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Full text of "Obras completas de Amado Nervo. [Texto al cuidado de Alfonso Reyes; ilustraciones de Marco]"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 
AMADO ÑERVO 





TOMOS PUBLICADOS 



HEROICA Y OTROS 



I.-PERLAS NEGRAS.— místicas 
II.-POEMAS 
III. -LAS VOCES, LIRA 

POEMAS 

IV,~EL ÉXODO Y LAS FLORES DEL CAMINO 
V.— ALMAS QUE PASAN 
VI-PASCUAL AGUILERA -tL DONADOR DE 

ALMAS 
VIL -LOS JARDINES INTERIORES.-EN VOZ BAJA 
VIH. JUANA DE ASBAJE 
IX.-ELLOS 

x.-~Mis filosofías 

XI.-SERENIDAD 
XII.— LA AMADA INMÓVIL 
XIII.-EL BACHILLER.-UN SUEÑO. -AMNESIA.- 

EL SEXTO SENTIDO 
XIV, -EL DIAMANTE DE LA INQUIETUD.~EL DIA- 
BLO DESINTERESADO.-UNA MENTIRA 
XV.— ELEVACIÓN 
XVI.-LOS BALCONES 
XVII.-PLENITUD 
XVni.-EL ESTANQUE DE LOS LOTOS. 
XIX.-LAS IDEAS DE TELLO TÉLLEZ.-COMO EL 

CRISTAL 
XX.-CUENTüS MISTERIOSOS 
XXL—ALGUNOS.-CRÓNICAS VARIAS 





DE CADA TOMO SE HAN IM- 
PRESO CIEN EJEMPLARES EN 
PAPEL DE HILO fi f9 ft ft 





TEXTO AL CUIDADO DE 

ALFONSO REYES m 

^ ILUSTRACIONES DE MARCO ^ 




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ES PROPIEDAD 
DE LOS HEREDE- 
ROS DEL AUTOR 

TODA EDICIÓN 
FRAUDULENTA 
SERÁ PERSEGUIDA 
POR LA LEY fi fi 



'"73 , 




SOBRE GUTIÉRREZ NÁJERA ^^í 



riE creído que esta hermosa carta, que casi 
nadie conoce, servirá de pórtico, mejor que todo 
lo que pudiera escribirse, al tomo último de las 
obras del «Duque Job>; es del maestro Altamira- 
no. Leedla; es muy bella: 



«París, diciembre 24 de 1891.— Mi querido 
Manuel: Esta carta lleva el objeto de presentar 
a usted y a su amable señora (c. p. b.) los votos 
de mi familia y los míos por la felicidad de uste- 
des en el año que va a empezar. 

Deseamos para ustedes todo género de pros- 



(1) Prólogo a las Obras de Manuel Gutiérrez Nájera, 
México, 1903, 2.° tomo. 

9 



Amado Ñervo 

peridades íntimas, ya que el talento y la repu- 
tación de usted, siempre en ascenso, le han ase- 
gurado un puesto envidiable en la cumbre de la 
literatura patria. 

No he escrito a usted con más frecuencia; 
pero pienso en usted siempre y lo leo con frui- 
ción y con orgullo. Con fruición, porque, en fran- 
cés, estaría usted al lado de los escritores más 
ingeniosos de aquí. Es usted un parisiense que 
ha conquistado su derecho de ciudad con la 
punta de su estilo. Y con orgullo, porque no 
puedo menos de sentirlo al ver a un mexicano, 
a un joven que he conocido pequeñito, al lado 
del querido viejo, hoy ausente, hacerse verda- 
deramente notable, y eso no mediante las tradi- 
ciones de la escuela literaria española, sino tras- 
plantando a los campos vírgenes de México las 
flores de la literatura clásica, las violetas perfu- 
madas de Atenas, y eso con una originalidad 
que hace de usted un floricultor modelo, como 
los que hay en La Haya y en Harlem. 

Siga usted ese sistema. Es el bueno, en mi 
concepto. Puede ser que con él no vaya usted 
a la Academia Española, que es una colina arti- 
flcial; pero de seguro irá usted a la gloria, que 
es la montaña. Y vale la pena. 

Hay sirenas que lo tentarán a usted a su paso, 
hoy que atraviesa usted en su nave enguirnal- 
dada y con la bandera de la fama al tope. Tápe- 
lo 



Obras Completas 

se usted con la cera del desdén los oídos, como 
los marinos de Ulises. 



Adiós, Manuel; sea usted feliz y piense en su 
maestro que lo quiere y admira, 

Ignacio M. Altamirano.» 



Q 



Muy recién llegado a la capital, me presenta- 
ron a Gutiérrez Nájera, a quien intensamente 
deseaba conocer. Nada me dijo su figura inex- 
presiva y tosca; sus ojos minervinos, un poco 
saltones, nada me dijeron, y sólo el prestigio 
que de su personalidad literaria emanaba, y que 
era ya tan firme y poderoso, pudo hacer que una 
desilusión inmediata no sustituyera al culto in- 
genuo y apasionado que mi alma le tenía. 

Frecuentemente le vi después, durante los sie- 
te meses que mediaron entre mi llegada y su 
viaje— su definitivo y eterno viaje—, ya en la 
redacción de El Universal, donde por aquel en- 
tonces— 1894—se reunían a diario él, Díaz Du- 
fóo, Bulnes, el doctor Flores y Rabasa, o bien al- 
rededor de aquella simpática y hospitalaria mesa 
de El Partido Liberal, adonde Jesús Valenzuela, 
Urbina y Castillón iban a derramar el tesoro in- 
agotable de sus chistes, y donde Gutiérrez Ná- 
11 



m 



N 



jera tartamudeaba los suyos con una gracia pe- 
culiar, entre artículo y artículo. In illo tempore yo 
era un muchacho hosco, tímido y silencioso. 
Poco avezado a ese encantador juglarismo de la 
frase, en el que tan hábiles eran Valenzuela, 
el « Duque >, «Monaguillo» y el autor de los Poe- 
mas crueles^ y temeroso siempre de una gajjcy 
limitábame a oir o a admirar. Creo que en esos 
siete meses de que hablo, no más de tres veces 
crucé mi palabra con el «Duque Job>: la prime- 
ra, en un te literario— entonces estaban muy en 
boga— en casa de los Michel, para decirle con 
voz entrecortada cuánto le admiraba y le quería; 
la segunda, en la Alameda, donde le encontré 
muy de mañanita, y con su bondad, aquella in- 
agotable bondad de niño que le acorazó siem- 
pre el alma, me regaló un cumplido acerca de 
unos versos míos; la tercera, después de una se- 
sión de la «Prensa Asociada» que pretendía él 
resucitar, en una noche de plenilunio, llena de 
plata, en que le acompañé a su casa, conversan- 
do (él conversaba) no sé de qué libro recién 
llegado. 

A poco cayó enfermo, y murió. El día de su 
muerte, no me separé de él— que para siempre 
se había separado de nosotros— y recuerdo que, 
ya avanzada la tarde, su madre se acercó, en un 
momento en que yo me encontraba solo con el 
amado muerto, para decirme: «Córtele usted 
12 



Obras Completas 

unos cabellos que quiero guardar.» Así lo hice, 
y yo mismo até con sumo cuidado el leve haz 
en que brillaba ya la escarcha. 

Un año después fui a decirle algo a su tumba, 
a aquel solitario rinconcito del Panteón Francés. 
Habíanse organizado guardias frente al sepul- 
cro. Tocábame hacer la mía por la tarde, y cuan- 
do llegué sólo había ahí un amigo piadoso. 
Como nadie venía después (empezaban ya a ol- 
vidarle: les morís vont vite)y ahí permanecimos 
hasta que se encendieron todas las estrellas. 

No presentía yo entonces, seguramente, que 
andando el tiempo habría de organizar y pro- 
logar el tercer tomo de su obra completa y se- 
gundo de sus prosas inmortales. Antes que yo, 
don Justo Sierra, en un prefacio lleno de luz y 
de fuerza, como todo lo suyo, y Luis Urbina, en 
un prólogo lleno de ternura y de suavidades fra- 
ternales, habían presentado al público el tomo 
de versos y el primero de prosa de Gutiérrez 
Nájera. Y ante ellos, que conocieron tanto y tan- 
to amaron a aquél cuyo espíritu ha ido quizá, 
según la frase del poeta francés, a aumentar el 
fulgor de no sé qué estrella lejana, yo no estaba 
acaso en condiciones de decir otra cosa que lo 
que el maestro Luis de León dijo en la primera 
página de las obras de la inmortal carmelita: 
«No conocí a la venerable madre Teresa; pero 
hanme dicho... etc.» 

13 



Amado Ñervo 

Empero mi distinguido amigo don Manuel 
Mercado, el compañero inseparable y bueno de 
Gutiérrez Nájera, pidióme estas líneas; procu- 
rando olvidar a quienes me habían precedido 
en la presentación de la obra prestigiosa, para 
sólo pensar en mi viejo culto por uno de nues- 
tros admirables, púseme a escribirlas. Que el 
«Duque» me perdone. ¡Era tan bueno! 



B 



Preciso ha sido para organizar— tan defectuo- 
samente como lo he hecho— estos materiales, 
vivir algunos meses en comunión perpetua 
con la inolvidable sombra, y puede decirse 
que hasta hoy no la he conocido por comple- 
to. Conocía yo casi toda la obra de Gutiérrez 
Nájera; desde el rincón de mi provincia devo- 
raba sus artículos a medida que aparecían en los 
diarios. Mas era tal el deslumbramiento que 
muchos de ellos me producían, que en vano hu- 
biera tratado de analizarlos. Sus prosas y sus 
versos pasaban por mi cielo como iris que vue- 
lan; batía el ave del paraíso su plumaje de ge- 
mas, y yo permanecía ante la visión maravillo- 
sa como aquellos infantes de los antiguos cuen- 
tos, ante la fuente de oro, el pájaro que habla y 
el árbol que canta. Fuerza era aprisionar el ave 
del paraíso para alisar suavemente su plumaje y 
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Obras Completas 

ver si el encanto se quedaba entre mis dedos en 
la forma de un poquito de oro en polvo. Fuerza 
era abrir el arcón de las piedras preciosas, vol- 
ver entre mis manos sus facetas, hacer que la 
luz se deshiciera en ellas en laberinto de chis- 
pas, para convencerme de que entre los diaman- 
tes de Golconda no había la ignominia de un 
guijarro de California. Y así lo hice. Y el ave 
del paraíso voló de entre mis manos con la in- 
cólume policromía de su plumaje, y las piedras 
del joyero siguieron siendo dignas, ante mis 
ojos, de temblar como bandada de luciérnagas 
presas sobre el pecho blanco de las empera- 
trices. 

Como en esos mosaicos bizantinos que embe- 
lesan aún nuestros ojos, bajo las bóvedas orien- 
tales de San Marcos, el oro y los colores habían 
ganado con el tiempo. La obra, pacientemente 
eída en mi tranquilo estudio, no sólo resistía 
esa suprema prueba del conjunto, del engarce 
en el libro, que es piedra de toque para toda la- 
bor fragmentaria, sino que ganaba en precio y 
en hermosura. No decía uno: ¿por qué darle a 
lo efímero del periódico la eternidad del libro? 
Decía uno, sí: ¿por qué fatal destino ese cerebro 
inmenso fué deparramando lo mejor de su esen- 
cia en el periódico? ¿Por qué no fué rico para 
escribir muchos libros? ¿Por qué la vida lo llevó 
asi de prisa, siempre de prisa por todos las 
15 



Amado Ñervo 

colmenas, sin dejarle acendrar en cada una de 
ellas más que un poquito de miel? 

¡Cuántas crónicas pasadas; cuántos gracejos 
que bordaban la nota informativa del día; cuán- 
tas reseñas adorables de espectáculos de que ya 
muy pocos se acuerdan; cuántas figuras y figu- 
rones sociales y políticos, que hoy han desapa- 
recido; cuántas niñas hermosas que hoy ya son 
madres de muchos hijos, y van por esas calles 
de Dios obesas y jadeantes, desfilaron por mi 
estudio en las numerosas horas de lectura! ¡Y 
cómo viví esa época, tan cercana y tan olvidada 
ya, en que Mauricio Grau, y la Morlones; Sam- 
són, que aún tenía cabellos, y Sieni, que aún no 
perdía los suyos; Bablot, que aún iba prodigan- 
do sus células, y Bulnes, que ya las había 
prodigado; Sarah, que todavía tenía voz de 
oro, y laPatti, que todavía cantaba, se baraja- 
ban en el laberinto de actualidades metropoli- 
tanas! 

Libros que ya se agotaron y que aún no se 
reeditan, novelitas que ya pasaron de moda, 
poetas que fueron, amores que se apagaron, 
asuntos políticos palpitantes que ya no palpi- 
tan... Todo, todo, vestido de una gracia i.ifinita, 
de una vida intensa, invadió mi espíritu, llenó 
mi cuarto de aleteos, y dejó en él, por mucho 
tiempo, un perfume hecho de muchas flores se- 
cas, de muchos guantes femeninos, de muchas 
16 



Obras Completas 

sedas antiguas, un suave perfume lleno de mis- 
terio y de pasado... 

¿Y el mago, dónde estaba...? Volví instintiva- 
mente mis ojos y no le hallé... Fuese de pronto 
dejando sus cofres abiertos y en desorden: en 
ellos pele melé yacían trajes de moiré cansados, 
joyas de arcaica factura, ramilletes, listones, pa- 
ñuelos, libros, frascos de perfumes... 

Todo ello está piadosamente recogido en el 
arcón de este libro, lector; y cuando el libro 
leas, te preguntarás lo que yo me he preguntado 
muchas veces: ¿Por qué artificio maravilloso pudo 
este hombre escribir tantas cosas? ¿Merced a 
qué conjuro fué a la vez sociólogo y poeta, 
economista y literato, humorista y tierno, riente 
y triste, clown y pontífice, juglar y orfe- 
bre...? 

¿Y cómo esa vida breve almacenó tanto sa- 
ber y tanta bondad; tanto saber, a pesar del 
tiempo que vuela y de la labor múltiple que da 
la fiebre; tanta bondad, a pesar del insulto per- 
petuo, de la envidia siempre en acecho, de la 
pobreza y de la enfermedad y de la brega sin 
cuartel? 

Misterio... misterio que se llevó la sombra 
amada al repliegue del infinito donde mora... 

Y cuande cierres el libro, lector, subyugado 
por tanta maravilla; cuando saborees aún con 
paradisíaco sibaritismo el último artículo, crece- 

17 

Tomo XXI 2 



m 



d 



N 



rá acaso tu pasmo y con él tu melancolía, si te 
acuerdas de aquellas frases con que remató el 
mago una de sus últimas páginas: «¡Mi mejor ar- 
tículo... ¡ah! mi mejor artículo no lo escribiré 
jamás!» 




18 




UN MONUMENTO A GUTIÉRREZ N AJERA 



Aún no se enfriaba el cuerpo del «Duque 
Job> cuando surgía ya en México la idea de 
erigirle un monumento. 

Yo, que empezaba entonces a escribir cróni- 
cas dominicales, esas crónicas dominicales aho- 
ra demodéesy pero en las que Gutiérrez Nájera 
fué el más encantador de los maestros, serví en 
aquella sazón de portavoz a la idea. 

Era preciso labrarle un busto de mármol blan- 
co, «como una alcoba de virgencita>; un son- 
riente busto de mármol blanco, el cual entre los 
arbustos y las flores de ese embelesador rincon- 
cito de bulevar mexicano que se llama la plazue- 
la de Guardiola, vería el alegre desfile de los 
domingos por las calles de Plateros y San Fran- 
19 



Amado Ñervo 

cisco, que forman la más elegante y agitada de 
nuestras arterias, «desde la esquina de la «Sor- 
presa» hasta la puerta del «Jockey Club», ¡cómo 
cantaban sus versos alados! 

Claro que mi idea, nuestra idea, la idea de 
todos los que poníamos negro sobre lo blanco 
y éramos jóvenes, produjo un eco simpático. 
Pero el eco se fué extinguiendo en ondas cada 
vez más espaciosas, y el «Duque Job», muerto 
en los comienzos del año 1895, todavía no tiene 
estatua. 

¡Qué poeta, por lo demás, tiene estatua en la 
capital de la República! Yo no sé de ninguno. 
¡Estamos enojados con la gloria! Hay muchas 
pobres almas que nos hicieron la santa, la lírica 
limosna de sus versos y que aguardan aún el 
homenaje durable de un busto. 

Mexicano fué el inmenso Juan Ruiz de Alar- 
cón, y ni siquiera por orgullo nacional nos he- 
mos reunido los que por allá escribimos— que 
somos legión— a fin de consagrarle un recuerdo. 

Mexicana fué la «Décima Musa» (por Dios, se- 
ñores de Francia, no vayáis a creer que la de 
Jorge Ohnet), y si hay una calle que lleve su 
nombre, mejor se debe al Gobierno que a los 
poetas, a quienes, sin embargo, de un modo más 
comprensivo ha tocado aquilatar el aristocrático 
ingenio de la admirable Sor Juana Inés. 

A Guillermo Prieto, El Romancero^ que supo, 

20 



Obras Completas 

sin desfigurarla, hacer palpitar en sus versos 
simples y robustos la vida del pueblo, un Ayun- 
tamiento le regaló una casa y sus admiradores 
una corona de plata, |como la de sus cabellos! 
Fué, además, honrado y querido, de suerte que 
en vida le pagamos nuestra deuda. 

Pero a Gutiérrez Nájera se lo debíamos todo, 
ya que él se nos entregó por completo, hasta 
morir en la empresa que se había impuesto de 
poner una sonrisa casta, elegante y discreta en 
la trivialidad de nuestra vida, indecisa aún y ata- 
reada, de pueblo joven. Se lo debíamos todo: la 
riqueza, que no pudimos darle, a él que era un 
aristócrata intelectual, lleno de comprensiones 
delicadas; la gloria, a que tenía derecho y para 
la cual nuestra patria, poco conocida aún, no 
era suficiente pedestal; el acatamiento, que no 
supo otorgarle nuestra indiferencia vestida de 
cortesía amable e insustancial. 

Por esto, el común espíritu de justicia se ha 
sentido halagado al saber que va a erigirse por 
fin un monumento a Gutiérrez Nájera. En esta 
vez la idea ha venido del Norte de la Repúbli- 
ca, de una provincia culta y rica, de Chihuahua, 
y en forma de carta a Jesús E. Valenzuela, el 
director de la Revista Moderna, 

He aquí la carta: 



21 



Amado Ñervo 

«Sacramento, agosto 21 de 1906. 

Señor don Jesús E. Valenzuela. 

México. 

Querido amigo nuestro: Los labriegos que fir- 
man esta carta han pensado que se debe erigir 
un monumento al «Duque Job», y han pensado 
también que sea la Revista Moderna, natural- 
mente, la que acoja y lance la idea, y, por últi- 
mo, sugeriríamos que fuese levantado en la Ala- 
meda, o mejor, en la Plazuela de Guardiola. 
Caso de que usted reciba con entusiasmo este 
monumento, le hemos de estimar impulse el 
proyecto y lo lleve a feliz término. La Revista 
podría encargar a Rucias de que consiga que 
alguno de los artistas mexicanos que estudian 
en París haga el monumento.— Sus amigos, Je- 
sús E. Lüjáüy Julio Lujan, R. Guerrero, José A, 
Ortiz, Abraham Lujan, Luis Sotomayor.* 

Habrá quizás quien al leer esta carta, a la cual 
la Revista Moderna ha dado amplia acogida y 
liberal publicidad; habrá quizás -y esto no sor- 
prendería mi escepticismo— quien se pregunte 
quién fué Gutiérrez Nájera, como hay ya quien 
se pregunta quién fué Martí o Julián del Casal. 

Y es que estos hombres murieron a tiempo, 
especialmente el «Duque». Murieron cuando su 
época, cuando sus países ingenuos hasta enton- 
22 



Obras Completas 

ees, se transformaban: el primero, México, para 
lanzarse resueltamente a la conquista del porve- 
nir; el segundo, Cuba, para llegar, merced a va- 
rios dolorosos avatares, a no sé qué definitivos 
destinos. 

La época aún cercana, tanto que podría lla- 
marse «ayer», en que vivió, trabajó y floreció el 
«Duque», era propicia a la ensoñación, a la poe- 
sía, a las suaves y luminosas contemplaciones. 
Todavía aún se escuchaban los apostrofes an- 
gustiosos de Acuña, preñados de energía filosó- 
fica y de duda lírica; aún vibraban los versos 
apasionados de Manuel M. Flores, que se recos- 
taba con las amadas a la sombra del Cantar de 
los Cantares, y resonaban en el cielo claro en 
que se desvanecían los últimos himnos de las 
guerras civiles, las estrofas metálicas de Díaz 
Mirón, paladín y poeta de ojos ardientes y me- 
lena alborotada, vuelto más tarde un modaliza- 
dor, un técnico, un retórico lleno de pericias. 

De entonces acá, ¡cuántas mudanzasl Había 
muchos que leyeran versos; no nos daba aún 
por ser hombres tan serios (para el infantil orgu- 
llo nuestro, de ahora, el arte es menos serio que 
una mala traducción de Gustavo Le Bon). 

Hoy nadie abre un libro de poesía, ni ama na- 
die a los poetas. Quedan unos cuantos abence- 
rrajes del Ensueño, unas cuantas mujeres páli- 
das o sonrosadas que os exigen una cuarteta en 

23 



m 



N 



una postal. Los demás prefieren el automóvil. 

En verdad, Fabio, los tiempos no son para 
esas sandeces melancólicas que eran como un 
baño de luna para las almas. 

Los poetas, virtualmente, han muerto... (yo 
creo que para transformarse). El «Duque Job» 
partió a tiempo... 

¿Cómo loar, por tanto, de una manera digna a 
ese «grupo de labriegos > que piensan en erigir- 
le una estatua? 

Tenía, pues, él razón, más razón que su tiem- 
po, cuando dijo: 

«jNo moriré del todo, amiga mía!» 

¡Porque dignificó la poesía, porque la llevó 
por todas partes bien limpia, bien peinada, bien 
oliente; porque le puso una fior, fresca siempre, 
en el ojal; porque creyó que el poeta no debía 
cantar como los pájaros del bosque, sino sabia- 
mente, cultamente; porque estudió y pensó y 
halló que el estilo podía ser una piedra precio- 
sa; porque siendo sabio y refinado, supo también 
ser diáfano, ingenuo, bueno; por todo esto, Gu- 
tiérrez Nájera merece la primera estatua --quizá 
la última— que en México habrá de levantarse a 
un poeta. ' 



24 




JESÚS F, CONTRERAS 
MEDALLA DE HONOR EN ÉL CERTAMEN DE 1900 



(jN día, hace muchos años, llegó a México un 
pobre muchacho, de esos que la provincia, pro- 
ficua en almas fuertes, arroja a la Metrópoli de 
la República a manera de savia nueva que va a 
vivificar las energías gastadas y enfermas de la 
gran ciudad. Ese muchacho llevaba, como casi 
todos los que dejan el terruño para ir en pos de 
la gran charca, un haz de quimeras al hombro. 
Una Dulcinea tentadora le guiaba: quería ser 
escultor; fijar en mármol y en bronce imperece- 
deros todas las formas fugitivas, pero bellas, di- 
vinamente bellas, del ensueño, tal cual se nos 
manifiesta en la peregrinación de la vida. 

25 



Amado N e r v 6 

Muchos de esos recién venidos de los Esta- 
dos; muchos de esos hijos pródigos de la ilu- 
sión que al padre piden su porción hereditaria 
de sueños y los van dilapidando luego por el 
camino, se pierden y sucumben en las implaca- 
bles marejadas de los grandes núcleos humanos. 
A este de que hablo cúpole mejor suerte, por- 
que tenía mayor fuerza, fe mayor y más robusta 
esperanza. 

Este llegó a la meta por merecimiento conti- 
nuo, hijo de un incansable impulso, y, sin em- 
bargo, algo dejó en el sendero, algo de su ínti- 
ma fisiología, un pedazo de vida, su brazo roto 
por el azar en un vericueto de la jornada. 

La Academia de Bellas Artes de México dio 
asilo al muchacho; pero la Academia tenía bien 
poco que enseñarle; es urna vacía de arte. 

La inepcia la ha llenado de rutina, y más sir- 
ve para sacarnos a los mexicanos los colores a la 
cara que para empollar un solo talento. 

Los que en México valen en arte, valen a pe- 
sar de la Academia, 

Contreras es uno de ellos; fuéle preciso ejer- 
citar esfuerzos poderosos para oponerse y triun- 
far del enervante medio; trabajó sin respiro, 
amamantó, con entusiasmos y optimismos gran- 
des, a su fe y a su esperanza, y un día, de sus 
manos surgió fundida la estatua del último Em- 
perador azteca, ornato impecable del paseo de 
26 



Obras Completas 

la Reforma de nuestra Metrópoli, erguida biza- 
rramente sobre un gran monumento de purísi- 
mo estilo mexicano, que es como el trasunto de 
todas las maravillas arquitectónicas de nuestra 
ya legendaria antigüedad. 

El Gobierno no podía permanecer insensible 
ante aquel alarde de talento juvenil, y el gene- 
ral Díaz, que bajo su coraza de guerrero oculta 
bellos entusiasmos por todo lo que puede con- 
tribuir al engrandecimiento del país, puso sus 
ojos en aquella energía naciente y resolvió esti- 
mularla. 

Contreras obtuvo, como premio, una pensión, 
y vino a París a estudiar con los maestros. 

Aquí le aguardaban tremendas luchas; es Pa- 
rís una linda mujer lunática que se impone al 
mundo, una reina caprichosa a quien sólo un 
Demetryos, ese símbolo del artista de acero 
eternamente desdeñoso y dios de la forma, que 
pasea su fina silueta blanca por el libro de Pie- 
rre Louys y por quien llora de amor otra reina, 
puede conquistar. 

Contreras por esta vez no fué el escultor De- 
metryos. Trabajó casi oscuramente; peleó como 
soldado raso, y sólo después de acerbas bregas 
hubo de obtener, por dos mármoles exhibidos 
en el certamen de 1889, una medalla de bronce 
y una de plata, por la parte ornamental de nues- 
tro pabellón de entonces, a él encomendada. 

27 



Amado Ñervo 

Y, sin embargo, el escultor de ahora, triunfa- 
dor ya y dueño absoluto de la rebelde forma, 
recuerda, con lágrimas de placer en los ojos, el 
París de ayer, aquel París del barrio latino, 
jaula inmensa de adorables pájaros locos; cier- 
tamente, no se comía bien, y a las veces se solía 
no comer del todo, alimentándose uno de mane- 
ra análoga a la del poeta Leconte de l'Isle en 
sus tiempos apurados: de raices griegas. Pero, 
¡qué lindos mirajes tenía la vida! ¡Qué cómodos 
y bellos eran aquellos anchos calzones de pana 
y aquellas holgadas blusas y aquellos amplioe 
sombreros! ¡Con qué gracia ondulaban al viento 
las corbatas enormes, anudadas al cuello como 
negras mariposas prisioneras! ¡Qué alegre era 
el palique en el juvenil cotarro de modelos y de 
artistas! Entonces se creía que París bien vale 
una misáy porque no se tenía aún a París entre 
los brazos. La querida era arisca. 

Daba un furtivo beso a quien le placía y se 
escapaba luego por no entregarse. 

Qué inolvidable capítulo de la Vida de bohe- 
niiay de Murger, viviendo en el luminoso estu- 
dio de a 200 francos anuales, en la inmensa casa 
de estudios poblada a su vez y resonante todo 
el día con las francas risas de las modelos, las 
canciones querellosas de la andaluza del tercero^ 
Mimí de un medallista madrileño; los couplets 
pecadores de la parisiense del entresuelo, ami- 
28 



Obras Completas 

ga de un retratista inédito, y el ruidoso ir y ve- 
nir de la florista del cuarto, cuyos ojos, predece- 
sores de la telegrafía sin hilos, se ponían todas 
las mañanas a la plática con el acuarelista de 
rostro galileo que habitaba en la buhardilla, 
realizando el verso de Grilo: 

Para llegar al cielo, 
cuan poco falta. 

¡Ah! Contreras, la medalla de honor de hoy, 
no olvidará a aquel guapo muchacho de enton- 
ces, cuya alma se abría al júbilo como la venUna 
al día, y cuyo corazón latía con el propio preci- 
pitado redoble de unas castañuelas entre las 
morenas manos de una chuíapa de Lavapiés. 



Q 



Y qué diferente fué el segundo viaje. El ar- 
tista venía a París con el brazo derecho ator- 
mentado por terrible dolencia. Parecía un león 
enfermo. En México todos le auguraban la muer- 
te; esa muerte que llega como las lúgubres pro- 
fecías de Daniel, en la fuerza plena y en las 
plenas glorias de la vida. 

Contreras venía a operarse, a dejar un peda- 
zo de sí mismo en la tierra bendita donde lo- 
quearon como bandada de párvulos en día de 

29 



Amado Ñervo 

asueto sus ensueños, y acaso a morir, con la mi- 
rada fija en las pizarras, azul como la ilusión, 
amparadora de aquella casa de otro tiempo... 
¡cuando Dios quería! 

