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Full text of "Páginas desconocidas;"

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PÁGINAS DESCONOCIDAS 






PAGINAS 
DESCONOCIDAS 

DE Gustavo Adolfo Bécquer 



RECOPILADAS POR 

FERNANDO IGLESIAS FIGUEROA 



i M VOLUMEN 





RENACIMIENTO 

SAN M A RCOS , 4 
MADRID 



ES PROPIEDAD 
DERECHOS RESERVADOS 



Imprenta de A. G. Izquierdo.— Doetor Mata, 3 



R ó L o G o 



Una vez más hemos conseguido rasgar un 
nuevo jirón del trágico velo del olvido que 
una imperdonable indiferencia, un bárbaro 
abandono, habia consentido que, hasta hoy, 
ocúltase una gran parte de la obra de Béc- 
quer. 

Nuevos pilares del más sólido granito, para 
el monumento que en las almas tiene el poeta 
de las rimas, son estas páginas desconocidas 
que hoy salen del olvido, de la sombra, para 
entrar en la inmortalidad, en la región de los 
siempre verdecidos laureles, donde ofrece la 
gloria su ardiente beso de mujer. 

En estos días otoñales, teniendo en nuestras 
manos las viejas revistas, de amarillentos fo- 
lios, y los manuscritos de parduzcas letras, en 
los que su alma, genial y dolorida, fué dejan- 
do jirones de luz, como en los zarzales del in- 
finito camino de tedio de su vida dejó las ro- 
jas rosas de su sangre, la sombra del poeta 
pasó ante nosotros. Revuelta la negra melena, 
perdidos sus ojos en inaccesibles lejanías; en 
su rostro un gesto de supremo desdén. Pare- 
cía uno de los enlutados caballeros que inmor- 
talizó el Greco con su pincel. 

^ 7 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Cuando ordenaba los papeles, las cuarti- 
llas en las que quedaron grabados los frutos 
de tu genial inspiración, para formar estos vo- 
lúmenes, que salvaran tu obra del olvido y de 
la muerte, yo he sentido la fría caricia de tu 
mano, que me guiaba, señalándome amplios 
y maravillosos caminos. 

¡Pobre Gustavo Adolfo! Tu trágica miseria, 
el incurable dolor de tu alma incomprendida, 
que iba agostándose lentamente, tu altiva si- 
lueta romántica vivieron conmigo en las in- 
terminables horas de trabajo, en las que una 
copia de la ''Melancolía", de Alberto Durero, 
era el único testigo de mi fiebre, de mi fervor. 

Y ya está la obra terminada. Nuevamente 
tus palabras, acariciantes y musicales, rom- 
pen el silencio, la indiferencia. 

LA MUSA DE LAS RIMAS 

La vieja y retorcida calle de la Justa, rin- 
cón del antiguo Madrid de nuestros abuelos, 
convertida hoy en patio de repugnante lupa- 
nar, guarda, entre sus edificios, la casa donde 
vivió la musa de las rimas; la que inspiró al 
poeta su maravilloso breviario de amor. Es la 
señalada hoy con el número 30, y que está en- 
frente de la calle de la Flor. 

Una tarde Bécquer, acompañado de Julio 

- 8 — 



PROLOGO 

Nombela, fueron a ver en dicha callea la casa 
en que este último habia nacido. Era un rui- 
noso edificio de un solo piso, que el tiempo 
había convertido en guarida de vicio y mise- 
ria. Siguieron Bécquer y Nombela su camino 
y al llegar frente a la casa número 30, algo 
que creyeron sobrenatural hizo que detuvie- 
sen el paso y una brisa de emoción acarició 
sus almas: en uno de los balcones del pis^ 
principal estaban asomadas dos bellísimas 
mujer citas. Una de ellas impresionó tan pro- 
fundamente al poeta, que ya, todas las tardes, 
sus pasos le llevaban a la estrecha calle para 
ver a su amada ideal. La mujer cita, aquella 
ingenua mujercita que tenia en su cabellera 
aprisionado un rayo de sol, también le espe- 
raba, poniendo una promeas de amor infinito 
en la sonrisa de su boca, en el tenue brillo de 
sus ojos azules, en la nieve de su mano, cuan- 
do, al alejarse el extraño desconocido, le en- 
viaba un adiós. 

A esto se redujeron sus amores. Nombela, 
hombre más práctico, no tardó en enterarse 
de que aquella mujer, que la casualidad puso 
en su camino, se llamaba Julia Espín, y era 
hija del compositor del mismo apellido. En- 
contró el medio de asistir a las reuniones y 
conciertos que en aquella casa se celebraban 
semanalmente, pudiendo, por lo tanto, hacer 

- 9 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

una realidad de sus platónicos amores; pero 
Becquer no quiso. La realidad, con su cortejo 
de vulgaridad y prosa, hubiese destruido 
aquel amor, hijo de su sueño; la flor que cre- 
cía en lo más recóndito de su espíritu habría 
perdido su perfume. Prefirió soñar, vivir la 
vida que él mismo creaba como su más pre- 
ciada obra de arte, seguir el camino que le 
marcaba su luz interior... 

Y sin ella saberlo, sin que llegase a saberlo 
nunca, aquella mujercita que una tarde de 
otoño estaba asomada a un balcón en una es- 
trecha calleja del viejo Madrid, fué la inspi- 
radora del más bello breviario de amor que 
repiten de memoria todas las mujeres. 

Bien merece tu nombre — pobre musa des- 
conocida — ser grabado en el pórtico de este 
libro que tantas páginas habrás inspirado. 

UN RECUERDO 

Ya que hemos evocado a la mujer inspira- 
dora de las rimas, queremos también, cre- 
yendo hacer una obra de justicia y desagra- 
vio, dedicar un recuerdo a la que fué esposa 
del poeta, madre de sus hijos. Todos los bió- 
grafos la olvidan; algunos, al hablar de ella, 
la llaman ignorante, incapaz de comprender 
a Bécquer, indigna de ser la mujer de un ar- 

- 10 - 



PROLOGO 

lista. Encuentran, en fin, un caso más que 
añadir a los que sirvieron a Daudet para es- 
cribir su célebre obra, en la que con tan sutil 
ingenio retrata estos equivocados matrimo- 
nios. 

Encontrando nebuloso y oscuro todo cuan- 
to de la mujer de Bécquer dijeron, lo mismo 
sus contemporáneos que los escritores de hoy, 
en biografías y artículos, me dediqué, infati- 
gable, a recoger cuantos datos encontrase que 
me permitiesen proyectar un poco de luz so- 
bre su perdida figura. Hoy, teniendo reunidos, 
sobre mi mesa de trabajo, los resultados de 
mis investigaciones, veo cuan injustos fueron 
todos con aquella infortunadísima mujer, do- 
tada de una sorprendente inteligencia y digna 
por todos conceptos de ser la compañera de 
Bécquer. 

La vida de esta mujer es una historia de 
dolor y de sacrificio. Muerto su marido, la 
más negra de las miserias es su único hori- 
zonte y el de sus tres hijos. Cuando unos fie- 
les amigos recogen en dos pequeños volúme- 
nes, que la caridad editó, una parte de la obra 
del poeta, su misera situación encuentra una 
pequeña tregua de tranquilidad. Nuevas edi- 
ciones la permiten ir saliendo adelante sin 
angustias ni apremios: pero llega un momen- 
to en que dichas obras pasan a ser propiedad 

— 11 — 



GUSTAVO A D O ;. F O BECQUER 

de un editor mediante una cantidad, que no 
debió ser muy crecida, puesto que a los pocos 
meses volvió la miseria al hogar del poeta. 

Sin medios ya para hacer frente a la vida 
recurre a una suscripción entre los admirado- 
res y amigos de su marido, y con un álbum 
en el que constaban las limosnas, fué de puer- 
ta en puerta, recogiendo ingratitud, indiferen- 
cia, dolor... 

En el otoño de Í882, y provista de variad, 
cartas de presentación de Castelar, marcha a 
París, donde, gracias a éstas y a un pequeño 
núcleo de españoles, puede encontrar los me- 
dios de regresar a España. 

— ¡Señora! ¿Cómo toleran los españoles y 
su Gobierno que la viuda de un poeta como 
Bécquer tenga que ir al extranjero a pedir 
una limosna? 

Esto la dijo un ilustre hombre público de 
Francia al enterarse de su dolaros a peregri- 
nación. 

De vuelta a España escribe y publica un li- 
bro, colección de cuentos y artículos, titulado 
''Mi primer ensayo", que dedica a la Marque- 
sa de Salar. Hay en esta dedicatoria un párra- 
fo en el que palpita y sangra la llaga siempre 
abierta de su dolor. Dice así: 

''Pobre y enfermo estaba mi ser, porque en- 
ferma y herida tenia mi dolorida alma, can- 

- 12 - 



PROLOGO 

sada de luchar contra mi destino^ cuando se 
me ocurrió escribir estas mal trazadas líneas 
como último recurso para defenderme de la 
miseria y del hambre^ que en esta tierra, pa- 
tria de Cervantes y Calderón, es la única he- 
rencia que, por desgracia, alcanzamos las viu- 
das de los poetas, cuyos horrores y privacio- 
nes son las recompensas conseguidas al brillo 
que a su patria dieron con sus plumas y su 
talento." 

Poco después de publicado este libro, la en- 
fermedad nerviosa que padecía se agudizó de 
un modo alarmante. El día 22 de marzo de 
1885, Casta Esteban y Navarro, la viuda de 
Gustavo Adolfo Bécquer, entraba en el Hos- 
pital General, y en la sala número 13, cama 
número 3, dejaba de existir el día 30 del mis- 
mo mes a las tres y media de la tarde. Sus 
restos recibieron el abrazo de la madre tierra 
en el cementerio de Santa María. 

¿Qué rima puede compararse, mujer infor- 
tunada, al negro camino de tu vida y a la so- 
ledad y el dolor de tu muerte? 

Que estas páginas, que hoy se publican, 
sean una ráfaga de aire nuevo que bese el 
roto mármol de tu olvidada sepultura. 

Fernando Iglesias Figueroa. 



M 



¿No has sentido en la noche, 
cuando reina la sombra, 
una voz apagada que canta 
y una inmensa tristeza que llora? 

¿No sentiste en tu oído de virgen 
las silentes y trágicas notas 
que mis dedos de muerto arrancaban 
a la lira rota? 

¿No sentiste una lágrima mia 
deslizarse en tu boca? 
¿Ni sentiste mi mano de nieve 
estrechar a la tuya de rosa? 

¿No viste entre sueños 
por el aire vagar una sombra, 
ni sintieron tus labios un beso 
que estalló misterioso en la alcoba? 

Pues yo juro por ti, vida mía, 
que te vi entre mis brazos, miedosa, 
que sentí tu aliento de jazmín y nardo, 
y tu boca pegada a mi boca. 



- 17 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



Yo me acogí, como perdido nauta, 
a una mujer para pedirla amor, 
y fué su amor, cansancio a mis sentidos, 
hielo a mi corazón. 



Y quedé de mi vida, en la carrera 
que un mundo de esperanza ayer pobló, 
como queda un viandante en el desierto: 
ja solas con su Dios! 



— 18 - 



M 



I Quién fuera luna, 
quién fuera brisa, 
quién fuera sol! 



¡Quién del crepúsculo 
fuera la hora, 
quién el instante 
de tu oración; 
quién fuera parte 
de la plegaria 
que solitaria 
mandas a Dios! 



¡Quién fuera luna, 
quién fuera brisa, 
quién fuera sol!... 



— 19 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



Apoyando mi frente calurosa 
en el frío cristal de la ventana, 
en el silencio de la oscura noche 
de su balcón mis ojos no apartaba. 

En medio de la sombra misteriosa 
su vidriera lucía iluminada, 
dejando que mi vista penetrase 
en el puro santuario de su estancia. 

Pálido como el mármol el semblante, 
la blonda cabellera destrenzada, 
acariciando sus sedosas ondas, 
sus hombros de alabastro y su ganganta, 
mis ojos la veían, y mis ojos 
al verla tan hermosa, se turbaban. 

Mirábase al espejo; dulcemente 
sonreía a su bella imagen lánguida, 
y sus mudas lisonjas al espejo 
con un beso dulcísimo pagaba... 

Mas la luz se apagó; la visión pura 
desvanecióse como sombra vana, 
y dormido quedé, dándome celos 
el cristal que su boca acariciara. 



ao - 



M 



Si copia tu frente 
del rio cercano la pura corriente 
y miras tu rostro de amor encendido 

soy yo, que me escondo 

del agua en el fondo 
y loco de amores a amar te convido; 
soy yo, que en tu pecho, buscando morada, 
envío a tus ojos mi ardiente mirada, 

mi llama divina... 
y el fuego que siento la faz te ilumina. 

Si en medio del valle 
en tardo se trueca tu andar animado, 
vacila tu planta, se pliega tu talle... 

soy yo, dueño amado, 

que en no vistos lazos 
de amor anhelante, te estrecho en mis brazos, 
soy yo, quien te teje la alfombra florida 
que vuelve a tu cuerpo la fuerza y la vida; 

soy yo, que te sigo 
en alas del viento soñando contigo. 

Si estando en tu lecho 
escuchas acaso celeste armonía 
que llena de goces tu candido pecha, 

soy yo, vida mía... 

*oy yo, que levanto 



-- 21 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

al cielo tranquilo mi férvido canto; 
soy yí>» que ios aires cruzando ligero 
por un ignorado movible sendero, 

ansioso de calma, 
sediento de amores, penetro en tu alma. 



- 22 



LA. FE SALVA 

(APUNTES PARA UNA NOVELA) 



NOTA PRELIMINAR 



Esta novela la publicó Bécquer en el Alma- 
naque de ''El Café Suizo" y revista literaria que 
apareció en Madrid el año 1865. 

Rodríguez Correa, en el prólogo de las 
*' Obras completas" la cita entre las novelas 
y leyendas que el poeta tenía en proyecto. 
Acaso por considerarla como proyecto, la ti- 
tuló apuntes, con los que, según él mismo dice, 
pensaba hacer un cuadro más acabado. 



Encontrándome en el Balneario de Fitero, 
en busca de un poco de salud para mi cuerpo 
dolorido y cansado, conoci a una mujer ex- 
traña, de una dulce y marchita belleza. Re- 
presentaba tener unos veintiocho años, aun- 
que el sufrimiento, sin duda, habla puesto en 
su rostro un sello de prematura vejez. Hacia 

- 25 ~ 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

una vida retirada; su única compañía era una 
señora anciana que ñelmente y con aire de 
servidumbre, la seguía a todas partes. 

La extraña belleza de la desconocida; su 
rostro, donde se reflejaba un oculto dolor; su 
vida, apartada y silenciosa, me impresionaron 
tan profundamente que, sin yo quererlo, em- 
pezó a forjar mi fantasía una novela, novela 
absurda y disparatada, de la que Ella era la 
protagonista, el único y central personaje al- 
rededor del cual giraba el mundo entero. 

Con motivo de una visita que en el mismo 
día hicimos a la ruinosa Abadía (cuyos muros 
conservan el eco del más extraño y misterio- 
so Miserere) (1), conseguí hablar con la enig- 
mática mujer que tan gran interés habia des- 
pertado en mi insaciable curiosidad. 

Buscando un pretexto para empezar la con- 
versación, me ofrecí a ella en calidad de cice- 
ronne, puesto que conocía perfectamente la 
vetusta Abadía que íbamos a visitar. Ella, 
que no sé por quién, sabia mi condición de es- 
critor, aceptó encantada mi ofrecimiento. De 
esta sencilla manera empezó nuestra román- 
tica amistad. 

Empezaba a caer la tarde cuando termina- 
mos de visitar el monasterio. Lo que a mi be- 

(1) Con este asunto hizo el poeta una leyenda, que ti- 
tuió El Miserere, y que está incluido en las Obras completas. 

- 26 - 



Jla compañera más impresionó ítié la histo- 
ria del misterioso Miserere que en la bibliote- 
ca de la Abadía se conserva y con cuyo extra- 
ño asunto la prometí escribir una leyenda. 

El sol acababa de hundirse en el ocaso, ti- 
ñendo el horizonte de una tonalidad violeta. 
En el cielo, como una lágrima, temblaba el 
lucero de la tarde. 

Durante nuestro paseo pude adivinar que 
un gran dolor consumía lentamente su vida. 
Nada me dijo ella; pero en el fondo de sus 
ojos grises leí como en un libro abierto. 



- 27 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



II 



Desde nuestra visita a la ruinosa Abadía, 
nuestra amistad fué haciéndose cada vez más 
intima. Por las tardes yo era su acompañan- 
te; la di libros, la leí mis versos, la hice, en 
fin, la confidente de mi vida y mi consejera 
en horas de duda y vacilación. 

Una tarde, visitando una vez más el viejo 
monasterio, nuestra conversación fué descu- 
briendo, poco a poco, los íntimos anhelos, las 
ansias secretas de nuestras almas, y sin darse 
cuenta, como obedeciendo a una oculta fata- 
lidad, empezó a contarme la historia de su 
vida; una historia triste, humedecida por las 
lágrimas, llena de renunciaciones, de sueños 
rotos, de dolor. 

Historia que hoy traslada mi pluma a la 
blanca virginidad de las cuartillas. 



28 



III 



"En una vieja ciudad castellana en la que 
las milenarias piedras de sus caserones y de 
sus iglesias guardan, como beso sagrado, la 
huella de tantas generaciones, y cuyas rúas 
solitarias y retorcidas conservan el eco de las 
voces lejanas, vivíamos, acompañadas de 
nuestro padre, un bravo soldado héroe de ro- 
mánticas empresas, que supo de conspiracio- 
nes, y que muchas veces estuvo a punto de 
perder la vida por defender la libertad. En 
aquella ciudad, de la que solamente conservo 
un vago y brumoso recuerdo: el que en mi 
alma grabaran la verde tonalidad de la hiedra 
y la grave voz de las campanas, transcurrie- 
ron los años de mi niñez. Mi hermana Blanca, 
algo mayor que yo, por la que no añoré las 
dulces y perdidas caricias de nuestra madre 
muerta, era la única nota de alegría en el vie- 
jo caserón que nos sirvió de cuna; su clara 
voz era una música renovadora en nuestra si- 
lenciosa tristeza; su risa un aire de primave- 
ra que pasaba besando los espesos muros de 
los anchos salones sombríos. ¡Cómo brilla en 
el fondo de mi alma la misteriosa luz de sus 
apagadas pupilas verdes ! ¡ Sus magas pupilas 

- 2Í - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

de esmeralda, que al perder su luz sumieron 
mi vida en una eterna noche! 

Catorce años tenia cuando mi padre tuvo 
que abandonar la muerta ciudad donde reci- 
bi el primer beso de luz y nos fuimos a vivir 
a Madrid. Habitamos un piso segundo en una 
de las calles más concurridas, por cuyos bal- 
cones entraba el sol pródigamente. Nuestra 
vida pareció cambiar. Aquella luz que el sol 
nos regalaba, hizo el milagro de disipar todas 
las sombras que la vieja ciudad de Castilla 
infiltró en nuestras almas. 

Mi padre, preocupado por los acontecimien- 
tos políticos, entró en un período de intensa 
actividad. Comprometido con sus compañe- 
ros de profesión desterrados de la patria, pre- 
paraba en las sombras el movimiento revolu- 
cionario que pocos meses después estalló en 
España. Nuestra casa se convirtió en un centro 
de conspiración. Por allí pasaron literatos, po- 
líticos, militares y entre ellos llegó el hom- 
bre cuyo nombre es para mi una maldición. 
¡El que apagó la intensa luz de sus ojos ver- 
des!" 

Llegaba la noche, la campana de la ruino- 
sa Abadía nos recordaba la hora de la ora- 
ción. Una plegaria floreció en nuestros labios, 
nuestras manos, obedeciendo a un impulso 

- 30 -^ 



desconocido, se estrecharon fuertemente co- 
mo si sellasen un pacto. Eran ya hermanas 
nuestras almas, porque las unía el dolor. 

Y cuando silenciosos, perdidos en el labe- 
rinto de nuestros sueños, regresábamos al 
pueblo, ¡yo senti los misteriosos acordes, las 
extrañas notas, el inmenso gemido del Mise- 
rere que una noche recogió en su cuaderno 
un genial peregrino, y que hoy conservan los 
monjes en su polvorienta biblioteca! 



- 31 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



IV 



En sucesivos días y aprovechando las excur- 
siones que hacíamos a los pintorescos alrede- 
dores del balneario, mi triste y bella confiden- 
te fué contándome todos los capítulos de la 
novela de su vida. Un vago y grato perfume de 
flores marchitas; el recuerdo que deja en un 
alma sensible un bello crepúsculo; el eco de 
una canción lejana que dijo su queja en la 
tarde y que confusamente llegó a nuestro 
oído. Algo impreciso, inmaterial, de refinada 
sutileza, era el íntimo drama, la silente trage- 
dia de mi amiga. 

"En la tertulia que todas las noches se for- 
maba en nuestra casa y que era un pequeño 
centro de conspiración, apareció un día un 
joven poeta que acababa de llegar de Portu- 
gal. Se llamaba Alberto Albert. Sus versos, de 
un exaltado romanticismo, cantaban la liber- 
tad, la lucha; pero los que más llegaron al 
fondo de mi alma, los que me descubrieron el 
secreto del llanto ftieron aquellos cortos como 
suspiros, de ritmo extraño, de los que brotaba 
un aroma de amor. Tanto simpatizó con nos- 
otros, tan gran afecto le tomó mi padre que 

- 32- 



LA FE SALVA 

al poco tiempo era uno más en el seno de nues- 
tra familia. 

Y empezó a gestarse la tragedia, la gran tra- 
gedia de nuestras almas, la que salvó mi vida 
por un milagro de la fe, la que apagó para 
siempre la misteriosa luz esmeralda que bri- 
llaba en sus ojos. 

De la intimidad fué naciendo, poco a poco, 
el amor. Sin darnos cuenta Blanca y yo, como 
mariposas que abrasan, inconscientes, sus 
alas en la llama, nos sentimos atraídas por 
Alberto, que se presentaba .ante nuestro na- 
ciente deseo como el príncipe soñado en inter- 
minables noches, héroe de aquellas no- 
velas de soldados y trovadores que guar- 
daba la vieja librería de roble de nues- 
tro padre, y que fueron la única distrac- 
ción de nuestros interrogantes anhelos, en la 
vieja ciudad de los grises palacios de piedra, 
bajo el clamor de las campanas. Poeta rodea- 
do de una romántica leyenda de conspiracio- 
nes y de luchas, orlada su cabeza por una ne- 
gra melena, un infinito tedio reflejado en sus 
ojos, ¿qué más podía pedir nuestra sedienta 
juventud? 

Nosotras ocultamos nuestra pasión en el 
fondo de nuestros pechos. Sabíamos que si el 
amor triunfaba en una, en la otra la desilu- 
sión troncharía, agostaría sin piedad. Una pri- 

- 33 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

mávera en un alma equivalía a un otoño en la 
otra. Y callamos. 

Una tarde Blanca estaba en el balcón, su. 
marfileña mano sostenía un libro: los versos 
de Alberto, divinas palabras rimadas, diminu- 
tas violetas de tenue perfume con que la poe- 
sía habla a la vida. Empezaba a morir el día 
y la sombra, como un denso velo, iba exten- 
diéndose por la habitación. La voz de un pia- 
no que llegaba confusamente tenia toda la me- 
lancolía de un adiós. 

Y Alberto llegó a ella. El libro, rota la cár- 
cel de la mano que lo retenía, rodó por su fal- 
da. Toda la pasión contenida tanto tiempo 
surgió con toda la magnificencia de un canto 
triunfal. La romántica melena del poeta se 
confundía con el obscuro y brillante pelo de 
mi hermana, se buscaron sus manos y dije- 
ron, al unirse, mucho más que las confusas 
palabras que pronunciaban los labios temblo- 
rosos. 

Yo, que sin turbar el silencio me deslicé por 
el cuarto en sombras, lo contemplaba todo 
desde un escondido rincón. Sentí que, poco a 
poco, iba apagándose mi vida, el corazón, co- 
mo pájaro aprisionado, quería romper su 
jaula, su latido parecía el tic-tac monótono 
de un reloj que quisiese acelerar la marcha 
del tiempo. 

-- 34 - 



LA FE SALVA 

Ya era de noche, en el balcón únicamente 
se distinguía la silueta, confundida, de los 
cuerpos bañados por un rayo de luna. Mi 
pobre alma no pudo más; la vida se escapaba 
de mí como una frágil hoja seca arrastrada 
por una ráfaga de muerte. Todo me abando- 
naba; y como un ave herida en su vuelo, caí 
al suelo sin que el más débil grito ni la más 
leve queja vibrase en mi garganta. 

Cuando desperté me encontré en el lecho, 
rodeada de todos. Blanca, llenos sus ojos de 
lágrimas, besaba mi frente. Alberto, aprisio- 
nándome una mano fuertemente, parecía pe- 
dirme perdón. 

La tragedia acababa de extender sus alas 
sobre nosotros." 



35 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



"Mi inexplicable enfermedad se prolongó 
dias y dias, sin que nadie supiese lo que me 
pasaba. Todos los médicos de algún relieve 
desfilaron por la cabecera de mi cama, y des- 
pués de mil ensayos y conjeturas se marcha- 
ban, confesando noblemente el fracaso de su 
ciencia ante mi extraño mal. Y es que los 
médicos sólo saben de las dolencias materia- 
les; de las que dañan el cuerpo; de las que de- 
jan huella sensible; pero de las del alma, las 
producidas por el fracaso de una ilusión o por 
la muerte de un sentimiento, de esas no saben 
nada, ni siquiera se atreven a creer en ellas. 
Larra, cuyas obras me enseñaron el dolor, 
define muy bien estos estados, acaso porque 
nadie como él sintió desgarrado su pecho por 
un inapagable deseo. El amor mata, aunque 
no mata a todo el mundo. ¡ Cuántas cosas me 
revelaron estas sabias palabras! 

Desde la noche en que empezó a marchitar- 
se mi vida, Blanca y Alberto fueron mis com- 
pañeros. Nunca se atrevieron a explicar lo que 
sucedió; ni siquiera cambiaron una mirada 
estando yo delante. 

Yo sabia que el dolor de mi hermana era tan 

- 36 - 



LA FE SALVA 

infinito como el mío y supe leer en su cara, en 
su geslo de melancolía que por mí sacrificaba 
todas sus ilusiones, sus sueños, sus esi)eran- 
zas que ya nunca serían realidad. Su pecho 
sería desde entonces el sepulcro de un amor. 
En aquellos días estalló en Madrid la revo- 
lución que el mes de julio de 1854 hizo de la 
ciudad un campo de batalla. Mi padre y Al- 
berto, que esperaban el momento, fueron de 
los primeros en acudir a la lucha, y días en- 
teros estuvimos sin saber de ellos. Muy de 
tarde en tarde aparecían para tranquilizar- 
nos, y de nuevo volvían a sus barricadas." 

Cuando mi pobre amiga trajo a mi memo- 
ria aquellos días de mi fogosa y romántica 
juventud, todo mi pasado surgió ante mí, por 
el mágico poder de la evocación. 

¡Ultima revolución romántica que a través 
del tiempo adquiere toda la grandeza de una 
epopeya ! 

Y entonces fui yo el que conté a mi compa- 
ñera y confidente todos los acontecimientos de 
aquel bello pasado que conservo, como una re- 
liquia, en el corazón. Y vertí de este modo 
un bálsamo de olvido en la llaga de su melan- 
colía. 

Yo aún no había llegado a Madrid. Ya em- 
pezaba a preparar el viaje, y mis carpetas y 

— 37 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cuartillas, como llaves que me abrirían las 
puertas de la inmortalidad, esperaban resig- 
nadas en el fondo de una vieja maleta de 
cuero. 

Por las tardes, paseando con Narciso Cam- 
pillo por las pintorescas afueras de nuestra 
Sevilla, teniendo como único testigo el Gua- 
dalquivir, hacíamos proyectos para la lucha 
que empezaríamos en breve. Madrid se pre- 
sentaba ante nuestras inquietas fantasías co- 
mo una bella mujer, cuyo amor fuese sola- 
mente posible a los elegidos, que supieron 
conquistarle con el oro de su inteligencia. 

Una fuerza desconocida ponía pintorescas 
alas en nuestra insaciable juventud. ¡Y qué 
gran dolor el de las alas rotas antes de em- 
prender el primer vuelo! 

