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Full text of "Traviatismo Agudo, novela"

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TRAVIATISMO AGUDO 



* 



Es propiedad. 
Queda hecho el depó- 
sito que marca la Ley. 



Imp. de V. Rico.-Paseo del Prado, 3».-MADRID 



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JOAQUÍN BELDA 



TRAVIATISMO 
AGUDO 



NOVELA 




]^- U -2 5 



BIBLIOTECA HISPANIA 
«>• 4.— MAMUa 



OBRAS DEL AUTOR 

La suegra de Tarquino (5.* edición). 

¿Quién ¿5?zs/>^;'ó? (2.^ edición). 

Memorias de U7i suicida (2.* edición). 

Saldo de almas (2.* edición). 

La Farándula (3.^ edición). 

La Piara (2.^ edición). 

AlcibiadeS'Club (2.^ edición). 

El picaro oficio. 

La Coquito (5.^ edición). 

Una mancha de saiigre (2.^ edición). 

Aquellos polvos... (2.^ edición). 

Más chulo que un ocho (2.^ edición). 

Carmina y su novio. 

Las noches del Botánico, (2.* edición). 

La pregunta de Pilatos (2* edición). 

Meynorias de un sommier (2.* edición). 

Las chicas de Terpsicore (2.^ edición). 

Un pollito ^bieny. 

Traviatismo agudo (2.* edición). 

El alumno interno. 

La Diosa Razón. 

La bajada de la cuesta, 

TRAIDUCCIONES 

La Piara, directa al alemán con el 
título Saubande. Casa editorial Haas. 
Berlín, 1917. 



A Leticia vino a sacarla de su 
sueño un golpecito suave que sintió 
en el vientre, como si dieran en él 
con una pelota de goma. 

Era una de las piernas de la cria- 
tura, que se despertaba siempre así, 
con variados ejercicios de gimnasia 
sueca. Con los ojillos abiertos esta- 
ba un buen rato, hasta que por fin, 
sintiendo la necesidad de hacer rui- 
do, estallaba en una llorera que ve- 
nía a ser como el toque de diana del 
tierno organismo. 

La madre abrió los ojos a su vez 
y dio un beso en la frente del chico: 
éste de ahora, y el que le daba al 



JOAQUÍN BELDA 



dormirse por la noche, eran los dos 
exclusivos que le administraba du- 
rante el día; a los chicos no era bue- 
no besuquearlos mucho ni agobiar- 
les con caricias. Al menos eso decía 
su médico, el gran Becerro de Ben- 
goa, gracias al cual el hijo y la ma- 
dre estaban aún en el mundo. 

El cachorro había nacido quince 
días antes, y Leticia^ para quien 
aquel primer embarazo— ¡y último, 
lo juraba!— había sido el primer tro- 
piezo grave de su existencia, empe- 
zaba ahora a reponerse de él a fuer- 
za de paciencia y de cuidado. La 
vida volvía a ella poco a poco, como 
si para dársela a aquella especie de 
chorizo de Pamplona que tenía en- 
tre sus brazos hubiera tenido que 
desprenderse de la suya propia. 



TRAVIATISMO AGUDO 



Se despertaba hoy tranquilo el pe- 
queño y sin ánimos de batalla: con 
los ojos muy abiertos y fijos en el 
espacio, parecía mirar un panora- 
ma imaginario que cautivase toda 
su atención. Indudablemente, él veía 
algo que hubiera sido inútil averi- 
guar: con las manitas apretadas se 
daba de vez en cuando unos golpes 
en la cafa, sin salir por eso de su 
éxtasis. 

Aprovechando la calma de aque- 
lla hora, la madre le contemplaba a 
la tibia luz solar que entraba por el 
balcón semiabierto. 

En aquella carita sonrosada, que 
los primeros días parecía un bollo 
en cuya masa hubieran dado unos 
pellizcos—la nariz, los ojos, la bo- 
ca. •.—iban ya dibujándose rasgos 



8 JOAQUÍN BELDA 

propios, como si un escultor apro- 
vechase las horas de sueño del in- 
fante para modelar sus facciones. 

Leticia las miraba, las estudiaba 
una a una, por ver si entre todas la 
aj^udaban a descifrar el enigma. La 
nariz.., ¡Oh!, en eso no cabía duda: 
lo había visto muv claro desde el 
primer día: la nariz era la de Javier 
Somorrostro, recta, un poco dilata- 
da por abajo, graciosa en su dibujo 
como la del viejo amigo. La boca, 
en cambio, grande, de labios grue- 
sos, babosa siempre, era la misma 
boca de Pepe Ángulo, el joven du- 
que, famoso entre las piculinas de 
postín por sus finas labores de orfe- 
brería lingual; tan iguales eran, que 
no parecía sino que Pepe había en- 
cargado una miniatura de la suya 



TRAVIATISMO AGUDO 



— como esos retratos pequeños que 
se hacen para dijes— y se la había 
colocado al chico debajo de la nariz. 
La madre se fijaba ahora en los 
ojos: el chiquitín, como si quisiera 
facilitar el examen, los abría aún 
más, mirando siempre a la imagina- 
ria figura que para él sólo se movía 
en el espacio. Eran dos cuentas de 
azabache, grandes, relucientes, ocu- 
pando casi toda la- córnea; un par 
de ojos glotones, de esos llamados 
de aceituna, que parecen querer 
abarcar el mundo con una sola mira- 
da. Leticia conocía muv bien otros 
ojos así. ¡Vaya si los conocía! Casi 
se los sabía de memoria. Eran los de 
Alfonso Simancas... A punto había 
estado de perderse por ellos en los 
comienzos de su carrera, tirando un 



10 JOAQUÍN BELDA 



porvenir por la ventana, y ahora el 
destino se los volvía a poner delan- 
te en un ritornelo poblado de año- 
ranzas. 

Pues, ¿y las orejas? Eran las dos 
orejas de pámpano de Juanito Villo- 
das, que parecían, saliendo rectas 
del cráneo, como los guardabarros 
de la cabezota. El color de los po- 
cos pelos que el crío tenia en ella 
era exacto al de la cabellera de Ju- 
lio Santurce... antes de que Julio se 
tiñera con aquellos potingues endia- 
blados que le traín de Berlín. De los 
seis lunares que la criatura tenía es- 
parcidos por el cuerpo, dos eran de 
Tomasito Landárraga— el del omo- 
plato y el de la cadera izquierda—; 
otro pertenecía por derecho propio 
a Casimiro Fuentivalle, y el muy la- 



TRAVIATÍSMO AGUDO ll 



drón de Casi había venido a colocar 
el sello en cierto paraje del cuerpo 
de la criatura, ahora diminuto y en 
agraz comoun gusanillo de luz, pero 
que con el tiempo— ¡había que espe- 
rarlo!— adquiriría frondosidades de 
cedro del Líbano. 

Los tres lunares restantes, situa- 
dos en la espalda, eran lo único que 
del cuerpo de la madre había pasa- 
do al del hijo. Claro que ella no po- 
día abrigar sospechas matuteras res- 
pecto a su maternidad; cuando se ha 
llevado dentro de la barriga duran- 
te nueve meses un objeto se adquie- 
re alguna certeza, a pesar de todos 
los escepticismos. 

Como se ve, el resultado del exa- 
men no era para sacar de dudas a 
nadie. Aquel chiquitín era hijo de 



12 JOAQUÍN BELDA 



Leticia, pero. .. ¿de nadie más? No es 
que a ella le importase mucho la 
averig-uación: sabía que era un tro- 
zo de su carne, y con ello tenía bas- 
tante; pero la mujer es siempre cu- 
riosa por temperamento, y la buena 
madre habría gozado descifrando 
aquel enigma, por lo menos tanto 
como gozaba al enterarse de cual- 
quier chisme del oficio. 

La Naturaleza había querido ofre- 
cerle en el cuerpo del hijo una espe- 
cie de compendio de su vida pasada; 
así el chico sería un recordatorio y 
un remordimiento. Imposibilidad 
material no había de que cada uno 
de aquellos amigos fuese el padre; 
precisamente por los días que pre- 
cedieron a los comienzos del emba- 
razo había ella tenido que ver con 



TRAVIATISMO AGUDO 13 



todos— unos detrás de otros, ¡natu- 
ralmente!—; cada uno aislado podía 
serlo; lo difícil es que lo fueran to- 
ados, pues no es costumbre constituir 
sociedades anónimas para la prác- 
tica de la paternidad. 

Y Leticia, que tenía a veces deli- 
cadezas de priora, había dedicado 
dos horas a la meditación, cuando 
tres días antes, la víspera del bau- 
tismo del nene, su hermana y Mano- 
lo le plantearon el problema: 

—Bueno, y ¿cómo se va a llamar 
el chico? 

Ella hubiera querido que llevase 
el nombre de su padre; del apellido 
no se preocupaba mucho. En la du- 
da, pensó que la criatura, como ha- 
cen los vastagos de los reyes, lle- 
vase una ristra de patronímicos: Ja- 



14 JOAQUÍN BKLDA 

vier, Pepe, Alfonso, Juan, Julio, To- 
más y Casimiro. 

Pronto volvió de su acuerdo. ¿No 
sería aquello una injusticia y tal vez, 
una ingratitud? ¿No habría en la ris- 
tra omisiones lamentables? Porque, 
¿quién aseguraba que sólo aquellos 
siete varones habían contribuido a 
la elaboración del mosaico?... Leti- 
cia tenía muchos amigos, siendo 
como era la golfa de más postín en 
Madrid, y para determinar todas las 
posibles colaboraciones habría he- 
cho falta examinar con una lupa 
todo el cuerpecito del catecúmeno; 
de los varios trillones de células de 
que se componía todo él, ¿no habría 
también sus correspondientes trillo- 
nes de autores? 

Si en un momento dado hubieran 



TRAVIATISMO AGUDO 15 

de presentarse ante el público, ¿no 
saldrían cogidos de la mano en ca- 
dena interminable, como los autores 
de esas obras de género chico que 
se escriben y cobran en cuadrilla? 

De poner al chico los nombres de 
todos, la lista seria interminable. 
Felizmente, la Iglesia, sabia siem- 
pre, había previsto este caso, esta- 
bleciendo la fiesta de Todos los San- 
tos, que los fieles celebramos el día 
l.^ de Noviembre. 

Fué un rayo de luz para Leticia; 
el chico se llamaría Santos, Santi- 
tos, y así quedaba bien con todos. 
El nombre no era feo, y el día ante- 
rior había caído sobre la frente del 
rorro entre las purezas del agua 
bautismal. 

Santos Robles, que era el apellido 



16 JOAQUÍN BELDA 

de la madre; con eso 5^a podía andar 
por el mundo, y si algún día se per- 
día en la calle, con dar a un guardia 
sus nombres y las señas de su domi- 
cilio, estaba todo arreglado. 

Lo importante era llamarse de al- 
guna manera. 



Había pasado un mes y Leticia, 
sin prisas para reanudar su vida 
ordinaria, continuaba encerrada en 
casa, atenta al cuidado de su hijo. 

Santitos, más gordo y colorado 
cada día, lo llenaba todo con su di- 
minuta persona, consagrada por en- 
tero al ejercicio de dos funciones: 
llorar y alimentarse. El ama, una 
campesina gordota y fresca traída 
del propio Tolosa, hacia cada vein- 
ticuatro horas nuevos progresos en 
la obra de penetración pacífica que 
había emprendido para hacerse la 
verdadera dueña de la casa. 

Leticia no recibía más visitas que 

2 



18 JOAQUÍN BELDA 

las de Manolo, modelo de asiduidad 
como el panadero y el lechero, y 
las de esas otras damas que, como 
la hiedra, viven al arrimo de las pi- 
culinas de postín: prenderas, corre- 
doras de alhajas y de otras cosas, 
peinadoras. . . 

Alguna vez el timbre del teléfono, 
colocado en la alcoba, repiqueteaba 
con insistencia; acudía la convale- 
ciente, y durante unos minutos sos- 
tenía con el aparato uno de esos diá- 
logos que, oídos a distancia, pare- 
cen el divagar incongruente de un 
maníaco . 

—Hola. 

— "^ . • . 

—Bien, ¿y tú? 

*^^— • . • 

— Muy bien. 



TRAVIATISMO AGUDO 19 



— Ya, ya... 

""" • • • 
—Pues nada. 

• • • 

—¿A quién? 

""*"" • • • 

—¿Qué bruto eres? 

"^"^^ • • • 

— Ah, ¿sí? 

^~~~ • • • 

— Ya te avisaré. 

• • • 

—¡Ya... va! 

"^"^ • • • 

—No hombre, todavía no; aún no 
estoy seca del todo. 
• • • 
—Porque se puede. 



20 JOAQUÍN BELDA 



—Colón, 34. 

"^^ • • • 

—Adiós, borrico. 

Se veía que trataba con cariño al 
interlocutor. Era uno de los siete, o de 
los catorce, que desde el Casino o la 
Peña se creía en el deber de pregun- 
tar por la salud de la madre y del hijo. 

Ella, por instinto, que es el que 
salva siempre a estas criaturas, 
más brutas de lo que el vulgo cree, 
se había guardado muy bien de de- 
cir a ninguno de ellos: «Mira, Fula- 
no, el chico es tuyo. ¡Si lo sabré 
yo!» La confidencia se quedaba para 
el momento oportuno; cuando a so- 
las con el elegido en la alcoba, y 
después de un prólogo más o menos 
romántico, la revelación cayese en 
terreno propicio. 



TRAVIATISMO AGUDO 21 



Y ellos, por su parte, al enterarse 
de que la Leticia había tenido un 
chico, experimentaban esa sensa- 
ción de indiferencia del sujeto que 
ha pasado entre otros cien por una 
esquina donde se ha cometido un 
crimen misterioso. Entre tantos, no 
van a sospechar de él precisamente. 

Una tarde, ya mediado Enero, 
Leticia, sentada a la parte adentro 
del balcón de su alcoba, miraba mo- 
rir el día en la calle: tímidamente se 
encendían las luces de algunos es- 
caparates, y los tranvías empezaban 
a circular con los faroles encendi- 
dos^ como luciérnagas gigantes. En 
el cielo, que se veía desde allí por 
entre las casas de la calle de Serra- 
no, había aún bastante luz. A estas 
horas la famosa horizontal se ponía 



22 JOAQUÍN BELDA 



casi siempre un poco triste, y en es- 
tos días esa melancolía plácida que 
da siempre la convalecencia era un 
motivo más de laxitud, que llevaba 
al cerebro ideas de renunciación. 

A su lado, casi hundido entre las 
ropas de la cuna, Santitos descabe- 
zaba el quinto sueño del día; el ama^ 
allá en la cocina, aprovechaba la 
forzada ociosidad para hacer la ter- 
cera merienda de la tarde. 

La cara del cachorro era lo único 
que se veía entre las espumas del di- 
minuto lecho: colorada como siem- 
pre, parecía que toda la luz del cre- 
púsculo acudía a reflejarse en ella, 
dando a la piel un brillo inusitado. 
La madre lo contemplaba en una 
especie de éxtasis; había renuncia 
do a descifrar el enigma, y ya era 



TRAVIATISMO AGUDO 23 



cada vez más raro en ella aquel aná- 
lisis de las facciones, que a nada 
práctico conducía. 

Era su hijo, y con eso sabía bas- 
tante. Nunca creyó tenerlo, y aún 
no se explicaba por qué descuido, 
por qué abandono inusitado había 
florecido aquello en sus entrañas. 
Siempre había tenido un santo ho- 
rror a los chicos; el sentimiento de 
la maternidad, que, según los poe- 
tas, es innato en toda mujer, estaba 
por lo visto en ella atronado o per- 
vertido. Para la práctica de su ofi- 
cio un hijo le parecía un estorbo y 
una complicación, y he aquí cómo 
a los treinta y cinco años de edad y 
después de quince de sabias precau- 
ciones , el estorbo se presentaba como 
un viajero que llega con retraso. 



24 JOAQUÍN BELDA 



Los meses de embarazo habían 
sido para ella y para los que la 
rodeaban un martirio continuado: 
cambios constantes de humor, his- 
terismos repentinos, dificultades 
para la alimentación y el sueño, 
habían convertido a la pobre Leti- 
cia en un ser molestísimo y antipá- 
tico, a cuyo lado sólo resistían los 
que por obligación habían de hacer- 
lo: su hermana, las criadas y Ma- 
nolo. 

Este último había sido su verda- 
dero enfermero; mejor dicho, su lo- 
quero. Los amigos habían ido hu- 
yendo de la casa poco a poco; iban 
a ella a pasar un rato agradable, 
y de ningún modo a aguantar las 
impertinencias de una pobre loca; 
para eso, el que más y el que menos 



TRAVIATISMü AGUDO 25 



ya tenía bastante con las delicias 
de su propio hogar. 

Pocos días antes de presentarse 
los primeros síntomas, Leticia ha- 
bía reñido de un modo canallesco 
con el buenazo e infeliz de Fabio, 
el opulento anciano que, desde ha- 
cía cinco años, era el amigo oficial 
y sostenedor de la casa. La ruptura 
había sido tan violenta, que él no 
volvió ni a acordarse de que Leticia 
existía, y ésta se hubiera encontra- 
do sola durante toda la enfermedad 
a no ser por aquel faldero de Mano- 
lo, que, por lo visto, había nacido 
para eso. 

Al recordar ahora los meses pa- 
sados, que con sus episodios le pa- 
recían cosa de sueño en los que 
su voluntad no hubiera intervenido 



26 JOAQUÍN BELDA 

para nada, Leticia pensaba en aque- 
lla asiduidad, del joven, que había 
llegado a ser como un mueble más 
en la casa... Y por asociación in- 
consciente de ideas fijóse aún más 
en la cara del hijo, que seguía dur- 
miendo como un bichejo. 

Miraba ahora el rostro en su tota- 
lidad, en su conjunto, como el artis- 
ta que, después de haber aquilatado 
y desmenuzado los detalles de su 
obra uno por uno, se aleja de ella 
para ver mejor a distancia el efecto 
general. Aquella cara... Fué una 
idea que brotó en su cerebro y que 
desapareció en seguida de puro ab- 
surda, pero que no tardó en volver 
paragrabarse ahora con más fuerza. 

Bien pronto fué una obsesión que 
apagó todas las demás. La golfa cía- 



TRAVIATISMO AGUDO 27 

vó los ojos en el rostro del peque- 
ñiielo, y puesta de pie casi involun- 
tariamente, fué corriendo a una me- 
sita que en el gabinete contiguo a 
la alcoba había. De uno de los di- 
minutos cajones de la parte supe- 
rior sacó una llave no ma)''or que 
una lenteja, y abrió con ella el cajón 
que había debajo del tablero- 
Revolvió en él unos momentos, y 
al cabo de ellos tropezó con lo que 
buscaba: un priquete de papeles ata- 
tados con una cinta rosa, a la que el 
tiempo había descolorido. 

Aquel cajón era lo que Leticia 
llamaba su osario: una amalgama 
de recuerdos, de pequeños capítulos 
de su vida, escritos en cartas v en 
objetos diversos— flores marchitas, 
rizos de pelo, menús de comidas 



28 JOAQUÍN BELDA 

pantagruélicas^ botones de calzon- 
cillos...— que tenían un marcado sa- 
bor de hojas secas. Había allí de 
todo: remembranzas agradables 
unas, vergonzosas otras, que ella 
guardaba por igual, como sabiendo 
por instmto que la vida es siempre 
un mosaico, en el que cada pieza 
tiene su lugar marcado. 

Desató el paquete nerviosa, con 
prisa por llegar a la confirmación 
de la sospecha o al desengaño. Fué 
apartando unas cartas escritas en 
forma de enrejado, unos billetes del 
teatro, 5^, por fin, envuelto en un 
papel de seda que olía a tabaco de 
precio, apareció un retrato de un 
bebégordito. 

lia golfa fué con él junto a la cuna 
de su hijo y clavó alternativamente 



tRAVIATISMO AGUDO Ó9 

miradas ansiosas en la figura de 
carne y en la de papel. El parecido, 
mejor aún, la igualdad, era asom- 
brosa. ¿Podría dudarlo?... En la es- 
palda de la cartulina decía escrito 
con lápiz: «Manolo a los dos años 
de edad». 

Leticia echóse a reir con estrépi- 
to. ¡Torpe! Pero, ¿cómo no lo había 
visto antes? Santitos era el vivo re- 
trato de Manolo; podía decirse que, 
las caras de ambos eran dos copias 
de un mismo original. 

El crío podría tener la nariz de 
Mengano, la boca de Zutano y la 
barbilla de Perencejo; pero lo cierto 
era que el conjunto formado por to- 
dos esos elementos de procedencia 
tan diversa, era una cara iguala la 
de su joven y resignado amigo, 



30 JOAQUÍN BELDA 

como dos piezas fabricadas en el 
mismo molde. 

Aquel retrato se lo había dado el 
muchacho al poco tiempo de cono- 
cerla, y era la verdad que, hasta 
ahora, ella no lo había vuelto a mi- 
rar. Fué la idea repentina, la reve- 
lación brusca que momentos antes 
la asaltara contemplando el rostro 
dormido de su hijo, la que le hizo 
acordarse de él . 

Ya estaba, pues, descifrado el 
enigma; ya tenía padre la criatura. 
Y la duda, que parecía iba a ser 
eterna, se había resuelto como se 
resuelven a veces muchos grandes 
conflictos: por sí solos. 

Fué la madre a seoultar de nuevo 
el retrato en su tumba y... quedó 
parada con él en la mano, en el cen- 



TRAVIATISMO AGUDO 3l 

tro de la alcoba. Por un momento 
le pareció que el cerebro se le va- 
ciaba. El absurdo era tan enorme, 
tan gigantesco, que estuvo a punto 
de hacerla perder la conciencia. 

Santos, hijo de ella y de Manolo... 
Pero, ¿cómo podía ser aquello? 

Unos golpecitos que sonaron en 
la puerta no tuvieron tuerza para 
sacarla de su abstracción. Se repi- 
tieron, y como Leticia no contesta- 
ba, alguien abrió la puerta y pe- 
netró . 



Era la hermana, la espiritual y 
delgadísima Rosalía, portadora de un 
vaso de leche para la convaleciente. 

Se alarmó al ver a Leticia como 
en éxtasis, de pie en el centro de la 
estancia. 

—¿Qué te pasa, mujer? 

— ¡Ah! ¿Eres tii?... Nada, el chico 
está durmiendo. 

Recobróse, haciendo un esfuerzo, 
y fué a guardar el retrato. Cuando 
volvió, la hermana, inclinada sobre 
la cuna, contemplaba al pequeño, 
que seguía durmiendo como un ca- 
chorro. Leticia acercóse también y 
le dijo: 



TRAVIATISMO AGUDO 33 



—¡Fíjate bien! ¿Con quiéa le en- 
cuentras tú parecido? 

—Mujer, contigo. ¡Qué cosas tie- 
nes! 

—Pero... ¿con nadie más? 

—Yo, no. 

La golfa hizo un mohín de disgus- 
to. ¿Se trataría de una alucinación 
suya? Quiso probar otra vez. 

— Mira: cuando venga Manolo, 
que ya no puede tardar, fíjate en su 
cara. 

Rosalía se quedó en ayunas. 

— ¿Para qué? 

—Para que te enteres cómo la 
tiene. 

—¡Qué graciosa! A ver si te crees 
que no lo sé . 

— Por lo visto, no. 

Ahora la hermana comprendió. 

3 



34 JOAQUÍN BELDA 

Primero echóse a reir, y luego la 
cosa le produjo una ligera indigna- 
ción. 

Eso de que su sobrino fuese hijo 
de un pelanas como Manolo, no po- 
día ella admilirlo ni en hipótesis. Se 
había hecho la ilusión de que Santi- 
tos resultas» a la postre hijo de un 
duque o marqués, de cualquiera de 
aquellos peces gordos que se revol- 
caban con tanta frecuencia en la al- 
coba de su hermana, y cuyos... resi- 
duos tenía ella que lavar casi a dia- 
rio. El padie dotaría al chico, y 
nada iría peft'diendo la familia con 
ello. 

Pero ¡hijo de Manolo! Pues vaya 
un negocio. ¿Para eso había estado 
ella asistiendo a Leticia antes del 
parto, en el parto y después del par- 



TRAVIATISMO AGUDO 35 

to? ¿Para eso se había pasado doce 
noches sin dormir? 

Por si acaso llegaba a tiempo, 
quiso quitarle aquella idea de la ca- 
beza a su hermana. 

—Chiquilla, tú estás loca. ¿De ve- 
ras le encuentras parecido? Fíjate 
bien y verás cómo no hay nada de 
eso. iPues sí que le has buscado buen 
padre a tu hijo! 

La otra, con uno de aquellos im- 
pulsos violentos que eran el distin- 
tivo de su carácter, púsose hecha 
una furia y empezó a insultarla. 

—Oye: ¡cochina!, ¡indecente! ¿No 
te da vergüenza hablarme así? ¡Qué 
bien me agradeces el pan que te co- 
mes en esta casa! Mis hijos tienen el 
padre que a mí me da la gana... No 
creo que Manolo sea peor que el 



« 



36 JOAQUÍN BELDA 



chulo ese que te ronda a ti la calle 
por las noches. 

Rosalía, que de memcria se sabía 
la papeleta, hizo lo que hacía siem- 
pre que su hermana se ponía así: 
quitarse de en medio sin decir pala- 
bra. Después de la enfermedad, du- 
rante la cual fueron el pan nuestro 
de cada día, aún no le había dado 
ning"ún arrechucho de aquellos; por 
lo visto, éste iba a ser el principio 
de una serie, y la chica dejó el vaso 
de leche sobre una de las mesillas 
de noche, y salió. 

Leticia siguió gritando un buen 
rato, y al verse sola pensó que sería 
prudente callar. Volvió a sentarse 
junto a su hijo, casi a tientas, pues 
ya era noche cerrada, y la hermana, 
al salir, había apagado la luz. 



TRAVI>»TISMO AGUDO 37 

En realidad, no es que le hubiera 
molestado lo dicho por su hermana; 
había chillado por necesidad fisioló- 
gica de desahogar su rabia, una ra- 
bia contra sí misma, al no poder 
descifrar este nuevo enigma de aho- 
ra, más complicado que el anterior. 

Santos... hijo de Manolo... ¿Pero 
cómo podía ser esto, si ella y Mano- 
lo... no habían hecho nunca más que 
hablar? Algún beso furtivo que otro 
y nada más. ¿O era que también las 
personas, como los galápagos, se 
embarazan con la mirada? 

