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Full text of "Tierra de promisión, catecismo de la raza"

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Luis Antón del Olmet 



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DE PHSi 



(Catecismo de la raza) 




1913 



60NZALEZ Y GIMÉNEZ 
-IMPRESORES Y EDITORES - 

— HUERTAS, 1» Y 18 — 

MADRID 



Es propiedad del autor. — Queda hecho 
el depósito que marca la ley. 



Para Don José Marina, gran 
caudillo español, soldado heroi- 
co, diplomático sutil, espíritu de 
conquistador y de creador, alma 
buena, corazón generoso , mano 
firme y suave: que lleva en su 
cintura la bandera española á 
guisa de fajín, que ha ganado 
tierras para su patria, y en cuya 
figura venerable se juntan los 
prestigios del viejo militar ibero. 



Á MIS ENEMIGOS 



A vosotros, los que sois amigos bondadosos, los que 
me habéis sugerido con el consejo, y guiado con asiduas 
palabras, y confortado con el aplauso, nada tengo que aña- 
diros. Sabéis que soy vuestro. 

A mis enemigos, sí. A los que, ó roídos por una envidia 
miserable, ó aniquilados por una estulticia bestial, no ha- 
béis querido, no habéis podido comprender mis emociones 
ante los hermanos que pelean y mueren; á los que odian 
por castración espiritual á este pobre muchacho tan humil- 
de y tan modesto, cuyo único delito es adorar á su patria y 
cantar sus glorias; á los que, sórdidos, negativos, sin arres- 
to- siquiera para matarme, ya que su envidia es femenil y 
sólo llega á la charla mediocre y á hurtadillas, y á la pobre- 
tería cobarde y triste del anónimo; á vosotros, mezquinillos, 
hermanos sin alma ni gesto, debo afirmaros algo. Os debo 
gratitud. 

Os debo una firme gratitud. Está organizado mi ser 
para la contienda. Más me crezco y me aupo, cuanto más 
me acosan. Más armas tengo, cuantas más armas veo ten- 
didas hacia mí. Es más intensa mi emoción combativa, cuan- 
tos más adversarios encuentro en mi torno. Os debo ¡a ru- 
deza bravia de mis palabras, y hasta el acicalamiento lite- 
rario de alguna frase. Si me negáis, me revuelvo; si decís 
que soy vulgar, os ofrezco el perfume de mis vocablos 
castellanos; si afirmáis que soy un iluso, me pongo á soñar 
con mayor fragancia. Pobre y sin talentos, cuanto logré, se 
lo debo á vosotros, envidiosos de mi alma, estultos de mi 
vida, parias de mis amores. 



Ni á Luca de Tena, cuya natural confianza me lle- 
vó á Tetuán; ni á Burguete, á Medialdea, á García Ruiz, 
que me otorgaron una condecoración; ni á Marina, cuya 
silueta prestigiosa avivó mis entusiasmos de español y 
de poeta; ni á los muchos oficiales y paisanos que me habéis 
escrito, piadosos y benevolentes, concediéndome un aplau- 
sos, le debo tanto como á mis enemigos. El éxito aletarga, 
enerva. La pelea ensoberbece, acucia. Cuando me acari- 
cian, caigo rendido, confuso, lleno de humildad, demandan- 
do perdón. Cuando me atosigan, yergo el alma, sacudo el 
corazón, y me arrojo, temerario, al combate. 

Por Dios, los viles, los mentecatos, los que sois pálidos, 
gazmoños, hablad, vociferad. . . Caigan sobre mi vuestras 
injurias; derramad sobre mí vuestro veneno; verted sobre 
mí toda vuestra baba. . . Soy canijo y deleznable, y quiero, 
estimulado por vosotros, seguir escribiendo todavía du- 
rante mucho tiempo, dedicado con toda mi energía al ser- 
vicio de la patria española. 

Luis Antón del Olmet. 



LO QUE DICE 6IBRALTAR 



Hasta la riente Andalucía, durmiendo. Luego, 
ese inevitable sopor que nos domina en los viajes 
cuando ya se van haciendo largos en demasía. 
Tras del cristal, en el que pone el otoño incipiente 
goterones de lluvia, el gayo abanico andaluz, el 
siempre nuevo. Viñedos, olivares, un alcornocal 
descortezado, padre fecundo, inagotable, de la 
industria; esos pueblecitos blancos, de nombre 
moro, entre chumberas y pitas; vacadas, potrillos 
en montanera, muchas flores. Por cierto serpeante 
caminito, un alazán muy peripuesto, con su ancha 
baticola de colorines, y sobre cuyo garbo va incli- 
nado un zagal que canta y sueña. 

Pero la sensación, ya cerca de Algeciras, cam- 
bia en un repente anonadador. ¡Gibraltar! 

Yo no puedo mirar el peñón sin estremecerme. 
¿De odio? ¡Es tan antigua ya la expoliación! ¿De 
apetitos, de ansias, de ilusiones? ¡Es tan fuerte 
Inglaterra! ¿De qué? Inglaterra es rica, próspera, 
simpática; Inglaterra se nos muestra cordial; Ingla- 



8 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

térra veló junto á nosotros en momentos recientes; 
Inglaterra se ha ganado todo nuestro cariño. 

Y, sin embargo, hermana Inglaterra, que nos 
conoces y nos amas, que tienes en la historia de 
mi país todos los contactos, que viste naufragar á 
la Invencible, que guardas los tablones del San 
Juan Nepomuceno, que un día se preocupó tu ceño 
rubicundo porque desde el pardo Escorial, en ple- 
na Castilla, un monarca poderoso se alzó de mal 
talante, y que luego viniste, aliado generoso, con 
tu lord Wellington; hermana Inglaterra, ¿será ex- 
traño que se estremezcan los nervios de un espa- 
ñol viendo esa mole toda erizada, que nos habla 
de rojos uniformes y de patillas rubias, y de aco- 
razados, mole que dijérase un pie monstruoso jun- 
to á mi Andalucía? 

Pero ya estamos en Algeciras. Es de noche. 
Un zangolotear á la aventura, sin ton ni son. Lue- 
go, ya en el sigilo de mi estancia, á escribir. 

¡Si vierais qué irresolución tan grande al coger 
la pluma! 

El mandato que se me dio antes de partir, fué 
categórico. 

— Vea usted, y escriba la verdad. 

Pero, ¡es tan difícil! La verdad acerca del pro- 
blema. . . ¿Sabemos aún de una manera cabal en 
qué consiste, no ya esa verdad que todos apete- 
cemos, sino la cuestión misma? 

Yo— ignoro por qué— me hallo aquí en este 
alegre pueblecito andaluz como imbuido en melan- 



TIERRA DE PROMISIÓ.V 



eolia. Qibraltar, estos ingleses de mi hotel, estos 
letreros británicos, la extranjería que se advierte 
viviendo en plena España, la tremenda responsa- 
bilidad que supone hacer unas crónicas para un 
diario tan serio, para una opinión tan sensata... Y 
luego esa misma vacilación que sentimos todos al 
pensar en África y tratar de conocer el enigma y 
hacerle hablar á la sirena. 

De bruces en el alféizar, tengo delante la bahía. 
Las casucas son bajas y no interrumpen los claros 
ámbitos. Primero, Algeciras, luego, á la izquierda, 
tierra española que se obscurece, dormida; en me- 
dio, un desierto líquido, apacible, donde parece 
sumergirse la estela de una luz; y allá, cabrillean- 
te, atrayéndome, fascinándome, el peñón. Un co- 
llar de brillantes lo envuelve. Es negro y fatídico. 
Parece una sombra de acusación ó un mandato. 
En ocasiones, el faro que lo custodia, un faro lumi- 
nosísimo, de claridad nítida, gira para mirarme 
como un enorme ojo, y se vuelve para indicarme 
una senda como un enorme dedo. 

¿Habrá sido la imaginación? ¿Habrá sido, real- 
mente, una seña? Yo sé deciros que el faro de Gi- 
braltar fulgió de repente como un relámpago, y 
que después, proyectando su diafanidad en un sen- 
tido recto y firme, miró hacia el Estrecho. ¿Había 
sido una mueca instintiva?, ¿un signo mecánico, 
sin valor, fríamente estratégico?, ¿tal vez un gesto 
expresivo? Lo ignoro. Sé únicamente que, sin ra- 
zonarlo, me puse á dialogar con aquella luz. 



10 LUIS ANTÓN DUL OLMET 

Sí; marca tu prolongación un camino inevita- 
ble, el camino de África. Mejor hubiera sido aguar- 
dar. Somos un país convaleciente, y nos hubiera 
sido beneficiosa una tregua más larga. Pero, ¡es 
así la vida! Un día, en este mismo Algeciras, Eu- 
ropa nos hizo el honor de creer en nuestra vitali- 
dad. Llegó la hora de repartirse á Marruecos, y 
hubo un pedazo de carne para la zarpa desfalleci- 
da del león viejo... ¿íbamos á confesar nuestra 
impotencia en una negativa ya incurable y para 
siempre? 

—Francia, deten el paso. Espera. Nuestros 
soldados han sufrido mucho. Hay luto aún en va- 
rios hogares. Estamos rehaciéndonos. ¡Espera, 
espera! 

Y Francia, y Alemania, y hasta la misma In- 
glaterra, se hubieran reído de nosotros. 

Fuimos, pues, á Marruecos por dignidad na- 
cional. 

Pero, ¿hemos ido tan sólo por esto? No. Don 
Quijote dormía cuando enderezamos el primer na- 
vio hacia las costas africanas. Hemos ido por una 
cuestión de vitalidad y por instinto de conserva- 
ción. El río no es frontera. Sobre si la frontera 
franco-alemana debiera ser el Rhin ó los Vosgos, 
se ha suscitado una rivalidad antigua y trágica. 
La frontera es el monte, lo inaccesible. El pájaro 
vuela de orilla á orilla sin encontrar más que una 
brisa persuasiva y empujadora. La cima es sólo 
para el águila. La montaña rompe, divide, oculta, 



TIERRA DE PROMISIÓN 1 1 



veda codicias, destruye ambiciones. Los Pirineos 
son frontera. Los montes de Marruecos, también. 
El Estrecho de Gibraltar no es sino un río menos 
dilatado que algunos de América y de Europa, y 
aun de Iberia misma. ¿No era una tentación para 
el extranjero dominar la otra orilla, la orilla, tam- 
bién española, del Estrecho, del río? 

Yo quisiera tener en éste mi primer artículo 
una ráfaga de vivo entusiasmo. Los que lloran no 
son los que vencen. Señalar defectos, cuando 
existan, sí... Pero, ¡llorar?... Ante un desperezo de 
la patria, no hay otro recurso que trincar el fusil y 
marchar delante. Yo, con el arma de mi pluma, 
arma incruenta, pero hidalga, debo tener la disci- 
plina férrea de un recluta. 

Mejor hubiera sido aguardar. Más, no fué po- 
sible. Allí hemos ido, y, pues que fuimos, vaya- 
mos con alegría en el corazón y con optimismo en 

los ojos. 

¿Hemos ganado, ó hemos perdido en la aven- 
tura? 

Por de pronto, cumplimos el mandato europeo; 
seguimos el camino que nos indicas, ¡oh faro de 
Gibraltar! Después, cuando, ya en pleno despojo, 
alguien decía que habíamos fenecido, vese como á 
compás de fábricas, de campos, de todo un rena- 
cer palpitante, aún tiene viva su abnegación la 
raza. Y se ha fogueado nuestra juventud, y no ha 
perdido el contacto con la muerte, ni su gesto para 
despreciarla si es noble. Y. . . — oid esto— se ha de- 



12 LUIS ANTÓX DEL OLMET 

mostrado tras la derrota que las energías patrias 
dan, con poetas, con artistas, con ingenieros, con 
inventores y con hombres de producción y de tra- 
bajo, á Marina, á Silvestre, á Burguete, á Beren- 
guer, á una oficialidad estoica que sabe morir sin 
fanatismo por el deber, con una sonrisa. 

De bruces en el alféizar continúo, mirando la 
bahía mediterránea. Los á veces dormidos senti- 
mientos de optimismo, en este silencio conforta- 
dor, sin testigos insidiosos ni sarcásticos, brotan 
en mi alma como un náufrago desembarazado de 
sus ligaduras, como una conciencia que se reco- 
brara, como un ave sujeta que probase sus alas y 
se viera libre. 

—Vamos á una hecatombe — se oye decir en 
España con tristura. 

¿Por qué? 

¿A una hecatombe del prestigio? La hecatombe 
hubiera sido rehusar...; y luego, ¿no se afincan 
seguras victorias? Pensad en el Melilla de hace 
cuatro años, y en el de hoy, dilatado y progresivo. 
¿A una hecatombe económica? En 80 millones de 
pesetas aumentó el presupuesto nacional desde 
1909. Pero no todos se han gastado en África. 
Aquí, en nuestro suelo, quedaron también las me- 
joras. ¡Ochenta millones para una nación cuyas 
rentas crecen de año en año en un apogeo que nos 
llena de justa, legítima, risueña esperanza! Corea 
le costó al Japón centenares de miles de vidas y 
centenares de miles de millones. La orilla opuesta 



TIERRA DE PROMISIÓN 13 



del gran río español, del río mediterráneo, no le 
ha costado aún á España lo que en oro y en san- 
gre derramaron los japoneses durante un solo día 
en Puerto Arturo. 

¿Que puede haber errores? ¿Que puede irse 
más despacio? ¿Que son muy dolorosas, horrible- 
mente dolorosas, esas bajas de que nos habla eí 
telégrafo? Allá veremos lo que muestran y ense- 
ñan propias observaciones. Pero, entre tanto, faro 
de Gibraltar que luces en esta noche serena, faro 
testigo de tanta amargura y de abnegación tanta, 
sabe que, más acá del Estrecho, España tiene 
puesto su corazón en las banderas de quienes allá, 
en la orilla distante, mueren haciendo germinar á 
la vida. 

Cunde un silencio infinito. Es amarilla y está 
cansada la luz que me alumbra. Son las tres, las 
cuatro del día. Me asomo. No alborea. Eterna- 
mente vigilantes, se apagan, se encienden los fue- 
gos del peñón. El faro corre lento y nítido, resba- 
lando sobre las aguas dormidas, esclareciendo una 
faja de mar. Inglaterra, Europa, no descansa. Su 
ojo, despierto siempre, escruta las entrañas espa- 
ñolas y avizora los campos africanos. Allá, remo- 
to, pero adivinable bajo las estrellitas mágicas, 
está Ceuta, la tierra de promisión, la tierra donde 
quiso darnos el orbe un desquite y la naturaleza 
un abrazo; la tierra donde ahora, en este mismo 
instante, es posible que unos soldados estén com- 
batiendo... 



14 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



Un momento permanezco silencioso. Todos 
mis atavismos y todas mis lecturas, todo el instin- 
to y la experiencia, el cerebro y el corazón, riman 
con la noche y se concretan en un solo impulso. 
¿Fuera preciso decir que á este impulso le dicen 
España? Luego, oteando el Estrecho, mirando ha- 
cia el horizonte, conmovido, trémulo de ansiedad 
y emoción, no puedo contener un grito: 

—¡Hermanos, allá voy! ¡Hermanos que derra- 
máis vuestra sangre por el futuro de la raza, her- 
manos abnegados y buenos, hermanos valerosos, 
allá voy! Pondré mi corazón junto al vuestro. ¡Y 
ojalá esta pluma— hijos que somos de una misma 
y fecunda madre— sirva para decir que vencéis! 



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LAS ORILLAS DEL ESTRECHO 



Jugando á ser fuertes. 

Como el vapor de Ceuta no sale hasta las ocho 
de la mañana, hemos pasado Alba y yo largas ho- 
ras en Algeciras y en Gibraltar. 

Si fueran estos momentos aptos para el humo- 
rismo, repitiera lo dicho cierta vez en relación á 
Hendaya, narrando aventuras y lances peregrinos 
que nos ocurrieron buscando la baratura inglesa y 
el surtido británico. Cigarros y cerillas... He aquí 
el comercio amplio y tentador. Por lo demás, ni 
Alba encontró sus placas de fotografía, ni yo 
mis polainas ecuestres. Lo demás, afortunadamen- 
te, orgullosamente, producción ibera, y más cara, 
mucho más cara que en Madrid. ¡Justo castigo á 
nuestro delito vil de malos españoles, á quienes 
place comprarlo todo fuera de su patria! 

En cambio, si Gibraltar es feo, triste y defrau- 
dador, ¡que sensación produce su empaque de pla- 
za militar, su orden, su disciplina, sus costumbres! 
Es el peñón sitio que debiéramos visitar como aci- 



16 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

cate. De una pelada roca, el oro inglés hizo arse- 
nales, astilleros, dársenas, muelles, baterías inex- 
pugnables, cuarteles magníficos, hospitales, 'con- 
ventos (sí, sí, conventos), escuelas, gimnasios y 
aun jardines. ¿He dicho oro? Sí; pero no ha sido 
el oro la única génesis de tanto esplendor. Ha sido 
el método, la paciencia y, sobre todo, el carácter. 
En una dársena, los soldados, estos altos y rojos 
infantes ingleses, desde un altísimo trapecio, se 
arrojan al agua entre las aclamaciones de sus co- 
legas. Otros juegan al balompié. Hacían boxeo los 
demás. ¡Educarse! No perder minuto, no consen- 
tirle un solo instante á la holganza. Sí, lector; por 
esos puñetazos, esos puntapiés y esas tremendas 
zambullidas, se hicieron arsenales, dársenas y 
muelles. ¿No será conveniente, lector, aunque lo 
creas paradoja, que juguemos un poco á estas ni- 
ñerías atléticas y sanas, para ser más fuertes y 
más grandes? 

Pérez, inglés. 

El cochero que nos lleva Gibraltar adentro es 
un morenucho de ojos árabes. En ocasiones se 
vuelve desde su pescante y nos hace algún descu- 
brimiento portentoso. 

—¿Ven ustedes? ¡Aquello es un arsenal! 

— ¡Ah...!— respondemos con sorpresa. 

Se ve que tiene á orgullo conocer Gibraltar, 
enseñarnos á Gibratar, despampanarnos como si 
fuésemos beduinos, como si fuera inglés. 



TIERRA DE PROMISIÓN 17 

— ¿Qué...?— le interrogo yo repentinamente — , 
¿no eres compatriota nuestro? 

Sus ojos negros y satíricos nos escrutan un 
momento, y su boca, sarcástica, ríe: 

— ¡Cá! ¡Soy de aquí! ¡Ciudadano inglés! 

La respuesta nos deja confusos. Luego, no 
queriendo percatarnos de aquella enormidad, in- 
terrogamos: 

— ¿Cuál es tu nombre? 
—Gumersindo Pérez. 

Y lo dice seguro de sí, gozoso, insconciente 
acaso de que hay patrias, fronteras, símbolos, pu- 
dor y dignidad. Pero, ¿á qué ahondar en esto? Fué 
un latigazo en el honor, un asalto á la sensibilidad, 
un estímulo para las energías. 

Gibraltar, no sólo por ser .espejo de plazas 
fuertes, sino por estas aberraciones que allí se 
contemplan, debe ser un lugar de turismo para los 
españoles. Es dedo indicador, hierro candente. 

Los soldados ríen. 

En el crepúsculo, y atravesando la bahía gi- 
braltareña; bahía de horror y contrabando, agu- 
jereada por la pertinaz y menuda llovizna, tor- 
namos á España. ¡Si vierais qué bello espectáculo 
nos tenía deparado el azar! ¡Hemos visto llegar á 
un batallón! 

Vagábamos por la plaza, cuando un pelotón de 
soldados embocó desde cierta calle afluyente. Sin 



18 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



quererlo, por instinto, se nos alegró el alma, y se 
nos escaparon los gritos: 

—Mira... Soldados que van á la guerra. 

—¿Será el batallón del Rey? ¿Será el de León? 

—No. Son cazadores. ¿Ves? Llevan el gorrito 
verde, y andan muy de prisa. ' 

Luego, sin darnos cuenta, echamos á correr. 
¿No habéis corrido nunca, hombres maduros y 
sensatos, burgueses y aun duchos en la vida, para 
ver los soldados que van á la guerra? 

Ya estamos junto á ellos. Visten de rayadillo, 
tocan el gorro cuartelero y calzan alpargata sin 
calcetín. No llevan música. El ras-ras de su paso 
atrae á los vecinos. Con el fusil enganchado al 
hombro por su correaje, marchan, ¿hacia dónde? 

¡Marchan! Y marchan con alegría. Es una im- 
presión ésta que siento hambre de comunicaros. 
¡Con alegría, con estruendo juvenil, entre dicha- 
rachos y risas jubilosas! ¿Quién ha dicho que nues- 
tros soldados van á la guerra como forzados, sin 
apetito de luchar? Os juro que la nube de pesimis- 
mo respirada en Madrid, nube que nos impide ver 
á las claras todas estas cosas, váse desvaneciendo 
conforme nos alejamos del núcleo. Estos soldados 
que llegan á Algeciras para embarcar pronto, que 
llevan largas horas de tren, que habrán sufrido 
toda la actividad de un batallón en movimiento, 
que arribarán á las costas africanas, que serán des- 
tinados á ocupar difíciles posiciones, que se bati- 
rán tal vez en seguida, acaso mañana, que verán 



TIERRA DE PROMISIÓN 19 

cruzar la muerte ante sus ojos, á pesar del sigilo 
con que se les saca de su tierra, á pesar de la cam- 
paña que se hace contra esta movilización, á pe- 
sar de que no los contagió ni los emborrachó el 
estrépito de las muchedumbres aclamantes, llegan 
—os lo juro— plenos de alegría, juveniles, char- 
lando, lanzando risotadas, seguros de vencer, 
como un gran corazón entusiasta. 

Mientras pasan, Alba, el amable fotógrafo que 
corre estas aventuras conmigo, dirigiéndose á un 
sargento, le dice: 

—¿Qué batallón? 

—Alfonso XII. 

Y yo: 

—¿De dónde vienen? 

—De Vich. Dos horas más allá de Barcelona. 

Y Alba, otra vez, á otro muchacho: 
— ¿Cuándo embarcáis? 

— ¡Pronto! 

Y en ese ¡pronto! hervía, hervía el triunfo. 

No logro marearme, 

A las siete de la mañana, cuando, hecho mi ha- 
tillo me adentro en el muelle, he tomado la reso- 
lución de marearme. 

Yo, que soy medio gallego, y que atravesé la 
Marola cien veces, no he sabido renunciar aún al 
goce de la náusea. No ya el oleaje y el vaivén, 
sino el olor de barco, de grasas, de betún, de co- 



20 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ciña, me inducen irremediablemente al mareo. Yo 
imagino que podría evitar este número del perfec- 
to navegante como un solo acto de la voluntad. 
Pero resulta imposible. La tentación es en mis ner- 
vios superior á todo. 

—Me marearé, sí, me marearé— sollozo cami- 
no del embarcadero, junto á Ramón Alba, que se 
defiende á gritos de la briba maletera. 

Y, sin embargo — lo confieso hasta con cierto 
rubor — , no conseguí marearme durante la travesía 
camino de África. ¡Fui hablando de mi país y de 
la guerra; fui sintiendo emociones de patriotismo 
á cada momento; fui abstraído! 

El capitán de Estado Mayor Don Salvador Gó- 
mez Díaz-Berrio, hombre de gran cultura, nos dice 
cosas muy juiciosas y muy optimistas acerca del 
soldado. Unos reclutas que van sobre cubierta, 
para unirse á sus regimientos, bailan y cantan y 
piropean á las mujeres. Sobre un mar en ricillos, 
corremos. A un lado, Algeciras, Sierra Carbone- 
ra, Tarifa; una llave, con Gibraltar, del Estrecho. 
A otro lado, Ceuta, Sierra Bullones: el candado. Y 
esta impresión de bienestar, de pujanza estratégi- 
ca, y después la contemplación de un África espa- 
ñola ya, que debe ser nuestra, que nos pertenece, 
en la que brota la misma flora que en Andalucía, 
el plátano llorón y meloso, la pita hirsuta y pun- 
zante, la áspera y enmarañada chumbera, me fue- 
ron invadiendo en patria, en amor, en ideal. Cien 
fortines coronan las cumbres. Ceuta brilla cercana 



TIERRA DE PROMISIÓN 21 

ya. La bandera española se cierne sobre todo. 
Plásticamente, carnalmente, concebimos la grande- 
za del pleito y el esfuerzo de una raza. Mi cora- 
zón vive feliz. La memoria es ida. Cuando atraca 
el vapor, aterrado, absorto, casi arrepentido, le 
pregunto al señor Berrio: 

— Pero, ¿es posible que no me haya mareado? 

—No. 

Miro, y me contemplo estupefacto. 

¡Bah!... ¡Los nervios, por esta vez, estuvieron 
cautivos de España! 

Unos valientes. 

— En el hotel, apenas lo bastante para deman- 
dar habitación. Luego, en busca de impresiones. 

—¿Qué podríamos ver de interesante? 

— Los tiradores del Rif — nos replican. 

Y vamos allá. 

Las milicias voluntarias, que así se llaman aho- 
ra, reclutadas entre moros adictos, se han ganado 
la estimación y el respeto de todos. Son bravos, 
seguros, tiradores certeros, cara cetrina, talle cen- 
ceño, unos moñitos junto á las sienes, el despre- 
cio á la muerte y el amor á la bandera española. 
Hace unos meses, los tiradores eran 343. Hoy han 
tenido 81 bajas. En Lauden, Don Miguel Primo de 
Rivera los hizo desfilar, tras de una batalla glorio- 
sa, entre el Ejército formado, dándoles honor. Ba- 
tieron las músicas, se dieron vivas á España. 
Hubo quien no supo tener secos los ojos. 



22 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

—Querría saber algún hecho de estos hombres. 

Entre los muchos que podría relatar, ahí va ese. 

Estamos en la posición de Federico. Nuestros 
soldados se baten con la morisma. Un sargento 
español ha caído muerto y su cadáver ha rodado 
por una barrancada. El oficial que manda la avan- 
zadilla se vuelve hacia los tiradores y exclama, 
imperativo: 

—Hay que recoger ese cuerpo. ¡Un voluntario! 

La empresa no es ardua. Es un suicidio casi... 
Descender á pecho descubierto, bajo un diluvio de 
plomo, llegar hasta el sargento, subir con la impe- 
dimenta... Sólo un milagro puede salvar al atre- 
vido. 

— Yo iré, mi teniente. 

El héroe es un cabo de tiradores. Se ha quitado 
el correaje y ha entregado el fusil, jpara que no 
los guarde la morisma!, y ha echado á correr, 
burlándose del enemigo y de sus balas. Los nues- 
tros avivan el fuego para distraer al adversario. 
Aun así, la muerte roza, besa, acaricia al abnega- 
do. Llega. Coge su preciosa carga, el cuerpo de 
un valiente que debe reposar entre sus hermanos 
y no ser víctima de la herejía bestial; llega, tro- 
pieza, se rehace, sube, deposita el cadáver en 
lugar seguro, coge de nuevo su fusil, y de nuevo 
tira, con sus moñitos al viento, con sus dedos ági- 
les, con su vista certera, con su valor estoico... 

Pero, decid; si son admirables estos hombres, 
¿qué no serán los oficiales iberos que los mandan? 



TIERRA DE PROMISIÓN 23 

Mandar, con mayor peligro aún, teniendo que dar 
ejemplo y ser todavía más valientes, á estos leo- 
nes africanos, ¿qué revela? ¿Cómo elogiar á Don 
Cándido Hernández, al ilustre comandante Gaba- 
rrón, á Don Manuel de Matos, á Don Diego Fer- 
nández Ortega, á Don Alberto de Castro, á Don 
Fernando Cirujeda, que marchan delante de los 
tiradores, que no tienen superstición, que no vivie- 
ron en ambientes de barbarie, sino en ciudades 
cultas y refinadas; que no visten el uniforme por 
ganar un sueldo, mísero sueldo irrisorio para re- 
tribuir el martirio y la sabiduría, y que fueron 
veinte, y luego quince, y diez más tarde, y que 
sonríen, ¡tan poco jactanciosos, tan íntegros, tan 
conscientes, tan intelectuales, cuando hablan de 
tornar al combate! 

Son la raza española en todo su brío, flor ge- 
nial de ayer, tan pura y tan noble como se la vio 
en el siglo xvn, en el áureo siglo, todo luz, en 
que la Humanidad se llamó España. 

Llegamos. El cuartel es una barriada en la que 
viven los tiradores con sus mujeres y sus hijos, en 
unas casitas muy graciosas. En una, cierto soldado 
nos invitó á su té. Una estancia, un poyo cubierto 
de telas abigarradas, una alfombrita pobre, unos 
cuadros, unas tazas, y allí, el té moruno, muy 
azucarado, con su fragante olor á hierbabuena. 
En la pared, toscos, pero sintéticos, representati- 
vos, dos retratos. ¿De quiénes? ¡Del Rey! ¡De la 
Reina! 



24 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Un rato permanecimos allí, fraternalmente. 
Cuando salimos, hice una pregunta: 

—¿No podría ver á nuestro héroe, al cabo que 
recogió en Federico el cadáver del pobre sar- 
gento? 

—Sí. Véalo usted. 

Recostado en una puerta, alto y membrudo, 
con su corva nariz— ¿ibera, tal vez? — , con su bar- 
billa rala, con sus ojos negros, de mirar acerado, 
con su galón ya de sargento, con su porte marcial 
y viril, pude contemplarlo. Un capitán me lo pre- 
sentó. Creo que me otorgó su sonrisa. Serio, gra- 
ve, sin alardes vanos, sin orgullo, escuchó mis 
elogios. Luego, cuando estreché su mano rifeña, 
mano huesuda y firme, pensé: 

— Algún día, muy pronto, esta raza de hombres 
recios y templados, raza poderosa y magnífica 
toda ella, ¡oh, España!, será tuya, ¡tuya! 



EL RASTRO DE ALDAVE 



Por la zona exterior. 

A caballo, en amable compañía de algunos ofi- 
ciales, recorrimos la zona exterior de Ceuta. 

Infinitas consideraciones sugeriríales tan grato 
viaje á las entendederas menos avisadas, y, por 
ende, á las mías, torpes. Consideraciones de ín- 
dole vagamente literaria, de índole económica y de 
índole política. 

De las primeras será necesario escapar. No pre- 
tendo en estos modestos artículos, hechos para 
estudiar con mis ojos miopes y mis talentos nulos, 
un grave problema español, hacer demasiada lite- 
ratura. Es un recurso del que pretende huir. Aun 
la más bella y más deliciosa, no pasa de halagar 
los sentidos. No hay que venir á estos campos, 
donde se vierte sangre española y donde una raza 
se juega tal vez su postrer naipe, con una docena 
de calificativos bien administrados y unas miajitas 
de banal erudición. Hay que venir á sentir el pro- 
blema y no sus detalles, y á lograr— ¡ojalá fuera 



26 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



posible!— meter á España en el sentido amplio, 
hondo y transcendental de un asunto enorme. 

No convocaré, por lo tanto, á las musas para 
que me ayuden. Magnífico es el espectáculo. Lo- 
mas que descubren el Estrecho entre Sierra Bullo- 
nes y Tarifa, menos dilatado que el Tajo cerca de 
nuestra ibérica Lisboa, que dominan á Ceuta, sus 
dos bahías, azules, mediterráneas hoy; las tierras 
donde acaban de reñirse combates, Condesa, 
todo el territorio que ocupa el general Arráiz, el 
Rincón, un vislumbre del río Martín, y un poco 
más en el fondo, invisible, pero adivinable, Te- 
tuán. Maravilloso es todo esto; pero es más inte- 
resante desde otros puntos de vista. ¡Y eso que la 
caseta donde el 1 1 de Agosto del 59 nos ofendie- 
ron los moros provocando la guerra, el Serrallo, 
Montenegrón y el pico Renegado, lugares de le- 
yenda y sacrificio, tierras de O'Donnell, de Zaba- 
la y de Echagüe, evocan tantas gloriosas ideas! 

¿El aspecto económico tal vez detendrá estas 
efímeras consideraciones? 

No. Todavía no son urgentes. ¡Y eso que la 
impresión de los rientes vallecitos, defendidos por 
fortines que parecen coronas de barón, no puede 
ser más grata! ¿No han de producirla estos viñe- 
dos, estos alcornocales, estos pinares y estas huer- 
tas ubérrimas que salpican el desolado panorama, 
y que nos hablan de una esperanzosa fertilidad el 
día en que la guerra no arrase la flora ni aterre á 
las almas? 



TIERRA DE PROMISIÓN 27 

Pero, aun así, lo que más sorprende y más cau- 
tiva es el rastro político de Aldave. 

El general marqués de Guelaya, su acción en 
esta zona de Ceuta, debe servirnos de orgullo y 
ejemplo. 

—¿Quién trazó estas carreteras? — pregun- 
tamos. 

—Aldave. 

—¿Quién edificó aquellos fortines é ideó aque- 
llas defensas? 

—Aldave. 

—¿Quién trajo á Ceuta el agua y el alumbrado 
eléctrico? 

—Aldave. 

Y la sombra tutelar del viejo estratega se cier- 
ne sobre la parva zonita de su antiguo mando, 
como las alas de un bienechor. 

¿Qué hizo Aldave? 

Yo no conozco al general. Nunca tuve el acier- 
to de pasar á su vera. Menos, el de saber sus opi- 
niones. Sin embargo, la obra que dejó, pinta con 
firmes trazos su pensamiento y el criterio de su ac- 
ción admirable. 

¿Se os antoja una ridiculez? ¡Ir con monsergas 
á un hombre sin cultura! Sí, con monsergas, con 
buen ejemplo, con benévola conducta, con mejo- 
ras visibles y perseverantes, con mano firme si 
era menester. Al «Valiente*, que por aquí actuó 



28 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

de político matón durante una temporada, le arra- 
só la vivienda y lo persiguió con severa energía. 
Los moros observaron así, que aquel viejecito pres- 
tigioso era bueno y terrible. Terrible, sí, pero bue- 
no, ¡muy bueno! 

La obra de Aldave fué un primor de comple- 
jidad. 

Era un hombre modesto, que vivía sin lujo. Su 
casa era sencilla. No le puso escaleras de mármol, 
como hizo luego el señor Alfau. Moralizó los ser- 
vicios municipales, que andaban madrileñamente; 
trajo agua y luz; uniformó escrupulosamente á las 
tropas; las hacía salir de vez en vez, para adap- 
tarlas al medio; los regimientos de Ceuta y del Se- 
rrallo combatieron entre sí muchas veces en simu- 
lacros bien dirigidos; edificó fortines y los unió 
por carreteras de gran valor estratégico y de gran 
valor mercantil; mimó á los agricultores, mantuvo 
á Ceuta sumamente barata; la carne para el sol- 
dado costaba en su tiempo una peseta el kilo; pro- 
curó favorecer la producción española; tenía pro- 
hibido á sus oficiales que adquiriesen objetos en 
Gibraltar. . . 

¿No advertís qué atildamiento, qué admirable 
complejidad intelectual, qué sentido tan noble del 
mando? 

Pero, diréis, ¿tiene algo que ver todo esto con 
el pleito actual? Esas— diréis — son dotes de ilustre 
caudillo en tiempos apacibles, pero en nada se re- 
lacionan con nuestro asunto del día. 



TIERRA DE PROMISIÓN 29 

¡Qué grande inocencia si pensarais así! 

Aldave preparaba con todo esto la toma lenta, 
segura y definitiva de una zona enorme. Sembrad 
el bien y veréis de qué manera cunde. Encaramaos 
á una eminencia, arrojad grano, y veréis cómo 
fructifica. Es la mancha de aceite que se dilata; es 
el idioma que se va propagando; es el prestigio 
que aumenta sus límites; es lo atractivo, lo seduc- 
tor, y es, en fin, el adueñamiento absoluto. 

¿Fué Aldave sólo un gran administrador? 

Aldave lo tuvo bien pensado todo, bien madu- 
ro. Le faltó el seguimiento de su conducta cuando 
abandonó á Ceuta para mandar la zona melillense. 
Aldave, no sólo administró bien, sino que hizo ac- 
ción militar y acción política. 

Durante la época de Aldave, los moros, no 
sólo comarcanos, sino hasta los que vivían en el 
interior, venían á la plaza, no ya con aire de sim- 
ples mercaderes egoístas que sólo aspiran á ven- 
der io m:4s caro posible, sino con placer, con ale- 
gría, como á su casa. En Ceuta colocaban sus ga- 
llinas, sus carnes, su caza, sus productos agrarios. 
Cuando alguien dejaba de pagarles, el general 
perseguía al estafador y lo forzaba al cumplimien- 
to de su obligación. Cuando los moros tenían al- 
guna reyerta, alguna discordia, algún pleito, Alda- 
ve resolvía, y siempre con arreglo á la justicia más 
hermosa. Aldave fué durante mucho tiempo la 
suma autoridad, el sumo prestigio en esta cabila 
de Anyera que hoy nos hostiliza con saña, con lo- 



30 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

cura. Cuando el moro quería trabajar, aquí hallaba 
trabajo; cuando quería educarse, aquí hallaba 
maestro; cuando quería servir á España, la bande- 
ra le recogía en uno de sus pliegues. Y así el moro, 
irremediablemente, para vivir mejor, para comer, 
vestir mejor, atraído, fascinado por la sensualidad 
y por la espiritualidad, se nos acercaba. Unos años 
más, y buena parte de la zona sería hispana de co- 
razón, de cerebro y de aparato digestivo. Cuando 
avanzaran los soldados con el pretexto del jalifa, 
sin ofenderles en su dignidad ni destruir sus adua- 
res, avanzarían por tierra de amigos. 

¿Pensaba esto Aldave? ¿Quién lo duda? Yo 
tengo noticias de que, no sólo se afanaba por el 
presente, sino que, avizor, contemplaba el futuro. 
Sin darle importancia, iba tomando sus posiciones. 
Su Estado Mayor levantaba mapas de la zona. 
Con el pretexto de realizar una cacería de jaba- 
líes, avanzó el propio general y estudió sobre el 
terreno la invasión venidera. Tenía en su mano los 
croquis del terreno, el valor táctico de cada roca 
y de cada rincón y, sobre todo, el corazón de 
los indígenas. Lentamente, seguramente, dejando 
atrás posiciones bien tomadas, teniendo la eviden- 
cia de no precisar retaguardias defensivas, llevan- 
do su prestigio, su pan, su ciencia y su justicia 
antes que sus fusiles, Aldave hubiera llegado á 
Tetuán por un camino de flores. Para los rebeldes 
hubiera sido inflexible. Aun así, es posible que no 
hubiera tenido que realizar un solo fusilamiento. 



TIERRA DE PROMISIÓN 31 

Tal ha sido Aldave. Justo es, ya que fué varón 
tan probo, tan inteligente y tan ilustre, rendirle 
desde aquí, viendo su obra, sintiendo su admira- 
ble obra, el homenaje de nuestra gratitud como 
fervientes españoles.' 

¿Qué hizo Alfau? 

Líbreme Dios y mi ángel tutelar de hacer crí- 
tica del señor Alfau. Caído, no fuera ecuánime 
atacarle. Por lo demás, la culpa— si hubo culpa- 
de cuanto sucedió, no es sólo imputable á él. Es 
posible que sólo el conde de Romanones haya sido 
el causante. 

¿Recordáis? Había sido asesinado el señor Ca- 
nalejas. El conde de Romanones, como pudo, 
consiguió el Poder. Transcurrió algún tiempo en- 
tre dudas, incertidumbres, desmayos. El perspicaz 
ojo presidencial buscaba un relumbrón con el que 
fascinar á la opinión pública, dándole buenos aus- 
picios, que ofrecieran Gobierno venturoso. Con 
tal objeto, sin preparación bastante, sin elementos, 
sorprendiendo á moros y á cristianos, fué tomado 
Tetuán. Por cierto que la opinión, que conoce á 
nuestro ex sagaz ex primer ministro, no se alegró 
demasiado. 

— ¿Cosas del conde? — pensó—. Rara casuali- 
dad si nos sale bien. 

Yo ignoro si el señor Alfau estimuló un tanto 
al Gobierno, si la visión de un alto cargo á crear 



32 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

podría influir... Desconozco al señor Alfau, y no 
me atrevo á dar opiniones que pueden ser banales. 
Lo cierto es que se ocupó Tetuán prematuramen- 
te, que no estaba tomado el camino, que no se 
contaba con las cabilas vecinas, que no había ma- 
durado el instante. Lo cierto es que un día, hace 
algunos meses, los anyerinos, interceptando las 
comunicaciones, rompiendo nuestra continuidad, 
cortándonos, llegan á la carretera, asaltan coches, 
asesinan á niños y á mujeres, y que cuando Arráiz 
llega con sus tropas admirables, sufre tristes 
bajas. 

Es muy fácil gobernar «por etapas», es decir, 
al día, sin mirar al futuro, dando golpes de efecto 
que son pagados más tarde á precio muy caro. Es 
muy fácil. Pero es muy difícil, por inteligente que 
sea el mando y por valientes que sean las tropas, 
hacer que las uvas se hallen antes de Agosto en 
sazón y que los moros se nos sometan antes de 
haberlos sometido. 

Yo he visto y he sentido estas amarguras, cre- 
yéndolo un deber, no puedo menos de clamarlas. 

El problema de hoy. 

Ha dejado, pues, el señor Alfau el plantea- 
miento de un arduo problema. ¿Retrocederemos? 
¿Afrontaremos la cuestión militarmente, sofocando 
á los insurrectos de Anyera, sometiéndolos por la 
fuerza y cueste lo que cueste? ¡Problema enorme, 



TIERRA DE PROMISIÓN 33 

al que nos ha llevado este sistema de Gobierno 
«por etapas» y de vivir al día...! 

Yo creo, y así lo creerá el más tímido, que no 
puede dudarse en la elección de males. ¡Ir! 

A Tetuán debimos llegar algún día. Lo malo ha 
sido llegar antes de tiempo, y, sobre todo, sin 
allanar el terreno, sin que supusiera brinco, por 
una vía total, definitivamente española. Pero te- 
níamos que ir alguna vez, y puesto que fuimos, 
allí nos hemos de quedar. Europa y África se rei- 
rían de nosotros si nos viesen tornar á Ceuta. 
Aquello es nuestro; allí tenemos un jalifa, intereses 
creados, y, sobre todo, allí tenemos el honor. De- 
bemos quedarnos. 

Yo, que estoy viendo los yerros pasados y que 
me hallo decidido á ponerlos en ejemplar eviden- 
cia, pero que observo también los aciertos gran- 
des, las cualidades supremas de quienes pueden 
resolver aquí el conflicto, imaginara disparate una 
vergonzosa retirada. Se fué harto pronto. Debi- 
mos ir mejor. Aun así, quedémonos, quedémonos 
por dignidad, por decoro colectivo y porque, al 
fin, aun yendo por más cómodos carriles, teníamos 
que llegar á esa ciudad maravillosa, que ya me lla- 
ma con atractivo gesto, y cuya posesión es, al fin, 
un orgullo. 

Por el momento no existe, pues, sino un pro- 
blema militar, que ha interrumpido al otro, al más 
arduo, al político, al enorme. 

¿Una impresión acerca del primero? El proble- 



34 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



ma militar que la palabra «quedarnos» encierra, no 
soy yo el llamado á resolverlo, ¡pobre de mi! Ma- 
rina, este ilustre continuador de Aldave, más com- 
pleto aún, resumen de virtudes ciudadanas, sabrá 
lo que debe hacer. Cuenta con generales aptos, 
con una oficialidad aguerrida, heroica, en la que 
se ha refugiado una selección étnica sublime; con 
unas tropas bisoñas, pero valientes, ¡valientes!, 
abnegadas, sumisas, ejemplares, con el entusias- 
mos y el respeto de todos. 

—Mi general, cuadrado ante vos, sumiso y res- 
petuoso también, os lo pido en nombre de la raza. 
¡Enderezad el entuerto! 



<2>*<5 



LOS ABSURDOS 

QUE SE HAN HECHO 



¿Quién es el moro? 

¿Será conveniente saber con quiénes vamos á 
operar? 

Los amables capitanes señores Sigüenza, Be- 
rrio y Matos, á quienes debo atenciones tan hidal- 
gas, sólo pagaderas con una agradecida y firme 
amistad, me han hecho conocer á un arabista con- 
sumado, á un hombre que por servir á su patria 
vivió durante años en las cábilas una existencia 
penosa, al comandante señor García del Valle. 

Verle y hacer presa en su bondad, fué cosa del 
momento. 

— Yo necesito que me dibuje usted al moro, en 
una pintura completa. Se me antoja esencial cono- 
cer á nuestro enemigo de hoy, á nuestro amigo de 
mañana. 

Instantes después, en el Casino Militar, este 
hombre culto y modesto, que no ha sido bien apro- 
vechado, como se suele hacer en España con los 



36 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

hombres modestos y cultos, me daba toda una 
lección. 

¿Cómo es el moro? 

Ante todo, un adversario temible. Hay que de- 
cirlo así, con toda claridad y evidencia, para que 
no se llamen á engaño los ilusos. Hay que decirlo 
así para que brille más el heroísmo de nuestros 
soldados vencedores; pero también para que, con- 
templando las uñas y las zarpas, no creamos banal 
el tacto, la prudencia. 

Por de pronto, los moros que llegan á tener 
veinte años, son una selección. Ocurre algo con 
esta gente de lo que acontecía con los espartanos. 
Una vida fiera, sin médicos ni boticarios, va de- 
jando atrás cadáveres de enclenques y de inútiles. 

La ilusión del moro es tener un fusil. Cuando 
lo tiene, su ilusión es matar. Y si el muerto es un 
cristiano y un invasor, entonces la ilusión es de- 
licia. 

El moro es rudo, ágil, tirador certero, valiente 
por religión y por supersticiones. Antes de llegar 
al combate se ha provisto de un amuleto que le 
apartará la muerte. Su arranque, llevado por esta 
confianza, es impetuoso. Retrocede muy rara 
vez. Diez tiradores bien parapetados le harían 
cara á un cuerpo de ejército. Sólo el temor á que 
les corten la retirada, les hace vacilar. Para bur- 
lar la artillería se diseminan cautos, y ven llegar 
las granadas y sus balines con ojos de iniciado. 
Tienen una estrategia tan primitiva, pero tan sa- 



TIERRA DE PROMISIÓN 37 

gaz, que cuando luchan entre sí, aun luchando 
con todo coraje, apenas se hacen bajas. Viven 
ojo avizor. El moro, en tiempos de paz, duerme 
con el fusil en la cabecera de su camistrajo. 

Es un tirador excelente. En cada aduar existe, 
por lo menos, un «chig-rámii», un «viejo tirador» 
ó maestro de armas, que adiestra á los otros, y 
que, peleando contra los españoles, es desde su 
punto de vista, precioso, admirable fusilero. Ayer 
no se disparó más que un tiro contra las tropas 
avanzadas de Arráiz. La bala mató al teniente Ga- 
llo é hirió á un cabo de ingenieros. Sin duda, 
aquel inicuo proyectil venía de un «chig-rámii». 

Es fuerte, duro, ágil, perito estratega, y es 
además paciente. El moro estaría semanas, meses, 
años, apostado tras de una chumbera para matar 
á un hombre. Un caso demostrará esta cachaza 
inaudita del moro. 

Cierto labrador anyerino, que venía todos los 
años á Ceuta para vender sus reses, halló un año 
transformado el río que había de vadear para lle- 
gar al campo español. El vado primitivo, rudo, 
salvaje, que antes le servía, y que fué construido 
por manos sarracenas, ya no existía. En su lugar, 
un magnífico puente español dejaba el paso libre... 

Esto contrarió, sin embargo, al moro. No en- 
traba en sus costumbres ni en sus cálculos pasar 
el río de tan lisa y llana manera. Aquello era obra 
de condenados. Se negó á pasar. Y como el agua 
era caudalosa, y el vado antiguo no existía, tomó 



38 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

asiento, fumó su «kif» y esperó durante algunas 
semanas á que disminuyera la corriente y pudiera 
cruzar sin mojarse. 

¿No será ese moro uno délos «pacos*, arteros 
y sufridos, que aguardan día y noche tumbados en 
las rocas á que se cruce un español para mandarle 
su bala única, eficaz, asesina y terrible, al pecho, 
al vientre? 

Luchamos, pues, con un enemigo tremendo, 
con un enemigo necesariamente vencido á la re- 
mota, pero con un enemigo que nos hará sangría 
inacabable y que nos ocasionará gastos imposibles 
si queremos imponernos á su bravura sólo por el 
terror. 

No España, sino Francia y Alemania juntas, 
con todos sus ejércitos, con todos sus cañones, 
con todo su valer ofensivo, dejarían un cadáver en 
cada uno de estos picachos. 

Ahora bien; ¿es el moro solamente un guerre- 
ro? Y, aun siéndolo, ¿no tiene sus debilidades, sus 
flaquezas, al fin perteneciente á una raza sin refi- 
namiento, sumida en la barbarie? ¿No tendrá, por 
lo demás, sus virtudes? 

Sí. Nada tan fácil que someterlo por la convic- 
ción, nada tan sencillo que hacer su conquista. 

En primer término, el moro no es patriota. Al 
hombre patriota no se le puede aherrojar. Napo- 
león, como dice la maja Pastora Imperio, sucum- 
bió en España. En España se luchaba por la ban- 
dera, por ese exquisito y noble sentimiento de»pa- 



TIERRA DE PROMISIÓN 39 

tria que tienen los pueblos civilizados... ¡Qué se 
yo! ¡Un torrente de ideas complejas y heroicas que 
se nos agolpan en el espíritu y que nos hacen trin- 
car las armas cuando vemos ultrajado el símbolo, 
el emblema! 

