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Full text of "Angel Guerra"

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ÁNGEL GUERRA 



Es propiedad. Qneda hecho el 
depósito que marca la ley. tíerán 
furtivos los ejemplares que no 
lleven el sello del autor. 




MADRID.— Imp. de los Hijos de Tello, C de San Francisco, 4. 



NOVELAS ESPAÑOLAS COiNTEMPORMEAS 

POR 

B. PÉREZ GALDÓS 

ÁNGEL 

GUERRA 



SEGÚN DA PARTE 



10 .000 





MADRID 

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO 
Calle del Arenal, núm. 11. 

1921 



PQ 

A7é, 
1520 
p4. Z 



ÁNGEL GUERRA 



SEGUNDA PARTE 

I 

PARENTELA. — VAGANCIA 
I 

En efecto, Ángel Guerra tomó el tren de Toledo 
el 2 de Diciembre por la mañana. Sus primeros pasos 
en la histórica ciudad fueron vacilantes, sus horas 
aburridísimas, conforme al estado de indecisión de 
su voluntad y al cansancio del viaje. Dio con su cuer- 
po en una de las detestables fondas toledanas, y por 
la tarde, después de vagar á la aventura de calle en 
calle, sentándose á ratos en solitaria plazoleta, ó per- 
siguiendo el misterio que precedía sus pasos á la 
vuelta de cada esquina y en la curva de las retorci- 
das calles, pensó en la obligación de visitar á sus pa- 
rientes. Sentía el desasosiego, la inapetencia moral 
que inspira la proximidad de personas con quienes se 
tiene más parentesco que relaciones amistosas, y de 
buena gana habría prescindido de la visita. 

Conviene repetir que esta parentela se dividía en 
dos ramas: rica y pobre. La pobre hallábase reduci- 



6 B. PÉREZ GaLDÓS 

da últimamente á una prima hermana del padre de 
Guerra, llamada Teresa Pantoja, viuda de un cerero 
de la calle Ancha. Ángel la había visto algunas ve- 
ces en Madrid y en su casa, por San Isidro, y conser- 
vaba de ella buen recuerdo. Apreciábala mucho 
doña Sales, que puntualmente recibía de ella, por 
Navidad, una caja de mazapán y otra de los celebra- 
dos bizcochos de Labrador para chocolate; y le co- 
rrespondía con un mantón de ocho puntas ó un corte 
de vestido. Al enviudar, la doña Teresa suspendió sus 
excursiones de Mayo á Madrid; pero seguía en amis- 
toso carteo con doña Sales. 

Personificaba la parentela rica D. José Suárez de 
Monegro, á quien Ángel solía llamar por chanza don 
Suero^ persona de buena pDsición en la ciudad. No 
pocas veces le había visto también en Madrid en la 
temporada Isidril^ aunque nunca le tuvo de huésped 
en su casa, pues D. Suero paraba siempre en el Hotel 
de Embajadores ó en Las Cuatro Naciones. Era primo 
carnal de doña Sales, cuyas fincas rústicas y urbanas 
de Toledo administraba con escrupulosa honradez, y 
también tenía parentesco con Braulio, hermano He 
su esposa, doña María de Rojas. Así como el de Suá- 
rez hizo Guerra el Don Suero, de la doña María hizo 
doña Mayor, mote que le cuadraba admirablemente 
por rivalizar la buena señora en estatura con los gra- 
naderos de Federico el Grande. 

De este matrimonio habían nacido tres hijos: Pe- 
layo, que el 85 era oficial de artillería, y dos hem- 
bras, la mayor de las cuales se casó á disgusto de los 
padres con un joven que fué secretario del Gobierno 
civil de la provincia; la menor permanecía en estado 



ÁNGEL GUERRA 7 

de merecer. A su primo el artillero le conocía Gue- 
rra; pero á las dos primas no las había visto desde 
muy niñas, y por ciertas referencias se las figuraba, 
ya mujeres, bastante antipáticas. Que D. José Suá- 
rez pertenecía al elemento más ilusti-ado de la ciudad 
era cosa vulgar de pura sabida, y también era públi 
00 y notorio que dio la última mano de barniz á su 
ilustración con la visita que hizo á la Exposición de 
París del 79. Por dicha de la localidad, casi siempre 
figuraba en la Diputación Provincial ó en el Ayun- 
tamiento, entre aquellos nobles discretos varones á 
quienes amonesta el autor de la espinela estampada 
en la escalera de la Casa Consistorial, y en ambas 
Corporaciones dejaba sentir un año y otro el empuje 
formidable de su ilustrada iniciativa. 

Fatigado de dar vueltas al acaso por el dédalo de 
calles, sentóse Guerra en el escalón de una puerta, 
en solitaria encrucijada, para meditar en el grave 
problema de la visita á sus parientes. ¿Por qué rama 
empezaría? Decidióse al fin por la parentela humil- 
de, y buscó el itinerario de la morada de Teresa Pan- 
toja, preguntando á los pocos transeúntes que encon- 
traba. 

Había visitado á Toledo bastantes veces, pero por 
poco tiempo, y siempre con escolta de habitantes de 
la ciudad que le ahorraban el trabajo de estudiar la 
inextricable topografía de ésta. Fuera de las vías que 
conducen de Zocodover á la Catedral, y de la calle 
Ancha á la de la Plata, no sabía dar un paso sin per- 
derse. Pero preguntando se llega á todas partes, á 
Roma inclusive, y á la calle del Locum, donde la 
viuda del cerero vivía. 



8 B. PÉREZ GaLDÓS 

El mendigo y el cicerone suelen ser allí una sola 
persona. Los chiquillos pobres, y aún los que no lo 
parecen, dedícanse también, si al salir de la escuela 
tropiezan con algún forastero, al oficio de guías por 
el rompecabezas toledano. Guerra utilizó los servi- 
cios de uno de éstos, y pudo llegar á donde quería, 
rodeando la Catedral, y acometiendo .después el em- 
pinado y tortuoso callejón que sube desde las inme- 
diaciones de la Posada de la Hermandad hacia San 
Miguel el Alto, y enlaza también, por otra calleja 
inverosímil, con San Justo y San Juan de la Peniten- 
cia. El madrileño se vio en una plazoleta de tres do- 
bleces, de esas en que los muros de las casas parecen 
jugar al escondite; pasó á la calle del Cristo de la 
Calavera que culebrea y se enrosca hasta volver á 
liarse con la del Locum; vio puertas que no se han 
abierto en siglo y medio lo menos; balcones ó mira- 
dores nuevecitos con floridos tiestos; rejas mohosas, 
cuyo metal se pulveriza en laminillas rojizas; huecos 
de blanqueado marco, abiertos en el ladrillo ol3scuro 
de antiquísima fábrica; vio gatos que se asomaban 
con timidez á ventanuchos increíbles; labrados ale- 
ros, cuya roña ostenta los tonos más calientes de la 
gama sienosa; de trecho en trecho, azulejos con la 
figura de la Virgen poniendo la casulla á San Ilde" 
fonso, y por fin llegó á una puerta modernizada, que 
fué el límite de su viaje. 

La entrada y patio de la casa de Teresa Pantoja 
eran de puro tipo toledano, mitad de empedradillo, 
mitad de baldosín rojo, muy limpio, recién fregotea- 
do; las paredes como acabadas de enlucir; el patio 
ajardinado con matas de evónymus en arriates ó en 



ÁNGEL GUERRA. y 

barriles pintados de verde; y á lo largo del zócalo 
azulejos descabalados de mil trazas y dibujos distin- 
tos, como procedentes de demoliciones de palacios ó 
monasterios, los unos con grotescas figuras, los otros 
con retazos de cenefa, muchos dejando ver trozos de 
un paramento decorativo, el cuartel de un escudo, ó 
silabas de un letrero. Los postes que daban forma 
claustral á dos lados del patio eran de pino antiquí- 
simo sin pintar, de un caliente tono de yesca, secos 
y un poco desplom?do, sosteniendo con la carcomida 
zapata las apandadas vigas. Las ventanas altas lucían 
pintura de un verde agrio, las paredes el blanco ce- 
gador del yeso. Concluía la decoración, en un ángu- 
lo del patio, brocal de berroqueña, musgoso en la 
base, reforzado por zunchos de hierro, con su polea 
pendiente de la horca y un historiado cacharro para 
extraer el agua. 

No tuvo tiempo Guerra de observar bien todas 
estas cosas porque salió su tía dando voces, y le abra- 
zó en medio del patio, invitándole á entrar en una 
salita baja, que por lo fría debía de ser la sucursal 
del Polo Norte. Representaba Teresa cincuenta y 
cinco años, mujercita de tipo muy de Toledo, ojine- 
gra, corta de estatura, suelta de miembros y de len- 
gua, graciosa y ágil, cara de estas que á cierta edad 
se curten, y en una vida reposada, metódicamente 
vulgar y sin afanes, se conservan con cierta dureza 
reluciente y picoteada como la cascara de la almen- 
dra. Ostentaba completa y sana su dentadura y tenía 
el pelo casi enteramenten blanco. Los agasajos que 
hizo á su pariente no acababan nunca, ni las memorias 
tristes y cariñosas que consagró á doña Sales y á la 



10 B. PÉREZ GALDÓS 

pobrecita Ción. Díjole después que si se proponía 
pasar una temporada en Toledo huyendo de los traji- 
nes de Madrid, debía hospedarse en aquella c?sa, 
pues las fondas eran rematadamente malas y bulli- 
ciosas, como Ang-el había podido observar. 

— Aquí estará? como en la Gloria. No hallarás en 
todo el mundo lugar más sosegado, más silencioso. 
Hay aquí dos huéspedes... vamos, aunque esto no es 
casa de huespedes, tengo dos señores para ayudarme, 
sacerdotes, personas tan tranquilas, que no se las 
siente, cada uno en su cuarto, calladitos como en 
misa. No gasto criadas: yo lo hago todo. Sólo viene 
aquí una mujer que me lava los suelos y me ayuda 
durante el día. Te daré mi habitación que es... un 
verdadero nido de canónigo. Sube y la verás, y yo 
me pasaré á otra. 

A Guerra, en efecto, parecióle aquello el Paraíso. 
¡Qué silencio, qué apartamiento, qué paz! Podría 
creer que un fabuloso hipogrifo le había transporta- 
do, en un decir Jesús, á cien mil leguas de Madrid. 
Aceptó sin vacilar; aquella misma noche trajo de la 
fonda su equipaje, y se instaló. Su cuarto era un 
verdadero rincón arqueológico , cuya limpieza y 
chabacanería ingenua le encantaron; las paredes blan- 
queadas; en la cómoda panzuda un Niño Jesús de ta- 
lla, monísimo con témporas de metal y zapatos de 
tisú, trajecito muy hueco de raso con lentejuelas; las 
maderas de la ventana pesadísimas, de cuarterones 
pintados al temple; la vidriera verdosa, con más plo- 
mo que vidrio; en la pared un cuadro torcido con es- 
tampa manchada de humedad, representando al car- 
denal Lorenzana, y otro con el célebre Transparente 



ÁNGEL GUERRA. 11 

en el momento de ser visitado por los reyes Carlos IV 
y Maria Luisa; el piso del baldosín bruñido, cubierto 
en parte por valenciana estera de las más sencillas; 
tocador de espejo sobre pivotes, y otras varias rare- 
zas que él no habla visto nunca más que en las pren- 
derías. Púsole además su patrona, por si quería escri- 
bir, un tintero de Talavera, que debió de prestar ser- 
vicio á los que redactaron el Fuero Jazgo, con otros 
objetos cuya aplicación no entendió Guerra, como 
dos ó tres acericos muy lindos colocados allí con un 
fin puramente ornamental, porque no tenían alfi- 
leres. 

La cena fué tan clásica como familiar, compuesta 
de las inmemoriales sopas de ajo, acartonaditas, el 
huevo, el guisado de carnero y la ensalada, minuta 
ó documento gastronómico que ya no debía de ser 
nuevo en tiempo del arrianismo. Sirvióla Teresa con 
diligencia y aseo. Los cubiertos traían á la memoria 
industrias que fenecieron, y las servilletas raspaban 
poco menos que papel de lija. Pero todo era limpio, 
inocente, patriarcal, y constituía para el advenedizo 
un mundo enteramente nuevo. Cenando, conoció á 
sus dos compañeros de hospedaje, el uno canónigo de 
la catedral, D. Isidro Palomeque, sexagenario muy 
corriente y francote, dado á las investigaciones ar- 
queológicas; el otro capellán de las monjas de San 
Juan de la Penitencia, varón de una timidez inena- 
rrable. Llamábanle D. Tomé; se ruborizaba siempre 
que tenía que decir algo, por insignificante que fue- 
ra, y apenas alzaba del plato sus ojos lánguidos, exen- 
tos de toda malicia. 
' A entrambos les observó Ángel, empezando por 



12 B. PÉRBZ GALDÓS 

Palomeque, rostro muy de paleto, con cejas de guar- 
dapolvo, piel curtida, bien cortada nariz, que empe- 
zaba en nuez y acababa en tomate, orejas como aven- 
tadores, fisonomía vivísima y modales corteses con 
gravedad, de ese tipo de hidalguía que se va perdien- 
do como otras muchas cosas. Picando en varios asun- 
tos, dio á conocer el canónigo su temple conciliador 
y propicio á la amistad, exento de pasión hasta en 
materias religiosas, carácter que intelectual y mo- 
ralmente se gozaba en su propia inei-cia, en las deli- 
cias intermedias y opacas de un presente sin bri- 
llantez, pero también sin afanes. Asimismo reveló el 
buen prebendado, en las breves pláticas de la primera 
noche, su caudalosa erudición de menudencias y 
chismes históricos. En cambio, el capellán de monjas 
parecía mudo. Su cortedad causaba pena. Ángel ob- 
servó de soslayo aquella cara, al propio tiempo ani- 
ñada y decrépita, tan desprovista de expresión varo- 
nil, que bien podría pasar, si le pusieran tocas, por 
cara de mujer. 

No durmió Guerra muy bien, porque la paz desve- 
la como el bullicio, y la primera noche de silencio 
excita á los que vienen del tumulto. Extrañaba la 
cama, harto menos blanda que las suyas de Madrid; 
extrañaba el calzado elegante del Niño Jesús, la ima- 
gen borrosa de Lorenzana y la inmaculada blancura 
de las paredes. Durante largo rato atormentó su cere- 
bro caldeado por el insomnio una enfadosa cavilación 
sobre el uso que tendrían los acericos que en número 
tan desproporcionado veía en su alcoba. Su imagina- 
ción se los reprodujo, y ya no eran tres sino treinta 
ó más los adminículos de aquella clase que por todas 



ÁNGEL GUERRA 13 

partes le cercaban, no ya sin alfileres, sino tan guar- 
necidos de ellos que parecían puerco-espines acechan- 
do su sueño. No apagó la luz hasta muy tarde, y allá 
de madrugada, durmiendo á pedacitos, oía campanas 
de diferente timbre, que tocaban á misa. Unas sona- 
ban chillonas, otras graves, con distintas intensida- 
des y tonos, música ondulada según los caprichos del 
aire, y que á teces se venía encima hasta herir de 
cerca los oídos del durmiente, á veces se alejaba, de- 
jando sus ecos en las cavidades del sentido. Era como 
los términos de un lenguaje que se comprende á me- 
dias, palabra sí, palabra no, y que por su propia inin- 
teligencia embelesa más el alma, meciéndola entre 
dos dudas, la duda de que vela y la de que reposa. 



II 



Al siguiente día, costóle trabajo á Guerra decidirse 
á visitar á D. Suero. Pero la razón fría venció su 
desgana, y después de comer se encaminó perezosa- 
mente á la calle de la Plata, la calle de alcurnia, toda 
ñanqueada por una y otra banda de soberbias puer- 
tas que son otros tantos muestrarios de clavos her- 
mosísimos. Lo primero que en el patio se veía era una 
colección de columnas de mármol, árabes, con bellí- 
simos capiteles, los fustes rotos, sujetos por zunchos 
de hierro. Estaban arrimados á la pared en buen or- 
den, á estilo de museo, y tal carácter en efecto te- 
nían, pues Suárez, como todo toledano rico, era algo 
arqueólogo, y habiendo encontrado aquellos magní- 
ficos restos al hacer excavaciones en su finca de Azu- 



14 B. PÉREZ GA.LDÓ^ 

queica, los puso ordenadamente en el patio para que 
pudierayí apreciarlos las personas de gusto. Por lo de- 
más, el patio no desdecía del tipo común, sólo que 
los pilares estaban pintados, el pozo era magnífico, el 
baldosín y empedrado de lo más fino, y extraordina- 
riamente lujoso el caldero de bronce para sacar agua 
del aljibe. Los evónymus no faltaban, ni canarios en 
bonitas jaulas. Pero lo más notable era la caterva de 
cuadros viejos que en todas las paredes se veían, al- 
gunos sin marco, y por lo general malísimos; asun- 
tos de frailes encanijados, Ánimas del Purgatorio imi- 
tando el bacalao á la vizcaína, y Vírgenes con bas- 
quina, despojos sin duda de santuarios rurales, que 
don Suero había ido recogiendo aquí y allí para al- 
macenarlos en la creencia de que eran cosa de mérito. 
En todas las ciudades donde ha florecido la pintura, 
como Sevilla, Valencia y Toledo, aparece, tras el es- 
purgo de los siglos y la selección que nutre los mu- 
seos, esa barredura artística que invade las casas bur- 
guesas y se perpetúa en las prenderías. 

La casa ofrecía diversos planos y perfiles en su des- 
igual arquitectura. Al llamar á la puerta del zaguán, 
una criada daba el quién vive desde altísima ven- 
tana del patio, y tiraba de una cuerda, franqueando 
la entrada. El visitante subía por la escalera de pel- 
daños de madera guarnecidos de azulejos, atravesaba 
pasillos derrengados por los asientos de la antigua fá- 
brica, y para llegar á la sala tenia que volver á bajar, 
y subir luego dos ó tres escalone'^. La sala ¡ay! osten- 
taba sillería de seda color de coriuto, la cual se daba 
de bofetadas con pedazos de tapiz y con mueblecitos 
antig-uos de taracea. Las arañas de vidrio de lo más 



ÁNGEL GUERRA 15 

comi'm insultaban con su modernismo insolente la 
figura severa de un San Pedro Mártir, que si no era 
del Padre Maino lo parecía. Pero lo más discordante 
y chillón era una media docena de cromos, con mol- 
durita dorada de á peseta la vara, representando es- 
cenas del Derby y todo el matalotaje insípido de las 
carreras de caballos, traídos de -París por D. Suero, 
como la más fina muestra de sus ilustradas aficiones, y 
que lucían en la sala i unto á las cornucopias proce- 
dentes del destruido monasterio de San Miguel de 
los Angeles. Pero en estas disonancias no reparaba 
don José, ansioso de poner su casa á estilo de Madrid; 
y en sus viajes á la Corte siempre se traía alguna 
cosa elegante, bien las cortinas de linón rameado, 
bien la parejita de figuras de bronce alemán, de lo 
barato, el marquillo de felpa para las fotografías ó 
algún muñeco de biscuit ó terracotta, de estos que ha 
cen gracia por lo picantes, sin que faltara el chisme 
de latón galvanizado con emblemas de caza ó pesca 
rodeando un termómetro, que ni á palos marcaba la 
temperatura. 

Recibió Suárez á su pariente con demostraciones de 
afecto, en las que pusieron su parte doña Mayor y Ma- 
ría Fernanda, la hija soltera. Era el jefe de la fami- 
lia un señorete de estos que aún dentro de casa, osten- 
tando el gorro de terciopelo engrasado y la americana 
de desecho, revelan el uso público de las prendas no- 
bles de sociedad. En efecto, no se concebía á D. Sue- 
ro sin su levita cerrada y su sombrero de copa, par- 
tes tan esenciales como el bigote corto de tres colo- 
res, la nariz cotorrona y algo torcida, el bastón con 
puño de plata, todo realzado por una. gran pulcritud 



16 B. PÉREZ GALDÓS 

de la persona, de pies á cabeza. Era una figura que 
daba respetabilidad al pueblo y al vecindario. Veía- 
sele mucho en la calle, no asi á su señora, de tal modo 
petrificada en las formas y costumbres antiguas, que 
nunca traspasaba los umbrales, salvo la salidita á misa 
muy de mañana en San Nicolás, la única iglesia de 
Toledo, tal vez, absolutamente rasa de interés artís- 
tico y de poesía religiosa ó legendaria. 

Los tres hablaron largamente con Guerra; pero no 
le ofrecieron la casa para vivir, ni dijeron nada al sa- 
ber que vivia con Teresa Pantoja. Ni una palabra de 
los últimos acontecimientos de la vida de Ángel en 
Madrid, lo que éste agradeció mucho, pues esperaba 
reticencias y alusiones impertinentes. En resumen, 
la acogida parecióle de agasajo cortés y un tanto re- 
celoso. Doña M'^yor era un eco servil de las observa- 
ciones ilustradas que á cada instante hacía su esposo, 
y en cuanto á María Fernanda, Guerra la calificó al 
primer envite, de enteramente vulgar. Preocupába- 
se mucho de las modas, para ponerse cuanto ringo- 
rrango traían los figurines del periódico á que esta- 
ba suscrita; al dedillo se sabía las óperas que iban 
echando en el Real de Madrid, y lamentaba que To- 
ledo no tuviera la animación correspondiente á capi- 
tal de tanto señorío. De físico no andaba mal la niña, 
sin ofrecer nada extraordinario, finita, mal color, 
ojos bellos, mixtura de damisela de cortijo que se hace 
su propia ropa y tiene las manos bastas, y de costu- 
rerita de corte que sabe mil suertes y toques de agra- 
dar. Viéndola y escuchándola. Guerra se convenció 
de que nunca seria la tal prima santo de su devoción. 
Don Suero se condolía de lo triste que ha de ser 



ANGBL GUERRA 17 

para un madrileño la vida toledana. «Y eso que To- 
ledo, con la Academia, no es conocido. La plaza está 
bien surtida. Casi todos los días vienen ostras. 

— Y los pescados finos nunca faltan — apuntó doña 
Mayor. 

— Este invierno — dijo la niña, que siempre cuida- 
ba, con noble patriotismo, de ensalzar la población, — 
vamos á tener compañía seria de zarzuela. La que 
tuvimos este verano no daba más que mamarrachos, 
pero ahora nos anuncian Las Campanas de Carrión j 
M Reloj de Lucerna. 

— Nuestro vecindario — observó D. Suero, — no 
ayuda á los artistas, y si no fuera por los chicos de la 
Academia, esto sería un cementerio. Hay muy poca 
sociedad, y son contadísimas las casas donde se reú- 
nen tres personas por la noche á jugar al tresillo... A 
los hombres les tienen todo el día en el Casino, he- 
chos unos vagos, y las señoras siempre en casa. Por 
no salir, no van ni á las funciones de la Catedral. 

Aseguró que una de las causas de la tradicional 
desanimación era la estructura laberíntica y huraña 
de la ciudad, compuesta exclusivamente de cuestas, 
callejones y pasadizos, sin salida fácil á la Vega. El 
había trabajado lo indecible en el Ayuntamiento por 
decidir á éste á una reforma radical, derribando me- 
dia ciudad y reconstruyéndola, con arreglo á las mo- 
dernas pautas de la urbanización. «Yo he viajado, hijo, 
yo he estado en París,fy sé lo que son poblaciones. Vi- 
vimos en minido de águilas ^^ la vida moderna no cabe 
aquí. Dicen que no hay medio de regular este cien- 
piés, y yo respondo que una voluntad de hierro todo 
lo facilita. Respetando los grandes monumentos, Ca- 

2.' PARTE 2 



18 B. PÉREZ GALDÓS 

tedral, Alcázar, San Juan y poco más, debemos me- 
ter la piqueta por todas partes, y luego alinear, ali- 
near bien. Vengan bonitas fachadas, vías amplias, 
con árboles, kioskos y candelabros de gas. Pero me 
canso de predicar en desierto, y cada día está la po- 
blación más horrible. ¡Figúrate tú qué hermoso sería 
aislar completamente la Catedral, ensanchar la calle 
del Comercio y poner un tranvía de punta á punta! 
Lo que falta es dinero, dinero, dinero. Con él se po- 
drían restaurar los buenos edificios, con arreglo á lo 
que dictaminaran las Academias y cuerpos facultati- 
vos, declarar la guerra al gusto barroco, demoler mu- 
rallas y puertas, pues con el producto de la piedra si- 
llería que en ellas hay, levantaríamos de nueva plan- 
ta un palacio de hierro para exposiciones de caldos y 
otros productos agrícolas. Di tú que aquí no hay ini- 
ciativa para nada, que este es un pueblo apático, y lo 
mismo le da pitos que flautas. No sabes lo que he tra- 
bajado por que se establezca aquí un buen Ateneo, 
donde se den veladas y conferencias, y se lean boni- 
tos versos, para que los jóvenes se vayan ilustrando. 
Pues no señor; habíales de levantar una nueva Plaza 
de Toros, pero de Ateneo no les hables, porque se 
quedarán en ayunas.» 

A Guerra se le sentaba en la boca del estómago la 
ilustración de su tío, el cual, metiendo también baza 
en política, dijo que si hubiera en España patriotis- 
mo, todos los hombres notables debían unirse para 
formar un solo partido, que gobernaría sin mirar más 
que al interés de la nación, subiendo los aranceles y 
bajando las contribuciones. «Pero no tengas cuidado, 
que no lo harán. Mientras riñen por el turrón, el ex- 



ÁNGEL GUERRA. 19 

tranjero se apodera de nuestra riqueza y nos explota. 
Y no prosperaremos, créelo, hasta que no hagan lo 
que digo, unirse todos, todos, desdB el carlista al re- 
publicano.» 

Todo el tiempo que pudo aguantó Ángel la matra- 
ca que sus tres parientes le dieron, hasta que apura- 
da su paciencia, se despidió, prometiendo ir á comer 
el día que le designaran. Acompañóle el propio don 
Suero, que quiso prolongar la jaqueca al través de 
las calles, y lo primero que hizo el buen señor fué 
mostrarle las reparaciones últimamente hechas en la 
casa bajo su dirección. La fachada plateresca era de 
las más típicas de Toledo; mas para evitar el descas- 
carado de la piedra, habían dado una mano de pintu- 
ra color perla á toda la fábrica, y otra de blanco á los 
escudos imitando marmol. Sobre la magnífica puerta 
armaron un cierro mirador de pino, imitando nogal, 
que parecía obra del mismo demonio por lo fea y 
profana; las rejas quedaron de negro, mostrando las 
persianas verdes tras su labor airosa, y los clavos de 
la puerta, estupenda obra de herrería, que figuraban 
cuatro conchas unidas en cruz, desaparecían bajo 
una capa de pintura imitando bronce. Satisfecho esta- 
ba D. Suero de su restauración, y Guerra, disimulan- 
do la antipatía que el buen señor le inspiraba, no 
tuvo más remedio que elogiar aquellos horrores. 
Brindóse después el eximio toledano á enseñarle lo 
más notable de la ciudad, acompañado de un enten- 
dido arqueólogo; pero Guerra esquivó el ofrecimien- 
to con toda la cortesía posible. Le enfadaban los ad- 
miradores furibundos, los sabios prolijos que quieren 
hacer notar mil insignificantes pormenores, los que 



20 B. PÉREZ GALDÓS 

se embelesan delante de una piedra ó ladrillo roño- 
so, que maldita la gracia que tiene. 

— Bueno, pues vete por ahí, y registra bien la Ca- 
tedral y demás cosas de mérito. Después que te hayas 
hartado de antigüedad, te llevaré á ver la Diputa- 
ción, donde hemos hecho obras de suma importancia. 
Verás también los dos Casinos, que sen notables, pero 
muy notables, bien decorados, con espejos, cortinas 
de terciopelo, unas aranas para petróleo que se han 
traído de Bayona, directamente^ y dos ó tres soberbias 
alfombras de fieltro. En ñn, que está muy bien, y 
verás que, aunque pasito á paso, algo se va adelan- 
tando.) 

Despidiéronse al fin junto á la Catedral, y al verse 
libre de su ilustrado pariente, Ángel ¡ay! respiró 
como si despertara de una peladilla. 



III 



Faltábale la visita á Leré, objeto principal de su 
viaje; mas un sentimiento-de delicadeza dictábale la 
idea de aplazarla, porque habiéndole precedido la jo- 
ven toledana tan sólo dos días, parecería que le aco- 
saba. Determinó, pues, esperar, saboreando en tanto 
el gustillo de considerarse próximo á ella, de supo- 
nerla tras este ó el otro muro, ó de creer que momen- 
tos antes, había pasado por las calles que él recorría. 
Porque su ocupación única, en los días primeros, fué 
vagar y dar vueltas, recreándose en el olor de santi- 
dad artística, religiosa y nobiliaria que de aquellos 
vetustos ladrillos se desprende; su placer mayor per- 



ÁNGEL GUERRA 21 

derse sin guía ni plano, jugando con el ovillo re- 
vuelto de las calles. De noche, el misterio y la poesía 
resaltaban más que á la luz del sol. La? puertas eri- 
zadas de clavos, la desigualdad infinita de planos, ra- 
santes j huecos, las fachadas con innumerables do- 
bleces, las rejas, las imágenes dentro de alambrera y 
con lamparilla, los desfiladeros angostos, entre muros 
que se quieren juntar, los cobertizos y travesías em- 
pinadas, la soledad, la sombra distribuida en masas 
caprichosas, avivaban más en el espíritu del vagabun- 
do la impresión de leyenda dramática ó de histórico 
lirismo. En sus primeras caminatas, la planimetría 
de la ciudad érale desconocida; pero pasando y re- 
volviéndose de Norte á Sur y de Levante á Poniente, 
empezó á orientarse, fijó los grupos de edificios más 
visibles, las torres y cúpulas, y de este modo pudo 
dominar el sentido de las calles, y entenderlas como 
signos de endiaWada escritura, que se va compren- 
diendo después de pasar por ella los ojos una y otra 
vez. Sale ahora este vocablo, después aquel; se des- 
peja parte de una cláusula, luego se trasluce una fra- 
se íntegra, hasta que interpretados con cálculo y pa- 
ciencia los espacios intermedios, llégase á leer de 
corrido todo el conjunto de garabatos. 

Las excursiones nocturnas dejábanle con ganas de 
ver á la luz del día lo traslucido entre las sombras de 
la noche. «¿Qué serán 'estos muros altísimos? — se 
preguntaba. — Esta vertiente espantosa ¿á qué abis- 
mos conduce?» Y levantándose muy temprano, se 
lanzaba de nuevo á su exploración vagabunda. Las 
campanas de los conventos y parroquias llamando á 
misas tempranas producíanle una emoción suave que 



22 B. PÉREZ GALDÓS 

no lograba definir. No era que á él le entrasen ga- 
nas de oir misa, pero le encantaba la impresión fres- 
ca y estimulante del madrugar, y miraba con sim- 
patía á las pobres mujeres que arrebujadas y carras- 
peando se metían en las iglesias. Allá se colaba tam- 
bién él, movido del dilettantismo artístico y de cierta 
curiosidad religiosa, ligeramente estimulada por pru- 
ritos de vida espiritual. Las iglesias de los conventos 
de monjas le ofrecían singular encanto, y siempre 
que abiertas las hallaba, á primera hora, se metía 
dentro. De este modo multitud de misas pasaban por 
delante de sus ojos todas las mañanas. Comúnmente, 
una sola persona ó dos cuando más, fuera del cura y 
monaguillo, se veían en el templo, alguna vieja que 
entraba rezando entre dientes, algún anciano cata- 
rroso con trazas de mendigo. Lo que más le enamo- 
raba era el sentimiento de reposo, de convalecen- 
cia, de tranquilidad interior que aquellos recintos 
monjiles tenían en sí. El fresco matinal resultaba 
placentero en aquella cavidad hospitalaria, en la du- 
reza del banco lustrado por el tiempo, ó de rodillas 
sobre el ruedo de esparto. Y de tal modo le iban gus 
tando las iglesias de monjas, que vista una quiso ver 
las todas, y poco á poco, esta quiero, esta no quiero 
visitó Santo Domingo el Antiguo, las Capuchinas 
Santo Domingo el Real, las Claras, San Clemente 
San Pablo, etc., y allí pernianecía hasta que le echa 
í)a el saíristán, entre siete y ocho. Si el cura no es 
taba en el alta", recorría la iglesia con estudiada 
compostura buscando Grecos, que eran su delicia, exa- 
minando altares barrocos. Cristos con melena y Vír- 
genes de cerquillo, investigando siempre lo raro, lo 



ÁNGEL GUERRA 23 

artístico, lo sentido, que en medio de mil vulgarida- 
des suele encontrarse allí donde un poderoso senti- 
miento ha engendrado tantas y tan diversas formas. 
Durante la Misa se sentaba ó se arrodillaba con fingi- 
da devoción, echando miradas furtivas á la verja del 
coro, por la cual se traslucían, bañadas en luz azula- 
da y misteriosa, las siluetas blanquinegras de las es- 
posas del Señor. 

Allí dejaba correr el pensamiento por el campo sin 
fin de la Historia, de la Filosofía, y aun por el seca- 
no de la Economía política, encontrándose en su pro- 
pia mente con mil ideas contradictorias. Mirando las 
cosas desde cierta altura, envidiaba la existencia 
apacible, sublimem3nte egoísta de aquellas buenas 
señoras desligadas del mundo, sin familia, pensando 
sólo en su salvación y cultivándola con una vida de 
sobriedad, abstinencias y privaciones, en cuyo fon- 
do, al liquidar la cuenta de afanes y goces, resulta 
quizás un regalo y bienestar profundísimos. Cuando 
la misa concluía, acercábase á la reja y de cerca las 
contemplaba, admirándose de que ellas no se asusta- 
ran ni parecieran hacerle caso. «Esta monja que aquí 
cerca veo — decía, — ¿quién será? ¿Cómo se llamaría 
en el mundo? ¿Por qué entró aquí?» Oíalas rezar, y 
aquel murmurio dulce que, en el conjunto de veinte ó 
más voces, sonaba con ondulaciones perezosas como 
si el aire á desgana lo transmitiera, le penetraba has- 
ta el alma dándole cierto escalofrío placentero. 

Al fin de la visita, se entretenía viendo al sacris- 
tán apagar las luces, recoger las velas, los vasos sa- 
grados, las ropas del cura, y pasarlo todo al coro por 
medio de un cajón como los de las cómodas, que una 



24 B. PÉREZ GALDÓS 

monja recibía por la parte interior de la verja. Veía 
cómo las señoras se retiraban hacia dentro, dejando 
vacio el coro, lo mismo que la iglesia, pues el único 
individuo que había oído misa se marchaba, persig- 
nándose, envuelto en su capa. Guerra salía también, 
no sin dar propina al sacristán, el cual le tomaba por 
extranjero que iba á la husma de algún brocado an- 
tiguo para el comercio de Iric-á-lrac. 

Pero nunca le había dado por coleccionar trapos ni 
cachivaches. Lo que hacía era recrearse en la inmen- 
sa riqueza artística, que obscuramente y sin que na- 
die lo eche de ver atesoran aquellas casas de recogi- 
miento. En unas observaba la fábrica hermosa, del 
severo estilo del Greco, en otras las enmiendas y su- 
perfetaciones de los siglos, empeñados en desmentir- 
se unos á otros; aquí la insulsez de la piel académica 
dejando ver por intersticios; la oreja mudejar, el pla- 
teresco que lleno de savia se abre paso entre restos 
góticos. 

Un día de fiesta, encontróse en San Clemente con 
misa cantada y solemne función. Mayor encanto que 
los demás monasterios de señoras tenía para él el de 
monjas Bernardas de San Clemente, porque allí se 
había educado Leré, allí pasó parte de su infancia, y 
allí le inspiró el Cielo la divina ciencia con que había 
trastornado el seso de su amo. La aristocrática iglesia 
resplandecía conenorme profusión de cera encendida, 
colgadas las paredes de soberbios damascos, los altares 
vestidos de gala. La concurrencia escasísima, pues 
apenas constaba de tres ó cuatro mujeres y un viejo, 
hacía más interesante el acto.. Oficiaba un solo cura, 
y las monjas respondían á su canto, acompañadas del 



ÁNGEL GUERRA 25 

Órgano, con plañidero sonsonete, que á Guerra le ba- 
cía muchísima gracia. En la iglesia y en lo que del 
coro se veía notábase lo que en el mundo se llama 
distÍ7ición, un no sé qué de nobleza no afectada y de 
esplendor mate, como el de los metales de ley, cuan- 
do el tiempo les hace perder el antipático brillo de 
fábrica. Ángel se acercó á la reja del coro, y tío en 
la sillería lateral de la izquierda una figura gallardí- 
sima, descollando entre el grupo de monjas. Era la 
abadesa, que empuñaba báculo como el de un obispo, 
adornado, para que resultase femenino, con magnifi- 
co lazo de ancha cinta de seda blanca como la nieve. 
Imposible pintar lo guapa que estaba aquella señora 
con su hábito blanco y negro de pliegues amplísimos, 
y lo bien qué le caía la toca con el pico en la frente. 
Era dama hermosa, ya algo madura, de airoso conti- 
nente, sin que su hermosura \ gracia quitaran nada 
al tono episcopal que le daban su colocación en la silla 
mayor, el báculo y el aspecto de subordinación de 
sus compañeras. 

Embebecido Guerra ante semejante espectáculo, 
consideraba cuánto más bonito era aquello que una 
función de gala en el Real ó que una recepción pala- 
tina. No quitaba los ojos de la abadesa, y ésta no pa- 
recía enojada de su mirar impertinente. Por el con- 
trario, notó Ángel que, al levantarse después de hu- 
millar su frente sobre el libro de rezos, se arreglaba 
el borde de la toca con mano de mujer, mano delica- 
da y flexible que parece que tiene ojos. La señora 
aquella parecióle á Guerra tan digna como elegante, 
toda majestad, y no se cansaba de contemplarla, atis- 
bando también á las otras monjas entre las cuales las 



26 B. PÉREZ GALDÓS 

había de variados tipos, viejas y jóvenes, pálidas to- 
das, de mirar indiferente. La idea de que todas ellas 
debían de conocer á Leré se las hacía más interesan- 
tes. Cuando por guardar las conveniencias miraba al 
altar, sus ojos se deslumhraban con la custodia que 
parecía un sol, oro puro, brillo de piedras preciosas, 
destellos vividos, en los cuales algo había de lengua- 
je misterioso, como el de las estrsllas que chispean en 
el fondo del cielo obscuro. Prefería mirar hacia el in- 
terior del coro, porque la custodia le encandilaba, 
imponiéndole cierto respeto que él creía supersticio- 
so, y el cura oficiante le resultaba bastante antipáti- 
co, con su rostro de salvaje y su vozarrón destempla- 
do y becerril. 

Al introducir de nuevo su investigadora mirada 
en el coro, vio una cosa que antes, fijándose sólo en 
la elegante abadesa, no había visto. Era una Virgen 
de tamaño casi natural, con estupenda corona de las 
llamadas imperiales, pactoral y broches guarnecidos 
de pedrería, vestido riquísimo de tisú de oro y seda 
carmesí, recamado de aljófar. Alzábase la hermosa 
imagen en un trono portátil frontero á la silla de la 
abadesa, con andas de chapa de plata, y flores mag- 
níficas de plata y tul rosa. Cirios de transparente cera 
labrada con picos mil la alumbraban, reflejándose en 
la pintura del rostro, el cual era délo más agraciado, 
de lo más simpático (si tal calificativo cabe) que es 
posible imaginar. ¡Aquella Virgen hermosísima era 
sin duda la que hablaba con Leré en éxtasis, dicién- 
dole las cosas que ésta refería con tanta ingenuidad! 
Los ojos de la efigie brillantes como luceros miraban 
á la abadesa, y la abadesa, atenta á su libro, leía y 



ÁNGEL GUERRA 37 

releía murmurando las cláusulas con ritmo de canto 
llano. Después cantaron alternando las voces: la aba- 
desa decía un versículo y respondían las otras. Ter- 
minada la misa, los cantos y rezos siguieron largo es- 
pacio dentro del coro, hasta que vio Guerra que unas 
monjas que parecían acolitas incensaban á la Virgen... 
Entonces reparó que ésta tenía Niño, y que el Niño 
ostentaba escarpir es de oro acabados en punta. Por fin 
las monjas cargaron la imagen, arrimando el hombro 
á los plateados palos de las andas, y se la llevaron en 
lenta procesión, en dos filas, la abadesa detrás mar- 
cando el paso con su báculo, asistida de media docena 
de ellas, que debían de ser las más ancianas, y la co- 
munidad se filtró cantando por una puerta que al 
claustro sin duda conducía. 

Sacó á Guerra de su abstracción una desentonada 
voz, que le dijo casi al oído estas palabras: «Caballe- 
ro, ¿quiere usted ver dos bandejitas de plata repujada 
y un porta-paz cincelado, del siglo xvii, legítimo, 
obra preciosa?... Se dan baratos.» 

Quien le hablaba era un hombre no muy viejo, pero 
sin dientes, mal vestido, con andrajosa capa, el cual 
poco antes se había sentado en el banco junto á él. 

— Gracias — replicó Ángel. — No soy anticuario. 

Y se marchó, porque el sacristán repicaba con el 
manojo de llaves. Todo el resto del día estuvo sabo- 
reando la impresión de lo que había visto y oído, la 
elegante abadesa, la custodia como un sol, la Virgen 
bonita, amiga de Leré, los artísticos ornatos de la 
iglesia, tapices y cornucopias, el misterioso ámbito 
del coro, el canto desmayado y nasal de las monjas, 
y por la tarde no pudo resistir á la tentación de vol- 



28 , B. PÉREZ GALDÓS 

ver allá. Pero la iglesia estaba carrada, y su puerta 
vieja, roñosa y musgosa, era como la de un panteón 
donde hace mucho tiempo que no se entierra á na- 
die. Recorrió la calle mirando la tapia inmensa, lla- 
na, desesperante, en la cual se pierde el gracioso 
pórtico de Berruguete, como joya engarzada en in- 
finita capa de paño pardo. Ni un alma pasaba por 
allí, ni gato ni perro ni mosca, ni ser viviente algu- 
no. Embebecido en aquella soledad, miraba la tapia 
y se decía: «¿Qué estará haciendo ahora la abadesa 
guapa? Y las demás monjas, ¿qué harán? Estarán co- 
miendo. ¿Y qué comen?... ¿qué dicen, qué piensan? 
Cuando duermen, ¿qué soñarán?» 



IV 



Leré vivía con sus tíos y con el padre Mancebo en 
un barrio laberíntico, entre el Pozo Amargo y la pa- 
rroquia de San Andrés. Dos ó tres veces pasó Guerra 
por allí sin atreverse á entrar: rondaba su ilusión, 
temiendo ahuyentarla si se lanzaba derechamente 
hacia ella. Decidido al fia una mañana á preguntar 
por su antigua criada, hizo tiempo hasta que llegase 
la hora oportuna, y después de examinar por dentro 
y por fuera la interesante iglesia de San Andrés, se 
sentó en el altozano que frente á la parroquia domi- 
na todo el Sur y parte del Oriente de la ciudad, y 
contempló la perspectiva de techumbres, de tan va- 
riados planos y con tal diversidad de ángulos y cor- 
tes, que parece que todo ello se mueve como un olea- 
je, flotando arriba la mole del Alcázar y no lejos de 



ÁNGEL GUERRA '¿\á 

ella la torre mudejar de San Miguel el Alto. El cielo 
azul da más vigor al tono de los tejados, que parecen 
esteras viejas ó superficies duras y arrugadas como 
la cascara de nuez. Sin saber por qué, á Guerra se le 
figuraba que el mismo aspecto debia de tener Samar- 
canda, la corte del Tamerlán. No le resultaba aquello 
ciudad del Occidente europeo, sino más bien de re- 
giones j edades remotísimas, costra calcárea de una 
sociedad totalmente apartada de la nuestra por sus 
extrañas nociones de la propiedad y de la geometría. 
Llegada la hora que estimó conveniente, se precipitó 
por el callejón de los Muertos, agarrándose al muro, 
jQué confusión de lo noble y lo villano! En las grue- 
sas estribaciones de la parroquia, vio los escudos de 
los Rojas, morrión por arriba, losanges y cascabeles 
por abajo, y entre los miembros rotos de fábricas que 
fueron magníficas, casuchas miserables, puertas in- 
creíbles, rejas gastadas que semejaban palos de cane- 
la, paredes hendidas y tabiques de ladrillo que se 
sostenían de milagro. Atravesó una plazoleta de la 
cual se salía por angosta hendidura que apenas daba 
paso á un hombre, y en la cual se veían oquedades 
siniestras, inhabitadas, donde las telarañas, sobre la 
madera color de yesca y matizadas por el sol, reme- 
dan la lividez mate del veludillo que ha perdido el 
pelo. Encontróse en un crucero donde jugaban chi- 
quillos, y les preguntó por la vivienda que buscaba. 
«Por aquí se entra — le dijo uno, — señalando una 
puerta grande, como de mesón ó taller de carretería.» 
Sobre su clave dislocada veíase un precioso azulejo 
con el letrero Capilla de cantores^ indicando la perte- 
nencia de la finca antes de la desamortización. 



30 B. PÉREZ GALDÓS 

La puerta aquella daba á un patio plantado de ra- 
quíticos árboles. A la derecha vio Ángel una cons- 
trucción con aspecto de taller, y examinando su in- 
terior desde la puerta, vio una cavidad negra, con 
suelo como de herrería, las vigas del techo ahuma- 
das, y en el fondo algo como restos de fraguas, hor- 
nos ó cosa tal. Pero el destino presente debía de ser 
el de almacén ó depósito de Estancadas, porque Gue- 
rra Yió multitud de cajas en montones á un lado y 
otro. Una mujer andrajosa, en cinta y con un chico 
en brazos, le salió al encuentro, tomándole por ex- 
tranjero rebuscón ó arqueólogo, y le dijo con satis- 
facción toledana: «Sí señó, aquí, aquí jué donde se 
coció el metal de la campanona grande. Pase si quiere. 
— Gracias. ¿Me podría usted decir dónde vive el 
padre Mancebo? 

— ¿Don Paco? ¡ Ah! sí que tal. Por aquí pasan Roque 
y la Justina cuando vién de arrriba. Pero la puerta 
grande la tién por el Plegaero. 
— Volveré por la calle. 

— No que tal. Pase, ya que está aquí, y vederá 
esto. Muchos extranjeros que lo veden, se quedan 
asmados. 

Franqueada una puerta, que más bien parecía ga- 
tera, y salvados dos ó tres escalones, encontróse Gue- 
rra en un aposento cuadrado. Como pasase por él 
sin fijarse, deseando salir pronto de tal laberinto, la 
mujer le llamó la atención señalando al techo: «¿Pero 
qué, no mira esto que dicen es de lo güeno que hi- 
jieron los moros?» 

En efecto, Ángel vio un techo magnífico, de en- 
samblaje, sostenido por arábigo friso, cuya graciosa 



ÁNGEL GUERRA. 31 

alharaca se apreciaba muy bien bajo la mano de cal 
que la cubria. 

— Muy bonito. ¡Lástima de arquitectura! ¿Y qué es 
esto? 

— Mi casa, que tal. 

Dos camastros, una cuna, cómoda y cuatro banque- 
tas derrengadas eran el ajuar de la extraña pieza. 

— Pues por esto, y aquel otro camarin donde está la 
cocina, y que también tié techo moro, pago veinti- 
séis ríales al mes, que es un irror de carestía. 

— ¿Y de qué vive ustedl 

— El mi marío es ciego y vende to el papelorio de 
Madril. ¿No le ha uyido busté vocear por las calles? 
Yo, si á mano viene, hago buñuelos. ¡Pero con tanta 
familia...! Ya vede busté; ca año por Navidá, criatura. 

— ¿Siempre por Pascuas? ¡Qué puntualidades se 
usan en esta tierra! {Dándole limosna.) A ver, lléveme 
pronto á la casa del Sr. Mancebo. 

Tres escaloncitos más, un corralón triangular don- 
de hormigueaban chiquillos y mujeres pobres, que se 
peinaban al sol; un pasadizo, otra puerta árabe apun- 
talada, y por último, un patio más decente con pozo, 
tiestos de matas sin hoja, empedrado musgoso y lle- 
no de verdín, y una artesa de lavar. Aquel espacio, 
al cual se entraba desde la calle del Plegadero por un 
derrengado portalón, servía de atrio común á dos ó 
tres viviendas de aspecto relativamente decoroso. Por 
la puerta de una de ellas salió una mujer cuarentona 
y obesa, morena, desbaratada de cuerpo, vestida de 
trapillo, con las mangas arremangadas. Era Justina. 
Después de saludarla, preguntóle Guerra por Leró, 
dando á ésta su verdadero nombre, y ella, con cierta 



32 B. PÉREZ GALDÓS 

indecisión y desconfianza, como temerosa de decir la 
verdad, le respondió que su sobrina estaba haciendo 
ejercicios en la casa provisional de las Hermanitas del 
Socorro, junto al Tránsito, y que no vendría tal vez 
en dos ó tres semanas. 

Cuatro chiquillos babosos y llorones se colgaron á 
las faldas de Justina, que tuvo que sacudírselos para 
poder andar. 

— ¿Y el beneficiado Mancebo? 

— ¿Mi tío? En las Claverías le tieoe usted, lo mismo 
que mi marido. Hoy volverán tarde, porque hay obra 
en el Claustro alto y en la capilla de San Nicolás, y 
el señor Cardenal les ha dicho que tienen que aca- 
barle todo antes de las funcionesde Pascua. 

— Usted no me conoce— le dijo Guerra, añadiendo 
su nombre. Al oirlo, se disipó la desconfianza de la 
buena mujer, y deshaciéndose en cumplidos y finuras 
hizo pasar al visitante á una salita baja, en la cual 
vio éste un espectáculo singularísimo, quedándose in- 
deciso un buen rato entre el horror y la sorpresa. So- 
bre mesilla no muy alta veíanse unas piernas arrolla- 
das formando ruedo, y más parecidas á tentáculos de 
pulpo que á extremidades de persona, y en el centro 
de aquello, una, humana cabeza del tamaño común en 
el adulto con las facciones perfectamente conforma- 
das. El mirar, aunque de idiota, no carecía de expre- 
sión dulce, fijándose con persistencia en el descono- 
cido que le contemplaba. Cabellos lacios cubrían al- 
gunas partes de su cráneo, y en su cara crecían pelos 
ásperos y larguiruchos, que por lo escasos se podían 
contar. Después de mirar mucho á Guerra, la cabeza 
se irguió dejando ver un cuello raquítico y un busto 



ÁNGEL GUERRA 33 

enteco, del cual pendían brazos flácidos j como sin 
hueso, al modo de las piernas. Colgábale del cuello 
una especie de blusa ó más bien funda verde, de tar- 
tán, único vestido que cubría el cuerpo de tan des- 
graciado y monstruoso ser. 

— Es el hermano de Lorenza — indicó Justina. — No 
le tema usted. Es que se altera un poco cuando ve per- 
sonas desconocidas. 

El fenómeno le enseñó los dientes, produciendo con 
la lengua un castañeteo semejante ai canto de la per- 
diz. Después gruñó un poco, recobrando su primitiva 
postura, la cabeza en el centro de aquel informe re- 
voltijo de carne, sin apartar de Guerra la mirada, con 
expresión de perro que vigila. 

Ángel sintió escalofríos, un instintivo miedo ó re- 
pugnancia que no sabía dominar, y salió otra vez al 
patio, donde se encontraba mejor que en la sala. Jus- 
tina le sacó una silla para que se sentara, repitiendo 
la cantinela de antes. «Muchos días ha de tardar la 
niña en volver acá. Pero no es seguro; puede venir 
cuando menos se piense, porque no ha tomado el há- 
bito, ni lo tomará hasta que acabe los ejercicios.» 

Los chiquillos, pegados á las faldas de su madre, 
que apenas moverse podía con tal impedimenta, mi- 
raban con asombrados ojos al forastero. A las pregun- 
tas de éste sobre la extensión de su prole, contestó 
Justina entre risueña y quejumbrosa que le vivían 
siete, y que por estar su marido imposibilitado á cau- 
sa de una caída, se veía y se deseaba para mantener- 
los. Gracias á la protección del tío, iba defendiendo 
el rebaño. Su marido era carpintero, un hombre como 
pocos, muy sentado y sin vicio ninguno; pero inútil 

2." PARTE 3 



34 B. PÉREZ GALDÓS 

Ó poco menos para el trabajo, y sus ganancias se re- 
ducían al corto estipendio que el beneficiado le agen- 
ciaba en la Obra y Fábrica. 

Llegaron en esto de la escuela los dos hijos mayo- 
res, pobremente trajeados, pero bien apañaditos, car- 
gados de libros sucios y de cartera y pizarra. Besaron 
la mano á su madre, que les presentó al visitante, en- 
careciéndole lo malos que eran, sobre todo el mayor- 
cilio, de ojos ratoniles, vivo como la pimienta y muy 
salado de facciones. Mientras la madre y el más pe- 
queño se internaban en la casa, el chicuelo mayor se 
familiarizó con Ángel, quien le hizo mil preguntas, 
sacando en substancia que era monaguillo de la Cate- 
dral, pero que estaba de baja por algún tiempo para 
ir á la escuela. Llamábase Ildefonso; su precocidad y 
agudeza encantaban á Guerra, que le tuvo por ami- 
go desde el primer cuarto de hora de trato. Bastó que 
le alentara un poco para verle hacer mil monerías, 
verbigracia, imitar el paso claudicante y la voz inse- 
gura del señor Cardenal, y otras chuscadas. Justina 
salió con una gran cesta; era la comida del marido, 
que trabajaba en las Claverías, y se la dio al mucha- 
cho para que pronto la llevase. «Y cuidado como te 
entretienes á jugar por el camino.» 

Guerra creyó que era importunidad permanecer 
allí, y se despidió, saliendo tras el chico con quien 
fué de parla por toda la calle del Pozo Amargo. Por 
él supo que Leré y sus tíos estaban de puntas, porque 
éstos no querían que fuese monja, ni que hiciera ejer' 
cicio con las señoras aquellas del Socorro, que eran, 
al decir del rapaz, unas grandes correntonas. Ildefon- 
so hacia lo posible por llegar tarde á la Catedral, pues 



ÁNGEL GUERRA 35 

le era muy grata la compañía de aquel caballero; á 
lo mejor ponía en el suelo la ce^ta y sobre ella se sen- 
taba aceptando y encendiendo un pitillo ofrecido por 
Ángel. Mas éste le daba prisa, y por fin llegó al tér- 
mino de su corto viaje, desapareciendo por la puerta 
del claustro, donde el amigo le despidió con una pe- 
setica, prometiendo ambos volverse á ver, y estimar- 
se y prestarse auxilio en cuanto se les ofreciera. 



Su primera excursión después de esta visita frus- 
trada fué hacia la Judería, con objeto de estudiar el 
camino que Leré debía recorrer para ir desde el Trán- 
sito á su casa, el cual no podía ser otro que la escale- 
rilla de San Cristób?!, la plazuela del Juego de Pelota 
y Santa Isabel. En la Judería melancólica, toda ruinas, 
miseria y soledad, paseó mañana y tarde, esperando 
ver salir á la mística joven de alguna de aquellas ca- 
sas por cuyos rincones parece que anda rondando aún, 
entre murciélagos, el ánima empecatada del marqués 
de Villena. De día, cansado de contemplar los casero- 
nes inmediatos al Tránsito (y ya sabía por su amigo 
Ildefonso el que ocupaban las señoras del Socorro), 
asomábase al pretil que por aquella parte sirve de 
miradero sobre el río, y se olvidaba del tiempo, del 
mundo y de sí mismo, contemplando, como en las 
nieblas de un ensueño, las riberas pedregosas, los for- 
midables cantiles que sirven de caja á la tumultuosa 
y turbia corriente. Por su cauce de piedra, el Tajo se 
escurre furioso, enrojecido por las arcillas que arras- 



S6 B. PÉREZ GALDÓS 

tra, con murmullo que impone pavura, y haciéndose 
todo espuma con los encontronazos que da en los án- 
gulos de su camino, en los derruidos machones de 
puentes que fueron, en los mogotes de las aceñas 
que él mismo destrujó mordiéndolas siglo tras si- 
glo, y en las chinitas de mil quintales que le ha ti- 
rado el monte para hacerle rabiar. Enfrente, los Ci- 
garrales. 

«Ah! — pensaba Guerra, mirando en la orilla fron- 
tera las fincas de un verde tétrico, con el suelo saltea- 
do de azuladas peñas y de almendros y olivos que á 
lo lejos parecen matas. — Yo también tengo mi ciga- 
rral, y debe de estar por ahí. No he puesto los pies en 
él más que una vez, de niño. ¡Y cuánto me gusta ese 
paisaje severo, que expresa la idea de meditación, de 
quietud, propicia á las florescencias del espíritu! Allí 
¡maldita sea mi suerte! me pasaría yo una tempora- 
dita con Leré... si ella quisiera.» 

Á lo mejor se le aparecía el amigo Ildefonso, unas 
veces solo, otras acompañado de alguno de sus herma- 
nillos. No ignoraba el muy tuno dónde había de en- 
contrarle ni lo bien que se le recibiría, pues Ángel 
sentía hacia él viva inclinación y ganas de proteger- 
le, cultivando su precoz inteligencia. Además, el 
primillo de Leré le encantaba porque creía ver en él 
un misterioso parecido con Ción. No consistía segura- 
mente en semejanza de facciones, sino en cierta fra- 
ternidad ó parentesco espiritual, como aire de raza 
que, según Ángel, se revelaba en el mirar, en la in- 
quietud graciosa y en el lenguaje desenvuelto. A 
veces se le figuraba que el alma de Ción se asomaba 
á los ojos del monagui'lo, y al observarlo ó creerlo 



ÁNGEL GUERRA 37 

así, creíase también capaz de llegar á sentir por él 
un cariño inmenso. 

— Señor, ¿no sabe? — le decía Ildefonso. — Tío Paco 
pregunta todos los días á mi madre si no ha vuelto 
usted, y esta mañana dijo que si supiera donde vive 
le visitaría. 

— Y tu prima Lorenza, iin parecer, ¿verdad? 

— Á casa no va. Está ahí (señalando á las casas pro- 
Qsimas al Tránsito). Oiga, señor. ¿No sabe lo que dijo 
mi padre anoche? Que usted es muy rico, y que su 
casa de Madrid la tiene toda llena de dinero. 

— Hombre, no. No creas tales patrañas. 

— Y dijo que usted quiso casarse con Lorenza, y 
ella se negó, porque la llama la religión, y qué sé yo 
qué. Vaya que es boba de veras... ¿No sabe? pues á 
mi prima no le gusta el dinero, y cree que el ser rico 
es una cosa muy mala. ¡Si será simple...! 

— ¿Y á ti te gusta el dinero? 

— ¡Á mí sí... carai! (Con mirada ansiosa, lengileteiín- 
dose los labios). ¿El dinero? cosa rica. ¡Quién tuviera 
mucho! 

— ¿Y qué quieres tú ser? ¿Á qué te aplicas? ¿Qué 
oficio ó que carrera te agrada más? 

— Yo quiero ser cadete. íEchando lumbre por los 
ojos.) 

—¿Cadete? 

— Sí señor. Cadete toda la vida, hasta que me 
muera. 

— Bien, hombre, bien. ¿Y no sientes inclinación á 
ningún oficio? 

— ¿Oficios?... (Con mirada despreciativa). Déjeme 
usted de oficios. ¡Buenos están! Dice mi padre que en 



36 B. PÉREZ GALDÓS 

estos tiempos de ahora hay que ser ó señorito ó nada, 
quiere decirse, pobre de los que piden limosna. Los 
oficios, ¿qué dan? miseria. ¡Antes sí, cuando la cate- 
dral era rica...! El padre de mi padre fué también 
carpintero, y sólo por armar el Monumento le daban 
no sé cuántos miles de miles de riales. 

— Bueno, hombre, bueno. Y de vivir tanto tiempo 
entre canónigos, cantando con ellos y ayudándoles 
al culto, ¿no te han entrado aficiones eclesiásticas? 
¿No querrías ser cura*? 

— ¿Clérigo yo...? ¡Vamos, hombre, déjeme á mí de 
clérigos... carai! (ExcitándoseJ. Lo que le he dicho: ó 
cadete ó nada. 

— ¿Y no se te ha ocurrido, teniendo siempre delan- 
te de los ojos estos grandes monumentos, aprender el 
arte de construirlos? 

Llevándole un poco hacia Occidente, después de 
darle un pitillo, le mostró los muros ennegrecidos de 
San Juan de los Reyes, custodiados por heraldos con 
las mazas al hombro, y la imponente fábrica del 
puente de San Martín. 

«Mira eso, Ildefonso, y reflexiona. Desde que abris- 
te los ojos estás viendo la Catedral, el Alcázar, y 
tantísima maravilla. ¿No se te ha ocurrido igualar á 
los autores de ellas, haciendo tú otras semejantes? 
¿No se te ha ocurrido ser arquitecto?... 

— ¿Hacer casas, iglesias y torres? f Fumando gallar- 
dameniej. ¡Que las hagan los albañiles, que para eso 
están, carai! Déjeme usted á mí de torres y de esas 
bromas. Yo cadete, y nada más que cadete. 

— Bueno, hombre, serás militar, si te portas bien, 
y estudias. 



ÁNGEL GUERRA 39 

Con estos y otros coloquios engañaba Ángel su 
fastidio. Comúnmente tenía que despedir á Ildefonso 
y mandarle á su casa para que los padres no le riñe- 
ran. Por lo demás, la misteriosa y jamás abierta casa 
de las Hermanitas del Socorro, situada en la subida 
de los Alamillos, detrás de las ruinas del Palacio de 
Villena, no le daba ninguna luz ni le sacaba de tan 
enfadosa situación espectante. Lo único que pudo ver 
fué algunas parejas de beatas callejeras, como las que 
por todas partes se encuentran en Madrid, las cuales 
entraban ó salían por una puerta mezquina. Nunca 
vio Guerra fachada más estúpidamente muda, sorda 
y ciega. Pero á pesar de la inutilidad de sus acechos, 
no se determinaba á matar su tristeza en lugares más 
populosos y alegres que la Judería, porque de tanto 
andar por barrios solitarios su alma se habia hecho á 
la contemplación de la vida pasada, al amor de las 
ruinas, y al punzante interés de lo misterioso y des- 
conocido. De tal modo le apasionaban las edades 
muertas, que se determinó en él una atroz aversión 
del gárrulo bullicio de la vida contemporánea, y 
cuando en sus paseos se aproximaba á la calle del Co- 
mercio, huía de ella con verdadero sobresalto, metién- 
dose por los callejones transversales, que en cuatro 
zancadas nuevamente á la soledad le conducían. Los 
carteles del teatro en las esquinas causábanle disgus- 
to, y el oír vocear periódicos en las callejuelas le ata- 
caba los nervios. Llegaba á creer que el eco repetía 
con sarcástico acento, en las revueltas sepulcrales de 
algunos barrios, los títulos exóticos de la prensa mo- 
derna, y que la ola de vida no podía reventar allí sin 
producir profanación y escándalo. 



40 B. PÉREZ GALDÓS 

No encontrando á Leré donde creía deber encon- 
trarla, la buscó por otras partes, junto á San Cimente, 
por el toque instintivo de asociar lo presente con lo 
pasado. En esto de los encuentros perseguidos ó casua- 
les, el Acaso descompone con muchísima gracia los 
cálculos todos de la previsión humana, pues siempre 
resultan los tales encuentros en lugar y coyuntura 
que nunca el rondador imaginaba. Y así sucedió en 
aquel caso, pues una tarde que Guerra iba por las 
Cuatro Calles, hallándose su mente distraída casual- 
mente de Leré y de cuanto con ella se relacionara... 
¡pataplúm, Leré! Esto pasa, esto le ha pasado á todo 
el mundo. ¡Y es el hombre tan tonto que no sabe fiar 
á la caprichosa lotería del Acaso los encuentros, y se 
empeña en buscarlos con vana y pueril lógica! 

Pues señor, cruzaba Guerra, y vio que salían, de 
una tienda de ropas dos hermanas del Socorro acom- 
pañadas de Leré, que llevaba un lío de compras. Am- 
bos se sorprendieron, y en el primer momento no su- 
pieron qué decir. Ángel la detuvo sin hacer caso de 
las dos hermanas, y ella le saludó sin turbarse, con 
aquella bendita serenidad á prueba de sorpresas y 
emociones. 

«Ya sé que estuvo usted en casa. ¿Seguirá muchos 
días aquí? Supongo que lo verá todo. Mire, en la Ca- 
tedral mi tío puede servirle de guía y enseñarle co- 
sas que no se pueden ver sino por recomendación, el 
tesoro, el relicario, las ropas, los subterráneos, las al- 
hajas y el manto de la Virgen. 

Contestó Guerra con cuatro frases de ordenanza, 
y le pidió una entrevista. Dijo Leré que por el mo- 
mento no podía ser, pues estaba sirviendo en el So- 



ÁNGEL GUERRA '41 

corro; pero que pensaba volver otra temporada al 
lado de su tía, y entonces podría verla y hablarle 
todo lo que quisiera. 

No pasó nada más, ni podía prolongarse la conver- 
sación delante de las religiosas, que ya parecían un. 
poquito escandalizadas. Separáronse, y él se fué tan 
alegre, porque sólo el verla y las cuatro palabras 
cambiadas de prisa y corriendo pareciéronle un triun- 
fo. Y ¡cosa extraña! aquel encuentro sin consecuen- 
cias ni explicaciones, le impulsó á sumergirse más 
en la soledad. Al día siguiente, huroneando en las 
iglesias, maravillóse de sorprender en sí tentaciones 
vagas de poner alguna mayor atención en el culto, 
casi, casi de practicarlo, y de cavilar en ello, buscan- 
do como una comunicación honda y clandestina con 
el mundo ultra sensible. Admitía ya cierta fe provi- 
sional, una especie de veremos, un por si acaso^ que ya 
era suficiente estímulo para que viese con respeto 
cosas que antes le hacían reír. Por de pronto recono- 
cía que en el mundo de nuestras ideas hay zonas des- 
conocidas, no exploradas, que á lo mejor se abren, 
convidando á lanzarse por ellas; caminos obscuros 
que se aclaran [de improviso; atlántidas que, cuando 
menos se piensa, conducen á continentes nunca vis- 
tos antes ni siquiera soñados. 

El medio ambiente se proyectaba con irresistible 
energía dentro de él por la diafanidad de su comple- 
xión mental. El mundo antiguo, embellecido por el 
arte, le conquistaba y le absorbía hasta el punto de in- 
fundirle amor hacia cosas que antes le parecían falsas, 
y, lo que es más raro, falsas le parecían aún. Ignoraba 
si aquel prurito suyo de probar las dulzuras de la 



42 B. PÉREZ GALDÓS 

piedad obedecía á un fenómeno de emoción estética 
ó de emoción religiosa, y sin meterse en análisis, 
aceptábalo como un bien. En esto ocurrió la entrevis- 
ta con el padre Mancebo, tío de Leré, que fué á visi- 
tarle y no le encontró en casa. La misma tarde quiso 
Ángel pagar la visita, teniendo el gusto de conocer 
á un sujeto que había de sorprenderle como las ma- 
yores rarezas toledanas. 



ÁNGEL GUERRA 43 



II 



Tío PROVIDENCIA 



I 



Contaba D. Francisco Mancebo sus años por los 
del siglo, quitando una decena, y se conservaba muy 
terne y espigado para su edad, hecho un puro car- 
tón, los ojos vivaces y algo picarescos, la piel dura y 
á trechos enrojecida por sarpullos crónicos; bastante 
aguzado de morros y con buena dentadura, que solía 
mostrar como indicio cierto de su excelente salud; 
pobre de pelo, si rico en lunares y berrugas de dife- 
rentes tamaños, que salpicadas con cierta gracia de- 
coraban su nariz, frente y barbilla. Habia conocido 
cinco cardenales, D. Luis de Borbón, Inguanzo, Bo- 
nell y Orbe, el padre Cirilo, y Moreno, y desde muy 
niño estuvo al servicio de la Iglesia Primada. Era 
bien criado y atento con todo el mundo; algo casca- 
rrabias en la Catedral cuando sus inferiores le apura- 
ban la paciencia; fumador de cigarros apestosos que 
hacia él mismo picando colillas; narrador entreteni- 
do de historias capitulares y cronista de todas las 
fundaciones que afectaban al personal de la Santa 
Iglesia Primada; infatigable y celoso en sus obliga- 
ciones; descuidado en el vestir, pues su sotana con 
visos de ala de mosca, algo babeada por la parte del 
pecho y engrasada en el cuello, revelaba una econo- 
mía próxima á la sordidez. 



44 B. PÉREZ GALDOS 

Sus historiales podrían trazarse en cuatro lineas. 
Niño de coro en 1822, cuando aún vivía el cardenal de 
Borbón: sacristán sirviente y salmista hasta la edad de 
treinta años: en 1840, órdenes, y al poco tiempo cape- 
llanía de coro, que en 1851 fué suprimida por el con- 
cordato: sacristán mayor de la capilla general ó de 
Santiago en 1843, y luego beneficiado por propuesta 
del señor Bonell y Orbe: en 1860, auxiliar contador 
en la oficina de Obra y Fábrica, donde continuaba y 
continuaría hasta su muerte. En todo este larguísi- 
mo espacio de vida no dejó de ir un solo día á la Ca- 
tedral, ni jamás guardó cama por enfermo, ni supo 
nunca lo que son médicos y botica. El único acha- 
que que le mortificaba era la gradual pérdida de la 
vista. A veces, ya por exceso en el trabajo, ya por 
efecto de algún berrinche que cogía, se le inflama- 
ban los ojos, y le escocían y le lloraban, viéndose obli- 
gado á usar unas gafas de antiguo estilo, con montu- 
ra de plata y cuatro cristales azules, dos ante los 
ojos y los otros en las sienes, adefesio que ya no se 
ve más que en los escribanos y memorialistas de 
saínete. Otro rasgo: nunca había salido de Toledo, 
pues por no viajar, ni en los Madriles puso nunca su 
planta, calzada con zapato de paño sin hebillas ni 
ningún otro toque de elegancia clerical. 

Cuando llegó Ángel á la calle del Plegadero, esta- 
ba D. Francisco en la puerta del patio, hablando con 
unas vecinas, y no necesitó el madrileño decir su 
nombre, pues lo mismo fué verle el clérigo que irse 
derecho á él risueño y afectuoso. 

«¡Ave María Purísima! Es usted el retrato vivo de 
su abuelo Gumersiado Guerra. Los dos hijos de éste 



ÁNGEL GUERRA 40 

faeron compañeros míos en el coro de la Catedral, y 
muy amigos, pero muy amigos, sobre todo Perico 
José. Vaya, vaya, pues no habrá llovido nada desde 
entonces... Me parece que estoy viendo á Gumersin- 
do, cuando venía con las muías á la Posada de la San- 
gre... Porteaba los diezmos de toda la parte de Ules- 
cas y Torrijos... Pero... ¿le molesta á usted oírme re- 
cordar que su abuelo trabajaba en la arriería"? 