Nadie, fuera de los dos, lo sabía, 
y nadie tampoco lo hubiera creído. 
Al ver a Manolo a todas horas en la 
casa, al ver la confianza que entre 
los dos había, cualquiera pensara 
que ambos habían llegado hacía 



38 JOAQUÍN BELDA 

tiempo... al término del viaje. Sobre 
todo no siendo ella la casta Susana. 

Ni aun jurándolo la hubieran creí- 
do. Y, sin embargo, era verdad, una 
de esas verdades con toda la apa- 
riencia de mentiras, que casi llegan 
a serlo en la realidad. 

Cuando Manolo entró por prime- 
ra vez en su casa— tres años hacía 
de ello— llegó decidido a todo. Lle- 
vaba una temporada persiguiéndo- 
la, asediándola materialmente en 
teatros 5^ paseos; ella no había hecho 
más que animarle con la mirada, y 
una noche de Junio, como Leticia to- 
mase el fresco al balcón, lo vio pa- 
rado en la acera mirándola con ojos 
muy lánguidos. 

No se habían hablado nunca, v 
fué él quien rompió el hielo: 



TKAVIATISMO AGUDO 39 

—¿Espera usted a alguien? 

No le contestó al principio, no de- 
bía hacerlo, pues al fin y al cabo se 
trataba de un desconocido. Pero ha- 
bía tal ternura en sus palabras, se 
transparentaba en ellas tal dejo de sú- 
plica, que, casi sin querer, replicó: 

—No... ¿Y usted? 

—Yo sí; pero lo que yo espero no 
llegará nunca. 

—¡Caray! ¿Tan lejos está? 

— Para mí como si estuviera en la 
Luna. 

Siguieron hablando un rato en ese 
lenguaje un poco de charada y, al 
fin, como ella hiciera ademán de re- 
tirarse dentro, él tuvo un rasgo 
audaz: metióse en el portal, subió 
raudo las escaleras v llamó en el 
piso. 



40 JOAQUÍN BELDA 



Leticia le había visto entrar, y 
no queriendo que su hermana ni las 
criadas sé enterasen, salió ella mis- 
ma a abrir. 

Fué cuestión de un momento. 
Ella, meJio enfadada y medio rien- 
do, le llamó loco y le preguntó qué 
quería; le dijo que se marchara para 
no comprometerla gravemente; mas 
como el joven no quería, compren- 
dió que tenerlo en la escalera resul- 
taba peor. Podía bajar o subir al- 
guien, y para evitar que lo vieran 
lo dejó pasar. 

Solos en un gabinetito, él se des- 
bordó. Todas las frases, todos los 
pensamientos construidos en los 
días de la espera, le vinieron a la 
boca de repente. Estaba loco por 
ella, y si no le quería estaba dis- 



i 



TRAVIATISMO AGUDO 41 



puesto a pegarse un tiro. Como se 
ve, no era muy original en sus ardo- 
res; a la palabra acompañaba la ac- 
ción, y como esos soldador que van 
alojados a un pueblo y no gastan de 
perder el tiempo, quería que Leticia 
se le tumbase allí mismo, porque 
él... no podía más. 

Leticia, aunque acostumbrada a 
ciertos achuchones, que eran toda 
la poesía de su oficio, se alarmó un 
poco ante tanta premura. ¿Es que 
aquel muchacho tenía que irse de 
allí a la estación y temía perder el 
tren? Si cedía, ninguna diferencia 
habría entre ella y esas desgracia- 
das de las casas públicas que lo ha- 
cen por telégrafo. El mismo, des- 
pués de pasada la calentura del mo- 
mento, ¿qué concepto formaría de 



42 JOAQUÍN BELDA 

una mujer que tan fácilmente se en- 
tres^aba al primer desconocido que 
llamaba a su puerta? 

Tal idea dióle fuerzas bastantes 
para resistir y salir indemne del 
asalto. Cuando va lo vió más calma- 
do, le dijo: 

—Vamos, hombre, sé formal, o 
no vuelves a entrar más en esta 
casa. 

Para él aquellas palabras fueron 
como rocío del cielo: ellas querían 
decir que si era dócil, si obedecía, la 
puerta del piso de Leticia se abriría 
ante él siempre que quisiera. 

Y eso era mucho, casi era todo: 
era la esperanza indefinida, el con- 
tacto diario y la entrevista con 
aquella mujer que ahora, de cerca, 
parecíale más apetecible que vista 



TKAVIATISMO AGUDO 43 

de lejos. Lo demás ya se le daría de 
añadidura; era cuestión de tiempo y 
de ocasión propicia. 

Pero pasaron los días y los meses, 
y la ocasión no se presentaba. Por 
fin pasó un año; Manolo entraba a 
diario en aquella casa, recibía las 
confidencias de Leticia, alegrábase 
con sus aleo:rías v entristecíase con 
sus penas; era su consejero, algunas 
veces su mozo de recados y su alca- 
huete. Pero... siempre que plantea- 
ba la cuestión recibía idéntica re- 
pulsa. Ella se ponía muy seria, se 
dignificaba, y le decía, entre supli- 
cante y ofendida: 

— ¡Hijo, por Dios! Parece menti- 
ra... Sé formal, o voy a tener que 
dejar de verte. 

Con el tiempo, Manolo desistió en 



44 JOAQUÍN BELDA 



absoluto de su manía. Entraba, 
daba un beso a su amiga, hacía lo 
mismo al despedirse, y... nada más. 
Parecían dos amantes que en un 
momento de aberración mística hu- 
bieran hecho voto de castidad. 

El joven, aunque habituado al fin 
a aquella abstinencia, reflexionaba 
a veces sobre ella, sin llegar a ex- 
plicársela; se encontraba en una si- 
tuación igual a la del individuo que 
lo encerrasen en una despensa pro- 
hibiéndole tocar a los comestibles. 
Lo que le producía cierta amargura 
era que para saciar el hambre mu- 
chas veces, tenía que entablar diá- 
logos carnales con mujeres de la 
calle al salir de casa de Leticia; la 
cosa era sarcástica, pero inevita- 
ble. 



TRAVIATISMO AGUDO 45 



Un día la golfa, mientras toma- 
ban el café después de la cena, so- 
los los dos en el comedor, le dijo: 

—Oye, ¿sabes que estoy embara- 
zada? 

La respuesta fué una carcajada 
de él, gracias a ia cual estuvo a 
punto de derramar su taza. 

—No, no te rías; desgraciadamen- 
e es verdad. 

—Pero... 

— Mañana por la tarde voy a ir al 
médico para que me desengañe de 
una vez; pero hoy ha estado aquí Sal- 
vadora, la comadrona, me ha reco- 
nocido y me ha dicho que sí. 

— Estaría borracha. 

— ¡Ojalá! 

—Bueno, pero... ¿y cómo ha sido 
eso? 



46 JOAQUÍN BELDA 

—Pues hijo, como son esas cosas. 
Tanto va el cántaro a la fuente... 

Manolo se mordió los labios para 
impedü' que le saliera la pregunta 
que ya tenía en ellos. Comprendió 
que hubiera sido ridículo preguniar 
por el autor de la hazaña. Ella no lo 
sabía; pues, de lo contrario, se lo 
habría dicho ya. 

La cosa le produjo extrañeza a 
medida que fué después reflexionan- 
do sobre ella. 

Él veía en Leticia a la amig'a, a 
la mujer, a la hembra, mejor; pero 
no a la madre. Le parecía que para 
serlo haría falta algo que ella no 
había tenido nunca; una cosa así 
como la vocación, que es don del 
Cielo. La Naturaleza en este caso, 
como en otros muchos, mostraba la 



TRAVIATISMO AGUDO M 

gracia de sus paradojas. Porque, en 
virtud de una de ellas, esas muje- 
res que... padrean a diario no sue- 
len ser madres casi nunca. 

¡Un chico! Para él la novedad re- 
presentaba un mueble más en la 
casa, siendo así que sobraban tan- 
tos. ^ 

Y este chico— Leticia se abisma- 
ba cada vez más en el absurdo— re- 
sultaba hijo de él, del hombre que 
era acaso el único, entre todos sus 
amigos, que no la había perforado 
ni en sueños. 

Desde su rinconcito de la alcoba 
oyó el timbre de la puerta. Segura- 
mente era él. 

En efecto; al poco oyó sus pasos 
por la casa. Abrió la puerta de es- 
cape, y dijo antes de pasar: 



48 JOAQUÍN BELDA 



—¿Estás aqui? 

-—Sí; pasa... pasa... 

—¿Cómo estás a obscuras? 

—Para que no despierte el pe- 
queño. 

Manolo bajó la voz mientras 
avanzaba a tientas. 

—¿Lo tienes aquí? 

-Sí. 

—Chiquilla, no veo ni gota. 

—Enciende si quieres. Ya se des- 
pertará pronto. 

Pero el visitante había visto ya 
sobre el fondo de los cristales del 
balcón la silueta de la madre y de la 
cuna en que reposaba el hijo. 

Fué a ella y, como de costumbre, 
dióla un beso en la frente. En la 
obscuridad notó que le acogía con 
más efusión que de ordinario, abra- 



TRAVIATISMO ACUDO 49 

zándose a su cuello, prodigándole 
caricias^ haciéndole mimos, y todo 
ello en silencio^ sin duda para evi- 
tar que el cachorro despertase. 

La cosa fué tan lejos, que Mano- 
lo, por un momento, creyó que ha- 
bía llegado ¡después de tres años! 
el momento crítico. Para no des- 
aprovecharlo, hizo algo más que 
dejarse querer: a las caricias co- 
rrespondió con otras, a los mimos 
con sobos intensificados. 

Sin darse cuenta habíanse puesto 
los dos en pie. Manolo la había 
abrazado por el cuello y le decía 
unas frases muy raras, metiéndole 
materialmente la boca en uno de los 
oídos. Ella había adoptado una ac- 
titud pasiva, de franca entrega; 
poco a poco, andando como sonám- 

4 



50 JOAQUÍN BELDA 



bulos, iban los dos hacia la- cama, 
que les aguardaba al fondo de la 
estancia, oculta bajo el manto de 
sus cortinas en dosel. 

Era indudable: el momento había 
llegado. Ya la tenía Manolo apoya- 
da contra el borde del lecho, cuan- 
do un gemido, un hipo continuado 
y escandaloso llegó hasta ellos del 
otro extremo de la habitación. 

Era Santitos, que despertaba, y 
con sus berridos parecía decirles: 

— ¡Por Dios, señores, queestoy yo 
aquí...! 

Leticia, como si le hubiera picado 
un tábano, desprendióse de los bra- 
zos de Manolo, y fi^corriendo a la 
cuna. 

Todo el fuego con que antes ha- 
bía acariciado al amigo, lo emplea- 



iü 



'ú 



TRAVIATISMO AGUDO 51 

ba ahora en acallar v contener al 
hijo. Y hasta podía decirse que, por 
la fuerza de la costumbre, las cari- 
cias eran las mismas. 



Pasada con creces la cuarentena, 
Leticia reanudó su vida de siem- 
pre. 

Volvía a ella con más fuerza, con 
mayores bríos, y hasta si se quiere, 
ennoblecida por un gesto amargo 
que el sufrimiento había grabado 
en su rostro. 

En medio del desorden de sus días 
y de sus noches— de éstas sobre to- 
do— había un cierto método en su 
vida. Levantábase tarde, muy tar- 
de, y sólo rara vez salía de casa 
por las mañanas; cuando lo hacía 
era siempre a pie, y únicamente 
para hacer unas compras en los co- 



TRAVIATISMO AGUDO 53 

mercios de la Carrera o de Ceda- 
ceros. 

Comía siempre sola, es decir, 
sentábase a la mesa y la doncella 
hacía desfilar por delante de ella 
una serie de platos a los que Leti- 
cia apenas tocaba; era asombroso 
lo poco que comía; en cambio se 
atracaba de pedacitos de pan recar- 
gados de pimienta o de mostaza, y 
al final, como postre, se echaba al 
cuerpo un enorme tazón de café 
puro y muy cargado, en el cual vol- 
caba siempre dos copas de aguar- 
diente. 

Gracias a esos excitantes vivía, 
con una vida un poco artificial, de 
estallidos violentos y depresiones, 
que la dejaban como muerta horas 
enteras, 



54 JOAQUÍN BELDA 

A media tarde, ya peinada y arre- 
glada con sus mejores galas, ocu- 
paba su cochecito — una berlina o 
lando, según el tiempo, con un pre- 
cioso alazán que conocía lodo Ma- 
drid—}^ se iba de paseo, a la parte 
solitaria de la Moncloa unas veces, 
como huyendo de la gente; otras, 
en cambio, al Retiro o la Castella- 
na, en las horas de más bullicio. 
Tras el paseo venían las visitas a la 
modista, a la corsetera, a madame 
la de los sombreros, o el fisgoneo 
por casa de alguna amiga, donde se 
enteraba de los últimos chismes de 
ese mundo de las piculinas y los ca 
britos, donde raro es el día en que 
no ocurre algo sensacional. 

A estas labores de la tarde les 
llamaba ella sus horas de trabajo; 



TRAVIATISMO AGUDO 55 

podía decirse que vivía para ellas, 
pues eran las únicas en que verda- 
deramente disfrutaba. Lo otro, lo 
del oficio, era un mecanismo que 
procuraba despachar todo lo apri- 
sa que podía, y, en la mayor parte 
de los casos, sin gusto alguno por 
su parte. 

Debido a ello, el castigo mayor 
que podían darle era quitarle el pa- 
seo, cuando a algún caprichoso de 
los que pagaban bien se le ocurría 
ir a verla a tales horas, previo avi- 
so. La cosa ocurría con harta fre- 
cuencia, y la parroquia vespertina 
era casi siempre de gente seria, 
hombres casados o que tenían algo 
que tapar, y que sabían cómo, con- 
tra lo que dice el refrán, de tarde 
todos los gatos son pardos. 



56 JOAQUÍN BELDA 

Cenar, cenaba casi siempre con 
Manolo, y muchas noches iba al tea- 
tro con la hermana, que hacía en- 
tonces las veces de señora de com- 
pañía. A la salida ocurría. . . lo que 
Dios quería; al llegar esta hora fa- , 
liaban todos los planes y todos los 
métodos. Una veces era el señor 
desconocido que se pasaba la no- 
che asaeteándola desde las butacas, 
y acababa mandándola un recado 
con la florista de tanda o con un 
acomodador complaciente; otras, el 
amigo que, desde uno de los palcos 
de las Sociedades, le hacia un gui- 
ño expresivo y la aguardaba a la 
salida; hoy la cena en cualquier res- 
torán del centro o en los reservados 
del Casino; mañana la invitación en 
casa de la amiga, donde había co- 



TRAVIATISMO AGUDO 57 



milona con intermedios de bacarrat 
y complicaciones de. . . juef^os ma- 
labares. 

Como se ve, la vida que Leticia 
llevaba—igual a la de todas las de 
su gremio—, si bien no es para que 
a una mujer la suban a los altares 
después de su muerte, tampoco vie- 
ne a resultar ese conjunto de livian- 
dades y monstruosidades de que el 
vulgo cree pobladas las horas de l^s 
sacerdotisas del Amor. 

Vida aburrida, a pesar de todas 
las apariencias de holgorio, con sus 
ratos buenos y su inmensidad de ra- 
tos malos, con algunas humillacio- 
nes y bajezas, al lado de contadas 
satisfacciones de amor propio; una 
vida como todas las demás. 

En estos primeros días de su vuel- 



58 JOAQUÍN BELDA 

ta al mundo, Leticia tenía que re- 
solver un g"rave problema; era algo 
así como lo que pudiéramos llamar 
el problema de la estática de la cor- 
tesana, que si bien tiene por ley de 
vida vivir a saltos y de flor en flor, 
necesita un puerto de refugio al que 
enfilar la proa los días de borrascas. 
Y ese puerto no es otro que el aman- 
te fijo, el mantenedor de la casa, el 
cabrón, como le llaman ellas en su 
germanía^ que no peca, ciertamente, 
de inexpresiva. 

La madre de Santitos había tenido 
suerte en ello; durante cinco años, 
el buenazo de Fabio había sido su 
Providencia, con una constancia y 
una fe a prueba de sospechas, que 
hacían de él el cabrón ideal. Con sus 
sesenta años, que parecían cuarenta 



TRAVIATISMO AGUDO 59 

y cinco, estaba aún fuerte y entero, 
y mirado de lejos resultaba guapo, 
con una belleza de caballo perdie- 
ron que aún actúa de semental. 

Proveía con largueza, con verda- 
dera esplendidez, a los gastos de la 
casa, y a cambio de ello no exigía 
más que una hora diaria por las 
tardes, como hombre que sabe que 
en una hora bien aprovechada se 
puede crear un mundo. 

Leticia le recibía con la misma 
frialdad con que se acoge a diario 
la salida del sol; sabía que no podía 
faltarle, aunque de su llegada no es- 
peraba nunca grandes sorpresas. 
Fabio, aparte de este ratito diario 
de lata, sólo exigía a su amante una 
cosa: que en público no le pusiera 
en ridículo. El y ella sabían muy 



60 JOAQUÍN BELDA 



bien lo que esto quería decir: nada 
de bailes, nada de pollos o gallos es- 
condidos en los antepalcos de los 
teatros, nada de... chulos, al menos 
de un modo muv ostensible. 

No era mucho pedir; pero todo ei 
mundo sabe el gran encanto que tie- 
ne lo prohibido. Hacía próximamen- 
te un año, Leticia, invitada por el 
diabólico Pepe Ángulo— ¡qué boca 
tenía aquel pillastre!— fuese con él 
una noche a cenar en casa de Ca- 
morra, y tal borrachera cogieron 
los dos^ que al día siguiente, a las 
once de la mañana, se paseaban por 
el centro de Madrid en la chocola- 
tera del primero. 

Dieron el mitin; todo el mundo los 
vio, y Fabio, aquella misma maña- 
na, dio a su querida el cese. La cosa 



TRAVIATISMO AGUDO 61 



no hubiera pasado de un incidente 
sin importancia, y el viejo hubiera 
perdonado al poco tiempo, a no ser 
porque la fatalidad, en forma de 
pulmonía, le tuvo por aquel enton- 
ces dos meses en cama. Cuando se 
levantó la familia se lo llevó al cam- 
po y se aprovechó de su debilidad 
para hacerle romper del todo con 
aquella mujer; Fabio se enteró de 
que Leticia estaba embarazada, y 
tuvo miedo a las consecuencias. 

En aquellos nueve meses, la gol- 
fa, sin humor para nada, y sabiendo 
que no hubiera podido soportar a su 
lado asiduamente a ningún hombre, 
no se preocupó de buscarle a Fabio 
un sustituto. Pero ahora... ¡Las co- 
sas habían cambiado tanto! Tenía 
un hijo, es decir, un lazo que la unía 



62 JOAQUÍN BELDA 

con la vida. Ya no era la pájara 
errante que vuela durante unos años 
a su antojo, y un día desaparece 
sin dejar rastro. Ahora no: al morir 
ella quedaría Santitos en el mundo, 
y era cosa de que quedase lo mejor 
posible; la madre tenía que mirar 
por el hijo, tenía que poner un poco 
de orden en su vida, y para ello nada 
mejor que buscar otro Fabio, con la 
mayor suma de dinero posible. 

En realidad, no tenía que buscar- 
lo; se trataba sólo de dar un sí. 

Pepona, la fiadora, que iba todas 
las semanas a la casa con alg-una 
gan^ja nueva— un juego de camisas, 
unas piezas de encaje, unas colchas, 
que siempre las vendía una marque- 
sa—, le había hablado ya tres veces 
del asunto, desde que la vio en fran- 



TIÍAVIATISMO AGUDO 63 

ca convalecencia. Se trataba del 
conde de Retamares, Perico Reta- 
mares, como le llamaba todo el 
mundo en Madrid, a pesar de sus 
cincuenta v cinco años. 

Era viudo, y estaba lo que se dice 
materialmente podrido de dinero; le 
había dicho a la Pepona que desde 
que Leticia salió de su cuidado le 
gustaba mucho más que antes, y an- 
tes ya sabía ella que le gustaba un 
rato largo. La oferta era tentadora: 
lo que ella quisiera, }' hasta deposi- 
tado en el Banco si era ese su gusto. 

Leticia vacilaba. Perico tenía fa- 
ma de estar más loco que un cence- 
rro, y esa locura le daba muchas 
veces por pegarle a las mujeres, 
cosa que si a ellas les agrada más 
que el pan frico cuando es el novio 



64 JOAQUÍN BELDA 

el que pega, les sabe a rejalgar si el 
de los palos es al mismo tiempo el 
del dinero. Además, maLis lenguas— 
o buenas, ¡vaya usted a saber! — 
afirmaban que Perico Retamares no 
era sólo de dinero de lo que estaba 
podrido; ello sería acaso una calum- 
nia; mas lo cierto es que llevaba con 
mucha frecuencia el cuello entrapa- 
jado, como con una bufanda anti- 
séptica. 

La golfa sabía muy bien que, en 
todo caso, nada de ello sería obs- 
táculo para dar el sí; pero quería es- 
perar, quería conceder a la suerte 
un nuevo plazo, para que en él se 
presentase un candidato más agra- 
dable y que oliese menos a yodo- 
formo. 



Ya tres veces le había visto pa- 
seando por la acera de enfi-ente, y 
las tres a la misma hora: a esa hora 
alcahueta del atardecer. 

Miraba mucho a sus balcones; 
pero al principio no supo Leticia si 
las miradas eran para ella o para 
una niñita muy cursi y mu}^ coqueta 
que vivía en el piso de arriba, hija 
de un empleado del Catastro, y que 
variaba de novio a cada luna nuev^a. 

Pero una noche fué con su herma- 
na al Reina Victoria y ocuparon 
ambas una platea de la derecha; el 
paseante estaba al pie mismo, en 
una butaca de pasillo, y se entretu- 

5 



66 JOAQTJÍN BELDA 



vo toda la noche en mirarla como 
en éxtasis, sin atender para nada a 
lo que en la escena ocurría. 

Leticia, que lo observaba con el 
rabillo del ojo, sin atreverse a mi- 
rarlo de fíente más que muy rara 
vez, llegó a azorarse por aquella 
muda adoración del muchacho, tan 
distinta de la mirada procaz y de de- 
seo con que la regalaban de ordina- 
rio los hombres. 

Apiovechaba los escasos momen- 
tos en que el chico miraba al esce- 
nario para examinarlo a su sabor. 
Como lo tenía allí a sus pies, y a me- 
nos de dos metros, la tarea no re- 
sultaba difícil, a pesar de la penum- 
bra de la sala. 

Era muy joven: seguramente no 
habría cumplido los veinticuatro 



TRAV^ATISMO AGUDO 67 

años, y era ¡?uapo, con belleza un 
poco de niña, pero que ya anuncia- 
ba su meiamorfosis en algo más va- 
ronil. 

Los ojos, sobre todo— - Leticia lo 
primero que le miraba a los hombres 
eran los ojos y el bolsillo — , eran de 
una dulzura muy atrayente, un poco 
entoi'nados, sin afectación, como 
esos ojos que suelen poner alg'unas 
personas en el momento álgido del 
revuelco amatorio, cuando se mira 
muy lejos, tan lejos, que no se ve 
absolutamente nada. 

A la salida la piculina le entrevio 
como una sombra, confundido entre 

el gentío, cuando ella subía a su 

coche. 

Ya la tarde siguiente, a la misma 

hora de siempre, escondióse tras lo 



63 JOAQUÍN BELDA 

visillos del balcón para verle pasear 
como de costumbre y alzar de vez 
en cuando la mirada a lo alto. No se 
lo confesó ni a sí misma, rechazan- 
do al punto la idea como si fuera 
grave pecado; mas lo cierto era que 
experimentó una suave sensación 
de agrado al confirmar ahora que el ♦ 
paseante no estaba allí por la veci- 
nita de arriba, sino por ella. 

Segura de que no le veía, obser- 
vábale ahora a su placer. El pollo 
se paseaba lentamente, deteníase a 
veces junto a uno de los árboles del 
borde de la acera, y, en general, te- 
nía ese aire y ese gesto del hombre 
que no sabe si lo que está haciendo 
es una labor útil o una tontería. 

Al hacerse de noche, el hombre- 
cito se marchaba, después de volver 



TRAVIATI5M0 AGUDO 69 

la cabeza diez o doce veces en su 
retirada^ como quien hasta última 
hora no quiere perder del todo la 
esperanza. Leticia le vio desapare- 
cer tras la esquina, y aún se quedó 
allí en el balcón, mirando a la calle, 
como si ella también esperase algo 
hasta última hora. 

Vino a sacarla del ensimisma- 
miento la voz de la doncella, que la 
llamaba desde el fondo del gabinete. 

—Señorita..., señorita... 

—¿Qué es? 

—Este señor...— y enseñaba en 
la mano una tarjeta. 

Antes de cogerla, volvió Leticia a 
preguntar : 

—¿Y qué quiere? 

—Ver a la señorita. 

—¿Verme?... 



70 JOAQUÍN BELDA 

Tomó la tarjeta. En ella decía 
únicamente en menuda letra de im 
prenta: El Conde cid Retamares. 

Quedóse perpleja. Ella conocía 
a Peiico. Se lo habían presentado 
hacía mucho tiempo, en un baile; 
pero ni el conde había estado nunca 
en su casa, ni habían hablado los 
dos más de tres veces en la vida. 
Siempre que se la encontraba, ¡eso 
sí!, la saludaba muy atento, pero 
nada más. 

¿A qué venía ahora? Ella nada 
concreto había contestado a las in- 
sinuaciones de la Pepona en favor 
de su candidato. . . Mas lo cierto es 
que allí estaba. ¿Qué debía hacer? 

—¿Le has dicho que estaba yo en 
casa? 

—Le he dicho que no sabía. 



TRAVIATISMO AGUDO 71 



—¿Dónde está? 

—Le he pasado al salón. 

Había que resolverse. Negarse a 
recibirlo acaso fuera desahuciarlo 
para siempre; y ¡eso no, caramba! 
Habló en eila el instinto más que la 
reflexión, y dijo a la muchacha: 

—Dile que tenga la bondad de es- 
perar un momento. 

Fué al tocador, y aun cuando es- 
taba presentable, procuró arreglar- 
se aún más. Se dejaría la misma 
bata, un quimono grana con gigan- 
tescos pájaros de oro, pues había 
que dar al visitante la impresión de 
que se le recibía con toda naturali- 
dad. Fué el pelo, y sobre todo la 
cara, lo que disfrutó de nueves cui- 
dados. 