Pero el moro, no. El moro no siente á Marrue- 
cos. Aborreció al Sultán. Desconoce los elemen- 
tos psicológicos que informan la nacionalidad y 
que sugieren el patriotismo. El estado lamentable 
de su cultura les impide saber que tuvieron litera- 
turas afines, arte idéntico, lazos de pensamiento 
semejante, intereses y amores. Marruecos no exis- 
te para el moro. Apenas si su alma exigua, de un 
regionalismo bárbaro y medioeval, pasa de su cá- 
bila. El moro no quiere más que á su casa, á su 
caballo, á su fusil, á sus hijos y, por último, á su 
mujer. En ocasiones aborrece á la cábila vecina. 
Muchas veces, hasta por goce, combate contra 
ella. 

Así, pues, ¿no veis aquí la certeza de una do- 
minación que será? 

Sin patriotismo, dejadle su religión, !a casa, el 
caballo, el fusil, los hijos y la mujer; mejoradle 
todo esto, consentidle sus pruritos, fomentándose- 
los, y será nuestro. ¿Qué digo nuestro? Empleará 
sus armas en vencer con nosotros á otros cabile- 
ños á quienes desconoce por hermanos. 

La lucha no es en Marruecos lucha contra una 
raza, sino contra unas cábilas sin cohesión. Du- 
rante la francesada, Cádiz y San Sebastián, Va- 



40 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

lencia y La Coruña, eran el mismo pueblo. Aquí, 
á seis kilómetros, no llegan ni las angustias ni las 
desesperanzas, ni las bravuras, ni los himnos... 
¡Qué problema tan fácil con un poco de talento po- 
lítico! ¡Qué problema tan violento y tan desespe- 
rado con la vesania y la torpeza! 

Porque, además, el moro es susceptible al ha- 
lago, y además es agradecido. Ardua tarea la de 
ganar su corazón. Como toda la gente zafia y tos- 
ca, es desconfiado y tacaño para el sentimentalis- 
mo. Pero así que se. os ha entregado, es para 
siempre. 

Mirad... Entre estos moros de nuestras milicias, 
cuando tan fácil y tentador es irse, ¡qué pocos de- 
sertan! Apenas si cuatro bisónos llegados por ham- 
bre, y que no les pudieron tomar afecto á sus jefes 
ni apego á su vida. 

Dos caminos. 

Conocido el moro — y yo no creo que haya 
hombres capaces de ignorar tan esencial premi- 
sa—, hay dos caminos á seguir. Combatirlo sin 
tregua ni piedad. Atraerlo. ¿Qué hacer? Si se pre- 
tende lanzarnos por la senda irreconciliable, puede 
hacerse. No es un imposible. España tiene hom- 
bres, dinero, fuerza para lograrlo. Pero harían 
falta 200.000 soldados, de los cuales se quedarían 
muchos aquí, largos millones, y dos, tres años de 
infinitas amarguras. Si se deciden nuestros Gobier- 



TIERRA DE PROMISIÓN 41 

nos á emprender la otra senda, llegaremos más 
tarde. Acaso la ocupación de nuestra zona, salvo, 
naturalmente, lo indispensable para mantener co- 
municaciones y hacer un ferrocarril, sea obra de 
una década. Pero habremos ido avanzando sin 
muertos, sin rencores, como Aldave fué dueño de 
la hoy indómita cábila anyerina. 

Cómo estaba la cuestión. 

Ayer dediqué loas fervientes á ensalzar al ve- 
nerable marqués de Guelaya. Deben crecer mis 
loas. A cada paso descubro alguna pista de su vi- 
sión admirable y de su obra esforzada. 

Lector: en dos ocasiones, asómbrate, ¡fuimos 
aliados de esta Anyera que hoy fusila desde sus 
riscos á nuestros adalides!. ¡¡Aliados!! Cuestión de 
un poco de sagacidad, de un poco de sentido prác- 
tico, de un poco de tacto y de mesura. 

Estuvimos aliados con los anyerinos contra el 
«Valiente», y estuvimos aliados contra el Raisuli. 
Es decir, sus fusiles, sus corazones, sus piernas 
ágiles, sus ojos certeros, sus posiciones estratégi- 
cas, todo era nuestro. ¡Y lo hemos perdido! ¡Y 
esos valores de avance y de economía se han tro- 
cado en valores de retroceso y despilfarro! ¡Ay, 
hermano lector; seas militar ó civil; basta que seas 
hermano, para llorar sobre estas desdichas! 

El «Valiente> nos era molesto y les era moles- 
to. Para nosotros era un mosquito peligroso y 



42 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

flexible, móvil, fugitivo y contumaz. Para los cabi- 
leños de Anyera fué un matón que les imponía sór- 
didas é injustas alcabalas, pechos y gabelas. Uni- 
dos, podríamos dominarlo mejor. Así lo compren- 
dió el moro. Y, apoyado en el paisanaje, pudo el 
glorioso marqués de Guelaya derruirle su vivien- 
da y reducirlo á la mendicidad . 

El Raisuli, con más aparato, y hombre de me- 
jor porte, no fué para los anyerinos sino otro abo- 
rrecido alcabalero. Anyera, por razones f orales, 
venía estando exenta de pagarle impuestos al Sul- 
tán durante siglos. Raza brava, indómita, cercana 
del mar, había sido baluarte contra el invasor. Su 
prestigio la escudaba de estos tributos ominosos 
y crueles percibidos por el Sultán para comprar 
trescientos automóviles y mil aparatos fotográfi- 
cos, pueril y malversador como cualquier mal fun- 
cionario... 

Pues bien; contra el Raisuli, que los amenaza- 
ba «mehalla» por delante, intentando cobrarles 
impuestos, se nos unieron estos fieros anyerinos. 
jlmaginad qué distinto problema al de hoy contan- 
do con ellos! El camino de Ceuta á Tetuán, libre. 
La pelea con el Raisuli, más fácil. ¡Y todo esto se 
ha desbaratado de una torpeza en otra! 

La política que se ha venido siguiendo hasta 
que se iniciaron los horrores con la inesperada y 
prematura ocupación de Tetuán, no pudo ser más 
feliz. Atracción, cautela, parsimonia, y cuando era 
preciso llegar á la dureza, ser duro de una manera 



TIERRA DE PROMISIÓN 43 



inteligente, y no arrasando por arrasar, y no ha- 
ciendo de cada indigente un desesperado y un 
irreconciliable. 

¡Si fué preciosa la obra del viejo y probo ge- 
neral ! 

He aquí un rasgo. El aduar de Beni Mésala, 
por las razones que fueran, siempre injustas, se 
nos declaró enemigo. Entonces, Aldave ¿estragó 
sus sembrados, sus viviendas? Fué más sencillo y 
más eficaz. Les prohibió acudir á Ceuta para ven- 
der sus productos; es decir, los sitió por hambre. 
Y cedieron, y demandaron perdón, y olvidaron 
rencores: que el fuerte lo había sido con imperio, 
mas no con violencia cruel. 

Otra medida excelente y de una diplomacia ex- 
quisita. Llevar, como se hizo, á unos cuantos ca- 
bileños de por aquí á nuestra ya sosegada zona de 
Melilla. 

¡Si vierais el efecto! 

Los cabileños del Gurugú, raza beréber, gente 
del Rif, la más brava del Imperio, goza fama en 
todas las tribus de guerrera y de indómita. A los 
nacidos de aquella región, estos otros moros, se- 
guramente más blandos, les llaman, para dar idea 
hiperbólica de su virilidad, «los hombres de tres 
barbas». Ver sometida á esa gente, constituye el 
mayor de los estupores y la más decisiva persua- 
sión á dejar las armas. Fueron; no querían creer que 
se les hubiera sometido; contemplaron aquella zona 
dilatada que ya nos pertenece; y al volver, decían: 



44 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Españoles, ser fuertes. ¡Vencer á los «hom- 
bres de tres barbas»! 

El error. 

Habría para estar escribiendo horas y horas, si 
no temiera fatigaros y si mis nervios soportaran la 
tarea... 

Os daré, aun así, un apunte somero, perjeña- 
do al reflejo de una vela, rendido por las cabal- 
gadas y con la perspectiva de ir mañana hasta 
Condesa para ver á los héroes del general Arráiz. 

¿Queréis saber en qué ha consistido el ab- 
surdo? 

Sencillamente... Hemos roto el pacto con An- 
yera. Lo pacífico es hirsuto, los amigos son adver- 
sarios; nos hemos detenido, y hemos gastado in- 
útilmente hombres y dinero. 

Se ha roto con Anyera por dos razones: La 
una, por haber avanzado hasta Laucien. Yo des- 
conozco el valor estratégico de esta posición y las 
razones que hubo para tomarla. Sé únicamente 
que en el santuario de Muley Abd-Es-Selam jura- 
ron los notables de toda esta región unirse para 
combatirnos si amagábamos con avanzar en aque- 
lla dirección. Se avanzó. Anyera, fiel á su com- 
promiso, entusiasmada con la predicación de una 
guerra clerical encendida por los santones, se ha 
unido al odiado Raisuli. Sé únicamente esto. Dios 
me libre de opinar. Consignemos los hechos y 
abstengámonos de un ridículo desliz. 



TIERRA DE P ROMISIÓN *5 

Pero la otra razón es clara, triste y lamenta- 
blemente clara. ;Se les impuso á los anyermos un 
caid' ¿Sabéis lo que esto significa? Es la persecu- 
ción, la violación. Es el caciquismo... ¿Os reís aca- 
so? ¡El caciquismo, el afán de colocar al allegado, 
el microbio importado desde la metrópoli! ¿Sabéis 
lo que duele á un anyerino tener como caid al ad- 
venedizo, al hombre sin prestigios grandes, sin 
autoridad, al que no aman ni respetan? Y se nega- 
ron y suplicaron, y amenazaron. Y se nombro 
caid á un hombre de tan largos apellidos como 
breves méritos, á Mohamed Ben Abd es Zelam el 
Saidii. Y se alzaron en armas los anyermos. Y 

surgió la guerra. 

¡Aldave, caudillo preclaro, cuánto no habrá su- 
frido tu corazón bondadoso cuando lo supiste. 

El problema militar. 

Estamos, pues-lo repito-, ante un problema 
militar que pudo evitarse en esta comarca, que ya 
no existía, y al que nos han llevado pasadas tor- 
pezas. , ,. ., 

La cábila de Anyera está rebelde. La cabila nos 
hostiliza con saña, con ceguera, sin apelación. 
Nos ha matado á varios hombres. Hay que ven- 
garlos Hay que matar, que matar bizarramente, á 
ultranza; hay que barrer, que asolar. Nos hemos 
colocado en un camino del que retroceder sería 
vil. Esos morazos estultos y groseros se morirían 
de risa. Ya lo dicen: 



46 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— España no querer guerra, y no mandar más 
gente. 

¡Sí! España quiere guerrear. Lo que no quiere 
es guerrear sin freno, torpemente, conducida por 
el error y e! fracaso . España mandará tropas, y 
será acuchillado el asesino, y estos cadáveres que 
vimos desfilar serán vengados, y no quedará pie- 
dra sobre piedra, y seremos la nación terrible que 
castiga con bravura y con militar entereza cuando 
se hace preciso. 

Luego, el general Marina, ya vencedor, des- 
cenderá de su corcel. Paternal y altivo, irá en bus- 
ca de los dominados, y alargándoles sus guantes 
de gamuza, les dirá hidalgo y noble: 

— ¡Si os traemos el pan y la cultura! ¡Si os 
ofrecemos nuestro amor! 



<5>*|§> 




EN TIERRAS DEL COMBATE 



El general Me nacho. 

A las once de la mañana hierve la comandan- 
cia general. Hablo un instante con el coronel Ma- 
renco, jefe de Estado Mayor, y que trabaja veinte 
horas diarias en esta labor sin lucimiento, por eso 
más heroica, de llevar en frío todas las operacio- 
nes. Los ayudantes del general García Menacho, 
solícitos y corteses, facilitan mi visita al caudillo 
de Ceuta. Pero es imposible celebrarla pronto. 

— ¿Quiere usted venir á las tres? Tendremos 
al general avisado y habrá un claro para ustedes. 

El genera! nos recibe amable y acogedor. Está 
en una sala modesta, que adorna solamente un 
deplorable retrato de S. M. el Rey, pintura que, 
al fin artista, indigna á Ramón Alba. Es chiquito 
el general y de tipo hidalgo, fino hidalgo español. 
Sobre el corazón, poniendo sangre encima del ra- 
yadillo, la cruz de Montesa. 

—Vengo, mi general, con el propósito de ha- 
cer una obra patriótica. Tal es mi mandato y mi 
proyecto. A B C me ha enviado. 



48 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

El general sonríe al escucharme. 

—Tiene una noble historia ese periódico — 
afirma sin caer en impostura—. Creo que podrán 
hacer ustedes algo indispensable y urgente. Meter 
á la opinión en el problema. ¡Lástima que no aflu- 
ya el sentimiento colectivo á un asunto de tan vi- 
tal interés! 

Hay en la voz del general Menacho un dejo 
íntimo de melancolía. El general es hombre de psi- 
cología dulce y penetrante, tan bravo militar como 
espíritu de gabinete y de cultura. 

Un detalle conozco del señor Menacho que 
descubre su alma bondadosa. Invadió reciente- 
mente algunos territorios marroquíes, haciendo en 
la harca verdadero estrago. Cuando, realizado el 
objetivo, decidió acampar, alguien que buscaba la 
manera de construirle una choza, señalando hacia 
unos cañaverales, insinuó: 

—Mandaré cortar esas cañas para hacer, mi 
general, su «palacio». 

—No — replicó el general—. Ha huido el moro, 
su dueño, y no habría manera de pagarle sus ca- 
ñas. Por lo demás, deje usted que descansen los 
soldados. 

Y durmió el artillero de sesenta años como 
pudo, hidalgo y fuerte, y en el pecho su cruz de 
Montesa. .. 

— Así, pues, mi general, querría escucharle 
para formar juicio, para orientarme un poco. 



TIERRA DE PROMISIÓN 49 

Vi cruzar la prudencia, la prudencia militar, 
por sus ojos inteligentes y sagaces. 

— ¿Vieron ustedes al general Marina? 

—Todavía no. Ceuta es paso de Tetuán. Pero 
lo veremos. Nos atrae su autoridad y su pres- 
tigio. 

—Véanlo ustedes. Marina es quien dirige, 
quien manda, quien puede hablar. Yo no debo ha- 
cer nada. Lo que sí haré, con mucho gusto, y ya 
que vienen animados de tan buenos propósitos, es 
indicarles algo de lo á mí perteneciente, de lo 
acaecido en mi zona. 

Y nos ¡levó el general junto á un mapa, y nos 
señaló, punto por punto, minucia por minucia, el 
recorrido de Ceuta á Tetuán, y en el que operan 
hoy las tropas de Arráíz. 

—Combatir á los fronterizos de la carretera, 
asegurar con buenas posiciones el tráfico. Dejar 
el camino libre para los convoyes, para que se 
haga el ferrocarril, para que nuestra influencia no 
tenga valladares próximos. Esto es lo que se hace. 
¿Lo que se hará? Marina tiene su proyecto. Yo, 
aunque lo conociera, no podría explicarlo. 

Había sido parco el general, pero suficiente. 
La visión de las operaciones actuales en esta zona, 
ratificada en un mapa excelente, profuso, me ha- 
bía satisfecho. Intervino Alba para hacer su foto- 
grafía. Luego, cuando ya nos despedíamos. . . 

—Ahora, mi general, un favor. Que nos dé 
una carta para el Sr. Arráiz, un salvoconducto. 



50 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Y fué una carta que nos llenó de alegría. Sin 
elogios inmerecidos, sin frases laudatorias, serio 
y grave, afirmaba el general: «...Antón del Olmet, 
que viene para realizar una labor patriótica...» 

Fué como si el general Menacho nos hubiera 
cedido por un instante su cruz de Montesa. 

Los de Anyera. 

Ya conoces, pues, lector, el objetivo máximo 
de las operaciones realizadas y de las que habrán 
de realizarse. Someter á la cábila de Anyera. So- 
metida, quedará pacificado lo esencial y habrá una 
larga tregua. Esta es la impresión dominante. La 
paz y una senda política, inteligentemente política, 
sucederán luego. 

Ahora bien; ¿quiénes son los anyerinos? 

La cábila es una de las más populosas y valien- 
tes de cuantas radican en Marruecos. Su terreno es 
abrupto, lleno de fuertes defensas naturales. Cuen- 
ta con más de cien poblados, cada uno de los cua- 
les tiene su mezquita y, por ende, su propulsor 
religioso y su cuartel de aprovisionamiento. 

¿Cuánta gente? ¿Cuántos fusiles? 

Gente, unos 40.000 pobladores. ¿Combatien- 
tes? Fácil resulta de hacer la cuenta. Quitad 
20.000 hembras, y de los 20.000 hombres restan- 
tes suprimid la mitad, entre niños, ancianos y en- 
fermos. Total, 10.000 soldados. ¿Qué? ¿Os ha pa- 
recido la cifra exagerada...? Tened en cuenta que 



TIERRA DE PROMISIÓN 51 

un chico de once años es aquí guerrillero, que los 
viejos saben herir también y que nadie está enfer- 
mo en el aduar. El moro pasa de la vida á la muerte 
como por ensalmo. En España, un médico inteli- 
gente, una familia cuidadosa, una casa higiénica, 
prolongan el vivir de los caducos. Aquí, en cuanto 
á un moro le duele un pie, cien sangrías, varios 
potingues y un embaucador de zoco, dan al traste 
con la naturaleza más sana. El catarro es aquí 
pulmonía triple, y la mera indigestión, peste bu- 
bónica. . . 

¿Cuántos fusiles? Unos 5.000, de los cuales 
3.000 son excelentes, y los otros 2.000 remington 
y espingarda. 

Como veis, el enemigo no es trivial. 

Sin embargo, almas asustadizas y pueriles, 
gente que de todo se apura, no tembléis. Nuestros 
soldados son, comparados con esas fuerzas, el 
puño vigoroso que aplasta. Y, además, oid ahora 
la noticia buena, la noticia para el temblón y el es- 
pantadizo. 

La mitad, ¿qué la mitad?, el 80 por 100 de los 
anyerinos desean vivir en paz y en gracia de 
Mahoma, sembrando sus tierras al calor de Espa- 
ña. Si han huido, si forman parte de la harca, lo 
han hecho cautivos del pánico, arredrados por los 
rebeldes— un grupo de fanáticos hirsutos — , y es- 
tán, en el fondo de sus almas, anhelando que se 
acabe la guerra. Son vencibles con facilidad, por- 
que llevan la derrota en el espíritu; y constituirán 



52 LUIS AtlTÓN DEL OLMET 



pronto una excelente y eficaz tribu de agriculto- 
res. Mirad... Entre los que han escapado, existe 
cierto viejo que luchó contra Prim y que guarda 
un retrato del general con admiración entusiasta. 
Es un seducido. Sus hijos y sus nietos lo son tam- 
bién. Luchan sin odio, y, sobre todo, sin esperan- 
zas. En cuanto sean batidos de nuevo y los raros 
indómitos rebeldes pierdan la ilusión, mendigos, 
indigentes, sin sembrados, sin casa, rotos y famé- 
licos, seguros de haber cometido una profunda es- 
tupidez, llegaránhasta Ceuta gachos y humildes, 
buscando el perdón y suplicando la caricia del 
fuerte . 

A caballo. 

—¿Vamos á Condesa? 

—Vamos. 

—¿Nos dejará un «paco> en el camino? 

— Sería una interrupción poco agradable. Opto 
por las palúdicas. En fin, no hay cuidado. 

Han ido con nosotros el capitán de la Guardia 
Civil señor Vara y el teniente de Caballería señor 
Derqui. Alba, con un heroísmo admirable, nuevo 
Prim, corría delante de todos hacia los sarracenos, 
dispuesto á consternarlos con su cámara. Derqui, 
andaluz, y, claro está, simpático, decíame de vez 
en vez: 

— Este hombre es un león. ¡Se nos ha revela- 
do! ¡Yo estoy atónito! 



TIERRA DE PROMISIÓN' 53 

Anda que te anda, galopa que te galopa; unas 
veces mal y otras peor, llevé mi trotoncillo camino 
de las avanzadas en que Arráiz opera. Nunca, os 
lo juro, viviré tan dichoso como viví durante estos 
instantes supremos. 

¿Qué os parece llegar hasta los campos de le- 
yenda y heroísmo, en que Ros de Olano y Prim se 
hicieron inmortales, y llegar confiadamente, sin 
precauciones inútiles, por un camino que ya n os 
pertenece? ¿Qué os dicen estas gándaras en que 
luchó nuestra Infantería, la Infantería de Isabel II? 
¿Qué os sugiere contemplar los Castillejos, los 
auténticos, los reales Castillejos, lugar de ventura 
y de ímpetu? ¿Qué pensaríais, ya que os supongo 
buenos patriotas, holiando este noble camino, re- 
gado por sangre de nuestros abuelos ilustres, que 
abandonamos después, y que hoy, cuando nos 
creíamos sin zarpas, es ya nuestro definitiva- 
mente? 

Galopaba el caballo. A la izquierda, el mar de 
África, de un color esperanzoso y alegre . A la de- 
recha, tierras de O'Donnell, de Zabala y de Echa- 
güe. La lluvia matutina había sentado el polvo y 
había levantado los pocos maizales que aún están 
erguidos, y que brillan con júbilo. El sol de mi pa- 
tria bruñíalo todo, y por estar lejos de España 
sentía gozo iluminando nuevas tierras españolas. 
Corría, corría el caballo por el África ibera. 

— ¿Es aquella la loma de Prim? 

— No. Es aquella del fondo. 



54 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



— ¿Aquella tan alta? 

— Sí, aquella. 

—¿Y subió por las mochilas desde el valle, 
frente á sus voluntarios, con el pecho descubier- 
to y calada la bayoneta? 

-Sí. 

Es una mole gigante, donde arañan zarzas y 
pitas, inaccesible para el hombre, y donde sólo 
pueden subir los pensamientos heroicos. 

Me detengo, me descubro. Lector, descúbrete 
conmigo, y conmigo, español también, ante lo su- 
blime, reza ó llora. 

Invocación al optimismo. 

Un poquito de historia, nada más que un po- 
quito. Creo baladí la manía de investigar. Me ha 
parecido siempre la erudición carátula de ineptos. 
¡Hoy! [Mañana! Del pasado no extraigamos más 
que la flor de su experiencia y, á veces, el perfu- 
me remoto de su arte. 

Pero aquí no existe otro recurso. ¡Es tan bello 
el pasado, y es, sobre todo, tan conducente al op- 
timismo! 

Desde el día 16 de Noviembre del año 1859 
hasta el día 25 de Marzo del año 1860, en que 
firmó la paz Muley-el-Abbas, duró la guerra. 
Tomó parte en su dirección lo más ilustre del 
Ejército: O'Donnell, Zabala, Ros, Prim, Alcalá 
Galiano, Ríos, Echagüe. Tuvimos en el cuartel 



TIERRA DE PROMISIÓN 55 

general 24 oficiales, 526 hombres, 54 caballos: en 
el primer cuerpo de ejército; 14 batallones, dos es- 
cuadrones, 26 cañones, 457 oficiales, 8.661 hom- 
bres, 664 caballos: en el segundo cuerpo de ejér- 
cito; 17 batallones, 18 cañones, 415 oficiales, 8. 163 
soldados, 355 caballos: en el tercer cuerpo de 
ejército; 15 batallones, un escuadrón, 18 cañones, 
472 oficiales, 8.765 soldados, 546 caballos ... Tu- 
vimos dos divisiones más... En conjunto, las fuer- 
zas que trajimos fueron las siguientes: 64 batallo- 
nes, 24 escuadrones, 80 cañones, 2.119 oficiales, 
43.069 soldados y 3.033 acémilas. El heroísmo de 
aquellos hombres ya no es opinable; pertenece á 
la Historia y á lo consagrado. Se dieron batallas 
celebérrimas. La de Wad-Ras sólo, nos costó siete 
oficiales y 130 soldados muertos y 104 oficiales y 
1 .027 soldados heridos. El desfiladero del Fondak 
y el camino de Tánger habían quedado abiertos; 
mas ¡á costa de cuánto sacrificio insigne! Muley- 
el-Abbas firma después la paz. Nos dan una indem- 
nización. Pero todas aquellas tierras, ganadas tan 
ruda y noblemente, se abandonan. Sólo una zonita 
insignificante nos resta de tanta victoria, de sacri- 
ficio tanto. 

Hoy, sin leyenda, sin aparato, sin tantos hom- 
bres, sin bajas apenas, logramos dominar. La In- 
glaterra, que antes se nos mostraba hostil, aníma- 
nos hoy. ¿Qué ha ocurrido? ¡Que sin leyenda, sin 
aparato, sin estruendo, somos hoy— oidlo bien, 
alegraos mucho — , nación de más fuste, de mayor 



56 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



eficacia que lo fuimos ayer, cuando Prim arreme- 
tía, bello y pacífico, arrogante y sublime, con sus 
catalanes! 

Alba deserta. 

Hacemos en Condesa un leve alto para que 
Alba retrate á unos héroes. Después, seguido por 
su escudero, emprende carrera desenfrenada. El 
teniente Derqui dame un codazo, y exclama, 
trémulo: 

—¡Ese hombre deserta! 

-¿Qué? 

— Que se va camino del moro; que no es por 
ahí; que le van á dar un tiro. 

Yo miro al fotógrafo sublime con verdadero 
estupor. ¿Le habrá contagiado el ambiente, y ha- 
brá decidido hendir la morisma con denuedo sobe- 
rano? ¿Habrá, sutil, de una psicología complicada, 
pensado irse al enemigo, animado por la espe- 
ranza de que le proclamasen santón? Yo estoy su- 
mido en un abismo de perplejidades, viéndole co- 
rrer con una furia desatada hacia los «pacos». Y 
no, no valen gritos: 

—¡Alba! 

—¡¡Pero, Alba!! 

El teniente Derqui, yo, nos desgañitamos. 
Alba, con la fatalidad del proyectil, corre, vuela. 

Cuando regresa, al fin, espeluznado,, sudoroso, 
de la refriega ardua, le pregunto: 



TIERRA DE PROMISIÓN 57 

— ¿Eres un héroe ó un desertor? 

— Un hombre que perdió los estribos. 

Mitigada esta cuita, seguimos hacia las avan- 
zadas por el camino de Menisla, en busca de 
Arráiz. 

Pleitesía. 

Un campo de efemérides, donde los nietos de 
Prim han vuelto á regar con su sangre hosca tierra 
dominada ya; cudias abruptas, refugio del «paco»; 
greguería, ¿qué digo greguería?, fanfarria jovial 
de campamento; hombres atezados y alegres á 
quienes la muerte acecha tras de aquellos picos...; 
algo nuevo, maravilloso, fascinador; algo que no 
se parece á nada; algo tan supremo y tan augusto 
que hace brotar á las nacionalidades, que las funda 
y las mata, que nos hace llegar á lo sublime y nos 
despeña en lo monstruoso; que hace cantar á 
Homero; que anima los pinceles, el martillo de los 
escultores, los geniales pentagramas; que propagó 
la civilización cuando Roma y España se la dieron 
al mundo; lo más grandioso, lo más bello. . .: ¡la 
guerra! 

En su tienda, el general Arráiz, que hoy sujeta 
en sus manos hierro de Toledo y sedas amarillas 
y rojas, nos da la bienvenida. 

—Mi general. . . 

Y en este «mi general», frente al enemigo, 
mientras zumba el jocundo campamento, pensando 
en España, he doblado toda mi rodilla. 




LOS VALIENTES DE ARRÁIZ 



Benemérita. 

Quise dejar adrede esta importante minucia 
para dedicarle un elogio largo y merecido. 

¡La Guardia Civil! 

Desde los fortines á Condesa, vigila el camino. 
Vedlos. Son unos hombretones serios, de muy 
viejo porte militar, bigotazo y tricornio, el deber 
por religión, el ánimo prudente y atrevido. Gra- 
ves, avizores, en lo alto de crestas difíciles, tie- 
nen á raya al moro. Ni un «paco» se acerca. La 
Guardia Civil les inspira temor y respeto. 

¿Por qué? ¿Por qué no se atreven con ella? 

El guardia civil es un soldado ideal. Es volun- 
tario, es ducho, pasó generalmente de los treinta 
años, conoce la bala y la muerte, y no tiene una 
sola inferioridad con relación al soldado indígena. 
Desperdigado por estratégicas parejas, es un ad- 
mirable «contrapaco». Sabe tirar á tenazón, como 
pide Burguete para todo el ejército. Sus ojos co- 
nocen los secretos del campo. Ve rebullirse á una 



TIERRA DE PROMISIÓN 59 

sabandija y escabullirse á un moro. ¡Cualquiera 
sorprende á una de estas escrutantes parejas de 
la Guardia Civil! 

El servicio que realizan ahora, es enorme. Todo 
el día en lo agreste. De noche vigilando el cuar- 
tel, expuesto á una sorpresa, siempre arma al 
brazo. 

—¿Son muchos los que realizan el servicio, 
capitán? 

— Muy pocos. 

—Entonces, habrán de centuplicarse. . . 

—¡Claro! 

—¿Y están satisfechos? ¿No refunfuñan? 

—El guardia civil no se queja ni se duele 
jamás. 

Y los miré. Serios, graves, con sus bigotazos, 
con su tricornio, con sus capotones, centinelas 
eternos y seguros, á quienes el moro teme y res- 
peta. Y les hice un saludo cordial. Y ahora, cuando 
ellos no me ven ni me oyen, exclamo: 

—Señor ministro de la Guerra, señor ministro 
de la Gobernación. Hay que aumentar el número 
de guardias civiles, y hay que ponerles, además, 
una cruz en su pardo uniforme, á la sombra del 
bigotazo y del tricornio . 

¡Benemérita! ¡Ya lo creo, lector! 

Ahora te referiré una frase preciosa, que des- 
cubre un alma. Es el teniente coronel Don Julián 
Aldir, guardia civil también. 

Vino conmigo desde Algeciras para ver á un 



60 LITIS ANTÓN DEL OLMET 



hijo teniente que tiene en la guerra. ¡Si lo quie- 
re. . .! No hablaba de otra cosa. Llegó, fuese al 
Rincón del Medik, donde opera su bizarro cacho- 
rro, pasó con él todo el día, y volvió. 

—¿Qué, Don Julián?— hube de preguntarle. 

Venía cansado, ajado, molido. 

—Nada, un día más que regular. El chico tenía 
servicio de aguada, y aunque su coronel, bonda- 
doso, se empeñó en relevarle, no consentí, y allá 
me largué con el muchacho. 

Hizo una pausa el teniente coronel. Luego, 
alargando una pierna estropeada y prendiéndose 
la servilleta con desgano, musitó: 

—¡Figúrese usted! ¡Podían salir los enemigos y 
herir al substituto! 

Y lo dijo sin presunción, como una cosa natu- 
ral y sencilla. Y yo miré, y vi un bigotazo muy re- 
cio y un tricornio forrado de hule. 

¡A la guerra! 

Ya en Condesa, tropezamos á una compañía. 
¡Si vierais qué risueño espectáculo! Esto, esto es 
militar. Los rostros están atezados. Cuando un 
«salacof» se alza, vése la raya morena, rectilínea, 
en contraste marcado, que puso el sol y que fijó 
el viento. El oficial se vuelve hacia su tropa con 
un aire ¡tan bondadoso y tan íntimo! Los soldados 
veteranos ya, tienen sus barbazas crecidas, están 
rojos y ostentan un aire decidido y rudo. Bromean 
y marchan alegremente. Con el vestido kaki y la 



TIERRA DE PROMISIÓN 61 

prolongada alineación en que caminan, parecen 
una serpiente larguísima que olfatease, cauta é 
inteligente, la victoria. Charlan y ríen. Yo los veo 
pasar junto á mí. Y con el sentimiento les doy á 
todos la mano. Ellos me observan un instante, y 
algunos me sonríen. Parece como si hubieran 
comprendido lo que mis labios callan y mis táci- 
tas emociones dicen. El capitán que los manda, 
y que conoce á Derqui, salúdale con alegría de 
tropezón imprevisto. 

—¡Hola, Derqui! 

—¿Dónde vas? 

— ¡A la guerra! 

¡Y lo dijo con un acento...! 

Yo creo que cualquier capitán de un ejército 
digno y civilizado, un capitán francés, inglés, ale- 
mán, italiano, ruso, será tan bravo como este ca- 
pitán español, y mandará sus tropas con el mismo 
acierto, y ganará ó perderá combates de una ma- 
nera tan noble... Pero— escuchad esto— esa ma- 
nera de exclamar «¡A la guerra!*, ese tono de se- 
guridad y de júbilo, eso que da una veteranía se- 
cular, étnica, así no lo dice más que un capitán es- 
pañol. Y es que ese mismo capitán, ese mismo, 
esa carne, esos nervios, esa esencia misma, con un 
traje ó con otro, con cimera, con chambergo em- 
plumado y fanfarrón, con ros ó salacof moderno, 
ha ido á la guerra eternamente, y ha saludado con 
el mismo grito al orbe, desde el húmedo Flandes á 
las doradas tierras americanas. 



62 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



—¿Dónde vas? 

— ¡A la guerra! 

Y siguió la compañía. Y el capitán iba delante- 
ro. Mañana prenderá el combate, ocurrirán bajas, 
y tal vez... Pero siempre dominando las tristezas 
y la desolación, mientras haya un solo capitán, vi- 
brará el grito noble venerable. 

£1 campamento de Menisla. 

¿Os gustan las tropas como espectáculo? ¿Sí? 
¿Verdad que son bonitas? Siempre, donde se ha- 
llen, bizarras y estruendosas, con sus colores y su 
marcialidad, alegran el espíritu y los ojos. Rostand 
las ha llevado al teatro, y ha logrado con sólo su 
presencia, conmover á todos los públicos. 

Aun así, no habiendo contemplado á las tropas 
en campaña, no tenéis idea. El marco, el ambien- 
te, las realza. La proximidad del peligro hácelas 
más nobles y más serias. Una corneta que vibra, 
un ruido que surge, el general que pasa, todo pa- 
rece ostentar un prestigio mayor. Los poetas, en 
vez de cantar anémicos espasmos de sus almas 
puerilmente exquisitas, debieran venir al campa- 
mento, manantial de inspiración. El arte, hermano 
de la guerra, vive aquí á sus anchas, ufano y mag- 
nífico. ¿No se os ocurre un madrigal pensando en 
la novia distante? ¿No se os viene á la boca un 
himno guerrero cuando atruena la fusilería? ¿Aca- 
so lo épico, lo trágico, lo sentimental, lo refinada- 



TIERRA DE PROMISIÓN 63 

mente lírico, no tienen su musa en el soldado que 
arremete, en el que cae muerto, en las músicas 
que tocan aires iberos y alegres cuando acabó el 
combate y surge una luna de ilusión sobre el cu- 
curucho de las tiendas? 

Arráiz. 

Si el oficial y el soldado se visten de luz en 
campaña, ¿qué será el caudillo? Es el cerebro que 
dirige, la inteligencia creadora, el psicólogo y, so- 
bre todo, el responsable. 

Arráiz está en su tienda, sentado en una buta- 
ca urdida con los tablones de una caja por un mue- 
blista demasiado aprendiz. Tiene una mesilla de- 
lante, mesilla del mismo jaez, y sobre la mesilla, 
cartas, mapas, apuntes, notas, elementos que le 
servirán para sus operaciones. Está cubierta su ca- 
beza con un gorrito clásico. Unas matas, verdes 
aún, le dan cierto carácter estético al tenderete 
burdo. Al vernos se incorpora, y con ese gesto 
que tiene en «Las Lanzas» el triunfador de Breda> 
gesto de quien sonríe con la evidencia de mandar, 
abre los brazos para ofrecernos su mansión, escu- 
cha nuestros interrogantes, y habla. 

Toda nuestra impresión de los días anteriores 
ha quedado confirmada plenamente. Se fué á Te- 
tuán demasiado pronto. El camino estaba sin am- 
paro aún y, sobre todo, sin amigos ciertos. Poco 
después, con un pretexto ó con otro, la morisma 



64 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

cortó las comunicaciones y «saqueó» á los convo- 
yes de aprovisionamiento. Esto nos hizo volver 
sobre las huellas y ha determinado las operacio- 
nes del general Arráiz. 

Lo que se ha realizado ha sido espléndido y 
demuestra la entereza y el valor de nuestra briga- 
da. Salieron de Tetuán á las diez de la noche; dur- 
mieron sobre el campo dos horas; llegaron á la 
una de la tarde, y trabaron riña con la gente de 
Axfa, cuyo poblado fué destruido. 

— Se destruyó con rabia— me dice el señor 
Arráiz sin alterarse, juzgándola como un noble 
azar. Desde allí nos esquilmaban los convoyes. 

Desplegadas las tropas, se tomaron las alturas, 
y el convoy pudo caminar sin tropiezos. También 
fué destruido el aduar de Beni-Mesala, quedando 
en proyecto la excursión al Biut. Duro castigo re- 
cibió el tozudo, el obcecado marroquí. Sin embar- 
go, apenas volvieron las tropas á Tetuán, dieron 
comienzo á su nueva etapa de crímenes. Otra ex- 
cursión fué organizada entonces, y con un denue- 
do y una disciplina ejemplares fué batida una har- 
ca de 1.000 hombres, á la que se hicieron bajas 
numerosas. 

— Ocho kilómetros cuadrados ocupa mi briga- 
da. Sus posiciones de Fajama, Afersiguan y Fe- 
derico, que dominan la carretera por su lado norte, 
y que aseguran la tranquilidad. Varios blocaos ha- 
rán de centinelas perennes. Sólo me queda por 
barrer, en esta zona de Ceuta, la loma del Biut. 




García Menacho inicia á Antón del Olmet en el plan i e las operaciones. 



TIERRA DE PROMISIÓN 65 

i 

Pero no la considero por hoy necesaria. Sería una 
aventura donde perderíamos bastante gente sin 
resultado compensador. Créame usted, y dígalo si 
lo estima conveniente, ya que tanto preocupan en 
Madrid las noticias inevitablemente adversas...; á 
nadie duelen tanto como al general las bajas de su 
gente. 

Luego, Arráiz, sin entonaciones vanamente 
lacrimosas, con esa voz dolida, pero firme, que 
tienen los hombres valerosos y los hombres de 
bien, nos mostró, sangrante, una pena de su 
alma. 

— En uno de los recientes combates me mata- 
ron á un sobrino carnal. Había caído el teniente . 
Zubia, que mandaba las ametralladoras, y le orde- 
né á mi sobrino, al teniente Cardenal, que ocupa- 
ra el puesto. Allí lo mataron. Es triste, triste, que 
le arranquen la vida á un ser querido ante nues- 
tros mismos ojos cuando, por mandar, tenemos 
que sorbernos las lágrimas. 

Después, el general, desplegando una sonrisa 
jubilosa, como si echara flores de primavera sobre 
un recuerdo trágico, exclamó: 

— ¿Quiere usted asomarse á mi tienda? 

Y la vimos. Quien se llama excelentísimo se- 
ñor, y es general, y es viejo, y es inteligente, y 
acaso sufre achaques de guerra, duerme á media 
vara del suelo sobre un camistrajo, se baña en 
una cuba descuajaringada y tiene como percha 
unos tablones. 



66 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Aquí tiene usted— insinuó riéndose— mi al- 
coba, mi tocador, mi cuarto de vestir. . . 

Y yo lo miré todo con respeto. Y— os lo juró- 
me hizo mucha mayor impresión de grandeza que 
todas las moradas suntuosas de todos los ociosos 
magnates . 

Una frase preciosa. 

—¿Y qué hará usted ahora, mi general? ¿Pue- 
do saber el objetivo de sus operaciones? 

Sentí miedo al proferir esta pregunta. Yo ten- 
go la impresión de que se irá con calma inteligen- 
te, de que una política sagaz, compleja, dura cuan- 
do sea menester, suave por norma de criterio, ad- 
vendrá con Marina. Pero aun así, os repito que al 
formular el interrogante vacilé un poco. 

—Mi plan es sencillo- díjome, confiado y bon- 
dadoso, el general—. Ya he castigado á los revol- 
tosos cercanos á Ceuta y he fortificado con blo- 
caos estas posiciones. En seguida me iré corriendo 
hacia Tetuán, iré castigando si encuentro enemi- 
go, construiré fortines; dejaré, pues, franca y ex- 
pedita la carretera. Luego aguardaré las órdenes 
del jefe supremo. 

Me habían parecido las afirmaciones del señor 
Arráiz sencillas, como todo lo que tiene lógica y 
sentido real y plan inteligente. Castigar al atrevi- 
do, castigarle hasta con saña, que la debilidad es 
tomada por redror cuando el audaz carece de jui- 



TIERRA DE PROMISIÓN 67 

ció; fortificar la carretera, dejarla expedita y libre 
al progreso, al tren, al automóvil, al comercio, á 
la industria, al bienestar, á la paz beneficiosa, fe- 
cunda, persuasiva... 

Me habían llenado de satisfacción las palabras 
del señor Arráiz. Aun así, fui avaro de manifesta- 
ciones. Ycontemplando los abruptos picachos don- 
de se guarece la morisma, bocas del infierno, eri- 
zo de fusiles y espingardas, torné á preguntar: 

—Mi general, ¿se tomará todo aquello? 

Hubo una sonrisa luminosa, clara, en que se 
me ofreció el talento: 

—No. Podría tomarse. Con estos soldados, á 
cualquier aventura se puede marchar. Pero sería 
conquistar el país, y es un absurdo. 



3 > ' ,, <S 




LA SAGRADA TETUÁN 



En el remolcador. 

Pronto quedará establecida por tierra la comu- 
nicación. Arráiz lo conseguirá definitivamente con 
sus batallones. Entre tanto, un remolcador, es de- 
cir, un buquecito minúsculo y denodado, lleva to- 
dos los días al Rincón de Medik soldados, muni- 
ciones, víveres y, si puede ser y hay cabida, gen- 
te ciudadana. Yo, gracias al comandante Rubio, 
hallé pase, y, como es natural, mareo. 

Un madrugón; Alba, que ha cogido las palúdi- 
cas, que se me queda rezagado, que se restriega 
los ojos para decirme adiós y prometerme seguir 
¡mis huellas á escape; la grata compañía del formi- 
dable doctor Belenguer, á quien España debe un 
homenaje; y ya en el muellecito, al bote y al re- 
molcador. 

Mintiera si dijese que mi egoísmo no tuvo por 
esta vez atenuantes. ¡Permanecí en cubierta para 
ver las tierras donde nuestros ejércitos luchan! 
Soñé con saludar todo aquello á ojos vistas, ab- 



TIERRA DE PROMISIÓN 69 

sorbiendo su prestigio, escrutando con interés el 
más tenue detalle, la minucia más imperceptible! 

Pero, á los pocos instantes, la voluntad que se 
ve atropellada, la faz que se decolora, unos pasos 
vacilantes hacia la camareta; allí, postura horizon- 
tal, ¡y á ver cómo llevamos el mareo! 

Lo ignoro todo, pues. Mi panorama tuvo lími- 
tes concisos. Un boquete al sol, un aparato girato- 
rio para los vasos, que me traía loco en fuerza de 
voltejeos, y el cigarrillo del doctor Belenguer. 

Creo que se detuvo el despacioso buquecito 
en Condesa. Alguien habló de un baúl que se ha- 
bía olvidado; supuse que sería el mío, donde iba 
todo yo, y no hice caso, y no me incorporé si- 
quiera. Transcurrida la eternidad, un soplo de es- 
peranza me hizo interrogar con angustia: 

—¿Falta mucho? 

Alguien, inexorable, segó mis ilusiones con la 
fatalidad del verdugo: 

—Una hora. 

En el Rincón 

Sin ofender, puede afirmarse que el Rincón no 
es París. 

Cuando hay Levante, imposible desembarcar. 
Hoy, con Poniente, se puede á medias. Ni una 
casa. Algunos barracones de cantineros; montones 
de paja; automóviles que vienen y van, aprovisio- 
nando á las tropas; un par de huevos que puso la 



70 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

esposa del gallo de Morón, y un café que parece 
con leche y que sólo es con cieno. Lo incipiente, 
lo que se ha de improvisar por fuerza, aparecen 
en el Rincón de Medik. Pero no seamos avaricio- 
sos. Más infecto aún fué Nador y hoy es un asea- 
do pueblecito donde anidaron la paz y el conten- 
to. Un coche, y por una carretera española que 
hicieron nuestros soldados y que aun machacada 
por la guerra conduce sin demasiado rendimiento 
¡hacia la ciudad sagrada, hacia el Tetuán de nues- 
tro sueño y de mi orgullo! 

Aunque fatigado por el madrugón, el remolca- 
dor y el café, voy jubiloso. Valles y cañadas acu- 
san fertilidad. La misma flora que en Andalucía. 
En las distantes lomas, aduares blancos semejan- 
do á casitas andaluzas. Si no fuera porque halla- 
mos fortines, parejas de soldados y resto de vio- 
lencia, dijérase cruzar el maravilloso paisaje ron- 
deño. Una casa derruida por los cañonazos, un 
repecho quemado, un árbol seco, negro, trocado 
en carbón, con una rama única tendida y claman- 
te, nos hablan del estrago. Por lo demás, el maíz, 
jarifo y esbelto; las huertas tetuaníes, abandona- 
das, acusan con su desolación un anhelo de vivir 
frenético; entre los cascos de metralla, el brote, 
inevitable, magnífico y esperanzoso, descuella nu- 
trido por la savia eterna y triunfal. Baches. Dos 
horas de trote y de paso. Inopinadamente, el ca- 
pitán Got exclama: 

—¡Tetuán! ¡Mire usted! 



TIERRA DE PROMISIÓN 71 

El espectáculo me domina, me subyuga. Altas 
montañas hoscas, en las cuales se guarecen los 
enemigos. Abajo, como una tentación de ventura, 
irremediablemente seductor, enorme y blanco, 
con sus nítidos cementerios hebreos y moros, con 
sus torres árabes, con su esplendor bárbaro y 
medioeval, con sus mujeres tapadas, con sus ju- 
díos avaros, con su enorme interés de posesión y 
espectáculo y problema, el Tetuán ya nuestro. Te 
lo digo sincerameute, lector: con cualquiera de es- 
tas emociones, con ese alminar derruido, con ese 
cañón moro que apunta ciego, inerte, al vacío, y 
que señala el vencimiento y el atraso; con esa ban- 
dera española, había para escribir un libro, y ten- 
dré yo, andando el tiempo, recuerdos floridos y 
gratos, esos recuerdos que se alzan en nuestro 
pensamiento, remotos y firmes, para perfumar en 
inspiración una hora de indolencia. 

El pesimismo. 

Y, sin embargo, toda la poesía fuese al prosai- 
co y deleznable suelo, apenas entrado en Tetuán. 
Lo exótico es agradable. Es agradable en fotogra- 
fía. La realidad — ¡oh, hermano soñador!— es una 
mora que se quita el velo y aparece vieja. 

Calles empinadas y angostas... ¡Si vierais qué 
prodigioso vi á nuestro Ayuntamiento y qué mu- 
nicipal á Don Eduardo Vincenti! Gente sucia y 
abigarrada... Sobretodo, sucia. Un polvo execra- 



72 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



ble, anonadante, que se os mete por la nariz, la 
boca, las orejas, los poros... Un cielo sin azul, que 
parece un ceño feroz. Y luego, en el hotel, una 
frase trágica: 

—No hay habitación. 

En la fonda, el mismo resultado negativo. En 
la hospedería, igual. Y así, hasta el establo. 

Roto, caído, neurasténico, fuíme á la plaza de 
España, como podía ir al ataúd. Y allí, Don Nica 1 
ñor Rodríguez de Celis, este epicúreo y agrada- 
ble compañero, que me inicia, benevolente, sin 
reparar en la minucia de no haber habitáculo, en 
la psicología mora. 

Por fin, y cuando ya pienso en huir, escucho 
cierta voz agradable y redentora: 

—Sí; tiene una cama. . . 

Es un morito zascandileante y recadero quien 
tal felicidad pregóname. Corro en busca de lo ma- 
ravilloso. Una fachada inmunda, una escalerilla es- 
trecha, un cuarto donde se balancea la telaraña y 
anida el ciempiés. Veo y señalo: 

—¿Por qué tres camas? No soy tan sibarítico . 

Pero la hostelera, que toma por chanza mi bon- 
dad, replica: 

— Porque hay otros dos huéspedes. 

Cierro. No hay balcón ni ventana. Un camas- 
tro quejumbroso, una jofaina pintada con la roña 
de cien generaciones, y mi pobre baúl, ese baúl 
donde se azora el refinamiento, donde traigo mis 

elixires, mis lociones, mis específicos de cerebral, 



TIERRA DE PROMISIÓN 73 

haciendo el ridículo bajo las telarañas. El pesi- 
mismo, con su tácito pisar, me invade y me cons- 
terna. 

¡Marruecos! ¿Para qué nos habremos metido 
en esta zambra? ¡Dejadlo que se pudra solo! ¡Y 
aún nos quieren matar esos canallas, esos idiotas! 

Lector, ahí va una confesión abominable. Du- 
rante media hora de melancolía, toda la cuestión 
marroquí se me antojó tan fea, tan negra, tan odio- 
sa, como esa vil habitación. . . 