La ciencia empero acertó en esta vez. Salvó 
al escultor, ¡pero de qué ruda manera!, pidién- 
dole como tributo el brazo derecho. ¡Qué ironía 
tan inmensa! A un enamorado de su arte, arreba- 
tarle el supremo instrumento de ese arte. Aque- 
llo era tanto como romper a un águila un ala, 
como destrozar a un león una garra, como arran- 
car la lengua a Gambetta, la pluma a Víctor 
Hugo, los ojos a Delaroche... ¡Euroneia! — como 
exclamó Daudet— . Beethoven, fué sordo; Byron 
fué cojo; Milton fué ciego; Cervantes fué man- 
co... ¡Ananke! Heine se volvió paralítico; Cho- 
pin, tísico, y Nemesis arrancó a Chenier la ca- 
beza para que no más cantara la libertad; Dios 
lo quiere así: Dios que da a Job el muladar, la 
fealdad a Esopo, la joroba a Alarcón, la nariz a 
Cyrano, la tartamudez a Demóstenes... la larin- 
gitis y la sordera a María Bashkirtseff. 

Otro cualquiera habría buscado la resolución 
del problema en el suicidio. Contreras fué supe- 
rior a su desgracia. ¿Le mutilaban un ala? Pues 
bien iqué diablol volaría con la otra, aunque se 
desplomase como El Genio, de Rodin. 

Y no se desplomó. Su primer figura esculpi- 
da con una mano, y que representaba una enor- 

30 



Obras Completas 

me suma de trabajo, fué el Malgré touty símbolo 
conmovedor de su orgullosa manquera. Una 
mujer muy bella tiene las manos atadas a la es- 
palda y yace vientre a tierra entre abrojos. Ya 
no puede ir hacia donde iba; iba quizás a un 
país lejano; veía ya humear a lo lejos sus hoga- 
res; los suyos la aguardaban. Pero alguien, un 
ser tenebroso y enigmático, la clavó ahi. [Qué 
importa! ¿No puede andar? Pues se arrastra... Y 
ahí va, arrastrándose sobre el malezal, adelante, 
siempre adelante. Hay en su actitud la audacia 
más dolorosa...; se comprende que padece mu- 
cho, pero quand méme va hacia adelante, y lle- 
gará. 

Esa figura es Contreras; Contreras, que, mal- 
gré touty podrá colgar mañana, si le place, del 
muñón de su brazo mutilado la medalla de ho- 
nor que el gran Jurado internacional de la sec- 
ción de Bellas Artes del certamen universal de 
1900 acaba de decretarle en premio de los tres 
radiantes mármoles que exhibe. 

Que los heridos por la fatalidad, de hoy en 
más no cejen, no vacilen, no caigan. Dios está 
también con los mutilados. Cervantes perdió un 
brazo en Lepanto, y con el que le quedaba mo- 
deló su Quijote para todos los siglos. 



31 



DON JOAQUÍN D. CAS ASUS 



Es don Joaquín D. Casasús uno de esos espíri- 
tus poliédricos de que tan avara se muestra la 
naturaleza; porque no es lo común que el inte- 
lecto humano descuelle en varios conocimientos 
a la vez, si ha de lograr en todos ellos la com- 
pleta excelencia. 

Casasús llc^ó muy joven de una ciudad de la 
costa del Go o a la metrópoli de México. Hizo 
con infinitos trabajos y privaciones su carrera de 
abogado, y concluida ésta se lanzó resueltamen- 
te a la conquista del porvenir. 

Tenía excepcionales armas y triunfó. 

Jurisconsulto, economista, sociólogo, escritor, 
poeta, diplomático, todo lo ha sido y se ha dis- 
tinguido en todo. 

32 



Obras Completas 

La naturaleza había modelado su cerebro jus- 
tamente para un país como el nuestro, joven 
aún, que se despierta a la vida, que tiene redu- 
cidos hombres y numerosos problemas, en el 
cual, como en la parábola evangélica, la mies es 
mucha y los operarios pocoSy y donde, por lo 
tanto, fuerza es que los individuos de acción 
multipliquen sus aptitudes y sus esfuerzos, afron- 
ten problemas disímbolos y atiendan a muy di- 
versas exigencias nacionales. 

¡Y a cuántas ha atendido, en efecto, este hom- 
bre singular! 

El problema de nuestra moneda, resuelto tan 
admirablemente por el señor Limantour, debe a 
Casasús estudios justamente alabados por los 
grandes economistas franceses, colaboraciones 
muy luminosas, desvelos muy nobles. Como 
abogado llegó a hacer de su bufete el primero 
de la República. 

Sus negocios dábanle una renta con la cual 
se hubieran sentido felices muelos duques. 
Pero cuando más prósperos eran >lífs negocios, 
el país necesitó de sus servicios para el primero 
de nuestros puestos diplomáiicos, para nuestra 
Embajada en Washington. Para este empleo, 
excesivamente deUcado, Casasús reunía condi- 
ciones muy difíciles de encontrar. El Gobierno 
solicitó, pues, sus servicios y él aceptó un pues- 
to que exigía nada menos que el casi total aban- 
33 
Tomo XXI S 



m 



dono de su clientela y de sus negocios, y cuyo 
desempeño, dada la esplendidez de gran señor 
con que Casasús hace todas las cosas y a pesar 
del decorosísimo sueldo de que disfruta, debe 
costarle más de un millón de reales por año. 

Casasús es un trabajador formidable como 
Cree!. 

A las ocho de la mañana está en su despacho, 
que no abandona sino unos minutos al medio- 
día para tomar un ligero almuerzo, y del cual no 
se retira sino entrada la noche. 

Entonces busca reposo en las conversaciones 
amables, en los afectos sinceros. Su casa en Mé- 
xico es punto de cita de todo lo que vale en la 
metrópoli: hombres de negocios, hombres de 
ciencia, literatos, músicos, poetas. 

Secundado admirablemente por una esposa ex- 
cepcional y excepcionalmente amada en mi país, 
gracias a su talento y su corazón: Catalina Alta- 
mirano, la hija de aquel indio admirable que fué 
un gran tribuno, un gran literato y un gran pa - 
triota, Casasús ha logrado hacer de sus reunio- 
nes el rendez vous más delicioso que darse 
pueda. 

Enamorado de la poesía, que ha cultivado 
siempre con extraordinaria oportunidad; de la 
música, en la que es muy entendido, ¡cuántas 
inteligencias nacionales han encontrado en él 
apoyo absoluto, cuántos hombres de talento U 
34 



Obras Completas 

han debido una posición decorosa, cuántos ar- 
tistas, gracias a él, han podido luchar, triunfar, 
vivir! 

Porque este hombre admirable, que lo ha sido 
todo: jurisconsulto, economista, sociólogo, lite- 
rato, poeta, diplomático, latinista benemérito, al 
cual debemos versiones de Horacio, de Tíbulo, 
de Catulo, de Propercio, de Virgilio, de las que 
podrían hablarnos don Marcelino Menéndez Pe- 
layo y el padre Mir; que además ha traducido 
en verso y con habilidad suma la Evangelína, 
de Longfellow; que habla el inglés y el francés 
como su propia lengua; este hombre admirable 
es, además de todas estas cosas, sobre todas 
estas cosas, un gran corazón. 





EL SEPULCRO DE RUELAS 

París, Noviembre 10 de 1910. 



Esta mañana, al leer en el Directorio de los 
periódicos que era el día por excelencia consa- 
grado a los muertos, la Toussaint, durante la 
cual se visitan las tumbas, me dije: 

— Vamos a saludar a nuestro gran desapareci- 
do Julio Ruelas. 

Y hétenos a poco en Montparnsísse, desde 
donde nos dirigimos al bulevar Edgar Quinet, 
por lo común tristón, mas hoy invadido por me- 
dio París. 

En las aceras se amontonan las flores: dalias 
de México, violetas de Parma, crisantemos de 
Kioto, bruyéres simpáticas de Lutecia, plantadas 
en macetas de variados tamaños. 
36 



Obras Completas 

Compramos tres ramitos de violetas: uno en 
nombre de Jesús E. Valenzuela, otro en nombre 
de Jesús F. Lujan, y el tercero en nuestro propio 
nombre. 

Con la multitud que se agolpa entramos al 
inmenso cementerio Montparnasse. 

Hace un dia cruel, un verdadero día de 
muertos. 

El viento helado nos azota con gotas de llu- 
via y con briznas de hojas secas. 

Las nubes, muy bajas, corren desesperada- 
mente sobre los techos, martirizadas por el láti- 
go de la racha. 

¿Dónde dormirá nuestro Ruelas? 

Jamás, después de su muerte, hemos ido a vi- 
sitarlo. iVenimos siempre a este París tan de pri- 
sa, tan atareados! Nuestro pensamiento es el 
único que le ha seguido siempre. 

¿En qué rincón apacible reposará este grande 
y querido muerto? 



Q 



Nos dirigimos a la Administración del cemen- 
terio, vasta, limpia, ordenada, con amplia estan- 
tería donde se alinean libros de lomo verde. 
|Toda la contabilidad de la muertel 

Un señor afable nos pregunta qué deseamos. 

—Deseamos saber— le decimos — dónde se 

37 



A m a a o Ñervo 

halla el sepulcro de Julio Ruelas, muerto en Pa- 
rís en Septiembre de 1907. 

El señor afable se dirige a un estante, coge un 
libro, busca en la R... 

—Ruelas Jules, n*est-ce pas? 

— Oui, monsieur, s'il vous plait. 

Inmediatamente encuentra el nombre, coge 
una papeleta, traza con lápiz unas líneas y nos 
la da, diciéndonos: 

— C'est de Tautre cote du cimetiére, á votrc 
gauche... 

Cogemos la papeleta o volante, damos las 
gracias y emprendemos la marcha a través del 
laberinto de tumbas, atravesamos una calle que 
divide en dos el cementerio y empezamos a bus- 
car las indicaciones que se nos señalan. 

El volante dice: 

«Cimetiére Parisién de Montparnasse. 

Hom— Ruelas, Jules. 

Date de rinhumation— 17-7-1907. 

26 División. 

26 ligne Est. 

No. 16 Nord.» 

A pesar de todos estos datos nuestra peregri- 
nación es difícil. Aquello no tiene límites. 

El viento nos flagela furiosamente la cara y se 
encarniza con nuestro paraguas. 

38 



Obras Completas 

Ni un guardián... 

Por fin, de,spués de mucho andar, vemos un 
hombre que barre las hojas alrededor de las 
tumbas; las hojas, muertas también, pero que, 
como las almas, gozan por eso mismo del pri- 
vilegio del vuelo. 

El barrendero, con la mejor voluntad, nos 
conduce, a través de bulevares, calles y calle- 
juelas de tumbas, al «16 Nord» de la «26 ligne 
Est>, «26 División». 

Desde antes de llegar divisamos una gran pie- 
dra granítica, irregular, tallada apenas, que se 
yergue con aspecto de menhir bretón, y en cuya 
gran superficie anterior, en letras rojas que mar- 
can muy bien sobre el elegante gris del granito 
sin pulir, se lee: 

«Julio Ruelas. 
1870-1907.» 

Más arriba, casi en la extremidad superior 
aparece, ahondada también en la piedra, cierta 
viñeta deliciosa de Ruelas: aquel fauno (todos lo 
conocéis) amable y musical que, encaramado a 
la rama de un árbol, toca su flauta de siete ca- 
ñas, teniendo por oyente a un cuervo absorto... 

El menhir parece custodiar la tumba, uno de 
cuyos bordes limita; la tumba, que es también 
de granito y sobre la cual se ve desolada, ven- 

39 



Amado Ñervo 

cida, trágica, una mujer de mármol, una larga 
mujer yacente, cuyas piernas se medio encogen 
con flexión angustiosa, cuya cabeza se hunde en 
no sé qué mare tenebrarum, cuya cabellera cae 
revuelta y desesperada hasta confundirse con el 
carrara. 

Es el monumento hecho por A. Domínguez, y 
ofrecido, entiendo que por Jesús Lujan, a su ad- 
mirable amigo Rucias... 

La gracia frágil de una enredadera brota de 
un hueco de la tumba y va a ceñir no sé con 
qué gesto familiar y cariñoso la erguida piedra 
druídica... 

Entre el alambre que sostiene los frágiles ta- 
llos trepadores y el plano vertical del granito, 
coloco mis tres humildes ramos de violetas: 

—Uno por Valenzuela, otro por Lujan, otro 
por mí, amigo Ruelas— pienso. 

Y luego me quedo un poco allí, de visita, sin 
que nadie turbe mi recogimiento. 

Pasan crujiendo las hojas secas. 

El viento entre las tumbas se retuerce llo- 
rando. 

—Grande amigo Ruelas, amigo silencioso, 
amigo genial, 

«siempre de negro hasta los pies vestido»; 

cr4« 



Obras Completas 

amigo a quien debo las más admirables inter- 
pretaciones de mis versos; amigo que me com- 
prendías con media palabra; amigo mío, aquí 
estoy... Y tú, ¿dónde estás? 

Gran artista Ruelas, espíritu envuelto en 
augustas sombras góticas, que, perdido en tu 
ensueño y en tu muda exaltación interior, pa- 
saste escéptico, indiferente por el mundo, sin 
desear más que el oro de las trenzas rubias y el 
oro afiligranado que ponías en tu vaso, ¡heme 
aquí contigo! Y tú, ¿dónde estás? 

Grande amigo Ruelas, el del broncíneo perfil, 
dantesco y triste, a lo menos tus camaradas te 
han amado hasta el fin; este granito oscuro, 
este mármol blanco, esta enredadera cordial lo 
atestiguan. 

¡Recibe, amigo, mis violetas y espérame del 
otro lado de la sombra! 




EL PADRE MORA 



1~Íace ya muchos años, en la sombría calleja 
de cierto hermoso pueblecillo de Michoacán, al 
pie de alto edificio pintado de rojo y precedido 
de gran jardín, frente a una puerta ojival, se de- 
tenían y apeábanse de sendas cabalgaduras un 
hombre cincuentón, robusto, bello, con gran 
barba fluvial que le caía sobre el pecho; y un 
niño de trece años, que debía mostrar en el ros- 
tro, ligeramente pálido, la fatiga de jornadas de 
diez y ocho leguas, hechas a caballo, por las in- 
terminables y polvorosas carreteras, llenas de 
huellas. 

Para llegar a aquella casa que empezaba a 
embozarse en sombras, clareadas a trechos por 
ia viva luz de las ventanas; a aquella casa, que 
42 



Obras Complétai 

era un colegio fundado por célebre sacerdote 
mexicano, el viejo y el joven habían hecho cinco 
dias de camino, tres días en diligencia y dos a 
caballo, desde la febril costa abanicada por pal- 
mas y datileros de oro, hasta el interior de la Re- 
pública, recogido y un poco melancólico. 

Sonó el viejo el aldabón, y el niño sintió que 
en su alma repercutían las vibraciones metálicas 
del aldabonazo. 

Abrióse en el muro amplia oquedad de luz, y 
una figura indistinta, después de cambiar con el 
que llamaba breves palabras, guió a los viajeros 
hacia gran sala, de donde se escapaban risas y 
ecos de conversaciones. 

Antes de llegar, un sacerdote había salido a 
su encuentro. Era joven, de aspecto distinguido 
y ademán enérgico y noble, con no sé qué de- 
cisión rápida en sus gestos; de ojos obscuros, 
llenos de luz y de bondad. 

El viejo saludó y presentó al niño, a quien el 
sacerdote echó, con movimiento franco y cor- 
dial, un abrazo alrededor del cuello. 

Luego, con ese don de gentes propio de los 
verdaderos educadores, desvaneció la zahareña 
timidez del recién venido, dirigiéndole afectuo- 
sas bromas paternales. 

—¡A ver esos conejos!— á\\o\Q de pronto, a 
tiempo que le hacía encoger el brazo de- 
recho. 

4S 



A m a d o Ñervo 

Los conejos no parecían; se anunciaban ape- 
nas con hinchazón leve de músculos. 

— Hay que hacer gimnasia— añadió, y de se- 
guida introdújole a la gran sala luminosa, que 
era el refectorio, donde a la sazón comían los 
internos, los grandes, los medianos y los chicosy 
provenientes todos de lejanas tierras. 



EL COLEGIO DE SAN LUIS 
GONZAGA 

Aquel sacerdote era el doctor en Filosofía, 
Teología y Derecho Canónico, don José Mora, 
Rector del Colegio de San Luis Gonzaga, de 
Jacona, en el Estado de Michoacán. 

El viejo de la barba fluvial era tío del adoles- 
cente, a quien traía de la casa paterna a los mu- 
ros tutelares del plantel, a través de un viaje de 
cinco días. 

En cuanto al nuevo pupilo, era nada menos 
que un servidor de ustedes, limpio aún de todos 
los barros del mundo, húmeda todavía el alma 
de los besos y lágrimas de la madre ausente, 
claro y diáfano como un cristal, y muy ajeno de 
presentir las andanzas peregrinas que le espera- 
ban en la Selva obscura de la Vida. 



44 



Obras C o ni p I e t a s 

¿Que por qué os refiero esto? 

Pues simplemente porque hoy, al abrir el 
Mundo Ilustrado del 13 de diciembre de 1908, 
encontré en la primera página el grande y bello 
retrato de un prelado, cuya fisonomía hizo sal- 
tar súbitamente mi corazón en el pecho, y des- 
pertó en mi memoria toda la nidada de re- 
cuerdos. 

Debajo del retrato se leía: 

ILMO. SEÑOR DON JOSÉ MORA, PRECONIZADO 
ARZOBISPO DE MÉXICO 



REMEMBRANZAS 

Sí, me saltó el corazón y púseme a pensar en 
muchas cosas: en las clases de aritmética y ál- 
gebra, durante las cuales el sabio Rector, que 
era una verdadera potencia en matemáticas, so- 
lía distraerse con una ecuación de segundo 
grado hasta olvidarse de nosotros, que diableá- 
bamos a quién mejor; en aquellas cacerías entu- 
siastas, en que en su pos íbamos, locos de gusto, 
por los sorprendentes paisajes michoacanos, los 
más bellos que he visto en mi vida, persiguien- 
do huilotas y patos golondrinos (ah, desde en- 
tonces de seguro que ni el señor Rector ni yo 
hemos vuelto a herir un ala); en aquellas pláti- 

45 



A m a a o Ñervo 

cas bajo el gimnasio inmenso, en los patios lle- 
nos de luz y de flores, durante los recreos; plá- 
ticas en las cuales el padre Mora y el padre 
Planearte nos hablaban de las maravillas de 
Roma, o bien nos enseñaban a deletrear en el 
cielo encendido de estrellas el alfabeto de oro 
de las constelaciones; en aquellos paseos por 
montes y valles encantados, en que tropezába- 
mos con pájaros nunca vistos; en los reñidos 
juegos de pelota, en las comedias clásicas re- 
presentadas con deleite cuando los premios; en 
las comuniones generales al rayar el dia, con 
música de pájaros y olor de rosas frescas; en 
los audaces nados en Orandino, en Camécuaro 
y en las albercas incomparables de Jacona; en 
los primeros por quéj en los primeros quién 
sabe!.,, 

Y recordé también la afectuosa queja del Pre- 
lado, que al visitarle en su Diócesis anterior un 
compañero mío de pupilaje de aquel lejano en- 
tonces, Bernabé Calero, le dijo, según me escri- 
bió éste: 

— iQuién había de creer que el muchacho que 
yo eduqué compondría los profanos versos a 
Verlaine! 



o t 7 a s Completas 



PADRE MORA, SIGO SÍEIV- 
DO AQUEL MUCHACHO 

No, padre Mora; no, ilustrísimo señor Mora, 
varón sabio y bueno, hoy digno arzobispo de 
México; mis versos no son profanos (de intención 
cuando menos); mis versos... no son más que 
versos, es decir, ruido del viento,., y en cuanto 
a mí sigo siendo aquel muchacho simple, tris- 
tón, distraído y afectuoso, que con vos apren- 
día tantas cosas; que con vos cazaba huilotas 
o resolvía ecuaciones, trepaba a los montes, 
salvaba a nado las lagunas, desenterraba ídolos 
en las yacatas y os pedía la resolución de todos 
sus problemas y de todas sus dudas... 

El muchacho simple, tristón y distraído, a 
quien el oro infantil de los cabellos empieza a 
volvérsele plata; pero que aún guarda en el 
alma oro mejor, para quienes le hicieron bien, 
y os lo ofrece: el oro de su viejo, de su filial 
cariño... 

El muchacho simple, tristón y distraído, que, 
por último, aunque indigno y pequeño, puede 
exclamar como Santa Teresa: «Yo soy de mi 
condición muy agradecido.» 



< MUS AS DE FRANCIA^ 

(LIBRO DE B ALBINO DÁVALOS) 



El cultísimo y elegante poeta Balbino Dávalos 
ha publicado, en Lisboa, donde con acierto poco 
común representa a nuestro país, un admirable 
libro: Musas de Francia, en el que se contiene 
esa labor de tantos años que todo el México 
intelectual conoce y admira, y merced a la cual 
los más grandes poetas franceses contempo- 
ráneos han encontrado un nuevo vaso, tan rico 
y precioso como el suyo original, para el santo 
vino de su poesía eterna. 

Las versiones, interpretaciones o paráfrasis 
que hay en el libro (impreso, por cierto, con 
una pulcritud y un primor dignos de la noble 
empresa) son de diez y nueve autores, entre los 



Obras Completas 

que se cuentan Théophile Gautier, Leconte de 
risle, Baudelaire, Sully Pfudhome, Verlaine, 
Richepin, Laurent Tailhade, Henri de Regnier y 
Helene Vacaresco. Muchos de estos trabajos 
eran conocidos y apreciados en España desde 
hace tiempo, y Diez Cañedo, especialmente en 
su Antología Ordenada de la Poesía Moderna 
Francesa, reproduce varios; sobre todo la insu- 
perable versión de la Sinfonía en Blanco Mayor, 
de Gautier. 

Cuando Balbino Dávalos dedicaba sus doc- 
tos ocios a tales interpretaciones, los poetas, ob- 
jeto de ellas, apenas si eran conocidos en Amé- 
rica por esas minorías que luego se superpo- 
nen para formar la posteridad, como dice la 
célebre frase. Ahora, tanto entre nosotros como 
en España, abundan las traducciones de tal ín- 
dole, en las que descuellan, con Balbino, Gon- 
zález Martínez, Antonio de Zayas, Manuel Ma- 
chado, Diez Cañedo, Leopoldo Díaz, Guillermo 
Valencia, Max Enríquez Ureña, que con una agi- 
lidad técnica poco común ha vertido muchos 
sonetos de Heredia, Martínez Sierra, Eduardo 
Marquina, nuestro Enrique Fernández Grana- 
dos, Aniceto Valdivia, etc., etc., etc. 

Diez Cañedo, cuyo espíritu se asemeja tanto 
al de Balbino, ha tenido en la elección de sus 
versiones las mismas preferencias que éste tuvo 
antes. Por ejemplo, en El Arfe, de Gautier, su 

49 

Tomo XXI i 



Amado Ñervo 

discreción, tan experta como siempre, halla me- 
dio de salir muy airosa: 



Sí, la labor de más belleza 
da la forma en que se exalte 

la destreza: 
mármol, ónix, verso, esmalte. 

Falsas violencias rehusa; 
pero si vas por derecho, 

calza, musa, 
un coturno muy estrecho. 
Desdeña el ritmo gastado, 
que es como zapato enorme, 

tan holgado, 
que a cualquier pie se conforme, etc., etc. 

Pero, para mi gusto y sentir, nuestro compa- 
triota ha sabido conservar al poeta francés toda 
la agilidad, toda la gracia, todo el desenfado 
aristocráticos, todo el sugerente espíritu sutil y 
delicado que lo caracterizan. Juzgue si no el 
lector: 



Sí; la obra es más radiante 
si el pulimento es terso: 

diamante, 
mármol, esmalte, verso. 

No haya presión intrusa; 
mas para andar derecho, 

joh Musa! 
lleva coturno estrecho. 



o > >• cf .<? Completas 

Al diablo el ritmo sosd 
que, como chancla floja, 

pie ocioso 
se calza o se despoja. 

Rechaza, estatuario, 
la arcilla trabajada 

de diario, 
con mente divagada; 

doma el rebelde paros, 
vcxice al carrara duro 

—los raros 
dueños del perfil puro—; 

arranca a Siracusa 
el bronce, que altanero 

acusa 
el rasgo hermoso y fiero; 

persigue en cornalina, 
con delicado apego, 

la fina 
faz del Apolo griego... etc. 

De la Sinfonía en Blanco Mayor, ¡qué voy a 
decir que no sea redundante! A pesar de nuestra 
apatía, el coro de alabanzas en las que llevaron 
la voz Gutiérrez Nájera y Tablada, fué unánime. 
Con decir que tiene un valor análogo al origi- 
nal, se dirá algo justo. Hizo época, y en España, 
cuantos la conocen corroboran tan motivado éxito: 

En las leyendas del Norte, alzando 
su cuello niveo como el jazmín, 
nadan mujeres cisnes cantaíitío 
sobre las aguas del vieíb Wiin. 
51 



Amado Ñervo 

De Los gafos viejos^ versión de Ginest, tengo 
yo un agradable recuerdo. Muchos aplausos me 
valió su lectura en una de las veladas que a mi 
llegada a Madrid consagré en el Ateneo a los 
poetas mexicanos. Y conste que esos aplausos 
fueron, sobre todo, para los versos y no para el 
recitador. 

El libro entero de Dávalos revela un gran 
amor a los modelos traducidos; un amor como 
deben ser todos los amores: desinteresado. Si la 
literatura entre nosotros ne nourritpas son hom- 
mCy la labor paciente, delicada, aristocrática, de 
Balbino, es de las que apenas si darían a su 
autor el alimento de que se mantuvo en sus ma- 
las épocas Leconte de Tlsle, quien, como es sa- 
bido, contestó a cierto indiscreto que le pregun- 
taba qué había comido entonces: -— «¡Raíces 
griegas! > 

Menos que eso necesitaron León Deubel, el 
francés, y Ernest Dowson, el inglés, para suici- 
darse, cansado de sufrir hambre, el primero, y 
para morirse casi literalmente de ella, el segun- 
do. Balbino, felizmente, no está abocado a des- 
ventura tamaña, y puede permitirse labrar belle- 
zas, improductivas e inútiles como todas las be- 
llezas. Aunque conoce como el mejor su técnica, 
yo le llamaría un dileftanfe, a la manera, me apre- 
suraré a decirlo, de esos señores que pueden 
permitirse el lujo de estudiar mucho y de pulir 
51 



Obras Completas 

lo que escriben, como, por ejemplo, el exqui- 
sito Conde, autor de las Perles Rouges y las 
Paroles Diaprées. Este diletantismo da al arte 
una contribución exquisita. Los que lo profesan, 
generalmente son ricos. Un bibelot de lujo les 
nspira, como a Henri de Regnier, un poema, y 
acaso un libro... escrito para que lo lean cien re- 
finados. Una arma antigua los induce a colec- 
cionar muchas más, a escribir un tratado erudito 
sobre los puñales florentinos o dalmatas, y a pu- 
blicarlo en edición preciosa de tiraje mínimo 
sur papier da Japón, con ejemplares nume- 
rados. 

Diletantes así han sido, entre nosotros, Tabla- 
da y Balbino Dávalos, a pesar de no ser ricos, 
y conste una vez aún que al darles este nombre 
nada resto a la plenitud de su labor artística, que 
he contado siempre entre las mejores. 

Si en Francia y en Inglaterra el diletantismo 
artístico y literario suele ir unido a la riqueza, 
que sugiere un aristocrático desinterés, en Amé- 
rica este desinterés, condición del propio dile- 
tantismo, viene del previo convencimiento de que 
es inútil querer ganar dinero con los versos, y 
de que, por lo tanto, más vale encerrarlos de una 
vez en el estuche de lujo de un bello libro, el 
cual, por lo restringido del tiraje, ha de ser, cuan- 
do menos, cebo de bibliómanos en breve tiem- 
po. De allí esos preciosos tomitos que se han 
53 



Amado Ñervo 

llamado Prosas Profanas, Las Montañas del 
Oro, Castalia Bárbara... De allí esos libros, hoy 
tan raros, del dicho Tablada, de Icaza, de Rebo- 
lledo, de algunos otros. 

Balbino, en su mocedad, desdeñó imprimir 
uno de estos volúmenes tan americano?. Su úni- 
co trabajo impreso fué, en 1901, su Ensayo de 
crítica literaria, plaquette erudita por excelen- 
cia, dedicada al análisis de algunas odas de Ho- 
racio, traducidas en verso castellano por Casa- 
sús. De él hizo una edición de cuatrocientos 
ejemplares numerados. 