Ahuecóse los cabellos sin desha- 



72 JOAQUÍN BELDA 

cer el peinado de moño bajo y ban- 
dos ondulados, que conocía todo 
Madrid, y dióse brillo en ellos hasta 
dejarlos como dos piezas de metal. 
Aíjrandóse con el lápiz los ojos, y 
dio también carmín a sus labios, 
después de haberse enjua^^ado la 
boca con aj^ua dentífrica. 

Miróse al espejo; estaba como 
para aguantar un choque. Antes de 
ir al salón pasó del tocador a la al- 
coba y dio un beso a Santitos, como 
para pedirle inspiración en el tran- 
ce que iba a afrontar. Porque a ella 
no le cabía duda de que la visita de 
Perico la había preparado el desti- 
no, para acabar asi de un golpe con 
sus vacilaciones. 

Saludáronse los dos sonriendo, 5% 
claro es que ni ella cometió la can- 



I 



TRAVIATISMO AGUDO 73 

didez de preguntarle a qué venía, ni 
él la de decírselo. Hay sitios a los 
que no se puede ir más que a una 
cosa. 

Perico Retamares no tenía nada 
de tímido; así fué que tras de unos 
cuantos piropos y elogios a la be- 
lleza que tenía delante, tan castos 
como los que pudiera dirigir a una 
mujer oficialmente honrada, planteó 
a Leticia el problema, para lo cual 
empezó por tutearla. 

— Yo te quiero, Leticia; tú lo sa- 
bes. Nada te he dicho hasta ahora, 
porque no me gusta quitarle a nadie 
lo suyo, y ahora mismo, si me equi- 
voco y no eres libre, dímelo, y ve- 
rás qué pronto me voy a la calle. 

Todo esto no podía ser más razo- 
nable, y hasta ahora no aparecía 



74 JOAQUÍN BELDA 

por ning^una parte el hombre loco e 
impulsivo que pre^^onaba la fama. 

Ella le oía con una leve sonrisa, 
y sin decir palabra, muy atenta, 
pero sin fing*¡r pudores, que hubie- 
ran sido grotescos. Cuando él hizo 
una pausa, ella le preguntó: 

—¿Está usted seguro de que me 
quiere?... Porque a veces en eso del 
cariño se engaña uno mucho. 

— Mira, lo primero que te digo es 
que no me hables de usted ; me pa- 
rece impropio, pues no soy tan viejo 
como para merecer esos respetos. 
Ya ves que yo he empezado por dar 
ejemplo. 

— Bueno, pues de tú. ¿Estás segu- 
ro de lo que dices? 

—¡Claro que lo estoy! Yo no trato 
de engañarte. 



TRAVIATISMO AC^UDO /O 

^Sería inútil. 

—Ya lo sé; además, cuando haya 
por ahí alg-una mujer que pueda de- 
cir con razón que yo la he engaña- 
do, me avisas. 

—No, si yo no digo.,. 

— Yo voy siempre con el corazón 
en la mano. Tú me dices lo que ne- 
cesitas al mes para ti y para la 
casa . • • 

Leticia le atajó con una mueca de 
repugnancia. 

—Eso es lo de menos, hombre. 

Insensiblemente, Perico se había 
acercado a la golfa. Del sillón en 
que al principio estaba sentado, ha- 
bía pasado al mismo sofá en que ella 
acomodaba sus posaderas, y sin que- 
rer, sin darse cuenta, para animar el 
diálogo, la había cogido una mano. 



76 JOAQUÍN BELDA 

Empezó a hablar bajando la voz, 
lo cual, en ciertos casos, suele ser 
muy mal síntoma. 

—Sí, ya sé que el dinero es lo de 
menos. Lo importante es el cariño, 
y yo te quiero, Leticia, yo te quiero, 
no lo dudes. Yo he querido decirte 
que a mi lado nada ha de faltarte; 
que si tú eres buena conmigo, yo 
haré lo que tú quieras. . . 

Ya eran las dos manos las que es- 
trechaba entre las suyas, mientras, 
para hablar, le metía casi la boca 
en una de las orejas; felizmente, Le- 
ticia las llevaba muy limpias y no 
había cuidado. 

El salón, con sus muros forana y 
sus lapices de una severidad con- 
vencional—el de la puerta represen- 
taba las bodas de Camacho— , pare- 



TRAVIATISMO AGUDO 77 

cía animarse con fulg'ores de epitala- 
mio; las palmeras que en cada rincón 
había, diríase que se agitaban reve- 
rentes para saludar a la pareja amo 
rosa, y el gran espejo que, orlado de 
flores, se alzaba sobre la chimenea, 
reflejaba el grupo de los amantes 
como las aguas de un lago invertido. 
Leticia era maestra en su oficio y 
sabia muj^ bien que al llegar ciertos 
momentos hay que defenderse: es 
una defensa parecida a la de esos 
abogados de oficio a quienes la ley 
encarga de salvar a un monstruo 
sin salvación posible; algo frío, con- 
vencional, que más bien parece una 
invitación al patíbulo. Pero si fué- 
ramos a suprimir del mundo todo lo 
convencional, la vida sería una va- 
sija con el culo roto. 



78 JOAQUÍN DELDA 



-—¡Por Dios! ¡Sé formal!... ¿No ves 
que pueden oírnos?... Te advierto 
que no estoy sola en casa... Mi her- 
mana está ahí a dos pasos... Y el 
chico, ¡por Dios!, que está aquí al 
lado, en su cuna... puede desper- 
tarse... 

— ¡Bah' ¡No se enteraría de nada! 
Todos hemos sido chicos. 

Porque él no dudaba que todo lo 
que decía Leticia fuera vei'dad; pero 
también sabía que ciertos argumen- 
tos no se contestan con palabras. 

En el suelo, y al pie de una mesi- 
ta de te a la que hacían guardia dos 
taburetes árabes, había una esiu- 
penda piel de oso^ blanco, con una 
cabezota formidable; Retamares, sin 
abandonar el cerco, hizo al momen- 
to su composición de lugar; sobre 



TRAVIATISMO AGUDO 79 

SU cabeza, encima del sofá, estaba 
el interruptor de la luz elúUrica. 

Soltó un momento una de sus ma- 
nos y dio media vuelca al botón; la 
habitación quedó a obscuras, sin 
más que el liviano reflejo de una 
luz lejana, que llegaba hasta allí 
a través del montante del gabi- 
nete. 

Leticia comprendió que había lle- 
gado a ese punto en que la resisten- 
cia no puede prolongarse sin con- 
vertirse en una grosería. Era el ofi- 
cio. La heroicidad debía dejar pla- 
za a la complacencia. Notó que en 
las tinieblas casi la alzaban del sofá 
y la depositaban más allá, en el sue- 
lo; palpó y observó con gusto que 
había caído sobre la piel del oso, no- 
ble animal que trocaba ahora la fie 



80 JOAQUÍN BET.DA 

reza de su vida por una mansa com- 
placencia. 

Ya no hablaba más la víctima: 
limitábase a gastar en salvas la úl- 
tima pólvora de la resistencia, con 
unos quejidos y unos lamentos mo- 
nosilábicos, de los que el agresor no 
hacía el menor caso. 

Siempre ha sido difícil manipular 

en las tinieblas, aun llevando por 
guía el instinto y el deseo; en tales 
circunstancias una confusión la pa- 
dece cualquiera, y así, nadie podrá 
reprochar a Perico Retamares— ¡que 
no era ciertamente un primer pre- 
mio del concurso de tiro!— que al 
llegar el momento álgido desviase 
la puntería... 

El notó que su... prejuicio entraba 
en un recinto demasiado amplio y 



TRAVIATISMO ACUDO 81 



falto de confort, y como oscilase 
el arma para orientarse mejor, 
una cosa puntiaguda vino a cla- 
varse en él, haciéndole proferir un 
grito a cuyo lado las lamentaciones 
del profeta Jeremías fueron un 
cuplé. 

No se lo explicaba; las piernas de 
Leticia— mármol y nácar— estaban 
allí; no era ilusión. Tuvo que ape- 
lar al tacto para salir de dudas. 

Y salió. ¡Ya lo creo! En la preci- 
pitación había introducido el peris- 
copio en la boca del oso de la alfom- 
bra, que se abría en las tinieblas 
como el orificio de un túnel. 

Acudió a tiempo, y, ayudado esta 
vez por Leticia, pudo rectificar el 
yerro. 

¡Pobre animal! Un segundo más, 

6 



82 TOAQUiX BELDA 



y aquel habitante de la selva, que 
seguramente en vida sería una per- 
sona decente, se traga después de 
muerto un paquete indigerible. 



—Espérame aquí, vengo en se- 
guida. 

Ella fué la que habló primero, 
apenas se repusieron del com- 
bate. 

Y, en efecto, volvió a los pocos 
minutos arreglándose con las ma- 
nos el cabello. Perico, sentado otra 
vez en el sofá, miraba al oso con 
ojos melancólicos, como esperando 
merecer su perdón. En realidad, te* 
nía los dientes demasiado largos y 
puntiagudos. De buena se había li- 
brado el conde. 

Abrazó a Leticia; pero ahora ya 
con toda pureza. 



84 JOAQUÍN BELDA 

— ¿Quieres que hablemos como 
dos buenos amigos? 

— Tú dirás... 

— Pero tienes que ser franca con- 
migo; si no no podemos hacer nada. 

— Habla tú. 

—¿Tienes bastante con mil pese- 
tas al mes, pagando 5^0 la casa 
aparte? 

Leticia, por toda contestación, 
echóse a reir. 

El agregó: 

—Bueno, eso es lo fijo; luego, 
como tú comprenderás, para hacer- 
te vo un reléalo de cuando en cuan- 
do, y para comprar cualquier cosa 
que haga falta, no necesitaré que 
nadie me lo diga. 

Hubo una pausa. Leticia seguía 
sonriendo. 



TRAVIATISMO AGUDO 85 

—¿No contestas?... ¿Es que te pa- 
rece poco?... Habla, mujer, porque 
hasta ahora nadie ha hablado más 
que }'0... ' 

Leticia, desatendiéndose de la 
conversación, prestó oído a un rui- 
dillo que parecía venir de lejos a 
través de la casa, y de la parte de 
su alcoba. Era así como el maullido 
de un gato chiquitín que se fuera 
encorajinando poco a poco. 

—Espera...; es el chico que se ha 
despertado... 

Plisóse en pie de un salto, y 
añadió: 

—Voy a ver qué le pasa. Perdó- 
name otra vez. 

En la alcoba estaba ya el ama y 
Rosalía. Santitos tenía hambre y 
pedía la comida en esa forma con- 



8b JOAQUÍN BELDA 



tundente que emplean los chicos y 
los recaudadores de contribuciones. 
Leticia, viendo que para nada le 
hacía falta a su hijo, volvió al salón. 

—¿Qué era?— preguntó Retama- 
res, fingiendo un interés que estaba 
muy lejos de sentir. 

—No, nada: están con él mi hei- 
manay el ama. 

Leticia, mirando fijamente a su 
amigo, dejaba escapar una risica de 
conejo. 

—¿De qué te ries?... r'De mí? 

—No, hombre... Me río de que... 
hay cosas que parece que las hace 
Dios. 

—¿A qué te refieres? 

— A lo que acaba ^]e pasar aquí. 
Tú me estabas preguntando si ten- 
dría bastante con mil pesetas al 



TRAVIATISMO AGUDO 87 

mes, y la casualidad ha hecho que 
de alhl adentro te venga la res- 
puesta. 

— No te entiendo. 

— El chico, con su llanto, te ha 
contestado. Yo, si estuviera sola en 
el mundo, como antes, te hubiera 
dicho que sí; pero... ya no es lo 
mismo. Ahora le tengo a él. 

Perico sintió el deseo irrefrenable 
de decir una brutalidad, y la dijo: 

— Te doy mi palabra de honor de 
que yo no soy su padre. 

Y ella, que puesta a barbarizar 
iba más lejos que nadie, replicó: 

— No podrías serlo; para eso hay 
que ser muy hombre. 

—Bueno, no te enfades; ¿cuánto 
quieres? 

—No, si no me enfado; pero es 



8S 



JOAQUÍN BET.DA 



preciso que tú y todos os hagáis car- 
go de que yo tengo que mirar por 
él. Cuando yo me muera, ya que no 
le pueda dejar otra cosa, quiero al 
menos dejarle algún dinero. 

— ¡Magnífico! Eres una buena ma- 
dre... ¿Cuánto quieres al mes? 

—No es cuestión de cantidad. 

— ¡Carape! Cada vez te entiendo 

menos. 

—Quiero decir que los hombres 
sois muy veletas; tú, más que otros, 
tienes fama de eso. Yo, además, ya 
no soy una pollita; dentro de muy 
pocos años ya no podré inspirar 
más que amistad. .. 

—Eso es una burrada; tú tienes 
que dar aún mucha guerra. 

—Bueno, bueno; gracias por el 
piropo; pero yo sé lo que me digo» 



u 



TRAVIATISMO AGUDO 8^ 

Comprenderás que no puedo expo- 
nerme a que tú dentro de quince 
días te canses de mí, v... 

— Las mujeres^ cuando os las dais 
de muv listas, es cuando sois más 
tontas. 

— Sí; pero yo, si tú no me deposi- 
tas en el Banco una cantidad..., no 
para mí, ¡te lo juro!, sino para el... 

—¡Vamos! Haber empezado por 
ahí... 

—Tú eres el que debiste empezar. 

—Pues hecho; no se hable más. 
Tú me quieres garantizado por un 
año, como los relojes, ¿no es eso? 

—No; por dos. 

—¿Por dos?... ¿De manera que si 
yo deposito cinco mil duritos a tu 
nombre...? 

—Siete mil. 



90 JOAQUÍN BELDA 

—¡Ah! ¿Han de ser siete mil? 

—U ocho, si tú quieres... 

Perico bajó la cabeza hasta jun- 
tarla con las rodillas, y quedó calla- 
do. Ella guardó silencio también, 
mientras se mordía concienzuda- 
mente todas las uñitas de la mano 
izquierda. Era aquel un momento 
solemne: la g'olfa esperaba la con- 
testación del otro con la misma an- 
siedad con que el jugador de ruleta 
aguarda que se pare la bola. Se tra- 
taba sencillamente de tirarse un 

pleno de mil pesetas. 
Perico, como si hubiera empleado 

todo aquel liempo en pensar lo que 
iba a decir, habló, por fin, con mu- 
cha calma: 

— Mn*a, Leticia, yo comprendo 
que lo airoso y lo bonito ahora sería 



I 



TRAVIATISMO AGUDO 91 

que yo, sin regateos, te dijera: «He- 
cho. Mañana tendrás los siete mil 
duros.» Pero es que las mujeres no 
os hacéis nunca cargo de la situa- 
ción... ¡Claro! Y no tenéis vosotras 
la culpa. Oís decir cosas, juzgáis 
por las apariencias.. . Yo, por ejem- 
plo, tengo fama en todo Madrid 
de ser muy rico, y como todo en el 
mundo es relativo, lo soy o no, se- 
gún con quien se me compare. Pero 
yo te aseguro bajo palabra de ho- 
nor, y te lo juro por lo que quieías, 
que para disponer, así en un mo- 
mento dado, de siete mil duros, ten- 
go que vender una finca. 

— ¿Y para cinco mil duros, no? 

— ¡Claro que no! Los tengo en mi 
cuenta corriente. Todo se reduce a 
cambiarla de nombre, 



92 JOAQUÍN BELDA 

El instinto, que es casi siempre el 
talento de la cortesana, le gritaba a 
Leticia que si se resistía, si se hacía 
fuerte en su petición, el tiiunfo sería 
suyo. Leía en la cara de Retamares 
una ansiedad, unas ganas sinceras 
de convencerla, que siendo la ex- 
presión de un fuerte deseo, no po- 
dían ser de mejor augurio. 

Y era en vano que el buen sentido 
le hablase por otra parte y le dijese 
que debía aprovechar la ocasión; 
que en ¡Madrid eran muy pocos los 
hombres que ofrecían cinco mil du- 
ros a una mujer, así, de un golpe; 
que la mayoría de las companeras 
de oficio se volverían locas de júbi- 
lo si las hicieran seriamente una 
oferta parecida... 

No. Santitos, berreando ahora con 



TRAVIATrSMO AGUDO 93 

todas sus fuerzas en el último rin- 
cón de la casa, parecía decirla: 

— No cedas, mamá, no cedas; yo, 
en tu caso, hubiera pedido diez 
mil. 

Y no cedió. Al ver que el 
conde callaba otra vez, púsose de 
pie, y llevando una mano a su 
hombro, le dijo, plena de tranqui- 
lidad: 

—No te preocupes, hombre; haz 
cuenta que no te he dicho nada. Si 
no puedes, si supone para ti un sa- 
crificio, yo no te lo voy a exigir; 
aunque ya sé que hay por ahí quien 
dice lo contrario, a mí nunca me ha 
gustado atosigar a los hombres, ni 
en el terreno del dinero..., ni en 
ningún otro. Ya te digo que como 
si nada hubiéramos hablado; por 



94 JOAQUÍN BELDA 

eso no hemos de dejar de ser ami- 
gos. ¡Digo yo! 

Era la humillación muv finamente 
inferida, pero humillación al fin. 
Perico Retamares, el amo de todas 
las mujeres de Madrid que se entre- 
gaban por dinero, había de renun- 
ciar a esta aventura por estrechez 
de bolsillo. 

No podía ser. Levantóse también 
para marcharse, y aunque ya se 
había decidido, quiso darse un poco 
de importancia... 

—Bueno, hijita, yo lo pensaré; 
veré si encuentro el medio de que 
sea lo que tú quieras... Te aseguro 
que deseos no me faltan.... 

—-Yo nunca te hubiera hablado 
así si no fuera por él^ por mi 
hijo. 



TRAVIATISMO AGUDO 95 

Al decir esto, Leticia ponía la mis- 
ma cara que debió poner la madre de 
los Macabeos ante el rey Antíoco. 

— Sí, hija, ya lo sé... Siempre he 
dicho yo que vosotras no debíais ser 
madres nunca. .. Bueno, yo te escri- 
biré con lo que haya. 

— Como quieras; pero sí lo haces, 
que sea pronto, porque ya compren- 
derás que me urge aclarar mi situa- 
ción. 

Y no hablaron más. Al verse sola 
Leticia no pudo menos de reírse. 
Aquel hombre era suyo. Para lo- 
grarlo había tenido que buscar como 
cómplice a Santitos; pero, ¡bah!, 
cuando el chico fuera grande }^a 
sabría agradecerlo. 

Y es que así como hay madres 
que emplean a los hijos para exci- 



96 JOAQUÍN' BELDA 

tar la compasión, las hay que los 
usan como ganzúa. 

El cachorro, como si lo hubierd 
adivJnaJo todo desde el fondo de la 
casa, había dejado de berrear. 



Hov estaba verdaderamente con- 

■m 

tenta;ycomo la alegría en ella se ma- 
nifestaba siempre — como todos los 
estados de su espíritu— por medio de 
verdaderas explosiones, en la casa 
todo el mundo participaba de su jú- 
bilo. 

Aquella mañana, estando aún 
acostada, había entrado la doncella 
con una carta. El portador había 
pedido que le firmara el sobre la 
propia interesada, y la chica no 
tuvo más remedio que despertar a 
su dueña. 

Bien valía la pena. Era de Reta- 
mares, y en ella le enviaba un talón 

7 



li 



98 JOAQUÍN BELDA 

del Banco puesto a nombre de Leti- 
cia Robles y por valor de treinta y 
cinco mil pesetas. En la carta que 
acompañaba al envío, no decía más 
que lo siguiente: 

«Amiga Leticia: ¿No era eso lo 
que tú querías? Besos al nene.— Re- 
tamares.» 

Hay que convenir que, a pesar de 
su concisión, pocas cartas se han 
escrito más elocuentes. 

Al principio la cosa no produjo a 
la golfa gran impresión; tenía la se- 
guridad de que aquello llegaría, y 
el confirmarla no era más que el úl- 
timo trámite. Pero poco a poco un 
deseo de saltar y brincar la fué in- 
vadiendo, y la echó fuera de la cama 
antes de lo que solía. 

Era primeros de mes, y llamó al 



TRAVIATISMO AGUDO 99 

ama para pagarla; además del suel- 
do convenido le regaló diez duros. 
La buena tolosana dio las gracias y 
prometióse dejar aquel día que San- 
titos chupase de la teta más que de 
ordinario, aunque a riesgo de que 
cogiera una indigestión. La donce- 
lla y la cocinera recibieron también 
muestras parecidas del buen humor 
de su ama, y en cuanto a Rosalía, 
la hermana, se encerró con ella en 
el cuarto ropero, abrió uno de los 
grandes armarios, y descolgando 
un primoroso traje de todo vestir 
que había estrenado hacía un mes, 
se lo colgó de un hombro, mientras 
la decía: 

—Toma, hija; te lo achicas un 
poco, y como si te lo hubiejan he- 
cho a la medida. 



100 JOAQUÍN BELDA 



Se vestía así siempre, de los de- 
sechos de la hermana, que casi que- 
daban nuevos al pasar la moda. 
Pero este de ahora era no ya nue- 
vo, sino flamante. Rosalía, asom- 
brada ante el desprendimiento de su 
hermana, no se limitó a callar y 
ag"radecer como habían hecho el 
ama y la doncella. Quería saber. . . 
¿Qué había pasado para que Leticia 
diese tales muestras de alegría? 

Algo la dijo, pero sin detalles; no 
le gustaba que la hermana poseye- 
ra sus secretos. 

— Nada; el conde..., ya sabes... 

—Sí, Retamares. 

—Que me ha hecho un regalo. 
Pero no lo digas a esas... 

—¡Mujer, por Dios! ¡Qué cosas 
tienes! 



TRAVIATISMO AGUDO 101 

Liquidada así con los demás su 
cuenta de satisfacciones, quedaba 
lo principal: Santitos. A él podía de- 
cir que debía aquel dinero, y para 
él había de ser un buen pellizco. 

No quiso dejarlo para lue^^o; se 
bañó y vistió de prisa y salió a la 
calle antes del almuerzo. En la ca- 
lle de Alcalá, muv cerca de la Puer- 
ta del Sol, estaba la mejor tifeada de 
juguetes de Madrid: un verdadero 
paraíso de los niños, en cuyos esca- 
parates había siempre el último en- 
vío de Londres o de Berlín. Leticia 
entró y estuvo un largo rato vién- 
dolo todo, curioseando hasta en el 
último rincón y vacilando a cada 
paso. 

¿Qué llevaría? Este leopardo, casi 
de tamaño natural, era una precio- 



102 JOAQUÍN BELDA 



sidad; pero, más que juguete, pa- 
recía un adorno para una habita- 
ción. Este ferrocarril, con sus vías, 
sus estaciones, sus agujas, sus em- 
pleados y hasta su comité de huel- 
ga, resultaba maravilloso, pero ¡era 
tan pequeño Santitos! No podría ju- 
gar con aquello, y sus manos, aún 
torpes, no servirían ni para destro- 
zarlo. 

Un gran caballo alazán que ocu- 
paba el centro de la tienda, con su 
piel de verdad y su montura com- 
pleta, le pareció lo más a propósito. 
El pequeño, para encaramarse has- 
ta él, necesitaría una escalera; pero 
Leticia se decidió y mandó apar- 
tarlo. 

Era el juguete más caro de la 
casa, pero aún no era bastante. Una 



TRAVIATI5M0 AGUDO 103 



pelota de goma; un conejito que, 
gracias a la cuerda, saltaba y co- 
rría como los de carne y hueso; una 
caja de soldados y un muñeco ale- 
mán, formaron el lote que la madre 
mandó formar para su hijo, y pagó 
en el acto con todo el dinero que ha- 
bía sacado de casa. 

Ya en la calle, enfiló la acera del 
Banco, muy grave, muy digna, 
como iba siempre, sin mirar a na- 
die, y dejándose admirar por todos. 

Estaba guapa de verdad esta ma- 
ñana; el relativo madrugón le había 
sentado muv bien, v tenía la cara 
más viva, más alegre, con los ojos 
más brillantes que de costumbre, 
destacando en la blancura de leche 
del rostro. Por debajo de la gorrita 
le salían dos mechones de pelo mu}' 



104 JOAQUÍN BELDA 



negro, que ciaban a la cara un as- 
pecto apicarado; como ya era a 
fines de Marzo y no hacía frío, iba 
a cuerpo, con traje de levita azul, y 
sin más que una piel blanca a modo 
de gola aislándole la cabeza. 

Sus treinta v cinco años se trans- 
formaban así en veintitrés, aun 
aquí a la plena luz del sol, gran di- 
solvente de todos los afeites. A ello 
ayudaba la línea pura del cuerpo, 
bien tallado y ñexible, como el de 
una tobillera. 

Al pasar frente a las terrazas del 
Ideal y del Lyon, una lluvia de pi- 
ropos la saludaba. 

— ¡Va\^a con Dios lo bueno! 

—Al que madruga Dios le ayuda... 

—¡Eso es cara, y lo demás una 
tarta!... 



TRAVIATISMO AGUDO 105 

— lUy, uy, uy, los cuerpos simples 
y tobog'ánicos! 

Eran los pollos que, entre sorbo 
de coktail y g"ranadina, le daban lo 
suyo— bueno o malo— a toda la que 
pasaba. 

Otras veces era uno de los vende- 
dores de periódicos o décimos, un 
limpiabotas, un transeúnte del esta- 
do llano; se apartaba para dejarla 
pasar, se cuadraba, quedábasela 
mirando como para hipnotizarla, y al 
cruzar la figura de la golfa por su te- 
rreno, largaba el requiebro. Estos 
solían ser un poco menos filosóficos, 
pero un mucho más expresivos. 

—¡Mi madre, y qué barrenazo le 
atizaba yo a usté, mi vida! 

— Si así tienes la cara, ¡cómo ten- 
drás lo de abajo!... 



106 JOAQUÍN BELDA 

- Por usted me estaba yo en tres 
pies doce días. 

Ella ponía la misma cara ante los 
dichos de los unos y de los otros: 
hacía como que no los oía, pero a 
veces — cuando la barbaridad era 
muy grande — una sonrisita traido- 
ra la delataba. 

