 
Con Roma, y baños, y teatro sueñas 
Después que a lo que ansiabas te destino. 

En mí de veleidad descubres señas? 
Cuándo partir me viste sin enojos 
Si algún negocio me arrancó a estas breñas? 

Vemos las cosas con distintos ojos; 

Y es tu opinión tan otra de la mía, 
Que donde tú desolación y abrojos, 

Amenidad hallara y alegría 
Quien sintiendo cual yo, reputa feo 
Lo que vistoso a ti se antojaría. 

M. A. Caro— Traducciones— 20 



— 306 — 

Espuelas pone a tu inquietud — lo veo, — 
Del grasiento figón la perspectiva 

Y apetito de torpe regodeo, 

Y el que antes logre ahí. como nativa 
Criar goma y pimienta forastera, 

Que coger uvas quien la vid cultiva; 

Mientras franca taberna aquí te espera, 
Do beber puedes y bailar pesado 
Al son que toque impúdica gaitera. 

Ah! en vez de eso un terruño no tocado 
De azadones, Horacio te comete. 
Do ya buey suelto absorbe tu cuidado, 

Ya en fatiga mejor te compromete, 
Enseñar a crecido riachuelo 
A que el alzado malecón respete. 

Disentimos los dos. Porqué? Dirélo. 
Sabes que antaño tu señor solía 
Toga fina gastar y ungirse el pelo; 

Que Cinara de grado le admitía, 
Para otros codiciosa, y él colmada 
Copa empinaba desde el mediodía. 

Una cena frugal ora me agrada. 

Y conciliar sobre la grama el sueño 
Al murmullo de fuente despeñada. 

No el gozado placer miro con ceño; 

Pero dejar conviene la partida 

Con tiempo, y yo en dejarla mi hora empeño. 

Allá en agreste soledad no anida 
El odio insomne, ni la envidia medra 
Que ponzoñosa muerde ajena vida. 

Y aquella risa, en cambio no me arredra 
Franca, con que me mira algún vecino 
Sudando remover terrón o piedra. 

Tú en Roma con el siervo mediastino 
Quisieras compartir el ruin bocado 
Que tasado a roer se da al mezquino; 

Y él más cuerdo, te llama afortunado, 

Y en el uso te envidia y el manejo 
De la leña, del huerto y del ganado. 



— 307 — 

EP. 1 — 15 
A NUMONIO VALA 

Quae sií hyents. 



Pídele noticias sobre el clima y condiciones generales de Velia 
y de Salerno, porque allá, y no ya a Bayas, ha de ir a tomar baños. 

Pregunta también por las comodidades que aquellos parajes 
puedan ofrecerle, dado que, no contento con mejorar de salud, de- 
searía vivir agradablemente; y con una anécdota, explica su modo 
de desear con arreglo a l?s circunstancias. 

Cuánto es crudo el invierno 
De Velia, cómo el clima de Salerno, 
Amigo Vala, quiero que me cuentes; 

Y el camino qué tal?; qué tales gentes. . . .? 
Pues sabrás que no voy cual otros años 

De Bayas a los baños 

Que Musa desestima; — 
Sin que obediencia al médico me exima 
De que aquellos vecinos con enojo 
Miren que en medio de estación tan cruda 
Frío raudal para bañarme escojo. 

Moléstales sin duda. 
No sin razón, que gentes enseñadas 

A sus grutas umbrosas 

Y a sus cálidas aguas afamadas 
Contra dolencias crónicas nerviosas. 

Ya intrépidas en Clusio a chorro helado, 
Cabeza o vientre someter prefieran 

Ya en el desabrigado 
Campo de Gabios solazarse quieran. 



EP. I — 16 

Ne perconteris. 

Para que en adelante, Quintio amigo, 
No más sobre mis campos me preguntes 
Si con olivas o arbustivas parras 
Me enriquecen, o frutas me producen. 
Bien es que de su sitio y de su forma 
Satisfactoria relación escuches. 



— 308 — 

En la imaginación una cadena 
Figúrate de montes que interrumpe 
Valle profundo: la derecha siempre 
El sol le dora con temprana lumbre 

Y la izquierda le baña en rayos tibios 
Cuando su carro en Occidente se hunde. 

El clima es de encantar. — Y pues, en grupos 

Arboles imagina que se cubren 

De cerezas retintas y ciruelas: 

Robles, carrascas que a distancia lucen 

Y a su dueño con sombra dilatada 

Y con sustento al ganadillo acuden. 
Creyeras que los bosques de Tarento 
Yo me hubiese robado. Alegre bulle 
Fuente que respetable al riachuelo 
Hace con cuyas aguas se confunde. 
El claro río que la Tracia riega 

No será que en frescura sobrepuje 

Ni en transparencia su caudal modesto. 

Además, acredítase salubre 

Contra males de vientre y de cabeza. 

A este retiro atribuir no dudes 

La salud que conservo en el otoño: 

Retiro ameno y para mí tan dulce. 

Por lo que mira a ti, feliz te creo 
Si eres ni más ni menos cual presumen: 
Feliz há tiempo te proclaman todos. 
Mas temo que del alma el bien gradúes 
Por lo que dicen, no por lo que sientes, 
O que dicha posible te figures 
Sin que prudencia 5^ probidad la formen. 
Temo que, como el pueblo conceptúe 
Que de salud rebosas, sus hablillas 
Te halaguen y la fiebre disimules 
Hasta que en medio del festín, beodo. 
Tiemblen tus manos y tu mal denuncien: 
Ay! cuántas veces el pudor las llagas 
Hace incurables que insensato encubre! 

Si a adular tus orejas ociosas 
Llega alguno, y victorias te atribuye 
Terrestres y navales, y te dice: 
«Jove supremo que te guarda y une 
«Con tu vida la gloria de tus pueblos, 
«Permita que por siempre se dispute 
«Si más tú los amaste o más te amaron »; 
Será que en tales frases se te oculte 
De Augusto la alabanza? Y si te aclaman 
Probo y veraz, que responder te cumple 



- 309 — 

En tu nombre ¿porqué a juzgar te atreves? 
Pláceme, te confieso, que me encumbre 
Por honrado la fama; mas no olvido 
Que el público quitarme cuando guste 
Puede lo que hoy me brinda, cual los fasces 
Quita al que indigno de llevarlos juzgue. 
Da lo prestado, me dirá. Darélo, 
Triste si usarlo como tal no supe. 
Lo mismo, aunque ladrón, incestuoso 
Me apellide ese público, o me acuse 
De que a mi padre ahogué con impio .azo. 
No es razón que me enroje ni me angustie. 
Allá el vicioso vano y aparente 
Tema dicterios y lisonjas busque! 

Quién pues es hombre honrado? El que respeta 
Del Senado la voz, y las costumbres 

Y la sagrada ley? que porfiadas 
Dificultades zcnja, y restituye 
Siempre la paz con desplegar los labios? 
Mas su casa y vecinos sus virtudes 
Mejor conocen, y quizás le tengan 

Por alma vil que de alba piel se cubre. 

— No hurté ni me fugué, dice mi esclavo. 
Respondo: — Pues no temas que te zurre. 
— Nunca di muerte — No serás de aquellos 
Que cuervos ceban sobre tristes cruces. 
— Luego soy bueno y virtuoso. — A espacio! 
Lobos, milanos, gavilanes huyen 
De sus presuntas víctimas, apenas 
Que andan trampas ocultas conjeturen. 
Porque amala virtud no peca el bueno. 
Tú, sólo por temor. Fueses inmune, 
Lo profano y lo santo allanarías. 
Pongo que de entre mil sólo me hurtes 
De habas un modio: no te justifica 
El ser leve la pérdida que tuve. 

Así aquel a quien dije que los jueces 

Y el pueblo miran cual varón ilustre, 
Cuando un buey sacrifica, o ya un verraco, 
Invoca a Apolo y hace que retumbe 

Su voz; mas por lo bajo, temerosa 
De que alguien oiga «ruégote» balbuce, 
«Bella Luverna, que me ampares siempre: 
«Consérvame de justo y santo el lustre, 
«Mis crímenes sepulta en negra noche, 
«Y mis fraudes envuelve en densa nube.» 



— 310 — 

En qué es mejor, más libre que un esclavo 
Quien se inclina ruin como columbre 
Algún as en el suelo, y al cogerlo 
Ve que clavado está, saber no pude; 
Pues quien codicia, teme, y el que vive 
Temblando, anda sujeto a servidumbre. 
Ni a un prisionero has de matar, si puedes 
Venderlo como esclavo, y él ser útil: 
Que trabaje! rebaños apaciente. 
Campos are; o trafique, y mares cruce 
En medio del invierno; o provisiones 
Acarree, y trajine siempre y sude. 

Hombre de bien yo llamo y varón sabio 
A quien, llegando la ocasión, no excuse 
Hablar así: — Pentéo, oh rey de Tebas! 
Conque afligir mi espíritu presumes? 
Te quitaré tus bienes.— Si ganados, 
Tierras, muebles, dinero constituyen 
Nuestros bienes, despójame en buen hora. — 
Te entregaré a un verdugo que te abrume 
Con cadenas. — Al punto en que yo quiera 
Vendrá potente a libertarme un Numen, — 
Esto es, «sabré morir.» La muerte es raya 
Final: todo allá va, y allá concluye. 



EP. 1—17 

Del trato con les grandes. Motivos de dejar la corte y de se- 
guirla. Paralelo entre la filosofía acomodaticia de Aristipo y las 
arrogantes excentricidades de Diógenes. Arte de cultivar el favor de 
los poderosos. 

Bien a ti propio, oh Sceva, te aconsejas, 
y sabes con los grandes bandearte; 

Más algo todavía 

En tal difícil arte 
Aprender puedes si ensenar te dejas 
Por este humilde amigo. — Cómol Un ciego 

Sirviéndonos de guía! 

— Óyeme en paz, te ruego, 

Y vé si en lo que digo alguna idea 
Pescas tal vez que aprovechable sea. 

Amas blando reposo 

Y dormir con el fresco matutino? 

E\ polvo y el con ti no 
Estrépito de ruedas te molesta? 

La taberna te apesta? 
Pues marchar te receto a Ferentino. 



— 311 — 

A bien que la ventura 
Monopolio no fue del poderoso, 

Y mortal hubo que pasó dichoso 
Con oscuro vivir y muerte oscura. 

Mas si útil a los tuyos ser te agrada 

Y aun mejor trato dar a tu persona, 
Enjuto acude al que en riquezas nada. 

Si aprendiese a comer, cual yo, verdura 
Aristipo a los reyes no siguiera. 

Y si a los reyes manejar supiera 

Como yo los manejo. 

Su insípida hortaliza 
Desechara el que a mí me satiriza. - 

Cuál de estos pareceres, 
Cuál de uno y otro proceder prefieres? 
Calla, y yo he de decir (que soy más viejo) 

Porqué la preferencia 
Merece de Aristipo la sentencia. 

Así cuentan que él mismo 
De Diógenes burló el mordaz cinismo: 
<Yo soy mi adulador, tú de la plebe; 
«Más justa es mi conducta y más honrosa, 
«Si yo homenajes a rendir me obligo, 

«Que caballo me lleve 
«Y me sustente rey así consigo. 

«¡Y tú, que te envaneces 
«De que no has menester ninguna cosa, 
«Por debajo te quedas, vil mendigo. 
«Del mismo que te da groseras heces!» 
A todo aspecto, y condición, y forma 
Fácilmente amoldábase Aristipo; 
Aspiraba tal vez a excelso tipo. 
Sin repudiar de la ocasión la norma. 
No así el que abraza sufrimiento triste 

Y envuelto vive en su doblada capa: 
Si cesan de la suerte los favores. 
Mal sabrá acomodarse a sus rigores. 

Prudente aquel no atrapa 
Purpúrea vestimenta. 

Antes según las circunstancias viste, 

A concurridos pórticos asiste 

Y uno y otro papel bien representa. 

Mas este de opulenta 

Clámide de Mileto. 
Cual de víbora o perro, huye con susto: 
—Si no me dais el sayo burdo mío. 

Me he de morir de frío.-- 
Dénselo, y que el ruin viva a su gusto. 



— 312 — 

Tener mando supremo, y gentes fieras 
Mostrar en pos del carro de victoria, 
Vale alzarse a las célicas esferas 

Y compartir de Júpiter la gloria. 

Empresa, y meritoria 
Es ganar de los grandes la alta estima; 
No a Corinto feliz cualquiera arrima. 

Quien teme mal suceso 
Rezagado sentóse en el camino. 
Sea en buenahora. Y se dirá por eso 
Que valor no empleó sino fortuna 
El que a la meta deseada vino? 
O es esta la cuestión, o no hay ninguna. 

Llega un hombre y no prueba 
La carga a levantar que abrumaría 
Su raquítico aliento y cuerpo enano; 
Viene otro, álzala en hombros, se la lleva. 
O es sólo la virtud un nombre vano, 
O el que intrépido esfuerzos no perdona 
Merece el premio y la triunfal corona. 

Más logra el que en presencia 
Del rey, de su pobreza nunca chista, 
Que el que a ruegos y quejas le incomoda. 

De tomar con violencia, 
Recibir con decoro, leguas dista; 

Y el secreto aquí está y el arte toda. 

«Tengo a mi madre anciana 
«En la miseria, y sin dotar mi hermana; 

«Mi predio ni se vende 
«Ni da de qué vivir.» Ha dicho claro, 
Quien habló de esta suerte, «Dadme amparo.» 
Y otro le ha oído y chilla: 
«Subdivídase el don que éste pretende, 

Y alcánceme también mi partecilla.» 

Al cuervo, si callara 

Atento a la rapiña, 
Tanto más de la presa le tocara 
Cuanto menos de envidias y de riña, 
A brindis convidado marcha alguno 
Tal vez, o a la amenísima Sorrento, 

Y a maldecir empieza descontento 

El llover importuno, 
El frío, los tropiezos del viaje, 
Roto el cofre, robado el equipaje. 

Así, sandio recuerda 

La sabida artimaña 
De mujerzuela vil que hurtados llora 
Ora el collar, los brazaletes ora. 



— 313 — 

A punto que después, cuando algfo pierda, 

Y en llanto se convierta verdadero 

Su lagrimosa charla 
Nadie quiera escucharla. 

Ni el que una vez cayó en el lazo, cura 
Sacar de atolladero 
Al perillán de pie desco5-untado. 
Que en vano mucha lágrima derrama 

Y por Osiris sacrosanto jura 
«Creedme, no me burlo.» en vano clama; 
«Hombres crueles! levantad a un cojo!> 
— «Al que no te conozca ¡marrullero!» 
Grúñenle acá y allá voces de enojo. 



EP. 1 — 18 
A LOLIO 

Nobilísimo Lolio, te conozco 

Y sé que cuando amigo en ser te gozas 
Papel de adulador hacer no sabes. 
Como en todo discrepa la matrona 

De la vil cortesana, así el amigo 
Del infiel lisonjero dista. Hay otra 
Manía y es peor, que a esta se opone: 
La rústica aspereza, burda, bronca. 
Que la rapada piel y negros dientes 
Cual títulos presenta que la abonan, 

Y so capa de simple independencia 
Verdadera virtud de ser blasona. 



epístola XIX 

A MECENAS 

De la originalidad de la poesía. Ridiculiza a los que remedan 
a los poetas creyendo imitarlos. Gloríase de haber sabido conciliar la 
originalidad en los asuntos y en el modo de tratarlos con la imitación 
métrica de ciertos modelos. Agradece el aprecio que le dispensan 
los hombres bien educados y satiriza a los que en público afectan 
despreciarle. 

Si al antiguo Gratino 
Crédito hemos de dar, docto Mecenas, 
No gustarán ni se abrirán camino. 
De abstinente escritor las cantilenas, 
Después que reclutó poetas Baco, 



— 3L4 — 

Que hiciesen, porque el seso tienen flaco, 
A sátiros y faunos compañía. 

Ya las dulces Camenas 
A vino olieron en rayando el día. 
Pues canta el vino, bebedor fue Homero, 

Y aun Enio venerable no escribía 
Heroicos versos sin beber primero. 

«Hombre sobrio y aguado 
«Que al Foro vaya y de Libón al pozo; 
«No cante quien se niegue al alborozo, > 

Ño bien la hube sacado, 
Los poetas que oyeron tal sentencia, 

Copas a competencia 
Dedícanse a empinar la tarde toda, 

Y amanecen también con voz beoda. 

Y qué? Porque ceñudo, 
Con toga estrecha y burda y pie desnudo. 

Este a Catón remeda 
Hecho un Catón en las virtudes queda? 
Cierto Jarbita reventó de rabia 

Porque intentó la labia 
Emular de Timágenes urbano 
Con torpe lengua y con esfuerzo insano. 
Modelo que defectos ver permite. 

Perderá a quien le imite; 
Yo sé que algunos a tomar se dieran 
Desangrados cominos, si mi cara 
Pálida alguna vez ponerse vieran. 
Remedadores! ahí servil piara! 
Cuántas veces mi bilis ha movido, 

Y mi risa también, vuestra algazara! 

Por no usado sendero 
Yo llevé mis pisadas delantero; 
No en huella ajena se estampó la mía. 
Quien fe tuvo en sí propio, enjambres guía. 
Yo en el Lacio introduje el patrio yambo; 

Do el ritmo, el movimiento 
De Arquíloco imité, no el argumento. 
No las palabras con que hirió a Licambo. 
Si seguí de sus versos la mensura. 

No pienses que eso achica 
El lauro que a mi frente se adjudica. 
También su musa la viril Lesbiana 
A los metros de Arquíloco atempera; 

Y a emplearlos se allana 
Alceo, pero nosin que difiera 

En asunto y manera: 

Ni le verás con negro 



— 315 — 

Baldón manchar al suegro. 

Ni en sátira famosa 
Echar dogal al cuello de la esposa. 

Su estrofa peregrina 
Que antes nadie imitó, 5*0 osé el primero 
Trasladar a la cítara latina; 

Y ya me regocijo 
Porque tales creaciones presentando. 

De gente culta las miradas fijo 

Y codiciado entre sus manos ando. 

Si ahora saber se quiere 
Porqué hay algiín lector ingrato, injusto. 
Que a sus solas mis obras ve con gusto, 

Y mis obras en público zahiere. 

Responderé, Mecenas, 
Que de la plebe los livianos votos 

No compro dando cenas, 
Regalando vestidos medio rotos; 

Y bien que oyente y defensor me cuento 

De todo buen escrito. 
Cátedras no frecuento 

Y corros de gramáticos evito. 

De aquí que alcen el grito; 

Y si he dicho tal vez: «Yo no me atrevo 

«Ante denso auditorio 

«A quien respeto debo. 
«A recitar mis versos, ni me agrada 
«Negocio grave hacer de una nonada.» 
«Te burlas,» salta el otro, «los destinas 
«Orejas a halagar semidivinas; 
«Que poéticas mieles atesoras 

«Tusólo, ya imaginas 
«De ti solo te pagas y enamoras.» 

Yo, sin hacer un gesto, 
Que a cortante arañazo fuera expuesto, 
«Cómodo aquí no estoy,» sólo farfullo, 

Y pidiendo licencia, me escabullo; 
Que una broma en disputa se convierte, 

Y disputa encrespada ardor respira, 

Y nacen de la ira 
Fieras enemistades, guerra a muerte. 



- 316 — 

EP. 1—22 

A su libro. 

Monteja a su libro de impaciente; anuncíale burlando los 
destinos que le esperan; y le instruye de las noticias que ha de dar 
a lectores curiosos acerca del autor. 

Paréceme que a Jano y a Vertumno, 
Libro mío, conviertes ya el semblante, 

Y que alisado por la pómez quieres 
De los Socios lucir en los estantes. 

No a ti, los que al modesto, 
Gustan sellos ni llaves; 
Quejoso estás si te manejan pocos, 

Y reuniones públicas aplaudes. 
No tal; yo te crié. Vete si quiere.--; 
Nunca podrás retroceder si partes. 

<Qué hice, menguado? Qué esperé, mezquino?> 
Te dirás cuando alguno te maltrate, 
O sientas que en brevísimo volumen 
Fatigado el lector vuelve a enrollarte. 

Si enojo de tu culpa 

A error no induce al vate. 
Profetizóte yo que. en Roma, oh libro! 
Grato serás mientras la edad te pase: 
Callando cebarás sorda polilla 
Cuando vil manoseo ya te gaste. 

O a Utica o a Ilerda 

Atado harán que marches. 

El que fue desoído consejero 

Entonces a tu c<;sta reiráse. 

Como aquel que a su asnillo inobediente 

Ayudó, airado al fin, a despeñarse. 

Al que en rodar se empeña 
Quién se empeña en salvarle? 

Y te anuncio también que tartamuda 
Ancianidad te llevará a distante 

Escuela, a que los niños 

En ti a leer se ensayen. 
Si el sol con rayo tibio en torno tuyo 
Numerosos oyentes ver te atrae, 

Cuéntales que yo tuve 

Un liberto por padre, 

Y que saliendo del estrecho nido 
Crecidas alas extendí en los aires. 

Cuanto a mi alcurnia quites, 
A mi virtud añade; 



— ^1/ — 

Díles que en paz y en guerra bien me estiman 

Los varones de Roma principales; 
Me pintarás en suma, 
De talla exigua, )' antes 

De tiempo encanecido; a soles hecho; 

Pronto al enojo, y de calmarme fácil. 
Y si alg-uno pregunta 
Mi edad, «siendo, dirásle, 

«Cónsules Lolio y Lépido. diciembres 
«Cuarenta y cuatro más cumplió cabales. > 



EP. II — 1 

Cuín tot sustineas 

Cuando tantos negocios y tan graves. 
César, tú solo sobre ti sustentas. 
Tú que los fueros de la Patria sabes 

Con armas defender, y al par cimientas 

En justas leyes el poder latino 

Y con costumbres su esplendor aumentas. 

Si escribiéndote usara de contino. 
Tiempo robar que tanto bien produce 
Rayara en criminal mi desatino. 

Rom ule y Baco, Castor y Poluce, 
A quien ya en la región de las edades 
La fama de sus hechos introduce. 

Cuando honraban agrestes soledades 

Y a reprimir selváticos furores. 

A partir campos y a fundar ciudades 

Dedicaban desvelos bienhechores. 
Tuvieron que sentir que mal supiera 
Corresponder el mundo a sus favores, 

Aquel dominador de la hidra fiera 
A quien labró privilegiada suerte 
De inmortales trabajos la carrera. 

Con su propia experiencia nos advierte 
Que ninguno a la envidia acechadora 
Podrá, sino muriendo, darle muerte. 

Al vulgo vil la irradiación devora 
De aquel que sobre todos se levanta, 

Y a este mismo, en muriendo, se le llora. 



— 318 — 

Mas a ti en vida bienhechor te canta 
Con sazonada admiración la pura 
Gratitud de tu pueblo, y ara santa 

Te erige, y por tu nombre en ella jura. 

Y admitimos que igual varón la historia 
No vio, ni le verá la edad futura. 

Mas un pueblo que sabe a la memoria 
De varones de aquí como de Grecia 
Justo y prudente anteponer tu gloria, 

Del propio modo lo demás no aprecia. 

Y escritos que los lindes no salvaron 
Del espacio y del tiempo, menosprecia. 

Las tablas en que leyes compilaron 
Los graves decenviros; pergaminos 
En que romanos príncipes pactaron 

Con los gabios 3' rígidos sabinos; 

Y pontificios libros y confusas 
Producciones de antiguos adivinos. 

Cosas son que, por rancias, hay ilusas 
Gentes que piensan que en el monte Albano 
Dictadas fueron por las sacras musas. 

Si, porque es lo mejor lo más lejano 
En Grecia, infieren que de igual manera 
Se ha de trazar el mérito romano, 

No hay más cuestión; tanto decir valiera 
Lo del refrán, que «ni por dentro dura 
Es la aceituna, ni la nuez por fuera, > 

O que. pues llega Roma a inmensa altura, 
También atrás a los aquivos deja 
En pugilato, en música y pintura. 

Si, como el vino, la poesía añeja 
Es mejor, ¿cuántos años nada menos 
Hacen a una obra a un tiempo buena y vieja? 

Versos que un siglo cumplan, ya son buenos? 
O han de tenerse aún como de ogaño 
Y, por lo mismo, de importancia ajenos? 

Fíjese — y pleitos no haya — el aledaño, 
— Bueno es y antiguo autor el que completa 
Un siglo,— Y si le falta un mes o un año 

Para tocar la codiciada meta. 
Llevará en nuestra edad y en la siguiente 
Nombre de ilustre, o de infeliz poeta? 



— 319 — 

Ese tal a quien falte solamente 
Un mes o un año. anticipado el fruto 
Recoja, y entre antiguos se le cuente. 

— La rebaja ampliaré, no la disputo, 

Y como aquel que sin tirón violento 
Cerda a cerda arrancó la cola a un bruto. 

Otro año y otros quitaré de ciento, 
Y, cual fofo montón se desmorona, 
Así verá deshecho su argumento 

Quien fechas cita, y mérito pregona 
Único el que a los años es debido 

Y a cuanto honró la parca himnos entona. 

Enio, el sabio varón, el aguerrido. 
A quien, conformes, de segundo Homero 
Los críticos conceden apellido, 

Parece no cuidar del paradero 
De sueños ajustados al sistema 
Que acreditó Pitágoras primero. 

Quién lee a Nevio? Mas caer no tema; 
Fresco en boca del vulgo vive y crece, 
Que así hace la vejez santo a un poema! 

Controviértese cuál de dos merece 
Más loa? De más docto alcanza fama 
Pacuvio, más sublime Accio aparece. 

Compite Afranio en el togado drama 
Con Menandro; en la acción Plauto es vehemente 

Y émulo de Epicarnio se le aclama. 

Terencio artista osténtase eminente, 
Grave Cecilio. En reducida escena 
Va a éstos densa a aplaudir Roma potente. 

A éstos estudia, y de ufanía llena, 
De Livio acá, cual genios superiores 
A éstos aplaude, a los demás condena. 

Atinar suele el pueblo, y en errores 
Cae también. No es justo ni discreto 
Si, honrando a los antiguos escritores, 

Piensa que nadie nunca igual respeto 
Ha de alcanzar. Mas si el estilo duro. 
Este término flojo, otro obsoleto, 

Censura en ellos como yo censuro. 
Aplaudiré su fallo justiciero, 

Y que Jove lo aprueba esté seguro. 



— 320 — 

Ni a Livio he de increpar, ni que ardan quiero 
Versos que me dictó, cuando era niño, 
Orbilio, el pedagogo aquel severo; 

Mas lo ciego me aturde del cariño 
Con que de excelsa perfección rayano 
Juzgan muchos su tosco desaliño. 

Qué vale acá y allá verso galano? 
Rara expresión feliz qué significa 
Perdida en un conjunto chabacano? 

Confieso yo que a indignación me pica 
Ver que no por descuidos y borrones, 
Mas por nuevo, un escrito se critica, 

Y que en favor de añejas producciones 
No la indulgencia piden que se debe. 
Sino cumplido aplauso y galardones. 

Si digo que no sé si bien se mueve 
De Atta el enredo entre arrayán y ñores, 
«Quién sin pudor a reprender se atreve, > 

Al punto gritarán los senadores, 
«Lo que ya Roscio docto, Esopo grave, 
Al público ofrecieron como actores?» 

Y de este proceder está la clave 

O en ser común, que sin ponerlo en tela 
De juicio, lo que gusta eso se alabe, 

O en que a uno caminar en pos le duela 
De gente moza, y confesar que anciano 
Debe olvidar lo que aprendió en la escuela. 

Cuando en himnos de Numa alguien ufano 
Me asegura que él sólo desentraña 
Lo que yo en vislumbrar me esfuerzo en vano, 

Ni ése a los muertos honra, ni me engaña; 
Contra escritores que vivimos, ése 
Maléfico alimenta envidia y saña. 

Si este horror a lo nuevo en Grecia hubiese 
Privado como aquí, ¿qué libro habría 
Que antiguo ahora y traqueado fuese? 

Cuando Atenas tras bélica porfía 
Pudo terciar a do el placer nos llama^ 
Robándole el reposo la energía, 

Al jinete veloz entonces ama, 
Premia los lances del atleta fuerte, 
Ora aplaude la música, ora el drama; 



— 321 — 

Al que en vivas imágenes convierte 
El marfil, bronce o mármol, galardona, 
O rostro y alma fija en cuadro inerte, 

A manera de niña juguetona 
Que 3 la nutriz versátil importuna 
Y, gozado un capricho, lo abandona. 

No enfada o place siempre cosa alguna: 
En Grecia introdujeron modas tales 
Más holgado vivir, mejor fortuna. 

Mudanzas Roma nos presenta iguales: 
Solían madrugar nuestros pasados 
A despachar en casa muy formales, 

Resolviendo tal vez como letrados 
Las consultas de actor en civil juicio 
O dineros prestando asegurados. 

De ancianos aprendió garzón novicio 

Y a mozos enseñó varón de seso 

A acrecer el caudal, a huir del vicio. 

Esta generación no piensa en eso; 
Otro género adquiere de aficiones 

Y son las Musas su único embeleso. 

Con mozuelos al par graves varones. 
De parnáseo laurel la sien ceñida. 
Cenan, y versos dictan a montones. 

Yo propio, que ni un verso haré en mi vida 
Juro, y cual la del Parto, incontinente 
Resulta mi promesa fementida; 

Pues no ha salido el sol por el Oriente, 
Cuando a impulso de métrica manía 
Recado de escribir pido impaciente. 

En labrar artefactos no porfía 
Quien de oficios no entiende, el mar respeta 
Quien regir una barca no sabría. 

Sólo el médico antídotos receta; 
Mas se hacen versos hoy por arte infuso, 

Y el zafio, como el docto, es ya poeta! 

Pues este mismo extravagante abuso 
Si por justas razones se condena. 
Como inocente inclinación lo excuso. 

M. A. Caro — Traducciones — 21 



— 322 — 

El poeta del mundo se enajena. 
En sus versos absorto: a servidumbre 
No la dura codicia le condena. 

Desplómase incendiada la techumbre? 
Huyen sus siervos? arruinado queda? 
Nada espanto le causa o pesadumbre. 

No en fraude infame al compañero enreda, 
No al pupilo: legumbres, pan grosero. 
Come, y la cuita su festín no aceda. 

No a la salud común, por mal guerrero, 
Inútil fue: lo humilde a lo eminente, 
Sirve, la blanda lira al fuerte acero. 

El labio de los niños balbuciente 
Educa el vate, y su atención aleja 
Del halago de plática indecente. 

Con suaves preceptos aconseja 

Y al joven corazón desembaraza 

De airado arranque, de envidiosa queja. 

Nobles acciones como ejemplo traza, 
Con que al oscuro porvenir nos guía; 
Al enfermo y al mísero solaza. 

¿Dónde sus himnos a aprender iría 
Cándido niño, virgen inocente, 
Si maestro no diese la poesía? 

Por él propicia a la deidad presiente 
El blando coro; que su lluvia envíe 
Al cielo ruega en plática elocuente, 

Y hace que la epidemia se desvíe 

Y huya la nube de temibles males: 
La paz florece, la abundancia ríe. 

Aplácanse en favor de los mortales 
Por el canto, los dioses superiores. 
Por el canto, los manes infernales. 

Frugales y fornidos labradores. 
En el descanso la esperanza puesta. 
Trabajaban en paz nuestros mayores. 

En los días holgábanse de fiesta 
(Habiendo en trojes recogido el grano) 
Con prole, y mozos, y la esposa honesta. 

Con un puerco a la tierra, al buen Silvano 
Con leche propiciaban, y con flores 
Al Genio, anunciador de fin temprano. 



— 323 — 

De fesceninos versos voladores 
Empezó a usar el rústico labriego, 

Y hubo en métrica lid competidores. 

Tornó cada año el inocente juego, 
Pero trocado en áspera diatriba. 
La paz de las familias turbó luego. 

Quejóse del furor de la invectiva 
Aquel a quien mordió, y al par con ese 
Temióla a quien tal vez no fue nociva; 

Y defendiendo el público interese 
Vedó una ley la licenciosa vena 

Y conminó al que sátiras hiciese. 

Calló el atrevimiento por la pena 

Y sacó a plaza el vate campesino 
Festivo cuento y alabanza amena. 

Venció al agreste vencedor latino 
Grecia, ya inerme, con sus artes bellas 
Que ahuyentaron el verso libertino. 

Gusto más puro se formó por ellas, 
Pero del siglo de Saturno rudo 
Quedaron, y aun se advierten hoy, las huellas. 

Sólo cuando cesó el furor ceñudo 
De las contiendas púnicas, tranquilo 
Desvolver libros el romano pudo. 

Tarde entonces gozó del griego estilo, 

Y trasegó el recóndito tesoro 

De Sófocles, de Tespis, y de Esquilo. 

Sacar de minas áticas el oro 
Quiso, y digno el ensayo halló de estima, 
Que nervio tuvo y a la par decoro. 

El trágico romano audaz sublima 
El vuelo; pero impídele funesta 
Preocupación ejercitar la lima. 

Dicen que hacer comedias nada cuesta. 
Porque de asuntos el autor dispone 
Fáciles, que el común vivir le presta; — 

Antes mayor trabajo aquello impone 
Donde menos del publico se aguarde 
Que las faltas benévolo perdone. 

¿Consigue Plauto que sus partes guarde 
Viejo avaro, rufián de insidias lleno 
Liviano joven que en amores arde? 



— 324 — 

Qué mal el zueco se calzó Doseno! 
Cómo saca en la escena a cada paso 
Cien parásitos a engullir sin freno! 

Que en pie su obra persista, o con fracaso 
Sucumba, qué le importa? él sólo anhela 
Que no resulte el beneficio escaso. 

Al que en el carro de la gloria vuela, 

Y a los triunfos escénicos convierte 
La punzante ambición que le desvela, 

Cansado espectador le da la muerte. 
Atento espectador le da la vida, 

Y un capricho decide de su suerte. 