Luis García Luna, el primer amigo que en 
Madrid tuve, amistad que el tiempo acrecentó, 
fué el que me contara, pues de ellos era testigo, 
todos los acontecimientos de los que el año 
54 tuvieron por escenario a Madrid. 

La revolución triunfante hizo de la ciudad 
un gran campo de batalla. En todas las calles 
se levantaron con piedras, cajones y enseres 
domésticos grandes barricadas que defendía 
el pueblo con inaudito valor. Sedientos de 
venganza, grupos de hombres armados reco- 
rrían las calles entre lluvia de balas que se 

- 38 - 



LA FE SALVA 

cruzaban en todas direcciones; los palacios 
de aquellos hombres públicos a los que el pue- 
blo acusaba de ser causantes de sus males, 
fueron asolados y en medio del arroyo se for- 
maron grandes pirámides con los muebles y 
obras de arte que a ellos pertenecieron. Y el 
fuego los redujo a cenizas. 

Una tarde Garcia Luna, vagando curioso por 
las calles, presenció un espectáculo de profun- 
da y trágica emoción. Sus pasos le llevaron 
a la Plazuela de los Mostenses, en una de cu- 
yas casas vivia Francisco Chico, jefe entonces 
de la policia madrileña y a quien se atribuían, 
creo que con razón, toda clase de atropellos 
e injusticias. El i)opulacho rodeaba el edifi- 
cio en cuyo interior se buscaba, inútilmente, 
al inquisitorial polizonte. García Luna se sumó 
a los curiosos que presenciaban el espectácu- 
lo de aquella extraña cacería. Un cuarto de 
hora llevaba allí mi amigo, cuando por el an- 
cho portalón apareció una triste y macabra 
comitiva: en un colchón que sobre una esca- 
lera sostenían media docena de hombres, iba, 
con el sello de la muerte en el semblante, 
Francisco Chico; detrás, y con una fuerte cuer- 
da al cuello, marchaba su secretario. Toda cla- 
se de maldiciones e insultos salió de aquella 
masa humana. El pueblo se disponía a hacer 
justicia una vez más. 

- 39 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Y así continuó el trágico cortejo hasta la 
Plazuela de la Cebada, donde Chico y su cria- 
do fueron, sin piedad, fusilados. 

Todos los episodios de aquella romántica 
revolución vivieron aquella tarde en mis la- 
bios nuevamente, como un bello cuento; como 
un romance legendario de los que pasan de 
generación en generación dejando en las al- 
mas una brillante estela de inquietud. 



La noche tendió, una vez más, sus alas som- 
brías sobre nosotros. Volvíamos al pueblo por 
el estrecho camino, que parecía bajo la luna 
una estrecha cinta de plata. 

Formando una compacta masa marfileña, 
un rebaño de ovejas volvía al redil, rom- 
piendo el silencio con la tenue música de las 
esquilas. Poco a poco, en el cielo se iban en- 
cendiendo las estrellas, de clara luz unas, co- 
mo fantásticos diamantes; otras, débiles, apa- 
gadas... 

La silueta de la vieja Abadía se recortaba 
en el horizonte como un encantado palacio 
de leyenda. 



- 40 — 



VI 



Durante unos días en que nos vimos obliga- 
dos a permanecer en los nada cómodos cuartos 
de la fonda, a causa del temporal, que con- 
virtió el balneario y sus cercanías en una su- 
cia y cenagosa laguna. Ella siguió contándo- 
me los episodios de su vida, con los que se 
podía construir la más extraña e interesante 
novela. 

YE//ahabla... 

"Dos días llevábamos de incertidumbre e 
intranquilidad, cuando una nueva desgracia 
vino a complicar de nuevo el curso de nues- 
tras vidas: Alberto fué herido gravemente en 
la barricada de la calle Mayor, que fué su ba- 
luarte desde los comienzos de la revolución. 
Una noche, ocultándose a toda mirada cu- 
riosa, fué traído a nuestra casa, en brazos de 
nuestro padre y de dos de sus mejores ami- 
gos. En una de las habitaciones más retira- 
das se le improvisó un cómodo y limpio le- 
cho, y allí murió en las primeras horas de la 
mañana del siguiente día. El nombre de mi 
hermana fué la última palabra que pronuncia- 
ron sus labios. 

Y asi acabó aquel héroe de leyenda que supo 

— 41 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

arrastrar nuestras vidas con el impulso de su 
romanticismo. 

Mi inexplicable enfermedad, si es que en- 
fermedad podía llamarse a la ráfaga de me- 
lancolía que por mi alma pasaba, se agravó 
de un modo alarmante. Los médicos ya des- 
confiaban de su ciencia y veían, impotentes 
para todo, cómo se iba extinguiendo mi vida 
lentamente. 

Yo sentía a la muerte que, con sus frías y 
descarnadas manos acariciaba mi frente y 
apretaba, implacable, mi corazón. 

Y cuando, perdida ya toda esperanza, la 
eterna noche tendía sobre mí sus alas de som- 
bra, un milagro, un raro milagro, obra de la 
gigantesca fe de mi hermana, me volvió nue- 
vamente a la vida, a la luz... 

Blanca, arrodillada ante mi lecho, después 
de rogar, inútilmente, un poco de clemencia 
y piedad para mí, ofreció a una antigua ima- 
gen que aún existe en una vieja iglesia ma- 
drileña, a cambio de mi salud y de mi vida, 
la luz que brillaba en el fondo de sus pupi- 
las. 

Y el milagro se obró. Poco a poco, una co- 
rriente de sangre nueva fué tiñendo de sua- 
ve carmín mi amarillento rostro y mis exan- 
gües labios; mis enfermos pulmones volvieron 
a respirar nuevamente, libres de aquella ga- 

- 42 - 



rra implacable que los oprimía; dejó mi co- 
razón de ser aquel reloj loco que parecía que- 
rer traspasar los límites del tiempo. En las ti- 
nieblas de mi alma había penetrado un rayo 
de sol. Pero conforme el milagro de mi re- 
surrección iba operándose, la Providencia, in- 
flexible, exigía a mi hermana el cumplimiento 
de su promesa; sus maravillosos ojos verdes 
iban lentamente perdiendo su luz. 

Un día la deuda fatal quedó cancelada de- 
finitivamente : Blanca quedó ciega, quedaron 
sin vida, para siempre paradas, sus encanta- 
doras pupilas, como quedan los ojos de los 
muertos que no tienen una mano amiga que 
cierre sus párpados. 

Si algún día entra usted en la iglesia de 

podrá ver, entre los ex-votos de la virgen que 
tiene su altar en la más oculta capilla, los 
ojos de mi hermana como dos trágicas joyas 
fantásticas. Nadie hasta ahora consiguió ver 
el extraño ex-voto y tomaron mi visión como 
desvarío de mi débil cerebro, prueba acaso de 
una incipiente locura; pero yo sé que usted 
sabrá ver lo que se ocultó a las miradas pro- 
fanas de las gentes vulgares. Si algún día su 
curiosidad de poeta, buscadora infatigable de 
emociones nuevas, le lleva a la oculta capi- 
lla de la vieja iglesia madrileña, y su alma 
sabe ver el milagro, acuérdese de mí." 

- 43 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Estas fueron las confidencias de mi pobre 
hermana espiritual, frágil sensitiva de un fan- 
tástico jardin. Sus palabras, una a una, que- 
daron grabadas en mi corazón. ¡Aún creo es- 
cuchar su voz ñna y apagada, cuando a la luz 
de un bello crepúsculo iba descubriéndome la 
clave de su incurable tristeza! 

Dos dias después la vida destruyó nuestra 
hermandad. En Madrid me esperaban mis 
amigos, los periódicos que de pedazos de mi 
alma nutrían sus columnas, la agobiante lu- 
cha diaria en la que no puede haber un mo- 
mento de descanso ni vacilación. Y guardando 
en la vieja maleta cartapacios, libros y pape- 
les, a Madrid volvi, llevando en mi alma un 
poco de melancolía y en mis cabellos algún 
nuevo hilillo de plata. 

Fué muy triste la despedida. En mis labios 
floreció una promesa; una lágrima rodó por 
los surcos que en mi cara había labrado el do- 
lor. La crujiente e incómoda diligencia me es- 
peraba, y los collerones de las muías rompie- 
ron el silencio de la tarde con su argentino 
tintineo. 

Durante un largo rato dos pañuelos se sa- 
ludaban en la lejanía, como prisioneras palo- 
mas blancas... 



— 44 - 



4 



VII 



Cerca de tres meses hacía que estaba de 
nuevo en Madrid, entregado en cuerpo y alma 
a la lucha diaria y agotadora. El teatro Real, 
mi tertulia del Suizo, la tribuna del Congre- 
so, la redacción. De uno a otro lado marchaba 
sin cesar, como arrastrado por una descono- 
cida fuerza. Mi cerebro, sacudido por nuevas 
impresiones, fué olvidando, poco a poco, el ro- 
mántico idilio, las confidencias de la pobre 
ahna enferma. De todo conservaba únicamen- 
te esa secreta armonía, el vago eco que deja 
en nosotros una bella música que sonó un día 
en nuestro camino y que nunca volveremos a 
escuchar. En mi álbum de dibujo, uno de mis 
más fieles amigos, quedaron también eterni- 
zados muchos momentos de mi pasada aven- 
tura. Pensé escribir una novela, libro extraño, 
nueva danza macabra en la que bailaban, en 
trágico abrazo, el amor y la muerte. Seria mi 
obra una absurda mezcla de noche y silen- 
cio; como aquel Miserere que en la ruinosa 
Abadía de Fitero se conserva. 

Y la novela se quedó sin hacer. Hoy, que una 
inexplicable melancolía acaricia mi alma, tra- 

- 45 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

zo estos ligeros apuntes con los que haré al- 
gún día un cuadro más acabado. Acariciar el 
recuerdo es lo único que ho}^ puedo hacer: 
soñar, como el estudioso Fausto soñaba con 
el beso de Margarita. 



46 - 



V 



VIII 

Vagando una tarde por las estrechas calles 
del Madrid viejo, viajero sin rumbo definido, 
perdido en el laberinto de mi fantasia, que de 
tantos fantasmas y evocaciones llenaba las so- 
litarias rúas. De cada encrucijada, de cada 
portalón surgia una sombra evocadora; de 
cada balcón de los señoriales palacios muer- 
tos, parecia salir la música de un clave aca- 
riciado por una blanca mano de mujer. ¡Pala- 
cios viejos! ¡Aún conserváis la luz de las gran- 
des arañas que un día alumbraron vuestros 
anchos salones, en versallescas fiestas galan- 
tes; frágiles marquesitas, tocadas sus cabezas 
con empolvadas pelucas de nieve, trenzaron 
ligeros minuetos y valses pausados, sobre los 
mullidos tapices de Oriente que cubrían vues- 
tros suelos! ¡Aún conserváis el eco de los cla- 
vicordios, de las palabras de amor de que 
fuisteis testigos! La vida, toda la vida, con sus 
alegrías y sus miserias, sus inagotables pla- 
ceres y sus dolores infinitos vibró un día en 
vosotros. Hoy solamente sois el gris fantasma 
de vuestra perdida grandeza, el recuerdo de 
un pasado muerto, una reliquia... 

Empezaba a ponerse el sol y decidí terminar 

— 47 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

mi paseo, volver nuevamente a la realidad, 
dejar otra vez aquel mundo de evocaciones 
y de sombras en el que tanto me agradaba 
perderme. La vida me llamaba con voz fuer- 
te e imperativa. Caminaba despacio, envuelto 
en mi ancha capa, cuando pasé por una iglesia 
cuya plañidera campana decía su canto en la 
tarde. Como una voz desconocida que sonase 
en mi oído, recordé que aquella era la iglesia 
que guardaba, en una de sus capillas, la vir- 
gen que dio vida a mi amiga, y que conserva- 
ba entre sus ex- votos unos verdes ojos de mu- 
jer. Entré; una docena escasa de fieles musi- 
taban sus oraciones en el silencio. La función 
religiosa acababa de terminar hacía un mo- 
mento, y uno de los servidores del culto apa- 
gaba lentamente las luces. Casi en tinieblas 
iba quedando el templo. Mi curiosidad me 
hizo buscar la pequeña capilla en que la ima- 
gen se venera, y recordando los datos que 
confusamente guardaba en la memoria, la en- 
contré al instante. Lleno de un vago temor, 
mezcla de fe y miedo, entré en ella. 

¡Y vi el milagro! En el rostro de la virgen, 
un rostro de dolor, obra de algún visionario 
artífice, en aquella cara ennegrecida por el 
beso de los años, brillaban unos alucinantes 
ojos de esmeralda. Una trágica luz fosfores- 
cente salía de ellos. 

- 48 - 



Caí de rodillas al pie del viejo altar mien- 
tras mis labios decian una oración; oración 
extraña, de palabras confusas, voz de mi fe 
y canto pagano a la pobre mujercita que apa- 
gó la luz de sus pupilas para que de su eterna 
noche surgiera una vida. 

¿Cuánto tiempo estuve allí? No lo sé. De mi 
éxtasis vino a sacarme el sacristán agitando 
un manojo de grandes llaves, y los fieles, que 
al pasar por mi lado me miraban como a una 
cosa rara, dudando si aquel hombre que es- 
taba ante el altar era un santo o un loco, in- 
clinándose más a esta segunda idea. 

¿Qué sabían ellos, pobres humanos, de las 
grandes batallas del alma? 



FIN 



MEMORIAS DE UN PAVO 



(CUENTO) 



No hace mucho que invitado a comer 
en casa de un amigo, después que sirvieron 
otros platos confortables, hizo su entrada 
triunfal el clásico pavo, de rigor durante las 
Pascuas en toda mesa que se respeta un poco 
y que tiene en algo las antiguas tradiciones y 
las costumbres de nuestro país. 

Ninguno de los presentes al convite, inclu- 
so el anfitrión, éramos muy fuertes en el arte 
de trinchar, razón por la que mentalmente to- 
dos debimos coincidir en el elogio del uso úl- 
timamente establecido de servir las aves trin- 
chadas. Pero como sea por respeto al rigoris- 
mo de la ceremonia que en estas solemnida- 
des y para dar a conocer, sin que quede géne- 
ro alguno de duda, que el pavo es pavo, pare- 
ce exigir que éste salga a la liza en una pieza; 
sea por un involuntario olvido o por otra cau- 
sa que no es del caso averigar, el animalito 
en cuestión estaba allí íntegro y pidiendo a 
voces un cuchillo que lo destrozase; me deci- 
dí a hacerlo, y poniendo mi esperanza en 
Dios y mi memoria en el Compendio de Ur- 
banidad que estudié en el colegio donde, entre 

- 53 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

otras cosas no menos útiles, me enseñaron algo 
de este difícil arte, empuñé el trinchante en la 
una mano, blandí el acero con la otra y a sal- 
ga lo que saliere, le tiré un golpe furibundo. 

El cuchillo penetró hasta las más recóndi- 
tas regiones del ya implume bípedo, mas juz- 
guen mis lectores cuál no sería mi sorpresa 
al notar que la hoja tropezaba en aquellas 
interioridades con un cuerpo extraño. 

— ¿Qué diantre tiene este animal en el cuer- 
po? — exclamé con un gesto de asombro e in- 
terrogando con la vista al dueño de la casa. 

— ¿Qué ha de tener? — me contestó mi amigo 
con la mayor naturalidad del mundo — , que 
está relleno. 

— ¿Relleno, de qué? — proseguí yo, pugnan- 
do por descubrir la causa de mi estupefac- 
ción — ; por lo visto, debe ser de papeles, pues 
a juzgar por lo que se resiste y el ruido espe- 
cial que produce lo que se toca con el cuchi- 
llo, este animal trae un protocolo en el bu- 
che. 

Los circunstantes rieron a mandíbula ba- 
tiente mi observación. 

Sintiéndome picado de la incredulidad de 
mis amigos, me apresuré a abrir en canal el 
pavo, y cuando lo hube conseguido, no sin 
grandes esfuerzos, dije en son de triunfo, como 
el Salvador a Santo Tomás: 

- 54 - 



MEMORIAS DE UN PA V O 

— Ved y creed. 

Había llegado el caso de que los demás par- 
ticipasen de mi asombro. Separadas a uno y 
otro lado las dos porciones carnosas de la pe- 
chuga del ave y rota la armazón de huesos y 
cartílagos que la sostenían, todos pudimos ver 
un rollo de papeles ocupando el lugar donde 
nnícs se encontraron las entrañas y donde en- 
tonces teníamos hasta cierto punto derecho a 
esperar que se encontrase un relleno un poco 
más gustoso y digerible. 

El dueño de la casa frunció el entrecejo. 
La broma, caso de serlo, no podía venir sino 
de la parte de la cocinera, y para broma de 
abajo a arriba, preciso era confesar que pa- 
saba de castaño obscuro. 

El resto de los circunstantes exclamaron a 
coro, pasado el primer momento de estupe- 
facción, que lo fué asimismo de silencio pro- 
fundo : 

— Veamos, veamos qué dice en esos papeles. 

Los papeles, en efecto, estaban escritos. 

Yo, aun a riesgo de mancharme los dedos, 
pues estaban bastante grasicntos, los extraje 
del sitio en que se encontraban, y aproximán- 
dome a la luz de una bujía pude descifrar 
este manuscrito que hasta hoy he conservado 
inédito: 

- 55- 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

^^Impresiones, notas sueltas, y pensamientos 
filosóficos de un pavo, destinados a utili- 
zarse en la redacción de sus memorias: 

Ignoro quiénes fueron mis padres, el sitío 
en que nací y la misión que estoy llamado a 
realizar en este mundo. 

No sé, por lo tanto, de dónde vengo ni a 
dónde voy. 

Para mi no existe pasado ni porvenir; de lo 
que fué no me acuerdo; de lo que será no me 
preocupo. Mi existencia, reducida al momento 
presente, flota en el océano de las cosas crea- 
das, como uno de esos átomos luminosos que 
nadan en el rayo de sol. 

Sin que yo, por mi parte, lo haya solicitado, 
ni poder explicarme por dónde me ha veni- 
do, me he encontrado con la vida; y como 
suele decirse que a caballo regalado no hay 
que mirarle el diente, sin discutirla, sin ana- 
lizarla me limito a sacar de ella el mejor par- 
tido posible. 

Porque la verdad es que en los templados 
dias de primavera, cuando la cabeza se llena 
de sueños y el corazón de deseos, cuando el 
sol parece más brillante y el cielo más azul 
y más profundo, cuando el aire perezoso y 
tibio vaga a nuestro alrededor cargado de 

- 56 - 



MEMORIAS DE UN PAVO 

perfumes y de notas de armonías lejanas, 
cuando se bebe en la atmósfera un dulce y 
sutil fluido que circula con la sangre y alige- 
ra su curso, se siente un no sé qué de diáfa- 
no y agradable en uno mismo y en cuanto le 
rodea, que no se puede menos de confesar 
que la vida no es del todo mala. 

La mía, a lo menos, es bastante aceptable. 
En clase de pavo, se entiende. 

Aún no clarea la mañana, cuando un gallo, 
compañero de corral, me anuncia que es la 
hora de salir al campo a procurarme la co- 
mida. 

Entreabro los soñolientos ojos, sacudo las 
plumas y héteme aquí calzado y vestido. 

Los primeros rayos del sol bajan resbalan- 
do por la falda de los montes, doran el humo 
que sube, en azuladas espirales, de las rojas 
chimeneas del lugar, abrillantan las gotas de 
rocío escondidas entre el césped y relucen 
con un inquieto punto de luz en los pequeños 
cascos de vidrio y loza, de platos y pucheros 
rotos que, diseminados acá y allá, en el mon- 
tón de estiércol y basuras a que se dirigen mis 
pasos, fingen, a la distancia, una brillante 
constelación de estrellas. 

Allí, ora distraído en la persecución de un 
insecto que huye, se esconde y retorna a apa- 
recer; ora revolviendo con el pico la tierra 

— 57 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

húmeda, entre cuyos terrones aparece de 
cuando en cuando una apetitosa simiente, 
dejo transcurrir todo el espacio de tiempo 
que media entre el alba y la tarde. Cuando 
llega ésta, un manso ruidito de aguas corrien- 
tes me llama al borde del arroyo i^róximo, 
donde, al compás de la música del aire, del 
agua y de las hojas de los álamos, abriendo el 
abanico de mis obscuras plumas, hago cada 
idilio a la inocente pava, señora de mis pen- 
samientos, que causarian envidia a poderlos 
comprender; no digo a los rústicos gañanes 
que frecuentan estos contornos, sino a los 
más pulidos pastores de la propia Galatea. 

Tal es mi vida: hoy, como ayer; probable- 
mente, mañana como hoy. 

Repetid esta página tantas veces como días 
tiene el año, y tendréis una exacta idea de la 
primera parte de mi historia. 



* 



La inalterable serenidad de mi vida se ha 
turbado, como el agua de una charca a la que 
arrojan una piedra. 

Una desconocida inquietud se ha apodera- 
do de mi espiritu y ya va de dos veces que me 
sorprendo pensando. 

- 58 - 



MEMORIAS DE UN PAVO 

Este exceso de actividad de las facultades 
mentales, es causa de una gran perturbación 
en mi economia orgánica: apenas duermo 
once horas y ya se me indigestó el hueso de 
un albaricoque. 

Yo creí que no habría nada más allá de esas 
montañas que limitan el horizonte de la al- 
dea. No obstante, he oído decir que vamos a 
la corte, y que, para llegar hasta allí, salvare- 
mos esas altísimas barreras de granito que 
yo creía el límite del mundo. ¡La corte! ¿Có- 
mo será la corte? Pronto saldré de dudas. 

Escribo estas lineas en el corral donde me 
recojo a dormir y aprovechando la última luz 
del crepúsculo de la tarde. Mañana partimos. 
Un poco precipitada me parece la marcha. 
Por fortuna, el arreglo del equipaje no me ha 
de entretener mucho. 



* 
* * 



Me he detenido en lo más alto de la cum- 
bre que domina el valle donde viví, para con- 
templar por última vez las bardas del corral 
paterno. 

¡ Con cuánta verdad podría llamarse a estas 
peñas, desde donde envío un postrer adiós a 
lo que fué mi reino, el suspiro del pavo! 

— 59 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Desde aquí veo la llanura teatro de mis ca- 
cerías. Más allá, corre el arroyo que, al par 
que apagaba mi sed, me ofrecía limpio espe- 
jo donde contemplar mi hermosura. Allí vive 
mi pava; junto a aquel árbol la vi por prime- 
ra vez. ¡Al pie de ese otro la declaré mi amor! 

Las lágrimas me obscurecen la vista y lloro 
a moco tendido, en toda la extensión de la 
frase. 

¡Parece que al alejarme de estos sitios se 
me arranca algo del fondo de las entrañas y, 
a mi pesar, se queda en ellos! 

¿Será este extraño afán presentimiento de 
mi desventura? ¿Será?... 

Un cañazo ha interrumpido el hilo de mis 
reflexiones en este instante. 

Hago aquí punto, de prisa y corriendo, para 
reunirme a la manada, no sea que se repita la 
insinuación. 



Ya estamos en la corte. He necesitado que 
me lo digan y me lo repitan cien veces para 
creerlo. ¿Es esto Madrid? ¿Es este el paraíso 
que yo soñé en mi aldea? ¡Dios mío! ¡Qué 
desencanto tan horrible! 

El sol llega trabajosamente al fondo de es- 

— 60 ~« 



MEMORIAS DE UN PAVO 

tas calles, cuyas casas parecen castillos; ni 
un mal jaramago crece entre las descarnadas 
junturas de los adoquines; aún no ha acabado 
de caer al suelo la cascara de una naranja, 
el troncho de una col, el hueso de un albari- 
coque, cualquier cosa, en fin, que pueda uti- 
lizarse como alimento digerible, cuando ya 
ha desaparecido sin saber por donde. 

En cada calle hay un tropiezo, en cada es- 
quina un peligro. Cuando no nos acosa un 
perro, amenaza aplastarnos un coche o nos 
arrima un puntillón un pillete. 

La caña no se da punto de reposo. Noche y 
día la tenemos suspendida sobre la cabeza 
como una nueva espada de Damocles. 

Yo no puedo seguir al azar el camino que 
mejor me parece, ni detenerme un momento 
para descansar de las fatigas de este intermi- 
nable paseo. "¡Anda! ¡Anda!" — me dice a 
cada instante nuestro guia, acompañando sus 
palabras con un cañazo. 

Con cuánta más razón que al famoso ju- 
dio de la leyenda, se me podría llamar a mi 
el pavo errante! 

¿Cuándo terminará esta enfadosa y eterna 
peregrinación? 



- 61 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

He perdido lo menos dos libras de carne. 

No obstante, a un caballero que se ha para- 
do delante de la manada he conseguido lla- 
marle la atención por gordo. 

¡ Si me hubiera conocido en mi país y en los 
días de mi felicidad! 



Con esta va de tres veces que me coge por 
las pialas y me mira y me remira, columpián- 
dome en el aire, dejándome luego, para pro- 
seguir en el animado diálogo que sostiene con 
nuestro conductor. 

Por cuarta vez me ha cogido en peso, y, sin 
duda, ha debido distraerse con su conversa- 
ción, pues me ha tenido cabeza abajo más de 
siete minutos. 

El capricho de este buen señor comienza 
a cargarme. 



¿Es esto una pesadilla horrible? ¿Estoy 
dormido o despierto? ¿Qué pasa por mí? 

Ya hace más de un cuarto de hora que trato 
de sobreponerme al estupor que me embarga 
y no acierto a conseguirlo. 

Me encuentro como si despertara de un sue- 

— 62 — 



MEMORIAS DE UN PAVO 

ño angustioso... Y no hay duda. He dormido, 
o mejor dicho, me he desmayado. 

Tratemos de coordinar las ideas. Comien- 
zo a recordar confusamente lo que me ha pa- 
sado. Después de mucha conversación entre 
nuestro guía y el desconocido personaje, éste 
me entregó a otro hombre, que me agarró por 
las patas y se me cargó al hombro. 

Quise resistirme, quise gritar al ver que se 
alejaban mis compañeros; pero la indigna- 
ción, el dolor y la incómoda postura en que 
me habían colocado ahogó la voz en mi gar- 
ganta. Figuraos cuánto sufriría hasta perder- 
los de vista. 

Luego me sentí llevado al través de muchas 
calles, hasta que comenzamos a subir unas 
empinadas escaleras que no parecían tener 
fin. 

A la mitad de esta escala, que podría com- 
pararse a la de Jacob, por lo larga, aun cuan- 
do no bajasen ni subiesen ángeles por ella, 
perdí el conocimiento. 

La sangre, agolpada a la cabeza, debió pro- 
ducirme un principio de congestión cerebral. 

Al volver en mi me he hallado envuelto en 
tinieblas profundas. Poco a poco, mis ojos se 
van acostumbrando a distinguir los objetos 

- 63 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

en la obscuridad, y he podido ver el sitío en 
que me encuentro. 

Esto debe ser lo que en Madrid llaman una 
bohardilla. Trastos viejos, rollos de estera, 
pabellones de telaraña constituyen todo el 
mobiliario de esta tenebrosa estancia, por la 
que discurren a su sabor algunos ratones. 

Por el angosto tragaluz penetra en este ins- 
tante un furtivo rayo de sol... ¡El sol, el cam- 
po, el aire libre! ¡Dios mió, qué tropel de 
ideas se agolpa en mi mente! ¿Dónde están 
aquellos dias felices? ¿Dónde están aque- 
llas...? 

Me es imposible proseguir. Una harpía, tur- 
bando mis meditaciones, me ha metido ca- 
torce nueces en el buche. Catorce nueces con 
cascaras y todo. Figuraos, por un momento, 
cuál será mi situación. ¡Y a esto le llaman en 
este país dar de comer! 



¡Lasciati agni speranza! Han pasado algu- 
nos días y se me ha revelado todo lo horrible 
de mi situación. He visto brillar con un ful- 
gor siniestro el cuchillo que ha de segar mi 
garganta, y he contemplado con terror la ca- 
zuela destinada a recibir mi sangre. 

- 64 - 



MEMORIAS DE UN PAVO 

Ya oigo los tambores de los chiquillos, que 
redoblan, anunciando mi muerte. Mis plumas, 
estas hermosas plumas con que tantas veces 
he hecho el abanico, van a ser arrancadas, una 
a una, y esparcidas al viento como las cenizas 
de los más monstruosos animales. 