El optimismo. 

Os lo juro; fui en busca del general Marina, sin 
saber qué me llevaba á su presencia, como un 
hijo va en busca del techo paternal en un momen- 
to de abatimiento y de tristeza. 

Un edificio rojo y medio en tenguerengue. En 
la antesala, unos ayudantes que trabajan, serios. 
Allí, el Marqués de Martorell. 

—¿Podría ver al general? 

Y á los pocos instantes, sin antesalas, como 
.para todo el mundo, el general Marina que se ha- 
lla delante de mis ojos. Un saludo en el que pongo 
todo mi respeto; una sonrisa franca y noble del 
caudillo; un apretón de manos; la evidencia de 
sentirse acogido, y como bajo una sombra de 
hogar: 

— Aquí me tiene usted. . . 

— Bien, Antón. . . ¿Satisfecho? 



74 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Satisfecho de todo, menos de la casa, 

Y entonces, el general Marina tiene un gesto 
de fraternidad. 

-Pues mire usted cómo estoy alojado yo. 

Y, en efecto. Un enorme, aplastante descon- 
chado, parece aniquilar el muro. Y todo es modes- 
to en su redor. Y yo me quedo mirando al virrey, 
al apóstol, y una oleada formidable de respeto 
sacude á mi alma. 

—¿Quiere usted acompañarme en mi paseo? 

—¡Mi general!. . . 

Y me dieron un caballo, y dando escolta al 
viejo caudillo, entre los señores Morales y Basca- 
ran, vi los campamentos; vi cuánto sufren los bra- 
vos por el futuro de la raza; vi la tierra de «pa- 
cos», acallados ya por nuestras ametralladoras; vi 
los fortines que se construyen con celeridad, la 
loma donde Arapiles se batió recientemente con 
furia soberana; vi el sitio palpitante de nuestras 
gloriosas aventuras; vi una febrilidad, un ajetreo, 
una actividad tan enormes, que revelan éxitos fu- 
turos; vi á Laucien, allá en lo remoto; vi el pano- 
rama siniestro y magnífico del combate; vi de 
nuevo, y por un anteojo más grande y magnífico, 
la guerra. 

Y luego vi al general Aguilera, y á Aguado, y 
á Primo de Rivera, y á Berenguer. . . Y vi todo 
esto, que parece leyenda contemplado desde la 
Península, y que aquí, al llegar, os ciega y os 
asombra. 



TIERRA DE PROMISIÓN 75 



Y vi, finalmente, con el alma transida por la 
emoción y el pecho rebosante de orgullo, cuan 
brava, cuan sufrida, cuan digna del respeto y del 
amor es toda esta gente que lucha por España, 
por una España quizás algo fría, que aún no ha 
estallado en vítores. 

Cuando volví á mi alhambra, la posadera se 
había trocado en hada, el jergón en sedas mulli- 
das, las telarañas en colgaduras de raso. Un ciem- 
piés que corría por el piso me pareció mariposa de 
ventura que se llegase mensajera del bien y del 
encanto. 

—Sí, general: vos y vuestros soldados le su- 
pieron dar á este neurasténico, una ruda y firme 
lección. 




ENTRANDO EN FUEGO 



La noche anterior. 

En la boda que se celebró ayer de nuestro 
compañero el señor Cárdenas vi á un teniente de 
regulares indígenas que me llamó la atención por 
su porte marcial y la alegría bizarra de su juven- 
tud en guerra . . . 

— ¿Quién es? — hube de preguntar. 

—Carlos Peralta — me respondieron. 

Después, en busca del intérprete señor Cerdei- 
ra, fui á la Residencia general. 

No estaba mi cariñoso amigo. Estaban los 
ayudantes del virrey, estos hombres tan cultos y 
tan bravos, que viven con la tensión del deber ex- 
quisito: Morales, Martorell, Bascaran. Hablamos. 
A poco, inopidamente, salió el alto comisario: 

— Olmet, ¿necesita usted alguna cosa? 

—Nada, mi general. 

— Mañana tenemos una operación. Yo montaré 
á las ocho y media. ¿Quiere usted acompañarme? 

—Era mi deseo más ferviente. . . 



TIERRA DE PROMISIÓN 77 

Así, así, mi genera!, es como proceden las 
grandes inteligencias. Con claridad, con sencillez, 
sin tapujos. 

Enorgullecido por el honor y alegre por la pers- 
pectiva, salí de la Residencia, dispuse mis trebe- 
jos, cené y me fui á la cama. 

—Voy á contemplar una operación — me dije, 
mientras entornábanse los párpados. 

— Y estaba contento. Y allá, en la penumbra, 
algo que yo no vi jamás; algo tremendo, formida- 
ble, me acechaba, y hacía centinela de asombro, 
junto á mis almohadas de intelectual. 

La toma del Mogote. 

En otro artículo, cuando siga una tregua, os 
daré á conocer la obra segura y admirable que 
como diplomático y militar está realizando Marina. 
Hoy sólo puedo deciros escuetamente que hace 
falta despejar el camino de Laucien, fortificando 
sus puntos estratégicos, para que la morisma no 
abrase á los convoyes. Con este objeto, pues, y 
ya casi terminada la obra, se ocupará el Mogote 
ahora mismo. 

Llego. Ya esperan los caballos. En el vestí- 
bulo, ir y venir de oficiales. Un teniente amigo 
mío, que ha presenciado la salida auroral con el 
primer sol de las tropas, me dice: 

— ¡Qué bonita iba la fuerza indígena mandada 
por Berenguer! Alegres, contentos, impulsivos, 



78 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

con ganas de combate... Marcharon también fuer- 
zas de Mallorca, gente brava, que se bate muy 
bien. Tendremos un gran día. 

Yo me asocio al entusiasmo del teniente, y 
pregunto: 

— ¿Habrá resistencia? 

— Sí. Ahora mismo se oía cañonear. 

Pero ha salido el alto comisario. Monta poco 
después Don José Marina su elástico y fino alazán, 
trepo yo hasta mi tordo, y, zaguero, sigo las hue- 
llas del general por las calles, donde moros y ju- 
díos se descubren y saludan á su paso, y por el 
campamento, donde secciones de Cuerpos distin- 
tos le presentan armas. ¡Qué admirable y qué no- 
ble la disciplina militar cuando la sintetiza en cam- 
paña un amado caudiilo! 

Salimos del campamento. Es una mañana inde- 
cisa. A veces, toda la gloria del sol, y á veces, un 
áspero cierzo y unas tétricas nubes. El atajo es 
muy estrecho y sólo podemos caminar uno á uno. 
Delante, serio, como recogido el pensamiento en 
una observación profunda y en una meditación 
completa, va el general, sin calma, sin prisa, ra- 
zonadamente, jefe, mando, símbolo. Las posicio- 
nes nuevas, donde ayer se combatió á diario, y 
que defienden hoy los blocaos, Dersa, la Silla y 
Arapiles, protegen nuestro flanco derecho. A la iz- 
quierda, el turbio y épico río Martín, en cuyas 
márgenes acechara un enemigo ya impotente, 
junto á las mimbreras. Más allá, las cresterías de 



TIERRA DE PROMISIÓN 79 

Beni Hosmar, giboso, lleno de aduares y adversa- 
rios mudos. Un poco más distante, lugar estraté- 
gico desde cuya guarida tendremos defendidos 
los convoyes que van á Laucien, el Mogote. Hace 
calor; un calor de alegría y de esperanzas. Hace 
frío; un frío de tragedia y de muerte. Don José 
Marina, en cuya proximidad no caben redrores, va 
siempre delante, solo, escrutador, meditativo, 
como una inteligencia en marcha. 

De improviso, Rivera, nuestro simpático y 
amable compañero de información militar, que se 
ha reunido con nosotros cabalgando bizarramente, 
se me acerca y me dice: 

— ¿Ve usted? 

Y veo. Están las baterías cañoneando unas lo- 
mas. Apenas se oye la detonación. El viento se 
lleva los ruidos. Una nubecita de humo. A veces, 
el reflejo ígneo de una granada que explota en el 
campo marroquí. 

Ya estamos cerca del Mogote. Sin prismáticos 
vemos la posición á un par'de kilómetros. Ha sido 
tomada, y los ingenieros alzan, inteligentes y ac- 
tivos, el blocao. En semicírculo, la Infantería con- 
tiene á los asaltantes. Desde una mambla, nues- 
tros artilleros despedazan al moro. Se ve ya per- 
fectamente la escena. Caballos, tiradores en or- 
den perfecto, apostados con una serenidad firme; 
un escuadrón que galopa dispersando al atrevido; 
el retumbar formidable de nuestros cañones; un 
jefe que corre frenético para llevar una orden, 



80 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

para comunicar una noticia... ¡La guerra en toda 
su hermosura, en todo su lujo, en toda su com- 
plejidad maravillosa! 

Se acerca, galopando, el capitán de Artillería 
Got, al caudillo: 

—A la orden de usted, mi general. 

— Bien . ¿Hay novedades? 

— Se han tomado las lomas cuerpo á cuerpo. 
Todo está cumplido. 

—¿Hay bajas? 

— Un capitán y un teniente, muertos. Algunos 
indígenas . . . 

— Bien. Puede usted retirarse . 

Y Got, hincando espuelas, corre por la dere- 
cha hacia su batería para ofender al enemigo, que 
desea morir, que ha decidido morir en sus fata- 
lismos, en sus supersticiones, en su horrenda bar- 
barie. 

Marina ante las balas. 

Dos kilómetros escasos nos separarán del Mo- 
gote, donde se libra esta batalla. Yo no he senti- 
do el miedo aún. El miedo, ¿es un fenómeno mus- 
cular?, ¿nervioso?, ¿psíquico, de mera inteligen- 
cia? Sé únicamente que tengo la seguridad de sen- 
tirlo, y, claro está, de vencerlo. Una vida intelec- 
tual, entre libros, escribiendo crónicas y novelas, 
me aseguran el estupor. Un concepto puro de la 
dignidad, el concepto que tenemos todos, que tie- 



TIERRA DE PROMISIÓN 81 

nes tú, lector, que tiene cualquier hombre bien na- 
cido, me guardan contra la miserable cobardía. Ni 
héroe ni bellaco. Un pobre hombre que escribe, y 
que tiene posos de caballero en sus entrañas espa- 
ñolas. 

Seguimos, seguimos andando. El general mira 
con sus ojos avizores el campo en acción y medita 
siempre. ¿Dónde irá?— me pregunto—. Yo no sé 
más sino que aparece inmutable, que nada le con- 
traría ni le agrada, que tiene para las noticias 
buenas, para las noticias malas, su impavidez. 
Pero, de todas maneras, ¿dónde irá este hombre? 
¡El general, el caudillo!; ¡qué horror, si una 
bala fatal, inconsciente, loca y miserable, viniera 
á truncar esta vida, á tumbar este roble, á abatir 
esta bandera! 

Hemos llegado á Río Martín, cerca del Mogo- 
te. Allí, el general se detiene. Aquí— pienso yo— 
permanecerá á la expectativa. No es posible 
que vida tan sagrada se despilfarre con esa gene- 
rosidad. 

Y, en efecto, el caudillo se detiene. Luego da 
una orden, que oímos: 

—Los señores Rivera y Olmet que se queden 
en este sitio con la Caballería. 

El señor Morales da tres galopaditas y nos 
transmite la orden inapelable, que acatamos táci- 
tos y respetuosos. Luego, cuando la sección mon- 
tada y los paisamos echamos pie á tierrra, Mari- 
na, el virrey, se aleja camino del peligro, sin 



82 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



calma, sin prisa, serio, inmutable, como en su ga- 
binete. 

Bueno, lector, ¿qué haremos con el general 
Marina? ¿Le decimos que, francamente, no hay 
derecho? ¡Es el estandarte! ¡Imaginad qué horrible 
desgracia, qué desilusión, qué desaliento! Yo lo 
veo marchar, y al sentir el ruidito que producen 
los fusiles, siento la tentación de correr para inten- 
tar, pueril, detenerle. . . 

¿Qué haremos con el general Marina? 

¿Qué haremos? ¡Vitorearle, aclamarle! Que si 
es cierto el peligro, y evidente la temeridad cuan- 
do se representan tantas cosas ; que si es cierto 
que á su edad, con una faja tan bien ganada en la 
cintura, ya no es preciso demostrar arrojo, también 
es cierto que su presencia conforta, entusiasma, 
enardece; que á su lado, aunque la muerte pase, 
dijérase que sonríe.. . ¿Veis? Ya lejos el general, 
un cañonazo que cruza sobre nuestras cabezas, me 
hace crispar el puño. 

La muerte, aquí. 

He visto la muerte en el campo de batalla. 
Y — os lo juro— no impone. Es algo tan grande y 
tan hermoso, que afecta por su formidable subli- 
midad y no por su desnudez macabra. El ideal 
por el que se muere; la entereza de todos los áni- 
mos; el ambiente de bravura que respiráis, os hace 
inalcanzables del espanto. ¡Benditos los que falle- 



TIERRA DE PROMISIÓN 83 

cen por su patria, férvidos y orgullosos, blandien- 
do las armas, cuando el corazón es fuego, y la bra- 
vura indómita, terrible! 

Habíamos permanecido bastante rato junto al 
Martín observando el combate. Los prismáticos 
acercábannos en ocasiones hasta el mismo cráter 
del volcán, y nos enardecía lo sublime. Con una 
precisión matemática, las bombas caían, produ- 
diendo estrago, sembrando el desconcierto entre 
los moros. La fusilería, ordenada, sin convulsio- 
nes, certera, buscaba á los enemigos, mantenién- 
dolos á raya. Una granada reventó junto á un 
blanco y artero casón marroquí, y lo derrumbó 
sobre veinte asesinos. La batería próxima nos 
atronaba con sus cañones. La victoria era cierta. 
Súbito, retornó el marqués de Martorell. 

— La Caballería, que regrese. Ustedes, yo creo 
que debieran volver á Tetuán. Habrá para todo el 
día, y el general ha prohibido el paso. 

Volvimos, y, de pronto, la muerte. . . 

Sobre una camilla, que llevan cuatro moros 
afectos, unos pies que se mueven caídos y un ca- 
pote indígena que tapa el bulto fascinador. 

—¿Quién es? 

—Un teniente. 

—¿Su nombre? 

—Don Carlos Peralta. 

—¿Herido? 

—Muerto. 

Y, sin embargo, tomada ya la posición defen- 



84 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

siva que ahorrará tanta sangre, que nos llevará 
sin bajas á Laucien, que sosiega el valle, que nos 
abre caminos de ventura; visto el éxito, esperan- 
zados con una victoria sublime y halagüeña; ante 
la bandera que se agita con entusiasmo, ante las 
tropas que pelean con denuedo, ante la impavidez 
de un conjunto marcial, este pobre héroe que ha 
muerto sólo nos inspira el deseo de besar sus 
manos. 

Estaba con los indígenas. Fué preciso avanzar 
para tomar la loma, para impedir más bajas entre 
los nuestros, para ganar un terreno precioso. Y 
era teniente, y español... Y avanzó en un ímpetu... 
Y al morir ha vencido para siempre; en el momen- 
to de decidir la acción, y en la inmortalidad... Que 
su nombre— oidlo bien — no se olvidará nunca, y 
cuando reverdezcan las flores habrá un rosal para 
su estatua. 

¡Españoles, así, así se muere! ¡Así, no en la 
cicatería vil del camistrajo, apurando una dolen- 
cia ridicula — el cáncer, el artritismo, la vejiga 
rota, el pulmón deshecho—, tras de un estertor 
mentecato, viendo llegar á la Seca, á la Intrusa, 
con ojos cobardes; así, así se muere! 

Los héroes. 

Escribo con celeridad inaudita, con una fiebre 
inmensa. Ignoro si tendré alguna equivocación. Ya 
os lo habrá dicho el telégrafo. Aun así, esculpa- 
mos otra vez los nombres. 



TIERRA DE PROMISIÓN 85 

Han muerto el capitán Izardúy y el teniente Pe- 
ralta. Han sido heridos los tenientes Cayuela, Nie- 
to y Monasterio. De tropa, unas treinta bajas, me- 
nos una, de fuerzas regulares. 

Oficiales que mandáis indígenas, ¡salud! Morís 
con estoicismo ejemplar, y cuando acontecen ba- 
jas, este ejército mío se ofrece, óptimo y sublime, 
para llenar el hueco trágico. Berenguer tiene cen- 
tenares de solicitudes, en las que una oficialidad 
espléndida ruega, suplica, implora morir. 

¡El Japón! ¡España! 

La operación 

Ha sido importantísima y ha resultado feliz. 

Proteger el camino á Laucien con una fortifi- 
cación á la izquierda, la indispensable, y de gran 
valor estratégico. Logrado el objetivo, construido 
el blocao, ya podrán desfilar nuestros convoyes 
sin peligros ni bajas. Es el último eslabón de una 
eficaz cadena defensiva. Ya os daré más detalles. 
Ya os daré idea de la inteligente obra militar que 
representa todo esto. 

Comenzó el fuego á las siete de la mañana. El 
choque rudo lo tuvieron nuestros regulares con la 
harca al coronar ambos la colina Dar Ester. Fué 
un empellón épico. Los regulares y los insurrec- 
tos, á tiros, á cuchilladas, á puñetazos, á mordis- 
cos, insultándose, sostuvieron combate obstinado. 
El capitán español Izardúy cayó muerto. Seis hie- 



86 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ñas se abalanzaron sobre su cadáver para llevár- 
selo como trofeo. Seis leones se abalanzaron sobre 
los bárbaros y rescataron la presa. El teniente Mo- 
nasterio fué herido. Impasible, continuó en su pues- 
to, y en él estuvo todo el día, sin que hubiese ma- 
nera de hacerle retirar. En la colina, en el llano, 
nuestros infantes, nuestros jinetes, nuestros arti- 
lleros, se batían con denuedo formidable. Entre 
tanto, los ingenieros construían magnífico blocao . 
Entre tanto, el general Marina recorría las posi- 
ciones. Poco después, aprovechando un reposo, 
durmió con dos piedras como almohada. Y en el 
Mogote permaneció hasta que fué acabado todo. 
Y cuando llegó la hora del repliegue, repliegue 
que se hizo sin apenas fuego y sin bajas, pues el 
enemigo había sido materialmente destrozado, re- 
vistó á sus valientes de Mallorca y de las fuerzas 
indígenas en un acto de sencillez genial y con el 
frenesí propio de las victorias bien ganadas. 

Entusiasmo. 

Españoles, el talento de un general, el heroísmo 
de unos oficiales, la intrepidez de unos soldados, 
os dieron hoy una magnífica jornada de gloria. Se 
ha logrado una victoria decisiva. El paso de Te- 
tuán á Laucien está seguro. El camino del éxito 
se os presenta cada vez más franco, cada vez más 
espléndido. Al moro se le han recogido muchos 
cadáveres. Si nuestros bravos correspondieran á 



TIERRA DE PROMISIÓN 87 

la ferocidad insurrecta, habríamos cortado treinta 
cabezas de chacales. Españoles, un aplauso entu- 
siasta de todas las regiones, de todas las ciudades, 
de todos los pueblos, de todas las opiniones y par- 
tidos, basta que hayáis nacido en España, para 
esta gente que aquí, sin que os enteréis del todo, 
sin que os hayáis acercado lo bastante á ella, está 
construyendo con su propia carne la base del fu- 
turo. 

Y ahora, insigne teniente Peralta, héroe de tu 
nación, mártir de la estirpe, sonríe, aunque hayas 
muerto. ¿Sabes? La bandera española cubre los 
riscos de Beni-Hosmar. 



ni 




ENTRE LOS HÉROES 



En el campamento indígena . 

¿Os agradaría conocer detalles acerca de la 
operación ayer tan guapamente realizada? 

Ya bien acomodado en una casa divina, en la 
que se realizan las mil y una noches, una casa 
oriental que huele á sándalo, á eucalipto, á esen- 
cias y á cuento árabe, salí esta mañana con rumbo 
al campamento indígena, para ver á los héroes que 
tan gentil hazaña realizaron ayer con la toma del 
Mogote. 

He saludado allí á varios de estos oficiales 
aguerridos, supervivientes de jornadas ilustres, 
que fueron 43, incluso el general, los médicos, y 
que son hoy 22; al capitán Manso de Zúñiga, á los 
tenientes Orgaz, Crespo, Soler, á tantos otros 
muchachos inteligentes y cultos, de abnegación 
suficiente para mandar soldadesca vandálica, y de 
heroísmo bastante para morir con esos leones. 

El campamento es indescriptible. Figuraos 
todo lo polícromo y todo lo interesante que son los 



TIERRA DE PROMISIÓN 89 

campamentos siempre, y sustituid la tropa nacio- 
nal pintoresca y abigarrada, por otra gente más 
abigarrada y pintoresca todavía: morazos enormes 
que yantan en cuclillas, negros trágicos de labios 
colgones que lanzan carcajadas tremendas, feces 
y turbantes, vocerío moro; en ocasiones, una gui- 
tarra monótona y aborigen que tañe un poeta so- 
ñador, ayer aventurero del Roghí, más tarde faci- 
neroso del Raisuli, quizá errabundo en una mehalla 
del Sultán, hombre que ha cortado mil cabezas y 
que ayer, bajo la bandera española, épico y terri- 
ble, destrozó al enemigo bajo la dirección y el 
ejemplo de una oficialidad preclara. 

¡Oh, soldados moros, con vosotros en van- 
guardia se debe hacer esta guerra colonial! Sois 
guerreros de naturaleza y os deleita el estrago. 
Nacisteis para el campo y el estribo y el arma de 
fuego. Y pues servís á una buena causa y tenéis 
un general y unos oficiales insignes, ¡salud! 

Cómo fué la operación. 

Ya os la he narrado en mi crónica de ayer. 
Consignaremos hoy algunos detalles. Salió del 
campamento la fuerza indígena de Caballería y de 
Infantería, y salió también el regimiento de Ma- 
llorca, como retaguardia. Llegaron presto y sin 
hostilidad. Al galope tomaron nuestros árabes el 
Mogote apetecido. Tres lomas gradualmente más 
altas, dominan esta posición. La primera y según- 



90 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



da fueron tomadas por los jinetes sin resistencia 
ni vislumbre de enemigo. Ya en la segunda, el 
escuadrón no pudo continuar por lo abrupto del 
terreno, siendo necesario que salieran los infantes. 
Y entonces fué cuando el capitán Izardúy, al frente 
de su compañía, gozoso, exclamó dirigiéndose 
hacia un compañero: 

— ¡Vaya, también hoy nos toca ir delante! 
Subieron ai tercer montículo. Por la vertiente 
opuesta subían los moros. Descargas cerradas: una 
refriega hórrida, cuerpo á cuerpo, y el capitán 
Izardúy que cae, atravesado el corazón . . . ; una 
lucha titánica por la posesión del cadáver sagra- 
do. ..; y al fin, el enemigo que huye dejando sus 
muertos, sus fusiles, sus carteras, sus municiones 
y su fama de bravo y de fiero. 

Ocupadas las tres colinas, situáronse en la pri- 
mera nuestros artilleros, mientras abajo se cons- 
truía el blocao y la Caballería deshacía en el llano, 
persiguiéndolos, á los dispersos enemigos. 

Hubo fuego vivísimo desde las cercanías y 
desde las avanzadas de Ben Karrich, desde los 
aduares próximos, hasta las doce del día. Acabado 
el fortín, se hizo el repliegue, á las tres de la tar- 
de. Allí quedó una compañía española que sostuvo 
ligerísimo fuego durante la noche; apenas un. 
«paco», un demente... 

Pocas bajas, heroísmo y una gran victoria. 
Esto ha sido la jornada de ayer. 



TIERRA DE PROMISIÓN 91 

Detalles. 

La Caballería produce verdadero terror entre 
los montañeses que nos hostilizan . De la Infante- 
ría tienen un concepto insuficiente. La resisten con 
denuedo y se crecen ante sus descargas. En cam- 
bio, así que aparecen veinte caballos, echan á co- 
rrer despavoridos. Y es natural; el montañés des- 
conoce otra guerra que el acecho; un caballo al 
galope inspírale horror; es un centauro que lo 
aplastaría... 

Durante la batalla, un moro enemigo, cercano, 
audacísimo, de una temeridad asombrosa, hacía- 
nos bajas. Su júbilo era inmenso. Se le veía go- 
zar con la guerra, en su ambiente. En ocasiones, 
arrojaba su fusil al aire, lo recogía y, como un 
malabarista prodigioso, tiraba sin apuntar y acer- 
tando. A veces caíase al suelo con repentino gol- 
pe. . .; después, burlando á la tropa que lo diera 
por muerto, se alzaba con su carota brutal y sar- 
cástica, y seguía dando tiros. Un balín de metralla 
le hizo caer en una de sus zambras grotescas... Y 
fué para siempre. 



El -teniente Monasterio ha sido uno de los hé- 
roes más ilustres distinguidos en estos combates. 

Cuando bajó al llano la Caballería, iba char- 
lando Monasterio con un capitán mientras inicia- 
ban la carga. De pronto, un balazo. 

— Al volver la cabeza para mirarlo— nos dijo 



92 LUIS AT1TÓN D2L OLMET 



el capitán — , echaba sangre por nariz y boca. Yo 
pensé que había muerto. Mas, á los pocos instan- 
tes, curado allí mismo por un practicante español 
de una herida en el cuello con orificio de entrada 
y salida, lleno de algodón y de gasas, montando 
su caballo nuevamente, se me reunía tan satisfe- 
cho. Hasta que se inició el repliegue no quiso ir á 
la camilla. 



Estos jinetes. . . 

Se alistan jactanciosos, con una sonrisa jaque, 
mostrando, por lo menos, tres cicatrices de bala. 
Son unos guapos chicos... Ayer, uno de los tales, 
un cabo negro, enorme, una torre de ébano, rea- 
lizó la siguiente bravuconada prodigiosa. Al salir 
hacia el Mogote le había dicho á su oficial: 

— Yebalas (los moros adversarios) estar mu- 
jeras. Yo coger con mano. No hacer falta matar. 

Y, efectivamente, en el primer empellón, aquel 
monstruo negro, echándose la carabina á la espal- 
da, inerme, no dando á sus enemigos ni la belige- 
rancia de matarlos, galopó hacia ellos: 

— ¡Ali judi! ¡Ali judi!— gritábales, profiriendo 
el insulto más horrible que se le puede inferir á un 
moro, llamándoles judíos, ¡judíos!— Y alargando 
sus manazas tremendas para cogerlos con la mano, 
cual si fueran liebres. Un tiro en la cabeza puso 
fin á las jactancias del héroe, del coloso. 



TIERRA DE PROMISIÓN 93 

¿Que si gozan mientras dura el combate? 

— Lo difícil no es llevarlos— díjome un oficial 
— , sino traerlos. Se ponen furiosos. . . Querrían 
estar allí horas y horas, jugando con la muerte, 
borrachos de sangre, ebrios de felicidad. 

Su arremetida es maravillosa. Van serenos, jo- 
viales, obligando á caracolear á sus corceles, ha- 
ciendo flotar sus chilabas azules, nítido el albor- 
noz, el gesto decidido. Cuando ya están cerca, se 
descubren «la fantasía», es decir, las trenzas, los 
moños, todas esas diabluras que hacen con el ca- 
bello; se despeinan para hacer más confuso el 
blanco que ofrece la cabeza y para infundir espan- 
to; se arremangan al entrar en faena, y profieren 
gritos de frenesí, gritos de ceguera, de pasión, en 
los que ponen toda su alma guerrera y terrible: 

— ¡Haber «baro»! — exclaman en ocasiones, ale- 
gres y felices, dirigiéndose al oficial que les man- 
da y que va delantero. 

¡Barro! ¡Un poquito de barro! Así le llaman á 
la guerra esos grandes hombres. 



Hay un soldado, Buxima, que tiene el prurito 
de ir siempre delante. Y lo consigue muy difícil- 
mente. ¿Os parece menudo el detalle? Es toda 
una pulsación, toda una síntesis. 



Y ahora, para terminar este rosario de cuentas 
preciosas, esta letanía, trasladaré á vuestra admi- 



94 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ración la frase de un teniente que ha sido herido 
en dos ocasiones, que estuvo á la muerte, y que 
ayer se comportó heroicamente mandando á sus 
indígenas. 

Cuando el fuego era mayor, y entre un diluvio 
de plomo, oyendo el estrépito de la fusilería mora, 
de la fusilería hostil, que llegaba muy extraña- 
mente, arrastrado por un viento pertinaz, di jóle á 
un compañero, aprovechando una tregua de mi- 
nutos: 

— ¡Qué desafinada está la música! 

El enemigo, deshecho. 

No es romanticismo. Aunque ferviente patrio- 
ta, y, por lo tanto, predispuesto á loar corno es 
justo, lógico, humano, nuestras hazañas, y á sen- 
tirlas apasionadamente, procuro ser mesurado, no 
dejándome arrastrar por entusiasmos que á veces 
se truecan en pueriles. 

No. El triunfo de ayer ha sido enorme. 

Sabedores los harqueños de que la toma del 
Mogote nos es de suma precisión y de un valor 
estratégico admirable, rabiosos, además, por el 
avance que esto suponía, y porque logrando nos- 
otros el objetivo tendríamos el pie y las armas en 
el rebelde Ben Karrich, se dispusieron á una re- 
sistencia desesperada, inflamados en el fanatismo 
y en el coraje, queriendo jugarse el todo por el 
todo. El choque, pues, tuvo que ser muy duro. 



TIERRA DE PROMISIÓX 95 

Afortunadamente, la admirable dirección de Mari- 
na, Aguilera y Berenguer, el heroísmo de todos y 
el apoyo de una certera y oportuna artillería, nos 
decidió la batalla. 

Sólo en el primer encontronazo dejaron los 
enemigos veinticinco muertos, fusiles, pertrechos, 
magnífico botín, armas Grass, Remington y Mau 
ser, los ídolos, todo... Sin exageración, sin hipér- 
bole, como corresponde á quien debe guardar me- 
sura, puede afirmarse que los harqueños habrán 
tenido unas trescientas bajas. Tan aplastados, tan 
deshechos se han ido, que no tirotearon siquiera 
en el repliegue, cosa inusitada y que asombrará á 
cuantos, por haber hecho campañas en Marruecos, 
conocen la táctica del moro. De noche, habiendo 
quedado sólo una compañía en el blocao, apenas 
si hubo hostilidad. Un disparo suelto. Un alma en 
pena que correría desesperada, imbécil, queriendo 
vengar á un tozudo. . . 

¿Para quién? 

Un periódico francés de Marruecos publicó re- 
cientemente algo que nos dejó atónitos. 

Los artilleros españoles no saben tirar. 

Conoced el suceso . 

Se hallaba emplazada una batería, ignoro dón- 
de. Los moros avanzaban hacia ella. Nuestros ar- 
tilleros, estupefactos, desconociendo el manejo de 
sus cañones, permanecían impotentes. Al fin, pro- 



. 96 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

videncial, surgió un cantinero francés que había 
servido en Artillería, y que les hizo salir del aprie- 
to disparando las piezas y barriendo á la morisma. 
Entonces, para que nuestros oficiales no se ofen- 
dieran, teniendo que subordinarse á un cantinero, 
nombraron á éste maréchal. 

Ayer he visto yo lo siguiente, ¡yo!, con mis 
prismáticos. Luego, el detalle de figura, lo impo- 
sible de contemplar por quien está á una distancia 
de varios kilómetros, me ha sido confirmado téc- 
nicamente. Pero he visto. No es referencia. Es 
asomo suficiente, evidencia total. 

Veinte moros se habían refugiado tras de una 
pared, pared que yo vi á la perfección. Desde allí 
abrasaban á nuestros combatientes. Una granada, 
una sola, sin necesitar rectificación (los tres dispa- 
ros de rigor, los de siempre), caía instantes des- 
pués sobre el parapeto. De los escombros sólo es- 
capaban, despavoridos, cuatro hombres. Los de- 
más habían sido aniquilados. 

Y... ¡qué casualidad! En nuestra batería no 
había ningún cantinero francés. 

En fin, por algo «Tartarín» no fué más que re- 
medo, una caricatura del «Quijote». 

¡Bah, bah, bah!. . . ¡Viva España! 




La Mezquita más pequeña y artística de Tetuán. 




LA OBRA TÁCTICA DE MARINA 



Ayer 



Yo no quiero censurar á nadie. Mucho menos 
al señor Alfau. Al Gobierno de Romanones, cuya 
política, sin orientación, sin objeto, sin más estimu- 
lante que la conservación de sí mismo por los me- 
dios que sean..., podríamos derramarle sobre su faz 
la sangre de algunas víctimas. Pero ni esto les man- 
charía, ni esto les causaría impresión. Ni siquiera 
la voz de un mártir que, al caer, dijera: «¡Por ti!> 

Llanamente, y sin buscar tesias donde saciar 
desquites, afirmaré un hecho. Antes de tomar el 
mando general del Ejército en África D. José Ma- 
rina, éramos prisioneros del moro. Desde Ceuta á 
Tetuán, incomunicados... Desde Tetuán á Lau- 
den, incomunicados. Cada convoy á Lauden era 
una operación formidable, en la que dejábamos un 
reguero. Los «pacos>, desde cercanas guaridas, 
acechando en la sombra, cazaban á los soldados 
del campamento general. En Tetuán mismo, cayó 
alguien bajo un proyectil artero lanzado por algún 



98 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



moro de las inmediaciones. Mondando patatas, 
cuando se consideraría más lejos del peligro, un 
cazador fué muerto. Se avanzó sin madurez, y no 
se corrigió el yerro pronto. Impaciencias de un Go- 
bierno por «etapas», que tiene, entre otras graves 
consecuencias, no sólo militares, sino de toda ín- 
dole, el estertor innecesario de un valiente. 

Los blocaos. 

Tan sencilla, tan práctica, tan eficaz ha sido la 
obra de Marina, que nos parece absurdo cómo an- 
tes no se hizo. 

Tómanse posiciones remotas; allí se deja una 
compañía, un batallón formando isla, sin otro am- 
paro que sus fuerzas propias; el moro, inmediata- 
mente, ocupa los puestos intermedios; cada vez 
que se avanza para socorrer con armas ó víveres 
á los aislados, realízase con ello, por lo menos, 
una escaramuza que cuesta vidas y que gasta en- 
tusiasmos. ¿No asalta al pensamiento la necesidad 
urgente de construir blocaos en las eminencias del 
camino para tener siempre al moro bajo el cañón, 
bajo el fusil, para que se vean reducidos á la im- 
potencia, para que el tránsito pueda realizarse fá- 
cilmente? 

Tal ha hecho Marina con una celeridad y una 
exactitud y un acierto que merecen plácemes. 

De Ceuta á Tetuán, Arráiz, por orden suya, 
tiene ya casi protegida la carretera. Rumores, bien 



TIERRA DE PROMISIÓN 99 

fundados, aseguran que muy en breve, quizá en 
esta misma semana, puedan circular, no sólo con- 
voyes y fuerzas militares, sino el más pacífico é 
indefenso de los ciudadanos. Las posiciones del 
Rincón á Tetuán son excelentes. Las de Ceuta al 
Rincón ya finalizan. Mañana, pues, una de las ne- 
cesidades más urgentes, uno de los objetivos más 
próximos, de importancia mayor, serán cuestión 
resuelta. Y todo, sin bajas. Apenas las imprescin- 
dibles, que lamentó Arráiz. 

Otro camino de suma transcendencia, el de Rio 
Martín, que pone á Tetuán en comunicación con el 
mar y, por ende, con la Aduana, está ya tomado y 
vigilado. 

Quedaba únicamente el de Tetuán á Laucien . 

Es un ancho valle, fecundo y espléndido, que 
mañana podrá labrarse con inteligencia y explo- 
tarse con abundancia pródiga, y por donde corre, 
serpentino y sucio, el Martín. A un lado y otro, 
montañas abruptas, refugio del «paco»; lomas que 
era preciso tomar á diario con la bayoneta calada: 
el túnel de la muerte. Allá, en el fondo, inaccesi- 
ble casi, como no fuera con las armas y á costa de 
titánicos esfuerzos, Laucien. ¿No se os antoja de 
absoluta necesidad ir parapetándose, fortificándo- 
se, en los montículos del valle siniestro, para evi- 
tar aquellos horrores? 

En el Dersa, en la Silla, en Arapiles, llamado 
así por la refriega heroica que sostuvieron en ese 
lugar los cazadores mandados por el gallardo Pri- 



100 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

mo de Rivera antes de construirse allí el blocao, 
ha ido colocando Marina fortines inexpugnables 
para el moro, y bajo cuyo dominio no rechista el 
adversario. Esta medida no sólo protege á los con- 
voyes, hace menos ardua la obra militar y ahorra 
sangre y energía, sino que tiene el supremo valor 
de aislar á los rebeldes. Cortadas las comunica- 
ciones por este lado entre Anyera y Ben Karrich, 
el paso de los harqueños, su aprovisionamiento y 
auxilio habrá de hacerse por detrás de Laucien, á 
larga distancia, con un rodeo enorme y á costa de 
fatigas inmensas. La toma y fortificación del Mo- 
gote, en la margen opuesta del Martín, asegura 
definitivamente el tránsito. Donde ayer se comba- 
tió rudamente, donde se gastaron heroísmos inú- 
tiles, ya reina la calma. De Tetuán á Laucien se 
puede ir en son de paseo y por mero turismo. 
Ayer, sobre huellas de sangre y vestigios de es- 
trago, encontrando esqueletos de jamelgos tristes, 
en cuya osamenta busca todavía el cuervo, he ido 
yo tranquilamente con mi cuaderno de apuntes y 
con Alba, que ya está sano y salvo. 

— Mi general, no por mí, sino por el Ejército, 
por la nación, gracias, gracias. 

Y esto, sin bajas. Sólo el Mogote, donde te- 
nían los moros su reducto postrero, costó algunas. 
Pero fueron, aunque sensibles, muy pocas. El ene- 
migo, además, quedó aniquilado, exánime. 



TIERRA DE PROMISIÓN 101 

¿Qué más hizo Marina? 

Hay para escribir muchas crónicas. Yo, sin em- 
bargo, atento á la infinita complejidad del asunto, 
procuraré irlas extractando. 

Uno de los aciertos más puros del general 
—este general á quien aflige verse loado, pero 
cuyo elogio lo realizo yo para satisfacción de su 
país— ha sido crear, ó mejor dicho, fomentar y 
acrecer una partida de moros que dicen «de la 
porra». 

Con elementos dispersos refugiados de las cá- 
bilas deshechas y de los aduares extintos se ha 
formado este núcleo, mandado por Al-Kalay, anti- 
guo moro perteneciente á las fuerzas regulares de 
Melilla y hombre de pelo en pecho y garrote en 
mano. 

Por dos pesetas diarias, estos buenos sarrace- 
nos de los alrededores, tan amigos de guerrear 
como enemigos del ayuno, se juegan hermosa- 
mente los sesos, patrullando vericuetos adelante, 
metiéndose en las adelfas de Río Martín y dándose 
al saqueo si llegan ocasiones oportunas. Son hom- 
bres baratos hurtados á la harca, son fusiles á 
nuestro servicio, y es diplomacia. . . 

También para las inmediaciones del Rincón, y 
mandados por un teniente de milicias, se ha cons- 
tituido otro grupo de cuarenta chacales amaestra- 
dos, que prestan el mismo servicio que la partida 
<de la porra». 



102 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Se ve un cerebro pensador y una sabio mano 
ejecutante . 

Pero de todas estas cosas, la más bonita, la 
más sutil, la más deliciosa, fué la creación del 
«contrapaco». Ha sido atajar al moro en su rendi- 
ja, combatirlo con sus propias armas. Los de la 
porra, algunos centinelas á tal cual ametralladora 
esperan con la misma cachaza, con la misma flema 
que el mahometano. Ven acudir á éste, felino y 
astuto. . . Lo aguardan. . . Y en cuanto el hombre 
se considera feliz en su puesto de caza, recibe 
una golosina en el corazón. Ya se han recogido 
algunos cadáveres de asesinos cautos. El «paco» 
se ha desvanecido. Actualmente, cuando una vez 
á la semana nos dicen que un «frasquito» de éstos 
va por ahí, pensamos que no es otra cosa sino un 
pobre suicida con chilaba. 

Y sobre todo. 

Y, sobre todo, el general Marina es autoridad. 
Se le respeta y se le ama. Recientemente, orde- 
nando que no entren las tropas en Teíuán, espe- 
cialmente las indígenas, sino que permanezcan en 
sus campamentos, evitando así el holgorio y el es- 
cándalo naturales de todo soldado cuando se halla 
entre el «paisanaje vil», ha regocijado á éste y le 
ha convencido de que Don José Marina es un gran 
militar, pero á la vez un gran ciudadano, pro- 
tector del tráfico, de la industria, de la tranqui- 
lidad. 



TIERRA DE PROMISIÓN 103 

Vive para su misión. A caballo visita sus tien- 
das, juvenil todavía con sus años expertos; sube 
á las posiciones; recorre los sitios peligrosos dan- 
do ejemplo de serenidad; protege á la gente civil; 
y cuando vuelve á la Residencia, y tiene en espe- 
ra, inevitable, á una mora tapada que viene á cla- 
marle perdón, libertad para un sarraceno por 
quien gime, condúcela junto á su benignidad, le 
sonríe con gentileza de caballero español, y no es 
raro que le diga magnánimo y noble: 

—Mujer, mujer que lloras por el hombre ama- 
do, ¡tenlo! 

Cómo es vlxl blocao. 

¡Si habrá sido eficaz la operación del Mogote, 
que yo, á quien no seduce la idea de morir sin glo- 
ria (que la mía fuera escribir si no fuese lerdo), he 
ido hasta Laucien! 

Ni siquiera encontré preciso incorporarme al 
convoy. Me bastó una agradable compañía. Vi- 
nieron con nosotros el comandante Araujo y los 
capitanes Castillo, todos muy corteses y muy re- 
quetesoldados. 

— ¿Habrá distinguidos homicidas? 

-No. 

En un caballo de oro, árabe y terrible, con más 
sangre que chinche en cuerpo de gordo, realicé 
mi excursión en galopadas frenéticas que me pu- 
sieron más cerca de la tierra y de la eternidad que 



104 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



del Mogote y de la información. Alba, centauro 
de la fotografía, caracoleaba sobre un trotón un- 
tado con mantequilla rubia. 

Encontramos al general Aguilera, gran militar: 
algunas patrullitas, y ningún tropiezo. Media hora 
después, y hecho un coloso de la equitación, es 
decir, al antojo de mi caballería, surgí en el Mogo- 
te. Una compañía de Wad-Rás lo guarnece, una 
compañía que manda el capitán Boyer, y los te- 
nientes Boyer, García y Díaz, y que vive para el 
trabajo y la perspicacia, mejorando su reducto y 
ojo avizor, no venga un canalla. 

Este blocao es un semicírculo. El capitán Cas- 
tillo, el admirable jefe de las ametralladoras, le 
halla parecido con la Puerta del Sol. Un muro de 
piedras. Encima, unos saquitos llenos de arena 
muy compacta, en el que mueren eficacias de bali- 
nes. Un escalón donde reposan los centinelas de 
imaginaria, mientras otros, de pie, no pierden de- 
talle. Y en medio, por todo sibaritismo, cuatro tien- 
das de campaña, bajo las cuales aguantan estos 
hombres todos los diluvios. La alambrada que cir- 
cunda el parapeto, ofrece al invasor un cerco de 
espinas. 

— ¿Han tenido ustedes refriega? 

— No . Del otro día quedaron deshechos. 

— ¿Ni «pacos»? 

—Ni aun esa amenidad. 

— Entonces, la operación fué aplastante. . . 



TIERRA DE PROMISIÓN 105 

— Hubo centenares de bajas entre la morería. 
Ya ve usted. . . Ni un tiro. 

Gozoso, y deseándoles ventura á los guarne- 
cedores del que será histórico fortín, y contem- 
plando una vez más los montículos donde se cu- 
brieron de gloria Izardúy y Peralta, picamos hacia 
Laucien, y llegamos á estos lugares de ímpetu y 
de bravura, que Villanueva recorrió hace poco, 
frío, sin alma, bajo un ceño hoscamente pueril. 

En Laucien. 

¡Terrible Laucien, que tanta sangre, has costa- 
do, te saludo con admirado respeto! 

Llegamos, hicimos pie á tierra, estrechamos 
la mano al coronel señor Dema, que manda todo 
esto; al capitán de Artillería señor Jeregui, cuyos 
cañones han traído la paz; bebimos cerveza del 
<Hotel de las Pulgas», que así llaman á la cantina 
los humoristas del vivac, y hablamos con los hé- 
roes. 

— ¿Tienen ustedes fuego? 

— Poquísimo. 

— ¿No han atacado recientemente á Laucien? 

— No. Está bien guarnecido, y desde que se 
alzaron los blocaos de la ruta, quedó esto admira- 
ble. Ya no es avanzada sin amparo. Es centro de 
operaciones, núcleo. . . 

— Los moros de alrededor. . . 

— Queriendo la paz. 



106 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— ¿Se dejan ver? 

—Sí. Ayer columbramos un grupo enorme. Es- 
taban hacia Ben Karrich y eran unos trescientos. 
Bajo un árbol enorme, parecían andar como en 
procesión. Sin duda agasajaban, reverenciaban á 
alguien . Se consultó al general Marina si conven- 
dría tirarles, y dijo que no, mientras se mostrasen 
pacíficos. Una hora después se fueron sin hostili- 
zarnos. 

La sensación de Lauden no puede ser más 
tranquilizadora ni más alegre. Parece un campa- 
mento de maniobras militares. Nadie diría que 
aquí se han trabado luchas hórridas. Y es que una 
mano todo luz va sembrando el bien. 

Antonio Barroso. 

— ¿Conoce usted al teniente Don Antonio Ba- 
rroso? 

—No. 

Y me lo presentaron . 

Es un oficial pundonoroso y valiente, que su- 
fre con alegría el fragor de la campaña. Más de 
una vez se ha visto en el combate y ha probado su 
denuedo. En el asalto á unas ametralladoras, de- 
mostró una vez más su bravura. Está sucio — ¿cómo 
estar? — , carece de todo refinamiento y hasta de 
lo necesario, y sonríe. . . 

Lector, es preciso que se conozcan estas co- 
sas. Un muchacho que se llama Barroso y San- 



TIERRA DE PROMISIÓN 107 

chez Guerra sería en España, sin otra razón, dipu- 
tado. Romanones, para agarrar un voto, lo haría 
director general. ¿Pondríamos en duda que sería 
ministro? No á este mozo, que hizo una carrera 
científica y que ha demostrado intelectual suficien- 
cia, sino aun siendo torpe, inepto, incapaz, el azar 
gubernativo le haría en el espacio de dos meses 
embajador en Londres, gobernador de Barcelona, 
comisario de Pósitos, y, si fuera menester, direc- 
tor de la Biblioteca Nacional. 

Pero Antonio Barroso, caballero, sentiría el pu- 
dor que todas estas bellacadas le causan á los es- 
píritus selectos. Y es teniente. Y lucha desde Lau- 
den por España. Y así, yo, que tanto desprecio á 
la política; yo, que soy un irreconciliable; yo, que 
paseo mis ojos despectivos por los bancos azules, 
he sentido el orgullo de mi raza ante el teniente 
Barroso y Sánchez Guerra. 

—En San Sebastián vi á su padre. . . 

—Si lo ve usted en Madrid, abrácelo. Y al se- 
ñor Luca de Tena, mi saludo. 

Y nos fuimos. Y allí se quedó feliz, orgulloso, 
digno y caballeresco, ¡sin acta! 



Avizoro desde Laucien el camino. Atrás, la 
paz, el sosiego. Delante, el puente Buceja, canta- 
do por Alarcón, y los caminos del Fondak y del 
Jemis. 



1C8 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

¿Nos detendremos aquí, en este lugar ya to- 
mado? ¿Avanzaremos? ¿Será preciso, de una evi- 
dencia total, ocupar estas cañadas, seguir la ruta 
de Tánger, llegar al Jemis, por lo menos? 

Yo, con todo mi corazón, deseo que nada sea 
necesario, que la diplomacia sustituya al hierro, 
que no se despilfarre mi raza. 

Aun así, desde Laucien, incapaz de profecías, 
modesto, sencillo, trazo dos interrogaciones. . . Y 
dentro de las interrogaciones, sin reservas, inmen- 
so, enorme, pongo mi amor patrio. 



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EL PADRE DE LOS MOROS 



Cómo vive un general. 

El Excelentísimo Señor D. José Marina Vega, 
teniente general, caudillo del ejército español en 
operaciones, hombre de largos sesenta inviernos, 
levántase á las seis de la mañana. Si hay combate, 
ó al menos, posibilidad, monta para compartir el 
peligro. Si es día plácido, trabaja en su despacho 
de la Residencia, sin un minuto de reposo, hasta la 
una de la tarde. Complejo, al igual que su difícil 
misión, habla con el delegado de Hacienda, con el 
de Fomento, con el secretario general, con los je- 
fes de su Estado Mayor, con el de información in- 
dígena, con el cónsul, con los diplomáticos. Reci- 
be á un comerciante que ha decidido emprender 
cualquier negocio, y que, si viene con limpia his- 
toria y propósitos buenos, halla favorable acogi- 
da. Lee, estudia, redacta disposiciones que pon- 
drá el jalifa en ejecución. En ocasiones, sagaz, 
escucha confidencias del campo enemigo. Almuer- 
za. Descansa una hora. Monta después á caballo 



110 LUIS ANTÓN DEL OLMET' 

y recorre su panorama estratégico, animando al 
sano en el fortín, y en el hospital al herido. Vuelve 
al obscurecer. Trabaja aún hasta las nueve. Cena. 
Lee periódicos, boletines, cartas, estudios milita- 
res, infolios diplomáticos. Ignoro si tiene cinco 
minutos para meditar en los ausentes, en los de 
Madrid, en los suyos. Para ocuparse de sí, no tie- 
ne el general la oscilación tenue, interiormente ce- 
rebral, de un pensamiento vago. 