— No señor... A buena parte viene usted. 

— Cabal... En estos tiempos tan democráticos, 
¿quién se fija en...? Ya no hay orígenes, ni más ejecu- 
torias que el por cuanto vos contribuísteis... Tamoién co- 
nocí mucho al padre de doña Sales, D. Bruno Zacarías 
de Monegro, que compró el solar de San Miguel de los 
Ángeles, cuando lo vendieron como bienes naciona- 
les, y el cigarral de Guadalupe, una de las donacio- 
nes de los Téllez de Meneses para dotar las misas que 
los racioneros debíamos decir en la capilla del Sepul- 
cro... Bueno, señor. Su abuelo materno de usted me 
quería, vaya sí me quena; pero cuando casó con la 
niña mayor de D. José Rojas, se atiesó un poco... No 
es decir que no fuéramos amigos; perú si nos encon- 
trábamos, «adiós Paco, adiós Bruno», y nada más. 
Con que, sí usted quiere, amigo D. Ángel, subiremos 
á mi madriguera, y hablaremos allí todo lo que nos 
dé la real gana... 

Aunque D. Francisco no acabase los párrafos con 
un chiste, les ponía siempre por contera una risilla 
más ó menos larga y picada, según los casos. Dirigié- 
ronse, pues, á una habitación del piso alto, la mejor 
de la casa, con ventana al patio, amueblada con ascé- 
tica modestia y sin cosa alguna que visos tuviese de 



46 B. PÉREZ GALDÓS 

antigüedad artística. Un duro sofá de paja con dos 
cojines, en el cual D. Francisco echaba la sie«ta; mesa 
camilla sin faldones ni brasero; armario que más bien 
parecía mueble de oficina; la cartilla de la diócesis 
colgada de un clavo, dos ó tres perchas; cómoda de 
taracea estropeadísima, sobre la cual se veía una caja 
de cartón que guardaba la teja número uno; pelados 
ruedos y felpudos calvos tapando el baldosín, y en el 
fondo puerta de cristales verdosos y mal emploma- 
dos, por la cual se veía la cama de Mancebo cubierta 
con colcha de pedacitos de percal, eran lo más nota- 
ble en aquel aposento desnudo, frío y triste. 

«Bueno, señor .. ¿Y qué? ¿ha ido usted ya por la Ca- 
tedral? ¡A.h! ya no es esto ni sombra de lo que fué. 

—Así es el mundo — le dijo G-uerra, por decir algo. 
Mudanzas y transformaciones, que no hay más reme- 
dio que aceptar. Tras de unos tiempos vienen otros... 

— Cabal, y tras de otros, otros, siempre á peor, á 
peor. Dígamelo usted á mí, que conocí la Obra y Fá- 
brica con cuarenta y pico mil ducados de renta, y 
ahora .. nos vemos' y nos deseamos para atender al 
culto con los cien mil y pico de reales indecentes que 
dedica el Gobierno á la Catedral Prim?da. Yo me 
acuerdo de aquella contaduría en que se guardaba el 
dinero en espuertas, y había temporadas en que el re- 
ceptor tenía que tomar tres ó cuatro ayudantes sólo 
para contar. La Mitra cobraba entonces de sus bienes 
cinco milloncejos, que se gastaban en obras, en fun- 
daciones, en fomentar las artes y los oficios. Con esto 
y con las rentas de la Obra y Fábrica, que del pue- 
blo salían y al pueblo tornaban, Toledo era el come- 
dero universal. Comían el pintor y el estofador, Co- 



ÁNGEL GUERRA. 47 

mían albañiles y arquitectos, el tallista y el cerraje- 
ro, comíamos en fin todos los que llevamos sotana, 
pues en la Catedral había dotación para treinta y seis 
mil misas de año á año, y siguiendo la escala de alto 
abajo, comía toda la grey de Dios. Pero nos desamor- 
tizaron... y ¡zapa! ahora no come nadie, porque díga- 
me u§ted á mí si con veintiún reales diarios que nos 
dan á los que fuimos capellanes de coro y ahora so- 
mos beneficiados, se puede vivir decentemente; y ya 
no hay ni ayudas de costa, ni gratificaciones, como 
antes. En cambio vengan descuentos, cédula de ve- 
cindad, comisión del habilitado, y el dichoso sellito 
para el recibo, que es lo más salado del mundo. Créa- 
me usted: quien vio en esta Catedral aquellas funcio- 
nes de seis capas, cuando teníamos catorce dignida- 
des, y éramos entre todos en el coro unos ciento se- 
senta; quien alcanzó aquellas magnificencias, digo, 
no puede menos de echarse á llorar al ver el corto 
personal del culto de hoy, y la miseria con que se le 
retribuye. 

— Sí, sí... ¡Es triste, muy triste...! — dijo Guerra, 
queriendo recortar aquel tema, que ya empezaba á 
ser fastidioso. 

— ¡Y tan triste!... Pues, á lo que iba: dije que con 
veintiún reales y unos cuartos no se pueden hacer 
maravillas. Pague usted casa, coma, vístase con de- 
cencia, y mantenga á este familión, que si no fuera 
por uno... Porque el pobre Roque no trabaja sino por 
temporadas; en la Catedral cuando hay alguna com- 
postura; en la cajería del mazapán en su tiempo... y 
rara vez en ataúdes, pues este es pueblo de corta 
mortandad. En fin, que hay meses, Sr. D. Ángel, que 



48 B. PÉREZ GALDÓS 

llega el veinte ó veinticinco, y ya me tiene usted 
más limpio que una patena... Pero contento siempre, 
eso sí, Gracias á este pobre clérigo, no falta en casa 
el puchero con todos sus requilorios, ni el cabrito asa- 
do en ciertos días, ni el bacalao de rúbrica en tiempo 
de vigilia, ni el bollo de á cuarto para los niños, et 
o'eliqua... Que se ofrece algo de ropa de nueva... al tío... 
Que hay que echar medias suelas á Ildefonso... al tío. 
Que la escuela, que el quintalíto de carbón, que el 
garbanzo al por mayor, que la caja de cerillas, que el 
paquete de picado para Roque... al tío. Que un poqui- 
to de estera para tiempo de heladas... al tío. Y en 
cuanto al fenómeno, no vaya usted á creer que no con- 
sume, pues su cazuela de patatas y su pan de' pueblo 
de á dos libras no hay quien se lo quite. Pero conten- 
tos, eso si, y pidiéndole á Dios que no vengan peores. 
Gracias que Roque es un pedazo de pan. Él ni taber- 
na; él ni juego; él ni comilonas con los amigos, ni 
trasnochadas; él ni presunciones para vestirse, pues 
con la misma capita que llevaba hace quince años 
cuando se casó, le tiene usted ahora... Pero es hom- 
bre muy para poco, y ¿quién si yo no existiera se 
cuidaría del porvenir de los chicos? Ildefonso, que es 
muy agudo, se trae el sábado á casa, cuando tiene 
semana en la Catedral, sus diez ó doce reales. Mas yo 
no quiero que vaya sino en las festividades y vaca- 
ciones para que adelante en la escuela. Me ha dicho 
el maestro que tiene meollo ese niño, y pienso meter- 
le en el Instituto para que se nos haga sabio, como 
éstos á la violeta que salen ahora de debajo de las pie- 
dras. El segundo como más tímido, es que ni pintado 
para la carrera eclesiástica; pero va tan de capa caída 



ÁNGEL GUERRA 49 

el oficio éste, amigo D. Ángel, que vale más ser pica- 
pedrero que sacerdote, porque majando piedra veo 
que llegan muchos á contratistas y se hartan de di- 
nero, mientras que el clérigo, aunque llegue á canó- 
nigo, lo comido por lo servido, y todavía les parece 
mucho lo que nos dan, y nos llaman sanguijuelas de 
la Nación... Pu3s, á lo que iba: fíjese usted en que son 
siete los sobrinos que habrá que colocar, todos varo- 
nes: en eso hay que alabar á Justina, porque si se nos 
descuelga con siete hembras, ¡Dios nos asista! No hay 
más remedio que aplicarles á distintos oficios, según 
vayan creciendo, porque ¿quién piensa en carrera^.? 
Siete carreras, ¡zapa! imposible. Paes espérese usted 
un poco; hay otra boquita más que también chupa. 
Me refiero á Sabas, el hermanito de Lorenza, que es- 
tudia para pianista y compositor allá en Bruselas, es- 
tupendo muchacho, sí señor. La pensión que le dan 
es tan corta, que el pobre tío no tiene más remedio 
que mandarle en ciertas épocas del año, ya los diez 
duritos para que se compre un abrigo, ya la media 
onza para papeles de música... Pero no me importa. 
Yo contento, con tal que todos vivan y se vayan 
criando. 

Ángel alababa la bondad del buen clérigo, Provi- 
dencia de la familia; pero deseando abreviar, abordó 
el asunto que principalmente le interesaba. Como 
don Francisco rabiara también por hablar de Lorenza, 
aprovechó la primera coyuntura presentada por el 
otro, y salió con gran calor y verbosidad por este re- 
gistro: 

«No me hable usted de esa chica... que me está 
dando unos disgustos... ¡Cuidado que ella es buena, y 



50 B. PÉREZ GALDÓS 

si hay mujeres de pasta de ángeles en el mundo, Lo- 
renza es una. La hemos querido j la queremos con 
idolatria, porque se lo merece, la verdad es que se lo 
merece. Ya desde que era tamaña así, mostróse incli- 
nada á lo de arriba; pero yo pensé, cuando por media- 
ción de Braulio y de las señoras de Talanque la man- 
damos á Madrid, que allá se le abatirían esos humos. 
Figúrese usted mi sorpresa cuando leo la última carta 
de Braulio y ¡zapa!... Que Lorenza viene para acá con 
ánimo de entrar en esas órdenes modernísimas de 
hermanas correntonas, que andan de calle en plaza, 
pidiendo y refistoleando, metiéndose y sacándose por 
todas partes... Le diré á usted en confianza que estas 
órdenes que nos han mandado de extranjís me cargan. 
Yo soy clérigo de cuño antiguo; me ha criado á sus 
pechos la alma ecclesia toletana, toda severidad y gran- 
deza, y no estoy por esta novedad de las monjas pú- 
blicas. ¿Que se quiere vida religiosa*? Pues ahí están 
nuestras órdenes venerandas, ahí las Bernardas del 
Real San Clemente, ahí las Dominicas del Real y del 
Antiguo, las Franciscas de Santa Isabel, también 
Reales, las de San Juan de la Penitencia, ahí las Be- 
nitas y Jerónimas monjas de fuste, reclusas y bien 
trincadas dentro de los hierros, observando bien su 
regla y rezando noche y día por tantísimo pecador 
como hay. Allí todo es nobleza, recogimiento y ver- 
dadera devoción. Luego, da gusto, créalo usted, cuan- 
do se ofrece tratar con alguna señora de éstas en el 
locutorio, ver la compostura y la decencia de ellas, 
y el habla acompasada, y el mirar caído al suelo... en 
fin, que no me hablen á mí de religiosas que no sean 
las de mi lugar... Pero éstas que yo llamo del zancajo. 



ÁNGEL GUERRA. 51 

éstas que nos ha traído el ferrocarril, y que hablan 
francés ó un castellano gangoso, echando las sílabas 
por la nariz y arrastrando las erres, quítemelas usted 
de delante, que no las puedo ver. Siempre que vienen 
á pedirme dinero ¡zapa! les digo que no estoy encasa, 
y no me sacan un maravedí así se vuelvan locas. 
jPara qué quieren los cuartos? Dicen que para recoger 
ancianos y asistir enfermos. Ello será: no digo que 
no, ni quiero hacer juicios temerarios. Admito que 
recojan viejos babosos y les cuiden, que asistan á los 
enfermos y les aguanten sus porquerías. Bueno: pues 
con todo eso, á mí no me gustan, qué quiere usted 
que le diga; que no me gustan, vamos... Pues sí señor, 
me da la gana de que no me gusten, y me salgo con 
la mía... Total, que siguen no gustándome... jí, jí, ji-. 
(Larga y picada risilla.) 



II 



»Paes, á lo que iba — prosiguió el gracioso clérigo 
cuando acabó de reír: — tales son las órdenes de que 
la niña se ha ido á enamorar. Ya que hablo con usted 
en toda confianza (arrimando más su silla al sofá en 
que Ángel se sentaba), le diré todo mi pensamiento: jo 
no quiero que Lorenza sea monja, ni de estas ni de 
aquellas, ni de las entrometidas, ni de las históricas, 
no quiero verla ni entre las del zancajo al aire, ni en- 
tre las del tocinito del cielo y los huevos hilados. Por 
la situación en que va á quedar esta familia cuando 
yo me muera, quisiera yo que mi sobrina se casara... 
¡Pero es más terca...! Háblele usted de hombres, y 



52 B. PÉREZ GALDÓS 

como si le hablara del Diablo. Nada, que no se pare- 
ce en nada á las demás muchachas. Se empeña en que 
este siglo ha de tener santos y santas, y yo le digo 
que no hay más que ferroscarriles, telégrafos, sellos 
móviles, y demonios coronados. Pues, si, crea usted 
que no le faltarían buenos partidos, ¡zapa! Es chica 
muy bien educada, sabedora, fina, despabilada para el 
trabajo, y si me apijran, hasta bonita, porque aquel de- 
fectillo de los ojos temblones, más que defecto viene 
á ser una gracia. Tal creo yo. 

— Sí, gracia es — dijo Guerra entusiasmándose. — 
Tengo á Lorenza por una muchacha de extraordina- 
rio mérito en todo y por todo. 

— ¡Pero más terca...! ¡María Santísima qué tesón de 
niña! Antes de que fuera allá, quise meterla en las 
Doncellas Nobles. ¿Pues creerá usted que salió con la 
tecla de que ella no quería nobleza, sino villanía, de 
que no quería bienestar, sino pobreza? «Pero hija 
— le digo yo, — los tiempos han cambiado. Los maldi- 
tos pronunciamientos primero y el Concordato, que 
acabó de partirnos, han trastornado el mundo. Ahora, 
hay que aplicarse á defender el materialismo de la 
existencia, porque los demás á eso van, y no es cosa 
de quedarse uno en medio del arroyo mirando á las 
estrellas. Pobres somos todos, sí, pero tenemos que 
vivir, y cuidar de que los demás vivan. El Concorda- 
to le ha hecho á uno práctico, como dicen que son los 
ingleses, y nos ha enseñado á mirar por el triste ma- 
ravedí. Antes, cuando había aquellas pingües rentas 
eclesiásticas, daba gusto morirse de hambre dentro de 
un claustro, y disciplinarse y quedarse en los huesos, 
porque se lo agradecían á uno, y le canoQÍzaban, y 



ÁNGEL GUERRA 53 

le encendían velas, y le adoraban. Pero ahora... te 
mueres en olor de santidad, y nadie te dice nada, y á 
nadie se le ocurrirá poner canilla tuya ó muela en un 
relicario, para que la besen las devotas.» 

Ángel se reía, encantado de oir al buen Mancebo. 

«Pero, á lo que iba, Sr. D. Ángel; óigame usted lo 
principal: he dicho que no faltarían buenos partidos 
á la niña. Pues tengo lo menos tres para que ella es- 
coja. Pero simplifiquemos: me fijo sólo en uno, en el 
mejor, en el de mis preferencias, Sr. D. Ángel. Verá 
usted: hay un chico, hijo de Gaspar Illán, el de la 
tienda de comestibles de la calle de la Obra Prima, es- 
quina á las Tornerías, ahi junto á la plaza de las Ver- 
duras, el cual es de lo más excelente que usted pue- 
de figurarse, bien plantado, sin ningún vicio, ni más 
defecto que ser un poco bizco; pero esto no importa. 
Pues el ángel de Dios, en cuanto vio á Lorenza, re- 
cién venida de Madrid, se prendó de ella como un ga- 
lán de comedia. En fin, que al día siguiente me dijo: 
«Don Francisco, si ella quiere, me ahorco.» El padre 
consiente; y no vaya usted á creer que es un pelaga- 
tos, pues se le calcula un capital sano de más de cua- 
renta mil duros. La lonja esa tiene un despacho tre- 
mendo, y por la mañana, á la hora en que empieza 
el mercado, el copeo deja un dineral. Con que áteme 
usted cabos: Gaspar Illán es viudo, achacoso, y no tie- 
ne más hijo que Pepito; de modo que Lorenza seria 
dueña de todo aquel trajín... ¡Qué gloria, y qué...! 
í frotándose las manos). Vamos, le pegaría, porque sepa 
usted que, cuando se lo dije, me hizo fú. ¡Si estará 
transtornada...! ¡Cómo ha de ser! (Siispiro y pausa). 
Si yo lograra casarla con Pepe, ya podría morirme 



54 B. PÉREZ GaLDÓS 

tranquilo; la familia quedaría amparada, Justina des- 
cansando, y los chicos podrían seguir carrera. El uno 
militar, el otro ingeniero, y los demás según la in- 
clinación que sacaran. Me vuelvo loco pensando en 
el desvarío de mi sobrina, á quien le ponen en la mano 
la fortuna y la tira por la ventana. Por eso me ale- 
gré al saber que estaba usted en Toledo, y cuando me 
dijeron que había estado en esta su casa y deseaba 
verme, me alegré más, y me dije: «Á ver si entre 
ese buen señor, que tanto se interesa por ella, y yo, 
discurrimos algo para quitarle á esa niña de la cabe- 
za sus chiquilladas monjiles, porque son chiquilladas 
nada más. 

— Pues me tiene usted á su disposición. Yo tam- 
bién deseo que Lorenza, á quien en casa llamamos 
Leré porque así la nombraba mi niña, varíe de incli- 
nación. Discurra, pues, invente cualquier ardid, si 
ardid fuere preciso, y téogame por su colaborador 
resuelto. 

— Veremos... lo pensaré — dijo Mancebo con toda 
la picardía del mundo y toda la trastienda de sacris- 
tía, haciendo con el dedo índice un gancho, dentro 
del cual metió la nariz. — Pero antes... 

Detúvose meditando, como si buscara la fórmula 
precisa para poder diícir algo muy delicado. «Antes... 
¡Zapa! no sé cómo expresarme. Dispénseme: tengo 
que hablarle de un asunto que... Prométame no en- 
fadarse, si me expreso mal, porque no tengo, ni á 
cien leguas, intención de ofenderle. 

— ¿Qué será esto? — dijo Guerra para sí, compren- 
diendo que se las había con un viejo muy zorro y 
muy ladino. 



ANGBL GUERRA 0Í> 

— Pues verá usted. Aquí hablamos como hombres 
que conocemos este mundo amargo y lleno de obscu- 
ridades, como hombres que no se asustan ya de nada. 

— Expliqúese usted pronto. 

— Mis proyectos de colocar á la niña... ¿cómo lo 
diré?... pues mis proyectos tropiezan con una difi- 
cultad que proviene del Sr. Guerra. 

— ¡De mí! 

— Repito que esto es delicadillo. ¡Pero allá va! 
Pues... pues... cuando la niña vino de Madrid, se 
corrieron voces... ¿cómo lo diré? 

— ¡Ah, ya!... que ñola perdonó la calumnia. Natu- 
ralmente, si ella no tuviera mérito, no la mordería 
la envidia. 

— Yo no sé si será envidia ó qué será, y apelo á su 
caballerosidad para que me saque de esta duda. Por- 
que es el caso que aquí llegaron, no sé cómo, sin duda 
por chismorrees de la servidumbre baja de usted, 
ciertos cuentos... disparates, ¿eh?... Que si usted tenía 
que ver ó no tenía que ver con Lorenza, y hasta se 
dijo, miren que es gana de enredar, hasta se dijo 
que... su amo quiso casarse con ella. Lo peor fué 
que estas fábulas llegaron á donde no debían llegar 
nunca, á las orejas castas de aquel bendito muchacho, 
el cual se me presentó dos días haoe, todo asustadico 
y... verá usted: «D. Francisco, me han dicho esto, esto 
y esto, y la verdad, ya varía la cosa, y hay que mirar 
porque francamente...» Yo me enfadé, ó hice que me 
enfadaba. Pero acá para entre los dos, amigo D. Án- 
gel... como he visto tanto mundo, tanto engaño, tan- 
to que parecía blanco y luego resultaba negro... va- 
mos, que no puedo echar de mi cierto gusanillo, y 



tb B. PÉREZ GALDOS 

este gusanillo, usted mismo, como persona verídica, 
es quien me lo va á quitar, hablándome de hombre á 
hombre, con toda franqueza, como se podría hablar 
entre amigos de una misma edad que la han corrido 
juntos. 

Guerra le salió al encuentro, indignado, y trabajo 
le costó reprimir su enojo. Sentía la mengua arrojada 
sobre el limpio nombre de su ami^a más que si á él 
mismo se le arrojara, y de buena gana le habría ca- 
lentado las orejas al presbítero por haberlas abierto á 
tales malicias, pero se contuvo, y no hizo mas que 
negar en la forma más rotunda y clara de la dignidad, 
cuidándose poco de que Mancebo creyera ó no sus 
declaraciones. Mas en cuanto éste las oyó, levantóse 
entusiasmado y se puso á dar voces: «¿No lo decía yo? 
El corazón me lo daba. Si no podía ser, no podía ser. 
Y aquel mequetrefe empeñado en que la chica no es 
de recibo... ¿Lo ves, tonto, lo ves? Los muchachos del 
dia juzgáis á los demás por vosotros mismos, que 
vivís llenos de malas ideas. (Volviéndose á Gíierra.) 
Gracias, Sr. D. Ángel, gracias. Me quita usted un 
peso de encima. Ahora ese pisaverde mal pensado no 
tendrá que poner tachas á la misma pureza. No veo 
la hora de cogerle por mi cuenta para ponerle la cara 
como un pavo, y decirle: «Pillo, lo ves, ¿lo ves? ¿te 
convences? ¡Si no te la mereces! Pobre como es ella, 
vale más que tú con todo el dinero que tu padre ha 
ganado en la tienda, aguando el vino, dándonos toci- 
no americano por extremeño, pensando mal y mi- 
diendo peor.» Bien, muy bien, estoy contento. 

Se paró ante Guerra, recapacitando, con el dedo 
índice en la punta de la nariz. 



ÁNGEL GUERRA 57 

«Pues esta certidumbre es una gran conquista, una 
buena parte de terreno ganado, y que nos pertenece- 
Ahora... 

Ahora — observó Guerra, que no participaba de los 
optimismos del beneficiado, — falta lo principal, que 
Leré quiera... secularizarse, y en este punto me ha 
de permitir usted un poquillo de vanidad, á saber, 
que lo que yo no pude conseguir, no es fácil que lo 
logre el chico de la tienda. 

— También es verdad; pero quién sabe si...— dijo 
Mancebo sobándose la barba y examinando el suelo. 
Porque también se ha de observar que la diferencia 
de clases era, en el caso de usted, un impedimento 
para que mujer tan juiciosa y honesta resbalara. Con- 
sidere que aquí se trata de matrimonio con un igual 
suyo, lo que varía de especie, señor don Ángel. 

Pueie ser que acierte usted fdescorazonadoj ; pero 
yo lo dudo mucho. 

— ^^¡Virgen dei Sagrario, si lo consiguiéramos...! 
(Cruzando las manos.) Esta familia amparada para 
siempre... los chicos en disposición de seguir una ca- 
rrera... y yo... porque también hay que mirar por 
uno mismo... yo, disfrutando de una tranquila se- 
nectud. 

— Todos esos bienes me parecen á mí algo iluso- 
rios, al menos por el camino ese de casar á Leré. Crea 
usted que morder un bronce y masticarlo es más fá- 
cil que ablandar ó torcer su carácter. Es de la cantera 
de las grandes figuras históricas que han dejado algo 
tras sí, los fundadores, los conquistadores... 

— Veremos, veremos... ¡Ay! yo he visto tantas to- 
rres caer, tantos muros seculares romperse en mil pe- 



58 B. PÉREZ GALDÜS 

dazos, que siempre que miro algo fuerte y sólido, 
espero, espero, y digo: «ya caerás». Los que hemos 
conocido esta Iglesia Primada en todo su esplendor, 
que parecía eterno é indestructible, y la vemos hoy 
reducida á la pobreza humillante de un noble lleno 
de pergaminos y sin una peseta, creemos poco en 
esos caracteres de peña dura. Antes sí los había, ya lo 
creo... pero la Desamortización y el Concordato aca- 
baron con ellos. Los tiempos estos son de medianía, 
de transición y de acomodarse á lo que viene. Cada 
tiempo hace sus personas, señor mío, y sus persona- 
jes, y pensar que ahora ha de haber fundadores y con- 
quistadores, es como si quisiéramos hacer pasar el 
Tajo por encima de la torre de la Catedral... En fin, 
Dios dirá. 

Mientras esto decía, oyeron la voz de Leré en el 
patio, hablando con Justina y los chicos. Guerra lla- 
mó sobre esto la atención de D. Francisco, el cual, 
abriendo la ventana, gritó: «Buena pieza, sube, que 
tienes aquí una visita*. 



III 



Subió Leré con un racimo de chiquillos pegado á 
las faldas, ávidos de catar lo que en un envoltorio 
traía. A.1 entrar en la pobre estancia del clérigo, salu- 
dó á Guerra con la mayor naturalidad, como si fuera 
cosa corriente verle allí todos los días. 

— Siéntate, mujer — le dijo su tío, — y descansa esos 
huesos que destinas á ser guardados en urna de cris- 
tal, con lacitos y flores de trapo, para que los besu- 



1 



ÁNGEL GUERRA 59 

queen las beatas y te los llenen de babas. ¿Qué tal 
de santidad? ¿Te tratan bien las señoras esas de ex- 
•tranjis? 

— Pero si no son extranjeras, tío — dijo Leré con 
bondad regañona. — Si son tan españolas como usted 
y como yo. 

— Tú dirás lo que quieras; pero las dos con quie- 
nes ibas el otro día me olieron á gabachas, descen- 
dientes de aquellos picaros intrusos que nos quema- 
ron el claustro de San Juan de los Reyes. Y una te 
decía: Loguenza^ vamos á guezar el gosario. 

¡Con cuánta fruición celebró, riendo el buen Man- 
cebo su propio chiste! 

— ¡Bah, qué cosas tiene usted! 

— ¿Y qué tal te tratan? — le dijo Guerra. 

— Bien — indicó el clérigo.— A esta la encanta todo 
ese ajetreo espiritual: fregar suelos, barrer, guisar y 
livar, y perseguir las telarañas y demás porquerías 
como si fueran los enemigos del alma. 

La lucha entablada entre Leré y los sobrinillos, 
porque éstos querían entrar á saco el pañuelo que 
cogido por las cuatro puntas traía, terminó al fin con 
la embestida y toma de la tal plaza, y la distribución 
atropellada de las nueces en él contenidas. Pero Leré 
defendió con tesón unos bollos ó mantecada?, ofre- 
ciendo repartirlos con equidad. 

— Aquí estábamos hablando — dijo el cura, — de 
esas órdenes públicas. ¿A qué o«5 dedicáis vosotras las 
del Socorro, á cuidar ancianos ó criaturas? Dígolo 
porque en tu propia casa tendrías materia larga en 
que emplear tu caridad. Para viejos chochos, aquí 
está este ciudadano con un pie en la sepultura, y 



60 B. PÉREZ GALDÓS 

para niños, me parece á mi que nuestra nielada no es 
de despreciar. 

— Sí, pero éstos no son huérfanos, ni usted es po- 
bre de solemnidad. 

— ¡De solemnidad! Díme, ¿en qué consiste que un 
pobre sea ó no solemne? ¿Qué solemnidades has visto 
«n esta casa? 

— Tío, bien sabe usted lo que quiero decir... Lo que 
resultará siempre es que yo no perjudico á nadie con 
mi inclinación, pues á nadie hago falta. 

— Pues este señor me ha dicho que desde que te 
viniste de Madrid anda su casa desgobernada. 

Guerra no había dicho tal cosa; pero apoyó la 
mentira, que encerraba una gran verdad. 

«Y dice también que por su gusto habríaste queda- 
do para siempre allí, dueña de todo, vamos, como di- 
rectora ó superintendenta de todo, y que al fin, 
quizás... 

Comprendiendo que se resbalaba, Mancebo echó 
un pie atrás. 

«Porque este señor te aprecia, conoce tu mériioj 
y opina, como yo, que bien podrías hacer la felici- 
dad de un hombre honrado». 

— Déjeme usted á mí de felicidades de hombres 
honrados — replicó Leré, echándose á reir. 

Y creyendo sin duda que no tenía nada más 
que decir, se levantó para retirarse, tranquila y ri- 
sueña. 

— Yo me atreveré á proponer una cosa — dijo Gue- 
rra deteniéndola con ligero ademán. 

Espectación de Mancebo. 

— Propongo, como componenda entre tus deseos y 



ÁNGEL GUERRA 61 

los de tu familia y los mios, pues yo soy también de 
la familia... 

— ¡De la familia! Bueno, señor, bueno — dijo don 
Francisco palmeteando en el hombro de Ángel. — 
¿Lo oyes, mostrenca? ¡De la familia! 

— Pues propongo lo siguiente: aceptamos en prin- 
cipio tu vocación religiosa. Todos nos compromete- 
mos á respetarla y á no decirte uoa palabra en con- 
tra. (D. francisco frunce el ceño.) En cambio, tú te 
comprometes á vivir en esta casa, durante un año, en 
situación expectante, sin trato con hermanas ni her- 
manitas, ni más prácticas religiosas que las ordina- 
rias que manda la Iglesia. 

— Aceptado, aceptado— dijo el clérigo, frotándose 
las manos con tanta fuerza, que parecía que iba á 
sacar lumbre de ellas. 

— Rechazado, rechazado — aíirmó Leré, velando con 
una sonrisa su inquebrantable firmeza. 

— Reduciremos el plazo á seis meses. 

— Rechazado también. 

— Anda, anda, hija, y échanos la cuerda al cuello, 
y ahórcanos de una vez — dijo Mancebo atacándola 
hábilmente en el terreno de la ternura. — Sabes que 
te queremos con delirio, que te adoramos, y tú nos 
rechazas, como si el quererte fuera una ofensa. 

— No es eso, tío, no es eso. 

—El día eu que nos dejes definitivamente, ¡ay de 
mi! será un dia de luto, y nos moriremos todos de 
pena... Y este señor también se ha de poner enfermo 
del berrinche, ¿verdad"? 

— ¡Qué exagerado es usted, tío, y qué cosas se le ocu- 
rren! — replicó la joven dispuesta otra vez á retirarse. 



62 B. PÉREZ GALDÓS 

— Eso es; ahora nos dejas con la palabra en la boca, 
y te marchas. ¡Vaya una finura! 

— ¿Pero á qué quiere que esté aquí, si todo lo que 
tenía que decir ya lo he dicho? Tengo que ayudar á 
la tía Justina, que hoy esta más atareada que nunca. 

Al partir, acosada por los chicos, no tuvo más reme- 
dio que repartirles dos de los bollos, reservando el 
mayor para su hermano; y bajó seguida de la tropa 
menuda, y fué á la sala donde estaba de continuo el 
monstruo, la cual era como su cuadra ó jaulón. Desde 
que la sintió entrar en la casa, no había cesado de 
mugir, derramando lágrimas como puños. Con tal 
lenguaje la llamaba. «Pobrecito, aquí estoy — decía 
Leré rascándole la cabeza. — ¿Qué tiene el niño? ¡Po- 
brecito!» Le mostró el bollo, y al verlo, el monstruo 
puso la cara ansiosa, alargando el hocico y gruñendo 
como perro impaciente y glotón. Su -hermana le lim- 
piaba las lágrimas y le acariciaba, dejándose morder 
suavemente por él. Dióle por fin la golosina en peda- 
zos, y él se los engullía, relamiéndose con voracidad 
de animal famélico. Por ñn, cuando se comió los úl- 
timos pedacitos, adheridos á los dedos de Leré, ponía 
la cabeza para que ésta le acariciara, y entornaba 
los ojos con la placidez perezosa del instinto satis- 
fecho. 

En esto bajó Guerra que ya consideraba larga la vi- 
sita, y oyendo la voz de Leré en el cuarto del fenó- 
meno, entró á despedirse de ella, mientras D. Fran- 
cisco hablaba con Justina en el patio. 

— Adiós, Leré. Me dice tu tío que estarás aquí al- 
gún tiempo antes de volver á los ejercicios. Si me lo 
permites, vendré á verte y á charlar contigo. 



ÁNGEL GUERRA. 63 

— Venga usted cuando guste. Á ver, con franque- 
za, ¿'{ué le ha parecido mi tio? 

— Buena persona, buena. ¡Y cuánto te quiere el po- 
brecillo! Me ha sorprendido mucho la conformidad de 
nuestras opiniones en lo que á tí se refiere. Yo creí 
encontrar en él un instigador de tus chiquilladas re- 
ligiosas. 

— ¡Ay! — dijo Leré en un tono algo enigmático. — 
Mi tío es muy listo, más listo de lo que usted se figura. 

— Algo de eso había pensado yo. El hombre afina, 
afina la puntería .. ¿Con que quedamos en que vendré 
á verte? 

—Sí, sí. ¿Qué inconveniente puede haber? 

Fuerte en su conciencia, Leré no temía nada, ni 
veía más que la derechura luminosa de su camino, 
sin reparar en los bultos que á un lado ú otro pudie- 
ran aparecerse en él. 

Al ver á Guerra platicando con su hermana, el 
monstruo volvió á gruñir, rechinando los dientes á 
estilo de mastín que olfatea la presencia de un foras- 
tero. Leré le calmaba, dándole palmaditas en la cabe- 
za, componiéndole el cabello, y pasándole los dedos 
por el hocico, como se acaricia á un perro para que 
no ladre á los que no conoce como de casa. «Cállate 
tonto, y estáte tranquilo, que el señor es amigo.» 

Pero el fenómeno seguía gruñendo, y uno de los 
muchachos le tiraba de las orejas para que callase. 

En el momento de despedirse, Guerra sentía que á 
lo largo de su alma se le proyectaba un resplandor 
misterioso, emanado de la persona de su amiga, y ésta 
se le representó adornada de sobrenatural hermosura. 
Diéronle impulsos de robarla y echar á correr con ella. 



64 B. PÉREZ GALBOS 

poseyéndola aun á costa de profanarla, impulsos que 
provenían quizás del ambiente romántico y artístico 
que respiraba. Salió de aquella casa turbadísimo, ape- 
teciendo vagamente hechos extraordinarios, cosas 
grandes, sentidas, hondas, en las cuales su mente no 
podía separar del drama humano el religioso lirismo. 



IV 



Toda la tarde se la llevó Mancebo elogiando á Gue- 
rra delante de su sobrina, con afectado entusiasmo. 
«¡Qué persona tan fina, qué instruido, qué bondado- 
so, qué caballero! Vamos, chica, que en su casa esta- 
rías como en la Gloria. ¡Qué maña se dan algunas 
criaturas para escurrir el bulto cuando la suerte, ju- 
gando á la gallina ciega, las quiere coger! «Con estas 
y otras habladurías perturbaba á las dos mujeres en 
su trabajo, y á f e que no estaban ellas para perder el 
tiempo, pues Justina tenia que entregar al día si- 
guiente cantidad de ropa planchada de cadetes y 
alumnos de colegios preparatorios, que eran, después 
de dos ó tres prebendados, su principal y más lucida 
parroquia. 

Paes D. Francisco, pegado á las mesas de plancha, 
no las dejaba trabajar con desahogo, por lo que su 
sobrina mayor tuvo que echarle un sofión y rogarle 
que se fuera á dar un paseíto. Al anochecer, á la 
hora del rosario, cuando las dos mujeres tomaban 
alientos después de su penosa brega, D. Francisco, 
en vez de ponerse á rezar, se dedicó á tomar á Jus- 
tina la cuenta del día, infalible ocupación del in- 



ÁNGEL GUERRA. 65 

genioso presbítero en los ratos que precedían á la 
cena. 

— Vamos á ver. ¿Á cómo te han puesto hoy el 
cuarto de cabrito? 

— A tres reales y medio. 

— ¡Dios humanado, qué carestía! En mis tiempos 
tenías el cabrito que quisieras á veinte, veintidós 
cuartos. 

— Pero como no estamos en los tiempos de usted 
sino en los míos... Paes las patatas van hoy á tres 
perras y media la cuarta arroba. 

— ¡Tres perras y media, Virgen! ó séanse, cuartos 
once y medio. Con estas perras y gatas no sabe uno 
uunca el dinero que tiene. ¿Trajiste el bacalao? Bue- 
no. Si Gaspar no te pesa bien, te vas á la tienda del 
Vizcaíno. Aquí no nos casamos con nadie. Otra: ya 
te he dicho que no me traigas chorizos que no sean 
de los de tres por un real. ¡Buenos están los tiempos 
para echar esos lujos de choricito de á real vellón! 

— ¿Cóa>o á real"? A treinta céntimos he traído dos 
para esa boca salada. Para nosotras de los baratos. 

— ¡Zapa! ¿pero te has figurado tú que yo soy el señor 
Cardenal? Mira, Justina, que con estos trotes vamos 
todos zumbando á la Beneficencia... 6 al Asilito que 
van á fundar las amigas de ésta, y allí la propia Lo- 
renza nos dará la bazofia con un cucharón muy 
grande... jí, jí, jí... Sigamos. Por lo que toca á hue- 
vos, puedes traer desde mañana seis, pues con Loren- 
za tenemos una boca más. 

— Ocho, tío. No apriete usted tanto. 

— ¿A cómo está la media docena? 

— A tres reales. 

2.' PARTE 5 



66 tí. PÉREZ GALDÓS 

—Serán de dos yemas. ¡A tres reales! Hija, ni en 
Madrid. ¡Quién conoció la docena á peseta, y aun á 
menos! £ste Toledo, con los dichosos adelantos, se 
está poniendo que no pueden vivir en él más que los 
millonarios. Oye: paréceme que ya no hay chocolate. 

— No señor, es decir, en la chocolatería, sí lo hay; 
aquí no. 

— Paeo venga una libra; pero no me pases de tres 
reales. 

— Para nosotras, sí; pero para el señor beneficiado 
lo traeré de á cinco. 

— Que no, ¡zapa! Yo soy como los demás. No quie- 
ro regalos ni melindres. Igualdad, Justina, y déjate 
del bizcochito y la friolerita para el viejo. Ahí tienes 
cómo se pierden las casas. Yo estoy hecho á todo, 
como sabes, y cuando me llevo á la boca una golosi- 
na me acuerdo de que estos pobres niños podrán ca- 
recer de pan el día de mañana, y créelo, con tal idea 
lo más dulce me amarga, y lo más rico me sabe á de- 
monios escabechados. Con que... vamos á cuentas. 

Hizo su cálculo de memoria, y entregó á su sobri- 
na una corta cantidad, casi toda en cobre, sacándola 
pausadamente de un bolsillo de seda roja con anillas, 
que envolvió y sumergió después por aquellas cavi- 
dades que tenía dentro de la sotana verdosa. 

— ¡Ah! se me olvidada, ¿y jabón? 

— Es verdad. Venga para jabón, que se está con- 
cluyendo. 

— Traerás del amarillo. 

— Para los cadetes; pero para los señores canóni- 
gos no. Luego dicen que huele mal la ropa y que no 
está bien blanca. 



I 



ÁNGEL GUERRA. 67 

— Menos blancas están sus conciencias. 

— El que se me queja más es D. León Pintado, á 
quien le cae bien el apellido, por lo que presume. 

— Como que apesta de tan elegante como se pone. 
Ea, ¡zapa! échales á todos jabón amarillo, y que sal- 
gan por donde quieran. No veo por qué hemos de 
guardar menos consideración á los pobres cadetes, 
que son los que dan de comer á esta ciudad empo- 
brecida... En fin, para que no se queje nadie, te traes 
un poco jabón del pinto de Mora, para dar una jabo- 
nadita antes de aclarar, ¿entiendes? Y á todos los tra- 
tas igual, canónigos y cadetes, que tan hijos de Dios 
son los unos como los otros. ¡Reina de los cielos, lo 
que se gasta! ( Volviendo a sacar la, culebrina^ y mi- 
rando á Leré^ que callada y sonriente humedece la ro- 
pa.) Sólo para patatas no bastara la mitad de las ren- 
tas de la Mitra, pues tu hermanito el monstruo, y los 
que no son monstruos, se comen una calderada cada 
día. 

— Vamos, no rezongue usted tanto, tío, que hasta 
ahora, gracias á Dios... 

— No, si yo no me quejo. Coman todos, y vivan, y 
engorden, y gracias sean dadas al Señor. Pero nos 
convendría mejorar de fortuna, créelo, y eso depende 
de quien yo me sé. El mayor de los errores, en estos 
tiempos de decadencia, es empeñarnos en dejar lo fá- 
cil por antojo y querencia de lo difícil; hay personas 
tan obcecadas que desprecian lo bueno por correr tras 
de lo sublime, y lo sublime, hija de mi alma, lo subli- 
me (con cierta inspiración) hace tiempo que está bo- 
rrado, no sé si provisional ó definitivamente, de los 
papeles de esta pobrecita humanidad. 



68 B. PÉREZ GA.LDÓS 

Leré no dijo esta boca es mía. 

Entró Roque, el marido de Justina, hombre humil- 
de y no mal parecido, con una pierna de palo, vesti- 
do de pardo chaquetón, afeitada la cara, que así podía 
parecer de cura como de paleto. Era un bendito, y 
donde le ponían allí se estaba, pues nunca tuvo más 
voluntad que la de su mujer, combinada con la de 
Mancebo. Carpintero de blanco, trabajaba en la Cate- 
dral, y el Lunes Santo del 83, en el acto de armar el 
Monumento, hallándose mi hombre en el andamio 
que hasta la bóveda se eleva, para colocar los listones 
de que pende la soberbia colgadura de sarga carmesí, 
tuvo la desgracia de marearse y se cayó. Milagro fué 
que de semejante salto quedara con vida; pero tuvo 
la suerte... relativa de ir á parar sobre un montón de 
telas arrolladas, y allí le recogieron con una pierna 
rota y una mano estropeadísima. Largo tiempo duró 
la cura, y desde entonces no pudo trabajar con pro- 
vecho; sus ganancias habrían sido nulas si D. Fran- 
cisco no cuidase de proporcionárselas en la Obra y 
Fábrica, con limosna disfrazada de jornal, porque el 
infeliz había perdido los dos tercios de su habilidad 
y destreza, que nunca fueron muchas. 

Charlaron un poco de la obra comenzada en la ca- 
pilla alta de San Nicolás para dar desahogo á las ofi- 
cinas, hasta que los olores culinarios y la impaciencia 
de los chicos anunciaron la grata ocasión de la cena. 
Suspendido el trabajo de ropa, Leré trajo un quinqué 
moderno, petrolero, sucesor del pesado velón de acei- 
te que se vendió meses antes á unos mercachifles de 
antigüedades. La estancia, que era sala, comedor ó 
cuarto de plancha según las horas, y á la cual, por un 



ÁNGEL GUERRA 69 

arco de herradura siempre ahumado, llegaba el vaho 
de la próxima cocina, se llenó de claridad y de esa 
alegría nocturna, doméstica, salpicada de notas infan • 
tiles, que suele ser la única gala de las casas pobres. 
Salieron á relucir los frágiles platos modernos, suce- 
sores de los de Talavera, vendidos también porque los 
pagaban aquellos tontos de anticuarios cual si fueran 
de la más rica mayólica, y Justina apareció al fin con 
la humeante y olorosa cazuela de sopas de ajo. 

— Bueno, señor, bueno — decia D. Francisco, y entre 
reñir á este chico y acariciar al otro, y echar una in- 
directa á Leré sobre lo mismo^ y poner en solfa al Ca- 
bildo porque disponía el ensanche de oficinas precisa- 
mente cuando no había que administrar, se pasó la 
cena sobria y placentera, substanciosa en su frugali- 
dad. Leré llevó al monstruo la ración correspondiente, 
metiéndosela en la boca á cucharetazos, y de sobre- 
mesa encendieron Mancebo y Roque sus volumino- 
sos y pestíferos pitillos, hechos con picadura de las 
tagarninas que en su mesa de despacho solía dejar el 
canónigo Obrero, y que D. Francisco recogía con ava- 
ra puntualidad. Un chico se duerme, otro alborota; 
Ildefonso, que es gran jugador de brisca, echa una 
partida con Leré; sigue á esto la orden de retreta, sol- 
fa en nalgas por aquí, besuqueo por allá, transporte 
del monstruo dormido á un cuarto interior, hasta que 
todos, chicos y grandes, van entrando en su nidal, y 
el silencio reina en la modesta casa. Sólo D. Francis- 
co y Roque charlan un rato más en el comedor apu- 
rando las colillas antes de atrancar la puerta; pero al 
fin, el reloj de la Catedral con nueve sonoras campa- 
nadas, y el toque de ánimas en esta y la otra torre les 



70 B. PÉREZ G ALDOS 

dicen que se acuesten, y ambos mochuelos, con ma- 
quinal obediencia, se van derechos á sus correspon- 
dientes olivos. 



Tan caviloso dejó al buen presbítero su conversa- 
ción con el madrileño, que se sentía"tocado de insom- 
nio, y antes de acostarse se paseó largo rato por su 
leonera, rezando ó intentando rezar las oraciones de 
.costumbre. Pero si las palabras religiosas retozaban 
en sus labios, los pensamientos no eran de los que sa- 
ben el camino del Cielo, sino antes bien de los que 
rastrean acá, entre los rincones y callejuelas del 
egoísmo. 

«¡Vaya con la muñeca mística... qué ventolera le 
ha dado! Olvidarse así del interés de la familia... ¡Y 
que no es floja carga para el pobre tío de tanta gentel 
Yo pensé que Roque, después de la caída en que se 
rompió la pata, no traería más chiquillos á casa; pero 
nada... como si tal cosa, y si el hombre no sirve para 
ganarlo, en cambio para padre no tiene precio. Jus- 
tina me regala un sobrinito nuevo cada año, y va- 
mos viviendo, criándolos á todo, hasta que yo no 
pueda más, como no venga el milagro de los panes y 
los peces... que no ha de venir. Bueno, señor... A lo 
que iba: como soy perro viejo y penetro en el ma- 
gín de las personas más disimuladas, he comprendi- 
do bien que á ese caballero le peta mi sobrinilla, va- 
mos, que está prendado de ella... ¡Si será simple la 
mocosa esta de los ojos danzantes...! Yo no he visto 
otro caso ni creo que lo haya. Un hombre riquísimo 



ÁNGEL GCERKA . 71 

¡zapa! que á todos nos haría felices... Mientras más 
yiejo es uno, mayores rarezas ve en este mundo, y 
lo que á mí me confunde más es que esta chiquilla 
no haya comprendido que su amo la quiere, ó com- 
prendiéndolo se quede tan fresca, sin pizca de ambi- 
ción... noble ambición sin duda, no confundamos, sa- 
grado amor de h familia. 

Decidió al fin D. Francisco despojar su cuerpo de 
las negras vestiduras, y poco á poco se fué quedando 
en reducidos paños, hasta que se zambulló en la cama. 
Mascullando una oración, pensaba de esta suerte: 

— ¡Dios sacramentado, cuantísimo dinero! Me dijo 
el hermano de Braulio que este señor cuenta su cau- 
dal por millones... ¿Cómo será un millón? Quisiera 
yo verlo. Dehesas, casas, renta del Estado. Ya lo 
creo... no apandó poco su padre, y también su abue- 
lo, comprando todito lo que era de la Santa Iglesia. 
Y dicen que es más hereje que Calvino, de estos que 
quieren traernos más libertad, más pueblo soberrno 
y más Marsellesa. ¡Patrañas! (Con agudeza.) Así pen- 
saría D. Ángel cuando su mamá no le daba un sacre; 
pero ahora que es rico y dueño de todo... El hombre 
de capital mira mucho por el orden, hasta por la 
Iglesia, y no quiere que la nación se ponga á dar za- 
patetas en el aire. ¡Virgen pura, cuantisimos dinera- 
les! Se me figura que no voy á dormir esta noche, 
porque ya se sabe, si me da por ver cosas de moneda 
me despabilo y... (Inquieto, dando vueltas J AhoraL que 
me acuerdo... no sé si eché la llave del armario. ¡Qué 
cabeza! Pues lo que es yo no me duermo sin la segu- 
ridad de que todo está bien cerrado. (Raspa un fós- 
foro y enciende luz.) No, no podré pegar los ojos con 



72 B. PÉREZ GaLDÓS 

esta duda. (Echase de la cama, env7iélvese en una col- 
cha, y con los pies desnudos, las canillas al aire, más 
'parecido á pavorosa fantasma que á homhre^ va al cuar- 
to próximo é inspecciona la 2merta del armario.) ¡Ah! 
echada la llave... Pero se me olvidó quitarla. Ven 
acá, llavecita. Ahora caigo... ¿pero cómo tengo hoj 
esta cabeza?. . en que se me pasó del pensamiento 
poner en el cofre los dos duros que tengo en el bol- 
sillo de los calzones. En fin, guardemos esto en el si- 
tio donde pongo lo de las misas, y después me dor- 
miré como un santo. 

En aquel extraño pergenio, tiritando de frío, pú- 
sose á gatas y tiró de un pesado cofre forrado de pelo 
de cabra que bajo la cama había; abriólo, sacó de él 
libros viejos, zapatillas y paquetes de clavos, revol- 
vió hasta encontrar algunos cartuchos de monedas, 
los cuales examinó minuciosamente, procurando que 
no sonaran; introdujo en uno de ellos las dos piezas 
de plata, y colocando después encima con estudiado 
desorden lo que había sacado, Cf'rró con llave, y de 
un salto á la cama otra vez. 

«Si yo no hiciera esto, si no guardara lo que guar- 
do, ¿qué sería de este familiaje el día de mi muerte? 
Bien sabe Dios que no ahorro por mí, sino por ellos; 
bien sabe Dios que yo sin ellos viviría como un pa- 
triarca, pues mis necesidades son muy cortas; bien 
sabe Dios también que esto no es avaricia, sino arre- 
glo, y que no junto por vicio de juntar sino por pre- 
visión; bien sabe Dios que nunca he querido prestar 
dinero á interés, aunque me lo han propuesto mil ve- 
ces, y que todo mi afán es llegar á reunir para un 
titulito de 4 por 100, y sacarle rédito al Gobierno, 



ÁNGEL GUERRA 73 

que es quien debe pagarlo. Pero... ¡ni que anduviese 
el Demonio en ello! cuando parece que me voy acer- 
cando á la cantidad precisa; cuando casi la toco con 
las puntas de los dedos, ¡zapa! vienen las necesida- 
des... que las botas, que la escuela, que la esterita, 
que el médico, y adiós mi montoncito. Vuelta á em- 
pezar, grano á grano, y arriba con él... Cuando yo 
cierre el ojo, aqui lo encontrarán tcdo, junto con las 
disposiciones que teogo escritas en aquel papel. ¡Vaya , 
que el día en que Justina empiece á sacar plata y más 
plata.. .Ij Quisiera ver la cara que pone al ir descu- 
briendo cartuchos. ¡Ah, picaronaza, qué gran vida 
os vais á dar tú y tus hijos! (Como hablando con Jus- 
tina.) Pero, vamos á ver: ¿á que no me encuentras 
el orito, la única pella de doblones y centenes que 
he podido amasar en tantísimos años? ¿A que no se te 
ocurre á ti ni al ganso de Roque levantar aquel bal- 
dosín, radicante en el ángulo del cuarto, debajo de 
la percha mayor? Bobos, ¿creíais que yo lo iba á po- 
ner donde todo el mundo pudiera verlo? Pero no ten- 
gáis cuidado, que en sus disposiciones añadirá el tío 
un rengloncito que lo rece. El oro no se deja en cual- 
quier parte. Es menester que cueste algún trabajo 
llegar hasta él. fAdormeciéndose un poco, se despabila 
repentinamente, con vivo sobresalto.) ¡Zapa! Satanás 
maldito... ¿pues no se me ocurre ahora que el baldo- 
sín está levantado? ¡Zapa, contra-zapa! Pues lo que 
es mi Francisco no se duerme sin cerciorarse por sus 
propios ojos. (Rechaza las sábanas, vuelve á raspar el 
fósforo y se arroja del camastro, dirigiéndose al ángulo 
del otro aposento, donde levanta la estera y examina el 
piso.) Si estaré yo trastornado... El baldosín no tiene 



74 B. PÉREZ GALDÓS 

novedad. Sólo Dios y yo sabemos lo que hay aquí. 
Ea, acuéstate, hijo, y duerme sin miedo. (Recorre la 
estancia como alma en pena, y se hunde de nuevo en el 
colchón, después de apagar la luz.) Pues, á lo que iba: 
esa bendita de Dios, esa Lorenza podria hacernos á 
todos felices. No hay mujer que no tenga su poqui- 
tin de habilidad, su poquitín de gancho para la pes- 
ca del marido; pero tus anzuelos no pinchan, ¡oh so- 
brina mia, tocada de la vanidad de la perfección! 
¡Cuántas hay por esos mundos, que con arte y san- 
dunga, ya haciéndose las recatadas, ya resbalándose 
una miaja, han conquistado á sus amos, y de criadas 
cátalas señoras! Considera lo que resultaría de que 
fueras como otras, que son muy buenas y hasta muy 
santas: por de pronto, la pobre Justina descansando 
de su ajetreo de perros; Roque sin necesidad de ir á 
pedir un mal salario, que más bien es limosna... y la 
chiquilleria esta, que yo he criado con tantos afanes, 
en camino de ser algo: Ildefonso, ingeniero; Paco, 
abogado; luego vendrían el militarcito, el arquitecto, 
el médico, según la disposición que fueran sacando, 
y en cuanto á mi, pues algo me había de tocar... en 
cuanto á mí, ¡zapa! mi canongia no había quien me 
la quitara... Porque este señor ha de tener influencia 
en Madrid, y siendo yo el tío de su costilla, de su 
peso se cae que... Mucho poder tienen allá los Gue- 
rras. ¿Pues quién sino doña Sales hizo canónigo á ese 
farol de León Pintado, que era un mísero capellán 
de monjas en Madrid?... Pero, en fin, me descartaré 
si es preciso, y para mí no quiero nada, nada más 
que irme al Cielo á descansar de las fatigas que me 
causa el problema colosal de la manutención sobri- 



ÁNGEL GUERRA 75 

nesca. (Pausa.) Debe de ser muy tarde. jTe duermes, 
hijo, sí ó DO? Mira que mañana vas á tener la cabeza 
pesada, y no podrás decir tu misita. Deja á tu sobri- 
na que haga lo que quiera, y duérmete... Imposible 
tener sosiego pensando en estas cosas... Porque, Se- 
ñor, si sucediera lo que está en el orden natural, el 
matrimonio se vendría á vivir á Toledo... como que 
ella debe imponer esto por condición, y así se lo 
aconsejaré yo, y todos viviremos juntos, y yo no 
tendría que pagar casa, y me ahorrarla mi paga toda 
entera, mi paga de canónigo... ¡Madre y Señora sa- 
cratísima! me da el corazón que al fin Tas cosas irán 
al derecho, y que además, como los bienes nunca 
vienen solos, lo mismo que los males, me caerá la lo- 
tería, y... 

Durmióse al fin profundamente, después de rezar 
un rato, y soñó que le había caído el premio gordo. 
Porque conviene advertir ahora, para redondear la 
figura de D. Francisco Mancebo, que éste no tenía ni 
tuvo jamás ningún vicio, pues no podía tenerse por 
tal el aprovechamiento de las colillas que dejaba so- 
bre su mesa el canónigo Obrero. Bebida, mujeres, 
naipes, fueron siempre para él letra muerta. Por 
donde únicamente podía prepararle la zancadilla el 
tuno de Luzbel era por su desmedida afición al sór- 
dido ahorro, y por la antigua maña de tantear la 
suerte en la lotería, con la codiciosa ilusión de sa- 
carse una buena porrada de dinero. Todos los meses 
compraba en compañía de un amigo el indispensable 
decimito de la extracción mas barata, y su constancia 
tuvo alguna vez corta recompensa. Pero le alentaba 
la risueña esperanza de dar un toque maestro el me- 



76 B. PÉREZ GALDÓS 

jor día, y siempre que se metía en la cama con algo 
de excitación cerebral, daba vueltas en su cabeza al 
número adquirido, como si fuera el propio bombo 
lotérico, haciendo veinte mil cálculos que paraban 
siempre en que salía el ansiado premio gordo. Aque- 
lla noche, su sueño fué más que nunca tormentoso 
y preñado de confusos líos aritméticos. Despertó de 
madrugada con la certidumbre de haber dado el 
golpe. '- 

«Claro, alguna vez tenía que venir. Eso de estar 
treinta años haciéndole cucamonas á la suerte sin al- 
canzar de ella mas que algún triste reintegro, no 
puede ser. El número de ahora es de los que no 
podían fallar; tres doses seguidos de un siete. Infali- 
ble, Señor, infalible. Bien se lo dije á Fabián cuando 
lo tomamos: «Fabián, éste nos arma.» (Excitadisimo.) 
Gracias á Dios, hijo mío, que sales de pobre, tú y todo 
el familiaje. Hoy, cuando entres en la sacristía, te 
dirá Fabián: «D. Francisco, al fin esa perra se ha 
portado». Porque Fabián debe tener ya en su poder 
la lista grande, venida por el tren de ayer tarde, y 
habrá visto el número nuestro en el primer renglón... 
Ahora sí que voy yo á Madrid á Cobrar el premio 
gordo, ó lo que sea, pues si en vez do ser el mayor, 
fuese el tercero, también me alegraría... íDvdando.J 
¿Pero en qué me fundo para afirmar que ahora va de 
veras? ¿Esto ha sido sueño, revelación ó qué ha sido? 
De dónde viene esta incertidumbre, que es como si 
tuviera la lista delante de los ojos? íCon perplejidad 
€ impacie?icia.J ¡Ven pronto, diíta, para salir de du- 
das! ¡Madre amorosa del Sagrario, que me la saque, 
que no me muera sin sacármela alguna vez! 



ÁNGEL GUERRA 77 



VI 



Levantóse al toque del alba, cuando ya las prime- 
ras luces de la encapotada y turbia aurora penetraban 
por indiscretas rendijas en la habitación, y recitó 
entre dientes sus oraciones. Abriendo las maderas de 
la ventana, notó que los ojos le escocían al recibir la 
impresión lumínica, achaque fastidioso que rara vez 
faltaba después de una mala noche. «Vaya hoy tengo 
función con los malditos ojos — dijo recatándolos de 
la claridad, — y tendré que ponerme las gafas». Sacó, 
pues, de la cómoda la máquina aquella de cuatro 
cristales, y después de aviarse de prisa y corriendo, 
se la puso, enganchando en las orejas las gruesas va- 
rillas de plata. 

Ya era día claro cuando iba D. Francisco por la 
pendiente arriba de la calle del Pozo Amargo, bien 
embozado en su manteo, la teja encasquetada, no de- 
jando ver entre sombrero y embozo más que los cua- 
tro vidrios. Su salida todas las mañanas, á las siete y 
media en invierno y á las cinco en verano, era como 
un reloj de que se utilizaban los madrugadores de la 
vecindad, gente obrera que á la misma hora se echa- 
ba á la calle. Aquel día en la travesía desde su casa 
hasta la Puerta Llana, Mancebo iba diciendo para su 
manteo: 

«¡Qué cosas tiene la Providencia, y qué bien se en- 
carga esa señora de ajustar las cuentas á los que anda- 
mos por aquí! Á lo que iba: la Desamortización ven- 
dió las fincas de la Iglesia, y entre ellas, el cigarral 



78 B. PÉREZ GALDÓS 

de Guadalupe, cuya renta fué instituida por los Té- 
llez de Meaeses para la dotación de las misas que los 
capellanes de coro habiamos de decir en la capilla del 
Sepulcro. La picara Libertad nos quitó aquella finca, 
que fué comprada por Bruno Zacarias, padre de la 
doña Sales, madre de este caballero, el cual la hereda; 
de modo que si se casa con mi sobrina, mi sobrina será 
dueña de ella, y por carambola yo, yo, que como ca- 
pellán que fui y beneficiado que soy, tengo cierto 
derecho á disfrutarla. ¡Miren las vueltas que la Pro- 
videncia da á las cosas para que la justicia y el dere- 
cho se cumplan! Porque, claro, si hay boda, yo tendré 
vara alta en la casa, y al cigarral me iré cuando me 
dé la gana, si señor, á comerme los primeros albari- 
coques, y á pasarme muy buenos ratos... Parece un 
buen hombre este D. Ángel; pero se me figura que 
no sabe manejar sus intereses. Nada tendria de parti- 
cular que me encargase á mi de la administración de 
lo mucho que en Toledo posee, rústico y urbano, pues 
de fijo lo haria mejor que ese hormiguilla de D. José 
Suárez, que ha de mirar por lo suyo más que por lo 
ajeno. Yo lo administraria con escrupulosa honradez 
y puntualidad, bien lo sabe Dios; yo sería una fiera 
para los malos pagadores, y las rentas habían de estar 
muy al corriente, si señor, todo al céntimo... ¡Ya lo 
creo que podría yo encargarme!... No soy tan viejo 
como parece, y fuera de este achaquillo de los ojos, 
tengo buena salud, y me parece que puedo tirar 
quince años más... 

Al penetrar en la Catedral por la Puerta Llana, 
fué otra vez atacado su pensamiento del vértigo de 
la lotería, en virtud de una concatenación misterio- 



ÁNGEL GUERRA 79 

sa, inexplicable, pues nadie, por mucho que discurra, 
podrá encontrar afinidad entre el recinto hermosísi- 
mo de la Iglesia Primada y el bombo de que se ex- 
traen las numeradas bolas. Pero ello fué que al poner 
don Francisco su planta en las baldosas del templo, 
salió á recibirle y á darle agua bendita el cautivador 
número, los tres doses volviendo la espalda á un ga- 
llardo siete. «Algo quiere decir — discurría persig- 
nándose, — que se me haya metido en la cabeza la 
i iea de que hemos dado el s-olpe. Tiene que ser... 
{Dudando.) ¡Bah! ¡Otra ilusión por los suelos! ¿Quién 
hace caso de estas corazonadas ó cabezadas mías?... 
{Reflexionando.) Aunque bien podía ocurrir que acer- 
tara... Alguna vez ha de ser, Madre dulcísima del 
Sagrario... y si me saliera la millonada, podría yo 
decirle á esa ingrata de Lorenza: «Haz tu gusto, mu- 
ñeca de los ángeles, que ya no necesito de ti para 
asegurar el porvenir de tus pobres sobrinos, pues ya 
ves cómo el Señor mira por ellos.» 

Poquísimas personas encontró en el trayecto de la 
Puerta Llana á la sacristía. Frente al enrejado altar 
del Cristo Tendido rezaba una mujer; un pordiosero 
con capa de paño pardo de remiendos mil se arrodi- 
llaba á la entrada de la capilla del Sagrario. Los. acó- 
litos, sacristanes y toda la gente seglar al servicio de 
la iglesia iban llegando por esta y por la otra puerta, 
tomando cada cual la dirección del sitio en que de- 
bía cambiar de traje. En algunas capillas, los mozos 
barrían el suelo. Los sacerdotes que celebraban las 
primeras misas iban llegando presurosos, y los pocos 
feligreses madrugadores que oírlas solían anunciaban 
su presencia con carraspeos y toses. La débil luz ma- 



80 B. PÉREZ GALDÓS 

tutina, filtrándose por los pintados vidrios, derrama- 
ba en aquel recinto de incomparable belleza una 
melancolía dulce y ensoñadora. Cerrada estaba aún la 
verja de la Capilla Mayor, semejante á disforme joya 
de oro y esmaltes, y la del Coro también. Pero al- 
guien andaba por dentro trasteando, y D. Francisco, 
después de hace: la genuflexión ante el Presbiterio, 
se fué allá y al través de la verja preguntó: «¿Ha ve- 
nido Fabián'?» Respondiéronle que no dos mozos que 
se ocupaban en arreglar las alfombras, en poner un 
brasero y preparar los libros para el canto de Prima, 
y cuando le vieron alejarse hacia la sacristía, permi- 
tiéronse alguna inocente broma respecto á él. 

«¿Has reparado que D. Francisco viene hoy con vi- 
drieras? — dijo el uno. — Mala señal. Siempre que se 
pone los anteojos de cuatro fachadas trae un genio de 
cuarenta Barrabases. 

— ¿A que no sabes para qué quiere á Fabián"? 

— Toma para ver si les ha caído la lotería. Juegan 
apareados; pero D. Francisco antes se deja abrir en ca- 
nal que gastar una perra en el periódico que trae la 
lista grande. 

— ¿Sabes que me parece que les ha caído? Anoche 
estaba Fabián más contento que las puras Pascuas. 

Entró Mancebo en la antesacristía saludando fa- 
miliarmente á los que al paso encontraba. En la cajo- 
nería próxima á la puerta del gran salón, vestíanse 
los monaguillos con infantil algazara, y más allá los 
sirvientes del Coro y Capilla Major. 

¿Habéis visto á Fabián?... ¿No'? ¡Qué horas de ve- 
nir tiene ese gandul! Por una de las tres puertas de 
la derecha, pasó el beneficiado á la escalerilla que con- 



ÁNGEL GUERRA. 81 

duce al sitio en que están los braseros para dar lum- 
bre á los incensarios, y alli calentó sus manos ateri- 
das, echando un parrafito con el pertiguero, que hacía 
lo propio. Movimiento excepcional el de aquella hora 
en las dependencias de la basílica. Éste saca las velas 
de un inmenso arcón, aquél se encaja presuroso las 
vestimentas, otro viene por el pasillo que da ala cua- 
dra de las ropas cargado con el servicio del día. Algu- 
nos canónigos empezaban á llegar, y se metían en el 
suntuoso vestuario, donde tienen también su brasero 
para calentarse. Volvió Mancebo á presentarse en la 
antesacristía, acompañado del pertiguero, que ya se 
había puesto la peluca y ropón de púrpura. Los sa- 
cristane.s, los lectores y los i{ue hacen el servicio de 
ciriales se despojaban de sus capas para ponerse sota- 
nas y roquetes, y entre ellos, al fin, encontró D. Fran- 
cisco al sujeto que buscaba, embozado aún en su raí- 
da capa seglar. 

— Fabián, ¡cómo se te pegan las sábanas! — le dijo 
llevándosele aparte. — A ver ¿tienes algo qué decirme? 

En ascuas estaba el buen clérigo, porque había no- 
tado en la cara judaica y grosera del salmista expre- 
sión vaga de mal contenido gozo. Sin esperar la res- 
puesta á su pregunta, la completó con esta otra: 
Díme, hombre, ¿hemos sacado algo? 

— Nada — replicó Fabián, persignándose en la 
boca; — nos quedamos asperges. 

— Pero hombre — dijo Mancebo, con un nudo en la 
garganta. — ¿Has mirado bien esa condenada lista? 
Imposible que un número tan bonito... 

— ¡Para que nos fiemos de números bonitos! En 
otra cosa está el toque — indicó Fabián, que á pesar 

2.' PARTE 6 



82 B, PÉREZ GALDÓS 

de comunicar á sa amigo una mala noticia, tenía la 
cara radiante. 

— ¿Cómo el toque? Explícate; no bromees — refun- 
fuñó Mancebo, para quien continuaba siendo un 
enigma el rostro animado del cantor. 

Le diré á usted: ya no nos dejará colgadas otra 
vez esta perra. Bien decía yo que tenia que haber 
reglas para calcular de antemano el número favore- 
cido. 

— ¡Reglas! Tú estás soñando, Fabián. Todo depen- 
de del azar caprichoso, de la suerte, de la necia ca- 
sualidad. 

— ¡Á mí con casualidades! Eso es para bobos. Hay 
un modo de calcular el número exacto. Para eso está 
la Matemática. 
—¿Pero tú...? 

— No tengo el secreto todavía (con misterioj; pero 
lo tendré. ¡Calraaaa...! 

— Hombre, díme, explícate... á ver. (Ardiendo en 
impaciencia.) 

No pudo Fabián satisfacer la curiosidad de su ami- 
go el beneficiado Vidrieras, porque se acercaron otros. 
Además, no pudiendo D. Francisco retardar más 
tiempo su salida al altar, dijo á Fabián que le aguar- 
dase allí, y se fué hacia la capilla de San Ildefonso, 
en donde celebrar debía. Ya le aguardaban las tres ó 
cuatro mujeres abonadas á su misa, y no tardó en pre- 
pararse para decirla, revistiéndose á escape. Es de 
creer que durante la representación simbólica del 
santo sacrificio, Mancebo apartaría de su pensamien- 
to toda idea profana. La misa fué breve, más breve 
quizás que de costumbre. Díjola en el magnífico al- 



ÁNGEL GUERRA 83 

tar de la Descensión de , Nuestra Señora, delante del 
cual yace la estatua durmiente del cardenal Albor- 
noz. Oró luego un ratito, según costumbre, y sabe 
Dios lo que el afanado clérigo pediría, pero de fijo no 
pudo ser cosa mala ni en perjuicio de nadie, y acto 
continuo se volvió á donde Fabián le aguardaba, ya 
ve stido de sotana y roquete. Habia empezado la Pri- 
ma, y en el grandioso templo se veía más gente se- 
glar. Salían misas y más misas en la capilla de San- 
tiago, en Reyes Nuevos y en el Cristo Tendido. En 
la antesacristía notábanse los preparativos de la misa 
conventual. 

— Á ver, Fabián, me dejaste á media miel — dijo el 
beneficiado, llegándose á su amigo, que no entraba 
€n las funciones hasta el canto de Tercia. — Cuénta- 
me, ¿qué secreto es ese? 

— Pues todo el busilis — le contestó el salmista, — 
está en saber hacer la combinación. 

— ¿Y cómo se hace la combinación? 

— ¡Ah! no es cosa fácil; pero tampoco imposible — 
dijo el músico, llevándosele al pasillo que conduce al 
patio del Tesorero, para poder secretear á su antojo. 
Pues verá usted: un amigo mío, litógrafo, que tiene 
su taller en la calle de Belén, se puso en compañía 
no hace mucho con un chico de Madrid, mecánico 
y dibujante, gran matemático, el cual devanán- 
dose el caletre, y ajondando por aquí y por allá con 
las álgebras del contrapunto del guarismo, ha en- 
contrado la manera de calcular las probabilidades 
que nosotros los legos en esa solfa llamamos suerte, 
azar. ¿Se va usted enterando? Este madrileño sabe 
más que Lepe, y ha inventado unos cartones con 



84 B. PÉREZ GALDÓS 

los cuales se hace la combinación, y ¡arza morena!... 
el cartón le dice á usted, ¡clavado! el número que ha 
de salir. 