Voy a tener por tumba un estómago, y por 
epitafio la décima en que pide los aguinaldos 
un sereno. 

¡Se tu non piangi da che pianger suoli?'^ 

* 
* * 

Cuando terminé la lectura de este extraño 
diario, todos estábamos enternecidos. La pre- 
sencia de la víctima hacía más conmovedora 
la relación de sus desgracias. 

Pero... ¡oh, fuerza de la necesidad y la cos- 
tumbre!, transcurrido el primer momento de 
estupor y de silencio profundo, nos enjuga- 
mos con el pico de la servilleta la lágrima que 
temblaba suspendida en nuestros párpados y 
nos comimos el cadáver. 

FIN 



L A 



CAR 



El cólera desaparece, la tranquilidad rena- 
ce y el pueblo de Madrid, como si despertase 
de una larga y fatigosa noche, vuelve a su ac- 
tividad acostumbrada. 

Pronto, tal vez al mismo tiempo que estas 
desaliñadas lineas llegan a manos de nues- 
tros lectores, las campanas anunciarán la 
fausta nueva enviando al cielo fervientes ora- 
ciones de los fieles. 

¡Cuan dolorosas y profundas huellas deja 
de su paso el terrible azote al desaparecer de 
entre nosotros, no hay necesidad de encare- 
cerlo; lo dicen con harta elocuencia las lágri- 
mas frescas aún en las mejillas de tantos des- 
graciados como lloran y llorarán todavía lar- 
go tiempo la pérdida de seres queridos; lo dice 
el luto general que a todas partes que volve- 
mos los ojos encontramos, hablándonos del 
oculto dolor que simboliza y reavivando en la 
imaginación tristes y aún no borradas memo- 
rias! 

No obstante, ahora, como siempre, del do- 
lor ha surgido una consoladora esperanza; 

- ao - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

ahora, como siempre, la adversidad ha revela- 
do en el pueblo de Madrid condiciones tales 
de heroísmo y de virtud, que el placer que 
proporciona su espectáculo aminora el senti- 
miento y hace más llevaderas las desgracias 
que han contribuido a ponerlas de relieve. 

No indagaremos nosotros la causa, no cul- 
paremos a nadie, porque ni la Índole de nues- 
tra publicación lo permite, ni aunque lo per- 
mitiese conviene ahora a nuestros propósitos; 
pero no es posible poner en duda que al re- 
crudecerse la epidemia que ha afligido a la 
capital de la monarquía hemos atravesado por 
momentos críticos y horribles, cuya prolonga- 
ción amenazaba una gran catástrofe. 

Los que lo hemos presenciado no lo olvi- 
daremos jamás. Hubo un momento en que el 
azote llamó a las puertas de la miseria enve- 
nenando con su hálito ponzoñoso la atmósfe- 
ra de esos hediondos tugurios en que se haci- 
naban sus hijos; hubo un momento en que 
solicitada a la vez de todas partes, la admi- 
nistración se encontró insuficiente para aten- 
der a un tiempo a tantos dolores; hubo un mo- 
mento de horrorosa incertidumbre, de verda- 
dero pánico, en que se sobrecogieron los áni- 
mos más serenos, en que vacilaron los más fir- 
mes, y una gran parte de la población huyó 
espantada, mientras otra no sabía adonde 

— 70 — 



LA CARIDAD 

volver los ojos en tan angustiosas circunstan- 
cias. Por fortuna, en aquellos mismos momen- 
tos, cuando la inteligencia del hombre, llena 
de estupor ante el incomprensible fenómeno, 
buscaba en vano su misteriosa explicación; 
cuando la ciencia, sintiéndose impotente para 
combatirlo, doblaba la cabeza, confusamente, 
ante el doloroso azote; cuando la impresiona- 
ble multitud se sentia presa de un desaliento 
y un terror profundos, creyéndose herida por 
los golpes de un implacable ministro de la 
cólera del cielo, el ángel de la Caridad, sur- 
giendo, de improviso, como un rayo de luz 
que venia a iluminar aquella horrible noche, 
avivó la fe de los unes, reanimó la esperan- 
za de los otros, y dando principio a su gi- 
gantesca y sublime lucha con la Miseria y la 
Muerte, lucha de que, al fin, había de salir 
triunfante, vino a ofrecer al resto de España 
el espectáculo de un pueblo que, abandona- 
do a sí mismo, sabe hacerse superior a sus 
desgracias, encontrando en la abnegación y 
el desinterés de sus hijos recursos instantá- 
neos para las necesidades, bálsamo y consue- 
lo para todos los dolores. 

Si nos fuera posible trazar el cuadro lleno 
de rasgos sublimes y de conmovedores deta- 
lles que han ofrecido las diferentes clases de 
la sociedad al, unirse espontáneamente para 

— 71 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

llevar a cabo su santa misión, escribiríamos 
una de las más hermosas páginas de la histo- 
ria de un pueblo, que tan brillantes las tiene 
ya en sus anales gloriosos. Pero no es posible: 
no basta la imaginación a abarcar, ni hay plu- 
ma que pueda describir tantas escenas con- 
movedoras como se han desarrollado a nues- 
tros ojos durante esos inolvidables dias. Ya 
mostrándose en forma de asociación por me- 
dio de los amigos de los pobres, ya guiando 
con celeste iniciativa el generoso impulso de 
los sentimientos individuales, enérgica, acti- 
va, poderosa como la terrible epidemia que 
iba a combatir, la caridad, hija del cielo, se 
ha engrandecido, se ha multiplicado, ha he- 
cho, en fin, patente que es la más grande y la 
más fecunda virtud que existe en la tierra. 

Las fatigas más rudas, el temor al contagio, 
el espectáculo de las miserias más inconcebi- 
bles, antes que a desanimarla y vencerla han 
servido para fortificar su fe avivando y ha- 
ciendo más intensa la llama de inextinguible 
amor que la consume. 

¿Qué inmensa abnegación, qué inquebran- 
table fortaleza de espíritu, qué fe tan ciega 
no habrá necesitado para seguir, constante y 
animosa, por tan áspero sendero, para no re- 
troceder, llena de pavor y desaliento, ante la 
gigantesca obra que había acometido? ¡Hasta 

— 72 - 



LA CARIDAD 

que no se levanta por un acaso el velo que 
cubre ciertas horribles e ignoradas escenas; 
hasta que no se desciende a respirar un mo- 
mento la corrompida atmósfera que respiran 
las últimas clases sociales; hasta que no se 
ven realmente y en toda su horrible desnudez 
ciertos dolores cuya pintura nos parece luego 
exagerada; hasta que una de estas inopinadas 
catástrofes, revolviendo el légamo del fondo, 
no viene a empañar la aparente limpidez de 
las aguas en que vemos retratarse como en un 
espejo la risueña imagen del bienestar de la 
vida; hasta entonces, repetimos, no puede cal- 
cularse cuan profundo es el abismo de la mi- 
seria que hay oculto a nuestros pies, cuan in- 
menso campo queda aún a la caridad para 
ejercitarse en sus piadosas obras, qué raquí- 
ticos y qué insuficientes son los medios de que 
la filantropía oficial dispone para extirpar de 
raíz el cáncer que nos corroe las entrañas I 

Hoy que la causa que ha hecho ver más 
claras esas tristísimas miserias ha desapare- 
cido; hoy que el público de Madrid puede 
apreciar con ánimo más reposado y sereno 
la gran victoria que los obscuros y generosos 
soldados de la caridad han conseguido con sus 
incansables esfuerzos contra el duro azote 
que ha llenado de consternación una gran 
parte de la península; hoy que se tocan los 

— 73 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

efectos maravillosos del celo que lo prevé y 
lo detiene, de la abnegación que lo busca y 
lo combate y del desprendimiento que hace 
menos amargas sus cjonsecuencias, debemos 
unir nuestra humilde voz a la de los hombres 
pensadores que, encontrando en el fondo de 
las más dolorosas calamidades una fuente de 
experiencia y enseñanza, piden que no pase 
desapercibido, ni se olvide tan sublime ejem- 
plo. 

Al consagrar una de nuestras páginas al 
glorioso recuerdo de tantas y tan heroicas ac- 
ciones como hemos presenciado; al dar des- 
de las columnas de nuestro periódico al ge- 
neroso pueblo de Madrid una entusiasta mues- 
tra de la profunda admiración que su conduc- 
ta nos inspira, abrigamos la esperanza de que 
su inagotable caridad no se habría desperta- 
do más viva y más ardiente que nunca para 
brillar con tan intenso esplendor un punto 
y amortiguarse luego. 

En vano al llenar otra vez el aire los alegres 
rumores de la vida activa; en vano al sentir- 
nos arrastrados otra vez por el torbellino de 
las pasiones podrá tratarse de olvidar los ho- 
rribles misterios que se han hecho claros al 
penetrar en esas viviendas miserables e in- 
fectas, donde viven respirando una atmósfe- 
ra emponzoñada y luchando con el hambre y 

— 74 - 



LA CARIDAD 

la desnudez millares de seres a quienes sólo 
sus hermanos pueden tender una mano pia- 
dosa. 

Los cálculos de la ciencia económica, los 
desvelos de la administración, los esfuerzos de 
los gobernantes han sido y seguirán siendo 
impotentes para la resolución del pavoroso 
problema de la miseria social, que, como la 
esfinge de Edipo, amenaza devorar a las na- 
ciones que no acierten a descifrar su obscu- 
ro enigma. Sólo queda un camino abierto, sólo 
queda una doctrina: el camino que nos trazó 
el divino Maestro, que sobre la piedra de la 
caridad echó los sólidos cimientos de la ci- 
vilización moderna: la doctrina que El mis- 
mo predicó a sus discípulos por medio de un 
hermoso símbolo cuando, para hacerles com- 
prender hasta qué punto la caridad puede 
realizar imposibles, dio de comer con cinco 
panes y cinco peces a millares de hombres. 



- 75 - 



LA CALLE DE LA MONTERA 



La calle de la Montera de nuestros días, esa 
calle engalanada, coqueta y bulliciosa, centro, 
podemos decirlo así, del comercio de Madrid, 
era hace tres siglos más bien que calle, un lo- 
dazal en tiempo de invierno y un depósito de 
polvo y de inmundicias en verano. 

La policía urbana era desconocida enton- 
ces, y porque un honrado vecino arrojase a 
la vía pública los desperdicios de su casa, no 
se le inquietaba con papel de multas ni cosa 
por el estilo. 

¡Oh, hermosa calle de la Montera! Tres si- 
glos hace que ni aun nombre tenías, y para 
dar de ello una ligera prueba diremos que 
procede el que llevas actualmente, de cierta 
hermosa dama, tan hermosa como... coqueta, 
mujer del montero mayor del rey. 

Esta buena señora, cuyas aventuras galan- 
tes dieron asunto bastante para que el inspi- 
rado Serra escribiese una lindísima comedia, 
tenía escandalizado al buen pueblo de Ma- 
drid, extendiéndose su fama hasta muchas 
leguas en contorno de la coronada villa. 

Y no se crea que estos escándalos deshonra- 

- 79 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

sen al señor montero mayor: todo menos eso. 

La dama era, según opinión pública, hones- 
tísima, y ningún galán de los infinitos que la 
solicitaban podía vanagloriarse de haber ob- 
tenido de ella el favor más insignificante. 

Todo lo más que sucedía era que la señora 
Montera se asomaba a sus balcones tan luego 
como Dios ordenaba al sol que alumbrase la 
tierra, y entonces, a pretexto de cuidar de las 
flores de sus búcaros, arrojaba a la calle, así 
como al descuido, dos o tres de las marchitas. 

Cuenta la crónica de donde tomamos estos 
apuntes, que por un clavel rojo y una mara- 
villa jaspeada de blanco, se dieron de estoca- 
das un marqués (la crónica calla el nombre) 
y un alf^érez de guardias amarillas, quedando 
este último bastante malherido, pues en 
aquel tiempo no eran sólo los militares los 
únicos diestros en el manejo de la espada. 

Otras veces la celebrada dama, cuando iba 
o volvía de la iglesia, bajaba un tantico el re- 
bocillo de su manto de seda negra, y tenía 
para cada uno de sus adoradores miradas rá- 
pidas, pero de fuego. ¡La niña no sabia mirar 
de otra manera ! 

Por las noches, si alumbraba la luna — ^pues 
entonces no había más faroles que los de las 
santas imágenes que la piedad de los vecinos 
alimentaba en algunas calles, y es fama que 

-80 - 



LA CALLE DE LA MONTERA 

en la de la Montera no existía ninguna — , por 
las noches, repetimos, y bañados por los rayos 
de nuestro satélite, rondaban la puerta de la 
bella dama cien galanes sin ventura. 

Mirábanse los unos a los otros; retorcían el 
mostacho a la Borgoñona que todo el que te- 
nia pelos en la cara usaba entonces, y trope- 
zándose al pasar, buscaban de esta o de otra 
manera un motivo para hacerse una sangría 
de más o menos consideración. 

Los poetas o los que presumían de tales, 
puestos los ojos en blanco, la capa echada a 
la espalda y arañando en una vihuela, laúd, 
tiorba o bandurria, desahogaban su amoroso 
afán en canciones capaces de ablandar no 
digo a una Montera pero si a cierta estatua 
con formas de mujer que se alzaba entonces 
en el centro de la mal llamada puerta del Sol, 
y que se conocía con el nombre de Mari- 
Blanca. 

La dama se hacía sorda a estas demostra- 
ciones, y sus celosías permanecían cruelmen- 
te cerradas; cantaban los trovadores; los ga- 
tos que se disputaban aquella gata (perdóne- 
senos la comparación) sacaban las uñas, o 
llámense espadas si gustáis, y zis, zas, estoca- 
da tras estocada, no tardaba en oírse un: 
"¡Dios me socorra!" y cataplum: ¡hombre 
a tierra! 

- 81 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Sobrevenía entonces la ronda de un señor 
alcalde de casa y corte con sus alguaciles y 
arqueros de la villa, y tropezaba con un muer- 
to, no dándose nunca el caso de que el vivo, 
o sea el matador, fuese capturado. 

En algunas noches obscuras, sucedía que al 
acudir la ronda al rumor de una pendencia, 
hacían causa común los galanes y arremetían 
con sin igual furor a los pobres golillas, admi- 
nistrándoles tales palizas que no tardaban en 
huir como cuervos a la desbandada, pidien- 
do favor y ayuda. 

Y entretanto la señora Montera, Dios sabe 
si en dulces y suaves coloquios, estaría bur- 
lándose de sus amadores en compañía de su 
muy amado marido, o si para cada uno de sus 
suspiros tendría un ronquido más o menos ar- 
monioso. 

Cuando, después de una noche de serena- 
tas y estocadas, la justicia recogía, al amane- 
cer, un cadáver en aquella calle de trágicas 
aventuras, nuestra buena Montera, tan fresca 
y tan bella siempre como una flor de prima- 
vera, entraba a oír misa en San Luis, sin dar 
la más pequeña muestra de arrepentimiento 
por sus culpables coqueterías. 

He aquí, lectores amables, por qué la linda 
calle que da nombre a este artículo se llama 
la calle de la Montera. 

- 82 - 



LA CALLE DE LÁ MONTERA 

Respecto al comercio que entonces existía en 
ella, estaba reducido a unos miserables ten- 
duchos en los cuales se vendia pan. Tales es- 
tablecimientos llegaban desde un extremo de 
la calle hasta la iglesia de San Luis, y a fin de 
que no hurtasen el pan tenia a la entrada 
unas fuertes mallas de cuerda sujetas a un 
marco. Por eso aún en el dia es conocido aquel 
sitio con el nombre de Red de San Luis, 



i 



SEPULCRO DE RAIMUNDO BERENGUER EN 
LA CATEDRAL DE GERONA 



Entre los varios documentos dignos de esti- 
ma que se encuentran en la antigua e históri- 
ca ciudad de Gerona, merece particular men- 
ción su catedral, elegante obra construida por 
los años de 1416 bajo la dirección de Guiller- 
mo Boffy. 

Recorriendo sus extensas naves bañadas por 
la claridad tenue y misteriosa que penetra al 
través de las caladas ojivas, deteniéndose a 
contemplar los objetos de arte acumulados en 
su recinto, o repasando en la imaginación las 
antiguas memorias que despiertan los nom- 
bres de los ilustres personajes que duermen el 
eterno sueño de la muerte bajo sus santas bó- 
vedas, el artista, el arqueólogo y el historia- 
dor encuentran ancho campo para sentir y 
estudiar. 

Muchas son, en efecto, las cosas notables 
por su mérito o su antigüedad, que en ella 
pueden admirarse; pero una de las más cu- 
riosas es, sin duda, el sepulcro de Raimundo 
Berenguer, segundo de su nombre entre los 
condes de Barcelona y al cual hicieron famo- 
so sus hechos y su desastrosa muerte. Beren- 

- 87 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

guer I, conocido con el sobrenombre de El 
Viejo, instituyó al niorir por herederos suyos 
a los dos hijos que tuvo en su segunda mujer 
doña Almodis. Raimundo Berenguer y Beren- 
guer Ramón disputaron por largo tiempo en- 
tre si antes de deslindar definitivamente sus 
tre si antes de deslindar definitivamente sus 
respectivos derechos. Documentos sacados a 
luz en nuestros dias por escritores diligentes 
y eruditos especifican con todos sus detalles 
las negociaciones, los tratos y contratos, ave- 
nencias y rupturas a que dio lugar este asun- 
to. Por último, ambos hermanos se avinieron 
a gobernar pro-indiviso sus Estados, aunque 
sólo Raimundo usó el titulo de conde. 

A pesar de encontrarse acordes en la apa- 
riencia, sea porque le impulsase a ello su ca- 
rácter duro y su aviesa condición, sea porque 
se creyese agraviado por la preeminencia con- 
cedida a su hermano, Berenguer Ramón no 
cesó de hostilizar secretamente a Raimundo, 
llegando a tal extremo en su animosidad que 
la tradición, a despecho de la historia, atribu- 
yó siempre a una de sus asechanzas la muer- 
te del infortunado conde. Los documentos de 
que dejamos hecho mérito, los cuales arrojan 
nueva luz sobre este obscuro periodo de las 
crónicas catalanas, confirman y robustecen la 
que sólo fué un tiempo opinión del vulgo. 

- 88 - 



SEPULCRO DE RAIMUNDO BERENGUER 

La muerte de Raimundo Berenguer, a quien 
a causa del extraño color y la abundancia de 
sus cabellos dieron el sobrenombre de Cabe- 
za de estopa, ocurrió a los cinco años de haber 
entrado en posesión de la señoria condal. En- 
golfado en la persecución de la caza, se alejó 
de su comitiva internándose por un monte so- 
litario, con el azor en el puño. Acometido allí 
por una gavilla de bandoleros, cayó herido de 
muerte a los primeros golpes. La tradición re- 
fiere que los asesinos arrastraron el cadáver 
lejos del teatro del crimen y le enterraron para 
hacer desaparecer sus huellas; pero el azor, 
que, al caer herido su dueño, se habia esca- 
pado volando, fué a colocarse sobre una roca 
cercana a la sepultura y desde alli llamó la 
atención de la comitiva del conde con sus gri- 
tos lastimeros. Descubierto el ensangrentado 
cuerpo de Raimundo y trasladado a Gerona, 
la gente llamó a la roca a cuyo pié se habia 
encontrado, la percha del azor, nombre que 
ha conservado hasta el día. 



- 89 - 



i 



LA VUELTA DEL CAMPO 



Cuando la farola de la Puerta del Sol, de 
Madrid, desplegando sus abanicos de luz 
anuncia que ha concluido la tarde y comien- 
za la extraña e inquieta vida de la noche, vida 
artificial propia de los habitantes de los gran- 
des centros; cuando los teatros abren de par 
en par sus puertas, las mesas de los cafés se 
llenan de parroquianos, los carruajes cruzan 
las calles a la carrera, las vendedoras de pe- 
riódicos atruenan los oidos con sus voces, los 
toreros y desocupados se posesionan de las 
cuatro esquinas, y el vicio sin disfraz ni mis- 
terio circula en forma animada y viviente en- 
tre la multitud que va y viene presurosa en 
direcciones encontradas, la imaginación, ami- 
ga de los contrastes, se suele transportar lejos 
de la escena que la aturde, comparando el 
cuadro que ofrecen a aquella misma hora al- 
gunos obscuros y silenciosos rincones a que 
la civilización no ha llevado aún sus costum- 
bres perturbadoras de las leyes de la natura- 
leza. 

La contemplación mental de los nuevos ho- 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

rizontes varia el curso de las ideas, y lo que 
comenzó sátira acaba en idilio. Vuelven a la 
memoria los risueños campos que hemos vis- 
to alguna vez en nuestros viajes iluminados 
por el último y dorado reflejo del sol de otoño. 
El cielo violado del crepúsculo, que guarda 
aún las armoniosas tintas de la luz que des- 
aparece; la niebla azulada de la noche, que 
borra poco a poco los colores y los contornos 
de los objetos; las chimeneas del hogar, don- 
de se prepara la comida para los trabajadores 
y que arrojan, a intervalos, bprbotones de 
humo; el canto lejano del labrador, que vuel- 
ve de sus faenas del día, caballero en su po- 
derosa yunta de muías, y acompaña su can- 
ción con el monótono ruido del timón del ara- 
do, que arrastra por la tierra; el vibrante so- 
nido de las esquilas del ganado, que anuncian 
a gran distancia el regreso de los pastores; 
todos esos murmullos, en fin, que van debili- 
tándose gradualmente y que llenan el alma 
del suave y sosegado bienestar que nos pre- 
dispone al reposo y al sueño. 



-94- 



PROCESIÓN DEL VIERNES SANTO EN LEÓN 



I 



Entre los países católicos, seguramente es 
España uno de los que más se distinguen por 
la pompa y el esplendor del culto. Las cere- 
monias religiosas de la Semana Santa, si bien 
en la actualidad han perdido algo de su pri- 
mitivo carácter, en algunas poblaciones toda- 
vía son tan dignas de llamar la atención, que 
desde muy lejos y aun de naciones extranje- 
ras acuden curiosos o devotos a pasar esta 
época del año en los puntos más célebres por 
el número y la riqueza de sus congregaciones 
y cofradías. 

Nada diremos de Sevilla, cuya Semana San- 
ta se ha comparado por algunos con la de 
Roma, no faltando quien dé la ventaja a la 
primera; tampoco hablaremos de Toledo, cu- 
yas imponentes ceremonias gozan de fama 
universal. Lo mucho que se ha escrito acer- 
ca de las fiestas religiosas de estas y otras po- 
blaciones frecuentemente visitadas por artis- 
tas y literatos, nos induce a buscar la novedad 
ocupándonos de otras procesiones que, como 
la del Viernes Santo, en León, son menos co- 

- 97 - 

7 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

nocidas a pesar de que por sus detalles y las 
originales escenas a que dan lugar, merecen 
que se haga de ellas aunque no sea más que 
un ligero estudio. 

Esta procesión, llamada vulgarmente El En- 
cuentro, sale a las diez de la mañana del Vier- 
nes Santo y recorre casi todas las calles de la 
ciudad, acompañada de cofrades con hachas 
encendidas, cruces, estandartes y pendones. 
En esta forma sigue hasta llegar a la Plaza 
Mayor, donde la espera una multitud de gen- 
tes, entre las que se ven pintorescos grupos de 
montañeses y aldeanos, que en días semejan- 
tes acuden a la capital engalanados con sus 
vistosos y carecteristicos trajes. 

En uno de los balcones del piso principal 
de la casa del Consistorio, y bajo dosel, se co- 
loca un sacerdote, el cual, esforzando la voz 
de modo que pueda hacerse oir de los fieles 
que ocupan el extenso ámbito de la plaza, co- 
mienza a trazar a grandes rasgos y en estilo 
tan dramático como original todas las esce- 
nas de la pasión y la muerte del Redentor del 
mundo. 

Gomo nuestros lectores pueden suponer, la 
oratoria especialisima del encargado de diri- 
girse a la multitud para prepararla convenien- 
temente a sentir la extraña escena que va a 
presenciar, abunda en rasgos y comparacio- 

- 98 — 



PROCESIÓN DEL VIEiiNES SANTO EN LEÓN 

nes que en otro sitio podríamos calificar de 
toscos y vulgares, pero que son sin duda los 
más adecuados en esta ocasión, sobre todo si 
se tiene en cuenta que el auditorio a que se 
dirige lo componen en su mayor parte gentes 
ignorantes y sencillas. 

Durante el sermón, el paso de Jesús Naza- 
reno con la cruz a cuestas, está al extremo de 
la plaza, a la derecha del predicador, y en un 
momento determinado los de San Juan y la 
Virgen de las Angustias, comienzan a bajar 
por una de las calles próximas y en dirección 
contraria. 

Cuando unos y otros se encuentran comien- 
za lo más importante de la ceremonia. El pre- 
dicador interroga a los sagrados personajes o 
habla por ellos; otras veces se dirige a la mul- 
titud, explica la escena que se representa ante 
sus ojos, y con sentidos apostrofes y vehemen- 
tes exclamaciones trata de conmoverla, des- 
pertando por medio de sus palabras, que ayu- 
dan a la comprensión y al efecto de las ce- 
remonias, un recuerdo vivo del encuentro de 
Jesús con su Santa Madre en la calle de la 
Amargura. 



99 



LAS 



JUGADORAS 



Nosotros hemos visto jugar en todas partes, 
porque el juego se ha generalizado de una 
manera increíble. 

En los dorados círculos de la alta sociedad, 
en los garitos de los tahúres, al fin de las su- 
cias y derruidas tapias de la Ronda, en cada 
calle, detrás de cada esquina, el vicio ha fija- 
do en la corte una bandera de enganche para 
sus neófitos; sin embargo, en Madrid la afi- 
ción a los naipes sólo ha reclutado adoradores 
entre el sexo feo, si exceptuamos alguna que 
otra ave de mal agüero y peor catadura, es- 
pecialidad femenina que conocen los asisten- 
tes a ciertos tugurios con un nombre gráfico. 

Es preciso salir de la coronada villa, es pre- 
ciso dar una vuelta por algunas de las pro- 
vincias de España, y muy especialmente por 
algunos de los pequeños lugares enclavados 
entre las sinuosidades de la parte más esca- 
brosa e inexplorada del Alto Aragón, para en- 
contrar completamente trocados los papeles. 

En la tarde del domingo, cuando el cura del 
lugar, después de dormir la siesta sale a ha- 

— 103 ~ 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cer un poco de ejercicio por las eras cerca- 
nas, en compañía del alcalde, el médico y al- 
gunas otras personas graves de la población; 
cuando los labradores acomodados hablan 
sentados tranquilamente en los soportales de 
la plaza, y los mozos recorren las estrechas y 
tortuosas calles cantando la jota al compás de 
un guitarrico destemplado, se juntan en gru- 
pos a la puerta de una bodega, donde beben 
el vino en pucheros, forman círculos en el jue- 
go de pelota, donde se lucen los más ágiles, o 
asisten, envueltos en sus mantas, al tiro de la 
barra, donde campean los más forzados; cuan- 
do chicos y grandes, casados y mozos, viejos 
y muchachos discurren, en fin, de un lado a 
otro, celebrando, cada cual a su manera, la 
festividad del día, las mujeres se reúnen en 
las cocinas de las casas, en los cantones de las 
calles o en las avenidas de los caminos, y de- 
jando a un lado el rosario en que rezaban al 
sonar el toque de vísperas, desenvaina cada 
cual su más o menos mugrienta baraja, se 
sientan en un corro y da principio el juego. 

En cada círculo se juega con arreglo a las 
circunstancias y los medios de las jugadoras. 

El ama del cura, la alcaldesa, la cirujana y 
alguna labradora acomodada juegan el cho- 
colate y los esponjados al amor de la lumbre, 
donde brilla el alegre fuego del hogar y hier- 

- 104- 



LAS JUGADORAS 

ve !a vajilla con el agua preparada de ante- 
mano. 

Las mujeres de los braceros y las hijas de 
los peones, engalanadas con sus apretadores 
verdes, sus sayas rojas y sus collares de cuen- 
tas azules, juegan en mitad del arroyo los 
cuartos y ochavos que han podido ahorrar en 
la semana, y gritan, riñen y se repelan al cues- 
tionar sobre una jugada o el extravio de un 
maravedi. 