Ocho años después, en 1909, se publicaron 
en Madrid Las Ofrendas, único tomo de versos 
del autor, en el que van mezcladas a las compo- 
siciones de juventud algunas inquietantes cosas 
modernas; versos de escepticismo, de hastío o 
de inquietad filosófica, de una rara factura y de 
un dejo a veces enigmático y por todo extremo 
insinuante. Este tedio que Chateaubriand «re- 
molcaba con pena>, mientras «iba bostezando 
la vida»; esa laxitud de que Flaubert decía, en 
Madame Bovary, que esconde en cada sonrisa 
un baillement d'ennui, ese esplín que incita a 
Barres a perseguir la agitación moral e intelec- 
tual continua, a buscar en el mismo pensamien- 
to de la muerte, para él odioso, un poco de sal 
para la insipidez de la existencia. Balbino lo sien- 
te muy hondo: 



Obras C o ,i p I e t a s 

«Ya no tendrá la vida arrobamientos 
de inmenso amor; los besos se nos hielan 
y ni siquiera el corazón flagelan 
dolores implacables y sangrientos. 

Ni esa fe misteriosa que te inflama 
es para mí consoladora llama; 
porque tengo el temor vago y sombrío 
de que nuestros dolores dejen rastro 
y haya de perseguirnos el hastío, 
como sombra del alma, de astro en astro.» 

Musas de Francia, labor impersonal, castiga- 
da, pura, límpida, ha venido después de estas 
Ofrendas, y es, por tanto, el tercer tibro de Dá- 
valos. 

Aguardemos ahora su obra otoñal. 

¿No dicen por ahí que el Otoño es el padre 
de la perfección? En todo caso debe ser el pa- 
dre de las orientaciones definitivas y seguras. Y 
no vendrán mal al campo literario hispano-ame- 
ricano estas orientaciones, en el actual momento 
en que, como decía Gastón Riou, en reciente 
libro muy bien acogido, hay gran anarquía y 
gran caos intelectual en todas partes, y en que 
la literatura, múltiple y contradictoria, carece 
por completo de dirección. 



55 



ANTONIO ZARAGOZA 



Una ola me dice: *¡ espera! ¡espera!» 
y otra ola me dice: *jolvida! ¡olvida!» 

Antonio Zaragoza. 



[j N intenso artículo de Manuel Puga y Acal, y 
unos bellos versos de Rafael de Alba, me anun- 
cian, sin previa noticia, que Antonio Zaragoza 
ha muerto. 
No le lloraré: 

No se debe llorar por los que han muerto, 

dijo Manuel Flores, y los que saben del más alláy 
los doctores en ultratamberías (que hubiera di- 
cho Unamuno), corroboran el endecasílabo in- 
tuitivo del poeta. 

No se debe llorar por los que han muerto. 

Nuestras lágrimas imprudentes detienen a los 
5^ 



Obras Completas 

amados fantasmas en pianos inferiores; ¡nuestra 
pena es un fardo para sus alas impacientes! 

Y si no se debe llorar por nadie, por Antonio 
Zaragoza, menos. 

Antonio Zaragoza era el verdadero desterrado 
en estas penumbras que llamamos luz y día. 

Como su resignación admirable y la alteza de 
su espíritu le impedían irse del mundo antes de 
que sonase la hora celeste, decidió compensar 
el destierro con la alegría de la caridad. 

Pasó haciendo el bien. 

Este gran sensitivo, este hondo e íntimo poe- 
ta, era un manirroto extraordinario. 

—Hijo— le decía en cierta ocasión su ma- 
dre—, no des dinero a los borrachos. ¡Mira que 
lo piden para beber! 

— Pero, madre, si no les doy yo, ¡quién va a 
darles! Por lo mismo que todo el mundo sabe 
que beben, nadie les dará! 

Su caridad era franciscana. 

¿Pues no dijo San Francisco que debíamos 
tener todos la cortesía de nuestro hermano el 
So!, que calienta a los buenos y a los malos?... 

¡A los borrachos y a los abstinentes! 

Tenía su caridad otras formas no menos de- 
licadas. 

En cierta Nochebuena, paseaba por los por- 
tales de Tepic con unas señoras amigas suyas. 

Llevaba la diestra hacia la espalda, y mientras 

57 



Amado Ñervo 

animadamente conversaba, a furto de sus ami- 
gas, la mano oculta iba repartiendo dinero a to- 
dos los pobres chicuelos que se apiñaban cerca 
de los juguetes y los miraban con ojos ávidos. 

Las buenas señoras no veían nada. 

... Pero yo sí veía al poeta hacer el papel más 
bello que se puede hacer en este mundo. 

¡Y con qué calor platicaba cuanto más pese- 
tas repartía! 

|Y el pobre no sabía que yo le estaba viendo! 

¡Y creía que su mano izquierda ignoraba lo 
que hacía su derecha! 



B 



Antonio de la Peña y Reyes me dijo en una 
ocasión: 

— jYo soy el Gayosso de la literatura! Poeta 
o escritor que se muere, artículo que escribo! 

Yo voy sustituyendo al ingenioso Antonio en 
esto del *gayosismo>, y no por amor a lo fúne- 
bre, sino por una cordialidad que traspasa la 
sombra, y también por una especie de compen- 
sación. Hay mucha gente que estimo y admiro 
y a quien el ruido de este mundo me impide, 
por años, dirigir la palabra. Cuando esta gente 
se vuelve invisible, paréceme que me oye mejor, 
y gusto de conversar con ella. 

Tal me pasa con Zaragoza, ese exquisito ol- 



Obras Completas 

vidado que desdeñó, sin despecho, la gloria... 
o lo que así solemos llamar. 

La gloria pudo, en efecto, ir a él; pero no la 
quiso. Prefirió el divino silencio y el sereno ol- 
vido: 



«Cuando Dios, que al que llora recompensa, 
se apiade, al fin, de lo que yo he sufrido, 
en silencio me iré como he venido: 
quiero en la sombra entrar. Tengo una inmensa 
necesidad de olvido.» 



En Tepic, la quieta ciudad en que yo nací, 
fué a anidar su espíritu luminoso, donde había 
una necesidad muy grande de amor y de bien; e 
hizo muy santamente en quedarse allí, lejos de 
las modas literarias, de la literatura misma, que 
nada tiene que ver con el genio; lejos del recla- 
mo, del sensacionalismo, de los arrivistas impa- 
cientes. 

La ciudad, llena de dulce monotonía, de ínti- 
ma y sedante mansedumbre, le premió su pre- 
dilección, pues en ella encontró el poeta el bien 
de más quilates que Dios ha escondido en las 
hondas vetas del espíritu: ¡encontró la Paz! 

jQué importa que el vocerío hueco de los 
aplausos no haya ido a buscarle! ¡Tenía la radio- 
sa diafanidad de su conciencia! 

Tenía muy cerca a su gran amigo el Mar, una 



m 



N 



de cuyas olas le decía: «¡espera! ¡espera!», mien- 
tras le decía otra ola: «¡olvida! ¡olvida!» 

Tenía corazones fieles. 

Tenía el misterio íntimo y casto de sus 
versos... 

Y, sobre todo, había encontrado la Fe, y con 
el versículo de Los Hebreos^ se mantuvo sereno 
y firme, cual si hubiese visto a Aquel que es in- 
visible! 




62 




SIN NOMBRE^ 



PRÓLOGO AL LIBRO DE FRANCISCO OROZCO MUÑOZ, 
VASIÓN Y CONQUISTA DÉLA BÉLGICA MÁRTIR" 



'IN- 



OEGURAMENTE, no he tenido nunca en mi vida 
una ocasión tan simpática como ésta de escribir 
algunas líneas preliminares para un libro. 

El libro que vas a leer, amigo, carece de títu- 
lo; el autor, al pedirme un prólogo, me ha pedi- 
do también un título. Le doy el prólogo, o lo 
que esto sea; el título no me atrevo a dárselo. 
Yo llamaría a estas páginas simplemente <Sin 
nombre >, como esos admirables retratos de mu- 
jeres desconocidas, que nos saturan de emocio- 
nes y de pensamientos... 

Es la historia de la invasión y conquista de la 
Bélgica mártir, vista y sentida maravillosamente 



Amado N e r v o 

desde Lieja, por un hombre noble, lleno de in- 
teligencia, de sensibilidad, de un amor casi mís- 
tico, casi franciscano, por todas las cosas. 

El ha visto agonizar día a día a la pequeña 
Bélgica divinizada por Verhaeren, a la pequeña 
Bélgica donde soñaron Rodembach el Misterio- 
so y Lemonnier el Fuerte, y donde Maeterlinck 
clavó el dardo sutil de su inquietud espiritual en 
la entraña del misterio... 

Día a día ha ido anotando sus angustias, sus 
ternuras, los estremecimientos de su piedad. Ha 
ido auscultando el corazón de Lieja, que sucum- 
bía, hosca o resignada, en medio de la tarde se- 
rena... 

Son estas páginas más interesantes que mu- 
chas interesantes novelas, porque por ellas pasa, 
intensa, soberana, la Vida; porque sobre ellas 
proyecta su sombra gigantesca el dolor. 

Una poesía muy honda, una filosofía muy de- 
licada se desprende a cada paso del concepto 
probo, de la frase ingenua, simple, austera a 
veces, saturada siempre de una suprema miseri- 
cordia y de una suprema comprensión. 

Cada capítulo es cuadro de verdad poderosa, 
que llega directamente al nudo de la sensibili- 
dad, que sabe buscar el alma como una certera 
flecha invisible. 

Yo estoy seguro de que, quien comience a 
leer este libro, lo leerá con cautivada y tembló- 



Obras Completas 

rosa atención hasta el fin. Desgraciadamente es 
un volumen breve; ánfora estrecha en que ape- 
nas cabe tanta esencia». 



B 



Lieja ha sido ya conquistada, como Bélgica 
entera, por el alemán gris, automático, de mo- 
nóculo (que aun en los cadáveres, como nos 
cuenta el autor, queda afirmado a la cavidad 
ciliar, por las supremas contracciones de la 
muerte). La lucha portentosa de la pequeña Bél- 
gica ha concluido. La ola invasora, el ciclón me- 
cánico se desborda sobre la dulce Francia. Lie- 
ja, mudamente, resignadamente, recomienza a 
vivir. Están cargados de frutos «los ái boles que 
hablan madurado en medio de la metralla* . 

En el mercado, las mujeres no hablan de la 
guerra: «pregonan la riqueza de su fruta, de pie, 
erguidas; con el seno aún erecto, aptas para una 
nueva fecundación.» 

«Compro fruta— nos dice el autor — y clavo 
en ella mis dientes de lobo, hasta la encía, para 
mejor sentir su eternidad.» 

«El amigo que me acompaña me dice: «Los 
cascos puntiagudos vigilan el mercado.» 

«Sí, es verdad — le contesto—; son los alema- 
nes unos hombres fuertes que pasarán, como 
tantos otros han pasado; ipero la miel perfuma- 



Amado N e r v ( 

da de estas ciruelas será siempre la misma; gús- 
talas!» 



B 



Así termina este bello libro de amor, de ver- 
dad, de nobleza, de melancolía, que escribió el 
joven practicante de medicina don Francisco 
Orozco Muñoz, alumno de la Universidad de 
Lieja, después de haber pasado días inolvida- 
bles curando heridos en los hospitales. 

El señor Muñoz, hijo como yo de ese adorado 
país que se llama México y que hace cinco años 
se suicida porque no hay quien quiera sacrificar 
sus ambiciones personales ante el altar de la Na- 
cionalidad, se ha compenetrado, merced a su 
propio dolor, con el dolor de Bélgica; de Bélgi- 
ca que ha caído, sí; pero ante la admiración en- 
ternecida del mundo, después de una lucha mi- 
lagrosa con la potencia militar más formidable 
que hayan visto los siglos; muy de otra manera 
que como estamos sucumbiendo nosotros. 



B 



Cuando tornes al Anahuac, amigo mío, des- 
pués de aquel casi total derrumbamiento, yo sé, 
porque te conozco y porque me lo has dicho, 
que has de prestar tu mano ancha, noble y fuer- 
64 



Obras 



m p I e t a s 



te para la reconstrucción de la Patria nueva, de 
esa Patria en que ya no habrá sino mexicanos 
unidos por el mismo amor. Y tú sabes, porque 
también íe lo he dicho, que yo, en el libro, en 
el periódico, en la vasta tribuna del mundo que 
habla español, he de ayudarte a ti y a todos los 
buenos como tú, en la obra santa de la recons- 
trucción nacional. 




65 



Tomo XXI 



MORELOS 



£,RA aquel héroe, el de las cimas, el de las águi- 
las, al que veían atónitos los soldados del virrei- 
nato y pávidas, intimidadas, las estrellas. Era 
aquél un héroe de progenie hercúlea; su espada 
fué el relámpago; su pedestal, la más alta mon- 
taña; su contendiente, el Destino. 

La inteligencia de Morelos veía todo. El fué 
quien vio primero a la República. Algo no vio 
jamás ese hombre: el miedo. 

Bajaba como alud del monte; se desprendía 
como torrente de la cumbre; le vieron mil veces 
caer sus enemigos, pero no como cae el gladia- 
dor herido, sino como cae el rayo. 

En nuestra guerra de Independencia, Hidalgo 
representa el amor que crea; Morelos, la fuerza; 
Guerrero, la constancia. 

Co 



Obras Completas 

Parece que Morelos desenraizaba héroes, 
como un titán arranca cedros. Parece que le se- 
guía no un ejército, sino un bosque de campeo- 
nes. La muerte se desplomó al herirle, y arrodi- 
llada entonó el salmo de la inmortalidad. A ese 
hombre no lo hizo la sociedad, lo hizo la Natu- 
raleza. Brotó esa luz de la sombra, como la auro- 
ra y como el rayo. 
No heredó el genio, lo conquistó. 
Fué de los videntes; fué de los zahoríes, de 
los que crean por la potencia invencible de la 
voluntad. Adivinaba. 

Hidalgo dio el toque de clarín. Morelos fué 
el capitán. Iturbide se aprovechó de la Insur- 
gencia, como el soldado toma lo que la solda- 
dera lleva en su canasto. 

Hidalgo fué el de la torre... el de la torre 
en que se llamó a misa de la Patria; More- 
los, el de la mañana, el de la llanura, el roble, 
el río; Guerrero, el tenaz, el irreductible, el 
antecesor histórico de Juárez; Iturbide, el del 
cuartel. 

Todos ellos fueron útiles a la causa de la In- 
dependencia. 

Pero sintetizando nuestro pensamiento, bien 
podemos decir: Hidalgo es venerable; Morelos, 
hermoso; Iturbide fué útil. 

Alcen hoy las boscosas montañas un himno 
al héroe augusto; canten las cataratas la oda 

67 



Amado Ñervo 

a sus proezas, y corone la Cruz del Sur el se- 
pulcro del Mártir... 

En la sala de fiestas se leyó una tarde inolvi- 
dable la lista de los premios que un Jurado in- 
ternacional otorgaba a los expositores, y la so- 
lemnidad revistió un carácter no superado hasta 
hoy por nada ni por nadie. Veinte mil especta- 
dores, cuando menos, acudieron, y unas seis- 
cientas voces de mujeres iniciaron el acto con 
un himno que Saint-Saens compuso y que era 
un prodigio de unción, de alteza y de armonía. 
Después, ante el noble presidente, que desde su 
tribuna dominaba el conjunto maravilloso en- 
vuelto en la gloria tricolor de las banderas fran- 
cesas, tras de las cuales va siempre como una 
hada la cultura, desfilaban representaciones de 
todos los pueblos, al son de sus himnos de 
amor, de guerra y de gloria. 

Los Estados Unidos, aún ebrios por la em- 
briaguez de su última victoria, pasaron escol- 
tando la gran bandera de las estrellas y las ba- 
rras, ingenuamente ufanas de sus triunfos... y 
los rusos llegaron después con su bandera de 
topacio, en cuyo centro el águila bicápite des- 
plegaba las alas, y era un símbolo de reciente 
alianza de los tártaros amarillentos y los hijos de 
la Estepa Nevada... 

Pasaron después los linajudos españoles, orgu- 
llosos, tristes y severos, agitando la flama roja y 



Obras Completas 

gualda de su bandera conocida de todas las bo- 
rrascas, que habló de tú a todos los océanos; en 
otro tiempo... (en otro tiempo, cuando Dios que- 
ría..,) Ondearon de pronto los tres vivos colores 
de Iguala, que enfiestaba una mano cariñosa, y 
cuando las bandas esposaron unidas ia marcial 
pompa de nuestro Himno Augusto, mis ojos se 
nublaron de lágrimas; la patria pasaba, sí; mi 
patria; todavía infantil, con la gracia pasiente de 
sus primaveras, y también con la precoz tristeza 
de los niños que se asoman vagamente a la 
vida. Mientras, airosa sobre el campo blanco, el 
águila inflemátlca abría las alas e hincaba las 
uñas en la esmeralda del nopal, silvestre pie- 
dra preciosa, yo, con la mirada del alma puesta 
en mi tierra distante, soñaba; soñaba en una 
México poderosa y activa, a cuyas puertas lle- 
gase de continuo un romerío de naves; soñaba 
en una México temida y más que temida, ama- 
da, hegemona, y que fuese la metrópoli latina 
de América. Soñaba en que la vieja sangre te- 
nóchica y la no menos vieja sangre ibera, palpi- 
tasen otra vez en nuestras venas, resucitando 
para el bien y para las libertades. Soñaba en 
una México que mostrase aunadas en su frente 
toda su juventud y sus leyendas, dejando adivi- 
nar en sus pupilas enormes, rizadas y oscuras, 
dos poesías divinas: la poesía heroica de su pa- 
sado y la dulce poesía de su presente, de su 

60 



Amado Ñervo 

renacimiento definitivo; la poesía del águila 
vuelta cóndor, del cóndor vuelto montaña, de la 
montaña vuelta astro... Mas cuando abrí los 
ojos, el símbolo habia pasado; resonaba el sa< 
lón en todos sus ámbitos con el himno postrer 
de las niiísicas, y allá fuera, en el inmenso para- 
lelogramo del Campo de Marte, en que pasean 
las sombras de los viejos legionarios, la torre 
Eiffel, como un signo inmenso de la admiración, 
envía al infinito donde temblaba ya el alma lu- 
minosa de las primeras estrellas! 




DON JOSÉ CANALEJAS 



JriOY que Europa toda tiene puestos los ojos 
en el ilustre estadista, jefe del Gobierno español, 
quizá no carezcan de oportunidad las siguien- 
tes notas escritas hace cuatro anos, y destinadas 
a formar parte de un libro intitulado Los Gran- 
des de Españüj libro que no creo se publique 
jamás: 

Yo me imaginaba más viejo a don José, y esta 
imaginación es ya un elogio. 

¿No os halaga, en efecto, a vosotros, que al 
conoceros alguien os diga:— Yo me lo imagina • 
ba a usted más viejo? 

Es esta frase la más delicada de las alabanzas, 
a condición de que no sea estudiada, sino que 
surja ingenuamente, como inspirada por cierta 
sorpresa. 

71 



Amado Ñervo 

Ella quiere decir: «La labor que usted ha he- 
cho, la obra que usted ha realizado, es muy su- 
perior—o superior simplemente — a su edad; 
requiere el esfuerzo de más años que les que 
usted ha vivido. Así, pues, para el excepcional 
cerebro, o la excepcional energía, o la excepcio- 
nal laboriosidad de usted, los años han contado 
doble, han tenido doble tiempo; las jornadas de 
vigilia y estudio han sido de cuarenta y ocho 
horas, como la noche en que fué concebido 
Hércules...» 

Aunque, bien mirado, muchas veces juzga- 
mos a los hombres por los puestos a que han 
llegado— siendo muy merecidos esos puestos— 
y nos maravillamos de la altura política alcanza- 
da. Y luego queremos que el cartabón estableci- 
do por los que siendo jóvenes llegaron muy alto, 
sirva para otros hombres superiores, y los des- 
deñamos porque a ese cartabón no se ajustan. 

Al general Boulanger le dijeron en cierta me- 
morable ocasión: «A vuestra edad. Napoleón es- 
taba en Santa Elena...» 

Napoleón, a los veintinueve años, había he- 
cho ya la campaña de Italia, y se permitía el lujo 
de dedicarse un poco a la filosofía y a la litera- 
tura, y de entrar al Instituto de Francia a ocupar 
la vacante de Carnot, al lado de Laplace... 

Mientras se lanzaba de nuevo a la conquista 
del mundo. 

72 



Obras Completas 

Alejandro, que entretenía su infancia en do- 
mar a Bucéfalo, había conquistado la tierra a la 
edad en que Jesús moría después de haber cam- 
biado la faz de todas las cosas. 

Y estos nombres resplandecientes aplastan a 
quienes luchan por enseñorearse del porvenir, 
y vuelven a los pueblos espectadores exigentes 
con aquellos individuos que, distinguiéndose de 
los demás, no aciertan, sin embargo, a llegar jó- 
venes a la meta, sin pensar en que, en nuestros 
países latinos, especialmente, hay aún el incon- 
movible prejuicio, que tanto daño nos hace, de 
que determinados empleos y dignidades no han 
han de darse sino a las cabezas blancas. 

Pero volvamos al mundo después de haber- 
nos codeado con semidioses, y digamos que, 
justamente, un escritor español en pasados días 
se quejaba de ese prejuicio de que hablo arriba, 
afirmando que en España está más enraizado 
aún que en Hispano-América, y que aquí se es- 
torba el paso a las cabezas que, cuando menos, 
no llevan ya mezcladas «la pimienta y la sal...» 

Creo exagerada esta afirmación. 

Conozco, por ejemplo, muchos ministros es- 
pañoles: Romanones, García Prieto, Pérez Ca- 
ballero, etc., que o frisan en los cuarenta o los 
han rebasado apenas. 

73 



Y en cuanto a don José Canalejas, no creo que 
tenga más de cuarenta y cinco años, nueve lus- 
tros apenas, que le han bastado para ser una de 
las más significadas figuras del foro español y 
del partido liberal, presidente de la Cámara de 
diputados, publicista notable, polemista de reco- 
nocida fuerza, y el primer orador de España, a 
juicio de propios y extraños. 

Creo que esto ya es mucho para los cuarenta 
años y «pico » (o sin el pico) de don José Canalejas. 

En España, como en Francia, lo he dicho al- 
guna vez, todo el mundo es orador. Yo he oído 
hablar a gentes que no tienen por oficio la ora- 
toria ni mucho menos, sino que se ven precisa- 
das en determinadísimas circunstancias a cam- 
biar por la plata de la elocuencia el oro de su 
mutismo, y todas ellas se han expresado fácil- 
mente, discretamente, gallardamente. 

¿Qué más? hasta a un ex torero famoso, y con- 
cejal hoy, al mismísimo Mazzantini, le he oído 
brindar con «cierta» galanura y «cierta» fluidez. 

El «repentista», como decimos en México, 
abunda aquí en todas las esferas sociales. 

En España nadie se queda callado; a nadie lo 
achican con un discurso. 

La réplica fina, inmediata, afilada, surge sin 
esfuerzo de todas las bocas, hasta de las más hu- 
mildes. Cualquiera de esos baldíos golfos de la 
Puerta del Sol tiene su verba acerada y vistosa. 

74 



Obras Completas 

Es gracia, pues, y m'icha, que en un país emi- 
nentemente elocuente, don José Canalejas sea 
reputado como gran orador. 

Don José Canalejas es de mediana estatura, 
muy moreno, bien encarnado, con una cara por 
todo extremo enérgica (que enmarcaba antes 
recia barba gris). Sus ojos, escondidos tras de 
las gafas, ayudan relativamente poco a la expre- 
sión de su fisonomía. 

Además de las lineas precisas y resueltas de 
su rostro, la característica de éste es la mandí- 
bula inlerior: fuerte, imperiosa, sólida, vigorosa- 
mente dibujada. 

Don José Canalejas, si me permiten ustedes 
que se lo diga, tiene quijadas de león, y me re- 
cuerda, no sé por qué, siempre que lo miro, 
aquellas palabras bíblicas, la adivinanza aquella 
del coloso que llevó en sus espaldas las puer- 
tas de Gaza, y que, abrazándose a la columna 
madre del templo filisteo, lo hizo desplomarse; 
adivinanza que le inspiró la quijada de un león, 
vuelta por las abejas colmena, y encontrada en 
un sendero. 

También de esa poderosa quijada de león de 
don José Canalejas, cuando habla, salen la miel 
y la dulzura de su espíritu, lleno de bondad, de 
indulgencia, de serena filosofía y de austera sen- 
cillez antigua. 

71 



Amado Ñervo 

Sin duda que hay en España otras gentes que 
hablan admirablemente, pero *aliquando>... (no 
se ofenderán ellas si las comparo con Ho- 
mero). 

Don José no tiene «aliquando>. 

Su oratoria maciza marcha en columna ce- 
rrada a la conquista de los entusiasmos; sin va- 
cilaciones, sin decaimientos, segura, imperiosa 
y, al propio tiempo, risueña y florida. 

Las sucesivas operaciones de su entendi- 
miento para crear, formar, ordenar y pulir la fra- 
se, son de tal suerte vertiginosas, que manan sin 
cesar los períodos, ya perfectos, ya lujosos, so- 
noros, redondos, magistrales. 

Y al propio tiempo que estas múltiples y com- 
plejas operaciones se hacen, la imaginación de 
don José está ya avizorando la réplica posible 
la objeción (de una probabilidad más o menos 
lejana), para salirles al paso, herirlas en mitad 
del pecho, ponerles el pie en la recia coraza, la 
punta de la espada en la garganta, y decirles: 
«jRíndete o te mato!» 

[Y qué persuasión, y qué entusiasmo, y qué 
sugestión hay en esta oratoria de don José! ¡Y 
qué cálida brota, y qué avasalladora corre, y 
qué insinuante y suave y mimosa también, sabe 
envolver al espíritu! 

Mientras haya hombres como don José Cana- 
lejas, la oratoria española nada perderá de sus 

76 



Obras 



m V I e t a 



tradiciones de gloria, de su viejo prestigio uni- 
versal. 

Es don José de tantos quilates como aquellos 
tribunos que se han ido alrededor de la gigan- 
tesca figura de Castelar, y que acaso hoy, en las 
apacibles praderas elíseas, al quieto fulgor de 
una suave tarde sin fin, departen con las figuras 
augustas de los Demóstenes y los Marco Tuíio, 
los Mirabeau y los Gambeta, en diálogos dignos 
de continuar los de Platón... 




77 




QUEROL 



O A sido ayer cuando, bajo un cielo todo de 
plomOjfrío y húmedo, fuimos a enterrar a Querol. 

Y ha sido en el año de 1906, muy recién lle- 
gado yo a Madrid, cuando lo glorificamos, en 
una plácida arboleda, a la orilla del Manzanares, 
con motivo de un triunfo nuevo, de los inconta- 
bles que iban a buscarle. 

Don José Canalejas le ofreció el banquete. 
Querol, temblando, escuchaba. 

Y decia don José: 

— Veis a ese hombre que ha dado vida a tan- 
ta piedra, ahora como sin vida por la emoción y 
vuelto más piedra que sus estatuas... 

Y así era, en efecto. Querol, que no hablaba 
nunca en público sino con sus cinceles, alli es- 



Obras C o yn ¡) I e t a' s 

taba coa lágrimas en la mirada, penetrado de 
mutismo y de inmovilidad. 

Yo le recité unos versos, testinadamente com- 
puestos para ese mismo día (1). 



B 



Conocí a Quero! en París, en 1900, en ocasión 
en que recibía la gran medalla destinada a Es- 
paña por la escultura y que él había ganado. El 
Luxemburgo le abría sus puertas, donde hace 
muchos años figura en sitio de honor su mara- 
villosa Tradición, 

A su lado estaba siempre en esos días otro 
hombre, de cara nazarena, cuya manquedad hizo 
decir a Rubén Darío en un soneto potente (com- 
puesto cierta noche en que cenábamos juntos en 
el bulevar) y después de hablar de la Venus de 
Milo y de la Victoria de Samotracia: 

«¡No hay ninguna obra bella que no esté mu- 
tilada!» 

Nombro a nuestro Jesús Cofttreras. 

Tenían Querol y Contreras la misma impa- 
ciencia por el trabajo y por la gloria, impacien- 
cia que he advertido en otros artistas que han 
de morir jóvenes, y que es acaso un presenti- 
miento que lo£ constriñe y compele a crear mu- 
cho y de prisa, por miedo de las manos lívidas, 



(l) Obras Completas. Vol. lil, págs. 82-83. 
79 



Amado Ñervo 

impotentes y yertas que pronto se cruzarán so- 
bre el pecho en lo definitivo de la muerte! 

En Madrid, Querol y yo intimamos. Un gran 
retrato suyo con palabras fraternales, se ve en 
serenos muros de mi estudio. Como su taller 
estaba a un paso de la Legación, era frecuente 
que, concluidas las tareas cancillerescas, fuese 
yo a buscarle y a respirar a su lado un poco de 
entusiasmo por el ensueño. 

Una fachada de sencillez griega se destacaba 
de la trivialidad de las otras en el paseo del 
Cisne. Tras ella, el infatigable martillo golpeaba 
día y noche al cincel. 

Un concejal propuso que a aquella calle aris- 
tocrática y silenciosa se le llamase de Querol. El 
artista no quiso. 

Yo aprobé su negativa. 