Así vive, para beneficio de la causa española, 
con más de sesenta inviernos y todas las codicias 
logradas, sin más objeto que ser útil, D. José Ma- 
rina Vega . 

¿Para lo militar? 

No. D. José Marina es más que un soldado. 
Es un hombre civil. Un hombre civil que sabe di- 
rigir combates, y que tiene como uno de sus aspec- 
tos la bravura. 

Marina siente— me parece á mí— el problema. 
No es un chafarote — yo adoro á los chafarotes 
cuando son precisos, ¡oh, enorme y glorioso Nar- 
váez!— ; no es un chafarote, dispuesto á resolver 
una cuestión demasiado intrincada en fuerza de pe- 
ricia militar. En Melilla, su acción tuvo cambian- 
tes, facetas inteligentes, flexibilidades lógicas, 
¡nobles flexibilidades!; no vayáis á suponer en mí 
el elogio de la flexibilidad, señores que hozáis en 
el fondo de reptiles. 



TERRA DE PROMISIÓN 1 1 1 



Esta cuestión de Marruecos, al parecer tan di- 
fícil, yo la voy encontrando sencilla. Cuando pue- 
da formar juicio exacto — un juicio mío, es decir, 
mediocre, pero bien intencionado, cuanto den mis 
pobres sesos, mal constituidos—, ya os diré algu- 
nas cosas acerca de tal facilidad y de tal sencillez. 
Por hoy me será bastante afirmaros que nuestro 
residente, pese al Gobierno, pese á la dirección 
madrileña de la cuestión, pese á tantas cosas que 
iremos señalando, ha visto, ha sentido, ejecuta, 
resuelve, marcha por un camino acertado. No hay 
aquí ni perplejidades ni desorientaciones. Esto, 
españoles, marcha bastante bien. Os lo digo, si 
tenéis alguna fe en la imparcialidad de mi criterio, 
— ya que demandarla para mi sutileza fuera un cri- 
men — con objeto de que os tranquilicéis. 

Vinimos adonde debíamos venir, y vamos ha- 
cia donde debemos llegar. 

El acto de los rífenos. 

Un acierto diplomático del general ha sido la 
visita de los rífenos notables al jalifa de nuestra 
zona. 

Sabedores de que había tomado el mando su- 
premo Don José Marina, un grupo de moros influ- 
yentes, presididos por Abd-el-Kader, antiguo jefe 
de la harca, amo y señor de Beni-Sicar, y hoy uno 
de nuestros adeptos más firmes, se apresuraron á 
venir para saludar á quien respetan y aman. El 



112 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

general los recibió. Después, renunciando al éxito 
personal y á la vanidad bélica, les rogó que visi- 
taran al jalifa para ofrecerle vasallaje, puesto que 
representa la autoridad musulmana en la zona. Es 
decir, habilísimo, exclamó: 

— Ved, moros, cómo vuestro jefe no es cristia- 
no, ni es el .vencedor. Es un nieto de Mahoma. 
Somos respetuosos con vuestras creencias. Id, id 
á prosternaros ante vuestro Sultán. 

Y el efecto ha sido excelente. Y el jalifa es fe- 
liz con estas cosas. Y la confianza y la simpatía 
van surgiendo entre los indómitos. 

— Así, mi general, es como ven las almas su- 
periores. 

La gama de lo inteligente. 

Cuando Marina tomó posesión, uno de sus 
primeros actos fué telegrafiarle á Liautey en un 
despacho todo cordialidad, al que respondió el 
caudillo galo de Marruecos de una manera expre- 
siva. Una entrevista entre ambos generales, no se- 
ría utopia. Con el cónsul de Francia sostiene 
también el general relaciones muy afectuosas- 
Marina sabe cuánto interesa á las dos naciones ca- 
minar de acuerdo. ¡Lástima sólo que los franceses, 
que pretenden llevarnos á un enlace, incurran en 
ridiculas gasconadas de vez en vez, afirmando que 
sus cantineros son mariscales de nuestra Artillería, 
y que van á tener que venir á la zona que nos per- 
tenece con objeto de arreglar esta maraña! 



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TIERRA DE PROMISIÓN 113 

Con los demás cónsules extranjeros, Marina 
vive también amistanzado, no dando ni consintien- 
do pretexto de malquerencia. 

Su tacto para elevar la condición del Mahacen, 
es decir, del Gobierno mahometano, lo cual hará 
más fácil nuestro dominio de los corazones, es de 
una gran sutileza. El bajá no es en Tetuán un po- 
bre servidor, un lacayuelo que más estorba y daña 
que beneficia, sino un hombre con autoridad y con 
prestigio, que se hace obedecer y que, como es 
natural, es en su forma y en su alma perfectamen- 
te nuestro. 

Duro, terrible, cuando advierte la ineficacia 
del bien, aparece ante los moros fácil al perdón, y 
entre sus bayonetas, amable. No toleraría un mal- 
trato para la morisma ni para la judería españoli- 
zada, suponiendo el caso absurdo de que estas tro- 
pas admirables abandonaran su prudente, caballe- 
rosa y noble actitud. Entrar en una mezquita, des- 
cubrirle su faz á una mora tapada, sacrilegio no 
perpetrado aún por estos soldados nuestros (¡oh, 
miserables, que habláis del espíritu inquisitorial 
español!), constituirían para el general un delito 
nefando. Con sólo su llegada, se sometieron al- 
gunos aduares. Otros que no están sometidos, 
anhelan someterse para vivir en paz y al calor del 
poderoso. Raro es el día en que no acuden tres, 
cuatro, seis moros defraudados que vienen para 
echarse á sus plantas. Saben que los puede arrui- 
nar, destruir. Saben también que tras de aquellas 



114 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

bayonetas, tras de aquellos cañones, tras de aquel 
uniforme, tras de aquellas barbas de mármol, al 
parecer frías, hay un gobernante sonriente y bené- 
volo, que persigue al nefando y acoge al arre- 
pentido. 

Las Aduanas. 

Pero ¿se limita el general á una doble función 
militar y diplomática? No. Su acción progresiva 
en todos respectos se deja sentir benefactora. 

Tal ha ocurrido con las Aduanas. 

Éstas, como sabéis, hállanse en la desemboca- 
dura del río Martín, á 500 metros de la costa. An- 
tiguamente — y aquí lo antiguo es de ayer— los 
funcionarios aduaneros iban á la oficina todas las 
mañanas para volver por la tarde. Entre ida y vuel- 
ta se pasaban el día. Muchas veces, sin despa- 
char, importantes mercaderías se han podrido. 

Marina los ha obligado á dormir en la Aduana. 
Claro está que antes les ha limpiado las cercanías 
de bandoleros. Y ha cedido además unos metros 
de camino táctico para que las mercancías no pre- 
cisen un transbordo en Río Martín, sino que lle- 
guen á la oficina por tierra. Las Aduanas han pro- 
ducido, desde Enero á Agosto, 500.258 pesetas 
más que produjeron durante el año anterior. Y 
cada día, á cada hora, crece el esperanzoso au- 
mento. El inteligente ministro señor Suárez Inclán 
sabe que nuestras finanzas en Marruecos, aunque, 



TIERRA DE PROMISIÓN 1 15 

naturalmente, á la larga, habrán de ser fructíferas. 
Por lo demás, si queréis poner una tienda, edi- 
ficar un hotel, introducir un producto español, tra- 
bajar, en suma, por España, debéis hacerlo, tenéis 
la obligación de hacerlo. Aunque todavía en gue- 
rra, de los audaces fué siempre la fortuna. Por lo 
demás, insensato, criminoso, desalentador fuera 
que los alumbrados, los tranvías, los caminos, los 
trenes, cuanto aquí se debe realizar, y que serán 
negocios productivos y remuneradores, los deje la 
desidia española á la rapacidad extranjera. El ge- 
neral, si sois honrados y venís por derechos cami- 
nos á lograr justa fortuna, aumentando á la vez la 
riqueza patria, os facilitará vuestra misión, y desde 
su autoridad y su prestigio, estará con vosotros. 

¡Sometidos! 

Ha ocurrido la escena muchas veces. 

El general, á caballo, recorre las cercanías de 
Tetuán. Unos bultos avanzan por la carretera. 
Son unas blancas figuras de ancestral indumenta- 
ria y que parecen bíblicos pastores amedrentados, 
fugitivos de la guerra... Son tres, cuatro, diez. 
Han bajado del monte arrastrando á un carnero 
de la cornamenta, y llegan despavoridos, ganosos 
de paz, demandando misericordia. El general se 
detiene, generoso, para escucharles con majestad 
y con firmeza. Ellos se arrojan al suelo, muerden 
el polvo, se arrastran, llegan bajo los pies del ala- 



116 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

zán y besan sus cascos. Luego, si el general no 
los golpea ni los manda prender, cosa no sucedida 
jamás, besan el pecho de la cabalgadura, y ya en- 
valentonados, besan el estribo, y luego besan los 
pies del magnánimo: 

— ¿Qué deseáis? 

—La paz. 

— ¿Estáis arrepentidos? 

-Sí. 

—¿Prometéis ser humildes y buenos y querer 
á España? 

— ¡Juramos! 

Hay una pausa de grandeza inaudita, en el que 
dos pueblos, el vencedor y el vencido, hermana- 
dos ya por el olvido y por la justicia, lazos eternos 
del humano amor, parecen fundirse, y en el que 
sonríe la tierra esperando simiente fecunda, y en 
el que todo es ilusión. . . 

—Labrador— exclama después el general—, 
puedes arar, sembrar, recoger y vivir dichoso. 

Y, entonces, el carnero es sacrificado. Y su 
sangre inocente, como la sangre del cordero mís- 
tico, derrama su borbotón y rubrica el convenio 
de paz. 

El padre. 

Diréis; pero estos gazmoños, así que hayan 
sembrado y cosechado, volverán al monte para 
hacer la guerra. 



TIERRA DE PROMISIÓN 117 



Sí. Volverán algunos. Otros no volverán. 
Otros— tenemos ejemplos bastantes, y en la zona 
melillense infinitos—, seducidos por el progreso, 
por esa fuerza enorme que todo lo vence, por la 
razón, por el buen trato, por la insinuante compla- 
cencia, se quedarán aquí. 

Bastará que á nuestro representante, como 
acontece con el general Marina, se le llame «el 
padre de los moros >. 



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SU ALTEZA EL MEHEDI 



Satélite imperial. 

Muchas veces oí exclamar en esa ciudad in- 
crédula que hizo corte de las Españas un todopo- 
deroso:— ¿Para qué sirve el jalifa? Eso nos cuesta 
muchas pesetas inútiles. 

En primer término, el jalifa nos era necesario 
para intervenir en Marruecos. Nuestra acción 
— claro está — es posesoria, y estas ciudades y 
campiñas, donde flamea ya la bandera española, 
espiritualmente, comercialmente y — ¿cómo no? 
— militarmente, van pasando á incorporarse al te- 
rritorio nacional. 

Pero — tenedlo en cuenta — no hemos venido 
aquí para conquistar, sino para proteger. Argelia, 
Oran, se rigen en francés de una manera semejan- 
te. Hasta los ingleses en su India tuvieron que 
reconocerles á los rajas una especie de sobe- 
ranía . . . 

Nosotros no estamos conquistando una zona, 
sino protegiéndola. Y así, hemos tenido que plan- 



TIERRA DE PROMISIÓN 119 



tiíicarle un soberano á los moros. Y este amable 
soberano, de tan pura sangre como buen corazón 
y ánima benévola, llámase Muley el Mehedi Ben 
Ismail ben Mohamed. 

Ahora bien— dirá el tacaño y rezongará el ma- 
licioso—, el formulismo aparte, ¿es conveniente la 
existencia de un soberano marroquí? 

Para el moro es una garantía de libertad ciu- 
didana, de libertad religiosa y autonomía étnica. 
Además, ahora mismo, y sobre todo mañana, el 
jilifa, descendiente legítimo de iVIahoma, con su 
forbante verde y su enorme prestigio supersticio- 
so, acabará de someter á los fanáticos. Tenemos 
la cuerda clerical marroquí. Tenemos un seguro 

de paz. 

¿Lo dudáis? Voy á referiros un suceso que ha- 
brá de persuadiros, sin duda. 

Cuando estuvieron los rífenos notables en Te- 
tuán para saludar á Marina, el general, como sa- 
béis, les indicó la conveniencia de que visitaran 
al Mehedi. Fruncieron un poco el ceño. ¡Estaba, 
siendo hijo de Mahoma, pasado á la Cruz! El 
caudillo, con finas razones diplomáticas, persua- 
dióles al cabo. Y fueron, aunque de mal talante. Y 
al llegar á su presencia, aquellas facciones exqui- 
sitas, aquel gesto de aristocracia secular, aquel 
resplandor que irradian para los mulsulmanes las 
carnes formadas por la carne del Profeta, aquel 
verde color de la indumentaria, color de santidad, 
hubo de fascinarlos. Y los indómitos cayeron he- 



120 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ridos por luz divina, y, prosternados ante las un- 
gidas babuchas, clamaron atónitos: 

— ¡Señor...! 

Creed... Los veinte mil duros del jalifa están 
bastante mejor empleados que lo están los seis 
mil de algún ministro. Y, sino, que lo diga, en ur 
momento de sinceridad, el Sr. Borbolla. 

¿Quién es el jalifa? 

Ya conocéis su nombre. Su ascendencia es 
preclara. Mahoma engendró la dinastía. Su abuel 
lo fué el sultán de la guerra de África. Es primo 
hermano suyo Muley Hafid. Tiene Majestad por 
derecho marroquí, y Alteza por derecho español . 
Cuando se deja ver por nuestros soldados, se le 
tócala Marcha Real. Y esto le agrada mucho, y 
pone los ojos de satisfacción y carita de regodeo. 

Costó algún trabajo darle caza. Como era uno 
de los escasos príncipes marroquíes no afrancesa- 
dos, Francia nos lo quiso vedar. Por ventura, el 
doctor Belenguer, este abnegado español que vi- 
vió en Fez trece años haciendo España, y que no 
se ha hecho rico siendo el favorito del pródigo y 
dadivoso Muley Hafid, nos lo trajo. Es bueno, 
prudente, de una inteligencia bastante. Carece de 
ambición. Está como chico con zapatos nuevos; 
no le mandó cortar á nadie pies ni manos, y es 
opulento. Su fortuna oscila entre diez ó doce mi- 
llones de pesetas. No había visto el mar hasta que 



TIERRA DE PROMISIÓN 121 

fué traído á Ceuta. No se mareó. Posee ochenta 
servidores y tres concubinas. Está casado con una 
prima hermana, de la que no logró descendencia. 
Tiene veintiocho años y cinco retoños dei harén. 
Tal es, para el servicio de Alá y beneficio de 
España, Muley-el-Mehedi. 

Su Gobierno. 

Claro que habiendo Sultán, hay Gobierno. 

El Mehedi tiene su Mahazen. No es profuso. 
Un gran visir, que ocupa al mismo tiempo la car- 
tera de Gobernación (Romanones y Alba en una 
pieza) y que se llama Ben Azus, hombre de gran- 
des proporciones físicas, inteligencia clara y leal- 
tad perseverante; un Ministro de Hacienda, lla- 
mado El Kaima; otro de Justicia, á quien dicen Er- 
joni; un introductor de embajadores, Beni Aix, y 
para Tetuán, el bajá Torres. Cada ministerio po- 
see tres secretarios escribientes. Tal es el roma- 
noneo de la zona. Unos cuantos miles de duros 
que se pagarán en su día con el dinero de los tri- 
butos marroquíes, y que nos facilitan y aun resuel- 
ven un aspecto en la cuestión ardua. 

No protestéis, cicateros. Entre las familias 
Montero, Navarro, Gasset y Alonso Castrillo, por 
no citar otras, consume la nación mucho más di- 
nero, infinitamente más, en balduque. 

Porque aquí manda el general, el Mahazen es- 
cribe y el Sultán firma. Y ahí, además de cobrar, 
estorban, fastidian, encocoran y aburren. 



122 LUIS ANTÓN DEL OLM: T 

¿Cómo es el jalifa? 

— Belenguer, yo quiero ver á Su Alteza. 

— ¿Cuándo? 

— Mañana. 

— ¿Le ha dado á usted permiso el general? 

-Sí. 

— ¿A qué hora? 

— A las diez. 

— ¡Hecho! 

Y á las diez, provisto de un traje obscuro, re- 
legando mis chaquetas de ajetreo, poco diplomá- 
ticas y ceremoniosas, y en unión de Alba, llegué 
al Jalifato. 

Estamos en pleno Marruecos, en el Marruecos 
indígena; vistoso, fascinador, inaudito... Una ca- 
lleja blanca, nítida, con tonalidades azules dadas 
por los aleros. No hay vestigio de Europa. Dos 
moros del tabor hacen guardia. En el zaguán, un 
zaguán amplio, enjalbegado y alegre, están los 
servidores, en cuclillas, sentados, tendidos. Algu- 
nos son negros y llevan su arete de oro en la na- 
riz. Unos esclavitos etíopes, que se dejan en el 
occipucio un moñito rizado, pónense á nuestro 
servicio. La casa, que recorremos ligeramente, es 
grande y digna, pero se halla en obra. Pronto será 
una mansión donde no se desdoren las estirpes. 
Atravesamos un patizuelo. Tras de cierta ventana 
vislumbramos a! Mahazen, que celebra Consejo, 
sentado en unas colchonetas. Otro patizuelo. Des- 



TIERRA DE PROMISIÓN 123 

pues, un jardín africano; jardín sin cordobés ni se- 
villano refinamiento, pero que tiene aromas, pája- 
ros, mucho sol, alegría de macetas y prestigio ma- 
rroquí de chumberas y pitas. Un nopal, alto y 
esbelto, se yergue, proyectando una sombra muy 
azul sobre la cal chillante y estentórea del muro. 
Huelo, y gozo. Cuando torno la vista, un abanico 
de realización poética, algo que me perturba y me 
conmueve, algo ensoñado, y que antaño me pare- 
ció increíble. . . 

Bajo una bovedilla, el Sultán. A su lado, de 
pie y descalzo, el gran visir. Formando alas, en 
respetuoso semicírculo, treinta ó cuarenta escla- 
vos, silenciosos, herméticos, que no se asombran, 
que no comentan, que no miran, que semejan es- 
tatuas, que os ofrecen toda la maravilla de un orbe 
remoto y absurdo. 

Avanzamos. Nosotros, los españoles, no do- 
blamos la rodilla ante Su Alteza. Le damos la 
mano cordialmente. Al gran visir, nuestra reveren- 
cia afectuosa. Luego, interpretados por Belen- 
guer, hablamos con el jalifa. 

Es alto y grueso. Tiene finas las manos, aris- 
tocráticas. En una, detona cierto inmenso diaman- 
te, formidable diamante, que sería ridículo en anu- 
lares europeos, y que tiene gran vistosidad, y aun 
prestigio, en la cansada falange de un Sultán. 
Grandes ojos negros, ojos inocentes y puros; un 
bigotito ralo y suave; una barbita rizada, á me- 
chones, barba de estirpe; una sonrisa grata, y un 



124 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

gesto continuo de irresolución, de timidez, como 
de sobresalto. El jalifa sabe que arde la guerra, y 
su espíritu apacible, sencillo é incruento, vive 
asombrado, perplejo, sin felicidad. . . 

Tomamos asiento á su vera . De vez en vez, 
Belenguer nos va traduciendo las palabras del bon- 
dadoso Mehedi. 

—Ha dicho Su Alteza que está muy contento 
de verles, y que se halla satisfechísimo en Tetuán. 

—Ha dicho Su Alteza que siente gratitud y ad- 
miración por España, y que pide á los cielos todos 
los días por su ventura . 

—Ha dicho Su Alteza que no conoce á Su 
Majestad el Rey más que por retratos, pero que 
admira su valor y su talento, y que anhela salu- 
darlo como á hermano mayor y jerarca. 

— Dice Su Alteza que suspira por llegar á Ma- 
drid, la otra capital de Marruecos, y que, si lo per- 
mitiese la política, iría como su pensamiento, ve- 
loz, y como su amor, ávido. 

En sus ojos aniñados, ojos que no vieron mi- 
serias ni horrores, ojos de Fez, de palacio miste- 
rioso y fragante, ojos de musulmán elegido por 
Dios, anidan ahora ilusiones felices. Quiere ver al 
Rey grande, al Rey poderoso, al Rey culto, al Rey 
que tiene cañones y acorazados, regimientos, Aca- 
demias, Universidades, fábricas. Y quiere ir á Ma- 



TIERRA DE PROMISIÓN 125 

drid, á la ciudad que se imagina populosa, y que 
es colosal vista desde sus «medirías» pobres. Y 
quiere conoceros, y asomarse, con su turbante 
verde y sus ojos azorados, á nuestra vida, una 
vida que le atrae con fascinación, y que sueña be- 
llísima, de una complejidad sobrenatural, épica, 
estentórea . 

—Pregúntele usted, Belenguer, si espera de su 
gestión, de su presencia, de sus oraciones. . . Dí- 
gale que combatimos, y que á todos, á los de su 
raza y á los de la nuestra, más nos conviniera un 
abrazo ante los arados fecundos que un gesto de 
ira ante los fusiles trágicos. 

Se volvió Belenguer con una sonrisa Dijo. . . 
El Mehedi alzó sus ojos grandes, puros é in- 
fantiles hacia el azul, movió de un guisa esmera- 
da sus manos puntiagudas y aristocráticas entre la 
finura del augusto albornoz, y habló en árabe. 

—Dice Su Alteza— tradujo Belenguer —que la 
paz será un hecho. Que ya viene con sus alas de 
oro por el cielo africano. Que dentro de mes y me- 
dio, que tal vez antes, viviremos tranquilos. Y 
que ya para esa época estarán las semillas en eL 
surco. 

Reventaba un clavel en su maceta. Una golon- 
drina española, recién venida, cruzó, tocando los 
arrayanes con la puntita de su ala. El mismo sol 
que alumbra á Castilla filtrábase por este jardín 
musulmán y lo bruñía de oro. Una esclava pasó 
con un enorme pan abierto. 



126 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Sí, Alteza— dije — ; vuestra gestión será ven- 
turosa. Tened fe. Aguardad. Nuestras armas pri- 
mero, y después el cariño que brindamos y el 
prestigio de vuestra realeza ungida, harán que la 
paz advenga. Vos, príncipe, habéis de reinar sobre 
el corazón de un África dócil y trabajadora, donde 
no se pregone crueldad en la mezquita, sino el 
amor y el bien. 

¡Tiene España un reyecito!... 

A instancias de Alba, vino después el herede- 
ro. Tiene seis años. Se llama, como su abuelo, 
Mahomed, y parece una figurita de marfil viejo. 
Calza babuchas bordadas en oro, y en brazos del 
esclavo etíope que lo trae, parece un magnífico, 
divino regalo de Reyes para la morada exquisita 
de un magnate. 

¡Si vierais qué fascinadora escena! ¡Si vierais 
cuántas emociones y cuántas esperanzas inspira! 

Españoles, es la primera vez que tiene España 
reyecitos satélites, reyecitos exóticos, reyecitos 
de sandalias y túnica, reyecitos de cuento. 

Ha sido enorme nuestro imperio colonial. No 
lo tuvo semejante ningún otro pueblo. Ni Roma 
llegó con sus armas, y, sobre todo, con su pensa- 
miento, con sus ideales, con su idioma, á tan vas- 
tos y remotos países. Aun así, faltó á nuestra co- 
rona imperial este adorno supremo que tienen In- 
glaterra y Francia, estas otras coronitas ostenta- 



TIERRA DE PROMISIÓN 127 

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das bajo la metropolitana bandera por unos mo- 
narcas negros, morenos, amarillos, que visten 
sedas y tienen pajes y caminan en sus elefantes y 
en sus dromedarios. 

Es la primera vez, tras luengos siglos, que se 
nos entrega otra raza. Descubrimos el oro del 
inca, la desnudez del tagalo, la barbarie del indio, 
la fiereza del araucano; del chino, su docilidad 
taimada; del judío, su avaricia recelosa. El gallego 
Colón llevó nuestro espíritu á pueblos ignaros. El 
extremeño Cortés hizo suyas las flechas del indó- 
mito. Se nos han sometido los dioses primitivos, 
los monstruos y dragones terribles de religiones 
bárbaras. En la cola de nuestros caballos fueron 
plumas, coletas y turbantes. Francia, Holanda, 
Italia, Bélgica, vieron centellear el toledano acero. 
El mundo estuvo suspenso alguna vez del humor 
con que se levantara cierto supremo gotoso de 
Yuste. La historia fué luego doblando sus páginas 
con cerco de luto. Quedaron, aun así— y esto na- 
die, nadie, pudiera intentar arrancárnoslo — , la 
soberana grandeza de lo hecho, un orbe que pal- 
pita magnífico y triunfal, un orbe americano que 
se agiganta con el idioma de Castilla. Pero nues- 
tras preseas, nuestras joyas, se han ido desciñen- 
do y han ido á otras manos. Hoy, detenido el de- 
clive, con la fuerza de lo señalado para ser inmor- 
tal, España se recobra y, presta de todas sus ar- 
mas, incluso el trabajo, sacúdese, yérguese, se 
acusa de nuevo triunfante. Y hoy, este reyecito 



128 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



moreno, de turbante verde y nítido albornoz, pasa 
delante de nuestras ilusiones con su caravana. . . 

Españoles, cuando Muley el Mehedi esté con 
vosotros, cuando haya ido á Madrid precedido de 
una estrella, con presentes y dones de una raza ya 
española, ofreciéndoos el oro, la mirra y el incien- 
so de una civilización sometida ya, recibidlo con 
júbilo. Pensad: 

—¿Será que otra vez los Reyes de Oriente, 
los Reyes Magos, los reyecitos aurórales, mensa- 
jeros de la grandeza y del bien , retornan á Es- 
paña? 



ii¡ 




NO SOÑEMOS, VIVAMOS 



Pereciendo entre aromas. 



Ayer he ido á tomar el té en casa de un moro 
rico. Menos las mujeres, cosa vitanda, he con- 
templado su hogar entero. El patio, andaluz, con 
sus azulejos y su fuente bullidora y cantarína; 
los claustros, invadidos tenuemente por una luz 
difusa y cenital; la cámara íntima, con sus nichos 
recónditos en los que se vislumbran camas de seis 
colchones, gasas, mosquiteros riquísimos; el sa- 
lón de recibir, con sus artesonados, sus puertas 
gayas, pintadas de rojo, de azul, de verde y oro; 
sus hileras de colchonetas mullidas para sentarse 
con el pie descalzo. Todo respira ese ambiente de 
suntuosidad árabe que soñamos en Córdoba y 
Granada, y que vemos aquí, reales y tangibles, 
mientras este moro de barbas cuidadas y finas 
manos, hechas al ámbar y al jazmín, nos brinda 
su té. . . 

Llámase nuestro huésped amable Has Hamed 
Torres, y es hijo de aquel Mohamed Torres, vie- 



130 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

jo y elegante diplomático marroquí, de luengas 
barbas apostólicas, amigo nuestro, y cuyas manos 
abrieron en Algeciras para Europa el arca sagrada 
y misteriosa de un Imperio roto. 

La operación de tomar aquí el té raya en reli- 
gioso y en litúrgico. Estamos sentados en la col- 
choneta, apoyados en los cojines principescos. Un 
criado trae la bandeja de plata donde vienen taci- 
tas y teteras. En otra bandeja, grandes terrones 
de azúcar, y dulces y pastas y golosinas de agra- 
dable aspecto. Un gran infiernillo, argentino tam- 
bién, cuece el agua suavemente. El té y la hier- 
babuena llegan dentro de unos frascos de cristal. 
El huésped lo mira con fija mirada escrutadora, 
para que no falte minucia; mira después á sus in- 
vitados y ordena el principio del festín. Entra una 
luz tamizada, blandísima, quedísima, por la ven- 
tanuca oriental. Un incensario alza sus humos olo- 
rosos, que se desparraman por la estancia en una 
incitación voluptuosa. Los dedos de Has Larbi 
Rago, secretario de Torres, derraman sobre mi 
faz unas gotas de esencia que huele á jardines de 
Sevilla, al pasado, al califato andaluz, á glorias de 
ayer. Sólo falta, para completar el divino conjun- 
to, el desnudo pie moreno, sabio en armonía, de 
alguna danzadera, rimando sobre los arabescos del 
tapiz un baile ancestral. 

Y no, lector, así no es posible dejar que pase 
la vida. 

Yo no me siento adormecido ni halagado por 



TIERRA DE PROMISIÓN 131 

tan blanda existencia. Este hombre se levanta muy 
tarde, se hace lavar y perfumar, yanta, oye reir á 
las esclavas de su harén, y sueña escuchando la 
musiquilla vana de unos instrumentos románticos; 
rara vez sale; ni lecturas profusas ni arduos nego- 
cios suelen turbar su molicie; ha engruesado, y 
tiene la barba perfumada con jazmín, y es en vida 
un elegido del Profeta. 

No. Esto no es la vida. La vida es luchar y es 
vivir de una manera sobria, colaborando en una 
empresa grande; sentir el goce del trabajo, el pla- 
cer supremo de acostarse rendido para obtener, 
como premio sacrosanto, la salud que nos permita 
volver á trabajar. Que así, en esta molicie, se 
arruinan los hombres y las castas fenecen. Que 
otros seres menos blandos, menos entregados á 
una sensualidad morbosa y triste— los españoles 
hoy— llegan dando gritos, llegan en invasión for- 
midable, para roturar los campos, coronar de chi- 
meneas los pueblos estériles, hacer que ruede la lo- 
comotora, y que las odaliscas, pobres hembras sin 
alma y sin libertad, salgan á la calle con su noble 
faz al descubierto, para ganar la vida con sus manos, 
y ser esposas únicas, y madres conscientes, y ciu- 
dadanas dueñas del pan, y del amor, y del albedrío. 

En mi taza, la infusión aromática y golosa, 
el té musulmán, despedía un tenue humo de res- 
coldo. Y yo vi arder, invisible, no sé dónde, tal 
vez bajo ese hornillo melancólico, toda una civili- 
zación dormida. 



132 LUIS AÜTÓN DEL OLMET 

Los ojos de BlamiesmaiLu. 

Interrumpiendo con brusco ademán la escena 
mahometana, vi entrar aun hombre rubio. Saludó 
en árabe. Luego inclinó su cabeza para dárseme 
por existido, y tomó asiento, y bebió su té. 

Es alto, blondo, enjuto, de facciones enérgicas. 
Viste sin presunción. Da la impresión de vivir muy 
de prisa. Atraído por su continente y por la es- 
crutadora penetración de sus ojos, pregunté á un 
español que allí se hallaba, invitado también: 

— ¿Quién es? 

— Mannesmann. 

- ¿Mannesmann? 

— Sí, un Mannesmann. . . Uno de los socios ó 
representantes de la casa famosa... 

Y entonces yo me fijé más en sus ojos. Y sus 
ojos acusaban el designio formidable de vencer, 
de dominar. Y yo me lo quedé mirando y sentí la 
grandeza del momento. 

Españoles, Mannesmann se halla en Tetuán, 
en nuestra zona... Mannesmann es el ímpetu mo- 
derno, la despiadada lucha mercantil, la rivalidad. 
Yo no conozco á esos alemanes que vinieron en 
son de conquista para adueñarse de nuestros ne- * 
godos en Marruecos. Yo no podría definiros qué 
clase de asuntos preparan. Yo, lo único que sé es 
que han llegado, que traen oro para buscar oro, 
que representan el comercio, qué sé yo..., ese 
hombre de las alitas en los pies. Yo lo que puedo 



TIERRA DE PROMISIÓN 133 

aseguraros es que tenéis la obligación sagrada, 
ineludible, de venir aquí, de acudir aquí para lu- 
char en ese aspecto de la vida, para que Mannes- 
mann, es decir, Europa, no se lo lleve todo. 

Sería horrible que tal sucediera. Sería espan- 
toso que el esfuerzo militar se viera defraudado 
por el esfuerzo cívico. Debiéranos llenar de ver- 
güenza y de oprobio que las riquezas vírgenes de 
un pueblo llamado á florecer se las llevase Fran- 
cia, Alemania, Inglaterra. ¿Para qué servirían es- 
tas espadas que riñen aquí, si vosotros, los ciuda- 
danos, no vais labrando el surco sobre las huellas 
rojas del combate? Sería un sacrificio heroico, 
pero inútil. Daría pena y tristura, y, además, des- 
mentiríamos la raza. Que si es muy español Don 
Quijote, olvidamos con harta frecuencia que el 
divino Cervantes puso detrás de Alonso Quijano á 
un hombre sesudo, poco lírico, decidor de refra- 
nes, alma de números y cuentas, y que gobernó 
á la Barataria con un acierto perfectamente sajón. 

La noble mercancía. 

Fuera yo soñador inveterado también, si no me 
hubiera preocupado del noble paquete de velas y 
de la útilísima ristra de ajos. 

Claro que yo — ¡pobre de mí!— no pienso em- 
prender negocios en Marruecos. Bastante labor me 
ha encomendado el sino teniendo que darme har- 
tadas tan formidables de escritura. Además, estoy 



134 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

seguro de arruinarme con sólo tocar una balanza. 
Por eso mismo, con el desinterés de quien escribe 
para un periódico de vida independiente y esplén- 
dida, y de quien ha vivido siempre lejos del gua- 
rismo, patrióticamente, con la misma intensidad de 
amor ibero que pongo al referiros la bravura de 
nuestros soldados, quiero cantarle un himno á la 
invasión mercantil, y quiero cumplir con mi deber 
en este respecto . 

¿Ignoráis qué productos extranjeros tienen 
aquí el mercado por suyo? ¿Sabéis, españoles, lo 
que debéis traer con urgencia? ¿Os ofenderíais si 
os dijese que hacen falta velas españolas, jabones, 
cerillas, esencias, plantas resinosas, ebanistería y 
cerámica, materiales de construcción, babuchas, 
armas, pipas, mosaico, quesos, mantecas, ropas, 
banastería, esterería y objetos de arte? 

¿Hallaríais grotesco que mi pluma de románti- 
co señalase la conveniencia de plantar aquí semi- 
llas españolas, de que se organice una Caja de 
Previsión para el colonizador ibero, de que se 
constituya una Cámara agrícola, de que se instale 
en Tetuán, un muestrario de productos españoles? 

¿Encontraríais supérfluo que se funden escue- 
las de primera enseñanza — abordando ya otro 
asunto de tan vital interés—, de Artes y Oficios, 
de Agricultura, Industria y Comercio, y hasta una 
granja agrícola? 

Y para competir con la «Alianza israelita», que 
tanto daño nos causa, que va trocando en francés 



TIERRA DE PROMISIÓN 135 

al judío, ¿pensaréis que soy un hombre vulgar si 
os incitase á que pusierais aquí profesores de idio- 
ma español, y maestros de corte, de guantería, 
de botonería, de hilados, para estas hebreítas ha- 
bilidosas, que tienen apellidos españoles, que ha- 
blan como el Rabi Don Sem Tob, y que se van 
haciendo parisienses, imbuidas en una educación 
no dada por nosotros? 

Yo ignoro si os parecerá todo esto pueril . Yo 
sentiría pena si así imaginarais. Que ya va estan- 
do en sazón no ser ó ineptos ó vanidosos, y pen- 
sar que sin vender tejidos españoles, que sin crear 
educación española, que sin propagar de una ma- 
nera egoísta el idioma español, vamos á una con- 
quista banal como la realizada por Don Quijote 
cuando arremetiera, bello, pero estéril, contra unos 
molinos. 

Al estrechar su mano. 

Habíamos probado los confites del amable Has 
Hamed. La taza tercera fué bebida con regodeo; 
la última, la más agradable, que son tres las tazas 
de ritual, y cada una más azucarada. Encendimos 
entonces un cigarrillo aromático. Las espirales va- 
cilaban, se buscaban, se hacían gordas, fofas, 
ventrudas; se espiritaban como en éxtasis. Los 
moros parecían soñar. Quietos, en somnolen- 
cia mahometana, con sus babuchas huecas y sus 
piernas enlazadas bajo el vientre, dejaban que se 



136 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

fuese la vida. Entraba una luz tamizada y suave 
por el ventanal. Una civilización rendida y agóni- 
ca parecía diluirse en este ambiente de pereza. 
Cruzó, rápida y tímida por el claustro, una escla- 
va negra con sus vestidos polícromos, sus joyas, 
sus pies de blancas palmas, sus ojos asustados, 
aterrados. Creí vislumbrar, tras de una celosía 
hermética, horrible cárcel secular, una faz indeci- 
sa, que pudo ser la de una pobre cautiva del amor. 
Dormía todo. Una inmutabilidad trágica vencíalo, 
extenuábalo todo. Sólo Mannesmann y yo perma- 
necíamos despiertos. Sus ojos tenían avizorantes 
miradas. Los míos querían otear el porvenir. 

Dejamos de fumar. Se había enfriado el té. Un 
siervo fuese llevando las bandejas. Entonces, el 
moro aristócrata, el dilecto, el escogido, se puso 
de pie, se introdujo en sus babuchas y nos des- 
pidió. 

Salimos juntos. En la puerta, Mannesmann 
alargóme su mano varonil, mano que no se ale- 
targa, que produce y comercia; mano— yo creo, 
yo debo creer— que noblemente rival. Y la cogí 
entre mis dedos, y mirando los ojos buceantes del 
sajón le dije sin palabras, al apretar la garra de 
Europa: 

—Mannesmann, habrá observado usted que 
sabemos luchar con las armas contra la barbarie. 
Mannesmann— yo lo juro — , también sabemos lu- 
char con la escuela y con el arado y con las alas 
de Mercurio . La obra de nuestras bayonetas, esa 



TIERRA DE PROMISIÓN 137 

obra de sacrificio y de bravura, será coronada por 
otra labor de hombres cívicos, de hombres auda- 
ces y modernos, que también en Europa tienen su 
cuna y su taller. Mannesmann, yo !o juro. 

Y nos despedimos, altivos y serenos. 

Decid, españoles, compatriotas, ¿he jurado en 
falso? 




LOS AVANCES 



Palabras del maestro 



Don Pedro Antonio de Alarcón fué un román- 
tico. En tiempos de Alarcón era el ambiente más 
propicio á la quimera. Y no es que haya bajado el 
pulso nacional. Marina es tanto como O'Donnell; 
Burguete y Silvestre poseen el mismo genio mili- 
tar de Prim; Aguilera, Jordana, Primo, Beren- 
guer, Aguado, cuantos en este pleito militar guar- 
dan relación, no desmienten la raza. La oficialidad 
es tan buena, ¿qué tan buena?, mejor que la de 
entonces. El soldado, menos veterano que lo fuera 
en el año 59, pero con los mismos posos de bravu- 
ra. No es que hayamos descendido. Es que sufrió 
nuestro romanticismo secular un golpe rudo. Es 
que nuestro país, sin que por esto haya renunciado 
á su historia, ni se halle dispuesto á encogerse, á 
entregarse, ha pensado un tanto en no soñar, 
amando al Cid y no sintiendo ridículo, sino muy 
grande y muy bello, al Quijote. 

Don Pedro Antonio de Alarcón era un román- 



TIERRA DE PROMISIÓN 139 



tico. Alistado como voluntario y protegido por el 
general Ros, también poeta, vino á estas monta- 
ñas de Tetuán para narrar las proezas de un ejér- 
cito victorioso. Conservaba su musa toda la voz, 
y todas las cuerdas su citara. No habían ocurrido 
hecatombes. Todavía el sol de Madrid doraba te- 
rritorios españoles en Oceanía y en América. Don 
Pedro Antonio de Alarcón tenía derecho á ser un 
iluso. Nosotros no le hubiéramos imputado culpas. 
Y, sin embargo, ¿queréis oir á Don Pedro Antonio 
de Alarcón juzgando el problema, y cuando aún 
sonaban en sus oídos las arengas de Prim? 
Escuchad al maestro: 

«Las guerras de desesperación, ó, por mejor 
decir, las guerras á la desesperada, como la de 
independencia que sostuvimos nosotros con los 
franceses hace cincuenta años, no tienen término 
ni límite, y si llegan á concluir es por consunción 
de los ejércitos triunfantes. 

» Cuando un pueblo se resuelve á no capitular, 
las victorias son vanas quimeras, máxime si se 
trata de una nación desorganizada, sobria, que 
carece de industria y de grandes intereses colecti- 
vos, como el Imperio de Marruecos. 

»Aquí, donde casi no existe unidad social; 
donde cada individuo se rige y sostiene por su 
propia cuenta; donde el hombre vive de la caza y 
de la agricultura, pero de una agricultura ligera 
también y escasa; donde apenas se reconocen 
otras necesidades que el comer, y el comer se 



140 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

limita á triturar un poco de maíz ó á exprimirse en 
los labios una naranja. Aquí, digo, casi no tiene 
transcendencia nacional la pérdida de una plaza, de 
una provincia, de la mitad del Imperio. 

>La población, arrojada de sus aduares, se re- 
plegará, y, provista de pólvora y balas, volverá 
todos los días sobre nosotros, y luchará años y 
años sin debilitarse, mientras que nosotros perde- 
remos lentamente la savia nacional, empobrecere- 
mos nuestra Hacienda, aniquilaremos nuestro 
Ejército. 

»Aquí no hay Ejército, ni Hacienda tales como 
nosotros los entendemos. Todos son soldados vo- 
luntarios y todos viven de su gestión particular... 
Para herir, pues, en el corazón del Estado, tendría- 
mos que extirpar toda la raza, que hacerla desapa- 
recer, que matar algunos millones de hombres y 
ocupar' muchas leguas cuadradas de territorio.» 

Asi, tan duro, tan enérgico, tan vidente y tan 
patriota, hablaba un escritor que pudo ser nuestro 
abuelo; que floreció en pleno romanticismo; que 
no vio caer á Don Quijote, y á quien cegaba el 
entusiasmo de una lucha nacional que tenía reper- 
cusión en el alma española. 

Así habló Don Pedro Antonio. Quien se llama 
Luis á secas, y, aunque pleno de confianza en su 
estirpe, no ha llevado melena becqueriana y per- 
tenece á una generación más meditativa, á una ge- 
neración que se detuvo á pensar sobre las ruinas 
de un error antiguo, ¿qué deberá añadir? 



TIERRA DE PROMISIÓN 141 

¿Podrá negársele á Don Pedro Antonio de' 
Alarcón su condición de patriota? No ya en estos 
anales guerreros, escritos con la intensidad de un 
¡viva España!, sino en toda su obra intelectual, 
casticísima, chorrea, se desborda su alma ibera, 
su alma neta y cimarrona, su alma rebeldemente 
nacional. Por esp .ñolismo fué literato; por espa- 
ñolismo se alistó en los regimientos que venían á 
luchar contra el moro; por españolismo escribió 
después, frente á su alma, á la sombra de su con- 
ciencia, héroe de la sinceridad, como antes lo fue- 
ra con las armas belicosas, esas palabras serenas, 
augustas, admirables, que parecen escritas hoy, 
cuando el problema se nos vuelve á ofrecer en pa- 
recido aspecto. 

— Don Pedro Antonio, acaso lo más grande, lo 
más intenso, lo más hermoso de cuanto esculpió 
tu pluma inmortal, fueron esos párrafos magnífi- 
cos y providenciales, que descubren para la raza 
de tu amor un abismo trágico. 

Comentario. 

Lo que dijo Alarcón el año 60, año de lirismo, 
año de ilusiones, que no previo siquiera catástro- 
fes sucesivas y que pudo ser más aventurero, es 
necesario repetirlo ahora. 

Había de no habernos ocurrido ninguna des- 
ventura nacional; había de sonreimos el pasado y 
estar la leyenda intacta; habían de sentir las mu- 



142 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

•chedumbres una guerra en Marruecos no sentida 
hoy, y Alarcón repetiría sus conceptos. La lucha 
por las armas es un absurdo, es una noble y bella 
locura, en la que nuestro Ejército, si no es el más 
fuerte del mnndo, uno de los más eficaces, de los 
más disciplinados y sujetos al honor, de los más 
impetuosos, conscientes, modernos y aguerridos, 
se desangraría inútilmente, y en el que un país no 
curado aún, gastaría su oro con prodigalidad tan 
magnífica como estéril . 

Yo he recibido una generosa condecoración 
militar. No he querido mentarla porque soy humil- 
de y porque fué tanta la alegría, el orgullo produ- 
cidos en mí por tan noble concesión, que me pa- 
reció prodigalidad repartir el orgullo y la alegría 
con nadie. 

Mis compañeros han sido bondadosos y han 
hecho pública esa inmensa, enorme, indefinible sa- 
tisfacción mía. Hoy ya fuera mezquino callar el 
entusiasmo y no desbordar en gratitud. 

¡En gratitud! Por eso, por gratitud, para hacer- 
me acreedor, un poco acreedor, á la excesiva, 
abrumadora largueza que se tuvo con quien no es 
más que un soldado del deber y un guerrillero de 
la patria, tengo que decir estas cosas. 

Ejército mío, Ejército de hombres abnegados y 
heroicos, ya sonará tu hora. Cuanto hiciste fué be- 
llo, y en la historia patria quedará señalado por 
¡os cronistas de la gloria militar. ¡Detente aun así! 
.Serías como fuiste, como lo estás siendo, heroico, 



TIERRA DE PROMISIÓN 143 

admirable. . . Avanzarías.. . Llegarías hasta don- 
de quisieras. . . Tus tropas, estos hombres nacio- 
nales, con los que se debe y puede hacer una gue- 
rra, y no con Guardia Civil, que tiene su objeto se- 
ñalado, noble también, aunque distinto, irías al 
éxito de ímpetu y de bravura. Pero, triunfador, es- 
tarías en pleno fracaso. No es vencer á un Estado, 
á un Ejército, á una bandera. Es ir matando uno á 
uno á varios millones de asesinos. Y eso no es 
para ti. Para ti, que venciste al orbe, no se ha es- 
crito aún la última página del éxito. 

Con todo tu heroísmo, con toda tu abnegación, 
y no sólo tú, sino el Ejército francés, el inglés, el 
alemán, juntos en una obra titánica, se cubrirían 
de gloria, pero no habrían hecho más que aniqui- 
larse. Cada chilaba gris, cada chumbera, cada 
pita, cada risco, cada espina del camino abrupto, 
hasta el sol, el polvo, la lluvia, son baluartes que 
es forzoso tomar con la bayoneta calada y el no- 
ble pecho descubierto. No, Ejército mío, Patria 
mía, tú debes realizar otras misiones. ¿Para qué ir 
limpiando de tigres el bosque si hay vegas llanas 
donde florece todo y en las que nos sonríe el por- 
venir? 

Lo que hay tomado. 

Yo vivo pendiente del problema. Jamás he sen- 
tido con tanta intensidad una cuestión. Ni la solu- 
ción de mi vida individual, ni el pan de mi hogar, 



144 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

me absorbió nunca tanto. He puesto en este asun- 
to mi alma entera, mi pobre alma, insuficiente,, 
pero bien intencionada y, en esta ocasión, febril. 

Hablo, consulto, veo, me asomo á los mapas, 
á los croquis, y después me pregunto: 

¿Qué hay tomado? ¿Qué nos resta por tomar? 

— ¿Veis? Se ha tomado un pellizco, una muy 
escasa zona de nuestra propiedad en Marruecos. 
Y lo que se ha tomado, ¡cuánto sacrificio costó! 
Volved atrás la vista, y sin lágrimas juveniles ni 
desmayos necios, serenamente, observad... Y 
luego, decid, ¡cuánto nos costaría llegar hasta el 
límite! 

Un pedazo de Melilla, otro de Larache; aquí, 
la carretera de Tetuán y el valle hasta Laucien. 
No os consterna mirar esas barrancadas, esos 
laberintos, en los que se agazapan hombres que 
no son más valientes que los nuestros, que huyen 
frecuentemente, que nos son inferiores, que pere- 
cerían, que se agotarían, pero que se defienden 
palmo á palmo, que nos oponen el fusil, la chum- 
bera, el aduar, las grietas de sus picachos, la ca- 
zurrería de sus almas pobres, el barro de sus ca- 
minos, el polvo cegador de sus llanadas, la trai- 
ción, el crimen. . . 

No. Preciso es decirlo á tiempo. Preciso es no 
engañarnos. España no tiene potencialidad econó- 
mica para enseñorearse por las armas y de una 
manera definitiva, impetuosa, de la zona que nos 
ha correspondido. Pensarlo contrario es soñar. 




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TIERRA DE PROMISIÓN 145 

Decir lo contrario es mentir. Y los que sueñan y 
los que mienten no son los vencedores. Yo, con 
mi placa militar, tan pobremente ganada como fir- 
me y agradecidamente sentida, lo repito. Quedé- 
monos con la propiedad. No vayamos á la po- 
sesión. 

¿Rectificaciones? 

Nunca. Hemos venido á Marruecos porque de- 
bíamos venir. No disponíamos de la voluntad eu- 
ropea. Mejor hubiera sido retardar los sucesos. Se 
hizo un reparto. Nos hacía falta una costa, una 
frontera. Se nos dio. La tenemos. Cumplimos 
como seres conscientes y eficaces, y no como una 
pobre horda sin ideal ni sentimientos colectivos. 