— Pero Fabián — dijo D. Francisco echándose á 
reir, — tú estás loco ó eres archi-memo. ¿No compren- 
des que si eso fuera verdad, y sacara premio todo el 
que hiciera la combinación, no habría lotería? 

— Pero como el secreto no se hace público, y el 
que lo tiene no se lo va á revelar al primer quídam, 

— Pero ven acá, pedazo de alcornoque. Si ese ma- 
temático posee el secreto, cátale poderoso en cuatro 
días, y ¿qué necesidad tiene de vender su secreto á 
nadie? 

— Vende por poco dinero los cartones, y enseña el 
modo de manejarlos, sin perjuicio de ir á la parte 
con los que ganan. No es decir que salga siempre, 
siempre, clavado. Hombre, no sea usted material. 
Pero este cálculo asegura, de cinco probabilidades, 
tres por lo menos. En fin, morena de mi vida, hemos 
de verlo en la primera extracción, y lo que es ésta 
no se nos escapa. 

— Hijo, me llenas de confusión — dijoD. Frarcísco, 
tan aturdido y mareado que tuvo que levantarse las 
vidrieras para que entraran la luz y el aire á reani- 
mar sus congestionados ojos. — Eso es la mayor ma- 
ravilla del mundo, ó una necedad solemne de seis 
capas. Vea yo esos cartones, sepa cómo se fragua la 
combinación y hablaremos. Voy á tener hoy marea 
para todo el día... ¡Qué diantres de invención! No, si 
la cosa es posible, y cae dentro del fuero de la Arit- 
mética. Yo lo he dicho siempre: tiene que haber una 
manera de averiguar la probabilidad mayor entre to 



ÁNGEL GUERRA 85 

das las probabilidades. El caso es... En fin, anda, que 
van á empezar la Tercia. Abur. A la tarde hablare- 
mos. Se comprará el número que debe salir, aunque 
tengamos que encargarlo á Madrid, y... (8^82)67180.) 
jZapa! no puede ser. ¿Cómo es posible que...? [Espe- 
ranzado.J Pero sí, puede ser: es de esas cosas que se 
dan por imposibles antes de que se le ocurran al pri- 
mero, y después que sale uno y dice: «pues esto hay», 
á todos nos parece lo más natural del mundo... Como 
lo del huevo de Colón. 

Dando la vuelta por el ábside, se fué hacia la ofici- 
na de la Obra y Fábrica, que está debajo de la Sala 
Capitular, y allí tomó el chocolate que, en las maña- 
nas de invierno, le hacía el mozo de aquella depen- 
dencia. Las revelaciones de Fabián trastornáronle la 
cabeza en términos que no daba pie con bola: su men- 
te fluctuaba entre el excepticismo y la credulidad, 
y tan pronto veía en el cálculo lotérico uno de les 
mayores disparates que en cerebro humano pueden 
caber, como la más grandiosa y práctica invención, 
émula de los ferrocarriles que se comen las leguas en 
un santiamén, y del telégrafo que nos permite dar 
las buenas tardes á los antípodas. 

— Y cuando estos inventos apuntaban — decía pro- 
curando sojuzgar sus amotinados pensamientos, — la 
envidiosa incredulidad y la ruin desconfianza decían: 
■«no puede ser, no puede ser». Y, sin embargo, pudo 
ser, vaya si pudo ser. 

Durante toda la mañana, sin dejar de atender á su 
obligación con rutinaria y maquinal asiduidad, se 
caldeaba los sesos imaginando cómo sería la prodi- 
giosa cabala del matemático de Madrid, y éntrete- 



86 B. PÉREZ GALDOS 

niendo con variadas hipótesis su afán de conocerla. 
Corriendo parejas co7i el viento, aquella imaginación 
que en la edad senil se desbocaba, renovando los brin- 
cos y retozos de la juventud, lanzábase por otros es- 
pacios. Ya se figuraba el buen viejo que los planes 
de casar á Lorenza tenían realización cumplida, y 
que su sobrina era dueña de medio Toledo; ya que le 
encargaban á él la administración de las fincas rús- 
ticas y urbanas, y que se estaba comiendo, en el ci- 
garral de Guadalupe, los primeros albaricoques de la 
cosecha del año. Y qué bien le sabían, ¡zapa! ¡y qué 
ricos estabanl 



ÁNGEL GUERRA 87 

' III 

DÍAS TOLEDANOS 



Ya no empleaba Guerra las frescas mañanas de Di- 
ciembre en vagar con soñadora inquietud por las 
partes más solitarias j poéticas del histórico pueblo. 
Como reacción de aquella actividad, entróle una pe- 
reza también soñadora, y se pasaba las horas muertas 
en su cuarto, sin más compañía que la del Niño Je- 
sús y los acericos, leyendo ó meditando hssta que lle- 
gaba el ansiado momento de visitar á los mancebos. 
El sabio Palomeque prestábale libros, entre los cua- 
les Guerra prefería los de Historia, y de éstos los de 
Mariana, porque aquel estilo ingenuo y viril le cau- 
tivaba, así como la espontaneidad y frescura con que 
el mundo antiguo salía de sus páginas. Los reyes y 
príncipes que la lectura, cual arte mágico, ante sus 
ojos resucitaba, parecían encsjar dentro de los mu- 
ros y entre las callejuelas de aquella ciudad, como si 
no debieran ni pudieran existir allí otra clase de ha- 
bitantes. ¡Qué disonancia entre Toledo y D. José 
Suárez, verbigracia, ó D. León Pintado y el mismo 
Palomeque! Echándose á divagar mentalmente, com- 
paraba lo que leía con la realidad coetánea, y en ver- 
dad no llegaba á convencerse de que lo presente fue- 
ra mejor que lo pasado. Acordándose de Madrid, y de 
la política y la sociedad, todo informado de un mo- 



88 B. PÉREZ GALDÓS 

dernismo que lustrea como el charol reciente, llega- 
b i á creer que vivimos en el más tonto de los en- 
gaños, sugestionados por mil supercherías, y siendo 
los prestidigitadores de nosotros mismos. Reíase tam- 
bién del afán que en tiempos no lejanos había senti- 
do éi por trastornar la sociedad. En aquel rincón de 
paz y silencio, ¿qué le importaba que el Estado se 
llamara República ó Monarquía, ni que el Gobierno 
fuese de esta ó de la otra manera? Tales problemas 
no eran ya para él más importantes que el trajín y 
las idas y venidas de las hormigas, arrastrando hacia 
su agujero la pata de un escarabajo. 

Meditaba en estas cosas tendido en la cama, desde 
la cual, por la ventana frontera, disfrutaba de una 
grandiosa y extensa vista, el ábside de la Catedral 
descollando con gentil bizarría sobre el montón de 
tejados, los pináculos de la capilla de San Ildefonso, 
los almenados torreones de la de Santiago, detrás la 
torre grande, majestuosa y esbelta en su robustez, 
con el capacete de las tres coronas y la cimbreante 
aguja, en la cual parece que se engancha, al pasar, el 
vellón de las nubes. En término más lejano, la mole 
de San Marcos, ios techos del ^ayuntamiento, la pre- 
sumida cúpula de San Juan Bautista, y aquí y allí 
las espirituales torres de estilo mudejar, cuanto más 
viejas más airosas y elegantes. 

Estas dulces mañanas solía estropeárselas de vez 
en cuando el buen Palomeque con alguna jaqueca 
arqueológica. Era el canónigo correspondiente de las 
Academias de San Fernando y de la Historia, hombre 
muy erudito, punto fuerte en todo lo referente á 
fundaciones pías é impías, en letreros romanos, y 



ÁNGEL GUERRA 89 

descifrador de los secretitos de una piedra rota ó de 
un ga.stado losetón. Últimamente había dado en la 
tecla de demostrar que todo aquel cerro en cuya cima 
descuella San Miguel el Alto, fué ocupado en la 
Edad Media por el convento palacio de los caballeros 
del Temple, el cual edificio, con sus jardines y de- 
pendencias, se extendía por el Sur hasta San Lucas y 
por el Oeste hasta la Tripería. «Es error crasísimo — de- 
cía sulfurándose, — creer que las casas de aquellos se- 
ñores se circunscribían á las que hoy conocemos como 
de los Templarios, junto á San Miguel. Además de 
estos vestigios, hay otros muchos que corroboran mi 
tesis, pues en el barrio que habitamos y en nuestro 
propio domicilio, voy descubriendo k.s esparcidas 
piezas del esqueleto de aquellos suntuosos alcázares. 
¿Qué fué de tanta magnificencia? Pues allí sucedió 
lo mismo que lo que es hoy colegio de Santa Cata- 
lina, y en el palacio de Trastamara, ogaño corral de 
Don Diego: que el antiguo monumento fué dividido 
en viviendas alquiladizas, y sucesivamente se ha ido 
transformando hasta perderse en un maremagnum 
de reparaciones, revocos y apartadijos». 

En efecto, Guerra, á poco de vivir allí, echó de 
ver junto al techo de su aposento una zapata de 
mampostería desfigurada por sucesivas capas de cal, 
pero que en su deformidad revelaba el morisco abo- 
lengo. Un día la limpió D. Isidro, encaramándose en 
una escalera de mano, y al descubrir su gracioso or- 
namento, dijo con gozo triunfal: ¿Ve usted? es ge- 
mela de la que está en mi cuarto. Sobre las dos za- 
patas se alzaba un arco de herradura que ha desapa- 
recido; pero puedo reconstruirlo teóricamente por la 



90 B. PÉREZ GALDÓS 

inducciÓQ del radio. Y si me apuran, aún puede verse 
un trozo del intradós, con su dentelladura perfecta- 
mente conservada y un pedacito de almarbate^ en el 
desván medianero por la parte del Cristo de la Cala- 
vera. En distintos puntos de nuestra casa puede us- 
ted ver alfardas pertenecientes á la despedazada fá- 
brica medioeval, y no dude usted que parte de los 
azulejos del patio corresponden á los aliceres de la 
misma. ¿Se ha fijado en el viguetón grande que hay 
á la entrada de la cocina? Pues me he tomado el tra- 
bajo de limpiarlo, y ahi tiene usted clarita la ins- 
cripción: El imperio es de Dios. 

Un dia entró Teresa en el cuarto de Ángel con las 
manos en la cabeza, gritando: «Este maldito canóni- 
go me está echando abajo la cocina». Oianse los gol- 
pazos que daba Palomeque, como si quisiera derribar 
la casa. Buscaba la continuación de la alfarda ó viga, 
y la encontró, descubriendo además una magnifica 
alharaca que le hizo saltar de júbilo. 

— ¿Lo ve usted, lo ve usted? — dijo á Guerra, que 
salió presuroso tras su tía y patrona. — De aquí arran- 
ca un magnífico arco, que se apoya por esta parte en 
una columna con capitel de aiaurique^ la cual de se- 
guro, la tenemos empotrada en la mampostería de la 
casa próxima. Aquí tengo el capitel: véalo. (Guerra 
no veia nada.) Y para buscar el fuste será preciso ¡ay 
dolor! descender á las letrinas de la casa. Pero no im- 
porta. Ubicumque labor... ¡Cuánta barbarie! Desmenu- 
zar y triturar así una construcción grandiosa!- Para 
descubrir todo el arco, tendré que hacer un reconoci- 
miento en la finca inmediata, y crea usted que pedi- 
ré licencia al propietario. Como que podría suceder 



ÁNGEL GUERRA 91 

que descubriésemos una gran galería, sabe Dios...! Y 
fíjese usted ('saliendo oirá vez al patio, armado del de- 
moledor pico, : aquí, detrás de esta pared mal forrada 
de azulejos y que se desmorona por la humedad de la 
bajada de aguas, tenemos un trozo de columna, de 
mármol de Garciotum, que sin duda pertenece á la 
época goda. 

En efecto, asomaba el fuste, y Ángel no dudó de 
la aseveración de su amigo. 

— De todo esto infiero, Sr. Guerrrta — prosiguió don 
Isidro, después de destruir otro poco de pared, — que 
estos alcázares, en cuyos destrozados fragmentos vi- 
vimos por la codicia y la barbarie de las últimas ge- 
neraciones, fueron construidos en tiempos de la do- 
minación sarracena, sobre la osamenta de otra suntuo- 
sa morada goda, que debió de ser la que hizo labrar 
Suintila, según dice San Julián II en el libro de la 
Sexta Edad, dedicado, al amigo Ervigio. ¿Y á quién se 
debe la superfetación? dirá usted. (Ángel no decía na- 
da.J Pues, ó yo veo visiones, ó estamos en el palacio 
que levantó, rodeándolo de pensiles y amenidades sin 
fin, un morazo llamado Almamum Ebn Dziunum, el 
cual no es otro que el padre de Santa Casilda. ¿Nos 
vamos enterando? Aquí vivió, pues, aquel bárbaro con 
toda su gente, y no le quiero decir á usted lo deleito- 
so que esto sería con tantísima gala de arte y natura- 
leza que los tales solían gastar. Viene la Reconquista, 
y entra aquí el amigo D. Alonso, que se incauta de 
la finca y se queda tan fresco; andando los años, nues- 
tro D. Alonso VIII se la da á los Templarios para su 
convento y casa-hospedería; los Templarios, en 1312^ 
se van á donde fué el padre Padilla; vienen tiempos 



92 B. PÉREZ GALDÓS 

de desbarajuste, y los restos del palacio, menos aque- 
lla parte que se conserva junto á la plazuela del Seco, 
van á parar á manos mercenarias que los descuartizan, 
los dividen, convirtiéndolos en míseros albergues de 
vecindad, en uno de los cuales usted y yo, corriendo 
el picaro siglo décimo nono, tenemos el honor de 
vivir. 

— Muy bien, Sr. Palomeque, muy bien. 

Una de las habitaciones del piso alto, próxima á la 
estancia que Ángel ocupaba, habiala convertido Pa- 
lomeque en depósito ó almacén de los innúmeros 
fragmentos que iba descubriendo en la casa, ó que 
recogía de aquí y allá, y era como naciente museo 
atestado de aleros medio podridos, pedazos de loseto- 
nes con vislumbres de letra, azulejos, tinajas rotas, 
herrajes comidos de orín, y trozos de alharaca ó al- 
mocárabe en deslucido y frágil yeso. Allí se pasaba 
las horas muertas el canónigo, juntando astillas y 
cascotes para reconstruir piezas magníficas de deco- 
ración arabesca, y hemos de reconocer que su trabajo 
resultaba á las veces de alguna utilidad para descu- 
brir los agujeritos ratoniles de la Historia, empresa 
no despreciable, pues suele acontecer que por tales 
resquicios penetra \-\ luz en las grandes cavidades 
obscuras. 

El otro huésped de la casa, el angélico D. Tomé, sí 
•que no se metía en tales averiguaciones. Hombre de 
modestia suma, ocultaba cuidadosamente lo poco quí 
ísabía, como si fuese delito. Con el platicaba Guerra 
más á gusto que con el sabio Palomeque, siendo pre- 
oiso para ello violar el secreto de su estancia, pues 
don Tomé jamás iba á los cuartos de sus compañeros 



ÁNGEL GUERRA 93 

de hospedaje, como no le apremiaran con súplicas que 
casi equivalían á mandatos. Tratábale Teresa como á 
un niño y le cuidaba con solicitud, adivinándole los 
deseos, pues él pobrecito no era capaz de pedir ni un 
vaso de agua. Si alguna vez tenía que salir de no- 
che, la bondadosa patrona, conociendo el miedo de su 
huésped á verse sólo en las calles obscuras, mandaba 
con él á la criada ó asistenta vieja, p^ra que le acom- 
pañase á la ida y á la vuelta. G''acias debía dar á 
Dios D. Tomé de haber caído en tales manos, pue.*^ 
con otra pupilera no le habrían faltado ocasiones de 
morirse de hambre, por aquella costumbre evangéli- 
ca de no pedir nunca. Era, en fin, alma sencillísima,, 
toda pureza y humildad, un ser en quien Dios mora- 
ba, por lo cual decía su patrona que no creyó que 
existiesen serafines en la tierra hasta que hubo co- 
nocido á D. Tomé. 

El cual tenía su íamilia en Cebolla, de donde era 
natural. En Toledo le protegía el Deán, que le sacó la 
capellanía de las monjas de San Juan de la Peniten- 
cia, dotada con el estipendio de dos mil reales anua- 
les, y obligación de decir en el convento setenta mi- 
sas. Pero como esto no bastaba para vivir, D. Tomé, 
con el favor del jefe del cabildo, se agenció una lec- 
ción de Historia en un colegio particular, que le pro- 
ducía otros dos mil realetes. Cuatro años llevaba ya 
en su obscuro magisterio, habiéndose lanzado tam- 
bién á empresas literarias, pues era autor de un Epí- 
tome para uso de los alumnos de Historia, en el cual 
embutió toda la de España, ochenta páginas escasas, 
en preguntas y respuestas, ün ejemplar de este ma- 
nualito regaló á Guerra, que lo agradeció mucho. 



94 B. PÉREZ GALDÓS 

Con los cuatro mil reales que en junto daban la ca- 
pellanía y la cátedra, y además los ochavos del Ejá- 
tome (que iba acompañado de un mapa sinóptico de 
todos los reyes de España), no sólo reunía lo bastan- 
te para vivir, sino que aún le sobraba algo que man- 
dar á su familia, la cual vivía miseramente en Cebo- 
lla labrando el ingrato terruño. Las monjas querían 
á su capellán como á las niñas de sus ojos, y solían 
regalarle en las festividades platos de arroz con le- 
che, sobre los cuales dibujaban con el polvillo de ca- 
nela el letrero ¡viva Jesús! ^ y de vez en cuando le 
mandaban acericos muy primorosos. He aquí la ex- 
plicación de que hubiera tantos en la casa. 

No podía Guerra explicarse que siendo D. Tomé 
tan para poco, hombre de cuya conversación se podía 
sacar difícilmente una idea propia, le agradase tanto 
su trato, hasta el punto de que se pasaba con él lar- 
gas horas, oyéndole decir las cosas más sabidas del 
mundo, las más elementales, pero que en sus labios 
tenían una seducción misteriosa. Observaba en él 
más fe que opiniones, fe de calidad exquisita, de esa 
que ni se discute ni piensa en discutir ó examinar 
la incredulidad ajena. D. Tomé creía, sin cuidarse de 
que los demás negaran ó dejaran de negar. No se le 
ocurría ser corifeo ni apóstol de sus creencias. Ángel 
le envidiaba su espíritu sereno, teniéndole por un 
ser absolutamente conforme consigo mismo, confor- 
midad que es tal vez el supremo ideal del hombre. 
Hablando con él y acompañándole en su cuarto, 
mientras preparaba las lecciones, Guerra se echaba á 
discurrir ó imaginar cómo sería el estado interior de 
•don Tomé, qué pensaría, qué sentiría. ¿Acaso juzga- 



ÁNGEL GUERRA 95 

ría del mundo por los pecadillos que le confesaban 
las monjas*? ¿Por ventura carecía en absoluto de ima- 
ginación, y era un ser incompleto, á quien la mag- 
nitud de su imperfección hacía parecer perfecto? ¿A 
qué sonarían en los huecos de aquella mansa natura- 
leza las pasiones humanas? Estos misterios j enig- 
mas atraían más á Guerra hacia el capellán angélico, 
y el afecto que le inspiraba era quizás una exaltación 
de la curiosidad científica. Queríale sin duda y le 
mimaba con cariño semejante al que un sabio ento- 
mólogo siente hacia el insecto raro y desconocido 
que le cae en las manos. 



II 



Las más de las tardes iba Guerra á ver á Leré, 
quien le recibía en el patio, delante de la puerta que 
daba al otro patio que fué morisca alfa^ia, y era ya 
corral de vecindad, donde hormigueaba un pueblo 
indigente y pintoresco, entre destrozados arcos de 
herradura y podridas vigas con restos de alharaca. 
Justina se hallaba casi siempre presente, y si el tiem- 
po se ponía malo, ó lloviznaba, se metían todos en el 
cuarto bajo, donde estaba el monstruo, á veces enci- 
ma de la mesa, á veces en el suelo, acurrucado en 
una estera. En dicha sala había un piano decrépito, 
horizontal, de teclas amarillas y cansadas, tan opaco 
de sonidos, que éstos parecían fantasmas de notas. En 
aquel veterano instrumento se educó el colosal inge- 
nio músico de Sabas, el hermaníto de Leré. Los chi- 
quillos de Justina enredaban sin sosiego; el mons- 



96 B. PÉREZ GALDÓS 

truo mugía de vez en cuando. La sociedad que ame- i 
nizaba la visita no podía ser más candorosa, y para 
colmo de inocencia, Ángel solía llevar alguna tarde 
á D. Tomé, el cu?.l se sentaba en un banco de madera, 
ó en la silleta del piano, y de allí no se movía, entre- 
tenido en jugar con los dos pequeñuelos ó en hacerle 
preguntas á Ildefonso, examinándole de Historia, en 
la cual, dígase de paso, estaba el chico bastante flojo. 

Lo que más agradaba á Guerra, en los paliques 
con la que fué su criada, era no encontrar en ella el 
mohín antipático ni el tonillo insufrible que suelen 
adoptar las personas que hoy se dan á la vida piado- 
sa. Leré no hablaba de cosas de fe si de ello no se le 
hablaba; no hacía pinitos de perfección, no se quejaba 
de su marcada discrepancia con el mundo presente, y_ 
hablaba y discurría como si todo cuanto la rodeaba 
estuviese en completa conformidad con ella. Guerra 
la veía como á persona de pagados tiempos, y á veces 
hasta encontraba cierto parentesco entre la niña de 
los ojos temblones y el niño-hombre D. Tomé. 

La dulzura y armonía de aquellas pláticas solía 
turbarlas el padre Mancebo las tardes que aportaba 
por allí, pues quería meter baza en todo, ridiculizan- 
do el misticismo de su sobrina. Gastaba el buen se- 
ñor por aquellos días un geniecillo de mil demonios, 
y su cara habría revelado toda la acidez y amargura 
que le andaba por dentro, si no la tapara casi total- 
mente con los enormes espejuelos montados en plata. 
Guerra quería quitárselo de encima, echándoselo á 
don Tomé; D. Francisco mordía un momento el cebo, 
daba dos hocicadas al bueno del capellán, y volvía j 
después contra la pareja. j 



ÁNGEL GUERRA i>7 

Una tarde, antes de que llegara el beneficiado, 
rieron de lo lindo, comentando Leré con buena som- 
bra el empeño de su tio de casarla con Pepito Illán. 
Pintó el carácter de D. Francisco, encareciendo sus 
buenas cualidades y atenuando sus defectos, y afir- 
mó, por último, que su familia no necesitaba de ella ' 
para nada. Sólo estaba presente aquella tarde el mons- 
truo, que no hacia más que mirarles atento y cariño- 
so, como perro manso. Con la mayor naturalidad del 
mundo dijo Leré que Dios había vuelto á hablarle de 
su porvenir religioso, incitándola á entrar en la orden 
de más trabajo y de mayor humildad, y ad virtién- 
dole que no tenía por qué cuidarse de su familia, pues 
la familia corría de cuenta de Él. 

— Por más que digas — observó Ángel, á quien se 
comunicaba el entusiasmo de su amiga, — no hay or- 
den bastante digna de que tú entres en ella. Estas 
noches, pensando en tí, se me ha ocurrido que debía- 
mos fundar una orden nueva, para tí exclusivamente. 

Reíase Leré de estos despropósitos, á los cuales con- 
testó: «Eso es orgullo. ¡Una orden para mí sola! Hasta 
imaginarlo es pecado». 

— Quiero decir que la fundes tú, y luego entrarán 
otras á ponerse bajo tu autoridad. 

— ¡Autoridad yo! ¡qué locura! ¡Autoridad quien ha 
nacido para la esclavitud! 

— Déjate de esclavitudes, hija mía. De Dios, puedes 
ser todo lo esclava que quieras; pero en tu comuni- 
dad mandarás como superiora, y harás reglas ó cons- 
tituciones para que las cumplan las demás herma- 
nas. Vamos, piénsalo. Pondremos á tu tío de cape- 
llán, á Ildefonso de acólito; yo me cuidaré de todo lo 

2.' PARTE 7 



98 B. PÉREZ GALDÓS 

exterao de la dotación, y construiremos una iglesia 
magnífica, en la cual pondré mi sepulcro. 

Los ojos de Leré relampagueaban. Nunca los vio 
Guerra más bailones. 

— Y traeré el cuerpo de Ción para sepultarlo allí 
con nosotros. Tendrás en vida toda la clausura que 
quieras, y rejas dobles, triples ó cuádruples. Pero ha- 
remos un hermoso locutorio donde poder hablar, tú 
de la reja para adentro, yo de la reja para afuera. Y... 
ya digo, labraré mi sepulcro en la iglesia... 

— íío diga usted más disparates, y guarde el dine- 
ro para otras cosas. ¿A qué fundar lo que existe? 

— Pero ven acá: lo que han hecho otros señores, 
cuya memoria se perpetúa en las iglesias toledanas, 
el conde de Orgáz, por ejemplo, D. Gonzalo Ruiz de 
Toledo, ¿por qué no he de hacerlo yo? Yo te fundaré 
una casa de oración y recogimiento. Presidirás tu 
comunidad, usando báculo en los actos de coro. 
Leré soltó la carcajada. 

— ¡Miren que yo con báculo! D. Ángel no me haga 
usted reir con sus locuras. 

Con estas y otras cosas se iba exaltando el hombre, 
hasta llegar á un punto tal que no sabía lo que se 
pescaba. Una tar:e, Mancebo se presentó de muy mal 
talante. Después de saludar tibiamente á Guerra, en- 
caróse con su sobrina, y levantándose las vidrieras, 
le mostró sus ojos. «¿Ves — le dijo, — ves cómo me es- 
toy poniendo? La luz me daña de tal modo, que no 
puedo resistir el escozor y la pena que me causa. Me 
parece, Sr. D. Ángel, me parece, Lorenza, que de esta 
se me apagan los candiles. Antes de un año estaré 
completamente ciego, y entonces... no quiero pensar- 



ÁNGEL GUERRA. S9 

• 

lo; ¿quién cuidará de esta pobre familia? ¿quién mi- 
rará por tí desgraciado (al monstruo, tirándole de una 
^reja), quién...?» 

La afectación de estas palabras, aunque bien disi- 
mulada, no escapó á la perspicacia de las dos personas 
que le oían. Leré sabía calarle bien, y entendió la in- 
tención de aquel argumento de la ceguera. «Si ese 
caso llegara — le dijo, — y ojalá no llegue, significaría 
que Dios quiere probarle á usted, ver si tiene pacien- 
cia, conformidad con la desgracia. Acostúmbrese, 
como yo, á la idea de que cuantos infortunios vengan 
sobre nosotros los merecemos; considere que cada día 
que pasa sin enfermar, sin rompernos la crisma ó que- 
darnos á pedir limosna, es un favor muy señalado. 
Cuando viene el mal, no hay que pensar que se nos 
castiga, sino que dejan de protejernos. Lo mismo digo 
del morir: cada día que vivimos es un perdón ó be- 
nignidad de la muerte, la cual nos afloja un poquito 
la cuerda con que nos tiene amarrados. 

— Bueno. ¿Y todo eso — dijo Mancebo con amarga 
burla, — es para recomendarme que me ponga á tocar 
las castañuelas en celebración de que pierdo la vista? 
¡Bonito consuelo, bonito modo de ver las cosas, y bo- 
nita santidad la tuya! 

— Tío — replicó Leré gravemente, — lo que yo he di- 
cho lo comprende usted mejor que nadie, porque es 
buen cristiano; pejo ahora se hace el tonto porque le 
conviene. 

— Cabal, quieres probarnos que es un gusto ser cie- 
go, como hace días te empeñabas en convencerme de 
que no hay mayor delicia que morirse de hambre... 
justo, y que la mayor de las satisfaciones es pedir li- 



100 B. PÉREZ GALDÓS 

mosna de puerta en puerta, ¡zapa! Y al paso que va- 
mos fincomodándosey, con tu manía de abandonarnos 
y de despreciarlas buenas proporciones, pronto se rea- 
lizarán tus deseos, y viviremos todos en esos espacios 
celestiales de la mendicidad que tanto te entusias- 
man... Pero usted señor D. Ángel, ¿qué hace que na 
me apoya? jAy! porque á usted también le tiene me- 
dio embaucado, ya lo voy viendo, porque usted le 
hace caso y la toma por lo serio. El mejor día regala 
este señor todo su caudal á la Beneficencia, y se sale 
por ahí soga al cuello y un bordón de peregrino, pi- 
diendo para las ánimas. No se ría, que á eso vamos 
todos. Saldremos por los caminos á pordiosear; mi se- 
ñor D. Ángel se echará á cuestas al fenómeno este, el 
beneficiado ciego llevará de la mano á los chicos me. 
ñores y así, entre todos, haremos un bonito cuadro 
para hacer llorar á los que pasen. 

Ángel se reía de la profunda seriedad con que sol- 
taba Mancebo estos disparates, y el buen presbítero,, 
que aquella tarde traía un humor de perros, se pasea- 
ba por la estancia dando pisotones para entrar en ca- 
lor, subiéndose y bajándose las galerías de cristales á 
cada momento. Leré no se inmutaba; su temple era 
siempre el mismo; ni las bromas displicentes, ni las 
veras amargas de su tío, hacían mella en su voluntad 
diamantina. Ángel quiso echar á broma el asunto, y 
contestó á Mancebo en esta forma: 

¿Pero no sabe usted, Sr. D. Francisco de mi alma,^ 
que Leré y yo hemos hecho un convenio? Justamen- 
te estábamos esperándole á usted para que nos diera 
su opinión. 

—¡Un convenio! ¿Y qué es ello? 



ÁNGEL GUERRA. 101 

— Pues hemos resuelto dedicarnos, cada uno en su 
esfera, á la abstinencia y á mirar por los desgra- 
ciados. 

— Pues miren por mí, ¡zapa! miren por mí que soy 
el númerj uno. 

— Espérese usted. Hemos convenido en establecer 
una orden semejante á la que fundó aquí, hace tres- 
cientos años una Princesa de Portugal, con el nombre 
de La Vida Pobre. 

— ¡Más pobreza, hombre, más pobreza! {Patean- 
do.^ ¿Les parece que no hay todavía bastante pobre- 
tería en este mundo? ¡Vaya, que los dos están tontos 
de remate! 

— Calma, amigo, paciencia. Hemos convenido en 
que yo dedicaré todo lo que tengo á realizar esta 
idea. Y contábamos con usted, como co-fundador, á 
fin de... 

— ¡Yo co-fundador! {Echando chispas.) ¿De qué, 
hombre? ¿Qué demonios voy yo á co... fundar? 

— Pues será usted apóstol de la nueva orden, mas 
para ello es preciso que se arranque á dar á los po- 
bres todo lo que posee. 

— ¿Yo? Si yo no tengo ni tampoco un... ¿Quién ha 
dicho que yo tengo algo? {Irinando.) ¿Ha sido esta 
embustera? 

— Lo dice la voz pública. Usted pasa por hombre 
que guarda mucho dinero. 

— Don Ángel, no me queme la sangre... No se bur- 
le de un desgraciado clérigo, que... 

Leré intervino para apaciguarle y cortar la broma 
que tanto le exaltaba. «Dígale usted, tío, que no ne- 
cesitamos fundaciones, porque la pobreza, fundada 



102 B. PÉREZ GALDÓS 

la tenemos en casa, y muy á gusto en ella. El Señor 
le hizo á usted pobre, y pobre le conservará mien- 
tras viva, rodeado de trabajos y contrariedades. ¿No 
es verdad que eso le gusta, y adelante con la cruz? 

— ¡Adelante, sí! [Con sarcasmo.) Vengan hambres,, 
fríos, y por añadidura, enfermedades, ceguera, y 
cuanto Dios quiera mandarme. Claro que aguantaré. 
iQué remedio...! Pero de eso á que me ponga á bai- 
lar de gusto porque me estoy quedando ciego... Don 
Ángel, hágame usted el favor... 

— Cada cual — dijo Leré, — ve estas cosas á su ma- 
nera. Yo acepto con alegría todas las cruces que ei 
Señor quiera echar sobre mí; y si mañana tuviera 
que pedir una limosna por las calles, y me encontra- 
ra toda baldada, llena de úlceras ó de lepra asquero- 
sa, no estaría menos tranquila que ahora con salud y 
el pan asegurado, gracias á mi tío, que se desvive 
por nosotros. Y si me quedara ciega, andaría palpan- 
do las paredes; y si perdiese las piernas, me estaría 
sentada, ¿y qué? sentadita en el santo suelo, pensan- 
do que Dios me querría tanto más cuanto más baja 
me pusiera. ¿Qué me importan las enfermedades, la 
esclavitud, los trabajos y el desprecio del género hu- 
mano, si lo que tengo dentro de mí persiste libre y 
sano y alegre? ¿Qué me importa causar repugnancia 
á todo el mundo, si Dios me da á entender que me 
quiere? Tío, convénzase usted de que el desamparo 
es un bien positivo, y el no tener nada tenerlo todo,, 
y el ser rechazado en todas partes la mejor compañía^ 
y el estar enfermo prepararse para la verdadera sa- 
lud, y el cegar ver, y el hundirse subir, subir y lle- 
gar hasta arriba. Todo se reduce á esperar en calma> 



ÁNGEL GUERRA 103 

esperar siempre, pensando en la verdadera vida. Tío, 
espere usted; y si viene la ceguera, que venga; y si 
viene la mendicidad, que venga; y si viene todo el 
mal en la forma más horrible, y las plagas de Egipto 
y el Diluvio Universal, que vengan. 

Don Francisco empezó á balbucir. Algo, sin duda 
quería responder; pero no encontraba palabras apro- 
piadas al caso. Retiróse huido, refunfuñando. Después 
de aquellas solemnes declaraciones de Leré, Guerra 
la tuvo por completamente perdida, en el concepto 
de que era locura pretender desviarla del inalterable 
rumbo que llevaba, como un planeta. A quien de tal 
modo pensaba, á quien tan tranquilamente y tan sin 
afectación decía su pensamiento, no se le podía con- 
quistar con intereses circunstanciales. Echarse á 
cuestas una montaña habría sido empresa más fácil 
que domar aquel carácter duro y de un peso ingen- 
te, de una homogeneidad abrumadora. «Es figura de 
otros tiempos — decía Ángel para sí, — y asisto á una 
milagrosa resurrección de lo pasado». 

Y á medida que la última esperanza de humani- 
zarla extinguiéndose iba, más honda era la atracción 
que su divinidad ejercía sobre él. Llegó la última de 
las tardes que permitían aquel visiteo, y la idea de 
que pronto dejaría de verla le sacaba de quicio. Al 
despedirse, indicóle sus deseos de visitarla alguna 
vez en casa de las Hermanas, si éstas lo consentían^ 
y ella le contestó que, pasado algún tiempo, no ha- 
bría para ello dificultad, pues la congregación no te- 
nía clausura, y las profesas y novicias podían recibir 
en ciertos días á sus parientes y amigos. Al decirlo, 
daba á entender también que recibiría gusto de ver- 



104 B. PÉREZ GALDOS 

le, y lo expresaba con la mayor pureza y sin gazmo- 
ñería. Guerra vio en esto como un sentimiento de 
amistad angélica, á la manera de la que ha existido 
entre santos, ó entre los que estaban en camino de 
serlo. 

— ¿De modo que podré verte, y echar un parrante 
contigo? No temes que alguien interprete mal...? 

— ¿Yo...? {Encogiéndose de hombros). No temo nada. 

Nada, en efecto, temía. El mal, en cualquier for- 
ma que tomase dentro de lo humano, no tenía signi- 
ficación alguna para un alma tan fuerte, tan aplo- 
mada y segura de sí misma. El miedo es la forma de 
nuestra subordinación á las leyes físicas, y Leré se 
había emancipado en absoluto de las leyes físicas, no 
pensando nunca en ellas, ó mirándolas como acci- 
dentes pasajeros y sin importancia. 



III 



Volvió Leié á las Hermanitas del Socorro un día 
de la segunda quincena de Diciembre, próximas ya 
las fiestas de Navidad. Guerra paseó aquella tarde con 
don Tomé, que parecía más comunicativo que de or- 
dinario, y hablaron de cosas de ultratumba, maravi- 
llándose Ángel de la sencillez de catecismo con que 
el autor del Epitome refería los trámites de la muer- 
te, y de nuestro traspaso de una vida á otra. Después 
de dar varias vueltas por el Miradero y los altos del 
Alcázar, fueron á cenar, y Guerra volvió á salir para 
engañar el tiempo en la tertulia de su tío D. Suero, 
donde vio al canónigo Pintado jugando al tresillo 



ÁNGEL GUERRA 105 

con el alcalde de la ciudad. Aburrido se fué de allí, y 
divagó larguísimo rato de calle en calle, yendo á pa- 
rar, por instintiva querencia, á la solitaria judería. 
La noche no estaba para rondas de enamorado, ni aun 
tratándose de pasiones, como aquélla, tan espiritua- 
les y seráficas, porque el frío era glacial, y venía del 
Norte un vientecillo barbero que descañonaba. Reti- 
róse con el embozo hasta las orejas, por las sombrías 
calles, sin encontrar alma viviente, y andando an- 
dando por aquel pueblo de pesadilla, echábase la 
sonda para reconocer la extensión del contagio mís- 
tico que invadía su alma. Semejante contagio podía 
atribuirse al medio ambiente, al roce del arte reli- 
gioso, á las lecturas, á la soledad, y principalmente á 
la influencia de Leré. Y el misticismo determinaba 
en él fenómenos muy singulares, verbigracia: la me- 
moria de su hija Ción había tomado forma bien dis- 
tinta de las memorias que los muertos queridos sue- 
len dejarnos. En sus horas de soledad, creía sentirla 
en torno suyo, revoloteando, y siempre que su pen- 
samiento se enardecía, hasta levantar llama vagorosa 
y crujiente como de zarzales inflamados, la imagen 
risueña y juguetona de la chiquilla giraba en torno 
queriendo quemarse en él. También le perseguía el 
recuerdo de doña Sales, á quien no veía ya tan ce- 
ñuda y altanera como en vida, y para colmo de ex- 
trañeza, empezaba á creer que su madre había teni- 
do razón contra él en la mayor parte de las cuestio- 
nes que les dividieron. De Dulce se acordaba ya po- 
cas veces; y no le era el recuerdo desagradable. Pero 
el fenómeno más extraño que encontraba- al calar de 
la sonda era que, á excepción de los pocos muertos y 



106 B. PÉREZ GALDÓS 

vivos que interesaban de alguna manera á su cora- 
zón, toda la humanidad le iba siendo cada día más 
antipática. En Toledo mismo, lo personal no partici- 
paba de los encantos de lo material é insensible. Las 
piedras, la substancia artística, en que se encarnaba 
el ánima penitente de los tiempos pasados, tenia todo 
el atractivo que faltaba á las personas, expresión de 
la vulgaridad presente, y que parecían no alentar 
más vida que la puramente mecánica. Don Suero le 
resultaba tan antipático como los Medinas y Tara- 
mundi de Madrid, antipático el canónigo Palomeque 
con su sabiduría indigesta, antipático el padre Man- 
cebo por su utilitarismo, D. León Pintado por su fa- 
tuidad. Los seres humildes y cuitados como D. Tomé» 
los que llevaban el fardo de la vida sin quejarse, 
como Justina y su marido, los de ánimo tranquilo y 
alegre como Teresa Pantoja, los chiquillos traviesos y 
de buena índole como Ildefonso, merecían su afecto, 
y entre ellos gustaba de buscar fraternidad y com- 
pañía. Con esta manera nueva de pensar y sentir, iba 
arraigándose en su espíritu la idea de aislarse, de 
apartarse sistemáticamente de una sociedad que se le 
indigestaba, viviendo por sí y para sí, solo ó con las 
amistades que más le agradasen. 

Retirábase por Santo Tomé y el Salvador, cuando 
al atravesar la cuesta de la Portería oyó una voz que 
clamaba como quien pide socorro. El sitio era solita- 
rio, fosco, siniestro, apropiado á los tapadijos galantes 
y á los acechos de la traición; la calleja se replegaba 
en la más intensa obscuridad, y sólo al medio de ella» 
traspasado el segundo recodo, distinguíase á lo lejos 
la lucecilla de un farol coleado como á cinco varas 



ÁNGEL GUERRA 107 

del suelo delante de un Cristo que llaman de la Bue- 
na Muerte^ con melena y enaguillas, en mohoso nicho 
cubierto de alambrera. Avanzó en seguimiento de la 
triste voz, hasta llegar á un espacio irregular forma- 
do por las tapias de Santa Úrsula y los paredones de 
la casa de los Toledos, plazoleta que merece el nom- 
bre de ratonera, porque la salida de ella es difícil 
para quien no sepa encontrar los pasadizos ó callejo- 
nes, que más bien son grietas, por los cuales tiene 
•que escurrirse el transeúnte. El lugar no podía ser 
más propicio á la exaltación romántica. ¡Cuántas 
veces, al pasar de noche por recodos como aquel, veía 
Guerra^desprenderse de las tenebrosas tapias toda la 
leyenda Zorrillesca! Tenía que encadenar su imagina- 
ción para ponerse en la realidad del tiempo, pues 
hasta el eco de los pasos parece sonar allí con la ca- 
dencia del romance. Aquella noche la ilusión era com- 
pleta, y la desconocida voz gemebunda debía de per- 
tenecer á un tipo con gregüescos y jubón de vellorí,, 
que acababa de ser ensartado por otro del mismo em- 
paque, y éste andaría por allí también, debajo del 
farolillo, dispuesto á despanzurrar al primer cristiano 
que pasase. 

Cuando estuvo más cerca del que daba las voces, 
oyó que éstas eran blasfemias y porquerías desver- 
gonzadas, no ciertamente en el estilo del siglo xvi, 
pues no decía voto á sanes ni pardiéz, sino otros tér- 
minos feos y chabacanos. Guerra no le veía. Llamó 
y dijo; «¿Quién es, qué ocurre?» y vio que del án- 
gulo obscuro de la plazuela salía un bulto, derecho 
hacia él, y oyó claramente estas palabras: «Demonio 
de pueblo... Maldito sea quien me trajo acá... ¡Me 



lOá B. PÉREZ GALDÓS 

caso con la Catedral, tío Garando pastelero!... ¿Pero 
dónde demonios me he metido yo?... ¡Eh! buen hom- 
bre... Ayúdeme á salir de este hoyo maldito». 

Queriendo reconocerle más por la voz que por la 
i5gura, que distinguir no podía, le echó mano al 
pescuezo, y llevándole bajo la mortecina luz del 
lamparín de la imagen, vio que era D. Pito en per- 
sona. 

El cual, conociéndole al punto también, exclamó 
•con alegría: D. Ángel... ¡Qué encuentro, yemas!... 
jMe caso...! 

— ¿Pero qué le pasa á usted? 

— No me hable, hombre, que estoy mareado, que 
^stoy loco. ¡Me caso con Toledo y con quien inventó 
este pueblo de pateta! Así le dieran fuego por los cua- 
tro costados. Nada, que me he perdido, y vuelta de 
afuera, vuelta de adentro, demorando aquí, demo- 
rando allá, vine á dar á este saco, y á donde quiera 
que me vuelvo, ¡yemas! doy con el tajamar en una 
pared. Nunca he visto otra. Dos horas hace que salí 
de la posada y no puedo volver. ¡Garando con el pue- 
blecito éste! Si éstas no son calles, sino agujeros de 
ratas... ¡Y qué tinieblas, qué soledad!... Ni en medio 
de la mar. Dos horas, dos horas dando repiquetes sin 
poder encontrar la ruta. Quería balizarme por la to- 
rre de la Gatedral, y cuando la dejaba demorando por 
estribor, se me aparecía por babor... Si no sale usted, 
compadre, creo que aquí me encuentran heladito por 
la mañana, porque ya no puedo con mi alma. 

— Vamos, ya está usted en salvo. Yo le llevaré á 
su casa. ¿Dónde es? 

— ¿Mi casa...*? ¿Mi casa...? — dijo D. Pito mirándole 



ÁNGEL GUEKRA 109 

con estupidez, y echando sobre la cara de su interlo- 
cutor un vaho de aguardiente que tumbaba. 

— ¿Es la fonda del Lino^ la Imperial? 

— No, fonda no es. Verá usted. Déjeme fijar esta^ 
condenada cabeza, que con las vueltas de las calles se 
me ha puesto perdida. 

— ¿Ha venido solo á Toledo? 

— No, hombre. ¿Cree usted que vengo yo á esta ma- 
driguera si no me traen á rastras? Ay, Dios mió; cómo 
me han puesto esta cabeza las calles... ¡Qué lio! Con 
un temporal duro me entiendo mejor que con estas 
correntadas y este ciclón de casas, que no hay cristia- 
no que sepa tangentearlo. Pues verá usted... el demo- 
nio me trajo aquí, un demonio con faldas, que dicien- 
do faldas se dice cosa mala. Figúrese usted que esta 
noche, después de la cena, me sentí con ganas de ta- 
parle las grietas al frío, ¡pateta! porque mire usted 
que hace frío en este lugarón, y salí diciendo «vuel- 
vo», y la vuelta ha sido que me perdí en estas calles 
traicioneras, y mientras más daba para avante, más 
perdido; y doy para atrás, moderando, y más perdido, 
hasta que no sabiendo por donde tirar, caigo de rodi- 
llas medio yerto de frío, y llamo á Dios, ¡Carandol y 
como no me hace caso, llamo á todos los demonios,, 
¡yemas! y si no es por usted que sale, doy fondo en la. 
eternidad. 

— Pero sepamos dónde vive — dijo Guerra llevándo- 
le por la calle de la Ciudad. — Me figuro con quién 
vino. ¿En qué fonda están?. 

— No es fonda; la llaman posada, y es punto de 
mucha arribada de muías y arrieros. ¿Se llama?... ¿á 
ver? Pues se me ha olvidado la numeral. Lo que re- 



lio B. PÉREZ GALDOS 

-cuerdo bien es que está cerca de la plaza del Zoco... 
no sé qué. 

— ¿La posada de la Sangre, la de Santa Clara? 
— No, hijo; no es cosa de sangre clara ni espesa. 
■Suena más bien á cosa de muebles. 

— Ya, la posada de la Silleria — dijo Guerra, recor- 
dando que aquel establecimiento y el llamado de Re- 
menditos pertenecían á unos parientes de doña Cata- 
lina de Alencastre. 

— Justo de la Silleria, ¡yemas! eso es... Lléveme allí, 
-que el frío es de patente. 

— Estamos bastante lejos. En marcha. 
Guiando hacia la plaza del Ayuntamiento, fué 
asaltado Guerra de una idea que le contrariaba. Te- 
mía el encuentro con Dulce. 

— Pero es inútil ir allá — dijo. — Son más de las doce. 
y la posada estará cerrada. 

— Entonces, ¡yemas! ¡Garando!... Me quedaré en 
la santísima calle. ¡Me caso con el arzobispo y con 
el hijo de tal que inventó este lugar de mil de- 
monios! 

— Ea; no chillar. Yo le alojaré á usted hasta maña- 
na. Véngase conmigo. 

— Hombre, muchísimas gracias. Veo que el párvu- 
lo se ha humanizado, pues la última vez que nos vi- 
mos me trató como á un negro. 

— Cierto— dijo Guerra, recordando con disgusto y 
vergüenza la brutal escena en casa de Dulce. — Pero 
aquello debe olvidarse. Estaba yo de mal talante 
aquel día. 

— Y tan malo. Pero en fin, no soy rencoroso, y si 
tocan á perdonar, por mi parte... perdonado todo, 



ÁNGEL GUERRA 111 

amén, y amigos otra vez... Y dígame: ¿en este pueblo 
cierran muy tarde las... los... establecimientos? 

— No encontrará usted abierta ninguna taberna. 
Al vicio que espere hasta mañana. De veras que hace 
frío. 

— Si parece esto el banco de Terranova. No me sien- 
to la nariz ni las manos. Nunca en otra me vi. Díga- 
me, compañero, ¿aquello que allí se ve no será un es- 
tablecimiento? 

— Si es la Catedral, hombre. Y este otro edificio la 
Casa Consistorial. 

— La Catedral, sí, muy señora mía. Entre Dulce y 
Catalina me han mareado hoy de firme, enseñándo- 
mela. Que mire usted esto, que mire aquéllo. ¡Ay, 
qué jaqueca! Yo no lo entiendo, y sólo me ha pareci- 
do de mucha largura. Compadre, cuidado qua es eslo- 
ra esta... ¡y qué puntal! 

— Sí, gran edificio. ¿Conque tenemos aquí á la 
rica-hembra de Alencastre? 

— Sí señor, y al rico macho también. ¿No sabe us- 
ted? Han heredado un castillo con cuatro torres, que 
dicen perteneció á esos reyes de pateta, tatarabuelos 
de Catalina. En fin, que embarcamos en el tren, y di- 
mos fondo en el mesón, cuyos dueños son parientes 
de mi cuñada; buena gente, pero que tienen de prín- 
cipes tanto como usted y como yo. ¡Menudo pisto se 
da mi hermano 3imón con los primos de su mujer! 
Sabrá usted que le colocaron; sí señor, en eso del Tim- 
bre, y ha .venido aquí hecho un bajá de tres colas. Ello 
fué por mediación de un amigo que tiene en el Mi- 
nisterio. Bailón les prestó los cuartos para pagar el 
pasaje en el tren. ¡Catalina trae unos humos...! Como 



112 B. PÉREZ GALDÓS 

que hoy se empeñaba en que habíamos de entrar á 
visitar al Cardenal, y yo le dije: «Sí mujer, no es flo- 
jo cardenal el que sacaremos tú y yo en salva la par- 
te, del estacazo que nos van á dar cuando nos cole- 
mos en Palacio». 

Siguieron por la calle de la Puerta Llana, y allí 
observaron que en la fría atmósfera flotaban puntos 
blancos y tenues, los cuales, al darles contra el ros • 
tro, les herían con punzante frialdad. Principiaba á 
nevar; el cielo parecía un pesado toldo que se des- 
plomaba; neblina espesa envolvía los edificios, danda 
á la mole de la Catedral un aspecto desvanecido y 
fantástico. 

— Compadre — dijo D. Pito hociqueando el am- 
biente turbio y glacial, — esto se pone feo. Mire qué 
cariz. Nievecita tenemos, y cerrazón. A mí denme 
malos tiempos de viento y mar, pero no me den ho- 
rizontes cerrados. Dígame, este paredón de la santí- 
sima Catedral, ¿hasta dónie llega? Hasta las islas 
Terceras cuando menos. Y aquel faro que allá arriba 
demora por la amura de babor, ¿qué puerto nos 
marca? 

— Es la Virgen del Tiro, alumbrada con un faro- 
lillo. No nos detengamos, que el temporal arrecia. 

— Avante toda... ¡A la vía! 

De repente, el temporal descargó con furia. Cual 
si se hubiera abierto un boquete en el cielo por don- 
de se precipitaran en formidable chorro los corpúscu- 
los de nieve, que volaban trazando rayas oblicuas 
del cielo á la tierra, y al poco tiempo ya blanquea- 
ban los pisos. De la boca del capitán llovían furiosas 
maldiciones con granizo de blasfemias. La pendien- 



ÁNGEL GUERRA 113 

te ae la calle del Locum era un peligro en aquella 
difícil recalada: su estrechez tortuosa hacía más den- 
sa la obscuridad que en ella reinaba. D. Pito resbaló, 
cayendo al suelo dos ó tres veces. «Agárrese usted á 
mi capa y sígame despacito — le dijo el otro, — palpan ■ 
do las paredes para poder avanzar paso á paso. La 
menuda nieve les envolvía y les cegaba; pero al fin, 
gracias á que el trayecto era corto, pudieron llegar 
sin ningún contratiempo. Guerra tenía llave, y en- 
traron sin llamar. Todos los habitantes de la casa dor- 
mían el sueño de los justos. 



IV 



Ángel recomendó á D. Pito que no chistase, y su- 
bieron y encendieron luz. Ocurriósele entonces á 
Guerra albergar á su huésped en el cuarto donde Pa- 
lomeque guardaba el carcomido fruto de sus inves- 
tigaciones arqueológicas, al extremo del pasillo alto, 
en sitio fácilmente abordable. Andando de puntillas, 
condújole al museo, después de darle una buena man- 
ta para que se abrigase. Al marino le pareció de per- 
las el camarote, y se acomodó en una especie de ta- 
blado ó rimero de maderas viejas que, según él, de- 
bían de ser del desguace del arca de Noé. En peores 
camas había dormido el hijo de su madre, paseando 
sus huesos de mundo en mundo y de mar á mar. En- 
volvióse en la manta, y á roncar como un caballero. 
Buenas noches. 

Al acostarse, Ángel se reía pensando en el broma- 
zo que iba á dar á D. Isidro, y en la sorpresa de éste, 

2.' PARTE 8 



114 B. PÉREZ GALDÓS 

por ]a mañana, cuando fuese á echar el primer vista- 
zo, como de costumbre, á su histórico Rastro; pero 
otros pensamientos más graves le inquietaron antes 
de dormirse. Al día siguiente, D. Pito habría de vol- 
verse á la posada, y daría cuenta de su extravío, del 
encuentro con él en la calle, y de cómo recibió alber- 
gue en aquella casa. Inevitable acometida de Dulce, 
que sin duda había ido á Toledo con intentos de amo- 
rosa persecución; inevitable encontronazo de los Ba- 
beles. Esto le quitaba el sueño, pues el sentirse aco- 
sado por Dulce le mortificaba cruelmente, y el re- 
chazar á su perseguidora repugnaba á su conciencia. 
No quería nada con ella, ni nada contra ella. 

Por la m?iñana, antes de h hora á que acostumbra- 
ba levantarse, sintió desusado estruendo en la casa. 
Vistióse más que de prisa, figurándose lo que sería, y 
al salir tiritando, se ofreció á sus ojos el más desati- 
nado rebullicio que en aquella casa se había visto 
desde que moraron en ella los Templarios. Palomeque 
con una espada mohosa de tazón, Teresa con una es- 
coba, la criada con una badila y D. Tomé con nada, 
pues era hombre incapaz de esgrimir el arma más 
inocente, formaban como un cerco de sitiadores 
frente á la puerta del cuarto de los trastos góticos y 
sarracenos, y los tres, porque D. Tomé no hacía más 
que temblar, se animaban recíprocamente con béli- 
cas expresiones: «¡Que salga ese tunante... salteador... 
que dé la cara, y verá...!» 

Don Pito apareció en la puerta vociferando, y sin 
hacer ademanes de resistencia contra tan terrible 
aparato de batalla, les dijo: «Ea, señores, que yo 
no soy ladrón, ¡yemas! y cuidado con faltarme. Yo 



ÁNGEL GUERRA 115 

he venido aquí, porque me trajo] mi amigo don 
Ángel». 

Viendo reir á éste, desbaratóse la [equivocación, y 
la cólera de todos se trocó en bromas y cuchufletas. 
«Es el amigo Suintila — dijo Guerra, — que ha venido 
á pasar la noche en los restos de su palacio». Teresa 
preguntó á D. Pito qué quería para desayunarse, á 
lo que respondió el marino: 

— ¿Yo?... ¡qué pregunta! Tráigame ginebra de la 
Llave ó de la Campana. 

— ¿Qaé dice? Aquí no tenemos esos brebajes de lla- 
ves ni campanillas. Si quiere chocolate... 

Renegó D. Pito de todo desayuno que no fuese de 
base alcohólica, y Ángel condescendió con un vicio 
que en mañana tan cruda tenía justificación, dadas 
las costumbres del inválido marino. 

¿El señor es nauta? — dijo el canónigo frotando- 
se'las manos desesperadamente. — Vaya; por muchos 
años. 

— Soy mareante, sí señor, y por mis pecados nave- 
go ahora por tierra firme, y he venido á embarran- 
car en este pueblo de pateta. 

— Ea — le dijo su protector, — si no habla usted con 
decencia no le traigo la bebida. Aquí, mucha forma- 
lidad. 

Don Tomé se alejó soplándose los dedos. Metiéron- 
se los demás en el cuarto de Guerra, y allí le sirvie- 
ron el chocolate á D. Isidro, el cual, mirando la neva- 
da al través de los cristales, decía: Toda blancura es 
hoy la gran Toledo. Buenas estarán esas calles de 
Dios. No verás hoy mi estampa, corito metropolita- 
no. Traída la ginebra, D. Pito empezó á alumbrar- 



116 B. PÉREZ GALDÓS 

se, y en su alegría voluble y decidora, llegó á to- 
marse confianzas con el canónigo. Guerra le miraba 
con lástima benévola, viendo en él, más que perver- 
sidad, abandono y miseria. Palomeque dijo que la 
mejor manera de calentarse era coger el picachón y 
emprenderla con la pared del patio, hasta derribarla 
y descubrir todos los fustes de. la época goda. Don 
Tomé, sin hacer caso del mal tiempo, salió emboza- 
dito en su manteo para ir á decir su misa, y Teresa y 
la criada se ocupaban en palear la nieve en el patio. 
Desde abajo invitaron al arqueólogo á tomar parte 
en la faena, y él no se hizo de rogar, bajando con su 
picachón, que al punto tuvo que cambiar por humil- 
de escoba. Ofrecía el patio un aspecto lindísimo, con 
los evónymus cargados de albos vellones, como cla- 
ra de huevo bien batido, el aro del pozo revestido 
también de aquella nitidez inmaculada, y los cana- 
lones, aleros y postes con informes colgajos de lo 
mismo, que se desprendían y rebotaban, encharcan- 
do el suelo recién barrido por la diligente escoba de 
Palomeque. El cabello enteramente cano de Teresa 
amarilleaba junto á la excelsa blancura de nieve. 

A Guerra le habían servido café, del cual tomó 
también D. Pito porción de tazas, y con esto y la gi- 
nebra se dispuso el hombre á resistir las más bajas 
temperaturas. Encendieron sendos tabacos, y abrien- 
do la ventana, pusiéronse á contemplar el panorama 
estupendo de la ciudad con sus techumbres cubier- 
tas de nieve, sus torres perfiladas de blanco lumino- 
so como estrías de luciente cristal. En sus viajes no 
había visto D. Pito nada semejante, porque si las ne- 
vadas de Nueva York eran más densas, en ellas todo 



ANGBL GUERRA 117 

resultaba plano y sepulcral, mientras que Toledo pa- 
recía un oleaje gracioso, en el cual la espuma se hu- 
biera endurecido con la rapidez de las mutaciones 
de teatro. La Catedral, con sus cresterías ribeteadas 
por finísimos junquillos de nieve, y su diversidad de 
proyecciones y angulosos contornos, presentaba á la 
vista un cariz de fantasmagoría chinesca. La torre 
se destacaba sobre el cielo vaporoso casi limpia, mo- 
rena y pecosa entre tanta blancura, con sólo algunos 
toques de cascarilla en el capacete y en los picos de 
las tres coronas; más grande, más esbelta, más soña- 
dora en medio de la desolación inherente al paisaje 
boreal. Creeríase que se estiraba y subía más. El sol 
luchaba por romper la neblina, y en ciertas partes 
del cielo esparcía destellos de oro. Pero la palidez 
diáfana y melancólica de la plata vencía, y lo más 
que lograba el sol era poner algunas hebras de su 
lumbre en la veleta de la torre ó perfilar con rá- 
fagas amarillentas las siluetas lejanas de la ciudad 
hacia el Nuncio, San José y Santo Domingo el An- 
tiguo. 

Don Pito se eocontrabá tan á gusto, que presu- 
miendo le despedirían, se anticipó á la insinuación, 
en esta forma: «Estoy aquí como en el Paraíso, ciu- 
dadano Guerrita. No puede usted figurarse qué frío 
es aquel condenado posadón, y qué cargante la com- 
pañía de Catalina, que anoche se nos atufó, y salió 
con la gaita de siempre, diciéndonos que su familia 
venía del Emperador de Constantinopla, un tal palo- 
gordo ó no sé qué. 

— Paleólogo, diría. 

— Eso. ¡Y mi sobrina siempre suspirando, diciendo 



118 B. PÉREZ GALDÓS 

cosas que le hacen á uno llorar...! Esto no es para un 
viejo aburrido como yo, que á poco que le apuren se 
muere de tristeza (súbitamente acometido de nostalgia.) 
¡Ay, Dios mío! Quisiera que me tragara de una vez la 
tierra. ¡Garando! Me cansa la vida, y si no fuera por el 
bálsamo, ya me habría ido al fondo cien veces. Crea 
usted que esto de no ver nunca la mar es horrible. No 
¡lo comprenderá quien no haya vivido cincuenta años 
viéndola, oliéndola y pasándole la mano por el lomo 
desde el puente. Lo' que yo quiero es que me recojan 
- en un asilo'naval ó terrestre, donde me den de comer 
lo poquito que como y de beber lo que me dé la ga- 
na; porque sepa usted que en casa de mi hermano un 
día se ayuna y otro también... Ahora', que tiene em- 
pleo, creo yo^jque lo pasaremos lo mismo, porque los hi- 
jos son unos trápalas, menos Dulce, que es buena, eso 
sí, buena como una uva y con mucho talento, cabeza 
firme, razón clara. Pero desde que cierto párvulo la 
dejó, no se harta de llorar... y á mí las goteras me 
cargan. No estoy yo para consolar á nadie, sino para 
que me consuelen á mí. 

— Si no fuera usted un borrachín, de fijo encontra- 
ría quien le amparase... Trabajar tanto, y no tener á 
la vejez ni casa ni hogar es triste cosa. 

— ¡Así paga el comercio á quien bien le ha servi- 
do! Los armadores se han hecho poderosos con mi tra- 
bajo, y aquí me tiene usted á mí sin una hebra. ¿Por 
qué? ¿Acaso por maldad? Yo probaré que no he sido 
malo. ¿Quiere usted, Sr. D. Ángel, que con sinceri- 
dad le confiese mis debilidades? [Excitándose y soste- 
niéndose los pantalones.) Pues se las confesaré. Mi fia* 
co ha sido el jembrerio. La faldamenta me perdió. 



ÁNGEL GUERRA 119 

Cuanto gané se lo comieron ellas con sus boquitas 
monas. No podía yo remediar esta debilidad que 
siempre tuve, y ésta por rubia, la otra por trigueña, 
hacían de mí lo que les daba la gana. Pero yo pre- 
gunto: ¿pecados de faldas son para tanto castigo? ¡Ah! 
no señor. Yo conozco otros que fueron más mujerie- 
gos que yo, y ahí los tiene usted en Nuevitas, en 
Cienfuegos, en Jamaica y Veracruz, abarrotados de 
dinero. Es el sino, el sino de la -criatura. Á ratos, de 
noche, cuando no he bebido y siento la penita en el 
estómago, me ocurre que si esto de mi mala suerte 
me vendrá de que anduve en aquel fregado de traer la 
esclavitud á Cuba. Pero, ¡me caso con San Francisco! 
si otros que cargaron más que yo y los compraban y 
vendían como talegos de carbón, están ahí riquísimos 
con familia y mucha descendencia, llenos de felici- 
dad. ¿Qué quiere decir esto, compadre? Que esta má- 
quina del mundo anda muy mal gobernada, que el 
primer maquinista no hace caso, y se duerme, y la 
palanqueta del vapor está en manos del tercero y el 
cuarto, ó de algún fogonero que no sabe lo que se pes- 
ca... Vamos á ver. ¿Acaso se me puede culpar á mí de 
haber inventado la trata? Yo no la inventé ¡yemas! 
Esclavos había cuando yo empezé, y del África iban 
para allá los barcos llenos. El tío que me crió, metió- 
me en aquellos trajines, y si buenas onzas me ganaba 
hoy, buenos sustos me hacían pasar mañana los maldi- 
tos ingleses, pues llevaba uno la vida vendida... Con 
que ya ve que no he sido malo, y que si lo fui, bien 
purgados tengo aquellos 'crímenes 'de pateta. Tenga 
usted compasión de mí,íy|vea'de]asegurarme los^víve- 
res. Yo me conformo y me avengo á todo, menos á 



120 B. PÉREZ GaLDÓS 

beber agua, porque... peceras en el estómago crea us- 
ted que no convienen. 

Profunda lástima de aquel hombre infeliz sentía 
Guerra, que oyó sus sinceridades con benévola aten- 
ción, y no contestó á ellas hasta pasado un buen rato. 
Perdida la mirada en el espacio incoloro y triste que 
anto ella se extendía, Ángel meditaba, y de su medi- 
tación salió esta frase consoladora para el triste ma- 
reante; «¡Quién sabe... Puede ser que yo, algún día, 
le recoja á usted!» 

Al decir esto cerró la ventana. 



V 



— Buena caridad sería esa — dijo D. Pito, arriman- 
dose más al ascua que calentaba su aterido espíritu. — 
Y dígame, señor: ¿no me dejará estar aquí, donde me 
encuentro tan á gusto? 

— Esta casa no es mía. Creo que debe usted mar- 
charse... y luego podrá venirse por aquí cuando le 
parezca. 

— Sien: con esa condición, apechugo con la posada. 
Mi sobrinita me estará echando muy de menos, por- 
que soy el único que la consuela. Bien haría usted 
en correrse un poco por allá, pues de veras le quiere... 

Las insinuaciones de aquel desdichado hallaban un 
eco piadoso en el corazón de Guerra, cuya sensibili- 
dad, fácilmente excitable, respondía prontamente á 
cualquier demanda hecha por voz humilde. Compa- 
decía sinceramente á la que fué su ilegal esposa, y 
casi casi sentía deseos de verla y abrazarla. La idea 



ÁNGEL GUERRA l'2l 

de que pudiera sufrir escaseces y miseria le morti- 
ficaba. 

— Y crea usted — añadió D. Pito acomodándose jun- 
to al brasero que la criada introdujo, — crea usted que 
está muy mal la pobre. La madre y la hija siempre 
de puntas, porque ahora Catalina se empeña en casar- 
la con un conde, digo, conde no es, sino un paleto 
rico, primo de ella; sólo que mi cuñada dice que el 
tal desciende del conde D. Duarte ó D, Garando. Tam- 
bién Dulce y su padre andan á la g-reña, porque 
Simón pretende que ella le trasborde el poquito dine- 
ro que le queda de lo que usted le dio al despedirse, 
y la noche que salimos de Madrid, el bruto de mi her- 
mano la amenazó con sacudirle si no le largaba el 
portamonedas. Yo me cuadré, y como tengo este ca- 
rácter hecho al mando, Simón se tuvo que callar. 
jPobrecilla Dulce, es tan buena; pero tan buena...! 

Ángel repetía el es tan hiena; sus dudas y escrúpu- 
los iban disipándose, y ganaba terreno en su espíritu 
la idea de consolar á la infeliz mujer, y servirle de 
escudo contra aquellos demonios de Babeles. 

Toda la mañana se pasó en estas cosas, y hasta el 
mediodía no se decidió Guerra á dar el paso que don 
Pito le indicaba; pero estando próxima la hora de co- 
mer, acordaron despachar primero aquella importan- 
te función de la vida. Satisfecho y regocijado estaba 
el capitán de que su protector le convidara, y no poco 
se alegró también de ello Palomeque, que, como hom- 
bre ilustrado, gustaba', de oír narrar proezas y traba- 
jos de navegantes. El buen canónigo se asustó cuan- 
do Ángel dijo que saldría después de comer. «Hom- 
bre de Dios, ¿sabe usted cómo están esos pisos? En la 



122 B. PÉREZ GALDÓS 

nevada de hace tres años, había qué bajar á gatas la 
cuesta del Locum, y aun asi me resbalé, y por poco 
me rompo el espinazo. No, lo que es á mi no me coge 
la calle hasta que no haya blandura. No soy tampoco 
de esos que en días de nieve salen á ver ¡el panora- 
ma!... que suele ser un magnífico reuma, ó pulmonía 
doble. Créanme, no hay en estos días panorama tan 
bonito como el de una buena cama, á las nueve de la 
noche. ¡Qué belleza, qué poesía la de las sábanas á 
poco de meterse usted en ellas! Ea, señores, á yantar 
se ha dicho. 

Sentáronse á la mesa, y desde la sopa, lo mismo 
Guerra que Palomeque pinchaban á D. Pito para que 
se arrancase á contar las traídas de negros, cómo los 
sacaba del África ardiente, cómo los alijaba en Cuba 
pero el marino se resistía, con cierto pudor de huma- 
nidad, pareciendo más aficionado al buen cabrito que 
á la Historia. Por fin, con la persuasión de un soberbio 
Jerez que D. Isidro tenía en su armario y que reser- 
vaba para las grandes solemnidades, se desató la len- 
gua del inválido, y á brochazo limpio refirió sus haza- 
ñas, dándoles, aunque parezca mentira, una significa- 
ción humanitaria. 

— Mire usted — decía dirigiéndose á Palomeque, — 
la cosa era sencilla. Arranchaba usted su goletica en 
la Madera ó en Canarias, embarcando bastante agua 
y víveres, y ¡listo! al Sur. Se proveía usted de pintu- 
ra para desfigurarse... un día el casco negro con tro- 
neras, otro día todo blanco, y con esto y cambiar algo 
el aparejo, se les daba la castaña á los cruceros. Hala, 
hala para el Sur cortando los alicios, con el viento 
siempre en la aleta de babor; pasaba usted rascando á 



ÁNGEL GUERRA 123 

San Vicente; quince grados más allá, la línea, y lue- 
go, mete para el golfo gobernando al Sudeste, demo- 
rando afuera si ventaba Levante duro, siempre con 
mucho quinqué en los cruceros ingleses, hasta que al 
fin reconocía usted la costa y el sitio que se le desig- 
naba, donde ya estaban los factores con el género tra- 
tado y dispuesto para embarcar. Le avisaban á usted 
desde tierra por medio de fogatas y otras señales con- 
venidas. De noche se aproximaba usted, barajando 
la costa, y de día mar afuera. Venía la noche, y us- 
ted para dentro á meter otra partida, que se recogía 
en lanchas, veinte ó treinta de cada barcada, bien 
amarraditos para que no se le escapasen. Digan lo 
que quieran, se les hacía un favor en sacarlos de allí^ 
porque los reyes aquellos, más brutos que todas las 
cosas, les tenían ya por esclavos netos, y les hacían 
mil herejías, sacándoles los ojos y arrancándoles á la- 
tigazos las tiras de pellejo. ¡Poorecicos! De aquel 
martirio les salvábamos nosotros, llevándolos á país 
civilizado. Y que les tratábamos bien á bordo, sí se- 
ñor... Pues se echaba usted á la mar con su carga- 
mento bien estivado en la bodega, ciento cincuenta, 
doscientas cabezas, unos chicarrones como castillos,^ 
bien trincados, se entiende, y si alguno enseñaba los 
colmillos,' le daba usted un poquito áe jabón.., á con- 
trapelo, y con este ten con ten, tan ricamente. Es 
raza humilde... ¡Animalitos de Dios! yo les quería 
mucho, y les daba de comer hasta que se hartaban. 
Cuando el tufo de sus cuerpos on la bodega era de- 
masiado pestífero, les subía usted de dos en dos so- 
bre cubierta y les baldeaba... Y ellos tan agradeci- 
dos... Y larga para la costa del Brasil en busca de los 



124 B. PÉRBZ GALDÓS 

Sares, ¡hala, hala! ciñendo el viento, siempre con el 
ojo en el horizonte por si asomaba algún inglés. Podía 
suceder que con todas las precauciones no pudiera 
usted zafarse, y el crucero se le venía á usted enci- 
ma. Cañonazo, pare usted y adiós mi dinero. El ofi- 
cial entraba á bordo, y en cuanto ponía el pie sobre 
cubierta, ¡puf! se tapaba la nariz. No necesitaba mi- 
rar por las escotillas: el olfato denunciaba la estiva. 
Y ya tenemos trocados los papeles: le ponían á usted 
grillos y esposas, y me le soplaban allá donde Napo- 
león dio las tres voces... y no le oyeron; y lo más 
probable era que le ahorcaran á usted. 