—Así, «del Cisne», está mejor—le dije—. Es 
un nombre blanco y emblemático y jovial... como 
las estatuas... 

Una verja separaba el estudio de las acacias 
del paseo. 

A ella iba a llamar todo Madrid, del rey 
abajo. 

Un día llegó el príncipe don Carlos a contem- 
plar el busto de la infanta doña Mercedes. 

—¡Déjeme usted un poco aquí solo con ella, 
para verla bien!— insinuó. 

Y en un rincón del gran taller quedaron por 
80 



Obra s C o m p I e . u s 

mucho tiempo el infante y la estatua en tete á 
tete nobilísimo. 

Cuando salió el infante tenía los ojos húme- 
dos y su emoción honda y contenida era el me- 
jor elogio para el escultor, que había sabido re- 
sucitar a la muerta augusta. 



B 



—¡Trabaja usted demasiado!— decían todos a 
Querol. 

Pero él no quería oir. Ni quería pensar más 
que en crear, con la festinación de los «Adverti- 
dos» de que habla Maeterlinck. 

Todavía a las dos de la mañana iba y venía la 
temblorosa mano sobre la plasticidad de la ar- 
cilla. 

México, la República Argentina, Perú, el Ecua- 
dor... toda nuestra América venía a pedirle esta- 
tuas y monumentos. 

Y él se complacía en trabajar para nosotros. 
Para México eran una fuente monumental y 
unos pegasos trabajados con alegría y amor; 
para la Argentina, un monumento a Mitre; para 
el Ecuador, uno conmemorativo del Centenario. 
Había concluido, además, el proyecto del gran 
monumento de los Sitios de Zaragoza. 

En su jardín, entre la verdura, erguíanse los 
enormes bloques de Carrara. Y uno a uno iban 

81 
TOMO XXI 6 



Amado Ñervo 

pasando al taller y se iban convirtiendo en in- 
mortalidad. 

Querol quería, sobre todas las cosas, durar. 
En el zócalo de su célebre monumento a Que- 
vedo, que se yergue en la gran plaza de Santa 
Bárbara, en el cofre en que quiere la costumbre 
que se guarde una acta de la inauguración y al- 
gunas monedas de la época, Querol tuvo la idea 
bella y singular de poner una especie de carta 
«a los artistas del porvenir>, a los que trabajen 
y piensen cuando el monumento se desmorone, 
mordido por los siglos. 

Cierta tarde, en la intimidad de su estudio, me 
leyó una copia de esa carta, de la cual creo re- 
cordar la siguiente frase: {Vosotros habréis ya 
dominado en absoluto la forma que para nos- 
otros es aún tan bronca y rebelde, y el Arte será 
acaso para vuestros espíritus como una vibra- 
ción, como una luz!... 



^ 



Y ahora, amigo glorioso, tú que a los cuaren- 
ta y seis años lo habías conquistado todo; amigo 
nobilísimo, simple, generoso, cordial, el de la 
perenne sonrisa, el del sí acogedor para todas las 
demandas, ahora, envuelto en tu sayal de fran- 
ciscano, duerme bajo la lluvia de este desapaci- 
ble y helado otofío... 

82 



Obras Completas 

iCuántas veces, al lado del fuego o en tu jar- 
dín, bajo la palidez de la luna, mientras los ga- 
tos mostraban sus siluetas ondulantes y eléctri- 
cas entre los mármoles, hablamos del más allá! 
¡Tú creías en la inmortalidad, Querol! ¡Y cómo 
no, si salla a cada paso toda blanca y luminosa 
de tus manos!... Tú creías, sí, y ahora, sin duda, 
vagas por los Campos Elíseos de la muerte, ha- 
bitáculo de toda paz, y conversas con aquellos 
insuperables que se llamaron Cleomeno, Fidias, 
Praxiteles, Miguel Ángel, Donatello, Alonso 
Cano y Benvcnuto... 

Tú que en tus columnas, en tus basamentos, 
en tus zócalos, desprendías de la mole misma 
todas esas figuras aladas, que rodean tus monu- 
mentos, porque, según tu admirable frase que 
muclias veces me dijiste, querías que la materia 
volara, ¡tú, ahora, pensado y llorado, amigo mío, 
ya tienes alas, sí, ya tienes alas! 




8S 



SALVADOR RUEDA 



Es bello, ahora que los poetas se vuelven «pre- 
ciosistas», nimios, lapidarios; ahora que todos 
están blasé^ que se encuentran de mal tono cier- 
tos entusiasmos, ciertos júbilos; ahora que las 
exaltaciones sentimentales se califican desdeño- 
samente de romanticismo... o de otro «ismo> 
peor aún, de «histerismo»; es bello, digo, en esta 
época de los poetas sutiles, refinadamente sub- 
jetivos, complicadamente modalizados, es bello 
ver a un poeta como Salvador Rueda, enamora- 
do profundamente de la Naturaleza, latiendo es- 
piritualmente al par del ritmo robusto y eterno 
de la vida, apasionado por todo lo que es la 
vida misma, no falsificada ni desnaturalizada por 
el hombre. 

H 



Obras Completas 

Este poeta ha logrado a los cuarenta y nueve 
años— no aparenta más de treinta y cinco— no 
sólo conservar, sino intensificar sus entusiasmos 
de la primera juventud. 

La musa vive perennemente dorada por la 
mañana y perfumada por la primavera. 

Cuando se leen sus versos —aun sus últimos 
versos, por ejemplo, el tomo Fuente de salud, 
que me ha traído no hace muchos días— se1ma- 
ginaria uno— a no ser por ciertas habilidades 
técnicas, por ciertas expertas formas, que denun- 
cian al conocedor de su métier—se imaginaría 
uno que asoma detrás de las páginas llenas de 
luz la cara lozana de un poeta de veinte años. 

Por eso la juventud de Salvador Rueda se 
perpetúa en España. 



B 



El lo ama todo de amor: la noche y el día, la 
lluvia y el sol, las moras silvestres y las parras 
preñadas de las gotas mágicas que alegran el co- 
razón del hombre: las pastoriles carretas que pa- 
san lentas y ruidosas en la tranquilidad de los 
paisajes vespertinos, y el mar musical y I^ mon- 
taña azul, y la libélula, joya del aire, y la piedra 
del camino... Y este ?mor es ardiente como el 
de un novio. Yo he visto húmedos los ojos del 
poeta, al hablarme, con esa voz queda, con ese 

85 



Amado Ñervo 

opaco y expresivo registro medio que la carac- 
teriza, de su adoración a la divina madre de cuyo 
seno salimos y al cual hemos de volver para las 
grandes transformaciones de la muerte... 

—Yo temo morir— me decía la otra noche — 
porque ya no veré más todo lo que amo con 
tanta pasión, esto que es el máximo de belleza 
creada: esto que se llama viento, mar, campo, 
montaña, espiga, flor, ala, piedra... esto que otros 
seguirán viendo sin mí! Yo no concibo el paraíso 
sino como una exaltación, como una glorifica- 
ción de la Naturaleza. Yo quiero un paraíso... 
pero así, tan bello como es el mundo, como es 
el árbol, el nido, la brisa, el sol y la golondrina. 

Hablábamos cierta vez del maravilloso San 
Francisco de Asís: 

—Lo adoro— me dijo— en tanto que atormen- 
ta su cuerpo el pobre «jumentillo» tan despre- 
ciado por los grandes ascetas. 

Amarlo todo, sentirse viento con el viento, 
agua con el agua y fulgor y vida con el sol... 
Bueno. ¡Pero por qué atormentar esta maravi- 
llosa, esta notabilísima máquina de nuestra car- 
ne, hecha con complacencias por la Naturaleza 
paciente, con complacencias afinadas a través 
de los siglos...! Esto decíamos los dos dentro de 
nuestro amor al sublime panteísmo de San Fran- 
cisco. 

B 
80 



Obras Completas 

Salvador Rueda no sabe francés, no quiere 
saber francés... 

¿Hace mal? 

¿Hace bien? 

¡Cómo podría yo juzgarlel 

De Málaga— la tierra de mis abuelos— viene 
este sol que dora sus versos, viene este ritmo 
sano que late en las estrofas, muelles o vigoro- 
sas, lánguidas o vivaces; ritmo que es como la 
suave palpitación de un seno de mora, recosta- 
da bajo el azul del cielo, junto al azul del mar. 




87 



LOS GRANDES DE ESPAÑA 
DON BENITO PÉREZ CALDOS 



(^ONFiESO que, aunque conozco en España a 
todos los escritores y poetas del «último barco», 
que son los que naturalmente están más cerca 
de mi espíritu, y que se llaman Azorín, Pío Ba- 
roja, Valle-lnclán, Luis Bello, los Machado, Pa- 
lomero, Villaespesa, etc., no me he apresurado 
mucho que digamos a tratar personalmente a las 
celebridades ya consagradas. 

A don Marcelino Menéndez y Pelayo me he 
contentado con leerlo y verle pasar; lo mismo a 
don Armando Palacio Valdés. A doña Emilia 
Pardo Bazán la encontré casualmente en casa de 
los condes de Vilana, y acabo apenas de enviar- 
le mi último libro con una carta, a pesar de que 
83 



Obras Coint^letas 

Chocano me afirma que los mexicanos, los es- 
critores especialmente, no olemos para ella a Al- 
galia desde que Panctio Icaza pretendió que ha- 
bía no sé qué afinidades literarias entre un libro 
suyo y otro de cierto vizconde francés... A Ca- 
vestany y a Emilio Ferrari también casualmente 
los he conocido, y en cuanto a Grilo, que las 
Musas se dignen emplumarme si llevo trazas de 
conocerle. 

Y es que me disgusta profundamente ese pa- 
pel de admirador hispanoamericano que viene a 
prodigar adjetivos, a rendir parias y a dar la lata, 
y soy el menos a propósito para desempeñarlo. 

En primer lugar, porque esta facultad de ad- 
mirar la ejerzo yo muy poco en los hombres, 
pues cada día hallo en el mundo menos hom- 
bres admirables, encontrando en cambio cada 
día también más admirables las cosas de la Na- 
turaleza; y en segundo lugar, porque en concre- 
to no admiro a casi ninguno de estos señores, 
¡ni cómo podría ser de otra manera! 

Yo no veo por qué el que no ha hecho nada 
grande en su juventud ha de ser admirado por 
la autoridad que da la vejez, y hallo, además, 
que cualquier poeta moderno de talento realiza 
obra más bella, más honda, más adivinativa de 
emoción y de arte que ese eterno retumbar de 
octosílabos y endecasílabos, de sonetos y déci- 
mas oratorios que deleita los oídos infantiles 
83 



Amado N t r v o 

como una murga que pasa por la calle, y que 
enfáticamente recitados por enfáticos actores, 
han desconceptado en absoluto una escuela de 
declamación. 



B 



Pero si tengo muy pocas admiraciones para 
los hombres, en cambio las que me quedan son 
muy claras, muy cristalinas, muy sinceras y muy 
grandes, y conste que la más intensa de ellas es 
a que siento y he sentido siempre por don Be- 
nito Pérez Galdós. 



B 



Es curioso ver lo poco que la Prensa se ocu- 
pa y se ha ocupado siempre de don Benito Pé- 
rez Galdós. Su reputación ni ha contado jamás 
con la ayuda de las gacetillas ni ha necesitado 
jamás de esa ayuda. Sus libros se han abierto 
siempre camino dignamente, silenciosamente, y 
acontece y ha acontecido que toda una edición 
se agote sin que los periódicos hayan apenas 
dado cuenta de ella. 

En cambio, es común que muchos diarios se 
desgañiten gritando las excelencias de un libro, 
y que éste se quede en las bodegas de las libre- 
93 



Obras Completas 

rías, como la obrilla que vendía Navamorcuen- 
de, el del epigrama. 

Estas observaciones hacíamos por cierto Valle- 
Inclán y yo, mientras nos dirigíamos una tarde 
a casa de don Benito Pérez Galdós, y, dicho 
sea sin ambages: las hacíamos en honor del pú- 
blico, que no es tan adocenado como se cree, y 
que, cuando se hace mucho reclamo a un libro, 
empieza por desconfiar de él. 

La Prensa es omnipotente si se consagra a 
prestigiar lo que de veras vale: en esto estamos 
de acuerdo todos... hasta Pero Grullo y un ser- 
vidor de ustedes. 

Si, por ejemplo, un periódico nos dice que la 
quinina es buena para el paludismo y el calo- 
mel para el estómago... todo el mundo lo cree. 
Pero si el mismo periódico afirma que hay un 
remedio infalible contra la calvicie, nadie le 
hace caso, aunque se trate del petróleo... en lo 
cual a todo el mundo le sobra razón, ya que el 
mismísimo Rockefeller, el «Rey del Petróleo», 
es calvo como una rodilla... 

Hace mucho tiempo (como en la Anabel Lee) 
que escribí yo una novela intitulada El donador 
de almas, que anda por ahí y que tengo la es- 
peranza de que radie ha leído (¿ha leído alguien 
por ventura El donador de almas?). En esa no- 
vela, de un autor en agraz, decía yo, hablando 
de Andrés, uno de los protagonistas (el deute- 
01 



Amado Ñervo 

ragonista, mejor dicho), las siguientes palabras 
que estoy en el derecho de citar, ya que nadie 
ha leído el libro: 

«Pronto Andrés escribió en español, como 
escribe Armando Palacio Valdés: para dar pre- 
texto a que lo tradujeran al inglés y al francés. 

>Los yanquis le pagaban a peso de oro — 
american gold— sus cuentos, sus novelas, sus 
artículos, y fué célebre sin que México, que es- 
taba may ocupado en las obras del desagüe, se 
diera cuenta de ello.» 

En efecto, Armando Palacio Valdés exií^tía, 
como si dijéramos, a furto de España y de la 
Prensa, y callandito se hacía famoso y se gana- 
ba, como él dice ingenuamente, un dineral «afue- 
ra» sin que se percatase nadie de él «adentro»... 

Pero volvamos al señor Pérez Galdós. Como 
digo, le he admirado siempre, le he admirado 
mucho. 

Ahora que le conozco le admiro y además le 
quiero. 

Don Benito Pérez Galdós es grande como un 
águila y sencillo como una paloma. 

Tiene un cerebro genial y un corazón de niño. 

Su trato, porque he tenido la honra de tratar- 
le, me ha hecho corroborar la natural idea que 
he abrigado siempre de que, a medida que el 
valor de un hombre es mayor, es mayor asimis- 
mo su simplicidad, de tal suerte, que los genios 

5)2 



Obras Completas 

tienen esa divina y luminosa simplicidad de los 
diamantes. 

Pasa en esto lo que pasa en el orden social. 
Yo me he acercado a algunos pisaverdes ricos 
de México en esas necesarias y penosas inter- 
secciones de las vidas y me han tratado con al- 
tivez. En cambio, en España, hombres como un 
marqués de Santa Cruz, un duque de Alba, un 
duque de Medinaceli o de Montellano, me han 
recibido con sencilla y franca cordialidad. 

Frecuentemente, un prefecto de pueblo o un 
empleado de segundo orden me han hecho sen- 
tir con cierta aspereza «su superioridad>; en 
cambio he hablado con el presidente de nuestra 
República o con el rey de España, y han con- 
versado conmigo afable y naturalmente, con ura 
sonrisa acogedora y simpática. Frecuenten^ en te 
he sido «protegido» (como allá decimos) por : 1- 
gunos escritores y poetas de mi país que gan m 
cien pesos más que yo. En cambio, un Rubén 
Darío o un don Benito Pérez Galdós me han 
tratado como a igual. 

Y es que los que son grandes de veras, los 
que por derecho propio se sienten superiores :\ 
los demás, no necesitan de enfatismos, de des- 
denes, de esquiveces, átpose para demostrarle. 

Todo el mundo «sabe>, todo el mundo «reco- 
noce» que son grandes. Se imponen con su sola 
presencia. 

it 



Amado Ñervo 

Cada uno de estos grandes como el poeta de 
las Montañas del oro de Lvgones, 

Aquel ser de ancho aliento 

que 

parece que en los hombros lleva amarrado el viento, 
a fin de que los hombres alcancen con sus bocas 
su oreja, enormemente sentado entre dos rocas 
como un afable cóndor les escucha... 

Yo me explico por lo demás que la densa ca- 
terva de los pequeños gesticule, chille, se yerga, 
vocifere, se empine, se pavonee, «cale el cha- 
peo, requiera la espada, mire al soslayo...» a fin 
de que el mundo sepa que existe. 

Yo concibo perfectamente que aquel que ja- 
más creyó llegar a nada por sus méritos, se hin- 
che de viento y se maree de vanidad en cuanto 
se encarama a cualquier altura, aunque sea a un 
tapanco. 

Me parece perfectamente lógico que ciertas 
almas subalternas procuren crecerse delante de 
uno por el miedo natural de que uno pase sin 
verlas, y no me escandalizo ni ante la insolen- 
cia de un lacayo, ni ante la petulancia de un ton- 
to, ni ante la cómica majestad de un alcalde de 
villorrio: todo ello es natural. 
94 



Obras Completas 

¡Pero es tan hermoso, por contraste, advertir 
la apacible, la augusta, la sonriente serenidad de 
las cimas! 

¡Es tan agradable conversar con un don Be- 
nito Pérez Galdós y advertir en esa alma mag- 
nifica todas las transparencias, todas las ingenui- 
dades, todos los candores y todos los entusias- 
mos de un niño de ocho añosl 

No es raro que en el tranvía que va de la 
Puerta del Sol a Pozas, y que pasa por nuestras 
respectivas casas, dejándome a mí en Bailen y 
a él llevándole hasta Areneros, me encuentre a 
don Benito. 

Silencioso, recogido, en actitud modesta, ca- 
ladas las oscuras gafas que protegen contra el 
rabioso sol de España sus ojos enfermos, don 
Benito pasa inadvertido de todo el mundo. Sin 
duda que hasta el cobrador sabe su nombre y 
ha leído alguno de sus libros; pero no lo identi- 
fica, y aquella verdadera realeza continúa su ca- 
mino tranquila, casi humilde, pensando «en sus 
cosas >. 

Algunas veces le dejo respetuosamente en su 
rincón, seguro de que sus pensamientos valen 
más que todo lo que pudiera yo decirle. 

Otras, me acerco y le saludo. 

Entonces, muy afable, me dice: 

—Perdóneme que no le haya visto- e incon- 
tinenti se pone a c'onveifcar conmigo. 

95 



A Vi a d o N e r v o 

En días pasados venía él de Tordesillas y de 
Medina del Campo, todo vestido aún de recuer- 
dos; con esa poderosísima facultad de evoca- 
ción que tiene, había reconstruido los setenta y 
cinco años de vida y pasión de doña Juana la 
Loca, recluida casi medio siglo en Tordesillas. 

Venía maravillado de lo que había visto... y 
no «había visto» nada, nada más que piedras 
bermejas caldeadas por el sol... Todo lo había 
contemplado por dentro, con esa visión amplia 
y radiosa de su privilegiado espíritu. 

Me recomendó que leyese un libro muy do- 
cumentado: La Reina Doña Juana la Loca, de 
Antonio Rodríguez Villa, y como yo no pude 
conseguirlo, me lo envió a mi casa. 

Otro día me dijo: 

—Como en mi próximo episodio he de referir- 
me al general Prim, deseo que un día venga us- 
ted a almorzar conmigo, a fin de que me hable 
mucho de México; quiero saber, no lo que di- 
cen los libros, que bien me sé, sino todos esos 
hechos, todas esas menudencias, todos esos de- 
talles que constituyen la vida diaria, la vida 
familiar. 

En España los jóvenes, irrespetuosos como 
en todas partes, como lo fuimos nosotros: Bal- 
bino. Tablada, Urueta, Francisco M. de Olagui- 
bel, Couto y yo en México, en otros tiempos en 
que creíamos que el monte era de orégano; los 
d6 



o b 7* a s Completas 

jóvenes de España, digo, que tan duros han sido 
con Echegaray, que a tantos han negado, a don 
Benito lo acatan resueltamente, honradamente, 
absolutamente. 

El si es rey de derecho divino, ya que tiene 
ese quid divínum que en fértil latín admiraban 
nuestros abuelos, ya que él sí está ungido por el 
genio, ya que a él sí puede llamársele, sin adu- 
lación y sin mentira, grande, «grande de Espa- 
ña>, como yo me complazco en llamarle en es- 
tas líneas. 






97 
Tomo XXI 



UNA VISITA 

París, abril de IQll. 



Entró rápidamente al hall del hotel un joven 
como de treinta y cinco años, de estatura me- 
diana, de color moreno, de negro bigote, de 
ojos llenos de luz y afabilidad. 

—¿El señor Ñervo?— preguntó. 

Al oir mi nombre, y antes de que el empleado 
indicase mi número al recién venido, me ade- 
lanté cortésmente. 

Un abrazo de esos que damos en América, 
con sus respectivos golpecitos en el hombro. 
Una cálida frase de afecto, y estas exclama- 
ciones: 

— Usted comprende que no íbamos a cam- 
biarnos indefinidamente tarjetas. Usted y yo no 
98 



Obras Completas 

podíamos hacer eso. La otra tarde, cuando us- 
ted fué al Regina, mi mujer recibió su tarjeta, 
])ero no pudo recibirle. Estaba con la peinadora. 
Lo sintió infinito. Yo regresé tarde y lo sentí 
más aún. Ella y yo deseábamos que esta noche 
coma usted con nosotros. Iremos luego a la 
ópera a oir los Maestros Cantores (devoción in- 
tensa de mi mujer). Rubén Darío iba a venir 
también con nosotros; pero se ha ido a Londres. 
Para usted no hay excusa. Va usted a ves- 
tirse inmediatamente. Yo subiré con usted a su 
habitación . Mientras se viste (le doy diez minu- 
tos, porque la ópera comienza a las ocho), char- 
laremos. Dirá usted que esto es un plagio. Bue- 
no, lo plagiamos a usted esta noche. 

— Será el único plagio de que tenga usted 
que acusarse en su vida— respondí, sonriendo, 
al genial amigo; sí, al genial, porque aquel jo- 
ven afable, elegantemente vestido, de gentiles 
manaras, de parisianismo indiscutible, era nada 
me IOS que Leopoldo Lugones, el autor de cier- 
ta i Montañas del oro, que produjeron una erup- 
í ion de luz, de pasmo y de gloria en América, 
hace más de doce años; de ciertas Montañas del 
oro, que por primera vez en México reprodujo 
el Mundo Ilustrado, con gran escándalo de tan- 
ta gente normal, saturada de sentido común, y 
de Raimundo de Miguel; de ciertas Montañas 
del oro, que yo fui predicando de corro en co- 
d9 



Amado Ñervo 

tro, de sala en sala, y que dejaron en nuestro 
léxico diario, como apotegmas resplandecientes, 
alejandrinos acerados, que decían: 

Y decidí ponerme de parte de los astros; 

o: 

El hierro gime en lo hondo de la fragua encendida; 
mas nadie ha visto nunca las lágrimas del hierro. 



El tío Sam es inerte; arraigada en su ombligo 
lleva la cepa de Hércules- 
Ponen en las férreas ancas de sus locomotoras 
una gigante carga de nubes y de auroras. 

O bien: 

Whitmann entona un canto serenamente noble, 
Whitmann es el augusto trabajador del roble . 
El adora la vida que irrumpe en toda siembra, 
el grande amor que labra los flancos de la hembra, 
y todo lo que es fuerza, creación, universo 
pesa sobre las vértebras sonoras de su verso. 

O bien: 

Homero es la pirámide de bronce que sustenta 
los talones de Júpiter, goznes de la tormenta; 
es la boca de ftiego surgiendo del abismo: 
tan de cerca le ha hablado Dios, que él habla lo mismo! 
100 



Obras Completas 

o bien, por último: 

El cielo es la frente 
de Dios, sobre la eterna serenidad suprema. 
Cuando se llena de astros y sombra, es que Dios piensa! 

Sí; era Lugones uno de los más peregrinos ar- 
tistas que hoy existen en nuestra América. Lu- 
gones, sabio, erudito, poeta, dominador de la 
Lengua, explotador de tierras vírgenes, depor- 
tista, polemista, batallador, hombre de mun- 
do, conversador óptimo y espíijítu de una ele- 
mental limpidez como el diamante; Lugones, co- 
rresponsal en París de la potente y procer Na - 
ción de Buenos Aires, que paga principesca- 
mente toda labor intelectual. 

Minutos después besaba yo la mano de ma- 
dame Lugones, cuyo nombre fué la primer ce- 
sura lapidaria de aquellos famosos alejandrinos 
de Dajio, escritos en las Baleares. (¿Te acuer- 
da, Alfredo Ramos Martínez?) 

Una conversación florecida de esprit afirma- 
ba luego mi juicio de que la mujer del poeta era 
digna de él, y después descubría yo en aquella 
alma, toda musical, el culto consciente del Dios 
de Bayreuth, que había dicho: 

—Los Maestros Cantores son mi obra maestra. 

Noche de plenitud de arte fué aquella, ante la 
impecable escena, junto a la impecable orques- 

101 



Amado Ñervo 

ta, bajo la suntuosidad única de la grande Opera 
de París, en cuyas escaleras, Carlos V, que en 
la del Alcázar de Toledo se sentía emperador^ 
se hubiera sentido Dios, sin duda alguna. 

... Todavía una hora de charla en el Regina, 
después de la Opera, ante un souper íntimo; una 
hora de charla en que fueron y vinieron nuestro 
inmenso amor a América, nuestra inmensa fe en 
América, en la América que, a pesar de todo, ha 
de ser latina, y, a pesar de todo, nuestra here- 
dad; y por fin, el cordial au revoir y la voz afec- 
tuosa del poeta que decía: 

—Cómo me alegra encontrarle a usted sin 
dobleces espirituales, tal cual yo lo fingía. 

Por mi parte, después de su primer saludo, 
habíale dicho: 

—Ha llegado usted a verme de una manera 
tan impensada, original y repentina, que sin su 
nombre hubiera yo adivinado al que no puede 
parecerse a nadie: Ha llegado usted como Lu- 
gones. 



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UNA VELADA EN HONOR DE NAVARRO 
LEDESMA.—UN POETA AMERICANO 



Anoche se efectuó en el Ateneo de Madrid la 
por tanto tiempo anunciada conmemoración lite- 
raria en honor de Navarro Ledesma. 

Navarro Ledesma llegó a ser a los treinta y 
seis años apenas uno de los espíritus más cultos 
de España. Su labor, honda, nutrida, sabia, con- 
tinua, que lo mismo versaba sobre el idioma que 
sobre la historia, lo mismo sobre la literatura que 
sobre la critica social, y que así se ejercía en la 
cátedra como en el periódico y en el libro, hu- 
biera cansado a un gigante. A él lo mató en flor, 
a la edad en que todavía la muerte es testimo- 
nio del amor de los Dioses. 

Murió con una piadosa y benévola sonrisa en 
103 



Amado Ñervo 

los labios, porque aquel hombre que tanto había 
luchado, que tanto había penado y sufrido, que 
tanto aguijón, que tantas púas debió sentir en el 
alma, no tenía reproche alguno que hacer a la 
humanidad, no tenía hiél alguna que verter en 
el vaso en que daba a beber a sus discípulos 
generoso vino clásico, bueno y negro vino es- 
pañol: estaba en paz con la vida, creía amorosa 
y firmemente en la aún posible grandeza de Es- 
paña, sentía cariño, a veces benévolamente pia- 
doso, por los que le rodeaban, por los que veía 
sufrir y trabajar en su rededor, y jamás tuvo una 
palabra agria para quienes pasaban rozándole 
en esas necesarias y penosas fricciones de la 
vida. 



B 



La velada de anoche— primera a que he asis- 
tido en Madrid— me llenó de placer, no sólo por 
los primores que se dijeron, mezclados, |ay!, 
como sucede siempre, con unas cuantas inep- 
cias, sino porque en ella logró imponerse al pú- 
blico difícil de aquella sala, es decir, a casi todo 
lo que piensa en Madrid, un poeta a quien quie- 
ro mucho, porque además de ser muy poeta, es 
muy bueno: José Santos Chocano. 

Desde hace más de un mes estaban designa- 
dos para hablar en verso en esa velada Chocano 

104 



Obras Completas 

y Darío; pero Darío marchóse a París. Quería 
Chocano que yo sustituyese al gran poeta; pero 
yo vine muy tarde a Madrid de la tierra vasca: 
cuando estaban ya impresos los piogramas. Ha- 
bló, pues, él— el solo americano— entre aquella 
legión de oradores y poetas, los unos muy ma- 
los y los otros muy buenos. Dijo una bella can- 
ción extraña, de la envergare de aquellas de 
J. Asunción Silva, que tienen una noble música 
nueva; pero poniendo en ella esas sonoridades 
y esos imprevistos que hay en la lírica poderosa 
de este muchacho de nuestra América, silvestre, 
ingenuo, vivaz, imaginativo, brillante, desigual 
a veces, poeta siempre. 