No al teatro iré yo, si a la salida 
Flaco he de estar, negados los honores, 
O rollizo, la palma concedida. 

Gentes que son en número mayores 

Y valen menos por virtud y ciencia, 
Acobardan también a los autores. 

¡Qué estólida ignorancia y qué insolencia! 
Prontos, si noble espectador disiente, 
Con golpes a probar su prepotencia. 

Interrumpen el acto de repente 
Para que salga un púgil, u oso ñero, 
A divertir a la menuda gente. 

Cesa el gusto de oír del caballero 

Y empieza el de mirar revueltas cosas 
A los inciertos ojos lisonjero. 

Por cuatro horas y más salen vistosas 
Tropas a pie, a caballo, el arma al cinto, 
Algún cautivo rey que lleva esposas; 

De carros y literas laberinto; 
Bajeles apresados, y a porfía 
Bronces, marfil, despojos de Corinto. 

Si viviese Demócrito hoy en día. 
Viendo un camello allá, mitad pantera, 
O un albino elefante, reiría. 

Mas con menos razón la híbrida fiera 
Que el que en ella alelado mientes para, 
Peregrino espectáculo le diera: 

Cuanto al mísero autor, se imaginara 
Que dirige su fábula a un jumento 
Sordo, en medio de horrísona algazara. 



— 325 — 

¿Que voz a dominar el movimiento 
De un pueblo alboro/.ado, semejante 
A selva hojosa o mar que ag-ita el viento, 

^ Cuando palmas batiendo, al comediante 
Saluda que en las tablas grallardéa 
Con extranjeras gfalas deslumbrante? 

—Ha hablado?-Nó.— Porqué se palmoteV 
Porque el manto de lana que trae puesto 
Con tintes de Tarento se hermosea. 

Si comedias no escribo, no por esto 
Al que las hace superiores, pago 
Tributo a medias con maligno gesto; 

Antes reputo que se acerca a mago 
Y que sabrá en el aire, si lo pruebas, 
Sobre un hilo danzar, quien tanto halago 

Dio a una ficción, y sensaciones nuevas 
Le infunde de terror o simpatía 
Ya a Atenas trasladándome, ora a Tebas. 

Si quieres la apolínea librería 
De obras dotar, y de alas al que trate 
Del florido Helicón la áspera vía. 

También tu protección dispensa al vate 
Que se confía a juzgador secreto, 
No a espectador que injusto le maltrate. 

^ Solemos los poetas al respeto 
Faltar acaso y cometer sandeces 
(Ya ves que por mi campo el hacha meto) 

^ O estés de afán o a descansar empieces 
Klegimos ingrata coyuntura 
Para enviarte un volumen; otras veces 

Si algún amigo un verso nos censura, 
Saltamos, y nos duele que las gentes 
El primor y exquisita contextura 

No estimen délos trozos más valientes: 
A recitar entonces lo leído 
Volvemos, aunque rabien los oyentes; 

Y esperamos, en fin, que si el ruido 
De los versos que hacemos vuela, y pasa 
El rumor encomiástico a tu oído. 

Nos llamarás al punto, y nuestra escasa 
Hacienda acrecerás con larga mano 
Y escritores seremos de tu casa. 



— 326 — 

Debes ya con acierto soberano 
Elegir tus cantores y cronistas 
Como custodios de inviolable fano. 

Canten ellos tus bélicas conquistas 
Y virtudes pacíficas, no el coro 
Maldito de famélicos versistas. 

Con gruesa suma de filipos de oro 
De Chérilo los métricos borrones 
Premió el Magno Alejandro, y fue desdoro. 

A ensuciarte con tinta no te expones 
¿Y aun astroso juglar dejar podrías 
Que manche, no tus dedos, tus blasones? 

Aquel mismo que atroces poesías 
Caras compró, de artífices noveles 
Por edicto enfrenó las valentías : 

Sólo, en bronce, a Lisipo, en tabla a Apeles 
Permitido les fue sacar del busto 
Del grande emperador traslados fieles. 

Tratando de artes, refinado el gusto 
Fue del guerrero macedón; probólo 
Aquel edicto, si severo, justo, 

Mas era su opinión, cuando de Apolo 
Juzgaba a los alumnos mal concilio, 
De rudo beociano digna sólo. 

Tú, amigo trato y dadivoso auxilio 
Que al par tu juicio y corazón revela. 
Has dispensado aun Vario y a un Virgilio. 

Y aciertas, que si fija bronce o tela 
El aspecto exterior de los varones. 
La Musa ahonda y lo interior modela. 

Bien quisiera dejarme de razones 
Que andan rastreras, y esforzando el vuelo; 
Celebrar tus magnánimas acciones: 

Las torres levantadas hasta el cielo 
Sobre los montes; sojuzgado y llano 
Con tus auspicios el indócil suelo; 

En honor de la paz cautivo Jano; 
El Parto, siendo tú nuestro caudillo, 
Escarmentado del poder romano. 

Pero no admite soberano brillo 
Canto humilde: me mido, y te respeto, 
Y en mi cerco prudente me encastillo, 



- .^27 — 

Suele oficioso servidor inquieto 
Dañar, y más cuando a la Musa invoca 
Por ser a su patrono más aceto; 

Que a cualquier rasgfo que a reír provoca 
Más que otro que de encomio digno sea, 
Gusta, y se aplaude, y va de boca en boca. 

¿Qué gano con que el público me vea 
En mal busto de cera figurado, 
O en versos necios mi alabanza lea? 

No quiero, de infeliz cantor al lado. 
En andas ir allá donde venales 
Se envuelven en papel desestimado 
Drogas, incienso, especias, cosas tales. 



epístola de HORACIO 

A LOS PISONES SOBRK EL ARTE POÉTICA 
(Traducción hecha en el mismo número de versos del original). 

Si a humana faz cerviz de potro uniese 
Un pintor, y adornando con diversas 
Plumas miembros discordes, en horrible 
Pez terminase lo que dama hermosa 
5. Comenzó a ser, ¿la risa contuvierais 
Llamados a juzg-ar? Tal es, Pisones, 
Obra que aune ideas cual ensueños 
De enfermo absurdas, ni uniforme lleve 
Principio y fin. — Mas atreverse a todo 
10. De pintores es fuero y de poetas! 

Lo sé: fuero que a un tiempo otorgo y pido 
Como horror y belleza no hermanemos. 
La sierpe al ave ni el cordero al lobo. 

Tras largo exordio que promete mucho, 

15. Púrpura alguno que a retazos luzca 
Zurce, ya el bosque y templo de Diana, 
Ya el iris pluvioso, el Rhin describa, 
O un arroyo entre flores serpenteante: 
Mas no era allí el lugar. Ni, a qué cipreses 

20. Pintas, si verse náufrago, perdido, 

Quiere el que paga el cuadro? a que del torno 
Sale un jarro, si una ánfora empezaste? 
Toda obra, en fin, sencilla y una sea. 

¡O padre y dignos hijos! Burlar suelen 
25. Del bien las apariencias al poeta: 

Por ser breve, es oscuro; o de elegante, 

Frío y sin nervio: elévase y se hincha; 

O euros teme, y seguro asaz, ratea. 

¿Variar un tema a maravilla quiere? 
30 Peces pinta en el bosque, en el mar ciervos: 

Sin arte, huir de un vicio es dar en otro. 

Por la escuela de Emilio hallar es fácil 

Quien labre uñas en bronce y sueltos rizos, 

Sin que artista feliz, un todo ordene. 
35 No más poeta de esa catadura 

Me halaga ser, que con nariz deforme 

Mostrar cabello negro y negros ojos. 

Sus fuerzas mida el escritor: de espacio 
Pruebe qué alcanzan a llevar sus hombros 



— 329 — 

40 Y qué no. — Quien asunto escoger supo. 
Facundia ostentará, lucidez y orden. 
Del orden, a mi ver, la fuerza 5' gracia 
Consiste en aducir lo que es del caso. 
Para luego aplazando lo accesorio. 

45 Si versos haces que se esperan, cuerdo 
En la elección de voces, cuál apaña, 
Cuál deja: bien escribe el que remoza 
Gastadas voces con enlace astuto. 
¿Nueva idea te exige un nombre nuevo? 

50 Lo que no oyeron los cetegos rancios 
Te es lícito forjar, mientras no abuses; 

Y la flamante voz tomará vuelo 

Si de origen es griego y bien la amoldas. 
¿Porqué lo que Cecilio o Plauto pudo, 

55 Vario o Virgilio nó? Si al patrio idioma 
Que algo acarree yo ¿será mal visto? 
Lícito ha sido, y lo será, con sello 
Nuevo acuñados emitir vocablos; 

60 Que cual las hojas de que el año al bosque 
Desnuda o viste, los vetustos caen, 
Medran los juveniles y enverdecen. 
Pasa el hombre 5' sus obras! Ya cautivo. 
Obra de un rey, abrigue el mar las flotas; 

65 Ya inútil lago que azotaban remos 
Sienta el arado y la comarca abaste; 
Ya el río aciago a Ceres, cauce y senda 
Se abra mejor, cuanto es del hombre, muere: 
¿Y las gracias del habla durarían? 

70 Renacerán muchos vocablos; otros 

Que ho3^ privan, morirán, si place al uso. 
Legislador y norma del lenguaje. 

Cuál verso a hazañas de héroes y de reyes, 

Y a tristes guerras cuadre, mostró Homero. 
75 Gastó el Dolor y ufano Amor más tarde 

Los desiguales versos pareados: 
Quién el metro elegiaco introdujo 
Causa es pendiente y controversia docta, 
A Arquíloco la ira armó del yambo, 

80. Que adoptaron después zueco y coturno. 
Pues propio para el diálogo, el bullicio 
Popular vence y a la acción ayuda. 
La Oda con lira dioses canta 3' héroes, 
Atletas y corceles coronados, 

85. Tragos libres y locos amoríos. 

Mas si estas tintas discernir no puedo, 
¿Cómo hago el vate? ¿Inmolaré el estudio 
Por funesta vergüenza, a mi ignorancia? 



— 330 — 

Trágicos giros la comedia excluye, 
90. Y el humilde del zueco, insoportable 
Fuera, al narrar la cena de Tieste. 
Tenga y guarde su puesto cada cosa. 
Mas tal vez la Comedia el tono alzando. 
Cremos truena elocuente en roncas voces, 
96. Y en llano estilo la Tragedia llora. 
Pobres, sin patria, Télefo y Peleo 
No al auditorio enternecer confíen 
Si altisonantes fueren sus gemidos. 

Ni sólo culto, el drama en sentimientos 
100. Palpite a un tiempo y palpitar nos haga. 

De otros al llanto o risa, el rostro humano 

Responde: llore, pues, quien llanto exige. 

Puedo el caso de Télefo o Peleo 

Así sentir; mas si el papel hicieren 
105. Mal, o duermo o me río. Al triste quejas 

Convienen, amenazas al furioso, 

Donaires al jovial, veras al serio. 

Blando pecho y fiel voz nos da Natura; 

Ira inspire o placer, o nos arrastre 
110. Y abrume de dolor, cosas son éstas 

Que el pecho siente y que la voz retrata. 

Diga un actor lo que sentir no debe; 
Nobleza y plebe soltarán la risa. 
Cuida pues, si habla un siervo o bien un héroe; 
115. Si es viejo astuto, o mozo ardiente; dama 
Noble, o tierna nutriz; labrador rico 
O vago mercader; si asirio o coico, 
O si ya en Tebas se educó o en Argos. 

Fiel sé a la historia; en la ficción concorde. 

120. Si haces salga otra vez al campo Aquiles, 
Colérico, implacable, impetuoso, 
Leyes no sufra ni la espada envaine. 
Férrea Medea, atroz; Yno llorosa, 
Sombrío sea Oreste, errante lo, 

125. Fementido Ixión. Si en nuevo asunto 
Osas crear empero un personaje, 
Dale un carácter que hasta el fin sostenga. 
Vagas ideas encarnar no es fácil: 
A originales temas, para el drama 

130. Prefiere pues, los que te brinda Homero. 
Propio harás lo de público dominio 
Si no en trillado cerco te eternizas. 
Ni, órgano fiel, palabra por palabra 
Traduces, ni imitando, allí te metes 

135. Do el pie las reglas o el pudor te embarguen. 



— 331 — 

Ni coa cierto autor crítico aaí empiezas: 
«Canto a Ilion, sus reyes y sus g^uerras!> 
¿Qué habrá de dar prometedor tan hueco? 
Gimió el monte, y ¿qué nace? un ratoncillo. 

140. Imita a aquel que nunca hablaba en vano: 
<Dí, Musa, del varón que, hundida Troya. 
Pueblos, costumbres exploró distintas.» 
No humo de la luz, mas luz del humo 
Saca, al narrar los prodigiosos casos 

145. De Antífates y Escila y Polifemo. 
No a los huevos de Leda, la troyana 
Guerra; no al muerto tío, de Diomedes 
La vuelta sube: al desenlace marcha: 
Cual ya instruidos, nos traslada al campo: 

150. Lo que no espera abrillantar, desecha; 

Y verdad y ficción hábil fundiendo. 
Principio y medio, y medio y fin concuerda. 

Qué exijo con el público, ora atiende. 
Si quieres que encantados aguardemos 

155. Al aplaudid del coro. Las costumbres 
Nota de cada edad, y al genio el vario 
Semblante da que adquiere con los años. 
Niño que ya en andar }• hablar se adiestra 
Con sus iguales juega, y caprichoso 

160. De iras breves y breves gustos vive. 
Ama, libre del ayo. el mozo imberbe, 
Pot^-os. canes, abiertos horizontes: 
De cera al mal cuanto al consejo indócil, 
Nada prevé, tira el dinero, y fácil 

165. Esa amar y a olvidar, vano y altivo. 

Cambia en la edad viril: riquezas busca. 
Amistades cultiva, aspira a honores, 

Y huye de hacer lo que pesarle pueda. 
Cercan al viejo achaques y disgustos 

170. Ya oro junte y guardado no le toque. 
Ya fría, enjuta mano alargue apenas: 
Teme a la muerte, y esperanza y plazos 
Dilata, yñojo y quejumbroso, encomia 
Sus tiempos siempre y riñe a los mozuelos. 

175. Así ricos de dádivas los años 

Vienen, y vanse de despojos ricos: 
No de la vida los papeles trueques; 
Qué a cada edad caracteriza, estudia. 

La acción pasa en la escena, o se relata. 
180. No al corazón por el oído entrando 

Las cosas mueve cual si de ellas cuenta 
Le dan los ojos. — Mas a luz no saques 
No, lo que adentro suponerse debe. 
Que bien después se explicará y a tiempo. 



— 332 — 

185. No ante el pueblo Medea hijos destrice, 

No entrañas de hombre cueza el ímpio Atreo, 
Ni ave se vuelva Procne o sierpe Cadmo: 
Absurdos son que al auditorio ofenden. 

Cinco actos tenga el drama que en la escena 
190. Quiera vivir con repetido aplauso. 

Ni acuda, a menos que lo exija el nudo, 
Un dios=, ni charle un cuarto personaje. 
El coro apersonándose, las veces 
Haga de actor, y nada entre los actos 
195. Inconducente o mal tramado cante. 
Al honrado aconseje y patrocine. 
Temple al airado, amanse al orgulloso; 
La sobriedad y las sagradas leyes 
Y la paz franca y la justicia loe: 
200. Guarde el secreto, y a los dioses pida 

Que al pobre encumbren y al soberbio abatan. 

Leve y dulce, no rica de metales 
Ni émula en tiempo del clarín, con pocos 
Respiraderos, ayudaba sola 

205. La flauta al coro, con su voz llenando 
Local pobre de asientos que ocupaba 
Pueblo no denso cuan sencillo y sobrio. 
Este sus campos dilató y sus muros 
Triunfante luego, y, los festivos días 

210. Dándose enteros al Placer y a Baco, 
Canto y metro admitieron la licencia 
Que, indocto y rudo entre la gente culta. 
Ocioso demandaba el lugareño. 
Lujo al arte anadió y acción, y rico 

215. Manto en las tablas arrastró el flautista. 
Tomó la grave lira nuevos tonos; 
Remontó la elocuencia atropellada 
El suyo, y los oráculos de Belfos 
Remedó audaz con insolente pompa. 

220. El que por premio disputó un vil chivo, 
Sacó a las tablas sátiros desnudos. 
Sales mezclando al trágico decoro: 
A las beodas turbas que de fiestas 
Tornaban, lazo y novedad vistosa. 

225. Mas los sátiros leves, decidores. 

Así hemos de educar; así en las burlas 
Las veras ingerir, que el dios o el héroe 
Que oro y grana arrastró, con bajo estilo 
En tiznadas tabernas no se escurra, 

230. Ni huyendo la abyección trepe a las nubes. 
Ajena a charla en verso, honesta alterne 



Con los sátiros libres la Trajíedia, 
Cual dama en fiestas a bailar forzada. 
No en tales dramas yo usaría sólo 

235. Habla vulgar, Pisones, ni del giro 

Trágico me apartara hasta olvidarme 
Si hablaba el siervo Davo o la audaz Pitia 
Que sus monedas a Simón sonsaca, 
O Sileno. ayo y familiar de un Numen. 

240. Lo trivial a tal punto amable hiciera. 

Que cualquiera, igualarme presumiendo. 
Sudase luego en vano: el arte, el orden 
¡Tanto puede y así las cosas muda! 
Sacas del bosque un Fauno? Por mi voto, 

245. Ni cual nato galán, a foro oliendo. 
En versos se derrita almibarados. 
Ni en broncas frases )' baldones hierva. 
Patricios, caballeros y notables 
No pasarán por esto, aunque enajene 

250. Al comprador de nueces y tostones. 

Sílaba breve antes de larga, forma 
El yambo, pie tan rápido, que hace 
Llamar trímetro al yámbico aunque encierre 
Seis pies iguales 3' de igual cadencia. 

255. Este adquirió más lentitud no ha mucho. 
Grato acogiendo en el solar nativo 
Al sentado espondeo, aunque le veda 
Segundo y cuarto puesto. Tal es raro 
De Accio y Enio en los Trímetros famosos. 

260. Cuando en las tablas recargado un verso 
Tropieza, o prisa en el autor o incuria, 
O de las reglas ignorancia arguye. 

Porque no todos de cadencias juzgan. 
Abusar se ha dejado a nuestros vates. 

265. ¿Y habré por esto de escribir a tientas? 
¿No vale más censuras )' no indulto, 
Cauto esperar? Ni carecer de faltas 
Ya es cobrar gloria: los autores griegos 
Día _v noche ojead. Mas nuestros padres 

270. Los ritmos 3^ las sales ponderaban 

De Plauto! En ambas cosas indulgentes. 
No diré necios, si del chiste urbano 
Distinguimos el bajo 3' no el oído 
Para medir nos falta, ni los dedos! 

275. Pasa por inventor de la Tragedia 

Thespis, que en mosto ungidos, sus farsantes 
Y al par cantores paseaba en carro. — 



— 534 — 

Tablado humilde alzándoles Esquilo, 
Máscara dioles, decoroso traje 
280. Y noble tono, y les calzó el coturno. 

Vino en pos con gran séquito la antigua 
Comedia; mas de libre, descarada, 
Demandó freno, habló la ley, y el coro 
No pudiendo zaherir, calló con mengua. 

285. ¿Qué nuestros vates por tentar dejaron? 
El molde griego abandonar supieron 
Al fin, y asuntos eligiendo en casa, 
Toga y pretexta realzar con gloria. 
Cuan grande en armas y en valor, en letras 

290. Fuéralo Roma, si la lenta lima 
A sus poetas fastidiara menos. 
Nietos de Numa! desdeñad las obras 
Que no vuelva a bruñir su autor cien veces, 
Hasta que tersas queden y sin mancha. 

295. Porque humilla Demócrito al talento 
El vil arte, y del Pindó el juicio arroja, 
Muchos crecer se dejan barba y uñas, 
Y aman la soledad y huyen los baños. 
Del barbero Licino sus cabezas 

300. (Que aun Antícirás tres no les sanaron) 
Guardan, y helos poetas! Y yo, necio! 
Purgóme en primavera de la bilis: 
Quién, si nó, me igualara? Mas no vale 
La pena: antes cual da la aguzadera 

305. Filos nosuyos al templado acero. 
Sin practicarle enseñaré el oficio: 
Dó hallar caudal que al vate forme y nutra; 
Qué asiente o nó; do va el error, do el arte. 

Sana razón del escribir con tino 
310. Fuente es y norma: a Sócrates repasa. 
Que habiendo ideas, las palabras brotan. 
Quien sabe y mide qué la Patria exige, 
Qué la amistad; qué a padre, hermano, huésped 
Se debe; al juez, al senador qué cumple, 
315. Qué al general a combatir enviado. 
Fielmente a cada cual dará lo suyo. 
Imitador del hombre! al hombre estudia: 
A hacerle hablar, aprende en sus costumbres 
Sentencias propias, buenos caracteres, 
320. Aunque artificio falte y gracia y nervio. 
Más al pueblo entretienen que podrían 
Huecos versos, canoras bagatelas. 

Apolo dio a los griegos, sólo avaros 
De gloria, ingenio, altísonos acentos: 



325. Ko así de nuestros niños, que con largas 
Cuentas el as en céntimos dividen. 
— Cinco onzas menos una, hijo de albino, 
¿Qué valen? Pronto!— Un tercio. — Olal 5'a puedes 
Tu caudal manejar. — Cinco más una? 

330. — Medio as — Torpe interés los corazones 
Mohece así: y aguardaremos versos 
Que en cajas vivan de ciprés bruñido? 

De instruir trata o de agradar: a un tiempo 

Ambas cosas propónese el poeta. 
335. Si algo enseñas, sé breve, porque dócil 

La mente lo reciba y fiel lo guarde; 

Ni de inepcias la llenes que rebosen. 

Ficción que gustar quiera, verosímil 

Sea; ni esperes crédito si arrancas 
340. Vivo a una bruja el devorado infante. 

Versos sin fruto odia el anciano; el joven, 

Versos sin flores. — General aplauso 

Lleva el que utilidad mezcla y dulzura, 

Y al lector divirtiendo, le alecciona. 
345. Su obra enriquece a los libreros socios, 

Pasará el mar y eterno hará su nombre. 

Faltas hay que gustosos perdonamos: 
Tal vez al tacto infiel y a la esperanza, 
Da son la cuerda agudo en vez de grave, 

350. Ni siempre a do se apunta el dardo hiere. 
No entre bellezas mil tal cual descuido 
Me ofende, tal cual mancha, inevitable 
En nuestra flaca condición. — Mas cuenta! 
Copista que advertido al yerro torne 

355. No halle perdón; del tañedor riyamos 

Que siempre haga chillar la cuerda misma. 
Yo a Quérilo, de autores malos tipo. 
Acá y allá burlón admiro; al paso 
Que si Homero dormita, en ira monto 

360. Y en obra larga ¿a quién no asaltó el sueño? 

Pintor es el poeta: de sus cuadros, 
Este gusta de cerca, aquél de lejos; 
Cuál busca media luz, cuál desafía 
La luz abierta y del perito el fallo; 
365. Pierde éste, esotro con el tiempo gana. 

Pisón, hijo mayor! Aunque tu padre 

Y tus propios talentos te adoctrinan, 
Óyeme: hay profesiones que toleran 
Mediocridad: jurista y abogado 



— 336 — 

370. Notable puede haber sin la facundia 
De Mésala o la ciencia de Caselio. 
No así vate mediano; que ni dioses 
Ni hombres le sufren ni las piedras mismas! 

Miel sarda, ungüentos rancios, disonante 
375, Música empecen en cualquier convite, 

Que si excelentes, menester no fueran. 

Solaz de lujo así la poesía, 

Se hunde, del cielo al desviarse un punto. 

No a las armas, al troco, a la pelota 
380. Juega, o al disco, el que jugar uo sabe. 

Temiendo eche a reír la muchedumbre: 

Y hoy cualquiera hace versos. . ! Pero vamos: 
Es hidalgo y sin mancha, y ante todo. 

El timbre ecuestre pagará de sobra. 

385. Nada harás tú a despecho de Minerva 
Que es sano tu talento. — Sufra empero 
El examen de Meció y de tu padre 
Lo que escribas, y el mío, y hasta un ano 
De reclusión: matar podrás si gustas, 

390. La voz cautiva; la que huyó no vuelve. 

Porque intérprete Orfeo de los dioses 
Sacó del Losque al hombre fratricida. 
Diz que fieros leones amansaba. 
Diz que las piedras del tebano muro 
395. Alzó Anfión con su laúd cantando. 

Lo santo y lo profano, el bien de todos 

Y el privado fijó sabiduría; 
Enfrenó el vicio, al tálamo dio fueros; 
Grabó en tablas la ley, fundó ciudades. 

400. De ahí al divo poeta y a sus cantos 

Gloria inmortal. — Después irguióse Homero; 

Tirteo prendió en ánimo robusto 

Bélico ardor: de oráculos, doctores. 

Fue lengua el verso, propició a los reyes, 

405. Y arduas empresas coronó con goces. 

Y de las Musas tú desdeñarías 

La dulce lira y el cantar de Apolo? 

Qué valga más, naturaleza o arte, 
Se disputa. — Yo afirmo que ni estudio 
410. Sin numen sirve ni el talento agreste: 
Mutuo requieren y amigable apoyo. 
El que a la palma en la carrera aspira, 
Sufrió y bregó de niño, al sol, al frío; 
■ De amor se abstuvo y vino: harto el maestro 



■- ó^í — 



415. Tembló el que toca la apolínea flauta. 
Mas decir basta: *Soy un g^ran poeta! 
«Mengua el de atrás! Ni pararé, ni aquello 
«Que no aprendí, confesaré que ignoro.» 

Cual a pregón el vendedor postores, 

420. Al son del oro lisonjeros llama 

Vate hacendado y rico. — Y si su mesa 
Franquea, y fía al apurado, y salva 
Al que en la oscura red se hundió del foro. 
Seguro está que al verdadero amigo 

425. Por suerte su5'a del mendaz distinga. 
Ni al que algo das o prometiste, llames 
En su alborozo a que tus versos oiga. 
«Oh! Bravo!» saltará: pálido el rostro, 
Lágrimas verterá, y enajenado, 

430. Hundirá con los pies el pavimento. 
Cual gana en apariencias al doliente 
Plañidera alquilada, el que te burla 
Más ruido hará que quien veraz aprueba, 
Diz que los reyes penetrar queriendo 

435. Si alguno les merece confianza 

Copas le llenan y a licor le hastían. 
Tú, si haces versos, guárdate de zorros. 

Consultado Quintilio. — Esto decía, 

Muda y esto, si gustas. — Imposible: 
440. Ya lo intenté diez veces. — Pues borrarlo; 

Y verso mal forjado, al yunque torne. 

Si en vez de dócil ser, terco alegases, 

Tiempo ahorrando y trabajo, ir te dejaba 

Prendado sin rival de tus engendros. 
445. El recto y noble consejero imprueba 

El verso flojo, el duro; lo prosaico 

Tilda con negra raya; adornos poda; 

Manda aclarar lo equívoco, lo oscuro; 

Señala, en fin, cuanto ha menester lima, 
450. Nuevo Aristarco. Ni, «¿Porqué al amigo. 

Dice, «en nonadas lastimar?» Nonadas 

Que en serias burlas pararán más tarde! 

Pues como de lunático o leproso, 

Fanático o ictérico, los cuerdos 
455. Huyen del mal poeta y a hostigarle 

Corren muchachos que el peligro ignoran. 

Si eximios versos borbotando errante, 

Cual descuidado cazador de mirlas. 

Da en pozo o zanja, aunque doliente grite: 
460. «¡Socorro, ciudadanos!» nadie acuda. 

M. A. Caro— Traducciones— 22 



— 338 — 

Que si alg-uien le va a echar piadosa cuerda, 
«Si fue adrede* diré, «si huelga dello.* 
Y traeré a cuento al vate de Sicilia: 
«Pasar por dios Empédocles queriendo, 

465. Fresco al fondo zampóse de Etna ardiente: 
Mátense pues los vates a su gusto: 
Quien salva a otro por fuerza, es asesino! 
Ni es vez primera: si se libra ni hombre 
Se avendrá a ser, ni a fallecer sin gloria. 

470. Porqué hace versos dúdase, o violase 
Del rayo la señal o la paterna 
Tumba: ello, loco está. — Las rejas, oso 
Feroz, rompió, y a doctos y a ignorantes 
Ahuyenta ahullando versos. — Al que agarra 

475. Se ha de secar leyéndole, cual chupa 
Hasta hartarse tenaz la sanguijuela. > 

1866 



NOTAS 

(a las epístolas de Horacio), 
(hor., kp. 1, 5) 



1. Archiach. Lección de casi todos los Mss. Muchas 
ediciones leyeron ^4;r//íí'í:'5. En una u otra forma, parece 
este adjetivo derivado del nombre de algún carpintero que 
fabricaba camillas ordinarias para la mesa, ya se llamase 
a^ch'as, ya archaicus. Muchos, sin más autoridad que este 
pasaje de Horacio, entendieron archaictis como adjetivo 
común, calcado sobre el griego «arcaico,» anticuado, a la 
antigua. 

2. Olus omne. «Cualesquiera legumbres.» «Ensalada.» 
En consonancia con los mal labrados triclinios y modestas 
escudillas, advierte Horacio que no habrá viandas exquisi- 
tas y costosas, sino algo como las «no compradas» del Bea- 
tus Ule. 

Persio habla de la plebeya acelga, plato de artesanos, 
según Marcial. Burgos entiende «omne» como sinónimo de 
«totum»: acepción autorizada por Cicerón, aunque no creo 
que se halle otro pasaje horaciano que la confirme. Según 
esta interpretación los platos serían pocos y habría que 
comérselos enteros. 

3. Toyqtiate. Parece ser el mismo abogado a quien diri- 
gió Horacio la oda 7^ del libro vn. Estré s pone que en 
ambas piezas se trata de un Aulo Torcuato muncionado por 
Kepote, Vida de Ático, como individuo del ejército re- 
publicano, que sucumbió en Filipos. 

4. liertcm taiiro {constile). Año 728 de Roma. DiJ^iisa. 
Diffundere vUiiim'. poner el vino en toneles para guardarlo 
en bodega; — deffiíndere (ii Sat. 2^. 58), pasarlo de los tone- 
les (cados siccare) a los jarros para servirlo en la mesa. 

6. Mel'ms qiikt. «Algo mejor»; no sólo se refiere al vino. 
Arcesse, Supl. Id. «Tráelo enhorabuena.» En otra ocasión. 
(Od. IV. 12^, 17), Horacio convidó a un amigo a comer, 
advirtiéndole que llevase algo consigo a la mesa. Otros erra- 
damente sobrentienden me: «Llévame a comer a tu casa.» 
Vel. «O más bien.» No establece contradicción como aiU, 
sino que introduce una corrección inmediata y natural. 
Comp. Epist. I, 17^, 16: «Doce; vel iunior audi.» 

8. Leves o-pes et certamina diviti'artcm. Yo he traducido 
«Ambicioncillas. pleitos de intereses.» 



— 340 — 

Las expresiones de Horacio son alg^o ambiguas. Bur- 
gos interpreta y traduce: 

— el esperar liviano 
Y en g^astos competir con poderosos. 

Quizá esto último en consonancia con Sat. i, 1^, 112. 

10. Veniain sommumgue. Hendiadis; esto es: «veniam 
dormiendi.» Im-pune. «Libremente, > «no sin riesgo,» como 
traduce Burgos. 

11. Tendere. «A.largar la noche.» «Vario noctem sermo- 
ne trahebat.» Virg. Aen. i, 748. 

16. Designat. «Quita el sello.> Qué adormecidas po- 
tencias no despierta el vino, qué cosas no saca a luz? Como 
si dijese: «¡Qué milagros no bace!> Cf, «miracula pro- 
mit,> Ad. Pis. 144. — «Operta recludit.» Como «arcana pro- 
moveré loco.> Od. IV, 11, 14. Especifica, respecto de los 
secretos pensamientos, la idea genérica contenida en «quid 
non designat.» 

17. Si)es iuhet esse yutas Otras veces dijo Horacio que 
el vino vuelve la esperanza al ánimo, Od. iii, 21, 17, que 
«da esperanzas nuevas,» IV, 12, 19. Cf. Epist. i, 15, 19. El 
pensamiento es que el vino alienta y confirma la esperanza: 
Burgos lo exagera: 

En posesión transforma la esperanza. 

Inertem. Mejor que tnerniem., lección de algunas edi- 
ciones. 

18. No me parece congruente la metáfora. El peso 
«onus,» no inquieta, «sollicitos faceré,» sino que abruma. 

Addocet artes. Horacio atribuye al vino el mismo poder 
que Virgilio a la necesidad: el de ser inventor. 

19. Faecundi. «Fértiles» en ¿entido activo, como «felix» 
en Virgilio. «Copas inspiradoras.» Otros; «llenas, rebo- 
santes.» 

20. Contracta.... soliitum. Metáfora congruente. El 
vino da soltura, libertad, en medio de la estrechez de la 
pobreza. 

21. Imperar: «Me obligo.» 

26. Tibi, parece indicar que Horacio dará a Torcuato 
por companeros en la mesa a los amigos que aquí nombra. 

T¡. Príot yfotiot. Diferencia aguda: «anterior invitación 
a comer, o más agradable cita de otra clase.» 

28 Umhris. Sombras se denominaba a los que asistían 
a un convite no invitados por el amo de casa, sino llevados 
por algunos de los concurrentes. Plutibus. No, «cuantas 
quieras,» como traduce Burgos, sino unas cinco o seis, las 
que pudiesen llenar un triclinio junto con Torcuato y los 
dos o tres compañeros que aquí se mencionan. 



— 341 — 

(Ep. I, 27). 