Era como un arco de gala que 
fueran todos formando a su paso: 
en él, unos ponían las rosas de un 
piropo delicado y fino, otros el fo- 
llaje verde que sirve de tosco relle- 
no. Pero, en el fondo, todo hacía 
falta, »y como expresión de un de- 
seo de mordiscos, todos los agrade- 
cía por igual. Porque era la calle 
entera que se alborotaba a su paso, 
más ahora que cuando desfilaba por 
ella demasiado hierática en el estu- 



TRAVIATISMO AGUDO 107 

che de su coche. Señores graves 
que no se atrevían a decirla cosas, 
volvíanse con disimulo a contem- 
plar su estela; maridos que iban con 
su mujer, sentían a su paso más dura 
que nunca la cadena matrimonial; 
mirábanla con envidia las otras mu- 
jeres, y en el centro de Madrid, a 
esa hora casta v honrada del medio 
día, triunfaba sobre todas la Mag- 
dalena sin arrepentir, como si a su 
paso fuera frotando con unas alas 
invisibles a los hombres en la me- 
dula. 

Esquina a Cedaceros tuvo la gol- 
fa un encuentro que la emocionó; 
fué una escena muda, pero harto 
elocuente. 

Habíase detenido un poco al bor- 
de de la acera para dejar paso a un 



103 JOAQUÍN BELDA 



tranvía de Lista, cuando, por detrás 
del vehículo, cruzó un joven que se 
vino como directamente hacia ella. 

Era el de marras, el de las guar- 
dias en la acera a la hora del atar- 
decer, el del Reina Victoria, que al 
ver a Leticia cuando iba casi a 
echarse encima de ella, no pudo di- 
simular su turbación, y se apartó a 
un lado, bastante corrido. 

Sus miradas se cruzaron un mo- 
mento, y se dijeron ese micropoema 
de un segundo que se dicen con los 
ojos dos personas que se conocen 
mucho de vista, pero que no se ha- 
blan. El contenido de esas rápidas 
frases mudas viene a ser algo así 
como esto: 

—¡Hombre! ;Ya está aquí este 
tío? 



TRAVIATISMO AGUDO 109 



—¡Nos ha fastidiao! Y usted, ¿no 
está aquí también? 

La golfa bajó en seguida la vista, 
y siguió su camino. Lo sentía, era 
para ella evidente, como si lo estu- 
viera viendo: aquel chico la iba si- 
guiendo; en vez de continuar su ca- 
mino en dirección contraria, había 
vuelto sobre sus pasos y marchaba 
tras ella como sujeto por un hilo in- 
visible. 

No es que lo hubiera visto, pues 
habíase guatdado muy bien de vol- 
ver la cabeza; pero lo notaba en una 
especie de frío voluptuoso que le 
corría por la espalda, como si de un 
momento a otro fueran a echarle 
por ella una sábana empapada en 
agua. 

Seguramente el muchacho iría es- 



lie JOAQUÍN BELDA 



piando sus pasos, observándola el 
menor gesto, sin dejar de mirarla 
un momento. Y ella, instintivamen- 
te, cada vez que uno de los tran 
seuntes con quienes se cruzaba 
acercábase para decirla una atroci- 
dad o simplemente para verla me- 
jor, hacía un quiebro en la marcha, 
alejándose todo lo posible del im- 
portuno. No se creyese aquel joven 
que porque ella era... lo que era 
salía a la calle a que la echasen flo- 
res. 

Al llegar a la Cibeles cruzó la 
plaza en dirección al palacio de 
Murga; ante la fuente volvióse un 
poco, con la excusa de ver si baja- 
ba algún tranvía, y entonces lo vio. 
¡Sí, estaba ella segura! No se había 
equivocado: a treinta pasos estaba 



TRAVIATISMO AGUDO 111 



SU mudo adorador, como si no qui- 
siera importunarla acercándose mu- 
cho. 

Aquel chico resultaba demasiado 
tímido. Y no es que a ella le agra- 
dasen esos tenorios de acera estre- 
cha, que en cuanto ven a tiro una 
mujer se creen en la obligación de 
vomitarle al oído una burrada; pero 
entre esos y aquel mirar embobado 
de este pollo, que 5'a duraba varios 
días, había un prudente término me- 
dio. ¿Qué esperaba? ¿Q'^e ^H^ una 
buena tarde le hiciese señas desde 
el balcón para que subiese, como 
hacían con los organilleros las pu- 
pilas de Ceres y de Tudescos? 

Y suponiendo que el chico se 
arrancase, ¿es que iba ella a decirle 
que sí? En realidad no sabía qué 



112 JOAQUÍN BKLDA 

contestarse a esto. Aunque su ofi- 
cio era ese, el pretendiente debía 
estar de dinero a la altura de un 
adoquín, y ella sabía muy bien que 
esos líos con gente pobre tienen dos 
enormes inconvenientes: es el pri- 
mero, que se trabaja gratis, y el se- 
gundo, que se desacredita una como 
mujer de postín ante los demás ca- 
britos. 

Esto pensaba y casi decía en voz 
alta Leticia, mientras subía hacia 
su casa por la calle de Olózaga. Si 
aquel pipiólo se decidía a decirla 
algo, sólo Dios sabía lo que ella le 
iba a contestar. Pero, por si acaso, 
lo que deseaba es que se decidiese. . . 

Aunque, pensándolo mejor, aque- 
lla timidez no la desagradaba del 
todo. Resultaba poco varonil; pero, 



TRAVIATISMO AGUDO 113 

¿no estaba ella harta y más que har- 
ta de tratar con hombres? 

Llegaban ya a la casa y la situa- 
ción no había variado. Leticia cam- 
bió de acera, y le vio otra vez, aun- 
que ahora un poco más cerca. A 
tiempo que la golfita se metía en el 
portal, recordó que aquel día había 
empezado muy bien para todos, y, 
gracias a la buena noticia que ella 
había recibido a primera hora, to- 
dos en casa, desde Santitos a la don- 
cella, habían tenido su regalo. 

Y quiso que su adorador incógnito 
lo tuviese también. Desde dentro del 
zaguán volvióse a la calle, le miró y 
le regaló con una sonrisa, que, tra- 
ducida a la letra, quería decir: 

—Por mí, ya puede usted ir echan- 
do el bacalao en el agua... 

8 



Aquel pollastre había llegado a 
ser la obsesión de Leticia. 

Las personas cuyo recuerdo nos 
es grato— y esto lo mismo en hom- 
bres que en mujeres— se dividen en 
dos categorías: aquellas de quien no 
nos acordamos más que cuando una 
circunstancia fortuita nos trae a la 
memoria su recuerdo, y aquellas 
otras cuya imagen se fija como con 
tachuelas en nuestra mente y en ella 
permanece noche y día. En este úl- 
timo caso, es decir, cuando el re- 
cuerdo de la persona amada se con- 
vierte en obsesión, es cuando, se- 
gún los poetas, surge el amor. 



TRAVIATISMO AGUDO 115 

Bueno, poeta: toma lo que quie- 
ras. A nosotros nos da lo mismo. 

Continuando esta divagación, de 
una psicología que está al alcance 
de cualquier peón de albañil, sólo 
diremos, para terminar, que las ob- 
sesiones, por regla general, sólo se 
curan realizándolas. ¿Está esto 
claro? 

No se necesita^ por tanto, ser un 
Simarro para afirmar que Leticia y 
su mudo adorador acabarían ha- 
ciendo la paella si Dios no lo reme- 
diaba. 

Sólo cuatro días iban transcurri- 
dos desde el episodio de la sonrisa. 
El pollo, que al ver aquello creyó 
morir de felicidad, tenía ahora la 
amargura de notar que pasaban las 
horas y no se realizaban los pro- 



116 JOAQUÍN BELDA 



3'ectos y las esperanzas que aquellas 
dos hileras de dientes blanquísimos 
le habían hecho concebir al asomar- 
se a la roja herida de unos labios. 
Leticia, por su parte, esperaba 
también. El joven había ido todas 
aquellas tardes, como de costum- 
bre, a montar la guardia en la ace- 
ra de enfrente, y ella, por verlo, aun 
sin ser vista, había suspendido el 
paseo en coche y el visiteo de tien- 
das y amig"as en estos últimos días. 
Por lo general, solía coincidir la 
marcha del muchacho, al encender 
se los faroles, con la llegada a 
casa de la golfa de Perico Retama- 
res, que iba a cobrar en el cuerpo 
de su querida la parte alícuota de 
felicidad a que le daba derecho su 
anticipo de siete mil duros. 



TRAVIATISMO AGUDO 117 



Ella se quitaba del balcón donde 
escondida había estado mirando a la 
calle, para ir a caer en brazos de Pe- 
rico, que tenía ahora todo ese fuego 
del amante novel. Y ocurría que, en 
el coloquio amoroso, al llegar ese 
momento supremo que, ¡ay!, sólo 
dura un segundo, Leticia se acorda- 
ba del pollo y era para él la ofrenda 
de sus convulsiones. El cuerpo de 
la golfa iba por un lado y la imagi- 
nación por otro; de estos divorcios 
a espaldas de la curia hay en el 
mundo más de lo que parece. 
' Y mientras ella le amaba en espí- 
ritu, él, ajeno a tanta gloria, iba en 
el tranvía muy cabizbajo y triste, ca- 
mino de su casa, en la que se ence- 
rraba con sus morriñas. 

Vivía en un pisito del barrio de 



118 JOAQUÍN BELDA 

las Salesas,en unión de su hermano, 
empleado del Banco, y cuidaba de 
los dos la vieja Antonia, una anti- 
gua criada de sus padres, que se ha- 
bían traído de la provincia al venir 
a instalarse definitivamente en Ma- 
drid. 

El pobre Daniel— ya es hora de 
que digamos cómo se llamaba— te- 
nía la desgracia de ser un románti- 
co; esto, dadas las condiciones de la 
vida actual, es algo tan funesto 
como ser un reumático o un tuber - 
culoso. 

Una de sus primeras lecturas de 
adolescente, allá, en el caserón de 
su familia en Granada, que parecía 
un convento deshabitado, había sido 
La dama de las Camelias, ese libro 
de tan voluptuosa tristeza, que nin- 



TKAVIATISMO AGUDO 119 



gún individuo menor de treinta 
años debiera leer sin un comentaris- 
ta al lado. 

En su ánimo, la tragedia de Mar- 
garita Gautier produjo un efecto de 
exclusivismo; para él, desde enton- 
ces, toda golfa era una sentimental, 
una mujer de estirpe superior, 
que habiendo caído en el fango 
por azares de la vida, sólo aguar- 
daba la mano redentora que se aga- 
rrase a la suya y la sacase de la 
charca. 

Pocos tipos habrá creado la lite- 
ratura tan sugestivos y tan dinámi- 
cos como el de la tísica querida de 
Armando; dinámicos en el sentido 
de que al aparecer ante una imagi- 
nación tierna, impulsa a obrar, 
viendo en toda piculina una mártir, 



120 JOAQUÍN BHLDA 



y adjudicando al joven que lee el 
papel de redentor. 

Daniel en esto batía el record a 
a todos los de su edad. Al llegar a 
Madrid dos años antes para seguir 
la carrera de Leyes, quedó deslum- 
hrado. Un mundo, hasta entonces 
no más que imaginado, iba desfilan- 
do ante sus ojos en los paseos, en 
las salas de los teatros, hasta en los 
gabinetes de ciertos falansterios 
amorosos a que su hermano le con- 
ducía, como un Mentor que prefiere 
la iniciación franca al descubri- 
miento por sorpresa. 

Aquí era donde Daniel iba apren- 
diendo más; como las casas que vi- 
sitaban—San Marcos, Gravina, 
principio de Jaconietrezo— eran to- 
das de diez pesetas para arriba, el 



TRAVIATISMO AGUDO 121 

mozo iba conociendo una categoría 
de mujeres a base de bidet y cami- 
sa limpia, que en Granada era poco 
común en aquella época. 

No eran las golfas de postín que él 
veía en los coches de la Castellana y 
en los palcos de la cuarta de Apolo, 
pero sí unas mujercitas que vestían 
casi como aquéllas— con vestidos un 
poco Codorniú— , fumaban egipcios 
con cierta delicadeza, v... hacían alu- 
sión a la madre de los amigos cuan- 
do éstos las jugaban alguna trasta- 
da, exactamente lo mismo que las 
de doscientas pesetas por dormida. 

Eran, valga la frase, como la cla- 
se media del gremio, y ya es sa- 
bido cómo la clase media gusta de 
imitar a la aristocracia, poniéndose 
un poco en ridículo. 



122 JOAQUÍN BELDA 



A lo mejor, de casa de la Reme- 
dios, de la Milagritos o de la Jesu- 
sa, desaparecía una de las pupilas; 
cuando los parroquianos pregunta- 
ban por ella se enteraban de lo ocu- 
rrido: la había puesto casa el conde 
Fulano, el banquero Zutano o el co 
merciante Perencejo. La mujer de 
casa pública y de carrera pasaba 
así a la categ"oría superior de com- 
prometida: en vez de acostarse con 
todos, lo hacía con uno sólo..., al 
menos oficialmente. Era como los 
diputados cuneros, cuando les ha- 
cen senadores vitalicios. 

Pero otras veces, el ama o encar- 
gada^ al dar la' noticia, se ponía se- 
ria y grave, y con un tono casi im- 
perceptible de envidia, decía: 

—Esa... Dentro de tres días se 



TRAVIATISMO AGUDO 123 



casa con un muchacho muy joven y 
muy g^uapo. 

Era el redentor. Otro que había 
leído La dama de las Camelias y no 
la había dig-erido. Por lo general se 
trataba de un empleado de la Casa 
de Canónigos, -de algún croupier o 
viajante de comercio... Si es que el 
redentor no era un distinguido sin- 
vergüenza que iba derecho a redi- 
mirse él, alimentándose en lo suce- 
sivo de sabroso pan... de clítoris. 

Daniel, al oir todo esto, revivía la 
novela inmortal. Claro que x\rman- 
do no llegó a casarse con Margari- 
ta; pero hubiera llegado a ello de no 
meterse el padre por medio. Era 
una realización en la vida de lo que 
Dumas había hecho vivir en las pá- 
ginas de su libro, pero una realiza- 



124 JOAQUÍN BKLDA 



ción pequeña, mezquina, de un ro- 
manticismo de casa de huéspedes. 

Porque donde él veía la cosa en 
grande era cuando se trataba de las 
otras, de las más altas^ de la aristo- 
cracia del gremio. De nombre co- 
nocía ya a casi todas las de Madrid, 
pues en cuanto veía a una pregun- 
taba quién era, a su hermano o a 
los amigos de éste. La Macilenta, 
Pura la de los brillantes, la Julia 
Chitry, María Infantes, la Trini, 
Luisita la Ansiosa— ¡vaya, mote!—, 
la Alicantina, la. Mareca, la Pispa- 
jo, la Neurótica y la Antiespasmó- 
dicay eran con el pensamiento como 
visita de casa de Daniel. 

Sabía dónde vivía cada una, cuál 
era el cabrito que la mantenía, de 
qué color era el caballo de su coche 



TRAVIATISMO AGUDO 125 

y hasta lo que debían de ropa blan- 
ca en las tiendas de la Carrera y 
Cedaceros. Desde lejos las miraba 
como a estrellas a las que nunca 
podría llegar, a pesar de las ganas^ 
y en su adoración un poco deslum- 
brada olvidaba que la que más y 
la que menos de aquellas princesas 
del revuelco había sido pupila de 
las casas que él visitaba y había ya- 
cido en doce horas con doce varo- 
nes distintos. 



Cuando la vio a ella, todas sus 
ideas, todos sus anhelos vagos, vi- 
nieron a concretarse en uno sólo. 

Fué una tarde de Octubre; salían 
de un café céntrico su hermano, él 
y dos amigos, y bajaron hacia la 
Castellana. Al cruzar Barquillo tu- 
vieron que detenerse para dejar pa- 
so a un coche; dentro iba Leticia, y 
a Daniel aquella cara le supo a cosa 
desconocida. 

— ¿Quién es?— preguntó a los de- 
más. 

—Leticia Robles: la tía más guapa 
de Madrid. 

También Margarita, en su época, 



TRAVIATISMO AGUDO 127 

fué la flor de París. Y sin darse 
cuenta, como cosa involuntaria, le 
asaltó al punto la idea de que aque- 
lla mujer necesitaba un redentor, y 
ese redentor podía ser él. 

Pasó muchos días sin verla, hasta 
que, por acaso, se la volvió a encon- 
trar una mañana. Leyendo en el 
rostro de ella lo que quizás no estu- 
viera más que en el propio pensa- 
miento del muchacho, Daniel nota- 
ba en aquella mujer un perenne ges- 
to de tristeza, como si, no estando 
contenta de su oficio, lo soportase 
como una carga . 

A su juicio, esto era lo que la dis- 
t^'nguía de las demás. ¡Lástima que 
no estuviera tísica, como la sefiorita 
Gautier! Leticia, aunque algo lán- 
guida y nada gruesa, tenía un as- 



123 JOAQUÍN BELDA 

pecto muy saludable; era una des- 
dicha, porque el bacilo de Koch ha 
sido siempre el compañero de juer- 
gas de todos los romanticismos. 

Pero todo se andaría. Por lo pron- 
to, la señorita Robles lucía siempre 
unas hermosas ojeras que, natura- 
les o de tocador, hacían pensar en 
el alboroto de sus noches. 

Ahora, después del episodio de la 
sonrisa, Daniel notaba que su enfer- 
medad se había exacerbado; era co- 
mo un ataque agudo en un sujeto 
predispuesto, como si todos los an- 
helos de los años pasados se concre- 
tasen ahora con la fuerza explosiva 
de su larga contención. 

Desesperado al ver que en cinco 
días aquel principio de tan buen 
augurio no había tenido una conti- 



TRAVIATJSMO AGUDO 129 

nuación, llevaba ya cuarenta y ocho 
horas rondando la casa de ella, no 
sólo por las tardes, como de costum- 
bre, sino también por la noche, a la 
hora en que podría salir para algún 
teatro. 

La noche antes había sido para él 
una lluvia de fracasos. A las nueve 
y media llegó frente a su casa y vio 
a la puerta el coche de Leticia; el 
corazón le hizo una pirueta en el 
pecho; no cabía duda que iba a sa- 
lir^ y a aquella hora no podía ir más 
que a un teatro. 

En efecto: no tuvo que esperar 
mucho; a los diez minutos de mon- 
tar la guardia en la acera de enfren- 
te la vio salir v meterse en el coche, 
acompañada de otra individua. Has 
ta aquel momento no cayó en la 

9 



130 JOAQUÍN BELDA 

cuenta de su estupidez. ¿Cómo se- 
guirla con lo bien que trotaba el ala- 
zán? Buscó un coche en todo lo que 
alcanzaba la vista, pero fué inútil. 
¿Tendría que echar a correr tras el 
vehículo, como hacen los maleteros 
a la salida de las estaciones? Subir- 
se en la trasera no resultaba nego- 
cio, sobre todo si se tenía en cuenta 
que el carruaje de su amor la lleva- 
ba erizada de pinchitos. Cuando es- 
taba parado en medio de la calle sin 
saber qué hacer y dándose a todos 
los demonios, pasó un tranvía que 
iba hacia Sol, e instintivamente lo 
tomó. 

No tardó en alcanzar al coche, ni 
tampoco en adelantarlo demasiado. 
Como la marcha era desigual, pero 
el tranvía paraba de cuando en 



TRAVIATISMO AGUDO 131 

cuando, los dos vehículos se cruza- 
ban varias veces en el camino, como 
en una carrera de caballos en que 
se quisiera disimular el tong:o. 

Daniel, en la plataforma poste- 
rior, y con medio cuerpo fuera, casi 
en el estribo, se comía con los ojos 
la berlina, siguiéndola ansiosamen- 
te en sus peripecias. El no podía sa- 
ber si Leticia le veía; de ella y de su 
acompañante, en la obscuridad del 
interior del coche, no se distinguía 
más que la blancura de las pieles, 
como una pradera nevada en el fon- 
do de la noche. 

Por fin, al llegar a la calle de Re- 
coletos, el tranvía se deslizó por 
ella, abandonando la de Serrano. 
La berlina, con los saltitos de sus 
ruedas de goma, siguió como un 



132 JOAQUÍN BELDA 



g-alg-0 hacia la Puerta de Alcalá. 

Daniel fué a apearse, pero se de- 
tuvo a tiempo. Era una tontería. El 
coche seguramente bajaría hasta la 
Cibeles, y desde allí se encaminaría 
a un teatro; acaso llegase él antes, 
V todo era cuestión de mirar a la 
puerta de los más céntricos. 

Frente a Apolo no había más que 
tres automóviles. El muchacho se 
apeó para dirigirse a la Zarzuela y 
subir desde allí al Reina Victoria. 

En la calle de Jovellanos tuvo que 
pasar revista a una larga fila de ve- 
hículos que daba vuelta hasta la de 
Zorrilla. Tampoco estaba allí. Junto 
al Reina Victoria había, como siem- 
pre, hasta quince o veinte automó- 
viles }' otros tantos coches, pero no 
estaba el suyo. 



TRAVIATISMO AGUDO 133 

f 

Fué a inspeccionar los teatros de 
la calle del Príncipe. La cola de los 
de la Comedia llegaba^ por la plaza 
de Santa Ana, a la calle de la Gor- 
guera. ¡Nada! Frente al Español la 
inspección fué mucho más cómoda; 
se representaba una de esas come- 
dias de arte puro, y ¡naturalmente!, 
no había ante su fachada más que un 
coche de punto, y eso porque se le 
había caído el caballo víctima de un 
lumbago. 

¿Se le habría ocurrido a Leticia 
meterse en el Odeón? Fué a verlo y 
se llevó un nuevo desengaño. 

En Romea, si estaba lleno de gen- 
te, todos los espectadores debían 
haber ido a pie, en tranvía o a nado. 
Y Daniel se encaminó a la calle del 
Arenal. 



134 Joaquín belda 

La inspección en la puerta de Es- 
lava dio también un resultado nega- 
tivo. ¿Se habría refugiado, dando 
con ello una prueba de buen gusto, 
en la casa de Loreto y Chicote?... 
Tampoco... 

¿Qué hacer? Menos mal que el 
Real se había cerrado pocos días 
antes; si llega a estar abierto, el 
enamorado hubiera tenido que pa- 
sar revista a los doscientos o tres- 
cientos coches que se congregan en 
la plaza de Oriente, y se hubiera caí- 
do al sucio presa de un ataque cere- 
bral. 

Pero había que terminar la odi- 
sea: Lara, Cervantes, la Princesa, 
Infanta Isabel... No se sentía con 
valor para extender la busca a los 
cines. Aun así, de encontrarla en 



TRAVIATISMO ACUDO 135 



alguno de los teatros que aún le 
quedaban, llegaría a tiempo de ver- 
la salir únicamente, poique eran ya 
muy cerca de las doce. 

A la una menos cuarto Daniel en- 
traba en su casa triste, cabizbajo y 
con las piernas hinchadas. Por lo 
visto, aquella mujer había pedido el 
coche para ir a contemplar la luna 
desde los altos de la Moncloa. 

Tenía celos, unos celos horibles, 
no sabía de quién. Era evidente que 
la muy golfa se había ido de juerga; 
no era hora para salir de compras, 
pero sí... de ventas. ¡Cochina! ¡As- 
querosa! Y mientras él hacía el le- 
chón correteando en su busca por 
todo Madrid, ella se revolcaría en el 
reservado de algún restorán, Dios 
sabe con quién. 



136 JOAQUÍN BELDA 



...Verdad es que esto también lo 
hacía Margarita de cuando en 
cuando. 

Daniel tardó en dormirse, y lo hi- 
zo con la siguiente idea incrustada 
en el cerebro en forma de pregunta: 
¿Por qué había tantos teatros en Ma 
drid? 

Así no era posible que ganasen las 
Empresas ni había amor que resis- 
tiese a tamaña carrera en pelo. 



La tarde antes se había despedi- 
do para unos días Penco Retama- 
res. Se iba de caza a los montes de 
Toledo, y de allí seguirían a un coto 
de la provincia de Jaén. Segura- 
mente, hasta pasados quince días no 
volvería a Madrid. 

¡Qué pena! Leticia se quedaba 
viuda por dos semanas, y esto cuan- 
do sólo hacía cinco días de su... 
boda. Estos sportsman tienen eso. 

Por primera vez en su vida de pi- 
culina, Leticia tuvo miedo de aque- 
lla libertad que la ausencia del que- 
rido la procuraba. Miedo de sí mis- 
ma, de su flaqueza, que— -¡lo notaba 



138 JOAQUÍN BELDA 

muy bien!— cada día se acentuaba 
más. 

No era mucha la sujeción de ordi- 
nario: Retamares no era un tirano 
ciertamente, pero parecía que es- 
tando él en Madrid un problemático 
respeto cohibía un poco las decisio- 
nes de su amante. Mientras que 
ahora.. . ¡ILsto de la caza! Después 
de todo, la situación resultaba bas- 
tante clásica; apenas hay narración 
de Boccacio o Paul de Kock en que, 
cuando un marido o amante se va 
de caza, no haya otro señor que se 
aproveche para dedicarse a la pes- 
ca. Hasta se diría que el sport ci- 
negético es un medio de llevar dig- 
namente ciertos adornos frontales. 

Leticia, ahora que era dueña ab- 
soluta de sus horas, temía y desea- 



TRAVIATISMO AGUDO 1J9 



ba que en algunas de ellas estuviese 
incluido el cuarto durante el cual 
dicen que cae siempre toda mujer. 

Que su adorador no levantaba el 
cerco lo sabía ella muy bien; la no- 
che antes le había visto en la plata- 
forma del tranvía, persiguiéndola 
con la mirada. Y ella, que iba sen- 
cillamente a cenar al Palace con 
unas amigas, hubiera de buena gana 
parado el coche y, llamando al mu- 
chacho, le habría dicho: 

—Anda, hombre, sube; si al fin y 

al cabo ha de sen.. 

Eran las siete de la tarde, y la 
mamá de Santitos, sentada ante su 
tocador, se ondulaba el pelo a con- 
ciencia; Manolo, sentado a su iz- 
quierda en una silla baja, levantá- 
base a veces del asiento para des- 



140 JOAQUÍN BELDA 



empeñar a la voz de mando come- 
tidos tan difíciles como el de acer- 
car una toalla, traer la caja de las 
cerillas y recoger del suelo una de 
las tenazas. 

También el hombie, más tranqui- 
lo desde que la casa había entrado 
en orden al arreglarse Leticia con 
el conde, sentía ahora, ante la mar- 
cha de Perico, ese alivio que expe- 
rimentanloscriados cuando el señor 
se va de baños por unos días. 

Unos golpecitos sonaron a la 
puerta del tocador; era Eladia, la 
doncella, que al entrar y ver a Ma- 
nolo retrocedió como arrepentida. 

— ¿Qué es?— preguntó Leticia. 