El público empezó por recibirle hoscamente: 
su acento hacía reír— por más que él pronuncia- 
ba—. Los comentarios eran picantes, regocija- 
dos; había murmullos guasones. Pero Chocano 
no es de los que se intimidan; cinco minutos 
después el público era suyo, completamente 
suyo, y yo asistía al triunfo, siquier fuese tan in- 
mediato y efímero como el de una velada de uno 
de los nuestros, que habla venido con su carga- 
mento de lírico oro virgen de la vieja tierra de 
los Incas a la vieja tierra de Pizarro el conquis- 
tador. 

Alegróme este triunfo que Chocano sabrá 
consolidar, y creo que les alegra, que debe ale- 
grarles así a todos, porque es el poeta de quien 
105 



Amado Ñervo 

hablo el espíritu más sano, más diáfano, más in- 
genuo y bueno que he conocido entre la grey 
que le mereció al latino el asendereado genus 
irritabili vatum. No hay en esa alma la mala 
hierba de ninguna pasión ruin. Su musa ha cru- 
zado el pantano sin una mácula en su celeste 
plumaje. Aquí le reprochan su sonoridad, sus a 
veces inesperados ripios, su afán de los finales 
efectistas. Yo encuentro que otros tienen defec- 
tos mayores, y que así y todo, con su falta de 
unidad (en suma asaz disculpable en quien llega 
apenas a los treinta años y llega, no cansado, 
sino en la más vigorosa plenitud), Chocano es 
poeta por excelencia, con esa nota simpática que 
le da lo infantil, lo noblemente candoroso, lo 
fresco, agreste, viril y entusiasta de su musa an- 
dina, borbotante de savia. 

Anoche para él fué el más amplio sufragio de 
la velada. 

Muy merecido, bravamente ganado. Así está 
bien. 



IM 



EL DOCTOR WUDE 
LA ironía sentimental 



Madrid, septiembre de 1015. 

AlTilio Daniel Barilari, mi simpático amigo y 
colega de Madrid, que ha dejado en la corte 
una estela de buenos recuerdos, ai anunciarme 
el envío de algunos libros del doctor Wilde, edi- 
tados con el más noble fin y como un homenaje 
a su memoria, gracias a su bella y elegante es- 
posa, ornato que fué de estos salones aristocrá- 
ticos, me decía: «Irán pronto esos libros del 
amigo incomparable que tanto lo quiso y a quien 
tanto quiso usted.» 

Y esto es perfectamente cierto. El doctor Wil- 
de, a pesar de la diferencia de edad y de catego- 

107 



Amado Ñervo 

ría, en este Madrid tan protocolar, fué mi mejor 
amigo. Su amistad me compensó de muchas pe- 
nosas promiscuidades diplomáticas. Nos qui- 
simos entrañablemente: nuestras almas, sin años, 
sabían hablarse y escucharse. 

Y al decir nuestras almas, recuerdo la sonrisa 
escéptica de mi amigo, qué habría admitido este 
plural por pura condescendencia. El no creía en 
la suya... ni en las de los demás. Para él la 
muerte era el fin de todo: <No vamos después a 
ninguna parte: nos extinguimos como un ruido 
que cesa...», decía. 

El símil, ¡oh admirable amigo mío!, es em- 
pero tan falso como bello: un ruido no cesa 
nunca. Dejamos de oirlo nosotros con nuestros 
oídos groseros, que no perciben sino una por- 
ción de sus vibraciones, a partir de cierto nú- 
mero y hasta otro cierto número; pero el ruido 
que estaba más acá de ese número, está más 
allá, siempre más allá. Sigue vibrando, vibran- 
do... enlazando su estremecimiento a otros es- 
tremecimientos en el éter perennemente tem- 
bloroso! 

¡Y el alma es algo así; es (como todo lo que 
existe) una vibración, una maravillosa vibración 
que no tiene fin! 

¡Esa materia que ha hecho correr tanta tinta, 
esa matería por la que juraban los sabios de 
hace treinta años, ahora sabemos que no existe, 

108 



Obras Completas 

que no constituye sino una forma particular de 
la energía! La condición esencial de su manifes- 
tación es la velocidad, y puede muy bien afir- 
marse que «la materia nació el día que los tor- 
bellinos de éter adquirieron, como consecuen- 
cia de su condensación creciente, la rapidez 
necesaria para volverse rígidos. La materia en- 
vejece cuando la velocidad de sus elementos se 
relaja. Cesará de existir cuando sus partículas 
pierdan sus movimientos.» (Doctor Gustavo Le 
Bon: La naissance et V evanouissement de la 
matiére.) 

Suprimid, pues, la velocidad de los torbelli- 
nos etéricos, y la materia se desvanecerá en la 
nada... como un sueño, como una ilusión; como 
lo que es (a dream within a dreaniy que dijo 
Poé); el Maya esotérico, detrás del cual está la 
Verdad, lo que existe per se, «aquello» de lo 
cual el Universo es una máscara, una imagen, 
una apariencia; whose body nature ¿s and God 
the soüly como cantó Pope. 

¿No es verdad, mi querido doctor Wilde? Lo 
que hablaba en ti con tanto ingenio, lo que pen- 
saba con tanta sutileza, lo que sonreía tan deli- 
ciosa y escépticamente al parecer, era una rea- 
lidad indestructible, y aiiá en el fondo de tu 
alma, tú lo sabías; pero tenías no sé qué elegan- 
te prurito mundano de negarlo... acaso para 
que tus amigos los espiritualistas, los poetas in- 

109 



Amado Ñervo 

genuos, como yo, encontrasen en esas tus in- 
geniosas negaciones un elemento continuo de 
conversación, de cambio de ideas, de departir 
sabroso, ameno, inagotable... 



Q 



Recién venido el doctor Wilde a España, pu- 
bliqué yo, impreso por la casa Ollendorff, de Pa- 
rís, mi libro intitulado Mis filosofías. Había en él 
un capítulo, «Mi amigo el ateo», que decía en- 
tre otras cosas: «Yo tengo un amigo ateo. Nada 
hay en esto de particular. ¿Quién no es ateo en 
los tiempos que corren? Los progresos de la 
ciencia son tales, que para explicárnoslo todo no 
necesitamos *la hipótesis de Dios», como decía 
Laplace a Napoleón.» 

• Cierto que las explicaciones con que nos 
contentamos duran poco, y que a cada paso ha- 
bemos menester de una explicación nueva. 

»A mi amigo le parece infantil, absurdo, creer 
en Dios, y muestra una sonrisa piadosa de su- 
perhombre ante los infelices que alzan aún los 
ojos al cielo para buscar al Deas Absconditus 
más allá de las estrellas y de las nebulosas. 

»En cambio, he aquí alguna de las lindezas en 
que cree mi amigo, el que no cree en Dios: 

»Cree que si encuentra en la calle a un cura 
será infeliz todo el resto del día, y le saldrá mal 
lio 



Obras Completas 

cuanto emprenda, siendo preciso para nulificar 
la mala pata, para conjurar la jeftatura ya, tocar 
madera, diciendo tres veces en alta voz: «¡Lagar- 
to! ¡Lagartol»; ya figurar un cuerno con el índi- 
ce y el dedo meñique de la mano izquierda, y, 
sobre todo, no «cortar» la huella invisible que 
el cura va dejando. 

»Cree que si enciende tres luces a la vez se 
muere de fijo alguno de los presentes. 

>Cree que si se rompe un espejo, como en la 
Mascotüy habrá males y sustos. 

»Cree que una herradura hallada en medio de 
la calle es prenda cierta de dicha, a condición 
de que los cabos apunten en su dirección. 

»Cree que cuando le zumban los oídos están 
hablando de él, y en seguida ruega que le den 
un número. Se le da este número, el «tres», por 
ejemplo, y entonces recorre las tres primeras le- 
tras del alfabeto: ¿A? ¿B? ¿C?, concluyendo que 
quien habla de él tiene un nombre que princi- 
pia con la letra C, y se llama, por tanto, Carlos, 
o Cirilo, o Cipriano. 

>Cree que si al vestirse por la mañana se 
pone la camiseta al revés, recibirá un regalo, a 
menos que la vuelva al derecho, en cuyo caso 
sufrirá una afrenta. 

>Cree... Pero no voy a contaros todo lo que 
cree este amigo mío que no cree en Dios, por- 
que jamás acabaría. 

111 



Amado Ñervo 

»|0h Señor escondido, oh invisible, Causa 
de las causas, a quien siento y adivino a pesar 
de todos los libros: nunca hubiera imaginado 
que siendo Tú sereno e impasible por excelen- 
cia, ejercitases, en tu sosegada grandeza, la iro- 
nía y la burla, que me parecían buenas sólo para 
los hombres! ¡Pero de que te dignas ejercitarlas, 
de que esgrimes el ridículo, es prueba irrecusa- 
ble la infinidad de tonterías que dejas creer a 
todos los superhombres que no creen en Til> 



B 



El doctor Wilde se sintió chatoüillé por estos 
párrafos, porque tenía, como todo el mundo, y 
especialmente como todos los sabios, su miaji- 
ta de superstición, y me escribió una deliciosa 
carta anónima, de la que se rezumaban el inge- 
nio, la socarronería delicada, la travesura por 
todas sus letras. Esta carta la he buscado entre 
mis papeles, pero ¡ay! la clasificación rigurosa 
de mis cartas no es precisamente mi cualidad 
esencial, y no he podido hallarla. En ella, el doc- 
tor Wilde, invocando el afecto que me tenía, 
«se permitía desearme que jamás encontrase a 
un cura al comenzar el día; que jamás viese 
nada de mal agüero sin pronunciar el ritual «¡La- 
garto! ¡LagartoU; que jamás rompiese un espejo, 
ni encendiese tres luces... por aquello de las 

112 



Obras Completas 

mil derivaciones, consecuencias, analogías y 
efectos raros de causas desconocidas con que 
tropieza uno en el mundo...» 



B 



iQuién sabel Esta es la única palabra posible 
para el sabio: Quién sabe. 

Los «quiensabistas», he dicho yo alguna vez, 
son los verdaderos filósofos. 

¿No se ha afirmado (lo dijo Platón) que el 
asombro era el sentimiento fil^^ ' ..^o por exce- 
lencia? íY de qué se asomora uno sino de lo 
imprevisto, de lo absurdo, de lo inverosímil! 

Los indios de Méjico, refiriéndose al canto del 
buho, que llaman Tecolote (del azteca Tecolotl)^ 
afirman que 

El tecolote canta y el indio muere... 
¡no será cierto... pero sucedel 

El doctor Wilde tenía, pues, razón. Hay que 
decir «¡lagarto, lagartol» ante cualquier insólito 
augurio, y desear a los buenos amigos que ni 
encuentren un cura por la mañana, ni rompan 
un espejo, ni enciendan tres luces a la vez... 

Como la carta era anónima, y concluía con 

estas palabras: «A ver si adivina usted quién es 

el amigo que le escribe», yo la atribuí a un sim- 

113 
Tomo XXl 8 



Amado Ñervo 

pático mejicano, millonario, muy amigo mío, 
medularmente ateo y medularmente supersticio- 
so, a quien quizá me había referido un poquitín 
en mis inocentes ironías. Mucho más tarde supe 
que era el doctor Wilde, porque él me lo dijo, 
quien me la había enviado. 



B 



En la corte se hicieron proverbiales sus sali- 
das llenas de desenfado y de gracia. Tenía el 
don admirable de poder decirlo todo sin moles- 
tar a nadie. No sé qué había en su persona de 
aquel maravilloso centenario Bernardo de Fon- 
tenelle, sobrino de Corneille, a quien las damas 
rodeaban siempre en los salones, como flores 
que circundan el lino, prefiriendo su conversa- 
ción incomparable a la esgrima perenne de las 
palabras del amor de los otros... 

Junto a la juventud elegante, sonreidora, gra- 
ciosa, de la señora de Wilde, el aticismo opor- 
tuno del doctor era otra juventud perenne, 
cristalina, atrayente, y en rededor suyo, como un 
refugio contra el esnobismo de los salones— don- 
de se dicen o deben decirse trivialidades por mi- 
nuto mientras se preparan las mesas de brid- 
ge— formábase un islote de pensamiento, de in- 
genio, de cordialidad espiritual. 
114 



Obras Completas 

Inútil decir que yo casi siempre me guarecía 
en ese islote... 



B 



Durante un banquete, en su espléndida casa 
de la calle de Zurbano, al que asistían, entre 
otras gentes notorias, Moret, presidente entonces 
del Consejo, si mal no recuerdo; Pidal, presiden- 
te de la Academia; los hermanos Quintero, Beli- 
sario Roldan, en cuyo honor se daba la comida; 
Blasco Ibáñez, Benlliure, y— la dejo para el últi- 
mo por el relieve femenino de su persona— doña 
Emilia; como, naturalmente, se hablase de la Ar- 
gentina, con merecido elogio, el doctor Wilde, 
sonriendo picarescamente, púsose a hacer leves 
reparos a aquellos «madrigales» y parecía como 
si quisiese con no sé qué indefinible mezcla de 
ligero escepticismo, o de comprensible modestia 
suavemente irónica, contrapesar el fervor diti- 
rámbico, unánime: 

—¡No, no es para tantol 

—¿Cómo que no es para tanto?— Y entonces, 
al sentirse contenido, y con el optimismo de las 
digestiones felices rociadas con Pommery extra 
dry, el elogio desbordóse y precipitóse como 
una catarata rosada. 

El doctor Wilde oía, callaba y sonreía, visi- 
blemente satisfecho. 

US 



Amado Ñervo 

Cuando el coro de alabanzas a la prosperidad 
de la República Argentina hubo concluido, el 
doctor Wilde exclamó: 

—Eso era lo que yo quería: que sin arte ni 
parte mía ustedes hablasen con entusiasmo de 
mi patria... |y lo he conseguido! 

—Usted, doctor— solía yo decirle—, es un sen- 
timental, que, sintiéndose demasiado indefenso, 
por instinto y por reflexión quiso acorazarse de 
ironía. Tiene usted el corazón mal protegido y 
procurará usted esconderlo tras una barrera de 
leves espinas. Su ironía, su escepticismo ligero y 
elegante, no son más que medios de rescatar la 
demasía de las ternuras hondas, y el nudo tan 
accesible de la emoción intensa... 

El aplaudía y me abrazaba, no sin llamarme 
con cierta indulgencia: «¡Poeta, poetaI> 

Recuerdo noches inolvidables de conversa- 
ción: una sobre todo, en que, sin ceremonia, 
nos sentamos a su mesa los dos secretarios de 
la Legación, Barilari y Enciso, el doctor Wilde y 
yo. iQué ímpetu juvenil para discutirlo todo; 
qué facultad vigorosa para entusiasmarse, tem- 
plando, es claro, con su ironía amable las esca- 
patorias de su alma fervientel Aquel viejo era el 
más joven de nosotros. Teníamos en nuestra 
soledad afectuosa, en lo reducido de los comen- 
sales (que, siguiendo el consejo de los antiguos, 
no deben ser ni menos que las Gracias ni más 
116 



Obras Completas 

que las Musas), teníamos el derecho, por aque- 
lla vez, de no ser frivolos, de no fatigarnos el 
cerebro con esa inmensa fatiga de espetar gene- 
ralidades a gente que no entiende más que de 
deportes o de murmuraciones cortesanas; y no 
fuimos ligeros: fuimos hasta hondos, fuimos has- 
ta románticos, fuimos hasta tiernos. 



B 



Y en lo de ser tiernos, el doctor Wilde nos 
ganaba de seguro. 

Así como los graciosos por excelencia son 
los hombres más serios, los hombres más iróni- 
cos son los más sentimentales. 

Como he dicho arriba, en algunos, esto de la 
ironía, como en el doctor, es una actitud de de- 
fensa ante la vida, además de ser una actitud 
muy inteligente. No afirmar el sentimiento, no 
sacar a flor de piel más que la sonrisa, una son- 
risa discreta, desleída, suavemente burlona. No 
decir jamás «es», sino «puede ser». No ahondar 
nunca en ningún problema de la vida... ¡Son- 
reír, sonreír siempre y pasar! 

¿No es esto quizá una gran sabiduría? 

La raza inglesa, a la que pertenece en parle 
el doctor Wilde, es la raza del humour y al pro- 
pio tiempo del sentimiento. Como tiene el pu- 
dor de sus ternuras, ellas corren hondas y cau- 

117 



Amado Ñervo 

dalosas en las profundidades del alma, como 
esos veneros ocultos y cristalinos, y cuando sa- 
len a la superficie saben aliarse de tan feliz ma- 
nera con la sonrisa, con la alada gracia de la 
ironía sentimental, que producen en la literatu- 
ra, por ejemplo, obras maestras que todos cono- 
cemos, y de las cuales son modelos las del gran 
Dickens, cuyo David Copperfleld o cuya Niña 
Dorrit es imposible leer sin conmoverse. 

El doctor Wilde llevaba en su rostro dos ene- 
migos de su ironía: sus ojos. Lo traicionaron 
siempre, a todas horas, como claros cristales 
que no saben recatar la interna linfa de las lá- 
grimas. Cuando sobre una emoción la sonrisa 
escéptica quería poner disfraces de esprity 
abríanse cuan grandes eran las ventanas de sus 
ojos, y el alma cautiva dejaba ver la faz ingenua, 
en que se copiaba la sombra de todas las triste- 
zas, como se reflejan en un lago todas las nubes 
que peregrinan por el cielo... 

¡Oh!, buenos pince-sans-rire, humoristas, iró- 
nicos, burlones sempiternos, como aquél de 
quien Hamlet decía: Alas! poor Yorick! I knew 
him, Horado; a fellow of infinite jest, of most 
excellent fancy (Hamlet, act. V, se. I); camara- 
das de infinite jest, en el fondo sois unos seres 
tímidos, sentimentales como señoritas quince- 
afieras, capaces de «todas las ternuras sin obje- 
to» y de todas «las melancolías sin causal» Yo 
118 



Obras Completas 

os amo, porque reaccionáis ante el ambiente 
grosero y tosco de nuestras necedades sociales, 
encogiéndoos como se encoge la «mimosa pú- 
dica» al menor contacto, y disfrazándoos de es- 
cepticismo amable para vestir de algún traje 
protector la temblorosa alma desnuda! 

Yo 08 amo porque, ahondando un poco en 
vuestra frivolidad aparente, en vuestra sonrisa 
cervantesca, se encuentra siempre al hombre, al 
«varón de dolor», de comprensión, lleno de hu- 
manidad y de cordialidades delicadas (1). 

Dios nos libre, en cambio, de esos hombres 
muy tiernos por fuera; gentes que han puesto, 
como en las joyerías de segundo orden, todas 
sus joyas en el escaparate... Dentro no hay más 
que bisutería, similor, egoísmo ahincado y pro- 
fundo, crueldad a veces. 

Hay almas que son como las casas abiertas a 
todos, cuyo interior está vacío. 

Y hay almas cuyas puertas están casi siempre 
cerradas, como casas solitarias y misteriosas, 
como esos palacios moros que cercan blancas 
paredes impenetrables, pero cuyo interior repo- 
sado y silencioso es puerto seguro y hospitala- 



(1) El propio doctor Wilde, en su libro Aguas abajo, 
del que me ocupo a renglón seguido, dice que «sus opi- 
niones se amoldan a una ironía festiva, que no hiere, 
con la cual oculta o disfraza sus sentimientos ingéni- 
tamente bondadosos». 

U9 



Amado Ñervo 

rio, donde reina la abundancia y tiene su asiento 
la serenidad! 



Y ahora, para concluir, hablemos un poco de 
la obra del doctor Wiide, intitulada Aguas aba- 
Jo, Es uno de los libros más bellos y admirables 
que he leído en mi vida. Muestra la superioridad 
aplastante de la obra autobiográfica, sobre esos 
libros objetivos, impersonales, sosos, en que el 
autor se esconde tras de nimiedades descripti- 
vas, y analiza pasiones ajenas, que no conoce, 
imaginándose lo que él sentiría si estuviese me- 
tido en cada uno de sus personajes. 

Boris es un tipo extremadamente simpático, 
porque ha existido y le hemos conocido mu- 
chos. Hace sonreír, reír, llorar. Mezcla del hu- 
mor inglés y de la casi enfermiza ternura crio- 
lla, protagonista único quizá en nuestra litera- 
tura hispano americana, pero con precedentes 
en otras: David Copperfield, ya citado; Petite 
Chosey Petit Fierre, de Anatole France, etc., y 
digno de hombrearse con estas obras maestras. 

«Pocas personas saben lo que es humor- 
dice el mismo doctor Wilde— , y las que lo en- 
tienden a medias, lo desdeñan. El humor es, sin 
embargo, una alta calidad del espíritu. Alguien 
ha dicho: es necesario que tras él haya algo que 

120 



Obras Completas 

le dé solidez y brillo; implica un espíritu sano, 
capaz, penetrado de gravedad. Hay siempre un 
tinte de filosofía: hay tristeza,^ profundidad y pa- 
sión en los grandes humoristas». 

Aguas abajo tiene páginas de ternura inmen- 
sa, como la que narra la muerte de Vicentita; 
de encantador humorismo filosófico casi todas; 
páginas descriptivas admirables, páginas llenas 
de sagacidad, como las que nos relatan, anali- 
zándolas deliciosamente, las primeras sensacio- 
nes de Boris, con la peregrina influencia que 
ejercía en su mente el sonido de las palabras y 
la tendencia a substituir la substancia por su 
accidente: 

«Cada persona, cada objeto, cada suceso 
cada época, cada entidad concreta o abstracta, 
tuvo para él un color, un sonido, un gusto, un 
olor, una forma, una semejanza; de tal manera, 
que la idea del objeto y la suscitada ocupaban 
en su cerebro el mismo rango. 

»El nombre Diego representaba un pan de ja- 
bón ordinario, de forma cúbica. 

»El de Eusebio daba la idea de una vela de 
sebo gruesa. 

» Francisco quería decir hombre maduro, ves- 
tido con traje gris. 

«Tucumán», color naranja; «Buenos Aires>, 
nácar; «Córdoba», morado»; «Salta», verde, etc., 
121 



Amado Ñervo 

y así de los colores de los días: los lunes, color 
de hoja de lata algo empañada; los martes, ver- 
des como cipreses, etc. (Recordamos el famo- 
so soneto de Juan Arturo Rimbaud sobre las vo- 
cales.) 

Hay anécdotas de una rareza insinuante. Esta, 
por ejemplo: «Cristina era una muchacha alta, 
rubia, de grandes ojos negros y facciones co- 
rrectísimas, muy elegante; más que afecto, su 
persona inspiraba admiración. Era muy ocurren- 
te e irónica; reservada, parecía que guardaba 
sus sentimientos como un tesoro difícil de al- 
canzar. Boris recuerda muchos de sus dichos y 
la impresión que revelaban. Muy afecta a los 
perfumes, amaba sobre todo el olor de la tierra 
recién mojada; echaba un jarro de agua a una 
pared de adobes y al sentir el olor que de ella 
desprendía, exclamaba: «¡Para qué es la vida!» 

Y esta otra: «Boris, que ha sido siempre algo 
enamorado, solía llevar los ramitos de flores que 
le daban las niñas del vecindario, y por no te- 
nerlas en su ojal, abría uno en el pecho del 
cadáver estudiado y colocaba en él las flores, 
que a favor de la humedad de la herida se con- 
servaban admirablemente. Concluida la disec- 
ción, el ramito, previamente lavado, volvía al 
ojal del cual había salido. > 

Citaría y citaría sin medida si quisiese subra- 
yar para mis lectores todas las páginas que en 

122 



Obras Completas 

ese peregrino libro me han cautivado. Ignoro 
cuándo comenzó a escribirlo el doctor y sé 
sólo— porque me lo dice una nota postrera del 
editor— que la muerte le impidió concluirlo, dan- 
do a sus páginas ese prestigio melancólico de lo 
interrumpido para siempre, de lo trunco... Tam- 
poco sé si antes de que, gracias a su bella es- 
posa, saliese a luz como ahora, con tan elegante 
pergeño, fué publicado algún fragmento. Pero 
habría deseado yo conocer Aguas abajo cuando 
vivía el señor Wilde, para decirle de viva voz 
todo lo que he pensado, he sonreído y sentido 
leyéndolo, y cómo, en ese espejo, he visto pasar, 
deliciosamente descriptas, tantas y tantas esce- 
nas de mi infancia, transcurrida en una ciudad 
de segundo orden de la República mejicana, 
cuyo nombre mismo, Tepic, se parece tanto a 
ese Tupiza boliviano... 

A Wilde, porque me quería (sobre todo 
por eso), habríale contentado mucho mi elogio, 
y, abrazándome paternalmente, habría exclama- 
do con una gran inflexión afectuosa en la voz: 
«jPoetal ¡poeta!» 



123 




«£L EXCELSO JOROBADO- 

(A propósito de algunos tra- 
bajos recientes sobre don Juan 
Rüiz de Alarcón.) 

Madrid, julio de 1916. 



Para honra y gloria de todos los jorobados 
del mundo, de los que han sido, son y serán, na- 
ció en la Nueva España don Juan Ruiz de Alar- 
cón y Mendoza, uno de los padres, por no decir 
el padre por excelencia, del teatro español. 

Se ha dicho muchas veces, en prosa y verso, 
que nació en el Mineral de Tasco, en el Estado 
de Guerrero. A Lope de Vega, corrigiéndole (y 
encojándole) un verso, se lo hace decir el pia- 
doso pintor que hizo el retrato de donjuán, 
existente en la parroquia de Tasuco o Tasco. 

124 



Obras Completas 

La leyenda de este retrato, muy antiguo, reza 
asi: 

«Don Juan Ruiz de Alarcón cuio Ingenio e 
Idalgas partes y letras escrive D. Nicolás Anto, 
en la Biblioteca Hispánica, ensalsando su nom- 
bre, Politis, (políticos) y cortesas, (cortesanos) 
escritos en todo singulares, y (pero) en lo Cómi- 
co sin Igual Reconociéndole en las Comds. q. 
(que hoy) licitanse usava (usa) Espa. por Inge- 
nio sin segundo Imprimió dos tos. de este 
asumpto de cuio numo. las principales son. Los 
Favores del Mundo, La Industria y la Suerte, 
Las Paredes Oyen, El Semejante a sí mismo, 
Las Cuebas (La cueva) de Salamanca, Mudarse 
por mejorar, Tod oes ventura. El Desdichado en 
Fingir (etc) Nómbrale también en lista de los 
q. en Mad. Florecieron (florecen) D. Alonso Nu- 
ñez de Castro, Coronista de su Mag. siendo su 
mar. (a mi parecer, su mayor calificac. y crédito 
haver merecido ladearse con (ladearse y hom- 
brear con) D. Franco. Quevedo. por su vírd. y 
lets. (letras) suvio a ser Relar, en los Rs. Ests 
(estrados) del Supremo Consejo de Inds. y asi 
Cantó del Lope de Vega en el Laurel de Apolo. 

En Tasco la fama, que como Sol descubre 
q.to. mira a D. Juan de Alarcon hallo q. aspira, 
con dulce ingenio la (a la) divina fama la Máxi- 
ma cumplida de lo que puede la virtud unida.» 

El lector habrá hecho ya in mente la correc- 
125 



Amado Ñervo 

ción. Lopt en estos versos (bastante malejos 
por cierto), no dijo: 

En Tasco la fama, 
sino 

En México la fama... 

Pero me imagino yo que el cura de ía parro- 
quia le recomendó al pintor: «Enmiéndele, en- 
miéndele, porque don Juan nació en Tasco, y 
Tasco debe figurar en la leyenda.» 

No ha habido, por lo demás, desde Mesonero 
Romanos hasta don Luis Fernández Guerra y 
Orbe (cuyo gran trabajo sobre Alarcón es ver- 
daderamente monumental), uno solo de sus bió- 
grafos, y son muchos, que no haya afirmado que 
don Juan nació en Tasco. 

No obstante, investigaciones recientes que se 
hicieron, por cierto siendo el insigne poeta don 
Luis G. Urbina director de la Biblioteca Nacio- 
nal, parecen probar que Ruiz de Alarcón nació 
en la propia capital de la entonces Nueva Es- 
paña. 

«Asi lo comprueban irrefutables documen- 
tos—dice don Nicolás Rangel— . Además viene 
a robustecer esta creencia un asiento que en el 
libro de Matriculas de Artes^ desde el año 
de 1587 hasta 1600, dice: «Juan Ruiz, natural de 



Obras Completas 

México, se matriculó para Artes en 19 de Octu- 
bre del 92. Piesentó cédula y juró la obedien- 
cia.» Posiblemente sea éste nuestro donjuán 
Ruiz de Alarcón, pues es muy común que el se- 
cretario de la Universidad omitiera alguno de 
los apellidos de los estudiantes en el libro de 
matrículas, cosa que sucede con relativa fre- 
cuencia aun en el de actas. Por otra parte, cro- 
nológicamente corresponden en la carrera de 
Juan Ruiz de Alarcón las fechas en que se ha- 
cían los estudios de artes para seguir los de 
Cánones, ya que para los primeros se necesita- 
ban tres años.» 

Según Baltasar Medina (Crónica de la provin- 
cia de San Diego de México, folio 25), la fami- 
lia de nuestro ingenio era oriunda de la peque- 
ña villa de Alarcón, perteneciente a la provincia 
y obispado de Cuenca. 