Las chiquillas, sentadas al borde del cami- 
no que conduce al lugar, sacan también sus 
baratijas y juegan alfileres, huesos de frutas 
y cosas por el estilo. 



- 105 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

(ULTIMA SERIE) 



Febrero goza fama de loco, y en verdad que 
es la suya fama merecida; pues difícilmente 
se encontrará otro mes más sujeto a contras- 
tes y variaciones. Por no parecerse a ninguno 
de sus compañeros de Calendario, sólo cons- 
ta de veintiocho días; y hasta esos veintiocho 
días, para ser mudable en todo, se transfor- 
man en veintinueve los años bisiestos. Duran- 
te su breve reinado, el termómetro no des- 
cansa un minuto; el cuadrante hace los giros 
más increíbles, y el cielo se asemeja al foro de 
un teatro en la representación de una come- 
dia de magia, que todo se vuelve poner y qui- 
tar decoraciones. En este mes, tan lógicamen- 
te se puede uno morir de un tabardillo, co- 
mo de una pulmonía; con el mismo derecho 
puede uno quejarse de la alteración del sis- 
tema nervioso, producido por la sequedad de 
la temperatura, que de la vuelta de los dolorea; 
reumáticos, hijos de las nieblas y las humeda- 
des. Al templado soplo de las brisas, que anun- 
cian la primavera, abre el almendro sus blan» 

- 109 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cas y tempranas flores, y el cierzo de Guada- 
rrama impele la nieve que azota el vidrio de 
los balcones; a una mañana nebulosa sigue 
un día radiante; a un crepúsculo de la tarde, 
suave y largo como los de estío, una noche tan 
cruda como la más rigurosa de Navidad. 

Y no paran aquí las variaciones y las ex- 
centricidades que le han granjeado a febrero 
general reputación de loco. Al lado de estos 
contrastes que sólo afectan, por decirlo así, 
la epidermis del individuo, hace gala de otros 
no menos bruscos, y seguramente más tras- 
cendentales y dignos de ser tomados en cuen- 
ta. Febrero tiene el raro privilegio de reunir, 
en su corto número de días, los más alegres y 
los más tristes de los doce meses. Dentro de 
una de sus semanas se dan la mano el beodo 
Carnaval y la escuálida Cuaresma. El que 
quiera dar en este mes a Dios lo que es de 
Dios, y al César lo que es del César, se ve en 
la precisión de embriagarse y ayunar, de bai- 
lar unas habaneras y oír un sermón, de com- 
prarse una careta y unas disciplinas. Tan ex- 
traña amalgama de contricciones y locuras 
han hecho la tradición y las costumbres en 
este período del año.. En vano el primer miér- 
coles de la Cuaresma sale severo y grave a 
la mitad del camino de las alegres compar- 
sas, y trata de ocultar debajo de sus cenizas 

- 110 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

el fuego del Carnaval; el domingo de Piñata 
sopla al fin en ellas, y aunque fugaz, vuelve a 
lucir por un instante la llama de la orgía que, 
semejante a la luz de la lámpara, brilla más 
intensamente en el punto en que va a morir. 
He oído a un hombre de mucho talento hacer 
una observación respecto a las mujeres, que 
viene como de molde en la presente ocasión. 
Según él, siempre que éstas escriben, lo más 
importante de sus cartas lo dicen en la post- 
data y como por incidencia. Al Carnaval le 
pasa lo mismo. Cuando semejante al Don Ba- 
silio de El Barbero, torna a aparecer en es- 
cena para repetir su buona sera, despidién- 
dose por la centésima vez, resucita más ani- 
mado, más ruidoso que nunca. El domingo 
de Piñata se llama la postdata del Carnaval, 
y en su cualidad de postdata, como en las 
epístolas femeninas, ha sido breve, pero inte- 
resante. Al exterior poco o nada se ha mani- 
festado: el respeto a la Cuaresma por una 
parte, y la mala coyuntura del tiempo por 
otra, han impedido que las máscaras se lan- 
zasen al Prado en comparsas, pero reconcen- 
trándose el entusiasmo y la animación en los 
salones, desde los del Real a los de Capella- 
nes. Todos han ofrecido larga cosecha de 
bromas y aventuras a los apasionados de este 
género de fiestas, que afirman no haber asis- 

- 111 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

tido hace muchos años a otras tan brillantes» 
concurridas y alegres, como las del domingo. 

Apagado el último y fugitivo esplendor de 
las pasadas diversiones, la Cuaresma ha en- 
trado de lleno en la posesión de sus derechos, 
y el ánimo de las gentes se ha vuelto a fijar 
en cosas más graves. Imitando nosotros esta 
conducta, pasaremos a ocuparnos asimismo 
de asuntos más serios. Respecto a política, se- 
guimos en la misma situación que estábamos. 

De Chile no se ha recibido noticia alguna 
importante, pues aunque vuelve a hablarse de 
otro combate entre La Resolución y dos bu- 
ques chilenos, la noticia ha llegado por con- 
ducto extra-oficial, y ya — permítasenos la pa- 
labrilla, aunque vulgar — estamos tan escama- 
dos respecto a las soñadas victorias, que aun 
después de verlas anunciadas en la Gaceta, 
hemos de esperar un poco para darles entero 
crédito. 

Por el telégrafo sabemos que el Gabinete 
portugués ha significado al general Prim su 
deseo de que abandone aquel reino. Esta de- 
terminación, que el ministerio funda en la úl- 
tima proclama del general español, ha sido 
objeto de ardientes debates en la Cámara, 
donde las oposiciones liberales piensan dar 
una gran batalla política a los hombres que 
ocupan el Poder. 

- U2 - 



REVISTAS CONTEMPO^^R A'^NJE A S 

En París vuelve a hablarse de un viaje 
de la emperatriz Eugenia a la capital del 
mundo católico con motivo de las próximas 
solemnidades religiosas de Semana Santa. 
Como es natural, a este viaje se da una gran 
significación política, y aunque ya en otras 
ocasiones se ha hablado sin fundamento de 
proyectos semejantes, ahora se cree que la 
presencia de la emperatriz en Roma, coinci- 
diendo con la retirada de las tropas francesas, 
tiene el objeto de dar al solio pontificio el 
apoyo moral suficiente a contrabalancear el 
material que va a faltarle. Ello es lo cierto, 
que al cumplirse el término de la estipula- 
ción de 15 de septiembre, los asuntos políti- 
cos de Italia presentan una faz muy distinta 
de la que en el nuevo reino esperaba encon- 
trar el partido de acción. El contingente para 
el ejército pontificio se ha cubierto en Fran- 
cia, el príncipe imperial contribuye con sus 
intereses particulares a costear el armamento 
de guerra de estos nuevos cuerpos de ejérci- 
to, el emperador Napoleón se pronuncia de- 
cididamente en las Cámaras a favor de la 
conservación del poder temporal del Papa, y 
la emperatriz se dispone a ir en persona a 
prosternarse ante el solio pontificio. No era 
esta, seguramente, la perspectiva qeu soña- 
ron para cuando expirase el plazo convenido 

- 113 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

entre el Gabinete de las Tullerías y el de Tu- 
rín, los que sólo veían en Florencia la última 
etapa para penetrar en Roma. 

El malhumor que este estado de cosas, poco 
halagüeño para sus intereses, produce en la 
corte de Víctor Manuel, ha venido a recaer 
en nosotros como de rechazo, y la nota de La- 
mármora dirigida al Gabinete español es una 
prueba. 

Entretanto que estos asuntos entretienen la 
curiosidad y despiertan el interés de los hom- 
bres políticos, reanudando la serie de preocu- 
paciones serias, un momento interrumpidas 
por el estrépito y la alegre vocería de la mul- 
titud que ha tomado parte en las últimas fies- 
tas del Carnaval, los círculos científicos y li- 
terarios, así dentro como fuera de nuestro 
país, vuelven a su actividad acostumbrada. 
De Constantinopla dicen que han comenzado 
a celebrarse las sesiones de las conferencias 
sanitarias, prevaleciendo en ellas y en gran 
mayoría la opinión de que la terrible enfer- 
medad, objeto de sus estudios y debates, es 
indudablemente contagiosa. La ciencia, pues, 
si esta opinión se confirma, tendrá que dar un 
paso atrás resucitando en lo posible el anti- 
guo sistema de cuarentenas y aislamiento de 
los puntos invadidos. Como quiera que al 
aparecer la primavera no sería extraño que 

— 114 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

con ella apareciese otra vez el cólera en algu- 
nas localidades de nuestro país, creemos que 
sería muy conveniente que el gobierno y las 
corporaciones tuviesen un criterio a que ajus- 
tarse conforme con lo que de estas conferen- 
cias resulte. Los trabajos para la Exposición 
de los objetos traídos del Pacífico por la Co- 
misión científica que acompañó a la escuadra 
española se prosiguen activamente, y a juz- 
gar por las noticias que tenemos, será digna 
de la ilustrada e inteligente persona a quien 
se ha confiado la dirección de tan importante 
asunto. 

Las Academias literarias y científicas, cum- 
pliendo con el objeto para que fueron funda- 
das, dan asimismo señales de animación y 
vida. La de la Lengua ha premiado última- 
mente con el accésit, en sesión extraordinaria, 
las dos novelas españoles que, entre las varias 
presentadas al concurso, se han juzgado dig- 
nas de esta honorífica distinción. Falta hace 
que, bien por medio del estímulo, bien por 
medio de discusiones didácticas sobre tan in- 
teresante asunto, las corporaciones literarias, 
apoyándose en la crítica, procuren señalar 
el verdadero camino de la novela nacional, 
que dadas las brillantes condiciones de ima- 
ginación que especialmente distinguen a los 
ingenios españoles, puede prometerse un bri- 

- 115 -^ 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

liante porvenir. La Academia de Ciencias Po- 
líticas y Morales, cuya presidencia estuvo en- 
comendada al eminente republico y erudito 
literato D. Pedro José Pidal, ha nombrado 
para sustituirle en -este importante puesto a 
D. Lorenzo Arrazola. La fama de que goza el 
más notable de los comentaristas de nuestras 
leyes en el mundo de la política y de las le- 
tras, justifica cumplidamente esta acertada 
elección, que con dificultad podía haber re- 
caído en persona de más respetabilidad y mé- 
ritos. Los teatros, saliendo del quietismo que 
en alguno de ellos se venia observando hace 
algunas semanas, han ofrecido en ésta dife- 
rentes novedades. En el Real ha habido de 
todo, pues mientras el público inteligente y 
de buen gusto no ha podido menos de aplau- 
dir los conciertos sacros, y especialmente a 
la señora Rey-Baila y a los concertistas que 
le han acompañado en la interpretación del 
Ave María de Gounod, la misma distinguida 
cantante, el Sr. Abruñedo y el cuadro de ar- 
tistas que ha resucitado el Hernani, para de- 
sesperación de los abonados al regio coliseo, 
han encontrado, en la indiferencia o en las 
muestras de disgusto del público, el castigo^ 
de su temeridad al acometer la obra de Verdi 
con tan evidente falta de fuerzas en unos, y 
de ensayos y de unidad en otros. 

- 116 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

En el teatro del Príncipe, y en tanto que se 
continúan los ensayos de la última produc- 
ción de Ventura de la Vega, la cual ya deberá 
haberse representado cuando El Museo llegue 
a manos de sus habituales lectores, se ha 
puesto a beneficio de la señorita Valverde la 
comedia titulada Un hombre público. Esta 
comedia, escrita con gracia y ligereza, pero 
cuyo asunto, por demás trivial, carece de in- 
terés y de importancia, ha tenido una regular 
acogida por parte del numeroso público, que 
pagaba con su presencia un tributo de sim- 
patías a la beneficiada. Más lisonjero éxito 
ha obtenido en el teatro del Circo la pieza 
nueva titulada La tapa del cuello, que con la 
loa lírico-burlesca Caltañazor y Arderius, o 
de Dios nos venga el remedio, puesta en es- 
cena en el teatro de la Zarzuela, tiene el pri- 
vilegio de llamar la atención de los aficiona- 
dos al género entretenido y agradable, que a 
falta de grandes y transcendentales produc- 
ciones, no dudamos en calificar de el mejor y 
más adecuado al fin que se propone el teatro 
moderno, que es enseñar y distraer. Cuando 
de las obras no resulta una gran enseñanza; 
lo cual no es del todo fácil, justo es que al 
menos resulte una razonable distracción. 

Últimamente, el mismo teatro del Circo, 
que ya al principio de la semana ofreció una 

- 117 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

novedad a sus habituales favorecedores, ha 
puesto en escena, a beneficio de la simpática 
actriz doña Adela Alvarez, una obra que ha 
conseguido llamar la atención del público, y 
que por el ligero juicio que hemos podido for- 
mar de ella en una primera representación, 
merece los elogios que la Prensa le tributa. 
Dulces cadenas, que tal es el título de la nue- 
va comedia con que se ha revelado autpr dra- 
mático de mérito un joven escritor, hasta hoy 
casi desconocido, tiene, desde luego, para 
nosotros una gran recomendación, que con- 
siíte en no haber venido al teatro precedida 
de esa atronadora sinfonía de aplausos de 
gacetilla, con la cual suelen anunciarse otras 
producciones, que al fin concluyen con un 
fiasco. 

En el ensayo dramático del Sr. San Juan, si 
ensayo puede llamarse una obra que reúne 
las condiciones de la suya, no campea tanto 
la novedad y la importancia del pensamiento 
como el tino poco común con que lo ha des- 
arrollado y la armonía que se advierte entre 
las diversas partes que lo componen. 

El público con sus aplausos, y la Prensa 
con sus unánimes elogios, han recompensado 
dignamente al modesto joven que con tan le- 
gítimos títulos viene a pedir un puesto entre 
nuestros escritores dramáticos. Nosotros uni- 

- 118 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

mos nuestro más sincero parabién a los mu- 
chos que de todas partes recibe; pero entre el 
concierto de merecidas alabanzas que en este 
momento halaga sus oidos, permítanos el se- 
ñor San Juan que, a la manera que los egip- 
cios presentaban un ataúd en medio de sus 
festines y los romanos ponian un esclavo en 
el carro de la victoria para decirles a cada 
instante al triunfador acuérdate que eres 
hombre, nosotros, a nuestra vez, le recorda- 
mos que la carrera de escritor dramático es 
tan brillante como difícil; que de la escena, 
quizá con más razón que de la mujer, pudo 
decir Shakespeare: pérfida como la onda, y 
que en este país donde tantos empiezan por 
el fin, la verdadera inteligencia no debe fiar 
mucho ni dormirse sobre los laureles de un 
primer escrito. 



119 - 

( 



En los estrechos límites de una revista que 
ha de tratar diversos asuntos, no cabe el jui- 
cio crítico de una obra de tanta importancia 
como la que últimamente se ha puesto en es- 
cena en el teatro del Príncipe, y que con jus- 
ticia ocupa en primer término la atención del 
público. Dejando a otros intacto el campo de 
la crítica literaria e histórica, por nuestra 
parte nos limitaremos a decir algunas pala- 
bras acerca de la primera representación de 
la obra del malogrado Ventura de la Vega^ la 
cual, a pesar de las condiciones que hacen su- 
mamente difícil su desempeño, ha sido una 
verdadera solemnidad dramática y un mag- 
nífico y merecido triunfo para su autor. 

Mucho se ha discutido y se discute aún la 
conveniencia de representar una tragedia 
que, como la de que nos estamos ocupando, 
exige un cuadro de actores numeroso y esco- 
gido para que la interpreten, y un público in- 
teligente y de un gusto muy depurado, para 
que sienta sus bellezas especiales. Los que 
opinan porque La muerte de César no debió 

- 121 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

ponerse en escena, dicen que la cuestión es- 
taba prejuzgado por el mismo autor de la obra 
en el hecho de haberla impreso antes de lle- 
varla al teatro, donde, según sus palabras, no 
esperaba verla nunca; su tragedia creyó, 
pues, Ventura de la Yega, que más era para 
leída que para vista representar. No obstante, 
la piedra de toque para aquilatar el valor de 
los trabajos dramáticos, es la escena. Hasta 
que la obra teatral no se anima y toma cuer- 
po, hasta que sus personajes no comienzan a 
moverse y a respirar, desenvolviéndose la ac- 
ción en una forma más real y tangible a los 
ojos de los espectadores, no es fácil juzgar de 
sus condiciones escénicas ni de su verdadero 
mérito. Por nuestra parte no se nos ocultaba 
que la inspiración, demasiado casera, de la 
mayor parte de nuestros poetas modernos, 
tiene más familiarizado al público con las in- 
trigas de tocador y las mezquinas pasiones 
de frac negro y corbata blanca, que con los 
imponentes vestíbulos del Foro de Roma y 
los enérgicos caracteres de los hombres de 
aquellos siglos; ni tampoco dejábamos de 
comprender que aunque hay actores de gran 
talento en el teatro del Principe, faltaría uni- 
dad en el cuadro, bastante numeroso, de los 
personajes de la obra; pero a pesar de todo, 
deseábamos verla en escena, y el éxito que ha 

— 122 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

obtenido nos ha confirmado en la idea que 
teníamos acerca de la conveniencia de su re- 
presentación. El éxito de La muerte de César, 
de una obra hija tanto de la inspiración como 
del estudio, que ha debido ajustarse a rigu- 
rosos preceptos literarios, en la que ha sido 
preciso marchar por la senda que traza la 
historia, cuyo general conocimiento impide 
hoy ciertas desviaciones, no podia ser nunca 
uno de esos éxitos de interés palpitante, de 
emociones más vivas que profundas, éxitos de 
curiosidad o de sensación propios de la mo- 
derna escuela dramática. Más reposada, más 
severa, más iría, si se quiere, la tragedia de 
Ventura de la Vega, fruto de un trabajo con- 
cienzudo, retrato fiel de una época histórica, 
vestida con galas poéticas tan graves, tan sen- 
cillas como la toga y el manto de sus perso- 
najes, habla a un mismo tiempo a la inteli- 
gencia que al sentimiento, y de la dulce ar- 
monía que forman al combinarse las dos 
cuerdas que vibran a la vez en el corazón y 
en la cabeza de los espectadores, resulta ese 
placer profundo, tranquilo e indefinible que 
producen las verdaderas obras de arte en los 
que alcanzan a comprenderlas y están orga- 
nizados para poder sentirlas. El escogido pú- 
blico que en la noche del estreno llenaba las 
localidades del teatro del Principe, reunía, ca- 

— 123 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

si en su totalidad, estas condiciones. El triun- 
fo del poeta cuya pérdida llora aún, y llorará 
largo tiempo la musa castellana, fué, pues, 
tan satisfactorio y tan legitimo como era de 
esperar. Ya desde mucho antes que comenza- 
ra la representación de la obra, el animado 
aspecto de la sala, y la multitud de personas 
conocidas en el mundo de las letras, la políti- 
ca y las artes, que habian acudido a esta so- 
lemnidad literaria, nos dieron la medida del 
entusiasmo y la general aceptación con que se- 
ria acogido el homenaje que la empresa del 
Príncipe trataba de ofrecer a la memoria de 
Ventura de la Vega. Durante el curso de la re- 
presentación, el proftmdo silencio con que es- 
cuchaba el público los altos conceptos en que 
abunda la obra, sólo se interrumpía de cuan- 
do en cuando para dar lugar a espontáneas 
manifestaciones de aprobación y aplausos 
unánimes. Al terminar el último acto el busto 
de Ventura de la Vega fué coronado en la es- 
cena entre las estusiastas aclamaciones del pú- 
blico, que arrojaban coronas, versos y flores, y 
Romea, con la voz entrecortada por la emo- 
ción, pero con esa entonación y ese sentimien- 
to admirables con que sólo él sabe hacerlo, 
leyó la siguiente poesía de D. Ricardo de la 
Vega, uno de los hijos del ilustre autor de la 
obra que acababa de representarse: 

- 124 - 



EVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

"Hoy, que del romano sol 
de nuevo la lumbre brilla, 
se empaña el sol de Castilla 
llorando al vate español. 
César no ha muerto : al crisol 
del que padre suyo fué, 
vive, alienta, se le ve; 
y para verlo en tal día, 
¡al padre del alma mía 
no hay quien la vida le dé! 



Crezca en entusiasta ruido 
que en esta noche sublime 
placer y dolor imprime 
a mi corazón herido. 
Rasgúese el velo tupido 
que oculta misterio santo, 
y a ti, en armonioso canto, 
llegue, ¡oh padre sin igual!, 
el aplauso universal, 
y de tus hijos el llanto. 

Público, vates y actores 
que, para honrar la memoria 
de quien os lega su gloria 
tejéis coronas de flores : 
¿cómo tan tiernos favores 
puede un hijo agradecer? 
¡ Si es la gratitud deber 
y esperáis el galardón, 
ahí os va mi corazón; 
no tengo más que ofrecer!" 



- 125 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Algunos días después de la representación 
de La muerte de César, hemos asistido a otra 
solemnidad más grave y también conmemo- 
rativa de un ilustre poeta, cuyo nombre cons- 
tituye por sí solo una verdadera gloria nacio- 
nal. La Academia Española acordó celebrar 
solemnos honras fúnebres por el eterno des- 
canso de su difunto director, el ilustre duque 
de Rivas, y unos invitados, otros espontá- 
neamente, todo lo más escogido de la socie- 
dad madrileña ha acudido a la real iglesia de 
San Isidro, a pagar este respetuoso y cristiano 
tributo a la memoria del autor de Don Alvaro, 

El nombre del duque de Rivas, que con este 
motivo vuelve a evocarse en la Prensa, rodea- 
do del prestigio y el respeto que merece, ha 
contribuido a que se reanime la cuestión de 
la corona poética que los literatos españoles 
trataban de dedicarle, al mismo tiempo que 
se diera en el teatro del Príncipe una repre- 
sentación extraordinaria de la más notable 
de sus obras escénicas. Esperamos que la co- 
misión encargada de disponer los medios de 
honrar dignamente la memoria del hombre 
que por sus condiciones de corazón y de ta- 
lento supo conquistarse el cariño y la admi- 
ración de sus conciudadanos, no demorará el 
día en que el país pueda satisfacer esta deuda 

- 126 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

de gratitud contraída para con uno de sus más 
esclarecidos ingenios. 

En política, la semana se ha presentado más 
escasa de acontecimientos que en literatura. 
Respecto a España, lo más corto y lo más pru- 
dente nos parece decir que nada ha sucedido, 
pues si bien se ha insertado en la Gaceta la 
sentencia condenando al general Prim y a los 
que le siguieron en las sublevaciones de Aran- 
juez y Ocaña, y hemos tenido conocimiento 
de las deliberaciones de la Cámara portugue- 
sa, favorables en su mayoría al acuerdo del 
Consejo de Ministros extrañando, al mismo 
famoso personaje del vecino reino, tanto es- 
tos sucesos como el tratado de alianza ofen- 
siva y defensiva entre Chile y el Perú, eran 
cosas sabidas o esperadas y, por lo tanto, el 
interés que han inspirado, corto y pasajero. 

En el exterior, la Prensa extranjera se ocu- 
pa, comentándola de diversos modos, de la re- 
volución de los Principados. Esta revolución, 
que puede decirse que no ha sido vista ni oída 
y que. de la noche a la mañana ha dado, sin 
embargo, en tierra con el príncipe Couza, des- 
truyendo en un día y desbaratando con golpe 
violento una de las más arduas y complicadas 
combinaciones de la diplomacia europea, aun- 
que animada de cierto espíritu liberal, no ha 

- 127 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

aparecido con tendencias democráticas. Lle- 
vada a cabo por el ejército, con la cooperación 
de las masas populares, se ha consumado sin 
derramamiento de sangre, y después de arran- 
carle un acta de abdicación al principe des- 
tronado y de autorizarle para abandonar el 
país, los miembros del Gobierno provisional 
se han apresurado a ofrecer la corona al con- 
de de Flandes, hermano menor de Leopol- 
do II, actual rey de Bélgica. Pero los tiempos 
se presentan tan duros para reinar que lo que 
en otras épocas se consideró el límite de la hu- 
mana ambición, hoy sale poco menos que a 
la plaza pública y se ofrece casi de balde, sin 
encontrar licítadores. Ejemplos son el trono 
de Méjico, aceptado con tanta dificultad y 
tantas condiciones; el de Grecia, vacante lar- 
gos meses y ocupado a duras penas por un 
príncipe dinamarqués; el de Rumania, en fin, 
que no ha admitido el conde de Flandes y 
que esperará vacío a que las potencias euro- 
peas le busquen un candidato con la linterna 
con que Diógenes buscaba un hombre. Fuera 
de este acontecimiento que, aunque lejano, lla- 
ma la atención y fija por el momento el inte- 
rés de los que siguen el complicado curso de 
la política extranjera en todos sus detalles, 
nada de particular o de nuevo ocurre. En Ita- 

— 128 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

lia, como se esperaba, el gabinete Lamármo- 
ra ha salido triunfante en la votación de las 
Cámaras, donde se discutia una cuestión que 
el Gobierno creyó que, de aprobarse, podría 
significar un voto de desconfianza. En Ingla- 
terra siguen a vueltas con la vasta conspira- 
ción de los fenianos irlandeses, que, como a 
la hidra de la fábula, parece que le renacen 
las cabezas a medida que se le cortan; y, por 
último, la Prensa de los demás países comen- 
ta la nota del cardenal Antonelli sobre las 
consecuencias del tratado de 15 de septiem- 
bre, nota que acaba de hacer pública El me- 
morial diplomático, 
H^ Terminada ésta que pudiéramos llamar di- 
gresión política, y volviendo al terreno lite- 
rario y artístico en que comenzamos nuestra 
revista de la semana, réstanos aún escribir al- 
gunas líneas para completar el cuadro de los 
acontecimientos que en ella han ocurrido. La 
nueva empresa de la Zarzuela, a cuyo frente 
se ha colocado el simpático actor Arderius, 
acaba de ofrecer un juguete en un acto, titu- 
lado Don Genaro, debido a la pluma que ha 
escrito Don Tomás y El último mono. Este ju- 
guete, aunque inferior a las festivas y popu- 
lares obras de su autor, revela en algunos 
chistes y en la viveza y la facilidad del diálo- 

- 129- 

9 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

go las indisputables condiciones de talento y 
espontaneidad que adornan al Sr. Serra. La 
comedia del Sr. Mozo Rosales, estrenada en 
el mismo teatro con el titulo de La niña mi- 
mada, es una producción ligera destinada a 
entretener algunas noches al público que acu- 
de al teatro de Jovellanos y a pasar sin dejar 
huella alguna. 

Los dilettantes son los que están de enho- 
rabuena con la llegada de Tamberlik, el cual 
viene a pronunciar el qiios ego, de Neptuno, 
calmando con el mágico eco de su poderosa 
voz las tempestades del teatro de Oriente. 
Cuando esta revista se publique, si los carte- 
les no nos engañan, lo cual suele suceder con 
alguna frecuencia, ya el tenor favorito del pú- 
blico madrileño habrá debutado en La Afri- 
cana, obra en la cual le auguramos un brillan- 
te éxito. 

Ahora que hemos puesto fin a nuestra pe- 
riódica revista y que febrero, para morir tan 
loco como ha vivido, se despide de nosotros 
azotando los vidrios de nuestros balcones con 
una espesa lluvia de blancos y menudos copos 
de nieve, vamos a leer sentados al calor del 
fuego los últimos versos que han brotado de 
la elegante pluma de uno de nuestros más 
dulces poetas. En uno de los próximos núme- 
ros hablaremos más largamente de El Caii- 

— 130 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

dillo de los Ciento, novela escrita en verso por 
D. Antonio Arnao, que es el nuevo libro que 
hoy ocupa la atención de los circuios litera- 
rios y al que acabamos de aludir en las líneas 
anteriores. 



- 131 



La Real Academia Española ha celebrado 
una sesión extraordinaria para conmemorar 
dignamente entre sus individuos el nombre 
del ilustre duque de Rivas. Correspondiendo 
a su galante invitación hemos tenido el gusto 
de asistir a esta solemnidad literaria. 