22. Gloria Se tomaba unas veces en buena parte como 
sinónimo de honos, y otras en mala, como aquí, por vanaglo- 
ria o vanidad. La Gloria está aquí personificada como ea 
muchos otros lugares, por ejemplo Epístola ii, 1, 177. Glo- 
riavcsiit es idea análoga a la de i)atientia velat (Ep. i, 17, 25; 
véase mi nota), y forma estudiada antítesis con el niidat del 
verso anterior: el juego y el amor desnudan a nuestro 
hombre, la vanidad le viste. 

25. Refiérese que Diógenes fue el primero que usó do- 
ble sayo o capote (duplici panno) que le resguardase del 
frío y le sirviera para dormir, ^patientia'» es una personifica- 
ción: el sufrimiento envuelve aquí en su capa al filósofo, así 
como en la epístola siguiente la Vana Gloria (v. 22) viste y 
perfuma al cortesano. Diríase que en la mente del poeta la 
doble capa de Diógenes es una especie de cota: idea asocia- 
ble al robtcr et aes triplex. Oda, i, 3, 9. 

(Ep. I. 19). 

3. Aguae -potoribus. Idea que en castellano se expresa 
con el solo adjetivo significativo agnado, que adelante he 
empleado en la traducción de esta misma epístola. A los 
ejemplos de Espinei y Quevedo, que trae el Diccionario de 
Autoridades para comprobar tal acepción, pueden añadirse 
los siguientes, siendo el de Argensola tan concluyente como 
expresivo: 

Ya las campiñas secas 
Empiezan a ser verdes, 
Y porque no beodas 
Aguadas enloquecen. 

Villegas 

«Preg-untándole algunos deque modo 
Puede ser uno aguado y abstinente, 
Dijo: «Con ver los gestos de un beodo.» 

Lupercio de Argensola. Epístola, Aquí donde en Afranio y en 
Pe t rey o. 

17. Decipit. «Modelo que presenta a la imitación lados 
defectuosos induce naturalmente a error a los que le imi- 
tan, porque de ordinario sucede que éstos sólo aciertan a 
copiar lo malo.» En el Arte Poética vuelve a señalar nuestro 
autor, en términos más generales, la dificultad de la imita- 
ción, por la falta de discernimiento del imitador, y válese 
del mismo verbo: «Decipimur specie recti,» 25. Los comen- 
tadores franceses ilustran oportunamente el lugar que aquí 
anoto, con este pasaje de Moliere: 

Quand sur une personne on prétend se régler, 
C'est par les beaux cetés qu'il lui faut ressembler; 
Et c'est ne point du tout la prendre pour modele, 
Ma soeur, que de tousser et de cracher comme elle. 



— 342 — 
Burgos tradujo primero: 

Nunca, nunca se imita sin perjuicio 
Lo que es sólo imitable por el vicio. 

Donde está de más y daña al sentido el adverbio «sólo> 
para no decir nada de la expresión impropia «sin perjui- 
cio.» En la segunda traducción corrigió el pasaje echán- 
dolo a perder: 

Yerra el que cree que un modelo imita 
Cuando a imitar sin faltas se limita. 

Como el verbo reflejo «limitarse» expresa una acción 
voluntaria y consciente, el sentido de este dístico resulta 
absurdo o ridículo. 

Ep. II, 1. 

93. Ut ■p?imtcn -posith. Describe aquí el poeta, para 
exornar su argumento, el estado social de los griegos (es 
decir, de los atenienses, pues sólo a ellos se refieren recta- 
mente sus palabras), después de las guerras con los persas, 
y especialmente bajo el gobierno de Pericles. Los edificios 
públicos destruidos por Jerjes fueren reemplazados por 
otros más espléndidos, ornamentados por el genio de Fidias 
y otros arquitectos y escultores de gran nombradía. Con 
los progresos del arte dramático acrecentóse el gusto por las 
diversiones; con esa posesión de las riquezas sobrevinieron 
los litigios; el cultivo de las ciencias fomentó la sofistería, 
y el poder público despertó las pasiones y la influencia de 
los demagogos. Thirwall, Gteda. 

95. Atletas: aquellos únicamente que en los grandes 
juegos Olímpicos, ístmicos. Ñemeos y Píticos, disputaban 
los premios destinados a la fuerza y la destreza en diversos 
ejercicios. 

99. Vehit si luderet infans. Grecia, a modo de niña que 
juega vigilada por su nodriza, mudaba de gustos, tan pron- 
to anhelando una cosa, tan pronto cansándose de aquello 
mismo que más le hubo seducido. Esta es la interpretación 
común. Pero acaso hiderct ÚQm cierta fuerza de pluscuam- 
perfecto (cf. Jerentein, v. 141). y en este caso hifans se 
opone z. filena: «Como nina que ha salido de la potestad de 
la nodriza, comenzó a despreciar lo que antes le enloque- 
cía.» De todos modos suh no tiene servicio material sino mo- 
ral, y se trata de cambio de juegos o diversiones, y no, 
como traduce Burgos, de oponer los ratos en que el niño se 
divierte, al descanso de que va a disfrutar luego en brazos 
de su nodriza: 

Harta dejando, cual rapaz travieso 
De su tierna nodriza en el regazo, 
Lo que antes deseó con más anhelo. 

El epíteto tierna es impertinente. 



— o4j — 

117. Scrihimus. Todos hacemos versos. Burgos traduce 
infielmente: 

Mas en llegando a hablar de poesía 
Lo aiismo chai la el docto que el discreto. 

Horacio dice que todos se han vuelto poetas; su traduc- 
tor le hace quejarse de que todos se hayan erigido en crí- 
ticos, cosa enteramente distinta y aun incongruente con 
otros conceptos de esta misma epístola. 

128. Mox. Después de haber formado la pronunciación 
del niño, y entretenídole desde la tierna edad, apartándole 
de malas conversaciones, después inspira también buenos y 
nobles sentimientos al adolescente. Burgos refiere todo a 
los niños, sin parar mientes en la intención de las frases 
)a7n mine, mox eiiain. 

131. Aegrum. Enfermo de alma o de cuerpo: doliente. 
La expresión latina envuelve ambos conceptos en uno. 

140, 141. «En los días festivos recreaban el cuerpo y 
también el ánimo que solía sobrellevar (o había sobrelleva- 
do) el trabajo de buen grado, alentado por la esperanza de 
descanso.» Burgos traslada la esperanza del descanso a los 
días en que por el descanso la esperanza queda satisfecha. 

Recreaban con dulces esperanzas 
En los días festivos alma y cuerpo. 

168—181. Es difícil establecerla congruencia de este 
pasaje, que adolece de oscuridad 3" de aparentes contradic- 
ciones. 

Si es difícil hacer una buena comedia porque el público 
esté menos dispuesto a perdonar en ella los defectos, ¿cómo 
dice después el poeta que quien sólo piensa en ganar dine- 
ro con malas comedias solicita y alcanza el aplauso público? 
Horacio distingue aquí, como en otros lugares, el voto de los 
inteligentes y el caprichoso juicio del público que asiste a 
una representación teatral. Con esta distinción importante 
podrán llenarse los vacíos que deja la concisión latina, y 
establecerse el encadenamiento de este trozo. Hé aquí mi 
interpretación, en la que va de bastardilla lo que se añade: 

«Créese negocio que no demanda trabajo el hacer co- 
medias, por cuanto los asuntos se toman de la vida común. 
No: los inteligentes exigen mayor verdad y conveniencia en 
este género de composiciones, y el acierto, por ese lado, es 
más difícil. Planto in^smo, -por más que el -público le aplau- 
da, no sostiene bien ciertos caracteres. Direno, por su par- 
te, divierte a los espectadores por medios 7ep7obados por la 
gente educada, lo cual no le concede el título de buen autor 
cómico. Uno busca dinero, contentándose con 2in aplauso 
efímero, y poco le importa que después de una representa- 
ción concurrida no vuelvan a acordarse de su obra. Ot^Oy 



- 344 — 

ansioso linicamente de gloria, fía su suerte al caprichoso jui- 
cio del auditorio, que aplaudiéndole le henchirá de satisfac- 
ción, y silbándole le infundirá profundo desaliento. Si esto 
es así, si la aptohación legitima y duradera ha de buscarse 
en otra faVte, y si el aplauso del teatro, vano o injusto^ sólo 
ha de traducirse en lucro, renuncio para siempre a ensa- 
yarme en la composición dramática.» 

182. Esta contradicción entre los gustos de los espec- 
tadores ha existido y existirá siempre, mientras haya dis- 
tintas clases sociales y cada una de ellas no tenga sitios 
de espectáculos adecuados a su condición. La satírica des- 
cripción que hace Horacio de las diversiones groseras que 
pedía y con que se solazaba la plebe, es interesante y curio- 
sa, y recuerda las invectivas de los clasiquistas del pasado 
siglo, y especialmente las de Moratín en muchísimos luga- 
res de sus obras, en que habló «ex abundantia cordis.» Ya 
en la Lección Poética que escribió a los veintidós años ha- 
llamos una enumeración de las extravagancias teatrales que 
mutatis miitandi-s, repite el cuadro de Horacio: 

Allí se ven salir conjuntamente 
Damas, emperadores, cardenales . . . 



Luego aparece amontonado y junto 
(Así lo quiere mágico embolismo) 
Dublín y Atenas, Menfis y Sagunto, 

185. Si dhcordet eques. Los caballeros y la plebe sen- 
tábanse separadamente en el teatro. Podían, como es ob- 
vio, manifestar unánime aprobación o desaprobación (Ad. 
Pis., 113); pero a las veces marcábase abiertamente la dife- 
rencia de opinión entre los caballeros y la plebe. (Sat. i, 
X, 76). Horacio prefiere constantemente la aprobación de 
las personas de buena educación al aplauso popular. 

188. Incertos oculos. En otro lugar prefiere Horacio, 
como más vivo y directo, el testimonio de la vista al del 
oído. (Ad. P., 180): se juzga mejor de un hecho presencián- 
dolo (con ojos y oídos) que oyendo la relación del suceso. 
Lo que aquí dice Horacio no está de ningún modo en con- 
tradicción con el citado párrafo del Arte Poética. Los ca- 
balleros están interesados en la representación de la come- 
dia, que habla a la vista y al oído, si bien la mímica se su- 
bordina al diálogo. Los otros espectáculos sólo halagan a 
los ojos, y ojos inciertos, es decir, que no saben a qué aten- 
der, porque se trata de objetos heterogéneos, sin unidad. 
Tnceitos octilos no significa aquí ojos que se engañan fácil- 
mente (Macleane), sino ojos que pasan de un objeto a otro, 
sin saber en qué fijarse. Esta interpretación se comprueba 
con el verso 196, converteret. 

195. «Animal cruzado, mitad pantera, mitad camello.» 

Camaleto—pardalis o givata. Burgos traduce: «una gi- 
rafa.» 



— 345 — 

245. De se. Esto es, de ipsi's. ( Virgilio Varioque). 

246. Multa laude. Con gloria o para gloria, del genero- 
so protector. La gloria resulta principalmente, según el 
contexto, de que la elección fue acertada y la protección 
justa; y no, como entiende Ritter, de los elogios con que 
aquellos poetas correspondieron al favor. Dantis fija el 
alcance de Laus. Lia. gloria del que da, es decir, la gloria 
de haber dado. Hay doctos alemanes que parecen empe- 
ñados en entender las cosas revesadamente. 

248. jVec. Hace relación al ñeque del verso 245; por 
manera que el sentido de la frase debe enlazarse al de la 
precedente: «Tú has premiado a verdaderos poetas; y no 
en vano, o no te has quedado atrás de Alejandro en cuanto 
él encontró )' galardonó a insignes artistas; porque si éstos 
representan el hombre exterior, aquéllos retratan el alma.» 

BURGOS. IMÁGENES QUE OMITE 

97. Sus-pendk -picta vultum mentemqui tabella. 

Este verso expresa la admiración que causa un cuadro, 
y él mismo es pintoresco, podría dar materia a un cuadro. 
<Fijó absorto rostro )^ alma en una tabla pintada,» 

Tal vez la cautivaron las pinturas. 

En Burgos la imagen y la expresión desaparecen. 

173. Edac^bus. Burgos traduce pulidamente vUes^ y 
desaparece la imagen de ua teatro plagado de parásitos co- 
melones. 

BURGOS. FIGURAS QUE NO TRADUCE O QUE ALTERA 

I, 5, 1. Recumbete lectis. «Cenar en una mesa humil- 
de.» Lo que podía ofender a Torcuato no era la idea de 
recostarse en toscos lechos: no la humildad (término vago) 
de la mesa. 

20. Contracta guem non hi faiipertate solutum? A quien 
en la estrecha pobreza no da soltura el vino? Burgos tra- 
duce: 

Cuántas veces con ella 
No endulzó el pobre su gemir amargo! 

La antítesis desaparece y la imagen se convierte en otra 
idea equivalente en lo esencial, pero no horaciana. Y que 
diremos de la elegantísima expresión fecundi cálices con- 
vertida en prosaica botella? 

22. Ne sórdida inai>pa corrugat liares. Que no venga 
una sucia toalla o servilleta a obligar al convidado a torcer 



— 346 — 

el gesto (las narices). Imagen de idéntica clase a la que em- 
plea Virgilio (G. it, 246), cuando dice que el catador tuerce 
el gesto (la boca). Burgos dice por nota que Quintiliano fue 
el primero que usó esta frase, y no se digna traducirla ni 
en verso ni en prosa. 

24, 25. Ne... sil qui dicta Joras ehimhiet.'^o\í2.yz.q\ÚQn 
saque afuera lo que hablemos. Reminiscencia de la cos- 
tumbre que hubo en Esparta de que en los banquetes una 
persona de respeto mostrase a los convidados las puertas, 
diciéndoles: Por ahí no ha de salir una sola palabra. Hora- 
cio empleó el anticuado verbo eliminare. Burgos quita a la 
idea toda su enérgica precisión, y traduce: «No haya quien 
venda nuestra confianza.» 



NOTAS AL ARTE POÉTICA 

ADVERTENCIA 

Entre las traducciones que tenemos en verso de la 
Epístola de Horacio a los Pisones, vulg-armente llamada 
Arte Poética, hay dos leídas y estimadas: la de don Javier 
de Burgos y la de Martínez de la Rosa. Esta última, a pesar 
de no corresponder en su nimia elegancia a la nerviosa con- 
cisión de Horacio, es con todo muy superior a la primera y 
de mérito no vulgar, si se atiende a la sonoridad de sus rit- 
mos y elegancia de su elocución. 

No obstante esto y prescindiendo de que nunca será 
tiempo perdido reiterar ensayos sobre las obras clásicas de 
la antigüedad, hay razones especiales que me inclinan a creer 
no se mirará como excusada una nueva traducción del Arte 
Poética. 

En primer lugar, la que presento al público es con mu- 
cho, si no me engaño, la más concisa de cuantas se conocen. 
Habiendo empleado en ella tantos versos exactamente cuan- 
tos contiene el texto original, ahorro más de doscientos, 
en comparación de las dos que he citado como las mejores 
entre las castellanas, y que al propio tiempo son las menos 
difusas: concisión recomendada por Horacio en esta misma 
Epístola como de la ma5'or importancia en toda obra didác- 
tica. Por otra parte, con un ensayo de esta naturaleza 
propendo a demostrar que entrando en competencia con 
los principales idiomas de Europa moderna, aun que a al- 
gunos de ellos hayamos de reconocerles ciertas preeminen- 
cias, tiene el castellano medios por dónde compensarlas; y 
antes que defecto suyo, culpa es de quien lo maneje, si al- 
guna vez ha podido quedarse atrás de todos ellos, según 
este cálculo aproximativo hecho por Monfalcón en el pre- 
facio de su Horacio poligloto: Dix veis de cet auíeur, dice, 
demandent soiivent a Vespagnol xingt ligues, qtdnze a Van- 
glah, dome ou quatorze ati Jrancah, seize a VitaUen. Es 
más: propendo a demostrar que, sin embargo de las venta- 
jas de que goza la construcción latina sobre la castellana y 
el exámetro antiguo sobre nuestro endecasílabo, éste no 
está muy lejos de correr parejas con aquél en una traduc- 
ción, en que si no se reproducen todos los vocablos, se con- 
serve sí su fuerza y significación, 5^ se limite su gracia al co- 
lorido. 

En segundo lugar, además de la de ser conciso, he pro- 
curado un género de fidelidad más lato al par que minucio- 



— 348 — 

so. Sia hablar de la traducción de Iriarte, que adolece de 
las dos faltas capitales de redundancia y prosaísmo, ni tra- 
tar de levantar las que a aquélla precedieron, del justo ol- 
vido y descrédito en que se ven caídas, declaro que en la 
de Burgos y en la de Martínez de la Rosa, y muy especial- 
mente en la primera, he tenido ocasión de reparar varios 
casos de infidelidad: ya sea un pasaje torcidamente inter- 
pretado; ya una equivalencia incompleta; ya una imagen 
tristemente descolorida; ya una expresión metafórica y vi- 
gorosa trocada en otra llana y débil. Estos defectos he tra- 
tado de evitar, y mucho me lisonjeara de haber acertado a 
hermanar con la concisión y la fidelidad alguna parte de la 
elegancia posible y permitida en este género. A los inteli- 
gentes, a cu3^o fallo me someto, suplico sólo no se desen- 
tiendan del valor etimológico o la acepción figurada de al- 
gunos vocablos, ni desaprueben sin examen la novedad (a 
veces sólo aparente) de ciertos giros y construcciones de 
que echo mano para llenar simultáneamente las estrictas 
obligaciones que como traductor me he impuesto. 

En las Notas aiticas que van en seguida compruebo 
con antiguos ejemplos lo que arriba dije acerca de las inco- 
rrecciones e infidelidades en que suelen incurrir los dos 
traductores preferentemente citados. Justifico igualmente, 
aunque de paso, la manera como traduzco o interpreto éste 
o esotro pasaje, refutando acepciones consagradas que no 
me satisfacen, y propongo por vía de conjetura algunas co- 
rrecciones al texto original. Una que otra observación oca- 
sional y tal cual variante sobre la traducción en lugares de 
dudoso sentido, componen el resto de las anotaciones. Ay! 
que cualquiera que sea su mérito, tienen, en cuanto cabe, el 
de la originalidad. 

Enero de 1866. 



19. Mas 110 era allí el lugar. Sanadon y Burgos en su 
versión primitiva, modificaron el giro de este pasaje; y yo 
con ellos, a ser lícita esta libertad, preferiría traducir des- 
de el verso 15 así: 

Hay quien el templo y bosque de Diana, 
El iris pluvioso, el Rin describe, 
O un arroyo entre flores serpeando: 
Púrpura zurce que a retazos luzca, 
Mas no era allí el lugar. 

32 Pov la escuela de Emilio Este es quizá el pasaje más 
controvertido en la presente epístola. 

Dejo aparte las varias interpretaciones que dan de el 
los comentadores y traductores, para justificar la que pre- 
sento. Paréceme evidente que Horacio no individualiza al 



— 349 — 

estatuario; dijera entonces : Ciyca ¡iiduin. .cst qui . . . .o de 
otro modo semejante. 

Esto y los futuros cxprinici, imitahitiir hacen inacepta- 
ble el tinns en sentido de alignis.y el hnus en las distintas 
significaciones que se le han dado. 

Ahora pues: imus se, infimiis, es superlativo faber 
tmus. el atíisía inúmo, ínfimo en cuanto artista. 

Pero no puede ser un superlativo absoluto: lo es relativo; 
dónde está el término tácito o expreso, de la comparación? 
Claramente, a mi ver, en circa Ittdicm: urbis faber imus sería 
el artífice ínfimo de los de la ciudad: Aemilinm cii'ca Hdum 
faber imns, el artífice ínfimo (de los) de cerca de la escuela 
de esgrima de Emilio. 

Por último, ios futuros expvimet imitaitbur hacen ver 
q\x& Jabef imus está por vel fabeY hmis : el Ínfimo por haüa 
el íniímo. 

Porque esos futuros, si bien de indicativo, vienen a 
ser potenciales, no pudiéndoseles considerar sino como apó- 
dosis de una proposición condicional en que está callada la 
hipótesis. 

Del mismo modo en castellano podemos decir: El Ofi- 
cial más infeliz haría o hacía eso: o bien hará 650 ; suponién- 
dose tácitamente un hecho causal o condicional, como lo 
sería en el primer caso: Si se le llamase o llamara; Si llegase 
o llegara la ocasión; y en el segundo: Si se le llama., o llamare; 
Si llega allegare la ocasión. Mi interpretación es pues ésta, 
ciñéndola lo posible al texto: 

Circa ludum Aemilianum, vel faber imus illoytim qid 
muci illiiet veisaniur, et ungues exprimet (exprimere po- 
test) et molles imitabitur (imitari) aere capillos. 

Lo mismo que en otras palabras digo en la traducción. 

AS. Si ve? sos haces. Sigo la transposición de Bentley, 
que hallo adoptada en las mejores ediciones — gtie se espe- 
ran: -promiisi. No le traduce Martínez de la Rosa. 

63. Ta cautivo. Todo este pasaje en que pondera Ho- 
racio la fragilidad de las humanas obras, le traslada Mar- 
tínez de la Rosa incorrectamente, aglomerando verbos cu- 
yos sujetos, que hay que suplir, son distintos. 

83. La Oda . . . cania. El texto aquí es: Musa dedil fidi- 
bus referre: La Musa dio a las cuerdas que dijesen: giro 
demasiado atrevido, y que adolecería de impropiedad, si no 
alternando lo restante, convirtiésemos con Burgos y Mar- 
tínez de la Rosa referre en cantar. Ya con otra ocasión lo ob- 
servó así Gómez Hermosilla {Juido O'ítico, tomo 2.°, página 
360); y no es de imitarse Herrera cuando dice: 

Si alguna vez mi pena 
Cantaste tiernamente, lira mía. 

97. No.... enternecer confien. Si anhelan Hemos, ira.- 



— 350 — 

duce Martínez de ia Rosa, confundiendo, por decirlo así, el 
fuero interno con el externo. El deseo de interesar es del 
actor; éigemHio con que interesa, del personaje: éste debe ser 
tierno, aquél no puede serlo. 

113. Nobleza y plebe soltatán la risa. En toda Ro7na, agre- 
ga Martínez de la Rosa, y muy mal a mi ver; porque lo que 
el poeta quiere decir es que así los Senadores y caballeros, 
que se sentaban los primeros en los asientos de orquesta y 
los segundos en catorce filas de bancos detrás de aquéllos, 
como el pueblo que ocupaba el resto del teatro, darían a 
una muestras de desaprobación. De un modo igual habla 
Virgilio de los aplausos, Georg. ir, 508-10: 

— Ilunc plausus hiantem — 
Per cuneos geminatus enim plebisque patrumque 
Conripuit: 

11*5. E71 la ficción, concorde. Esta es la interpretación 
general, de la cual se separan Gargallo y Burgos, refiriendo 
sibil ^Jamam. Hé aquí una variante en ese sentido: 

Sigue la historia, o sin Jierirla, inventa. 

120. Si haces salga AquHes. El abate Galiani, citado 
por Lemaire, interpreta honoratum en el sentido que tiene 
en la milicia nuestro participio deponente retirado, como 
cuando decimos, verbigracia, Oficial retirado: interpreta- 
ción ni natural ni oportuna. Yo creo que el reproductivo 
reponis da la clase del honoratum. Volverse a sacar a la esce- 
na un sujeto ya honrado, implica que lo ha sido por habér- 
sele antes sacado al mismo fin. Aquiles honrado vale según 
eso, Aquiles que ha tenido la honra de servir de asunto a 
poetas épicos y dramáticos. Nada impide tampoco que /¿o- 
7/o^rt/«;;2 se traduzca aquí, celebrado, famoso, como lo han 
hecho varios: acepción que les es frecuente. Comoquiera, 
excusado es el homereum que propone y defiende Bentley 
con gran copia de erudición. 

122. Ni la espada envaine. Literalmente: 

No sufra ley: todo al acero encargue. 

Martínez de la Rosa, atrevida y elegantemente: su ra- 
zón, sus armas. 

132. Sino en pillado campo. Iriarte traduce: 

No sigas, que esto es fácil, el conjunto 
La serie toda, el giro y digresiones 
Que usa el original que te propones. 

Y diga lo que quiera en su Donde las dan las tornan.^ es 
la verdad que las traducciones poéticas no deben ser co- 
mentarios rimados. Cuando el original presente una meta- 



— 351 — 

fora clara )' comprensible, debe verterse con precisión y 
claridad: si fuese como en el presente caso, de dudosa inte- 
ligencia, conviene reproducirla aún con más fidelidad, tra- 
tando de darla la posible libertad, pero sin dejar de atem- 
perar el giro del autor. Por estas razones yo he creído aquí 
deber adoptar un medio entre la lánguida amplificación de 
Iriarte x una traducción tan rigurosamente literal cual 
sería si la hubiese hecho en esta forma: 

Si no en torno a vil círculo y abierto 
Demoras; ni palabra por palabra 
Viertes fiel. 

No se diga que infrinjo la regla traduciéndola; porque 
Horacio no habla aquí de traductores. Véase la nota de 
Burgos al verso 133 del texto. 

146-7. La troyana gueyt'a: bellum Trojanum. Martínez 
de la Rosa traduce: el asedio y Jin de Troya. — y Burgos: la 
catástrofe t royan a. 

Pero Horacio no dice eso; ni Homero, sino Virgilio, 
cantó la ruina de Troya. 

149. jVos traslada al camfo. Martínez de la Rosa traduc e 

— conocidv 
El principio supone y hasta el ->nedio 
En su curso arrebata a sus lectores; 

desliendo las tres palabras latinas hi medias res en las once 
que van de bastardilla. El error debió de consistir en creer 
que medias i^ess\gn\ñcdiha. cosas intermedias, no significando: 
otra cosa que medio o mitad de las cosas. Es un idiotismo de 
que abundan ejemplos: Veré primo (al principio de la pri- 
mavera); Summo monte, Virgilio (en lo más alto del monte)- 
Burgos tradujo mucho mejor: 

En medio de hechos que el oyente igfnora 
Cual si ya los supiera, le traslada; 

si bien lo que señalo con letra cursiva es una adición gra- 
tuita del traductor, que en parte hace redundante el sen- 
tido y en parte le modifica. Horacio no dice sino: en Jiiedio 
de los hechos: no especifica estos con la frase relativa: que el 
oyente ignora. Mejor me parece la versión de Batteux: // 
em-porte ses lectew s aii miUeu des choses, qiiHl supposeletir 
etre connues. En la equivocación de Martínez de la Rosa 
han incurrido otros traductores, entre los cuales me sor- 
prende hallar el prosaico pero erudito y sensato Iriarte. 

156. — y al genio el varío .. No obstante sonarme bien 
la corrección que hizo Bentley en este lugar, trocando en m 
la n inicial de naiticas, no la he querido seguir en esta tra- 
ducción, ya por ser ella contra la fe de los manuscritos, ya 
porque hace que el verso diga menos. Tengo el gusto de en- 



— 352 — 

riquecer estas notas con las siguientes observaciones que 
me ha comunicado mi araig-o R. J. Cuervo en favor de la 
lección antigua. 

^Natura (dice) no sig-nifica exclusivamente natural, o 
índole, sentido en que no se le podría aplicar el epíteto 
mobilis, pues, como dice nuestro refrán, natural y figura 
hasta la se-pultura. También se toma por c arácter, genio, 
el cual sí puede variar, como todos los días vemos, y en es- 
pecial con el transcurso del tiempo, con la edad. Como 
prueba de esta acepción, véase el si guiente ejemplo de Ci- 
cerón, Epíst. ad. diversos, m, 8.: 

"Liberalitas tua ut hominis nobilissimi, latius in pro- 
vincia patuit. Nostra si angustios (etsi de tua prolixa be- 
neficaque natuya Ihnav'it aliquid posterior annus, propter 
quamdam tristiam temporum), non debent mirari hominis.'' 

«Además, ocurre móbUc aplicado a ingenium, sinónimo 
en este caso de natura: Plin.. jun Epíst, ii, 11. 

«Acaso más esencial que la observación de las costum- 
bres es el conocimiento de los genios y caracteres, y de las 
variaciones que en ellos tienen lugar en las distintas épo- 
cas y circunstancias de la vida. 

«Un poeta dramático que conozca muy bien las cos- 
tumbres, podrá tal vez dar a la escena c uadros vivos y ani- 
mados; mas si no conoce el fundamento de esas costumbres 
y los varios móviles del corazón humano, nunca podrá con- 
mover y arrastrar los ánimos de los espectadores con aque- 
llos toques propios del verdadero genio. 

«El mismo Horacio da la clave de esto, pues en la pin- 
tura que hace de las edades de la vida, habla de las unas 
y de los otros. 

«Por esto rae parece que la versión de Martínez de ^a 
Rosa encierra más doctrina que la de aquellos que siguen 
la otra lección: lo mismo digo de la Wieland, aunque más 
libre: Debes pintar exactamente cada edad, y saber darle 
puntualmente a cada una el carácter y color que le con- 
viene.» 

Por último, observo que los términos moUUs y matu>us 
no son en rigor antitéticos, como sostiene en sus notas Bur- 
gos, el cual, a pesar de todo, se deja en el tintero el mobUi- 
¿MS. Al ejemplo citado de Cicerón, puede agregarse este 
verso de Juvenal, Sat. xin, 263: 

Móbilis et varia est ferme natura malorum. 

Sainte Beuve dice que la de Chateaubriand era une 
nature molUe. 

La expresión anni moUles pudiera por su parte alegar 
este verso de Virgilio. G. ni, 165: 

Dum fácilis animi juvenum, dum mobilis aetas. 



El que prefiera a la antigfua lección la corrección bent- 
leyana, puede leer en mi traducción : 

— Las costumbres 
Nota de cada edad; y los inquietos 
Años fielmente y los maduros pinta. 

162. Abiertos horizontes. Martínez de la Rosa elegante- 
mente: 

El mozo imberbe huélgase en los campos. 

Aunque ésta no es la interpretación general, puesto" 
dos entienden aquí el rt;i^'¿:/^s cunipus áel de Marte, es con 
todo más fiel. Y también, en mi juicio, es más oportuna 
que aquella idea, para determinarlos gustos y aficiones de 
la juventud, la circunstancia del deseo de libertad y espar" 
cimiento que así en lo físico como en lo moral e intelectual 
siente el hombre, especialmente en esa estación de la vida. 

172. Teme. Pavidus por rtr^V/ws.- corrección de Bentley, 
que adopto. 

189-90. Que en ¡a escena quiera vivir. 

Para que pida el público y concurra 
A un drama repetido, g-uarde exacta 
La común división de cinco actos. 

Así traduce aquí Martínez de la Rosa, y me atrevo a 
decir que incorrecta e impropiamente; ya porque ^ié^í/íV y 
conciiyriy tienen distinto régimen, ya porque el repetido^ 
puesto en dónde y como está, parece indicar que la obser- 
vación de los cinco actos es posterior a la representación; 
ya porque según la construcción, el sujeto de guarde sería 
■público. 

192. Ni giiarta loqut laboret no es lo mismo que loqiia- 
tur: ni la idea de Horacio la que expresa Burgos diciendo: 

Ni hablen en una escena cuatro actores. 

19?>. El coro, apersonándose. Así interpreto el o-ffidum 
virilc: la que he encerrado en la variante que sigue, es del 
autor de las observaciones copiadas en la nota al verso 156: 

De actor las veces y papel de hombre 
Haga el coro; ni cosa entre los actos 
Inconducente o mal tramada cante. 

197. A?nanse al orgulloso. En contra de la lección amet 
peccaYe íiinentes, es de observarse la poca analogía que un 
sentimiento de esa naturaleza guarda con la acción, o al 
menos, movimiento y expresión externa que implican los 

M. A. Caro— Traducciones — 23 



— 354 — 

otros verbos ne^at, laúdete oret. Amet placave es lección se- 
mejante a logtií labor et. 

212. Que Indocto y rudo. De sentir es que Martínez de 
la Rosa escribiese aquí una frase tan antigramatical y con- 
fusa como la que copio: 

— ni ¿qué esperarse 
De una turba ignorante, apenas libre 
Del rústico trabajo, aunque se uniese 
Al ciudadano culto, confundiendo 
Lia. gente comedida y (la) desenvuelta? 

229. En íhnadas tabernas. Ninguno de los traductores 
españoles que tengo a la vista (Espinel, Triarte, Burgos, 
Martínez de la Rosa) traduce esta oportuna y graciosa ima- 
gen. 

242. El orden. Variante: el viodo. 

254. Seh -pHs iguales. La observación que hace aquí 
Horacio respecto al verso yámbico, es una aplicación par- 
ticular de un principio métrico universal que ha pasado 
inadvertido y que me prometo desenvolver en mejor oca- 
sión. Por ahora sólo haré algunas breves observaciones, 
tomando por punto de comparación el endecasílabo caste- 
llano. Su ritmo, como advierte Bello, es yámbico: su forma 
típica es pues la de los buenos endecasílabos ingleses, los 
de Pope, por ejemplo. Mientras más largas sean sus sílabas 
pares y más breves las impares, será él más cadencioso y 

cantable: 

Condena blando Amor el verso fiero. 