Es posible asimismo que dicha familia fuese 
la misma que la del virtuoso sacerdote don Juan 
Pacheco de Alarcón, hijo de don Juan Ruiz de 
Alarcón y Mendoza y de doña María de Peña- 
loza, señores de Buenache, en la citada provin- 
cia de Cuenca. El cual don Juan Pacheco de 
Alarcón fundó en Madrid en el año de 1609 el 
convento de religiosas mercedarias que lleva su 
nombre y que se halla situado en las calles de 
la Puebla y de Valverde. 

No es tampoco inverosímil— según Mesonero 
127 



Amado Ñervo 

Romanos— que nuestro poeta fuese hijo del pia- 
doso fundador de este convento, pues sábese 
que antes de abrazar el estado eclesiástico esta- 
ba casado. 



B 



Alarcón hizo en Méjico sus estudios comple- 
tos para recibir el bachillerato, según los docu- 
mentos que se han encontrado posteriormente 
al trabajo del señor Fernández Guerra, quien 
asentó que había recibido en Salamanca el gra- 
do de bachiller en Cánones, y que en Méjico 
sólo había iniciado sus estudios: «Ya tenemos— 
dice— gramático y medio canonista al contra- 
hecho mozo, que había de ser gloria y regocijo 
de las musas del teatro. Vímosle resuelto a em- 
prender el viaje del antiguo mundo en la flota del 
Perú y Tierra Firme que, con ocho meses de re- 
traso, por fin zarpaba de la Habana dos días 
después de la fiesta de Reyes del año de 1600...» 
«Por fin descubre nuestro viajero la tierra espa- 
ñola; y a principios de mayo mira reflejarse en 
las tranquilas ondas del Guadalquivir la Giralda 
y la Torre del Oro, y oye el ruido de la gran 
Sevilla, el son continuo de las piadosas campa- 
nas, las voces, la algazara del puerto.» 



B 
128 



Obras Completas 

Líbreme Dios de creer que porque Alarcón se 
bachilleró en la Universidad de Méjico y era 
muy mejicano y acaso escribió en la Nueva Es- 
paña alguna o algunas de sus comedias, hubiera 
sido lo que fué si no hubiese vivido tanto tiem- 
po en la corte de los Austrias. El medio, el co- 
dearse (o ladearse, como dice la leyenda del re- 
trato de Tasco) y hombrearse con un Lope, con 
un Quevedo, con un Góngora, con un Tirso, 
estimularon su poderoso ingenio, y acaso las es- 
pinas que lo circundaron tan cruelmente estos 
sus peregrinos amigos, aumentaron tales estímu- 
los, que el ingenio, ya lo sabemos, es flor que 
crece entre los cardos. 

Estoy, pues, en parte, de acuerdo con mi eru- 
dito amigo el señor don Antonio de la Peña y Re- 
yes, quien en sus Viras y tiempos, diccionario 
biográfico mejicano, cuyo primer tomo ha apa- 
recido recientemente en la Habana, dice en el 
artículo «Alarcón»: «... Por fortuna (para las le- 
tras nuestras) vivió y floreció en España, que si 
hubiese permanecido en la Colonia, indudable- 
mente no habría encontrado campo ni estímulo 
suficientes para el desarrollo de su talento; pero 
si éste bregó en la metrópoli con la maledicen- 
cia, con la intriga y con la envidia, en la tierra 
natal habría luchado con la ignorancia y la indi- 
ferencia que, junto con el pésimo gusto literario, 
fueron las características de nuestros tiempos 
129 

Tomo XXI $ 



Amado Ñervo 

virreinales. Él y sor Juana, ésta en la lírica y 
Alarcón en la dramática, son las dos grandes 
glorias de aquellas centurias, en las que los 
asuntos vacuos, la forma hinchada, el estilo gon- 
górico y la erudición indigesta constituían el 
caudal literario de los insulsos y enrevesados 
cultivadores de la gaya ciencia. Aislada del orbe 
la Colonia, sobrecogida siempre de temor, des- 
provista de establecimientos de instrucción pri- 
maria, aunque dotada de otros en los que la ex- 
perimentación y los métodos prácticos no eran 
conocidos y sólo se acostumbraba el memoris- 
mo y se impartía la enseñanza del latín, de la 
gramática y de la filosofía, lógico es que en cir- 
cunstancias tan desfavorables... fuesen muy con- 
tados los ingenios que, superando tamañas difi- 
cultades, llegaran a producir obras de perenne 
recordación. > 

Yo entiendo, empero, que los ingenios, casi 
siempre, por no decir siempre, tienen que supe- 
rar al medio, con sus dificultades y sus incom- 
prensiones ambientes: si no, no serían ingenios; 
entiendo asimismo, y ésta es otra salvedad a la 
opinión de mi amigo, que España en muchas de 
estas cosas no estaba acaso peor que la Francia 
o la Alemania de aquella época, y que, por úl- 
timo, Madrid, la corte, así en los tiempos de Fe- 
lipe IV como en los de Carlos II, no superaba 
mucho que digamos a sus colonias en la efica- 

130 



Obras Completas 

cia de su ambiente mental. Si, pues, a pesar de 
esto, se levantaron aqui cimas tales como un 
Quevedo, un Lope, un Góngora o un Alarcón, 
fué por ese poder de ingencia, de dominio, de 
surgimiento que tiene el genio, el cual ha sido, 
es y será sieinpre una sorpresa y un milagro en- 
tre los hijos de los hombres... 

¿Acaso Santa Teresa, que apenas leyó algu- 
nos libros de caballería y otros de devoción, 
dejó por eso de ser la más admirable, la más ele- 
gante, la más pura escritora española del si- 
glo XVI y de todos los siglos? 

No; si Alarcón hubiese vivido siempre en la 
Colonia, aunque con menos noticias, habría sido 
siempre ingenioso y grande. La prueba de esto 
es la maravillosa sor Juana, asombrando al mun- 
do español en la época más ingrata de la histo- 
ria de España, en aquel siglo crepuscular y co- 
rrompido de Carlos II. 

¿Quién ha de negar por eso el estímulo (que 
yo confieso arriba) de la convivencia de Alar- 
cón en Madrid con las colosales figuras del 
teatro áureo de fines del siglo xvi y de principios 
del xvn? Sería negar la incontestable fuerza del 
medio, modelador, si no creador, de ingenios. 

La prueba de lafuerza y la independencia men- 
tal de Alarcón la tenemos en el hecho de que, a 

131 



Amado Ñervo 

pesar de que en su tiempo principiaba ya el 
gongorismo a ejercer su arrollador influjo, del 
cual no escaparon, como se sabe, los más gran- 
des ingenios, él salió ileso o casi ileso del con- 
tagio. Y cuenta que «habiendo adquirido con la 
representación de otras comedias algún favor en 
el teatro el género llamado culto >, y escribien- 
do para el público los autores dramáticos, era 
natural que la mayor parte rindiese parias a es- 
tas exigencias del tiempo; pero Alarcón distin- 
güese en este punto también por su indepen- 
dencia, y en el prólogo de la primera parte de 
su teatro se atreve a decir, dirigiéndose al vul- 
go: «Allá van esas comedias... si te desagrada- 
ren, me holgaré de saber que son buenas>, lo 
cual quiere decir que se hallaba dispuesto a re- 
sistir con todas sus fuerzas al «funesto influjo 
del culateranismo», dice uno de sus biógrafos. 

No; la inferioridad u hostilidad del medio no 
cortan las alas al genio. Sobre los vastos plani- 
llos descuellan las montañas con más gallardía 
y pureza de líneas. 

¡Hostil ha sido el medio a tantos y tantos! Los 
grandes músicos, sobre todo— pienso en Ber- 
lioz y Wagner— han tenido que chocar doloro- 
samente contra la incomprensión; mas de este 
choque han brotado regueros de chispas ge- 
niales. 

61 

tai 



o b r a 9 Completas 

Hablando de la obra de Alarcón dice Hart- 
zenbusch: «La colección de sus comedias forma 
un tratado de filosofía práctica, donde se hallan 
reunidos todos los documentos necesarios para 
saberse gobernar en el mundo». Y añade: < Nin- 
gún escritor dramático nuestro compuso como 
él más de la mitad de sus obras con fin instruc- 
tivo; ninguno se dedicó de propósito, como él, 
a este género de poesía fructífera, madura; nin- 
guno dejó, como él, modelos de la comedia de 
carácter, modelos imitados después por extran- 
jeros y nacionales y nunca excedidos... La bre- 
vedad de los diálogos, el cuidado constante de 
evitar las repeticiones y la manera singular y 
rápida de cortar a veces los actos, acaban de 
diferenciar completamente las obras de Alarcón 
de las de todos nuestros dramáticos contempo- 
ráneos suyos... Avarientos, misántropos y em- 
belecadores como los de Moliere, pocas veces, 
por fortuna, se ven; maldicientes y mentirosos 
como los de Alarcón los ha habido y habrá 
siempre, dada la flaca naturaleza del hombre; 
son, pues, más verdaderos los tipos del poeta 
español, y es por ello más útil, más aplicable la 
censura del vicio. Alarcón tiene en sus come- 
dias fisonomía propia, varia y bella; ni se pare- 
cen entre sí, ni pudieran equivocarse con figuras 
creadas por otros autores». «Alarcón — con- 
cluye— es el clásico de nuestro teatro antiguo... 
133 



Amado Ñervo 

Se dedicó a lo que ninguno de sus contempo- 
ráneos: a la comedia moral, e hizo lo que no 
fué dado acabar a Lope, a Tirso, a Calderón y 
aun aMoreto.» 

Y don Alberto Lista, hablando de él, dice: 
«Calderón le excedió en la fuerza poética y en el 
arte de anudar y desenlazar la acción; Lope en 
la ternura; Tirso en la malignidad; Moreto en la 
sal cómica; Rc3Jas en las situaciones trágicas. A 
todos los demás es superior en estas dotes; y a 
los colosos que van nombrados, en la correc- 
ción sostenida de la frase... Leyendo a Moreto 
nos acordamos de Lope y de Tirso, aunque me- 
jorados. Calderón se copió muchas veces a sí 
mismo. Alarcón no copia a nadie ni se repite. 
Sus situaciones son siempre nuevas, lo que pa- 
recía imposible después de las mil y ochocientas 
comedias de Lope de Vega... 



B 



Sabido es por todos que Le menteur, de Cor- 
neille, no es más que La verdad sospechosa, de 
Alarcón, vestida con pergeño francés. Puede 
calificársele de una excelente paráfrasis hecha 
por un hombre de genio, por no decir de una 
traducción. 

Una de las mejores obras del teatro francés 
de la gran época es, pues, un arreglo de Alarcón. 
134 



Obras Completas 

Por lo demás, apresurémonos a decirlo (a re- 
petirlo, pues lo consignamos ya en nuestro en- 
sayo intitulado Juana de Asbaje), Corneille, que 
además de ser un gran talento era un hombre 
honrado (cosas que suelen no hacerse buena 
compañía), no ocultó ni mucho menos la fuente 
en que había bebido. «Esta pieza— dice—, El 
embustero (Le menteur), es en parte traducida y 
en parte imitada del español. El asunto me ha 
parecido tan ingenioso y bien manejado, que he 
dicho muchas veces «que daría dos de las me- 
jores que he compuesto, con tal de que fuese 
invención mía». 

Por su parte. Moliere confiesa a su vez que 
El misántropo fué inspirado por El embustero, 
de Corneille, inspiración sin la cual no hubiese 
escrito más que comedias de enredo. 



B 



Veinte comedias poseemos de Alarcón; pero 
se nota en ellas bastante desigualdad. Algunas 
son de poco mérito, y aun se diría que no bro- 
taron del mismo lúcido ingenio, de la propia ex 
perta mano. 

La mejor es, sin duda. La verdad sospechosa, 

cuyo tipo escénico es, como se ha dicho, el del 

mentiroso que con sus propios embustes trama 

una inextricable maraña en la que acaba por en- 

135 



Amado Ñervo 

redarse él mismo y de la cual en vano pretende 
escapar después diciendo la verdad; pues como 
afirma Tristán, el gracioso de la pieza, dirigién- 
dose a don García, al final de la comedia: 

... Aquí verás cuan dañosa 
es la mentira: y verá 
el senado, que en la boca 
del que mentir acostumbra, 
es la verdad sospechosa. 

Las paredes oyen es asimismo una comedia 
de gran mérito. De ella dice don Manuel Gon- 
zález de la Llana: <Se dirige a demostrar la 
odiosidad de la malevolencia, y para que en el 
desarrollo de la acción se note el necesario con- 
traste y haya variedad de tonos y de colorido, 
al lado del tipo odioso del maldiciente, coloca 
el poeta otro generoso y de miras elevadas, aun- 
que poco favorecido en lo que atañe a las 
prendas físicas. Esta circunstancia, unida a lla- 
marse este personaje don Juan de Mendoza, 
nombres ambos que llevaba el autor, han hecho 
presumir a algunos notables críticos, no sin fun- 
damento, que acaso en esta comedia intentó 
Alarcón recordar algún episodio de su vida, o 
por lo menos pintar su carácter, embelleciéndo- 
le, por supuesto, moralmente para realizar las 
exigencias estéticas. De todos modos, del con- 
traste de ambos caracteres nacen situaciones in- 



Obras Completas 

teresantes y dramáticas que dan gran valor a la 
obra, que por lo demás está bien hablada, como 
la mayor parte de las de nuestro poeta. > 

A Las paredes oyen prefiero yo la deliciosa 
comedia Mudarse por mejorarse^ cuyo solo tí- 
tulo indica asaz el asunto y que está escrita con 
una agilidad, una elegancia y una gracia insu- 
perables. 

Citaré asimismo como de las más bellas Los 
favores del mundOj llena de una austera y serena 
filosofía. Del diálogo entre Anarda y Garci- 
Ruiz, su enamorado, tomo estos versos: 

GARCI-RUIZ 

Dadme, Anarda, los pies. 

ANARDA 

Poco es la mano 
a tan valiente y noble caballero. 
¿De camino venís? 

GARCI-RUlZ 

Búscase en vano 
firmeza en bien de) mundo lisonjero. 



Ayer, ya vos sabéis por qué camino, 
hallé fácil al cielo la subida; 
¡mentirosa amistad de mi destino! 
jTraidora prevención de la caída! 

137 



m a d o N e r 

La humilde vara en levantado pino 
fué como súbito aumento convertida, 
porque el viento airado a la violencia 
diese efecto mi propia resistencia. 



ANARDA 

Señor Garci-Ruiz, desdicha grave, 
siempre tocó el mayor merecimiento. 
Si rodó la fortuna, ¿quién no sabe 
que en sólo ser mudable tiene asiento? 
Lo que yo admiro, y en razón no cabe, 
es sólo vuestro poco sufrimiento; 
que ¿quién pensara que faltar podía 
gran fortaleza a grande valentía? 
A suerte desigual igual semblante 
es propia acción de pechos valerosos; 
animoso emprender, sufrir constante, 
consiguen los laureles victoriosos. 
No al primero desdén huye el amante; 
grandes los bienes, son dificultosos. 
Poco al Príncipe amáis, oso decillo, 
pues pretendéis servirle sin sufrillo. 



B 



Alarcón fué horrible, cruelmente zaherido por 
Quevedo, Góngora, Molina, Lope, ya lo sa- 
bemos. 

Quevedo, en una letrilla, le hizo mil acusa- 
ciones infundadas, ridiculas, pueriles. 

Las coplas anónimas contra él eran legión, 
138 



Obras Completas 

Una de las menos tontas, sin dejar de serlo, es 
esta seguidilla: 

A ningún jorobado 

daré ventaja, 
que una llevo en el pech» 

y otra en la espalda. 

Jesús, qué tengo 
que parecen alforjas 

de bordonero. 

No hubo insulto que no se le dirigiese y se 
conservan infinitos de ellos impresos, para de- 
chado de lo que son unos para otros los litera- 
tos y poetas, y del filo de sus colmillos para 
morderse. Se conocen trece décimas, compues- 
tas por Lope, Góngora, Quevedo, don Antonio 
de Mendoza, Pérez de Montalbán, Luis Vélez 
de Guevara, Mira de Amezcua, fray Gabriel Té- 
llez, Alonso Salas Barbadillo, Alonso Castillo y 
Solórzano, fray Juan Centeno y Alonso Pérez 
Marino, más una anónima, en que no se olvida 
ninguno de los defectos físicos del excelso jo- 
robado y no hay calumnia con respecto a sus 
prendas morales que no se aguce despiadada e 
innoblemente. 

Los que hacen profesión de la literatura y de 
la poesía no han variado |ayl desde entonces. 
Son los mismos bichejos ponzoñosos de siem- 
pre (jcon cuan raras y bellas excepcionesl). Cuan- 
139 



Amado Ñervo 

do menos, algunos de los que herían a Alarcón 
eran verdaderamente grandes por el genio, si 
no por la bondad. 

Como si esto no bastara, sns mejores piezas 
se atríbuian a otros y se imprimían con ajenos 
nombres. El ya citado Corneille, hablando de La 
verdad sospechosa y añade a lo que hemos trans- 
crito: «Se atribuye (esta gran comedia) a Lope 
de Vega; pero hace peco tiempo que me ha ve- 
nido a las manos un tomo de don Juan Ruiz de 
Alarcón, en el cual pretende que es suya, y se 
queja de los impresores, que la han publicado a 
nombre de otro. Sea el que fuere su autor, lo 
cierto es que tiene gran mérito, y yo no he vis- 
to nada en aquella lengua que me contente más.» 

¿Qué efecto produjeron en el levantado y 
cortesísimo don Juan todas estas miserias y mez- 
quindades? 

Lo ignoramos, porque él no se quejó nunca. 

Sólo sí se sabe que pidió al rey una relatoría, 
la cual le costó mucho trabajo adquirir, que en 
1628 (posiblemente) fué por fin nombrado rela- 
tor de Indias, cargo que desempeñó hasta su 
muerte, y que en sus últimos tiempos ni escri- 
bió más comedias ni vio a más literatos, y aun 
se fué a vivir a un barrio distante del que ellos 
habitaban. Moraba en la calle de Urosas, y mu- 
rió en 1639, siendo feligrés de la parroquia de 
San Sebastián. Su muerte, acaecida el 4 de 
14Q 



Obras Completas 

agosto de ese año, fué ejemplar, como su vida, 
en la que sembró resignación, bondad, ingenio, 
y no recogió más que cardos, porque así prue - 
ba Dios a las almas que ama y en las cuales 
deja que se ceben todas las malaventuras, como 
para mostrarnos, orgulloso de ellas, sus exce- 
lencias y su fulgor de diamante. 

Dios hace algo más: hace que estas almas ex- 
celsas animen cuerpos miserables, ñoños, de 
exterior a veces repelente. ¿No han afirmado 
por ventura algunos doctores de la Iglesia, entre 
ellos San Justino, que el propio Cristo tenía un 
cuerpo feo y triste, en el que la divinidad estaba 
aprisionada como una ave del paraíso en una 
jaula sórdida? A creer esto le autorizaba un 
misterio pasaje de Isaías que dice: «Erguíase 
como un débil arbusto, como un renuevo que 
surge de una tierra árida; no tenía ni hermosura 
ni gracia. Despreciado y abrumado de oprobio, 
era el «Varón de Dolores», ducho en sufrir que- 
brantos. Volvían todos el rostro para no verle. 
Como iba cargado con nuestros sufrimientos, 
parecía un hombre maldito por Dios, tocado 
por su mano. Nuestros crímenes lo cubrieron 
de heridas, nuestras iniquidades lo quebranta- 
ron: el castigo que nos valió la misericordia pe- 
saba sobre él, y sus llagas fueron nuestra cura- 
ción. Eramos todos como un rebaño extraviado, 
y Dios descargó sobre él la iniquidad común. 

141 



Amado Ñervo 

Aplastado, humillado, no abrió la boca para 
quejarse; dejóse llevar como un cordero a la in- 
molación; como una oveja silenciosa delante de 
ios trasquiladores, no abrió la boca. Su sepulcro 
pasa por el de un hombre malvado, y su muerte 
por la de un impío, etc.> 

¿No estáis viendo en estas palabras el asom- 
broso retrato de tantos y tantos genios que han 
pasado por la tierra, de tantos y tantos cristos 
heridos y maldecidos en el mundo? 

Dios gusta, pues, a semejanza de lo que hizo 
con el Hijo del Hombre, de engastar diamantes 
y encasquillar perlas en el estaño de las igno- 
minias. jAy de los que no saben reconocer en- 
tre el metal menospreciado la calidad divina de 
la joya! 

¡Las dos jorobas de donjuán Ruiz de Alarcón 
fueron como las dos valvas del molusco oscuro 
que esconden la incomparable margarita! 




ii42 



GABRIEL D^ANNUNZIO 



i\adie duda de que«il signor» Gabrielle D*An- 
nunzio tiene talento. Basta recordar el espiritual 
regalo de sus Vírgenes de las Rocas, que pasan, 
ya delicadas, ya austeras y melancólicas, como 
al través de un otoñal ensueño. Basta recordar 
la sabia fiebre del Inocente y de su Triunfo de 
la Muerte y la poderosa elegancia y la pasión 
arcaica de su Francesca. 

Seguramente que «il signor > Gabrielle D'An- 
nunzio tiene talento. Lo ha tenido aun para pla- 
giar a Flaubert y al pobre de Peladan... si es 
que los ha plagiado. 

Si él nos dejara expresarnos dentro de una 
serena e incontaminada libertad de juicio, avan- 
zaríamos hasta decir que «il signor> Gabrielle 
D'Annunzio tiene mucho talento, y acaso, de- 

143 



Amado Ñervo 

jándonos deslizar por la resbaladiza rampa del 
adjetivo, echaríamos mano del superlativo mu- 
chísimo, para anteponerlo al talento de Gabriel 
D'Annunzio. 
Pero- 
Pero «il signor> Gabrielle D'Annunzio ha re- 
suelto algo más que tener talento y aun algo más 
que tener mucho talento: ha resuelto tener ge- 
nio, así, a secas, y ha decidido algo peor todavía: 
decirlo urbí et orbe. 

Cuando Víctor Hugo nos daba a entender que 
tenía genio, sonreíamos sin ironía, porque «era 
cierto >, y le perdonábamos al Maestro Máximo 
su posCy quizá un poco infantil, en gracia de la 
maravillosa potencia de su espíritu. Pero «se la 
perdonábamos> solamente, no se la aplaudía- 
mos, porque nada hay en el mundo más ridículo 
que el declararse Dios cuando se es del tamaño 
de los hombres. 

Ahora bien, al «? ignor> Gabrielle D'Annunzio 
no le perdonamos lo que le perdonábamos a 
Víctor Hugo. Todo su talento de adjetivador, 
todos los ardores de su cálido estilo, todas las 
tersuras de algunas de sus páginas lapidarias, 
no bastan a hacer de él el primer poeta italiano. 
Todavía flota al viento el verso poderoso de 
Carducci y se escuchan aún a lo lejos las vo- 
ces inmensas de la melancolía de Leopardi. En 
rededor de él numerosos poetas jóvenes piensan 

144 



Obras Completas 

alto y sienten hondo. El presente no le da, 
pues, derecho alguno al cetro de los dioses. 



Q 



Un escritor italiano bastante valioso se atrevió 
a hacer a D'Annunzio, en estos días y en carta 
particular, algunas observaciones sobre Más que 
el amor. 

D*Annunzio, en su respuesta, le indicó simple- 
mente que «jal genio... no se le discute!» 

Se le olvidó sin duda a él, que tanto lee el 
francés, aquella frase de un gran francés con- 
temporáneo: 

^La crítica no respeta ni a los hombres... ni a 
los dioses. » 

Privar a un espíritu culto del derecho de juz- 
gar a un artista seria un atentado sin nombre. 

El arte no es esotérico. El arte es la mayor 
diafanidad a través de la cual le es dado volar 
al pensamiento. 

El hombre que dice a la Humanidad: «Tú no 
puedes discutirme, tú no puedes comprender- 
me», podrá ser un fatuo, pero jamás un buen 
artista. Porque lo propio del arte es iluminar to- 
dos los cerebros. Se afirma que en las grandes 
profundidades oceánicas, donde jamás ha pene- 
trado la luz del sol, hay peces que irradian vi- 
vas luces de diversos colores, y que al mirar un 

145 
Tomo XXI 10 



Amado Ñervo 

objeto por ese solo hecho lo iluminan. Es decir, 
que simultáneamente con su mirada proyectan 
un rayo vivísimo de luz que se clava en el pun- 
to a que aquélla se dirige. Pues lo mismo hace 
el genio: ilumina el alma a quien habla, y esta 
alma lo comprende más o menos, según su fa- 
cultad receptora de luz; pero lo comprende 
siempre. 

A Homero lo comprendían hasta los niños, a 
quienes, según la tradición, enseñaba los viejos 
cantos históricos. A Job lo comprendieron los 
tres amigos que lo oían. A los inmensos trági- 
cos griegos iban a Atenas a verlos representar 
hasta las mujeres más humildes. Shakespeare se 
representaba para pecheros y señores. En el co- 
rral de la Pacheca, donde nació el teatro por ex- 
celencia del mundo, había más villanos que no- 
bles, y eran los villanos los que aplaudían a un 
Lope o a un Alarcón. Cervantes ha hecho reír y 
llorar hasta a los tontos, y todavía habrá niños 
que aprendan y comprendan en la escuela los 
versos de Víctor Hugo. 

Apuremos aún. No sé de poema alguno de 
Verlaine (que no era genio, pero que valía mu- 
chísimo más que «il signor> D'Annunzio) que 
sea ininteligible. Sus sutilezas, revestidas de in- 
genuidad, deleitan oídos expertos, pero suenan 
también musicalmente en oídos vulgares. 

Si Italia entera ha rechazado el Más que el 

146 



Obras 



m p I e t a 8 



amor y de D'Annunzio, no es porque no lo com- 
prende, y si la divina Eleonora presta siempre 
al poeta— generalmente sacrificando sus intere- 
ses con harta abnegación— el concurso de su 
genio, este es un fenómeno de ternura. Eleono- 
ra ama y su entusiasmo no es... más que el 
amor. 




147 




EN PISA 



Por la solitaria Pisa lentamente vaga la som- 
bra de Galileo Galilei. 

La torre inclinada le sirvió a lo que se cuenta 
para efectuar algunos experimentos acerca de la 
gravedad. La torre está allí, intacta, en su raro y 
melancólico paisaje monumental: Galileo ha pa- 
sado... Difícilmente quedará en su tumba un pu- 
ñado de polvo de aquella cabeza admirable, que 
contuvo el tesoro, que elaboró la opulencia de 
pensamientos tan vastos. 

Pero el espíritu del genio es más poderoso en 
cambio que estas arquitecturas de mármol, que 
se desvanecerán antes que él. 

He ido a ver la casa en que nació Galileo. 

Está eo un verdadero remanso de paz y de 

143 



Obras Completas 

olvido. Una amplia y silenciosa calle: la de Giov. 
Pisano nos lleva hasta la antigua fortaleza, y de 
ahí, a través de un arco mohoso, a la vetusta 
morada, donde fea lápida nos dice la fecha en 
que vino al mundo el grande hombre. ¡Hay en 
rededor ambiente tal de melancolía, de sucie- 
dad, de abandono!... Un poco más allá, el Arno 
amarillento corre, se arrastra con pereza. No he 
visto en mi vida un río que me contriste más 
que el Arno. Y si en Florencia es triste, en Pisa 
es la tristeza misma. Casi ninguna embarcación 
se mece en sus aguas. Sus puentes severos tien- 
den su arco vano a través de la onda con 
quién sabe qué gesto desolado. 



B 



No se puede pensar en Galileo sin que la Le- 
yenda, esa vieja comadre, nos salga al paso al- 
terando todas las perspectivas históricas. No es 
cierto que Galileo haya pronunciado el famoso 
e pur Sí muove... Pero ¿no debió por ventura 
pronunciarlo? 

¡Ahí Tampoco es cierto que nuestro Cuauhte- 
moc exclamara: «¿Estoy yo acaso en un lecho 
de rosas?» Pero debió exclamarlo. 

Galileo no fué maltratado por sus censores. 
Se le trató con humanidad, con dulzura. Su pri- 
sión fué más fórmula que castigo. [Qué menos 

149 



Amado Ñervo 

podía pedirse a aquellas gentes que habían 
incrustado sus ideas sobre el mundo dentro de 
la cosmogonía mosaical 

En Florencia se muestra aún el anteojo cons- 
truido por Galileo, y merced al cual descubrió 
las fases de Venus, admiró los satélites de Júpi- 
ter y vio el anillo de Saturno antes que a mor- 
tal alguno le hubiese sido dado contemplarlo. 

Fiammarion nos cuenta, no recuerdo en cuál 
de sus libros, que cuando tuvo en sus manos 
ese modesto aparato que ensanchó de tan ma- 
ravillosa manera las fronteras del pensamiento 
humano, no pudo contenerse y lloró. 

Esas lágrimas honran a Fiammarion. 