¿Incurriré yo en el absurdo inconcebible de pe- 
dir una mezquina retirada? ¿Os hablaré yo ahora 
de que se hizo mal en venir? Renunciar hubiera 
sido lo peor. Fuera más sencillo perecer en segui- 
da. Antes que la vergüenza, antes que la senten- 
cia de muerte, cediendo fronteras vitales y dere- 
chos de medula, de corazón, sería preferible todo. 
Hicimos bien en venir. Ahora, lo que habría de 
conducirnos al fracaso sería intentar una invasión, 
en la que volcaríamos á España inútilmente. 

Quedémonos donde estamos. Tenemos Melilla 
y una región ya pacificada; tenemos Ceuta y Te- 
tuán, la capital de nuestro protectorado, con su 
jalifa, con Mahazen; tenemos Arcila, Alcázar y La- 

10 



146 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

rache; tenemos ya tierras fecundas. Hicimos un 
noble esfuerzo que nos acreditaría como guerre- 
ros si fuera menester demostrarlo una vez más, y 
que ha cubierto de gloria nuestras armas. Nos 
basta con esto para el afincamiento de nuestra po- 
sesión y para nuestra expansión comercial. Que- 
démonos aquí. La opinión popular, que suele tener 
el instinto de las grandes cosas, no ve con simpa- 
tía los avances. Traedla, en cambio, á la pelea 
económica, y vosotros, los que afirmáis que Espa- 
ña no sabe colonizar— ¡España, que ha colonizado 
á un mundo! — , veréis cómo trabaja y cómo lucha 
y vence. 

¿Nos obligará Europa? 

Ahora bien, responderán algunos. Es muy fácil, 
y hasta muy conveniente, permanecer en el statu 
quo, encomendando al tiempo la obra de una su- 
misión apacible... Pero, ¿y Europa?, ¿y Francia? 

Europa no puede tener en Marruecos otros 
intereses que los intereses costeños, los del tráfico 
marítimo. Y eso está seguro. ¿A quién se le ocu- 
rrirá la peregrina idea de poner un bazar para 
mendigos en las estribaciones de una montaña in- 
accesible? 

¿Francia? Francia no puede tener la crueldad 
de empujarnos á una lucha suicida. Francia se ha- 
ría acreedora á nuestra enemistad si nos obligase 
á una lucha imposible. Sería la perfidia mayor y 



TIERRA DE PROMISIÓN 147 

la celada más traidora que podría tener para nos- 
otros un pueblo hermano. 

Y luego, ¿imagináis que Francia se halla en su 
zona cómodamente? ¿Suponéis que no le alcanza 
este mismo problema que á nosotros prodúcenos 
vacilaciones? 

Francia es más rica, más poblada, y tiene la 
costumbre de colonizar moros; pero su Ejército 
carece de una disciplina tan férrea y tan magnífica 
como el nuestro, y su zona es mayor. 

A Francia también le ocurren horrores, y esto 
no significa que Francia sea débil, sino que el 
problema es arduo. 

A Francia, por obligar á sus regulares á llevar 
mochila, á comer cierto rancho que no les agra- 
daba y por haber realizado un fusilamiento, se le 
sublevaron los moros á su lado combatientes y de- 
gollaron á la oficialidad. En Fez, más de sesenta 
franceses pagaron con su vida el hecho de habi- 
tar la capital marroquí. En Hargaina, á seis kiló- 
metros de esta capital, les arrasaron la telegrafía 
sin hilos, apoderándose los rebeldes de opimo bo- 
tín. Todos recordaréis los estragos del 17 de Abril 
de 1912, y el sitio de Fez, y cómo se metieron los 
cabileños en la ciudad forzando las puertas de 
Sidi Buxida, El Guisa y Merohoc, llegando á la 
mezquita de Muley Dris y llevándose sagrados 
trofeos. La noche del 25 al 26 de Mayo tardarán 
mucho en olvidarla los franceses. La expedición á 
Tazza ya veis cómo se viene aplazando, y cómo 



148 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

el retorno á Uxda lo han hecho inevitable cabile- 
ños hirsutos. Los franceses no están más que en 
el llano. Actualmente, el «paco» (aquí le llamare- 
mos «Francois») tiene sobresaltados á los habitan- 
tes de Fez, quienes no pueden salir llanamente 
sino por la puerta de Tánger. Cuanto sufrimos, 
sufren. Es el mismo problema, resuelto con más 
oro, pero el mismo. 

Además, ¿suponéis que los franceses han rea- 
lizado muchas mejoras de civilización en su terri- 
torio mogrebino? No les ha dejado la barbarie. Y 
cuenta, lector, que no es censura para la nación 
hermana. Es, al contrario, lazo de unión ante 
idénticos problemas. 

De Casablanca á Rabat, aún no hay una carre- 
tera que se pueda calificar de mediana. Sólo hay 
un decovil, por el que Muley Hafid fué llevado, 
que volcó dos veces durante el trayecto, y que le 
hizo exclamar al monarca socarrón : 

—Si llevando á una persona de tanta caiidad 
como yo, descarrila dos veces, ¿qué será cuando 
lleva á otros hombres de condición ínfima? 

Las quejas contra las oficinas galas del campo, 
son constantes. En Beni Hazen, el descontento es 
absoluto. Pasan de miles los moros que, habitando 
en la zona francesa, piden nacionalizarse españo- 
les. Y ahora, oid esto. 

En una de las entrevistas celebradas entre 
Muley Hafid y Liautey, díjole aquél al ilustre ge- 
neral «que estaba muy poco satisfecho de su viaje 



TIERRA DE PROMISIÓN 149 



á Casablanca, por ver que, á pesar de llevar allí 
los franceses bastante tiempo, no habían hecho un 
camino ni un ferrocarril, que el de Busnika era tan 
malo que no podía contarse con él>. Y dijo tam- 
bién «que, además, veía con pena cómo no se 
cumplía lo tratado, ya que no se mandaban las 
fuerzas necesarias para pacificar el Imperio. Impe- 
rio que, desde la firma del protectorado, andaba 
más revuelto cada vez». 

¿Podrá Francia precipitarnos á una obra para 
ella, más poderosa, tan difícil? 

No. Si hubiera incitaciones, insinuaciones, 
nuestros diplomáticos deben apurar su argumenta- 
ción para disuadir al país hermano. Les bastará 
con enseñar el espejo. No me parece obra de tau- 
maturgos, sino labor sencilla y hasta fácil. 

Se habla de operaciones. 

Y, sin embargo, hablase de operaciones milita- 
res para una fecha inmediata. 

Yo tengo delante un gráfico de la zona, y voy 
escudriñando el porvenir. Claro que yo no puedo 
atreverme sino á la conjetura. Claro que á mí no 
me han dicho nada. Claro que yo, aunque se me 
hubiese revelado la verdad, no cometería el error 
de avisar á los moros. 

Estamos en Lauden. Se habla de darnos la 
mano con Silvestre. Silvestre hállase en Cuesta 
Colorada. Hasta Zinat le quedan quince kilóme- 



150 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



tros. Desde allí tiene dos caminos: el Jemis ó el 
Fondak. Hasta el Jemis, veinte kilómetros; hasta el 
Fondak, doce. Nosotros tenemos de Lauden al 
Jemis otros doce, y de Laucien al Fondak, nueve 
ó diez. 

Como veis, la tarea es difícil. De Cuesta Co- 
lorada á Zinat, el llano; de Zinat al Jemis, una 
enorme montaña que parte el camino; del Jemis á 
Laucien, otra vez la senda llana y segura. Esta es 
la ruta de Silvestre y de Marina por el Jemis, la 
que seguirían para darse la mano. 

La otra ruta, la del Fondak, es ardua también. 
Silvestre llegaría con facilidad, pues su recorrido 
es suave. En cambio, desde Laucien nos encon- 
tramos con el famoso desfiladero, nido agreste de 
facinerosos. Cabría una solución. Ir hasta el Jemis, 
y de allí al Fondak, por otra senda más cómoda. 

En fin, lo único cierto, lo único indiscutible, es 
que, de cualquier manera, la operación tiene mal 
itinerario. 

¿Iremos? ¿No iremos? Yo nada puedo aventu- 
rar. Fuera ridículo que yo, modesto ciudadano, 
quisiera opinar en estrategia. De todos modos 
—esto os lo fío—, seguro estoy de que la opera- 
ción que se intente será fácil. 

Tengo esperanza en el caudillo. 

Por dos causas pueden moverse los hombres 
hacia el error. Por insuficiencia ó por ambición 
personal. 

¿Se puede tachar de insuficiente al general 



TIERRA DE PROMISIÓN 151 

Marina? Ahí está su obra en la zona melillense, 
una obra profunda y compleja, obra de perseve- 
rancia y de talento enorme, cuyo resultado feliz 
esiamos viendo con emoción agradecida. El ge- 
neral conoce á los moros, ha luchado y parla- 
mentado con ellos. El general es un gran patriota 
y un gran soldado. El general sabe dónde tiene 
que ir. 

¿Se le puede tachar de ambicioso? ¿Qué po- 
dría lograr Don José Marina con unas andanzas 
militares, por muy dichosas que fueran? Es tenien- 
te general. Tiene, por derecho propio, el tercer 
entorchado. Nada necesita para merecer el home- 
naje de una raza. Ni haciendas, ni títulos han lla- 
mado jamás su hidalga atención. Personalmente, 
ha obtenido ahora un éxito grande. Restableció el 
tráfico entre Ceuta y Tetuán y aseguró los cami- 
nos del Martín y Laucien. Tetuán parece una ciu- 
dad dormida, en la que nunca hubiese rezongado 
la guerra. Pacificado esto, el general podría des- 
cansar orgulloso de su gestión, y sus soldados 
podrían aclamarlo de nuevo. 

Así, ¿por qué se habla de operaciones? 

Serán de una necesidad imperiosa, y, sobre 
todo, serán casi incruentas. Se habla de sumisio- 
nes, de apoyos; de que los moros vecinos, lejos 
de hostilizarnos, nos ayudarán; de que, sea cua 
fuere el objetivo, iremos sin violencia, apenas sin 
disparar un tiro. Se habla de que la diplomacia, 
el tacto del caudillo, ha preparado victorias mora" 



152 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



les t que aseguraron los escarmientos de ayer y las 
amables promesas de hoy. 

Yo tengo confianza, más que confianza, segu- 
ridad plena en el caudillo. Yo sé de qué manera 
tan acabada conoce el asunto . A mí no me ofrece 
duda su idoneidad y su desinterés. 

Iremos bien mandados, sin fragor. Luego, 
Marina decretará la paz. Muy pronto el territorio 
quedará tranquilo. Y entonces, sin avanzar un pie, 
como no sea pisando flores; sin disparar un tiro, 
como no sea para castigar al agresor; sin gastar 
una peseta, como no sea para una obra edificado- 
ra y reproductiva, España podrá, libre de la pesa- 
dilla marroquí, continuar la obra de su renacimien- 
to interior, la obra ya comenzada, la obra gigante, 
la obra suprema en la que todos colaboraremos, 
seguros del mañana, llenos de ilusión, hijos de 
una madre inmortal. 



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RAZA, SI; POLÍTICA, NO 



Hagamos un alto . 



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He ido narrando mis impresiones como han ve- 
nido á los ojos y acudido á la pluma. Os he dicho 
la verdad. Ahora es preciso que meditemos un 
poco. 

Vivimos. . . Hicimos bien en vivir. . . ¿Dónde 
vamos? Vamos, dirigidos por Marina, hacia el 
bien, es decir, hacia la paz traída con la fuerza, 
hacia el amor tras el escarmiento. Pero, ¿con qué 
gente marchamos? 

Conocido el moro --y creo haberos dado una 
modesta sensación de su idiosincrasia—, menester 
será conocer al cristiano. Que no es sólo cuestión 
de vencidos, sino de vencedores. 

La oficialidad. 

Ya la conocéis. Ya la visteis en el Mogote. Ya 
sabéis sus hechos. Ellos hablan mejor que mi plu- 
ma. Desde Marina hasta el teniente más juvenil, 



154 LUIS ANTÓN DEL OLMfiT 

pasando por Aguilera, por Primo de Rivera, por 
Aguado, por Berenguer, una oficialidad estupen- 
da, que sorprende con su bravura y con su enten- 
dimiento. Y no es patriotería ni son ganas de ver 
las cosas alegres. La realidad, con toda su magni- 
ficencia, se nos está ofreciendo á cada instante, 
llenándonos el corazón de optimismo. 

Es brava, serena, culta, ejemplar, de una dis- 
ciplina firme y de un espíritu noble. Cualquiera de 
estos muchachos que por aquí andan, modestos y 
conscientes, encierra profundas virtudes. La cica- 
triz junto al libro. Y después de la cicatriz y del 
libro, el renunciamiento, la abnegación, el afán de 
perderlo todo, no ya la vida, sino hasta la gloria, 
por el bien patrio . 

Podemos sentirnos orgullosos de nuestra ofi- 
cialidad. Os lo dice, sin estruendo, sin alarde, 
como se afirma una verdad inconcusa, quien se 
halla dispuesto á sentar sus argumentaciones so- 
bre firmes bases, y no sobre la irrealidad ni la qui- 
mera. 

£1 soldado . 

Si yo hubiera visto correr á los soldados espa- 
ñoles, si yo tuviera noticia de que son unos cobar- 
des, exaltaría su denuedo, haría un canto á su vi- 
ril apostura, y aquí terminarían mis palabras. Por- 
que, aun así, no creería extinta á la nación. Los 
ambientes pasan, las propagandas finan; nada es 
perdurable; mucho menos el mal. . . 



TIERRA DE PROMISIÓN 155 

Yo he visto, lector, que nuestros soldados no 
desmienten su leyenda. Los he visto en el fortín, 
los he visto ir al combate, los he visto junto al 
cadáver de su capitán, los he visto de centinela en 
noches fatídicas, sobrios y sumisos, alegres y dis- 
ciplinados. Y al pensar que son una eficacia en el 
mundo, he pensado en que son, dadas las circuns- 
tancias, héroes. 

Por de pronto, el soldado europeo no es un 
militar. No está hecho al combate. Los códigos, 
los tribunales, la fuerza pública, claro que, afortu- 
nadamente, han desarmado al subdito. ¿Quién de 
vosotros ha matado al prójimo, ni sale provisto de 
un pistolón, ni anda en cosas de guerra todos los 
días? Al ciudadano se le enseña á obedecer. En 
otros países, acaso se les enseña educación, cons- 
ciencia, dignidad, patriotismo. Nosotros, aunque 
los «exploradores», y sobre todo una corriente de 
lógica y de sentido nacional, acusan ya vagidos, 
atisbos y vislumbres, que serán realidades magní- 
ficas, hemos desarmado al hombre, sin darle á 
cambio un alma. ¡Culpa de las revoluciones y de 
los desatinos románticos, por no citar las iniquida- 
des en que vivió nuestro país durante un siglo 
torpe ! 

El mozo que se alista en el Ejército, excepto 
raros iniciados en la pelea, son hombres sin edu- 
cación militar, sin educación patriótica. El Estado 
lo persigue, lo encarcela hasta por dar un puñetazo 
y alzar una silla con gesto iracundo. El periódico, 



156 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

el orador, el propagandista, le dicen, negativos, 
ineducados también, también sin alma ni virtuali- 
dad, que no existe la Patria, que mueran los ricos, 
que Marruecos sólo son unas minas para seis tra- 
gones. 

Nadie, además, ó muy pocos, se curan de afir- 
marles lo contrario: que la Patria existe, y que 
hasta porque la siente el francés, el inglés, el ale- 
mán, tiene la necesidad absoluta de sentirla, para 
no perecer, para no trocarse en judío, en esclavo, 
el español; que mueren también los ricos, y, en 
proporción, muchos más que los pobres, y que 
Marruecos no son unas minas, sino el futuro de la 
raza y algo en que todos, desde Alfonso de Bor- 
bón hasta el labriego más humilde, tendrán su es- 
tímulo moral y su beneficio práctico. 

¿Quién ha dicho estas cosas? ¿El Gobierno li- 
beral? ¡Si es el primero que, por no merecer su ran- 
go, ni tener la confianza colectiva, ni saber adon- 
de vamos, ni qué somos, procura sumir al comba- 
tiente en la irresolución! 

Pues bien; estos hombres que no tienen hábi- 
tos guerreros, que no tienen escuelas de patriotis- 
mo; que sólo han escuchado al grajo y al cuervo; 
que vienen sin preparación, á deshora, entre som- 
bras nocturnas; que no sienten la causa, porque 
nadie formó para el heroísmo sus espíritus vírge- 
nes; que no sienten el orgullo de ser bien gober- 
nados; cuando llegan aquí, al poco tiempo, en 
ocho días, en cuanto se recobran, con la sola lee- 



TIERRA DE PROMISIÓN 157 



ción de un combate, soportan el viento, la lluvia, 
el polvo, el hambre y el cansancio de una manera 
estoica; no retroceden nunca; marchan con juvenil 
apostura, y se hacen querer, amar de sus jefes. 
¡Soldaditos de la raza, cuando alguien os diga que 
habéis vuelto las espaldas, escupidle al rostro! 

¿Queréis pruebas? ¿Exigís pruebas, señores 
pesimistas, hombres alfeñicados é incrédulos? 

Ahí van de toda índole. 

Cuando se tomó Laucien, los soldados reco- 
rrieron ocho kilómetros luchando palmo á palmo, 
ganando risco á risco. Al llegar, unos siguieron 
combatiendo, mientras los otros trabajaban en ha- 
cer parapetos y defensas. No se descansó desde 
que alboreó hasta que fué anochecido. Apenas si 
hubo vituallas. Por la noche, los mismos héroes de 
la diurna jornada resistían los asaltos de la moris- 
ma. Hubo quien, rendido, se durmió en la trinche- 
ra, entre los estampidos y el vaho de la muerte. 
A la mañana siguiente, cuando el gallardo Primo 
de Rivera llegó á caballo, solo, burlando las balas, 
vio que aquella gente no era un despojo, sino un 
airoso jirón flotante. 

Cierto cabo de Infantería, que había visto en 
el blocao titubear á su escuadra, dejó las municio- 
nes, y con sólo el fusil, calado el cuchillo, se ade- 
lantó cuarenta metros, y se pasó la noche espe- 
rando á los moros. 

El día 22 de Junio, un sargento de Arapiles, 
que había recibido una tremenda herida en el mus- 



158 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

lo derecho, subía á pie hasta el hospitalillo impro- 
visado, apoyándose en el fusil : 

— ¿Por qué viene usted así? — le preguntó el 
capitán de Estado Mayor señor Torres Marvá— . 
¿Por qué no coge usted una camilla? 

Y entonces el sargento hubo de replicar: 

—Se la cedí á otro más grave. Yo puedo an- 
dar aún. 

El día 15 de Junio, entre la epopeya del com- 
bate, vióse correr en la retirada á un soldado que 
llevaba dos fusiles, y el cuerpo difunto de un com- 
pañero: 

—¡Con éste no os quedáis, recontra! — iba di- 
ciendo el barbián, sin oir cómo silbaban los ba- 
lines. 

Lector, como yo he sentido estas cosas, como 
veo palpitar á la raza, como observo su brío y ten- 
go esperanza en su renacimiento, no canto ende- 
chas ni me deshago en romances. Digo que hay 
tropa, y digo que no se la merece una dirección 
nacional incapaz de haberla preparado ni dispo- 
nerle cauce. 

La gente civil. 

Aquí se trabaja con entusiasmo y con éxito. No 
hay sólo tropas. Los médicos militares, dirigidos 
por el señor Masferré, á quienes, por su alta mi- 
sión pacífica no incluyo entre los combatientes, 
sin elementos (ahora van mejorando sus hospita- 



TIERRA DE PROMISIÓN 159 

Jes), han hecho curas preciosas. Nadie se les ha 
muerto si llegaba con una esperanza de vitalidad á 
sus manos peritas. Luchan con avidez, venciendo 
á la muerte, con la misma intensidad y sin desma- 
yos, ante cualquier almohada. El cónsul, Don Luis 
Rodríguez de Viguri, es un gran patriota, que ha 
tenido éxitos preciosos, y que actuando como au- 
toridad judicial es un modelo. Ha evitado que el 
periodismo local cayera en manos torpes, y ha 
limpiado Tetuán de gente maleante. Al través de 
sus gafas amarillas, inteligente y luchador, traba- 
ja horas y horas. Los diplomáticos, este fino in- 
telectual que se llama Don Manue! Aguirre de 
Carcer, y este muchacho tan culto y tan refinado 
que se llama Don Francisco Agramonte, están en 
su oficina, sumidos en tareas extremadas, mañana, 
tarde y noche. El delegado de Fomento, el de Ha- 
cienda, el administrador de Correos, señor Jimé- 
nez, el de Telégrafos, señor Monserrat; los em- 
pleados á sus órdenes, que han realizado la obra 
de un doble ó un triple de personal; los intérpre- 
tes, el señor Alvarez Tubau, el señor Ortega, el 
señor Cerdeira; el ilustre comandante Cogolludo, 
jefe del tabor, y á quien cito entre la gente civil 
por el carácter excepcional de su mando; y no ha- 
blemos del inspector general de asuntos indíge- 
nas, señor Zugasti, ni del secretario general, se- 
ñor Saavedra, y menos del prodigioso, admirable 
y excepcional doctor Belenguer; todos ellos, im- 
buidos en una obra que consideran decisiva, en- 



160 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

fiebrecidos en una labor que estiman transcenden- 
tal, llenos de un espíritu noble, gozosos de cola- 
borar en algo muy grande, hacen llana y confor- 
tadora la tarea de Marina. 

¡Yo he visto aquí á estos hombres, y me han 
parecido inconcebibles! ¡Son españoles y trabajan 
con generoso entusiasmo! ¡Son españoles! Lo que 
ocurre es que, por vivir lejos del centro gangre- 
nado, recobrado su antiguo espíritu nacional, vuel- 
tos á su estirpe, sin mal ejemplo, en un ambiente 
de sacrificio y de nobleza, luchan desde sus pues- 
tos, firmes y rectos, por España! 

Y sin embargo... 

Y, sin embargo, con buenas tropas, con buena 
oficialidad, con buena ciudadanía, con buena raza, 
en suma, ¿por qué se han perpetrado tantos 
yerros? 

Hay un dilema del que no se puede escapar 
el conde de Romanones, ese excelente amigo per- 
sonal, ese funesto político execrable, del que nues- 
tro país guardará bien triste memoria. 

El dilema es muy sencillo. Una de dos. ¿Roma- 
nones quería el statu gao en Marruecos, la paz, 
la diplomacia, la obra lenta, la obra suave y á la 
larga eficaz? ¿Romanones quería el avance, la 
guerra, la ocupación, la toma bélica de posiciones 
que supuso necesarias? 

Si quiso la paz, ¿á qué vino el avance im- 



TIERRA DE PROMISIÓN 161 

petuoso hacia Tetuán, y luego hacia Laucien, y, si 
no se despabilaba á tiempo, hacia la indómita Al- 
hucemas, donde chocarían nuestros bravos con una 
gente feroz y cruel, la más valerosa del Rif? ¿Por 
qué no se nombró un residente civil que no fuese, 
como es natural, un hijo del Sr. Arias de Miranda, 
ó del Sr. Gasset, ó de! Sr. Montero Ríos, para 
que llevara el asunto de una manera escuetamente 
diplomática, poniéndole al lado un militar para que 
resolviera con las armas el episodio de una casi 
imposible y siempre efímera revolución? 

Si pretendió la guerra... ¡Oh, si pretendió la 
guerra, esto es horrible, abominable! Si pretendió 
la guerra por avances impetuosos, incurriendo en 
un error inconcebible, siquiera pudo hacerse con 
una regular medida; y no se mandan á pelear sol- 
dados bisónos que apenas conocen el chasquido 
peculiar de los fusiles; y se dotan mejor los hos- 
pitales, para evitar que se hagan operaciones di- 
fíciles en salas que tienen pavimentos de tierra y 
con ventanas que introducen el polvo en las heri- 
das; y no se sacan los regimientos de noche, sola- 
padamente, como si vinieran á cometer un crimen, 
sino que se los saca frente al pueblo, ya que acu- 
den á defender una causa justa; y no se manda to- 
mar Laucien para llegar al Jemis, y luego, cuando 
ya es inútil, sucédense arrepentimientos tardíos; 
y no se vacila: y no se vive al azar, jugando co- 
sas tan sagradas y tan enormes a! día, según aprie- 
ta un periódico, según refunfuña un diputado; y no 

11 



162 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

se derrama, en suma, sangre estéril, sino que se 
avanza con resolución de una manera digna, y te- 
niendo á estos mártires de aquí siquiera pertrecha- 
dos de ácido fénico, para que no se pudran las 
carnes; y no se sacrifica después al pobre señor 
' Alfau cuando ya se solivianta la opinión, haciendo 
caer sobre su cabeza responsabilidades que acaso 
no le conciernen; y no se trae al general Marina 
para que tenga que arreglarlo todo, y para que el 
pais, fascinado por su autoridad, no vea lo que an- 
tes ocurrió. 

Es un dilema terrible del que no puede zafarse 
quien desea gobernar ¡para esto...! Es un dilema 
terrible que le planteará España, á quien ó es 
inepto, ó es falaz. 

— Si quisiste no remover el avispero, ¿á qué 
esos avances? Si quisiste avanzar, ¿á qué esas 
timideces suicidas y esa estupenda falta de prepa- 
ración? 

No. Es imposible callarse. Si yo viera que es- 
tábamos agotados, si viera que no tenemos oficia- 
les, ni tropas, ni cónsules, ni diplomáticos, ni fun- 
cionarios públicos, ni trabajo, ni auras nuevas de 
progreso y de vida; si en este lugar donde se pal- 
pan como en ningún otro las fibras interiores in- 
genuas, del aima nacional, hubiese visto yo pali- 
decer al soldado, y traficar, prevericador, al juez, 
yo, irreductible, me habría envuelto en mi túnica 
de poeta y habría escrito unas estrofas como epi- 
tafio de la raza. Serían unas estrofas en las que, 



TIERRA DE PROMISIÓN 163 



cegando el sueño á la realidad, cubriría de flores 
trágicas el espanto. Pero, no, no, no... Yo los he 
visto á todos en su puesto, desde Marina al más 
humilde funcionario; todos anhelantes de acertar, 
sin que nadie haya regateado el sacrificio. Yo los 
he visto á todos, me he estremecido varias veces 
contemplando cómo luchan. Yo les he visto, y 
como sé que la nación quiere allí y aquí renacer, 
como veo con Marina un desquite grato de acier- 
tos, no puedo, no debo ser cómplice de un silencio 
estúpido. 

Señores de la política liberal, estamos hartos 
de que nos llevéis á la hecatombe. No queremos 
más Cubas ni más Filipinas. Queremos trabajar, 
dignificarnos. Queremos venir á Marruecos para 
cumplir un deseo inevitable, pero sin prodigalidad, 
sin desbarajustes, sin locuras, sin horrores, sin 
amargas tristezas. 

Esto escrito, me acuesto feliz. Y— os lo fío 
—para dormir con la conciencia tranquila y esa es- 
pecie de gozo inefable y de sutil bienestar que. nos 
derrama el deber sobre el espíritu cuando hemos 
cumplido su mandato. 




ALARMISMO NACIONAL 



¡Una oosa horrible! 

Anoche, cuando reposaba yo en mi torrecita de 
marfil, se me acercaron unos amigos, gente ciuda- 
dana y sin destino burocrático, para decirme con 
despavorida entonación : 

— ¿Se ha enterado usted? ¡Una cosa horrible! 
¡Los moros! 

—¿Qué ha ocurrido? 

— Que hoy los rebeldes atacaron un blocao, 
cerca del Rincón, y que hubo muchas bajas. 

Y lo decían con tristeza, pero sin angustia, con 
ese aire de acusación al vacío que han adoptado 
los pesimistas españoles. 

Yo hice mi composición de lugar, y me quedé 
aterrado. Una nueva agresión de los moros; mu- 
chas bajas; otra vez interrumpido el tráfico; de 
nuevo rotas las comunicaciones entre Ceuta y Te- 
tuán. . .; y esto cuando Marina y Silvestre hablan 
en Larache para disponer, sin duda, el comienzo 
de operaciones decisivas, y cuando vemos llegar 



TIERRA DE PROMISIÓN 165 

todas las tardes batallones ruidosos y simpáticos, 
llenos de afirmación y espíritu fuerte. 

¿Qué pesimismo tan desalentador ha invadido 
á España? ¿Qué especie de goce maléfico experi- 
mentamos viendo sombras por todas partes, exa- 
gerando las noticias adversas y llenando nuestro 
corazón de amarguras? 

En Madrid, la referencia oficial de cada com- 
bate inspira el mismo comentario. «Sí, sí. Cuando 
se confiesan diez bajas, habrán sido veinte ó trein- 
ta por lo menos.» Aquí mismo, entre los burgue- 
ses no inflamados en energía dentro de militares 
uniformes, la noticia de un choque insignificante 
produce lastimeras glosas é hipérboles absurdas. 

Yo, claro está, no veo en esto un síntoma de 
atrofia, sino un síntoma de renacimiento. Hemos 
vivido muchos años en la quimera, y ha sido tre- 
mendo el despertar. Nuestras ansias, nuestros es- 
fuerzos, nuestras ilusiones, han derivado hacia 
otros cauces. Y hoy, peregrinos del trabajo, pone- 
mos un gesto gazmoño para cada empresa un tan- 
to belicosa. No creo cansancio la apatía. La creo 
exageración de otra senda, reacción demasiado 
impetuosa, cambio demasiado repentino, avideces 
y fuerzas creadoras no maduradas todavía por un 
éxito absoluto. Aun así, convendríanos un poco de 
sentido ecuánime, ese juicio prudente que nos hace 
pensar con alegría en la victoria de las armas, 
cuando la impuso el deber y la consiguió el heroís- 
mo de una tropa. 



166 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



¿Qué fué? 

He procurado enterarme. Por fortuna, las bajas 
han sido mucho menores de las que había propa- 
lado el rumor, y, por fortuna también, los térmi- 
nos del problema eran muy distintos. 

En primer término, la agresión no había parti- 
do de los moros. Estos, á la expectativa, intimi- 
dados, no se atreven á disparar el primer tiro. En 
segundo término, no había ocurrido la escaramuza 
en la carretera, ni aun en el blocao, sino mucho 
más adentro, á bastantes kilómetros, en las estri- 
baciones del Haus, allí donde es natural y lógico 
el combate, allí donde no representa envalentona- 
mientos de la harca, y mucho menos interrupcio- 
nes en una carretera perfectamente segura. 

Fué necesario un recono', imiento hacia sitios 
de valor estratégico grande, hacia la confluencia 
de unos caminos aprovechados por los rebeldes. 
Hubo alguna, muy poca, resistencia. Y hubo, como 
es natural, bajas, pero bajas, aunque muy sensi- 
bles, inevitables y pocas. Se habla de un soldado 
muerto y de dos oficiales heridos. Tengamos para 
ellos nuestra admiración y nuestra gratitud patrió- 
tica. Mas, decid: ¿Se puede guerrear, y guerrear 
lo indispensable, con sacrificio menor? 

Preciso es que sacudamos la tristeza nacional 
para estas cosas, y que pensemos un tanto en el 
heroísmo que representa, y en que, al fin y á la 
postre, la nación entera podrá sentirse orgullosa 



TIERRA DE PROMISIÓN 167 

de una obra que va siendo admirable. Preciso es 
que, sin olvidar nuestra reacción, sana y hermosa 
reacción hacia la vida productora, hacia los idea- 
les pacifistas, hacia la invasión comercial, hacia el 
trabajo, en suma, no creamos que se puede vivir 
sin soldados cuando Europa se pertrecha con locu- 
m; que se puede vivir sin bayonetas y, por ende, 
s,n bajas . 

Las de aquí, nadi^ pretende hacer con ellas 
escamoteo. Y las de aquí, tristes y desgarradoras, 
pero en esta ocasión inevitables, no representan 
nada, nada, si nos acordamos que cuánto sacrificio 
le costó á Alemania tener la Alsacia y la Lorena, 
á Inglaterra vencer á sus boers, al Japón adue- 
ñarse de una península asiática, á Italia dominar 
Trípoli, y á las juveniles naciones balkánicas res- 
catar pueblos y ciudades que vivían bajo el despo- 
tismo turco. 

También yo pesimista. 

Ahora sí, os lo confieso... Ante otro rumor 
que llegó á mis oídos, y por vehículos más autori- 
zados; un rumor épico, de bastante más conside- 
ración que las nobles bajas de un choque belicoso, 
he sentido amargura verdadera. 

¿Queréis oir el rumor? Ahí va, sin atenuantes. 
Que vamos á la alianza franco-española, y que 
— escuchad esto— uno de los actos en que se hará 
plástica, definitiva y real esta alianza, será la ayu- 
da que le prestemos nosotros á la nación francesa 



168 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

para hacer sus operaciones militares en la zona 
marroquí. ¿Queréis algo más explícito? Que la 
ocupación de Tazza, escollo tremendo, que tiene 
á los franceses vacilantes, se hará con ayuda nues- 
tra. El ejército español atravesará el Kert para 
ofender y distraer al enemigo en la zona ibera. Se- 
parados así los combatientes rifeños, divididos, 
entre dos fuegos combinados, perderán eficacia V 
energía y llegarán los franceses á Tazza sin gran- 
des quebrantos. . . /. 
Eso es todo. ¿Se os antoja un absurdo?. . . / 
A mí no me asombraría que hubiera pensado 
Francia en algo semejante. Que Francia busca 
nuestra amistad, es indiscutible. Aparte las ridicu- 
leces de algún periodista, los políticos galos, los 
intelectuales sometidos al Gobierno ó arrastrados 
por el espíritu central, se vuelven hacia nosotros 
con un gesto de amor. ¡Bendiga Dios estas manio- 
bras si han de llevarnos á un beneficio, por lo me- 
nos á ninguna desgracia! ¡Ojalá sea cierto el 
noble tópico de la hermandad, y de que somos lati- 
nos, y de que tenemos idiomas semejantes, litera- 
turas afines y parecidos intereses! ¡Tristes manio- 
bras si de lo que se trata es de atraernos con mi- 
ras singulares para aprovecharnos sin compensa- 
ción! ¡Tristes, si validos en nuestra debilidad— que 
puede ser fuerza, y fuerza enorme, bien administra- 
da— , se ha pensado, dándole jarilla al romanticismo 
hueco de nuestros políticos liberales, tenernos como 
á mal pagado servidor! 



TIERRA DE PROMISIÓN 169 

A B C no ha sido antifrancés nunca. El señor 
Luca de Tena definió de un modo conciso nuestra 
personalidad. Somos españoles. Y así, yo, no como 
antifrancés, que admiro lo bueno de Francia y me 
huelgo de que se nos acerque y de que su vene- 
rable Poincaré nos visite, sino como español, es- 
cuetamente como español, tengo el deber sagrado 
de acoger este rumor y de esparcirlo, por ver si 
alarma y ver si puede rectificarse á tiempo. 

Yo no encuentro un absurdo esa especie. A 
Francia le interesa nuestra colaboración. ¿En qué? 
¿Será para otorgarnos generosamente una ayuda 
fraterna? 

¿En qué? Por ahora é inmediatamente en Ma- 
rruecos. ¿Para qué? Para valerse de nosotros, para 
aprovecharnos. Y así, deducid con lógica, sin apa- 
sionamientos, y pensad. . . ¿Es una hipérbole, una 
necedad, un absurdo, que haya tanteado el terre- 
no para que le guardemos un flanco en su difícil, 
ardua, casi imposible operación de Tazza? 

Y, no, no; no valen señuelos. En esa lid nada 
iríamos ganando. Ellos, sí, tomarían una suprema 
posición, que vienen deseando inútilmente durante 
mucho tiempo; obtendrían una victoria estupenda; 
realizarían un objetivo admirable. ¿Nosotros? Me- 
ternos en la cábila más feroz y aguerrida del Rif; 
pasar el Kert una vez más, y pasarlo sin retroceso 
posible, mirados por otro ejército, siendo preciso 
demostrar gallardía, y, por tanto, siendo menos 
sensibles las bajas que el honor de la empresa; y 



170 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

luego, quedarnos con unos territorios inútiles, de 
escaso valor estratégico y de nulo valor mercantil. 
Otra vez Don Quijote por los caminos de la fasci- 
nación, enderezando entuertos, dando en el suelo 
con su pobre osamenta romántica. 

Ignoro si en ese convenio franco-español ó his- 
pano-francés (que también hay derecho á ir delan- 
te alguna vez que otra), que se anuncia, entrará esa 
cláusula. Yo me figuro que no la apetecerán los po- 
líticos españoles. Pero como estos políticos espa- 
ñoles no pueden ofrecernos firmes garantías de 
preparación diplomática; como son, por lo menos, 
ilusos; como son fáciles al halago y creen todavía 
en la fraternidad, será bueno decirles: 

— Oid... Cada baja que nos cueste pasar ese 
Kert abominable para ir en ayuda de quien es más 
fuerte que nosotros, será un crimen; un crimen de 
ineptitud, que no lograréis borrar con todas las ex- 
piaciones. 

Dicho lo cual, español ante todo, pero francés 
en mis simpatías, ¿por qué no?, me asocio á vues- 
tro júbilo, comparto vuestra satisfacción, oigo con 
gusto el estrépito de las músicas y de las aclama- 
ciones y, sin rencor, sin egoísmo, sin criterio ce- 
rrado, exclamo, grito: 

— ¡Viva Francia! 

— ¡Viya Poincaré! 



•ti 




ANTE LAS OPERACIONES 



¿Son necesarias? 

Yo, personalmente, lo ignoro. La inclinación 
de mi insignificante voluntad, la sensación, tal vez 
equivocada, de mi espíritu, lleváranme á empren- 
der furibunda campaña en pro del quietismo abso- 
luto, si no creyera falibles mis pobres opiniones, 
y, sobre todo, si no tuviera fe, una fe grande, 
compleja, racional, en Don José Marina. 

Ya os he dado la impresión de confianza que 
á todos inspira el caudillo, y cómo su pensamiento 
nos convence. Las operaciones que deben comen- 
zar en seguida, y que ignoramos si se reducirán á 
la ocupación del Jemis, para castigar y reducir á 
los anyerinos, ó tendrán, combinados con Silves- 
tre, fines más arduos, como la toma del celebérri- 
mo Fondak, son una carta que Marina se juega... 
Y el jugador no siente codicias y es un estratega 
muy experto. Yo, partidario de la paz como siste- 
ma, y de la energía como supremo recurso, no 
puedo menos de contemplar el porvenir con ojos 



172 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

de ilusión. Será una campaña breve, afortunada, y 
es de esperar que poco dolorosa. Así me lo dicen 
la pericia de un caudillo diplomático, la disciplina 
y el buen espíritu de sus tropas, la seguridad, el 
orden, el método con que todo viene preparán- 
dose . . . 

Yo fío en esto, y luego, Señor, en la paz, ¡en 
la paz! 

El campo enemigo . 

No puede negarse. Por dicha para todos, el 
campo marroquí está ganoso de vivir bajo el or- 
den. Raro es el día en que no se presentan monta- 
ñeses que aspiran á la existencia plácida, sin tener 
que lamentar nuestros estragos y los saqueos del 
bandolerismo insurrecto, sembrando sus tierras y 
vendiendo en Tetuán, á precios no soñados, sus 
productos. El general los recibe con gravedad 
afable, les pregunta: 

—¿Queréis vivir en nuestros dominios? 

-Sí. 

— ¿Con vuestras mujeres, con vuestros pe- 
queños? 

El moro se queda pensativo. Entonces, el ge- 
neral da sus razones. 

— El hombre solo, tiene siempre dispuesta la 
marcha. Yo quiero aseguraros vida y hacienda, 
pero ha de ser con garantías. No me bastan los 
hombres sueltos. Necesito familias enteras. Si así 



TIERRA DE PROMISIÓN 173 



lo hacéis, mi promesa de respetaros será un hecho 
firme . 

Y van obedeciendo muchos. Y, creedlo, cuando 
un hombre pone bajo cualquier bandera á su mu- 
jer y á sus cachorros, es que le ha entregado el 
corazón. 

Los aduares no quieren la guerra. Los de Beni 
Hasen y Wad-Ras han sido muy duramente casti- 
gados y le temen al escarmiento. Los de Beni 
Hosmar y el Has están deseando someterse. Se 
comieron sus cosechas. Ya no tienen ni aun higos, 
lo que constituía su alimento frugal. Pan y cebolla, 
como pregona la frasecita romántica, es todo lo 
que pueden llevarse á las muelas. Y el pan y la 
cebolla— sin que por esto quiera yo herir los idea- 
les—, ni ha constituido nunca cimientos de amor, 
ni víveres de guerra. Por lo demás, esos cabile- 
ños, perseguidos por nuestros «contrapacos> y 
amenazados por la violenta harca, han tenido que 
llevar á sus mujeres á cuevas inaccesibles, donde 
arrastran existencia de trogloditas, una existencia 
nefanda que se hace imposible, por muy poco sutil 
y refinado que sea el miserable . 

Y así, pensad, ¿no es la ocasión propicia de 
intervenir en un campo que suspira por nosotros? 

El campo tetuaní, conducido á paupérrima con- 
dición por nuestra enemistad, por una harca que 
vive del país, por esos bandoleros y facinerosos 
que se adueñan de los caminos en tiempos de 
guerra y que cobran el barato con su fusil y sin 



174 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ley que los castigue, sólo espera verse libre de 
opresores y saber aniquilados á los rebeldes, para 
dársenos. 

Así las cosas, puede que fuera pena dejar sin 
auxilio á quien nos llama y no aprovechar una muy 
favorable coyuntura mañana ida quizá. 

Les combatientes. 

Por lo demás, la situación de quienes combaten 
contra nosotros, no es nada boyante. De las últi- 
mas operaciones quedaron sin moral. Sus jefes no 
les inspiran confianza. Estos cabileños, que lleva- 
ban trescientos años sin unirse y que se han unido 
ahora en ficticio lazo, se han de disgregar por ra- 
zón inevitable, secular, étnica. Bastará que vuelva 
el escarmiento á herir sus entusiasmos y que la 
bala, bien dirigida, les pruebe la supersticiosa 
ineficacia de sus amuletos. 

Habrá, ¿quién lo duda?, rebeldes á ultranza, 
temperamentales; y habrá también merodeadores, 
gente á quienes siempre conviene !a guerra por 
vivir de su estrago; gente sin oficio y sin pan, y 
que hallan ambas cosas actuando de lobos. Pero 
eso es fácilmente aplastable. Y así como una ab- 
surda ocupación de toda la zona produciríanos 
multiplicaciones de pequeños y dispersos, pero 
tremendos enemigos, la firme limpieza de una co- 
marca, teniendo en cuenta las otras condiciones 
favorables señaladas ya, seria tal vez beneficiosa, 
y puede intentarse sin grave riesgo. 



TIERRA DE PROMISIÓN 175 

Tres son las harcas que nos acechan: la de Ben 
Karrich, mandada por Sidi Mohamed el Succan, 
ladrón de caminos, y que ha sido herido en la me- 
jilla durante la toma del Mogote; la de Anyera, 
mandada por Sidi Abd Es Selam Hueld el Hach el 
Meyahed, hombre cobarde y que se ha ido más de 
una vez con el dinero recaudado en fuerza de ini- 
cuos tributos, y á quien, como es lógico, aparte 
su influencia religiosa, no quieren los harqueños; 
y la de Ayacha, que manda Sidi Mohamed Ueld 
Sidi Es Selam. 

El jefe de todas las harcas, que ya le miran de 
reojo, es un hombre repugnante y medio aberra- 
do, que se llama Sidi Mohamed Ueld Sidi el 
Hasan. 

Este hombre le debe su prestigio á la ascen- 
dencia. Pertenece á la familia de cierto santón ve- 
neradísimo en todo Marruecos, Muley Abd Es 
Selam, en torno de cuyo nombre formó la fanta- 
sía mahometana una dorada leyenda. Este Muley 
Abd Es Selam fué asesinado en lo alto de una 
colina. Días después, uno de sus discípulos pre- 
dilectos llegóse hasta allí para recoger el cadáver 
sagrado. 

Inútiles fueron sus pesquisas, estériles sus lla- 
madas, vanos sus rezos. Al fin se le apareció la 
mano de Abd Es Selam, que salía de la tierra 
como el brote de una chumbera y que señalaba el 
Paraíso. Poco después, enorme y fanática muche- 
dumbre subía á la colina milagrera para erigir un 



176 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

santuario que recordase aquel hecho. Pero las pie- 
dras que de día se colocaban, eran dispersadas de 
noche por dedos invisibles... ¡Por los dedos de 
Abd Es Selam, que así quería indicarles á sus fie- 
les toda la feliz modestia de su alma paradisíaca y 
magnífica! Claro que más adelante fué construido 
el santuario, y que los descendientes de Abd Es 
Selam cobran opíparas limosnas y viven nimbados 
en prestigio... Tal es una razón de jerarquía para 
Sidi Mohamed. 

Tiene, además, otro motivo excelente. . . Y es 
que su padre fué imbécil, imbécil de remate, de 
caérsele la baba. Lo cual en este país admirable se 
considera, con. la locura, el estado perfecto del 
hombre; un estado supremo que raya casi con la 
divinidad. 

Todos los fanatismos están sintetizados en 
este monstruo. Toda la brutalidad mogrebina le 
hace pedestal. Todas las sombras bestiales de una 
civilización grosera parecen señalarle para ser 
nuestro verdugo, nuestro asesino, nuestro chacal 
sin entrañas. Reunidas esas cualidades en otro es- 
píritu bien templado, el adversario sería funesto. 
Mas, por -ventura, Sidi Mohamed Ueld Sidi el 
Hasan es un alcohólico, también medio idiota, que 
no asiste jamás á los combates, que sufre ataques 
epilépticos, y que antes de tomar el mando de las 
harcas se pasaba la vida tocando unos platillos de 
madera por los zocos. 

Tal es el enemigo . ¿No fuera triste permane- 



TIERRA DE PROMISIÓN 177 

cer inermes ante la tierra que nos llama y el ad- 
versario que nos incita con su hediondez, con su 
brutalidad, con su agresión? 

¡La paz! ¡La paz! Mas antes, ya que así lo se- 
ñala quien sabe más que nosotros, y á quien le 
cabe más responsabilidad que á nosotros, afronte- 
mos este episodio guerrero, que puede ser admi- 
rable y que ojalá sea el último. 

El espíritu español. 

Van llegando los batallones y las baterías. Lle- 
gan bien dispuestos y con aire decidido y triunfal. 
Al desfilar por la plaza de España, el viejo y tra- 
dicional zoco protegido por la bandera española, 
ágiles y risueños, entre la feliz entonación de sus 
charangas, inspiran férvidos entusiasmos. 

Aun así, donde mejor puede apreciarse el sín- 
toma de fortaleza y energía es en el campamento. 

Ayer se les han impuesto á los Cazadores sus 
bien ganadas cruces. La imposición de cruces so- 
bre el campo de batalla, en el mismo lugar donde 
la muerte y la victoria dejaron marcadas sus hue- 
llas, tiene una grandeza infinita. Es el premio rá- 
pido y justo que otorga la Patria á sus adalides. 
Es el abrazo que se dan los corazones antes de se- 
guir combatiendo. Es algo muy hermoso. 

En primer término, se le ha mandado expedir 
á cada condecorado un diplomi. Esto le da auten- 
ticidad, plasticidad al homenaje, y lo hace más fá- 

12 



178 LUIS AnTÓN DtIL OLMET 

cil á la debida ostentación en el pueblo, cuando se 
torna de la guerra. Después, una arenga del gene- 
ral Aguilera; una arenga de gran soldado, sucinta 
y elocuente; y otra del brigadier. Y luego, las cha- 
rangas, que tocan aires de la tierra. Y, por fin, un 
rancho de Purísima Concepción, con sus tres pla- 
tos, su vinillo abundante, su café, su copa y su 
puro. 

La emoción del espectáculo es sublime. Ver 
cómo Aguilera se adelanta, ese militar valeroso, 
ese recio manchego de atezada faz y luminosa 
historia guerrera, para darles á todos un enorme 
abrazo; para decirles que se portaron bien, y que 
la Patria, distante, les manda su cruz y su pen- 
sión. Ver á Primo de Rivera, que parece un capi- 
tán juvenil, y que inspira sentimientos de arro- 
gancia con su marcial porte y su fama de bravo, 
para reiterarles tan hermoso concepto. Ver cómo 
los oficiales, con sus propias manos, van iluminan- 
do unos viejos uniformes, descoloridos ya por el 
sol de África. Ver cómo estos muchachos, que 
han sufrido tantas amarguras y á cuyo esfuerzo se 
deben sosiegos y venturas de hoy, pierden el co- 
lor y tiemblan de alegría. Ver cómo están pen- 
sando «Carmen, Dolores... ¡madre...!, ya verás la 
cruz que me han dado...» Ver cómo al sentir en 
sus pechos el contacto de unas manos buenas, las 
manos hidalgas del oficial, unos callan atónitos; 
otros, sin comprender la grandeza del instante, 
pero sintiéndola en sus nobles espíritus confusos, 



TIFRKA PE PROMISIÓN 179 

enmudecen pálidos, y otros, agradecidos y entu- 
siastas, balbucen: «¡Mi tiniente, salú pa poner 
muchas...!» Ver todo esto, y no secarse con el 
puño una lágrima que rueda, inevitable, yo lo juz- 
go imposible. 