Nuestro corazón se dilata y se ensancha 
nuestro ánimo cuando, haciendo punto un ins- 
tante en medio de las graves preocupaciones 
políticas que nos rodean, en medio de la in- 
quietud y las luchas de encontrados princi- 
pios e intereses que nos agitan, encontramos 
ocasión de asistir a un espectáculo tan con- 
solador y satisfactorio como el que ofrece una 
corporación, respetable por los méritos de los 
individuos que la componen, al reunirse gra- 
ve y sosegadamente para consagrar un públi- 
co y solemne testimonio de su gratitud y ad- 
miración, no al hombre político, no al grande 
de España, sino al poeta que entró un día por 
las puertas de la Academia trayendo su Ro- 
mancero histórico en la mano como el mejor 
título a tan señalada honra. 

— 133 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

El acto, al que han concurrido, a más de 
los académicos que forman parte de la corpo- 
ración, multitud de individuos de otras aca- 
demias científicas, y personas conocidas por 
su posición en el mundo de la política y de las 
letras, estuvo realzado con la presencia de al- 
gunas elegantes damas, entre las que en lugar 
preferente tuvimos el gusto de ver a las de la 
familia del inolvidable duque, cuyo busto de 
mármol, colocado sobre la mesa de la presi- 
dencia, delante del sitial vacío y cubierto con 
un velo negro, nos traía a la memoria el tiem- 
po en que el respetable anciano, aquejado ya 
de los males que habían de concluir con su 
existencia, venía aún a dirigir los debates y a 
aportar a las más obscuras cuestiones la luz 
de su esclarecido ingenio. 

Pero nuestro recuerdo se hizo más vivo, 
y la figura del hombre notable por tantos con- 
ceptos, en cuya honra tenía lugar aquella so- 
lemne reunión, comenzó a dibujarse con lí- 
neas cada vez más acentuadas a los ojos de la 
fantasía, cuando el excelentísimo señor don 
Leopoldo Augusto de Cueto, unido al ilustre 
difunto por estrechos lazos de parentesco y de 
íntima amistad, cumpliendo el triste al par 
que satisfactorio encargo que la Academia 
había tenido a bien confiarle, comenzó a tra- 
zar a grandes rasgos el cuadro de la agita- 

— 134 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

(la y gloriosa vida del poeta, examinando de 
paso la Índole de sus creaciones más popula- 
res, y apreciando el conjunto de sus obras li- 
terarias con un alto y luminoso criterio, que 
puso de relieve el carácter del autor, la espe- 
cialidad de su talento y @1 influjo que habia 
ejercido en su época. El trabajo del Sr. Cueto, 
tan digno de llamar la atención por su ele- 
gante forma y castizo lenguaje, como por el 
tino y la profundidad de sus observaciones 
criticas, fué acogido con significativas mues- 
tras de aplauso por parte del numeroso y es- 
cogido auditorio que llenaba el local de la 
'cademia, colmando la medida del entusias- 
mo producido en los concurrentes por los bri- 
llantes rasgos de la necrología del autor de 
Don Alvaro y de El moro expósito, la lectura 
de dos de sus más hermosas y espontáneas ins- 
piraciones poéticas. El faro de Malta y La 
vejez. 

Las gratas impresiones que dejó en los áni- 
mos esta grave y brillante solemnidad, con la 
cual puede decirse que se inauguró la sema- 
na última, se han ido luego borrando poco a 
poco para dejar lugar a otras ideas menos 
agradables. Las noticias recibidas del Pacífi- 
co por la Mala inglesa, no son, en efecto, las 
más satisfactorias para los que se nos hacen 
siglos los días que pasan, sin haberse lavado 

— 135 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

de una manera honrosa y digna la afrenta in- 
ferida a nuestro pabellón por los chilenos. An- 
tes por el contrario, un suceso que, a juzg{ 
por los precedentes conocidos, se podia prel 
ver, y que, por tanto, anque nos ha indignado, 
no debia cogernos de nuevas, ha venido a au- 
mentar el largo catálogo de las informalida- 
des, los agravios y los insultos de que España 
tiene que pedir estrecha cuenta a las repúbli- 
cas americanas hostiles a nuestro pais. 

El Perú, sin tener en nada lo pactado y con- 
cluido por su anterior presidente, tal vez en- 
valentonado con el pasajero y traidor éxito 
de Chile, nos acaba de declarar formalmen- 
te la guerra. Nada más hinchado y ridiculo 
que el documento en que lo hace. El dictador 
Prado, abusando en él de la credulidad de 
sus compatriotas, les da la seguridad de un 
próximo triunfo, saca a relucir las tan mano- 
seadas glorias de su independencia (indepen- 
dencia cuyo poco mérito, dadas las circuns- 
tancias en que se realizó, ha patentizado ya 
la historia), y encarga por último a la marina 
peruana la venganza nacional. 

Cierto es que las baladronadas del Perú, a 
que tan acotumbrados nos tienen sus gober- 
nantes, no son cosa para quitar el sueño a nin- 
guna nación que, como la nuestra, tenga la 
conciencia de su superioridad en todos los te- 

- 136 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

rrenos; pero bueno será, de cualquier modo, 
hacerles entender a los que tan fácilmente se 
olvidan de la impotencia que les obligó no ha 
mucho a darnos las más satisfactorias expli- 
caciones, que aún nos sobran medios y áni- 
mos para obligarles a cumplir lo pactado. 

Según los últimos partes, nuestra escuadra, 
después de levantar el bloqueo de los puertos, 
se ha reunido para salir en busca de las fuer- 
zas navales enemigas. Estas fuerzas, por 
su parte, evitan cuidadosamente el en- 
cuentro de los buques españoles, pues dividi- 
das aún las de Chile y las del Perú, aguardan 
sin duda a hallarse juntas y a ser reforzadas 
con los dos buques que han salido de los as- 
tilleros de Francia e Inglaterra, para decidir- 
se a aventurar un combate. 

Por lo que a nosotros toca, es tan grande la 
confianza que tenemos en los valientes mari- 
nos encargados de mantener en las aguas del 
Pacifico el pabellón nacional a la altura que 
le corresponde, que hacemos los más fervien- 
tes votos porque ese encuentro se realice, en 
la seguridad de que su resultado dará ocasión 
a una nueva y gloriosa página en los anales 
de la marina española, tan fecundos ya en he- 
chos brillantes y heroicos. 

Respecto a política interior continuaremos 
siendo tan parcos como la índole de nuestro 

- 137 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

periódico exige. Las discusiones del proyec- 
to de ley sobre imprenta sigue su curso en el 
Senado, y en el Congreso el discurso del con- 
de de San Luis ha llamado de tal modo la 
atención pública, que durante algunos días 
ha sido el único objeto de los comentarios de 
la Prensa y de los círculos políticos. 

Si la ciencia no hubiera demostrado ya de 
una manera incontestable que nuestro Globo 
gira en el espacio, la impresión que ha produ- 
cido este discurso nos daría ocasión para ex- 
clamar con Galileo: E pur si muove. Porque, 
en efecto, ¿a quién de los que asistieron a la 
t'amosa sesión en que fué pronunciado, no le 
brotaría espontáneamente de los labios esta 
frase, aunque vulgar, por extremo gráfica: 
"¡Qué vueltas da el mundo!?" 

En París también está siendo objeto de con- 
troversias vivísimas otro magnífico e impor 
tante discurso. Monsieur Thiers, cuya activa 
energía y profundo talento ni se cansan ni se 
debilitan con los años, ha dado una nueva ba- 
talla a la tiranía democrática del imperio, a 
nombre de las que llama libertades raciona- 
les. La acometida ha sido brusca, pero hoy 
como ayer, el golpe de la elocuencia del céle- 
bre historiador se embotará en la compacta 
masa de la mayoría que, como una avalancha, 
caerá con sus votos sobre una minoría peque- 

- 138 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

ña por su número, aunque grande por las no- 
tabilidades que la componen. 

Al mismo tiempo que del discurso de mon- 
sieur Thiers, los diferentes circuios de la ca- 
pital de Francia se preocupan de otros mil y 
mil diversos asuntos que dan pasto a su in- 
cesante actividad intelectual. Los diplomáti- 
cos hablan de las próximas conferencias en 
que las naciones signatarias del tratado de 
Paris han de reunirse para arreglar definiti- 
vamente la cuestión de los Ducados, y tal vez 
para tratar de los asuntos de Italia, de cuya 
responsabilidad no le disgustaría al empera- 
dor descartarse un poco, repartiendo el grave 
paso entre varias potencias. 

Los filarmónicos se ocupan de una notabili- 
dad, cuya aparición en el featro Lirico obten- 
drá seguramente un éxito de curiosidad ex- 
traordinario : trátase de un verdadero fenó- 
meno, de una joven de diez y ocho años, her- 
mosa y con talento, que, a más de estas reco- 
mendables cualidades, posee una magnífica y 
robusta voz de tenor. El hallazgo no puede 
ser más oportuno para el mundo musical, hoy 
que los buenos tenores escasean tanto y, por 
nuestra parte, no desesperamos que siguien- 
do adelante en sus pesquisas los que han lo- 
grado encontrar este tesoro, darán el mejor 
día del año con alguna otra joven que pueda 

- 139 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

desempeñar la parte de Bertrán, del Roberto, 
o la del Gran Pontífice, en El Nabuco. Y no 
paran aquí las novedades que la capital del 
vecino imperio ofrece en la actualidad a sus 
habitadores, pues la venta de la quinta roma- 
na del príncipe Napoleón y las de varias co- 
lecciones de muebles históricos, cuadros, va- 
sos, medallas y autógrafos importantes, traen 
en continuo movimiento a ios amateurs de 
estas curiosidades, así franceses como extran- 
jeros, entre los cuales y a propósito de la va- 
luación de estos tesoros sacados a pública su- 
basta, se suscitan las más acaloradas y curio- 
sas controversias artísticas, arqueológicas y 
paleográficas. 

Entre nosotros, si bien en pequeña escala, 
no deja de notarse algún movimiento. La Aca- 
demia de Juegos florales ha publicado el pro- 
grama en lengua limosina, convocando a los 
justadores literarios a la lid abierta para ga- 
nar la flor de oro, que, como en los buenos 
tiempos de los trovadores provenzales, ha 
de entregar una dama al vencedor; aunque 
modesto, un inventor español acaba de ensa- 
yar un descubrimiento útil: aludimos al peso 
para distinguir infaliblemente las monedas de 
ley de las falsas, descubrimiento que hoy, que 
circulan tantas de dudosa legitimidad, no es 
como vulgarmente suele decirse para echado 

— 140 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

en saco roto; en algunas provincias se anun- 
cian exposiciones parciales agrícolas y de ga- 
nados, y en todas ellas se activan los prepa- 
rativos para el envió de los productos y obje- 
tos que han de representar a España en la 
universal de Paris. 

Entretanto en la corte, después de la políti- 
ca, que es la idea que preocupa siempre en 
primer término, los teatros son los que tienen 
el privilegio de llamar la atención más cons- 
tantemente. Las representaciones del César 
siguen llamando al publico al elegante coli- 
seo del Príncipe, mientras la obra de Ventura 
de la Vega encuentra diversa acogida entre 
los críticos de la Prensa periódica. La Zarzue- 
la, dando a luz obrillas cómicas y ligeras, unas 
con mejor, otras con peor éxito, y agotando 
todos los recursos que posee la imaginación 
de su actual y simpático director Arderius, al 
que ayuda en esta campaña el inimitable Gal- 
tañazor, logra entretener a sus abonados ofre- 
ciendo espectáculos si no altamente trascen- 
dentales y literarios, al menos variados y di- 
vertidos. El Pastelero de París, El Colmillo 
del Elefante y la serie de cuadros vivos, eje- 
cutados por los individuos de la compañía, 
que son las novedades que ha ofrecido en la 
semana, pertenecen a ese género de bromas 
con las que la severa critica no tiene que ver 

- 141 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

nada, y que en logrando desarrugar algunos 
ceños y arrancar algunas sonoras carcajadas 
del público, que va de buena fe a divertirse, 
pueden bajar al panteón dramático con la 
tranquilidad de que han llenado su objeto. 

Por último, y según hablamos previsto en 
nuestra anterior revista, Tamberlik ha obteni- 
do un triunfo al aparecer en la escena del tea- 
tro Real con La Africana. La obra de Mayer- 
ber, realzada con el poderoso concurso de un 
artista tan de primer orden, ha podido ser 
apreciada por el público en cuanto vale. Du- 
rante todo el curso de la representación, los 
aplausos del auditorio sustituyeron a los chi- 
cheos y silbas a que ya casi nos tenían acos- 
tumbrados los recalcitrantes del regio coliseo, 
y al llegar al magnifico dúo de Vasco de Ga- 
ma y Zelika, el entusiasmo de los espectado- 
res llegó a un punto difícil de pintar. Báste- 
nos decir, para dar una idea, que la señora 
Rey Baila y Tamberlik fueron llamados has- 
ta siete veces a la escena. Verdad es que como 
todo es relativo en este mundo, según el dicho 
de D. Hermógenes, las siete veces que han si- 
do llamados al palco escénico los intérpretes 
de La Africana, son nada con las que el pú- 
blico de Roma ha hecho salir al maestro Pe- 
trella en la primera representación de su nue- 
vo spartito "Caterina Howard". Según un pe- 

- 142 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

riódico, el público romano, entusiasmado con 
las bellísimas melodías de esta ópera, hizo sa- 
lir al inaestro al foro hasta cincuenta y cuatro 
veces. Francamente, este fatigoso ejercicio, 
más que premio por una buena obra, parece 
penitencia impuesta por algún desaguisado 
musical. 



I 



- 143 - 



t 



i 



Al fin se rompieron las hostilidades entre 
Austria y Prusia. Suele decirse a menudo, y 
nosotros lo hemos repetido algunas veces, pa- 
ra dar a entender que ha dado principio una 
guerra, que se ha disparado o se va a dispa- 
rar el primer cañonazo. La guerra presente, 
que, según aseguran, se ha venido tramando 
en silencio desde la famosa entrevista de Na- 
poleón, Bismarck y Nigra en las playas de Bia- 
rriz, por burlar hasta última hora la previsión 
de los curiosos politicos, ha comenzado el dra- 
ma con una escena mimica lo menos ruidosa 
posible. Hasta el momento, sólo ha tenido lu- 
gar un choque de la caballeria austríaca con la 
prusiana, en el que ésta ha llevado la peor 
parte. Los cañones guardan aún un prudente 
silencio, pero dentro de muy poco abrirán sus 
formidables bocas para concluir la complica- 
da polémica diplomática de un modo más 
enérgico y terminante que lo hubieran podido 
hacer los más elocuentes hombre de Estado 
en las frustradas conferencias. 

El conflicto europeo está en pie. Hora es de 

• 'i- J — 

1© 



GUSTAVO ADOLFO BECQUSR 

mesurar, aunque Kgeramente, sus gigantes- 
cas proporciones. Para poderlas apreciar con 
alguna exactitud, fuerza es tender la vista a 
nuestro alrededor fijándonos en la actitud en 
que al comenzar la guerra están colocados ca- 
da uno de los países que, más o menos direc- 
tamente, se encuentran interesados en la lu- 
cha, de la cual podrían, en un caso dado, ser 
actores muchos de los que al presente se limi- 
tan a desempeñar el papel de testigos. 

Austria y Prusia, cuyo antagonismo secular 
sólo se debilita a intervalos para reaparecer 
más enconado e intransigente, si se atiende a 
los datos que arroja la estadística militar, tie- 
nen casi niveladas sus fuerzas. Pero hay que 
hacer una observación importante.. En Aus- 
tria la guerra es popular; en Prusia no; o al 
menos Bismarck, que es el alma de ella, lucha 
inútilmente por levantar el espíritu público 
en favor de sus proyectos, de los que sospe- 
chan puedan ser tan sólo un medio hábil para 
distraer la atención del régimen político que 
con tan extraña tenacidad sostiene. 

Hay otra desventaja en contra de Prusia. 
El Gabinete de Viena, insinuando hábilmente 
la idea de que el término de la cuestión po- 
dría ser la pérdida de la frontera del Rhin, ha 
herido la fibra nacional alemana, consiguien- 

- 146 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

do poner de su lado a la mayoría de los miem- 
bros de la federación. El equilibrio de poder, 
roto por la parte de Prusia, se restablece al 
caer en la balanza el peso de Italia. 

En Italia la guerra es altamente popular e 
hija de un puro y exaltado sentimiento pa- 
triótico. Preparado de antemano el Gabinete 
de Florencia a las eventualidades de un cho- 
que inevitable en término más o menos pró- 
ximo, y ayudado en sus aprestos militares por 
una nación poderosa y amiga, cuenta con 
grandes recursos para comenzar la lucha, y se 
siente fuerte con la cooperación de un pueblo 
que despierta entusiasta a la nueva vida de la 
dignidad y la independencia, deseando dar 
muestras de que ha llegado al período de vi- 
rilidad en que las naciones se bastan a si mis- 
mas para conquistarse un puesto preemi- 
nente. 

Decíamos, pues, que al caer el peso de Italia 
en la balanza de las probabilidades de éxito, 
el fiel se mantenía en equilibrio entre las par- 
tes contendientes, y por nuestras palabras 
acerca de los medios con que cuenta Víctor 
Manuel parece que no sólo restablece su equi- 
librio, sino que la vence del lado de las dos 
naciones aliadas. Hay, sin embargo, que no 
dejarse deslumhrar por el exterior homogé- 
neo y simpático que ofrece una causa tan 

— 147 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

grande y popular como la italiana, midiendo 
sus fuerzas por la simpatia que inspira. Por 
debajo de la brillante superficie se extiende 
una red de intereses heridos, de odios mal 
apagados, de aspiraciones reprimidas, mas no 
olvidadas. Esa masa, numerosa aunque dis- 
persa, espia en silencio una ocasión, mina sor- 
damente el país, y no porque ponga un em- 
peño particular en ocultarse, debe pasar des- 
apercibida a los ojos del que intenta de bue- 
na fe sondear el verdadero estado de las co- 
sas. El destronado rey de Ñapóles, mantenién- 
dose en su manifiesto dentro de los limites de 
una prudente reserva, aconsejando la calma, 
y exhortando a sus parciales a continuar uni- 
dos y en expectativa, traza claramente esta lí- 
nea de conducta, más temible que la acción 
franca y desembozada. 

La actitud de Roma no es menos digna de 
ser tomada en cuenta. Encerrada en un pro- 
fundo silencio, aislada en medio de la lucha, 
trata de mantenerse impasible y extraña a los 
sucesos que a su alrededor se desenvuelven, 
pero ¿quién podrá calcular el efecto de su au- 
toridad respetable cayendo en un momento 
oportuno al lado de uno de los contendien- 
tes? 

Además, cosa extraña, pero que se explica: 
la guerra con Italia es, en Austria, tanto o más 

— 148 - 



m 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

popular que la de Prusia. Hay todavía en el 
fondo del corazón de los austríacos algo de 
aquella avidez y aquella ansia que empujó 
irresistiblemente en otros siglos a las razas del 
Norte sobre el Mediodía, cuyo sol y cuyo cielo 
equivalen a un paraíso; hay, junto a ese im- 
pulso poderoso, el deseo de vengar las derro- 
tas de Solferino y Magenta. 

Tal es la situación de las tres grandes na- 
ciones que hasta ahora han aparecido en es- 
cena, y a las que está encomendado el prólo- 
go del inmenso drama que tiene el privilegio 
de absorber la atención del mundo en los ac- 
tuales momentos. Sin embargo, detrás de los* 
bastidores se adivina que hay más de un per- 
sonaje vestido y dispuesto a salir a las ta- 
blas apenas lo requiera el argumento, que 
amenaza ser complicadísimo. Algunos de ellos 
se han anunciado ya convenientemente, y, se- 
gún lo requieren las reglas clásicas de las 
obras teatrales. Francia proclama en alta voz 
su neutralidad; pero es una neutralidad in- 
comprensible. La carta de Napoleón a su mi- 
nistro de Negocios Extranjeros, es un verda- 
dero logogrifo. Su empeño, dice, es mantener 
la obra de Francia en Italia. Si ésta se ve ame- 
nazada, por cuestión de honor nacional, se 
encontrará precisada a terciar en la cuestión 
con las armas en la mano. Pero ¿cuál es la 

- 149 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

obra de Francia? La creación del reino de Ita- 
lia tal y conforme se encuentra constituido. Si 
la Lombardia y el Milanesado vuelven a po- 
der de los austríacos, he aqui su obra deshe- 
cha. 

Si por el contrario, Venecia sale de manos 
del Austria para incorporarse a los dominios 
de Victor Manuel, sucede lo mismo. ¿Será éste 
el sentido de la carta imperial? En fuerza de 
ser lógico, parece absurdo. 

Napoleón no debe permitirse la candidez 
de aparentar que cree la cuestión reducida a 
un duelo de amor propio entre las partes beli- 
gerantes. He aqui explicado por qué Rusia, 
que sospecha, y no sin falta de razón, que 
Francia ha de ser neutral mientras la fortu- 
na ayude a Italia, y ha de salir de su reserva 
si por casualidad le vuelve las espaldas, ha 
declarado terminantemente que un paso del 
Gabinete de las Tullerias en este sentido, la 
determinaría a tomar una parte activa en el 
asunto, colocándose al lado de Austria, a cuyo 
fin concentra en la frontera un ejército de ob- 
servación compuesto de 200,000 hombres. 

Por lo pronto, estos son los dos nuevos ada- 
lides que, armados de punta en blanco, presi- 
den la liza, no con intenciones de arrojar el 
bastón en medio de los combatientes cuando 
se enardezca la lucha, sino con el de bajar, 

- 150 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

lanza en ristre, a la arena a compartir sus 
peligros y su suerte. Mas entretanto que con 
más o menos franqueza cada cual se coloca 
en un determinado sitio y deja traspirar sus 
intenciones, ¿qué hace Inglaterra? Napoleón, 
engolfado en la prosecución de sus trascen- 
dentales combinaciones, vuelve de cuando en 
cuando los ojos hacia el Canal de la Mancha, 
y acecha con miradas furtivas a su eterna ri- 
val tratando de traslucir sus pensamientos. 
Inglaterra, muda e impasible, le ve hacer, apa- 
renta preocuparse con sus asuntos interiores, 
y se oculta bajo la impenetrable máscara de 
una glacial indiferencia. Algo medita, sin em- 
bargo. La casi imperceptible sonrisa que di- 
lata sus delgados labios, trae inquietos a los 
que se dedican a augures de su semblante. Di- 
namarca, Suecia y Noruega, obedeciendo a 
sus ocultas insinuaciones, estrechan en silen- 
cio el lazo de la unión escandinava, y esperan 
también, envueltas en una reserva impenetra- 
ble y fría, como sus eternas nieves. Toda la 
Europa en armas, levantando cada país su 
bandera al primer grito y amenazando mez- 
clarse en una contienda titánica, ardiente y 
general desde el principio, sería menos temi- 
ble que esa calma preñada de proyectos obs- 
curos que rodea a los combatientes. Hay algo 
de pavoroso en la actitud de esos países que 

— 151 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

aguardan el momento en que la fortuna vuel- 
va una vez la espalda a un poderoso enemigo 
para caer sobre sus restos y desbaratar su 
obra, ya que no puedan repartirse sus des- 
pojos. Se presiente en la pesadez de la atmós- 
fera que nos rodea como el informe conato de 
un Waterlóo colosal. El segundo imperio, me- 
nos brillante y ruidoso que el primero, tiene, 
no obstante, raices más profundas, y para des- 
cuajarlo se ha de sentir una muy honda con- 
moción. El Waterlóo de Napoleón I fué la 
caída de un hombre; el del III sería la de un 
orden de cosas encadenadas estrechamente 
entre sí, y que han tenido tiempo de solidifi- 
carse. Al detenerse un punto a meditar sobre 
las arduas cuestiones arrojadas a la arena de 
la discusión en estos graves momentos, des- 
pués de haber examinado rápidamente los 
móviles que impulsan a otros países, las pro- 
babilidades de éxito con que cuentan y los 
proyectos que, más o menos fundadamente, 
se puede presumir que abrigan, ocurren na- 
turalmente multitud de reflexiones que a me- 
dida que vayan sucediéndose los aconteci- 
mientos, iremos exponiendo a la considera- 
ción de nuestros lectores. 

Hace poco, los que oyeron a Napoleón de-^ 
cir a los trabajadores del Campo de Marte: 
"No desmayar en vuestras tareas; la Exposi~j 

— 152 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

ción ha de celebrarse en medio de la más pro- 
funda tranquilidad", auguraron de aquí que 
la paz no se turbaría. Al ver hoy que los tra- 
bajos para la próxima Exposición universal si- 
guen activamente y que los obreros que se reti- 
ran a descansar de las fatigas del día son sus- 
tituidos por otros que siguen la faena con ayu- 
da de un faro eléctrico, durante la noche, no 
puede darse otra explicación a sus palabras, 
sino que la guerra que se dispone ha de ser 
sangrienta pero breve. 

Tal es el cuadro que ofrece la política exte- 
rior al expirar la presenté semana. La caren- 
cia de otros sucesos más importantes y la 
imposibilidad de ocuparnos de algunos que se 
realizan entre nosotros, por no permitirlo la 
índole de este trabajo, nos ha hecho detener- 
nos deliberadamente en trazarlo a nuestros 
lectores, pues terminada por el momento la 
cuestión del Pacífico, todo el interés se recon- 
centra en adelante en el nuevo teatro de la 
guerra. 

Respecto a espectáculos, tampoco podemos 
añadir gran cosa. De los caballitos del Circo, 
donde nada nuevo se hace, nada nuevo pue- 
de decirse. Como presumíamos, la empresa de 
los Campos Elíseos vino al suelo combatida 
de las mil contrariedades con que ha tenido 
que luchar desde su creación. Aunque se ha- 

- 153 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

bla mucho de música y conciertos de todos 
tamaños, chicos, medianos y monstruosos, la 
cosa no ha pasado aún de la categoría de pro- 
yecto. Cuando se realicen, daremos cuenta a 
nuestros lectores del resultado. 

El mal tiempo ha hecho que en el presente 
año se hayan retrasado las expediciones vera- 
niegas, ya al campo, ya a los puertos de mar 
y a los establecimientos de baños, donde unos 
acuden en busca de salud y otros a caza de 
aventuras de todo género. Es de esperar que 
si la atmósfera se despeja y desaparecen las 
nubes que constantemente han estado casi 
toda la primavera amagando y aun descar- 
gando sobre nuestras míseras humanidades 
terribles aguaceros, los habitantes de la corte 
se apresuren a hacer la maleta y se marchen, 
como suele decirse, con la música a otra parte. 



154 - 



No obstante el estado excepcional en que 
aún se encuentra la corte, la política interior 
comienza a dar algunas señales de vida. La 
lectura del proyecto de contestación al discur- 
so de la corona, ha tenido lugar en el Sena- 
do, sin otro incidente notable que el promo- 
vido en una cuestión previa a propósito de 
la ma^^or o menor conveniencia de entrar en 
los debates consiguientes a la aprobación del 
proyecto, hallándose aún en estado de sitio 
la capital de la monarquía. Resuelto este in- 
cidente, se ha dado principio a la discusión, 
la cual, aunque ofrece grande interés, no ha- 
lla en la Prensa ni en los círculos políticos el 
eco que hubiera encontrado a ser otras las cir- 
cunstancias. 

En las Cortes, si bien no han comenzado 
aún los debates, la lectura del documento en 
que este Cuerpo colegislador contesta al de 
la corona, ha dado ya lugar a que la opinión 
pública se fije en la especial actitud de la ma- 
yoría. Del seno de esta mayoría salió la co- 
misión que ha redactado el párrafo en el cual 
se aboga calurosamente por la conservación 

- 155 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

del poder temporal del Papa, y del seno de 
esta misma mayoría saldrán los defensores del 
proyecto de enmienda de ese párrafo, en que 
sus impugnadores creen que se ha ido mucho 
más allá del pensamiento del Gobierno. 

A distraer la atención de este incidente, que 
se presta, en efecto, a comentarios de muy 
diversa índole, ha venido por último la pre- 
sentación en la Alta Cámara de dos proyectos 
de leyes importantes. 

Uno de ellos se dirige a modificar la actual 
ley de imprenta en sentido restrictivo; el otro 
tiende a introducir algunas novedades en la 
de asociación y reuniones publicas. Como 
anunciábamos en nuestra última revista, no ha 
transcurrido mucho tiempo sin que en la po- 
lítica interior se hayan realizado significati- 
vas variaciones. 