— ¿Y los pobrecitos negros? 

— A los pobres morenitos les había caído la lotería, 
pues en vez de ir á Cuba, donde estarían tan conten- 
tos, les llevaban á las posesiones inglesas, y allí... les 
vendían... Pues qué creía usted, ¿que les daban la li- 
bertad y un huevecito pasado encima? 

Don Tomé estaba horrorizado. De sobremesa obse- 
quiaron al capitán con aguardiente, del cual cató 
también D. Isidro en discreta cantidad para templar 
el estómago. Mas no fué posible conseguir del autor 
del Epitome que otro tanto hiciera, pues antes se de- 
jara cortar el pescuezo que llevar á sus labios aquel 
infernal líquido. 

Dejaron á Palomeque instalado en su cuarto, junto 
á un buen brasero, la lámpara encendida, y en la 
mesa los libros, dibujos y papeles, y salieron cerca 
ya del anochecer, tardando más de una hora en lle- 
gar á la plaza. Las calles ofrecían á cada instante 
tropiezos, estorbos y peligros: en algunos sitios, el 
suelo cristalizado oblisrábales á realizar actos de 



ÁNGEL GUERRA^ 125 

arriesgada gimnasia, en otros tenían que ir de la 
mano haciendo figuras como pareja de bailarines. 
Hallábase Guerra bien preparado para el frío, con. 
mucha lana de pies á cabeza, calzado recio; no así 
don Pito, que llevaba botas veraniegas muy usadas 
y con mil averias; menguado gabán que al mísero 
cuerpo se ceñía, rasgando ojales y violentando bo- 
tones, y el inseparable collarín de piel , de los de 
quita y pon, en medio de cuyos erizados pelos ama- 
rillos su cara de corcho ofrecía un aspecto de feroci- 
dad felina que causaba miedo á los transeúntes. Por 
fin llegaron, y D. Pito se adelantó para subir presu- 
roso y dar á Dulce la buena noticia. 

Por el ancho portalón pasó Guerra á la extensa 
crujía, que más bien parecía patio cubierto, en el 
cual eran descargados los caballos y muías antes de 
pasar á las cuadras por un hueco que á mano derecha 
se abría. Una de las puertas del fondo debía de ser de 
la cocina, pues allí brillaba lambre, y de ella salían 
humo y vapor de condimentos castellanos, la nacio- 
nal olla, compañera de la raza en todo el curso de la 
Histori», el patriótico aceite frito, que rechaza las 
invasiones extranjeras. A la izquierda, una desvenci- 
jada escalera, entre tabiques deslucidos, conducía á 
las habitaciones de dormir. En el suelo, paja y restos 
de granos, mezclados con la tierra, en la cual escar- 
baban las gallinas; el techo festoneado de telarañas; 
aquí y allí carros inclinados sobre las lanzas, y sero- 
nes repletos unos sobre otros, ristras de ajos y cebo- 
llas, aperos, cabezales y arneses. 

Lo primero que se echó Ángel á la cara al entrar 
en aquel recinto fué la respetable persona de D. Si- 



126 B. PÉREZ GALDÓS 

món Babel, que salía de la cocina, acompañado de un 
sujeto de zamarra y gorra de pelo de conejo, con za- 
patones y faja negra, el cual, no era otro que el due- 
ño del establecimiento, vastago ilustre de la rama 
primera de los Alencastres. 

— Te repito, querido Blas — le decía D. Simón atu- 
sándose los bigotes, — que no admito tu hospedaje, si 
no me pones la cuenta. No hay parentesco que val- 
ga. No están los tiempos para estas generosidades. 
Cada uno mire por sí, á la inglesa, pues de otro 
modo no hay libertad para... 



VI 



La presencia de Ángel le cortó la palabra, y dejan- 
do al otro con la suya en la boca, se fué derecho hacia 
el que había sido su yerao por detrás de la iglesia, y 
con benevolencia y tiesura le dijo: 

«Querido Ángel, ¡cuánto bueno por aquí...! Me ale- 
gro de verle. ¿Y qué me dice usted de mi destino? Yo 
no lo pretendí, pero tanto se empeñó el Ministro, que 
no tuve más remedio que aceptarlo, sacrificando mis 
ideas. Pero, ¡qué demonio! todos nos debemos al país, 
y si los que conocemos bien el tinglado, abandonára- 
mos la Administración, ¿qué sería de ella? El Direc- 
tor me mandó venir sin pérdida de tiempo, porque 
está la provincia muy descuidada. Me he traído un 
auxiliar, que es de oro, y conoce perfectamente la 
localidad por haber sido aquí delegado de policía. Ya 
estamos con las manos en la masa. Amigo mío, no 
hay más remedio que ser inflexible, y reventar al que 



ÁNGEL GUERRA 



127 



no tenga los libros corrientes, porque si no, ¿á dónde 
iríamos á parar? Yo le dije á D. Juan Francisco Cama- 
cho cuando se hizo cargo del Ministerio por tercera 
vez: «D. Juan Francisco, á recaudar, á recaudar á 
todo trance, y triplicaremos las rentas...» 

El posadero, oyendo estas fanfarronadas, parecía 
orgulloso de su pariente, el cual comprendió al fin 
que ni la ocasión ni el sitio eran apropiados á una 
conferencia rentística, y dijo: «Pero le estoy entrete- 
niendo, y usted querrá subir á ver á las... señoras.» 

Á cada instante entraban arrieros con caballerías, 
en cuyas cargas blanqueaban los toques de nieve, así 
como en los sombreros redondos de los hombres, ves- 
tidos de paño de color de oveja negra, algunos con 
capa burda, que sacudían al entrar. Descargaban las 
caballerías y las llevaban á darles pienso, y pateando 
fuerte para entrar en calor, se iban á la cocina á ca- 
lentarse. Tufo espeso de fritangas, humazo de leña 
verde y de paja llenaban el edificio, y por todo él 
oíanse las entonadas voces de los huéspedes, que á gri- 
tos, como es costumbre en la gente aldeana, daban 
cuenta del mal estado de los caminos. Subió Ángel, 
y en el pasillo de puertas verdes numeradas, encon- 
tró á Dulce que al encuentro le salía, y se abrazaron 
con muestras de mutuo cariño, como si nada hubiera 
pasado». 

«Hijo mío, te esperaba, cree que te esperaba. No 
podías tú dejar de venir, ni yo acostumbrarme á la 
idea de que no vinieras». 

Á Guerra le sorprendió la flaqueza cimbreante de 
su antiguo amor, á quien veía como si hubiera me- 
diado una ausencia de dos ó tres años. Llevóle Dulce 



128 B. PÉREZ GALDÓS 

á un aposento cuyo techo se cogía con las manos, y 
cuyo piso de baldosín más bien parecía tejado, por la 
inclinación. En el mezquino rectángulo de la tal pie- 
za había dos camas jorobadas, con mantas rucias y sin 
colcha, como las de los hospitales, un espejo guasón 
que ponía en solfa las caras, torciéndoles los ojos y 
llenándolas de ñemones, una percha manca, un barre- 
ño con lañad uras, y dos ó tres baúles en representa- 
ción de las sillas y sofás ausentes. 

— ¡ Ay, hijo— prosiguió Dulce, — no puedes figurar- 
te lo mal que estoy! Yo me habría ido á otra casa me- 
jor; pero mamá se empeñó en venir aquí por estar al 
lado de la familia. No puedo acostumbrarme á estos 
cuartos horribles, á estos pisos que parecen la montaña 
rusa, á este desamparo, á este frío. Luego, el ruido, 
¡pero qué ruido, qué barullo toda la noche y todo el 
santo día! No cesan de entrar y salir paletos con mu- 
las y caballos, dando unas patadas... Á media noche 
salen el coche de lUescas, el de Orgáz, y qué sé yo 
qué... Todo se vuelve gritos, relinchos, coces... ¿Has 
visto alguna vez cuartos más indecentes? No soy yo 
para esto, acostumbrada á mi casita modesta, pero có- 
moda y limpia. 

Compadecido y lleno de piedad, Guerra le prome- 
tió mejorarla de alojamiento, y cuidar de ella y de su 
salud. 

-Yo me avengo á todo — añadió Dulce con ternu- 
ra, — con tal que me quieras. Contigo, viviría... aquí, 
que es cuanto hay que decir. 

En esto entró doña Catalina, con el mantón por la 
cabeza, diciendo: «¿En dónde está ese picaro? ¡Ay, 
Ángel, qué gusto verle! ¿Y qué tal? ¿Pero ha visto us- 



ÁNGEL GUERRA VJ9 

ted qué frío? Anoche creí que tíos helábamoí:, porque 
como aquí no se estilan alfombras, ni chimeneas, ni 
portieres... Con que cuénteme... Pero nosotras somos 
las que tenemos que contar, porque al fin, gracias á 
Dios, hemos mejorado de fortuna, y además me ba 
caido una herencia. Ahora vamos bieo; pondremos 
casa en Toledo; allá la quitamos; D. José Bailón se en- 
cargó de mandarnos los muebles en pequeña veloci- 
dad, y para entonces vendrá también Aristides. To- 
maremos una casa baratita, porque aún estamos algo 
atrasados, y aunque Simón gana, conviene economi- 
zar y prepararse para otra tormenta que pueda venir 
Mala cabeza es Simón; pero, descuide usted, que yo 
le meteré en cintura. Trabajando se enderezan los 
caracteres torcidos y no hay cosa más mala que la 
holganza, porque vicia al sano, embrutece al agudo 
y, como la polilla, va minando y destruyendo las 
casas.» 

Admirábase Guerra de ver á 4oÍ3a Catalina tan ra- 
zonable, y bendijo el cambio de fortuna, que parecía 
haber echado tapas y medias suelas á los cerebros de 
toda la familia. En esto apareció de nuevo D. Simón 
dando resoplidos y estirándose los bigotes en toda 
su imponente largura. 

— Ángel se quedará á cenar con nosotros — dijo. — 
Esto no es un Lhardy, ni mucho menos; pero hay 
voluntad. En nombre de los dueños de la ca.sa que 
son gentes muy guapas, está usted convidado. 

— Éste no cena aquí, papá. Cenad vosotros — dijo 
Dulce, que deseaba quedarse sola con su antiguo y 
para ella reconquistado amor. 

Dando una prueba más de discreción, doña Catali- 

:>.* PARTE 9 



130 B. PÉUEZ GA.LDÓa 

na se fué, llevándose al investigador del Timbre, á 
quien su hermano llamaba desde abajo para cenar. 

— Con que cuéntame. (Abrazándole otra vez.) ¿Te 
has cansado ya de las tonterías esas de la santidad? 
No creas que he perdido el tiempo. En dos días que 
llevo aquí, he brujuleado, y por unas conocidas mías" 
que son vecinas del padre Mancebo, sé que ese ca- 
prichillo tuyo persiste en ser beata y no te hace 
maldito caso. Más vale así. 

Muy mal supieron á Guerra estas palabras, y re- 
primiendo su enojo, contestó: 

— Si quieres que seamos amigos, no nombres á esa 
persona delante de mí, ni te ocupes de ella. 

— Bueno; eso quiere decir, ó que el chasco ha sido 
tremendo, ó que... 

— Significa que esa persona es sagrada para mí, y 
debe serlo para todos los que me aprecian. No tengo 
que decirte más. 

Dulce sofocaba su pena, jhaciendo presión fuerte, 
sobre sí misma para no reñir. Largo rato charlaron, 
Guerra con propósito de no herirla, ella hiriéndose 
tontamente en los avances que daba para descubrir 
lo que su amante no quería revelarle. Otra vez les 
llamó á cenar doña Catalina, dando golpecitos en la 
puerta, y para que no se interpretara mal encierro 
tan á deshora, bajaron ambos y se sentaron á la mesa, 
en un aposento próximo á la cocina y que más bien 
parecía prolongación de ella. La mesa en que cena- 
ban los Alencastres tenía privilegio de manteles, 
loza menos tosca que los servicios ordinarios de la 
casa, y en vez de jarros de vino, botellas y copas. En 
la cocina comían los arrieros con villanesca algazara. 



ÁNGEL GUERRA 131 

atizándose tragos como puños, consumiendo en un 
decir Jesús las calderadas de patatas, las sartenadas 
de migas, y los cabritos asados con cabeza, que pare- 
cian gatos. A Guerra le hacía muchísima gracia aque- 
lla sociedad rancia y castiza, y veía cierta dignidad 
quijotil en los enjutos tipos vestidos de paño pardo, 
pantalón corto de trampa, sombrero de veludillo y me- 
dias azules, otros de capote y gorra de piel. Las mu- 
jeres con sus abigarrados refajos, la saya de estame- 
ña negra y los moños de picaporte, no le resultaban 
tan airosas como los hombres; pero el habla de todos 
ellos era gallarda, noble en su elemental rudeza, bien 
matizada de acentos é inflexiones robustas, y si no 
enteramente limpia de algún feo barbarismo, de los 
que suenan en las ciudades y repercuten en las al- 
deas, retumbaba como párrafos de Mariana ó metros 
de Jorge Manrique. Los manjares también eran de lo 
español neto, el vino raspante y de sabor á pez, los 
asados con ricos pebres olorosos y un picor que le- 
vantaba en vilo, las fritangas sabrosísimas, de esas 
cuyo dejo se agarra por tres ó cuatro días al pala- 
dar. De la manera más ceremoniosa fueron presenta- 
dos a Guerra por la rica-hembra de Alencastre los 
dueños de la posada, aquel Blas panzudo, y Vicenta 
su mujer, ambos cincuentones, personas sencillas y 
corteses, de esa hidalguía de barro tosco que ya no 
se encuentra más que en las zonas exclusivamente 
populares de campo y ciudad, tipos emparentados con 
los villanos de Lope y Tirso, y que i\.ngel creía per- 
didos en el oleaje turbio de las generaciones. Lo mis- 
mo Vicenta que Blas se desvivían por obsequiar al 
caballero amigo de sus parientes, y creyendo que 



132 ' B. PÉREZ GALDÓS 

echaría de menos viandas exquisitas, mandaron abrir 
una lata de pimientos morrones y otra de sardinas 
en aceite, sacaron un vinillo blanco manchego, muy 
parecido al Jerez, y por fin, hicieron traer de la pas- 
telería más próxima una empanada de pescado. La 
confianza y la alegría reinaron en la mesa hasta más 
de las diez, hora de descanso en la posada. Algunos 
arrieros roncaban ya como cerdos* tumbados sobre 
mantas, entre vacíos serones ó sacos llenos de trigo; 
las mujeres subían á los aposentos altos con las sayas 
por la cabeza, comiéndose un chorizo y un pedazo de 
pan. Retiráronse Babeles y Aleucastres á sus cámaras 
respectivas, y D. Pito no se atrevió á salir á la calle 
por miedo á perderse. 

Guerra y Dulce metiéronse en el cuarto de ésta. 
Sentimientos diversos, tales como la compasión, el 
cariño refrescado por la memoria, la curiosidad, es- 
labonándose y confundiéndose con accidentes cir- 
canstanciales, como el efecto de una cena suculenta, 
el intensísimo frío, que quitaba las ganas de salir á 
la calle, motivaron que Ángel pasase toda la noche 
en compañía de su jubilada esposa ilegal. 



VII 



No fué perezoso para retirarse á la mañana si- 
guiente, dejando á Dulce triste y meditabunda, pues 
la intimidad de aquella noche puso de manifiesto que 
si el hombre llevaba consigo toda su galantería obse- 
quiosa, el corazón se lo había dejado en otra parte . 
Comprendió muy bien que los sentimientos de Ángel 



ÁNGEL GUERRA 133 

toGQaban iiaa dirección desconocida, y las cosas de 
un orden míst'co y espiritual que en el correr de la 
conversación dijera, marcaban diferencia enorme en- 
tre el hombre actual y el de antaño. Para colmar el 
mal humor de Dulce, descolgóse doña Catalina coa 
una leccioncita de moral, que desentonaba horroro- 
samente en los labios de la buena señora. 

— Vamos á ver: ¿te parece á tí decoroso ese amarte- 
lamiento con Ángel? ¿Qué me dices de tn poca apren- 
si ón para retenerle aquí toda la noche? ¡Qué dirán los 
primos, !ay! qué los horrados huéspedes de esta casa, 
que le vieron salir no hace mucho rato! No te haces 
cargo de nuestra posición, que ya va siendo un po- 
quitín elevada, ni de las conveniencias sociales. Fi- 
gúrate qué cara pondré yo cuando me digan... No lo 
quiero pensar. Y otra: ya sabes que el primo Casiano, 
que te vio el día de nuestra llegada, le dijo á tu papá 
que le gustabas mucho. Me huele á matrimonio ¡Y 
qué chico tan guapo! Da gusto verle. Volverá dentro 
de dos días, y sería de muy mal efecto que á sus oídos 
llegara un rum rum de que si eras ó no eras... El co- 
razón me dice que Casiano va á salir con el hipo de 
quererme por suegra. ¿Te parece que, en vísperas de 
que te pique un pez tan gordo, es decente andar en 
tratos con ese loquinario de Ángel, el cual es ya para 
tí agua pasada, que no mueve molino? Cierto que si 
él me pidiera tu blanca mano, no había que dudar; 
pero como no ha de pedirla, fíjate en el otro, hija mía, 
piensa en él, echas tus redes por ese lado, y considera 
que es dueño de media provincia. 

— jMedia provincia! Mamá, no empiece usted ya 
con sus exageraciones. 



134 B. PÉREZ GALBOS 

— Ya iremos:, ya iremos á Bargas, y lo verás. Por 
supuesto, que si tu primo nada en dinero, tú llevarás 
en dote mi castillo. 

— Mamá, no desbarre usted. ¡Qué castillo ni qué 
niño muerto! Hoy está usted tocada. ¡Llamar castillo 
á unos pedruzcos que se están cayendo, y que fueron 
paredes de un caseretón para encerrar ganado! 

Entra D. Simón, poniéndose el gabán, con guantes 
de lana, soplado, insolente, rivalizando en altanería 
con el shah de Persia. 

— Mujer, déjate de castillos y de mamarrachadas. 
¡Pégame este botón, rajo de Dios! ¡Mi ropa sin cepi- 
llar! Luego se presenta uno hecho un tipo, y no le 
guardan el debido respeto. 

— Eh... poco apoco. ¿Qué lenguaje es ese? ¡Vaya!... 
no puedo hacer de ti un caballero, y el tufo democrático 
sale por entre tus maneras, como en este patio la peste 
delascuadras. Dulce te pegaráel botón, sitienecon qué. 

— Sois unas desastradas, ¡venablo! y con vosotras 
no hay manera de ser decente. [Bando resoplidos.) Me 
voy sin botón, y que se rían de mi... Á bien que como 
somos señores de castillo y pateta, no importa que 
uno salga á la calle hecho un pelagatos. 

— Pues te digo que es castillo (remontándose y po- 
niéndose como un pimiento)^ castillo y muy castillo, 
mal que te pese á tí y á toda tu casta plebeya. Pre- 
gúntaselo á Blas. 

— Quita allá, tarasca. Se van á reir de nosotros 
hasta las muías. 

— ¿Es que no queréis que yo recobre mi posición 
ni reclame mis derechos? ( <7(9?;¿/??m^¿<^«.) ¡Todos conju- 
rados contra mí! 



ÁNGEL GUERRA 135 

— Mamá, mamá, por Dios — dijo Dulce queriendo 
llevársela para adentro, pues la escena ocurría en el 
pasillo alto de numeradas puertas. — Déjate ahora de 
contarnos lo que es tuyo y lo que no es tuyo. Tiempo 
habrá. 

— ¡Todos contra mí!... lo de siempre. ¡Todos tirán- 
dome al degüello, hasta mis hijos, hasta mi esposo, á 
qrien hice persona, dándole mi mano! Que venga 
Blas y diga si no es cierto que con hacer una solicitud 
en papel de tres reales, tendrán que darme toda una 
acera de la calle de la Plata. (Con desaforados gritos.) 
¡Dios mío, Dios mío, qué familia esta! ¡Favor, socorro, 
*[ue quieren deshonrarme y hacerme pasar por una 
persona cualquiera, como si no estuviera ahí la capi- 
lla de Reyes Nuevos, que con los letreros de sus se- 
pulcros dice quién soyj como si^no estuvieran ahí las 
tumbas de Santa Isabel; como si no estuvieran los ar- 
chivos de la Catedral llenos de papelorios que lo can- 
tan bien clarito, bien clarito! 

Acudió el posadero, á quién D. Simón explicó mí- 
micamente el caso con un ademán expresivo, lleván- 
dose el dedo índice á la sien, como si quisiera tala- 
drársela. Acercóse también Vicenta, afligidísima y 
llena de compasión, y procuró calmarla, asintiendo 
con la cabeza á los disparates que decía - 

— Vengan acá todos — chillaba la noble dama, des- 
compuesta, frenética, — y háganme justicia. Bien sa- 
bes tú, Vicenta, y Blas también lo sabe, que sino hu- 
biera sido por aquel peine de D. Duarte, sobrino del 
Rey de Inglaterra, otro gallo nos cantara á los Aien- 
castres. Pero se han propuesto hundirnos, y ¿qué ha 
de hacer una más que clamar al cielo? ÍA don Simón, 



136 tí. PÉREZ GALDOS 

gue forcejeaba por meterla en el cuarto.) Quítate allá, 
ralea büja, que me enYenenas con el vaho infecto de 
tu democratismo. Pues que ¿te habrían dado ese des- 
tinazo, SI el ministro no tuviera interés en compla- 
cerme á mr? ¡No aprecias mi fidelidad, mi lealtad á 
un nadie como tú! Pues sábete que he despreciado 
partidos magníficos para faltarte, y que los montones 
de oro que me han puesto delante para que consintie- 
ra en un desliz, no se pueden contar. Ingrato, ¿te 
mereces tú mi virtud? ¡Ah! pero vo he mirado siem- 
pre que soy dama, y no puedo olvidar el honor de 
una familia en que jamás hubo mácula, de una fami- 
lia que por parte de mamá es de la propia Constanti- 
nopla, y de aquellos Emperadores que p^ra todos los 
usos domésticos, para todos absolutamente, tenían 
vasos de oro macizo. 

Asustados y perplejos, los posaderos no sabían qué 
hacer. Por fin, uno tirando de este brazo, otro de 
aquél, los demás echando mano á las caderas ó al co- 
gote, consiguieron llevársela, sin que dejara de chi- 
llar; y tendida en la cama, Dulce y Vicenta h despo- 
jaron de su real túnica para darle friegas capaces de 
desollar un buey. D. Simón, haciéndose él afectado, 
decía: «Ea, ya le va pasando. Fuerte, raspadle fuerte... 
así. Vamos, ya se calman esos demonios de nervios.. 
Y yo me voy á mis obligaciones, que es muy tarde. 
Ya puedes comprender, Blas, lo que he sufrido .. Y 
ahí donde la ves es un ángel, un ser purísimo, todo 
bondad, paciencia y dulzura. Vaya, cuidármela bien. 
Ahora, Vicenta, tráele una tacita de caldo. Ahur, 
ahur. 

El espasmo fué de los más fuertes, y para gozar de 



ÁNGEL GUERRA. 137 

la escena tragicómica subieron varios huéspedes de 
la posada, formando un corrillo de paño pardo y re- 
fajos verdes, en el cual se oían apreciaciones médi- 
cas de las más originales. Hasta dos horas después del 
arrechucho no estuvo doña Catalina enteramente so- 
segada y en situación normal. No recordando nada 
de lo que había dicho y hecho, reanudó con su hija, 
en la forma natural, la conversación del primo Ca- 
siano y de las esperanzas de una buena boda. Pero 
como huye del agua fría el escaldado gato, se abstu • 
vo con instintiva discreción de mentar herencias y 
castillos, que fueron cabalmente los puntos en que su 
juicio empezó á resbalar. 

Dulcenombre había hecho prometer á Guerra la 
repetición de la visita, amenazándole con salir ella 
en su busca si no cumplía. Esperó la vuelta un día, 
dos, y viendo que era la del humo, se dispuso á 
echarse á la calle. El tiempo mejoró, lucía un sol 
placentero, y las calles empezaron á secarse. Había 
traído la Babel en su equipaje un buen vestido de 
merino obscuro, su mantón fino de ocho puntas, bue- 
nas botas ajustadas de caña alta, manguito, guantes, 
velo. Se emperejiló bien, y en verdad que estaba 
bastante mona, luciendo su figura delgada y esbelta, 
porque el defecto del seno escaso se disimulaba con 
el mantón y lo bien encorsetada y tiesa que iba. No 
vaciló en poner en práctica sus planes de persecu- 
ción. Ignórase cómo demonios averiguó las señas; 
pero ello es que las sabía, y de mayores dificultades 
triunfa una mujer celosa. Llegó á la casa de Teresa, 
y ésta le dijo que D. Ángel había salido; volvió, y lo 
mismo. 



138 B. PÉREZ GALDÓS 

—Por aquí tiene que pasar — pensó, apostándose 
en la calle de la Puerta Llana. — Haré centinela hasta 
media noche. Yo no me canso. 

En una de aquellas vueltas, le vio atravesar por la 
plaza del Ayuntamiento hacia la calle de San Mar- 
cos. Encaminábase á la Judería por el Juego de Pe- 
lota y el callejón y escalerilla de San Cristóbal, y 
por cierto que su sorpresa no fué muy agradable al 
sentirse detenido por un fuerte tirón en el embozo 
de la capa. ¡Dulce! ¡Iba pensando en cosas tan lejanas 
y tan distintas de ella! 

— ¿A dónde vas? 

— Tengo que hacer. ¿Qué buscas por aquí á estas 
horas? ¿No temes el frío? 

— Déjame á mí de frío. Si estoy abrasada. Iremos 
juntos. 

— No puede ser. [Con cariño^ que disimulaba sus te- 
mores.) Iré á verte. Espérame en tu casa. 

— ¿Esta noche? 

— No. ¡Qué dirán! Mañana. 

—¡Mañana! Esos mañanas tuyos ¿en qué Calenda- 
rio están? Por de pronto, te acompaño ahora. 

— Voy lejos. 

— No importa. De más lejos vengo yo, que vengo 
del tiempo en que me quisiste. 

— No puedo entretenerme ahora á disputar conti- 
go. Déjame; yo te ruego que me dejes. [Mity serio.) 
No es ocasión de... Adiós. 

— Que no te escapas. (Siguiéndole y agarrándose al 
embozo.) 

— Eres pesada. 

— Más tú. 



ÁNGEL GUERRA 139 

— Pues no te escucho, {Incomodándose.) No te tole- 
ro que me detengas en la calle. 

— Porque me da la gana, porque tengo derecho. 

— Vaya; déjame en paz. Adiós. [Alejándose rápida- 
mente por íin callejón.) 

— ^Pero no le valía, porque Dulce, intrépida y es- 
curridiza, le cogía la delantera por el euredijo de ca- 
llejones, y á la vuelta de una esquina se le presenta- 
ba otra vez, diciéndole: «Que no te escapas, que no.» 

— No te hago caso. Voy á^donde voy. Ve tú á don- 
de quieras. [Apretando el paso ^ sin cuidarse de que le 
siguiera ó no.) 

Por fin Dulce, f?tigada y sin aliento, más que por 
el ajetreo físico por la pena que la ahogaba, se detr.- 
vo en mitad de las escaleras de San Cristóbal, y mi- 
rándole bajar, se cuadró y le dijo con voz fuerte: 

— Permita Dios que la encuentres muerta. No; es 
poco. Permita Dios que te la pegue con un sotana. 



VIII 

Retiróse con el corazón oprimido, necesitando pre- 
guntar á los transeúntes para desenredar la madeja 
de calles hasta Zocodover. Su carácter sufrido y dul- 
ce, aun en las mayores adversidades, impedíale albo- 
rotar en medio de la calle, y tragándose su amargu- 
ra y bebiéndose las lágrimas, llegó á la posada, y no 
quiso tomar alimento. 

Por la noche otro rebumbio, porque se pareció por 
allí Fausto, que en compañía de su amigo el litógrafo 
vivía, y pidió dinero á su padre y como éste no se 



140 B. PÉREZ GaLDÓS 

mostrara propicio á dárselo, embistió á su hermana, 
sibedor de la visita nocturna de Ángel, j presumien- 
do que éste habría provisto el portamonedas de su 
amiga, en lo cual no se equivocaba. Pero aconteció 
que Dulce tampoco quiso atender á las necesidades 
del calculista lotérico, y de estas negativas resultó 
un ruidoso tumulto. Doña Catalina, amagada de un 
nuevo ataque, echó ia culpa de todo al tuno de don 
Duarte, y los primos Blas y Vicenta tuvieron que in- 
tervenir, cogiendo al matemático por un brazo y 
plantándole en la puerta. Dulce no cesaba de llorar y 
su tristeza y desesperación no habrían tenido fin, si 
don Pito no hubiera tomado á su cargo el consolarla, 
.sugiriéndole la feliz idea de ahogar las penas de en- 
trambos en la sabrosa onda de un gin-cock-íail. A las 
altas horas de la noche hicieron el ponche, si que na- 
die se enterase, y Dulce se administró con fe aquel 
bálsamo de consuelo y olvido. 

Al siguiente día, repitióse la persecución, pero sin 
resultado, pues en casa de Ángel dijéronle que éste 
se había ido al Cigarral, lo que Dulce interpretó como 
una fuga. Volvió á la posada con un peso sobre su co- 
razón que no la dejaba respirar, y de manos á boca se 
encontró con el primo Casiano, que en aquel momen- 
to llegaba en el coche de Bargas. Saludóla con respe- 
to, eücantado de la finura, donaire y buen ver de la 
madrileña, y doña Catalina no cabía en su pellejo de 
puro satisfecha, ilusionada por el espejismo de un 
buen arreglo de familia. Era Casiano un hombrachón 
apuesto, de treinta y cinco años, viudo sin hijos, pro- 
pietario de tierras, traficante en ganado y semillas, y 
empresario de transportes, pues suyos eran los coches 



ANGÍEL GUERRA. 141 

de Bargas y Cabanas; rico, para lo que son las rique- 
zas de pueblo, sencillote y de un carácter rústica- 
mente hidalgo, con más vehemencia que malicia; 
agudo en las artes del comercio, romo en las del amor; 
la cara torera, toda afeitada y muy española en sus 
líneas y en el resplandor de los ojos; afable sin flo- 
reos de lenguaje; tosco y de ley, respirando salud, 
hombría de bien y limpieza de corazón. Vestía ele- 
gantísimo traje de pann rayada negra, pantalón cor- 
to, polainas de cuero, sombrero de velludo, óliviani- 
11o de castor, según los casos, y para el viaje gorra de 
piel, de plata los botones del chaleco, y del propio 
metal la leontina del reloj, con cadenillas y gruesos 
pasadores; nada de cuellos engomado?; el pescuezo al 
aire, robusto, musculoso y tostado del sol; capa ordi- 
naria de paño de Béjar, bien ribeteada y con embozos 
de felpa obscura. 

Minutos después de la llee^ada de Casiano, bajó del 
coche de Cabanas un clérigo que debía de ser popular 
en el mesón, pues lo mismo fué verle que acudir to- 
dos á rodearle y hacerle mil agasajos con discorde vo- 
cerío: ¡D. Juan, vivaa...! ya le tenemos aquí otra vez. 
¿Qué tal? 

El D. Juan (de apellido Casado) vestía balandrán 
de aguadera, tornasolado por el constante servicio á 
la intemperie, y llevaba la teja sujeta con una i:inta 
debajo de la barba. Su paraguas habría cobijado cou 
holgura una familia numerosa. Era hombre que lla- 
maba la atención por su fealdad, y su cara parecía 
obra de cincel, verdadera figura de aldabón ^aiIadH 
inhábilmente en hierro por el modelo de sátiro gen- 
til ó de diablillo de capitel plateresco. Pero aque' ho- 



142 B. PÉREZ GALDÓS 

rror de naturaleza se compensaba con un genio ale- 
gre y un carácter bondadoso. Pasaba por hombre de 
no común inteligencia, conocedor de la ciencia del 
mundo, sin faltarle la de los libros. Había desempe- 
ñado la coadyutoria de una ó dos parroquias de la 
ciudad; pero últimamente heredero de magníficas tie- 
rras en la Sagra, dedicaba parte de su tiempo á la 
agricultura, y era clérigo mitad urbano, mitad cam- 
pestre, siempre con un pie en el altar y otro en el es- 
tribo. Con frecuencia iba y venía en los coches de Ca- 
siano, de quien era muy amigo y también algo pa- 
riente. 

Contestaba á las bromas y cuchufletas con gran des- 
envoltura, echando pestes contra la nieve y el mal 
tiempo, y Blas le ofreció confortarle con unas magras 
y un buen jarro de vino, lo que hubo de aceptar de 
bonísima gana. Mientras él y Casiano almorzaban 
como lobos, trabóse conversación entre el clérigo y 
los Babeles, y de aquel pasajero contacto nacieron 
otros, dando lugar por fin, como se verá después, á 
una cordial amistad. 

Casiano era el encanto de doña Catalina, que com- 
prendió muy bien con materno instinto que su niña 
le había caído en gracia á aquel espejo de los bar- 
gueños, y empleaba mil artimañas para que de la 
simpatía saltara el amor. Poníales frente á frente, 
les enzarzaba en conversaciones fútiles, dejábales 
solos algunos ratitos para volver presurosa, afectan- 
do la cautela de una madre prudente, que no quiere 
exponer á su hija á largas pláticas con hombre gua- 
po. A Casiano le encarecía con grandes aspavientos 
la bondad de Dulce, su aptitud para el gobierno de 



ANQKL GUERRA 143 

la casa, su talento, su honestidad, su repugnancia á 
los noviazgos, y á ella le ponderaba lo majo que era 
el primo, lo cumplido, generoso y decente, y por 
cierto que no decía nada de más. 

— Y á propósito, Casiano, ahora vas á sacarnos de 
una duda. ¿Verdad que es castillo lo que heredé del 
cura de Olías, mi tío segundo, D. Nicomedes de 
Castro? 

— Vaya... castillo es ¡potra! Perteneció, según di- 
cen historias añejas, á los caballeros de Calatrava, y 
vendido después como bienes nacionales, lo compró 
el tío para encerrar ganaüo, y de allí sacaron muchos 
cargos de piedra los contratistas del ferrocarril de 
Malpartida. Tiene cuatro torres, de las cuales hay 
dos con almenas, y las otras se han ido cayendo. Se 
conserva el muro de Poniente con aspilleras, y unas 
ventanejas como las de la Puerta del Sol, cosa polida, 
que dicen es obra de los mismos mozárabes. 

— ¿Lo ves, lo ves, tonta, incrédula"? — gritó doña 
Catalina saltando de gozo. — ¿Ves cómo es castillo 
por los cuatro costados? Veremos lo que dice ahora 
Simón. Oye, Casiano: ¿y no podría restaurarse ese 
magnífico monumento? 

— Como resucitarse... si. x4.hí está el de Guadamur, 
sacado de la sepultura. Pero habrá que ^tirar mi- 
llones. 

— Quita, hombre, no se necesita tanto. Con aho- 
rrar un poco... Iremos á verlo, cuando nos establez- 
camos. Nos llevarás en el coche de Cabanas hasta 
Olías; luego iremos á Bargas en tus muías, y nos da- 
rás alojamiento en tu casa, que fué la mía, ¡ay! la 
casa en que nací y me crié, donde todo era abundan- 



144 B. PÉREZ GALDÓS 

cia; ¡qué tiempos! Cada vez que me acuerdo del sin 
fin de gallinas que allí había, de las echaduras de 
pollos, de los dos cerdos que criábamos, tan gordos, 
tan lucios que no podían con las carnes, de los corde- 
ritos, del horno de pan, de las eras y de aquellas vi- 
ñas, que daban un vino como el néctar de los ánge- 
les, se me parte el corazón. Y todo eso es tuyo, Ca- 
siano, y además tienes lo* de tu difunta mujer, que 
es lo de los Tristanes, y la huerta de junto á la Kec- 
loral, y el molino de abajo y qué sé yo. Me alegro 
mucho de que todo te pertenezca, porque te lo mere- 
ces, y ya que yo, por las vueltas del mundo, me que- 
dé in alHs, al menos tengo el consuelo de verlo en 
esas m inos, donde mil años dure. 

Poco ó ningún caso hacía Dulcenombre de esta 
conversación. El instinto de hacerse agradable, 
obrando en ella como en toda mujer, mantúvola 
frente á Casiano en actitud cortés, afectuosa, como 
de pariente á pariente. Comprendía que el guapo 
bargueño era un alma de Dios, y le tenía cierta lás- 
tima por el error en que estaba con respecto á ella; 
pero sus sentimientos no pasaban de aquí, y si el pri- 
mo no le repugnaba, tampoco había despertado el 
menor interés en su corazón. Verdad que era aún 
muy pronto, como decía la de Alencastre, y debía 
esperarse á que las ricas uvas maduraran. 

A Casiano no le faltaban ocupaciones, perqué tenía 
que entregar una remesa de trigo, hacer varias com- 
pras, tomarle las cuentas á dos ó tres carromateros, 
dependientes suyos; pero todo lo apresuraba ó lo di- 
fería por subir á platicar con Dulce y su empingoro- 
tada mamá, que parecía otra por lo cuerda y sesuda. 



ÁNGEL GUERRA. 145 

Diirante las comidas y cena?, Don Simón se daba 
con el primo un lustre fenomenal, refiriéndole mil 
secretos pormenores de su amistad con ministros y 
personajes, brindando protección á toda la provincia, 
y preguntando por el estado de las cosechas y de la 
recaudación, como si tuviera la Hacienda española 
metida en los bolsillos. En cambio, D. Pito estaba 
más aburrido y descorazonado que nunca, presa de 
una nostalgia negra, que le envolvía el alma como 
niebla espesísima, cerrándole los horizontes. Contra- 
riábale no encontrar á Guerra en su casa, pues éste 
le fomentaba el vicio, convidándole á todas las copas 
que quisiera; y enojado de aquella ausencia, se caca- 
ba con los Cigarral 3s y con el perro judío que los in- 
ventó. 

Una noche, cuando se retiraron los Babeles y Ca- 
siano á descansar, D. Pito subió con Dulce al cuarto 
de ésta, y como la notara triste y suspirona, hizole 
el dúo, lamentándose de su suerte, renegando de la 
vida, y llegando hasta la hipérbole pesimista de que- 
rer tirarse al Tajo, idea que la joven oyó expresar sin 
alarma, pues también en su cabeza chispeaban ideas 
semejantes. Sin saber lo que hacía, D. Pito le habló 
de Ángel con calorosos encarecimientos, ponderando 
sa compasiva bondad y su tolerancia sin límites. 
Después habló pestes del primo bargueño, diciendo 
que era un salvaje que olía á cuadra, y que parecía 
figurón de comedia. Las murrias de Du^ce se acrecie- 
ron con estas cosas, y toda la nostalgia y cerrazón de 
su tío se le comunicaron. El no podía vivir sin verla 
mar salada, la otra sin ver el cielo del amor. Ambos 
gemían bajo el peso de una gran atíicción, y no se 

2.» PARTE . 10 



146 B. PÉREZ GALDÓS 

sabe á qué extremos habrían llegado, si á D. Pito no 
se le ocurriera prescribir nuevamente ia eficaz pana- 
cea del olvido. Felizmente, Dulce tenía dinero: las 
proposiciones del viejo pareciéronle aceptables, y se 
encariñó grandemente con la idea de olvidar. Diez 
minutos tardó el capitán en traer de la tienda el es- 
pecífico, que no era otro que coññc /ine champagne de 
las tres estrellas, y aunque á Dulce le parecía dema- 
siado picón, ayudó á su tío á consumirlo, enfilándo- 
se algunos tragos, mientras él se atizaba copas en- 
teras. 

Á eso de las diez, la pobre Babel rompió á reír á 
carcajadas, y doña Catalina, que tabique por medio 
dormía, se alarmó y fué corriendo en su auxilio, te- 
miendo que se hubiese vuelto loca. No acertó á com- 
prender lo que aquello significaba; pero los restos del 
¿rebaje y el ver á D. Pito hecho un talego á los pies 
del camastro, fueron luz de su ignorancia. Nada res- 
pondió Dulce á las exhortaciones de la ilustre señora, 
porque después de las carcajadas cayó en un sopor 
profundísimo, del cual no salía ni aunque le aplicaran 
carbones encendidos. Mala noche pasó la de Alen:as- 
tre, y su gran apuro fué por la mañana, pues conti- 
nuando la niña en el mismo estado de trastorno, ha- 
bía peligro de que el primo se enterase. ¡Ay, Dios 
mío, sólo pensarlo era para volverse loca! Por fin, allá 
pudo tapar el fregado aquel con cuatro mentiras muy 
bien hilvanadas. Su hijita se había atufado, porque el 
demonio del marino metió en el cuarto un brasero sin 
pasar... y naturalmente... ¡No era mal brasero...! A 
don Simón dio cuenta la noble dama de lo que había 
visto y olido, conviniendo ambos en que el causante 



▲NGEL QUERRÁ 147 

de tales horrores era D. Pito, y haciendo propósito de 
despedirle de su compañia para que no volviera á 
magnetizar á la pobre muchacha inocente. 

Los primos Blas y Vicenta, aunque no decían nada, 
íbanse cansando de la pesada carga babélica que se 
habían echado encima, y aunque vagamente, daban 
á entender que les sería grato soltarla. «Estamos abu- 
sando de la bondad de esta pobre gente — decía Simón 
á su esposa, — y es preciso que nos larguemos pronto 
de aquí. Si no quieren cobrarnos, habrá que hacerles 
un re^ralito, por ejemplo, un corte de pantalón á Blas, 
y á Vicenta un pañuelo, peineta ó cualquier chu- 
chería. 

— Quita, hombre. Cuando nos retratemos, se les 
darán nuestras fotografías con dedicatoria. No esta- 
mos ahora para obsequiar con nada que cueste dinero. 
Y en último caso, espera á que te regalen a ti, pues 
los tenderos algo te han de dar porque no les marees. 
Milagro es que no haya empezado ya el jubileo de la 
caja de pasas, el barrí lito de aceitunas ó la media do- 
cena de botellas de Jerez. Y los de telas tampoco han 
de ser tan puercos que dejen de mandarme algún tra- 
pillo de moda, pues tú no has de echarles multas, ni 
apurarles, ni... 

Por fin, con ayuda de D. Juan Casado, que gallar- 
damente se puso á sus órdenes, encontraron los Babe- 
les casa de su gusto y por poco precio, allá en la su- 
bida del Alcázar, y llegados de Madrid los muebles 
juntamente con Arístides, se instalaron, dejando el 
bullicio y estrechez de la posada de la Sillería, con no 
poco gusto de los dueños de ella y de sus habituales 
parroquianos. Doña Catalina y su maride -ecelosos 



148 B. PÉREZ SALDOS 

de la influencia de D. Pito sobre Dulce, y temiendo 
que ésta incurriera en nuevas fragilidades si el inco- 
rregible borrachín no se marchaba con sus botellas á 
otra parte, acordaron no admitirle en la nueva casa; 
más no era cosa de dejarle en medio del arroyo. El 
desvanecido inspector propuso expedirle para Madrid 
en gran velocidad y con billete de tercera (por no 
haberlo de cuarta). «Lo hacemos por tu bien, querido 
Pito — dijole su cuñada. — Aquí estás aburrido. Tole- 
do no te peta. En Madrid tienes más distracción, más 
campo donde pasearte, y además tienes á tu hijo Na- 
turaleza, que se ha colocado á la parte en la confitería 
de Andana, y según me ha dicho Arístides, está ga- 
nando montones de dinero». 

— Sí, mejor estás allí — agregó su hermano, — por- 
que Madrid parece puerto de mar por su animacióu, 
y aquel ir y venir de carros, y las mangas de riego... 
Luego los establecimientos de bebida son magnífi- 
cos... no como aquí, que parecen mazmorras... Con 
que márchate, y dale memorias á Naturaleza y al 
amigo Bailón, y siempre que quieras, ya sabes donde 
estamos. 

Cogió el dinero D. Pito, sin comentar con frase ni 
palabra ni monosílabo aquella cruel despedida, y sa- 
lió con toda la arrogancia que su cojera le permitía, 
encaminándose á Zocodover para tomar allí el coche 
que baja á la estación. Mas no queriendo emprender 
viaje tan fastidioso en tiempo frío y con cariz de 
nieve, buscó en el dédalo de las calles toledanas algún 
rinconcito donde proveerse de combustible para las 
tres horas mortales desde Toledo á Madrid. 



ÁNGEL GUERRA. 149 



IV 



PLUS ULTRA 



I 



En efecto, Guerra quiso aislarse, y nada mejor que 
el cigarral de Guadalupe, de su propiedad. D. Suero 
j su señora se quedaron viendo visiones cuando el 
madrileño, comiendo -con ellos una tarde, les dijo 
que se iba de campo, y que las fiestas de Navidad las 
pasaría de la otra parte del puente de San Martín. 
¡Qué extravagante misantropía! ¡Meterse en un ci- 
garral por Noche Buena, en tiempo tan crudo, y 
cuando la cristiandad toda tiende á reconcentrarse en 
las poblaciones y en la vida de familia! «Pero, Án- 
gel, tú no tienes la cabeza buena — observó doña Ma- 
yor.— Bien dice Pintado que los tornillos que él te 
apretó se te han vuelto á aflojar. Déjalo para después 
de Pascuas, y comerás el pavo con nosotros». 

No lograron convencerle con estas ni con otras ra- 
zones. Conviene advertir que, á poco de residir Án- 
gel en Toledo, dieron sus tíos en pensar cuan conve- 
niente sería para la casa de Suárez que el madrileñi- 
to aquel, viudo sin hijos, rico y en buena edad, pi- 
case en el anzuelo de María Fernanda. Forjáronse 
marido y mujer la ilusión de que así sería; pero la 
realidad no tardó en desvanecerla. El primo no pica- 
ba, ni siquiera como suelen hacerlo los peces listos, 
es decir, mordiendo el cebo y largándose sin engan- 



150 B. PÉREZ GALDÓS 

char. Para mayor contrariedad, picaba ferozmente 
un cadete, con gusto de la niña, y Ángel dio en au- 
xiliarle,, estableciéndose entre los tres una confabu- 
lación que acabó de dar al traste con el plan de don 
Suero, tan ajustaao á las conveniencias de la familia 
j á la armonia universal. Era el cadete de buena cas- 
ta, simpático chico, y en otras circunstancias no le 
iiabrían visto los señores de Suárez con malos ojos; 
pero en aquel caso les desagradó sobremanera la pro- 
tección que la niña dispensaba al militarismo. ¡Cuán- 
to mejor .que se aplicase á pescar aquel gordo peje, 
de saneada fortuna, buen hombre á pesar de sus an- 
tecedentes revolucionarios y masónicos, que los Suá- 
rez de Monegro, gente ilustrada, perdonaban de todo 
corazón, mayormente al notar en el individuo mar- 
cadas inclinaciones en sentido contrario! 

Pero Dios no queria que las co^as se arreglaran á 
gusto de D. Suero y de su esposa. La vida es asi, con- 
tradición, y todo del revés. ¿Quiere usted higos? pues 
le salen brevas. En tanto, Ángel protegia descarada- 
mente al aspirante á genera), y de acuerdo con Ma- 
ría Fernanda, echó memoriales á doña Mayor para 
que le permitiese entrar en la casa. ¡Que si quieres! 
La señora dijo pestes del Ejército, y aseguró que más 
valiera quitar de Toledo la dichosa Academia, que no 
traía más que disgustos á todas las familias. No ha- 
bía casa en que las señoritas no anduvieran medio 
trastornadas; y por lo que hace á Jos alumnos, ni 
ellos estudiaban ni ese era el camino. Todo el santo 
día en aouel Miradero y en aquel Zocodover, alboro- 
tando é inventando diabluras. 

Don Suero no tronaba contra la Academia; pero en 



ÁNGEL GUERRA lól 

SU interno sajo se condolía de la pernicioi"a iügeren- 
cia del militarismo en la historia patria. Y cada yez 
que Ángel dejaba traslucir en la conversación el 
cambio iniciado en sus ideas, ya ponderando la belle- 
za del simbolismo católico, ya poniendo en las nubes 
las órdenes religiosas, el buen D. Suero, á quien se 
suponía instrumento de los jesuitas, lamentaba de^ 
boca para adentro que tal yerno se le escapase. ¡Qué 
lástima! ¡Un convertido, un hombre que decía linde- 
zas elocuentes de San Francisco y de San Ignacio 
con la misma boca con que había predicado la liber- 
tad de cultos y otras herejías! Por supuesto, de todo 
tenia la culpa la tontuela de María Fernanda, que, 
en más de una ocasión, cuando Guerra expresaba 
con sincero entusiasmo sus recientes aficiones, le to- 
mada el pelo por cursi y anticuado, echándoselas de 
librepensadora, como si ello fuera también cosa pres- 
crita en los figurines, y perteneciese al variable rei- 
no de las modas. 

Por todo esto veía D. Suero con desagrado la cre- 
ciente misantropía de su pariente, su prurito de aislar- 
se, y, como buen sabueso de la vida, olfateaba que 
aquello terminaría quizás en trastornarse rematada- 
mente con la religiÓD, y meterse en cualquiera or- 
den monástica, la cual tendría buen cuidado de que, 
al entrar el individuo, fueran los santos cuartos por 
delante. En fin, que ni D. Suero habiéndole de los 
deberes sociales, ni doña Mayor describiéndole los 
horrores del frío en el campo, pudieron disuadirle de 
su tema, y al cigarral se fué por el 22 ó 23 de Di- 
ciembre, avisando antes al guarda de la finca para 
que preparase alojamiento. 



152 B. PÉREZ GALDÓS 

¡Qué hermosura, qué paz, qué sosiego en el campo 
aquel pedregoso y lleno de aromas mil! Después de 
la nevada, vinieron días espléndidos, con aire leve 
del Nordeste; helaba de noche; pero por el día un sol 
bienhechor calentaba la tierra y todo lo que cogía 
por delante. Los árboles, fuera de los olivos y cipre- 
ses, no tenían hoja; pero crecían allí mil matas de un 
verde obscuro y ceniciento, y entre ellas, las rocss 
graníticas brillaban con los cristalillos de la helada, 
cual si hubieran recibido una mano de sal ó de azú- 
car. El olivo sombrío alterna en aquellas modesta* 
heredades con el albaricoquero, que en Marzo se cu- 
bre de flores, y en Mayo ó Junio se carga de dulce 
fruta, como la miel. La vegetación es melancólica y 
sin frondosidad; el terruño apretado y seco; entre las 
rocas nacen manantiales de cristalinas aguas. 

El cigarral de Monegro ó de Guadalupe no era de 
los más próximos al puente de San Martín, ni de los 
más lejanos. Llegábase á él en veinte ó treinta mi- 
nutos, desde el puente, por el camino viejo de Polán, 
dejándolo después á la derecha para seguir la vere'da 
del arroyo de la Cabeza. Sus dimensiones no llega- 
rían á siete fanegadas, con buena cerca de piedra y 
tapiales de tierra en algunos trechos, casi todo el te- 
rreno dedicado á la granjeria propiamente cigarra- 
lesea, olivos pocos, albaricoques y almendros en gran 
número. Pero ai Sur de Guadalupe extendíase otra 
propiedad de los Guerras adquirida por el padre de 
Ángel, la cual era un trozo de monte que en un 
tiempo .perteneció con otras fincas al monasterio de 
la Sisla. Su cabida era como de seis veces la del ci- 
garral, y no lindaba inmediatamente con éste, exten- 



ÁNGEL GUERRA 153 

diéndose entre ambos predios una faja de terreno del 
procomún. Llamábase la Degollada, y sus productos 
habían sido escasos ó nulos hasta entonces. El terre- 
no era de los más ásperos, salpicado de ingentes y 
peladas rocas; sin árboles, pero con espesísimo mato- 
rral de cantueso, tomillo y cornicabra; sin ninguna 
habitación humana, como no fuera algún improvi- 
sado albergue de pastores, entre los escuetos mogo- 
tes de ruinas que en algunos sitios se alzaban carco- 
midos, restos ^quizás de cabanas del tiempo de los Je- 
rónimos, ó tal vez (Palomeque lo podría decir) del 
tiempo del amigo Túbal. La impresión de sol<?dad ó 
desierto eremitano habría sido completa en la Dego- 
llada, si no se divisaran por una parte y otra case- 
ríos más ó menos remotos, las dispersas viviendas de 
los Cigarrales, los santuarios de la Guía y la Virgen 
deí Valle, los restos de la Sisla, y desde alguros pun- 
tos altos, las torres y cúpulas toledanas. Entre los lí- 
mites de la Degollada y Guadalupe no había por la 
parte más próxima cinco minutos de camino. 

La casa de Guadalupe era como de labor, con pre- 
tensiones sumamente modestas de quinta de recreo," 
' destartalada, por fuera pintada de armazairón imi- 
tando ladrillo, por dentro con desiguales crugías y 
no muy nivelados pisos de tierra y empedradillo en 
la planta inferior; su correspondiente almazar; un co- 
cinón disforme con chimenea de campana. Sólo ha- 
bía dos habitaciones vivideras en el piso superior, 
con rodapié y zócalo de azulejos de diferentes colo- 
rines y dibujos, como traídos en montón de cual- 
quier derribo, y de azulejos estaban guarnecidas 
también las impostas de las ventanas. En dichos apo- 



154 B. PÉREZ GALDÓS 

sentos instalóse el amo, para quien se preparó un ca- 
mastrón de madera con columnas, en el cual debió 
de echar la siesta Mauregato, cuando menos. Los col- 
chones j servicio de cama y mesa lleváronse de To- 
ledo. Como á treinta pasos de la casa veíanse restos 
de una capilla, en cuyas derruidas paredes se apoya- 
ban los cubiles de dos cerdos que por el día se pasea- 
ban de monte en monte, y la choza de las cabras, y 
el tenderete de las gallinas, quedando lo demás para 
depósito de estiércol. Más allá de la gapilla, exten- 
díase un plantío de albaricoqueros, limitado al Sur 
por torcida pared que terminaba en un castillete de 
muy extraña forma. En la parte inferior de éste ha- 
bía un horno de cocer pan, que desde tiempo inme- 
morial no se usaba, y en su boca negra y telarañosa 
se veía siempre un gato blanco acurrucado. La parte 
superior de aquel armatoste era palomar, donde más 
de doscientos pares tenían su vivienda y sus nidos. 
Arrimados á la pared crecían tres cipreses magnífi- 
cos, patriarcales, de sombrío ramaje y afilada cima. 
¡Cuan grato pareció á Guerra el sitio, y qué dul- 
zura sabrosa en la vida campestre! No había más so- 
ciedad que la del cigarralero anciano y su nuera, 
con la añadidura del pastor que llevaba las cabras al 
monte y recogía los de la vista baja. Hasta las comi- 
das encantaban á Ángel, pues la cigarralera le hacía 
unas migas de sartén, con las cuales no había asce- 
tismo posible. Las tales migas, y el lomo adobado, y 
la olla castellana, y algún salmorejo, hacían del ci- 
garral la más deliciosa de las Tebaidas. De bebida no 
había más que agua clara y fresca. La cocina era 
también comedor, y Ángel veía guisar lo que le po- 



ÁNGEL GUERRA 155 

nían en el plato; pero este rudimentario servicio no 
le repugnaba, antes bien despertábale más las ganas 
de comer. ¡Cosa rara! Fué á Guadalupe sin ningún 
apetito, y allí devoraba, por lo que dio gracias á 
Dios y á Jusepa, que había sido ama de dos canóni- 
gos (es decir, primero de un canónigo y después de 
otro), y guisaba muy bien. 

A semejante vida del yermo, ya nos podríamos 
abonan todos, y si se dieran facilidades para empren- 
der tales penitencias, el mundo estaría lleno de ana- 
coretas tan convencidos como lo era Guerra por aque- 
llos días. La mayor delicia de Guadalupe era que por 
allí no parecía nadie, ni había peligro de tropezarse 
con D. Suero ni con Pintado, ni con ningún Babel 
masculino ni femenino. No llevó allí Ángel papeles 
ni libros., ni había notado la falta de las letras de 
molde. Pasaba la mayor parte ael día paseándose, ga- 
rrote en mano, del albaricoquero al olivo, y del oli- 
vo al ciprés, y de esta peña á la otra peña, y de Gua- 
dalupe á la Degollada, contemplando el movido pai- 
saje que por todas partes le circuia, y la silueta den- 
tellada de la ciudad, un sin fin de torres presididas 
por la incomparable de la Catedral. 

La imagen de Leré no le abandonó un instante, y 
con ella eslabonaba la idea y el ansia del más alláy 
huyendo, para poder orientarse en tal dirección, de 
la garrulería y tráfago del mundo. Vivir para la 
verdad y sólo para la verdad, imitar a Leré y seguir- 
la aunque de lejos, eran su deseo y su ilusión. Mas 
para que la semejanza con su modelo resultara per- 
fecta, la vida nueva no debía concretarse sólo á la 
contemplación, sino propender también á fines posi- 



i 56 B. PÉREZ G ALDOS 

tivos, socorriendo la miseria humana y practicando 
las obras de misericordia. Ved aqui la dificultad, y lo 
que ponia en gran confusión á Guerra: compaginar 
el aislamiento con la beneficencia, y ser al propio 
tiempo amparador de la humanidad y solitario hués- 
ped de aquellos peñascales. Mientras la mente de Án- 
gel no diese de sí la clave de tal problema, la idea de 
fundar algo era una nebulosa, imagen incierta que 
se borraba cuandi el solitario quería precisar sus va- 
gos contornos. 

Y con la imagen de Leré juntábase casi siempre la 
de la angelical Cíón. No será exacto decir que Gue- 
rra tenía visiones, ni que se le aparecían almas del 
otro mundo y de éste á engañar sus sentidos; era que 
por las noches, á veces al caer de la tarde, cuando la 
sombra fría empezaba á tenderse sobre el cigarral, se 
figuraba ver á la chiquilla y su maestra, destacándo- 
se del verde fúnebre de los cipreses, cogidas las ma- 
nos, andando hacia él con vestiduras flotantes, las 
cabezas rodeadas del círculo de oro, distintivo de los 
bienaventurados. Medio dormido, ó quizás dormido 
de veras, creía tener á su lado á la niña, contándole 
alguno de los graciosos embustes que tan bien hila- 
ba. Pero DO podía recordar luego qué mentira era, y 
sólo quedaba en su cerebro la vaga sospecha de que 
la mentira podía muy bien ser verdad de las más ele- 
mentales. 

Ratos entretenidos pasaba Ángel conversando con 
el cigarralero, hombre tan sencillo como bruto. Fué 
soldado en su mocedad y asistió á multitud de accio- 
nes de la primera guerra civil. Conocía personalmen- 
te á Espartero, á Serrano y á los Conchas; pero hacía 



ÁNGEL GUERRA Í57 

lo menos cuarenta anos que los había perdido de vis- 
ta. Nunca debió de poseer aquel bendito el don de 
apreciar con exactitud el paso del tiempo, porque 
hablaba de las cosas del año 38 como si hubieran su- 
cedido la semana pasada, y apenas tenía vagas nocio- 
nes del reinado de Isabel II y del de D. Alfonso. Me- 
jor sabia el paso de Luchana y la acción de Guarda- 
mino, qae la revolución del 68 y otros acontecimien- 
tos que ningún eco tuvieron en su espíritu. Llamá- 
banle Cornejo, y era hombre guapo, de lozana vejez, 
tipo militar y granadero de antiguo cuño. Tenía un 
hijo en presidio por cuchilladas allá en el paso de Yé- 
benes, y la mujer aquella que guisaba era su nuera y 
al propio tiecnpo su sobrina, criada en la domestici- 
dad de canónigos, más fea que el hambre, de pocas 
palabras y buenas manos para adobar lechones y ha- 
cer morcillas. También era de la familia Cornejil, 
aunque por vínculo lejano, el rústico pastor, con 
quien Guerra no trabó relaciones sino bastantes días 
después de hallarse en Guadalupe. 

Nadie le visitaba allí, pues si bien Palomeque le 
había prometido hacerlo, no se atrevía á tan larga 
caminata en tiempo frío. Una tai de de Navidad le 
mandó á Ildefonso con un regalito de mazapanes de 
San Clemente y una carta que, entre otras cosas, con 
castiza y limpia letra de Torio, decía: «Me resolveré 
á pasar la puente cuando el tiempo abonance, pues 
aspiro á que el nicho de Santa Leocadia espere vacío 
mis honrados huesos por unos cuantos añitos más. No 
están mis doce lustros para hacer piruetas sobre los 
aUquidos cristales, que dijo el amigo Rabadán.. . ¡Vive 
Dios, qué gusto me daría de acompañarle! Pero ello, 



158 B. PÉREZ GALDÓS 

si no es en Piscis será en Géminis, mi gallardo ami- 
go, y para entonces, si usted me permite esgrimir el 
picachón en su añacea ó quinta de Guadalupe, espe- 
ro aclarar un punto obscuro de la historia patria. 
Porque tengo para mi que los restos de capilla qae 
en ese ameno cigarral existen, son la propia y autén- 
tica fundación del canónigo D. Jerónimo de Miran- 
da, el cual la inauguró y bendijo el 11 de Junio 
de 1612, dedicándola á San Julián, y creo que nues- 
tro doctor Pisa, peritísimo historiador de Toledo y 
diligente anticuario, claudicó al asentar que la tal 
fundación es el santuario de Nuestra Señora de la 
Bastida». Y por aquí seguía. 

A Guerra no le interesaba gran cosa que el grave 
punto se dilucidara, ni tenía malditas ganas de ver 
por allí al erudito prebendado con su picachón y su ar- 
queología; pero agradeció el obsequio y recibió mu- 
cho gusto de^ la visita de Ildefonso, á quien retuvo 
allí todo el día, después de preguntarle con grandí- 
simo interés por la familia, y de oírle sus prolijas re- 
ferencias. De la alegría del travieso chico, al verse en 
pleno y libre campo, participaba el dueño del ciga- 
rral, que era feliz viéndole saltar y correr, tirando 
piedras á los lagartos, discurriendo mil ingenios 
mortíferos para apoderarse de los gorriones, á los 
cuales igualaba en ligereza y prontitud. No le con- 
sentía Guerra que mortificase á los animales, y pro- 
curaba imbuirle el culto de la Naturaleza, enseñán- 
dole á gozarla sin destruir nada de lo que en ella 
existe. Cada vez que Ildefonso veía saltar un conejo 
entre las matas del monte, brincaba como un saltim- 
banquis, y si hubiera tenido allí cien ametralladoras, 



ÁNGEL GUERRA 159 

habríalas disparado á un tiempo contra el pobre ani- 
mal. Corría tras de las cabras, queriendo trepar como 
ellas; á los cerdos les hizo andar á un paso más vivo 
del que acostumbran, y las gallinas no tuvieron paz 
mientras el inquieto monago estuvo allí. Hizo provi- 
sión de varas para apalear troncos, piedras, y en úl- 
timo caso á sí propio, y la burra en que Cornejo iba á 
la ciudad pasó la pena negra aquella tarde, porque el 
chiquillo se montó en ella y la hizo dar tantas vueltas, 
que al pobre animal le faltó poco para pedir la palabra, 
como la de Balaán. Por fin, después de darle merien- 
da, Gue:ra le despidió, invitándole á volver otro riía. 
Fué acompañándole hasta más allá de la finca, y 
largo rato siguió con la vista sus cabriolas y brincos 
por la cuesta abajo. En esto observó que por la mis- 
ma empinada pendiente subía un hombre cansado y 
viejo, el cual cojeaba y á cada instante se detenía 
para tomar aliento. Aguardó á que subiera más para 
reconocerle, y... ¡oh iorpresa! era D. Pito en persona. 



II 



Lo mismo fué verle el capitán que reanimarse, y 
de su alegría sacó fuerzas para vencer lo que le resta- 
ba de la cuesta. Al llegar junto á su amigo, dejóse 
caer en un peñón, y poco menos que llorando, dijo; 
«D. Ángel, yo creí que no llegaba. Vengo á que us- 
ted me recoja. ¿No me dijo que me recogería? Aquí 
me tiene medio muerto de cansancio, de hambre, de 
frío, de sed. Ya estaba decidido, decididísimo, señor don 
Ángel, á echarme de-re-Tiojo en el Tajo... cuando me 



160 B. PÉREZ GALDÓS 

acordé de usted, y dije, «merecojerá, tendrá lástima 
de este veterano de la mar». Porque ha de saber us- 
ted que me echaron, me despidieron, me despacharon 
para Madrid, consignado á Naturaleza^ y yo me fui, 
dig-o, no me fui, me quedé. ¡Qué nochecita! Un vien- 
to entablado del Norte que le helaba á usted las in- 
tenciones... Total, que en preparar el estómago para 
el viaje se me pasó el tiempo; el tren dio avante toda, 
y yo me quedé; y en arrancharme se me h-^n pasado 
tres dias. vira para aquí, vira para allá, barajándolas 
calles, y tomando nota de los establecimientos. ¿Qué 
había de hacer? No puede uno remediarlo. Cátalo 
aquí, cátalo allá, se me acabó el dinero que me die- 
ron para el viaje; pero como mi dignidad de capitán 
de derrota me prohibía humillarme, no quise volver 
de arribada á casa de Simón, y... lo que digo, tres d"ias 
y tres noches sin ver catre ni comida caliente, es á 
saber, de la que se hace con fuego natural. Descabe- 
zaba un sueñecico por la mañana en los conventos de 
monjas; por la noche otro sueñecico en los bancos de 
cualquier plazuela. Hasta que dije: «Ya no más. Que 
me tiro al agua, que me- tiro... Á la una, á las dos...» 
Pero ¿qué resulta, Garando? que cuando uno se quie- 
re tirar se queda quieto, porque no sabe lo que hay 
á sotavento. Total, que preguntando me he venido á 
este tabacal, donde usted hará conmigo lo que guste. 
¿Me recoge? Pues aquí me quedo. ¿No me recoge? 
Pues me tiro, y ahí te quedas, mundo amargo. 

— Ya lo creo; sí, le recojo á usted — dijo Ángel, 
llevándole hacia la casa. — Lo malo, amigo D. Pito, es 
que aquí no tenemos bebidas alcohólicas... ¡Ah! sí, 
puede que Cornejo tenga anís... Veremos. 



ÁNGEL GUERRA 161 

Y como le pidiera más explicaciones de su disgus- 
to con los Babeles, añadió el capitán: 

— Desde que Simón está colocado, no se les puede 
aguantar. Tomaron casa, allá junto al palacio gran- 
de, y Arístides llegó de Madrid para Tivir con ellos. 
Ya me calo yo por qué no me quieren á su lado. Soy 
perro viejo, y á mi no me la dan. Es el caso que... 
(parándose) ahora están con el toque de casar á Dulce 
con el primo ese, un tal Casiano, que se viste como 
en las comedias, y es un pedazo de bárbaro... pero en 
fin, parece que tiene trigo y el hombre quiere em- 
barbetarse con la chica. Simón y Catalina entusias- 
mados; como que no miran más que al vil interés. Y 
les trae sorbidos los sesos un curángano, amigo y 
pariente del primo, que le llaman Juanito Casado, 
del cual dicen que es gran tiólogo y arreglador de 
vidas ajenas. Yo no sé sino que apostó á feo con Sa- 
tanás y le ganó. Pues entre todos están preparando 
el pastel. Pero como yo me caso con el vil metal, y 
con todos los curas feos ó bonitos, y como veo y toco 
que á mi sobrina no le peta ese avestruz, no quiero 
hacerles la jugada, y Simón y Catalina, para que yo 
no les estorbe, me han ajustado la cuenta y me han 
desenrolado. 

No sólo no le parecía mal á Guerra que los padres 
de Dulce quisieran casarla con el primo Casiano, sino 
que aplaudía el proyecto, teniéndolo por la más jui- 
ciosa idea que en cerebros babélicos había nacido 
desde la creación del mundo. Así se lo dijo á D. Pito, 
el cual, sin cuidarse para nada ya de su sobrina, no 
pensaba más que en disfrutar del hermoso ambiente 
campesino y en contemplar el grandioso paisaje que 

2.' PARTE 11 



1G2 B. PÉREZ GALDOS 

desde los altos á donde habían llegado se dominaba. 
«Vea usted, esto me gusta, esto sí que es hermoso, 
Garando, porque si bien es cierto que no se ve nada 
de la charca salobre... no sé... que sé yo... el fresco 
este parece que le dice á uno: «Vengo empapado en 
la mar, y ahí te la meto por las narices». [Extendien- 
do la mano.) Nordeste, un poquito tirado al Este. 
¿Ve aquel paredón de neblina que se ve por allí, de- 
trás de la ciudad"? Pues ahí viene más viento, y ma- 
ñana, ó fallan mis papeles, ó Sudoeste que te quiero 
ver». 

Anochecía cuando llegaron á la casa, y Guerra 
dio órdenes para aprontar la cena, porque los boste- 
zos del pobre navegante, en los cuales parecía dar. 
dentelladas á la piel amarilla que cercaba su rostro, 
revelaban que su apetito debía de ser ya hambre de 
naufragio. Cenaron, y afortunadamente Cornejo te- 
nía un poco de anís, que sirvió de grandísimo con- 
suelo al huésped. 

— Vamos á ver — díjole Guerra, — ya que aquí no 
puede usted ver la mar, ¿le serviría de distracción la 
pesca de río? 

— Al pasar he visto que hay pescadores, sí señor, 
con más paciencia que los que esperan á que San 
Juan baje el dedo. ¡Y qué turbio viene el río y qué 
ruido mete! Pescaremos, si me traen aparejos. Tam- 
bién he visto que hay una barca que parece una caja 
de pastillas para la tos, y trae pasaje para esta parte 
de acá... Diga usted, ¿no podríamos coger la barca, y 
dejarnos ir al garete hasta llegar á Lisboa? Y de allí... 
una vueltecita por la mar, y luego, orza para aden- 
tro y á dormir al cjo-arral. 