QUEVEDO 

Decir que si no tiene el acento en la 6^ lo ha menester 
en la 4^ y en la 8^, equivale a exigir la cesura en la 5^ y 9^ 
La única excepción que pudiera alegarse sería el caso en 
que por ser la palabra aguda puede haber acento sin cesu" 
ra; pero esta excepción es aparente; porque toda sílaba 
terminal que lleve acento rítmico, o toma cierta prolonga- 
ción semejante a la e muda francesa cuando se halla al fin 
de verso, equivaliendo entonces a dos sílabas, o donde nó, 
el vocablo que la sigue la da la primera suya como cesura. 
Así en este verso de Moratín: 

El llanto acalla en el horror eterno, 

la sílaba inicial e de eterno se apega a la anterior, como la 
//a se desprende algo de la voz a que pertenece. Problema 
insoluble ha parecido el fijar la relación que debe existir 
entre los versos griegos y latinos y los de las lenguas ro- 
mances, pero no lo fuera tanto si no se procediera sobre 
una base falsa, comparando las sílabas largas con nuestros 
acentos. Este es un error fundamental, porque nuestros 
acentos rítmicos corresponden exactamente a los que las 



— 355 — 

cesuras prosódicas indican; y las sílabas largas y breves son 
un elemento aunque no independiente, distinto, que no se 
ha sometido a reglas, pero que desempeña un papel impor- 
tante en la versificación. El verso copiado, si le modificá- 
ramos en esta forma: 

El llanto acalla en el horror profundo, 

sería más lleno: porqué? porque las dos consonantes -pY ha- 
cen más larga la última sílaba de horVoY. Ni el artículo 
definido ni el indefinido llevan acento, y sin embargo el úl- 
timo es algo más largo, como se prueba con este verso 
de Mora: 

Y de cláusulas un conjunto labra, 

— separada 
De la tumba por un espacio breve. 

Mora — El prini. Conde di Cast. 

Y arrojándose en un sillón mullido. 

Id. — Las dos cenas. 

—aplica 
Leche a sus labios y con un rocío 
De agua fresca humedece el negro rostro. 

D. DE RivAS — Mor. Ex. Rom. V. 

Que no lo sería sustituyendo í?/ a ««. La cantidad de 
éste está además realzada por la consonante que le sigue; 
lo que se echará de ver mejor poniendo en vez de con- 
junto una voz que empiece por vocal. 

Ahora bien: dice Horacio que el yambo es tan veloz 
que obliga a llamar trimetio al senario yámbico: quiere de- 
cir que este verso dividido en seis medidas, no lo está sino 
en tres por las pausas. En nuestro endecasílabo, aunque 
tenga todos los acentos rítmicos, nos detenemos precisa- 
mente en los indispensables, pasando por cima de los otros; 
y estos acentos indispensables, que son los que preceden a 
las cesuras, están, en la forma sáfica, en los pies pares. 

La censurable introducción de espondeos en los pies 
pares del yámbico, de que habla Horacio, tiene mucha se- 
mejanza con la introducción de acentos o sílabas pesadas en 
el primer lugar délos pies pares de nuestro endecasílabo, 
la cual suele ofender el oído, al paso que es indiferente y 
agradable a veces en los pies impares. Baste esto para 
dejar ver la íntima relación que existe entre el senario 
yámbico latino y el endecasílabo castellano. Iguales ob- 
servaciones pudieran hacerse con respecto al exámetro, 
con cuyas cesuras sucede lo mismo exactamente que con 
los acentos de nuestro endecasílabo, acentos que, como he 
notado, no son sino indefectibles compañeros de aquéllas; 



— 356 — 

sucede, dig-o, que si falta la del medio, son menester la que 
inmediatamente precede y la que inmediatamente sigfue 
para equilibrar el verso. Pero me he extendido demasiado, 
y ya es tiempo de poner término a esta nota. 

267. Ni evUar aquéllas. A lo que creo, no se ha pene- 
trado bien el sentido de este pasaje, que yo así parafraseo: 
Ni sólo basta hacer versos bien medidos, evitando asila 
crítica de los inteligentes: para merecer alabanza se nece- 
sita darles la variedad de giros y cadencias que las reglas 
no prescriben, y que solóse aprenden con la lectura de los 
buenos versificadores. Estudiad pues a los griegos, porque 
los latinos han sido en esa jyat'te mxxy descuidados: en esa 
j)arte se alababa a Planto en tiempos pasados; nada quiero 
decir: también se alababan sus chistes, y bien sabemos le 
que éstos valen. Creo que Burgos y Martínez de la Rosa no 
volvieron la idea del autor, diciendo aquél: 



y estotro: 



Perdón podré obíenet mas no alabanza, 

Así al menos evito el vituperio 
Ya que no obtejiga aplauso. Mas vosotros 
Los modelos de Grecia noche y día 
No dejéis de la mano. 

284. No fiidiendo zaheyiy . Variante: Quitado el aguijón. 

293. Que no vuelva a hy uñir . Es, dice Burgos, úname* 
táfora tomada de los que trabajan en mármol, que pasan la 
uña sobre la obra para ver si está bien pulimentada. Y 
sin embargo traduce así: 

Condenad los poemas que con pausa 
\j-a.lima no pulió y hasta diez veces 
No enmendó una ■aX&nzxón prolija y sabia. 

Suele Burgos incurrir en este defecto gravísimo de no 
trasladar las imágenes y el colorido del original. Véanse en 
confirmación de lo que digo las equivalencias que da de los 
versos 115, 225, 245 a 50, 330-2, 348, 360, 435 y otros, del 
texto. 

312. Quien sabe y mide. Horacio hace notable distinción 
entre los sacrificios que debemos a la patria y a la amistad, 
y el amor y buenos oficios que se merece el padre, el her- 
mano y el huésped. Burgos lo confunde todo y ni aun gra- 
dación guarda cuando dice 

El que conoce bien lo que se debe 

A padre, amigo, huésped, deudos, patria. 

El asonante se llevó al ííltimo lugar lo que Horacio, y no 
por puro capricho, nombra en el primero. 



— 357 — 

315. A combatti' onhido: missi. Este participio realza 
los deberes de un general aquí indicados: no es ya un ro;yz- 
haiienie; es un hombre en quien la patria pone su confian- 
za enviándole a que la defienda o la engrandezca. Y sin em- 
bargo no le traducen Iriarte, Burgos ni Martínez de la 
Rosa. 

326. Cénlhnos. Martínez de la Rosa incorrectamente: en 
cien partes y den. En este último caso no es lícita la apóco- 
pe; y lo que más admira, es que la empleara sin exigirlo 
la medida del verso. 

327. Cinco onzas- Diálogo que introduce Horacio como 
muestra de un examen de cómputo aritmético, burlándose 
así del interés con que se miraba en Roma que los niños 
adelantasen en ese estudio exclusivamente. Mas al volver a 
tomar la palabra, son de indignación las en que prorrumpe. 

347. Gustosos: vclimtis. No dan la idea los traductores 
que tengo a la vista, salvo Sanadón y algún otro. 

355. Xo halle -perdón. He variado el giro del original, 
porque no queda bien en nuestro idioma; suprimiéndolas 
palabras comparativas, y convirtiendo en subjuntivos los 
indicativos curet, rideíur. De un modo semejante tradujo 
el escrupuloso Iriarte, respetable autoridad en materia de 
interpretación y de lenguaje. Martínez de la Rosa vierte 

Mas qué regla seguir? Que cual se niega 
Perdón al mal copista que advertido 
Siempre en el mismo punto se equivoca; 
O cual se expone un músico a la burla 
Si en una misma cuerda siempre yerra, 
Así un autor plagado de descuidos 
Es para mí otro Quérilo. — 

Las lenguas modernas exigen más que las antiguas 
aquella exactitud lógica y conveniencia de ideas que se 
echa de menos en la enunciación de esa comparación; la 
cual sin embargo no la presenta Horacio, y sí su traductor 
por lo visto, como una regla que debemos seguir : idea ab- 
surda y disparatada. Horacio no pregunta Qué regla segu^^r? 
ni la da en seguida: lo que hace es, por decirlo así, llamarse 
al orden con estas palabras: Quid ergoest? que quieren de- 
cir. En qué quedamos f tees? ; y pasa no a preceptuar sino a 
advertir lo que voy a explicar en la siguiente nota. Véase 
la de Iriarte a este lugar. 

358. Burlón. 359. En ira monto. Por regla general Ho- 
racio perdona algunos pocos defectos en gracia de las mu- 
chas bellezas, y condena sin compasión a los que nunca des- 
mienten su condición menguada con algún rasgo de inge- 
nio. Añade sin embargo que cuando el escritor es como 
Quérilo, que acierta por casualidad a largas distancias, su 
enojo se cam.bia en burlona sorpresa y admiración; y que, 
por el contrario, cuando es un poeta tan grande como Ho- 



— 358 — 

mero, su voluntaria indulgencia se convierte hasta en indig- 
nación si algfuna vez le ve dormitar, sin que valga la conside- 
ración de que en toda obra larga es natural se insinúe el 
sueno sin sentirlo. Es una de aquellas delicadas y hermosas 
alabanzas que solía hacer Horacio del padre Homero. 

365. Pierde este. Tratándose aquí de cuadros figurada- 
mente, Burgos, en lugar de sostener la metáfora, confunde 
de una manera muy desagradable el sentido recto con el 
traslaticio cuando dice: 

El uno agrada alguna vez, y el otro 
Mientras más repetido más agrada. 

Horacio dice refetiia, pero refiriéndose a poesh, no a 
ptcttira. Demás de esto las otras palabras que he puesto de 
letra cursiva hacen malísimo sentido. 

373. Piedras. La interpretación más común pide esta 
variante: 

— ni los postes mismos. 

385. Nada harás a despecho de Minefva. Mal interpre- 
tado ha sido este pasaje, si no me engaño. Hay quien tome 
las primeras palabras como un consejo; leyéndose en algu- 
nas ediciones esto por est en el verso 386: 

Nada a despecho de Minerva hagas, 

traduce Burgos. Pero si algunos entendieron esto recta- 
mente, todos han traducido el si quid ianien saipseris, si 
algo Sin emhaygo llegas a escvibiy^ u otra cosa semejante: en 
lo que se cometen dos errores: 1°, sustituir al 5/ que eti- 
mológica y gramaticalmente le corresponde, mas no siem- 
pre ni en rigor le es equivalente en fuerza y significación; 
por cuanto el primero con indicativo {scripseTts es aquí la 
segunda persona de scvipsero) es mucho menos hipotético 
que el segundo que por el genio de nuestra lengua no se 
junta con los tiempos de indicativo (amaría, habría amado, 
amaré, habré amado) para expresar relación de posteri- 
dad; y 2.", tomar el tamen como una conjunción correctiva 
de una probabilidad tácita en contra del mismo hecho que, 
por el error anterior, se ha expresado, no como condición 
sino como suposición o hipótesis. El sentido es pues: Qiiatn- 
vis tu nihil invita facies Minerva, tamen quidquid scrip- 
seris olim, cun tempus scribendi erit tibi, descendat. . . . 
guia vel delere licebit quam non edideris; vox autem missa 
wereversura qnidcm. 

388. Lo que escribas. Ya he dado la razón de porqué tra- 
duzco así; y agregaré que el si latino no sólo no tiene toda 
la fuerza hipotética del nuestro, sino que a las veces aparece 
como un mero adverbio relativo, equivalente según pida el 



— 359 — 

contexto, a apenas, cuando, hiégo que, sicmfic que, como, no 
bien, asi como, luego como, y otros adverbios o frases nues- 
tras adverbiales. Stomachabatur senex 5' quid aspcrius 
dixeram, Cic. Xat. Dco^. i. 33. De quibus dicere ag-grediar, 
si pauca p}ius de instituto atque indicio meo d'xcro. Id. ojf 
n (la traducción de Valbuena). V. además. Plaut., Aul'^, 
S. 7; 6, 5. Ter., P/i. ii, IS. Sallust. l'ug. 50; y los que cita 
Quicherat, ThcsauVus Poctiais, voz Si. En nuestra lengua 
ocurren ejemplos de semejante uso en los tiempos de pre- 
térito: 

Si atribulado estuve, tu caricia 

Ensanchó el afligido 

Pecho, 

dice Carvajal, traduciendo estas palabras del salmo iv, 
según la vulgata: in ttihulatione dilaiasti in¿hi\y con el mis- 
mo giro vuelve los versos 10 y 11 del xxx: 

¡Oh Cintia! 
Dije, si ya con inocentes manos 
Y puro corazón el sacro fueg'o 
En tu altar encendí, venga la llama 
Que la pérfida Ninfa en mi ha encendido. 

Quintana, Pastor Fido. 

Ib. 7^ hasta U7i aZo. El lector a quien tal novedad es- 
candalice, puede leer desde luego, y nueve años. Este plazo 
ha parecido a todos demasiado largo, y echando por el atajo, 
pretenden que no se debe tomar literalmente: interpreta- 
ción arbitraria mientras subsista la lección tal como está; 
porque nonum annum no puede ser una expresión prover- 
bial o formularia, como terque, quaterque, dedes y otras. 
Nueve años no son diez (como traduce Battenx), ni mu- 
chos, sino nueve, ni más ni menos. Walkenaer, citado en la 
edición de clásicos de Hachette, intenta aclarar el punto di- 
ciendo que no es sino un consejo dirigido al hijo mayor del 
Cónsul Pisón que era aún muy joven a su cuenta. Semejante 
explicación nada vale, porque el olini de arriba hace ver 
que el plazo de los nueve años había de contarse, no desde la 
apoca en que hablaba el poeta, sino desde que el mayor de 
los Pisones hubiese de escribir, previo el estudio 5' la ma- 
durez que traen lósanos. Por estas razones me atrevo a pro- 
poner como una conjetura, esta corrección: 

— NOTUMQUE, prematur in annum. 

Lección que no difiere de la vulgar sino en una letra y 
ofrece un sentido claro y natural. Todo lo que hagas, dice 
el poeta, somételo a nuestro examen, y tina vez conocido y 
examinado por nosotros, ocúltalo hasta por un año. El mis- 
mo Horacio, Epíst. 11, 21, 23: 



— 360 — 

Grata sume 77ianu, nec áulcia diffei in annum: final 
del verso semejante. Liv. 31, 2: Duas Htsf)anías Safdiniam- 
que obtenentibus prorogatum in annum imperium. Ov. 
Met, II, 47,-8: 

— Cunus rogat ille paternos, 
Inqtie dieni alipedum jus et moderamen equorum. 

390. La voz cautiva. Me atrevo a separarme aun otra 
vez de las ediciones, para leer: 

Quaví non edideris; nescit vox missa revertí. 

Corrección que fundo en estas razones: 1^, es más propio 
y natural delercvocem que delere quHiigu^d non edHimi fuerü; 
supuesto que ese verso no sigfnifica minea corregir, como quie- 
ren los traductores, sino borrar, ora se tome en sentido recto, 
ora en acepción figurada. No parece razonable que el poe- 
ta se figurara podría llegarse a juzgar digno de abrogación 
lo que tres jueces tan competentes hubiesen examinado 
y mandado guardar: ni sería una expresión cortés para con 
el hijo de L. Pisón; 2^, non edidisse y mHtere se corres- 
ponden, y el qiiod rompe la correspondencia; 3^, membra- 
nis intus -positis y qtiod non edidcrh eran una inelegante 
redundancia con la puntuación que llevaban, hasta que 
Bentley acertó a quitar el punto que se veía en annum para 
ponerle ^n-posHís: esta nueva corrección que presento no 
es más que el complemento de la de aquel sabio crítico, 
pues no hace sino acabar de ligar con lo subsiguiente la fra- 
se que el por justo motivo independizó de lo que la prece- 
de; 4^, esta corrección, por último, hace mejor sentido y 
da lugar a una antítesis bella y a dos imágenes coherentes. 
Al vocablo que no hayas soltado de tu escritorio (dice el 
poeta) podrás darle muerte impune y clandestinamente; 
empero, él una vez escapado, no sólo sino que no volverá 
nunca a tu dominio. 

391. Porque intérprete. Este admirable pasaje no lo es 
menos que en el original en la traducción de Martínez de 
la Rosa: no puedo resistir a la tentación de copiar los pri- 
meros versos: 

Intérprete del cielo el sacro Orfeo, 

De la vida salvaje y mutuo estrago 

Alejó con horror a los mortales, 

Y por eso se dijo que su lira 

Logró amansar los tigres y leones; 

Cual a Anfión la fama le atribuye 

Porque de Tebas levantó los muros, 

Que el eco de su cítara movía 

Las piedras de su asiento, y que a doquiera 

Con seductor encanto las llevaba. 



— 361 — 

448. Alanda aclarar. Lo mismo explica Juvencio: jube- 
bit obscura illustrari. La traducción de: parum claris lu- 
cem liare cogct, es poco claros den hez, o como traduce Bur- 
gos: 

Aclarará lo equívoco. . . . 

Pues el verbo cog'o es transitivo. Y en efecto, Horacio 
quiere que el vice-Aristarco note defectos (reprehendet, 
culpabit, lucem daré coget, arguet, notabit), y aunque bo- 
rre y suprima (allinet atrum signum, recidet); pero en ma- 
nera alguna que corrija de por sí y ante sí, ni que haga 
variaciones ni sustituciones. Por esta razón, si Burgos tra- 
dujo antigramaticalmente, lo expresado, Martínez de la 
Rosa interpretó con poco acierto, a mi ver, el ctiltabií 
duros, vertiéndole: corregirá los duros (vs. 445-6). Más ati- 
nadamente procedió Iriarte, poniendo en este lugar: 

Cotidenará los ásperos e ingratos 

Y en el otro sobre que versa la presente nota: 

Lo que está oscuro, mandará se aclare. 

456. Muchachos que el peligro ignoian. Refiero el in- 
cauti a ptieri Qw la acepción que acaba de verse: es una exa- 
geración propia de Horacio y del lugar. Burgos traduce 
aturdidos. Otros con menos razón lo sustantivan, traducien- 
do: y los incautos le siguen. ¿No sería esta una simpleza 
que desluciría el cuadro? 

467. Quien salva a otro po7 fuerza, es asesino. ídem fa- 
cH occidenti: helenismo que Burgos traduce: 

— El que a otro salva 
Cuando perecer quiere, le asesina; 

Y quiere dar esto como fundamento y prueba de que 
toda esta descripción del poeta es una alegoría, como sueña 
Batteux. Tal interpretación no se puede defender por el 
contexto ni con la gramática. Nuestro autor acaba de de- 
cir que los poetas tienen el derecho de matarse, y ahora 
añade que quien salva a otro, repugnándolo, hace lo mismo 
que el que mata (occidenti). Es decir, así como dar muerte 
a alguno es violar el derecho que tiene a la vida, no dejar 
a un poeta que se mate es violar un derecho no menos sa- 
grado. Horacio refuerza su idea advirtiendo que no es la 
primera vez que aquel loco lo intenta, y que si se salva, no 
por eso se conformará con ser \:íQxnhxt\ fiet homo es una 
alusión alas descomunales pretensiones de Empédocles (1). 



(1) Al pie de estas notas escribió el autor : ^Notas juveniles 
(1865). Hay que revisarlas y refundirlas.» 



UIRQIQID 



VIRGILIO (1) 

CRÍA DE CABALLOS 

Geórg. ui. 73-94. 

Tu modo quos in spem Statues, 

Los potros tú, que prodigar la vida 
Deban después, desde su edad primera 
Severo elíg-e, y diligente cuida 

Observa al que galán la delantera 
Tomando siempre la menuda planta 
En sus nativos campos acelera. 

Que a cortar las corrientes se adelanta 
O a puente ignota avánzase derecho; 
Ni vano ruido en derredor le espanta. 

Alta cerviz, cabeza enjuta, estrecho 
Vientre, la grupa dilatada y llena, 
Nervudo hinchado el eminente pecho. 

Tordillo azul y bayo oscuro, buena 
Señal te dan; al blanco u cenizoso 
En poco estimes. Si de lejos suena 

El eco de la trompa clamoroso, 
Vibra la oreja, tiembla; ni momento 
Ni ya lugar encuentra de reposo. 

Profusas crines que desparce al viento 
Caen al diestro lado; al aire enciende 
Su ancha nariz con anhelante aliento. 

Doble la espina la canal extiende 
A lo largo del lomo: el suelo en tanto 
Sordo retumba, que su casco hiende. 

Tan noble esfuerzo 3' animoso espanto 
Cílaro pudo respirar un día 
Sujeto a Pólux gladiador, y tanto, 

Los que ensalzó la griega poesía, 
Potros de Marte, y fieros pisadores 
Que el grande Aquiles a su carro uncía. 

Así, tomando cascos voladores 
Cuando vio por su esposa sorprendidos 
Saturno sus ilícitos amores, 



(1) La traducción de estos fragmentos es distinta de la que figu- 
ra en la versión completa de las Geórgicas, que se incluirá en otro 
volumen de esta colección. 



— 366 — 

Sacudió los cabellos descogidos 
Y el alto Pelion presuroso huyendo, 
Con el eco llenó de sus bufidos. 



EL POTRO DESTINADO A LA GUERRA Y AL CIRCO 
Geórg. III 179-201. 

Sin ad bella magis. 

Si la guerra, si ejércitos feroces 
Prefieres; si en la olímpica carrera 
Amas con carros competir veloces 

En el bosque de Jove, a la ribera 
Del sacro Alfeo, edúquese el oído 
Del potro, al eco de la trompa fiera. 

De aceros y de frenos el ruido 
En el establo a tolerar aprenda, 
De sulcadoras ruedas el chillido. 

El continente y la armadura horrenda 
De los guerreros mire: y con delicia 
De su señor la aprobación comprenda. 

Alegre de su mano la caricia 
Sienta en el cuello: apenas destetado. 
Así en el arte militar se inicia 

Aun inexperto y trémulo de grado 
Al blando lazo la cerviz inclina; 
Empero, el año cuarto comenzado, 

A ejercicio mayor se le destina; 
El firme paso que alternado suena 
Ya con limpieza y variedad combina; 

O cortando la atmósfera serena. 
Floja la brida, libre se arrebata 
Sin hollar casi la tendida arena. 

Tal aquilón soberbio se desata, 

Y por la Escitia, rápido bajando. 
Las estériles nubes desbarata. 

La mies se eriza con murmullo blando. 
Mientras gimen los altos encinares. 
Mientras hacia las playas, afanando. 

Se precipitan olas a millares; 
Que él los campos barriendo va en su huida 

Y la ancha faz de los desiertos mares. 



— 367 — 

AVENTURA DE EÜRIDICE Y ORFEO 
Geórg-. III-457-527. 

Illa quideni dum te fugeret. 

Perseguidor tú fuiste de Euridice: (1) 
Por la vistosa margen de una fuente, 
De ti, veloz, huía la infelice. 

Cuando una horrible acuática serpiente 
Que se ocultaba entre la yerba y flores 
Pisó con planta incauta. En son doliente 

Las Dríadas en coro sus clamores 
Esparcieron por selvas y por prados 
Fatigando los ecos gemidores. 

Y alto el Pangeo, y Hebro, y los collados 
Del Ródope, y Oritia, y belicosa 

De Reso la región lloró sus hados; 

Y el Geta los lloró. Lira amorosa 
Pulsaba en tanto en flébil melodía 
Orfeo siempre, oh! desgraciada esposa! 

Y cantando tu nombre repetía 
En la playa monótona y desierta, 
Ora naciese, ora expirase el día^ 

Desesperado, la tenada puerta 
Forzó, y a la mansión bajó atrevido. 
Que yace de dolor y horror cubierta. 

Presentóse al tirano aborrecido 
Y a las deidades que del hombre al llanto 
Duras cerraron corazón y oído. 

Mas a su voz con delicioso espanto 
Las leves, macilentas, desoladas 
Sombras llegaban a escuchar el canto; 

Como al caer la tarde, o aventadas 
Del temporal, las aves con presura 
En el bosque se acogen a bandadas.' 

Tal S2 agrupó la muchedumbre oscura 
De sombras, que o matronas fueron antes 
O ya aquéllas que en flor la sepultura 

Devorara doncellas rozagantes, 
O héroes segados en civil pelea, 
O malogrados, candidos infantes. 



(1) Aristeo. 



— 368 — 

De quienes forma en torno la letea 
Onda, con mudo horror, círculos nueve, 

Y torpe, invadeable, los rodea. 

De placer el averno se conmueve; 
Gózanse azules víboras sin cuento. 
Melena de las Furias: no se mueve 

La rueda de Ixión, que escucha atento 

Y en sus tres fauces que abre, el ronco ahullido 
Certero acalla al celestial concento. 

Todo obstáculo, en fin, dejó vencido, 

Y triunfante el cantor el pie volvía, 

Y arrancada a las sombras del olvido, 

Euridice sus pasos fiel seguía 
(Condición que Prosérpina pusiera) 
Tornando alegres a la luz del día. 

Ciego enajenamiento se apodera 
Del amante: El Averno perdonara 
Su desliz iay si perdonar supiera! 

Ya bajo el reino de la luz, se para 
Súbito, y olvidado, y en su pecho 
Venciendo el reprimido amor, la cara 

A su Euridice vuelve satisfecho; 
Su triunfo al punto ve desvanecido 

Y lo pactado con Plutón deshecho. 

Del averno, tres veces conmovido 
Al recobrar su presa, el desdichado 
Oye el lóbrego undísono bramido. 

«Orfeo, ay! ¿qué demencia a nuestro estado 
«Mortal nos vuelve? (con acento tierno 
«Euridice pronuncia). Manda el hado 

«Tornar a las regiones del averno, 
«Y al párpado que en vano le resiste 
«Abruma con el sueño sempiterno. 

«Adiósl Arrebatada en noche triste 
«¡En balde tiende a ti débiles manos, 
«lAy! la que tuya a apellidar volviste!» 

Dijo ; y cual humo por los aires vanos 
Huye a sus ojos. El con importuna 
Queja los brazos extendiendo insanos, 

Tras el señuelo de falaz fortuna 
Sombras apalpa solo. Ensordecido 
El guardador de la fatal laguna, 



— 369 — 

Todo su bien que recobrara, hundido, 
¿Qué hará )'a el infeliz? ¿A dónde el vag-o 
Pie moverá? ¿A los manes cuál gemido 

Ablandará, ni poderoso halago?. , . 
Ella, pálida sombra, en la ligera 
Quilla cruzaba el pavoroso lagol 

Víctima Orfeo de su angustia fiera 
Moró por siete meses en oscuras 
Cavernas, de Estrimon a la ribera. 

Y cantando sus grandes desventuras 
Los tigres del desierto enternecía, 

Y el corazón de las encinas duras. 

Cual de olmo anciano sobre rama umbría 
Filomena la pérdida deplora 
De sus hijuelos que con mano impía 

Del nido el labrador robó, en malhora 
Implumes observándolos; mas ella 
Toda la noche se lamenta y llora 

Sin desviarse de la rama aquella, 

Y hasta el confín postrero el eco triste 
Su voz va repitiendo y su querella. 

Así el cantor de lutos se reviste 

Y de placer privado y de consuelo 
Al blando halago femenil resiste. 

Plácele sólo visitar el suelo, 
Solo las cumbres ásperas que grava 
Eternamente el hiperbóreo hielo. 

Su perdida Euridice lamentaba 

Y el don mentido de Pintón horrendo; 

Y porque a las Bacantes despreciaba. 

Entre la orgía y nocturnal estruendo 
Ceremonioso, mátanle, y feroces. 
Van sus miembros en trozos esparciendo. 

Su cabeza sangrienta en las veloces 
Ondas cayó del Hebro; y todavía 
Pudo, Eundice^ en moribundas voces, 

Eundice infeliz, su lengua fría 
Murmurar. Por las playas el torrente, 
Euridice, Eundice, repetía. 

M. A. Caro— Traducciones — 24 



LUGANO 

PARALELO ENTRE CÉSAR Y POMPEYO 
Phars. Lib. l.-V. 121. 

Tu, nova ne veíeres, 

Ante nuevas empresas las antiguas 
Temes, Pompeyo, se oscurezcan hora, 

Y que al lauro que en Asia conquistaste 
El que las Gallas dan, se sobreponga. 

Larga serie de honores, de triunfos 

En orgullosa altura te colocan 

César, que otro le exceda; el gran Pompeyo 
Que otro a la par descuelle, no soporta. 

¿Con más justicia cuál ciñó la espada? 
Por cada cual sagrado voto aboga: 
Al vencedor el cielo favorece; 
Catón la causa del vencido adopta. 

Mas no iguales al campo concurrieron: 
En el uso tranquilo de la toga 
Pompeyo olvida cuál se blande el hierro, 

Y la traidora edad bríos le roba. 

Amador de la fama vocinglera 
Entrégase a la plebe que le adora; 
Del aura popular, de su teatro 
En el rumor, en los aplausos goza. 

Ni fuerzas nuevas prevenirse cura: 
Bajo el dosel de sus antiguas glorias. 
Satisfecho descansa y descuidado: 
De un nombre augusto venerable sombra! 

Así tal vez en la feraz campaña 
Osténtase la encina que se adorna 
Con los sagrados dones y trofeos 
De antiguos pueblos y diversas tropas. 

No la raíz, el peso la sostiene; 
Ni el suelo en derredor con ancha copa 
Asombra ya; mas con nudosos ramos 
Que el tiempo de verdor al fin despoja. 



— 374 — 

Y aunque pomposos árboles la cerquen, 

Y aunque del euro a los amagos, pronta 
Esté a caer, la adoración usada 
Recibe empero, dominando sola. 

César no sólo en el renombre y fama 
De poderoso Capitán se apoya: 
A aquel renombre su valor anuda 
Que ni se debilita ni reposa. 

Indómito, impaciente, sólo mira. 
Del triunfo en la tardanza, la deshonra: 
Donde el furor le llama o la esperanza 
Férvido allí sin vacilar se arroja. 

No a la mano da paz, no envaina el hierro: 
Empuja al tiempo, a la fortuna acosa; 
De ella obtiene favor o lo arrebata: 
Ruinas marcan su paso y sangre roja. 

Tal parte el rayo de encontradas nubes. 
Con estruendo los ámbitos asorda, 

Y con vivo fulgor culebreando 
Eclipsa el día, y a las gentes postra; 

Sus templos hiere, mármoles traspasa, 
Con estrago discurre por las hondas 
Tierras, y con estrago, recogiendo 
Las esparcidas llamas, se remonta. 



DESTRUCCIÓN DE UN BOSQUE SAGRADO 

EN LAS CERCANÍAS DE MARSELLA 

Libro iii.— V. 399 

Lucus erat. 

Hubo inviolable y respetado un bosque 
Desde remota antigüedad: sus ramas 
Relazadas cual bóveda cubrían, 
Siempre al rayo solar negando entrada, 

Espacio tenebroso y frescas sombras. 
Y no los dioses que los campos guardan 
Le habitaron, caprípedos silvanos 
Ni alegres ninfas que en las selvas danzan. 

En él bárbaro culto se ofrecía; 
Lúgubres sacrificios: sangre humana 
Los árboles bebían de contino, 
Sangre corría en las informes aras. 

Y si la antigüedad observadora 
De rito tanto y ceremonia vana 
Alguna fe merece, ni las aves 
Sobre sus ramas detenerse osaban. 

Ni las fieras buscar acogimiento 
En su espesura; ni gemir las auras 
Ni los rayos caer. Sin sus rumores, 
Toda era horror la selva solitaria. 

De sus musgosas rocas desprendidas 
Aguas oscuras en lo oscuro manan: 
En lo oscuro, los bustos de sus dioses, 
Imágenes antiguas mal formadas 

De rudo leño, inmóviles habitan: 
El sitio mismo, la actitud, la falta 
De color, la carcoma de los troncos, 
Todo es sombrío en ellos, todo espanta. 

No así el mortal a las deidades teme 
Que en formas de costumbre a sus miradas 
Se ofrecen: mientras menos las conoce 
Más las respeta. Divulgó la fama 



— 376 — 

Que aquellos antros con temblor gemían; 
Que los caídos árboles levantan 
Nuevamente sus copas, que de pronto 
Toda la selva en ondeantes llamas 

Arder parece, y de los viejos troncos 
Fieros dragones enredor se enlazan. 
Con respeto los pueblos sus ofrendas 
Llevan allí; mas nunca se adelantan 

Al santuario: el sacerdote mismo 
En medio de la noche o cuando lanza 
Rayos el sol en su mayor altura, 
Pálido acerca la medrosa planta. 

César la selva derribar ordena, 
Al campo suyo viéndola cercana, 
E inmoble en medio a descuajados bosques, 
Quedado había entre las guerras salva. 

Temblaron los robustos al mandato; 
La majestad del sitio los embarga, 

Y sobre sus cabezas se figuran 

Que vuelven ya las violadoras hachas. 

El, viendo a sus cohortes cuyas manos 
El temor pusilánime embaraza. 
Hacha cortante de improviso empuña, 

Y alzándola en los aires la descarga 

Sobre un erguido y corpulento roble. 
Clávala allí y a los medrosos habla: 
«Ninguno tema obedecer. ¡Si hay crimen, 
Crimen es mío; sobre César caiga!> 

Y todos obedécenle; no tanto 
Por fuerza del ejemplo: entre las altas 
Iras de oculto Dios y las de César 
Optan a su pesar, en simultánea 

Embestida. Los álamos, amigos 
Del mar undoso, las nudosas hayas, 
Silvestres fresnos, fúnebres cipreses, 
Todos deponen la abundante, opaca 

Cabellera, a la luz abriendo paso 
Por vez primera y con gemido estallan: 
Ríndese el bosque; aunque trabado, espeso, 
Luengo espacio vacila y amenaza. 



ROTA DE GURION 

Libro IV.— V. 746 

June prinium paíutre doli. 

Descúbrese el ardid: loa africanos 
Ocapan las colinas circundantes: 
Tiemblan los jefes viéndose perdidos, 
Tiembla la turba en el profundo valle. 

Y no el valiente a lid desesperada, 
No a presta fuga se libró el cobarde; 
Que ni a su voz ni al son de los clarines 
Hubieron los bridones de animarse. 

Mas en vez de tascar el duro freno 
Blanco de espuma, derramando al aire 
La crin, vibrando la empinada oreja 

Y los callos batiendo resonantes, 

De temor y cansancio desfallecen, 
La pesada cerviz sin fuerza abaten. 
Baña sus miembros el sudor, que humea; 
Larga arrojan la lengua; roncos salen 

Profundos resoplidos que en violenta 
Agitación fatigan sus ijares, 

Y la reseca, ardiente espuma cubre 
El freno abrumador teñido en sangre. 