La otra, azorándose un poco, 
dijo: 

—No, nada... Creí que estaba la 



TRAVIATISMO AGUDO 141 

señoiita sola. . . Es que dice el ama 
que si puede hacer el favor de salir 
la señorita... , 

—Bueno, ahora voy... 

—Pocas cosas eran las que en 

aquella casa no podían hablarse de- 
lante de Manolo; pero por lo visto 
ahora se trataba de una de ellas. 
Para evitar sospechas le dijo al 
amigo: 

—Ya sé lo que quiere: que le sa- 
que ropa para el nene. Se le habrá 
terminado la que tiene en el ro- 
pero. 

Acabó de peinarse con toda tran- 
quilidad, y echándose sobre el pei- 
nador la primer bata que encontró 
a mano, salió, teniendo buen cuida- 
do de cerrar la puerta. 

En el pasillo esperaba la doñee- 



142 JOAQUÍN BHLDA 



Ha dando unos paseítos, como si es- 
tuviera haciendo centinela. 

Leticia, después de dar una fuer- 
te chupada al cig^arrillo que encen- 
dió antes de salir, la preguntó en 
voz baja: 

—¿Qué es? 

Eladia se llevó un dedo a los la- 
bios y echó a andar hacia el come- 
dor, precediendo a su dueña. 

Una vez las dos en él, y aunque 
aislada la pieza al otro extremo 
de la casa, cerró la doncella la 
puerta. 

—No era el ama, era yo la que 
tenía que decirle una cosa a la se- 
ñorita. 

— Me lo he figurado. ¿Qué pasa? 
¿Ha venido alguien? 

—No, es que... Pero ¿no me va a 



TRAVIATISMO AGUDO 143 

reñir la señorita por lo que he 
hecho? 

—¿Qué has hecho? 

—Yo sentiría que la señorita se 
enfadase... 

—¡Vamos, mujer^ no seas estúpi- 
da! Habla va. 

—Hace un momento he bajado a 
la calle a avisar para que trajeran 
las botellas de leche, que ya sabe la 
señorita que me lo dijo esta tarde... 

—Sí. ¿Y qué? 

— Pues que en la acera de enfren- 
te estaba parado un señorito..., que 
por cierto ya lo vengo yo viendo en 
el mismo sitio varias tardes.. . 

— Sí, sí... — replicó Leticia, que ya 
se estaba figurando el resto de la 
aleluva. 
^ —Bueno; pues 5^0 me fijé en que, 



144 JOAQUÍN BELDA 



al ir para allá, me fué siguiendo, y 
esperó en la puerta de la lechería a 
que yo saliese. Entonces me siguió 
de lejos otro poquito, y al doblar la 
esquina se me acercó... 

La golfa, a la que el relato iba 
produciendo una alegría sin límites, 
quiso embromar a la muchacha. 

-—Vamos, sí; que te ha salido un 
novio. 

Eladia, que no esperaba aquello, 
púsose muy colorada, y echóse a 
reír. 

— ¡Señorita!... Empezó a hablar- 
me, y yo al principio no he queri- 
do hacerle caso, pero ya me dio fati- 
ga y... 

—¿Qué te ha dicho? 

—Me ha preguntado si yo estaba 
sirviendo aquí, y al decirle que sí... 



TRAVIATISMO AGUDO 145 

—-Te ha dado una carta; tráela. 

—No, no me ha dado nada; es de- 
cir... me ha dado una peseta para 
que yo le hiciera un favor. Nada 
más que decirle si la señorita iba a 
salir esta noche y si yo sabía dónde 
iba. 

—¿Se lo has dicho? 

—Yo sentiría que la señorita se 
enfadiise, pero es que estaba viendo 
que si no se lo decía no me dejaba 
entrar en casa. 

—¿Qué le has dicho? ¿Que voy al 
teatro? 

—Que la señorita tenía pensado 
ir a la Zarzuela... 

—Y hasta el número del palco le 
habrás dicho. ¡A ver si te crees que 
soy tonta...! 

—Señorita... 

10 



146 JOAQUÍN BELDA 

—No, hija, no; si no me enfado. 

—Yo le he dicho que esta mañana 
me habían mandado por un palco. 

—Bueno; pues no malgastes las 
dos pesetas que te handado por la 
noticia. 

—¿Cómo sabe la señorita que han 
sido dos pesetas? 

—Mujer, porque tú me has dicho 
que una, y yo sé que siempre, al 
contar las propinas^ las reducís a la 
mitad.. . Bueno; di a Juana que quie- 
ro cenar a las ocho y media en pun- 
to, y si ves que a las diez menos 
cuarto no está el coche abajo, te 
agarras al teléfono y no lo sueltes 
hasta que no haya venido. 

— Muy bien, señorita. 

Volvió al tocador, y en la mit'^d 
del pasillo se detuvo para decir: 



TRAVIATISMO AGUDO 147 



—Oye, di a la señorita Rosalía 
que ali^^ere, porque si no está lista 
para la hora de salir me vcy yo 
sola. 

Le había entrado una prisa loca, 
un ansia porque aquellas horas que 
faltaban para la función pasasen en 
un vuelo. Cuando entró de nuevo, 
Manolo notó en ella una alegría 
nerviosa que no tenía al salir; el 
cambio no le chocó, pues estaba 
acostumbrado a estas veleidades de 
su amiga; tampoco se molestó en 
indagar la causa. ¿Para qué? La 
base de aquella tenue íeiicidad que 
para Manolo suponía el estar al lado 
de Leticia, era precisamente la au- 
sencia de todo análisis. 

Sentada otra vez ante el espejo, 
el peinado, que ya había dado por 



148 JOAQUÍN BÉLDA 



concluido antes d^^ salir, parecióle 
ahora que no estaba bien del todo. 
¡Claro que no! El pelo caía mucho 
más por este lado que por el otro; 
además, el ondulado de esta banda 
de la izquierda, por lo demasiado 
geométrico, parecía hecho sobre 
pelo postizo. ¡Qué horror! 

Y cuando ya no sabía qué nuevas 
cosas hacer con su ¿abecita para 
que resultase perfecta, estuvo a 
punto de echarse a reir. ¡Qué estú- 
pida! No había tenido en cuenta que 
iba a llevar sombrero, y que por 
debajo de él apenas se la verían los 
tufitos cubriendo las orejas... Aun- 
que, ¡quién sabe! Es costumbre 
quitar el sombrero de la cabeza al 
llegar cierto trance, y bueno era ir 
preparada para todo. 



TRAVlATJbMO AGUDO 149 



La cara, sí; en ella había que es- 
merarse. Pero como ciertos detalles 
—la boca, los dientes...— no podían 
ultimarse hasta después de la comi- 
da, dedicóse ahora con preferencia 
a los ojos. 

No era muy amiga de pintárselos, 
pues los tenía tan bonitos que poco 
podía añadir a ellos el afeite; pero 
sí acentuar un poco sus cualidades 
naturales, aumentar el brillo, alar- 
gar la raya de los lados en las dos 
direcciones, recargar la tiniebla de 
las ojeras, como una mancha de 
moras sobre un fondo de leche. 

A las ocho y cuarto ya estaba 
sentada a la mesa en compañía de 
Manolo. Apenas comió; una excita- 
ción nerviosa, una desgana, la obli- 
gaba a llevar sólo a la boca un pe- 



150 JOAQUÍN BELDA 

dacito pequeño de cada cosa^ tra- 
gando como quien traga un medica- 
mento desagi-adable. En cambio se 
bebió cinco vasos de vino, cada uno 
de un golpe, y fué echando al estó- 
mago, con verdadera glotonería, 
unos ejemplares de encurtidos que 
picaban de un modo rabioso. Aque- 
llo se lo pedía el cuerpo con voces 
tan fuertes, que no era posible des- 
oirías. V 

A los postres se despidió Manolo, 
pues presumía que de allí en ade- 
lante no iba a hacer más q\:e estor- 
bar. Leticia volvió al tocador, y, 
durante una hora, terminó la obra 
del que pudiéramos llamar estuco 
personal, hecho hoy con más dete- 
nimiento que nunca. 

Bajaban ya por la escalera las 



TRAVIATISMO AGUDO 151 

dos hermanas, cuando el coche se 
detenía a la puerta. 

Un segundo más de retraso, y el 
cochero se hubiera ganado una 
bronca. 



Por el camino, Leticia, sin hablar 
palabra, iba riñendo una batalla 
consigo misma. 

Era como si algo dormido en su 
interior desde hacía muchísimo 
tiempo— acaso desde sus primeros 
años de mocita— se le hubieáe ido 
despertando poco a poco en aque- 
llos últimos días, para hacerlo del 
todo en esta noche. 

¿Por qué no había de ser feliz? 
Otras de su oficio lo eran, y ella 
hasta entonces no lo había sido 
nunca. Verdadera y castiza profe- 
sional del amor, podía decir que— 
fuera de algún desliz tan pasajero 



TRAVIATISMO AGUDO 1")3 



que sólo había durado unas horas— 
jamás había hecho traición al lema 
fundamental de su g^remio, que con- 
siste en no entregarse más que al 
dinero. 

En ese sentido tenía en Madrid 
justa fama de heroína; nunca había 
padecido ni chulos ni caprichos, 
pues aquel pobre de Manolo, más 
bien era una caricatura de ello, y 
ya se había convencido la g-ente. 

Pero ahora... El arreglo con Pe- 
rico Retamares la había proporcio- 
nado aquella tranquilidad de espí- 
ritu que hace falta para pensar se- 
riamente en ciertas diabluras. Y 
como el alma humana es insaciable 
y ve siempre un más allá en todos 
los horizontes, ahora que Leticia, 
con el porvenir asegurado, era casi 



154 JOAQUÍN BELDA 

feliz, quería serlo del todo. Lo exi- 
gía como un acto de suprema justi- 
cia, como una reparación que le 
debían a cambio de sufrimientos 
pasados. 

Muy temprano, cuando apenas 
había nadie, entró en el teatro: al 
subir los escalones que conducen al 
pasillo de plateas se encontró de re- 
pente con su cortejo. Indudable- 
mente^ el chico estaba allí en ace- 
cho; pero el encuentro fué tan in- 
esperado para los dos, que se que- 
daron cohibidos, tan rojos él como 
ella, pues también las piculinas, 
aunque haj^a quien no lo crea, se 
sonrojan a veces, con unos resulta- 
dos maravillosos. 

Aquí, se repuso él antes que ella: 
la dejó pasar sin decir nada; vol- 



« 



TRAVIATISMO AGUDO 155 



vióse rápido, y mientras Rosalía 
daba al acomodador el billete de la 
platea, Daniel dió unos pasos como 
para acercarse a Leticia; coincidió 
esto con el volverse de ella hacia 
donde el joven estaba, y entonces, 
como si en los ojos de aquella mujer 
por tanto tiempo deseada viese algo 
raro que autorizase todas las auda- 
cias, el muchacho, desechando por 
un momento su timidez de siempre, 
la pidió con un ^"esto que le diese 
uno de los claveles que como ador- 
no del pecho llevaba. 

La golfa sonrió, quedóse un mo- 
mento mirando aquel manojo de flo- 
res rojas que sobre el fondo negro 
del traje parecían un gigantesco 
coágulo de sangre, y arrancando 
una la ofreció al mancebo. 



156 JOAQUÍN BELDA 

Rosalía estaba ya dentro del pal- 
co y el acomodador había entrado 
con ella a pretexto de arreg^lar las 
sillas, pero acaso para dejar a los 
otros dos solos en el pasillo. En éste 
no había nadie, y cuando Daniel to- 
mó el clavel de la mano de su ama- 
da, hizo ademán de besársela. 

Rápidamente esquivó ella el ges- 
to y metióse también en la platea, 
mientras decía en voz baja: 

— ¡Por Dios! Pueden vernos. . . 

Daniel fué a ocupar su puesto en 
la sala. Experimentó gran contra- 
riedad al ver que su butaca caía al 
lado contrario de la platea de Leti- 
cia, y tan cerca de la escena, que 
sólo volviendo la cabeza muy vio- 
lentamente, podía verla desde lejos. 
Como la doncella, por ignorarlo, 



TRAVIATISMO AGUDO 157 



no le había dicho el número del 
palco, no pudo hacer una combina- 
ción estratégica, y lo dejó en manos 
del azar. Por esta vez el azar ha- 
bíale sido contrario y, además, iba 
a proporcionarle una tortícolis. 

¿Tendremos que decir que el jo- 
ven apenas se enteró de lo que pa- 
saba en el escenario? Como visto 
confusamente entre nubes, recorda- 
ba un coro de soldados que se acer- 
caba a una ventana en la que había 
una mujer y entonaba una serenata; 
al público le gustaba mucho aque- 
llo, pues, entre grandes aplausos, 
obligaba a la repetición . 

Daniel se volvía de continuo ha- 
cia el cénit de sus amores v notaba 
complacido que Leticia no dejaba 
de mirarlo; estuvo a punto de des- 



158 JOAQUÍN BELDA 

mayarse de júbilo al ver que por 
dos veces le dirigió los gemelos con 
cierta intensidad. 

¿Qué más pouía apetecer? Su ima- 
ginación, que parecía fabricada con 
pólvora, le gritaba que ya lo tenía 
todo y que en la sencilla simplici- 
dad de aquel minuto en que le en- 
tregaron la flor había conquistado 
un mundo. El había oído decir que 
esta clase de mujeres se enamoran a 
veces sinceramente de un hombre. 
¿Por qué Leticia no había de ser una 
de ellas? Por lo menos, hasta ahora, 
las cosas parecían ir por el mejor 
camino, que es siempre el más corto. 

Terminó el acto, y el pollo, al no- 
tar que el público estacionado en el 
pasillo central le impedía ver a su 
amada, levantóse y salió. 



TRAVIATI5M0 AGUDO 159 



Instintivamente, y como un so- 
námbulo que no ve por dónde ca- 
mina, encontróse a la puerta de la 
platea. Ahora el pasillo no estaba 
como antes; unos señores de las 
otras plateas habían salido a fumar, 
y era constante el ir y venir de per- 
sonas por la puertecilla que daba al 
escenario. 

Daniel paseábase nervioso de 
punta a punta, montando una cen- 
tinela de honor ante la platea. Al 
pasar frente a ella pensaba cuan 
feliz seria si en aquel momento la 
puertecilla se abriese un poco y sa- 
liese por ella una mano enguantada 
llamándole. 

Pero no; aquello era demasiado. 
Leticia no podía hacer eso, pues al- 
guna diferencia tenía que haber en- 



160 JOAQUÍN BELDA 

tre ella v las damas de la calle de 
Ceres, que llaman a voces desde el 
portal a los soldados de la guarni- 
ción. 

Era absurdo, pero él se recreaba 
en el absurdo. Sólo el que haya pa- 
sado unos momentos de ansiedad 
ante una puerta tras la que se es- 
conde la felicidad, podrá saber lo 
que pasaba en aquel momento por 
el ánimo del muchacho. Es el dintel 
del aula donde nos acabamos de 
examinar y por el que ha de salir el 
sobresaliente o el suspenso; es la en- 
trada al despacho del médico que 
ha de decirnos si esto que notamos 
en el pecho es la tisis o un poco de 
reuma; es la puerta del toril, frente 
a la cual espera el torero que salga 
un miura con dos cuernos como to- 



TRAVIATISMO ACUDO 161 



rres... En tales casos, y en otros 
parecidos, la madera de que se com- 
ponen las puertas toma para el que 
aguarda un aspecto de cosa sa- 
grada. 

Daniel creyó que soñaba. Porque 
la platea se había abierto con mucha 
cautela, de tal modo que nadie que 
no estuviera muy atento lo habría 
notado: sólo un cuchillo— desde lue- 
de luego, de postre— separaba la ho- 
ja del marco^ y por él unos ojos 
atisbaban el pasillo. Al principio no 
debieron encontrarlo muy de su 
gusto, pues el cuchillo no aumentó 
de tamaño. Aquellos ojos, ¿eran los 
de Leticia o los de la otra? Daniel 
no lo sabía.. . Pero pronto, aprove- 
chando un momento en que tres pa- 
seantes fumadores marchaban de 

u 



162 JOAQUÍN BELDA 



espaldas, la puerta abrióse un poco 
más y la golfa dejóse ver, son- 
riendo. 

En rigor, no es que le decía que 
pasase; pero el joven comprendió 
cuál era su deber, y pasó. La mano 
de ella, que no había soltado el pes- 
tillo, tornó a cerrar con tanta pre- 
mura que casi cogió con el cierre 
los faldones del recién llegado. 

—¡Hola! ¿Qué tal?— dijo ella sin 
dejar de sonreír. 

Eso estaba bien; se veía que era 
una mujer educada; lo primero pre- 
guntar por la salud, aun tratándose 
de un momento tan solemne como 
aquél. Y el chico, para ponerse a 
tono, contestó: 

—Muy bien. ¿Y usted? 

— Bien. Siéntese... 



TRAVIATISMO AGUDO 163 

Y así lo hicieron los dos en el 
banco de terciopelo rojo quehabíaen 
el antepalco: Rosalía quedaba afue- 
ra, en el público; como para llamar 
a los bomberos si hacía falta. 

Estuvieron un momento callados 
y de pronto empezaron a hablarlos 
dos a la vez. Pero él, galante, y 
porque lo encontraba más cómodo, 
cedió la vez a ella. 

— ¡ Ay que ver! Si nos vieran aquí 
solos... 

—No creo que estemos haciendo 
nada malo. 

—No, malo no, pero... 

—Yo creo que bien me merezco 
un ratito como este, después de todo 
lo que llevo padecido. 

—¿Usted? ¿Y por qué ha pade- 
cido.^ • 



16-1 JOAQUÍN BELDA 

—Ya se lo puede figurar. Pero 
no...; hay cosasque usted, por ejem- 
plo, no se podrá imaginar nunca. 

Iba exaltándose a medida que ha- 
blaba. 

— Usted no sabe lo que se sufre, 
lo que se padece cuando se desea 
con toda el alma una cosa que sabe 
uno no ha de poder alcanzar nunca. 
No hay en el mundo martirio igual, 
y es para volverse loco. Ver a una 
mujer a todas horas, por la calle, 
en los teatros, rozándose con uno, 
y, sin embargo, no poder acercarse 
a ella, porque sabe uno que al to- 
carla se le escaparía de las manos. 

Daniel, sin duda, para que ésta 
de ahora no se le escapase, la había 
cogido de una de ellas. 

—En presencia de esa mujer se le 



TRAVIATISMO AGUDO 165 

abren a uno de pronto unos deseos 
terribles de besarla, de comérsela: 
es una necesidad física, material, y 
tan imperiosa como pueda ser la de 
comer o la de beber. Y tiene uno 
que aguantarse el hambre y la sed, 
porque las conveniencias sociales, 
esas ridiculas faramallas que he- 
mos inventado los hombres para 
martirizarnos, nos atan de pies y 
manos. 

Leticia, muy callada, escuchaba 
al joven; en su timidez, en su falta 
de arranque, visto desde lejos, nun- 
ca se lo hubiera figurado tan vehe- 

m 

mente. Le gustaba oirlo hablar asi, 
encendido en el fuego de sus pro- 
pias palabras, en aquella obscuri- 
dad del antepalco, que parecia una 
gruta muy lejos del mundo. 



166 JOAQUÍN BELDA 

En una pausa de él, le preguntó, 
tuteándole de repente: 

—¿Cómo te llamas? 

— Daniel. 

—Y, ¿vives aquí con tu familia? 

—Con un hermano mío. 

—Y, ¿qué...? ¿Te gusta mucho 
mi vecinita? 

Quedóse absorto: no sabía de qué 
le hablaba. Ella, por divertirse un 
poco, insistió. 

— La que vive en mi casa, en el 
piso de arriba. ¿No es por ella por 
quien paseas la calle? 

El se indignó un poco. 

—Vamos, Leticia, no seas mala. 

— ¡Ah! ¿Sabes cómo me llamo? 

—¡Qué gracia! ¡Tú verás! 

—¿Te lo ha dicho esta tarde mi 
doncella? 



tRAVIATISMO AGUDO 167 

—No, mujer. . . Yo lo sé como lo 
sabe en Madrid todo el mundo. 

Con un leve dejo de melancolía 
replicó ella: 

—¡Claro! Soy tan conocida... 

El creyó haber dicho una imperti- 
nencia y se apresuró a borrar el 
mal efecto. 

—No te habrás enfadado por lo 
que te dicho... 

—¡Calla, tonto! ¿Porqué? 

— He querido decir que te conozco 
y sé cómo te llamas desde hace mu- 
cho tiempo. 

— ¿Quién te ha hablado de mí? 

—No, así en particular, nadie. Yo 
te vi una tarde en el coche, hace ya 
muchos meses; fué la primera vez. 

—¿Desde cuándo estás en Madrid? 

—Dos años. 



16S JOAQUÍN BELDA 



Leticia se tranquilizó; por mu- 
cho que le hubiesen contado, no era 
probable que lo supiera... todo. Ella 
misma casi había olvidado una bue- 
na parte. 

Había empezado el acto y se oía 
desde allí el chín-chín de la orques- 
ta. Ninguno de los dos pensaba en 
separarse; pero Daniel quería con- 
cretar un poco más. 

—Yo quisiera, Leticia, quede aho- 
ra en adelante supiera dónde te podía 
ver. Por ejemplo: mañana tarde. 

—¡Verme! ¿No me estás viendo 
ahora.^ 

—Si, pero así no; has de tener en 
cuenta que yo te quiero mucho. 

Era la primera vez que se lo de- 
cía, y la fíolfa quiso juguetear un 
poco con la declaración. 



TRAVIATISMO AGUDO 169 

— ¡Quererme! No es posible. ¿Cómo 
vns a querer a una persona a quien 
acabas de hablar por primera vez? 

—No impurta. Yo te ase.^uro que 
te quiero desde hace mucho tiempo. 

— ¡Ca!... Te engañas. Créeme a 
mí; yo sé algo de estas cosas. 

—Pero yo, en cambio, sé lo que 
me pasa a mí. 

—Y ¿qué te pasa? 

—Lo que no me ha pasado nunca: 
desde hace una temporada tengo 
siempre unas ganas feroces de ver- 
te... Yo sabía que sólo era de lejos 
y sin poderme acercar a ti; pero aun 
así, al ir a un teatro o a un paseo y 
no encontrarte, me entraba una tris- 
teza muy grande, como si nada de 
lo que allí veía me interesase. En 
cambio, si estabas tú, ya todo me 



170 JOAQUÍN BELDÁ 

parecía de color de rosa. Cuando a 
uno le ocurre eso con una persona, 
es que la quiere, no te quepa duda. 

— ¡Bah! Simpatía... 

—No estoy conforme. A mí hay 
muchas personas en el mundo que 
me son simpáticas; cuando voy a 
alguna parte y me encuentro con 
ellas, experimento una alegría, eso 
es indudable; pero si no las veo, ni 
me entristezco ni las echo de menos. 
A ti y a todo el mundo le pasa lo 
mismo. 

No contestaba; había puesto la 
mano que le quedaba libre sobre las 
dos de él, y así, con las cuatro cru- 
zadas, parecían aguardar que desde 
lo alto otra mano invisible les echa- 
se una bendición, uniendo sus des- 
tinos para siempre, 



tRAVlATISMO AGUDO 171 



Tras una pausa, le suplicó ella, 
con la timidez del que aguarda no 
ser obedecido: 

—Oye: ¿por qué no te marchas 
ya?. .. Estamos aquí mucho tiempo 
y. . . no vayan a extrañarse de que 
na salga al palco. 

—¿Extrañarlo? ¿Quién? 

—No, nadie; la gente. 

— ¡Bah! ¿Tú qué tienes que ver 
con nadie? 

—¡Ojalá! Eso creerás tú... 

Daniel se acercó aún más a la 
golfa para decirla casi al oído: 

—¿Si?. . . ¿Quién manda en ti? Di- 
meló... 

Pero ella se puso en pie: 

—Anda, de verdad; márchate. 

—Me voy; pero dime dónde nos 
podemos vernos mañana. 



172 JOAQUÍN BELDA 

—¿Mañana?... 

Quedó pensativa. 

— Mañana no vo}^ a poder. 

—¿Tanto tienes que hacer? 

— Mira, verás; vamos a hacer una 
Cosa; por la noche podemos vernos 
en cualquier teatro, como ahora, y 
quedamos de acuerdo para vernos 
pasado en otro sitio. 

Iba a protestar, pero ella le dijo, 
poniéndose muy seria: 

— Tienes que ser obediente; si no, 
más vale que lo dejemos. Yo no pue- 
do hacer siempre lo que quiera... a 
menos de comprometerme... 

Eran las mismas palabras de Mar- 
garita a Armando al darle, en una 
de sus primeras entrevistas, tan sa- 
bias lecciones de chulería. Eran las 
palabras que empleaban siempre 



TRAVIATISMO AGUDO 173 

las del gremio en circunstancias 
análogas; parecía que se ponían 
todas de acuerdo ; pero preciso es 
convenir que en esas palabras, 
que envuelven tanta vergüenza 
y tanta humillación para el que 
las escucha, hay mucho de razona- 
ble. 

Daniel asintió a todo. Haría siem- 
pre lo que ella le dijera; sólo pedía 
que no le mandase cosas superiores 
a sus fuerzas. 

Se despidieron con un beso, el 
primero, y el joven se llevó en sus 
labios una buena dosis del carmín 
que había en los de ella. 

Cuando salía por el pasillo iba 
pasándose la lengua por los morros. 
Experimentaba un sabor a cacao 
muy agradable. 



174 ^ JOAQUÍN BELDA 

Cuando se acostó aún seguía sa- 
boreando el dulce producto tropical, 
como si tuviese en la boca una pas- 
tilla imaginaria. 



" Estaban los dos encerrados en la 
alcoba de ella, sentados junto al 
balcón, y viendo desde allí el trozo 
de acera por donde él había pasea- 
do tantas veces. 

Leticia, para recibir al muchacho, 
había tomado toda clase de precau- 
ciones. Si venía Manolo le dirían 
que la señorita había salido y que, 
como cenaba fuera de casa, no vol- 
vería hasta muy tarde. Para todas 
las visitas regía la misma orden, 
y, además, había dispuesto que 
todos los habitantes de la casa, 
excepto Eladia, se recluyesen en 
la cocina y comedor, procurando 



176 JOAQUÍX PELDA 

no salir de allí en toda la tarde. 

Quería hacerse la ilusión de que 
estaba sola con su amado. En cuan- 
to a Santitos, si lloraba mucho y se 
ponía muy pelma, que se fuese el 
ama con él a la Castellana y no vol- 
viese hasta anochecido. 