ANGBL GUERRA 



163 



El desgraciado marino parecía feliz, y al beber el 
último trago, después de la cena, se acostó en la cama 
que le improvisó Jusepa con un jergón de paja y dos 
mantas. No necesitaba más, y aquel primitivo aco- 
modo cuadraba mejor á sus gustos y á sus hábitos 
que el avío de un lecho de lujo con finas holandas y 
colchones de muelles. Se quitaba tres prendas nada 
más: el sombrero, el collarín de piel y las botas, y 
liándose en una manta, como si con su persona qui- 
siera hacer un cigarro, ya estaba arreglado el hom- 
ore, pues de un tirón la dormía, arrullándose con la 
serenata de sus propios ronquidos. 

Únicamente para visitar á su amiga, abandonaba 
Guerra las soledades de Guadalupe, lo que ocurría 
tan sólo dos veces por semana, por no permitirlo con 
más frecuencia las reglas de la Congregación. Del ci- 
garral al puente tardaba cuarenta minutos, y mucho 
menos del puente á la Judería y casa provisional del 
Socorro, la cual era de vecindad, vulgarísima, colin- 
dante con las ruinas del que fué palacio del marqués 
de Villena y después de Benavente, á dos pasos de la 
Sinagoga del Tránsito y del Asilo de pobres de San 
Juan de Dios. Ni dentro ni fuera ofrecía cosa alguna 
que h-íblase á la imaginación del artista, como es co- 
rriente en todo edificio toledano. En la improvisada 
capilla, así como en el locutorio ó sala de recibir, 
únicas piezas que Ángel conocía, todo era vulgar, 
pobrísímo y sin ninguna especie de arte. Los mue- 
bles, casi todos adquiridos de limosna, distinguíanse 
por su chabacana variedad. Cuadra blanqueada pare- 
cía la capilla, con su altar de gusto francés de car- 
gazón, y un confesonario vetusto, procedente quizás 



164 B. PÉREZ GALDÓS 

de alguna iglesia en ruinas. En el mueblaje del lo- 
cutorio había banquetas altas que debieron de per- 
tenecer á un escritorio de casa de comercio, y otras 
enanas que sin duda fueron de una escuela de niños, 
un sofá de Vitoria, y por decoración tres estampas: 
San José, Pío IX y León XIII; el suelo de baldosín, sin 
más reparo del frío que una angosta estera delante del 
sofá. La famosa y popular Congregación, fundada en 
Madrid treinta años ha para asistir enfermos á domi- 
cilio, instalóse en Toledo poco antes de los sucesos 
que aquí se refierenj pero aún no tenía casa propia. 
Establecidas provisionalmente en una de alquiler, es- 
peraban las hermanas tener pronto edificio suyo y 
nuevo, contando con la generosidad de personas ri-- 
cas del vecindario. Hallábanse ya organizadas con- 
forme á las reglas de su instituto, con los tres gra- 
dos de religión, á saber: profesas, novicias y postu- 
iantas. En la categoría de novicias estaba Leré. 

La primera vez que Guerra visitó á su amiga en 
aquella temporada, causóle extrañeza verla de hábi- 
to, y no ciertamente porque el vestido religioso la 
desfigurase, robando encantos á su persona, sino 
quizás por todo lo contrario. Pronto se acostumbra- 
ron sus ojos á tal transformación, y llegó á creer que 
nunca había visto á Leré de otro modo; tan bien en- 
cajaban en su figara la falda de estameña negra con 
muchos pliegues, la manga perdida y el estrecho 
manguito cubriendo el brazo hasta la muñeca; la ce- 
rrada toca, que se proloagaba hasta mitad del pecho 
formando como una muceta, sobre la cual no llevaba 
aún rosario por no ser profesa; la negra esclavina so- 
bre los hombros, y en la cabeza el velo blanco; los 



ÁNGEL GUERRA 165 

dos rosarios pendientes de la cintura, el uno llamado 
la Qorona, con catorce dieces divididos por medallas; 
el otro, como insignia ó distintivo de la Congrega- 
ción, terminado en crucifijo de bronce. 

El bailoteo de los ojos se destacaba y lucia más, 
sin duda por no verse de la cara más que el palmito 
puro, recortado por la holanda, sin nada de pelo y 
muy poco de la frente. Acompañábala en las visitas 
una hermana profesa llamada Sor Expectación, cua- 
rentona, de rostro blanquísimo y facciones bozales, 
resultando un contraste muy extraño entre la feal- 
dad etiópica y la blancura alabastrina. Sus ojos pare- 
cían cuentas de bruñida pizarra. Mostrábase la her- 
mana muy afable con Guerra, que era ya, dicho sea 
de paso, uno de los protectores más generosos del na- 
ciente instituto. La conversación solía versar sobre 
Jas dificultades con que tropezaba el Socorro para 
establecerse en Toledo, y entre col y col se desliza- 
ban apreciaciones morales y místicas. Sor Expecta- 
ción, á pesar de su mayor categoría ante la novicia, 
dejábala hablar sin meter baza, y la oía con atención 
cariñosa, cual si viera en ella uno de esos discípulos 
precoces que hacen callar á los maestros. El tono 
empleado poi* los tres era familiar, á veces munda- 
no, y Ángel se maravillaba de que el hábito no hu- 
biese alterado la naturalidad graciosa de Leré , la 
cual no creía sin duda que la santidad excluye el 
mirar cara á cara y el reírse con decencia, siempre 
que haya motivo para ello. La única restricción era 
que no se le podía dar la mano. 

La primera ó la segunda tarde de visita (no hay se- 
guridad en la fecha], se sintió el madrileño ante su 



166 B. PÉREZ jALDÓ? 

amiga invadido de una tristeza que le abrumaba. 
Veíala dotada de hermosura celestial y vaporosa, 
que, á poco que sobre ella actuara la imaginación, 
se condensaría en belleza tangible y humana, y como 
al propio tiempo la veía del lado allá del abismo ca- 
vado por los votos y la observancia reglar, tuvo el 
picaro antojo de echarle un lazo para atraparla y 
traérsela á la orilla en que él estaba. Empleó los ar- 
í^umentos del padre Mancebo, que eran los más fá- 
ciles de manejar, y Leré se defendió primero con ti- 
bieza y en tono festivo; mas poco á poco fué entran- 
do en calor, hasta concluir con una parábola tan in- 
geniosa como persuasiva y elocuente. 

— Mientras usted y mi tío no vean la vida como 
U veo yo, no comprenderán el ningún efecto que 
me hacen esas razones. Los trabajos, las penas y en- 
fermedades, mirólas yo como pruebas de las cuales 
no debemos huir, porque ellas nos son enviadas para 
templar nuestra alma y hacerla resistente. Los que 
no son probados en ^sa tienta, no sirven para la vida 
alta. Los que aceptan las pruebas y se mantienen fir- 
mes y derechos, esos sirven. ¿Ha visto usted la Fá- 
brica de espadas? Yo la vi siendo muy niña, y ob- 
servé una cosa que no se me ha olvidado nunca. Un 
obrero de mucha práctica coge las varas de acero, 
las mete en el fuego, y cuando están al rojo las va 
examinando. Algunas, sin que se sepa la causa, pre- 
sentan unáis grietecillas ó no sé que... El obrero no 
hace más que mirarlas, y dice: «ésta no sirve», y )a 
arroja en un montón. Aquellos pedazos de hierro no 
sirven para espadas, y se aprovechan para*hacer asa- 
dores. Paes eso digo de las personas que no saben 



ÁNGEL GUERRA 167 

templarse: no valen para espadas; asadores serán toda 
su vida. Los que cuando ven el mal encima claman 
atribulados al cielo, como si Dios tuviera la obliga- 
ción de conservarles la dicha y la salud, no tienen 
temple, no valen. Serán acero fino los que resisten, 
los que alaban la mano que les baquetea sobre el 
yunque, los que cuando sp ven pobres, perseguidos, 
enfermos, calumniados, dicen: «venga más». 

Sor Expectación asentía risueña, con su poquitín 
de orgullo, y Guerra no encontraba fácilmente en su 
magín la contestación adecuada á tal manera de dis- 
currir. 

— Por consiguiente, no se asuste usted de que yo 
me quede triste, pero tranquila, cuando alguien vie- 
ne y me dice: «El tio Paco sigue mal de la vista y se 
quedará ciego... La tía Justina no puede con tanto 
trabajo... ¿Qué va á ser de esos pobre* niños?» Y ya 
le estoy oyendo decir á usted: <^¡Pero qué cruel y qué 
mala es esta mujer, que ve impasible tantas desdi- 
chas!» Es que para mí la mayor de las desgracias con- 
siste en no recibir esos regalitos del cielo que llam?!- 
mos adversidad, miseria, muerte; es que para mí los 
que revientan de salud y de bienestar son los más 
dignos de lástima; es que para mí las calamidades re- 
presentan una forma de bendición ó gracia, y cuan- 
do la calamidad es sufrida con paciencia y humildad, 
viene á ser la ejecutoria de que servimos, sí, de que 
servimos para algo más que para comer y cargarnos 
de ropa. Y no me saquen la consecuencia de que si 
mi tío pierde la vista, yo me alegraré. No es eso; yo 
LO me alegro: lo siento, porque el mal ajeno me afec- 
ta y me duele más que el propio. Si el mal fuera mío 



16S B. PÉREZ GALDÓS 

me agradaría sufrirlo; pero siendo ajeno no teDgo 
derecho más que á mirarlo con piedad, deseando que 
el prójimo lo acepte como lo aceptaría yo... Ya, y le 
veo á usted venir... aguarde un poco. Va usted á pre- 
guntarme si no debo hacer algo para evitarlo. Si re- 
mediarlo pudiera, tomándolo para mí, lo haría; pero 
el remedio que me proponen es sumamente chistoso. 
¿Qué se le ocurre á mi tío como infalible talismán 
para conservar la vista'? Pues nada, friolera; que yo 
me case. En renunciando yo á la vida religiosa y en 
metiéndome á casada ¡pin! se acabó la ceguera, y tutti 
conteiiti. ¿Cómo quiere usted que no me eche á reir, 
don Ángel? (Anticipándose d las razones de Guerra.) 
Ya, ya sé lo que me va usted á decir: que la ceguera 
no es un argumento directo contra mi vocación; que 
se teme perder la vista, porque la familia quedaría 
desamparada, y que para evitar este desamparo de la 
familia, urge que yo dé el si á Pepito Illán ó á otro 
que tenga cuartos. Pero, D. Ángel, ¿es posible que 
de cabezas bien organizadas salgan razones tan sin 
substancia? Lo que pretenden es que yo abandone eí 
camino por que me llama Dios, y tome otro que me 
repugna. ¿Para que? para evitar la pobreza de mis 
sobrinos, ¡la pobreza el signo visible de pertenecer á 
Cristo! ¡el eres mió con que nos marca en la frente! 
Aquí sí que me explayo á mis anchas, y aunque usted 
me llame lo que quiera, digo y repito que no me im- 
porta nada que mis sobrinitos sean pobres. Si Dios les 
destina á mejorar de suerte en el mundo, porque así 
les convenga. Él les abrirá camino. ¡Pero buscar el 
remedio de su pobreza en el arreglito de una tía ca- 
sada y un tío rico, que no se sabe aún si querrían pro- 



ÁNGEL GUERRA 169 

tegerles...! Vamos, ríase usted, hombre, ríase de esta 
manera de discurrir. El mal, el verdadero mal es el 
pecado. Cualquier sacrificio es poco para apartar á un 
alma de la condenación eterna. ¡Pero la pobreza, mirar 
como mal la carencia de medios de Fortuna! Fíjese 
usted un poco, remonte la vista, considere la vida 
desde un poquito alto, y verá que el accidente del 
tener ó el no tener, colocaao entre el nacer y el morir, 
significa bien poco. ¡Si no muriera el rico, si su rique- 
za le asegurara un puesto preferente en la otra vida..! 
¡Pero si muere como el mendigo, y tan polvo es ei 
uno como el otro! Y fíjese usted en la brevedad de la 
vida, en esta jornada que hacemos acompañados por 
la muerte, que nos lleva de la mano, pronta á dar- 
nos la zancadilla. ¿.Qué diferencia esencial hay entre 
recibir de un administrador ó del habilitado el peda- 
zo de pan y tener que pedírselo al primero que pasa? 
Cuestión de formalidades, que en el fondo no son 
más que soberbia... ¡Que Justina tenga que mendi- 
gar! ¿Y qué? Es lo único que le falta para ser santa. 
De lismosna vivimos nosotras. ¡Que los chicos no po- 
drán seguir una carrera! ¿Y qué significa esto de las 
carreras? ¿Ser abogado para enredar á media humani- 
dad, ser médico ó militar para matar gente con pildo- 
ras ó con balas? Ni las carreras, ni los oficios represen- 
tan nada... ¿Me quiere usted decir si cuando un hom- 
bre se presenta delante del que juzga á ios vivos y 
á los muertos, le van á pedir algún título académico 
ó la papeleta de exámenes? Ya, ya sé lo que va usted 
á contestarme. Que con'mis ideas, bonita estaría la ci- 
vilización. Pero si yo no tengo nada que ver con la ci- 
vilización, ni me importa, ni hablo contra ella. Ya sé 



170 B. PÉREZ GaLDOS 

que siempre ha de haber ricos, y convendrá quizás 
que los haya; pero cada cual tiene su gusto, y á mí, si 
me dan á escoger, me quedo con la pobreza. No poseo 
nada ni quiero poseer nada. La propiedad me quema 
las manos, y la idea de mió me la borro, me la supri- 
mo de la mente, porque esa idea, créame usted, suele 
ocupar mucho espacio y no deja lugar á otras, que 
nos convienen más. Yo digo: habrá algo que sea de 
alguien; pero mío, perteneciente á mí, bien segura 
estoy de que nada existe. Sólo Dios es dueño de todas 
las cosas. Á Él pertenezco y nada me pertenece. 



III 



Salía Guerra de allí con la cabeza medio trastor- 
nada, porque las ideas expuestas con tanto donaire y 
sencillez por su amiga le seducían y cautivaban sin 
meterse á examinarlas con auxilio de la razón. Había 
llegado Leré á ejercer sobre él un dominio tan ava- 
sallador, se revestía de tal prestigio y autoridad, que 
llegó á representársele como la primer persona de la 
humanidad, como un ser superior, excepcional, in- 
vestido de cualidades y atributos negados al común 
de los mortales; y cediendo á una ley de gravitación 
raoral, sentíase atraído á la órbita de ella, llamado á 
seguirla y á imitarla. 

Recordando en la soledad campestre las expresio- 
nes de su amiga, las comentaba, las desentrañaba, y 
de ellas partía buscando hacia arriba alguna síntesis 
suprema, ó hacia abajo aplicaciones á la vida gene- 
ral. La semana entera se la llevó tratando de dis-erir 



ÁNGEL GUERRA 171 

aquel refinado misticismo, que un año antes le ha- 
bría parecido absolutamente indigesto. Lo que más 
sentía era que todas las visitas semanales no fueran 
igualmente afortunadas, porque en algunas creería- 
se que el Demonio lo enredaba, llevando a otras per- 
sonas que hacían difícil la comunicación inmediata 
con Leré. Como para las visitas se designaban días 
de la semana, no pocas veces reuníase tal caterva de 
señoras y caballeros, que era cosa de salir renegando. 
Una de ^as tardes más desgraciadas fué aquella en 
que, á poco de entrar Guerra, vio penetrar en la sala 
la respetable trinidad de D. Suero, doña Mayor y 
Mariquita Fernanda, no tardando en agravarse la si- 
tuación con la llegada de la superiora, Madre Victo- 
ria de la Cruz, y de otras dos monjas más. Generali- 
zada la conversación, D. Suero se puso insoportable 
ponderando los beneficios que iba á reportar Toledo 
de personas tan ilustradas como las hermanitas del 
Socorro. Burla burlando, echó unas puntaditas á las 
órdenes de clausura, que no responden á los fines de 
la vida moderna y de la ilustración, porque aun en 
el ramo de almíbares y huevos hilados, ahí están las 
confiterías, que son una industria y ayudan al soste- 
nimiento de las cargas del Estado. Doña Mayor y la 
superiora picotearon bastante, y María Fernanda pi- 
dió explicaciones á la novicia de ciertas laborcillas 
de gancho que hacía con gran primor, y después ha- 
blaron de las señoras de Rojas, sintiendo mucho que 
se hubieran muerto, ¡pobrecitas! y la tarde fué para 
Ángel desabrida, larga y tediosa. 

A veces solía llevar á D. Tomé, con inatención de 
echárselo á las demás visitas al modo de quite, para 



172 B, PÉREZ GALDÓS 

que le dejaran libre á Leré; pero las escasas faculta- 
des sociales j de palabra del autor del Epitome inuti- 
lizaban casi siempre su plan. 

En cambio las tardes felices, aquellas en que se 
encontraba solo con la novicia j la hermana blanca, 
que parecía la estatua de una negra bozal esculpida 
en alabastro, con las pestañas blancas j los ojos de 
pizarra, Ángel se consideraba dichoso; y si la con- 
versación no recaía desde el primer instante en co- 
sas supremas, él la llevaba por las vías y zonas más 
altas. Fácilmente seguía la imaginación alada de 
Leré los vuelos de su amigo, y apreciaba con brío 
mental y convicción fortísima la humana existen- 
cia, dejando muy mal parado el mundo, por el suelo 
sus afanes y vanidades, y resueltamente establecido 
el principio de que fuera del fin de salvarse, no hay 
niugún fin humano que no sea una gran necedad. 

Hay que advertir que un entusiasmo semejante, 
aunque no tan vivo, al que había sabido inspirar á 
su antiguo señor, despertaba Leré en la comunidad, 
pues todas las hermanas veían en ella una mujer ex- 
cepcional. Las cautivaba precisamente con su mo- 
destia y su deseo de anularse; con querer ser siempre 
la primera en la faena, la última en el descanso; con 
no aventurar jamás un deseo dentro de las prácticas 
de la Congregación, como no fuera el de la absoluta 
obediencia; con ser la enfermera más valerosa, la más 
diligente ama de gobierno, la más callada, la más 
sufrida, la más serena de espíritu; y en fin, concluía 
de ganar los corazones con su entendimiento sobera- 
no, pues si rompía el silencio, porque se solicitaba su 
opinión sobre algún punto espiritual ó de la vida 



ÁNGEL GUERRA 173 

ordinaria, siempre salían de sus labios palabras de 
deslumbrador sentido, conceptos sobre cuja exacti- 
tud j verdad no podía caber ninguna duda. 

Algunas tardes volvía Guerra á Guadalupe en ese 
estado que los místicos llaman de edificación: bullían 
en su mente planes y proyectos que no era más que 
las ideas de una mujer queriendo tomar en la mente 
del varón forma activa y plasmante. Lo que Leré 
pensaba, debía llevarlo él al terreno de la acción. La 
iniciativa ó el germen de esta acción partía de su 
amiga, encarnándose luego en la mente de él y revis- 
tiéndose de la substancia de cosa práctica y real. Tro- 
cados los organismos, á Leré correspondía la obra pa- 
terna, y á Guerra la gestación pasiva y laboriosa. El 
proyecto de fundación sería Leré reproducida en la 
realidad, idea de la cual apenas se daba cuenta Ángel, 
mientras fué nebulosa, pero que a medida que se con- 
densaba, ibale absorbiendo y ocupándole todo. Fun- 
dar, si, fundar; ¿pero qué, cómo, en qué forma? Sólo 
sabía que era forzosa la fundación; mas no acertaba 
con los términos precisos del ser que se estaba for- 
mando en su caletre. 

¡Qué noches aquellas del cigarral, dignas de que 
las pintase quien supiese hacerlo 1 Cornejo encendía 
con el ramaje de la poda una gran lumbre, junto á la 
cual se congregaban el amo, el guarda, Jusepa, don 
Pito y el pastor, de quien no se ha dicho nada todavía. 
Llamábase Tirso, y era un hombre enteramente pri- 
mitivo, de una tosquedad casi salvaje, hirsuto y mal 
barbado, vestido con calzón de correal, abarcas de 
cuero, un chaquetón de raja parda sin forma ni color 
y que parecía compuesto de pedazos de yesca, mon- 



174 B. PÉREZ GALDÓS 

tera de pellejo rapada ya por el uso. Su cara era un 
revoltijo de arrugas y polvo, en medio del cual lu- 
cían los ojos sagaces, despiertos, como dos ascuas chi- 
quitinas que habían caído por casualidad en aquella 
masa reseca, y la iban á incendiar cuando menos se 
pensase. 

Tirso no tenía edad, es decir, no era fácil echarle 
la filiación. No sabia cómo se llamaba. «¿Tirso qué?» 
le preguntaba su amo, y él se encogía de hombros. 
Pasaba por tonto en aquellas tierras, y también por 
gracioso; excelente guardador de cabras, pues res que 
se le confiaba, no era fácil que se perdiese. No había 
estado en Toledo más que dos ó tres veces en su vida, 
ni conocía más mundo que el que se extiende desde 
el puente de San Martín hasta la sierra de Nambroca, 
entre los ríos Guadajaroz y Algodor. Hablaba un len- 
guaje corto y de escasísimo vocabulario, lleno de des- 
usados idiotismos, que sonaban á lengua fenecida. 
No se había lavado nunca ni siquiera la cara. No en- 
tendía la hora en la muestra de un reloj; pero en 
cambio la leía con exactitud en el curso del sol, y por 
la noche la deletreaba en el libro de las estrellas. No 
sabía lo que es café, y el chocolate lo había probado 
una sola vez en su vida. Llamaba de tú ó de vos á 
todo el mundo, menos al amo, á quien se dirigía siem- 
pre en tercera persona, pues el usted no acababa de 
articularse en sus torpes labios. Desde las alturas don- 
de pastoreaba había visto pasar el tren; pero nunca 
se dio cuenta clara de lo que aquello era. El sentido 
moral parecía muy embrionario en él; en cambio no 
le faltaba el sentido jurídico, y las ideas de tuyo y 
mío brillaban claras en su mente. Tan pronto se ba^ía 



ÁNGEL GUERRA. 175 

notar por su barbarie como por su agudeza, y era algo 
médico, algo astrónomo y también algo poeta. 

A D. Pito le cayó muy en gracia, y se partia de risa 
oyéndole hablar, entendiérale ó no, pues comúnmen- 
te el marino se quedaba en ayunas de las expresiones 
de aquel solitario de tierra adentro, y tenía que recu- 
rrir á Cornejo para que le tradujera frases como ésta: 
«si fuérdes al monte topárdes lliebres, maguer que en 
cría», que sonaban á castellano en cria. Poco á poco 
se fué haciendo el oído del navegante á la fabla del 
rústico, y no tardaron en amigarse. Por las noches, al 
amor de los tizones, se enredaban en graciosas parla- 
mentas, no teniendo poca parte en la intimidad el uso 
del alcohol, pues D. Pito, que por la generosidad del 
amo disfrutaba ración bastant3 de sus brebajes favo- 
ritos, convidaba al pastor á catarlos, y el bruto aquel 
se relamía de gusto cada vez que empinaba el codo. 
Esto y salir á tirar algunos tiros era su mayor deli- 
cia, en lo cual se confirmaba la observación de que lo 
primero que el salvaje acepta de las razas civilizadas 
es la pólvora y el aguardiente. 

Acompañábale D. Pito en sus excursiones pastori- 
les, y no le llamaba por su nombre, sino que desde el 
primer día le aplicó otro muy enrevesado, que los 
demás rara vez acertaban á pronunciar al derecho. 
«Este demonio de zagal — decía el marino á Guerra — 
es el vivo retrato, fuera del color, de un cacique de- 
negros que conocí en la costa de África, el cual nos 
traía la esclavitud en cuerdas de veinte, veinticinco 
hombres. Á pesar de la diferencia de razas, aquel bár- 
baro y éste se parecen como dos gotas de agua, en la 
manera de mirar y en el aire del cuerpo, y siempre 



176 B. PÉREZ GALDÓS 

que hablo con Tirso, me parece que tengo delante al 
amigo Tatahuqiienquer>. 

A poco de tratarse j de vagar juntos por sendas y 
barrancas, seguidos de Cachopo, el perro del cigarral, 
Tirso respondía al endiablado nombre de Tatabuquen- 
que. Por cierto que cuando D. Pito aparecía entre las 
rocas ó por entre las ramas de un matorral, con el co- 
llarín de pelo amarillo, el hongo aplastado, la cara de 
corcho, debía de parecer fiera que en la aspereza de 
aquellos montes tenía su caverna, y que salía en bus- 
ca de alguna res para echarle la zarpa y comérsela, y 
lo mismo pensarían de él sin duda los conejos y Ihs 
aves que desde lejos le miraban, poniéndose en salvo 
con más miedo del hombre que de la escopeta. Porque 
se ha de decir que era tan mal tirador D. Pito, que de 
cada cinco disparos no acertaba ninguno, y como no 
saliera Cornejo en su ayuda, la caza concluiría por 
perderle todo respeto. 

A Guerra le entretenía oírles charlar por las noches, 
junto á los tizones encendidos. Contaba D. Pito sus 
aventuras de mar, que escuchaban con la boca abierta 
Tatabuquenque, Cornejo, Jusepa y el mismo Ángel. 
Oiríais allí cómo afronta un vapor las mares hincha- 
das, poniéndoles la proa y cortándolas sin miedo; 
cómo barren las furiosas olas la cubierta, entrando por 
la amura y llevándose botes, jaulas de ganado, hom- 
bres si puede, y reventando algún mamparo, ola lu- 
cerna de la cámara; cómo en noches de espesa niebla se 
arruga el corazón de todo mareante, que ignorando 
dónde se halla, teme por momentos estrellarse contra 
invisibles rocas, ó darse de trompadas con otro buque; 
cómo se avisan con el triste sonido de silbatos y sire- 



ÁNGEL GUERRA. 177 

ñas que llenan el aire denso de tristeza y pavor; cómo 
impensadamente sobreviene el temido choque, y en 
un punto las dos naves dan el topetazo una contra 
otra, rompiéndose cual si fueran de vidrio; cómo en 
fin, el agua se precipita en las cámaras y bodegas en 
catarata hir viente, y salen todos despavoridos, bus- 
cando la salvación sin encontrarla, hasta que se hun- 
den por aquellas aguas abajo, y perecen comidos de 
peces voraces que se los meriendan en un decir Jesús. 
Oiríais también relatos asombrosos de países lejanos 
y ardientes, donde todas las personas son negras y 
andan en cueros vivos, buscando algún cristiane que 
aparezca por allí para asarlo y comérselo; ó de pue- 
blos de refinada civilización, donde andan Ips trenes 
por las calles como aquí los perros, y hay los más so- 
berbios establecimientos de bebida que se pueden 
imaginar; escucharíais, en fio, ¡me caso con San Bo- 
londrón! la nunca oída fábula de un Túnel por de- 
bajo de ríos mayores que el Tajo, de un canal por 
donde saltan los barcos de una mar á otra, de vapo- 
res tan grandes como la Catedral que van llenos de 
gente, de ganados, de azúcar, de arroz ó de aguar- 
diente, por aquellas aguas adelante, pim pam, dale 
que le das á la hélice, la cual viene á ser lo mismo 
que el molinillo de la chocolatera; y todo se mueve 
con una máquina grandona, donde está el vapor dan- 
do resoplidos, metiéndose y sacándose por unos tubos 
que... (No sabiendo cómo explicarlo.) Vamos, que se 
calienta el agua, y se furma el vapor, que viene á 
ser... ¿Veis las nubes? Pues como las nubes, un hu- 
mito blanco, blanco, que tiene más fuerza que miles 
de caballerías, y se mete por el tubo y va al cilindro, 

2.* PARTE 12 



178 B. PÉREZ GALDÓS 

y, pues... empuja, vamos... sale, se condensa, vuelve 
á entrar... y... 

Tirso. {Comprendiendo.) Jó, como el muérgano de 
la Egregia Mayor de Toleo, que va el viento y an- 
sopla por los cañes, y ansina como sale el son en el 
muérgano, en aquesas mánicas descampa un golpe 
de adre que arrempuja... 

JüSEPA. ¡Válgame Dios, que trenes los de la mar! 
Uyí que en no sé qué mar se fué al jondo un barco 
cargao de dinero, y bajaron á cacarlo unos aqueles de 
hombres con la cabeza metía en un botellón de 
vridío. 

Tirso. Jó, abajaradéis vos á buscallo con san fin de 
dimoños; que 30 ni por to el sagrario bendito me 
abajaba. 

Cornejo. ( Dándose importancia. ) Animales, esos 
que bajan son los buzos, que tién vestimenta de fie- 
rro como la que sacan los guerreros en la procesión 
del Viernes Santo, y un dispejo por delante de la 
cara, pa ver mismamente dentro de la mósfera del 
agua. 

Don Pito. Exactamente, así es. 

Tirso. ¿Y no unisteis lo que mos contó el estor- 
diante D. Pelayo, fijo de nuestramo de antes D. Juá- 
rez? Pos contó que hubían unos barcos grandes, gran- 
des, con jierro por alante, y dencima cañones del gor- 
do como de cuatro güeyes, y en ca tiro, jó que te es- 
triego, medio mundo patas arriba. 

Don Pito. Esos son los acorazados, sí, tremenda ar- 
tillería. [Enfática descripción de la marina militar.) 

JüSEPA. Anda, ¿y busté hay estado con su barca en 
tantísimas ciudades y puebros?] 



ÁNGEL GUEftRA 179 

Don Pito. No acertaré á contarlos. Liverpool, Ham- 
burgo y Amberes en el Norte; Ñapóles, Trieste y 
Marsella ea el Mediterráneo; Singapore, Macao y 
Manila en Oriente; toda América desde Montreal á 
Buenos x\ires por Occidente; la Mar Caribe de punta 
á punta muchas veces, y en África hasta cerca del 
Cabo. 

TiRSü. ¡Jó, qué correrlos tié el hi de pucha! 

JüSEPA. Diga, ¿y no allegó á Roma? 

CoRNEJu. [Ganoso de contar sus empresas militares.) 
No seas bestia. Si Roma no es puerto de mar. Allí 
estuvimos con el general Córdoba, cuando Pío IX 
nos echó la bendición. 

Tirso. Roma es ondo mora el crergo mayor de tos 
los crergos, que le llaman Su Santísimo Papa. 

La conversación se animaba hasta el entusiasmo 
cuando recaía en asunto de toros. Cornejo, que había 
vivido algún tiempo en las dehesas del Duque, se las 
echaba de inteligente, narrando mil peripecias dra- 
máticas y lances tremebundos. A Jusepa se le encan- 
dilaban los ojos, y aunque sólo había visto dos me- 
dias corridas en la plaza de Toledo, su imaginación 
se inñamaba con el relato de las lides taurómacas, 
cual montón de hojarasca reseca en la cual arrojan 
una te=i encendida. El montaraz Tirso, que jamás 
presenció corrida en forma, y apenas conocía los to- 
ros más que de verlos sueltos y libres en la ganade- 
ría, contó que una vez, hallándose en medio de las 
fieras, vio dos que reñían, y el vaquero les tiraba 
piedras, y él tuvo tal miedo que le entró una corren- 
cia, única enfermedad que tuvo en su vida. El capi- 
tán refirió las diversas funciones que en Cádiz, en la 



180 B. PÉREZ GALDÓS 

Habana y en Madrid había visto, y entre las verda- 
des colaba de matute mentiras muy gordas, verbi- 
gracia, que en cierta corrida á que asistió en Jerez, 
viendo que nadie se atrevia con un Miura muy vo- 
luntarioso y de mucho sentido, bajó al redondel y lo 
remató con un mete y saca, que fué la admiración de 
los maestros. Eu volandas le llevaron á su casa. No 
hay que decir que los tertuliantes se lo creían, pues 
cuando aquel tema de los toros, legendario y casti- 
zo, tan grato á españoles de raza, se introducía en la 
conversación, todos perdían la chaveta, lo mismo el 
bárbaro Tirso que la zafia Jusepa y el veterano 
Cornejo. 

IV 

No lejos del grupo que rodeaba el fuego, Guerra 
oía y callaba, y los vivos coloquios en que alternaba 
la marrullería de D. Pito con la rusticidad de los ci- 
garraleros, lejos de molestarle en su meditación so- 
bre cosas tan distintas de lo que allí se hablaba, ser- 
víanle como de arrullo, le llevaban el compás, si así 
puede decirse, marcándole el ritmo para que sus 
ideas se coordinaran más fácilmente. Así, cuando ha- 
bía una pausa en la conversación de aquellos bárba- 
ros, la mente de Guerra se paraba, como una máqui- 
na que se entorpece, y en cuanto volvían á sonar los 
disparates, la mente funcionaba de nuevo. ¿Qué re- 
lación podía existir entre el pensar del amo abstraí- 
do y los conceptos de aquella infeliz gente? Ningu- 
na en usual lógica. 

Poco á poco íbale saliendo á Guerra su plan, no 



ÁNGEL GUERRA 181 

completo DÍ sistemático, sino en miembros ó partes 
sueltas, las cuales eran como sillares de magnífica 
yeta, con los cortes y el despiezo convenientes para 
emprender luego la composición arquitectónica. 

Primera idea. Ni sombra de duda tenia ya de la 
excelencia y superioridad del ser de su amiga. Las 
doctrinas vertidas por ella revelaban inspiración del 
Cielo, y quizás una misión providencial confiada á 
tan excelsa persona. Gracias á Leré, Augel había re- 
cobrado las ideas de la infancia, la creencia en lo di- 
vino, la seguridad de que la suprema dirección del 
Universo reside en la voluntad misteriosa de un Ser 
creador y paternal, quien elije á ciertas criaturas y 
les imprime la divinidad en grado máximo para que 
descuellen entre las demás y les marquen el camino 
del bien. De estas almas delegpdas era Leré, con quien 
él había tenido la dicha de encontrarse en días de cri- 
sis moral, debiéndole su regeneración, indudable "vic- 
toria sobre el mal, pues sólo con mirarle y argüirle 
suavemente, la de los ojos bailantes había hecho de él 
otro hombre. 

Para corresponder á tan gran beneficio, él ayuda- 
ría á Leré á derramar por el mundo la onda divina 
que afluía de su alma pura. Poseyendo él suficientes 
medios materiales para materializar los hermosos pen- 
samientos de la inspirada joven, los emplearía sin va- 
cilar en empresa tan meritoria y grande. Fundaría, 
pues, con toda su fortuna, una orden, congregación 
ó hermandad destinada á realizar los fines cristianos 
que á Leré más le agradasen. Él se encargaría de todo 
lo adjetivo, ella de lo substancial. La institución po- 
día ser puramente contemplativa, si ella lo deseaba, 



182 B. PÉREZ GALDÓS 

Ó filantrópica y humanitaria con todo el carácter ca- 
tólico que ella quisiese darle. Si disponía que se con- 
sagrase al amparo de pobres y desvalidos, él tomaría 
sobre sí la obligación de buscarlos, recogerlos y con- 
ducirlos á donde recibieran el remedio de sus males» 
Si era cesa de cuidar enfermos?, él rebuscaría en za- 
húrdas insanas y estrechas las manifestaciones más 
horripilantes del mal físico. Si la santa se decidía por 
perseguir el mal moral, estableciendo la corrección 
del vicio, la enmienda de la prostitución y de la per- 
versidad, él emprendería una leva de criminales y 
les llevaría, con sugestiones inspiradas por su fe, á 
donde hallaran de buen grado los medios de regene- 
rarse. 

Parte esencial de este plan era que él, estimándose 
el primero entre los desgraciados, entre los enfermos 
y catre los criminales, se consideraba ya número uno 
de los asilados, cofrades, hermanos ó lo que fuesen, 
sin que esto le quitase su carácter de fundador, ni le 
eximiese de la obligación de disponer todo lo mate- 
rial y externo. 

Segunda idea. Al consagrarse con alma y vida á 
la realización de las doctrinas Lereanas, se desligaría 
en absoluto del mundo, y de toda relación que no 
fuera las que entablaba con su celestial amiga y 
maestra. 

Ruptura completa con todo el organismo social y 
con la huera y presuntuosa burguesía que lo dirige. 
Equivalía semejante determinación á quitarse un 
duro grillete, y al propio tiempo, reconociendo los 
garrafales defectos del organismo social, se inhibía 
en absoluto de toda competencia para reformarlo. 



ÁNGEL GUERRA. 183 

Proscripción completa de la política. Que la sociedad 
se arreglase como quisiera y como pudiera. Ya no 
tendría con ella más conexiones que las indispensa- 
bles para recoger en su seno corrompido las miserias 
que reclaman socorro. Ninguna idea política ni so- 
cial tenia ya valor para él; ni pensaba, como antes, 
en mudanzas ó refundiciones de los poderes públicos 
y de la propiedad. Cualquiera concreción que traje- 
se r"! porvenir, ya fuese la democracia rabiosa ó el 
absolutismo de látigo, le tenían sin cuidado, con tal 
que el legislador futuro no metiese la hoz en las 
nuevas florescencias del espíritu religioso. Y si las 
segaba, Leré dispondría. Era, pues, como esposa mís- 
' tica, que en el orden supremo de un matrimonio 
ideal llevaba el gobierno moral de la familia. Su sa- 
ber omnímodo daría solución á todos los problemas 
que se presentasen. 

lercera idea. En cuanto á prácticas religiosas, 
aunque por la influencia de Leré había recobrado los 
sentimientos de la infancia, las ideas primordiales 
del Dios único y misericordioso, y de la inmortali- 
dad del alma; aunque la estética del catolicismo le 
cautivaba cada día más, y tenia la moral cristiana 
por irremplazable, encontraba en el organismo de la 
Igl'ísia formalidades que, á su parecer, exigían mo- 
dificación. Sin embargo de estos escrúpulos, lo acep- 
taba todo tal como lo hemos heredado de las ante- 
riores generaciones católicas, por ser Leré católica 
ferviente. Amortiguaba el madrileño sus dudas pen- 
sando que, al recibir la excelsa joven la misión de 
desbrozar nuevamente los caminos del bien y la ver- 
dad, se creyó arriba que esta misión se cumpliría 



1^4 B. PÉREZ GALBOS 

mejor dentro del catolicismo que der.tro de otra 
creencia, y por esto había venido Leré al mundo con 
su ortodoxia exaltada y á macha martillo. En cuan- 
to al clero, el co-fundador lo creía necesitado de un 
buen recorrido, cual maquinaria excelente y de lar- 
guísimo uso, que conviene desmontar y limpiar de 
tiempo en tiempo; pero sometía su opinión al supre- 
mo dictamen de Leré, y si ella pensaba que el per- 
sonal eclesiástico debía continuar como existe, por 
él, que quedase. En puridad nada de lo establecido 
estorbaba para el grandioso plan. 

Idea total ó envolvente. Desechada la creencia, en 
él antigua, de que sólo el mal es positivo y de que el 
bien no es más que una pausa ó descanso del mal, es- 
tableció y dogmatizó la doctrina Lereana de que el 
mal y el bien son igualmente positivos, con la -dife- 
rencia de que el mal se determina en uno mismo, y 
el bien en los demás, es decir, que la concreción del 
mal es sufrirlo, y la del bien hacerlo. 

Terminado el laborioso parto, levantóse y salió 
para refrescar su alborotada mente, desafiando el frío 
de la noche. Los demás seguían charlando junto al 
fuego, y acostumbrados á ver las bruscas salidas y 
movimientos del amo, no hicieron caso de él. Miró 
Ángel las estrellas que resplandecían con vivido 
temblor en la concavidad sublime del cielo, y se sin- 
tió satisfecho de sí mismo como no lo había estado en 
todos los días de su vida. Vio en su existencia un des- 
tino grande, aunque subordinado á otro destino ma- 
yor, y comparándose con el hombre de antes no 
pudo menos de despreciar todo lo que fué, y de en- 
orgullecerse por lo que era, vanagloria legítima sin 



ÁNGEL aUERRA 185 

duda, no incompatible con el propósito de anularse 
^ocialmente y de llegar á ser, dentro de las catego- 
rías humanas, tan humilde y poca cosa como D. Pito 
y Tatabuquenque. 

Volviendo á entrar en la cocina, vio á Jusepa, que 
^e caía de sueño, abriendo la bocaza como una es- 
puerta, y á Tirso que abandonaba la tertulia, y salía 
tardo y claudicante, con movimientos y desperezos 
que más parecían de cuadrúpedo que de hombre. 
Mientras el pastor se iba al pajar, D. Pito cogía la 
manta para meterse en la almazara, sitio que le ha- 
bían designado para camarote. 

Guerra notó en él los síntomas del tedio abruma- 
dor que le acometía de vez en cuando. «Animarse, 
don Pito, que aquí estamos muy bien, y fuera de 
aquí no hay más que vulgaridad llena de sinsabores, 
y una vida de estúpidas apariencias. ¿Echa usted de 
menos la mar? ¡Dichosa mar! Descuide usted, que ya 
tendremos mar. Por de pronto, yo me encargaré de 
que nada le falte. {Mirándole los pies.) A propósito, 
esas botas no son propias de un caballero cristiano. 
Mañana irá Cornejo á Toledo á comprarle á usted 
otras de lo mejor que haya.» 

— Don Augel de mis entretelas {abrazándole), mu- 
chas gracias. Ya pensaba yo que necesitaba echar pa- 
las nuevas á la hélice; pero, amigo, como no hay... 
me caso con San... 

— Ea, no se case usted con nadie y menos con un 
santo. Quedan terminantemente prohibidos los casa- 
mientos. También le traerá Cornejo un capote de 
monte para que se abrigue mejor y suelte ese gabán 
que parece la funda de un violín... 



186 B. PÉREZ GALDÓS 

- Venga, venga el capote, y alégrate, casco "viejo, 
que ahora tienes quien te arranche. 

Como por ensalmo se le disipó el tedio, y cogiendo 
de las manos de Jusepa el candil de garabato, se fué 
á sn dormitorio y á su rústico lecho, donde tan rica- 
mente se tumbaba. Quedóse Ángel en la cocina, pues 
no tenía sueño ni ganas de acostarse, j sin más luz 
que la de los tizones, contempló embebecido las sin- 
gulares figuras y contornos del fuego en el ancho 
hogar, que lentamente se enfriaba. Los leños, hechos 
ceniza y conservando en ella su forma, se desmoro- 
naban por su peso y se rompían en mil fragmentos 
de lumbre, con rumor como de sílabas que espiran 
antes de ser pronunciadas. Las figurillas variaban á 
Cada instante, al apagarse, ahora como rostros de per- 
sonas y animales, ya como ramificaciones arbóreas, y 
todo se iba desmenuzando en puntos luminosos que 
la ceniza se tragaba y el frío se bebía. 

— Aún falta mucho, mucho — se dijo el solitario 
dando un gran suspiro, sin quitar los ojos del ho- 
gar, — para que la idea se complete y llegue á ser 
practicable. 

Retiróse á su aposento alto, á obscuras, palpando 
los paramentos de la escalera, y cuando se acostó, 
conservaba en su retina la impresión de las ascuas 
moribundas. No pudo dormir ni le molestaba el in- 
somnio. Mejor, mejor; con eso podría cavilar á sus 
anchas y sacar chispas de ciertos puntos opacos, gol- 
peándolos con el eslabón del pensamiento. Aletarga- 
do al fin, trataba de convencerse con laborioso razo- 
nar de que las imágenes de Leré y Ción que delante 
tenia, dándose la mano, vestidas de blanco y con los 



ÁNGEL GUERRA 187 

nimbos de oro en la cabeza, no eran proyección es- 
peotral de su idea sino realidad, realidad... Alli esta- 
ban las dos; pero hacían la gracia de desvanecerse en- 
cnanto él abría los ojos. «Es particular — se dec.a; — 
hace mucho tiempo que no se m(3 aparece el hombre 
aqiifll del cabello erizado y de la mueca de máscara 
fí-rieg-a». 



Contento estaba el marino con sus palas nuevss 
en la hélice y el capote de monte, el cual le parecía 
casulla, porque se lo encapillaba metiendo la cabeza 
por la abertura del centro de la tela. Prenda era de 
mucho-abrigo y comodidad para correrías invernales. 
Con ella y la gorra de nutria que le regaló Cornejo, 
y ea la mano, bien un garrote, bien vara larga y á 
veces una tralla, ¡listo! avante toda por altozanos 
y barranqueras, navegando en conserva con Tata- 
buquenque y sus cabras .. Al rayar el día, dejaba las 
ociosas pajas el bueno del capitán, y al instante iba 
en reconocimiento de la cocina, hasta avistar á Ju- 
sepa, con la cual se abarloaba sin pérdida de tiempo, 
obteniendo de ella un pedazo de bacalao que cha- 
mu^icaba en el primer fuego que en el hogar se en- 
cendía. Golpeando la tira de pescado seco contra una 
piedra para ablandarla, le metía el diente. Después 
tira de ginebra ó ron, y en franquía, mar afuera 
hasta la hora' en que pasaban los garbanzos por el 
Meridiano, la una de la tarde. 

Guerra paseaba también por la mañana, solo y sin 
alejarse mucho de Guadalupe, rondando por la Vir- 



188 B. PÉREZ GALDÓS 

g-3n del Valle ó aproximándose á la peña del Moro, 
de donde se divisa el panorama de Toledo y del río 
en toda su imponente majestad. Tres días después de 
la para él memorable noche en que determinó la fun- 
dación, hubo visita, por cierto de las más venturo- 
sas, porque nadie pareció por allí; y para colmo de 
felicidad, sor Expectación, la negra de alabastro, des- 
pués de presentarse en el locutorio con Leré, se largó 
con viento fresco diciendo que volvería. Solos la her- 
mana y Guerra, éste no le mentó el rebullicio que en 
su cabeza traía, prefiriendo confiarle el plan ya ma- 
duro y completo, sin que faltara ningún detalle. Úni- 
camente indicó que pronto hablarían de un asunto, 
religioso por más señas, que á entrambos igualmente 
había de interesar. Absorta y con cara de júbilo le mi- 
raba la novicia, y sus ojos inquietos despedían chispas 
de diferentes luces y colore*, como astros de primera 
magnitud, ó al menos, tales le parecieron á Guerra» 
Embelesado ante ella, ya no se contentaba con verla 
bonita, sino sobrehumanamente hermosa, con hermo- 
sura que amor y respeto en igual grado le infundía, la 
exaltación cordial sin mezcla alguna de apetito bajo, 
todo puro, todo místico y de la más fina idealidad. 

— .4 hora comprendo — pensaba Ángel comtemplán- 
dola con adoración muda; — ahora comprendo ese 
bailar de los ojos. Es el aleteo del Espíritu Santo, 
que ha hecho dentro de ellos su palomar. 

La conversación versó, durante un mediano rato, 
sobre diversos particulares pertinentes á la Herman- 
dad del Socorro, hasta que Leré se decidió á abordar 
un asunto que tratar quería con su místico amigo, 
asunto bastante mundano y espinoso por cierto. 



ANGBL GUERRA. 189 

— Don Ángel, me va usted á dispensar que le hable 
de una cosa... Como es usted tan bueno y ha vuelto 
los ojos á Dios, ninguna verdad que se le diga le ha 
de disgustar. Y pues me autoriza para ser su lazari- 
llo, ahora que empieza á ver j á curarse de la cegue- 
ra, me permitiré guiarle un poco, de lo que no me 
alabo, porque el dar la mano y señalar dónde hay 
piedra ó bache no es ningún mérito que digamos. 

— Ya lo sabes: tú mandas y yo obedezco. 

— No tanto. . bájese usted un poquito. Yo no man- 
do. No faltaba más. No hago más que proponer. Va- 
raos al caso, que es tarde. Pues señor... (Sentándose y 
cruzando las manos.) Aquí lo sabemos todo. Sin que 
nosotras nos ocupemos de averiguar lo que pasa de 
esas puertas afuera, nunca faltan bocas habladoras 
que vengan á traernos la chachara del pueblo. En 
fin, enterada estoy de que á Toledo llegó esa señora, 
con toda la caterva de sus hermanos y demás fami- 
lia. Además, me contó un pajarito que esa infeliz le 
ha cogido á usted las vueltas, en lo cual hace per- 
fectamente, porque yo me pongo en su caso, y... va- 
mos, que no puede desprenderse del afecto que guar- 
da al que la quiso y vivió con ella, aunque fuera 
contra lo que mandan la religión y la decencia. Supe 
también que mi amigo, por huir de tal persecución, 
se plantó en el cigarral, diciendo «ahí queda eso». 
Los Babeles tienen ya casa propia, creo que allá por 
el Alcázar, y los padres de esa señora beben los vien- 
tos por endosársela á un primo de Bargas ó no sé 
de dónde, viudo y rico. Pero ella no está por caso- 
rios, aferrada á la malicia de su amor antiguo. 

— Algo de eso supe yo también — dijo Ángel. — La 



190 B. PÉREZ GALDÓS 

misma Dulce me lo contó, y le aconsejé que no fue- 
ra tonta y se casara. 

— Vamos á ver. ¿No piensa ustied casarse con ella? 

—¡Yo! 

— ¿A qué ese asombro? ¡Yo! No parece sino que us- 
ted, al pronunciar ese \yo\ tan hueco, se considera 
desligado de las obligaciones que imponen la ley de 
Dios y la ley humana. Usted mismo me ha dicho que 
la tal es buena, cariñosa y fiel á toda prueba. ¿Es 
que usted no la quiere ya? Pues decirselo claro, aun- 
que el golpe le resulte duro, para que dirija sus pen- 
samientos á otros fines. O herrar ,ó quitar el b&cco, 
O casarse ó deshauciar. 

— Pues deshaucio, hija, deshaucio. Si yo me cocsi- 
dero ya sin compromiso alguno. Pero ¿qué culpa ten- 
go de que ella se obstine...? 

— Cuando ella se obstina fcon malicia) es porque se 
le han dado más motivos para apretar las ligaduras 
que para aflojarlas. 

-¿Yo? 

— ¿Otro yo tenemos? fCon penetración.) A ver; jú- 
reme que desde que está en Toledo no ha tenido con 
ella ningún trato inmoral. 

— No puedo jurar tal cosa respecto al trato que di- 
ces .. (Sin vacilación en su sinceridad)^ porque lo he 
tenido, sí. 

— ¿Lo ve usted? 

— ¿Y cómo lo sabes? 

— No lo s»bía; lo sospechaba. El Demonio no pier- 
de ripio, y estando esa mujer aquí, no había de des- 
cuidarse el muy tuno. ¿Los dos en Toledo? Pecado al 
canto. Tratándose de vicios antiguos, suponiendo lo 



ÁNGEL GUERRA 191 

peor se acierta siempre... No, no se disculpe usted... 
no se necesitan explicaciones. Lo que bay que hacer 
es lo siguiente: (Levantándose y acentuando sus pala- 
bras ccn gesto de convicción y autoridad.) Va usted en 
busca de esa señorn, hoy mismo, mañana mismo lo 
más tarde, y le dice una de estas dos cosas... piénse- 
lo con tiempo y elija... una de estas des cosas: «Dul- 
ce, vengo á decirte que me caso contigo...» ó «Dul- 
ce, Tengo á decirte que no existo ya pnra ti.» Nada, 
nada, ó atar ó desatar para siempre. (No dejándole me- 
ter haza.) Semejante situación de balancín entre el 
pecado y la honestidad es insostenible. ¿No quiere 
usted regenerarse, no quiere ser ferviente amigo de 
Cristo y realizar obras grandes, caridades aparatosas, 
y defender la Fe y meter mucho ruido con su cris- 
tianismo*? Pues nada de esto vale de nada sin purifi- 
carse interiormente. Porque se presentará mi D. Án- 
gel ante Dios con mucha bambolla de palabras, y 
mucho entusiasmo, y mucho ruido, y Dios le dirá: 
«Límpiate primero, y cuando estés limpio, hablare- 
mos». Fuera, pues, esa lacra, fuera. Si u^ted no se la 
quita, verá qué peso tan grande, qué estorbo para 
entrar en la vida espiritual. No podrá usted mover- 
se, no podrá dar un paso... {Qon viveza impaciente.) 
Pero qué, ¿será capaz de no hacer lo que le aconsejo? 
— Basta, Leré, basta; no me riñas más... (Con efu- 
sión.) ¿Tú lo quieres, tú lo mandas? Pues se hará. No 
nece.sitas argumentarme, pues comprendo la razón y 
la verdad con que hablas, la profundísima sabiduría 
con que sentencias en este pleito. Mañana mismo me 
planto allá, descuida, y... lo que tú dices; una de las 
dos cosas. No hay que añadir que opto por la según- 



192 B. PÉREZ G ALDOS 

da. Sobre eso no puede haber duda. Rompimiento 
absoluto. Si pudiera ir un poquito más lejos, y lo- 
grara convencerla de que debe apechugar con el 
primo... Pero verás tú cómo se resiste. Las mujeres 
son el demonio... 

^Gracias. 

— Algunas, quiero decir. 

— Pues yo creo que si usted corta las comunica- 
ciones bien, pero bien cortadas, ¿eh?... qué sé jo, lo 
pensará, y andando el tiempo puede que haj'a boda 
con el de Bargas. Eso de desesperarse y tirarse por el 
balcón es música. Las mujeres son más reflexivas 
que los hombres, aprecian mejor su conveniencia, y 
se curan más pronto y mejor de esos arrechuchos. 

— Pero tú (con admiración), ¿cómo sabes eso? Tú lo 
sabes todo. 

— No es que yo lo sepa. Me lo figuro... En fin, lis- 
to, á pagar esa cuenta del alma. Todavía le anda ron- 
dando á usted el Demonio, y hay que darle á ese pe- 
rro en los hocicos, darle tan fuerte que no se atreva 
más con usted. ¡Triste cosa que para limpiar un hom- 
bre su conciencia tenga que dar á una pobre mujer 
tal trago de amargura! El mundo es así: la tristeza 
en el reverso de la alegría. Lo que es bonito por una 
cara, por otra es más feo que Judas. ¡Pobre mujer! 
Pero el golpe le será provechoso, como una operación 
de cirugía, que salva de la muerte. También ella, 
cuando vuelva en sí del topetazo, se purificará. Si 
fuera fácil casarla con ese otro, ¡qué triunfo! .. ¡A.h! 
¿no sabe usted lo que se me ocurre en este momen- 
to? {Riéndose.) ¡Qué cosas! Pues pienso que si lo toma 
por su cuenta mi tío, les casa... porque hombre más 



ÁNGEL GUERRA 193 

casamentero no existe en el mundo, ni otro que con 
más ardor tome las empresas que él llama de utili- 
dad. ¡Vaya, que cuando quiso nada menos que casar- 
me á mi...! El pobrecito delira por la familia, y ve 
los bienes que están á corta distancia de la nariz, no 
los que están un poquito más lejos. Le parece que si 
falta el puchero se acaba el mundo, y no se acuerda 
del pan celestial, de tanto como piensa en el de la 
tahona. Debe de estar incomodado conmigo, porque 
no viene á verme. Si va usted por allá, dígale cuán- 
to le quiero, y que pido á Dios por todos... Estoy 
tranquila, porque sé que nada ha de faltarles. Me lo 
ha dicho... quien lo sabe. ¿Qué... se ríe usted de mi 
seguridad? 

—¡Yo... reírme yo! Ni por pienso. Cuando tú lo 
dices, bien sabido te lo tendrás. 

— Con que... volvamos al punto principal. Soy 
muy machacona, y vuelvo á decirle que no deje 
transcurrir el día de mañana sin dar ese paso. Cui- 
dado. La primera vez que venga por aquí, ha de 
traerme la noticia de que ha ido al vado de la ruptura 
definitiva, ó á la puente del matrimonio. Yo no man- 
do; no hago más que proponer. 

— Llámalo como quieras. No habrá para mí mayor 
gusto que llevar á la realidad tus ideas. Trázame una 
línea recta, pero bien recta, y verás cuan decidido 
la sigo sin desviarme. 

— Pues, amiguito, ánimo y adelante. Ya que me 
autoriza para señalarle el camino, sepa que aún es- 
tamos muy á los comienzos, en lo llano y fácil. Le 
prevengo que habrá cuestas, sí, que para un novato 
como usted han de ser algo penosas. Pero hay que 

2.* PARTE 13 



194 B. PÉREZ GALDÓS 

evitar el cansancio del caminante en las primeras 
jornadas. Prepararse, tomar aliento. Recto, sí, muy 
recto y seguro es el camino; pero vero usted qué 
asperezas hay más adelante, qué guijarros erizados 
de picos, qué malezas, qué zarzales, y sobre todo qué 
pendientes... Por hoy no quiero asustar al pobrecito 
viajero, no sea que se nos vuelva atrás. 

— ¿Pero qué es ello? ¿Me impondrás sacrifiños, tra- 
bajos, humillaciones del amor propio? Á todo estoy 
dispuesto. 

— Calma, calma. Ya llegaremos á las cuestas en 
que el más pintado se rin.de. No conviene tampoco 
sofocarse y echar los bofes en la primera jornada. A 
su tiempo maduran las uvas. No se nos malogre la 
cosecha por querer vendimiar temprano. Y por hoy 
se acabó. Retírese, que es tarde. 

Despidiéronse sin más ceremonia, y Ángel salió ya 
casi de noche, lleno su magín de determinaciones 
categóricas y su voluntad del propósito de obedecer 
ciegamente. Esta capacidad afirmativa era un erran 
consuelo para su conciencia, que se recreaba en la dia- 
fanidad de sus propósitos, y en la derechura del cami- 
no que por delante tenía. Por no ser tan recto el de 
Guadalupe, la noche obscura y lluviosa, tardó bastan- 
te en llegar allá. 



VI 



Y á la siguiente tarde, pues la mañana la perdió 
en recibir y despachar á un emisario de D. Suero que 
le llevaba unas cuentas, fué en busca de la nueva 
casa de los Ba beles; y después de preguntar en todos 



ÁNGEL GUERRA 195 

los zaguanes de la Cuesta del Alcázar, dio con la ca- 
verna allá por la plazuela de Capuchinos, esquina al 
callejón de Esquivias, lugar de los más tristes de la 
ciudad. En todo el camino y brujuleo de calles no 
dejó de pensar en el extraño paso que daba, y si no 
le vino al pensamiento ni por'un instante la idea de 
desobedecer á Leré, tampoco tuvo dudas acerca de la 
proposición que debía escoger entre las dos designa- 
das por la santa. Descartado resueltamente lo del ca- 
sorio, optaba por la despedida y separación absolutas, 
ioQposibilitando hasta la probabilidad de deslices ul- 
teriores, y además determinó que, si las circuDstan- 
cias se presentaban favorables á una intervención 
discreta para impulsar á Dulce á un buen arreglo 
matrimonial con otra persona, las aprovecharía con 
alma y vida. Todo lo llevaba muy bien estudiado y 
previsto, sin que faltara un poco de plan económico 
para asegurar á su examante los derechos pasivos, y 
salvarla de la prostitución en caso de que así fuera 
menester. 

Apenas hubo empujado la roñosa puerta del za- 
guán para entrar en el patio, de desigual y mal ba- 
rrido suelo, sin arbustos ni adorno alguno, con plas- 
trones de piedra, las paredes con la mitad del yeso 
caído, todo de lo más desamparado, pobre y sucio 
que en Toledo se podía ver; apenas al primer vistazo 
se hizo cargo de la triste localidad, le salió al encuen- 
tro la persona que buscando iba, la propia Dulce; 
¡pero en qué facha, Dios poderoso, en qué actitudes! 
El tristísimo espectáculo que á sus ojos se ofrecía, 
dejó á Guerra suspenso y sin habla. Desmelenada, 
arrastrando una falda hecha jirones, los pies en chan- 



196 B. PÉREZ GALDÓS 

cletas, hecha un asqueroso piügo, descompuesto y 
arrebatado el rostro, la mirada echando lumbre, Dul- 
ce salió por una puerta que parecía de cuadra ó co- 
cina, y corrió hacia él echando por aquella boca los 
denuestos más atroces y las expresiones más grose- 
ras. Ángel dudó un momento si era ella la figura las- 
timosa que ante si tenia, y algún esfuerzo hubo de 
hacer su mente para dar crédito á los sentidos. La 
que fué siempre Ja misma delicadeza en el hablar, la 
que nunca profirió vocablo indecente, habíase troca- 
do en soez arpia ó en furia insolente de las calles. La 
risilla de imbecilidad desvergonzada que soltó al ver 
á su amante, puso á éste los pelos de punta. 

— Hola, canallita... ¿qué... crees que te quiero? — 
gritó Dulce agitando las manos á la altura de los 
ojos de él. — Ya no, ya no... Me caso con tu madre, y 
maldita sea tu alma... ¡yema! ¡Qué feo eres, qué ho- 
rroroso te has puesto, jé, jé, con la beati... con la bea- 
titud...! Garando, lárgate de aquí. No sé á quién bus- 
cas... no sé. Yo también me he santifiqui... fiquido, 
ficado, jé, jé, y me caso con... 

Horrorizado Guerra, buscó con los ojos á cualquie- 
ra de la familia para que le explicase cómo hf^bía 
descendido la infeliz mujer á tal degradación. En la 
misma puerta por donde había salido Dulce, vio Án- 
gel á doña Catalina y á un hombre, cuyas facciones 
no pudo distinguir porque estaba muy adentro y la 
tarde era de las más obscuras. La de Alencastre salió 
al patio llevándose un pañuelo á los ojos en actitud 
de estatua de sepulcro, y acercándose á Guerra, le 
dijo con desmayado acento: 

— La culpa es de ese infame Pito, que le enseñó el 



ÁNGEL GUERRA 197 

vicio feo... ¡Qué horror, qué ignominia! Creímos que 
ya le había pasado este ciclón, y hoy se nos escapó, 
y ¡cataplum! a la taberna. Estoy avergonzada, y le 
pido al Señor que me lleve de una vez. Yo no pue- 
do ver tales afrentas en mi casa... (Volviéndose á sv 
hija^ que corría por el liaLio.) Dulce, hija raía, corde- 
ra, princesa, sosiégate, mira, mira qué visita tienes 
aquí... Nada, como si no. . Pues cuando se le pasa 
cae en un estado de idiotismo que no parece sino 
que se le seca el entendimiento. ¡Qué angustias pa- 
samos par» que los amigos no la vean así, para que 
su primo no sospeche...! Pero imposible disimular 
más tiempo. La encerramos y nos atruena la casa, la 
soltamos y nos abochorna, la privamos de toda be- 
bida, y dice que se muere... Pues que se muera. Piér- 
dase todo menos el honor, como dijo el otro. 

Dos ó tres chicos habían empujado la puerta del 
zaguán, ávidos de contemplar el para ellos gracioso 
espectáculo, y doña Catalina se puso á dar gritos: 
«Cerrar, cerrar, que se nos escapa». 

En efecto, la pobre Dulce iba disparada hacia la 
puerta, cuando salió el hombre aquel, en quien Án- 
gel reconoció al mayor de los Babeles, Arístides, y 
echó la zarpa á su hermana, quien, revolviéndose 
contra él, le puso todas las uñas en la cara, acompa- 
ñándolas de terribles insolencias: «Maldita sea tu 
sangre, vil, canalla, santurrón, chupa-cirios... Me 
caso con tu alma, y con la ladrona de tu madre...» 

Arístides forcejeó para llevarla adentro; ella se de- 
fendía con nerviosa fuerza, empleaba él los achucho- 
nes, echábale mano á los brazos, al pelo, cuidando de 
defender el suyo, y por fin la dominó y se la llevó, 



198 B. PÉREZ GALDÓS 

como á res brava, al cavernoso aposento de donde 
habían salido. Doña Catalina, en tanto, invocaba con 
patéticos chillidos á todas las potencias celestiales, y 
se metió también en la lóbrega cueva, diciendo: «No 
la maltrates, hijo, por Dios; ten paciencia... ¡Ay Dios 
de mi vida, qué desgracia!» 

Guerra sintió desde el patio algo como encontro- 
nazos, traqueteo de lucha, sofocadas exclamaciones, 
y por fin el resoplido del domador victorioso confun- 
diéndose con el resuello intercadente de la fiera. 
Nunca había sentido horror semejante ni presencia- 
do espectáculo tan lastimoso. Huyó despavorido de 
toda aquella vileza, de todo aquel oprobio, y se puso 
en la calle. 

Pero no había dado veinte pasos, cuando sintió 
irresistibles ganas de volver. ¿A qué? No lo sabía. De- 
túvose perplejo un instante, y antes de que se resol- 
viera, pasos presurosos sonaron tras él. Un hombre se 
le acercó, Arístides, que no tardó en abordarle con 
tono y modales impertinentes, diciéndole: 

— Tú erí»s responsable, tú, de la situación vergon- 
zosa de esa desgraciada. 

— ¡Yo! — replicó Guerra, rechazándole con despre- 
cio. — Y aunque lo fuera, ¿quién eres tú para exigir- 
me esa responsabilidad? 

— Soy su hermano, y basta. 

— ¿Y á mí qué? 

— Tenemos que hablar. 

— Yo nada tengo que hablar contigo. 

— Pues yo contigo sí. 

Y como hiciera ademán de detenerle, Ángel le 
empujó con fuerza lanzándole hasta la pared de en 



ÁNGEL GUERRA 199 

frente, en el angosto callejón de Capuchinos. Siguió 
adelante, creyendo que el importuno no le persegui- 
rla más; pero al llegar al Corralillo de San Miguel, 
otra vez le sintió detrás^ y oyó una voz trémula que 
decía: «no te escapas, no; tenemos que hablar». 

Terminaba el día, y el cielo brumoso anticipaba la 
obscuridad nocturna. El frío era intenso, pavorosa la 
soledad en aquellos términos altos y excéntricos del 
desmantelado pueblo. No se veía un alma, ni ser vi- 
viente, como no fuera algún murciélago de los que 
anidan en la torre de San Miguel el Alto. ¡Triste y 
uraño lugar! Por arriba casuchas informes que habi- 
tadas se desmoronan, desoladas ruinas, vestigios de 
nobles monumentos cuyos olvidados nombres tarta- 
mudea la Historia por no saber pronunciarlos clara- 
mente. Luego, la explanadn polvorienta que conclu- 
ye donde principia el cantil del Tajo, y al extremo 
inferior el pedregoso abismo, en cuyo fondo brama 
el río. 

— Pues habla y revienta si quieres — dijo Guerr^i 
parándose, decidido á concluir pronto. 

— Repito que eres responsable del estado de igno- 
minia á que ha venido á parar mi pobre hermana, y 
no tienes más remedio que aprontar una indemni- 
zación. 

El carácter autoritario, despótico y algo insolente 
de Ángel estalló al fin, manifestándose primero en 
una carcajada, después con estas expresiones zumbo- 
nas y provocativas: 

— ¿Con que indemnización y todo...? ¡Bravo! En 
eso mismo había pensado yo. 

— No lo eches á broma. Por culpa tuya ha perdido 



200 B. PÉREZ GALDOS 

proporciones muy ventajosas... Piénsalo bien, Ángel, 
y decídelo pronto, pues no me voy de Toledo sin arre- 
glar este asunto, sin dejarte convencido de que no 
se juega impunemente con el honor de una familia. 

— Tu dichosa hermana, ¡pobrecita! ha caído muy 
abajo, muy en lo hoado... {Con amargura.) La com- 
padezco, bien lo sabe Dios. Pero por mucho que cai- 
ga no llegará á [^ profundidad en que estáis vosotros, 
tú, y toda tu casta infame. 

— Si me injurias, no te espantes luego de que 
te obligue á tragarte tus palabras. íFn aciiívd de 
ataque.) 

— Como no me trague yo tu alma indecente. fOie- 
go de ira.) Hace un momento, cuando salía de tu casa 
después de presenciar una escena repugnante, la 
conciencia me remordió, acusándome de cobardía. Al 
retirar de mi vista á tu desgraciada hermana, la tra- 
taste sin ninguna consideración. Desde el patio pude 
hacerme cargo de tu brutalidad. No me decidí á in- 
tervenir; pero al encontrarme fuera, parecióme que 
era yo tan miserable como tú por no haberte ense- 
ñado la delicadeza y humanidad que debías á tu her- 
mana. Aún es tiempo, y tú mismo, conociendo que 
eres merecedor de una paliza, vienes á que yo te la 
dé. Si te contentas con que te diga que eres un mi- 
serable y un bandido, ahórrate los palos y lárgate. 

— ¡Ah, trasto, me injurias, porque traes armas, y 
sabes que yo no las llevo nunca! [Con aturdimiento.) 
Citémonos cuándo y donde quieras. 

— ¿Armas yo? No traigo nioguna; per^' sin armas, 
verás cómo te mato ahora mismo. {Abanlamándose 
á él.) 



ÁNGEL GUERRA 



201 



— Alto allá, bruto. (Retirándose de un salto atrás.) 
No arreglan así sus querellas las personas decentes. 

— ¿Pij.es cómo, cómo? [Corriendo hacia él.J ¡Decen- 
te tú! 

Arístides, que se había lanzado á tan temeraria re- 
solución engañado por la fama del cambio en el ca- 
rácter de Guerra, comprendió tarde su error. Quiso 
huir; pero no pudo, porque el otro le echó la garra al 
pescuezo, le derribó, y poniéndole una rodilla sobre 
e: vientre, le estrujó con insana violencia, arrojándo- 
le cara á cara las expresiones más horribles y desver- 
gonzadas de la ferocidad humana. Ebrio de furor, Án- 
gel obedecía á un ciego instinto de destrucción \en- 
gativa que anidaba en su alma, y que en mucho tiem- 
po no había salido al exterior, por lo cual rechinaba 
más, como espadón enmohecido al despegarse de la 
vaina roñosa. El temperamento bravo y altanero re- 
surgía en él, llevándose por delante, como huracán 
impetuoso, las ideas nuevas, desbaratando y hacien- 
do polvo la obra del sentimiento y de la razón en los 
últimos meses. 

De la boca de Arístides salía un ronco aullido. 
Pero tan violentamente le sacudió su contrario, gol- 
peándole la cabeza contra el suelo, que al fin no mu- 
gía ni siquiera respiraba. Cuando Guerra le soltó, el 
barón de Zancaster parecía muerto. 

Lo primero que se le ocurrió al agresor después de 
contemplar un rato á su víctima, fué escapar de allí. 
Dudaba... Apartóse, volvió, se alejó de nuevo, y por 
fin, impulsado de un egoísmo tan ciego y tan fuerte 
como antes lo fué su encono, se escabulló por la tor- 
tuosa pendiente que conduce á San Lucas. Pasó al 



202 B. PÉREZ GALDÓS 

barrio de Andaque, siguiendo por las Carreras hasta 
los Güitos, y de alli al puente de San Martín. El lar- 
go y accidentado viaje desde el Corralillo hasta el ci- 
garral devolvió lentamente á su espíritu la sereni- 
dad para juzgarse, y pudo apreciar el lastimoso caso. 