Estos nuevos asuntos que sirven de tema 
a los diferentes cálculos y apreciaciones del 
país no logran, sin embargo, amortiguar el 
creciente ínteres que despierta cuanto se re- 
laciona con la cuestión de Chile, 

Antes de ahora habíamos hablado de un 
combate entre un buque de nuestra escuadra 
con varios otros, procedentes de Chile y el 
Perú, combate en el cual nuestra marina de 
guerra había colocado el pabellón nacional a 
la altura que le corresponde. 

- 156 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

Estas noticias halagüeñas que, aunque ex- 
traoficiales, llegaron hasta nosotros por tan 
diferentes conductos que parecían excluir to- 
da idea de desconfianza en su autenticidad, las 
confirmó nuevamente una carta recibida en 
Barcelona, en la cual se refiere el suceso con 
tantos pormenores, que a nadie quedaba ya 
sobre el 'particular la más remota duda. 

No obstante, la llegada del correo del Pa- 
cífico y el silencio del diario oficial, han veni- 
do a echar por tierra todas las ilusiones que 
se habían forjado acerca del éxito de nues- 
tras armas en aquellos países. La reacción 
producida en el espíritu público alienta, en 
cierto modo, a los que complaciéndose en 
amontonar dificultades en el porvenir, augu- 
ran a este asunto un desenlace desastroso para 
nuestra honra y nuestros intereses. Nada más 
lejos de nuestro ánimo que el temor de que 
esto suceda, pero aunque abrigamos confian- 
za en el valor de nuestros marinos, no dejare- 
mos un instante de unir nuestra voz a la del 
país todo, que ansia y pide más actividad en 
la resolución de un asunto que cada día que 
se demora puede traernos, y nos trae efecti- 
vamente, una nueva complicación o un nuevo 
obstáculo. 

Correspondencias de Londres, cuyo conte- 
nido hemos visto después confirmado en los 

- 157 - 



GUSTAVO AOOLFO BECQUER 

centros oficiales, anuncian que se han hecho 
a la mar algunos buques chilenos armados en 
corso. Estos buques, tripulados por gentes a 
quienes guia más bien que una idea patrióti- 
ca el cebo de una ganancia segura, la expe- 
riencia nos enseña con cuánta facilidad se 
multiplican ante la perspectiva de una larga 
guerra. Hoy por hoy las fuerzas marítimas de 
que disponemos bastan a proteger nuestras 
costas y los intereses de nuestras embarcacio- 
nes mercantes, pero ¿quién nos asegura que 
si los accidentes de la lucha hacen necesario 
el refuerzo de la escuadra del Pacífico, los bu- 
ques chilenos y peruanos armados en corso 
no nos crearán serios conflictos? 

Fuera de las noticias referentes a esta cues- 
tión, cuyos menores detalles tienen importan- 
cia para nosotros, ninguna de las que se re- 
ciben del exterior respecto a la política de las 
otras naciones ofrece nada de notable. 

Las exequias del príncipe Othon, cuya tem- 
prana muerte ha venido a aumentar los pe- 
sares domésticos de Víctor Manuel, se han 
celebrado en Genova con una solemnidad y 
pompa inusitadas. El príncipe Othon había 
nacido en 1846, y aunque su salud fué siem- 
pre delicada, mostró en la investigación de 
algunos problemas científicos, a cuyo estudio 

— 158 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

era muy aficionado, condiciones de carácter y 
talento nada comunes. 

En Francia, el emperador Napoleón, dandj3 
por un momento tregua a la politica, parece 
que se ocupa activamente en la prosecución 
de los gigantescos trabajos preparatorios de 
la exposición universal, en la cual trata de 
tomar parte figurando personalmente entre 
los expositores. A este fin, con la misma plu- 
ma con que escribió la Historia de César, to- 
mando plaza entre los literatos, tira lineas, le- 
vanta planos y hace croquis para completar 
su proyecto, que una vez logrado, ha de traer- 
le las simpatías de la clase obrera. Los traba- 
jos que piensa exponer consisten en modelos 
de habitaciones que reúnan, a un precio ex- 
traordinariamente barato, todas las condicio- 
nes higiénicas y de comodidad apetecibles. Se 
dice que para que el público pueda juzgar 
competentemente los modelos imperiales, van 
a levantanrse en el parque de la exposición 
tres o cuatro de estas casas, propias para obre- 
ros de la ciudad las unas, y las otras para 
labradores. Veremos si estos proyectos de que 
tanto se viene hablando en Francia, como una 
de las más eficaces medidas para la solución 
de las cuestiones económicas, respecto a la 
clase obrera, llegan a su madurez o sucede lo 

- 159 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

que entre nosotros, que siempre se quedan en 
los limbos de la ilusión y el buen deseo. 

Si bien la semana se ha presentado escasa 
de novedades respecto al exterior, pues apar- 
te de estas noticias y algunas otras de poca 
importancia, nada encontramos en las corres- 
pondencias y periódicos extranjeros a propó- 
sito para nuestra revista, la cual, debiendo 
ocuparse en globo de todas las cuestiones, 
sólo toca de ellas los puntos más salientes, en 
los círculos científicos, artísticos y literarios 
de la corte hemos podido observar algún más 
movimiento que el de costumbre. 

Las personas encargadas de llevar a cabo 
la Exposición de los objetos remitidos al Go- 
bierno por la comisión científica del Pacífico, 
se han reunido bajo la presidencia del direc- 
tor de Instrucción pública, a fin de acordar 
definitivamente las bases del proyecto. Se- 
gún unos, la Exposición tendrá lugar en la his- 
tórica casa de los Lujanes; al menos esta pa- 
rece que fué la primitiva idea del Gobierno. 
Otros, sin embargo, opinan por que se realice 
en el Jardín Botánico, local que juzgan más 
a propósito por sus especiales condiciones. En 
este sitio o en aquél, celebraríamos que la Ex- 
posición no se hiciese esperar mucho, pasan- 
do a la categoría de los mitos como la célebre 
hispano-americana, para la cual se hicieron 

_ i60s — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

tantos planos en balde y hasta se nombró una 
comisión y se señalaron los terrenos que ha- 
bían de ocupar los parques y galerías. 

La Real Academia de Medicina de Madrid 
ha celebrado la sesión inaugural del nuevo 
año 66 con la brillantez que acostumbra. Mul- 
titud de personas notables, asi por su posición 
como por su talento, han concurrido a este 
acto científico, importante no sólo por las 
cuestiones que han tratado en sus discursos 
los que en él tomaron parte, sino por el esti- 
mulo que despierta entre los que se dedican 
al estudio de la ciencia de curar el ver recom- 
pensados sus afanes y vigilias de una manera 
oficial y solemne. 

Asi en la relación que hizo el Sr. Nieto y 
Serrano de los trabajos llevados a cabo por la 
Academia durante el año último, como en el 
discurso que leyó el Sr. Santucho sobre Las 
relaciones entre la Medicina y los sistemas 
de filosofía, el público ha podido apreciar 
distintamente el vuelo que van tomando en 
nuestro país cierto género de estudios, que en 
éste como en los diversos ramos del saber hu- 
mano, anuncian una nueva era de adelanto 
para nuestras escuelas profesionales. 

Antes de terminar la sesión, el señor presi- 
dente adjudicó los premios a los autores de 
las Memorias que la Academia ha juzgado 

- 161^ 

11 



GUSTAVO ADOLFO BECQUE 

dignas de este honor, abriendo nuevamente] 
concurso para los años de 1866 y 1867. 

Después de esta solemnidad cientifica, he-j 
mos tenido ocasión de asistir a otra literaria] 
no menos importante. La primera representa- 
ción de una obra de Bretón de los Herreros^ 
del ilustre decano de la comedia de costum- 
bres españolas, se ha considerado siempre 
como un acontecimiento para las letras. El 
Abogado de los pobres, que tal es el titulo d( 
la nueva joya con que el autor de La Marceh 
ha enriquecido nuestro teatro, merece, ei 
efecto, ocupar el lugar preferente en que lí 
colocan los críticos, al lado de las mejores qu( 
ha producido la misma chispeante y fecundí 
pluma. El pensamiento de la obra es altamen- 
te filosófico, mereciendo desde luego nuestn 
aplauso el fin moral que se propone su autorj 
combatiendo con todo género de armas h 
creciente ambición y el inmoderado afán d( 
lucro y de goces que atormenta a la sociedad] 
moderna, como una ;sed febril e insaciable.j 
Esta misma idea la hemos visto más de uní 
vez desarrollada así en nuestro teatro comól 
en el extranjero, pero nunca hasta hoy había] 
aparecido en la escena vestida con un trajej 
tan español y tan característico. Los persona-] 
jes que intervienen en la fábula no son, comoi 
por desgracia suele acontecer en nuestras co-j 

— 162 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

medias de ahora, un pálido trasunto de las 
pasiones, los sentimientos y los intereses de 
otra sociedad : a todos los hemos visto alguna 
vez, los conocemos, pasan en el mundo a 
nuestro lado. Desenvuelto el plan por medio 
de escenas naturales y perfectamente encade- 
nadas, sin exagerados contrastes, sin efectos 
de relumbrón ni situaciones falsas, va el es- 
pectador hasta el fin de 1*^ obra movido de un 
agradable interés que jamás se debilita. El 
diálogo suelto, cómico y chispeante, ayudado 
de esa fácil y maravillosa versificación, que 
es la dote que más particularmente distingue 
a Bretón de los Herreros en cuanto escribe, 
completan las condiciones de esta lindísima 
comedia, que con tan justos y tan merecidos 
aplausos recibió la noche de su estreno el 
público. 

Nosotros unimos nuestro más sincero pa- 
rabién al de los que una y otra noche llaman 
al palco escénico a su popular autor, cuyo ta- 
lento y admirables dotes se creían debilita- 
dos por los años y que hoy aparece más joven, 
más lleno de savia y brío que nunca. 

También los apasionados por la música han 
tenido motivo para felicitarse en la semana 
pasada. La inauguración de los conciertos 
clásicos en los salones del Conservatorio, han 
venido a indemnizar en parte a los que no 

- 163 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

hallan en el Teatro Real armonías dignas de 
sus delicados e inteligentes oidos. 

A una parte de la sociedad, que sólo en- 
cuentra en la música pretexto para asistir a 
un teatro concurrido, mostrarse vestida de 
trajes elegantes, con los hombros cubiertos 
de una gasa transparente y el cabello prendi- 
do en una red de perlas, sobre el fondo grana 
y oro del palco, o para dirigir desde las buta- 
cas a un lado y otro de la sala la batería de 
sus gemelos, el Real, con su lujo deslumbra- 
dor y sus localidades llenas por la sociedad 
más brillante de la corte, sea bueno o malo 
el cuadro de cantantes y las óperas que se re- 
presenten, siempre ofrecerá un poderoso 
atractivo. Pero los constantes y verdaderos 
apasionados de la buena música, de esa mú- 
sica clásica, vedada a los oidos profanos que 
necesitan un largo y enojoso noviciado filar- 
mónico para comprenderla, abandonan el re- 
gio coliseo para darse cita en el salón del 
Conservatorio, donde las sublimes creaciones 
de Mozart, de Haidyn, de Madelson y de Han- 
del les hacen olvidar, con sus melodías bellí- 
simas, sus sabias combinaciones y sus inspi- 
rados giros, el estado de decadencia y aban- 
dono en que se halla el teatro de la ópera. 



— 164 - 



Como era de esperar, a medida que trans- 
curren días el drama político que se represen- 
ta a los ojos del país, pierde parte del interés 
que inspiraba y comienza a aburrir a los es- 
pectadores. 

Lo mismo en la escena del mundo que en 
la del teatro, es preciso que los desenlaces 
sean muy breves para mantener viva la aten- 
ción hasta la última palabra. 

Esta especie de paréntesis que la monoto- 
nía de los sucesos ha venido a abrir en medio 
de la pública ansiedad, se ha llenado, sin em- 
bargo, con variaciones sobre un tema intere- 
sante. Aludimos a la ya famosa sesión de las 
Cámaras portuguesas. 

La energía con que los jefes más importan- 
tes de todos los partidos políticos han protes- 
tado contra la idea de unión ibérica, ha cau- 
sado en muchos una honda impresión de 
asombro. Por nuestra parte, no nos ha co- 
gido de susto esa ruidosa y un tanto finchada 
explosión de sentimientos de independencia. 
La cuestión es muy sencilla. Por muchas ilu- 

— 165 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

siones que se hagan acerca de su país, a nin- 
gún hombre político del vecino reino se le 
oculta, que en cualquiera forma que anexio- 
nasen España a Portugal, los anexionados se- 
rían ellos. 

De todos modos, las últimas y explícitas de- 
claraciones de la Cámara portuguesa y las 
desusadas medidas de precaución que ase- 
guran va a tomar aquel gobierno con los mi- 
litares españoles que se refugian en su país, 
serían aún objeto de extensos comentarios, si 
la triste e inesperada noticia de sucesos que 
nc ■ atañen más de cerca no hubieran venido 
a fijar la atención pública en otro asunto. 

La noticia del apresamiento de la goleta 
Covadonga, llevado a cabo en las aguas de 
Coquimbo por una fragata chilena, ha sido, 
pues, el tema de todas las conversaciones du- 
rante los primeros días de la semana. 

Acerca de los pormenores del combate que 
dio por resultado el apresamiento de la Co- 
vadonga, han circulado versiones muy distin- 
tas; y nada tiene esto de extraño, toda vez 
que, según la declaración del gobierno en las 
Cortes, la noticia se ha recibido por conducto 
extraoficial. Lo verdaderamente triste es, que 
mientras el suceso no se conoce con todos sus 
detalles, los periódicos extranjeros, hostiles 
a nuestros intereses y a nuestra política en 

— 166 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

aquellos países, sacan partido de esta cues- 
tión para rebajarnos a los ojos del mundo. 

La Press e, por ejeiíiplo, dice que la fragata 
chilena Esmeralda hizo hasta quince dispa- 
ros, que todos alcanzaron a la Covadonga, 
mientras esta le contestó con nueve, de los 
cuales ni uno solo tocó al buque enemigo, 
arriando por fin la bandera española y entre- 
gándose a discreción después de un combate 
que duraría veinte minutos lo más. Esta rela- 
ción es tan apasionada como inverosímil. La 
Presse se sabe que es uno de tantos periódi- 
cos como hay en el extranjero, que parodian- 
do a nuestro Lope de Vega: 

Pues se lo paga Chile, creen que es justo 
trocar las cosas para darle gusto. 

Pero no necesitábamos nosotros saberlo 
para resistirnos a creer ciertos detalles, que, 
habiendo ocurrido tal y como el periódico 
francés los refiere, dejarían en mal lugar a 
nuestra marina. 

No valen ciertamente los chilenos el recuer- 
do, por ser demasiado grande para tan pe- 
queña ocasión, mas en caso de duda, nos hu- 
biera bastado traer a la memoria los nombres 
de Lepanto y Trafalgar, para adquirir el con- 
vencimiento de que los mismos que tan glo- 
riosamente han sabido vencer y sucumbir en 

- 167 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

otras ocasiones, no desmentirían en ésta la 
tradición de la marina española. 

En efecto, según la relación que se cree más 
conforme con las noticias del gobierno, La 
Esmeralda, de veintiséis cañones, merced a 
una indigna estratagema, y arbolando la ban- 
dera inglesa, logró sorprender nuestro buque, 
disparándole de improviso una andanada que 
dejó fuera de combate a varios hombres de 
la tripulación, desmontando al mismo tiempo 
el principal de los dos cañones con que podía 
defenderse. La Covadonga, no obstante, hizo 
un disparo que derribó la chimenea de la Es-j 
meralda, pero viendo la imposibilidad dej 
sostener una lucha con tan desiguales fuerzas,] 
trató de quitar los tornillos para irse a fon-1 
do, lo que indudablemente hubiera hecho aj 
haberles dado lugar a ello los enemigos, que! 
se precipitaron al abordaje sobre la goleta. 
Este ha sido el triunfo que han obtenido losj 
chilenos: décimos mal, los chilenos no; pueí 
según todas las noticias, confirmadas por loí 
mismos periódicos partidarios de aquel pais,fl 
la Esmeralda, que sólo izando una bandera 
que no es la suya pudo engañar a nuestros 
marinos, como los engañaría el pirata másj 
vulgar, iba mandada por un capitán inglés, ha- 
ciendo las veces de segundo un norteameri- 
cano. 

- 168 - 



RE-VISTAS CONTEMPORÁNEAS 

De la impresión que este contratiempo pro- 
dujo en el ánimo del general Pareja, jefe de 
nuestra escuadra, se ha hablado también en 
muy diversos sentidos. 

A última hora se ha confirmado la noticia 
de su desgraciada muerte. Esta catástrofe, 
que priva a nuestra marina de uno de sus je- 
fes más entendidos y pundonorosos, se refie- 
re asi: El general Pareja, intranquilo ya por 
la tardanza de la Covadonga, que debia traer- 
le unos pliegos, tuvo conocimiento, merced al 
cónsul de los Estados Unidos, de los rumores 
que circulaban acerca de su encuentro con la 
Esmeralda. La noticia no era aún oficial, pero 
al dia siguiente la confirmó el mismo cónsul 
con datos que no dejaban lugar a dudas. El 
general Pareja no mostró afectarse mucho, 
antes por el contrario, paseando sobre cubier- 
ta con la misma persona que habia confirma- 
do el hecho y con algunos otros jefes de la es- 
cuadra, dio a entender que era un contratiem- 
po fácil de remediar; ni su aspecto, ni sus pa- 
labras, revelaron cual era el verdadero esta- 
do de su espíritu, ni dieron lugar a que se sos- 
pechase que había concebido tan fatal resolu- 
ción. No obstante esta tranquilidad engañosa, 
apenas se vio solo bajó al camarote, y dispa- 
rándose un revólver puso fin a su vida. Cuan- 
do los oficiales del buque, alarmados por la 

~ 169 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

detonación, penetraron en el camarote de su 
jefe, sólo encontraron un cuerpo inerte y san- 
griento, y un papel en que habia escrito estas 
líneas : 

"Suplico que no se arroje mi cadáver en las 
aguas de Chile, ^^ 

La úlitma voluntad del desgraciado general 
Pareja se ha cumplido. 

En estos difíciles momentos ha entrado a 
sustituirle, encargándose del mando de las 
fuerzas navales, D. Casto Méndez Núñez, inte- 
ligente marino en cu^^a capacidad y resuelto 
ánimo se fundan grandes esperanzas, y el cual, 
sin andar en contemplaciones, habrá tomado 
ya revancha, arrasando la costa de ese país, 
que ha interpretado como miedo lo que ha 
sido, por parte nuestra, un exceso de conside- 
ración, y obligando a la Esmeralda, que tan 
satisfecha se mostrará de su fácil triunfo, a 
que se esconda de nuestra ira huyendo a otros 
mares. Nos parece que las potencias mediado- 
ras no abrigarán todavía la ilusión de arre- 
glarlo todo con un par de notas diplomáticas, 
verdaderos papeles mojados cuando las cosas 
se colocan en el terreno en que se ha colocado 
ya la cuestión. Y si la abrigasen, tanto peor 
para ellas, que tan frecuentemente nos dan 
el ejemplo de cómo se zanjan estos asuntos. 

Mientras esto sucede en el Nuevo Mundo, en 

- 170 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

el viejo, Napoleón se ocupa casi exclusiva- 
mente de la apertura de la Cámara popular. 
Este acontecimiento, siempre importante, con- 
tribuyen a hacerlo más todavía en las cir- 
cunstancias actuales la actitud de los partidos 
y la gravedad de las cuestiones que en ella se 
han de resolver. 

La comedia francesa se dispone a inaugu- 
rar en su próxima representación de aniver- 
sario las estatuas de MUe. Mars y la Rachel, 
honrando así con un solemne y entusiasta ho- 
menaje, el recuerdo de las dos célebres actri- 
ces que tantos días de gloria han dado a la es- 
cena de su patria. 

Las comisiones encargadas de dar el mayor 
realce posible a la Exposición que ha de lle- 
varse a efecto en 1867, madura el proyecto 
de un teatro internacional donde puedan re- 
presentarse en su propio idioma las inmor- 
tales creaciones de Calderón y de Shakespea- 
re, de Corneille y de Schiller. 

La Academia de Ciencias, en fin, que ha re- 
cibido como donativo particular la suma de 
80.000 francos, ofrece un premio destinado a 
recompensar el descubrimiento más útil a la 
clase obrera. 

Y esta misma actividad científica, industrial 
y literaria, que contrabalancea en el vecino 
imperio el influjo de la política, se deja sentir 

~ 171 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

en Inglaterra de una manera más clara y evi- 
dente. 

Aún se discuten las importantes cuestiones 
abordadas en el mitin religioso, donde toma- 
ron la palabra, en unión de algunos individuos 
del clero ruso, los obispos y doctores más emi- 
nentes del protestantismo, para tratar de la 
unión de las iglesias anglicana y oriental, 
cuando ya llega hasta noostros la noticia de 
una nueva y numerosa reunión de los sacer- 
dotes católicos celebrada en casa de monseñor 
Manning, arzobispo de Westminster. Todavía 
se ocupan los periódicos del atrevido proyec- 
to para establecer entre Douvres y Calais una 
comunicación regular por medio de buques 
de las dimensiones del Great-Eastern, sobre 
los cuales puedan trasladarse enteros los tre- 
nes de los ferrocarriles, cuando ya recibimos 
detalles acerca de las curiosidades literarias 
y arqueológicas remitidas a la sociedad asiá- 
tica de Londres. 

El casual descubrimiento a que se deben es- 
tos verdaderos tesoros que han de contribuir 
a derramar la luz sobre la historia y la litera- 
tura hebreas, ha tenido lugar en unas excava- 
ciones practicadas en Nadir-Sarape, cerca de 
Trípoli. En un terreno rodeado de vastos jar- 
dines se ha encontrado una casa cuya fecha 
se remonta a dos o tres siglos antes de nuestra 

- 172 — 



fr 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

era, y cuyas habitaciones, en perfecto estado 
de conservación, guardaban aún intactos mue- 
bles, utensilios de varias clases y una verda- 
dera biblioteca en que se ven libros de Moi- 
sés, salmos de David y una colección de poe- 
sías hebraicas desconocidas hasta hoy. 

Este hallazgo y el anuncio de una nueva 
obra del célebre autor de Nuestra Señora de 
París, tienen en conmoción dos circuios dife- 
rentes: el de los eruditos y el de los soñado- 
res; el de los que rinden culto al libro que aca- 
ba de ser desenterrado, y el de los que espe- 
ran impacientes el próximo a darse por vez 
primera a la luz de la publicidad. Les travai- 
lleurs de la mer, se aguarden, en efecto, com 
tanto o más afán que las anteriores creacio- 
nes de Víctor Hugo, porque sólo el título de la 
obra hace presentir que el desterrado de Jer- 
sey ha de haber encontrado la inspiración a 
que lo debe, en la misma orilla de esa inmen- 
sidad sin límites ni fondo, cuyas bellezas y 
cuyos horrores, cuyos dramas y cuyos mis- 
terios va a revelarnos su pluma. 

Fecunda se ha mostrado, pues, la semana 
en sucesos y noticias del exterior, si bien los 
menos halagüeños nos han cabido en parte. 
Consuélanos, sin embargo, ver que disipados 
en el interior los temores de próximos y pro- 
fundos trastornos, comienza a restablecerse 

— 173 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

la tranquilidad, y con ella a dar señales de 
vida los diferentes círculos de la sociedad ma- 
drileña. 

La Comisaría de los Santos Lugares trata 
de abrir un concurso para la adquisición de 
dos cuadros con destino a Jerusalén el uno y 
el otro a un templo católico de Marruecos, y 
la Junta directiva de la Academia Médico-Qui- 
rúrgica Matritense, anuncia desde luego el 
certamen para los premios de 1866, proponien- 
do, como primer tema, la biografía y el estu- 
dio crítico-filosófico de las obras de uno de 
nuestros hombres más eminentes, Francisco 
Valle de Covarrubias, a quien llamaron en su 
época El Divino. 

A estos aislados pero generosos esfuerzos, 
encaminados a despertar la emulación y el 
entusiasmo entre los que cultivan las artes y 
los que se consagran a la ciencia, se une la 
gradual animación de los habitantes de Ma- 
drid, que, volviendo poco a poco a las tareas 
o los placeres de la vida ordinaria, al par que 
pueblan los salones y las calles, los teatros y 
los paseos, devuelven a la cortesana villa el 
regocijo y la exuberancia de luz, de color y 
movimiento propios de la estación presente, 
cuando lucen días de sol tan magníficos como 
los que nos han estado dando, acordes por 
casualidad, el cielo y el almanaque. 

- 174 - 



Después de firmados los preliminares para 
el convenio entre Austria y Prusia, aguardá- 
base con gran interés la apertura de las Cá- 
maras en Berlín. La situación especialísima 
en que se encuentra Mr. Bismarck respecto al 
partido liberal prusiano, dejaba presumir que 
el discurso del rey vendría a proponer la fór- 
mula de una transacción entre las oposiciones 
y su ministro responsable. Por otra parte,como 
todo el tiempo que ha mediado desde la vic- 
toria de Sudowa, que definitivamente zanjó 
la cuestión alemana a favor del rey Guiller- 
mo, hasta el día, no han cesado los forjadores 
de hipótesis y cálculos políticos de suponer 
al Gabinete de Berlín animado de las más ab- 
surdas esperanzas y lleno de deseos exagera- 
damente ambiciosos esperábase asimismo 
que el mensaje de la Corona a las Cámaras 
había de desenvolver la idea de una política 
invasora y dominante, en cuyo fondo se de- 
jase adivinar el proyecto de unificar la Ale- 
mania, bajo la égida de Prusia. 

Las Cámaras de Berlín se han abierto al 

— 175 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cabo, y el rey Guillermo ha pronunciado el 
discurso, que por despachos telegráficos se co- 
municó en resumen a toda Europa, y del cual 
ya tenemos el texto íntegro. En la cuestión 
de la guerra actual los curiosos van de sor- 
presa en sorpresa. Mr. Bismarck, mantenién- 
dose en un límite respetuoso ante la represen- 
tación del país, ruega, por medio del rey. se 
legalicen sus actos pasados, excusándolos con 
la necesidad de disponer los medios conducen- 
tes a un resultado tan satisfactorio para la 
causa nacional como el que ha obtenido. Un 
MU de indemnidad que presentarán los más 
adictos al Gobierno, y que indudablemente vo- 
tarán por aclamación los diputados prusia- 
nos, pondrá término a la enojosa lucha que 
hace tiempo sostenían entre sí los represen- 
tantes del pueblo y el Gabinete. 

Respecto a planes futuros que se relacio- 
nan con la política exterior, el discurso del 
rey es muy sobrio de palabras, y si en reali- 
dad puede sospecharse otra cosa, al menos en 
la apariencia es f|ranco y explícito. Prusia, sa- 
tisfecha con la posición en que se ha colo- 
cado, merced a sus recientes victorias, se li- 
mitará a solidificar su obra estrechando los 
lazos que han de unirla a los Estados de la 
Confederación del Norte. Una política pru- 
dente y pacífica, podrá permitirle atender al 

- 176 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

cuidado de la Hacienda y de sus intereses ma- 
teriales, profundamente lastimados a conse- 
cuencia de la guerra que acaba de sostener. 

En Austria la cuestión cambia completa- 
mente de aspecto. Mientras el partido liberal 
prusiano transige con Bismarck, y acepta, qui- 
zá gustoso, una limitación de sus pretensiones 
a cambio de gloria, en Viena comienza a te- 
merse que la efervescencia producida en al- 
gunos pueblos a la noticia de la paz se trans- 
forme en principio de una revolución que con- 
cluya por desgarrar en jirones el imperio. 

Ante una situación vencida, todos los parti- 
dos son exigentes. HÚHgaros y polacos piden, 
a trueque de la humillación sufrida por la co- 
lectividad de que forman parte, nuevas y nue- 
vas concesiones en el sentido de la indepen- 
dencia a que aspiran. 

Todo lo que en Prusia son preludios de uni- 
dad y concordia, se ha convertido en Austria 
en síntomas de futuros conflictos y de inevita- 
bles pugnas de intereses. 

El golpe está dado. Si Austria permanece 
abandonada a sí misma en medio de las gran- 
des potencias que la cercan y que asisten con 
el arma al brazo a su agonía, su muerte y su 
descomposición serán seguras. 