Así, cuando a las cinco en punto 
lleg'ó Daniel, según lo convenido, la 
doncellita le abrió la puerta y lo 
pasó al salón. Presentóse en seguida 
en él la dueña de la casa, y, cogién- 
dole de una mano, lo llevó a la al- 
coba y cerró todas las puertas por 
dentro. 

Una horalaiga llevaban ya jun- 
juntos y, en rigor, no podía decirse 
que hubieran quebrantado grave- 
mente ninguno de los mandamien- 
tos, pues no eran más que faltas le- 



TRAVI^TISMO AGUDO 177 



ves los besos que se habían propina- 
do como aderezo del diálogo. 

Es decir, había uno de los precep- 
tos del Decálogo, el octavo, que 
prohibe a rajatabla la mentira, con 
el cual Leticia había hecho bonita- 
mente un poco de juegos malabares. 
Influida por la hora, por las frases 
amorosas del muchacho, y hasta 
por el aspecto de la calle en esta 
tarde del ñnal de Marzo, que pare- 
cía de Noviembre por lo triste y 
desabrida, habíase creído en el caso 
de contar al novio la historia de su 
vida. 

—Yo vivía en Málaga—le había 
dicho, mirando al cielo pardo casi 
durante todo el relato— con mis pa- 
dres; mi padre era abogado, y a mí 
me salió un novio cuando acababa 

12 



178 JOAQUÍN BELDA 

de cumplir los quince años. Era un 
chico de mu\^ buena familia, hijo de 
un general, y ya una noche, a la sa- 
lida del teatro, me escapé con él y 
estuvimos quince días escondidos 
en casa de una que había sido cria- 
da nuestra. Mi novio, que era un 
canalla, después de lograr de mí 
todo lo que quiso, me abandonó 
m?jxhándose a Málaga; 5-0 no tuve 
noticias de él hasta cinco años más 
tarde, que me enteré que se había 
casado con una muy rica en Barce- 
lona. Volví a mi casa, y mis padres 
no quisieron admitirme. Entonces 
yo escribí a una hermana de mi ma- 
dre que vivía aquí en Madrid — ¡ya 
se ha muerto la pobre!— y me vine 
con ella... Y aquí, pues, ¡qué te voy 
a contar! Conocí a Fabio Hornedo, 



tRAVlATISMO AGUDO 179 

que seg'uramente le habrás oído 
nombrar, él me puso esta casa y. . . 
¡nada más! 

Si Campoamor hubiera escucha- 
do este raconto, habría tenido un 
motivo más para construir su céle- 
bre frase: «No creo en la Historia 
Antigua desde que he visto cómo se 
escribe la Historia Moderna». Por- 
que, en efecto, la señorita de Robles, 
obrando en este acaso como todos 
los historiadores desde Tácito a 
César Cantú, había dejado volar un 
poquito la fantasía, y contado, más 
que la historia real, la que ella hu- 
biera querido vivir. 

Las variaciones no eran muchas. 
No vivía en Málaga, sino en Sevilla; 
su padre no era abogado, sino al- 
guacil de uno de los Juzgados; no- 



180 JOAQUÍN BFXDA 

vio formal no había tenido ninguno, 
aunque sí una larga ristra de pre- 
tendientes, porque en aquella época 
la chiquilla era un primor; y el epi- 
sodio de su venida a Madrid se ha- 
bía desarrollado de la siguiente ma- 
nera, digna de un madrigal: por las 
ferias de Abril había ido a la ciudad 
de la Giralda la célebre Jeresana, 
dueña del prostíbulo de más postín 
de Madrid; la famosa celestina iba 
por atún y a ver al duque; es decir, 
a divertirse lo que pudiera en el 
Prado de San Sebastián, y a traerse 
a Madrid cuatro mujeres jóvenes y 
guapas que sirvieran para refrescar 
la plantilla de sus pupilas. 

Todos los años hacía un viaje 
igual la noble dama; era algo así 
como una recluta para remozar los 



TRAVIATISMO AGUDO 181 

cuadros y cubrir las bajas de las que 
se habían echado a perder o habían 
salido comprometidas. En este año 
pasaba una mañana por la plaza del 
Salv^ador, y en la cola formada para 
coger agua de una fuente vio una 
muchacha alta, bien construida, con 
unos ojazos y un pelo negro azaba- 
che, que tenía un marcado sabor 
moro. Era Leticia, que entonces no 
se llamaba más que Gregoria. 

Seguramente se trataba, por el 
aire, de una persona decente; pero 
como la Jerezana^ amaestrada por 
una desgarradora experiencia, acos- 
tumbraba reclutar sus huestes en 
todos los campos humanos, fué si- 
guiendo a la muchacha hasta su 
casa, que estaba allí a la vera, como 
dicen eu el país, 



182 JOAQUÍN BELDA 

El pretexto para hablar con la 
madre lo halló bien pronto; tardó 
una semana en convencerla, pero, 
al fin, uno de los primeros días de 
Mayo salieron para Madrid, en el 
expreso, la Jerezana y Leticia, que 
desde hacia unas horas se llamaba 
así, e iba vestida de señorita, con 
bastante buen gusto por cierto. 

No se trataba de una venta; la al- 
cahueta protestaba sólo ante la idea. 
Y bien claro se lo había dicho a la 
madre: 

— Su hija de usted es de usted, y 
de nadie más. Cuando quiera veila 
o necesite algo de ella, \^a sabe dón- 
de está. 

Y, sin duda para que se con- 
solase de la ausencia, le dio un 
billete de mil pesetas, primero 



TRAVIATISMO AGUDO 183 



que la buena mujer veía en su vicia. 

Esos doscientos duros y lo que 
se gastó en vestirla y en el viaje, 
fué en rigor lo que le había costado 
la adquisición de la muchacha. Al 
mes de estar de pupila en su casa de 
la calle de las Infantas, va Leticia 
había pagado al ama la deuda con 
creces. 

Durante los tres años que estuvo 
allí la muchacha vino a salir a unos 
tres revuelcos diarios. Medio Ma- 
drid masculino desfiló por sus bra- 
zos, y no había hortera con algún 
dinero de sobra, ni jugador a quien 
se le hubiera dado bien la noche, 
que no acudiera a terminarla en 
casa de la Jerezana y en la alcoba 
de Leticia. 

Tuvo muy buenos amigos, gente 



184 JOAQUÍN BELDA 

de rumbo y genei'osa que al pagar 
muUiplicaba por dos o por tres los 
cinco duritos del arancel y guarda- 
ban para la niña miniada de la casa 
todas sus atenciones. A todos ellos, 
cuando lue^o la niña subió y fué 
ganando en postín, les volvía rabio- 
samente la espalda al encontrarlos 
en teatros y paseos; eran como no- 
tarios molestos que pudieran dar fe 
de sus miserias pasadas. Ella hubie- 
ra tenido una gran satisfacción si 
todos se hubieran muerto de un 
golpe. 

La casa de la Jerezana tenía bue- 
na sombra para las mujeres: la mi- 
tad de las golfas de coche y piso 
propio habían pasado por ella, y 
en Leticia cumplióse, una vez más, 
el buen augurio de la casa. No tenía 



TRAVIATISMO AGUDO 185 



apenas más que die/. y ocho años 
cuando un comisionista catalán, 
que acababa de establecerse en Ma- 
drid y quería celebrar el buen éxito 
de sus negocios normalizando un 
poco su vida, la sacó de la casa y la 
puso un pisito modesto en la calle 
de Belén; a los seis meses el hombre 
liquidó sus negocios para marchar- 
se a América, y liquidó también a 
la querida. 

Leticia pasó de uno a otro amante 
con suerte diversa, y en una mala 
época que se le puso el santo de es- 
paldas y que duró más de un año, 
hasta pensó en volver al dominio de 
la Jerezana, confesando con hechos 
su derrota. Se salvó en una tabla, y 
la tabla fué un primo de Fabio, que 
la cogió al principio del verano y la 



186 JOAQUÍN BELDA 

paseó por todo el Norte, como quien 
pasea un automóvil nuevo. Cansóse 
muy pronto, y entonces fué cuando 
Fabio se hizo cargo de ella, subién- 
dola de golpe al rango de cocotte de 
postín. 

Como ve el lector, salvo estas pe- 
queñas diferenciaciones, el relato 
que Leticia había hecho a Daniel 
era verdad. Por lo menos él cons- 
tituía la verdad oficial, y el ena- 
morado no tuvo inconveniente en 
creerla. 

Cuando terminó la narración se 
había hecho de noche, y muy pega- 
dos los dos a los cristales del balcón 
miraban la obscuridad de la calle, 
que, sin comercios por aquella par- 
te, sólo se aclaraba con un resplan- 
dor fugitivo el paso de los tranvías. 



TRAVIATISMO AGUDO 187 

Quiso ella dar luz, pero Daniel se 
lo impidió: 

—No, espera; mejor estamos así. 

Le había pasado un brazo por la 
cintura, y le decía al oído unas co- 
sas muy raras, que ella no sabía con- 
testar. Eran frases sueltas, de una 
lujuria melancólica, de un apasiona- 
miento enfermizo, como el de aquel 
cielo del crepúsculo que moría allí 
frente a sus ojos. El la quería, y la 
quería acaso porque presentía su 
historia, porque adivinaba en ella 
una cadena muy larga de amargu- 
ras. Tal vez si se hubiese tratado de 
una mujer. . . de las otras, de las que 
la gente llama honradas, habría pa- 
sado por su lado sin dejar más im- 
presión que la momentánea y epi- 
dérmica que deja siempre la belleza. 



188 JOAQUÍN BELDA 

Daniel era sincero, mucho más de 
lo que él mismo se creía; porque era 
la corrupción, ese no sé qué de po- 
drido que hay en estas hijas del 
Amor— como lo hay en el queso de 
Rochefort, en las ostras, en algunas 
marcas del champagne, y perdonen 
estos sabrosos artículos la compa- 
ración—, lo que le había atraído en 
ella, lo que le atraía en todas, por- 
que en realidad era a todas las del 
gremio a quien amaba en la perso- 
nificación adorable de Leticia. 

Y luego, la Literatura... Es in- 
calculable lo que esta sirena ha 
puesto en la figura de ciertas muje- 
res, desde aquella pecadora Magda- 
lena^ que detuvo por un instante la 
marcha de Jesús hacia el Calvario, 
hasta la última trotacalles, quepre- 



TRAVIATISMO AGUDO 189 

sume de sacar incólume el corazón 
de todas sus batallas entre sába- 
nas. 

¡Era tan airosa la figura del hom- 
bre amado de verdad por una de es- 
tas mujeres...! Como ellas son, en 
realidad, las únicas que pueden ele- 
gir, entre ciento, el elegido resulta 
así como sublimado — y en esto de 
sublimado no hay la menor alusión 
farmacéutica — como realzado so- 
bre los demás. 

— Anda..., anda... 

Le decía el muchacho entre frase 
y frase, queriendo llevarla al fondo 
de la habitación. 

^Anda..., anda... ¡Sé buena con- 
migo! 

No le decía dónde quería que an- 
duviese, pero no hacía falta. Ella 



190 JOAQUÍN BELDA 



seo^uía muda, hierática, como si en 
rigor se hubiese entregado ya. 

Y, en efecto, poco a poco, con pa- 
sitos menudos hacia atrás, y apoya- 
da en los brazos de él para no caer- 
se, iba andando la golfa. Sentíase 
desfallecida, como sin fuerzas para 
representar la comedia de siempre 
en estos casos, cuando se tumbaba 
pensando en las cuentas que paga- 
ría con el producto de aquel tumbo. 
Y al mismo tiempo tenía miedo, un 
miedo angustioso á la desilusión, un 
temor al desengaño si no encontra- 
ba en el fondo de aquella entrega 
toda la grandeza que apetecía. 

Le gustaba el muchacho, pero, ¿le 
seguiría gustando... a la hora de 
entrar a matar? Ya le había ocurri- 
do eso con algunos hombres; pero 



TRAVIATISMO AGUDO 191 



ahora lo lamentaría más, por adivi- 
nar en él una fe y una sinceridad 
que no había visto en los otros. 

Todo esto lo pensó en un minuto, 
que fué lo que tardó en darse cuenta 
de que el borde de la cama le roza- 
ba en las corvas, y una presión del 
muchacho la hacía caer en el lecho 
boca al cielo... 

Fué todo como una seda. Pero 
Daniel, después de haber sido du- 
rante tres segundos el ser más feliz 
de la creación, quedóse absorto al 
principio, y después aterrorizado, 
al ver que Leticia, dejando de agi- 
tarse entre sus brazos, quedaba in- 
móvil, sin que se le notase apenas la 
respiración, y yerta, con una frial- 
dad de acabamiento. Como un re- 
lámpago corrió por la mente del jo- 



192 JOAQUÍN BELDA 

ven la idea de que aquella individua 
se le hubiese quedado muerta entre 
los brazos. De todos los finales de 
su aventura era éste el único que no 
se le había ocurrido. 

Pero no; Leticia se agitaba de vez 
en cuando y exhalaba unos gruñidos 
broncos, como si la martirizasen. 
Después volvía a caer en el vacío. 

Media hora después despertó como 
de un sueño. Tuvo que ir haciendo 
esfuerzos mentales para ir recor- 
dando gradualmente lo ocurrido. Al 
ver el espanto del muchacho se 
apresuró a tranquilizarle, mientras 
se lo comía a besos, como para dar- 
le las gracias. 

—No te asustes... Siempre me 
pasa lo mismo: me quedo así como 
muerta. 



TRAVIATISMO AGUDO 193 

_ ■ ■ T 

¡¡Siempre!! Daniel asombróse mu- 
cho más ahora que antes. ¡Siem- 
pre! 

Era como si un albañil, acostum- 
brado a pasar la vida en lo alto de 
un andamio, notase cada día, al su- 
bir a él, el vértigo de las alturas. 



13 



El pobre Manolo tardó muy poco 
en enterarse de todo. 

Lo que le puso sobre la pista fué 
que casi siempre que llegaba a casa 
de Leticia, donde hasta entonces ha- 
bía entrado como en la suya propia, 
le saliese la doncella al encuentro 
con la misma frase: 

—La señorita no está. 

Y no era eso sólo. Antes, cuando 
se daba ese caso, Manolo pasaba, y 
jugando con Santitos, o simplemen- 
tefumando cigarrillos en una butaca 
del gabinete, esperaba el regreso de 
su amiga con la calma del hombre que 
lo tiene todo hecho en este mundo. 



* TRAVIATISMO AGUDO 195 

Ahora, en cambio, si intentaba pa- 
sar, Eladia, como quien cumple un 
encargo penoso, le atajaba: 

— Ha dejado dicho que vendrá 
muy tarde, y que vuelva usted ma- 
ñana a esta misma hora. 

Y un día decidió espiar. El hueco 
de la puerta de un garage que había 
en la acera de enfrente le sirvió a 
maravilla. Llegó a casa de Leticia, 
y Eladia le salió con la canción de 
siempre: 

—La señorita no está. Ha dicho 
que volverá muy tarde y que haga 
usted el favor de venir mañana a 
esta misma hora. 

—Bueno, bueno. Recuerdos. 

Bajó las escaleras. Salió a la calle, 
dobló la esquina para disimular, y, 
dando la vuelta a la manzana, apa- 



196 JOAQUÍN BELDA 

recio por el extremo opuesto y se 
instaló en la puerta del garage, pro- 
curando confundirse con el muro. 
La espera no fué corta. A las siete, 
las sombras de la noche vinieron a 
prestarle ayuda, pues para verle ha- 
bría hecho falta estar encima de él. 
En cambio, gracias a la potente luz 
del portal, se distinguía perfecta- 
mente al que entrase o saliese de 
casa de su amiga. 

¿Quién sería? Retamares no esta- 
ba en Madrid; y si es que Leticia se 
había buscado un sustituto durante la 
ausencia del querido, ¿cómo no se lo 
había dicho a él? Otros secretos ma- 
yores le había confiado. ¿Por qué le 
ocultaba este trapicheo de ahora? 

Vio entrar y salir hasta seis o sie- 
te personas, vecinos todos, o gente 



TRAVIATISMO AGUDO 197 

habitual de los otros pisos de la 
casa, a quienes Manolo se sabía de 
memoria en fuerza de tropezárselos 
en las escaleras. 

A las ocho y media salió Daniel y 
cruzó rápido la calle. El espía notó 
que en su cerebro se aclaraba de re- 
pente el misterio. Recordaba haber 
visto a aquel mequetrefe, al venir él 
por las tardes, parado en la acera 
de enfrente, como un farol. Nunca 
pensó que estuvieseallí por Leticia. 

Por lo visto, así era. Si alguna 
duda le quedaba, ahora se le desva- 
neció del todo, porque el polluelo, 
ganando la acera, se volvió a mirar 
a los balcones, como en una román- 
tica despedida. Y, en efecto: en el 
que correspondía a la alcoba de Le- 
ticia se vio una silueta de mujer y 



198 JOAQUÍN BRLDA 

ur.a mano que se agitaba, como di- 
ciendo: ¡adiós! El otro hizo lo mis- 
mo. Siguió la calle, y aún se volvió 
tres o cuatro veces antes de perder 
la casa de vista. 

A Manolo siempre le había pare- 
cido Otello un personaje anacróni- 
co. Para él un hombre celoso era 
algo tan fuera de época y de am- 
biente como lo sería el señor que 
saliese a la calle en silla de manos. 
Pero lo de ahora resultaba un poco 
grave. 

La curiosidad solamente le había 
tenido dos horas de acecho; quería 
saber... por saber, creyendo siem- 
pre que el sustituto provisional de 
Retamares sería uno de tantos de la 
inmensa lista de cabritos que Leti- 
cia llevaría al valle de Tosafat. 



TRAVIATISMO AGUDO 199 

Pero no; el pelaje, la misma edad 
y ese no sé qué de las personas, que 
establece al momento diferencias, 
decían muy claro que aquel pollo 
recién salido de casa de su amiga 
no había dejado en ella ni una pe- 
seta. 

Con tal de que no se hubiera lle- 
vado algunas... Aunque no lo creía; 
Leticia defendía siempre su dinero 
con tesón, y para sacarle una pese- 
ta, no siendo para moños y trapos, 
había que amarrarla» 

De todas maneras, la cosa era 
grave. Desde luego, en todo el tiem- 
po que él la conocía era la prime- 
ra vez que se le había planteado un 
problema así. ¡Las mujeres! Si aque- 
lla golía quería chulear un poco y 
darse cuenta del sabor de las cari- 



200 JOAQUÍN BELDA 



cias cuando no hay dinero por me- 
dio, ¿no le tenía a él allí? Y nunca 
como ahora vio tan claro el papel de 
mueble inútil que él representaba en 
aquella casa. 

Puesto que ya el pájaro había vo- 
lado, Leticia no tendría inconve- 
niente en dejarle pasar; lo impor- 
tante era no estorbar, y 3'a no estor- 
baba. 

Subió, y antes de que la doncella 
hablase, la dijo: 

— Anda, no te molestes: ya sé que 
está. Dila que esto}' aquí. 

Y pasó decidido^ aunque con mu- 
cha calma. En realidad, no estaba 
indignado, sino más bien un poco... 
abollado. 

Se metió en el gabinete y oyó los 
pasos de ella en la alcoba inmediata. 



TRAVIATISMO AGUDO 201 



Tosió fuerte para avisar que estaba 
allí. 

— ¡Hola!— fué todo lo que le dijo 
Leticia al entrar. 

—¿Qué? ¿Estás muy ocupada? 

Como lo dijo riendo y con cierto 
tono de chun^^a, la otra se escamó. 

—¿Por qué? 

—No, por nada. Ya he visto salir 
a ese. 

Su táctica con Manolo era no dar- 
se nunca por enterada de sus leves 
reproches: no quería concederle be- 
ligerancia más que como amigo, en 
el más puro sentido de la palabra. 
Y así, no oía nunca sus quejas ni 
sus consejos. 

Sin embargo^ ahora le chocó que 
se hubiera enterado tan pronto. 

— ¿A ese?... ¿A quién? 



202 JOAQUÍN BELDA 



—Ya lo sabes. Me he cruzado con 
él por la calle. 

Negarlo sería faltar a la táctica. 
Con su hermosa libertad^ gracias a 
la cual sólo a Retamares tenía que 
dar cuenta de su conducta, hubiera 
resultado ridículo defenderse ahora 
con negativas. Afectando una gran 
indiferencia, leplicó: 

— ¡Ah! Sí; es un amigo. Ha estado 
aquí un rato. 

—¡Ya lo creo! Un rato largo; sus 
buenas dos horas. 

— No sé; no he mirado el reloj. Y 
tú, ¿cómo lo sabes? 

Manolo no contestó. Quedóse mi- 
rando a su amiga con una gran me- 
lancolía, y acercándose a ella que- 
jumbroso y llorón, como en sus pri- 
meras entrevistas, le dijo: 



TRAVIATISMO AGUDO 203 

—Leticia, ¡por Dios!, ¿para qué 
haces eso? Ya sabes que yo te quie- 
ro bien;, te quiero desde hace mucho 
tiempo, no como ese mocoso, que te 
ha conocido hace tres días y se ha 
encalabrinado como lo que es: como 
un choto. Tú eres una mujer de ta- 
lento, no has sido nunca una loca. 
¿Cómo no ves que ese pollcistre irá 
ahora por ahí envaneciéndose ante 
sus amigos de su entrada en esta 
casa, de los favores que tú le prodi- 
gas y de los que él invente? ¿Es que 
no conoces aún a los hombres? ¿No 
sabes que todos son iguales? 

—Pero, ¿qué dices, hombre? ¿A qué 
viene todo eso? 

—A qué viene... A qué viene.. .De- 
masiado sabes a qué viene. Pero hay 
una cosa que se te ha olvidado en 



204 lOAQUÍN BELDA 



esta ocasión: ya ves que 3^0 soy hom- 
bre, y, por instinto, no debiera ha- 
blar así; pero la verdad es la verdad: 
la mayoría, la casi totalidad de los 
hombres que se acercan a una mu- 
jer como tú, lo hacen para que los 
demás se enteren de su triunfo. Sólo 
se puede creer en la sinceridad de 
su cariño cuando, como yo, sufren 
en silencio días y días, resignados 
con la esperanza de una remota 
recompensa que acaso no llegue 
nunca. 

— Chico, estás hoy muy charlatán. 
Anda, vamos a comer, que es ya 
muy tarde. 

—Come tú; yo no tengo ganas. 

— ¡Ay, por Dios, no te enfades, 
hombre, que no quiero ver a mi lado 
caras de mal humor! 



TRAVIATISMO AGUDO 205 



—Tú estás muy contenta, ¿verdad? 

— Y si lo estoy, debes estarlo tú. 
Sabes que te quiero, que eres mi 
mejor amigo, el único de verdad. 
¿Qué más quieres? 

—Todo eso, dicho en este momen- 
to, parece una burla. 

—No sé por qué. 

— Y luego no piensas en nada. Si 
Perico se entera, ¿crees que le haría 
gracia? ¿Ycrees'que faltará quien se 
lo cuente? Es que ahora que tienes 
un hijo ¿vas a jugarte tu porvenir y 
el suyo por ese desconocido? Con- 
migo has sido siempre más sensata. 

El, en cambio, había renunciado 
ahora a toda sensatez, porque abra- 
zando a Leticia por la espalda, la 
tenía sujeta contra su cuerpo, como 
temiendo que se le escapase. Y, 



206 JOAQUÍN BELDA 

como el otro hacía un momento, 
hasta con el mismo tono de voz, iba 
intercalando entre frase y frase la 
misma palabra, que era a la vez una 
invitación y una súplica: 

—Anda..., anda... Sé buena con- 
migo... 

Únicamente añadía como último 
argumento: 

—¿Te parece que no he esperado 
bastante? 

Leticia sintió que la escena se re- 
producía. Lo que Manolo acaba de 
decirle era verdad; Daniel acaso no 
fuese más que un saltador de lechos, 
para luego contar a sus amigos, con 
detalles, el resultado de la lucha; 
Retamares podía enterarse y cortar 
por lo sano... ¡Sin embargo!. . . 

Una gran piedad hacia aquel infe- 



TRAVIATISMO AGUDO 207 

liz Manolo la invadió de repente. 
Tal vez fuese más digno que el otro 
de recibir sus caricias, y, sobre todo, 
¿es que había incompatibilidad entre 
los dos? Nunca como ahora se había 
dado cuenta de lo fácil que es para 
una mujer hacer feliz a un hombre, 
aunque sea momentáneamente. 

Si se entregaba al otro por cari- 
ño, ¿no podría hacerlo a éste por 
piedad? Así, por caminos distintos, 
se llegaría al mismo fin; otra cosa 
era imposible, pues Manolo, hasta 
ahora, no había sabido inspirarla 
amor... o eso que las mujeres lla- 
man así. 

El joven seguía apretando el cer- 
co moral y materialmente. 

— Anda..., anda.. .¿No te da pena?... 

Sí, era la misma escena de antes. 



208 JOAQUÍN BELDA 

¿Por qué no repetirla, como los can- 
tantes cuando les aplauden mucho? 
Sus carnes vibraban aún con el de- 
seo que Daniel, al menos por hoy, 
no había acertado a satisfacer del 
todo; cerrando los ojos y dejando 
volar un poco la imaginación, podía 
figurarse de un modo perfecto que 
era su novio el que volvía a tener 
entre los brazos. 

—Anda..., anda... 

Y fué. 

Ya había caído en la cama; ya 
Manolo, creyendo que soñaba, iba a 
demostrar a su amiga que entre 
hombre y hombre no ha}^ mucha di- 
ferencia, cuando en el pasillo de la 
casa se oj-ó la voz angustiosa de 
Eladia, que venía en busca de su 
ama. 



TRAVIATÍSMO AGUDO 200 

—Señorita..., señorita. . . Venga 
usted corriendo... La señorita Rosa- 
lía se ha puesto mala. 

De un salto se había incorporado 
Leticia y apartado bruscamente a 
Manólo . 

— ¡Ay! ¿Qué es? 

Y salió como una loca, arreglán- 
dose precipitadamente el peinado. 

Manolo fué tras ella. En el fondo 
de la casa, hacia la cocina, se oía 
como un llanto sordo, y ese trajín 
que producen varias personas cuan- 
do tratan de ayudar a otra en un 
lance inesperado. 

— Pero, ¿qué es, mujer?— pregun- 
taba Leticia mientras corría por el 
pasillo . 

—Que le ha dado así como un ata- 
que. 