Nada el furor del látigo sonoro, 
Ni los frecuentes espolazos valen; 

Y si alguno al bridón despedazado 
Obliga a que, temblando, un poco avance, 

Nada ganó, que ni amenaza aquello 
Ni acometida fue. sino llevarle 
Más cerca de los tiros enemigos. 
Caminar a la muerte, no al combate. 

Mas apenas los leves africanos 
Oyeron la señal, de todas partes 
Vuelan sobre la presa; sus corceles 
Temblar el suelo con los cascos hacen, 

Y a galope tendido, rumoroso. 
Roban el día y las tinieblas traen 
En las nubes de polvo que aglomeran, 
Cual desencadenados huracanes. 



— 378 — 

Sufriendo la impetuosa arremetida, 
La infantería, no el terrible trance 
Dudoso fue, y el tiempo que a la muerte 
Bastó, duró la lid. — Que ni adelante 

Mover el pie podían los romanos. 
Ni el brazo sacudir: sobre ellos cae 
Una nube de aceros voladores 

Y el peso de los rudos golpes grave. 

Recógense las alas hacia el centro, 

Y se compactan: si hubo quien tratase 
De entrarse acobardado, los amigos 
Hierros le oponen muerte miserable. 

Cuanto más campo ceden los primeros 
Se estrechan más las oprimidas haces: 
Falta el espacio ya para moverse, 

Y respirar: cubiertos de fatales 

Armaduras, los pechos se comprimen 
Sin vida al fin. No al mauro de su grande 
Victoria el espectáculo que espera 
Fue dado contemplar: no las parciales 

Rendiciones gozó de los vencidos, 
Ni vio los ríos ondear de sangre: 
Sus espantados ojos sólo hallaron 
¡Hórrido hacinamiento de cadáveres! 



EL eiNQUE MflGGIO 



Qanto de alejandro /Aarvzonj 

a la muerte de J^apoleón 



líuevas versiones poéticas en lafír) y ei) castellano 
con un discurso preliminar y comentario crítico. 



DISCURSO PRELIMINAR 

Quizá nosería aventurado pensar que II Cingue Maggio 
de Alejandro Manzoni ha sido y es aún, entre todos los can- 
tos líricos de la misma índole que ha producido el siglo xix, 
el más generalmente apreciado de los inteligentes. No se 
me oculta que algunos eminentes críticos tienen otras pre- 
ferencias; resístese también el orgullo nacional a conceder 
la primacía a una obra extranjera. Sometido el punto a vo- 
tación, supongo que en cada nación se dividiría la mayoría 
de los sufragios entre varios poetas y entre producciones 
diversas, y seguramente no habría poesía alguna, ni aun 
vate lírico, que obtuviese la mayoría de votos de pueblos 
diferentes. Creo que en Italia podría dividirse la opinión 
entre Manzoni y Leopardi, tratándose de poetas, y que la 
balanza se inclinaría a favor de éste; pero en cuanto a odas 
perfectas, pocas serían allí las discrepancias, y hay motivos 
para presumir que, si salvando las exigencias del orgullo 
nacional, no se tratara de señalar el primer puesto, sino la 
primera ^la, destinada por ejemplo a poesías líricas, pocos 
votos, si alguno, le faltarían a la oda consabida, y que nin- 
guna otra en votación que comprendiese varias piezas, al- 
canzaría igual número de adherentes en un concurso ecu- 
ménico. 

Indúceme a pensar así la vox ^01)1111 (hasta donde ha 
llegado a mis oídos), esto és, el voto de literatos y escritores 
diseminado en publicaciones de todo linaje; y se explica 
esta extensa y firme celebridad de El Cinco de Mayo por la 
variedad de circunstancias relevantes y de condiciones al 
parecer inasociables, reunidas y maravillosamente concilia- 
das en esta poesía. En ella al interés histórico y político se 
reúne el sentimiento religioso y la serenidad artística; con 
el tono lírico heroico se combinan las melancólicas notas de 
la elegía; a la severa forma clásica, horaciana, se asocia la 
osadía y la libertad de la nueva escuela de que Manzoni 
fue en Italia el más ilustre representante; en esta oda, la 
más poética de las lenguas romances (como para comprobar 
la tesis de Macaulay) a par de su reconocida suavidad y 
dulzura, ostenta su fuerza y majestad. A todo esto se agre- 
ga una forma precisa, clara, breve, armoniosa, que gra- 
vándose fácilmente en la memoria, saca el pensamiento de 
la muerta página, y le da nueva y perpetua vida en la men- 
te de los hombres. 

Constituyen el fondo de este «cántico,» como le llamó 
su autor mismo, dos grandes contrastes: primero, el que 
ofrecen entre sí los dos grados extremos de grandeza y de 



— 382 — 

postración del hombre; y segundo, el que presenta la hu- 
mana existencia con todos sus altibajos de fortuna, con sus 
esplendores y miserias, en frente de la serena pach vicio de 
lamuerte. Estos son los dos grandes pensamientos de la 
inmortal oda de Manzoni; las demás ideas son accesorias, 
casi todos bellísimos cuadros, abreviados en estrofas aladas 
y brillantes, y a veces en una sola pincelada, verbigracia: 

Come sul capo al naufrago 
L'onda s'avvolge e pesa. . . 

E sull'eterne pag-ine 
Cadde la stanca man. . . . 

Chinati i raí fulminei, 

Le braccia al sen conserte.... 

E il concitato imperio 
E il célere ubbidir. 

Abrazó, pues, en este canto Manzoni, como de una ojea- 
da, los grandes y patéticos contrastes de la vida humana, 
dejando sólo en la sombra la antítesis que ofrecen los pláci- 
dos días de la niñez con las pasiones tempestuosas o desen- 
frenadas ambiciones del hombre crecido. Entre los recuer- 
dos que revolvía el héroe cautivo en Santa Elena, falta aquí, 
al parecer, la memoria de la infancia. Este natural recurso 
empleado por los compositores de óperas en oportunos 
racconti, forma también una hermosa página del Masanielo 
del Duque de Rivas, en la que, según creo, sigue las pisadas 
del historiador Baldacelini. 

«Masanielo — dice — acababa de despertar, pasado acaso 
el acceso de demencia, y desde la ventana de la celda con- 
templaba en calma el mar que había arrullado su pobre 
cuna, que había sido campo de sus ejercicios juveniles, el 
proveedor del escaso sustento de toda su vida. Y acaso, 
olvidado de poder y de fortuna, vagaba su imaginación por 
regiones más humildes, cuando reparó en las galeras, y su 
proximidad y aparato bélico le recordaron las ideas de 
mando y de poderío.» 

Ei ripensó — 

Mas, comoquiera que sea nota característica de esta 
poesía la fidelidad a la verdad histórica iluminada, ideali- 
zada por el genio poético, mas no alterados ni falseados los 
hechos en pasaje alguno por ficción exótica, no debemos 
acaso extrañar en ella la ausencia de recuerdos consagra- 
dos a los apacibles días de una feliz adolescencia, porque 
desde la edad más temprana empezaron para Napoleón las 
contrariedades de la lucha, los estímulos de la ambición. 



— 3S3 — 

«Yo nací — decía él en carta a Paoli — cuando sucumbía 
la patria, > entendiendo por patria, no ciertamente a Fran- 
cia, sino a Córcega. En la época misma de su nacimiento, 
su madre, hu3'endo de las tropas francesas que ocuparon el 
país, anduvo errante por los montes; y así él. desde su ni- 
ñez, se vio rodeado de las agitaciones y peligros de la gue- 
rra. Hablando de sus primeros años, recordaba sus reyer- 
tas 5' camorras con sus hermanos y sus condiscípulos y 
también sus ambiciones (l). Desde edad temprana, oyen- 
do hablar de la guerra de independencia de la isla, con- 
cibió religiosa veneración hacia Sampiero, hacia Paoli, 
hacia todos los héroes corsos, y sonaba con llegar a la edad 
de empuñar las armas. De diez años fue enviado al Colegio 
de Autun. de allí pasó en breve a la Escuela Militar de 
Brienne. Sus compañeros se burlaban de él porque hablaba 
mal francés y trabucaba las palabras. Aquellas bromas, a 
que él contestaba a veces con sorna, a veces con cólera, pu- 
sieron a prueba su energía. Reconcentrado en sí mismo, 
dedicóse con afán al estudio para sobresalir, 5' logró al cabo 
adquirir grande ascendiente sobre sus compañeros. En 
1784 pasó como cadete a la Escuela Militar de París. Su 
procelosa carrera principió, pues, desde la infancia; o nun- 
ca fue niño, o lo fue siempre; y, cuan lejos, gtiam longhti- 
me, podía remontar la memoria, i cU che ftirono no le re- 
presentaban otra cosa que agitación constante y continua 
lucha (2). 

Los temas más grandiosos en el común sentir de las 
gentes, aquellos que más preocupan la imaginación popu- 
lar, son los más difíciles de tratar con éxito, porque si bien 
por una parte el público reclama un poeta que en forma 
armoniosa y recordable interprete el sentimiento general, 
y parece dispuesto a agradecer la satisfacción de aquella 
necesidad imperiosa, por otra parte el amor y el conoci- 
miento del asunto le hace sobrado exigente, impone grave 
compromiso al artista, y le provoca, como a tribuno popu- 
lar, a exageraciones contrarias a la ingenua y serena ins- 
piración. Más hábil es el poeta que evita regiones explora- 

(1) Mon frére Joseph était battu, mordu, et j'avais porté plainte 
contre lui. quant il comiren9ait a peine a se reconaitre. Bien m'en 
prenait d'etre alerte: mamam Tvctizia eut reprime mon humeur be- 
lliqueuse, elle n'eut pas souffert mes alg'arades. Sa tendresse etait 
severe, punissait, recompensait, indistinctement Ir; bien, le mal, elle 
nous coraptait tout. 

(2) Podía Napoleón hablar de aquella «disciplina» de las armas 
que le llevó a una cumbre, como habló Cicerón de la de las letras, 
que le llevó a otra cima, en pasaje harto traqueado de los estudian- 
tes de latín, como que por ahí principia la oración pro Atchia: <A 
qua ego nullum confíteor actatis meae tempus abhorruisse. . . . quoad 
longissime potest mens mea respicere spatium praeteriti temporis 
et pueriliae memotiarn tecordari ultimani. . . .» 



— 384 — 

das, y explota lo descuidado, lo que promete poco; que pre- 
fiere descubrir a ¡lustrar; que procura más bien cautivar 
la atención con cosas ignoradas que con formas nuevas. 
Más sorprende el sacar fuego del humo (1), que de encen- 
dida llama nuevas centellas. 

El nombre sólo de Napoleón es tan sonoro, lleva consigo 
tantos recuerdos y sugiere tales reflexiones, que todo can- 
to a su memoria debe parecer débil y pálido. En estos casos 
el arte del poeta se cifra en olvidarse un tanto de su misión 
de intérprete de la opinión común, en expresar con vigor e 
independencia sus sentimientos personales como aislado y 
sereno espectador. Manzoni, al mismo tiempo que levanta la 
figura de Napoleón sobre toda gloria mortal, duda si aque- 
llo fue gloria verdadera, y con misterioso acento manda 
suspender el fallo: 

Fu vera gloria? Ai posteri 
La ardua sentenza! 

El intérprete de la multitud se transfigura así en in- 
térprete del Cielo; sin hacer que el oyente aparte la vista del 
coloso, conmueve su espíritu y dilata el horizonte de la vi- 
sión interior. ¡ Deiis, ecce Deusl 

No me parece del todo justo el siguiente concepto del 
señor Menéodez Pelayo, autoridad digna de respeto como 
la que más alto raye en materias históricas y literarias; 
mas no le citaré sin anotar la fecha en que, muy joven aún, 
estampó este juicio el eminente crítico español: 

«En uno de sus últimos estudios calificó Foseólo con 
desusado rigor, a la nueva escuela literaria representada 
especialmente por Manzoni. Comenzó este grande y sim- 
pático escritor su carrera con dos poemitas en verso suelto 
y al modo clásico, de los cuales se arrepintió luego, y en 
verdad que no tuvo razón para ello, a lo menos en lo que 
hace a la Urania, composición digna de Monti. Pero no 
le llamaba Dios por ese camino, en el cual sólo hubiera sido 
el segundo, cuando estaba destinado a abrir nueva senda y 
llevar el arte por nuevas derrotas. Y de'hecho con los HUn- 
nos Saaos se puso a la cabeza de los líricos cristianos de 
nuestro siglo, mostrando en insuperables ejemplares, donde 
la sobriedad compite con la unción piadosa y con la grandeza, 
de qué suerte pueden tratarse sin varios adornos ni falsas 
retóricas, en pleno siglo de incredulidad, los altos misterios 
de nuestra religión santísima. El himno de Pentescostés y 
el de la Pasión superan en mucho a las dos composiciones 
de asunto no sagrado que en la colección manzoniana en- 
contramos. Sé que no es ésta la opinión común, pero la opi- 
nión común me parece poco fundada. En el famoso Onco 

(1) «Sed exfumo daré lucera cogitat.» 

Hor. De Art. Poet. 143. 



— 385 — 

de Mayo (por otros títulos admirable) vese patente la afee 
tación y el estudio, no hay aquella generosa onda de afee 
tos y de poesía que se desborda en los Himnos Sacros. ¿N 
cómo había de ser natural en la pluma cristiana de Manzo- 
ni el elog-io de Napoleón, es decir, la apoteosis del derecho 
de la fuerza? Digamos que al gran poeta lombardo le des- 
lumhró la grandeza del coloso caído, y no neguemos que en 
esta oda quedó inferior a sí mismo. Superiores son a El On- 
co de Mayo los coros de Carmagnola y de Adelch^ superior 
el hermoso canto a la revolución milanesa de 1821» (1). 

Siéntese aquí un tanto la influencia de la sangre gene" 
rosa de quien, en \q^ HeteVodoxos Españoles, escribió las más 
elocuentes páginas en honor de los que en la península ibé- 
rica resistieron a la invasión francesa, página digna de la 
imortalidad en los modelos solutae orationis, como lo es 
// Chique Maggio en las antologías poéticas de todos los 
tiempos y naciones. Las grandes almas, los eximios escrito- 
res, viven por el entendimiento y el corazón, tanto en los 
pasados tiempos, como en el siglo en que florecen; Menén- 
dez Pelayo es un español contemporáneo de Daoiz y Velar- 
de tanto como de Hernán Cortés, o de Gonzalo de Córdo- 
ba, o de Pelayo. Crooke no podía explicarse la «virulencia 
personal» de Macaulay para con personajes muertos hace 
siglos. // Cingue Maggio es por muchos títulos «admira- 
ble, > pero una oda a la memoria de Napoleón no podía ser 
para un Pelayo, paisano de otro Pelayo, sino efecto de un 
deplorable «deslumbramiento. >. . . . 

Con perdón de mi ilustre amigo Menéndez, dado que 
no haya templado su rigoroso fallo en los años corridos des- 
de 1877, tiempo vivido por él con más intensidad y prove- 
cho que por la grey perezosa a que pertenece el que estas 
líneas escribe. Manzoni, aunque cante sobre la tumba de 
Napoleón, no hace en esta oda «la apoteosis del derecho de 
la fuerza>: describe, sí. a grandes rasgos, cual le cumplía, 
los efectos de admiración, de asombro y de terror con que 
preocupó a los pueblos el primer Capitán y conquistador 
del siglo; no había tomado parte su musa en las ovaciones ni 
en los anatemas; no se atreve a decidir si aquel poder antes 
no visto constituye «verdadera gloria>; no reconoce el po- 
derío del hombre como fuerza propia, que es el error de la 
idolatría, sino como aliento prestado por el Creador a un 
instrumento cualquiera de sus altos designios; pondera la 
grandeza del invicto caudillo, para hacer más sensibles las 
peripecias de una vida excepcional, la duración efímera del 
poder político, la vanidad, los sueños ambiciosos y el terrible 

(1) Letras y Literatos Italianos, carta a Pereda, fechada en Ve- 
necia — Milán a 13 de mayo. 1877, publicada en la Revista de Ma- 
drid, 1881. 

M. A. Caro — Traducciones -25 



— 386 — 

despertar de la caída, los perennes esplendores de la fe, la 
majestad de aquella suprema y vengadora verdad: Ha muer- 
te ! Por la impresión que produce en el ánimo equivale 
esta oda brevísima a una homilía sublime sobre el eterno 
tema, Vanitas vanitatiim: sólo Dios es grande iX)- 

Admiro como quien más la suavidad de afectos y la 
pureza de estilo de los Himnos SacVos, y no negaré que en 
un debate literario no podría yo demostrar que // Cingtie 
A/a^^^í? los supere. Pero el señor Menéndez Pelayo con- 
fiesa que su opinión no es «la opinión común, > a su juicio, 
poco fundada. Del aplauso que recibe una obra artística en 
su estreno, o en sus primeras exhibiciones, podemos des- 
confiar, con tanto ma3'or razón cuanto vemos que muchas 
veces el juicio de la posteridad no ha confirmado el de los 
contemporáneos. Pero pasan años, y la opinión común, lejos 
de debilitarse, se robustece y se dilata, y hay motivos para 
juzgar que haprincipiado ya la posteridad a pronunciar la 
«ardua sentencia. > contra la cual poco vale el proverbial 
Hahent sua fata lihelU. Nadie cita fuera de Italia los Himnos 
Sacros, y muchas frases de // Chique Maggio se han hecho 
proverbiales. Del más afectuoso y espontáneo de los Him- 
nos Sacros, Pejitecostés, tenemos una traducción muy supe- 
rior a casi todas las de // Cinque Maggio, y nadie la cono- 
ce. Es pues forzoso reconocer que la oda a la muerte de 
Napoleón posee un talismán, uua virtud secreta, de que 
carecen aquellos otros himnos, por perfectos que sean. 
En el punto de vista religioso, no es el asunto mismo lo que 
decide del efecto; la divina gracia es misteriosa en sus ca- 
minos; y el ejemplo de un Deus terrestvis que sucumbe y 
muere tributando adoración al Dios del Calvario, es más 
eficaz como práctico argumento que el poético recuerdo 
de sucesos sagrados de más recóndita significación. El 
poeta en // Cinque Maggio habla a los ojos y a la mente del 
mundo contemporáneo; y en sus Himnos Sacros sólo habla 
a escogidas almas. 

Nota el señor Menéndez Pelayo en // Cinque Maggio 
«la afectación y el estudio»; y ésta no es solo opinión suya, 
sino de algunos otros críticos. Pero es bien sabido que 



(1) Carduce! discrimina y define en estos términos el carácter 
de los grandes líricos del siglo de sus compatriotas Manzoni y Leo- 
pardi: cCinque venti diversi del medesimo spirito... II Byron l'egois 
mo libérale, lo Shelley il soeialismo idéale: il Lamartine la medita- 
zione sentimentale mística, rHug-o la concitazione representativa 
stórica; il Platen l'espressione classica della sensualitá romántica; 
il Heyne la plástica elevazione della imag'inosa nativitá popolari 
il Manzoni l'umanazione della divinite cristiana negl'inni, e ne, 
tre cori e nelle due odi r esetazione de la provvidenza nella storia; 
il Leopardi l'elegia della sofferenza umana e della dog-lia mondialo 
(G. Carduce!, Degli spiriti e delle fotme nella poesía di Giaconto 
Leopardo, Bologna, 1898, p. 6). 



— 387 — 

Maozoni escribió estas estrofas de primera intención, y 
por decirlo así en un cuafiode hoya feliz ^ no bien había lle- 
gado a su noticia la muerte de Napoleón, de modo que 
aquella impresión profunda que en las primeras líneas 
atribuye el poeta al orbe todo cuando él solo podía conje- 
turarla, es la expresión del estado de su propio espíritu en 
esos momentos. Sólo acierta a echar una rápida mirada re- 
trospectiva sobre la procelosa carrera del hombre extra- 
ordinario, Viioin fataie que acaba de expirar. No se atreve a 
]v^zg^v—i¡ohie nídicciye, — dejando a la posteridad el difícil, 
el «arduo» veredicto; inclina la frente ante Dios, autor del 
fenómeno estupendo; más que la grandeza del coloso caído, 
admira la pequenez de esa grandeza, y luego la grandeza 
de esa pequenez, cuando le ve humilde inclinarse ante la 
Cruz; entrégase a aquel orden de ideas y de sentimientos 
adonde llevan al hombre espiritual las profundas conmo- 
ciones, el terremoto, la tempestad en el mar, la pompa de 
la Muerte en sus formas más solemnes. Di ¡érase que este 
canto es sustancialmente una versión poética de la admira- 
ble peroración de la Oración fúnebre de Conde por Bos- 
suet. 

¿Dónde está, pues, la afectación, o si se quiere, retóri 
ca que el autor adoptó? Pero esas formas artificiales son 
aquellas en que el poeta como el orador expresan natural- 
mente sus pensamientos. Estudio se percibe, pero no es- 
fuerzo, estudio, y grande, pero no actual, sino el resultado 
de bien aprovechados estudios, no el studere sino el studuis 
se, el fruto de todo aquello que el poeta cosechó en su la- 
bor secreta y profunda — lecturas y meditación — y que ha 
sabido asimilarse en la dicción selecta, en los procedimien- 
tos favoritos, que se convierten en segunda naturaleza de 
los autores, y aparecen en sus obras más espontáneas. En 
Jl Cingue Maggio Manzoni renovó toques de los Himnos Sa- 
cros, aprovechóse de reminiscencias propias, e incurrió 
además, en tal cual repetición y pequeño descuido que no 
se compadecen, en obra tan breve, con una ejecución de- 
masiado reflexiva 5' limada (1). 

En Italia mismo II Chique Maggio es la obra clásica de 
Manzoni. El Profesor Puccianti en su Antnlogia deUa foesia 
Ualtana moderna elogia los Hhnnos Sacros por la pureza del 
sentimiento religioso que se aparea y confunde con el amor 
de los hombres y de la humaniaad, por la sencillez podero- 
sa de la expresión, por el calor lírico. Con estas dotes se 
combina, a su juicio, una arte esmerada «que medita y pesa 
cada imagen, cada frase, cada palabra»; el pensamiento le 
parece sublime; aunque en algunos lugares «algo artificio- 
so.» Encuentra este crítico en los Himnos Sacros el mismo 



(1) Véase nota al v. 10. 



— 388 — 

estudio y artificio que chocó a Menéndez Pelayo en // On- 
que Maggio. ¿Habrá algún poeta en cuyas obras una aná- 
lisis sabia no descubra eso mismo que denotan las palabras 
<estudio y artificio»? ¿No será condición propia de todo 
eminente artista, juntar la fidelidad en lo grande con la 
fidelidad en lo menudo, la felicidad del conjunto con el 
primor de los detalles? 

Ahora bien, al pie de // Chique Maggio se lee en la 
misma ^«/(?/í7¿"/a este breve y exacto juicio: 

«Entre tantas cosas como merecen citarse en esta oda 
sublime que todos los italianos saben de memoria, desearíamos 
que los jóvenes observasen especialmente cómo el poeta 
toma y presenta en ella la historia contemporánea en su 
aspecto más verdadero y al propio tiempo en el más ideal 
y por lo mismo el más poético. El no adorna su asunto con 
ideas, si poéticas, extrañas; sino que lo trata en sí mismo, 
en su esencia, contemplándolo de lo alto, y con mirada 
de águila, en toda la sublime poesía que contiene, y tal 
como él lo ve, lo hace patente a la imaginación de los lec- 
tores. La vida, las empresas, las glorias y desventuras del 
uom f ata le tsiiin aquí representadas con aquella rapidez, 
con aquel ardor del genio, que entre multitud de objetos 
sólo elige los más prominentes y significativos — fastigia re- 
7um — y los expresa con las imágenes más adecuadas para 
realzar su grandeza.» 

Si se trata de señalar el mejor rasgo de esta pieza, 
lícita es la variedad de juicios allí, donde a competencia 
tantas bellezas se ofrecen. Para mí el pasaje más admirable 
es aquel en que el sentimiento más espontáneo y el arte 
exquisito, de consuno y como identificados, expresan la 
transición de las agitaciones y miserias de esta vida mortal 
a la paz eterna prometida a los que mueren reconciliados 
con Dios: 

Ah! forse a tanto strazio 
Cadde lo spirto anelo, 
E disperó: ma valida 
Venne una man dal cielo 
E in piú spirabil aere 
Pietosa il trasportó! 

E l'avvio sui floridi 
Sentier della speranza, 
Ai campi eterni, al premio 
Che i desideri avanza, 
Dov'é silenzio e tenebre 
La gloria que passó. 

Nótese el efecto maravilloso de la cesura métrica. E 
dhpeyó; ese agudo en aquel sitio sirve para marcar la des- 
esperación del héroe, como concepto final e irremediable; 
pero al punto se entreabre la gloria! Las expresiones ptú 



- 389 — 

s-pirabil acte, silenzio e tenebrc son verdaderamente mágicas; 
más allá no ha ido ni acaso puede ir el poder del canto. 

Sólo dos pasajes poéticos recuerdo que con este de 
Manzoni puedan compararse per la feliz contraposición de 
las ideas de movimiento y reposo, de agfitación y paz, de 
estrépito y silencio. Uno de ellos, el trozo del Libro vi de la 
Enchia relativo a Marcelo; el otro pertenece a la canción 
de Rodrigo Caro .4 las Ruinas de Itálica. Después de decir 
concisa 3* hermosamente el poeta que 

Todo despareció: cambió la suerte 
Voces alegres en silencio mudo; 

nos hace sentir profundamente y casi a un tiempo, el es- 
plendor déla grandeza, la violencia de la destrucción, y la 
tristeza del silencio, en estos maravillosos versos que que- 
dan para siempre grabados en el ánimo del que una vez 
los haya leído: 

Fabio, si tú no lloras, pon atenta 
La vista en luengas calles destruidas 
Mira mármoles y arcos destrozados, 
Mira estatuas soberbias, que violenta 
Némesis derribó, j'acer tendidas, 
Y )'a en alto silencio sepultados 

Sus dueños celebrados. 

Nótese el prodigioso efecto de la cesura. Némesis de- 
rribó^ semejante a la de Manzoni. Edh-peró. 

La meditación de Lamartine Bonaparíe, gallardamente 
traducida por la gran poetisa americana Gertrudis Gómez 
de Avellaneda, contiene evidentes reminiscencias de II Chi' 
que Magg'io, por más que su autor declarase, en una nota, 
haber escrito aquellos versos propUia mineyva. 

Víctor Hugo cantó varias veces a Napoleón. En su pri- 
mer tomo de poesías {Odas y Baladas, 1822) se registran 
tres extensas composiciones dedicadas a la memoria del 
hombre extraordinario: Buonapayte, La columna de la 
plaza \endoinme (traducida por Pardo y Aliaga), y Les 
deux Ues (esto es, Córcega y Santa Elena): piezas en 
general ampulosas, y muy inferiores en sentimiento a la 
hermosa oda a Luis xvii. de la misma colección. Les deux 
lies contiene un breve pasaje noblemente sentido, que me- 
rece destacarse. Cítalo M. de Godefroy como «perfil mara- 
villoso del gigante caído, > y puesto en castellano bajo el 
titulo Napoleón, hállase incluido en mis Traducciones poéti- 
cas (1899). 

Muy superior a los anteriores eí= la poesía Napoleón IL 
escrita en 1832 con motivo de la muerte del Duque de Reis- 
chstadt, sólo que al fin se repite el poeta y decae el canto. 
Podría bien esta composición reducirse a la parte tradu- 



— 390 — 

cida en mi citada colección. Godefroy la califica como de 
«la más espléndida inspiración,» y añade que «en ninguna 
de sus colecciones líricas se elevó jamás Víctor Hugo a ma- 
yor altura. > 

Sería materia de no breve monografía, como todo lo 
que a Napoleón se refiere, la enumeración de poesías es- 
critas a su memoria. Aun en el Parnaso Colombiano tene- 
mos dos buenos sonetos a este asunto, uno de Fernández 
Madrid, otro de la señora Acebedo de Gómez. 

Signo inequívoco de la adaptabilidad de esta oda a las 
diversas formas del lenguaje humano, y del aprecio que de 
ella hace el público literario, sin distinción de nacionalida- 
des, como autorizado precursor de la posteridad justicie- 
ra, es el haber sido traducida en verso a las principales len- 
guas de Europa. El trabajo que se emplea en una esmerada 
versión anuncia predilección firme y paciente aclimatación 
de un escogido fruto. 

No he logrado ver ninguna colección de estas traduc- 
ciones (1), y de las latinas sólo conozco la del Padre Ricci, 
Prepósito general de las Escuelas Pías. Tuve ocasión de leer 
esta versión (en dísticos) en el tomo Varia latwtas^ que me 
envió de Italia un amigo pocos años há. Las vidas de Esco- 
lapios, otras piezas en prosa y las inscripciones pareciéron- 
me en general elegantes, y he repetido con placer la lectu- 
ra de algunas de esas páginas. No me satisficieron en igual 
modo las Launas Inter-pretaiiones o traducciones en versos 
latinos de algunas poesías de Leopardi y de // Ongue Mag- 
gio de Manzoni. Ardua cuanto ingrata es esta especie de 
forzada competencia con poetas célebres, y no es de extra- 
ñar, de otro lado, que un afortunado admirador de Cicerón 
no luzca las relevantes dotes de versificador de que careció 
Cicerón mismo. Non omnia -possumus omnes. Ello es que 
la lectura de aquella versión latina de // Chique Maggio 
me animó a probar mis fuerzas en el mismo empeño. Nota- 
ré algunas de las asperezas de la traducción del Padre Ri- 
cci, para justificar mi atrevimiento, sin que presuma haberle 
aventajado en el conjunto ni dejado de incurrir en defectos 
distintos de los que traté de evitar. 

Parece natural emplear alcaicos u otra estrofa lírica en 
la versión latina de una oda moderna. Yo, como Ricci, pre- 
ferí primero los dísticos, ya porque esta forma cuadra rne- 
jor que otra alguna al género lírico elegiaco a que // Chi- 
que Maggio pertenece, ya porque el exámetro y pentáme- 
tro suenan aún en nuestros oídos con ritmo y armonía 
perfectamente sensibles y sobremanera agradables, mayor- 
mente entre italianos y españoles, por más que les falte el 



(1) Veo citado Llansás, El Lineo de Mayo, famosa oda italiana 
etc., Barcelona, folleto. 



— 391 — 

realce de una distinción exactísima de cantidades silábicas, 
largas y breves, en la elocución común. 

La primera dificultad que ofrece una vlm'síÓu latina 
consiste en poder conciliar la fidelidad debida a las ideas 
con la propiedad de la lengua y la índole de la poesía anti- 
gua. No b;\sta traducir las palabras: 

Nec verbum verbo curabis redJere fidus 
Interpres 

Preciso es dar nueva forma conceptual al pensamiento, 
naturalizado en la lengua a que se traduce, y de aquí giros 
y modos diferentes de expresión. ¿Cómo habría dicho esto 
mismo Virgilio, u Horacio, u Ovidio? He aquí lo que el tra- 
ductor debe tener en mira. Y aun puesto, verbigracia, en 
la corriente de Virgilio, formas horacianas hay que podrían 
resultar disonantes. La traducción no puede ser sino una 
imitación, pero no demasiado libre. Esta dificultosa tarea, 
en que a las veces se inclina el ánimo a dudar de la traduci- 
bilidad de la poesía moderna a las lenguas muertas: 

E suUe dotte (1) pagine 
Cadde la stanca man; 

sirve al menos para distinguir dos especies de origina- 
lidad: la del poeta mismo y la de su siglo; aquélla más que 
ésta sorprende al contemporáneo; la última más que la pri- 
mera choca al que intenta vaciar el poema en moldes anti- 
guos. Puede ser un poeta altamente original sin salir del 
ancho cauce de la tradición poética. La pintura que hace 
Manzoni de las tristezas de Napoleón en sus últimos días, la 
comparación del confinado moribundo con el náufrago, los 
celestiales consuelos que recibe al pasar a mejor vida, todo 
esto es original sin pugnar con el genio antiguo. La perso- 
nificación de los dos siglos que entre sí combatían, el ho- 
menaje que el gran guerrero tributa «al disonor del Gólgo- 
ta>, son rasgos modernísimos, en cierto modo intraducibies. 

Otra dificultad particular ofrece en el presente caso la 
traducción en dísticos, turquesa que no corresponde exac- 
tamente a las dimensiones de la estrofa manzoniana. Se hace 
preciso, por tanto, acomodar las ideas sin perturbar su 
movimiento natural a los períodos de aquella forma poéti- 
ca (2), evitando las durezas, enjamhemcnt, de que abusaron 
algunos grecizantes versificadores latinos del siglo pasado. 

Sirva de muestra del mal resultado a que conduce el 
olvido de estas prescripciones el siguiente pasaje vertido por 
Ricci: 



(1) Aquí sí viene bien dotte en vez de eterne. 

(2) La traducción de Ricci consta de 35 dísticos; la mía de 39, 
tiene 8 líneas más. 



— 392 — 

La procellosa e trépida 
Gioia <1' un gran disegno 
L'ansia d'un cor che indocile 
Serve pensando al regno, 
E il ginuge, e tiene un premio 
Ch'era foUia sperar 
Tutto ei provó .... 

Túrbida consitu et trepidantia gaudia ntagni, 

Curamque indocilis qui sibi sceptra (1) petit 
Fervidus atque ieneí; quaeque affectare cupido 
Visa est dementis, praemia consequitur 
Cuneta subit 

La traducción es casi literal, y por lo mismo la cons- 
trucción no es castiza en latín, y resulta del todo ininteligi- 
ble para quien no tenga previo conocimiento de lo que el 
autor dijo. Las dislocaciones que he puesto de cursiva mar- 
can el divorcio entre las ideas y el genial giro poético. No 
fluye allí la onda de la inspiración (2). Prescindo aquí de 
la impropiedad de algunos términos y de la inextricable fra- 
se «quae que afectare .... consequitur, > especie de mal 
dibujado monograma donde un mismo rasgo hace parte de 
diversas letras. 