Los partidarios a toda costa del equilibrio 
europeo, suprema lex en el arreglo de las 

- 177 — 

12 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cuestiones internacionales en la época pre- 
sente, esperan aún que la caida del imperio 
austriaco no ha de llegar a consumarse, toda 
vez que cayendo se roinperia la maravillosa 
máquina que tanto empeño hay en sostener. 
Francia, dicen, que acaso está arrepentida de 
su obra, y que en un porvenir no lejano sería 
posible que coaligada con Francisco José, tor- 
nase las cosas a su primitivo estado. La pre- 
sunción de los que así piensan no está del todo 
fuera de los límites de la verosimilitud, pero 
lo cierto es que el juego nos parece peligroso 
para repetido muchas veces. Francia protes- 
ta una vez y otra de su desinterés al mezclar- 
se como mediadora en la lucha, y por nues- 
tra parte creemos que en esta ocasión lo será 
a la manera de la zorra de la fábula en pre- 
sencia de las uvas, que calificaba de verdes 
Si, cmno esperaba, con algún fundamento, 
hubiera sido necesaria su intervención mate- 
rial, las cosas pasarían de otro modo, pero el 
cálculo salió fallido y tendrá que aguardar 
otra ocasión para volver a su eterno tema de 
las fronteras naturales. 

Algunos publicistas franceses, haciéndose 
cargo de este asunto, parece como que desen- 
trañan el fondo de la política imperial, y ad- 
virtiendo a Prusia de ese peligro no lejano, 
tratan de inclinar su ánimo a una compensa- 

- 178 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

ción que le aseguraría el porvenir por esta 
parte. Esta es una idea de un autor aislado, 
de un caballero particular, como diríamos 
nosotros; pero ¿a quién se oculta que en Fran- 
cia no se escribe más que lo que al emperador 
importa que germine y cunda? 

Tal es, al mediar la semana, el aspecto que 
presenta esta enredada cuestión que se des- 
embrolla lentamente y que nadie sabe si aun 
después de ajustada la paz, podrá entenderse. 
Dejándola por ahora a un lado hasta que nue- 
vos acontecimientos aporten más luz a sus 
obscuras sinuosidades, vamos a compendiar 
en algunos renglones las noticias que por va- 
rios conductos se han recibido de América. 

En Chile, la elección del nuevo presidente ha 
dado lugar a escenas de desorden que paten- 
tizan hasta qué punto se encuentran divididas 
las parcialidades que ni en circunstancais co- 
mo las que atraviesan saben acallar sus pasio- 
nes. Después de una encarnizada lucha de in- 
tereses, en la que más de una vez ha inter- 
venido la fuerza para dar valor a los argu- 
mentos, el partido que desea la guerra con Es- 
paña, que si no es el más numeroso e ilustra- 
do, es el más alborotador e intransigente, ha 
vuelto a sacar triunfante de las urnas el nom- 
bre del presidente Pérez. La llegada de los bu- 
ques Huáscar e Independencia ha contribuido 

- 179 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

muclio a este éxito, pues con este refuerzo se 
hacen la ilusión de que podrán resistirnos con 
ventaja. En el Perú no andan las cosas mucho 
mejor para los intereses comerciales del país. 

El tiempo que les ha dejado libres nuestra 
escuadra, en vez de emplearlo en reponerse 
y prepararse de una manera conveniente a re- 
sistir el formidable ataque de nuestras fuer- 
zas, que no tardarán en presentarse de nuevo 
ante sus costas, lo pierden en luchas intesti- 
nas y en recriminaciones estériles. Poco a poco 
la verdad se va abriendo camino, y a pesar 
de las fiestas y los banquetes con que se cele- 
bró, lo que ellos llaman defensa del Callao, a 
muy pocos se oculta que la acción fué un ver- 
dadero revés para los peruanos. El dictador 
Prado, conociendo que se le escapa de entre 
las manos el Poder en que a tanta costa se 
sostiene, se ha echado por completo en bra- 
zos del partido exaltado, hiriendo el senti- 
miento religioso de los pueblos con sus pre- 
tendidas reformas. 

En tanto que nuestros enemigos luchan y j 
se desgarran entre sí, la escuadra española, i 
surta en las aguas de Río Janeiro, se dispone '> 
a entrar de nuevo en campaña llena del ma- 
yor entusiasmo, y en la Península se preparan 
refuerzos considerables para poner término, 
de una vez para siempre, a la cuestión. 

- 180 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

Descartadas las novedades polítict's de que 
se ha tenido noticia durante la semana, y de 
las cuales dejamos apuntadas, aunque en re- 
sumen, las más dignas de fijar la atención, 
poco o nada podríamos decir que despertase 
el interés de nuestros lectores. 

La emigración a los puertos de mar de las 
provincias del Norte y al extranjero, conti- 
núa en grande escala. El exceso de calor de 
que hemos sido victimas los que por acá he- 
mos quedado, justifica sobradamente este afán 
de abandonar la corte, que algunos califican 
de ridiculez o capricho, hijo de la moda, y que 
nosotros encontramos que si es una necedad, 
es una necedad muy agradable. 

En balde los conciertos de Apolo intentan 
ofrecer una compensación a las fatigas y ma- 
los ratos de los que permanecemos firmes en 
la brecha desafiando los abrasadores rayos de 
la enojosa deidad que presta nombre al jar- 
dín, punto de cita de los filarmónicos madri- 
leños. Barbieri es un gran maestro; su batu- 
ta, como la vara mágica de un encantador, 
parece que tiene encadenadas a su movimien- 
to la voluntad de los ochenta profesores que 
le secundan. No seremos nosotros los que 
escaseemos nuestros aplausos al inteligente 
maestro español; pero (perdónenos la blasfe- 
mia musical, así el simpático director de or^ 

- 181 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

questa como los augustos manes de los gran- 
des músicos clásicos, cuyas obras nos da a 
conocer tan divinamente interpretadas), sea 
que el calor nos embota los sentidos, sea que 
el ansia de una tierra de promisión distante 
nos obliga a tener fijos los ojos fuera de este 
abrasador recinto, en estas circunstancias y a 
la altura en que se encuentra el termómetro, 
preferiríamos la indefinible música de la ola 
que se tiende perezosa en la playa o se rom- 
pe en las peñas llenando el ambiente de me- 
nudo rocío, preferiríamos la música de la 
brisa cantábrica que viene en la tarde a orear 
el sudor de la frente o a agitar con su fresco 
soplo el extremo de las flotantes cintas del 
lazo que prende el cabello de las hermosas, 
a las combinaciones armónicas más profun- 
das, a las melodías más bellas de todos los 
genios del mundo. 



- 182 - 



Estamos en la última escena del drama po- 
üticoguerrero que la Alemania representa a los 
ojos del mundo. Aceptado el armisticio y ajus- 
tada la paz por las partes beligerantes, sólo 
falta que Mr. Bismarck y el emperador Napo- 
león, autores a medias de la obra, salgan al 
proscenio y terminen la función con el con- 
sabido estribillo : perdonad sus muchas faltas. 

El armisticio, según las noticias recibidas, 
durará tres semanas. Conocidos ya los pre- 
liminares de la paz, si los diplomáticos se re- 
signan a no lucirse enredando de nuevo el 
negocio, hay tiempo más que suficiente para 
que quede concluido antes que expire el tér- 
mino fijado a la suspensión de hostilidades. 
Después de haber dudado mucho acerca del 
punto que había de escogerse para celebrar 
las conferencias y ajustar el tratado de paz 
entre los representantes de Austria, Prusia e 
Italia, se ha decidido, por fin, que éstas ten- 
gan lugar en una ciudad de Suiza, el pais neu- 
tral por excelencia, y que por su posición to- 
pográfica hace fáciles las comunicaciones de 

- 183 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

los diplomáticos con sus respectivos Gobier- 
nos. Las bases del arreglo, a lo que parece, 
son las mismas de que ya hemos hablado a 
nuestros suscriptores en la revista anterior. 
El negocio, pues, ha sido para Prusia, pues 
aunque Italia se encuentra, como suele decir- 
se, gratis et amore con el Véneto, más falta 
le hacia una victoria que una provincia. 

Austria, cejando al primer revés y aceptan- 
do la humillación de verse excluida de la 
Confederación alemana, cuyo dominio era el 
sueño dorado del Gabinete de Viena, sigue, 
sin duda alguna, la política tradicional de sus 
hombres de Estado que es, al mismo tiempo, 
la táctica de sus generales. Prefiere devorar 
la humillación de su derrota en silencio, 
aprestándose a la venganza, cuya idea la ani- 
ma y sostiene, a exponerlo todo al trance de 
una lucha y caer envuelta para siempre en 
Esta es cuestión de política y de temperamen- 
to. Acaso en un lejano porvenir y preparando, 
hábilmente el terreno, podrá el Austria reha- 
cerse del golpe de que acaba de ser víctima; 
pero por lo pronto, Prusia, a la que el sol de 
Sadowa encontró formando parte de la Con- 
federación para dejarla al ponerse dueña de 
los destinos de la raza germánica a cuya ca- 
beza marchará por algún tiempo, no es fácil 
que se deje ganar la partida, teniendo a su 

— 184 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

frente un hombre tan enérgico y perseveran- 
te como el conde de Bismarck. 

En resumen, el armisticio está convenido; 
la paz será un hecho dentro de algunos días; 
mas la dificultad se ha rodeado, no se ha re- 
suelto. El problema queda en pie, aunque las 
circunstancias aplacen su reaparición. 

¿En qué actitud debe esperar la Europa 
los resultados del nuevo orden de cosas que 
se inauguran? ¿Qué temores o qué esperan- 
zas deberían abrigar^ respectivamente, las na- 
ciones que han asistido al duelo de esas gran- 
des potencias y que de un modo o de otro 
han de sentir el influjo del nuevo rumbo de 
las cuestiones encaminadas de hoy más por 
diferente sendero? ¿Se ha encontrado, al fin, 
la fórmula del suspirado equilibrio? Y si se 
ha encontrado, ¿cuáles deben ser sus conse- 
cuencias? He aquí el tema de discusión de 
las diferentes publicaciones que ven la luz en 
Europa y el fondo de la brillante polémica 
que sostienen en la capital del vecino impe- 
rio, dos de los más afamados adalides de la 
Prensa periódica, Girardin y la Gueroniere. 
Girardin juzga impotente la fuerza para ha- 
cer que acabe la crisis europea, que espera 
habrá de concluir resolviéndose por el crite- 
rio de la libertad y el crédito. La Gueroniere 
presiente que las naciones entran en un nue- 

— 185 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

vo y desconocido período de dificultades y de 
aspiraciones encontradas y opina que la pre- 
ponderancia moral de los países debe soste- 
nerse con la ayuda de la material. 

Consecuentes con sus ideas, el primero fija 
toda su atención en el porvenir económico de 
Europa, invoca la paz y pide el desarme ge- 
neral de las grandes potencias, mientras el 
segundo da la voz de alarma para prevenir 
contra la engañosa aiíariencia de estabilidad 
del arreglo, y aunque a su vez desea la paz, 
teme la guerra y sé decide por que todos se 
encuentren prevenidos a los acontecimientos 
de un futuro lleno de sombras impenetrables. 

En el intervalo que media entre la acepta- 
ción de ios preliminares para las conferencias 
y el definitivo ajuste de la paz que ha de con- 
cluir, por ahora, la primera parte de la gran 
tragedia europea, la atención pública, sin- 
tiendo que se calma poco a poco la fiebre de 
noticias políticas que le aquejaba, comienza 
a fijarse en otros asuntos que, aunque de gran 
interés, parece como que se relegan y olvi- 
dan en los períodos de lucha y agitaciones. 

Ya hace tiempo que los periódicos extranje- 
ros hablaron de los preparativos hechos so- 
bre bases más sólidas y partiendo de datos 
más seguros para acometer la colosal y tan- 
tas veces frustrada empresa de poner en co- 

- 186 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

municación el continente americano con el 
europeo por medio de un cable submarino. El 
Grcat Estern, encargado de tan dificil misión, 
después de partir de uno de los puertos de 
Irlanda llevando un personal entusiasta e in- 
teligente, ha tocado por último en Trinity- 
Bay, alcanzando un éxito tan completo que 
algunas horas después pudo circular por toda 
Inglaterra el siguiente despacho, que es un 
verdadero himno de triunfo de la ciencia: 
"El mar está vencido; sumergido el cable, se 
han puesto ambos mundos en comunicación 
telegráfica." El problema de la telegrafía sub- 
marina se ha resuelto al fin. Creemos inútil 
encarecer la importancia de esta brillante 
victoria de la fe y la inteligencia sobre el des- 
aliento y la preocupación de los que después 
de experimentar varios reveses en las ante- 
riores tentativas juzgaban la empresa absur- 
da e imposible. Terminada la gran vía de 
transmisión, merced al esfuerzo de Inglate- 
rra, ésta cogerá, naturalmente, las primicias 
de sus grandes resultados; pero nuestro país 
no será el que menos ventajas reporte. 

La colocación de un cable entre nuestras 
posesiones de Cuba y el puerto de Terranova, 
de donde parte la línea trasatlántica, será 
asunto de pocos meses, al cabo de los cuales 
podrán tener en la Península noticias diarias 

- 187 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

de aquel lejano país, facilitándose hasta lo 
sumo, así las transacciones comerciales como 
el gobierno político de la isla. 

Al mismo tiempo que del lisonjero éxito de 
esta gigantesca obra se habla de un notable 
perfeccionamiento introducido en el trazado, 
construcción y material de los ferrocarriles, 
del cual se ha hecho más de un ensayo, tam- 
bién con un resultado brillante. El enorme 
costo de la construcción de las vías férreas, 
sobre todo en determiados puntos, costo a que 
no es posible que pueda subvenir el creciente 
desarrollo del movimiento comercial por más 
que éste se desenvuelva con bastante rapidez, 
ayudado por este medio de fácil y económica 
locomoción, ha traído a las empresas al deca- 
dente estado en que se hallan. Sin el auxilio 
del Estado, así en nuestro país como en casi 
todas las demás naciones, el capital de los 
particulares sería insuficiente a arrostrar la 
crisis que produce el enorme desnivel que re- 
sulta entre el costo y el producto. Merced al 
nuevo sistema ensayado, con el cual serán 
posibles curvas y desniveles hasta ahora im- 
practicables, la construcción de un kilómetro 
en el terreno más accidentado equivaldrá a 
una tercera parte de lo que en la actualidad 
se le presupone de gasto, de modo que ofre- 
ciendo ventajas el empleo de capitales en el 

- 188 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

negocio de ferrocarriles, contribuirá en breve 
a que el interés particular sin auxilio de los 
Gobiernos, lleve su poderosa iniciativa a un 
ramo de la industria que amenazaba decaer 
progresivamente. 

Después de haber pasado semanas y sema- 
nas sin tener que registrar en nuestra periódi- 
ca revista más que sucesos aflictivos y des- 
agradables, causa verdadero placer hallar que 
apenas comienzan a disiparse los temores que 
hizo concebir la perspectiva de una guerra 
europea, vuelve a manifestarse el espíritu em- 
prendedor y activo del siglo, abriendo anchos 
horizontes al comercio y a la industria, hoy 
en un estado de postración lamentable aun en 
los países más florecientes y ricos. 



189 - 



Según indicamos en nuestra anterior revis- 
ta, al concluir la semana última gozaba en- 
tero crédito la noticia de haberse acordado 
un armisticio de cinco días entre Austria y 
Prusia, armisticio a que también debió dar su 
asentimiento Italia. La noticia no se confirmó 
plenamente, pero siguen en pie las negocia- 
ciones. 

La lentitud con que de entonces acá opera 
el ejército prusiano que, siguiendo con resolu- 
ción su camino, después de la batalla de Sa- 
dowa podría encontrarse ya a la vista de Vie- 
na y haber librado el postrer y decisivo en- 
cuentro, deja presumir que en la esperanza 
de un arreglo las dos naciones rivales econo- 
mizan sus fuerzas. De esta presunción, que 
contribuyen a hacer verosímil las correspon- 
dencias que del teatro de la guerra se reciben, 
ha nacido, sin duda, la especie de que Austria 
se conforma a suscribir las bases preliminares 
propuestas por el Gabinete de Berlín, según 
las cuales, la Confederación Germánica se re- 
organizaría de nuevo bajo la dirección de 

— 191 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

Prusia, excluyendo el elemento austríaco. Si 
el emperador Francisco José suscribe un arre- 
glo con estas condiciones, la paz es cosa segu- 
ra y en breve los que tienen fe completa en el 
acierto y la perseverancia de Napoleón verán 
sus cálculos coronados del éxito más brillan- 
te. Una conferencia diplomática facilitará el 
camino a la celebración del famoso Congreso 
de soberanos, que modificando los limites de 
las naciones y abriendo una nueva y profun- 
da brecha a los tratados de 1815, buscará por 
otros medios más en armonía con los intere- 
ses napoleónicos ese soñado equilibrio euro- 
peo, ideal de los hombres de Estado del si- 
glo XIX, y hasta que la cuestión de Oriente 
vuelva a reaparecer, como reaparecerá antes 
de poco, el viejo mundo podrá gozar una épo- 
ca más tranquila que la que en la actualidad 
atraviesa. 

No obstante la aparente naturalidad con que 
habrían de encadenarse estos sucesos, y a pe- 
sar de que todas las cosas parecen disponerse 
de un modo favorable a la paz, algunos perió- 
dicos extranjeros comienzan a sospechar lo 
que antes de ahora habíamos indicado nos- 
otros. Austria acepta en los primeros mo- 
mentos cuanto se le propone; desempeña con 
verdadera mansedumbre su papel de victi- 
ma; autoriza con su vago asentimiento los 

- 192 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

pasos que en sentido conciliador da el Gabi- 
nete de las Tullerías; pero al ir a cerrar las 
negociaciones, siempre encuentra una peque- 
ña dificultad que las hace imposible y nece- 
sario comenzar de nuevo. ¿Será su conducta 
hija de un plan diplomático y estratégico que 
la proporcione reorganizar sus fuerzas y aban- 
donar el papel que representa cuando sus 
medios se lo permitan? Las publicaciones a 
que nos hemos referido, las mismas que has- 
ta ahora condenaban la actitud intransigente 
de Prusia y la poco razonable conducta de 
Italia al traspasar de nuevo el Mincio después 
de la cesión del Véneto, empiezan a sospe- 
charlo asi y acusan al Gobierno de Francisco 
José de la falta de franqueza en sus relacio- 
nen con Francia. En este estado la cuestión, 
el telégrafo nos ha sorprendido con la noticia 
de una gran batalla naval que ha tenido lu- 
gar cerca de Lissa, punto designado hace al- 
gún tiempo por las correspondencias como el 
más a propósito para el desembarco proyec- 
tado por el rey Víctor Manuel y su Estado 
Mayor de generales, en el último plan de cam- 
paña. 

Hasta hoy se había estado en la inteligen- 
cia, fundada por otra parte, de que la escua- 
dra italiana era muy superior a la austríaca, 
que por dos o tres veces ha rehuido un en- 

- 193 — 

13 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

cuentro. El resultado del combate de Lissa 
viene a quitar una nueva ilusión en este pun- 
to a los ardientes partidarios de Italia. Se ha 
hecho evidente que, cuando menos, ambas es- 
cuadras son iguales en condiciones de bravu- 
ra e inteligencia; y en esta ocasión la aus- 
tríaca ha llevado sobre sus enemigos la ven- 
taja de una fortuna decidida, que, contraria 
en unos lances y favorable en otros, viene 
dando hace algún tiempo, a los austríacos, 
pruebas de su proverbiales caprichos. 

En el momento en que escribimos estas li- 
neas, aún no se tiene una relación completa- 
mente verídica de este hecho de armas. Los 
partes recibidos pintan su resultado de muy 
diverso modo, según que procedan de Floren- 
cia o de Viena. Sin embargo, de lo que hasta 
ahora se conoce, y deduciendo y restando de 
cada versión lo que el espiritu de partido o de 
nacionalidad haya podido añadir, se viene en 
conocimiento de que el choque ha sido des- 
favorable a los italianos. Después de un en- 
carnizado combate sostenido con verdadero 
valor por ambos contendientes, la magnífica 
fragata acorazada Re d*Italia y la cañonera 
Palestro fueron echadas a pique por sus con- 
trarios, los cuales, al terminar la lucha sólo 
habían sufrido averías que, aunque de alguna 
consideración, no les impidió seguir su rumbo. 

- 194 — 



1 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

El nuevo revés sufrido por Víctor Manuel en 
el mar, aunque compensado con algunas pe- 
queñas ventajas obtenidas por el cuerpo de 
ejército que ocupa el Tirol, antes que a otra 
cosa, ha contribuido a exasperar al partido 
de acción hiriendo la fibra del amor propio 
nacioíial e imposibilitando más y más un arre- 
glo mientras las armas italianas no logren un 
brillante desquite de sus derrotas. 

Hay, sin embargo, un dato favorable en el 
sentido de la paz, y es la actitud en que se han 
colocado Inglaterra y Rusia. Estas dos nacio- 
nes, que en un principio se mantenian en la 
reserva niás profunda, han salido de su sos- 
pechoso silencio para adherirse a los planes 
del emperador Napoleón, al cual han felicita- 
do animándole a proseguir en sus negociacio- 
nes conciliadoras. 

Como es. natural, en el estado en que se 
encuentra la cuestión, circulan varias versio- 
nes acerca de las bases del futuro arreglo. La 
más verosímil, caso que éste llegue a ser un 
hecho, es la siguiente: Queda destruida la 
obra del Congreso de Viena en lo que respec- 
ta a Alemania, rompiéndose el lazo de la an- 
tigua Confederación. La región del Norte se 
constituirá de nuevo bajo los auspicios de la 
Prusia, la cual se anexionará los ducados de 
Elba, excepto la porción del Schlesv^ig, que 

- 195 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

pertenece a Dinamarca. Parte del reino de 
Hannover, del ducado de Hesse-Darmstad, 
toda la Hesse-EIectoral y la antigua e impor- 
tante ciudad de Leipzig, pasarán igualmente 
al dominio de Prusia, que representará, unién- 
dose a ellos por medio de un nuevo lazo fe- 
derativo, a los desmembrados reinos de Han- 
nover y Sajonia. 

Los Estados de Alemania meridional que se 
encuentran divididos de los del Norte por la 
línea del Mein, se constituirán en una forma 
independiente, bajo la decisión militar y di- 
plomática de la Baviera, que por este arreglo 
se eleva a un rango muy superior al que has- 
ta aqui había ocupado en Europa. 

El imperio de Austria, excluido de la Con- 
federación, conservará íntegras sus posesio- 
nes, si se exceptúa el Véneto. Italia, al recibir 
el Véneto, pagará una indemnización de gue- 
rra a Francisco José, el que a su vez la entre- 
nará a Prusia. 

Tal es, en ligeros rasgos, la fisonomía polí- 
tica de la semana que acaba de transcurrir, 
y durante la cual el calor, extremándose, ha 
contribuido a hacer más aburrido y monóto- 
na la estancia en la heroica villa del oso a los 
condenados a sufrir en ella los rigores del es- 
tío. Para nosotros los días se suceden, y, al 

- 196 — 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

contrario de lo que asegura la máxima, todos 
se parecen. 

El circo del Principe Alfonso y los jardines 
de Price, únicos que sostienen la bandera de 
los espectáculos públicos durante esta eno- 
josa temporada, suelen ofrecer, no obstante, 
alguna distracción a sus favorecedores; pero 
durante la semana última, todo parece haber- 
se conjurado en su contra. Dos jóvenes gim- 
nastas que causaban las delicias de muchos 
que se estremecen al presenciar el bárbaro es- 
pectáculo de las corridas de toros, se han caí- 
do desde lo más alto del techo del circo, pro- 
bando a los sistemáticos detractores de nues- 
tra fiesta nacional que en los demás países, 
donde tan en boga se encuentran esos peligro- 
sos ejercicios, no están más adelantados que 
nosotros en punto a diversiones públicas. En 
el jardín de Price los aficionados a la música 
sólo han encontrado una decepción en el con- 
cierto a beneficio de las viudas y huérfanos de 
los marinos muertos en el glorioso ataque del 
Callao. El ruido de la pólvora ahogaba en 
su sentir las notas de la armonía tanto como 
el humo a los circunstantes. Los entusiastas 
de la pirotecnia, en cambio, creen que la mú- 
sica estaba de más, porque ensordecía y quita- 
ba la gracia al especial chasquido de las rue- 
das giratorias y al trueno de los cohetes. A 

— 197 - 



GUSTAVO ADOLFO EECQUER 

unos y otros puede consolarles la idea de que 
con oir un poco de bulla y respirar un poco 
de azufre, han contribuido al logro de una 
buena acción, mérito que no siempre puede 
contraerse a tan poca costa. 



-198 - 



Está en un punto tan difícil la cuestión eu- 
ropea que se debate entre Austria, Italia y 
Prusia, que cada vez se hace más complicada 
e insoluble. Como se habia previsto, los italia- 
nos esperan el asentimiento de sus aliados pa- 
ra aceptar el armisticio, y Prusia, por su par- 
te, impone tales condiciones al Gabinete de 
Viena, que Francisco José, antes que perderlo 
todo en un Congreso, optará por tentar de 
nuevo su fortuna arriesgando la suerte del 
pais al trance de una batalla. 

En vano el emperador Napoleón, empuñan- 
do el tridente, ha herido las olas del revuelto 
mar de la política y ha pronunciado el formi- 
dable Quos ego, de Neptuno; su voz se pierde 
entre el estruendo de la lucha y los ejércitos 
del rey Guillermo y de Víctor Manuel siguen, 
impávidos, su camino, como si se hubieran 
dado cita en Viena. La conducta de Italia, cu- 
ya indocilidad parece que ha disgustado mu- 
cho a su imperial protector, llegó a creerse 
por algunos días causa bastante para que se 
rompieran las relaciones entre los Gabinetes 

- 199 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 



de Florencia y París. No falta quien insiste 
en la inminencia de un choque entre las dos 
naciones, hasta aquí unidas por los más es- 
trechos lazos políticos; pero por nuestra par-' 
te creemos que las circunstancias en que se 
encuentra Europa, no permiten al emperador 
Napoleón cambiar tan bruscamente el plan 
que madura hace tiempo, y cuya base es la 
alianza italiana. 

En esta situación las cosas, el ejército aus- 
tríaco aprovecha los momentos para reorga- 
nizarse y trata de modificar radicalmente los 
proyectos estratégicos del general Benedeck, 
colocando al archiduque Alberto al frente de 
los negocios de la guerra. El archiduque, pre- 
viendo el desastre de Sudowa, si los dos gran- 
des cuerpos prusianos llegaban a reunirse en 
Koeniggraetz, ha dado muestras de una saga- 
cidad y un conocimiento profundos del arte 
que ejercita. Según sus disposiciones, la corte 
imperial debería abandonar a Viena para evi- 
tarle a esta magnifica población los rigores 
de un sitio, y concentrando todos los elemen- 
tos de resistencia en la línea del Danubio, 
donde tienen el campo atrincherado de 01- 
mutz como base de operaciones, podrían man- 
tenerse a la defensiva y aun tomar la ofensi- 
va eon ventaja si la fortuna abandonase a los 
prusianos en un nuevo y decisivo combate. 

- 200 - 



I 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

Hasta hace muy poco se creyó que prevalece- 
ría la opinión del archiduque Alberto; pero a 
juzgar por los telegramas que posteriormente 
se han ido recibiendo, es otra la determina- 
ción de Austria. La gran batalla que ha de 
poner término a la lucha o ha de restablecer 
el equihbrio de los beligerantes, roto en Su- 
dowa a favor de los prusianos, tendrá lugar 
delante de Viena. El emperador Francisco 
José, que parecia decidido a tomar el mando 
de las tropas, esperará alli con las fuerzas re- 
unidas procedentes de Italia y de los restos del 
ejército del Norte, El encuentro qué acaso 
a estas horas habrá ya tenido lugar, será es- 
pantoso. Por un lado los prusianos, llenos de 
la confianza que les inspiran sus continuadas 
victorias, avanzan ansiosos de coronar su 
obra, penetrando en Viena. 

Por otra los austríacos, exasperados con los 
reveses que han sufrido, lastimados en su or- 
gullo nacional, teniendo entre sus filas a Fran- 
cisco José, que parece dispuesto a sepultarse 
en las ruinas de su imperio, y encontrándose 
a la vista de la capital, que quedará entrega- 
da a todos los horrores de la guerra si sus hi- 
jos no saben contener la ola invasora al pie de 
sus muros, se disponen a una resistencia he- 
roica y desesperada. 