Galileo no inventó el telescopio. El telesco- 
pio fué inventado en una pequeña ciudad de los 
Países Bajos de la más peregrina manera: un 
fabricante de gafas, al volver a su taller, del cual 
había salido un momento, advirtió que su hijo 
se entretenía mirando a través de dos vidrios 
puestos uno a continuación del otro, el gallo 
que coronaba la veleta de la torre cercana. 

—Padre— exclamó el niño—, poniendo así 
estos cristales el gallo se ve «más cerca». 

El fabricante cogió los vidrios de manos de 
150 



Obras Completas 

su hijo y notó, en efecto, que el gallo se aproxi- 
maba con la simple combinación de un vidrio 
plano y otro convexo que el chicuelo acciden- 
talmente había cogido. De allí a fijar los dos vi- 
drios en un tubo no había más que un paso. El 
anteojo estaba inventado. 

Galileo oyó quizás hablar de esto, o quizás 
flotaba ya dentro de las ideas de la época la po- 
sibilidad de un aparato tal, y después de algu- 
nos tanteos construyó el suyo. Cuando lo diri- 
gió hacia la luna, el extraño paisaje de nuestro 
satélite, la rara melancolía de sus mares, sus cir- 
cos y sus montes gigantescos embelesaron y des- 
lumhraron al sabio; cuando lo dirigió hacia Ve- 
nus, advirtió con pasmo que este planeta tenía 
fases como la luna; cuando lo dirigió hacia Júpi- 
ter, el encanto fué mayor al advertir la belleza de 
aquel sistema, en el que aparecían cuatro bellísi- 
mos satélites gravitando en rededor del gigantes- 
co astro central, rayado de bandas enigmáticas. 
Pero nada fué comparable al pasmo de Galileo 
cuando dirigió su anteojo al lejano Saturno. 

No se dio cuenta (ni la imperfección de su 
instrumento se lo hubiera permitido) de que el 
planeta estaba rodeado por un anillo. 

Creyó más bien que se trataba de dos satéli- 
tes que a la misma distancia acompañaban al 
astro, y en un anagrama latino escribió poco 
más o menos: 

151 



Amado Ñervo 

«El viejo Saturno va acompañado de dos pa- 
jes que lo sostienen.» 

Cuidados y labores impidieron por mucho 
tiempo a Galileo volver a clavar su anteojo en 
el pálido astro, y algunos años más tarde, cuan- 
do quiso verle de nuevo, el anillo se mostraba 
a la tierra, como si dijéramos por el filo, gracias 
a los movimientos peculiares del planeta, y la 
leve hebra de luz que lo denunciaba pasó inad- 
vertida para el sabio... Los supuestos satélites 
habían desaparecido. ¡Desaparecido! 

Galileo limpió sus lentes, se restregó los ojos, 
volvió y tornó a mirar... ¡Nadal Saturno camina- 
ba solo, huraño y lívido por la infinita noche. 

El sabio pensó entonces que había soñado, o 
que aquello había sido acaso el engaño de un 
espíritu maligno... y murió sin saber el alcance 
de su maravilloso descubrimiento. 



B 



Y recuerdo todas estas cosas mientras reco- 
rro las naves de la catedral, preciosa hasta en 
sus menores detalles; mientras contemplo la 
lámpara famosa que sugirió al genio la idea del 
movimiento de la tierra, y mientras asciendo a la 
torre inclinada desde donde tantas veces el pen- 
samiento de Galileo se escapó, gallardo y pode- 
roso, al infinito. 

152 



MARÍA LUISA RITTER 

Madrid, noviembre 19 de 1906. 



JHÍará como diez años estuvo en México una 
muctiacha pianista de excepcionales facultades. 
Se llamaba María Luisa Ritter, y era originaria 
de Madrid. Había viajado mucho, hablaba el 
francés como una parisiense, tenía largas manos 
afiladas, una palidez suave y un perfil israelita 
de ideal pureza, iluminado melancólicamente 
por grandes ojos garzos. 

Viajaba acompañada de un tío ya viejo, pero 
bastante fresco aún, risueño y activo bajo la 
plata de sus años. 

Fui presentado a María Luisa Ritter por un 
muchacho devoto, e intimamos rápidamente. 
Aun es posible que nos hayamos querido un 
poco. 

153 



A m a d 9 Ñervo 

Nuestras vidas juntas apenas si sumarían en- 
tonces cincuenta años de camino... 

Recuerdo haber paseado con ella a la luz de 
la luna por las tranquilas calles de México. Re- 
cuerdo haber recitado con ella muchos versos 
franceses y otros muchos versos españoles. Re- 
cuerdo haberle dedicado en El Mundo, semana- 
rio, una gran página con un bello retrato y un 
ardoroso artículo, pródigamente adjetivado. 

ítem más, una especie de prosa rítmica que 
empezaba así: 

«Yo adoro las cabezas asirías», la cual tuvo 
la mala suerte de no gustar ni al director ni a 
ninguno de los compañeros de El Mundo... (y 
creo que a «ella> tampoco). 

María Luisa Ritter dio algunos conciertos con 
éxito, y un día, seguida de su tío trashumante y 
cosmopolita, partió dejándome una fotografía 
con lisonjera dedicatoria y algunas flores secas. 

La fotografía debe de estar aún en mi cuarto de 
estudio, con otras, asimismo amadas, allá en Mé- 
xico, en ese rincón de pensamiento, lleno sólo 
ahora de las mudas conversaciones de mis 
libros y de las inmóviles miradas de mis re- 
tratos. 

Las flores secas las volvió polvo el tiempo y 
se las llevó el viento. 

En París, en 1901, la mañana de un domingo, 
Rubén Darío y yo conversábamos en un café 

164 



Obras Completas 

del bulevar cuando pasó María Luisa Ritter-— 
siempre con su tío—. Me reconoció, se detuvo, 
y yo me adelanté a saludarla, presentándola 
después a Rubén. 

Me dijo que estaba un poco enferma y me in- 
vitó a visitarla; pero su viejo acompañante me 
ponderó de tal manera el quehacer de Maria 
Luisa, el terrible tesón con que se ejercitaba en 
el piano, les pocos instantes que tenía libres, 
que comprendí que no debía hacer aquella 
visita. 

María Luisa me habló de México por no sé 
qué vaga insinuación de tristeza, y de París, con 
un entusiasmo nervioso y apasionado: 

«En París querría ella vivir siempre...» 

Estábamos de acuerdo: «En París querría yo 
también vivir siempre. > 

Y nos despedimos, y aquel perfil israelita que 
yo había amado, un poco más pálido, un poco 
más severo, y aquellos ojos garzos, un poco más 
apagados, un poco más pensativos, se desvane- 
cieron para siempre en la zona de mi vida. 

Y he aquí que en esta mañana glacial del mes 
de los muertos, en que las rachas filosas y tur- 
bulentas del Guadarrama se ensañan en el mar- 
chito plumaje de los árboles que bordan la ace- 
ra de mi calle, al salir a mi despacho, cojo El 
Imparcial y tropiezo de primas a primeras con 
el siguiente telegrama: 

155 



??* 



«EN PARÍS 
SUICIDIO DE UNA ESPAÑOLA 

París, 13 (8 mañana). 

»Ayer tarde se suicidó, disparándose un tiro 
en el corazón, dentro de un coche, la joven ma- 
drileña María Luisa Ritter. 

»La desgraciada joven debía haber marchado 
a Alemania, donde la ofrecieron una clase de 
piano en un colegio pensión de señoritas en 
Berlín, así como dar algunos conciertos. 

» Diariamente esperaba el envío de dinero para 
efectuar el viaje, y como el giro prometido no 
llegaba, escribió sin obtener respuesta. Este si- 
lencio la indujo a creer que había perdido su 
empleo, y como además estaba neurasténica, se 
desesperó hasta al punto de quitarse la vida.» 

Quizás hallaréis natural, después de leídas 
estas líneas, que os haya hablado un poco de 
una cabeza israelita, de unos ojos garzos y de 
una noche enlunada, y me lo perdonaréis acaso. 

*La vida, pensaréis, sin embargo, es tan pró- 
diga de estas tragedias! ¡Estas tragedias son ya 
tan vulgares...!* 

Cierto, pero aún falta un detalle que tal vez 
os hará encontrar este suicidio un poquito me- 

156 



Obras Completas 

nos vulgar, un poquito más triste que otros mu- 
chos. Aún no habéis leído todo el telegrama. 
Ese final del telegrama dice así: 

«Un detalle, que acentúa el carácter trágico 
de este suceso, es que la carta tan esperada de 
Alemania llegó ayer tarde, poco después de su- 
cumbir la desdichada artista española,— C.» 




UN ALMA DESNUDA 



V^ON motivo del 31 aniversario de la muerte de 
María Bashkirtseff, La Renaissance ha publicado 
el testamento, inédito aún, de «aquella alma mag- 
nífica y atormentada de gloria >. 

He aquí algunos de los pasajes caracterís- 
ticos: 

«Muero absolutamente pura de corazón, de 
espíritu y de cuerpo. No creo haber tenido ja- 
más pensamientos bajos, interesados o deprava- 
dos; esto, según parece, es muy raro. Así, pues, 
quiero que me vistan, en mi lecho de muerte, 
de lana blanca, muy fina, y que me envuelvan 
por completo en ella, como me gustaba estarlo 
en vida. La tela debe ser muy sencilla... Los ca- 
bellos sueltos. 

» Ruego a los señores Bastien Lépage, Robert 

158 



Obras Completas 

Fleury y Dina que me arreglen los cabellos, para 
que esté yo muy bien. 

»Ei cuello descubierto, así como los brazos, 
tanto cuanto sea posible. Los brazos podrán es- 
tar velados, pero de manera que se vea la forma. 
Poned flores entre las manos. 

>La cama, antes de que sea yo depositada en 
ella, será cubierta de una gran tela de brocado 
blanco, la cual caerá holgadamente hasta el sue- 
lo. Que no pongan flores en la cama ni en el 
cuerpo. 

> Habrá cirios. 

♦Quiero ser, después, incinerada, y mis ceni- 
zas serán depositadas en una urna de oro puro, 
de modelo antiguo. Ruego a Robert Fleury que 
determine la forma. 

»Luego todo lo que he escrito a X... a condi- 
ción de que no cambie una palabra y de que 
sea publicado después de mi muerte.» 



Q 



Esta mezcla de ingenuidad, de coquetería y 
de orgullo, que tan raro matiz da a las confiden- 
cias de la extraordinaria virgen rusa, es la que 
campea en todo su diario. 

Hace muchos años que leí este diario. Era yo 
muy joven, y mi alma, que se hallaba en el pe- 
ríodo de asimilación, de conglutinación, de flo- 

159 



Amado Ñervo 

reclmiento, dócil por eso, como es natural, a todo 
Influjo de belleza, se sintió de tal suerte conmo- 
vida y cautivada, que resolví yo también escri- 
bir mi diario. 

Para hacerlo tenia la condición esencial: la sin- 
ceridad, que reina, ha reinado y espero reinará 
en cuanto escribo. 

Puse, pues, manos a la obra, y tracé bastantes 
páginas, inútilmente; porque un día, en un mo- 
mento de sinceridad aún mayor, las rompí. 

¿Para qué dejar aquella fotografía de mi yo 
(fotografía tomada <con mi máquina», natural- 
mente), si a nadie podía servirle ni interesarle? 

Había yo nacido y vivía en un país en forma- 
ción, donde no había siquiera unidad étnica; en 
una época sin relieve; me movía, salvo contadas 
excepciones, entre gente mediocre, entregada en 
alma y vida a los negocios y ajena por completo 
a las fiestas del espíritu. Yo mismo— aun cuando 
me doliese creerlo— no era acaso masque un 
hombre mediocre, un ser imaginador, sentimen- 
tal, semifilósofo, sin preparación ninguna sólida 
para edificar algo durable en mi vida... 

Si a lo menos hubiese tenido ocasión de tra- 
tar a hombres extraordinarios... Pero el único 
hombre, no extraordinario, sino excepcional 
(sigo creyendo que lo fué), que despertaba mi 
curiosidad juvenil, era el general Díaz, y en 
aquella época estaba de tal suerte rodeado, cer- 

160 



Obras Completas 

cado, adulado, por cuanto había de visible en la 
república (que lo deificaba como nunca fué dei- 
ficado un gobernante), que yo, ignorado apren- 
diz de psicólogo y de retratista, no tenía opor- 
tunidad de acercarme a él y de intentar siquiera 
trazar su perfil espiritual, que él recataba, por lo 
demás, hasta de su almohada. 

Se comprende un diario cuyo autor, si no tiene 
que contar gran cosa de sí, se codee por lo me- 
nos con gente interesante. Mas para hacer un 
dietario soso de vida provinciana— como es la 
vida provinciana— como es la vida de casi todas 
las capitales de nuestra América— no valía la 
pena de garrapatear cuadernos. 

Benvenuto Cellini, en sus Memorias, dice que 
«todos los hombres, de cualquiera condición, 
que han hecho alguna cosa meritoria, o con tan- 
ta verdad que se asemeja al mérito, debieran es- 
cribir de su propia mano su vida, siendo verídi- 
cos y rectos; pero que tan laudable empresa no 
deberla comenzarse antes de haber transcurrido 
la edad de cuarenta años». 

Cellini empezó sus Memorias a los cincuenta 
y ocho... jPero tenía mucho que contar! Era un 
temperamento magnífico que se desenvolvió en 
el ambiente más admirable que hayan visto los 
siglos, al lado de hombres maravillosos, como 
Miguel Ángel, Leonardo, Rafael, Julio Romano- 
Desde niño ocurriéronle cosas excepcionales. 

161 
TOMO XXI n 



Amado Ñervo 

«A la edad de cinco años— refiere— estando 
mi padre en una habitación en la cual habíase 
guisado de comer, quedó un buen fuego de en- 
cina. Juan (su padre), con una viola en el brazo, 
tocaba y cantaba solo alrededor de aquella fo- 
gata. Hacía mucho frío. Al mirar el fuego vio por 
casualidad, en medio de las más ardientes brasas, 
un animal como una lagartija, el cual se refoci- 
laba en las llamas vigorosas. Al ver en seguida 
de qué se trataba, hízonos llamar a mi hermana 
y a mí, y al mostrárnoslo dióme un gran cachete, 
por lo cual, muy compungido, me eché a llorar. 
Me aquietó entonces, dulcemente, y me habló así: 

— Hijito mío querido, no te pego por ninguna 
cosa que hubieses hecho; mas tan sólo para que 
te acuerdes de que aquella lagartija que en el 
fuego viste es una salamandra, la cual no ha 
sido jamás vista por nadie de quien haya verda- 
dera noticia segura. > 

«Al decirme eso, me besó y me dio algunos 
cuartos. > 

Esta página debió influir por cierto en el amor 
de Gabriel D'Annunzio por la famosa salaman- 
dra, que pasaba libremente sobre su mesa y se 
quedaba extática a menudo encima de los pa- 
peles y los libros del poeta, semejando un bibe- 
lot japonés, sin dar más signo de vida que un 
leve movimiento espasmódico de su frágil cuer- 
po cristalino... 

162 



Obras Completat 

Cuando la salamandra murió, D'Annunzio hí- 
zole construir un «monumento», una artística 
urna votiva, con esta inscripción: 

^Beate salamandrae sacrum.,,* 

Oh amigo Benvenuto, amigo D'Annunzio, yo 
también he visto la salamandra... He jugado con 
ella en mi tierra, allá en mi distante infancia. Y 
he poseído camaleones misteriosos, que yacen 
entre las ropas de los armarios, sumidos en su 
nirvana... y que ostentan coronas de marqués. 

Pero no han sido augurio ni de grandes glo- 
rias ni de singulares hechos que ameriten las pá- 
ginas de un diario. 

Al de María Bashkirtseff, para volver a nues- 
tro tema inicial, llamóle Gladstone «libro sin pa- 
ralelo», y lo es verdaderamente por el perfume 
de sinceridad salvaje (tal palabra le conviene) 
de aquella alma selecta, refinada e ingenua al 
propio tiempo, en la que al lado de un formida- 
ble instinto de belleza antigua había tantas de 
esas hurañas y obscuras complejidades rusas, 
medio místicas, medio realistas. 

jCuántas veces envidié a mi homónimo el ba- 
rón de Ñervo, historiador, literato, jefe del par- 
tido católico francés en un momento dado, que 
tuvo el privilegio de tratar a aquella mujer in- 
comparable! 

163 



Amado Ñervo 

El encanto supremo del diario de María Bash- 
kirtseff dimana de que a cada página asoma un 
alma desnuda, una temblorosa alma desnuda, y 
os aseguro, amigos míos, que no hay en el uni- 
verso espectáculo semejante a este prodigioso y 
enternecedor espectáculo. 

¡Un alma desnuda! En ella se copia todo lo 
creado; pero se copia de una manera especial. 
Es un espejo; pero un espejo de estructura única 
y, por tanto, una imagen sin semejanza del 
cosmos. 

Hay tantos universos como almas existen. 

Para comprender la creación tal como es, ne- 
cesitaríamos asomarnos a todas las almas... Así 
como cada uno de nosotros es tal cual lo ven 
los ojos de los demás, siendo distinto para cada 
mirada, por lo que el nombre del ser humano es 
«legión», así el universo es uno y distinto en 
cada alma. En cada alma la estrella se enciende 
de distinto modo, y las nebulosas dilatan con 
distinta fosforescencia sus gases impalpables... 

Todos sabéis de los miles de ojos que tiene 
una mosca. En cada uno de ellos se reproduce 
un objeto que la mosca mira, pero se reproduce 
de distinto modo: las imágenes no son idénticas 
aun cuando su diversidad sea casi imposible de 
señalar para nuestros instrumentos. 

Si os imagináis un cristal de innumerables 
facetas, éste es el universo y Dios mirará en esta 

164 



Obras Completas 

multiplicidad su unidad divina. Lo «no manifes- 
tado», al manifestarse en la creación, tiene a gala 
pluralizarse, verse reproducido en incontables 
imágenes. 

Cada ojo, cada alma de los mil seiscientos mi- 
llones de habitantes que componen la totalidad 
actual de los humanos, es una faceta. Quizá 
existan genios superiores, invisibles, que puedan 
mirar a la vez estos millones de facetas, estos 
millones de almas, y tener de todas ellas una 
maravillosa imagen sintética. La visión del uni- 
verso, reproducida por tantos seres, debe ser 
para esos genios un juguete portentoso, como 
lo es para un niño el cristal prismático que se 
ha desprendido de una araña... 

Mas para nosotros los miortales la visión de 
las almas es muy restringida, especialmente por- 
que las almas son princesas que casi siempre 
viajan de incógnito... 

Empero, algunas veces el Amor, la Amistad, 
la Simpatía, que son verdaderos agentes sobre- 
naturales, divinos, hacen que algunas de esas 
almas, en determinados y solemnes momentos 
se nos muestren «tales como son...» Entonces 
nuestra alegría es mayor que si encontráramos 
un estupendo tesoro, porque en verdad os digo 
que no hay tesoro en el mundo como el de un 
alma desnuda. 

Imaginaos a Venus surgiendo de la espuma 

165 



Amado Ñervo 

de un mar azul y rosa al apuntar la aurora de 
un día primaveral. Figuraos sus carnes sagradas, 
casi traslúcidas; sus rizos húmedos cayendo so- 
bre el Paros de sus hombros, en que la curva 
canta su himno lleno de eternos sortilegios; pues 
tal espectáculo es infinitamente inferior al de un 
alma desnuda. 

Hay que acechar por eso con un temor sagra- 
do, con una expectación temblorosa, el momen- 
to en que la mujer que amamos, en que el amigo 
del cual somos Castor o Pilades, va a dejarnos 
ver toda su alma, por humilde, por imperfecta 
que esta alma sea. 

Tal momento es de los que cuentan en la 
eternidad. 



jAy! Desgraciadamente, en un libro, así se 
trate de las Confesiones de San Agustín, de la 
Vida de Benvenuto o del Diario de María Bash- 
kirtseffy la desnudez de un alma no se nos mues- 
tra sino a medias. Le impiden mostrarse del todo 
las palabras, y si hay (¡horresco referens!) «lite- 
ratura >, esa empañadora, esa adulteradora, esa 
mancilladora literatura, el impedimento es aún 
mayor. Mas, a pesar de ello, si un alma es ver- 
daderamente sincera, como la de la virgen rusa, 
su semidesnudez es mil veces más atractiva y 
166 



Obras Completas 

encantadora que la semidesnudez de la ninfa 
sorprendida a la orilla de la fuente. 



B 



Alma desnuda, y ésta sí del todo para quienes 
sean capaces de comprender su vertiginosa 
grandeza, fué el alma santa de Pascal, que se 
traspora en cada párrafo de sus Pensamientos; 
a pesar de no hablar en ellos de sí mismo, y que 
no se oculta con los aliños literarios, no obstan- 
te que su lenguaje es de los más puros y ele- 
gantes, ya que Pascal contribuyó a fijar el idio- 
ma aún ondulante e indeciso de principios del 

siglo XVII. 

«Había un hombre— dice Chateaubriand en el 
Genio del cristianismo— que a los dos años creó 
las matemáticas; que a los diez y seis hizo el 
más sabio tratado de las secciones cónicas que 
se haya hecho desde la antigüedad; que a los 
diez y nueve redujo a máquina una ciencia que 
existe toda entera en el entendimiento; que a los 
veintitrés demostró los fenómenos de la pesa- 
dez del aire y destruyó uno de los más grandes 
errores de la antigua física; que a esa edad en 
que los otros hombres comienzan apenas a na- 
cer, habiendo acabado de recorrer el círculo de 
los conocimientos humanos, se dio cuenta de 
su nada y volvió sus pensamientos a la religión; 

167 



Amado N e r v s 

que desde este momento hasta su muerte, acae- 
cida cuando cumplía apenas treinta y nueve 
años, siempre enfermo y doliente, fijó la lengua 
que hablaron Bossuet y Racine, dio el modelo de 
la más perfecta ironía, así como del razonamien- 
to más sólido; que, en fin, en los cortos interva- 
los de sus males, resolvió por abstracción uno 
de los más altos problemas de geometría y ver- 
tió sobre el papel pensamientos que participan 
tanto de Dios como del hombre; este genio que 
asusta se llamaba Pascal...» Y este genio que 
asusta— añadiría yo— fué tan sincero, tan genial- 
mente sincero, que siempre mostró su alma. 

Otra alma desnuda es la de Tolstoi; su since- 
ridad poderosa, casi brutal, nos domina, se en- 
señorea desde el primer instante de nuestra 
emoción. Sus inquietudes son nuestras inquie- 
tudes, sus interrogaciones nuestras interroga- 
ciones. 

... Pero no es fuerza ser tan grande como un 
Agustino, un Tolstoi, para dar valor a nuestras 
confesiones. Basta ser como ellos incapaz de 
mentirse a sí mismo. 

Yo diría, pues, a todos los hombres escogi- 
dos de nuestra América: escribid vuestro diario. 
Pero lo diría aún con más insinuante ruego a 
las mujeres nuestras, cuyo matiz espiritual suele 
ser de una delicadeza incomparable. Y añadiría: 
No temáis mostraros tal cual sois. No temáis 

168 



Obras Completas 

que las imperfecciones os achiquen. Acordaos 
de que los lunares son la firma de Dios... 



Q 



He tenido frecuentemente ocasión de recibir 
cartas de mujeres. 

Como no incurro en la cursilería de creerme 
superhombre ni me he metido nunca en torres 
de marfil; como respondo, a semejanza de 
Gladstone (única cosa en que me parezco al 
gran anciano, me apresuraré a decirlo), todas las 
cartas que recibo, tropiezo a menudo con en- 
cantadoras almas femeninas. 

Algunas de mis «interlocutoras> lejanas no fir- 
man, y quizás las cartas de éstas son las más 
deliciosas. 

De la Argentina he recibido varias. Hay una 
mujer desconocida que con bellísimas palabras 
me ha enviado tréboles agoreros, tréboles de 
cuatro hojas. Hay una dama estanciera que me 
ha dicho cosas discretísimas y donosísimas a 
propósito de mi pequeño ensayo sobre El hom- 
bre maduroy publicado en La Nación. Hay una 
señorita ingeniosísima que junta en un mismo 
haz epigramas de oro y elogios de rosa... Hay 
otras... A todas les respondo amorosamente en 
estas líneas y les digo: Desnudad sin temor 
vuestras almas alguna vez en la vida, como esa 

160 



Amado Ñervo 

incomparable María Bashkirtseff. Desnudadlas, 
en un libro íntimo o no. Desnudadlas, si rece- 
láis del libro, ante el amigo cuidadosamente ele- 
gido... y si ni aun eso queréis, desnudadlas to- 
dos los días un momento, en el silencio y en la 
soledad, delante de Dios. Dadle el espectáculo 
maravilloso de vuestra alma desnuda. ¡En ver- 
dad os digo que siendo El quien es, añade un 
rayo de amor a su bienaventuranza cuando se 
le muestra humildemente, fervorosamente, la 
desnudez de un alma! 




170 



UNA SOMBRA 



1 ODOS los días pasaba frente a mis balcones, 
en uno de los automóviles— amarillo y azul— de 
la casa de Alba. 

Como el calor tempranero entibiaba el aire y 
hacía lozanear las acacias, el coche iba abierto 
y la anciana parecía entregarse por entero a la 
caricia del calor, que es la alegría por excelen- 
cia de los viejos. 

Más bien alta que mediana, blanca toda como 
una hostia, dentro de la negrura de su traje lleno 
de elegantes severidades; delgada, fina, aristo- 
crática, hacía pensar aún, pasando por sobre los 
montones de nieve de los años, en aquella ideal 
figura de Winterhalter que todos conocéis... 

Sí, era ella, era la emperatriz Eugenia, que ha 

171 



Amado Ñervo 

estado en Madrid mucho tiempo, calentando su 
espíritu con los recuerdos... 

Para los que no crean que la verdad es a ve- 
ces inverosímil, allí está esa mujer, allí está esa 
reina... allí está esa sombra que se sobrevive» 
ese capítulo maravilloso de las Mil y una no- 
chesy que pasaba todos los días bajo mis bal- 
cones, sonriendo, sonriendo siempre, reclinada 
suavemente en el automóvil amarillo y azul. 



Q 



Diz que una gitana en una montafla le di]o 
como en los cuentos: 
— «Reina serás...» 

Y fué emperatriz del más bello imperio, y en 
las Tullerías de ensueño, adonde ahora suele 
venir pensativa, durante los crepúsculos, mostró 
a la admiración del mundo su cuello de cisne y 
su cabeza rubia, portentosa de hermosura... 

Cuando yo nací, ese imperio, el más brillante 
de la tierra, se desquebrajaba en Sedán. En mi 
casa había una estampa en que Napoleón y 
Eugenia atravesaban de la mano el suntuoso sa- 
lón de las Tullerías. 

Yo confundía esa estampa con las de los 
cuentos de hadas. 

Y ahora, como casi al lado de la emperatriz... 
Nada más que el niño está ya muy lejos y la 

172 



Obras Completai 

ideal figura que sola o rodeada de su corte pin- 
tó Winterhalter, la emperatriz de mi infancia, es 
una anciana enigmática, vestida de negro, son- 
riente, siempre sonriente, y silenciosa como el 
recuerdo... 



B 



Y mientras la contemplo a hurtadillas, un des- 
file de visiones atraviesa mi espíritu. El archidu- 
que rubio, vencido, acribillado después por las 
balas republicanas; la archiduquesa Carlota, ca- 
balgando en medio de los relámpagos por los 
despeñaderos de Maltrata y cayendo a poco, 
herida por la locura, en las doradas antecámaras 
del Vaticano; Napoleón, Eugenio Luis, el pobre 
príncipe imperial, abandonado por sus compa- 
ñeros y muriendo trágicamente en Zululandia; el 
emperador, abrumado por la más tremenda ca- 
tástrofe del siglo XIX, sucumbiendo en el extran- 
jero, y después esta sombra, esta sombra que tie- 
ne algo de las Electras y las Ifigenias, esta som- 
bra «alcéstica», esta sombra de Orestiada, erran- 
do por el mundo, sobreviviendo a la historia 
misma de la época... 

¿No es verdad, amigos míos, que la realidad 
tiene páginas más prestigiosas que los cuentos? 
Ante ella, ¡qué podemos inventar los pobres 
poetas!... 

173 



Amado Ñervo 

La vara de ébano de los destinos humanos 
raya el aire y el milagro se realiza. 

En todas las almas hay gérmenes de maravi- 
llas. |Ay de aquellas en las cuales estos gérme- 
nes fructificanl 




m 




EL PROBLEMA Y EL MILAGRO 
DE SHAKESPEARE 



l\ o todo ha de ser literatura de la guerra. Jus- 
tamente ahora, que parece zozobrar cuanta con- 
quista intelectual y moral había alcanzado la hu- 
manidad, conviene acariciar, palpar y poner al 
sol las joyas del arca que en siglos y siglos fué 
acumulando el genio humano. 

En Inglaterra, a pesar de la fiebre de organi- 
zación guerrera, quedan como remansos de se- 
renidad rinconcitos de paz donde se estudian 
amorosamente cosas pretéritas y se dilucidan 
problemas de alta literatura o filosofía, lejos de 
los gases asfixiantes. 