Madrileños, cuando acabe la guerra, y nuevas 
recompensas merecidas hayan de fulgurar sobre 
pechos robustos, debéis pretender que sea pública 
la fiesta, que se celebre en pleno Madrid, en la 
Castellana, para que todos sintáis esta santa emo- 
ción, para que la gratitud popular tenga estruen- 
do justo, apoteosis ciudadana. 

£1 espíritu moro. 

La gente indígena que pelea bajo nuestra ban- 
dera, está en tensión, está dispuesta al combate; 
ha llegado á una exaltación fanática que debe 
aprovechar el mando y que nos orgullece por ha- 
berla sabido inspirar. 

Ya os hablé de la última operación — si así pue- 
de llamarse á una escaramuza sin transcendencia 
— ocurrida á bastantes kilómetros de la carretera 
principal, y en la que han sido heridos un coman- 
dante y un teniente. 

Ahora os referiré un detalle. Se hizo la opera- 
ción con los moros del Kuf, mandada por Habdú 
y por Sar-Buni, esos buenos amigos de Romano- 
nes que se han retratado con el presidente del 
Consejo, y que, á pesar de su romanonismo, tie- 



180 LUIS ANTÓN DELOLMET 

nen una sufrida abnegación. Hecha ia descubierta, 
comenzado el tiroteo, entablado el combate, dos de 
nuestros moros, llamados Mohamed y Abdalá, 
mataron á su padre y á un hermano que peleaban 
en el bando enemigo con el mismo denuedo feroz. 
Cuando, heridos el comandante Acha y el teniente 
Real, se inició el repliegue, uno de estos indíge- 
nas afectos, Mohamed, Heno de cólera, furioso de 
entusiasmo, viendo maltrechos á sus jefes, díjole 
al comandante: 

— ¡Dame un cañón! ¡Iré hasta el aduar y que- 
maré mi propia casa! 

Decidme: con unos y con otros, ¿será insen- 
sato presumir victorias? 

Atm. así... 

Aun así, estas cosas me inspiran confianza pa- 
tria, seguridad, entusiasmo profundo. ¡Ah, pero no 
me inspiran anhelos de combates, fiebres de inva- 
sión, apetitos de estrago! Sigo creyendo que por 
las armas, con este solo fin de ocupar, de tener, 
vamos al desastre, y que por la mesura, la diplo- 
macia, el tráfico, el tren, podemos ir á la conquis- 
ta. Sigo creyendo esto, y os probaré que tengo 
razón. 

Hasta muy recientes días eran frecuentes las 
agresiones en el camino de Río Martín. Los mo- 
ros, guarecidos en sus rocas y sus pitas, asesina- 
ban, cuando podían, al viandante, y lo robaban 



TIERRA DE PROMISIÓN 181 



como daño menor. Pues bien, en una de las ex- 
cursiones hechas por el valeroso tabor nacional, 
se le ordenó á cierto sargento que parlamentase 
con los agresores, que se pusiera con ellos al ha- 
bla, afirmándoles que podían acercársenos, con la 
evidencia de no ser maltratados ni hechos prisio- 
neros. No hubo manera. Entonces el capitán or- 
denó que cuatro soldados se quitaran los correa- 
jes, dejaran los fusiles y se acercaran, en son de 
paz, á la morisma. Merced á esto fué traído un re- 
belde, confiado ya, pero tan nervioso, que estuvo 
temblando más de un cuarto de hora: 

— Nosotros no queremos vuestro mal — se le 
dijo—; queremos traeros pan y vida más próspera; 
un ferrocarril que os trasladará más barato y más 
pronto; mejores sistemas de cultivo; más dinero y 
más salud y más horizontes. . . 

El moro, ya calmado, oía sin comprender de- 
masiado. Entonces el capitán exclamó fraternal- 
mente : 

— Hombre, ¿no tendríais unas granadas frescas 
para la tropa? Os las compraríamos á regular pre- 
cio. Anda, ve y tráete unas pocas. Ya ves que no 
se trata de haceros daño. 

Y el hombre volvió con sus granadas, y le 
dieron un duro, ¡y ya no se han vuelto á escuchar 
disparos en el camino de Río Martín! 

Luchamos contra fieras. Pero esas fieras tienen 
un corazón y un estómago. Fuera equivocación 
tremenda ir sólo en busca de sus zarpas. 




EN TETUÁN SUENAN TIROS 



Entrenando á la tropa . 

Las fuerzas recién llegadas salen todos los días 
por el camino de Lauden, ocupan lomas, se des- 
pliegan, simulan ataques, van ejercitándose para 
las venideras operaciones. Alguna vez el ensayo 
es realidad. Ayer sonaron tiros en el Mogote, y 
retumbaron profusos, á miles, en las cercanías de 
Tetuán, en sus propios aledaños. 

Yo salí con León, y pude observar la excelente 
disciplina y el gran espíritu de la tropa. Su tenien- 
te coronel, un muchacho aún, el valeroso y traba- 
jador señor Daban, la fué distribuyendo como 
avanzada. En un instante, casi en minutos, con 
menos de 800 hombres, quedó tomado un valle y 
coronadas varias colinas. La dirección era clara; 
la subdirección de capitanes y tenientes, fácil, rá- 
pida, enérgica; la obediencia de los fusileros, 
apta, juvenil, alegre y vigorosa. 

Fué un espectáculo muy emocionante y que 
sorprende por su inteligencia y por su brevedad. 



TIERRA DE PROMISIÓN' 183 



El teniente coronel va distribuyendo las com- 
pañías . 

— Usted— le dice á un capitán— ocupe la Silla. 
Usted- le dice á otro—, por el flanco izquierdo. 

Y vemos correr á unos grupos de hombres, y 
los vemos irse dilatando ensanchando, hasta ob- 
tener un frente de inauditas proporciones, ofre- 
ciendo poco blanco y cubriendo una línea tan ex- 
tensa como difícil de batir. Los infantes avanzan 
agazapados, procurando cubrirse, buscando las 
grietas, las matas; pero inevitables, hacia la cum- 
bre, con los tenientes delanteros. El grueso del 
batallón, que se ha quedado en la carretera, agá- 
chase también, obedeciendo al teniente coronel. 

— Sentaos. Estamos descubiertos. 

Y él, y el comandante, y el médico, á caballo, 
se quedan erectos y van disponiendo el avance. 
Poco después, y como por milagro, ya no vemcs 
nada. Las compañías se han distribuido; los fusi- 
les guarnecen lugares estratégicos; no podría sur- 
gir el enemigo sin ser atisbado y fogueado; no 
queda vislumbre de batallón en el campo cubierto 
por las armas. . . Sólo el teniente coroi.el galopa 
de vez en cuando para dar sus órdenes. 

Yo no he podido menos de admirar esta orga- 
nización del Ejército. Palpita en ella una cohesión, 
un encadenamiento admirabas. Así es como se 
vence en la vida. El caudillo dio su mandato en el 
gabinete, un mandato de segura eficacia, dada su 
pericia. Aguilera dispuso la salida, el avance. 



184 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Aguado, este noble espíritu, puso en marcha, y 
con viva celeridad, á sus tropas. Y el teniente co- 
ronel obedece, y manda con personal entusiasmo. 
Y capitanes, tenientes, brigadas y sargentos, pa- 
recen estremecerse como los hilos de una gran 
centra! eléctrica, y la luz y el sonido, es decir, el 
soldado, brillan ó atruenan á la vez; y son las po- 
tentes, formidables redecillas de un pensamiento, 
los nervios últimos de un cerebro pensante, las 
venitas obedientes y prontas de un gran corazón. 
Así es como se vence en la vida. ¡Oh, si al 
frente de un Gobierno ciudadano pusiera la fortu- 
na á un gran corazón y á un gran cerebro, qué be- 
llo acto de civismo realizaríamos rimando con sus 
ideas, poniéndonos á su devoción, obedeciendo 
sus iniciativas, con el orgullo de ser átomo en una 
obra grande, y no cabecilla menesterosa y díscola 
en un desbarajuste mentecato y pueril! 

El fuego. 

Hemos tenido serenata de cañón y de fusi- 
lería . 

No había yo terminado de admirar á León, 
cuando sonaron cañonazos en el campamento. Las 
granadas cruzaban el Martín y caían en las vecinas 
montañas, ígneas, restallantes, causando !a muer- 
te y ¡a desolación. Picamos entonces espuelas 
para acercarnos á la batería y contemplar la certe- 
ra obra de los artilleros. Cuando llegamos, ya no 



TIERRA DE PROMISIÓN 185 

se disparaba. Poco después reanudóse el tiro. 
Desde lejos los moros contestaban con sus fusiles. 
El tabor, avanzando, mantenía vivo fuego á dis- 
tancia corta. Desde las doce hasta las seis, apenas 
ha tenido pausa ni tregua el combate. Alba y yo 
hemos brujuleado cuanto pudimos. De bruces en 
el parapeto, atalayamos la escena durante media 
hora. Pero llegaron dos balas ridiculas, que se ha- 
bían perdido con un mal gusto y una falta de con- 
sideración verdaderamente censurables; vimos co- 
rrer despavoridos á los hebreos, y aunque más 
lentos, pausados y dueños del sistema nervio- 
so, por no quedar mal, nos fuimos por no que- 
dar peor; es decir, cazados á mansalva y como 
gorriones en alero. 

Junto á la plaza de España vimos llegar, acos- 
tado en su camilla, á un moro del tabor, herido en 
un brazo. La bala, una bala de Remingíon, habíale 
arrancado el bíceps. Con la otra mano espantába- 
se las moscas. 

—¿Barro? 

— Sí. Una miajita. . . 

Rugía el cañón. Se oían los secos disparos del 
fusil. Sobre un corcel vimos pasar á Cogolludo, 
que iba disparado. 

—¿Arrecia el fuego? 

-Sí. 

Marina, sereno, como siempre, en su rubio 
alazán, cruzó entonces al paso, con ese gesto suyo 
de seguridad y de majestad, que le nimba. 



186 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

¿Qué ha ocurrido? 

Ha sido triste la jornada. Triste, no porque 
haya ocurrido ningún descalabro, ni porque tenga- 
mos que lamentar bajas de consideración grande. 
Han herido á tres de nuestros bravos taborinos, y 
sólo uno de gravedad. En el Mogote no hubo ni 
siquiera contusos. Por la noche, durante el asalto 
de los moros á un blocao de Martín, no hubo tam- 
poco pérdidas. Al contrario... En la alambrada 
de este blocao han aparecido dos cadáveres de 
rebeldes con sus gumías y sus cartuchos, y se han 
visto regueros de sangre. En el valle no pudo ser 
mayor el castigo. Y, sin embargo, la jornada fué 
triste. La obra pacificadora y suave, la obra de 
conquista verdadera, ha tenido una lamentable in- 
terrupción. 

Os he referido cuanto los admirables oficiales 
del tabor vienen haciendo. ¿Recordáis el episodio 
de las granadas? Pues voy á referiros ahora otra 
anécdota divina, que os deleitará, aunque yo la 
narre, y que os pondrá en evidencia el talento ex- 
quisito de esos patriotas. 

Llevábamos largos días sin combatir. Todas 
las mañanas, así que desplegaba el tabor, acudían 
los moros fronterizos, los ayer hostilizantes á pla- 
ticar en concepto de buenos camaradas. Un rato 
de palique, unas pesetillas, el contacto de almas, 
las caravanas de mercaderes, que podían cruzar 
sin riesgo. . . La obra sagaz que se debe hacer, 
la obra grande, la obra permanente. . . 



TIERRA DE PROMISIÓN 187 



Un día, cierto moro le dijo á un oficial español: 
— Mi capitán, yo querer un favor de ti. 
—A ver. . . Dime. 

—Yo tener madre en Teíuán y querer verla. 
El capitán, uno de aquellos capitanes de Cor- 
tés, de aquellos capitanes vencedores y diplomá- 
ticos, bravos y psicólogos, que se imponían con el 
acero y ganaban el corazón con la bondad, le dijo: 
—Bien. Mañana, á las once, te aguardo en la 
puerta. Yendo conmigo no te detendrá el centine- 
la, ni delatará nadie. Deja, naturalmente, el fusil 
en tu aduar, y si traes gumía, dámela. Yo te la de- 
volveré luego. 

Y así fué. Y cuando, á las tres de la tarde, re- 
gresó de nuevo el moro, acompañado por ese hi- 
dalgo supremo, por ese espíritu inteligente y ge- 
neroso, por ese gran seductor de almas, no se pu- 
dieron escuchar más que est is breves frases: 
—¿La viste? 
-Sí. 

—¿Estás contento? 
-Sí. 

— Ahí va tu gumía. 

El moro se detuvo un instante, como haciendo 
una pausa transcendental, después afirmó: 
— No la quiero. 

Se siente, lector, se siente el escalofrío de lo 
grande conociendo estas cosas. Así, españoles, 
así es como se invade un pueblo, como se le so- 
mete, se le induce, se le forma un espíritu, se le 



188 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

cortan las zarpas, y acaba por vestírsele á la eu- 
ropea y darle un empleo en cualquier fábrica de 
producir, en cualquier taller de trabajo y de reno- 
vación. 

Pues bien; ahora escuchad esto. Cuando ayer 
uno de los moros insurrectos aún, pero amigos ya, 
iba á cruzar el río con la capucha de su chilaba 
llena de frutas que venderle á los nuestros, cayó 
una bomba cerca de sus pies. Más atrás, un gru- 
po quedó casi aniquilado. A los diez minutos el 
fuego se generalizaba, y los dispares, frenéticos, 
iracundos, líenos de saña y de obstinación, no ce- 
jaron hasta que fué de noche. 

¡Qué lástima! ¡Qué pena! ¡La guerra es así! 
Porque nadie tiene la culpa; á nadie podríamos 
censurar por un hecho azaroso, fortuito, absurdo 
y terrible, como todo lo siniestro; uno de esos he- 
chos espeluznantes que ocurren á veces en la vida, 
que os llenan de pánico y de horror, y que obede- 
cen al designio fatal de la naturaleza, á ese trági- 
co sino desventurado con el que nacen algunos se- 
res. El niño que se cae á la calle sin culpa, sin cri- 
men. . . La casa que se incendia. . . El vapor que 
se hunde. . . 

Ayer, los foragidos del Mogote hicieron armas 
contra los nuestros. Ayer llegaron á este vecino 
valle de Tetuán unos cuantos bereberes del inte- 
rior, bárbaros y tenaces. Agredieron. Fué preciso 
contestarles. Y como los proyectiles no saben 
quién es el blanco, sino que es blanco, y que 



TIERRA DE PROMISIÓN 189 

se halla en el lugar del enemigo batible, nuestros 
soldados, cumpliendo con su deber, merecedores 
por ello del aplauso, llenaron de proyectiles el 
valle. 

Tal fué lo acontecido ayer en Tetuán. Una 
jornada triste. Aun así, la desgracia no perdura. 
Son episodios éstos que el azar prepara y que el 
azar se lleva. Lo que no se lleva nadie, ni el azar, 
ni la desventura, ni ei horror, ni la muerte, es 
una idea sabia. Y la idea sabia, la noble idea de 
conquistar el corazón del selvático, acogida por 
unos hombres perseverantes y buenos, flotará, 
crecerá, concretará... Hoy, patriota que me lees, 
ha vuelto á charlar el tabor con los montañeses de 
Beni Hosmar. ¡Por Dios, que tenga otro moro en 
Tetuán á su madrecita vieja, y que quiera llegar 
junto á sus cabellos canos, para darle un beso, pro- 
tejido por un capitán español y bajo la bandera 
española! 

Desde la azotea. 

Cuando llego á mi casa judía, las vecinas he- 
breas están aterradas. 

— ¿Entrarán los moros? 

Un hombre de larga nariz, ojos taimados y ges- 
to irresoluto, insinúa con timidez: 

— ¿Vendrán? ¿Vendrán? 

Yo, que procuro hacer patria en todas partes y 
en todos los momentos, alardeo fanfarrón: 



190 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Estando aquí los españoles no hay que te- 
merle á nada. Se acabaron los tiempos en que pe- 
netraban en este barrio las hordas salvajes para 
degollar y robar. ¿Ignora usted que hay un gene- 
ral español en el palacio de la Residencia? 

Penetro en la dorada mansión, subo escalera y 
escalerilla, y liego á la azotea. Desde allí se ata- 
laya el panorama entero. Allí se hallan también el 
simpático y cultísimo señor Agramonte y el inteli- 
gente y amable señor Ortega. Vemos caer las gra- 
nadas. Oímos el chisporroteo de los «pacos». Una 
casita blanca, maravillosamente blanca, que se re- 
corta como una flor en el valle abrupto, y desde la 
que ahora nos disparan harqueños bravios recién 
llegados del interior, es derruida con sólo dos ca- 
ñonazos. Estaba erecta, con sus minaretes, con 
su tapia risueña, con sus ventanitas. Llegó la 
granada. Sucedióse un incendio repentino, una 
llamarada terrible. Quedó todo envuelto en humo 
y en polvo. Cuando se disiparon las nubes, que- 
daron unos muros cuarteados. Bajo los escombros 
agonizaría un estólido, una furia. ¡Qué pena! ¡Qué 
pena ser esto inevitable, no poder habitar esa ca- 
sita mora; que florezca un rosal; ir por las maña- 
nas, vulgarmente, puerilmente, risueñamente, á 
cortar los chumbos maduros que revientan en las 
palas, que rezuman su miel y que tienen una titi- 
lante é ingenua gota de rocío! ¡Qué pena haber 
sido ayer, ser hoy, y mañana, y siempre, inevita- 
ble tener que llevar á cañonazos las civilizaciones!; 



TIERRA DE PROMISIÓN 191 

¡Pensar que sin la sangre de los Pizarros y de los 
Valdivias, aún estarían los pieles rojas brutalizando 
en tierras que son maravillas del mundo! 

Vese desde la azotea Tetuán íntegro; sus azo- 
teas blancas, sus torres arábigas, sus mezquitas, 
sus sinagogas, sus callejas, su incoherencia y su 
abigarramiento encantador. Ven se moras que 
emergen tímidas para tender unos lienzos, y espa- 
ñoleas desterradas que acaso tienen sus novios en 
países distantes, y que salen aquí para ver el leja- 
no mar, la ruta soñada é imposible. Vese la alca- 
zaba, el jalifato, la gran mezquita con su torreón 
verde, un mundo poético y ensoñador, que nos in- 
duce al éxtasis intelectual y á una especie de amo- 
dorrado misticismo, ese momento de inconsciencia 
mediativa y profunda en el que nos acercamos á 
la perfección, y en el que advertimos el tácito lle- 
gar, supremo, absurdo, inefable, de la musa. Va 
obscureciendo, ril cielo es azul y rojo. Cabecean 
los barcos del remoto Martín. El airecito fresco 
nos envuelve como en una caricia. Tal vez en el 
fondo estamos un poco añorantes, y acaso en nues- 
tro espíritu se alza el recuerdo fragante y divino 
de amores que son, y que se hallan lejos. 

— Mire usted, Antón — ha dicho repentino el 
señor Agramonte — . Venga usted. Acaban de ma- 
tar á un moro. 

Y los prismáticos me llevan hasta allí. Y he vis- 
to y completado la escena. 

Había cesado el fragor. Escuchábase muy de 



192 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

tarde en tarde un disparo suelto. El tabor habíase 
replegado. Los moros se habían ido. Sobre una 
planicie amarilla habían quedado tres vacas muer- 
tas. Los merodeadores, ávidos del botín, habían 
bajado con la codicia de a pellas carnes inmola- 
das. Nuestros centinelas, soldados veteranos ya r 
y de admirante puntería, habían hecho fuego. Uno 
de aquellos lobos se había desplomado. Los 
otros habían huido con pavor, y se habían guare- 
cido en los jarales. 

— Mire usted. Mire usted. 

Y vi. Un bulto negro, algo así como una chi- 
laba en jirones, interrumpía la monótona rubi- 
cundez de la planicie gualda. 

Estuve un rato contemplando aquella sombra. 

— Hace frío — dijo el Sr. Ortega. 

— Sí — respondí yo. 

Batió un cuervo. Después, en lo alto de una 
tor recita arábiga, se izó un grimpol:n blanco, y un 
sacerdote moro, con su turbante, con su azul al- 
bornoz, el de siempre, el inmutable, el que animó 
los rezos fataiistas de una raza, mostró su cabezu- 
ca de juguete para gritar las oraciones vesperti- 
nas. Desde los cuatro puntos cardinales asomó la 
testa para mirar á sus fieles y cantarles unos eter- 
nos, impávidos, fatalistas versículos del Corán . Y 
era la suya una voz ancestral, horrible, obcecada, 
Y cuanto, al apagarse el cielo y arriar su grimpo- 
lón el sacerdote moro, quedó todo en silencio, yo 
pensé una vez más en que hay algo de incompren- 



TIERRA DE PROMISIÓN 193 

sible en la vida, algo más grande que nosotros, 
algo infinito y callado, tremendo, inevitable, algo 
que nos rodea, que nos cautiva, que no descifra- 
mos, que á veces nos hace reir sin motivo, y que 
otras veces nos sume, nos hunde en la melancolía. 

Allí, en esta azoteíta mora, estuve un momen- 
to pensando en España, en mi Patria, en mis amo- 
res, en mis ideales. Y sentí una ternura infinita. Y 
medité en el esfuerzo supremo de la raza, el es- 
fuerzo de vencer estas religiones, estas barbaries, 
estas ferocidades sin tino; el esfuerzo de ayer, en- 
tre pieles rojas y caribes, y el de hoy, entre mu- 
sulmanes fanáticos. Y otra vez, en esta azoteíta 
mora, viendo ya las estrellas que iban surgiendo 
en la concavidad negra, dominado por una gran 
ternura filial, exclamé para mí: 

— ¿Cómo no amarte, Patria? ¿Cómo no adorar- 
te de rodillas, si eres madre y eres generosa? 



13 



LOS QUE LUCHAN 



La defensa de un blocao. 

El otro día, en una de mis crónicas, os cité al 
pasar, y en tono fruido, la defensa que hicieron de 
su blocao unos hombres. Hoy será cosa de ampliar 
detalles, ya que son representativos y acusan un 
alma veterana y guerrera. Se los brindo á quie- 
nes, pesimistas, dudan, recelan del soldado espa- 
ñol . He dicho del soldado. Que no es sólo el ofi- 
cial quien vela por la raza. 

Estamos en el blocao número 5 de Río Martín. 
Lo guarnecen doce hombres y un sargento. Se 
hizo de noche. Las sombras invaden el campo. 
Hay un río de plata, trágico y silencioso; una lla- 
nada sin gente; un camino ya en abandono; unas 
montañas abruptas que se yerguen como gibas 
enormes y que amenazan la casita menuda. Bate 
un aire lúgubre por el valle dormido. Seis hombres 
descansan. Los otros seis, parapetados y tendidos 
los fusiles, procuran escrutar el misterio de la no- 
che. Hay algo en el ambiente que acusa presen- 



TIERRA DE PROMISIÓN 195 

cia de chacales; algo difuso, indescifrable. Al le- 
jos, muy al lejos, como un imposible, tiemblan las 
lucecillas de Tetuán. 

—Mi sargento— dice un cabo, acercándose re- 
pentino al jefe, que yace en su camastro — , siento 
ruido entre las matas. 

De un salto, el sargento agarra su fusil y, pa- 
sito, silencioso, tácito, se asoma, sin disparar ni 
alarmar á nadie. Aguza el oído. . . Y sí: ¿una pi- 
sada?, ¿el crujido de una rama seca?, ¿un ave que 
remonta el vuelo? 

— ¿Mando tirar? 

— ¡No, no! 

Transcurre un minuto. Ya los ruidHos disimu- 
lados van siendo más perceptibles. Ya parece que 
se acercan sombras. Pero los centinelas, obedien- 
tes al sargento, no disparan. Se oye el arrastrar 
de un hombre cerca del río. . . ¡Sí! ¡Lo es! Y no 
viene solo. Allí, un bulto; allá, otro; acullá, seis, 
diez, veinte; y por dos, por tres lados cerca y ase- 
dia el enemigo... La llanada, silenciosa; las gi- 
bas, rocosas y trágicas; lejos, muy lejos, Tetuán. 

— Despierta á los hombres y que se preparen. 
No disparéis hasta que yo lo diga. 

Y en el blocao se ve cómo doce figuras aga- 
chadas, serenas, van preparando un círculo de 
fuego. Y más allá del blocao se ve cómo veinte, 
cómo treinta, cómo cuarenta felinos se arrastran 
para llegar sin ser vistos y caer, y despedazar á 
los incautos. 



196 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

—¿Mando tirar, mi sargento? 

— ¡No!, ¡no! 

Pasan otros minutos de tensión infinita. Los 
bultos son ya claros. Casi puede sentirse el vaho 
de las fieras. Les faltan dos metros para llegar á !a 
alambrada protectora. Se arrastran todavía un poco 
más. Llegan. Y cuando llegan, súbita, épica, va- 
liente, grita una voz: 

— jFuego! 

Y entonces se generaliza el combate. Y vienen 
de fuera gritos estridentes que no aterran á cora- 
zones viriles, y detonaciones que no intimidan á 
tiradores expertos. Y duran los disparos media 
hora. Y nuestras descargas son pocas y firmes. Y 
no pueden los chacales cortar los espinos de hie- 
rro. Y cuando se retiran dominados, rotos, cobar- 
des ya, los aventureros, y rompe el día, y la glo- 
ria del sol invade los campos, aparecen dos cadá- 
veres moros que muerden los alambres, y hay 
regueros de sangre fugitiva, que acusan muchos 
heridos y más muertos. 

—¡Viva España!— dice nuestro sargento enton- 
ces—. ¿No tenemos heridos, verdad? 

Después: 

—¿Disparó mucho la tropa? 

Se cuentan los cargadores. 

—Diez y ocho tiros por fusil. 

¡Diez y ocho tiros durante media hora de fue- 
go! ¡Qué serenidad y qué seguridad! Decidme 



TIERRA DE PROMISIÓN 197 



si no es admirable, y si esos hombres merecen un 
aplauso. 

A cañonazos. 

—Suena el cañón. ¿Qué ocurre? 
—Castigan á los aduares de Beni-Madan. 
—¿Por qué? 
— Porque anoche destacaron asaltantes contra 

nuestro blocao. 

—Me parece muy lógico el castigo. Desearía 
presenciarlo. ¿Tendremos tiempo montando en 
este mismo instante? 

Y perdonando el almuerzo como bagatela in- 
significante, allá nos fuimos, para ver de cerca, 
al pie de los cañones, cómo disparan los artilleros. 

Sobre nuestros caballos, al galope (y digo 
nuestros de una manera hiperbólica y por mera 
fantasía), zumban los proyectiles de montaña. 
Cuando llegamos á los rodados, el estruendo so- 
bresalta á las cabalgaduras, que se empinan y 
alargan las nerviosas orejas y que pretenden des- 
asirse de nosotros. Un estruendo formidable re- 
tumba los ámbitos. La batería, á la voz de su capi- 
tán, el señor Sánchez Ferragut, tunde ■ on el fragor 
de sus balas rompedoras á las hienas de Beni- 
Madan. Es un espectáculo épico y de una grande- 
za trágica. Es la hecatombe racional y con un ob- 
jeto beneficioso. Es el castigo justo y es la bre- 
cha sangrienta que mete la cultura en la barbarie. 
Es un himno. 



198 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Se hallan las cuatro piezas apuntando hacia 
los montes lejanos. Se ven ya, estragados, algu- 
nos aduares. Caballos sueltos, libres de sus jine- 
tes muertos quizá, galopan despavoridos. Las re- 
ses, atónitas, no saben dónde guarecerse. Los 
hombres huyen, y metiendo — como el avestruz, la 
cabeza en la arena, creyendo así no ser vistos, 
por no ver— sus cuerpos en las barrancadas, se 
agrupan y se truecan en blancos mejores. Cárgan- 
se las piezas. El capitán ha mirado con su teléme- 
tro y ha fijado la distancia. La tropa, una tropa in- 
teligente y apta, lo preparó todo en brevísimos 
instantes para disparar. Y entonces dos gritos: 

—¡Batería en descarga!... ¡Fuego! 

Retumban los cuatro disparos estentóreos. 
Tiembla el viento, la tierra, nuestros oídos, nues- 
tros músculos. Hasta el éter parece tener una 
vibración loca. Después, un militar expectante, 
dice: 

— ¡Blanco! 

Y nosotros, vemos caer matemáticas, geo- 
métricas, con una precisión maravillosa, las cuatro 
granadas en el mismo centro del aduar. Polvo, es- 
tupor, cosas que se deshacen... Y luego, un ja- 
melgo que huye, y dos hombres que escapan, ate- 
rrados, y un edificio que se desploma, y un árbol 
que da tumbo. 

Mi emoción no puede ser más entusiasta. Lue- 
go, en mi afán de buscar las noticias agradables, 
pregunto : 



TIERRA DE PROMISIÓN 199 

— ¿Son estos cañones de fabricación nacional? 

Estos, precisamente, no. Los proyectiles, los 
carros, sí. . . El cañón es francés. Pero son los úl- 
timos cañones extranjeros que nos quedan. Los 
demás, tan buenos, mejores, con algún adelanto 
muy útil, han sido fabricados en España. 

— ¿Dónde? 

— En Trubia y en Sevilla. 

Después, quizá un tanto pueril, interrogo: 

— ¿Y dan el mismo resultado? 

Entonces, un coronel, modesto, sencillo, re- 
plica: 

—Mire usted... No es patriotería... Nosotros 
juzgamos técnicamente el cañón, y, en definitiva, 
lo que deseamos es que sea bueno. Pues bien, los 
fabricados en España son mejores. Hay un deta- 
llito, una minucia. . . 

Sentí una gran alegría. Silbó algo. 

-¿Qué? 

Miré y vi. El tren, un tren español; chiquito y 
vivaz, corría por el valle de Tetuán á Río Martín, 
mensajero de la civilización, nuncio de progresos 
fehacientes y tangibles. ¡Tan pequeñito y tan 
arrogante, parecía seducirme á todos los recuer- 
dos venturosos! 

Cañones de mi patria; tren de mi nación; ¡qué 
emoción tan hermosa me hicisteis sentir ante las 
montañas de Marruecos! 



200 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Enhorabuena. 

Llegó Marina, observó la obra de sus cañones, 
juzgó ya innecesaria la prolongación del fuego, y 
en minutos, la batería estaba fuera de nuestros 
ojos. Luego montó á caballo y fuese al blocao nú- 
mero 5. Nosotros corrimos detrás. 

Lo que ocurrió allí es sucinto y hermoso. Doce 
hombres y un sargento que presentan armas. El 
sargento, un hombre de aire inteligente y expre- 
sión fácil, que se acerca respetuoso al general. El 
caudillo, que hace largas preguntas, ganoso de sa- 
ber, de investigar, de que vean sus tropas, aun 
las más humildes, cómo le interesan sus hazañas. 

—¿Dónde cayeron muertos los moros? 

— ¡Allí, mi general! 

— ¿Rodearon el blocao? 

—Fué atacado por tres lados, mi general. 

— ¿Hubo mucho fuego? 

— Fuego enemigo, sí, mi general. 

— ¿Y de ustedes? 

— Lo menos posible. 

El sargento permanece firme, con la mano so- 
bre el pecho, tocando el cañón de su fusil. El ge- 
neral se inclina para hablarle con grave cariño. 
Hay una pausa. 

— ¿Manda algo vuecencia? 

Da un brinco el alazán . Cuando el jinete lo re- 
cobra, se oye decir escuetamente: 

— Dígales usted á esos muchachos que estoy 
satisfecho . 



TIERRA DE PROMISIÓN 201 

Picó espuelas el caudillo. El sargento corrió 
para dar la noticia feliz. Bruñía el sol los campos. 
Yo no hubiese podido hablar. ¿Qué habría en mi 
garganta, lector? 

El premio . 

Esta tarde le han ofrecido sus oficiales al gene- 
ral Primo de Rivera una copa de Champaña. Lle- 
garon las recompensas, y los agraciados y los no 
agraciados, que todos son los mismos y unos en 
corazón, quisieron demostrarle así al general de 
los Cazadores su gratitud y su simpatía. 

Aguilera, Aguado, Santa Coloma, allí estaban. 
Allí estaba todo el mundo. Allí estaba el entusias- 
mo y el compañerismo. Allí estaba el espíritu es- 
pañol, animoso y triunfal. 

Fueron las de hoy, unas recompensas justas y 
aun nada pródigas. Esto las hace más nobles. No 
se han dado recompensas por combates aislados, 
sino por etapas, por series de sucesos marciales. 
Para el general esperábase, á propuesta del señor 
Alfau, el fajín de divisionario. No hubo ni gran 
cruz de María Cristina. Hubo sóio una gran cruz 
del Mérito Militar. Es una vez ésta, en la que, aun 
siendo parcos en la capacidad admirativa, no echo 
de más una sola pulgada de cinta ni un solo adar- 
me de plata. Y, sin embargo, ¡qué animoso empa- 
que y qué gallarda manera de contemplar el futu- 
ro, y qué aliento, y qué bizarro espíritu! 



202 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



Los premios— y cuidado que derrocharon su 
vida en varias refriegas, en muchas y muy duras 
—creyéndose pagados con largueza. Los no pre- 
miados, contentos y ganosos de volver al comba- 
te, lugar de peligro y de gloria. Todos pensando 
antes en el servicio y en el deber que en la perso- 
nal ambición, ardiendo ya en deseos de combatir 
por España. 

Tres discursos calurosos, elocuentes, de Agui- 
lera, de Primo, de Torres Marvá. Luego, un bra- 
zo tendido hacia Laucien, hacia más allá de Lau- 
den, hacia el futuro, y unos vivas á la Nación y 
al Monarca. Esto ha sido todo. Fiesta de pleni- 
tud y de entusiasmo, fiesta de militares, fiesta de 
armas. . . 

Cuando ya retirado el brigadier, se le acerca 
un comandante recién ascendido, para despedirse, 
hubo dos frases. 

— Mi general, yo esperaba el otro justísimo en- 
torchado. 

—No. Mi puesto, un puesto que no cedería por 
todas las colmadas ambiciones, está aquí, en- 
tre mis cazadores aguerridos, entre los gorritos 
verdes. 

Así hablan quienes ofrecen su vida. Quienes 
jamás ofrecieron nada, los políticos, ¿qué dirían 
ante una subsecretaría posible? La raza está de 
pie. Veremos cuándo hasta la política, el último 
tramo de la evolución, juzga que ha llegado el 
momento de erguirse. 



PAZ Y TRABAJO 



Trenecito español. 

El oficial de Ingenieros señor Pérez de Vargas 
nos ha invitado á presenciar la inauguración de 
un tren. Recorre su maquinita diminuta, que arras- 
tra seis vagoncitos muy capaces, el camino de 
Río Martín á Tetuán. Las mercancías que llegan á 
la desembocadura, y que allí permanecen tiradas, 
rotas, insepultas, encontrarán fácil transporte. El 
aprovisionamiento militar será breve y cómodo. Y 
además, y esto es tal vez lo más interesante, verá 
el moro correr á la locomotora; sentirá, palpable, 
el progreso; y se convencerá de que no traemos 
solamente cañones para mantener la fuerza, sino 
adelantos para mantener la razón. 

He ido á la fiesta con orgullo verdadero y 
como á una romería del espíritu. Puerta de la 
Reina; un camino en declive hacia el valle; un es- 
tupendo sol marroquí, este sol de cosechas y abun- 
dancia; y ya en el llano, una maquinita vestida 
con banderas españolas, muy ataviada y peripues- 



204 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

ta de domingo, que silba y corretea con aires de 
mozuela feliz. 

¡Qué suprema emoción la de contemplar estas 
obras, menudas aún, pero definitivas y espléndi- 
das, con las que se conquistan los pueblos! Bella 
y augusta es la guerra cuando tiene nobles acica- 
tes. Sublime se nos aparecen las armas cuando, 
heroicas y certeras, arrollan á enemigos perver- 
sos y estólidos. Supremo es el espectáculo de ver 
cómo tremola en la cumbre un sacro jirón que sin- 
tetiza nuestros amores colectivos, y bajo cuyo 
prestigio se derramó la sangre. Pero es más her- 
moso y aun, y, sobre todo, más consolador, más 
determinante, ver cómo las maquinitas, inteligen- 
tes y sutiles, acuden husmeando la victoria para 
fijar y esclarecer el triunfo. ¿Qué fué de toda la 
obra estúpidamente gigantesca que realizó Bona- 
parte? Antes de su muerte, ya estaba deshecha. 
La obra de Cortés en Méjico, todavía perdura. Y 
es que el corso no hizo más que destruir, mien- 
tras el extremeño edificó. 

¡Salve, trenecito español, buen hijo de mi raza, 
legítimo brote del progreso, fruto del trabajo, se- 
ductor de multitudes, génesis de riqueza, seguro 
de paz! ¡Salve! 

lia obra. 

El tren, claro está, no es otra cosa que un co- 
nato; pero muy insuficiente aún. Sesenta centíme- 



TIERRA DE PROMISIÓN 205 



tros mide su vía de ancho, y recorre diez kilóme- 
tros. Para satisfacer necesidades militares, acaso 
se prolongue hasta Laucien. El humo corona igual 
que una diadema á la maquinita, ganosa de avan- 
zar. Cuatro viajes de ida. por lo menos, y otros 
cuatro de vuelta se pueden realizar todos los días. 
Cien toneladas carga el trenecito. Como veis, la 
obra, aunque incipiente, con su puente difícil de 
construir, con su tendido bajo la eterna amenaza, 
con su presteza y su exactitud admirables, no es 
bagatela. Por lo demás, ¿sabéis en cuánto tiempo 
se ha realizado esta labor? Y ¿sabéis cuántos hom- 
bres la ejecutaron? 

Técnicos extranjeros fijaron en cuatro meses la 
duración de estas obras, suponiendo que nada im- 
pidiera el trabajar, y sin admitir, naturalmente, 
una distracción ni una disgregación de fuerzas ni de 
intensidades. Encargáronse nuestros ingenieros. 
Dos meses ha durado todo. Y además, hicieron á 
la vez diferentes rellenos y terraplenes, y cons- 
truyeron siete blocaos, incluso el del Mogote. 

«¿Quiénes acometieron esta empresa?», diréis. 
¿Suponéis que una brigada, un regimiento, un ba- 
tallón siquiera? Dos compañías... Poco más de 
130 hombres... 130 hombres que trabajaron abne- 
gadamente, sufrida y alegremente, desde que 
amanecía, hasta que las sombras no dejaban ni co- 
lumbrar el camino, risueños, inteligentes y optimis- 
tas, sabiendo que cada paletada y cada golpe de 
pico y cada metro de vía férrea eran una perlita 



206 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

que añadirle á la vieja corona de la Patria. Dos 
meses de almorzar en pleno campo, y de dormir 
allí en ocasiones, y de no cejar; dos meses en que 
los oficiales se pusieron negros del sol, y en 
que su sangre, trocada en sudores varoniles, en 
esas gotas que son martirio para el vencido y para 
el miserable y ejecutoria del fuerte y del bueno, 
corrió por sus rostros y mojó la dura y bárbara 
tierra de África, en un acto de fecundación subli- 
me. Para los capitanes Zorrilla y Salinas, y para 
los tenientes Vidal, López Ochoa, Más, Tevar y 
Lago, éste adolecido ahora del paludismo que 
hubo de sorprenderle en la brega, será menester 
un vítor cordial. 

En marcha. 

—¿Suben ustedes? 

Ha pronunciado Marina esta frase, y hemos tre- 
pado á los vagones. La maquinita, vestida á lo 
mozo y á lo español, parte ligera. Va el cónsul 
alemán y su esposa. Van sólo militares. Nosotros, 
los periodistas, vamos también por deber ineludi- 
ble de información, porque así hace falta, porque 
no todo en la vida se resuelve con formulismos di- 
plomáticos, porque interesa conocer en España lo 
que aquí se lucha, todo lo excelente y lo patriótico 
aquí realizado . 

—¿Qué tal?— pregunta no sé quién. 

—Divino. . . 



TIERRA DE PROMISIÓN 207 

Y es cierto. Divino, divino es caminar en un 
tren, y en un tren rápida y magistralmente hecho, 
por este paisaje marroquí, donde ayer, ¿qué ayer?, 
hoy mismo, pelean contra nosotros los bárbaros. 
Quienes aún somos jóvenes y hemos nacido en 
plena civilización y en mitad de las fiebres progre- 
sivas, no hemos podido darnos cuenta de lo que 
significa el primer ferrocarril. Lo hemos aceptado 
como una cosa natural. Pero ¡qué augusto, qué 
preclaro, qué maravilloso, entre chumberas agre- 
sivas, contemplado taimadamente y desde lejos 
por hombres sin cultura, enemigos del bienestar, 
adversarios de la riqueza, chacales de la cultura, 
de la libertad y el derecho, pobres fieras á las que 
iremos persuadiendo con el brillo de la cuchilla; 
pero, sobre todo, con el humo de la locomotora, la 
rapidez y la baratura del viaje! Trepidaba Europa 
entera en estos vagones. Corría toda Europa en 
las ruedecillas ágiles. Aduares atónitos á izquierda 
y á derecha. Inexorable, el tren que iba en línea 
recta y ascendente, siempre hacia la cumbre, por 
el paisaje africano. España, sólo por este momen- 
to sublime, por el honor de que hayan sido inge- 
nieros españoles quienes esta obra realizaron, por 
el orgullo, merece la pena de haber venido aquí... 

En Rio Martin. 

Llega el tren. En la estación (también hay su 
estación y su almacén de máquinas, y todo confor- 



208 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

table y pequeñito, pero seductor) está formado un 
piquete de Infantería que rinde honores al general, 
mientras las cornetas, vibrantes y claras, entonan 
el himno español. Los soldados de Ingenieros, al- 
tos, buenos mozos, hombrachones escogidos, pu- 
lulan satisfechos de la obra, entre sus picos y sus 
azadas, nobles obreros de la nación. El general vi- 
sita los barracones ferroviarios y hace gestos de 
satisfacción, y pronuncia frases de sucinto y justo 
elogio. Después recorremos á pie los almacenes, 
abarrotados, y vemos los montones de mercade- 
rías, que permanecen tirados en el suelo por falta 
de techumbres y de transportes fáciles, y que se- 
rán conducidas á Tetuán en el trenecito. Tres bar- 
cos hacen sus reverencias - en el mar. Algunas bar- 
cazas llegan, estivadas hasta las toletes, condu- 
ciendo productos europeos. Las vías férreas se 
prolongan junto á la misma playa, playa de pes- 
cadores bereberes y de corsarios y de cautiverio, 
playas donde ayer acechaban forajidos, y cuyo 
misterio se observaba con un vago terror desde los 
vapores mediterráneos, y que hoy, abiertas por 
las armas españolas al tráfico, vánse ya plenas de 
civilización. Parece todo esto la obra de otro Co- 
lón extraño y estupendo, que hablara por los aires 
y sin hilos, que anduviera sin caballos, que repro- 
dujera las imágenes sobre los vidrios heridos por 
la luz, que fuera un superhombre. 

— ¡Bien trabajaron ustedes! — le digo á un 
oficial. 



TIERRA DE PROMISIÓN 209 

— Y los soldados. Créame usted, son muy bue- 
nos y muy inteligentes. Han hecho el ferrocarril 
con entusiasmo, sin regatear el esfuerzo, sin un 
minuto de cansancio, gozosos al ver cómo la obra 
crecía entre sus manos laboriosas. Uno de ellos 
tuvo cierta frase, que no se me olvidará mientras 
viva. . . 

—¿Cuál? 

El teniente permaneció un momento pensativo. 
Después añadió: 

—Habíamos acabado el puente. Nos incorpo- 
ramos, y vimos con alegría el resultado de nuestra 
labor. Habíamos luchado con furia, pero ya tenía- 
mos el fruto conseguido. Reinaba una gran con- 
fraternidad, un alborozo unánime. Entonces, un 
soldado catalán se me acercó y me dijo: «Mi te- 
niente, si esto es guerra, que no haya paz nunca>. 

¡Qué magnífico y generoso concepto de la vida! 
¡Qué acertada y suprema expresión! Si esto es la 
guerra... esto, es decir, el trabajo, el trabajo aun- 
que sea penoso, aunque no redunde en provechos 
egoístas, individuales, sino en los de todos, en los 
de la Patria. . . que no haya paz nunca. 

¡Oh, noble aspecto del heroísmo, divina fórmu- 
la de la abnegación, relámpago genial que ilumi- 
naste el cerebro de un buen soldado, de un buen 
español, de un buen catalán, seas bendito! 



14 



210 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



£1 himno de los trabajadores. 

— A ver, muchachos, vuestro himno. . . El ge- 
neral quiere escucharos. 

Valencianos y catalanes son estos ingenieros, 
hombrachos de regiones progresivas, regiones 
que, al igua! de otras en España, conocen todas 
las bellezas inefables del trabajo, y son gente de 
blusa azul, y de mecánica, y de automóvil, y de 
fábrica moderna, y de producción ilustre. 

—¡El himno, muchachos! Avisadle á Llorens. 
¿Y Fio!? Al cabo Miláns, que se acerque. 

Hay un momento de timidez y de irresolución. 
Se miran, se ríen, se dan un cachete y una palma- 
da. . . Sale un atrevido. Luego, dos, cuatro, diez. 
Y al fin, agrupados en la explanadita, > ante el 
caudillo que los contempla benévolo, dan principio 
á su himno. 

Y ha sido la emoción más optimista de cuantas 
me tenía reservadas este viaje luminoso. El himno 
es intelectual, consciente, moderno, de una sinte- 
tización y de una representación confortadoras. No 
es vana poesía. No son exclamaciones guerreras, 
fútilmente, líricamente guerreras, sin más objeto 
que hacer agresivo al hombre. Son guerreras, 
porque hablan de luchar, de luchar con animo vi- 
ril; pero son á la vez ciudadanas, porque hablan 
de la paz y del trabajo. Y son patrióticas y son 
fuertes, y están inspiradas por una musa renacien- 
te y ubérrima, musa de renovación y entusiasmo. 



TIERRA DE PROMISIÓN 211 

Estos valencianos y estos catalanes dejaron 
sus comarcas para venir al servicio. Estarían em- 
pleados en juveniles empresas. Agricultores, sa- 
brían de maquinaria y de abonos químicos; indus- 
triales, conocerían el estruendo sublime de las 
ruedas y de los engranajes potentes; comercian- 
tes, pensarían en el más allá, en la competencia 
franca, en la invasión atrevida. La Patria necesitó 
de sus brazos para una obra ilustre. Honrados y 
buenos, dejaron sus blusas y se vistieron el uni- 
forme militar. Se los ha traído á Marruecos; les 
hicieron tender comunicaciones ferroviarias; aco- 
metieron la empresa con alegría, con júbilo; por 
las noches, cuando llega el descanso, estos hom- 
bres cantan su himno; y el himno es de energía, 
pero es también de modernas realidades. 
Para ofrecer nuevas glorias á España, 

nuestra región supo luchar. 

Y en el taller y en el campo resuenan 

cantos de amor, himnos de paz. 
Ved qué gama tan interesante. España. . ., lu- 
char..., taller..., campos..., paz..., amor. ¿No es 
todo esto el despertar anheloso y supremo de una 
raza insigne? Ved, observad un poco y os fijaréis 
en que no falta detalle y en que el circuito mental 
se cierra. No hay gritos de bélico y estéril afán de 
absurdas peleas. No hay tampoco entregamientos 
femeniles, desmayos, atrofias. Da la sensación 
ecuánime del hombre trabajador y moderno que 
vive para el trabajo y que, cuando un problema de 



212 LUÍS ANTÓN DEL OLMET 

patria dignidad lo reclama, cogerá su fusil, y, ale- 
gremente, irrumpirá en el combate. Ni ferocidades 
insensatas, ni cobardías odiosas. Ciudadano siem- 
pre. Soldado alguna vez, y esa vez buen soldado. 

Yo no he podido menos de conmoverme al 
oiros, ingenieros de Valencia y Cataluña, hombra- 
chones laboriosos y honrados, que sois en España 
obreros eficaces y en Tetuán soldados alegres y 
contentos de la vida. Sois la generación nueva, la 
generación nacida para el resurgir, la que no abo- 
minó de sus viejos ideales, la que se apresta con 
armas de hoy á disputarle al francés y al germano 
la hegemonía del esfuerzo. Ni hombres rudos, sin 
pulimento moral, ávidos tan sólo del combate, rí- 
fenos con traje de nación culta; ni pobres seres 
canijos, faltos de ideal y de alma, entregados al 
pauperismo de las tristes negaciones. Ni embrute- 
cidos en lo fatalista, ni pobres y menguados cabal- 
gantes en la paradoja. Hombres de ayer y de hoy, 
hombres serenos y equilibrados, hombres que ha- 
cen razas y edifican pueblos. Ingenieros de Valen- 
cia y Cataluña, i genieros de toda España, de 
vosotros es el triunfo; para vosotros ruge la má- 
quina y el hondo arado raja las costras yermas; 
para vosotros también, fuertes iberos, está colga- 
da en sitio de honor la espada con que llegasteis á 
Oriente y os hicisteis respetar del orbe. 

Acabó el himno. Don José Marina exclamó: 

— ¡Muchachos! ¡Muy bien! 