Existen varias traducciones de la oda de Manzoni en 
versos castellanos. Hartzenbusch, Pesado, García de Que- 



(1) «Sibi sceptra,» y en otros pasajes de la misma traducción 
«utque stetit,» «perculsa stetit,» «rursusíque stetit,» «perqué spei,> 
«quoque scribe,» en que dos consonantes que no son licuante y lí- 
quida siguen a una vocal breve, son combinaciones disonantes e 
inusitadas. Apenas podrá citarse en su abono algún ejemplo en Ovi- 
dio, rarísimo (Ex. P. 3, 1, 59, 3, 7, 7), o evidentemente viciado 
{scfipía, T. 5. 12. 35, coepta Zinzerling; tua stat, Ex. P. 2, 4, 7, 
€praesens quattuor libri,» Heins). En Vrg. no se halla más que un 
caso de stigmalismo. A. 9, 309, donde algunos lo excusan por la 
fuerte pausa «Ponite spes,> que libra a la vocal de la influencia de 
la subsiguiente; otros conceptúan que la frase «Spes» . . . hasta el 
fin del verso, es espuria. No se concibe cómo eximios poetas latinos 
modernos (Rapin, por ejemplo), han podido incurrir frecuentemente 
en una falta que el oído se apresura a condenar. 

(2) Otros ejemplos: 

Venales nunquam tandes nec proba secutus 
Ignava, hoc súbito conditur in tenebris 

Dum tatiiuní jubar, exciUior 

Labitur, augusto septusque in limite vitae 
Clara suae laudem témpora clausit iners 
Castraque nota locis, subitum fulgur^wi? maniplum 
Fractaque valla armis undaque quadmpedum 
Huic subcunt 

Nam mage sublimis proboso Golgothae honores 
Ligno vif umquam detulit ullus adhuc 
Omnia tu ciñere a fesso mala verba repette. . . . 

En verso cada palabra representa una idea, y debe ocupar el 
puesto que le corresponde. Cuanto a la métrica la sinalefa «Golgo- 
thae honores» es modo ilícito de abreviar el diptongo en tan delicado 
lugar del verso. 



~ 393 - 

vedo, doña Micaela de Silva, Martí y Folguera, Llausás, Ri- 
sel, Guillermo Matta, la tradujeron en el metro del origi- 
nal (1), Cañete y Rodríguez Rubí en silva. 

Don Andrés Bello, aquel gran poeta y sapientísimo 
maestro, refiriéndose a las odas de Horacio, hizo una justa 
observación, que debe admitirse como regla; las estrofas 
han de traducirse en estrofas (2). Con efecto, las estrofas 
marcan un ritmo adicional al del metro, tan grato al oído 
como a la mente. Los pensamientos se presentan progresi- 
vamente, vaciados en moldes iguales, y esta ordenación ar- 
tística da a cada uno de ellos el lugar y el momento que le 
corresponde en ia audiencia. La atención se fija distinta- 
mente en cada uno de ellos, sin dañar a la apreciación del 
conjunto, y los recoge luego la memoria en el mismo orden 
en que le han sido presentados. El vuelo libre del pensa- 
miento, regulado y fortalecido, no ciertamente encadenado 
por las precisas líneas de la estrofa, produce efecto mágico- 
Puesta en silva la oda de Manzoni aparecen las ideas 
confundidas y mezcladas en largos y desiguales períodos y 
viciadas por la frase declamatoria y pomposa, propia del 
genio poético de la patria de Lucano, y favorecida por la 
libertad de aquella forma métrica, casi más oratoria que 
lírica. La versión de Rubí es una paráfrasis, donde el poeta 
andaluz puso mucho de su cosecha, y en la que se admiran 
algunos trozos de sonora y brillante versificación (3"); toma- 



(1) No conozco las de los cuatro últimos, citadas por el señor 
Estelrich en su Antología de poetas líricos italianos, Palma de Ma- 
llorca, 1889. Menciona también la de Navarro Villoslada y Suárez 
Cantón. Las de Hartzenbusch, García de Quevedo, Cañete y Rubí 
pueden verse en los preliminares de Los Novios, traducción castella- 
na, edición Garnier, la de Hartzenbusch en mis Traducciones poé- 
ticas, y con las enmiendas, casi todas desgraciadas, y en tal nú- 
mero que constituyen una segunda versión, que introdujo luego 
el traductor en edición postuma de sus obras Colección de Escritores 
Castellanos, Madrid, 1887, la de Pesado en la última y completa 
edición de sus poesías, Méjico, y en la Antología de Estelrich; allí 
mismo la catalana de Martí, distinta de la castellana del mismo, 
ambas en el metro original, la de doña Micaela de Silva, asturiana, 
en Poetas Líricos Italianos del mismo Estelrich, Palma. 1891. 

(2) «Un poeta lírico debe traducirse en estrofas, > es la frase tex- 
tual de Bello; él quiso referirse indudablemente a las poesías líricas 
escritas en estrofa, que son las más rigurosamente líricas; pero la 
expresión no es exacta, porque en Horacio mismo encontramos algu- 
nas odas en versos seguidos de igual medida. 

(3) Y quién crej'era que fortuna tanta 
En hora bien fatal se cambiaría; 

Que aquel que holló los tronos con su planta 

Sobre una roca solitaria y fría 
Que en medio de los mares se levanta. 
En el ocio su edad consumiría! 
Por su propia ambición encadenado. 
De sus contrarios el rencor profundo 
Hasta allí lo llevó, y allí olvidado 
Quedó el coloso que admiraba el mundo! 



— 394 — 

da en sí misma, como obra nueva, el lector se sentirá dis- 
puesto a perdonar los defectos; pero si se compara con la 
sencillez y pureza de la composición original, resaltarán los 
ripios, ofenderá la exageración y aparecerá del todo como 
una copia desgraciada, como una falsa interpretación. La 
versión de Cañete, menos parafrástica, adolece de faltas de 
la misma índole (1). 

Mas si es cierto que, emancipándose del sistema estró- 
fico, la obra se desfigura y se adultera, la fiel sujeción al 
metro del original ofrece inconvenientes de otra clase y aun 
dificultades insuperables. Cómo hacer el milagro de conser- 
var las mismas ideas, la misma vestidura métrica, la misma 
nativa elocuencia, mudapdo al propio tiempo palabras, fra- 
ses y casi todas las rimas? La expresión vendrá forzada, el 
pensamiento resultará alterado o quedará mutilado; la eje- 
cución no corresponderá jamás al esfuerzo. 

Nada más peligroso, nada más desgraciado forzosamen- 
te que una competencia tal. Los poetas italianos se valen de 
finales apocopados o redondeados, según les conviene, y de 
contracciones o disoluciones silábicas, licencias no permiti- 
das en nuestra versificación (2). Diráse que cada lengua 
tiene sus recursos propios de concisión y energía. Cierto es; 
pero tales recursos no coinciden, de suerte que quien elige 
armas y terreno, esto es, el autor, lleva insuperables venta- 
jas al traductor, el cual, en metro, giro y frase preestable- 
cidos, no podrá maniobrar con libertad y bizarría, y llevará 
seguramente la peor parte. 

Ocurre además en el caso especial de que aquí se trata, 
que en castellano apenas hay rimas agudas suficientes cuan- 
do se compone originalmente. No comprendo en ellas la 
repetición insufrible de inflexiones idénticas (3), verbi- 
gracia, los infinitivos. Tan poco son admisibles las rimas 
agudas asonantadas, de que han abusado muchos modernos 
versificadores, sobre todo si no se emplean sistemáticamen- 
te, sino interpoladas con otras consonantes o perfectas (4), 



(1) Pero en el ocio terminó sus días, 
Por los fuegos del trópico agostado, 
De inmensa envidia y de piedad profunda 
De odio al par y de amor acompañado. 

En su «libre escaramuza» por el campo de Manzoni, Rubí con- 
virtió el «si breve sponda» en «isla fría>, Cañete en «horno». 

(2) Cuando García de Quevedo traduce: 

Del Alpe a las Pirámides 
Del Manzanare al Riño, 

El oído protesta. Tenemos Rin, vulg. y Peno (lat. Rhenus), no 
Riño. 

(3) El mismo Manzoni en las últimas estrofas incurrió en esta 
trivialidad: trasportó, passó, chinó, posó. 

(4) Como cuando García de Quevedo rima está con hollar, ne- 
gué con vez, y Pesado, asentó con amor. Hartzenbusch se guardó de 
tales libertades. 



— 395 — 

y si se hace difícil hallarlas adecuadas en una composición 
original, ¿qué sucederá cuando la sujeción al texto que se 
traslada restringe más y más la libertad de elección? 

Los esdrújulos mu)' repetidos tienen cierta dureza, 
templada en italiano por la ausencia de consonantes finales, 
como las de nuestros plurales (1), por la interpolación fre- 
cuente de un semiesdrújulo o falsos esdrújulos (2). 

Las estrofas de finales agudos y con mayor razón aque- 
llas en que se combinan simétricamente las tres armas pro- 
sódicas — esdrújulos, llanos y agudos — fueron desconocidos de 
la gravedad castellana, hasta que Moratín, que siempre 
tuvo delante de los ojos los modelos italianos, introdujo en 
nuestra lengua estas novedades, imitando a Metastasio y a 
Parini. Por ello se alababa de haber añadido nuevas cuer- 
das a la lira, y de ese modo aquel versificador tan correcto 
como frío vino a ser en la parte métrica quien abrió la vía 
a los románticos, que así en la poesía lírica como en la dra- 
mática tuvieron por norma llevarle la contraria a «Inarco 
Celenio.» Arriaza en composiciones más espontáneas y me- 
jor sentidas, zovsio La desfedida de Silvia^ acreditó aquellos 
procedimientos, que por mucho tiempo estuvieron en bogas 
yaque rindió tributo el mismo Bello (mezclando finale, 
llanos y agudos) en su admirable traducción de La Oración 
por Todos de Víctor Hugo. A pesar de este empeño innova- 
dor, nuestros poetas se han mantenido siempre más parcos 
que los italianos en el uso de los finales esdrújulos, como si 
ia lengua misma se les volviese entre las manos rebelde a 
la continuidad de esas terminaciones. La estrofa de Mora- 
tín, en su oda a la memoria de Conde, igual a la de Manzo- 
ni, salvo que en vez de los dos primeros esdrújulos, tiene 
otro par de finales graves aconsonantados, parece más aco- 
modada por esa razón al genio de nuestra lengua. 

O fuéramos unidos 

Al seno delicioso 

Que en sus bosques floridos 

Guarda eterno reposo 

Aquellas almas ínclitas 

Del mundo admiración; 

O a mí solo llevara 
La muerte presurosa, 

Y tu virtud g-ozara 
Modesta, ruborosa, 

Y tan ilustres méritos 
Ufana tu nación. 



(1) Inmóvili Piramidi, Tanai, pagine, fulminei son más sua- 
ves quet nmóviles. Pirámides, Tánais, páginas, fulmíneos. Además, 
en italiano haj' T¡\z.yoT variedad de esdrújulos; formas verbales como 
scernere,furono, volsero, de que nosotros carecemos, matizan los sus- 
tantivos y adjetivos de la misma acentuación. Nuestros esdrújulos 
formados con proclíticos, si fáciles y naturales alguna vez, son en 
otras ocasiones durísimos e impropios. 

(2) Vid. nota al v. 55. 



— 396 — 

Cuanto más corto es el verso más a menudo y por lo 
mismo más fuertemente se hace sentir el golpe del final es- 
drújulo, a punto de adquirir, si muy repetido, cierto sabor 
cómico contra la intención misma del poeta (1). Acaso por 
esto, en versos octosílabos suene mejor el esdrújulo que en 
los heptasílabos. En estrofas de versos octosílabos, idénticas 
por lo demás a las de Manzoni, ensaye yo traducir una 
poesía líricoamatoria de Víctor Hugo (2). Mas aunque el oc- 
tosílabo, si bien manejado, se acomoda a todo asunto, no al- 
canza con todo aquel movimiento rápido y fulmíneo que 
puede imprimirse al verso heptasílabo, el cual, al cabo, es 
sólo un hemistiquio del moderno verso heroico endecasíla- 
bo. Algunos de los mejores pasajes de 11 CUiqiie Maggio 
quedarían más holgadamente traducidos, pero desmejorados 
por el cambio del ritmo, si se pusiesen en versos como éstos: 

Si al fin del sarao espléndido 
Nunca tú ag'uardaste afuera, 
Embozado, mudo, tétrico, 
Mientras en la alta vidriera 
Reflejos se cruzan pálidos 
Del voluptuoso vaivén, 

Para ver si como ráfaga 
Luminosa a la salida, 
Con un sonreír benévolo 
Te vuelve esperanza y vida 
Joven beldad de ojos lánguidos 
Ornada en flores la sien. , . . 

Y no son las diferencias idiomáticas lo que dificulta la 
traducción; al contrario, cuanto más diversa sea de nuestra 
lengua en léxico, en sintaxis, en prosodia, la del poeta que 
intentamos traducir, mas fácilmente podremos, traducién- 
dole, competir con él, superarle acaso. 

Apodérase el traductor, en ese caso, del pensamiento 
del poeta, hácese bien cargo de los medios artísticos de que 
se valió para expresarlo, y luego, libre de toda perturba- 

(1) Despierto súbito 
Y me hallo prófugo 
Del suelo hispánico 
Donde nací, 
Donde mi Angélica 
De amargas lágrimas 
El rostro pálido 
Baña por mí. 

D. Ángel de Saavedha 

(2) Quien no atna no vive, de Víctor Hugo, en mis Traducciones 
poéticas. En estrofas octosílabas, con rimas finales agudas, sin es- 
drújulos escribió Manzoni uno de sus Himnos Sací os, La Resurre- 
zione. En general me parece justa la siguiente observación del cita- 
do compilador y traductor señor Estelrich: «Declaro con sinceridad 
artística que el modelo de las silvas de Leopardi conviene más a 
nuestros poetas que la artificiosa estrofa manzoniana, de difícil 
amoldamiento a nuestra lengua.> 

Antología, p. xxiv. 



— 397 — 

dora preocupación procura darle forma enteramente nue- 
va, si bien la más adecuada al primitivo intento. Sucede lo 
propio con las versiones de prosadores, y en general con el 
comercio de las lenguas. Las afinidades seducen, alteran fá- 
cilmente en las versiones el giro castizo, y no es raro el caso 
de personas que por tener que hablar en una lengua muy 
semejante a la suya propia, llegan a confundirlas y bara- 
jarlas en un dialecto de su uso particular. 

La dificultad de traducir bien en verso del italiano, del 
portugués, del catalán, siguiendo unas mismas normas mé- 
tricas, nace de la concurrencia de afinidades y diferencias 
idiomáticas. Tan transparente es para nosotros el italiano 
que basta una ligera explicación de algunos términos para 
que un español que no haya estudiado aquella lengua pueda 
leer y saborear 11 Cinqtce Maggio. Versos hay que apenas 
ofrecen alguna insignificante diferencia, acaso meramente 
ortográfica: 

Ital. Dall'uno all'altro mar. 
Esp. Del uno al otro mar. 

Ital. La fugga e la vittoria. . . . 
Esp. 'Li-a. fuga y la victoria. 

Ital. Segno d'inmensa invidia 
E di pietá profonda, 
D'inestinguibil odio 
E d'indomato amor. 

Esp. Signo de inmensa envidia 

Y de piedad profunda, 
De inextinguible odio 

Y de indomado amor. 

Jtal. La gloria che passó. • 
Esp. La gloria que pasó. 

Parece a primera vista, por tales afinidades lindantes 
con la identidad, que la oda de Manzoni puede volverse al 
español sin esfuerzo alguno, que está escrita simultánea- 
mente en ambas lenguas, miitatis mutandis, y que eso que 
hay que mudar es apenas una palabra: gio^no, dia\ una le- 
tra, man, mano; un signo ortográfico que no interesa a la 
pronunciación: che^ que. El que traduce no encuentra difi- 
cultad ninguna; el que traduce, tratando de someterse a las 
leyes métricas, encuentra dificultades insuperables de me- 
dida, de consonancia, de sinonimia. Por ejemplo: 

Venne una man dal cielo, 

Se castellaniza naturalmente: 

Viene una mano del cielo. 



— 398 — 

Pero la maldita o de 7nano añade una sílaba al verso, y 
no hay modo de reducir las ocho sílabas a siete: 

Cadde la stanca man . . . 
Cae la cansada mano (1) 

El verso debe ser agudo, sobra la o, y no hay medio de 

suprimirla. 

Due volte nella polvere. . . . 

Dos veces en el polvo. 

Muy bien; pero polvere es esdrújulo, polvo no, y esdrú- 
julo debe ser forzosamente el final de este verso; hay pues 
que cambiarlo, y todo cambio debe ser aquí desg-raciadí- 
simo (2). 

Al tácito: 

Morir d'un giorno inerte 
Al tácito: 

Morir de un día inerte. 

La diferencia entre giorno y día no altera la medida, 
bien que el verso castellano resulta algo débil. Pero inerte 
en italiano concuerda con conserte, en español cruzados. La 
exigencia de la rima obliga a refundir la estrofa. Fuera de 



(1) Cansada añade una sílaba a stanca, pero el monosílabo líci- 
to cae se la quita a cadde, y los dos versos quedan de igual medida, 
salvo el final agudo o grave. Sálvase de la final dificultad el catalán: 

Ben tost cansada quéyali 
Al etern fuU la má. 

(Martí Y Fulguera); 
Y a medias (ao) el portugués: 

Enas eternas paginas 
Cahiu sem forca a mao. 

(Ramos Coello). 

(2) Pesado y García de Quevedo, acaso provisionalmente, des- 
esperando de hallar equivalente adecuado, lo dejaron así, faltando 
a la ley métrica: 

Dos veces en el polvo. 

¿A qué entonces respetar otras exigencias métricas convencio- 
nales? Malum ex quocumque defectu Admírese aquí la habi- 
lidad de Hartzenbusch: 

Due volte nella polvere 
Due volte sugli altar. 

Se vio dos veces ídolo, 
Y dos rodó su altar. 

En la refundición corrigió: 

Dos pereció su altar. 

Borrando así la imagen rodar con un verbo pálido e impropio 
como perecero. 



— 399 — 

que en castellano decimos «condición tácita, > pero jamás 
«morir tácito. > Hartzenbusch traduce: 

Y mil veces al tétrico 
Fin de azaroso día 
Bajas las ígneas órbitas, 
Al pecho recogía 
Los brazos, recordándose 
Su prístino poder (1). 

Ahora pues, el lector, que con ligeras indicaciones se 
encuentra en aptitud de leer y admirar la oda original, des- 
pués de tomarles el gusto a frases y fórmulas irrenuncia- 
bles, tales como 

Due volte nell polvera. . . . 
Cadde la stanca man. . . . , 

se preguntará naturalmente: «¿Qué es lo que se proponen 
estos traductores? ¿Hacerme inteligible la oda original? 
Habríales bastado una versión prosaica, un modesto comen- 
tario que me sirviese de luz para penetrar en el santuario. 
¿Reproducir la misma oda con cierta fidelidad, pero en for- 
ma nueva, con las galas y elegancias propias de nuestra len- 
gua? ¿Demostrar que pueden presentarse esos mismos pen- 
samientos, sin adulterarlos, vestidos a la española? Pues no 
lo han conseguido con traslaciones que no ofrecen la frescu- 
ra de la planta misma, ni la nueva vida de una aclimatación 
o injertación afortunada. > 

De todas las versiones poéticas castellanas que tengo a 



(1) Acordándose de pedía la propiedad del idioma. En la refun- 
dición corrigió este defectillo, y echó a perder lo demás que tocó: 

Bajas las ígneas órbitas 
Brazos con pecho unía, 
Y le asaltó en imágenes 
El esplendente aj'er. 

De dos personas podrá decirse que se tocan hombro con ho-m- 
bro; de miembros cortados o muertos también se dirá que van mez- 
clados brazos con piernas. «Brazos con pecho unía> por «cruzaba los 
brazos sobre el pecho» no corre ni en lenguaje telegráfico. Y ¿qué ne- 
cesidad había de tan infeliz enmienda cuando, conservando todo lo 
demás, pudo decir: 

Los brazos recogía 

Sobre el pecho, acordándose 

Del prístino poder; 

o: 

De su esplendente ayer? 



— 400 — 

la vista, la de Hartzenbusch en su primitiva forma es la 
más fiel, la más castiza, la mejor en todo sentido, y para 
cuantos sepan apreciar lo que vale la dificultad vencida, 
prodigiosa en algunos pasajes (l). 

Mas si apartando la vista y la consideración del esfuer- 
zo del traductor, y de toda causa atenuante, miramos sólo 
el resultado, ¡cuan débil la traducción de Hartzenbusch 
comparada con la oda original! Y ni a nuestra rica lengua 
castellana, ni al hábil versificador, autor de La Medianía de 
Ingenio y traductor de La Campana de Schiller, ha de im- 
putarse la inferioridad de la copia; culpa es exclusiva de las 
desiguales y violentas condiciones de la competencia. Si el 
mismo Manzoni se hubiese propuesto traducir en la misma 
forma y metro alguna célebre poesía castellana de análogo 
carácter, no habría sido más afortunado. 

No a las traducciones en general, como muchos han 
creído, sino al menguado éxito de las de esta particular ín- 
dole, refirióse Cervantes en aquel conocido concepto: 

«Me parece que el traducir de una lengua en otra, 
como no sea de las reinas de las lenguas, la griega y la lati- 
na, es como quien mira los tapices ñamencos por el revés, 
que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las os- 
curecen, y no se ven con la lisura y lustre de la haz; y el 
traducir de lenguas fáciles no arguye ingenio ni elocución 
(¿erudición?), como no lo arguye el que traslada ni el que 
copia un papel de otro papel; y no por eso quiero inferir 
que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en 
otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos 
provecho le trajesen. > 

Se ve que Cervantes exceptúa de su comparación las 
traducciones del griego y del latín, y como por entonces no 
se traducían las lenguas del Norte, se deduce que Cervan- 
tes se refería sólo a las débiles versiones poéticas de poemas 



(1) García de Quevedo ensayó, como Hartzenbusch, esta oda en 
el mismo metro del original, y ¡cómo la despedaza!: 

Muda pensando en la última 
Hora. /aía¿ del hombre; 
Ni sabe si otra rápida 
Planta que tanto asombre 
Vendrá su polvo cárdeno 
Segunda vez a hollar. 



¡Oh, cuántas veces férvido 
Al describir sus glorias 
Borró su mano gélida 
L,3. página inmortal! 



— 401 — 

italianos y portugueses (1), pero principalmente a las ver- 
siones del toscano, puesto que aquella lengua cautivaba por 
entonces la inteligencia de los conquistadores españoles, 
como el griego había cautivado al vencedor romano. Corro- 
bóralo con lo que dice de las lenguas fáciles, y con este 
más preciso concepto: 

«Y aquí le perdonaríamos al señor Capitán (Jiménez 
de Urrea) que no lo hubiera traído a España (el Orlando 
Furioso) y hecho castellano; que le quitó mucho de su natu- 
ral valor, y lo mismo harán todos aquellos que libros de 
versos quisieren volver en otra lengua, que por mucho cui- 
dado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán 
al punto que ellos tienen de su primer nacimiento.» 

Aunque pronunciada esta sentencia en términos abso- 
lutos, parece que no tenía Cervantes ante los ojos otras len- 
guas extranjeras sino las que él conocía y que llamaba «fá- 
ciles.» Tratándose de una traducción de lengua extraña, 
cerrada con siete sellos a la gran mayoría de los compatrio- 
tas del traductor, ¿cuántos serán los que puedan estable- 
cer comparaciones, juzgar con acierto de la propiedad de 
ambas, fallar con cabal competencia? En ese caso la traduc- 
ción es juzgada sin cotejo, y vendrá, si es buena, a enrique- 
cer la literatura patria. Mas si el original está al alcance 
de muchos, el traductor (al modo que el autor de texto de 
lengua viva) se expondrá a diversas censuras justas e injus- 
tas. Ocurre además, para mayor desgracia en esta labor 
ingrata, que los que sólo conocen a medias una lengua ex- 
tranjera suelen inclinarse tanto a apreciar sus riquezas y a 
despreciar lo de casa, que no admitirán por buena traduc- 
ción ninguna. No pocos son los que no aciertan a expresar 
nada con gracia y precisión en la lengua que mamaron con 
la leche, y no sueltan la muletilla: «Tal o tal cosa, como di- 
cen los franceses, o los ingleses.» 

Comoquiera que sea, sólo a las traducciones del italia- 
no o de otra lengua romance del mismo origen y de la mis- 
il) Benito Caldera había traducido y publicado desde 1580 Os 
Lusiadas (Alcalá de Henares). Indignaríanle a Cervantes justamen- 
te los encomios hiperbólicos y absurdos como este de Pedro Laynes, 
al final de un soneto: 

El célebre Camoens cantó primero, 
Con voz suave y bien templada lira, 
El gran valor del pecho lusitano; 

Y aunque el divino acento al Tajo admira, 

Tú admiras con el tuyo sobrehumano 

Al Tajo, al Mincio, al Tebro, al patrio Ibero. 

M. A. Caro — Traducciones— 26 



- 402 — 

ma índole prosódica (1) aplicó Cervantes la comparación 
de los «tapices flamencos,» y en ese sentido el símil es exac- 
tísimo, lo mismo que aquello de «trasladar o copiar de un 
papel a otro papel,» que hoy decimos calcar; sólo que, si 
bien es cierto que un calco no requiere «ingenio ni elocu- 
ción» (2), no por eso es menos efectiva, cuando se traduce 
con sujeción a precisas normas métricas, la dificultad de 
los cambios a que obliga la menor discrepancia. Creo yo 
que si el señor Conde de Cheste, en lugar de traducir en el 
metro del original los grandes poetas italianos Dante, Tasso 
y Ariosto, nos hubiera dado versiones poéticas del inglés o 
del alemán, habríase ahorrado mucha enfadosa crítica. La 
traducción del Orlando Enamorado por Bello es un triunfo 
prodigioso de nuestra lengua sobre su hermana, debido a 
la fenomenal concurrencia de ingenio, erudición, agilidad 
y exquisito gusto del traductor; sin embargo, el mayor ho- 
nor que se ha tributado a esta obra maravillosa consiste en 
eximirla de la crítica y no hablar de ella para bien ni para 
mal!! (3). 

Dos lenguas colaterales como el italiano y el castellano, 
o sea dos dialectos de una lengua muerta llegados a la ma- 
yor edad, pueden compararse hasta cierto punto, en lo que 
hace a traducciones, con dos fases de una misma lengua en 
épocas cultas distintas; por ejemplo, el viejo francés de las 
canciones de Gesta y el francés de nuestros días; y en tér- 
minos más estrechos, con dos estilos distintos, con dos ma- 
neras de tratar un mismo asunto, en una misma lengua en 
época determinada. ¡Cuántas veces no se ven dos o más 
traducciones de una misma poesía, idénticas por la materia 
y tan diversas por la forma, que una pueda considerarse 
obra magistral y otra no pase de miserable caricatura! Ca- 
sos son estos que parecen calculados para demostrar que la 
originalidad literaria, más que en los pensamientos, se cifra 
en la manera particular de sentirlos, de asimilárselos y de 
apreciarlos; en el estilo, en el desempeño, en todo aquello, 
al par íntimo y externo, que se compendia hoy bajo la pa- 
labra «forma.» 

De que si «un poeta lírico debe traducirse en estrofas» 
no se sigue que hayan de adoptarse siempre estrofas idén- 
ticas a las del texto original, lo que en ciertos casos es im- 
posible y en otros puede ser inconveniente. Lo que impor- 



(1) El francés es colateral de las lenguas romances peninsula- 
res, pero de índole prosódica absolutamente distinta. Un verdadero 
poeta (como lo fue nuestro Bello) puede poner a una traducción poé- 
tica del francés sello de brillante originalidad. 

(2) «Erudición,» probablemente. 

(3) Permítaseme aquí, por primera vez, duplicar el signo orto- 
gráfico de admiración. 



— 403 — 

ta es conservar el ritmo estrófico, y que la combinación 
métrica se adapte holgadamente a la reproducción de las 
ideas, y también al tono y movimiento de la composición 
original. El pasaje de Bello a que me he referido es de este 
tenor: 

«En lo que juzgamos que este caballero (don Javier de 
Burgos) desconoció totalmente lo desproporcionado de la 
empresa a sus fuerzas, y pasó los límites de una razonable 
osadía, es en la elección de las estrofas en que ha vertido 
algunas odas. Así le vemos, violentado de las trabas métri- 
cas que ha querido imponerse, unas veces oscurecer el sen- 
tido 3^ otras debilitarle. Un -poeta lírico debe traducirse en es- 
trofas: pero hacerlo en estrofas dificultosas es añadir mu- 
chos grados a lo arduo del empeño en que se constituye un 
intérprete de Horacio que trata de dar a conocer, no sólo 
los pensamientos, sino el nervio y hermosura del texto.> 

Las estrofas latinas, por la diferencia de prosodia y au- 
sencia de rimas, no tienen equivalente en las lenguas mo- 
dernas, excepto la estrofa sáfica. Con todo, una estrofa sá- 
fica castellana o italiana no reproduce el contenido de una 
latina; de modo que en este caso mismo la estrofa sáfica 
que a doptó alguna vez Burgos queda comprendida por ese 
motivo entre las «dificultosas. > y establecida por lo mismo 
la necesid ad de variarla (1). Yo diría que el traductor debe 
elegir una, estrofa que le permita conciliar la fidelidad con 
la libertaddy mostrar, sin perjuicio de la exactitud, cierta 
originalida p or medio de nuevas formas de expresión, de 
cadencia }' de armonía. 

Y aquí debía poner yo punto, sin sacar a luz, tras las 
observaciones críticas, mis deficientes ensa)'os, no sea que 
se piense que intento confirmar la doctrina con el ejemplo, 
ni que el conocimiento de causa sea motivo justo para agra- 
var la sentencia desfavorable. Traducir en verso una poe- 
sía como // Cinqxie Maggio arguye tal audacia, que mal se 
perdona si no se alcanza éxito completo, indiscutible. Al 
traductor se le exige demasiado, no se le abona la dificul- 
tad vencida, porque sólo se examina el resultado; la menor 
falta se le enrostra, y la comparación con el modelo le ex- 
pone a toda clase de acriminaciones. Cada nuevo traductor 
censura a sus predecesores, y no debe ignorar que él, a su 
vez. habrá de ser severamente juzgado. Y sin embargo no 



(1) El dístico latino y el terceto castellano son como moldes de 
pensamiento perfectamente equivalentes. La estrofa sáfica nuestra, 
al traducir la latina o griega, resulta violentamente escorzada; con- 
virtiendo el pentasílabo en heptasílabo (estrofa de Moratín en La 
Virgen de Lendinara) la estrofa se ensancha, sin perder del todo su 
fisonomía. 



— 404 — 

faltan reincidencias. ¿Será porque el peligro cierto tiene 
un atractivo particular; que el desastre de los que nos pre- 
cedieron, en vez de escarmiento, nos sirve de estímulo, y 
que nunca escasean quienes lleven por divisa la frase de 
Propercio: in magnis et voluisse sat esi? Dijérase que no as- 
piramos al lauro del triunfo, que cedemos, sino a la extrava- 
gante vanidad del suicidio ruidoso. No faltarán aeronautas 
que sigan las sendas de Icaro, ni navegantes empeñados en 
arrancar su secreto a las regiones polares, así como las ma- 
riposas y pájaros nocturnos no cesan de estrellarse contra 
los grandes focos de luz artificial. 

En muchos casos el que traduce un poema, como el 
que copia un cuadro, más revela humildad que soberbia 
presunción. Un poeta, o siquiera ejercitado versificador, 
que tiene abierto el campo de la invención, o a lo menos el 
de la libre asimilación de ideas ajenas, explotado sin escrú- 
pulo por los poetas más originales, y que prefiere dedicar 
su tiempo a estudiar y copiar pacientemente una obra fa- 
mosa, no lanza audaz reto a quien reconoce por maestro, 
antes bien, le tributa homenaje de admiración y respeto. 
Tal es el sentimiento que respiran las líneas antepuestas 
por Sully Prudhomme a su traducción del primer libro del 
poema De rerum natura: 

«Emprendí esta traducción como mero ejercicio, para 
pedirle al más robusto y al más preciso de los poetas el se- 
creto de sujetar el verso a la idea. Muchas veces dejé de 
mano este trabajo y muchas torné a proseguirlo, volviendo 
siempre al poema de la Naturaleza como al mejor gimnasio, 
siempre que tenía necesidad de probar y retemplar mis 
fuerzas.,.. Es este un estudio, y nada más que un es- 
tudio. > 

No de otra suerte el gran Chenier traducía esmerada- 
mente trozos y pasajes de poetas griegos y latinos para pe- 
netrar el secreto de varios recursos artísticos. 

El examen prolijo que se ve precisado a hacer de un 
autor quien le traduce, al propio tiempo que permite apre- 
ciar mejor su mérito y penetrar más hondamente en sus 
bellezas, descubre también algunas inevitables imperfeccio- 
nes. En las notas que van al fin he apuntado algunos defec- 
tillos que, en repetida lectura, he creído encontrar en // 
Cingue Maggio, lo cual probará que el tributo de admira- 
ción que rindo a este canto no es irreflexivo y apasionado, 
sino «racional obsequio.> 



IL GINQUE MAGGIO 

Ei fu. Siccome immobile, 
Dato il mortal sospiro, 
Stette la spoglia immemore 
Orba di tanto spiro. 
Cosí percossa, atónita 5 

La térra al nunzio sta. 

Muta pensando all' ultima 

Ora deír uom fatale; 

Ne sa quando una simile 

Orma ni pié mortale lo 

La sua cruenta polvere 

A calpestar verrá. 