— Le he matado... he matado á un hombre — se de- 
cía, oyendo el tumulto de su conciencia sublevada. — 
No hay duda de que le maté... le estrangulé. . Sí... 
paréceme que siento aún entre mis dedos el cuello 
estrujado, y que oigo los golpetazos del cráneo con- 
tra el suelo. Imposible que haya quedado vivo... ¡Qué 
bruto soy! Cegarme así... ¡Qué dirá ella cuando lo 
sepa!... Acción impropia de un creyente, de un cris- 
"tiano... ¡Vaya un amor al prójimo, vaya una caridad! 

Al llegar á Guadalupe, no penetró en la cocina, 
donde ya estaban reunidos esperándole sus deudos y 
sirvientes. No quiso cenar: metióse en su cuarto, y 
alli se dio á discurrir sobre la nefanda acción que ha- 
bía lanzado de nuevo su alma á los abismos del error. 
Pero si con saña se acusó, como fiscal concienzu- 
do, también pasaba revista á los hechos que atenua- 
ban su delito. «¡Vaya que salir á pedirme indemni- 
zación de daños y perjuicios! ¡Que una familia de es- 
tafadores y perdidos se permita tal insolencia! Si le 
doy ó no para que viva decentemente, eso es cuenta 
mía; pero salir con aquel aire de matón á exigirme... 
Y en fin, todo esto con ser de lo más indigno, no ha- 
bría justificado mi proceder. Pero la brutalidad de ese 
cobarde con su hermana.,. No, esto no podía yo tole- 
rarlo. El santo más pacífico del Cielo s'í hubiera pues- 
to como un león ante escena semejante. Aún me acu- 
so de que salí del patio sin poner un correctivo á tan- 



ÁNGEL GUERRA 203 

ta vileza... Recuerdo que me detuve con ánimo de 
meterme de nuevo en la casa y enseñar al miserable 
la manera de tratar á una pobre mujer trastornada y 
enferma. Pero él se anticipó á mi furor, poniéndose- 
me delante en. tan mala coyuntura que... le deshice; 
no me queda duda de que es cadáver. Mañana se le 
encontrarán ?llí... Nadie nos vio; pero yo no he de 
permitir que acusen á un inocente, y me declararé 
autor del delito... (Con desaliento.) ¡Vaya que inaugu- 
ro bien mi nueva existencia! Un homicidio, nada me- 
nos que un homicidio es mi primer paso en ese cami- 
no que me ha trazado la bendita Leré! ¡Ay, cuando 
ella lo sepa! ¿Qué pensará de mí? Me creerá incapaz 
de corrección, perdido para siempre. Tiemblo de que 
lo sepa, y si pudiera decírselo en este momento, se lo 
diría, contándole el espantoso caso con absoluta ve- 
racidad. ¿Y qué me dirá, qué me aconsejará, cuál será 
su idea para limpiarme de esta mancha horrible que 
ha caído en mi alma? Discurre, Leré, discurre la sal- 
vación de tu amigo, que al dar un paso ordenado por 
tí, se ha caído en esta sima de infamia. Ya que le 
mandaste ir allá, sácale ahora, y enséñale á no vol- 
ver á caer.» 



VII 



Sin poder conciliar el sueño, pasó toda la noche 
oyendo cantos de gallo, rumores quejumbrosos del 
viento en las tejas y en las ateridas ramas secas de 
las higueras del corral, sones con los cuales se con- 
fundía el clamor austero de- su conciencia comentan- 
do el terrible homicidio y "sus resultas. La máscara 



204 B. PÉREZ OALDÓS 

griega con los pelos erizados le volvió á visitar, po- 
niéndosele junto á las almohadas, y para que la no- 
che fuera más lúgubre, Jusepa habia dejado abierta 
una ventanilla del desván, y con el viento se abría 
y se cerraba, produciendo al roce de los mohosos goz- 
nes un lastimero quejido, semejante al lloro d3 una 
criatura, y después un portazo seco, como si alguien 
llamara con aldaba por el techo descolgándose de las 
nubes. 

Por la mañana su intranquilidad aumentó. Cada 
vez que sonaban pasos creía ver entrar á alguno con 
la noticia del hallazgo del cadáver. Lnposible que 
Arístides estuviese vivo, pues aun suponiendo que 
no muriera de los golpes, como quedó exánime en 
aquel páramo, perecería helado seguramente, pues la 
temperatura había descendido hasta dos ó tres grados 
bajo cero. Para salir de tal incertidumbre ocurriósele 
enviar á D. Pito á enterarse de lo que ocurría; pero 
surgió una dificultad grave, que puso la contera á la 
desesperación y aburrimiento del dueño del cigarral. 
Estaba de Dios que el día fuera trágico. Nunca viene 
sola una desgracia, y parece que el Hado las envía 
en cuadrilla para que no se pierdan por el camino. 
Fácilmente se comprenderá el asombro y consterna- 
ción de Guerra, cuando al salir en busca de su prote- 
gido para encomerdarle el mensaje, se le encontró 
descalabrado, con un pañuelo por la cara, hecho un 
energúmeno, casándose con todo lo divino y lo hu- 
mano. 

Lo ocurrido fué como sigue: Grandes confianzas se 
tomaba D. Pito con el rústico Tatabuquenque, y de 
las confianzas por una parte y otra nacía el continuo 



ÁNGEL GUERRA '¿Ob 

porfiar sobre cualquier cuestión. A poco de correr 
juntos por el monte en bucólica libertad, el marino 
empezó á ver en su compañero un ser de raza infe- 
rior, y como á tal le trataba, induciéndole á ello las 
ignorancias y candideces bertoldinas ael guardador 
de cabras. A su vez, Tirso veía en su compañero un 
orate, un estrafalario que no decía cosa alguna al 
derecho, y el respeto que al principio le tuvo íbase 
trocando en socarronas burlas. Era gracioso oírles 
disputar sobre astronomía. D. Pito, que se sabía de 
memoria la bóveda celeste, y la llamaba su misal, se 
mofaba de las estúpidas supersticiones del pastor, 
entre las cuales las había muy donosas, como, por 
ejemplo, que las gallinas ponen ó dejan de poner se- 
gún esté más ó meros levantado sobre la raya (el 
horizonte) el rabo de la Osa Mayor; que cuando vie- 
nen siete noches seguidas sin que se vea claro el Can 
Grande, todos los recentales nacen con una oreja 
negra. 

Escuchando estas ingenuas teorías, el capitán solía 
pegar á Tirso con la tralla suavemente azotitos de 
amistad, sin más consecuencias que la de reírse los 
dos y el rascarse el bárbaro con un poco más de fuer- 
za de uñas. Pero un día, charlando en buena confor- 
midad, se dejó decir D. Pito un desatino geórgico de 
los más garrafales, á saber: que las abejas tienen pa- 
rentesco con el gusano de seda; que éstos ponen hue- 
vos, de que salen las fabricantas de miel, y qué sé 
yo. Naturalmente, él sabía mucho de cosas de mar y 
cielo; pero en las de tierra adentro no daba pie con 
bola. Lo mismo fué oir el otro tal barbaridad, que 
soltar una carcajada burlona y rebuznante, que exas- 



206 B. PÉREZ GALDÓá 

pero al viejo marino y le sacó de quicio. En aquel 
momento vio una distancia casi infinita entre su per- 
sonalidad como raza y la de Tatabuquenque, y éste se 
le representó como el infeliz etiope cazado y vendido 
en los arenales africano?. Los instintos de inhumano 
esclavista renacieron en él con insano coraje, y em- 
pezó á ceñir con la tralla el cuerpo del rudo pastor, 
dándole con toda su fuerza, sin piedad, frenético, re- 
chinando los dientes. Tratábale como á un animal 
bravio que se quiere domar. Pero Tatabuquenque, 
aunque salvaje, tenía sin duda su dignidad celtibé- 
rica bajo aquella corteza tosca, y no pareció dispues- 
to á dejarse tratar tan á lo africano. Aguantó los pri- 
meros golpes con humildad de siervo; pero al quinto 
ya no pudo más ¡jóo! y convertido de manso en fiero, 
y de inferior en igual, saltó furioso, y agarrando la 
primera piedra que encontró á mano, se la disparó al 
esclavista con toda su fuerza y certera puntería, dán- 
dole en la cabeza, que gracias á la gorra de piel no 
quedó partida en dos. Y ya se disponía á tirar la se- 
gunda, que de fijo habría dado al lance una termi- 
nación funesta, cuando D. Pito, vencido y maltrecho, 
se retiró del campo bramando: «Cuadrúpedo, me has 
roto la cabeza. ¡Me caso con tu madre! ¡Lástima de 
agua del bautismo que te echaron! ¡Me caso...! Si es- 
toy soltando un rio de sangre... La culpa tiene quien 
se pone á jugar con jumentos. Vaya una coz... ¡Ye- 
mas!» 

Y no se cuidó de perseguir á su agresor, porque 
tuvo que acudir á la casa para restañarse la herida y 
aplicarse á ella un poco de bálsamo, vulgo caña, pues 
con esto, como buen 'obo de mar, se curaba todo, lo 



ÁNGEL GUERRA 207 

de dentro y lo de fuera. Lavada la contusión y visto 
que no era grave, se la tapó con un pañuelo para evi- 
tar el frío, y no hacía más que rezongar jurando y 
perjurando que cuando cogiese á tiro al cafre de Ta- 
tabuquenque, le había de convertir todo el cuerpo 
en un puro cardenal. «¡Ah! — se decía, — si D. Ángel 
lo permitiera, ¡qué magnífica bestia, domándola bien, 
para dar vueltas á una noria!... Lo que yo digo: el 
mundo está perdido con esta libertad que hay ahora 
y esta igualdad de pateta. ¿Por qué hemos de ser to- 
dos iguales, todos amos, todos señores? ¿Por qué no 
se ha de establecer que los brutos y zopencos, como 
este pedazo de botentote, sean declarados inferiores 
y se les pueda vender y comprar para que trabajen á 
las órdenes de un buen vejuco? Pero no hay caso, y 
los prohombres suspiran y lloriquean cuando se habla 
del latiguito y del grillete. Pues asi va el mundo, y 
así anda la riqueza pública, y asi está el'trabajo de 
las haciendas. Todo perdido, y día llegará ¡Garando! 
en que nadie vea ni el vislumbre de una peseta». 

Metido en estas murrias tétricas, vendada la cara 
y dándose á los demonios, le encontró Ángel, que 
sorprendido del accidente, se lamentó de que su des- 
tino le perseguía con espectáculos de sangre. Su 
mente excitada y propendiendo al simbolismo, vio 
en la colisión de D. Pito con el salvaje un ejemplo de 
las embestidas de la civilización á los pueblos vírge- 
nes, para ilustrarlos haciéndolos desgraciados; vio el 
descubrimiento de América, el empuje de la civiliza- 
ción hacia Occidente, y otras muchas cosas que se 
le fueron del magín ante la idea concreta que tenía 
que exprssar. Su deseo era oue D. Pito, sobreponién- 



208 B. PÉREZ GnLDÓS 

dose al dolor de la descalabradura, fuese á Toledo á 
enterarse de si Aristides era ó no cadáver, de si la 
policia andaba en averiguaciones, etc. 

No se mostraba pesaroso el capitán de que su so- 
brino hubiese pasado la línea. «Nada se pierde — 
dijo, — con que ese párvulo rinda viaje, porque ha 
sido el azote de toda la familia, hombre capaz de ven- 
der á su madre por un café con tostada. Es mi tema, 
don Ángel, y no hay quien me saque de él. La socie- 
dad debia tomar una determinación con tantísimo 
tunante y tantísimo holgazán. Debiera hacerse una 
leva de ellos cada poco tiempo, y colocarlos á traba- 
jar, mediante un tanto por cabeza. Llámelo usted es- 
clavitud... ¿Y qué? Yo no me asusto de ninguna pa- 
labra, aunque suene á demonios. Pues sea esclavitud, 
Garando, ó llámelo usted el trabajo obligado de los 
que no quieren trabajar. Crea usted que con este ten 
con ten habría más dinero, y nadie dejaría de tener 
su tanto más cuanto». 

Pero en fin, estas disquisiciones no eran del mo- 
mento. Avínose á desempeñar la comisión, como 
hombre de buena pasta, y después de arreglarse el 
cariz con parches de papel engomado de sellos, por no 
haber á mano tafetán inglés, partió con instruccio- 
nes precisas de su amigo, y orden de volver lo más 
pronto posible. 

Pero estaba de Dios que á Guerra le saliese todo 
mal en aquel tantas veces aciago día, porque llegó la 
noche, y D. Pito sin parecer; dieron las nueve, las 
diez, y nada. Ángel se abrasaba en impaciencia, mal- 
diciendo á los Babeles de una y otra rama. La noche 
fué también de prueba, como la anterior, de cavila- 



ANQEL GUERRA 209 

ciones y pesadillas trágicas. Por fin, á la maüana si- 
guiente, sobre las nueve, vio recalar al mensajero por 
la cuesta arriba con una calma chicha capaz de des 
esperar á la misma paciencia. Bajó á su encuentro, y 
la cara de consternación que el viejo traía le dio muy 
mala espina. «Vamos — se dijo, — le maté... y ¡qué re- 
medio! ¿Para qué me insultó él? 

— ¿Pero no sabe usted lo que pasa? — dijo el capitán 
poniendo en su rostro toda la aflicción humana, la 
cual contrastaba con lo grotesco de los parches. 

— ¿Qué ocurre, hombre? ¿Qué nueva desgracia me 
anuncia? 

— Pues pasa que ese mequetrefe... está tan vivo 
como usted y como yo. 

— Yamos, me alegro. 

— Pues yo no. Ayer bajé con la esperanza de en- 
contrarle difunto. ¡Qué Garando! ese no muere á dos 
tirones. Hay que darle muchos batacazos, y luego 
ponerle encima á Tatabuquenque para que le patee 
de firme y haga salir el alma... porque si no, no sale 
la muy tal... Pues verá usted. Me le encontré en su 
casa, acostado, la cabeza vendada por aquí y por allá, 
con parchecicos de papel de sellos, como estos míos. 
Nuestras dos caras parecían cartas que se iban á echar 
al correo. 

—¿Y qué dice, qué cuenta? 

— Veinte mil papas. Arxó la historia de que, yendo 
de paseo por detrás de San Miguel, con el obscuro se 
le fué una pata y resbaló por aquel cantil y por poco 
no la cuenta. Ni más ni menos. A mi sobrina no la 
vi. Estaba mala, y no permitían que nadie entrase en 
su camarín. Por cierto que mi cuñada me echó un 

2.' PARTE 14 



210 B. PÉREZ GALDÓS 

chorretazo de injurias, y tuve que cuadrarme para 
conseguir que me dejaran pasar allí la noche, sobre 
una alfombrita en mitad del pasillo, después de dar 
una vuelta por la ciudad. Mi hermano, inflado de or- 
gullo, parece el globo cautivo, porque la inspección 
esa le rinde, sí que le rinde un buen sobordo. Por 
cierto que estando yo allí, arribó el cura ese Casado, 
¡me caso...! que parece que lleva careta de chimpancé 
para que no le conozcan, y estuvieron picoteando 
sobre la manera de curar á Dulce de esa locurilla que 
tiene. Despotriques y más despotriques echaba el 
clérigo por aquel pulpito de su boca, y eran como 
sermón ó letanía. Catalina lloraba, y Simón se per- 
signaba, y entre todos parecían llamar á la Virgen 
del Carmen para que acudiese en soco''ro de la fami- 
lia. Me dormí, y no me enteré de nada más. Por la 
mañana con la fresca, cuando ninguno daba acuerdo 
de sí, solté las amarras callandito, y me zafé de la 
casa condenada, di avante toda, y pim, pam, demo- 
rando para el cigarral. ¡ Ay, cuánto mejor se está aquí 
que en ese pueblo que parece el país de los azacanes, 
con aquellas cuestas que desloman, las calles oliendo 
á incienso, y luego tanta iglesia, tantísima iglesia... 
Que á Guerra se le quitó un gran peso de encima 
con estas informaciones, no hay para qué decirlo; y 
ya no se cuidó más que de poner el suceso de autos 
en conocimiento de su excelsa amiga. Su impacien- 
cia le hizo anticipar la visita, y llegó al Socorro an- 
tes de la hora de costumbre, viéndose obligado á es- 
perar un baen rato. Aparecieron en el locutorio Leré 
y Sor Expectación, y Ángel abordó desde luego el 
asunto, refiriéndolo con escrupulosa sinceridad. Gran- 



ÁNGEL GUERRA 211 

de fué su sorpresa cuando la novicia, á la nfitad del 
relato, le dijo sonriendo que no siguiera, porque es- 
taba al tanto de todo. 

— Pero, hija, ¿tú tienes el don de adivinar, ó qué 
es eso^ Nada te cuento que tú ignores. Tu ciencia me 
pareceria magia, si no fuera santidad ó luz del Cielo. 

— Déjese usted de magias, de santidades y de lu- 
ces — replicó la maestra riendo. — ¿A qué buscar expli- 
caciones caprichosas á lo que es tan natural y senci- 
llo? Vivimos en un pueblo pequeño, donde no hay se- 
cretos, y en esta casa aunque parezca mentira, retum- 
ban todas las murmuraciones del vecindario. No que- 
remos averiguar nada, y nos lo traen calentito. La 
madre de una de nuestras compañeras es vecina de esa 
doña Catalina, y por ella supimos los escándalos de 
aquella casa, y que al hijo mayor 1 3 habian traído en- 
tre cuatro, todo lleno de contusiones. Oir yo esto, y 
sospechar lo que usted ha venido á contarme fué todo 
uno. ¿Es esto don de adivinar? No lo sé. Ello fué que, 
como si me susurraran al oído, entendí que había ocu- 
rrido algún choque entre usted y ese sujeto, cuyo 
nombre no sé. «Nada — pensaba yo, — el fue allá con 
las disposiciones más pacíficas, conforme á lo que ha- 
blamos; pero el diablo lo enredó. Puede que saliera el 
hermano ese con alguna quijotada, y, lo que sucede 
entre hombres de carácter fuerte, dejaron correr con 
demasiada libertad las palabras, y cuando quisieron 
recordar, ya la cólera había tomado vuelo, y las ma- 
nos se dispararon solas». 

— Así en efecto fué, así... 

— ¡Qué le hemos de hacer! — dijo Leré suspirando 
con tristeza. — De todo esto resulta una verdad des- 



212 B. PÉREZ GALDÓS 

consoladora, y es que el carácter, el temperamento 
no se pueden reformar. La razón manda mucha fuer- 
za, la piedad y la fe más todavía; pero las tres juntas 
no pueden variar la naturaleza de las cosas. Con todo, 
si el carácter no se modifica, puede domarse con es- 
fuerzos de la voluntad sobre sí misma, repitiéndolos 
sin descanso un día y otro. El que consiga este triun- 
fo sobre su propia ferocidad, el que sepa acorralar y 
tener encadenada su cólera, sintiéndose consecuente 
consigo mismo en su interior, y al propio tiempo due- 
ño y carcelero de sus instintos malos, ese esttirá pre- 
parado para la vida eterna y gloriosa y como hemos 
convenido fcotí gracejo) en que es preciso salvarle á us- 
ted á todo trance, tiene usted que prestarnos ayuda, 
empezando por nombrarse cabo de vara de sí mismo. 

— Acepto el empleo, y díme cómo se empieza, para 
entrar pronto en funciones. 

— Amigo D. Ángel, hay que usar con usted un poco 
de tiranía y de crueldad. Sino metemos en cintura 
ese carácter, nos hará una jugarreta el mejor día. Y 
para la doma, ya lo sabe usted, no hay mejor maestro 
que el látigo. Prepárese usted á descargar sobre su 
carácter una mano de zurriagazos de los que levantan 
tiras de pellejo y duelen horriblemente. Si lo trata 
usted con blandura, no adelantaremos nada con ese 
picaro. Con que prepararse... 

— En ello estoy. Venga ese látigo, y yo te juro que 
me pondré como un Eccehomo — replicó Ángel, tan 
fascinado por la bendita hermana del Socorro, que 
ante ella rendía la voluntad y el alma toda, como el 
caballero andante ante la señora ideal de sus pensa- 
mientos. 



ÁNGEL GUBRRA. 213 



VIII 



— Pues manos á la obra — dijo la maestra. 

— Me Yeo precisada á recetar, como primer discipli 
nazo, uno que ha de ser muy fuerte, muy doloroso. 
Pero usted se empeña en que sea yo su domadora, y 
yo lo acepto. Y hay má.^: quiero lucirme, se me figura 
que me "voy á lucir. ¿Me dejará usted mal? Dios me 
ha dicho á mi: «tráele, tráele», y yo he respondido: 
«Señor, no tengo fuerzas, no valgo para fiera de tanta 
bravura», y Él me vuelve á decir: «tráele, le has de 
traer». De usted depende que yo me luzca ó me des- 
acredite. Vamos al caso. Pegúele, pegúele á su carác- 
ter un golpe tremendo, pero tan tremendo, que de 
ese primer trastazo se quede entontecido. En estas 
batallas no se debe empezar por poco, sino por mucho, 
imponiéndose por el terror desde el primer momento. 

— Pues ordena. Mándame lo que gustes. (Inquieto.) 
¿Es terrible el sacrificio que me vas á imponer? 

— Muy terrible. 

— No me importa. Mejor. 

— Sacrificio del amor propio, que es el mequetrefe 
que todo lo echa á perder, y el verdadero jaleador 
del temperamento. Hay que empezar por darle al 
amor propio una tunda que le deje rendido, muerto y 
sin ganas de volver á meterse en camisas de once va- 
ras. El primer paso es tan sencillo como doloroso: tie- 
ne usted que ir á ese hombre y pedirle perdón de los 
ultrajes de palabra y de obra que le infirió. 

Guerra se quedó un rato sin habla. Toda la sangre 
se le subió á la cabeza. 



214 B. PÉREZ GALDÓS 

— Sí, SÍ — dijo al fin torpemente. — Pero advierte 
que Arístides es un mal hombre. 

— Eso no nos importa. {Oon calor y autoridad.) Pues 
no faltaba más sino que el perdón de las injurias estu- 
viera ¡subordinado á condicionales que le quitaran 
todo su valor. ¡Que es un pillo! Pues si no lo fuera 
¿qué mérito tendría usted en pedirle perdón? Si el 
pillo fuera usted y él la persona decente, ¿qué me- 
nos podía hacer que ir y decirle: «te ofendí; per- 
dóname». Siendo él quien es, resulta la humilla- 
ción, sin la cual no hay caso, amigo D. Ángel. Se 
trata de que el soberbio se humille, se desdore, mun- 
danalmente hablando, y aprenda á despreciar las ca- 
tegorías humanas, la falsa dignidad del mundo. Se 
trata de imitar á Jesucristo, y no necesito decir más. 
ó le imitamos, ó no le podemos adorar como es de- 
bido. ¿Está usted dispuesto á imitarle? Pues empiece 
por amar á los que le aborrecen; empiece por piso- 
tear su orgullo; empiece por no hacer distinciones en 
el prójimo. No hay más que un prójimo, el hombre, 
sea quien sea; si es samaritano, mejor. [Otra vez en 
tono festivo.) ¿Con que le parece demasiado fuerte el 
primer zurriagazo? Pues hay que estrenarse dando 
de firme. Si no, la fiera creerá que es cosa de juego. 
¿Qué quería usted? ¿Decir, como Sancho, que se con- 
formaba con los azotes, y luego apartarse á un ladi- 
to, y sacudir contra el tronco de un árbol, mientras 
el pobrecillo D. Quijote, rosario en mano, contaba los 
falsos azotes como buenos? No, eso no vale conmigo, 
señor D. Ángel. Usted ha querido ponerse en estas 
manos, y estas manos han de poder poco ó han de 
llevarle á usted, aunque sea á rastras, á una patria . 



ÁNGEL GUERRA 215 

más bonita, donde todo es gozo, paz, divinidad. ¿Va- 
mos juntos ó se queda usted? Sentiría dejarle atrás. 
Pero si ha de seguir, tenga valor; acepte la discipli- 
na que se le impone, porque, créame, no hay otra. 
La ley es clara, sencillísima, y un niño la entiende. 
[Angela mirando al smIo, no decía nada.) ¿Le parece 
fuerte? Piénselo, y si lo que le aconsejo, porque no 
es mando, sino consejo, si lo que le aconsejo le pa- 
rece un disparate, y se propone tomarlo á broma, 
despídase de la consejera porque no volverá á ver- 
la más, 

— No, eso no, no — dijo el penitente, saliendo de su 
estupor como si le dieran una cuchillada. — No he di- 
cho que me parecía un disparate. Al contrario, es 
hermosa idea, más que hermosa sublime, y lo subli- 
me... no digo yo que se haga; pero se intenta, sí, lo 
intentaré. El intentarlo sólo... No me digas que no 
me verás más, porque me vuelvo loco, y entonces, 
ya tienes á la fiera en campaña otra vez... Conveni- 
do, convenido en que pediré perdón á ese... á ese... 
sea lo que quiera... Tienes razón. 

— Y no sólo pedirle perdón — insistió la maestra 
con implacable rigor disciplinario, — sino favorecerle 
en cuanto haya menester, auxiliarle si se ve en ne- 
cesidad, tratarle, en fin, como la persona á quien 
usted más quiera. 

— Convenido, convenido — repitió el discípulo, y 
no dijo más porque era todo pasión, y no hacía más 
que sentir hondo, incapaz de razonar. 

— Bueno, estamos conformes. 

Una campana que tocaba desesperadamente, lla- 
mando no sabemos á qué, puso fin á la conferencia, 



5:16 B. PÉREZ GALDÓS 

de la cual salió Guerra en un estado de aturdimien- 
to imposible de describir. 

— ¡Pedir perdón á Arístides! — murmuraba, cami- 
no del cigarral, y cada vez que esta expresión salía 
de sus labios, iba seguida de un suspiro capaz de 
mover la veleta ae la torre de la Catedral. — Y con- 
vengamos en que tiene razón: esa es la doctrina, esa, 
y no hay otra. 

En tanto Leré, recogida en la celda que con otras 
dos novicias habitaba, pensó aquella noche que qui- 
zás había extremado un poco las primeras medidas 
disciplinarias, y temía que la dureza del tratamien- 
to impuesto hiciese flaquear el ánimo del neófito. 
Cavilando en esto parte de la noche, vino al fin á sa- 
car en limpio, quizás por inspiración de lo alto, que 
lo dicho bien dicho estaba, y que al principio era 
cuando más falta hacía el rigor, porque si se andaba 
con paños calientes en cosa tan grave y males tan 
antiguos y rebeldes, todo se echaría á perder. Sos- 
túvose, pues, en la firmeza y rigor de su método co- 
rreccional, y dio por bien dispuesto lo del perdón de 
las injurias. Pero ya que no podía quitar ni un ápice 
del peso arrojado sobre la voluntad de su protegido 
espiritual, quiso allanarle el camino y facilitarle la 
manera de recorrerlo cuesta arriba con carga tan 
abrumadora. Para esto discurrió escribirle, dándole 
reglas de procedimiento espiritual que convirtieran 
en fác'l y hacedero lo que le parecía tan difícil, y 
dos horas de la mañana empleó en redactar la epísto- 
la, muy pensada, muy clara y persuasiva. Dicho se 
está que todo esto era con la venia de la superiora, 
á quien dio á leer la carta antes de enviarla; y á na- 



ÁNGEL GUERRA 217 

die sorprenda que tal carteo se permitiera alguna 
vez á la novicia, pues con su carácter y su talento 
llegó á cautivar de tal modo á las hí^rmanas que sien- 
do de las últimas en la casa parecía de las primeras, 
y no teniendo autoridad canónica, parecía tenerla 
por el acatamiento tácito que allí se le prestaba. 
Otra razón menos espiritual habría que añadir á las 
anteriores para que se comprendiera lo bien recibido 
que era en la Congregación cuanto á D. Ángel se re- 
fería, y es que éste atendía generoso á las necesida- 
des presentes de la casa, y se esperaba de él que 
acudiese á mayores necesidades del porvenir. 

Ildefonso, que casi todos los días iba por allá, fué 
portador de la carta con gran contento suyo, y en 
cuatro brincos se puso en el cigarral, donde encontró 
al amo arrimado al añoso tronco de im olivo, ojeroso, 
pálido y meditabundo. Mientras el monaguillo, apo- 
derándose de la burra, cabalgaba por aquellos campos 
con más orgullo que si montara el Babieca del Cid, 
Guerra leyó la carta, y la lectura hizo en su alma el 
efecto de una inundación de luz, tales cosas sabias, 
profundas y que llegaban al alma escribió en ella la 
bienaventurada de los ojos saltarines, con aquel estilo 
sencillo y categórico, claro como la luz y contun- 
dente como la maza de Fraga, 

Entre otros conceptos, que por demasiado extensos, 
ó por ser ampliación de lo que de palabra expuso 
Leré, no se consignan aquí, la carta contenía lo si- 
guiente: «Decir á usted que la disciplina que se ha 
impuesto no es penosa, sería engañarle. Penosísima 
es, intolerable, y tan superior á lo que ordinariamente 
llamamos sacrificios, que pocos habrá quizás entre 



218 B. PÉREZ GALDÓS 

los nacidos que la puedan resistir. De seguro, muchos 
que intentaran lo que usted, se volverían atrás en 
cuanto se vieran cerca del objeto, porque no hay cara 
más fea que la del amor propio descalabrado, ni nada 
que chille y vocifere tan escandalosamente como esa 
conciencia postiza que llaman ustedes honor, ver- 
güenza ó dignidad. Duro trabajo es el de usted, y yo 
no he de hacerle el disfavor de achicárselo con frases 
atenuantes, que serían el estímulo de la cobardía. 

»Lo que sí haré es recomendarle medios para ro- 
bustecer su alma y prepararla al gran combate, me- 
dios confortativos sin los cuales es difícil que salga 
victorioso. Amigo D. Ángel, hay que pedir á Dios 
gracia, sin la cual no adelantaremos nada; hay que 
vigorizarse con la oración, con la asistencia á los ac- 
tos del culto, con el cumplimiento de las prácticas 
sacramentales que manda nuestra madre la Iglesia. 
Reconozca usted que en esto hemos andado muy des- 
cuidados; pero ya no se puede dilatar más cosa tan 
esencial. Parecióme que la disposición interior debía 
preceder á todo lo pertinente á la forma. Pero ya la 
forma se nos impone; la forma reclama su fuero, y" 
hemos llegado á un punto en que sin forma no pode- 
mos seguir adelante. Ya no puede haber el peligro de 
que el neófito se asuste de ser visto del público en ac- 
titudes que la necedad frivola estima desairadas. 
Quien se atreve con lo difícil, con lo que hiere pro- 
fundamente, no puede retroceder con miedo pueril 
ante el juicio vano del vulgo. 

»¿No está decidido á ser caballero de Jesucristo? 
¿Pues qué cosa más natural que acatar al Señor allí 
donde tiene su residencia, y efectuar actos de servi- 



ÁNGEL GUERRA. 219 

dumbre y vasallaje? Usted me entiende, y no necesi- 
to insistir. Me basta con apuntar la idea. D. Ángel, 
frecuente la casa de Dios con devoción y recogimien- 
to; asista al sacrificio de la misa, penetrándose bien 
de su sentido, y, por último, vayase disponiendo á la 
confesión y á la comunión. No necesito encarecerle 
los inmensos beneficios que de esto ha de recibir, y 
me basta con decirle que lo pruebe una vez, dos veces. 

»¿Con que quedamos en eso, señor catecúmeno? 
¿Cuento con quo el primer día que acá venga ha de 
traerme alguna buena noticia sobre el particular? 
Sólo el pensar que me contará usted sus triunfos, me 
pone muy alegre, y me anima á pedir á Dios con más 
fervoroso empeño por su salvación. Si usted no me 
trae esa buena nueva; si no me dice pronto que ha 
empezado, aunque sólo sea por un poquito, me enfa- 
daré. Considere lo que se va á alegrar nuestra Ción 
cuando sepa, ¿qué digo cuando sepa? cuando vea á su 
amante padre tan próximo á donde ella está, porque 
créalo, hacer lo que le aconsejo es ponerse cerca, muy 
cerca de la niña, hasta tocar sus alitas...» 

Esto era lo más substancial de la carta. Leyóla Án- 
gel tres ó cuatro veces, y después se metió en su 
cuarto, de donde no salió hasta la mañana siguiente 
muy temprano para irse á Toledo. Desde aquella oca- 
sión sus costumbres variaron por completo, sus comi- 
das faeron de una sobriedad cuaresmal, y muchas no- 
ches se quedaba á dormir en la casa de la ciudad. Ni 
Teresa Pan toja, ni los habitantes del cigarral enten- 
dían qué ocupaciones alejaban al amo fuera de casa 
tanto tiempo, pues á veces no parecía más que á las 
horas precisas de comer y dormir, unas veces en la 



220 B. PÉREZ GALDÓ6 

calle del Locum, otras en Guadalupe, y por añadidu- 
ra, apenas hablaba, se iba extenuando visiblemente. 
Bastaba mirarle para comprender que ya vivía muy 
poco hacia fuera, y que tejía para sí, como el gusano 
de seda, labrándose con un solo hilo su impenetrable 
túnica. 



ÁNGEL GUERRA 221 



V 



MAS días toledanos 



Era cosa infalible que D. Francisco Mancebo, ter- 
minado el coro de la tarde, ó despachados los no muy 
grandes quehaceres de la Obra y Fábrica, diese un 
corto paseo por la ciudad en compañía de otro bene- 
ficiado, á la vuelta del cual paseo solía detenerse en 
casa de su amigo Gaspar Illán, el tendero de la es- 
quina de la Obra Prima, y allí echaba grandes paro- 
las con -varios tertulios que asiduamente concurrían, 
gente por lo común más campesina que ciudadana. 

Tiempo hacía que D. Francisco estaba de pésimo 
talante, como si toda-? las malas pulgas del orbe se 
dedicaran á picarle, aunque apenas le molestaba ya 
el alifafe aquel de la fluxión á los ojos que le obligó 
al uso constante de los desaforados vidrios. Y tal ge- 
nio gastaba el bendito señor, que no se podía hablar 
con él, porque todo lo contradecía, y las cuestiones 
más inocentes se agriaban en su boca. Illán, que de 
muchos años le conocía y siempre vio en él benigni- 
dad y dulzura, se maravillaba del singular cambiazo. 
Por cualquier cosilla armaba camorra, por ejemplo: 
«¿A cómo ponéis ahora el bacalao? — A tanto.» No se 
necesitaba más: «¡Ya no se puede vivir con este la- 
dronicio! Toda la población civil, eclesiástica y mili- 
tar se va á quedar en cueros vivos por enriqueceros 



222 B. PÉREZ ÜALDÓS 

á vosotros... Todos esos dinerales que ganáis chu- 
pando la sangre del pobre os los echarán en la balan- 
za cuando toquen la trompeta gorda, y veremos 
quién os saca del Infierno». Y si no era por el baca- 
lao, era por cualquier noticia inocente que traían los 
periódicos, ó por lo primero que saltaba, verbigracia, 
por si había mala ó mediana cosecha de aceituna: 
«¿Qué cosechas ha de haber ¡zapa! si están esos ciga- 
rrales perdidos, si no los cuidan, si no se cultivan ni 
se abona; si no se administra?... Vayase viendo en qué 
manos han caído las mejores fincas: en manos que no 
lo entienden. Después se quejan de que las tierras se 
destruyen y no dan ni para los gastos. Que las pon- 
gan bajo la dirección de persona entendida, que sepa 
administrar, y allá te quiero ver. Yo sé de un ciga- 
rral, de los mejores de Toledo, que ogaño no produce 
ni para que vivan los lagartos, y podría ser un pla- 
tal. ¿No quieren remediarlo?... pues allá ellos. Con su 
pan se lo coman. Y cuenta que se están perdiendo 
los mejores albaricoques, los más dulces, los más tier- 
nos que hay en toda la provincia. ¿Es culpa mía? Xo; 
yo me lavo las manos... Abur, señores.» 

Se iba, dejando á sus amigos en la mayor confu- 
sión, porque nadie sacaba en limpio cosa alguna de 
aquella monserga del cigarral y los albaricoques. 
Algo de idea fija ó maniática chochez veían en don 
Francisco los tertuliantes, y malicioso hubo allí que 
le pinchaba para oírle desbocarse con aquel tema 
ininteligible. Pero una tarde, al recalar el clérigo en 
su círculo, halló la tienda revuelta, á Gaspar Illán y 
á su hijo sofocados, colérico.s, aturdidos, sin saber 
qué partido tomar «nte un contratiempo grave que 



I 



ÁNGEL GUERRA 223 

se les había venido encima. ¿Qué era ello? Pues que 
aquel día se personó en la casa un inspector del Tim- 
bre, con objeto de examinar los libros y ver si en 
ellos se cumplía la ley, y como resultase que ni si- 
quiera había libros en que la muy arrastrada ley 
cumplirse pudiera, anunció á los Illanes una multa 
como para ellos solos. Los pareceres eran varios. Este 
opinaba que cuando volviese el inspector con su au- 
xiliar se le saludara con un buen pie de paliza; aquél 
que se le arrojara al pozo; otro más cauto propuso 
acudir al delegado de Hacienda que era amigo, y por 
fin, D. Francisco, oído el caso, tomó sesudamente la 
palabra y dijo: «Ya sé quién os el pájaro ese. Le lla- 
man Babel, y tiene aterrorizado á todo el comercio 
menudo de la ciudad; reverendísimo farolón, que tie- 
ne por hijo á un píllete llamado Fausto, el cual no 
está en presidio porque aquí no hay justicia, y Ceuta 
se ha hecho para los tontos. Mi opinión es que no ar- 
méis un rebumbio de palos, porque va á resultar que 
os meten en la cárcel, pagáis la multa, y esos sinver- 
güenzas se quedan riendo de vosotros. ¡Vaya con el 
dichoso Timbre! Milagro será que no vayan á la Cate- 
dral á ver si pegamos sellos de correo en todas las- fo- 
jas de libros de coro... Pues á lo que iba: no te apures, 
Gaspar; eso se puede zanjar diplomáticamente. Lo sé 
por Saturio, el sastre de la calle de Belén, y por las 
niñas de Rebolledo, esas que han puesto en Zocodover 
tienda de sombreros para señoras. Ninguno de ellos 
tenía libros, ni los habían visto en su vida. Les arreó 
el bribón ese una multa feroz. ¿Tú la pagaste? Pues 
ellos tampoco. ¿Cómo se compuso? Como se componen 
todas las cosas en estos tiempos de tanta libertad, de 



224 B. PÉREZ GALDÓS 

tanta democracia, de tanto sello móvil é inmóvil, y 
de tantisimo enjuague administrativo. 

— A mí me han dicho — observó uno de los presen- 
tes, aldeano vestido de paño negro, — que esas goteras 
se cogen con cincuenta duros. 

— ¡Cincuenta duros! — exclamó Mancebo furioso. — 
Ni que tratáramos de tentarle ia codicia á los Rócki' 
les... ¡Me gusta! Cincuenta rabonazos de Satanás les 
daría yo. No, Gaspar, no te ahogues, no se necesita 
tanto; respira, hombre, respira, ensancha ese noble 
pecho, que yo te arreglaré el asunto esta misma tarde 
si haces lo que te digo. 

El tendero esperaba suspenso y como embobado. 

— Á ver, Gaspar — prosiguió el clérigo, — abre «se 
cajón... Ya está abierto. Pues saca de él veinte duros. 
Eso es; mitad billete, mitad plata. Bien: venga acá. 
Ahora por mi corretaje, pues estas cosas son delicadas, 
¿eh? por mi corretaje, mándame á casa un barrilito 
de aceitunas gordales. Vamos, hombre, ¿á qué pones 
esa cara de papamoscas? Asunto concluido. No pien- 
ses más en la multa, ni en ese espanta pájaros de Ba- 
bel que parece un general de mar y tierra, y es el 
bandido mayor que ha pasado el puente de Alcántara 
desde que lo fabricaron los moros. Señores, con Dios. 

Fuese derecho á la posada de la Sillería, dtmde ape- 
nas estuvo tres minutos; dirigióse de allí como un 
cohete á la calle del Refugio, y entrando en una casa 
salió poco después acompañado de un clérigo tan co- 
nocido por su fealdad grotesca como por su agrada- 
ble trnto, y juntos fueron bastante á prisa hacia la 
Cuesta del Alcázar; metiéronse por un zaguán muy 
sucio, y al cuarto de hora salió D. Francisco sin com- 



ÁNGEL GUERRA 225 

pañía y con cara de pascua, riéndose solo, como hom- 
bre satisfecho de si mismo por haber dado con toda 
felicidad un arriesgado paso de importancia suma. 
En Zocodover vio á Pepito Illán, paseando con dos 
cadetes, y le llamó aparte para decirle: «Á tu padre 
que aquéllo se hizo, que esté descuidado. Y que no 
le perdono el barrilito.» 

Y bien embozado en el manteo, porque anochecía 
y picaba el frío, tiró de nue "o hacia San Nicolás, pe- 
netrando en el callejón de los Dos Codos hasta una 
casa d^i malísimo aspecto, en cuya puerta llamó para 
dejar un recado que debía de ser cosa de interés: «Á 
Fabián que se vaya por casa esta misma noche, pues 
tengo que hablarle.» Y de allí hizo rumbo al Pozo 
Amargo, llegando un poco tarde á su domicilio, don- 
de Justina, Roque, y hasta los chicos no tardaron en 
advertir el júbilo que pintado traía en su enjuto sem- 
blante, de lo que se alegraron todos, porque hacía ya 
más de una semana que no podían soportar al buen 
tío Providencia, de mal humorado y regañón. 

Quedóse en la salita baja, después de dar á Ildefon- 
so el manteo y la teja para que los subiera y bajara 
el gorro. Allí se paseó de largo á largo, sin más com- 
pañía que la del monstruo, que dormitaba en el sue- 
lo sobre una estera, enroscado como un perro. Sobre 
el piano había un quinqué y el cajoncillo de costura 
de Justina, que, antes de ir á disponer la cena, estu- 
vo allí cosiendo. Rascándose la barba y riéndose solo 
Mancebo murmuraba, de este modo: «El que te la dé 
á ti, Francisco, muy listo tiene que ser... ¡Qué bien, 
qué bien se la has jugado á esos pillastres! 

Sépase que el buen beneficiado había sido víctima 

2.' PARTE 15 



•226 B. PÉREZ G ALDOS 

de una pequeña estafa, días antes, pues Fausto Babel 
consiguió hacerle tomar un juego de cartones del 
Cálculo lotérico. Como cajó en tan burdo lazo aquel 
hombre perspicaz j ladino es cosa que no se entien- 
de. Él mismo, al despertar de la increíb^.e alucinación, 
no comprendía cómo pu'^o incurrir en ella, siendo tan 
desconfiado j al mismo tiempo tan práctico, y se ti- 
raba de los escasos pelos de su cabeza, teniéndose por 
el mayor zoquete del mundo. Pero la humanidad 
ofrece estos tropiezos inverosímiles, estas denegacio- 
nes ó inconsecuencias de los caracteres más enteros, 
y no hay hombre, por hombre que sea, que no tenga 
algo de niño en alguna crítica ocasión de su vida. A 
los sinsabores que ya tenía sobre su alma, unióse éste 
para ponerle en el grado máximo de displicencia y 
de amargor bilioso. Ni los demás le podían aguantar, 
ni él se aguantaba á sí propio, pues continuamente 
se reñía y se despreciaba, tratándose sin la considera- 
ción que á su respetable personalidad y á sus setenta 
y tantos años se debía. 

Llamáronle á cenar, y él mismo llevó la lámpara 
al comedor. A media cena, llegó Fabián, que también 
se asombró de ver á su amigo tan contento; pero éste 
no quería explicarle delante de la familia el motivo 
de su gozo, y el salmista esperaba, entreteniendo el 
tiempo con una conversación frivola sobre diversos 
asuntos. Era un hombre doblado y rechoncho, de 
complexión serrana, nariz trompuda y corva, rostro 
judaico, velludo y sanguíneo á estilo de sayón de los 
Pasos del Viernes Santo, buen hombre por lo demás, 
esposo y padre seglar, aunque no lo parecía por obli- 
garle su oficio á raparse las barbas. ¡Qué variedades 



ÁNGEL GUERRA 227 

de orgullo ofrece la fecunda humanidad! El orgullo 
de aquel toledano consistía en ser bajo, no de cuerpo 
sino de voz, y se moría de pena si llegaba á entender 
qu? podía existir alguien más bajo que él. Su voz, 
en efecto, tenía cierto aire de familia con la campa- 
na gorda, y cuando soltaba los registros graves, pare- 
cía que temblaba la tierra, ó que del seno de ella sa- 
lían ronquidos de la substancia cósmica durmiente. 

Pues señor; concluida la cena, llevóle D. Francis- 
co á la sala del fenómeno, y encerrándose con él, le 
dijo: «Fabián, te vas á reír, y á caerte de espalda 
cuando sepas que he logrado arrancar á esos pillos los 
cuatro duros que nos estafaron, f Asombro del salmista.) 
Sí, ya sé que no lo vas á creer. Pues es verdad. Di 
ahora si hay bajo el sol quien se me iguale en artima- 
ñas para recabar lo mío. ¿Verdad que parece cuento? 
El que me quite á mí un real, ¡zapa! ya puede llamar- 
se emperador de los tramposos. Cree que no me dejaba 
vivir la idea de haber sido engañados tan estúpida- 
mente. Porque, hay que confesarlo, tanto tú como yo 
fuimos los mayores zopencos y ios más candidos chi- 
quillos del mundo. ¡Vaya, que tragarnos bola seme- 
jante! 

— Don Francisco, yo dudaba; pero á usted se le 
alegraron al instante las pajarillas, y yo... 

— No, hijo; tú fuiste quien me trastornó á mí el 
seso. Pero no disputemos sobre quién fué más men- 
tecato, pues allá se iba Pedro con Juan. Total, que 
nos cegó la ambición, que se nos pusieron delante 
del sentido unas nieblas, unas cataratas que no nos 
dejaban ver la realidad. Como está uno siempre pen- 
sando en el recondenado problema de la manuten- 



22"^ B. PÉREZ GALDOS 

ción, araña de aquí, rasguña de allá, ¡zapita! á veces 
se trastorna uuo... Once bocas de familia no se tapan 
con obleas. Pero en fin, vas á saber cómo eché un ga- 
rabato para sacar del bolsillo de los ladrones lo que 
nos habían robado, y te asombrarás. 

— Y declararé que es usted el primer punto del si- 
glo para estas cosas. 

— No, no me alabes tanto [cayéndosele la baba.) Hay 
que dar la parte principal á la Providencia, y á nues- 
tra Santísima Virgen del Sagrario, á, quien con el 
alma pedí que me diera ocasión de recobrar lo mío. 

Contó en seguida prolijamente el caso de la ins- 
pección del Timbre, *de la multa impuesta á Illán 
por D. Simón Bibel, del arbitrio empleado para apla- 
car las iras del farolón. Fabián, al comprender el jue- 
go de su amigo, lanzó un re soto-grave que hizo re- 
temblar la habitación. Al profundo ruido despertóse 
el monstruo; los dos amigos miraron al suelo, y vie- 
ron brillar dos ojos como ascuas en medio del envol- 
torio de flácidos miembrcs y de pedazos de estera. 

«Pues oir contar el caso á Illán — prosiguió el be- 
neficiadoj^y entrarme en el cerebro un rayo de luz 
divina fué todo uno. Yo había oído en casa de Satu- 
rio el sastre y en casa de las ReboUedas que estas pe- 
jigueras de la inspección se liquidan con una corta 
cantidad. ¡Valientes peines! Yo no conocía á ese Ba- 
bel más que de vista; pero conozco á Casiano, que es 
pariente de su mujer, y trato mucho á Casado, ami- 
go de todos ellos. Fuíme en busca del primero; no le 
encontré; vi á Casado; me acompañó, y, abreviando, 
lo arreglamos 'como yo quería, atizándole una onza 
al bribón°ese.;^Padres é hijos todos son unos, y el que 



ÁNGEL GUERRA 229 

nos estafó con la camama del cálculo lotérico, ese 
Fausto á quien no he visto nunca, ni ganas, proba- 
blemente irá á la parte con su papá, y éste le dará 
al hijo un tanto de lo que saca con los timos á los 
pobres tenderos. En ñn, que aquí están los cuatro du- 
ros. No se los he quitado á Illán, sino á los Babeles. 
Mi conciencia está tranquila, ¿qué digo tranquila? 
satisfecha, porque ello me resulta obra de. caridad, 
restituyendo al pobre lo que esos bandoleros le roba- 
ron, y realizando un triple beneficio, fíjate bien: 
contento yo, porque he recuperado lo mío; contento 
Babel, porque ha sacado la rajita, y contentísimo 
Illán, por quitarse de encima la multa... 

— Y contentísimo yo, porque me llamo á la par- 
te — dijo Fabián. 

— Justo — replicó Mancebo, sacando del bolsillo dos 
duros. — Toma la mitad que te corresponde, puesto 
que en compañía hicimos aquella estupidez, y en 
compañía, por mediación tuya, nos dio ese tuno el 
gran sablazo. ¿Estás conforme? Pues ahora, con es- 
tos dos duros y los tres que me corresponden de la 
aproximación del otro día, reúno cinco, que me vie- 
nen como pedrada en ojo de boticario para echar me- 
dias suelas á toda la tropa menuda, que está con los 
dedos al aire. ¡Zapa! Pero hay tanta cosa á que aten- 
der y tanto agujero que tapar, que no sé yo cómo va- 
mos tirando. La vida en estos tiempos es carga tre- 
menda, y cuando uno se encuentra tio de familia, no 
le queda más recurso que gastarse los dedos de la 
mano contando el santísimo maravedí. ¿Y tú, qué 
tal andas? ¿Cómo te las compones con tanto hijo? 
¿Cuántos tienes? 



230 B. PÉREZ GALDÓS 

— ¡Siete! — dijo Fabián echando un suspiro que va- 
lía por tres. 

— ¡Siete también! Entonces nada tengo que envi- 
diarte, porque de siete consta también mi sobrinada, 
y además el padre, la madre y este fenómeno de 
Dios. Pero voy contento con tantas cruces á cuestas, 
con tal que no me falte para mantenerlos y sacarlos 
á todos adelante. 

— Pues yo — indicó el salmista, — si no fuera por las 
lecciones de música, y el discípulo de piporro, ya es- 
taría en el Asilo con toda mi trailla. 

— ¿Para qué te casaste?... Bien te lo dije. 

— ¿Y qué remedio ya? Con paciencia y patatas se va 
para adelante... Este maldito oficio eclesiástico da 
poco aceite... Porque créame usted, D. Francisco, si 
yo sigo el consejo que me dio Selva, el bajo del Tea- 
tro Real de Madrid, que me oyó y dijo que voz como 
la mía no la hay en toda Europa; si yo ahorco el 
maldito roquete, y me planto en Milán, y tomo lec- 
ciones de braceo, y me estreno en las tablas, y me 
contrato, á estas horas estaría ganando más que el 
Arzobispo. Pero ya es tarde, ¡me caso con la Domi- 
nica! con cuarenta años, costilla y siete de reata, no 
hay que pensar más que en morirse echando los bo- 
fes en ese infierno de coro, con perdón. 

— Hombre, todavía... ¡quién sabe! procura ahorrar. 

— ¡Ahorrar yol ¡como no ahorre música! 

— Igual me pasa á mí. Por más que me devano los 
sesos, no puedo juntar arriba de ocho ó nueve dure- 
tes, que en seguida se me escurren por entre los de- 
dos... ¡Qué vida ésta! ¡Y qué poder el de los núme- 
ros, contra los cuales no prevalece nadie, ni la Vir- 



ÁNGEL GUERRA 231 

gen del Sagrario! Si fuéramos unos granujas, como 
ese D. Simón. ¡Ay! toda-^ía me parece que le tengo 
delante, con aquella cara de embajador ó ministro... 
y aquella tiesura inflada como la de los gigantones... 
Tomó la onza como tomarias tú un pitillo. Y ni aun 
me dio las gracias el tunante. Al pobre Juanito Ca- 
sado, la verdad, un color se le iba y otro se le venía, 
y yo de bueca gana le habría dado un tirón de los 
bigotes al tío aquel hasta arrancárselos de raiz. Otra: 
la señora salió también á saludarme, y me echó mil 
finuras. Pues mira tú, la señora me agradó. Dióme 
en la nariz que allí hay razón, buen juicio, formali- 
dad. No deben de gustarle los líos que el mamarra- 
cho de su marido y el píllete del hijo traen entre ma- 
nos. Y tienen también una hija guapa, esbelta, con 
aspecto de tísica pasada y un no sé qué en la mane- 
ra de mirar. Según me indicó Juanito, á Casiano le 
hace tilín la moza esa^ la cual me parece á mí que 
está tocada. ¡Qué familia! Yo, que he visto tanto 
mundo y en seguida calo á las personas, te aseguro 
que allí no discurre al derecho más que la mamá. 



II 



Esto no lo oyó Fabián, que sentándose al piano, 
había empezado á mascullar aires de zarzuela y ópe- 
ra. Justina entró á la sazón y tras ella los chicos, que 
se enracimaron junto al cantor. En cuanto oyó el 
monstruo la música, se animó extraordinariamente; 
sus ojos echaban chispas, y llevando el compás con 
la cabeza, trataba de repetir lo que oía. 



232 B. PÉREZ aALDÓS 

«¡Cómo te gusta, pobrecito! — dijo Mancebo cari- 
ñoso, tirándole de una oreja. — Toca, Fabián, toca, 
para que esta alma bestial sea por un instante alma 
de ser cristiano.» Pero el músico, desesperado de la 
rebeldía del instrumento, que sonaba como una pan- 
dereta, lo abandonó, y en medio del cuarto se puso á 
entonar cánticos corales aplanando la voz para no 
atronar la casa. Ildefonso le acompañaba, y á ratos 
podía creerse que el coro de la Santa Iglesia se había 
trasladado á la casa de Mancebo, el cual metía tam- 
bién su gori gori^ siguiendo al unísono alguna frase 
de salmo ó antífona. El fenómeno lanzó varias notas 
en perfecta armonía con las demás, y cuando Fabián, 
atento al efecto que su voz causaba en aquel ser ru- 
dimentario, rompió con el Düs iros litúrgico, en voz 
entera y con el aire vivo que usualmente se le da y 
lo hace tan patético, aconteció lo que nadie había 
visto nunca. El antropoide empezó á mover sus ex- 
tremidades, que parecían las de un pulpo; las des- 
arrollaba, las extendía, reptando con ell^s, y lenta- 
mente se iba trasladando á lo largo del suelo, ergui- 
da la cabeza y en su boca una sonrisa tan de perso- 
na que más no podía ser. Todos, chicos y grandes, se 
maravillaron de aquel ensayo de movimiento que era 
una novedad en la infeliz criatura. Justina llamó á 
su marido para que viese lo que casi por milagro po- 
día pasar. D. Francisco le seguía, inclinárídose para 
verle mejor, y Fabián, ante el éxito de la salmodia, 
se iba inspirando más y dándole más hermosa expre- 
sión: Qu¿ Mariam absolvisti... et latronem exaudisti... 
mihi qwque spem dedisti. 

Más de una vara recorrió el hermano de Leré á im- 



ÁNGEL GUERRA 233 

pulso del poderoso ritmo musical, al andamento vivo 
del Dies ira, que parece una marcha bailable. Tan 
bailable era que los chicos se pusieron á dar brincos 
en parejas, marcando los tiempos de cada compás, y 
el monago seise danzaba frenético, cantando con ar- 
gentina y dulce voz: Taba mira spargens sonum, etc.. 

Aquella noche, al recogerse D. Francisco á su ma- 
driguera, observó que hacía mucho tiempo que no se 
retiraba á dormir con el espíritu tan sosegado. El 
casó Illán-Babel podía mirarse como verdadero triun- 
fo j ejemplo visible de la protección del Cielo. Cuan- 
do subió Justina á arreglarle la cama, preguntóle su 
tío si se tenían noticias de Leré, á lo que contestó 
ella que por la mañana había estado en el Socorro. 
Como el beneficiado no le gustaba de hablar de Lo- 
renza ni de la toma de hábito, la benignidad con 
que hizo la pregunta parecióle á Justina de feliz au- 
gurio. «La pobrecilla — se aventuró á decir, — está 
muy quejosa de usted, porque no ha ido á verla; y 
verdaderamente, tío, que nos guste más ó menos su 
determinación no es motivo para que dejemos de 
quererla. Las hermanitas la adoran, tío, y están con 
ella á santo dónde te pondré. 

— Iré á verla— dijo jíancebo, que aquella noche 
era todo alegría. — Cuando la santidad llega á tal ex- 
tremo, no hay más remedio que... perdonarla, digo, 
acatarla. 

Enlazando las ideas y las personas con viveza mu- 
jeril, Justina habló repentinamente á D. Paco de otro 
asunto. 

— ¿No sabe usted, tío, lo que me han dicho hojl 
Me he quedado pasmada, y usted se pasmará también. 



2c4 B. PÉREZ GALDÓS 

Pues... no crea que es fábula; es el Evangelio; quien 
me lo ha dicho no miente... Pues el señor aquél, don 
Ángel, el amo de Lorenza, se ha vuelto beato... como 
usted lo oye. Se pasó ayer toda la mañana en San Lu- 
cas, oyendo misas pagadas por él. 

— ¡En San Lucas! ¡Sopla! Pues mira: algo de eso 
me habian dicho á mi; pero no lo quería creer. Dale 
que es tarde; tanto me lo repiten que lo iré tragando. 
¿Y dices que en San Lucas? Si allí no hay misas ni 
quien las diga. Oí que le habían visto en Santiago 
del Arrabal. Es que se va lejos para ocultarse... Pero, 
en fin, si Dios le llama por ese camino, vaya bendito 
de... Era masón y ahora se da golpes de pecho. ¡Bien, 
magnífico, gran conquista! En cuanto le vea le daré 
mi enhorabuena. 

— ¿Pero no sabe lo más gordo, tío? Hoy le dijeron á 
Boque... Mire usted que no me acuerdo quién se lo 
dijo. Paréceme (jue fué Teresa Pantoja... Pues ello e» 
que D. Ángel va á cantar misa. 

— ¡Sopla!... (Estupefacto). 

— No... precisamente cantar misa no dijeron... Más 
bien que piensa hacerse religioso cartujo, y dar todi- 
to su caudal á los pobres. 

— ¡Justina!... no bromees... Justina. (Con vivisima 
inquietud.) ¡Á los pobres! ¿Pero qué pobres son esos? 
¡Zapa! No serán los que pordiosean por la calle... no 
serán los que ejercen la mendicidad como un oficio 
¡zapa, contra zapa! (furioso), y entre ellos conozco al- 
gunos que son unos solemnísimos bribones. 

— No dijeron qué casta de pobres serían los que 
van á heredarle. ¿Y usted cree eso? 

— Pues... ¿qué quieres que te diga? {Calmándose.) 



ÁNGEL GUERRA 2¿5 

Ejemplos hay de ese desprendimiento sublime. En 
estos tiempos de materialismo, he visto yo aquí dos 
ó tres casos: sin ir más lejos, D. Evaristo Valcárcel, 
que dejó á la Beneficencia más de tres millones. En 
edades antiguas sí hubo ejemplos mil de ese despre- 
cio de las riquezas, y ahí tienes las fundaciones que 
lo acreditan. De forma y manera que á mí me parece 
que eso que se cuenta de don Ángel es verdad. Qué 
sé yo... siempre me pareció que ese señor no regía 
bien de la jicara. (Desdiciéndose.) No, no es que yo 
critique... No quiero decir que esta caridad al por ma- 
yor se^i locura: lo que sostengo es que siempre me 
pareció hombre de ideas exaltadas, ¡Ah, gran cosa, 
hermosísimo acto! ¡Dar toda su riqueza á los pobres! 
Hija mía, hay que quitarse el sombrero, hay que... 
Pero mira, más vale que esperemos á verlo para ce- 
lebrarlo, porque en estas cosas de dar, qué sé yo... 
siempre he visto que la realidad no correspondía al 
bombo. Veremos y creeremos. Y hay que mirar tam- 
bitn cómo reparte esos ríos de dinero, porque de re- 
partirlos bien á repartirlos mal va mucha diferencia 
para su alma y para el objeto que se, propone. Figú- 
rate tú que empieza á soltar, á soltar á chorro libre 
y sin ningún criterio. Pues no hará más que fomen- 
tar la vagancia y los vicios. 

— Ahora me acuerdo, tío. Dijéronle á Roque que 
don Ángel piensa fabricar un convento... no, conven- 
to no dijeron... un gran edificio, vamos, para corre- 
gir á la gente mala, amparar á los menesterosos, po- 
ner en cura á los enfermos, y tal y qué sé yo. 

— ¡Ah! bien, bien. (Expansivamente.) Esa sí que es 
brava idea. Pero, como toda idea grande, puede ma- 



236 B. PÉREZ GALDÓS 

lograrse si al llevarla á la práctica no se mira bien á 
la organización, y sobre todo, sobre todo, á qué clase 
de manos se encomienda el negocio. Porque imagí- 
nate tú que no se les ocurre poner al frente de ese 
instituto de caridad á un hombre entendido, del es- 
tado eclesiástico, de años y experiencia, y que sepa 
administrar bien, bien, pero bien... Pues todo lo tie- 
nes perdido, y lo que había de ser para Dios, cátate 
que es para el Diablo. 

Al llegar á esto, D. Francisco, que ya había empe- 
zado á despojarse de las ropas exteriores para meter- 
se en la cama, se las puso otra vez nervioso y ex- 
citado. 

— Pero tío — le dijo su sobrina, queriendo retirar- 
se. — ¿Qué hace usted? ¿Va á salir á la calle? 

— Yo, no,., ¿por qué? 

— Como se está usted vistiendo. 

— ¡Ah! no... Es que estaba distraído... No sé lo que 
me pasa. 

Y eaipezó á desnudarse con tanta prisa, que Justi- 
na se tuvo que largar para no verle en paños meno- 
res. El buen D. Francisco, que había subido á su alcoba 
con el espíritu regocijado y sereno, vióse acometido 
de pensamientos alborotadores, de esos que son para el 
sueño lo que sería para el órgano de la vista un pu- 
ñado de arenillas arrojado en los ojos. El buen clérigo 
durmió mal, queriendo expulsar del caletre las ideas 
que lo tomaron por asalto, y á la mañana siguiente 
tempranito levantóse derrengado y con el cuerpo lle- 
no de dolores, cual si se hubiera caído por un preci- 
picio, rodando entre piedras y zarzas. En la Cate- 
dral sus ideas se embarullaron considerablemente, 



ÁNGEL GUERRA 237 

porque la flacay voluble memoria no le ayudaba para 
ponerlas en orden. «Yo quiero recordar— se decia, — 
quién diantres me contó que habia visto aquí al ma- 
drileño oyendo misa con muchisima devoción, y no 
caigo, no caigo... ¿Fué D. León Pintado Palomeque? 
Ni quién me lo dijo ni la capilla donde le vieron 
puedo recordar... Pero ¡quiá! aquí no viene él. Le 
daría vergüenza, tendría miedo á su propia piedad, 
porque el mundo es muy malo y ridiculiza á los que 
se vuelven á Dios, dando esquinazo á la masonería. 
Y hace mal el no venir aquí, porque le instruiríamos 
en mil cosas en que debe de estar poco fuerte; le 
pondríamos en guardia para que no mande decir mi- 
sas á la buena de Dios... y mire mucho á quién se 
las encarga... En fin, él se lo pierde. A lo que iba: ni 
aun para convertirse y hacerse buenos tienen crite- 
rio estos señores masones. Hasta para salvarse han de 
hacer tonterías». 

Nada ocurrió aquel día digno de perpetuarse en la 
historia; pero al siguiente, ¡María Sacratísima del 
Sagrario! celebraba D. Francisco Mancebo su misa en 
el altar de San Ildefonso, revestido de casulla verde, 
por ser el cuarto domingo después de la Epifanía, 
cuando al volverse para el pueblo con el Bóminusvo- 
biscum en los labios, vio al madrileño de rodillas, pe- 
gadito al sepulcro del cardenal de Albornoz. ^.vYa pa- 
reció aquello — dijo para sí en fugaz soliloquio el ofi- 
ciante, procurando al punto volver sobre sí y no dis- 
traerse. Poco trabajo le costó concentrar toda su aten- 
ción en la misa; pero á ratos sentíase cosquilleado de 
alguna idea intrusa y profana que quería colarse por 
los intersticios más angostos de la sesera. Él la ex- 



238 B. PÉREZ GALDÓS 

pulsaba, como si dijéramos, á zapatazos, y terminó 
la conmemoración del santo misterio sin dejar de ser 
dueño de sí ni un solo instante. Pudo observar que el 
neófito no mostraba afectación en su piedad; antes 
bien, ponía sus ojos en el preste con naturalidad y 
como la mayoría de los que cumplen el precepto, sin 
libro, sin demostraciones exageradas, como lo habría 
cumplido D. José Suárez, verbigracia, ó cualquier 
otro ilustrado del tipo y cuño corriente. Podría creer- 
se que aquel día despabiló Mancebo la misa más 
pronto que de costumbre, y eso que comúnmente la 
decía como para tropa, y se quitó las sacras vestidu- 
ras con mayor presteza todavía, ávido de salir para 
darle á su amigo un apretón de manos y mil para 
bienes. Pero ni visto ni oído. Por más que le buscó 
en la capilla y fuera de ella, no le pudo encontrar. 
Preguntó á varias personas de su conocimiento, des- 
pachó á Ildefonso para que registrara todos los rin- 
cones de la iglesia, y nada, velut umbra. La Catedral 
es tan grande, que buscar en ella un convertido es 
como buscar una aguja en un pajar. 



III 



Aogel, en cuanto D. Francisco dijo el iie misa esi^ 
salió de la capilla y de la Catedral, y tomó la direc- 
ción del Locum, como si fuera á su casa; pero luego 
hubo de variar de propósito, y por la calle de la Tri- 
pería subió hasta San Juan de la Penitencia, para en- 
trar por la parte del Sur atravesando el patio, que es 
de los más característicos de Toledo, y metiéndose en 



ÁNGEL GUERRA 239 

la sacristía, cuja puerta le abrió con muestras de 
respeto la mujer del sacristán. Allí estaba ja D. Tomé 
dispuesto para decir su misa. Todavía no había em- 
pezado á vestirse, j se paseaba en sotana á lo lar¿-o 
de la pieza, aguardando á que las señoras dieran la or 
den. No faltaban en la típica sacristía la cajonería de 
cuarterones, las cornucopias en aguamanil, las puer- 
tas pintadas de azul con vivos dorados, los sillones do 
vaqueta, el pedazo de alfombra antigua, ni los cua- 
dros empolvados j ennegrecidos. El sacristán atiza- 
ba el brasero lleno de ascuas para cebar el incensario, 
j ja tenía el celebrante sus vestiduras v el cáliz so- 
bre la cajonería. No haj que decir cuánto agradaban 
á Gruerra la paz soñolienta j la tímida claridad de 
aquel recinto. Salió al fin el capellán al altar. La misa 
era cantada de un solo cura, j á la voz virginal j 
opaca del autor del Epitome^ en quien Dios moraba, 
respondían las monjitas desde el coro con su salmodia 
compungida j catarrosa. ¡Qué diferencia entre la 
pobreza del culto en las olvidadas Franciscas j el 
esplendor aristocrático de las Bernardas de San Cle- 
mente! Pero aquel convento de San Juan había lle- 
gado á ser interesantísimo para Guerra, j más sim- 
pático j consolador que ninguno, porque el peregri- 
no maridaje que ofrece de lo mudejar j lo gótico, 
parecíale fiel espejo de la transición que en tales mo- 
mentos era un hecho en su alma. En ésta la severi- 
dad j unción religiosas se combinaban también con 
las alharacas del mundano estilo. Durante la misa, á 
la que sólo asistían tres ó cuatro personas, meditó 
mucho en su evolución ó metamorfosis, la cual, des- 
pués de iniciada, le resultaba menos difícil. Los pri- 



240 B. PÉREZ GALDÓS 

meros pasos le habían producido bienestar, cierta ale- 
gría pueril y novelera de esa que el mundo compara 
á la del chiquillo con zapatos nuevos. Reconoció que 
en los comienzos el culto sólo hablaba á sus ojos y 
oídos; pero también hubo de notar que no tardaba en 
herir las fibras del sentimiento, tendiendo á invadir 
poco á poco los espacios de la razón. Para esto era 
preciso un método especial que instintivamente puso 
en práctica desde los primeros días. Del examen de 
sí propio había sacado en limpio que la oración no 
afluía de su mente con facilidad y desahogo cuando 
la practicaba de un modo abstracto, porque mil ideas 
profanas, confundiéndose con la idea regida por la 
voluntad, la distraían y embarazaban. Vióse, pues, 
obligado á sujetar el pensamiento por medio de la 
contemplación sensorial de la imagen ó símbolo, de 
donde vino á deducir la importancia y utilidad del 
arte en la vida religiosa. Así, cuando oraba encade- 
nándose fuertemente con el símbolo por medio de los 
ojos, se defendía bien de las distracciones; pero no 
quedaba satisfecho de sí mismo, y aspiraba á educar- 
se en el rezo metafísico y en las meditaciones abs- 
tractas y pura?. 

Otro fenómeno que en sí notaba era que la adora- 
ción de la Virgen érale más grata que otra cualquiera 
adoración, y que los rezos dirigidos á la madre de 
Dios le salían más fáciles y espontáneos. En cambio, 
la plegaria expedida directamente y sin intervención 
alguna hacia el centro de toda divinidad, no le resul- 
taba, y cuando más pinitos hacía, sutilizando el pen- 
samiento para que subiera, encontrábase abajo, sin 
haber podido remontarse ni el espacio de un dedo. 



ÁNGEL GUERRA 241 

Por lo común, las devociones practicadas con los ojos 
puestos en alguna efigie del sexo masculino, no le 
salían bien, y si el santo era barbudo, de esos que 
leen ó escriben en descomunal libro, como si estuvie- 
ran tomando apuntes, perdía completamente la ilu- 
sión. El Crucificado mismo, tan real y divino al pro- 
pio tiempo, tan hombre y tan Dios, le sugería pensa- 
mientos niás enlazados con los dolores efectivos de la 
Tierra que con las beatitudes incorpóreas del Cielo, 
le despertaba el humanitarismo igualitario con fines 
de reforma social, y si le infundía vigor y alientos 
para la lucha en pro de la perfección humana, no le 
transportaba á la región etérea y luminosa, como 
la Virgen, toda belleza ideal y lírica, toda piedad, 
indulgencia y dulzura. Con ésta si que se entendía 
bien; con ésta sí que se desprendía fácilmente de lo 
terrestre. ¡Y qué pronto hallaba en su meollo palabras 
escogidas para celebrarla ó para pedirle apoyo y con- 
suelo! Los términos de ternura, de congoja y esperan- 
za no se le acababan nunca, ni tenía que discurrir 
para llevar á su corazón la confianza de ser escucha- 
do y atendido. 