Y uno de estos problemas, cuya prerrogativa 
por excelencia es apasionar siempre los ánimos, 
se refiere a Shakespeare. 
175 



Amado Ñervo 

Parecía que después de años y años de dis- 
cusión, los que contienden acerca del autor de 
tantas obras maravillosas, habíanse constituido 
en dos bandos irreductibles: los que pregona- 
ban que debían atribuirse a Shakespeare mis- 
mo, y los que pretendían que al barón Verulam, 
o sea Bacon. 

Pero resulta que ninguno de los dos bandos 
puede enarbolar un convencimiento definitivo; 
resulta asimismo que los tímidos intentos de 
atribuir al Earl de Essex (benefactor de Bacon) 
o a otros caballeros del reinado de Isabel las 
obras gloriosas, hanse desvanecido por falta de 
argumentos serios, y la esfinge queda en pie 
más imponente que nunca. 

Desde luego se reputa imposible que el lla- 
mado William Shakespeare haya podido escri- 
bir las obras a él atribuidas. ¿Qué se sabe con- 
cretamente de él? Sábese que era hijo de un 
modesto comerciante que vivía en una ciudad 
de tercer orden, y que llegó al pináculo de su 
carrera cuando, en 1568, fué nombrado alguaci 
o segundo de alguacil. En esta época su hijo 
mayor, Guillermo, tenia apenas cuatro años. A 
partir de esta época, la magra suerte de John 
«Shakpere> (el nombre de Shakespeare está es- 
crito en diversos documentos de la época de 
varia manera, lo que obscurece más el proble- 
ma) pareció eclipsarse: aumentaba su familia 
176 



Obras Completas 

mientras disminuía su fortuna. Parece iiaber es- 
tado en constantes embarazos financieros y me- 
tido en pleitos enredosos. Probablemente— se 
afírma— era un hombre de parva educación, y 
se duda íiasta de que haya sabido firmar... Cier- 
tamente, en estas condiciones, no era factible 
que pudiese dar a su hijo una educación liberal 
aun cuando lo hubiese deseado, lo que era poco 
probable, vistas su ocupación y su posición so- 
cial. Los hijos, sin embargo, pudieron muy bien 
obtener, y probablemente obtuvieron, al decir 
de los autores, una no mala aunque mediocre 
educación en la Grammar School gratuita de 
Strafford, y aunque nada positivo sabemos de 
los cursos de entonces, es probable que tenían 
mucho más carácter literario y clásico que lo 
tendrían ahora los planteles correspondientes. 
No se sabe tampoco el tiempo que el hijo ma- 
yor de John estuvo en la escuela (si es que es- 
tuvo alguna vez en ella); pero podemos supo- 
ner cómodamente que tuvo ahí oportunidad de 
aprender una buena ración de latín. Acaso tam- 
bién se enseñaban en la Escuela Gramática, Ló- 
gica y Retórica, pero es poquísimo probable que 
Guillermo hubiese aprendido en ella alguna len- 
gua moderna, y si tuvo otros medios de alcan- 
zar alguna cultura, es raro que no quede de 
ello tradición ninguna. En efecto, las tradicio- 
nes que existen acerca de la juventud de Sha- 

177 
Tomo XXI 12 



Amado Ñervo 

kespeare, tal cual corrían después de su muerte, 
se refieren a otros puntos. Se nos cuenta, por 
ejemplo, que fué un cazador íurüwo (a poacher) 
o mancebo de carnicero, o bien un escribiente 
de procurador, pero no hay información mejor 
acerca de su vida. 

Lo que sabemos de él, además, es su repenti- 
no matrimonio, cuando tenía apenas diez y ocho 
años; el nacimiento de tres de sus hijos, y su 
huida a Londres, no antes de 1585, y, probable- 
mente, algunos años después. 

Es obvio de presumir que debió encontrarse 
en circunstancias difíciles. La tradición, a este 
respecto, cuenta que se ganaba muy penosa- 
mente la vida. Por entonces unióse a una com- 
pañía de cómicos, profesión entonces, como 
ahora, muy mala; sin embargo de lo cual, pudo, 
en 1597, comprar una propiedad; lo cual, dice 
H. B. Simpson, que nos ayuda en estas notas 
(Shakespeare, Bacon and a Third), acusa un 
trabajo firme y una buena capacidad para los 
negocios. 

Ahora bien—se preguntan los críticos y eru- 
ditos, los de ayer y los de hoy—, ¿es posible que 
un hombre, con antecedentes tales, haya podido 
producir los poemas y obras teatrales que des- 
de 1593 empiezan a aparecer con el nombre de 
Shakespeare? 

Hay que advertir que cuando Shakespeare 
178 



Obras Completas 

toca una profesión o un oficio, en sus obras, 
usa con una prodigalidad pasmosa de los térmi- 
nos adecuados y de las denominaciones téc- 
nicas. 

Ningún veterinario podría competir con él en 
su conocimiento de los alimentos apropiados 
a una pobre jaquita; ningún marino le vencería 
en el uso de palabras náuticas, que obligaría a 
pensar que el autor de Hamlet trabajó en algún 
barco. En cuestiones forenses, pasma a cualquier 
abogado con su conocimiento profundo... Pero 
qué más; el arte venatoria y los deportes, que 
es de suponer eran inaccesibles para un pobre 
cómico de tablado, denuncian en él a un caba- 
llero que frecuentaba los mejores círculos de la 
Corte de Isabel... 

¿Quién era, pues, ese hombre misterioso 
que tal cúmulo de conocimientos almacenaba? 
¿Cuándo, a qué horas pudo documentarse para 
tratar asuntos tan diversos, para situar escenas 
en los países más disímbolos, y dando a todas 
ellas un hálito de vida prodigioso? 

De aquí las perennes controversias entre los 
stratffortistas y los baconianos. 

Años de años ha que unos y otros discuten. 
Mas ahora, el citado H. B. Simpson sugiere una 
hipótesis que conciliaria a unos y otros. 

Esta hipótesis es curiosa y sugestiva. 

Imaginemos, dice, un segundón de noble fa- 

179 



Amado N $ r v o 

mllia y de alta posición social, caballista, depor- 
tista resuelto, aficionadísimo a los libros, pero 
sobre todo apasionado observador de las gentes 
de su clase. Con amplio vagar para sus obser- 
vaciones y estudios, es conocido de sus amigos 
por su ágil y vivo ingenio, su natural amistoso, 
la agudeza de sus percepciones, y, sobre todo, 
por su curiosidad siempre alerta para toda ob- 
servación psicológica o sentimental de la vida 
ambiente. La profundidad de su mente, el po- 
der imaginativo con que le ha dotado la natura- 
leza, son desconocidos en su real valor por los 
demás, y probablemente insospechados por él 
mismo. El se cree simplemente un buen ejem- 
plar de la bien cultivada y bien educada juven- 
tud de la Inglaterra isabelina. Tal vez hasta se 
considera como un tonto— como un hombre de 
gentiles y liberales disposiciones, pero sin obje- 
tivo fijo; fuera de la adquisición de conocimien- 
tos que no está dispuesto a aprovechar en algún 
propósito práctico. Llevado en su mocedad por 
la afición al estudio de las leyes, sintió cierto 
deleite en conocer todas las triquiñuelas y to- 
dos los intrincados caminos de la abogacía; 
aprendió toda la artificial jerga forense, pero no 
se sintió con inclinación decidida para seguir 
por ese camino. Es, por esencia, un observador 
de vida, pero siente una gran simpatía por todos 
los luchadores. Aun cuando ama el campo y la 

180 



Obras Completas 

vida campestre, encuentra en Londres los más 
diversos manjares para su apetito intelectual. En 
la metrópoli, así en las tabernas como entre los 
estudiantes del Temple, en los docks lo propio 
que en las moradas señoriales, encuentra pasto 
para su ávida curiosidad mental. Le atrae sobre 
todo la farándula... Hay algo en la alegría de los 
cómicos, en su irresponsabilidad, en su desdén 
por las convenciones sociales, en su vida tan di- 
ferente de la suya, que halaga su fantasía. 

Entre estos cómicos (y aquí entra lo gordo) 
encuentra a un muchacho de Stratford, necesita- 
do y despreocupado; actor pasable, dotado de 
ciertas facultades literarias, que utiliza en el 
arreglo de viejas piezas para su compañía. Lle- 
vado solamente de su bondad, quizás al princi- 
pio, le ayuda en sus esfuerzos literarios, y así, 
con la colaboración, va adquiriendo cierta apti- 
tud, gracias a la cual suple a su amigo con una 
serie completa de obras teatrales, en las que el 
coadjutor profesional va quedándose más y más 
en segundo término, y las verdaderas pincela- 
das shakespearianas gradualmente predominan. 

Este admirable muchacho, apresurémonos a 
decirlo, como tenía genio, un pasmoso genio, 
carecía de vanidad literaria. Aquella labor le in- 
teresaba, divertía sus ocios, pero no le importa- 
ba que la firmase otro, sobre todo si el otro era 
un excelente amigo suyo. 

181 



Amado N e r v i 

Y ahí tienen ustedes aclarado, según Simp- 
son, el turbador enigma de Shakespeare. 



B 



Como ustedes ven, los eruditos discutidores 
todo lo aceptan menos el milagro. 

Como, tomado así en bruto, William Shakes- 
peare resulta un monstruo de la naturaleza, un 
prodigio sin igual, y prodigios tales no deben 
existir dentro de ese pacato y miope razonar 
materialista, para explicar hechos innegables se 
recurre a un artificio más inadmisible que el mi- 
lagro, y se crea, pieza a pieza, un hombre dota- 
do de todos los talentos, de todas las cualida- 
des de alta alcurnia, observador y analista for- 
midable... que sopla a Shakespeare sus playsy 
que se los escribe... por pura distracción; si que- 
réis, por un capricho de rico, quedándose él en 
la sombra... Ni siquiera, este cuervo nácar, cree 
que tiene talento... Su inmenso genio es miope, 
sin la menor intuición. Regala, sin saberlo, el 
más maravilloso estuche de obras inmortales a 
un farandulero obscuro, y se va, arropado en 
sombra, a la eternidadl 

¿Qué opináis de un hombre así? ¿No es más 

irreal que William Shakespeare asimilándose 

con sus excepcionalísimas facultades todos los 

conocimientos necesarios para escribir sus obras 

ia2 



Obras Completas 

en poco tiempo, y produciéndolas sin esfuerzo? 

Ei genio, por más que se quiera sujetarle a las 
míseras pautas de nuestra experiencia diaria, se 
sale de ellas. 

El genio es siempre un milagro, el milagro 
humano por excelencia. 

Mientras el talento sigue su curso normal eta- 
pa por etapa, el genio salva cual chicuelo vivaz 
e impaciente los escalones, de tres en tres, de 
cuatro en cuatro... 

Los nazarenos se preguntaban dónde Jesús 
había aprendido tantas cosas que iba predican- 
do por esos caminos. ¿Pues no era hijo de José 
y de María? ¿Pues no vivían sus hermanos en 
Nazaret? ¿Pues no se trataba de un pobre car- 
pintero? 

Preguntas análogas se hacen no ya cuando 
un dios, sino cuando un genio pasa por la tierra. 

¿Cuándo, dónde, cómo aprendió todo lo que 
revela saber? 

Viene entonces esa vieja présbita, nimia, que 
se llama erudición, y empieza a escarbar con su 
nariz entre las páginas de los viejos libros y ma- 
nuscritos: 

«De tal año a tal, no pudo aprender filosofía 
e idiomas, porque no había materialmente tiem- 
po, o bien porque no se enseñaban en la escue- 
la de su pueblo... De tal fecha a tal otra, fué im- 
posible que escribiese tal cantidad de obras: no 
las 



Amado Ñervo 

tenía ni las horas materiales para ello...» «Cómo, 
además, pudo observar la corte, si no era du- 
que ni conde? ¿Cómo pudo entender las artes 
venatorias, si no era gentilhombre?», etc., etc. 
Y el genio se ríe de estas reglas marcadas por 
la imbecilidad humana (vejada en el fondo de 
que otros vuelen adonde ni siquiera sueñan en 
llegar sus alas de volátil), y sigue pasmosamen- 
te floreciendo, dándonos su fruto de milagro y 
arrojando al mundo su obra colosal para que 
la humanidad caliente e ilumine con ella sus al- 
mas, sin perjuicio de que la profanen los co- 
mentaristas nulos y pueriles con sus indigestas 
e inútiles notas. 




IM 



EN AVILA 



Cuando supe que venía a España, uno de mis 
primeros pensamientos fué éste:— «Iré a Avila.» 

Llevo ya tres años en la Península, y apenas 
ayer me ha sido dado contemplar esta ciudad 
sacerdotal, que rezuma por sus murallas y to- 
rres bermejas no sé qué melancolía austera y 
viril. 

Ello nada tiene de extraño. La mejor manera 
de no conocer un país es vivir en éL 

—Como estoy aquí— pensamos— ya iré más 
tarde... 

Y no vamos nunca. 

Yo tengo un amigo que vive más de quince 
años en París, y que todavía no conoce el Mu- 
seo del Louvre. 

—¿Qué quiereusted?— exclama— .Como aquí 

187 



Ama a o Ñervo 

resido definitivamente, siempre me digo que un 
día de éstos he de ir. 

—Y hace quince años que no llega el famoso 
día de éstos, ¿verdad? 

—Eso es. 

Para mí sí ha llegado, aunque después de tres, 
el día de éstos, y con el espíritu lleno todo de 
Santa Teresa, me he entrado en lo que pudiéra- 
mos llamar su feudo místico; en este burgo que, 
dentro de sus murallas, no ha cambiado aún, 
que está como cuando allá la dejó para siempre, 
al dirigirse, por última vez a Alba, donde murió 
y se halla sepultada. 

Acaso, si la Santa volviese, encontraría los 
muros más viejos. Algunas torres, pocas, empie- 
zan a desmoronarse. Acaso la sorprendería un 
bello paseo que se extiende abajo, en la Vega, 
cerca de la estación, y, sobre todo, oir el silbato 
de las locomotoras, que resuena en la amplia 
noche por las anchas torres mudas... Si ella, la 
celeste andariega, hubiera conocido estas má- 
quinas potentes, habría conquistado para su 
Carmelo, no a España, sino al mundo entero... 

Mas, fuera de tales cosas, todo está igual. La 
paz de los prados es la misma bajo la tibia cari- 
cia de un sol que aquí nunca se desmanda hasta 
calentar demasiado. 

Sa convento, el convento de la Encarnación, 
donde puede decirse que moró treinta años. 



Obras Completas 

yérguese, allá en el valle, manso y solitario, sin 
mostrar signo alguno de decrepitud. Más allá 
álzase asimismo Santo Tomás, adonde iría tan- 
tas veces, fundado por los Reyes Católicos, y en 
cuya iglesia duerme, en admirable monumento 
de un mármol que parece marfil y que labraron 
las manos geniales del florentino Domenico 
Francelli, el Príncipe don Juan, hijo único de 
Isabel y Fernando, cuya estatua yacente es una 
maravilla. 

Allí están, por fin, tal como ella los dejó, la 
Catedral, San Segundo, San Pedro, y en restau- 
ración, pero conservando toda su fisonomía de 
entonces, la bellísima iglesia romana de San Vi- 
cente- 
Nada distrae, pues, al pensamiento, de la evo- 
cación piadosa de la Santa, y yo, la noche pri- 
mera de mi llegada, me pierdo en el laberinto de 
callejuelas, camino a lo largo de las murallas, 
entro y salgo por esas enormes puertas, que an- 
tes s ^ cerraban al toque de cubrefuego, repi- 
tiéndose las pabras que Fray Luis de León diri- 
gió a^a Superiora Ana de Jesús y a sus carmeli- 
tas descalzas: 

«No conocí ni vi a la madre Teresa de Jesús 
mientras estuvo en la tierra: mas ahora que vive 
en el cielo, la conozco y veo.» 

Y me recito asimismo, a Ja sombra de esos 
muros seculares, y bajo un cielo tan copiosamen- 

189 



Amado Ñervo 

te inundado de estrellas, que jamás lo he visto 
así ni en las noches de mis trópicos: 

Vivo sin vivir en mí, 
y tan alta vida espero, 
que muero porque no muero. 

GLOSA 

Vivo ya fuera de mí 
después que muero de amor; 
porque vivo en el Señor 
que me quiso para sí: 
Cuando el corazón le di 
puso en mí este letrero: 
Que muero porque no muero. 

Aquesta divina unión, 
y el amor con que yo vivo, 
hace a Dios ser mi captivo 
y libre mi corazón; 
y causa en mí tal pasión 
ver a Dios mi prisionero, 
que muero porque no muero. 

Ay ¡qué larga es esta vida! 
jQué duros estos destierros, 
esta cárcel y estos hierros 
en que está el alma metida! 
Sólo esperar la salida 
me causa dolor tan fiero, 
que muero porque no muerol 

Hace ya más de tres siglos, oh Santa Madre 
Teresa, que tu vivo deseo de morir cristalizó 
por fin!... 

190 



n 



b r a 8 Completa 



De no morir morías: 

Ruega por nosotros los que ni siquiera pode- 
mos anhelar la muerte, porque nos da miedo 
aquello que hay detrás de la sombra! 



Q 



Avila, como Toledo, está asentada sobre un 
trono de rocas, que escarpado y hostil se levan- 
ta de una gran planicie, apacible y triste, por 
donde resbala cantando y rizando sus cristales 
el río Adaja. 

Desde esta planicie, especialmente desde al- 
gunos sitios (como en dirección a la Huerta del 
puente), es indecible el aspecto de la ciudad, con 
sus murallas bermejas, sus nueve grandes puer- 
tas y sus ochenta y seis torres. 

La Catedral es una verdadera fortaleza, cuya 
ábsida, doblemente almenada, forma cuerpo con 
la muralla misma. No es raro, por tanto, que 
haya servido de amparo inexpugnable al rey niño 
Alfonso XI, a quien, en esta ábsida, encerró el 
Obispo don Sancho, para burlar las persecucio- 
nes de los infantes, que apoderarse de él inten- 
taban. 

En Avila, asimismo, fué destronado en efigie 
el Rey Enrique IV (el Impotente), y allí reinó 
tres años, reconocido por su hermana Isabel 
(más tarde la Católica), el que fué, en realidad, 

191 



Amado Ñervo 

Alfonso XII, a pesar de que algunos historiado- 
res no lo mencionan en sus cronologías. 

Dentro de los muros, el aspecto de Avila es 
de una castellana severidad. Las casas de grani- 
to se apiñan y aprietan esquivas, en algunos 
puntos, dejando en otros vagos solares y calle- 
jas bordadas apenas por muros s^miderruídos. 

Fuera de las murallas, el espectáculo es más 
sonriente. La ancha planicie ondulada, suave, 
salpicada aquí y allí de enormes bloques erráti- 
cos, traídos por no sé qué cataclismo milenario, 
hasta hincharse a lo lejos con las primeras deri- 
vaciones de la Sierra de Malagón y de la Sierra 
de Avila, mostrando a cada paso los trigales 
rubios, salpicados de amapolas rojas. 

Dentro de las murallas, que no tienen pátina 
alguna, sino que muestran su piedra emberme- 
jecida a la luz cruda de este cielo, están, ade- 
más de la Catedral, de la admirable casa de Po- 
lentinos, los templos y conventos de San Juan, 
Santo Domingo, San Esteban y Santa Teresa. 
Esta última clausura, relativamente moderna, con 
una iglesia de estilo de Herrera, se levanta en el 
mismo lugar en que estaba la casa de la Santa. 

Una capilla con bellos azulejos y un gran al- 
tar, ocupa el sitio de la alcoba donde el año 1515 
nació, de don Alonso de Zepeda y de doña Bea- 
triz de Ahumada, la que debía llamarse Teresa 
de Jesús. 

192 



Obras Completas 

Confieso que en mi alma se removieron mu- 
chas viejas emociones, al ver la estrella que 
en el pavimento señala al lugar preciso en 
que la gran mujer vio por primera vez la luz 
del sol. 

Una vieja devota me servía de cicerone. Caía 
sobre la iglesia todo el arcano prestigio de la 
tarde. 

Yo escuchaba con recogimiento, más que lo 
que me decían, lo que expresaba la maravillosa 
elocuencia del crepúsculo en la paz absoluta de 
la capilla... 

— La desgracia de Avila — exclamaba más 
tarde la buena vieja enlutada, a tiempo que sa- 
líamos a la quieta plazuela que se extiende en- 
tre el templo y la Puerta de Santa Teresa—; la 
desgracia de Avila es que la Santa no haya 
muerto aquí. Los de Alba de Tormes no tienen 
el derecho de poseer su cuerpo. Aquí nació ella 
y debía reposar aquí. 

Razón de sobra tiene la abuela; pero Alba no 
cederá jamás su tesoro. Recuerdo que en cierta 
ocasión, conversando de la Santa con el duque 
de Alba y de Berwick, que como señor de la villa 
posee una de las llaves del sepulcro, me mani- 
festó con gran energía que «jamás> el cuerpo 
precioso saldría de donde estaba, ni para repo- 
sar bajo las bóvedas de la gran Catedral que la 
aristocracia española, con la Infanta doña Paz a 

193 
Tomo XXI 13 



Amado Ñervo 

la cabecera, erige a Santa Teresa en el lugar de 
su tránsito. 

No volverá, pues, a la vetusta y pensativa 
ciudad feudal la que en aquella alcoba, conver- 
tida hoy en capilla, abrió los ojos a este mundo 
que, con tanta avidez del otro, quería a poco 
dejar. 

No volverá... pero ¡qué importa!, si su alma 
impregna aún este ambiente, estas torres, estos 
muros, de santidad y de amor! Si el prestigio de 
su recuerdo es tal que, señuelo de ojos contem- 
plativos, la hace aparecer por dondequiera, en 
todos estos recodos de misticismo y de sombra. 

Sí, Alba posee el cuerpo, pero Avila posee el 
alma de Santa Teresa de Jesús, aquella alma an- 
siosa, que de sí decía: 

Alma, buscarte has en mí, 
y a mí buscarme has en ti. 

De tal suerte pudo amor, 
alma en mí retratar, 
que ningún sabio pintor 
supiera con tal primor 
tal imagen estampar. 

Fuiste por amor criada 
hermosa, bella, y así, 
en mis entrañas pintada, 
si te perdieras, mi amada, 
alma buscarte has en mí. 

Esa alma es la que he venido yo también a 
buscar en Avila; ésa es la que he encontrado, en 
194 



Obras Completas 

la almenada ciudad ascética bajo la luz engen- 
dradora de misterios de la rosa del vitral por 
siempre abierta, que cantó el gran poeta Here- 
dia, en uno de sus espléndidos sonetosl 




J95 



LA CONDESA, EL EMPERADOR 
Y EL PERRO 

HISTORIA BREVE, PERO INTERESANTE 



O ABRÉIS oído decir muchas veces que los ára- 
bes son maestros en cortesía. Esta verdad casi 
axiomática, que no se refiere exclusivamente a 
los modales, sino a la manera cortés de condu- 
cirse, a su concepto de la hospitalidad, etc., hase 
visto confirmada de nrevo con un «gesto» de 
nuestro huésped Muley Abd el Hafid, el hijo del 
valiente y discreto Muley Hassan, último sultán 
de hecho y de derecho del Imperio del Mogreb. 
«La condesa, el Emperador y el perro.» ¿Ver- 
dad que parece ese epígrafe el título de una pe- 
lícula cómica o las frases que un snobista pue- 
de colocar en el «atrio» de un libro-reclamo, en 
el que se haga el relato de una vida novelesco- 
escandalosa? 

1<J6 



Obras Completas 

Pues no hay nada de eso. Como dice el sub- 
título, se trata nada más que de una historia bre- 
ve, interesante... y honesta... 

Hela aquí: 

El lugar de acción en que se desarrolla es la 
capital guipuzcoana; la época, muy reciente; hace 
pocos días. 

Una bella y distinguida dama americana, la 
condesa de Artal, paseaba una noche delante 
de la terraza del hotel en que se hospeda: uno 
de los más elegantes de la Concha. 

Había andado unos cuantos pasos, cuando 
llamó su atención un perro hermosísimo, verda- 
dero tipo de raza inglesa, de blancas y finas la- 
n?s. El animal miraba a la dama con esa mirada 
llena de expresión con que los perros parecen 
interrogar a los transeúntes sobre el paradero de 
sus amos. El afilado hocico, la nariz sonrosada, 
los ojos llenos de dulzura, denotaban que el 
animalito pertenecía a una raza aristocrática... 
entre las razas caninas. 

Pero el pobrecito estaba sucio... Debía llevar 
algunos días vagando por las calles y las afue- 
ras de la ciudad en busca de su dueño, o espe- 
rando tal vez que el azar le pusiera ante una 
persona compasiva y noble que le compren- 
diera... 

La condesa se acercó al perro, le acarició con 
esa delicadeza, ese savo/r /a/re que sólo posee 

197 



Amado Ñervo 

una dama aristocrática, y el animalito intensificó 
la ternura de su mirada y se estremeció de con- 
tento y de gratitud hacia aquella distinguida se- 
ñora que compadecía su vida errante y mísera y 
le comprendía... 

Pero la bondadosa condesa no sabía qué ha- 
cer... El perro no la abandonaba..., con ella en- 
tró en el hotel y con ella subió al cuarto... Como 
no podía echarle otra vez a la calle, porque esto 
era una crueldad, pidió un cordón, ató con él 
al aparecido y esperó al día siguiente. 

Y al día siguiente, el perro parecía tranquilo- 
Pero desde la terraza del hotel miraba inquieto 
uno a uno a cuantos transeúntes pasaban para 
ver si en alguno de ellos reconocía a su dueño. 

La condesa telefoneó a todas partes, a los pe- 
riódicos, a la Policía... advirtió a todo el mundo 
que era la depositaría de aquel animalito y que 
se lo entregaría, si no con gusto, por lo menos 
resignada, a quien justificase ser su verdadero 
poseedor. 

Pasaron dos días y no pareció el dueño de 
la alhaja, que había ya inspirado cariño y aten- 
ciones a la condesa de Artal. El perro estaba 
desconocido: limpio, bañado todos los días, pei- 
nadas, lisas y brillantes las blancas lanas, que 
despedían un perfume de tocador de persona 
elegante y habituada a estos refinamientos de 
la higiene... 

.198 



Obras Completas 

Al fin, al tercer día, se presentó en el hotel 
un moro de la servidumbre del ex sultán Muley 
Hafid, diciendo que el perro pertenecía a Sidnay 
su señor, y que venía a recogerlo. 

El conde no se opuso a entregarle, pero pidió 
que el secretario del ex Emperador u otra per- 
sona más autorizada que la enviada se presen- 
tase en el hotel a confirmar cuanto decía el 
moro. 

Con efecto, pocas horas después llegaba el 
secretario, que hizo iguales manifestaciones... y 
se llevó el perrito. 

La condesa de Artal quedóse contrariada, tris- 
te... Habíale inspirado afecto aquel animal tan 
hermoso y tan inteligente... 

No habían transcurrido tres horas, cuando se 
presentaron de nuevo en el hotel las mismas 
personas que se habían llevado el perro, con 
éste atado a un cordón de seda. 

El más autorizado entre los que llegaron se 
presentó a la condesa y le dio una tarjeta de su 
señor. En ella había escrito la imperial mano de 
Hafid unas líneas en árabe. El enviado las tra- 
dujo: El ex sultán del Mogreb rogaba a la con- 
desa de Artal que aceptase el perro «que con 
tanto esmero había cuidado», y pedía a la dama 
que le excusase de no hacerle personalmente el 
ruego, porque aquella misma tarde salía para 
Madrid. Además, agradecía a la condesa sus cui- 

109 



Amado N e r v a 

dados con el animalito, reveladores de que ya 
había nacido en ella un gran afecto hacia el 
perro, y la expresaba que no se perdonaría nun- 
ca haber sido la causa de la pena que en ella 
podía producir tal separación. 

La condesa quedó encantada del obsequio y 
de la cortesía mora; el perro, satisfecho de haber 
encontrado dueña tan bondadosa, y Hafid, ca- 
liiino de esta corte. 

Y colorín colorado... 




200 



índice 



Páginas. 



Sobre Gutiérrez Nájera , . 9 

Un monumento a Gutiérrez Nájera 19 

Jesús F. Contreras 25 

Don Joaquín D. Casasús 32 

El sepulcro de Ruelas 36 

El padre Mora 42 

«Musas de Francia» 48 

Antonio Zaragoza 56 

«Sin nombre» 61 

Morelos 66 

Don José Canalejas 71 

Querol 78 

Salvador Rueda 84 

Los grandes de España 88 

Una visita , , , 98 

201 



Páginas» 

Una velada en honor de Navarro Ledesma.— Un 

poeta americano 103 

El doctor Wilde 107 

«El excelso jorobado» 124 

Gabriel d'Annunzio 143 

En Pisa 148 

María Luisa Ritter 153 

Un alma desnuda 158 

Una sombra 171 

El problema y el milagro de Shakespeare 175 

CRÓNICAS VARIAS 

En Avila 187 

La condesa, el emperador y el perro 196 



202 




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