Luí folgorante in solio 
Vide il mió genio e tacque; 
Quando, con vece assidua, 15 

Cadde, risorse e giacque, 
Di mille voci al sonito 
Mista la sua non ha: 

Vergin di servo encomio 

E di codardo oltragfgio 20 

Sorge or commosso al súbito 

Sparir di tanto raggio; 

E scioglie all'urna un cántico 

Che forse non morra. 

Dair Alpi alie Piramidi 25 

Dal Manzanarre al Reno, 
Di quel securo il fulmine 
Tenea dietro al baleno, 
Scoppió da Scilla al Tanai, 
Dall'uno all' altro mar. 3° 

Fu vera gloria? Ai posteri 
L'ardua sentenza: nui 
Chiniam la fronte al Massimo 
Fattor, che volle in lui 
Del creator suo spirito 35 

Piu vasta orma stampar. 

La procellosa e trepida 
Gioia d'un gran disegno, 
L'ansia d'un cor che indocile 



— 406 — 

Serve, pensando al reg-no; 4° 

E il giungfe, e tiene un premio 
Ch'era foUia sperar; 

Tutto ei provó: la gloria 

Maggior dopo il periglio, 

La fuga e la vittoria, 45 

La reggia e il triste esiglio: 

Due volte nella polvere, 

Due volte sull' altar. 

Ei si nomo: due secoli, 

L'un contro l'altro armato, 5° 

Sommessi a lui si volsero, 

Come aspettando il fato; 

Ei fe'silenzio, ed arbitro 

S'assise in mezzo a lor. 

E sparve, e i di nell'ozio 55 

Chiuse in si breve sponda, 

Segno d'immensa invidia 

E di pietá profonda, 

D'inestiguibil odio 

E d'indomato amor. 6o 

Come sul capo al naufrago 
L'onda s'avvolve e pesa, 
L'onda su cui del misero, 
Alta pur dianzi e tesa, 
Scorrea la vista a scernere 65 
Prode remote invan; 

Tal su quell'alma il cumulo 

Delle memorie scese! 

Oh quante volte ai posteri 

Narrar se stesso imprese, 7° 

E sull'eterne pagine 

Cadde la stanca man! 

Oh quante volte, al tácito 
Morir d'un giorno inerte, 
Chinati i rai fulminei 75 

Le braccia al sen conserte, 
Stette, e dei di che furono 
L'assalse il sovvenir! 

E ripensó le movili 

Tende, e i percossi valli, 80 

E il lampo de'manipoli, 

E l'onda dei cavalli, 



— 407 — 

E il concitato imperio, 
E il célere ubbidir. 

Ah! forse a tanto strazio 85 

Cadde lo spirto anelo, 

E disperó; ma valida 

Venne una man dal cielo, 

E in piu spirabil aere 

Pietosa il trasportó; 90 

E l'avvió, pei floridi 

Sentier della speranza, 

Ai campi eterni, al premio 

Che i desidéri avanza, 

Dov' é silenzio e tenebre 95 

La gloria que passó. 

Bella inmortal! benéfica 
Fede ai trionfi avezza! 
Scrivi ancor questo, allegrati; 
Che piú superba altezza 100 

Al disonor del Golgota 
Giamai non si chinó. 

Tu dalle stanche ceneri 

Sperdi ogni ria parola: 

II Dio che atterra e suscita, 105 

Che affanna e che consola. 

Sulla deserta coltrice 

Accanto a lui posó. 



EL GINGO DE MAYO 

No existe! Y como yace inmóvil, yerto 
Cuerpo que alma tan grande ya no hospeda, 
Así también cuando se dijo: «Ha muerto,» 
Atónito, en silencio el orbe queda; 

Y en las horas supremas, en la trunca 
Vida al pensar de aquel predestinado, 
Pregúntase si habrá quien deje nunca 
Marca más honda en campo ensangrentado. 

Vile sentado en refulgente trono, 
Caer, tornar a alzarse, hundirse luego, 

Y jamás, en su triunfo o su abandono. 
Mezclé mi voz a la del vulgo ciego. 

De vil lisonja y de cobarde insulto 
Puro me vi durante su carrera. 
Hoy, en su ocaso el luminar oculto. 
Exhalo un canto que quizás no muera. 

Del Alpe a las Pirámides, del Reno 
Amagando certero al Manzanares, 
Iba él lanzando el rayo apar del trueno 
Por cuantas son las tierras y los mares. 

Fue gloria cierta? Al tiempo venidero 
El arduo fallo; acá la frente nuestra 
Al Dios se humille que en el gran guerrero 
Dio de aliento creador tan larga muestra. 

El zozobroso júbilo que inspira 
Un gran designio, la pasión ardiente 
Del que indócil sirviendo al cetro aspira, 

Y alcanza audaz lo que soñó demente; 

Qué no probó? tras el peligro inmenso 
Mayor la gloria, triunfador, proscrito; 
Dos veces semidiós recibió incienso. 
Dos veces del altar rodó maldito. 

Dos siglos, éste contra el otro armado 
Combatían a muerte: él se presenta, 

Y tórnanle a mirar, y a su mandado 
Callan, y entre ellos arbitro se asienta, 

Y a apurar fue después lenta agonía 
Relegado a un peñón, lejos del mundo, 

Y allá le siguen, en tenaz porfía, 
Rencor inextinguible, amor profundo. 



— 409 - 

Cual con ojos errantes la anhelada 
Playa el náufrago logra ver remota, 
De la cima de altísima oleada 
Que cayendo sobre él le hunde y le azota, 

Así el héroe agitaba la memoria 
De su grandeza. Oh, cómo,siempre en vano 
A trazar comenzó su propia historia, 

Y lánguida caer dejó la mano. 

Cuántas veces, al fin de ocioso día. 
En el suelo clavando la mirada 

Y cruzados los brazos, revolvía 
Vivos recuerdos de la edad pasada! 

En las armas el sol reverberando. 
Las levantadas tiendas, de bridones 
El ruidoso tropel; la voz de mando, 
El pronto obedecer de las legiones! 

Ah! y al ver su presente desventura 
Tal vez desesperó. .. . Mano clemente 
Acudiéndole entonces de la altura 
Llevóle a respirar plácido ambiente. 

Y por floridas sendas de esperanza 
A campos le guió donde supera 
A todo anhelo eterna bienandanza; 

Y es sombra muda lo que gloria fuera. 

Bienhechora Virtud, Fe indeficiente! 
Agrega esta victoria a tus anales: 
A la oprobiada cruz más alta frente 
Nunca inclinarse vieron los mortales. 

Haz que al fúnebre lecho ultraje indigno 
No llegue: el Dios que aflige y que consuela, 
Que postra y alza, descendió benigno 

Y acogió el alma, y en la tumba vela. 



IL GINQUE MAGGIO 

(segunda traducción) 

Ha muerto! — Así como inmóviles 
Después del suspiro último, 
De alma tan grande privados 
Quedaron sus restos mudos, 
Así espantada la tierra 
Calla al imprevisto anuncio. 

El fin contemplando absorta 
Del hombre predestinado, 
Sin saber cuándo los tiempos 
Vuelvan a traer pie humano 
Que su haz ensangrentada 
Marque con tan hondo rastro. 

En el solio, fulgurante, 
Viole impasible mi Numen; 
Ve cómo en vaivén continuo 
Cae, y resurge, y se hunde. 

Y al estruendo de mil voces 

Y mil, su voz no concurre 

Puro de servil lisonja 
Como de cobarde ofensa, 
Hoy, viendo siábito el astro 
Desaparecer, despierta 

Y en la tumba un canto exhala 
Que acaso morir no deba. 

El del Alpe a las Pirámides, 
Del Manzanares al Reno, 
Tras el relámpago el rayo 
Siempre guardaba certero; 
Fulminó de Scila al Tañáis, 
Desde un mar al mar opuesto. 

Fue eso gloria verdadera? 
La posteridad decídalo: 
Acá la frente nosotros 
Humillemos al Altísimo 
Que de potencia creadora 
Muestra tan larga dar quiso. 



— 411 — 

El borrascoso, azorado. 
Goce de estupenda empresa^ 
Ansias de un pecho que indócil 
Sirve, soñando grandezas, 

Y allá va, y su premio alcanza 
Que esperarlo era demencia: 

Todo él lo probó: la gloria 
Que con los peligros crece; 
La huida 5' el triunfo, alcázar 
Regio, y desolado albergue: 
Una vez y otra en el polvo, 

Y sobre el altar dos veces. 

El dio su nombre; y dos siglos 
Que a muerte armados se retan. 
No sin misterio a él se vuelven 
Como de final sentencia 
Pendientes: silencio manda 

Y arbitro en medio se asienta. 

Vase, y un vivir ya inútil 
En linde estrecho sepulta, 
Blanco allí de envidia inmensa 

Y de lástima profunda, 

Y de odios que no se extinguen, 

Y de amor que no se muda. 

Cual sobre el náufrago el onda 
Revuelta y pesada cae. 
Onda desde cuya cima 
Dilata, momentos hace, 
Una mirada angustiosa 
Hacia playas, ay! distantes; 

Así abruman los recuerdos 
Aquella alma infortunada! 
Cuántas veces a los siglos 
Trazar él su historia ensaya! 

Y ah! la mano desfallece 
Sobre las eternas páginas. 

Cuántas veces, al callado 
Caer de un sol inglorioso, 
Los brazos cruzando, en tierra 
Clavó los fulmíneos ojos. 
Memorias de antiguos días 
Asaltándole de pronto! 



— 412 — 

Y ve allá las tiendas móviles, 
Los forzados parapetos, 

Y el tropel de los caballos, 

Y el brillar de los aceros, 

Y aquel mandar apremiante 

Y aquel pronto acatamiento. 

Ay! bajo tan gran desastre 
Quizá el ánimo doliente 
Desesperó. . . . Mas piadosa 
Mano del cielo desciende 
Que ase de él, y le traslada 
A más respirable ambiente; 

Y guíale por las sendas 
Floridas de la esperanza 

A eternos campos, a un premio 
A donde anhelos no alcanzan, 
Donde lo que aquí fue gloria 
Es silencio, y sombra, y nada. 

Fe inmortal! Virtud excelsa 
Avezada a triunfos! goza 
Esto agregando a tus fastos: 
Que no se ha visto en la historia 
Cerviz más fiera inclinarse 
Ante el deshonor del Gólgota! 

De estos restos fatigados 
Toda hostil palabra aleja: 
El Dios que aflige y conforta, 
El Dios que castiga y premia, 
Sobre el túmulo desierto 
Misericordioso vela. 



EPICEDIUM 

IN NAPOLEONEM IMPERATOREM 

At mortalis erat! decessit spiritus ing-ens, 

Littore deserto corpus inane jacet. 
Attonitas rumor gentes pervadit, et ipso 

Exanimo similes obstupuere viro, 
Et tacite extremam perpendunt illius horam, 

Cui dederant sig-num férrea fata suum, 
Incertae an veniat saeclis volventibus alter 

Pulveream tali qui pede calcet humum. 
Vidimus innixum solio radiisque superbum: 

En cadit, en surgit, rursus et inde ruit. 
Diverso interea populi clamore fremebant; 

Nostraque testis erat nescia Musa loqui; 
Nam, ñeque victorem servili extollere plausu, 

Nec victum decuit voce minante sequi. 
Nunc súbito extinti surgens herois ad urnam 

Carmina prima canam, forte vetanda mori! 
Ule, ad Pyramidas térras emensus ab Alpe, 

Scyllaes ad Tanain vectus ab usque sinu, 
Quaque fluentisono decurrit limite Rhenus, 

Hesperiique simul qua fluit unda Tagi, 
Perqué f remens urbes, geminique per aequora ponti, 

Addidit accensis fulmina prompta minis. 
Tantane, adepta sibi, dicenda est gloria veré? 

Ardua venturis res dirimenda cadet; 
Tale semel nobis divina potentia monstrum 

Dum profert, pavidos procubuisse sat est. 
lili animus magno rerum molimine laetus. 

Imperiique rapax, imperiique tenax; 
lili quae solum dementia fingere posset 

Praemia, sub valida vera reperta manu. 
Martem ille ambiguum bellique expertus honores 

Queis decus adjiciunt spreta pericia novum, 
Regalesque inter pompas tumidusque triumphis 

Actus abire fuga est, exiliumque pati. 
Omnes ille vices, casus tentavit et omnes, 

Bis calcatur humi, bis tonat ecce Deus! 
Saecula certabant dúo: vix sese ille profe^us, 

Nominis ad sonitum vertit utrumque caout. 
Fatale expectant verbum: ille silentia mandat 

Arbiter, et medius numinis instar adest. 



— 414 — 

Mox procul a terris tácito committitur aevo, 

Atque arctum in gyrum tristia fata subit. 
Huc odia, huc pietas absentem quaerere certant, 

Invidia insequitur, fidus obumbrat amor. 
Ac veluti e saevae cum vértice naufragus undae 

Littora adesse videt, non adeunda tamen, 
Ipsi qui extulerant, fluctus se murmure volvunt, 

Et vasto premitur monte ruentis aquae; 
Sic rerum pjenos exul reminiscitur annos, 

Fluctibus et vitae mergitur ipse suae. 
Ah, quoties veteris voluit monimenta laboris 

Tradere, dum sineret res memorare dolor! 
Ah, quoties, quae aeterna foret, si scriptafuisset, 

Pagina deserta est deficiente manu! 
Condere cum solem lentas spectaret in undas 

Quemlibet e multis, tempus inane, diem, 
Brachia connectus stetit, ignea lumina fixus, 

Praeteriti raptim tum subiere dies; 
Atque vaga immensis meminit tentoria campis, 

Atque equitum turmas praecipitemque fugam; 
Fulguraque armorum, crebro fracta impete castra; 

Nutu signa dari, cunctaque jussa sequi. 
Aspice inexpleto miserum nutare tumultu! 

Inñrmae vires, spe fugiente, cadunt. 
Ecce benigna manus cáelo descendit, et aufert 

Immemorem, atque aura dat meliore frui; 
Perqué iter aerium ducit, per florea rura, 

Ad quos antevolans spes docet iré locos: 
Hic major votis merces; dum máxima mundi 

Sublata ex oculis, pulvis et urobra, latent. 
Alma Fides, felix, magnis assueta tropaeis, 

Laetare, et fastis hoc quoque necte tuis; 
Namque illo nuUus per saecula major in armis 

Subdidit indecori pectus inerme Cruci. 
Ossibus et cineri faveas tellure recepto, 

Fac procul exstincto sint mala verba rogo. 
Fulmine qui terret, stratos qui suscitat idem 

Et pater et custos, sola sepulcra tegit. 



EIUSDEM GARMINIS TRANSTLATIO ALTERA 

IN A. D. m NON. MAI. 



Ergo praeteriit! Sicut et immemor 
Orbus tanta anima truncus iners iacet, 
Rumorem accipiens attonita obstupet 
Vasto Terra silentio; 

Fatalisque hominis pertacitum ultimam 
Horam commemorat, nec scit an exeat 
Unquam qui parili calce terat suum 
Mixtum sanguine pulverem. 

Frustra illum solio fulgere viderat, 
Nil noster Genius; cederé, surgere 
Alternis vicibus, — milleque vocibüs 
Vocem iungere noluit. 

At nunc, indecorae laudis, et improbae 
Purus saevitiae, tale videns iubar 
Submergi, excutitur, carmen et elicit 
Dignum forsitan haud mori. 

Ule ad Pyramidas ibat ab Alpibus, 
Aut Rheno ignipotens inminet aut Tago; 
In Scyllam, in Tanaim, per geminum mare 
Plenus fulminibus tonat. 

Quid certe emeritus? Solvite, posteri, 
Causam difñcilem. Nos capita ad Patrem 
Curvemus, voluit promere qui suae 
Signum tale potentiae. 

Magni propositi túrbida gaudia, 
Ferventis trépidos cordis anhelitus, 
Dum regnum insequitur praemiaque arripit 
Ad quae tendere erat furor, 

Cuneta illi propria haec: praeque periculo 
Laurus nobilior, gloriaque et fuga, 
Aula atque exilium: pulvere bis iacet, 
Aris bis deus insidet. 



— 416 — 

Nomea prodiderat: cum dúo saecula 
Certarent, se ad eum verteré, fataque 
Expectare simul; rite silentio 

Facto, interfuit arbiter. 

Ingrato sterilis margine clauditur; 
Ingens Invidia et par Miseratio 
Certatim huc subeunt, insatiabiles 

Huc Irae indomitusque Amor. 

Ac multis ut aquis fluctus agens premit 
Quem nuper tenuit vértice in arduo 
Suspensum, unde miser nauf ragus hospita 
Frustra littora cerneret, 

Sic mens obruitur, plurima cogitans! 
O! sese quoties tradere posteris 
Scripturus voluit, fessaque, paginis 
Vix coeptis, cecidit manus. 

O! solem quoties occiduum videns, 
Fixis fulminéis luminibus solo, 
Innexisque super pectore bracchiis, 
Luxit praeteritos dies. 

Occurrunt iterum vela fluentia, 
Armis rupti aditi, fulguraque agminum 
Efíusa unda equitum; concita vix ducis, 
Parendi ocior Ímpetus. 

Eheu! quantus adest moeror! ut illius 
Vires deficiunt, spes fugit ultima! — 
Cáelo dextra potens devenit, et pia 
Purum tollit in aera; 

In sacrum inde nemus florida semita 
Ducit, Spes comitat, vota ubi praeterit 
Marees, atque hominum gloria disperit 
Umbris mersa silentibus. 

Alma, integra Fides, semper honoribus 
Victrix aucta novis, hunc quoque vindica! 
Frons humana prius nulla superbior 
Tristi est subdita Golgothae. 

Aspro tu ciñeres exime verbere 
Defessos nimium. Qui premit et levat, 
Afflictosque Parens ipse resuscitat, 

Desertum ad tumulum sedet. 



NOTAS 

El 5 de mayo de 1821 murió Napoleón en Santa Ele- 
na. Manzoni (n. Milán 1784, 1873). aunque autor ya de 
los /mil Sc7 ai (1810) y de su primera tragedia romántica 
// Conté di Carmagnola (1820). vivía por aquel tiempo casi 
desconocido en Italia, dice Tommaseo, cuando esta oda 
vino a hacer saber a la nación, como cosa nueva, que tenía 
un poeta. Hallábase el poeta, cuando recibió la noticia de 
aquel acontecimiento, en el jardín de su quinta de Brusu- 
glio (17 de mayo). Profundamente impresionado meditó, 
escribió el día 18, retoce lo escrito el 19, y no volvió a poner 
mano en ello. En carta a Cesar Cantú decía: «Después de 
tres días, por decirlo así, di convulsione, en que he com- 
puesto esta corheUeria,> etc. Por una parte el poeta inspira- 
do sintió que aquello que escribía podría ser digno de la 
inmortalidad, y así lo expresó (v. 324) como tantos otros 
antiguos poetas de su nación. Exegi momnnenínm (Horat. 
Carm. 3. 30), pero templando el grito de su conciencia or- 
gullosa con un cristiano y modesto forse {tal vez); por otra 
parte, consecuente con esta modestia, propia de su carác- 
ter, no se cuidó de sacar a relucir su poesía; de tal modo 
que // Cingue Maggio, esta oda mil veces publicada en su 
original y en múltiples traducciones, no vino a ser dada a 
luz por medio de la imprenta sino en junio de 1822, y no en 
la patria del autor, sino en Lugano, por el profesor Pietro 
Soletti di Oderzo, Erifanto Eritrense, que habiéndola tra- 
ducido detestablemente en exámetros latinos, la dio a la 
estampa, no empero sin la venia del autor, en edición tan 
incorrecta que en la portada misma aun el nombre acadé- 
mico del traductor Eritrense aparece trocado en Cretense., 
y el de pila del poeta Alessandro en Alessadro: II giorno 
quinto di maggio voltato in exametri ¡atini da Eríjante Crt- 
tense {Erittense) con lettera al tr aductor e di Alessadro 
{Alessandro') Manzoni. — Lugano, fresso Francesco Neladhit 
o Comf. (1822). La oda inmortal apareció así, en edición 
raquítica y plagada de erratas, y amparada poruña traduc- 
ción latina pésima. La primera edición del autor mismo es 
del año 45 en la colección: Opere varié di Alessandro Man- 
zoni, edizione riveduta dalV autote. — Milano: dalla tipografía 
di Giuseppe RedaelU, 1S45. La segunda edición autorizada 
por Manzcni es del año 1870: Opere varié (ut supra) — Mi- 
lano. StahiUmento RedaelU dei FratelU Rechiedei. 1870. Esta 
segunda edición del autor aparece cincuenta años después 

M. A. Caro— Traducciones— 27 



— 418 — 

de escritas aquellas nueve (o si se quiere diez y ocho aladas 
estrofas), 792 sílabas, que pueden escribirse poco maso 
menos en diez minutos interpretadas ya en todas las len- 
guas europeas. Venga Herbert Spencer u otro eminente 
sociólogo a explicar ese fenómeno. 

Medite Carducci. 



Los números se refieren a los versos del texto italiano. 

1. Ei fu. Ricci traduce « lam fuit.» < Iam> debilita 
la expresión, y paréceme que <fuit>no puede emplearse de 
un modo absoluto, sin un nominativo que sea al mismo tiem- 
po predicado, como en «fuimus Troes, fuit Ilion>: <Troes,> 
<Ilion> son títulos gloriosos que indican la importancia y 
grandeza de las cosas que desaparecen. <Iam fuit> y aun 
<ille fuit> nada expresa. No sé hasta qué punto sea propio 
en italiano el imperfecto latinismo «ei fu.> Más natural me 
parece, por el contexto, el <io fui> de Leopardi, Le Ricor- 
danze. 

No pudiendo decirse en latín <fuit,> preciso es verter 
esta expresión por formas equivalentes; por ejemplo: 

Vixit et exceijit: diffugit spiritus ingens. . . . 
At mortalis erat: decessit. . . . 

(<decessit> mejor que «diffugit, > pero inasociable, en la lí- 
nea anterior, a <excedit>). 

Ule adeo cecidit. . . . 

(«adeo,> en el sentido afirmativo con que lo usa Virgilio, 
especialmente después de <jamque,> «mine> o de un pro- 
nombre personal: «sí, él ha muerto?^. 

Ule jacet certe. . . . 

(«Troja jacet certe, > Ovid. Her. 1.3, «jacet ecce Tibullus, 
am. 3.9.-39). 

Hunc quoqne mors tetigit. . . . 
Cursum ille explevit. . . . 

(Creo que esta es la forma que mejor expresa el pen- 
samiento original, porque «ei fu> significa propiamente 
«cumplió su misión,» «completó su carrera. > La forma ín- 
tegra es la que empleó Virgilio en aquellas palabras de 
Dido moribunda: «Vixi et quem dederat cursum fortuna, 
peregi.» Sólo que pudieran tacharse dos sinalefas juntas al 
principio del primer verso). 



— 419 — 
En quo pervenit .... 

Adopté la forma que ha visto el lector en la versión la- 
tina, y en castellano la expresión <no existe* «¡Pasó!» 
(Rubí) es expresivo, pero da la idea de una fig^ura que des- 
fila y desaparece, de un meteoro que se oculta, )' no cuadra, 
por esto, con la imagen de los despojos mortales, que viene 
luego. 

Por lo demás, el arranque de esta oda es una reminis- 
cencia evidente del comienzo del Himno a la Resurrección 
publicado por el poeta, con los demás inni sacri, seis años 
antes (1S15): 

E risorto. 

1. Siccoinme. La comparación parece algo forzada, e 
intempestiva en la primera línea esta forma retórica, que 
corresponde a un acto reflexivo incompatible con la misma 
emoción de sorpresa y asombro de que el poeta supone po- 
seído el mundo. En la versión castellana me ceñí al origi- 
nal; en latín llevé la comparación al verso 4, atenuándola 
por medio del adjetivo «similes.> 

2. mottal sospijo). En algunas ediciones leo respiro. 
Dícese <mortal> de lo que causa la muerte, y también de lo 
que la anuncia, como «semblante mortal*; no obstante, la 
expresión «mortal suspiro* parece impropia, e implica a lo 
menos cierta confusión de ideas: cuando se exhala el último 
aliento vital, sobreviene la muerte. Fernández Andrada, 
en la célebre Epístola moral, dijo con tanta corrección como 
elegancia: 

Como los ríos en veloz corrida 

Se llevan a la mar, tal soy llevado 

Al últinw suspiro de mi vida. 

5. percossa, attonita^. Parece como si Manzoni hubiese 
tenido presente aquel pasaje de Ovidio: 

Sic cum manus impia saevit 
Sanguine Caesareo romanum extjnguere nomen, 
Attonitum tanto subitae terrore ruinae 
Humanum geaus est, totusque perhorruit orbis. 

O VID. Met. 1.200 

Probablemente es una involuntaria coincidencia. 

8. uom fatale. «El hombre predestinado.» «Tomada 
en buena parte esta expresión, recuerda el "fatale Aeneam," 
y es más latina que italiana.» Nic. Tommasi. — «Fatal,» en 
castellano, disonaría: me ha parecido mejor resucitar el 
término «hadado,» que da la idea de un guerrero de encan- 



— 420 - 

tadas armas o revestido de poder preternatural. Hartzen- 
busch, en su segunda traducción, escribe, y no mal, «el 
hombre del destino.» En la versión latina escribí primero, 
siguiendo las pisadas de Ricci: 

Et longum tacitis supremam mentibus horara 
FataHs repetunt magnaque facta ducis. 

Ricci: 

Sic perculsa stetit telliis rumore, siletque 
Fatalis reputans fata suprema, ducis. 

9. Né sa . . . . «No falta quien tache de impropia ía 
expresión. Vale: "Né sa quando un piede mortale verrá a 
stampare un'orma simile sulla sua polvere cruenta." Nóte- 
se que una es la propiedad de la prosa y otra la de la lírica. 
Ni las grandes obras de arte se han de juzgar en rigor ma- 
temático.» Puccianti. 

En el final de la primera estrofa y primeros versos de 
la segunda («percossa. . . . muta... pensando... ne sa») 
la tierra es el conjunto de las naciones, y está personifica- 
da como un ser moral que se asombra, enmudece y medita. 
El «sua polvere» del v. 11 presenta a la tierra bajo un as- 
pecto material, y daña al efecto de la personificación. En 
latín resulta más patente la impropiedad del posesivo. Ricci 
traduce: 

Nescia mortalis pes an vestig-ia rursus 
Tanta suo figet pulvere sanguíneo. 

Adviértese además aquí que «nescit an^» pide subjun- 
tivo, y que «suo,» fuera del inconveniente intrínseco indi- 
cado, tiene el de que gramaticalmente debiera referirse al 
nominativo fes, que es el sujeto de la oración en que el po- 
sesivo está encajado. 

Nótese cuánto disuena el posesivo en la versión de Pe- 
sado: 

Muda pensando ei la última 
Hora del hombre fiero, 
Ni sabe cuándo intrépido 
Otro mortal guerrero 
Como él su polvo ftUiehre 
Sangriento pisará. 

Con más propiedad y fuerza tradujo Hartzenbusch, 
desechando el posesivo: 

Piensa en las horas últimas 
Del adalid, y calla 
Dudando si en el hórrido 
Polvo de la batalla 
Otro varón tan ínclito 
La huella estampe ya. 



— 421 — 

En su segunda versión. Hartzenbusch trató de repro- 
ducir con más fidelidad «l'uom fatale» y «orma di pie mor- 
tale,> pero con mal éxito en el conjunto, y sobre todo en el 
final de la estrofa: 

La hora contemplan última 
Del hombre del destino 
Y dudan que en el cárdeno 
Polvo de su camino 
Pie de mortal imprímase 
Que le semeje j'a. 

Aquí el posesivo no disuena, porque no se refiere a la 
tierra sino a <el hombre del destino, > sujeto sustancial o 
idea dominante del período; pero resulta otra impropiedad, 
pues no se trata de que otro guerrero o conquistador pue- 
da dejar igual huella en igual cdim^o, sino en la ensangren- 
tada haz de la tierra. Hórrido^ fi'mebfe, cárdeno (García de 
Quevedo y Hartzenbusch, 2^) no satisfacen en lugar de 
«cruento,» que es el epíteto propio. ¡Fuerza del esdrú- 
julol. . . . 

10. Orma de fié moríale). La imagen sería más propia 
si se tratase de un héroe o gigante fabuloso como Hércules. 
El inevitable recuerdo de la pequeña estatura de Napoleón 
se interpone en la imaginación y hace desear que el pensa- 
miento que en sí mismo es verdadero se hubiese expresado 
en forma más inmaterial, o que se aludiese a los efectos, 
aunque materiales, del gran poder del caudillo, no precisa- 
mente a la huella de su pie. 

Con efecto: 

Si del corso estremecieron 
Las miradas fulminantes 
A los pueblos que le vieron, 
Fue porque hombros de gigantes 
Sustentábanle los pies. 

Hartzenbusch, El dos de Mayo. 
«Pie mortale.» por otra parte, está nimiiim vicinus del 
«mortal sospiro3>y «grabar» se repite en sentido moral en 
el V. 36. Bien habría hecho el poeta en mudar el primer 
«mortale» y la primera «orma» si este cambio no hubiese 
exigido alguna otra alteración inconveniente. 

15. vece assidiia. Estoes, «pervicende continué,» osea, 
en riguroso turno de peripecias. Assidua me parece aquí 
un término impropio: «alia idea d'assidua quella di vece 
repugna dice Nic. Tommasi. 

23. urna'). Este término sugiere la idea de la crema- 
ción pagana, y pugna con «la spoglia immemore,» v. 3, con 
«la deserta coltrice,» v. 107, y con la verdad de los hechos. 
Tommasi lo refiere a la escuela de Foseólo: 

All'ombra de' cipressi e dentro Turne. . . . 



— 422 — 

25. Estas expresiones «dall'Alpe alie Pirámide,» <dal 
Manzanarre al Reno,> «da Scilla al Tanai,» traducidas, así 
escuetas, al latín («Alpe ad Pyramidas,» «a Scylla ad Ta- 
nain,> Ricci) producen mal efecto. Requieren alguna, aun- 
que sobria, exornación. El Manzanares no es mencionable 
en verso latino. Ricci traduce «hispanuo ab flumine,» como 
si no hubiese más que un río español. Como se trata de alu- 
dir a las guerras de España, y no siendo posible seguir fiel- 
mente el texto, me pareció bien, en la versión latina, men- 
cionar el histórico Tajo, como ya lo hizo Hartzenbusch en 
su primera versión castellana, y luego Pesado. Hartzen- 
busch, en la segunda versión, sustituye el «Guadarrama.» 

En la versión española omití a Scilla. Pude reproducir 
toda la geografía del texto diciendo: 

Del Alpe a las Pirámides, del seno 

De Scila al Tañáis, y del Rin a Henares . . . 

Pero esta condensación sería algo violenta y dañaría al 
efecto que trata de reproducirse, amén de la cacofonía 
Rin a Hen .... 

27, 28. Di qiiel siairo il fulmine Tenca dieiro il haleno). 
Hartzenbusch traduce: primero 

El rayo que el relámpago 
Lanzaba aquel guerrero; 

Y aun mejora el texto, porque Tenca dhtro es expre- 
sión débil. La tempestad anuncia el poder de Dios: «Qui 
faci angelos tuos spiritus, et ministros tuosignem urentem» 
CPaslm, 103); «Cáelo tonatem credidimus Jovem regnare» 
(Horat. Carm. 3. 5). La guerra es una tempestad, y los 
conquistadores imágenes en la tierra de un Dios vengador. 

— praesens divus habebitur 
Augustus, adjectis Britannis 
Imperio, gravibusque Persis 

Horat., ib. 

— Caesar dum magnus ad altum 
Fulminat Euphratem bello. 

ViRG. C. 4. 560. 

Napoleón fue un «Tonante terrestre,» tal es en el fondo 
la idea. Parece que el poeta hubiese querido decir que la 
luz del relámpago (fogonazos) iba delante del gran guerre- 
ro, anunciando a distancia el destrozo que causaba con sus 
rayos (asaltos y batallas). Como el uso de la artillería ha 
hecho más exacta la comparación de la tempestad con la 
guerra, pudo el poetadecir que el trueno anunciaba el rayo, 
o sea que las detonaciones lejanas eran el eco pavoroso de 
sus triunfos. Pero la idea más adecuada para pintar el po- 



— 423 

der terrífico de un triunfador que avanza es la de la si- 
multaneidad del empuje, el fragor y el destrozo: Vcni\ vh¿i, 

vtci. 

No hay ardor que resista 
A' ímpetu y ardor del león de España, 
Que vino, vio }• venció. Y el agareno 
Probó, de susto lleno, 
A un tiempo amago y golpe de su saña. 
Cual suele ver, no sin mortal desmayo, 
Rasgarse en ronco trueno 
Las pardas nubes y abortar el rayo. 
El pasmado pastor, y todo junto. 
Arder cielo y encina a un mismo punto. 

JLuzAN, Canción a la conquista de Oran. 

Vibratus ab aethere fulgor 
Cum sonitu venit, et ruere orania visa repente 

VlRG., A. 8, 525. 
Rubí traduce elegantemente: 

El rayo del coloso 

Del relámpago en pos siempre estallando 

Con eco pavoroso. 

Pesado: 

En alas del relámpago 
Lanzó su diestra el trueno. 

Forma feliz si la rima le hubiese permitido cambiar 
trueno por layo^ verbig-racia: 

En alas del relámpago 

Lanzaba el rayo horrendo ' 

Hartzenbusch en su segunda versión dañó, en este 
lugar como en otros, la primera: 

Lanzó tras el relámpago 
El la celeste llama. 

García de Quevedo destruye la imagen convirtiendo el 
tonante guerrero en gigante de libros de caballería, y des- 
truye en seguida esta nueva grotesca imagen con la idea 

abstracta: 

Al son de su estentórea 
Voz se humilló el destino 

Se humilló. .. . el enano (de algún castillo) es lo que 
naturalmente ocurre, y así los dos versos podrían incorpo- 
rarse en el cuento de Meñiquín. 