Al concluir la misa, pasaron al locutorio y hablaron 
con las Franciscas, para quienes no había nada más 
sabroso que echar un parrafito con D. Tomé. ¡Qué olor 
á incienso, á ropa limpia, á canela y á humedad! ¡Qué 
conversación más inocente y qué ideas más apartadas 
de todo comercio mundano! Era en verdad aquél un 
mundo aparte, supralunar, sin más ideas que las ele- 
mentales y primitivas, con no se qué quieto ambiente 
de puerilidad fúnebre. Las buenas señoras dieron las 
gracias á D. Ángel por su donativo para coger las 

2.' PARTE 16 



242 B. PÉREZ GALDÓS 

goteras que el crudo invierno les abrió en los tejados 
de la santa casa. «¡Ay, si el señor Cisneros levantara 
la cabeza y viera cómo está su fundación!», dijo la 
Priora, y siguió un coro de excitaciones á la pacien- 
cia, y luego, al despedirse tan amigos, la promesa de 
rezar mucho, mucho, por el señor de Guerra para que 
Dios le favoreciese. 

Aquel dia Teresa Pantoja vio entrar, conducidas 
de la procerosa sacristana de San Juan, dos desafora- 
dos platos de natillas que hicieron las delicias de Pa- 
lomeque. Guerra y D. Tomé, después de comer, se 
fueron á pasear solos por la Vega, platicando sobre 
religión. El seráfico autor del Epitome le contaba al 
otro las entradas y salidas de la Bienaventuranza 
Eterna como si acabara de venir de allá, y Ángel, 
sin dar entero crédito al capellán, le oía con delec- 
tación. 

Transcurrieron días (no se puede precisar cuántos), 
y el converso notaba que de uno en otro se le hacían 
más fáciles las prácticas de devoción. Pero apuntaba 
ya Febrerillo loco, y no había pasado aún de los ac- 
tos puramente contemplativos, faltándole aún que 
apechugar con lo más áspero del camino, que era la 
confesión. Mejor que contar lo que le pasó, será re- 
producir los términos en que él hubo de referírselo á 
su divina consejera. Fué, sin duda, un caso intere- 
sante, con su granito de sal cómica, y la verdad im- 
pone la obligación de decir que Leré no pudo tener 
la risa al oir el relato. «Pues hallábame — le dijo, — á 
mi parecer, perfectamente dispuesto para acto tan 
grave... Examinada la conciencia desde la época de 
la niñez. Ya ves que había tela larga. No me faltaba 



ÁNGEL GUERRA. 243 

más que vencer la inercia moral, ahogar el falso pun- 
donor que nos prohibe humillarnos. Creyendo ha- 
berlo conseguido, ajer tarde me fui á la Catedral con 
propósito firme de confesarme. Hasta entonces todo 
iba bien; pero... aguárdate un poco. Animoso, aun- 
que algo conmovido, me meto en la capilla de San 
Ildefonso, y desde la verja distingo el bulto del sacer- 
dote dentro del confesonario, esperando penitente: 
«Allí está mi hombre — digo, — y sin pensarlo más 
me voy derecho á él, me acerco, doblo la rodilla y... 
No la había puesto en tierra cuando reconocí á don 
León Pintado, y me desconcerté, sintiendo un espan- 
toso tumulto de protesta dentro de mí, el cual me 
obligó á dar media vuelta y huir como alma que lle- 
va el diablo. Fué un verdadero pánico. La cobardía 
pudo más que todas mis resoluciones. Pasó lo que te 
cuento en pocos segundos, y no me di cuenta de la 
rapidez con que salí de la capilla. Recuerdo que en 
aquel breve instante de mi aparición ante el confe- 
sonario. Pintado me miró como si me reconociera. 
El pobre señor se quedó con el alleluia en la 
boca.» 

En el primer momento se rió Sor Lorenza, rin- 
diendo tributo á la nota festiva del caso; pero luego 
se puso seria. Ángel le desarrugó el ceño con esta 
importante declaración: «No me riñas, que hoy por 
la mañana realicé con facilidad suma lo que anteayer 
me fué tan difícil ó imposible». 

— jCon D. León Pintado? 

— No, hija, esto no puede ser por ahora. No se me 
pidan de una vez esfuerzos tan extremados. Confesé 
con un desconocido, aquí en Santo Tomé. Creo que 



244 B. PÉREZ GALBOS 

el estar tan cerca de ti me daba una fuerza mental y 
un vigor de conciencia extraordinarios. 

El gozo con que Leré recibió esta feliz noticia se 
revelaba en su rostro y en su empañada voz. «El pri- 
mer paso está dado, amigo D. Ángel — le dijo. — Verá 
usted qué fáciles son ahora los que siguen. Dios le 
tiene ya por suyo. Satanás rechina los dientes. Dé- 
jele usted que rabie y eche veneno. Mucho cuidado 
con las trampas que ha de armar ahoi'a, las cuales se- 
rán tan sutiles, que es menester andar con cien ojos 
para no caer en ellas. De fijo le arma á usted una tan 
sumamente hábil, tan sumamente ingeniosa, que por 
bieD que se prepare contra ella no podrá evitar que 
le coja un poquito. Mire que es muy pillo ése, muy 
mañero, y sabe mucho». 

— No, ya no me coge; no temas. Si él sabe, yo 
también sé, como pecador que he sido, y discípulo 
suyo de los más aplicados. No se atreverá conmigo. 

— Invocar, invocar sin descanso á la Santísima 
Virgen, porque ésa es la que le mete en cintura y no 
le deja resollar, aplastándole la cabezota con aquel 
pie divino que sujeta la luna. Invocar, invocar á 
Nuestra Madre, para que si el bribón ese arma tram- 
pas ella se las desbarate con sólo mirarle; porque le 
mira, sí, y el infame, ante la mirada ce la Reina, se 
queda tamañito, ruje, patea, se hace un ovillo y no 
se atreve ni á morder la orla del manto de la Señora, 
de aquel manto con que barre las estrellas. 

— Invocaré, invocaré — contestó Ángel embelesa- 
do. — Ahí tienes una devoción que nunca me fué di- 
fícil, devoción dulcísima y consoladora sobre todo 
encarecimiento. Los gérmenes de ella existen en el 



ÁNGEL UUERRA 245 

alma humana, y á poco que escarbes los encuentras 
donde mismo están las raíces del dolor. 

— Bien, bien — dijo Leré reflejando aquel entusias- 
mo que úe ella partió y á ella tornaba y multiplicado 
lo devolvía. — Si Nuestra Madre nos da la mano, ade- 
lante; un paso más, y triunfo seguro. ¡Gracia, salva- 
ción, eternidad! 

El mismo ardor del entusiasmo produjo una pausa 
en que uno y otro meditaron. Por fin, la novicia le 
dijo que debía marcharse, y antes le dirigió una ex- 
hortación ó consejo, que por el tono más bien manda- 
to parecía. Fué lo siguiente: «No me gusta que ande 
usted escondiendo del mundo su religiosidad, como 
si fuera una falta. ¡Horrible contrasentido que el 
hombre se avergüence de ser bueno! Pase que la ini- 
ciación imponga cierta reserva; pero dados los prime- 
ros pasos, hay que levantar la frente delante del mun- 
do, señor mío y humillarla públicamente delante de 
Dios. Se acabaron los tapujitos, D. Ángel. Si quiere 
tenerme contenta, sálgase del círculo apartado de las 
iglesias de escaso concurso, y... ¡cara al enemigo! ¡Á 
la Catedral en las grandes solemnidades! ¿Cuáles son 
las parroquias más concurridas? La Magdalena, San 
Nicolás. Pues á ellas, á ellas mañana y tarde, para 
que el mundo se vaya enterando, y si critica, mejor, 
¡mejor mil veces! 

IV 

Salió de la conferencia muy resuelto y animado, 
porque la fascinación de la divina hermana del Soco- 
rro ganaba cada día mayores espacios en su alma, y 



246 B. PÉREZ galdós 

sobre los atributos propios de su ser iba claveteando 
como una lámina de oro que los ahogaba y envolvía. 
Era como esas imágenes bizantinas forradas de chapa 
de metal precioso, que no permite ver la escultura 
intorior. 

En los días subsiguientes, pasó largas horas en la 
Catedral, donde Mancebo le pudo echar el lazo y co- 
gerle prisionero, dedicándose á mostrarle con proliji- 
dad de cicerone fastidioso las mil cosas reservadas 
que aquel soberbio Museo atesora en la Sacristía y 
Vestuario, en la casa del Tesorero, en el Ochavo y 
capilla de Canónigos, maravillas del arte suntuario 
que son otros tantos homenajes del humano ingenio 
á la idea religiosa. Guerra lo veía todo con grandísi- 
mo contento, pasmado de tanta riqueza, de tanta 
hermosura, y alabando la unidad y la fuerza de las 
sociedades que juntaban todas sus energías en un 
solo haz. La poesía y las riquezas, la industria y las 
artes liberales, la ciencia y la fuerza bruta, todo con- 
curría con armónica conjunción á un solo fin. |Reno- 
var aquella unidad dentro de las condiciones de la 
edad presente, qué triunfo, qué idea tan grande! 
¿Pero quién era el guapo capaz de atreverse con ella? 

Por la mañana no perdía nunca la misa conventual, 
tan hermosa, tan solemne, en aquel Presbiterio que 
parece la expresión más poéticamente sensible de 
todo el dogmatismo cristiano. Y mañana y tarde, las 
horas de Prima, Tercia y Nona en el Coro le produ- 
cían arrobamiento y emociones deliciosas, siguiendo 
en su libro la letra de las antífonas y salmos, impreg- 
nados de oriental melancolía. Mancebo no le dejaba 
á sol ni sombra, y después de ofrecer á su admiración 



ÁNGEL GUERRA 247 

]as preseas de la Virgen del Sagrario, que anonadan 
por su riqueza indostánica, hacen verosímiles los 
cuentos de hadas, y emulan con su verdad la menti- 
ra de los paraísos budistas, le espetaba lecciones de 
liturgia, explicándole el sentido simbólico de ésta y 
la otra ceremonia, de tal ó cual vestidura ó accesorio. 
Por no dejar nada sin registrar, hasta le encaramó á 
la torre, para visitar las campanas, refiriendo los 
nombres de cada una, su significación, su historia, los 
toques que daba; y por fin y remate de la visita artís- 
tica, cuando ya no quedaron alhajas, ni telas, ni có- 
dices, ni cuadros, ni escondrijos que ver, concluyó 
presentándole los Gigantones y la Tarasca, que se 
apolillan en las Claverías. 

En cuanto el convertido traspasaba la puerta 
Llana, Mancebo, que le acechaba las vueltas, le cogía 
en su zarpa poderosa, y ya no le soltaba á dos tirones. 
Su principal anhelo como hombre práctico que tenía 
que atender á tan graves problemas vitales, era estre- 
char sus relaciones con Ángel hasta la intimidad. 
«Veremos — se decía, — si me elige por su confesor de 
oficio, con cargo permanente. Bien podría hacerlo, 
porque nadie le aconsejaría mejor, así en lo espiritual 
como en lo temporal, pues en todo soy fuerte, gra- 
cias á Dios. Sé confesar y sé administrar. Gobierno 
un alma como el más pintado, y manejo los intereses 
que se me confíen, con una honradez y una puntua- 
lidad que ya quisieran más de cuatro. Si entiendo de 
pecados, también de números entiendo, pues para eso 
puso el señor en mí el don de arreglo económico. 
jHabrá otro que en aptitudes tan distintas se me 
iguale? No, no le hay. Por eso mi amigo no sabe la 



24S B. PÉREZ GALBOS 

que se pierde con no ponerse en estas manos para 
todo, para lo del alma y para esa otra teología del 
■vivir material, que también es de Dios. 

Pero nada le habló Guerra de donde el otro pudiese 
colegir que se pensaba en él para director espiritual 
ni para intendente. En cambio D. Francisco oyó de 
sus labios cosas que á gloria le sonaron, verbigracia: 
que corría de su cuenta la educación de Ildefonso, y 
que por de pronto le pondría interno en un buen co- 
legio, para que entrase después, si persistía en su vo- 
cación en la Academia de Infantería. Del segundo y 
dé los demás se hablaría conforme fueran creciendo. 
Otrosí: el tío Providencia no tenía que afanarse por 
los piquillos supletorios que era costumbre mandar al 
pianista en ciertas épocas del año, pues Braulio, desde 
Madrid, acudía puntual á esta necesidad. Finalmen- 
te: la suma que Mancebo tenía en depósHo para el 
dote de Lorenza, y que debía entregar á las Herma- 
nitas cuando la joven profesara, se destinaba á las 
necesidades de la familia, pues Ángel se cuidaba de 
la dote y de otras formas de protección á la Herman- 
dad del Socorro. 

«Del mal el menos— decía el clérigo, — y véase por 
dónde, al fin, me ha caído la lotería. Nuestra Señora 
amantísima del Sagrario ha tenido compasión de este 
agobiado jefe de familia, y le permite comprar el ti- 
tulito del 4 por lOC, gracias á la esplendidez de ese 
bendito señor, que mil años viva. Bien venida sea la 
santidad si viene por estos caminos, y lo que yo me 
temo es que la cristianísima fundación esa de que se 
habla no obedezca á un criterio acertado y lógico. . 
¿Por qué no consultará conmigo, que podría ser su 



ÁNGEL GUERRA 249 

asesor más desinteresado? Es mucho hombre éste con 
su misterio y sus secreticos. No me conoce; no sabe 
que si águila soy en lo moral, no lo soy menos en lo 
aritmético, y que sé administrar, cosa que ignoran 
muchos que viven y mueren en olor de santos. El se 
lo pierde, y por no escuchar mi dictamen, puede que 
se salga con alguna pata de banco, con una funda- 
ción sin base eeonómica, que luego resulte el mayor 
adefesio del mundo. 

Una mañana, después de misa mayor ^ hallábase 
Ángel en la antesacristía con D. Francisco, cuando 
vieron pasar á .^ristides y Fausto, acompañando á 
una familia forastera. Fabián, que por allí andaba 
también, se acercó al beneficiado y le dijo, apuntan- 
do con disimulo á Fausto: «ese es». 

— ¡Ese! — exclamó Mancebo mirándole, el terror 
pintado en su cara. 

— Ahí tiene usted al sabio inventor del cálculo lo- 
térico — dijo Guerra, — un desgraciado, más digno de 
lástima que de odio, víctima de la miseria y de las 
malas compañías. 

Al decir esto, y cuando los Babeles y sus acompa- 
ñantes pasaron á admirar el techo del salón de la sa- 
cristía y el cuadro del Expolio, Guerra clavaba sus 
ojos en Arístides, que pasó junto á él sin decirle 
nada, aunque bien reparó Ángel que su enemigo le 
había visto. 

Creyeron todos que á Mancebo le daba un síncope 
al ver á Fausto. «¿Pero de veras es ese — decía, — ese 
que cojea?... ese el de los cartones? Si yo le conozco, 
no se me despinta su cara; pero no sabía que era esa 
la cara del maldito algebrista, ¡zapa! Como yo no le 



250 B. PÉREZ GALDÓS 

vi y fuiste tú quien con él se entendió cuando quiso 
darnos el sablazo... cuando nos lo dio, mejor dicho..., 
pues como yo no le vi, no pude decirte: «cuidado, 
Fabián, que ese es ladrón de los finos». ¡Bendito y 
alabado sea... (persignándose). ¿Pero es ese de veras el 
hijo de aquel señor de los bigotes, que anda viendo 
si ponen sellos á los libros? La Dulcísima Señora del 
Sagrario sea siempre conmigo, ahora y en la hora de 
mi muerte! ¡Si no vuelvo de mi asombro...! Los que 
no volvían de su asombro eran Guerra y Fabián, vien- 
do al beneficiado hacer tales aspavientos. 

— ¡Buen par! — dijo Guerra, observándoles desde la 
antesacristía, mientras ellos admiraban el Expolio. — 
Aquel otro, espigado y de buen parecer, es su her- 
mano Arístides. 

— ¡Sopla!, pues veo que también viene Casiano. 
Miradle: aquél, vestido de paño negro. ¡Pobre Casia- 
no! Un hombre de bien entre tanto pillo. Y esa fami- 
lia, ¿la conoces tú? 

— Son ságrenos — dijo Fabián, — y una de las seño- 
ras es tía de D. Juan Casado. 

— ¡Dios mío! — exclamó Mancebo, volviendo á tra- 
zar anchas cruces sobre su persona. — ¡Las cosas que 
en este mundo se ven! Pues van á saber ustedes de 
qué conozco la «^ara de ese tunante. Tengo que refe- 
rir un grave suceso ocurrido en esta santa iglesia 
hace tres años, cuando... 

Hizo un paréntesis para acudir á expresar una idea 
que saltó en su magín. «José — dijo á un sacristán 
que salía por la puerta que da al patio del Tesorero; — 
mira, di que no enseñen nada á esa tropa que está en 
el salón, que guarden todo bajo siete llaves, y vigi- 



ÁNGEL GUERRA. 251 

len mucho las manos de algunos de esos. Hay uno en 
la partida que, si nos descuidamos, se lleva bajo la 
capa lo primero que encuentre. No abráis la verja 
del Ochavo, ni el vestuario, ni nada.» El pobre señor 
revelaba en su voz y tono un miedo cerval. Llevó á 
los dos amigos al cuartito del agua, y allí con gran- 
dísimo secreto les dijo: «¿Te acuerdas tú, Fabián, de 
aquel sucedido, cuando vinieron dos tipos de Madrid 
á comprar una porción de material viejo de cobre, 
clavos, chapas de puertas, visagras, candeleros inser- 
vibles, braseros y no sé qué más? ¿Kecuerdas que todo 
ello estuvo en la cuadra baja del patio, y que se re- 
mató por disposición del Cabildo, siendo canónigo 
Obrero el Sr. Díaz? Pues á mí me comisionaron para 
la entrega, y los dos rematantes, el cojitranco ese y 
otro que no está ahí, me suplicaron que les enseñara 
el vestuario. Mil veces me oirías contar lo que pasó. 
Pues ese, tu amigo, el inventor, el cabalista, ese fué 
el que escamoteó la palmatoria de plata de las misas 
de pontifical, y se la llevaba debajo de la capa. Yo, 
que algo me maliciaba, sorprendí el bulto cuando los 
dos pájaros salían por la puerta esa del patio, que 
siempre está cerrada, y aquel día se abrió para que 
sacaran el cobre viejo y lo cargaran en un carro en la 
calle de la Tripería. Mire usted, D. Ángel, si mil años 
viviera, no olvidaría el momento aquél. Vi yo que el 
hombre ocultaba la palmatoria, y sin decirle nada 
me abalancé á él como un tigre, y grité: «So pillo, 
so...» Él, viéndose cogido, me dio un empujón, y yo 
á él otro, y en aquel zarandeo cayó al suelo la pal- 
matoria, y uno de los mozos que estaban transpor- 
tando el cobre arremetió al ladrón con un palo. El 



252 B. PÉREZ ÜALDÓS 

compañero huyó como una exhalación, y no le vol- 
vimos á ver; pero éste cayó al suelo en medio de la 
puerta medio abierta, con todo el cuerpo fuera, me- 
nos los pies que quedaron dentro. ¿Qué hice yo? Ce- 
rrar y apretar, dejándole las patas cogidas como en 
un cepo, y tratando de sujetarle allí hasta que vinie- 
se la justicia. En efecto, apretábamos firme, y el bri- 
bón en el suelo chillando como un zorro cogido en el 
garlito. Por fin, pudo zafar un pie, y tiraba del otro 
echando unas maldiciones que daban horror. Bernar- 
do Fraile, que era el mozo que me ayudaba en esta 
faena, dijo: «Voy corriendo por un hacha, y le corta- 
mos la pata»... «Hombre, no — le dije, — eso me parece 
demasiado.» Y en esta disputa sobre si usaríamor ó no 
usaríamos el hacha, añojamos un poco en el empuje 
de la puerta, y se nos escapó. Salimos tras él; pero 
¡zapa! iba como el mismísimo viento. El cobre allí se 
lo dejaron, sin pagarlo, se entiende, y el Cabildo me 
dio las gracias de oficio por haber rescatado la palma- 
toria. Dióse parte al juez; pero éste no encontró el 
rastro de aquel par de zorros, que debieron de tomar 
el tren cuando salieron de aquí. Con que ahí tenéis 
la historia, que á entrambos os maravillará: á ti, Fa- 
bián, que ya la sabías, por conocer ahora al personaje 
de ella; y á usted, D. Ángel, porque conociendo el 
santo, ahora se «itera del milagro. 

Asombráronse uno y otro de la interesante historia, 
y al salir de la antesacristía vieron que los forasteros, 
con Casiano y los dos Babeles, andaban entre el Coro y 
la Capilla Mayor, siguiendo los pasos y aguantando las 
eruditas jaquecas de uno de los cicerones más pegajo- 
sos que por entonces se ganaban la vida en la Catedral- 



ÁNGEL GUERRA 253 

— Allí está el hombre — dijo D. Francisco. — Apro- 
ximémonos poquito á poco. Yo saludaré al bargueño. 
Fijarse en la cara que ha de poner el cojo cuando me 
vea, y en ella, como en un libro, leerán la confirma- 
ción de lo que acabo de contarles. Así lo hizo. Cuan- 
do Casiano le estrechaba las manos, preguntándole á 
gritos por su salud, Fausto vio al anciano clérigo, y 
se volvió bruscamente, fingiendo poner toda su aten- 
ción en la verja del Coro. Pero Mancebo, deseando 
examinarle bien para quitarse hasta el último escrú- 
pulo de una equivocación, se dejó ir de aquel lado, y 
con mordaz acento le dijo: «Bonita verja, ¿eh?» El 
cojo le volvióla espalda, encaminándose á contemplar 
los pulpitos. 

— El señor es artista... y de los finos — dijo Mancebo 
con sarcasmo, mirándole bien. — ¡Cómo le entusias- 
man las obras de valor que aquí tenemos! 

En tanto. Guerra esperaba que Arístides le hablase. 
Proponíase callar como un muerto si le soltaba recri- 
minación ó injuriosa reticencia. Grande fué su sor- 
presa al ver que el darón se le acercaba en actitud 
que no parecía hostil... Momento de vacilación de 
ambos. Saludo recíproco con una inclinación de cabe- 
za. Por fin Babel, ¡asombro de los asombros! le diri- 
gió estas palabras, de cuyo sentido afectuoso no po- 
día dudarse, aunque sí de su sinceridad: «Ángel, ¿hay 
paces ó no?» 

— Paces habrá— replicó Guerra, aprovechando las 
disposiciones conciliadoras de su enemigo. 

— Yo reconozco — añadió Babel, — que en cierto 
modo provoqué el lance. Estuve impertinente. Loque 
empezó mi ligereza lo remató tu brutalidad, de modo 



254 B. PÉREZ GALDÓS 

que la culpa se reparte casi por igual entre los dos. 
Pero yo, que no soy soberbio, podría descargar mi 
conciencia de la parte de responsabilidad que me toca. 
No lo hago porque fui agredido. No es Ángel Guerra 
capaz de reconocer su falta como reconozco yo la mía. 

Preparado como estaba el otro, no necesitó más 
para recibir tales palabras con verdadera efusión de 
concordia. Cierto que el avieso mirar de Arístides no 
correspondía, no, á la suavidad de las expresiones; 
pero esto, ¿qué le importaba? Estrechando la mano 
que Babel le tendía, no vaciló en decirle: «El culpa- 
ble füí yo solo, y te ruego que me perdones.» 

Creyó por un instante que las últimas palahras se 
le atascaban, rebeldes á salir de los labios; pero con 
un ligero empuje salieron. Pausa, perplejidad. Uno 
frente á otro, no sabían que decirse. El grupo estaba 
disuelto, y mientras hacían dúos aparte, Casiano con 
don Francisco y Arístides con Guerra, los forasteros, 
que eran un matrimonio de la Sagra y una señora ma- 
drileña de medio pelo, contemplaban, á instigación 
del erudito guía, el pendón de las Navas colgado en 
el triforium. Fausto no se hartaba de admirar los pul- 
pitos, deplorando tal vez que por su magnitud no 
pudieran aquellas hermosas piezas meterse en un 
bolsillo. 

— Perdonados recíprocamente — dijo al fin el barón 
mascullando las palabras como quien recita una lec- 
ción mal aprendida. — Y es muy grato para mí decir- 
lo ahora que han variado las terribles circunstancias 
que á los dos nos impulsaron á reñir y á sacudirnos 
el polvo en el Corralillo. ¡Vaya, que fuimos ambos 
impertinentes, tontos y brutales! Pero dejémoslo: pe- 



ÁNGEL GUERRA 255 

lillos á la mar, y amigos otra vez. Lo que importa es 
que mi pobre hermana se ha curado de aquel horrible 
espasmo. 

— ¿Es de verdad? ¡Cuánto me alegro! — dijo Guerra 
con tanto asombro como júbilo, aunque, en rigor, 
Aristides no le merecía crédito, y sus palabras le so- 
naban á sarcasmo de lo más fino. 

— Vete por allá y lo verás. ¡La pobrecilla, menudo 
temporal ha corrido.-Dos días, chico, dos días éntrela 
vida y la muerte. Pero salió, y al hacerle crisis la es- 
pantosa fiebre, hizola también aquella otra enferme- 
dad diabólica que le pegó el tío Pito. Ya tenemos 
mujer. No la conocerás cuando la veas. Entre mamá 
y yo, y el buen médico que la asiste y un amigo sa- 
cerdote, hombre que hace primores en la medicina 
del espíritu, hemos realizado este milagro. No creí 
que nos saliera la campaña como nos ha salido, ¿No 
lo crees? Pues date una vuelta por allá. Te digo que 
es otra mujer. Figúrate que ha tomado afición á la 
iglesia, y confií^sa y comulga, y reza rosarios y leta- 
nías. No se puede dudar que la religión es un bálsa- 
mo, pero un señor bálsamo. La desgracia nos enseña 
lo que la felicidad y el ruido del mundo nos hacen 
olvidar. 

No volvía Guerra de su asombro. ¡Dulce curada, 
Dulce religiosa, Dulce convertida! Necesitaba verlo 
para creerlo. 

El enfadoso cicerone promovió la reconstitución del 
grupo, disponiendo la subida á la torre, y los foras- 
teros se llevaron tras sí á Casiano y Aristides, pues el 
cojo, impulsado siempre de la fuerza centrifuga, se 
había ido á contemplar la colosal pintura de San Cris- 



256 B. PÉREZ G ALDOS 

tóbal, y desde allí cautelosamente se unió á la parti- 
da por el trascoro. 

Don Francisco, Guerra y Fabián volvieron á la an- 
tesacristia, y antes de llegar á la puerta, el benefi- 
ciado se persignó de hombro á hombro y de la frente 
á la cintura, diciendo al madrileño con escandalizada 
admiración: «¡Pero usted, Sr. D. Ángel, da la mano á 
ese hombre! » 

— ¿Por qné no? 

— Vamos, vamos; ya no me queda nada que ver en 
este gracioso mundo. ¡Á ese pillastre le da usted su 
mano! 

— Y no sólo le doy la mano, sino que le he pedido 
perdón por una ofensa grave que le inferí. 

— ¡Perdón á ese tunante, zapa! Si es tan malo como 
su hermano, como no sea peor. Perdón, sí... con una 
vara de fresno. 

— Cada cual mira estas cosas á su modo y según su 
conciencia. 

Don Francisco volvió á persignarse y á invocar á 
la ^•''irgen del Sagrario, mirando con profunda lásti- 
ma á su amigo, el cual se despidió fríamente, salien- 
do por la puerta de los Leones, después de hacer ge- 
nuflexión ante la Capilla Mayor. El clérigo y el sal- 
mista le miraban desde la puerta de la antesacristía, 
y antes de que saliera le pusieron su comentario. 

— ¡Cuando yo te digo, Fabián, que este D. Ángel 
ó D. Diablo no rige, no rige bien! 

— ¡Anda, morena! ¿Pues y lo que dicen de que va á 
fundar una orden para hombres y mujeres de ambos 
sexos? 

— Así saldrá ella. ¡Buena estará la orden, sí, buena, 



ÁNGEL GUERRA 257 

buena! Apuesto que será para proteger á toda esta 
pillería, so pretexto de eamendarJa y corregirla, ó 
para poner á mesa y mantel á tantísimo holgazán. 
En cambio, los verdaderos necesitados, los que llevan 
á cuestas una familia numerosa, como tú y yo... no 
tocamos pito en esas magnas funciones de la caridad 
de teatro. Pero déjate estar, que allá nos lo dará Dios 
con creces, y cuando cerremos el ojo, nuestra rincon- 
cito en la Bienaventuranza Eterna no hay quien nos 
lo quite. Anhna super asir a quiescit. Con que... con- 
solarse. La una. Adiós, hijo mío; vamonos en deman- 
da del sacrosanto puchero. 



2." PARTE 17 



258 B. PÉREZ GALDOS 

VI 

BÁLSAMO CONTRA BALSAMO 



Consistió la enfermedad de Dulcenombre en una 
fiebre altísima, que sólo duró dos días, como racha 
ciclónica que con la violencia de su propio girar se 
aleja más pronto, y la remisión brusca la dejó en po- 
cas horas en despejada convalecencia, aturdida y sjn 
fuerzas, con el vago conocimiento de haber escapado 
á un grave peligro. En su interior reinaba la grata 
impresión de una crisis ó prueba decisiva pasada fe- 
lizmente, durante la cual estuvo la naturaleza titu- 
beando entre decretar la muerte ó la vida. Alegrá- 
base la infeliz joven de vivir, pues hasta entonces, 
ni en sus mayores angustias había sufrido nunca las 
nostalgias del otro barrio, ni jamás pensó en ser Par- 
ca de sí misma. Al despertar de aquella lúgubre som- 
nolencia, vio y sintió que la vida es buena, mejor 
dicho, la bondad de la vida se estampaba en su alma 
con la categórica lucidez de los conocimientos pri- 
mordiales. Al propio tiempo, su memoria no le daba 
noticia clara de todo lo que había hecho y sentido en 
aquel turbulento período de vida toledana, cuya du- 
ración no le era fácil apreciar. De algunas cosas con- 
servaba la impresión inmutable, como si aún las es- 
tuviese viendo; pero otras se le borraban y obscure- 
cían, rebeldes á su propia investigación. Figurábase 



ANGKL GUERRA - 259 

á veces que aquella crisis había sido como una infan- 
cia, y las reminiscencias de lo acontecido resultában- 
le como las memorias de la edad primera, que unas 
se conservan clarísimas y otras se desvanecen, que- 
dando sólo de ellas sombra, mancha ó perfil indefi- 
nibles. 

La tarde aquella de la visita de Guerra y de la co- 
lisión entre éste y Arístides, Dulcenombre se halla- 
ba en el período culminante de su desatino, del cual 
pasó á una especie de estado tetánico, y se llevó dos 
días en una pura convulsión, con tan horrible traque- 
teo que toda la familia junta no la podía sujetar. Al 
ver á su hija en tal situación y á su primogÓDito 
descalabrado (porque resbaló en el borde del Corrali- 
11o y fué rodando por el cerro abajo, etcétera...)] al 
ver tanto desastre y desdichas tantas, doña Catalina 
se llenó de consternación, y no sabiendo á quien vol- 
verse, pues su marido no era hombre para las gran- 
des adversidades (ni para las pequeñas), elevó sus 
ojos al Cielo, y con grandísima aflicción pidió á la 
Virgen bendita que la amparase. 

Porque conviene notar que la buena señora, tan 
propensa á chiflarse por cualquier tontería, en las 
ocasiones graves conservaba el juicio claro, como si 
su entendimiento, que se destemplaba con las con- 
trariedades chicas, se templara y robusteciera con las 
gordas. De estas compensaciones ofrece mil ejemplos 
la mamá Naturaleza. Así, en aquellos días de amar- 
gura en que parecía que el Cielo irritado se desplo- 
maba sobre la familia de Babel, doña Catalina no 
tomó ni una vez siquiera en boca los reyes de la 
casa de Trastamara, ni mentó ningún castillo, ni re- 



260 B. PÉREZ GALDÓS 

clamó para sí j sus sucesores los caserones de la ca- 
lle de la Plata. Razonable y diligente, á todo aten- 
día, de todo cuidaba, proponía los remedios más acer- 
tados, y si hubiera tenido otro Rey Consorte, las di- 
ficultades no habrían sido tantas. Pero Simón no 
puso nunca en los asuntos de familia más que una 
atención distraída, como hombre de Est?do, cuya in- 
teligencia reclaman mil negocios extradomesticos de 
importancia nacional y europea. 

Una de las ideas más substrinciosas que surgieron 
en la mente de doña Catalina fué que toda aquella 
cáfila de desventuras era consecuencia de lo mucho 
que ofendían á Dios su marido y sus hijos, el uno 
dando el timo á los contribuyentes, los otros inven- 
tando mil diabluras para desbalijar al que cogían por 
delante. Como en aquella temporada, por fortuna 
(que tantos males alguna compensación habían de 
tener), Simón barría para dentro, llevando bastante 
dinerito á casa, la de jVlencastre discurrió que parte 
de los fondos malamente adquiridos debía ella em- 
plearla en aplacar l'i cólera celeste. Pero no le satis- 
fizo la idea pagana de desarrugar con ofrendas el 
ceño de los dioses; no se contentó con mandar aceite 
y velas al Cristo de las Aguas y encargar misas á 
don Juan Casado, sino que solicitó la intercesión de 
éste para que le trajese á su casa los consuelos del 
Cristianismo. No se hizo de rogar el cura feo, hombre 
muy aficionado á componer desarreglos y enderezar 
torceduras. Desde que doña Catalina le mandó aquel 
recadito que decía: «por Dios, D. Juan, venga usted 
á casa, que parece que se nos cae el cielo encima», 
fué el clérigo allá y entró diciendo: «Aquí estoy, se- 



ÁNGEL GUERRA 261 

ñora mía, y aquí estaré al pie de sus desgracias; pero 
con la condición de que no ha de sacar á relucir su 
regia parentela, porque en cuanto la saque, me 
marcho.» 

— Déjese usted de reyes, D. Juan de mis pecados. 
• Ni qué me importan á mí las injusticias cometidas 
en mi persona, pues habiéndome quitado... 

— Alto, alto ahí, señora, que se resbala. 

— Pues alto, y vamos á lo que importa. Mí hija se 
muere. 

— Verá usted cómo no. Animo, valor y miedo. Na- 
die se muere aquí sin mi permiso. ¿Han llamado al 
médico que les recomendé? 

— Sí; ha venido esta mañana. Aquí está la receta 
que dejó. Volverá esta tarde... Y mi príncipe de As- 
turias hecho un Ecce horno. ¿Se ha enterado usted? 
Cayóse por el cerro abajo, y si no es porque se en- 
gancha la ropa... 

— Tampoco se morirá. No apurarse. 

— ¡Av, usted me vuelve el alma al cuerpo! No es 
como Simón, que me añige con sus augurios. 

Era el tal presbítero (vulgarmente llamado Juaní- 
to Casado) joven y dispuesto, natural de Cabanas de 
la Sagra, donde había heredado recientemente ha- 
ciendas, molinos y rebaños. Pasábase la vida entre 
campo y ciudad, atento á sus intereses, y cuidándo- 
se de lo temporal, como un buen burgués cargado 
de familia. La de Juanito se componía de una her- 
mana viuda sin hijos, de varias primas monjas, de 
dos ó tres sobrinas (las de Rebolledo) modistas de 
sombreros, un sobrino cadete y otros parientes leja- 
nos. Todos recibían de él algún auxilio. La riqueza 



262 B. PÉREZ GALDÓS 

le había matado la ambición eclesiástica, y al poco 
tiempo de heredar, su fama de buen teólogo y los 
laureles ganados en el pulpito le importaban tanto 
como las coplas de Calaínos. Llegó á comprender que 
valen más algunas fanegas de buena tierra labrantía 
que una prebenda de oficio en el coro toledano, y que 
es más bonito y hasta más cómodo sentarse en la co- 
cina de una casa de labor entre los trabajadores, ha- 
blando de las faenas del día, que repantigarse en las 
sillas de Bsrruguete, asombro de las artes. Con tales 
ideas, renunció al ideal de su juventud, que era opo- 
nerse á la Lectoral ó Doctoral cuando vacasen, y 
aunque el Arzobispo, conocedor de sus singulares 
dotes, le quiso atraer ofreciéndole montes y more- 
nas, Casado no cayó en la trampa, y prefirió la liber- 
tad y alegría de su castañar. En su desviación de los 
antiguos gustos, llegó á encontrar más hermoso un 
buen corral de gallinas que una función solemne de 
seis capas, y el canto de los pajarillos le embelesaba 
más que el órgano, y la Capilla Mayor con todas sus 
magnificencias y la Summa de Santo Tomás con toda 
su miga teológica le parecían menos interesantes que 
un campo de trigo bien espigado. 

Había sido coadjutor en la Magdalena y en San 
Nicolás, distinguiéndose como confesor de moda en 
aquellas parroquias de tanta y tan buena feligresía. 
Pero á semejantes glorias renunció también, trocán- 
dolas por el positivismo bucólico, pues tiene mucho 
más chiste, dígase lo que se quiera, contemplar en el 
campo la sabiduría infinita que estarse todo el santo 
día dentro de una caja oyendo pecados y secretos 
vergonzosos. Tantas y tan variadas eran sus relacio- 



ÁNGEL GUERRA 263 

nes en Toledo, que por mucho que el campo le lla- 
mase no podía desprenderse completamente de la 
ciudad, j repartía su existencia dando á ésta los días 
y meses de mal tiempo, y los buenos á Cabanas de la 
Sagra. En una de sus cortas invernadas cogiéronle 
los Babeles por su cuenta para que les ayudase en la 
grande empresa de la corrección de su hija. 

Antes de la tremenda crisis D. Juan había tratado 
de reducir á Dulce con persuasivas amonestaciones y 
chuscas parábolas; pero el resultado no correspondió 
á sus buenos deseos. Hubo escenas lastimosas y hasta 
repugnantes, pues Arístides intentaba someter á su 
hermana por la violencia, á lo que se opuso el cura. 
La trastornada joven cayó después en abatimiento 
profundísimo, y su quebranto era tal que Casado, de 
acuerdo con ei médico, permitió que doña Catalina 
levantara la prohibición absoluta de bebidas espiri- 
tuosas. La enferma tomó con gusto porciones muy 
tasadas, hasta que al iniciarse el período de nervioso 
desquiciamiento, con altísima fiebre, le entró tal re- 
pugnancia de la bebida, que, habiendo recetado la 
facultad medicamentos con preparación alcohólica, 
costó mucho trabajo hacérselos tomar. En su delirio, 
la infeliz profería blasfemias horribles y expresiones 
soeces, que oyó con paciencia el presbítero, murmu- 
rando: «ya te lo diré yo luego», y doña Catalina, 
consternada, se llevaba las manos á la cabeza y decía 
mirando al techo: «¡Pero cómo ha de tener Dios lás- 
tima de nosotros oyendo estas atrocidades!» 

— No afligirse, madama — replicaba D. Juan, — que 
arriba ya están hechos á oirlo, y á las cabezas tras- 
tornadas no se les hace caso. 



264 B. PÉREZ GALDÓS 

Pasó la fiebre. El médico continuaba prescribiendo 
los estimulantes, y la paciente entró en un período 
de franca sedación, el ánimo abatido, la memoria des- 
la bazada, pero con destellos de inteligencia que cada 
día iban siendo más vivos. Doña Catalina respiraba 
llena de esperanzas; pero temía que á lo mejor saltase 
la enferma con nuevas querencias del maldito trinquis 
á que debía su mal. D. Juan no era de esta opinión, 
y alegaba algún ejemplo, por él visto, de persona ra- 
dicalmente curada del vicio después de una crisis se- 
mejante. Hicieron la prueba ofreciendo á Dulce una 
copita de licor fuerte; pero ni á tiros la quiso tomar. 
Sólo de olerlo se le revolvía el estómago, y de pro- 
barlo sólo vomitaba. 

— ¿Pero será verdad — dijo al cura feo, recogiendo 
en su memoria retazos y jirones de los acontecimien- 
tos pasados, — será verdad que yo...? Me parece que 
lo recuerdo, ó que lo he soñado, ó que alguien me lo 
ha dicho... ¿Será verdad que he perdido el juicio 
por...? Tengo una idea de haberme quedado dormida 
después de... y de haber bajado á la calle desmelenada 
y en chancletas diciendo palabras inmundas. No me 
queda duda de que en Madrid salí de mi casa con el 
tío, y él empeñado en que habíamos de ir á ver la 
mar. Después en Toledo... creo que... no sé... paréce- 
me que algunas tardes... 

Revolviendo sus ojos atontados de una parte á otra, 
interrogaba con ellos á su madre y á D. .íuan. Doña 
Catalina, limpiándose las lágrimas con la punta del 
pañuelo, acudió á quitarle de la cabeza aquellas ideas. 
«No, hija mía, es figuración tuya; restos del delirio 
febril que te quedan entre ceja y ceja.» 



ÁNGEL GUERRA 265 

— No, no, voy recordando, y... me gustaba, me 
gustaba lo que ahora me repugna — dijo Dulce recli- 
nando su cabeza en la almohada y mirando fijamente 
á D. Juan. 

— Lo pasado, pasado, niña. No pienses en eso — re- 
plicó el clérigo, que tutear solía á las personas con 
quienes hablaba tres veces. — Todo fué que te pusiste 
un poquitin alegre. Esto no tiene nada de particular, 
y proponiéndote no repetir, estamos de la otra parte. 
Lo mismo que el decir porquerías y ofender de pala- 
bra al Santísimo Sacramento. Claro, lo has hecho con 
el juicio trastornado; pues no siendo así, ¿cómo ha- 
bías tú de decir que la Virgen es una acá y una allá, 
y que los santos son unos tales y unos cuales*? 

— ¡Yo... yo he dicho eso! — exclamó la joven es- 
pantada. 

— Sí lo dijiste. ¿Y qué? No te aflijas — indicó el 
clérigo. — Cuando yo tuve las viruelas, me puse tan 
malo de la cabeza, que delirando dije que me casaba 
con el señor Cardenal. Los enfermos tienen bula de 
disparates. Lo que has de hacer ahoia es ir á pedirle 
perdón á la Virgen Santísima de las perrerías que 
has hablado de ella. 

Dulce calló, mirando al techo. Doña Catalina metió 
en seguida la cucharada: «Sí, hija, ahora que el Se- 
ñor te ha hecho el beneficio do ponerte buena, tienes 
que reconciliarte con El, y dejarte de esos piques con 
Su Divina Majestad. ¿Qué culpa tiene Dios de lo que 
á ti te ha pasado? Porque hayas sufrido algún con- 
tratiempo, ¿vas á dejar de creer lo que el dogma nos 
enseña? Porque sí, sepa usted, D. Juan, que hace 
muchísimo tiempo que no pone los pies en la iglesia. 



266 B. PÉREZ GALDÓS 

y que se las echa de descreída y de librecultista y 
qué sé yo qué... 

— ¿De veras? — dijo Casado haciendo ademán de pe- 
gar á la enferma, que mirándole se sonreía. — Ya ve- 
rás cómo te pongo yo las peras á cuarto. Déjate estar. 
Conmigo no hay descreimiento que valga. El diablo 
me conoce, perro maldito, y cuando me ve entrar en 
una vivienda, ya está él recogiendo sus bártulos para 
largarse. A más de la tirria que me tiene perqué soy 
yo más feo que él, no me puede ver ni escrito, por- 
que le sacudo de firme siempre que puedo. Y el muy 
sinvergüenza no queda cosa que no inventa para fas- 
tidiarme: que el reuma, que los callos, que las mue- 
las. Pero yo impávido, dándole cada pina que el cru- 
jido se oye en el último infierno... Sí, sí, esta crisis 
va á ser saludable para tu cuerpo y para tu alma» 
porque ahora que se va el médico entro yo... y te ad- 
vierto que soy pesadito de veras, que al que cojo, le 
mareo, le vuelvo loco, y que quiera que no quiera le 
hago vomitar todo el ateísmo y toda la librepensa- 
duría... 

Ya desde aquella noche empezó D. Juan á catequi- 
zarla, conociendo que su alma necesitaba de enérgica 
medicina. Y la verdad, no encontró grandes resisten- 
cias, porque la infeliz joven padecía entonces princi- 
palmente de un desmayo de la voluntad, como quien 
habiendo agotado su fuerza en descomunal lucha, cae 
postrado y sin aliento; todas las iniciativas y ergui- 
mientos de su carácter habían cedido, y se entrega- 
ba, exánime y desangrada, para que hicieran de ella 
lo que quisiesen. 

Con gran contento de doña Catalina, y aun de don 



ÁNGEL GUERRA 267 

Simón, que en su lucrativo puesto oficial abogaba 
porque se rindiese culto á las venerandas creencias de 
nuestros padres, Juanito se pasaba dos ó tres horas del 
día al lado de Dulcenombre, departiendo con ella, y 
no siempre de religión, pues entre los temas serios 
metía mil hojarascas graciosas, cuentos y hasta chas- 
carrillos, descripciones amenísimas de la vida del 
campo y de las costumbres sagreñas. 

— No crea usted — le dijo Dulce, — que yo he sido 
jamás atea. Lo decía, y hasta llegaba á creérmelo yo 
misma á fuerza de decirlo. Es que del despecho y de 
la rabia que me entraron cuando ese me dejó, yo no 
sabía por qué registro salir, y salí por ese. Luego, al. 
saber que él se convertía, me entraron a mí ganas de 
irme con Satanás; pero no me iba, no, á pesar de que 
se me salían de la boca aquellas estupideces. Era el 
reconcomio, el torcedor que tenía dentro. Pero yo 
creo en Dios y en la Virgen, y me pesa haberles ul- 
trajado. 

— Basta, no es necesario más. Si ahora te propones 
perdonar de todo corazón á los que te han ofendido, 
y lo consigues, pero de todo corazón, sin farsa, ¿en- 
tiendes? habremes puesto una piquita en Flandes. 
Perdona, ó en otros términos, arroja de tí todo ese 
asietito corrupto que llevas en el espíritu, y pronto 
te daré de alta... 

Dulce masculló la respuesta. Decía que no y que 
sí, y el tal perdón se le atravesaba en la garganta 
como una pildora gruesa y pestífera difícil de pasar. 



268 B. PÉREZ GALDÓS 



II 



«Bajo el punto de vista de la representación so- 
cial», como hinchadamente decía el inspector del 
Timbre, los Babeles habían ganado mucho en Toledo, 
pues alternaban con familias decentes d3 empleados 
en la Delegación de Hacienda, y con otras toledanas, 
ya del comercio, ya del señorío mediocre. Como no 
les conocían, y el D. Simón era hombre que con su 
coram mbis daba un chasco al lucero del alba, fácil- 
mente hicieron amigos, y doña Catalina recibió y 
pagó visitas de esposas de capitanes, de hermanas de 
canónigos, de tenderas de la calle del Comercio, de 
patronas de huéspedes y de otras señoras honestísi- 
mas, cuyos maridos se ocupaban en tráficos menudos 
ó tenían labranza en la provincia. 

Para darse más lustre y apersonarse más, D. Simón 
iba con su cara mitad, oficialmente, á la misa de doce 
de la Magdalena, muy favorecida del señorío civil y 
militar. Allí se codeaban con el brigadier y su seño- 
ra, con todo el profesorado de la Academia, con la 
oficialidad de la Comandancia general, y con multi- 
tud de señoras y señoritas elegantes. A la salida, da- 
ban unas vueltas en Zocodover con ese pasear repo- 
sado y solemne de las personas distinguidas, y veían 
pasar el batallón de cadetes con su música, de vuelta 
de la misa de tropa en San Juan Bautista... Animado 
y alegre está Zocodover á semejante hora, pues al 
gentío que sale de la Magdalena, en el cual se desta- 
ca mucho sombrero de señorita, mucho ros y teresia- 
na de militares, únese pronto el aluvión de alumnos, 



ÁNGEL GUERRA 269 

que al volver de San Juan, rompen filas en la Acade- 
mia, y se lanzan hacia la plaza en bulliciosos grupos. 
Poco antes han llegado los coches de la estación sol- 
tando los viajeros del tren de las once, y el famélico 
cicerone acosa y embiste á los forasteros. La gorra in- 
glesa de viaje con orejeras, sobre cabeza masculina ó 
femenina, vése muy á menudo entre la multitud, en 
la cual no faltan moños de picaporte, sombreros de 
veludillo y refajos verdes y rojos, para hacerla más 
abigarrada y pintoresca. 

Don Simón, de gabán un poco raido y muy estre- 
cho, por datar de una fecha en que su dueño era de 
menos carnes, guantes nuevecitos y chistera atrasa- 
da en dos modas y pico, solia irse con su compañero 
de inspección ó con el comisario de policía á tomar 
un tente-en-pie en casa de Granullaque, estableci- 
miento que á tal hora rebosaba de consumidores, ca- 
detes, forasteros de los que van á prisa, con billete 
de ida y vuelta, y alguna pareja de curas de pueblo, 
de balandrán con esclavina, paraguas y teja corta, 
los cuales han ido á las Sinodales. En tanto que don 
Simón se arreglaba el estómago con un bartolillo y 
una copa, quitándose sólo un guante, doña Catalina 
daba vueltas en la plaza con sus amigas, y los ojos 
se le iban tras los cadetes, admirando su desenvuelto 
y gentil porte. «¡Es un dolor — pensaba la buena se- 
ñora, — que mis hijos no sean asi! ¡Ay, si hubieran te- 
nido otro padre, que desde chiquitos les hubiera en- 
carrilado por la senda del estudio y la formalidad, hoy 
serían generales lo menos! Da gozo ver estos chiqui- 
llos tan salados, tan caballeretes, con su espada al cin- 
to, lo que prueba que tienen que mirar por el honor.» 



2/0 B. PÉREZ GALDÓS 

Dalcenombre no acompañaba jamás á sus padres 
en esta exhibición dominguera y fantasiosa, primero 
porque su delirio y enfermedad se lo impidieron, des- 
pués de curada porque sentia indecible vergüenza 
de presentarse en paraje tan público. El primo Ca- 
siano continuaba fiel al cariño con que la distinguía; 
pero sus viajes á Toledo eran menos frecuentes á cau- 
sa de las ocupaciones de labranza que le retenían en 
el pueblo, lo que doña Catalina y Babel vieron con 
satisfacción, porque les aterraba que se enterase de 
las evaporaciones de la niña. Alguna vez que fué 
allá el bargueño en ocasión que Dulce estaba muy 
tocada, pasaron marido y mujer las de Caín por ocul- 
tarle la triste realidad, inventando mil fábulas, que 
el confiado optimismo del hidalgo labriego tomaba 
por artículo de fe. Pero no les llegaba la camisa al 
cuerpo, porque, naturalmente, temían que D. Juan,' 
aunque por el pronto se prestase á favorecer á los 
padres en su campaña de corregir á Dulce, abriera 
después los ojos de su amigo y le quitara de la cabe- 
za la idea que tanto á los Babeles agradaba. Pocas 
esperanzas tenían, pues, de cazar pájaro tan gordo; 
pero mientras Casado no les derribase de golpe el 
bien armado artificio, en él persistían hasta que sa- 
liese lo que Dios quisiera. Por fin, gracias á Dios, en 
su convalecencia y mejoría no presentaba la joven 
ningún síntoma sospechoso, y los padres, gozosos de 
no tener que representar las comedias de antes, reci- 
bían con palio al buen bargueño. El cual no iba nun- 
ca con las manos vacías, y se descolgaba por allí cada 
lunes y cada martes llevando á su pretendida rega- 
litos de caza ó pesca, bien la media docena de perdí- 



ÁNGEL GUERRA 271 

ees, bien anguilas que parecían boas por lo grandes 
y gruesas, ya la prreja de palomas pechugonas, de 
irisado cuello y patas rojas, ya una caterva de pollos 
bien gordos, que doña Catalina soltaba en el patio 
para hacerse la ilusión de que tenía granja, y oírles 
cacarear antes de retorcerles el pescuezo. 

Lo que á D. Simón disgustaba en el asunto de Ca- 
siano, hombre para él, como para todo el mundo, es- 
timabilísimo, era el traje. «La única tacha — dijo á su 
mujer, — que ponerse puede á este hombre de pasta 
de ángeles y de ojaldre de caballeros, es que se vista 
como se viste. Porque mira tú que ese pantalón á la 
rodilla y esas polainas y todo ese pergenio parecen 
cosa de comedia. Francamente, cuando sale conmigo 
paso un mal rato... Me da vergüenza de que la gente 
me vea con él.» 

Doña Catalina la chiflada, sin duda por serlo en 
grado sumo, saltó con una furiosa crítica del traje 
moderno, diciendo que los hombres del día son, bajo 
el punto de vista de la ropa, unos horribles monigotes. 
«Mira tú que esos pantalones hasta abajo, que no te 
dejan lucir tu buena pierna, y ese tubo de chimenea 
que lleváis en la cabeza y el suplicio de esos cuellos 
almidonados, y el gabán que parece prenda inventada 
para que parezcáis osos en dos pies, sin cintura, sin 
talle ni aire de caderas, son de lo más ridículo y pro- 
saico que se puede inventar. Y no puede tener más 
defensa que la igualdad, quiero dícir, impedir que 
los hombres de buenas formas como tú las luzcan, 
para no dar dentera á los mal formados. El traje de 
Casiano favorece la belleza corporal, y hace bien en 
preferirlo á vuestros vestidos de mamarracho. Debéis 



272 B. PÉREZ GALDÓS 

adoptarlo, para lo cual sería conveniente que la nue- 
va moda viniese de arriba, principiando los minis- 
tros y los diputados y senadores por vestirse á la bar- 
gueña, y luego la chusma iría entrando por el aro.» 

Don Simón se reía, y D. Juan Casado que estaba 
presente apoyó, quizás por seguir la broma, las opi- 
niones indumentarias de la rica-hembra, diciendo que 
' también' los clérigos debían aspirar á ser menos feos 
que actualmente lo son, presumiendo un poquitín y 
dejándose bigote y perilla como Lope y Solís, y me- 
lenas á lo Calderón. 

En cuanto Dulce pudo. valerse, su madre y Casado 
la llevaron á la Magdalena, la hicieron asistir al rosa- 
rio por las tardes, por las mañanas á misa, y á los 
pocos días confesó y comulgó, hallándose después de 
esto C(m una tranquilidad de espíritu que no había 
conocido en mucho tiempo, feu característica en 
aquella temporada era el decaimiento de la voluntad, 
y si conforme la condujeron á la iglesia, la hubieran 
metido en un sitio de escándalo y corrupción, su pa- 
sividad habría sido quizás la misma. Pero á los pocos 
días de religioso ejercicio, ya ponía algo más de ener- 
gía propia en él, y por este camino, pasito á paso, 
llegó á tomar gusto á lo que al principio fué desabri- 
do manjar, concluyendo por encontrarlo substancioso 
y dulce. 

Largas horas pasaba en la hermosa capilla de Nues- 
tra Señora de la Consolación, la cual por el nombre 
empezó á cautivarla, y con sincero fervor pedía con- 
suelos á la Virgen. Pero la imagen que más honda- 
mente hablaba á su espíritu era la del Cristo de las 
Aguas, que frente al de la Virgen tiene su altar, efi- 



ÁNGEL GUERRA 273 

gie de mucha devoción en Toledo por la interesante 
leyenda de su aparición en las ondas del Tajo, y por 
ser abogado predilecto de la ciudad en tiempo de se- 
quía y calamidades públicas. Dulcenombre simpatizó 
(no hay más remedio que decirlo asi),- con aquel Cris- 
to desde la primera vez que le vio, y al poco tiempo 
de rezarle ya le tuvo por su protector y le revistió 
en su mente de todos los atributos de la divinidad 
tutelar y misericordiosa. «Porque yo, Señor — le de- 
cía la Babel, — no aspiro á la perfección ni mucho 
menos: sé que he de ser siempre pecadora y lo que 
te pido es que me poDgas en condiciones de vivir sin 
ofenderte en cosa mayor, para lo cual lo primero es 
que me arranques la ley que todavía le tengo á ese 
pillo, pues mientras tenga dentro de mí esa ley, dis- 
puesta estoy á dispararme y hacer cualquier desati- 
no. ¿Pues no soñé la otra noche... y no sé si lo soñé ó 
lo pensaba en vela... que me agradaría que mis her- 
manos le matasen? No, Señor, esto no ha sido más que 
una idea que pasó, como pájaro que vuela, como som- 
bra de una nube que corre por allá arriba. Yo no 
quiero nada de muerte; pero si no serenas mi corazón, 
el mejor día salgo con una pitada muy gorda... Yo 
me conozco, sé que soy atroz en mis quereres, y re- 
conozco que la sangre de familia que llevo en mis 
venas no es de lo mejorcito.» 

En el altar del Cristo ardía siempre una vela suya, 
y Dulce cuidaba de que nunca dejase de lucir, pues 
su preocupación supersticiosa llegaba al extremo de 
barruntar desdichas si se apagaba. Con ella y otras 
que distintos fieles ponían allí, el dorado altar y sus 
ex- votos de cera, entre lazos y cintas, se rodeaban de 

2.' PARTE 18 



274 B, PÉREZ GA.LDÓS 

esplendor fúnebre. El amarillo cuerpo de la santa ima- 
gen reproducía con su patinoso barniz antiguo las lla- 
mas rojizas, y el cárdeno rostro, el perfil hebreo, la 
expresión cadavérica adquirían un terrible acento de 
verdad. La cabellera de mujer que le cuelga en me- 
chones por entre las espinas, velando en parte el ros- 
tro, en parte cayendo hasta el costado, le hacía más 
lúgubre, más muerto, más lastimoso. Ante él, sentía 
Dulce inefables esperanzas en la misericordia celeste, 
y de todo corazón le encomendaba su cuita. Represen- 
tando la imagen al divino Jesús después de muerto, 
no dejaba de tener para la penitente misterioso len- 
guaje, reflexión de las propias ideas de ella y de las 
irradiaciones de su alma. Algunas tardes creía verle 
más adusto que ^e ordinario, otras benigno y hasta 
risueño. Figurábase á veces que los agarrotados de- 
dos no permanecían en mortuoria quietud, y no siem- 
pre veía en la misma cabeza el mismo grado de in- 
clinación sobre el pecho. Rara vez estaba sola la capi- 
lla; siempre había en ella algún afligido suspirón, ma- 
dre atribulada ó incurable enfermo. No sonaba allí un 
aliento humano que no expresara algún dolor terrible. 
Una tarde tuvo que entrar Dalce en la sacristía, 
no en la de la capilla, sino en la general de la parro- 
quia, y al volver, atravesando la nave lateral de la 
epístola, vio en un confesionario á un hombre de ro- 
dillas, medio cuerpo metido dentro de la caja, como_ 
penitente que con gana lo toma. Aunque no le vio 
el rostro, creía reconocer á una persona muy de su in. 
timidad en otros tiempos. «No hay duda — se dijo sus- 
pensa; — son sus pies... Reconozco también la ropa. Lo 
que no reconozco y me parece inverosímil es su pos- 



ÁNGEL ÜUERRA 275 

tura, esa actitud de penitente compungido que pare- 
ce se quiere comer al confesor. Ya sabía yo que anda- 
ba hecho un beato, pero no creí que á tanto llegase.» 
Volvióse á la capilla, y desde alli, por entre los hierros 
de la verja, miraba trémula y sin sosiego. Sensacio- 
nes extrañas tras de las cuales vinieron sentimientos 
más extraños todavía, la distrajeron de su devoción 
al Cristo, que en aquel rato desapareció á sus ojos, 
como si le hubieran sacado en procesión por las calles. 

Deseando cerciorarse, detuvo al sacristán de la ca- 
pilla, que por allí pasaba, y pidióle informes: «Díme, 
¿conoces tú á ese caballero que está confesando? 

— Ya lo creo: es D. Ángel... buena persona. 

El que de este modo hablaba era un ser de voz ati- 
plada y modales femeninos, de rostro ximioso, viejo 
adolescente ó joven caduco, según se le mirase. Lla- 
mábanle E^tre todas las mujeres ^ sin duda por su ofi- 
ciosidad relamida con el bello sexo en el servicio de 
la capilla de la Consolación, tan frecuentada de hem- 
bras de todas las clases sociales. Fuera de la iglesia 
solía servir de diversión á los chicos por su braceo 
afeminado y sus andares poco varoniles. Dentro, des- 
empeñadla sus funciones en increíble actividad, aco- 
modando en buenos asientos á las señoras de viso y 
desplegando una especial destreza escurridiza y rep- 
tante al pasar entre tantísima fnldy, en días de gran 
lleno, para encender velas ó acudir con el cepiPo de 
la colecta. Era ó había sido también un poco sastre; 
se cosía primorosamente su ropa, y en su calidad de 
mariquita negra salía en la procesión de Viernes San- 
to con el grupo que representa á los escribas y fari- 
seos. Dulce le conocía y le trataba con cierta intimi- 



276 B. PÉREZ GALDÓS 

dad porque eran vecinos, pues Entre todas moraba 
con su madre, sastra de curas, en un desván de la ca&a 
habitada por los Babeles. 

— ¿Con que D. Ángel? ¿Y hace mucho que viene 
por aquí? 

— Todas las mañanas le tiene usted á la primera 
misa; ¡ay, Jesús!, pues no es poco puntual; y paga 
tres, si no me engaño. 

— Dime, ¿confiesa con D. Juan Casado? 

— No, señora; con D. Atanagildo. 

— ¿Qué disparates dices? 

— ¿Pero no sabe la señorita que llamamos D. Ata- 
nagildo á D. Atanasio Gil? Es broma, y él no se en- 
fada. Paes ese caballero dicen que era de la piel de 
Barrabás, ¡ay. Dios mío!, masón, republicano y de ¿a 
común, disoluto y de malas pulgas, y ahora le tiene 
usted convertido y como una malva, con una devo- 
ción que da gusto. Es muy corriente, y el sábado me 
dio una moneda de cinco duros. ¡Ay, hija, es la única 
que he visto en mi vida! 

—¡Qué gracioso! — diio Dulce riendo de un modo 
poco adecuado á la santidad del lugar. 

— Pues estás en grande, Fnire todas, con semejan- 
tes parroquianos. 

No pasó de aquí el diálogo. La Babel se fué á su 
casa, y aquella noche observáronla sus padres más 
contenta, más decidora que de costumbre . Al otro 
día faé á misa con su madre, y vio á Guerra oyendo 
devotamente la de D. Juan Casado, de rodillas, libro 
en mano, con un recogimiento y una atención que 
rara vez en hombres de su clase se ve. Doña Catalina 
no reparó en el antiguo amante de su hija. Ésta no le 



ÁNGEL GUERRA 277 

quitaba los ojos: al salir le perdió de vista; pero á la 
tarde, en el momento de pasar ala sacristía parroquial, 
se le encontró de manos á boca. Aunque la iglesia no 
estaba muy clara, ambos se vieron, y Ángel fué 
quien primero le dirigió la palabra, con familiar 
modo, como si el encueniro no le afectara peco ni 
mucho. 

— Dulce, ¿tú por aquí? Sabrás que me alegro de 
verte. Por tu hermano supe que has estado mala. 
¡Cuánto lo sentí! Tenía pensamiento de ir á visitarte 
un día de estos. 

— Sí — dijo ella con naturalidad. — He tenido un 
mal de nervios, cosa tremenda; pero ya estoy bien, 
gracias á Dios. 

— ¿Sabes que me complace mucho verte aquí? Hija, 
¡qué transformaciones, qué mudanzas en tan corto 
tiempo! 

— ¡Ya lo veo... ¡Quién lo hubiera dicho! Mira cómo 
al fin, arrieritos los dos, nos hemos encontrado en 
este caminito. Tenemos que hablar. ¿Irás por casa? 
Puedes ir, que allí no ros comemos la gente. 

—Yo lo creo que iré. Hablaremos, sí. Y tus her- 
manos ¿buenos? 

— Buenísimos... queriéndote mucho, como todos 
en casa. ¿Irás, irás por allí? 

— Mañana sin falta, á la hora que tú me indiques, 
me tienes allá. 

Díjole Dulce la hora, y se separaron. Él salió á la 
calle, algo soliviantado por la irónica amargura que 
notar creía en el tono de su antigua esposa ilegal, y 
ella se fué á contar el caso á su amigo el Cristo de 
las Aguas. 



278 B. PÉREZ GALDÓS 



líl 



Puntual á la cita, Ángel penetró en el antro Babé- 
lico á las tres de la tarde. Recibiéronle Dulce y doña 
Catalina, que se crejó en el deber de poner unos 
morros de á cuarta, temerosa de nuevas complica- 
ciones. Pero la buena señora, que ya había observa- 
do en su hija cierta tranquilidad al dar cuenta del 
encuentro en la parroquia y de la anunciada visita, 
notó con asombro que la recibía sin visible altera- 
ción. A poco de cambia^^e las fórmulas de urbanidad 
y las primeras manifestaciones referentes á la salud, 
Dulcenomhre, con perfecto aplomo y semblante ri- 
sueño, se dejó decir esto: «Ya estoy curada, cubada 
de todo, de todo; fíjate bien. El Santísimo Cristo de 
las Aguas se ha portado conmigo como un caballero, 
concediéndome lo que con tanta devoción le pedí.» 

— Me alegro mucho — iijo Guerra. — Dios no aban- 
dona á quien con fe y amor se pone en sus manos. 

— Justo; y buen ejemplo soy yo, que no hace mu- 
cho sentía una pena, un ahogo, que no me dejaban 
respirar, y ya... como con la mano. Conviene aecir 
las cosas claras, para no dar lugar á malas interpreta- 
ciones. Yo padecía, yo llevaba un puñal clavado en 
el pecho; pero desde que te vi convertido en beato 
baboso, con medio cuerpo dentro del confesonario; 
desde qae te vi de rodillas hociqueando en el libro 
como se ponen los hipócritas, me desilusioné, hijo; 
ipero de qué modo!, y el cuchillo se me desclavó, creo 
que para siempre. Ha sido como un milagro. Verte 
yo en tales posturas y quitárseme la ley que te tenía. 



ÁNGEL GUERRA 279 

como si me limpiaran el alma de toda aquella broza, 
fué todo uno. Lo estaba yo sintiendo y me parecía 
mentira. ¡Pero si no puede ser de otro modo! ¿El que- 
rer es pecado? A saber... Puede que lo sea, porque yo 
no concibo enamorarse de un hombre que hace en las 
iglesias los desplantes que tú. El Señor me perdone; 
pero no es culpa mía si el amor humano y la devoción 
de verhs ro hacex buenas migas. En una mujer todo 
eso es natural y hasta bonito, ¡pero en un hombre...! 
quita allá... 

No supo Guerra qué contestar por el momento, 
pues las ideas se le obscurecieron con aquella salida 
brusca de la que fué su amante; mas no tardó en re- 
hacerse, repeliendo el amor propio, que sin duda que- 
ría salir con alguna botaratada, y acudiendo á sus re- 
cientes convicciones en busca de una respuesta airosa. 

- Yo me alegro mucho — dijo al fin, — y nada teDgo 
que oponer á eso de que la piedad ardiente desiluí-io- 
na del amor mundano. Bien podrá ser. Hay casos... 
me parece á mí... en que tal vez suceda lo contrario. 
Cada cual ve estas cosas á su manera. Lo que yo de- 
duzco claramente de lo que acabas de decirme, es que 
hay cierta incompatibilidad entre el cumplimiento 
exacto, á la letra, de nuestras obligaciones religiosas 
y el actual convencionalismo de l?s opiniones huma- 
nas. Y siendo obra imposible el poner de acuerdo una 
cosa con otra, lo mejor es decidirse por la verdad, 
desdeñando esa falsa ley de estética social que ha es- 
tablecido la ridiculez del seglar piadoso; lo mejor, 
digo, es seguir el camino de Dios, sin mirar atrás para 
ver quién se ríe y quién no se ríe, ni hacer caso del 
vano juicio de mujeres. 



280 B. PÉREZ GALDÓS 

A pesar de la entereza que revelaban estas pala- 
bras, el converso no las tenia todas consigo, y tocaba 
á somatén dentro de sí para convocar fuerzas esparci- 
das, reunirías y poder triunfar de los sofismas de 
Dulce. La cual, sintiéndose fuerte, se echó á reir, 
trasteando á su amigo con cierta saña, como si des- 
pués de tener el vencido á sus pies, quisiera patearle. 

«¿Y todo eso parará en meterte á cura ó fraile? 
Tal piensa tu amigo Entre todas; pero yo no lo creeré 
hasta que tú no me lo confirmes. 

— Resoluciones de esa naturaleza — dijo Guerra 
mordiendo el látigo, — no son para confiadas á quien 
no podría juzgarlas sin frivolidad. 

— No, si yo no lo censuro — agregó ella, dueña del 
campo. — Pues no faltaba más. Al contrario, puesto á 
ello, debes ir hasta el fin. Ó santidad á punta de lan- 
za, ó nada. Si Dios te llama por ese camino, afeítate, 
ponte la falda negra, y ¡hala!, al altar. Más vale eso 
que no hacer el beato con pantalones, que no pegan, 
no pegan, no, á tal género de vida. Por supuesto, si 
te ordenas, no seré yo quien te oiga la misa. ¡Dios 
mío, que horror! f Tapándose la cara.) Hay cosas que 
parecen delirios de la fiebre... y sin embargo son 
verdad. 

Doña Catalina, que había escuchado el anterior diá- 
logo con atento mutismo, se escandalizó como Dulce, 
y haciendo también de su mano máscara para cubrir 
el rostro, dijo así: 

— ¡Jesús, oirle misa á este hombre! Hay cosas que 
no están en el arden natural, y que si suceden han 
de traer un cataclismo. 