14 



210 JOAQUÍN BELDA 

En efecto; tendida en el suelo, en 
el centro de la cocina, estaba la es- 
cuálida Rosalía^ que ahora, muy 
amarilla e inerte, parecía un fideo 
caído de un paquete. 

No era cosa mayor: un disgusto 
con un pseudonovio, al que se ha- 
bía encontrado en el portal al vol- 
ver de la calle. Con un poco de éter 
y unos trastazos en las mejillas que 
la hermana le propinó, volvió a la 
vida en medio de unos hipos con- 
vulsivos. 

Al cuarto de hora todo estaba en 
orden en la casa, como si nada hu- 
biera pasado. 

Es decir, había pasado eso: un 
cuarto de hora. Y como, según el 
dicho vulgar, las mujeres se entre- 
gan a merced de uno de ellos. Mano- 



TRAVIATISMO AGUDO 2ll 

lo vio cómo SUS deseos se esfuma- 
ban una vez más, a punto de reali- 
zarse. 

Despidióse de mala gana, se mar- 
chó a la calle y fué a terminar la no- 
che en una casa de la Travesía de 
San Mateo. 

Por lo visto, la fatalidad se había 
propuesto que aquello no ocurriese. 
La primera vez el llanto de Santi- 
tos, ahora el ataque de Rosalía. Para 
hacer su3"a a aquella mujer iba a te- 
ner que llevársela lejos de la fami- 
lia, a una isla desierta. 



A Leticia y Daniel les había du- 
rado doce días la luna de miel. Esto, 
aunque parece un verso un poco lar- 
go, no lo es. 

En realidad era de las lunas más 
largas que se conocen, ya se trate 
de esposos o de amantes. Durante 
ella, sin hipérbole, podía asegurar- 
' se que habían vivido el uno para el 
otro; el muchacho estaba en esa si- 
tuación de alegría incrédula del que 
ve realizarse un sueño que le ha ob- 
sesionado durante mucho tiempo. 
Creía en el amor de Leticia como se 
cree en lo que se ve y se toca. No 
era, pues, sólo cosa de novela eso de 



TRAVIATISMO AGUDO 213 

que una mujer de la clase de piculi- 
nas se enamore sinceramente de un 
hombre después de haber conocido 
a muchos. 

En cuanto a ella, había pasado 
aquellos días como sin darse cuen- 
ta, abstraída en un mundo nuevo de 
sensaciones desconocidas. En reali- 
dad podían decir que habían vivido 
el uno para el otro; no había en ellos 
un pensamiento que no fuera para 
su amor, ni ocupación de más impor- 
tancia que la de estar juntos el ma- 
yor número de horas posible. 

Aprovechando la ausencia de Re- 
tamares, redujo su cuerpo a una 
castidad que sólo se alteraba entre 
los abrazos de Daniel; no salía ape- 
nas de casa, y aun en ella, las visi- 
tas de Manolo fué espaciándolas c^- 



214 JOAQUÍN BELDA 

da vez más. Quería vivir sólo para 
él^ atacada también de un mal agu- 
do del corazón que la hacía olvidar- 
se de lo que era. 

Las dudas que por un momento 
había hecho nacer en ella Manolo 
pocas noches antes, se habían des- 
vanecido solas. Daniel era una per- 
sona decente, y además la quería 
con toda la vehemencia nerviosa y 
un poco torpe del que ama por pri- 
mera vez. 

Esto último era lo que más la ha- 
lagaba; porque no podía dudarlo: 
para el muchacho ella había sido la 
iniciadoraen el mundo nuevo, donde 
se entra lleno de fe pero con paso 
vacilante. Y aún no había llegado a 
preguntarse cuánto iba a durar 
aquello. Lo mismo él que ella creían 



TRAVIATISMO AGUDO 215 

tener por delante una eternidad. 
¿Por qué había de terminar nunca 
lo que tan felizmente comenzara? 

En la tarde del día decimoterce- 
ro, y cuando ella, detrás del balcón 
de la alcoba, esperaba la llegada de 
Daniel, entró Eladia con un telefo- 
nema. Era de Perico, desde Córdo- 
ba^ y no decía más que la estupidez 
siguiente: 

— « Llegaré mañana . — Retama- 
res.» 

El viaje había durado seis días 
más de lo proyectado; Leticia no ig- 
noraba que tenía que volver alguna 
vez el viajero, y sin embargo, este 
regreso que caía como una piedra 
en el lago sereno de sus días, la pu- 
so de repente de un humor horrible. 

En la exageración a que era tan 



216 JOAQUÍN BELDA 

propensa su fantasía, parecióle que 
ya todo iba a acabarse para siem- 
pre, y aquel par de horas diarias que 
Perico la consagraba eran bastan- 
te a envenenarle el resto del día. 

Por primera vez Daniel, desde que 
la conocía, la encontró de mal hu- 
mor; y con esa injusticia patológica 
a que son tan propensas la mayoría 
de las mujeres, Leticia, cuando se 
disgustaba por algo, hacía partícipe 
de su disgusto a todo el que se le 
acercaba. 

El joven notó que al entrar, lejos 
de acoger sus caricias con la efusión 
gatuna de siempre, apenas le con- 
testó, y como él, extrañado, insistie- 
ra, hizo un mohín de franco disgus- 
to y acabó por rechazarle, dicién- 
dole: 



TRAVIATISMO AGUDO 21 



— ¡Ay, hijo, por Dios, déjame! 

Se quedó de una pieza, y con la 
voz velada por el asombro, le dijo: 

— ¿Qué te pasa? 

—A mí nada... ¿Qué quieres que 
me pase? 

Lo dijo como quien quiere lanzar 
un insulto con una frase indiferente, 
poniendo toda la hiél en el tono y en 
el gesto. 

En realidad era otra mujer distin- 
ta a la Leticia que Daniel había co- 
nocido hasta ahora; una mujer que 
en nada se parecía a la que le había 
enamorado vista de lejos en los pa- 
seos y en los teatros, con aquel ma- 
tiz de tristeza tan simpática en el 
rostro, y aquella dulzura de miel en 
los ojos. Y muy distinta hasta llegar 
a ser opuesta, a la que más tarde 



218 JOAQUÍN BELDA 

había conocido en la intimidad de 
aquella alcoba, entregándose sin re- 
servas en cuerpo y en alma, perdo- 
nando con una sonrisa de bondad 
cualquier inconsciente torpeza de 
él, como si quisiera hacerse perdo- 
nar a fuerza de halagos la miseria 
de aquel cuerpo que le ofrecía, des- 
pués de haber sido manoseado por 
todos* 

El contraste era tan brusco, tan 
inesperado; fueron tantas las ilusio- 
nes que de un golpe se derrumba- 
ron en el corazón del muchacho, no- 
vato en esto de las coces femeninas, 
que quedó anorfadado en el espacio 
de unos segundos, e invadido de re- 
pente por ese cansancio, psíquico 
más que material, que dejan tras sí 
las discusiones muy violentas. 



TKAVIATISMO AGUDO 219 

Como aún no tenía la experiencia 
suficiente para saber que estas cri- 
sis femeninas no tienen más tera- 
péutica que la fuga o la estaca, de- 
jóse caer en una silla, renunciando 
a hacer más preguntas. 

En la estancia, callados y quietos 
los dos, no se oía más que la respi- 
ración un poco agitada de la golfa^ 
que de vez en cuando hacía gestos 
como para quitarse del pecho un 
peso imaginario. 

Una idea vino a la mente de Da- 
niel, que casi se había quedado va- 
cío de ellas: él había oído decir a su 
hermano que la mayoría de las mu- 
jeres, al llegar todos los meses a 
esa lucha con su propia naturaleza, 
que, a diferencia de otras luchas in- 
cruentas, no acaba nunca sin san- 



220 JOAQUÍN BELDA 

gre, sufren tremerulas crisis de mal- 
humor, de verdadera antropofobia, 
y durante ellas, al hombre que está 
a su lado no le queda mas recurso 
que convertirse en mártir, hasta 
que pase la inundación, o lomar a 
broma todos sus episodios, si es que 
tiene suficiente fuerza de espíritu 
para ello. A veces, en las casas pú- 
blicas, las pupilas, al llegar a ese 
trance mensual, son retiradas pro- 
visoriamente del comercio con la 
parroquia; ello ocurre no ya como 
cree el vulgo, para que no mancillen 
la ropa interior de sus amantes de 
una hora con la púrpura de sus due- 
los interiores, sino para evitar que 
el buen parroquiano que ha dado su 
dinero para pasar un rato de solaz 
se encuentre encerrado en una ha- 



TRAVIATISMO AGUDO 22l 

bitación con una perrita hidró- 
foba. 

¿Sería ésta la causa del estado 
actual de Leticia?... Daniel, de 
muy buena gana, hubiera formu- 
lado la pregunta, pero se contuvo 
al pensar que acaso la respuesta 
no fuera todo lo amable que él la 
soñara. 

De pronto Leticia se levantó y 
abandonó la estancia sin decir pala- 
bra. Unos minutos después, Eladia 
entró, y muy azorada, le dijo: 

—De parte de la señorita que la 
dispense usted por hoy, pero que no 
se encuentra bien. 

Aquello quería decir que debía 
marcharse a la calle. 

Y atontado, avergonzado también 
ante la muchacha, salió al vestíbu- 



222 JOAQUÍN BELDA 

lo sin saber qué decir ni casi qué 
pensar. 

En su espíritu, sobre toda otra 
sensación, flotaba una invencible de 
asco. 



Al día siguiente, cuando salió al 
comedor, donde ya le esperaba su 
hermano para almorzar, la criada 
le entregó una carta. 

No conocía la letra del sobre y la 
abrió con toda tranquilidad. Era de 
Leticia, y decía esto: 

— «Daniel: ya beo que heres un 
sinberguenza. Yo me he equivoca- 
do al creerte una persona desente, 
pero aun es tiempo de deshacer la 
equivocación. Donde has pasado la 
noche de ayer puedes pasar otras. 
No buelbas por casa, pues tienen 
orden de no abrirte la puerta. 
Adiós; hasta nunca.— Leticia.» 



224 JOAQUÍN BELDA 



Sobre todo el tumulto de rabias y 
deseos que la lectura produjo en el 
joven, había una necesidad imperio- 
sa de demostrar a aquella loca que 
lo que decía en su carta no era ver- 
dad. O la habían engañado, o aque- 
llo no era más que un pretexto para 
romper — de modo bien cruel por 
cierto— el encanto de unos amores 
que él creyó la razón de toda su vida 
en lo sucesivo. 

Porque la noche anterior la había 
. él pasado sólito en su cama, donde 
se metió, por cierto, antes de las 
nueve; ni humor le había quedado 
para salir con su hermano al café o 
al teatro, como otras veces. 

Debió pintársele en la cara el efec- 
to de aquellas líneas, porque el her- 
mano, que, aunque no mucho mayor 



TRAVIATISMO AGUDO 225 

que él, le trataba siempre como un 
padre tolerante, le dijo: 

—¿Puedo yo leer esa carta? 

Daniel, con un gesto de supremo 
desaliento, se la dejó caer sobre la 
mesa del comedor. 

—Sí, hombre; mira qué infa- 
mia. 

Desde el principio estaba al co- 
rriente de la aventura del pequeño. 
No le había parecido mal ni bien, 
pues en estas cuestiones del amor 
era partidario de comprar rábanos 
siempre que pasasen, aunque sin en- 
tusiasmarse demasiado con la com- 
pra. Leyó la carta, y se limitó a de- 
cir, torciendo la cabeza: 

—¡Vaya por Dios! 

—¿Qué te parece? 

—Nada, hombre; eso no tiene im- 

15 



226 JOAQUÍN BELDA 



portancia. ¿Es el primer disgusto 
que tenéis? 

— ¡Claro! 

—Bueno. Ya comprenderás que 
alguno habría de ser el primero. 

—Sí, pero es que, como sabes, eso 
que dice ahí es mentira. 

—Es igual; te proporcionará el 
mismo disgusto que si fuera verdad. 
Para las mujeres— y perdona esta 
distinción filosófica — no existe la 
verdad objetiva: no hay más que la 
subjetiva, la que a ellas se les mete 
en la cabezota, aunque sea una idio- 
tez. 

— ¿Tú qué crees, que la habrán 
contando algún chisme? 

—Puede ser, pero no hace falta. 
Basta con que ella sólita lo haya so- 
ñado. 



TRAVIATISMO AGUDO 227 

Daniel no almorzó; después de 
estar un largo rato silencioso, echó- 
se a llorar, y el hermano tuvo que 
consolarle como a un nene al que le 
acaban de romper su mejor juguete. 
Salieron juntos a la calle y... a las 
seis— su hora de siempre— Daniel 
separóse de su hermano y se plantó 
en casa de Leticia. 

Tuvo que llamar dos veces, y 
Eladia le abrió la puerta para de- 
cirle: 

—La señorita no está. 

—Sí está. Dígala usted que sólo 
quiero decirla una palabra. 

—Que no está, señorito^ de ver- 
dad... 

Parecía sincera; Daniel no sabía 
si creerla o no, y, en la duda, tam- 
poco' sabía qué hacer. Al pie de la 



228 JOAQUÍN BELDA 



escalera oyó una voz dando las bue- 
nas tardes a la portera; juraría que 
era la suya. Se asomó, y, en efecto, 
era Leticia que acababa de dejar el 
coche a la puerta, y entraba en 
aquel momento en el ascensor. No 
le había engañado Eladia. 

La esperaron en el rellano: la 
doncella, firme en la puerta, para 
que la señorita viera que había cum- 
plido la consigna de no dejarlo en- 
trar; Daniel porque esperaba que al 
menos alh', casi a la vista de los ve- 
cinos, no se atrevería a hacerle una 
escenita como la del día anterior. 

La golfa le vio aun antes de salir 
del ascensor. Se hubiera dicho que 
esperaba encontrárselo, pues no 
hizo el menor gesto de asombro. 
Únicamente para marcar bien las 



TRAVIATISMO AGUDO 229 

distancias delante de la muchacha, 
le dijo: 

— ¡Ah! ¿Está usted aquí?... 

Y como él no respondiera, entró 
en la casa y se volvió para decirle: 

—Pase . . . ¿Porque supongo que no 
querrá usted quedarse en la esca- 
lera?" 

La obedeció maquinalmente. Le 
recibió como a visita de cumplido; 
y para que no se hiciese ilusiones, 
túvole un rato largo aguardando en 
el salón mientras ella se mudaba de 
ropa. 

Cuando entró por fin, el joven fué 
a ella iniciando un sollozo. 

■—¡Leticia! 

Pero ante su frialdad, un poco 
grotesca, cortó de repente toda ex- 
pansión. 



230 JOAQUÍN BELDA 



— Te he recibido porque no he 
querido dar un escándalo en la es- 
calera y delante de la muchacha; 
pero ahora mismo me vas a hacer 
el favor de marcharte. 

Esta vez no la obedeció. Quiso 
hacer un alarde de dominio; al fin, 
era el macho y debía imponerse. 

—Bueno; pero todo eso, ¿por qué? 

—¿No has recibido una carta mía? 

—Claro que sí; la traigo aquí para 
que me expliques, para que me di- 
gas ahora mismo... 

— ¡Ah! ¿Soy yo la que tiene que 
explicar? 

— ¡Naturalmente! Lo que en ella 
supones es una infamia, una menti- 
ra. Yo no me he movido anoche de 
mi casa. 

Ella se echó a reír de un modo 



TRAVIATI5M0 AGUDO 231 

antipático, con una risa fría y des- 
garrada que revelaba el estado 
anormal de sus pobres nervios. El 
rostro mismo se le transfiguraba, 
como si una careta enfermiza abul- 
tase sus facciones. 

-—Eres tú muy poca cosa para to- 
rearme a mí, ¿lo entiendes? No te 
molestes en negar; no me lo ha con- 
tado nadie; te vi yo misma. 

Si Daniel se hubiera parado a re- 
flexionar, hubiera comprendido que 
aquella mujer no era responsable 
de lo que decía; en lugar de eso, in- 
curriendo en un error muy común 
aun entre hombres corridos y expe- 
rimentados, empezó a discutir con 
ella, queriendo convencerla de que 
mentía. 

Era como si un caballero enviase 



232 JOAQUÍN BELDA 



SUS padrinos a un asesino: las ar- 
mas serían siempre desiguales. 

—Pero ¡qué has de ver, criatura, 
qué has de ver! Sin duda tratas de 
volverme loco. Yo no salí de casa; 
te han engañado, te han contado un 
chisme, Dios sabe con qué inten- 
ción... 

—¡Engañarme! Sería la primera 
vez. 

—Pues mira: por lo menos dime 
quién ha sido el hijo de mala madre 
que te ha contado ese infundio. Pón- 
melo delante, y a ver si en mi cara 
se atreve a repetir su mentira. 

Se exaltaba, se enfurecía; daba 
en el suelo unas patadas muy fuer- 
tes, y tenía el cuello hinchado y los 
ojos muy brillantes. Y lo que más 
le indignaba, lo que llevaba su fu- 



TRAVIATISMO AGUDO 233 

ror al paroxismo, era ver la tran- 
quilidad de ella, su risita de hielo, 
como si estuviese gozando con su 
rabia. 

Por primera vez corrió por su ce- 
rebro una idea: Leticia era una 
mala mujer, una bestia de cerebro 
obtuso, que disfrutaba martirizando 
a los hombres, como para vengarse 
así de toda la humillación de su 
vida. Y como si le adivinase el pen- 
samiento, vino a confirmar la idea 
con sus palabras. 

— Yo tengo mucho amor propio, 
¿lo entiendes? No son celos, no es 
cariño; te juro que no te he querido 
nunca; que se me muera mi hijo si 
miento. Es orgullo, es mi dignidad 
de mujer, solicitada por todos, la 
que no puede consentir que un 



234 JOAQUÍN BELDA 

mocoso como tú me tome el pelo. 

—Está bien; pero dime quién te lo 
ha dicho... Pónmelo delante... 

La ^olfa tomó de pronto una re- 
solución; púsose delante del chico, 
alzó la cabeza como para lanzar un 
reto, y le dijo: 

—¿De veras? ¿Quieres que te lo 
diga en tu cara quien m.e lo ha di- 
cho a mí? 

Daniel dio un aullido para decir: 

-¡¡Sí!! 

—Bueno, pues espera aquí un mo- 
mento; te aseguro que vas a quedar 
bien servido. 

Y salió. 

El muchacho dejóse caer en una 
silla. No podía más; estaba extenua- 
do, como si hubiese hecho un es- 
fuerzo corporal de varias horas; el 



TRAVIATISMO AGUDO 235 

pulso, la respiración, toJo en su 
cuerpo parecía haber empiendido 
una carrera desenfrenada, como si 
se le hubieran roto todos los re- 
sortes. 

¡Las mujeres! Sin haberlas visto 
hasta entonces más que de lejos o 
en la fugaz intimidad de una alcoba 
a tanto la hora, nunca se las había 
imaginado así. Ofendían al hombre 
en lo más noble de su ser: en la ra- 
zón, en la lógica, exasperándolo a 
fuerza de absurdos y de disparates, 
como si hubiesen descubierto su 
verdadero talón de Aquiles. 

Pronto una idea de mayor interés 
vino a sobreponerse a las demás: 
Leticia iba a volver acompañada 
del infame calumniador o calumnia- 
dora. ¿Quién sería? Alguna persona 



236 JOAQUÍN BELDA 



de la casa. Rosalía tal vez, gaiK)sa 
de alejar de su hermana a un indi- 
viduo que tan poca utilidad le re- 
portaba.. . O acaso fuese un extraño, 
que estuviese ahora allí por casua- 
lidad; una de esas vendedoras alca- 
huetas que, envidiosas de la dicha 
ajena, no saben vivir sino destilan- 
do baba con que amargar las horas 
felices de los demás. 

Pero el que fuera iba a venir, y 
bueno era prepararse; tal vez tu- 
viera que dar un puñetazo como 
final de la discusión, y Daniel púso- 
se en pie, como postura más venta- 
josa para la lucha. 

La golfa le sorprendió dando 
grandes paseos por la estancia y 
haciendo en el aire grandes flexio- 
nes de brazos, como un campeón de 



TRAVIATISMO AGUDO 23' 



boxeo que as:uarda la llegada a la 
pista de su rival. 

Venía sola; en la mano derecha 
agitaba en el aire un paquete no 
muy grande, que Daniel no supo lo 
que era. 

—Aquí está— dijo Leticia aproxi- 
mándose a una mesita que había 
junto al balcón. 

— ¡Ah, vamos!— pensó el mucha- 
cho—. Se trata de una carta, ün 
anónimo sin duda, que esta infeliz 
se ha creído como si fuera el Evan- 
gelio. 

— V^nacá...; verás. 

Se había sentado ya ante la mesa. 
Daniel al acercarse vio mejor. No 
era una carta, como él había su- 
puesto: era un montón de ellas, una 
baraja, que su amiga se disponía a 



238 JOAQUÍN BELDA 



extender en la mesa. ¿Qué quería 
decir aquello?... La miró con cierto 
miedo. ¿Se habría vuelto loca del 
todo aquella mujer y estaría él en 
peligro encerrado con ella a solas 
en una habitación? 

La cosa le pareció tan incon- 
gruente con lo que habían hablado 
hacía unos minutos, que creyó ha- 
llarse en presencia de uno de esos 
procesos de disociación mental, en 
que los dos interlocutores de un diá- 
logo parecen hablar idiomas dis- 
tintos. 

Una fila de cartas iba ya extendi- 
da sobre el tablero; señalando a una 
sota de oros que había caído la se- 
gunda, dijo Leticia: 

—Mira, éste eres tú. 

Daniel la miró, y se hubiera echa- 



TRAVIATISMO AGUDO 239 

do a reir de no inspirarle repulsión 
y lástima a un tiempo el rostro de 
ella; era una cara descompuesta, 
febril, como esa de los morfinóma- 
nos contumaces cuando van entran- 
do en su nirvana gracias a la droga 
bendita. Quiso aclarar, convencerse 
hasta dónde llegaba la fe bruta de 
aquella mujer en el hechizo mágico 
de una cabala de portera. 

—Bueno; pero esto.. . ¿qué es? 

Mientras echaba las cartas de la 
segunda ñla, le contestaba: 

—Esto es la verdad, hijo mío; 
toda la verdad. Las cartas no enga- 
ñan nunca; yo he sabido siempre 
por ellas lo que me iba a ocurrir en 
la vida... Anoche te las eché tres 
veces. Verás... Mira... Tú con una 
mujer... con pasión... Aquí se atra- 



240 JOAQUÍN BELDA 



viesa un hombre... Sin dinero... 
Vas a hacer un viaje... 

Los naipes iban saliendo del mon- 
toncico de su mano izquierda, para 
caer sobre la mesa como fallos in- 
excusables del Destino. Y los car- 
toncitos, con sus colorines lumino- 
sos y brillantes, hablaban de oro 
unas veces con el amarillo» de san- 
gre con el rojo, de esperanza con el 
verde... Nada en su desfile parecía 
arbitrario, sino más bien metódico 
y ordenado a un fin, como si un po- 
der misterioso que no puede equivo- 
carse fuera tirando de cada uno de 
ellos con el hilillo invisible de sus 
mandatos. 

Por un momento, Daniel sintió el 
contagio del más allá; sí, en aque- 
llas cartas, que a él de ordinario no 



TRAVIATISMO AGUDO 241 

le habían parecido útiles más que 
para armar un tute o desgranar las 
sorpresas de una brisca, estaba 
todo: el pasado y el porvenir, la 
evocación y la profecía, la vida en- 
tera con sus dolores, sus desenga- 
ños, sus sombras, y sus alegrías 
también de cuando en cuando, para 
que sirvieran de contraste a todo lo 
demás. 

Pero fué una ráfaga, un instante 
tan sólo; de pronto recordó lo que él 
había hecho la noche anterior, su 
castidad absoluta, aun de pensa- 
miento, y sintió la necesidad de ex- 
presar de un modo material todo su 
desprecio por aquellos cartones que 
sólo decían mentiras. 

Fué como una descarga, un arran- 
que en el que casi no intervino su 

16 



242 JOAQUÍN BELDA 



voluntad, y sí sólo el desperezo vio- 
lento del organismo; el joven asestó 
tan tremenda patada a la mesa, que 
el mueble — ya de suyo frágil— que- 
dó dividido en dos: a un lado las pa- 
tas fueron a parar casi a la puerta 
del gabinete, mientras el tablero, 
con toda la baraja encima, empren- 
dió un vuelo por toda la habitación, 
yendo por fin a posarse encima de 
una escupidera. 

Leticia lanzó un grito, que fué de 
susto y rabia a un tiempo. Era como 
el sabio que a punto de terminar en 
su laboratorio la confección de una 
fórmula, viera como le inutilizaban 
de un golpe todos sus trabajos. 

Puesta de pie fué como una furia 
hacia su amante, que se había refu- 
giado en un rincón no sabía por qué. 



TRAVIATISMO AGUDO 243 

En el camino hasta llegar a él lan- 
zóle a la cara un par de insultos que 
Daniel sólo había oído una vez en 
una riña de verduleras en la calle 
de la Ruda. 

Leticia, transfig'urada, como po- 
seída repentinamente por el demo- 
nio, abrió la mano 3^ la dejó caer so- 
bre la mejilla derecha del mozo. 

Lo que siguió fué algo muy boni- 
to: la golfa sintióse cogida por el 
cuello, V zarandeada como si se lo 
fueran a separar del tronco; para 
defenderse clavó sus uñas en la ca- 
beza de Daniel y tiró de sus pelos, 
como quien saca un corcho de una 
botella a fuerza de puños. No tarda- 
ron en caer los dos al suelo, unidos 
en un abrazo de rabia; en la caída 
les acompañó un pedestal que había 



244 JOAQUÍN BELDA 

en el rincón manteniendo un gijS^an- 
tesco tibor, en el que lucían unos 
claveles. 

Puede que fuera uno de los añicos 
del cacharro el que se clavó en la 
mejilla de ella, o acaso los dientes 
de él, que mordían sin saber dónde y 
queriendo saciar una rabia que los 
apretaba en frecuentes convulsio- 
nes. Mas lo cierto fué que Leticia 
notó que se le metía por la boca un 
líquido viscoso, y al llevarse la ma- 
no la retiró manchada de sangre. 