In quel modo che fulmine o bombarda 
Co'l lampeggiar tuona in un punto e scoppia, 
Moveré ed arrivar, ferir lo stuolo, 
Aprirlo e penetrar fu un punto solo. 

Tasso, Ger. Conq. 15. 55. 



— 424 — 
29-30. Ovidio hablando de la fortuna: 

Quaque rult, furibunda ruit, totumque per orbem 
Fulminat, et caecis caeca triunphat equis 

Consd. Liv. 73. 

30. Reproducción de un verso del himno Pentecostés: 

Che le tue tende spieg^hi 
Da l'uno a l'altro mar; 

Donde el poeta a su vez tradujo (y lo cita al pie) aquel 
pasaje de los salmos 71, 8: «Et dominabitur a mari usque 
ad mare.» 

31. 36. «¿Fue aquello verdadera gloria? Decídalo la 
posteridad. A nosotros, asombrados testigos, tócanos sólo 
adorar al Altísimo Hacedor, que quiso dar al mundo con 
este hombre fenomenal una muestra de su omnipotencia. > 
Reproduce el sentimiento de las primeras estrofas. 

Virgilio, hablando del malogrado joven Marcelo, dijo, 
en rasgo célebre: 

Ostendent terris hunc tantum 
fata, ñeque ultra esse sinent. 

Aen. 6, 869. 

Esto es: «Los hechos le mostrarán apenas al mundo, 
sin permitir que brille en todo su esplendor. > 

Dios mostrólo un día 
Al mundo, y luego lo volvió a ocultar. 

J. E. Caro, Epitafio de M. Tobar. 

El pensamiento es uno, en cuanto se reconoce que Dios 
es el autor de toda grandeza o poder, doquiera que éste se 
localice o particularice ocasionalmente; pero en su aplica- 
ción la diferencia raya en antítesis. Virgilio: «Los Hados 
le mostraron al mundo y no quisieron que brillase más>; 
como si se indicase un sentimiento dt envidia de los Hados, 
o de temor de que aquel embrión hubiese de crecer dema- 
siado. Manzoni, por el contrario, da a entender como si el 
Poder Divino hubiese hecho un esfuerzo especial para crear 
aquel hombre y demostrar en él toda su fuerza creadora. 

Sin duda es más poético en este lugar Virgilio: el futu- 
ro contigente, cubierto por súbita sombra vale más que el 
mayor esfuerzo realizado: lo ideal más que lo real. 

32. nui.... De muchos modos diversos he escrito el 
dístico latino correspondiente a este pasr je sin quedar nun- 
ca del todo satistecho. Sería versión más fiel en los térmi- 
nos, aunque no preferible a la adaptada en el texto latino, 
esta: 

Ast tali fulget dum rerum Maximus Auctor 
Prodigio, in vultus nos cecidisse decet. 



— 425 — 



Ricci traduce: 



Ardua postpenitls tantarum arbitrla rerum; 
Nos decet ante Deum tang-ere fronte solum. 
Namque impressa animis hunc sumus signa Creator 
Virtutis voUiit máxima ferré suae. 

Hunc, signa, máxima, dislocados producen una cons- 
trucción violenta y confusa. 

El plural «arbitria rerum> no reproduce la cuestión 
concreta «fu vera gloria?» «Ante Deum,» «tangfere fronte 
solum,» «ferré signa impressa animis,» no satisfacen como 
frase latina. Tangere/tonie solían da de sí una idea material 
como fronte fctit tcrtam, Virg. Aen 10, 349, y no la moral de 
religioso temor, expresada por Manzoni en «Chiniam la fron- 
te.» Por lo demás, si en las lenguas modernas uno inclina 
la frente, y muchos inclinan también «la frente,» en latín 
no puede decirse que muchos tengan caput, J)ectus sino ca- 
pita, -pectora, etc. 

34. In lui. Dios quiso dar una muestra extraordinaria 
de su podei reflejándolo gratis en un hombre, en una cria- 
tura suya, que lo mismo pudo llamarse Napoleón que Ale- 
jandro o Gengis-Khan. El poder del hombre es prestado. 
El pronombre personal lui no responde con precisión al 
sentimiento cristiano que el autor ha expresado, por lo de- 
más, con claridad y fuerza. 

Pesado traduce «su criatura»; Hartzenbusch «el hom- 
bre,» refiriéndose así a la especie humana representada 
ocasionalmente por un individuo; primera versión: 

Si esta fue g-loria díg-alo 
Futura edad; la nuestra 
Humíllese al Altísimo, 
Porque tan larga muestra 
De su creador espíritu 
Quiso en el hombre dar. 

Segunda (del mismo Hartzenbusch): 

Si esto fue gloria, juzgúelo 
Futura edad: la nuestra 
Humíllese al Altísimo 
Que dilatada muestra 
De su potente espíritu 
Quiso en el hombre dar. 

La modificación, aquí como en otros lugares, desgra- 
ciada. «Larga muestra» y «creador espíritu» son induda- 
blemente preferibles a «dilatada muestra» y «potente es- 
píritu.» 

36. Véase la neta al v. 10. 

37. 48. La traducción de estas dos estrofas por Hart- 
zenbusch me parece admirable, inmejorable: 



— 426 — 

El zozobroso júbilo 
Que un gran designio cría, 
Los indomables ímpetus 
De quien reinar ansia 

Y obtiene lo que fuérale 
Vedado imagin r. 

Todo lo tuvo: obstáculos 
Grandes y grande gloria; 

Y proscripción y alcázares. 
La fuga y la victoria. 

Se vio dos veces ídolo 

Y dos rodó su altar. 

Al refundir esta traducción Hartzenbusch no tocó de 
esta estrofa sino el último verso, para dañarlo: 

Dos pereció su altar. 

Con el verbo «perecer* pálido, amén de impropio en la 
ocasión, borró la imagen de derrumbamiento que el verbo 
«rodar» despierta como equivalente sustancial de «nella pol- 
vere.> 

El único cambio que yo habría propuesto sería el de 
«obtiene» por «alcanza,» porque este verbo expresa mayor 
esfuerzo que el otro, y con él se evitaría además la repeti- 
ción obtiene^ tuvo. 

43. Tuito ei -provó. «Y por todo pasó,» traduce Rubí en 
frase del mejor sabor castellano, aun cuando el Diccionario 
no registre este modismo. 

46. La reggiae il triste esiglio. 

Cum súbito in medio rerum certamine praeceps 
Corruit e patria pulsus in exilium. 

ViRG. Cat. 12. 7. 

55. 60. 

E sparve e i di nell ozio 
Chiuse in si breve sponda, 
Segno d'inn^ensa invidia 
E di pietá profonda, 
D'inestinguibil odio 
E d'indomato amor. 

Ozio^ invid'ta, odio i tal.; ocio, envidia, odio, cast., son 
en una y otra lengua palabras llanas en medio de verso. 
Contráense además en una sílaba, en italiano, también en 
medio de verso, otras combinaciones de vocales que hoy en 
castellano siempre se disuelven, como abbia, dicea. Mayor 
razón pues debía haber en italiano que en castellano para 
considerar graves o llanas a fin de verso tales vocablos, 
como ozio, tnvidia, odio. 

Diríase que en un período rítmico el sitio influye en la 
prolación de las vocales concurrentes, premiosas en medio 



— 427 — 

de verso (diptongo), holgadas al fin (hiato). La observación 
es exacta, bien que esta holgura o apertura de sonidos nun- 
ca sea igual en las lenguas romances a la que produce la 
interposición de una consonante: indio será siempre distin- 
to de índico. Pero dejando aparte esta objeción 3' conce- 
diendo que al final de verso las vocales seguidas se disuel- 
ven, natural sería que siempre se disolviesen allí; que indio 
valiese siempre tres sílabas en este sitio, y fuese en él, por 
lo mismo, esdrújulo. Nosotros tomamos itidio siempre y 
en todo lugar como voz llana, distinta; los italianos emplean 
voces tales a fin de verso como esdrújulas o como llanas, 
según les conviene para satisfacer las exigencias métricas; 
esdrújulas como en la estrofa que da materia a esta nota; 
graves como en esta otra (43 — 46); en la que. combinados 
con los mismos falsos esdrújulos, aparece de bulto la incon- 
secuencia: 

Tutto ei provó: \d. gloria 

Magg-ior dopo il perig-lio, 

La fuga e la vi í torta 

La reggia e il tristo esiglio. . , . 

Gloria y vittorij. llanos, ferigUo y esigUo, entremezcla- 
dos ahí mismo, esdrújulos. ¿Porqué tal diferencia? ¿A.caso 
el lector la establece en la elocución? ¿Acaso la percibe el 
oído? No, ciertamente. 

Aun más patente se advierte la inconsecuencia en la 
métrica latinizada de Carducci, verbigracia, en. sus estrofas 
alcaicas. que en los dos primeros versos con finales esdrú- 
julos remedan los dáctilos, y el tercero y cuarto se acomo- 
dan, con voces llanas, o hablando con más propiedad, afina- 
Íes que tienen la penúltima sílaba precisamente larga. Y 
comoquiera que en latín tibia, verbigracia, es trisílabo, 
breve la penúltima, nada objetaremos, desde el punto de 
vista del remedo métrico, en una estrofa como esta: 

Dal rosso Adamo crebbe a V esilio 
II lavorante primo: sovetchio 
Gli parve nel mondo un fratello: 
Trace rise su'l percoso Abele 

La Guerra. 

Pero aceptada esa regla, cómo admitir como espondai- 
co lo que antes fue dactilico en la misma oda, por ejemplo, 
en el tercer verso de la estrofa: 

De Túnico Allah solitario 

O en el cuarto: 

Fervere sentendo la batagliat 

Más lógica, más rigurosa es nuestra métrica en esta 
parte, y de aquí resulta una nueva dificultad para los que 



— 428 — 

intenten traducir en igual medida estrofas italianas que 
tengan ciertos finales esdrújulos. En sus versiones de esta 
oda, acogiéndose a insólita licencia. García de Quevedo em- 
pleó como esdriÁ julos solio, encomio, -premio, etc., y Pesado 
solo, asiduo. Hartzenbusch, mássevero, sólo introdujo como 
tales las voces lañáis y héroe, que por la colocación de las 
vocales se aproximan más a aquella acentuación que otras 
palabras, tales como las citadas, ocio^ envidia, en que la vo- 
cal débil precede a la llena. 

Esterlrich dice a este propósito: 

«Por más que mi entusiasmo sea extraordinario en lo 
que se refiere a la moderna poesía lírica italiana, aun ma- 
yor es el entusiasmo que profeso a la lengua castellana, y no 
quisiera jamás verla torturada con las galas exóticas de es- 
drtíjulos que no lo son ni lo han sido nunca, sino vodacleras 
■palabras llanas terminadas en diptongo, o verbos atiborra- 
dos de postfijos,» etc. (^Antología p. 401). 

56. In si breve sponda. 

Invidia me spatio natura coercuit acto. 

Ov. T. 2. 531. 

66. Invan. Este adverbio modifica a scorrea y no a re- 
mote, y por lo mismo está mal colocado. 

67. 72. La primera versión de Hartzenbusch es tan fe- 
liz cuanto cabe: 

Tal su memoria al héroe 
Le hundía en un abismo: 
Mil veces ay! propúsose 
Trazar su historia él mismo, 
Y mil su mano lánguida 
Cayó sobre el papel. 

Estrofa que el traductor refundió en mal hora así: 

Así abrumaba al héroe 
Tanto recuerdo amargo: 
«El de historiarse impúsose 
Mil veces el encardo 
Y mil cayóle inválida 
La mano en el papel. 

Apenas se concibe tanto error en el corregir. ¿A que 
variarlas frases naturales, propias y elegantemente rima- 
das? 

Le hundía en un abismo. . . . 

Trazar su historia él mismo . . . 

Para sustituir la segunda con una construcción tan re- 
vesada como prosaica. Lánguida (mano) expresa bien el 
desfallecimiento de ánimo, la falta de voluntad que se ob- 



— 429 — 

serva en los movimientos exteriores: el adjetivo inválido de- 
nota en castellano un estado crónico en lo físico, y ni en 
este caso se aplica a los miembros inutilizados sino a las per- 
sonas baldadas, especialmente a los soldados. Ni se puede 
decir que /c cae a uno la mano como le cae un borrón en el 
papel, como le cae el pelo por la frente, o le cae la capa, 
etc., y menos que le cayó la mano. 

En latín sí hay avtiis invalidi, como se verá en un ejem- 
plo de Ovidio, pero aun así no sería aplicable al caso la ex- 
presión vianus invalida. 

69-72. Ricci: 

Narrare o quoties sese est agfgresus in aevum! 
Tantaque narrantis lassa manus cecidit! 

Versión casi literal, pero naVYare in aevtcín no es 7ia- 
yyay ai posteyt. Qué es stanca man? No una mano que se 
deja caer por sueño o inconciencia: 

Blanda quies victis furtim subrepit ocellís, 
Et cadit a mentó lang-uida facta manus. 

Ov. T.—Z. 17. 

No articulaciones cansadas de escribir o de otra tarea 
mecánica: 

lam satis inválidos cálamo lassavimus artus, 
Et manus officium longius aegra negat. 

Ov. H 21. 245. 

Es una mano quese deja caer por acobardamiento: no 
inválida, no lassa, sino aegra (porque aegeY suele indicar 
enfermedad o cansancio que viene del alma, aegri nioytales, 
aegey afiians, Virgilio), o defic'ens (Tibu!). 

71. eteync fagine). «Páginas destinadas a la inmortali- 
dad,» no precisamente «inmortales» puesto que al cabo no 
se escribieron. En la versión latina traté de fijar el verda- 
dero sentido. En otras ediciones leo en el texto doUe pag^- 
ne, epíteto bien infeliz por cierto. 

74. giorno mcrte). El epíteto sugiere el forzado reposo 
del león cautivo. Hartzenbusch traduce: «azaroso,» que es 
precisamente lo contrario de «inerte.» 

77-9. El contraste del melancólico morir de un día 
ocioso con la imagen de pasados tumultos y batallas, es ad- 
mirable, y la expresión felicísima. En esta parte creo que 
mi versión latina reproduce fielmente los conceptos del 
original. En la parte final de la respectiva estrofa castella- 
na no acerté con la forma que hubiera deseado. El epíteto 
<celebradas,» a que me incliné seducido por el recuerdo de 



— 430 — 

cierto noble pasaje de las Ruinas de Itálica (citado en la 
introducción), quizás resulte débil aquí. Con más fidelidad 
literal, pero sin mejorarlo, podría variarse este lugar de 
mi versión española así: 

— revolvía 
En su mente las horas ya pasadas, 

Me declaro vencido; /ízc-'aw/ majota -potentes. 

79-90. Esta bellísima descripción es en el fondo entera 
mente exacta, como lo advertirá el lector comparándola 
con la relación biográfica de Michaud, que traduciremos a 
modo de comentario. 

Ei ripensó . . . . En su última enfermedad, en momen- 
tos de delirio, creía estar en campos de batalla, y llamaba 
a Steng-el, Desaix, Massena .. «Adelante,» gritaba, «ala 
carga, ya los tenemos!» 

Cadde lo spirto anelo ... El desfallecimiento sobreve- 
nía luego con intervalos de lucidez. 

— vía valida.... El 27 de abril, persuadido Napoleón 
de que se acercaba su fin, dictó algunas disposiciones. 

Y desde ese momento no volvió a pensar sino en sus 
deberes de católico — dice el citado Michaud, uno de los 
más puntuales biógrafos de Napoleón; — y no permitió que 
el PadreVignali se alejase de el un solo instante. «Nací (dí- 
jole más de una vez) en la religión católica, deseo cumplir con 
las obligaciones que me impone, y recibir todos los consue- 
los y auxilios que de ella puedo esperar.» Notando en su 
médico señales de desaprobación, dícele en tono enérgico: 
«¿Osaría usted no creer en Dios? Todo proclama su exis" 
tencia, y las más altas inteligencias han creído en El.> 
Hubo un momento en que el médico se permitió reír a 
carcajas y del modo más indecente, de los preparativos or- 
denados por el Emperador para una ceremonia religiosa; 
Napoleón le reprendió con dureza y en términos tan fuer- 
tes, que Marcband, que los oyó, no se ha atrevido a repe- 
tirlos. «El 29 de abril — dice el Conde Montholon — había 
pasado yo veintinueve noches a la cabecera del Emperador, 
sin que él hubiese permitido reemplazarme al mismo Ge- 
neral Bertrand, mi venerable compañero de cautiverio, en 
este piadoso y filial servicio, cuando ocurrió que en la no- 
che del 29 al 30 de abril, mostrándose apesarado por mi 
fatiga, se empeñó en que hiciese venir en mi lugar al abate 
Vignali. Su insistencia me probó que hablaba bajo el im- 
perio de una preocupación extraña al pensamiento que 
expresaba. Como él me permitía hablarle como a un padre, 
me atreví a decirle lo que entendía, y me respondió sin 
vacilar: Si, al saceydote es al que necesito; cuide usted de que 
me dejen solo con él, y no diga nada. Obedecí y trájele inme- 



— 431 — 

diatamente al abate Vig-nali, a quien advertí el santo mi- 
nisterio que debía desempeñar. > Después de haberse con- 
fesado humildemente aquel Emperador, tan soberbio antes, 
recibió el viático, la extremaunción, y pasó toda la noche 
en oración y en actos de piedad, tan conmovedores como 
sinceros. Al día siguiente, temprano, al llegar el General 
Montholon, le dijo en tono afectuoso y lleno de satisfacción: 
«General, me siento dichoso; he cumplido con mis deberes; 
deseóle a usted para la hora de su muerte igual dicha. Vea 
usted, yo lo necesitaba. Yo soy italiano, «enfant de classe* 
de Córcega. El tañido de las campanas me conmueve, la 
vista de un sacerdote rae alegra. Yo hacía un misterio de 
todo esto; debo, quiero dar gracias a Dios. Dudo que sea 
su voluntad volverme la salud. No importa: dé usted. Gene- 
ral, las órdenes del caso, haga colocar un altar en la pieza 
próxima, que se exponga el Santísimo y se celebren cua- 
renta horas.» El Conde de Montholon se disponía a salir 
para poner en ejecución lo ordenado, cuando Napoleón le 
detuvo diciéndole: <Nó, usted tiene bastantes enemigos; 
como noble, se le achacará haber dispuesto estas cosas por 
su cuenta y porque tengo la cabeza débil; quiero yo mismo 
dar las órdenes del caso.» En consecuencia, retiróse el Ge- 
neral a su cuarto, y se echó vestido sobre una cama. Estaba 
dormido cuando sintió un ruido extraordinario, y vio al 
General Bertrand que entraba y le decía en tono muy 
animado: «¿Qué significa esa capilla permanente en la ha- 
bitación del Emperador, y el abate Viguali oficiando allí?> 
— «Puede usted preguntárselo al Emperador mismo, > res- 
pondió Montholon con calma. ^--«¿Cómo es eso,> replica 
Bertrand, «si de usted sólo ha recibido la orden St. Denis?» 
Fue preciso bajar a la habitación del Emperador, y allí 
Bertrand, sin respeto ni miramiento, le hizo presente que 
aquellos actos tendrían resonancia en Europa, y que serían 
políticamente nada convenientes, como más propios de un 
religioso que de un veterano, de su Emperador. ... A estas 
palabras. Napoleón incorporándose, exclamó con voz fuerte: 
«General, yo estoy en mi habitación; usted no tiene que 
dar órdenes aquí, ni que recibirlas; ¿a qué pues ha venido 
aquí? ¿Acaso ha visto usted que me mezcle yo en asuntos de 
su conciencia?» Entonces Bertrand, viéndose obligado a 
salir, lo hizo de modo poco respetuoso, encogiéndose de 
hombros, y pronunciando en tono de mal humor algunas 
palabras, entre las cuales se oyó bien el término ca-puchino. 
Como el altar había sido derribado, hubo que restablecerlo, 
y continuaron las ceremonias de orden del Emperador. 
Tuvo todavía algunos momentos lúcidos, y recordó lo que 
durante su vida había hecho en favor de la Religión. «Yo 
concebí el proyecto, dijo, de reunir todas las sectas del 
Cristianismo, y así lo acordamos con Alejandro en Tilsitt; 



— 432 — 

pero los reveses sobrevinieron luego.... Al menos resta- 
blecí la Religión, y así presté un servicio de incalculables 
resultados: ¿qué llegarían a ser los hombres sin la Reli- 
g'ión?> Después añadió: «Nada tiene de terrible la muerte; 
labe tenido por compañera de almohada durante tres se- 
manas, y ya va a apoderarse de mí para siempre. Hubiera 
deseado volver a ver a mi mujer y a mi hijo; pero que se 
haga la voluntad de Dios.» El 3 de mayo recibió por se- 
gunda vez el viático. Al día siguiente, después de despe- 
dirse de sus Generales, pronunció estas palabras: «Quedo 
en paz con el género humano,» y añadió: «Mon Dieu!> Las 
palabras tete, arméc, fueron las últimas que salieron de sus 
labios, lo que indica que en el delirio del momento supre- 
mo su imaginación vagaba aún sobre un campo de batalla. 
El día 5, a las seis déla tarde, expiró. (Michaud, Biogra- 
■phh de Napoleón). 

79. 84. Hartzenbuscb traduce: 

Y al par las tiendas bélicas 
Y valles resonantes 

Los biutos lig-erísimos, 

Y aceros centellantes, 

Y aquel mandar despótico 

Y el pronto obedecer. 

Excelente traducción, excepto la parte de cursiva. 
«Aquel mandar despótico» me parece superior al original. 
Parece que el poeta después de poner a la vista un campa- 
mento, quiso aludir con rápidos y pintorescos rasgos, alas 
tres armas: baterías, infantes, jinetes. Hartzenbusch («va- 
lles resonantes»). Cañete («heridos valles»), Rubí («el eco 
atronador de los cañones retumbando en el valle»), incu" 
rrieron en un curioso error de interpretación, tomando 
vallo por valle, términos tan diferentes como en castellano 
valla y valle, y en latín valUs y vallum. Ricci correctamen- 
te: «Frastaque valla armis.» 

Hartzenbusch echó a perder aquí su primera traduc- 
ción en la refundición que hizo luego, y no enmendó el 
anotado error de interpretación: 

Y violas tiendas móviles, 

Y armas el sol volviendo 

Y el galopar belíg^ero 
Valles henchir de estruendo. 
Las imperiosas órdenes 

Y el pronto obedecer. 

91-96. Variante para la traducción castellana: 

Donde a'.eg're esperanza por florida 
Senda conduce a la eternal morada; 
Do el premio es cierto, y lo que fue se olvida, 
Y gloria que pasó se hunde en la nada. 



— 435 — 

101. Al disouor del Gólg-ota). Esto es, ante la O'uz re- 
dentora de que los vanos y soberbios se avergüenzan. San 
Pablo habla de la predicación de la Cruz, escándalo para 
los judíos, sandez para los gentiles. (Cor. 1, 23), El pensa- 
miento está claro, pero la expresión parece algo rebusca- 
da, y de pronto irreverente, por su forma elíptica. 

No sé porqué, refiriéndose a la época en que se publicó 
// Cingue Mag-gio, y aludiendo a este pasaje, dice Vapereau 
en su nota biográfica de Manzoni, que<en El Cinco de Mayo 
la religión, con grande asombre del partido juntamente 
religioso y realista, reclamaba a Napoleón como suyo.» 
Manzoni no dice que Napoleón hubiese sido un buen cris- 
tiano en vida, sino que murió como cristiano, y que jamás 
se vio a hombre más poderoso inclinarse humilde ante un 
Crucifijo: lo cual es pura verdad histórica. 

105. — {Che aterra e suscita^. 

Huraanaeque memor sortis quae tollit eosdem 
Et premit, incertas ipse verere vices. 

Ov. T. 3. 11. 67. 



M. A. Caro — Traducciones — 28 



-^ 



índice: 



Págs. 

I-ey 12 de 1911 III 

Piscurso pronunciado en la. inaiig-uración de la estatua de 

C^aro. por Antonio Gómez Eestrepo V 

FLOS POETARUM 

CATUIX) 



Carm. 



1? 
2» 

3» 

4 

5= 

r- 

8 
9' 
11' 
30 
31' 
34= 
43' 
46' 
49' 
51' 
52 
55» 
62 
64' 
65 
70 
72» 
73» 
75» 
76» 
83» 
86» 
87» 
92» 
93^ 
96» 
101^ 
1X)7» 
109» 



Quoi dono 3 

Passer 3 

Lugete, o Veneres 4 

Phaselus iüe 5 

Vívamus, mea Lesbia 5 

Quaeris guot, mihi 6 

Mx^er Ca tulle 6 

Verani, ómnibus 7 

Flirt et Atireli 8 

Aipliene immemor 8 

Peninsulnrum 

Diande sumus 

Acmen Septimius 

Jam ver 

Dissertissime 

Ule mihi 

Qtiid est Catulle 

Oramus, si forte 

Tesper aéest 

Avt ut eam tristi > . . . . 

Fssi me assiduo 

Xtilli se dicit 

Dicetas quondam, 22 

Devine de quoquam 22 



9 

10 
11 
12 
12 
12 
13 
13 
15 
17 
20 
21 



Kvlla potest mulier 22 

<^í qua recordan*ti 23 

Quinti, si ti'bi vis 24 

Odi et amo 24 

Otdntia formosa est 25 

LesJiia mi dicit 23 

Nil nimium studeo 25 

*S'í quidquam mutis 25 

Multas per gentes 26 

^i quioquam cupido 26 

Jucumdum, mea vita 27 



Aeneadum genitrix (fragmento) 31 

Avia Pieridum (fragmento) 35 



- 436 



Elegías. 

Págs. 

Libro I. EJegía V> 39 

,. 2' 42 

3? 45 

» 4» 49 

5» 52 

6» 55 

7» 58 

8* 60 

9' 63 

10* 66 

I.ibTO II. Elegía 1* 68 

2» . 72 

„ „ 3? 73 

„ 4» 76 

5' 78 

6' 83 

Libro III. Elegía 1* 85 

2» 86 

3» 87 

4» 89 

„ „ 5? 93 

6? 94 

Libro IV. Elegía 2» 97 

3? 98 

„ „ 4» 99 

5? 100 

6» 101 

'■'■* 103 

S? 103 

9» 103 

„ „ 10? 104 

„ 11* 104 

„ 12? 104 

13? 105 

,, 14^ 106 

PROPEBCIO 

Libro T. Elegía 1' Cyn^hm prhna suis 109 

" 2? Quid ornato 110 

" 3? QnaJis Tkesea jamiit 111 

" 8^ Tune gitur demens 113 

" 9» Dice'bam tiM 114 

" 11^ Ecqiñd te mediis 11 fi 

" 12? Quiñ mihi desiáiae 117 

" 14? Tu licet abjecfvs 118 

" 15? f^aepe epo multa .tune 119 

" 17? Et mérito quoniam. 120 

" 18?^ Haec certe deserta loca 122 

" 19?- Non e^o nunc, ti istes 123 

" 20? Tu rjui eonsortem 124 

Libro II. Elegía 2^ Líber eram, et cacuum 125 



437 — 



Págs. 



" " ."^ Qut tnu/iam tibi dicebas 125 

5» 127 

" S» Eripitur nolis 128 

" 9» Iste quod est 130 

" " 11» Scribaut de te alii 131 

" ■' 12» Quieinnque Ule fuit 1">1 

"20* Quis fíes abdticia : 132 

29* H esterna, mea lux 134 

Libro III. Elegía 1» CalUmachi inanes 136 

'* " 2» OrpJtca ditinuisse 138 

" " 3» Yüsu^ cram moUi 130 

" " 10» Mirahar quidnam 141 

" 12» Postume plorantcm 142 

" 2\^ MagJium iíer ad doctas 144 

Libro IV. Elegía \\^ Desine, Paulle meutn 146 

PSEUDO GALO 

Fragmentos, yon fuit Arsa<!idum 153 

ovrDio 



Amor. Libro I. 
Libro II. 



Elegía 



Elegía 



Metam. 

Trist. 
>> 


Libro III. 
Libro I. 
Libro II. 
Libro III. 


452 
Elegía. 
Elegta 




5> 


>> 


5» 


Libro IV. 


Elegía 


" 


Libro V, 


Elegía 



Eem. Am. V 59 



1» Arma gravi numero 156 

3» Justa precor 157 

6» Psftaeus Eiis 158 

11» Prima malas docuit. . . . 162 

16» Pars mea Stdmo tenet .... 164 

9» Memmona si mater 166 

599 Pritnus amor Phoebi 170 

3» Cum suhit iUius 1~4 

2* Prg'o erat in fatis l78 

3» Eaec mea si 179 

5» Usus amicitiae 183 

7? Vade salutatum 186 

9» Fi licet et pateris 188 

10» lile ego qui fuerim. 190 

1* Hunc quoque de Getico 195 

' ' 12* Scribis ut oblectem 198 

169 "Rura- quoque oilectant 202 



HORACIO 



Carm. Libro I. 2» Jam satis terris 207 

3» Sic te Diva 208 

" 4» Solvitnr acris Jiiems 210 

" 5» Quís multa< gracilis 210 

" 6» í^criberis Vario 211 

" 7» Lavdaiunt aUi 212 

" 8» Lydia., dic per omnes 213 

9» Vides ut alta 214 

" 10» Mercuri, facunde 215 

" 11* Tu ne quaesieris 215 

" 12» Qtiem virum 216 

13' Cum tu Lydia 217 

" 14» O nontis, referent 218 

" ló' Pastor cum traJieret 210 



— 438 — 



Págs. 



" 16» o matre pulchra 220 

1, ,, 17^ Veloz ainoenuín , 221 

" 181 Nullam, Vare 222 

" " 19» Mater sacra 232 

" 21' Dianam tenerae 223 

" 2rí' Inteper vitae . . 223 

" 23? Vitas hinnuleo 225 

" 24» Qnis dcsiderio 226 

" " 25* Parcius junctas 22G 

" 26' Musís amicus 227 

" " 27? Naltis in usum 228 

" " 28» Te maris et terree 229 

" 39» Icci ieatis 230 

" 31» Quid dedicatum 231 

" " Z2^ Poscimur.. . si quid 231 

'' ó^' JIM. ne doleos 232 

" '' 34» Parcus deorum 232 

SI» O diva 233 

GR"" Ei tliure ct fidibus 234 

" " 37^ Nunc esí bibendunt 235 

" '' 3S» Pérsicos odi 236 

Caim. Libro II. 1» Motum ex Metello 237 

" '■ 2» Xullus argento i 238 

" 3» Aequam. memento 239 

'' 4» 'Ne sit anciUae 240 

" " 5» Nondnm suhacta 240 

'* " 6» Septimi, Gndes 241 

" " 7» O sacpe mecuní 242 

" 8» Ulla si juri<t 243 

" " 9» Xon semper im'bres 244 

'' " 10» Rectius vires 244 

" " 12» Nolis loncja ferae 245 

" 13» lile et nefasto 246 

" " 14» Eheu fugaces 247 

" " 15» lam panca aratro 248 

■' " 16» Otium divos 240 

'■ " 17» Cur me querelis 250 

" ' 20» Non usitata 251 

Carm. Libro IIT. 1» Odi profanum 252 

" " 2» Angustam- aniice 253. 

" " 3» Justuní et tcnacem 254 

" " 4» Descende coelo 256 

*' '* 5» Coelo ton-antem, 258 

" " 6» Delicia majorum- 260 

" 7» Quid fies Astcrie 261 

" " 18» Faune, Nympharum 262 

'* " 22» Montinni custos 262 

" " 29'' TyrrJierin regum 263 

" " 30» F.TCgi monmnentvm. 265 

Camn. Libr^^ TV. 3» Qvem tu Melnomene 265 

" " 4» Qualem ministrum' 266 

" " 7» Diffugere ñires 269 

" " 9» Ne forte credos 270 

" " 10» O cruáelis adhuc 271 

" " 12» Jam veris comités 271 

" " 13» Audirere Lyee 273 

" " 14» Quae, cura potrum 274 



— 439 — 

Págs. 

Carm. Libro V. 2» Bcattis Ule 275 

" " 7» Qiio, quo scelcsti 277 

Carmen seculare. fhoebe, sylvarumque 277 

Salir. Libro II. 6» Eoc erat invotis 280 

Kpist. Libro I. 1» rrima dicte Jtiihi 284 

2» Trojani icUi 287 

3» JuJi Flore 289 

,, ,, 4?- Albi nostrarum 291 

" " 5» Bi potes 291 

,, ,, 6^ Ni I admirar i 292 

» " 7» Quinqué dies 296 

'• » 8» CeJso gaudere 299 

" " 9» 300 

" " 10» Urj)is amatorem 301 

" " 11» Quid tiU visa Chios 303 

" " 13» Ut proficd^centem 304 

'» ' 14 305 

» " 15? Qme sit hyems 307 

'• " 16» A^e perconieris 307 

»» » 17» 310 

» » 18» 313 

»» " 19» 313 

" " 22» 316 

Libro II. 1» Cum tot sustineos 317 

Epístola a los Pisones sobre el arte poético 328 

Notas a las Epístolas de Horacio 339 

VIEGILIO 

Cría de ciaballos (fragmentos: Georg. III) 365 

Potro destinado a la guerra y al circo (fragmento Georg, III)... 366 

Aventura de Euridice y Orfeo (frag. Georg Til) 367 

LUGANO 

Paralelo entre César y Pompeyo (Phars. Libro I) 373 

Destrucción de tin bosque sagrado (Phars. Libro III) .... 375 

Rota de Cxa-ion (Phars. Libro IV) 377 

El "Cinque Maggio.^' 

Discurso preliminar 381 

£¿ Cinqu^ Maggio 405 

El icinco de mayo . . 408 

Segunda traducción , . . . . 410 

Epicediutn in Napoleonent Imperaiorem 413 

Ejnsdem. Carminis translatio altera 415 

Notas 417 



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