TIERRA DE PROMISIÓN 213 

Y ellos entonces, agitando sus gorritas cuarte- 
leras, dieron tres vivas entusiastas: 

— ¡Viva España! 

— ¡Viva el general! 

— ¡Viva el Ejército! 

Azuleaba el Mediterráneo, el mar español, el 
mar de Cataluña, de Valencia, de Andalucía, el 
mar de nuestro pasado y de nuestro futuro. Miré 
al sol. Estaba como pletórico, como ebrio de ale- 
gría y de triunfo. Y al mirarme con sus ojos rubios 
— ¡te lo juro, lector!— me dijo: 

-¡Sí! ¡Sí! 




AVALANCHA DE TIGRES 



Un objetivo. 

Ha tenido Burguete, en cierta ocasión, una de 
sus frases videntes: 

— En África podemos reclutar unas tropas ad- 
mirables. Sólo esto merece la pelea de ir á su 
conquista. 

Y es cierto. Yo creo que nuestro soldado está 
en capacidad bélica absoluta, y que, relacionado 
con otros, por su docilidad, buen espíritu, entu- 
siasmo pronto, hábitos de disciplina y rápido en- 
trenamiento impulsivo, tiene su puesto de honor 
entre las tropas universales. Con ellos puede irse 
á la victoria. Pese á la envidia nacional, ese de- 
fectillo pazguato en el que se cobijaron fracasos 
corregibles, y al pesimismo, y á la negación, 
nuestro soldado, en cuanto sale del ambiente, y se 
purifica en el campo de batalla, y se recobra, tie- 
ne viejas eficacias y ostenta su mismo gesto de 
ayer. Aquí, y especialmente en otra guerra más 
popular, en una guerra cardíaca, donde fuéramos 



TIERRA DE PROMISIÓN 215 



no como invasores justos, sino como defensores 
abnegados, siempre descubre sus rasgos he- 
roicos . 

Aun así, ¿no habéis pensado en la convenien- 
cia de formar un ejército de moros para las gue- 
rras coloniales, y para que sirva de auxiliar en 
otras guerras que ojalá no tengamos nunca, pero 
que acaso pudiéramos sufrir? Francia, Italia, In- 
glaterra nos han marcado el camino. Sobre todo, 
la primera, que tanto ha jaleado á sus senegaleses 
comedores de carne cruda, casi antropófagos... 

Yo no creo, naturalmente, que España necesi- 
te echarse unos matonzuelos. Sus hijos, hasta el 
más refinado, y aun esos que se muestran pacifis- 
tas á ultranza, y á quienes guía un noble criterio, 
tal vez algo estridente, saben pelear cuando la 
ofensa lo impone y el interés lo exige. No sólo 
tiene España capacidad defensiva incuestionable, 
sino que tiene capacidad ofensiva bien probada. 
Las campañas de Marruecos, hechas casi sin tro- 
pas indígenas, lo demuestran. Pero, ¡cuántas ven- 
tajas las del moro sobre el europeo! 

Y no es que sea más valiente. El caníbal huye 
como tímido y deleznable poetilla si ve que está de 
perder el momento. Eso no es óbice para comerse 
en chuletas al enemigo. El talento del enemigo 
consistirá en no dejarse vencer, y en tenerlo, gue- 
rrero peor, sin pertrechos ni orden, en la punta 
de las bayonetas. 

No es más valiente, pero está más ducho; no 



216 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

significa merma de brazos al campo y al taller, y 
su baja, aun siendo lamentable, no consterna en 
hogar alguno. Es voluntario, y si tiene familia, 
supo acostumbrarla con sus aventuras á la idea de 
morir. 

Para nosotros es la cuestión de una facilidad y 
de una necesidad enorme. El moro de nuestra zona 
es un hombre nacido para el combate, y es, ade- 
más, un gran entusiasta de nuestro carácter, de 
nuestro sistema, de nuestro mando. El cerebro es- 
pañol, tan ágil, tan psicológico, se apodera en se- 
guida del recluta. Algo genialmente instintivo con- 
duce al oficial á un tacto medio, á un método 
ecuánime, que inspira cariño y respeto. Un regu- 
lar, servidor antiguo con las mehallas francesas, 
decía recientemente: 

—Franceses no gustar. Estar fríos. En fuego 
dejarnos ir delante. Españoles ser mejores. Yo te- 
ner que tapar á mi teniente. Y él no dejarme y 
marchar primero. 

Yo, claro está, no creo que el oficial francés 
sea tímido. Afirmar esto sería incurrir en la mis- 
ma pueril extravagancia en que incurren los perio- 
distas franceses cuando nos juzgan á nosotros. 
Pero esas frases del regular, indican una mayor 
simpatía, una compenetración más intensa, una 
sumisió i más absoluta. Aquí nuestros oficiales 
están orgullosos de mandar sus tropas indígenas, 
y éstas, de ser mandadas por ellos. Brota la con- 
fianza inmediatamente, y ese lazo de unión, tan 



TIERRA DE PROMISIÓN 217 

íntimo, tan sutil y difícil, pero tan enorme cuando 
prende, que debe unir al jefe con el subordinado, 
establécese con pronta celeridad y apretada raíz. 
Sí. lector, acaso el objetivo más interesante 
— fuera de la adquisición vital de una nueva fron- 
tera mediterránea— que podemos trazarnos en Ma- 
rruecos, sea la recluta de 50.000 hombres que 
nuestra zona puede aprontarnos, rápidos, ágiles, 
de fácil transporte, existentes casi en la Penínsu- 
la, y que pueden formar una estupenda, formi- 
dable, épica legión para un día de peligro na- 
cional. 

Un ejemplo. 

Estuve, no hace mucho días, en la imposición 
de condecoraciones á los regulares. El acto resul- 
tó muy hermoso. Formados los veteranos more- 
nos, los aguerridos, el teniente coronel los hizo 
maniobrar. Estaban orgullosos, y tenían un espí- 
ritu extremado, y sentían el gozo de lucirse. Des- 
pués, un comandante muy culto, el señor Cuevas, 
leyóles en árabe admirable y hermosísima arenga. 
Se impusieron las cruces bien ganadas. Luego 
desfilaron al son de sus chirimías, correctos y ale- 
gres, ganosos ya de tornar á combatir. ¡Si en 
vez de mil, fueran una legión! ¡Y es tan fácil tener- 
los, y se hallan tan á gusto bajo el mando exqui- 
sito de sus oficiales! 

Voy á contaros una reciente anécdocta que os 



218 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



revelará esta honda simpatía que nuestra Patria 
les sugiere: 

Un día se presentó á su capitán, Embarec-bec- 
Mesand El Hihi, soldado negro, hércules del Sur, 
que tenía sesenta duros ahorrados, y que, tras va- 
rios meses de ausencia, quería visitar á su «muje- 
ra> y á sus hijos. 

— ¿Tú darme permiso ver «mujera»? 

—¿Por cuántos días? 

—Yo volver pronto. Ir Tánger, llegar casa, es- 
tar un día y venir. 

Accedió el oficial; pero dándolo por ido y aca- 
bado. ¡Cualquiera hacía tornar al combate á un 
hombre que tiene sesenta duros, que no ha visto á 
su señora en largos meses, y que ha de hacer un 
viaje arduo, penosísimo, á la ida grato, pero á la 
vuelta, sin finalidad sentimental. 

Se alejó Embarec-ben-Mesand El Hihi, inmen- 
so negro, con sus ojos de acero fulgurante, su 
bocaza enorme y su zarcillo en la oreja. Y al verle 
ir, se le despidió quizá para siempre. Era una baja 
de amor, de cansancio, de fatalidad. 

Pasaron cuatro días. Embarec se presenta. 
Viene gozoso, como de una triunfal escapatoria 
difícilmente lograda. 

— ¿Qué ocurre? ¿No te marchaste , Embarec? 

— Sí. Pero llegar Tánger, cogerme franceses y 
decirme que fuera con ellos. No dejarme pasar sin 
alistarme, y escapar yo. 



TIERRA DE PROMISIÓN 219 

Es decir, por no irse con Francia, en cuyas 
filas le darían su premio de enganche, y en las que 
habían de acceder á su pobre deseo amatorio, re- 
nunció Embarec, no ya al oro, sino al hogar, á la 
negra de su corazón y á los hijos de sus entrañas. 

—¿Lo ve usted?— me dice el oficial que esto 
refiere á mi admiración. 

—¿Dónde? 

—Allí. El ranchero... Ranchero ahora, que 
cuando suenan tiros es una fiera. ¡Aquel, aquel 
negro! 

Y miré al coloso. Prendíale fuego á la cazuela 
donde cocería el yantar absurdo y bárbaro de los 
marroquíes; yantar de tribu, de festín legendario; 
guisotes con sebo de carnero y especias terribles 
que levantan ampollas y que os hablan de un es- 
tómago contemporáneo del manmut. Tenía las 
piernas desnudas, y sobre su lar, agachado para 
atizar las brasas, parecía un monstruo en apari- 
ción. Nosotros lo contemplamos un instante. Cuan- 
do se dio cuenta de que su capitán lo miraba, in- 
terrumpió su obra para sonreirle. Y al sonreir, en 
una sonrisa de amor, enseñó unos amarillentos, 
deformes y terribles dientes de hiena. 

Mohatar ben Boasa. 

—Ha llegado Mohatar ben Boasa. ¿Quiere us- 
ted verlo? 

¿Cómo no saludar al héroe? ¿Cómo no saludar 



220 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

al mastín de Marina, á su fiel escudero, á su es- 
polique admirable, á quien veló su dormir en la 
tienda de campaña, y á quien ha tendido con su 
certero fusil á varias docenas de aduares? 

La historia de Mohatar ben Boasa es recta y 
segura, como es siempre la vida ejemplar de los 
hombres sencillos y buenos. Fué nuestro adversa- 
rio. Cayó prisionero un día. Y allí vio que los es- 
pañoles tenían el corazón magnánimo; que perdo- 
naban y disculpaban generosos; que venían á 
Marruecos para ensanchar su civilización, una ci- 
vilización más inteligente, y que no mataban por 
goce, ni eran crueles, ni perseguían al moro en su 
religión, en sus costumbres, en su hacienda, en 
sus amores legítimos. Mohatar ben Boasa vio 
esto, quedó agradecido y se hizo españolista. Y 
se hizo españolista sin concupiscencia. Nos ha 
prestado servicios valiosos, exagerados, persona- 
lísimos; con una perseverancia y una lealtad in- 
mensas, y disfruta una cruz de cincuenta pesetas 
mensuales. En el campo, actuando de bandolero, 
con su corazón, su valentía y su arrogancia, gana- 
ría más; pero sería más bellaco, y no se llamaría 
Mohatar ben Boasa. 

Veréis á Mohatar en tres momentos. 

Hace ya muchos años. El teniente Cogolludo, 
para estudiar la cuestión marroquí, para ver con 
qué gente ha de luchar nuestra nación, tiene pen- 
sado vestirse de moro, incorporarse al Roghi, ver 
á los rebeldes, marcharse después con las mehallas 



TIERRA DE PROMISIÓN 221 



y observar también cómo pelean los fieles del 
Sultán. La hazaña no es baladí. ¿Verdad que tiene 
prestigio de reconquista y habla de una España 
histórica y solemne? Ir solo, por una tierra extraña 
y salvaje, fingiendo, disimulando, combatiendo, 
en suma, para morir, tal vez sin testigos, en una 
sorpresa. Es hazaña que conmueve y que asombra. 

Para consumarla necesitaba un guía, una con- 
trafigura indígena, que hablara en moro sin acento 
español y evitase recelos, y en la que apoyar, en 
fin, los dos flancos de una reyerta. 

— Mohatar, ¿quieres acompañarme? 

—¿Adonde? 

—Por todo Marruecos. Yo me fingiré moro. 
España debe conocer á esta gente. 

—Quiero. 

Poco después, con sendos fusiles, aquellas 
figuritas aventureras y maravillosas cruzaban los 
campos marroquíes, y dormían bajo la luna, y co- 
mían lo que se presentaba, y bebían en los arro- 
yos, y Cogolludo fué, en Zeluán, médico del Ro- 
ghi, un médico de Infantería, que sólo administra- 
ba quinina y aplicaba sublimado corrosivo. Siguie- 
ron después el romántico viaje, para ir en busca 
de las fuerzas sultanescas. En el Muluya, una em- 
boscada, tiros que surgen, la sorpresa que advie- 
ne fulminante. Y entonces hinca rodilla en tierra 
Mohatar ben Boasa, y haciendo fuego con su cer- 
tero fusil, permítele al teniente vadear el río y 
poner á salvo, no ya una vida, sino una labor, 



222 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

unas notas, unos apuntes que á España le inte- 
resan. 

Cuando llegó la guerra de 1909, Mohatar ben 
Boasa presentóse al general Marina, cuya figura 
le había fascinado. 

— Yo querer ir contigo siempre. 

Y el general no supo resistir la nobleza de 
aquella súplica, y Mohatar, vestido á la española, 
recorrió con el caudillo todas sus huellas triunfa- 
les. De noche, cuando se recogía el general, su 
mastín se acostaba á la puerta de la tiendecita, 
con el fusil cogido. No había manera de hacerle 
descansar en otro lado. En Taxdirt, viendo cómo 
algunos audaces tiraban sobre su general, tendió- 
se en tierra, y uno á uno, parco, seguro, fuélos 
tumbando á todos. 

Hoy se ha presentado en Tetuán, sin que na- 
die lo llame, Mohatar ben Boasa. 

—¿Tú aquí? 

— Yo saber que el general sale al campo y ve- 
nir para seguirle. 

En Melilla se ha dejado Mohatar á su mujer y 
á sus hijos, hijos que hablan español, y á los que 
cría para servir á España. A su costa, voluntario, 
sin decírselo á nadie, subió al barco y se hizo con- 
ducir á Ceuta. Vino á pie. Se presentó al ge- 
neral. 

—Yo querer acompañarte. 



TIERRA DE PROMISIÓN 223 

Y aquí está, silencioso, bueno, fiel y leal como 
un mastín de raza, puro y honrado como un árabe 
antiguo, este ilustre rifeño, que merece todas las 
recompensas, y que sólo aspira, como ilusión úni- 
ca y suprema, como triunfo supremo y único, á 
echarse, así que llegó la noche, á los pies de un 
general español que lo ha fascinado. 

Encontramos á Mohatar en el tabor, comiendo 
su arroz y su carnero, sentado en una almohada, 
descalzo, y ante la cazuela. Se levanta para salu- 
darnos y darnos su mano fidelísima. Luego, indi- 
ferente, sigue yantando sobrio. • 

Yo estoy un instante contemplaudo aquella faz 
inaudita. Es una faz aristocrática en su estirpe, 
faz curtida, flaca, en óvalo hidalgo; con una curva 
nariz y unos ojos serenos, penetrantes; ojos de 
lebrel, ojos de valor y de serenidad y de juicio 
profundo y de buena hombría. Mohatar va pinzan- 
do sus cachitos de carne y va sacando sus cucha- 
radas de arroz de una manera pulcra, sin avidez, 
sin melindre. De vez en cuando le pregunta algo 
el capitán que me acompaña, alza su cabeza con 
un gesto de seguridad respetuosa, y responde 
sonriente. Después, con una cierta espiritualidad 
púdica, sigue comiendo á pedacitos, sin ansia. 
Termina. Le traen una jofaina y un búcaro. Se 
lava las manos y se enjuaga los dientes. Luego, 
dando por acabado su festín, retrepase, y nos 
mira con alegre actitud, como si nos llamase an.i- 



224 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



gos. Pasado un momento concurro yo á una esce- 
na pequeñita y emocionante, de soberana grande- 
za; esos momentos que nos hacen felices y que 
nos desquitan de cuantas amarguras nácenos pa- 
decer la humana mezquindad. 

Pasó un buen rato, y el té no aparece, el clá- 
sico té, el imprescindible para los moros, el único 
vicio de una raza que, por regia general, ni fuma 
ni bebe. 

—¿No tomas el té, Mohatar?— le pregunta, ex- 
trañado, nuestro acompañante. 

-No. 

—¿Y eso? 

Mohatar ben Boasa permanece callado un ins- 
tante, como chicuelo sorprendido en una diablura. 
Sonríe con vacilación, con irresolución. Y, al fin, 
tímido, y como ruboroso, dice...: 

— ¡Ya lo tomaré en el Fondak cuando vaya 
con el general Marina! 

— ¿Es un juramento no tomarlo antes? 

Y Mohatar se pone más colorado aún, se rasca 
un pie, y dice que sí con la cabeza. 

¡Nuestros! 

Ventílanse complejos problemas en el mundo. 
Por desgracia, la humanidad no es pacifista. Esa 
intelectual y romántica aspiración del sosiego, que 
pretenden muchos, al que propenden los Gobier- 
nos, y por cuya realización se hacen, en definiti- 



TIERR\ DE PROMISIÓN 225 

va, las alianzas, no es más que un proyecto. Ata- 
vismos ancestrales, y, sobre todo, competencias 
mercantiles, y aun aspiraciones á la hegemonía 
étnica, pueden, tal vez muy pronto, acabar con 
un bienestar, llamado, por su indecisión, equilibrio. 
Ocupamos un lugar de contienda y de táctica. No 
podremos sustraernos al torbellino. Ni sujetos á 
la teniente*, ni menos, sueltos y sin relaciones 
amistosas. Más débiles que otros, aunque tampo- 
co indefensos, tal vez se elevarán ojcs rapaces so- 
bre nuestro país. En espera de tal momento, de- 
bemos vivir apercibidos. Apercibidos no sólo mili- 
tarmente, que no es otra cosa el Ejército que una 
mano combativa que debe recibir su vigor del 
campo y del taller. La obligación inminente de ha- 
cer Patria, de unirnos en un esfuerzo heroico, de 
no aborrecernos, de ayudarnos colectivamente, de 
intensificarnos y purificarnos, nos llega imperiosa. 
En unos años hemos de realizar lo que no pudo 
realizarse durante un siglo de malaventuras. Ha- 
gamos nación en España. Y aquí, hagamos Espa- 
ña también, y acaso como f 'nal ¡dad más práctica, 
fácil, útil, disciplinemos á 50.000 moros, á estos 
hombres que, como Mohatar y el negro Hih: nos 
aman ya en la raíz de sus almas buenas. 

Para el supremo día, ojalá no llegado nunca, 
pero tal vez inevitable, de las grandes hecatom- 
bes europeas, ¿será baladí una vanguardia de leo- 
nes, un ariete de carne rifeña guiada por el espí- 
ritu español? 

15 




ASPECTOS Y RINCONES 



Comiendo á la moruna. 

— El gran visir los ha invitado á comer. 

—¿Dónde? 

— En su casa. Esta noche, á las siete, irá un 
esclavo en busca de ustedes para conducirles allá. 

Y, en efecto, á la hora consignada, un negro, 
provisto de farol, se nos acerca y nos dice por 
señas que le sigamos. Lo hacemos al través de 
varias callejas laberínticas, esquivando charcas, 
procurando no rozarnos con esos mendigos atro- 
ces que se rascan según caminan y que tienen en 
sus pobres cuerpos todas las miseriaa; atravesan- 
do cien arcos morunos, metiéndonos en la obscu- 
ridad pavorosa de callejones que parecen antros. 
Al fin, en uno sin salida, hay un claveteado por- 
tón, y dentro, un patio con su fontana, sus colum- 
nas y sus azulejos. A la izquierda, sentado en el 
suelo, enorme, entre dos velas, como en un cata- 
falco, se halla el gran visir. Dos negros vienen y 
van disponiendo el condumio, atareados y sumi- 



TIERRA DE PROMISIÓN 227 

sos. No hay en toda la casa otra nota europea que 
nuestro estupor. 

— Hagamos penetración pacífica— le digo al 
artista, después de saludar á nuestro amable anfi- 
trión y sentándome con las piernas cruzadas sobre 
la colchoneta—. Hay que encontrarlo todo admira- 
ble, y hay que sentir gratitud por este'ágape inau- 
dito. Por lo demás, ¡qué diablo!, no se come todos 
los días con un gran visir. 

A los pocos instantes, y cuando ya hemos ago- 
tado la conversación (el visir habla, y nosotros, 
sin entender jota, sólo decimos: «bara-ca-laufit», 
«bara-ca-laufit», es decir, «gracias», «gracias»), 
aparece, providencial, el doctor Belenguer. El doc- 
tor se tiende sobre la alfombrilla, juega con su al- 
mohada de una manera garbosa, y habla con el 
visir en una estupenda jeringonza de haches aspi- 
radas. 

—¿Qué dice su excelencia? 

— Dice que comerán ustedes á lo moro, que no 
ha querido poner nada europeo. 

— Contéstele usted que se lo agradecemos in- 
finito, y que sería una lástima adulterar con ba- 
nalidades extranjeras el encanto de su comida 
árabe. 

Dicho lo cual, y ocurridas más de veinte reve- 
rencias, prodigada nuestra solicitud, y trocados en 
zalema viva, surge la primer vianda. 

Trajeron una bandeja enorme. Sobre la bande- 
ja puso el esclavo una torta apelmazada y á medio 



LUIS ANTÓN DEL OLMET 



cocer. Luego plantificó unos hierros punzantes que 
tenían clavadas unas especies de morcillitas en la 
punta. El aspecto de las morcillitas no era tranqui- 
lizador. Expandían un terrible olor á sebo, eran de 
carne picada y machacada por manos de cocinera 
tetuaní. Yo las miré como el reo á la hopa, me 
santigüé por dentro y me resolví, heroico. 

—Faltan platos, cuchillos y tenedores— le dije 
á Belenguer, buscando ya, con un estoicismo su- 
blime, los cachivaches de mi ejecución. 

—Aquí se come con los dedos— respondió Be- 
lenguer, hincando sus dientes en una morcillita que 
había desmenuzado entre índice y pulgar. 

Y como la sencillez del procedimiento me con- 
venciera pronto, dime harta maña y mondé en 
menos que se reza una Salve, tres hierrecitos pun- 
tiagudos . 

— No está mal — argüí. 

Realmente, no había sido lisonja. Era un plato 
de las covachuelas, plato de Madrid anticuo, de 
terraplén... Y yo, ¡pardiez!, fui siempre madrileño 
abnegado. 

Hubo después unos pichoncitos. Navegaban 
en un mar de salsa, y parecían muy blandos y 
muy suaves. Yo introducí un migóte en el condi- 
mento, y probé algo maravilloso, entre grasa de 
recental, almendra y cominos. 

—¡Cómo sabe á Marruecos este guiso!— le in- 
sinué á Ramón Alba. 

Y es verdad. Sabe á lo que huelen las calles. 



TIERRA DE PROMISIÓN 229 

Rima con el abigarrado conjunto. Si se pudieran 
comer mujeres moras, tiendas moras, soldados in- 
dígenas, arcos y callejuelas tetuaníes en un perol 
enorme, tendrían este mismo gusto. 

Yo me había retrepado un poco. Entonces, el 
amable visir, que me vio vacilar, tuvo conmigo 
una gentileza. Metió su mano bondadosa entre los 
pichones, los revolvió para buscar el más tierno, 
quebró una patita, y me la entregó sonriendo ca- 
riñosamente. Mojó después un migóte, y repitió el 
obsequio. Comí. Alba, más inteligente que yo, 
sin necesitar ayudas, había empuñado ya un ave- 
cilla, y desnudaba su esqueleto con todo el empa- 
que aristocrático de un sultán. 

Carne azucarada; un dulce rociado con agua de 
azahar; el té... 

Charlamos un momento. Después, á insinua- 
ción de Belenguer, nos despedimos del gran vi- 
sir, haciéndonos lenguas de su grata comida, y 
muy sinceramente de su cortesía y de su hospita- 
lidad. 

Patria, si algún día cometo algún error, sabrás 
perdonármelo. Tengo en mi haber la inmolación 
del estómago. 

Boda hebrea. 

¡Luna Garzón! 

Está sentada en un alto sitial, viste sacerdotal 
indumentaria, ostenta una tiara salomónica, lucen 



230 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

dos enormes cirios á su diestra y siniestra, y con- 
serva cerrados sus ojos, desde hace veinte horas 
hasta que los esponsales hayan terminado. 

Hierven los invitados en la casita nupcial. La 
suegra y la cuñada también visten hábitos anti- 
guos, hábitos de Rebecas y Susanas. El novio, á 
la europea, lleva una especie de sobrepelliz sobre 
los hombros. Llega el rabino. De una de sus bu- 
chacas extrae un papelote escrito con caracteres 
judíos, el contrato matrimonial, y lo canturrea 
mientras sorbe con frecuencia el vino de un vaso 
litúrgico. Diez mujeres solteras lanzan de vez en 
vez unos grititos largos como gorjeo de cana- 
rios-flauta. Hay un cambio de anillos. Después 
bebemos los invitados en el vaso litúrgico, vaso 
que pasa de mano á mano y de boca á boca. La 
novia, Luna Garzón, hermoso y magnífico ejem- 
plar de estirpe clásica, sigue muy grave, muy té- 
trica, como amortajada, con los ojos cerrados. El 
padrino, frente á ella, bebe también un sorbito ci- 
catero. Después, sacando una llave enorme, rom- 
pe el vaso, cuyo vino se derrama en un sacrificio 
simbólico. Las mujeres vuelven á gorjear. La cu- 
ñada y la suegra llevan en procesión á la despo- 
sada, con su vanguardia de cirios y su cortejo de 
cánticos. Abre, por fin, Luna sus ojos y los pasea 
estupefactos por la estancia. Yo, entonces, hago 
una pregunta de curiosidad: 

—¿Son muy antiguas estas ceremonias? 

-Sf. 



TIERRA DE PROMISIÓN 231 

- ¿De qué tiempo? ¿Se hacían en Judea, en los 
siglos clásicos? 

—Algunas. Otras son de Castilla la Vieja. Por 
ejemplo, la ruptura del vaso con la llave, es una 
tradición castellana que seguimos los hebreos. El 
griterío de las mujeres fué también una costumbre 
de Burgos, Palencia y Salamanca. 

No han podido menos, lector, de conmoverme 
estas frases. Nosotros, hace ya varios siglos, arro- 
jamos á los hebreos del territorio nacional. Des- 
pués, quemamos á los rezagados, á los simples 
judaizantes. Ardieron las piras extinguidoras del 
espíritu mosaico. Era para sentir horror por nos- 
otros, para aborrecernos, para increpar el solo 
nombre de España; y, sin embargo, aquí, y no 
aquí, en Salónica, en plena Turquía, los descen- 
dientes del éxodo, quienes fueron perseguidos y 
estuvieron sujetos á la cautividad más abomina- 
ble; en quienes, además, se perpetró, no ya un 
delito de conciencia y un atentado á las fraternas, 
piadosas enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo, 
de Jesucristo el pío, el benevolente, el sin hiél, el 
sin odio, sino un atentado de lesa patria, ya que 
fué aquello la extirpación de nuestro espíritu mer- 
cantil; quienes tal padecieron tienen á gala llamar- 
se Toledano, Garzón, se nacionalizan españoles 
ahora, al amparo de nuestra moderna liberalidad, y 
cuando se casan, en estos instantes supremos de la 
vida, usan del viejo ritual castellano, y recuerdan 
con amor á Burgos, á Palencia, á Salamanca... 



232 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Algo muy grande, superior á las desdichas po« 
líticas, más intenso y más hondo que las observa- 
ciones inquisitoriales de ayer y que las aberracio- 
nes administrativas de hoy, debes tener, España, 
cuando no sólo perduras tras de tanto error, sino 
que aun hoy los ojos cerrados de Luna, esta he- 
breíta que se parece á María de Magdala, se vuel- 
ven hacia ti a! abrirse en el día fragante de sus 
desposorios. 

El jalifa en la calle. 

Todos los viernes sale Su Alteza Muley I á la 
gran mezquita para santificar el día festivo. 

El acto es sencillo y pintoresco. La callejuela 
del jalifato se halla tomada por los soldados del 
tabor. No los mandan entonces, para darle al mo- 
mento un carácter más indígena, oficiales euro- 
peos, sino que los manda el único teniente moro 
del tabor, un admirable veterano que da en árabe 
sus órdenes. 

Cerca, se coloca una banda de música, para 
ofrendarle la Marcha Real á este principito. Hay 
mucho sol en los aleros, y mucha sombra, una 
sombra azul en la estrecha calle. Se ven azoteas 
blanquísimas; unas moras allí, tapadas, pusiláni- 
mes, curiosas, y una palmera esbelta, derecha, 
tropical, que emerge y descuella sobre todo, y 
que se recorta sobre un cielo siempre de verano. 
Sale primero el gran visir en lo alto de su muía. A 



TIERRA DE PROMISIÓN 233 



pie, le siguen los ministros, con sus secretarios, y 
el bajá, grueso y orgulloso, con su aire perdona- 
vidas, sus vestidos inmaculados, sus medias y sus 
babuchas caras. Salen dos caballos de respeto. 
Luego, en un gordo alazán bien cebado, y sobre 
una montura lujosísima, regalo de D. Alfonso XIII, 
enigmático y siempre interesante, va el jalifa. Un 
negro lo cubre á su lado, con un largo y rojo qui- 
tasol. Vibra la Marcha Real. El tabor presenta ar- 
mas. Se oye, en lo alto de la gran mezquita, la 
voz africana, fatalista y terrible del faquir: 

—Sólo Dios es Dios.Mahoma es su profeta. Ve- 
nid á orar, venid á rezar. Sólo Dios es Dios. 

Una mora, ¿bonita quizás?, se asoma con infi- 
nita, suprema timidez al minarete. Prostérnanse 
los hombres cuando pasa el cortejo. Hasta nos- 
otros mismos advertimos una sensación de inquie- 
tud en el alma y un anhelo confuso de no sabemos 
qué misteriosa complejidad. Se mueve un tantito la 
palmera, batida por un aire, un aire largo y suave, 
soplo de brisa. El sultancito de la tez morena, en- 
tre las bayonetas españolas, acude á la mezquita 
para rezar en su Corán . Se amalgaman cien co- 
sas divinas en el espíritu. Cuando vuelve á pasar 
el jalifa, ignorando el por qué, nos descubrimos 
respetuosamente. 

«Paloma». 

El teniente de regulares indígenas don Gonza- 
lo Moreno tenía una perra. La perra era una irri- 



234 LUIS AHTÓN DEL OLMET 

sión. Ruin, desmedrada, sucia, feísima, había sa- 
lido nadie sabía de dónde. Moreno la había cobi- 
jado por misericordia. 

—Pero, ¿qué idea te ha dado? ¡Si es un chucho 
indecente! — le decían sus compañeros de armas, 
mientras quizá alguna vez, zapeaban al animalejo 
de palabra y aun de obra. 

—No te presentes con eso en España. Creerán 
que estás loco. 

— Como regalo para un enemigo estaría muy 
oportuna. 

Había un verdadero tumulto de camaradesca 
ironía siempre que aparecía el teniente Moreno 
seguido de su gozquecillo miserable. 

Pues bien, como sabréis, el valiente oficial pe- 
reció durante una reciente batalla. Hoy, el goz- 
quecillo miserable se ha trocado en el objeto de 
todos los mimos y en el imán de todas las simpa- 
tías. Nadie sabe por qué. . . Mas es el caso que 
todos se desviven por obsequiar al bichejo, que 
le han puesto una cama, que le arrojan suculentos 
desperdicios y aun sabrosos y tiernos pedazos de 
carne, que al verla llegar dando brincos, son mu- 
chas las manos que se le tienden para hacerle una 
caricia, y muchas las voces que le dicen: 

—¡Hola! Pues no es fea, ¡qué demonio!, la pe- 
rrita. ¡Vaya, pues si es muy graciosa! ¡Ven, ven 
aquí, pobrecita. . . ven! 



TIERRA DE PROMISIÓN 235 

Lírica mora. 

Cuando había Sultanes en Tetuán y florecía la 
ciudad aristocrática, refugio de adalides granadi- 
nos, cuna de familias nobles, emporio de cultura y 
de arte, existió cierto lindo adolescente, rico y 
venturoso, letrado en coránica sabiduría, tan bien 
quisto de las musas como favorecido por la suerte 
y por la Naturaleza. 

Una tarde en que había subido á la azotea de 
su casa el apuesto Aliatar, quedó prendado repen- 
tinamente. Allí, en otra azotea lejana, con su di- 
vina faz al descubierto, una virgencita nubil, pú- 
dica y casta, cuyos ojos semejaban estrellas, de- 
jóle transido de amor. Columbró la figurita hechi- 
cera; la miró un instante, fascinado; advirtió en 
ella un rebullimiento de sorpresa y de ansia, como 
si también quedara cogida por el mismo lazo. 

— ¡Alma...!— suspiró hacia la gentil. 

Después, asida brutalmente por su padre, gol- 
peada con gesto vengativo, viola salir de la azo- 
tea. Al día siguiente, según atardecía, volvió el 
moro á su puesto. Y volvió un día más, y diez, y 
veinte... Y la figurita seductora y amada, la figu- 
rita deliciosa, no tornó á surgir. 

—¿Qué te acontece? — preguntábanle al triste 
sus amigos—. ¿Qué pudo sumirte en la melanco- 
lía? ¿Una mujer acaso? 

Y el moro agachaba su cabeza pensativa, y 
exclamaba en un tono gemebundo: 



236 LUIS ANTÓN DELOLMET 

— Sí. Una mujer. 

— ¿Cómo se llama? 

— Lo ignoro. 

— ¿Quién es? 

— Lo ignoro. 

— ¿La ves? ¿La hablas? 

—La vi una vez, y no torné á admirar su belle- 
za. Por contemplarla un instante me dejaría arran- 
car el corazón. Por verla, por verla cerca de mí, 
por asomarme á sus divinos ojos, daría la vida 
cruel y horrible que me aguarda. 

Un día, enloquecido Aliatar, rompiendo las cos- 
tumbres patriarcales, y dispuesto á todo, aprestó 
á sus criados y forzó la puerta de aquella mujer. 

— ¿Dónde vas? — preguntóle un viejo que ha- 
llaron en la casa, y que sonreía enigmático. 

—En busca de la felicidad. ¡Vengo por ella! 
¡Dámela ote mato! 

Y entonces el viejo alzó sus dos manos, y se- 
ñalando á la altura, exclamó: 

— Ya no me pertenece. Es sierva del Rey. En 
el harén del Sultán vive para mi orgullo. Corre á 
buscarla si tienes valor. 

Sumió esto al enamorado en la desesperación, 
en la vesania. No reía nunca. No comía. No acu- 
día el sueño á sus ojos. Había enflaquecido, y pa- 
seaba solitario por los jardines lleno de cansancio 
y de angustia. Y su tristeza hízose popular en la 
ciudad sagrada. Y era comentada al igual que se 
glosan los sortilegios. Y el Sultán, un Sultán be- 



TIERRA DE PROMISIÓN 237 

nevólo y extraño, que á la sazón ocupaba el tro- 
no, enterado también de aquel hechizamiento y 
sabedor también de las buenas prendas que ador- 
naban al mozo, de su prudencia, de su valor y de 
su sabiduría, tuvo una concesión inusitada: 

—¿Afirmáis que daría, gustoso, la existencia 
por verla una vez? 

— Sería su felicidad única. 

— ¿No serán pasajeros engaños de poeta? 

— Es una realidad, señor. Muere de pen a sin 
contemplar las estrellas de sus ojos. Viéndola una 
vez, fenecería contento. 

—Bien— anadió entonces el pío monarca, el 
buen rey misterioso, indulgente—; decidle que 
venga mañana á palacio. La verá, y será muerto. 

Y fué así. Al día siguiente, ataviado con sus 
preseas más lujosas, á lomos de su caballo, pro- 
visto de su cítara amatoria, ebrio de sobresalto y 
de ansiedad, llegaba el enamorado al palacio del 
Sultán bienhechor. Mil cabezas serviles se incli- 
naron á su paso furtivo. Un esclavo silencioso le 
condujo al jardín. Miró. Estaba solo. Entonces 
tañó Aliatar su cítara de poeta, y entonó una casi- 
da epitalámica. Se oía cantar á los pájaros y bar- 
botar á las fuentes. De pronto ella, ¡ella!. 

Había aparecido en el fondo lejano del jardín, 
como un átomo, imposible; cual una esperanza 
que asoma y no llega. Sus piececitos breves avan- 
zaban, sin embargo, y la muy adorada, la muy 
fascinadora, parecía acercarse. Vio sus ojos, y 



238 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

eran dos luceros. Vio su carita de niña, y era un 
sol. La vio ya cerca de sí, y al verla, cayó de ro- 
dillas, deslumhrado, suspenso de aquella inefable 
aparición, feliz como jamás lo fuera hombre algu- 
no, en éxtasis, en un transporte de suprema di- 
cha. En una ventana, el Sultán, un Sultán entre 
bueno y canalla, como Luis XI, reía sarcástico. La 
esclavita de soles en el rostro; la zalamera, lleva- 
ba un veneno para el enamorado. El Rey mismo 
se lo entregara con su mandato imperativo. 

— Dale de beber, y en la bebida confunde esta 
pócima. 

Permanecieron juntos un instante. Se oía gor- 
jear á los pájaros y barbotar á las fontanas. 

— ¡Te adoro! 

—Pasó una ráfaga de viento que trajo tal vez 
el eco vago de una carcajada. 

—¡Te adoro! 

Reía todo en el jardín. Encendía la primavera 
sus ímpetus. Un rosal abierto expandía su per- 
fume. 

— ¡Te adoro! 

—Yo te adoro también, que fuiste leal y me 
ofreciste la vida. Yo te querré siempre, y será este 
amor el ataúd en que yacerá mi alma. Bebamos, 
Aliatar. ¿Querrás beber el agua de mi alcarra- 
za? Yo la cogí para mi amor. 

Y bebió el inocente. Pero no había sorbido ve- 
neno, que la enamorada, incapaz de realizar un 
crimen y un suicidio, no había emponzoñado el 



TIERRA DE PROMISIÓN 239 

agua de su alcarraza traidora. Y estuvieron aún 
algunos minutos hablando con frenesí de sus amo- 
res. Y absorto el Sultán, mandó un esclavo á re- 
petir la orden. Y bebió por vez segunda el poeta. 

Y otra vez no arrojó ella su veneno. Y por fin, co- 
lérico el Sultán, irritado por la ineficacia de su 
venganza justa, trémulo de ira, mandó que lleva- 
sen á la vil y que asesinaran los soldados al 
inicuo. 

Manos violentas arrastraron á la seductora. 
Conforme la figurita se iba empequeñeciendo, 
Aliatar perdía el sentido, la visión... Ya no era 
más que un átomo. Ya no era más que una luceci- 
ta lejana. Ya se iba, ¡se iba para siempre!... 

Cuando llegaron los soldados con sus alfanjes 
prestos, era tarde. Estaba muerto el enamorado. 

Y al verlo tendido, exánime, creyeron ellos, y 
pensó el Sultán, vulgares, sin poesía, incapaces de 
amar y de morir por amor, ¡que lo había matado 
el veneno!... 




CABOS SUELTOS 



La cuestión Luque-Primo . 

No quise tocar adrede este asunto. Cuestión 
netamente particular, y de ninguna importancia 
colectiva, ¿para qué darle público estado, faltando 
además á compromisos de tácito deber? Que no es 
éxito de periodistas decirlo todo, sino tener aque- 
lla lógica medida y tacto bien hallados con la pru- 
dencia y el justo límite. 

Pero se ha desflorado ya periodísticamente el 
asunto, se lo ha hecho popular, y, sobre todo, se 
ha exagerado grandemente. No faltó hasta quien 
dijo que habíanse suscitado protestas unánimes 
por la concesión de premios, y no faltaron rumo- 
res que dejaron traslucir enorme malestar entre los 
oficiales en campaña por el resultado de las re- 
compensas. 

No hay tal cosa. Mermadas vinieron éstas, y 
sutil fué el alambique por donde pasaron. Aun así, 
nadie ha dejado escapar una sola palabra de 
inquina. El oficial no lucha por sus cintas, sus cru- 




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TIERRA DE PROMISIÓN 241 

ees, su pensión. Estos agasajos, cuando son me- 
recidos, placen. El ideal, más noble y exquisito, 
es otro. 

Los términos de la cuestión son, pues, reduci- 
dos. Limítanse á dos telegramas cruzados entre 
el teniente general señor Luque, ministro de la 
Guerra, y el señor Primo de Rivera, general de 
brigada. 

¿Qué dicen esos despachos? El del señor Lu- 
que al^o así: «Felicitóle por cruz Mérito Militar y 
le abrazo.» El del señor Primo de Rivera, algo se- 
mejante á lo siguiente: «-Suplicóle se abstenga de 
felicitarme y de abrazarme.» 

Esto ha dado lugar— me parece á mí— á una 
sumaria que incoa el señor García Menacho, su- 
maria poco alarmante, y de la que bien escaso re- 
sultará. A lo sumo, el general Primo de Rivera, 
por haber tenido «una réplica desatenta á supe- 
rior», habrá incurrido en lo penado por el artícu- 
lo 335 del Código de justicia militar, con repren- 
sión privada. He aquí todo. 

Yo lie leído en algunos periódicos furibundas 
inculpaciones contra este brigadier. No me pare- 
cen mesuradas. Es un militar que ha combatido en 
las cinco partes del mundo, que tiene una brillan- 
tísima historia, que derrocha su vida en un cons- 
tante alarde muy eficaz para mandar batallones, y 
que si obtuvo rápidos ascensos, no los alcanzó en 
negociados ni con intrigas, sino en España, en Fi- 
lipinas, en Cuba, en Asia, en Marruecos, frente á 

16 



242 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

las balas. ¡Benditas sean las rápidas carreras de 
Burguete, Silvestre, Berenguer, Primo, Cavalcan- 
ti! Prueban que hay jugo y vitalidad en la raza es- 
pañola. Cuando yo veo á un general mozo y á un 
catedrático joven, me huelgo como español, y le 
pido al cielo grandes avalanchas así... 

Pero ¿es que Don Miguel Primo de Rivera, en 
este caso particular, ha delinquido, atroz? 

Don Felipe Alfau, anterior alto comisario, pro- 
puso al señor Primo de Rivera, lo ¡propuso!, tras 
de largos y entusiastas elogios, para general de 
división. El señor Luque — sin duda con intención 
excelente— no sancionó ese ascenso, no concedió 
siquiera la María Cristina; se limitó á la cruz del 
Mérito Militar. Esto fué acatado por el brigadier 
con todo respeto y voluntad sumisa. No le apete- 
cía, por lo demás, dejar su brigada de Cazadores, 
á la que se siente unido como un espíritu á un 
cuerpo. Lo que sí pudo zaherir su ánimo fué aque- 
lla frase de ;<á petición del alto comisario se le 
concede la cruz del Mérito Militar», siendo ascen- 
so lo que el alto comisario había pedido, y aquella 
felicitación y aquel abrazo, que pudo considerar el 
señor Primo quizá como una sutil ironía, un sub- 
rayado humorístico, una donosura intelectual del 
señor Luque. El general de brigada le debe á su 
teniente general obediencia, sumisión, respeto 
acendrado. Pero un general de brigada— supongo 
yo-- podrá rehusar las caricias. . . 

Tal fué la ya célebre cuestión Luque-Primo, 



TIERRA DE PROMISIÓN' 243 

insignificante, levísima, que este cronista modes- 
to no quiso tratar, y que hoy alude para poner á 
salvo la abnegación de unos valientes oficiales y 
el disciplinado espíritu de un gallardo brigadier. 

Blocaos en Beni-Hosmar. 

Esta mañana cuando me levanté, y lo hice tar- 
de, pecador de mí, tuve mi pregunta cotidiana: 
—¿Hay noticias? 

— Sí; construyen unos blocaos en Beni-Hosmar. 

- ¿Hubo tiros? 
— Algunos. 

Nadie puede seguir en Tetuán los planes del 
caudillo. Sagaz y prudente, como conviene al 
mando, veda sus decisiones hasta el instante opor- 
tuno, y no se conocen las cosas hasta que han sido 
hechas. Así acontecerá con las operaciones futu- 
ras. Yo llevo aquí esperando largo tiempo. Maña- 
na tornaré á Madrid para ocupar mi lugar humil- 
dísimo en las operaciones políticas y parlamenta- 
rias. Ignoro si el avance, caso de haberlo, será 
mañana, será dentro de un mes. El general, cum- 
pliendo con uno de sus deberes más elementales, 
muéstrasenos hermético, 

— ¿No han terminado aún los blocaos? 

—No. Habrá para rato. 

Almorcé, y después de almorzar, tascando mi 
puro, fuíme á la aventura y á campo traviesa. 
¿Por qué no ha de llegar un hombre civil á las 



244 LUIS ANTÓN DFX OLM T 

avanzadas, cuando debe cumplir deberes de pro- 
fesión y tiene que informarse? Yo le tengo miedo, 
un miedo cerval, á caer en el ridículo. Me dejaría 
matar antes de apodarme héroe. Mas, ¿es uno por 
ventura hombre de otra raza, que no tiene derecho 
á contemplar la guerra sino en concepto de perso- 
nilla inferior? 

¡Cómo hedía en las inmediaciones de Tetuán! 
Corrí para ponerme á salvo. Luego, hallando á un 
pelotón de ingenieros que volvían con sus azadas 
y sus picos, les interrogué: 

— ¿Se va por aquí al blocao? 

—Sí. Continuando ese camino. 

Yo tenía ganas de seguir á pie estas veredas 
atractivas. En ellas se advierte el espíritu entero 
del campo marroquí. Chumberas, pitas, abrojales 
tétricos, una naturaleza de agresión que no ha 
dulcificado ni pulido el hombre. Cañaverales pro- 
picios al acecho. Arroyuelos taimados que corren 
sigilosos, bajo el liquen y el musgo, y que nos 
hundirían en su ciénaga. Rastro de brutalidad y de 
rencor por todas partes. ¡Bendita la mano de Espa- 
ña que aquí hace una obra de paz y de belleza! 

Sólo hay en todo el valle arisco una nota de 
candor. ¡Las aves blancas! Aquí se llaman de un 
modo prosaico: espulgabueyes. . . Son parecidas á 
las cigüeñas, y pululan entre el ganado bovino. 
Son útiles y excelentes amigas del buey. En oca- 
siones, dando una volada, se posan sobre los an- 
chos lomos, y van limpiando de moscas, de taba- 



TIERRA DE PROMISIÓN 245 



nos, de garrapatas, de parásitos inmundos á los 
callados bueyes. Los bueyes y las vacas, enormes 
y apacibles, se dejan hacer, se someten, se entre- 
gan. . . Hay algo providencial y sabiamente enca- 
denado en esta obra callada é inteligente de la 
Naturaleza. 

He andado un buen trecho. Me hallo absoluta- 
mente solo. No veo soldados ni vislumbro atisbos 
de blocao. Estoy casi por iniciar la retirada. Pero 
me acucia el anhelo de asistir á la obra de nues- 
tros infantes y de poder transmitiros una sensa- 
ción vista de cómo cumplen con su deber. Oteo á 
un pastor. 

—¿Españoles? 

El moro me ha comprendido. Luego me dice 
una letanía de haches. Pero comprendo su mími- 
ca, le doy una peseta, hago con ello penetración 
amistosa, y sigo la ruta indicada. Al cabo, y tras 
de otro buen trecho, atisbo á unos soldados del 
tabor. 

—¿Hay oficiales cerca? 

—Ahí. Bajo ese árbol. 

Llego. El comandante Cogolludo, el capitán 
Castillo, algunos más, platican. 

— Hombre, ¿usted por aquí? ¡Ea, vamos á ver 
el blocao! 

Cuatro fortines se han construido. Menos en 
éste donde me encuentro, no sonó un disparo. 
Aquí hubo resistencia, mentecata resistencia que 
acallaron las ametralladoras. 



246 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Se nos recibió á balazos — dícenos e! oficial 
señor Manzaneque— , pero las ametralladoras ani- 
quilaron el fuego. Aún hay, de vez en vez, algún 
tiro. 

—¿Lejano? 

—De ahí mismo. Vea usted. 

Nos asomamos por dentro del blocao y vemos 
á la otra orilla del Martín, un riachuelo de seis va- 
ras, los cañaverales del adversario y sus trinche- 
ras. Un poco más allá, á cosa de cien metros, vi- 
gilan, procurando ocultarse, los centinelas moros. 

—¿No se les tira?— interrogo yo, perplejo. 

- ¿Para qué? Mientras ellos callen. . . 

¡Qué bien se están haciendo las cosas en esta 
campaña ideal! ¡Qué sigilo, qué exactitud, que 
arrojo y, al mismo tiempo, qué prudencia! 

Cuando salimos á la alambrada, aún están la- 
borando los ingenieros en medir su talud y sus 
zanjas, y en apisonar la tierra. Se hallan sin ampa- 
ro, á veinte metros de un enemigo oculto, que ha 
disparado durante la mañana entera, y que ahí 
está, acechando, entre las cañas. A cuerpo descu- 
bierto, sin pensar en las balas que hace un momen- 
to acribillaron los árboles, trabajan los soldados 
valerosos. El señor Manzaneque, mozo barbilam- 
piño aún, se halla gozoso, lleno de alegría. 

— Parece que está usted muy contento. . . 

— Sí. He recibido mi bautismo de fuego. Salí 
oficial en Septiembre. 



TIERRA DE PROMISIÓN 247 

¡Y lo decía con orgullo tanto y satisfacción tan 
enorme! 

— Qué, Antón, ¿vamos á la guerrilla?, ¿quiere 
usted que nos den unos tiros? 

El capitán Castillo, al decir esto, ríe, simpático 
y noble, con su mirada marcial, y como si le ani- 
mara una cierta burla contra el vil paisano. 