En la expectativa de este sangriento com- 

— 20\ — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

bate, que amenaza ser más grande y horrible 
que el de Sudowa, todo el interés se concentra 
en las operaciones que tienen por teatro la 
Alemania, debilitándose el que en un prin- 
cipio inspiró la suerte del ejército italiano. 

En efecto, por lo que toca a Venecia, la cues- 
tión parece concluida. Sea el que fuere el tér- 
mino de la cuestión entre Austria y Prusia, 
Francisco José habrá de deshacerse de esas 
provincias, que más bien debihtan que pres- 
tan fuerza a su imperio. Verdad es que en 
una proclama del jefe militar del Véneto se 
ha dicho que la cesión no es un hecho consu- 
mado, y que al ser rechazada la proposición 
de armisticio por parte de sus contrarios, el 
Gabinete de Viena puede recoger una prome- 
sa que no hizo incondicionalmente; verdad 
es también que algunos, tomando esta decla- 
ración por base de sus cálculos, esperan que 
si la suerte favorece al Austria dentro de su 
territorio, volverá a caer con sus soldados en 
el cuadrilátero; pero la opinión general, con 
la cual nos encontramos en un todo conforme, 
conviene en que Venecia, bien por mano de 
la Francia, bien a consecuencia del tratado 
que firmen las partes beligerantes si Francis- 
co José es derrotado delante de Viena, entra- 
rá a formar parte del reino de Italia, que al 
adquirir esta nueva provincia reiterará mal 

- 202 — 



REVISTAS CONTüM POR ANEAS 

de su grado la renuncia de sus aspiraciones 
a Roma. 

Las noticias de América recibidas en la se- 
mana última, aunque interesantes por serlo 
para nosotros todo cuanto se roza con esta 
cuestión, se limitan a confirmar las que ya 
teníamos acerca de aquellos países. 

Aprovechando la retirada temporal de 
nuestras fuerzas, el partido exaltado de Chi- 
le y el Perú trata de levantar el espíritu pú- 
blico, animando al país a proseguir la guerra 
contra España. A este fin han celebrado un 
Congreso, en el que han tomado parte repre- 
sentantes de las tres repúblicas aliadas. En 
el Congreso no han faltado bravatas, prome- 
sas pomposas y multitud de disposiciones 
para activar las defensas de las costas, pero 
todos los buenos deseos de los agitadores se 
estrellan en la falta de recursos que cada día 
es mayor, a consecuencia del mal estado de 
sus asuntos financieros. 

Parte de nuestra escuadra había llegado, en 
tanto, a Río Janeiro, desde donde después de 
aprovisionar convenientemente sus buques, 
volverá a las aguas del Pacífico en unión con 
los nuevos refuerzos que se disponen. Vere- 
mos si para la época en que esto suceda, que 
parece no ha de tardar mucho, siguen tan 
animadas las repúblicas de Chile y el Perú o 

- 203 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

tienen que ceder a la doble presión de nues- 
tras fuerzas y del numeroso partido amigo 
de la paz, que aunque con menos alharacas, 
reúne de dia en dia nuevos prosélitos entre 
las clases más ilustradas y productoras de 
aquellos paises. 

Dejando ahora a un lado las cuestiones po- 
líticas, y viniendo a otro terreno, podemos 
consignar algunas novedades que han hecho 
menos sensible la monotonía de la corte du- 
rante el verano. Barbieri, el infatigable maes- 
tro que no se arredra ante ningún obstáculo, 
ha puesto sus reales en el jardín de Apolo, y 
contando con las simpatías que tiene entre 
los verdaderos aficionados a la música, ha 
inaugurado una serie de conferencias que en 
nada ceden a los que ofreció el público en el 
circo del Principe Alfonso durante los hermo- 
sos días de primavera. 

La tradición de los jardines de Apolo, pa- 
rece que había de oponerse a hacer de estos 
conciertos un punto de cita de la sociedad 
elegante; pero el prestigio del maestro ha 
vencido toda clase de prevenciones, y las no- 
ches pasadas hemos podido ver reunidas allí 
a las más distinguidas y hermosas damas de 
la corte. 

Si logran vencerse las dificultades que has- 
ta ahora se han opuesto a ello, próximamente 

— 204 - 



REVISTAS CONTEMPORÁNEAS 

abrirán sus puertas los Campos Elíseos. Se 
habla, para cuando esto ocurra, de un con- 
cierto monstruo a beneficio de los heridos en 
la gloriosa acción del Callao, y de una compa- 
ñía italiana que, dirigida por el célebre actor 
Rosi, en la actualidad en Barcelona, vendrá 
a amenizar las noches en aquellos frescos jar- 
dines. Falta hace que de un modo o de otro 
los Campos Elíseos ofrezcan algunas distrac- 
ciones a los que, después de seguir con ojos 
de envidia el itinerario de los emigrantes, no 
encuentran más recurso que dar vueltas al 
Prado, sujetos a los bruscos cambios de la 
temperatura de Madrid, que oscila durante el 
verano entre la pulmonía y la insolación. 

Por fortuna, si el refrán que enseña que los 
días de mucho son vísperas de nada, puede 
aplicarse invirtiendo el orden de los términos, 
en el próximo otoño se encontrará ocasión de 
desquitarnos con usura de la presente falta 
de novedades. Para esta época se guarda la 
Exposición de Bellas Artes, que ya anda, por 
no perder la costumbre, buscando albergue 
de hallarle a no ser a costa del fondo destina- 
de hallarle a no ser a cosa del fondo destina- 
do a premios, que es como si dijéramos a ex- 
pensas del bolsillo de los expositores. Para 
esta época disponen los literatos sus nuevas 
obras, los empresarios de espectáculos públi- 

— 205 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

eos SUS grandes combinaciones, los artistas 
de todo género el fruto de sus trabajos del 
estío; para esta época, en fin, volverá la ani- 
mación, la vida y el movimiento, que inútil- 
mente trataríamos de que hoy se reflejase en 
nuestra revista, cuya frialdad aumenta a me- 
dida que suben los grados de calor del ter- 
mómetro. 



206 — 



EL PENDÓN Dt GUERRA DEL GRAN CARDE- 
NAL MENDOZA Y LA ESPADA DE BOABDIL 



i 



Mientras sobre las almenas de la torre Ber- 
meja se alzaba la cruz que aún hoy se conser- 
va en la catedral de Toledo, y flotaba al aire 
el estandarte de Aragón y Castilla junto al 
pendón de guerra del gran cardenal Mendo- 
za, el último rey moro de Granada entregaba 
a los Reyes Católicos, en señal de sumisión, 
las llaves de la ciudad morisca y la espada 
que no habia servido para contrarrestar el 
valor castellano a aquel a quien su madre 
dio con gráficas palabras que ha conservado 
la tradición: ¡Llora como mujer lo que no has 
sabido defender como hombre! 

¿Qué página de historia más elocuente po- 
dría escribirse que aproximar, como lo hace- 
mos hoy en las columnas de nuestro periódi- 
co, esos dos trofeos de la gloria de nuestros 
padres? 

El arte completa en ambos la idea histórica 
y hace más comprensible la muda lección qu« 
ofrecen. Por la espada se hizo el árabe dueño 
de nuestro pais: la espada de filigranada la- 
bor representa a aquel pueblo en el contraste 

- 209 — 

14 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

que ofrecemos. La idea venció a la fuerza; la 
idea de unidad simbolizada en la religión, que 
llevaba sus consecuencias unitarias a la auto- 
ridad, a las leyes, al territorio. Su emblema es 
un jirón de tela con un signo misterioso: el 
signo de redención y vida bordado en él, con 
la figura de la cruz. 

Todos los países, pero el nuestro más que 
ningún otro, ofrecen al artista y al pensador 
tesoros de formas y fecundos manantiales de 
ideas en esos objetos que completan la ense- 
ñanza de la historia. Buscarlos, reunirlos y 
ofrecer con su reproducción ancho campo a 
la fantasía y al estudio, es la misión de las 
publicaciones ilustradas. 

El pendón azul con la cruz de Santa Elena 
que precedió al gran cardenal de España don 
Pedro González de Mendoza en la conquista 
del reino granadino, último baluarte de la do- 
minación sarracena, se encontraba hasta hace 
poco en el magnífico hospital de Santa Cruz 
de Toledo, fundación del citado personaje, y 
hoy se ve pendiente de la hermosa reja, de 
preciada labor plateresca, que cierra la capilla 
mayor del templo de San Pedro Mártir, de la 
misma ciudad. 

La espada de Boabdil, vinculada en la casa 
del señor marqués de Villaseca, en memoria 
de la activa parte que tomaron sus anteceso- 

— 210 - 



EL PENDÓN DE GUERRA 

res en la conquista de Granada, se conserva 
con la debida estimación, en su armería. 

Nuestros lectores creemos que verán con 
gusto el afán con que procuramos cumplir la 
tarea propia de una Ilustración española, dan- 
do a luz objetos nunca bistante conocidos y 
doblemente apreciables por su mérito artísti- 
co y su importancia histórica. 



- 211 



DOS PALACIOS 



EL DEL DUQUE DE UCEDA 

Uno de los caracteres distintivos de nues- 
tra época es el afán de las innovaciones. A 
este movimiento que en Paris engendró la fie- 
bre demoledora que ha hecho célebre al pre- 
fecto Hausuran, obedecen, en mayor o menor 
escala, todos los paises. Al dejar el siglo xix 
su herencia al que ha de sucederle, sólo se co- 
nocerán las principales poblaciones de Eu- 
ropa por el punto topográfico que ocupan en 
el mapa. Por fortuna, y para consuelo de sus 
habitantes, lo que las poblaciones pierden en 
carácter, originalidad y recuerdos, lo ganan 
con creces en salubridad, amplitud y esa es- 
pecial belleza que resulta de la idea de lo 
útil combinado con lo agradable. Madrid se 
encuentra en este caso. Ha hecho bien el Cu- 
rioso parlante en dejarnos retratados en un 
libro, merced a su pluma, que así consigna 
ideas como pinta cuadros completos de color 

- 215 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

y forma, la fisonomía del antiguo Madrid, que 
tan rápidamente desaparece de nuestros ojos. 
A no ser así, pronto perderíamos hasta su re- 
cuerdo. De tal modo se transforma y muda. 

No hace muchos años que entre el Paseo de 
la Fuente Castellana y el Salón del Prado exis- 
tía, en el punto que se conoce con el nombre 
de Recoletos, una especie de solución de con- 
tinuidad del Madrid elegante. 

La fuente de Cibeles, con un triple cinturón 
de cubas y aguadores, se destacaba apenas so- 
bre una pared ruinosa y mezquina; el Pósito, 
con su fachada polvorienta y obscura, se al- 
zaba al lado de un callejón formado por la 
tapia de las Salesas, cuyos cipreses altos y 
obscuros, saliendo por cima de las copas ra- 
quíticas de algunos pocos árboles viejos re- 
torcidos y deformes, daban sombra a la an- 
tigua Puerta de Recoletos, cuyas líneas mo- 
ficio destinado a escuela de Veterinaria, y por 
otro tres o cuatro miserables casuchas adosa- 
das al monumento. 

El municipio, constante en su idea de embe- 
llecer la población, fijó, al cabo, sus ojos en 
este punto, y secundado por el esfuerzo de 
los particulares, se derribó aquí, se edificó más 
allá, se movieron terrenos, se trasplantaron 
árboles, y en pocos años lo que antes era ca- 
mino lóbrego y fangoso, cercado de tapias 

- 216 - 



DOS PALACIOS 

obscuras y edificios de triste aspecto, se con- 
virtió en magníficos paseos bordados de jar- 
dines y palacios que se prolongan hasta el 
obelisco de la Castellana, meta colocada al 
extremo del espacio en que se agita el mundo 
elegante. 

Entre estos palacios modernos, uno de los 
más notables por sus proporciones, el lujo des- 
plegado en su construcción y la completa idea 
que por él puede formarse del gusto domi- 
nante en la arquitectura urbana de nuestra 
época, es del duque de üceda. 



- 217 



II 

EL DEL MARQUÉS DE PORTUGALETE 

Prosiguiendo en nuestra comenzada tarea 
de dar a conocer, al mismo tiempo que la fiso- 
nomía del Madrid antiguo y tradicional, el 
nuevo carácter que le imprimen las constan- 
tes innovaciones propias de la época de ade- 
lanto y desenvolvimiento que atravesamos, 
ofrecemos hoy la vista del elegante palacio 
del marqués de Portugalete, recientemente 
construido en las inmediaciones de la puer- 
ta de Alcalá. / 

Los planos y la dirección de esta obra se 
deben al arquitecto francés Mr. Adolfo Om- 
brecht, establecido en España, y el conjunto 
del edificio pertenece a esa caprichosa mez- 
cla de géneros diversos, que, amalgamados 
con más o menos gusto, pero sin obedecer a 
reglas fijas, constituye lo que se ha dado en 
llamar arquitectura del siglo xix. Aunque este 
nuevo género de arquitectura carece de ver- 

- 218 — 



DOS PALACIOS 

dadera originalidad, ofreciendo sus más ca- 
racterizadas producciones ancho campo a la 
critica, si se las juzga con arreglo a las eter- 
nas y elevadas leyes de la estética del arte, no 
deja de producir a veces obras cuyo aspecto 
seduce, ya por la elegancia de su traza, ya 
por la gentileza de sus proporciones o el gus- 
to de su rico y profuso ornato. El edificio de 
que nos ocupamos hoy, sin duda uno de los 
más dignos de fijar la atención entre los que 
se han levantado en Madrid, de algunos años 
a esta parte, es un buen ejemplo. 

La disposición interior del palacio corres- 
ponde en un todo a la idea que hace concebir 
su buen aspecto, dando a conocer el criterio 
y el delicado y artístico gusto que en su arre- 
glo ha presidido. Aun cuando no están con- 
cluidas todas las obras proyectadas, algunas 
de las cuales, como el salón del piso princi- 
pal, la galería destinada a museo y la capi- 
lla, prometen ser de verdadera importancia, 
ya en la planta baja del palacio pueden admi- 
rarse algunos departamentos acabados con 
gran lujo de ornamentación y detalles. Entre 
éstos se cuentan la sala de billar, de estilo ca- 
prichoso, que recuerda las extrañas combi- 
naciones del chinesco, un tocador y una espa- 
ciosa cámara de dormir, de gusto moderno, 
la sala de baños, decorada a la manera pom- 

- 219 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

peyana, por el pintor italiano Oreste Mancini, 
y el magnifico salón de música, la más rica y 
hermosa de las estancias del edificio y en la 
cual ha dado muestras de su lozana imagina- 
ción y su talento de artista el profesor de la 
Escuela de Bellas Artes D. José Marcelo Gon- 
treras. Como quiera que la importancia de las 
obras que se ejecutan en la actualidad y que 
aún no se han terminado, obras a cuya mejor 
realización han de contribuir diferentes ar- 
tistas, nos darán ocasión para ocuparnos nue- 
vamente de este mismo palacio, dejamos para 
entonces la descripción detallada de sus más 
notables departamentos y de las produccio- 
nes del arte que los avaloran. 



- 220 - 



LAS SEGADORAS 

(ESTUDIO DE COSTUMBRES ARAGONESAS) 



Viene ya de antiguo la manía de censurar 
las emigraciones veraniegas que durante cier- 
ta época del año desparraman la población 
de los grandes centros por las costas y los pue- 
blos de la Península, 

Por nuestra parte creemos que esta cos- 
tumbre o moda, o como quiera llamársela, es 
más digna de alabanza que de censura. 

La circulación de las gentes trae como con- 
secuencia natural la circulación de dinero, y, 
lo que es más importante, la de las ideas. Cam- 
biar de horizonte, cambiar de método de vida 
y de atmósfera, es provechoso a la salud y a 
la inteligencia. Hay algunos que no salen de 
la ciudad buscando en el campo la calma y 
el sosiego como contraste a su perpetua agi- 
tación. Adoradores de un ídolo, corren a ren- 
dirle culto adonde se trasladan sus sacerdo- 
tes. Esclavos de la moda y las exigencias so- 
ciales, cambian de decoración; pero van a los 
puntos en que se reúne el mundo elegante a 
continuar representando la misma escena. 
Otros, por el contrario, y éstos son los que ver- 

— 223 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

daderamente justifican la conveniencia de una 
costumbre desde mucho tiempo adoptada en 
otros paises y hoy ya bastante general en el 
nuestro, buscan en lugares apartados el repo- 
so que ha de devolverles la energía del cuerpo 
y del alma, enriquecen su inteligencia con el 
conocimiento íntimo de los hábitos y necesi- 
dades de los pueblos agrícolas, rompen la mo- 
notonía que también reslta del eterno trá- 
fago de las ciudades, con la contemplación de 
escenas y paisajes completamente nuevos, y 
en la serenidad que las rodea, en lo extraño 
de los tipos, en la sencillez de las costumbres, 
encuentran una emoción, aun los mismos que 
la buscan inútilmente dentro del círculo de su 
tempestuosa vida. 



- 224 - 



FRAY LUIS DE LEÓN 



UNA OBRA 0£ ARTE 



Los españoles no nos hemos distinguido 
nunca por el afán de perpetuar de una ma- 
nera digna la memoria de nuestros varones 
insignes, para poder vanagloriarnos de ellos 
repitiendo sus nombres a los extraños al pie 
de los monumentos que los recuerdan. 

En este punto los extranjeros, tan dados a 
enaltecer sus hombres célebres, no podrán 
menos de admirar nuestra modestia suma. De 
los grandes capitanes españoles, de sus artis- 
tas famosos, de sus egregios poetas, sólo guar- 
damos alguna espada en la Armería, algún 
cuadro en el Museo, algún libro en la Biblio- 
teca. ¿Para qué más? ¡Mármoles y bronces! 
j Vanidad de vanidades! Esta es la opinión 
vulgar y corriente; sin embargo, fuerza es 
confesar que hay algunas plausibles excep- 
ciones. ¡Cosa particular! En las capitales de 
provincia, más alejadas, naturalmente, del 
movimiento de arte y entusiasmo propio de 
los grandes centros intelectuales, como Ma- 
drid, es donde se suele dar el ejemplo de ver 
realizadas algunas de estas obras, merced al 

227 — 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

esfuerzo de los admiradores de un genio cual- 
quiera, que, aun cuando represente una ilus- 
tración propia de todo el pais, ellos miran co- 
mo una gloria local. 

La hermosa estatua representando al famo- 
so fray Luis de León, debida al cincel del in- 
teligente escultor Sr. Sevilla, sirve de corona- 
ción al monumento que a aquel inimitable 
poeta ha erigido la ciudad de Salamanca, 
donde tuvo su cuna. 



JUICIOS CRÍTICOS 



Algunos juicios críticos acerca de los dos primeros 
volúmenes de Páginas desconocidas, de Gus- 
tavo A. Bécquer. 

Páginas de Bécquer, por FeP' 
nandú iglesias Figueroa, 

Se ha publicado, no ha mucho, un intere- 
santísimo libro de recopilación, labor ingra- 
ta y desagradecida, que ha llevado a cabo con 
muy acertado tino, Fernando Iglesias Figue- 
roa, reuniendo en un volumen, más de vein- 
titantos artículos del gran Bécquer, una de 
las glorias más puras del Parnaso castellano. 

Hay en este libro sabrosa materia y mucho 
buen gusto, siendo más que nada un firme 
puntal que se añade a la obra de revisión de 
valores que hoy es tendencia general en todos 
los cenáculos intelectuales. 

Como dice con mucha razón el compilador, 
es de poeta "uno de los menos conocidos", y 
sin embargo uno de los más populares. Esta 
paradoja sirve ella sola para demostrar cuán- 

~ 229 - 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

to vale su obra, que, aun publicada en forma 
desbaratada e incompleta, fué suficiente para 
darle fama y renombre universal. 

Las "páginas desconocidas" que ahora se 
imprimen, añaden un laurel más a la corona 
del soñador, y nos lo muestran bajo un as- 
pecto completamente distinto del que se co- 
noce vulgarmente del gustado cantor del arpa 
muda. Leyendo sus artículos, cada uno nos 
ha traído el recuerdo de viejos autores y de 
nombres conocidos. 

Recuerda, a veces, en sus crónicas de cos- 
tumbres, a un Mesonero Romanos, escrupuloso 
y detallista, por momentos logrando dibujar 
de un trazo certero y firme el rasgo más sa- 
liente de un hecho o asunto; trae el recuerdo 
insistente de Larra, y como ironista, sarcás- 
tico y mordaz, tiene mucho de un autor pos- 
terior a él: de Osear Wilde. 

Porque es Bécquer un autor esencialmente 
contemporáneo; su vida brevísima, treinta y 
cuatro años, le impidió asimilarse a su época 
y giró en órbita distinta, muriendo incom- 
prendido y extraño. El tiempo, justiciero, le 
devuelve la fama que merece. Y de la obra 
que va publicándose se desprende, sin género 
de duda, que el poeta escribió con un espíritu 
abiertamente renovador; sus artículos de arte 
sobre todo (Antigüedades prehistóricas, Ma- 

— 230 - 



JUICIOS críticos 

yólica del siglo XVI), se nota, con asombro, 
un concepto definido y personalisimo sobre 
los graves problemas de la arqueologia. Es, 
además, tan poeta en el verso como en la pro- 
sa; hay en el libro un apólogo indio tan sutil 
y perfumado como el más lindo cuento de 
Rabindranath Tagore. Es producto , según 
afirma Cristóbal de Castro, tanto él como "El 
caudillo de las manos rojas", de una rápida 
y asombrosa lectura del "Ramayana". 

También se encuentran criticas literarias 
teatrales (donde revela una preocupación 
muy moderna sobre la técnica escenográfica), 
notas, descripciones y, entre éstas, el magni- 
fico cuadro de "La picota de Ocaña", tan va- 
liente, tan real como la mejor página descrip- 
tiva de Pío Baroja. 

Por último, ciérrase el libro con dos rimas 
copiadas de un manuscrito original. La pri- 
mera, brevísima, tiene aire de copla; la segun- 
da, encierra, en ocho versos, toda la filosofía 
del Amor y del Dolor. 

Y se piensa honradamente, al leer este li- 
bro, que, quizá, lo más hermoso del gran poe- 
ta sea su obra inédita y desconocida. 

(De La Nación, de Buenos Airea.) 



— 231 - 



^Páginas desconocidas* j por 
Gusta o o ñdolfo ñécquer, 

Fernando Iglesias Figueroa ha recogido de 
entre las revistas de la época algunos traba- 
jos desconocidos del inmortal poeta y que na- 
die hasta ahora se preocupó de buscar y re- 
copilar, como si no fuese de extremo interés 
dejar que no se pierda en el olvido cuanto es- 
cribió aquella pluma excelsa, aquel espíritu 
delicado y escogido que se llamó Gustavo 
Adolfo Bécquer. 

La obra, reunida y publicada por el señor 
Iglesias, habrá de merecer una acogida caluro- 
sa por parte de los innumerables devotos que 
el poeta de las Rimas tiene en todo el mundo 
de habla española. 

{De El Sol, Madrid.) 



— 232 - 



Paginas desconocidas de Gustaoo 
ñdolfo BécquePj recopiladas pop 
Fernando Iglesias Figueroa- 

Con Bécquer, uno de nuestros poetas más 
populares, sucede algo parecido a lo que ocu- 
rre con Enrique Heine en Alemania, de quien, 
a pesar de haber dejado una obra considera- 
ble, sólo son generalmente conocidos sus poe- 
mas del "Libro de los Cantares" y las rimas 
de su bellísimo "Intermezzo". Este es el caso 
de Bécquer en España, mucho más grave, des- 
de luego, que el de Heine, pues al fin y al ca- 
bo, en Alemania se lee mucho más que en Es- 
paña, y los tudescos cuidan mucho más que 
nosotros de sus grandes poetas y prestigios 
literarios. Por eso puede considerarse de alta- 
mente meritoria la labor emprendida por el 
notable poeta y literato Fernando Iglesias Fi- 
gueroa, reconstituyendo la obra íntegra de 
nuestro exquisito poeta y publicando la parte 
desconocida de la misma, de tan alto valor, 
y aun en ocasiones, superándola, como aque- 
lla otra que cimentó su gloria en la posteridad 
y en el corazón de su pueblo.. 

(Los lunes de El Imparcial^ Madrid.) 

- 233 - 



Páginas desconocidas, de 
Gusiaoo fídolfo Bécquep, 

Fernando Iglesias Figueroa, el notable poe- 
ta, con meritísima constancia en su labor de 
sacar de la obscuridad y el olvido toda la 
obra de Bécquer, acaba de publicar un se- 
gundo volumen de "Páginas desconocidas", 
del exquisito poeta sevillano, autor de las Ri- 
mas. En este libro se nos da a conocer un nue- 
vo aspecto de Bécquer: el de crítico literario 
y político. "Páginas tan espontáneas y jugo- 
sas — como dice Iglesias Figueroa en un bello 
prólogo — que Figaro las hubiese firmado con 
orgullo." 

(Los lunes de El Imparcial, Madrid.) 



234 — 



Heontecimiento literario. 

La Casa "Renacimiento", acaba de publi- 
car el primer volumen de las obras inéditas 
de Gustavo Adolfo Bécquer, el genial y malo- 
grado autor de las "Rimas" y de las "Leyen- 
das". Cincuenta y dos años hace que murió 
el poeta y en todo ese tiempo sólo llegó al pú- 
blico una parte insignificante de su varia y 
extensa labor: la publicada a raiz de su muer- 
te como postumo homenaje de sus amigos y 
admiradores, que ocupaba un par de peque- 
ños volúmenes. 

A remediar el justo olvido que sobre el res- 
to de su obra pesaba, vienen estos libros que 
hoy publica "Renacimiento" y que han sido 
cuidadosamente seleccionados por Fernando 
Iglesias Figueroa, que dedicó a ello gran can- 
tidad de tiempo y esfuerzo. 

De "acontecimiento literario" puede califi- 
carse la aparición de las "Páginas desconoci- 
das" de Gustavo Adolfo Bécquer. 

(£/ Tiempo, Alicante.) 

— 235 - 



^Páginas desconocidas^, de 
Gusta DO Hdoifo Bécquer,- Edi- 
torial ^Renacimiento^ . Madrid 

(Bécquer! Basta su nombre para remover 
en nosotros un mundo de recuerdos y de im- 
presiones imborrables. Todos, al pasar por la 
juventud, sufrimos su hechizo; todos rumo- 
reamos la música de algunas rimas suyas al 
oído atento de una mujer; todos hicimos nues- 
tros sus ensueños posibilitando, bajo su égi- 
da, la permanencia del espíritu romántico en 
nuestras almas. 

Ahora mismo, en estos tiempos prosaicos, 
en estos días de materialismo desbordado, 
donde el sensualismo se erige en norma y la 
carne en diosa, ¿no es cierto que su obra nos 
sabe a remanso de paz y a oasis de quietud? 
Su misma figura frágil, quebradiza, ¿no lo- 
gra hoy, entre tanto público "municipal y es- 
peso", la apostura elegante y la señorial pres- 
tancia de un retrato de Van Dyck? 

La editorial "Renacimiento" ha hecho muy 
bien exhumando estas páginas olvidadas del 
escritor inmortal y su seleccionador, Fernan- 
do Iglesias Figueroa, merece por su labor en- 
tusiastas plácemes. 

[El Noiicie.ro Sevillano, Sevilla.) 

- 236 - 



Envío 

a RICARDO LEÓN 
supremo artífice de nuestro idioma, 

¿Qué mejor Ex-Libris que sa 
nombre para este iibro del caiy 
tor de las golondrinas? 



índice 



Piginas. 



Prólogo 5 

Rimas 15 

La fé salva 23 

Memorias de un pavo 51 

La Caridad 67 

La calle de la Montera 77 

Sepulcro de Raimundo Berenguer en la catedral de 

Gerona 85 

La vuelta del campo 91 

Procesión del Viernes Santo en León. 95 

Las jugadoras 101 

Revistas contemporáneas 107 

El pendón de guerra del gran cardenal Mendoza y 

la espada de Boabdil 207 

Dos palacios 213 

Las segadoras 221 

Fray Luis de León 225 

juicios críticos 229 

Envío a Ricardo León 237 



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