— Pues si es así— afirmó Dulce, muy seria, apode- 



ÁNGEL GUERRA 281 

rándose de un elevado pensamiento, — sea en buen 
hora. Véase por dónde han tenido conclusión feliz 
cosas, ¡ay!, que parecían no poder tenerla nuECa. ¡Sa- 
cerdote!, el decirlo me causa asombro y al mismo 
tiempo me da una gran tranquilidad. Ráceme el 
efecto de que te moriste diez años há. Tú, clérigo, no 
eres la persona que yo conocí. Resultas otro, y como 
es para mí de absoluta imposibilidad querer á un 
cura, como eso no cabe en mi uatural, como lo recha- 
zo y lo repugno lo mismo que repugnaría y rechaza- 
ría el tener por marido á un toro ó un caballo, me 
encuentro regenerada, libre de grandísimo peso, j Ay !, 
yo también soy religiosa á mi modo, á lo chiquito, á 
lo pecador; aspiro á portarme bien y á ser perdonada 
y á ganarme cuando me muera un huequecillo del 
Cielo, de los menos visibles, allá por donde están los 
que fueron más imperfectos y se salvaron por la mu- 
chísima misericordia de Dios. Sí, yo soy también algo 
piadosa, y desde que pasé aquella crisis he rezado 
mucho al Cristo de las Aguas, no ofreciéndole lo que 
me sería difícil cumplir, no metiéndome en muchas 
honduras, sino contentándome con el triste papel de 
persona afligida que quiere ver calmados sus dolores. 
Y el Señor me consolaba y me decía: «no seas tonta; 
no te apures; ten paciencia, que ya se te quitará eso.» 
Yo, sin ser santa ni mucho menos, tuve paciencia y 
esperé; y mira por qué camino tan imprevisto me 
trajo el divino Jesús el remedio que yo le pedía. Es- 
toy curada, y bien curada. El "Seuov me ha dicho: 
«levántate y échate á correr. > 

No se puede garantizar que fuera cierto en todas 
sus partes lo que Dulce afirmó; pero de algo que efec- 



282 B. PÉREZ GALDÓS 

tivamente existía en su alma y de otro poco añadido 
por ella con vigorosa voluntad, resultaba una situa- 
ción moral bastante aproximada á lo expuesto. El 
tiempo completaría la desilusión, y bastante triunfo 
era ya sentirla clara y terminante, como la sedación 
de un dolor antiguo. Ángel beato era un ser bien dis- 
tinto del Ángel demagogo, cismático y en pugna con 
todo el orden social. Aquél fue su encanto; éste se le 
indigestaba. El primero con sus propias imperfeccio- 
nes la cautivó; el segundo con su perfección no le 
servía ya. ¡Contrasentidos de la naturaleza humana, 
que prueban quizás cuan extensa es por estos barrios 
la juri>dicción de Luzbel! 

Arístides, que arrimado á la puerta había oído 
parte del diálogo anterior, entró á saludar á Guerra 
en el momento de salir doña Catalina á echar de co- 
mer á sus pollos. Ocupó el hijo la silla de la madre, 
y con seriedad campanuda endilgó á su enemigo esta 
felicitación: 

«Mi enhorabuena, querido Ángel, por esa determi- 
nación. Si ya se sabe, si es de dominio público que te 
retiras al yermo. ¡Quién pudiera hacer otro tanto! 

— Este danzante quiere tomarme el pelo — dijo el 
converso para sí, tragando quina. — Paciencia: le de- 
jaremos que diga lo que quiera. Vengo preparado á 
todas las humillaciones posibles. 

— ¡Dichoso tú que eres dueño de tu conducta, y 
puedes dar el gran esquinazo á esta farsa en que vi- 
vimos! ¿E«í cierto que fundas una gran casa para asilo 
de menesterosos y corrección de criminales? Si es 
verdad, oh varón santo, acuérdate de mí, que por los 
dos conceptos puedo pedirte plaza. Soy pobre y no 



ANtíEL GüERRa. 283 

soy bueno. ¿Qué más quieres? Seré uno de los mejo- 
res casos que se te presenten, y te aseguro que entra- 
ré en tu iglesia con el corazón bien dispuesto. Qui- 
zás quizás obre tu amparo en mí tan eficazmente que 
al poco tiempo de estar allí te sirva para discípulo. 

— No siendo yo maestro, mal puedo tener discípu- 
los — replicó el otro. 

— O de criado. 

— Yo estoy para servir á los demás, no para que 
me sirvan á mí. 

Ángel sintió sobre sí la ironía maleante del primo- 
génito de Babel; pero se había propuesto humillarse, 
y se humillaba. 

«Lo que funde ó lo que deje de funjdar — dijo Dul- 
ce, al quite de su amigo,— es cosa reservada, y ni á 
ti ni á mí nos lo ha de contar. No te metas en lo que 
no te importa. Cuando sea lo veremos, y ello ha de 
resultar cosa seria y de importancia. 

Arístides calló, poniéndose á contemplar la estera; 
y por un ratito no se oyó más que la voz de doña 
Catalina que en la ventana de la galería llamaba á 
sus gallinas y polluelos, cacareando tan bien y con 
tanto furor que parecía que iba á poner huevo. 

«¿No sabes— dijo bruscamente el darón miran^io á 
Guerra de hito en hito, — que me he quedado con el 
Circo de verano para la temporada próxima? El local 
es malísimo, allá en los Agustinos Recoletos; pero les 
voy á traer á estos brutos una compañía acrobática 
como no la han visto en toda su vida. 

— Me alegro mucho — replicó Ángel, gozoso de que 
se variara la conversación;— te deseo buenas en- 
trada?. 



•284 B. PÉREZ GALDÓS 

— Te mandaré billetes... Pero ¡ay! no, ¡qué dispa- 
rate he dicho! ¡Tú en un circo de caballos viendo 
clowns j amazonas!... Perdóname... es que no me 
acordaba. 

— No hay por qué perdonar. No me escandalizo de 
nada. 

— A éstos — indicó Dalce con desdén, — les ha en- 
trado la manía de las empresas de espectáculos. Mi 
primo Poli parece que se queda con la Plaza de 
Toros. 

— Sí — agregó Arístides, — pero perderá la camisa. 
No tiene quien le fíe dos pesetas; sin dinero no po- 
drá traer más que cuadrillas de invierno, y la grita 
se oirá en Jerasalén. Mi circo es otra cosa. Mañana 
me voy á Madrid á ultimar los contratos con el re- 
presentante de una compañía que está en Lisboa. 
¿No se te ofrece nada para la Villa y Corte? 

—Nada. 

— ¿No quieres que te traiga algún breviario, al- 
gún...? 

— Lo tengo. Gracias. 

— ¿Algún silicio, disciplinas...? 

— Los tengo también. 

— Pero de seguro que no tienes correa. 

— También la tengo — dijo el convertido enfrenán- 
dose; y para si añadió: — Me escarnece, porque me ve 
moral mente desarmado. Paciencia, y aguantar. 

— Veo que nada te falta. ¡Ah! la chapita de Carlos 
Siete. 

— Esa para ti: yo no gasto chapas de nadie. 

— Sí, hombre. Aquella que dice Libertad, Igualdai^ 
Fraternidad^ grabándole eocima un bonete. 



ÁNGEL GUBRRA. 285 

Guerra ya no podía más; pero su propósito de no 
alterarse, de sufrir era tan fuerte y poderoso que 
abrazándose á él, como á un lábaro santo, se salvó 
del peligro de la ira. No obstante, temiendo que si 
allí continuaba llegaría su paciencia á la máxima 
tensión, no contestó al último escarnio de Babel más 
que con una sonrisa, y se levantó para retirarse, dan- 
do la mano á Dulce y diciéndole sencillamente: 
«adiós, hija». 

Dulce le contestó: «hijo, adiós», con un suspiro que 
era el último aleteo de su ilusión expirante. Dio Gue- 
rra también ia mano al primogénito, que se la estre- 
chó con afectación, diciéndole en un rapto de brutal 
sarcasmo: «Abur, maestro. Acuérdate de mi cuando 
estés en el Paraíso.» 

Ángel tuvo en la punta de la lengua la respuesta: 
«Ni yo soy maestro, ni tú buen ladrón»; pero se la 
tragó con muchísima saliva, más amarga que la 
hiél. 

En esto apareció Fausto con risa convulsiva, y 
cuando el visitante llegaba al ángulo del corredor 
donde arranca la escalera, le acometió por la espalda 
con estas injuriosas palabras: «¡Hipócrita, chupaci- 
rios, catamonjas, ¿á quién quieres engañar con tales 
arrumacos?» 

Al instante se echó Arístides sobre su hermano, 
poniéndole la mano en la boca; pero aún pudieron 
salir de ella, á pedazos, algunas expresiones que de- 
claraban su iracundia frenética: «¡Puño, si debiéra- 
mos cobrarle las perradas que nos ha hecho..,!» 

Volóse Dulce con la salvajada de su hermano, y le 
dijo: «So bruto, ¿no ves que no quiere reñir con vos- 



286 B. PÉREZ GALDÓS 

otros, que no reñirá aunque le llaméis 'ptrro judio? 
Dejadle... Es hombre muerto.» 

El hombre muerto salió, atravesando tranquilo el 
patio sin honrar con una mirada á los Babeles, que 
desde la ventana de la g-aleria alta le vieron salir y 
disputaban sobre si se le debía insultar ó no. Iba de- 
cidido hasta á dejarse pegar, ó por lo menos hasta 
sostenerse frente á tal canalla en la actitud más pa- 
siva que posible fuera dentro de lo humano. Parecióle 
que los pollos de doña Catalina le miraban con des- 
precio, y salió á la calle contento de sí mismo, orgu- 
lloso de aquella grande y decisiva victoria sobre su 
enemigo mayor, su carácter. 



ÁNGEL GUERRA 287 



VII 



LA TRAMPA 



I 



De allí se fué por San Miguel á su casa de la calle 
del Locum, y hasta muy avanzada la noche estuvo 
escribiendo en pliegos de marquilla; y no debía de 
serle fácil la tarea, pues á cada instante tachaba, y 
vuelta á escribir entre renglones. Por fin, después de 
romper muchas hojas y emborronarlas de nuevo, pa- 
reció satisfecho de su obra, y se levantó tronzado de 
tan larga inmovilidad del cuerpo; estiró los brazos, 
y se puso á dar paseos por la habitación, á prisita, 
frotándose las manos que se le habían quedado yer- 
tas. Cualquiera que le viese habría comprendido que 
aquel corre-corre por el cuarto, aquel brillar de los 
ojos, y el murmurar de los labios, señales eran de que 
el hombre había dado resolución á un problema tras- 
cendente, ó encontrado el quid de gravísima dificul- 
tad. En vela estuvo hasta muy cerca del día, y cuan- 
do se fué á la cama cayó como en un pozo. Las ocho 
serían cuando entró Teresa á despertarle, cosa desusa- 
da, y hubo de darle dos ó tres empujones para hacerle 
abrir los ojos. 

— ¿Qué hay, qué ocurre? — murmuró el madrileño 
alarmadísimo. — ¿Qué hora es? 

— Las ocho. Te despierto porque ahí tienes visita, 
don Francisco Mancebo, que quiere hablarte con mu- 



288 B. PÉREZ GALDOS 

chísima urgencia. ¡Vaja unas horas de traer recados! 
Pero dice que es cosa grave, y que no bay más reme- 
dio sino que te tiene que hablar. En la sala baja está 
esperándote. 

— Voy al momento — dijo Guerra echándose de la 
cama, pues aquella visita de Mancebo tan á deshora le 
daba mala espina. ¿Qué seria? Vistióse á escape, y bajó. 

El clérigo no se entretuvo en saludos, y desde que 
le vio entrar le embocó sin preparativo alguno las 
siguientes palabras: 

— jrrandes novedades, Sr. D. Ángel, novedades es- 
tupendas. Sepa usted que no la admiten. 

— iQue no la admiten! 

— Lo que usted oye. Yo no he vuelto aún de mi 
asombro. Ayer acordó la Congregación no dar el há- 
bito á Lorenza, porque hay ciertas dudas acerca de... 
En resumen, que la echan, que no la quieren... 

— ¡Qué me dice, hombre! Si no puede ser... 

— ¿Va usted á salir? Yo tengo que volverme á la 
Catedral. Véngase y parlaremos por el camino. Tengo 
que decirle cosas graves, y me temo que las paredes 
oigan... 

Ángel subió por su capa, y al punto salieron los dos. 

«Pues por las trazas, amigo mío — díjole Mancebo 
en cuanto llegaron á la calle — en ello anda el dien- 
tecillo venenoso de la calumnia. Figúrese usted qué 
cuentos les habrán llevado á las hermanas, para in- 
ducirlas á resolución tan triste y ruidosa. Yo me lo 
temía, crea usted que me lo temía, porque franca- 
mente... 

— Expliqúese usted. 

— A lo que iba, Sr. D. Ángel: alguno, ó algunos 



ÁNGEL GUERRA 289 

han armado un sin fin de catálogos: que la niña no 
es trigo limpio; que en Madrid tuvo amores con su 
amo, y tal y qué sé yo... que en Toledo, mientras 
vivió en mi casa, usted y ella no hacían vida de san- 
tos; que durante el noviciado las visitas menudeaban 
de un modo sospechoso, y que han mediado cartas 
como de novios, y telégrafos y garatusas; y por fin, 
que cuando la niña salla para acompañar á las que 
van á casa de los enfermos, se veía con usted en la 
calle, y... ¡zapa! qué sé yo. 

— ¡Qué infamia! — exclamó Ángel echando lumbre 
por los ojos. — ¿Pero usted no se indigna? Le veo á 
ust'^.d tan tranquilo, que no sé qué pensar. 

— Hombre, francamente... {co7i perfecta calma] yo 
me indigno. ¿No ve usted lo indignado que estoy? 
Pero soy viejo y ya tengo la sangre muy fria. La 
quiero recalentar, y ella, la muy condenada siempre 
como hielo. 

— ¿Y qué sucederá ahora? {Co?i la mayor confusión.\ 

— Pues ahora [no pudiendo enfrenar La risilla que en 
sus labios retozada) me parece que quedará curada 
para siempre dn sus aspiraciones á la sublimidad. Si 
en el Socorro no la admiten, ¿á dónde va con su san- 
to cuerpo? No tiene más remedio que volver á casa 
de su tío, el cual la recibirá con repique de campa- 
nas, como á una hija pródiga... al revés, y... y... y... 

Tres veces intentó completar la idea, y no se atre- 
vió, dejándola para mejor ocasión. 

— No, no; esto no puede quedar así. Hay que des- 
hacer esa torpe trama, confundir á los calumniadores 
probar á esas hermanitas que son unas tontas y que 
no merecen el sagrado hábito que visten. 

2.' PARTF 19 



290 B. PÉREZ GALDÓS 

— ¿Y quién es el guapo, quién es el Quijote que se 
mete á deshacer un entuerto como éste? 

— Yo, yo, yo lo deshago, ¡vive Dios! {con arranque 
generoso) aunque tenga que habérmelas con todo To- 
ledo. ¡Pues no faltaba másl ¿Hemos de permitir que 
triunfe la mentira, que la inocencia sucumba sin de- 
fensa, que cuatro necios ó cuatro tunantes pongan 
tacha á la reputación de una persona que vale más 
que todas las Hermanitas de todos los Socorros del 
mundo y que todas las monjas y frailes de todas las 
Religiones. 

— Pues yo, qué quiere usted que le diga... {Enco- 
giendo los hombros hasta aproximarlos á las orejas.) Yo 
no me meteria en libros de caballerias... Ciaro, des- 
mentirlo sí; decir que la chica y el Sol allá se van en 
brillo y pureza, eso si... pero llevar las cosas por la 
tremenda y empeñarnos en que todo el mundo con- 
fiese, las hermanas inclusive, que no hay hermosura 
como la de doña Leré del Toboso... Por cierto que 
toda la noche me la he pasado cavilando en quién 
podrá ser, ó quiénes, mejor dicho, los que han ar- 
mado este tremendísimo catafalco de embustes. Y no 
desconocerá usted que lo combinaron con cierto arte, 
sacando partido de los hechos más inocentes. ¡Ah! se 
me olvidaba lo más salado... No hay tragedia sin su 
motita de saínete. Dijeron también que en la época 
última, usted y mi sobrina se comunicaban por me- 
dio de un tercero. ¿Y quién creerá usted que es ese 
tercero, ese correveidile que porteaba los recadillos, 
los avisos de citas, et reliqua?... Pues no era otro que 
el angélico D. Tomé. 
— ¡Estupidez! Algunas veces fui al Socorro con el 



ÁNGEL üUKRRA 291 

capellán de San Juan de la Penitencia; pero jamásí me 
llevó recados, ni yo necesitaba de tal mensajero. [In- 
dignándose.) Y no comprendo en verdad, Sr. de Man- 
cebo, cómo se rie usted de tales infamias. 

— Es que me hacen gracia... por la monstruosidad 
de la Calumnia. 

— Pues á mi no me hacen ninguna gracia, ni veo 
fundamento para que usted tome estas cosas á broma. 
— ¡Pobrecito D, Tomé, paloma torcaz, qué lejos 
está del papel que le cuelgao...! 

— Le juro á usted {con exaltación, apretando los pu- 
ños) que si cojo al inventor de esta grosera y villana 
burla, no le quedarán ganas de repetirla. 

— Yo me doy á pensar; voy pasando revista á los 
sospechosos y... Dígame usted: [parándose) ¿habrá sa- 
lido esta culebra de la tertulia de D. José Suárez? 

— Qué sé yo... [Cabizbajo.) Podrán mi tío y su mu- 
jer hablar con ligereza, bromear con la reputación 
de una persona; pero se me hace muy cuesta arriba 
creer que sean capaces de una calumnia calculada 
como ésta, y de llevar chismes de tal naturaleza á 
la Superiora. 

— Ta... ta... [Haciendo un rápido movimiento^ como 
si atrapara moscas en el aire.) Le cogí; creo que cogí 
al criminal... ¡Qué idea! A ver qué le parece. [Aco- 
rralándole en el hueco de la puerta del Locum.) ¿Habrá 
sido Juanito Casado, el clérigo de Cabanas? No sabrá 
usted que es primo hermano de la Madre del Socorro. 
— No lo sabía, ni conozco á ese curita más que de 
vista. Yo le juro que si adquiero el convencimiento 
de que es él, no le valdrá su cara fea, y yo se la vol- 
"veró bonita. 



292 B. PÉREZ G ALDOS 

— Esto ha sido una suposición — dijo Mancebo, lle- 
vándose á su amigo por la puerta del Locum, que 
conduce á las cámaras bajas de la Catedral, donde 
está la oficina de Obra j Fábrica. — Ni yo quiero tam- 
poco echarle ese bo:rón á Juanito, á quién tengo por 
persona formal y decente. Es que se pone uno á bus- 
car y revolver por todos lados, y la maldita suspica- 
cia humana que llevamos en el magín va marcando 
como la manecilla de un reloj. ¡Ah! otra idea. ¿Ven- 
dría el aire de esa familia endemoniada?... ¿cómo le 
llaman. Señor? El inspector del Timbre, padre de una 
tanda de ladrones. 

— No sé, no sé... fCon gran confusión.) Yo he de po- 
der poco, ó he de saberlo, y el calumniador, quien 
quiera que sea, me la pagará. ¡Vaya si me la pagará! 

Llegaron á la oficina de Obra y Fábrica, donde no 
habla nadie, ni nada que hacer, y Mancebo, después 
de hojear varios papelotes que tenía sobre su y»upitre, 
se puso á picar una colilla. Ángel se paseaba desde la 
mesa del canónigo obrero á la de D. Francisco. De re- 
pente saltó con la det^^rminación de ir al Socorro á 
hablar con la Superiora. 

— No le recibirán á usted. Tienen sus horas, y... 

— Pediré una entrevista con Lorenza. 

— No se la concederán. 

Guerra había cogido de la mesa del canónigo obre- 
ro una regla de rayar papel, y la esgrimía como ba- 
tuta. De repente dio con ella tan fuerte golpe sobre 
la mesa, que la partió en dos pedazos, y uno de ellos 
fué á dar á la pared de enfrente. 

— Calma; amigo D. Ángel, y no nos destroce el ma- 
terial, que no está la Fábrica tan sobrada de fondos. 



- ÁNGEL GUfíRRA 292 

Sin contestarle nada, Guerra se embozó en su capa, 
y se faé, subiendo por la escalera que sale al atrio de 
la Sala Capitular. Tan preocupado estaba que atrave- 
só el templo como si pasara por un almacén. Ni las 
campanillas de las misas le sacaron de su abstracción, 
ni las caras conocidas que vio, ni el recogimiento y 
santidad del sitio. Como un rehilete salió por el claus- 
tro, tomando luego la dirección de la Trinidad y San 
to Tome par.i ir al Socorro, á donde llegó en un cuar- 
to de hora. Dijole la portera que no se podía ver á la 
Superiora hasta ia tarde, ni á ninguna de las her- 
manas. 

Aburrido tornó hacia la Catedral, renegando de la 
Congregación que cerraba sus puertas á protectores 
de tal calidad, y cerca ya del Salvador se encontró á 
una pareja de hermanas, Sor Natividad y Sor Expec- 
tación, la negra de alabastro. Ambas eran conocidas 
suyas. Alegróse mucho del encuentro y las acometió 
con una granizada de preguntas, á las que hubieron 
de contestar con todo el coiüedimiento propio del há- 
bito que vestían. No estaban enteradas de nada. Sólo 
sabían que Sor Lorenza había estado asistiendo en la 
misma casa á una novicia, enferma de cáncer, y que 
desde el día siguiente la sustituiría otra hermana, por- 
que á Sor Lorenza la trasladaban á una casa de Ge- 
rona, para donde saldría «mañana ó pasado». 

Oír esto Guerra y volarse fué todo uno. Despidióse 
como hombre que ha perdido el seso, y echó á correr 
hacia la Catedral, «Cualquier día consiento yo que la 
manden á Gerona... Esto es un destierro, una pros- 
cripción infame. ¡Si creerán esas beatonas que voy á 
tolerar tal procedimiento de inquisición veneciana! 



294 B. PÉREZ GALDÓS 

Leré es inocente, y al que me diga lo contrario, aun- 
que sea el mismo Cardenal, le enseñare yo el respeto 
que se debe á la verdad, á la virtud. ¡Trasladada nada 
menos que á Gerona! ¿Por qué? Porque una infame 
lengua... porque un alma venenosa... vamos, que no 
puede ser. ¡An! señoras del Socorro, no se debe permi- 
tir que la asquerosa envidia triuLfe de la verdad. 
íQuó inquisición es esta? ¡Castigar al inocente, dar 
la razón al vil delator! Repito que esto ne puede ser, 
señoras del Socorro. Hay que oir á Leré, y oiría de- 
lante de mi, mejor, oirnos á los dos delante de toda 
la Congregación. No basta con decir: «Dios sabe la 
verdad, Dios ve nuestra inocencia.» No basta, no, 
¿cómo ha de bastar?» 

Hablando de este modo, excitado, furioso, llegó 
otra vez á la Catedral, donde falto poco para que en- 
trara con el sombrero puesto. Ni por un momento 
se le ocurrió entregarse á sus ordinarias devociones. 
Misas había en diversos altares, y no se le ocurrió 
acercarse á oirías. Baió nuevamente á la Obra y Fá- 
brica, donde aún estaba D. Francisco picando tabaco. 
Al oirle repetir la referencia de las hermanitas, el 
anciano clérigo soltó los chismes de la industria ta- 
baquera, diciendo: 

— ¡Zapa, con que á Gerona! ¡Qué atrocidad! Eso es 
más serio de lo que yo creía. Luego, permanece en 
la Congregación. Pues yo pensé que la echaban, que 
nos la devolvían... 

— Esta tarde — dijo Guerra sentándose en la silla 
del canónigo obrero y dando un peñetazo sobre el 
pupitre, — voy allá, y le juro á usted que, ó la veo, 
ó pasa algo muy gordo, pero muy gordo. 



ANQKL GUERRA *295 

— Calma, calma, amigo mió. Quien va esta tarde 
allá soy yo, ¡Vaya con las correntonas, gabachas!... 
Poco á poco, señoras mías, que hasta ahí podían lle- 
gar las broma.". Serénese usted; advierta que con esa 
hormiguilla y ese furor súpito está dando la razón, 
ó apariencias de razón, á los calumniadores. Ponga 
usted el pleito en mis manos, y espere la senteDCia, 
que ella será lo que más convenga á todos. Ahora 
mismo me voy, ¿á dónde creerá u^ted? á casa de Lau- 
reano Porras, el capellán y director de esas señoras, 
el cual ha de decirme qué hay de ese destierrito á 
Gerona. Mientras no conozcamos los hechos, nada po- 
demos hacer. Después determinaremos. 

Sosegáronse con esto los nervios y el espíritu de 
Ángel, el cual convino en aguardar á su amigo allí. 
— Mejor es que me espere usted arriba, en la Cate- 
dral, porque subirá luego á la oficina el señor obrero, 
y no hay necesidad de que se entere. Fijemos un 
sitio para poder encontrarnos fácilmente: aquí en 
esta nave, junto al San Cristóbal ó si le parece mejor 
en la capilla Mozárabe. 
— Eq la Mozárabe. 

Cogió Mancebo su teja, y salió despacio, muy des- 
pacio, mirando el suelo y los ennegrecidos escalones 
como si algo tuviera que deletrear en ellos. 



II 

Ángel subió tambiéa á la Catedral. Estaban en la 
misa mayor, y la magnificencia del culto, el canto 
del coro, las voces orque.«tales del órgano, le impre- 
sionaron hondamente, determinando una remisión 



2^6 B. PÉREZ GALDOS 

brusca de aquel estado de fiebre mental. El canto par 
tioularmente le transformó por completo, realizándo- 
se lo que indica la inscripción del órgano. Psalant 
corda^ voces et opera; Canten los corazoneí-: el de Gue- 
rra cantó también al unisono de la grave salmodia, 
diciendo: «Dios grande, he olvidado invocarte en esta 
tribulación. No permitas que triunfe la mentira. No 
permitas que sea condenado el inocente.» 

La grandiosa nave parecíale entonces de una seve- 
ridad sombría, y el Cristo colosal suspendido sobre la 
verja de la Capilla Mayor se le antojó ceñudo y aus- 
tero, respondiendo más á la idea de j usticia que á la de 
misericordia. No se resignaba el hombre á la idea de 
que el conflicto se resolviese con el destierro de Leré, 
y el corazón le anunciaba desdichas ziayores. Creyó 
que le sometía la divinidad á pruebas terribles, y 
dudaba si tendría valor para soportarlas, ó si tales 
pruebas le arrollarían como impetuosas olas, contra 
las cuales nada puede la menguada fuerza del hom- 
bre, loquietándose de nuevo, trató de calmar con la 
oración el tumulto de su alma, y compelió su volun- 
tad á la obediencia poniéndole grillos y esposas; pero 
¡ay! los hierros resultaban blandos como cera ante la 
distensión convulsiva, epiléctica de su carácter. 

Arrimóse á la verja del Coro, apoyándose en uno 
de los machones cuyo metal, por lo bien labrado, 
debió de ser blando cedro entre las manos del artista* 
Tan pronto miraba de frente al altar de la Capilla 
Mayor como al interior del Coro, volviendo la cabe- 
za. Todo aquel espacio, entre las cinco bóvedas de la 
nave central, le había parecido hasta entonces la ex- 
presión más gallarda que del arte cristiano existe en 



ÁNGEL GUERRA 297 

el mundo. El retablo, que es toda una doctrina dog- 
mática traducida mediante el buril, el oro y la pin- 
tura del lenguaje de las ideas al de la forma, le pro- 
dujo siempre un vértigo de admiración. Pero aquel 
día el retablo se alzaba hasta el techo como sublime 
alarde de la humana soberbia. Las verjas peregrinas 
le daban comúnmente idea de puertas celestiales, que 
cerradas para los pecadores se abren para los escogi- 
dos. Aquel dia se le antojaron frontispicios de jaulas 
magnificas para dementes, atacados del delirio de 
arte y religión. La Virgen del altar de Prima en el 
Coro le rec )rdaba, salvo el color negro, á su parienta 
doña Mayor, y en las sillerías bajas, las grotescas 
figuras de tallado nogal remedaron el gesto y el cariz 
de Arístides y Fausto Babel. La figura de D. Diego 
López de Haro se había convertido en D. José Suárez, 
y uno de los mascarones del órgano con turbante 
turquesco era el propio D. Simón Babel, inspector del 
Timbre. 

De pronto un clamor argentino, celestial, puro 
que díl Coro salía, hirió sus oídos. Era la vocecita de 
Ildefonso, que cantaba con los otros seises: ¿u autem^ 
domine^ miserere nobis. 

— ¡ Ah! pillo — se dijo, sintiendo en su alma un gran 
consuelo. — ¿Estabas ahí? no te había visto. 

Allí estaba, si, arrastrando la cola de la sotana 
roja, goteada de cera. Ángel comtempló por los hue- 
cos de la verja al sobrinito de Leré, que le miraba 
con picarescos ojos, y se reía el muy tuno, afectando 
formalidad en la postura. Sin forzar su imaginación, 
el atribulado creyente oyó aquella graciosa y bien 
timbrada vocee illa como si fuera la de Ción, que ve- 



298 B. PÉREZ GALDÓS 

nía del Cielo, rasgando las nubes y horadando las bó- 
vedas de la iglesia para decirle: «Papaíto, no te 
sometas. Leré es tuya, tan tuya en la religión como 
fuera de eila, y Dios hará lo que á ti te de la gana.» 

Concluida la misa, se fué á la antecapilla del Sa- 
grario, que dentro de la inmensa basílica era el hu^co 
en que con más gusto se acomodaba y se embu+ía. 
Sin sentir seje pasaba el tiempo contemplando, al 
través de la verja grandiosa, la efigie vestida con 
asiática magnificencia, cargada de joyas cwyo peso 
rendiría las fuerzas de veinte Sansones. La capilla, 
toda mármoles y bronces, es digno estuche de la 
imagen que mide por celemines las piedras preciosas 
de sus arreos suntuarios. Como la devoción de la Vir- 
gen era la que más fácilmente prendía en el corazón 
de Guerra, allí se encontraba muy bieo, en excelente 
disposición para sensibilizar la tutela que desde su 
trono celestial dispensa á los humanos la Reina de los 
Cielos. 

Las ideas del devoto novel sobre las imágenes y 
sobre las vestiduras de éstas habían cambiado en 
aquella crisis tan. en absoluto, que lo que antes le ha- 
bía parecido mal, ahora le parecía de perlas, sin duda 
por ver tantas y tan hermosas en el manto de la Vir- 
gen. El lujo material que envuelve los símbolos de 
la divinidad era ya, á sus ojos, de una lógica perfec- 
ta, pues Dada más propio que aplicar al enalteci- 
miento y esplendor de tales símbolos todo lo bueno, 
fino y selecto que existe en la Naturaleza. No menos 
bellos que las flores son los rubíes y topacios; no me- 
nos hermoso que el fuego es el oro. Procedemos, pue?, 
racioralmente adornando los objetos representativos 



ÁNGEL GUERRA 299 

de la divinidad, coa luces, joyas y metales riquísi- 
mos, como signos que materializan y declaran el hu- 
mano respeto. 

En tal concepto, la pomposa imagen de Nuestra 
Señora del Sagrario le representaba ó sensibilizaba 
mejor que nioguna otra, de h parte de acá, la sumi- 
sión de la Naturaleza á las potencias celestiales; de 
la parte de allá, el poder soberano de la divina inter- 
cesora, pues aquel trono de plata dábale idea, aunque 
vaga, de la inenarrable excelsitud del Cielo; los seles 
y lunas, el manto de perlas, las ajorcas, el pectoral, 
el cingulo y la corona le permitían entrever y vis- 
lumbrar algo de las incomprensibles bellezas de arri- 
ba, y en suma, la materia selecta combinada por el 
arte creyente, le servía como de punto de apoyo para 
salthr hacia lo espiritual y lo intangible. 

Dirigió mental plegaria á la Virgen, pidiéndole 
que no permitiese el triunfo de la calumnia contra 
Leré inocente Y no es fácil determinar qué imagen 
embargaba más el ánimo del neófito, si la del -í^'agra- 
rio, que ante sus ojos tenía, ó la de la ausente amiga 
y consejera, porque las dos se confundían en su cora- 
zón y hasta en las percepciones de sus alborotados 
sentidos. La humilde novicia del Socorro era va, 
transcrita y estampada en su imaginación, el estí- 
mulo de todos =us actos, desde los más insignifican- 
tes á los más trascendentes; Jamás caballero de los 
que iban por el mundo castigando la injusticia y 
amparando el derecho, soñó en su dama ideal atribu- 
tos de belleza y virtud tan peregrinos como los que 
Ángel en su monja soñaba. Porque aquellos andantes 
aventureros veían á sus damas simplemente hermo- 



300 B. PÉREZ GALDÓS 

sas, y cuando más, castas como los serafines; pero Án- 
gel veía á la suya hermosa sobre toda ponderación, 
de una honestidad y pureza absolutas, y además, con 
una ciencia que dejaba tamañitos á todos los padres 
de la Iglesia. Esta pureza y este saber divinizaban á 
sus ojos el rostro de Leré, si no vulgar, tampoco de- 
chado de belleza; y se le antojaba de tan soberano 
hechizo que no podrían imitarle buriles ni pinceles 
de los más inspirados artistas. Y para llegar á la úl- 
tima embriaguez de idealización, representábase el 
traje de la novicia del Socorro, en la realidad bas- 
tante prosaico, cocpo el más elegante que imaginarse 
podría, no con esta gentileza sensual de la mujer del 
siglo, sino con otra muy distinta, cuyo secreto hay 
que buscar en la iconografía cristiana y en sus mejo- 
res intérpretes, los pintores religiosos. La falda negra 
de estameña hacía unos pliegues propiamente escul- 
tóricos; el cuerpo, la toca cubriendo el busto, el velo 
corto, la manga ancha, todo era de una composición 
perfecta y de contornos exquisitos. Echándose á vo- 
lar por los espacios del ensueño, concluía por imagi- 
narse el velo de su amiga recamado de perlas, el busto 
cruzado por un pectoral que deslumhraba, y la toca 
guarnecida de esmeraldas y perlas, formando como 
un rostrillo ú ovalado marco, que en su magnificen- 
cia no era todavía digno de encerrar el inspirado 
semblante y los ojos sibilinos de la hermanita del So- 
corro. 

Tales delirios no estorbaban la oración que á la 
Virgen dirigía con toda su alma: «Señora y Madre 
mía, tú me infundes valor sólo con dejarme llegar 
hasta ti; hácesme comprender que la injusticia no 



ANGBL GUERRA 301 

trincfará, y me alientas á defender la inocencia, 
aplastando las cabezas de los discípulos de Satanás 
que andan por el mundo. Leré no saldrá de aquí, por- 
que el dejarla salir •viene á ser como declararla cul- 
pable. No, no puede ser. Los que la condenan á ese 
estúpido destierro tendrán que humillarse ante ella 
y confesar y declarar en alta voz su pureza intacha- 
ble. ¿No es verdad. Señora j Madre, que tú quieres 
esto y me ordenas que así lo disponga? Y para llegar 
á este fio de justicia, ¿qué debemos hacer? Lo que los 
sucesos indiquen. Defenderemos á Leré por los me- 
dios materiales que correspondan á la violencia que 
con ella .«e quiere ejercer. En esto no puede haber 
ofensa de Dios ni de ti. Dios permite que en la hu- 
manidad se consumen actos de fuerza y que se de- 
rrame sangre para impedir el mal. La fuerza es tan 
de Dios como el espíritu, y la violencia en pro del 
bien y contra el mal ley santa es. Pues las guerras 
contra infieles, díganme, ¿qué fueron? ¿Qué signifi- 
can los trofeos que adornan esta venerada iglesia 
cristiana? Leré no puede servir de juguete á la capri- 
chosa disciplina de tres ó cuatro monjas ignorantes 
é histéricas. Leré está llamada á muy altos destinos. 
Por ella y para ella fundaré yo la orden más grande, 
más bella, mejor armonizada con ]os tiempos que co- 
rren. No será roía la gloria, sino suya, pue? no soy 
más que un tosco intérprete de su hermoso espíritu. 
Pero tal mujer no puede ni debe prestar obediencia 
á las que han nacido para ser sus inferiores; y } o, 
con tu divino auxilio, la redimiré de esa oprobiosa 
tutela monjil, y la pondré en el eminente lugar que 
le corresponde.» 



302 B. PÉRKZ GALDÓS 

Su mente caldeada llegó á imatrinar que asaltaba 
el üouvento, que imponía su volimud á las herma- 
nas, que éstas se le rendían sin condiciones, y que la 
calumniada novicia saltaba gallardamente á la jerar- 
quía de Superiora ó Madre ue la comunidad. 



III 



Y á todas estas, ¿qué hacía el ingenioso Mancebo? 
Al salir de la Catedral desde la oficina de la Obra y 
Fábrica, recorrió despacio la nave lateral de la Epís- 
tola hasta la capilla Mozárabe. Allí torció sobre su 
derecha, siguiendo por delante de la puerta del Per- 
dón, siempre con el mismo paso lento, la mirada re- 
cogida, cual si llevara el Santísimo en una procesión 
solemne. Meditando en el delicado paso que á dar 
iba, se dijo: «Si ahora voy yo á Laureano Porras, y 
Laureano Porras se descuelga, como es probable, con 
alguna cosa que á este bruto de D. Ángel no le agra- 
de, este bruto de D. Ángel mé va á comer.» 

Detúvose un instante en la puerta de la Presenta- 
ción; salió al Claustro, volvió á entrar, indeciso, y 
por fin se metió en la capillita del Cristo de las Cu- 
charas. «Si en realidad — pensaba, — no necesito ver á 
Laureano Porras para saber lo que me ha de decir. Pero 
en fin, demos de barato que me persono allá. Ya me 
figuro que voy por el Nuncio Viejo... ea, ya estoy en 
las Tendillhs... un pasito más, y entro en la calle de 
los Aljibe?. Tun, tun... «¿está D. Laureano?...» si... 
pues adentro. «Hola, Laureano, buenos días. ¿Qué 
tal?... No tan bien como tú. ¿Te maravillas de verme 



ÁNGEL GUERRA. c03 

aquí? Pues ya debes suponer; vengo á que me ente- 
res de eso de mi sobrina...» Me parece que estoy 
oyendo la contestación del amigo Porras: «Pues muy 
sencillo, D. Francisco: que nadie está libre de un 
arañazo, y como en estas ordene* hay que mirar mu- 
cho por la reputación, las hermanas han dispuesto 
que su sobrinita se vuelva al siglo, donde hace más 
falta que en el Socorro.» 

Asi pensaba tomando asiento plácidamente en un 
banco, á la izquierda de la verja. 

— Esto que pienso — decía cruzando las piernas, 
apoyando el codo en el brazo del banco y la mejilla 
en el puño, — es la pura realidad. Sucederá exacta- 
mente como lo he discurrido; me dirá Porras lo úni- 
co que en rigor puede decirme; de modo que ¿para 
qué molestarme? ¿Pues qué necesidad tengo yo aho- 
ra de echarme á rodar por esas calles, y todo para 
que me digan lo que sé? Estáte quietecito, hijo mío, 
y descansa, y si puedes, descabeza un sueñecito en 
este cómodo banco, que anoche no dormiste nada, 
pensando en esa muñeca... Porque lo que yo digo: la 
santidad que gasta la niña es pueril y de juguete. 
Esta mañana, cuando aletargado me quedé después 
del largo insomnio, lo pensaba yo, y de este modo 
razonaba... mi tesi*. Ella se irá al Cielo, si muere, 
porque es buena; ¿pero entrará como santa canoniza- 
ble? ¡Quia! Buenos están los tiempos para andar en 
esos dibujos. Irá y la pondrán en un sitio muy alto 
de la bienaventuranza eterna, más alto que el sitio 
en que me pongan á mi. Pero ¿en qué concepto la 
llevarán á ese empíreo luminoso?... Es un suponer. 
Señor. Como entre los ángeles hay tantísimo niño, 



304 B. PÉREZ GALi>Oí> 

desean tener una muñeca con que jugar... y en tal 
concepto irá mi sobrina á las regiones etéreas, lumi- 
nosas... que yo no puedo figurarme cómo serán... irá, 
eso es, como la más preciosa de las muñecas para los 
angelitos... ji,ji,ji. {Riéndose solo.) ¡Ay Dios mío, qué 
cosas se me ocurren!... Pues á lo que iba: ahora estoy 
en realidad delante de Laureano Porras, á quien pre- 
gunto por su madre... ¡Y qué malita debe de estar la 
pobre señora! ¡Quien la conoció cincuenta años ha, 
cuando era la moza más guapa de Toledo! ¡Pobre doña 
Cristeta! Y ahora se empeña este maldito Laureano 
en que yo tome las once. Déjame á mí de onces y de 
bizcochitos... Quedamos en que allí no quieren á mi 
sobrina, en que mi sobrina volverá á la casa paterna 
de su tío... Ya la tenemos, y á poco que el madrileño 
ese nos ayude, fuera tonterías inísticas. No es que 
sea tonta la niñ^, pues talento le sobra para com- 
prender lo que nos conviene á todos. Y no sé yo cómo 
no entiende que el que fué su señor está enamorado 
de ella como un bruto, y que todo ese furor católico 
que le ha entrado no es más que los movimientos 
desordenados y el pataleo de la amorosa bestia que 
lleva en el cuerpo... ¡Dios mío, qué cosas vemos los 
que recibimos de ti el beneficio de una larga vida! 
Lo que yo no acabo de comprender, Señor, es por qué 
anda todo tan torcido en tu mundo, cada persona 
donde no debe estar, y nadie contento, y todos que- 
riendo ir por donde ir no pueden; cerrado el camino 
para los de pies ligeros, y abierto para los cojos; unos 
con más de lo que necesitan, otros reventando de 
ganas de poseer lo que aquéllos desprecian. Franca- 
mente, vive uno y vive año tras año sin ver las co- 



ANGKL UÜBHRA 305 

sas arregladas, y los que ahora soü chiquitines verán, 
cuando se caigan de viejos, lo mismo que yo <=stoy 
viendo en mis días... Bueno, Señor. Quedamos en que 
estoy hablando con Laureano Porras, el cual me dice 
lo que en buena lógica debe decirme. Yo no lo in- 
vento, yo no invento nada. No hago más que seguir 
los sucesos al son y paso que llevan. Poique yo he 
observado en mi larga vida que e) desear vivamente 
una cosa y persistir en tal deseo^ es la mejor mane- 
ra de encauzar los acontecimientos para que al fin 
venga á realizarse y á cumplirse io que anhelamos. 
Porras piensa como yo, que la chiquilla debe volver 
al siglo y dejarse de hacer pinitos religiosos superio- 
res á sus fuerzas muñequiles. La'í cosas llevarán el 
aire que deben llevar; adelante, y marquemoi- el 
compás á los aconfecimíentos, ¡tan, tau!... que ellos 
al fin y á la postre bailarán como queremos que bai- 
len. {Adormeciéndose.) No quisiera dormirme, porque 
se me haría tarde... A bien que Laureano me entre- 
tiene demasiado con su chachara. Es hombre que 
cuando pega la hebra no hay medio de ponerle pun- 
to final. Y su madre, hidrópica y todo, también es 
de las que despotrican por siete, y le envuelven á 
uno en la conversación, sin dejarle un resquicio por 
donde salir. Convenido, convenido que la niña se 
vuelva á casa; y luego, ¡dulcísima Señora del Sagra- 
rio, protectora de toda mi familia, madre de los des- 
consolados, ayúdame! Con poco que me ayudes, les 
caso. iVaya si les caso! Y entonces, jqué felices todos! 
don Ángel el primero, porque sus intereses deben de 
estar muy abandonados y necesita quien se los cui- 
de. Bien puede decir que le ha venido Dios á ver, por- 

2.* PARTE 20 



306 B. PÉREZ GALDOS 

que yo soy uü lince para administrar. Alabándome 
de ello, alabo al Señor que me dio estas grandes cua- 
lidades para todo lo económico. Y digan lo que quie- 
ran los tontos, también lo económico es de Dios, por- 
que sin lo ¡económico, i,i6mo vivirían las sociedades? 
No, Dios no quiere que el salvajismo prevalezca, y 
sin lo económico, ya se sabe... Lo que á mí me entris- 
tece es que teniendo este don de administrar no pue- 
da emplearlo y lucirlo por falta de materia adminis- 
trable. ¡Qué desordenado anda el mundo! Si á mí me 
pusieran de ministro de Hacienda... no aquí, no en 
España, donde todo se vuelve caciquismo, filtracio- 
nes, chanchullos, y qué sé yo qué, sino en... {Se duer- 
me profundamente.) 

Breve fué su sueño; pero en los minutos que duró 
tuvo tiempo de soñar las cosas más estupendas: que 
era inglés, y ¡¡ministro de Hacienda de Inglaterra!! 
sin dejar de ser Mancebo, y presbítero y beneficiado 
de la Catedral de Toledo; que la Virgen del Sagrario 
tenía el manto recamado de libras esterlinas, y otros 
mil disparates. Despertó con sobresalto, creyendo 
que su sueño había sido larguísimo, y como no tenía 
reloj para consultar la hora, entráronle sospechas de 
que había transcurrido gran parte del día. Por dicha» 
acertó á entrar en la capilla el sacristán de ella; don 
Francisco le llamó, y apoyándose en él para tomar 
la vertical, le dijo: «Te parece, Sandalio amigo, que 
tengo tiempo de haber vuelto de casa de Laureano 
Porras? Digo, de haber ido... No, no es eso... Es que 
me dormí, y tengo un poco ofuscadas las entendede- 
ras... Pero las doce no serán.» Adquirido el conven- 
cimiento de que ni las once habían dado aún, Manee- 



ÁNGEL GUERRA 30? 

bo se entonó, puso orden en su meollo, hízose dueño 
de todas las ideas que en su cerebro bullían antes de 
dormirse, disciplinó las rebeldes, acarició las sumisas, 
y se fué de la capilla de las Cucharas, tomando el 
camino de la Mozárabe... Como no encontrase á Gue- 
rra en el punto de cita, le buscó por diferentes sitios 
de la iglesia, y ja desesperaba de encontrarle, cuan- 
do Ildefonso, que ya había dejado en la sacristía su 
hopalanda roja, le dijo que el madrileño estaba en la 
antecapilla del Sagrario. 

Allá faé Mancebo, y antes de decir palabra á su 
amigo, arrodillóse delante de la imagen de su par- 
ticular devoción, para orar breve rato. Después, no 
queriendo tratar de cosas tan profanas delante de la 
augusta Señora, cogió al otro del brazo y se lo llevó 
al vestíbulo del Ochavo ó trascapilla de la Virgen, y 
allí, sentaditos codo con codo, platicaron de esta 
manera: 

^Gracias á Dios que le encuentro á usted... Hom- 
bre, ¿no quedamos en que nos veríamos en la Mozá- 
rabe? 

— Yo entendí que en la del Sagrario. 

— ¡Ay, estoy rendido! He venido á escape, porque 
allí me entretuve. Laureano, cuando rompe á char- 
lar, no acaba. Luego, mis piernas no están ya para 
estas prisas, y la calle de los Aljibes no es aquí 
me llego. 

— ¿Qué hay fimpacientej , qué dice ese buen señor? 

— Pues excusábamos la consulta, porque lo que 
dijo ya lo sabía yo, y piensa lo que yo pensaba. En 
resumen, ei rum-rum ha sido tan fuerte que las- her- 
manas no han tenido más remedio que dar esa satis- 



30? B. PÉREZ QALDÓS 

facción á la opinión pública... por más que están 
convenc'das de la inocencia de la niña, 

— Paes si es inocente, ¿á qué el castigo? (Sulfu- 
rándose.J ¿Qué opinión pública ni qué niño muerto? 
Esto es un complot indecente, envidias de las otras 
hermanas, que quieren alejar á la que les hace som- 
bra con su talento y su virtud. 

— Pero si no hay destierro, ni la mandan á Gerona, 
ni ese es camino... Calma, hombre, calma. 

— ¡Ahí ¿Pero dijo el capellán que no se ha pensado 
en el destierro?... Expliqúese usted. 

— No... pero... sí, me lo dijo, me lo dijo. (Fara si.J 
¡Demonio de hombra! Si no le contesto lo que él 
quiere, me pega. 

— Me alegro. (Respirando como quien se libra de un 
gran peso.) Crea usted que estaba yo decidido á em- 
plear la violencia, á impedir por cualquier medio se- 
mejante iniquidad, saltando por encima de todo. No 
crea usted; aún insisto en algunos de los propósitos 
que había formado. Leré, que tanto vale, no puede 
seguir subordinada á las que debían besar la tierra 
que ella pisa. Yo quiero que sea Madre. 

— ¡Que sea madre! (Oon júbilo.) Pues eso mismo 
quiero yo, ¡zapa! Si acabaremos de entendernos... 
Bueno... verá usted lo que pasa. La niña, aburrida y 
mortificada de que se cuenten de ella esas barbarida- 
des, ha dicho que no quiere más Socorro, ni más velo 
ni más hábito de estameña, y que se vuelve á su 
casa con su familia de su alma, con sus sobrinos que- 
ridísimos y con su tío que la adora. 
—¡Ha dicho eso! 
— Como usted lo oye. Y el contratiempo este con- 



ÁNGEL GUERRA. 309 

sidéralo como un aviso del Cielo, como una indica- 
ción de que debe variar de camino, dedicándose á 
otros deberes más difíciles de llenar que los del 
monjío, á la mundana lucha, á trabajar por el bien 
y la salud espiritual en compañía de sus iguales, y á 
darnos á todos la felicidaí que tan bien nos hemos 
ganado. 

— Don Francisco, usted sueña. (Estupefacto.^ 

— El que sueña es usted: Por mi boca está hablan- 
do la lógica humana... y diría la divina si no temie- 
ra ser irrespetuoso con la divinidad. 

— ¿Es cierto lo que usted me dice? flnquietisimo.J 
Don F'-ancisco, que me vuelve usted loco. 

— Lo que hago, Dios lo sabe y la Virgen también, 
es tornarle á usted á la razón. 

— ¿Pero el capellán ha dicho eso? Júremelo. 

— Hombre, yo no acostumbro jurar. 

Tan aturdido estaba Guerra, que no sabía qué pen- 
sar, ni qué hacer, ni qué decir. Se levantaba y á sen- 
tarse volvía, comunicando al clérigo su turbación y 
desasosiego. 

«Yo necesito comprobar ahora mismo esas noti- 
cias, Sr. D. Francisco — dijo al fin. — Iré al Socorro, 
y hablaré con ella, valiéndome de los medios necesa- 
rios para facilitar la entrevista, cualesquiera que 
sean. 

— Ea, no empecemos á hacer tonterías. ¿Sabe usted 
lo que saca de tomar las cosas con esa comezón y esa 
fiebre? Que resulte un argumento más en contra de 
mi sobrina y una confirmación de la maledicencia. 

— Pues si no ahora, esta tarde misma he de salir de 
dudas. 



310 B. PERKZ GALDÓS 

— ¡Dale bola! No sea usted tan fulmiDante. Calma, 
sangre fría; vayase al cigarral y espere tranquilo los 
acontecimientos. Podrá suceder que, si se presenta 
usted en el Socorro con la cara fosca y echando lum- 
bre por los ojos, la niña se asuste de su determina- 
ción y dude, y tengamos nuevos líos, nuevas dilacio- 
nes, y qué sé yo. De fijo que Lorenza estará pensan- 
do ahora en volver con nosotros; pero titubeará, ten- 
drá sus vacilaciones, sus escrúpalos; y si va usted 
allá con historias, ¡zapa! puede que se nos tuerza otra 
vez y nos quedemos sin ella. [Echando el resto.) Con- 
téntese con saber que la Madre y las hermanas, y el 
capellán Porras le aconsejnn que abandone la vida 
religiosa... Vaya, ¿aún quiere mejores noticias? Pues 
estaría bueno que ahora lo echáramos á perder todo 
por la fogosidad y las impaciencias de este buen se- 
ñor. Estése tranquilo en su casa, que Lorenza ven- 
drá, lo tengo por tan cierto como este es día, 3^ todo 
se reduce á no espantar al pececillo que tiene ya la 
boca abierta para tragarse el anzuelo. Para mí es cosa 
hecha; la hija pródiga vuelve á casa, y con ayuda de 
nuestra Protectora Sacratísima, la casaré con... Pepi- 
to Illán. 

Ángel había caído en una especie de letargo men- 
tal, y Mancebo le observaba la fisonomía con aten- 
ción aguda, con socarrona perspicacia. En la mente 
del madrileño había aparecido una nebulosa, masa 
grande y difusa de ideas que aun no tenían forma 
pensable. Insistió de nuevo el clérigo en que no hi- 
ciera nada, en que dejara correr los acontecimientos 
y aguardase, porque si al Socorro iba con alguna tra- 
camundana impropia del recogimiento monjil, podía 



ÁNGEL GUERRA 31 i 

escandalizar á la CongregaciÓD, y á la niña j al pue- 
blo entero, de lo que resultaría lo más contrario al 
deseo de todos. Como el puchero le llamaba, se des- 
pidió, diciendo para sí al abandonar la santa iglesia: 
«¡Demjonio de hombre, qué perdido está! Si él j ella 
y todos hicieran lo que 3^0 discurro, ¡qué bien esta- 
ríamos, y qué al derecho irían las cosas que ahora van 
torcidas!... A casa, hijo, á la casa de las once bocas, 
que el bendito garbanzo te espera. ¡ Ay, qué vida esta! 
Siempre soñando con que mañana será mejor que 
hoy, y luego salimos con que todos los días son 
iguales, y no mejoramos, ni ese es el camino... Pero 
ahora no me queda duda de que va de veras, y Lo- 
renza hará lo que yo pienso, y lo que le aconsejan 
Laureano y las hermanas... porque no hay duda de 
que se lo aconsejaron... ó se lo aconsejarán, que es lo 
mismo. ^\ 



IV 



Guerra se fué á su casa llevándose á Ildefonso, á 
quien convidó á comer. Apenas concluyeron, man- 
dóle al Socorro con dos cartas, una para la Superiora 
y otra para Leré, abierta. Ordenó al chiquillo que le 
llevase la respuesta a la Catedral, á donde se fué sin 
pérdida de tiempo, y entraba en ella cuando el cimba- 
nillo llamaba á coro, diciendo en lo alto de la gran 
torre con su agudo y sonoro acento: vox mea clamat; 
ergo canonici vénite, y los canónigos le obedecían, en- 
trando por esta y la otra pueita, y tomando el cami- 
no del Vestuario. 

Poco después empezaba la Nona, que oyó el neo- 



312 B. PÉREZ GALDÓS 

fito con delectación, y las Completas. Nunca le pare- 
ció la Catedral tan risueña, ni el canto tan hermoso y 
sentido, ni el Presbiterio tan rematadamente suntuo- 
so y bello. Todas las figuras que decoran el muro ex- 
terno de la Capilla Mayor, ángeles músicos en diver- 
sas actitudes, unos con trompeta en la mano, otros 
con cítara ó violín, unían sus voces y la de sus deli- 
cados instrumentos á la patética salmodia, alabanza 
triunfal del Señor y confianza en sus misericordias. 
La soberana iglesia se le representaba en un grado 
superior de artística hermosura, como inmenso reli- 
cario de marfil esculpido por manos de ángeles, ador- 
nado de metales tan ricos por la materia como por la 
labra, y de piedras preciosas que en las contrapuestas 
oquedades transparentaban la luz del cielo, el cual, 
por aquellos anteojos de esmeraldas y rubíes, contem- 
plaba el ámbito peregrino donde la vida mortal sue- 
ña con la eterna. 

Ildefonso no tardó en volver con la respuesta, una 
carta de Leré en la que le decía que fuese allá á las 
cuatro en punto, carta en cuyo laconismo el exalta- 
do caballero, sin, saber por qué, vio algo de cariño 
prcfano, ó cierta inclinación á lo temporal. Sus co- 
razonadas llegaron hasta ver en la letra un poco rá- 
pida de la epístola la mano nerviosa de una persona 
que interrumpe la operación de hacer su equipaje 
para trazar una carta urgente. 

¡A las cuatro en punto! Y era forzoso aguardar, 
pues las dichosas cuatro en punto dormían aún en los 
senos futuros del tiempo perezoso. ¡Pues apenas fal- 
taban siglos para la hora de la cita...! ¡Como que 
eran las tres! Ángel ardía. La muestra interior del 



ÁNGEL GUERRA 313 

reloj de la Catedral era una de las caras más an- 
tipáticas que había visto en su vida. La impaciencia 
no le impidió volver su pensamiento hacia la di- 
vinidad que en aquel recinto moraba, y se humilló 
para decirle con la más viva efusión del alma piadosa: 
«Señor, si has dispuesto que yo cumpla mi destino 
en la vida de acá por medio del matrimonio con la 
que destinabas para ti, en buen hora sea, y no cesaré 
en mis alabanzas de tu bondad hasta que se me seque 
la lengua. El disponerlo tú así significa que así debió 
ser desde el principio, y que tanto ella como yo ha- 
bíamos tomado senderos torcidos. Tú los enuerezas. 
¡Cuan equivocados son nuestros juicios, Señor! Yo 
creí que la reservabas para ti, como si los humanos 
fuéramos indignos de poseerla. Pero ahora resulta 
que los caminos de la tierra también llevan á la per- 
fección y á la vida perdurable. Por ellos iremos Leré 
y y o, la mirada siempre fija en ti, adorándote y ofre- 
ciéndote nuestros corazones con la esperanza de que 
nos admitas en la morada celestial.» 

El reloj tuvo la condescencia de dar las tres y me- 
dia. Guerra oyó la voz de Fabián, que parecía la del 
propio Isaías clamando entre ruinas y sombras, y 
maldiciendo á los impíos. La campana grande daba 
de tiempo en tiempo los toques canónicos, y á su 
profundo son, creeríase que toda la iglesia trepidaba, 
cual si de los subterráneos viniese un estremeci- 
miento convulsivo de fiebre telúrica. Acgel no pudo 
contenerse más tiempo, y salió escapado camino del 
Socorro, á donde llegó tan pronto, tan pronto, que 
pensó no haber invertido ningún tiempo en recorrer 
la distancia. Dio vueltas por la Judería aguardando 



314 B. PÉREZ GA.LDÓS 

la hora exacta, y por fin, como todo llega en este 
mundo, entró, j ved aquí á mi hombre en la sala 
locutorio, esperando á la novicia y á la hermana que 
solía acompañarla. Su sorpresa fué grande al ver que 
Loré se presentaba sola en la visita, lo que le trans- 
cendió á ruptura con las hermanas y á preliminares 
de abandono de la Congregación. 

Pero á la primera sorpresa siguieron otras, verbi- 
gracia: él se figuraba que Leré estaría preocupada y 
triste, y la vio alegre, risueña, en todo el esplendor 
de su serena ecuanimidad. Añádase á esto un acci- 
dente puramente local. La única ventana de la sala 
que daba al patio hallábase cubierta de percal rojo, 
y las caras de ambos interlocutores se teñían del re- 
flejo de la tela transparente. El rostro de Leré, ex- 
tremadamente arrebolado, parecía recién salido de 
una fragua. 

«Ya sé lo que ha ocurrido — dijo Ángel ávido de 
entrar en materia. 

— ¿Por quién lo supo usted? 

— Por Mancebo. 

— ¡Ay, ay! No conviene fiarse de mi tío, que es 
muy buena persona, pero suele ver las cosas arregla- 
ditas á su deseo. 

— Me lo dijo esta mañana, y he pasado un día cruel. 
¡Vert^ calumniada, sin poder salir á tu defensa...! 

— (Defensa! ¿A qué defenderme? Ante Dios no lo 
D'íi/esito, pues sabe mi inocencia. Que los de acá me 
crean culpable, ¿([ué me importa? 

— Pero la opinión... las hermanas. (Un poco descon- 
certado.) Importa, sí, que tus compañeras tengan de 
ti la opinión que mereces. 



ÁNGEL GUERRA 315 

— ¡La opinión que merezco! Palabras de puro arti- 
ficio que nada significan en mi conciencia. 

— Ya ves. Hasta pensaron facturarte en gran ve- 
locidad para Gerona. 

— Sí; eso se pensó en el primer momento. 

— Pero ante todo. ¿De dónde ó de quién partió la 
calumnia? 

— No lo sé, ni tengo interés ninguno en averi- 
guarlo. A los que la fraguaron les perdono de todo 
corazón, j casi casi les agradezco la injuria, porque 
me proporcionaban lo que tanto deseo, ocasión de 
martirio, que rara vez se presenta en estos tiempos 
de vida tonta, dentro de la cual no hay drama hu- 
mano ni divino, ni proporción alguna de hacer gran- 
des méritos. Recibí el agravio con gusto, con placer 
intimo que me adulaba el corazón, porque el dolor 
es mi querencia; yo lo busco, ando tras él desalada, 
como si fuera parte esencial de mí misma que me 
han quitado y que necesito reintegrar en mí. Es, ha- 
blando el lenguaje del mundo, mi media naranja. 
Pues digo que recibí el ultraje con gozo, porque me 
favorecía en mi deseada imitación de Nuestro Señor 
Jesucristo, que, siendo divino, soportó y perdonó ul- 
trajes mayores. Me alegré, sí, porque yo no había 
sufrido ningún insulto de este calibre, ni desgracia 
alguna, ni aan contratiempos de estos que irritan á 
las personas. Me hacía falta una prueba, un cáliz 
amarguísimo, y como éste lo era, me lo bebí con de- 
licia pidiendo á Dios que lo hiciera más amargo, y 
más repugnante de tomar... Fué un día de prueba 
para mí el día de ayer. Hallábame yo asistiendo á una 
infeliz novicia que tenemos aquí enferma de cáncer. 



316 B. PÉREZ GALDÓS 

¡Si viera usted.. ! está muy mal; su cara es una pura 
llaga con un agujero, la boca, por donde le introduz- 
co los alimentos y las medicinas. La noche anterior 
fué terrible. La pobrecita, en el delirio de la fiebre 
y de la consunción, me insultaba con los denuestos 
más atroces. Parecia que me profetizaba lo que me 
iba á pasar. Por la mañana, la Madre me llamó, y 
con rostro sereno contóme lo que decían de mí... Pa- 
recíame algo inclinada á creerlo, ó por lo menos du- 
dosa y llena de sospechas. Al decirme que me dis- 
culpara y que probase mi inocencia, tuve un mo- 
mento de angustia y de cobardía, del cual pronto me 
rehice. Respondí tranquilamente que lo que me im- 
putaban era contrario á la verdad en absoluto; pero 
que yo no podía probar nada. Que presentaran prue- 
bas los calumniadores. Yo no podía hacer otra cosa 
que negar redondamente. 

— ¿Y no te indignaste? 

—¿Yo? No conozco la indignación. Dije á la Ma- 
dre; «No puedo hacer más que negarlo, consolada 
por la voz del Señor que habla en mi conciencia. Y 
después de negar, me cumple obedecer. Si la Con- 
gregación me destina á otra casa, allá me voy. Si la 
Congregación no me estima digna de vestir su há- 
bito, me lo quitaré. Si me arrojan de aquí, saldré, y 
dispuesta estoy á hacer lo que me manden, y á no 
tener voluntad.» Asi se lo dije á la Madre. 

—¿Y la Madre...? 

— La Madre se echó á llorar, y como si recibiera 
una inspiración del Cielo, me abrazó y me dijo: «Eres 
inocente.» 

— Ya, ya; muy bien. (Clavándose las uñas de una 



ÁNGEL GUERRA 317 

mano en los músculos de la otra.) Pero aquí no puedes 
seguir. 

— Después de lo que pasó entre la Madre y yo, 
nadie me ha dicho que me marche. El capellán don 
Laureano Porras había opinado, antes de que la Ma- 
dre hablara conmigo, que me debían poner en una 
casa de Arrepentidas. 

—¡Qué infamia! (Indignado) ¡Á ti, á ti en una casa 
de corrección! ¿Dónde está ese pillo, que le quiero 
enseñar...^ 

— Cálmese usted, por Dios. El pobre D. Laureano 
aconsejaba cuerdamente. Me creía culpable. 

— ¿Y hubieras tú consentido...? No me lo digas, 
porque... 

— Si la Congregación hubiera dispuesto que yo 
entrase en las Arrepentidas, yo habría ido allá sin 
chistar. Obedezco siempre; no tengo voluntad. 

— ¡Leré! (Absorto y casi sin habla.) ¿Pero no ves que 
eso habría sido declararte... corregible... declararte 
culpable...? 

— ¿Y qué? La vana apreciación del mundo no sig- 
nifica nada para mí. 

— Pero el hecho sólo de entrar en las Arrepentidas 
te ponía el sell*? de mujer mala. 

— ¿Y qué? Si Dios me ponia el sello contrario en 
mi conciencia, ¿qué podía importarme que me tuvie- 
ran por lo que no soj? 

Atontado, como si fuera por el aire cayéndose de 
la torre de la Catedral, Ángel no tenía en su cerebro 
ideas para contestar á su divina consejera. Caía, caía, 
sin llegar nunca al suelo. 

— Tu tío — balbuceó al fin, — me dijo que acobarda- 



318 B. PÉREZ GALDÓS 

da ante la calumnia, volvías á tu casa y renunciabas 
á la vida religiosa. 

— Eso debió decírselo D. Laureano, porque el po- 
brecito no lo había de inventar. Tal fué la idea de 
nuestro capellán ayer tarde, cuando la Madre le dijo 
que creía en mi inocencia como en el Evangelio. 
Pero ya varió de parecer. Esta mañana óonfesé con 
él, y hace un rato me ha dicho que tome el hábito, 
y que no hagamos caso de esas hablillas de gente 
desocupada. Pero créalo usted, si D. Laureano me 
manda á las Arrepentidas, allá me voy, y el pasar 
por mala sin serlo me proporcionaría una humilla- 
ción que me vendría como anillo al dedo para pulir 
y acrisolar mi alma. 

Tanta sublimidad sacó de quicio al novel creyen- 
te, que en un arranque de entusiasmo fervoroso, casi 
llorando, casi arrodillándose ante la novicia, le dijo: 
«Hija mía, perdona mis malos pensamientos, que no 
son dignos de llegar hasta ti. Pero recesito confesar- 
te una flaqueza mía muy grande. Con lo que me dijo 
tu tío, me aluciné, me trastorné, llegan'^.o á pensar 
que salías del Socorro y que te casabas conmigo. 

— ¡Jesús mío, qué disparate! (Riendo con toda su 
ahna. Risa franca y graciosa.) ¡Pero qué cosas se le 
ocurren! No quiero más esposo que el que se digna 
tenerme por suya. Ni sirvo yo para estos matrimo- 
nios de acá; no sirvo, crea usted que no sirvo. Mi tío 
debe de estar un poquitín trastornado. ¡Pobrecito! 

Echando lumbre por los ojos, que con el reflejo de 
la cortina parecían bañados en sangre. Guerra le dijo: 

«Eres sublime, Leré. Ya que no puedes igualarme á 
ti, acércame siquiera... Insisto en que no debes conti- 



ÁNGEL GUERRA 319 

nuar en una Congregación donde se ha dudado de tu 
mérito inmenso. Estás llamada á muy altas empresas, 
j JO en mi esfera humilde oigo el llamamiento de 
Dios para que te ajude. Fundaré la orden de que 
debes ser directora, hermandad ó como quieras lla- 
marla, que te permitirá derramar por el mundo los 
tesoros de tu corazón divino. Todo cuanto tengo es 
tujo; tuyo cuanto puedo y cuanto valgo. 

— Eso no puede ser... ni viene al caso. ¡Fundarlo 
que ya existe! Esta institución religiosa es excelente 
para dar algún alivio á la pobrecita humanidad, que 
es pura miseria. 

— Pero yo deseo que tú mandes, que no seas man- 
dada... Yo quiero que tu espíritu sublime se traduz- 
ca en hechos... Te daré á conocer mi plan... 

Leré meditó. Parecía vacilante. Era humana y la 
oferta de presidir y gobernar una gran fundación hi- 
rió su mente soñadora, haciendo flaquear sus propó- 
sitos de perpetua servidumbre. 

— Veremos — murmuró, — y sus pupilas bailaban 
frenéticas, como no habían bailado nunca. 

Guerra puda observar en ella un fenómeno seme- 
jante á la oscilación de un gran monumento, esto es, 
la torre de la Catedral, que se tambaleara, no para 
caerse, sino para calzar mejor sus cimientos poderosos 
en las profundidades del suelo. Pasado un ratito de 
abstracción profunda, la novicia miró fijamente á su 
amigo y le dijo: 

— Pues bien, acepto... pero con una condición. 

— La que tú quieras. 

— Mire que es algo dura la condición esta, amigo don 
Ángel. N.0 hay que comprometerse antes de conocerla. 



320 B. PÉREZ GAXDÓS 

— No importa... Fundemos la institución que lle- 
vará tu nombre, y h«z de mí lo que quieras. 

— Pues... fúndese eso, tal y como usted lo ha con- 
cebido; pero antes de que el caso llegue, si ha ¿e con- 
tar conmig-o, es preciso que usted se haga sacerdote. 

Ángel recibió el tiro á pie firme, á cara descubierta 
y con ánimo resuelto. El fogonazo, el estruendo, y el 
boquete enorme que hizo al penetrar en su cerebro 
la proposición de Leré, le exaltaron más, y delirante, 
fascinado por su ídolo, se arrancó á decir: 

— Seré sacerdote. 

— ¿De veras? 

— Tan de veras como estamos aquí tú y yo. 

El júbilo hizo perder á Sor Lorenza por un instan- 
te breve la serenidad augusta de su carácter. 

— Bien, bien — dijo con voz opaca. — El Señor está 
con nosotros. Le pertenecemos ya. El buen camino 
se nos abre ¡y qué camino! Detrás se quedan el mun- 
do tonto, la ridicula sociedad, y los intereses tempo- 
rales, no más importante.sque juguetes de chiquillos. 
¡Qué contenta estoy! Este minuto en que el papá de 
mi Ción me ha dicho lo que acabo de oir vale por 
años enteros de esas dichas ilusorias del mundo. ¿No 
lo cree usted así? Concluyamos por hoy... Es hora ce 
que nos separemos. 

Ángel la veía como digna de figurar en los altare.*, 
y si no estaba ya en ellos era, á su modo de ver, por 
injusticia y yerro de los hombres, que los hombres 
mismos pronto, muy pronto rectificarían. Salió de allí 
inflamado en adoración de Leré, ya sin voluntad, dis- 
parado satélite de aquel rutilante planeta. El fresco 
de la calle, despejándole la cabeza, no modificó en 



ÁNGEL GUERRA 321 

manera alguna sus graves resoluciones. Reconoció el 
poder inmenso de su inspirada maestra y doctora y 
pensó que así como á él le transformaba, podía trans- 
formar el mundo entero, si se le daban medios de tra- 
ducir en realidades su grande espíritu. «Es criatura 
sobrenatural, mensajera de Dios — se decía, — y ante 
ella abdico mi razón, me aniquilo, me borro de mis 
propios papeles, y soy y seré lo que ella quiere 
que sea.» 



Santander.— Diciembre 1890. 



FIN DE LA. SEGUNDA PARTE 



SEGUNDA PARTE 

Páginas 

I.— Parentela. — Vagancia 5 

II.— Tío Providencia 43 

III. — Días toledanos ..... 87 

IV.— Plus ultra 149 

V.— Más días toledanos 221 

VI. — Bálsamo contra bálsamo 268 

VII.— La trampa 287 







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1920 

pt.2 



Pérez Galdós, Benito 
Ángel Guerra 



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