—No hay ningún inconveniente. 

Yo me acordé, un poco fanfarrón, de que soy 
español, hidalgo y poeta. Añadí: 

— No se muere más que una vez. ¡Vamos! 

Y allá nos fuimos. Hubiera sido carecer de 
vergüenza rehusar. Y ¡qué bonitas las ametralla- 
doras, estas ametralladoras, que asombran y tras- 
tornan al moro! Y ¡qué maravillosa emoción la de 
contemplar estas escenas de trabajo patriótico, de 
abnegación y de veteranía! 

Cuando regresamos no pude menos de felici- 
tar á los oficiales. Han construido cuatro blocaos 
en escasísimas horas, á ocho metros del enemigo, 
bajo su cañón. Han tomado posiciones admirables. 
Ya será imposible que llegue una bala á Tetuán ni 
al campamento. Ya queda Beni Hosmar bajo los 
fusiles españoles. La pacificación de los aledaños 
tetuaníes es obra rematada con el hecho de hoy . 
Y todo, ¡con qué inteligente mandato y con qué 
ejecución exacta y ejemplar! 

No puede uno menos de sentirse orgulloso 
viendo con qué sutil complejidad se realizan estos 
menesteres de sabiduría y de peligro. 



248 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Los aisaguas. 

Constituyen una secta religiosa. Ayer he visto 
hacer aisagua á un niño de ocho días. 

Era de noche. Cuatro músicos habían tocado 
y cantado la salmodia moruna que plañe por Gra- 
nada, por el perdido «Andálus...» Oyóse des- 
pués en la puerta un canto estridente . Después, 
un coro de voces hórridas. Se abrió la puerta y 
entraron los aisaguas con sus blandones encendi- 
dos, sus faces epilépticas, sus gestos de un misti- 
cismo bárbaro. Cantaron como furias durante una 
hora. Un loco hacía mentecateces. Yo sentía ver- 
dadero terror ante aquella escena demoníaca. El 
sacerdote cogió después al niño y le escupió en la 
boca. Ya era aisagua. Ya podía comer alacranes 
vivos. 

— Pero ¿es cierto que comen alacranes?— pre- 
gunté. 

— Sí. Aquel tan moreno— me responden — co- 
mió tres delante de mí. Los cogió con los dedos, 
se los llevó á la boca y los deglutió. 

Creí que se me doblaban las piernas. 

—Estos aisaguas son las fieras de Marruecos 
—añade mi interlocutor — . Son medio caníbales. 

Seguían entonando sus cánticos atroces. Tre- 
melucían los lirios. Como algo dantesco, formida- 
ble, aparecía el conjunto. Hombres rotos, de mu- 
grienta indumentaria, ceño feroz, inteligencia pri- 
mitiva, fanatismo trágico. . . Estos, éstos son los 



TIERRA DE PROMISIÓN 249 

que se juntan al resplandor de sus hogueras, los 
que predican el exterminio, los que llegan al com- 
bate llenos de violencia satánica, los poseídos, los 
endemoniados. Estos, éstos son la barrera infran- 
queable. 

Al fin dejaron de rezar. Comieron luego un 
bodrio. La danza. . . 

Imagináis á veinte salvajes dando alaridos, con 
los ojos desorbitados, moviendo sus testas col- 
gantes, desnudas las piernas terrosas, epilépticos, 
morbosos. Yo he pensado en los bailes de la an- 
tropofagia, y los he creído realidad aquí, en esta 
casa recóndita del Tetuán ignorado. Cada ojo, 
cada boca, cada gesto, cada sacudida, cada trenza 
apeluznada, y eran cuadro de horror, algo entre 
Goya y Poe. . . Jamás, jamás sentiré una emoción 
de angustia y de asombro tan grande como la sen- 
tida ante estos aisaguas fanáticos, vesánicos, en- 
fermos y terribles. 

—¿Vamonos? 

—Sí. 

Y nos fuimos, aterrorizados, mientras seguían 
dando gritos. 

Las callejas eran estrechas, con sus arcos hun- 
didos, sus rincones, sus sombras. Rió una mora, 
sarcástica, no sé de dónde. Cruzó un perro y tro- 
pezó conmigo. El Marruecos trágico y horrible ha- 
bía pasado ante mis ojos. La obra redentora y ar- 
dua de mi país, había aparecido estupenda. El in- 
terlocutor decía de vez en vez: 



250 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

— Son fieras, chacales. Una vez al año irrum- 
pen en las calles de Tetuán con un carnero. 
Van dando alaridos. Cuando llegan al zoco, uno 
de los más significados le clava sus dientes á la 
res y la degüella como un tigre. Después le imi- 
tan los demás. . . A bocados desgarran al animali- 
to, y se lo comen como una jauría. Visten de blan- 
co, y van chorreando sangre. También se comen 
los perros, las ratas. Pero han de ser animales 
vivos. 

Cuando llegué á mi casa y en ella me encerré, 
redimido y solo, me pareció que había despertado 
de un sueño macabro, de una irrealidad, de uno de 
esos viajes fantásticos y espantosos que realiza- 
mos por mundos increíbles á lomos de la calen- 
tura. 




CATÁLOGO DE INICIATIVAS 



Rasgo triste. 

Para celebrar una noticilla fausta quise adqui- 
rir en Tetuán una botella de champaña español. 

—¿Qué marcas nacionales tiene usted? — fui 
preguntando tienda por tienda. 

—Ninguna. 

—¿Y eso? 

—Sale más caro y resulta más difícil que el 
champaña francés. De Málaga á Ceuta, á Río 
Martín, llegan más tarde que desde Hamburgo los 
pedidos. 

Las conservas, las ropas, los utensilios, los 
sombreros, el calzado, casi todo es extranjero 
aquí. No he logrado pillar una simple navajita de 
Albacete, siéndome preciso adquirir un infame se- 
rrucho alemán, infinitamente peor que nuestro clá- 
sico acero albaceteño. Apenas vi una botella de 
Jerez. Apenas unos lienzos catalanes. Lo demás 
trae marchamo inglés, francés, germano, argeli- 
no. . . ¿No es triste? 



252 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Recientemente fui á Río Martín en excursión 
ecuestre para dar un vistazo por las Aduanas, y la 
impresión de melancolía fué mayor. Gracias al 
general, ya trabajan algunas horas nuestras ofici- 
nas. Pero aun así, falto aquello de almacenes, ve- 
mos tiradas las mercancías, las vemos pudrirse, 
romperse. . . Hay banastas de huevos que se cue- 
cen al sol durante días y días: se perdieron en 
cierta ocasión 82 cajas de baldosas; con las lluvias 
se trocaron en plasta deforme varios sacos de ha- 
rina; hay barcos que se van sin descargar; un va- 
por extranjero que tenía fijados tres días para 
hacer su descarga, estuvo aquí trece, y al marchar, 
juró el capitán, razonablemente, no volver á Río 
Martín . . . 

Yo no quiero censurar á nadie por esto. Se ha 
tenido que improvisar. Es posible que nuestros 
funcionarios estén luchando con entusiasmo verda- 
dero. Mas lo que sí digo, es que merecen estas 
cosas una pronta enmienda, y, sobre todo, que 
debe suprimirse cruelmente, violentamente, algo 
muy español, espeluznante, suicida, asolador, épi- 
co. . .: el trámite. 

Verdad que parece burla. 

Voy á pintaros un detalle simbólico. . . 

Una de las dificultades más arduas que tenía el 
fácil despacho en Río Martín, consistía en la ausen- 
cia de barcazas. Sin muelle, los barcos, imposibi- 



TIERR \ DE PROMISIÓN 253 

litados de atracar cerca de tierra, necesitaban, 
como es consiguiente, barcazas ágiles que trasla- 
daran las mercancías á la playa. Había pocas. Pu- 
diendo alijarse 300 toneladas por día, sólo se ali- 
jaban 60. Debían piafar los buques anclados. Era 
urgente, inminentísimo, procurar esas barcazas 
ideales que resolvieran conflicto . ; e tal jaez. 

Bien... Pues un día surgió el hombre providen- 
cial. Yo no le conozco ni sé cómo se llama. Ten- 
go noticia solamnte de que vino desde Málaga, 
nuevo Lohengrin, y que vino con una proposición 
tentadora. 

— Yo me comprometo á traer inmediatamente 
cuantas barcazas sean precisas. Corren todos los 
gastos de mi cuenta. Y, además, le pagaré al Es- 
tado el 25 por 100 de mis ganancias. 

Era un hombre estatuable, ¿no? 

Pues bien, ese genio, ese semidiós, ese ángel 
enviado por la Providencia, cayó en manos de la 
burocracia. Nuestro celoso delegado de Hacienda 
caló sus gafas, lo miró escrutante, y Argos supre- 
mo de la Administración española, replicó: 

—Vayamos por partes. La cuestión no se pue- 
de acelerar. Tiene su trámite, su procedimiento. 

Había temblado el hombre de las barcazas. Pá- 
lido, escuchaba con desolación al grave y sesudo 
legista. Un espíritu de curiosidad y de investiga- 
ción lo animaba. Un Himalaya de legajos pesaba, 
fatídico, sobre su espíritu atarazado por el bal- 
duque . 



254 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

—Preciso es— dijo luego de una manera muy 
administrativa— que me traiga usted las matrículas 
de esas barcazas. Será preciso conocer sus nom- 
bres, y ver si tienen algún censo, y observar si se 
hallan en buen uso, y practicar con ellas un cala- 
fateo, y que deposite usted una cantidad, y que 
informen siete negociados, y que dé su visto bue- 
no el Maghzen. 

Yo no creo que el Sr. Vela Hidalgo, un econo- 
mista perfecto, haya tomado esas posiciones y se 
haya parapetado tan formidablemente sólo por el 
goce de impedir que lleguen barcazas y que se pu- 
dran las mercaderías. Es un hombre correcto, pa- 
triota, abnegado. Ávido está de que todo se haga, 
y se haga bien. Pero es el caso, español, que 
aquel hombre inaudito, el hombre extraordinario 
de las barcazas, se marchó aturdido, y no ha 
vuelto. 

Lo que debe hacerse. 

Hay buena fe administrativa, y algunos espa- 
ñoles se van preocupando ya un poco de todo 
esto. Yo he sentido una satisfacción enorme al re- 
cibir frecuentes cartas de compatriotas, pidiéndo- 
me noticias sobre la introducción de productos es- 
pañoles y sobre la conveniencia de realizar tal ó 
cual gestión mercantil. Modestamente, pero entu- 
siásticamente, procuré documentarme y ayudar á 
estos hombres aventureros y esforzados que ha- 



TIERRA DE PROMISIÓN 255 

biaban de traer unas peseticas. Los catalanes, es- 
pecialmente, se han convencido pronto de que 
nuestra zona marroquí puede ser venero de rique- 
zas. Pero no es bastante. Hace falta que sacuda- 
mos un tanto la pereza nacional, que tengamos del 
dinero un concepto más amplio, que salgamos del 
miedo capitalista, y que los hombres civiles me- 
rezcan á sus conterráneos militares, acudiendo en 
valerosa retaguardia industrial. 

Yo no soy partidario del quietismo, de la expec- 
tativa, de una protección inoportuna al inerte oro 
español. Aquí, lo fundamental, es hacer cosas, rea- 
lizar obra de trabajo, convertir esto en un país de 
adelanto y empuje. Es preferible todo, todo, hasta 
que no haya cacho de tierra ni fábrica menuda 
perteneciente á españoles. Es preferible eso, á que 
siga, durante meses y años, viviendo su existen- 
cia de aduar. El aduar no es la patria. La patria es 
el ímpetu. Yo muchas veces he creído más espa- 
ñoles á los extranjeros que trabajan en España y 
dan de comer á legiones de obreros, y consumen 
productos del país, y añaden afluyentes á la re- 
caudación y al presupuesto, que los nacionales tí- 
midos, incapaces de acometer una empresa, taca- 
ños del papel de oficio, reñidos con toda noble ha- 
zaña aventurera. 

Es preciso que aquí se hagan cosas, muchas 
cosas, que se convierta la zona ibera en un gran 
centro fabril y comercial, y que se higienice, y se 
edifique, y se cultive, y se adelante, y llegue un 



256 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



momento, momento posible y aun cercano, en el 
que, no solamente viva Marruecos de su vida pro- 
pia, sino que sea un recurso para los gastos gene- 
rales de nuestra nación. 

Españoles que sabéis trabajar, verdaderos es- 
pañoles de raza, ¡aquí tenéis el esfuerzo y el oro! 

Obras á realizar. 

De cultura: 

Creación de una escuela israelita. En la «Alian- 
za francesa» tenemos, para los judíos, una clase 
de español. No es suficiente. Esa clase vive como 
asfixiada. Hay que hacerla independiente y darle 
más amplios horizontes. Los hebreos, que nos de- 
ben su seguridad personal y hasta la alegría de sus 
caras y el sosiego de sus hogares, quieren ser 
nuestros. La escuela se llenaría pronto. El triunfo 
sería grande . 

Enseñanza de peritajes mecánicos, electricis- 
tas, mercantiles. Hay una juventud hebrea y aun 
árabe á la que se podría educar con este camino 
tan moderno, y que han de irse á países extraños, 
de influencia francesa, para obtener esos títulos. 

Educación hispano-árabe. Hay también una es- 
cuela, pero chiquita. Hacen falta dos ó tres más. 
Una «medersa>, ó instituto moro, en la que se die- 
ran enseñanzas elementales, sería de conveniencia 
enorme. 

También hace falta crear una biblioteca de li- 




Cómo se casan las hebreas. 



TIERRA DE PROMISIÓN 257 

bros españoles ó extranjeros, dedicados á estudios 
árabes para nuestros funcionarios. Es elemental 
que el funcionario español en Marruecos sepa dón- 
de está. Y es elemental que estudie. Y para estu- 
diar necesita de una biblioteca. 

Administración municipal. 

En este aspecto de las iniciativas tetuaníes se 
hace mucho. El Estado regaló 35.000 pesetas, y 
como el Ayuntamiento (digámoslo así) de Tetuán 
está bien regido, acábase de adquirir en Sevilla 
cuanto necesita una ciudad, para europeizarse un 
poco. Bancos, árboles para jardines, urinarios, ca- 
rros de basura, faroles... Dentro de poco no hará 
Tetuán la sensación de repugnancia y de abandono 
que hoy produce. 

Hace falta (y esto será un hecho muy pronto) 
fundar un barrio europeo, fundarlo, no demoler el 
viejo Tetuán pintoresco, realizando una obra de 
exterminio y de enemistad con los tradicionalistas 
moros... El barrio se hará en la explanada que 
hoy ocupa el campamento, se ensanchará una 
calle que partirá de la plaza de España, se abrirá 
en la muralla una salida, y allí se construirá una 
monumental puerta de sabor andaluz... Algung 
divina puerta de Córdoba ó Granada servirá de 
modelo exquisito. 

Hay que hacer una traída de aguas de Sampsa 
ó de Beni Salem. El agua que hoy se consume en 
Tetuán, es nido de bacterias, ha provocado infec- 
ciones y es causa de mil enfermedades. 

17 



258 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

Creación de un hospital civil, ya en vías de 
hecho, y para cuya realización mental y económi- 
ca sólo falta adquirir los terrenos precisos. 

Luz eléctrica. Hay ya dos concesiones. 

Alcantarillado, el actual es muy primitivo. 
Existen filtraciones nefandas que llevan la muerte 
á los hogares tetuaníes, y, sobre todo, el cauce 
fétido se siente en las inmediaciones de la ciudad, 
bajo sus mismas murallas. Las carreteras de cir- 
cunvalación son un asco, siendo preciso recorrer- 
las con la nariz tapada. No me explico cómo toda- 
vía no se ha desarrollado aquí una peste. 

Fundación de un gran hotel, que atraiga al tu- 
rismo. Esto es lo suficientemente interesante para 
excitar la curiosidad mundial. Lo que hace falta es 
facilitar la vida, y no tener al viajero convertido en 
paria. 

Comunicaciones. 

Un buen servicio de automóviles entre Ceuta 
y Tetuán, ahora en que está perfectamente garan- 
tizado el tráfico por la carretera, es elementalísi- 
mo. Creo que ya se está en vías de implantación, 
y constituirá un excelente negocio. Un tranvía 
eléctrico, de carácter urbano, entre Río Martín y 
Tetuán, obra esencial, decisiva, que asegurará los 
desembarcos y transportes y que facilitará el co- 
mercio. Y por fin, el pronto establecimiento del 
tren entre Ceuta y Tetuán, cuyas obras se acele- 
ran y en las cuales trabaja intensamente el dele- 
gado de Fomento, señor Sans Soler. 



TIERRA DE PROMISIÓN 259 

Intereses agrícolas. 

Sin esperar al dominio de otras comarcas, bue- 
no será ir haciendo ensayos coloniales en esta 
vega de Río Martín, verdaderamente fecunda. Es 
una tierra de barbecho ancestral que está esperan- 
do la maquinaria moderna, y que producirá con 
viveza juvenil, vientre apto de una región virgen. 
La siembra de plátanos sería de una riqueza inau- 
dita. La Cámara de Comercio tiene el excelente 
propósito de dividir en parcelas esta vega ubérri- 
ma, dárselas á españoles idóneos, que hayan de- 
mostrado ser buenos agricultores y gentes de pro, 
entregándoles á la vez, y con su gravamen míni- 
mo, aperos y semillas. 

Intereses industriales. 

Podrían tener un éxito grande, fábricas de hielo, 
de materiales para construir, de salazones nacidas 
al calor de las ya concedidas almadrabas. Otras 
muchas industrias podrían obtener importantes 
rendimientos. Tabacos, cerillas, velas... 

Intereses mercantiles. 

Lo primero, lo fundamental, lo urgente que 
debe realizarse, es hacer que se cumpla el admira- 
ble espíritu de la ley de Comunicaciones maríti- 
mas, una de las buenas obras del partido conser- 
vador, adulteradas por el actual desconcierto, y 
que propende á facilitar el transporte por mar. 

— Tardan más las mercancías desde Málaga, 
que desde Hamburgo — me dijeron el otro día. 

Necesario es que los barcos españoles vengan 



260 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

directos desde Barcelona; que no se transborde en 
Melilla, como viene ocurriendo; que no se llene la 
ruta de obstáculos. También es necesario rebajar 
el mínimo en ¡a tarifa de las pequeñas demandas. 
Actualmente resulta de una carestía enorme no 
pedir las mercancías por toneladas, y esto hace 
que la competencia extranjera de lo minúsculo, 
arruine á nuestro modesto comerciante. 

Un Banco. 

Esto es de absoluta y apremiante necesidad. 
Sólo trabajan aquí en asuntos de banca dos ó tres 
judíos. Los judíos se pasan en Pascua la existen- 
cia. No hay manera de percibir un giro. Reciente- 
mente, cuando fui á cobrar á una de estas inci- 
pientes agencias bancarias las pesetas que me ha- 
bía enviado A B C para gastos de información, 
me dieron casi toda la cantidad en duros, en tre- 
mendas monedas, imposibles de transportar por la 
vía lógica de la cartera ó del bolsillo. Luego, en 
mi habitación, hube de pasarme dos horas como 
un avaro contando «Amadeos». Hace falta un 
Banco español, oficial ó particular, y mejor si son 
varios. Mientras no se funden, la vida financiera 
de Tetuán será una contarriña primitiva y absurda. 

Varias mejoras: 

Creación de una barriada obrera. Actualmente 
duermen los pobres jornaleros en posadas inmun- 
das, sobre la paja, entre las bestias. También es 
preciso tamizar la inmigración. Ceuta podría reali- 
zar este cometido. En Ceuta debiérasele cerrar el 



TIERRA DE PROMISIÓN 261 

paso á los seniles, á los vagos y á los enfermos, 
á los inútiles, en suma, llevándolos á hospitales, á 
asilos, amparados por la caridad; pero impidiéndo- 
les, incluso inspirados en la filantropía, que lleguen 
á un país donde no pueden vivir sino las gentes 
robustas; á un país de contienda y energía, en el 
que hace falta ser joven, laborioso y fuerte. 

Y, por fin, hace falta un periódico escrito en 
árabe, que lleve á los aduares recónditos, al espí- 
ritu ignorado é ignorante de los indígenas, 'un so- 
plo de rudimentaria cultura, y una constante pro- 
paganda de lo español. El Eco de Tetuán, funda- 
do por Don Pedro Antonio de Alarcón, escrito en 
signos europeos, realiza ya una función patriótica. 
No basta. Es preciso trocar en alma española esos 
garabatos inverosímiles del alfabeto marroquí. 

Esto, y algunas cosas más, hace falta acometer 
en la zona. Otro día os diré lo que hace falta aco- 
meter en Madrid. Que bueno es preocuparse del 
aspecto militar de la cuestión — su aspecto episó- 
dico en definitiva—; pero es también interesante 
decirle á España que, si tuvo necesidad de verter 
su sangre en estos campos, tiene la obligación de 
resarcir las pérdidas con el trabajo y el esfuerzo, 
y de abrirle á sus propios apetitos una mina y un 
manantial. 

Himno de ilusión. 

Muchas de las cosas aludidas están en realiza- 
ción. Las demás se hallan en el ambiente. España, 



262 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



pueblo tan eficaz, tan colonizador, tan progresivo 
como otro cualquiera, salió de su espasmo revolu- 
cionario y fratricida, y aprende á luchar con todas 
las armas. A mí, creyente del país, idólatra de la 
raza, me consuela ver todo lo que se ha realizado 
en España contra su política, á pesar de su políti- 
ca, en pocos años. Me consuelan Barcelona, Va- 
lencia, Bilbao, San Sebastián, Vigo, Sevilla, Pal- 
ma de Mallorca, Málaga, Gijón, hasta Madrid, y 
no sólo esto, sino esos pueblecitos gallegos, cata- 
lanes, valencianos, astures, cántabros, extreme- 
ños, castellanos, murcianos, navarros, riojanos y 
aragoneses, que despiertan á la vida moderna, y 
que se acusan con potente brío. Me consuela ver 
cómo estos cigarros de Oran que fumamos en Ma- 
rruecos, tienen un nombre balear en la funda, y 
cómo en el extranjero mismo la iniciativa española 
se abre paso. Y me consuela en definiva, contem- 
plar á esta gente de aquí con qué entusiasmo, por 
regla general, acomete sus obras y trabaja por el 
bien colectivo. 

Aún -claro está— nos quedan anarquizantes, 
gentes de política y subpolítica, que vivieron muy 
á su gusto con el desconcierto, que medraron del 
desbarajuste, gobernadorcetes que hallaron más 
fácil la prevaricación que el trabajo, y periodisti- 
llas que consideraron más cómodo el fondo de rep- 
tiles que la noble pelea en el arroyo, tras de la 
opinión. 

Aún nos quedan esas tres calamidades nació- 



TIERRA DE PROMISIÓN 263 

nales que se llaman la rutina, la envidia y la igno- 
rancia, esas tres modalidades del espíritu débil... 

Aún nos queda mucho que hacer. . . 

Pero sobre lo ya realizado en el buen camino, 
hay además una pulsación esperanzosa. La pro- 
testa. En España, se protesta mucho. Y eso es 
prueba de reacción, de convalecencia, de que la 
enfermedad hizo crisis. 

Yo miro á mi país con optimismo y entusiasmo 
grandes. ¿Queréis hacer conmigo una apuesta? 
Tetuán, dentro de cinco años, será una cosa enor- 
me. Yo siento aquí el vagido de la España cons- 
ciente y moderna. Yo veo aquí palpitar el otro es- 
píritu, el espíritu bueno. 

¿Os apostáis algo? 






POSDATA DE OPTIMISMO 



Recapitulación. 

El asunto es bueno. Mejor dicho, llevado á 
tontas y á locas, sin criterio, sin abnegación, es 
un asunto de catástrofe. En manos del inepto, la 
más fácil empresa truécase en hecatombe, y el ca- 
mino más expedito se hace abrojal y ciénaga, y 
conduce á la ruina y á la muerte. 

Somos propietarios de una zona pequeña, algo 
así como media Andalucía. Tiene minas y vegas 
fértiles. Podremos encontraren ella un ejército de 
hombres duros y aptos para guerrear. Hemos ase- 
gurado nuestra otra frontera mediterránea. Hemos 
obtenido una compensación espiritual á las desdi- 
chas coloniales. Yo no logro explicarme cómo hay 
pueriles que miren esta acción marroquí de una 
manera pesimista. 

Desembarazados además de problemas inter- 
nacionales referentes á Marruecos, buscada nues- 
tra amistad por Francia y por Inglaterra, asegura- 
da nuestra beligerancia en el mundo, acaso conse- 



TIERRA DE PROMISIÓN' 265 

guidos algunos millones de francos, y, sobre todo, 
una cordialidad venturosa con pueblos que son ve- 
cinos, la cuestión, en lo que atañe á esta zona de 
influencia, no tiene ya más que un aspecto: domi- 
narla. 

¿Sería insensato que un pobre español sin ta- 
lento y sin cultura, pero bien intencionado y aman- 
te de su Patria, os ofreciese algunas ideas inspi- 
radas aquí, ante el mismo pleito, y que pudieran 
aportarle alguna luz á otros cerebros mejor orga- 
nizados y á otras manos llamadas á resolver? 

El problema no es militar. 

I 

Nada en la vida es un problema militar. Lo mi- 
litar es siempre episódico. Esto no merma la su- 
blimidad generosa de lo bélico. Hay episodios ad- 
mirables, de los que se ufana la estirpe, y que se 
guardan en la memoria de los pueblos con el pres- 
tigio de las ejecutorias. 

El problema no es militar, como el problema 
de España no es de revolución avanzada ni de re- 
volución regresiva, sino un neto problema de edu- 
cación ciudadana y patriótica. Inútil será que des- 
tronemos, que asesinemos, que derramemos san- 
gre, que nos sintamos hombres de motín y de ba- 
rricada. Iríanse sustituyendo unos gobernantes por 
otros peores, nacidos entre humo y estrago, más 
violentos, más pasionales, ó entregados al fanatis- 
mo reaccionario, ó cautivos del fanatismo dema- 



266 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

gógico. No haríamos otra cosa que perecer ma- 
tando. Nuestro problema fundamental es el de la 
educación. Los españoles tenemos el deber de 
educarnos, de no vivir para el señor Belmonte, de 
formarnos un concepto serio de la vida, de trazar- 
nos una norma de trabajo y de honradez, de ser 
muy políticos, de votar, ¡de votar! Empecemos por 
los niños. Continuemos haciendo «exploradores». 
Convirtamos al hogar en escuela. Ya se advierten 
presagios, ¿qué presagios?, realidades en España. 

Aquí no hay problema militar. Claro que lo 
hay, y que lo habrá en escenas sucesivas, y como 
paréntesis más ó menos doloroso. Habrá que des- 
truir á una harca. Será necesario tomar ésta ó 
aquella posición. Eso no pasará de constituir un 
problemita del momento, en el que derrocharán su 
valor nuestros oficiales, y en el que demostrará 
su pericia un Ejército bueno y honrado. 

El problema es en Marruecos más fácil aún 
que en España, No es ni siquiera de educación. 
Somos más cultos que los moros, y con ponerlos 
á nuestro nivel, habríamos realizado el desiderá- 
tum de las iniciativas. En Marruecos, el problema 
no es más que de administración. Poner en vigor 
las leyes mahometanas, leyes suficientes que todo 
lo tienen previsto, y hacerlas cumplir de una ma- 
nera justa. Esto y, naturalmente, una elemental 
acción diplomática y la consecución fatal de algu- 
nas mejoras con la debida invasión mercantil, nos 
darán la posesión de Marruecos. ¿Se os antoja di- 



TIERRA DE PROMISIÓN 267 

fícil? ¿No hay en España veinte funcionarios idó- 
neos y patriotas? Los que aquí existen, lo son. La 
raza no está tan agotada. Por fortuna, somos legión 
los hombres de bien. 

¡Administrar! No es otro el problema. ¿Cómo? 
Si me lo permitís, veré si puedo indicaros el ca- 
mino. 

Administración de guerra . 

Insisto en que no es aquí nuestro problema un 
problema belicoso. El general Marina, que tiene 
un talento muy claro, y que es, ante todo, un pa- 
triota, conoce mejor que nadie la índole del 
asunto. 

Por eso no avanza. Ignoro si al fin avanzará. 
Es posible que sea necesario y fácil un movimien- 
to de agresión. Aun así, ved qué parquedad y me- 
sura pone este ilustre caudillo en sus marciales 
empresas. 

No seamos impacientes. Estamos perfectamen- 
te comunicados y unidos. Varias líneas de blocaos, 
inabordables para el moro, guardan la posesión 
de lo dominado. Con guarnición escasa, con la 
guarnición de una región cualquiera, sin gastos 
supérfluos, de una manera económica y discreta, 
con buena administración, en suma, podemos te- 
nerlo todo garantido. 

No seamos impacientes. Ayudemos al general 
en su labor admirable y tácita. No quiera nadie 
que se hagan incursiones prematuras, dolorosas 



268 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

tal vez. Procuremos no derramar sangre, no de- 
rrochar municiones. Hinquemos la zarpa cuando 
sea menester; pero no la clavemos por afán de 
violencia, estérilmente quimeristas. No pida nadie 
avances inadecuados, ni sienta comezón por llegar 
á sitios que tienen sazón y plazo remoto. Volved 
la mirada á la obra de Marina en otras comarcas, 
y recordad la toma de Adlaten, larga de conseguir, 
fácil de acometer, segura de dominar. ¿Sabe al- 
guien lo que á estas horas, de sagaz, de político, 
en evitación de muertes y de gastos, realiza nues- 
tro caudillo insigne? Ya se ha visto recientemente 
en Melilla el resultado admirable de la paz y de la 
amistad. Jordana quiso cien hombres por cábila, 
con objeto de formar una harca combatiente á 
nuestro lado. Doscientos le ha enviado cada una. 
La intentona de cuatro ilusos ha quedado des- 
hecha. 

En Tetuán, no por ser un gran soldado, sino 
por ser un gran administrador., tiene que estar Ma- 
rina algún tiempo, aunque esto signifique abuso 
de su paciencia y de su abnegación. Cuando trans- 
curra el tiempo, será necesario traer un residente 
civil, no el señor Villanueva, ni el señor Navarro 
Reverter, ni el señor Vincenti, ni el señor Bro- 
cas... A éstos hay que dejarlos ir acabándose. Son 
los últimos granos en la epidermis de un conva- 
leciente. Hay casi que observarlos con júbilo. 
¿Querría venir aquí alguna vez D. Joaquín Sán- 
chez de Toca? 



TIKRRA DE PROMISIÓN 269 

Hoy es preciso que continúe Marina durante 
mucho tiempo. Impone respeto su prestigio mili- 
tar, y no se rebasa militarmente. Es inteligente y 
. abnegado. Algún día se sabrá lo fecundo de sus 
gestiones diplomáticas y se vitorearán con entu- 
siasmo sus prudencias. 

Avanzar poco, gastar poco, urdir blocaos, es- 
tos blocaos inaccesibles que se guarnecen con 
doce hombres; acabar de formarle al jalifa su inci- 
piente mehalla, obra sapiente de Marina, aumen- 
tar los contingentes de tropas marroquíes y aca- 
bar de formar ese voluntariado, ya en pleno éxito, 
pero al que se le ha dado una desdichada organi- 
zación. 

¿Desdichada? ¡Sí! 

Vosotros, españoles, creéis que todavía no hay 
voluntarios... Pues bien, hay 3.000. Lo que acon- 
tece es que se les tiene confundidos con los solda- 
dos de reclutamiento forzoso, y que, cuando hay 
bajas, nadie sabe quién es el fenecido, si un hom- 
bre que vino por su voluntad ó un muchacho co- 
gido en el taller. 

Esta confusión es deplorabilísima. Primero > 
por lo arriba señalado. España debe saber quién 
muere. España, lamentando mucho la baja de un 
voluntario, no se conmoverá tanto como se con- 
mueve al saber la violenta defunción de un recluta 
vulgar. El recluta vulgar, aunque tiene la obliga- 
ción absoluta, sea quien fuere, pobre ó rico, de 
servir á su Patria y de morir por ella, lo tiene me 



270 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

nos, si en esto caben gradaciones, que un volun- 
tario. Este supo á lo que se comprometía, aceptó 
de impulso propio esa contingencia... Su baja tiene 
que ser menos dolorosa. 

Pero, además, hay otra razón táctica que se 
alcanza al menos versado. 

El voluntario no debe confundirse con el sol- 
dado por obligación. Tiene otro espíritu, otro ca- 
rácter, otras aspiraciones, otro concepto de la dis- 
ciplina. El voluntario es más audaz y menos sumi- 
so. El voluntario puede emborracharse y hacer 
una proeza. El recluta forzoso es más inerte, más 
bueno, pero menos eficaz. Y, así, el mando ha de 
ser distinto. Reunidos, el arte de mandar se hace 
imposible. Formados Cuerpos homogéneos de tro- 
pa voluntaria, ya sabría la oficialidad con quiénes 
habrían de tratar en el batallón, y tomarían acti- 
tud adecuada, y hasta en el resonar de las espue- 
las y en la línea del cuello se conocería que man- 
dan voluntarios. 

Cuatro batallones podríamos tener ya. No 
tenemos ninguno. Tenemos 3.000 hombres dis- 
persos, que más dificultad producen que bene- 
ficio. 

Con mesura, con aumentos de contingentes 
indígenas, con una buena organización del volun- 
tariado, podremos llegar— y basta que se lo pro- 
ponga quien pueda— á un estado de relativa bara- 
tura en dinero y de mayor baratura en sangre na- 
cional. Se irá despacio, seguro y sin fatiga. 



TIERRA DE PROMISIÓN 271 

Es el camino que ha trazado nuestro gran ge- 
neral. Loado sea. 

Administración del moro . 

Al moro es preciso administrarlo con sus leyes. 
Lo que tenemos que corregir es sus funcionarios. 
La tarea no es fácil; pero es de seguro éxito. 

Marruecos tiene un régimen patriarcal y un 
sistema vicioso. Como todos en los pueblos infan- 
tiles ó senecios, sus autoridades son prevaricado- 
ras. Como los cargos se dan por dinero, el apetito 
«cheg» de todo personaje no es otro que resarcirse. 
El suele dirimir los pleitos y las contiendas según 
la cantidad que le entregan las partes en litigio. A 
veces, cuando no hay cuestiones, el mismo «cheg> 
las provoca, valiéndose de testigos falsos, para 
imponer multas, y no abandonar las cábilas sin 
llevarse unos duros en la faltriquera. El regalo al 
bajá, antes de pedirle justicia, era trámite de rigor. 

Nuestra obra tiene que ser ésta. Valemos de 
los hombres del Maghzen, seleccionado por nos- 
otros, de los «chofas» ó aristócratas feudales, de 
los «ulemas» ó letrados, y de los notables, en 
suma, para hacer obra de aproximación. Aproxi- 
mados ya, nombrar funcionarios puros, castigar 
con energía á los culpables, administrar bien. 
Creedlo. . . En el fondo del pueblo más abyecto y 
corrompido hay siempre latente un gran prurito de 
equidad. Nuestra intervención será tenida como 



272 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

excelente muy pronto, y ganará el corazón inge- 
nuo de la zona, si es buena, si.es justa. Actual- 
mente supimos escoger á hombres honrados para 
rodear al jalifa. Que sigan estos nobles propósi- 
tos. «La mancha de aceite>, de que Liautey habla, 
será con esto rápida y eficaz. 

Administración económica. 

Sin ceguera debe afirmarse un hecho consola- 
dor. En dos, en tres años, pueden nivelarse los 
gastos y los ingresos de la zona. En dos ó tres 
años, la zona de influencia, á pesar de que habre- 
mos de sostener aquí un Ejército y una burocra- 
cia, si no despilfarramos el oro en inútiles gastos 
militares y en dispendios de covachuela, Marrue- 
cos, sobre valemos mucho, no consumirá un ápice 
de patria energía. 

¿Se os antoja esto una ilusión imposible? 

Teniendo aquí docenas de batallones, y, sobre 
todo, empleando aquí á seres inútiles de alguna 
influencia, iremos á ¡a prolongación de un déficit 
imposible de soportar. Si se crearan puestecillos 
nominales para darle una limosna á los inválidos 
políticos, esto será un asilo de imbéciles, y le ha- 
bremos añadido un renglón muy triste al despres- 
tigio nacional. Cuídese mucho de á quiénes se 
trae á la zona. Con hambrientos ávidos de atrapar 
un caudalejo para volverse á la metrópoli, sólo 
iremos á la bancarrota . Si es menester que coman 




A orillas del Mediterráneo, el periodista 
español le dice al Jalifa: «Amarás á España->. 



TIERRA DE PROMISIÓN 273 

algunos desdichados, créese un presupuesto de 
calamidades públicas, y señálesele una pensión á 
los famélicos. No se invista de autoridad á quien 
no merece ser ungido por la Patria, á quien aquí 
debe ser un ejemplo y es alma de exportación. 
Yo no soy partidario de que á los chulos, á los 
cerdos, á los canallas, á los libidinosos, á los em- 
busteros se les persiga. Me inspiran compasión. 
Deben realizar el principio y el fin de su función 
digestiva. Lo que no quiero, es que se les encum- 
bre, y que se les den túnicas y coronas. 

Los ingresos de la zona pueden ser fructíferos. 
Ya las Aduanas están produciendo harto. En lo 
que va de 1913 se han recaudado 500.000 pese- 
tas más que durante el año anterior. La oficina de 
Larache camina con una celeridad enorme. Sólo 
por este concepto se puede recaudar en breve una 
suma importantísima. 

Quedan, además, otros ingresos de considera- 
ción, aparte los municipales, variantes y comple- 
jos, sin eficacia para el Erario nacional, 

Me refiero á los alquileres de bienes Mahazen 
(bienes del Estado) y bienes Habús (bienes de la 
Iglesia), alquileres que casi nadie paga, en los que 
reina un desconcierto absoluto, y que llegarían á 
producir triple, cuádruple, de lo que hoy produ- 
cen, á poca inteligencia que se pusiera en la obra. 
Impónese una revisión en los títulos de propiedad, 
una sutil requisitoria. Sin violencia, lentamente, la 
recaudación aumentaría mucho. 

18 



274 LUIS ANTÓN DEL OLMRT 

Y quedan los demás impuestos á ciudades y 
tribus, de más difícil exacción, pero de no imposi- 
ble resultado. 

Como siempre, nos tropezamos aquí con la 
necesidad imperiosa de la administración buena. 

El moro, como todo ser humano, es refracta- 
rio á pagar. ¿Quién duda que ofrecerá resistencia? 
Pero es el caso que los moros han pagado siem- 
pre, y más de lo debido. Frecuentes mehallas, 
cuando no hordas de facinerosos, han impuesto 
gabelas crueles. Los de Ben Karrich dicen, pinto- 
rescamente, que el Raisuli los dejó con la piel y 
los huesos. El ideal de no contribuir no lo ha con- 
seguido nadie todavía en el mundo. 

Imponed más contribuciones discretas, cobrad- 
las con justicia, empleadlas bien, en obras que sa- 
tisfagan al moro, y en las que vean la realización 
de algo útil, y á la larga, con una resistencia in- 
evitable, pero disminuida, acabarán por pagar. En 
definitiva, saber lo que debemos y tener la evi- 
dencia de que no debemos otra cosa, y de que la 
exacción encuentra su límite, acaba por conven- 
cer y hasta por hacerse grata. No es obra de 
ocho días. Pero se debe realizar. Y hoy mejor 
que mañana, y ahora mejor que luego. 

De acuerdo con Frauda. 

Para la realización de todo esto (Francia lo ha 
comprendido mejor y más pronto que nosotros) 
debemos vivir unidos á los franceses. 



TIERRA DE PROMISIÓN 275 

Lo que ocurría no podía ser más funesto para 
ambos países. Morderse cuando se tiene el mismo 
plan, es infantil. Ellos protegían el contrabando 
en nuestra zona. Nosotros lo protegíamos en la 
suya. Nosotros aceptábamos con fruición á sus 
desertores indígenas. Ellos estimulaban á los nues- 
tros. Mentecatamente favorecíamos á los moros. 

Ahora parece ser que Liautey y Marn.a, sin 
hipócritas afectos, sin reservas ni engaños, se 
ayudarán en la obra común. Era ya hora de que 
llegásemos á un acuerdo. Para todo será (si como 
es deseable no nos acecha Francia) útilísima esa 
cordial relación. Para lo dicho... y para evitar que 
algunos canallas, algunos miserables astutos, se 
nacionalicen en nuestra zona como subditos fran- 
ceses, y se hagan españoles en la zona francesa, 
ganándose así condición excepcional, y burlándo- 
se, mezquinos, insignificantes, de dos naciones 
civilizadas y prósperas. 

¿Cómo hacer todo esto? 

Ahora bien, preguntará el lector, ¿cómo reali- 
zar esta obra de penetración en Marruecos? Hay 
horizontes, esperanzas, sendas y criterios. Mas, 
¿quién ha de propulsar desde Madrid, cerebral- 
mente, la acción? 

Yo juzgo de implantación urgente un centro 
directivo en Madrid que llene el problema. 

El señor González Hontoria, inteligentísimo 



276 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

diplomático, y uno de los españoles más patriotas 
de nuestra generación, pudiera ser el señalado 
para ello. Hontoria, quien fuere, escogerán á 
cuatro, á diez hombres maduros, expertos, que ha- 
yan vivido largo tiempo en África, que tengan 
preparación suficiente, que estén iluminados por 
el asunto (el señor Belenguer, el señor Cogollu- 
do, el señor Zugasti, quienes sean), y formarán 
con ellos un ministerio, una subsecretaría, una di- 
rección general, una comisaría regia, un negocia- 
do (es igual el nombre), y juntos, afanosos, pa- 
triotas, sintiendo la grandeza de su cometido, fie- 
les á España, idóneos, perseverando en una obra 
civil, realizarán en Marruecos una labor de selec- 
ción en los funcionarios, de administración jurídi- 
ca, de administración económica, de implantacio- 
nes mercantiles, de trabajo. La cuestión militar se 
llevará sobriamente, y no habremos de lamentar 
nunca un desaguisado. 

Como veis, el problema marroquí es sencillo. 
Sencillo como todo lo noblemente humano. Sólo 
es difícil en la vida el crimen, el dolo, la falsía, el 
equilibrio, la añagaza y la estupidez. 

Visión de mañana. 

Estamos en 1920. 

Yo vengo á Tetuán como turista. Me condu- 
ce un tren. La ciudad es doble, triple. Se ha res- 
petado el carácter abigarrado y pintoresco de la 



TIERRA DE PROMISIÓN 277 

gran capital moruna, y á su vera existe un bellísi- 
mo pueblo de carácter español, con sus casitas hi- 
giénicas, sus árboles, sus flores, sus mujeres gua- 
pas y cultas. Hay luz eléctrica en abundancia. 
Puedo alojarme en un magnífico hotel. Por la no- 
che concurro á un teatrito, en el que no se desga- 
ñotan como ahora cuatro chulos repugnantes, sino 
que baila una danzarinita encantadora. Hay calor 
de vida por doquier. Se hacen pingües negocios. 
De Tetuán á Río Martín hay un tranvía eléctrico. 
Río Martín, y antes el Rincón, son dos puebleci- 
tos muy aseados. Los moros, mejor vestidos que 
ahora, vienen y van, afanosos en sus asuntos, ga- 
nándose una vida hoigada, que los ha hecho feli- 
ces. Resplandece la civilización por todas partes. 
Se dice de varios españoles que llegaron aquí po- 
bres, y se fueron ricos. Hubo, como es natural, 
pérdidas sensibles, momentos de desmayo. Una 
vez nos atacó la harca, y nos hizo bajas profusas. 
Cuando se tomó el Fondack, se derramó alguna 
sangre. Pero la inteligencia del Gobierno, de sus 
secuaces, la obra de Marina, el esfuerzo lento, 
seguro y noble de una raza, dio en la zonita 
ubérrimos frutos. Yo me paseo con alborozo 
por esta comarca. Faltan quizás algunas leguas 
donde se cobijaron leones ridículos. No se piensa 
en ir á sus cubiles. Ya se cansarán, y vendrán, 
y se morirán, y dejarán unos hijos más suaves, 
menos fanáticos. Todo, muy pronto, en otros siete 
años, será nuestro. Es fruto que madura, mancha 



278 LUIS ANTÓN DEL OLMET 



que corre, piedra que cae, agua que busca el mar, 
progreso que avanza. 

Paseo deslumhrado, orgulloso de mi país, con- 
tento de la vida. Luego, asaltado por un pensa- 
miento algo cruel, hago una pregunta: 

— Pero... ¿le costará mucho dinero á la na- 
ción...? 

— No— me respoden— ; la zona de Marruecos 
contribuye al presupuesto español con un poquito, 
sobre nivelar sus gastos; con 10, con 20, con cien 
millones de pesetas. 

Esto no es un sueño, una quimera, un absurdo. 
Ya veis en cuatro años lo que fué Melilla y lo que 
ha progresado. Nador era un agro yermo y una 
barraca de madera. Nador tiene hoy teatro. Y se 
ha laborado muy poco desde Madrid. Y Tetuán y 
Larache son mucho más ricos, más fecundos, y es- 
tán mejor emplazados, y acarician con esperanzas 
más radiantes. 

Todo esto se puede hacer. Basta con que nos 
dé la gana, ¡así, con que nos dé la gana!, de ha- 
cerlo . 

Si esto no se hace— oidlo, españoles — , si esto 
no se hace, ni España tendrá opción á poseer nada 
en el mundo, ni podremos sentir ante las otras na- 
ciones del planeta más que vergüenza, rubor, des- 
precio de nosotros mismos. 




EPILOGO 



Mientras duró esta excursión por tierras de 
África, recibió mi gratitud algunas, muchas cartas 
de simpatía. Principalmente— y esto es conforta- 
dor—de industriales, de comerciantes y de agri- 
cultores, que acudían á mi solicitud para que les 
iniciara en algún rumbo de trabajo. También me 
favoreció el político, el militar, el apartado y buen 
lector. 

No quiero divulgar estas cartas. Son el tesoro 
de mi literatura. Sólo voy á publicar una de cierto 
español que vive distante. Si la publico, no es por 
vanidad. Es, porque sus líneas admirables revelan 
una cosa divina, suprema... ¡Que hay Patria! 

Señor Don Luis Antón del Olmet. 

Río de Janeiro 10 de Noviembre de 1913. 

Mi querido amigo y dos veces compañero: 
Cuantos desde América vivimos con el alma pues- 
ta en Marruecos, leemos encantados sus bellas 
crónicas de la guerra, y nos orgullecemos á la par 
de los soldados y de su cantor. Acepte usted mi 



280 LUIS ANTÓN DEL OLMET 

cordial abrazo de camarada de «Orden» y de mo- 
desto emborronador de papel. Su libro— porque lo 
tendremos, supongo — debe leerse por todos los 
niños españoles, y ser de texto para los boy scots, 
como le digo hoy á Iradier, el más grande de los 
luchadores pacíficos. Por lo que nos conmueve á 
los viejos, podemos juzgar el efecto que causará 
en las almas nuevas. 

Sólo aquí es donde puede saberse el justo or- 
gullo que sentimos por ustedes y la pena de no 
poder acompañarles. Salimos á la calle contentos 
de ser españoles. Nuestra colonia se ha identifica- 
do con Su Majestad de un modo que puede juz- 
garse asombroso, dadas sus viejas ideas. Vamos 
hacia «arriba». 

Un abrazo cordial y entusiasta de su buen ca- 
marada, 

Comandante S. Caminero. 



NDICE 



Páginas 

Portada 1 

Dedicatoria 3 

A mis enemigos 5 

Lo que dice Gibraltar 7 

Las orillas del Estrecho 15 

El rastro de Aldave 25 

Los absurdos que se han hecho 35 

En tierras del combate 47 

Los valientes de Arráiz 58 

La sagrada Tetuán 68 

Entrando en fuego 76 

Entre los héroes 88 

La obra táctica de Marina 97 

El padre de los moros 109 

Su Alteza El Mehedi 118 

No soñemos, vivamos 126 

Los avances 138 

Raza, sí; política, no 153 

Alarmismo nacional 164 

Ante las operaciones 171 

En Tetuán suenan tiros 182 

Los que luchan 194 

Paz y trabajo 203 

Avalancha de tigres 214 

Aspectos y rincones 226 

Cabos sueltos 2-40 

Catálogo de iniciativas 251 

Posdata de optimismo 264 

Epílogo 279 



Obras de Luis Antón del Olmet 



El libro de la vida bohemia 3,50 

Lo que han visto mis ojos 3,50 

El encanto de sus manos 2,00 

Hieles 3,00 

El veneno de la víbora 3,00 

Mi risa 3,50 

Corazón de leona 3,00 

Su Señoría 3,00 

Como la luna, blanca 1,00 

Nuestro abrazo á Portugal 2,50 

Espejo de los humildes 3,50 

El Hidalgo don Tirso de Guitnaraes 5,00 

Tierra de promisión 4,00 

En colaboración con Arturo G. Carraffa: 

Galdós 2,00 

Echegaray 2,00 

Maura 4,00 

Canalejas 4,00 

Moret 4,00 

Alfonso XIII (dos tomos) 10,00 

Menéndez Pelayo 4,00 

En prensa: 

Política de fandango y Gobierno de castañuelas. 
Al amor de mi pañosa. 

En colaboración con Carraffa: 
Cajal. 

Benlliurc. 

Marina. 

La emperatriz Eugenia. 



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