Todo ello ocurrió en una tregua 
de la lucha; Daniel fijóse también, y 
vio a su amante tendida en el suelo 
y lloriqueando, como en los prelu- 
dios de un ataque de nervios. Un 
desorden de muebles les rodeaba, y 
los pedacitos del tibor roto forma- 



TKAVlATlbMü AGUDO 245 

ban como un charco de agua helada 
junto a sus cuerpos, amenazándo- 
les al menor movimiento con sus 
aristas puntiagudas. Los claveles, 
muy rojos, estaban también allí, 
casi entre los cabellos de la golfa, y 
la mancha de sangre de su rostro 
parecía un clavel más que hubiera 
tenido el capricho de caer allí en el 
fragor de la batalla . 

El, por su parte, ya tenía bastan- 
te; fué a levantarse con ánimo de 
marcharse a la calle dando por ter- 
minada la. .. discusión, cuando sin- 
tió que una mano crispada, una ver- 
dadera garra, le atenazaba por los 
alrededores de la entrepierna. Fué 
un milagro que no dejase allí una 
buena parte de su virilidad; hizo un 
esfuerzo brutal para librarse de la 



246 JOAQUÍN BELDA 

tenaza, y, dando un alarido espan- 
toso, caj'ó de nuevo sobre el cuerpo 
de aquella fiera. 

Reanudóse la batalla, y ahora con 
más violencia; todas las armas eran 
lícitas: el mordisco, la patada, el 
arañazo, el tirón de los pelos... Da- 
niel tenía la ventaja de estar enci- 
ma y poder así dominar con el peso 
de su cuerpo los espasmos epilépti- 
cos de aquella desgraciada. Pero, 
aun así, muchas veces tenía que 
echar mano de todo su poder, para 
dominarla nada más que a medias, 
evitando que Leticia, con una con- 
vulsión más fuerte, diera la vuelta y 
le cogiera debajo. 

A veces se sentía alzado en vilo, 
como si la bestia en que cabalgaba 
arquease el lomo para deshacerse 



TRAVIATISMO AGUDO 247 



de su carga. Y todo ello acompaña- 
do de un repertorio de frases y de 
insultos, que hubieran puesto ber- 
mejo a un plantío de arroz. 

—¡Canalla! ¡Hijo de tal!... ¡De 
aquí no sales hasta que no te haya 
retorcido los... péndulos!... ¡Ma- 
rica! 

De pronto cesaron los floreos. El 
cuerpo de ella se distendía poco a 
poco en un desperezo voluptuoso. 
Se diría que sus golpes se hacían 
más blandos, más torpes, como un 
puño que alzado en alto para dar 
una bofetada se convirtiese en ca- 
ricia al llegar a la faz. En la lucha, 
a él se le había descosido una man- 
ga, y ella tenía en la blusa un des- 
garrón oblicuo que la cogía todo el 
pecho. Por la abertura, como por 



248 JOAQUÍN BELDA 



los bordes de una herida, salía una 
de las magnolias de los senos, apun- 
tando a las estrellas. 

Y fué su misma mano derecha la 
que cogió una de las del chico y la 
posó allí, sobre el vértice rosado del 
limón, como una cataplasma. Al 
mismo tiempo, y sin que supieran 
cómo, sus cuerpos fuéronse aco- 
plando maravillosamente en 'postu- 
ra de medallón griego. . . Y así, lle- 
gó un momento en que él no tuyo 
más que dar el impulso... 

Ya no se martirizaban: eran unas 
caricias ávidas, pegajosas, que por 
caminos distintos a los de antes lle- 
gaban también a producir dolor, 
pero un dolor de deliquio místico, 
como de desvanecimiento en el fon- 
do de una entrega mutua, que pare- 



TRAVlATiSMO AGUDO 249 



cía la última etapa de un largo su- 
plicio. 

Fué un placer enfermizo, prolon- 
gado así más que nunca por aque- 
lla excitación artificial, que, a él so- 
bre todo, llegó a causarle miedo. . . 
Y ese miedo entró como un compo- 
nente más en la totalidad del goce 
inaudito . 

Quedaron tronchados, como va- 
ciados por dentro. Ella, cuando pudo 
hablar, quiso confesárselo todo; 
nunca habla llegado tan a lo hondo 
en el abismo del gozar. De todo lo 
anterior, de aquellas escenas repug- 
nantes de burdel, no se acordaba, 
como si todo hubiera sido una prepa- 
ración sádica para llegar a lo otro. 

De pronto se levantó como si la 
hubiesen pinchado. 



250 JOAQUÍN BELDA 

—Y ahora márchate. Perico va a 
llegar de un momento a otro. Ni sé 
cómo no está aquí ya; es su hora. 

Se despidió con una lluvia de ca- 
ricias, y le exigió que volviera 
aquella m.isma noche a las diez. 
Dormirían juntos. 

Ya en la misma puerta, le dijo: 

—¡Anda, malo! ¡Más que malo! 
¡Si yo no te quisiera como te quie- 
ro!... 

Eso quería decir que, a pesar de 
tociOj no daba su brazo a torcer. Se- 
guía creyendo que su novio la había 
engañado con otra mujer la noche 
antes, pero que ella, en un arranque 
supremo de hembra generosa, le 
perdonaba la infidelidad. 



Ocurrió que Manolo y Daniel se 
hicieron amigos. 

Fué del modo más sencillo del 
mundo: una tarde se encontraron 
en la misma puerta del piso, cuando 
Daniel llegaba y Manolo salía. El 
tropezón fué tan brusco, que no fué 
posible disimular; quedáronse un 
rato sm saber qué decir, hasta que 
Manolo se decidió. 

— (•'Viene usted a ver a Leticia?... 
Puesno entre usted; yo leexplicaré... 

Le chocaba al otro lo muy bajo 
que hablaba, pero se dejó llevar 
cuando Manolo, siempre en el mis- 
mo tono de voz, añadió: 



252 JOAQUÍN BELDA 

—Vamonos a la calle; aquí estor- 
bamos. 

Bajaron la escalera en silencio, y 
sólo cuando ya estuvieron fuera de 
la casa se decidió a hablar. 

—Es que está ahi dentro el otro: 
ya sabe usted... Retamares. 

-¡Ah! 

—Sí, ha venido cuando nadie lo 
esperaba, pues nunca viene a esta 
hora. Yo le traia a Leticia unas 
fruslerías que me encargó anoche 
que la comprara, y he tenido que 
volverme desde el recibimiento. ¡Es 
un fastidio! Con estas mujeres así 
no se está tranquilo nunca. Usted 
lleva aún poco tiempo, pero ya ve- 
rá... Ya verá, cuándo tenga que 
pasarse dos horas hecho un rollo 
dentro de un baúl. 



tRAVIATISMO AGUDO 253 



Daniel no sabía qué actitud to- 
mar ante este individuo que le 
hablaba con una repentina familia- 
ridad de camarada, como si estu- 
viera enterado de todo. Le cono- 
cía sólo de vista, pues le había 
visto entrar y salir en la casa al- 
guna vez. Al preguntar a Leticia 
quién era, la golfa le había contes- 
tado siempre, como no dándole im- 
portancia: 

—Es el novio de mi hermana. 

Pero Manolo tenía el don de cap- 
tarse en seguida la confianza de las 
gentes, y Daniel empezó a sentir la 
necesidad casi física de expansio- 
narse con él. 

—¿Hace mucho que conoce usted 
a Leticia? 

— ¡Uyt Un rato... ¡Es una pena! 



254 JOAQUÍN BELDA 

Es una mujer muy simpática, pero 
está completamente loca. 

— ¿Cree usted?... 

—No le quepa duda... Eso mismo 
que hace con usted un día sí y otro 
no, ¿puede hacerlo una mujer que 
esté en su sano juicio? 

El muchacho se quedó absorto. 
Aquel individuo estaba enterado de 
todo; por lo visto era uno de esos 
falderos domésticos que escuchan 
detrás de las cortinas y de las puer- 
tas lo que pasa en el sag^rado de las 
alcobas. Bien es verdad que para 
enterarse de los gritos de Leticia no 
era preciso escuchar con ahinco; los 
debía oir todo el barrio. 

Porque la escena de la lucha gre- 
co-romana se había repetido mu- 
chas veces. En aquel mes de Junio 



TRAVIATISMO AGUDO 255 

había llegado a ser casi diaria. La 
piculina, víctima de unos celos ho- 
rribles, martirizaba a su amante 
con los más feroces insultos, enfu- 
reciéndole hasta lograr que la pe- 
gase, y entonces se abrazaban los 
dos en una pelea, al final de la cual 
venía siempre el mismo pasmo en- 
fermizo, en una muda reconcilia- 
ción de bestia cansada. 

Daniel, cuya naturaleza joven no 
precisaba aún de estos excitantes, 
empezaba a encontrar todo esto fa- 
tigoso. Salía a diario de aquella 
casa como quien sale de la cárcel, y 
la fatiga aumentaba al ver que Le- 
ticia, fuera del momento fugaz de la 
entrega, sentía hacia él una repug- 
nancia invencible que no se cuidaba 
mucho de disimular. 



256 JOAQUÍN BELDA 

Inventaba mil cosas para moles- 
tarle. A veces lo tenía media hora 
aguardando en la escalera, negán- 
dose por la mirilla a abrirle la puer- 
ta; otras procuraba citarlo a una 
hora en que estuviera en casa Re- 
tamares, y lo hacía pasar al gabine- 
te que precedía a la alcoba, para que 
oyera desde allí los relinchos de Pe- 
rico... 

Ya habla pensado más de una vez 
en romper aquella cadena forjada 
con tanta miseria; en la tarde de 
hoy, el instinto le hizo echarse en 
brazos de Manolo, presintiendo que 
iba a hallar en sus palabras la ener- 
gía que le hacia falta para deci- 
dirse. 

— Sí que es una mujer... 

—¡Pobre! Y no es ella sola: son 



TRAVIATISMO AGUDO 257 



todas, o casi todas las de su gremio. 

— ¡Pues si que está bueno el gre- 
mio! 

— ¡Ah! Lo conozco muy bien..., 
por mi desgracia. ¡Las cortesanas! 
¡Las modernas sacerdotisas de Ve- 
nus!... Lo que fué en Grecia un cul- 
to, una vocación que se perfeccio- 
naba con el estudio, se ha convertí- 
ao ahora en un oficio, en una carre- 
ra como las demás, en la cual se 
ingresa de dos maneras igualmente 
funestas: o por un desequilibrio vi- 
cioso del organismo— éstas son las 
menos—, o como resultas de una 
gran temporada de hambre amasa- 
do con el abandono. Fíjese usted 
que todas ellas, tan* doradas y 
atractivas al exterior, parecen te- 
ner como un agravio que vengar de 

17 



258 JOAQUÍN BELDA 



los hombres, como un rencor que 
viene de lejos: el agravio del prime- 
ro que las engañó abandonándolas 
después; el rencor de los días de 
hambre, que sólo se sació cuando se 
entregaron. Y luego, con ese prece- 
dente, la vida que llevan, sobre todo 
en sus primeros años: una vida rota, 
desequilibrada, de continuo desgas- 
te de nervios, cortando el sueño 
para salir a una juerga o de visita 
con un amigo, comiendo a deshora 
y sin gana, por aquello de que hay 
' que hacer gasto. Esto en lo físico; 
en lo moral, imposibilitadas de cul- 
tivar una ilusión, de abandonarse a 
un capricho; cambiando a diario de 
humor tres o cuatro veces... ¿Qué 
mucho que en ellas se desarrolle 
con ímpetu ese germen de histeria 



TKAVIATISMO Aí.UDO 259 

que toda mujer lleva dentro? Sería 
un milauro lo contrario. 

— ¡Es verdad! 

—¡Créame; usted es demasiado jo- 
ven y acaso se burle de mis pala- 
bras, pero desgraciado del que tome 
en serio a una de estas mujeres. 
Para una hora, para un pasatiempo, 
son adorables y hasta necesarias; 
para vivir con ellas son odiosas. No 
es la Moral ni la Religión la que 
nos debe apartar de ellas, es, sim- 
plemente, el instinto de conserva- 
ción. 

—Ya ve usted, y^ sin embargo, 
hay quien ha querido poetizarlas, 
idealizarlas. ¡EseDumas! \EsaDama 
de las Camelias! 

—No, perdone; yo creo que a Du- 
mas se le calumnia. El novelista 



260 JOAQUÍN BELDA 



tiene razón; lo que pasa es que so- 
bre su obra, como ocurre siempre, 
ha puesto el vulgo muchas cosas. 
El pinta a Margarita como un caso 
de excepción, como una rareza, uno 
de esos tipos anormales que nacen 
con tres manos o un ojo en la fren- 
te, y cuya misma anormalidad les 
hace vivir muy poco. Bien claro lo 
dice en el prólogo de su libro. Y 
por muy pesimista que se sea no 
cabe negar que el tipo puede darse 
alguna vez. ¿Cuántas?... Esto es lo 
grave; si se pudiera hacer una esta- 
dística de estas cosas quedaríamos 
horrorizados; acaso una de cada 
diez o doce mil. Las demás, créame, 
basura, fango venido de muy abajo, 
camp*^sinas, porteras, criadas.;, que 
c onservan siempre el sello de lo que 



TKAVIATISMO AGUDO ¿n\ 



fueron como un olorcillo que se es- 
capa de entre las sedas de su ropas. 

Daniel estaba maravillado; aquel 
individuo predicaba muy bien, pa- 
recía uno de estos personajes de co- 
media moderna que salen a escena 
a dar sanos consejos a todo el mun- 
do, como si en todas las cuestiones 
hubieran llegado al fondo de las 
cosas. 

Hablando, hablando, se habían 
-subido por los altos del Hipódromo 
y estaban ya en pleno campo. La, 
tarde, de fines de Junio, era una de 
«sas tardes radiantes y calmas del 
principio de verano, en que sobre el 
azul nácar del cielo parecen tener 
un sentido más claro las cosas v las 
ideas. 

Poniendo ahora el dedo en la lia- 



262 JOAQUÍN BELDA 

ga, en la herida que aún sangraba 
en el corazón del muchacho, Mano- 
lo añadió: 

— Hay quien no lo puede remediar 
y, engañándose a sí mismo, se ena- 
mora de una de estas desdichadas. 
Las ven un día muy tristes y muy 
lánguidas en un paseo o en un tea- 
tro, mirando con los ojos a lo alto^ 
como ansiando un consuelo a su de- 
solación. Y como la melancolía es 
siempre un signo de distinción es- 
piritual, las creen muy espirituales. 
¡Bah! Todo eso es traviatismo, poca 
vista. Si supieran que, en la mayor 
parte de los casos . esas murrias y 
esas tristezas son de origen gástri- 
co!. . 



Y un día Daniel se decidió. Lle- 
vaba cuatro sin ver a Leticia, por 
no haberla encontrado nunca en 
casa, o porque ella se negaba; pero 
la noche antes una compañía de 
ópera veraniega puso en escena La 
Traviata^ y el muchacho acudió a 
oir la partitura de Verdi. 

Se la sabía de memoria, pero no 
la había oído desde hacía algunos 
años. Fué como si con un palo muy 
largo fueran removiendo los posos 
que ya estaban casi dormidos en su 
alma. Por encima de todo culminó 
en él la idea de que Leticia, como 
todas las del gremio, no era más 



264 JOAQUÍN BKLDA 

que eso: una desgraciada; y sus ner- 
vios, sus malditos nervios, que ha- 
cían difícil la estancia a su lado 
para todo hombre equilibrado, eian 
un componente más de esa desgra- 
cia. 

Desde luego, ella no tenía la cul- 
pa. Se trataba de una enferma, de 
una victima, y todo era lícito con 
ella, menos abandonarla a su propio 
mal. 

Y de repente, perdonándolo todo, 
. olvidando la suma de miserias y 
ruindades de aquellos últimos meses, 
formó el propósito de verla al día 
siguiente, de echarse a sus pies pi- 
diéndola perdón. .. no sabía de qué, 
y dedicarse en adelante a curarla 
. en fuerza de cariños y solicitudes. 

Fué un ataque nuevo de mayor 



TRAVIATISMO AGUDO 265 

virulencia que los demás, de aque- 
lla enfermedad que Manolo había 
bautizado con el nombre de travia- 
tismo. Pero a Daniel ahora no le 
importaban las palabras; era como 
si de un salto hubiese vuelto a la 
confiada vehemencia del primer día, 
de aquella noche memorable en que 
habló con Leticia en el teatro de la 
Zarzuela. Después de todo, ella ha- 
bía hecho con él lo más que puede 
hacer una mujer de estas de cuerpo 
y alma profanados: entregársele sin 
interés material; darle gratis lo que 
a los demás cobraba siempre a buen 
precio. 

Llegó, y Leticia le recibió en se- 
guida. Hoy no había salido, y ade- 
más estaba de un humor excelente. 

Como después de uno de aquellos 



266 JOAQUÍN BELDA 



arrechuchos lo primero que perdía 
era la memoria, no hizo la menor 
alusión al último, y claro que Da- 
niel se guardó muy bien de recor- 
dárselo. 

El joven, como si quisiera empe- 
zar en aquel instante una aventura 
nueva, la habló con el fueg"o de los 
primeros días; casi repitiendo las 
primeras palabras del antepalco, 
iniciando otra vez la conquista de 
lo que había sido ya suyo. 

Ella le oía con extrañeza, v son- 
riendo complacida, se limitaba a de- 
cirle de cuando en cuando: 

— Pero, cómo estás hoy. . . 

De pronto, cual esas tormentas 
que descargan de improviso, sin dar 
tiempo a la gente a guarecerse en 
los portales, la cara de la golfa se 



TRAVIATISMO AGUDO 2h7 



ensombreció como si hubiera caído 
en ella un velo de ceniza. Alzóse del 
asiento, y con una voz desgarrada 
de antipatía suprema, cortó la frase 
al muchacho, diciéndole: 

— ¡Bueno, déjame en pazi 

Daniel se quedó frío; todos sus 
proyectos vinieron a tierra. Sin em- 
bargo, aún quiso probar. 

—Pero ¿qué te pasa, mujer? ¿Por 
qué te pones así de pronto? 

Ella se volvió mirándole, como si 
Daniel le hubiera dicho el más feroz 
de los insultos. Avanzó hacia una 
mesa que había en el centro del ga- 
binete, v tomando de ella una ban- 
deja de metal, la arrojó al rostro 
del joven como un disparo. 

Pudo evitar el golpe, pero el chis- 
me le dio de filo en la muñeca. Ape- 



268 JOAQUÍN BELDA 



ñas tuvo tiempo para coger el som- 
brero en el vestíbulo y salir a la es- 
calera dando un portazo. Dentro se 
oía la voz de Leticia, como un au- 
llido, desgranando una nueva sarta 
de improperios. 

Claro que ahora se iba para siem- 
pre. Por lo visto le iba en ello la vida, 
pues no cabía duda que si Leticia 
poco antes, en vez de una bandeja 
de metal tiene un revólver al alcan- 
ce de la mano, lo dispara lo mismo. 

De todos los finales de amores que 
él había visto en las comedias y las 
novelas, no recordaba ninguno que 
se le pareciera a aquél. No podía 
negarse que era un final traumáti- 
co, y que de un golpe, como por 
arte de magia, le había curado de 
su traviatismo. 



TRAVIATISMO AGUDO 2t)9 



En la esquina de la calle de Lista 
se cruzó con un chico que venía 
muy tumbado en su cochecito em- 
pujado por el ama. Era Santitos. 

Daniel miró con simpatía a aquel 
hijo de... el caos. Le pareció— gor- 
dito y colorado como estaba— una 
de esas flores que se crían lozanas 
en un montón de estiércol, sin que 
se sepa quién ha echado allí la si- 
miente. 

Era igual: Santitos crecería y con 
el tiempo tal vez llegaría a minis- 
tro. 

FIN 



BIBLIOTECA HISPANIA 



OBRAS PUBLICADAS 

COLECCIÓN HISPANO-AMERICANA 

Pesetas 

Primera parte de la Historia del Pe^ú, 
por Diego Fernández, el Palentino, to- 
mos I y II, cada volumen en 4.° 7,50 

Corona Mexicana. — Historia de los Mote- 
auniaSy por el P. Diego Luis de Motezu- 
ma, en 4.°, 512 páginas 7,50 

COLECCIÓN ROSA PARA LAS FAMILIAS 

Genoveva, novela, por Alfonso de Lamar- 
tine, 378 páginas en S.*» 3,00 

La Leyenda Dorada, (Vidas de Santos), 
por Jacobo de Vorágine, tomos I y II, 
cada volumen 3,C0 

SECCIÓN GENERAL 

Lámparas votivas, poesías^ por Francis- 
co Villaespesa 3,00 

Como buitres..., por Manuel Linares Rivas 3,00 

La fuerza del mal, por Manuel Linares 
Rivas 3,50 

Obras completas, por Manuel Linares Ri- 
vas. — Tomo I: La Cisaña, Aire de fue- 



Pesetas 

ra, Porque si. — Tomo II: El abolengo, 
Marta Victorta, Lo posible.— Tomo III: 
La estirpe de Júpiter, Cuando ellas 
quieren.... En cuarto creciente. — To- 
mo IV: La divina palabra. Bodas de 
plata. — Tomo V: Añoranaas, El ídolo. 
Clavito— Tomo VI: La Rasa, Flor de los 
Pasos, — Tomo Vil: Doña Desdenes, El 
caballero Lobo, cada tomo 3,50 

Tapices viejos, por Eduardo Marquina. . . 3,50 

Frente al mar, por José López Pinillos 
(Parmeno; 3,00 

Coplas, por Luis de Tapia 2,50 

Don José de Espronceda: su época, su 
vida y sus obras, por José Cáscales Mu- 
ñoz 4,00 

La Política de Capa y Espada, por Euge- 
nio Selles 5,00 

La Negra, por Pedro de Répide 1,00 

El horror de morir, por Antonio de Hoyos 
y Vinent 1,00 

La Garra (tercera edición), por Manuel 
Linares Rivas 3,00 

Barrio Latino, por Federico García San- 
chíz 3,00 

La espuma del champagne, por Manuel 
Linares Rivas 3,50 

La guerra palpitante 1 3,00 

Una 7nancha de sangre (segunda edición), 
por Joaquín Belda 1,50 

El Monstruo, por Antonio de Hoyos y Vi- 
nent 3,00 

Mi Venus, por Joaquín Dicenta 1,00 



Pesetas 

La Cocina racional, por Magdalena S. 

Fuentes 3,00 

Fantasmas, por Manuel Linares Rivas. . . 3,00 
Fatal dilema, por Abel Botclho, lomos I 

V II, cada volumen 2,60 

Años de miseria y de risa, por Eduardo 

Zaraacois 3,50 

Presentimiento, ^ov Kám.vdo Zamacois.. 1,50 
La Leona de Castilla, por Francisco Vi- 

llaespesa 3,50 

El paraíso de los solteros, por Andrés 

González- Blanco 1,00 

Al son de la guitarra, por Federico Gar- 
cía Sanchíz 2,00 

Toninadas, por Manuel Linares Rivas. . . . 3,50 
Utia vida ejemplar, por Diego San José. . 1,50 

La enemiga, por Davio Nicodcmi 3.50 

E¿ oscuro dominio, por Antonio de Hoyos 

y Vinent 1,00 

En camisa rosa, por Felipe Trigo 3,50 

El crimen de Avellaneda, por Atanasio 

Rivero 3,50 

Al margen de la vida, por Baldomero Ar- 
gente 2,00 

Rosalía Castro, por Augusto González Be- 
sada 2,50 

Más chillo que un ocho (segunda edición), 

por Joaquín Belda 1,00 

Los cascabeles de Madama Locura, por 

Antonio de Hoyos y Vinent 3,50 

Los Lázaros, por Abel Botelho 3.50 

Las noches del Botánico (segunda edi- 
ción), por Joaquín Óelda 2,00 

18 



Pesetas 

Jesús que vuelve, por Angrcl Giiimerá 3,30 

Como Jiormigas..., por Manuel Linares 

Ri vas 3,50 

El caso clínico, por Amonio de Hoyos y 
Vineni 0.95 

La mujer española, por S. y J. Álvarez 
Quintero 1,00 

La Procesión del Santo Entierro, por An- 
tonio de Hoyos y Vineni 0,95 

La Providencia al quite, por Eugenio Noel 3.50 

Terra incógnita, por el Marqués de Cor- 
tina 1 .50 

Memorias de un suicida, por Joaquín 
Belda 'J.OO 

Campoamoriana , por A. Ferreira d'Al- 

meida 1,50 

Las chicas de Terpsicore (set^unda edi- 
ción), por Joaquín Belda 3.50 

Los toreros de invierno, por Antonio de 
Hoyos y Vinent 0,95 

La dolorosa pasión, por Antonio de Ho- 
yos y Vinent) 0,95 

El secreto de la sabiduría, por Rafael 

Cansinos- Assens 1,50 

Las zarzas del camino, por Manuel Lina- 
res Rivas 3,50 

El Conde de Valmorcda, por Manuel Li- 
nares Rivas 3,00 

Un pollito *bien», por Joaquín Belda 1,00 

La Coquito (quinta edición), por Joaquín 

Belda 3,50 

El martirio de San Sebastián, por Anto- 
nio de Ho3'OS y Vinent 0,95 



Pesctm 

Traviatisttio afeudo ,{sQ^yxnA3. edición), por 
Joaquín Bclda ?,00 

La atroz aventura, por Antonio de Hoyos 
y V^inent 0.95 

Cada tifio a lo suyo..., por Manuel i^inares 
Rivas 1 ,00 

Las frecuentaciones de Mauricio, por An- 
tonio de Hoyos y V'inent 3,00 

El hombre que vetidió su cuerpo el diablo, 
por Antonio de Hoyos y Vinent 0,95 

El árbol genealógico, por Antonio de Hoyos 
y Vinent 3,50 

La diosa rasón, por Joaquín Belda 3,50 

Ninfas y sátiros, por Alvaro Retana 3,00 

En cuerpo y alma, por Manuel Linares Ri- 
vas'. 2,00 

La zarpa de la esfinge, por Antonio de Ho- 
yos y Vinent 0,95 

La trayectoria de las revoluciones, por An- 
tonio de Hoyos )' Vinent 2,50 

Cobardías, por Manuel Linares Rivas '.sép- 
tima edición 2,00 

La Farándula, (3.* edición), por Joaquín 
Belda 3,50 

La verdad de la mentira, por Pedro Muñoz 
Seca 3,00 

Anécdotas picantes, por Luis de Oteyza.. . 1,50 

La bajada de la cuesta, por Joaquín Belda 1,00 

El retorno, por Antonio de Hoyos y Vinent 0,95 

El crimen del fauno, por Antonio de Ho- 
yos y Vinent 0,95 

Plática cuaresmal, por la condesa de San 
Luis 1,25 



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